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I

There is a world elsewhere

El edificio de al lado

Una mañana, empezaron los obreros a llegar y a

reunirse frente al edificio abandonado

desde cuándo? Nadie lo sabía. Los obreros, vestidos de overoles blancos que los protegían del polvo y de los residuos, entraron con precaución. Hace mucho tiempo nadie penetraba en él y se podían enfrentar a situaciones insospechadas. Un juicio sin fin entre los miembros de la familia heredera había impedido la venta o la renovación del edificio en cuestión. Un largo pasadizo llevaba a la escalera principal; no se veía claro. El polvo acumulado flotaba en el aire. Los hombres avanzaban con cuidado. La escalera se elevaba con prestancia a pesar del abandono. Los peldaños estaban recubiertos de una vieja alfombra descolorida que alguna vez fue carmesí. Ruidos de alas y de roedores rompían el silencio sobrecogedor del momento. Los cuatro hombres subieron, intentaron abrir las puertas de los dos primeros departamentos. Imposible. Estaban con llave. “¡Nadie nos había prevenido de esto!”, exclamó uno. “Vamos a tener que romper la cerradura.” “No, tenemos órdenes de recuperar todo lo que se pueda.”

¿Abandonado

“La calidad de los elementos de construcción es excelente. Habrá que volver. Vamos a ver el subsuelo ” El edificio de al lado fue un misterio durante años nutrió los sueños de los niños del barrio, que se lo imaginaban como una cueva de Alí Babá o el refugio de

De los dueños y hasta de los últimos

habitantes, poco se sabía. En aquellos años, la gente se mudaba con frecuencia y no se guardaba memoria de los ocupantes. Nosotros habíamos llegado recientemente. Estábamos justo al lado del edificio que mostraba solo ventanas tapiadas al ojo curioso. Por la noche, antes de acostarme, daba una vuelta de inspección. Me hacía bien ver a los niños dormir con tal abandono, un verdadero sueño profundo y reparador

los contrabandistas

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sin angustias ni apuestas sobre el porvenir. Recoger un juguete, apagar una luz, cerrar bien una cortina, rozar con los dedos sus mejillas redondas, contemplar sus cabellos desparramados sobre la almohada. Luego volver a mi cama, sola, tratando de calentarme los pies, frotándolos, hasta que me caiga el sueño encima o tenga que levantarme para ponerme un par de medias de lana. Los niños y yo, solos en el mundo. Como navegar en un barco en medio de las aguas agitadas de un mar peligroso. Mis niños y yo, tratando de maniobrar una gran nave, desmesurada para nosotros, esperando siempre que llegue la madrugada, la hora de la luz, cuando las cosas se ven al fin como son en verdad, del tamaño y del peso que la realidad les cobra. De noche, a veces oía, acurrucada en el fondo de mi cama, ruidos del otro lado de la pared que daba al edificio. ¿Trabajarán de noche los obreros? Era un ruido uniforme, rítmico, apagado y muy leve, como pasos en zapatillas de fieltro. Un misterio más o simple efecto del insomnio, estado en el que el más leve ruido se vuelve el paso de un elefante, eriza los vellos del cuerpo, penetrando fácilmente en el primer nivel de inconsciencia del sueño.

Hace unos años

Era una espléndida noche de verano. El aire acariciaba las olas del mar. Esa noche sentía por fin que volvía su poder. Dos o tres llamadas por teléfono. Dos o tres chicos queriendo salir. ¿Cuál escoger? ¿Cómo mentirles a los otros dos? Las disyuntivas de una chica de quince no tienen nada que ver con las de una mujer de casi treinta. Sin embargo, la gravedad de las decisiones, a la larga y vista desde aquí, es la misma. Cada edad tiene sus propios criterios. Cada acto, ahora se daba cuenta, desde la alejada época de la infancia, había determinado y modelado su destino. Después de dos años de “fidelidad” a un enamorado, la chica se había liberado de compromisos y leyes. Y solo

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deseaba comprobar su poder. Ese poder ambiguo que se revela ser más una sumisión. Ese poder de embelesar a otro, siendo al mismo tiempo devorada por su fantasía. Rápidamente se decidió por el que no era ni tan fogoso

ni tan tranquilón. Un chico agradable, sonriente, un poco gordito, de orígenes europeos, lo que le daba algo de exótico

y de antiguo, ante sus ojos. La pasó a buscar en carro. Se

dirigieron hacia el circuito de playas de la Costa Verde. La nueva discoteca, al lado del restaurante, frente al mar. La noche era tibia y estaba deseosa de complacer a sus adoradores. Lima casi sin circulación, mostraba sus fachadas desiguales, sus árboles altos; todo era tan apacible. Tan falto de ángulos. El peligro acechaba, incandescente, pero tan bien camuflado que solo las luces de los faros los deslumbraban.

Había mentido. Tratando por una parte de no ofenderlos con su preferencia y, por otra, de no desilusionar por completo a los otros dos. A cada día su pena, como dijo

Jesús. A los otros dos les había dicho que estaba cansada

o enferma

Llegando a la discoteca, se cuadraron un poco lejos. Luego, caminaron despacio, sin darse la mano, rozando hombro con hombro, por el malecón iluminado. Otros chicos de la misma ingenua y gloriosa edad, sin sombras ni fantasmas, caminaban como ellos hacia donde venía la música. El vaivén eterno de las olas los acompañaba. Comprensivo. Ella sonreía secretamente complacida de ese momento. Que más se podía desear que ese contentarse de su ser completamente tendido hacia su placer. Sentía el cuerpo de “su” chico aspirar a su lado el aire marino, complacido también. Contento de estar con ella. Pensando desde ya en cómo haría para besarla antes de que se acabe la noche. Estrategias del uno y estrategias del otro. En el fondo, nada los unía salvo la conjunción de sus gustos, la coincidencia de sus juventudes, nada altruistas por el momento. Ella lo había conocido gracias a uno de

algo así… qué se yo

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los chicos que la había llamado también esa noche. Pero había preferido a este. El otro era muy mandado, capaz de tirársele encima, difícil de controlar. Un deportista lleno de vitalidad, apasionado. No tenía ganas, esa noche, de poner barreras todo el tiempo, de ser prudente, de obligarse a decir que no.

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Regreso

Desde el fondo de su cama, en esa ciudad tan fría, se

le venían a veces recuerdos de la infancia o juventud.

Del tiempo de antes de todo esto. Cuando quizá aún se hubiera podido evitar todo aquello. Y estuviera aun viviendo en Lima. No es que no fuera feliz por momentos. Sus hijos le daban mucho cariño, rodeándole el cuello con sus bracitos tiernos, colgándose de ella como monitos, bebiendo de sus palabras y de sus gestos:

sol maternal alrededor del cual ordenaban sus vidas apenas abiertas. Eran momentos de felicidad y risas, como rayos de luz

en medio de una incierta noche interior. Estaba sola con ellos, como un barco en la tempestad tratando de volver desesperadamente a puerto. Dónde se habría ido él, esa noche. Dónde lo habrían

sido

llevado. ¿Lo debió haber retenido

voluntaria su desaparición, como muchos pensaban? ¿O simplemente la había abandonado con dos bebés recién nacidos?

Entre el insomnio y los sueños que le rememoraban

el pasado, se escuchaban ruidos extraños, como pasos

acallados o suspiros, del otro lado de la pared. Restos,

quizá, de agua en las tuberías que borbotaban a pesar de que hacía tantos años que estaba el edificio abandonado.

O ratas y murciélagos correteando.

Luego volvían los sueños tenaces, entremezclando personas y voces. Su corazón a veces se agitaba tanto que acababa por despertarla, mojada de sudor, asustada.

?

¿Había

Ese día

Ese día, los obreros habían decidido ocuparse del primer piso del edificio, cuatro departamentos cerrados con

llave. El cerrajero llegó poco después y se dirigieron todos hacia la primera puerta. Todo fue muy rápido. Cuando la puerta se abrió, se presentó ante sus ojos asombrados un departamento completamente amoblado, una mesa puesta para el desayuno, abrigos colgados en la entrada. Uno que otro juguete en el piso. El polvo y el olor a humedad eran insoportables. Uno de los obreros corrió a abrir las ventanas. ¡Esto significa aún más chamba para nosotros! ¿Vamos a tener que hacer la mudanza de cada departamento? ¿Botar todo esto? ¿Transportar todo a la descarga? Uno de ellos se acercó a la biblioteca que cubría por entero uno de los muros del salón y pasó el dedo sobre

el

lomo de los libros recubiertos de un polvo pegajoso

y

amarillento. Los títulos en letras doradas brillaron

al sol de la mañana, el idioma no le era conocido. ¿Alemán?, ¿holandés? Deberíamos llamar a los libreros y vendedores de cosas viejas y cachivaches. Ellos nos pueden vaciar el departamento en un dos por tres y ahorrarnos trabajo. Otro de los obreros se fue a ver los cuartos, que daban sobre el patio interior del edificio. Las ventanas eran estrechas y todo parecía aún más oscuro y húmedo. Las camitas de los niños estaban revueltas como si se acabaran de levantar, la cama de los padres, imponente mueble de madera, estaba hecha. Impecablemente, sin una arruga. Los obreros constataron con algo de incomodidad que era el cuarto de los niños el que los impresionaba más. Era como si esa familia desconocida estuviera tratando de decirles algo, de pedir auxilio desde quién sabe dónde. El segundo departamento estaba vacío. El tercero solo contenía basura y restos, los dueños lo habían vaciado con

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