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LA SEÑORA SCHWARTZ.

Todo cambió con los milagrosos adelantos de la medicina. Los médicos prolongaban vidas
mediante trasplantes de corazón y riñon y potentes medicamentos nuevos. Nuevos
instrumentos servían para diagnosticar precozmente las dolencias. Pacientes cuyas
enfermedades se habrían considerado incurables el año anterior tenían una segunda
oportunidad de vivir. Era gratificante, emocionante. Pero también creó problemas, porque la
gente se engañó con la ilusión de que la medicina podía arreglarlo todo. Se presentaron
dilemas éticos, morales, legales y económicos no previstos. Vi que ciertos médicos, antes de
tomar una decisión, consultaban con compañías de seguros, no con otros médicos.
- Esto sólo va a empeorar — le comenté al reverendo Gaines.
Pero no hacía falta ser un genio para hacer ese pronóstico. Las señales eran evidentes. El
hospital había tenido que hacer frente a varios pleitos, algo que estaba ocurriendo con
mayor frecuencia que nunca. La medicina estaba cambiando. Daba la impresión de que
habría que reescribir las normas éticas.
- Ojalá las cosas fueran como antes —contestó el reverendo.
Mi solución era diferente:
- El verdadero problema es que no tenemos una auténtica definición de la muerte.
Desde la época de los hombres de las cavernas, nadie había logrado encontrar una
definición exacta de la muerte. Yo me preguntaba qué les ocurría a mis hermosos enfermos,
personas como Eva, que podían decir tantas cosas un día y al día siguiente ya no estaban.
Muy pronto el reverendo Gaines y yo comenzamos a formular la pregunta a grupos formados
por alumnos de medicina y teología, médicos, rabinos y sacerdotes: "¿Adonde se va la vida?
Si no está aquí, ¿dónde está?"
Comencé a intentar definir la muerte. Me abrí a todas las posibilidades, incluso a algunas de
las tonterías que decían mis hijos en la mesa. Jamás les oculté en qué consistía mi trabajo,
lo cual nos era útil a todos. Contemplando a Kenneth y Barbara llegué a la conclusión de que
el nacimiento y la muerte son experiencias similares, cada una el inicio de un viaje. Pero
después llegaría a la conclusión de que la muerte es la más agradable de esas dos
experiencias, mucho más apacible. Nuestro mundo estaba lleno de nazis, sida, cáncer y
cosas de ésas.
Observé que, poco antes de morir, los enfermos se relajaban, incluso los que se habían
rebelado contra la muerte. Otros, al acercarse su final, parecían tener experiencias muy
claras con seres queridos ya muertos, y hablaban con personas a las que yo no veía.
Prácticamente en todos los casos, la muerte venía precedida por una singular serenidad.
¿Y después? Ésa era la pregunta que quería contestar.
Sólo podía juzgar basándome en mis observaciones. Y una vez que morían, yo no sentía
nada. Ya no estaban. Un día podía hablar y tocar a una persona y a la mañana siguiente ya
no estaba ahí. Estaba su cuerpo, sí, pero era como tocar un trozo de madera. Faltaba algo,
algo físico. La vida.
"Pero ¿en qué forma se va la vida? —seguía preguntando—. ¿Y adonde se va, si es que se
va a alguna parte? ¿Qué experimenta la persona en el momento de morir?"
En cierto momento mis pensamientos volvieron a mi viaje a Maidanek, veinticinco años
atrás. Allí recorrí las barracas donde hombres, mujeres y niños habían pasado sus últimas
noches antes de morir en la cámara de gas. Recordé la impresión y asombro que me
causaron las mariposas dibujadas en las paredes, y mi pregunta: "¿Por qué mariposas?"
Entonces, en un relámpago de claridad, lo supe. Esos prisioneros eran como mis
moribundos; sabían lo que les iba a ocurrir. Sabían que pronto se convertirían en mariposas.
Una vez muertos, abandonarían ese lugar infernal, ya no serían torturados, no estarían
separados de sus familiares, no serían enviados a cámaras de gas. Ya no importaría nada
de esa horripilante vida. Pronto saldrían de sus cuerpos como sale la mariposa de su
capullo. Comprendí que ése era el mensaje que quisieron dejar para las generaciones
venideras.
Esa revelación me aportó las imágenes que emplearía durante el resto de mi carrera para

Pero no había transcurrido un año cuando llamó a la puerta de mi despacho. Mientras pensaba qué hacer. pero vio sorprendida que su bruzo pasaba a través del brazo de él. renunció a decirles nada. . Creyó que esta vez estaba cerca de la muerte. aunque no la llamamos así. y que cada vez que sufría los ataques psicóticos atacaba a su hijo de diecisiete años. busqué un abogado de la Sociedad de Ayuda Jurídica. cada vez todos suponían que se iba a morir. la señora Schwartz se fue una vez más del hospital.Pero no me oían. Él no tenía ninguna respuesta preparada. miedo ni angustia por estar fuera de su cuerpo. la llevaron de urgencia al hospital y la pusieron en una habitación particular. tal vez pudiera morirse.Por eso no me puedo morir —explicó. . pero los dos creíamos que una pregunta correcta obtiene por lo general una buena respuesta. Explicó que su marido era esquizofrénico. Después de un instante de silencio. Habiendo sufrido una hemorragia interna. Al principio contó la misma historia que había contado antes. incluso percibía lo que estaban pensando. había estado muchas veces en la UCI. hasta los más mínimos detalles. en ese preciso momento salió de su cuerpo físico y flotó hacia el techo. La verdad es que yo no esperaba volverla a ver. Lo notable era que no sentía ningún dolor. Ya que su hijo estaba bien protegido. éste correría peligro. A la semana siguiente una enfermera me habló de una mujer que según ella podría ser una buena candida-ta para la entrevista. entró una enfermera en la habitación.Creo que es un poco rara —me comentó la enfermera—. Todo esto mientras ella observaba desde arriba. Varias veces les pidió que dejaran de emplear esos métodos heroicos para salvarla asegurándoles que estaba bien. la miró y salió sin decir palabra. Oía lo que decían. de mala gana puse a la señora Schwartz delante de un nuevo grupo de alumnos. Lo veía todo. Al ser su marido el único tutor legal del chico. Las enfermeras la miraban con una mezcla de miedo y respeto. mujer increíblemente resistente y resuelta. El incidente ocurrió en Indiana. Me asusta. pues había pasado ya demasiadas veces por esa terrible prueba entre la vida y la muerte. Bueno. Me negué. donde declararon que su situación era "crítica" y que estaba demasiado grave para trasladarla a Chicago. ahora te pido que me ayudes a investigar la muerte. la interrumpí: .Vosotros siempre andáis diciendo "Pedid y recibiréis". . y cada vez sobrevivía.¿Qué era eso tan urgente que la ha hecho volver a mi seminario? No necesitó más estímulo. . Afortunadamente. No había nada atemorizador en la señora Schwartz cuando la entrevisté para el seminario sobre la muerte y la forma de morir. tan frustrada como los médicos. Pero de todas formas deseaba saber más. Venía a suplicarme que la dejara volver al seminario. añadió—: Y con usted. Mi norma era no repetir los casos. Aliviada. que hizo los trámites para que la custodia del chico pasara a un pariente más sano y digno de confianza. Un día acudí a mi amigo el pastor protestante: . Sólo sentía una enorme curiosidad y le sorprendía que no la oyeran. En ese momento. Una parte de ella quería marcharse. Ella creía que si se moría antes de que su hijo fuera mayor de edad. Entonces entró a toda prisa un equipo de reanimación y empezó a trabajar frenéticamente para salvarla. Según la señora Schwartz. La señora Schwartz. agradecida por poder vivir en paz el tiempo que le quedara de vida. la mayoría de los alumnos no la habían oído. A la semana siguiente. Fastidiada conmigo misma por haberle permitido volver. Los alumnos tenían que poder hablar con personas totalmente desconocidas sobre los temas más tabúes.Justamente por eso necesito hablar con ellos —insistió. Fue directa al grano y nos contó lo que resultó ser la primera experiencia de muerte clínica temporal de que teníamos noticia. Fue muy franca.explicar el proceso de la muerte y el morir. . era imposible saber qué haría cuando perdiera el control. pero no se decidía a llamar a una enfermera. pero otra parte quería sobrevivir hasta la mayoría de edad de su hijo. Al conocer sus preocupaciones. Finalmente bajó y tocó a uno de los médicos residentes.

Yo ya la conocía lo suficiente para saber que estaba muy cuerda y decía la verdad. de tener pensamientos. En la conversación que siguió. Tan pronto acabó el relato. La historia de la señora Schwartz me acosó durante semanas. ella sabía que el seminario se grababa y que contaba con ochenta testigos. doctora Elisabeth Kübler-Ross. lo cual irritó a los alumnos. cada uno se volvió hacia su vecino tratando de decidir si debían creer o no lo que acababan de oír. Todos los presentes en el auditorio escucharon fascinados esta increíble historia. les dije que se trataba de una preocupación puramente maternal. puedo atestiguar que ni ahora ni nunca ha estado trastornada. Tenía todos los cables intactos. Al oír eso ella reclinó la cabeza en la almohada y se relajó. ciertamente no.Si en este momento yo tocara un silbato para perros. yo tenía prisa por reanudar la sesión.¿Cómo pudo repetir el chiste que hizo uno de los médicos? —pregunté—. pero les expliqué que todavía hay muchas cosas que no sabemos ni entendemos. comprobé que no había ni una sola persona en la sala que creyera que la experiencia de la señora Schwartz hubiera sido real. Antes de que la llevara a su habitación volvió a preguntarme: . los alumnos me preguntaron por qué yo había simulado creer a la señora Schwartz en lugar de reconocer que todo eso eran puras alucinaciones. Entonces no me cupo la menor duda que no tenía nada de loca.Entonces perdí el conocimiento —explicó. de modo que le contesté: . que todavía son capaces de hacer observaciones. que en el momento de la muerte los seres humanos tienen percepción. pero por el momento me protegí explicando que la señora Schwartz había tenido un motivo para venir a nuestro seminario.. . el reverendo Gaines y yo nos convertimos en detectives. Nuestra intención era entrevistar a veinte personas que 85 . ¿Significa eso que ese sonido no existe? ¿Era posible que la señora Schwartz hubiera estado en una longitud de onda diferente a la del resto de nosotros? . contaba chistes. ninguno de nosotros lo oiría. lo último que observó fue que los médicos la cubrían con una sábana y la declaraban muerta. Pero ella no estaba tan segura de eso y necesitaba que se lo confirmaran.¿Cree que fue un trastorno de la mente? Por el tono de su voz advertí que estaba angustiada. de la noche a la mañana. Como ningún alumno habría podido descubrir ese motivo. La señora Schwartz tenía la misma sospecha. Sorprendida.Yo.¿Entonces cómo lo llama? —me preguntó otro alumno. Pero cuando tres horas después entró una enfermera a la habitación a sacar el cuerpo.¿Estoy loca yo también? No. porque yo sabía que lo que le había ocurrido no podía ser una experiencia única. nervioso y en actitud derrotada. Así pues. la mayoría de los asistentes eran científicos y se preguntaban si no estaría loca. En el futuro se presentarían preguntas más difíciles.Si se hubiera declarado su experiencia un producto de un delirio mental. entonces las disposiciones acordadas para la custodia de su hijo podrían ser anuladas —expliqué—. ¿Cómo explicamos eso? El mero hecho de que no hubiéramos visto lo que ella vio no descartaba la realidad de su visión. . Si una persona que estuvo muerta era capaz de recordar algo tan extraordinario como los esfuerzos de los médicos por revivirla después de que perdiera las constantes vitales. mientras uno de los residentes. Al fin y al cabo. Además. Pasados cuarenta y cinco minutos. Le pregunté por qué había querido contarnos su experiencia y ella me preguntó a su vez: . Su marido recuperaría la custodia del chico y ella no podría tener paz mental. aunque eso no significa que no existan. . pero los perros sí. entonces era probable que otras personas también pudieran recordarlo. que no sienten dolor y que todo eso no tiene nada de psicopatológico. ¿Está loca? Ciertamente no. Yo no tenía ninguna respuesta a mano. se encontró con que la señora Schwartz estaba viva.

. pronto abriríamos la puerta a una faceta totalmente nueva de la condición humana. todo un conocimiento nuevo de la vida.hubieran sido reanimadas después de que la falta de signos vitales indicara que habían muerto. Si mi corazonada era correcta.