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Tïtulo original: Me cuesta tanto olvidarte @2017 Mónica Mira

Diseño y retoque: Ediciones Versátil Fotografías de cubierta @Shutterstock

1.ª edición: Marzo 2017

Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:

@2017 Ediciones Versátil, S.L. Av. Diagonal, 601, planta 8 08028 Barcelona www.ed-versatil.com

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Uno

Un café con leche y un cortado para la barra, un bocadillo de tortilla de patata

con tomate y una caña para la dos, café y copa para Andrés. Repetía mentalmente

la retahíla de comandas para no olvidar

nada mientras cargaba el brazo metálico de la cafetera del polvo oscuro y aromático de siempre. Como venía pasando las últimas horas, aprovechó el momento para apoyarse en el mostrador

y descansar así el peso de su cuerpo

sobre el pie izquierdo, aliviando el derecho. Sentía incisivos pinchazos en los dedos y pensó que el golpe tardaría mucho más en dejar de doler de lo

normal por tener que permanecer de pie el resto de su jornada laboral. Calentaba la leche al tiempo que vigilaba que no rebosara. En pocos segundos estaban listos los cafés que depositó en el lugar exacto de la barra sin que los clientes le prestaran atención ni le dieran las gracias. Oyó el timbre del microondas y, a los pocos segundos el sonido producido por el impacto de un plato en la base metálica del ventanuco que comunicaba con la cocina: el bocadillo de tortilla estaba preparado. Mientras le entregaba a Andrés su copa pudo comprobar que algo no estaba bien. Golpeó levemente en el lateral del hueco que utilizaban para comunicarse con el espacio donde moraba su

particular tortura diaria.

—Luisa, con tomate, por favor: el bocadillo de tortilla, con tomate.

Una mano rechoncha y aceitosa, brillante como si hubiera sido pulida a conciencia, recogió de mala gana el plato. Un murmullo, casi un graznido, constató el mal humor habitual de la cocinera. Como cada día, deseaba que acabara su jornada nada más empezar para encontrarse con su nuevo novio, un

tío asiduo al local a quien, al parecer, no

solo le gustaban sus croquetas sino

también su mala leche.

Andrés hablaba solo o con la televisión

o tal vez con su amigo invisible

reproduciendo en sus delirios etílicos algún trauma infantil, porque nadie más le escuchaba. Era su tercera toma. Si bien era cierto que le convenía controlar el consumo de alcohol, nadie estaba dispuesto a negarle su dosis de coñac.

Los clientes entraban y salían, mientras el pie derecho de Gabriela le pedía auxilio. Iba a resultarle muy difícil olvidar cómo había comenzado ese martes, cuando apenas unos minutos después de recibir a los primeros clientes, le cayó encima una botella de vidrio desde una altura considerable, propinándole un tremendo golpe que acabó en derrame y una tremenda hinchazón. La habría consolado poder

responsabilizar a algún energúmeno de su lesión, pero solo era consecuencia de su torpeza, directamente proporcional al cansancio acumulado tras tantas noches en blanco. Apenas cinco horas de sueño para afrontar un mínimo de diez de trabajo, antesala de otra noche de escaso descanso. Se llevó la mano a la boca para camuflar un bostezo, mezclado con mueca de dolor que, pese a su disimulo, no pasó desapercibido.

—¡No dormimos bien, chavala! — espetó Andrés escupiendo las palabras a través de una casi inexistente y ennegrecida dentadura.

Podía

haberle

contestado,

pero

la

experiencia le había enseñado que Andrés no tenía otra ocupación mejor que permanecer sentado en el taburete sin perder detalle de lo que sucedía a su alrededor, lanzando de vez en cuando algún improperio con la única aspiración de sentirse parte de algo, aunque fuera de la vida de otros. Le dedicó un mohín como fracasada sonrisa, pasando por alto que le molestaba sobremanera saberse observada, así Andrés se sentía importante. Ella lo sabía y no le costaba nada.

Necesitaba sentarse. De nuevo el impacto de la loza sobre el metal atrajo su atención. Luisa había cumplido con el

encargo a conciencia; el tomate chorreaba por el lateral del bocadillo convirtiendo lo que podría haber sido un apetitoso bocado en algo un tanto repugnante. Cogió una servilleta y adecentó la presentación sin mediar palabra. Hacía mucho tiempo que había descubierto que con Luisa era más recomendable el silencio. Entregó el bocadillo y sirvió de inmediato la caña. La misión estaba cumplida por lo que podía volver a las cajas de cerveza en las que, después del golpe, se sentaba en cuanto tenía ocasión.

Excepto Andrés, que levantó la copa tras dirigirle una sonrisa llena de oscuros huecos, nadie le prestaba

especial atención, a diferencia de lo que pasaba con Luz. Era normal. Sus grandes pechos, su estilizada figura, su pelo estirado hasta el límite en una coleta y su sonrisa permanente eran un imán para los hombres. La mayoría de los clientes habituales conocían su nombre y la llamaban incluso antes de acomodarse para asegurarse de que sería ella la que les atendiera. A Gabriela le gustaba Luz y disfrutaba en silencio cuando alguno de sus ingenuos pretendientes se le insinuaba. Luz era lesbiana, Gabriela lo sabía desde hacía mucho tiempo, aunque no era algo ni evidente, ni compartido con el resto de compañeros de trabajo. ¡Cómo para compartir con Luisa cualquier intimidad! Era la fundadora de

su propia red social, en la que transformaba la vida privada de los demás en noticia de portada, hábilmente manipulada para convertirla en causa de mofa y escarnio público.

Miró el reloj. La eternidad se movía al compás de sus agujas. El día se le antojaba inacabable y su pie parecía negarse a seguir aguantando su peso, latía con insistencia dentro de un zapato que ya no lo abarcaba. Se imaginaba en su casa durmiendo toda la tarde, con la confianza de que, al despertar, solo sufriría los efectos de un golpe sin mayores consecuencias. Luz se acercó hasta donde estaba, esgrimiendo su perenne sonrisa. Gabriela la interrogó

levantando ligeramente los hombros, no tardó en recibir una discreta respuesta.

—Menudos gilipollas… ¿ves a esos del rincón?

Escaneó con poco disimulo el bar. Al fondo, cinco jóvenes bebían cerveza mientras reían a carcajadas, como si tuvieran la necesidad de demostrar con su actitud que se lo estaban pasando en grande.

—Me han tocado el culo tantas veces que ya me parece normal —explicó colocando en su lugar los envases vacíos que había recogido precisamente de esa mesa—. Deben de haberles dado día libre sus dueñas y están más salidos

que el picaporte de una puerta.

Gabriela respondió con un intento de sonrisa que acabó malograda al llevarse una mano a la pierna, manifestando así el dolor que se empeñaba en recordarle que la realidad no desaparece por ignorarla.

—Gabi, tía, lárgate al médico. Ya me apaño sola.

—Da igual… no tengo ganas de oír comentarios impertinentes —contestó lanzando una mirada a la cocina.

—Que se vaya a la mierda esa arpía — susurró Luz, demostrando con un diáfano gesto su profunda antipatía por Luisa—.

Deberías estar en urgencias y no aquí de plantón.

—Solo será un hematoma.

—No sabía que fueras traumatóloga — insistió mientras se secaba las manos después de haber lavado un vaso que iba a utilizar para ponerse agua.

Luz era un poco maniática con la higiene de la vajilla del bar. Luisa era la encargada de fregar la mayor parte de los utensilios y estaba convencida de que lo hacía con poco interés. Así que, cada vez que iba a usar algo, lo limpiaba personalmente.

—No

pasa

nada.

Está

tranquilo.

Lo

soportaré.

—Tú eres tonta —afirmó Luz con la voz entrecortada como consecuencia de haber ingerido sin respirar un largo trago de agua fría.

—Sin duda.

Se miró las manos frustrada. Estaba tan cansada que le faltaban fuerzas para volver a casa andando. No se encontraba bien, era innegable. Necesitaba reposar sentada unos

minutos, unas horas, o una vida

Lanzó

una mirada hastiada a los amigos que seguían exhibiendo su buen humor.

—Me voy a mear —dijo Luz saliendo

de detrás de la barra—. Cuando vuelva, te vas a tu casa.

—Vale

sonrisa amable.

—consintió

dedicándole

una

Andrés seguía observando. Tenía la cansina costumbre de centrar sus limitadas capacidades en meterse en todas las conversaciones. Por regla general Gabriela lo toleraba, pero no estaba de humor ni para ser comprensiva. Con un simple gesto evitó darle a entender que le interesaba lo que tuviera que decir. Cuando ya había abierto la boca para empezar a hablar, ella desvió su atención hacia la calle y Andrés calló. Aprovechó la separación

de los labios para dar un nuevo sorbo al coñac. A Gabriela le dio lástima, pero también estaba cansada de sentir lástima por los demás.

El buen tiempo animaba mucho el barrio y la gente no hacía más que pasar en dirección a la playa. Se estaba pasando una mano por el flequillo, todavía ensimismada, cuando la sobresaltó descubrir que alguien se situaba frente a ella al otro lado de la barra. Dio un respingo y se levantó, algo que lamentó de inmediato. Cerró los ojos por el doloroso pinchazo que recorrió a la velocidad de la luz sus conexiones nerviosas para clavarse directamente en la parte del cerebro que controla la

desesperación.

—¿Te has hecho daño? —preguntó el cliente sorprendido.

—No —mintió sin mirarle, empleando un tono que desmentía por completo su afirmación.

—Pues no lo parece. ¿Necesitas ayuda?

Solo entonces tuvo curiosidad por saber quién era el amable cliente; no le costó identificarlo: uno de los cinco colegas de birras que montaban tanto escándalo. Le pareció guapo. Sobre todo le llamaron la atención sus ojos, aunque los observó con fugacidad. Solía apocarse cuando un hombre atractivo le

prestaba atención, entre otras razones por la falta de costumbre. La mujer extrovertida que fue años atrás estaba en hibernación. Desvió la mirada de inmediato.

—No gracias. Estoy bien.

—Vale. ¿Puedes llenar esto? —preguntó tendiéndole un plato vacío en el que hubo cacahuetes.

Cogió el plato asintiendo con la cabeza y se dio media vuelta sin poder esconder su cojera.

—No pareces estar muy bien —insistió el joven que, en apariencia, solo pretendía ser amable.

—Tranquilo, no es nada —contestó dejando caer los frutos secos hasta que el recipiente estuvo listo para entregárselo.

—¿Qué ha sido?, ¿un accidente?

—Sí —contestó escuetamente.

—¿Un accidente laboral?

Le dedicó una mueca de desagrado como única respuesta. Le molestaba el interrogatorio, especialmente tras comprobar como los compañeros de su entrevistador no hacían más que gritar pidiéndole que dejara «a la chica en paz» entre carcajadas. Convertirse en el centro de sus chanzas transformó su

semblante y crispó su actitud.

—¿Necesitas algo más? —preguntó con seriedad dedicándole una mirada contundente a su interlocutor, que se la mantuvo unos segundos que a Gabriela le parecieron eternos; de hecho no pudo mostrarse firme durante más tiempo, por lo que desvió su interés a la superficie aséptica de la barra.

—Cuídate —se limitó a decir el desconocido cliente antes de regresar al rincón.

Gabriela comprobó con desagrado cómo al llegar a la mesa sus amigos le increpaban. Se sentó en su lugar entre risas y un instante después volvió a

mirarla, recibiendo como réplica la indiferencia de un rostro inexpresivo. Luz salió del baño colocándose el pequeño delantal negro que llevaba atado a la cintura. Gabriela, incómoda y muy cansada, no dudó en aceptar el ofrecimiento de su compañera; al fin y al cabo solo iba a ejercer un derecho laboral, aunque a veces se olvidara de que los tenía.

—Tienes razón, creo que me voy ya.

—Claro que sí, tía. Descansa y, si no te encuentras mejor mañana, no vengas.

delantal, se asomó a la

cocina y le notificó a Luisa su intención de marcharse.

Se quitó el

—¿Ya te vas? —preguntó con sorpresa.

—No me encuentro bien. Luz se encarga de atender aquí fuera.

—¡Qué flojas sois! —espetó la cocinera sin pudor, con un contundente tono de voz para que todo el bar la oyera—. No aguantáis nada. Picando piedra me gustaría veros a las dos.

Se mordió la lengua. No le quedaba sagacidad para responder a sus impertinencias. Cojeando, sin poder apenas caminar, dio media vuelta y se despidió de Luz sin hacer ningún caso a los comentarios de Andrés, que no dejaba de hablar sobre algo relacionado con la gota que sufrió meses atrás. Salió

del local tan rápido como le permitió su torpeza. Resopló con aflicción. Le esperaba un suplicio hasta llegar a su casa.

Su compañera la observó con preocupación mientras pensaba que no debería marcharse a pie; pero no podía acompañarla, sus obligaciones contractuales le exigían quedarse en el bar, necesitaba el trabajo y lo que menos le convenía era enfrentarse al dueño que, desgraciadamente, había depositado en la impertinente de Luisa toda su confianza.

Gabriela se apoyó en el marco de la puerta para salir y, tras respirar hondo,

se dispuso a iniciar el camino. Decidió apoyar solo el talón derecho por si aliviaba el dolor, pero le costaba avanzar. No era médico, sin embargo, sospechaba que su lesión no iba a quedarse en un simple hematoma.

¡Por fin en la calle! Le reconfortó sentir el sol en la cara,

la brisa del exterior. Miró hacia el cielo azul intenso e inspiró hasta que no le cupo más aire. No le quedaban demasiadas alternativas. «¡Ánimo!», pensó, «tampoco estás tan lejos».

Apenas había avanzado unos metros cuando alguien la cogió por el brazo sobresaltándola.

—Tía, estás chunga, deja que te ayude.

Reconoció la voz e identificó el rostro en cuanto se dio la vuelta. Le miró con extrañeza moviendo el brazo hacia arriba para dar a entender que quería que la soltara.

—¿Qué

haces?

—preguntó

tras

detenerse.

—Te he visto un poco mal y he pensado que necesitarías ayuda. Puedo llevarte a casa, tengo moto.

Frunció el ceño. No entendía a qué venía tanta amabilidad pero no le gustaba, ni se fiaba de sus verdaderas intenciones por buen samaritano que

quisiera parecer. Él respondió con una sonrisa, tendiéndole ambas manos.

—¡Venga!, ¿no puedes aceptar

invitación? Solo quiero ayudar a una

persona que lleva toda la

trabajando a pesar condiciones.

mañana

mi

de

no

estar

en

Siguió sin responder. Miró hacia delante dispuesta a marcharse sin importarle ser antipática, pero al girarse estuvo a punto de perder el equilibrio, y habría sido así de no ser porque él la cogió por el brazo.

—¿Lo ves? Necesitas ayuda —insistió sin abandonar su persistente sonrisa.

—¿Crees que estás en condiciones de conducir? —preguntó entonces Gabriela recordando los numerosos paseos que Luz había hecho desde la barra hasta la mesa de los amigos.

—No he bebido casi nada, dos cervezas como mucho.

El amable desconocido no dejaba de sujetarla por el brazo. Gabriela clavó la vista en sus manos y repitió el gesto para liberarse. Él respondió de inmediato.

—¡Vamos,

mujer!

Te

juro

que

solo

quiero

ser

amable.

Además,

me

he

aburrido de

tanta

cerveza

y

tanta

tontería.

Quería decir que no. Le resultaba muy molesta la autosuficiencia con la que él se desenvolvía, pero no le quedaba ánimo para resistirse.

—Espérame aquí. Voy a por la moto — dijo.

Gabriela asintió con la cabeza y el joven samaritano se dio la vuelta en busca del vehículo. Apoyada contra la pared miraba a la gente pasar. Estaba triste. Respiró profundamente una vez más. «¡Ojalá mi único problema fuera no poder llegar desde el bar hasta casa!», pensó. Juntó los párpados y apoyó la cabeza en la pared. El ruido estridente de una motocicleta se escuchaba cada

vez más cercano. Abrió los ojos y vio a

su rescatador

brazo bajando del acercándose.

vehículo y

en cada

con un casco

—Vamos. Antes de que te des cuenta estarás en casa.

La cogió por el brazo y la ayudó a acercarse a la moto. Cuando estuvo sentada, él se ofreció a colocarle el casco, pero lo detuvo.

—Gracias, sé hacerlo sola.

Otra sonrisa. Era como si la seriedad y la acritud de Gabriela le resultaran graciosas.

—¿Dónde te llevo? ¿Quieres que vayamos a la playa?

Gabriela se molestó, tanto como para intentar bajarse de la moto, aunque él la detuvo.

—¡Eh!, tranquila. No te tires, era broma. ¿Dónde vives?

—Oye, no tengo ganas de bromas, estoy muy cansada —se limitó a decir.

—No, venga. Te llevo a casa. Dime donde vives.

Gabriela le indicó su dirección. El conductor sin nombre, subió en la moto después de colocarse el casco. Ella se

cogió con fuerza a la parte trasera del asiento. No le inspiraban mucha confianza los vehículos sin puertas, pero su objetivo era llegar a casa cuanto antes y su atractivo desconocido era el medio más a mano para hacerlo posible.

Tardaron apenas unos diez minutos. De camino, él aprovechó un par de semáforos y de pasos de cebra para preguntar a Gabriela por su estado. Ella siempre contestaba con un escueto «bien».

—Es aquí —gritó para hacerse escuchar en cuanto vio su portal.

La moto se detuvo y el piloto se quitó el casco. Gabriela estaba sudando. El

tuneado protector craneal no era muy cómodo a mediados del mes de julio. Se apeó tan rápido como pudo y, sin mediar palabra, le tendió el casco a su acompañante.

—Gracias —susurró como si le costara mostrarse agradecida.

—De nada —afirmó él sin olvidar su omnipresente sonrisa—. ¿Estarás bien?, ¿necesitas algo?

—Ya has hecho suficiente —dijo reaccionando con rapidez.

Al ser testigo, una vez más, de sus dificultades para desplazarse, el motorista bajó del vehículo para cogerla

del brazo.

—No hace falta, de verdad —insistió mostrándose reticente a tanta demostración de humanidad.

—No hay problema. Estás mal, deberías ir al médico.

—Muy bien. —Gabriela se sentía tan incómoda que, aunque consciente de que su cortante tono de voz no tenía justificación, no le importó emplearlo aún a riesgo de parecer desagradable. Con un poco de suerte, no volvería ver a aquel tipo nunca más.

Ambos llegaron hasta la puerta de la casa. Gabriela se soltó de nuevo.

—Bueno, adiós. Gracias por traerme — afirmó sin mirar a su asistente.

—Nada, ha sido un placer poder ayudarte. Solo una cosa más —añadió colocándose junto a la puerta para llamar la atención de Gabriela.

—¿Qué quieres? —preguntó mostrando su desagrado ante tanta insistencia.

—¿Cómo te llamas?

Tenía que deshacerse de él cuanto antes, pero no le quedaban energías ni para ser esquiva. Decidió contestar para dar por zanjada la charla.

—Gabriela.

—¡Gabriela!, es un nombre precioso — matizó él sin dejar de mirarla a los ojos.

—Maravilloso… —susurró molesta—. Oye de verdad, estoy cansada y…

—Yo soy Darío —añadió sin dejarla acabar.

Arqueó las cejas de forma espontánea. No podía ser de otra forma. Un tipo como él no podía llamarse Antonio, Miguel o Ramón, le pegaba más un nombre menos común. Seguramente sus padres se habían pasado los nueve meses de su gestación buscando el nombre perfecto, a diferencia de los suyos, que incluso antes de concebirla ya sabían que si tenían una hija, se

llamaría como su abuela paterna.

—Muy bien, Darío, te doy las gracias por haber sido tan amable conmigo, pero estoy muy cansada y quiero entrar en casa.

La manera de reaccionar de la que hacía gala era muy suya. Cuando conocía a alguien se mostraba tímida y evasiva, pero cuando se enfadaba era muy directa y no se cortaba a la hora de intimidar a su oponente con una mirada firme y desafiante.

—Espero que te recuperes pronto. Ha sido un placer.

Cuando

se

creía

liberada

tuvo

que

recurrir una vez más a una de esas miradas de desprecio al escuchar cómo le decía: «¿No me das dos besos?». Él sonrió y levantó las manos.

—Vale, vale… no te enfades. Ya me voy, espero que te pongas buena pronto. Bueno, ya estás buena, me refiero a que… ¡Vale, vale!, me voy.

Le odió. Sacó las llaves de su bolso y

abrió la puerta para entrar en la vivienda. No volvió a mirar al motorista

a pesar de que sabía que seguía

observándola. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella agotada, con los ojos cerrados. Cuando los abrió vio la misma casa de siempre, vacía, totalmente

silenciosa. Suspiró y derramó un par de lágrimas. Adoraba su casa, pero odiaba su soledad, aunque ya no sabía si lloraba por el dolor o por no encontrar a nadie tras la puerta a quien explicárselo. Fuera como fuera, su llanto era silencioso, como su vivienda vacía.

La moto se alejó. Tras secarse las lágrimas con el reverso de las manos, se dirigió hasta el comedor casi arrastrando la pierna. Se dejó caer en el sofá. El bolso seguía cruzado en su torso. Solo tuvo tiempo de liberar su dolorido pie del calzado, sintiendo tanto alivio que en pocos minutos se quedó profundamente dormida.

Dos

La despertó el hambre. Cuando miró el reloj y comprobó que llevaba colgando el bolso se avergonzó. No le gustaba sentirse incapaz de controlar su falta de ánimo. Se incorporó despacio y echó un vistazo a su deformado pie. Tenía un color indescriptible, entre azul, amarillo y morado, una estampa agravada por la deformidad que causaba la hinchazón. Definitivamente, no parecía un simple hematoma, ni por el aspecto, ni por el dolor. Se frotó los ojos con insistencia, se pasó ambas manos por el pelo y se incorporó para apoyarse en el respaldo del sofá. Cerró los párpados unos

segundos más antes de decidir ponerse en pie, acción que sirvió para comprobar que ya ni siquiera podía apoyar el talón. Había llegado el momento de recurrir a un profesional, pero ¿cómo? Por un instante pensó que su soledad era un castigo que no merecía, pero determinó que no iba a permitir que la autocompasión la hundiera, menos ante un problema que requería de una actitud resolutiva.

Con serias dificultades se trasladó a la cocina para coger un melocotón. Saciar su hambre era lo más urgente aunque, de camino, se hizo con el teléfono inalámbrico. Sentada en una de las sillas de la cocina y entre mordisco y

mordisco, intentaba decidir a quién llamar. Le parecía excesivo pedir una ambulancia solo por su pie. Toda la gente a la que conocía estaba trabajando o no les tenía la suficiente confianza como para pedirles que la llevaran al médico. Pasaba los dedos sobre los números del teléfono cuando un profundo suspiro la llevó a la terrible conclusión de que no había nadie, no podía identificar a una persona a quien acudir en un momento de dificultad. Resurgieron las ganas de llorar y centró su atención en la ventana de la cocina que daba al patio. Lucía el sol, un sol muy triste y frío a pesar de los treinta y cinco grados del exterior.

Clavó los dientes en el melocotón, pero lo que debía parecerle suculento, se convirtió en una especie de goma insípida. Masticó a duras penas y tragó; desde hacía tiempo había perdido el apetito. Su aspecto pálido y delgado era el síntoma visible más claro de su tristeza.

Vació ambas manos en la mesa: lo que quedaba del melocotón y el teléfono. Se quedó quieta, en silencio, imaginando un folio en blanco, para evitar que otro tipo de reflexiones la sumergieran en sus miserias. Sonó el timbre de la puerta. Fuera quien fuera iba a salvarle, incluso si era el cartero o el impertinente motorista.

—¡Voy! —gritó consciente de que iba a tardar un poco en alcanzar la salida. De hecho, el timbre sonó por segunda vez antes de que pudiera llegar al recibidor mientras recurría a la pata coja para aligerar la marcha. La insistencia del visitante la obligó a gritar de nuevo—. ¡Que voy!, un poco de paciencia, por favor.

Resopló cuando estuvo tan cerca como para alcanzar el picaporte. Sintió alivio al ver a una persona conocida.

—Buenas tardes.

—¡Santiago!

Al otro lado sobre la acera, un sacerdote

mostraba asombro ante el entusiasmo con el que habían pronunciado su nombre.

—Vaya, no pensaba que mi visita iba a

tan conveniente —afirmó complacido.

ser

—Lo es y no sabes cuánto —contestó Gabriela al tiempo que esbozaba una sonrisa que parecía un mohín de dolor.

Su interlocutor no tardó en comprender el motivo de tan efusivo recibimiento. Gabriela iba descalza y uno de sus pies tenía un aspecto horrible.

—¿Qué te ha pasado?

—Santiago, necesito que me lleves a urgencias.

—Claro, vamos —exclamó con evidente preocupación—. Pero ¿qué te ha pasado?

—Nada importante, un accidente en el trabajo.

—¿Y no te ha podido llevar nadie?

—Hay favores que es mejor no pedir.

—Vamos, Gabriela, que falta de responsabilidad. ¡Con el pie así y no has sido capaz de pedir ayuda!

El

sacerdote la había cogido por

el

brazo y la acompañaba hacia el interior de la vivienda mientras ella intentaba seguir su ritmo.

—Por favor, no vayas tan rápido.

—Lo siento, ¿qué necesitas?

—El bolso, ahí llevo la documentación y la tarjeta sanitaria.

Santiago cogió el bolso de encima del sofá y salió a por el coche. Gabriela ya no lloraba, reía. Precisamente un cura tenía que ir a rescatarla.

—Gabi, tu vida es lamentable…

***

En urgencias, después de algo más de una hora de espera, confirmaron sus peores temores, tenía varios huesos rotos. No era capaz de repetir el nombre de ninguno de ellos, solo sabía que eran minúsculos. Le colocaron un vendaje que cubría la mayoría de los dedos y que se extendía varios centímetros por encima del tobillo para inmovilizar el pie. Le facilitaron unas muletas con las que tendría que desplazarse al menos veinte días. Unos calmantes aliviarían el dolor.

Durante todo el trayecto desde el hospital hasta su casa permanecieron en silencio. Gabriela no hacía más que pensar que su lesión era un episodio más

de un lamentable devenir de acontecimientos desgraciados. El trabajo era su única evasión, la excusa que la hacía salir de su tétrica existencia, el único lugar donde no estaba sola, donde volvía a sentirse útil y parte activa de la sociedad, lo que daba sentido a todo, convirtiéndose a su vez en la principal causa de su depresión. Aunque se empecinaba en no sucumbir a sus circunstancias, el día a día no ayudaba.

Santiago seguía a su lado cuando entró en la casa y cuando se dejó caer en el sofá derrotada. El sacerdote cerró la puerta y se sentó a su lado. Decidió que aquel era el mejor momento para acabar

con el ensimismamiento en el que Gabriela se había sumido.

—¿Estás bien?

Se sobresaltó tras oír una voz que no esperaba, como si hubiera perdido la consciencia, incapaz de reconocer lo que sucedía a su alrededor.

—¿Cómo?

parecer sorprendida.

—preguntó

intentando

no

—¿Estás bien? Te encuentro más triste de lo habitual y no creo que sea por ese accidente —afirmó el cura tocándole con discreción un brazo.

—Digamos que las cosas no me están

yendo demasiado bien últimamente.

Sus ojos despedían un brillo que Santiago conocía. La lucha contra el llanto resultó infructuosa, se rindió a la tristeza que la acompañaba desde hacía ya demasiado tiempo. El sacerdote le acarició la cabeza con la ternura de un padre, mientras ella miraba al frente mordiéndose la parte inferior del labio. Santiago solo tuvo tiempo de articular un casi imperceptible chasquido con los labios cuando Gabriela le interrumpió.

—No me hables de resignación ahora, por favor. No necesito eso. Creo que he demostrado ser una mujer resignada hasta el extremo.

Avergonzada, se pasó el dorso de la mano por la nariz y sorbió los mocos que empezaban a deslizarse hacia el exterior. Le pareció asqueroso hacerlo ante testigos, pero le dio igual.

—¿Qué más se supone que debo hacer? ¿Cuándo acabará todo esto?

Sus últimas palabras fueron la espoleta que accionó la máquina de fabricar lágrimas. Con la mano en la cara intentó ocultar el fracaso en su lucha contra el abatimiento. Santiago le rodeó los hombros y la invitó a reposar la cabeza sobre su pecho, sustituyendo de nuevo a la persona cuya ausencia era la principal causante de tanta amargura.

—Te exiges demasiado, Gabi. Solo el tiempo puede curarte el dolor y no hace tanto que te quedaste sola.

Pero el paso del tiempo no la había ayudado a asumir el fatal desenlace que tuvo su padre, la persona más importante de su vida, y tampoco era un buen recurso después de su muerte. Santiago siempre había estado ahí, diciéndole las palabras que quería escuchar y las que no, pero siempre a su lado. Le estaba agradecida, pero la realidad era que la soledad era su única compañera y que su padre nunca regresaría.

—Sé que no te ayuda oír esto ahora, pero debes ser fuerte. Solo tú puedes

que debes rendirte.

hacer

tu vida

siga

adelante. No

«¿Y cómo se hace eso?», se preguntó. Quería permanecer allí quieta para siempre. Sentir el abrazo del cura la llevó a imaginar que era su padre el que la recogía entre sus brazos y la consolaba tras conocer la terrible noticia de su enfermedad. «No llores, cariño», le dijo aquel día, «Dios nos dará fuerzas para superar este trance, ya verás. Tú me ayudarás y yo te ayudaré». Pero él solo pudo ayudarla un tiempo, pronto dejó de ser su padre para convertirse en un ser sin identidad, sin memoria y sin recuerdos. Gabriela recordó cómo pasaba horas acostada a

su lado, abrazándolo, sin que él supiera realmente quien era esa persona tan cariñosa. Revivió la primera vez que se le congeló el corazón al escuchar cómo su papi del alma, a quien adoraba, le preguntaba por su nombre. Inevitablemente, también recordó el preciso instante en que cerró los ojos para nunca más abrirlos sin ser consciente de que su hija no se había separado de él ni un segundo, rogando para que aquella pesadilla acabara cuanto antes y que su padre volviera a ser el mismo de siempre. Pero la pesadilla acabó de una forma muy distinta a la deseada y ella se quedó sola.

—Dios nos pone pruebas muy difíciles pero…

—No —espetó bruscamente, erguida mientras se secaba las lágrimas.

—Lo siento —musitó el sacerdote consciente del motivo de la reacción.

—Lo sabes. Te lo he dicho muchas veces. A mí no tienes que evangelizarme. No me vengas con tus rollos —argumentó la joven, cuyas lágrimas parecían haberse evaporado de repente.

—Lo

profesional.

siento,

pero

es

de

formación

—Me parece muy bien que te deformes profesionalmente, pero te lo dije en su día y no quiero repetirlo más. Nuestra amistad depende de que conmigo te olvides de que eres cura, ¿vale?

—Y yo te dije que me pides algo muy difícil. Ser sacerdote no es como ser abogado.

—¡Eso lo dirás tú! —interrumpió con decisión mientras se secaba las mejillas con ambas manos—. Tu jefe no es mi jefe y, por lo tanto, no me importa lo que él te diga. Por si no fuera bastante duro pretendes que asuma que todo es fruto del amor que Dios nos tiene… ¡Qué no! No me interesan esas historias.

Santiago se acomodó en el sofá observándola con cariño. Ella se mantenía en el mismo lugar, con la mirada perdida entre la pared, sus

manos y el suelo. Lo miraba todo menos

a su acompañante. Nunca lo hacía cuando discutían sobre la fe.

—Lo único que no comprendo todavía

es cómo una persona con tanta bondad y

capacidad de sacrificio se siente tan distante de la fe —aseveró con

serenidad.

—¿Qué parte de paso de tus rollos no entiendes? A veces no entiendo cómo sigo manteniendo la amistad contigo. Eres como todos los curas, solo te

importa ganar adeptos.

—Es cierto, es mi misión, pero contigo casi he asumido la derrota.

—Haces bien —contestó con contundencia, levantando su dolorida pierna derecha para dejarla descansar sobre la mesa de centro.

—¿Te sientes mejor? —preguntó él

manteniendo

su imperturbable

entonación.

—¿Por qué tendría que sentirme mejor? —contestó insultante Gabriela dispuesta a convertir a Santiago en algo más que su paño de lágrimas.

—Porque te estás despachando a gusto conmigo. ¿Tengo que recordarte que te

he rescatado y te he llevado a urgencias?

De lo contrario todavía estarías arrastrándote por la calle camino del hospital.

A pesar de su resistencia inicial, no

pudo evitar esbozar una sonrisa rebelde

que acabó convertida en una expresión amable.

—Lo siento. Te agradezco que me hayas acompañado y que estés aquí.

—Ya sabes que siempre puedes contar conmigo. Eres mi peor cliente, pero mi mayor reto —contestó con cariño.

—Sí claro, sabes que no tienes nada que hacer conmigo.

—Me gusta verte sonreír. Deberías hacerlo más, te queda muy bien, estás muy guapa.

—¡Señor cura, por favor! Si nos oyen las vecinas creerán que te estoy pervirtiendo —exhortó Gabriela buscando las muletas para intentar levantarse.

—¿Qué haces?, el médico ha dicho que tienes que hacer reposo absoluto.

—Ya, pero puedo ir al baño, ¿no? — afirmó con una mueca—. Y eso tendré que hacerlo sin tu ayuda.

Se levantó, no sin dificultad, y se dirigió hacia el baño con torpeza, intentando adaptarse a sus nuevas extremidades adicionales. Antes de regresar al comedor, se detuvo ante su reflejo en el espejo. ¡Estaba tan pálida! Se arregló un poco el pelo y volvió a pasarse las manos por los ojos y las mejillas para borrar cualquier rastro de desaliento. Se veía muy cambiada, como si no se reconociera en la mujer que vivía detrás del cristal. Ensayó una sonrisa. Santiago tenía razón, su cara cambiaba mucho cuando sonreía. Los ojos se almendraban y la expresión era mucho más agradable. Debía esforzarse por hacerlo con mayor asiduidad. Regresó del baño y comprobó que seguía sentado

en el mismo lugar.

—¿Qué pasa? ¿No tienes ninguna misa que celebrar?

—No creerías la cantidad de obligaciones que tiene un sacerdote a parte de celebrar misas. Pero aquí tengo una misión prioritaria.

Se sentó a su lado, esta vez con espíritu conciliador.

—Gracias por todo, una vez más — musitó con ternura.

—Tienes que deshacerte de tanto sufrimiento, Gabi, y seguir adelante. Tu padre ya no está.

—Soy consciente de esa realidad cada vez que levanto la cabeza y miro a mi alrededor, Santiago —reconoció tras un profundo suspiro—. Pero no puedo evitar sentirme muy triste… ¡No lo digas! —apostilló adelantándose al cura con la mano alzada—. Es cuestión de tiempo…

asintió con la cabeza. Prefirió

cambiar de tema, asumiendo la temeridad de que al decir lo que tenía pensado se decantaba por la peor de las opciones.

Él

—¿Has recibido carta de tu hermana?

Gabriela se asombró al comprobar como Santiago podía pasar de ser la

persona más comprensiva del mundo a convertirse en la menos oportuna. Era el único ser del planeta que sabía lo que sentía por su hermana, y sin embargo, en un momento de debilidad, se le ocurría nombrarla. No tardó en percibir que se había equivocado en cuanto vio su mueca.

—¡Oh!, lo siento otra vez. No quería… —disimuló con poca habilidad.

—A veces me pareces poco sensato, por no decir idiota.

—Lo he dicho sin pensar. Es que precisamente hoy hablábamos de ella — mintió intentando camuflar su desliz intencionado.

—Espero que muy bien —satirizó Gabriela, que no eludió reconocer la verdad—. Ayer llegó un paquete y, si quieres saberlo, pues no, no lo he abierto todavía.

—Está pagando por sus errores — argumentó Santiago recuperando la seriedad.

—Ya ha vuelto el cura… Hay muchas maneras de purgar los errores — farfulló, cansada de tener la misma conversación una y otra vez.

—No todo el mundo es tan fuerte como tú.

—Creo

que

ya

he

tenido

bastante

comprensión por hoy, seguro que tienes alguien a quien confesar. Muchas gracias por tu ayuda.

El sacerdote se puso en pie con resignación y se metió las manos en los bolsillos dispuesto a salir de la casa.

—Me

¿verdad?

llamarás

si

necesitas

algo,

—¿A quién voy a llamar si no? En mi vida solo tengo a algunos conocidos y a un cura muy pesado al que no sé por cuánto tiempo aguantaré.

—Espero que mucho —dijo sonriente.

—¿Podrás llevarme mañana al trabajo?,

tengo que entregarles los papeles de la baja.

—Claro, ¿prefieres que la lleve yo?

—¿Qué dices? Si Luisa ve entrar a un cura con mi parte de baja ya tengo bastante para el resto de mi vida. Solo quiero que me lleves.

—Lo que usted mande. ¿Estarás bien? —preguntó.

—Todo lo bien que sea capaz de estar.

Santiago se acercó y la besó en la mejilla. Ella le acarició una mano con ternura y volvió a agradecerle su ayuda. Cuando la puerta de la calle se cerró

tras él recapacitó sobre su amistad, que no estaba muy bien vista por algunas mojigatas recalcitrantes del pueblo. Santiago tenía un par de años más que Gabriela y había llegado a la parroquia poco tiempo después del diagnóstico de la enfermedad de su padre. En la primera fase de la enfermedad Gabriela le acompañaba periódicamente a la iglesia, respetando así sus profundas convicciones religiosas y sustituyendo las ausencias de su única hermana, que un buen día decidió que debía dedicar su vida a otra misión que no era la de cuidar a su padre y permanecer junto a su hermana menor en momentos tan difíciles.

Tres

María, un nombre muy apropiado para su hermana. Gabriela era huérfana de

madre desde muy pequeña. Apenas tenía tres años cuando murió en un accidente de tráfico. Desde entonces se quedaron solas con su padre en la misma casa en

la que él murió y en la que ella vivía.

María era una niña bondadosa, cariñosa

y muy creyente. Se desvivía por su

hermana, que llegó al mundo cuando ella tenía diez años. A pesar de que de

siempre se habían llevado muy bien, ambas fueron pronto conscientes de que la menor tenía una conexión especial

con su padre, Mateo la malcriaba hasta el extremo, convencido de que su obligación consistía en mimarla sin límites: Todo era poco para su niña. Muchos se sorprendían, pues tenía fama de arisco entre sus conocidos. Siempre había sido un hombre serio y distante y su temprana viudez no ayudó a suavizar su duro temperamento, según explicaban. Pero todo era distinto cuando Gabriela estaba frente a él, se transformaba en otra persona.

Su hermana compartía con ellos muchos momentos, pero a menudo se limitaba a ser espectadora de su complicidad y de gran parte de sus secretos, un hecho que asumía con abnegación cristiana, aunque

con un inevitable halo de envidia, porque su padre nunca había sido tan atento y entregado con ella.

Ambos se esforzaron al máximo por hacer posible el sueño de una niña feliz y entusiasta que quería ser bailarina, un deseo que se frustró en una academia donde nadie prestó atención a sus cualidades sin pulir. Transformó su decepción en un deseo irrefrenable por convertirse en artista, lo que la llevó a matricularse en la facultad de Bellas Artes. Un año antes de que se enfrentara a su último curso, Mateo comenzó a tener extraños despistes y lapsus de memoria. Aconsejados por un amigo de la familia acudieron al médico, que

diagnosticó alzhéimer al mejor padre del mundo; una noticia que él recibió con resignación, María con una rara preocupación y Gabriela con desolación.

En cuanto lo supo, Gabriela comenzó a investigar sobre la enfermedad y llegó a la conclusión de que quería aprovechar al máximo el tiempo de consciencia que le quedaba junto a su padre. Dejó la facultad sin que él llegara a enterarse y buscó un trabajo con el que ayudar a su hermana a pagar los gastos que pronto les generaría la degeneración neuronal y física de Mateo. El tiempo que no estaba trabajando lo pasaba a su lado, le leía el periódico, daban largos paseos, se

recostaba sobre su hombro disfrutando con su contacto, con su olor tan característico. Mientras tanto su hermana se movía a su alrededor sin parar, haciendo infinidad de tareas y asumiendo incontables obligaciones que la tenían ocupada gran parte del día, la mayoría vinculadas a la parroquia y a Cáritas.

Un día, mientras Gabriela preparaba la merienda de su padre, María apareció en la cocina más seria y apesadumbrada de lo normal pidiéndole que la escuchara.

—Di, hermana —contestó ella sin dejar lo que estaba haciendo.

—Gabi,

necesito

que

me

prestes

atención.

—Voy, papá está esperando su merienda.

—Papá puede esperar un poco, escúchame, por favor.

Inconsciente de la gravedad de la situación obedeció con tranquilidad, dejando cuanto tenía entre manos en la encimera de la cocina. Solo al darse la vuelta y ver el rostro de María descubrió que algo sucedía.

—¿Qué pasa? —preguntó intrigada.

—Tenemos

que

hablar,

es

muy

importante.

—¿Qué pasa?, ¿le pasa algo a papá? — escrutó nerviosa dirigiendo la mirada hacia el comedor donde descansaba Mateo.

—No, no tiene nada que ver con él.

María notó como su hermana respiraba aliviada, pero no se sintió reconfortada. Le costaba mirarla a los ojos, pero sabía que debía hacerlo.

—Siéntate, Gabriela —musitó dando un par de golpecitos en la mesa de la cocina.

Obedeció, cogió una silla y se sentó a su lado. Cuando estuvieron una frente a la otra, María la tomó con ternura de las

manos y comenzó a acariciarla.

—Cariño, lo que estás haciendo por papá tiene un valor incalculable…

—Lo que hacemos.

—No me interrumpas, por favor. Esto es muy difícil para mí.

—¿Qué pasa, María?

—Lo que estás haciendo por papá es algo muy grande que yo no soy capaz de hacer… ¡No! —interpeló con contundencia al detectar que Gabriela estaba dispuesta a interrumpirla—. Déjame hablar por favor. Es cierto, cariño, yo no tengo tu fuerza ni tu

determinación. Has asumido la enfermedad de papá con una entereza que te honra y él lo siente así. Solo te conoce a ti, solo confía en ti…

Bajó la mirada sin dejar de acariciar con insistencia las manos de su hermana, que cada vez comprendía menos lo que sucedía, llegando incluso a considerar que el contacto, por insistente, era molesto.

—Tú quieres decirme algo —afirmó consciente de que necesitaba un empujón para dejarse de rodeos.

—Desde que supe cómo…

lo

de

papá, no sé

Volvió a mirar a los ojos de Gabriela, que solo entonces pudo comprobar cómo las lágrimas se escurrían desde el nacimiento de la nariz hasta los labios, marcando un surco brillante en su trayecto, lo que hizo que respondiera a las caricias de su hermana con un fuerte apretón de manos.

—¡María!, ¿qué te pasa?

—Cariño, he hecho un gran esfuerzo. Yo quería… Os quiero mucho a los dos, pero no…

—¿Pero no qué? ¡María, por favor! — Gabriela estaba ansiosa y preocupada, incapaz de prever a dónde la llevaba aquella conversación.

—No puedo seguir con esto. Me supera. Tú eres tan fuerte como papá, él siempre ha sabido afrontar los problemas con

mucha entereza, como si no existieran, y

yo

siempre me he dejado llevar. Te miro

y

eres tan igual a él… Tienes sus

mismos ojos, eres tan guapa como papá cuando era joven…

Cada afirmación confundía y angustiaba más a Gabriela, que no podía ni imaginar el porqué del desasosiego de

su hermana.

—Él no me necesita, tiene bastante con lo que tú le das y tú tampoco me necesitas, eres autosuficiente, muy inteligente…

—¿A dónde quieres ir a parar? ¡Claro que te necesito!, ¡eres mi hermana!

—No, te equivocas, no me necesitas y lo demuestras todos los días, trabajando muchas horas, estudiando y cuidando tan bien de papá… ninguna enfermera lo haría como tú.

—Es mi obligación.

—Gabi, lo mejor de todo es que no lo haces por obligación, lo haces porque le quieres mucho, por eso te admiro tanto.

—Estoy confundida. No sé qué quieres decirme, pero me estás asustando.

El desenlace no se hizo esperar más.

—Cariño. No puedo…, no puedo hacer nada por vosotros dos, no tengo fuerzas y creo que no tengo sitio aquí, no me necesitáis… He decidido marcharme.

La sangre dejó de correr por las venas de Gabriela, se congeló. Lo sintió así. Su corazón se detuvo durante unos segundos, aunque pronto pudo sentir su palpitar acelerado en la cabeza, en acompasados y persistentes impulsos convertidos en latidos que taladraban sus sienes. Soltó a su hermana y se reclinó hacia atrás sin dejar de mirarla. Quería convencerse de que no había escuchado bien, pero María se encargó de demostrarle que no era así.

—Me voy, cariño. En poco más de una semana me marcho con Azucena. Vuelve a Sudán, ya sabes, a la escuela en la que está trabajando desde hace tantos años. Creo que puedo hacer algo bueno por alguien lejos de todo esto, porque aquí no soy de utilidad… No puedo hacer nada más.

No supo qué decir. Las lágrimas habían desaparecido del rostro de María, que le hablaba con una extraña convicción. Pretendía que convirtiera su argumentación en un razonamiento coherente, pero le resultaba imposible procesarlo de tal modo. La miraba con estupefacción mientras buscaba las palabras adecuadas. Su mente se había

quedado en blanco, solo veía el rostro de una mujer a la que no conocía.

Los azulejos blancos que revestían la cocina se movían a su alrededor y los armarios parecían estirarse y estrecharse como en una alucinación estrambótica. En medio, el perfil de su hermana se difuminaba. Todo formaba parte de la confusión que se agolpaba en su cabeza, que no podía controlar físicamente.

—No me necesitáis, cariño. Papá no sabe quien soy y tú, tú ya eres una mujer que te desenvuelves sola perfectamente.

—Pero ¿qué dices? —la increpó recuperando el control de su voluntad,

aunque envuelta en un arrebato de rabia.

—No te enfades. Es pensado mucho.

lo

mejor, lo he

—¿Qué lo has pensado mucho? María, ¡tu padre está muy enfermo! —gritó descompuesta.

—Lo sé, pero…

—¿Lo sabes? ¿Cómo puedes decir algo así y quedarte tan tranquila? ¡Es tu padre! —tragó saliva antes de continuar —. ¡Soy tu única hermana!

María la atendía en silencio. Su rostro permanecía imperturbable después de las primeras lágrimas, lo que

descolocaba todavía más a Gabriela, que comenzaba a asfixiarse en su desesperación. Había estudiado aquella conversación cientos de veces, las posibles reacciones de su hermana, por lo que se sentía preparada para afrontarlas.

—Tranquilízate, cariño.

—¿Qué me tranquilice? María, tú no estás bien, necesitas ayuda. Lo que estás diciendo no es normal.

—He hablado con mucha gente, he pedido consejo y al final he decidido que es lo mejor, no puedo asumir esto…

—¿Consejos?, ¿quién da ese tipo de

consejos? ¿Dices que no puedes asumirlo? ¡Increíble!, ¿y crees que yo puedo? —gritó fuera de sí, levantándose de la silla y deambulando enloquecida por la cocina—. Las cosas no son así, hermana, uno no puede salir corriendo cuando todo va mal.

—Pero yo no puedo hacer nada por vosotros —contestó desde su repentina e inmutable serenidad.

—¡No se trata de eso! Somos una familia y debemos pasar por esto juntos. Yo sola no puedo cuidar de él.

—¡Sí que puedes!, lo has estado haciendo todo este tiempo.

Miró con furia a María, aquella mujer que parecía tan segura de sí misma y de su decisión de abandonar a su padre en una fase avanzada del alzhéimer dejando sola a su hermana, de 23 años, a su cuidado.

—No puedo creer lo que estás diciendo. ¿Por cuánto tiempo pretendes irte?

No contestó. Se limitó a morderse el labio inferior, como infinidad de veces hacía Gabriela cuando la descubrían en alguna mentira.

—No lo puedo creer… —repitió fuera de sí.

—Gabriela, Dios me ha encargado una

misión muy importante que debo asumir. Mi función aquí ya ha acabado.

—¿Cuándo te ha dicho eso Dios?, ¿esta mañana en el supermercado?

—Gabi, no seas irreverente.

—¿Irreverente? ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? Vas a abandonar a tu padre enfermo y a tu hermana porque Dios te ha dicho que te tienes que ir de misiones. ¿Quién te crees que eres, Juana de Arco?

—Lamento que no lo comprendas.

—¡Claro que no lo comprendo! Es una locura. Alguien tiene que ayudarte,

tienes un problema.

—Tu indignación es lógica ahora, Gabi, pero pronto lo entenderás. Es un sacrificio que tenemos que hacer las dos. Dios nos compensará.

—¿Un sacrificio de las dos?

favor, María!, cada cosa que dices es más incoherente y estúpida que la anterior. Tu obligación está aquí, con nosotros, ¿tan difícil te resulta de entender?

¡Por

—No puedo hacer más por él, Gabriela.

La rabia alcanzaba unos niveles tan incontrolables que sintió la tentación de abofetear a su hermana para que

recuperara la cordura, aunque lo que más la indignaba era verla tan convencida. No bromeaba, la suya parecía una decisión meditada. Mientras ella se esforzaba por el bienestar de su padre, María se liberaba de una carga que le resultaba insuperable. Aunque lo que más le costaba entender era que sustentase su determinación en la voluntad divina.

—Cariño, sé que más pronto que tarde comprenderás lo que voy a hacer, sé que no te faltará de nada y tampoco a papá. Os dejo dinero, prácticamente todos mis ahorros, solo me llevaré lo indispensable, para que a vosotros no os falte de nada. Si necesitas que ingrese en

alguna

asistencia especial…

residencia,

algún

tipo

de

—No quiero seguir escuchándote, no puedo… —afirmó Gabriela, que se había llevado las manos a la cara para intentar aislarse de la realidad.

—Hermana, ya tengo las maletas hechas. Me voy esta noche.

Era imposible abrir más los ojos, sintió que se le iban a salir de las órbitas, cada uno de los músculos estaban tensados al máximo, retraídos por la estupefacción.

—¿Qué?

—No quiero que esto sea más difícil

para ti. Me voy a casa de Azucena y pasado mañana salimos hacia Sudán.

Gabriela, cariño, necesito que apruebes

mi decisión —dijo María en un hilo de

voz.

—¿Qué? —exclamó perturbada.

—Necesito que me comprendas.

—¡Vete a la mierda! —gritó fuera de sí

— ¿Me oyes?, ¡vete a la mierda!, esa es mi bendición para ti.

Presa de la desesperación, perdió la capacidad de llorar y de articular palabras. Solo observaba a María, que derramaba unas discretas lágrimas sin moverse del lugar en el que había

permanecido desde que comenzó a confesar sus intenciones.

—Cariño… —susurró.

—¡No me hables! —volvió a gritar—. Si tienes que marcharte, hazlo ya. No quiero verte nunca más.

—¿Pasa algo? —dijo con timidez Mateo que, al oír los gritos, había acudido con curiosidad a la cocina.

La descomposición de Gabriela

desapareció ante la

padre. Se limpió las lágrimas, que brotaban de pura rabia, y se dirigió hacia él.

presencia de su

—No pasa nada, papi, ve al comedor y te llevo la merienda.

—Te he oído gritar, ¿pasa algo?

—No, de verdad, no te preocupes. No pasa nada. Ve al comedor.

—Hola, María —dijo Mateo de manera imprevisible mientras miraba a su hija mayor, segundos antes de darse media vuelta para regresar al comedor.

Ninguna habló. María se acercó a Gabriela, pero ella rehusó el contacto con brusquedad.

—¡No

desprecio.

te

atrevas!

—arguyó

con

—Sé que algún día me entenderás y me perdonarás

—se atrevió a decir.

—¡Nunca!, ¿comprendes? Si te vas ahora no volverás a saber nada más de mí en tu vida y no quiero que vuelvas jamás.

—No piensas lo que dices —insistió María.

—Y tú no sabes lo que estás haciendo. Por favor, si tienes que irte, vete ya.

María intentó acariciarle el pelo, pero insistió en su rechazo con mayor contundencia, dándole la espalda. La

mujer desapareció tras la puerta de la cocina. Desde el interior Gabriela oyó ruidos, también apreció como hablaban en la habitación de al lado, aunque no acabó de percibir el contenido de la conversación. A los pocos minutos, oyó la puerta de la calle y, acto seguido, se hizo el silencio, el más profundo y aterrador de los silencios.

La realidad se impuso en su mente: «Se ha ido. Lo ha hecho. Nos ha abandonado». Al ser consciente se derrumbó, se dejó caer despacio hasta tocar con el trasero el suelo y rompió a llorar desconsolada. Después de unos minutos su padre entró en la habitación. Se sentó a su lado y la abrazó:

«Tranquila, cariño, no pasa nada», le dijo. Se agarró con fuerza a Mateo y permaneció allí un tiempo indefinido, hasta que su padre, hambriento, reclamó su merienda. Sus necesidades la obligaron a volver a una vida de la que no pudo despegarse hasta el día de su muerte, víctima de la vejez, la degradación y el olvido, nueve años después.

Desde entonces, recibía periódicamente cartas y paquetes de su hermana. Unas veces le enviaba fotos, otras regalos confeccionados por las mujeres y niños de la misión en la que vivía, según le explicaba. En todas le pedía perdón y afirmaba que estaba pagando por sus

pecados. Se enteró de la muerte de su padre de inmediato, pero se excusó por no poder acudir al entierro. Gabriela no contestaba a ninguna de sus cartas. María sabía de su hermana por una vecina, compañera suya en Cáritas y por Santiago, que la informaba sobre su estado y sobre las pocas cosas que podía saber de ella.

En la recta final de la enfermedad, Gabriela recibía muy a menudo la visita del sacerdote que, consciente de sus circunstancias, se había comprometido a no dejarla sola en aquel trance. Trabajó muy duro para conseguir el dinero que le permitía contratar a una cuidadora que se hiciera cargo de él cuando regresaba

del centro de día al que acudía entre semana, mientras ella iba a trabajar al bar. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Tal había sido su dedicación y entrega que tras su muerte todo perdió sentido.

Sentada en el

huesecillos del pie rotos y varias semanas de baja por delante, volvió a plantearse qué iba a ser de su vida, volvió a echar de menos a su padre y, casi sin querer, también a su hermana.

varios

sofá

con

Cuatro

Había dormido muy mal, como solía ser habitual. Lo raro era que lograra conciliar el sueño más de tres horas seguidas, hasta el punto de que su cuerpo se había habituado al insomnio. Su pierna inmovilizada tampoco ayudaba demasiado. Hacía calor y el vendaje era como una manta térmica, una sauna amarrada a su piel.

Durante el desayuno, se entretenía pensando qué podría hacer todo el día, sin que se le ocurriera nada. Trataba de recordar qué ocupaba su tiempo libre antes, cuando sus decisiones dependían

de lo que le apetecía y lo que no. Escuchaba música, a veces pasaba horas tumbada disfrutando de melodías y letras. No le costó encontrar en un cajón su iPod. Tuvo que conectar el dispositivo a la corriente, después de tanto tiempo, se había quedado sin batería. Sin esperar a que tuviera autonomía suficiente se colocó los auriculares y desplazó el dedo por la pantalla digital. Después de algo de indecisión, eligió un album de Mecano que le recordaba a su época en la facultad, Entre el cielo y el suelo. Escuchó una a una las canciones logrando su objetivo: evadirse, al menos durante diecinueve minutos. Con los primeros compases del corte seis todo

cambió.

«Entre el cielo y el suelo hay algo, con tendencia a quedarse calvo de tanto recordar. Ese algo que soy yo mismo, es un cuadro de bifrontismo que, solo da una faz…». Se le encogió el corazón. «La cara vista es un anuncio de Signal, la cara oculta es la resulta de mi idea genial de echarte. Me cuesta tanto olvidarte, me cuesta tanto…».

Los recuerdos se agolparon y la música le dolió.

«Olvidarte me cuesta tanto, olvidar quince mil encantos es mucha sensatez. Y no sé si seré sensato, lo que sé es que me cuesta un rato hacer cosas sin

querer».

Se arrancó los auriculares y detuvo la reproducción. Enrolló el cable alrededor del dispositivo y se secó una lágrima. Recuperar viejos hábitos podía no haber sido una buena idea, al menos de momento. Justo antes de empezar a abandonarse a la autocompasión sonó el timbre de la puerta, su oportunidad para dejar de fustigarse.

Seguía sin controlar demasiado bien el desplazamiento con muletas, pero era infinitamente más fácil que caminar sobre un solo pie sujetándose en el mobiliario y las paredes.

—¡Santiago!, ¡qué madrugador!

—¡A quien madruga…!

—Sí, sí, claro… ya sé.

—¿Cómo has dormido?

—Fatal, como siempre. ¿Y tú?

—He pensado mucho en ti.

—No digas eso en voz alta, que como te oiga alguna vecina la llevas clara. Serías el pájaro espino del barrio en menos de diez minutos.

—Todo el mundo sabe que somos amigos —afirmó él con tranquilidad.

—La gente sabe lo que quiere saber y te

recuerdo que las beatas ultracatólicas son unos especímenes muy peligrosos. No te tienen demasiado cariño hacia tu actitud transgresora que tan poco se adecúa a su reprimida concepción de la vida.

—No seas mala —sonrió.

—Ya, ya, yo soy mala. Venga, vamos a darle una alegría a mi querida Luisa.

Los dos amigos salieron de la vivienda en dirección al bar, en el que Luz estaba desde primera hora de la mañana, igual que la cocinera, Andrés y algún que otro incondicional.

—¡Madre

mía,

Gabi!

—exclamó

su

compañera al verla entrar por la puerta —. ¿Ves cómo te dije que no era una tontería?, ¿qué tienes?

—Pues aunque resulte difícil de creer, me he roto el pie con una botella.

—¿Qué dices? ¿Lo tienes roto?

Andrés, que se situó al lado de Gabriela, también parecía muy interesado por su estado. Era temprano para que se pusiera impertinente, de hecho se estaba esforzando por ser amable. Teniendo en cuenta las horas al día que pasaban juntos, casi podía considerarla parte de su familia; conversaba más con ella que con sus escasos y distantes parientes. Enseguida

apareció Luisa, que salió de la cocina con la bravuconería propia de quien está dispuesto a montar un espectáculo para demostrar su hegemonía sobre el género humano.

—¿Qué es eso? —preguntó con escaso interés.

—Un dibujo —contestó Luz con impertinencia— ¿Qué clase de pregunta es esa, querida Luisa? Te dije que se había hecho daño, pero no podía irse a casa, ¿verdad? Ni cogerse la baja… Pues ya ves. Se ha roto el pie.

—¿Con un botellín de cerveza? No me lo puedo creer. Tú te has hecho daño fuera del bar y ahora te cogerás la baja

para cobrar sin pegar un palo al agua a costa de Manolo.

—No seas desagradable —continuó Luz convirtiéndose en la protectora de Gabriela a sabiendas de que ella no diría nada que la enfrentase con esa mujer.

—¿No está Manuel? —dijo convencida de que solo debía dar cuentas sobre su estado al propietario del local.

—Sí que está, ahora saldrá.

Luisa desapareció para volver a meterse en la cocina donde informó al dueño de lo que sucedía en un tono de voz tan contundente como para que todos

conocieran su opinión.

—¡Manolo!, ya te dije yo que esa niña no tenía ganas de trabajar. ¡La baja se ha cogido! Si lo sabré yo…

A los pocos segundos apareció el propietario, un hombre de unos cincuenta y pocos años, bastante corpulento y serio. Tenía la cabeza afeitada y se había dejado una ridícula barbita de chivo, que era objeto de burla de las dos camareras. Con su profunda voz, que bien domada habría hecho las delicias de cualquier cazatalentos de la locución o la ópera, preguntó a Gabriela:

—¿Qué te ha pasado?

—Ayer se me cayó una botella de las de arriba. Llevaba sandalias y el golpe fue tan fuerte que se me han roto varios huesos.

—Joder, mira que es difícil, ¿los tienes de porcelana?

—Eso parece —contestó Gabriela con timidez, esperando un inmerecido rapapolvo.

—Pues nada, chica, a cuidarse. Descansa y así te pondrás bien antes. — Manuel estaba siendo extrañamente amable, dando consistencia a la máxima de que no es tan fiero el león como lo pintan—. ¿Traes los papeles del médico?

—Sí —contestó de inmediato entregándole la documentación que le facilitaron en urgencias.

—Lo dicho, descansa. Y tú, Luz, espavil. Que menudo favorte ha hecho tu amiga… Tendrás que pasar por la mutua por lo de la baja, lo sabes, ¿no?

Gabriela asintió y él no dijo más. Dio media vuelta y se metió en la cocina, desde donde todos pudieron oír como mandaba callar a Luisa que siguió rumiando con la intención de que la parroquia se enterara de su antipatía hacia «esas dos putas», como solía llamarlas.

—Ni caso, guapa. Tú cuídate mucho.

Aquí ya nos apañaremos. ¿Con quién has venido?

—No te lo digo que te ríes.

—¿Por qué? —preguntó Luz con complicidad—. ¿Qué pasa?, ¿es un tío?

—Un tío, pero no es lo que crees.

—Sí, claro, siempre se dice lo mismo.

—No, Luz, que es un cura —afirmó con timidez.

—¡Qué dices! ¡Vade retro! ¿Y qué haces tú con un cura? —preguntó la camarera entre risas.

—Es

vergüenza

razonable.

un

amigo

que

—susurró

una reconocía poco

con

—Chica, definitivamente necesitas un cambio de vida. ¡Tienes que salir más!

—Sí, con esta pierna es el momento apropiado.

llamo y nos

vamos un día a tomar algo a la playa, a

qué pillamos. —Gesticuló insinuante.

ver

—¡Claro que

sí!, yo

te

—¡Vaya plan! Una gay y una coja de ligue.

—Así

dicho

suena

fatal,

aguafiestas.

Míralo por el lado bueno, no podemos hacernos la competencia.

—Sí, claro —comentó con simpatía Gabriela—. En fin, me voy. No quiero hacer esperar a mi amigo el cura.

—Eso, no hagas esperar al mosén. ¡Uy!, me dan escalofríos y todo solo de pensarlo.

—Pues debes saber que es muy guapo —afirmó mientras salía del local aprovechando una complicidad que la hacía sentir bien.

—Definitivamente

estás

¡Tienes que salir más!

enferma,

tía.

—¡Adiós! —se despidió entre risas.

Ya en la calle, Santiago seguía junto al coche. Atendiendo a su petición la llevó a la mutua, donde la acompañó hasta que estuvo legal y oficialmente de baja. Pocos minutos después, de regreso en su casa, sentada en el sofá frente al televisor apagado, se centró en averiguar qué podía hacer con tanto tiempo libre.

Lo peor de un descanso obligado, aparte de disponer de demiasadas horas para no hacer nada, es que en la calle haga buen tiempo. Gabriela veía entrar un espléndido sol por la ventana del comedor y se consumía en su

desesperación. Oía los gritos de los niños jugando en el parque que había justo frente a su casa y el bullicio propio del verano en un pueblo costero. Después de recapacitar tomó una determinación: no iba a quedarse veinte días en aquel sofá compadeciéndose de su desgracia. Cogió un libro y se dispuso a salir a la calle. En el parque había unos bancos que solían estar ocupados por

jubilados. Después de admitir que un cura era su mejor amigo, no pasaba nada por asumir que los pensionistas podían ser los mejores compañeros de conversación. A esas alturas, no tenía que preocuparse por una vida social que

no tenía.

Los cálidos destellos de mediodía en su cara fueron como unas reconstituyentes vitaminas que la animaron a seguir con su propósito, a pesar de la incomodidad de las muletas. Cruzó la calle con decisión y, por suerte, uno de los bancos estaba vacío. Se sentó y sonrió al ver pasar corriendo frente a ella a unos niños que jugaban con un perro. Dejó escapar un suspiro cargado de melancolía por no poder correr con ellos y comenzó a leer.

Su reconfortante evasión desapareció cuando se percató de la presencia de un vehículo que aparcaba delante de su

casa. El conductor se apeó y se dirigió a su puerta, llamando al timbre. No podía creerlo. El chico, al no obtener respuesta, se dio la vuelta. Ella, que le observaba con atención, se tapó rápidamente la cara con el libro para evitar que la reconociera, aunque el vendaje de su pierna resultaba revelador. No tardó más que unos segundos en oír su voz más cerca de lo que le hubiera gustado.

—Hola, Gabriela. Veo que esa lesión era mucho más de lo que creías.

Cerró los ojos, todavía ocultos tras las páginas del libro, lamentó su mala fortuna.

—¡Ah!, hola —dijo con una postiza amabilidad—. ¿Qué haces tú aquí?

—He estado en el bar y le he preguntado a tu compañera por ti. Ha sido bastante insistente al decirme que estabas de baja, sola y aburrida.

—Sí, muy maja, Luz —masculló entre dientes.

—¿Cómo estás?

—Muy bien, gracias —contestó con agilidad y escaso interés—. Y tú, ¿qué haces aquí? —insistió.

—Pues nada. No tenía otra cosa que hacer y he venido a verte. Me dejaste

preocupado ayer.

—Ya. Dice mucho de ti que te preocupes por completas desconocidas —ironizó.

—No creas, no suelo preocuparme demasiado por mis semejantes pero bueno, me has servido copas más de una vez y me caes simpática.

Fuera de todo pronóstico había logrado despertar su curiosidad con cuatro palabras: «más de una vez». No recordaba haber visto su cara antes de su ofrecimiento del día anterior. Dudaba que fuera un cliente habitual del bar ya que de lo contrario le sonaría.

—Pues muy bien, eres muy amable. ¿Vas

a algún sitio?

—Venía aquí —dijo él sonriente—. ¿Qué pasa?, ¿te incomodo?

—Teniendo en cuenta que no te conozco de nada… pues sí, me resulta un poco incómoda tu visita.

—¡Venga, mujer!, seguro que no eres tan antipática como intentas aparentar.

Hizo

comentario.

una

mueca

al

escuchar

el

—¡Vaya!, y tú no te esfuerzas demasiado por caerme bien.

Abrió el libro mostrando así su rechazo.

La respuesta que obtuvo la desconcertó:

se sentó a su lado.

—¿Qué haces? —preguntó intrigada.

—Nada, disfrutando de la brisa que corre en este parque. Se está muy bien.

Frunció el ceño sin dejar de mirar con asombro a su acompañante.

—¿Qué pretendes?

—Nada,

algo agradable.

perder

la

mañana

haciendo

—¿Y no puedes perder la mañana en otra parte? —preguntó ella incorporándose y dejando el libro sobre

el banco.

—Directa, eres una chica muy directa.

—Y tú eres un tío un poco impertinente. ¿Te divierte?

—¿El qué?

—Jugar así conmigo. A ver, ¿dónde están tus amigos? ¡Ah!, no, es cierto. Esta tarde os reuniréis en el bar para beber unas cervezas y tú les contarás cómo te ha ido con la camarera torpe a la que llevaste a casa ayer.

—¿Eres así con todo el mundo? — planteó él sin perder la sonrisa.

—Solo

antipática.

con

la

gente

que

me

cae

—Pero ¿cómo puedo caerte antipático si no me conoces?

—Te calé desde el primer momento. Eres de esos tíos prepotentes y guaperas que creen que todas las mujeres se mueren por sus huesos.

—¡Vaya que sí! Sí que me has calado. Y tú, ¿qué tipo de tía eres?

—De las que aborrecen a los tíos como tú —afirmó Gabriela.

—No me conoces —argumentó Darío reposando ambos brazos en el respaldo

del banco.

—¿Y quién dice que quiero conocerte?

—Tú

amiga

la

del

bar

parecía

muy

interesada

en

que

viniera

a

hacerte

compañía.

—Si quiero compañía me la buscaré solita, no necesito celestinas —dijo Gabriela recuperando su libro, que abrió por una página al azar.

—¿Qué lees? —preguntó entonces su interlocutor, infatigable.

—¿Qué quieres? —inquirió dispuesta a dar por zanjada la conversación.

—Pues nada raro, conocerte.

—¿Por qué?

—Porque ayer me caíste bien.

—¡Y dale! Estuvimos juntos diez minutos, fui todo lo antipática que pude y ¿te caí bien?

—O sea, que reconoces que intentas caerme mal a propósito —afirmó como el que ha dado en el clavo de un misterio.

—Todo el mundo es agradable o deja de serlo a propósito. Cuando alguien me cae bien me esfuerzo por ser amable y cuando alguien me cae mal, o

simplemente no me cae de ninguna forma, pues soy antipática —expuso dispuesta a acabar cuanto antes con el debate, aunque no contaba con que su contrincante mantuviera una férrea voluntad de acercamiento.

—Pues a mí me caes bien.

—Tú eres tonto, ¿verdad?

—No hace falta ofender —espetó Darío dejando el casco, que hasta el momento había tenido sobre las piernas, encima del banco—. ¿Estás a la defensiva porque alguna vez un tío se portó mal contigo? Si es así te voy a contar un secreto, no todos somos iguales.

—Pues mira, nada más lejos de la realidad. Simplemente no me gusta la gente —afirmó con rudeza.

—Mientes, se te nota.

—¿En qué se me nota?

—Tienes una mirada dulce y una cara muy bonita. Tu rostro no me dice eso.

—¡Vaya!, un motorista poeta —levantó las manos en señal de asombro y recuperó su posición inicial abriendo el libro. Ante el silencio de Darío volvió a rendirse dejándolo a un lado—. Oye, de verdad, no sé que esperas quedándote aquí, pero te estás equivocando conmigo. Soy una chica común, del

montón. No busco ligue ni tengo secretos ocultos. Soy muy sosa y me gusta estar sola. Seguro que hay cientos de chicas por ahí mucho más interesantes que yo. ¡Vamos!, es verano, la playa está llena de turistas en topless a las que les encantaría que un tío como tú las rondara.

—No me apetece ese rollo.

—Y

entiendo.

entonces,

¿qué

quieres?

No

te

—Estar aquí contigo, hacerte compañía.

Gabriela le miró con extrañeza, con el ceño fruncido. Él volvió a sonreír.

—Estás muy guapa cuando arrugas así la frente —dijo señalando hacia el lugar exacto—. Tienes una cara muy expresiva.

—¡Lo que me faltaba por oír! Mira, haz lo que quieras. Yo voy a seguir leyendo tranquilamente.

—Genial. Yo me quedaré aquí contigo, haciéndote compañía.

Le dedicó una última mirada de incredulidad, después abrió el libro y reanudó su lectura. No habían pasado ni dos minutos cuando Darío volvió a requerir de su atención.

—¿Te han dado para mucho tiempo?

Ella le observó en silencio con detenimiento. Desde un punto de vista ojetivo era guapo: le gustaba su cara, tenía unos ojos oscuros muy brillantes, su sonrisa era carnosa y tremendamente sexy. No recordaba la última vez que había mirado así a un hombre, tal vez en la facultad. En nueve años no había tenido tiempo para fijarse en nadie de ese modo.

—¿Qué miras? —preguntó al sentirse escrutado sin tapujos.

—¿No es evidente? —contestó con seguridad— A ti, ¿no es eso lo que querías?

—Pero tampoco es necesario hacerlo

así.

—¿Y cómo quieres que lo haga? Chico, a ti no hay quien te entienda. Te presentas aquí, me abordas, dices que quieres conocerme y te sientes intimidado por mi forma de mirarte.

—No me siento intimidado —se defendió observándola con la misma seguridad, divertido con un juego de seducción refrescante después de la fricción inicial.

—Pues no lo parece, aunque creo que no me queda mucho por ver.

—¿Estás segura? Todavía no me has visto en bañador.

—¡Serás fantasma! —contestó entre risas. Él también rio—. ¡Eres un creído!

—No, de verdad, desnudo gano mucho —afirmó sin dejar de reír.

—Pues hazte un calendario y se lo regalas a tus amigas. ¡Qué fuerte!

—Tú tampoco estás mal —dijo entonces pasando un brazo por el respaldo del banco con la clara intención de rozar el brazo izquierdo de Gabriela. Siguió el acercamiento con la mirada, sonrió y se mordió el labio al captar su intención.

—Tú buscas algo.

—¿Qué? —contestó retirando el brazo

con rapidez.

—Tú quieres tirarte a la camarera chunga del bar.

—¿Por qué dices eso?

—Porque es la verdad. Reconócelo, lo habéis hablado todos los amigos y tú has dicho que en menos de cuarenta y ocho horas podías tirarte a la camarera chunga, porque fijo que Luz te ha dado unas calabazas más grandes que tu cabeza.

—¿La lesbiana?, no es mi tipo. Y tú no eres la camarera chunga.

—O sea, que no niegas que has venido

para sacar algo.

—Creo que eres un poco susceptible. Estás a la defensiva conmigo.

—Claro —afirmó Gabriela con contundencia—. No te conozco de nada y has venido a visitarme como si nos uniera una amistad de toda la vida. ¿Qué quieres que piense?

—Así es como la gente hace nuevos amigos —argumentó él para defenderse.

—Yo no soy como la gente.

—Lo sé, por eso estoy aquí —concluyó él.

La mirada fulminante de Gabriela le arrebató gran parte de la seguridad que exhibía.

—Me haces sentir incómodo. No sé lo que piensas cuando te quedas así callada, mirándome.

—Ese es tu problema, no el mío. Yo no te he invitado a quedarte.

—Eres cruel —espetó cambiando de posición y rehuyendo los ojos de Gabriela.

—Muy bien. Así que esa es tu debilidad, te incomoda que una mujer se muestre más segura que tú. ¿Te molesta que te observe, Darío?

—¡Qué tontería!, ¿por qué iba a molestarme? —afirmó tras fijarse en ella para, acto seguido, volver a evitar sus penetrantes ojos negros—. A lo mejor un poco…

—¡Ajá! No te gusta que te mire así. ¿Y qué pasa si no dejo de hacerlo?

Se incorporó y se acercó desafiante sin desviar la mirada del rostro de Darío.

—Va,

devolviéndole

esquiva.

ya

está

el

bien

—solicitó

de

él

forma

gesto

—Ya sabes. Si te sientes mal, puedes marcharte. Yo estoy la mar de bien aquí.

Se acercaba con impertinencia persiguiendo los ojos de Darío, consciente de que estaba más cerca de alcanzar su propósito de molestarle para que se marchara. Pero su reacción la abrumó. La cogió por el cuello con decisión y la besó en los labios. Apenas fue un segundo. Pese a su confusión por lo imprevisto, Gabriela se separó con brusquedad y lo empujó.

—¿Pero de qué coño vas?

—¿No era esto lo que querías?

—Eso será lo que querías tú. ¡Vete a la mierda, gilipollas!

Se

levantó

con

torpeza

mientras

se

colocaba las muletas para volver a su casa seguida por Darío, que disfrutaba del tira y afloja.

—Venga, no es para tanto. Estábamos jugando, bromeando un poco.

—¡Que me dejes en paz! —gritó y se detuvo para hablarle cara a cara—. Ya te has divertido, ¿vale? Ahora vas con el cuento a tus amiguitos y pasas de mí. ¡Imbécil!

—¿Sueles insultar tanto a la gente?

—Solo a los imbéciles como tú. Pero ¿me quieres dejar tranquila? Voy a gritar —afirmó mientras reemprendía la marcha.

—Perdona si te he ofendido.

—Haberlo pensado antes. Además, no me importa lo que digas. Eres un estúpido que se cree que puede conseguir todo lo que quiere, pero yo no soy un trofeíto más. Olvídate de mí, ¿quieres?

Complacerla no parecía estar entre sus planes. Gabriela se dispuso a cruzar la calle cuando Darío tuvo que detenerla con un estirón de brazo para que una pareja de chavales subidos en ciclomotor no se la llevara por delante. Estuvo a punto de perder el equilibrio, pero él lo evitó. Pese al susto inicial reaccionó con destreza.

—De verdad, si no entiendes lo que te digo, léeme los labios. ¡Déjame en paz! No me gustas y no quiero saber nada de ti.

—Seguro que te caigo mejor de lo que dices.

—Te juro que no he conocido a un ser tan impertinente y desagradable como tú en mi vida —dijo a regañadientes. Se recolocó las muletas para cruzar la calle seguida por Darío. Ya ante la puerta de su casa, sacó las llaves del bolsillo de sus shorts y volvió a dirigirse a él.

—Si te veo otra vez por aquí te juro que llamaré a la policía y te denunciaré por acoso.

—Venga, Gabriela, podemos ser amigos, estoy seguro.

—¡Que no quiero ser tu amiga, coño! ¿No entiendes el español? Lo siento porque no sé expresarme en otro idioma. ¡No quiero saber nada de ti!, me caes mal, no me gustas.

—Pues lo siento mucho, la verdad. Tú sí que me caes bien.

—Ya está bien de cachondeito. Voy a abrir la puerta, voy a entrar y, si intentas algo, te juro que gritaré pidiendo auxilio.

Darío dio un paso atrás y levantó las

manos

encerró en el

y

Gabriela

se

interior de su casa y se apoyó en la madera. ¿Qué había sucedido? El encuentro había sido de lo más surrealista. Iba a llamar a Luz para matarla por teléfono. ¿Cómo se le ocurría enviarle a un tipo así? Debía estar loca. No oía el ruido del motor de la moto alejándose. Se asomó por la franja lateral translúcida de la vieja puerta de madera y vio a Darío sentado sobre el vehículo colocándose el casco, después de guardarse su libro debajo de la camisa. No podía creerlo. Dispuesta a salir para reclamárselo, desistió cuando arrancó y se alejó. Acto seguido buscaba en la agenda de su móvil el teléfono de Luz con la intención de descargar su furia contra la responsable

del desafortunado encuentro. La única explicación que obtuvo fueron sus risas y un «dale una alegría al cuerpo, mujer». Gabriela no sabía ni lo que era eso. ¿Se había convertido en una solterona gruñona a los treinta y pocos?

Cinco

Hacía calor y poco después de cenar, antes de acostarse, decidió refrescarse en la ducha, una tarea cotidiana convertida en un suplicio doméstico. Se desvistió y, casi sin darse cuenta, se sorprendió observándose en el espejo del baño. Contempló su cuerpo desnudo con detenimiento: sus pechos, su tripa, su trasero, sus piernas. Estaba flaca y pálida. No tenía un cuerpo feo, pero estaba convencida de que había perdido atractivo para los demás. Nueve años de dedicación a un hombre enfermo la habían situado en un permanente segundo puesto. No había tenido ningún

problema en relacionarse con el sexo opuesto antes de quedarse sola con Mateo. ¿Cómo había cambiado tanto? Sujetó sus pechos con ambas manos intentando darles más volumen del que tenían. Deslizó las manos hasta el trasero. La prominencia de sus caderas se veía acentuada por la delgadez del resto de su cuerpo.

Los últimos meses de vida de Mateo la habían exprimido: la tristeza y un trabajo con el que nunca había conectado acabaron con su apetito y consumieron los casi ocho kilos que ahora echaba de menos. Una vez sola, no encontraba motivos para recuperarlos. Su nevera vivía bajo mínimos y de la

despensa habían desaparecido los dulces, sinónimo de alegría y apetencia, para albergar algunas latas de conserva, pasta, arroz y unos pocos condimentos.

Se centró en su cara, la parte más visible de su físico. Sus ojeras marcaban un prominente surco bajo los ojos, más hundidos y pequeños de lo que recordaba, sin duda, porque no solía perder demasiado tiempo frente al espejo. La sonrisa que esa misma mañana le había obligado a esbozar Santiago se había evaporado. Por primera vez se vio mayor. ¿Qué había sucedido con su vida?, ¿cómo había pasado de ser una joven universitaria enamorada del arte, la creación y la

fotografía, a convertirse en una mujer ojerosa, pálida, delgada y triste, sin aficiones ni objetivos? No se arrepentía del tiempo dedicado a su padre, pero sí lamentaba la rapidez con la que se había consumido, como si hubieran transcurrido apenas unos días desde que, sentado en su cama, Mateo la consolaba y le aseguraba que no iba a pasar nada. «Será muy duro cariño, sobre todo para vosotras dos. Llegará un momento

en que yo no seré consciente de nada, pero juntos saldremos adelante. Gracias a vosotras no olvidaré que soy muy feliz».

Al

final

no

hubo

un

vosotras.

Por

fortuna, Mateo ya no era consciente de la mayoría de las cosas cuando su hija mayor desapareció, por lo que no notó la ausencia. A veces preguntaba por «esa mujer» y Gabriela se escondía para que no la viera derrumbarse, porque su llanto lo desconcertaba y le creaba una gran confusión que también acababa en lágrimas, y ella no soportaba verlo llorar.

Tenía treinta y tres años, pero se sentía mucho mayor. Frente a aquel espejo que le devolvía una imagen distorsionda de sí misma, se comprometió a cambiar esa visión. No se reconocía. Salió del baño enrollada en una toalla con la determinación de alejarse de su tristeza

y evadirse a través de la televisión. Se dirigió al dormitorio, el mismo donde su padre había pasado los últimos días. Cualquier otra persona no habría reaccionado así, pero Gabriela decidió trasladarse a la habitación de Mateo, fue su manera de permanecer unida a él. Metió sus pertenencias en cajas de cartón que entregó a Cáritas, pero conservó todo lo demás: fotos, escritos, libros, sus gafas.

Pocos días después de su muerte, acostada en la cama, se puso las mismas lentes con las que él leía o veía la televisión. Acabó con dolor de cabeza, pero respondió así a la necesidad de buscar una especie de conexión

extrasensorial, heredando su visión a través de sus gafas. Repitió la misma operación varias veces, aunque acabó dejándolas sobre la mesilla de noche, tal y como él hacía.

Abrió el armario y sacó un discreto camisón. Fue entonces, después de ponérselo, cuando recordó que acababa de recibir un nuevo paquete de su hermana. No acogía con alegría sus misivas pero, durante todo aquel tiempo, nunca había dejado de leerlas. Cogió el sobre, se dirigió al comedor y se sentó en el sofá. Después de acomodar su pierna sobre la mesa de centro lo abrió con parsimonia. En su interior, como esperaba, una carta y dos pulseras que

había confeccionado una de sus niñas expresamente para ella, así lo escribía en una nota. Dejó las pulseras sobre el sofá y desplegó el habitual folio cuadriculado:

Queridísima Gabriela:

Espero que cuando recibas esta carta te encuentres bien. Yo rezo a diario por ti, ya lo sabes. Aquí hace muchísimo calor pero ya me he acostumbrado a la humedad de esta tierra. Me comenta M.ª Teresa que trabajas mucho y que te ve muy delgada. Está preocupada por ti y yo también. Debes comer bien, aquí he aprendido que alimentarse bien

es

fundamental y poder hacerlo es

un

regalo. Espero y deseo que seas

feliz y le pido a Dios que te proteja siempre, porque nadie tú más que nadie merece su protección y consuelo.

A pesar de todo, tiene piedad de mí

y habitualmente me hace llegar

noticias tuyas a través de las vecinas, la gente de la parroquia y Santiago. Le he pedido que cuide de ti, aunque no hace falta que yo

se lo pida. Te aprecia mucho y se

siente muy orgulloso. Dice que eres una gran mujer y que ya has recuperado tu vida después de tu tragedia.

Nunca acabaré de cumplir mi penitencia por abandonarte de la forma en que lo hice, pero no me equivoqué. Has sido una mujer fuerte y diste a nuestro padre el cariño que merecía en sus últimos días, algo que yo no fui capaz de hacer.

Cuando pienso en lo mucho que esperé tu llegada… Años y años deseando tener una hermana y

finalmente llegaste tú, una bendición del cielo, para acabar

No mereces una

hermana como yo, Gabriela, y lo que nos ha sucedido ha sido lo mejor para ti. Seguro que has

tan alejadas

madurado y has aprendido a vivir tu propia vida sin depender de nadie. Esa es la mejor lección.

Las únicas noticias que lamento son las de la parroquia. Dicen que no has vuelto desde el entierro. Sinceramente creo que solo en la iglesia tendrás consuelo para tu aflicción. Solo en Dios encontrarás la fortaleza que cualquier persona necesita para seguir viviendo. Esta realidad es lo único que me reconforta y me anima a seguir con este castigo que me he impuesto, lejos de ti, pero ayudando a personas que no tienen nada.

Me he enterado de tu aportación al proyecto de construcción de la escuela de Manos Unidas. No esperaba menos de ti. Aquí todos te están muy agradecidos, porque por tu sacrificio pueden contar con dos manos más que les ayudan a caminar.

Ahora solo me gustaría saber que estás rehaciendo tu vida, que has conocido a alguien especial con quien crear tu propia familia, alguien capaz de darte el amor que yo no supe demostrarte y que siento en lo más profundo de mi alma. Por mucho que me sacrifique, no tengo perdón para el mayor de mis

pecados, aunque sigo convencida de que tú ya me has perdonado. Tu corazón es el de una persona ejemplar para quien Dios tiene reservado algo grande.

No te molesto más. A pesar del tiempo sigo esperando que alguna vez sea tu mano la que me haga llegar noticias sobre tu vida aunque, si no es así, lo comprendo. Rezo cada día por ti.

Siempre te querré.

Tu hermana, María.

Siempre

lo

mismo.

Las

cartas

que

recibía

desde

que

se

fue

eran

prácticamente calcos. Todos los meses llegaba una con el mismo mensaje. Reía con sorna cada vez que leía frases como «solo en Dios encontrarás la fortaleza que cualquier persona necesita para seguir viviendo», o «tu corazón es el de una persona ejemplar para quien Dios tiene reservado algo grande». Pensaba que ese ser superior del que hablaba su hermana debía estar muy ocupado en otras misiones más interesantes que proteger su bienestar. No la reconfortaba en absoluto saber que su sacrificio tendría una recompensa en la eternidad. Su objetivo pasaba por ser feliz en la única vida en la que creía, una felicidad que, tras la muerte de Mateo,no creía que fuera a ser fácil recuperar. No

consideraba admirable lo que había hecho por él, aunque sí despreciable que su hermana hubiera sido incapaz de ayudar al hombre que les había dado la vida. Tras mucho reflexionar concluyó que María padecía algún problema psicológico que le impedía querer a los suyos, un desequilibrio emocional que le permitía justificar su ausencia, su desapego.

Sus recuerdos infantiles, sin embargo, le hablaban de lo contrario. Evocaban a una hermana cariñosa, que dedicaba horas a jugar con ella y la llevaba consigo a todas partes. También recordaba las numerosas expresiones de afecto entre María y Mateo, por lo que

nunca

enfermedad estuviera detrás de su huida.

se

conformó

con

que

la

¿Por qué si lo quería tanto la abandonó en el peor momento posible? Gabriela se forzó a asimilar que realmente estaba haciendo un bien a la humanidad. Renunciaba a su hermana para que pudiera ayudar a los más desfavorecidos, la había entregado a los más necesitados. «¡Qué buena eres, Gabriela! Has renunciado a tu juventud, tu futuro, tus ilusiones y tus proyectos para que María pueda llevar la civilización a los negritos del África», se decía constantemente, burlándose de sí misma por conformarse con una explicación fácil para una realidad muy

compleja.

Sabía que mucha gente, sobre todo en la parroquia, la consideraba todo un ejemplo, pero ninguna de esas personas comprendía que no se entregó al cuidado de su padre por un mandato divino, por un dogma de fe o por la ansia de salvación eterna. Lo hizo por amor. Le consideraba el hombre más importante del mundo, le quería tantísimo que no le importó dejar aparcada su vida. Por eso mismo, aunque no podía perdonar a su hermana, se resistía a guardarle rencor, por eso seguía leyendo sus cartas, por eso, aunque no le contestara nunca, las guardaba en una caja forrada de papel de charol negro en el fondo de un

armario. El negro, su odio; las cartas, su deseo de no olvidar.

Ocultaba sus verdaderos sentimientos para no parecer un monstruo a los ojos de quienes conocían su historia y la consideraban un ejemplo de abnegación cristiana. Era más cómodo que tener que exponer públicamente que odiaba a María por haberles abandonado cuando más la necesitaban para irse de misiones, como si de una moderna Teresa de Calcuta se tratara.

Dobló la carta y la guardó en su sobre, junto a las pulseras, para enterrarla en su caja. Estaba agotada y los calmantes que le habían recetado para el dolor la

aletargaban. Se dirigió a la cama y, antes de poder darse cuenta, se había dormido.

Seis

Tras una noche de descanso intermitente y muchas cavilaciones, decidió que no iba a encerrarse en casa a lamentar su suerte. Cogió un bolso de tela que no utilizaba desde sus años en la facultad, guardó un gran cuaderno en su interior y se dispuso a salir hacia la playa. Cuando se desveló, sobre las cuatro de la mañana, tras soñar con Mateo, experimentó algo muy parecido a una revelación extrasensorial, aunque tenía más de vivencia recuperada. Él adoraba sus dibujos. Siempre le decía que con sus manos daba color a su vida y ella se sentía la pintora más importante del

mundo. Abandonó los lápices cuando empeoró su salud, a pesar de que un día le prometió que nunca lo haría, que intentaría ganarse la vida con ellos. Le pareció que desempolvarlos era un acto de justicia con su recuerdo.

Con Mateo compartía, entre otras muchas cosas, su pasión por el mar. Solían pasear por la playa mientras charlaban. En numerosas ocasiones le había acompañado a pescar llevando consigo su cuaderno. Recordó, sin saber por qué, a Mocos, un perro que Mateo encontró un día de invierno en la arena, muerto de hambre y de frío. Decidió adoptarlo. El veterinario les dijo que era mayor y que estaba ciego de un ojo,

además, la infestación de pulgas le había generado una reacción alérgica dejándole casi sin pelo en algunas partes del cuerpo. No les importó; lo cuidaron y vivió con ellos cinco años.

A pesar de lo difícil que le resultaba moverse no se conformó con cualquier lugar. Eligió una escollera a la que solía acudir poca gente. ¡Hacía tanto que no disfrutaba del mar sin estar pendiente del reloj! Tenía todo el tiempo del mundo. Respiró hondo, sonrió con timidez, como si lo tuviera prohibido, se acomodó en una roca y sacó su cuaderno sin saber qué podía dibujar. Miró a su alrededor pero y nada en particular llamaba su atención. Comenzó a perfilar

trazos sobre el papel. Pronto se descubrió esbozando un retrato de Mateo con el mar de fondo, aunque no tardó en frustrarse porque no conseguía dar forma a la imagen que tenía en su mente. Desdibujó líneas y redirigió los trazos hasta verse obligada a admitir que no lo recordaba tal y como quería hacerlo. Todas las imágenes que guardaba en su mente le llevaban a su cama, enfurruñado, muy delgado y desmejorado, susurrando palabras ininteligibles, haciéndose sus necesidades encima. Se enfureció consigo misma y rasgó el papel en decenas de pedazos que acabaron en el interior de la bolsa de tela.

Dejó el cuaderno sobre sus piernas y una lágrima sustituyó a su atrevida sonrisa, rodó por su mejilla hasta estrellarse sobre el papel, generando una pequeña mancha que se afanó en difuminar, aunque nada pudo hacer para eliminar su rastro. La observó con detenimiento y se percató de que desvincularse de su tristeza no iba a ser tan sencillo como pensaba.

Los últimos meses se había esforzado para no sucumbir a la depresión, pero no estaba segura de haberlo conseguido. Su padre no había muerto ayer, el tiempo había pasado, aun así seguía sumergida en un terrible vacío. ¿Qué podía hacer para sentirse mejor? La soledad de su

casa no la ayudaba y la reciente lesión tampoco. ¡Más de dos semanas de baja sin tener nada que hacer! Se volvería loca. Tras la muerte de Mateo no había tardado más de cuatro días en reincorporarse al trabajo, necesitaba estar ocupada.

Justo cuando empezaba a sentir ansiedad, la sobresaltó la melodía del teléfono móvil. Suspiró y lo buscó en el interior del bolso. Le costó unos cinco tonos encontrarlo e identificar el origen de la llamada. Descolgó.

—¿No tienes más parroquianos por los que preocuparte? —preguntó sin preludios.

—¿Cómo estás?

—Pues ahora mismo en la playa.

—¡Qué me dices!, ¡eso es estupendo!

—No creas, acabas de salvarme de un ataque de ansiedad de grado diez — confesó. Con Santiago no necesitaba fingir.

—¿Ha

preocupado.

pasado

algo?

—preguntó

—Que no sé qué hacer con mi vida…

—¿Dónde estás? Voy enseguida.

—No

hace

falta.

No

me

pasa

nada

distinto a lo que me sucedía ayer o anteayer o la semana pasada. Empiezo a acostumbrarme a estar triste —insistió recuperando la compostura a duras penas.

—Gabi, no puedes seguir así. Necesitas ayuda.

—¿Tú crees? —dijo frotándose el ojo por el que comenzaban a brotar las primeras lágrimas.

—¿Dónde estás?

—No quiero que vengas, Santiago. Tienes muchas preocupaciones. El pecado está a la orden del día en los tiempos que corren y las tareas de un

sacerdote son cada vez más complicadas —ironizó.

—Nada que no pueda esperar. Prometí que cuidaría de ti.

le

hicieras a mi hermana no tienen ningún

—Tranquilo, las promesas

que

valor. Ya

obligaciones; no merece tanta

sabes, se escaqueó de sus

consideración.

—Gabriela, o me dices de inmediato dónde estás o llamo a la policía — aseguró con rotundidad—. Además, no se lo prometí a María, sino a tu padre.

—Entonces deberás cumplirlo… — musitó rendida y agobiada.

***

Quince minutos después Santiago estaba a su lado. No hicieron falta corazas defensivas, lloró. Santiago se sentó junto a ella y la abrazó.

—Gabriela, ¿por qué te haces esto?

—Le echo mucho de menos. ¿Por qué es así? Al final todo fue sufrimiento, ya casi ni le conocía… No recuerdo como era antes…

Santiago la apretó contra sí con más fuerza.

—Desgraciadamente ese tipo de experiencias permanecen en nuestra

memoria, pero está en nuestras manos seleccionar los recuerdos y tú tienes muy buenos con tu padre.

—No consigo mantenerlos, siempre acabo viéndolo en la cama, dejando de respirar o perguntándome quién era yo o qué hacía allí.

—¿Por qué estás aquí?

—Porque

a

él

le

encantaba

que

viniéramos.

Mientras

pescaba,

yo

pintaba.

—¿Te das cuenta? Sí que tienes buenos recuerdos, lo único que necesitas es borrar esas imágenes tan dolorosas de tu mente.

—¿Cómo?

—Con determinación y convicción, Gabi. Es como si te resistieras a borrar el sufrimiento, como si haciéndolo le traicionaras, pero no es así. Hiciste mucho más por él de lo que todo el mundo esperaba, y tu padre, en el fondo, lo sabía.

Escuchaba las palabras del sacerdote como si le hablara supropia conciencia. Se reincorporó y, mientras se secaba las lágrimas, sonrió, una reacción que sorprendió a su amigo.

—¿Qué te pasa ahora?

—Nada, me hace gracia. Aquí estamos

los dos, un cura y una atea compartiendo todo esto. Te estás jugando tu reputación. Seguro que por aquí hay alguna feligresa alucinando.

—¡Qué manía tienes con las feligresas! Somos amigos, ¿no? ¡Qué importa a qué nos dediquemos! La que demuestra tener bastantes prejuicios eres tú. Además, no lo olvides, mi obligación es devolver al redil a las ovejas extraviadas.

—Gracias por haber venido, Santiago.

—Siempre

que

me

necesites,

ya

lo

sabes.

—¿A pesar de tus feligresas?

—A pesar de mis feligresas y de tu insolente falta de fe. ¡Con lo fácil que es creer en Dios!

—Tú

lo

has

dicho,

demasiado

fácil.

Dios

es

el

único

consuelo

para

los

desesperados.

—No me vengas

religión es el opio del pueblo. Si no tengo permiso para evangelizarte, no tienes derecho a rebatirme —argumentó el sacerdote con una seriedad sobreactuada.

la

con lo

de

que

—Pues no me pinches.

Sonrieron regalándose espacio para la reflexión con su silencio.

—¿Sabes?, estoy pensando en adoptar un perro.

—Eso está muy bien —afirmó Santiago complacido.

—En serio, quiero un perro.

—Y yo te digo que me parece muy bien —insistió.

—Entonces,

cuestionó intrigada.

¿por

qué

te

ríes?

—No me estoy riendo, solo sonrío. Me alegro. Un perro te hará compañía y dentro de unas semanas acabarás hablando con él, le contarás tus penas y lo sentarás a tu mesa.

—¡Serás idiota! —respondió ella propinándole un amistoso golpe con los nudillos en un brazo—. Es en serio, me gustan los perros.

—¡Que me parece muy bien! —se reafirmó—. Si quieres te acompaño a elegirlo. ¿Cómo lo quieres? Tienes que escoger uno muy inteligente si pretendes mantener una conversación.

—¡Cállate ya! Vas a hacer que te falte al respeto delante de toda esta gente.

me recuerdo que Iglesia.

—Ya

has

llamado

idiota

soy un ministro

y

de

te

la

—Eres un idiota —ratificó entre risas.

—No me importa serlo si consigo que mantengas esa sonrisa.

—¿Sabes que mi padre adoptó un perro hace muchos años? Lo llamó Mocos.

—¿Qué clase de nombre es Mocos? — preguntó incrédulo.

—Cuando lo encontró tenía el hocico lleno de mocos y yo decidí ponerle ese nombre. Ya sabes que mi padre siempre hacía lo que yo le pedía —revivió con nostalgia.

—Entonces era un nombre magnífico. ¿Qué fue de él?

—Cuando

lo

adoptamos

ya

era

muy

mayor. Estaba ciego de un ojo, pero era muy cariñoso. Le encantaba sentarse a los pies de papá y pasar horas y horas allí quieto, como agradeciéndole lo que había hecho por él.

—Eso está muy bien —dijo Santiago con comprensión.

—Quiero tener un perro. Me hace mucha ilusión.

—Entonces es una buena decisión — señaló su amigo—. Pero debes prometerme una cosa.

—¿Que no lo llamaré Mocos segundo? —dijo con una risilla cómplice.

—También, pero prométeme que no adoptarás un perro viejo o enfermo.

—¿Por qué dices eso? —inquirió con extrañeza.

—Porque tienes tendencia a entregarte para sanar el sufrimiento de quienes te importan. Busca un cachorrito al que educar a tu medida, no a un animal que necesite cuidados especiales. Has estado mucho tiempo entregada a un enfermo. Ha sido suficiente.

—¿Crees que me he convertido en una maníaca o algo así? —planteó con cierto halo de resignación.

—No, creo que ya has sufrido bastante.

Gabriela

ternura.

observó

a

su

amigo

con

—Eres muy bueno conmigo.

—Es una de las exigencias que me impone mi contrato, ya sabes…

—No te burles. ¿Sabes que eres la persona más importante de mi vida? ¡Mira que es triste! Tengo treinta y tres años y mi único amigo es un cura.

—Sí, debes salir más.

Ambos rieron.

—¿Te

Santiago.

llevo

a

casa?

—preguntó

—No, me quedaré un rato más — contestó mirando hacia la playa.

—¿Estás segura?

—Sí, estaré bien. Ahora sí.

Santiago se acercó y la besó en la frente, exactamente igual que cientos de veces antes había hecho Mateo. Ella cerró los ojos y oprimió sus dedos con cariño tras susurrar un sentido «gracias». El hombre se incorporó y se alejó en dirección al paseo marítimo donde había dejado aparcado su coche. Permaneció sentada en el mismo lugar un buen rato, intentando concentrarse en el sonido del mar.

Siete

Si en condiciones normales la incomodaba realizar ciertas gestiones, con la pierna inmovilizada cualquier desplazamiento se convertía en una odisea. Pero como no hay mal que por bien no venga, su estado conmovió a la dueña del supermercado, que obligó a su hijo adolescente a llevarle la compra a casa, todo esfuerzo era poco a la hora de ayudar a la santa del barrio. El contacto con ese chico malhumorado fue lo segundo más interesante de la mañana.

Tras mucho aburrimiento y un conflicto interno sobre si airearse o quedarse

encerrada, apostó por aprovechar el buen tiempo y salir al parque. No era la primera vez que dibujaba a los ancianos que tomaban el fresco mientras reflexionaban sobre la vida o el fútbol. Ignorando el primer arrebato artístico fallido, cogió de nuevo el bolso y cruzó los escasos metros que separaban su casa de la zona verde. Buscó un banco libre y, una vez situada, escrutó el entorno para descubrir algo que mereciera un dibujo. Pronto vio a un hombre que dormitaba a la sombra de uno de los árboles. Abrió su cuaderno y comenzó a esbozar.

Por fortuna la siesta de su modelo fue larga. De vez en cuando abría los ojos y

echaba un vistazo alrededor, alertado por algún sonido más estridente de lo normal, aunque enseguida regresaba a su letargo. Un pequeño puro vencía a la fuerza de la gravedad sujeto únicamente por la saliva en la comisura de sus labios. Su prominente barriga disfrutaba del día entre los tensados botones de la camisa. Una media hora después su boceto reproducía la escena con bastante fidelidad. Para el resto del trabajo ya no necesitaba al modelo que, ajeno a todo, seguía a lo suyo. Se recreaba en los detalles de la composición cuando oyó una voz a su espalda.

—Es magnífico.

Se sobresaltó de tal manera que el lapicero se salió del cuaderno dibujando una profunda línea que rompió la armonía. La disgustó la visión que obtuvo al darse la vuelta.

—¿Pretendes convertirte en mi peor pesadilla? —preguntó mientras rebuscaba en su bolsa una goma de borrar.

—Siento haberte asustado. ¡Ey!, ese dibujo es una pasada.

—Muchas gracias —contestó con acritud sin mirarle, intentando reparar el desaguisado provocado por el susto—. ¿Qué quieres ahora?, ¿no hay más parques en el pueblo que vienes todos

los días a este?

—Quería pedirte disculpas.

—Muy bien. Disculpado, ya puedes marcharte —espetó, pero Darío permanecía quieto tras el banco. ¿A qué esperas?

—Bueno, ayer te dejaste el libro — afirmó con amabilidad tendiéndole el ejemplar con engañosa y estudiada timidez.

Lo recuperó con brusquedad y lo guardó en su bolso.

—Muchas gracias por habérmelo quitado. Ahora sí que puedes largarte.

—¿No podemos empezar de cero? Creo que he metido la pata contigo.

Cerró los ojos y agachó la cabeza como un perrillo que exhibe su sumisión. Después de llenar sus pulmones con resignación cerró su cuaderno. Se dio la vuelta con torpeza. Le costaba acostumbrarse a sus limitaciones.

—Está bien. Ahora hablemos en serio —precisó con solemnidad—. ¿Qué juego es este? ¿Has estado todo el día dando vueltas por aquí para ver si me pillabas? Si estás buscando algo no lo vas a encontrar aquí.

—¿Qué crees que busco? —preguntó él condescendiente.

—No sé, un rollete, un lío, un polvete o lo que quiera que busquéis los tíos como tú. Paso de eso.

—Pero ¿por qué insistes en el mismo tema? Solo quiero conocerte.

—No entiendo por qué. Te he enviado todas las señales que conozco para rechazar tus intentos de aproximación. No me interesa hacer amistades. Tengo todos los amigos que necesito —mintió.

—Eres muy testaruda, ¿sabes?

—Y tú eres muy terco, como una mula que se resiste a caminar aunque se le atice con la tralla.

—Puede que sea así. No me parece justo que me cierres la puerta sin darme opción.

—De lo que se deduce que soy para ti como un reto, como esa asignatura que se te atraganta y quieres aprobar sea como sea. Muy bien, pues lamento decirte que no hay más oportunidades. Te he cogido manía y ya no se puede hacer nada —argumentó agobiada ante tanta persistencia.

—Seguro que puedo hacer algo para que cambies de opinión.

—Sin duda. Desaparece unos cinco años y después vuelves. Con un poco de suerte me olvido de lo impertinente que

has sido estos días y puedo tolerar verte de vez en cuando.

—Dibujas muy bien —dijo entonces Darío, cambiando radicalmente de tema.

—Muchas gracias, ¿algo más?

—¿Puedo ver tus dibujos?

—No hay más, este es el único.

—Qué pena… Tendríamos algo en común. Soy fotógrafo, ¿sabes?

—¡Qué bien! —exclamó con escaso interés, convencida de que solo trataba de engatusarla con falsedades—. Seguro que eres un paparazzi excelente, sobre

todo por tu perseverancia para conseguir lo imposible.

—No me dedico a eso. Me gusta la fotografía artística. Soy ayudante de Ray Esteve, ¿le conoces?, igual no…

Por primera vez desde que se conocieron, Darío se ganó el interés de Gabriela que, a pesar de su resistencia a mostrarse intrigada, expresó gestualmente lo contrario. Había renunciado a muchas cosas en los últimos años, pero la inquietud artística permanecía latente en su interior. Saciaba su ansia por crear, por aprender o por relacionarse con ese mundo leyendo mucho, intentando estar al día.

Ray Esteve era uno de los vecinos más famosos del pueblo, a pesar de que la mayoría de la gente no supiera demasiado bien a qué se dedicaba. Que mantuviera su base de trabajo en el lugar en el que nació, era un especie de orgullo local. Los vecinos le tenían en alta consideración solo por eso, a pesar de que muchos no entendían cómo un fotógrafo podía ganarse la vida sin hacer bodas, bautizos y comuniones. Gabriela se encontraba entre los que sabían qué había detrás de su fama.

—¿Estás de broma? Ese tío es genial. No me creo que seas su ayudante.

—¿Por

qué

tendría

que

mentirte?

Aunque, bueno, soy uno de tantos. Ahora le ayudo en un proyecto nuevo que le saca partido a las escenas cotidianas, ya sabes, como en tu dibujo. Seguro que si estuviera aquí habría fotografiado a ese hombre.

—Sí, seguro —confirmó desviando la mirada hacia el anciano que se había repuesto por completo y se disponía a marcharse.

—¿Sabes que Esteve inaugura esta noche una exposición aquí?

—Algo había oído —asintió con el ánimo de parecer enterada, a pesar de que no era cierto—. Seguro que es genial.

—Lo es. Son fotografías impactantes. ¡Una pasada!

muy

—Sin

duda.

Me

encantan

todos

sus

trabajos.

—¿Quieres

ir?

—preguntó

entonces

Darío.

De alguna forma Gabriela esperaba aquel ofrecimiento, sin embargo, no pudo evitar sorprenderse.

—¿Estás de coña?

—¿Por qué? Quiero compensarte por haber sido un imbécil. Estoy obligado a asistir y no tengo a nadie que me acompañe. A mis amigos no les gusta

esta historia de la fotografía, necesito alguien que sea capaz de disfrutarlo, con quien poder hablar.

—Creo que paso. Con esta pierna… — se excusó a pesar de cuánto deseaba decir que sí—. Además, no conozco a nadie allí. No sé, gracias, pero mejor que no.

—Venga, no seas tan dura. Seguro que no tendrás otra oportunidad como esta. Te lo presentaré.

Gabriela le miró con extrañeza. La confundía. Esa frase había sido suficiente para transformarlo en una persona interesante y amable. Aun así, se resistía a cambiar la impresión que le

había causado en sus anteriores encuentros. La desconfianza taladraba su conciencia.

—¿No quieres conocer a Ray Esteve?

—¡Claro

que

quiero!

—contestó

sin

pausa.

—Pues no te entiendo. Si lo prefieres te llevo, te presento a Esteve y me esfumo. No apareceré hasta que me pidas que te devuelva a casa… No puedo ser más complaciente.

Intentaba pensar con agilidad. ¿Cuánto

hacía que no tenía algo que hacer que la motivara?, ¿cinco o seis años? ¡Una

eternidad! Era Ray Esteve

Había

seguido su trayectoria desde antes de entrar en Bellas Artes. Coincidía con quienes opinaban que era uno de los mejores fotógrafos españoles del momento. Aunque se movía mucho por el mundo, pasaba largas temporadas en su estudio en el que había construido una sala de exposiciones que cedía al ayuntamiento para realizar eventos culturales. De vez en cuando organizaba alguna exposición en su pueblo natal, verdaderos acontecimientos sociales que Gabriela había seguido por la prensa.

Fue inevitable

impresionada. La misma persona a la que había etiquetado como un incordio

sintiera

que

se

insoportable, se acababa de transformar en la excitante posibilidad de conocer a su ídolo artístico. ¿Estaría engañándola? La duda carecía de sentido, era casi imposible que conociera su admiración por el fotógrafo.

—¿De verdad tienes que pensártelo tanto? Si lo prefieres te doy una invitación y vas sola.

—¡No sé cómo! —insinuó alzando la pierna.

—Entonces soy tu hombre. Tengo coche y moto, lo que prefieras, y dos invitaciones para estar en la inauguración de la exposición más importante que se verá en este pueblo en

mucho tiempo. Prometo no meterte mano ni propasarme contigo —bromeó.

—Me resulta difícil creerte —masculló Gabriela con una sonrisa.

—Sonríes, me gusta. Parece que por fin ha caído el muro.

—¿Qué muro?

—El de los prejuicios. Solo soy un tío que tiene invitaciones para ver a Ray Esteve.

Las opciones eran simples: sí o no. La segunda conseguiría que se martirizara durante días por haber sido una estúpida, y la primera solo planteaba el

riesgo de tener que buscar un taxi para volver a casa si su acompañante se sobrepasaba.

—Está bien. Pero paso de ir en moto con la pierna así.

—Ya te he dicho que tengo coche. Te recojo a las ocho.

—¿Tan

inauguración?

pronto?,

¿a

qué

hora

es

la

—A las nueve, pero podemos cenar algo antes, ¿no?

—¿No se trataba de ver una exposición?

—Vamos, creía que ya éramos amigos.

—Tú eres amigo de Esteve y para mí, de momento, es suficiente.

—¿Te recojo a las ocho?

Gabriela se centró en sus manos, que jugueteaban con el lápiz que había utilizado para dibujar al anciano. No podía sopesar más pros y contras, se aburría de sí misma.

—Está bien. A las ocho.

—Ponte guapa. A Esteve le gustan las mujeres atractivas.

—Claro, como a todos los hombres. Haré lo que pueda —contestó Gabriela, que prefirió pasar por alto lo que le

pareció

machista.

un

comentario

bastante

Darío dio media vuelta y se alejó con la satisfacción del que consigue lo que quiere. Cuando ya estaba sobre la moto miró a Gabriela y levantó ocho dedos. Ella esbozó media sonrisa, asintió con la cabeza, acabó de meter sus cosas en el bolso y volvió a casa, donde una inquietud no tardó en apoderarse de su momentáneo entusiasmo: ¿qué iba a ponerse? No tenía ropa aceptable para ir a un acto público de tal calibre. Abrió su deprimente armario. Solo encontró ropa triste. Los colores negro, marrón, azul marino y blanco se adueñaban de aquel hueco de madera empotrado en la

pared. Durante los últimos años, en su armario había entrado tan poco color como en su vida. Cambiar de opinión sobre su primera cita después de tanto tiempo se planteaba como la única salida digna, pero no podía echarse atrás, no tenía el teléfono de Darío.

Después de mucho dudar se decantó por una medida desesperada a la que jamás habría recurrido en otras circunstancias. Cuando su vecina abrió la puerta se abochornó por lo que iba a pedirle, pero no dio ni un paso atrás. Raquel era una chica de veinticinco años que gastaba prácticamente todo su sueldo en ropa y complementos. La conocía de siempre, de pequeñas jugaban juntas en el parque

y de adultas mantenían una buena relación, sobre todo porque su madre la había ayudado mucho con el cuidado de Mateo. Raquel había intentado convencerla muchas veces para hacer planes juntas, sin éxito; así que la feliz noticia de que por fin iba a salir con alguien convirtió a su vecina en una colaboradora entusiasta.

Le explicó que había recibido una invitación inesperada para ir a una exposición y no tenía nada decente que ponerse. Con sus limitaciones físicas no había podido ir a comprarse nada y «me pregunto si tendrías algo que dejarme», zanjó por fin. La respuesta de Raquel fue inmediata: «¡Faltaría más!, vamos a mi

habitación y elige lo que quieras». Prestarle ropa a su pobre vecina sola y sin amigos conocidos fue para ella una especie de acción humanitaria que la hizo sentirse muy bien consigo misma.

Raquel la obligó a probarse media docena de modelos y no dudó a la hora de aconsejarle un vestido estampado en varios tonos de azul, escotado y ajustado hasta la rodilla, que le quedaba como un guante. A Gabriela, acostumbrada a vestir de oscuro, le costó sentirse identificada con tanta policromía y sensualidad.

Una vez equipada, agradeció la colaboración de Raquel y regresó a casa

para intentar un imposible: cambiar su pálido aspecto por otro más saludable. Su vecina le había preparado un improvisado kit de maquillaje sacando frascos, pinceles, botes y tubos de un cajón que parecía una tienda de productos de estética en miniatura.

No recordaba la última vez que había pasado tanto tiempo en el baño arreglándose. Hizo lo que pudo para compatibilizar la ducha y su vendaje. Después de una hora y media pudo pasar revista a su aspecto en el espejo del dormitorio.Un poco de maquillaje, un bonito vestido y la tristeza desaparecía, aunque en realidad solo se camuflara.

Sonó el timbre de la puerta. Su reloj marcaba las ocho menos diez. ¿Por qué era tan puntual?

—Llegas pronto —dijo con timidez, a la espera de una valoración sobre su transformación.

—No, llego correctamente puntual. Veo que estás lista, y muy guapa, por cierto.

—No es para tanto —susurró complacida—. Pasa un segundo, recojo un poco la habitación y nos vamos.

casa. Mientras

Gabriela desaparecía al final del pasillo, comenzó a escrutar a su alrededor, las fotografías, los recuerdos

Darío

entró

en

la

y cada uno de los detalles que dotaban de identidad al comedor hablaban de la vida en su interior. Le llamaron la atención dos dibujos, modestamente enmarcados, que colgaban de una de las paredes: el retrato de un hombre y el de un perro. No le costó deducir que serían suyos. Prestó atención a las fotografías en las que aparecía el mismo hombre, en algunas solo, en otras junto a ella.

—¿Nos vamos?

—¿Esos dibujos los has hecho tú? — preguntó señalando hacia la pared.

—Sí —contestó a media voz, con escaso interés.

—Son estupendos.

—Los hice para mi padre. ¿Nos vamos?

Darío comprendió que no se sentía cómoda y como estaba decidido a cambiar la opinión que se había formado sobre él, se centró en ser tan amable y complaciente como fuera posible.

—Creo que no te presentaré a Esteve. Te has puesto demasiado guapa.

—Seguro. Las chicas del montón no dejamos de serlo por mucho que nos disfracemos —afirmó incómoda, al sentirse una mujer de prestado.

—Pues para ser una chica del montón no

estás nada mal.

—¿Nos vamos? —insistió de nuevo ya junto a la puerta.

—Por supuesto. ¡La noche es joven!

Gabriela siguió a Darío y cerró. Suspiró antes de completar el trayecto hasta el coche. Hacía tanto tiempo que no salía de noche que se sentía fuera de lugar, pero iba a conocer a Ray Esteve, qué mejor excusa para recuperar su vida social. La última vez que tuvo un plan, en casa todavía le imponían toque de queda. A pesar de que ya era mayorcita, su padre era intransigente con ciertos comportamientos. Ese día nadie la esperaría a su vuelta.

Ocho

Durante el trayecto hasta un restaurante a las afueras del pueblo, muy cerca de la galería de Esteve, Darío se interesó por la habilidad de Gabriela con el dibujo. A la pregunta de por qué lo dejó, ella respondió: «Cosas de la vida». Para Gabriela, la mejor manera de evitar preguntas incómodas era tomando el control de la situación, así que se centró en interrogar a Darío sobre su trabajo como fotógrafo, mostrando especial curiosidad por su relación con Ray Esteve. Él le explicó que al finalizar sus estudios se había presentado a varios concursos de fotografía. En uno de ellos,

Esteve era miembro del jurado y, a pesar de no ganar ningún premio, consiguió despertar su curiosidad hasta el punto de invitarle a participar en un nuevo proyecto que tenía entre manos.

—Como comprenderás, no pude decir que no —explicó mientras se acomodaba en la mesa del restaurante.

—Debes de ser muy bueno para llamar la atención de alguien como Esteve.

—Te recuerdo que no obtuve ni una mención especial en el concurso — matizó mientras echaba un vistazo a la carta.

—No seas modesto. Algo habrá visto en

ti.

—Sin duda, la mitad del talento que he visto yo en tus dibujos.

Gabriela le miró de soslayo. No lograba sentirse cómoda tratando temas tan personales con quien todavía le parecía un completo desconocido. Todo le parecían halagos que esperaban contraprestación.

—No me has contado por qué dejaste la facultad.

—Exacto, no te lo he contado.

—Seguro que ibas a decir que me lo ibas a explicar ahora…

—No, te equivocas, no te lo he contado porque no me apetece —insistió.

—Vale, lo siento —afirmó al tiempo que arqueaba levemente las cejas, entregado a no incomodar a su invitada a pesar de su injustificada acritud.

El silencio se adueñó de los segundos siguientes. Gabriela observó a Darío, que trataba de escoger qué le apetecía cenar, moviendo los labios en lo que podía parecer una lectura pormenorizada y concienzuda de la carta, aunque también dejaba intuir un tic adquirido en las primeras lecturas de su infancia que nadie corrigió. Le pareció gracioso. Durante su

observación reconoció lo amable que había sido desde que se habían conocido, mientras que ella se mantenía arisca y distante. Le pareció injusto.

—Mi padre se puso enfermo. Por eso dejé la facultad.

Darío levantó la vista mostrando así su intriga.

—No tienes que explicarme nada si te resulta incómodo —dijo Darío ocultando sus ansias por saber más.

—No pasa nada —carraspeó a la vez que se colocaba la servilleta sobre las rodillas para evitar fijarse en su interlocutor—. Le diagnosticaron una

grave enfermedad y tuve que dejarlo. Me necesitaba.

—¿Y tu madre?

Gabriela no se sorprendió, de hecho ni se inmutó. Esperaba la pregunta, era de lo más habitual.

—Murió en un accidente de tráfico cuando yo era muy niña. Ni siquiera la recuerdo.

—Lo siento… —Darío permaneció callado unos segundos sin dejar de observarla, aunque reinició su interrogatorio de inmediato—. Imagino que tu padre también murió.

—Sí, hace un par de meses.

—Lo

quedado sola.

lamento…

Entonces

te

has

Darío ignoraba la existencia de María, por lo tanto podía abstenerse de dar una explicación que no deseaba, pero optó por ser sutil y muy concreta para no verse obligada a mentir sin necesidad.

—Tengo una hermana, vive desde hace años en el extranjero. De manera que sí, se puede decir que estoy sola. Sola y feliz.

—Supongo que es

acostumbrarse —se limitó a confirmar Darío.

cuestión de

—La verdad es que he pensado adoptar un perro.

—¿Un perro?

—Sí,

hombre.

ya

sabes,

el

mejor

amigo

del

Darío esbozó una mueca en respuesta al sarcasmo de Gabriela.

—Es una buena idea. ¿Has pensado en algo?

—No sé, quiero ir a una perrera. Me gustaría un perro mediano, un cachorro.

—Eso está muy bien. Pero ¿cómo te apañarás con esa pierna?

—No he dicho que vaya a adoptarlo hoy. Es una posibilidad que voy a estudiar, quizás un día de estos.

La conversación se vio interrumpida por la llegada del camarero, que con gesto amable les tomó nota y desapareció en dirección a la cocina.

—¿Has pensadoa alguna vez en exponer? —preguntó Darío con astucia, tratando de reconducir la conversación y eliminar tensiones.

—¿Yo? No —respondió negando con la cabeza como si se tratase de algo descabellado.

—¿Por qué no? Solo he visto un par de

tus dibujos, pero me parecen geniales.

—Tu entusiasmo es un poco exagerado. No sé si habitualmente eres tan

adulador, pero me incómoda.

sentir

haces

Darío bajó la mirada y desdibujó la sonrisa que había mantenido desde su llegada al restaurante. Gabriela se mordió el labio en una combinación de vergüenza y decepción. Carraspeó. Algo despistado, Darío daba vueltas a la copa que tenía entre los dedos con suavidad, observando lo que sucedía en la mesa de al lado. Gabriela creyó descifrar que sus ojos hablaban de ganas de marcharse, de arrepentimiento. Ni él le había dado

motivos para ser tan fría ni ella quería serlo en su fuero interno. Al constatar que su carraspeo no fue suficiente para requerir atención, se animó a hablar mientras centraba su mirada en el montoncito de migas de pan que acababa de generar bajo sus manos.

—Supongo que es hora de reconocer que hace mucho que no salgo, igual se me nota bastante…

Darío dejó de buscar un punto de interés en el comedor. Sus ojos se posaron aliviados en ella.

—No quiero parecer desagradecida. Es decir, tú eres amable y yo un poco huraña… —Una mueca al otro lado de

la mesa la ayudó a precisar—. Vale, bastante huraña. Creo que el tiempo y la falta de costumbre han hecho que pierda habilidades sociales.

—A veces la vida es complicada — afirmó él conciliador.

—¿De verdad que no es una pose? — dijo entonces Gabriela.

—¿Una pose? No te entiendo.

—Digo que si esa amabilidad de la que has hecho gala desde la primera vez que te vi es una pose o realmente eres así.

—Eres un poco rara, ¿no? Te juro que nunca me habían preguntado algo

parecido.

—Sí, puede que sea rara —señaló esforzándose por resultar simpática.

—No sé qué contestarte. No entiendo demasiado bien a qué te refieres cuando crees que es una pose. Me comporto de la única manera que sé.

—¿Vas por la calle llevando a casa a la gente con dificultades para moverse e invitándoles a salir después? Los discapacitados de esta ciudad estarán encantadísimos contigo.

—Me temo que entonces sí debe ser una pose. Eres la primera persona con la que hago algo así.

—¿Por qué?

—¿Tanto importa? Puede que no haya ninguna razón concreta.

—Todo lo hacemos por algún motivo. Yo, al menos, siempre tengo una justificación para todas las decisiones que tomo. ¿Tú no?

—No suelo pensar tanto. El instinto no se merece la mala fama que le dan.

—Seguro que tienes

amistades que estarían encantadas de estar aquí.

de

un

montón

—¿Para

ver

una

exposición?

Es

evidente

que

no

conoces

a

mis

amistades. Pensaba ir solo hasta que te invité.

—¿Y por qué lo hiciste? —reiteró con tozudez—. No me pareció muy espontáneo que aparecieras en mi casa de repente.

—Me has pillado. Reconozco que soy un psicópata asesino. Pensé que tú podías ser la víctima perfecta:

desvalida, solitaria, indefensa…

Muy oportuna, la ensalada que habían pedido llegó a la mesa. La intervención del camarero recolocando vasos y cubiertos firmó la tregua. Gabriela no sabía cómo sentarse para descansar su inmovilizada pierna. Cuando el

camarero se alejó intentó encontrar la mejor postura.

—¿Estás bien?

—Me sobra una pierna —contestó.

—Pero, ¿te duele?

—No, qué va. Solo me resulta imposible colocarla sin golpearte o ponerle la zancadilla a alguien.

—Ponte cómoda, no me molestas.

—Supongo que

acostumbrarme a convivir con esta rigidez, al menos durante dos semanas.

que

tendré

—Pero ¿qué te has hecho?

—Pues lo que parecía un simple golpe con una botella, ha acabado en rotura de varios huesos diminutos. ¿Sabes que tenemos por lo menos veintiséis en cada pie? En fin, estoy deseando que me lo quiten, aunque no sé cuando será eso exactamente. No me lo han dicho.

Con sumo cuidado, Gabriela dejaba caer el aceite sobre la ensalada. Antes de coger el vinagre miró a Darío y preguntó:

—¿Te gusta? —Él se limitó a asentir y

se concentró en el acompañante.

aspecto de su

—¿Por qué me miras así? —preguntó mientras depositaba la vinagrera en su lugar.

—Me caes bien.

—Me alegro —contestó deleitándose con el agradable giro que había experimentado la conversación.

—¿Ya está? —insistió él retirando los antebrazos de la mesa y haciendo un gesto de sorpresa— ¿No vas a decir nada más?

—¿Qué más quieres que diga? ¿Gracias? —añadió con picardía.

—En estos casos la gente normal suele

decir cosas como «tú también me caes bien».

Sonrió. Él la imitó, a sabiendas de que

su reacción podía ser inesperado.

más

de

lo

—Ya te lo he dicho, puede que no sea normal.

—De eso no me cabe la menor duda.

A partir de ese momento la conversación fluyó. Darío le explicó que la fotografía había sido su pasión desde siempre. Cuando tenía doce años su padre le compró su primera cámara fotográfica, «personal e intransferible», enfatizó, con la que pudo ilustrar una excursión al

zoológico. Desde entonces no había dejado de inmortalizar los momentos más significativos de su vida. Le explicó que uno de los más importantes fue cuando se compró una cámara de última generación con la que ejerció de ayudante de un fotógrafo que se dedicaba a hacer reportajes sociales y del que aprendió mucho, aunque ganó poco. Le transmitió las emociones de su primera exposición, la que solo visitaron unas quince personas. «Ni mis amigos se acercaron», concretó, aunque no con tristeza. Aquella experiencia fue muy importante y así se lo hizo saber a Gabriela mientras salían del restaurante dispuestos a participar en la inauguración de la muestra de Esteve.

Durante el trayecto en coche relató que había intentado que su primera exposición fuera una comparativa de la visión que un niño tiene de un zoológico y la que tiene un adulto, con unos fotomontajes que le llevaron semanas y que acabaron amontonados en el altillo de su casa. Ella escuchaba con atención y cierta fascinación. Asentía, a lo sumo preguntaba sobre detalles que despertaban su interés. Prefirió deleitarse en un distendido monólogo con el que Darío acabó por completo con cualquier prejuicio que Gabriela pudiera tener.

Ambos estaban frente a la sala de muestras donde Ray Esteve presentaba

su último trabajo cuando Darío, que la ayudaba a bajar del coche, afirmó:

—¿Me lo parece a mí o me he pasado toda la cena hablando?

—No te lo parece —confirmó ella con una amable sonrisa.

—Pensarás

que

soy

un

ególatra

lamentó.

—Pienso que adoras tu trabajo.

—Te parecerá una pose —argumentó con una mirada cómplice—, pero no suelo hablar de mis cosas con nadie. A mis amistades les aburre, para ellos el sentido de la fotografía empieza y acaba

en los selfies.

—A la gente le suele gustar la fotografía porque le recuerda momentos especiales. No todos la entienden como una forma de expresión artística.

—afirmó él, que había

sustituido su sonrisa por un gesto serio

que pretendía compenetración.

—Pero tú sí

reforzar

su

—No es ningún mérito —contestó con una simpática mueca mientras se colocaba las muletas para empezar a caminar.

de

exposiciones estaban llenos de gente.

Los alrededores

de

la

sala

Desde la distancia, Gabriela descubrió unas escaleras que le iban a poner las cosas un poco difíciles. Resopló. Darío la estaba ayudando a subir cuando oyeron una voz muy cercana que se dirigía a ellos.

—Algunos arquitectos todavía no han tienen claro eso de eliminar las barreras arquitectónicas.

Ambos levantaron la mirada. Darío sonrió, Gabriela se quedó sin habla.

—¡Hola, Ray! ¿Qué pasa? —dijo al tiempo que estrechaba efusivamente la mano de su interlocutor, que no dudó en estamparle dos besos en las mejillas.

—¿Quién es tu lesionada acompañante?

—Una amiga, Gabriela.

Ella les observaba expectante. El amigo de Darío le tendió la mano y, pese a su deseo de corresponderle, solo pudo mostrar una mueca de auxilio.

—¡Oh!, ¡disculpa! Te hemos dejado a mitad de escalera. Deja que te ayude.

Le resultaba increíble que el mismísimo Ray Esteve la estuviera cogiendo por el brazo para ayudarla a subir unas escaleras. Cuando hubo superado el obstáculo se sintió más dispuesta a mostrar su admiración y agradecimiento.

—Es un placer conocerle —dijo con timidez mientras le tendía la mano.

—¡No me hables de usted, mujer! — exclamó el fotógrafo—. Deja que te bese.

Gabriela miró a su alrededor para comprobar que prácticamente todos los presentes les estaban observando, lo que la incomodó. Su idea era pasar desapercibida.

—Llegas tarde —recriminó a Darío, al tiempo que le golpeaba con firmeza en la espalda.

—Lo importante es que la respuesta de la gente ha sido estupenda —dijo como

única excusa.

—¿Lo dudabas? ¡Soy un puto crack! — afirmó dirigiéndose a Gabriela, mientras ella se limitaba a sonreír de forma mecánica, abrumada por la situación.

El fotógrafo desvió la mirada y saludó a alguien.

—Tendréis que perdonarme, tengo que hacer la pelota a unas cuantas personas. ¿Vienes conmigo un momento?

Darío se disculpó con Gabriela y se alejaron. Esteve había rodeado con su brazo los hombros de Darío acompañando la charla con un braceo exagerado con el que llamaba la

atención de cuantos se cruzaban en su camino.

En su soledad, Gabriela quiso ver una oportunidad. Tenía ante sí una exposición que se moría por visitar y podía hacerlo a su aire. Se acercó a las fotografías que tenía más cercanas. Una joven completamente desnuda estiraba hasta el extremo su cuerpo en un escorzo que hacía que sus pequeños pechos se difuminaran. Estaba tendida en el suelo sobre hojas de periódico. Con sus limitados conocimientos de técnica fotográfica pudo valorar el tratamiento de la imagen que, reforzado por la expresión de la modelo y el marcado contraste, transmitía una sensación de

dolor intenso. La conmovió. Justo al lado aparecía un retrato de la misma modelo en el que prácticamente solo se le veían los ojos, la nariz y los labios. El rímel marcaba varios surcos negros en sus mejillas y una lágrima brillante predominaba sobre el resto de la composición. Se estremeció. Aquellas fotografías hablaban de la tristeza y el dolor con tanta intensidad que no dejaban indiferente, para bien o para mal. En la siguiente imagen el cuerpo desnudo de una mujer parecía estar atrapado contra un cristal mojado. De nuevo los pechos perdían todo su atractivo sexual para convertirse en una parte más de un cuerpo delgado, frío y sin color. Conocía el trabajo de Esteve

desde hacía mucho tiempo, por lo que podía concluir que aquella colección era la más impactante.

Sin prisa, se concentró en la contemplación del resto de obras, tan embelesada que olvidó todo lo que había vivido aquella noche hasta ese instante. No prestaba atención a la gente que la rodeaba ni le importaba estar sola, simplemente disfrutaba. Le parecía que el autor había divido la muestra en dos grupos: la felicidad y la satisfacción, la tristeza y el dolor. Las primeras eran a color y representaban a mujeres contentas, riendo, en entornos idílicos, con un marcado contraste entre los colores primarios, azules, verdes,

rojos y amarillos. Las segundas eran en blanco y negro, también muy contrastadas para intensificar las sombras y las luces, en las que predominaban los gestos de agonía y las imágenes distorsionadas que evocaban confusión, incluso miedo. Concluyó que estaba ante un excelente trabajo, inspirador. Tanto que sintió la imperiosa necesidad de ponerse a dibujar. Quería trasladar los sentimientos que le había transmitido la obra de Esteve en un papel que, como muchos otros anteriormente, guardaría en un cajón para su disfrute personal. Su nivel de abstracción fue tal que perdió la noción del tiempo, hasta que la sobresaltó una voz a su espalda.

—¿Qué te parece?

Se dio la vuelta para descubrir al autor ante ella, sonriente, ignorando a todos sus invitados, que cada vez eran menos, para interesarse por su opinión. No tardó en complacerle.

—¡Es increíble!, de verdad. Sé que se lo habrán dicho muchas veces esta noche, pero es cierto. Estoy fascinada.

—Por favor, utiliza el tú. Odio que la gente más joven me llame de usted porque me hace sentir demasiado mayor.

—Lo siento pero es que…, conozco su…, perdón —sonrió con rubor—, conozco tu trabajo desde hace muchos

años y me parece excepcional. Alguna vez he pintado… Vamos, que es genial. —Por un momento quiso confesarle que había dibujado alguna de sus fotografías dándole un toque artístico personal, pero se detuvo. Demasiado tarde.

—¿Pintas? —se interesó el fotógrafo.

—Muy poco, algunas veces…

—Seguro que lo haces bien —afirmó adoptando una posición de superioridad, directamente proporcional a la inferioridad que sentía Gabriela.

—No, qué va, es solo una afición…

—¿A qué te dedicas?

Enrojeció. Nunca le había preocupado reconocer que trabajaba en un bar, porque al fin y al cabo era su realidad, pero en esa conversación, ante un famoso artista al que admiraba, se sintió tan pequeña como un pulga. Intentó salir del paso sin pena ni gloria.

—No estoy vinculada al mundo del arte —se limitó a decir.

—Pero a algo te dedicarás, ¿no?

Su insistencia la cogió desprevenida. Perdió la sonrisa. Desvió la mirada buscando una salida que no encontró. El nerviosismo explotó en forma de gotas de sudor repartidas por cara y escote.

—Ya te digo que nada que ver con este mundo. Soy una persona corriente, con un trabajo vulgar.

Comprobó cómo el fotógrafo la escrutaba con interés y curiosidad, en una exhibición de control de la situación propia del que sabe que ha acorralado a una víctima y se regodea en ello. Esteve entornó los ojos. Permanecía inmóvil, con los brazos cruzados, a la espera de una reacción que pudiera darle juego para seguir asestando zarpazos de felino cazador.

—Solo es vulgar lo que queremos considerar como tal. Como verás en la colección hay muchas imágenes que en

un principio no tienen un contenido especial, pero depende de quién y cómo las mire para que adquieran trascendencia.

—Mi vida no da tanto de sí —contestó hundiéndose más en el pozo al que había decidido lanzarse.

—Estoy seguro de que sí.

Le molestaban las muletas y la sudoración nerviosa que salpicaba su piel. Conocer al fotógrafo sera cumplir un sueño, pero ya no necesitaba saber más. Se daba por satisfecha.

—¿Qué parte de la exposición te gusta más? —preguntó él todavía inmóvil.

—No sé… —dudó intentando no parecer una tonta. Lanzó un fugaz vistazo a la muestra en la búsqueda de alguna fotografía que destacar sobre las otras para zanjar rápido el tema. Lo mejor sería escoger al azar, pero no tuvo tiempo.

—No me digas más. Estoy seguro de que tu parte favorita es esta —aseveró señalando hacia las fotografías en blanco y negro—. Puedo ver ese espíritu triste, esa alma atormentada que ocultas. Veo en tus ojos que sabes lo que es el sufrimiento.

No recordaba haberse sentido tan vulnerable en mucho tiempo. Se mordió

el labio y miró al suelo. No le gustó que Esteve, por muy buen fotógrafo que fuera y toda la fama que tuviera, se mostrara tan osado con ella. No la conocía de nada, aunque existiera la posibilidad de que hubiera dado en el clavo.

—¿Me equivoco? —insistió altivo.

—Disculpa… tengo que ir al baño.

con su reacción

inesperada,estaba admitiendo ser la persona triste y amargada que el fotógrafo había descrito, por lo que se sintió infantil y estúpida. En condiciones físicas normales habría salido corriendo, pero las incómodas muletas y

Supo que

su lesión la convertían en una mujer atrapada y torpe que solo podía inspirar lástima, la apoteosis de la falta de seguridad en sí misma.

—Deja que te ayude —dijo siguiéndola en su huida a ninguna parte.

—No gracias, puedo sola.

Se sorprendió ante la velocidad que fue capaz de alcanzar solo con un poco de determinación. No buscó el baño, sino la puerta de la calle que se abría y cerraba al paso de la gente que abandonaba la sala, su destino ideal. Una vez en el exterior tuvo que enfrentarse a las escaleras, que descendió con cuidado aunque una de

las muletas se escurrió de su brazo y estuvo a punto de resbalarse. Cuando estuvo a pie de calle recuperó el odioso palo metálico de manos de un hombre que lo había recogido. Necesitaba volver en sí, recuperar la compostura porque, con la brisa nocturna acariciándole las ardientes mejillas, no entendía lo que le había pasado.

Estaba muy lejos de casa y no era probable que pudiera localizar un taxi. Escrutó los alrededores. Cuando quiso darse cuenta lloraba de rabia. Indignada consigo misma quiso reivindicarse. Ella no era una tonta hipersensible. Respiró hondo. ¿Por qué lloraba? ¿Qué era eso tan grave que había sucedido para

acabar así? Resopló.

Cabeceó avergonzada. Tras una reacción tan impetuosa y pueril no le quedaba más salida que asimilar que había estado demasiado tiempo encerrada en un mundo muy pequeño, le faltaban

habilidades sociales, tenía que aprender

a no dejarse pisar. Si Esteve le contaba

a Darío cómo se había comportado iba a quedar como una idiota integral. Se concedió un margen para recomponerse antes de volver con su acompañante.

Ray Esteve no pretendía ofenderla, sino conocer su opinión, pero ella, poseída por el espíritu de una niña caprichosa, había hecho el ridículo al malinterpretar

y magnificar sus comentarios.

Decidió que era el momento exacto para volver a entrar en el edificio cuando las las luces exteriores se apagaron.

Cruzó la entrada principal sin prisa, echando un vistazo rápido a su alrededor buscando una pista que le indicara cuál era el camino. Estuvo tentada de anunciar su presencia con el típico «Hola, ¿hay alguien?» o un más concreto, «Darío, ¿estás ahí?», pero mientras se aproximaba hacia otra puerta entreabierta en la que se leía un disuasorio letrero de «Privado», escuchó un ruido, como algo metálico que caía en el suelo. Hasta donde ella

sabía solo debían de quedar dos personas en el interior del edificio:

Darío y Ray Esteve; pues no había visto salir.

Al llegar junto a la siguiente puerta pudo percibir una tenue iluminación al fondo. La abrió con cuidado y se asomó con discreción.

Comenzó a identificar lo que podía ser una discusión en la que solo Esteve hablaba. Se sintió acorralada. No quería que la descubrieran agazapada en las sombras, porque daría a entender que era una cotilla. Un grito interrumpió sus disquisiciones y se quedó quieta, muy quieta.

El fotógrafo vociferaba con dureza. Sus palabras eran de todo menos amables. Darío tenía la mitad de las manos metidas en los bolsillos delanteros de sus tejanos, con los pulgares fuera. Miraba hacia el suelo con semblante frío, inmóvil, mientras que los aspavientos de su interlocutor iban en aumento.

—Tu estupidez e inutilidad no tiene límites, chaval… Pero ¿qué pretendes?, ¿arruinarme?

Se sobrecogió. La rudeza de con la que se dirigía a Dario no era propia de la imagen que tenía del artista. Se sentía tan incómoda como para desaparecer,

pero

escondite.

se

quedó

congelada

en

su

—¡Te juro que en estos momentos me entran ganas de arrancarte la cabeza! — seguía gritando— No soporto la mediocridad y tú eres una persona muy mediocre…

Le costaba incluso tragar saliva. La humillación de Darío era palpable. Desconocía los motivos de semejante bronca, pero nunca le habían gustado las malas formas ni siquiera cuando el enfado estaba justificado.

—¿Por qué no dices nada? ¿No tienes lengua? ¿O también eres un inútil para defenderte?

Darío se disponía a intervenir cuando Ray Esteve le interrumpió con un empujón. Gabriela se llevó una mano a la boca, impactada por la brusquedad. Acabó haciendo malabarismos para que las muletas no cayeran al suelo desvelando así su presencia.

—Pusilánime pedazo de mierda —dijo dando la espalda a Darío para dirigirse a una mesa donde cogió un vaso a cuyo contenido dio un rápido trago.

Darío permanecía quieto, con los puños apretados. Cualquier otro le hubiera devuelto la agresión aunque él se limitó a recuperar su posición inicial, intentando exhibir un orgullo herido y

contenido. Incluso desde la distancia, Gabriela podía distinguir su mandíbula apretada y creyó que iba a ser testigo de una pelea.

—No sé cómo me dejé convencer por tu padre. Eres tan limitado como dice… un caso perdido, un aspirante a nada, porque no vas a hacer nada en tu puta vida.

—Ray, te digo que yo no estaba allí…

La voz de Darío era firme, pero cautelosa. ¿Qué podía haber pasado para justificar un bronca tan desproporcionada? Fuese lo que fuese, lo consideró intolerable. Se le había caído un ídolo. En menos de un segundo

estuvo de nuevo frente a Darío. Sus caras estaban separadas por apenas unos milímetros cuando recuperó los insultos.

—¿Qué hablas?, ¿alguien te ha dicho que hables? Si yo te digo que eres un inútil, lo eres, ¿entiendes?

Darío calló, pero recibió un empujón en el hombro.

—No te pases, Ray —susurró sin perder su posición, con decisión pero poca firmeza, teniendo en cuenta el calibre de las ofensas.

—¿Que no me pase? Eres un inútil y lo serás toda tu vida. Eres tan miserable que no tienes huevos ni para defenderte.

¡Claro que sé que no has sido tú!, pero no has hecho nada por demostrarme lo contrario. Ahí estás como un imbécil. ¿Qué pasa?, ¿tus papás no te querían y arrastras un trauma infantil?, ¿eras el gordito de la clase y nadie te hacía caso? ¡Me sacas de quicio, gilipollas!

Esteve le cogió de la mandíbula. Darío intentó liberarse, aunque sin la suficiente determinación. El fotógrafo le golpeó en la frente con un par de dedos y con una sonrisa maliciosa le dio la espalda para alejarse de él, pasando la mano sobre una mesa para provocar, con toda la intención, que todos los objetos que reposaban sobre ella acabaran en el suelo. El encendido semblante de su

empleado hablaba de una respuesta contundente que no se produjo.

—Eres un payaso, pequeño Hervás. Me deprime verte, me voy. Mañana quiero que estés aquí a las ocho, limpias todo esto y recuperas esos originales. Remueve Roma con Santiago si es necesario, pero los encuentras. Los quiero aquí antes de las doce o te juro que te acuerdas del día en que conociste a Ray Esteve, ya sabes cómo me las gasto y lo que pasará si voy con el cuento a tu padre.

La firma de su última obra fue un esputo que acabó a los pies de Darío. Gabriela oyó un par de golpes más y los pasos

firmes de Esteve dirigiéndose a la salida de emergencia, al otro extremo de la sala.

Nunca antes había presenciado una escena tan violenta. Darío permanecía quieto. Resoplaba haciendo patente su furia.

Siguió escondida, la situación era ya bastante comprometida para Darío sin tener que dar explicaciones a una persona que acababa de conocer. Su instinto le pedía reaccionar para mostrarse comprensiva con él, pero la prudencia la mantuvo oculta. Quería volver a casa; como experiencia, la primera cita había sido bastante

variopinta, pero su chófer no estaba en condiciones de atenderla en ese momento.

Sin dejar de resollar, Darío se pasó las manos por el pelo antes de empezar a recoger los objetos del suelo, colocándolos con cuidado en su sitio. Gabriela recapacitaba sobre cuál habría sido su respuesta ante una situación así y todas las opciones iban en la misma línea: al primer insulto se daba media vuelta y se marchaba. ¿Por qué había aguantado una humillación así, sin rechistar? Había oído mencionar a su padre, tal vez tuviera algo que ver con Esteve y su hijo se veía obligado, por consideración, a mantener el tipo ante un

arrogante y abusivo artista de la mediocridad, porque eso le había demostrado que era, una imagen vacía, un talento inmerecido. Al final, se alegró del desplante que le había hecho. No merecía menos.

Gabriela seguía formulándose preguntas cuando Darío mostró una reacción a la altura de las circunstancias. Permaneció apenas unos segundos inmóvil, posiblemente intentando conservar la calma, pero explotó. Lanzó lo que tenía entre las manos contra una pared en un arrebato de rabia. El impacto la asustó, provocando que una de las muletas cayera al suelo. Él miró a su espalda. Podía ser el momento adecuado para

dejarse ver, pero no lo hizo. La recuperó con mucho cuidado, quedándose muy quieta, incluso dejó de respirar. Solo se relajó cuando oyó un último resoplido de Darío y el sonido de los artículos que se movían sobre la mesa. Se había librado de la vergüenza del espía descubierto. Exponerse por más tiempo no tenía sentido, por lo que emprendió la retirada.

Con cautela desanduvo hasta llegar a la salida entre asombrada e indignada. Un cúmulo de sentimientos la tenían aturdida. Con la esperanza de que Darío no se hubiera olvidado de ella decidió esperarle unos minutos y, antes de lo previsto, Darío salió a la calle. Se había

mojado un poco el pelo, caminaba decidido y sonriente, mientras ella se esforzaba por actuar con la máxima naturalidad posible. Nada hacia presagiar una confesión. Una vez a su altura, lo primero que hizo fue disculparse.

—Lo siento. —Juntó ambas manos para reforzar el mensaje—. Te he abandonado, pero es que se ha alargado un poco. Ray estaba haciéndome unos encargos para mañana y… bueno, nos hemos enrollado demasiado, ¿no? Tendrás ganas de irte.

—Tranquilo, estoy bien.

—Deja que te ayude. —La cogió por el

brazo.

—¿Qué tal todo con Ray?

—Bien —contestó asépticamente.

—Has tardado mucho, ¿seguro que va todo bien?

Arqueó una ceja ante la insistencia, repitió sus disculpas.

—Lo siento, de pésimo anfitrión.

verdad. He

sido un

—Estaba dentro… —dijo sin más rodeos, en un alarde de indiscreción que venció por K.O. a su prudencia.

—¿Qué? —Se mostró confuso— ¿Dentro?, no te entiendo.

Gabriela bajó la

mirada

para

descubrirse sin más dilación.

—Ahora mismo, estaba

dentro.

Tardabas, entré a buscarte y… he visto

como…

La amabilidad desapareció del rostro de Darío, una señal inequívoca para Gabriela, que comprendió tarde que se había excedido.

—Seguro que te has confundido —dijo con severidad—. Quiero decir, no sé lo que has visto, pero no ha sido nada.

—Se ha pasado mucho. Sé que no es de mi incumbencia, pero… bueno, creo que…

—Tienes razón, no lo es.

Le dio la espalda y comenzó a caminar hacia el lugar donde había aparcado el coche. Gabriela cabeceó. «Muy bien guapa, por bocazas te irás a pie a casa». Darío se detuvo para demostrarle que la esperaba. Sin moverse de su posición y sin buscar la mirada de su interlocutora, le ofreció una explicación convincente.

—Ray acumula mucha tensión en su trabajo. Tiene muchos compromisos y muchas personas que dependen de él. A veces pierde los papeles.

—¿Y humilla a la gente? —interrumpió con cautela, como pasando de puntillas sobre el tema—. Perdona, pero me cuesta entender por qué un ataque de estrés puede excusar lo que he visto ahí dentro… Ha sido muy desagradable, incluso violento.

—Déjalo, ¿sabes? Es cosa mía — susurró todavía inmóvil, dirigiendo la mirada hacia la fortaleza templaria que coronaba a lo lejos el perfil de la costa.

—Darío, creo que…

—No te metas, por favor. Es cosa mía, ¿vale? Tienes una visión un poco desproporcionada de lo que ha pasado.

Por segunda vez esa noche se sintió estúpida.

—Te llevo a casa, ¿no? —preguntó con frialdad.

—Lo siento —musitó. Se sentía confusa. No podía creer que el hombre que tenía enfrente fuera el mismo que la había rondado y había roto su aislamiento.

—No hagas eso. No me mires como si fuera un niño.

—No

defenderse.

lo

hago

—dijo

intentando

—Lo haces, sé como funciona esto, créeme. Olvida todo lo que has visto o

lo que has creído ver. Estoy bien, ¿ves? No pasa nada.

Darío abrió los brazos mostrándose a Gabriela en un intento por aparentar una normalidad que desmontó una sonrisa forzada. Fue entonces cuando escuchó como un eco en el interior de su cabeza que repetía las palabras de Santiago:

«No más perritos desvalidos».

Debía huir de relaciones dependientes que necesitan más de lo que dan, pero no sabía si era el caso. Cavilaba sin necesidad. Otro hombre habría reaccionado con más decisión, se habría defendido y posiblemente habría pagado a Esteve con su misma moneda. ¿Por qué

Darío no? «No te importa», se dijo intentando ser firme, aunque cada vez le importaba más.

El silencio se interpuso entre ambos. Él porque se sentía ridículo y ella porque había metido la pata suficientes veces por una noche.

—No soy así, ¿sabes?

—No me das la sensación de ser

inútil,

ánimo sanador.

un —afirmó con

ni

un

mediocre

—No me refiero a eso. Quiero decir que no dejo que la gente me insulte, que me falte al respeto así. Pero… Ray tiene una relación…, digamos que especial,

con mi padre. Y bueno, mi padre… No sé, es una estupidez hablar de esto.

«No me digas más —pensó— No quiero saber nada más de ti ni de tu padre ni del impresentable de Esteve. No quiero saber nada más, porque no quiero vivir la vida de otros para llenar la mía y quiero irme a mi casa, ya». Pero sus acciones contradecían sus pensamientos.

Volvió el silencio. Darío no sabía cómo seguir y Gabriela se convenció de que estaba más guapa calladita. Cansada de estar de pie y con el único interés de acabar con el dolor físico, optó por el pragmatismo.

—Escucha,

no

me

importa

quedarme

aquí contigo el tiempo que haga falta, pero es que si me quedo mucho más…

—¡Lo siento! —exclamó como si la lesión de Gabriela hubiera aparecido de repente.

—No pasa nada. Pero si nos sentamos…

—Mejor te llevo a casa —dijo, reconociendo la oportunidad de eludir explicaciones que no quería dar.

Sonaba Easy way out de Gotye cuando el coche se detuvo justo frente a la casa de Gabriela. Darío apagó el contacto y bajó el volumen de la música. Ella no se movió, esperaba un «buenas noches» y un «hasta pronto». No quería mostrarse

fría en exceso ni tampoco demasiado entusiasta, a pesar de que deseaba alargar la noche cuanto fuera posible.

—Me gustaría que olvidaras lo que ha pasado. No quiero sentirme incómodo contigo.

—Soy una persona discreta, Darío. Todo esto ha sido una especie de accidente, no lo tendría que haber presenciado pero ya no puedo olvidarlo. Ha sido muy desagradable.

—Sí, es posible.

Se centraba en sus manos mientras se toqueteaba los dedos nervioso e

observaba con

inseguro. Ella

le

detenimiento, empleándose a fondo para no encontrarle tan atractivo, pero conseguía el efecto inverso. «No más perritos desvalidos», insistió para sus adentros, reprimiendo el impulso de invitarle a pasar a su casa.

—Tienes una casa bonita —intervino Darío, que creyó dar con la clave para enriquecer la charla y borrar la última referencia que Gabriela tenía de él.

—Bonita y vieja. Necesita una reforma.

—No, qué va, está bien.

—Tendrías que verla por dentro. Está muy vacía. —Reaccionó rápido para eludir preguntas incómodas—. Mis

vecinas son mis guardianas. Estoy sola sin estarlo. Seguramente en estos momentos todas saben que estamos aquí —observó con sarcasmo, esbozando una sonrisa que pretendía quitar profundidad y trascendencia al momento.

—No te quejes —contestó Darío—, ya me gustaría a mí tener vecinos o una familia a los que echar de menos.

—Creía que tus padres…

—No tengo madre desde el mismo día de mi nacimiento: murió en el parto. Un aneurisma… Mi padre se casó poco tiempo después con otra mujer, Isabel. Pero bueno, tanto daría si no estuvieran.

Gabriela recibió con tristeza la confesión, que impactó incluso a Darío, incrédulo por haberse mostrado tan sincero.

—Somos dos bichos raros —concluyó, golpeando el volante con la punta de los dedos.

—Tú no lo pareces —respondió ella segura de que su vida era la más estrafalaria, signo de un egocentrismo alimentado por años de soledad.

—Tú tampoco pareces de las que juzgan a las personas antes de conocerlas. Aunque todos tendemos a juzgar a los demás, por eso es bueno hablar y conocer a la gente, ¿no?

—¿Quieres que nos conozcamos? — preguntó excitada y encantada con el giro de la conversación hacia cuestiones más sugerentes.

—Estaría bien. Hemos roto ya muchas barreras sin apenas saber nada el uno del otro.

—Puede que por eso todo esté muy condicionado entre nosotros.

Los dos supieron a qué acontecimiento reciente se refería. Darío calló.

—Sí, eso de empezar desde el principio puede que no sea tan sencillo.

—Intentémoslo —propuso entusiasmada

—. A ver, sé que eres fotógrafo, que tienes una moto de gran cilindrada y un buen coche. Vistes bien. Tus amigos, por lo que sé, son chicos de buena familia. Las apariencias dicen que tienes una buena vida.

—Las apariencias… Ya sabes lo que se suele decir —murmuró Darío, transformando la sonrisa en un mohín indescifrable.

Gabriela también dejó de sonreír. Iba a ser imposible hablar sin tratar la cuestión principal. Esa misma noche había sido testigo de cómo un hombre lo humillaba sin que le plantara cara, no sabía si por evitar el enfrentamiento o

por

discreción y la consideración no cambiarían eso. Los dos lo sabían.

La

no

ser

capaz

de

hacerlo.

—Mi vida es como la de cualquier otra persona, ¿sabes? Solo que tengo todo lo que necesito sin problemas. La verdad es que tengo mucho más de lo imprescindible, pero te aseguro desde la experiencia que el dinero no da la felicidad.

—¿No eres feliz?

—¿Acaso tú lo eres? —respondió sin dudar.

—¿No crees en la felicidad? —inquirió ella con la avidez del que cree estar a

las puertas de un gran descubrimiento.

Darío se limitó a levantar los hombros.

—Digamos que la felicidad es algo que no está al alcance de todo el mundo. Hay quien la merece y hay quien no… aunque no sé demasiado bien por qué.

Se resistía, pero no podía desviar su interés a otro lugar que no fuera cada uno de los detalles de la fisionomía de Darío, matizados y perfilados por la luz de una providencial farola.

—¿Qué imagen tienes de mí? —preguntó mientras rozaba el volante con la palma de la mano derecha, evitando el contacto visual con su acompañante.

—¿Te refieres a lo que pensaba antes?, ¿o a lo que pienso ahora?

—O sea, que reconoces que tu opinión sobre mí ha cambiado.

—Obvio —dijo sin reparos—. Es imposible que tenga la misma opinión de ti ahora que cuando te conocí el otro día en el bar.

—Pues bien… ¿Qué opinión tenías de mi?

Una vez abierta la caja de Pandora, descongelado el hielo y superadas todas las fronteras, no sintió la necesidad de impresionarle o quedar bien. Iba a ser sincera, para bien y para mal.

—Me pareciste un niño bien, acostumbrado a tenerlo todo y que, aburrido de lo mejor, busca algo menos bueno con lo que entretenerse.

—Ese algo menos bueno

¿eres tú?

Se ruborizó. Podría haber expresado lo que pensaba de otra forma, pero de nuevo llegaba tarde para retractarse.

—Comparado con todo lo que, en apariencia, está a tu acceso

—¿Te estás comparando con mi moto?

—No.

—¿Entonces?

—Otras mujeres…

—¿Crees que eres algo menos bueno que otras mujeres?

Sufrir las consecuencias de su torpeza por tercera vez la irritaba. Gabriela conocía sus flaquezas, no necesitaba exhibirlas ante nadie. Optó por atacar para defenderse.

—También me parecías arrogante. De esos tíos que van muy sobrados…

—Afortunadamente, hoy has podido comprobar que no es así.

Los ojos de Darío brillaban, rezumando indignación. Gabriela mantenía el

interés intacto, por lo que escrutó en

silencio buscando más palabras.

las

allá

de

—Hubiera preferido descubrirlo de otra forma.

—Sí, habría sido mejor.

Callaron. Gabriela se miró las manos. Darío la imitó. Le resultaba más gratificante observar sus movimientos y reacciones que concentrarse en su defensa.

—¿Y que piensas ahora de mí?

—No lo sé —respondió escuetamente.

—Creía que eras de esas que tienen respuesta para todo.

Gabriela sonrió. Apoyó el codo en la puerta y reposó la cabeza en la mano derecha. Si era habilidosa el día podía acabar mucho mejor de como había empezado.

—Tengo muchas preguntas sin respuestas, pero de momento tampoco las busco. Me limito a asumir que conformarse y quedarse con la duda puede ser más prudente.

—Interesante. Tal vez podrías enseñarme a hacerlo.

—¿Por qué? ¿Tienes muchas dudas?

—Creo que tengo preguntas para las cuestiones más importantes… Si hay un rasgo que no me caracteriza es el de ir sobrado, como tú has dicho.

Volvió a sonreír. Le gustaba comprobar que Darío no tenía que ver con la imagen que se había creado de él.

—Bien. De momento sé que no eres feliz, que no crees que puedas serlo y que tienes muchas dudas —resumió la joven.

—Esa descripción se aproxima más a la realidad. Ahora me toca a mí.

—Lo tienes muy difícil.

mujer

autosuficiente. Estás acostumbrada a

estar sola y no necesitas a nadie.

—Probemos. Eres

una

—Um… Podría ser.

—No interrumpas —espetó él levantando la mano, dispuesto a seguir con su perfil—. Sin embargo…

—¡Ah!, hay un sin embargo.

—Siempre lo hay —continuó—. Sin embargo, pareces vulnerable. Esa piel tan pálida y tu delgadez me dicen que no te importa demasiado tu aspecto. No quieres que te hagan daño, por eso estás siempre a la defensiva. Te proteges de los demás y te cuesta mucho dejar que

cualquiera se acerque. Sin em-bar-go… —sonrió con picardía al destacar sílaba por sílaba el adverbio— muestras una curiosa sensibilidad por quien lo pasa mal.

—Vaya, te has estudiado mi perfil.

—Me gusta observar a la gente y saber cómo es, cómo se enfrenta a la vida.

—Eso podría ser un problema —precisó con cierto sarcasmo—, un problema legal, digo, observar mucho…

Ambos volvieron a reír. Gabriela se explayaba en la libertad de no temer nada. Darío estaba tranquilo.

—Observo lo justo y necesario para hacerme una composición de lugar. No me interesa ir más allá. Tengo suficiente con lo mío como para preocuparme por la vida de los demás.

—¿Y cómo es tu vida? —preguntó Gabriela con inocencia.

—Mi vida es una puta mierda.

Carraspeó tras pronunciar esas palabras. La reacción de Gabriela fue un escalofrío. Aquel completo desconocido le lanzaba un sedal invisible, pero muy peligroso y utilizaba la indefensión como anzuelo. Ya no sabía como desprenderse. Darío se aclaró la garganta de nuevo para esbozar un

intento de sonrisa mentirosa.

—¡Nos hemos puesto melodramáticos! Pensarás que es una manera muy curiosa de intentar llevarse a una chica al catre. —Su voz titubeante dejaba entrever inseguridad y arrepentimiento.

—No creo que tu intención real sea llevarme a la cama.

—Al final tendrá razón Ray. ¿Soy tan patético que no puedo ni seducir a una chica sola y atractiva como tú?

Gabriela se planteó la posibilidad de que esa manera de dejar al descubierto sus debilidades podía ser una estrategia. Él lamentó ser tan transparente ante una

mujer que le atraía. Nunca antes le había pasado, por lo que sintió la imperiosa necesidad de protegerse. La singular belleza de Gabriela, su sonrisa, la dulzura con la que le hablaba, la ausencia total de superficialidad en su conversación y el hecho de que hubiera sido testigo de un momento tan íntimo y delicado como la bronca de Ray Esteve le habían hecho bajar la guardia.

—En fin, ha estado bien, ¿no?

Gabriela se entristeció. No sabía en qué momento había dicho algo para acabar antes de lo que le habría gustado con la cita.

—Sí, ha estado bien.

—Pues nada, igual nos vemos por ahí otro día.

—¡Claro! Ya sabes, te gusta mucho este parque.

Rieron. Se transformaron en dos adolescentes reprimidos y vergonzosos ante una primera cita llena de hormonas, aunque sin experiencia para saber cómo gestionarlas. Con ganas de más, Gabriela abrió la puerta del coche.

—Nos vemos —dijo antes de apearse.

—Claro, nos vemos.

Los dos se despidieron con la certeza de que así concluía todo. Ya en la calle,

cuando Daría ya había arrancado el coche, un silbido electrónico dentro de su bolso requirió su atención. Sacó el móvil y leyó el último

WhatsApp, más bien el único. Era de Manolo. «Pásate mañana, por favor». Podría haber empleado el resto del tiempo a especular sobre las razones que llevaban a su jefe a reclamarla cuando estaba de baja, pero no le importó. Quería mantener la mente en blanco, degustar lo bueno y olvidar lo malo del día que acababa, así que se metió en casa y se fue directa a la cama. El sueño venció a las dudas y cavilaciones. Por primera vez en meses tenía una razón para centrar sus

meditaciones

autocompasión.

muy

alejada

de

la

Nueve

No acababa de entender por qué había llamado una vez más a Santiago, pero necesitaba hablar. Él era la única persona que se le ocurría para compartir sus inquietudes.

El vendaje de la pierna seguía siendo el infierno. Si su lesión no sanaba pronto enfermaría solo por tener que soportar tanto calor.

Echó un vistazo a su alrededor y probó la horchata que había pedido y que le pareció una bebida celestial. El infierno en las piernas y el cielo en su paladar.

Sonrió por la comparación, y volvió a hacerlo cuando Santiago se sentó frente

a ella. Él la rescataría del conflicto

místico provocado por el aburrimiento.

—Buenos días. Ya estoy aquí —dijo acomodándose en la silla y buscando un

poco de sombra. Para Gabriela, su negra indumentaria era una provocación para

el

sol en plena ola de calor—. ¿Cómo

va

todo?

—Va todo bien —contestó antes de sorber de la pajita sumergida en el contenido del vaso.

—Me alegro —añadió él, justo cuando un altivo camarero se acercaba con desinterés.

—¿Qué va a tomar, mosén? —preguntó sin apenas mirarlos.

—Pues lo mismo que mi amiga, gracias.

—Tú dirás, Gabriela, querías contarme algo…

—Sí, ya sabes que eres la única persona a la que acudo cuando tengo algo interesante que compartir.

—Dicho así suena un poco mal —sonrió mientras empezaba a abanicarse con la carta de helados que había sobre la mesa.

—Deberías sentirte halagado. Eres el único privilegiado que conoce mis

historias —sonrió también.

—Pues entonces lo haré. Cuenta.

—Me han despedido.

Quiso ser directa, escueta y clara. Entrar en divagaciones no iba a cambiar las cosas. Un par de días antes, en el bar en el que había estado trabajando los últimos años, Manolo había sido igual de claro y preciso. Santiago evidenció su conmoción como Gabriela había imaginado, incluso con más gravedad, sobre todo al comprobar como su amiga parecía tranquila, algo inusual en alguien tan emocional.

—¿Cómo dices?

—Creo que no podría haber sido más explícita. —Hizo una pausa para beber —. Hace dos días fui al bar, porque Manolo me había enviado un mensaje pidiéndome que me pasara por allí. Llegué, se sentó delante de mí y me dijo que necesitaba despedirme, que estaba en temporada alta y no podía permitirse el lujo de contratar a otra persona mientras me mantenía a mí.

—Pero esa es una excusa terrible. Estás de baja, no puede despedirte.

—Sí que puede, lo ha hecho.

—Me vienen a la cabeza palabras que no debería siquiera pensar… —espetó Santiago nervioso, reposando las manos

sobre la mesa para observar a Gabriela con preocupación—. Y tú, ¿qué le has dicho?

—Nada.

—¿Cómo que nada? —El rostro del sacerdote no podía ser más expresivo. Indignación y rabia peleaban por ganar protagonismo en su ceño fruncido y su gesto severo—. Pues no se puede decir que seas una persona sin argumentos. ¡Doy fe!

o argumentos. Me explicó su situación y no le rebatí.

—No se trataba de tener

no

—Pero ¿qué situación es

esa? Tiene

unas obligaciones contractuales contigo. Llevas trabajando allí desde que yo recuerdo.