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La historia de un Samurai

Bokuden, gran Maestro de sable, recibió un día de la visita de un colega el maestro


Banzo. Con el fin de presentar a sus tres hijos a su amigo, y mostrar el nivel que habían
alcanzado siguiendo su enseñanza, Bokuden preparó una pequeña estratagema: colocó
un jarro sobra el borde de una puerta deslizante de manera que cayera sobre la cabeza de
aquel que entrara en la habitación.

Tranquilamente sentado con su amigo Banzo, ambos frente a la puerta, Bokuden


llamó a su hijo mayor. Cuando este se encontró delante de la puerta, se detuvo en seco.
Después de haberla entreabierto cogió el jarro antes de entrar. Entró cerró detrás de él,
volvió a colocar el jarro sobre el borde de la puerta y saludó a los Maestros.

- Este es mi hijo mayor, – dijo Bokuden sonriendo – ya ha alcanzado un buen nivel y


va camino de convertirse en Maestro.

A continuación llamó a su segundo hijo. Este deslizó la puesta y comenzó a entrar.


Esquivando por los pelos el jarro, que estuvo a punto de caerle sobre la cabeza,
consiguió atraparlo al vuelo.

- Este es mi segundo hijo, – explicó al invitado – aún le queda un largo camino por
recorrer.

El tercero, Matajuro Yagyu, entró precipitadamente y el jarro le cayó pesadamente


sobre el cuello, y antes de que tocara el suelo, desenvaino su sable y lo partió en dos.

- Y este – respondió el Maestro – es mi hijo menor. Es la vergüenza de la familia,


pero aún es joven.

Matajuro, enojado, se marchó tras cerrar la puerta. A la mañana siguiente, decidió


dejar de recibir enseñanzas de su padre, e irse con otro maestro que le enseñara el arte
de la espada y que no se avergonzara de él.

Matajuro, que tenía decidido convertirse en Maestro de sable, partió hacia el monte
Futara para encontrar al célebe Maestro Banzo, que lo había visitado el dia antes. Pero
banzo confirmó el juicio de su padre:

- No reúnes las condiciones.

- ¿Cuántos años me costará llegar a ser Maestro si trabajo duro? – insistió el joven.

- El resto de tu vida – Respondió Banzo.

- No puedo esperar tanto tiempo. Estoy dispuesto a soportarlo todo para seguir su
enseñanza. ¿Cuánto tiempo me llevará si trabajo como servidor suyo en cuerpo y alma?

- ¡Oh, tal vez diez años!


- Sigue siendo demasiado tiempo. ¿Cuántos años hay que contras si trabajo más
intensamente?

- ¡Oh, tal vez treinta años!

- ¡Usted se burla de mi. Antes eran diez, ahora treinta. Créame, haré todo lo que haya
que hacer para dominar este arte en el menor tiempo posible!

- ¡Bien, en ese caso, se tendrá que quedar usted sesenta años conmigo! Un hombre
que quiere obtener resultados tan deprisa no avanzará rápidamente – explicó Banzo.

- Muy bien – declaró Matajuro, comprendiendo por fin que le reprochaba su


impaciencia – acepto ser su servidor.

El Maestro le pidió a Matajuro que no hablara más de kenjitsu ni iaido, ni que tocara
un sable, sino que lo sirviera, le preparara la comida, le arreglara su habitación, que se
ocupara del jardín, y todo esto sin decir ni una palabra sobre sable. Y cada día iría a
cortar troncos en el bosque y a buscar agua en el río. Y no pisaría el Dojo (gimnasio) ni
siquiera estaba autorizado a observar el entrenamiento de los demás alumnos.

Esto fue lo que el joven hizo. Después de dos años, se dirigió al maestro y le dijo:

- Yo he venido para aprender kendo y hasta ahora ni siquiera pasé la puerta del dojo.

- Muy bien – le dijo el Maestro Banzo – pues hoy tú entrarás. Sígueme.

Y desde este momento, tú haces toda la marcha alrededor de la sala, pisando


cuidadosamente el borde del tatami.

Un día, dando vueltas en el dojo, se encolerizó hasta tal punto que se dirigió al
Maestro y gritó:

- ¡Me voy, no he aprendido nade del arte que vine a aprender, me voy…!

- ¡No!, - Le dijo el Maestro – hoy voy a continuar entrenándote. Ven conmigo…

Banzo llevó al joven frente a una montaña. Seguidamente al borde de un precipicio


enorme. Un tronco de árbol estaba haciendo de puente sobre el vacío…

- Pues bien, pasa para el otro lado – dijo el Maestro Banzo al discípulo, que estaba
aterrorizado.

Mirando al abismo, lleno de miedo y de vértigo, Matajuro estaba paralizado. En ese


momento llega un ciego, que tanteando con su caña, sin rechistar, se sube sobre frágil
pasaje y pasa tranquilamente.

No fue preciso más para que el joven perdiera el miedo y a su vez pasara
rápidamente al otro lado. Su maestro le grita:
- Tú dominaste el secreto de la esgrima:
Abandonar el ego usurpador
No temer a la muerte
Ser indiferente a las circunstancias adversas.
Cortando troncos desarrollaste tu musculatura
Marchado con atención al borde del tatami perfeccionaste tu equilibrio
Y mira, hoy tú comprendiste el secreto del do (camino), creo que serás de los más
fuertes.

Pasado un año. Matajuro trabajaba aún. A menudo pensaba en su triste suerte, él, que
aún no había tenido la posibilidad de estudiar el arte al que había decidido consagrar su
vida.

Sin embargo un día, cuando hacía las faenas de la casa, rumiando sus tristes
pensamientos. Banzo se deslizó detrás de él en silencio y le dio un temible bastonazo
con el boken (sable de madera). Al día siguiente, cuando Matajuro preparaba el arroz, el
Maestro le atacó de nuevo de una Manero completamente inesperada. A partir de ese
día, Matajuro tuvo que defenderse, día y noche, contra los ataques por sorpresa de
Banzo.

Debía estar en guardia a cada instante, siempre plenamente despierto, para no probar
el sable del Maestro. Aprendió tan rápidamente que su concentración, su rapidez y una
especie de sexto sentido, le permitieron muy pronto evitar los ataques de Banzo, el
Maestro le anunció:

- Ya no tengo nada más que enseñarte, puedes irte.

Matajuro, perplejo por esta contestación, se marchó, y fue a ver a un maestro Zen.
Al llegar se presenta ante éste, contándole la historia de su aprendizaje, primero con su
padre, y luego sus años sacrificándose con el maestro Banzo.

El maestro lo invita a sentarse, y le cuenta una historia:

“Un grupo de ranas viajaba por el bosque y, de repente, dos de ellas cayeron en un
hoyo profundo. Las ranas se reunieron alrededor del hoyo.”

“Cuando vieron cuan hondo era el hoyo, le dijeron a las dos ranas en el fondo que
para efectos prácticos, se podían dar por muertas.”

“Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios de sus amigos y siguieron
tratando de saltar fuera del hoyo con todos sus fuerzas.”

“Las otras ranas seguían insistiendo que sus esfuerzos serían inútiles. Así que
Finalmente, una de las dos ranas puso atención a lo que las demás decían y se rindió, se
desplomó y murió.”

“La otra rana continuó saltando tan fuerte como le era posible. Una vez más la
multitud de ranas le gritó que dejara de sufrir y simplemente se dispusiera a morir. Pero
la rana saltó cada vez con más fuerza hasta que finalmente salió del hoyo.”
“Cuando salió las otras ranas le preguntaron: ¿No escuchaste lo que te decíamos?, y
la rana les explicó que era sorda. Ella pensó que las demás la estaban animando a
esforzarse más para salir del hoyo”

El maestro Zen le explicó la moraleja del cuento:

- La lengua tiene poder de vida y muerte. Una palabra puede ayudar a levantarte o
destruirte. Hay que tener cuidado con lo que decimos. Pero sobretodo con lo que
escuchamos.

Así que el maestro Zen le explicó porqué Banzo lo había despedido:

- Banzo quiere que vuelvas con tu padre, porque sabe que ya no lo avergonzarás, y
que las palabras que él te decía debías de usarlas como palabras de vida, no de muerte,
porque tu padre sólo quería que aprendieras, no que lo abandonaras.

Después de esta contestación, Matajuro le hace una nueva pregunta al Maestro:

- Maestro, podría enseñarme los secretos del conocimiento Zen.

Por toda respuesta el maestro se limita a ofrecerle una taza de té. Aparentemente
distraído, si dar muestras de mayor preocupación, el maestro vierte té en la taza del
joven, y continúa vertiendo té aún después de que la taza está llena.

Consternado, el guerrero le advierte al maestro que la taza ya está llena, y que el té se


escurre por la mesa. El maestro le responde con tranquilidad:

- Exactamente señor. Usted ya viene con la taza llena, ¿cómo podría usted aprender
algo?

Ante la expresión incrédula de Matajuro, el maestro enfatizó:

- A menos que su taza esté vacía, no podrá aprender nada.

Y con estas enseñanzas Matajuro volvió a su casa, pero ya no era el mismo. Al llegar
a su casa su padre, Bokuden, le dice tenía encargada una espada para el día que el
volviera, puesto que él había cambiado, su antigua espada ya no le servía, así que se fue
a ver a un Forjador. Este le dijo:

- El sable es el alma del Samurai, no es un simple instrumento, es un símbolo


filosófico, un arma mágica, arma que puede ser benéfica o maléfica, según la
personalidad del forjador y del propietario.

Así empezó la historia que el Forjador le contó sobre las katanas, que seguía así:

“El sable es la prolongación de los que la manipulan, se impregna misteriosamente


de las vibraciones que emanan de sus seres.”

“Así Matajuro descubrió que la fabricación del sable era un trabajo de alquimia en el
que la armonía interior del forjador es más importante que sus capacidades técnicas.
Antes de forjar una hoja, el maestro armero pasaba varios días meditando y después se
purificaba practicando baños de agua fría. Una vez vestido con hábitos blancos ponía
manos a la obra, en las mejores condiciones interiores para crea un arma de calidad.”

“Masamune y Murasama eran dos eran dos hábiles armeros. Los dos fabricaban unos
sables de gran calidad. Murasama, de carácter violento, era un personaje taciturno e
inquieto. Tenía la siniestra reputación de fabricar hojas temibles que empujaban a sus
propietarios a entablar combates sangrientos o que, a veces, herían a los que las
manipulaban. Sus armas sedientas de sangre rápidamente tomaron fama de maléficas.
Por el contrario, Masamune era un forjador de una gran serenidad que practicaba el
ritual de la purificación para forjar todas y cada una de sus hojas. Aún hoy día son
consideradas como las mejores del país.”

“Un hombre que quería averiguar la diferencia de calidad que existía entre ambas
formas de fabricación introdujo un sable de Murasama en la corriente del agua. Cada
hoja que derivaba en la corriente y que tocaba la hoja fue cortada en dos. A
continuación introdujo un sable fabricado por Masamune. Las hojas evitaban el sable.
Ninguna de ellas fue cortada, se deslizaban intactas bordeando el filo como si esta no
quisiera hacerles daño.”

“El hombre dio entonces su veredicto:


- La Murasama es terrible, la Masamune es humana.”

El forjador le preguntó entonces:

-¿De quien quieres que sea la espada?

A lo que Matajuro contesto:

- Una espada de Masamune.

Así, con su nueva espada, volvió a entrenar con su padre, convirtiéndose en un


samurai, y en un Maestro de este arte. Mientras tanto se casó con una hermosa mujer.
Así, durante años siguió una vía recta, pero un día, fue a buscar a un pescador para
recolectar el dinero que le había prestado hace un año. No siéndole posible pagar, el
pobre pescador huyó y trató de esconderse del Samurai. Matajuro fue a su casa, y al no
encontrarlo ahí, lo buscó por todo el pueblo. A medida que se daba cuenta de que no lo
encontraba se volvió furioso. Finalmente, al atardecer, lo encontró bajo un barranco que
lo protegía de la vista. Es su enojo, desenvaino su espada y dijo:

- ¿Tienes que decirme algo?

El pescador replicó:

- Antes de que me mate, me gustaría decir algo. Humildemente le pido esa


posibilidad.

- ¡Ingrato!, te presto dinero cuando lo necesitar y te doy un año para pagarme y me


retribuyes de esta manera. Habla antes de que cambie de parecer
- Lo siento, dijo el pescador. Lo que quería decir era esto. Acabo de comenzar el
aprendizaje del arte de la mano vacía (karate-do), y la primera cosa que he aprendido es
el precepto:
Si alzas la mano, restringe tu temperamento;
Si tu temperamento se alza, restringe tu mano.

El samurai quedó anonadado al escuchar esto de los labios de un simple pescador.


Envainó su espada y dijo:

- Bueno, tienes razón. Pero acuérdate de esto, volveré en un año a partir de hoy, y
será mejor que tengas el dinero. – Y se fue.

Había anochecido cuando el Samurai llegó a su casa y, como era costumbre, estaba a
punto de anunciar su regreso, se vio sorprendido por un haz d luz que provenía de su
cuarto, a través de la puerta entreabierta.

Afinó su ojo y pudo ver a su esposa tendida durmiendo y el contorno impreciso de


alguien que dormía a su lado. Muy sorprendido y explotando de ira se dio cuenta de que
era un samurai.

Sacó su espada y sigilosamente se acercó a la puesta de su cuarto. Levantó su espada


preparándose para atacar a través de la puesta, cuando se acordó de las palabras del
pescador: “Si alzas la mano, restringe tu temperamento, si tu temperamento se alza,
restringe tu mano”.

Así que volvió a la entrada y dijo en voz alta.

- He vuelto.

Su esposa se levantó, abriendo la puesta salió junto con la madre del samurai para
saludarlo. La madre vestida con ropas de él. Se había puesto ropas de Samurai para
ahuyentar intrusos durante su ausencia.

El año pasó rápidamente y el día del cobro llegó. Matajuro fue a casa del pescador,
que lo estaba esperando. Apenas vio al Samurai, este salió corriendo y le dijo:

- He tenido un buen año. Aquí está lo que le debo y además los intereses. ¡No se
como darle las gracias!

El Samurai puso su mano sobre el hombre del pescador y dijo:

- Quédate con tu dinero. No me debes nada. Soy yo el endeudado.

Y así Matajuro volvió a su casa.

Uno de tantos días que estaba practicando, un Señor de un Castillo, Naoshige, le


declaró a Shiomura, uno de sus más viejos samurais:

- La fuerza y el vigor de Matajuro son admirables para su edad. Cuando lucha con
sus compañero vence incluso a los mayores que él
- A pesar de que ya no soy joven estoy dispuesto a apostar que no conseguirá
vencerme – Afirmó el anciano Shoun.

Así que con placer se organizó el encuentro que tuvo lugar esa misma noche en el
patio del castillo, en medio de un gran número de samurais. Estos estaban impacientes
por ver lo que le iba a suceder al viejo farsante de Shoun.

Desde el comienzo el joven y poderoso Matajuro se precipitó sobre su frágil


adversario agarrándolo firmemente, decidido a hacerlo picadillo. Shoun estaba a punto
de caer varias veces al suelo. Sin embargo, ante la sorpresa general, cada vez que
parecía caerse se reestablecía en el último momento. El joven, exasperado, intento
hacerlo caer de nuevo poniendo toda su fuerza en el intento, pero esta vez, Shoun
aprovechó hábilmente su movimiento y fue él quien desequilibró a Matajuro,
arrojándolo al suelo.

Después de ayudar a su adversario semiinconsciente a levantarse, se acercó al señor


y le dijo:

- Sentirse orgulloso de su fuerza cuando aún no se domina la fogosidad es como


vanagloriarse públicamente de sus defectos.

Así, Matajuro volvió a descubrir que todavía le quedaba mucho camino por andar.

Continuaron pasando los años, y después de haberse convertido en un experto y en


un profesor famoso en el arte del sable, no estaba satisfecho con su nivel. A pesar de sus
esfuerzos, Matajuro tenía en la conciencia que desde hacía algún tiempo no conseguía
progresar. En efecto, los sutras cuentan que le Buda se sentó bajo una higuera para
meditar con firme resolución de no moverse hasta que no recibiera la comprensión
última de la existencia del universo. Determinado a morir en ese mismo sitio antes de
renunciar, el Buda realizó su voto: despertó la Suprema Verdad.

Matajuro se dirigió pues a un templo con el fin de descubrir el secreto del arte del
sable. Durante 7 días y 7 noches estuvo consagrado a la meditación. Al alba del octavo
día, exhausto y desalentado por no haber conseguido saber algo más, se resignó a volver
a su casa, abandonando toda esperanza de penetrar el famoso secreto.

Después de salir del templo tomó una carretera rodeada de árboles. Cuando apenas
había dado unos pasos, sintió de pronto una presencia amenazante detrás de él y sin
reflexionar se volvió al mismo tiempo que desenvainaba la katana.

Entonces se dio cuenta de que su gesto espontáneo acababa de salvarle la vida. Un


bandido yacía a sus pies con un sable en la mano.

Unos años más tarde, otro pueblo le había declarado la guerra al pueblo de Matajuro,
en estas circunstancias, Matajuro fue nombrado general para dirigir el ejército de
samurais contra el enemigo.

Matajuro había tomado la decisión de atacar al enemigo, a pesar de que sus tropas
fueran ampliamente inferiores en número. Él estaba seguro de que vencerían, pero sus
hombres no lo creían mucho. Antes de salir en camino se detuvo delante de un santuario
de Shinto. Y declaró a sus guerreros:

- Voy a recogerme y a pedir la ayuda de los kamis. Después lanzaré una moneda. Si
sale cara venceremos, sino perderemos. Estamos en las manos del destino.

Después de haberse recogido unos instantes, Matajuro salió del templo y arrojó una
moneda. Salió cara. La moral de las tropas se inflamó de golpe. Los guerreros,
firmemente convencidos de salir victoriosos combatieron con una intrepidez tan
extraordinaria que ganaron la batalla rápidamente.

Después de la victoria, el ayudante de campo del general le dijo:

- Nadie puede cambiar el destino. Esta victoria es una nueva prueba.

- ¿Quién sabe? – Respondió el general al mismo tiempo que le enseñaba una


moneda… trucada, que tenía cara en ambos lados.

Así volvieron a su pueblo, y hoy en día sigue recordándose las historias y las hazañas
de aquél viejo samurai llamado Matayaro Yaguy.

Esta historia está basada en un conjunto de historias sacadas de http://www.iaido.com.ve habiéndose modificado algunas palabras
sudamericanas por españolas, y cambiando un poco algunos personajes de las historias para que concordaran. Espero que os guste.

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