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Los Yaganes Del Extremo Sur Americano

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Yaganes de Navarino (Chile): Evolución, Adaptación y Aculturación
Yaganes de Navarino (Chile): Evolución, Adaptación y Aculturación

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LOS YAGANES DEL EXTREMO SUR AMERICANO: ADAPTACIÓN, SUPERVIVENCIA Y ACULTURACIÓN. Por : Santiago Carralero Benítez.

En torno al 20000 B.P. los hielos ocupaban gran parte del extremo sur americano como consecuencia del último período glacial. Aunque la presencia del mismo era más patente en la parte occidental, el descenso del nivel del mar había dejado al descubierto el fondo de los estrechos de Magallanes y de Beagle en el sector oriental. Las gentes del interior patagónico cruzaron primeramente hacia la Isla Grande de Tierra de Fuego, siguiendo el ejemplo de las manadas de guanacos y ñandúes que constituían la base de su subsistencia. Allí continuaron su vida como nómadas pedestres, complementando su dieta con recursos costeros, entre los que se encontraban el deseado león marino, si bien lo normal eran lapas y mejillones. Cuando el hielo se fue retirando de la isla de Navarino, sobre el 10.000 B.P., la fauna vecina aprovechó para extenderse hacia el sur y con ello atrajo a sus depredadores humanos. Éstos dejaron atrás a sus parientes, los selk´nam u onas históricos, con los que siguieron unidos física y culturalmente hasta que los hielos se fundieron por completo y el mar elevó su nivel, ocupando el fondo del canal de Beagle, así como el del Estrecho de Magallanes, quedando así definidos dos grupos humanos caracterizados por la dispar interpretación que ambos hacían del nomadismo. Mientras que para los Selk´nam u onas de la Isla Grande el guanaco continuó siendo su animal-totém, para los recién llegados a Navarino, los yámanas o yaganes históricos, el lobo marino sustituyó a aquel. Ésta fue la primera y crucial adaptación de los yaganes, la transformación de unos cazadores pedestres en cazadores acuáticos. A partir de entonces yaganes y onas tomaron conciencia de su pertenencia a grupos distintos y pasaron de ser hermanos a mantener una prudente distancia. Como en la conformación de la mayoría de los pueblos, pero especialmente entre los nómadas, el elemento físico marcó desde el principio el carácter de sus habitantes. Para gentes acostumbradas a vivir a expensas de un recurso siempre en movimiento, la naturaleza no sólo constituía el verdadero hogar, sino que su conocimiento se hacía imprescindible para salir adelante. Éste se ponía a prueba especialmente cuando escaseaba la caza y se antojaba indispensable la recolección de frutos silvestres, de hongos y raíces. El nómada era, y sigue siéndo en gran medida, hijo de su entorno. Navarino no es, como su vecina del norte, una isla grande y en gran parte llana. Sus dimensiones son reducidas, tanto más cuanto que el territorio carece de llanuras, estándo dominado por una hilera de agudos picachos, los Dientes de Navarino, que dejan caer suavemente sus contrafuertes hasta el mar. El clima es algo más húmedo que en la Isla Grande, pero además la impermeabilidad y dureza del suelo volcánico en Navarino impiden la absorción del agua y la penetración de las raíces de los árboles. El resultado es una alta humedad superficial, lo que crea una vegetación omnipresente pero de escaso desarrollo reticular. En la vertiente norte el musgo de tonos amarillos, verdes y rojizos ocupa el fondo de los valles por donde otrora descendieran glaciares displicentes.En las laderas un bosque de fagáceas, lenga y coihue como especies principales, forma un apretado dosel de intrincado follaje, ya que el desarrollo vertical se ve limitado por el escaso enraizamiento y todo se desarrolla a escasos metros del suelo. Una zona de páramos lacustres invade la vertiente norte. La existencia de pastos donde puedan alimentarse especies como el guanaco o el huemul se ciñe a las planas cimas de mediana altitud. Así, La falta de pastos y el relieve abrupto en el interior forzaron a los yaganes a asentarse en la costa, de suave trazado y recursos más variados, dando la espalda al bosque, hogar de sus parientes los

selk´nam, que empezaría a transformarse para aquellos en un lugar misterioso. De nuevo el medio físico jugaba su papel determinante en la conformación de un grupo humano. El litoral marino se reveló desde el principio como una despensa bien abastecida. Continuó la recolección de mejillones y lapas, además de frutos silvestres, que siempre estaban ahí, suministrando lo mínimo necesario para sobrevivir, a la espera de hallar algo mejor. La tentación tomaba cuerpo en las colonias de lobos marinos que se aposentaban en los salientes rocosos. El problema era acercarse sin ser visto y asestar el golpe definitivo en el momento adecuado. No debía ser una tarea fácil, pues estos animales se mostraban especialmente desconfiados y peligrosos en el medio terrestre. La irregularidad en la caza terrestre de los lobos marinos empujó a los yámanas al mar irremisiblemente. La piel impermeable del lobo marino servía además como bote para emprender las primeras partidas de caza. El éxito de este método les animó a desafiar las bravas aguas de esta región. El lobo marino se convertiría en una fuente de recursos irreemplazable, y gracias a él los yámanas comenzaron a extenderse por las islas cercanas creando su propio mundo. El bote de piel de león marino, que hacía aguas por las costuras, fue sustituido por el de corteza de madera, más seguro, aunque tampoco impermeable del todo. La isla de Hoste fue ocupada por los inalumáala y los ilalumáala, mientras que las Wollaston acogían a los intrépidos yekusimaala, quienes zurcaban los mares del mismísimo cabo de Hornos. El "país de los yámanas" quedó así constituido, con los wakimaála en las islas de Picton, Lenox y Navarino oriental y los wakimaála en la parte occidental. Más allá se extendían los kaweskar o alacalufes, quienes hablaban otra lengua pero habían sufrido un proceso similar al de los yámanas en el dédalo de islas que conforman el litoral sur de Chile. Al norte de éstos aún merodeaban los chonos. Yámanas, kaweskar y chonos hablaban distinto lenguaje pero vivían del mismo modo y tenían un concepto parecido de la naturaleza. Había de ser así, puesto que era la naturaleza la que los había preparado a subsistir en este medio singular, donde reinaban sin oposición viento, frío y humedad. En el siglo XVI piratas y colonizadores se adentraron en esta región desconocida. Los intentos fallidos de establecer colonias por parte de los españoles pusieron en evidencia la validez de la economía nómada en aquellas tierras y el fracaso del sistema de fuertes. Fue una primera batalla ganada por los nómadas de forma contundente frente a los sedentarios. Pero el desarrollo posterior de los acontecimientos que la era Moderna trajo a estos lares tuvo un signo bien distinto. El hombre europeo se dedicó a esquilmar la fuente de la riqueza de los indios cuando no pudo usurpar directamente sus tierras. Los primeros en sufrir estos atropellos fueron los indios de tierra adentro. En las pampas y la Patagonia, mientras los españoles iniciaban su política expansionista agresiva, sus caballos daban un ejemplo de convivencia pacífica con los indígenas. Rápidamente se esparcieron por los dilatados horizontes con sus nuevos dueños, quienes vieron la gran ventaja de contar con los caballos en unos espacios tan vastos y a la hora de perseguir sus asustadizas presas habituales. Como después ocurriría en las grandes llanuras de Norteamérica, la adopción del caballo constituyó un hito en la historia de los nativos que se tradujo en un incremento notable de la movilidad y el nomadismo, quedando conformados los tres tipos de economía nómada imperantes en el extremo sur americano. Mientras que en el continente los Aónikenk, rama meridional de los tehuelches, se volvieron consumados jinetes, en la Isla Grande de Tierra de Fuego los selk´nam u onas continuaron su forma de vida particular como nómadas pedestres, ejemplificando en el presente la primera etapa adaptativa del indígena

americano en el extremo sur, otrora generalizada. Nuestros yámanas, junto con kaweskar y chonos representaban la versión acuática del nómada. De manera que el nomadismo no era una opción cerrada a la evolución en modo alguno. Elementos cruciales habían sido introducidos tanto en el norte como en el sur. Ambos se aplicaron al ámbito del desplazamiento logrando, con el caballo o la canoa, un mejor acceso a los tradicionales recursos alimenticios, aprovechables también en otros aspectos como la vivienda o el vestido. Sin embargo, tal evolución no implicaría la asunción de elementos sociales complejos y las comunidades continuaron gozando de una libre autonomía, por cuanto lo contrario hubiera afectado al equilibrio entre hombres y recursos humanos y naturaleza. En esto los recién llegados, los hombres de mundo moderno, era expertos. Adalides de la sociedad compleja no entendieron que este aparente primitivismo encerraba siglos de sabiduría y aplicaron una visión rentista de la vida que a la postre desembocaría en la parcelación con fines ganaderos del ingente territorio tehuelche, relegando a los pocos supervivientes aónikenk, los que no fueron abatidos por las balas, las enfermedades o el alcohol, en reservas de desesperanza. El aislamiento de que gozaban yámanas, chonos y kaweskar les sirvió para retrasar la inevitable visita. Los más cercanos al contacto con los colonizadores, los chonos fueron los primeros en desaparecer y lo hicieron totalmente, exceptuando sus huesos, que probablemente son los que reposan en las numerosas cavernas del archipiélago de las Guaitecas. Kaweskar y Yámanas tuvieron la imagen más completa del hombre moderno a través de los barcos loberos que empezaron a frecuentar las aguas de los canales australes. En el caso de los yaganes, parece demostrado que el aumento de la flota de barcos loberos fue directamente proporcional al acusado descenso de estos pinnípedos. Sin duda constituyó una dura experiencia para estos indios, que habían desarrollado una tecnología específica para la caza de lobos marinos y para su aprovechamiento. Frente a la caza indiscriminada e industrial de los loberos, ellos sólo cazaban lo necesario para sobrevivir y de una manera directa y expuesta. Si al principio utilizaron arpones de una pieza, después desarrollaron el tipo de cabeza desmontable, que eliminaba mucho del riesgo de mantener arponeado al animal junto la barca. Gracias a los leones marinos, los yámanas obtenían grasa, carne y cuero en cantidades apreciables. Desaparecido de las aguas su sustento básico, los yámanas se adaptaron nuevamente y la tradición ona en la elaboración de rucas, o viviendas provisionales, unida a su invención de canoas cada vez mejores apoyaron su éxito en la supervivencia a la vez que constituían las mejores repuestas al problema de unas condiciones de vida cambiantes. La canoa de corteza de árbol fue sustituida por la de tronco excavado, que ofrecía una mayor estanqueidad, aunque también mayor inestabilidad y menor maniobrabilidad, pero su aparición en los mares australes no hizo sino constatar la escasez de animales para cazar en mar abierto. La solución pasó entonces por una intensificación y diversificación en la obtención de recursos marinos de costa, así como la búsqueda de nuevos alimentos de entre la fauna del interior. Los desplazamientos innatos a la vida nómada de los yámanas continuaron, pero ahora las actividades se centraban en la costa y en aguas poco profundas. Tales desplazamientos conseguían la regeneración natural en aquellos parajes a los que los yamanas solían regresar por sus condiciones óptimas. El último de tales parajes es conocido precisamente por el nombre que parece simbolizar esta etapa final en su adaptación alimenticia: bahía Mejillones. En este lugar solitario reposan los restos de los últimos yámanas que compartieron esta forma de vida con sus congéneres y con los extranjeros que llegaron para interesarse por su cultura.

Las mujeres de entonces dedicaban parte de su tiempo a sumergirse en las gélidas aguas para arrancar del fondo marino las matas de cholgas que se habían convertido en el plato frecuente de las comidas. Su dieta se completaba con lapas y crustáceos como centollas y centollones. El pescado iba adquiriendo una importancia creciente y se habían retomado prácticas de emergencia, como la caza de pájaros, nutrias y otros animales de interior, dedicación principal de los hombres. La recolección de bayas siguió esta misma línea ascendente, dependiendo en gran medida del éxito o el fracaso en la caza de las especies citadas. La tradición cazadora propia de los selk´nam perdía fuerza en los genes yámanas, quienes para sobrevivir se adaptaron a su nueva faceta de recolectores costeros. En este estadío cultural se hallaban los yámanas cuando los primeros misioneros e investigadores contactaron con ellos. El siglo XX estaba a punto de llegar en los calendarios de la gente de la flamante sociedad industrial. Ingentes masas de obreros habían producido no menos ingentes cantidades de dinero que otros, los promotores del invento, guardaban. La faceta humana de tales capitalistas consistía en mandar a misioneros y científicos a aquellos lugares que tenían la desgracia de no contar con sus inversiones. He aquí como religión y ciencia sirvieron de nuevo como primera punta de lanza en la inexorable labor colonizadora por parte, esta vez, de países anglosajones. Desde 1869 funcionaba la misión de Ushuaia, cuya dirección fue a parar al inglés Thomas Bridges. La presencia permanente del gobierno de Chile desde 1843-44 con el establecimiento de Fuerte Bulnes y la fundación de Punta Arenas completaban el augurio de un rápido final para la étnias del entorno. Convencidos misioneros como Bridges y Gusinde visitaron a los yaganes y a los onas y aunque lograron recoger material etnográfico de valor incalculable, con su presencia allí, representando a diversas potencias colonizadoras, auguraban el final de una cultura que a veces respetaron e incluso admiraron, en su doble papel de salvadores y verdugos tan típico de la sociedad industrial en mundos ajenos. Mientras los onas fueron evangelizados en una manera más completa y también más completamente contaminados por las enfermedades europeas, los yaganes morían tanto por enfermedades como por el alcohol que los loberos usaron desde el principio con los indígenas como moneda de cambio. La emigración indígena a las ciudades empezó a producirse y sólo quedaron representando a los primitivos pobladores los habitantes de las islas más innacesibles. Con el siglo XX el gobierno de Chile inauguró una política de asentamientos en la región austral con las consiguientes concesiones de territorio a los extranjeros ocupadores. Por entonces, los últimos reductos de los nativos eran en el caso de los kaweskar la isla Wellington y en el de los yámanas Navarino. Pero tanto en una como en otra el gobierno de Chile omitió los derechos consuetudinarios adquiridos por 10.000 años de ocupación continuada, otorgando concesiones a recién llegados que tenían planes de explotación alternativa para la zona, fundamentalmente ganadera y minera. En Wellington, Puerto Edén fue fundado como centro pesquero y base administrativo-militar en 1969, muy cerca del poblado kaweskar de Yekarte. En los cincuenta se establece una base naval en puerto Luisa (Navarino) que después tomó el nombre de Puerto Williams, a 20 kilómetros del asentamiento yámana de Mejillones. Ya sólo restaba que los nativos fueran trasladados a estas bases para entrar en la fase final de su decadencia como pueblo, cosa que ocurrió principalmente por un deseo necesario de integrarlos a la ciudadanía chilena como síntoma de soberania indiscutible del joven país. En 19 los yámanas se trasladaron a Villa Ukika, a 2 kms. al este de

Puerto Williams y allí iniciaron su última, quizá definitiva adaptación a ese otro nuevo elemento tan diferente al climatológico o al faunístico, la civilización. Ellos no podían comprender que la contrapartida a la consecución de ciertas comodidades era nada menos que la pérdida de su amada libertad. Verdaderamente, su nueva vida no era tan dura y sin embargo los estragos causados por el alcohol aumentaban, mientras la comunidad yámana caía en el desconcierto propio de los que pierden su razón de ser, su razón de haber sido durante siglos y siglos. Durante esta época fue que antropólogos y periodistas se interesaron más vivamente por el destino de los yáganes. Éstos empezaron a tener nombres y apellidos, normalmente inventados para su adecuada inscripción en el registro o con miras al servicio militar. Así fue como se conoció a una de las últimas nómadas por Rosa Yagán, así es como conocemos a las hermanas Calderón, una y otras representantes del último capítulo de la larguísima saga histórica yámana. Aquella compartió con su gente los últimos compases de la partitura de los canoeros australes zurcando los bravos mares a bordo de botes de madera modernos, mejores claro está a los antiguos de tronco de madera excavado. Anduvo por la misión de Dawson, conociendo a los kaweskar en una tragedia compartida. Se casó con un croata de los que obtuvieron concesión en las islas australes. Experimentó en el último "chiejaus", la ceremonia de iniciación yámana, la fuerza todavía viva de las creencias del mundo espiritual que habían de olvidar en breve. Como pocas personas sufrió esa esquizofrenia persistente de hallarse al borde de un precipicio entre su propio mundo y el que ahora se había instalado en sus tierras y mares. Desde su última morada de Villa Ukika hubo de ser trasladada a un hospital de Punta Arenas, donde la periodista P. Stambuck experimentó la fuerza interior y dignidad que emanaban aún esa yámana enferma que parecía simbolizar la agonía de su propia raza. A la muerte de Rosa se publicó "Rosa Yagan. El Último Eslabón", uno de los raros ejemplos donde la tradición oral del indígena al pasar a obra escrita no ha perdida un àpice de su frescura y patetismo. Tras la muerte de Rosa, los antropólogos elevaron a las hermanas Calderón a la categoria de únicas supervivientes yaganes de sangre pura. Como tales y dado que en su infancia adquirieron una cultura occidental en su temprana estancia de Harverston, fundada por Lucas Bridges, hijo del misionero Thomas, cerca de Ushuaia, las hermanas Calderón se erigieron en representantes de la comunidad yámana de Navarino. Haciéndose eco de las demandas de los componentes de la comunidad, éstas exigieron que el estado les devolviera el terreno de bahía Mejillones alegando la indisoluble relación sentimental que les une a aquel lugar. Esta demanda fue atendida hace unos años, si bien en el dia de la fecha ningún miembro de la comunidad se ha trasladado allí de forma permanente. Los lazos que le unen a Puerto Williams son ya demasiado fuertes para poder romperlos. No existe una vuelta atrás cuando una cultura se pierde y en el caso de los yámanas la incorporación a la sociedad implica una dependencia total de la misma. Los proyectos gubernativos y en parte compartidos por los indígenas de subsistir en bahía Mejillones de las actividades pesquera, recolectora de crustáceos y ganadera, no han contado con el respaldo de los elementos más representativos de la comunidad, los cuales viven esencialmente de actividades artesanales ligadas al turismo o en relación a las actividades pesqueras de autoconsumo e intercambio. También existe una relación de dependencia con la gestión de la guardería étnica de Puerto Williams y con el trabajo en cruceros de lujo que se realizan por aguas de los canales australes hasta la Antártida. Dado el escaso turismo en la zona las perspectivas de subsistencia de los yámanas en la

venta de artesanía no son muy halagüeñas, pero constituye una manera de mantener una tradición que se remonta a siglos. Los cestillos de junquillo que se utilizaban para la recolección de cholga y frutos silvestres se siguen tejiendo igual. La manufactura de pequeñas canoas de corteza de árbol que recuerda a aquellas que un dia constituyeron el tesoro del nómada del mar es un modo de no perder la propia identidad frente a la agresión de un mundo arrasador. En este sentido, las hermanas Calderón siguen luchando por conseguir un taller comunal para la elaboración de este tipo de artesanía. El momento de relativa fama en que viven ha generado diversas situaciones, algunas negativas y otras positivas. Mientras que la familia Calderón ha alcanzado un status de una relativa comodidad por su popularidad en la zona, otras familias vecinas se hallan en una situación de penuria, donde el alcohol siguen haciendo mella. Igualmente existen otras ancianas que reclaman su parte de notoriedad, pero su mestizaje con occidentales o con kaweskar les impiden acceder al olimpo de la pureza de sangre. Las Calderón han sido y son asiduamente invitadas a congresos nacionales indígenas, exposiciones, entrevistas, etc. Han estimado oportunamente que su participación en proyectos de los que otros sacan beneficios requiere una aportación económica que quizá no redunda en toda la comunidad como sería de esperar. Junto con las hermanas Calderón, diversos miembros de la comunidad tienen concedidas pensiones estatales. Tanto en Navarino como en otras partes de Sudamérica la pertenencia a un determinado grupo étnico empieza a ser rentable, por cuanto ello implica a veces la consecución de algún tipo de pensión, de escasa cantidad por cierto, o de otros beneficios, sobre todo territoriales. Tener sangre selk´nam, kaweskar o yámana puede reportar el beneficio de alguna parcela en los territorios que el gobierno ha donado a las comunidades con motivo de una "reparación histórica" a todos luces insuficiente e inadecuada. Si el nómada sudamericano carecía de un territorio exclusivo, de una propiedad, hoy la lucha de los grupos de tradición nómada se centra en la posesión de esa propiedad. Pero el problema es que otro tipo de reparación conllevaría para los gobiernos chileno, argentino y otros asumir supuestos imposibles desde su concepción de la tierra como propiedad privada, como mercancía, en la cual basan la propia estructura de la nación. Así, una salida digna para estos pueblos está siendo la obtención de una parcela en el corazón de lo que un dia fue su "país". En el caso de los yámanas, otorgada la parcela de Bahía Mejillones, los problemas se centran en la trasmisión de la cultura yámana, para que mañana la generación que ya ha nacido de lleno en la sociedad industrial pero tiene sangre nativa no olvide la pertenencia a él ni las tradiciones que eran propias de su grupo. Sería justo que el gobierno otorgara otro tipo de beneficios a sus representantes para que no se de la paradoja que sean otros los que exploten las posibilidades turísticas de la zona y que lo hagan además desde un planteamiento no ecológico. Las sucesivas adaptaciones de los yámanas pasan ahora por la reivindicación de una serie de derechos adquiridos a lo largo de su historia, pero para ello los yámanas y sus descendientes necesitan recoger todo lo mejor de su tradición y aprender a jugar con las reglas de los nuevos dueños de la tierra y el mar. Bibliografía. BÁRCENA, J.R. (Coor.). 1984. "El Poblamiento Humano Aborigen de Tierra de Fuego". Culturas Indígenas de la Patagonia. Ed. Cultura Hispánica.

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