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Manual de La Iglesia - 2010

Manual de La Iglesia - 2010

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Published by: Cristian Fabián Barriga Riquelme on Jun 16, 2012
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Es importante que conservemos “la unidad de la fe” (Efe. 4:13); y es igual-

116 MANUAL DE LA IGLESIA

mente importante que tratemos en todo tiempo de “guardar la unidad del
Espíritu en el vínculo de la paz” (vers. 3). Por eso, hay necesidad de cuidado y
de cabal investigación, así como del consejo de los líderes de la iglesia.
“Dios está guiando a su pueblo para que salga del mundo, con el fn de
colocarlo sobre la exaltada plataforma de la verdad eterna, los mandamientos
de Dios y la fe de Jesús. Quiere disciplinar y preparar a sus hijos. No estarán en
desacuerdo, creyendo uno una cosa, y teniendo otro una fe y opiniones total-
mente opuestas, moviéndose cada uno independientemente del cuerpo. Por la
diversidad de los dones y de los ministerios que él ha puesto en la iglesia, todos
pueden llegar a la unidad de la fe. Si alguien adopta puntos de vista referentes
a la Biblia sin considerar la opinión de sus hermanos, y justifca su conducta
alegando que tiene derecho a sostener sus propias opiniones peculiares, y luego
las impone a otros, ¿cómo podrá cumplirse la oración de Cristo? [...]
“Aunque tenemos una obra y una responsabilidad individuales delante de
Dios, no hemos de seguir nuestro propio juicio independiente, sin considerar
las opiniones y los sentimientos de nuestros hermanos; pues este proceder con-
ducirá al desorden en la iglesia. Es deber de los ministros respetar el juicio de
sus hermanos; pero sus relaciones mutuas, así como las doctrinas que enseñan,
deben ser examinadas a la luz de la Ley y el testimonio. Entonces, si los cora-
zones son dóciles para recibir la enseñanza, no habrá divisiones entre nosotros.
Algunos se sienten inclinados al desorden, y se están apartando de los grandes
hitos de la fe, pero Dios está induciendo a sus ministros a ser uno en doctrina y
en espíritu” (La iglesia remanente, 1979, p. 18).
En vista de estas consideraciones, es evidente que la Iglesia no puede conce-
derle a una persona el derecho de exponer desde el púlpito sus opiniones y puntos
de vista personales. El púlpito sagrado debe reservarse para la predicación de las ver-
dades sagradas de la Palabra divina, y para la presentación de los planes y las normas
de la denominación para el progreso de la obra de Dios (véanse las pp. 35, 114, 115).

Oradores no autorizados. En ninguna circunstancia el pastor, el anciano
u otro ofcial de la iglesia debe invitar a extraños, o a personas no autorizadas,
para dirigir alguna reunión en nuestras iglesias. No se debe permitir que ocu-
pen nuestros púlpitos los que fueron despedidos del ministerio, o los que fueron
desfraternizados de la feligresía de la iglesia en otros lugares, o personas que no
tienen autoridad conferida por la Iglesia. Toda persona digna de la confanza de
nuestras iglesias podrá identifcarse y presentar las debidas credenciales.
Puede haber ocasiones en que sea propio que nuestras congregaciones
escuchen discursos de funcionarios del Gobierno o de otras personalidades pú-
blicas. Cualquier otra persona debe ser excluida de nuestros púlpitos, a menos
que la Asociación local le haya concedido un permiso especial. Todo anciano,
pastor y presidente de Asociación tiene el deber de velar para que esta regla se
cumpla (véanse las pp. 35, 114, 115).

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