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Mitologia griega EL LARGO VIAJE DE ULISES Relato de GRACIELA MONTES ibujos de, LILIANA MENENDEZ Gram6n-Colihue / Buenos Aires Uno de tos cuentos que mis les gustaba contar a los griegos era el del largo viaje de Ulises, el més astuto y més ingenioso de to- dos los héroes. La gran guerra de Troya habfa terminado por fin y los griegos que habian acompafia- doa Menelao en la empresa de rescatar a la bella Helena se embarcaron de regreso asus casas. Entre ellos iba Ulises, el inventor del famoso caballo de madera con el que ha- bian terminado de derrotar a los troyanos. Faltaba de su reino, ftaca, desde hacfa ya ms de quince afios. Habfan sido afios du- ros, de guerra y de muerte, y Ulises estaba ansioso por reencontrarse con Penélope, su esposa, y con Telémaco, el hijo al que habia besado por titima vez cuando era sélo un bebé. Pero no fue facil el regreso y, segtin ase- ‘gura Homero -el poeta griego que conts esta historia, Ulises y sus hombres pasaron por ‘mil y una aventuras antes de poner los pies en su querida isla ‘A poco de comenzar a navegar se aproxi- ‘maron a una islita de aspecto salvaje. Sélo tuna de las embarcaciones, la de Ulises, an- 16 en la costa, para buscar agua dulce y pro- visiones. Los dems se mantuvieron aleja- dos: no sabian qué podian depararles esos parajes tan extrafos, Ulises y sus compaiieros desembarcaron y comenzaron a intemarse tierra adentro. Lle- garon de pronto una gran gruta y entraron en ella para explorarla, Era muy amplia y, al parecer, estaba habitada. Habia provisiones de todo tipo: jarras de leche fresca, crema, queso, miel, vino y pequefias manadas de ovejas y cameros muy bien instalados en prolijos corrales. En el centro, un gran hogar con brasas atin encendidas y muchas pilas de lefia a los costados. ‘Apenas habfan empezado a recorrer Ia es- tancia, husmeando en los tarros y en los ja~ rros, cuando sintieron de pronto que la tierra temblaba bajo sus pies y vieron que las ove- jas empezaban a sacudirse como cuando est por desatarse una tormenta, Sin perder tiempo, se ocultaron lo mejor ‘que pudieron detras de unos toneles y des- de ahi vieron recortarse en a entrada de lacue- valla figura gigantesca de Polifemo, el ciclope. Era un monstruo poderoso, alto como cin- co hombres, con el rostro cubierto de pelos ¥ un solo ojo redondo y negrisimo en la mi- tad de la frente, Vivia con otros hermanos cfclopes en esta isla alejada donde jamés antes habfan Ilegado los hombres. Aterrados, los griegos trataban de pasar desapercibidos en su escondite. Pero, des- graciadamente, Polifemo los vio. Les clavé toda Ia furia de su tinico ojo y rugié como un tigre enfurecido. -Hombrecitos ridfculos -dijo-, me los voy a comer uno por uno. Y trajo unos listones de madera, hizo un nuevo corral, semejante al de las ovejas, y alli encerré a Ulises y sus hombres, Después cerré la entrada de la cueva con una piedra tan pesada que ni veinte bueyes juntos la habrfan podido mover, y se dispuso comer, 0 Aviv6 el fuego. Se sirvié un jarro de vino y luego levant6 en el aire a dos de los grie~ {20s que se amontonaban en el corral se los trag6 como quien se traga un pescado. Los demas gritaron de horror y empeza- ron a creer que ése seria el fin de todos. Y tal vez hubiese sido el fin de todos de no haberestado alli Ulises, el mAs astuto entre los hombres. ‘Al dfa siguiente, cuando Polifemo salié de Ia cueva para Ilevar a sus ovejas a pastar y volvi a sellar la entrada con la roca, Ulises dio 6rdenes precisas: habia que buscar al- ‘gin madero grueso y largo y afilarlo en la punta, Luego habfa que esperaren silencio y con paciencia a que volviese el monstruo. El monstruo volvié y, al igual que la no- che anterior, aviv6 el fuego, se sirvi6 un ja- 10 de vino y luego levanté en el aire dos griegos y se los trag6. Pero esta vez Ulises lo llamé desde el co- ral y le dijo con la voz mas amable de la tierra: -Sefior cfclope, zno querrfa usted que le sirviera un poco més de vino? El cfclope miré con sorpresa a ese grieguito que se atreviaaa dirigirle la palabra, pero, como haba comido bien y estaba de buen humor, acepté lo que Ulises le propo- nia y le abrié Ia puerta del corral para que pudiese ira servirle vino. Ulises se apresuré.a servirle un jarrén bien colmado. ~Cémo te llamés, hombrecito? -pregun- 16 Polifemo, bastante bien dispuesto con este sirviente inesperado. Me llamo Nadie, sefior ~dijo Ulises, Bueno, Nadie -se sonrié Polifemo-, como premio a tus servicios, te prometo que ser el sitio que trague. Gracias, sefior dijo Ulises. Y agreg6: — {No quiere un poco més de vino? Polifemo vaci6 su jarro de vino y Ulises le oftecié més. Y le siguid sirviendo de ese vino espeso y rojo hasta que el ciclope se “4 ‘empez6 a tambalear y luego cay6 dormido al suelo. Entonces Ulises les abri6 la puerta del corral a los amigos y, entre muchos, levanta- ronel lefio al que lé habian afilado la punta, lo revolvieron entre las brasas hasta encen- derlo y, con un fuerte impulso, lo clavaron hasta el fondo en el ojo tinico del gigante dormido, Es imposible describir el aullido de un ciclope. Es més profundo que el rugir de una catarata, que la explosién de un voleén, que el crujir de un terremoto. La gruta se sacu- dié como un papelito con sus gritos y las ovejas empezaron a balar desesperadas. Con un gran esfuerzo Polifemo logré arrancarse el lefio punzante, fue trastabillando hasta la entrada de la cueva, sacé la roca y amd asus hermanos efclopes. ‘Acudieron todos en masa.a preguntar qué le habia sucedido a Polifemo que aullaba tanto. ~{Quién te hizo eso? ~preguntaban. —iFue Nadie! —gritaba Polifemo-. jNadie me pinché el ojo! {Nadie me ceg6! Los ciclopes se miraban unos a otros sin entender. Bueno -decfan-, sino fue nadie, seré un castigo de Zeus, y tendrds que soportarlo en silencio. Elcfclope siguié aullando la noche entera cn la puerta de su cueva y, cuando leg6 la maiiana, abrié la puerta de sus corrales para dejar salir a pastar a las ovejas Beene EE SS Sabfa que los griegos segufan adentro por- que él no habfa abandonado ni por un mo- mento la puerta, Temeroso de que se le es- caparan, se agaché y palpé una por una las ‘ovejas y los cameros que salfan. Pero, una vez més, Polifemo no conté con la astucia de Ulises: debajo de cada una de las ovejas habia un griego, bien agachado y bien tapa- do por las lanas del vientre del animal. El cfclope palpaba la lana del lomo y de los flan- cos y suponia que salfa s6lo una oveja. Asi fue como Ulises y sus hombres huye- ron del cfclope, que, al descubrir que los grie 408 se habfan escapado, se puso a aullar de rabia en la costa. ~iNadie se me escap6! jNadie se me es- caps! -gritaba, Los ciclopes lo ofan y pensaban que se habia vuelto loco. Si nadie se le escap6 {por qué sera que rita? Pero la de Polifemo fue sélo una de las muchas aventuras que tuvieron que vivic Ulises y sus hombres en ese larguisimo viaje de vuelta a casa. También tuvieron que lu- char contra la barbara tribu de los lestrigones. ‘Tuvieron que huir de Circe, la bruja que con- vvidaba con masitas a sus invitados y los con- vertia en animales. Tuvieron que resistir el maravilloso canto de las Sirenas, que tenfa el poder de hechizar a los que lo ofan y obli- garlos a arrojarse al mar. 20 Tuvieron que escapar de Escila, la ‘monstrua que atrapaba por los pelos a los ‘marinos que navegaban cerca de ella, y de Ca- ribdis, el remolino que se tragaba los barcos. En fin, el de Ulises y sus hombres fue el viaje mds dificil que se haya vivido. Pero todo estaba dispuesto a soportarlo Ulises por el gran deseo que sentfa de abra- zat a su esposa y a su hijo. Mientras tanto, en Itaca, nadie sabfa nada de la suerte de Ulises. No habian Hegado noticias de sus aventuras, y muchos opina- ban que seguramente habia naufragado en alguna tormenta, Penélope, sin embargo, lo segufa esperando, y Telémaco confiaba en el regreso del padre Con los afios se habfan ido reuniendo al- rededor de Penélope un montén de preten- dientes, deseosos de casarse con ella, un poco porque Ia reina era todavia muy hermosa, pero sobre todo porque deseaban apoderar- se del reino. Por esa raz6n se habfan puesto de acuerdo en asesinar a Telémaco, el hijo y heredero del rey ausente. Pero Penélope se resistia a un nuevo ca- samiento y mantenia a raya a los pretendien- tes, Buscaba excusas: -En cuanto termine de tejer esta prenda— decfa— les voy a decir con quién de ustedes decidf casarme. Peto de noche, cuando nadie la vefa, Penélope destejfa lo que habia tejido duran- te el dfa. Al dia siguiente segufa tejiendo y tejiendo, pero el tejido, claro esté, no ade- Iantaba. Py Asi pasaron algunos afios, y asf estaban las cosas cuando Ulises Heg6 por fin a las costas de ftaca. Habfan pasado veinte afios desde el dia de su partida y estaba todo muy cambiado. 2 ‘Se encontré con un pastor, que le cont6 1o que estaba sucediendo en el palacio, como asediaban los pretendientes a Penélope y ccémo resistfa ella asus ambiciones. También le cont6 lo que ya todos sospechaban: que los pretendientes tenfan planeado matar a Telémaco. Ulises entonces —jcusndo no! preparé ‘otra de su trampas: iba a entrar al palacio disfrazado de mendigo y s6lo se daria a co- nocer a su hijo Telémaco. Con las ropas en harapos y el rostro muy barbudo y sucio, a medias cubierto por una capucha, Ulises disimul6 su presencia en el sal6n de los banquetes. Para los pretendien- tes que estaban ahf reunidos era s6lo un men- digo mas de los que venfan a comer los res- tos de sus festines. Burlones y groseros, se refan de él, lo in- sultaban y le tiraban pedazos de pan y cas- ccaras de fruta, Ulises desempeftaba a Ia perfeccién su papel de humilde pordiosero y soportaba todo ccon paciencia, a la espera de la venganza fi- nal Era un dia especial: Penélope ya no podia seguir demorando su decisin y esa misma noche se decidirfa Ia suerte de los preten- dientes con una prueba de destreza: el que fuese capaz de armar y tensar el arco que habia sido de Ulises y de atravesar con una sola flecha otros doce arcos puestos en fila seria el esposo de Penélope y el rey de ftaca. ‘Uno por uno intentaron suerte los preten- dientes y ninguno consigui6 siquiera curvar el arco para colocarle la cuerda. Cuando el Ultimo pretendiente habia hecho su intento se oy6 Ia vor del mendigo: Soy s6lo un miserable, ya sé ~dijo Ulises-, pero en mis tiempos fui un soldado. Me gustarfa probar de disparar una flecha ‘con ese arco. Resonaron las carcajadas en la sala, Pero Telémaco, que sabfa quién era el falso men- digo, intercedi6 por él. Es s6lo un viejo ~dijo-. Déjento probar. Los pretendientes, pensando que podia ser un espectéculo divertido, lo dejaron probar. 28 » Ulises tomé el arco con mano firme, Io curvé con facilidad, como quien curva un mimbre, at6 la cuerda, la tens6 y disparé una sola flecha, que atraves6 como un rayo los doce arcos alineados. Los pretendientes no salfan de su asom- bro, Pero mucho mis se asombraron cuan- do Ulises ech6 hacia atrés la capucha de sus harapos y reconocieron la inconfundible ca- beza del héroe Entonces el rey de ftaca, el dueiio de casa, volvié su arco contra los pretendientes y los, ‘mat6 a todos, uno por uno, Pocos minutos después los sirvientes retiraban los cuerpos sin vida: Ulises se habfa vengado. 20 Luego se abraz6 con su esposa Penélope y.con su hijo. Lloraban los tres en medio de ia alegria. EI viaje, el largo viaje de Ulises, habia Hegado a su fin. AER 3 En todas las _librerias La Mar de Cuentos Un viaje alos mundos imaginatios ims espléndidos de la humanidad ‘Curnros ne 14 wtrovocta onan (ettos Gravel Montes, ibys de Liars Mendes) Mis cumyros ve La wrroLoeta oxizca ‘Cuextos LAs Mat ¥ Una Noces 1 (Retaos de Graces Mons Dior de Lian Mente) (Custos ne Las May Un Nocaes HL laos de eels Monts. Dj de ins Mee) Hisronias ne 14 Basu, tats de Gia Montes Dos de Oscar Rt) ‘Canantznos oe 14 Misa REDONDA (etaoe de Gea Most. Dit de Ox Ros) Los cunyros be Pensaur (nucion de Gril Montes, Daj de Set) Anpanzis 0 Juss et Zoro elaos de Hono Clee, Dias de Tata) Los vues ne Guuuiven (Apa de Rapti Pres Dijon Sa) iwuiss oe Bsoro (ese de Heber Carin. ij de Mars Gita) g| ‘Wescas Villa 468 Buna A en, "nen