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5027 PASOS ©
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El filme comienza del siguiente modo:

La cámara avanza desde el nacimiento de un pasillo de baldosas marrón,

cuidadosamente lustradas, aunque antiguas. A un costado derecho, apoyadas en una

muralla de ladrillos prosaicos, añejos, tres o cuatro bancos ocupados por jóvenes. Éstos

se cruzan por una cámara –cuya perspectiva es la que vemos- que avanza lentamente.

Los muchachos se sientan, otros se levantan, cargan cuadernos, morrales, algunos

estudian, traspasan el margen de los arcos del costado izquierdo, de ladrillo antiguo; la

construcción parece ser un monasterio remozado; tras los arcos un cuadrado, al medio

una pileta y rodeándola la construcción de arcos. El edificio posee tres plantas, pero la

cámara está nada más que cubriendo el pasillo, reptando lentamente hacia delante,

indiferente a los bultos que deambulan frente a sí.

Se escucha la voz tenue de una mujer creciendo paralelamente al avance de la

cámara. Cuenta números. Da la impresión que su rezo ha durado horas. Cinco mil uno.

Cinco mil dos. Cinco mil tres.

Al final del pasillo, iluminado por los rectos zarpazos de un sol benévolo de primavera,

de pronto, se distingue un joven, aún un tanto nebuloso a la perspectiva del lente; su

silueta de colores básicos poco a poco va mutando en trazos claros. La voz monódica

prosigue el conteo. Cinco mil quince. Cinco mil veinte. El joven viste jeans, zapatos

gastados, una camisa de vestir de mangas largas abotonada en el cuello. Es delgado,

tiene el pelo rasurado. Mueve sus labios, entrega volantes a los jóvenes que pasan

cerca de sí. Pero no los observa. Parece rezar con los ojos abiertos, prendidos en el

ángulo de la cámara que se acerca. Cinco mil veinte. Cinco mil veintiuno. Mientras la

cámara se acerca – que en realidad es la perspectiva de una persona, la mujer que

cuenta con voz de letanía- el volumen de la voz femenina va disminuyendo y va

distinguiéndose otra, la del varón que recita un versículo bíblico cuyo contenido aún es

un misterio, pues el son de un violín es superpuesto a las frases susurrantes, expelidas

por sus labios apenas expresivos. Cinco mil veinticinco. Entonces quedan frente a

frente. Cinco mil veintiséis. Es decir: el joven mira a la cámara. Su mirada es

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transparente. Lo escuchamos repetir un mensaje sobre los tiempos postreros, pero

cuando la cámara se detiene, su voz se silencia junto a la voz de la muchacha. Cinco

mil veintisiete. Ambos se encuentran. La historia acaba de empezar.

Una plaza; ambos sentados en un escaño. Hay sol (discos de luz descendiendo

rectamente) el ruido de los árboles al viento; automóviles lejanos.

- No tengo Padre. Es decir, no un padre terrenal – le dice el muchacho.

- Yo tampoco. O sí, debe estar en un lugar, como todos los malos padres. Como

tu padre, supongo.

- Yo sólo tengo un padre celestial.

Close up. El muchacho le mira con dulzura. Su rostro se ilumina con la luz del sol.

Cercanías del Parque Forestal. Tarde soleada. Café X. Santa Lucía casi al llegar a

Merced. Santiago centro. Holz y Sanguinetti platican. El primero hojea una revista. Pasa

una mujer. Holz, gruesa voz, repite un piropo.

- Mina.

- Podría ser tu hija.

Pasa gente, la cámara a la revista. Negros del África, la foto de un escritor, letras tras

letras. El desierto de Atacama. Las montañas de Suiza. Otro café más. Holz cierra el

facsímil. Pensativo se echa sobre la silla, mano derecha en el mentón. El otro saca un

cigarro; le ofrece a su amigo. Y bien, Holz se incorpora, se acerca a la caverna mínima

hecha por las manos de Sanguinetti, allí baila la flama minúscula. Humo.

- No he venido a tirar la caña – es decir a matar el tiempo, vernos las caras,

alguna otra frase similar.

- Tú dirás. En qué puedo servirte, Holz.

- Es un caso que me preocupa. Deseo solucionarlo.

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- Pues bien, vamos – los ojos de ambos, el humo entre medio, la cámara los

enfoca sentados en la mesa. En la otra, sólo siluetas, dos mujeres platicando,

automóviles correr por la avenida.

- Una paciente ha experimentado cierto avance en las sesiones que hemos

sostenido hace un par de meses. Pero en algunas semanas nos hemos

encontrado con un odioso escollo. Y estoy ahí. Es decir: estamos ahí, no

podemos salir de la manía.

- ¿Qué manía?

- La chica cuenta los pasos.

- Bien, entiendo.

- Necesito tu ayuda.

- Bien, podés contar conmigo.

- Sanguinetti, dejamela a mí. Yo debo tratarla, pero necesito tu apoyo. Busco una

pista.

- Pista… - sorbe un poco de café. Revuelve el filtro de cigarro en el cenicero-

- Por favor no te rías. El asunto es serio. Vamos, no me mires así: deseo construir

una máquina del tiempo.

- …

- y…

- ¿Para eso me has llamado? Holz, por favor…

- Es algo serio, déjame explicártelo.

La chica se llama Agnes. Estudia en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de

Chile. Vive en un viejo departamento cercano al metro Bellas Artes. Es paciente del

doctor Holz hace ocho meses. Escucha a Edgard Varese, algunos músicos

vanguardistas europeos. Lee poemas de Benedetti, novelas del Boom; escucha

sintomáticamente la cuadragésimo segunda de Haendel, Joan Manuel Serrat, visiona

cine latinoamericano: Eliseo Subiela, Francisco Lombardi; algunos placeres culpables:

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Magneto, los primeros discos de Luis Miguel, grabaciones desclasificadas de Los

Prisioneros; novelas de Méndez Carrasco. Es enamorada de Víctor. También cocina

pastas, cocina peruana. Diseña puzzles pequeños. Víctor la engaña con Piera, una

compañera de Agnes, pero ella no lo sabe. Agnes riega las plantas de su departamento

todos los días. Cuenta los pasos, cuenta las horas, los días en riguroso rosario.

El muchacho se llama Emanuel. Vive en Puente Alto. Es evangélico. Estudia música.

Lee la Biblia con devoción extrema, sus tardes de lectura son interminables. Ora por

horas enteras, ayuna un día todas las semanas, dos días cada final de mes y cinco días

juntos cada año. Lee a Watchman Nee y escritos de cristianos orientales, también a

Wesley, Lutero. Escucha a Haendel y el ruido de los pájaros cercanos a su morada

mísera. Los árboles rodean un campo próximo y allí medita. Pese a su juventud es

pastor de una congregación de veinte personas.

Pero no hemos hablado de los títulos ni de los créditos. Deberé indicar que éstos

aparecen cuando las voces del predicador y de la muchacha se unen. (Así como se

unen sus miradas, en rigor: son sus vidas las que se interceptan). Todo se va a negro.

Letras blancas en el margen inferior izquierdo asoman en fundido: 5027 PASOS. (Hay

música de violín) Le siguen los nombres de los actores, también abajo mientras Agnes

y Emanuel platican una tarde de primavera en una plaza de la ciudad de Santiago.

(Imágenes del Persa Bio Bio. Es sábado, día nublado. Holz viste abrigo oscuro. Se

interna por los pasillos de uno de los galpones de antigüedades. La cámara nos

muestra su perspectiva. Muebles viejos, máquinas arrumadas en el suelo, cuadros

oscuros pintados al óleo roídos por los dientes de los años. Olor a hierro y humedad; es

temprano. Volvemos a las imágenes del café cercano al Parque Forestal).

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- …Nilssen cruzó la frontera cuando la gente del Mossad le empezó a pisar los

talones. En ese entonces postulaba a ser decano de la Escuela de Psicología de

la Universidad de Buenos Aires. Estoy hablando de finales de los sesenta.

- El tipo era sueco…

- Alemán. Años después, al llegar a Santiago, conocidos me enteraron de la

verdad, una verdad que por cierto a esas alturas ya terminaba de armar: el

profesor se llamaba en realidad Ernan Binder; trabajó para los nazis en el

campo de concentración de Buchenwald.

- Seguro que su vida peligraba en Buenos Aires…

- Claro. Argentina se transformó en uno de los principales refugios nazis luego de

finalizar la guerra. La gente de Israel supo eso y, era obvio, los nazis

comenzaron a asustarse. Nilsson, perdón, Binder era un tipo que tenía cierto

renombre dentro de la universidad, una vida social prudentemente conocida.

Para salvar su vida escogió por una de las pocas alternativas que quedaban

para los tipos de su condición: venir a Chile.

- Pero acá hay muchos judíos, gente de influencias, ¿cómo?

- En Santiago, claro que sí, pero no en otros parajes.

Agnes riega las plantas de su departamento. Las ventanas, que se dirigen al sur de

Santiago, muestran edificios cercanos. La cámara muestra el jarro de agua que

posee medida; la muchacha derrama dos mililitros por cada macetero. Al dirigirse al

segundo macetero cuenta. “Cuatro mil cuarenta y cinco, cuatro mil cuarenta y

seis”. Suena el automático del hervidor. Da tres pasos a la mesa de la cocina, -

desenchufa el aparato, da otros cuatro pasos al mueble y extrae de él un recipiente

cerámico que contiene azúcar. “Y es que cuentas hasta las vueltas de la cucharilla

dentro de la taza, niña”, le recordaba Alfonso, - Alfonsín para los cercanos- “Claro, si

se trata de tres cucharaditas son 23 vueltas” y el otro “¿y cómo lo descubriste?” de

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chica, le decía ella, que una tarde hizo el experimento lo probaba tras cada vuelta.

Luego de veintitrés vueltas el café se encontraba lo suficientemente dulce.

Ahí están como muchas tardes, Agnes y Alfonso. Platican, toman café, él espía por

la ventana a Roque, un profesor de treinta años, que vive en el edificio de enfrente.

- Está muy guapo…

- No quiero tener problemas con vecinos, Alfonsín.

- No los tendrás querida. Nada más deja alucinar… como sabes que en una de

esas yo también le gusto.

- Supongo que no vendrás exclusivamente a casa por esto.

- Ay, claro que por supuesto que no, querida. Es que no he ido a la U estos días y

quería que tú me pusieras al tanto. Mira que yo te pondré al tanto de algunas

cosillas que he sabido por ahí.

- ¿Sí?

- Ay, calla Alfonso, calla…

Alfonso ha hablado más de la cuenta; mencionó una palabra prohibida. Rectificó, Agnes

se percató de los nervios, de la corrección, e indagó por detalles. Alfonso, nervioso, no

tuvo forma de mentir de modo verosímil. La chica lo empujó con su mirada contra la

pared: Alfonso no halló mejor cosa que decir la verdad.

- ¿Hace cuánto tiempo?

- Y qué sé yo. Meses, tal vez un año.

- Y tú, muy hijo de puta, no me lo decías.

- Y qué querías, que te lo dijera sin anestesia; por favor niña, a veces mentimos

porque la verdad suele ser triste.

Entonces Agnes le pidió que se marchara. Esa noche no hizo más que poner en la mesa

de sus recuerdos todos los instantes vividos con Víctor y leerlos bajo la luz de la

revelación. La cámara la enfoca sobre su cama, luz de lámpara iluminando su rostro

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pálido; su mano sostiene dos dedos de un muñeco de toalla. El sonido de un bombo

electrónico. Luego música electrónica; Fruyti Loops en plenitud. Oscuridad, luego luces

violetas, rojas, blancas, dos jóvenes bailando en una disco, NO QUIERES QUE TE VAYA A

BUSCAR UNA CERVEZA, la mujer se arregla el pelo, arrima su oído a la boca del joven,

QUE TE DIJE SI QUIERES QUE TE VAYA A BUSCAR UNA CERVEZA, ella lo mira, la cámara

enfoca sus miradas, NO GRACIAS, QUIZÁS TOME UNA COCA, PERO DESPUÉS. Rato

después él se la lleva de la mano a la orilla de la pista, le indica con gestos “espérame

aquí que ya vuelvo”. Él se dirige a la barra, tras el turno de dos tipos pide una cerveza

en lata y una Coca Cola. Conversan. Fundido.

Fade in. El sol aún alumbra aun cuando son las seis de la tarde. Potrero cercano a la

casa de Emanuel.

- ¿Y siempre vienes aquí?

- En las tardes, cuando necesito conversar con Papá.

- Me dijiste que no tenías padre.

- Papá, el que está en los cielos.

- Cómo puedo saber que no mientes. Haz una señal.

- Bienaventurados los que no vieron y creyeron.

- Cómo quieres que crea si reduces a un solo camino la posibilidad de creer: la fe.

Si Dios nos hizo racionales es para matizar la fe y la razón.

- Yo no digo que sea un profeta. Tú lo dices. No creas en mí.

- Emanuel, necesito creer en algo.

La muchacha dejó de contar sus pasos desde ese día en que se encontró con el

predicador en el pasillo de la facultad. No había creído en el mensaje, sin embargo esa

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imagen, tan distinta a las imágenes de los chicos que frecuentaba, le llamaba la

atención por su misterio. “Es que es muy freak”, le dijo Alfonso, “mira cómo se viste,

como un perno cualquiera. Por Dios, niña, qué van a decir si te empiezas a juntar con

gente así”. Pero Agnes pensó ignorar los consejos de su amigo: La vida de Emanuel era

una ventana que uno se encuentra en un gran galpón cerrado.

Las manos huesudas de un hombre de sesenta y tantos hacen rodar sobre su eje un

bolígrafo plateado. La cámara muestra el ejercicio durante un par de segundos. Luego

el despacho de Holz, el médico psiquiatra que atiende a Agnes. Es una oficina

elemental con libreros en dos paredes. Un sillón negro en el que se recuestan los

pacientes, otro sillón oscuro en que está sentado él. La cámara muestra una fotografía

ubicada sobre su escritorio: Holz y sus dos hijos, Ian y Brígida, hace quince años, en el

lago Lanalhue. Paneo. Las llaves de su automóvil, una vieja libreta de tapas de cuero.

De nuevo el lápiz. El psiquiatra se pone de pie; al recorrer la sala una foto colgada en

una de las paredes cubre gran parte de la toma: Holz y Nilsson en la facultad de

psiquiatría de la Universidad de Buenos Aires. El primero con el pelo largo, barba,

lentes de marco oscuro y grueso; el segundo con el pelo cual brasas secas. Ninguno de

los dos sonríe. Nillsen sostiene en su derecha un grueso documento de tapas ajadas,

similar al que sostiene Holz. El cuello de su camisa está doblado.

- Y bien: ¿por qué decís que ya estás mejor?

- Dejé de contar pasos.

- ¿Hace cuánto tiempo?

- Hace nueve días.

- Sin embargo, sigues contando los días.

- Doctor…

- No te preocupes. Al menos es un avance, luego de varios meses de sesiones.

- Luego de ocho meses y tres días de sesiones.

- Claro. Bien, dime: ¿qué ocurrió para que dejaras de contar pasos?

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- Conocí a un joven. Él es evangélico. También predicador.

- Bien. ¿Dónde lo conociste?

- En la facultad.

El doctor está enamorado de la chica. Más bien dicho atraído obsesivamente por ella:

Hace meses ha sentido su vida atada a esa frágil figura que no logra exiliar de su vida,

guardar distancia o cortar el esfínter de sus recuerdos para que no asome ella en la

memoria. Y muchas veces ha pensado besarla mientras ella está tendida con los ojos

cerrados. Pero se ha disuadido.

- ¿Lo amas?

- Nunca he amado. ¿Cómo puedo saberlo?

- Si no has sentido nunca nada como lo que estás sintiendo ahora, bien podría ser

amor.

- ¿Usted ha amado alguna vez?

- Quizás sí. Tal vez, pero en forma incompleta.

- Es posible que nunca sea suficiente.

- Seres insuficientes emprendiendo una tarea sublime y monumental. Dónde

podríamos llegar.

- Quizás la raíz de mis manías sea no saber amar, o las dudas frente al

sentimiento.

- La incertidumbre.

- ¿Dónde están las certezas en medio de un mundo relativo, con principios

relativos, mentiras relativas y distancias relativas?

- Necesitamos realidades absolutas, hechos categóricos, al menos para que

nuestra conciencia deje de molestarnos. El tipo que es engañado por su esposa,

no logra descansar hasta que la sorprende con el otro. Es raro.

- Es también raro que fundamentamos la relatividad con una frase nada menos

absoluta: “Todo es relativo”.

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- Signo de nuestras dualidades e incoherencias. // Agnes, se hizo tarde. Ven a

verme el próximo miércoles.

La familia de Emanuel vive en la población X de Puente Alto. Cuando hablo de familia

me refiero a su madre María y su abuela, Noemí. Emanuel sostiene la casa trabajando

como ayudante de carpintero de un viejo hermano evangélico, pastor de una

congregación pentecostal. Pero cierto halo de misterio, se anuncia desde comienzos

del filme. Se habla de un tal Elías - que podría pertenecer al núcleo - de quien no haré

referencia, salvo por el diálogo inicial. Éste es el que sigue:

MADRE : Podrías llevarle una de tus camisas. Me da pena pensarlo con frío.

Santiago es tan helado, incluso luego del invierno.

EMANUEL : La semana pasada rasuraron su cabello. ¿No es ésa la peor

tragedia que pudo haberle pasado?

MADRE : Jerusalén mata a los profetas y persigue a quienes son enviados

de Dios. Pueden tocar su cuerpo, mas no su alma.

EMANUEL : Y qué de los votos, madre. Si somos una dualidad, si necesitamos

llevar una marca en la carne para recordar el compromiso del espíritu.

MADRE : Dios sabrá tomar en cuenta esa falta a sus victimarios.

EMANUEL : Mi padre les recompensará según las obras de sus manos.

(Se acerca la anciana quien sale de la habitación contigua. Apenas puede moverse. La

madre de Emanuel le despeja el paso – corre una silla, traslada el escobillón, recoge un

par de papeles del piso. Habla. )

ANCIANA : Pensé que conversabas con Elías. Anoche me hablaba en un

sueño. Caminaba acompañado de un ángel del Señor.

MADRE : ¡Bendito sea Dios! La mano poderosa del Señor le librará.

EMANUEL : Madre: el destino de los escogidos de Dios ya ha sido escrito.

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Víctor, el pololo de Agnes, ve a su amante todos los días, o la mayoría de ellos. Piera es

compañera de ambos. Agnes siempre intuyó algún perfume repelente en ella, un imán

que resbalaba con el suyo. Pero, más que esos asuntos de piel, las distancias se

produjeron entre ambas por las amistades que Piera frecuentaba. Entre ellas dos

figuras que ayudarán a armar una trama en la historia global: Damián – por

coincidencia también estudiante de arquitectura- y Shai, un ex compañero que en la

actualidad estudiaba periodismo en la UDP. El primero había intentado propasarse con

Víctor en una fiesta de segundo año de carrera. El círculo cercano a Víctor le había

mentido respecto del incidente, aprovechándose que éste no recordaba prácticamente

nada pues se había fregado el juicio por un par de horas de tanta cerveza. Que un tipo

intentó carterearte, te sacó un par de monedas y bueno, te encontramos y le sacamos

la mierda entre todos, y que en el intento te rasguñó el estómago y te mordió el cuello.

Agnes armó la trama con fragmentos de diálogo, con jokers inferenciales: el maricón

Damián, adicto a las fiestas de la Blondie, se había intentado tirar a Víctor cuando este

estaba raja de curado. Gótico, hijo de puta. Fue una volada del momento. Si ahueonao,

no te quiero ver más cerca de él, ¿escuchaste hueón? Si no es pa tanto, galla. Shai,

amigo de ambos – Agnes y Damián- quedó en la disyuntiva, a quién le daría la razón.

Primero pensó en mantenerse neutro o, lo que es distinto, apoyar las dos versiones,

hasta que el embrollo no dio más, sobrepasó círculos íntimos y perfiló como plática con

record de quórum y, más aún, fue comentario ineludible en los pasillos y salas de la

facultad. Entonces se alineó con Damián y con su teoría del chascarro de curado. Luego

Agnes quedó de mina grave, de hueona cuática; quizás fue su excusa para pelear en

serio y largo.

Es lo que pensó Víctor tras enterarse que Agnes salía con un estudiante de música. Se

lo contó precisamente Shai, quien había sido receptáculo de chisme de labios de

Damián, a quien le había contado nada más ni nada menos que Piera.

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- Es un cuento de mina celosa.

- Los vio caminar por Portugal hacia el sur.

Eso no indicaba nada, sin duda, pero el talante freak del muchacho, partiendo de los

celos, había empujado a la duda.

- Pero, quién es el culiao.

- Es un tipo que predica en la facultad. Es evangélico.

- Chucha, más encima. Prefiero que me gorreen con un milico.

- Nadie lo conoce, al menos nadie de la facultad.

- Bien, cómo entonces podemos saber quién es.

- Acercándonos a él, conociéndolo, demostrando interés en lo que habla.

- Entonces preciso de ayuda, periodista.

- Eso tiene su precio, compañero.

- Estoy en quiebra. A lo más tengo algunas cosas…

- Qué cosas…

- El guión de Desperado; Volver y La Mala Educación de Almodóvar (eso sí que

son pirateadas), la impresora vieja. Disculpa, no tengo más que ofrecerte.

- Una buena tarjeta de memoria para el pc me sale por una gamba. Es poco.

- Tengo una tarjeta de red. Me la dejó el Pelao en parte de pago por unos libros.

¿Te interesa?

- El libro, las películas, la impresora y la tarjeta… Está bien.

- La máquina del tiempo de la cual hablo fue diseñada por Nillsen a comienzos de

los años cuarenta, poco antes de que él fuese trasladado por el gobierno

nacional socialista al campo de concentración. El proyecto quedó nada más en

papeles, pues el tipo fue obligado por sus superiores a investigar en otros

campos.

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- ¿Cuáles?

- Qué sé yo; posiblemente los trastornos de sueño de los prisioneros,

experimentar con ellos en situaciones límites. No lo sé, quizás podría especular,

pero nada más.

- Perdón, pero vos y yo sabemos que eso de la tecnología secreta nazi es parte de

lo quimérico, de lo que nos gustaría creer, pensando en que el destino de la

humanidad hubiese sido distinto.

- No estoy hablando de ovnis alemanes, Sanguinetti. El proyecto de la máquina

me fue mencionado por Nillsen una noche, un poco antes de que partiese de

Buenos Aires a Bariloche.

- ¿Bariloche?

- En efecto. Esta ciudad fue un refugio seguro para criminales de guerra. Pero

cuando la presencia de viejos alemanes se hizo evidente, entonces los tipos

escogieron un lugar también apartado y cercano, de tal modo de no perder

contacto comunitario.

- La Patagonia…

- No: Osorno.

Sanguinetti le queda mirando a los ojos. Éstos escapan de la superficie, tras el caudal

de cejas furibundas del psiquiatra. Vemos luego los ojos del primero. Acaricia su

mandíbula acostado en la silla del café. Me imagino que piensa la relación del ítalo

judío que tiene al frente con el nazi. El tipo que torturó a sus padres, posiblemente. Una

dimensión no conocida, una habitación de la casa a la que no había entrado, se

anunció esa tarde. El panorama varió ostensiblemente.

- Holz, vos sos judío. ¿Por qué no denunciaste a Nillsen?

- Necesitaba obtener sus documentos. Tan pronto los tuviera en mis manos lo

denunciaría.

- Pero no los conseguiste.

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Los ojos de Holz vibran. Saca de su chaqueta un pañuelo de tela y se aprieta las

narices. Una paloma se posa en la vereda, a un costado de la mesa. Traga dos migas

de pan, luego vuela.

- Sanguinetti que querés que te diga. Cargo con una cruz imposible. Cómo poder

quitármela.

- Denunciá al asesino.

- Falleció hace diez años. Le seguí la pista desde que se mudó de Buenos Aires de

imprevisto. Cada día me proponía llegar hasta sus archivos, copiar el material,

tenerlo en mi poder e informar, luego, a la gente de la embajada para que lo

capturasen. Pero eso nunca sucedió.

- ¿Y por qué querés seguir buscando esos documentos Holz? ¿Para que al muy

hijo de puta le den el Nobel póstumo y le levanten un monumento en la

Argentina?

- Cargo en la conciencia el peso de la traición.

- ¿Vos cargás culpas? Si lo supieran tus pacientes…

- Pienso que encontrando los documentos de Nillsen estaré cerrando el círculo de

la historia que nos unió. Sus experimentaciones pueden ayudar a muchos

enfermos. Si supieras tú, Sanguinetti, lo que contienen esos escritos.

- Claro: una maquinita para turistear entre dinosaurios…

- No me ofendas, boludo.

EXTERIOR – HOSPITAL PSIQUIÁTRICO – SANTIAGO – MEDIODIA.

Antonio Zumarán mira por la ventana con una taza de café en las manos. Desde el

cuarto piso contempla a un paciente sentado de cuclillas en un descampado, cercano

al patio del recinto. Lleva una chaqueta de cuero, sandalias, jeans ajados. La figura de

Zumarán vista desde afuera, atravesando el ventanal. Un sucio dedo se introduce en

una vianda plástica que contiene rastrojos de melaza. Algunas moscas revolotean

cerca de ella. El paciente barbón se lleva algo de miel a la boca.

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INTERIOR – OFICINA HOSPITAL PSIQUIÁTRICO – SANTIAGO – MEDIODIA

El doctor Zumarán deja el café en la mesa. Una enfermera entra a la sala. Tiene

alrededor de cincuenta años. Deja un grupo de papeles en el escritorio, tras de lo cual

empuja la taza. Dos o tres gotas de café caen sobre un informe.

ZUMARÁN : Disculpa. No pude llamarte.

LOURDES : Sí, así me he dado cuenta.

ZUMARÁN : ¿Estás enojada?

LOURDES : ¡Claro que no! ¡Cómo se te ocurre! Es más, te venía a invitar a

que celebráramos.

ZUMARÁN : Perdóname, de verdad.

LOURDES : Creo que es tiempo de que tomes una decisión. Estoy harta de ser

la segunda en todo. No me merezco esto.

ZUMARÁN : Yo no te he obligado a estar conmigo; no te he obligado a que

vivamos una segunda vida, escondidos del resto. No es tan fácil, llegar a casa un día y

decirles a mi mujer y a mis hijas que me voy. Imagínate, además, lo que dirá mi madre

y mis hermanos. (Mira por la ventana. El paciente de barba y pelo largo conversa con

una decena de internos en el descampado).

LOURDES : Antonio, para mí tampoco es fácil. Ya no puedo seguir así. Si tú no

conversas con tu hermano, yo lo haré.

ZUMARÁN : Lo que hacemos no es correcto. Tú y yo lo sabemos.

LOURDES : ¿Quién dicta las pautas entre lo bueno y lo malo? Tú como

psiquiatra deberías ser el primero en explicármelo a mi favor.

ZUMARÁN : Ayer tuve un sueño. Nos encontrábamos en la Estación

Baquedano. Los andenes estaban vacíos. Te divisaba sentada, esperando el tren hacia

San Pablo. Yo esperaba aquél que va a la Escuela Militar. Cuando te percataste me

saludaste y cambiaste de andén. Dos trenes venían vacíos de ambos lados. Nos

besamos y no nos importó esperar el tren siguiente. De nuestros labios salía sangre. De

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pronto observé la gran muralla de la estación. Un dedo gigante escribía en la superficie

un signo del alfabeto griego. La sigma, decimoctava letra. Caímos al suelo cubiertos de

sangre, los pasillos se atestaron de gente que gritaba con desesperación. Hoy uno de

los pacientes me dijo que no era lícito tomar la mujer de mi hermano.

LOURDES : Alguien se lo dijo. Quizás tú mismo.

ZUMARÁN : Te equivocas. Nadie en el hospital lo sabe. Tú y yo hemos sido

cuidadosos y perfeccionistas en el engaño. Dicho orate parece ser un profeta.

LOURDES : Desde cuando crees en Dios y sus ministros. Tus miedos te hacen

leer los hechos como quieres verlos. Cobarde.

La cámara enfoca el rostro arrugado del doctor Antonio Zumarán. Luego los papeles

manchados con café, que extrañamente dibujan una Σ sobre ellos. Abajo, el profeta

orate vierte agua sobre la mollera de los enfermos que le rodean. En medio de la

ceremonia por intuición eleva la vista hacia el edificio, el ala sur, el cuarto piso. Su

mirada descubre la del doctor Zumarán. Éste, acusado por sus miedos, escapa del

ventanal hasta el escritorio.

Cuando Holz hablaba de una máquina del tiempo no hablaba precisamente de los

límites y sustancias que nosotros podríamos achacar a dicho logos. Su famosa máquina

consistía más bien en unos conjuntos de electrodos, máquinas de aplicación eléctrica,

simuladores o, mejor dichos: elementos incitadores de sensaciones dispuestos en una

silla similar a la de un odontólogo, pero con los elementos propuestos. Esto aparece en

la película, en la continuación del diálogo entre el psiquiatra y Sanguinetti. Ambos se

conocieron en Buenos Aires, precisamente el día en que Holz posó para la fotografía

junto a Nillsen. Es más: quien capturó dicha fotografía fue Sanguinetti en una Kodak

antigua que pertenecía a Holz. El argentino no lo sabía pero precisamente aquella

jornada su amigo obtendría la carpeta más preciada, con los planos de algunos

proyectos científicos del nazi larvado. Nótese las carpetas que sostienen ambos en la

fotografía monumental que adorna la oficina de Holz. Éste jugaría al juego del

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equívoco; incitaría al viejo profesor a dejar sus papeles sobre el escritorio, él pondría

sus propios papeles y, de pronto, tomaría por presunta equivocación, los manuscritos

sagrados. Por eso lo de la cámara. Pero el alemán no era idiota; un elemento accesorio

usado esa tarde por Holz sorprendió al viejo: esa cámara americana. La desconfianza,

aprendida luego de vivir varios lustros portando una identidad espuria, le hizo

desarrollar un agudo sentido de defensa frente a cualquier elemento que avizorara

como sospechoso. He aquí el aparato Kodak. No se equivocaba. Holz cambiaría los

documentos, correría a la oficina del profesor Simon – también judío- fotografiaría los

archivos y luego los devolvería. Esto parece hasta aquí una mala película. El guionista

se ha entrampado en sus juegos, las líneas argumentales amenazan con colapsar. Si

estaban tratando de detener a un criminal nazi podrían haber encargado el caso al

Mossad; si deseaban valiosos documentos que avalaban investigaciones científicas no

le encomendarían el caso a un enclenque estudiante de psicología. Empero su defensa

podría tomar como respaldo a su tesis aquella de Mario Vargas Llosa respecto de la

verosimilitud dentro de una ficción: la realidad es incoherente. ¿No tiene, estimado

lector, la realidad esta característica?

(Imágenes del Metro de Santiago. Los túneles iluminados por luces índigo, la marea

humana retornando a sus lugares, los rieles cual líneas escritas sobre la tierra, los

vagones, brazos metálicos terminados en puños, el interior de cada uno, de un cuidado

color beige, asientos anaranjados, series de ventanas en cuyo interior se proyectan las

imágenes de los filmes de cada protagonista del Santiago actual. Conversación de

Agnes y Emanuel. Las imágenes prosiguen). En off:

EMANUEL : El metro se anuncia de dónde quiere y oyes su sonido, pero no

sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo aquel que es nacido del espíritu.

AGNES : ¿Hablas de indeterminación o de libertad?

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EMANUEL : Quienes nacen del espíritu son percibidos por el resto como un

ligero ruido, una pequeña brisa, que no es evidente, pero sabes que está. Esa brisa es

libre e incontenible.

AGNES : Pero, ¿es posible ser libre? Si eres libre del pecado, te amarras a

un nuevo sistema, al de la fe en Dios. ¿No es ése otro cautiverio?

EMANUEL : Sí. Pero el yugo de papá es fácil y su carga ligera.

AGNES : Y cuando seremos por fin libres…

EMANUEL : Nunca… al menos no aquí, en la tierra. Es necesario que

conozcamos la esclavitud, para valorar la libertad. ¿Me entiendes?

AGNES : Perdón, pero me sabe a filosofía barata.

EMANUEL : Sí, es eso. Pero tú me lo preguntas y yo te respondo. Las cosas

espirituales no son para platicarlas, sino para vivirlas.

AGNES : ¿Y qué de las palabras, el logos, el verbo?

EMANUEL : Sería ideal comunicarnos de espíritu a espíritu, usando nada más

que significados. Pero somos más que una esencia. Espíritu, alma y cuerpo.

AGNES : Si me hablas de tres dimensiones del ser, las palabras también

deberían tenerlas.

EMANUEL : Y las tienen. ¿A qué dimensión pertenece la obra creativa del

Padre que en seis días creó los cielos y la tierra? Si él usaba la palabra para crear, ¿en

qué dimensión del logos descansaba el poder? Cuando dices “te amo”, ¿dónde

descansa “el amor”, en el significado o el significante?

AGNES : Seguro que en un espacio indeterminado de la palabra.

EMANUEL : En todos los espacios indeterminados de las cosas, en los agujeros

negros, en las ocurrencias inexplicables está Dios. Pero no es el ser que todo el mundo

conoce, el pretexto para iniciar guerras, el ogro injusto que mata a millones de hambre.

AGNES : Y, entonces, ¿quién es?

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EMANUEL : ¿Te has asombrado al ver de pronto un paisaje monumental,

escuchar una majestuosa voz, un grandilocuente atardecer? Sientes de pronto un

estrépito. Así es papá, no lo ves mas lo puedes sentir. // ¿A dónde viajas en metro?

AGNES : A ninguna parte, es decir: el medio es mi destino.

EMANUEL : Entonces, si no quieres llegar a un lugar, al menos debes buscar

algo; miradas, rostros, colores.

AGNES : Hace tiempo busco en la ciudad espacios residuales, rincones que

una vez prometieron ser algo y no lo fueron.

EMANUEL : ¿Y pueden ser rincones que fueron algo y ahora no lo son?

AGNES : Tal vez. Pero mi prioridad es buscar esos espacios que nadie sabe

que pudieron ser y que están ahí en nuestra vista, aunque nadie repara en ellos. ¿No

has pensado en cómo los lugares impactan en nuestras vidas, con sus ecos, con sus

sombras al atardecer, con sus luces mortecinas? El banco de una plaza puede ser el

comienzo de un romance, el descanso de un ebrio, el escollo de un no vidente. Pero los

espacios de los que te hablo me atraen pues dentro del eje paradigmático pudieron

albergar muchos encuentros, infinidad de discusiones, tal vez algunos asesinatos. Pero

no. Nada más una decisión de un arquitecto, o la de un directorio de una institución

truncó ese escenario. ¿Y hacia dónde, entonces, se corren las historias, los personajes,

el argumento? Si cambia el escenario, también, seguro, cambiará el guión. ¿Emanuel,

estaba eso escrito en el libro del Padre?

EMANUEL : Dios lo conoce todo, aún tus decisiones. Mas, ¿quién conocerá la

mente de él? Los mismos encuentros, tarde o temprano ocurrirán, quizás demasiado

tarde, a beneficio de los involucrados. ¡Cuántos hurtos evitó el Padre con la decisión de

esos arquitectos, cuantos asesinatos!

AGNES : Pero cuántos encuentros reconciliatorios, también, cuántos

amores verdaderos en esos espacios…

EMANUEL : Todo esto es elucubrar. Armar una escalera con un peldaño

conocido. (Silencio)

21
AGNES : Estamos llegando. Esta es la estación Libertad.

En la ciudad de Santiago existen cerca de dos decenas de estaciones de metro

denominadas “fantasmas”. Algunas de ellas se construyeron en su obra gruesa, pero

no fueron terminadas ni entregadas para su uso público. Por ejemplo, muchos se

preguntan por qué la estación Universidad de Chile posee tantos niveles y es, en

comparación a otras, más grande, tanto como una de combinación al igual que

Baquedano, Vicente Valdés o Tobalaba. Lo cierto es que la mencionada estación había

sido construida precisamente para servir de conexión a la línea tres, vía que sería

construida en las postrimerías de la dictadura militar; no obstante, el terremoto de

marzo del año 1985 hizo cambiar los planes del entonces ministro de hacienda, quien

destinó los fondos para la reconstrucción de la ciudad azotada por el movimiento

telúrico. La línea tres también tendría conexión con la estación Calicanto. Quien visita

este lugar puede darse cuenta de que existen paneles que cierran ciertos espacios,

aquéllos que pertenecían al proyecto original.

La línea cinco también posee estos lugares. Por ejemplo, la estación San Eugenio,

ubicada entre las estaciones Ñuble y Rodrigo de Araya. Por motivos desconocidos su

instalación fue suspendida y hoy se levantan en dicho sector los talleres del metro.

Podríamos hablar de otras como La Gloria, San José de la Estrella – cuyo espacio está

destinado, no así la obra gruesa- la estación Arturo Prat, también en la línea cuatro,

tras la estación terminal (aunque algunos señalan que no es más que un pique de

ventilación), Echeverría, entre otras.

La estación Libertad se ubica entre las estaciones Quinta Normal y Cumming en la línea

cinco del metro de Santiago. En la superficie, se ubica en la intersección de las calles

Catedral con Libertad, en el barrio Yungay. Lo curioso de esta estación fantasma es que

se dejó prácticamente lista: existen andenes, escaleras, una especie de plazoleta de

acceso a ella en el exterior.

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Agnes y Emanuel pasan frente a ella haciendo sombras manuales sobre el vidrio: ahí

contemplan el espacio, los paneles que intentan ocultar el secreto, el polvo de las

escaleras que se divisan en las junturas de las tablas, las sombras del vagón en el

túnel. Los sitios urbanos prohibidos son como el cajón vedado de papá, pensó la

muchacha.

Antes de que el profesor nazi se trasladara de Santiago de Chile a Osorno, tras salir de

la Universidad argentina de Buenos Aires, sostuvo vínculos con algunas familias

alemanas emparentadas a autoridades nazis radicadas en la capital transandina. Vivió

en un departamento de la calle Merced en las cercanías del Parque Forestal. Su estadía

en la capital chilena fue tranquila y, diremos, hasta cordial, salvo por dos incidentes.

El primero fue el atraso desmedido que tuvieron sus pertenencias al cruzar en tren por

la frontera. Había pensado en que el traer éstas en avión aparte de encarecer los

costos le pondría en mayor exposición frente a las autoridades de aduana quienes, de

modo suspicaz, podrían revisar su biblioteca y las pertenencias que, aunque no

representaban pistas que evidentemente le delataran podrían, de algún modo, ser

coartadas que junto a otras armaran un camino hasta él. Y no convenía despertar

sospechas. El secreto es el mejor aliado de los planes.

El segundo contratiempo cabe dentro del plano de lo surreal. En el departamento

contiguo al suyo vivía una viuda de avanzados años, de misterioso actuar. Habitaba

dentro de su vivienda también su hijo poliomelítico, con quien a veces solía salir a

pasear por el parque durante tardes enteras. Ella tras la silla de ruedas, el muchacho

desvencijado sobre ella. Nillsen se encontró un par de veces con ambos en los pies de

la escalera del primer piso. No más de tres. Así es. La segunda ocasión la anciana le

solicitó ayuda para que cargara la silla de ruedas. Él, que no tenía apuro, accedió con

discretas ganas. Tomó la silla por el soporte de las ruedas pequeñas, en tanto la

anciana lo hacía desde las manijas superiores. Desde ahí observó al muchacho de

aspecto desnutrido y sintió miedo.

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La ventana de su cocina daba a la sala del departamento de la viuda. Nillsen

acostumbró a jugar con su pánico todas las tardes, espiando al enfermo niño de diez

años, quien premunido de cepillos de madera peinaba por horas a su progenitora. El

ejercicio falló el día en que el llanto apagado del muchacho comenzó a teñir de un éter

de pavor el edificio.

- El muchacho enfermo que vive en su edificio está endemoniado – Le dijo el

señor del almacén en el que compraba día por medio.

- ¿Usted lo dice porque le dio la polio?

- No es eso, señor. Tiene el demonio dentro. Garcés, el conserje me lo dijo. Es

cercano de la viuda. Su caso está en estudio por un grupo de curas.

- ¿?

- ¿No me cree?

- Sinceramente no.

- Bueno, está en su derecho. Pero yo, fíjese, creo en esas cosas. Ese niñito tiene

algo raro.

- Sí, puede ser.

Al llegar a las escaleras, Nillsen se encontró con un tipo alto, corpulento, de pantalón

café y chaqueta castellana. Cargaba un bolso de cuero. Al voltear le miró a los ojos,

trasnochados y maduros, luego sopló una bocanada de humo al costado. Antes de que

pudiera evadir la mirada y seguir el rumbo acostumbrado, el canoso fumador habló

diciéndole que trabajaba para Ercilla y deseaba platicar rápido con él. Era por el asunto

del impúber poseso. De primeras el alemán había negado cualquier conocimiento del

hecho, pero después de intercambiar algunas palabras, el periodista le había dicho que

sabía que la ventana de su apartamento daba a la sala del departamento en que vivía

el enfermo y su senil antecesora y que, infería, podía entregarle datos que ayudaran a

armar la investigación que hacía días venía realizando. Pero no le expresó que había ya

estado en el departamento del poseído, que había parlamentado con su madre en

24
tanto el muchacho, sujeto a vendas, expelía espuma por la boca, y que ésta acusaba

de la posesión al europeo que espiaba todas las tardes por la ventana de su morada.

- Es un seguidor del demonio. Se le nota en la mirada – le había dicho al

periodista.

El Palacio de La Moneda tiene ciento treinta y seis pasos de largo y ciento veintitrés de

ancho.

El frontis del diario La Nación, en cambio, cincuenta y cuatro pasos.

Un bus de carabineros nada más que doce, por fuera.

La Catedral de Santiago ciento veintiocho pasos de costado y treinta y cinco de frente.

Desde la puerta hasta el púlpito central ochenta y siete pasos y ciento ocho pasos

hasta los cuatro ángeles.

El Paseo Ahumada, desde Compañía a Alameda setecientos seis pasos.

- Los ángeles del Padre suele acompañarse de uno más, que apoya la misión para

la que son enviados. Muchos de ellos toman forma humana, de modo que son

prácticamente irreconocibles, aún para los siervos consagrados de Dios. El

mismo apóstol Santiago reconocía que muchos sin saberlo habían hospedado

ángeles. La Biblia está repleta de estos particulares momentos epifánicos que,

peculiarmente lo fueron en el fondo, pero no en la forma. Es, así, como el Padre

una vez más castiga nuestros sentidos, los somete a su Espíritu, que es

invisible, pero perceptible a quienes habitan en su frecuencia.

- ¿No sería más fácil que aparecieran tal cual son, tal cual los conocemos por

libros y compartieran el mensaje?

- Si vinieran vestidos de gloria los seres humanos no creerían en el Padre. Fue la

plegaria del Rico, de cuya mesa comía rastrojos Lázaro, hasta que falleció y fue

llevado al Infierno. Rogó a Abraham enviar al pobre mendigo con el dedo untado

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en agua, para que apaciguara su sed en medio del ardor del Hades. Luego de la

negativa, imploró destinara ángeles del cielo para que advirtieran a su familia

del tormento monstruoso del lugar. “Si no oyeron la ley y los profetas, tampoco

oirán a aquéllos”, le respondió.

- Deseo ver los ángeles.

- Los has visto muchas veces.

- ¿Cuándo?

- Conoces más tu vida que yo. ¿Por qué me preguntas? Tú deberías saberlo.

- Tu respuesta me sabe a charlatanería de lector callejero del Tarot. Todos dicen

usted tiene un gran problema. Es lógico, todos los seres humanos cargamos con

problemas. Es cosa de que nos acordemos de uno y el impostor ya tiene

material para media hora.

- Cuando pequeña caminaste por una calle de edificios cenicientos y altos. Creo

verlos – él cierra los ojos, con sus dedos arma un puente entre sus cejas, inclina

su cabeza-, las calles húmedas, de adoquines dispares, el cielo oscuro de julio.

Alguien vestido de traje; un hombre… sí, un hombre, te trae de la mano, te

sientes segura – los músculos de ella se tornan rígidos. De la incredulidad pasa

al estado incierto de quienes se sienten desnudos, algo de vergüenza o morbo-

De pronto un señor cargado en años, una maleta vieja de madera, un papel en

la mano. Se acerca a tu padre, a lo lejos un ruido, le pide que le lea el papel,

casi se pone a llover, ninguno tiene paraguas, sientes dos gotas caer en tus

mejillas tibias, la bocina de un automóvil más allá, tu padre lee la arrugada

lámina y descifra lo escrito; le explica cómo llegar a la dirección, pero el

campesino no entiende. Duda, mas los ojos del anciano lo conminan a servir,

retrocede contigo y se ofrece a llevarlo por lo menos a la esquina, un frenazo,

luego otro, el grito de una mujer, el ruido del motor furioso de un automóvil, el

impacto contra un árbol, papá abrazándote, el campesino en el suelo, metros

antes el vehículo incrustado en el frontis del lugar en que se encontraron con el

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desconocido, el cielo comenzando a llover - Los ojos de Agnes empezaron

también a hacerlo.

Imágenes de la ciudad de Santiago. Atardece. Los árboles del Parque Ohiggins son

conatos de escritura en el papel anaranjado del cielo. El ruido de los automóviles.

Romería de carros en la autopista. Un mendigo sentado en las escalinatas de la

Estación del metro. Se encienden los letreros eléctricos multicolores de la Avenida

Matta. Un hombre de abrigo intenta cruzar la calzada. El lanzallamas dibuja feroces

rayas ardientes en la cuasi noche con su garganta prodigiosa. El semáforo cambia de

rojo a verde. Fade out.

EXTERIOR – CANCHA DE FÚTBOL – SANTIAGO DE CHILE – MEDIODIA.

Emanuel observa desde un erial el juego de los niños en la plaza. Varios metros lo

separan de su objetivo. Tiene el mismo aspecto de siempre, parece ensimismado, aun

cuando permanece con los ojos abiertos; su mirada parece traspasar la superficialidad

de los cuerpos y concentrarse en una dimensión abismal, quizás la materia es un

pretexto de ese mundo que contempla. La cámara lo rodea, sus manos a un costado,

está en un trance del cual despierta en segundos. El gesto de neutralidad en su rostro

no desaparece, aun cuando sale de su eje y camina en dirección a los niños. Hay

inquietud en el ambiente. Empezamos a escuchar el latido de un corazón, los niños

corriendo en cámara lenta, otros subiendo a una estructura de metal. Los pasos de

Emanuel suenan pesados en la tierra suelta de la población. En cámara la mano de un

niño colgándose con fragilidad del hierro carcomido por el óxido; casi de modo

imperceptible su extremidad va cediendo, resbalando, se escucha un grito, el latido,

los pasos, la mano en alto de Emanuel, el cuerpo pesado del infante sobre la tierra, el

silencio magnánimo. Sangre en el suelo.

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NIÑO UNO : Se quedó dormido con el golpe.

NIÑO DOS : Le sale mucha sangre, vamos a avisarle a su tío.

Emanuel viene llegando.

EMANUEL : No se preocupen.

NIÑO UNO : Hermano, le sale sangre de la cabeza, está como muerto.

NIÑO DOS : Llamemos a una ambulancia.

EMANUEL : (Aferrándolo contra su cuerpo, cierra sus ojos. La frente del

pequeño aún sangra). No se afanen niños. Todo se mejorará. (Al cielo). Gracias Padre,

pues has ocultado estas cosas de los sabios y entendidos y las has dado a los niños, sí

Padre, porque así te agradó. (Al niño) ¡Tú, despierta! (Luego impone su mano derecha

sobre la frente y la sangre que emanaba se detiene. Poco a poco el muchacho se

incorpora. Milagrosamente la sangre ha cesado de discurrir. Los muchachos abren sus

ojos, atónitos. Emanuel sonríe y deja al pequeño sentado en una banca. Luego se dirige

a los dos muchachos)

EMANUEL : Por favor, no se lo digan a nadie.

Los rostros de los muchachos, el rostro del herido casi indemne, la huella dejada por el

botín de Emanuel en la tierra. Fade out.

INTERIOR – CASINO DEL HOSPITAL PSIQUIÁTRICO – SANTIAGO DE CHILE - MEDIODÍA

El doctor Zumarán camina con su bandeja de alimentos entre la mesas del casino en

que predomina la luz de los ventanales, los tonos blancos y amarillentos. Se ubica

delante de uno de ellos que da al patio casi vacío, pues a esa hora los enfermos

almuerzan en sus dormitorios malolientes. Observa la bandeja que tiene al frente:

arroz, carne al jugo, refresco de damasco, compota de frutas de temporada, un pan

redondo y bajo éste una servilleta doblada en dos. Procede a comer; hay tristeza en

sus ojos; más lejos, al extremo del salón, los enfermeros ríen, el cocinero deambula

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por los fantasmas moldeados por el vapor de las ollas. El ruido de la sala parece ajeno

a si mismo, pues dentro carga un silencio ominoso y las voces de afuera se amplifican

por dos o tres. Se escucha el zapping a la televisión, las voces de niños, el lector de

noticias alemán, una serie de televisión mexicana, la música rock de un canal

norteamericano. Espectros humanos caminan por los pasadizos del comedor, son

apenas perceptibles, él los ve, baja la vista, se concentra en el plato de comida; le

observan por el ventanal; son ancianos, mujeres antiguas – vestidas a la usanza de los

años cincuenta- niños discapacitados con muletas, sillas de ruedas, baberos sucios,

uno arrastra con la mano su prótesis deforme. Él mira con pavor al resto de

comensales, trata de hablarles con su vista, pero cae en cuentas de que el espectáculo

nada más es contemplado por él mismo. Los seres apuntan al televisor. Él arruga la

cara al mirarlos. La cámara se acerca paulatinamente al televisor de cuyos parlantes

extenuados se escuchan los sonidos violentos de un grupo hardcore, la pantalla es

oscura, pero luego de esa penumbra crece un signo luminoso que pronto ocupa toda la

pantalla: la Sigma, la décimo octava letra del alfabeto griego. Todo se va a negro. El

sonido de un plato caer al suelo.

Empero las situaciones podrían mejorar por el lado de ambos y, no obstante, nadie hizo

nada para que así fuera. El afectado en doblegar su brazo ante las incitaciones del

perdón – nadie dijo que fuera fácil- y la afectada a dar vuelta la página, que es posible

que sea mucho más difícil que pedir perdón. ¿No te dignas ni siquiera a darme

explicaciones personales del asunto, es yo siempre tengo que buscarte para que

conversemos y aclaremos las cosas por teléfono? No hay de qué conversar, no

tengo la culpa de esto, surjo en mis circunstancias, obedezco a ellas. Las

cosas no iban bien y qué, no soy quien ejerce dominación sobre los

sentimientos. Estos se acaban, punto. ¿y lo dices así tan suelto de cuerpo? Si lo

que sentías por mí se te diluían en el alma, ¿por qué no me lo dijiste? Vamos, dime,

mira no tengo mucho tiempo, estoy ocupado, no fuiste tan hombrecito para

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prometerme el oro y el moro, vamos ahora dime algo, hueón estúpido, perro de mierda,

así no, mujer, sino te corto de inmediato, pero dime algo, Y QUÉ QUIERES QUE

TE DIGA, POR LA CHUCHA, SI YA SABES TODO LO QUE TENGO QUE DECIRTE.

Entonces, en un arrebato de furia, él lanzó el celular al pasto y éste rebotó en cámara

lenta dos o tres veces frente a la mirada estupefacta del grupo de amigos que bebían

cerveza junto a él en el parque de la facultad. Él echaba humo por las narices, estaba

furibundo, sin embargo, al otro lado de la línea, la joven lloraba y sus lágrimas caían

también en cámara lenta sobre el croquis de una tarea que debía presentar la siguiente

semana. ¿Lloraba porque precisamente terminaba la relación antes de que ella le dijera

que esperaba un hijo suyo?¿Porque lo amaba y no quería perderlo, o bien, no lo quería,

pero, acoplada a la costumbre, veía venir un vacío en su forma de vivir? Hasta ahora no

podríamos responder ninguna de las tres o es posible que aventuráramos, pero, ¿para

qué? Esperemos que la historia nos sugiera los detalles siguientes, las líneas

florecientes de la trama. Todo esto por el bien de la verosimilitud, que es el elemento

que sostiene la sugestión y neutraliza la duda y el sopor del leyente.

Hay túneles que conectan el cerro Santa Lucía – o Huelén, en su designación original-

con la Biblioteca Nacional: En este espacio, se decía, funcionó un convento hace siglos

atrás; el pasadizo podría conectar incluso hasta el Palacio de la Moneda, sede del

gobierno de Chile y se extendería hasta el edificio de las Fuerzas Armadas (ex –

Ministerio de Defensa) y el Banco Central, un lugar relativamente cercano. Los túneles

en el centro de Santiago no terminan: en la antigua estación Yungay, lugar en que en la

actualidad se levanta un supermercado, nace un subterráneo que desemboca en una

de sus líneas a la Avenida Matucana, la Quinta Normal y luego pasa por la avenida

Portales, la Universidad de Santiago de Chile y termina en una casona antigua. El

subterráneo posee un tramo al descubierto: el de la USACH por el oeste y el de

Matucana 100 – un centro cultural, antigua estación de trenes- por el este. Se dice

además que existiría una de aquellas misteriosas grutas en el tramo del sector de La

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Farfana, en la populosa comuna de Maipú, al poniente de la capital, que llegaría a

desembocar al Templo Votivo y que, según cuentan, habría sido usado por las tropas

leales a la corona en tiempos de la Independencia. Un corredor oculto, asimismo, se

instalaría bajo la Gran avenida José Miguel Carrera, en la comuna de El Bosque, y que

escondería en sus conductos pertrechos militares y municiones que pertenecerían a la

Fuerza Aérea de Chile.

Agnes camina hacia el sur. Puede escoger cualquier alternativa, pero al bajar las

escaleras y traspasar el breve portón de hierro tiende a ir a la derecha. Hay cincuenta y

tres pasos desde ahí a la Plaza Mulato Gil, y desde aquí a Merced sesenta y cuatro. La

calzada de una callecita llamada El Rosal tiene un ancho de nueve pasos; desde la

berma a Victorino Bar hay veintiuno y desde aquí a la puerta de la Iglesia de la

Veracruz catorce. Treinta y seis pasos desde allí hasta la esquina de la calle Padre Luis

de Valdivia. Cruzando la calle que posee nueve pasos hasta el restaurante Patagonia

diez pasos y de aquí hasta la Alameda, cincuenta y seis. La calle José Victorino

Lastarria posee nueve; desde esta esquina a la boletería oriente del Metro Universidad

Católica setenta y dos pasos. Desde aquí hasta la salida sur del metro cuarenta y

cuatro. Noventa y uno desde la salida sur del metro hasta la calle carabineros de Chile;

cincuenta y dos pasos desde aquí a la calle Portugal. Si uno camina por Portugal al sur

setenta y un pasos le separan hasta el kiosco cercano a Marcoleta. Existen dos

fruterías en la esquina; están separadas por treinta y cuatro pasos. La calzada de

Marcoleta posee nueve pasos. Desde Portugal con Marcoleta hasta la puerta de la

Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile sesenta y siete pasos.

Y qUIen era, no nada, diSCULpen cabros, siGAMos la fiesta, naDa malo, atados de mina,

seGUImos con otra botELla, y DÓNDe está la flaca, fue a BUScar unos cOHETes, pero

pIOla, que hay poCo. Podríamos iR a algúN laDo; FLACA, TE ESTAMOS ESPERANDO – le

pasa el teléfono a la otra- Sí FLacA, a dónDE te MEtistE, ¿estai eN TU DEPartamenTO,

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¿que no ME esCUchaS? ¡Y AHORA HUEONA ME ESCUCHAI! – y corta, y después- la

MaraCA se fUE, no va a volVER Ni CaGAndO, NoS vamOS a CHupaR a OtrO LaDo, aL

LaTas, al MesÓN, al MaKaLÜ, al CaRRera, nos vaMOs a Tu DepTO VÍCTOr y olVIda a esA

MiNa, compADre; ¿CabeMos en tU auTO, PanCHIto? ¿y quË esPeRaMos enTONCes?

Luces sicodélicas. Mosaicos en las formas, los colores se derriten al mirarlos. La

música urbana deformándose en los oídos, el suelo movedizo los empuja. Amargor en

la garganta, las cabezas laten con un frenesí que eclipsa. Caminamos desde el pasto

por la vereda movediza, puta que tomamos, me dejai un poco de tu pucho, nos

internamos por los corredores antiguos, el cielo opaco y anaranjado, la bulla de las

calles, nuestros pasos tienen eco en las estructuras y en nuestras conciencias

diezmadas, reflexiono bien, camino mal, el copete me hace abrirme a un campo de

reflexión que desconozco en la sobriedad, es la raja, chucha, una hormiga cabezona,

todo bien, en el estacionamiento, los árboles y sus ministros en el suelo, ramas, hojas,

chucha, la llave está en la mochila, Caro, la mochila, ¿dónde vamos? Al depto, claro,

tengo unas latitas en el freezer y unas cosas para picar, nos subimos al auto, yo al

medio, Nicol, tú al lado del Vitoco, acá está más piola, me estaba dando frío afuera,

dale no más, el golpe avisa, quiébrate, más, un poco, ahora dale pa delante, ahora

atrás, ya salimos. Debo llegar temprano, a las diez se va la Pao, y llega el grueso de

clientes; el cyber es algo que me distrae, casi no es una pega, me divierte sacar de

dudas; tengo algunas lucas en el bolsillo izquierdo, no puedo seguir bolseando

cigarros; pasaré a comprar unos Lucky, pero solo cuando me vaya. No tomaré más, al

menos por esta noche; Pedro a veces está justo a la hora del cambio de turno y

aunque no es vaca, no me interesa hacerme malas migas con él. Es una pega que me

agrada, además me da tiempo para terminar la tesis, una gran muralla que debo

sortear. El semáforo en rojo, sombras andantes cruzan sobre las luces, éstas

encandilan; ¿nos vamos por Alameda o tomamos Santa Isabel? El smog molesta las

narices, pero estamos acostumbrados, al menos quienes hemos nacido, acá, por Santa

Isabel, la música en los parlantes, señaliza hueón pa la otra, The Police, Every breth

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you take, un tema que ponía mi viejo en el departamento, cuando vivíamos en Ñuñoa;

no nos has contado los atados con tu mina; ¿es tan grave la hueona, pa que te trate

así? Filo no más, Vitoco; mira, ¿qué tal si nos vamos a tu depto y luego a la Punta

Juárez? Llamo a la Piera, la mina nueva y asunto arreglado. Olvídala, hueón, puros

dramas. La Piera es como de tu tipo; ¿Cómo la encontrai? Parece que hay un

accidente, cámbiate de pista, yo voy sólo por un rato, ¿la mano que aprieta?, no, pa

qué, es la pega, tengo que trabajar, pero piolita, entro a las diez, todavía hay tiempo.

Cuidado, parece que están los pacos en la otra esquina; chucha, doblo aquí, no es

bueno que nos pillen huasqueados.

INTERIOR – CONSULTA DE HOLZ – SANTIAGO DE CHILE – TARDE

Las manos de Agnes entrecruzadas en el vientre. Un lapicero es maniobrado por las

manos arrebujadas de Holz. Las luces amarillas de la tarde de otoño ingresan por los

ventanales del despacho. La fotografía de Holz y Nillsen en su lugar. Mientras se

muestra esto se escucha el diálogo del doctor y la paciente.

AGNES : … estaba en la orilla y me contemplaba desde lejos.

HOLZ : No la habías visto antes.

AGNES : Nunca. Papá nunca me había hablado de ella y, sin embargo,

parecía que la conocía de años, seguramente nuestras sangres se anhelaban desde

siempre. Siempre recuerdo la escena: su vestido blanco con blondas y una flor en el

pecho, perfectamente bordada a mano, sus cabellos castaños agrupados en dos

manojos. Sonreía, sin embargo casi nunca lo hacía, sólo en contadas ocasiones.

HOLZ : ¿Te gusta recordarla así?

AGNES : Desde luego, pero es también producto de que añoro

profundamente ese viaje. Llevo grabados en mi alma, en mi mente y sueños los

perfumes de los paisajes que visitamos. Gigliola había llegado con su madre la tarde

anterior. Era primera vez que visitaba el sur de Chile. Apenas hablaba español;

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felizmente el italiano es parecido a nuestro idioma y no le costó mucho esfuerzo

aprenderlo.

HOLZ : ¿Viste a su madre como la madre que no tuviste a tu lado?

AGNES : (…) mamá estaba en el cielo, podía estar conmigo en el momento

que quisiera tan sólo con pensar en ella. Nunca necesité una madre física; o quizás sí

en el sentido de tener un regazo en el cual acurrucarme en los momentos difíciles o de

dolor; quizás por eso mi férrea amistad con gente entrañable, mi amor fraterno a mis

cercanos, mi búsqueda trascendente, pero también mis inseguridades. Todo tiene su

costo. Mi diferencia tenía beneficios, también.

HOLZ : Es valioso que hablés de diferencia más que de carencia. Cada

quien debe adaptarse a las circunstancias. El que nos falte algo siempre depende de

una mirada comparativa con la otredad. Es la razón de porqué vivimos amargados.

AGNES : En una sesión de aromaterapia creí haber percibido el hedor de

aquel lago del sur, de los matorrales circundantes, del agua misma. Fue una sensación

algo mágica, pero extraña.

HOLZ : Nunca vos me platicaste de que habías ido a una sesión de

aquello.

AGNES : Fue hace dos años, más o menos. Una compañera de carrera me

invitó. Su tía rayaba la papa mucho con esa onda de las regresiones, de la medicina

natural y eso. Estuvimos en una sala muy fundamental, alfombrada; un grupo de cerca

de diez personas nos esperaba sentados en el suelo. Cubrimos nuestras vistas con

gafas de franela negra. Todo era silencioso. Luego nos hicieron pensar en el pasado, en

las cosas que nos gustaban, que nos traían agrado recordar. Vertieron en el ambiente

ciertos vahos, después de mucho rato. Al comienzo de la sesión me dio un poco de

lata, no miedo pero algo de nerviosismo, quizás. Lo primero que recordé fue esa

imagen de Gigliola moviendo su mano, yo en el bote con papá; algunos fragmentos de

las especias liberadas me hicieron viajar a dicho paisaje: creo que era el olor a pino, la

tierra mojada de invierno, la leña siendo abrazada por las manos del fuego.

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HOLZ : Te sentiste bien…

AGNES : No sé si bien. Lo cierto es que sin darme cuenta terminé llorando;

sentí también que otras personas en la sala también lo hacían. El sentimiento fue

especial, pero no sabría precisarlo.

HOLZ : Contáme, ¿tuviste más contacto con ella en el transcurso de tu

vida?

AGNES : Vivimos un tiempo juntas, pero luego de tiempo. No quiso seguir

viviendo en Europa y decidió venir a vivir a Santiago. Me pidió que le hiciera algunos

contactos y bueno, terminó trabajando free lance para algunas revistas de modas. Fue

aquí que descubrió que tenía cáncer…

HOLZ : Cáncer…

AGNES : Claro. Eso fue muy rápido.

La cámara se dirige al rostro de Agnes. Sus ojos lagrimean. Racconto. (El filtro de la

imagen es distinto, todo para indicar que es un recuerdo de casi una década). Por el

pasillo del departamento ubicado en el Barrio Lastarria la cámara se interna con

dilación; la luz de la tarde metropolitana apenas logra proyectar un trapezoide – la

forma de la puerta abierta- en el piso de parqué y parte del muro. Sobre éste, un lienzo

oscuro parece ocultar elementos colgados, cuadros, adornos, sabe Dios qué cosas. Nos

internamos por un umbral luminoso, nos encandilamos por un momento; estamos en el

dormitorio de una joven. Ella yace acostada; no notamos su rostro, nada más una

revista: Negros del África, la foto de un escritor, letras tras letras. El desierto de

Atacama. Las montañas de Suiza. Una bandeja con leche y alimentos aterriza

suavemente en el cubrecamas.

AGNES : (Calva) Buenos día, Gigi.

GIGLIOLA : (También calva) Bonjourno.

AGNES : Hoy iremos de paseo (arreglando el pijama de Gigliola). Te hará

bien salir un rato a caminar. El día está bastante grato, una bendición para ser día de

invierno.

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GIGLIOLA : Está bien. Aprovecharé de hacer algunas fotos mientras

caminamos. Di Cento me llamó esta mañana y me pidió algunas vistas de Santiago.

Dice que está haciendo un reportaje.

AGNES : ¿Es quien escribe para la revista que lees?

GIGLIOLA : Sí. Necesitaba responderle y no tengo su teléfono de contacto. Por

eso buscaba datos suyos aquí. ¿Dónde saldremos a pasear?

AGNES : Eso lo decides tú. Conozco lo suficiente esta ciudad, tú no; me

gustaría estar contigo en el momento en que la descubras; así podría yo ver detalles

que he omitido en la exploración.

GIGLIOLA : Santiago no es más bello que Roma (sorbe un poco de leche). Me

gustaría conocer Tierra del Fuego o Temuco, estar con los indios americanos, eso sería

más grato que caminar por los rincones de esta mala copia de ciudad europea.

AGNES : (…)

GIGLIOLA : Princcipessa, perdón, no quise ofenderte (silencio por unos

segundos) Ven, hermana.

AGNES : Nada más quería que te olvidaras de la quimioterapia por un rato,

que te despejaras, que fuéramos a tomar un jugo. No tengo qué más ofrecerte.

GIGLIOLA : (Acariciando su rostro) Gracias por todo, hermana. ¿Tú no

desayunas? Ayúdame (le acerca un trozo de pan).

AGNES : Luego de pasear empezaré a construir la maqueta para el

electivo. A ver si me ayudas.

GIGLIOLA : Está bien.

Agnes en el sillón de pacientes de la consulta del doctor Holz. Todo vuelve a normal.

HOLZ : ¿Por qué lo del cabello rasurado?

AGNES : Dos meses después de que Gigliola arribara a Santiago, se sintió

mal. Luego de varios exámenes le detectaron cáncer. El asunto era tan de cuidado que

las sesiones de quimioterapia vinieron pronto. Fue allí cuando empezó a perder el

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cabello. Para solidarizar con ella rasuré mi cabeza, era una forma de hacer su dolor

también mío. (Fade out)

¿Dónde quedan las posibilidades descartadas en el juego paradigmático de la

novela?¿dónde las infinitas escenas que pasaron raudas por la mente del creador y por

alguna razón no lograron persuadirlo, esgrimiendo éste otras quizás menos precisas o

perfectas?¿No podrían permanecer en el papel y denostar a la perfección con su

presencia, insultando al sintagma por monopolizar la lectura, llevando al lector a un

juego más democrático de decodificación que el tiránico resultado escrito?¿Dónde

están las frases borradas de un original?¿Poseen, acaso, un Hades furibundo las

palabras?

El papel es la tumba de las ideas.

Si deseamos que vuelen libres, que tomen vuelo y se precipiten antónimamente al

universo cóncavo, entonces hagamos vivir a las palabras fuera de él. Construyamos así

la novela exógena, la literatura exógena: luego de la oralidad, la escritura, luego de la

escritura, nuestro proyecto.

El piso de madera encerado hace poco, embadurna sus zapatillas humildes. Su pie

derecho marca el compás de una canción. Es lo que nos muestra la cámara. Violines,

metales diversos. Hay un clóset de color café que separa su dormitorio del contiguo,

aquél en el cual su abuela pernocta. El mueble de una máquina de coser le sirve de

escritorio, hay una silla de mimbre; las paredes son de cholguán, delgadas como sus

palabras, pero fundamentales a la hora de guardar secretos. Cuando pequeño algunas

monedas, bolitas y palitos de fósforos cayeron de su cama al jugar, viajaron por esas

tablas a las junturas breves y cayeron abajo, a la tierra húmeda, compartiendo espacio

con la morada de las hormigas e insectos nocturnos. Una caja le sirve de velador; ahí

su reloj de cuarzo, monedas, boletos de micro arrumados cabalmente uno encima de

otro, un cuaderno de anotaciones y un bolígrafo Bic, color negro punta fina y una Biblia

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negra con concordancia, versión Reina Valera, año mil novecientos sesenta. Sobre los

pies de la cama dos chalecos doblados del mismo modo, bajo la cama las puntas de un

par de bototos asoman como dos animales negros tímidos. Por la ventana se ve un

jardín en cuya brevedad se muestran tres o cuatro árboles frutales. Un granado, un

moro y un limonero. Emanuel conoce en su cuerpo las huellas vetustas de sus ramas,

comprobadas cuando impúber. Bajo la sombra de esos arbustos y aun bajo la tierra

fértil de aquel pequeño campo descansan media docena de mascotas: peces, gatos, un

perro y un conejo, muertos en durante la niñez del predicador y recordados de tiempo

en tiempo. Si los árboles pudiesen hablar nos referirían las sentidas homilías del

entonces niño, quien Biblia en mano invitaba a su madre y abuela a cada funeral y

rogaba a Dios recibiera en sus brazos tiernos a esos animales, víctimas del sino del

tiempo y la enfermedad. Ahí está Emanuel, mira desde la habitación por la ventana

hacia el oriente, su pie siguiendo el compás de la música que no escuchamos, pero que

él parece percibir desde la lejanía. Suenan los débiles golpes sobre la madera del

ropero. El joven se incorpora.

- ¿Mamá?

- Soy yo, tu abuela.

- Amada. ¿Cómo está?

- Bien, hijo (…) Hijo, no has ido a desayunar.

- No abuela. Pero no se preocupe. Todo está bien. Usted sabe.

- Sé que Dios te va a fortalecer. ¿Cuándo dejarás de ayunar?

- Cuando sea tiempo de fiesta, abuela; por el momento, mientras el esposo es

quitado, entonces los invitados deben guardar el luto. La carne debe estar

sujeta al espíritu, sólo de este modo la oración puede llegar libre de pasiones al

trono del Padre.

- Así es hijo, considerando que el cuerpo es templo del espíritu. Hay que cuidarlo.

Haced todo decentemente y con orden.

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- Oh, abuela querida, Dios te ha coronado de sabiduría y amor; tus retos son

ungüento para mi alma. Verás la gloria de Dios, mujer virtuosa.

- Dios te oiga, hijo.

- Debo ir al hospital. Hay un hombre que tiene un tumor cerebral.

- ¿Es un vecino, lo conoces?

- No, abuela. Mientras oraba recibí una palabra de ciencia. Creo que el Padre esta

tarde una vez más será glorificado.

- Oh, Gloria a Dios, alabado sea el nombre del Señor.

- Le ruego, eso sí, que guarde prudencia. Nada más apóyeme en oración. Dígale a

mamá cuando llegue de sus compras que fui a visitar un enfermo. Ella

comprenderá.

- Amén, hijo, así será.

La acritud en la boca, acerbidad dentro del estómago, la presión alta, frío en las

manos y pies. Debilidad corporal; la lengua laxa, los ojos transmiten vistas veladas de

todo cuanto recorren. Las amígdalas crecen como puños blancos dentro de la

garganta. Peste en el aliento y, sin embargo, vida en las palabras. La muerte de la

carne resucita los juicios del espíritu. No hay ganas de nada, la oración es auto

impuesta, orad y velad para que no entréis en tentación, a la verdad el espíritu desea

mas la carne es débil; Satán acecha en el miedo, en las dudas, ofreciendo gloria fácil

con milagros fáciles, el poder de todos los reinos doblegando rodillas ante él,

transformar piedras en panes o monedas. Vete de mí, Satanás, la sangre de Jesucristo

te ha vencido hace dos mil años en la cruz del Calvario. Tus principados y potestades

están sujetos a la potestad de Dios Padre, Todopoderoso, Creador del cielo y de la

Tierra// SOY HIJO DE DIOS, NO TENGO DINERO PARA PAGAR EL MICROBÚS, ¿ME PODRÍA

USTED LLEVAR? (el conductor le mira de pies a cabeza) Pase. DIOS LO BENDIGA

GRANDEMENTE CON SUS FAVORES Y MISERICORDIAS. El joven en el autobús. El joven

en la primera corrida de asientos, aferra su Biblia negra, sus manos ajadas por la

madera. (Fade out)

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EXTERIOR – PLAZA ALMAGRO – SANTIAGO DE CHILE – DIEZ DE LA MAÑANA

Sanguinetti y Holz caminan por el frontis de la Universidad Central. Ambos fuman.

Cruzan luego la calle Santa Isabel, los senderos de la Plaza y se dirigen después en

dirección a la calle San Diego. El otoño mandó a botar con rigurosa respuesta las hojas

de los grandes árboles sobre el suelo, el pasto, el cemento próximo. El cielo está algo

nublado. Ambos se engalanan con abrigos; Holz luce uno ceniciento, el de Sanguinett,

en cambio, es café claro.

SANGUINETTI : Qué querés que te diga. Estoy aquí porque soy tu amigo,

no porque crea que tus pendejadas tienen algo de coherente. Muchas cosas tengo yo

qué hacer como para que me entrometas en tus boludeces, pibe.

HOLZ : Guardá, Sanguinetti, que hace ya mucho tiempo no ando a

la bartola. Tengo datos concretos y quiero que vos me ayudés. ¿Está claro?

SANGUINETTI : Y bien, no alarguemos más el tiempo, contáme.

Imágenes del Persa Bio Bio en Santiago.

HOLZ : Hay un par de tipos que tienen un sucucho de medallas,

uniformes y pertrechos del ejército nazi en el persa del cual te hablé hace algún

tiempo. ¿Te acordás?

SANGUINETTI : (Circunspecto) Sí, desde luego.

HOLZ : Luego de algún tiempo de hacerme conocido de ellos, me

han puesto al tanto del movimiento nazi que yace en la clandestinidad; pero es algo

raro. Diré: es algo parecido a la clandestinidad, pero estoy seguro que no lo es.

SANGUINETTI : ¿Me lo explicás con manzanas, Holz?

HOLZ : Los nazis siempre se han movido en el país con algún tipo

de facilidad. Esto tiene una razón histórica: la formación del ejército chileno es

eminentemente prusiana.

SANGUINETTI : Y bien, puede que tengan influencias, estoy de acuerdo con

eso…

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HOLZ : Pero también hay otras causas: la inmigración de ellos a

comienzos del siglo XX. En menor grado su presencia en el sur por ciertas misiones

protestantes como la Luterana, por ejemplo. Hay estructuras de poder que les han

prestado protección, y lo siguen haciendo.

SANGUINETTI : No por casualidad Paul Shaeffer decide venirse en la

década del sesenta a radicarse aquí con la intención de fundar un sistema utópico con

las víctimas de la Segunda Guerra. Los gobiernos han sido criticados por la protección

abierta y los tráficos de influencias que hubo para proteger a la Colonia Dignidad. Pero

Holz, hay algún desfase histórico.

HOLZ : No. Hay pruebas y documentación que los submarinos

alemanes, en plena guerra, fueron abastecidos en pueblos costeros del sur del país.

SANGUINETTI : Son nada más que especulaciones…

HOLZ : No. Existen a lo menos tres de esas embarcaciones

hundidas en el sur de Chile. Una de ellas se puede ver a simple vista. Los gobiernos

chilenos de la época lo sabían, pero debían mantener en secreto dicho soporte: debían

ser amigos de ambos bandos o, en otras palabras, actuar con neutralidad sui generis.

SANGUINETTI : Ese tipo de apoyo no asegura redes de protección. El

amparo del cual vos me hablás fue coyuntural, como cuando los chilotes apoyaron a

los ingleses en la Guerra de las Malvinas.

HOLZ : Sanguinetti: hay teorías que señalan que Hitler habría

muerto en Chile. No es un asunto de una guerra, hay un apoyo histórico.

SANGUINETTI : (Lo mira fijamente) Mirá: ¿vos creés que yo soy un

boludo?¿Verdad creés que tengo cara de chambón? Por favor Holz, vos me

menospreciás, esto es una ofensa. Me largo, verdad Holz, no tengo ni el tiempo, ni las

ganas de continuar participando de tus estudios fraudulentos.

HOLZ : Tengo datos. No son conclusiones a dos patadas;

Sanguinetti, esperá, no te he llamado precisamente para esto.

SANGUINETTI : ¿No?

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HOLZ : Hay un tipo que contacté. Tiene una tienda de libros y

especies antiguas. Tiene en su poder algo que he estado buscando por mucho

tiempo…

SANGUINETTI : ¡No! ¡El mismísimo bigote del Furher! (El tipo ríe)

HOLZ : (Incomodado, se le pone de frente con su puño en el

pecho). He llegado casi a la verdad, o al menos a la vía que me puede llevar a ella.

SANGUINETTI : Bien, dale…

HOLZ : Los documentos de Nillsen.

SANGUINETTI : (Le mira a los ojos. Luego baja la mirada y se toca la nariz)

No te creo.

HOLZ : Es cierto.

SANGUINETTI : (Se muerde el labio inferior) Mmmmm…

HOLZ : Te he llamado para que me acompañes. Le dije al tipo que

vos sos ingeniero y que verías si los documentos tenían algún valor técnico. No le di

mayores detalles para que no pusiera un precio demasiado alto en la transacción. Lo

certero es que los detalles que me dio de los facsímiles eran los que yo manejaba de

antemano. Aspectos demasiado coincidentes.

SANGUINETTI : ¿Son muchos estudios?

HOLZ : Trescientas páginas encuadernadas. Y es sólo una parte.

SANGUINETTI : (Con profundidad) Interesante.

HOLZ : El local está cerca de aquí; es atendido por un anciano.

Traje algo de dinero. Espero tener buena suerte.

SANGUINETTI : Bueno, persuádeme que eso es verdadero. Vamos. (Fade

out).

INTERIOR – HOSPITAL PSIQUIÁTRICO – SANTIAGO DE CHILE – MAÑANA.

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Zumarán conversa con alguien pero mirando por la ventana al patio del hospital. Los

orates deambulan como zombies con sus delirios a cuestas. El vidrio vibra como

movido por alguna extraña fuerza. La perspectiva de la cámara se cierra. El doctor

Zumarán repara en el temblor, pero luego se desentiende. Prosigue en su plática.

ZUMARÁN : … su obsesión era tocarle el pelo a sus hermanas; vivía

peinándolas, acariciándoles la cabellera, teniendo conciencia absoluta de que lo hacía,

sintiendo la suavidad de ellos, percibiendo el color, el olor, las ondas. Con sus

compañeras de clase hacía lo mismo. Estuvo hace un par de años aquí. La obsesión le

tenía en su fase terminal. Apenas comía el pobre. Estaba tan demacrado que daba

pena: tenía unos veintiocho años, era un tanto amanerado, se lo trataron de afilar

varias veces. No sabíamos porqué lo de su delirio. En algún punto de su subconsciente

estaba, creíamos.

MENDIETA : Y, ¿llegaron a buen puerto?

ZUMARÁN : Desde luego. Una cocinera nos ayudó a desentrañar el

misterio.

MENDIETA : ¿Cómo así? ¿Es psicoanalista también?

ZUMARÁN : No, ojalá. Es una señora de buenos modales, buena

persona. Se le ocurrió invitarlo a la cocina. El loco le vio el pelo a una chica y se quedó

allí, al lado de ella. La muchacha era nueva, le enterneció el asunto y no hizo mayores

cuestionamientos. En una de esas dice del alma: “quizás si yo hubiese nacido así, mi

madre me hubiera querido”.

MENDIETA : He ahí la madre del cordero…

ZUMARÁN : Exacto. Durante años la familia nos ocultó un dato básico,

un secreto de familia que dentro de estas murallas no debería contar. El muchacho

había sido regalado por su madre. Él pensaba que por ser hombre. Entonces vinieron

las secuelas del rechazo. Algo nada de simple.

MENDIETA : ¿Y qué fue de él?

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ZUMARÁN : Nunca más lo vi. Quizás dónde esté. Parecía que su trauma

lo estaba derivando en el travestismo, se me ocurre. Algunas veces lo vi vestido de

mujer, caminando por Independencia al centro.

MENDIETA : No estamos frente a un caso de edipismo, por cierto.

ZUMARÁN : No, desde luego que no. Más bien de cómo las improntas

logran marcar la vida de un mortal y la mentira cerrada, esta vez de la familia postiza,

le crea un universo que no encaja con el individuo.

MENDIETA : Interesante… (pausa)

ZUMARÁN : Y bien, muchacho, cuéntame. ¿Has afinado el tema de la

investigación o aún estás en el limbo?

MENDIETA : Más en el infierno que en el limbo, doctor.

ZUMARÁN : No te preocupes, no eres el único que se queda pegado en

su tesis. Detrás de ti hay trescientos o cuatrocientos psiquiatras egresados y

frustrados.

MENDIETA : ¿Qué me recomienda usted, doctor?

ZUMARÁN : Sinceramente no sé, Mendieta.

MENDIETA : Había pensado en estudio de casos. Tenía recolectado

cierto material, como el que le mostré el jueves ante pasado.

ZUMARÁN : ¿Hasta cuándo tienes plazo para presentar el proyecto?

MENDIETA : Dos semanas más.

ZUMARÁN : ¿Cuánto tiempo tuviste?

MENDIETA : Un mes y medio, aproximadamente.

ZUMARÁN : (Lo queda mirando) Bien, tu respuesta me lo dice todo.

MENDIETA : (…)

ZUMARAN : Existió hace unos veinticinco o treinta años un caso

patológico que me tocó atender, cuando trabajaba en el Hospital Barros Luco. Te lo

menciono pues tuvo cierta repercusión médica y porque me consta que en algún lugar

del hospital están las fichas de los involucrados.

44
(La cámara se nubla y aparecen imágenes de citronetas, liebres de diversos colores,

gente con pantalones acampanados, campesinos recorriendo las calles; Santiago de

Chile, año mil novecientos setenta y cinco)

ZUMARÁN : …llegó una chica muy menor, delgada, de unos quince o

dieciséis años que decían había dado a luz en un corral de animales, en los límites de

las comunas de La Pintana y Puente Alto. Estamos hablando de zonas campestres para

esa época.

MENDIETA : Mi abuelo tenía chacras en Puente Alto; sí, en efecto en los

setentas toda la comuna estaba formada por potreros y parcelas. Fui un par de veces a

su casa cuando pequeño. Hoy prácticamente todo está construido.

ZUMARÁN : El muchacho estuvo en observación un par de días, tiempo

en el cual se indagó la procedencia de su madre. (Las imágenes muestran a una

muchacha delgada de pelo largo y rostro puro. Camina por los jardines y pasillos del

hospital). Al comienzo guardó intenso silencio, lo que hizo suponer al personal del

hospital que se trataba de una sordomuda o alguien que sufría de mutismo por alguna

razón traumática. La doctora Wolf, jefa del departamento de psicología, tomó el caso a

expresa petición de ella. Días después habló; decía llamarse María. Solía rezar en los

jardines en lenguas extrañas. Esto lo digo con conocimiento de causa: la doctora Wolf,

años después me confidenció detalles del caso. Bien, lo más asombroso asomó días

posteriores. Decía que su hijo se llamaba Yoshua y que prefería no inscribirlo pues para

eso el pequeño necesitaba tener un padre físico.

MENDIETA : ¿Y él no lo tenía?

ZUMARÁN : Ella decía que no…

MENDIETA : Que el bebé era obra y gracia del Espíritu Santo…

ZUMARÁN : Tú lo has dicho: esas fueron sus palabras textuales.

MENDIETA : Vaya patología: creerse la madre del mismísimo salvador

del planeta.

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ZUMARÁN : Esto pasó en marzo de 1976. Lo desconcertante sucedió

una noche: desde el ventanal del quinto piso hacia el oriente se pudo observar

claramente la existencia de un cometa, el West también llamado 1976 VI por los

astrónomos. A esas alturas todo nos parecía misterioso.

MENDIETA : ¿El que se llamara María?

ZUMARÁN : Claro, que pariera en un establo, que fuese virgen – se

comprobó que fue desvirgada en el acto de dar a luz- que coincidentemente apareciera

la estrella en el cielo, que hablara en lenguas extrañas, pero lo más conmovedor era su

voz, su mirada. En realidad parecía beata. Pero claro, la muchacha sufría un delirio de

algún tipo.

MENDIETA : Y, ¿qué fue de ella y su hijo?

ZUMARÁN : Un día salió sin dar aviso. Sacó a su guagua y se marchó.

Se hizo un sumario, que tardó un par de semanas. Nadie pudo ver de qué modo

escapó. Como no tenían datos al final las pesquisas de la policía fueron inútiles. Se

piensa que efectivamente la mujer inscribió a su hijo luego de ocho o diez años, época

en la cual ya habían cambiado los mandos de la comisaría cuya jurisdicción

corresponde al hospital. Pero no nos consta. Debo confesar que a veces tuve ganas de

desentrañar el misterio y llegar a la verdad, en qué desembocó todo.

MENDIETA : ¿Usted creía con certeza en lo que decía ella?

ZUMARÁN : No, desde luego. Pero me asombra que ciertos delirios

parecieran concertarse con las circunstancias; como si hubiese cierto acuerdo entre los

factores variables y los imponderables. La duda no es sólo mía, por cierto, el problema

de las casualidades ha generado cierto dominio del saber, algunas teorías.

MENDIETA : ¿Pero porqué la duda? ¿No le sugiere la ciencia siempre la

misma y única posibilidad? Es imposible pensar que el dilema que le causó

incertidumbre haya tenido como opción posible que efectivamente la joven dijera la

verdad. ¿Por qué, entonces la inseguridad?

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ZUMARÁN : Tal vez porque el que pregunta determina el dominio en el

que quiera que le respondan y también traza ciertos límites a la repuesta. Quizás

porque efectivamente deseaba que la ficción, lo irreal, pudiera aparecer de algún

modo. Le daría cierto matiz a la monodia de lo cotidiano.

MENDIETA : Usted y yo sabemos que nuestra realidad tiene los límites

de siempre y desde nuestro dominio no existe lugar para lo sobrenatural que propugna

la religión…

ZUMARÁN : Desde luego, es el error de dar explicaciones en dominios

distintos. No podemos mezclarlos, pero… ¿qué si las circunstancias nos obligan a

hacerlo? ¿Qué puedo hacer si un ser con forma de ángel se aparece en mi consulta,

levitando, expeliendo energía por sus manos? No puedo sino, explicar el fenómeno

desde mi dominio, obviamente, pero hacer uso de mis pocos conocimientos de la Biblia

para tratar de entender el asunto// Mendieta, se hace tarde, debemos terminar.

MENDIETA : Es cierto.

ZUMARÁN : Procuraré moverme por mis contactos. Quizás el cuento de

los delirios religiosos en Santiago sería un tema interesante. Pero bueno, hay que

trabajarlo. Veamos lo que encuentras.

MENDIETA : Bien, doctor, no le quito más tiempo.

ZUMARÁN : Te llamo el viernes para que nos podamos de acuerdo en

el día en que nos volvamos a juntar.

MENDIETA : Entendido, doctor. Nos vemos. Gracias.

Mendieta se despide del doctor dándole la diestra; al chocar ambas cubre la de

Zumarán con la otra. No se miran, la afectividad en ellos es un asunto funcional que

perdura mientras exista el interés. El tesista cruza el umbral de la puerta; un pasillo

gélido le espera oscuro como una sofisticada caverna; por segundos la claridad del

extremo le encandila. El patio y sus árboles esperan afuera como fotografías

superpuestas en un mural de colores neutros. Los gritos perdidos y apagados de las

orates a veces parten la letanía de los automóviles, del viento, de las calderas del

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hospital. Se detiene en el ángulo del pequeño jardín que se ubica a un extremo del

gran patio. La cámara le enfoca mirando al este; luego ésta se acerca a él, quien

parece observar a un punto lejano; parece percibir frecuencias remotas de algún tipo.

La imagen nos refiere ahora a su rostro, su mirada permanece fija. Escucha el ladrido

de una jauría de perros; un poco más allá, tras la reja un grupo de animales persigue a

una hembra; huelen su sexo y su cuello acrecentando el placer. Mendieta desabotona

el cuello de su camisa y se incorpora. Luego sale raudo por el pasillo hacia la calle.

Las uñas cuidadas, casi transparentes en primer plano. Luego viene sobre ellas una

breve tilde de metal que las moldea con cuidado extremo. Hay luz de atardecer; los

haces del sol son fantasmas inclusivos en cuyo interior descansan los cuerpos del

elemental cuarto. El dedo pulgar y su corte, ligeramente extendido hacia el cuerpo; las

uñas largas en la mano derecha, escrupulosamente cortas en la izquierda. Ahora los

dedos, algo plomizos índice y medio de la diestra, endurecidos en la cumbre, largos,

ágiles en su brevedad de acción. Las partituras dispuestas sobre una silla, dos libros

gruesos haciendo siesta en las tablas de suelo, el guitarrista sentado en el borde de la

cama, su pie izquierdo pisa los tomos, la curvatura de su guitarra en el muslo, las uñas

de su derecha en las tres primeras cuerdas, sobre la boca del instrumento. Se

escuchan tres golpecitos de madera. Entonces empieza la música; parece que ángeles

minúsculos revolotean donde se proyectan los haces del sol otoñal. Fernando Sor.

- Puedo tocar metálicamente si es que acerco las pulsaciones al puente; el sonido

saldrá más completo si lo hago cerca de la boca.

- Pero es lo mismo – le dice ella, Agnes, la protagonista de esta historia- o casi lo

mismo.

- No. No puede ser lo mismo. De igual modo: si apoyo mi índice o pulgar sobre la

cuerda anterior (lo que se representa con una < sobre la nota) el sonido será

diferente.

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- Detalles de la interpretación…

- A cada cuerda un dedo, las marcas del intérprete sobre la partitura; los fortes,

messo fortes, pianos, pianissimos; el ralentar, el crescendo o descrescendo.

Simbologías sobre la escritura, todo para la interpretación excelente.

- Las uñas cortas…

- …cortadas perfectamente; la yema no tiene el mismo sonido que la uña…

- …creo que nos parecemos. Tú con tus detalles, yo con mis números.

- No son los detalles, Agnes, es la búsqueda de la armonía, el cerrar el círculo de

nuestros sonidos corporales.

- Había oído hablar algo de eso.

- Todo nuestro cuerpo es sonido. Si el hombre pudiera viajar a sus entrañas

encontraría procesos rítmicos dándose a nivel microscópico; la necesidad de

cerrar esos ciclos, seguramente, nos lleva a la necesidad de oír música. ¿Sabías

que cada nota es la sucesión rapidísima del pulso?

- Te olvidas que mis dominios no son los mismos que los tuyos…

- Cuando golpeas un lápiz sobre una mesa con la misma frecuencia. Básicamente

es eso. Si aumentas la velocidad al máximo posible, el pulso llegará a ser una

nota.

- Qué extraño, siempre vi alguna distancia entre ritmo y armonía.

- Yo igual; la reflexión la hice a partir de una grabación de la escuela de sonido y

la de ingeniería de la Universidad de Chile. Es un disco un tanto extraño. Fue

grabado entre enero y marzo de 1973. Se titula “El Computador Virtuoso”

- ¿en qué sentido era extraño?

- Ah… No es que haya sentido miedo, pero algo de turbación; quizás la misma

corazonada que asoma cuando uno visiona un filme antiguo de terror. Me

imagino que la fragilidad de los efectos, la antigüedad de documento, la voz

ultratumba del locutor…

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- ¿Dónde encontraste esa joya?

- Circula en Internet, en uno de los tantos blogs de música chilena antigua. Lo

encontré buscando interpretaciones de obras de Debussy y Bach. De hecho, el

computador de la gente del departamento de física de la Chile es capaz de

reproducir perfectamente la música de ellos…

- Con limitaciones, supongo…

- Desde luego. En la época no eran capaces de generar armonías; podían

interpretar lo que bien hacen algunos instrumentos: la línea melódica de una

obra. Bueno, el disco también tiene sus particularidades; es más bien una clase

de música en la cual se explica los alcances de la música electrónica, en esos

años en pañales. Un locutor va explicando los experimentos…

- He ahí la palabra clave, quizás…

- ¿Cuál?

- Experimento.

- He aquí el sucucho.

- ¿Cuál?

- El que está al lado de la tienda de libros usados.

- Te juro que nunca había venido a esta galería. Muy pocas veces a San Diego.

- Aquí hay rincones que parecen de otra ciudad, o dicho de otro modo: a una urbe

paralela.

- Con gente, elementos y tiempos distintos, opuestos. Tenés razón. Me da un

poco de miedo… Perdón, no es miedo. Es turbación; quizás la misma

corazonada que asoma cuando uno visiona un filme antiguo de terror.

- Por aquí encuentra de todo: discos antiguos, documentos originales robados a

quizás qué personaje público, chucherías diversas. Con suerte puedes encontrar

un libro autografiado de Neruda; conozco algunos casos…

50
- Seamos breves, Holz, no me siento bien…

- Ah, vamos, si no eres un pibe, Sanguinetti. Qué tanto roche…

- Lo que te dije. Es todo.

- Bueno, vamos rápido.

La galería posee un techo de gastados acrílicos en el medio, a través de los cuales el

sol logra iluminar el piso similar al de un tablero de ajedrez, los pasillos en segundo

piso que rodean el rectángulo y los cuerpos que vagabundean en el espacio;

alrededor, una treintena de locales, muchos de los cuales están abandonados,

ostentan en sus vidrieras discos antiguos, elementos de colección, libros amarillentos.

Los ciudadanos no visitan el lugar con frecuencia, no es de aquellos espacios en que la

gente recorre matando el tiempo, a modo de diversión. Quienes deambulan por sus

pasillos son gente que va en busca de algún componente cuya existencia no es

reportada por ningún local externo; entrar a dicho laberinto borgiano es entrar al

último lugar posible. En el segundo piso, Armando Méndez Carrasco tuvo una librería

de viejo. Allí solía vender sus obras, siempre acompañado de una o dos mujeres

jóvenes. En otro de los locales Rivano, se dedicaba al mismo rubro.

Llegan; un viejo tras una humarada de humo de cigarrillo, resuelve el puzzle de un

diario antiguo, apoyado en el mesón. Las vitrinas de su local muestran enciclopedias,

juguetes del siglo pasado, botellas de vinos de selección, adornos de bronce. Cierto

filtro amarillo, dado por una polvorienta ampolleta que cuelga de un par de alambres

desde el techo, ilumina el espacio. El viejo sigue anotando una palabra cuando

Sanguinetti y Holz cruzan por el umbral. Se anuncian saludando. El dependiente sorbe

un poco de humo y les observa con los ojos agudizados.

VIEJO : Qué va.

HOLZ : Bien, gracias.

SANGUINETTI : Un placer.

VIEJO : ¿Los he visto en algún lado?

HOLZ : Me temo que no. Es nuestro primer encuentro.

51
SANGUINETTI : Apenas nos asomamos por la ciudad, (observando alrededor).

Bonito boliche.

VIEJO : (serio) ¿Qué desean?

HOLZ : Vengo de parte del señor… Morales. Él tiene un local en el Persa

de Bio bio. ¿Se acuerda de él?

VIEJO : Sí, sí me acuerdo.

HOLZ : Estoy en búsqueda de un material de cierto profesor universitario

de los años cincuenta. Fue un afamado neurólogo sueco que hizo clases en Buenos

Aires, donde nos conocimos, y se radicó por algún tiempo en Santiago. Me han dicho

que su material, no todo por cierto, deambula por algunos rincones de Santiago.

Mientras Holz habla, Sanguinetti examina sin pasión los elementos expuestos en los

mesones de la tienda. Hojea algunos volúmenes ajados. Casi sin pensarlo, en un acto

reflejo, sus ojos apuntan a un diminuto cuarto cuyo interior se ve apenas pues la

puerta está entreabierta. La mortecina luz de la ampolleta ilumina parte de la pared.

En ésta el rostro del Furher en un cuadro enmarcado. Sanguinetti se despabila. Mira

con miedo a su amigo.

VIEJO : Ah. Nillson…

HOLZ : En efecto.

VIEJO : ¿Es usted de los nuestros?

SANGUINETTI : (Adelantándose) Ochenta y ocho.

VIEJO : (Sonriendo) ¡Heil Hitler!

HOLZ : (algo desencajado) Desde luego.

VIEJO : Sabrá usted toda la historia de Nillsen.

SANGUINETTI : Querrá decir Ernan Binder, camarada de lucha…

VIEJO : Ah… Creo que nos estamos entendiendo. Espere, iré a buscar dos

sillas.

El viejo se dirige al cuartito, momento en el cual Sanguinetti le habla al oído con

brevedad. El dependiente vuelve, bordea el mesón de libros viejos, y cierra la puerta

52
del recinto con llave. Los psiquiatras se observan con cierta incertidumbre. El viejo

saca su peineta y se arregla el pelo. Vuelve a su posición.

Platicaron largo. Media decena de ciudadanos se acercaron a la dependencia; al ver el

letrero de la ventana – que decía “Cerrado”- y al otear entre los elementos hacia

adentro, se disuadían de insistir. El Viejo había conocido a Binder de joven. Le refirió los

pormenores de su amistad. Sin embargo, antes, a propósito Sanguinetti, seguro

previendo que la desconfianza del dependiente estaba aun en evidencia, le había

lanzado una batería de pequeños datos referidos al alemán. Amor con amor se paga,

habrá pensado.

Sanguinetti es ingeniero, le dijo Holz; queremos continuar la obra del doctor, para que

su imagen perviva entre nosotros; eso es también afianzar la causa en el mundo.

Tenemos el apoyo de alguna gente para continuar con los estudios referidos al tiempo;

tenemos nociones de sus líneas investigativas, le reitero, trabajamos con él en Buenos

Aires, pero no tenemos los planos que al menos nos den el inicio para proseguir con el

proyecto. Yo les puedo facilitar los originales de sus textos – dijo el Viejo,

entusiasmado- son cerca de medio millar de páginas. Usted que es ingeniero,

seguramente, puede descifrar algunos trazos; él los esbozó con la ayuda de un físico

alemán que conoció cuando trabajaba para la causa en el campo de judíos. Hay

también otros manuscritos referidos a temas diversos: psicología, ideología,

descripciones, algunas secciones bibliográficas, pero son mínimas. Tuve la irreverencia

de ordenar, es decir, editar los textos, darles cierta continuidad; me da un poco de

pudor decirlo, me dan ganas de pedir disculpas – Holz sonríe, Sanguinetti distiende el

rostro- pero bueno, ahí están, camaradas. El corazón y el intelecto me dicen que

facilitar los textos de Binder a ustedes va a ser lo mejor – Sanguinetti pensó, en un

flashazo, que había la posibilidad de que él y Holz fuesen partícipes del texto, como

personajes, luego su pensamiento derivó en estrépito: era probable que algunas líneas

de las “descripciones” les tentara en forma tangencial. ¿Qué era lo que el viejo

53
pensaba de nosotros? Pareció haber cavilado Sanguinetti y por momentos se evadió de

la plática, por lo que el viejo le miró y le demostró algún grado de molestia. Además en

la lectura de los rasgos de Holz, algo no le cuadraba. No conocía por cierto su apellido,

sólo el de su acompañante, que sonaba a italiano o argentino. ¿Quién era ese tipo de

rasgos peligrosamente semitas? ¿Cuál era su apellido, dato que podía ser el inicio de la

construcción de la historia del visitante? Ambos conocían a Binder desde su estada en

Buenos Aires, ¿serían ambos los dos papanatas sionistas que sospecharon de él, que

solían espiarle, que intentaron expoliar sus documentos ese día en que su esposa se

quebró el pie al bajar de una escalera, o uno de ellos el estudiante homosexual amante

suyo, excusa para dejar la cátedra trasandina y venirse a vivir a Chile? ¿Qué quería

entonces, el muy hijo de puta, cincuenta años después? Con esta emoción, creyendo

en la segunda opción como la válida – quizás por qué descartando la primera (así es el

juego paradigmático, incierto, impreciso, aleatorio), es que hizo una pausa en su

discurso y, en esa emoción, lanzó una pregunta directa:

- ¿Usted señor fue amante de Binder? – le preguntó el Viejo a Holz en una

interpelación nada cortés.

- (desencajado) No, desde luego que no. No sabía que él era del otro partido…

- Combatimos la homosexualidad, camarada, por favor, qué es esto.

- ¿Usted es Alberti, no cierto?

- Pero… qué le pasa, creo que nos entendíamos…

- Dígame, usted es Alberti, ¿por qué se inquieta? ¿o es usted? – el Viejo se separa

de ellos y les observa como un perro, aprontándose a atacar.

Los dos amigos argentinos se miraron nerviosos. Algo había funcionado mal – por mi

madre, qué boludez, si todo iba tan bien, pibe- y era urgente la elaboración rápida de

un plan y su accionar inmediato. Como dos guitarristas que se miran y saben llevar el

desarrollo de una canción, como dos futbolistas articulan la jugada perfecta en la zona

ígnea de juego, antes de perder la única posibilidad de pista, luego de años, atacaron

54
casi al unísono: Sanguinetti le arrojó su palma abierta la cual cayó como el hormigón

lanzado con rabia por el albañil contra el bloque y Holz, que hacía tiempo no

participaba en esas andanzas (hacía sesenta años le propinó una pateadura a un

palestino en Tel Aviv) le asestó un puñetazo en la boca del estómago; ambos con sus

golpes dejaron doblado y en el suelo al malogrado dependiente. Ahora había que

encontrar el material, tarea nada de simple. ¿Qué si el libro de Binder, editado por el

Viejo, no se encontraba ahí, sino en la casa del tipejo? ¿Qué si aquel nazi alucinaba con

el texto y se equivocaba en la posesión de aquél, como tantos otros que dicen poseer

el cráneo del eslabón perdido de Darwin y no poseen más que calaveras arregladas de

primates comunes y silvestres? Bueno, si es que el lector quiere saber lo que sucede,

no deje de leer las páginas restantes.

…sin embargo, tarde o temprano todo lo oculto ha de ser manifestado, y lo que se diga

en intimidad se hará sentir en las azoteas; pues es necesario que el hijo del hombre

venga en gloria y majestad a juzgar a las doce tribus de Israel, a separar a los corderos

de los cabritos, a disgregar la cizaña del trigo. Pero en esa época de la manifestación

vendrán muchos en nombre de Cristo diciendo “Yo soy”, mas no deis fe a ellos; o si

dijeren. “está ahí, en el desierto” o “allí, en el aposento” no le creáis porque como el

relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la

venida del Hijo del Hombre.

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : Conectado hace rato, perrín?

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : hola ql aká, ko tai xilno

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : bn, y tu btya XD

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : poco, pero bn, en mi brbja

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : no tni cel, prrito?

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : na d moneas, flko. Co ta la mision?

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : ¿?

55
VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : xuxa, ctm, t olviste?

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : no, XD

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : - mal

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : tngo info = poka, yamm y x estos dd

nos jntmos

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : mjr ahora

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : tnis que sprar 1 tanto, dme algs 2dos

XD

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : d+

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : (no disponible)

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : pa eso no t pido ayuda, ql

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : (no disponible)

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : ctm… 

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : XD

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : tay en el cyber?

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : sep

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : azla crta. Kero info

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : bn el H c yama Emanuel

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : = k película porno

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : vive en pte alto en 1 weá bn brigda

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : k +?

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : vib kon su vieja y su awela

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : xuxa

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : prdica en una iglesia, es onda cura,

una weá asi

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : pastr?

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : sep el weon es onda profta la gnt lo

busk

56
VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : xuxa

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : pa mi k es onda xaman, p lua la weá,

incluso sale en youtube

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : CTM ¿?

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : me tne metío el ql

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : y k hace ahí?

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : una weá re loca... veela dja ela2

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : la xik no me kgó con el?

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : Yo kxo ke no… la Agnes es espiritual,

no anda onda webeo…

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : d + xuxa, tngo k salir. Yamm mnña xai cuidte

SHAI, MATRIZ PROJECT DICE : ttb xao XD

VITOKO, SoLOOO dNUevo DICE : xao

El rostro de Shai iluminado por la luz cambiante de la pantalla; un cuadro se proyecta

en sendos cristales de los anteojos. Todo es oscuro (es análogo a un programa literario

de entrevistas); el lcd del ordenador parece ser un tragaluz a un mundo paralelo; allí

hay letras de colores, dibujos, rectángulos caleidoscópicos que parecen no inmutarlo;

revisa con insistencia los posteos antiguos de la sala Paranormal de el Antro o el foro

Gore y el de Ciencias Ocultas de chilewarez.org, también escalofrío punto com o la

sala de Conspiraciones, también de el Antro. Es miembro de otros foros de menor

renombre, que junta a gente de Latinoamérica y Europa en torno a temáticas de

misterio, versiones subterráneas de la historia, las crónicas del papado, las profecías

de Nostradamus. Pero hace algún tiempo le rodeó una mágica obsesión relativa a la

religiosidad: comenzó a cotejar los vaticinios bíblicos sobre el fin de los tiempos y el

asunto le quitó por muchos días el tiempo requerido para la redacción de su tesis. En

sus obsesiones encontró en la red información sobre un tipo que decía ser el Anticristo

57
y, al mismo tiempo, la reencarnación de Jesucristo en la tierra. La materia podía no

haber sido más que una línea de curiosidad entre la infinidad que surge en la mente de

un lector, sino por un detalle: el descubrimiento en la red del amigo de Agnes, el

mismo joven predicador que solía visitar la Facultad de Arquitectura de la Universidad

de Chile a repartir folletos.

El video, aparecido en Youtube, tenía muy pocas visitas; a saber siete u ocho.

Detentaba la factura del cine bizarro: primeros planos en desenfoques, colores

indefinidos, audio enrevesado. Se veía al ligero predicador, vistiendo un chaleco

flácido, exponiendo una homilía apartada en retórica de las comunes invectivas

pentecostales. Tenía una duración de diez minutos en los cuales desplegaba una

exhortación referida al libro de Daniel capítulo nueve versículos veinticuatro en

adelante. Lo inquietante vendría después: una señora se le acercó mientras rezaba y le

pidió por su hijo que yacía postrado en una silla de ruedas. En un comienzo él se negó

y mediante aspavientos delicados (apreciados en una secuencia no menos bizarra) le

indica que no es el tiempo. Pero algún detalle –que no podría precisar con certeza- da a

indicar que la mujer viene desde lejos – quizás fuera de Santiago, muy probablemente-

. Entonces estremecido, movido a misericordia por la fe de la fémina ordenó a la

asamblea que se dispusiese a orar; luego hizo señas a quien filmaba para que dejase

de hacerlo. En efecto, el cameraman apaga el aparato y podemos apreciar que la

pantalla se va a negro; luego, dentro del mismo telón oscuro, aparece el ruido

provocado por líneas e interferencias rojas y azules, y retorna con dificultades la señal,

un tanto más opaca que denantes, pero con un detalle: se percibe que la máquina

filmadora ha sido encubierta tras un jarrón, que adorna el proscenio de la capilla. He

aquí el momento más turbador del documento: el predicador abraza al pequeño, quien

parece un servatillo muerto en las extremidades recias del amante cazador, lo atrae

contra sí y procede a dar vueltas con él sobre el escenario. El lente de la cámara tiene

alguna dificultad para secundarlo en el movimiento, pero logra atraparlo en sus límites

rectangulares. La música de un órgano electrónico asoma con tibieza en tanto el

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predicador platica en lenguas extrañas. Entonces, en un acto arriesgado, acompañado

de movimientos ásperos, deja descansar los pies del muchacho en el suelo en tanto

sigue sosteniendo el tronco del impúber y, mirando a los ojos de éste, lo azuza a que

camine sobre la tarima. Uno, al saber que el estado del muchacho es deplorable, nada

más siente vergüenza ajena del inminente fracaso público del predicador; es más, se

es tentado a cerrar la ventana del navegador y buscar otro video que satisfaga de

mejor grado. Pero a punto de la hazaña que no llegará, de acuerdo a las percepciones

humanas que se maneje en forma individual - que no difieren de uno y otro, salvo que

uno se mueva en el plano de lo sobrenatural- el hombre pareciera mirar a la cámara y,

luego, con mirada penetrante le habla al enfermo y éste tensiona las extremidades

inferiores y procede a caminar ante el espanto magnánimo de la gente que aglutina el

espacio. En realidad eso da miedo, también los gritos, el gemido de la mujer que se

mueve en el suelo, incrédula o, mejor dicho, en estado de shock por lo ocurrido. Luego

la cámara se mueve, enfoca pies, suelo, plantas y la pantalla se va a negro.

Están ahí el director del hospital psiquiátrico, el doctor Zumarán y la esposa de su

hermano. Ésta ha discutido con su esposo y no ha encontrado mejor panorama – el

único, por cierto- de llamar a su cuñado para contarle lo sucedido. Ambos habían sido

víctimas de los celos enfermizos de sus cónyuges y el encuentro les pareció, en la

lógica del mártir, prohibido. Pero estaban ahí, sentados en el segundo piso del café

Tavelli de Providencia, él con un libro de Freud en la mano y ella, aferrando el paraguas

húmedo que descansaba exánime en el asiento de su costado. Eran pocas veces las

que conversaban y las veces que lo hacían nada más tocaban liviandades expresadas

en monosílabos y frases matrices. Por eso les costó hablar, y las primeras palabras les

surgieron nerviosas, tremolantes, propias de dos adolescentes que no saben articular

una plática madura. Pero más para él que hacía algún tiempo, deslizado por los

conflictos y desconfianzas con su mujer, e imposibilitado por el trabajo, la compostura

y el desgano, se había disuadido de no ser infiel, aunque ganas no le faltaran. Fue ahí,

59
y sólo ahí, que comenzó a fantasear con las mujeres que por circunstancia coincidía,

con aquellas que revolvían de algún modo sus hormonas herrumbradas. Una de las

pocas que podían sobrepasar la selección era, precisamente ella, Lourdes, su cuñada,

quien trabajaba como enfermera de la Clínica Santa María. Por eso el cosquilleo, la

inquietud de quien se enfrenta a un personaje que ha visto infinidad de veces en los

medios o en televisión. Él pidió un café capuchino y ella uno express. Le dio tedio

buscar un tema de conversación, pero el pensar en que el material de sus

ensoñaciones podía, en momentos próximos, ser urdido en la realidad, le motivó a

estar ahí. Era menos agraciada que en sus sueños, (quizás ostentaba una talla menos

de brassier y el rostro, poseía infinidad de nimios accidentes), pero aquello no era

impedimento para que no le gustase y gran parte del nerviosismo era producto

precisamente de eso. Pero los personajes que han deambulado como Pedro por su casa

en la imaginación de un individuo, no son los mismos que socializan con uno en el

mundo real y a él le pareció que era simplemente su cuñada, no la mujer que noche a

noche alimentaba sus sueños húmedos. Por eso pronto olvidó las fantasías nocturnas

mientras conversaba, y eso provocó que las mariposas abandonaran su estómago y se

disiparan entre las gotas de lluvia que caían allá afuera. Ella le refirió sobre temas de

trabajo y, aunque él hablaba poco, ella sintió que hablaba lo suficiente pues durante

mucho tiempo nadie le había prestado atención, tanto así como para hacerle preguntas

pertinentes de lo que hablaba. Luego de una velada en un bar del barrio Lastarria,

luego de una caminata por el parque Forestal él le tomó la mano, así, sin pensarlo en el

minuto, pero tras de él la vergüenza, todos los reglamentos éticos en su mente, un

“chucha que estoy haciendo” y después la rendición absoluta; ella le propinó un beso,

cuerpo con cuerpo, las luces rojas, las sábanas ásperas, la piscola en los labios, el

amanecer en un cuarto desconocido.

Pronto la gente del sector sur de Santiago corrió la voz del hermano que sanaba a los

enfermos y echaba fuera demonios. Eso se ve en pantalla con la imagen de una señora

60
que lleva a su hijo cojo por las polvorientas poblaciones, luego con la presencia de un

anciano que acompaña a su esposa que a menudo se aprieta el pecho. En el patio

frontal de la casa de Emanuel hay cierta inquietud, gente humilde espera, en tanto la

abuela del muchacho lleva en sus manos una bandeja con algunas tazas saltadas que

dentro de sí contienen té; algunas mujeres que le visitan intentan ayudarle. Adentro

Emanuel tiene pena, ora arrodillado a los pies de su cama, se quita el agua de los ojos

con la yema de sus dedos ásperos de guitarra y madera. Pronto se levanta, se asoma

al dintel de la cocina y apenas mirando a su madre, que pica cebollas en ella, le dice

que desea platicar.

- Madre, dígales que no puedo atenderles. Que vayan esta noche a la capilla.

- (Mirándole con dulzura) Pero hijo, no sabes de qué lugares tan lejos vienen.

Piensa en ellos.

- Madre, es tan sólo que crean; están sanos.

- Hijo, una señal, algo concreto.

- Diles que te pasen alguna bufanda, un chaleco, algo que vistan.

- Está bien.

María se dirige al patio e informa a los menesterosos la voluntad de Emanuel. Algunos

dejan escurrir lágrimas por sus ojos, otros agachan la cabeza. Pero, señala, hará el

milagro a quienes crean y para eso es necesario que le empeñen, por breves instantes,

algo que vistan. La mirada de visitantes se ilumina; entonces obedecen a la

instrucción y con lenta premura, aquella que es propia de los ancianos e impedidos, le

entregan sus pertenencias; ahí el decrépito, con paso cansino, temblante, ahí la madre

con su hijo cojo, ahí la mujer tullida y horripilante. La abuela de Emanuel se emociona

por la fe con que obedecen y exclama en voz alta un gloria a Dios, alzando las manos

al cielo. Al traer las pertenencias al joven predicador éste las contempló con dulzura y

las aferró haciéndolas una sola contra su pecho. He ahí un detalle excéntrico de los

portentos; pero detrás las circunstancias que se interceptan, el universo concertado en

un momento y lugar, la voluntad de Dios moviendo los microscópicos designios del

61
cuerpo, el profeta que lee el corazón de Dios y lo declara en voz alta, lo hace público

en el logos creativo y algo en el ambiente sucede, la fe despierta en cada corazón,

empujando la palabra y la dimensión del logos en que descansa el poder. Cuando la

mujer salió y entregó las especies a cada dueño, aun conmovida por el poder que

expelía del cuarto en que el sanador realizaba sus ayunos, la unción divina le dejó

enajenada y apenas abrió los labios echó a llorar mientras los ancianos caían rendidos

al suelo, u otros temblaban al tocar los ajuares ungidos por el enviado. Pero ¿quien

dice que todo no es más que una sugestión, que es producto de la ineptitud del vulgo

quien, en completa afinidad con su indigencia, cree en pensamientos que tienen la

virtud de sacarles del sufrimiento próximo, volcando su atención a un futuro que nunca

arribará? Sí, esto no es más que un cuento, una estratagema barata que valida la

enajenación, el opio de los pueblos que tarde o temprano sufrirá el descalabro de su

estructura bajo la luz de la razón. Los milagros no existen y, si hubiese ocasión de que

se hallasen en el mundo concreto, nada más serían chispazos o reminiscencias de lo

iluso, autoengaños imaginativos proyectados en el mundo material, reflejos palpables

y engañosos de nuestras odiosas frustraciones.

- Luciano Kulczewski dejó su huella dramáticamente en la ciudad de Santiago.

Cuando visito las construcciones que dejó, me pareciera que asistiera a una

plática con él; siento su espíritu en sus obras. Quizás eso no te parezca muy

“cristiano”…

- No había oído hablar de él…

- Es un arquitecto chileno de origen polaco, de estilo ecléctico; sin embargo, hay

todo un cuento gótico en sus construcciones; suelo, con rigurosidad, hacer un

tour por los lugares que levantó. Cada tres meses.

- ¿Por qué cada tres?

- No sé. Conocí su obra gracias a mi hermana. El primer paseo lo hice,

precisamente con ella. Con esa periodicidad el estado de mi hermana iba

62
desarrollándose; pasaron nueve meses desde que le diagnosticaron el cáncer

hasta que partió a Italia para continuar el tratamiento allí. Tres meses más

murió. Desde el primer diagnóstico a la primera incursión tres meses, desde

ésta a la exposición que montó en la Estación Mapocho, otros tres meses para

que su novio llegara de Europa a buscarla. Pero el tres no es más que una

circunstancia en mi devenir…

- ¿Por qué?

- Los números que se repiten en mi historia son el uno y el cuatro. ¿Cuándo

naciste?

- En otoño…

- (Sonriendo) Primera vez que alguien no me responde con una fecha. ¿No te

acuerdas?

- No.

- ¿Qué edad tienes?

- Veinticuatro.

- (Mirándolo) En realidad pareces más maduro.

- ¿Viejo?

- Oh, no quise decir eso, digo que pareciera que tuvieras más edad.

- Bueno, es lo que dicen mis documentos. ¿Por qué te interesa saber mi fecha de

nacimiento?

- No sé, es porque quizás juego con los números y tomo como punto de partida la

fecha de nacimiento. Yo nací el 2 de julio. Dos por siete da catorce. El número de

mi departamento es el 114. El número de mi cédula es múltiplo de catorce; hay

catorce pasos desde la entrada hasta el último muro y catorce desde la puerta a

la reja. Puedo estar toda la noche contándote sobre cómo dichos números

marcan mi vida. ¿Tú crees en esto?

- Creo en los intervalos; pertenecen al ritmo y música que mueve al universo y

sus criaturas…

63
- Emanuel, disculpa, estamos llegando.

Ellos, caminando por las cercanías del Barrio Lastarria. Es una tarde soleada de

invierno, algo inusual en Santiago de Chile. Visten abrigos oscuros.

- Observa, qué majestuosidad, aquí vivió Kulczewski. Es la Casa de los

Torreones…

- Es similar a un castillo. Imagino el medioevo.

- En efecto; las piedras, la torre, los escudos de armas sobre las ventanas;

Kulczewski se inspiró en el arte gótico para construir; pero no se queda

atrapado en el estilo, no obstante, entre los amantes de la tendencia posee

reputación, digamos admiración, mejor dicho.

- Tiene un aire a la base del ascensor del cerro San Cristóbal.

- Tienes razón. Esa estructura fue diseñada por él. Era uno de los trabajos que

más le alegraban.

- ¿por qué?

- Veía que gente de todas las clases sociales pasaban por ahí, eso le colmaba de

gozo, pero aquél es, por decirlo menos, una actitud contradictoria.

- ¿Por ser burgués y comulgar con la clase obrera?

- No. Es decir, claro, pertenecía a una familia importante, de gente profesional,

pero tuvo cercanía con la clase obrera; fue uno de los fundadores del partido

socialista, trabajó para el gobierno de Pedro Aguirre Cerda y Salvador Allende…

- Debió haber concebido el arte como un instrumento de lucha…

- Más que eso: decía que a través de una arquitectura que fuese respetuosa del

espacio natural el hombre podía ser feliz. Sin embargo, se suicidó. Eso es lo

discordante.

- Es raro…

- Nadie habla de su muerte, ésta es un secreto a voces, una especie de leyenda

tejida en torno a su persona.

64
- Desde una perspectiva quitarse la vida no es signo de infelicidad, todo lo

contrario: el hombre piensa que tras el umbral se puede ser más dichoso; no se

piensa en el dolor, sino en la trascendencia, en las moradas celestes.

- No es lo que dice la iglesia, Emanuel…

- Tienes razón, para alguien que cree que la vida es solo estos tres o cuatro

minutos aquí en la tierra. No hablo de culpabilidad en el suicidio, me refiero a

responsabilidad. En el juicio, mi Padre sabrá leer el corazón de cada quien –

incluso el de los inmolados- y los juzgará con equidad y prudencia. No somos

nosotros quienes debemos conceptuarlos.

- Menos a Kulczewski, que pervive en las obras que dejó en Santiago, muchas de

las cuales corresponden a proyectos sociales.

- ¿Cómo así?

- Además de sus obras como el Colegio de arquitectos, la Sede del Consejo de

monumentos Nacionales, el acceso al funicular o parte de lo que hoy se conoce

como el Barrio República, diseñó viviendas de carácter social, como la

Población Los Castaños, en Independencia.

- ¿Haz visitado todos esos lugares?

- Desde luego; conozco sus líneas como las líneas de mis manos, sus contornos,

las sombras que se forman en sus ángulos al atardecer.

- Y, ¿qué buscas en ellos?

- Algo del espíritu de Kulczewski. //

- Empieza a esconderse el sol, debo llegar pronto a mi casa. Tú vives cerca de

aquí. Te paso a dejar, ¿te parece?

- Está bien.

Alfonso en el departamento de Agnes, solo, esperando a su amiga que prometió

llegar en media hora. Posee la confianza de ella como para pedirle las llaves, so

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pretexto de avanzar en el trabajo de tal asignatura, y deambular con libertad por la

vivienda que posee habitaciones clausuradas, para ser exactos dos. Una de ellas la

que había sido usada por la hermana de Agnes el tiempo en que vivió en Santiago

de Chile, llevando en su conciencia la gravedad de su padecimiento; el segundo

cuarto, suponía Alfonso, perteneció al padre de Agnes, el rompecabezas faltante en

esta historia. El compañero maricón de la protagonista había indagado unas seis o

siete veces desde el momento en que la conoció, sobre la razón por la cual dicho

espacio estaba vedado; todas esas ocasiones, o la mayoría, Agnes le había referido

las mismas palabras de siempre: “en ese dormitorio habita el dolor”. La muchacha

acostumbraba no frecuentar ese espacio y, todas las veces que cruzaba el umbral,

lo hacía por extrema necesidad, deseando enviar a alguien, si fuese necesario, con

el fin de evitarse la molestia. Pero esto nunca sucedía pues la chica no tenía en su

círculo cercano a nadie que compartiese la intimidad como para cumplimentar

dicha tarea. En un tiempo en que las cosas anduvieron bien con Víctor, ni siquiera

él ingresó a la alcoba en cuestión, una: porque no fue necesario, otra: porque si

hubiese sido indispensable, Agnes habría acometido la labor con el fin de mantener

el secreto. Ahora bien: ¿cuál era dicho enigma?

Fue la misma pregunta que rondó por la conciencia del bujarrón en esa tarde; el

aire estaba algo denso, las manecillas del reloj parecían haberse derretido y el aire

de afuera yacía odiosamente estático en la atmósfera; el trabajo se avanzaba a

pasos milimétricos y la cerveza que Alfonso encontrara hace unos veinte minutos

en el refrigerador de la amiga, era historia, diluida en la sangre del visitante

abochornado.

Para suerte – y sorpresa - de Alfonso, la habitación no tenía seguro, ni ningún

sistema que impidiera pudiese entrar. Esto, más que provocar alivio o un

sentimiento de triunfo, ocasionó en el interior de él una sensación a sospecha.

“Sabía que estaría sólo, sabía que llegaría tarde y ¿dejar el misterio a vista y

paciencia mía?”. Entonces se disuadió a no entrar, pero luego, convencido por el

66
otro hemisferio de su raciocinio, esa especie de conciencia mala que aparece

disfrazada de pequeño demonio en los dibujos animados, se dispuso a acceder y

sin retraimiento alguno - cuidando de no dejar el más mínimo rastro de sospechas

en el espacio- ingresó al cuarto.

AGNES : ¿QUÉ HACÍAS AHÍ, MIERDA?

ALFONSO : Bájame el tono, por favor, te lo explico.

AGNES : NO TE LO BAJO. TÚ SABES QUE NO PERMITO QUE NADIE ENTRE

AHÍ. ME TRAICIONASTE, MARICÓN CULIAO.

ALFONSO : ¡Yegua, qué es tan grave, a ver, dime, si ahí no hay

nada, nada!

AGNES : ¿Y QUIÉN DIJO QUE HUBIERA ALGO? ¿ESPERABAS

ENCONTRARTE CON ALGO PROHIBIDO, CARTAS, DOCUMENTOS DE LA CIA?

ALFONSO : Amiga, perdóname (verdaderamente afectado), en

serio, fue un volón del momento, oh, no pensé que pudiese afectarte tanto, si

hubiera sabido nunca me meto ahí, verdad…

AGNES : Es mejor que te largues de aquí. No vuelvas más, nunca más.

Espero no verte en la Facultad. Espero olvidar tu nombre, tu rostro. Tú desapareces

en mi mente; el universo tiene un espacio menos…

ALFONSO : (Llorando y desencajado) No puedes decir eso, qué es

tan grave, dímelo, por favor, no me dejes con la duda, quiero saber por qué me

castigas.

AGNES : No te lo digo. Ese es la peor sanción que puede existir

en mi universo. La puerta está abierta para que te vayas, Alfonso.

INTERIOR – AEROPUERTO – SANTIAGO DE CHILE – MAÑANA.

Dos tipos altos, de rostro cobrizo y traje oscuro, salen de la sala de embarque

arrastrando sendas maletas. Cargan en su rostro gafas oscuras; los ventanales del

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aeropuerto otorgan cierto matiz onírico a la imagen; caminan erguidos por el pasillo

del edificio y pronto se dirigen a la salida. Allí, al cabo de esperar tres o cuatro minutos

suben a un taxi. La perspectiva de la cámara nos muestra a los dos visitantes sentados

en el asiento trasero del vehículo y, en forma alternada, el perfil del chofer.

MIKHAEL : (en un castellano algo torcido) Deseamos que nos lleve al

hotel Neruda. ¿Usted lo conoce, señor?

CHOFER : Si, joven, desde luego.

GAVRIEL : ¿Está muy lejos?

CHOFER : Sí. El aeropuerto está lejos de todo. Pero no se preocupe,

por la autopista llegaremos relativamente rápido. ¿Me entendió?

GRAVRIEL : Sí, claro.

CHOFER : Tranquilos, les va a salir económico (ríe).

GAVRIEL : Perdón...?

CHOFER : No, nada, pensaba en voz alta (Pausa) ¿De qué país

vienen?

MIKHAEL : (Primero mira a su compañero) De Europa.

CHOFER : ¿De qué parte de Europa?

MIKHAEL : (serios) del sur…

GAVRIEL : del norte.

CHOFER : (Arruga la cara) Bah… qué raro.

La cámara enfoca las manos de Mikhael que sostiene un libro con el mapa de Santiago

de Chile; cuando lo abre asoma un papel cuadriculado escrito con lápiz de tinta. En él,

la dirección de la Embajada de Israel en Chile. Saca un lápiz de su chaqueta y, tratando

de que el conductor no se percate, escribe los detalles del automóvil en el papel.

Gavriel observa lo que escribe, luego mira a los ojos de su compañero, pero parece

serle indiferente el trámite; el día en la capital de Chile se muestra despejado, es pleno

invierno, pero algunas charcas son percibidas por los pasajeros a la orilla del camino.

La nube cenicienta que acostumbra ser aureola sobre la cumbre de los edificios es

68
apenas perceptible; tan pronto se van acercando al centro de la ciudad distinguen

aquéllos y la montaña coronada de nieve. Los pasajeros conversan de trivialidades y

en un fluido inglés. Gavriel retira de su saco un caramelo cuyo envoltorio es de papel

plateado, lee sus inscripciones, luego lo abre y se lo echa a la boca; la cámara muestra

su boca y el ejercicio de saborearlo.

El chofer indaga en la radio de su vehículo – se ve la pantalla azulina de ésta, los dedos

moviendo < o >, - y luego de escuchar el zappinng molesto y variado, detiene su

búsqueda, por cansancio, en una emisora:

LOCUTOR : … sorprendentemente los últimos días el planeta ha sido

testigo de la caída de varios meteoritos. El más grande de ellos cayó en el sur de Perú,

en las cercanías de la ciudad de Moquegua, según informaron agencias internacionales.

El radio del impacto es de treinta metros, una medida considerable, teniendo en cuenta

que la mayoría de ellos no sobrepasa el tamaño de un balón de basketball…

LOCUTORA : Otra de las caídas de estos cuerpos celestes ocurrió en

Arizona, Estados Unidos. Una región acostumbrada a este tipo de acontecimientos;

consideremos que hace cincuenta mil años cayó un meteorito y produjo un cráter de

1250 metros de diámetro. Esta vez el impacto de un cuerpo que se calcula de tres

toneladas, dejó un boquete de unos diez metros de diámetro.

LOCUTOR : Tenemos un contacto directo desde las cercanías del

Instituto Psiquiátrico Dr. José Horwitz, de Recoleta, en la Región Metropolitana de

Santiago. Abel Aguad, reportero de nuestro programa tiene informaciones del

momento, adelante Abel.

ABEL AGUAD : Así es Marcos, estoy aquí, como bien tú decías, en las

afueras del Instituto Psiquiátrico, en Avenida La Paz 841, en la comuna de Recoleta. La

noticia del momento dice relación con el asesinato, en horas de esta madrugada, de un

interno el que fuera encontrado por sus propios compañeros en uno de los pasillos del

hospital. Las causas de muerte aún se están investigando, pero las versiones

preliminares y extraoficiales indican que su cuerpo presentaría heridas cortopunzantes

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en el sector de su cuello, las cuales habrían sido producidas por terceros. Es una

información en pleno desarrollo, por lo cual en el transcurso de la mañana estaremos

entregando más detalles de lo que acontece en este sector del gran Santiago. No sé si

en los estudios tienen alguna pregunta que formular…

LOCUTORA : Marcos, buenos días, habla Déborah.

ABEL AGUAD : Déborah, buenos días…

LOCUTORA : Sí, tengo una consulta. ¿Se tiene sospechas de alguien

como responsable de este crimen, o la motivación del mismo?

ABEL AGUAD : Bueno, durante las primeras horas de este día pudimos

conversar con algunos auxiliares del hospital y ellos nos indicaron que la situación les

tenía bastante asombrados. Decían que por lo general los internos son bastante

pacíficos y que hechos de este tenor no habían sucedido, al menos en épocas

cercanas. El caso es más misterioso aún puesto que el enfermo, individualizado con las

iniciales E.O.BG. de 31 años no era una persona problemática dentro de la población

interna, por lo que se están investigando distintas líneas de acción. El médico de turno

del Hospital, el doctor Luis Garaycochea indicó que se están prestando todas las

facilidades para que policía de investigaciones llegue al paradero de el o los culpables.

LOCUTOR : Muchas gracias, Abel por este completo informe, en

cualquier minuto interrumpimos nuestra programación habitual para desarrollar esta

noticia.

ABEL AGUAD : Gracias, Déborah y Marcos, quedo a sus órdenes, buenos

días.

El rostro de Gavriel pegado al vidrio del automóvil; el lápiz de Mikhael volviendo a su

sitio, en el bolsillo externo del paletó. Fade out.

EXTERIOR – PLAZA BULNES Y ALREDEDORES – SANTIAGO DE CHILE – MEDIODÍA

70
La cámara los sigue; ambos despeinados, agitados, observan de cuando en cuando

hacia atrás, intentan ocultarse tras los árboles o letreros de los locales que se yerguen

en ese espacio de Santiago. No llevan nada en las manos, pero sus rostros, pese a la

agitación, denotan triunfo. Caminan hacia el poniente.

SANGUINETTI : (Hablando despacio) No lo saqués, pibe. Huyamos de aquí,

busquemos un sitio seguro.

HOLZ : No me pidas más, pendejo, apenas me puedo las piernas;

qué estado físico, che, tanto tiempo sin correr; por ahí, pibe, salgamos por Nataniel y

nos subimos a un micro.

SANGUINETTI : ¿Pero adónde?

HOLZ : Ah, vamos a la bartola; en el trayecto pensamos, debemos

salir del centro, antes que se percaten de nosotros.

SANGUINETTI : Bien, queda poco.

Llegan en minutos a la avenida mencionada; se confunden entre los cuerpos que

transitan a esa hora del día en el espacio céntrico de Santiago; suben al bus. Ambos,

agitados esperan poder respirar con normalidad para reiniciar la plática; bajo la

chaqueta está el preciado documento que impide que Holz se siente con sencillez.

Ambos se ubican en la parte trasera de la máquina.

HOLZ : (Con una sonrisa en los labios, cerciorándose de que nadie

los observara, saca el tomo) He aquí la joya…

SANGUINETTI : Esto es más sublime que el General Belgrano, qué bah…

con esto viajamos a Marte y volvemos el domingo, che. (Besa el texto)

HOLZ : Guardá, más prudencia Sanguinetti, aún no ha pasado el

peligro. Si querés tenerlo guardalo vos, pero piola, que pueden habernos visto.

Holz le pasó el documento a su amigo y éste, con cuidado extremo lo apañó entre sus

ropas. Luego procedió a acariciarse el labio inferior y mirar el dedo con que lo hacía

por si algo se asomaba desde él. Tras un rato Sanguinetti percibió el trámite y se

preocupó un tanto.

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SANGUINETTI : Y, ¿qué pasó, moishe, algún percance?

HOLZ : Parece que el bolsero ése me dejó abombado con una furca

medio chanfleada; mirá, parece que me sacó sangre.

SANGUINETTI : Chucha, tenés un cortecito de un centímetro, más o

menos. Vamos al nosocomio, si querés, claro.

HOLZ : Claro, y le decimos a la enfermera que le dimos a lo

Monzón contra un pibe. No despertemos sospechas, hagámosla como en las películas,

doctor.

SANGUINETTI : Está bien, andemos un par de cuadras más, luego

volvemos; que se pase un poco el quilombo.

HOLZ : Pero no mucho, pie; desconozco Santiago de Chile, es un

poco bravucón en sectores…

SANGUINETTI : Como Buenos Aires o Lima…

HOLZ : Ah, sí…

SANGUINETTI : Oye y que tal si nos vamos por una birra a algún cabarulo,

por aquí, cerca de Bio Bio me han dicho que hay algunos.

HOLZ : Un café querrás decir…

SANGUINETTI : ¿Por qué no, hay unas troteras bastante buenas? Nos sirve

para celebrar la presea.

HOLZ : ¿Te acordás de esos balones que sorbíamos en la Boca?

Antológicos, che.

SANGUINETTI : Yo invito, con que no nos salgan un par de trabucos por ahí

todo bien, pibe.

Shai en el ciber café que atiende en las noches, tras ir a la Universidad; deja su

bicicleta estacionada en la botillería de un conocido, y camina una cuadra y media,

desde dicho lugar – que se ubica frente a la estación de Metro Bellas Artes- hasta su

trabajo. Esa noche llegó quince minutos antes de lo acostumbrado y, al ver a Pedro

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cuadrando la caja, no le dieron ganas de entrar y prefirió hacer tiempo sacando un

cigarro y prendiéndolo con rapidez. Se sentó en la berma, en tanto los automóviles de

la avenida José Miguel de la Barra, con sus ojos luminosos, le atisbaban indiferentes y

pasaban pronto. La caja de cigarrillos se tambalea entre sus manos, es decir, una

dentadura temible y amarillenta, amenaza con morder, aunque sólo en los

pensamientos de asueto. Un poco más al norte las mesas de los café cercanos al

Parque Forestal, un par de librerías, los semáforos, los lanzafuegos, el Palacio Bellas

Artes pintado por media docena de escupitajos luminosos, detrás, el caballo de Botero.

Despierta: chucha, tengo que llamar al Víctor, pero antes afinar algunos detalles. Tres

punkies que pasan por Monjitas le piden monedas; él no, no tiene, y entonces le

bolsean un cigarro y él para sus adentros, chucha, maracos, me cagaron igual, y ahí

tienes hermano, que te vaya bien, y pa más remate quieren fuego, hueones barsúos,

pa nunca más//

PEDRO : ¿Todo bien?

SHAI : Sí, de más. ¿Qué tal el día?

PEDRO : Normal. El viejo de bigote, chaqueta ploma y jockey ya no está

viniendo, menos mal. La policía preguntó por él. Les dije eso. Mejor; no quiero tener

dramas. Si llega a venir toma el teléfono y avísale a los tiras no más. Ese culiao es

entero de depra. Es incómodo tener a un hueón así en el local.

SHAI : De más. Más encima se hace el gracioso el culiao. Hijo de puta.

PEDRO : Quizás venga la gente de Coca Cola; querían venir a medir el

rincón pa ver si nos traen una nueva máquina.

SHAI : Está bien, Pedro, yo voy a estar pendiente.

PEDRO : Oye… ¿cómo te ha ido en la U?

SHAI : Reguleque no más. Estoy medio en pana con la tesis; dudo en el

tema. Me da paja trabajar en ella, la dura. Me acuerdo y me bajoneo, compadre.

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PEDRO : Tenís que trabajar no más. Si tenís drama con los horarios

avísame; quizás podamos ajustar algo; de repente algunas noches, yo me puedo

quedar atendiendo. Te lo digo pa que lo pienses; quizás eso te ayude.

SHAI : Gracias.

PEDRO : Bien, se hace tarde. Debo irme. Nos vemos.

Tan pronto Pedro, el dueño del recinto, salió por la puerta de entrada a la calle José

Manuel de la Barra; el cielo de Santiago de Chile había sido cubierto por una sábana

deforme y plomiza. En horas se echaba a llover, seguro.

El primer trámite que Shai se dispuso a realizar fue instalarse en el computador

maestro a controlar los equipos que estaban encendidos. El día sin altisonancias,

poseedor de una odiosa monodia, le tenía soliviantado, exhausto, esa especie de

cansancio que uno tiene cuando no hace nada. Pronto se levantó y se dirigió al

congelador en busca de un refresco cola; extrajo del bolsillo de su chaqueta un sobre

de Nescafé y al abrir la lata, se lo inyectó en el orificio; batió el refresco, cuidando de

que su pulgar tapara perfectamente el ojo oscuro del cuerpo metálico.

Adentro las cosas no sobrepasaban la línea recta del día: todo como siempre, los

mismos muchachos en las cabinas: dos gringos que visitaban Santiago y la

dependienta de una tiendita de música que solía pasar media hora por el local, antes

de tomar micro a algún lugar incierto.

Minutos después ingresó un tipo delgado, menudo, con los ojos rojos y aliento a

cerveza. Se veía un tipo decente, por lo cual Shai no se cuestionó pedirle no ingresar al

local; le designó la cabina siete que, a su pesar, no tenía el equipo prendido y, antes de

que le confidenciara al cliente su yerro, éste ya se había sentado y apretado el botón

de encendido. Shai no se hizo mala sangre y se dio media vuelta; el cubículo central le

esperaba.

Tras navegar un rato, de controlar los computadores mediante las quince pequeñas

pantallas reflejadas en su pantalla, percató que el tipo de la cabina siete le miraba

cada cierto rato; en realidad, la mirada del sujeto era insistente sobre él, desde el

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primer minuto; la del cliente era una inspección de “yo te he visto de algún lado” o de

maricón acechando a su próxima víctima. Shai se incomodó, pues el talante del

cibernauta le sugería la segunda opción, más que la primera. Pero él tenía una

facilidad: podía ser dios en esa aldehuela virtual. Hizo clic en la pequeña pantalla que

reflectaba los movimientos del PC número siete, ésta se maximizó, ocupando gran

parte de su monitor y se dispuso a espiar las ventanas que abría o cerraba, el

contenido de su navegación virtual. Tenía cinco páginas abiertas: la de El Antro, la de

un sitio porno para homosexuales, Hotmail y Facebook en el perfil propio. El tipo era

Alfonso de la O, estudiante de Arquitectura de la Universidad de Chile, seguro que

compañero de Vitoko, sino, al menos conocido o algo. Observó su foto y pudo

analizarlo, sin el miedo de que se pasara rollos de ningún tipo; y claro, era el mismo

tipo que alguna vez había visto en algún carrete de la facultad y que sabía, era íntimo

de la ex de Víctor y, por defecto, enemigo de él y de sus cercanos. Pronto hizo el

análisis de los amigos de Alfonso en la red social y encontró a varios conocidos,

compañeros de carrete, brothers de copas y eso. Pero también a entes desconocidos,

algo oscuros, como de la familia de los gallos que pasaban los fines de semana por

Monjitas, tarde, cerca de medianoche, disfrazados de vampiros. En esas reflexiones se

encontraba Shai cuando Alfonso minimizó su Facebook y procedió a revisar su correo.

Ahí nada de prohibido, nada más que cadenas con PPTs subidos de tono, bien maracos

– seamos claros- y Spam. Shai sonrió reflejamente y tendió a mirar al sujeto, éste se

sintió percibido y al mirar devolvió la sonrisa, acto que incomodó al primero, tanto que

empaló los músculos de la cara, “no sea que este fleto piense que me está pichando”.

Un sorbo de Coca Cola, va a la carpeta Música, doble clic, se abre ésta y frente al

listado escoge un disco de mp3 de música anglo del ochenta; esperan en la barra de

herramientas dos ventanas minimizadas en las cuales trabajaba antes de que el amigo

de la cuática Agnes, la ex del Vitoko, llegara a revolver las aguas de este día

demasiado sosegado.

75
Pasaron algunos minutos y Víctor, que estaba conectado a la red, pero sin Messenger

abierto – que es una lata, hueón, no avanzai nada y parecí pendejo chateando- al abrir

su correo encontró un email de Shai. Tenía novedades.

COMPADRE, LAS NOTICIAS SE AMPLÍAN

De: shai_pmatriz@gmail.com

Enviado: jueves, 05 de julio, 2007 21:07:02

Para: victor_gaudi@hotmail.com

Estimado Vitoko: caleta de novedades. Primero: el canuto amigo de tu ex es ahora toda

una celebridad en la red. Más de cien mil visitas en dos semanas, un record y con

posteos de gente de todo el globo. Eso por un lado, lo otro, ven a verme o veámonos

mañana, pasó una weá super cuática. Vino el Alfonso, Alfonsín, el amigo de tu ex y el

culiao llegó entero de borracho. Pude cachar lo que chateaba con otro maraco y estaba

pa la cagá: peleó con su amiga Agnes, pero así, muy a concho, tanto que la mina lo

echó de la casa. Y ¿sabís por qué? El culiao se metió a un dormitorio “prohibido” que

tiene tu ex en su departamento y hubo bronca grossa. Me dio risa, ql, estaba pa la

cagá, se puso a llorar y lo vi por su web cam, culiao cochino se sonaba los mocos con

una hoja mugrienta que sacó del papelero. ¿Adivinai lo que vio en el cuarto y por qué la

mina se puso tan cuática? Ven a verme y tomémonos unas chelas, verdad, yo me rajo

por esta vez, y nos vamos al latas o al mesón. Ahí te cuento, es una weá re loca; te

conviene.

Nos vemos

Shai

76
Tan pronto abrió el email y leyó el contenido, Víctor indagó por la hora en que había

sido enviado: sólo unos pocos minutos atrás. Sabía que Shai, al igual que él, no

acostumbraba a mantener el MSN abierto, pero supuso que, por la urgencia, había

hecho una excepción. Pronto abrió el programa y el único en línea era precisamente,

Shai; seguro le estaba esperando.

VItoKO, AKOmpaÑado y Bn : Hola perrín

SssssHHHhhHaIIIIIiiii LVOHL : Vitoko, cómo estamos? Tngo kleta d

novdads, flako, tnmos puro k juntrnos.

VItoKO, AKOmpaÑado y Bn : xuxa, m djast metío con la weá, n c- rio k tní

noticias?

SssssHHHhhHaIIIIIiiii LVOHL : d+

VItoKO, AKOmpaÑado y Bn : a k ora sales?

SssssHHHhhHaIIIIIiiii LVOHL : 12

VItoKO, AKOmpaÑado y Bn : xuxa, ql, iwal. T paso a bskar XD

SssssHHHhhHaIIIIIiiii LVOHL : BKN t spro oye stai dnuevo kn la piera?

VItoKO, AKOmpaÑado y Bn : sep

SssssHHHhhHaIIIIIiiii LVOHL : y K tal?

VItoKO, AKOmpaÑado y Bn : bn, 0 rollos. // toy apurao, perro, t paso a

buskr

SssssHHHhhHaIIIIIiiii LVOHL : too bn, ns vmos a esa ora. Xao XD

VItoKO, AKOmpaÑado y Bn : xao, 

Agnes, también afectada por la situación ocurrida en la tarde, pensó en llamar a la

única persona que tenía cerca de sí: Emanuel. Pero él no usaba teléfonos, ni correo

electrónico. Con suerte conocía difusas coordenadas que señalaban la cercanía de su

casa, en la comuna de Puente Alto. Agnes no conocía más allá del campus San

Joaquín de la Universidad Católica por el sur y por el poniente el metro Las Rejas. Salir

77
de su casa y llegar a un punto lejano, que bordeaba los límites de la Región

Metropolitana, era dificultoso para ella que apenas sabía andar en microbús por las

calles endemoniadas de Santiago de Chile. Pero se lanzó al vacío de la noche, esa

noche incierta, apática y helada de la capital, que empieza con el retiro de los obreros

a sus casas, con la desnudez de las avenidas principales. Encima del largo microbús

Agnes observó el Santiago que no conocía, y con los matices góticos de la noche leyó

la ciudad con los ojos de Kulczewski; asomaron sus pensamientos pasados; el viaje por

la capital fue, al mismo tiempo, un trayecto por su existencia tórrida y misteriosa,

tocando por primera vez en años los recuerdos que había acostumbrado a bypassear,

por comodidad o cobardía, no lo sabía aún. Su vida poseía los rasgos paranoides y

esquizofrénicos que ostentaba Santiago: diferencias polares, la sensación de que todos

persiguen a todos, la animosidad de que todo parece funcionar, pero nadie lo hace de

modo satisfactorio. Era su diagnóstico sobre si misma, sin embargo, luego de algunos

meses de tratamientos algo interrumpidos, siempre rehuyó ir a la consulta terminal

para conocer el dictamen médico de sus afecciones, por miedo, pero no sabía a qué.

De enfrentarse a la verdad, pensó, y ahí surgía una contradicción: a veces la

incertidumbre era más llevadera que la certeza, pues la primera admitía un espacio

para comodines intelectuales, pensamientos que rumiados por la mente, pudieran ser

considerados, al final del proceso, verdades parciales. El llegar al diagnóstico, sin el

trauma de la expectativa, casi como se llega a una deducción fútil tras algún problema

doméstico. Pero el pavor vino tras de él y pensó cambiar de pensamientos; ahí estaban

los números, tres paraderos, un poste cada cincuenta metros, las líneas continuas de

la calzada dos, por cada segundo, o una cada segundo si es que el microbús bajaba la

velocidad a cuarenta por hora; el cabello de mamá obstaculizando el desagüe del

lavamanos, ella jugando con agua, recolectando cabello por cabello, e hilvanando en su

dedo las fibras castañas mezcladas con jabón. Ella en el espejo, con una máquina de

afeitar en las manos, temblando, con los ojos colmados de lágrimas, rasurando su

cabeza rayada en partes con las marcas de historias antiguas. Sus piernas colgando del

78
asiento del microbús, su reflejo imperfecto en la ventana, la gente esperando en los

paraderos, está que se pone a llover,

EMANUEL : Sor falleció pobre, olvidado; después de la gloria, tras

alcanzar la cúspide en la composición musical, la muerte de su hija lo sumió en un

sobrecogedor estado de depresión y falleció a causa de esto. Cómo, me pregunto, si es

que la armonía de los sones actuaba hasta en las más minúsculas partes de su cuerpo.

AGNES : La razón también por la cual Kulczewski sobrepasó la sima.

Nadie habla de sus muertes; son episodios tabúes, rompen la coherencia de la

secuencialidad brillante.

EMANUEL : Y quién determina la coherencia, sino el lector, el receptor

de los actos. Los orientales leen el suicidio como un acto de honor.

AGNES : Es un asunto cultural.

EMANUEL : Pero también un acto individual; esgrimo que el ser

humano es menos gregario de lo que se piensa. Cada ser humano, en rigor, está

inexcusablemente solo, ¿por qué tratamos de negarlo? El cruzar la sima es una

plegaria por reconocer esa necesidad, el volver al rumbo natural. Han criado a la

humanidad exaltando los valores sociales, denostando la individualidad, burlándose de

los protohombres que han muerto solos, aferrando sus luchas hasta el final o, mejor

dicho, a lo que ellos llaman final.

AGNES : ¿No es eso el final?

EMANUEL : Los finales son comienzos, al mismo tiempo. La vida en la

son tres minutos en una existencia de cientos de años.

AGNES : ¿Y qué si lo que dices no es verdad y que la vida terrena

es la única vida existente?

EMANUEL : ¿Y qué si lo que digo es cierto?

el viento voltea las hojas secas del suelo, las caras tristes de los

ciudadanos olvidados por el poder, las primeras gotas se ponen frente al chofer en el

parabrisas, escupitajos del cielo, la sensación de miedo, pero no saber por qué, dónde

79
están los pensamientos que lo provocan, es decir, la experiencia que los alimentó y en

qué parte o bajo qué mecanismos han sucumbido al olvido, la mente es tan intrincada

como las grandes ciudades y su red de inagotables avenidas. Las calles aquí son

pobres, la avenida Santa Rosa y sus galpones introductorios, las casas pareadas, las

plazoletas lúgubres – pájaros negros colgando de las ramas lánguidas de los árboles- la

calzada sinuosa, harapientos caminando entre los botes de basura,

GIGLIOLA : No me di cuenta, hermana, se me quebró una uña; qué

tristeza…

AGNES : Oh, déjame verte, tienes un poco de sangre, Gigi, dime qué

hiciste…

GIGLIOLA : Traté de… arreglar la llave del lavamanos. No debí haberlo

hecho. Me duele, Agnes.

AGNES : Espera, voy a buscar el botiquín.

GICLIOLA : Por favor, trae de paso el cortaúñas.

AGNES : (la observa extrañada, casi con susto) No me digas que te

cortarás las uñas…

GIGLIOLA : Qué quieres que haga, qué saco con tener todas largas y

esta corta.

AGNES : Te pondrás una uña postiza. Asunto arreglado.

GIGLIOLA : No.

AGNES : Vuelve a tu cama, yo te llevo las cosas, incluido el

cortaúñas. Prefiero que lo uses antes de que vuelvas a comértelas.

GIGLIOLA : (Triste) Hacía cinco meses que no lo hacía.

la gente bajando de los

buses, caminando consternados a sus casas, las gotas de la lluvia atosigando a las

charcas oscuras, los vidrios del microbús se comienzan a empañar según suben

pasajeros, hacia dónde voy, se pregunta ella, tremolante.

80
Mendieta pronto comprobó que una red de silencios guardaba con severidad el

incidente de la santa y su hijo en el hospital. Tuvo, felizmente, el cuidado de no

preguntar en forma directa por aquel episodio, sino de modo tangencial, sugiriendo

preguntas gatilladoras que pudiesen desembocar en la temática que le interesaba. Los

empleados más antiguos guardaban la historia del hospital con cierto recelo, quizás el

del obrero que se siente desganado y se desquita de sus frustraciones guardando

silencio, un mutismo odioso que desencadena la antipatía del interlocutor. Pero

Mendieta superó la emoción, pues en el instante en que hubiese respondido de mala

gana frente a la reserva de los paramédicos, también cerraría todas las puertas para

seguir investigando. El plan, ahora, era buscar una nueva estrategia para hacer frente

a los escollos iniciales que había tenido la investigación.

Se dio el trabajo de revisar en la central de documentación del plantel las fichas

médicas de los pacientes ingresados a la unidad de maternidad en el tiempo en que

Zumarán le había sugerido. Luego de dos noches de búsqueda, tras una llamada al

psiquiatra y una conversación tensa con una vieja enfermera que le preguntó de mala

gana qué hacía él allí y tan tarde, cayó en cuentas que los papeles del día en que María

había ingresado al establecimiento desaparecieron, junto a los demás ingresos de

pacientes ese día y los siguientes. Con decepción Mendieta guardó los folios

amarillentos y se despidió del empleado que atendía y que guardaba sus elementos de

onces. Era temprano, aún la luz del día, sino en plenitud, al menos en resabios del sol

que había alumbrado antes, caminó sin rumbo por los pasillos del viejo hospital,

buscando quizás alguna pista providencial que le sacara del punto muerto en el que se

encontraba su indagación. Observó por los ventanales lejos, a la cordillera, lugar sobre

el cual imaginó el cometa mencionado por Zumarán treinta años antes. Sufrió una leve

corazonada: qué tan poderosos son los hechos como para que recuerden,

accesoriamente otros que suceden en un contexto, como especie de nemotécnico.

Preguntar, a alguien con más de treinta años en el hospital, si recordaba los días en los

cuales el cielo de Santiago había dejado mostrar el cometa West, a mediados de los

81
años setenta; entonces alguien, que seguramente guarda con sentimentalismo dichas

remembranzas, invocaría en ellas los sucesos relacionables, entre ellos la llegada de la

joven que decía haber sido depositaria de la simiente del Espíritu Santo. Seguiría

inquiriendo, así como sin demasiada atención, hasta que el informante vertiera la

mayor cantidad de pistas posibles sobre el caso. Pero el entuerto era, en el buen

sentido de la palabra, sólo una posibilidad lejana entre muchas y, en el mejor de los

casos, perdería el tiempo, pues el ejercicio debería hacerse una y otra vez hasta

conseguir algo. La realidad pensada nunca es, de buenas a primeras, tal cual se

presenta en lo concreto; pero la materialidad siempre se maneja en el eje sintagmático

– ¿algo en la construcción voluntaria en el hombre, o pura y llanamente un asunto

arbitrario?- y la infinidad de posibilidades son material de muladares, tras la

secuencialidad de una historia. ¿Podría tener la realidad, así como la imaginación,

distintos desarrollos paralelos, al mismo tiempo? La respuesta es sí: eso podría darse

en el plano de la interpretación; ningún hecho es el mismo, de acuerdo a la lectura del

receptor. Entonces bien podrían escribirse novelas de versiones – hay casos, pero lo

peor es que los novelistas no han reparado en ello- o narraciones que tuviesen muchas

posibilidades de desarrollo – Rayuela, por ejemplo, aunque el azar, que en nuestro caso

no debiera correr en el desarrollo escritural, sino un destino que pareciera ser causal,

pero, en rigor, invisiblemente y sutilmente controlado. Pero volvamos a la historia:

Mendieta está ahí observando parte de Santiago tras el ventanal, pero sus ojos no

están precisamente ejerciendo la labor; su mente navega en las probabilidades del

hecho, construyendo realidades a partir de la indagación. Una señora entrada en años

le observa desde la mampara que separa la sección de maternidad de la sala de

espera. Por algún motivo, indeterminable en esta perorata, la vieja salió de su sitio y

encaminó sus pasos a Mendieta, quien no se percató de ella, salvo cuando ésta se

encontraba muy cerca de sí y al voltear le provocó algo de susto.

- Disculpe, usted, señor.

- No se preocupe, pensaba con los ojos abiertos, no me di cuenta de usted.

82
- Le veo preocupado. ¿Espera a su señora? ¿Fue padre estos días?

- No.

- Y, ¿qué hace aquí, entonces?

- Nada más pensaba.

- Sus ojos están tristes. Quizá pueda ayudarle. Muchos hombres como usted han

venido aquí por infinidad de razones. A veces sus ex novias han tenido hijos y

ellos, pensando en que nunca más las pueden recuperar, se echan a llorar.

Otros han venido a insultar a sus mujeres por haberse embarazado, otros, como

suele suceder en la normalidad, vienen a ver a sus hijos con alegría.

- ¿Se puede ser virgen y quedar embarazada?

- …

- ¿Entiende mi pregunta?

- …

- Disculpe, no quise cambiar bruscamente la conversación, lo que usted me dice

es muy interesante, pero estoy aquí por eso, por la pregunta que le formulé. Si

no llego a ella es probable que enloquezca.

- ¿Usted me pregunta eso por la historia de la Pura, no cierto?

- ¿Perdón?

- Hablo de la Pura, una jovencita que llegó aquí al hospital hace unos veinticinco

o treinta años.

- …

- ¿Está bien?

- Sí, desde luego. Disculpe, en realidad no me siento del todo bien, pero no se

preocupe, se me va a pasar, es un asunto de la presión.

- Señor, no tengo tiempo ahora. Mi turno termina a las diez, si desea podemos

tomarnos un café; a usted le hará bien conocer esa historia. Excúseme, debo ir

a cubrir mi turno, vine aquí porque…

83
- ¿Por qué?

- … olvídelo, era algo sin importancia.

- Usted no puede decir eso; en mis pensamientos busco alguna palabra que me

ayude. Podría ser la que usted me iba a decir.

- … me da vergüenza expresarlo, usted parece ser una persona racional.

- De qué sirve la razón si no se es feliz… Por favor, dígamelo.

- Hoy soñé con la imagen de un señor que los días en que estuvo aquí la Pura

observaba en este mismo ventanal los movimientos de ella. Era alto, de

cabellos claros. Lo sorprendí rayando con la punta de una llave algo en la

muralla. No sé si venía por ella, pero la contemplaba con ternura cuando ella

caminaba por el patio o rezaba en un rincón de aquél. No lo reté; nada más se

percató de que me acercaba y se desentendió, me preguntó si es que había

visto el cometa…

- ¿Qué cometa?

- El Halley…

- Quizás el West, si es que me habla de treinta años atrás…

- Oh, sí, fue una confusión. Fue ese cometa que usted dice.

- Lo que usted me dice, ¿sucedió o me refería usted al sueño?

- Lo que pasó de verdad fue ver al tipo en el lugar en el que usted está. Él miraba

al patio.

- Lo otro era parte del sueño…

- Claro // Se me hace tarde; si desea conocer la historia de la Pura venga aquí

mañana.

- Estaré aquí temprano. ¿A qué hora le acomoda?

- Espere… No, mañana no puede ser. Comienza nuestra huelga. Venga hoy a las

diez.

84
- Muy bien. A las veintidós en punto. Nos vemos. Gracias. Perdón, ¿cuál es su

nombre?

- Eso no importa.

85
Mendieta sorprendido, ligeramente
obnubilado por el momento epifánico, La enfermera se despidió de él con
siguió viendo la postal de Santiago, las una sonrisa, caminó desprevenida
sombras de los edificios sobre las hacia la mampara en cuya puerta
construcciones del oriente. Con las manos
se erguía un letrero de cartulina
heladas y luego de rato, retrocedió para
caminar por las escaleras hasta el patio. que decía “Entrar sólo personal
Transitó por el pasillo buscando la salida autorizado”, sacó un manojo de
cuando tuvo una ocurrencia surreal. Dio llaves, con una de las cuales abrió
marcha atrás, subió rápido las escaleras –
el abrigo embrollándose en medio de sus
la puerta. Tenía tanta práctica que
piernas ágiles- llegó al piso en el que había pese a la cantidad de metales
platicado con la vieja enfermera, caminó escogió uno casi al tacto y se lo
rápido hacia el ventanal y fijó sus ojos en la introdujo a la chapa, abriéndose la
muralla, próxima al nacimiento de la
ventana; con las uñas removió un poco de
entrada casi en forma instantánea.
las capas superficiales de pintura, en el Dio unos pasos, esperó que la
lugar en que ésta se mostraba más puerta se cerrara sola y se ubicó
defectuosa, y llegó a la primera, antigua, tras un estante, con el cuidado de
celeste. He aquí lo sorprendente: en ella,
dibujada con una punta, de un cuerpo
que afuera no se asomara ninguna
metálico presumiblemente, la figura de una sombra tras el vidrio catedral.
estrella de David asomando del olvido de Sacó su celular y buscó con las
los años, de la oscuridad del olvido. claves < > un nombre registrado
Mendieta consultó por inercia su reloj; éste
marcaba las siete con veinte minutos.
en su agenda. Cuando llegó a la
Afuera, a un costado de la caseta de letra D, seleccionó la opción
vigilancia un teléfono público le invitó a DOCTOR y luego SEND. Pronto
contactarse con Zumarán. Condujo su escuchó el teléfono en tono
diestra al bolsillo del pantalón y de un
grupo de monedas que pudo organizar en
ocupado, tiempo en el cual
su palma, extrajo dos. Discó el número del aprovechó de cerciorarse de que
celular del psiquiatra; mientras escuchaba nadie le estuviese espiando
el tono de espera pensó: es una tontera alrededor. Cortó y volvió a repetir
soberana llamar, aún no sé nada; lo que he
encontrado es un dato entre muchos y,
el trámite. Esta vez escuchó una
eventualmente, no tenga relación con lo voz de operadora diciendo: Este
que investigo. Antes de cortar de teléfono está temporalmente fuera
improviso, con la vergüenza de estar de la zona de servicio; esta es una
cometiendo una estupidez, escuchó el
sonido tras el aparato, alguien al otro
grabación de ENTEL PCS. Una
extremo había apretado OK, pero en pocos tercera ocasión intentó discar,
segundos cortaba. ¿Qué sonidos pudo pero su esfuerzo porque le
escuchar Mendieta en esa fracción de respondieran tras del teléfono fue
segundo, lapso en el cual Zumarán se
arrepintió de responder con un aló? Pues
inútil. Guardó el celular y procedió
bien: ruido de gente, el sonido de un motor a dirigirse a la oficina de turno.
y luego tuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu.

Había llegado al conocimiento del Proyecto Matriz una tarde de verano, a una

semana de la conclusión de los certámenes en la Universidad. Eran días

aburridos, las calles de Santiago parecían cerradas al vacío; el smog tapaban

los soplidos del aire y el sol se adhería a las paredes de las avenidas y

construcciones. Sin ganas de salir del departamento – ni siquiera para comprar

comida- se echó a morir. Dos meses más de nuevo el jaleo de los estudios, no

viajaría a Valdivia a ver a los tíos por líos de plata y tendría que vérselas con el

hambre y el alquiler del estudio luego de los problemas que tuvo con el

administrador del Mc Donalds en el que trabajaba. Los problemas empezaron

86
porque Shai al llegar quedó prendado de una chica dos años mayor que él, algo

antigua en el local. El jefe, que tenía treinta y cinco, era casado, pero pretendía

a Nora, que era el nombre de la muchacha. La mina en realidad era bastante

agraciada, lejos, la más rescatable dentro del grupo de empleadas del local.

Tenía un pololo que estudiaba Educación Física en la Católica, un hueón como

de un metro noventa, bien parecido, tanto que se rumoreaba que había

participado en más de algún catálogo publicitario de tienda renombrada. Pero

el culiao se notaba, tenía otras entradas en otros lugares. La mina, que no

cargaba con muchos amigos, encontró agradable al Shai, que no tuvo mejor

ocurrencia que decirle el primer día, el día en que la conoció, que era gay, sólo

para que ella bajara la guardia, hicieran amistad y después intentar la

posibilidad de atacar con todo. Y bien, ella que creyó en el invento, le contó que

tenía un pololo, pero que sospechaba que el hueón la cagaba con una mina que

trabajaba como promotora de una marca de ron. Varias noches, después del

trabajo, ella le invitó a tomarse un trago y él, con algunas copas de más la

escuchaba y escuchaba y ella a veces le abrazaba y acariciaba el pelo, quizás

imaginando, pobre mariconcito, el único que me comprende y él, que ya

cortaba las huinchas por tirar la chela agarrarla de la cara, darle un beso y

tocarle la campañilla con su lengua, hacerle mierda los labios a besos, tomarla

de la cintura, romper la mini que usaba y hacerla cagar a cabezazos. Pero

chucha, tenía que sostener la mentira, al menos hasta que la mina atinara y él,

de algún modo decirle, ¿sabís que? Parece que me estás volviendo hombre o

alguna weá parecida, aunque la frase era demasiado fantástica, (cuando un

weón fleto se vuelve hetero de la noche a la mañana, ni cagando). Pero un

viernes la mina tomó más de la cuenta y le dijo a Shai que lo acompañara a su

casa, que su mamá a esa hora ya estaba durmiendo y él dijo para sí, bueno,

esta es mía, pero después le dio lata, porque en verdad la quería, y el papel de

homosexual le hacía un personaje, no la persona que era, dentro del contexto

de la realidad. Pero igual fue, se acostó con ella y ella le hizo el amor – porque

no podía ser al revés; había que sostener de algún modo la mentira- y él súper

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tímido, tanto que no pudo ni acabar, luego de los tres orgasmos de la mina y

con cuática: gritos, rasguños en la espalda, ojos blancos incluidos, líquido azul

en la boca. Chucha, qué penca, y se sintió como el mismísimo forro, hasta que

no aguantó más y en la mañana le dijo que en realidad no era gay, que lo había

hecho para ser su amigo y la mina se urgió caleta, le bajó toda la pureza y se

puso a llorar por haberle sido infiel a su pololo. Lo echó a punta de peluches,

cojines y libros de su pieza, llamó al jefe y le contó toda la verdad de Shai, el

empleado ejemplar del mes de junio de 2005, con foto sonriente y todo, que se

había hecho pasar por fleto para violársela, así de maraca.

Sin finiquito, con el miedo de que el cabeza de músculo lo buscara por toda la

región metropolitana se fue del local, se encerró en su apartamento y se quedó

ahí, un par de viajes a la Universidad y eso.

Pero los días habían pasado y él no tenía ya ganas de esas tortuosas aventuras

de gañán. Por lo mismo decidió cambiar de trabajo, dejar de lado el

imperialismo, el neoliberalismo y su mala suerte e irse a una pega un poco más

consecuente con su pensar. Un compañero de universidad le contó que su

primo, Pedro, administraba un ciber que era de propiedad del padre de éste, es

decir su tío, y que necesitaba a un joven responsable que atendiera por ciertos

horarios, en los cuales Pedro tenía que ocuparse por su señora e hijo de tres

años. Así resultó todo, rápido y en forma milagrosa, es que otros cyber son unos

antros, sobre todos los que quedan en las galerías comerciales cercanas a la

plaza de Armas, y no es que acá es repiola, y si tienes dramas de horarios te

arreglamos el turno, y podís sacar bebidas o ramitas, pero con medida – anotas

no más- y eso no se te descuenta sino que es un beneficio, y es el sueldo

mínimo, pero ojo, la pega es muy, pero muy relajada y en el mejor de los casos,

si es que la haces bien, puedes trabajar y estudiar al mismo tiempo, si es que

puedes hacer lo que los hombres no acostumbran a hacer: dos cosas a la vez.

Pero estaba ahí, antes de que pasara eso, chato, tirado en el piso de flexit,

porque afuera hacía mucho calor, con el torso desnudo, el pelo mojado, tratando

de buscar señales inalámbricas de Internet direccionando una antena

88
construida con un tarro de papas fritas y alambre, así a lo bestia, y claro,

encontró algunas, pero todas con seguridad habilitada y mierda, ahora cómo lo

hago; simple, lo que haría todo chilewariano: meterse al foro Internet y Redes.

Ahí encontró un generador de claves y todo listo. Con su Notebook IBM navegó

noche y día por el ciber espacio y claro, en una revisión por sus páginas

preferidas se topó con los videos del Proyecto Matriz. Entonces estudió la zaga

completa, investigó los temas sugeridos; luego de días de encierro productivo

salió a comprar al almacén y mientras se tomaba un jugo, de vuelta, pensó en

que la información leída esos días de ocio bien podrían se material para su tesis.

Le escribió un email a su profesor de universidad; luego de cinco días éste le

respondió explícame mejor, pues esto no es literatura y las teorías conspirativas

sí lo son, necesitamos temas serios, rigor científico, no cuentitos googleados. Se

sintió ofendido, ningún tema lo había apasionado tanto como aquellos sugeridos

por el proyecto; por lo mismo se bloqueó, su mente no encontró otros asuntos

de importancia que sobrepasaran los típicos contenidos recurrentes, y, por lo

mismo, se dejó estar. Apremiado por el tiempo, noche y día pensaba en el gran

escollo de terminar. Por esta razón había congelado la carrera, a sólo dos

semestres de haberla concluido; todos los cabrones ramos aprobados y la tesis,

pendiente. En eso pensaba todas las mañanas mientras se peinaba frente al

espejo; ese era su martirio, su tormento.

INTERIOR – CAFÉ CASSANDRA – SANTIAGO DE CHILE – MEDIA TARDE

La cámara muestra el interior de un café con piernas, un tipo de locales que abunda

en Santiago de Chile. Chicas jóvenes ligeras de ropa, sólo cargando un micro bikini

o hot pants ajustadas, dejando en evidencia casi la totalidad de sus cuerpos

sinuosos y contorneados; atienden tras una barra; los espejos en las paredes, luces

ultravioletas y rojas. Hay dos o tres parroquianos a esa hora en el tugurio. Entre

ellos Sanguinetti y Holz. Al comenzar habían pedido una cerveza cada uno; en la

escena van en la cuarta.

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HOLZ : Vos tenés unos veinte y pico años…

CHICA 1 : Veinticinco…

HOLZ : Perdoná, hice la del impertinente; verdad que creo que

tenés menos. Estás bárbara, en todo caso.

CHICA 1 : Gracias. ¿Tú trabajas?

HOLZ : Desde luego

CHICA 1 : ¿En qué?

HOLZ : Me… me dedico a los negocios.

CHICA 1 : ¿Negocios? ¿De qué tipo?

HOLZ : Eh, bueno, este… automóviles; importo automóviles de

marca.

CHICA 1 : Ah, qué interesante. ¿Fumas?

HOLZ : Sí claro, ¿vos querés?

CHICA 1 : Sí, gracias. Oye…

HOLZ : ¿Si?

CHICA 1 : ¿No quieres invitarme una bebida?

HOLZ : Este, sí, por supuesto.

CHICA 1 : Bien. La bebida para nosotras sale por dos mil pesos y

eso consiste en que una puede bajar de la barra, estar al lado tuyo y podemos

pololear un ratito.

HOLZ : Bah, ¿en serio?

CHICA 1 : Sí, claro. Lo que sí es que tienes que pagar al tiro.

HOLZ : Mirá, mejor lo dejamos para otra ocasión; tenemos que

cerrar unos negocios con el pibe que vos ves allá, el que está con la morocha.

CHICA 1 : Bueno… tú te lo pierdes.

HOLZ : Esperá…

Holz se dirige al sitio en que está Sanguinetti. Éste platica animadamente con una

morena exuberante que posee acento colombiano.

SANGUINETTI : Qué va, Holz, ¿anonadado de tanta mina junta, no?

90
HOLZ : No es menor, pibe, morrocotudas, como vos decís. ¿A

qué hora nos vamos?

SANGUINETTI : En media hora más, Holz, creo que es buena hora;

sabés que estamos celebrando nuestra hazaña.

HOLZ : ¿Qué te pareció el contenido?

SANGUINETTI : Por lo que vi al comienzo, bien, sólido, pero después en

la segunda hojeada me pareció discreto; posee de todo, desde notas testimoniales

hasta observaciones de conductas grupales. Debemos encontrar la lógica del texto,

que bien pudo haber sido contaminada con la lógica del editor, es decir, la del viejo.

HOLZ : Es un trabajo de tiempo, y es lo que menos tenemos.

SANGUINETTI : ¿Por qué?

HOLZ : La muchacha de la que te hablé dejó de venir a la

consulta.

SANGUINETTI : ¿Qué es lo que temes perder, una paciente o una joven

amante?

HOLZ : Me conocés bien. No puedo mentirte. Me derrito por

ella, pero no te lo puedo explicar, no podría hacerlo.

SANGUINETTI : Problemas atávicos; ella no es tu madre, sino la novia

adolescente que no tuviste.

HOLZ : Me lo he planteado muchas veces. Nada más quiero

que se recupere, por orgullo profesional, es un desafío; con frecuencia mis

pacientes se mejoran, esta vez no, y es, precisamente la mujer a la que deseo.

SANGUINETTI : Peligrosamente estás mezclando dominios. En lo ético

eso no está bien. Diculpame si te lo digo, pero es así; lo hago por tu bien. Olvídala,

dejá que se largue lejos. Si querés te ayudo con la máquina, pero cortá con esa

mina, Holz, el pasto tierno empacha al buey viejo. Cuarenta años no es poco,

moshe.

HOLZ : Tenés razón; actuaré con el seso, como siempre lo he

hecho, no con los huevos. ¿Otra cerveza?

91
SANGUINETTI : No, gracias Holz, es mejor que nos marchemos. Capaz

que los nazis también visiten estos lares. Buenas minas, ¿no?

HOLZ : Monumentos, che.

SANGUINETTI : ¿Querés echar un vistazo al tomo, Holz?

HOLZ : Por eso me acerqué aquí.

SANGUINETTI : Pedí una más, yo invito; mientras tanto voy a charlar

con la piba que platicaba con vos. Disculpá…

Holz saludó a la morocha, beso en una mejilla, beso en la otra; luego se largó con la

misma fórmula dialógica: como te llamás, que edad tenés, tenés hijos, ah, una hija

y ¿es tan estupenda como la madre? Y vos, ¿qué hacés en tus ratos libres? ¿Qué

música escuchás? Parece que me estoy enamorando.

Cuando la colombiana se excusó para ir en atención de otro parroquiano, él abrió el

texto de Binder con sumo cuidado; no quería contaminarlo con cenizas de cigarrillo

ni con la huella redonda del vaso shopero en el mesón; el fervor etílico había hecho

efecto, por lo mismo lo leyó con sueño, casi sin pasión, como si estuviese en una

ensoñación y largó un par de puteadas al nazi, tras lo cual golpeó el texto, llegando

a hacer tambalear el vaso y el cenicero. En el otro sector, Sanguinetti le sacó toda

la película y se acercó al él rápido.

SANGUINETTI : ¡Vos sos boludo, che! Mirá, es el libro de Binder, por mi

madre, Holz, ¿entendés?

HOLZ : Es un hijo de puta, torturador de mierda.

SANGUINETTI : (Temeroso) Callá, Holz, no sabemos quienes nos rodean.

Tomá el último sorbo y nos vamos, no quiero pasar vergüenzas con vos, ya no sos

un pendejo, entendé.

HOLZ : Está bien Sanguinetti, me despido de las minas y nos

vamos.

SANGUINETTI : Recordá: pagá la propina de tu piba, yo le doy el dólar

respectivo a la morocha y te despedís de dos besos, uno en cada lado de la cara.

Bien. Adelante campeón, y yo me llevo la joya nazi, vos estás muy borracho.

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Rápido cumplimentaron el trámite. Sanguinetti se llevó de un brazo a su amigo;

bajo la chaqueta del primero el libro que contenía, según Holz, el plano para

confeccionar la máquina del tiempo. La cámara enfoca el beso húmedo de Holz, un

nos vemos preciosa con la lengua floja como trapo, el copón shopero que casi se

cae al suelo, las risas de las muchachas del café, disculpá preciosa, mi amigo está -

así como dicen ustedes- más huasqueado que yegua en rodeo.

Engañar es posiblemente parte de un acto literario, un tipo de creación mediante el

lenguaje o mejor dicho, la obra de un lenguaje. La mentira presupone la sumatoria

de una serie de coartadas, hechos mínimos confabulados en la existencia de los

involucrados, versiones acordadas, un cúmulo de pormenores manejados con

minucia. Escapan, por cierto, a la obra tradicional, cuyo soporte es el papel; eso, no

obstante, no las hace menos literarias, salvo que se considere otro detalle en su

catalogación: la creación como obra de arte. Teniendo en cuenta estos dos

aspectos, a saber, lenguaje y arte, sumemos un tercero, enunciado líneas

anteriores: el soporte. Originalmente la literatura fue oral. Hoy existe esa variedad,

pero el soporte libro ha desplazado de modo dramático el primer sustento, el

cimiento maestro. Hablamos de literatura y relacionamos, casi de inmediato el

concepto con lo escrito. Qué si damos un paso más allá y sugerimos hacer una

novela, no en un libro sino que en las murallas de una ciudad. Deberíamos, por lo

demás, hacer un itinerario de cómo ha de ser leída; el creador debiera sugerir una

estrategia de lectura, que es lo que hace todo autor cuando escribe, perdón,

cuando crea un texto. Pero podría dar plena libertad al lector, llevándolo a lo que

estudiosos llaman ser un lector activo, capaz de crear una propia y personal

interpretación a partir de lo sugerido en una obra. Pero bien, la táctica propuesta

por el autor podría ser más libre que otras – la idea de texto como un tutor laissez -

faire – lo cual se explica mediante verbigracia en el párrafo siguiente:

Tal creador, que llamaremos X – o bien podría llamarse Y, Z, Q, usando nombre de

conjuntos matemáticos, pero se llama X, vaya a saber uno porqué - propuso

escribir una obra que no cabe dentro de las clasificaciones tradicionales. El soporte

93
era informático. La obra se llamaba “El disco duro del señor tanto” y era

comercializado por el mismo autor en bares y fuentes de soda de estudiantes. El

cuento previo era que el fulano le había vendido a él, por apuro, un PC antiguo, casi

obsoleto cuyos archivos habían sido borrados por el dueño. Cuando él lo llevó a su

domicilio, sus cercanos se burlaron de él, denostándolo por comprar una chatarra

informática y por ese precio. Cuando encendió la máquina se percató que

efectivamente las carpetas habían sido borradas, pero debido a la inexperticia del

dueño en los temas relativos a la computación, nada más los borró y dejó en la

papelera de reciclaje. Como quizás todo mortal, tuvo la duda, el morbo, la

curiosidad – aquí cada lector debe interpretar de acuerdo a su horizonte de

expectativas- de saber lo que contenía el índex de ese viejo computador. Era lo que

ofrecía el creador, a un precio módico de cinco dólares en el soporte de un CD ROM.

El asunto es que cómo lee uno dicho documento. Algunos lectores tomarán el

camino de la secuencialidad, otros, en cambio, escogerán otro orden de acuerdo a

criterios personales. Hay otro punto a considerar: no todo en dicha obra es

lenguaje, es decir, sí, pero lenguajes de distinto tipo. Fotografías, música, PDFs,

PPTs, Softwares, dibujos graficados en Paint, en fin, todo lo que uno podría guardar

en sus archivos y que sólo tiene conciencia de ello cuando debe formatear el disco

duro y respaldar todo cuanto posee.

Pero me he alejado del tema. Hablábamos de la mentira. Decía que el engaño de un

amante bien podría ser relacionado con una obra literaria en cuanto a construcción

de una verdad. A esta verdad “mentira” llamaremos (verdad), así, con paréntesis.

La obra literaria es una (verdad) para quienes la leen, pero la diferencia está es que

su estatuto nos anuncia que no es real; entonces, el lector se presta para el

“juego”: él sabe que eso no es la realidad, sino una “mentira”, es decir, una

(verdad). Quizás es la diferencia cuando una mentira, un engaño, ocurre en la

“realidad”: la (verdad) no necesita ayuda, no requiere de elementos verosímiles de

parte de un autor, aunque sí, cuando se sospecha de la veracidad. Para que la

(verdad) sea creída el autor recurrirá a sus argucias, al aparataje que tenga en sus

manos, sino, como último punto el silencio. Refirámonos a dos “novelas exógenas”:

94
la llegada del hombre a la luna y el ataque a las torres gemelas. He aquí dos claros

ejemplos de cómo un grupo de poder de una gran potencia – que podríamos afirmar

no es el gobierno de ese país, sino un corpúsculo minoritario que ostenta la

potestad en tinieblas- , en complot con los medios de prensa y el aparato

gubernamental, ha creado, en la historia reciente, acabados montajes para engañar

al orbe con el propósito de concretar sus crueles propósitos. Es, en todo caso, el fin

por el que uno miente. Existe cierta diferencia entre estos montajes y el de carácter

literario, digámoslo, no son idénticos. La cuestión es analógica a la magia, por

mencionar un caso. Todos sabemos que el mago no hace precisamente “magia”,

pues esto implicaría, por definición, poseer ayuda sobrenatural; lo que hace es

lograr un efecto que logra cautivarnos, que nos hace creer que detenta poderes

trascendentes. Pero no es así. Pues bien, magia y literatura se asemejan en que la

(verdad) requiere elementos para sostener la verosimilitud en virtud de que

sabemos que no es verdad. La (verdad) presentada en la realidad, en cambio,

carece de este aspecto, al menos en lo que todos pensamos. He aquí una hipótesis:

la problemática propuesta no es más que una ilusión, la realidad no es toda verdad

en la medida que es construida sobre la base de versiones que son la suma de

perspectivas, prioridades y omisiones. Creemos en ella porque el soporte y el

contexto nos dice eso; pero que suceda un milagro, científicamente comprobable:

lisa y llanamente no lo creemos. Ahí la incredulidad. Pero que cambie el sustento,

que cambien las coordenadas, que cambie la “realidad”: también mudará nuestra

emoción; subiremos la guardia, observaremos con recelo y distancia.

Creo que me he empantanado. La cuestión era decir que existen millones de

creaciones en nuestro mundo que son literatura; millones de personajes deambulan

y coexisten con nosotros. Personas que se visten como su artista predilecto, que

hablan como su referente social, sujetos con personalidades prestadas, que a su

vez, son parte de una obra mayor, (escrita) por elites que dominan el mundo.

¿Dónde están los límites de la verdad y la (verdad)? Con tomar conciencia del

problema se está dando el primer paso para la determinación de sus líneas

limítrofes.

95
INTERIOR – EMBAJADA DE ISRAEL – SANTIAGO DE CHILE – MEDIA TARDE

La imagen muestra la sombra del embajador de Israel en Chile y dos hombres;

están sentados; el primero tras su escritorio, los dos en sendos asientos; la cámara

está a contra luz por lo cual vemos nada más que sus sombras y como telón de

fondo la ciudad de Santiago de Chile. Las manos de uno de los hombres en primer

plano. Platican en hebreo, por lo que mientras lo hacen, aparecen subtítulos

amarillos en pantalla. Luego se muestran los dedos del embajador acariciando la

superficie de un grupo de fotografías; vemos parcialmente aquéllas; imaginamos,

por su arte, que han sido tomadas a distancia, son algo borrosas.

EMBAJADOR : Schwartz me había enviado mediante un mensajero que

vendrían pronto a Sudamérica. Puse en duda, originalmente, los verdaderos

propósitos del Concilio. Todas las cosas tienen su advenimiento. Era lo que todos

alguna vez esperábamos. Somos privilegiados.

MIKHAEL : Usted tiene razón; los ancianos tienen muchas

expectativas en nosotros; no queremos defraudar a la nación.

GRAVRIEL : Por eso tenemos miedo; queremos pedirle ciertas

garantías. Hemos sabido de redes de protección a gente hostil a nuestros

propósitos. El tema puede parecer antiguo, pero no lo es si consideramos los

atentados de Ammia, en Buenos Aires, los actos y palabras xenofóbicas que se dan

de vez en cuando en los medios chilenos.

EMBAJADOR : Me llama la atención; no podemos demostrar miedo. Lo

que investigarán no posee relación con asesinos de guerra. Es parte de nuestra

historia; es, en rigor, cerrar un ciclo. No hay nada que esconder; aunque es obvio

que no lo publicaremos. Se manifestará en el momento esperado, en el instante en

que el mundo esté listo.

MIKHAEL : No fue muy difícil sacar las vistas; empero dar con el

doctor fue algo complicado.

96
GRAVRIEL : El Concilio llegó a su nombre luego de años de estudios,

tras una serie de comparaciones, deteniéndose en millones de documentos. Lo

tenemos tan cerca de nosotros; Adonai nos libre de cometer errores.

EMBAJADOR : ¿Qué es lo que saben de él?

MIKHAEL : Sus padres vivieron en Polonia a comienzos del siglo

pasado; tras el holocausto perdió a su madre en Auschwitz; junto a su padre y

hermanos se trasladó a Argentina. Allí estudió Psicología.

GAVRIEL : Allí tuvo contactos con algunos asesinos de guerra

disfrazados, gente escondida de nuestros agentes y pueblo.

MIKHAEL : Luego se trasladó a Santiago. Aquí posee una consulta

psiquiátrica. Sus pacientes son gente influyente.

EMBAJADOR : Yo le conozco desde hace algún tiempo. Participa

esporádicamente de nuestras actividades. Es un tipo afable. Si desean podemos

hacer algo desde aquí, pudiera ser que quisiera prestar colaboración.

GRAVRIEL : Señor embajador, nuestro temor es que este tipo,

sabiéndose importante, inutilice nuestros planes y los divulgue al mundo para su

beneficio.

EMBAJADOR : Pero tarde o temprano lo sabrá, si es que no lo sabe.

MIKHAEL : Es probable. Usualmente la descendencia de nuestros

próceres saben de su sangre especial. Un hijo de rey bíblico debiera saberlo.

GRAVRIEL : Pero no lo sabemos.

EMBAJADOR : Respetando los consejos del Concilio y otorgándole el

respeto debido, quisiera formularles una pregunta.

MIKAHEL : Desde luego, para eso estamos.

EMBAJADOR : ¿Por qué motivos lo buscan?

GAVRIEL : …

MIKHAEL : …

EMBAJADOR : ¿?

GAVRIEL : Nos asombra su pregunta.

MIKHAEL : Pensamos que ya lo sabía.

97
EMBAJADOR : Entiendo sus procedimientos, pero no sé a ciencia cierta

porqué deben contactarlo. Sé que pertenece al árbol genealógico del Rey; el

ubicarlo, ¿cambiará en algo su condición?

MIKHAEL : El Concilio ha interpretado, de acuerdo a la lectura de la

Torah y los profetas, que el Mesías saldrá de dicho árbol. Debemos procurar que esa

palabra se cumpla; ha llegado el tiempo de redención para el pueblo de Israel.

EMBAJADOR : ¿No conoce Adonai todo lo que pasa en el planeta, lo

que va a suceder y sus designios ya están escritos de modo de que no se puedan

transgredir?¿Por qué, entonces, ayudar a que se cumpla, si sucederá igual?

MIKHAEL : No es eso. Lo sabemos, sólo que queremos ver de cerca

lo que ha sido anunciados por la ley y los profetas, tener los pormenores por la

seguridad de nuestro estado.

GRAVRIEL : ¿Comprende usted, señor embajador?

EMBAJADOR : Sí, perfectamente. Sólo quería que me aclararan

personalmente el asunto, no soy un tipo demasiado devoto y los detalles teológicos

ciertamente no logro entenderlos a cabalidad.

MIKHAEL : Le contactaremos con estudiosos de la materia acá en

Chile, que poseen relación con el Concilio. La temática está siendo tratada de

manera abierta en distintas escuelas de judaísmo, pero sólo a nivel especulativo y

teórico.

GAVRIEL : Algunos periodistas y de modo periódico, hacen alusión

a la temática; pero eso no es peligro.

EMBAJADOR : ¿Cuándo retornan a la Nación?

GAVRIEL : Es posible que en una semana más. Sólo queremos

confirmar la identidad de los involucrados, tener contacto con ellos y que

voluntariamente nos informen.

EMBAJADOR : Querrá decir del… involucrado.

MIKHAEL : Usted tiene razón; conceptualmente buscamos a un

hombre. Pero los cálculos del Concilio podrían ser inexactos.

EMBAJADOR : ¿?

98
GAVRIEL : El descendiente de la tribu de Judá tiene descendencia;

uno de sus hijas es la madre del enviado.

EMBAJADOR : ¿No podría ser él el padre del Enviado?

GAVRIEL : Las profecías, de acuerdo a la lectura del Concilio, no

darían lugar a eso. De acuerdo al Génesis el Mesías provendría de la simiente de la

mujer. En rigor, una mujer inmaculada, que no ha conocido varón, será la madre del

Enviado. Éste, de acuerdo a lo dicho por el Concilio, ya habita en el mundo.

MIKHAEL : Calculamos que su ministerio público ha empezado.

Está próximo a cumplir treinta y tres años.

GAVRIEL : De acuerdo a nuestras investigaciones el doctor en la

actualidad vive solo; su familia está dispersa; posee un hijo y una hija, pero

sospechamos que pudiera tener más descendencia; de ahí nuestra… preocupación.

EMBAJADOR : Estoy sorprendido. Durante miles de años hemos

esperado el advenimiento de El Mesías y pareciera ser que estamos a las puertas

de eso previsto por nuestros profetas. Pero, ¿por qué en Chile? ¿No expresaban los

profetas que el Escogido de Adonai nacería en Bet lehem?

GAVRIEL : Usted tiene razón. Dicho punto fue ampliamente

debatido por los ancianos; fue quizás el detalle más controversial.

MIKHAEL : Se determinó que la familia del doctor partió de ese

punto geográfico a Polonia a comienzos del siglo; el acto coincide con la profecía.

GAVRIEL : No fue el único aspecto debatido por el sínodo. Pero

luego de todo estamos acá, para cumplir con los requerimientos de la Nación.

EMBAJADOR : Todos tenemos la obligación de hacerlo.

La cámara termina con un close up del Embajador, para luego hacer un corte y

llegar nuevamente a las fotos encima del escritorio; en una de ellas Sanguinetti

platicando con Holz en un café cercano al Parque Forestal; el último hojea una

revista. Negros del África, la foto de un escritor, letras tras letras. El desierto de

Atacama. Las montañas de Suiza. Fade out.

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La imagen tiene la textura de una fotografía captada por una Lomo Kompakt

Automat. Vemos un descampado en el sector metropolitano de Puente Alto. Está

nublado; los elementos poseen un marcado tono, como el paisaje cuando ha

terminado de llover y el ambiente disipa su humedad, de modo que vemos los

elementos con más intensidad de la que poseen. Es el efecto que produce la

Lomografía, en rigor.

Hay inquietud, aunque el paisaje es bucólico. Decenas de personas corren; la

cámara está delante de ellos y percibe cómo van creciendo mientras avanzan. Los

árboles mueven sus ramas con el viento. Es medio día de un día invernal, nubes

plomizas majestuosas. La gente demuestra miedo en sus rostros, se apresura por

llegar a destino, poco a poco vamos distinguiendo quienes son: adolescentes,

adultos, señoras, algunos niños. Entre ellos Emanuel. Es él quien ocupa el centro

del rectángulo de la cámara, hasta quedar en primer plano. Se detiene, luego todos

también lo hacen y miran con pavor hacia delante, algo que está de espaldas a la

cámara. El rostro apretado del predicador; los niños estallan en llanto, luego todos

en vómitos y congestiones; excepto Emanuel. Un poco de humo se filtra en la toma.

Corte. La cámara muestra el gigantesco orificio dejado por un meteorito.

Agnes despierta con un grito. Su dormitorio se inunda de miedo.

Poco antes Lourdes le había invitado a su casa; su esposo había viajado hace algún

tiempo hacia Haití, lugar en el cual cumplía labores militares para las fuerzas de Paz

de las Naciones Unidas, en su calidad de coronel del Ejército de Chile. Su hijo, le

visitaba de vez en cuando ya que al cumplir mayoría de edad le había pedido a su

padre independizarse y aquél, como modo de congraciarse (quizá calmar el peso de

conciencia que llevaba por no pasar mucho tiempo con la familia) le había

comprado un estudio de soltero en las cercanías del barrio Brasil. Sólo vivía con ella

su hija Tiare, con quien compartía secretos, incluido el affaire que durante meses

intentaban sostener sobre la base de redes de argucias para que los familiares y

amigos no se enteraran.

100
Días antes del hecho, Lourdes había organizado una pequeña cena íntima para

reconciliarse con Eduardo, su cuñado y amante, quien en reiteradas ocasiones,

sumido en el miedo de que la relación entre ellos saliera del secreto y se instalara

como una incómoda verdad en su círculo cercano, había cortado relaciones con ella,

muy a su pesar. Esa noche Tiare le recibió en el antejardín, invitándolo a entrar a la

sala. Adentro Lourdes esperaba a Zumarán ataviada con un vestido negro ajustado

y un peinado brillante, sencillo, que hacía lucir su cuello hermoso. Ésta le ofreció un

aperitivo; él aceptó, aún sorprendido de la belleza de la mujer, diferente a la que

mostraba cada día en su lugar de trabajo.

Antes de cenar Lourdes le anunció que su hija le tenía una sorpresa, a propósito de

que cumplía años en dos días más. No tenías qué molestarte, le dijo él; hubiéramos

esperado celebrar en casa; pero no, le respondió ella, no es lo mismo a solas que

con gente, tú sabes, sino, ¿cómo demostrarnos afecto?; y él, entonces, preocupado

de que su sobrina escuchase a la mujer, le expresó en voz baja: sabes que no me

gusta ser tan osado, podrías haberle no dicho a ella, uno también tiene vergüenza y

dignidad, con qué valores va a crecer, por Dios; ella: qué cómico, tú, hablando de

valores; seguro vamos a terminar discutiendo de nuevo, él, cortemos el juego de

una vez. Está bien, Eduardo, perdóname, olvidemos lo malo, disfrutemos.

Pronto llegó Tiare vestida con un atuendo de odalisca árabe. El psiquiatra se

sorprendió, luego la emoción desembocó en pudor. La joven tenía apenas dieciséis

años, peligrosamente se parecía a su madre; las ondas de su cuerpo eran sinuosas,

la piel que las formaba era tersa y blanca. Mientras la muchacha bailaba Zumarán

se olvidó que la muchacha se trataba de su sobrina, hija de su amante y neutralizó

sus valores por un rato. Imaginó que ese cuerpo que se movía se chocaba con el

suyo y su piel podía sentir la tersura de la carne joven de ella, quizás pensó que la

poseía, que la hacía suya, sobrepasando la cima de lo prohibido, que besaba su

cuello perfumado y su sexo lograba abrir la concavidad perfecta y húmeda que cual

nido esperaba ávida entre sus piernas. La ensoñación fue magnífica, casi un

orgasmo no deseado, tanto que Lourdes tuvo que señalarle que Tiare había

terminado.

101
- Disculpa, estaba en otra.

- ¿Te gustó?

- Sí, desde luego, Tiare baila muy bien. Me agradó mucho.

- ¿Sí?

- Tanto que podrías pedirme cualquier cosa y yo lo haría.

- ¿Cualquier cosa?

- Sí.

- Entonces… - Lourdes se acercó a él y puso su rostro frente al de Zumarán.

Con malicia le expresó- quiero que me des la cabeza de ese loco que te

atormenta.

- ¿Qué dices?

- Que lo mates. Sólo de ese modo podremos vivir libre nuestro amor.

Zumarán empalideció y se levantó del asiento en que descansaba. Caminó hacia el

ventanal en tanto la mujer se le acercó y le abrazó por la espalda.

- ¿Lo harás?

- …

- ¿Es que dudas acaso?

- (Piensa) Si te prometí que pidieras cualquier cosa, lo haré.

- No será difícil. Todo el mundo creerá que fue otro loco y asunto arreglado.

- ¿Estás segura? ¿No quieres otra cosa?

- Sí, lo estoy. Sería el mejor regalo que tú pudieras darme.

Los días previos Zumarán había sido perseguido por sus sueños y circunstancias;

conciente de que el secreto que guardaba con Lourdes tarde o temprano reventaría

con consecuencias funestas para ambos, no dormía tranquilo, se le veía distraído y

paranoide. Sus compañeros de trabajo en el Hospital psiquiátrico lo notaron extraño

y le sugirieron pedir licencia médica por lo que creían era stress. La petición de la

mujer pareció ser una clave para continuar la mentira; el doctor pensó en el

mecanismo para cumplimentar el acto, sin prever las consecuencias, sólo pensando

en los beneficios que le acarrearía que la verdad se mantuviera en reserva frente a

102
los demás. He aquí una demostración de estado paupérrimo de su condición; de ser

un médico brillante, de demostrar ser un director visionario, el mal le corrompió al

punto de procurar, a toda costa, sostener el pecado en el que se encontraba, pese a

que todo se transformaba en una pequeña bola de nieve que poco a poco crecía

hasta llegar a ser un aluvión con consecuencias insospechadas.

Ese día llegó a la hora acostumbrada, dejando el automóvil en casa; esperó el día

en que las autoridades anunciaron restricción vehicular para los dígitos de

automóviles catalíticos terminados en dos y cero- por la pésima calidad del aire-;

llegó a la misma hora de siempre y cumplimentó su labor recurriendo al mismo

ritual de todos los días. Al terminar la jornada informó a su secretaria que se

quedaría unos momentos más para ordenar papeles, misión que solía cumplir un

día cada dos semanas, por lo que pensó no resultaría sospechoso. La tarde había

oscurecido más temprano de lo habitual, un punto a favor para su plan.

Esperó el cambio de turno; sabía que la entrada sur a los pabellones era

resguardada por Mondaca, un funcionario perezoso, que acostumbraba a llegar

tarde al turno de tarde. El empleado que le antecedía varias veces conversó con

Zumarán, expresando era perjudicado por la actitud del tipo, ya que en ocasiones le

había esperado media hora o más, tratando de no dejar solo a los enfermos. La

repuesta de Zumarán fue clara: usted se retira a su horario. Yo veo qué hago

con tal empleado. Cargando en su maletín un par de guantes quirúrgicos y un

bisturí, se dirigió al pabellón de enfermos por la entrada sur; a su favor Mondaca

aún no llegaba y su puesto estaba vacío. Las enfermeras tomaban onces ocupando

más del tiempo habitual, tras inyectar a los pacientes el calmante vespertino. El

doctor caminó con facilidad por los pasillos y se dirigió al baño. Ahí sacó de su

maletín los guantes y los ubicó en sus manos que empezaban a transpirar; el bisturí

lo cambió de puesto: desde el bolsillo de su bolso al de su abrigo. Pero luego dudó;

lo extrajo y lo puso definitivamente en el compartimiento de su pantalón; de ese

modo podía sentir que lo portaba. Salió del baño; los pasillos seguían vacíos. Tras

dar unos treinta pasos llegó a la habitación de Elías; la providencia había permitido

que se encontrara solo y que los dos compañeros de cuarto hubieran sido

103
trasladados. Hasta el momento todo era perfecto para concretar los planes que

tenía en mente.

Elías dormitaba y cuando Zumarán abrió la puerta pensó que era el ángel de Jehová

que venía a buscarlo. Pero luego de incorporarse distinguió la sombra del doctor y le

saludó con afecto, casi con amor de hermano. Esto descolocó al director del hospital

y, por momentos, se arrepintió de estar ahí y de aferrar esos oscuros propósitos.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

- Perdóname, Elías.

- Perdón de qué.

- De lo que voy a hacer.

- Ya lo sé, doctor. Esto estaba escrito.

- Creo que no entiendes: he venido a otra cosa. No hay tiempo para dialogar.

Zumarán sacó el bisturí del bolsillo de su pantalón y le pidió a Elías que cerrara los

ojos y se recostara. Como cordero entregado a las manos de su sacrificador, cerró

los párpados y tragó aire, mientras el doctor aferró con la diestra el arma y con la

izquierda sostuvo su calva cabeza. La sangre con lentitud extrema comenzó a

reptar por el cuello hasta la sábana áspera. En agonía, sus labios empezaron a

proferir frases en lenguas extrañas; apenas se escuchaban siendo aplastadas por el

silencio inquieto de la tarde. El doctor retrocedió, se sacó los guantes y envolvió con

éstos el bisturí cubierto de sangre. Caminó nervioso por el pasillo hacia la salida;

pensó en Mondaca, seguro que llegaría tarde, se lo encontraría por la vereda del

jardín; imaginó tomar otra salida, pero reflexionó: no puedo dejar nada al azar; éste

es el causante del fracaso de los planes. Siempre pensó en salir por la entrada sur,

por lo cual decidió no cambiar de estrategia. A su favor el patio estaba vacío.

Retomó el itinerario común a su salida y sintió alivio estando en él. Pasó por la

portería, se despidió del guardia y caminó por Independencia una cuadra hacia el

sur. Ahí tomó un taxi que le llevó hasta su casa. En ésta intentó llamar a Lourdes

para informarle lo acontecido, pero luego se disuadió, pensando en que debía evitar

toda acción que pudiese ser rastreada, en caso de que fuese sindicado como

sospechoso.

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Su señora le despertó a las tres y media de la madrugada; el médico de turno le

esperaba urgentemente tras la línea.

- Doctor Zumarán, discúlpeme que le moleste a esta hora. Pero es mi deber

informarle con urgencia lo que ha sucedido.

- (Un golpe de frío empaló la columna del doctor. Trató de simular

indiferencia). No se preocupe, doctor Garaycochea. Le escucho.

- Ha ocurrido un asesinato al interior de uno de los pabellones.

- …

- Doctor, ¿está ahí?

- Sí. ¿Está seguro?

- Lo comprobé con mis ojos. Fui uno de los pocos que entró. Luego de mí no

permití que ningún funcionario se acercara. Estoy a la espera de la llegada

de la policía.

- Usted me ha dejado helado. ¿Qué paciente fue la víctima?

- Elías…

- ¿El maniático religioso?

- Él mismo. Murió por una herida en el cuello, hecha por un bisturí.

- ¿Por qué está tan seguro de eso?

- Mondaca encontró un par de guantes quirúrgicos con uno en el pasillo, a

pocos metros de la puerta del dormitorio.

- (Casi sin habla) Entiendo…

- Doctor, ¿me escucha?

- Prosiga, Garaycochea, disculpe, usted me ha encontrado durmiendo; todo

me sorprende (empieza a temblar)

- Si desea puedo encargarme de la situación hasta que usted llegue en su

hora de turno.

- No, voy hacia allá. En veinte minutos llego.

- Gracias, doctor.

- Nos vemos.

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Su mujer, quien le observaba preocupada, le preguntó qué pasaba. Él le refirió la

noticia, cuidando no agregar más antecedentes de los que informara Garaycochea.

Ella pensó que la afección se debía a la noticia, a su rango dentro del hospital, no al

hecho de que hubiera participado en el homicidio. Le abrazó y sintió que los

músculos de su cuerpo latían con peligrosa inquietud.

- Tranquilo, todo está bien.

- Lo sé; debo ir rápido.

- Debes calmarte, no hay razón para preocuparse. La policía llegará a los

responsables. Todo seguirá igual; ningún director puede prever que suceda

este tipo de incidentes. No es tu culpa.

- Reza por mí.

Al llegar al hospital le recibió el guardia de turno. Rápidamente estacionó y corrió al

pabellón en el que había estado horas antes. Al ver los elementos que habían sido

testigos de la trayectoria de su macabro plan, se sintió acusado por ellos; todo tenía

una tonalidad de delirio; apenas sentía sus pies. En shock se encontró con

Garaycochea en el pasillo; ahí platicaba con un grupo de policías, en tanto dos

marcaban con cinta amarilla el lugar en que estaban lanzados los guantes.

GARAYCOCHEA : Doctor Zumarán, buenas noches. El detective Martínez

(apuntando a él), jefe de la Brigada de Homicidios y su equipo.

ZUMARÁN : No sé si decirles buenas noches.

MARTÍNEZ : No se preocupe, estamos acostumbrados.

GARAYCOCHEA : Director, los detectives han estado conversando con el

personal de turno. De hecho algunos han ido al departamento de seguridad a

revisar las imágenes de las cámaras de vigilancia…

MARTÍNEZ : De acuerdo a nuestra experiencia, la resolución de este

crimen debiera ser relativamente fácil. Estimando la hora de data de muerte, ésta

indica que se produjo alrededor de las ocho de la noche. Es cosa de hacer un

empadronamiento de la gente que se encontraba al interior del recinto a esa hora.

Tenemos una pista clave: los guantes y un bisturí presuntamente usados. En

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pruebas preliminares todo indicaría que la sangre de dichos elementos es la del

occiso.

ZUMARÁN : ¿Quién pudo ser? ¿Lo saben?

MARTÍNEZ : (Mirando a sus hombres) es prematuro indicarlo.

GARAYCOCHEA : Seguramente mañana, con los exámenes de huellas

dactilares se tendrá novedades.

MARTÍNEZ : Queremos que nos acompañe al lugar de los hechos.

ZUMARÁN : Está bien.

Todos caminaron en dirección a la sala. Martínez removió la huincha plástica que

prohibía el ingreso al cuarto y la sostuvo en alto mientras el resto se agachaba para

ingresar. El detective rogó a los médicos no movieran nada, por el éxito de la

investigación. El cadáver de Elías yacía tendido en la cama, tal y como lo hubiera

dejado Zumarán en la tarde; todo permanecía igual, salvo por un detalle: el dedo

índice del profeta poseía sangre, con la cual había escrito algo sobre el

cubrecamas.

MARTÍNEZ : El occiso trató de escribir algo con su dedo. Es una M.

GARAYCOCHEA : Señor detective, usted tiene razón, pero desde la

perspectiva del difunto bien podría ser una W.

Era cierto, pero Zumarán pronto descubrió con pavor una nueva lectura al grafema

escrito: la letra leída desde la perspectiva de quien visita al paciente y se ubica al

lado de él era la Σ, el signo que durante días venía asomándose en sus sueños y

pensamientos. Acusado por su conciencia, el director largó en llanto.

GARAYCOCHEA : Doctor, cálmese, por favor; acompáñeme, le prepararé

un café, le hará bien.

MARTÍNEZ : El doctor tiene razón; señor Zumarán, tómelo con

calma, está todo bajo control. Después del café le haremos unas preguntas

generales. Mientras tanto seguiremos con las pericias.

Zumarán fue a la oficina del doctor Garaycochea y éste le preparó un café cargado.

Apenas hablaron, pues Zumarán parecía sumido en una especie de ensoñación que

le mantenía ido y casi sin reflejos. El médico de turno sospechó de la reacción de

107
Zumarán; a todas luces le parecía desproporcionada, por lo cual le preguntó sobre

qué tipo de relación tenía con el paciente. El director hilvanó algunas palabras sin

sentido ante lo cual Garaycochea no quiso seguir indagando pues pensó que hablar

haría más daño a Zumarán; era mejor que descansara, que pasara el trance de

mejor modo. Una hora más tarde llegó un periodista acompañado de un asistente,

quienes preguntaron por Zumarán. El médico de turno les atendió,

proporcionándoles información general del incidente ocurrido; estuvieron

conversando cerca de veinte minutos tras los cuales abandonaron el lugar.

Los detectives le visitaron una hora más tarde y le embadurnaron con preguntas.

Qué dónde estaba a esa hora, que qué pensaba él del paciente, que cuál era la

relación entre ambos, que cuándo fue la última vez que lo vio y cuáles fueron las

últimas palabras que le refirió. En todas ellas guardó coherencia con la trama que

había trabajado mientras sorbía el café, tras contemplar el cuerpo del fallecido.

Percibía cierto tono de desconfianza en los ojos de los detectives, sentía que ellos

percibían breves fisuras en su discurso y que no se tomarían la molestia de

precipitar la confesión sino que su estrategia sería la acumulación de

contradicciones, asunto que asustaba más al doctor.

Al salir del interrogatorio conversó con el médico de turno, señalándole que tomaría

el día libre y que retornaría mañana, a liderar las investigaciones; le pidió que

calmara a la gente, petición que pareció contradictoria a Garaycochea. Al

despedirse, este último sintió que Zumarán lo hacía con un sufrido hasta siempre,

cosa que lo inquietó y le mantuvo en vilo durante el día.

En la tarde el director del hospital se dedicó a recorrer tugurios de mala muerte

ubicados en el centro de Santiago. Tras beber algunas cervezas llamó por fin a

Lourdes, quien estaba siendo sometida al interrogatorio por parte de un detective.

Ésta le indicó secamente sobre el trámite ante lo cual Zumarán cortó de improviso,

acusando su miedo. A esa hora los exámenes de laboratorio confirmaban que los

guantes y bisturí encontrados en las cercanías de la sala en que aparecieron los

restos, habían sido usados para cometer el crimen; pero no sólo eso: las pericias

realizadas a esos objetos confirmaban similitudes entre las huellas dactilares

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encontradas con las cotejadas en el banco de huellas y que pertenecían al director

del hospital psiquiátrico, doctor Eduardo Zumarán.

En vista de los hechos, desde el laboratorio de la Policía de Investigaciones un

detective llamó a Martínez - quien había estado, literalmente, todo el día trabajando

en el lugar de los hechos- para informarle de los resultados de los análisis. Este

último, luego de platicar con el perito, comunicó a la central de comunicaciones que

Eduardo Zumarán era el principal sospechoso de la muerte del paciente del

psiquiátrico y que necesitaban ubicarlo pronto, por lo cual solicitaba que un grupo le

hiciera guardia en su domicilio y otro, rastreara las cercanías del teléfono público

desde el cual había hecho la llamada a Lourdes. La mujer había dejado entrever en

su declaración la participación en el ilícito de su amante, el doctor Zumarán y algún

grado de nerviosismo mayor del normal.

Alrededor de las 19 horas dejó el sector céntrico en su automóvil sin pagar el

parqueo, razón por la cual el funcionario encargado anotó su patente, papel al cual

adosó la boleta de pago que superaba los cinco mil pesos. Al salir por Rosas y

doblar en Amunátegui, hacia el sur, se percató que un Peugeot 206 le seguía con

una baliza que latía y teñía de rojo el espacio próximo. Rápido aceleró y dobló por

Compañía, continuando en línea recta hasta llegar a las cercanías de la Plaza Italia,

en una loca huida en la que abundaron semáforos en rojo, bocinazos y frenazos de

autos próximos. Al verse rodeado descendió del vehículo, dejando éste en medio de

la calle; los policías le siguieron en automóvil hasta que el doctor ingresó por las

escaleras hasta la estación de metro Baquedano y se introdujo entre la gente que a

esa hora transitaba por el lugar. Luego de unos minutos en que la policía pareció

haberle perdido el rastro, se agregó a la gente que esperaba el vagón con dirección

a la estación Escuela Militar. Pero se equivocaba: tras sus espaldas a dos metros

tres detectives le esperaban; el lapso de distracción se produjo cuando su teléfono

celular sonó y él, luego de dos o tres repiques, autómata apretó OK pero luego se

disuadió en contestar pues el número no le era conocido. Entonces cortó y a la

segunda ocasión, simple y llanamente descartó responder. Cuando volteó, sin

querer, hacia atrás, se percató que los policías lo esperaban y tras la mirada

109
pavorosa de él, trataron de abrirse paso entre la multitud para acercársele. Sin

escapatoria posible, temblando como lo había hecho ese día en la madrugada,

esperó que el vagón se acercara, pese a los gritos apagados que sonaron en sus

oídos, se lanzó contra él, sintiendo que el mundo entero explotaba y reventaba en

su cuerpo.

- He escuchado la voz de Dios. Pronto vendrán sus ángeles a visitarnos.

- ¿Quiénes? ¿Sus querubines, hijo?

- No. Son seres celestiales con forma corporal. Individuos como usted, como

yo, mensajeros del Padre.

- ¿Cuándo?

- Pronto.

La viuda Elizabeth vestida de negro. El cielo celeste intenso. Los mausoleos blancos

refulgen de cara al sol. Contrapicado. El abrigo recibe una gota de agua del extremo

del tallo de una rosa. La rosa es blanca. El viento hace con el largo pelo de la

anciana lo que hace la corriente del arroyo con las algas de agua dulce. La cruz

incrustada en la tierra como los clavos sumergidos en la carne del Maestro; acá la

carne es tierra, como en el origen, como en el final de los días de un hombre, polvo

húmedo, compacto. La mujer se postra y su rostro ajado parece no expresar el

dolor; pero, ¿por qué asumir la lectura de ese modo, predisponiendo al personaje a

determinada emoción? ¿No podría estar alegre una mujer, a los pies de una tumba

cuya cruz soporta de modo cansado la gravedad del aire? ¿Por qué ha de estar

triste? ¿Por qué no aceptar un sentimiento neutro en su rostro arrugado?

Pues bien, aquella viuda está ahí; contemplando esa tumba como quien sostiene los

ojos para mirar un elemento que no despierta pasiones. Es la tumba de Elías; la

anciana es su madre; luego de un rato llora. Su lloro, sin embargo, es peculiar pues

carece de los gestos propios de la lamentación, a saber: los ojos arrugados, la boca

abierta – saliva abundante en sus comisuras- la tendencia a cubrir el rostro, a

agacharlo. Ella nada más eructa lágrimas por los ojos; alguien podría interpretar

110
como que la mujer ha llorado tanto que ya no le va ni le viene el dolor y, de acuerdo

a quien escribe, la declaración tiene bastante de certeza. Ella y los restos de él

solos, como cuando enfrentaron el mundo; la ausencia de su padre, el sacerdote,

quien en busca del Altísimo había peregrinado por la cordillera hasta perderse sin

dejar rastro. El recuerdo de María en la entrega del cuerpo, de sus lágrimas, de los

abrazos de Emanuel, de sostener el dolor y hacerlo menor para los demás no

disimulándolo – que es mentir- sino demostrando fortaleza, que es la suma de la

fuerza propia y la del Altísimo en el espíritu de uno.

Una rosa sostenida por una mano frágil es dejada sobre un montículo de tierra.

Pronto suena un trueno y se pone a llover.

- EL VIDEO MÁS VISTO EN YOUTUBE TIENE 33,5 MILLONES DE VISITAS. EL DEL

PROFETA TIENE UNOS SIETE MILLONES. EN UN PAR DE SEMANAS MÁS PUEDE

CONVERTIRSE EN UNO DE LOS CIEN MÁS VISTOS.

- DE ESTE MODO PODRÍA CUMPLIRSE, DE ACUERDO A SUS SEGUIDORES, LA

SENTENCIA BÍBLICA “TODO OJO LE VERÁ”.

- ¿ESO ES INTERPRETACIÓN TUYA O LO VISTE EN ALGÚN LUGAR?

- LA LEÍ, NO SÉ EN QUÉ LUGAR; ME IMAGINO QUE EN INTERNET.

- ¿Y QUÉ DICEN LOS MEDIOS?

- ¿A CUÁLES TE REFIERES?

- A DIARIOS Y TELEVISIÓN.

- AH. ELLOS NO DICEN NADA.

- ¿NADA?

- EXACTO. ME IMAGINO QUE POR ALGUNA RAZÓN X EL TEMA ESTÁ VETADO.

QUIZÁS PORQUE GRAN PARTE DE ELLOS ESTÁ INFLUENCIADO POR GRUPOS

CATÓLICOS DE PODER. ESO CAMBIARÍA EL MODO DE PENSAR DE LA MASA,

ALGO QUE NO REVISTE INTERÉS PARA ELLOS.

- Y BIEN, TANTO PREÁMBULO PARA QUÉ. CUIDADO, PASASTE A LLEVAR MI

VASO.

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- DISCULPA. BUENO, PARA CONTARTE LO DE ALFONSO EN LA CASA DE TU EX.

- YA…

- ¿NUNCA ENTRASTE A ESA HABITACIÓN?

- ¿A CUÁL?

- A UNA QUE SEGÚN ELLA ESTABA PROHIBIDO ENTRAR.

- …

- HUEÓN, A VER, CON MANZANAS: AGNES SUBIÓ Y BAJÓ AL FLETITO ÉSE POR

METERSE A UNA HABITACIÓN DE SU DEPARTAMENTO QUE SUPUESTAMENTE

ERA EL QUE HABÍA PERTENECIDO A SU HERMANA. O TAL VEZ A SU PAPÁ. ¿TÚ

NO ME DIJISTE QUE HABÍA UN CUENTO MEDIO ENREDADO CON ESO?

- CLARO, PERO NUNCA ME HABLÓ DE CUARTOS PROHIBIDOS. ES MÁS,

DEAMBULÉ POR TODOS ESOS ESPACIOS, SIN NINGÚN DRAMA.

- ¿ESTÁS SEGURO?

- SÍ CLARO.

- ¿?

- ¿QUÉ ONDA, SHAI?

- ES QUE ESA WEÁ DE QUE LA MINA HIZO UNA TREMENDA CUÁTICA PORQUE

EL COMPADRE SE METIÓ A UNA DE ESAS HABITACIONES ME DEJÓ SÚPER

METIDO. LA MINA LO ECHÓ DE LA CASA, ¿SABÍS LO QUE ES ESO? EL HUEÓN

ANDABA ENTERO DE AFECTADO, SI HASTA LLORABA. FUE HEAVY.

- RARO. (Piensa un rato. Luego sorbe un poco de cerveza cuya espuma queda

pegada en su labio superior. Pasa la manga con el fin de secarlo). HAY UNA

WEÁ MEDIA LOCA QUE PASÓ.

- ¿HACE MUCHO?

- MESES ANTES DE QUE TERMINÁRAMOS.

La cámara enfoca en plano americano a Agnes y Víctor en el pasillo que lleva a

los dormitorios del departamento de la muchacha; ambos juegan a hacerse

cosquillas. Ella sostiene un perro de peluche. Viste pantaloncitos rosados,

camisa de dormir, pantuflas de animal. Tiene el pelo suelto, algo deslavado. Se

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van acercando al cuarto en el que vivió su padre y, de modo espontáneo entran,

siguiendo la misma dialéctica del juego. Pronto caen ambos en la cama, ella

encima de él, la música suave, besos, abrazos; el reflejo de la luz que traspasa

la ventana y que reflecta en los elementos albos; hay cierto tinte celestial en la

toma, todo pareciera ser un buen sueño, un trozo de existencia llevado a cabo

en un gran valle de nubes, una especie de placenta gaseosa. Las manos de ellos

entrelazadas; aquélla delgada hundida en el cubrecamas inmaculado; luego hay

breves retazos de elementos dispuestos en cámara: las pantuflas de la mujer

bajo la cama, una medalla que apenas asoma por el velador entreabierto, un

portarretratos dentro del cual se ubica la fotografía antigua de Agnes y

Gigliola, la cortina entre abierta; Agnes se percata e intempestivamente

reacciona, como despertada con brusquedad del trance, se despega del cuerpo

de Víctor y junta la cortina con el borde de muralla, tratando de no observar

afuera; se queda ahí, observando el suelo y mordiéndose los labios, afectada.

- ¿Pasa algo? ¿Te besé muy fuerte?

- No. Por favor, vete pronto. Te llamo después para explicártelo.

La imagen de un vaso de cerveza medio lleno. Un cenicero en su costado y un

cigarrillo haciendo malabarismo en su borde. Hemos vuelto al Entrelatas.

- ¿CONTABA PASOS EN ESE TIEMPO?

- CLARO.

- ¿Y QUÉ ONDA, CÓMO LO SOBRELLEVABAS?

- ¿EL POLOLEO?

- NO, MAS BIEN EL HECHO DE QUE ELLA TUVIERA ESA MANÍA. TE APUESTO

QUE TE CONTABA LOS PUNTOS NEGROS DE LA CARA.

- POCO MENOS.

- ¿MUY COMPLICADO TENER UNA MINA ASÍ?

- COMO TODAS. CADA UNA TIENE SU TARA, HAY QUE RECONOCERLO. EL

CUENTO NO ERA TAN CUÁTICO CON ELLA. COMO QUE CONTABA LOS PASOS

PIOLA; ME DABA LA IMPRESIÓN QUE A VECES CONVERSÁBAMOS Y

PARALELAMENTE ACTIVABA UN SISTEMA PARA CONTAR Y NO PERDERSE. LO

113
QUE SÍ ES QUE TENÍA LIBRETAS CON ANOTACIONES DE SUS CUENTAS. YO SE

LAS VEÍA, PERO CUANDO ELLA NO SE DABA CUENTA; ERA BASTANTE

CUIDADOSA CON CIERTA INFORMACIÓN.

- ¿COMO CUÁL?

- CUBRIÓ, LUEGO DEL INCIDENTE, LOS VIDRIOS CON UN PAPEL ADHESIVO;

CLAUSURÓ TAMBIÉN LAS VENTANAS O MÁS QUE CLAUSURARLAS LES PUSO

LLAVE; SÓLO ELLA TENÍA COPIA.

- ¿QUÉ PODÍA ESCONDER?

- NO SÉ. YO PIENSO QUE DE PRONTO ALGÚN TIPO QUE VIVÍA EN UN EDIFICIO

CERCANO LA MOLESTABA; QUIZÁ UN VOYERISTA O ALGO POR EL ESTILO. NO

ESCONDÍA NADA; MÁS BIEN ELLA SE ESCONDÍA.

- LA AGNES, DE ACUERDO A LO QUE DIJO ALFONSO, LE PROHIBIÓ A ÉL

DICIÉNDOLE QUE AHÍ HABITABA EL DOLOR. LE PUSO COLOR TU EX MINA.

- SÍ, PUEDE SER, PERO TAMBIÉN PODRÍA ASEGURAR QUE LA ACTITUD ES

PARTE DE SUS MANÍAS Y FANTASMAS. NO POCAS VECES LA MINA HIZO

ALGUNAS CUÁTICAS FRENTE A MIS CERCANOS Y PUTA, MALA ONDA,

ANDARME DISCULPANDO DESPUÉS, COMO BORRACHO AL DÍA SIGUIENTE.

- ME DEJA METIDO EL LLORO DE ALFONSO. ¿ERAN MUY ÍNTIMOS?

- QUIZÁS. ÉL SE APOYABA MUCHO EN ELLA. PODÍA PRESENTIR QUE SIEMPRE

SE INTERPUSO ENTRE NOSOTROS DOS, AUNQUE NO FUE DESCORTÉS

CONMIGO. LO DIGO POR ALGUNAS MIRADAS, CIERTAS PALABRAS. NO ERA

CONTRARIO EN NUESTRO ROMANCE, SINO NEUTRAL, ESO SE LEE, DESDE LA

PERSPECTIVA DEL AMANTE, COMO UN OPOSITOR.

- BIEN, ESOS SON LOS ANTECEDENTES QUE TENEMOS. EL TEXTO Y SUS

FRAGMENTOS. AHORA, A DETERMINAR EL SENTIDO.

- LA TIERRA, LOS MATERIALES, A VER QUÉ LÍNEAS TRAZAMOS EN EL PLANO.

- ¿EL PREDICADOR TIENE QUE VER CON LA HISTORIA DE LA HABITACIÓN O EL

CUENTO ES ANTERIOR?

- DESDE LA VEZ QUE ME ECHÓ DE LA CASA.

114
- ¿Y ESO SE SUPONE QUE FUE ANTES O DESPUÉS DE QUE CONOCIERA AL

EVANGÉLICO?

- ME ACUERDO DE LA VEZ QUE ME DIJO HABER CONOCIDO AL TIPO; NO

PODRÍA DETERMINAR HACÍA CUANTO TIEMPO DESDE QUE ME LO DIJO. O,

MÁS BIEN DESDE QUE ALGUIEN ME LO DIJERA.

- BIEN. ESTAMOS FRENTE A UNA QUISICOSA ALGO COMPLICADA. ¿VAMOS POR

OTRA CHELITA?

- BUENO. YO TENGO AQUÍ LUCA Y MEDIA. SI QUIERES VOY YO A COMPRARLA.

- VAMOS LOS TRES.

INTERIOR – EMBAJADA DE ISRAEL – SANTIAGO DE CHILE – MEDIA TARDE

La imagen muestra la sombra del embajador de Israel en Chile y dos hombres;

están sentados; el primero tras su escritorio, los dos en sendos asientos; la cámara

está a contra luz por lo cual vemos nada más que sus sombras y como telón de

fondo la ciudad de Santiago de Chile. Las manos de uno de los hombres en primer

plano. Platican en hebreo, por lo que mientras lo hacen, aparecen subtítulos

amarillos en pantalla. Luego se muestran los dedos del embajador acariciando la

superficie de un grupo de fotografías; vemos parcialmente aquéllas; imaginamos,

por su arte, que han sido tomadas a distancia, son algo borrosas.

EMBAJADOR : Ahora podemos platicar con total libertad. Les escucho.

GAVRIEL : Está bien. Tenemos algunas pistas que nos pueden

llevar a la presa. Binder podría estar vivo. Sus ahorros no han sido sacados de los

bancos de Ginebra por sus herederos; eso es señal de que está vivo, pese a su

edad.

MIKHAEL : Las investigaciones señalan que él posee una cuenta

con ahorros cercanos a un millón de euros que no han sido reclamados.

GAVRIEL : Se llegó a esa conclusión al investigar las cuentas

bancarias irregulares de uno de sus hijos. Una de ellas llevaba el nombre de su

padre.

115
EMBAJADOR : ¿Son datos certeros o zarpazos de luz en el cielo?

MIKHAEL : Para nuestra gente son datos fidedignos. Sino no

estaríamos aquí.

GAVRIEL : Entiendo, embajador, su pregunta. Nuestros detractores

sugieren que todos estos operativos no representan más que una cortina de humo

frente a los problemas políticos que enfrenta la nación; otros, asimismo, como una

voz de alerta a ciertos resabios de antisemitismo que afloran en algunas sociedades

del orbe.

MIKHAEL : Pero los comentarios, señor embajador, no debieran

interesarnos.

EMBAJADOR : Desde luego. Nada más hacía la pregunta por

curiosidad.

GAVRIEL : Necesitamos su ayuda.

EMBAJADOR : En todo cuanto requieran.

MIKHAEL : Mañana partiremos al sur del país; seguiremos el

itinerario forjado por los datos que poseemos. Deseamos usted nos cubra con su

silencio y con los contactos en terreno, en caso de que los necesitemos.

GAVRIEL : Cada misión presenta su riesgo. Usted sabe los

procedimientos que rodean a este tipo de eventos. Nosotros nunca hemos pasado

por aquí; si nos pasa algo, nada más éramos turistas, dos estudiantes israelíes que

paseaban por el sur de Chile.

EMBAJADOR : No tienen por qué repetírmelo. Conozco los

procedimientos desde que cursara estudios en la academia diplomática de Tel Aviv.

La recreación de nuestra primera plática es parte las estrategias aprendidas; como

hombre detallista sé qué cosas hacer y cuáles no. Soy tan cuidadoso que diríamos

que sé los pasos que hay de aquí a la sala de mi casa o desde este lugar al primer

teléfono público.

MIKHAEL : Cincuenta y cuatro hasta la puerta…

GAVRIEL : Doscientos siete; teléfono rojo de la compañía la

Manquehue Telefonía.

116
EMBAJADOR : Me sorprenden. Son más profesionales de lo que yo

pensaba. Eso me gusta.

GAVRIEL : El Palacio de la Moneda tiene ciento treinta y seis

pasos de largo y ciento veintitrés de ancho. El frontis del diario La Nación, en

cambio, cincuenta y cuatro pasos.

MIKHAEL : La Catedral de Santiago ciento veintiocho pasos de

costado y treinta y cinco de frente. Desde la puerta hasta el púlpito central ochenta

y siete pasos y ciento ocho pasos hasta los cuatro cofrades.

EMBAJADOR : Y el Paseo Ahumada, desde Compañía a Alameda

setecientos seis pasos.

MIKHAEL : Muy brillante, señor embajador. Creo que hablamos el

mismo idioma.

GAVRIEL : Es raro que una persona de su rango hable en nuestro

código. Da gusto trabajar así.

EMBAJADOR : Me gustaría acompañarles; mi deseo parece irrisorio,

mas no lo es. Mis padres sufrieron el rigor del régimen nazi. No pocas veces me he

tentado a visitar el sur del país para iniciar algún tipo de investigación, pero mi

cargo me lo impide. Les deseo éxito. Ojalá puedan encontrar a Nillsen y llevarlo a

los tribunales internacionales por la responsabilidad que le cabe en los crímenes de

lesa humanidad que se le imputan.

MIKHAEL : Es el deseo de todo el equipo involucrado en la

búsqueda.

GAVRIEL : Gracias, señor embajador. Nos estaremos comunicando.

Luego de la plática se quedaron conversando un par de minutos, seguramente

trivialidades, pues no duraron más que una despedida común y corriente. Tras

darse la mano, los dos jóvenes se retiraron de la oficina. La oscuridad comienza a

apoderarse de la pantalla. Todo se va a negro.

El mismo negro del cielo de Puente Alto; algunas luces como ojos felinos que

acechan en complicidad con la oscuridad atemorizante. Las luces de los pasillos del

117
autobús se han ido apagando de acuerdo a cómo han descendido los pasajeros.

Faltan pocos kilómetros para que el recorrido finalice y pareciera ser que el

panorama que se observa del entorno, lo anunciara con evidencia extrema. Los

árboles descuidados del costado de la carretera son monstruos a la sombra de la

luna egoísta de la noche. Pero un fantasma se superpone a ese paisaje: el reflejo de

la figura de Agnes en la ventana del vehículo. Ella observa de vez en cuando las

posibilidades del cuadro, a saber: la silueta de ella superpuesta en el paisaje gótico,

el mencionado paisaje - descartando la existencia de lo interior- y su silueta

solitaria acompañada de los elementos del bus.

Ha dormitado, así como el resto de obreros y trabajadoras que gradualmente ha

descendido y ha sido devorado por la oscuridad. Sus músculos acusan los efectos

de la acción; siente el empalamiento del frío que ha inundado el espacio tras la

salida de los cuerpos tibios. Los vidrios ya no lucen empañados, salvo las ventanas

pequeñas de más arriba.

Tras la salida del último pasajero el conductor de la máquina invitó a Agnes a

sentarse en el último asiento. Ella aceptó pues el tipo poseía un semblante cortés y

se veía libre de intenciones secundarias. Le preguntó a qué lugar iba y ella rápido y

de modo casi reflejo respondió a Puente Alto. Sí, pero a qué punto específico. Ella:

no sé con seguridad; salí de mi casa en busca de un conocido, pero recuerdo

vagamente dónde vive. Él: seguramente cerca de algún supermercado o

consultorio. Más bien cerca de unos potreros, le replicó Agnes, mirando hacia fuera,

por si reconocía providencialmente el paisaje que transmitía al chofer. Con esas

referencias va a ser difícil llegar; aquí en Puente hay muchos sectores como el que

usted me cuenta. Si me diera más datos le podría dejar cerca; hay tiempo todavía

para ir a guardar la máquina y me queda algo de combustible. Agnes le dijo luego

no se preocupe, es cosa de que me deje en algún lugar iluminado. Yo podría

preguntar, total no tengo apuro. El hombre, entonces, le miró con rostro algo

sorprendido tras lo cual dirigió sus ojos al reloj de cuarzo que sobresalía sobre el

espejo retrovisor. Pero mire la hora que es, señorita, ¿no cree usted que es un poco

osado que se aventure por las calles de este sector? Puente Alto es cosa seria, me

118
parece que usted nunca ha venido por aquí, le dijo un preocupado chofer, ante lo

cual Agnes respondió con algo de afección: quizás tenga usted razón, si es así, no

sé qué hacer, aunque me urge dar con mi amigo. ¿Cómo se llama él? Tal vez

conozca a su familia (el chofer). Emanuel, respondió la chica; pero Emanuel qué –

dice el tipo sonriendo-; no conozco su apellido. El conductor sonrió levemente y se

agachó para mover el aro del volante que casi apretaba su estómago; miró adelante

y movió la cabeza. Después habló: pero hija, dígame algo con que lo pueda

identificar, ¿qué hace?, ¿es estudiante?, ¿qué hacen sus padres? La voz de Agnes:

estudia pedagogía en educación musical, pero también es predicador. ¿Es

evangélico, señorita? ; claro (ella). Él: haber empezado por ahí. Fíjese, que yo soy

evangélico y conozco un predicador jovencito con ese nombre. ¿Es un muchacho

que hace milagros?

- ¡Sí! – replicó la muchacha con alivio.

- Es un ungido del Señor, un gran instrumento en sus manos. ¿Usted le busca

por un milagro?

- No. Nada más quería platicar algunos asuntos con él; todas las veces que lo

hacía mi mente se iluminaba. Pero hace algunas semanas no le he visto.

- Aleluya, alabado sea Dios. Recibir el rema de Dios es lo más importante que

podemos experimentar. El Señor saciará su alma con la paz y gozo que da su

Espíritu.

- Gracias por sus palabras – ella sonrió y luego bostezó tapando su boca con la

manga de su chaleco.

- Yo sé cómo llegar a la capilla donde vive el Ungido, es relativamente cerca

de aquí.

- Le agradecería eternamente – dijo Agnes con los ojos brillosos.

Llegaron luego de veinte minutos de viaje, tras un llamado telefónico que hiciera el

conductor a su esposa, avisando del encuentro que consideraba voluntad perfecta

de Dios. En los alrededores de la capilla se erguían carpas y míseras casuchas de

madera; el fuego de los depósitos metálicos mostraba sus brazos enérgicos y

calentaba a los menesterosos que se aglomeraban alrededor de ellos, esperando

119
que los devotos que colmaban la parroquia pudiesen salir para entrar a recibir el

portento que requerían, razón por la que estaban ahí, pese a lo inclemente que

resultaba para sus cuerpos la noche metropolitana.

Agnes se despidió del chofer y éste le bendijo con palabras dulces que agradaron a

la muchacha. Descendió del vehículo, deslizó el cierre de su chaqueta hasta dejar el

cuello aprisionado y caminó rápido hasta la capilla, caminando entre los cuerpos de

la multitud que esperaba en las cercanías de aquélla. Desde adentro se percibían

los gritos, las oraciones paralelas de los fieles, la música ritual de un órgano

electrónico, la letanía monódica pronunciada por Emmanuel apenas perceptible

entre la verbena de alaridos. Su corazón sintió paz luego de la incertidumbre de

horas, pero luego un sentimiento de inquietud le inundó; la experiencia era nueva,

los gritos le soliviantaron y se sintió extraña en un mundo místico, colmado de

espíritus que no lograba pesar del todo; creyó ver seres espirituales oscuros

sobrevolando el lugar, pero activando su racionalidad pensó que aquello era efecto

del humo y las luces tenues intermitentes producidas por el movimiento de las

sombras. Intentó acercarse a una de las ventanas de la construcción, pidiendo

permiso a mujeres y ancianas que aspiraban ver lo que sucedía allá adentro.

Subiendo a un madero volteado en el suelo cenagoso del patio pudo ganar algunos

centímetros y así, ver adentro, mediante el ángulo de lucidez que se formaba en

una de las ventanas no cubiertas por las cortinas blancas bordadas. Allí vio a

Emmanuel vestido con un traje plomizo gastado y corbata bermeja mal anudada.

Hablaba de Daniel, el personaje bíblico; lo hacía con vehemencia, casi con el alma

fuera de sí, con distinto desplante al del tímido muchacho que solía platicar con

ella.

Luego de un rato impuso manos sobre las frentes de las personas que pasaban al

altar tras esperar su turno en una fila constituida por centenares de personas;

ancianas, niños de días, hombres lisiados. Una mujer le trajo a un niño en silla de

ruedas; ella temblaba entera y, en ese estado, acercó su rostro al oído del

predicador; éste inclinó su cuerpo para oírle en medio de las oraciones y le dijo

algunas palabras mirándole con dulzura a los ojos. Ella comenzó a llorar y él,

120
descendiendo de la tarima, le acurrucó entre sus brazos. Pidió que dos asistentes

tomaran al muchacho que poseía la mirada perdida mientras supuraba de su boca

un líquido de tono lácteo tras lo cual alzó sus brazos al cielo, elevando una oración

al Altísimo. Luego volvió a subir al estrado y solicitó que la asamblea siguiera

orando, en tanto él levantó la vista, como en búsqueda de alguien que no logra

ubicar tras de segundos de intento. Cerró finalmente los ojos y liberó una oración.

Posteriormente tomó al pequeño que parecía desmayado sobre su silla e intentó

ponerlo de pie en el suelo; pero duerme, el primer paso, entonces, es despertarlo.

Así lo hace el predicador moviendo su cabeza y luego, sin mayor dilación, el

muchacho endurece sus extremidades y se dispone a caminar, casi sin dificultades;

su madre grita, el público encolerizado asiente con voces tales como “amén”,

“Gloria a Dios”, “aleluya”; el predicador trata de detener su rápido caminar,

tomándolo del tronco, se lee en sus labios “calma, más despacio, muchacho”. El

asombro hace presa al tumulto que atesta el recinto y el terreno próximo; muchos

caen de rodillas al suelo otros se postran sobre sus rostros, convictos de pecado,

lloran liberando sus culpas. Agnes desciende rápido del madero retrocede pasando

a llevar a un anciano – mil disculpas, señor- y preguntando a un grupo de fieles que

se calentaban en los contornos de un barril metálico que contenía brasas

encendidas, se dirige a un paradero próximo. Allí, luego de esperar un par de

minutos, sube a un bus con dirección a Santiago.

- Supone, seguramente, porqué le detuvimos.

- Por lo del doctor Zumarán.

- Exacto. Queríamos formularle un par de preguntas relativas a su muerte.

- Bueno. Estoy aquí para prestar toda la colaboración necesaria.

- ¿Qué relación poseía usted y el occiso?

- Él iba a ser mi profesor guía en mi tesis de postgrado. Habíamos estado

trabajando hacía un par de semanas. Aún no tenía yo claro el tema de la

tesis y nuestras reuniones más bien versaban sobre los tópicos que nos eran

interesantes a ambos.

121
- ¿Podríamos decir que ustedes eran amigos?

- No. Nuestra relación era cercana, pero desde un punto de vista profesional.

Ni él ni yo, creo, teníamos ganas de sobrepasar los límites de aquélla.

Seguramente, con el paso del tiempo este vínculo hubiese desembocado en

una amistad, pero eso sería lucubrar, señor detective.

- ¿Por qué usted llamó a Zumarán ese día de su muerte y justo a esa hora?

- Sé que el doctor falleció el día en que visité el hospital Barros Luco, pero

desconozco la hora.

- Bueno, para que recuerde: Zumarán falleció el cinco de julio alrededor de las

veinte horas. Nuestro equipo recuperó el celular del difunto y se registra una

llamada telefónica desde un teléfono público que corresponde,

precisamente, al lugar que usted nos señalara.

- Sí, llamé al doctor Zumarán para indicarle un dato que confirmaría cierta

historia que me refiriera él por esos días.

- ¿Qué historia, señor Mendieta?

- Me propuso hacer una investigación tomando como base un caso de una

maniática religiosa que llegó al mencionado hospital a mediados de los

setenta. Su delirio era creerse la virgen María. Luego de que trataran a su

hijo, que dicen tuvo en un establo, desapareció misteriosamente y nunca

más se le ha logrado ubicar. Yo traté de ubicar los archivos del hospital para

documentarme de los detalles que rodearon el hecho.

- ¿Se suponía que usted entregaría datos sobre la mujer aquella?

- No precisamente. Minutos antes había platicado con una mujer que conoció

a la Pura.

- ¿La Pura?

- Claro, era el nombre que se le dio a ella. Me pareció interesante hacerle

saber al doctor ese dato, pues en mi búsqueda me encontré con que todos

los papeles de aquellos días habían desaparecido. Luego me arrepentí de

llamar al doctor, pues el que me hubiera encontrado a una mujer que

122
conocía a la susodicha no era ningún dato nuevo; me entrevistaría con ella

minutos después, por eso no insistí.

- Usted me confirma entonces que una de las llamadas perdidas corresponde

a la que usted le hiciera desde el teléfono público del hospital.

- En efecto, señor detective.

- ¿Zumarán le había dado a usted su número?

- Sí, él me dio su número. No era algo que hiciera con frecuencia, pero como

buen profesor guía seguramente pensó que eso sería lo correcto para tener

un mejor y más rápido contacto.

- ¿Qué emoción le sugirió el rostro de Zumarán cuando le propuso que podía

estudiar el caso de la Pura?

- …

- ¿Le llamó la atención el hecho de que el doctor le propusiera estudiar ese

tema?

- Nnno. Entienda usted que nunca se me iba ocurrir que estaría involucrado en

este caso, por esto mismo no agudicé mis sentidos para ver algo más allá de

su declaración llana. Uno no anda leyendo entre líneas lo que la gente

expresa, si fuera así, terminaríamos por enfermarnos.

- Es cierto. Pero mi pregunta va a que si usted vio algo raro; si no lo vio, podría

usted decirlo así; no se complique ni me complique, Mendieta.

- Está bien, discúlpeme.

- Prosigo. ¿No notó algo raro en la última plática que usted sostuviera con él?

¿No se veía afectado por algo?

- Lo noté un poco más delgado. Además se veía demacrado. Eso es lo que

puedo asegurar. Me imagino que no dormía bien.

- ¿No le mencionó él sobre algo que le aparecía con insistencia? Algún nombre

propio, un sustantivo.

- (…)

- algo repetitivo en sus pensamientos…

123
- Zumarán era reservado en sus pensamientos. Rara vez los verbalizaba. Creo

que una vez lo sorprendí consultando un tomo de matemáticas que

descansaba en su escritorio.

- Usted ha respondido con la mecánica que deseo que replique. Es cierto que

hay gente que no expresa lo que siente, pero lo que dice, por más lejano que

esté temáticamente de lo conversado, esconde el contenido latente del

corazón y el pensamiento.

- Podría ser un poco más gráfico, señor detective.

- Desde luego. Le explico con una experiencia básica sucedida en clases de

Castellano en los primeros años de secundaria. Un profesor solía realizar en

clases esos enfadosos análisis oracionales donde debíamos determinar

sujeto y predicado. Bueno, en realidad no precisamente aquellas dos partes

sino lo que él llamaba, sintagma nominal y sintagma verbal. ¿Me sigue?

- Claro.

- El profesor no copiaba los ejercicios de algún texto. Los improvisaba en el

minuto.

- ¿Cómo así? ¿De su mente directo al pizarrón?

- En efecto. Tenía lucidez y se le ocurrían oraciones bastante ingeniosas,

variadas; algunas reflejaban su conocimiento de temas de actualidad, arte,

en fin. Pero analizando más detenidamente su contenido y lo que podían

sugerir entre el grupo de amigos que formamos en el colegio llegamos a una

hipótesis.

- ¿Cuál?

- El profesor era homosexual.

- Hummm… pero eso se nota a simple vista.

- No crea. El profesor no poseía el típico perfil de quienes siguen esa opción.

Lo descubrimos estudiando lo escrito, como usted dice, “entre líneas”. Sus

sentencias poseían una clara predilección a lo fálico.

- Pero no era más que una hipótesis…

124
- Claro, pero días después pudimos refrendarla. Lo seguimos un fin de semana

a un bar de maricones y lo encontramos dándose de besos con un tipo de

barba. ¿Entiende?

- (Conminado) Desde luego, recuerde que usted habla con alguien con

estudios en el área de la medicina.

- (Incómodo) Tiene usted razón. Lo olvidé. Discúlpeme, señor Mendieta.

- Está bien, no se preocupe (…) Las veces que conversaba con él

acostumbraba a mirar por la ventana.

- ¿Qué observaba? O mejor dicho, ¿qué pensaba usted que observaba?

- A los internos.

- ¿Habló con usted ese día de su último encuentro de alguno de ellos?

- No. Es decir, sí, pero no de alguno que contemplaba en el momento.

Recuerdo que él me refirió a un antiguo paciente.

- ¿Qué le dijo?

- Era un muchacho adoptado, que no supo hasta casi los veinte años que lo

era. Luego de eso abrazó el travestismo.

- ¿A propósito de qué conversó con usted del tema?

- …

- Piense.

- ¡!

- (Expectante) Dígame.

- A Elías le habían cortado el pelo.

- Elías… ¿el paciente asesinado?

- Exacto.

El detective se queda estático y agarrado a las últimas palabras de Mendieta. Se

levanta de su asiento, da vueltas alrededor de la silla de su interrogado,

agarrándose la barbilla, casi con vehemencia.

- ¿Me dijo que luego de eso habían conversado de la Pura, la maniática

religiosa?

125
- Sí, así es.

- Señor Mendieta: he ahí la relación.

- El muchacho adoptado poseía la manía de tocar el cabello de la gente.

- ¿Quién cortó el cabello de Elías?

- No lo sé con exactitud. El doctor Zumarán me refirió a un interno antiguo,

que no dejó ser bautizado por el orate.

- ¿Walter?

- (Pensando) Este… sí, puede ser; coincide con los datos que manejaba.

- ¿Lo conoció personalmente?

- ¿A quién a Elías?

- A Walter.

- No; es decir, en una ocasión. Me encontró en el pasillo, creo que me pidió

cigarros.

- ¿Fue el único contacto que sostuvieron?

- Sí, desde luego.

- ¿Está seguro?

- (Cavilando) Creo que en otra ocasión se me acercó mientras tomaba un café

en el casino. Se había escapado de los módulos.

- ¿Qué le dijo?

- Una incoherencia. Es decir, algo que yo consideré incoherente en el

momento. Fíjese que no me recordaba de ello. Déme unos segundos para

recapitular.

- Por supuesto.

- …

- …

- “Que no se memoricen entre ustedes las cicatrices ni la cantidad de lunares.

Anótense entre ustedes”.

- ¿?

- ¿Le parece ilógico?

- Me parece conocer esa frase.

126
- Quizás la escuchó estos días en sus visitas al hospital.

- No.

- Tal vez sufrió un dejavú.

- Una muralla de la ciudad posee una declaración similar escrita a punta de

brochas.

- ¿Sí?

- Si mal no recuerdo en avenida Valdovinos esquina Santa Rosa. Es un muro

que tapia la entrada de una construcción vieja y abandonada.

- Walter desconfiaba de Elías, eso lo supe por una enfermera. Por eso creo que

fue él el de la idea de rapar su cabeza; no me parece ilógico que haya

consumado el acto.

- ¿Por qué?

- Walter desconfiaba de todo. Decía que el mundo era parte de una

conspiración; la sentencia de los lunares pareciera reafirmar lo que digo.

Quizás con lunares y cicatrices se refería a datos íntimos. Me imagino que es

una metáfora de lo que sucede hoy: ellos manejan nuestros antecedentes

más mínimos, saben dónde estamos, por qué autopista corremos, en que

cajero automático giramos dinero…

- Cuando habla de ellos, ¿a quién se refiere?

- A quienes manejan nuestro destino.

- ¿Al gobierno?

- No, a los grupos de poder.

- ¿Elías pertenecía a uno de esos grupos de los que usted me habla?

- No, pero tal vez a una conspiración.

- ¿Contra quién, Mendieta?

- Contra Zumarán, señor detective.

- …

- Por alguna razón Zumarán mató a Elías y puede que con ayuda de Walter.

- ¿Por qué lo dice con tanta seguridad?

127
- Especulo. ¿Por qué rasurar por la fuerza al otro orate dos semanas antes del

asesinato? Seguramente Elías manejaba antecedentes que perjudicaban al

doctor y Walter, en complicidad con Zumarán, trataba de intimidarlo.

- ¿Qué antecedentes podían ser, señor Mendieta? ¿Elías sabía que la

enfermera Lourdes era su amante?

- Podría ser. Era un rumor de pasillo. Seguramente y el orate quería sacar

provecho de esa información.

- ¿Sacar dinero, pedir el traslado, lograr el alta?

- No lo sé. Pregúntele a Walter.

- Mendieta, es lo que hice en mis primeras interrogaciones. Tengo datos que

indican que Zumarán no actuó solo y es mi obligación llegar pronto a la

verdad.

- ¿Usted desconfía de mí?

- A estas alturas del partido desconfío, al igual que Walter, de todo el mundo.

- Eso no me va ni me viene. Estoy tranquilo.

- Mendieta: la noche del incidente encontramos pintada en la sábana de la

cama de Elías una letra. Esa es la M, precisamente la inicial de su apellido. El

asunto es más serio de lo que creía usted, estimado. Déjeme decirle que

queda detenido, mientras dure la investigación.

- (Enfurecido) ¿USTED ESTÁ DEMENTE? ¿ES QUE SIGUIÓ EL CONSEJO DE UN

ORATE PARA ACUSARME? ¿NO VE QUE QUIERE ACHACARME UN CRIMEN DEL

CUAL NO PARTICIPÉ?

- Mendieta, no me alce la voz. Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que

diga será usado en su contra.

Por la vereda norte de la calle Merced, caminan Sanguinetti y Holz tras cruzar sin

sobresaltos la avenida José Miguel de la Barra. El primero se detiene en la esquina

dejando la caja que carga en el suelo. Saca una cajetilla de cigarrillos que guarda en

el bolsillo interno de su chamarra. Está algo agitado, seguro por caminar a tranco

rápido por las calles céntricas de Santiago de Chile, subir y bajar casi sin descanso

128
escaleras por edificios derruidos, cenicientos, tapiados con las cenizas del aire

tóxico capitalino en búsqueda de los elementos electrónicos que requería. Ahora se

permite una isla de tiempo acompañado de su amigo; parados en la esquina se

aprontan a fumar un cigarro y sorbetear los momentos vividos en la jornada. Un

muchacho se les acerca a pedirles fuego. Holz le alcanza su encendedor y el joven

rápido hace arder el adminículo pero se le resbala entre los dedos. Aquél cae al

suelo y, puesto que es un artefacto plástico, no muestra mayor preocupación por el

golpe (Sanguinetti mira a Holz y éste asiente moviendo la cabeza en forma vertical)

Con prestancia se agacha a recoger el aparato que ha saltado lejos. Por milésimas

de segundo habita en un mundo donde gobiernan las piernas, donde los edificios

son más altos y el piso más imperfecto de lo que parece. Sin conciencia realiza un

frenético zapping y una imagen se clava en su retina en tanto se levanta y repite el

rito de producir una minúscula flama con la rueda metálica del encendedor. Ahí está

la cámara, en la llama, mientras Santiago es sugerido en el plomizo del fondo, en el

ruido de los automóviles y personas que pasan.

- Pibe, ¿vivís por aquí?

- Bueno, no por acá, pero relativamente cerca. Trabajo en el ciber que está en

esa esquina.

- ¿Sos estudiante?

- Claro – el muchacho sorbe el cigarro y desvía con sus labios el humo para

que éste no se encuentre con el rostro de Holz ni el de su amigo.

- ¿No querés ganarte unos birlacos?

- Desde luego.

- Vamos al apartamento de este pibe, Holz, mirá, este proyecto de Homo

Sapiens, semita renegado…

- No le hagas caso, pibe.

- ¿Podés llevarnos esta caja? Venimos turnándonos desde Amunátegui y la

muy bestia ya no nos quiere dejar llevarla. Qué sacamos con subirnos ahora

a un colectivo si estamos tan cerca del destino. Vení con nosotros, tomá la

caja.

129
- (Recoge la caja que pesa más de lo que él cree. Comienza a caminar) ¿Viven

cerca?

- Este engendro sí; tiene su estudio y oficina en Merced casi al llegar a José

Victorino Lastarria.

- Vivo cerca de ahí.

- ¿Vos qué estudiás?

- Periodismo.

- Qué bárbaro, pibe. ¿Te va bien?

- Sí, estoy a punto de terminar.

- ¿Laburás en algún medio?

- No, nada más me dedico a la investigación personal.

- ¿Está muy pesado, che?

- No, nada que sea imposible cargar.

- ¿Te gusta inquirir sobre tópicos científicos?

- Sí, o más bien lo tecnológico, todo lo que tenga que ver con computadoras,

vida en el espacio, teorías conspirativas…

- (Sanguinetti vuelve a mirar a Holz. El joven se percata y aquél cambia su

punto de vista) ¿Conocés la historia de John Titor?

- (Extrañado) ¿Ustedes han oído hablar de él?

- Desde luego, che. ¿Por qué te admirarás de que lo conozcamos?

- Porque es un caso emblemático de Internet. No cualquier tipo sabe de él, a

menos que sea un asiduo visitante de la red.

- ¿Y eso?

- No quiero ofenderlos pero ustedes son mayores, sus perfiles no coinciden

con los que navegan por Internet frecuentemente.

- Pero lo hacemos de vez en cuando.

- Somos investigadores.

- ¿Qué investigan?

130
- (Ambos ancianos se miran. Holz luego de codificar los ojos de su amigo,

respondió) Mirá, no podemos replicarte ahora, si querés te lo explicamos en

casa.

- Discúlpenme, pero voy apurado. Los dejo en la puerta y me largo. Pueden o

no pagarme, me da lo mismo.

- Che, no te acojones; perdoná, no pretendemos molestarte, no somos

ningunos trolos, pibe, verdad.

- Sanguinetti y yo somos psiquiatras; estamos en Chile hace unos treinta

años. Somos argentinos…

- Sí, me di cuenta.

- Hemos estado investigando sobre una máquina creada por un científico na…

- Nacional…

- Claro, y bueno… che, hemos estado laburando en ella.

- Es un bicho lleno de cables. Queremos viajar en el tiempo.

- ¿Y quieren que yo les crea? Acá está la caja, tomen. Adiós.

- Eh, pibe, yo lo pensaría más detenidamente.

- …

- Puede que te vayamos a jorobar al ciber…

- O tal vez charlar con tu jefe para que te despidan, che.

- (Maracos) Demuéstrenme que es cierto.

- ¿Conocés la Internet?

- Desde luego.

- ¿Amás el misterio y la investigación?

- Claro.

- Bueno. Yo también y te lo demuestro: la historia de Titor es un fake; así como

los atentados de las Torres Gemelas, la llegada del hombre a la Luna; la

Manuscrito Voynich es explicado mediante tres teorías…

- …

131
- el video Obedece a la Morsa es creación de un navegante anónimo usando

imágenes de Johnny Baima, enfermo poliomielítico y la explicación de los

mensajes subliminales al interior de él es también un fake…

- ¿Dónde está el oro de los nazis?

- En los cigüeñales de los tractores Lanz Bulldogs modelo 45, año 1942 en

adelante.

- (Sonriendo) Hitler murió en Chile.

- O en un refugio ubicado en la Antártica.

- (Rendido) Vamos, les acompaño. La caja, señores.

Rápido los tres llegaron al apartamento de calle Merced, enclavado en el Barrio

Lastarria. El viento movía en las veredas las hojas de los árboles como si fuese una

procesión anárquica; éstas golpeaban las paredes, los fierros de los postes, los

enanos amarillos escupe agua. El edificio no distaba de ser igual a aquellos que

abundan en el centro de Santiago; líneas rectas, con ligeras reminiscencias de arte

gótico en sus ángulos; el smog había acariciado con sus manos sucias las murallas

tiñéndolas de hollín; la humedad de las lluvias antiguas sugería un halito verdoso en

algunos puntos escondidos, alrededor de las ventanas. Se introdujeron a un

conjunto de departamentos a los que se ingresaba por una reja simple. Holz abrió y

antes que Sanguinetti pasara entró el joven periodista a sugerencia del segundo. En

el acceso izquierdo les esperaba una escalera; subieron por ella; el olor a humedad

era patente, demasiado obvio para ser invierno, diríamos hasta insultante; y

llegaron al cuarto piso. La puerta blanca contenía una placa de bronce,

seguramente limpiada hace muy poco, con la inscripción:

SAMUEL HOLZ

PSIQUIATRA

El anciano abrió la puerta y, en medio de la oscuridad ésta pareció ser la entrada

luminosa del cielo, o tener el resplandor de un cooler lleno de cervezas, dentro de

las tinieblas de un bar. La imagen se difumina y aprovecha el rectángulo de la

puerta para igualarlo con la del refrigerador de lugar donde beben los dos amigos.

132
- CUANDO ENTRÉ IGUAL ESTABA CACHUDO. IMAGÍNATE, DOS VIEJOS, ESA CAJA

LLENA DE ELEMENTOS ELÉCTRICOS, Y EL TIPO QUE SE MANEJABA EN EL

CUENTO. ERA PARA NO DUDAR. – CHUCHA LA MÚSICA ESTÁ A TODO

CHANCHO.

- EN TODO CASO.

- SI PUH / PAGATE UNA CHELA, POR FAVOR … VALE

- FLACO, ACÁ SE DA LA MISMA DIALÉCTICA DE LO QUE SUCEDE EN NUESTRA

VIDA DIARIA: EXISTE UN MUNDO PARALELO, DEL CUAL NO NOS INFORMAN

LOS MEDIOS; ESTOS VIEJOS CABÍAN DENTRO DE ESE MUNDO. MUCHAS

COSAS EXISTEN EN ÉSTE, COSAS QUE CONSIDERAMOS MISTERIOS O

IMPOSIBLES, PERO DESDE LA PERSPECTIVA DE DICHO ÁMBITO NO LO SON.

- PERO, CREAR UNA MÁQUINA DEL TIEMPO, ¿NO TE PARECE UN VIL ENGAÑO?

- NO, COMPADRE. YO CREERÍA ASÍ SI ES QUE LOS VIEJOS SE ESMERARAN POR

SER RICOS, FAMOSOS Y ESO. PERO, ¿GASTAR MUCHO DINERO EN ALGO Y NO

LUCRAR CON ELLO? ¿QUÉ SENTIDO TIENE DENTRO DE LA MECÁNICA DE UN

ESTAFADOR? NINGUNA. ¿ESTÁ BIEN O TE ECHO MÁS?

- ESTÁ BIEN, GRACIAS. LA DESIGNACIÓN “MÁQUINA DEL TIEMPO” YA ME

PARECE CHANTA.

- SÍ, LÓGICO, PERO NO TE HE EXPLICADO LOS DETALLES DE ELLA. NO ES

PRECISAMENTE UNA MÁQUINA DEL TIEMPO EN EL SENTIDO ESTRICTO DEL

TÉRMINO, DIGAMOS ES… UN APARATO QUE AYUDA A DESPERTAR

RECUERDOS.

- ¿ALGO ASÍ COMO LA HIPNOSIS?

- SÍ, PARECIDO. LA CUALIDAD QUE TIENE ESTE ARTILUGIO ES EL DE, COMO TÚ

DICES, HACER UNA ESPECIE DE HIPNOSIS PERO, A LA VEZ DE DESPERTAR

LOS RECUERDOS, SENSACIONES, OLORES, IMPRESIONES TÁCTILES,

SONIDOS. TODO ESTO MEDIANTE ELECTRODOS UBICADOS EN LUGARES

ESTRATÉGICOS DEL CUERPO DEL PACIENTE Y OTROS ELEMENTOS.

- ¿TIENE QUE VER CON EL VIAJE A VIDAS PASADAS, POR EJEMPLO?

133
- ALGO ASÍ, PERO EN LA VIDA PERSONAL PROPIA. ES, EXPLICADO ASÍ,

PERFECTAMENTE POSIBLE, TODA VEZ QUE LAS SENSACIONES EMPUJAN

RECUERDOS O VICEVERSA. UN ASPECTO DISTINTO A LA “FABULACIÓN” DE

LA CUAL HABLA HOLZ, COMO ASPECTO RELEVANTE DE LA HIPNOSIS.

- ¿?

- DE ACUERDO AL PSIQUIATRA, LA GENTE COMIENZA A FABULAR O HISTORIAR

SOBRE LA BASE DE VAGOS RECUERDOS. CON EL EJERCICIO SE INVENTAN UN

“PARCHE” – POR MENCIONAR UN TÉRMINO COMPUTACIONAL- PARA CUBRIR

CIERTOS ESPACIOS DE VACÍO, BACHES DE INCERTIDUMBRE Y CON ESO

TRANQUILIZAR SUS PENSAMIENTOS. PERO NO DEJAN DE SER FICCIONES,

DEMOSTRACIÓN DE LA NECESIDAD DE MITIFICAR AQUELLOS ASPECTOS QUE

NO POSEEN EXPLICACIÓN LÓGICA.

- CON ESTA MÁQUINA, ENTONCES, SE LOGRA LA EXPRESIÓN DE UN

RECUERDO EN LOS OÍDOS DEL DOCTOR.

- NO, Y ESO ES LO RESCATABLE. EL RECUERDO LIBERADOR NO SE HACE

SOBRE LA BASE DE LA RESPUESTA DEL MÉDICO, SINO POR LA RE

EXPERIMENTACIÓN DEL MOMENTO. EL PUNTO ESTÁ EN VOLVER A VIVIR

AQUELLO QUE ESCAPA AL RECUERDO, ES COMO LLEVAR AL PACIENTE A UN

ESTADO ALFA, UN ESTADO QUE VA MÁS ALLÁ DE LA CONCIENCIA.

- HUMMMM, INTERESANTE. PERO, ¿CUÁLES SON LOS RIESGOS?

- ES LO QUE NO TIENEN CLARO AÚN HOLZ Y SANGUINETTI, EL TIPO QUE LE

ACOMPAÑABA. ESPECULAN QUE QUIEN SE SOMETA AL APARATO PUEDE

QUEDAR “PEGADO” AL RECUERDO Y NO SALIR DE ÉL, PERDIENDO LA

MEMORIA DESDE EL MOMENTO EVOCADO HASTA SU PRESENTE. PERO ESTO

ES LUCUBRAR, SEGÚN LOS ANCIANOS.

- ¿QUÉ HABÍA EN LA CAJA QUE TE PIDIERON CARGAR?

- ME PERCATÉ QUE AGRUPABA ELEMENTOS ELECTRÓNICOS, PERO ANTIGUOS.

HOLZ SACÓ UNA PEQUEÑA URNA DE CARTÓN CORRUGADO, OLÍA A

NAFTALINA, LA MIRÓ Y SACÓ ALGO ASÍ COMO UNA BOMBILLA, ONDA

TELEVISOR BOLOCCO DEL AÑO DEL ÑAUCA.

134
- CHUCHA, FUERTE LA COSA.

- NO ES ALGO EXTRAÑO: EL CIENTÍFICO QUE IDEÓ LA MÁQUINA ERA UN TIPO

QUE VIVIÓ EN LOS AÑOS SESENTA EN ARGENTINA.

- ERA FÍSICO.

- NO, PSIQUIATRA, IGUAL QUE HOLZ Y SANGUINETTI.

- ¿TE DIJO EL NOMBRE DEL GENIO?

- NILSSON. SEGÚN ELLOS ERA UN TIPO SUECO.

- ¿POR QUÉ DICES “SEGÚN ELLOS”?

- POR QUE EL TIPO HIZO EL MISMO RECORRIDO QUE HIZO LA MAYORÍA DE LOS

ALEMANES ESCAPADOS LUEGO DE LA CAÍDA DE HITLER: BUENOS AIRES,

SANTIAGO Y…

- ¿Y QUÉ?

- HOLZ TENÍA UNA FOTO DE ÉL JUNTO A SU AMIGO ACOMPAÑADO DEL

PROFESOR. OCUPABA GRAN PARTE DE LA PARED. AMBOS CARGABAN

SENDAS CARPETAS. DISCULPA, SE ME FUE LA ONDA. ME HABÍAS

PREGUNTADO EN DÓNDE ESTABA. BUENO, SEGURAMENTE HABÍA FALLECIDO

EN EL SUR. NO ME ESPECIFICARON EL LUGAR.

- EL TIPO, SEGÚN TÚ, SERÍA ALEMÁN.

- BUENO, ES ALGO QUE CREO, PERO NO TENGO FUNDAMENTOS PARA

AFIRMARLO. ES NADA MÁS QUE UNA DE ESAS CORAZONADAS QUE UNO

TIENE PERO NO SE SUSTENTAN EN NINGÚN HECHO CONCRETO. PERO SERÍA

RARO.

- ¿EL QUE FUESE ALEMÁN?

- CLARO.

- ¿POR QUÉ?

- HOLZ ES JUDÍO. DE ACUERDO A LO QUE ME DIJO, LAS INVESTIGACIONES DEL

PSIQUIATRA SUECO EMPEZARON EN LA DÉCADA DEL CUARENTA.

CLARAMENTE SUS LINEAS INVESTIGATIVAS TENÍAN UN TINTE PRAGMÁTICO,

ESTUDIAR LA MENTE DEL HOMBRE, ¿PARA QUÉ?

- PARA OBTENER LA SUPREMACÍA SOBRE LOS ALIADOS. SUENA COHERENTE.

135
- SÍ, DESDE LUEGO. PERO QUEDAMOS AHÍ, EN UNA MERA ESPECULACIÓN, UNA

SIMPLE HUELLA, DENTRO DE LAS MILLONES QUE SE VEN EN LA ARENA.

- Y BIEN SHAI. ¿QUÉ DE ESTO, AGNES Y EL PREDICADOR?

- NO SÉ; EL HECHO FUE DEMASIADO ALUCINANTE, POR ESO TE LO CONTABA Y

PORQUE, SEGURAMENTE, RELACIONÉ ESTE CUENTO CON LO QUE ME DIJISTE

HACE ALGÚN TIEMPO: TU EX IBA A SESIONES DE PSICOANÁLISIS CON UN

PSIQUIATRA.

- CLARO.

- ¿Y TÚ CREES QUE ES EL MISMO DOCTOR?

- NO. DESDE LUEGO QUE NO. ESO SERÍA MUCHA COINCIDENCIA. PERO EL

CONTACTO NOS AYUDARÍA A ENTENDER LA MECÁNICA DE PENSAMIENTO DE

LA AGNES Y CONOCER SU COMPORTAMIENTO.

- PODRÍAS TÚ PREGUNTARLE SOBRE LA VAINA DE CONTAR PASOS, SEGURO

QUE TE ACLARARÍA EL ROLLO Y LOS DEMÁS.

- BUENA IDEA.

- SALUD POR ESO.

- SALUD. OYE, UNA PREGUNTA, ASÍ COMO DE CURIOSO. ¿POR QUÉ A LOS

VIEJOS SE LES OCURRIÓ REVELARTE EL SECRETO? ¿NO SE SUPONE QUE

ESAS COSAS SON CONFIDENCIALES? ¿SE LO IBAN A CONTAR AL PRIMER

GALLO QUE ENCONTRARAN EN LA CALLE?

- …

- TE CAGUÉ CON LA PREGUNTA, FLACO.

- PRIMERO PENSÉ QUE ERAN MARACOS, SÍ, LA DURA. IGUAL ME DIO UN POCO

DE JULEPE, PERO BUENO, MI VOCACIÓN DE INVESTIGADOR ME HIZO IR CON

ELLOS.

- YO CACHO QUE QUIEREN AGUACHARTE PARA QUE SEAS EL CONEJILLO DE

INDIAS DEL EXPERIMENTO.

- YO PENSÉ LO MISMO.

- ¿NO TE LO HAN DICHO?

136
- NO, FLACO, PERO IGUAL CACHO QUE VAN A ESPERAR EL MOMENTO PARA

DECÍRMELO, SINO, ¿POR QUÉ COMPARTIR EL SECRETO CON UN EXTRAÑO?

- POR ALGO TE ESCOGIERON. LES DISTE LÁSTIMA, CULIAO.

- NO PASA NA. LES PEDI FUEGO. SE ME CAYÓ EL ENCENDEDOR Y ME AGACHÉ A

RECOGERLO. ASÍ FUE TODO.

- ¿CÓMO IBAS VESTIDO?

- JEANS, ZAPATILLAS CHAPULINAS Y POLERA NEGRA.

- ¿CUÁL, LA DEL PROYECTO MATRIZ?

- CLARO.

- HE AHÍ LA MADRE DEL CORDERO. LOS VIEJOS SE MANEJAN EN LOS PERFILES.

DE PRONTO VIERON A UN CABRO CON PINTA DE ESTUDIANTE, QUE SE VEÍA

CULTO, CARA DE MATEO… EL VIEJO CACHA SOBRE LO QUE APARECE EN

INTERNET. ESTÁ INFORMADO. ERES EL TIPO DE JOVEN QUE ANDAN

BUSCANDO. LA GENTE QUE ABRAZA LA FILOSOFÍA DEL PROYECTO NO ES

CUALQUIER PERSONA, ES, USUALMENTE GENTE CRÍTICA, QUE ABRAZA LA

SUBVERSIÓN. EN ESE SENTIDO ELLOS TRANSMITEN EN LA MISMA

FRECUENCIA.

- LES GUSTA LEER EL LADO B DE LAS COSAS.

- CLARO. ¿EN QUÉ QUEDASTE CON ELLOS?

- LES VOY A VISITAR MAÑANA.

- ¿QUÉ SE SUPONE QUE HARÁN?

- SUPUESTAMENTE HABRÁN TERMINADO LA MÁQUINA. LOS ELEMENTOS QUE

COMPRARON ESA MAÑANA DEL ENCUENTRO ERAN LOS QUE LES FALTABAN.

SEGÚN ELLOS, HABÍAN TRABAJADO CERCA DE DOS MESES A FULL.

- Y TE SUBIRÁN ENCIMA PARA QUE LA PRUEBES. CAGASTE, SHAI.

- PA QUÉ ESA, SI NO ES ASÍ. POR LO PRONTO LOS VIEJOS NOS AYUDARÁN A

DESCUBRIR QUIÉN VERDADERAMENTE ES AGNES CON TODOS SUS

MISTERIOS.

- BUENO, AMOR CON AMOR SE PAGA. LO QUE SÍ, ES MEJOR QUE NO VAYAS

SOLO.

137
- SI VOY ACOMPAÑADO VAN A SOSPECHAR.

- SÍ, ESTÁ BIEN, AL MENOS YO TE PUEDO ACOMPAÑAR Y ESTAR CERCA.

- CHUCHA, PODÍS ESPERARME EN EL DEPTO DE LA AGNES (risas)

- CORTA EL HUEVEO. A TODO ESTO, ¿ES QUE VIVE MUY CERCA?

- A LA VUELTA. LA DURA, NO ESTOY MINTIENDO.

- RARA LA HUEÁ. BIEN, AL FRENTE, POR CALLE MERCED HAY UNOS BARETOS Y

LIBRERÍAS. TE PUEDO SECUNDAR AHÍ; LLEVAS TU CELULAR Y ME PINCHAS SI

PASA ALGO.

- BUENA IDEA. CAPAZ QUE LO DE LOS VIEJOS SEA PURO CUENTO Y QUIERAN

PURO VIOLARME.

- EN TODO CASO, SHAI. CHUCHA, SE ME SECÓ LA JETA. ¿VAMOS POR OTRA

CHELA?

- DE MÁS.

Abel Aguad, reportero de algunos medios de injerencia menor, se interesó en el

caso del asesinato de Elías y el suicidio del doctor Antonio Zumarán, al indagar que

las investigaciones de la policía no se agotaron con la muerte de este último. Según

Garaycochea, uno de los detectives encargados de las pesquisas, el detalle de la

inscripción dejada por el occiso en la sábana, les daba a entender que el caso no

estaba resuelto en tanto la acción de la víctima sugería – de acuerdo a la lectura de

los investigadores- había un mensaje importante que develar. Pero el tema parecía

ser nada más que un caso relativamente sobresaliente dentro de la pauta

monocorde de su agenda, hasta que, designado por el editor periodístico de la radio

en la que trabajaba, tuvo que cubrir una huelga de trabajadores de la salud que se

extendía por cerca de diez días, en las dependencias del Hospital Barros Luco.

Llegando al lugar encontró alrededor de un centenar de trabajadores, entre

auxiliares, enfermeros y paramédicos que obstaculizaban la entrada sosteniendo

carteles y lienzos con mensajes contrarios a la gestión del gobierno. Preguntó a los

manifestantes sobre quién hacía las veces de vocero del grupo. Un hombre entrado

en años le señaló a una enfermera vieja que hablaba por celular, parapetada en la

138
muralla de entrada al hospital. Esperó que la mujer terminara con el ritual y tan

pronto ésta guardó su teléfono le abordó con gentileza. Aguad se presentó y le

explicó los motivos por los que estaba ahí. La enfermera pareció recibir sus palabras

con una emoción neutra, lo cual, si bien no incomodó al periodista, le produjo cierto

amargor en los labios, que disimuló formulando preguntas livianas introductorias,

mientras anotaba en su libreta. Luego de unos minutos de plática y que la

enfermera le explicara los pormenores de la protesta, Aguad se dispuso a llamar a

los estudios centrales para coordinar un despacho en vivo. El editor jefe le

respondió que estaban ocupados con la sección de deportes, por lo cual sería

imposible atender a la petición, no obstante grabarían la entrevista que Aguad haría

a la mujer y posteriormente, en el transcurso de la mañana, la reproducirían. Así lo

hizo Aguad, sin sobresaltos y por vez primera tras el encuentro, sintió que su

interlocutora mostraba alguna simpatía por su presencia. Un hombre que le miraba

desde un kiosko de diarios se le acercó con alguna dificultad. Poseía un parche en la

cabeza que ostentaba ligeramente la supuración de una herida. Al principio el

periodista pensó que era un tipo que se le acercaba a pedir fuego o a solicitarle

alguna información. El hombre vestía bien, por lo que no se asustó sino que miró el

acercamiento con algún grado de expectativa.

- ¿Usted es periodista? – le preguntó.

- Sí, claro. Abel Aguad, un gusto.

- Mendieta, para servirle. Discúlpeme, pero no quiero perder el momento –

carraspeó ayudándose con el interior del puño derecho.

- Cuénteme.

- Creo haberlo visto en las dependencias del Hospital Psiquiátrico a propósito

de la historia del orate asesinado.

- Sí, claro – el periodista le miró a los ojos, tratando de relacionar la

información dada con la fisonomía de quien tenía frente así; sin embargo, le

fue imposible.

- Soy candidato al título de psiquiatra. Zumarán iba a ser mi profesor guía de

tesis.

139
- (Los sentidos del periodista se despertaron) ¿Está muy apurado? ¿Podemos

charlar?

- Sí, desde luego.

Rápido cruzaron la Gran Avenida y se sentaron en uno de los bancos que había

en el lugar. Aunque el cielo se cubría de nubes oscuras precisamente en ese

espacio de la ciudad éstas se abrían, permitiendo que el sol hiciera contacto con

la tierra.

- Fui detenido por los detectives que investigan el caso. Sospechan de mí;

piensan que sabía del plan para asesinar a Elías. Recién me soltaron ayer y

estoy con medidas cautelares – dijo Mendieta, tratando de afirmar la voz.

- ¿Por eso lo del parche en la cabeza?

- Sí. Pensaron que ocultaba algo, no se conformaron con lo que les dije. Por

eso me golpearon.

- ¿Por qué dudan tanto? ¿Es que usted verdaderamente tuvo participación en

los hechos?

- No, no lo sabía. Nunca me imaginé que Zumarán mataría al paciente, menos

que luego se suicidaría. Desconfían de mí porque la víctima escribió en una

sábana la letra M.

- …

- Mi apellido es Mendieta, eso me caga.

- ¿Qué quiere que haga?

- No sé cómo defenderme. No tuve nada que ver con el asesinato, pero las

fatales coincidencias me acusan injustamente (llora)

- (Conmovido) Dígame cómo puedo ayudarle.

- Alguien podría interpretar lo escrito por la víctima con su sangre en esa

sábana. Esa verdad me libraría. Le dije al detective que dicha letra bien

podría ser no una M sino una W.

- De Walter, otro de los sospechosos.

- (Sorprendido y desconfiado) ¿Cómo lo sabe?

- Estoy investigando el caso. Mondaca es otro de los interrogados.

140
- ¿Cree usted que él participó en el crimen?

- No. Según las informaciones que manejo Zumarán y el funcionario no

poseían un contacto cercano, por el contrario, Mondaca era considerado por

el doctor, de acuerdo a lo que investigué, un pésimo funcionario. Ese día

llegó, como era su costumbre, tarde.

- …

- ¿Usted cree que soy el principal sospechoso de ser cómplice de Zumarán?

- No, Mendieta. Y se lo digo con total sinceridad.

- Gracias. Esto parece una vil novela. Imagínese, no basta con decir la verdad,

sino que las circunstancias se concierten para que otros la crean. Es una

pesadilla.

- Pesadilla. – Aguad se queda prendido varios segundos, como si la palabra

pronunciada tuviera eco en el ambiente y él se dispusiera a escuchar hasta

el último reflejo sonoro en aquél.

- Sí, estimado.

- ¿Supo que durante las últimas semanas Zumarán sufrió innumerables

pesadillas y alucinaciones?

- No, nada más le noté algo demacrado, así como mal dormido.

- ¿Está seguro que no le contó nada a usted del contenido de esos malos

sueños?

- No, señor Aguad, estoy seguro.

- Pero lo vio indagando en algunos textos…

- (Piensa) Si pudiera traer a la memoria cada mínimo detalle de esos días…

Creo que le mencioné que me sorprendió ver un tomo de matemáticas en el

escritorio de Zumarán.

- No, no me lo dijo a mí, tal vez lo expresó en su declaración.

- Quizás así fue. Es lo único raro que recuerdo.

141
- El historial de Google en su equipo señala búsquedas que poseen relación

con materias relativas a su trabajo, pero otras referidas al alfabeto griego y a

las matemáticas como usted lo evoca.

- Creo que me preguntó alguna vez qué me sugería un signo. Pero en estos

momentos no recuerdo cuál.

- Lo desconozco. La persona más cercana, su cuñada y amante declarada,

Lourdes, refirió el contenido de sus episodios oníricos. Pero sus declaraciones

son, por decirlo menos, exiguas, aportan muy poco. Creo que, si pensamos

en cómplices, ella es mi principal candidata. La policía – que no es nada de

ingenua- piensa igual que yo. Usted no debe preocuparse, señor Mendieta,

los detectives le han amenazado para ganar tiempo, para dárselas de

grandes, porque saben que usted tiene mayores estudios y es, socialmente,

más importante que ellos. Pero valen mierda, eso es decir la verdad.

- Es lo que creo, señor Aguad.

- ¿No le dice algo la letra “sigma”?

- (Mendieta parece despertar de un coma conciente) Claro, era…

precisamente el grafema por el que preguntó Zumarán.

- ¿Conoce usted cómo se escribe?

- Sí, desde luego. ¿Tiene usted un lápiz?

- Sí, por favor tome – Aguad le acercó el bolígrafo que guardaba en su

chaqueta-

Mendieta escribió en el papel dos grafemas:

ς σ

- ¿Dos signos?

- No. Es la misma letra expresada al medio y al final de una palabra.

- ¿Qué podría significar?

142
- Desviación estándar, densidad superficial de carga. Creo que tiene otra

utilidad más…

- Piense, Mendieta.

- Creo que también el concepto de… conductividad eléctrica.

- ¿Cree usted en los sueños premonitorios?

- Profesionalmente no.

- Bueno, entonces no tenemos cómo suponer y, por lo mismo, tampoco

material para hipótesis a comprobar (Aguad se queda mirando el papel, con

total perplejidad en el rostro. Se muerde los labios con cierta rabia)

- Aguad. Espere.

- Dígame.

- He omitido un dato…

- …

- La sigma también tiene una variante en mayúscula.

- ¿Sí?

- Sí.

- ¿La puede usted anotar aquí?

- Desde luego.

Mendieta rayó en el papel lo siguiente:

Σ
- ¿Ve usted lo mismo que yo? - le preguntó el periodista.

- Veo la letra que escribí.

- Pues yo veo una M, que invertida bien podría ser una doble V. Hemos llegado

a buen puerto, Mendieta.

- ¿Saber que Elías no se refería ni a Mondaca ni a mí?

- Claro…

- Pero eso no me excluye de ser uno más de las cuatro lecturas existentes.

- ¿Cuáles son las otras, según usted?

143
- Mondaca, Walter y que Elías hubiese escrito un tres a la usanza de los

caracteres antiguos del primer siglo – recuerde que su delirio es creerse un

profeta bíblico- e indicar con ese número que Mondaca, Walter y yo somos

los involucrados en su muerte.

- Más el autor material, el doctor Zumarán que no se contaría dentro, por ser

el autor propiamente tal del crimen (silencio) Chucha, quedamos en la

misma.

- No puedo más con esto, señor Aguad.

- Pero no ha hecho alusión a la Sigma mayúscula; bien podría usted señalar en

la próxima declaración que era el material de pesadillas del doctor y que el

asesinado lo sabía, por eso lo de la inscripción.

- ¿Conoce usted el contenido de las declaraciones de Lourdes?

- No, salvo lo mínimo que le expresé (pausa). Pienso que ella tiene mucho qué

decir respecto del asesinato. Si desea puedo platicar con Martínez o

Garaycochea e indagar el contenido de su confesión. Eso podría ser esta

tarde o mañana antes de mediodía.

- Le agradecería de por vida, señor Aguad.

- (Pausa) ¿Le podría hacer una última pregunta?

- Desde luego.

- ¿Qué hacía usted aquí, señor Mendieta?

- Zumarán, días antes de fallecer, me sugirió como base para iniciar mi tesis,

un caso ocurrido a mediados de los años setenta. El hecho ocurrió aquí; la

noche de la muerte de Zumarán precisamente vine por primera vez y

platiqué con la enfermera que usted entrevistó. El celular de él registró la

llamada que hice desde aquél teléfono público (Mendieta apunta con su

dedo). Continúo indagando en el tema, pues me parece extremadamente

interesante.

- El tema ¿tiene relación con el proceso por el que estaba viviendo el doctor?

144
- (Piensa) Si hay que determinar cierta filiación, diría que ambos casos, el de

Elías y el de Yoshua, corresponden a lo que en psiquiatría se denomina

Delirio Mesiánico.

- Yoshua… (reflexiona).

- Es un nombre hebreo del cual deriva Jesús, uno de los nombres del Hijo de

Dios.

- No había oído dicho nombre, es algo extraño al oído.

- ¿No podría referirme en qué consiste la historia de Yoshua?

- Desde luego.

- Le escucho.

EXTERIOR – PLAZA DE LA CONSTITUCIÓN – SANTIAGO DE CHILE – MEDIA TARDE

En el centro de la pantalla Emanuel de espaldas. Escuchamos el sonido de

interferencias en un radio. El joven, que está justo en medio, observa el edificio que

tiene frente a sí. La cámara lo enfoca, luego, con movimiento circular, en

contrapicado. Parece en trance, pues sus ojos no dejan de fijarse en algún punto del

Palacio de Gobierno. Quizás mira más allá de él, en una perspectiva supra

temporal. El sonido de una gota de agua golpeando una poza.

EMANUEL : Las autoridades son impuestas por mi Padre. Los

pueblos les deben obediencia y respeto. Pero dicha obediencia y respeto no es,

digámoslo, militarista, sino afectiva. Uno debe amar a quienes gobiernan. Eso desde

las bases: el alumno con su profesor, el profesor con su director, los obreros con sus

jefes, los hijos con los padres. Nadie escoge sus autoridades, ¿o tú lo crees?

AGNES : Uno opta por ellos mediante su voto. Al menos así es la

democracia.

EMANUEL : Tienes tres o cinco opciones. Eso ya es un límite. ¿Quién

determina las opciones? Quienes detentan el poder. Un círculo vicioso.

AGNES : Es cierto…

145
EMANUEL : Llegará el día en el que la autoridad sea un perfume

que expelen los poros de nuestros líderes. No será necesario votar por ellos, nada

más les seguiremos. Autoridad ontológica, no epistemológica.

AGNES : ¿Quiénes son nuestros líderes? Quizás los que hablan

más, los que mediante voz fuerte dicen saber algo, pero lo desconocen; quienes son

capaces de hacer las cosas a su manera y dominar sobre la gente para su beneficio.

EMANUEL : Si no hay fe, las pasiones de los hombres no pueden ser

neutralizadas y fácilmente son vulnerables a las tentaciones del poder.

AGNES : ¿Y qué es la fe?

EMANUEL : La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de

lo que no se ve. En la actualidad vemos como siluetas todas las cosas, pero llegará

el momento que empezaremos a ver las cosas tal cual son.

AGNES : ¿Por qué la gente opta por seguirte? ¿No es eso algo

ególatra?

EMANUEL : No me siguen a mí. Intentan llegar al Padre. Cada quien

es libre de leer la realidad como quiera, pero es posible que lo haga prejuiciado por

sus demonios.

AGNES : Entonces, ¿no existe lectura llana o libre?

EMANUEL : Dios permita que leamos todo con libertad de pasiones,

con amor de por medio. Pero también actuemos con el nivel de las circunstancias,

pues la fe sin obras es muerta en sí misma.

AGNES : ¿Dios es de centro?

EMANUEL : Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios.

Creo que propugnaría que todos se dieran la mano y que solucionaran el problema

de la pobreza, que los jóvenes estudiaran gratis y que cada obrero tuviera un sueldo

digno.

AGNES : Ja, ¿crees que es posible?

EMANUEL : Para el que cree, todo es posible. Pero no va a pasar,

mientras que la gente luche por el poder. Las ansias por el poder, ahogan todo

esfuerzo por justicia // ¿No logras ver las llamas por las ventanas?

146
AGNES : ¿Dónde?

EMANUEL : En el palacio. ¡Oh, Padre Amado! ¡Los gritos de la gente

allá adentro!

AGNES : ¡Emmanuel, estás alucinando, por favor no me asustes!

EMANUEL : …La sangre de las víctimas del fusil correr por los patios

desolados del edificio; las heridas abiertas de nuestros hermanos…

AGNES : (Afectada) Basta…

EMANUEL : … los huesos secos de los desaparecidos que asoman

de entre las arenas del desierto, de entre las rocas del mar, desde los pantanos de

los bosques sureños y se unen en la ciudad triste y sombría. Ahí vienen, con su

sonido de multitud (cierra los ojos con miedo, está como en un trance).

AGNES : (Llorando) Emanuel, no sigas.

EMANUEL : Nadie lo ve, eso es lo que acongoja al Padre, nadie

quiere advertirlo.

CORTE.

EXTERIOR – AVENIDA SANTA ROSA – SANTIAGO DE CHILE – TARDE

Ambos. Quizás no los mismos tras los múltiples diálogos gatillantes, pero ellos, al fin

y al cabo, estructuras especificadas, con cierta elasticidad para el cambio.

Transitan por el cordón industrial sur de la ciudad, avenida Santa Rosa, con sus

levantamientos ciclópeos, cenicientos, que se diluyen en el color de la ciudad.

Algunos ruidos ahogados se distinguen entre los zumbidos parasitarios de los

automóviles: golpes de metales, el sonar de las tripas de las máquinas, el ronroneo

de los motores, el bramido de las poleas de los colosales sistemas. Afuera el frío

ataca sus pieles, pese a sus atavíos gruesos; el cielo, con sus puños plomizos es

más cercano, ligeramente pigmentado con manchas negras. Han caminado largas

cuadras y nada más parecen absortos, cada uno en su mundo interno, que es,

extrañamente, más profundo que el que avizoran cada mañana al levantarse,

quizás como dos agujeros negros, misteriosos, indescifrables. Tal vez en esta parte

de la historia sus diálogos no serían más que un accesorio para el juego de la

147
acumulación, un módulo de estado – no de acción- dentro de la trama general, pero

el episodio pone en evidencia cierto detalle ya enunciado en las páginas anteriores:

el texto de un ciudadano de esta gran urbe, cuya significación, es para todos

quienes lo leen, un signo opaco que admite un sinnúmero de interpretaciones que,

al final, en su multiplicidad, nos dejan en la misma incertidumbre y ésta, no nos

permite sobrepasar su lectura.

El texto, ubicado en esquina de Carlos Valdovinos y Avenida Santa Rosa, es el que

sigue:

HOLA
MI NOMBRE ES OSCAR LUCERO
LES POL FAVOL QUE NO SE MEMO-
ENTRE USTEDED LAS CICATRICE
NILA CANTIDAD DE LUNARE ANOTENCE
ENTRE U

Es Emanuel quien la invita a Agnes al lugar, una derruida muralla que tapia la

entrada de un antiguo galpón. Ésta no logra llegar hasta el extremo horizontal

superior, por lo que posee arriba puntas de vidrios para que alguien no se atreva a

ingresar por ese espacio. Ambos frente a la construcción de ladrillos.

AGNES : Llegará un día que el control será extremo; conocerán

nuestros datos, el lugar dónde vivimos, a qué hora salimos de casa, a qué hora

volvemos, cuál es nuestra posición política, nuestra religión, el camino a nuestros

lugares predilectos, la autopista que ocupamos, su hora…

EMMANUEL : Control, control… la relación exigida por los autócratas;

el liderazgo propuesto por mi Padre esgrime la colaboración. Sin embargo, en los

postreros tiempos la Bestia, anunciada por el Apocalipsis, gobernará el mundo con

sus mentiras y hará marcar a todo aquel que quiera comprar o vender con su

marca.

AGNES : El seis, seis, seis…

EMMANUEL : Puede que el apóstol Juan haya trascrito dicho dato de

acuerdo a su horizonte de expectativas o a su acervo, así como interpretó como

148
potencias del cielo a lo que los exegetas actuales refieren a aviones o misiles.

Recuerda que escribió el Apocalipsis sobre la base de una visión.

AGNES : Leyó los hechos de acuerdo a su época.

EMANUEL : Es cierto, pero también con la delicadeza adecuada

para no asustar a los seguidores del Padre. Otros aspectos los expresó en metáfora

para que nada más los escogidos pudiesen entender, pues los del Camino sufrían la

persecución de los romanos. A eso hay que sumar que lo que leemos es una

traducción de otras traducciones. Y más que traducciones: interpretaciones.

AGNES : Qué es lo verdadero, entonces.

EMANUEL : La Biblia es la voz conocida de mi Padre, pero él ha

hablado a través de los siglos. ¿Quién ha determinado el canon de ella? ¿Sobre qué

criterios? ¿Quién determina qué interpretación es la adecuada?

AGNES : Cada receptor, seguramente.

EMANUEL : Tú lo has dicho: la verdad está en uno. No en el

significado o significante, sino en el espíritu.

AGNES : Qué cursi.

EMANUEL : Exacto, pero aún así lo que has dicho, lo dices a través

de tu experiencia y ésta es válida para ti. Para otro puede que no sea visto del

mismo modo con que tú lo ves, pero es también legítimo.

AGNES : ¿Quién es Oscar Lucero?

EMANUEL : Es un obrero venido del sur del país. Trabajó en una de

las fábricas de este sector en los tiempos de la Unidad Popular. Fue exonerado

político y luego torturado por los aparatos de Pinochet. Ese recuerdo le trastornó.

Hoy vive en el hospital psiquiátrico; antes de que se le declarara demencia vino a

una de estas fábricas y escribió esto.

AGNES : (Con lágrimas en los ojos) ¿Por qué lo conoces?

EMANUEL : La voluntad del Padre me llevó hasta él.

AGNES : (Piensa) Me dio frío, por qué no caminamos.

EMANUEL : ¿Estás bien?

AGNES : Sí. No te preocupes.

149
EMANUEL : ¿Por qué lloras?

AGNES : Es el efecto del smog en mis ojos. Vamos.

CORTE.

Mikhael y Gavriel se vieron enfrentados, por primera vez, a las graves evidencias de

que sus pasos eran seguidos por alguna organización contraria a sus planes, tal y

como el embajador de Israel en Chile lo previera. Por esta razón, antes de partir al

sur modificaron el itinerario de su misión, recurriendo a sus investigaciones

paralelas, las que, a diferencia de lo que podría pensar el lector, tenían como base,

precisamente, sus relaciones con el Concilio de Ancianos en su nación. La

documentación, hay que precisarlo, era general e inexacta pero esto no significaba

en absoluto que fuese apócrifa. Asumieron como desafío consagrar aquellos dos

días siguientes para distraer del propósito central a sus rastreadores, indagando

pistas que les hicieran dar con el paradero de los descendientes del presunto hijo de

David. La tarea, vista desde afuera, bien podría considerarse estéril a los ojos de

cualquier incrédulo, pero los inverosímiles detalles encontrados en medio del

estudio del caso, hicieron que los agentes cumplimentaran la labor como quien se

entrega a la tarea de la resolución de un puzzle o sudoku, con curiosidad, por un

lado, y por otro, placer.

Las fotos del doctor sobre la mesa de la habitación del hotel, iluminadas por la luz

natural proyectada por la ventana. Ahí, caminando por las calles cercanas al Barrio

Lastarria, ahí leyendo el diario en el mismo café. Sobre la mesa también una

carpeta que agrupa una decena de hojas con el tráfico telefónico de su consulta, su

red de amistades, el listado de pacientes que atiende. Hasta el momento sus

movimientos no delatan algún vínculo con enemigos de su nación, salvo el que

todos a estas alturas manejan y no es misterio para sus más cercanos: su filiación

profesional con Nillson. Pero hay un detalle que los agentes no logran dilucidar, el

porqué de sus eventuales llamadas al sur del país. Sabe que sus hijos – Ian y Brígida

- habitan en un punto de aquél (el primero bien podría ser el “padre” putativo del

Mesías o ella la madre de éste, de acuerdo a la interpretación de la maldición

150
proferida por Jehová en el Génesis bíblico), pero las comunicaciones telefónicas no

refieren al contacto con ellos, al menos de acuerdo a lo que ellos infieren. No han

comprobado a ciencia cierta esto pues trabajar en un país extranjero siempre tiene

sus limitantes: trabajar a espaldas de las autoridades locales – ellos son, para los

nacionales, dos turistas extranjeros- y escondidos de los grupos enemigos de la

Nación, a saber, los palestinos y nazis supervivientes.

Tras algunas conversaciones y datos que ambos cotejaron, llegaron al nombre de

Agnes, esto a propósito de que desde el teléfono de Holz se registraron alrededor

de una veintena de llamados desde la última sesión que tuviera la muchacha en la

consulta del doctor. Esto, desde la perspectiva de los comisionados, resultó

altamente sospechoso, pues pensaron que la chica poseía una relación más cercana

con el doctor, por lo cual podría manejar información confidencial. Pronto

descartaron esto pues ninguna de las llamadas había sido respondidas por ella; el

interés, entonces, era evidente de parte del psicoanalista, pero no a la inversa.

¿Quién era Agnes? Pronto pareció surgir en la cabeza de los dos enviados hebreos.

Manejaban la información de que era una estudiante de la Facultad de Arquitectura

y Urbanismo de la Universidad de Chile, que ocupaba un apartamento de la calle

José Victorino Lastarria, en el centro de Santiago de Chile, y media docena de

detalles que son los que el lector conoce y cuya repetición sería redundante de

realizar. Quizás el detalle que más les llamó la atención – y no desde una

perspectiva profesional, sino más bien anecdótica- fue su cercanía con un joven

predicador evangélico, quien supieron se llamaba Emmanuel y al cual apodaron

‫ מתבודד‬o “el solitario”. El muchacho fue motivo de bromas de parte de los israelitas,

por su forma de vestir anacrónica y su mirada adormilada.

Minutos después de tomar el café en el dormitorio del hotel, un botones les acercó

el diario que Mikhael había pedido por citófono minutos antes. Aunque manejaban

perfectamente el español hablado, para ninguno era grato leer documentos en otro

idioma que no fuese el materno, por un asunto de esfuerzo intelectual o de

desgano, derechamente. Gavriel pidió a su compañero el periódico y, mientras éste

se dirigió al baño, procedió a leer los titulares y la bajada de cada noticia; leer más

151
sería abrir las puertas al tedio. A poco avanzar se encontró con una nota que

ocupaba un cuarto de página, bajo una crónica referida, paradójicamente, a la

detención de un estafador en el sector de Estación Central. La disposición de los

contenidos no hizo en el lector más que despertar sus suspicacias, aspecto

ampliamente desarrollado en su preparación como investigador. Hojeó el diario y en

la página siguiente se hablaba de los avances en la investigación de un orate

asesinado presuntamente por un médico y tras esa noticia, la huelga de

funcionarios en el hospital Ramón Barros Luco. Extraño. Retrocedió a la carilla

anterior y se detuvo en el contenido que le interesaba.

“Cada día cerca de un centenar de personas necesitadas acuden a las cercanías de

la población el Castillo de Puente Alto y esperan ser atendidos por el joven

predicador. Hasta la fecha se han documentado media docena de sanidades,

avaladas, según sus colaboradores, por papeles médicos. Un aspecto que llama la

atención es el mutismo en que el ministro evangélico se desenvuelve. Pese a

nuestra insistencia no quiso conceder una entrevista a nuestro medio, aduciendo

motivos de conciencia.

Trascendió que los fieles le llaman hermano Emmanuel – desconocen su apellido- y

que, aparte de su labor religiosa, sería estudiante en una universidad de la ciudad

de Santiago”.

Imágenes:

1. En la foto el hermano Emmanuel – de camisa clara y Biblia en la mano-
conversando con un grupo de enfermos provenientes de la ciudad de Ovalle.

De izquierda a derecha: Eustaquio Parra, que sufre de fuertes dolores

lumbares, Ifigenia Cofré, aquejada de diabetes e Irenio Paz, que presenta

principio de Alzeimer.

2. En la imagen el joven predicador imponiendo manos sobre un pequeño de la
comuna de Puente Alto. Tras ellos un grupo de fieles que apoyan con rezos la

labor del evangélico. La mujer de pelo plomizo y pañoleta roja en la espalda

es la madre del ministro, cuyo nombre es María.

152
3. La humilde parroquia de la cual el predicador es pastor. A comienzos de año

la cifra de fieles no superaba las doce personas; tras el “avivamiento” del

cual hablan los feligreses, la suma ha superado las trescientas personas.

Gavriel llamó a Mikhael en tanto escuchaba que éste se cepillaba los dientes. Lo

hizo con algún grado de premura, tal vez asombro. No supo el porqué de la

emoción, quizás porque respetaba a los hombres que asumían el ascetismo

religioso y se codeaban con el mundo sobrenatural o porque desde la espiritualidad

él se sentía acusado por los abusos y omisiones cometidas en su carrera de agente

del estado. Un relajado Gavriel se acercó a la mesa en que su compañero leía el

matutino y dirigió sus ojos a la parte del texto que éste le apuntaba. Platican en

hebreo.

- Ja, el Solitario.

- En efecto, el amigo de la muchacha que visita a Holz.

- ¿Es predicador?

- Así lo dice el diario. No tenía idea.

- Tiene cara de santo el mancebo ese. O, mejor dicho, una mezcla de

bobalicón y palestino.

- ¿Puede servirnos esta historia? (Mikhael, tras decir esto mira a los ojos de su

colega)

- …

- ¿Entiendes?

- Claro.

- Recuerda: confundir.

- … Sí. Vamos a verlo. ES IMPORTANTE IR A VER A ESE PREDICADOR. – dice

fuerte Gavriel imaginando ser captado por micrófonos-

- FALSO PROFETA QUE TOMA LA TORAH Y LA CONTAMINA CON LA ENSEÑANZA

DEL MESIANISMO.

Tras la plática Mikhael tomó el citófono y se comunicó con el botones a quien le

solicitó llamar un taxi. Rápido se abrigaron y esperaron el móvil en la sala del hotel.

153
Gavriel desplegó el diario que llevaba en la diestra y, sentándose, se dispuso a

releer la noticia referida a el Solitario. Se detuvo por alguna razón en el nombre del

predicador: EMMANUEL. En la reflexión del nombre estaba, cuando un hombre con

gorra verde se les acercó y les preguntó si eran ellos los que necesitaban

transporte. Rápido los israelíes se levantaron y siguieron al chofer. Al llegar al

automóvil Mikhael observó la muralla de la casa de enfrente y el dibujo:

Ambos se miran, nerviosos. Subieron al auto pidiendo que el chofer les llevara a

Puente Alto, a la dirección a la que hacía referencia el periódico.

- Doctor. ¿Está usted ahí?

- Sí. ¿Eres vos?

- Sí, soy yo.

- Había descolgado el teléfono. Disculpame.

- He tratado de comunicarme con usted desde la semana pasada. Es urgente.

- ¿Qué pasó, Herminia?

- Doctor: están investigando el caso de la Santa.

- …

- ¿Aló?

- Sí, te escucho.

- Le dije que están investigando el caso de la Santa.

- ¿Quién, Herminia?

- Un tipo que dice ser estudiante de medicina. También tuvo acceso al centro

de documentación del hospital.

- ¿Le narraste la historia?

154
- Sí, doctor, tal y como usted me la refirió.

- …

- …

- Vos sabés lo que tenés que decir.

- Sí, doctor.

- … ¿cómo está tu hija?

- (Pausa) Como siempre.

- Gracias por el dato, Herminia…

- Doctor…

- ¿Sí?

- Le llamaba también por lo de su compromiso…

- Este… sí, lo he estado pensando (nervioso). Dame un par de días. He tenido

algunos gastos más este mes. Lo tengo muy presente, no te preocupés.

- Confío en usted.

- Adiós, mujer.

- Adiós.

Luego de extenuantes jornadas y la suspensión casi imprevista de las atenciones en

las consultas médicas de los dos psiquiatras, de constantes ajetreos, días

interminables, jornadas de ayunos obligados, lectura analítica y odiosa, terminaron,

los psiquiatras, de construir la máquina del tiempo, aquel portento tecnológico

trazado por Nillson en tanto trabajaba como represor del gobierno nazi a inicios de

la década del cuarenta. El bicho metálico – o frankistein tecnológico- constaba de

un sillón reclinable (extraído de uno desusado por un antiguo dentista), un foco

multicromático instalado en la parte superior del sillón cuya característica era

expeler el color exacto al más mínimo impulso entregado por la consola master,

desde la cual se programaba el “viaje”; diez cilindros que contenían una variada

gama de hedores, que individuales o mezclados entre sí, producían gran parte de

las fragancias posibles de ser percibidas por el ser humano. Éstos se dispusieron en

155
los bordes del respaldo del cuello y, al igual que el anterior dispositivo, obedecían a

las instrucciones programadas previamente por el computador matriz, subyacente

en la consola. Igualmente manaban desde el cerebro del aparato un par de

audífonos grandes que, ubicados en los oídos de los pacientes emitían sonidos

sugerentes que eran controlados por cuatro pulsadores que representaban, tono,

volumen, profundidad y zumbido hipnótico, una aplicación que podía ser usada toda

vez que las anteriores no llevaran al individuo al estado alfa requerido para el viaje.

Pero estos adminículos no eran sino el aspecto accesorio de la máquina del tiempo.

Las aplicaciones fundamentales eran, para recordarlo, las enunciadas a comienzos

de la narración de este filme a saber: seis electrodos que emitían ligeros impulsos

eléctricos y que debían disponerse en la cabeza, pecho y brazos del paciente. Los

ubicados en el pecho daban cuenta de la frecuencia de los latidos cardiacos.

Terminaba el portento una especie de cápsula que aislaba los elementos con el

“mundo exterior” dejando a la mesa de comandos fuera, a un costado de la parte

superior de la butaca, en cuyo espacio se instalaba un vidrio de material acrílico,

que permitía que el doctor que manipulaba el aparato pudiese ver la reacción del

“pasajero”, por motivos de seguridad.

Holz tuvo la tentación de someterse a un viaje al pasado y así se lo hizo ver a

Sanguinetti. Pero éste le aconsejó que era necesario experimentar con gente ajena,

por los peligros y consecuencias que pudieran no prever desde la orilla del

presente. Hay que seguir esa ética nazi, pibe, le dijo Sanguinetti, hay que

asegurarse. Tenés razón, le replicó Holz. Esperamos la respuesta del chileno, ¿te

parece, che? Desde luego, si alguien va a cagarse la psiquis, va a ser él.

Holz se dirigió raudo a una esquina de la sala de su departamento en tanto

Sanguinetti se dirigió al baño a lavarse las manos. Ambos estaban exhaustos, pero

extremadamente satisfechos, tanto que exultaban alegría por sus poros, reían,

bailaban; aunque el lugar parecía haber sido víctima de un tornado silencioso pero

efectivo, una inusual luminosidad – aquella que otorga el triunfo final ante un

desafío conseguido- rodeaba el ambiente y lo hacía grato pese al desbarajuste del

medio. El dueño de casa recordó que tenía en el mueble antiguo una botella de

156
champagne que le había obsequiado su hijo Ian tras el viaje de éste a Francia, a

fines de los años noventa. Se agachó y al abrir el mueble, sobre las botellas de

licores que atesoraba en ese rincón de su morada, encontró desparramadas unas

fotos: muchachas ligeras de ropas, mucho más jóvenes que él, todas en papel

fotográfico y en blanco y negro. Rápido las agrupó y las acomodó en el rincón más

oscuro del mueble, lejos de toda vista. Mientras lo hacía recordó que dichas

imágenes las guardaba en una valija que, a su vez, descansaba en el ropero, bajo

los abrigos de invierno. La reflexión añadió aún más pavor al incidente, tanto que

sin quererlo soltó la botella de licor y ésta cayó en el suelo, reventándose en

infinitos trozos. Alguien había indagado en sus cosas, era evidente, razonó.

EXTERIOR – PARQUE FORESTAL – SANTIAGO DE CHILE – TARDE

Agnes frente a Emanuel. Ambos se observan a los ojos con profundidad y

concentración. La cámara les rodea mientras avanza y muestra alrededor: los

árboles, la gente pasar, como telón de fondo el Museo de Bellas Artes. Están así por

un par de minutos, cada uno absorto en el otro. La música sugiere una especie de

cortocircuito, como un tema compuesto por Pedro Aznar para el filme Hombre

Mirando al Sudeste. El sol tiene la tonalidad del otoño en Santiago de Chile, es

decir, el de un matiz oro con filtros azules y plomizos. De pronto, el muchacho sale

de su mirada, como si despertara de un rezo y dirige el dorso de su mano a la

mejilla tersa de Agnes. Ella tiende a aprovechar cada centímetro de contacto,

cerrando los ojos, teniendo conciencia del momento preciado. Luego Emanuel la

aferra contra su pecho y acaricia sus cabellos. La cámara, en detalle, muestra sus

uñas casi transparentes y largas. En íntima magnitud pronuncia las palabras que

se liberan a continuación, pero hay una especie de eco, en medio de una inusual

solemnidad, que hace retumbar las palabras en el espacio.

EMANUEL : Agnes, te pareces a mi madre.

Los ojos de Emanuel botan lágrimas. Cierra sus ojos y refugia su rostro en el cuello

de la muchacha. Fade out.

157
- Algunos familiares de Elías presentaron evidentes señales de esquizofrenia,

aún a temprana edad. Es el caso de su tía, la madre de ésta y su primo. Se

constató que la familia entera solía oír voces y, en algunos casos puntuales –

creo en el relativo a su primo- ver visiones.

- (Asombrado) ¿Cómo pudo enterarse?

- Tuve acceso al historial médico de Elías en el hospital psiquiátrico. Siguen

básicamente el mismo patrón psiquiátrico del occiso: delirio mesiánico,

religioso o místico. Usted, de hecho, tiene más autoridad en el tema que yo,

señor Mendieta.

- Es parte de la clasificación que hace la Escuela Francesa sobre los delirios

por exaltación, que se dan en el polo actitudinal del individuo. El término

“delirio” proviene del latín de – lirare, que significa “salirse del surco”.

- ¿Surco?

- Claro, lo que hace el agricultor al abrir la tierra para plantar sus semillas.

- Ah, le entiendo. Es una palabra bastante gráfica. Me imagino que la

“hendidura” ha de ser la “normalidad”.

- En efecto.

- (Pausa) No pude dejar de relacionar el hecho de que Elías tuviese familiares

con su misma “enfermedad” y la historia que usted me contó, sobre la Pura.

- (Indiferente) ¿Cree usted que la Pura es familiar de Elías?

- (Algo incomodado) Bueno, es nada más que una lucubración, es algo que

lanzo por si acaso. A veces las coincidencias son menos sorpresivas de lo

que creemos.

- La región Metropolitana posee cerca de seis millones de habitantes. Usted

postula que en medio de esa aglomeración de personas estas dos podrían

haber tenido un vínculo filial. Es raro.

158
- Puede ser, pero si hablamos de dos personas que comparten al menos un

rasgo en común, las probabilidades van disminuyendo a favor del

investigador.

- …

- Le doy un ejemplo: si es hincha de un equipo, frecuentará los mismos

lugares que otro ser que comparta su misma pasión. Ya no son dos frente a

seis millones, sino frente a quinientos mil, por decirle un número, que bien

podrían encontrarse en tres o cuatro lugares de la capital. No es tan difícil,

desde esa perspectiva. Lo mismo si abraza una religión, las probabilidades

de que dos individuos se encuentren ya no son las mismas que los

ciudadanos llanos.

- Usted cree que si, entonces, estamos frente a dos esquizofrénicos de la

capital, por su condición, bien podrían en algún momento de sus historias

juntarse en una ciudad enorme…

- Claro. Por eso no sería, a mi modo de ver, raro que Elías y Yoshua fuesen

cercanos y hay alguna ligera posibilidad que tuvieran parentesco. Recuerde

que en las áreas de la investigación ninguna de las hipótesis puede

descartarse del todo.

- (Un poco más interesado) Habría que comprobarla, no perdemos nada.

- Así es (pausa). ¿Le habló el doctor Zumarán sobre las visitas que recibía

Elías durante su internación en el hospital?

- Este, ehmmm. Aguad: recuerde que mis visitas nada más se remitían a unos

pocos minutos y versaban básicamente a cuestiones relativas a la tesis.

- Disculpe, no quiero incomodarlo. No sé a ciencia cierta cuáles son los límites

de su conocimiento de esa red de conversaciones que representa la

comunidad psiquiátrica de la cual era director Zumarán.

- Lo que sé de Elías prácticamente lo conozco luego de haberlo escuchado de

labios de los detectives durante mi detención. Él era visitado por uno o dos

primos. Uno de ellos se llamaba Manuel. Sus visitas a Elías eran

esporádicas.

159
- Si yo le mostrara una fotografía de él, ¿usted lo reconocería?

- Señor Aguad, le reitero, nunca lo vi, sólo lo conozco por las referencias que

hizo de él Martínez, el detective.

- (Sentido) Excúseme, nuevamente, señor Mendieta. El caso me interesa

sobremanera, quizás de ahí la impaciencia (pausa). Traía el diario de hoy

para compartírselo. En él aparecen imágenes de un predicador que dice

hacer milagros.

- Bueno, muéstremelo.

- (Aguad le acerca el periódico que guardaba en su portafolios) Quizás

reconozca en él algo de Elías.

- Bueno, es preferible, como lector, liberarse de cualquier prejuicio al

momento del análisis.

- Tiene usted razón. Haga usted una lectura libre de la nota. Luego expréseme

sus conclusiones. Pueden servirme para llevar adelante la investigación.

- Está bien (se acerca el diario a los ojos y lee la totalidad de la crónica. Luego

se queda detenido en las tres imágenes que aparecen. Reacciona con

sorpresa, casi con espanto) Aguad…

- Le escucho, Mendieta.

- Esta anciana.

- ¿Cuál?

- La de la imagen dos.

- A ver, déjeme visualizar (se cerciora de la retratada que apunta el dedo del

tesista). Claro, ella.

- Es Elizabeth.

- ¿La conoce?

- Fue interrogada en una oficina cercana a mi cuarto de detención.

- ¿Sabe usted quién es?

- Creo que es la madre de Elías. Sí… (pausa) Una de las jornadas de la

detención Martínez me la mostró de lejos.

160
- Es probable que Elías haya pertenecido al mismo grupo religioso del

predicador… Emmanuel. Ese es el nombre que consigna el periódico. ¿Cómo

me dijo usted que se llamaba su primo?

- Manuel, pero… (pausa) bien pude haber escuchado mal. No es difícil puesto

que ambos son nombres parecidos.

- ¿Emmanuel o Manuel?

- Claro.

- Sí, desde luego (pensativo, se levanta y se lleva la diestra a la barbilla). ¿No

ha notado, señor Mendieta una coincidencia extraña en todo este entramado

complejo?

- (Pensativo) ¿Coincidencia? (se muerde las uñas y luego mira con cara de

curiosidad al periodista).

- Sí. ¿No logra percibirla?

- (Trata de agotar la reflexión sobre los datos para llegar al punto al que Aguad

quiere llevarlo). Me temo que no alcanzo al percibirla, al menos desde mis

dominios.

- Tal vez sea eso. ¿Es usted agnóstico?

- Sí, ¿cómo lo supo?

- Lo deduje porque el elemento coincidente requiere cierto grado de

conocimientos en los dominios relativos a la religiosidad que seguramente

usted no posee, y no le culpo por eso. Se dice que quien sabe más es, a final

de cuentas, más responsable.

- (Incomodado) Bueno, no estoy obligado a saber todo, sí a manejarme en lo

que es mi profesión, la psiquiatría. Cuénteme…

- Todos los nombres de esta trama son nombres bíblicos…

- ¿Sí?

- Emmanuel, Elizabeth, Elías.

- La explicación de la imagen dos señala que la señora que está detrás del

predicador se llama María y es su madre.

161
- Emmanuel, Elizabeth, Elías y María. Cuatro nombres bíblicos. Una buena

coincidencia.

- Sí, pero seamos objetivos. He tratado a algunos pacientes de fe evangélica

y, por lo que pude conocer de su restringido ámbito, algunas familias

acostumbran designar nombres bíblicos a sus hijos por la costumbre también

judía de que aquellos determinan o reflejan rasgos de su personalidad.

- Este…

- Pero la conclusión es válida. Ahora, si los nombres son dispuestos de modo

“personal”, por defecto no poseen un sentido “gregario” o “funcional”, a no

ser que se produzca alguna relación que vaya más allá de la simple

coincidencia que usted reconoce.

- ¿Cómo que María sea la madre de Emmanuel y que eso tenga un

simbolismo?

- Claro. Ahí estaríamos dentro de una clave para entender un funcionamiento.

Pero, por lo que sé, María tuvo un hijo y a él le llamó Jesús, que fue, de

acuerdo a la tradición cristiana “concebido por el Espíritu Santo”.

- Como lo predicaba la Santa, la mujer delirante que llegó al hospital Barros

Luco el año 76…

- Claro (prendido en un recuerdo). Pero hay algo que no concordaba ahí, al

menos en la versión que me contó la mujer.

- ¿Quién, Mendieta?

- Esa vieja enfermera que se acercó a mí aquella noche en que visité por

primera vez el hospital y, coincidentemente, la noche que Zumarán se

suicidó.

- Ah, usted está hablando de Herminia. ¿La enfermera con quien conversé

antes de que usted me abordara?

- Exacto.

- Me decía, usted, Mendieta, que había cierto detalle que no correspondía a la

conclusión anterior.

- Claro. El hijo de la Pura se llamaba Yoshua.

162
- Ah. Sí, tiene usted razón. Dicho apelativo tiene algo de parecido con Jesús,

pero pensar así sería acomodar las circunstancias para decodificar de

acuerdo a la conveniencia de uno.

- (Haciendo una pausa breve y mirando a los ojos de su interlocutor) Creo

firmemente que hay una clave que podría servirnos para desentramar el

misterio que rodea la muerte de Elías.

- ¿Cree usted que el caso pueda ser una especie de… conspiración?

- No. Eso sería exagerar, pero bien podría ser un entramado que tiene su

sentido en algo que no hemos logrado percibir del todo. Eso le favorece a

usted.

- ¿Qué, señor Aguad?

- El que se conozca la verdad.

- Desde luego.

- Por lo pronto deberé asesorarme de un estudioso de las Sagradas Escrituras.

Es posible que mañana me haga un tiempo para visitar a alguien que tengo

en mente.

- ¿Un sacerdote?

- No. Un teólogo. //

- No se olvide de mí. Recuerde que mi libertad es frágil y vulnerable.

- No se preocupe, Mendieta. Mientras dependa de mí encontraré la verdad a

cualquier precio.

- Se lo agradecería eternamente.

En la oficina de Correos, tras solicitar el respectivo formulario, escribió:

AVE VOLARÁ PRONTO. ηʹ ηʹ

El destino del papel era Lago Frías, Región de Los Lagos.

163
Pero había algo que le hacía desconfiar de Holz, un detalle repelente que no lograba

conciliar con su ojo crítico y le llevaba a tener los sentidos alertas, la guardia

cansadoramente arriba y una inquietud fuera de lo normal, casi cercana a un asunto

de orden espiritual. Recordó la leyenda urbana que el viejo almacenero del barrio le

había referido respecto a un habitante del conjunto de departamentos cercanos a la

morada de Holz: un niño endemoniado había vivido por esos rincones y asustando a

un supuesto criminal de la Segunda Guerra Mundial; eso sí que era potente,

pensaba. Quizás uno de los espíritus que atormentaba a dicho muchacho – que, de

estar vivo, debería tener unos setenta años- rondaba al judío y eso provocaba en

Shai el disuadirse de continuar su colaboración con el experimento que llevaban a

cabo ambos viejos. En eso meditaba mientras se desplazaba por Merced en

dirección a su trabajo, casi frente al conjunto de departamentos en los que vivía

Holz y así como por costumbre de esos días dirigió sus ojos al departamento del

psiquiatra, justo cuando un viejo de bigotes, jockey y chaqueta ploma, salía de las

escaleras, mirando a su alrededor, en actitud paranoica. “El viejo caliente de

mierda”, pensó y en esos impulsos inherentes a la vocación que había abrazado,

cambió de vereda, y persiguió al senil individuo para conocer de cerca sus pasos

que, de acuerdo a lo que veía en tanto fue esporádico cliente del ciber donde

trabajaba, deducía eran enteramente torcidos y tórridos. Así caminó un par de

cuadras tras su presa, hasta que ésta se internó en una callecita mínima en cuyo

extremo sobresalía apenas un letrero en el que se leía: INTERNET. CABINAS

PRIVADAS. En la breve arteria descansaban media docena de autos; los pasos del

perseguidor y perseguido eran amplificados por los ecos del sonido que

reverberaban en las murallas de los edificios cercanos. Quizás por eso el vejete fue

alertado, pues a sus dos pasos, sentía otro par tras de sí multiplicados. Por eso se

volteó para ver quién le seguía, frente a lo cual Shai, en rápida maniobra cambió su

semblante en otra dirección para mirar de reojo al hombre y que éste no lograra

percatarse de su rostro. La sorpresa fue espeluznante: era Holz tras un bigote

postizo.

164
Rápido hizo una relación de su encuentro y las confrontó con las imágenes del viejo

que había sido asiduo visitante del ciber. Estático, con los músculos empalados,

sorbió saliva y sólo cuando un automóvil le tocó la bocina para ingresar a la calle,

despertó del embrujo de saber que había conocido a un hombre que siendo

psiquiatra abrazaba una prohibida y bestial parafilia.

- Parece que es por aquí – dijo el chofer, consultando discretamente el

taxímetro que indicaba en caracteres verdes la cifra de 15.300 pesos-.

¿Ustedes son misioneros, cierto?

- Sí. – respondió Gavriel tratando de ser amable; no podía ser menos,

tratándose de la función asignada por el taxista.

- Deben tener harta fe ustedes, porque este lugar es bien peligroso. Hay que

andar con ángeles, poco menos.

- No se preocupe – dijo Mikhael, sin dar crédito a lo que decía el hombre-

Adonay es el que nos protege.

- ¿Ustedes buscan a ese muchacho que hace milagros?

- Sí.

- Oigan, no es por nada, pero ese gallo es increíble – el tipo sacó un pañuelo y

se lo pasó por la boca- Fíjense que mi suegra fue a verlo una noche a una

reunión que hicieron en su capillita. Estaba lleno, la gente, sin mentirle,

esperaba como una cuadra para llegar. Mi mamá, como es ancianita, pasó

sin problemas, porque acá en Chile las viejitas no hacen fila. (Pausa) Ella

tenía los dedos doblados por la artritis. ¿Pero saben? (tiende a quebrársele la

voz) Cuando llegó a la casa mi viejita lloraba de emoción; me mostró sus

dedos, sanitos, como si nunca hubieran tenido esa problema.

- (Reflexionando) Interesante – Gavriel saca un lápiz del bolsillo externo de su

chaqueta y realiza algunas anotaciones en su mano.

- ¿Quién dicen los hombres que es él? – le preguntó Mikhael con sincera

curiosidad.

- Algunos dicen que es un profeta más, otros la reencarnación de un apóstol.

165
- ¿Y quién piensa usted que es? – preguntó Gavriel, mirando a sus ojos por el

espejo retrovisor.

- (Deteniendo imprevistamente el vehículo) Yo creo que es el Cristo, el hijo del

Dios viviente. // Esta es la casa, señores, la de color blanco, ahí, donde está

el grupo de personas.

- Es un lugar sencillo. Muy distinto a lo que hemos conocido de Santiago de

Chile – expresó Gavriel, extrañado del paisaje, en tanto miraba por el vidrio

hacia fuera.

- Claro, señores. Lo que pasa es que a ustedes, los extranjeros, les muestran

solo los lados bonitos de esta ciudad. Pero como verá, aquí hay pobreza, esa

es la realidad. Pa llá pa Las Condes no, pero pa este lado se huele la miseria.

Es cosa de que vayan un poco más allá y van a encontrarse con tomas y

callamperíos al lado de un canal de agua.

- En nuestro país también hay pobreza// Bueno, gracias hay tiene. Quédese

con el cambio.

- Gracias señores. Que Dios los bendiga – les dijo sonriente el hombre. Rápido

puso primera en el panel de cambios, aceleró y se perdió en medio del polvo

que provocaron las ruedas rasguñando furiosas el suelo tosco de la calle.

Los agentes caminaron en dirección de lo indicado por el chofer. Un grupo de niños

jugaba con un balón en los alrededores, pero cuando los dos agentes cruzaron por

su campo de juego improvisado detuvieron la esférica. Protegían del polvo sus ojos

con gafas negras gruesas, aun cuando los rayos del sol apenas se colaban entre las

nubes otoñales. Antes de traspasar el portón, se pararon frente a la casa humilde,

los dos, en el punto medio del frontis. El movimiento pareció alertar a las personas

que esperaban en ese lugar, al extremo que los ojos de ellos se posaron sobre los

dos foráneos, con una emoción cercana a la desconfianza. Tras pocos segundos

detenidos, en posición soberbia, como haciendo un breve pero analítico paneo

sobre las líneas y detalles de la construcción, dieron tres o cuatro pasos y trataron

de ingresar a la morada. Un señor de canas les preguntó qué deseaban.

166
- Buscamos a Emmanuel – dijo Gravriel quien acomodaba un dispositivo

fotográfico en el bolsillo interno de su chaqueta.

- Él está ocupado. En estos momentos atiende a los cancerosos. Eso le toma

tiempo. Si desean pueden esperar.

- Hemos venido desde lejos. Él nos espera.

- (Sorprendido les mira a los ojos, tratando de reconocer algún rasgo

específico) ¿Son ustedes los que habían de venir?

- (No comprendiendo del todo la pregunta) Sí, desde luego.

- Somos nosotros – apoyó Mikhael.

- Debieron haber empezado por ahí. Por favor, aguarden unos momentos. Iré a

buscar al hermano.

Los visitantes, intuyendo que eran supervisados clandestinamente por alguien –

pues un marcador de frecuencias que poseía uno de ellos comenzaba a vibrar-

platicaron en voz baja sobre los lineamientos de la conversación que sostendrían

con el predicador. Minutos más tarde, en tanto hacían un diagnóstico del lugar

midiendo sus proporciones discretamente y memorizando dichos datos en su

mente, el anciano que les recibió nuevamente se les acercó, esta vez con un

semblante renovado, casi bordeando los límites del regocijo. Les hizo pasar a la

habitación última, para lo que tuvieron que atravesar un largo pasillo que estaba

rodeado de dormitorios humildes construidos con madera de pinos. Algunas charcas

con agua turbia matizaban el piso. Al final del pasillo les esperaba solitario el

predicador cuyo rostro terso parecía refulgir con la luz que reflectaba una ventana

cercana. La visión obnubiló parcialmente los sentidos de los forasteros; si bien es

cierto manejaban sus relaciones desde el punto de vista racional, la imagen del

predicador hizo temblar dichos paradigmas y por primera vez sintieron una

presencia trascendente enérgica dentro de sí. Eso les desestabilizó.

- Los esperaba.

- (Avergonzados) Hermano, creo que usted se equivoca.

- No. Son ustedes – el predicador sonríe y aferra con ambas manos sus

hombros ministrando sobre ellos ternura-.

167
- Hermano…

- No me digan nada. No se preocupen. Ustedes están siendo seguidos. Lo sé.

Hay algo de inquietud en sus corazones. Cuando Dios nos envía a una misión

no tenemos conciencia de todo. Por eso Dios los mandó hoy acá.

- Nosotros hemos venido por decisión propia – dijo Gavriel, tratando de

despertar su racionalidad para no sentirse vulnerable.

- Es lo que creen. Lo de la persecución, el que hayan visto mi nombre es parte

del gran plan divino. Les reitero: no están aquí por casualidad – dijo

Emmanuel, coronando las palabras con una sonrisa dulce que inspiraba paz.

- Hermano, si desea podemos aclarar. Mi nombre es Juan y mi compañero es

Manuel…

- Vienen de Israel, el pueblo escogido por Dios. Pero son ángeles de Adonai.

- Hermano…

- ¿Es que desconfían de lo que digo?

- Totalmente. Creo que usted está confundido. Es cierto que hemos venido de

ese lugar y… le pediría que guardara con reserva este dato, pero no somos

“ángeles” como usted lo señala – expresa un desencajado Mikhael.

- Ayer un grupo de muchachos estuvo a punto de matar a un joven judío que

se desplazaba por avenida Providencia. Pero no lo hicieron, ¿por qué? A uno

de ellos se le ocurrió ir frente al hotel donde se alojaban supuestos agentes

israelíes y rayó con pintura en aerosol un dibujo nazi. En eso mataron su

tiempo. Ustedes hablarán de coincidencia, pero no: Adonai permitió que

ustedes alojaran ahí, frente a la muralla para salvar a ese hermano de

ustedes.

- …

- El taxista que les trajo tuvo enferma a su madre y necesitaba comprar

medicamentos. Había estado varios días con carreras cortas y apenas le

había alcanzado para pagar el arriendo del móvil y el combustible. Con lo

que ustedes pagaron puede salvar el día y tener para los remedios que su

168
madre requiere… ¿no se dan cuanta que una pequeña acción puede mover

el cosmos en beneficio de otro?

- Somos agentes del Estado Israelí, no somos ángeles; por favor, no lo diga a

nadie.

- Es lo que ustedes creen; sin darse cuenta han salvado y bendecido a

muchos. No les puedo pedir que asuman un nombre que es dado en el

ámbito espiritual, si ustedes se mueven en el mundo de la materialidad.

- No queremos ofenderle. Si desea que aceptemos su designación, bien,

consentiremos en el nombre.

- Sí, hermano. Pierda cuidado – le dijo Gavriel, disimulando su asombro por el

conocimiento que de ellos tenía el joven predicador.

- Además… creo que no nos hemos presentado – añadió Mikhael.

- Eso no es necesario. Sé que ustedes son Miguel y Gabriel.

- (Asombrados) ¿Cómo lo supo? (ambos se miran con pavor extremo)

- El Padre, el Creador del cielo y de la Tierra (el rostro del predicador. El sonido

de un aparato que termina de grabar en el bolsillo de uno de los agentes.

Todo se va a negro).

Caminó por las calles aún mojadas y dispares de la avenida San Diego. Los

ciudadanos abrigados, entre el ambiente humedecido, eran sombras o ánimas en

pena, desplazándose en la ciudad que bien podría representar con sus edificios

mausoleos; las construcciones del centro de Santiago suelen ser de color plomizo;

el color del hormigón desnudo, nada más tiznado por el aire tóxico. Las hojas de los

árboles, amarillentas, más pálidas en el telón disparejo de las veredas. Pasos

acuáticos. Manos frías. Boca expelente de niebla.

El periodista Abel Aguad comprueba la dirección que tiene anotada en una boleta

amarilla. Cumplimenta el trámite pasando la avenida Eleuterio Ramírez donde

tiende a detenerse. Aprovecha de sacar un cigarrillo Lucky Stricke Silver y observa

con neutralidad esa ensalada de dientes chuecos y ocres que asoma desde la

cajetilla; está acostumbrado. Ya superó el asco de las primeras veces. El lente de la

169
cámara le enfoca en contrapicado, es decir, de frente hacia arriba. Así prende el

cigarro, cruza la calle y sigue avanzando; es media tarde, el matiz de la imagen es

intenso; cada color más cargado en este contexto. Un perro fisgoneando los tachos

de basura. Un vagabundo le pide un cigarrillo.

Al llegar a calle Cóndor dobló en dirección al oriente y, casi al llegar a Serrano, se

detuvo frente al portón de un conventillo antiguo. Un par de niños de rasgos

negroides jugaban con tapitas de refrescos en el suelo de baldosas blancas y negras

dispuestas como en el tablero de ajedrez. Al acercarse a la reja comprobó que el

portón estaba entrejunto. Apenas musitó un “permiso” casi sin volumen y entró por

el delgado pasillo que separaba a las casas. El olor a comida aún se percibía en el

ambiente, también música de ritmos caribeños, voces estridentes de mujeres con

acento peruano; avanzó diez metros, hasta llegar a un pequeño jardín en que

lideraban un grupo de pensamientos de color lila. Frente a aquél golpeó en una

puerta, pero antes recordó apagar el cigarrillo que fumaba y arrojarlo en un rincón.

El frontis de la morada poseía color café, sin embargo, el paso de los años y el

descuido ofendían al habitante; le publicaban si empacho alguno su negligencia.

Tras unos minutos de espera abrió la puerta un anciano delgado, vestido con ropas

desteñidas y cuyos ojos claros ostentaban una ligera película pálida; se desplazaba

con un bastón hechizo.

- Buenas tardes, con quien tengo el gusto – preguntó el señor, con un ligero

acento extranjero. Tendió a mover la cabeza para escuchar algún ruido allá

afuera.

- Buenas tardes. Soy Abel Aguad.

- Abel… - repitió. Se quedó pensando por algunos segundos- ¿Le conozco,

estimado señor?

- Usted fue mi profesor de religión en el Colegio Bautista de Temuco.

- (Sonríe) Vaya, tanto tiempo eso, casi treinta años atrás, más o menos.

- En efecto – (Pausa) Hace una relación rápida con el cuerpo que tiene al

frente y el de ese señor recio que dictaba cátedras en la ciudad sureña.

Siente conmiseración por el estado paupérrimo en que se encuentra. Cae en

170
cuentas de que está ciego. Traga saliva para continuar- He venido a saber de

usted y para recibir su orientación.

- Por mí, Abel, encantado (hace el gesto de morder reiterativamente con su

mandíbula). Podríamos caminar por aquí cerca en algún parque… Mi casa no

es muy cómoda que digamos.

- Está bien. Como usted guste.

Leonard Berger cargaba con alrededor de ochenta años. Arribó a Chile en los años

cincuenta, tras terminar sus estudios teológicos en el seminario Bautista de

Varsovia. El leit motiv de su ministerio fueron las misiones. Tuvo conocimiento de las

comunidades mapuches mediante las cartas de unos misioneros asignados en el sur

de Chile y solicitó a su organización le enviara como misionero probando, sin

embargo, terminó por radicarse en la región, lugar en el que conoció a su esposa,

una joven hija de misioneros luteranos que habitaban en la zona. A su labor

religiosa, acompañó otras labores relacionadas con la lingüística - tradujo

fragmentos del Nuevo Testamento al mapudungún- , la botánica, al clasificar

algunos vegetales de la cordillera de Nahuelbuta hasta la fecha desconocidos por la

ciencia y la pedagogía, al ser fundador de una red de colegios de su denominación.

Lejos de la gloria de esos años, vivía solo y olvidado en ese conventillo de la ciudad

de Santiago. Aguad, con un nudo en la garganta, no tocó ningún tema que pudiera

parecer sensible al misionero, remitiéndose a los temas religiosos que eran, a final

de cuentas, los que le interesaban. Así caminaron con paso sosegado por las calles

mojadas del centro en dirección al sur por avenida Prat.

- Perder la vista ha sido una oportunidad del Padre para percibir las cosas con

otros sentidos. La vista es, ciertamente, engañosa.

- ¿No puede leer?

- No, desde luego que no, pero existen textos teológicos traducidos al Braille.

Si no los encuentro en español, no tengo problemas para decodificarlos en

alemán o inglés. Para conocer lo que pasa en el mundo escucho radio.

Mientras haya elasticidad, no habrá discapacidad.

171
- (Pausa) ¿Podemos sentarnos en algún lugar? El tema que quiero platicar con

usted es algo extenso.

- (Como respirando con mayor conciencia el aire helado) Sí. Suelo ir a

conversar con Dios a la Iglesia de los sacramentinos. Si deseas podemos ir

allá. El sacerdote es un conocido mío, no nos presentará mayores problemas.

- Sí, como usted guste.

Nada más caminaron dos cuadras, Berger con alguna dificultad sorteando las

breves lagunas sobre el cemento, y llegaron a las escaleras del templo estilo

romano bizantino ubicado en Prat con Santa Isabel. Aguad se sobrecogió por la

majestuosidad de la construcción; no era quizás la catedral en sí, sino la suma de

verla desde cerca y hacerlo con la sensibilidad que le envolvía en ese trance.

Ayudó al anciano a subir por las escaleras, pero de modo accesorio: el ex misionero

dominaba a perfección el trámite, tanto que mientras lo realizaba tendió a

murmurar un himno despreocupadamente. Pronto cruzaron por el enorme dintel y

se internaron por la construcción en cuyo interior la solemnidad gobernaba

inmisericorde. Berger pidió unos minutos para platicar con Dios; el periodista revivió

la imagen vívida de aquel ministro de rodillas, que con rostro arrugado pedía por

imposibles hacía casi treinta años atrás. Las lágrimas asomaron por sus ojos, pero

rápido pasó la manga de su chaqueta por ellos. Admiraba la fe de los que vivían en

la orilla opuesta a su agnosticismo, esto no puede ser ignorancia únicamente, pensó

mientras tragaba saliva, como hacía un rato atrás.

Luego de veinte minutos, el viejo se levantó y, buscando con su oído y olfato, llegó

hasta Aguad quien le acercó a una banca. Ambos se sentaron.

- Hijo, te escucho – musitó Berger, en tanto dejó descansar, ambas manos,

una sobre otra, sobre el puñal de su bastón.

- En la actualidad soy periodista de algunos medios de comunicación y me

han encomendado la misión de investigar un caso relativo a una historia

triangulada cuya base posee algunos detalles bíblicos que no soy capaz de

interpretar. Verá: soy un perfecto desconocedor de las Escrituras, entonces

me acordé de usted. Por eso vine.

172
- Qué puede ser tan grave para que me hayas buscado. Nadie suele hacerlo,

ni siquiera mis antiguos discípulos.

- A mediado de los años setentas una mujer joven, de unos quince o dieciséis

años dio a luz un niño en los alrededores de la comuna de Puente Alto. Se

dijo que había parido al interior de un establo y que tras dicho proceso fue

traída al hospital Ramón Barros Luco, con algunas complicaciones propias

que podrían intuirse de la acción…

- Mmm…

- Estuvo algunos días internada en el hospital y ella junto a su hijo recibió

tratos de cuidado por parte de los funcionarios del lugar.

- Interesante.

- Se tejió una historia en torno a la existencia de esa adolescente. Por

ejemplo, que se llamaba María, que su hijo debía llamarse Yoshua; días

después apareció una estrella – más bien un cometa- bastante luminoso. El

hecho llamó mucho la atención de los creyentes en alguna fe cristiana.

Señalaban que el muchacho representaba una especie de profeta, o

derechamente Mesías, puesto que las circunstancias acompañaban a esta

joven y su bebé.

- ¿En qué fecha nació el bebé?

- Abril o mayo. Pero no logro recordar bien (pausa) ¿Usted esperaba que le

dijera 25 de diciembre?

- No, en absoluto. Esa fecha es una antigua festividad del dios Sol que luego

fue reemplazada arbitrariamente por lo del nacimiento de Jesús. Pero los

estudiosos sindican la época de nacimiento del Niño en otoño. Esas son las

hipótesis más aceptadas. ¿Qué pasó con la madre? ¿Siguió en tratamiento

médico?

- La joven huyó del lugar con su hijo. Pero no tenemos dirección o datos

referenciales que nos puedan llevar hacia ella, salvo las descripciones físicas

que realizan unos pocos funcionarios del hospital que trabajaban por esos

días. Con eso es imposible que lleguemos a algún lado.

173
- ¿Te acuerdas la fecha en que supuestamente nació el denominado Mesías?

- Otoño de 1976.

- (Se suspende en el pensamiento que provoca la respuesta de Aguad)

Debiera tener cerca de los treinta y dos años.

- Así es… (Pausa) ¿Usted cree, de acuerdo a sus conocimientos, que pueda

existir una especie de “Mesías” y que éste habite en nuestro país?

- (Risas) Lo dices con algo de miedo (pausa). Para Dios todas las cosas son

posibles; nuestro pensamiento no es el mismo pensamiento de él. Dios

podría permitir la aparición de su hijo en los postreros tiempos sólo si se

cumplen sus promesas referidas a su retorno.

- ¿Cuáles son dichas promesas?

- Básicamente las aparecidas en las profecías. La primera de ellas es que todo

ojo le verá.

- Profesor Berger, ¿podría hacer usted una interpretación de esa parte de la

Biblia?

- Desde luego. Se presume que los habitantes del planeta podrán observarle,

será un suceso. No es tan difícil, considerando los medios de comunicación

que existen en la actualidad y su ciclópea cobertura. El verbo no es

excluyente. Yo que soy ciego, seguramente no le podré ver, mas sí percibir, a

esto más bien se refiere la profecía.

- ¿Es la única señal de su venida?

- No, me temo que no. Cuando Jesucristo subió a los cielos, tras sus

apariciones posteriores a su crucifixión, los ángeles que acompañaban a la

gente que le veía subir por los aires, dijeron a los seguidores que del mismo

modo que le veían subir retornaría en gloria y majestad, ya no como siervo

sino como rey de reyes y Señor de señores.

- Es decir, usted me habla de que él vendrá desde el cielo… ¿no habrá una

encarnación como lo hizo Dios en el siglo primero?

174
- En este punto, la profecía podría ser interpretada de diversas maneras.

Podría darse el caso de que tras la manifestación pública del Mesías él arribe

a Tierra Santa, desde las nubes…

- ¿En un avión?

- Decirlo de frentón podría ser una herejía, prefiero que usted llegue a las

conclusiones que el Espíritu de Dios le dicte.

- Está bien (Pausa). ¿Podría repetirse el proceso que tuvo Jesús en su primera

venida?

- Sí, no hay nada que no lo indique de ese modo, con tal de que se cumpla lo

dicho por las profecías.

- ¿Qué aspectos bien podrían ser los comunes al primer nacimiento, estimado

profesor?

- Ah… lo primero es que debiera ser concebido por el Espíritu Santo, que su

madre tuviese sangre judía, y…

- Profesor…

- Que antes de él viniese el Elías que promete el libro de Isaías…

- (Estático de pavor) …

- Hijo, ¿usted está bien?

- Elías… (suspendido en el pensamiento de algo de suprema trascendencia)

- Desde luego: la función que cumplió luego Juan el Bautista. Ambos

pertenecían a la orden del nazareato que poseía rigurosas observancias: no

cortarse el cabello, no beber vino ni sidra y vivir apartado del mundo.

- …

- Por favor, no se quede en silencio, eso me indica que algo pasa en su mente.

Si desea, bien puede expresarlo…

- Elías era el nombre de un interno del hospital psiquiátrico en donde empecé

a recibir ayuda de un médico cuyas características son las que usted me

acaba de mencionar. ¿No escuchó algo relativo al asesinato de un interno del

hospital psiquiátrico en las semanas anteriores?

175
- Mmmm… sí, creo haber oído de eso en las noticias de la radio. ¿Se habló

bastante de eso, estimado Aguad?

- Sí, profesor. Aquello tuvo repercusiones notables. Verá: ese es el caso del

cual le hablo, pero lo del asesinato del orate, es sólo un capítulo más del

gran entramado de esta novela…

- ¿Una novela? Si es así, ¿nosotros perteneceríamos a otro capítulo de

aquélla? ¿Personajes secundarios que intentan desentrañar el misterio? Algo

curioso, pero atractivo, por cierto.

- Quizás sí seamos esos seres y Dios o sabe él quién diantres estén leyendo

nuestros actos, ahora mismo sin que nosotros podamos darnos cuenta.

- No es raro que todo ya esté trazado de antemano. De acuerdo a los

calvinistas, todo ya ha sido escrito.

- Hummmm. ¿Lo dijo alguna vez en clases?

- Desde luego. El destino de los hombres ha sido escrito por Dios, y por más

esfuerzo que pongamos en revertirlo, tarde o temprano se cumplirá. Somos

parte de quienes intentan llegar a la verdad velada. Somos parte de la obra

escrita por Dios.

- Una idea muy helénica, profesor.

- Sí, puede ser; es muy controversial dentro de la comunidad evangélica, por

lo cual nunca lo diría así, tan abiertamente. Podría ser objeto de sanciones

por parte de los wesleyanos.

- Mmmmm (pausa). Elías era el nombre del loco que murió a manos de

Eduardo Zumarán, director del Hospital psiquiátrico de la Universidad de

Chile. Se dice que el paciente conocería cierta verdad relativa al médico, por

lo que él, a modo de silenciarlo, lo mató y horas después éste se suicidó

lanzándose contra un vagón del metro.

- ¿Usted conoció a Elías?

- No. Nada más he indagado de él a través de las declaraciones que me han

facilitado los detectives involucrados en la investigación del caso. Pero lo

176
poco que sé me podría dar una luz de qué importancia pudiera tener dentro

de la historia global.

- ¿Qué conoce de él?

- Fue internado en el psiquiátrico por su denominado delirio religioso. Se creía

un profeta bíblico. Algunas veces fue visitado por dos o tres jóvenes. Uno de

ellos era familiar cercano…

- ¿Su hermano?

- Tal vez. Días antes de su muerte sucedió un incidente menor. Perdón…

quizás no menor, si consideramos el contexto en el que se ha dado.

- ¿Cuál, Aguad?

- Días previos a su muerte uno de los internos, premunido con una tijera, le

cortó el cabello.

- (El ministro no contesta, y la plática sufre una escisión. Luego parece

despertar del coma y pregunta:) ¿siente usted los ladridos de los perros allá

afuera?

- (Pone cara de duda, se incomoda, seguro, por la alusión del anciano:

denota que no estaba atento a sus palabras. Arruga la cara, dubitativo) …

- ¿Aguad?

El periodista se levanta y se asoma a las puertas de la catedral para cerciorarse

de los dichos de Berger. Ha escuchado los sones guturales de un par de perros,

nada fuera de lo común en la ciudad, pero mientras avanza y el umbral de la

entrada de la iglesia es una especie de marco de pantalla de lo que pasa allá

afuera, se percata que una jauría de canes – diez o quince perros – parece

esperarle, mostrando sus dientes blancos y filosos. Sin regirse por protocolos

tuvo la intención de arrancar y, efectivamente lo hizo, pero sólo cinco pasos

atrás, hasta que reaccionó, pensando en que el anciano notaría su pavor y

rápido se recompuso, pero su mente le mostró la imagen cruda de las bestias

furiosas y no pudo evadirse de la emoción por más que lo intentó.

- ¿Le pasó algo?

- Berger, los perros. Están allá afuera (tiembla).

177
- ¿Tiene miedo?

- Profesor (se acerca a él); parecen hienas. Perdón… (hace una pausa en la

que bota de su boca el aire contenido de la tensión)

- Las jaurías de animales reciben, a veces, los espíritus inmundos que

expulsan los profetas de las personas. Un hato de cerdos recibió la legión de

demonios que sacó Jesús del Gadareno, y aquéllos se despeñaron por un

abismo al mar.

- ¿Demonios?

- Sí, hijo, espíritus del maligno que deambulan entre nosotros, esperando

ventanas abiertas para ingresar. Cuando no habitan en personas penetran

en animales para hacer daño. ¿No puedes creerlo?

- Espíritus… Es difícil. (Mirando hacia fuera) Parecen esperarnos. ¿Cree que

puedan ingresar dentro de la Iglesia y atacarnos?

- No.

- Pero… Profesor, ¿por qué tan seguro?

- El ángel de Jehová está a mi diestra, protegiéndome. ¿Logras percibirlo?

- …

- Si no crees intenta ir y enfrenta a la jauría. Te aseguro que no puedes.

- Es cierto; no sería capaz (pausa) Si usted se siente tan protegido, ¿por qué

reparó en los ladridos de los perros? ¿qué significado tienen para usted,

profesor Berger?

- Usted me hablaba del voto que había sido profanado por uno de los

pacientes del psiquiátrico, a propósito de eso hice la relación. No es tan

ilógica, por lo demás; sepa usted que mientras nuestras palabras son

liberadas, el cosmos también se mueve y, muchas veces, a propósito de lo

que decimos. Pero aunque la relación fuese ilógica, la dije por algo; mi alma,

el soporte de las palabras pronunciadas por mis labios, me llevó a decirlas.

Hay algo entre las jaurías y los profetas. Lo sé, tengo certeza en aquello.

178
- No lo sé, al menos desde mis dominios. Si usted lo dice, seguramente lo

señala con autoridad y estoy de acuerdo con creerle (haciendo una pausa)

Aunque tal vez tenga vínculo con alguno de los involucrados en la muerte de

Elías. Si usted dice que tuvo esa corazonada es por algo.

- Siga contándome los detalles que maneja, señor Aguad, me parecen

interesantes.

- Está bien, profesor, prosigo.

Shai y Víctor se encontraron ese día temprano, frente a la Plaza del Mulato Gil.

Habían conversado sobre el descubrimiento espeluznante de días atrás; Víctor

había detenido sus pensamientos y recuerdos y ahora trataba de leerlos con la

ayuda de la pista radical que asomaba. Imaginó a su antigua novia, Agnes, cerca de

las garras libidinosas del doctor e incluso lucubró la posibilidad no menos

sobrecogedora que el psiquiatra hubiese intimado forzosamente con la muchacha,

razón por la cual ella se alejó de su lado, sin motivo evidente. Recordó el estudiante

que alguna vez le contó vagamente, en esas disquisiciones que son un paréntesis

de líneas más importantes del texto, que Holz no le cobraba por las sesiones y se

estremeció al pensar que el costo de dichas reuniones bien podía ser la satisfacción

de sus sórdidas pasiones, aunque, seguro ella, no lo sabía del todo. Un leve

sentimiento de pena y protección sopló en el corazón de Víctor, y por momentos

creyó que efectivamente la amaba y que deseaba poder estar a su lado. Sin

embargo, luego al pensar que retornar a los brazos dulces de ella era, también,

ingresar a un laberinto inexpugnable, cuya lógica era difícil de entender, se disuadió

y pronto nada más permitió que sus labios sorbieran pena y amargura – exiliado el

cariño y el afecto- por Agnes, la mujer que fue su novia por cerca de dos años.

Se dieron la mano y luego un beso en la mejilla; Shai con el cuerpo empalado por el

frío de la madrugada de plática y cerveza, sin poder pegar los ojos y con la mente

reiterando pensamientos circulares, difíciles de romper, sentía miedo y sus

músculos parecían alimentados de él; con barba de tres días, ojos rojos, y un

179
peinado construido por el azar de un movimiento húmedo de manos, Víctor le notó

extraño, y se lo hizo ver. No era, en rigor, el aspecto, era una especie de aura, la

luminosidad de su cuerpo que desconocía, la incoherencia del tono con la que

acostumbraba a descubrir. Rápido pensó que se trataba del trámite que realizarían

luego y eso pareció darle sentido al juego de la interpretación. Era lo que tras unos

segundos Shai verbalizó. Rápido dejaron el lugar, en tanto conversaron sobre su

plan para abordar a Holz y desenmascarar sus propósitos oscuros: Víctor se ubicaría

en una librería de calle Merced, preguntaría por libros – Goodman, Jormaka, Palladio

-; si el asunto se demoraba bien saldría y pagaría un café en un local anexo; el

celular a todo volumen dispuesto en el bolsillo de la chaqueta, la mirada fija en el

conjunto de edificios antiguos en los que Holz habitaba y de cuyo interior salían,

esporádicamente, algunas personas despreocupadas de lo que allí estaba

sucediendo. Se separaron en la esquina, precisamente en el antiguo almacén cuyo

dueño le refirió la historia del muchacho endemoniado, y al hacerlo, Shai sintió

desfallecer, los nervios de un niño que asiste al colegio por primera vez. Se

preguntó si era mejor dejar todo cual estaba, olvidar el incidente y hacer de cuenta

que nunca esas vidas se había interceptado; pero el pensamiento era aplastado por

otro deseo anterior, el de llegar a la verdad del misterio de Agnes, razón por la que

durante semanas antes había aplicado toda su batería de conjeturas, sus

metodologías investigativas en búsqueda de la verdad. Y aunque el fantasma de la

tesis y su premura al terminarla le era una pesadilla continua, el propósito aferrado

le mantenía activo y sobrellevaba el peso de conciencia. No cesaría hasta encontrar

la verdad, aun cuando no estuviese cerca de conseguir su cartón. Lo importante era

ahora ser el mejor investigador, demostrarse a sí mismo que su vocación era la que

había aferrado. Quizás tenía pendiente esto cuando esperó que alguno de los

residentes abriera la reja y solicitar que la dejara abierta para entrar; el anciano le

miró receloso, como pidiéndole explicaciones; pero la aparente seguridad

demostrada por el muchacho le disuadieron de seguir indagando y hasta le hizo una

venia al pasar. El primer escollo ya había sido superado. Shai volteó y se percató

que su amigo le observaba desde la librería, simulando leer un tomo antiguo. Olvidó

180
sus miedos; pisó con fuerzas el cemento con sus zapatos gruesos y produjo una

ráfaga de pisadas, intentando subir al tercer piso; todo parecía en orden, salvo por

un detalle: la puerta del departamento se encontraba entreabierta y el limpia pies

ligeramente chueco de la línea referencial del umbral. Esperó algunos segundos,

titubeando en golpear o tal vez otear empujando ligeramente la puerta. ¿Qué podía

observar? A estas alturas cualquier detalle bien podría servir para desentramar el

misterio, una intriga que tomaba ribetes ciclópeos y poseía un entramado que día a

día presentaba nuevas posibilidades. Un adolescente bajó rápido por las escaleras,

pero no se percató de su presencia pues conversaba por teléfono. Pronto saltó las

escaleras y se perdió por la vereda que daba a la reja de entrada. Golpeó la puerta,

un poco más debajo del espacio en que se incrustaba la placa de bronce con el

nombre del doctor. Nadie contestó, aunque repitió el trámite cuatro veces.

Abandonado el miedo ingresó con cautela, avanzando cuatro pasos pero dejando

entreabierta la puerta. Pronunció “Holz” y se quedó observando los detalles del

estudio, el sillón del psiquiatra, la gran fotografía del doctor nazi y a un costado de

él Holz y Sanguinetti; sintió sus miradas vivas y escrutadoras sobre él. Un pavor

extremo le sobrecogió y no tuvo valor para seguir avanzando. Sólo atinó a seguir

mirando, en los límites de lo que los tres psiconalistas no hubiesen reprochado, pero

luego cayó en cuentas que en el lugar se percibía un desorden anormal, no el

acostumbrado al descuido doméstico. El espacio había sido profanado; Shai percibió

las energías ajenas pululando en el ambiente, el aire constelado y los perfumes

incoherentes robándose el espacio, dando la batalla a la corriente de aire de la

ventana entreabierta que movía una cortina como un fantasma burlón de

características serpentinas. Caminó enérgico hasta la cocina, el baño pronunciando

el nombre de Holz. Nada más que el sonido de los objetos movidos por el viento le

respondieron; al internarse por los pasillos pudo contemplar con asombro la

crueldad de los forajidos: libros desarmados, desencajados desde sus lomos, folios

doblados en el suelo, las paredes con consignas escritas en líneas rojas, los

pulverizadores vacíos arrojados en el suelo, manchando en su agonía los elementos

esparcidos como si fuesen la mortaja de un cadáver ausente. Shai recordó la

181
existencia de la máquina y, sobrepasando a grandes zancadas los muebles

volteados, se dirigió a las habitaciones contiguas en busca de ella; el sonido de su

celular, el nombre de Víctor en la pantalla intermitente, aprieta OK, chucha hueón,

qué pasa, me pasé rollos, disculpa, VÍCTOR VEN, PASÓ ALGO INESPERADO, RÁPIDO,

ALGUIEN VINO AL DEPTO DE HOLZ, DEJARON LA CAGÁ, voy, ¿es muy grave?, NO SÉ,

AHORA ESTOY REVISANDO, DEJARON ENTREABIERTA LA PUERTA, mira, estoy

cruzando, una señora está a punto de abrir, te corto, nos vemos enseguida.

Shai reconoció partes de lo que pensaba pudo haber sido la máquina del tiempo en

la entrada del baño del departamento y supuestas partes del texto de Binder

tapando el excusado; ahí estaba, intentando descifrar los planos cuando llegó

Víctor, sorprendido y expresando sapos y culebras con asombro por el panorama

desolador. También percibía en los poros o en el espíritu el aire revuelto del espacio.

La confluencia de ánimos soliviantados, el reverberar de los ecos mortecinos

peregrinando en los ángulos de los objetos.

¿Q U É PA S O AC Á? – Víctor.

Chucha, los papeles – en el suelo. El orden transgredido. Colores corrompidos. La

desarmonía insultante del alma – Shai.

Mi e r da. . . # @&& 0 ) = @% - __ : _ /&$#”)) - VíKTOrrr – Queman como las

supuraciones al líquido salado del océano – (cámara lenta, camina él, ampolletas,

diodos en el suelo- la MÁkinnnna =/&%$ ) Dó - n – Deee – está-

La ampolleta amarillenta de la cocina.

Una gotera de agua en el lavaplatos – la loza acumulada- el

microscópico saco de líquido sumergiéndose lentamente en el agua turbia y

púrpura de los platos con ras tro jos de co – mi – da - #$%

=)(/ . . . .

Una mosca en el lavabo…. Zzzzzzzzzzz …una síncopa acuática en la ducha

(toctoc- to toctoc-to toctoc-to) ¿no viste nada? - levanta la funda del estanque del

wc, se agacha, busca algo, luego su mente NO MUEVAS NADA PUEDE SER

PELIGROSO----- nada, sólo un par de personas cruzar por las escaleras------ se

acercan pasos a lo lejos/aló/¿sí?/¿carabineros de chile?/

182
- nada. ¿qué pudo ser?

- Los nazis. Seguramente los estaban investigando. Indagaron sus pasos.

Sabía que tenían los textos de Binder.

/con ellos. Por favor, ¿qué desea?/ hay dos sujetos extraños en el edificio. Al parecer

están asaltando un departamento/ ¿cuál es su nombre?/ ¿es necesario que lo diga?

No quiero tener problemas con la justicia/ no los tendrá/ es que digo que… lo de las

citaciones, trabajo todo el día, si me llaman como testigo…/

- Pero también un acto delictivo.

La cámara enfoca en primer plano. Boletos de microbús. Verdosos, amarillos,

ordenados en fajos macizos. Depositados en una caja de zapatos cuyos ángulos

están reforzados con cinta de embalaje transparente. Sobre el ropero de madera, al

igual que media docena de bolsas de camisa, con papeles periódico y oficio

doblados; nos acercamos, o más bien dicho, una mano se acerca a ellas - detrás la

cámara- las exilia del gobierno del polvo, las ofrenda al suelo – el polvo eleva una

etérea cabellera alrededor de él- y ahí vislumbramos lo que son, pues algunas se

desparraman de su prisión a centímetros de la celda plástica: exámenes.

Clasificados por fecha, asignatura y nota. Perfectamente doblados. La línea de dos

tablas del suelo separadas por milímetros. El rayo de luz de sol de atardecer sobre

la superficie cercana. La cama, bajo ésta los zapatos; el perfume de la pobreza, las

hormigas. Dos piedrecillas de riachuelo. Letras escritas a máquina sobre los papeles

amarillos. Letras escritas a mano sobre los espacios circunscritos para las

respuestas. Casi perfectas, grafemas en imprenta, huellas de lápiz pasta Bic punta

delgada.

Hay un hálito de violencia en los gestos de las manos. Pronto devuelven con rapidez

los elementos despertados de su siesta de años. Ahí quedan, nuevamente sobre el

ropero, pero alejados de sus líneas sacras; ya no está el color llano del polvo sobre

los elementos, sólo la superficie profanada – huellas de dedos, pinturas deformes

sobre la arena de ese planeta de diminutos insectos- . Ahí se queda la cámara.

Ruidos afuera, pasos con intervalos inconstantes, respiraciones forzadas. Todo se va

a negro. El sonido de una gota sobre la vajilla del lavaplatos.

183
Audiencia de Formalización de Cargos señor Pedro Mondaca.

JUEZ : Siendo las 15; 30 horas de hoy martes 30 de … de … se inicia

el juicio de responsabilidad penal, en contra del imputado, ciudadano Pedro Antonio

Mondaca Castro, chileno, 32 años, con domicilio en la comuna de Independencia,

avenida Eisntein número 3124, de oficio paramédico. Por favor, señor Mondaca,

díganos usted sus datos de propios labios.

MONDACA : ¿Lo mismo que usted dijo?

JUEZ : Sus datos, señor Mondaca.

MONDACA : Mis datos. Ah… ehhh. Mi nombre es Pedro Antonio Mondaca

Castro, carné de identidad 12. 165.335- k, auxiliar paramédico egresado del curso

de auxiliares de la salud del hospital Félix Bulnes. Santiago de Chile. Conviviente de

doña María Machuca Estuardo, de veinticinco años, de profesión dueña de casa,

madre de dos hijos.

JUEZ : ¿Los dos hijos son de usted?

MONDACA : No. Son producto de una relación anterior.

JUEZ : Gracias, señor Mondaca (pausa. Sin subir la vista y dirigirla al

imputado, escudriña en los papeles que tiene sobre el estrado. Seguramente se

detiene en un dato relevante; al menos es lo que uno percibe por lo peculiar de su

gesto. Una mueca que pareciera ser incoherente con la batería de gestos

predecibles en su rostro. Despierta, es decir, se da cuenta de que está en el juicio, y

sin mayor preocupación mueve el micrófono que está frente de sí. Se escucha el

crujir de una rodilla anciana, el clamor de una puerta cuyas bisagras no están bien

aceitadas). Señor abogado querellante, tenga la deferencia de explayarse.

ABOGADO 1 : Muchas gracias, señor magistrado y buenas tardes. Buenas

tardes, abogado defensor, señores asistentes judiciales. Me ha correspondido, en mi

labor de abogado representante de la familia del doctor psiquiatra Eduardo Enrique

Zumarán, cuyo trágico destino nos ha convocado en virtud de los cabos sueltos que

ha encontrado la investigación, realizar una serie de preguntas con el propósito de

esclarecer la verdadera razón por la cual el mencionado profesional se suicidó y si

184
hubo terceras personas en la muerte de Elías … …. …. Paciente del hospital

psiquiátrico, ya que la familia a la cual represento duda de la veracidad de las

hipótesis según las cuales el señor Zumarán sería el culpable de la muerte de dicho

orate, trágicamente ultimado. Solicito permiso al señor magistrado para formular

una serie de cuestiones al imputado aquí presente, dejando mi posición en este

podio.

JUEZ : Es permiso es suyo, abogado.

ABOGADO 1 : Gracias, señor juez. Señor Mondaca, ¿qué relación

existía entre usted y Zumarán?

MONDACA : Ninguna.

ABOGADO 1 : ¿Me va a decir que no intercambiaron palabras alguna

vez?

MONDACA : Sí, desde luego. Eso es lógico pues yo trabajaba, como

usted sabe en el hospital en que laboraba el señor Zumarán. Pero relación me

sugiere un contacto reiterado; yo nada más era un empleado del hospital y mi

contacto con él era el que todo obrero tiene con los ministros de su patrón.

ABOGADO 1 : ¿Vio usted una relación anormal entre el difunto señor

Zumarán y alguno de los pacientes del hospital en que ambos laboraban?

MENDIETA : (Mira al magistrado como suplicando le aclaren la

pregunta) Ehmmm.

ABOGADO 1 : Perdón. Quizás la palabra no sea “anormal”, sino fuera

de lo común, mejor dicho “especial”.

MONDACA : (Piensa) No.

ABOGADO 1 : ¿Está seguro?

MONDACA : (Piensa nuevamente) No.

ABOGADO 1 : Señor Mondaca, se solicita un poco de colaboración.

MONDACA : Siento que dirige sus preguntas al puerto en que usted

quiere llegar. Esto no es una obra dramática en la que usted, cual autor, sugiere una

respuesta al parlamento del personaje que sigue.

185
ABOGADO 1 : (Molesto) ¿Cómo lo sabe? ¿Cómo puede usted

comprobar que lo que nosotros estamos hablando alguien, alguna vez, lo leerá

como si fuese una obra dramática?

MONDACA : ¿Nosotros, personajes de una novela?

ABOGADO 1 : No. Una obra dramática.

JUEZ : Tal vez el guión mal escrito de una película.

ABOGADO 1 : Su señoría: disculpe este lapsus de odiosas

interrelaciones. Creo que he cometido un error procedimental y debo reconocerlo.

JUEZ : Ha contaminado nuestra disciplina con intromisiones de

otra que, a saber no nos sirve sino en el plano de lo alegórico.

ABOGADO 1 : (Afectado) Tiene razón. Presento nuevamente mis

excusas. He hecho un clic de modo involuntario en algún lugar del discurso. De ahí

he saltado a otro.

JUEZ : Todos nuestros discursos son un hipertexto (se queda

suspenso en la declaración. La ha dicho con solicitud, pero no supuso su

trascendencia, hasta que brotó por sus labios y retumbó en el aire). Pero bueno,

terminemos de una vez. Sigamos con lo propio. Ruego a usted, señor abogado,

realizar preguntas que demuestren su ignorancia, tratando de no sugerir las

respuestas y si, no obstante desea proseguir con su artilugio verbal, haga como los

buenos escritores: no demuestre fisuras ni sesgos en su actitud. El hacerlo de modo

contrario irá en desmedro de la verosimilitud de su actuación.

ABOGADO 1 ; Lo haré, señor juez// Señor Mondaca, qué labor

realizaba usted, en tanto ocurría el cambio de turno en el hospital?

MONDACA : ¿Se refiere al día en que Elías falleció?

ABOGADO 1 : Sí, desde luego.

MONDACA : Solía llegar tarde. Debo ser franco. Siempre he tenido

un conflicto con el tiempo, o él tiene uno conmigo.

ABOGADO 1 : ¿A quién se refiere con él?

MONDACA : Al tiempo.

186
ABOGADO 1 : Ah (contrariado) Y… ¿fue un día normal, es decir, llegó

usted tarde como de costumbre?7

MONDACA : Sí, por lo que recuerdo.

ABOGADO 1 : ¿Qué razón obligó a que usted lo hiciera?

MONDACA : ¿Qué llegara tarde?

ABOGADO 1 : (Molesto).Creo que de eso estamos hablando. Sí, señor.

MONDACA : Le dije denantes: tengo problemas con el tiempo.

ABOGADO 1 : ¿Es una percepción suya, una excusa o tiene

fundamentos psicológicos para decirlo?

MONDACA : Si me pide papeles no podría dárselos. No he tratado mi

problema. Sólo podría decirle, a modo de antecedente, es que cuando era

adolescente llegué a un psiquiatra por un incidente algo particular, aunque aislado.

ABOGADO 1 : ¿Podría referírnoslo?

MONDACA : (Algo afectado) Mmmm…

ABOGADO 1 : Señor Mondaca: si usted pudiera contarnos el hecho

sería beneficioso para todos. Bien podríamos ir armando el rompecabezas y

entender sus actuaciones (pausa). ¿Está bien, señor Mondaca?

MONDACA : Sí, supongo. Lo del incidente no lo he compartido con

mucha gente. Por decirle un caso: ni siquiera mi pareja lo sabe. Es más, le diré que

prácticamente había olvidado el suceso y ni siquiera lo relacioné con el hecho de

que siempre llegara tarde a mi trabajo – a mi pesar- y que extrañamente trabajara

en un hospital psiquiátrico donde, seguro, la totalidad de los internos presentaran

patologías relacionadas con mi conflicto interno.

JUEZ : Señor Mondaca, le escuchamos.

MONDACA : Fue una tarde de viernes. Yo cursaba segundo de

enseñanza media. Contaba con quince o dieciséis años en el cuerpo. Para esa época

nada más vivía con mi padre – mi madre había ya fallecido- y un hermano mayor

que padece síndrome de Down.

ABOGADO 1 : Señor Mondaca, ¿de qué falleció su señora madre?

MONDACA : Ah. De un cáncer al estómago.

187
JUEZ : Prosiga, señor Mondaca…

MONDACA : Pedí permiso para ir al baño; estamos hablando del

primer bloque de clases de la jornada de la tarde, que va de las dos hasta las tres y

media. El profesor me dio permiso porque no acostumbraba a salir en hora de

clases. Nunca fui un mal estudiante; diré que tuve ciertas facilidades de los

profesores. Pero ese no es el tema: ese día pedí permiso para ir al baño.

ABOGADO 1 : ¿Se encontraba usted enfermo?

MONDACA : No. Si lo hubiera estado lo recordaría. Poseo buena

salud, pero las veces que me enfermo son horribles. Esa vez no estaba enfermo. Le

diré que tampoco tenía demasiadas ganas de ir al baño, pero sí estaba algo tenso,

tenía dormidas las manos. Eso lo recuerdo.

ABOGADO 1 : Así que salió por sentirse inquieto, no por querer

mixionar u obrar…

MONDACA : Recuerdo que, aún no teniendo ganas, oriné. La

corriente de aire del pasillo logró despabilarme un poco. Eso fue antes. Llegué al

baño y, como es mi costumbre, prefiero ir a una caseta que mear – perdón- hacer

en el urinario colectivo. Estaban todas desocupadas… las casetas, digo. Y, creo que

me quedé leyendo los mensajes escritos.

ABOGADO 1 : ¿Por qué dice “me quedé leyendo”? ¿Eso quiere decir

que al propósito original pasó de ése a una secundario?

MONDACA : Claro. Me quedé pegado a los mensajes escritos en la

muralla…

ABOGADO 1 : ¿Recuerda cuánto tiempo estuvo en esa labor?

MONDACA : No (pausa). Sólo sé que cuando salí estaba oscuro.

Quizás ustedes no me crean, pero es así. Sentí un pavor estrepitoso. Una angustia

que me agarraba los músculos. El colegio estaba vacío. Corrí a la sala. Mi mochila

estaba ahí, bajo la superficie de la mesa, todas las sillas arriba. Un guardia me

sorprendió temblando.

GUARDIA : ¿Qué hace usted aquí? ¿Es que pretende robar en el

recinto?

188
MONDACA : No. Se quedó mi bolso. Es ése.

GUARDIA : ¿Se siente bien? Lo noto algo pálido.

MONDACA : ¿Tiene hora?

GUARDIA : Son veinte para las once.

JUEZ : ¿Veinte para las once?

ABOGADO 1 : ¿Era esa la hora, señor Mondaca? ¿Me va a decir que

habían pasado casi nueve horas?

MONDACA : En efecto.

ABOGADO 1 : ¿Y no se dio cuenta?

MONDACA : No.

JUEZ : Excúseme, señor abogado. No estoy en contra del

método inductivo de su cuestionamiento; es más, debo reconocer que la plática de

por sí es interesante, pero nuevamente se deslinda de lo concreto y, como juez,

estoy en el rol de decírselo: sus preguntas deben estar en función del caso; aquéllas

no son el fin en sí mismo.

ABOGADO 1 : Nuevamente le presento mis excusas, señor

magistrado. Es difícil, empero, determinar qué es lo atingente al caso y qué no. Eso

dependerá de la perspectiva en que se mire el objeto. No me pida que separe a la

persona de su historia, ¿no es ella también reflejo de lo que es?

JUEZ : Señor abogado: no estamos aquí para discutir sobre

problemas ontológicos. Prosigamos con lo del caso.

ABOGADO 1 : ¿Es posible que su desempeño como enfermero del

hospital psiquiátrico se haya visto afectado por problemas relativos a ciertas

patologías que usted cree llevar?

MONDACA : Era lo que siempre le indicaba al doctor Zumarán, toda

vez que me citaba para criticar mis actuaciones.

ABOGADO 1 : ¿Sus atrasos reiterados?

MONDACA : Insistía en que tenía actitudes “medio extrañas”.

ABOGADO 1 : ¿Él o usted?

MONDACA : (Incomodado) Yo, por supuesto.

189
ABOGADO 1 : (Disculpando su lapus) Perdón, la forma verbal “tenía”

corresponde a la tercera persona singular, así como a la primera persona singular.

La anfibología no es gratuita, señor Mondaca. Prosigo. ¿A qué actitudes llamaba

“extrañas”?

MONDACA : Decía que hacía las cosas con desgano y poca pulcritud.

Quizás era cierto.

ABOGADO 1 : ¿Hace cuánto tiempo usted trabaja en ese lugar?

MONDACA : Cinco años.

ABOGADO 1 : Si el desaparecido doctor Zumarán le hacía ver

imperfecciones en su trabajo, ¿por qué, si tenía autoridad, no le despidió?

MONDACA : Hummm… Siempre decía que, a pesar de mis errores,

tenía una virtud que no vio en ningún otro trabajador: mirar con empatía a los

orates internos (pausa). Pienso que algo de locura, entonces, hay en mí. Quizás mi

problema con el tiempo; eso me identificaba con ellos. No me despidió, además

creo, por las trabas burocráticas de la institución.

ABOGADO 1 : ¿Sentía ese grado de identificación del cual me habla

con Elías?

MONDACA : Elías era un orate distinto al resto.

ABOGADO 1 : ¿Usted lo dice porque se creía un profeta bíblico?

MONDACA : Elías verdaderamente era un profeta del Dios.

ABOGADO 1 : (Luego de estar escuchando con los ojos prendidos en

un punto inexacto del suelo, a la última declaración parece despertarlo y termina

por voltear su mirada y tras de sí la totalidad de sus sentidos en ella) ¿Usted es

creyente?

MONDACA : Mis lecturas me lo impedían. Verá usted, señor

abogado. Antes de hacer el curso de auxiliar de enfermería, había estudiado tres

años de Antropología y uno de Pedagogía en Historia. MI viejo era comunista.

Siempre fui distante de las cosas de la fe, náufrago en las aguas de la racionalidad.

Las cosas cambiaron cuando tuve contacto con Elías.

ABOGADO 1 : ¿Le predicó acerca del evangelio?

190
MONDACA : Precisamente no.

ABOGADO 1 : ¿Entonces?

MONDACA : Hablábamos sobre cosas de la vida, sobre la verdad y

los misterios.

ABOGADO 1 : ¿Podría usted detallar sus encuentros verbales con el

paciente Elías y darnos ejemplos de dichas pláticas?

MONDACA : (Piensa) Hummm…

ABOGADO 1 : ¿Cree, señor Mondaca, que sea posible su declaración

respecto a este punto?

MONDACA : Es difícil recrear dichos diálogos cuando el contexto fue

extremadamente especial.

ABOGADO 1 : Especial… ¿en qué sentido, señor Mondaca?

MONDACA : El paciente Elías era un enviado de Dios.

ABOGADO 1 : Si usted no posee inconvenientes, le ruego me pueda

comentar sobre sus conversaciones con Elías.

MONDACA : Él conocía la vida de todos y cada uno de los pacientes

que vivían en el hospital. Ese conocimiento bien pudo él extraerlo de las pláticas

que llevaba a cabo con ellos en sus reuniones en el patio, pero también por su

capacidad para leer más allá de lo que podían revelarle las personas. Yo creo que

ese conocimiento fue el que, a final de cuentas ocasionó su asesinato.

ABOGADO 1 : Se ha comentado que usted es uno de los culpables de

la muerte de Elías, si no el único, al menos uno de los responsables de ella. Es por

esa razón que está sometido a estas circunstancias. Señor magistrado, es todo lo

que puedo interrogar, por ahora. Gracias.

JUEZ : Habiendo presenciado la participación del abogado

defensor, damos pie a las preguntas del abogado querellante.

¿Por qué el narrador siempre tiene que decir la verdad? ¿Por uno como lector cree a

pie juntillas que todo lo declarado por él sea ley; no es un “ser humano” como

cualquiera? En rigor no es un ser humano cualquiera. Posee características de proto

191
hombre, profeta o vidente. Desde esta perspectiva, si el narrador posee dichas

características ningún narratario es agnóstico; mueren en el valle de la ficción los

ateos y los incircuncisos de entendimiento.

Llegó a las tres cincuenta y cuatro minutos de esa madrugada de día viernes, con el

sueño olvidado, y el frío algo benévolo de un invierno que a medida que pasaban

los días escupía sus últimas bocanadas gélidas; he aquí uno de esos intervalos de

tibieza, el adelanto de una primavera auspiciosa, el remanso a una tormenta en alta

mar. Los inviernos en Santiago son cabrones, dictadores del cielo y las aguas que

flotan en sus dominios y castigan bajo su opresión a los habitantes de la ciudad.

Agnes, sin embargo, había disfrutado de la democracia del clima; qué estupidez.

Sigamos con la historia.

Agnes llegó tarde a su casa, es decir, temprano en la mañana – veamos, el juego de

las perspectivas- y cuando entró, un hilo de aire movía la cortina de la ventana de la

sala, como un fantasma. Era una cortina delgada, más bien un visillo; el olor de las

frutillas sobre el frutero encima del refrigerador; el sonido de insecto del tubo

fluorescente de la cocina. El tic tac del agua que cae de la llave a un vaso dentro

del lavaplatos; un zancudo revolotea en la ampolleta del pasillo. Pero las frutillas

usualmente no tienen olor y los zancudos no aparecen tanto en invierno. Mierda.

Nos hemos empantanado nuevamente.

El teléfono de Agnes sonando. Ella a la cocina primero, abre el caño y deposita agua

en el hervidor, después rápido al dormitorio donde el celular camina en su vibración

por la orilla del velador y ayudada nada más que por la luz de la ampolleta del

pasillo, toma el celular y, antes de contestar, observa la pantalla verdosa. Hay cinco

llamadas perdidas en un transcurso de cinco horas y eso la sorprende. No

acostumbra a recibir llamadas; es un número desconocido y, con algo de miedo,

esperó que el marcado cesase de modo de ganar algunos minutos para pensar

sobre quién podía ser. Pero contestó, ayudada de esas extrañas corazonadas que le

venían en momentos de tensión, el tercer ojo que solía molestarla como un extraño

apéndice en el cuerpo o un sexto dedo con hueso en la diestra.

192
- ¿Aló?

- Soy yo, Agnes, Víctor.

- Lo presentí.

- Yo también presentí que sabrías quién te molestaría a esta hora (pausa).

Discúlpame, no quise despertarte.

- No te preocupes, no estaba durmiendo… ¿Estás bien?

- …

- No reconocí tu teléfono. Es nuevo, ¿no?

- No. Es de Shai. Él me lo prestó. ¿Te acuerdas de él?

- Sí.

- Supe que ya no ibas a las sesiones con el doctor Holz.

- Mmmm. ¿Cómo lo sabes?

- Por casualidad.

- Ah… ¿es por eso de que el mundo es un pañuelo?

- ¿Y nosotros los mocos verdes?

- (silencio) Puede ser.

- ¿No te tomas una copa de vino en El Pródigo?

- Vengo recién llegando. Se me está enfriando el cuerpo. Víctor, verdad que

estuve medio día afuera y necesito descansar. Quizás otro día, pero sólo

quizás.

- Mmmmm… (con cierto dejo de arrepentimiento vital). No fue buena idea

haberte llamado. Soy un estúpido.

Tuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu

uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu

uuuuuu

Agnes con el celular en la mano, se lo queda contemplando como si a través de él

pusiese ver el rostro amurrado de Víctor. Estaría mordiéndose los labios, echando

puteadas hacia adentro y luego, suspendida, con los ojos penetrando más allá de la

pantallita verde, se sienta en la cama y hace algo que en realidad muy pocas veces

193
– no más de cinco en toda su historia con el aparato cabrón- había realizado:

empezar a revisar el listado de números agendados.

Al otro lado de la línea Víctor no estaba ni amurrado ni mordiéndose los labios.

Sentado en la alfombra, con su portátil encendido, proyectando las imágenes

psicodélicas de una lista de reproducción armada por él la noche anterior, en

Windows real media player, estaba él, frente a dos ceniceros robados de un bareto

del Barrio Brasil, junto a su compañero Shai navegando en una amena plática – esos

rollos de carrete de atardecer- con cuática (harto copete, cigarro, historias

melancólicas de por medio), abrazos, no tení un poco de fideos para hacer; nada

más lejos del cuadro sufrido que la muchacha, ex novia de Víctor había imaginado.

Lo asombroso fue el tono de voz, impostarlo tras el teléfono en ese contexto;

disfrazar las copas, el cigarro, la risa en los labios, el aliento de Shai acercándose al

celular – qué dijo, quédate callado, ahueonao- y toda la parafernalia de esa

madrugada de relajo estudiantil. No tendrían la perspectiva para espiar la ventana

del psiquiatra, tampoco algún dato sobre los misterios sobre los que estaba

investigando el joven periodista.

Música de Vangelis en el portátil, la luz amarillenta de la pantalla artesanal, un

indígena esculpido en madera negra, largo, de esquinero, el aire tibio serpenteando

por la ventana, moviendo la cortina rojo italiano, el shopero de Shai en la alfombra –

hurtado de otro bar, esta vez del Barrio República- el vaso llano – la hueá mula,

sacar a gamba; es que soi visita, el shopero lo usa papá mono no más - y los

mejores CDs del dueño de casa en el suelo, además de recortes de diarios, revistas,

algunos libros amarillentos que hablan del tema que habían estado hablando esos

días. El desorden no se asomó como convidado de piedra; era, en realidad, parte de

la mecánica del lugar. Pero no era nefasto, sino productivo a rabiar, así como las

fuerzas heteróclitas que jadeaban dentro de la cabeza de Shai, el periodista amigo

del estudiante de arquitectura, a su vez despechado amante de Agnes, la extraña

seguidora del profeta llamado Emanuel y paciente del judío doctor Holz, a su vez

amigo de Sanguinetti, reclutadores efusivos de Shai, investigador de los pasos de

Emanuel, investigado por los ojos escrutadores de Gavriel y Mikhael, lectores del

194
diario en el que se habló de Zumarán, el más probable asesino de Elías y amante de

Lourdes, quien intentó incriminar a Mendieta, psiquiatra investigador conocido de

Aguad, periodista que fue estudiante de Berger, anciano teólogo bautista, quien

escuchó en la radio del suicidio de Zumarán, jefe de trabajo de Mondaca, otro

inculpado de Lourdes, enfermera jefa de Mondaca, otro empleado del psiquiátrico

que alguna vez visitó María junto a su cercana Elizabeth, madre y progenitora de

Emanuel y Elías, respectivamente.

Ahí los dos, Shai y Víctor, tomando cerveza, platicando de la vida, esa madrugada,

mientras Agnes piensa en el último, su ex novio, a quien le guarda algo de cariño,

esas reminiscencias sentimentales que le quedan a las mujeres, más cercanas a sus

facultades maternales que a los efluvios fogosos de su lado de amante. Treinta y

siete contactos, cuatro mensajes de textos – spam todos- la pantalla verde de Nokia

antiguo; veinte repiques – cuál de todos más estúpido – calidad Midi, demo de

órgano infantil, sonido mántrico de las luces de árbol de pascua- pero en sus manos

el ladrillo negro, cíclope de ojo verde y luminoso es, en ese instante, su único

contacto con el mundo (los pensamientos: el viaje por avenida Santa Rosa, las luces

fluorescentes del bus, la capilla y la gente ávida intentando ver al joven profeta,

gritos en lenguas extrañas, música de tambores y guitarras eléctricas, el olor de las

chacras cercanas), y el latido monocorde de su corazón retumbando en su cerebro y

amplificado en los números que cuentan paralelamente mientras vive. Pero ahora

son quizás centenas, o decenas de mil – el milagro de encontrar a Emanuel en el

lugar preciso y a la hora indicada.

- No tengo Padre. Es decir, no un padre terrenal – le dice el muchacho.

- Yo tampoco. O sí, debe estar en un lugar, como todos los malos padres.

Como tu padre, supongo.

- Yo sólo tengo un padre celestial.

- Y, ¿cómo se llama ese Padre?

- No puedo pronunciar su nombre, me está vedado hacerlo, al menos hasta un

tiempo más.

- ¿Por qué?

195
- El Padre trabaja en sus tiempos, no en los nuestros. Muy pronto verás al Hijo

de Dios bajar sobre las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron

harán lamentación por él.

- ¿Por qué tal convicción?

- Soy el más insignificante del Reino de los Cielos, he recibido por misericordia

la gracia de tener el Espíritu de Dios dentro de mí. He sido designado para

transmitir esta verdad, que es la misma que se ha predicado durante siglos:

los hombres deben volverse a su Creador.

- Víctor, soy yo. Agnes.

- No, no soy Víctor, soy Shai – tose afirmando la voz- él ahora está en el baño.

¿Estás bien?

- Sí. Él me llamó hace unos minutos atrás. Pensé que le pasaba algo. Nada

más quería saber cómo estaba. Quizás fue muy cortante con él. Soy así. Pero

a veces lo lamento.

- No te hagai dramas. Es medio fundido y todo, pero bien. Nada más se le

ocurrió llamarte y me pidió el teléfono, pero nada más para saber eso

(pausa). Es raro igual porque son como las cinco de la mañana y estamos

charlando como si fuera de día. Rara la parada, flaca…

- Puede ser (pausa). Bueno, dile que se cuide y que espero que esté bien, de

verdad.

- ¿Le digo que te devuelva el llamado?

- No, no es necesario; para qué va a ocuparte más de los minutos que tiene

en tu celular. Quizás mañana le llame yo y de pronto nos tomamos un café

en el barrio.

- Ok, yo le digo. Nos vemos.

- Adiós Shai. Cuídate.

Víctor con el oído cerca del celular de Shai, escuchando la plática de éste con

Agnes, tratando de encontrar pistas aisladas; en medio de las copas han dibujado

en un cuaderno media docena de esquemas, historias trianguladas, conceptos

aislados que sugieren las líneas a seguir en la investigación, pero al parecer

196
ninguna les satisface: ocupar una de las ventanas del departamento de Agnes para

espiar a los psiquiatras, de paso investigar la vida de la muchacha a través de las

pistas que pudieran entregar la revisión de documentos, fotos, material íntimo. Pero

estaba claro que eso era muy difícil; Víctor no podría entrar como antes, cuando

sostenía su relación puesto que Agnes, seguramente, era molestada por la tenia del

rencor – era lógico- y si lo hacía – en el caso hipotético, es decir, rompiendo la

fatídica Ley de Murphy- él debería partirse en dos, una para estar con ella y otra

para darse la paja de entrar a las habitaciones, buscar papeles, e indagar su

contenido, cosa que podría demorar infinidad de horas. La opción más cruda era,

por lo mismo, hacerlo de madrugada, a oscuras, entrar en el departamento con la

anuencia de su dueña, Víctor en algún lugar de él con su ex buscándole conversa,

provocándole el sueño y Shai, el investigador, premunido de una linterna de breve

proyección buscar los rastros de la historia misteriosa de la doncella. Un plan

posiblemente efectivo, pero extremadamente difícil de llevar a la práctica. Entonces

todo quedaba ahí.

Sin embargo, había dos pasos más que poder dar y que sacarían a los personajes

del delirio por dilucidar la historia de los otros adyuvantes y coadyuvantes: espiar a

Agnes desde la casa de Holz – so pretexto de querer participar activamente en el

proyecto de la máquina del tiempo (incluido el riesgo de la violación sodomítica o

terminar pegado en un recuerdo alucinante de la historia personal) y contactar a

Alfonso – el compañero amanerado de Agnes quien sabían muchas veces se había

quedado solo en la casa para estudiar, pero también para espiar a un tipo que vivía

en el edificio de departamentos ubicado en frente. Por eso la despreocupación

fundamentada de la dueña, además de que el compañero fino no era de los tipos de

cerebro enrollado y no tendría por qué estar intruseando las cosas en casas ajenas.

Tras el último sorbo de cerveza pensaron que la opción primera era la más cercana

y factible: Víctor no se comunicaba hace meses con Alfonso, pese a que estudiaban

en la misma facultad y el hecho de acercarse bien podría verse, desde cualquier

perspectiva, groseramente sospechoso. Había que cumplimentar el primer plan

pensado y, con premura. Presentían que el caso del predicador pronto se destaparía

197
y, con el acto, las luces de prensa traspasarían a los ámbitos privados de Agnes y

tras de sí, el experimento llevado a cabo por Holz y Sanguinetti. Pero no era más

que una suposición, la fabulación de una mente boyante, el artilugio de la literatura

rondando el plano de lo real o tal vez la saliva del dios Baco haciendo efecto en el

gobierno entramado de los sesos de aquellos dos jóvenes.

Rato después Shai y Víctor se encontraron, frente a la Plaza del Mulato Gil. Habían

conversado sobre el descubrimiento espeluznante de días atrás; Víctor había

detenido sus pensamientos y recuerdos y ahora trataba de leerlos con la ayuda de

la pista radical que asomaba.

- Igual estai raro, hueón. Tenís pura pinta de falopa.

- Más que las chelas, son las preocupaciones. A veces siento que amo a

Agnes.

“Cuando llegó aquí, la vecina era muy jovencita. Tenía, a ver… unos diecisiete años.

No más. La mamá de ella era muy dominante. Lo primero que creímos era que la

guagua era de la mamá, usted sabe, la viejita que está ahí, calladita, mirando lo

que pasa con los ojos perdidos. Pero no. Ahí supimos que el bebé era de la niñita.

Qué terrible, ¿no? Tan chica y con un crío. Aunque pa qué le digo, si aquí eso

siempre había pasado: vea usted, camine por las calles. Si cabras de hasta trece

años se preñan fácil. Pero esa vez la cosa fue distinta porque la muchacha era

delgadita, así como un palito y parecía como de diez años. Sin mentirle le digo, se lo

juro por mi mamita que se muera (…)

La viejita mandaba a la muchacha a vender ensaladas en bolsa a la salida del

mercado; ella empezó haciendo costuras a mano, porque eran tan pobres que

parece que no le alcanzaba para comprarse una máquina y varias veces la vi

preguntando por una en el persa, pero se quedaba calladita cuando le decían el

precio y a mí me daba pena. Imagínese, si nosotros somos pobres, cómo ella habrá

sido (…)

La chiquilla llevaba al bebé y lo dejaba en un cajón de manzanas. Ahí podía estar

por horas y horas, tomando una mamadera de esas populares, ¿las conoció usted

198
alguna vez? Era una botella de bebida con un tete en la boquilla. Así la pasaba ese

muchacho. Era tan tranquilo que la gente creía que era enfermito; si parecía que no

era normal, porque cuando creció era flaquito y chiquitito; no jugaba como los

demás muchachos del barrio. Se los quedaba mirando, sentado desde una banca de

la plaza. A veces mis niños lo invitaban a pichanguear y se cansaba rápido (…)

Cuando más chiquitito le decían el mudito. Apenas hablaba. Ya cuando mis niños lo

invitaban a tomar onces yo pude darme cuenta recién que tenía lenguaje. ¿Se dice

así, no? Discúlpeme, es que estoy un poco nerviosa (…)

Cuando fue creciendo seguía siendo raro, así muy pa dentro; decían que

conversaba solo, o con los animales. En el colegio, no lo molestaban porque les

daba pena y les caía bien; era bien hacendoso y lo más, aplicado. Se sacaba buenas

notas y los profesores lo estimaban harto. Eso sí que era, inteligente. Si una vez yo

tuve un problema con una radio a pilas en que escuchaba un programa de tangos

los domingos en la tarde, bien bueno el programa, es que mi papá era fanático

cuando estaba en vida y ahora yo igual, entonces él supo que la radio se había

echado a perder porque los niños le dijeron. Me dijo que si podría abrir la radio para

ver por qué fallaba. Yo en realidad no quería que la abriera porque podía quedar

más mala de lo que estaba, pero también pensé que no tenía plata para llevarla a

un técnico. Además me dio pena decirle que no, así que le presté un cuchillo con

punta pa que la abriera. La miró por todos lados, así serio como era, me pidió un

hilito de cobre como esos que uno le colocaba a los fusibles cuando se quemaban y

yo le traje uno que saqué de un cajón que guardaba mi viejo en su caja de

herramientas del patio. No sé qué mariguanzas hizo y al rato me pidió que probara

la radio. Yo estaba media asustada con que se fuera hacer un corte de luz, pero

igual, a lo sangre pato la prendí y viera usted que prendió al tiro. Todos quedamos

helados, si era un cabrito como de siete años y tan flaquito (…)

Una vez mi Manolo se me enfermó con una fiebre muy fea; se me ponía morado,

tiritaba entero. Aquí, usted sabe, siempre andamos al tres y al cuatro y al Pepe no le

pagaban todavía, así que teníamos al chicoco a pura aspirina. Estábamos despiertos

en la madrugada cuando vino él, eran como las tres y media y me pidió ver al

199
Manolo. Como eran amigos le dije que claro altiro, pero igual encontré bien raro que

viniera a esa hora. El Pepe le echó la talla, que acaso se le había echado a perder el

reloj y él, serio como era, le dijo que el Padre le había mandado a sanar al Manolo.

El Pepe se puso pálido y como que le dio miedo, como si el cabro fuese un fantasma

y apenas le salió el habla para decirle que pasara. Nosotros miramos desde la

puerta de la pieza del Manolo lo que el chiquillo hizo. Como que se puso a rezar

así, pa callado y… usted no me va a creer, las luces prendidas comenzaron a bajar

de potencia, así como cuando se va a cortar la luz y, de pronto, un chispazo feroz

que pareció así como cuando explota una bomba. Se apagó la luz y verá usted que

yo de tan nerviosa como que me asusté y me puse a llorar. El Manolito como que se

despertó y medio dormido reconoció al chiquillo y como se extrañó. Pero el rostro le

había cambiado. Me pidió agua y me preguntó por qué estaba llorando. A todo esto

la luz volvió a poco rato. Después como que le bajó todo el hambre y se acordó que

ese día había cocinado lentejas con arroz y me dijo que si le podía traer. Mi viejo se

asombró más porque estaba súper malo pa comer, si con suerte le dábamos una

papilla molida. El chiquillo de la vecina se despidió de él y de nosotros y le dimos las

gracias, pero no cachamos altiro lo que había pasado, sino cuando pasaron hartos

minutos, porque el Manolo se levantó al baño y dijo que estaba cansado de estar

acostado. Así que se puso la ropa y se fue al living a ver tele, pero quedó renegando

porque a esa hora daban puros programas de esas cuestiones de máquina para

hacer ejercicios, así que sacó su cuaderno y se puso a dibujar. En ese rato el Pepe

estaba casi tiritando, porque sabía que el muchacho de la vecina era medio brujo y

yo creo que después de esa noche, como que el Pepe cambió de mentalidad y fue

de a poco acercándose a la iglesia que antes iba su mamá. Ahí le dijo a la gente que

iba que conocía a un muchacho que hacía milagros, pero eso fue hace mucho

tiempo, harán más de diez años. Como que la sanación del Manolito fue el primer

milagro grande que hizo”.

INTERIOR – CUARTEL DE INVESTIGACIONES – SANTIAGO DE CHILE – TARDE

200
Las manos blancas de una mujer sobre una perfecta falda color jade. Un anillo de

oro en su dedo anular percibe la claridad de la ventana y la proyecta en los

milímetros próximos. La música es neutra: el piano en la cuarta octava repitiendo

corcheas en intervalos de tres o cuatro notas; entonces deja de ser ambigua y nos

sugiere cierto grado de suspenso. Se abre la perspectiva de la cámara, la figura de

Lourdes siendo interrogada por un policía, en tanto una funcionaria del mismo

departamento parece tomar nota de la situación. El rostro de la cuestionada, lejos

de mostrar las huellas de la preocupación es, patéticamente indiferente a lo que

sucede ahí, como si el trámite representara un ejercicio vacuo o cotidiano, aquello

que uno realiza reflejamente sin añadir emociones o intelecto.

LOURDES : Nada.

POLICÍA : Ya veo.

LOURDES : No juegue con la ironía, le advierto. La vida también las

tiene y bien podría cumplimentarlas en usted. Si quiere amedrentarme no lo

logrará, menos con alusiones religiosas a la vida. Ésta es como es, no cómo

nosotros la queramos leer.

POLICÍA : Por la autoridad que me confiere la ley, le exijo

responda mis preguntas. Si usted es inocente, si no tiene vínculo alguno en la

muerte de Zumarán, por favor hágamelo saber. De este modo todo será más simple

para usted y para mí. ¿Por qué amargarnos la vida?

LOURDES : Decir la verdad no endulza precisamente nuestras

vidas; la vida de por sí es amarga (pausa). Ese día anterior a la muerte habíamos

conversado, como era nuestra costumbre, en su oficina. Para evitar cualquier

comentario lo hacíamos con la puerta abierta y con la presencia cercana de su

secretaria.

POLICÍA : ¿Se acuerda de qué conversaron?

LOURDES : (con los ojos prendidos en el policía, pero no lo observa

precisamente a él, sino mira hacia adentro de sí misma, al cúmulo de imágenes y

emociones que guarda dentro. Se queda suspendida ahí; el instante es tenso)

Hummm…

201
POLICÍA : Patricia, por favor, traiga un vaso de agua para la

señora.

PATRICIA : Está bien, señor policía. Vuelvo…

POLICÍA : ¿Podría usted decir sobre qué conversaron esa tarde?

LOURDES : Hummm… Es difícil recrear dichos diálogos cuando el

contexto fue extremadamente especial.

POLICÍA : Especial… ¿usted de algún modo pudo vaticinar lo que

acontecería con Zumarán, es decir, tuvo alguna corazonada antes de los luctuosos

acontecimientos?

LOURDES : No, pero el doctor andaba medio raro. Se le notaba

demacrado y algo cansado. Quizás un poco más irascible de lo normal.

POLICÍA : Habla con cierta distancia del doctor Zumarán y

sabemos que usted es la esposa de su hermano. ¿No poseen algún grado de

cercanía, más que la profesional?

LOURDES : No (pausa). Nunca fuimos muy cercanos, ni siquiera

cuando yo vivía con Mario, el padre de mi hija. Ellos se distanciaron la vez que

falleció el padre de ambos, por asuntos de herencia. Y ahora, lógico, ya separada de

él hace años nuestra posible cercanía se disipó. (Entra la detective).

PATRICIA : Tome, señora Lourdes.

LOURDES ; Gracias (sorbe un poco de agua. Luego deja el vaso

sobre la mesa de su interrogador).

POLICÍA : ¿Con qué frecuencia usted y Zumarán conversaban en

el día?

LOURDES : Algo así como dos veces por semana.

POLICÍA : (contrariado) ¿Fueron ustedes amantes?

LOURDES : (Casi con un gesto neutral) No.

POLICÍA : ¿No tiene nada más que decirme?

LOURDES : No. Creo que esta es la repuesta más capital que puedo

dar. No fui amante de Zumarán.

POLICÍA : ¿Está segura?

202
LOURDES : Si osa alzarme la voz voy a tomar el derecho de guardar

silencio y hablar toda vez que esté mi abogado presente.

POLICÍA : Ah, está bien (pausa). ¿Qué haría si le dijera que tengo

pruebas concretas que afirman que usted y Zumarán fueron amantes?

LOURDES : (con la misma indiferencia) Le diría que son

antecedentes manipulados.

POLICÍA : Mmmm…

LOURDES : Perdón, señor detective. Todos queremos que se aclaren

las circunstancias en las cuales falleció el doctor Zumarán; yo diría que soy la más

interesada en que se resuelva el caso, para que de una vez por todas el ambiente

en el hospital pueda estar más tranquilo. La incertidumbre no le hace bien a nadie.

POLICÍA : (Mirándola para luego escapar de su lado en una odiosa

vuelta que está acostumbrado a hacer) Hasta el momento sabemos que alguien

mató a Elías, el enfermo y que luego Zumarán, un día después, aparentemente se

suicidó.

LOURDES ; He sabido que los guantes que usó el asesino tienen las

huellas de Zumarán…

POLICÍA : ¿Se lo dijo algún policía?

LOURDES : No,

POLICÍA : ¿Me podría decir quién se lo comentó?

LOURDES : (Con una ligera sonrisa en el rostro la que, sin embargo,

se muestra coherente con el gesto monocorde que ha sostenido la mujer en la

sesión) ¿Qué le pasa, señor policía, está asustado, le estoy aguando la

investigación?

POLICÍA ; (Enojado golpea la mesa) ¿Se cree muy lista, no?

Seguramente lo leyó en el periódico. Hay un tipo que labura ahí y ha estado

indagando; él tiene sus contactos entre nuestra gente. No es ningún mérito. Lo que

me descoloca es su actitud desafiante.

LOURDES : No está aquí para ponderar su simpatía hacia mí, sino

para hacer su trabajo.

203
POLICÍA : Bien, estoy de acuerdo con usted, pero somos entes

emocionales, ni usted ni yo somos robots. Siguiendo la dialéctica de su declaración,

continúo con lo profesional. ¿Sabía usted que el tipo de látex del que estaban

fabricados los guantes no permiten que las huellas dactilares queden impregnadas?

No sacamos nada con decir que el doctor ocupó dichos guantes si no podemos

demostrarlo.

LOURDES : (suspendida en la infinitud de sus pensamientos) La

verdad no es verdad porque lo sea, sino por cómo se cuente…

POLICÍA : (abriendo los ojos) ¿Sherlock Holmes?

LOURDES : No, Gabriel García Márquez//

POLICÍA : Hasta el momento hemos platicado con cerca de un

centanar de sujetos posiblemente relacionados con la muerte del director. Es poco

lo que hemos avanzado. Pensamos que usted podría entregarnos información

privilegiada; su trabajo de años con el doctor, su cercanía profesional, nos hacían

pensar eso. Discúlpeme, pero los antecedentes que usted nos aporta son menos

que lo que nos entregaría un auxiliar de aseo que hubiese conocido al doctor de una

semana. Por eso un poco la decepción.

LOURDES : Las decepciones vienen por las expectativas…

POLICÍA : Las expectativas vienen no porque sí, sino que poseen

fundamentos y, a veces, casi capitales.

LOURDES : ¿Si?

POLICÍA : ¿Sabía usted que Zumarán se retiraba siempre media

hora después de termina su horario?

LOURDES : Sí.

POLICÍA : ¿Se encontró alguna vez con él en esos minutos, luego

del turno?

LOURDES : Supongo que sí, sobre todo las veces que me tocaba

turno de noche. ¿Por qué me lo pregunta?

POLICÍA : Señora Lourdes, si desea que sea profesional, le pediré

que nos ciñamos a lo que el procedimiento señala: yo soy el interrogador, usted la

204
interrogada. ¿Sabía usted que Zumarán escribía obsesivamente todo lo que le

pasaba?

LOURDES : (Sorprendida) Sí, algo tenía entendido. Tenía un par de

cuadernos en la mesa. Era un investigador destacado, también enseñaba en una

cátedra de una universidad.

POLICÍA : Sí, pero sus escritos refieren a cuestiones más cercanas

a su intimidad que a su faceta profesional. En él habla de sus cercanos, de sus

fracasos profesionales, de su relación marital. Es una especie de diario de vida

(pausa. El policía mira a los ojos de la mujer, esperando encontrar en ellos la

sinceridad y que el nuevo detalle pueda acusar recibo en su conciencia. No lo logra

del todo).

LOURDES : Bueno, entonces, ¿para qué interrogan a medio hospital

si ahí tienen material suficiente para esclarecer todo el incidente? Es lógico.

POLICÍA : No podemos basarnos en una sola evidencia; cinco o

seis deben apuntar hacia una misma… verdad, llamémosla así. Creemos que

Zumarán pudo ser inducido.

LOURDES : ¿Como que él fue el autor material, pero detrás de él

hay otra persona o personas que cumplimentaron su plan a través de él?

POLICÍA : En efecto. Y… por eso estamos en búsqueda de datos

que puedan fortalecer dicha hipótesis. Esta plática se fundamenta en eso.

LOURDES : Pero ya ve, señor policía, que no es mucho lo que yo

puedo colaborar. Es posible que los medios de prensa sepan más que yo.

POLICÍA : (Conteniendo sus emociones) Es lo que usted dice; pero

pronto llegaremos a la verdad y se lamentará de no haber colaborado.

LOURDES : Remítase a cumplir su labor. Aquí usted es sólo un

policía, no el juez que debe ponderar las declaraciones de sus interrogados. ¿Qué se

ha creído? ¿Venir a cuestionar mi actuar, preguntarme con ideas preconcebidas y

atacar mi tranquilidad? Señor policía, no he hecho absolutamente nada, por eso no

temo sus recriminaciones.

205
POLICÍA : Está bien. Esta vez no diré absolutamente nada. Dejaré

que las pruebas hablen por sí solas.

LOURDES : Lo escrito o lo hablado no está completo…

POLICÍA : ¿Perdón?

LOURDES : Le digo que lo que se escribe o lo que se habla no está

del todo completo… Sólo se completará cuando el lector pueda leer e interpretar. Si

hay mil lectores, entonces, habrá mil interpretaciones distintas…

POLICÍA : Puede ser… Patricia, lleve a la señora Lourdes a

recepción.. (Mirando a su interrogada) Recuerde que hay medidas cautelares que

pesan sobre usted. Por favor, si es una persona prudente, no intente transgredirlas.

LOURDES : No lo dude. Hasta… pronto.

Naturalmente el asalto a la tienda del anciano que vendía elementos de la vieja

Alemania nazi no pasó desapercibido, ni en el entorno próximo de la galería – por

ser el personaje algo conocido en el sector- ni en los círculos germanófilos, siempre

presentes aunque de modo subrepticio en la ciudad de Santiago. No se dieron la

molestia de denunciar el caso a la policía oficial – posiblemente por la desidia

demostrada en su lucha contra el crimen- sino expusieron el hecho al aparataje del

movimiento quienes, con la diligencia acostumbrada, tomaron cartas en el asunto.

Nada de ruido, indiferencia productiva, mas la red de amigos y cercanos empezó a

investigar el caso.

Rondaba el ambiente el rumor de que un par de viejos había visitado el local del

Persa Bio Bio; no poseían el talante de los interesados reales y eso les generó un

poco de suspicacias; por eso acostumbraban a realizar una especie de

empadronamiento de quienes visitaban el local, quienes compraban, por qué

razones, cuidarse las espaldas de los semitas y su revancha atávica, coordinada por

el sistema mundial y sus mentiras en contra de la causa. Ahí les identificaron y,

cuando los líderes recibieron la noticia del robo del libro de Nillsen no les pareció

extraño el incidente. Ya barajaban descripciones, nombres. Por coincidencia también

habían oteado a dos jóvenes de rostro cobrizo y complexión recia; hablaban con

206
acento extranjero: leían el diario y preguntaron por una gorra. Son espías, declaró el

dependiente a uno de los ayudantes que ordenaba la bodega. Por qué lo sabes, le

preguntó éste; nada más que un presentimiento, señaló. Desde ese minuto, llamó a

Cabrales, el tipo que atendía el otro local, al extremo sur del recinto y, como se

encontraba desocupado, designó a dos ayudantes para que atendieran el local – en

un momento de casi nulas visitas- y salió a buscarlos.

- Qué hay…

- ¿Nos conocemos?

- Tengo algunas cosas que os pueden interesar.

- ¿Habla español?

- Ja, ja, ja… en este país todo lo hablamos.

- Perdón, decimos por que la norma que usted utiliza incluye palabras usadas

en España.

- Ah… hablan ustedes del “os”.

- Sí.

- Mmmm. Lo usé porque pude deducir que son extranjeros. Quizás me

entendería mejor así.

- ¿Qué significa “deducir”?

- Mmmm… extraer, inferir, no sé, no sé como puedo explicarles algo que

bordea el límite de lo abstracto.

- Inténtelo.

- Significa… que luego de algunos antecedentes o hechos podemos… llegar a

algunas conclusiones.

- Ah… is similar to insight

- Something.

- Yes. What is your name?

- Carlos. And you?

- Miguel… and… Gabriel.

- What you from?

- Chili, i live in Puente Alto.

207
- Our in Usa. Do you know Usa?

- No. Only for pictures, and the television. Dou you travel or is in bussines?

- Bussines (pause).

- Be can talk in spanish?

- Yes.

- Tengo algo que ofrecerles.

- Mmmm… cómo…

- Me imagino que en este recinto buscan elementos de la antigüedad, valiosos

en el plano patrimonial; ¿les interesa el tema?

- Mmmm, no crea que somos fanáticos de este tema. Nada más estamos aquí

porque el lugar nos pareció autóctono.

- ¿No les interesa el tesoro de los nazis?

- Odiamos a los nazis.

Así siguieron platicando; la conversación se tornó tensa, pero llevadera, y el

ayudante de ventas, más que sentir enojo por la animadversión de los visitantes al

Fuhrer y sus seguidores, sintió cólera por no llevar el diálogo al puerto que tenía

planificado en sus pensamientos; la vida bien podría tener los giros que posee la

creación de una novela, empero no se pueden determinar los destinos de los

personajes sin que se quiebre el verosímil; más bien conviene dejarse guiar por las

historia así como de pronto uno se deja guiar por la vida misma: sin ideas

preconcebidas, asumiendo el viento en la dirección que dicta la providencia.

Ahí los dos, el personaje que cree pensar el dependiente y éste, percibiendo al

dependiente como un personaje más del entramado de su historia; pero pronto

actúa con la desconfianza propia de su profesión y consigue liberar algunas

palabras neutras, sin contenido comprometedor, sin emociones demasiado

exacerbadas; la plática política del acompañante de autobús. La imagen: el

variopinto entramado de cuerpos que rodean el lugar, los dos israelíes de rostro

cobrizo, recios, el vendedor de estatura media, gesticulando con las manos. Se los

ve desde altura, en medio del ir y venir de compradores. Santiago se ilumina con la

luz cenicienta del sol filtrada con las nubes, mezcla de smog y agua evaporada.

208
Pasa un viejo y se los queda mirando; distingue los rasgos de los espías. Tal vez el

olor y el aura – es también judío-; escucha la conversación de los tres: a saber, el

vendedor, el primer espía y el segundo- y, alertado por su corazón que empieza a

bombear más rápido (han dicho una palabra que le interesa) se queda revoloteando

por ahí, viendo libros usados, elementos de desecho, pero con la oreja atenta al

desarrollo de lo que conversan. El esfuerzo es, por decirlo menos, dramáticamente

furioso: la bulla inunda la feria y, a la usanza de las cámaras con micrófono

ambiental incorporado, logra percibir más la bulla amorfa del espacio, que la plática

precisa del trío. Por eso cuando los dos israelíes se separan del dependiente, el viejo

– que ustedes supondrán al igual que quien redacta estas líneas es Holz- va tras de

él y en el lugar en el que ingresa, así como no quiere la cosa indaga por elementos

llegados de algún modo de la época previa a la caída del Furher; entonces la

conversación del viejo con el encargado de la tienda, tras unos minutos la

confianza, tras ésta la información, tras la información la llegada del judío a la

tiendita de San Diego, y tras su arribo en un día de invierno al sucucho del cual

extrajo delictivamente los documentos editados de Nillsen, la irrupción de una

historia conflictiva más en el entramado complejo e inexacto de este juego.

Ese día la locomoción colectiva de la ciudad de Santiago de Chile comenzó una

huelga que habría de durar varios días, varias horas y varios segundos (se expresa

de este modo pues hay gente que vive en unidades distintas: los atrasos se cuentan

en horas, la angustia en segundos, las movilizaciones sociales en días; la expresión

refiere a una huelga de proporciones) y el rostro de las multitudes parecía reflejar

con fidelidad la sensación de abandono y desesperanza. De rodillas a los pies de su

cama, Emanuel había dejado el alma en su oración matutina y, con las piernas

empaladas y el cuerpo rígido de frío sintió la presencia del Espíritu Santo quien le

llevó en alma a un hospital cercano a una montaña en cuyas habitaciones la

oscuridad de la muerte venteaba sus maldiciones sobre los pacientes que allí

pernoctaban. Los ángeles que le esperaban - dos hombres normales vestidos con

pantalones oscuros y camisa blanca, le esperaban en la entrada del cuarto piso; tan

209
pronto le vieron, le saludaron con dulzura, ministrándole sendos besos en las

mejillas. Luego le llevaron a la habitación cuatrocientos cinco en cuyo interior

dormía una pequeña de breves cinco años. Sobre sí descansaba una estampa

religiosa y en su cuerpo, cual una especie de crucifixión o martirio, media docena

de venas plásticas comunicaban sus entrañas con máquinas que zumbaban

levemente y otorgaban algo de realismo, en medio de la escena onírica que

presencian sus ojos. Pero además, en las penumbras tenebrosas de la habitación,

esperaba a un costado del lecho el ángel de la muerte, observando con cierto

sarcasmo la imagen que descansaba sobre la cama y el cuadro de la beata colgado

en la pared contigua a la almohada. Es día, pero en las esferas espirituales hay

oscuridad; es lo que percibe el alna de Emanuel cuando entra a la habitación

cruzando la puerta cerrada, junto a los ángeles. Apenas hacen una venia a la

Muerte, ésta parece despertar del letargo de madrugada y se pone de pie; tiene los

ojos azules y, al detenerse en éstos, uno parece perderse en una especie de océano

nefasto, con olas gigantescas y bravías. Pero el resto de su aspecto es normal, aun

diríamos que hasta atractivo; viste un abrigo de paño color café claro, traje plomizo

y camisa blanca. La Muerte retrocede y, comprobando el panorama desde las

alturas, se echa a volar por la ventana; el trío – sin detenerse en la actitud del

antagonista- pronto se ubica rodeando la cama de la pequeña que al parecer capta

la inquietud y tiende a despertar, aunque nada más es un conato, un intento del

cuerpo por incidir en el ámbito de la ensoñación, en el coma profundo en el que se

encuentra. Uno de los mensajeros, alzando su mano intenta sacar el cuadro de la

pared; apenas lo logra, desencajando con mucha dificultad el orificio del borde, del

gancho metálico de la superficie lisa del muro. El otro, en tanto, deposita la

estampa en el tacho plástico de basura, donde descansan cajas vacías de

medicamentos y bolsas de jeringas. Entonces empieza la oración; Emanuel cierra

sus ojos y extiende su mano hacia el rostro de la muchacha – afuera algo indica que

la Muerte inquieta su vuelo y las aves del cielo perciben el entuerto chillando con

pavor- y sus labios profieren palabras en lenguas extrañas (alkasghe miratay

biengjert num ban lotmi etrarme has.. ber menatam bi foltro alcamer … bio, bio,

210
bio, petran mer; aportramins ab, mertram, veromapa ...) – el rostro de los visitantes

se ilumina con un sublime fulgor y algo sucede en el entorno, en los aparatos

eléctricos (las pantallas de los monitores del nivel se apagan, prenden y dibujan

signos extraños en su dominio luminoso). Una especie de rayo increscendo suena

en los oídos de Emanuel hasta hacerse insoportable y tras el ruido máximo un silbo

apacible y delicado.

El predicador se incorpora, enjuga sus ojos con las manos aún tremolantes; está en

su dormitorio. La cámara hace tomas circulares de él quien dibuja una leve sonrisa

en el rostro mientras mira el cielo de su habitación; pero no observa precisamente

éste; pareciera ser que contempla el retorno de sus dos acompañantes, en tanto

vuelan por los aires a las moradas celestes desde donde salieron hace un par de

horas atrás.

“Nada más queríamos “Esperé a mi amigo que “Yo salí así como que no
saber de él, verá: hace un es conocido de uno de los quiere la cosa porque mi
poco más de dos doctores, a decir verdad, mina me estaba llamando
hace caleta de rato, y la weá
semanas les hice, es el dueño de este
de mi celu – que está pa la
decir, le hice un trabajo al departamento, el señor… cagá- no tenía señal,
psiquiatra, él me invitó a Gold… (pausa) Holz, eso entonces bajé rápido y
su estudio, que viniera es. Es un psiquiatra de recién , en las escaleras la
porque trabajaba en una origen judío. Mi amigo weá funcó y pude
investigación. Es por eso vino a verlo por uno de responderle a la Pola y ella
que vine aquí, los trabajos que estaba super chata porque pensaba
acompañado de mi amigo haciendo en compañía de que no quería responderle la
hueona y así, vi la puerta
y, como no salía, tuvimos un amigo de él, otro entre abierta y un hueón
la ocurrencia estúpida de psiquiatra. Eran viejos y medio viejo – o sea pa mi
entrar, pero vea usted: la como mi amigo se que tengo dieciséis – yo
puerta no está forzada, demoraba, puta, pensé cacho universitario o de esa
no violamos la entrada, que le había pasado algo. onda- que estaba afuera,
pasamos porque la Lo encontré dentro del pero filo, si es normal, si el
puerta estaba entrejunta, departamento y así como viejo todos los días tiene
bueno, ¿así se dice? Y así entré, qué iba a saber mucha clientela, aunque
estos días andaba medio
justo que llegaron que no estaba el tipo. Yo raro, se juntaba con otro
ustedes. No tocamos pensé que mi brother viejo grande, de voz ronca, y
nada, se lo aseguramos y necesitaba mi ayuda y con ese culiao trasladaban
nosotros no sabemos lo por eso entré, pero jamás caleta de weás en cajas y ahí
que pasó, verdad. imaginé que íbamos a no atendieron mucha gente.
Estamos así tan encontrar semejante Yo pensé que estaba de
asombrados como desorden. Les juro: no vacaciones. A veces le daba
la cara pa saludarlo, es que
ustedes”. tenemos nada que ver
era el doctor de mi hermana
con el cuento”. que tiene diecinueve y la
atendía desde los trece más
o menos.

211
EXTERIOR – PARQUE FORESTAL – SANTIAGO DE CHILE – TARDE

Agnes y Emanuel caminan por el parque; el sol es benévolo, como algunos benditos

días de otoño en que el astro ilumina por montones pero no castiga con su rigor

fervoroso como en los veranos de Santiago de Chile. Habían caminado desde el

departamento de la muchacha hasta ese lugar; la cercanía se los permite. Ambos

aman caminar; platican.

AGNES : Nunca me hablaste de eso de comunicarse en lenguas

angélicas.

EMANUEL : Ah… son temas que me imagino sólo le interesan a la

gente que vive en el espíritu.

AGNES : Que raro; yo no vivo en el espíritu, pero me atrae el

tema, así como los tópicos relativos a la fe.

EMANUEL : ¿No será sólo la actitud morbosa del periodista, del

voyerista, el escritor, que se ubica en la otra orilla para mirar, pero es reacio al

compromiso de ser protagonista de lo que observa?

AGNES : Nadie mira por mirar; lo que decimos por muy objetivo

que sea, tiene rasgos de nuestra personalidad, y es, en ese sentido, la

interpretación del yo. Eso es también, compromiso.

EMANUEL : Hablo de llevar la cruz del Padre, hacer su voluntad

aunque el peso de lo que llaman destino sea contrario. Para esas personas las cosas

del espíritu le son provechosas, no por una mera razón instrumental, o como

conocimiento vacuo o tendiente a la vanagloria. Es lo que determina la motivación.

AGNES : ¿Por qué cuestionas mis anhelos? ¿No es ese un

síntoma de la religiosidad tradicional, el creerse superior al resto, el ver la paja en el

ojo ajeno y no ver la viga en el propio?

EMANUEL : Debo redargüir; es el error que cometen muchos

denominados maestros: temen decir algo negativo de la práctica de sus cercanos

212
por una razón simple. Temen perder su atención, su devoción. Decir no es también

demostración de amor; corregir es también bondad.

AGNES : ¿Y si no es amor, si eres nada más que uno de los

tantos que dicen ser iluminados?

EMANUEL : Yo no lo digo. Nunca lo he dicho. Es lo que dicen de mí.

Mis obras hablan por mí // Este fin de semana hay un concierto de la Filarmónica de

Chile. Me gustaría que pudiésemos ir. Presentan El Mesías de Haendel. ¿Vienes

conmigo?

AGNES : No tengo mucho dinero, las cosas no han estado bien.

EMANUEL : La entrada es gratuita.

AGNES : (Sonriendo) Está bien. Creo que será bueno para

ambos.

EMANUEL : Es en la Plaza de la Constitución. Te paso a buscar,

podríamos tomar un café cerca del Forestal. Yo invito.

AGNES : Buena idea (pausa. Le mira a los ojos. Luego carcajea)

EMANUEL : (Dibujando una sonrisa en los labios) ¿Pasa algo?

AGNES : No, nada. Es que esta escena es muy parecida a una

que aparece en una película de Subiela, “Hombre Mirando al Sudeste”. Creo que es

ésa.

EMANUEL : (Piensa) Ah, cuando Beatriz invita al doctor Denis a un

concierto y éste invita a Rantés. Ja, ja, ja.

AGNES : Si esto fuera una novela hablaríamos de cierta

intertextualidad.

EMANUEL : ¿Quién sabe si en otra dimensión somos,

efectivamente, personajes de una obra que está siendo leída? (pausa). No te

preocupes, Agnes, no le pediré al director que me pase su batuta para dirigir la

Novena de Beethoven.

Ambos ríen. La escena termina con ambos detenidos en el camino, entre los

árboles.

213
Los Tribunales de Justicia de Santiago de Chile tienen cien pasos de largo por otros

ciento treinta y seis de largo. El antiguo congreso de la república ciento cuarenta de

frontis por ciento treinta y cinco de fondo. La Academia Diplomática ciento cuarenta

de frente por ochenta de fondo. El puente que une las calles Manuel Rodríguez y

Catedral posee sesenta y seis pasos.

Abel Aguad camina por la vereda sur de la Plaza Brasil. Había viajado a Brasil a

realizar un reportaje sobre un extraño fenómeno ya ocurrido en Colombia: la lluvia

de sangre caída sobre un poblado rural. La labor del reportero, a diferencia de lo

que uno podría imaginar, fue apoyada por una revista independiente y no por la

radio en la que laboraba. Con las imágenes aún frescas del hecho surrealista – una

de las noches en que pernoctó en el lugar se volvió a repetir el fenómeno- decidió

llamar a Mendieta, uno de los involucrados en el caso Elías, para informarle de los

antecedentes que había recabado antes de su viaje al extranjero. Le llamó una

noche en tanto redactaba los detalles de la noticia apocalíptica y Mendieta le había

respondido con cierta tonalidad de voz que no reconoció. No era en exactitud el

tono, sino un matiz extra lingüístico, un perfume de su alma que reconoció no

andaba bien. Aún pensando en esto, le pidió juntarse en las cercanías de la Plaza

Brasil. Se encontraron frente a uno de los puestos se una breve feria de artesanías

que se emplaza en el costado este de la plaza. Mendieta estaba más nervioso que

la última vez que Aguad platicó con él; apenas había avanzado en lo del tema de su

tesis y la sensación era que no la terminaría, entregándose al abismo del fracaso sin

oponer resistencia alguna. Pero en medio de la oscuridad había llegado por albur,

casualidad, causalidad, coincidencia – o alguno de los apelativos que el lector

intérprete pueda designar- a uno de los grupos facebook titulado “yo también me

quedé pegado en la tesis”. No había sido una búsqueda, lo reconocía, y ese hecho,

lo tranquilizaba más, quebrantando su racionalidad científica, atiborrada con los

ataques de la vida que obnubilaban sus pensamientos más positivistas. A qué

ocioso se le ocurría crear un grupo así por facebook, reflexionaba, pero en tanto

aceptó la invitación e ingresó a ese mundo virtual, pudo leer los pensamientos

214
escritos por los trescientos o cuatrocientos miembros y se enteró que se

equivocaba; el asunto, luego de ser una responsabilidad no terminada traspasaba el

límite de lo estudiantil para incrustarse ferozmente en el ámbito de los desafíos

existenciales. Sensible, además, por su miedo a verse involucrado penalmente por

el caso del asesinato de Elías – por más lejos que su participación estuviese de la

acción delictiva- decidió formar parte de dicha comunidad. Una noche de insomnio,

parecidas por lo demás al resto de noches vividas por él en esa espera angustiosa

de la resolución del caso, leyó el muro de uno de los miembros del grupo; el

mensaje escrito por una conocida versaba:

“Perder el tiempo es, también, perder la vida”.

Y estuvo ahí, pegado a la frase por quizás cuánto rato, tanto que el hervidor – que

tenía la maña de no apagarse cuando el agua estaba ebullición y, por lo mismo, al

hacerlo debía desenchufarse- evaporó casi la totalidad del agua destinada para su

café. Mierda. Y el plástico casi fundido. El reloj marcaba una hora. Miró hacia la

ventana abierta del sexto piso de su departamento. Las luces del fragmento de

ciudad titilaron con lástima hacia él. Empezaba a perder poco a poco las nociones.

¿De quién era el muro escrito con tan capital declaración? Era de un estudiante de

pre grado llamado Shai. Ya el nombre le pareció extraño y sorbiendo el café, con la

lista de reproducción de Windows media player funcionando – lentos ochentosos

anglo- hizo clic en la pestaña información. Se trataba de un estudiante de

periodismo de la Universidad Diego Portales. También pertenecía a un grupo de ex

estudiantes de la Facultad de Arquitectura de la Chile. Tenía unos treinta contactos;

sus fotos triangulaban relaciones bastantes ricas a la hora de armar su historia. Al

cabo de un rato, ya sabía la mitad de la vida del joven y eso le trajo pavor; ¿qué si

alguien desconocido también por azar husmeaba en sus filiaciones íntimas por

motivos diversos, en su información, en sus comentarios del alma, en la miradas de

sus amigos respecto a él? Se sintió, de pronto, el personaje de una novela leída por

un tipo al otro lado, en una dimensión que ni él mismo sospechaba. En eso estaba

cuando recibió el llamado de Aguad. Le explicaba que había llegado hacía poco

215
desde el extranjero y, antes de impostar otro tono de la voz, le espetó con cierto

pavor o angustia – la relativa al sentirse observado por otro tras la línea- dándole

señales de vida, compartiendo el sentir de que los límites del tiempo ya no corrían

para él con un estoy relativamente bien con una variación fonética en el verbo. Era

lo que Aguad notó y procuró rumiar las horas posteriores tras la plática telefónica.

El problema no estaba en todas las palabras; la anomalía yacía en el verbo. Pero no

era una cuestión patente, perceptible a la primera oída; era un matiz, un perfume

diluido en el aire, una gota de pintura extendida en un pozo; la breve flama de un

fósforo en la vasta noche desértica nortina.

- ¿Toma una cerveza?

- Bueno.

- ¿Conoce el Baires? Es un buen lugar; queda en la manzana próxima.

- Sólo por referencias. También creo que es un buen lugar. Le acompaño.

- ¿Cómo ha estado, señor Mendieta?

- (Piensa tras lo cual suspira cansado) Bien, dentro de lo que se puede, señor

Aguad.

- ¿Tiene hora?

- (Le mira con los ojos ligeramente más abiertos que lo normal) ¿Por qué me

pregunta eso?

- (Perplejo) No, por nada. En realidad nada más quería saber la hora. ¿Le

molestó mi pregunta?

- Ehmmm. No. (Alza su diestra y observa su reloj. Éste, en su percepción – que

es, por lo demás, la perspectiva de la cámara- se ve en las tonalidades

psicodélicas de los caleidoscopios. El lente se acerca; la música del piano

toca notas en intervalos de terceras y quintas, corcheas todas. Mendieta se

asusta y actúa como si el reloj le quemara la extremidad) ¡Ah, mierda!

- (Asustado) Mendieta, hombre, ¿está bien?

- (Avergonzado) Oh… Aguad.. este. Mil disculpas. Verdad, no quise asustarle.

No me he sentido bien o completamente bien, se los aseguro. Es eso.

Compréndame.

216
- No lo dudo (pausa) Es ahí, al frente.

- Había pasado a otros bares de aquí, lugares más oscuros, por cierto.

- El Entrelatas está un poco más allá, en Alameda con Cienfuegos, ¿se refiere

a lugares como ése?

- Sí, bares así. ¿Quiere fumar?

- Bueno.

Era media tarde; un par de turistas franceses platicaban en la terraza. El sol, al

parecer más grande de lo habitual, dejaba ver su reflejo en los ventanales del local.

Al entrar media docena de personas voltearon para ver a los visitantes; viendo nada

más que dos siluetas y tras de sí una pantalla anaranjada. Pronto escogieron lugar –

una mesa ubicada al costado de una muralla norte- se sentaron y pidieron dos

cervezas heladas, las que al cabo de unos minutos, les trajo el mozo, acompañado

de un recipiente con maní salado y un cenicero de vidrio transparente.

- Aguad, no se preocupe, esta vez yo invito.

- No. Déjeme invitarle; que esto sirva de apoyo a usted, esperando que todo

se solucione a la brevedad y a su favor.

- Gracias, Aguad. No sabe usted cómo me son precisos estos momentos de

remanso. Se lo agradezco de verdad.

- (Mirándole a los ojos) Tengo algunas noticias nuevas. Pese a que me

encontraba de viaje pude conversar con Martínez, ¿recuerda?, el detective.

- (Deja de beber y le presta atención) Ah…

- ¿Desea escuchar?

- Desde luego, señor Aguad.

- Hace unos pocos días Lourdes, la enfermera que en suposición era amante

de Zumarán, declaró ante la policía. Los antecedentes que puso aportar son,

desde la perspectiva del periodista, odiosamente pobres. Eso les hace

sospechar de la mujer. Es una postura. No se tienen más antecedentes, no

se puede lucubrar sobre pistas aisladas. O sí, pero sólo hacer literatura.

- Mmmm…

- ¿Conoció usted a Lourdes?

217
- Sí, desde luego; la vi un par de veces en la oficina de Zumarán. Era su

especie de asistente. Quizás la persona con más influencia después de él.

- ¿Cree usted que fueron amantes?

- Eso no me consta. Por lo que pude percibir no existía entre ellos una relación

más cercana que la que demostraban. Eso de que tenían cierta filiación

sentimental lo escuché después, con toda la batahola de declaraciones tras

la muerte de Elías y la de Zumarán. Las palabras al viento son funestas. Si

uno no las escuchara podría distinguir las verdades de las mentiras.

- Es imposible separar los juicios de los prejuicios, ¿a eso se refiere?

- Claro. Si la pregunta que me hace la hago exclusivamente con mis

conocimientos – dejando de lado lo que escuché en pasillos- diría que ellos

no tenían más relación que la profesional.

- ¿Está seguro?

- Sí. Seguro.

- ¿Sabía usted que habían sido cuñados?

- (Frunciendo el ceño) ¿Se refiere a Lourdes y Zumarán?

- Claro.

- No, señor Aguad. Ni siquiera pasó por mi cabeza (pausa). ¿Esta seguro?

- Sí. Seguro.

- ¿Cómo lo supo?

- Tras los acontecimientos conversé con gente del hospital, entre ellos

Lourdes. Ella lo declaró en medio de la plática que sostuvimos. Se mostró

una mujer bastante segura. Estaba muy afectada con lo del incidente.

- ¿Afectada de qué?

- Ehh… de lo que aconteció, Mendieta: la muerte de Elías, el suicidio de

Zumarán. Después de tantos años es lógico que sintiera algo de pena por

quien fue su jefe. El doctor Zumarán era un tipo respetado y estimado, de

eso no tengo duda alguna. ¿Por qué me hace esa pregunta?

- Cuando un pequeño es castigado por su madre puede sentir pena, a lo

menos por dos aspectos: por un lado por el castigo que puede recibir y, por

218
otro, porque siente, tras haber hecho la maldad, que ha ofendido a su

madre.

- Mmmmm…

- Le quiero indicar que su pena, bien podría deberse no a la tristeza que le

ocasionaba la muerte del paciente ni del director del hospital, sino a otras

razones.

- Está bien, Mendieta, pero no tenemos razones concretas, pruebas exactas

para afirmarlo.

- Sí, tiene razón…

- Es que me indicó Martínez. Posee la corazonada de cualquier investigador

policial, la señal de que indagando más sobre la figura de Lourdes, se puede

llegar a buen puerto. Pero ella no muestra debilidad alguna y su imagen

parece ser la de una muralla inexpugnable (pausa). ¿Le parece extraño que

Zumarán y Lourdes hayan sido cuñados?

- Sí. Me pareció algo… surrealista.

- Ahí me sorprendió hasta el pavor extremo.

- (Con los ojos más abiertos que de costumbre) ¿Qué es lo que puede

sorprenderle a tal punto, señor Aguad?

- En la triangulación de la historia de Elías habíamos descartado algunos

detalles contextuales. ¿Me hace recordar nuestras relaciones a priori

sostenidas en nuestra plática anterior?

- Eh… sí, desde luego. Este, primero: la presencia de Yoshúa, el primo de Elías;

su madre Elizabeth y la parienta de ésta, María, a su vez madre del primero.

Algo así como la sagrada familia reiterada en los tiempos actuales.

- ¿No supo cómo fue acallada “la voz del que clama en el desierto”?

- ¿?

- (Aguad sonríe) Verá. La revista en la que trabajo me permitió ir a cubrir un

extraño suceso que consideré lo más insólito en mis diez años de profesión.

El medio me facilitó los pasajes y el resto de dinero tuvo que salir

íntegramente de mi bolsillo, pero no podía perderme esta señal, ya ocurrida

219
con antelación en Colombia. Cuando llegué al poblado de Lourenço la gente

estaba volcada en las iglesias, pidiendo a Dios clemencia por sus pecados.

Dentro de mis exiguas pertenencias llevaba una Biblia adquirida aquí en

Santiago, a propósito de la lectura que hacía las gentes sobre el fenómeno.

- Se le dio una connotación apocalíptica, me imagino…

- En efecto. Por eso necesité llevar el texto. Pero además porque me quedó

dando vueltas las relaciones que habíamos armado en nuestra plática

anterior y que usted me las explicitó hace algunos minutos.

- No me diga que se está convirtiendo en evangelista…

- No. La Biblia es, ciertamente, un libro interesante. No obstante, ese no es el

punto. El asunto que quería compartirle es que una noche, luego de la

algarabía y el pavor, se volvió a repetir el fenómeno. Imagínese; por más

que uno presuma de racional, un fenómeno así no pasa desapercibido en las

emociones.

- Pero Aguad, seguramente usted me habla de gotas de agua color rojo…

- No, Mendieta, tal y cual se lo estoy declarando: sangre.

- No le creo.

- Verifíquelo; busque publicaciones serias en Internet, opiniones de científicos.

Es posible (Aguad sorbe un poco de cerveza. Luego saca del bolsillo de su

paletó una cajetilla de cigarrillos. La misma marca de siempre, en su versión

silver. Le ofrece a Mendieta. Éste, gentilmente, rehúsa) Bueno. Le decía que

esa noche de literal angustia leí el texto y, como no tenía una estrategia de

lectura – pues no iba a empezar por el Génesis y asumir una lectura

cronológica (qué provecho sacaría para aplacar el miedo leer el asesinato de

Abel en manos de Caín)- comencé a leer los evangelios…

- Creo haberlos leído alguna vez, en mi infancia. Creo haberle comentado que

también estudié en un colegio de iglesia, pero en mi caso de la congregación

de los jesuitas,

- A poco leer llegué a la historia de Juan el Bautista, el preparador del camino

del Mesías, la voz de aquel que clama en el desierto.

220
- Un personaje notable. Leí que en su ministerio no hizo un solo milagro, pero

fue considerado legítimo profeta por el pueblo judío, mas no precisamente

por su aparataje religioso.

- Como siempre, Mendieta. Pero volvamos al punto. La historia de Juan el

Baustita, por lo que recuerdo, aparece reescrita en al menos tres de los

cuatro evangelios.

- Cuatro perspectivas para una misma historia,

- En efecto. Los énfasis, en todo caso, son diferentes, el efecto mirada; es

básicamente los mismo, pero con detalles que abren el objeto a otras

dimensiones semióticas. Mateo escribe un texto para los judíos, Marcos para

los indoctos – la simplicidad de su lenguaje lo corrobora- Lucas, con

lineamientos que lo acercan a un pensamiento un poco más pragmático – él

era médico- y Juan, interpreta los hechos para presentarlos a un lector

eminentemente gentil…

- ¿Gentil?

- Ah… el término bíblico para referirse a un no judío.

- Gracias por la aclaración.

- El asunto es que en un par de ellos se explicita claramente el destino trágico

del profeta Elías.

- ¿Fue martirizado?

- Sí. ¿Cómo lo sabe?

- La mayoría de seguidores de Jesucristo lo fue. Simple deducción.

- ¿Conoce de qué modo?

- No. Verdad lo desconozco.

- Fue mandado a decapitar por el rey Herodes.

- Trágico, por cierto (sorbe algo de cerveza. Forma aros sucesivos con la

humedad de la base del vaso. En eso queda prendido unos minutos hasta

que parece golpeado en su conciencia) Aguad.

- Mendieta, ¿se siente bien?

221
- La forma en que murió Elías. ¿No le parece algo coincidente con lo que nos

preocupa?

- Eso no es todo, Mendieta. Luego de nuestra última conversación partí en

búsqueda de mi antiguo profesor, el teólogo del cual le hablé. Él me refirió a

las señales que anticiparon el advenimiento del Cristo; discúlpeme que hable

de temas que parecen ajenos a su interés, pero es necesario hacerlo para

armar el argumento.

- Continúe…

- Una de ellas era una antigua profecía aparecida unos quinientos años antes

de Cristo: la aparición de Elías, como el preparador del camino del Mesías.

- ¿Y hubo realmente un personaje con ese nombre que apareciera antes de la

llegada del Cristo?

- Sí: Juan el Bautista. El primo de Jesús.

- …

- Se lo repito: dicho Elías era el hombre que históricamente conocemos como

Juan el Bautista – el Elías que había de venir, de acuerdo a las palabras del

Cristo- y comparte con nuestro delirante asesinado dos características

capitales: el mismo nombre y el mismo parentesco. Pero no tan sólo eso: la

muerte del Bautista fue inducida por la amante de Herodes, a su vez, esposa

del hermano del rey.

- ¡!

- No se asuste. Por favor, cálmese.

- (El rostro desencajado de Mendieta muestra las mejillas palpitar. Luego el

exhalar del aire caliente de sus pulmones logra remover las cenizas que

descansan en el pocillo de vidrio. Llora).

- …

- …

- (Llorando) USTED HA SIDO CONTRATADO POR LOS POLICÍAS PARA QUEBRAR

MI PERSONALIDAD, ESE ES EL PROPÓSITO ¿CIERTO? USTED ES UN

222
INFILTRADO DE LA POLICÍA, QUIERE HACERME PARTÍCIPE DEL MONTAJE

CONFUNDIENDO MIS PENSAMIENTOS, DERRIBANDO, MEDIANTE EL

ASOMBRO, SUS LÍMITES.

- Por favor, Mendieta, baje la voz. ¿Qué prueba quiere que le haga? No trabajo

para los idiotas soberbios de la policía (tomando las solapas de su

interlocutor) Escúcheme: he soñado toda la vida con ser un periodista de

excepción; no estoy aquí para que el poder me ponga la pauta y leerla frente

a un micrófono (pausa. Reacciona; se percata que se columpia su emoción

entre los límites de la violencia y la cordura. Suelta la ropa de Mendieta y

luego carraspea). Perdóneme, Mendieta – chucha, qué mierda estoy

haciendo- verdad. No he descansado bien, vengo llegando de un largo y

traumático viaje.

- (Volviendo a la normalidad) Perdóneme Aguad. Verdad. Lo entiendo; soy yo

el que está sensible. No debo dudar de usted; ya es bastante que se dé un

tiempo para escucharme y abrirme un camino para demostrar mi inocencia.

El dato crudo que usted me ha presentado simplemente me ha descolocado.

En realidad eso es decir poco. Eso es más que una coincidencia.

- Usted lo ha dicho.

- Creo que las líneas de investigación están trazadas. No hay miedo que nos

pueda doblegar. Si piensa lo mismo que yo, habrá llegado a la conclusión

que, de acuerdo a la inter realidad – por no decir intertextualidad que es un

término de los estudios literarios- Lourdes sería, sino la autora intelectual, al

menos la inductora del asesinato de Elías.

- ¿Cuál sería la razón de su cometido?

- El profeta le habría dicho que no era lícito tomar la mujer de su hermano. La

historia calza con exactitud. Si esto fuera una novela, hablaríamos de

intertextualidad.

- ¿El texto bíblico y nuestra historia?

- Sí // El asunto es, ahora, demostrar que la mujer está detrás de todo.

223
- Eso es complicado. Hasta el momento, de acuerdo a lo que usted señala, ella

no ha dado señales de debilidad. Jamás reconocerá su participación en el

incidente.

- Puede ser. La idea es recrear sus actos previos al asesinato. En eso usted me

tiene que ayudar.

- ¿De qué modo?

- Santiago de Chile – y el mundo- está lleno de dispositivos de control, triviales

para la vida contemporánea. Están allí, usted los puede ver: cámaras en los

supermercados y calles, fotografías en las autopistas que registran el

número de patente de los automóviles, cajeros automáticos que guardan en

sus archivos la transacción, su hora y fecha, dispositivos GPS en los

teléfonos celulares que marcan el recorrido de las gentes mediante un plano

satelital. Pero el asunto no termina ahí, hay detalles personales de los

individuos que pertenecen al dominio de redes de información: lo bancos de

datos de las empresas, conocen los antecedentes comerciales históricos de

los sujetos de la ciudad; las cuentas de correos electrónicos manejan los

datos, el historial de los computadores. El mismo Facebook: posee los

mínimos detalles de los individuos, sus relaciones fraternales, sentimentales,

sus fotografías íntimas, su posición política, religiosa, sus artistas preferidos.

Si hay alguien que controla Facebook, ese alguien también podría controlar

el mundo.

- ¿Cómo podemos desentrañar el misterio?

- Meternos en la vida de Lourdes. Entrando en su vida encontraremos pistas

que nos ayuden a llegar a la verdad, corroborar empíricamente la hipótesis

que nos sugiere esta intertextualidad…

- Interrealidad, querrá decir…

- Ah, sí, desde luego… ¿Se maneja en computación?

- No. Con suerte el uso de procesador de textos y algo de navegadores de

Internet.

224
- En realidad eso no nos sirve de mucho. ¿No conoce a alguien que pudiera

ayudarnos?

- (Mendieta piensa, pero en los rincones de su memoria escasea información

que ayude a responder positivamente. Luego, empero, una especie de

iluminación, se asoma como un rayo en su conciencia). Aguad, creo que sí.

- ¿Es alguien de confianza?

- Creo que sí. Pero apenas le conozco. Es también periodista.

- ¿Cercano de la Universidad?

- No. Verá: Soy miembro de un grupo en Facebook y… ¿Desea otra cerveza?

- ¿Por qué no?

- (Al mozo) Por favor, dos más. (A Aguad) Le cuento…

El sitio del suceso, la habitación de la Clínica Alemana de Santiago, permaneció

cerrada, a expresa solicitud del director, en tanto se nombró a una comisión

investigadora conformada por cuatro médicos de reconocida trayectoria. La

pequeña, luego de experimentar la milagrosa mejoría fue aislada y sometida a una

serie de exámenes médicos que no hacían sino refrendar su sanidad, por medios

que superaban a las explicaciones que los hombres de ciencia podían exponer. En

los medios de prensa se filtraron algunas fotografías del lugar y un par de

fotógrafos repararon en el detalle que, luego, se transformó en tema obligado de

conversación de la opinión pública: las imágenes de dos beatos asomaban desde el

interior del tacho de basura del cuarto.

¿Tenía relación ese cuadro simbólico con la mejoría portentosa de la pequeña?

Nadie se explicaba cómo se había ocasionado ésta, aún cuando hubo testimonios

de algunas enfermeras y personal de turno, de haber sentido algo peculiar en el

ambiente. Estaban las otras declaraciones del equipo técnico del recinto que

mediante los archivos de sus equipos y aún las cámaras de seguridad, indicaban el

extraño fenómeno de variación de voltaje y la presencia de personas ajenas a la

clínica en la hora en que ocurrió el asombroso suceso.

225
Mientras esto sucedía, una serie de incidentes con características sacrílegas

congregaba la atención de los ciudadanos en torno a las catedrales y santuarios. Un

grupo de personas, aprovechando la ausencia de feligreses en dichos lugares, osó

arrojar combustible en las imágenes religiosas de a lo menos cuatro iglesias y luego

prenderles fuego. Estos acontecimientos fueron tangencialmente relacionados con

el cuadro simbólico del cual se hablaba más arriba – a saber: las fotografías de los

santos asomando en el tarro de basura ubicado en el cuarto de la niña

milagrosamente sanada- empero, al no poseer puntos de comparación demasiado

evidentes, nada más fueron tratados como especulaciones por parte de los

periodistas y reporteros que abordaron el caso.

Cuando la niña terminó el proceso de estudios y exámenes (cinco días después),

guardó hermético silencio sobre lo que había acontecido durante esa noche.

Recordaba vagamente los detalles, la relación de personas que le habían visitado en

dichas horas. Es decir, podría virtualmente reconocerlas. Una psicóloga, enviada por

la dirección del hospital y uno de los miembros de la comisión investigadora, le

visitaron un a tarde de viernes a las cinco de la tarde con veintisiete minutos.

Llevaba, el médico, la fotografía de los empleados, enfermeras y médicos que

trabajaban en el piso y, eventualmente, pudieron tener algún contacto con ella. El

asunto estaba en que la pequeña apenas recuperaba la capacidad de verbalizar y

emitía algunos sonidos, por lo que el reconocimiento se dificultaba. Pero el lenguaje

era una facultad que no se perdía, señalaba la psicóloga, sólo debemos dar

momentos para que exprese, de acuerdo a sus mecanismos disponibles, lo que

siente y piensa. Así fue. La psicóloga con voz pausada le explicó que debían conocer

qué factores, acontecimientos o personas, incidieron en su recuperación milagrosa.

La muchacha hizo un gesto en el rostro que denotó entendimiento frente a la

declaración de la profesional. Luego le mostraron, una a una, las fotografías de

quienes laboraban en el nivel de la clínica, mientras ella apuntaba dificultosamente

el rostro de los médicos y enfermeras que solían atenderle, corroborando la

hipótesis que los investigadores no querían esgrimir: en el portento no habían

participado entes externos.

226
Pero luego de reiterar unas cuatro veces el ejercicio, con lapsos prolongados de

tiempo entre uno y otro, sentían que la niña quedaba inquieta, con los ojos

nerviosos como dos insectos que persiguen con su rotación furiosa la luz de la luna.

Los médicos dedujeron que algo andaba mal y debían llegar a ese punto, pero

debían flanquear una gran dificultad: la incapacidad para hablar de la pequeña.

Luego del ejercicio sólo una cosa quedaba clara: dentro de las fotografías faltaba la

imagen de alguien o algo, elemento clave para entender los pormenores del milagro

que se había gestado.

El primer incidente relacionado al reconocimiento tuvo lugar en el hospital, un día

antes que permitiesen salir a la niña para continuar con su recuperación absoluta

en casa. Un grupo de estudiantes de la carrera de Medicina de la Universidad

Católica – cuatro mujeres y un hombre- caminó por los pasillos del cuarto nivel, en

tanto la niña observaba por la ventana, junto a su madre, la montaña y la ciudad a

sus pies. En un momento, al percibir el estímulo que representaba el acercamiento

del grupo, la muchacha volteó la mirada para ver quién se aproximaba y pronto, un

detalle de esa imagen – el grupo de jóvenes caminando por el corredor- le soliviantó

a tal punto que comenzó a emitir fuertes ruidos, acompañados de convulsiones que

fueron entendidos por los médicos que se acercaron a socorrerla como señal de que

deseaba comunicar algo con desesperación. El segundo lance, que acercó a la

familia y a los médicos investigadores a los límites de la perplejidad absoluta, tuvo

lugar en los jardines de la casa de la muchacha, un día viernes por la tarde. Uno de

los trabajadores de su padre, había dejado olvidados sus zapatos de trabajo a un

costado de un cuarto de herramientas emplazado en el patio trasero, entre un

añoso palto y la piscina. Ella miró aquellas prendas con extrañeza y luego, al llegar

Ana, la asesora, le apuntó con cara de pena – según la declaración de la mujer- y

con desesperación al mismo tiempo, el par de zapatones de obrero pobre.

He ahí dos pistas, nada más sugerente, nada más irasciblemente misterioso. La

familia y el cuerpo médico, en la más absoluta de las incertidumbres.

- ¿Por qué razones ustedes querrían entrar al departamento de Holz?

227
- Fui a colaborar con él en un proyecto. Estaba la puerta entreabierta, por

curiosidad entré. Todo estaba desordenado. En eso mi amigo me llamó y le

conté lo que pasaba. Luego de un rato llegó la policía. Nuestra intención no

era robar. Compruebe si nosotros forzamos la puerta.

- Lo sabemos. Hay antecedentes de movimientos extraños media hora antes

de que el testigo reportara la presencia de ustedes. Por esa razón como

abogado defensor creo que tenemos las pruebas para que no los formalicen,

en tanto trabajo con la policía para llegar a los responsables del atentado.

- ¿Un atentado?

- Sí.

- ¿Usted lo dice por los rayados escritos en los muros del departamento?

- Ehmmm… En parte. Pero hay una historia previa que lo complica

judicialmente. Pero es nada más que una especulación. Hay investigaciones

que pesan sobre él, pero no sobrepasan dicho estatuto.

- ¿Me la podría compartir?

- Me temo que no.

- ¿Tiene que ver con algo relacionado a alguna parafilia?

- ¿Parafilia?¿Holz tiene algo que ver con eso?

- (Lo mira a los ojos con dureza) No puedo decirle.

- (Sonríe) Bueno, no importa. Usted me lo ha sugerido. Gracias.

- (Ofendido) Usted también me ha insinuado algo, eso es mejor que nada.

Además manejo en mi cerebro imágenes y olores vistos esa mañana en el

departamento de Holz.

- Ja, ja, ja. Usted se olvida que estando cercado el sitio del suceso, bien puedo

solicitar autorización a los organismos pertinentes para entrar y salir sin

ningún reparo.

- Sin embargo yo, señor abogado, sé de los objetivos, sentires e ideales del

doctor Holz. Voy adelante un paso en la investigación.

- Eso tendría que comprobarse.

228
- ¿Sí? ¿Lo duda?

- Lo digo con total seguridad.

- Pues bien, ¿la investigación de la que usted me habla refiere a la adquisición

por parte de Holz de un texto o documento en forma ilícita?

- (Sorprendido y contrariado) Estimado. Tengo trámites que realizar.

Excúseme. (sale rápido de la sala. Shai lo ve perderse entre los ventanales

del juzgado).

Al inicio de la década del 90, Steve Jackson, diseñador nacido en Estados Unidos en

la década del cincuenta, empezó a trabajar en un juego de cartas que sería un

éxito de ventas y una de las muestras claras de que el plan de un Nuevo Orden

Mundial, se empezaba a gestar, a mano de un grupo de hombres cuyo propósito, en

rigor, era el de controlar el mundo. La leyenda señala que los servicios secretos

estadounidenses ingresaron a la compañía donde Jackson trabajaba el diseño de su

juego titulado INWO (Illuminati New World Order) y, amenazado por la verdad que

sería revelada en el juego, confiscaron un par de computadores, impresoras y

material investigativo del equipo liderado por el diseñador. Recién en 1995, y luego

de un juicio ganado a favor de la compañía (que estuvo a punto de la quiebra),

Jackson pudo publicar el juego cuya composición consta de alrededor de cien

cartas, cada una de las cuales, anuncia los estados y calamidades del mundo en el

futuro imaginado por él.

Los naipes, dramáticamente, han anunciado con inusitado rigor, algunos hechos

que han sucedido en el mundo contemporáneo, pero, en realidad, no hacen sino,

refrendar con ajustada acotación las páginas de la Biblia, en lo que respecta al libro

de Apocalipsis.

Las cartas más memorables, ejemplo de la sentencia anunciada en el párrafo

anterior, son:

1. CONTROL DE LA POBLACIÓN : A decir verdad, la traducción más

acertada al idioma español sería la de “Reducción de la población”. La palabra

“reducción” bien tiene una connotación de dominación, control o decrecimiento.

229
Simbólicamente implicaría una disminución de los derechos de los ciudadanos, a

favor del crecimiento del poder representado por líderes con características

dictatoriales, pero también la disminución de la población mediante planes menos

evidentes como la creación de enfermedades y otros planes no menos diplomáticos

de autorregulación. La imagen que aparece en el naipe sugiere dos torres sobre las

cuales asoma una especie de rostro cadavérico formado con humo. Expertos

teólogos y ex satanistas señalan que dicha faz está claramente relacionada a los

sacrificios de cultural antiguas – incluida la judía- al dios del fuego (Moloc). La

interpretación que algunos dan a las figuras vistas en fotografías de las Torres

Gemelas quemándose – extraordinariamente parecidas a las que seis años antes lo

anunciara Jackson en el naipe que comentamos- indicaría que la destrucción

mediante el fuego sería una especie de sacrificio de los Illuminati a esta divinidad

del fuego.

2. ATAQUE TERRORISTA : La imagen dibujada en el naipe muestra

dos torres, una de las cuales – la de la derecha- exhibe una gran explosión. Existe

una torre más lejana – abajo, a la izquierda- en cuyo extremo superior se erige el

ojo que todo lo ve, símbolo del poder del grupo del cual estamos hablando. Si uno

compara esa imagen descrita, con la que maneja nuestro imaginario colectivo de

los ataques al World Trade Center, se dará cuenta que son prácticamente idénticas.

No obstante, no se nos muestra el detalle de un avión impactando el edificio, aun

cuando se sugiere que esto fue obra de un cerebro terrorista. Estamos hablando

que dicha premonición, incluida la imagen, se realizó seis años antes de los ataques

en New York.

3. PENTÁGONO : La imagen muestra el dibujo del

Pentágono visto desde los aires; se observa la nube de humo anaranjada salir desde

el centro del edificio; la imagen es extremadamente similar a la que se vio el 11 de

septiembre de 2001, en el que, supuestamente, un avión fue desviado de su ruta

para impactar en el lugar. Existe en Internet un documental que echa por tierra la

participación de terroristas en esta escena; sin embargo, aun cuando estas fuerzas

230
no hubiesen planificado este ataque, la premonición hecha por Steve Jackson en su

juego, no deja de erizarnos la piel.

4. CENTRO PARA EL CONTROL DE LAS ENFERMEDADES : Tratando de

entender el pensamiento de los Illuminati, Jackson incluye en una de sus cartas una

especie de institución “salvadora” para contrarrestar las enfermedades,

entendiendo en esa época que las armas biológicas iban a ser usadas,

paralelamente, para la guerra en los días posteriores. En efecto, en la actualidad los

gobiernos de los países poderosos trabajan afanosamente preparándose para un

escenario hostil en el plano de la guerra de dimensiones biológicas. Pero no tan sólo

eso: a través de esta premonición se nos indica que esta institución promoverá la

agresión dentro de dichos límites. La inscripción de la carta, traducida al castellano

explica el vaticinio: “Al actuar, el Centro para el Control de Enfermedades puede

suministrar alivio a una desvastada localización (…) Si el Centro para el Control de

Enfermedades hace un ataque directo o destruye un Lugar, podrá usar la guerra

biológica y puede sumar quince puntos por su ataque”.

5. EPIDEMIA : La inscripción del naipe señala:

“¡Desastre!: Esto consiste en un ataque para destruir cualquier lugar. No puede

detener esta acción. Su energía es 14. No es un ataque inmediato; es posible que

otros grupos interfieran su estado de normalidad. Si la arremetida tiene éxito, se

devasta la tarjeta. Este ataque puede no destruir la tarjeta en la actualidad”. El

texto vaticina una epidemia cuyo advenimiento no será percibido, pero con el correr

del tiempo, sus efectos serán desastrosos. El resto es nuestra interpretación: ¿no

están los productos comestibles, llenos de agentes cancerígenos señalados con

letras negritas? ¿No crece el cáncer, en sus diversos tipos, a pasos agigantados

alrededor del mundo, diezmando lentamente a muchos quienes nos rodean? ¿no

será esto, señor lector, la epidemia silenciosa nos habla Steve Jackson en su juego

de rol? ¿Estarán los grupos de poder – en especial la elite de la cual estamos

hablando- detrás de éstos y los denominados alimentos transgénicos que ocasionan

daños irreparables a la salud?

231
6. REESCRIBIENDO LA HISTORIA : El liderazgo Illuminati tenía claro que las

nuevas generaciones de norteamericanos necesitaban sacarse de su mente los

cuestionamientos referentes a la sociedad, la moral y la vida cotidiana. ¿Cómo?

Reeducando, amoldando la mente de los ciudadanos, de tal modo que todo lo que

dijeran los gobernantes pudiese ser obedecido por ellos, sin cuestionar. ¿No le

parece extraña la abulia del pueblo norteamericano? ¿Acaso protestan cuando algo

va mal, cuando le meten guerras que no les pertenecen y deben pagar,

acrecentando el capital de los grupos de poder? Es porque creen la historia que han

reescrito los Illuminati desde 1911, quienes empezaron de las editoras que

publicaban los texto de estudio, de este modo influir en la conciencia de los

estudiantes; para el tiempo de la Segunda Guerra Mundial ya eran dueños de la

totalidad de aquéllas; con la estrategia, dueños absolutos de la educación,

adornaron el currículum educativo, adaptándolo al pensamiento de “corderos” que

pertenecen a un rebaño. El plan se estaba cumpliendo y, seguro, seguirá

perfeccionándose en desmedro de los ciudadanos de la nación que dice poseer la

democracia más consagrada del planeta.

Hay muchos otros naipes que pertenecen a INWO y que no hemos anexado a los

comentarios expuestos, pues eso sería quitar protagonismo a lo esencial. Esta

información ocupa este espacio dentro de la totalidad del texto con su propósito.

Sin embargo, no se explicita pues es el lector es quien, de acuerdo a su particular

lineamiento de lectura, sabrá para qué es útil.

Antes de acercarse a Holz, antes de atacar en su intimidad, desnudando los detalles

nimios de su existencia, supieron lo del ataque al departamento y quedaron

suspendidos en las ansias, odiosamente frustrados, a centímetros de un paso que

hubiese acortado la distancia para el fin de la investigación que llevaban a cabo. Lo

comprobaron al llegar una mañana al edificio de departamentos, notando la

inquietud, el aire enrarecido, la gente que se asomaba en tanto los policías

cercaban el lugar – la consulta de Holz – sacando a dos jóvenes bien vestidos que, a

la usanza de los delincuentes que tienen su minuto de fama en los noticiarios

232
policiales, se cubrían el rostro, y bromeaban nerviosamente entre sí – chucha, como

en las noticias/ parece que las cagamos- y ellos acercaban sus oídos a las pláticas

que susurraban los cercanos. Ahí se enteraron que la policía intentaba ubicar al

psiquiatra discando el número proporcionado por la hermana de un muchacho,

quien curiosamente manejaba el número del celular de psiquiatra que, sin mediar

timidez, entregó a su hermano y éste, a su vez, a un policía. Pero los esfuerzos

fueron inútiles. ¿Pretendían los jóvenes robar en el despacho de Holz, el supuesto

descendiente de David – traidor nazi del pueblo judío? Más bien la pregunta era

¿qué hacían ahí? ¿Buscaban algo, no precisamente cometer un acto delictivo? El

acento de sus voces, el modo de caminar, sus formas de vestir, lo sugerían. Pero no

era nada más que una reflexión rápida. Lo que sí debían hacer Mikhael y Gavriel

era, de algún modo, seguir la pista de los muchachos (irlos a ver al lugar de

detención, esperar que salieran en libertad) y, de ese modo, conocer los propósitos

que tenían al irrumpir en la vida de Holz. Pero todo debía parecer un accidente, una

casualidad; mostrar el menor interés, llegar a sus vidas y preguntar. Ya tenían otra

línea de investigación. En tanto esperaban que la policía saliera del lugar – fijándose

en la jurisdicción de los automóviles- se dieron media vuelta y caminaron a una

librería que se ubicaba en la vereda frontal. Desde ahí un joven de lentes negros

gruesos también contemplaba con campesina curiosidad el espectáculo policial,

premunido de una pipa de madera color ébano. Entraron. El dependiente reaccionó

y, rápido también ingresó, dejando la pipa en un escritorio repleto de papeles y

tomos.

- ¿Desean ver algo?

- No, nada más pasábamos por este lugar – Gavriel sigue oteando al otro lado

de la calzada, pero trata de hacerlo con disimulo.

- ¿También tienen curiosidad de saber qué pasó?

- ¿Qué pasó de qué? – dice Gavriel, haciéndose el desentendido.

- Lo digo porque ustedes estaban cerca del edificio.

- Ah, bueno, es porque hay un poco de inquietud en el sector. Estaba la policía

deteniendo a un par de muchachos. Algo pasó.

233
- Uno de los tipos que llevaron en la patrulla estuvo aquí hace un par de

horas.

- ¿Sí? ¿Lo conocía?

- Lo había visto un par de veces. Era pololo de una chica que vive en el otro

edificio, verá usted, allá a la vuelta, por José Victorino Lastarria. También, por

lo que sé, es cercano de un conocido mío.

- Usted no sabe absolutamente nada (sonríe).

- Verá, soy algo… voyerista.

Mikhael, de tanto en tanto ha estado trajinando con sus ojos el escritorio de

trabajo y ha encontrado textos de Méndez Carrasco, novelas del Boom,

Benedetti, Watchman Nee, Lutero y Wesley. Suena en el ambiente la Novena de

Beethoven, casi como un susurro de una plática entre dos ancianos.

- ¿Voyerista?

- Me gusta escribir. El mirar es parte de la labor de un escribidor. Escucho

también conversaciones en el metro. Disfruto viendo cine.

- ¿Conocía usted a los jóvenes que fueron detenidos por la policía?

- Sí. Uno de ellos estuvo aquí hace un rato atrás. Pololeaba con una chica que

vive en el edificio de la vuelta, por José Victorino Lastarria. La muchacha

solía visitar la consulta del psiquiatra judío. Él venía a comprar libros aquí.

- Usted prácticamente lo sabe todo (sonríe).

- Se lo dije. No puedo abstraerme de observar, de conocer, de entrometerme

en la vida de otros y luego fabular.

- Ahí tiene una potente historia para escribir una novela.

- O el guión de una película. //

- ¿Qué motivación tenía el muchacho para haber estado ahí?

- (Piensa) ¿Son ustedes de la CIA?

- (Gavriel se incomoda. Quizás lo toma como una ofensa) No.

- Tienen todo el talante.

- ¿Perdón?

234
- No, les decía que tienen pinta, el aspecto… the form.

- Ah. Excúsenos, nuestro castellano no es de los más ortodoxos.

- ¿Por qué les interesa saber lo que sucedió? ¿Tienen algunos intereses

creados?

- (Mikhael observa a Gavriel, desea mentir pero no puede. Algo había pasado

luego del encuentro con el predicador, días atrás y el ejercicio del ardid ya le

repulsaba. Pensó, además, que aquel joven, era un ser de confianza. Al

parecer los ojos de Gavriel le dijeron lo mismo). Verá: investigamos a Holz.

Somos contratados por una persona que desea levantar un juicio contra él.

- No le pedimos que se inmiscuya en la vida de él, sino, más bien, que nos

señale aspectos de su vida cotidiana, cuáles son sus ritos. Eso es todo.

- Hummmm… Es bastante poco lo que he platicado con él. Me ha comprado

algunos libros de psiquiatría que el dueño del local trae de sus viajes a

Europa. Es un tipo que, sin ser misántropo, guarda recelosamente su

intimidad.

- ¿Qué relación poseía el joven que vino esta mañana y el doctor?

- (Piensa) No sé. La filiación más evidente era que su ex polola -estoy

lucubrando, puesto que no me consta al cien por ciento que ambos jóvenes

hayan terminado su relación- era paciente del psiquiatra. (Se detiene y fija

sus ojos en un punto x de la librería, pero no mira hacia fuera, sino, hacia

dentro). Esperen. Cuando él estaba aquí recibió una llamada.

- ¿Se recuerda qué respondió el muchacho?

- No. Se tapó la boca para replicar. Me fue imposible. Además en ese rato ya

había empezado a escribir. Estaba concentrado en otras cosas. Si hubiese

sabido que horas después le tomarían preso, entonces esos detalles

hubieran cobrado la importancia que ahora ustedes le dan. El pasado

importa cuando el presente expone ciertos conflictos.

- ¿Esta librería posee cámaras de seguridad?

- Sí.

- ¿Cree usted que nos podría mostrar las imágenes?

235
- Podría ser, pero ellas carecen de sonido. Quedarían básicamente en el

mismo punto (pausa). Si desean, podemos verlas, pero tendría que ser al

final de la jornada, siempre y cuando el jefe no esté presente. ¿Les parece?

- Gracias. Lo que usted hace es impagable.

- Vengan a las nueve. Los espero.

- Estaremos a esa hora. Nuevamente gracias.

La fotografía de perfil mostraba su rostro cortado por la mitad. Ella miraba hacia

abajo; la estética era el desenfoque, los colores traslúcidos, al parecer una

fotografía sacada con una cámara de teléfono celular de poca resolución. Si uno

conocía a la mujer, en todos sus contornos, claramente podía distinguir éste, sin

embargo, para alguien que no, el rostro de ella mostrado parcialmente en el retrato

confundiría la percepción futura.

En la pestaña Muro, había una decena de mensajes escritos por los contactos de

ella – unos veinticinco- entre los cuales se contaban los que siguen:

Lou!!!! Como estás tanto tiempo, mujer.

Te mando un fuerte abrazo y muchas felicidades para tu hija que está de

cumpleaños.

Feliz, feliz en tu día, amiguita que Dios te bendiga, que reine la paz en tu vida y que

cumplas muchos mas.....tía Pancha.

Había pensado en colarme, pero va a ser complicado porque yo todavia estoy en

clases hasta el 21 de diciembre:(

Me recordé del cumpleaños de la Tiare... :D quiera Dios que lo pase bien ¿Van a

hacer algo?

Las he echado muuuuuuucho de menos

ojalá nos veamos pronto

para navidad?? Año nuevo? O vacaciones?

236
Hola Lourdes, amiga mía. Te me perdiste y no sabia ni tu email. Estuve

interrogando a Antonio pero ni me pescó. Tengo una foto de Tiare en mi billetera de

cuando era muy pequeña, verdad. No puedo creer que ya tenga dieciséis años.

Felicidades.

Mándame fotos para re – conocerla (ja, ja, ja) . Un besito. Te quiero mucho amiga y

no te me desaparezcas de nuevo.

¡ 16 ! wua es algo súper loco. Es increíble cómo pasa el rato, recuerdo que ese día

en santiago: hubo un temporal de viento con mucho líquido, rayos y truenos,

¡Como en las películas de terror! recórcholis que es cabrón el tiempo.

Muchos cariños a Tiare y un fuerte abrazo a ti.

Lourdes!!!

FEliz cumple al la Tiarel!!!

que lo pase xanxo

Besitos

Shao

Hola Lou: bien??? y la Tiare?, espero que bien.

oYE MANDAME TU CEL PA QUE HABLEMOS UN RATO, YO PERDI TODOS LOS

CONTACTOS,

SI PUEDES MANDAME EL DE LA Mónica TB.

EXTRAORDINARIOS ABRAZOS

Hola Lou!

que rico saber de ti. Vi a tu tía que te escribió y me animé a hacerlo.

237
Me reconforté mucho al saber de que estás muy bien. Mándame tu fono pa que nos

comuniquemos.

Te mando un abrazo y un beso.

El Facebook contenía nada más que una foto; en la imagen: Ricardo con pantalones

amasados blancos, zapatos Pluma y camisa rosada abierta hasta el tercer botón

superior; una rabiosa cabellera coronaba su cabeza y, en el rostro unos lentes Ray

Ban de gota grande, verde militar. A su costado, vinculada con él a través de su

mano izquierda Lourdes, con la mirada vidriosa perdida no en la vista del

espectador (la perspectiva del fotógrafo) sino en algún objeto o ser ubicado arriba y

a la izquierda de él. Ella viste jeans nevados, alpargatas de diversos colores, camisa

cuadrillé – como las que solía usar Lindsay Wagner en “La mujer Biónica” - y un par

de cuadernos y carpetas en la izquierda. El lugar bien podría ser los jardines de una

universidad y, en efecto, los elementos del contexto así lo sugerían: los azulejos

circulares del piso, los dos jóvenes de barba y chaleco con dibujo de alpacas detrás,

sentados en el pasto de la plazoleta interior, el cartel de un concierto de Fernando

Ubiergo en una de las murallas cercanas. ¿Qué sugerían los rostros de aquellos dos

amantes cuyas manos entrelazadas sugerían un romance en flor y tras de esto una

infinitud de líneas argumentales para imaginar? ¿Qué era lo que observaba la

mujer, con los ojos tristes; el volar de un ave por la facultad, la discusión de dos

amantes, los carteles que insultaban a la dictadura demoníaca? ¿Por qué subir esa

fotografía a su Facebook, no podría haber sido una en la cual apareciera con su hija,

que fuese más actual, que no evidenciara los colores de la melancolía en un

episodio vital de juventud? ¿Qué vínculo psicológico poseía aquella imagen y la de

su perfil; buscó la armonía de su alma, esa coherencia que todos reflejamos, no a

líneas externas sino como la demostración de una mecánica particular, espontánea

y clara?

Ahí estaban los elementos dispuestos; extrañamente a la vista y paciencia de todos

los usuarios de la red, quizás una desinteligencia de la mujer, o tal vez, un detalle

fríamente planeado. No cabía otra labor más que leer entre líneas, investigar a

238
quienes escribieron en el Muro de la mujer, descifrar cada mínimo detalle de la

fotografía y leerlos con la ayuda de la información de los hechos presentes.

- Es un estudiante de posgrado de la Universidad de Chile.

- ¿En qué área?

- Es médico, pero se especializa en Psiquiatría adultos. Se quedó pegado en la

tesis, igual que yo.

- Chucha, son más de los que yo creía. Y, ¿por qué el contacto? ¿el tipo está

buscando a un psicópata pa estudiarlo?

- Pa que ésa, Víctor. Anormal, pero sin patologías. No sé por que chucha salió

el tema del predicador. Parece que el culiao me habló super achacado sobre

el caso de un tipo que mataron en el hospital psiquiátrico. Está algo

vinculado al caso porque su profesor guía fue el que supuestamente mató a

un paciente y luego se suicidó.

- Toda una novela…

- De más… empezamos a chatear porque yo le dije que me había quedado

pegado en la tesis, pero no en el área de las ciencias sino en las

humanidades. Ahí me preguntó qué hacía y le respondí que estaba a punto

de graduarme de periodista. Él entonces me dijo que un amigo suyo era

periodista. Ahí me contó el dramón. El mundo es chico, compadre: el

asesinado era primo del predicador.

- No estí…

- La dura. Yo le dije lo que estábamos investigando, así que igual quedé pa

dentro. Me invitó a tomar un café cerca del forestal. Le hablé de ti, de Agnes,

del predicador, de un psiquiatra – fíjate la coincidencia- y me pareció genial

que pudiésemos aportar datos y recibir también información a cambio.

- Pero ojo: no podemos entregar así como así nuestro esfuerzo. Aun no

sabemos quién es. ¿Cómo sabes si no es un tipo que trabaja para Holz?

- ¿Tú crees?

239
- No hay que bajar la guardia. Todo ha sido extraño desde un tiempo hasta

ahora. No me sorprendería encontrarme con un nuevo pastel dentro de este

entramado. ¿Te preguntó por qué investigábamos o, mejor dicho, por qué

investigas?

- Mmmm… Le dije que por una preocupación de orden profesional. Le metí

cuento con el asunto de la tesis. Ahí el tipo se mandó el carril: qué buena

onda, él estaba también en lo mismo, pero desde un punto de vista

científico.

- Fue una respuesta acertada. Si es un títere de Holz lo desenmascararemos…

- Si es un títere del judío bien podemos llegar a su escondite usándolo a él.

- ¿Y si no?

- Nos proporcionará información relativa al predicador.

- (Pausa) ¿Te das cuenta dónde hemos llegado? Te pedí nada más que me

dijeras quién era ese culiao con el que mi mina me estaba cagando y ahora

estamos en todo este hueveo…

- Esto es de antología. Pero si quieres, puedo parar, todo termina aquí y te

devuelvo tus cosas.

- No. No podría vivir con la duda, saber a quién amé durante tanto tiempo y

aún sigo amando (piensa). Chucha, me salió madre.

- ¿No se te ha ocurrido dónde puedan estar Holz y Sanguinetti?

- Para mí todo es un montaje. Puede ser que hayan ideado esta especie de

atentado en su contra para desviar la atención de las posibles acusaciones

pederastas contra el primero.

- A ver, Víctor, déjame deshilvanar un poco el cuento: estamos seguros –o casi

seguros- que ese tipo es un pervertido, pero de ahí a que sea perseguido por

la justicia hay una enorme distancia. ¿Quién lo podría perseguir y por qué?

- A mi modo de ver, era perseguido por ciertos grupos nazis; me lo sugiere la

fotografía que tenía en su despacho. ¿Te recuerdas?

- Ah, la foto en blanco y negro de los tres tipos.

- Claro.

240
- Se me ocurrió que uno de ellos era Holz, pero los otros ¿quiénes eran?

- Ah, el del extremo era Sanguinetti, el amigo que estuvo ayudando a

construir la máquina del tiempo. El viejo del medio, el de más edad, es

Nillsen…

- Ah, el psiquiatra nazi del que me hablaste en el Latas…

- Claro. La pregunta es ¿cómo obtuvieron los documentos de Nillsen, es decir,

los planos para construir la famosa máquina?

- Simple: cuando trabajaron con él en la Escuela de Medicina,

- Es decir hace unos cuarenta años atrás.

- Claro.

- Es que no me calza el razonamiento. Si fuese de ese modo, ¿por qué esperar

tanto para erigir ese mamotreto tecnológico?

- El tiempo es cabrón, nadie puede entenderlo. Tuvieron líos, no estaban las

concisiones, no tenían las explicaciones del mapa.

- Pero eso se contradice con la declaración de que poseían los documentos.

Quizás los tenían en su poder, pero no los podían interpretar.

- Y necesitaban una especie de documento anexo…

- Una piedra Rosetta para los jeroglíficos…

- Un Libro de Mormón para La Biblia…

- Seguramente faltaba dicho documento y ahora, pasado el milenio lo

pudieron obtener.

- ¿Y cómo?

- La pregunta primera es quién o quiénes pudieron haber manejado algo así.

- Los nazis, desde luego.

- Pero estos viejos son judíos.

- Es lo que dijeron. Pero no nos consta. ¿Cómo sabes si es parte del plan, de la

conspiración o del complot?

- Por favor, si esto no es el Código Da Vinci (pausa. Ha sido un poco hiriente

en la declaración y lo ha sentido así) Disculpa (nueva pausa). Tenemos que

241
ir apartando los puntos Holz estaba siendo investigado dicha investigación

podría entregarnos información útil y confiable.

- ¿Y si vamos de nuevo al departamento?

- Chucha, te gustó irte detrás de la patrulla.

- Es la única manera de tener algún documento, cartas recibidas, fotografías.

- Sí, sería útil, pero también imposible (piensa) ¿Pero este viejo no es usuario

asiduo de Internet?

- Sí, pero en la red, uno no es uno, sino el personaje que crea, una forma de

desdoblamiento. Menos los pedófilos.

- Está bien, en eso estamos de acuerdo, pero aún así quien crea sugiere, entre

líneas, sus anhelos, frustraciones, proyecciones.

- Sí, puede ser, pero el discurso no será más que una obra inorgánica,

tendiente a poseer una infinidad de interpretaciones.

- Podríamos crackear su email.

- Mmmmm… Es posible que el viejo tenga más de una cuenta de correo.

Deberíamos llegar a la cuenta “principal”, no a las de fantasía.

- Usualmente uno crea varias cuentas, de acuerdo no sé, me imagino que a

las funciones: el lado serio de uno, el lado lúdico, para ser infiel, para simular

ser otra persona, para inscribirse en un foro y recibir todo el correo no

deseado en aquélla, de tal modo que la cuenta “principal” se libre de los

odiosos spam.

- Sí… (se lleva las manos a la cabeza y su rostro queda mirando al suelo). ¿Y

qué es de Alfonsín? ¿Podría ayudarnos en algo? El es amigo de la Agnes, o ex

amigo.

- Ahí está el cuento: creo que peligrosamente nos estamos disgregando del

tema puntual. Empezamos con Agnes, luego con el predicador, Holz y su

vejete amigo. Chucha, vamos a terminar investigando a Osama Bin Laden.

- Acotar el objeto de estudio. He ahí la clave.

- Bien. Empecemos todo de nuevo. Primero, saber los movimientos de

nuestros abordados y para eso llegar a alguien que nos provea información,

242
por ejemplo: si pensamos que Holz no sufrió un atentado sino que todo fue

un montaje – de acuerdo a una de nuestras hipótesis- seguramente tanto

Holz como su ayudante salieron temprano o bien, produjeron algún

movimiento extraño. Si pensamos que la máquina posee las dimensiones del

sillón de un odontólogo, seguramente la gente que se la llevó hizo algún

ruido, no se la llevó como si se lleva un bolso deportivo.

- Ah, desde luego. Y para corroborar la hipótesis tendríamos que acercarnos a

la gente que vive en el edificio de departamentos y consultar si es que

escucharon algún ruido extraño, si vieron algún jaleo medio sospechoso.

- Claro, seguro que después nos darán el dato que detuvieron a dos tipos

dentro del departamento de Holz. Y les diremos, “ah, éramos nosotros”. No

podemos darnos el lujo de volver. Si los policías nos sorprenden, entonces

nos meten detenidos por un buen tiempo.

- Tendríamos que preguntar a alguien de afuera, algo así como de los locales

cercanos a Merced (Se pone de pie y observa por la ventana los automóviles

correr, pensando en el entuerto). Chucha, yo tengo un brother que labura en

uno de los locales (Shai)

- ¿Dónde?

- En una librería de la vereda norte de Merced, casi frente al edificio.

- Ah, pero si yo te estuve esperando ahí. ¿Es un weón de lentes, flaco?

- De más. Un par de veces fue a comprar unos libros, es buena tela el flaco.

Se dedica a las letras, sus amigos le dicen Nerupla.

- ¿Nerupla? Suena como a “Neruda”.

- Ah, en sus buenos tiempos de estudiante de la Universidad de Playa Ancha

rayó mucho con la poesía. Ahora es narrador.

- ¿Ah, por eso lo de los lentes gruesos y la pinta alternativa?

- Claro.

- ¿Crees tú que pudo haber visto movimientos raros antes de que nosotros

llegáramos?

243
- Sí. Puede ser. Conoce casi todas las historias del barrio. Te acuerdas cuando

te conté lo del muchacho endemoniado.

- Ah, sí. Buena historia. Terminé cagado de miedo.

- Hace un par de años trabaja de vendedor en la tienda. Le hastió la

pedagogía; en tanto escribe lo que él dice “una gran novela” y lee

prácticamente todo el día. Pero gana una miseria. Quién entiende a la

vocación.

- Cuéntale lo que estamos viviendo, con eso se hace millonario. Historia más

truculenta no puede haber.

- Puede ser.

- ¿Te ubica, así como para que vayamos a preguntarle? Capaz que sea un

poco denso y no nos pesque ni en bajada.

- No, si el tipo me ubica; hemos estado en varios carretes juntos. Incluso una

vez que nos vimos en un bar de República me pidió prestada una luca, pero

sí hace como tres años. Me debe una, así que vamos seguros.

- ¿Te parece esta noche, tipo nueve?

- De más. Te paso a buscar.

- Ya. Oye, ¿me podís convidar dos cigarros?

- De más (le pasa una cajetilla, él la abre, saca de su bolsillo un encendedor,

prende el elemento y después descarga su boca de humo plomizo

nicotinoso, luego agrega) Oye y, ¿qué es del tipo del foro, el médico que

quiere ser psiquiatra?

- Chucha, lo habíamos olvidado. ¿Te dai cuenta que nosotros dos somos

demasiado disgregados? Así, no vamos a llegar a ningún lado, por la chucha.

- (Indiferente a lo que dice su amigo) Tenemos que hacer algo. Él tiene datos

confiables, si es un títere de Holz lo anulamos y listo.

- Claro: si es alguien cercano a él bien nos puede ayudar a llegar al viejo, si

no, nos proporciona información para desarmar esta madeja. Buena idea,

entonces, si es que pudiésemos ir, como acordamos, a las nueve a esperar al

244
Nerupla, mientras también en el transcurso de estas horas nos contactamos

con el tesista frustrado. ¿Te parece?

- Buena idea, así se trabaja, mierda.

Pero tarde o temprano los misterios se van develando, el tiempo y su línea de

gravedad rompen la fragilidad del silencio humano, el caparazón dura del secreto,

el vínculo invisible del complot de circunstancias; lo confirma las Escritura: no hay

nada oculto que no haya de ser manifestado.

Sucedió una tarde de sábado. El sol parecía girar sobre su eje, como parte de un

calidoscopio bicolor cuya pared es un cielo límpido y el extremo, tras el movimiento

preciso el astro viviente se abre y cierra como un ojo de bestia. La pequeña

caminaba por el jardín, persiguiendo a Martín, un gato que poseía como mascota y

con la ayuda de quien parecía avanzar portentosamente en su recuperación. Su

padre, cuya alma gozaba día a día con ese hecho, leía el diario sentado en la

terraza, muy cerca de su hija y su mujer, la madre de la pequeña regaba un rosal, a

pocos metros de la terraza, más bien en el antejardín. Leía la página las postreras

páginas y, en circunstancias de que su teléfono celular sonara, se levantó rápido

para sacar de su bolsillo el aparato, dejando el periódico abierto, en la página que

leía, sujeto con una muñeca de la pequeña, pues el viento fresco corría con cierta

fuerza. Le llamaban de su trabajo: necesitaban que autorizara el traslado de

materiales desde los talleres de la empresa a una obra en construcción en la

comuna de Huechuraba. Luego de cumplir con el trámite preguntó a su secretaria si

las oficinas en Estados Unidos habían agendado la reunión con el ingeniero Clayton

a lo que ella le contestó que sí, que dicho encuentro se realizaría la semana

entrante. Él le indicó que iría a la oficina en horas de la tarde a firmar algunos

documentos y atender asuntos menores. Por algunos segundos descuidó su vista de

su hija que, intuitivamente dejaba de jugar con el gato y retornó a buscar la muñeca

que sujetaba el diario. Entonces ocurrió lo extraño: la muchacha comenzó a sufrir

convulsiones que tumbaron su cuerpo al suelo y en eso permaneció algunos

segundos hasta que su madre, quien volteó sin premeditación alguna su rostro

245
hacia ese lugar de la casa. Percibiendo el incidente gritó despavorida. El padre,

asustado lanzó lejos su teléfono y corrió en auxilio de ella. La muchacha permaneció

inconsciente por un par de minutos. Al llegar la ambulancia abrió los ojos y encontró

a su progenitor a su lado. Su mirada, lejos de representar la turbulencia del

instante, demostraba paz absoluta. Sus labios, luego de haber sido hospitalizada y

de recibir el portento aquella madrugada providencial, pronunciaron: “Padre”. El

milagro comenzaba a consolidarse.

Ya con las pistas sobre la mesa y los detalles de la circunstancia, la comisión de

médicos se propuso llegar a la verdad.

DOCTOR GARCÍA : La pequeña jugaba con su gato en el jardín en

tanto su padre leía el diario.

DOCTOR DIEZ : ¿Circunstancias ambientales?

DOCTOR SOTOMAYOR : Once cuarenta y cinco de la mañana de hoy,

temperatura registrada de veintitrés grados. Temperatura corporal normal, pulso

cardíaco lo mismo, datos entregados por el equipo médico de la ambulancia.

DOCTOR GARCÍA : Su padre se levantó a contestar su teléfono. En

el momento de descuido la muchacha fue a buscar su muñeca que estaba sobre el

diario del señor. Ahí se produce el ataque.

DOCTOR RIEDEMANN : ¿Qué características tenía la muñeca?

DOCTOR GARCÍA : Su padre la trajo. Está en esta caja.

DOCTOR SOTOMAYOR : ¿La podemos ver?

DOCTOR GARCÍA : Desde luego.

García abre la caja que contiene el juguete. Los médicos la contemplan con

circunspección.

DOCTOR DIEZ : ¿Tiene algún juicio sobre el elemento, doctor

Riedemann?

DOCTOR RIEDEMANN : Puedo observar que a la muñeca le

tijerearon el pelo. Definitivamente el corte no pertenece a la manufacturación

original.

246
DOCTOR GARCÍA : Usted, como médico tratante, doctor Sotomayor,

alguna opinión…

DOCTOR SOTOMAYOR : El juguete es parte del grupo de elementos

lúdicos con que la paciente solía interactuar antes de caer en coma. Lo del corte

tiene su explicación en el corte de pelo de ella misma: el psicólogo infantil sugirió la

acción a los padres para que la pequeña, que sufrió en la internación su corte de

cabello, pudiese no sentirse distinta o extraña a “su mundo”.

DOCTOR GARCÍA : Podría ser, sin embargo, otro detalle de la

muñeca. El vestido, el calzado.

DOCTOR RIEDEMANN : Doctor Sotomayor, la niña solía jugar con

la muñeca, ¿por qué en este momento logró afectar de ese modo a sus sentidos y

no antes?

DOCTOR SOTOMAYOR ; Si hablamos de circunstancias, nunca éstas son

repetibles. Ese elemento, el juguete, no es el mismo. Estamos hablando de X y sus

circunstancias especiales, dan como resultado Y. En otras circunstancias variará el

producto. Es decir que el resultado nunca más será Y, sino Q, R, W, etc.

DOCTOR DIEZ : Perdón, pero es posible que lo que vio la

pequeña no sea precisamente la muñeca o un accesorio de ella. ¿Qué otros

elementos nuevos pudo apreciar la chica para que pudiese reaccionar con

convulsiones y tras éstas recuperar el habla?

DOCTOR RIEDEMANN : Su padre se puso a hablar por celular.

Pienso que la plática que él sostuvo pudo ayudar a que ella actuara de esa manera.

DOCTOR GARCÍA : El señor nos mostró su registro de llamadas

recibidas. Es un tipo llano y transparente, le preguntamos de qué platicaba y nos

señaló que de temas laborales. Llamamos a su secretaria – que es la persona con

quien estuvo conversando a esa hora- y nos repitió los detalles de la conversación.

DOCTOR DIEZ : ¿Calzaban ambas versiones?

DOCTOR GARCÍA : Sí, desde luego. Son trivialidades. Me inclino a

pensar que hubo un acontecimiento – o varios- anómalos que se presentaron en

ese lapso y que redundaron en la reacción física de la paciente.

247
DOCTOR SOTOMAYOR : Doctor, ¿a qué se refiere con “anómalos”?

DOCTOR GARCÍA : Algo que no sucedía en la cotidianeidad.

DOCTOR SOTOMAYOR : Doctores, creo que nos estamos empantanando.

Hemos de leer el hecho de acuerdo a nuestros conocimientos previos. ¿Cuáles son

aquéllos? Pues bien, tenemos dos detalles importantes: primero, la reacción similar

de la paciente toda vez que observa a un grupo de practicantes de medicina. Y,

segundo: los espasmos de la muchacha al observar el par de zapatos. Tenemos

ahora, básicamente la misma reacción y, ¿qué es la que la ocasiona? ¿Una muñeca

que frecuenta todos los días? ¿La conversación de su padre con su secretaria sobre

temas estrictamente profesionales? ¿Qué otro componente se agregaba a la escena

de esta mañana? El diario que leía el padre de nuestra pequeña paciente. Yo creo

que ahí puede que esté la respuesta.

DOCTOR GARCIA : El padre de la niña pensó en eso, por eso nos lo

trajo. Sin embargo tuvo que hacer un enorme esfuerzo por recordar cuál fue la

última noticia que leyó y qué plana quedó expuesta a los ojos de ella.

DOCTOR SOTOMAYOR : Con seguridad la noticia que decía que el

combustible bajaría otros doscientos pesos (todos ríen).

DOCTOR GARCÍA ; Colega, se solicita respeto.

DOCTOR RIEDEMANN : Doctor García, ¿tiene el diario del cual nos

refiere?

DOCTOR GARCÍA : Desde luego. Es este. Y esta es la página que

pudo haber quedado ante la vista de la paciente.

DOCTOR SOTOMAYOR : Bien: un estafador es detenido en Estación

Central. Lo más visible de la página.

DOCTOR RIEDEMANN : Por favor, fíjense en la nota de más abajo.

DOCTOR DIEZ : ¿La de un predicador en Puente Alto?

DOCTOR SOTOMAYOR : Habla de supuestas sanidades.

DOCTOR GARCÍA : He ahí la relación. Lo tenemos.

DOCTOR SOTOMAYOR : No es tan simple, colega. La muchacha no leyó,

eso me consta.

248
DOCTOR DIEZ : Tal vez las imágenes. Por favor, doctor García,

estudie las imágenes, cotéjelas con las pistas de los síncopes anteriores de la

paciente…

DOCTOR GARCÍA : Espere, déjeme ver (el doctor extrae del bolsillo

de su delantal sus gafas y, ubicándolas en los ojos, procede a leer la noticia y a

escrutar las imágenes. Abre los ojos con asombro). Doctor Riedemann, por favor (le

alcanza el periódico al otro médico).

DOCTOR RIEDEMANN : A ver… (Se lleva el tabloide muy cerca de

su cara. No tiene sus lentes a mano y eso obnubila un tanto su visión). Interesante.

Doctor. (Le alcanza el diario al médico Diez).

DOCTOR DIEZ : Hummm… Creo que estamos llegando a buen

puerto.

DOCTOR SOTOMAYOR : Si me ayuda a recordar, doctor García, el único

muchacho que estaba dentro de la comitiva de alumnos en práctica tenía cierta

fisonomía. Me disculpará, pero no me recuerdo de aquélla.

DOCTOR GARCÍA : He ahí un detalle: el aspirante a médico era

delgado y también poseía el pelo rasurado, como el predicador que aparece en la

fotografía.

DOCTOR DIEZ : ¿Sugiere usted, doctor García que ahí está la

relación, a ver si logro rápidamente hilvanar los cabos, es decir, digo, este… que el

predicador haya tenido participación en el portento?

DOCTOR RIEDEMANN : Doctor, hablemos en términos científicos.

De la “recuperación”, será un mejor término.

DOCTOR GARCÍA : Si usted lo desea, hablaremos en dichos

términos. Es lógico pensar de ese modo. Hay una relación fenotípica entre el

estudiante de medicina y el predicador.

DOCTOR SOTOMAYOR : Pero podríamos estar hablando de otro detalle

común, ¿por qué remitir la recuperación sólo al detalle relativo a que hay una

relación icónica entre las dos visiones – valga la redundancia- ? ¿No podría existir

249
uno o varios aspectos que hayan despertado la conciencia de la muchacha que

escapen a esa imagen de la cual estamos hablando.

DOCTOR RIEDEMANN : Sugiera un aspecto, doctor. Si usted

desea podemos estar platicando hasta la madrugada, pero no es la idea. Agotemos

las hipótesis, no las matemos antes de exponerlas, por favor.

DOCTOR SOTOMAYOR : Está bien. Si ustedes dicen que existe una

relación fenotípica entre el practicante de medicina y el predicador algún propósito

debería cumplir el par de zapatos, ¿se recuerdan?

DOCTOR DIEZ : Obsérvelo en los zapatos que lleva puestos el

predicador, por favor, doctor, compruébelo. Los zapatos de obrero que contempló la

chica en su casa, son por decirlo menos, idénticos a los que se contemplan en la

foto.

DOCTOR GARCÍA : Son del mismo tipo, especie de… botines.

DOCTOR SOTOMAYOR : Bototos, es término más popular y exacto.

DOCTOR DIEZ : Estimados colegas, creo que estamos hilvanando

los cabos con las pocas pistas que nos entrega el caso, lo cual me parece notable,

toda vez que confrontemos, ya con esa hipótesis, la imagen de este sujeto frente a

los ojos de la pequeña, que de acuerdo a los antecedentes proporcionados por el

padre de ella, habría recuperado el habla. Pero hay una duda que no logro sacar de

mis pensamientos, y voy a ser sincero con ustedes al declararla: ¿la muchacha, el

día y hora en que sucedió esta recuperación anormal, no se encontraba en coma?

Entonces, ¿tienen asidero alguno estas conjeturas para determinar quienes

participaron en su recuperación si la muchacha, no pudiendo observar nada,

relaciona dichos elementos y se comporta inquieta?

DOCTOT RIEDEMANN : Estimado doctor, si le entiendo, ¿señala

usted que dicha inquietud podría deberse a otras razones, y no precisamente a que

ella reconoce en los elementos estudiados cercanía con su recuperación?

DOCTOR GARCÍA : ¿Sus convulsiones podrían deberse a reacciones

del momento y no a que reconoce en ellas lo que puntualmente ocasionó su

recuperación?

250
DOCTOR SOTOMAYOR : Desde luego. Y nuevamente estamos en foja

cero.

DOCTOR RIEDEMANN : Pero comprobémoslo. Reitero la idea

propuesta con antelación: no podemos matar ninguna hipótesis antes de que sea

comprobada. Sugiero que presentemos esta postura al padre y que, ayudados por

el psicólogo, nos acerquemos a la paciente. Seguramente ella va a tener una

reacción y nos podrá confirmar o descartar qué vio, sintió o palpó esa madrugada

en que se dio inicio la restauración de su salud. Ah, y respecto de lo expuesto por el

doctor Diez, el que la pequeña haya visto esos elementos, por ahora no nos

interesa. No porque ese detalle sea irrelevante, sino porque representaría una

problemática anexa, perteneciente a otra área de discusión. Sugiero que nos

quedemos con estos antecedentes. Si la recuperación de la paciente está ya

consolidada, seguramente ella verbalizará por qué reaccionó de esa manera frente

al grupo de estudiantes de Medicina y frente al par de zapatos del empleado de su

casa…

DOCTOR SOTOMAYOR : Y también al ver la página del periódico – si es

que es la página del periódico-.

DOCTOR GARCÍA : Si me permiten, sugiero que platiquemos con la

psicóloga que en minutos más termina su conversación con la paciente. Permiso, le

haré guardia. Nos juntamos aquí, estimados médicos, en media hora más. ¿De

acuerdo?

DOCTOR SOTOMAYOR Y LOS OTROS : Está bien…

García salió de la sala y se dirigió por el pasillo a un breve vestíbulo en que se

instalaba una máquina expendedora de café. Depositó una moneda y luego apretó

el botón blanco que indicaba capuchino. Algunos empleados de la clínica

caminaban en direcciones distintas y reflejamente fue saludándolos, más

concentrado en no derramar su café que en la presencia de aquellos individuos.

Luego de pasar frente a los umbrales de dos o tres habitaciones, sabiendo que la

psicóloga aún se encontraba platicando con la paciente, dirigió sus pasos hasta el

ventanal del otro extremo donde la imagen de la ciudad – edificios, vegetación y

251
calles- le esperaban impasibles. El día estaba nublado y el movimiento de las calles

era ligeramente menor que en otros días. Sin embargo, al mirar a los pies del

edificio, percibió un movimiento inusual para el flujo de gente que estaba

acostumbrado a ver en el sector. Eso le sacó de la pasividad. Rápido sorbió los

últimos resabios de su café, arrojando el vaso de cartón a un basurero próximo. No

se había percatado de los pasos de la psicóloga, de su cercanía, y tan pronto

retrocedió se chocó con el cuerpo de ella.

DOCTOR GARCÍA : (Algo asustado) Discúlpeme, no sabía que estaba

aquí.

PSICÓLOGA : No se preocupe.

DOCTOR GARCÍA : (Percibe detalles desconocidos en la faz de la

mujer. Ahí sus ojos, los labios perfectamente delineados con rouge, las líneas del

rostro casi perfectas, pero un matiz no logra calzar con su percepción anterior de la

mujer) ¿Pasa algo?

PSICÓLOGA : Doctor, se trata de la pequeña paciente.

DOCTOR GARCÍA : (Desencajado) Cuénteme, qué pasó…

PSICÓLOGA : Recuperó el habla y nos refirió sobre el episodio

sucedido aquella madrugada.

DOCTOR GARCÍA : Doctora, ¿tiene algo que ver un tipo de

complexión delgada, calvo, que dice ser predicador?

PSICÓLOGA : (Sorprendida) ¿Cómo lo sabe?

DOCTOR GARCÍA : Se lo explicaremos en reunión de la comisión de

médicos. Por favor, acompáñeme.

Alfonso en el Estadio Nacional. Ha logrado sobrepasar la seguridad del recinto y se

encuentra ahí, solo, caminando por las galerías del enorme recinto. Todo está en

silencio y, aunque es de día, esa solemnidad del no- ruido y la vastedad del espacio

le hacen sentir pavor. El viento golpea los elementos y produce sonidos indecibles,

que el joven estudiante de arquitectura, interpreta según sus miedos. Pronto se

encuentra bajo los asientos de la tribuna, en el largo pasillo que circunvala el

252
estadio. Y ahí, en la sombra helada del espacio, sus ojos distinguen los camarines,

que en la penumbra simulan ser mazmorras de castigo, espacios en que la muerte

ha deambulado en busca de almas con qué satisfacer las ansias de su estómago

furibundo. Está ahí para encontrar la respuesta a una interrogante, corroborar un

dato que le ayudará a entender el porqué de determinada situación. La

incertidumbre carcome su alma y no puede vivir en el filo de la duda, por eso el

riesgo, por eso el enfrentar el pavor de la oscuridad. Cuenta los pasos que hay de

un camarín a otro, también los que separan éstos al umbral que da a los asientos

del estadio. Lee las inscripciones grabadas a fuerza de clavos o navajas sobre la

superficie del cemento y, aunque una mano de pintura nueva intenta acallar los

gritos escritos, los descifra con esfuerzo por el delgado hilo de luz que se cuela por

una rejilla. Anota en una libreta el número de pasos, el contenido de las frases

testimoniales del muro.

- Usted, ¿qué hace aquí?

- Nada. Solo, este…

- (Al intercomunicador) Juan, por favor acércate al camarín del ala norte. Trae

refuerzos.

- No sé de qué me está hablando. Le reitero: no tengo nada que ver con la

muerte del orate interno del hospital psiquiátrico, menos con el suicidio del

doctor Zumarán.

- ¿Está segura?

- Desde luego.

- ¿Era usted amante del doctor Zumarán?

- No.

- ¿Presionó a Zumarán para que adoptara una posición más clara en su

romance, dejando a su esposa para tomarla a usted como tal?

- ¿Qué disparates está usted diciendo? ¿Cómo se le ocurre hablarme en esos

términos a mí? A mí me trata como una dama y no como las mujerzuelas

que suele usted frecuentar.

- Por favor, señora Lourdes, se pide un poco de respeto.

253
- Para pedir respeto, ustedes tendrían que tratar con respeto. Esto me obliga,

simplemente, a no dirigir una sola palabra a ustedes; mi abogado lo hará

por mí.

- Como usted lo desee, señora. Pero antes queremos invitarla a ver y oír un

compacto preparado por uno de nuestros detectives. A ver si después le

quedan ganas de seguir doblándole la mano a la verdad.

- (Sonriendo con sarcasmo) Me da lo mismo.

Las imágenes se proyectarían en el telón blanco. Ocuparon para ampliar aquéllas

un Data Show que habían preparado horas atrás, el cual era alimentado por un

Notebook de propiedad del policía recién graduado de la Escuela de Investigaciones

Policiales y que era experto en informática. El video empezaba en negro y luego,

desde el centro - para ocupar la pantalla completa, reemplazando la oscuridad-

aparecía lentamente una fotografía de un aparato telefónico y fragmentos de

grabaciones cuyo contenido también se expresaba en subtítulos. En ellas la voz de

Lourdes con recados a Zumarán: ... ¿Te parece el próximo fin de semana? …

Decide de una vez, ella o yo. ¿Te olvidas de que controlo tu vida y tus

pensamientos? …Y, ¿qué tal tu cumpleaños? ¿Te gustó el baile de Tiare?...

Si no te pones los pantalones, todo el mundo lo sabrá. Todo se iba a negro,

tras lo cual aparecía la filmación del automóvil de Lourdes cruzar por avenida

Providencia y, en edición casi perfecta, el coche de Zumarán, imágenes que

proporcionó la Unidad Operativa de Control de Tránsito; ambos vehículos, luego,

dirigiéndose al poniente – el video superpuesto muestra algo de ruido visual, pero

es eficaz para reconocer el itinerario- doblando después en Avenida Cumming, para

finalizar ingresando a un motel, en cuya entrada se yergue otra cámara que capta

claramente los rostros de ambos, el encuentro de ellos en el zaguán, ambos por un

pasillo de luz suave, ambos ingresando a una habitación que, curiosamente,

también posee una cámara adentro. Ellos sobre la cama, se desvisten, hacen el

amor con las luces encendidas, el televisor del cuarto proyecta las imágenes de un

viaje en tren; ella sobre él, él sobre ella, acróbatas del amor, pecadores en el filo del

254
acantilado. Todo se va a negro. El cuaderno de anotaciones de Zumarán, la cámara

hace un acercamiento mínimo y leemos en manuscrito:

Me atormenta pensar en que los pasos que estoy dando me llevarán tarde o
temprano a la destrucción misma. He transado los valores de hogar, los
principios recibidos como médico y eso me acongoja. Mi destino me
persigue, estoy contra la espada y la pared. Ella no me deja vivir tranquilo; a
causa de ella he sido reducido a un bocado de pan.

Después los mensajes de texto enviados por Lourdes al celular de Zumarán, las

fotografías de ellas entrando una y otra vez a su despacho, los papeles escaneados

de las notas que dejaba ella en el escritorio de él, los perfiles de Lourdes en Second

Life, los mensajes libidinosos de una quinta cuenta de correo electrónico, las fotos

de ella con un joven amante en un motel de la entrada norte de la ciudad de

Santiago y, finalmente un email en la cuenta de correo del doctor con la sentencia:

HAZLO POR MÍ. MATALO.

Entonces el llanto conmovedor de Lourdes, los policías correr de sus oficinas a la

sala de interrogatorio, el policía Martínez de pie, mirando con compasión a la mujer;

la última imagen del video proyecta en el telón blanco la letra sigma, décimo octavo

grafema del alfabeto griego. Fade out.

Cuando Víctor y Shai llegaron, calculando la finalización de la jornada de Nerupla, el

dependiente de la librería, encontraron a éste platicando, a puertas cerradas con los

dos israelíes. De más está decir que, a los ojos de los estudiantes, los dos tipos que

platicaban con Nerupla eran, quizás, dos compradores eventuales de textos – nunca

los habían visto por ahí- por lo que no se incomodaron en quedarse ahí, a vista y

paciencia de los tres, tras el ventanal, toda vez que adentro el dependiente les

mostraba a los visitantes la filmación que la cámara de seguridad había registrado

aquel día accidentado en la mañana. Pudieron ver la imagen en blanco y negro, a

un joven empequeñecido por la perspectiva de la cámara, rondar por los estantes

255
de libros, ojeando algunos tomos, concentrado en la acción. Luego la figura del

vendedor – lentes negros gruesos, camisa blanca sobre el pantalón, pelo

desordenado- platicando con él; en tanto los israelíes observaban con atención,

Nerupla hacía una especie de relato de lo que se estaba viendo, lo que pareció a los

visitantes singular y sonrieron. Afuera Shai, aprovechando la espera, sacó un

cigarrillo que atinó a prender con la ayuda de su encendedor; el estímulo pareció

alertar a Garvriel, quien, sorpresivamente despegó sus ojos del monitor en que veía

la grabación y los dirigió a la vereda, en la que conversaban con trivialidad Shai y

Víctor. Este último, también despertado por el estímulo que representó el

movimiento de cabeza del israelí, miró al trío y se encontró con la atenta mirada de

Gavriel. Ahí se quedaron prendados; el primero, desconociendo que era

protagonista de una especie de reality que seguían de buena gana los espías y, el

postrer, pensando con miedo que Nerupla se había concertado con los jóvenes

estudiantes para hacerles una encerrona. Pronto Gavriel cambió su semblante, se

puso pálido y golpeó con su codo el estómago de su compañero que observaba

entretenido las imágenes y le indicó con la mirada que afuera pasaba algo que

frustraba sus propósitos. Pensando rápido, Mikhael miró en uno o dos segundos las

vías posibles de escape, sin que lo percibiera Nerupla, aunque los tipos de afuera

alertaran la totalidad de sus sentidos, entendiendo que algo raro estaba pasando.

Incorporándose, Gavriel en un acto enérgico empuñó las manos y con fuerza las

dirigió al pecho del vendedor quien retrocedió y tras chocar con el estante atestado

de libros, cayó a suelo, casi sin poder reaccionar. Garvriel y Mikhael se dirigieron

raudos a la salida y, rompiendo de una patada el ventanal de una de las puertas,

salieron corriendo por Merced con dirección al oriente. Shai y Víctor, pensaron que

los misteriosos visitantes habían robado en la librería, por esto, armados de valor

superlativo, corrieron tras los dos, intentando darles captura. Sin embargo, tras tres

o cuatro minutos de persecución, los espías lograron zafarse casi sin dificultades y

se perdieron entre la espesa vegetación del Parque Forestal.

- Y, ¿qué querían?

- Investigaban a Holz, eso me dijeron.

256
- ¿Eran policías? – pregunto Shai, recuperando el aliento. Aún permanecían

dentro de la librería, a la espera del dueño del local quien, habiendo sido

alertado del “asalto” estaba próximo a llegar, acompañado de un maestro

que instalaría un nuevo ventanal.

- No. Me dijeron que eran investigadores, pero curioso.

- ¿Por qué, Nerupla?

- Eran extranjeros. Me parece raro que un tipo contrate a extranjeros para

hacer una investigación. Bien podrían ser, en ese caso…

- ¿Qué?

- Espías.

- Creo que estamos llegando a conclusiones importantes – dijo Shai.

- A ver, si podemos sintetizar: seguramente Holz estaba siendo investigado,

por la PDI, en lo relativo a cuestiones legales, por ejemplo, por pertenecer a

una red de pedofilia.

- ¿Es algo concreto? – preguntó Nerupla.

- No, es solo una especulación, lo decía porque efectivamente sus acciones

están siendo estudiadas por la policía, pero el abogado nuestro no nos dijo

específicamente por qué. Hagamos cuenta de que es eso, o por estafa, o

algún otro delito.

- Ya, y…

- Y pienso que también, desde afuera, se le está siguiendo la pista.

- ¿Por qué razón? – pregunta nuevamente el dependiente.

- Este… - Shai mira a Víctor tratando de obtener su venia para contarle lo de

la máquina del tiempo y toda esa truculenta historia.

- Dale no más, compañero – le dice Víctor.

- Pasa que Holz me contactó un día para proponerme un proyecto: participar

en una máquina que estaba construyendo. Mira, el viejo es psiquiatra y

manejaba unos planos relativos a una weá tecnológica que supuestamente

podía inducir los recuerdos de los pacientes que se sometieran a ella.

- Chucha, la weá parece una mala novela.

257
- Tú lo has dicho. Bueno, a todo esto el tipo le decía la esta mariguanza la

máquina del tiempo.

- Oye, y ¿de dónde chucha se le ocurrió esa idea?

- Mira, el culiao estudió en Buenos Aires junto a Sanguinetti, no se si tú lo

ubicai, Nerupla, un viejo alto, argentinado, medio canoso…

- Ah, sí, si eran bastantes cercanos.

- Ya ese tipo es condiscípulo de Holz; ambos tuvieron como profesor a un tipo

que decía ser suizo, pero en realidad era un nazi que había escapado de

Alemania, luego de la caída del imperio. ¿Me sigues?

- Claro, esto se pone bueno.

- Ahí tenís pa un libro

- De más – dice Nerupla.

- Continúo: entonces estos tipos supieron de la existencia de ese documento,

pero hace caleta de tiempo…

- Unos cuarenta años más o menos.

- ¿Y por qué ahora deciden buscarlo?

- Chucha, aquí yo me declaro incompetente. No tengo idea.

- ¿Y tú Shai, se te ocurre por qué?

- Emmm. Sí. Tengo una hipótesis.

- Expónela.

- Resulta que Holz tenía una paciente, la Agnes, ex polola de este hueón. ¿La

ubicai?

- Sí, de más. A veces venía a ver algunos libros. Otras se los prestaba pa

callao.

- Bueno, esa mina tenía un serio problema psicológico. ¿Cierto Vitoco?

- De más.

- Si por eso andaba con este hueón, ¿no vis que entre enfermos se entienden?

- Pa que eso Shai…

- Ya pues, continúa – dice Nerupla.

258
- ¿En qué había quedado?

- En que la mina tenía problemas psicológicos.

- Ah, sí Nerupla. ¿Tú cachabai esa volada?

- Sí. Era media rara. A veces llegaba a la puerta y luego retrocedía, pero sin

voltear el cuerpo. Después recién entraba.

- Claro, la Agnes tenía algo que los psicólogos llaman manía. Ella contaba

pasos.

- ¿Ah, sí?

- De más, quizás por eso a veces se devolvía, seguro que para contar los

pasos que daba entre referente y referente. Bueno, continúo. Entonces,

como te iba diciendo, yo creo que Holz quedó pillo, porque la mina asistía a

su consulta y pese a que pasó el tiempo, seguía igual, no se mejoraba. Por

eso el tipo se interesó en los planos del nazi, lo vio como la última

posibilidad de ayudar a la Agnes.

- ¿Ustedes sabían que el psiquiatra era medio depra? – pregunta Nerupla.

- Sí, algo. La verdad es que nos enteramos porque el Shai cuando antes

trabajaba en el cyber lo cachó visitando páginas medio truculentas.

- Se rumoreaba que a las cabras jóvenes no les cobraba.

- Sí, habíamos escuchado eso.

- Oye, y, ¿al final la mina se mejoró?

- Buena pregunta – dice Víctor – ahí hay una historia pa que escribas otro

libro.

- Ya puh, déle no más, maestro.

- Resulta que entre el Víctor y la Agnes las cosas ya estaban guateando, como

que este hueón ya estaba choreado de tanta cuática, ¿cierto?

- Sí, igual era medio complicado estar con una galla así. Justo se dio que por

ahí tuve onda con otra compañera y ahí quedó la cagada, pero no tanto.

Esos días, sí, apareció un hueón evangélico por la facultad. Repartía unos

259
flayer sobre el fin del mundo. Mi mina hizo buenas migas con él, tu sabís, la

gente freak como que se atrae y empezaron a frecuentarse.

- Y tú te pusiste celoso…

- No sé, verdad que no sé. Fue una cuestión rara; una mezcla de duda, celos,

como rabia porque te cambiaran por un hueón así. Quedé como “pa dentro”

porque el tipo de por sí era raro…

- ¿No es un gallo que viste a lo más looser y estudia música?

- Claro, ¿lo cachai?

- Sí, ha venido un par de veces aquí. Tiene pinta de extraterrestre. Hasta

habla raro el culiao.

- El sujeto pa mí era todo un misterio, porque lo conoció en la época en que la

Agnes empezaba a perderle la fe a Holz. Como que le sirvió harto conocer al

marciano ese; yo diría que hasta pudo haberse mejorado…

- O tal vez sublimado la manía. Es difícil que haya desaparecido del todo.

- Bien, entonces yo le dije al Shai que investigara al predicador porque igual

tenía miedo que metiera a la Agnes en alguna secta cuática, que quedara

más cagada de la cabeza de lo que estaba y este hueón empezó a indagar

en la vida de él. ¿Sabiai tú que el culiao es super famoso?

- No tenía ni puta idea.

- Sí. En youtube alguien subió un video de él que tiene millones de visitas.

- ¿la dura?

- Sí, si no te estoy palanqueando. ¡El culiao hace milagros!

- ¡Qué freak!

- Sí, de más, pero no solo eso. Hay un vínculo entre el predicador y el loco que

mataron en el hospital psiquiátrico.

- ¿Sí?

- Claro, me lo explicó un estudiante de medicina que intenta sacar la

especialidad de psiquiatría.

- Chucha, complicada la cosa…

260
- De más, el cuento es que el detalle nos puede ayudar a desentrañar el

misterio y, en tanto, llegamos a la verdad en el caso de Holz.

- Espera, creo que llegó la policía.

Un automóvil blanco con franjas azules se estacionó en la vereda de enfrente

con las luces intermitentes rojas fraccionando el espacio próximo. Dos tipos

esperaban afuera de la librería. Vestían casa azul y cargaban en sus diestras dos

armas calibre 22. Los jóvenes se pusieron de pie; Shai pudo ver un poco más

allá, en tanto esporádicos autos cruzaban por la calzada. Cierto jaleo dentro de

carro; dos individuos se acomodaban en la fila trasera. Con mayor esfuerzo Shai

agudizó la vista, reconociendo el color de cabello de los detenidos.

MARTINEZ : Buenas noches, soy el detective Martínez, mi

compañero el detective Garaycochea. ¿El dueño del local?

NERUPLA : No ha llegado. Yo nada más soy el

dependiente.

GARAYCOCHEA : ¿Usted fue la víctima del asalto?

NERUPLA : Sí, yo también fui el que llamé.

MARTÍNEZ : Ah, bien. Luego de su llamado cercamos el

lugar y detuvimos a dos extranjeros cuyas descripciones coinciden con los

datos que usted proporcionó. Por favor, acompáñenos al automóvil para realizar

el reconocimiento.

Nerupla les siguió, intentando reconocer a los sujetos mientras cruzaba; éstos se

ocultaban en la oscuridad de un espacio del coche. Martínez abrió la puerta y

encendió la luz del interior.

MARTÍNEZ : ¿Son estos? ¡LEVANTA LA CARA, MIERDA!

NERUPLA : (Asustado) Sí, detective, son ellos.

Sus ojos pidieron clemencia, pero ya era tarde. Los policías pronto cerraron las

puertas del automóvil, y tras despedirse del vendedor, alcanzándole una tarjeta

de contacto, se dirigieron a toda velocidad al cuartel más próximo. Esposados

les bajaron del vehículo y, ayudados por dos jóvenes detectives, les dejaron en

una pequeña sala oscura, cuyo olor a encierro y polvo insultaba a la dignidad.

261
Los dejaron ahí por cerca de dos horas, lapso en el cual no se dirigieron una sola

palabra, de acuerdo a las instrucciones dadas por sus superiores en estos casos.

Cerca de la medianoche apareció Martínez cargando dos sillas que ingresó con

cierta dificultad y que ubicó cerca de la muralla opuesta a la puerta. Daría inicio

al interrogatorio, mostrando una actitud más benévola que en horas anteriores.

Martínez sacó de su pantalón una cajetilla de cigarrillos, tomó uno de ellos y se

lo puso en la boca sin mediar delicadez, casi con ademanes bestiales, tras lo

cual lo prendió ayudado de su encendedor plástico. Aspiró profundo y botó el

humo en dirección a la ampolleta amarillenta del cuarto.

MARTÍNEZ : Haberlo sabido antes. El embajador acaba de llamar

a nuestra gente. Era cosa de que dijeran algo, que presentaran sus documentos

y nos hubiéramos ahorrado todo este trámite.

GAVRIEL : No se preocupe, es parte de nuestro trabajo.

MARTÍNEZ : Lo que sí me interesa antes de soltarlos es que

puedan colaborar con nosotros en algunas labores en las que estamos

involucrados.

MIKHAEL : ¿?

GAVRIEL : ¿?

MARTÍNEZ : Verán. Hemos sabido que han estado investigando a

Holz, ustedes saben, el psiquiatra judío y quisiéramos que pudiesen

proporcionarnos la información que manejan. Amor con amor se paga, ¿no les

parece?

GAVRIEL : No sabemos de lo que nos habla…

MARTÍNEZ : Bueno, si se ponen difíciles nosotros también nos

pondremos difíciles. ¿Qué hay si les digo a un grupo de periodistas que hemos

encontrado delinquiendo a un par de espías israelíes? ¿No sería esa una afrenta

enorme para su orgullo, sabiendo que la población palestina que habita en

nuestro país, los tendría como los hazmerreír del pueblo al cual odian a muerte?

MIKHAEL : Recién comenzábamos a abordarlos, sólo poseemos

información básica.

262
MARTÍNEZ : ¿Ah, sí? Y… eso que llegaron hace catorce días

atrás.

GAVRIEL : Tenemos pasaporte diplomático, señor, suéltenos si

no quiere entrar en problemas.

MARTÍNEZ : Los suelto, no hay problemas, pero les reitero: esto

trascenderá a los medios de comunicación. ¿Y qué delito habré cometido yo?

Ninguno, aquello no está tipificado en nuestra ley ni en los tratados

internacionales.

MIKHAEL : Buscamos al Mesías.

MARTÍNEZ : ¿?

GAVRIEL : Hemos venido a Chile a encontrarnos con aquél de

quien hablaron la Ley y Los Profetas. El Ungido, el Escogido de las Naciones.

MIKHAEL : Hemos sido enviados por el Concilio de Ancianos de

nuestra nación; así como nosotros hay otros mensajeros dispuestos en cuatro

lugares del planeta, con las presunciones de que el ser al que persiguen sea,

efectivamente el que buscan.

MARTÍNEZ : Nuestros investigadores poseen una grabación en la

cual expresan que el propósito de ustedes es perseguir a asesinos de guerra

nazi. Por eso siguen a Holz, por su cercanía con Nillsen a quien conoció en la

década del sesenta en Buenos Aires. He descubierto su patraña.

MIKHAEL : Es nuestra costumbre, en conversaciones

trascendentales, preparar cuatro o cinco libretos y actuarlos, considerando que

todo está siendo grabado. Lo hacemos para confundir a nuestros espías.

MARTÍNEZ : Pero sólo uno de ellos es el “verdadero”…

GAVRIEL : Desde luego.

MARTÍNEZ : ¿Y cómo saben cuál es el real?

GAVRIEL : No le podemos decir. Excuse nuestra negativa, pero

entiéndanos, estamos dando más información de la cual le podemos proveer y

esto no nos dejará sin castigo al regresar.

263
MARTÍNEZ : Entiendo (el detective arroja el pucho de cigarro que

ha terminado por consumirse sin que prácticamente los labios de él lo acaricie.

Rodea a los detenidos y sigue preguntando). Si buscan al Mesías, ¿qué diablos

tiene que ver aquí la figura de Samuel Holz?

GAVRIEL : Los estudiosos de las cronologías han declarado que

Holz conserva la línea familiar del rey David y, de acuerdo a la Ley y Los

Profetas, de dicha raíz provendrá el Mesías.

MARTÍNEZ : No sé si creerles.

MIKHAEL : Nos interesa obtener nuestra libertad y continuar

con nuestro propósito.

GAVRIEL : El día de redención está cerca, todo Israel esperó

durante siglos el advenimiento de su Salvador. Estamos a las puertas de poder

contemplar lo que otras generaciones solamente leyeron en los textos sagrados.

MARTÍNEZ : ¿Por qué asaltaron la librería? ¿Querían, acaso, robar

la Torah, al Biblia y el Corán para acompañar a su investigación?

MIKHAEL : El vendedor tenía información de Holz y de los

muchachos que supuestamente asaltaron su casa hace un par de días atrás.

Fuimos a recoger información; el joven nos mostraba unas imágenes de la

cámara de seguridad de la librería. Entonces llegaron los dos…

MARTÍNEZ : ¿Quiénes, los muchachos?

MIKHAEL : Sí; yo pensé que se habían concertado para

golpearnos o algo por el estilo. Como si pretendiesen tendernos una trampa.

MARTÍNEZ : Y por eso rompieron el ventanal y huyeron del

recinto.

GAVRIEL : Así es, tal y cual usted lo cuenta.

MARTÍNEZ : ¿Por qué ese tipo maneja tanta información?

¿Trabaja para algún medio o empresa?

MIKHAEL : La perspectiva de la librería en que trabaja es

privilegiada. Fácilmente puede observar lo que sucede en un amplio margen

geográfico, además parece tener una clientela bastante heterogénea.

264
GARVRIEL : Él es escritor y parece nutrirse de historias en la

conversación, por eso ha logrado elaborar mecanismos de diálogo que puedan

traerle dividendos provechosos.

MARTÍNEZ : ¿Es que lucra con aquello?

GAVRIEL : Es un decir: lo que quiero expresar es que

aprovecha las pláticas para luego transformarlas en historias que conformen

una novela o un pequeño cuento.

MIKHAEL : Aparte es un lector asiduo. Eso uno lo nota al

escuchar su forma de hablar y al observar los textos que permanecen en su

escritorio.

MARTÍNEZ : ¿Ustedes ubicaban a los muchachos que la policía

tomó detenidos?

GAVRIEL : Sabíamos de la existencia de ellos por las

investigaciones sobre Samuel Holz. Lo que pudimos comprobar era que uno de

ellos, de nombre Víctor era una especie de colaborador suyo.

MARTÍNEZ : ¿Se refiere a que era una especie de ayudante en la

consulta?

MIKHAEL : Sí, algo así.

MARTÍNEZ : Ah, por eso no se los sindicó como culpables de la

usurpación de domicilio. Ahora empiezo a entender un poco más. Pero, acláreme

una duda, ese muchacho Víctor del cual me habla, ¿les pudo proporcionar

algunos datos relativos al accionar de Holz?

GAVRIEL : Mmmmm… no mucho en realidad, salvo a qué

pacientes atiende, algunos datos de su historia, su llegada a Chile, cuánto

dinero gana, cuáles son sus aficiones y horarios en el día. Verá usted que son

datos de ese tipo. No sé si puedan ayudarles en algo.

MARTÍNEZ : Bueno, por algo se empieza. No he conversado con

el equipo que investiga el atentado al domicilio de Holz, sin embargo, sé que les

serán útiles los datos que ustedes me proporcionan ahora. Lo vamos a dejar

hasta aquí, por ahora.

265
GAVRIEL : Gracias, detective Martínez.

MIKHAEL : Lo reitero, nuevamente gracias.

Se despidieron; los visitantes apenan podían caminar, tratando de superar el

adormecimiento de sus piernas; salieron por un pasillo hasta el patio y, desde

aquí, a la salida principal. Iban en la mitad de su recorrido cuando aún

observándolos, Martínez sacó su celular y discó un número de teléfono. Era su

subalterno. Le ordenó seguir los pasos de los israelíes, determinar el hotel

donde alojaban, en lo posible intervenir la línea de los teléfonos que ocupaban.

“Hueones, ¿qué se creen? ¿Qué soy el primer detective pelotudo que se lo

pueden chiflar sin más ni más? Si no quieren hablar, sus hechos hablarán por

ellos.

Afuera, los visitantes se miraban cómplices, formando discretas sonrisas en los

labios; restaban pocas horas para dar con el paradero e Holz y se sentían algo

esperanzados; había sobrepasado casi sin rasguños un difícil escollo. Pronto

darían con el paradero del judío y, tras de sí, el resto de la madeja que bastaba

para cumplir el propósito por el cual habían viajado a Chile.

Cuando Agnes llegó a su departamento – llovía a mares, tenía el cuerpo

afiebrado, no había comprado el pan para las onces- encontró en la puerta una

nota escrita en papel de cuaderno:

AGNES: POR FIN TENGO LA CURA A TU MANÍA. POR FAVOR, SI QUIERES

SER SANADA BÚSCAME. TU TIENES MI DIRECCIÓN.

Antes de que llegaran los vecinos, arrugó el papel y lo guardó en el bolsillo.

- ¿Por qué estaba ahí, don Alfonso?

- Estudio arquitectura. Hacía algunas observaciones referentes a la

construcción del estadio.

266
- ¿Por qué no pidió permiso para hacer la inspección? Suele suceder que

habiendo, en la actualidad, una enorme cantidad de escuelas de

arquitectura, damos facilidades para que los estudiantes puedan hacer sus

mediciones, sin poner ninguna traba de por medio.

- Mil disculpas, odio la burocracia y estoy acostumbrado a que me digan que

no y eso me achaca ene. Por eso pensé que era más simple meterse a la

mala, total podía tomar mis apuntes rápido y me evitaría estar viniendo el

día que no escogiera.

- Don Alfonso, ¿acostumbra usted hacer mediciones con pasos y no con

sistemas un poco más científicos?

- (Se incomoda) ¿Por qué lo pregunta?

- Uno de los guardias que lo encontró señaló que antes de reconvenirlo lo

había observado contar pasos entre camarín y camarín.

- ¿Eso le dijo?

- Sí.

- Sí, puede ser. Es un sistema algo arcaico que no viene a reemplazar el

convencional, sino a complementarlo, toda vez que no se cuente con

instrumental apropiado.

- ¿Y vino usted expresamente a realizar las mediciones y no trajo consigo los

accesorios requeridos?

- Usted tiene razón. No puedo mentirle. Le diré a verdad, no quería decírselo,

por un asunto personal, pero sobrepasaré la cima de la vergüenza y lo

expresaré: el día de ayer fui asaltado y mi mochila con todas mis

pertenencias me fue sustraída. Entre aquéllas, el famoso metro.

- Lo siento, de verdad.

- Gracias.

- Don Alfonso, por favor, nuestras puertas quedan abiertas, pero le reitero:

cuando desee hacer una tarea relativa al campo en que se está preparando,

por favor, no dude en pasar por la oficina de administración. En ella le

extenderán una autorización para que se mueva con libertad en el recinto,

267
pero no lo haga de otro modo, pues de lo contrario, nos veremos en la

obligación de llamar a la policía y ahí va a ser más complicado el

procedimiento.

- Pierda cuidado. No volveré a cometer una chambonada de este tipo.

- Así lo esperamos. Hasta luego.

- Gracias.

Luego del reconocimiento, el padre de la pequeña derribó todas las figuras

religiosas que por años fueron objeto de su devoción irrestricta, arrojándolas, como

en la fotografía de la habitación de hospital, en los depósitos de basura. Sus

familiares, contentos con la recuperación de su hija, denostaban, sin embargo, el

fanatismo de su padre, al cual catalogaban de devoción enfermiza o religiosidad

lunática. El ingeniero, ensimismado en sus nuevas convicciones, no hacía caso de

estas críticas y vivía el día observando las fotografías del periódico, completando en

su mente los paisajes sugeridos por aquéllas. Nunca en la vida había viajado tras el

eje sur de la ciudad, y sentía en lo más profundo de su ser la necesidad de ir y

conocer al predicador que en espíritu había visitado a su hija, rescatándola de las

garras de la cruenta enfermedad, volviéndola nuevamente a la cuna colmada de

bendiciones que era su hogar. Pero sentía miedo, y esa emoción le parecía extraña,

pues nunca había sido demasiado temeroso de hechos o entes; ni siquiera alguna

vez experimentó pesadillas en su mundo onírico, aunque sí, pensaba, sueños

desoladores, que era muy distinto que sufrir aquéllas. Ahora cada tarde,

observando a su hija dormir la siesta, pensaba en tomar su vehículo y llegar a las

coordenadas sugeridas por el periódico, refrendadas en algunas notas aparecidas

en Internet. Nada más deseaba en el alma ver de cerca al instrumento divino, ni

siquiera oír de él alguna palabra inspirada, menos recibir el toque de su mano;

pensaba que sería el modo en que cerraría el círculo de la historia de muerte y

resurrección de la dolencia de su hija, que tras el viaje cerraría en las oscuridades

del recuerdo los momentos amargos de esa etapa que había vivido. Su esposa

luego del portento pareció abandonarle sutilmente, para consagrar su tiempo en la

268
pequeña y las pláticas eran cada vez más cortas, más políticas, más triviales. Pero

era normal, pensaba él; compartían el amor por la misma hermosa persona, era

estúpido entrar a filosofar sobre quién merecía más devoción; las cosas del amor

son como se dan, y no como uno las piensa.

Esa tarde su esposa llevó a su hija al parque de diversiones en compañía de su

cuñada y sus dos hijos. Él, luego de renunciar a su trabajo, vivía de las rentas que le

entregaban de dos departamentos adquiridos hace un par de años atrás, en tanto

presentaba un proyecto a una compañía minera de capitales chinos que se

instalaba en el norte del país. Preparó una taza de café que dejó reposar en el

comedor, enseguida subió a su dormitorio y en el primer cajón de la cómoda, buscó

el diario que solía acompañar sus noches y sus días; ajado por el trajín, mostró su

contenido ayudado por la blanca luz que se colaba por los ventanales de la

habitación. Ahí, la foto del predicador y la gente que, seguramente, rogó por la

sanación de su pequeña. Bajó a la cocina cargando el diario, se sentó a la mesa, en

tanto el café aún humeaba y sorbiéndolo de a poco, procedió a cumplimentar el rito

de todos los días. Al cabo de unos minutos epifánicos – el mismo ambiente

ceremonial cotidiano- se detuvo en la primera fotografía. Era raro, pero nunca había

reparado en un extremo casi perdido de la imagen. Tras un árbol dos seres –

personas, entidades celestes, simples formas- observaban al grupo siendo retratado

por el lente del reportero gráfico. Parecían concentrados en el ejercicio, demasiado

absortos. Era raro pero sus rostros demostraban mucha paz, y una pureza inefable.

Quizás ese descubrimiento en medio de su soledad le golpeó y pronto sus ojos se

llenaron de lágrimas. Sentía que el mundo formidable leído por él en la infancia,

aquél compuesto por personajes bíblicos relatados por los sacerdotes y sus proezas

de fe, no era tan lejano a su realidad próxima. Al terminar de sorber el café, sintió

sobrepasar el temor y, tomando la llave de su automóvil, abrió el portón, calentó

motores y rápido decidió, con férrea voluntad, cruzar la frontera de la ciudad que

desconocía.

269
Mendieta permanece sentado frente a una mesa ubicada a un costado de una

ventana que da a una de las calles del Barrio. Está algo nervioso por lo que mira

reiterativamente su reloj, como si en ese ejercicio aquél corriera más rápido. En la

solapa de su chaqueta lleva instalado un micrófono con el que Aguad y Martínez,

periodista y detective, respectivamente, planean escuchar la plática entre Mendieta

y los dos estudiantes, a saber, Shai y Víctor. ¿Por qué? Temen por la integridad de

estos. No saben que ambos, el futuro periodista y el estudiante de arquitectura se

han coludido con Nerupla quien les filma desde el segundo piso del departamento

de una amiga del poeta que da precisamente justo a la ventana en que está

sentado Mendieta. Nerupla a su vez manipula un micrófono con zoom el que le sirve

para escuchar lo que platican. Ya sabe que el postulante a psiquiatra ha pedido al

mozo un agua mineral y que éste le ha ofrecido un cenicero que Mendieta ha

rechazado con diplomacia. Aun quedan algunos minutos para el encuentro y a Shai

se le ha ocurrido revisar el correo electrónico, así, como que no quiere la cosa. Sabe

que hay un noventa por ciento de posibilidades que reciba emails con las noticias

de TVN o publicidad de Vinos Chilenos y otro tanto, quizás un ocho por ciento, que

su bandeja de entrada aloje un odioso forward, ese correo basura que se envía con

la opción “responder a todos”. Pero esta vez el bendito dos por ciento llenó de

esperanzas el corazón de Shai: después de muchos intentos, había podido recibir

respuesta de Alfonso, estudiante de arquitectura en la Universidad de Chile, ex

amigo de Agnes. La misiva tenía carácter de urgente, así lo corroboraba el asunto.

En un acto de absoluta benevolencia había dejado el número de teléfono de su

celular y eso golpeó de gozo a Shai; el contenido del correo electrónico indicaba que

poseía datos extraordinarios que explicarían el comportamiento de su amiga y que

necesitaba la ayuda de Víctor para acercarse a ella y, de este modo, restaurar la

relación rota por la actitud infantil de Alfonso. Había quedado de reunirse a las cinco

de la tarde con Víctor y ya eran las cinco con cinco minutos; afanosamente Shai

trataba de comunicarse con Alfonso, pero éste, al parecer, tenía el celular apagado

o bien, estaba fuera de la zona de servicio. Víctor, al ver la hora, caminó rápido al

restaurante y encontró a Mendieta sentado, pero no en la misma mesa, un pequeño

270
revés para los planes. Se dirigió al encuentro con el tesista frustrado, le extendió la

diestra y tomó asiento frente a él.

- Sufro de claustrofobia – dijo Víctor- ¿No le molesta que nos podamos sentar

junto a la ventana?

- No, para nada. Es más: me había sentado ahí, pero pensé,

equivocadamente, que a usted le desagradaría.

- ¿Cómo ha estado?

- Bien. La confesión de Lourdes, en el caso del asesinato de Elías, ha sido un

gran alivio para mí. Prácticamente mi situación está saldada, a mi favor. Ya

no más firmas, tampoco arraigo, pero faltan algunos detalles.

- ¿Cuáles?

- Pienso que lo que ustedes hayan podido investigar me puede ser útil tanto a

mí, como a los que están involucrados en el caso, por ejemplo Mondaca, el

funcionario también acusado de estar metido en el entuerto. Además, no

importa que dichas aclaraciones no tengan un fin práctico en lo judicial, ya

por ser verdades son útiles en sí mismas para la tranquilidad de nuestra

mente.

- Me lo imaginé distinto…

- ¿Cómo?

- Quizás más mayor.

- Ah, gracias, eso me trae cierto alivio. Pasados los treinta la edad y la panza

tienden a ser un problema.

- Gracias por advertírmelo.

- ¿No vino su amigo?

- No ha llegado; habíamos quedado de juntarnos poco antes de las cinco para

estar aquí a la hora acordada, sin embargo, aún no aparece. Debe haberle

pasado algo muy importante. No manejo celular, sino me habría llamado.

Pero no se preocupe, podemos avanzar en lo nuestro. ¿Le parece que nos

cambiemos de mesa?

- Claro.

271
Una cuadra más al oriente, sentado en la berma de la calle Namur, Shai intentaba

por última vez contactarse con Alfonso, recibiendo la misma odiosa respuesta de la

operadora de voz neutra. Con la esperanza desvastada y con el amargo sentimiento

de haber perdido media hora de reunión importantísima junto a su partner y

Mendieta, caminó con rabia en dirección al Bar X. Faltaban tres pasos para llegar,

cuando de improviso su celular sonó estrambóticamente. Sin pasión lo extrajo de su

jeans, aun sin mirarlo y, apretando OK respondió como cumplimentando un aburrido

trámite.

- Aló.

- ¿Shai?

- Sí, con él.

- Soy Alfonso, el estudiante de arquitectura, amigo de la Agnes. Un gusto

poder saludarte.

La voz afeminada del tipo se escuchaba algo distorsionada por lo que Shai dejó de

caminar y se ubicó frente a la entrada del bar. Desde su asiento Víctor le contempló

y, mientras platicaba concentrado con su acompañante, puso los labios apretados,

quizás tratando de decirle a Shai chucha hueón, llegai tarde y más encima te ponís

a hablar por teléfono. Pero de reojo, poco a poco se fue percatando que la plática

telefónica iba mudando el rostro de Shai de una manera que jamás había

contemplado. Los énfasis de sus afirmaciones, la apertura enfática de sus ojos, los

saltos de algarabía por sí mismos eran anormales. Eso lo tranquilizó, pensando que

una noticia favorable estaba a punto de serle anunciada. Minutos después un

alborozado Shai irrumpió en la mesa; Víctor oteó reflejamente el segundo piso del

departamento frente al bar, y encontró a Nerupla saludándole, mientras tomaba en

su diestra una cerveza en lata. Todo, hasta el momento, funcionaba a la perfección.

- Él es Shai, el tipo que lo contactó por Facebook.

- Ah, un placer. Eres periodista, ¿no?

- Casi, me falta la tesis. Ah, verdad que estamos en las mismas. ¿No han

pedido nada?

- Sí, antes de que llegaras habíamos pedido un vino. ¿Qué te sirves tú?

272
- Una chelita no más.

Shai llamó al mozo y éste, al llegar, anotó su pedido. Disimuladamente quiso

corroborar la presencia de Nerupla en el plan de filmar el encuentro para luego

analizarlo. Todo estaba bien, él allá en el segundo piso dirigiendo el lente de su

cámara a la mesa donde los tres se encontraban. Pero tras la rápida visión, sus ojos,

como movidos por la misma duda, se clavaron en la solapa de la chaqueta de

Mendieta. Rápido despegó la vista de ahí. Seguro estaba grabando el encuentro,

¿para qué? Debía buscar una manera para neutralizar dicho micrófono, sacar

información y ocupar el encuentro para sus propósitos investigativos; pero no

podían darse el lujo de bajar la guardia. Seguramente, Mendieta era parte de una

red de espionaje, ¿quién estaba detrás de todo esto? Sacó su celular, lo acercó al

puesto de Mendieta y puso música a volumen medio.

- Pasa algo, Aguad.

- ¿Qué, detective Martínez?

- Escucho música estridente; las voces de Mendieta y los muchachos se

escuchan a volumen muy bajo.

- Lo descubrieron.

- Es posible. Mientras tanto grabaremos la señal y luego trataremos de

procesar el audio. A ver si le extraemos el ruido.

Mendieta se ha incomodado con esa primera irrupción de Shai. Por qué la necesidad

de poner música, de condicionar la plática a un volumen alto. Al bajar la vista, sin

embargo, la desazón desapareció pues pudo comprobar a propósito de qué la

maniobra distractiva del joven cuasi periodista: asomaba entre sus prendas

claramente un micrófono. Sin perder la calma pidió permiso para ir al excusado;

luego del vino había pedido café; su actuación era a todas luces, la de un

gentleman, por eso la salida no despertó desconfianza en los amigos. Una vez en el

baño, Mendieta platicó despacio con Martínez usando el mismo adminículo.

- Creo que han visto que cargo un micrófono. Si gusta lo voy a guardar y usaré

nada más que mi teléfono celular para registrar el audio de la conversación.

Creo que será lo más prudente.

273
Al salir, le esperaban Shai y Víctor, sentados, escrutando cada centímetro de sus

atuendos.

- Alfonso me dijo que viene en camino. Consideré que su presencia es útil para

aportar datos a la investigación.

- ¿Quién es él?

- Es un compañero de carrera – dijo Víctor- Fue amigo de Agnes hasta que

tuvieron una discusión por que al parecer él se quedó solo en el

departamento de ella y procedió a trajinar en sus cosas. Esa es la

información que manejamos.

- A ver si me ayuda usted, Víctor. Agnes es cercana de Emanuel, quien a su

vez es primo de Elías, el profeta orate asesinado por Zumarán.

- Usted lo ha dicho. En esta maraña aparece la figura de Holz,

- ¿Holz?

- Claro.

- Sí, si lo recuerdo. Lo ubico porque solía frecuentar a algunos profesores de la

facultad. No sabía que era parte de esta triangulación.

- Sí. Verá: Holz trataba psiquiátricamente a Agnes. Ella tenía algunas manías

relacionadas a la numeración. Contaba pasos, pero también numeraba

acciones, no sé, contaba las gotas que escupía la llave del lavamanos, las

baldosas que había en la entrada de determinado lugar, etc.

- Ah, sí, una manía.

- Entonces Holz, de acuerdo a lo que manejamos, tratando de acelerar la

recuperación de Agnes recuperó unos textos de Nillsen, un investigador nazi,

que había experimentado con una especie de máquina del tiempo…

- Guau, toda una historia…

- Y esa recuperación la hizo de modo no muy ortodoxo. Tenemos razones para

pensar que robó aquellos manuscritos. Seguro por eso empezaron a recibir

amenazas. Ahora bien, eso no es todo: yo supe de esta máquina porque una

vez, sin quererlo fui contactado por Holz y su amigo, Sanguinetti

- Ah, otro psiquiatra, muy simpático y agradable…

274
- Un plato el pibe… Bien, ellos me contactaron para que les ayudara con lo de

la máquina.

- ¿Y, funcionó ese artilugio?

- El día que fuimos a verlo, ya casi listo, el departamento de Holz había sido

prácticamente saqueado. No estaba la máquina y las paredes estaban

rayadas con consignas anti semitas. Nosotros, caradura, entramos al

departamento, pero rato después llegó la policía y nos llevaron detenidos.

- ¿No les parece raro ese contacto entre Holz y ustedes? ¿Por qué

precisamente usted, Shai, habiendo dos millones y medio de jóvenes como

usted en la ciudad de Santiago de Chile?

- También lo conversé con Shai – dijo Víctor-. A nuestro modo de ver, el

compañero aquí presente tiene un perfil determinado. Véalo usted, pinta de

mateo, seco para la computación. Además, mi brother trabajaba en un

cyber, nosotros creemos que por ahí va el cuento. Seguramente el viejo

creyó que un cabro así podía ser más crédulo que otro con distintas

características.

- El día en que me encontró en la calle llevaba una polera del Proyecto Matriz.

¿Ubica usted ese movimiento?

- No.

- Bueno, más adelante le hablaremos de aquél.

- La historia, señor Mendieta no termina sólo ahí: resulta que nos enteramos,

días después que dos extranjeros investigaban los movimientos de Holz, y, a

propósito de él, también a nosotros.

- Esta historia no puede ser más rebuscada.

- Verdad. Si esto fuera una novela tendría problemas con el verosímil.

- Pero, a decir verdad, creo que la fábula que me ha referido no es tan

increíble. Todavía me falta proporcionar los datos que manejo.

- Bien, le escuchamos.

275
Holz y Sanguinetti en una habitación amplia, iluminada; ésta posee piso y muros de

madera. En el centro del espacio la máquina. Tras las ventanas las praderas verdes

y, luego de éstas, el cielo cubierto de nubes plomizas conteniendo el viento solano.

Es mediodía; faltan muchas horas para que se largue a llover. Sus ropas ajadas nos

los muestran distintos, aun sus rostros tienen un tinte marcadamente melancólico,

opuesto al semblante lleno de vida que mostraran en el transcurso del filme. Luego

la cámara hace un close up de Holz y éste, mirando por la ventana, parece sumido

en una larga espera, tan aletargada como el ritmo de las cosas allá afuera, en las

campiñas próximas. La siguiente secuencia de imágenes muestra a Holz, llegando

con dificultad al buzón de la casa, enclavado en la entrada de la parcela. Con ansias

mueve el alambre que cierra el objeto y no encuentra sino hojas secas y una rama

de alerce en su interior. La música del piano suena cubriendo el espacio y sentimos

el alma desgarrada cuando atendemos el rostro de Holz arrugarse en llanto y

caminar de vuelta a la habitación en que descansa el sueño por el cual desveló

todas sus ansias de adultez. En plano general la pradera, al final la casa y la senil

figura del psiquiatra cruzar el pedregoso camino de vuelta.

- Doctor, soy yo, Herminia. ¿Me escucha?

- Tuuuu, tuuuuu, tuuuuuu, tuuuuuu, tuuuuu, tuuuuu…

Dos extranjeros vestidos con pantalón negro, camisa blanca y corbata de color

cálido. Aún tienen frescas las imágenes de la ciudad de Santiago, sus colores y

matices. Bajan del vagón, cargan sendas pequeñas maletas, cruzan el andén; sobre

ellos el letrero “OSORNO”. Han llegado a su destino final. La misión esperada

durante años. En una de las valijas el arma nueva, proporcionada por sus superiores

para la trascendental circunstancia.

INTERIOR – BAR X. BARRIO LASTARRIA – SANTIAGO DE CHILE – ATARDECER

276
Volvemos al bar. El ex amigo de Agnes llega al lugar despeinado, con el aspecto de

haber vuelto de una excursión.

SHAI : Alfonso, él es el señor Mendieta, estudiante de

Medicina, próximo a obtener la especialidad de psiquiatría.

ALFONSO : Hola.

MENDIETA : Un placer.

SHAI : Mendieta fue cercano al doctor Zumarán, el psiquiatra

que se suicidó tras haber asesinado a Elías, su paciente, en el hospital psiquiátrico.

Fue uno de los sospechosos de colaborar intelectualmente en el asesinato por un

quisicosa algo complejo que, en realidad, para quienes manejamos los códigos de la

ciudad, no nos resulta tan difícil resolver.

ALFONSO : En la prensa leí que descubrieron a la autora intelectual

del asesinato. Una enfermera cercana al director.

MENDIETA : Está en lo cierto. Ella, siendo amante de Zumarán, le

habría presionado a ultimarlo, ya que éste sabía que eran pareja y eso, les traería

problemas en su trabajo y, por supuesto, en sus respectivas familias.

ALFONSO : ¿Por qué usted se vio involucrado en el asunto?

MENDIETA : Verá: soy un estudiante de medicina que requiere nada

más que elaborar su tesis, pero pasado el tiempo no había escrito ni un solo reglón.

En la carencia de temas, antes de los luctuosos acontecimientos, el doctor me

sugirió hacer un estudio de caso, con un acontecimiento sucedido a mediados de la

década del setenta.

ALFONSO : Ya…

MENDIETA : Hubo una mujer llamada María, que parió un hijo en un

establo cercano a la comuna de Puente Alto. Llegó al hospital Barros Luco, tras dar

a luz. El asunto es que dicha historia verídica se asemeja notablemente a la historia

que seguramente conoce sobre el nacimiento del Cristo.

ALFONSO : Desde luego, pero díganme… ¿eso realmente pasó?

277
VÍCTOR : No es broma; el hijo se llamaba Yoshua, y debería tener

treinta y dos años, en los días de su nacimiento apareció un cometa en el cielo,

llamado…

SHAI : West. Ese era su nombre.

ALFONSO : Las coincidencias son pavorosas.

MENDIETA : El caso me interesó, pero no por su curiosidad– porque

uno no puede hacer tesis nada más que con historias interesantes- sino por

determinar ciertas huellas patológicas dejadas por el fanatismo religioso o el

procedimiento psicológico para provocar una profecía autocumplida en el plano de

las creencias que tienen que ver con lo trascendente.

ALFONSO : Le entiendo…

MENDIETA : (Imágenes de Mendieta llegando de noche al hospital

mencionado y mostrando la secuencia de los hechos) El caso es que una noche me

dirigí al recinto, motivado por esa línea de investigación. Platiqué con algunos

funcionarios antiguos – que eran los menos, pues el resto había jubilado o habían

sido exonerados por motivos políticos- y me sorprendió el hermético silencio que

rodeaba al caso. Prácticamente no me entregaron mayor información. Traté de

indagar en la biblioteca del hospital en el que archivan los datos clínicos de los

pacientes que pasan por algún tipo de tratamiento. Curiosamente alguien se

encargó de hacer desaparecer los archivos correspondientes a los días en que

concluí, habían sucedido los hechos.

ALFONSO : Tuvo que renunciar a proseguir investigando…

MENDIETA : Estuve a punto de hacerlo. Pero así, desganado y todo,

me ubiqué en un ventanal para seguir el rastro imaginario de la mujer, recrear

mentalmente esa época y las circunstancias. Entonces apareció una enfermera que

me refirió la historia con detalles. Justo lo que necesitaba saber. Minutos después

llamé a Zumarán para narrarle los pormenores de lo sucedido. Sentí que había

recibido mi llamada, es decir, apretó el botón para contestar, pero luego cortó. Me

pareció que estaba en un lugar cerrado con mucha gente, una galería comercial,

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alguna construcción parecida. Intenté llamarle de nuevo, pero esta vez la señal se

había perdido.

SHAI : El señor Mendieta había sido el último en intentar

llamar a Zumarán. Éste se encontraba en el metro, dispuesto a suicidarse.

VÍCTOR : Algunos señalan que la policía le seguía los pasos, que

por eso había tomado la decisión de lanzarse a la línea del tren.

MENDIETA : Sí, son datos que vienen a complementar la historia.

Discúlpenme mi poca capacidad de síntesis, sin embargo, he tratado de no

descartar ningún detalle, para que ustedes puedan entender a cabalidad este

episodio oscuro en mi vida. Si tienen otros datos para agregar será

extremadamente útil, en fin, claro, es cumplimentar el propósito que he enunciado.

ALFONSO : Pierda cuidado. Le rogamos continúe.

MENDIETA : La policía me trató como alguien cercano al doctor

Zumarán. Eso, en realidad, no era cierto pues mi filiación con él poseía caracteres

únicamente profesionales. Él era mi profesor guía de tesis. Permiso (sorbe un poco

de café). Pero hubo otro detalle que jugó claramente en mi contra: Elías, el orate

asesinado, al ser decapitado – el modus operandi del asesino merece un espacio

aparte en esta plática- dibujó con su dedo una letra griega que, desde cuatro

perspectivas, podía ser leída como signos completamente distintos. ¿Tienen un

lápiz?

ALFONSO : Sí, tome, aquí tiene.

Mendieta toma una servilleta que encuentra en la superficie de la mesa, entre

copas, vasos y botellas.

MENDIETA : Este era el signo: la sigma. Letra del alfabeto griego.

Σ
ALFONSO : ¡!

SHAI : Las investigaciones señalan que este signo persiguió a

Zumarán durante sus últimos días; por lo mismo investigó sobre él, tratando de

decodificar su sentido. Fue el mismo grafema que observaron los detectives al

279
momento de reconocer el cadáver de Elías, y ahí, entonces, empezó la divergencia

en la interpretación.

MENDIETA : El signo puede ser leído como sigma, propiamente tal,

como M si es que el lector se ubica a su derecha, como una W si es leída desde su

izquierda y como un especie de 3 de ángulos rectos, desde la perspectiva de quien

la escribió.

SHAI : Por eso Mendieta fue sindicado como uno de los

culpables, por la inicial de su apellido, pero también otro tipo, Pedro Mondaca, que

tenía a la letra M como inicial de su apellido – siendo también cercano al círculo de

contactos de Zumarán –. También Walter otro interno que no simpatizaba con las

ideas religiosas de Elías y cortó su cabello días antes. De quien también se

desconfiaba era Lourdes, ella era otra persona sospechosa.

VICTOR : ¿Y qué pudo haber representado el 3 con ángulos

rectos?

SHAI : Que participaron en el asesinato tres personas.

ALFONSO : Pero, en definitiva, ¿qué significación tenía la sigma en

estos acontecimientos?

SHAI : El metro de Santiago de Chile maneja códigos de

acuerdo a las eventualidades que ocurran. Si por altoparlantes se avisa fría y

crudamente de la existencia de un artefacto explosivo, de un robo a mano armada,

de un accidente en la vía, esto podría generar la estampida de la multitud con las

calamidades que uno puede imaginar. Por lo mismo, el personal del tren urbano

maneja claves para comunicar estas eventualidades. Así, si hay un anuncio de

bomba escucharemos por altavoces X-10, si hay un asalto a una boletería X- 5, que

el freno de emergencia fue activado con la clave K1 o K2, el número de acuerdo a la

dirección, tras lo cual se menciona el nombre de la estación.

ALFONSO : Es decir K2 Baquedano, significaría que el freno de

emergencia fue activado, en la vía derecha y en la Estación Baquedano.

280
SHAI : Exacto. Prosigo. A1 o A2 significa llamado al jefe de

estación, esto según la vía; X7 dispositivo de ruido, X11 convocatoria a los guardias,

R1 que el personal de aseo debe ir a boletería…

ALFONSO : ¿y SIGMA? (pregunta el estudiante, ansioso, casi al

punto del pavor).

SHAI : Suicidio o intento de suicidio.

MENDIETA : He ahí el puzzle resuelto.

ALFONSO : Es decir, Zumarán sabía que moriría de esa manera y

en ese lugar…

SHAI : No. Él nunca lo supo. Sin embargo, la profecía se

cumplió. En uno de sus textos indicó que había soñado que el dedo de Dios,

gigantesco y luminoso, rayó – como en un episodio bíblico - el signo en una pared

del metro estación Baquedano. Él, al igual que nosotros, o que los detectives,

desconocían el significado de la clave.

ALFONSO : (Llevándose las manos a la cabeza) No lo puedo creer.

MENDIETA : Nosotros tampoco.

VICTOR : Este acontecimiento es parte de otro rompecabezas

mayor.

MENDIETA : A poco tiempo de empezar la investigación, llegué a la

conclusión, por los datos recabados, que Emanuel, el predicador…

ALFONSO : El amigo de Agnes.

SHAI : Claro.

MENDIETA : …era primo de Elías, el profeta asesinado por Zumarán.

Aguad, el periodista que siguió desde un comienzo los pormenores del caso, me

ayudó a desentrañar el misterio, con la asesoría de un experimentado teólogo,

doctor en divinidades.

ALFONSO : Perdón, pero eso es mezclar dominios. Resulta raro

sobre todo para la validez y objetividad de una investigación.

SHAI : Lo hicimos en tanto el dominio en el cual nos

manejábamos presentaba vacíos, puntos de indeterminación. Sin embargo, la

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teología nos presentó un camino, no las conclusiones mismas, así que puedes estar

tranquilo.

MENDIETA : Prosigo. Con sorpresa descubrimos que Yoshúa, el niño

nacido de una virgen en los años setenta, era precisamente Emanuel.

ALFONSO : Pero Emanuel no tiene treinta y dos años como se

mencionó, sino, veinticinco.

MENDIETA : ¿Le consta a usted ese dato?

ALFONSO : Sí, desde luego. Es lo que él decía, también lo que

confirmó Agnes.

SHAI : María, la madre del Escogido, desapareció del hospital.

Intentaron seguirle el rastro en comisarías y en el registro civil, claro, seguramente

previeron que tarde o temprano llegaría a esos lugares porque aún no había sido

inscrito, requisito clave para ser ciudadano. Seguramente esperaron años para

cumplir el trámite, siete u ocho años. He ahí el desfase en edad.

ALFONSO : Eso quiere decir que Emanuel es el verdadero Mesías…

MENDIETA : Yo no me atrevería a afirmar eso. Me inclino más a creer

que se repitieron las circunstancias y estamos leyéndolas a la luz del texto bíblico.

Sin embargo, si no tuviésemos idea de las ideas mesiánicas, seguramente no

estaríamos aquí reunidos, quebrándonos la cabeza con semejante problemática.

Soy ateo y prefiero entender que esto fue una batería de coincidencias.

SHAI : Yo comparto la posición del señor Mendieta.

HOLZ : Pero no hemos hablado de Holz y de Agnes.

MENDIETA : Está seguramente la voluntad, pero no los medios para

hacerlo. Nuestro estudio se ha centrado en los hechos que hemos tenido más a la

mano.

SHAI : Alfonso tiene datos privilegiados.

ALFONSO : Holz en efecto era un psicólogo que estudió en la

Universidad de Buenos Aires. Lo que ocultaba tenía relación a su relación con

menores de edad. En la década del setenta estuvo involucrado en un par de casos

de violación, que fueron consignados por algunos diarios de la época. Aquí los

282
tengo. No vemos las fotografías de él, sino solamente las iniciales de su nombre,

pues el tipo tenía influencias sociales. Yo me enteré de aquello por la narración de

una viejita que vive hace mucho tiempo en el barrio. Con mínimos datos visité la

Biblioteca Nacional y revisé diario por diario hasta dar con los documentos que

ustedes pueden ver. En uno de esos casos la víctima fue la menor M.R.A.I. de

dieciséis años, la hija de una empleada doméstica que trabajaba para el doctor.

MENDIETA : ¿Sugiere usted, Alfonso, que la noticia que aquí aparece

hace alusión a que Holz violó a una menor llamada, María?

ALFONSO : Claro. Ella, por el miedo a las amenazas de Holz, le dijo

a su madre que había sido concebida por el Espíritu Santo, aprovechando la

devoción religiosa que poseía la señora.

SHAI : Todo para sostener una mentira.

ALFONSO : Así es. Entonces la madre de la doncella procuró todas

las instancias para hacer cumplir en dicha época, lo escrito por la Ley y Los

Profetas. El caso es que la gente empezó a creer y el muchacho parecía,

efectivamente, tener poderes sobrenaturales.

MENDIETA : Ahí surge lo que Aguad, el periodista, platicó con el

teólogo. La triangulación de los personas que conforman la familia, se cumple a la

perfección con lo que aparece en los evangelios: Emanuel es el Jesús del Nuevo

testamento, Elías es Juan el Bautista, a la vez primo de Jesús, María, la madre del

Ungido, Elizabeth la madre del Bautista y hermana de María. Se repite también el

destino del primo de Jesús: Juan el Bautista fue decapitado por un rey a solicitud de

la amante de éste, que vio en el un escollo para perpetuar una relación sentimental

ilícita.

SHAI : Todo calza a la perfección.

ALFONSO : Los pasos de Holz estaban siendo perseguidos por esto;

además, con la llegada de Internet vio otro mecanismo para sublimar sus deseos

bestiales.

MENDIETA : Martínez, el detective que participó en las pesquisas

que dieron con autora intelectual del asesinato de Elías, me indicó que sus hombres

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interceptaron el teléfono de Holz y dentro de las llamadas que hacía y recibía,

estaban la de Herminia, la mujer que me refirió la historia de la Pura – la que había

concebido al Salvador.

SHAI : Seguramente le había informado que un estudiante de

medicina empezaba a seguir la pista del caso y eso no le convenía pues llegarían a

saber la verdad y necesitaba sostener la mentira que fabricó con la muchacha. De

ahí hacer concordar la imagen inmaculada de la doncella, la aparición del cometa,

lo del nacimiento en el establo. Nadie puede corroborar empíricamente que eso

haya sucedido así, tal y como fue contado.

MENDIETA : En efecto. Lo que sabemos de la historia es de acuerdo

a esa única y exclusiva versión.

ALFONSO : Es que no hay otras.

SHAI : Así suele suceder en la historiografía misma. Qué nos

puede quedar a nosotros.

MENDIETA : En síntesis, Emanuel sería hijo de Holz… Y Agnes, ¿qué

parte es, entonces, del rompecabezas?

VÍCTOR : Ella me contó que era huérfana. Nunca supe si hablaba

en serio o simbólicamente.

ALFONSO : Se puede hablar en serio y ser simbólico…

VICTOR : Me refería a que no sabía si lo decía en forma literal o

simbólica. Eso.

ALFONSO : Trajinando sus cosas encontré medallas militares.

VICTOR : ¿Su padre fue militar?

ALFONSO : Tengo una teoría, armada con los datos que he ido

recopilando, pero nada más es una propuesta, ni siquiera muy fundamentada.

MENDIETA : Expóngala.

ALFONSO : Te recordarás, Víctor, que el álbum de fotografías de

Agnes llega solo hasta una época.

VICTOR : (Piensa) Pensé que se debía a un asunto de limitación

de páginas.

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ALFONSO : En él aparecen las fotografías en que solía viajar al sur

del país y las pocas veces en que pudo jugar con su hermana Gigliola. Había un

número que ella no podía pronunciar, que lo obviaba a la hora de contar: 1991.

VICTOR : ¿1991?

ALFONSO : ¿No te diste cuenta? Lo pude comprobar a la hora de

hacer cálculos de proporciones en la confección de maquetas, en el momento de

hablar de movimientos arquitectónicos que empezaran o terminaran en dicho año.

Al momento de calcular los costos de materiales para algún trabajo en la

universidad. Primero pensé que tenía que ver con los números aislados uno y

nueve; el primer y el último número existente. Estuve semanas filosofando en torno

a ellos. Pero no. Yo estaba equivocado.

SHAI : Seguro ese año pasó algo trascendental en su vida.

ALFONSO : Es lo que creo. Ese año, con la llegada de la democracia

se desclasificaron un sinnúmero de documentos que narraban los horrores de los

días en que la dictadura de Pinochet tomó el control del país. Yo creo que ese año

ella supo que su padre, el militar con quien sale en las fotografías de niña, padre

biológico de Gigliola, no era su progenitor. Empero, guarda los recuerdos de esa

época, en cajas de cartón que arruma en uno de los armarios del cuarto que da a la

ventana de Holz.

VICTOR : Ella dijo que en esa habitación vivía el dolor.

ALFONSO : Ahí lo tienes. Intenta castigar el dolor, si lo olvidara, no

sería tortura para él.

SHAI : ¿Y de dónde el contar los pasos?

ALFONSO : (Se queda en silencio. Mira uno a uno a los contertulios.

Con actitud de impotencia responde) No lo sé.

La cámara muestra al grupo reunido alrededor de la mesa del restaurante. El silencio es capital,

pavorosamente incómodo. La luz anaranjada que se cuela por la ventana, posee un tono demasiado

artificial, casi surrealista. Nerupla, con lágrimas en los ojos ajusta levemente su cámara y por primera

vez en muchos años siente la desolación de la incertidumbre, el mismo sentimiento de los sujetos

reunidos allá adentro, la misma emoción que posee el espectador de esta escena. Pronto comienza a

sonar, in crescendo, los compases de la obra de Haendel, la sinfonía número cuarenta y dos de El Mesías

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y vemos el rostro de Aguad mirando el de Martínez con la misma compunción que el resto de los

personajes. Luego el padre de la pequeña que recibió el milagro tras un árbol, contemplando

con lágrimas en los ojos a Emanuel que predica con Biblia en mano a un grupo de jóvenes

sentados en los pastos de una plaza. El doctor Sotomayor caminando junto al Reverendo

Leonard Berger frente a la iglesia de los Benedictinos; Agnes escribiendo una carta en el

comedor de diario, hurgando en los papeles guardados en cajas del ropero del cuarto

inexpugnable, con la alegría de una niña en un ejercicio placentero rompe en pequeños

trozos y, como si fuesen mil mariposas, las arroja por la ventana y lentamente éstas vuelan

por los aires en tanto ella ríe de gozo como nunca antes lo ha hecho. Los dos espías israelíes

caminando por la berma de la carretera, en tanto camiones y vehículos pasan a su costado,

uno apunta lejos y el otro ríe, aplaudiendo la acción, en lo que representa una fiesta de

amistad y compañerismo; Holz camina de su casa al buzón; al abrirlo encuentra una

carta que abre despavorido. El contenido del sobre no es más que un papel

blanco, ajado en sus extremos. Sus labios y mejillas palpitan. Luego llora

observando el largo camino que conduce hasta su casa. Éste se muestra

vacío como siempre.

La última secuencia de imágenes nos muestra el Palacio de La Moneda, la

Orquesta Filarmónica Nacional interpretando la misma melodía que

escuchamos, Agnes y Emanuel sentados en graderías de madera -

instaladas para la ocasión-, sonríen como dos enamorados, ella celebra los

movimientos del joven, éste dirige desde su asiento a la orquesta

mientras en otro plano, se acerca el padre con la pequeña sanada

milagrosamente. Ha superado el miedo; emocionado con la

majestuosidad del instante queda parado frente al predicador y éste,

reaccionando con dulzura, se pone de pie. La multitud que ha visto al

predicador y a la pequeña, no hace más que aplaudir y llorar frente al

encuentro. Ambos se abrazan y, cuando el padre cae de rodillas al

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suelo, la orquesta, conmovida por el momento teofánico, parece con

su sonido, haber abierto las puertas del cielo. Todo se va negro.

Aquí termina la película.

Santiago de Chile, diciembre del año dos mil ocho.

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