¿Andando hacia las comunidades

postmodernas?
| ÉNFASIS | Por Abel García García



1. Resumen

La iglesia tiene un reto gigante el presente
siglo, que la llama a replantear su lista de
creencias y modos de vida para no morir en
los museos y libros de historia: el
postmodernismo. Por ello, nos
introducimos a él con afán descriptivo,
desde la historia que lo genera a las
características básicas que le dan
identidad, planteándonos desde allí
algunos elementos preliminares de una
iglesia que pueda hacer una misión
contemporánea de manera trascendente.
Por ello introducimos cinco paradigmas: la
comunidad como base del cristianismo
basados en la observación de Dios como
comunidad divina; la autoridad como
énfasis en el sacerdocio de todos los
creyentes, a sujeción los unos a los otros,
la actitud de siervo de quien quiera ser el
primero, y el borrado de la línea divisoria
entre el clero y el laicado; el espacio como
liberación de la dependencia de templos y
espacios físicos para la expresión de la
alabanza y la vida de la comunidad; la
economía como una visión más bíblica del
diezmo y las ofrendas, que elimine
presiones manipuladoras y se centre en las
necesidades de la comunidad y el mundo
que la rodea; y el ecumenismo, como una
comprensión del respeto por la experiencia
espiritual del otro.


2. El post-modernismo y su
influencia en la iglesia de hoy (1).

El postmodernismo se ha convertido en
tema primordial de la agenda teológica
tanto a nivel avanzado como de base,
siendo hoy por hoy perentoria su
discusión. Es intención del presente
documento hacer un pequeño esbozo de él
por lo que, a mi entender, previamente es
necesario saber un poco de historia, en
especial la transición del medioevo a la
modernidad. Aquí encontraremos la
génesis e importantes elementos que nos
ayudarán en la comprensión del
acontecimiento en cuestión.

Los escolásticos en la edad media
consideraron como el principal de los
sentidos al oído, siendo esta la razón por la
que priorizaron el escuchar las tradiciones
y la sabiduría de los entendidos. En
cambio, los renacentistas pensaban que lo
más importante era la vista, con la que
podíamos captar la realidad y observar los
fenómenos. Galileo Galilei lo expresa a la
perfección cuando afirmó que “el ojo
corrige lo que llega por el oído”. Ante esta
nueva realidad los religiosos quedaron
completamente desfasados y la fuente de la
sapiencia pasó del teólogo al científico. Le
fue muy difícil al cuerpo clerical asumir la
divergencia, peor aún cuando llegó el golpe
de la ilustración.

Hubieron dos rupturas: la religiosa y la
filosófica. Descartes es fundamental
porque afirma que la razón manda,
desechando el aporte de los sentidos,
aunque Locke lo corrige diciendo que la
experiencia tiene validez. Estos dos
criterios se fusionan creando el pilar
fundamental de la modernidad: razón y
experimentación. Fue un tiempo de crisis,
y libros como La Divina Comedia, el
Decámeron y El Ingenioso Hidalgo Don
Quijote de la Mancha lo confirman.
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21

Se inició una época de fascinación por lo
novedoso, queriendo destruir el pasado
(representado en la forma de la monarquía
absolutista y la iglesia) y apareciendo la
secularización, donde la religión pasa a ser
un asunto netamente individual y privado.
Comte dijo que la era religiosa se había
superado entrando a la etapa metafísica,
donde se le dice adiós a la búsqueda de
absolutos. Surge la idea de progreso (como
fuerza irrefrenable y redentora), la visión
optimista de la vida y el desarrollo de las
ideologías, que buscan en esencia la
felicidad del hombre (liberalismo,
comunismo, etc.).

Sin embargo, hubo reacciones a la
modernidad. El romanticismo (que
enfatizó los sentimientos), la generación
beat (la negación del materialismo y la
política con un resalte de la espontaneidad
y la austeridad) y el hipismo fueron
manifestaciones de oposición, aunque
ninguna como el existencialismo. El
resultado de todo es la certeza del fiasco
del proyecto moderno: las ideologías han
fracasado (el capitalismo es salvaje y
polarizado, la filosofía ofrece la nada y el
vacío) y la promesa de la ilustración de que
la razón traería el bienestar del hombre ha
sido violada. Por ello, está aquí la etapa
postmoderna. ¿Qué características tiene?

Cuando hay desencanto y decepción, las
cosas no importan demasiado, peor con lo
fundamental. No interesa responder las
preguntas básicas, no importa definir el
ser, importa simplemente pasar el tiempo
lo mejor posible, vive el hoy, no importa el
mañana. Todo es instantáneo, efímero,
imponiéndose el materialismo y
utilitarismo. El ser es reemplazado por el
tener. Tengo valor si poseo dinero, un auto,
si soy cool o nice, si las mujeres se visten
con ropa cara y llena de sensualidad, o si
me encierro en el trabajo para ascender lo
más posible y mostrarlo a los demás. La
vida de los comerciales del Whisky Chivas
es lo cardinal, la cuantía absoluta, o sea, un
hedonismo feroz. No importan lo demás.
Necesitamos vivir al límite, sin pasado, sin
meta a largo plazo. ¡Hay que vivir la vida!
Todo nos es indiferente, somos permisivos.
Si algo cambiará, no será el mundo sino
“mi” mundo. Nietzche habló de lo
dionisiaco, el centrarse en el aquí y ahora,
y esto se aplica en la diversión como
descontrol y la música como adoración al
ídolo. El baile ha migrado de arma de
seducción a fusión con la multitud, y la
moral se ha disuelto. “Todo me da igual”.

El desencanto y la decepción han llegado
porque los grandes metarrelatos no han
funcionado. ¿Lo hizo el comunismo? No, se
hundió en la corrupción y el controlismo.
¿Y qué hace el capitalismo que discrimina
al planeta en dos partes, una pudiente y la
otra miserable? ¿Tuvo éxito la prédica del
cristianismo si ahora Europa, en cierta
forma su cuna, es ahora pagana? Por ello,
se defiende el pluralismo de los lenguajes y
el pragmatismo contextual y no interesan
para nada las ideologías o los proyectos
históricos. No hay centro, no hay ideología
única, todo es relativo, nadie es “dueño de
la verdad” porque ahora está fragmentada
llegando, sin ningún problema, a coexistir
postulados contradictorios. A esto se le
llama el pensamiento débil, que busca
simplemente verdades válidas para mi, no
para todos. Incluso esto llega a los niveles
de la ética, que se transforma en
consensuada, no basada en principios sino
en estadísticas (manda, entonces, lo que
cree la mayoría).

Algo que se evidencia es la conciencia de la
realidad aplastante. El hombre ya no se
siente protagonista y no cree en las
posibilidades de cambios profundos. Tiene
la sensación de depender de poderes que
no le dejan alternativas. Existe ahora una
hiperpotencia que hace lo que quiere, un
terrorismo global, empresas trasnacionales
con más poder que muchos países,
hipercomunicaciones, hiperdelincuencia,
Todo demasiado grande. ¿Qué podemos
hacer los individuos ante ello? Nada, por
ello me desconecto de todo y la paso bien,
o, por lo menos, lo mejor que puedo.
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22

Algo definitivo es que existe una
espiritualidad muy fuerte (por ello el
potente despertar religioso), y ataca al
racionalismo, pero es difusa, sin buscar
absolutos, con doctrinas sencillas, ética
fácil, que empuja a lo eminente e
irracional. Hay un retorno al pensamiento
mágico y sagrado, sin trascendencia ni
pensamiento del más allá, sólo una
búsqueda de salud, dinero y amor. Ese
retorno no es al cristianismo porque
representa al viejo orden fracasado, al
modus operandi de las instituciones
tradicionales que ha quedado obsoleto. ¿A
dónde se repatría? A una espiritualidad a
secas, a una religión sin religión. ¿Cómo es
esa espiritualidad?

(1) Es subjetiva, porque la religión ya no es
una herencia que viene de atrás, sino que
es el resultado de una búsqueda, un
encuentro, o una elaboración personal. No
es una novedad teologizada, sino una
verdad vivida subjetivamente.

(2) Es emocional. Las comunidades
religiosas tienen una fuere adhesión
persona alrededor de un líder carismático.
Hay más vínculo afectivo y menos
obligaciones. Se desconfía de los
programas y las doctrinas, siendo lo
importante la experiencia espiritual de la
gente. El localismo y el aislamiento
también se manifiesta.

(3) Es tribal. Se diviniza la comunidad
parroquial, y allí están las fuentes de los
valores morales y espirituales. Es esto así
por el reblandecimiento de las
instituciones

(4) Es ecuménica. Por ello el valor de la
tolerancia como fuente de
enriquecimiento, el dialogo interreligioso y
la afirmación de la no monopolización de
la religión.

(5) Es sincrética e indiferente. Las
convicciones fuertes se descartan, la
sensibilidad es light.

¿Qué hacer? Algunos proponen no ser una
burbuja y rescatar el sentido épico de la fe,
abandonando el aburguesamiento para
tomar una actitud militante, racional,
contestataria y profética. Hay que ver lo
positivo del postmodernismo (el pacifismo,
la ecología, el feminismo, la emotividad),
trabajar en la forma de la comunicación del
mensaje del evangelio y tener cuidado con
las modas teológicas, el pensamiento débil
(desconocimiento de la doctrina,
debilitamiento de las convicciones) y la
tendencia a lo dionisiaco (énfasis en el
sentimiento, sobre todo en la alabanza).

¿Es esto suficiente? ¿Correcto? No lo sé.
Pretendo aquí presentar algunas ideas de
lo que debe ser una comunidad cristiana
que pretende navegar en el mundo
postmoderno. Es una visión totalmente
preliminar, incompleta, pero espero que
pueda ser el punto de partida para un
posterior análisis más profundo del papel
del cristianismo en este reto enorme que se
le presenta en el siglo actual


3. Planteando un modelo: los
paradigmas


3.1 El Paradigma de la comunidad: La
Divinidad

La palabra trinidad no es un término
bíblico. Lo repiten hasta el cansancio
desde las revistas de los testigos de Jehová,
con su arrianismo enfermizo, hasta los
voluminosos manuales de teología
sistemática, junto con la retahíla de
argumentos exponiendo la dificultad de la
doctrina (2). Es evidente la complejidad
del concepto que hace resaltar nuestra
limitación humana y nos lleva a la
contemplación de las maravillas de nuestro
Dios, al que no entendemos como totalidad
pero que, a pesar de eso, se acerca a
nosotros trayendo el regalo de la salvación.
Podemos captar que Dios se revela, que Él
es el que es el único que es Ser no
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23
dependiente sin causa de existencia inicial,
pero ante Su majestad sólo nos queda decir
que Dios es, al mismo tiempo que las cosas
anteriores, un misterio, que lo podremos
concebir mejor cuando la reconciliación
que Dios ha iniciado a través del sacrificio
de Cristo en la cruz se consume con la
victoria definitiva (1 Cor. 13:12).

Asumo la Trinidad como enseñanza válida.
Creo que “la palabra trinidad no sólo
indica la cantidad de tres, sino que
también implica la unidad de los tres. Este
concepto se utiliza como término técnico
en la teología. No es necesario insistir que
cuando hablamos de la Trinidad de Dios,
nos referimos a una trinidad en la unidad
y a una unidad que es trina” (3). Creo que
Dios es uno como lo expresa el Shema de
Deut 6:4, y otros pasajes
veterotestamentarios como por ejemplo
Ex. 20:3, Deut. 4:35, 32:39, Is. 45:14 y
46:9. También considero que se insinúa la
pluralidad por el uso de la palabra Elohim;
afirmo que Cristo es Dios (Mt. 9:4 y la
omnisciencia; 28:18 y la omnipotencia;
28:20 y la omnipresencia; Col. 1:17 y su
sustento de todas las cosas; Juan 1:3 y su
acción activa en la creación; Juan 5:27 y su
papel en el juicio; Juan 1:1 y la afirmación
categórica del logos como Dios), que el
Espíritu Santo es Dios (Hch. 5:3-4; 1 Cor.
2:10 y la omnisciencia como atributo; 6:19
y la omnipresencia). Se desprende que las
tres personas son “coeternas y coiguales,
iguales en sustancia” (4).

También creo en el “concepto de trinidad
económica (que) concierne a las acciones
de administración y gobierno de las
personas, o las opera ad extra –las obras
de fuera, es decir, sobre la creación y sus
criaturas-. Para el Padre, esto incluye las
obras de elegir (1 Pe. 1:2), de amar al
mundo (Juan 3:16), de dar buenas
dádivas (Sgo. 1:17). Para el hijo enfatiza
su sufrimiento (Marcos 8:31), el redimir (1
Pe. 1:18-19) y sustentar todas las cosas
(Heb. 1:3). Para el Espíritu, contempla sus
obras particulares de regenerar (Tito 3:5),
fortalecer (Hech. 1:8) y santificar (Gal.
5:22-23)” (5). Esta triada decidió
ordenarse y dividirse las funciones sin que
por esto se altere su esencia intrínseca: su
igualdad y su cosustancia. El Padre no es
más por elegir, el Hijo no es más por morir
en la cruz, el Espíritu Santo no es más por
habitar en el creyente.

Francis Schaeffer nos plantea un punto
capital sobre la naturaleza de la Trinidad:
la unidad y la diversidad personales en el
orden trino. “Pensemos en el Credo Niceno
(6): tres personas, un Dios. Alegrémonos
de que escogieran la palabra “persona”.
Independientemente de que si se dan
cuenta o no de ello, esto fue la catapulta
que lanzó al Credo Niceno a nuestro siglo
y sus discusiones: tres personas en
existencia, amándose unas a otras, en
comunicación unas con otras, antes de que
todo lo demás existiese.

Si esto un hubiera sido así, hubiésemos
tenido un Dios que necesitaría crear para
amar y comunicarse. En tal caso Dios
necesitaría al universo tanto como el
universo necesitaría de Dios. Pero Dios no
necesitaba crear, Dios no necesitaba al
universo como el universo lo necesita a él.
¿Por qué? Porque tenemos una completa y
verdadera Trinidad. Las personas de la
Trinidad se comunicaban entre sí, y se
amaban unas a otras, antes de la creación
del mundo” (7).

Por un momento me concentro en la
Trinidad como tres personas. ¿De qué
características son? ¿Podemos
describirlas? ¿Tienen algunos atributos
fundamentales además de las perfecciones
de Dios? De manera sumamente elemental
podemos afirmar que estas personas son
independientes –en el sentido de la
separación una de otras y de la
singularidad plena una de las otras-, con
vida, emociones, intelecto y voluntad
distinguibles las unas de las otras. Estos
matices evidentes, esta característica de la
Divinidad como tres personas diferentes,
implica que la frase “son uno” contenga un
potente y radiante mensaje comunitario:
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Dios es tres pero uno, ergo, esos tres en
una forma profunda, armónica y no
absolutamente clara para nosotros,
conviven en comunidad: la comunidad
divina.

En la eternidad pasada (la “era” de pre-
creación), la Divinidad-comunidad se tenía
a sí misma y existía en un estado que
podemos describir de la siguiente manera:

a. Estaba en un estado de suficiencia,
perfección y equidad absoluta entre sus
tres miembros.

b. Poseía una comunicación perfecta,
fluida, permanente, empática, cálida, llena
de lozanía e infinitud, comprensiva y real.

c. El amor (Dios es amor) es la esencia de
la relación entre la comunidad divina. Tal
era ese grado de amor que decide crear a
pesar de no necesitarlo, que resuelve –en la
economía divina- establecer una estructura
de sujeción de una parte sobre las otras,
que se comprenden a la perfección a pesar
de las tensiones que trajo el conflicto
soteriológico: las dudas de Cristo en la
oración de Getsemaní (Mt. 26:37-42) o las
sensaciones momentáneas de desamparo
(Mr. 15:34).

La comunidad divina es la génesis entonces
de nuestra humanidad comunitaria. El
ejemplo trinitario de equidad,
comunicación y amor incondicional y
rebosante debe llenar nuestros ojos e
impulsarnos a capturar el modelo de quien
somos imágenes para que en esta tierra los
cristianos tengamos un parangón activo y
trascendente que sea el norte de nuestra
praxis de vida cristiana.


3.2 El paradigma de la autoridad

La iglesia de Filipos era, en muchos
aspectos, una iglesia ideal. Por ello el tono
amoroso e íntimo de la carta, mucho más
personal, sentida, mostrando un gran
afecto y abriendo su corazón con sus
hermanos en la fe. El único problema que
trasluce la epístola son algunas
distensiones (1:27; 2:1-4, 12, 14; 4:2), a
pesar de su generosidad (Pablo,
normalmente para evitar que lo califiquen
de interesado no recibía dinero y se ganaba
la vida haciendo tiendas a la vez de ser un
misionero) para con el apóstol y otras
virtudes cristianas que Pablo no es
mezquino en reconocer (1:5,9; 2:12; 4:10,
15).

Pablo no quiere polemizar, tampoco desea
exhortar o corregir con severidad este
problema de la comunidad filipense. Ante
los malentendidos y divisiones, declara a la
iglesia una obviedad: la clave para una
correcta convivencia entre cristianos es la
humildad, enfatizando la importancia de
imitar el ejemplo de Cristo. Para acentuar
esta idea, Pablo, inspirado por el Espíritu
Santo, nos revela una verdad que
directamente nos toca al corazón en 2:5-11
(Nueva Biblia Latinoamericana):

“Tengan entre ustedes los mismos
sentimientos que tuvo Cristo Jesús:

Él, que era de condición divina (8),
no se aferró celoso a su igualdad con Dios
(9)
sino que se rebajó a sí mismo (10) hasta
ya no ser nada,
tomando la condición de esclavo,
y llegó a ser semejante a los hombres.
Habiéndose comportado como hombre,
se humilló, y se hizo obediente hasta la
muerte
-y muerte en una cruz.
Por eso, Dios lo engrandeció
y le concedió El Nombre que está sobre
todo otro nombre,
para que ante el nombre de Jesús todos se
arrodillen en los cielos,
en la tierra y entre los muertos.
Y toda lengua proclame que Cristo Jesús
es el Señor,
para la gloria de Dios Padre.”

La carga teológica de este pasaje es
abrumadora y no es intención del presente
integralidad
25
trabajo concentrarnos en ella. Es, en
estricto, otro misterio. Berkhof se
centraliza en el término morphe (forma,
condición) y afirma que se refiere a la
existencia de Cristo “basada en la
igualdad con Dios. El hecho de que Cristo
tomó la forma de siervo no envuelve que
haya puesto a un lado la forma de Dios.
No hubo cambio de la una por la otra.
Aunque él preexistía en la forma de Dios,
Cristo no contó con su carácter de ser
igual a Dios como un honor que no
pudiera dejar pasar sino que se despojó
tomando la forma de siervo. Y bien, ¿Qué
significa que haya tomado la forma de
siervo? Un estado de sujeción en el cual
uno está llamado a prestar obediencia. Y
lo contrario a esto es un estado de
soberanía en el que uno tiene derecho de
mandar. El estado de igualdad con Dios
no denota un modo de ser, sino un estado
que Cristo cambió por otro estado” (11) de
manera absolutamente voluntaria. Dentro
de la comunidad divina, eterna y presente
en un estado de igualdad absoluta, uno de
sus miembros, la segunda persona de la
Trinidad, de manera auto impuesta, realiza
un despojo, la teológicamente llamada
kenosis. No era compulsoria, nadie forzó a
Cristo a realizar ese acto que lo llevó
finalmente a morir en la cruz, pero lo hizo
teniendo en cuenta que implicaba algo
sustancial: la obediencia a un igual, a un
equivalente. No obedeció porque la
primera persona de la Trinidad era más
que él, una especie de Dios de mayor
categoría, de poder más especial, de
“padre” en el sentido humano de la
Palabra. No, nada de eso. Fue la igualdad
absoluta, la homogeneidad, la sincronía,
pero sobre todo el amor entre la
comunidad divina y, desde ellos, con el
objeto creado –el hombre- que lo hizo todo
posible. Más aún, Cristo decido hacerse un
siervo dentro de la humanidad ya que, por
amor y sólo por amor se identificó con el
más humilde, sufrido y despreciado de los
especimenes de la raza humana. Este deseo
es algo que jamás debemos olvidar, es el
“criterio de una vida realmente
evangélica” (12). Varios pasajes reflejan
esta auto sujeción de Cristo. La oración que
Jesucristo exclama en el huerto de
Getsemaní (Mt. 26:36-46 y similares) es
clara cuando Jesús afirma que “Padre mío,
si es posible, pase de mí esta copa; pero no
sea como yo quiero, sino como tú”,
sometiendo su voluntad de manera
completa. Llega a afirmar, inclusive que
“Voy y vengo a vosotros. Si me amarais,
os abráis regocijado, porque he dicho que
voy al Padre; porque el Padre es mayor
que yo” (Jn. 14:28).

La base de la obediencia es, recalco, la
igualdad, no la superioridad o la
“categoría especial” de uno sobre el otro,
basada en el amor y la identificación
profunda con la humanidad parte del
proceso redentor de Dios.

Esta visión trinitaria de la autoridad
sostenida en la igualdad se confirma con el
sacerdocio de todos los creyentes,
enseñanza que debe ser constantemente
repetida para no olvidarla jamás. Sabemos
que el sacrificio de Jesucristo en la cruz
hizo caduco estableciendo un nuevo pacto
(Hebreos 9:15-22) con mejores promesas
(Heb. 8:6) cuando se ofreció a sí mismo
(Heb. 7:27) como la perfecta víctima una
vez por todas (Heb. 7:27) como nuestro
substituto (Heb. 7:27) y rescate (Heb.
9:15). Por su muerte Él llevó nuestros
pecados (Heb. 9:28), nos hizo perfectos
(Heb. 10:14), obtuvo para nosotros eterna
redención (Heb. 9:12), abrió un camino
nuevo y vivo en y a través de Él al trono de
gracia del Padre, y se sentó a la diestra de
Dios (Heb. 10:12) e invita ahora a los
creyentes con limpia conciencia (Heb.
9:14) a entrar al Lugar Santísimo por la
sangre de Jesús (Heb. l0:19) para ofrecer
continuamente sacrificios espirituales
(Heb. 13:15, 16) como sacerdotes en Cristo
(13).

Todos los creyentes en Jesucristo, sin
excepción, somos llamados a brindar
nuestra vida completa en adoración listos
para “ofrecer sacrificios espirituales
aceptables a Dios por medio de Jesucristo
integralidad
26
(1 Pe. 2:5)”. Todo el pueblo de Dios es, sin
ninguna clase de distinciones, sacerdotal y,
por ende, categóricamente debo afirmar
que no existe un clero que funja de casta
especial dedicada al culto a Dios: ni
sacerdote, ni pastor, ni chamán, ni
curandero, ni nada, ya que basados en el
modelo que nos da el orden trino, somos
todos iguales. El que está por encima es
Cristo por su condición de Sumo
Sacerdote. Leonardo Boff aplicado a la
iglesia católica también habla del mismo
tema –ajustable sin demasiadas
adaptaciones a la realidad evangélica
latinoamericana-: “lo que es error en la
doctrina sobre la Trinidad no puede ser
verdad en la doctrina sobre la Iglesia. Se
enseña que en la Trinidad. no puede haber
jerarquía. Todo subordinacionismo es
aquí herético. Se enseña que las personas
divinas son de igual dignidad, de igual
bondad, de igual poder. La naturaleza
íntima de la Trinidad no es la soledad,
sino la comunión. La pericoresis (mutua
relación) de la vida y del amor une a los
Tres divinos con tal radicalidad que no
tenemos tres dioses, sino un solo Dios-
comunión. Sin embargo, de la Iglesia se
dice que es esencialmente jerárquica y que
la división entre clérigos y laicos es de
institución divina. Un torniquete que se
estrecha.

No estamos contra la jerarquía. Si ha de
existir la jerarquía, ya que esto puede ser
un legítimo imperativo cultural, será
siempre, en un buen raciocinio teológico,
jerarquía de servicios y funciones. Si no
resulta así, ¿cómo se puede
verdaderamente afirmar que la Iglesia es
icono-imagen de la Trinidad? ¿Dónde va a
parar el sueño de Jesús de una comunidad
de hermanos y de hermanas si existen
tantos que se presentan como padres y
maestros cuando Él ha dicho
explícitamente que tenemos un solo padre
y un solo maestro? (Cfr. Mt., 23, R9). La
forma actual de organizar la Iglesia (no
ha sido siempre así en la historia de la
Iglesia) crea y reproduce demasiadas
desigualdades en vez de actualizar y hacer
posible la utopía fraterna e igualitaria de
Jesús y de los apóstoles” (14).

La iglesia evangélica cree con firmeza en el
sacerdocio de todos los creyentes pero
lamentablemente en la práctica esto no se
ha dado salvo pocas excepciones. Lutero, el
adalid de esta enseñanza, decía que “todos
somos consagrados sacerdotes a través
del bautismo... Un sacerdote en el
Cristianismo no es más que un
funcionario... Si todos somos sacerdotes...
y todos tenemos una fe, un evangelio, un
sacramento, ¿por qué también no tenemos
el poder de probar y juzgar lo que es
correcto o errado en asuntos de la fe?
(15)”. Hasta aquí todo muy bien, pero él
nunca abandonó el modelo clerical
católico, sino que lo tomó tal cual, a
excepción de eliminar el celibato y el papel
intercesor, y lo adaptó a las nuevas iglesias
reformadas que se estaban instituyendo.
Mantuvo la división entre el laico y el clero,
tan lejana de aquel “sacerdocio universal
de los creyentes que es pura expresión del
sacerdocio del laico Jesús, como nos
recuerda el autor de la carta a los hebreos
(7, 14; 8,4) (16)”. De allí viene la expresión
moderna del pastorado, que toma valor no
por el principio de la igualdad, sino resalta
la superioridad de unos cristianos sobre los
otros por el “llamado” hecho por Dios,
abarcando funciones que miembros del
cuerpo podrían hacer, atrofiándolo,
acaparando tareas, ahogando los dones.

Por ello, es necesario ―a mi entender―
borrar la línea laico-pastor. Cada creyente
ha recibido dones del Espíritu Santo para
ejercer algún ministerio orientado al
trabajo en la misión de Dios en el mundo y
en la consolidación del reino de Dios en la
tierra, por ello es fundamental que los
descubra y desarrolle. Sin dones, la
funcionalidad del cuerpo se atascará.
Anulada la línea y disuelta la tensión (17),
la sumisión de la que habla la Biblia con
respecto a los ancianos y pastores podrá
darse de una manera más viva, más
centrada en la realidad del ejemplo de la
Comunidad Divina, ya que estará basada
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27
no en el hecho de la superioridad del
pastor-profeta-apóstol-maestro, sino en la
paridad entre los creyentes, el amor
profundo, y el servicio abnegado, ese que
es capaz de lavar los pies, ser el postrero y
servir sin condiciones, sin importar nada,
solamente el trabajo en el reino de Dios.





Como Boff, digo que no estoy en contra de
la jerarquía (la enseñanza paulina es
bastante clara con los pastores y diáconos).
Pero el verticalismo amante del
organigrama que existe hoy en día en las
iglesias no funcionará en comunidades que
persigan el modelo trinitario y la
enseñanza del sacerdocio de todos los
creyentes. Creo que no funcionarán jamás
en comunidades que enfaticen “la creación
y desarrollo de una comunidad que vive
inmersa en su contexto, que adecua sus
métodos de evangelización a la cultura sin
perder de vista su misión y su fidelidad al
Evangelio”. Por eso abrogo por una iglesia
sin laicos y clérigos, sino por una iglesia
simplemente compuesta de cristianos que
viven su fe comunal y relacionalmente.


3.3 El paradigma espacial

Antes que nada, quiero evitar confusiones
innecesarias. Al hablar de espacial no me
refiero al universo sideral con sus estrellas,
constelaciones, agujeros negros y demás
cuerpos celestes, sino al emplazamiento de
las cosas sagradas en un punto claramente
establecido. Desde esta definición muchas
preguntas pueden ser formuladas desde el
inicio: ¿Le importa a Dios la localización
teniendo en cuenta que es infinito y que Él
está por encima de las clasificaciones
dimensionales de los seres humanos? ¿Es
substancial para Él la variable espacio, esa
que según Einstein se comprime cuando el
móvil avanza a velocidades que tienden
cada vez más a la velocidad de la luz? ¿O
quizá le concernió y ya no? ¿O no le
interesó, y ahora sí? ¿O sólo fue algo
trascendente para nosotros, personas
circunscritas a la finitud?

La Palabra inspirada nos dice algunas
cosas sobre el sentimiento de los judíos,
anhelando la tierra abandonada mientras
permanecían cautivos en tierras
mesopotámicas. Está el sublime Salmo 137
que emana añoranza y amor al lugar de
donde era el Salmista (RV60 adaptada
libremente):

Junto a los ríos de Babilonia,
allí nos sentábamos, y aún llorábamos,
acordándonos de Sión.

Sobre los sauces en medio de ella
colgábamos nuestras arpas.
Y los que nos habían llevado cautivos nos
pedían que cantásemos,
y los que nos habían desolado nos pedían
alegría, diciendo:
Cántenos algunos de los cánticos de Sión.
¿Cómo cantaremos cántico de Jehová
en tierra de extraños?

Si me olvidase de ti, oh Jerusalén,
pierda mi diestra su destreza.
Mi lengua se pegue a mi paladar,
si de ti no me acordase;
Si no enalteciere a Jerusalén
“… no estoy en contra
de la jerarquía… pero
el verticalismo amante
del organigrama que
existe hoy en día en las
iglesias no funcionará
en comunidades que
persigan el modelo
trinitario y la
enseñanza del
sacerdocio de todos los
creyentes”
integralidad
28
Como preferente asunto de mi alegría.

Lo mismo sucede con ese otro monumento
a la añoranza que es el Salmo 126:

Cuando Jehová hiciere volver la
cautividad de Sión,
seremos como los que sueñan.
Entonces nuestra boca se llenará de risa, y
nuestra lengua de alabanza;
entonces dirán entre las naciones:
grandes cosas ha hecho Jehová con éstos.
Grandes cosas ha hecho Jehová con
nosotros;
estaremos alegres.
Haz volver nuestra cautividad, oh Jehová;
como los arroyos del Neguev.
Los que sembraron con lágrimas, con
regocijo segarán.
irá andando y llorando el que lleva la
preciosa semilla;
mas volverá a venir con regocijo,
trayendo sus gavillas.

Desde muy temprano encontramos
ejemplos de la importancia de la
localización en la Biblia. Dios plantó un
huerto en Edén, donde colocó al hombre
que había creado, desde el cual salía un río
que se dividía en cuatro brazos (Pisón,
Gihón, Hidekel y Eufrates) y en donde se
encontraban los árboles de la ciencia del
bien y del mal, y el árbol de la vida -
resguardado estrictamente tras la caída-
(Gen. 3:24). Es, sin embargo, cientos de
años después, cuando el valor de la
localización cobra relevancia en el
momento que Dios se revela a Abraham
diciéndole “Vete de tu tierra y de tu
parentela, y de la casa de tu padre, a la
tierra que te mostraré” (Gen. 12:1)- Tras el
anuncio, Abraham inicia un largo viaje a
través de la media luna fértil desde Ur
hasta Canaan. Posteriormente repite la
promesa de la descendencia y una tierra a
Isaac: “Habita como forastero en esta
tierra, y estaré contigo, y te bendeciré;
porque a ti y a tu descendencia daré todas
estas tierras, y confirmaré el juramento
que hice a Abraham tu padre” (Gen. 26:3).
Su hijo Jacob (Gen. 28:10-22), vio en
sueños la escalera que remontaba hasta el
cielo por la que los ángeles subían y
bajaban y oyó la voz de Dios que le hizo la
misma promesa de la nación y de la
posesión de la tierra. Al despertar él
exclamó: “¡Cuán terrible es este lugar! No
es otra cosa que Casa de Dios, y puerta del
cielo” (v.17). Es con Moisés, sin embargo,
que se acaba la cuenta regresiva y el
momento de concretar el pacto con
Abraham llegó viniendo, de paso, la
liberación del pueblo hebreo de su
esclavitud egipcia.

Sin perder de vista la promesa de la tierra
prometida, en el monte Sinaí Moisés recibe
la instrucción de hacerle a Dios un
santuario “para mí, y habitaré en medio
de ellos” (Ex. 25:8) con detalles precisos
del diseño de los utensilios, las medidas y
los materiales de construcción. Al
terminarlo, “una nube cubrió el
tabernáculo de reunión, y la gloria de
Jehová cubrió el tabernáculo” (Ex, 40:34).
Tan santo era que “el extraño que se
acercase morirá” (Num. 1:51), cosa
corroborada en el relato bíblico cuando los
filisteos roban el arca pero la devuelven
poco tiempo después luego de la secuencia
de maldiciones contra ellos (1 Sam. 5, 6).

En este punto es necesario hacer un alto.
Desde Abraham, pasando por Moisés y
llegando al inicio del período monárquico
fue el tiempo en el que se forjaron dos
elementos de localización: la tierra
prometida, y el tabernáculo de reunión,
donde moraba la gloria de Dios. Este
último era móvil, pero al sedentarizarse el
pueblo lo instalaron en Silo, al norte de
Jerusalén en territorio de Efraín.

Es cuando David censa al pueblo (1 Cro.
21) que, ante su pecado y la destrucción
que trajo el ángel de Jehová, se compra la
tierra de Ornán jebuseo (en Jerusalén,
específicamente el monte Moriah) y el rey
anuncia que “aquí estará la casa de
Jehová Dios, y aquí el altar del holocausto
para Israel” (1 Cro. 22:1) aunque Dios no
le permitió construir aquella morada que él
integralidad
29
deseaba para la cual inició la recolección de
material (1 Cro. 22:2-19), sino que escoge a
su hijo Salomón para estos propósitos.
Salomón en su oración de consagración del
flamante templo afirma que Dios dijo que
“desde el día que saqué a mi pueblo de
Egipto, ninguna ciudad ha elegido de
todas las tribus de Israel para edificar
casa donde estuviese mi nombre, ni ha
escogido varón que fuese príncipe sobre
mi pueblo Israel. Mas a Jerusalén he
elegido para que en ella esté mi nombre”
(2 Cro. 6:5-6a) enfatizando la importancia
de la capital como sede del lugar sagrado
recién construido, aunque es conciente que
Dios no puede habitar en moradas
humanas. Exclama que “Más, ¿es verdad
que Dios habitará con el hombre en la
tierra? He aquí, los cielos y la tierra no te
pueden contener; ¿cuánto menos esta casa
que te he edificado?” (2 Cro. 6:18). Ya
desde antes –cuando el Rey David instala
su ciudad de residencia en uno de los
montes jerosolimitanos-, pero más desde
este momento, Jerusalén se convierte en el
centro de la vida hebrea: en el centro de su
mundo. Es este el tercer elemento de
localización.

Mircea Eliade (18) analiza esta
característica particular de los pueblos
antiguos y encuentra una división de los
espacios. Existe un espacio sagrado
significativo que se comporta como eje de
la vida y símbolo de la nación, y otros
espacios no consagrados y, por
consiguiente, sin estructura ni
consistencia. Esto significa que el territorio
no es homogéneo sino que hay una
clasificación que permite la constitución
del mundo, pues desde el espacio sagrado
convertido en centro se concibe el eje
medular de toda orientación futura. Desde
este lugar pivote irrumpe lo sagrado,
destacándose un territorio del medio
cósmico circundante que es
ontológicamente distinto, especial, único,
hierático.

Lo interesante es que estamos frente a un
encadenamiento de concepciones
religiosas y de imágenes cosmológicas que
se articulan con facilidad en un sistema
cuyas características son las siguientes:

a) El lugar sagrado constituye una ruptura
en la homogeneidad del espacio.

b) La ruptura simboliza una abertura
gracias a la que se posibilita el tránsito de
una región cósmica a otra, esencialmente
del cielo a la tierra.

c) La comunicación con el cielo se expresa
indiferentemente por cierto número de
imágenes relativas en su totalidad al lugar
sagrado: pilares, símbolos (como la piedra
embadurnada con aceite de Jacob en Gen.
28:22) montañas (por ejemplo, el monte
Gerizim o el monte Sinaí), árboles (en el
Edén o en las visiones escatológicas
juaninas), etc

d) Alrededor del eje cósmico se extiende el
mundo (que más explícitamente es nuestro
mundo). Por lo tanto, el eje se encuentra
en el medio, en el “ombligo” de la tierra.

¿Qué expresa todo este sistema? ¿Qué es lo
implícito? Hay un mismo sentimiento,
profundamente religioso: “nuestro mundo”
es una tierra santa, porque es el lugar más
próximo al cielo, porque desde aquí, desde
nuestro país, se lo puede alcanzar. La
imagen del mundo para el caso hebreo fue
el país entero (Palestina), la ciudad
específica (Jerusalén), o el santuario
sagrado (el Templo de Jerusalén), los tres
elementos de localización que hablé líneas
arriba. Si el templo constituye una imagen
del mundo, un centro, es porque el mundo
es sagrado ya que es creación de Dios. Pero
la estructura del templo trae consigo una
nueva valoración religiosa: lugar santo por
excelencia, casa de Dios, el Templo
resantifica continuamente al mundo
porque lo representa y al mismo tiempo lo
contiene.

Esta es la concepción religiosa vigente de la
localización en Palestina en los tiempos en
integralidad
30
que Jesucristo se encarnó. ¿Pasó algo
después?

Al entrar en el Nuevo Testamento la figura
parece cambiar. Aunque Jesús es
obediente a los preceptos judíos asistiendo
a las fiestas, participando de la vida
religiosa y peregrinando con frecuencia a
Jerusalén, eso no le impidió mostrarnos la
esencia de su enseñanza y las
implicaciones del acercamiento del reino
de los cielos. Jesús dijo que no vino a
eliminar la ley sino a darle su verdadero
significado (Mt. 5:17). Por ello, hay que
tomar con atención lo que dijo al inicio de
su discurso escatológico: “¿Ven todo esto?
–se refiere al Templo de Jerusalén- De
cierto les digo, que no quedará aquí
piedra sobre piedra, que no sea
derribada” (Mt. 24:2).

Concentrémonos en esta frase con
detenimiento. Sabemos que Jesús está
hablando de la toma de Jerusalén por el
general Tito en el año 70 d.C. Pero
anunciar escatológicamente la destrucción
de la capital de la nación del pueblo de
Dios y su templo no es poca cosa, sobre
todo para la mente de los oyentes. ¡Era la
aniquilación del lugar sagrado! ¡Del eje, del
centro del mundo! Tan conmoción debió
haber tenido esta afirmación en los
apóstoles que dice el texto que lo
abordaron aparte, discretamente, para
preguntarle sobre el tiempo de estas cosas
y las señales que las anunciarían.

¿Hay una intención secundaria en este
anuncio de Jesús? Sí, la hay. Es la
intención de nuestro maestro que en esta
nueva etapa de acercamiento del reino de
Dios modifiquemos el concepto de la
localización que los judíos –y otros
pueblos- habían seguido. Las condiciones
ahora serán diferentes. El eje, el centro, no
desaparecerá, pero ya no sería Jerusalén ni
el templo. ¡Seríamos nosotros! ¡Los
creyentes! Por ello Pablo afirma que “¿No
sabéis que sois templo de Dios y que el
Espíritu de Dios mora en vosotros? Si
alguno destruyere el templo de Dios, Dios
le destruirá a Él; porque el templo de Dios,
el cual sois vosotros, santo es” (1 Co. 3:16-
17). Lo vuelve a repetir poco después
cuando les dice a los corintios: “¿O
ignoráis que vuestro cuerpo es templo del
Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el
cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?
(1 Co. 6:19), y lo mismo en la siguiente
carta: “¿Y qué acuerdo hay entre el templo
de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois
el templo de Dios viviente, como Dio dijo:
Habitaré y andaré entre ellos, Y seré su
Dios, y ello serán mi pueblo” (2 Co. 6:16).
Pero no todo queda en lo personal, porque
Pablo enfatiza la importancia de la
comunidad cuando exhorta que
“Edificados sobre el fundamento de los
apóstoles y los profetas, siendo la
principal piedra del ángulo Jesucristo
mismo, en quien todo el edificio, bien
coordinado, va creciendo para ser un
templo santo en el Señor; en quien
vosotros también sois juntamente
edificados para morada de Dios en el
Espíritu” (Ef. 2:20-22). Lo mismo el
apóstol Pedro, cuando dice que “Vosotros
también, como piedras vivas, sed
edificados como casa espiritual y
sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios
espirituales aceptables a Dios por medio
de Jesucristo” (1 Pe. 2:5)

Es un cambio radical de difícil aceptación
que parece muy claro, pero en la práctica
no fue así. La lógica espacial del Antiguo
Testamento se trasladó a la iglesia
cristiana, y no ha cambiado hasta el día de
hoy. “Para un creyente esta iglesia
participa de otro espacio diferente al de la
calle donde se encuentra. La puerta que se
abre hacia el interior de la iglesia señala
una solución de continuidad. El umbral
que separa los dos espacios indica al
propio tiempo la distancia entre dos
modos de ser: profano y religioso. El
umbral es a la vez el hito, la frontera, que
distingue y opone los dos mundos y el
lugar paradójico donde dichos mundos se
comunican, donde se puede efectuar el
tránsito del mundo profano al mundo
sagrado” (19). Luego de los períodos de
integralidad
31
persecución, la iglesia rápidamente
construyó iglesias, templos, basílicas y
grandes catedrales que fungieron de
pequeños centros del mundo. Cuando llegó
la reforma protestante otra vez, de la
misma forma que con la división religioso-
laico, no rompimos con esta distorsión que
persiste hasta la actualidad, aunque debe
reconocerse que hay diferencias con la
perspectiva católica. ¿Cómo se traduce esto
hoy? Pues, en que es imprescindible que
toda iglesia que se precie de serlo tenga un
templo, así sea un local comercial, un
antiguo cine de películas pornográficas,
una vivienda, o un terreno con esteras y
techo de cartón. No importa, la iglesia debe
tener un templo. De allí la importancia de
su construcción, a veces de forma onerosa
en algunos lugares que nos llevan a
preguntarnos qué tan moral es construir
uno cuando quizá la iglesia no esté en la
capacidad de hacerlo, poniendo en riesgo
inclusive la economía familiar de los
miembros.

Sin embargo, ¿Debe ser esto así? Pienso
que no. Las iglesias no deben tener
necesariamente un templo porque la
familia en la fe lo es. Los patrones de
localización y sacralización de lugares
deben ser rotos en forma definitiva porque
las comunidades cristianas no necesitan de
un local para que sean reconocidas como
tales ya que nosotros, como personas y
como colectividad, somos el templo donde
Dios se manifiesta. No requerimos un
edificio de hermosa arquitectura, excelente
iluminación y acústica armoniosa porque
“donde están dos o tres reunidos en mi
nombre allí yo estoy” (Mt. 18:20).
¿Comprendemos la magnitud, la grandeza
de esta afirmación? Cristo y su comunidad
es más, mucho más que el ladrillo y el
cemento. ¡La comunidad ES el centro
desde donde irradia y esto más lo más
grande de todo porque Cristo está
presente! No hay palabras, el idioma es
insuficiente, mi mente es corta para
expresar la riqueza del significado de lo
que nos expresa el Maestro. Dado esto, a
las comunidades que siguen los patrones
trinitarios les debe bastar con las casas o
los parques u otros lugares públicos para
proclamar el mensaje del Señor y vivir
intensamente su papel en la misión de
Dios porque son ellas la esencia de la
iglesia, de la vida, del cristianismo
completo.


3.4 El paradigma económico: Diezmando
al diezmo

Lo he visto antes, con algo de frecuencia,
pero más he oído o leído sobre lo que
sucede en otros lugares distintos al mío.
Cuando la iglesia tiene problemas
financieros, los miembros suelen recibir
una carta o quizá escucharán una
admonición desde el púlpito sobre la
necesidad y obligatoriedad de diezmar, de
cumplir los compromisos o los mandatos
estipulados en la Palabra. La gente suele
relajarse en el verano o cuando vacaciona,
y se desconecta del mundo, olvidando sus
compromisos –o postergándolos- como su
contribución monetaria a la iglesia. Muy a
menudo es utilizando el siguiente pasaje,
todo un clásico dentro de la cristiandad
protestante latinoamericana: “¿Robará el
hombre a Dios? Pues vosotros me habéis
robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos
robado? En vuestros diezmos y ofrendas.
Malditos sois con maldición, porque
vosotros, la nación toda, me habéis
robado” (Mal. 3:8-9). Mediante este texto
implícitamente se nos está llamando
ladrones, aunque soy bien pensado ya que
creo que no es la intención directa de los
líderes o pastores de las iglesias utilizar ese
pasaje de esta manera tan vil. Sin embargo,
una pregunta directa llama a nuestra
puerta: ¿Somos ladrones si no diezmamos?
¿Pecamos si no diezmamos?

La iglesia evangélica suele pedir a sus
feligreses que diezmen de todos los
entradas que ganen. Se considera que el
Diezmo es un acción de obediencia y de
amor para con Dios, su obra, la iglesia y los
pastores. Es evidente que Pablo defiende el
sustento de los predicadores en 1 Cor. 9:3-
integralidad
32
14 (aunque pocos pastores se atreven a
seguir el ejemplo paulino del v. 15 y v. 18:
“Mas yo, de ninguno de estos derechos he
hecho uso. Y no escribo esto para que se
haga así conmigo… Ahora bien, ¿cuál es
mi recompensa? Predicar el evangelio
entregándolo gratuitamente, renunciando
al derecho que me confiere el Evangelio”.
Biblia de Jerusalén) y algunos ven en la
tribu de Leví, que no recibieron heredad
cuando repartieron la tierra porque se
dedicarían a los asuntos del templo en
forma exclusiva, una prefigura del
pastorado moderno. Desde allí, infieren
que el diezmo es válido el día de hoy,
diciendo que los pastores son, en cierta
manera, levitas modernos, y que diezmar
es compulsorio para suplir las necesidades
de los ministros de Dios. Sin embargo, ya
no estamos bajo maldición si no
diezmamos porque Cristo nos redimió de
la Ley, pero si lo hacemos, recibiremos
grandes bendiciones del Señor. Deliciosas
discusiones se dan a nivel teórico sobre si
los ingresos deben medirse desde el punto
de vista bruto o neto, o si de lo regalado
debe diezmarse o si podemos quedarnos
con el diezmo temporalmente para
entregarlo luego con algo de intereses. Es
todo esto, no obstante, un debate
superficial. El meollo del asunto, como
siempre, pasa por saber cuál es la base
bíblica de los que enseñan a diezmar.
¿Podemos encontrar una estructura, una
lógica?

Los que enseñan que los cristianos tienen
que diezmar se pueden clasificar en dos
grandes grupos, donde evidentemente
existen las posturas intermedias:

1.- Los que dicen que la Ley Mosaica es
válida en partes o que sus principios y
propósitos están vigentes hasta el día de
hoy.

2.- Los que dicen que el diezmo es anterior
a la Ley, parte del pacto de Dios con
Abraham, y que esta alianza es válida para
la iglesia. Siendo demasiado simplistas, el
argumento es como sigue: Como Abraham
diezmó, y él no estaba bajo la Ley, entonces
nosotros también debemos hacerlo porque
al igual que él tampoco estamos bajo la
Ley.

La primera mención del diezmo en la
Biblia está en Génesis 14. La historia
cuenta que cuatro reyes le hicieron la
guerra a otros cinco (en realidad, pequeños
caudillos de pueblos minúsculos) y
vencieron, saqueando varias ciudades,
entre ellas Sodoma y Gomorra,
adjudicándose gran cantidad de bienes y
personas entre las que estaba Lot. Cuando
se enteró Abraham de esta situación juntó
a 318 de sus criados y siguió a los reyes
vencedores, derrotándolos y recobrando
todo el botín robado. Al volver, entregó el
diez por ciento de lo recuperado al
sacerdote Melquisedec y devolvió lo demás
al rey de Sodoma.

Antes de continuar, tengamos presente que
el diezmo era una práctica extendida en
babilonios, persas y otros pueblos de la
zona. Lo primero que me llama la atención
del pasaje es que los bienes o “botín”, no
eran propiedad de Abraham, sino del
monarca de Sodoma, de los otros reyes y
de sus súbditos. ¿Qué quiere decir esto?
Que Abraham diezmó a Melquisedec de lo
que no era suyo, en contraste de nosotros
en la actualidad, que diezmamos de lo
nuestro, de lo que ganamos con nuestro
esfuerzo. Lo segundo que noto es que
Abraham lo entregó todo, quedándose sólo
con lo necesario para el alimento y una
especie de retribución para tres de sus
hombres principales, como si fuera una
especie de “comisión por recupero”. En
oposición, nosotros el día de hoy no
entregamos nunca todo. No podríamos, no
tendría sentido porque no tendríamos los
necesario para vivir. Dadas estas dos
observaciones pregunto inmediatamente:
¿Puedo colocar como regla global este
evento como sustento de un diezmo pre-
mosaico? Pienso que no en definitiva. Este
hecho es completamente circunstancial, y
que no puede considerarse como base de
una regla “universal”. Basta una pregunta
integralidad
33
para recalcar esto: ¿Qué analogía moderna
podemos encontrar para el “botín” del que
Abraham diezmó?

La segunda mención en la Biblia la
encontramos con Jacob (Gen. 28:20-22).
Él pasó la noche en Bethel en camino hacia
Harán y observa, en sueños, la visión de
una escalera de donde los ángeles suben y
bajan desde el cielo, y la mañana siguiente,
impresionado, se da una escena típica de
su carácter: “Dios, si me beneficias y me
prosperas, entonces te diezmaré”. Si es que
me das lo que quiero, entonces y sólo
entonces, te suministraré. Si no me das lo
que quiero, entonces no te entregaré nada.
En este punto planteo la misma pregunta
anterior: ¿Puedo colocar como regla
universal este evento como sustento de un
diezmo pre-mosaico? Imposible, de aquí
no podemos aprender gran cosa, salvo el
resalte del estado de la condición humana,
que pretende condicionar a Dios de la
misma forma que Jacob.

Entonces, ¿Tengo una enseñanza
categórica, sólida, que puedo exportar a los
tiempo modernos desde la era patriarcal,
que me dice que debo diezmar por
mandato bíblico? La experiencia de
Abraham es un caso particular, con
detalles no generalizables, y la
manipulación de Jacob no debe ni siquiera
ser tomada en cuenta. ¿Y qué nos dice la
Ley?

El diezmo de Moisés era específicamente
agrícola y ganadero (Lv. 27:30-32),
absolutamente obligatorio, cuyo centro fue
el décimo de las semillas y de los frutos de
la tierra, sin mención de otras actividades.
Si uno lo quería rescatar (unos creen que se
refiere a pagar en efectivo, otros al hecho
de usar el diezmo hoy y devolverlo tiempo
después, opción más probable) tenía que
añadir el 20% del valor original. Si se tenía
menos de 10 animales, no había la
obligación de diezmar. No había redención
de animales. Sin embargo, hubo
adaptaciones a la ley (Deut. 14:24-26)
antes de entrar a la tierra prometida, a
punto de pasar de la vida nómada a la vida
sedentaria: ya se pudo dar el diezmo en
dinero para gastarlo en actitud de regocijo.
Se consideraba el diezmo en formato
anual, no diezmando el séptimo año. Es
importante recalcar que sólo se entregaba
el diezmo a los levitas porque ellos no
heredaron la tierra y que el diezmo
mosaico posee una importante orientación
hacia los pobres.

¿Para qué era el diezmo en los tiempos del
Antiguo Testamento?

1.- Para sostén de los levitas (Num. 18:21-
24)

2.- Para ser consumido (redimido) en
Jerusalén (Deut. 14:22-26)

3.- Para los menesterosos (Deut. 14:28,29;
26:12-13)

Una pregunta inmediata es: Imaginemos
que el Diezmo es válido tal como lo
estipulaba la Ley. ¿Es para estos
propósitos hoy? Si seguimos las
instrucciones al pie de la letra, el punto (1)
y (2) no podrían ser cumplidos porque ya
no hay levitas en la actualidad (en estricto,
todos somos sacerdotes hoy en día), y no
hay templo en Jerusalén para que pueda
ser consumido. Sólo nos queda la tercera
opción como la única probable, pero, ¿Va a
allí todo? (20)

Añado interrogantes quizá insidiosas: ¿El
séptimo año, los creyentes tienen una
dispensa para no diezmar, como el Israel
del Antiguo Testamento? Si alguien gana
menos que un mínimo preestablecido,
¿Está exonerado de diezmar? ¿Por qué si
utilizan la Ley para argumentar no se toma
completa, sino sólo las partes que más nos
convienen?

Vamos al Nuevo Testamento. En ninguna
de las cuatro veces que el diezmo aparece
(Mt. 23:23, Lc. 11:42; 18:12; Heb. 7:2-9) se
nos enseña a guiarnos por esa medida (21).
Jesús no pidió diezmos (porque sabía que
integralidad
34
no podía hacerlo porque era de la tribu de
Judá). Juan el Bautista, levita, tampoco, y
mucho menos Pablo (que era benjamita) ni
ningún otro apóstol. Se nos dice, además,
que “cualquiera que guarda toda la ley
pero ofende en un solo punto se ha hecho
culpable de todo” (Sgo. 2:10) por lo que no
podemos escoger qué parte de la ley tomar
como verdadera y qué parte rechazar.
Además, la ley ya no es válida (Heb. 8:13;
Gal. 4:21-26; 2 Cor. 3:4-18) por lo que
normas como el seguir el sábado, y el
diezmo, ya no están vigentes. La iglesia
primitiva parece que entendió claramente
el mensaje, porque ellos nunca diezmaban
y se mantenía con contribuciones
voluntarias.

Por lo tanto, ¡No tengo que diezmar! ¿Esto
implica que no debemos dar nada?

No, porque hay una nueva manera de dar:
el modelo de Cristo que se concedió
completamente y sin reservas, hasta la
muerte. ¿Nos entregamos como Él?
¿Damos como Él, que ofreció su vida
completa? En Hechos se ve hasta qué nivel
era la entrega de los conversos (los
primeros capítulos son categóricos). ¿Para
qué daban sus ofrendas? Santiago dijo que
“la religión pura y sin mácula delante de
Dios el Padre es esta: Visitar a los
huérfanos y a las viudas en sus
tribulaciones, y guardarse sin mancha del
mundo” (Sgo. 1:27). Episkeptomai (visitar)
no es simplemente ir y observar. Para
entender mejor lo que implica leamos el
contexto de Mt. 25:36,43 y la solución del
conflicto de las viudas en Hch. 6:1-7. Por
ello la Versión Popular traduce la palabra
como “ayudar”. Adicionalmente no hay que
olvidar que los creyentes que pueden llegar
a estar dedicados a tiempo completo
merecen ser sostenidos (1 Cor. 9:9; 1 Tim.
5:17-18).

¿Por qué se pide el diezmo hoy en día?
Hablamos de dos paradigmas previos que
pienso deben ser revocados: el de la
autoridad y el espacial. La iglesia el día de
hoy posee un clero profesional, un templo
físico, un personal que lo administra y,
cohesionando todo, una organización que
la cobija. Esto implica costos a veces altos:
el salario de los pastores, del conserje de la
iglesia, de los vigilantes, las secretarias, los
contadores, los administradores, el alquiler
del local (o el pago del préstamo del
mismo), los servicios básicos (luz, agua,
teléfono, gas, Internet), útiles de oficina,
material de enseñanza, y un largo etcétera.
Debo costear lo que mis paradigmas
cuestan. ¿Cómo pagar eso? Debo asegurar
la consistencia en el tiempo del flujo
económico que recibo. ¿Cómo hago esto?
Sugiriendo la obligatoriedad de una
porción de los ingresos de los miembros de
las iglesias. De allí la necesidad del diezmo,
aunque no sea válido. La presión, debe
decirse, es fuerte.

Sin embargo, si el paradigma de la
autoridad y el paradigma espacial
desaparecen, ¿hay presión económica para
la comunidad? No la habría, se elimina una
carga grande y onerosa. En paz, haríamos
como Pablo, que nunca dijo que estaban
los creyentes robando a Dios, como nos
dicen ahora, sino que más bien habla del
dador alegre y que cada uno dé como
propuso (2 Cor. 9:6-15), o sea, no hay una
regla de cantidad de nuestro “dar” (22).
Dado esto, las comunidades que siguen los
patrones trinitarios deben eliminar la
exigencia del diezmo, recibir las
contribuciones voluntarias que Dios puso
en el corazón de sus miembros sin topes o
márgenes en sus entregas, incentivando la
bendición del dar en contraste del castigo
veterotestamentario, y ayudar a los
necesitados.


3.5 El paradigma ecuménico: una visión
distinta de la otriedad (23)

Un amigo de la universidad, ateo él, en una
de las muchas conversaciones que tuvimos
me dijo: “tú, como todos los religiosos,
seguro por dentro eres un
fundamentalista, cerrado, y, más en el
fondo, en verdad me desprecias porque
integralidad
35
creo que no existe tu Dios” (24). ¿Habrá
sido cierto? ¿Tuvo razones para pensar
esto? ¿Marginaba en el fondo a este amigo
con mis palabras o mis maneras?

Bosch nos dice que la pregunta sobre qué
actitud debería adoptar un cristiano y las
misiones cristianas frente a los adherentes
de otras creencias (o de ninguna fe) es muy
antigua, con raíces en el Antiguo
Testamento, pero por muchos siglos nunca
fue debatida. “Los decretos del emperador
Teodosio, del año 380 –que demandó que
todos los ciudadanos del imperio romano
sean cristianos- y 391 –que prohibió todo
culto no cristiano-, inexorablemente
abrieron paso a la encíclica del papa
Bonifacio, Unan Sanctam (1302), que
proclamaba a la iglesia católica como la
única institución capaz de garantizar la
salvación; al Concilio de Florencia (1442),
que asignó un puesto entre las llamas del
infierno a toda persona ajena a la iglesia
católica, y al Cathechismus Romanus
(1566), que enseñaba la infabilidad de la
Iglesia Católica… tan tarde como 1832
Gregorio XVI rechazó la demanda de
libertad de culto no sólo como un error,
sino como deliramentum (demencia). Los
protestantes, es cierto, no tenían armas
comparables a las encíclicas papales. Sin
embargo, su mentalidad muchas veces
casi no se difería de la de Roma; mientras
el modelo católico insistía que “fuera de la
iglesia no hay salvación”, el modelo
protestante afirmaba que “fuera de la
palabra no hay salvación”. Bajo ambos
modelos la misión significaba conquista y
desplazamiento” (25). La historia
categóricamente afirma que siempre los
cristianos hemos sido exclusivistas y
maniqueos en el sentido de la otriedad:
nosotros y el resto.

Pero al menos las cosas son algo diferentes
en la actualidad. Los católicos nos
llamaban por ejemplo, “hijos de Satanás”,
“herejes”, “cismáticos”, aunque debo
reconocer que los términos han cambiado.
Hoy somos “hermanos separados” pero
para algunos amigos jóvenes e inclusive
para un profesor de religión que tuve en el
colegio, seminarista él, yo era un “hermano
en Cristo”. Se percibe el efecto del Concilio
Vaticano II: “La restauración de la unidad
entre todos los cristianos es una de
nuestras primeras preocupaciones y
afirmamos que las divisiones entre
cristianos contradicen la voluntad de
Cristo, escandalizan al mundo y hacen
daño a aquella causa tan santa de predicar
el evangelio a toda criatura”.

Nosotros, en cambio, solemos mantener
una actitud hostil hacia el catolicismo. Pero
no sólo hacia ellos, sino al mismo tiempo
contra nosotros mismos (26). Entre las
denominaciones son frecuentes las
relaciones tensas. Las diferencias
doctrinales nos separan. Los pentecostales
no miran bien a los que somos no-
pentecostales porque no manifestamos esa
señal universal de espiritualidad y acción
de Dios llamada el don de lenguas.
Nosotros, somos iguales con ellos porque
la gran mayoría de señales de ese don son
manipulaciones; por ello, ¿porqué tantos
hablan en lenguas y tan pocos interpretan?
El neo-pentecostalismo es un bicho raro
porque ellos se consideran (Deiros, por
ejemplo) como la iglesia ideal para los
tiempos postmodernos por su énfasis en el
sentimentalismo (27) pero al mismo
tiempo el autoritarismo de los nuevos
apóstoles, a los que prácticamente se les
considera como los enviados de Dios, es
difícil de digerir para los cristianos de otros
énfasis. Los evangélicos muchas veces
consideran como semimuertas a las
expresiones de fe protestantes, sino, ¿cómo
debaten los anglicanos una unificación con
la Iglesia Católica, como ordenan
homosexuales? ¿Cómo ordenan algunos de
ellos a mujeres? Es cierto, somos
exclusivistas, se nos enseña
implícitamente que nuestra manera de ver
las cosas es la mejor, miramos por encima
del hombro al hermano que piensa
distinto, somos burlescos y sarcásticos
ante las experiencias de fe de otros, las
calificamos de erróneas y originarias de
un espíritu de contienda, de orgullo o de
integralidad
36
vil pecado. ¡Qué restringida es nuestra
manera de entender a Dios! ¡Que soberbia
nos invade cuando el Espíritu Santo nos
enseña una verdad, al pensar que si alguien
no ha recibido esa instrucción de la misma
manera, no está cerca de Dios!

La fuerza centrífuga de nuestras poses y
complejos que provocan separación debe
ser contrarrestada con la fuerza centrípeta
de la unidad, aunque debo reconocer que
hablar de ella nos transporta a una
realidad áspera y compleja. Me concentro
en el universo evangélico y me pregunto:
¿Cómo afirmar de que somos un cuerpo en
Cristo si estamos tan atomizados? ¿Qué
argumento nos quedaría ante 1 Corintios
1:10-13 que exhorta a la unidad completa
(“Les ruego, pues, hermanos, por el
nombre de nuestro Señor Jesucristo, que
hablen todos una misma cosa, y que no
haya entre ustedes divisiones, sino que
estén perfectamente unidos en una misma
mente y en un mismo parecer. Porque he
sido informado sobre ustedes, hermanos
míos, por los de Cloé, que hay entre
ustedes contiendas. Quiero decir, que cada
uno de ustedes dice: Yo soy de Pablo; y yo
de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo.
¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue
crucificado Pablo por ustedes? ¿O fueron
bautizados en el nombre de Pablo?”)? O
peor aún, ¿Qué argumento nos quedaría
ante Juan 17:20-21 (“Mas no ruego
solamente por éstos, sino también por los
que han de creer en mí por la palabra de
ellos, para que todos sean uno, oh Padre,
en mí, y yo en ti, que también ellos sean
uno en nosotros, para que el mundo crea
que tú me enviaste”)? ¿Y ante Efesios 4:1-
6? (“Por eso yo, que estoy preso por la
causa del Señor, les ruego que se porten
como deben hacerlo los que han sido
llamados por Dios, como lo fueron
ustedes. Sean humildes y amables; tengan
paciencia y sopórtense los unos a los otros
con amor, procuren mantenerse siempre
unidos, con la ayuda del Espíritu Santo y
por medio de la paz que ya los une. Hay
un solo cuerpo y un solo espíritu, así como
Dios los ha llamado a una sola esperanza.
Hay un Señor, una fe y un bautismo; hay
un Dios y Padre de todos, que está sobre
todos, actúa por medio de todos y está en
todos” –Versión Popular-)?

La unidad es capital, pero a pesar de las
múltiples divisiones, Dios trabaja
dinámicamente en la mayoría de las
iglesias, expandiéndose la obra,
predicándose el Evangelio y respondiendo
mucha gente al llamado de Dios. La
reconciliación que Dios nos enseña se
muestra a través de la restauración de las
relaciones dañadas, las milagrosas
sanidades y las muchas bendiciones
transmitidas a través de las miles de
comunidades cristianas obedientes de los
mandatos bíblicos. Todas parecen ser
bendecidas por Dios con generosidad
sobreabundante: los de derecha e
izquierda, los de arriba y de abajo, los de
más allá y los de más acá. Todos mueren,
todos se enferman, todos sufren, todos
tienen encuentros con Dios, todos se llenan
de alegría, todos tienen profundas
experiencias religiosas, todos son
protegidos, todos reciben la gracia
multiforme.

¿Qué, entonces, de la unidad? ¿De qué
hablamos si Dios bendice finalmente a
todos? ¿De una unidad orgánica,
organizativa? ¿O más bien de una unidad
interna, espiritual? Si parece Dios actuar
en todas partes, ¿tiene sentido nuestra
actitud exclusivista?

Gran cantidad de pasajes bíblicos alcanzan
más de un significado dentro de estrictos
principios de interpretación. Por ello, hay
gente que cree que la salvación se pierde, y
otros en cambio, piensan que una vez que
la obtienes nadie te la quita (28). Hay
algunos que creen en el poder incólume del
accionar del Espíritu Santo, mientras que
otros reconocen su presencia, pero en una
función pasiva. Algunos creen que estamos
en los últimos días, otros que ni siquiera
piensan que el tema sea digno de ser
tomado en cuenta. ¿A qué conclusión
puede llevarnos esto? A que Dios dispuso
integralidad
37
eso de esa manera. La Biblia no cambia ni
cambiará (Mt. 5:18) pero los seres
humanos sí lo hacemos. Nuestras
sociedades evolucionan permanentemente
a la vez que nuestra visión de la palabra de
Dios, que continuamente bucea en el
océano de la infinitud de Dios encontrando
cada vez cosas diferentes, y tal es la
grandeza de nuestro Señor que la riqueza
de ese mar es inagotable. Por eso a través
del tiempo hay nuevas lecturas y puntos de
vista de lo que la Biblia dice acorde con
nosotros mismos, generando nuevas
formas de hacer iglesia, de hacer misión,
de entender a Dios. Lo mismo pasa
horizontalmente entre distintas culturas.
La diversidad es inevitable.

¿Y dónde queda la diferencia teológica?
¿Realmente algo quieren decir las
diferencias? ¿Qué, exactamente?

Todo puede circunscribirse a bandas. ¿Qué
es esto? En simple, significa definir un
valor máximo y un valor mínimo para que
entre estos podamos fluctuar sin nunca
pasar los límites que previamente
configuramos. Dadas la praxis observada
pensaría que Él, de alguna forma
implícita que no logro ni lograré percibir
debido a la limitación de mi humanidad,
permite flexibilidad en la interpretación y
en la forma práctica de hacer iglesia, pero
manteniendo límites. ¿Cuáles? Mi
propuesta en este sentido es que son los
que nos aproximan al comportamiento
sectario. Por lo tanto, dentro de las bandas
todo sería en cierta manera válido.
Arminiano y calvinista. Premilenial y
postmilenial. Pentecostal y no pentecostal.
Esto explica la bendición para todos y la
manifestación del poder de Dios a pesar de
las diferencias. Por ello la respuesta a la
pregunta que me hice antes es que la
unidad no es orgánica sino interna,
basada en bandas. Por lo tanto la
discusión no es la unificación de
denominaciones ni de estatutos de fe sino:

(1) La comprensión y aceptación real de la
posibilidad del diferendo

(2) El reconocimiento de la otriedad, con
su propia experiencia, vivencias y
conclusiones de la moda en entender y
vivir la fe.

(3) El respeto mutuo.

Aquí está el desafío real de las
comunidades trinitarias. Las diferencias
por la diversidad son naturales (a pesar
que muchas de ellas han aparecido no por
la sincera postura sino por la agria
discusión) y nuestro trabajo se encuentra
en cómo actuamos con ellas, en
“soportarnos con paciencia los unos a los
otros en amor” (Ef. 4:2b). En última
instancia, es un desafío del ágape pleno,
porque el aceptar al otro es en cierta forma
amarlo. El reto de las comunidades
modernas es que entendamos a la unidad
que persevera en la diversidad y una
diversidad que se esfuerza en lograr la
unidad. Las divergencias no son nunca un
motivo de remordimiento sino que son
parte activa del esfuerzo dentro de la
iglesia por llegar a ser lo que Dios quiere
que seamos, siendo Él tan grande y
majestuoso que somos concientes que una
manera de comprenderlo (la mía) no puede
ser bajo ninguna circunstancia el exclusivo
puente que me lleva hacia él. Hay una
múltiple experiencia de conversión, de
comprensión y de vivencia de la palabra,
y es en la pluralidad respetuosa la que nos
puede llevar a la meta absoluta que es el
llegar a la madurez en nuestro Salvador.
La unidad debe expresarse en una
diversidad reconciliadora y con un eje
fundamental: Cristo Jesús (29).


4. Conclusión

No sería la primera vez que los cimientos
del cristianismo se ven amenazados por
terremotos pérfidos, ni sería la primera en
que Dios haga prevalecer a su iglesia de los
cambios profundos del mundo. La misión,
como la teología, debe ser reinventada una
y otra vez, según cómo esta veleta llamada
integralidad
38
humanidad mute de lugar a lugar. El
postmodernismo se nos presenta como un
enemigo tremendo sobre todo para
aquellos de pensamiento moderno pero en
realidad no es más que un nuevo estado de
cosas para el cual debemos prepararnos.
¿Son estos cinco paradigmas tratados aquí
suficientes? No. ¡Es absolutamente
incompleto! Éste es un análisis preliminar
que tiene la intención de generar ideas que
permitan ampliar el pensamiento en pos de
una reflexión de una nueva manera de
entender a la iglesia. Creo que. Inclusive,
ya estamos preparados para ir un paso más
allá, esto es, iniciar ya una praxis
misiológica que nos haga palpar el camino
a seguir. Es mi oración sincera que Dios
nos instruya en estos tiempos
trascendentes y que, como siempre, el
reino de Dios siga estableciéndose en la
tierra, con postmodernismo o sin él.

Amén.


Referencias

(1) Las ideas de esta parte de extraen de dos
fuentes. La primera de ellas es Dellutri, Salvador. El
desafío posmoderno. Lima: Ediciones Verbo Vivo,
2006. La segunda es In Sik Hong. ¿Una iglesia
posmoderna?. Buenos Aires: Ediciones Kairos.,
2001.

(2) Aunque para mí más compleja que la Trinidad
es la enseñanza de la unión hipostática de las dos
naturalezas de Cristo, porque en el primer caso en
última instancia puedes decir: “Dios es Dios, es
infinito y con nuestra finitud no podremos
comprenderlo”, pero en el segundo… ¿qué hacer si
Jesús anduvo entre nosotros?

(3) Berkhof, L. Teología Sistemática. Grands
Rapids: TELL, 1979. Pag. 98

(4) Ryrie, Charles. Teología Básica. Miami: Unilit,
1993. Pag. 61

(5) Ryrie, Charles. Ibid. Pag. 62.

(6) El Credo Niceno dice lo siguiente:

Creo en un solo Dios Padre Todopoderoso, Creador
del cielo y de la tierra, y de todas las cosas visibles e
invisibles;
Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de
Dios,
Engendrado del Padre antes de todos los siglos,
Dios de Dios, Luz de Luz, verdadero Dios de Dios
verdadero,
Engendrado, no hecho, consubstancial con el
Padre;
Por el cual todas las cosas fueron hechas,
El cual por amor a nosotros y por nuestra salud
descendió del cielo,
Y tomando nuestra carne de la virgen María, por el
Espíritu Santo, fue hecho hombre,
Y fue crucificado por nosotros bajo el poder de
Poncio Pilato,
Padeció, y fue sepultado;
Y al tercer día resucitó según las Escrituras,
Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios
Padre.
Y vendrá otra vez con gloria a juzgar a los vivos y a
los muertos;
Y su reino no tendrá fin.
Y creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida,
procedente del Padre y del Hijo,
El cual con el Padre y el Hijo juntamente es adorado
y glorificado;
Que habló por los profetas.
Y creo en una santa Iglesia Católica y Apostólica.
Confieso un Bautismo para remisión de pecados,
Y espero la resurrección de los muertos.
Y la vida del Siglo venidero. Amén.

(7) Schaeffer, Francis. El está presente y no está
callado. Miami: Logoi, 1974. Pp. 27-30.

(8) “Forma de Dios” en la RV60.

(9) La Biblia de Jerusalén dice: “El cual, siendo de
condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual
a Dios”. Sugiere también la posible traducción: “…
no consideró como presa el ser igual a Dios”.

(10) Literalmente “se vació a sí mismo”.

(11) Berkhof, Luis. Ibid. Pag. 390. Resaltado mío.

(12) Comentarios sobre el pasaje de La Nueva Biblia
Latinoamericana.

(13) La secuencia de los versículos se extrae de
http://www.geocities.com/Athens/Forum/7177/Ve
rs_art_sacerdocio.html – 29.02.08

(14) Boff, Leonardo. Citado en
http://jimzall.mx.tripod.com/BOFF – 29.02.08

(15) Citado en
http://www.sgi.org/spanish/budismo/bactual/Actu
al001.html – 29.02.08

(16) Boff, Leonardo. Ibid.

integralidad
39
(17) La tensión entre el laicado y el clero, que se ha
dado en todas las épocas de la historia. (28) Mi esposa es soteriológicamente arminiana, y
yo soy calvinista.
(18) Las ideas de los siguientes tres párrafos se
extraen de Eliade, Mircea. Lo sagrado y lo profano.
Madrid: Ediciones Guadarrama, 1979. Pag. 26-63.
(29) Bosch. Ibid. Pag. 566.


Bibliografía
(19) Ibid. Pag. 30.

Berkhof, Luis. Teología Sistemática. Grands Rapids:
Tell, 1979
(20) Mi amigo Gabriel Ñanco me dijo una vez lo
siguiente: “Al pensar sobre este tema siempre me
viene a la mente: ¿Qué porcentaje del dinero que
entra mensualmente a las iglesias se da para ayudar
a los pobres, asistir a los ancianos, en medicina
para los enfermos, en proyectos solidarios, cuánto
va a parar a hogares de niños, cuánto se destina
para paliar el hambre? Mejor no me sigo
preguntando ni me respondo, pues la tristeza se
acrecienta”

Boff, Leonardo. Citado en
http://jimzall.mx.tripod.com/BOFF – 29.02.08

Bosch, David. Misión en transformación: cambios
de paradigma en la teología de la misión. Grands
Rapids: Libros Desafío, 2000

Dellutri, Salvador. El desafío posmoderno. Lima:
Ediciones Verbo Vivo, 2006
(21) Algunas personas están muy confundidas
cuando leen Hebreos 7:8 “Y aquí ciertamente
reciben los diezmos hombres mortales; pero allí,
uno de quien se da testimonio de que vive”, porque
piensan que aquellos “hombres mortales” de quien
se está hablando son ministros de la iglesia
cristiana, concluyendo inmediatamente que en la
iglesia primitiva se cobraba el diezmo, cuando el
autor de los Hebreos se refiere a los levitas hebreos
que aún recibían el diezmo mosaico en los tiempos
en que se escribió la carta.

Eliade, Mircea. Lo sagrado y lo profano. Madrid:
Ediciones Guadarrama, 1979

In Sik Hong: ¿Una iglesia posmoderna?. Buenos
Aires: Ediciones Kairos, 2001

La Nueva Biblia Latinoamericana. Ediciones
Paulinas. Verbo Divino. 1972.

Ryrie, Charles. Teología Básica. Miami: Unilit, 1993

(22) Para ver cómo daba la iglesia del tiempo
paulino sus ofrendas –porque las daban y en forma
generosa-, leamos 2 Cor. 8 y 9. ¿Algún porcentaje
que se mande? Ninguno.
Schaeffer, Francis. El está presente y no está
callado. Miami: Logoi, 1974.


(23) Parte de lo escrito en esa parte del trabajo lo
bosquejé antes en
http://teonomia.blogspot.com/2006/06/de-todas-
las-sangres-y-pensamientos.html – 29.02.08
http://www.geocities.com/Athens/Forum/7177/Ve
rs_art_sacerdocio.html – 29.02.08

http://www.sgi.org/spanish/budismo/bactual/Actu
al001.html – 29.02.08

http://teonomia.blogspot.com/2006/06/de-todas-
las-sangres-y-pensamientos.html – 29.02.08
(24) Conversación que se dio en 1998. Mi cita no es
literal, es una paráfrasis.

(25) Bosch, David. Misión en transformación:
cambios de paradigma en la teología de la misión.
Grands Rapids: Libros Desafío, 2000. Pag. 577-578



(26) Si piensan lo contrario, y sin moverse de sus
computadoras, les reto a entrar en un foro cristiano
y leer los comentarios.




(27) Para profundizar, leer a In Sik Hong, Op. Cit.

Sobre el autor
Estudió Ingeniería Económica en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) en Lima (Perú) y, por un
par de años, Teología en el Seminario Bíblico Alianza del Perú (SEBAP). En estos momentos es candidato a
Maestría en Misiología en el Centro de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA) y labora como analista de
Riesgos de Mercado del BBVA Banco Continental.
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