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Neoclasicismo hispanoamericano

Neoclasicismo hispanoamericano

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´ ´ P o d e r , a l e g o rı a y na ci o n en el neoclasicismo hispanoamericano
Miguel Gomes
The University of Connecticut-Storrs

´ Los orıgenes del campo literario hispanoamericano moderno
´ ´ Una de las vertientes mas fecundas de la nueva crıtica hispanoamericana ´ ´ ha sido la revision del siglo XIX partiendo del interes en los efectos de la ´ ´ alegorıa en la intrincada interaccion de los que Pierre Bourdieu ha llamado ´ ‘‘campo cultural’’ y ‘‘campo del poder’’ (Field –; Rules ). Seg
´ ´ P o d e r , a l e g o rı a y na ci o n en el neoclasicismo hispanoamericano
Miguel Gomes
The University of Connecticut-Storrs

´ Los orıgenes del campo literario hispanoamericano moderno
´ ´ Una de las vertientes mas fecundas de la nueva crıtica hispanoamericana ´ ´ ha sido la revision del siglo XIX partiendo del interes en los efectos de la ´ ´ alegorıa en la intrincada interaccion de los que Pierre Bourdieu ha llamado ´ ‘‘campo cultural’’ y ‘‘campo del poder’’ (Field –; Rules ). Seg

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Poder, alegorı´ a y naci o´ n en el

neoclasi ci smo hi spanoameri cano
Miguel Gomes
The University of Connecticut-Storrs
Los orı ´genes del campo literario hispanoamericano moderno
Una de las vertientes ma´s fecundas de la nueva crı ´tica hispanoamericana
ha sido la revisio´ n del siglo XIX partiendo del intere´s en los efectos de la
alegorı ´a en la intrincada interaccio´ n de los que Pierre Bourdieu ha llamado
‘‘campo cultural’’ y ‘‘campo del poder’’ (Field ,,–,8; Rules :I-). Segu´ n el
socio´ logo france´s, toda formacio´ n social se estructura mediante un conjunto
de campos jera´rquicamente organizados, cada uno con sus propias leyes y
tensiones, pero unidos entre sı ´ por homologı ´as; una de ellas, si no la princi-
pal, consiste en una lo´ gica ‘‘econo´ mica’’ que, unas veces, puede ser literal y,
otras, figurada o ‘‘eufemı ´stica’’, ponie´ndose en juego poder o capital ‘‘simbo´ -
lico’’ (Rules Ia:–a8). Por la acumulacio´ n de este u´ ltimo que les permite a los
letrados, la alegorı ´a codifica y legitima modos de adquirir prestigio y capaci-
dad de intervencio´ n en campos no precisamente artı ´sticos o espirituales, por
lo que cabrı ´a ver en ella, como lo hace Gordon Teskey, ‘‘el ge´nero logoce´n-
trico por excelencia’’, fundado en violencias veladas (,), o, segu´ n Sayre Green-
field, una actividad no tan ‘‘radical’’ como ‘‘conservadora’’, o sea, destinada
menos a violar lo preestablecido que a crear lazos entre categorı ´as que la
anteceden (Io). La equiparacio´ n que hizo Michael Ryan de cualquier forma
de conservadurismo y reto´ ricas que dan preferencia a lo metafo´ rico-alego´ rico
j aI Hispanic Review (winter :oo-)
Copyright ᭧ :oo- Trustees of the University of Pennsylvania
a: i ui sv\xi c vvvi vw : winter 
concuerda con esa opinio´ n (IIo–:o).
1
Cuando el literato se atribuye el de-
recho de producir alegorı ´as esta´ disen˜ando puentes entre sus dominios
verbales y una sabidurı ´a edificante, trascendente o, en todo caso, ma´s impor-
tante que la de lo meramente artı ´stico, a la cual da a entender que tiene
acceso (Teskey :–,). En otras palabras, el cultivo de discursos alego´ ricos se
erige como cre´dito que facilita al sujeto que opera en el campo cultural ob-
tener ganancias en el campo del poder y, a su vez, indirectamente ascender
en el de las clases sociales o fortalecer en e´l su posicio´ n. La alegorı ´a en la
tradicio´ n occidental, como lo ha sostenido Umberto Eco, se ha integrado
desde hace mucho en complejos mecanismos de consecucio´ n y preservacio´ n
de autoridad (Ia,–-,).
Un artı ´culo publicado en Iu8o por Fredric Jameson ha estimulado debates
acerca de la propensio´ n de las literaturas subalternas a alegorizar lo polı ´tico,
alentando una fructı ´fera revisio´ n de textos no usualmente estudiados desde
tales a´ ngulos. Es el caso de los idilios novelescos iberoamericanos en Founda-
tional Fictions de Doris Sommer. Con todo, los reparos a Jameson en ese
trabajo se imponen como necesarios (Sommer aI–a,) y complementan la
crı ´tica de Aijaz Ahmad a la reduccio´ n y homogeneizacio´ n del Otro en la
enunciacio´ n jamesoniana.
2
El error de Jameson, creo, no se encuentra en que
asevere que hay abundancia de alegorı ´as nacionales en el ‘‘Tercer Mundo’’
(ou)—los ejemplos sobran—, sino en que, pese a su inspiracio´ n marxista, el
crı ´tico no coloque el feno´ meno en contextos especı ´ficos, dando pie a que
imaginemos ‘‘substancias’’ ma´s o menos eternas. El objetivo de estas lı ´neas
es contribuir a evitar tal esencialismo; para ello, se intentara´ describir en
condiciones sociales precisas el momento en que se incorporan en un sistema
las tendencias alego´ ricas nacionalistas que se registran en las letras hispano-
americanas.
Que en la regio´ n se hayan prodigado construcciones alego´ ricas—o ‘‘pos-
talego´ ricas’’: en deuda siquiera parcial con un ge´nero extinto (Van Dyke
I. Teskey, desde luego, distingue su postura de las confusas ampliaciones de significado que cierta
crı ´tica ‘‘postmoderna’’ ha querido dar a planteamientos de Walter Benjamin no sensatamente
separables de su contexto histo´ rico inicial (:–a). Greenfield, con argumentos no tan matizados,
cuestiona incluso la fuente de esas ampliaciones (Iau). En Ryan, como marxista que intenta deli-
near un terreno comu´ n con la desconstruccio´ n, hemos de suponer una crı ´tica velada de Paul de
Man, entronizador consecuente de lo ‘‘alego´ rico’’—en la lı ´nea a la que alude Teskey—y represen-
tante del ala polı ´ticamente contraria de los simpatizantes de Derrida.
:. ‘‘We Americans, we masters of the world’’, escribe Jameson con buenas intenciones (8-), sin
que por ello la frase acabe conducie´ndolo a una lucidez autocuestionadora total.
Gomes : vouvv, \ivcovi´ \ s x\ci o´ x ja,
:uo)—se explica por las circunstancias concretas en que se delineo´ el campo
literario moderno. Por e´ste entiendo aquel que comienza con la Guerra de
Independencia y se asocia a un referente nacional relativamente auto´ nomo
que hasta nuestros dı ´as sobrevive—se trata del ‘‘primer nacimiento’’ de la
cultura hispanoamericana, segu´ n A
´
ngel Rama (8:). Ese campo, natural-
mente, durante casi doscientos an˜os se ha modificado, por lo que Rama habla
tambie´n de un ‘‘segundo nacimiento’’ a fines del siglo XIX, absorbidas las ex
colonias espan˜olas y portuguesas por el mercado capitalista mundial (8:). Lo
cierto es que, entre I8Io y I8,o, cuando la literatura empezaba a definir su
funcio´ n y a buscar un lugar en los Estados nacientes, la este´tica dominante
era neocla´sica y e´sta propiciaba la frecuentacio´ n de la alegorı ´a o de sus com-
ponentes tı ´picos.
En las pa´ginas siguientes examinare´ algunos escritos que con el paso del
tiempo—varios de ellos casi de inmediato—se recategorizaron como ‘‘mo-
numentos’’, en el sentido que Michel Foucault dio al te´rmino: trazos del
pasado que la colectividad ha llenado de memoria, construyendo un discurso
sobre su identidad, o sea, una historia, una tradicio´ n y un origen propios (,).
Vinculare´, a propo´ sito, piezas concebidas por quienes las escribieron como
‘‘documentos’’, sin funciones este´ticas, con otras desde el principio literarias:
por la relacio´ n homolo´ gica entre el campo ‘‘cultural’’ y el del ‘‘poder’’ me
parece necesario destacar la condicio´ n inestable o mo´ vil de esos textos. Ne-
garla equivale a desden˜ar el cara´cter social del arte y, no menos, a perder de
vista que lo alego´ rico o postalego´ rico ha persistido con tanta tenacidad en las
pra´ cticas de numerosos escritores porque les permite insertarse segu´ n sus
intereses—conscientes o no—en una sociedad concreta cuyas partes dialogan
entre sı ´ y con el todo.
Textos fundacionales y discursos alego´ricos
Las manifestaciones alego´ ricas del neoclasicismo hispanoamericano distan de
ser simples. Sus raı ´ces en la poesı ´a y la prosa barrocas, por ejemplo, no debe-
rı ´an desestimarse si se piensa en la presencia obvia de Quevedo o Francisco
Santos en Joaquı ´n Ferna´ ndez de Lizardi y la inesperada de Go´ ngora en An-
dre´s Bello (Gomes aa–a-). La alegorı ´a, sin embargo, se somete en el siglo
XVIII a un intenso escrutinio para cen˜irla a los nuevos gustos. El didactismo
imperante podrı ´a apuntarse como causa de su enfa´tica adaptabilidad a di-
ferentes medios. Ignacio de Luza´n la ve, desde Homero, sin importar el tipo
aa iui sv\xi c vvvi vw : winter 
literario, como la cualidad que distingue la ‘‘mentira’’ de la ‘‘ficcio´ n’’, engan˜o
instructivo (Ia,–a8): en te´rminos teo´ ricos actuales, eso ya la convertı ´a en
aquel entonces ma´s en una ‘‘modalidad’’ que en un ‘‘ge´nero’’ reconocible
(Fowler Ioo–II, IuI–u-; Angus Fletcher). Russell P. Sebold ha advertido que
incluso la cosmovisio´ n neocla´sica exigı ´a abierta u oblicuamente una remisio´ n
general del arte a lo entendido como naturaleza so´ lo expresable por un dis-
curso figurado en continua amplificacio´ n: si, aristote´licamente, el ‘‘arte era
naturaleza poetizada’’ y la naturaleza ‘‘arte sin poetizar’’ (I,:), entonces
debı ´an privilegiarse las formas literarias que restablecieran ‘‘alego´ ricamente’’
la unidad entre ambos (I,o). La ubicuidad de lo alego´ rico se confirma en
Ame´rica, asimismo, con su surgimiento tanto en registros argumentales
como formales del texto; pero no se detiene aquı ´: en muchas oportunidades
puede involucrar al autor de carne y hueso en el horizonte imaginal y filoso´ -
fico que traza la escritura.
Antes de las primeras rebeliones criollas que se traducirı ´an a la larga en
emancipacio´ n polı ´tica continental—es decir, la de abril de I8Io en Caracas y
la de mayo del mismo an˜o en Buenos Aires—, los discursos en que la socie-
dad inmediata, local, se configuraba alego´ ricamente no eran escasos. Y un
vistazo a los costumbristas de fines del siglo XVIII, obsesionados por aleccio-
nar a sus coterra´ neos y corregir sus vicios, basta para probarlo. Caso cier-
tamente memorable es el del habanero Buenaventura Pascual Ferrer. En
I8oo, censurando los modales carnavalescos de los nin˜os callejeros que asis-
tı ´an a los bautizos y acosaban a los padrinos con cantos en los que lo afrocu-
bano intervenı ´a, lo oiremos proclamar:
No se puede dar una cosa ma´ s soez y ba´rbara que semejante costumbre; y
que e´sta dimana de la educacio´ n, siendo los padres de familia los u´ nicos
que la pueden desterrar sin intervenir otra autoridad pu´ blica. Porque si
aquellos sembrasen en el corazo´ n de sus hijos y de sus criados las verdade-
ras ma´ ximas de la sociedad y los corrigiesen y aun castigasen si fuese nece-
sario cuando se separasen de ellas, no sucederı ´an e´stos ni otros abusos [. . .]
Parece cosa cansada el repetir las ma´ ximas principales de educacio´ n por
suponerse ya sabidas, pero en el poco uso que de ellas se hace nos vemos
obligados a creer o que no se han sabido nunca o que ya esta´n del todo
olvidadas. El padre de familia debe tener a sus hijos y esclavos siempre a
su vista en aquella edad en que forman su razo´ n. (u)
Los paralelos entre familia y sociedad pretenden conservar estructuras de
dominio, so´ lo que en ellas se propone favorecer al letrado: no cuesta dema-
Gomes : vouvv, \ivcovi´ \ s x\ci o´ x ja-
siado observar que ası ´ como el padre ha de educar a su familia literal y a la
figurada, servidumbre y mano de obra esclava, el escritor desempen˜a una
funcio´ n ide´ntica en la familia aun ma´s abarcadora que la cultura impresa
contribuye a organizar. No en balde el perio´ dico que dirige Ferrer se titula
El Regan˜o´n y ‘‘regan˜ar’’, segu´ n lo advertı ´a la Real Academia Espan˜ola, ya
significaba en la e´poca ‘‘ren˜ir familiarmente en las casas’’ (,: -a,).
Como podra´ percibirse en el texto que acabamos de releer, la comparacio´ n
de colectividad y familia, que tendra´ posteriormente una larga vida en lo que
Sommer ha llamado national romances, antecede al afianzamiento de la no-
vela en Hispanoame´rica. De hecho, la reflexio´ n en torno a la etimologı ´a de
la palabra patria fue adoptada como aute´ntico to´ pico por los neocla´sicos de
ambos lados del Atla´ntico. Ocho an˜os despue´s de que Ferrer habı ´a esbozado
su cuadro paternalista de la esclavitud, Manuel Quintana, poeta espan˜ol que
tanto ascendiente tuvo entre americanos como Andre´s Bello y Juan Cruz
Varela, sustentaba en su perio´ dico El Semanario Patrio´tico que
[l]a voz de la patria tenı ´a entre los Antiguos una acepcio´ n mucho ma´s
estrecha que la que le han dado comu´ nmente los modernos. Con ella desig-
namos nosotros el estado o sociedad a que pertenecı ´an, y cuyas leyes les
aseguraban la libertad y el bienestar. Su derivacio´ n misma, que parece venir
de padre y de familia, nos manifiesta que esta palabra envolvı ´a siempre
relaciones de amor, de bien general y de orden. Por consiguiente, donde
no habı ´a leyes dirigidas al intere´s de todos; donde no habı ´a un gobierno
paternal que mirase por el provecho comu´ n; donde todas las voluntades,
todas las intenciones y todos los esfuerzos, en vez de caminar a un centro, o
estaban esclavizadas al arbitrio de uno solo, o cada uno tiraba por direccio´ n
diversa, allı ´ habı ´a ciertamente un paı ´s, una gente, un ayuntamiento de
hombres; pero no habı ´a patria. (,:o)
Que de inmediato Quintana agregara que la ‘‘energı ´a’’ del patriotismo se
manifiesta ‘‘cuando las adversidades pu´ blicas le despiertan’’ (,:I) habrı ´a de
persuadirnos de que la asociacio´ n definitiva de lo familiar y las iniciativas
poscolonialistas americanas acaso deba buscarse en la foundational nonfiction
que acompan˜a a la Guerra de Independencia.
3
Lo que la novela despue´s harı ´a
,. No empleo accidentalmente el adjetivo definitiva: la gestacio´ n de la asociacio´ n a la que me
refiero debio´ de haber sido lenta durante la Colonia, auspiciada principal aunque no exclusiva-
mente por las actitudes crı ´ticas del criollo hacia el peninsular. El tema, desde luego, es demasiado
vasto para este artı ´culo y ha sido muy explorado: en sus ‘‘Notas sobre la inteligencia americana’’
de Iu,o, Alfonso Reyes evocaba un ‘‘espı ´ritu’’ o un ‘‘modo de ser’’ que presagiaba el autonomismo
ao i ui sv\xi c vvvi vw : winter 
con esa veta alego´ rica constituye un derivado o una prolongacio´ n. La razo´ n
del e´xito de tal discurso se halla en la visio´ n acompasadora de escritos que
fundan la modernidad polı ´tica hispanoamericana, en los cuales se tienden
fuertes lazos entre el plano del enunciado y el de la enunciacio´ n, formula´n-
dose ası ´ una teorı ´a de la nacio´ n que a la vez asegura una cuota de poder
‘‘paternal’’ a la voz que la postula.
En la obra escrita de Simo´ n Bolı ´var, pronto cargada para sus lectores de
dimensiones sublimes, afines a lo sagrado o lo este´tico, la simultaneidad a la
que me refiero se capta. A ella ha de prestarse atencio´ n detenida, porque se
situ´ a, como pocas, en el cruce de mu´ ltiples inquietudes polı ´ticas y literarias
a escala continental. En la ‘‘Carta de Jamaica’’ (I8I-) se presenta, en efecto, el
proyecto de una patria-continente cuya cohesio´ n no elimina lo heteroge´neo:
Es una idea grandiosa formar de todo el mundo nuevo una sola nacio´ n
con un solo vı ´nculo que ligue sus partes entre sı ´ y con el todo. Ya que
tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religio´ n deberı ´a por
consiguiente tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados
que hayan de formarse [. . .] ¡Que´ bello serı ´a que el Istmo de Panama´ fuese
para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! ¡Ojala´ que algu´ n dı ´a
tengamos la fortuna de instalar allı ´ un augusto congreso de los repre-
sentantes de las repu´ blicas [. . .]! (Grases ,I:)
Por otra parte, igual de permeable a la alteridad se retrata el sujeto que forja
las nuevas naciones, instalado entre fronteras ontolo´ gicas, pues si bien la
geografı ´a ofrece un continente demarcado con exactitud—‘‘poseemos un
mundo aparte, cercado por dilatados mares’’—, en ese marco se ha efectuado
un experimento ine´dito, lleno de ambigu¨edades:
Nosotros somos un pequen˜o ge´nero humano [. . .]; nuevos en casi todas
las artes y ciencias, aunque en cierto modo viejos en los usos de la sociedad
civil. Yo considero el estado actual de la Ame´rica como cuando desplo-
mado el imperio romano cada desmembracio´ n formo´ un sistema polı ´tico,
conforme a sus intereses o situacio´ n, o siguiendo la ambicio´ n particular de
algunos jefes; con esta notable diferencia: que aquellos miembros dispersos
ya ‘‘cincuenta an˜os despue´s de la conquista espan˜ola’’ (:,I) y Mariano Pico´ n Salas, en Iuaa, alegaba
poder rastrear de la Conquista a la Independencia la ‘‘formacio´ n del alma criolla’’ (u).
Gomes : vouvv, \ivcovi´ \ s x\ci o´ x ja,
volvı ´an a restablecer sus antiguas naciones con las alteraciones que exigı ´an
las cosas o los sucesos; mas nosotros, que apenas conservamos vestigios de
lo que en otro tiempo fue, y que por otra parte no somos indios, ni euro-
peos, sino una especie media entre los legı ´timos propietarios del paı ´s y los
usurpadores espan˜oles; en suma, siendo nosotros americanos por naci-
miento, y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar estos a
los del paı ´s, y mantenernos en e´l contra la invasio´ n de los invasores; ası ´
nos hallamos en el caso ma´s extraordinario y complicado. (,o:)
Adema´s de adelantarse al tipo de nacionalismo que Eric Hobsbawm ve surgir
en Europa despue´s de I8,o, aquel en que cultura y lengua finalmente tienen
una funcio´ n central (IoI–o:)—lo que, dicho sea de paso, respalda el juicio
de Benedict Anderson que localiza entre criollos anglo e hispanoamericanos
el nacimiento del nacionalismo moderno (a,)—, la ‘‘Carta de Jamaica’’ es-
tablece un marco apropiado para la expansio´ n de las alegorizaciones de lo
nacional. Si la nacio´ n depende no so´ lo de un ‘‘origen’’ (natio) sino tambie´n
de una ‘‘lengua’’, un ‘‘gobierno’’ y otros factores en un infatigable movi-
miento entre polos, no es de extran˜ar que el escritor de la e´poca, conocedor
de los ideales mime´ticos del arte antiguo y el neocla´sico, estuviera consciente
de que lo que se solı ´a denominar ‘‘fondo’’ y ‘‘forma’’ fuesen sin exclusio´ n
terrenos aptos para el ejercicio alego´ rico nacionalista: uno y otro, especular-
mente, debı ´an compartir una imagen. La ideologı ´a no se desprende, por lo
tanto, de una disciplina verbal autorizada por la tradicio´ n poe´tica y oratoria.
La misma ‘‘Carta’’ se entrega a esa sincronı ´a: a pesar de ser un texto informa-
tivo, dirigido a un caballero ingle´s de Jamaica, y por extensio´ n al ‘‘mundo
exterior’’ que no esta´ familiarizado con las convulsiones be´licas en el imperio
espan˜ol, no reniega de una disposicio´ n artı ´stica (repa´rese en el ‘‘¡que´ bello!’’)
con indudables referentes cla´ sicos en el aspecto elocutivo (ya hemos trope-
zado con sı ´miles explı ´citos: Panama´ puede ser como Corinto; la Independen-
cia es como la caı ´da del imperio romano) y, desde luego, en el genolo´ gico
que, hasta donde se lo permiten sus medios, ‘‘copia’’ el objeto (para tratar de
Panama´ -Corinto o de la desintegracio´ n de este ‘‘imperio romano’’ las epı ´sto-
las doctrinales al estilo grecolatino son oportunas).
La imaginerı ´a de esas disquisiciones polı ´ticas poco a poco, por acumula-
cio´ n, construye una sutil narracio´ n que adquiere el perfil de las antiguas
alegorı ´as. Pie´nsese en el retrato de la guerra entre americanos y peninsulares
como drama familiar articulable a medida que avanza nuestra lectura: pri-
mero, el hecho de que ‘‘el destino de la Ame´rica se ha fijado irrevocable-
a8 i ui sv\xi c vvvi vw : winter 
mente; el lazo que la unı ´a a Espan˜a esta´ cortado’’ (:uo); despue´s, las causas,
entre las que se cuentan una madre monstruosa, la Penı ´nsula: ‘‘todo lo sufri-
mos de esa desnaturalizada madrastra’’ (:u,) y la restitucio´ n de la honra o la
paz a una madre verdadera, la tierra, la cual, se insinu´ a, ha sido violada por
la Conquista: ‘‘Nada ahorran los espan˜oles con tal que logren someter a los
que han tenido la desgracia de nacer en este suelo, que parece destinado a
empaparse con la sangre de sus hijos’’ (:u8). La mencio´ n exaltadora de Bar-
tolome´ de Las Casas en la ‘‘Carta’’ refuerza con lo mejor de la e´tica cristiana
esta lı ´nea argumental (:uo). La madrastra va carga´ndose de energı ´as sobrena-
turales, hasta rozar lo demonı ´aco; con ello se justifica invocar en nombre del
bien la ayuda de la civilizacio´ n moderna y capitalista, que ha de luchar contra
un pasado mona´ rquico y feudal equiparado al mal: ‘‘¿Y la Europa civilizada,
comerciante y amante de la libertad permite que una vieja serpiente por so´ lo
satisfacer su san˜a envenenada, devore la ma´ s bella parte de nuestro globo?’’
(:uu). El amparo que se solicita a la civilizacio´ n se hace en nombre del pro-
greso: ‘‘[Espan˜a] adema´ s de privarnos de los derechos que nos correspon-
dı ´an, nos dejaba en una especie de infancia permanente’’ (,o,); y se hace
tambie´n modulando el relato familiar hacia el deseado establecimiento de un
nuevo parentesco, esta vez con el mundo progresista dominado por la cul-
tura inglesa, cuyo reciente enfrentamiento con los desmanes napoleo´ nicos
trata de aprovecharse—ayudar a Hispanoame´rica implica seguir sanando las
heridas abiertas por el imperialismo france´s: ‘‘Cuando las a´guilas francesas
so´ lo respetaron los muros de la ciudad de Ca´diz, y con su vuelo arrollaron a
los fra´ giles gobiernos de la Penı ´nsula, entonces quedamos en orfandad’’
(,o-). En el nuevo orbe, los hispanoamericanos miran con respeto a sus pa-
rientes adoptivos y tratan de adaptarse a ellos—en la medida de sus posibili-
dades: e´stas incluyen transiciones dictatoriales benignas hacia una
democracia futura; el rigor del dictador ilustrado llevara´ a cabo el ideal de
educar las masas:
En tanto que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y las virtudes
polı ´ticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte, los sistemas ente-
ramente populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que vengan a
ser nuestra ruina. (,o,)
De vez en cuando las analogı ´as con una historia de familia se aderezan
con otras de la to´ pica antigua: materia y espı ´ritu, cuerpo y mente. En esta
ramificacio´ n, precisamente, hay un asomo de la teorı ´a racial de Bolı ´var. Los
Gomes : vouvv, \ivcovi´ \ s x\ci o´ x j au
ingleses o norteamericanos, se afirma, no deberı ´an temer que el antiguo im-
perio espan˜ol caiga en manos de las mayorı ´as ba´ rbaras de origen no europeo;
el ahijado o hijo adoptivo que han de recibir en su seno tiene buena salud y
el cuerpo (indı ´gena, negro, pardo, criollos conservadores, podemos suponer)
pronto estara´ en posicio´ n de obedecer a la mente (criollos reformadores):
‘‘Seguramente la unio´ n es la que nos falta para completar la obra de nuestra
regeneracio´ n [. . .] Por fortuna, entre nosotros la masa ha seguido a la inteli-
gencia’’ (,Ia). Tener en cuenta la circunstancia venezolana es imprescindible
para comprender a que´ se refiere este pasaje. La ‘‘Carta de Jamaica’’, en
efecto, se redacta luego de la caı ´da en I8Ia de la ‘‘Segunda Repu´ blica’’ por la
accio´ n de una masa en su mayorı ´a de pardos y negros cuyos resentimientos
de clase contra los terratenientes habı ´an sabido estimular blancos como el
caudillo asturiano Jose´ Toma´s Boves. Si se observa la conducta bolivariana
de los an˜os siguientes, se advierte que una de las razones de sus triunfos
polı ´tico-militares fue el enfoque socio-racial que dio a sus campan˜as. Como
Boves, Bolı ´var se empen˜ara´ en captar las simpatı ´as de los no blancos procla-
mando en I8Io, por ejemplo, la emancipacio´ n de los esclavos; pero tambie´n,
en I8I,, para mantener en un juego doble las lealtades criollas, hara´ fusilar al
patriota mulato Manuel Piar, acusado de promover una guerra de razas
(Grases ,8o–8,). La ‘‘Carta de Jamaica’’, ası ´, es uno de los primeros escritos
pu´ blicos en que Bolı ´var elabora discretamente una disciplina racial, y e´sta se
profundizara´ en otros escritos privados hasta el fin de sus dı ´as. Una carta de
I8:o a Juan Paz del Castillo describe la ‘‘pardocracia’’ ecuatoriana como ‘‘ta-
man˜o mal’’ (Lecuna -: :o:); otra misiva del mismo an˜o a Jose´ Antonio Pa´ez
ve la tensio´ n de razas venezolana como un ‘‘inmenso volca´n a nuestros pies’’
(Lecuna o: ,I–,a) y, en I8:8, le recordara´ a Pedro Bricen˜o Me´ndez que hay
una ‘‘enemistad natural de los colores’’ (Lecuna ,: :-,). En pocas palabras,
alegorizar a los revolucionarios criollos como la ‘‘inteligencia’’ los dotaba de
la autoridad iluminista que justificaba su posicio´ n de rectores de la nueva
nacio´ n; pero no podemos perder de vista que ella encubre el mismo poder
paternal que previamente habı ´amos encontrado en Buenaventura Pascual
Ferrer: lo u´ nico que ha variado, y no en exceso, ha sido el lenguaje figurado;
el ‘‘padre’’ del cubano equivale al hombre ‘‘inteligente’’ del venezolano.
La ‘‘Carta de Jamaica’’ vislumbra un final ‘‘feliz’’ tras los sinsabores de la
guerra. La marcha del progreso no se detendra´; e´ste, que ya se habı ´a despla-
zado de las viejas civilizaciones orientales a la modernidad occidental, em-
pieza a hacerlo del continente europeo a sus islas y antiguas colonias
-o i ui sv\xi c vvvi vw : winter 
americanas. El padrinazgo anglo-estadounidense facilitara´ una ansiada ma-
durez a tono con designios globales:
Luego que seamos fuertes, bajo los auspicios de una nacio´ n liberal, [. . .]
las ciencias y las artes que nacieron en el Oriente y han ilustrado a Europa
volara´n a Colombia libre que las convidara´ con un asilo. (,I-)
La proteccio´ n que se solicita ha de entenderse como un recurso ma´ s que un
fin, parte de una ta´ctica de guerra, como lo recalca la cautela que con el paso
del tiempo mostrarı ´a Bolı ´var, en distintas oportunidades, hacia la interven-
cio´ n norteamericana en la regio´ n: los padres adoptivos pronto han de ceder
su lugar a un padre natural—y ¿quie´n ma´ s apropiado para desempen˜ar ese
papel que alguien que se habı ´a levantado en armas y describı ´a todo un con-
tinente como una indefensa nin˜a? Aun los admiradores incondicionales de
Bolı ´var han admitido que su concepto de las sociedades americanas fue ‘‘un
poco paternalicio’’ (Blanco-Fombona :,).
En resumidas cuentas: la alegorı ´a nacional que traza la ‘‘Carta de Jamaica’’
lleva adelante una campan˜a de obtencio´ n de poder simbo´ lico que no so´ lo
imita sino que coopera con la campan˜a personal paralela desarrollada en los
campos de batalla y cuyo principal objetivo es la obtencio´ n de poder polı ´tico
concreto. La adquisicio´ n de autoridad se logra por medios tan heteroge´neos
como la Ame´rica hispana: comparaciones implı ´citas entre el escritor de hoy
y los admirados antiguos, paganos o neotestamentarios, que acudieron tam-
bie´n al ge´nero de la epı ´stola doctrinal; esbozo de similitudes entre la sa-
bidurı ´a de los rectores del mundo cla´sico, que armonizaron la diversidad
griega, y los que desean repetir esa hazan˜a en un imperio a punto de fragmen-
tarse; insinuacio´ n de que la ‘‘inteligencia’’—y quien escribe con tanta lucidez
un vasto panorama continental, sin duda, ha de ser una personificacio´ n de
ella—esta´ en capacidad de gobernar a la ‘‘masa’’ con sabia mano autocra´tica.
La creacio´ n de ese Bolı ´var simbo´ licamente poderoso le dara´ a Bolı ´var mismo,
muy pronto, dividendos polı ´tico-militares, producie´ndose la conversio´ n de
lo inmaterial en material a la que Bourdieu hizo referencia en numerosas
ocasiones (Swartz u:). Ya para I8Iu la iconografı ´a pu´ blica lo representaba
como ‘‘Padre de la Nacio´ n’’ en cuadros o grabados que formalmente asumen
lo alego´ rico (Ades I,).
Otros textos fundadores que debemos a Bolı ´var convergen en ese tipo de
operaciones reto´ ricas, que, por supuesto, aprovechan, con obvios pre´stamos
cla´ sicos, el arsenal de topoi del discurso ilustrado. En el ce´lebre ‘‘Decreto de
Gomes : vouvv, \ivcovi´ \ s x\ci o´ x j-I
Guerra a Muerte’’ (I8I,) se percibı ´a antes de la ‘‘Carta’’ una concentracio´ n
de tropos y figuras de resonancias no exactamente documentales. La misio´ n
de los patriotas es ‘‘romper las cadenas de la servidumbre’’ y hacer que ‘‘desa-
parezcan para siempre del suelo colombiano los monstruos que lo infestan y
han cubierto de sangre’’, vengando, ası ´, la ofensa que se ha hecho a ‘‘los
hijos de Ame´rica’’ (Grases :o,). Los americanos que han traicionado la causa
patrio´ tica son ‘‘hermanos’’ que ‘‘el error o la perfidia ha extraviado de la
senda de la justicia’’ (:o8). El clı ´max de la alegorı ´a familiar es la paradoja del
pa´rrafo final, que recurre al pathos para dar fuerza, soslayando incluso nocio-
nes ba´ sicas y racionales de justicia, a los lazos de parentesco con los que se
equipara la nacio´ n; en otras palabras: la verdadera familia ante todo. Tal
argumento tiene, claro esta´, el propo´ sito de persuadir a los ‘‘hermanos’’ rene-
gados: ‘‘Espan˜oles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes,
si no obra´ is activamente en obsequio de la libertad de la Ame´rica. America-
nos, contad con la vida, aun cuando sea´is culpables’’ (:o8). Nuevamente, la
matriz reto´ rica de la totalidad del texto pertenece a la tradicio´ n clasicista—
recue´rdense ciertos paradigmas polı ´ticos del Renacimiento como los encar-
nados por Ce´sar Borgia, en cuya espada se leı ´a el lema Aut Cæsar aut
nihil
4
—, pero respaldada por otra fuente de autoridad, la bı ´blica (Mateo
o, :a).
En el Decreto la totalizacio´ n abrumadora, sin embargo, admite una salve-
dad que delata el cara´cter no natural de lo nacional: el equivalente temprano
del proceso moderno de nacionalizacio´ n, mediante el cual alguien que no sea
‘‘hijo’’ de un suelo puede alcanzar el rango de descendiente adoptado; ‘‘los
espan˜oles que hagan servicios al Estado’’, asevera Bolı ´var, ‘‘sera´ n reputados y
tratados como americanos’’ (:o8). Esa concesio´ n al artificio—en el sentido
positivo de la palabra: hay actos humanos que compensan los hechos de-
terminados por la biologı ´a o la geografı ´a—, probablemente, es una manera
crı ´ptica que elige el discurso de contrabalancear una de sus aporı ´as ma´s
evidentes, que, lı ´neas atra´ s, habı ´a amenazado con destruir cualquier coheren-
cia que quisiera da´rsele a la fundacio´ n de la nueva nacionalidad ‘‘americana’’
o ‘‘[gran]colombiana’’:
Todo espan˜ol que no conspire contra la tiranı ´a en favor de la justa causa
por los medios ma´s activos y eficaces sera´ tenido por enemigo y castigado
a. Debo el dato al profesor Franco Masciandaro, a quien agradezco la provechosa referencia a
John Leslie Garner (,ou).
-: iui sv\xi c vvvi vw : winter 
como traidor a la patria, y por consecuencia sera´ irremisiblemente pasado
por las armas. (:o8)
¿Co´ mo castigar a un espan˜ol por ‘‘traidor a la patria’’ si lucha por los intere-
ses de Espan˜a, en guerra con los americanos rebeldes? La contradiccio´ n ho-
mologa el ‘‘caso complicado’’ que apuntara´ Bolı ´var en la ‘‘Carta de Jamaica’’,
pero revela de igual modo el acto de imaginacio´ n y violencia lo´ gico-verbal
que acompan˜a a la invencio´ n de un paı ´s.
En el extremo opuesto del espectro expresivo bolivariano, ‘‘Mi delirio
sobre el Chimborazo’’ (I8:,) independiza el discurso alego´ rico de los con-
textos legislativos o informativos, acerca´ndolo sin tapujos a los a´mbitos de
la ‘‘ficcio´ n’’ neocla´sica—de allı ´ el confeso ‘‘delirio’’. Una primera persona
fa´cilmente asociable al Bolı ´var real por su recorrido geogra´fico y sus ideales
se inscribe con franqueza en un sistema tropolo´ gico extendido:
Yo venı ´a envuelto con el manto de Iris, desde donde paga su tributo el
caudaloso Orinoco al Dios de las aguas. Habı ´a visitado las encantadas fuen-
tes amazo´ nicas, y quise subir al atalaya del Universo [. . .] Ninguna planta
humana habı ´a hollado la corona diamantina que pusieron las manos de la
Eternidad sobre las sienes excelsas del dominador de los Andes. (Blanco-
Fombona ,-)
En las alturas del Chimborazo y en medio del ‘‘delirio febril’’ que la posesio´ n
del ‘‘Dios de Colombia’’ produce, el Tiempo, hoz en mano y ‘‘cargado con
los despojos de las edades’’ se presenta y le da a entender al ‘‘nin˜o o viejo,
hombre o he´roe’’ al que el envanecimiento tienta que todas sus acciones
son nada comparadas con ‘‘el Infinito, que es mi hermano’’ (,o). Cuando el
‘‘fantasma’’ desaparece, el hablante siente el impulso de escribir, sen˜alando
que su discurso constituye el punto de encuentro de lo son˜ado y lo vivido
(y, no menos, que la Ame´rica independiente ‘‘ha sido’’ o ‘‘es’’ otra plasma-
cio´ n de la locura creadora del hablante):
Absorto, yerto, por decirlo ası ´, quede´ exa´ nime largo tiempo, tendido sobre
aquel inmenso diamante que me servı ´a de lecho. En fin, la tremenda voz
de Colombia me grita; resucito, me incorporo, abro con mis propias
manos los pesados pa´rpados: vuelvo a ser hombre, y escribo mi delirio.
(,,)
Gomes : vouvv, \ivcovi´ \ s x\ci o´ x j-,
No es de extran˜ar que tal encrucijada se haya captado en el nacionalismo,
que aquı ´, continuando el proceso de aceptacio´ n de las aporı ´as de lo nacional
que he advertido en el Decreto de guerra a muerte, delata su ı ´ndole de ‘‘cons-
truccio´ n’’ ideolo´ gica y no de cualidad o estado ‘‘innato’’ (Gellner a8–-o;
Hobsbawm Io), sustentado el artificio por las alegorı ´as, es decir, relatos o
fragmentos de relatos que subrayan la convencionalidad y figuratividad del
lenguaje, puesto que remiten a otros relatos y no a las ‘‘cosas’’ a los que e´stos
se refieren (De Man, Blindness :o,; Allegories ,a; Aesthetic -I–-:).
Un vistazo a otros escritos de Bolı ´var prueba su conciencia de que el um-
bral entre lo fantasmago´ rico o mental y lo tangible en la circunstancia in-
dependentista era muy transitable: en sus no menos famosas cartas a Jose´
Joaquı ´n de Olmedo, donde lo vemos ejercerse desembarazadamente en la
crı ´tica literaria, con buenos conocimientos de Boileau y coqueteando incluso
con el humorismo, se refiere a sı ´ mismo en tercera persona—puesto que es
uno de los personajes de la poesı ´a olmediana—(Blanco-Fombona Iuo) y a la
guerra como ‘‘nuestra pobre farsa’’ (IuI).
La imitacio´ n mutua de lo escrito y lo vivido que sugiere Bolı ´var esta´, indu-
dablemente, en lo ma´s original del pensamiento emancipador. En el caso de
Simo´ n Rodrı ´guez, maestro del ‘‘Libertador’’, los ejemplos son ilustrativos de
manera literal, puesto que en las diversas ediciones o, mejor dicho, versiones
de su Sociedades americanas (I8:8, I8ao, I8a:) se advierte que ‘‘la forma es un
modo de existir’’ (:o8) y que hay un ‘‘arte de dibujar Repu´ blicas’’ (Sociedades
americanas en , Ia). El nacimiento de nuevas sociedades tiene que estar
acompan˜ado de medios novedosos de expresio´ n, sobre todo escritos, y la
‘‘logografı ´a’’ que Rodrı ´guez inventa—‘‘Inventamos o erramos’’ es una de sus
sentencias ma´ s lapidarias (Sociedades americanas en , a,)—constituye el
necesario correlato de la nacio´ n que va consolida´ndose. El ‘‘Pro´ dromo’’ de
la obra gra´ ficamente establece las vidas paralelas de lengua (que es indisocia-
blemente escritura para un defensor aguerrido de la libertad de imprenta, e´l
mismo cajista) y de gobierno:
PARALELO entre
la LENGUA y el GOBIERNO
I. I.
El dogma de cualquier lenguaje es El Dogma de esta funcio´ n es . . .
Hablar para entenderse Llevar una o ma´s acciones a un fin
determinado.
-a i ui sv\xi c vvvi vw : winter 
Se supone como principio fundamental
que gobernar no es un acto simple; sino
la reunio´ n de cuatro actos contraı ´dos
a un solo objeto.
la articulen ordenar
todos los la canten del mismo dirigir
nativos la construyan modo regir y
y la escriban mandar.
:. :.
En la Sintaxis reposa principalmente el Dogma. En el re´gimen reposa principalmente el Dogma.
la Ortologı ´a La disciplina del Gobierno es . . .
y son de Disciplina mantener en vigor la accio´n particular
la Prosodia y
en buen orden la accio´n general.
Su economı ´a es proteger la accio´n.
No se protege sin ayudar, y se ayuda de
cuatro modos.
La Ortografı ´a es de Economı ´a. designando
y movimientos
asignando
guiando en unos casos
y a los agentes.
conduciendo en otros.
(Sociedades americanas II)
Que la logografı ´a de Rodrı ´guez dibuje el pensamiento no debe separarse del
imperativo educativo que persiste en cada una de sus pa´ginas, empleadas tal
como una pizarra—lo cual encierra otra alegorı ´a, so´ lo que crı ´ptica, reservada
a los ya ilustrados: el intelectual que postula como fundamentales estas in-
venciones librescas en el proceso de cristalizacio´ n de lo nacional reclama el
papel de maestro de la nacio´ n, y, de hecho, Rodrı ´guez se intereso´ en proble-
mas de instruccio´ n pu´ blica y fue pedagogo (:,8). El letrado—sin los reaccio-
narismos propios de la ‘‘ciudad letrada’’, si atendemos en este punto a la
Gomes : vouvv, \ivcovi´ \ s x\ci o´ x j --
apologı ´a que hace Rama de Sociedades americanas (I8)—persigue poder sim-
bo´ lico poniendo en claro las equivalencias que hay entre e´ste y el poder
polı ´tico. Es ma´ s: a la autoridad de la figura de maestro-fundador de patria
Rodrı ´guez an˜ade otras capas alego´ ricas que hemos percibido como conven-
cionales en la ilustracio´ n americana, entre ellas el relato familiar, que harı ´a
del maestro y el dibujante de naciones un ‘‘padre’’ de la colectividad:
de Lo´ gica en los padres
Por falta de Celo en los gobiernos, y
de Pan en los Maestros
leyendo sin boca y sin sentido
Pierden los nin˜os pintando sin mano y sin dibujo
el tiempo calculando sin extensio´ n y sin nu´ mero
(Sociedades americanas ::o)
En su Defensa de Bolı ´var Rodrı ´guez recalca que su discı ´pulo merece el
respeto de las nuevas naciones porque ‘‘los americanos deben considerarlo
como un padre’’, lo cual corrobora que en la red imaginal disen˜ada el sitio
que se reserva al letrado esta´ junto al del he´roe (‘‘Defensa’’ Iu,).
Campos y jerarquı ´as
Luego de lo anterior, el inventario exhaustivo de textos de creacio´ n publica-
dos durante el proceso independentista resulta innecesario para probar la
importancia de la alegorı ´a en la e´poca y las coincidencias de sus modalidades
elocutivas y enunciativas. Basta traer a la memoria ejemplos mayores.
En ‘‘Los paseos de la experiencia’’ de Jose´ Joaquı ´n Ferna´ ndez de Lizardi
hallaremos viajes ae´reos en el que personificaciones del Tiempo y la Expe-
riencia ensen˜an al narrador protagonista do´ nde esta´ la cordura—lo que la
sociedad olvida—y do´ nde la locura—lo que la sociedad entroniza, mundo al
reve´s de las vanidades—, y en la conclusio´ n, como en ‘‘Mi delirio sobre el
Chimborazo’’, el viajero despierta en su cama ‘‘en estado de poder escribir a
mis hermanos estas breves lecciones que me dio, aunque entre suen˜os, la
experiencia’’ (I8-). El escritor es ‘‘hermano’’ de sus compatriotas, pero ha de
-o iui sv\xi c vvvi vw : winter 
entenderse que se trata de un ‘‘hermano mayor’’ cuya experiencia ha de ser-
vir de guı ´a: no dista demasiado su tutorı ´a colectiva de la que insinuaba Bue-
naventura Pascual Ferrer en sus artı ´culos de costumbres.
La influyente ‘‘Alocucio´ n a la Poesı ´a’’ (I8:,) de Andre´s Bello, con la cual
el argentino Juan Marı ´a Gutie´rrez encabezarı ´a la primera antologı ´a de poesı ´a
hispanoamericana, la Ame ´rica poe ´tica (I8ao), se abre con una invitacio´ n a
que la diosa, amante de la naturaleza, se traslade de la demasiado civilizada,
incluso decadente Europa al Nuevo Mundo, donde todavı ´a lo buco´ lico podı ´a
armonizar con el progreso: no´ tese que se trata, justamente, del itinerario de
Oriente a Occidente con que concluye la ‘‘Carta de Jamaica’’. Por otra parte,
la forma elegida por Bello, la ‘‘silva’’, alegoriza me´tricamente la cualidad au´ n
maleable y natural que se atribuye al continente para el cual quiere fundarse
una poesı ´a: la escritura participa mime´ticamente de la sustancia silvestre
americana (Gomes aI–-,)—no es ilo´ gico, entonces, esperar que se le tribute
al poema el respeto que la patria misma exige para sı ´. Ello completa la auto-
exaltacio´ n del poeta que se compara con un nuevo Virgilio, o sea, el vate
nacional:
Tiempo vendra´ cuando de ti inspirado
algu´ n Maro´ n americano, ¡oh diosa!
tambie´n las mieses, los reban˜os cante,
el rico suelo al hombre avasallado,
y las da´divas mil con que la zona
de Febo amada al labrador corona;
donde la ca´ndida miel llevan las can˜as,
y animado carmı ´n la tuna crı ´a,
donde tremola el algodo´ n su nieve,
y el anana´s sazona su ambrosı ´a;
de sus racimos la variada copia
rinde el palmar, da azucarados globos
el zapotillo, su manteca ofrece
la verde palta, da el an˜il su tinta,
bajo su dulce carga desfallece
el banano, el cafe´ el aroma acendra
de sus albos jazmines, y el cacao
cuaja en urnas de pu´ rpura su almendra. (vs. I8u–:oo)
Aunque el autorretrato se disimule en una pretericio´ n—lo que se dice que
ocurrira´ esta´ ocurriendo en la digresio´ n relativamente extensa—, la publica-
Gomes : vouvv, \ivcovi´ \ s x\ci o´ x j -,
cio´ n de la muy virgiliana ‘‘Agricultura de la zona to´ rrida’’ tres an˜os despue´s
aclara por medios intertextuales cualquier duda sobre la identidad del hipo-
te´tico ‘‘Maro´ n’’. El traslado de la alegorı ´a ero´ tico-familiar de la ‘‘Alocucio´ n’’
(‘‘la zona / de Febo amada’’) a los primeros versos de la ‘‘Agricultura’’
(‘‘Salve, fecunda zona, / que al sol enamorado circunscribes / el vago curso’’)
integra aun ma´s ambos poemas, en los que el himeneo de tro´ pico y sol actu´ a
como nueva fuente de nacionalidad, pero en los que tambie´n los he´roes, en
particular Bolı ´var, se consubstancian con esa naturaleza y reclaman su de-
recho a ser ‘‘progenitores’’. En la ‘‘Alocucio´ n’’ es ce´lebre la comparacio´ n de
Bolı ´var y el Sama´ n de Gu¨ere, a´ rbol en ma´s de una ocasio´ n cantado por Bello:
Mas no a mi de´bil voz la larga suma
de sus victorias numerar compete;
a ingenio ma´ s feliz, ma´ s docta pluma,
su grata patria encargo tal comete;
pues como aquel sama´n que siglos cuenta,
de las vecinas gentes venerado,
que vio en torno a su basa corpulenta
el bosque muchas veces renovado,
y vasto espacio cubre con la hojosa
copa, de mil inviernos victoriosa;
ası ´ tu gloria al cielo se sublima,
Libertador del pueblo colombiano;
digna de que la lleven dulce rima
y culta historia al tiempo ma´s lejano. (vs. 8:I–,a)
Y en ‘‘La agricultura’’ es asimismo conocida la postulacio´ n final que hace la
Fama del linaje de las nuevas naciones:
hijos son e´stos, hijos
(pregonara´ a los hombres)
de los que vencedores superaron
de los Andes la cima;
de los que en Boyaca´, los que en la arena
de Maipo, y en Junı ´n, y en la campan˜a
gloriosa de Apurima,
postrar supieron al leo´ n de Espan˜a. (vs. ,oo–,,)
-8 i ui sv\xi c vvvi vw : winter 
La victoria de Junı ´n (I8:-–I8:o) de Jose´ Joaquı ´n de Olmedo, igualmente,
adema´s de todo su aparato mitolo´ gico ‘‘rimbombante’’, segu´ n el decir de
Bolı ´var (Blanco-Fombona Iua), termina con el establecimiento de paralelos
alego´ ricos entre la actividad del bardo nacionalista y la actividad guerrera, lo
que convierte al letrado en una especie de mariscal poe´tico—y de allı ´, sin
duda, el tono jocoso de las ya mencionadas lecturas bolivarianas:
Mas ¿cua´l audacia te elevo´ a los cielos,
humilde musa mı ´a? ¡Oh! no reveles
a los seres mortales
en de´bil canto, arcanos celestiales [. . .].
Yo me dire´ feliz si mereciere
por premio a mi osadı ´a
una mirada tierna de las Gracias
y el aprecio y amor de mis hermanos,
una sonrisa de la Patria mı ´a,
y el odio y el furor de los tiranos. (Olmedo I-:)
La sofisticacio´ n de lo anterior, por supuesto, supera otras alegorı ´as, tradicio-
nales, que produjo el ecuatoriano.
5
La correspondencia que se intenta pro-
mulgar entre poeta cı ´vico y lı ´der independentista constituye una reclamacio´ n
directa de prerrogativas simbo´ licas en el espacio polı ´tico postcolonial. En la
reaccio´ n crı ´tica bolivariana, que censura la falta de verismo de las descripcio-
nes de combates, los excesos imaginativos y elocutivos, ası ´ como la ideolo´ gi-
camente endeble utilizacio´ n de Huayna-Capac como portavoz de los ideales
independentistas, por otra parte, podemos ver, adema´s de una opinio´ n que
se adelanta a la de Franz Fanon de que el poeta en lucha con el colonialismo
‘‘debe comprender que nada substituye a un levantamiento en armas’’ (::o),
la situacio´ n subordinada que tiene el campo de la produccio´ n cultural con
respecto al campo del poder—en lo cual no se diferencia Hispanoame´rica de
otras regiones con historias literarias disı ´miles (Bourdieu, Rules a8–o8). Si
bien los amortigu¨e con elogios acaso no demasiado sinceros, al permitirse
destacar fallos en su cantor, Bolı ´var establece leyes que distribuyen tajante-
-. Pienso sobre todo en su Introduccio´n a la funcio´n de teatro (I8:-): con ocasio´ n de celebrar el
triunfo de Ayacucho, la figura de la Libertad coloca la estatua de Bolı ´var en su templo personal,
luego de tomarla del de la Victoria.
Gomes : vouvv, \ivcovi´ \ s x\ci o´ x j -u
mente dicho poder. No importaba que los letrados propusieran un patrio-
tismo ‘‘hermanador’’: las relaciones de la nueva familia nacional estaban
fuertemente jerarquizadas desde sus inicios y los grupos legislativo-militares
reclamaban la potestad paternal, superior a la del hermano mayor.
Bolı ´var y otros coeta´neos, recue´rdese, aspiraban a una modernizacio´ n de
las sociedades americanas, lo que implicaba la insercio´ n de e´stas, amparadas
por ‘‘la Europa civilizada y comerciante’’, en el mercado mundial que hacia
principios del siglo XIX estaba a punto de instaurarse.
6
Como sabemos, tal
modernizacio´ n planteada teo´ ricamente contra las polı ´ticas econo´ micas aisla-
cionistas de Espan˜a (Van Oos I:–::) no se llevarı ´a a cabo en los an˜os que
siguieron a la separacio´ n de la metro´ poli, sino mucho ma´s tarde, hacia Iuoo,
y ya sin la igualdad de condiciones con que los ‘‘padres de la patria’’ son˜aron.
Contra lo sugerido en textos teo´ ricos roma´nticos,
7
en el paso de la este´tica
preponderante en el tiempo de la Emancipacio´ n a la de los primeros decenios
de repu´ blica no se observa una ruptura brusca o una profunda renovacio´ n;
en la nueva tendencia, ma´s bien, el estancamiento general de la sociedad de la
regio´ n se duplica. Un buen conocedor del romanticismo hispanoamericano,
Emilio Carilla, al final de dos volu´ menes exhaustivos, no tiene ma´s remedio
que concluir que, en todo el perı ´odo que ha examinado, el lector moderno
debe esforzarse en mirar con intere´s los logros ‘‘por escasos que sean’’; y
agrega: ‘‘esos logros no aparecen en novedades doctrinales, ni originalidades
filoso´ ficas que vertebran un pensamiento. Los aciertos ma´s rotundos esta´n
en la concrecio´ n que significan determinadas obras’’ (:: :-u).
En lo que atan˜e al recurso a materiales alego´ ricos, la supuesta rebelio´ n
roma´ ntica contra costumbres neocla´ sicas se hace notablemente fra´gil. Los
jo´ venes escritores perpetu´ an la fidelidad a discursos que aleccionan acerca de
la fisonomı ´a que tiene y la que deberı ´a tener la nacio´ n, y lo hacen echando
mano parcial o totalmente, tal como los neocla´sicos, de las estrategias ex-
presivas de la alegorı ´a. Para no ir muy lejos, en la transicio´ n del neoclasi-
cismo al romanticismo que se verifica en la obra de Jose´ Marı ´a Heredia no
o. Entre muchos otros ilustrados, Camilo Henrı ´quez, en Chile, tambie´n defendio´ lo que hoy
podemos describir como avance de los modos de vida burgueses: ‘‘¡Cua´nto hay que hacer![:]
Fundar un rico comercio sobre una inmensa cultura e industria[,] establecer ciudades en llanuras
tan vastas como fe´rtiles, atraer habitantes u´ tiles, propagar ma´ximas desconocidas, y aun la urbani-
dad y el gusto por la educacio´ n, los libros, los papeles [perio´ dicos] . . . E
´
ste es el u´ nico medio de
elevar provincias obscuras a la dignidad de naciones’’ (I-I).
,. Uno muy explı ´cito: ‘‘Clasicismo y romanticismo’’ de Esteban Echeverrı ´a, con su entronizacio´ n
de la ‘‘originalidad’’ (aou–,-).
oo iui sv\xi c vvvi vw : winter 
falta la adopcio´ n del relato familiar tejido en torno a la figura del padre de la
nacio´ n; ocurre en la oda ‘‘A Bolı ´var’’ (I8:,), donde el he´roe, muy olmediana-
mente, se mitologiza:
Colombia independiente y soberana
Es de tu gloria noble monumento.
De vil polvo a tu voz, robusta, fiera,
De majestad ornada,
Ella se alzo´ , como Minerva armada
Del cerebro de Ju´ piter saliera. (vs. -u–oa)
Y aunque enseguida se critiquen las tentaciones mona´ rquicas de las que se
acusaba a Bolı ´var por esas fechas—la historia, como sabemos, las desmen-
tirı ´a—, el tono celebratorio prevalece, matizado por una postura que deja
entrever un enfrentamiento ‘‘filial’’ a las posibles vacilaciones morales del
padre.
8
La sola mencio´ n de ‘‘El matadero’’ y la poesı ´a narrativa de Esteban Echeve-
rrı ´a, o del Facundo y la profusio´ n de paralelos este´tico-testimoniales con que
narra una lucha bı ´blica entre ‘‘luz’’ y ‘‘tinieblas’’ (Sarmiento ,u) basta para
entender la continuidad de ha´ bitos neocla´sicos en el romanticismo, que per-
mite suponer que para la e´poca en que se completa la formacio´ n del ‘‘sistema
literario latinoamericano’’ (Rama 8,), o sea, la modernizacio´ n que induce
el ‘‘segundo nacimiento’’, el entendimiento alego´ rico de la nacio´ n se habı ´a
8. Serı ´a muy oportuno reflexionar, con la extensio´ n que el tema merece, acerca del paralelismo
entre esa fabulacio´ n del padre colectivo y el padre personal rastreable en Jose´ Marı ´a Heredia, en
particular por la oscilacio´ n ideolo´ gica de e´ste entre las posturas polı ´ticas familiares y el indepen-
dentismo: hacia I8::, no se olvide, el joven Heredia pertenecı ´a ya a la sociedad revolucionaria
cubana ‘‘Caballeros Racionales’’, rama de los ‘‘Soles y Rayos de Bolı ´var’’—no´ tense las implicacio-
nes alego´ ricas del nombre. Si el a´ mbito paterno personal domina en la subjetividad polı ´tica que
se expresa en sus primeros poemas—una tierra escenario de la lucha por la independencia le
sugiere lu´ gubres epitafios cı ´vicos como ‘‘Las ruinas de Mayquetı ´a’’ (de fines de I8I- o principios
de I8Io)—, la madurez lo hara´ elegir una distancia que nunca deja de ser respetuosa, como la de
‘‘A Bolı ´var’’. Cabe recordar que en una carta de I8:- a su madre el poeta tratara´ de disuadirla en
los siguientes te´rminos de publicar en Nueva York las Memorias de las revoluciones de Venezuela
de Jose´ Francisco de Heredia: ‘‘Bolı ´var, que a los ojos de mi padre no pudo parecer sino un
faccioso obstinado, es hoy el Dios tutelar de Ame´rica [. . .] Una octava parte del mundo le debe
su existencia, cede gustos[a] al ascendiente de su genio, y le mira como un ente posible entre el
hombre y la divinidad. Su nombre [. . .] es el ma´s bello que presenta la historia de su siglo [. . .]
Mi papa´, por desgracia, tuvo el desconsuelo de no ver sino la parte oscura y sangrienta del cuadro’’
(XXI).
Gomes : vouvv, \ivcovi´ \ s x\ci o´ x j oI
arraigado como legado transgeneracional. El escritor americano daba por
sentado que sus obras, aparta´ndose de lo llanamente artı ´stico, debı ´an instruir
o conducir a significados ma´s elevados.
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