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EL MAR SIEMPRE ESTÁ ALLÍ QUE TE OBSERVA

de Emiliana Erriquez

Copyright©2015 de Emiliana Erriquez

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Estimado lector,

A pesar de las diferentes etapas de edición, los errores siempre están al acecho. En este caso, por favor contactarme (en las direcciones que se encuentran en las últimas páginas) y reportar cualquier error tipográfico que me permita mejorar el libro y la experiencia de lectura de otras personas que, como usted, decidirán comprarlo.

¡Gracias y feliz lectura!

Emiliana Erriquez

Este libro es para ti P. que, en silencio, viviste - aunque solo en parte- la tragedia narrada. La serenidad que estás viviendo hoy es la más grande recompensa que la vida podía darte después de haberte sustraído tanto, incluso a tí misma.

PRÓLOGO

Algunos momentos se recuerdan bien, son indelebles. Otros se pierden en el tiempo y, aún esforzándonos, nunca logramos traerlos de vuelta a la memoria. Y luego, están esos momentos que marcan una transición de una etapa

de la vida a otra, existe un antes y

Momentos como ese

accidente con la motocicleta.

un después

Bárbara piensa de nuevo a cuando era apenas una niña, mientras aprieta entre sus manos una vieja Princesa Barbie, recogida en el sofá de su casa situada en la tranquilidad de la campiña. Hoy es ese día. Observa el árbol de Navidad, las luces de colores que se encienden de manera intermitente, las esferas de diferentes tamaños, el pequeño hombre de jengibre, la bota llena de bastones de azúcar, el pequeño Santa Claus sonriendo, y encima la estrella dorada que ondea peligrosamente cuando alguien toca las ramas del árbol. En la chimenea cuelgan las maravillosas

Christmas Stocking, las medias de Navidad cosidas a mano que ordenó directamente de los Estados Unidos, las ventanas están iluminadas por las decoraciones, y en el jardín, un reno gigante que brilla luminosamente. Si tienes un niño, la Navidad debe ser especial, al menos para él. Y debes fingir que es especial también para tí. Durante semanas pasa sus tardes viendo películas viejas que transmiten en esta temporada de fiestas, espera dejarse contagiar por la atmósfera mágica que ciertas películas siempre se transmiten, sobre todo cuando recuerdas la primera vez que las viste.

Río a carcajadas por el desempeño de Whoopi Goldberg en Ghost, lloró cuando Sam juró amor eterno a Molly, se emocionó cuando Patrick Swayze dijo a Baby "No dejaré que nadie te arrincone" en Dirty Dancing o cuando escuchó "She’s like the wind” (Ella es como el viento) cantada por él; se molestó - y mucho - cuando Julia Roberts no pudo recuperar su amigo en La boda de mi mejor amigo, prefiriendo a la boba de su novia; conmovida cuando Tom Hanks en Forrest Gump descubrió que tenía un hijo de su amada Jenny y se preocupó de preguntarle si era o no inteligente; se echó a llorar inconsolable cuando Hilary Swank en

P.S. I love you, leyó las cartas que su marido había escrito antes de morir y que le había hecho entregar después de su muerte; soñaba despierto mientras miraba en Serendipity que Sarah bajaba rápidamente del avión a buscar al hombre que había conocido en Nueva York años atrás.

Es una forma sacar el dolor, un ritual que va desde hace años ya. Llorar delante de una película es más fácil y menos vergonzoso que hacerlo en cualquier otro momento

del día sin ningún motivo aparente. No tiene que justificarse a sí misma, no debe sentir ningún malestar, después de todo, cada mujer llora cuando ve una película de amor, ¿no?

Así que yo no soy diferente. O tal vez sí. Él entra en la habitación con su ritmo relajado, seguro. Nota a Bárbara, acostada allí con su manta favorita, la que le dió en algún cumpleaños en la que había impreso su frase favorita - el mar siempre está allí que te observa - mientras

aprieta la muñeca contra su pecho. Frunce el ceño preocupado, se acerca a ella. Se sienta en el borde del sofá, le acaricia la mejilla, aparta el cabello que le caía sobre la frente. La mira directamente a los ojos, esboza una media sonrisa, como para tranquilizarla. Hace todo en silencio, porque él sabe. No necesita hacer preguntas. No hoy. Recuerda también él ese momento de muchos años atrás. No podría nunca olvidar aunque quisiera. Queda como suspendido, junto con el peso de los recuerdos que se hunden en su corazón por un

momento, luego sonríe. "¿Quisieras ir a dar un paseo con aquel viejo cacharro?", le propone. Esta vez, ella frunce el ceño, no sabe si está bromeando o si lo hace en serio. "¿El viejo Ciao?", Pregunta. "¡Llevamos con nosotros también a Barbie, si quieres!", añade, continuando a sonreírle en ese su modo tranquilizador. Bárbara retiene una risa, vuelve a sentarse. No está bromeando.

Este hombre tiene la capacidad de siempre animarla de nuevo. Ella lo mira, le acaricia un brazo, llega a la mano, luego si la lleva a la mejilla. Cierra los ojos, suspira, siente un nudo en la garganta.

Hoy es aquel día. Puede llorar sin excusas.

Primera parte

1

Veinte años antes

Cerca una de la otra, se mueven tambaleantes sobre el asiento de aquella vieja Ciao desgastada por el tiempo, un ruido infernal se difunde en el aire de su paseo.

Bárbara, detrás de su amiga Chiara, mira el paisaje que fluye en sus ojos. Las imágenes son como diapositivas, colores rápidamente

reemplazados por otros colores. Limpia su frente húmeda de sudor. El sol cae fuerte en ese precioso rincón de Puglia. Un par de ancianos se acercan a la puerta para ver quién pasa, apenas despiertan de la siesta que por el calor de algunos días de agosto que obliga a hacer. Chiara los saluda con la mano y Bárbara sacude la cabeza delineando una sonrisa. La pareja toma dos sillas de madera, colocándolas en frente del umbral de la casa. La mujer se sienta, con la ayuda de su marido que la secunda de inmediato.

"¿Por qué están ahí todo el tiempo?", Se pregunta Chiara.

esto es todo su

mundo, desde siempre. Algunos ni "

siquiera han salido del pueblo

"Ya más lejos

han ido solo un poco dice Chiara.

"Bueno

",

"Tal vez hasta el mar

La motocicleta pasa a toda velocidad sobre una calle larga, de los callejones salen los niños que juegan, vivaces y obstinados, involucrados en nuevos juegos siempre, sin embargo eternos. Hay una calma irreal, como si

todo era tan bueno desde siempre. La luz de aquella tarde de verano comienza a cambiar. Bárbara mira hacia el cielo, un oscuro velo que cubre las nubes. El rugido de la motocicleta casi en desacuerdo con la tranquilidad meridional. Bárbara y Chiara persisten sobre dos ruedas, seguras, confiadas. Alguno se asoma aún, las observa mientras pasan veloces, mirando esos cuerpos avispados, delgados, liberados, y sonríe pensando en cuanto es hermosa la juventud. El pueblo se encuentra sobre

Murgia, con el valle de Itria un poco más allá, poco a poco se llena de vida. Bárbara mira las puertas de las pequeñas tiendas que se elevan, en los negocios se encienden las primeras luces de neón, algún cliente entra a dar un vistazo. Las calles lentamente cobran vida, alguno pasea indolente, en el aire hay un delicioso olor que viene de una de las pizzerías que Bárbara y Chiara pasan a lo largo del camino y que sacan pizza del horno a todas horas.

"¿Vamos a tomar un helado?" Le propone Chiara.

Bárbara no responde encantada, como siempre, de su pueblo. En todas partes es blanco, quizá sólo candor aparente. Los edificios, todos de un brillo resquebrajado por el tiempo, se extienden sobre el camino. Sin geometría, sin ninguna lógica a excepción de la blancura deslumbrante. "¿Estás ahí? ¿Quieres un helado? “Le pregunta de nuevo la amiga.

Lo llaman la ciudad blanca de Ostuni. Cuando Bárbara se detiene para admirar el paisaje,

desde el mirador que ahora están pasando, descubre que el mundo está todo ahí, en el antiguo pueblo enrocado sobre la colina, en la magia de las luces de la noche, visto desde lejos, desde la autopista 16, en línea de aire distante solo a pocos kilómetros. Está todo ahí, en el valle con pequeñas parcelas de tierra, montones de casitas distribuidas al azar en los campos, antiguos caseríos convertidos en agroturismo, granjas restauradas, en aquella tierra densa de color rojo, en las interminables extensiones de olivos, en el mar con su perfume

salobre. Un pueblo situado en el mismo, en el que el paso del tiempo no tiene ningún efecto, un lugar donde es bello regresar porque siempre conserva una cierta magia desencantada.

" Chiara se

vuelve hacia su amiga, luego pierde repentinamente el equilibrio. La motocicleta se balancea pavorosamente en los adoquines de la plaza de Sant'Oronzo. "¡Cuidado!" Grita Bárbara y observa el rostro alargado de Chiara mientras intenta tener bien estable el manubrio en el asfalto pero algo

"Ok, lo entiendo

frustra sus intentos. Al final enclava y hacen un vuelo de dos metros antes de aterrizar en frente de la puerta de la heladería. "¡Carajo!" Grita Chiara poniéndose de inmediato en pie. Se frota el lado, sólo un poco adolorido. Escucha el motor de la vieja Ciao aún encendido, luego se vuelve para mirar a Bárbara. Algunos transeúntes, que presenciaron el accidente, llegan y se agachan sobre la amiga. Bárbara no se queja, no habla. Está en el suelo. Inmóvil.

Chiara corre en su ayuda, empujando a codazos a la gente alrededor de Bárbara. "¡Fuera de aquí!" Grita agitada. No puede ver la cabeza de Bárbara, una señora le impide saber cómo está realmente. "¡Hazte a un lado!" la empuja Chiara sin cortesía, luego puede ver a Bárbara y los latidos de su corazón le parecen incontrolables como esa vieja Ciao un minuto antes.

Bárbara la mira, los ojos medio abiertos por el sol apuntando

más decidido que nunca. "

Chiara mira a su amiga tratando de levantarse, apoyándose en los codos, pero no puede.

"¿Estás bien?" se informa Chiara, con los ojos bien abiertos y un vacío en el estómago que es sólo un alivio ahora.

el codo me Bárbara

tratando

duele

de

reincorporarse. "Estás mal, llamemos a una ”

ambulancia

"Hey

dice ella.

"Caray

",

se

lamenta

nuevamente

Chiara se vuelve hacia los presentes y grita con enojo: "En vez de mirar, ¡llamen a una ambulancia!" Luego se vuelve a Bárbara:

"¿Maldición? ¿Maldición? En estos casos se dice ¡Carajos! “sonríe. "¡Deja de hablar como Pollyanna!" También Bárbara sonríe. "Y tu deja de usar siempre esta malas "

palabras

Sé que estás nerviosa, Chiara. Haces siempre lo mismo. Pero estoy bien. Un hombre saca un teléfono celular del bolsillo de su chaqueta,

Bárbara

hospital.

"Pero no hay necesidad, Bárbara se levanta, echa

Chiara

un vistazo a su codo. "¡Ay, me duele "

mucho!

"¡Ay?!" Chiara levanta una ceja con incredulidad. Luego mueve la cabeza, resignada. Bárbara está ahora sentada en el asfalto, se frota el codo adolorido.

al

lo

escucha

llamar

"

"No deberías moverte, podrías tener una conmoción "

sugiere un señora de

cerebral

mediana edad entre los presentes. Bárbara la mira, podría ser

su madre. ¡Su madre! "Chiara, llama a mamá

por favor."

"De acuerdo. Pero tú quédate aquí y ¡no te muevas! Vuelvo enseguida”. Chiara se aleja a pocos metros de distancia y entra en la heladería justo en frente de ellos para pedir una llamada telefónica. Bárbara se soba la cabeza, tal vez la señora tiene razón, siente un poco

de malestar. Suspira. Esto no era bueno, a su madre le dará un susto. Por no hablar de su padre.

"Listo. ¡Y la próxima vez que te haga una pregunta, contesta!” Le reprocha Chiara regresando adonde ella. "Hey, fuiste tú quien se giró

¡y no debiste hacerlo!" Bárbara.

"Sí, ¡pero por qué tu no me respondías!" "¡Debiste estar más atenta! Ella le reprocha. "¿Llamaste a mamá? ¿Qué

Se defiende

dijo?" Le pregunta Bárbara

"Casi se volvió loca, pero está por llegar." Bárbara no responde, la cabeza le comienza a pulsar. "¿Y si te has hecho daño serio?" Chiara la mira mientras su amiga se pasa la mano a la base del cuello para masajearlo. Se sienta a su lado en el asfalto, cruza las piernas y se apoya sobre los codos. "Estate tranquila, no me he ”

hecho nada

"¿La ambulancia va a llegar? Luego le grita al señor que ha

intenta tranquilizarla

llamado al hospital. "Sí, en pocos minutos y "

estará aquí

"Ahora cálmate, Chiara. Estoy bien, no pasó nada”. Chiara la mira. Sus ojos contienen toda la culpa del mundo. "Oh, carajo, para con esa expresión de culpabilidad. No es culpa de nadie. Podría pasarle a cualquiera”. Chiara sonríe, satisfecha. "Bueno, al menos has dejado de hablar como una heroína de los dibujos animados."

Bárbara sonríe, mueve la

cabeza.

En la ambulancia, acostada en la camilla, Bárbara fija al techo blanco y proyecta sus fantasías en otros lugares. Tendría tantas ganas de salir de ese maravilloso pueblo. Sueña con la audacia que siempre acompaña a los soñadores. A Bárbara le gustaría graduarse, en lugar de conformarse y sufrir su destino. Nadie podrá hacerla cambiar de idea. Ha apartado un poco de dinero, juntado con varios regalos de Navidad, de cumpleaños y onomásticos y con el trabajito

como vendedora en una librería que ha encontrado en los dos últimos veranos. Desde que comenzó la escuela secundaria y descubrió la literatura, comprendió que eso sería su futuro. "Yo ni siquiera sé lo que voy

a hacer en un mes

a

veces a Chiara por bromear cuando están encerradas en su habitación para estudiar. "¡¿Cómo sabes lo que quieres hacer a tu edad?! Yo, todavía no lo sé, sólo quiero vivir y disfrutarla mientras pueda”, añade después.

"¿Cómo se puedes siquiera

",

le

dice

imaginar, de aquí en, que sé yo, diez años?", Se pregunta Bárbara a ese punto como en una frase que se repite una y otra vez. "Porque, ¿dónde te imaginas dentro de diez años?" Ella suspira cerrando el libro en el que se esfuerza en vano concentrarse.

de seguro muy

lejos de aquí. Tendré mi título, un trabajo, y si todavía estás aquí para vegetar en este pueblo, vendré a traerte por la fuerza y te llevaré

lejos. ¡Tú y yo vamos a ir juntas a alguna parte! "

"Bueno

Chiara sacude la cabeza, un

poco tentada de esa perspectiva, un poco asustada. "Será ya mucho si puedo conseguir

dice

un trabajo decente entonces.

",

Bárbara mira con los ojos muy abiertos: "¿Un trabajo decente?" le pregunta.

"Tendrás que encontrar un buen trabajo que te satisfaga, ¡no uno más para ganarte la vida!"

"¿Cuántos trabajos podrían

gustarme en un lugar como este con unos pocos miles de habitantes?"

"¡¡¡Odio tu pesimismo!!!" Bárbara entonces dice, levantándose de su escritorio y comenzando a pasearse por la habitación.

Chiara la alcanza, sonríe y le da un empujón que a veces la bota la suelo: "¡Vamos, sabes que lo digo sólo porque me gusta hacerte enojar!" le guiña el ojo y regresa a estudiar.

La escena se repite en

intervalos irregulares, Chiara cada vez más resignada a permanecer en el pueblo y Bárbara cada vez más decidida de irse.

La ambulancia ahora corre rápido, un enfermero se sienta a su lado junto con dos voluntarios de la Cruz Roja.

"¿Por qué no llevabas el casco?" Escucha que le pregunta uno de los voluntarios. Es joven, flaco, lleno de granos, la expresión severa en su rostro.

Bárbara se encoge de hombros. No sabe por qué, quizá por pereza. De repente, se siente cansada, le duele la cabeza.

",

dice el enfermero dando rienda suelta a sus pensamientos en voz "

alta. "

"Estos jóvenes de hoy

No les importa nada

Bárbara cierra los ojos, como si quisiera hacerle entender que no quiere escucharlo. Sigue pensando en su futuro, imagina cómo será asistir a los cursos, enfrentar los exámenes. Una

descarga de adrenalina la invade, casi no está sobre la piel.

Sin embargo, extrañará su pueblo, hermoso, lleno de sol y de turistas que en verano aglomeran las calles que se enredan sobre la colina, las tiendas llenas de souvenirs. La parece casi oír el sonido de los diferentes idiomas, la música de los locales, olfatear el olor de la pizza o de los tradicionales panes puccia, degustar los fantasiosos sabores de los helados, de respirar el perfume del mar que viene de lejos. Tan hermoso

su pueblo, que Bárbara también podría decidirse a quedarse.

Piensa algunos días en hacer un viaje. Sería una forma de no hacer gastar demasiado dinero a sus padres y tal vez así es cómo va a terminar. Ya se imagina en el tren regional, con un libro en mano, y la mochila en el lado del asiento, la mirada que de vez en cuando se levanta de la página para perderse en ese inolvidable paisaje de Puglia; más allá de la ventana, los olivos hasta perderlos de vista, la pared de piedra seca que se extiende por

kilómetros, a veces, una franja de mar azul.

"El mar siempre está allí te observa", le dijo una vez Chiara. Y tal vez tiene razón. Es bueno saber que podemos dirigir nuestra mirada a la extensión infinita del azul y perderse, pensar en todo o en nada, imaginar un futuro diferente, casi tocarlo. Está harta de las tardes con la compañía de siempre, chicos excitados que sólo piensan en beber cerveza y fumar creyendo que esto es lo más divertido. Prefiere quedarse en su cama para terminar

el libro que tomó prestado al final del año escolar en la biblioteca de

la escuela y que devolverá en unos

días, cuando comenzará el enésimo -

y afortunadamente - el último año de la secundaria.

La ambulancia se detiene, Bárbara abre los ojos.

"¡Aquí estamos!" Dice uno de los voluntarios, el mayor que nunca habló durante el camino.

Bárbara cierra los ojos de nuevo, vencida por un gran

cansancio.

2

Acostada junto a Chiara bajo el sol de septiembre, en esa playa semidesierta, Bárbara tiene los ojos cerrados, en la cabeza una explosión de pensamientos que no puede

controlar. Toma un montón de arena en sus manos, siente los granos que se le atraviesan la mano rápidamente. Se pone un pequeño bikini, amarillo y verde. Sus piernas ligeramente flexionadas, brillan con esa cicatriz, justo en el codo derecho, que se vuelve más visibles en el sol, casi más real. Un horrendo queloide, irrigado de mucha sangre. Bárbara lo acaricia sin pensar, ahora es parte de ella. Una caída espantosa, con consecuente conmoción cerebral y una semana en observación en el hospital. No toma más de la motocicleta, aunque si

maneja Chiara.

De todos modos el verano ha terminado y mañana inicia la escuela.

"Debiste poner un poco de crema" le sugiere Chiara echando un vistazo a la cicatriz, sobre una toalla de Hello Kitty, recostada. Con los ojos cerrados, la piel le brilla de aceite.

"No, no tengo ganas" lo único que dice Bárbara, vencida por una cierta indolencia. Luego abre

los ojos, absorbe aquel cielo azul libre de nubes.

"Como quieras" se rinde Chiara. "¿Entonces?" La ve directamente a la cara, sin escapatoria y asume esa expresión un poco molesta y maliciosa como cando quiere saber algo a toda costa

Bárbara se vuelve hacia ella, frunciendo el ceño recientemente depilado, a través de los lentes de sol. Se apoya en los codos, vuelve su mirada. La toalla está caliente debajo la piel.

"¿Entonces?" Ella le repite sólo para repetirle el verso.

Chiara vuelve a mirar el mar. Bárbara sigue la dirección de su mirada. Muchedumbre de chicos se sumergen en el agua, hay algarabía y salpicaduras por todas partes. El mar tiene un color cristalino, tranquilizador.

¿Cómo pueden las personas que viven lejos del mar sobrevivir en ciertos momentos? Piensa Bárbara.

El alboroto hace eco en el aire y alguien en la orilla se detiene a mirar a esos chicos, fastidiado aunque encantado del osar de tanta juventud.

Es tarde, el sol matiza de amaranto las rocas. Un velero, a pocos metros de la costa, flotando pacíficamente.

"¿Qué tienes?" Le pregunta Chiara volviendo su atención a la amiga.

Bárbara la mira. Es hermosa

Chiara. Tiene un aspecto solar, genuino. Ella niega con la cabeza, sonriendo.

"¿Qué pasa?" Le pregunta Bárbara devolviendo la sonrisa.

Chiara,

sobre

mis

pensamientos hay algo hoy.

Chiara se levanta, su esbelto cuerpo contra el calor del sol le hace sombra.

"¿A dónde vas?" se informa Bárbara, un momento antes de

levantarse. Ahora están una frente a la otra, se ven y se entienden, como siempre.

¡Sí,

verdaderamente lindo!" dice Chiara y le da un codazo de complicidad.

"Lindo el chico

Bárbara sonríe y mira hacia abajo, pateando la arena bajo sus pies. No añade nada más.

Hombre, querrás decir, piensas a continuación.

"Lo sé, tal vez es un poco

pero sabes, a nuestra edad

los hombres más grandes ¡dan seguridad!" Afirma Chiara dándose un cierto tono.

grande

"¿Es decir?" Le pregunta Bárbara levantando una ceja con escepticismo.

"Es decir, son más serios, ¡al menos se espera!" Chiara se tambalea un poco mientras trata de convencerla, como presa de una euforia repentina.

"¿Y esta tontería quien te la

habrá dicho?" Le pregunta Bárbara, pero continua sonriendo porque, en fondo, Chiara ha entendido todo. Como siempre.

“Bueno… al menos ese incidente te hizo pasar el deseo de hablar como Pollyanna!” le hace notar ella. “¡Aunque si casi casi te prefería antes!”

Chiara, molesta, camina hacia la salida de la playa, sabe que el día se va a terminar. Se acabó la fortuna de esos meses, la calma del mar, el calor del sol, el ocio.

Bárbara se vuelve hacia el mar, quiere absorber ese azul intenso. Suspira, imagina otros puertos más allá del horizonte, otras personas. Mira las olas, lentas, que se acercan a la orilla. La marea aún no se ha levantado. En pocos minutos todo va a cambiar de pronto. El ruido de las olas aumentará, la corriente se divertirá ondulando la superficie del agua. A la ribera se unirá el recuerdo quizás de un día, quizás de algún turista irrespetuoso. Y las algas esbozarán una línea entre la tierra y el mar, a lo largo de la playa. Y ese sabor salado que

tocará tus labios devolverá el eco del verano que apenas acaba de pasar, con sus inesperados reveses.

Andrea.

Una mujer está guardando sus cosas, los chicos se han disipado, se han desaparecido los balones, la juventud. Dos ancianos se demoran sobre sus toallas oscuras, sentados mirando el mar.

Bárbara escucha sus suaves voces y luego, el silencio es cómplice. Ve pocos autos en los callejones, tras sus espaldas. Sus bicicletas yacen perezosas sobre el asfalto. Chiara se está alejando.

"¡Está bien. Sí, me gusta! “Le grita detrás alcanzándola de un brinco. Las mejillas en llamas a causa de esa confesión repentina, una nueva luz en sus ojos.

"¡Oh! Finalmente. Quería sólo esto: ¡hacértelo admitir! “confiesa Chiara volteándose con

una sonrisa de satisfacción.

Ayer por la noche en el bar,

no

debimos ir. Ahora estoy fuera de

mi

cabeza

Nunca he probado estas

cosas, Chiara. ¿Qué hago con el vacío en el estómago? ¿Con los escalofríos?

"Bueno, ahora son babosadas le dice a este punto Chiara,

tuyas

poniéndole las manos sobre sus hombros, el aire solemne de alguien que acaba de decir una verdad

irrefutable.

"

"Bueno, ¡muchas gracias!

Pero, ¿podrías evitar ser siempre tan

vulgar

?

“Le hace notar Bárbara.

“Y tú, ¿qué hiciste hace sólo un momento?" destaca Chiara.

Bárbara suspira, mira hacia abajo, mira a la arena que se desliza entre los dedos de los pies, permanece inmóvil.

“¿Damos un paseo?" le propone Chiara, sonriendo.

Asiente con la cabeza,

precediéndola unos pasos. Chiara la sigue, le pone una mano en el hombro. Se aproximan a la ribera de nuevo, para recibir el frescor del atardecer. El aire es fresco, el sol inclinado en las rocas, una ligera brisa acaricia sus pieles jóvenes. Las huellas en la arena, señalan su camino mientras el mar con sus olas regulares las borra al instante.

"Nada de miedo, estás solo "

le anuncia Chiara

enamorada

para tranquilizarla.

¿Tú sabes cómo se siente,

amiga mía?

No sabe qué hacer, Bárbara, con el ligero temblor de la voz cuando pronuncia su nombre, con ese papaloteo repentino del estómago, con esos escalofríos que los ojos de Andrea le causan cuando la mira. ¿Qué hacer con el sonido de su voz? ¿Y esa manera de ser a veces irritante, excesivamente halagador, qué hacer?

Andrea es un hombre,

hecho, adulto.

¿te dejó

su número o no? Llámalo, ¡¿no?! ¿Qué esperas?" Le dice Chiara.

"Vamos, es fácil

Bárbara juega con los cordones de su traje de baño, los anuda, los desenreda repetidamente.

"¿Yo?" le pregunta, abriendo de par en par los ojos.

Chiara se vuelve hacia ella, levanta una ceja. "Y quien, ¿yo?", agrega después. "Me encantaría, visto el tipo, ¡pero él te apuesta a ti!" Levanta, resignada, los hombros.

Bárbara sonríe, le salta el

corazón.

Me apuesta a mí, piensa después encantada.

Después abraza

instintivamente a su amiga.

aprieta fuerte, porque Chiara es todo para ella. Ella es la otra parte de sí, su ventana al mundo. Es comprensión.

La

dice, sonriendo y

alejándose por un momento de ella

"En fin

",

"por el momento

Andrea!" la intimida divertida.

¡dejemos

a

Chiara niega con la cabeza y se ríe, ya sabe que Bárbara está nerviosa. Basta sólo ver cuando gesticula, mientras se pasa las manos por el rostro, y luego por el cabello, o cuando mira hacia abajo y luego levanta la vista hacia ella.

Le rodea los hombros con su brazo. "¿Qué tal un cóctel sin alcohol?" Chiara intenta imitar a Andrea con su voz cálida.

Bárbara sonríe, de nuevo ese papaloteo en el estómago. ¿Qué hacer?

Ayer por la noche en el bar, Andrea llevaba jeans oscuros, una camisa celeste. Sus zapatos eran de tenis simple, pero de calidad. Sus ojos brillaban a la luz de neón, sus manos lanzadas al aire.

Y esas manos en que Bárbara está pensando ahora, mientras pasea con Chiara. Manos de estudioso, no gastadas por el tiempo, del trabajo manual.

Cuidadas, jóvenes, suaves y fuertes.

Manos que marcarán su

destino.

3

Ostuni es hermoso, tiene el mar, reflexiona Andrea. Un mar que se extiende por kilómetros, a sólo siete del pueblo enrocado sobre la colina. Nada que ver con el gris de algunos días en Alemania, donde vivió durante años.

Treinta años en el gris pero, ¿cómo hice? Se

nórdico

pregunta destacando con falta de atención un párrafo del libro que estudia.

Aquí, en vez, el azul te

abofetea,

te

entra

dentro.

Te

sacude.

Andrea sostiene un lápiz, sentado en esa mesa blanca de plástico de la playa, de las que están en cualquier balneario a lo largo de la costa.

En Alemania, un calor así puedes solo imaginarlo, se repite durante horas. Un cielo así, un mar así.

Estudiar cuando tienes otras cosas en la cabeza es una tortura. Pero el examen es inminente. Mira a su alrededor, subraya algunas líneas, y luego vuelve a alzar la mirada delante de sí. De la playa llegan las voces de los chicos agrupados en las mesas, bebiendo refrescos de cola, patatas fritas, más de alguien se deleita con un helado. Se toman el pelo, bromean, visten camisetas y bermudas estrechas, chanclas y lentes de sol de marca. Las chicas quitan los cigarrillos de las bocas de los chicos, se los

pasan, tirando una bocanada y ya. Un halo de humo se sitúa sobre sus cabezas, de los vasos en las mesas brotan coloridas pajillas.

Una baldada fría, repentina, se vierte sobre la cabeza de un grupo de jóvenes medio dormidos sobre el juego de cartas. Andrea puede sentir la violencia, ve la sorpresa en los rostros a su alrededor, oye los gritos de excitación, de susto, de maravilla y los chirridos de las sillas, persecución para atrapar al culpable, la ronda que despierta

el alma dormida en una tarde.

Y luego la ve. Y es casi como sentir esa baldada fría sobre él, como si se despertara de repente. Baja la mirada hacia abajo en el libro, trata de razonar, luego no resiste y la levanta.

La observa mientras camina desenvuelta, se acerca pero parece no haberlo notado. A su lado, la misma amiga de la noche anterior, una chica simpática.

Pero Bárbara es otra

historia.

Están a punto de salir de la orilla, él siente que debe hacer algo.

La encontró por casualidad, en aquel bar. Los codos apoyados sobre el balcón y el aire inocente, fresco, a la luz impecable del neón. Le había parecido bellísima. La había oído reír. No estaba preparado para esto. Para nada.

ha

rencontrado sus mejillas sonrojadas, esos labios carnosos, los cabellos que ondean rebeldes.

Y ahora que

"Bárbara" la llama con ansiedad de verla desaparecer.

La observa, ella mira la amiga y ríe. Sus ojos están cubiertos por grandes lentes de sol, pero él la recuerda bien. Es como si la viera aún. Luego mira el cable de un auricular que desciende a la cintura delgada y

desaparece en su bolsillo. No puede escucharlo con esa música en sus oídos.

Se levanta, a grandes pasos, la alcanza. Está justo enfrente de ella ahora. Sonríe Andrea aunque si su corazón está por salírsele del pecho.

"Bárbara" la llama otra vez. En esta ocasión ella vuelve su mirada, sorprendida, y sonríe encantada. Una ráfaga de calor le colorea el rostro.

"¡Andrea!" Dice ella, y su voz lo calienta, tiene un sentimiento dentro de sí.

Bárbara mueve las manos, salta de un pie al otro, no sostiene su mirada.

Andrea mira sus mejillas sonrojadas y quisiera abrazarla, estrecharla. La siente ya suya.

Chiara los observa. Quisiera desaparecer, se siente de más. Sacude la cabeza, es incrédula.

Ah, Bárbara

estás en

problemas, piensa después.

"Voy a tomar la bicicleta, ¿de acuerdo?" Comunica Chaira a la amiga.

Bárbara asiente con la cabeza, y vuelve de nuevo a la atención hacia Andrea mientras apaga su mp3 y se quita los auriculares colocándolos en la bolsa Chiara desaparece más allá del balneario, el parque de recreación.

"¿Qué estás haciendo aquí?" Le pregunta a Andrea sonriendo.

"¿Y tú?" Puede sólo

responder.

"¿Tienes prisa? ¿Quieres

Le pregunta con

los puños apretados por la tensión y la respiración agitada.

dar un paseo

?"

son

probablemente inadecuados para playa, piensa Andrea, y sus

Sus

jeans

zapatos debería tirarlos.

Bárbara baja la

mirada, patea la arena. "Debería "

regresar a casa

una mirada hacia la salida, se arregla un mechón de cabello y lo coloca detrás de la oreja derecha. "¿Lo hacemos pronto?" sonríe después.

Luego lanza

"No sé

"

"¡Muy pronto!" Él promete inmediatamente después. Relaja los puños, da un suspiro de alivio. Incluso el corazón duele cuando se relaja.

"Está bien, espérame

aquí."

Bárbara se precipita hacia Chiara, que apareció de la nada. Sonríe, incómodo.

Chiara frunce el ceño. Luego asiente con la cabeza. No dice nada, la empuja decidida hacia Andrea que parece incapaz de estarse quieto.

Bárbara se vuelve hacia Chiara. Le da un beso en la

mejilla.

Gracias, Chiara, piensa agradecida. No hay necesidad de muchas palabras entre tú y yo, ¿verdad?

Chiara dejó la bicicleta de la amiga en el camino de entrada, y luego desaparece en el camino. Bárbara vuelve hacia Andrea que tiene una sonrisa preparada para ella.

"¡Vamos!" Le dice, y en un gesto audaz e instintivo, acerca

una mano a la suya sin pensar. Cuando lo hace, casi la aparta pero Andrea la agarra al instante. Y la aprieta fuerte, decidido.

Se acercan en perfecta sincronía a la ribera. Andrea se detiene un momento, el tiempo suficiente para quitarse los zapatos. Se enrolla sus jeans unos pocos centímetros, se quita su camiseta. Bárbara se siente menos incómoda, ya que todavía lleva el traje de baño puesto.

"¿Qué estás haciendo

aquí?" Busca

preguntarle a Bárbara. La arena

forma de sus

fresca, áspera al contacto con la piel.

pies, es

toma la

de

el

valor

responde él

con calma. "Tengo el examen para autorizarme como Notario"

"Estudiaba

"

No-ta-rio, se repite Bárbara. No-ta-rio. Y yo aún debo terminar la secundaria.

Traga en seco. Mira hacia otro lado.

¿No será equivocado todo esto? Le sugiere una voz en su cabeza.

Bárbara se siente pequeña, demasiado. Tal vez no debería estar allí, tal vez debería haber vuelto a casa.

El club de playa está lejos ahora, ladrillos irregulares en la forma de un cerco, como una pagoda visto desde la distancia, de color azul y blanco. La gente como hormigas, las mesas como

manchas de colores imprecisos y distantes, y el sonido del mar que regresa.

4

Por la noche, la campiña tiene un vago sabor antiguo con la ligera frescura estival, los olivos que devuelven el perfume intenso del aceite, la tierra similar a la herrumbre que acoge, relaja. En septiembre es el momento de preparar las redes, de ponerlas con cuidado debajo de los árboles antiguos, redes que se despliegan,

eliminando el polvo acumulado en el curso del año y con esas la apatía de los meses de verano. Los trituradores forjan las máquinas para la extracción, los obreros se ponen a trabajar. Se organizan en turnos las modalidades de recolección.

Bárbara ama a su tierra, le encanta el olor de la hierba humedecida por el rocío, la puesta de sol que tiñe de rojo los techos de las casas, la tenue luz en el interior de la casa, la armonía del crepúsculo, la noche.

Cada cosa en su lugar, todo en reposo. Mañana se verá.

Por la noche, en su cama, después de cena, Bárbara fantasía ya que no tiene mucho más que hacer. Desde que Andrea ocupa sus pensamientos, sus días enteros, ni siquiera tiene muchas ganas de leer. Prefiere quedarse allí para pensar, a sentir el olor del campo que entra por las ventanas, el olor salado del mar. Y sus libros, traicionados por tanto amor, se encuentran abandonados en las estanterías de

su habitación.

Se levanta de la cama, suspira. En la ventana ve su imagen reflejada en los vidrios. ¿Qué pensaría su padre si supiera que sale con un chico más grande que ella? ¿Con un hombre? Su madre se asustaría, sin duda. Casi como una tragedia, en vez de amor.

Bárbara se acerca, mira hacia abajo, saluda una vecina por el balcón frente a ella.

"¡Bárbara ven aquí!" la llama su madre.

Ya es hora de cenar. Pero, ¿quién quiere comer?

A regañadientes se dirige a la cocina. Todavía suspirando.

Entra. Sólo está su madre quien manipula la estufa y un intenso olor a peperoni en el aire. Se acerca a la cesta del pan, toma un pedazo y lo come distraídamente. El hambre parece haberle vuelto de pronto.

"¿Y papá?" Bárbara pregunta a su madre.

"Está por llegar

poner la mesa?" Ella responde.

¿quieres

Bárbara toma el mantel y lo extiende con calma sobre la mesa, después arregla los cubiertos y los vasos, finalmente toma las servilletas de papel pues las de tela no las usan más.

¿Quién sabe lo que está haciendo Andrea ahora?, se

pregunta mientras pone la cesta de pan al centro de la mesa y agarra otra pedazo. Pero ¿por qué papá no vuelve?

Su madre la mira de reojo, su hija quizás tiene algo que no quiere decirle.

"¿Cómo va a la escuela? ¿Todo

ok?"

Ella ama a su madre, después de todo, incluso si nunca pasa de la provincia de Brindisi y de su casa, tiene un lenguaje joven, fresco. ¿Todo ok?

"Uhm, uhm

sólo responde,

masticando vigorosamente.

¿Qué quieres saber, mamá? ¿La verdad?

Ahora está Andrea. Ya nada está

"ok".

Su madre apaga la estufa y se sienta a la mesa, tamborileando con los dedos sobre el inmaculado mantel. La mira.

"¿Y bien?", Le pregunta Bárbara impaciente. Sabe que va a hacer el tercer año, por lo que decide esquivar

su curiosidad. "¿Adónde fue papá?"

La mujer, encorvada por los años, la mirada con atención. Sacude la cabeza, su madre, y acompaña aquel gesto con un ligero movimiento de las manos, como para resaltar la poca importancia de la información que va a darle.

"Está donde el Notario" dice tranquila.

Notario

solo la palabra le

causa un vacío en el estómago.

"Tu abuela ha hecho testamento y ahora sabremos el resultado", añade,

después, escéptica.

La abuela. Es ya un mes que no está. Se le encoge el corazón con solo pensarlo.

En ese momento su padre entra por la puerta. Bárbara se levanta, va hacia el balcón, se encuentra la misma vecina aún frente a ella. El campo está cerca, el olor de la tierra seca se le insinúa en la nariz. Ha caído un poco de neblina.

¿Qué habrás hecho, abuela? Se pregunta Bárbara mientras se voltea hacia sus padres.

Su padre está cansado, las arrugas alrededor de los ojos lo envejecen sin esperanza, los hombros encorvados y esas manos ásperas y agrietadas pero siempre limpias.

"Hola, papá" lo saluda desde el balcón. Tiene en la mano un sobre

amarillo. Bárbara lo mira desinterés.

con

Su padre la mira, sonríe. Parece contento, en la incertidumbre.

"¡Hay una agradable sorpresa para ti!" Le anuncia mientras su madre se acerca a él con el ceño fruncido.

Después de que todos los sueños son importantes en la vida, piensa su padre mirando a Bárbara con un sentimiento que ella percibe como admiración.

Bárbara se muerde las uñas, se arranca la pielecita hasta desangrarse el dedo. Después chupa la sangre, un gesto que su padre le ha visto hacer docenas de veces. Contiene varias veces, sonríe.

"¿Y bien?" interviene su madre, sosteniendo un paño.

Su padre se vuelve hacia ella, casi dándose cuenta solo entonces de su presencia.

dice

después él, levantando el sobre amarillo y poniéndolo delante los ojos.

"Hay novedades

"

" responde

ella, en tono de acidez. Siempre hace eso cuando está nerviosa su madre,

reflexiona Bárbara.

"Esto lo entiendo

todo

"

"Tu madre ha pensado en dice él sonriendo.

Ve que su madre suspira, odia cuando las personas no van al punto. Es una práctica que ella, no se pierde en la charla.

"Pensó en Bárbara, en su

futuro

"

A Bárbara le parece casi oír la voz de su abuela, que dice: "Lucha por tus sueños, encontrarás maneras de alcanzarlos, te lo prometo. Pero tienes que luchar con determinación, de lo contrario escaparan de las "

manos

¡La universidad, ese es mi futuro! ¡Mi sueño!

Su madre está ahora en silencio, sin moverse. Sus ojos se vean brillantes, su rostro dibuja como si tratara de controlar sus emociones.

"Es una cuenta para Bárbara, dinero más que suficiente para la universidad, para cualquier especialización que quiera elegir incluso en el extranjero."

"¡Y vaya!” explota Bárbara. Empieza a rebotar por toda la habitación, demasiado feliz como para contenerse.

Gracias abuela, dondequiera

que estés, piensa conmovida.

Abraza a su madre que sabe bien como siempre, y su padre, que se entumece porque, después de todo, no está acostumbrado a tanta confianza con su hija, es a la antigua. Pero ver a su hija feliz que rebota por la casa es mucho incluso para un hombre como él, rígido y frío. Desaparece por el otro lado de la pared, directamente a su habitación. Bárbara no puede ver su reacción, demasiado atrapada en sus propias emociones.

Su madre continua preparando la cena, no sabe su hija que ella está combatiendo contra las lágrimas.

Porque los sueños cuentan en la vida. No es cierto que no cuentan.

5

Caminando por las estrechas calles blancas, mirando

a los balcones, pequeños

rectángulos de cemento alzados al

aire, las macetas casi colgando en

el aire, que apenas rozan el hierro forjado, los geranios de olor

punzante, las gerberas de colores, y algunos cactus espinosos y marchitos, no se nota distinción social. Pero más allá de los portones, por las escaleras de mármol, detrás de las puertas de madera maciza, hay una diferencia. Detrás de algunas puertas la vida es diferente, se presenta en su variedad. Y al diablo con la homologación, el derecho a distinguirse es lo mejor. Casas con vidas normales, irreprensibles, rectas como una línea infinita. Sin drama, solamente anónima cotidianeidad.

Y luego están las vidas como la mía, piensa Andrea mientras miras a su alrededor. Camina tranquilo, está a punto de llegar a su oficina.

Lo logré, sonríe deleitado. Examen aprobado. Soy un Notario.

oficina,

Está por abrir su propia

está

es

ahí

donde

se

dirigiendo.

Mientras

avanza,

levanta

la

mirada

hacia

los

balcones

coloridos

y

esas

visiones se mezclan otros recuerdos. El olor a fritura aún en la nariz, el zumbido molesto de la cocina y el robusto propietario del restaurante que se acerca y dice: "¡Fuerza muchacho, que aquí no se pierde el tiempo con los sueños!" En las afueras de Berlín, aquel hoyo de fonda donde trabajó como camarero, un lugar sucio que Aldo, el propietario, se atrevía a llamar 'restaurante' era frecuentado en su mayoría por inmigrantes italianos.

Ocho años de mierda,

piensa Andrea pateando una piedra en el camino.

El hijo de un inmigrante, que era sólo el camarero, no tenía medios suficientes para garantizar un futuro para sí mismo, y mucho menos para una mujer. Helena lo había atrapado muy pronto. Pero había algo más, algo que Andrea no quería pensar en este momento.

Llega al portón de su oficina, del bolsillo derecho saca las llaves.

Soy así, reflexiona. No puedo controlarme.

Sube por las escaleras, escucha el eco de sus propios pasos que resuenan en el vestíbulo del edificio.

La naturaleza de las personas no cambia.

Entra en su oficina, deja las

en pequeño cenicero de cerámica. Suspira satisfecho. Mira a su

llaves

un

la

entrada

sobre

alrededor. Más allá de la entrada esta su estancia, amueblada con gusto. Lo que nunca le ha faltado es un cierto gusto por los objetos refinados.

Diablos, se repite sonriendo. Es aquí donde quiero estar.

Es a Bárbara a quien quiero. Una nueva vida, una nueva mujer.

Allí, entre los inmigrantes se sentía diferente. Ellos fueron movidos por la desesperación de tener que salir de Italia, él de aquellos que

querían volver algún día. No sentirse más un extranjero. Quería respirar un aire diferente. Las bofetadas quería darlas en vez de recibirlas. Dominar en vez de ser dominado.

Desde la ventana la luz es deslumbrante. Andrea observa la curva panorámica de la que se puede ver todo el pueblo. En ese edificio, arraigado sobre la colina, allí está su oficina. Suya.

Él se apoya en la repisa de la ventana, mirando hacia abajo, la curva está cerca. Algunos coches pasan rápido, destellos de colores

que pintan la calle gris. Le encanta la vista, el mar tan cercano, los campos de tierra rojiza, los olivos que dan una sensación de paz.

Berlín es otra historia, una metrópolis demasiado moderna para alguien como él que ha dado un paso atrás, ha caído en el pasado.

Piensa en Bárbara. Trece años de diferencia son quizás muchos para un pueblo como Ostuni. En Berlín, no. Pero él quiere tenerla, quiere casarse con ella. No logra sacarla de su cabeza. No se da por vencido.

Verla a escondidas, pues, es

excitante, piensa.

El aroma a melocotón, fresco que no lo deja razonar. Un perfume ingenuo.

No ha aún osado en tocar a su niña. Pero esta noche, esta noche quizás sea suya.

Ama esa chica, la quiere para sí. La quiere como hombre. Con el deseo de un hombre. La violencia de un hombre.

"¿Quieres casarte conmigo?" Le ha preguntado la noche anterior.

Andrea suspira, se apoya en la repisa de la ventana y recuerda su intercambio de peleas.

Bárbara abrió la boca, miró hacia abajo. Se mantuvo en silencio. Y esto la hirió. El miró más allá de la ventanilla del coche, hacia el campo de Salento que los rodeaba.

Ha temblado Andrea. De miedo, de rabia.

"¿Qué es lo que no está bien?" le pregunto frunciendo el ceño, apretando los puños en el volante. "

"Pensé que me amabas

añadió.

Bárbara estaba tan cerca, tan fragante a su lado.

"¡Pero yo te amo! protestó ella de inmediato.

"Y entonces, ¿qué?" Insistió, mirándola con severidad.

"Andrea yo te amo pero tengo que ir a la universidad "

la voz de su niña era incierta, temblaba.

vez

tal

aún

"¿La universidad? ¿Qué tiene que ver la universidad ahora?" Pregunta con un tono de voz más alto.

coche,

apoyado en el capó, la cabeza baja, mirando hacia el suelo, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Andrea

salió

del

Bárbara lo alcanza, balanceándose sobre sus tacones. Él la miró, le dió ternura esa niña que se hizo pasar como mujer sólo por él. Se ven a escondidas, fuera del pueblo, para no llamar la atención.

¿Qué carajos tiene que ver la universidad? ¿Quién ha hablado de universidad? Se repetía sin darle voz a sus palabras, en su ira.

se desmoronó

delante de él, le miró a los ojos, pero

su voz, cuando temblando.

hablaba, seguía

Bárbara

"¡Yo quiero graduarme, Andrea!" Anunció con determinación tal vez por primera vez desde que lo había conocido. "No entiendo por qué "

reaccionas de esta manera

Andrea se dió cuenta rápidamente de la necesidad de cambiar su actitud.

estemos

"Podrás hacerlo una vez que "

le propuso,

casados

suavizando su tono.

Bárbara sonrió. Se acercó y lo abrazó fuertemente.

"Lo siento, es sólo que me "

se justifica.

tomaste por sorpresa

Andrea sonrió, abrazándola con

ternura.

6

Una explosión allí, justo a la altura del estómago. Cierto como el aire que respira. Bárbara está junto a Andrea en el coche.

Siente algo que le quema por

dentro, sabe lo que está por suceder. Lo comprende por la mirada de Andrea, líquida, determinada. ¿Pero qué significa, entonces, hacer el amor? Y ¿cómo se hace? A los 18 años uno no sabe cómo se hace. ¿O tal vez si?

“A los dieciocho años es tarde para descubrirlo, deberías haberlo "

Le dijo una vez Chiara

hecho antes

mientras bebían un jugo sentadas en las mesas de un bar céntrico.

"¿Tu ya lo hiciste?" le preguntó abriendo bien los ojos.

Chiara sacudió la cabeza con

fuerza, abriendo los ojos. "¡¿Pero, eres tonta?! Por supuesto que no, yo te lo "

habría dicho

y tiro un sorbo del vaso.

El sol se ha apagado, en el cielo sólo las estrellas, un cuarto de luna opaco. Bárbara tiene la respiración corta. Mira a su alrededor, están por pasar la curva panorámica. Dentro de pocos minutos estarán en la carretera en dirección de Pezze di Greco, Fasano, es allí donde el la llevara, lejos de los ojos indiscretos.

El pueblo está detrás de ellos ahora, conduce cuesta abajo, poco a poco la colina se aplana. Bárbara se

frota las manos en el vestido de algodón, las medias claras de nylon. Se pone los tacones, lo hace a menudo desde que conoce a Andrea. Es agradable sentirse más mujer. Es agradable ver que Andrea se la come con los ojos. Podría morir, Bárbara, por esos ojos.

"Amor, ¿estás bien?" Le pregunta él. Los tramos arbolados se alargan frente a ellos, algún coche pasa en la dirección opuesta.

Bárbara traga. "Sí, todo bien”, miente. No quería hablar, sus temores son sólo suyos. Por qué sí, Bárbara tiene miedo. Nunca ha hecho lo que está por

hacer y tiene miedo.

La mano de Andrea sube un poquito sobre el muslo firme de Bárbara. Luego se detiene. Bárbara retiene la respiración. Andrea se detiene. Ella siente su calor sobre la piel, siente su seguridad.

"Ya casi estamos allí", dice después. El tono es tranquilo, como de alguien que sabe lo que está haciendo.

No sabe, Bárbara, si tiene el coraje de ir hasta el final. No lo sabe. Se dejará llevar. Su confusión es evidente, aún más que la excitación de

Andrea. Le gusta enloquecerlo, le gusta sentirse así.

Andrea emboca un callejón, una callejuela a la izquierda. La campiña les rodea, la oscuridad cubre cada cosa y aquel silencio que se levanta de la tierra, tranquiliza la mente inquieta de Bárbara.

Quizás ya ha estado aquí, no es la primera vez bajo estos olivos, piensa Bárbara con una pizca de arrepentimiento por no ser su primera vez. Suspira, la diferencia de edad la

envuelve y está a punto de gritar. Pero, ¿cómo hacer? Andrea la mira con un deseo que le aprieta el estómago, sus ojos brillan.

susurra él, la voz ronca

y los puños apretados en un esfuerzo por controlarse. Desea tanto esa chica, debe calmarse. Debe tener cuidado, no hacerle daño.

"Amor

",

Bárbara apenas sonríe. Extiende una mano hacia la suya, la aprieta, se la lleva lentamente a la cara, y luego la besa.

"Ven aquí", le dice, tirándola

hacia él. Bárbara lo deja hacer, no tiene energías para oponerse, no quiere encontrarlas. Quiere sólo ser suya. Siente el deseo, tal vez es un error, tal vez debo esperar, tal vez

La ha tocado otras veces Andrea, pero nunca como hoy.

Hoy es diferente, hoy harán el

amor.

Andrea la impulsa aún más hacia él, ella se sienta sobre él y claramente siente su tensión.

Acaricia sus hombros, luego la

nuca, juega con un mechón de su cabello. Le roza las mejillas, no se atreve a bajar. No sabe que podía hacer con este hombre. Es inexperta, Bárbara. Inocente. No sabe qué hacer con Andrea.

Andrea le desabrocha el vestido, sin prisa. Y esa lentitud, tal vez calculada, tal vez no, le hace perder la cabeza.

Podría morir esta noche, piense Bárbara.

Ha tomado coraje, ahora. Siente la necesidad de tenerlo. Abandona todo arrepentimiento, se frota contra él, sobre

él. Cierra los ojos, la cabeza cae hacia un lado como en un gesto de abandono. Andrea la abraza, la muerde.

Viva, quiero sentirme viva.

Andrea la mira mientras sus manos se mueven con agilidad inesperada sobre su cuerpo, las manos pequeñas, delicadas que buscan el contacto con su piel. Manos de niña, su niña.

Ha caído un poco de niebla, invade todo ahora. Es como estar en un sueño o como si un pintor había dado un toque repentino de blanco.

Los músculos se le derriten, es como vivir un cansancio al que no se puede hacer más que ceder. Cuerpo sobre cuerpo, piel sobre piel sin obstáculo de ropa. Y esa urgencia que le corta el respiro, no la hace pensar.

Pero ¿de qué sirve pensar ahora? Ella se pregunta.

Finalmente él se le desliza hacia dentro, lentamente, muy lentamente. Luego, cada vez más vigoroso, y ese dolor, tan molesto no le importa. Bárbara vive, nace, y luego muere para renacer de nuevo.

Es hermoso sentirse mujer.

Arde allí dentro, piensa por un momento, pero se mueve Bárbara y reflorece. Se queja, aturdida por tanto amor. Se aferra a él y él la guía, la empuja, la arrastra con él en otra dimensión.

El ardor se hace más intenso, pero no tiene el coraje de detener a Andrea. Quiere sentirlo encima. Todo. Y el peso de su cuerpo de hombre no la ahoga, la llena, la colma toda. Él la acaricia, la cubre de besos porque no sabe qué le pasa cuando se trata de ella. Pierde la

cabeza.

Bárbara no quiere hablar, ese silencio la acaricia y ese hombre, ese hombre que la quiere sólo a ella, la tranquiliza. No quería decir nada, mejor hacerla vivir ciertas sensaciones.

Bárbara no sabe que Andrea tiene dos caras. No lo sabe aún.

Caramba como arde ahí abajo, piensa ella mientras lo acaricia. Hunde la cabeza en su cuello, cierra los ojos otra vez. Piensa que la vida con él será maravillosa.

Bárbara no lo sabe, no lo imagina.

Su madre no le dirige la palabra, no la quiere oír hablar. Gira por la casa, murmura a baja voz. Bárbara la siente incluso llorar en ciertos días, en ciertos momentos. Es como vivir un luto, una perdida.

¿Por qué carajos hay que llorar, entonces? ¿Si quiere casarse y entonces?

Bárbara esta resentida, esperaba algo diferente. En resumen, ¿acaso no es una buena noticia eso de un matrimonio?

"¿Y la universidad?", le preguntó

anoche,

con

la

expresión

del

ceño

fruncido.

"Puedo siempre estudiar

lo impide? respondió con prontitud.

¿qué me

"¿Quieres saber qué? ¿Lo quieres

saber?

¡La casa, la familia, los

hijos

eso!"

le gritó en cara con ira.

¿Los hijos? ¿Cuáles hijos? Pensó Bárbara asustada. Apenas tengo 18 años. Por un instante se sintió perdida.

Su padre en silencio, sentado en la

mesa. Miraba la televisión, parecía ignorarlas. Pero Bárbara sabía que las estaba escuchando, solo que en esa guerra no quería entrar. Se entretenía frente a la pantalla dejando que fuera su mujer la que continuara.

"¡Voy a poder hacerlo todo!" Continúa resuelta Bárbara.

" respondió su

madre, en su voz una leve inflexión. "¡Ni siquiera eres capaz de lavar tus calzones! ¡Y ahora quieres casarte!" Alzó el tono de la voz, lo hace siempre cuando se le crispan los nervios.

"Tú no tienes idea

vaciló Bárbara,

ofendida. Los calzones los lava y sin duda. Y por un momento pensó en dos noches antes, en el detergente que uso para eliminar las manchas de sangre del algodón, en el color rojo que salía mientras lo hacía.

"No es cierto

"

Sé que estas decepcionada,

mamá. Sé que esperas que vaya a la

querido decirle

Bárbara, pero no tuvo el coraje. Quizás ella vaya a la universidad y su mamá estaba haciendo una tragedia por nada.

universidad

hubiera

Su madre la miró. Bárbara sentía sus ojos que la escrutaban casi como

queriéndola hacer cambiar de idea. ¿Qué sabía su niña? ¿Qué sabía de los sacrificios? Se sentía grande, se sentía fuerte.

Pero un día se miraría al espejo y habrá entendido que sus sueños naufragaron en la vida cotidiana. ¿Y si fuera demasiado tarde ese día? ¿Si, como ella, se diera cuenta que la piel estaba arrugada y las energías disminuidas? Los sueños por realizar regresan después de los años y te encuentran sin preparación te devastan y no te dan paz.

Bárbara comprendió el sentido de

desilusión que se filtraba de los ojos de su madre. Pero, ¿qué podía hacer? Andrea estaba en sus pensamientos, en sus venas ahora. Y no podía, ni quería renunciar a él.

Después su madre deja la cocina, y se rencuentra sola con sus pensamientos. Se conduce a su habitación en silencio, ha abandonado a su hija a merced de su decisión. Bárbara la observaba mientras se alejaba, ha visto ese cuerpo maduro, encorvado por el peso de los años, por las responsabilidades, por las obligaciones cotidianas. Se ha preguntado, en ese momento, cuáles serían los sueños que su madre tendría

de jovencita.

¿Se realizaron, mamá? Dímelo, ¿se realizaron? Hubiese querido gritarle mientras desaprecia detrás de la puerta.

Su padre se levantó en ese momento. Se le acercó, le acarició la cabeza. Bárbara sintió una extraña punzada en el corazón, algo que parecía un dolor.

"Le pasará. Pero tú piensa bien." Le dice antes de retirarse él también.

Ese gesto tranquilo, que nunca se había atrevido a hacer, esa caricia lo conmovió incluso a él. Su hija habría tenido el rescate que sus mujeres merecían.

Se sentía culpable, él que llevaba una camisa a cuadros y pantalones negros arrugados por toda una vida. Un hombre viejo, sin pretensiones. Y esto también se acostumbró su mujer, sin pedir nada más que amor a cambio.

Pero habían días cuando él se preguntaba si esto sería suficiente. Veía a su mujer perdida en sus pensamientos, mientras meneaba al vacío una cuchara

en la taza de café, o cuando planchaba sudando y exigiendo que la ropa estuviera perfecta, o cuando sacudía el polvo todos los días de cada mueble de la casa. ¿Esto era suficiente para ella? Tenía una mente aguda, su mujer, una de esas mentes siempre activas y que no encuentran paz. Y si por un lado la admiraba, por otro, su brillantez intelectual le intimidaba un poco.

Y mientras el desaparecía también más allá de la puerta de la cocina, pensaba en el amor que cada día le había regalado aunque si también debía incluir una cierta dureza y falta de tacto a veces. Pero él era un hombre rudo en

el fondo. Su hija no. No tendría a su lado un hombre come él. Sino un hombre que había estudiado, con buenas modales y que la amaba y la respetaba, o al menos esto esperaba mientras se acercaba al dormitorio. Allí estaba su mujer, tendida sobre la cama pensando. Si él hubiese tenido el dinero, habría hecho que su mujer estudiara. En esto debía reconocerse una cierta apertura mental respecto a sus contemporáneos. Era un buen hombre en el fondo, sabía serlo. Había solo perdido de vista el horizonte y se arrebataba cada día como hacia su mujer. Pero por dentro, en ciertos días, lo rodeaba un fuerte sentimiento de injusticia, un

remordimiento punzante por no haberlo hecho. Si lo hubiese hecho, quizás su mujer estaría menos resentida, menos dura con su hija.

Miró a su mujer, con aires de enfado de una niña caprichosa, la bata que le caía suavemente sobre las piernas.

En el fondo es la misma chica de la cual me enamoré, pensó. Es aún bella, desilusionada, enojada, pero, caray, que hermosa es

Se quitó las chinelas, silenciosamente acostándose en la cama

junto a ella. Y sin decirle una palabra, se le acercó.

"¿Todavía estás enojada?” le

preguntó.

Ella se volvió hacia él, lo miraba como si no lo viera, como si sus pensamientos fueran escudo a sus ojos.

Sé que te he robado tus sueños. Piensa él, sin dejar de mirar esos ojos.

Pero te amo, siempre lo he hecho,

incluso en los días más difíciles pensó ella. ¿Cómo no iba a hacerlo, con un hombre que en la noche te acariciaba y te abrazaba así?

La rabia casi había desaparecido. Después de todo, después de todo el amor cuenta. Te hace ir adelante, incluso durante años. Y mientras lo abrazaba por un momento fue tocado por el pensamiento de que tal vez su hija, su pequeña Bárbara, hacia bien en casarse porque el amor lo es todo.

Tal vez.

Bárbara se quedó allí, mirando la

puerta vacía. Miró fuera por la ventana, el cielo oscuro, muy oscuro. Las nubes le quitaban la luz a las estrellas, la luna estaba en algún lugar en aquel cielo oscuro e inmenso.

Mamá, hice el amor con Andrea ya no soy virgen, mamá.

Ardía aún allí adentro. Pensó en sus manchas asquerosas de sangre. Había sido hace sólo dos noches.

Tú dices que no soy adulta, mamá. Pero quizás adulta soy ya.

7

Chiara la mira, levantando la vista de la revista que está hojeando ociosamente. Está sentada en un taburete, su mirada negligente de las páginas. Suspira. Cruza las piernas, luego las compone de nuevo como si no encontrara paz. Allí, fuera de la librería, es ya primavera, una explosión de colores y aromas. "¿Qué pasa? le pregunta Bárbara, detrás del mostrador mientras registra una factura. Finalmente aprendió a hacerlo, nada de complicado después de todo. La Señora Dora - una mujer

enérgica de sesenta años - le deja siempre mucha autonomía en la librería. Bárbara se ocupa de abrir y cerrar el negocio, de las ventas, de las ordenes y ahora también de las facturas.

le respondió Chiara

continuando a apartar la mirada de su amiga a la revista.

"Cuando haces eso, siempre hay le recuerda Bárbara que

algo

continua utilizando el teclado para digitar sus cifras. Las páginas revolotean demasiado rápido para que Chiara puede tener tiempo de detenerse y leer, ahora es sólo material trillado, cambian sólo los protagonistas, el chisme es siempre el

"Nada

",

",

mismo.

"¿Cómo puedes leer eso?" le pregunta Bárbara sinceramente dispuesta a comprender que cosa puede impulsar a la mente humana a interesarse en tonterías similares. "En fin, ¿a quién le interesa que Tizio le haya puesto un par de cuernos a Caio?" Sacude la cabeza, luego echa un vistazo detrás de Chiara. Por suerte existen los libros en este mundo, piensa. Aquel trabajo en la librería fue su salvación. Chiara eleva los hombros en un gesto de indiferencia. “Me gusta meter la nariz, lo sabes…” le dice. Bárbara clica sobre el mouse, fija los números en la pantalla. "Tu estas

responde. Luego la mira de

nuevo. "Entonces, ¿me dirás que te pasa hoy?"

No tiene intención de rendirse, Bárbara. Y Chiara lo sabe, la conoce, por esto hace todas escenas. Para impulsarla a no renunciar. "Lo sé que estas muriendo de las ganas de hablar, entonces ¡fuerza! ”

Escupe el sapo

contenta

"

ella le incita.

En la librería hay pocos clientes, algunas señoras de mediana edad que hojean los periódicos, un par de adolescentes empeñados en los libros de Nicholas Sparks y un chico delante de las estanterías de los cómics. Afuera el sol estaba tendido en las paredes blancas cociendo el yeso de los edificios, deslumbrando a todo el pueblo. Chiara cierra la revista de pronto. "Escucha, debo decírtelo, tienes "

la mira fijamente a los ojos. "

razón

¿Que carajos estás haciendo? la desafía en ese punto.

Bárbara por un momento parece no entender, frunce el ceño. Luego

levanta los ojos hacia ella más decidida, dejando por un momento su factura, los dedos aun sobre el mouse. "¿Qué quieres decir?", Preguntó con dureza. Te estoy dando la vía de salida de esta discusión, Chiara, non insistas. "No creo que tu hayas reflexionado "

esta historia del matrimonio

comienza la amiga. "En fin,

suficiente

pero

¿estas segura?" Tiene miedo, Chiara. La prisa de Andrea por este matrimonio la asusta. "

Bárbara. "¿Has hablado con mi madre?"

"No, no tengo necesidad" le

resopla

" Eso,

hay otra

responde. "Quiero hablar contigo sobre esta historia." Bárbara quita las manos del mouse, se las pasa por su cabello y su mirada persiste más allá de Chiara, por encima del hombro. Sacude la cabeza, regresa después a su factura. "Entonces, ¿me respondes? ¡¿Me puedes prestar un poco de atención?! ", Se lamenta Chiara. "¿Y para decirte qué?" exclama ella. "¿Que no son cosas tuyas y que es una cuestión entre Andrea y yo? ¿Es esto lo que quieres oír?" exclama finalmente. Algunos clientes se voltean en su dirección, luego finge prestar atención a los libros y a las revistas. Bárbara

siente un calor repentino que le sube del pecho, una cólera perturbadora. Chiara no se deja intimidar de su tono tan duro. "Deja de hacer como "

le dice. "Queremos

hablar, ¿no? ¿O quieres seguir por tu lado ya que piensas que los demás no pueden entender?" Chiara deja la revista sobre el balcón, se da la vuelta y se planta frente a ella. "¿Entonces?" Insiste.

Bárbara siente el clic del mouse en los oídos, junto al latido de su enojado corazón. Suspira lentamente, sabe que debe medir las palabras. "Ya te dije que no te concierne, Chiara. Decidimos casarnos, ¿qué hay que discutir?" La mira por un momento,

haces siempre

Chiara sufre por ese aire hiriente que su amiga muestra. Pero debe alentarla, está haciendo una tontería.

"Escucha, esas tonterías se las

puedes decir a tu madre, no a mí, ¿OK? A mi deberías decirme las cosas muy

verdad, por ejemplo. ¡¿Y él

que ha decidido?! ¿Es él quien te ha manipulado? Le pregunta sin dudarlo. Bárbara abre bien los ojos y el enrojecimiento de su rostro se vuelve aún más visible. "¡¿Manipulado, Chiara?!" Le dice a baja voz. "¡¿Manipulado?! Pregunta de nuevo, entrecerrando los ojos hasta hacerlos

diferente

la

dos pequeñas ranuras. "Sí, entendiste muy bien.

MANUPULADO. Sé que has perdido la

por favor, espera.

Podrías arrepentirte un día de haber "

tenido toda esta prisa

Bárbara no responde, sus ojos se llenan de lágrimas. La ira siempre le hace este efecto.

No puede hablar, un nudo se le ha plantado en la garganta. "¿Dónde terminaron tus planes? ¿La Universidad?” Chiara no se rinde Somos lo mismo que tú y yo, Chiara. Tercas sin esperanza. "Están siempre ahí mis sueños, mis

cabeza por él

pero

No he renunciado".

Responde después con una débil voz. Luego levanta la mirada hacia su amiga y añade: "Yo amo Andrea, ¿comprendes? La única cosa que quiero es estar con él. Lo demás vendrá por "

se aleja, casi para respirar un aire

proyectos

diferente, menos hostil. Se dirige a la estantería frente al mostrador, donde están los textos sobre arte e historia de Ostuni. Pretende estar ocupada moviendo un tomo de un lado a otro.

"Un poco aproximado esto 'el resto luego se verá', ¿no crees?" Chiara se le acerca otra vez. "En resumen, ¿qué quieres de mí?" "Que razones ¡Carajos!" grita ella.

Y sé que mi lenguaje soez te molesta, pero no me importa. Un sabor amargo le aparece en la boca. Se miran con dureza. Chiara luego sacude la cabeza y se da vuelta y se aleja, sin que Bárbara tenga tiempo de agarrarla. Pará, Chiara. No te vayas. ¿Cómo haré si no estás tú? ¿Por qué cada decisión debe ser siempre así de difícil contigo, Chiara? La ve como se acerca a la salida, sus hombros casi un poco encorvados por la decepción. Luego Chiara se gira. "Tienes una vida maravillosa por delante, llena de oportunidades. No te constriñas a ser infeliz " le dice antes

de desaparecer tras la puerta y sumergirse en el sol de primavera. El sonido del portazo le afecta. Duele, Chiara. ¿A dónde vas?

Bárbara regresa a su factura, con los ojos húmedos. Hace clic en el mouse y el ordenador regresa a la vida. Traga un sollozo, se limpia una lágrima con el dorso de la mano y luego se esfuerza por centrarse en sus números. Al menos esos son datos ciertos. ¿El resto tal vez lo es?

Minimiza la factura, mira las fotos en el desktop. Ella y Chiara en la

motocicleta,

dos

 

años

antes.

Chiara

sonríe,

saca

la

lengua.

Ella

sonríe

también,

pero

de

una

manera

más

comedida. Es este el punto, ¿entiendes Chiara? No quiero que sea todo tan entretenido, así de predecible en mi vida. Quiero poner todo al revés, Chiara. Mi vida debe ser amor, locura. ¿Por qué no entiendes Chiara? Apaga el ordenador, es casi la hora de irse. No hay nadie en la librería.

Apaga las luces, que se dispone a cerrar la puerta de metal que una vez más, como siempre, es un sonido escalofriante que le pone la piel de gallina. Nunca se ha acostumbrado a ese

sonido. El aire es más fresco ahora. Mayo es un mes indulgente por allí, en ese rincón remoto del sur. Se siente el aroma de las flores en el aire, en mayo. Los exámenes finales se acercan. Debe regresar a casa para estudiar, piensa en sus libros sobre el escritorio, los esquemas conceptuales, los resúmenes que la esperan. Sus pasos resuenan en el asfalto, apenas audibles.

Hicimos el amor

Andrea y yo,

Chiara. ¿Sabes? Pasea tranquila, a veces levanta los ojos al cielo. Le gusta pensar que alguien cuida de ella en algún lugar del cielo. Los balcones en flor cruzan su

mirada y los llenan de colores vivos y todo aquel blanco entorno es como un bálsamo.

Es dulce, Andrea. ¿Sabes, Chiara? Nunca me había sentido así Gira a la derecha, se encamina por una callejuela secundaria y mira de nuevo el cielo. Pero ¿qué sabes tú del amor, Chiara? En el fondo no sabes nada "¡Cuidado!" Oye luego decir. Es Chaira, justo allí enfrente de

ella

"¡Chiara!" Dice Bárbara sorprendida, el corazón le late fuertemente.

No está sola, aprieta la mano de un chico. Uno que no ha visto antes. Lo observa atentamente, esperando desde el corazón recordar aquel rostro para no tener que admitir que Chaira de ese tipo no le ha hablado nunca. Duele Chiara, ¿sabes? "

inflexión. Casi parece vacilar.

su voz tiene una ligera

"Bárbara

"¿Qué pasa Chiara?" Le responde

herida

¿Quién es Chiara? ¿Quién es? ¡¿Por qué no sé nada de él?! Sin embargo, sostiene tu mano

comienza

Chiara

"Hola, soy Antonio", añade él. Le extiende la mano, Bárbara devuelve el saludo y luego vuelve su mirada interrogante a Chiara. En el futuro recordará ese momento, ese encuentro al que no da la debida atención ahora. Ahora sólo es Chiara quien le debe una explicación. Bárbara baja la cabeza, decepcionada. Suspira. ¿Me has sacado de tu vida,

Chiara?

"Escucha Bárbara, quería "

decírtelo

"Bárbara, él es

"

pero

es siempre así

Bárbara levanta la mirada hacia la amiga, la mirada herida.

por Andrea, ¿verdad?"

termina la frase por ella. “Es así que

dices siempre

Le voltea la espalda y, sin añadir nada, se va.

le dice Chiara en un

susurro.

No te comprendo Bárbara. Realmente, no te entiendo. ¿Qué te pasa? Piensa Chiara rechazando el sentimiento de culpa amenza con devorarla.

" tomada

¿No es verdad?"

"Ok vete

"

8

Este cielo azul que penetra en el interior. Bárbara camina en dirección de la escuela, disfrutando del calor de un día de finales de mayo. Unos días más y

luego será tiempo de exámenes. Se siente sola mientras prosigue a paso firme, con los hombros encorvados. Chiara no la ha llamado más. Le hace mal no poder levantar el teléfono y hacerlo en su lugar. Este maldito orgullo

Los autos pasan veloces, los viajeros regulares se dirigen hacia pueblos vecinos para ir a trabajar o por cualquier mandado que hacer. Es un cansancio crecer, piensa Bárbara. Un verdadero cansancio. ¿No era mejor quedarse una niña? ¿Y continuar jugando con las Barbies, Chiara? ¡¿Quién había pensado antes en el orgullo?!

Suspira mientras observa con indiferencia las calles, alguna botella de cerveza vacía, molestas gomas de mascar, tarjetas olvidadas en las esquinas de los edificios por los turistas inciviles que se adjudican el derecho de comportarse en Ostuni como no se comportarían en su país. O peor, continúan simplemente haciendo lo que están acostumbrados a hacer: ensuciar, contaminar. Escucha el ruido de un coche demasiado cerca de ella, se voltea. "¡Súbete!" le dice Andrea con su mejor sonrisa, hace un gesto con la mano dando un toque sobre el asiento para invitarla a entrar.

responde ella

feliz del giro inesperado que esa mañana ha tenido. Abre la puerta, entra en el auto. "¡Que bella sorpresa!" se acerca para darle un beso en la mejilla.

"¿A dónde vamos?" Le pregunta él. Parece alegre, despreocupado, su Andrea. ¿Cómo puede amarla? ¿Cómo puede querer vivir con ella? Bárbara lo mira, levantando una

ceja. "¿Me preguntas a mí

asombrada. "Sí. ¡Hoy decides tú!” le comunica dándole una palmada en la mejilla. Bárbara se finge pensativa "¿Dónde quiera?" pregunta entrecerrando los ojos.

Pregunta

“Así me tientas

"

?"

Andrea

hace un guiño, no dice

nada. Sólo sonríe. "¡Trani!" decide ella al improviso. Y al carajo la escuela, diría Chiara.

Embocando la calle provincial que conduce al mar de Ostuni, a solo nueve kilómetros. Bárbara alarga la mano para subir el volumen del radio, baja la ventanilla. El cabello le vuela por el rostro. El aire es cálido, salobre. El verano se acerca. Andrea la observa.

Es bellísima su Bárbara. Hoy y siempre será solo suya. La sombra de los olivos dibuja círculos casi perfectos alrededor de sus troncos, mientras el sol calienta las hojas se mecen ligeramente. Alrededor sólo el muro de piedra al lado de la carretera y el cielo despejado por encima de ellos como el manto de una madre amorosa y se funde con el mar justo en frente de ellos, a unos pocos kilómetros más abajo. Es casi un año de que Andrea está en Italia. Ha aprendido a amar el paisaje, la naturaleza tan llena de colores, tan cálida. Vive como un abrazo perenne, la Puglia. La respira cada día,

sus

matices. Viajando por kilómetros sobre la autopista 16 en dirección de Bari. Es el mar quien acompaña su viaje, ese Adriático que dió su nombre a la misma calle que están recorriendo. Las villas turísticas, las pequeñas casas adosadas, incluso algunas palmeras. Y la campiña. Tanta campiña. Puedes voltear los ojos a cualquier punto, pero está en todas partes.

la

absorbe

plenamente

en

todos

Chiara nos chapotearía allí dentro, sonríe Bárbara. Después tiene una punzada en el corazón, repentina y cruel. ¿Dónde carajos estas, Chiara? ¿Por qué no estas aquí? Podríamos

detenernos a hacer compras allí, divertirnos probándonos todo lo que nos gusta Andrea la observa en silencio. Tiene una expresión extraña, no dice nada.

"¿Todo bien?" Le pregunta después acariciando su pierna. Siempre es atento su Andrea. Le sonríe, decidida a ahuyentar los pensamientos tristes hoy. "Todo bien" dice y vuelve a mirar más allá de las ventanas su tierra roja, seca.

Después de algunos minutos, aparece Trani. La pequeña ciudad con

vistas al Adriático. Y la catedral sobre del mar, visible desde la carretera en el lado derecho. Piedra y mar. Andrea aparca el coche en una calle lateral, la toma de la mano, la aprieta fuerte mientras caminan por las calles. No hay mucha gente alrededor. "¿Dónde quieres empezar?" Él le pregunta. "¡Desde la Catedral, por favor!" Responde determinada saltando feliz.

Andrea le hace una seña de continuar directo. "¿Quieres un cornetto antes?" le propone. "¡Sí!"

Entran en el primer bar que encuentran, Bárbara saborea un delicioso cornetto de chocolate, pensando que nunca se había sentido así de feliz. Andrea está a su lado, le acaricia el cabello decidido.

el

chico en el mostrador. Bárbara niega con la cabeza. No quería café, siempre le deja un regusto insoportable. Sólo quería dulce, tanta

"¿Café?" Pregunta después

chapotear

dentro.

Andrea le pasa una servilleta, luego parece cambiar de idea y le limpia él mismo un poco de chocolate de los labios. En el camino le aprieta la mano de nuevo, Bárbara se siente segura. Camina, disfrutando de la atmosfera de tranquilidad típica de las ciudades pequeñas que conoce bien. Y en cuestión de minutos aparece la catedral. Su corazón está lleno de alegría, sonríe con deleite. Sus ojos reflejan el color exacto de las paredes, el blanco sucio de la arquitectura románica tan frecuente en

dulzura

infinita.

Quiere

Salento. Su mirada sigue la geometría de la iglesia, en esa posición única sobre el mar. Calla, abrumada por tanta maravilla. Estoy exactamente donde quiero estar, se dice. "¿Y bien?" Le pregunta Andrea poniéndose detrás de ella y rodeándola con sus brazos. "¿Es como te la esperabas?" "Mucho mejor", dice y se apoya en

él.

9

Nubes ligeras tiñen el cielo de blanco, el aire ahora cambió y el otoño no está muy lejos. Chiara mira a la carretera frente a ella, con las piernas cubiertas por pantalones de mezclilla. La motocicleta pasa velozmente. Está sola. Hasta hace unos pocos meses antes Bárbara estaba con ella, con el cabello que le arrastraban por el rostro, movido

por el viento, la ropa pegada al cuerpo, los brazos que rodeaban su vida. Pasa por delante de la casa de la amiga, luego regresa atrás y recorre la misma calle. Tiene un dolor en el corazón. Aprieta los ojos, cierra la boca, luego la vuelve a abrir. Quisiera gritar. ¿Dónde estás Bárbara? Nunca regresó. Y el verano está por terminar. Demasiado atrapada por su boda, por sus nuevos proyectos. Y yo, Bárbara, ¿qué papel que tengo en esta película? Chiara ahoga una repentina tristeza, traga con ira. No se dejará abrumar por las emociones del momento.

Esta historia tiene que terminar, de repente decide. Hace un giro con la motocicleta, el ruido de los neumáticos chirriando sobre el asfalto mientras se dirige a la librería que ha evitado cuidadosamente en estas semanas. Aprieta las manecillas del manubrio, acelera. El rugido del motor es fuerte, decidido, enérgico y llena la apatía de la tarde del pueblo. Era la hora en que las cucharillas se revuelven en las humeantes tazas de café, la hora de los buenos pensamientos después de la debida siesta. Los niños toman de nuevo las calles, las reaniman. No puedes seguir ignorándome, Bárbara.

La librería aparece en la distancia, un lugar familiar. El corazón de Chiara se estrecha un poco. Yo y tú, Bárbara. Tú y yo. Chiara aparcar la motocicleta detrás de un coche azul, a pocos metros de la entrada del negocio. Deje las llaves introducidas, total aquí me conocen todos, piensa. Y luego nadie tiene el coraje para llevarse la carcacha. Toma su bandolera y se acerca resuelta. En la entrada, sin embargo, tienen un momento de duda. Siente que su corazón resuena en los tímpanos. Eres una perra, Bárbara. Eso es lo que eres.

Abre la puerta y oye el susurro familiar de los pensamientos que la acechan en la entrada. Y ¿si no quieres verme? Se pregunta. ¡Bueno, al menos tendrás que escucharme!

Retiene la respiración, casi sin darse cuenta. Bárbara no parece estar allí. La librería está vacía. Luego una cabeza asoma a la derecha, desde la parte trasera de la tienda. Ahí está la perra, piensa Chiara. Bárbara tiene una expresión

indescifrable lo que sólo aumenta la vacilación de Chiara. Pero se ven obstinadas.

finalmente, piensa

Bárbara. Siente el corazón lleno de gratitud, tanto así que no puede contener las lágrimas. Está allí, en ese momento, se da cuenta de cuanto Chiara le ha hecho falta.

sorprende,

desprevenida por aquella emoción. "¿Qué haces, lloras?" Le pregunta en voz baja. Ella estaba lista para una batalla verbal cruel, pero esta ternura la confunde, se disuelve la cólera de esos meses. ¿Dónde está su coraje? ¿Su

Ahí estás

Chiara

se

decisión?

Se miran llenando en pocos instantes los largos días de ausencia. Bárbara luego sonríe y toma su mano. Chiara la rechaza, quiere sólo abrazarla. ¿Qué hago con una simple mano? Quiere oírla, quiere respirar su perfume. "Gracias" la escucha decir, su voz apenas un susurro. "Mueve tu trasero y cierra la librería que vamos a dar un paseo." Se derrite con aquel abrazo de mala gana, pero odia mostrarse tan vulnerable. Debe ser la más fuerte ella. Y en la motocicleta Bárbara se

aferra a ella. Una vez más.

no lo hice antes? Se

pregunta Chiara mientras conduce hacia el mar.

¿Por qué no lo hice yo? Se culpa Bárbara.

¿Porque

Que estúpidas que fuimos,

Chiara Una lágrima amarga, molesta, sin embargo, liberadora le riega el rostro. "Todavía sigues siendo siempre una perra" le grita Chiara sin perder de vista la carretera. Bárbara se le acerca al oído derecho: "Tienes razón. La perra más grande del mundo ", admite.

El viento le despeina el cabello,

casi no respira con todo aquel el aire en

la cara. Pero Bárbara siente bien, Chiara

está con ella de nuevo. La costa aparece inmediatamente,

a trazos irregulares, en su hermosura azul. El mar es una mesa, sin ondulación, ninguna raya blanca.

"¡Metámonos allí!" Le dice Chiara, poniendo la moto cerca de un poste y apuntando a un lugar impreciso a pocos metros de ellas. Bárbara la sigue, feliz de dejarse dirigir por ella. Como siempre. Se alargan por la arena, sin toallas. Miran el cielo, azul como el mar. El silencio

entre ellas es lo que conocen bien, un silencio que trae una sensación de paz típica de cuando están juntas.

",

comienza Bárbara. Está esperando este momento durante meses. Ya no puede resistir.

"

le anticipa Chiara usando un tono predecible. Bárbara, se da la vuelta en su dirección. "Pero, ¿cómo demonios haces?" "Te conozco, Bárbara" se encoge de hombros con indiferencia, sonriendo. "Soy siempre yo, somos siempre nosotras."

"Tengo que decirte algo

"Ya hiciste el amor con Andrea

Bárbara sacude la cabeza, sonríe también ella. Siente el corazón en el pecho que va a saltarle. "Tengo que decirte algo

dice después Chiara. Luego

también

se vuelve hacia ella: "¿Quieres tratar de adivinar esta vez?"

"¡No podría, lo sabes!" Responde

"

ella.

 

"Me inscribí en la facultad de

Química

",

dice como si fuera una cosa

entre muchas, sin importancia. "¿Qué cosaaa?" Bárbara se levanta para sentarse. "¿Hablas en serio?" La mira con los ojos muy abiertos. Y yo todavía no me inscribo en la

universidad, tengo que hacerlo antes de

que termine el plazo

ligero sentimiento de culpa. "Sí, ¡por supuesto!" Confirma la amiga con evidente placer. "¿Y de dónde llega esta decisión?" le pregunta. Está feliz por Chiara. Sabe que puede hacerlo, la ha sabido siempre.

me di cuenta de que yo

no quería pasar todo el día andar por

reflexiona con un

"Bueno

ahí, quería darle sentido a todo comienza Chiara. Bárbara sacude la cabeza, sin estar convencida. "Vamos, esta es la versión

"

oficial

¿cuál es la verdadera?" Chiara, somos tú y yo,

¿recuerdas?

 

"Eh

Bari, dice

Antonio

que

me

él se inscribió a "

de

se

va a ayudar

justifica

con

un

encogimiento

hombros.

Antonio

",

"Bueno, ya me gusta este le dice.

Chiara calla por un momento. "Es genial, ¿sabes?" "¿Sí?", Le pregunta Bárbara sonriendo dulcemente. Chiara se vuelve hacia ella, nunca la ha visto así. Parece feliz,

serena. Tiene un salto en el corazón. "Estoy feliz por ti" la abraza fuerte. También mi Andrea es fantástico, sabías Chiara "Y tú, ¿cuándo te casas?" Le pregunta la amiga después.

El mar ha comenzado a moverse con más fuerza, leves ondas dibujan líneas blancas en su superficie. Un débil viento siroco se levantó y les acaricia el cabello bajo el sol. "

"En otoño "Bárbara, ¿qué pasa?" Chiara se detiene a mirarla directamente a los ojos.

Bárbara vuelve su mirada esta

bien,

tranquila.”

Pero imaginarías lo que significa estar detrás con todos los

", le dice. "Hay días en

que quisiera que llegara de inmediato el momento para vivir mi vida con ”

Andrea

"Disfruta de estos momentos, no "

seas siempre apresurada

un guiño, "¡a veces los inicios son la mejor parte!" Le da un codazo en el costado que casi la bota. ¡Hey!" Se queja ella. "¡¿Desde cuándo eres una experta?!" Le pregunta un poco avergonzada. "Desde que existe Antonio

luego hace

preparativos

vez

más

decidida.

"Todo

" y

le hace otro guiño. También Andrea sabe hacer los inicios, Chiara. Y siente un repentino escalofrío. "Sin embargo, si necesitas una

mano con los preparativos yo estoy

le recuerda encogiéndose de

hombros con fingida indiferencia.

aquí

",

"Gracias." No me lo pidas, Chiara. Por

favor

"¡¿No me digas que ya lo has elegido?!" Le pregunta la amiga repentinamente con los ojos bien abiertos. "¡Ya elegiste tu vestido de novia! ¡Sin mí!” La acusa mostrándose

ofendida. Bárbara frunce el ceño con aire "

y retuerce la

de culpabilidad. "Sí boca fingiendo llorar.

razón

"Bueno, entonces tienes toda la eres una perra."

"Vamos

Bárbara suspira con tristeza. ”

No sabía que

"Está bien, está bien. Pero voy a ir contigo a probarlo la próxima vez" la intimida y fingiéndose ofendida toma su mochila y se dirige a la motocicleta. El cielo está oscuro ahora, la marea está subiendo. Sus huellas en la arena son decididas, profundas.

Bárbara

"Hey

no hagas eso

"

corre tras ella. Sé que son todas escenas,

piensa sonriendo. ¿Qué crees

que no lo sé?

Chiara

10

Enfrente al balcón de la casa, sobre la barandilla que necesitaría una

mano de pintura con el marco descascarado en varios puntos, Bárbara recuerda a Chiara. Es bello tenerla de vuelta en su vida. Es como si todo había adquirido más sentido, como si todo tuviera más color. El pueblo está rodeado por una capa sofocante, Bárbara suda sin siquiera moverse, y tiene un terrible dolor de cabeza. Mira a su alrededor:

ropa que cuelga afuera para capturar la luz de un sol que dormita. Colores normales, de gente normal. Ninguna excentricidad, ningún hábito extraño. Azul, negro, marrón y blanco, los colores de la ropa de la gente del pueblo. ¿Dónde están los

colores? ¿Los que llenan los ojos y los corazones, algunos días? ¿Dónde está la audacia de la gente? "Bárbara, ¡ven aquí!" La intima su

madre.

Otra clase de cocina. Bárbara sacude la cabeza y sonríe, porque después de todo, su madre lo hace con ternura con su deseo de enseñarle a cocinar.

"¡Voy!" Le dice entrando a la casa y saltando hacia ella. Le da un beso en la mejilla, la mira feliz. "¡Aquí estoy, estoy más que lista!" También su madre está lista, los ingredientes sobre la mesa, un viejo delantal alrededor de la cintura.

Mucha televisión es malo piensa Bárbara con una media sonrisa. Parece estar lista para un episodio de la Prueba del Cocinero. "Entonces, hoy prepararemos

le comunica sin que ella

tenga mucho que objetar.

lasaña

ok?"

"Un reto

",

le hace notar.

"Siéntate y mira, te voy a explicar ”

cómo hacerlo

Bárbara la segunda, apoyando los codos sobre la mesa. "¿Trajiste tu cuaderno?" Le recuerda su madre. Bárbara salta, "¡No!" Luego corre a tomarlo de uno de los cajones de la

cocina.

También toma una pluma de inmediato. Empieza un poco agitada, las lecciones de su madre siempre le hacen este efecto. "Si de verdad quieres casarte,

tienes que aprender a cocinar

repite

como en cada lección. "Ahora, escribe "

los ingredientes y

Bárbara termina la frase en su y cantidades precisas, lo sé."

lugar: "

En el rostro de su madre se ve una expresión molesta.

",

la íntima.

"¿Qué pasa?" Le pregunta a su

hija.

"¿Quieres tomarlo en serio?" Advierte levantando una ceja. "Lo siento, tienes razón." Bárbara la mira, se está realmente esforzando. Todavía no está convencida de que el matrimonio sea la elección correcta de su hija, pero se está esforzando. Un sentido de gratitud le sale del pecho, repentinamente. "Está bien, mamá", le dice y se vuelve al cajón para tomar un delantal, lo ata alrededor de la cintura y piensa en lo extraño que es todo esto. Casi siente un sentido de inadecuación a la idea de que la cocina pronto será su entorno. Hasta hace unos meses iba a la playa con sus amigas, se divertía en la

motocicleta, estudiaba. Siente como un nudo en la garganta.

¿Es esto realmente lo que quiero? Luego se corrige, sacudiendo la cabeza y decide. Es Andrea a quien quiero. "Bárbara, ¿escribiste lo que te dije?" Le pregunta su madre. Sólo entonces se da cuenta de que se distrajo por un momento.

sostiene

la pluma seriamente intencionada de

seguirla esta vez.

"Ven conmigo, cortemos la cebolla ”

"Mamá, ¿puedo hacerte una

Le pregunta mientras la

para la salsa

"Sí, es decir, no

dime

"

pregunta

?"

sigue a la cocina y coge un cuchillo. "

distraerse mucho de lo que está haciendo su hija.

la alienta ella sin

"Dime

Podré ser capaz de cortar dos cebollas, piensa Bárbara

"¿Cómo

fue

para

ti

?

El

matrimonio digo le dice,” "

joven también tú

eras

tan

Su madre la observa, evalúa si decirle o no la verdad.

" y luego le

pasa una zanahoria gigante y el apio. "Córtalos."

"Fue duro al principio

¿Qué quieres decir? “Insiste ella.

"Luego, con el

tiempo te

acostumbras, ¿sabes?" Dice vertiendo

de un par de botellas de salsa en una

olla sobre la estufa. "Acostumbrarse ¿a qué?" Bárbara tiene como un rechazo. No quiere acostumbrarse ella, no habla de

acostumbrarse a nada. Sólo quiere amar

a Andrea. ¿Cómo puede el amor convertirse en un hábito?

" aclara

su madre cómo leyéndole los pensamientos. "Sino al hecho de que muchos sueños no podrán realizarse.

"Ciertamente no al amor

Continúa, nos convencemos de que después de todo lo que importa es estar con la persona que amas”. En el aire se cierne un delicioso aroma de tomate fresco y cebolla. "Y ¿no es así?" Le pregunta Bárbara girando la salsa en la sartén. "Claro, es así de lo contrario

no se podría resistir. Pero

se sienta un momento en una de las sillas

alrededor de la mesa. "

Hay días en

", su madre

que uno se pregunta qué hubiera pasado si las cosas no hubieran sucedido como

pasaron." Bárbara está desconcertada amor no siempre es suficiente?

¿el

"Yo limpiaba, cocinaba, te

y esto me mantenía

ocupada, muy ocupada. Pero algunas noches, cuando todo estaba en silencio y me quedaba a solas con mis pensamientos, me preguntaba si yo era feliz o si había algo que me hubiera gustado vivir de una manera diferente”.

Bárbara tiene un nudo

criaba a ti

"¿Eh

?"

que no terminaba de bajar. Toma un poco de carne molida y la verte en la sartén de la salsa. El olor de la carne llenaba la habitación.

Su madre permanece en silencio por un momento y luego dice: "Y sí, "

Luego se levanta y va

había algo hacia su hija.

"¿Hubieras querido continuar tus estudios?" Pregunta en voz baja. Hay algo que la perturba y el pensamiento de su madre que lamenta algo. No lo puede soportar.

Su madre hace una seña de asentimiento, sin decir nada. "¿Cómo viviste todo entonces? ¿Cómo haces ahora? " "Los tenía a ustedes y esto recompensaba cualquier remordimiento", le sonríe. "En la mañana me levanto y sé que en el fondo tengo mi familia y por lo tanto puedo seguir adelante, aunque tengo algunos arrepentimientos. En el fondo, todos tenemos uno. "

Le sonríe como para convencerla de que lo que estás diciendo es la verdad. "¿Y tú? ¿Tienes dudas? ¿Por

? ",

qué me haces todas estas preguntas le pregunta después su madre.

yo sólo quería saber

cómo era

Continúa revolviendo la carne en la sartén, respirando profundamente el aroma embriagador.

"No

yo

todo."

"¿Alguna vez te arrepientes

?"

Le pregunta después para desviar la atención de sí misma.

"¿Arrepentido? ¿De qué? ¿De haberme casado con un hombre

maravilloso y de haberte tenido a ti?” ”

Sacude la cabeza. "No, nunca

" ¿Pero?" Bárbara la observa.

No cree haber apreciado nunca suficiente lo que su madre hace por ella, por ellos. Lo ha siempre dado por sentado.

" Pero si volviera el tiempo

atrás ¡de seguro encontraría el tiempo para estudiar!" Le dice y parece ser casi una advertencia para ella.

Después su madre se vuelve hacia ella, agarrándola de los brazos y mirándola directamente a los ojos, sin escapatoria. "Hazlo, por favor. Tú encuentra el tiempo para estudiar”.

Bárbara baja la cabeza. No puede soportar esos ojos, esas confesiones

Lo sé, mamá, tengo que lo espero tanto.

hacerlo

"Agárrate a este amor cada vez que puedas, pero no te olvides de ti misma", le dice. Pasan los próximos minutos para arreglar las capas de lasaña en la sartén al fuego, compartiendo un silencio lleno de emociones. "¡Eso es!" Anunció después Bárbara satisfecha. Su madre le sonríe. "¡Bravo!" La halaga encantada. Sus clases están

empezando

resultados. Su padre se acerca a la puerta, apenas regresando de su juego diario de cartas con los vecinos del sótano. "¡Qué bien huele!" Dice con su vozarrón alegre. Bárbara y su madre se miran como cómplices. Intercambian una sonrisa.

algunos

a

producir

"¡Las hice yo, papá!" Le dice andando hacia él. Y le da un beso en la mejilla.

"¿Tú?" Le pregunta escéptico, levantando una ceja. "¡Sí! ¡Yo! “Finge escandalizó

poniendo las manos en sus caderas. Después el padre se va, sacudiéndose la cabeza. Está a punto de irse su niña, esa flor de mujer que está floreciendo bajo sus ojos. No verá girar alrededor de la casa su cola de caballo, sus zapatillas con forma de perro, no la verá leer montañas de libros que yacen en su habitación hasta tarde en la noche. Se irá y ya siente un pesar que le sale desde adentro. Andrea abre los ojos, pero aún antes de hacerlo tiene la sensación de que algo está pesando sobre sus piernas. Un cuerpo blando, el de Bárbara, un cuerpo joven perfumado. Respira su aroma, luego se sienta de repente.

"Hey

¿qué sucede?" Le pregunta

Barbara, con su voz soñolienta.

Por un momento, una fracción de segundo, la mira. Observa su rostro marcado por los pliegues de la almohada, hinchado por el sueño. "¡Mierda!" dice después levantándose y tratando de vestirse a toda prisa. Bárbara frunce el ceño por un momento, sin entender. Luego sigue la corriente y dice:

" y

"Oh Dios, oh Dios, oh Dios recoge su ropa del suelo.

"¡Tu padre me va a matar!", Dice Andrea mirando su reloj sin dejar de inhalar y exhalar. "¡Mierda! Lo que "

menos necesitaba

Bárbara no dice nada. Tiene un vacío en el estómago muy similar al miedo. Se vuelve a vestir y trata de imaginar las palabras de su madre. "¿Dónde diablos has ido?" Le diría. "¡Vamos vístete!" le incita Andrea ya listo.

se justifica

ella, sus manos le tiemblan. "¿Qué hora es?" Encuentra el valor de preguntarle, tiene miedo de escuchar su respuesta.

Afuera el silencio de la campiña resuena en los oídos, el aire está

"Estoy tratando

"

detenido. Toma sus jeans, mete una pierna a la vez. Su cabello le cae en su cara y le impiden ver dónde poner los pies.

La luz es tenue, un escalofrío le

recorre la espalda al pensar en lo que hicieron. Y luego se quedaron dormidos

como dos viejos cansados

sentimiento de culpa la devora al pensar a la espera de su regreso.

Pero Andrea ¿por qué cuando estoy contigo no razono? ¿Qué me haces?

Andrea se acerca, se frota contra él. Es suyo, la quiere sólo a ella. "¿Qué estás haciendo ahora?" Le pregunta él sorprendido.

el

Al diablo con los sentimientos de culpa. Es con él que quiere estar.

"¿No lo ves?" Le susurra en el oído maliciosamente con una mano comienza a desabrocharle el pantalón que él acaba de ponerse.

Es

sosa, su Bárbara. Es hermosa, blanca como ese pueblo a la débil luz de la lámpara que hay en ese dormitorio improvisado. Y el olor a melocotón no puede luchar contra él.

" le

recuerda con pocas ganas de remediar ese monstruoso retraso que hicieron.

Bárbara no habla, esté desnuda ahora. Lo acaricia con sus manos de

"Sí, claro

pero Bárbara

"

"Tenemos que irnos, Bárbara

niña. Piel sobre piel. "¿Sabes lo que esto significa?" Él insiste mirando su reloj. ¡Mierda, las tres! "Tus padres me matan" Pero que dulce es su boca, que lentamente baja.

Hace algo que nunca ha hecho, Bárbara. Y Andrea deja de pensar. Te da un extraño poder hacer esto, ella reflexiona. Después él la alienta, la acuesta de nuevo. Se adentra en ella, la sacude. Más tarde, en el coche, Bárbara mira por la ventana. Siente el olor masculino de Andrea todavía por encima. Tal vez lo sentirá también su

madre. Un pesar la toma por el pecho. Es tarde para remordimientos, se dice. Mejor enfrentar la situación como si fuera una mujer. Ahora, después de todo soy una mujer Es el amanecer ahora, un toque de color naranja colorea el cielo claro. Todavía está la oscuridad de la noche apenas pasada mientras despunta la luz prepotente que despierta al mundo. Es la vida para ser vivida ahora, casi aquella que hasta ahora no tenía mucho sentido. Soy una mujer ahora En las escaleras de la casa toma un ligero suspiro. Abre la puerta lentamente, un ligero chirrido llena el aire silencioso. El infierno que temía

está por desencadenarse, oye pasos procedentes de la habitación de sus padres. Cierra los ojos. Lástima que el recuerdo de una noche tan perfecta siempre será asociado a la ira En la habitación, después del estallido de rabia de sus padres, Bárbara se acuesta en la cama. Ya no tiene sueño, demasiada adrenalina alrededor. Imagina verse desde arriba, cada vez más pequeña e inexacta. Los contornos desaparecen al final, se convierte solamente en un puntito del universo, como una estrella.

Eres mi estrella…le dice

siempre Andrea.

Y ella no ha pensado nunca ser la estrella de alguien. Tal vez era de sus padres, antes de este desastre que ha hecho. Su padre nunca lo ha visto tan enojado. Pero ¿por qué? Al final está por

casarse

ya ni va a vivir con ellos más. ¿Qué importancia tienen entonces si duerme fuera por una vez?

En un par de semanas

Pero en el pueblo, se sabe, que dormir antes del matrimonio para una mujer joven se considera un acto de desprecio hacia los

sacrificios de sus padres, tan aficionado al decoro, el buen nombre, a la reputación.

Me pregunto si mamá

todavía quiere enseñarme a

cocinar

ojos se estrechaban con ira. Le sube un nudo a la garganta. Debí haber pensado, debí haber imaginado sus reacciones.

piensa Bárbara. Sus

Ahora brilla el sol alto en el

cielo, los ruidos de algunos niños resuenan en las calles. Bárbara suspira. "¡Bárbara! ¡Ven aquí! ¡Tenemos que cocinar! "La madre la llama en un tono practico. Bárbara se sienta en la cama y

sonríe. Tal vez no todo está perdido Cuando llega a la cocina, el

corazón le late en su pecho. Tiene la

vaga

sido

perdonada. "¡No trates de jugar más con una broma similar, muchachita!", Le dice severa, con los ojos todavía furiosos.

Bárbara baja la cabeza, vencida

esperanza

de

haber

por el sentimiento de culpa.

"Y ahora, toma el delantal que

tenemos que preparar el pescado

dice, y sus movimientos son rápidos,

como de una persona decepcionada, pero decidida.

lo siento" y mientras

Bárbara lo dice tiene un gran deseo de llorar.

”,

"Mamá

Estúpida que soy

se reprende.

Su madre hace un gesto dando a entender que ahora tienen algo que hacer. Bárbara toma el delantal, el cuaderno de recetas y una pluma. "Y agradece a Dios que tu padre no

es un tipo instintivo

dice. "O ese tu

",

Andrea llegaría a un mal final."

11

La tensión la tira de los músculos hasta

causar dolor, pero Bárbara baja del coche determinada y mientras lo hace se pasa una mano por la cara. El guante de seda se tiñe de maquillaje. Los vestidos se mueven con el viento otoñal, sobre la plaza llena de gente un ligero chismorreo se funde a la melodía procedente del interior de la iglesia. Una ráfaga de viento la golpea, haciéndola temblar. Escuche sus tacones rebotando en las gradas a medida que avanza a encontrar su destino. El velo le cubre todo el rostro maquillado al arte, el vestido pesado la envuelve como un dulce abrazo.

Pero ¿lo estoy haciendo

realmente? Su padre, a su lado, la sostiene.

Menos mal, papá que estás tú! ¿Podrás perdonarme?

La expresión severa se ha desaparecido de su rostro y el en su

corte finísimo, la

acompaña con orgullo. Y Bárbara sonríe. Su madre la ve llegar y recorrer la larga nave central. Es hermosa su madre, tiene dos ojos radiantes hoy. Una sonrisa relajada y feliz de que la llena de alegría.

Y esta música que suena fuerte

traje

¡menos mal

azul,

de

casi me derrite.

Decenas de veces se vuelven a mirarla. La iglesia es como una pintura de colores dinámicos.

¿Lo habrías dicho? Le

pregunta solo mirándola.

Chiara

Y Chiara le responde

Yo no… Y tú, ¿lo habrías dicho? Bárbara tiembla, busca Andrea con la mirada. Lo encuentra en el altar, suspira serena. Ella sonríe, su corazón latiendo en su pecho, furioso e indomable.

le dice

después su padre, Andrea se encuentra a pocos metros de ellos.

"Prométeme una cosa

"

Bárbara lo mira. No dice nada. Sí, papá, te prometo que me inscribiré en la universidad. Te prometo que lo que quieras, pero espérame por favor “Prométeme que te inscribirás en la Universidad…” Bárbara lo mira fijamente a los ojos, traga. Sólo un momento de duda, después, "¡Claro!" Respondió convencida.

Son extraños ellos dos, un padre y una hija que a pocos metros del altar hablan. Pero más tarde, piensa su padre, después no habrá más tiempo para

hacerlo. Después será ya otra vida. Su hija debe saber que los sueños son importantes en la vida.

le

sonríe y extiende la mano de su hija a la de su futuro yerno.

Y su madre, a pocos centímetros de ella, le acaricia el brazo. Con ese vestido de novia, cándida como la nieve parece aún más vulnerable, tiene un aspecto tan inocente. Su madre sabe que ya han hecho el amor, Andrea es un hombre con las necesidades de un hombre. ¿Qué crees?

Pero mi niña está limpia por dentro. No la ensucies, no tiñas su alma

"Ahora ve hacia tu marido

"

de oscuro. Bárbara ya está lejos, va hacia su amor, hacia Andrea. Ha rencontrado sus ojos de hielo, la frente amplia, el cuello que tiene buen sabor y sus manos firmemente una en la otra casi para frenar la tensión, restablecer la calma. En el traje ceremonial, Andrea la ve mientras se acerca. Luego se dan vuelta juntos hacia el sacerdote esperando para comenzar el ritual que los unirá para siempre. Un repentino silencio invade la iglesia. La música ha terminado. Nadie sabe, nadie tiene que saber. Si sólo supieran, si sólo

imaginaran.

La madre de Bárbara la mira. Aún no sabe. En algún momento su niña estará comprometida. Y ella no podrá hacer nada.

Segunda parte

11

Algunos años después No soporto las fiestas de cumpleaños, ni las de los demás, piensa Bárbara mientras bebe un vaso de naranjada. Siempre hay un momento que le causa un aburrimiento mortal, un sentimiento de fastidio. O tal vez soy yo la que he cambiado y no soporto más nada, se reprocha. Se acerca a las bandejas colmadas de sándwiches, tortas y todo tipo de golosinas. Esta vez Chiara de verdad ha exagerado para el cumpleaños de

Antonio.

En estos años Bárbara ha aprendido a apreciar aquel hombre que parece ser capaz de dominar la inquietud profunda y aquel deseo de locura tan típico de Chiara. Incluso aquella su jerga frecuente parece haber desaparecido. Debe ser un buen hombre, piensa, con una punzada en el corazón que casi la hace inclinarse hacia adelante. Siente que es el momento de desaparecer. Pero necesita una excusa adecuada. Chiara se acerca justo cuando ella está a punto de dirigirse a la puerta. "Oye, ¿dónde crees que vas?" Las reprende corriendo rápidamente detrás

de ella.

Bárbara, de espaldas, cierra los ojos y murmura silenciosamente. "

Se vuelve hacia

ella y empieza a justificarse. Tiene un aspecto luminoso, una especie de luz en los ojos que no ha visto nunca. ¿Te da este efecto tu marido, Chiara?

“Ven conmigo”. Chaira la arrastra con indiferencia hasta su dormitorio y luego la empuja dentro del baño.

¿qué te pasa? ¿Necesitas

compañía para ir al baño como en la escuela?" Le pregunta en tono de broma.

"Chiara, debo

"Pero

Está estremeciéndose, Chiara. Saltando de un pie al otro. "¿Debes hacer pipí?" se mofa Somos tú y yo, Chiara, ¿recuerdas? Sé que tienes que decirme algo.

Hay una luz en sus ojos esta noche y esas manos, luego, no se detienen por un momento. Ríe, Chiara, se inclina hacia adelante. Luego se levanta de nuevo y la mira directamente a la cara. "Pero, ¿qué pipí? ¡Tonta! ¡Estoy

Lo dice todo en un

EMBARAZADA!”

aliento. Bárbara se siente inundada por una sensación extraña. ¿Es felicidad la que le sale del pecho? No dice nada, la

abraza fuerte y las repentinas lágrimas le bañan la cara. Están nuestros amigos, allí afuera, Chiara. Está Andrea, siempre al teléfono, y luego está Antonio tan atento y cariñoso contigo. Tu marido. Pero, ¿a quién le importa, Chiara? Ahora somos tú y yo. "¿Puedes creer eso? Ha pasado sólo un año desde mi matrimonio y ¡estoy embarazada!” Susurra con voz baja, emocionada. Recuerdo el día de tu boda,

¿sabes

novia

bellísima. Un pesar le aprieta el pecho, por el recuerdo de la felicidad de ese día.

Chiara?

Eras

una

"Es decir, ¿seré tía?" Parece darse cuenta de repente y una sonrisa encantada ilumina su rostro. Comienza a saltar emocionada, y lo hace también Chiara. Parecen dos adolescentes, encerradas en el baño de la escuela para intercambiar confidencias en vez de mujeres ahora adultas, casadas y con un hijo en camino.

Chiara la aprieta fuerte, a continuación saca de un cajón bajo el lavamanos un frasco rosa y lo pasa a Bárbara.

Entonces así es que funciona, Chiara. Yo nunca lo he hecho, ¿sabes? "¡Mira a tu misma!" le dice la

amiga.

Bárbara, ¿Estas feliz Bárbara?

¿Feliz por mí? Porque hay algo en esos

ojos que no me convence

yo, Bárbara. ¿Que pasa? Le pregunta Chiara.

y ya no se resisten "

a las lágrimas. "Estás embarazada

repite a sí misma y a su amiga. Un sentimiento de culpa la invade por los celos que está sintiendo en ese momento.

Alguien toca, ambas se vuelven en dirección de la puerta y contienen la respiración. Se ríen. "¡Está ocupado!" Responden al unísono sin dejar de reír.

se

Somos tú y

"Oh, Chiara

"

"Soy yo, Chiara. ¿Todo bien? ", le pregunta su marido. Antonio siempre tan cuidadoso. Tan diferente a su Andrea. "Pero ¿es siempre así? ¿No te

pierda de vista por un momento

pregunta en voz baja Bárbara. Chiara sonríe y dice: "Sí, todo bien. Regresa a "

la fiesta, ya llego

Chiara la mira de nuevo con una sonrisa llena de alegría. "Le gusta saber de dónde estoy, cómo estoy. Es una linda sensación saber que eres el centro del universo para tu marido." Después le quita el test de las manos y lo coloca en el cajón. "No sabe nada. Así que te recomiendo.

", le

?

¡Tiene que ser una sorpresa! "le dice con los ojos que le brillan de alegría. "No diré nada, lo sabes,

Chiara."

una

angustiante envidia se insinúa dentro de mí y me infecta, me devasta, porque nunca ha sucedido que te envidie, amiga mía

"¿Qué pasa, Bárbara?" Le pregunta

ella deteniéndose a mirarla con su forma típica de cavar dentro "Hoy estas

extraña

Bárbara se traga el nudo que tiene en la garganta, sonríe.

Pero qué envidia

".

susurra, después pone

sus manos sobre sus hombros. Estas tan feliz hoy, Chiara. ¿Cómo puedo arruinarlo todo? "¿Estás segura?" Se informa ella, apretando los ojos. No me engañas, Bárbara. Y lo

sabes.

"No te preocupes, Chiara. Estoy

bien".

La empuja hacia la puerta porque simplemente no puede sostener esa mirada. Un segundo más y se habría derrumbado. Pero ella es fuerte. Resistirá esto también, ver la realización de sus sueños en la vida de

"Nada

",

los demás, en la vida de Chiara. Los tacones en el suelo del pasillo hacían eco, al menos tapan los latidos de su corazón y la alegría que Chiara arrastra por la casa hacen sombra a las lágrimas que van apareciendo. Me siento un asco, piensa Bárbara consumida por la envidia. Suspira en silencio, sintiendo el peso de mil emociones encontradas. Chiara se vuelve una vez más a ella:

"Oye, me lo dirás verdad ¿qué te

Le pregunta en voz baja,

perturba

mientras en el salón el clamor de los familiares y amigos sobre pasan su voz.

Si tengo el coraje, amiga mía Bárbara asiente, sin mover ningún

?"

otro músculo, excepto los del cuello, por temor a resquebrajarse, de colapsar en pedazos. Chiara le aprieta la mano, luego sigue hacia la vida, hacia su futuro. ¿Y cuál será el mío? Se pregunta Bárbara mientras llega a la ventana en el lado opuesto de la sala de estar. Mira hacia afuera, el cielo azul sin nubes, las estrellas luminosas siguen brillando, indiferentes a su dolor. Una mano se apoya en su hombro. Una mano que reconoce. Se vuelve. Andrea se le acerca silencioso, su perfume la desorienta. Tiene un agarre fuerte, Andrea. Siempre lo ha tenido. "¿Nos vamos?" le pregunta, parece

tranquilo. Bárbara ahora quisiera quedarse, consumirse en la envidia, absorber la alegría de Chiara. No quiere volver a casa, no hoy, ni siquiera una vez. Necesita una infusión de esperanza. Y Chiara es su esperanza.

De mala gana, asiente. Baja la cabeza, mira por un momento sus zapatos nuevos, otro regalo de Andrea para ser perdonado. Mientras se encamina hacia la salida, decidida a no despedirse de nadie porque incluso sólo la idea de hablar, podría inducirla a gritar, de rabia, de miedo. Piense de nuevo en la colección de zapatos en su

armario, dispuestos en filas ordenadas y silenciosas, casi resignada a una vida de mera apariencia. Un poco de cómo se siente ella en ciertos días. Si sólo supieras, Chiara. Me voy, amiga mía. Sería injusto decírtelo, no hoy.

Andrea le ayuda ponerse el abrigo, en la forma cariñosa que reserva sólo para ocasiones públicas. La envuelve entre sus brazos, ella finge una sonrisa, luego baja la cabeza. Se ha convertido en un gesto automático, que reserva sólo para ciertas ocasiones. Ven, Chiara, arrastrarme en tu felicidad, ¡por favor! No me dejes ir.

"¡Hey, me olvidé decirte algo, Bárbara!" Escucha que la llama y por un momento suspiro de alivio, pero tiene miedo de que su alivio sea muy visible para Andrea. Se vuelve lentamente hacia Chiara que está llegando. La mira con tal intensidad que Chiara casi se detiene. Bárbara espera que ella realmente la tome de la mano, que pueda entender lo que tiene en su interior, que la arrastre más allá del borde del abismo. Chiara aprieta sus ojos otra vez, su sonrisa muere en la garganta. Tengo razón entonces, amiga mia. Hay algo que te perturba Y entonces Bárbara tiene miedo.

Miedo que Andrea puede entender, miedo que la empuje lejos de ella. Trate de serenarse, agarra la mano de Chiara y la aprieta fuerte. Su señal de que algo está mal, pero no es el momento para hablar de ello y prefiere hacer de caso que no pasa nada.

Bárbara, escucha te llamo

mañana porque sabes Gabriella de la asociación para niños abandonados me preguntó si podemos ayudarla uno de estos días. ¿Qué dices? Le pregunta un poco de prisa para que Bárbara no entienda que se ha inventado todo en el último segundo.

¿Quién es Gabriella, Chiara? ¿Y de qué asociación está hablando?

"Ehm

"Está bien, hablaremos mañana entonces" corta ella y aparece en los labios un sincero agradecimiento. Chiara sonríe. Estoy aquí, Bárbara. No te rindas, piensa Chiara.

Lo sé, Chiara. Lo sé.

El silencio en el coche la oprime. El coche sigue en dirección de Pezze di Greco, la larga avenida está casi desierta a esa hora. Esta el olor de Andrea en el interior del

coche, que le da náuseas ahora. Y luego ese su modo de conducir y acariciarla, que la hace entender dónde quiere llegar. Bárbara pasa la mano sobre su cuello, la tensión se le acumula en ese punto. Mira por la ventana, no dice nada.

¿Cuantos años tengo? No recuerdo más. ¿Cuándo fue la última vez que me sentí amada y protegida?

La carretera se alarga frente a ellos, las luces de la ciudad blancas los iluminan desde lejos mientras llegan a casa. Le falta de aliento porque sabe que

no va a querer hacer nada de lo que sabe deberá hacer. Ahora somos él y yo, ya no estás tú, Chiara. Bárbara cierra los ojos, suspira después contiene el aliento y manda una silenciosa plegaria al cielo. Haz que esta vez sea mejor. Y cuando el coche se detiene en la calle de la casa, baja del auto, camina lentamente hacia la puerta de entrada. El aire es fresco, se estremece. Los zapatos inmaculada se hunden en el suelo húmedo. "¿Tienes las llaves de la casa?" Le pregunta él en tono relajado mientras

caminaba lentamente detrás. La oscuridad de la campiña los rodea, como hace tiempo cuando no era más que una chica enamorada y se hacía llevar por el no lejos de allí. ¿Cuántos años han pasado? ¿Tres, cuatro? ¡Parece una eternidad! "Sí, las tomé yo" responde Bárbara buscándolas de inmediato en su bolsa. Las encuentra, sube las pocas gradas del pórtico y se acerca a la puerta principal. Andrea está detrás de ella, siente su cálido aliento sobre sus hombros. Le pone las manos en las caderas, Bárbara cierra los ojos. Parece un momento normal, una noche normal de una vida que no es normal.

13

La luz que entra por la ventana llega hasta la cama, la luz del sol penetra entre las persianas y las sombras de la noche dan menos miedo. Bárbara se frota los ojos. Todavía, siente aquel dolor abajo, pero la pasión es indomable. Dobla un poco las piernas, tal vez es mejor así.

Se voltea hacia Andrea, detecta su presencia, incluso antes de verlo. Duerme, parece un niño, un oso adormilado que puso a descansar su alma. Su cabello desaliñado, su brazo sobre su cabeza relajado en la almohada. Siente su olor, mezclado con el aroma de la noche anterior. Y luego, de repente, recuerda. Chiara. Estás embarazada, Chiara. Una sonrisa le sale en los labios, no hay rastro de la envidia de hace unas horas.

Se pasa la mano por la cara, húmedo de sudor. Es otro día de calor, de aquel otoño anómalo. El calor de la

habitación le llega al cuerpo, se levanta sin hacer ruido y se pone sus zapatillas atenta al más mínimo movimiento. Mientras él duerme, Bárbara puede estar tranquila. El camisón se desliza sobre un hombro, lo levanta con calma. Cierra la puerta detrás de él, a preparar el desayuno. En la cocina, se sienta en la silla justo debajo de la ventana, el jardín le llena los ojos. Los colores del otoño son los que más le gustan. Tal vez porque al final se sientes un poco como esta estación, en ciertos días. Como si está a punto de marchitarse, pero una parte de ella todavía quería irradiar colores intensos, intentar de nuevo sentimientos

fuertes antes de que llegue el invierno con su frío, su grisura y le congele también el corazón. Una alfombra de hojas amarillas cubre el suelo, manchas de óxido que se alternan en el suelo. El sol hace que todo sea más vibrante, irradiando su calor en todo. Algunas flores resisten, alentadas por el calor inusual de la estación.

Bárbara divisa un olivo en el centro del jardín, sin pensar en nada por un momento. Luego se levanta y toma un poco de galletas de la despensa que ha aprendido a hacer gracias a su madre. En un cajón mantiene el cuaderno con notas que tomó antes del matrimonio,

durante sus clases de cocina.

¿Te acuerdas, Chiara, cuando a

mi madre se le metió en la cabeza

enseñarme a cocinar? Muchas risas, luego encerradas en tu habitación a reconsiderar.

Bárbara muerde una galleta, toma

otra y se sienta de espaldas a la puerta.

Es extraño cómo todo parece normal

hoy, piensa.

Pero normal, esta vida, no lo es de hecho. Vierte un poco de jugo de naranja en un vaso, bebe unos sorbos. Come sin apetito, todo se adormeció en ella. Andrea entra en ese momento en la cocina. Bárbara tensa los músculos de la mandíbula, la espalda recta, rígida, no se mueve.

dice

alegremente. Está siempre feliz cuando logra lo que quiere, como si refleja la realización de ese momento. "¡Buenos días!" se esfuerza por decir ella, sonriendo poco convincente.

"¡Buenos

días!" Él

"¿No hay desayuno?" se informa él repentinamente en tono molesto mientras se sienta a su lado. Bárbara lo mira, un poco sorprendida, un poco seca a su vez. Se da cuenta entonces que no ha preparado nada todavía, tomado por sus pensamientos muy abrumadores porque su mente podría aclararse hasta el punto de activarse. Tiene una apatía esta mañana que no puede explicar, no puede apartar.

"Sí, la preparo ahora", dice con prontitud y se levanta casi aliviada de tener algo que hacer en vez de sentarse junto a él, fingiendo estar interesada en las cosas que dice, tratando de hacer

conversación. Toma la cafetera de la alacena, hace el café y lo pone en el fuego para calentarse. Después, toma dos tazas del servicio de seis, uno de los muchos regalos de boda, y vierte un poco de azúcar. Dos cucharaditas para ella, una para él, como en un antiguo ritual.

"¿Cuáles son tus planes para hoy?" Le pregunta él. No puede verlo, de espaldas, como está, pero podría apostar que está mirando por la ventana como ella hace un momento, como siempre lo hace cuando se despierta. Le gusta ver el jardín, las plantas y disfrutar de la vista de su propiedad.

debo hablar con

"Ninguno

Chiara, Gabriella que necesitan una "

mano con la asociación decir.

dice recordando la

conversación de la noche anterior.

Pero entonces, Chiara, ¿quién es esta Gabriella? Bárbara sonríe sin hacerse notar. Eres tremenda.

trata de

"Ah, sí

",

Después un pesar le sale en el pecho porque sabe que de verdad verá a Chiara, pero no por el motivo que piensa Andrea. Deberá enfrentarla, a Chiara, porque no se rinde, intuye que

algo no va bien. Suspira con resignación tratando de entender dónde va a encontrar el valor para decirle todo realmente. Mientras tanto, toma un par de Friselle, las humedece y las sazona con tomate, aceite y sal. El desayuno Andrea. ¿Cómo puede comer Friselle en la mañana?, nunca lo entendió. Pero con él es inútil hacerse preguntas, muchas respuestas no llegan. No llegarán jamás. Yo prefiero galletas, leche, cereales, a lo sumo un poco de fruta o tal vez, si estoy de veta, pan y Nutella. En sí cosas dulces, que saben a infancia, no Friselle. Las friselle las como como merienda, yo. Lo más en el

almuerzo.

Bárbara toma dos manteles individuales y los coloca sobre la mesa, junto con cubiertos y todo lo demás. Un plato de frutas, manzanas y bananas. Dos vasos y una taza con su paquete de granos integrales. De repente sus ojos se humedecen, un apretón en el corazón. ¿Qué fin tuvimos tú y yo, Andrea? Parecemos tan diferentes ahora, tan distantes. Trata de resistir la ola emocional que la ha golpeado y casi sin respirar para alejar el nudo en la garganta. Andrea revisa su teléfono celular, con la cabeza gacha, los hombros relajados

contra la

silla.

No

ha

notado nada,

siempre

tan

atento

a

todos

sus

movimientos, a

cada

una

de

sus

emociones. Pero aprendió a contenerse, Bárbara. Le da la espalda, cierra los ojos. Va a la nevera y toma el cartón de leche. Toma un respiro profundo, se repite ¡Cálmate! y luego está lista para darse la vuelta y hacer frente a los ojos de Andrea.

"¿Tú tienes muchos compromisos hoy?" le pregunta sólo para hacer conversación, aunque no tiene muchas ganas. Se sienta junto a él, una vez le gustaba cuando sus piernas se tocaban. Ahora tratar de evitarlo, sin dejarlo

intuir.

¿Cuántos años tenemos tú y yo de casados, Andrea? No hace más que preguntarse, casi como si hubiera perdido la memoria. Toma el cartón de leche y vierte un poco en su taza, después, añade un puñado de cereal. Muy poco porque las cosas se

han

reflexiona. "Tengo algunos clientes antes del almuerzo en Brindisi y luego alrededor de las tres que tengo que ir a la casa de un cliente para un asunto importante."

degenerado

de

esta

manera,

Es siempre vago con ella, casi le parece que no es capaz de entender los asuntos notariales que él, en vez, enfrenta todos los días. Y en el fondo hay un poco de verdad en esto. Bárbara no sabe mucho de actos y compraventas, pero ese su comportamiento la lastima igualmente. La hace sentir poco participe, inferior. Podrías tratar de explicarme, en vez, Andrea. Hay días en que Bárbara puede pensar con claridad, para entender los

errores

cometidos

a

causa

de

una

sensación abrumadora

como

lo

que

sintió

por

Andrea.

Como

hoy,

por

ejemplo.

¿Dónde

terminaron

mis

sueños?

¿La

universidad?

 

¿La

graduación? "No vuelvo para el almuerzo", dice él mientras presiona rápidamente con una mano las teclas del teléfono para revisar su correo electrónico y con la otra se lleva un trozo de frisella a la boca.

“Mmm….” Responde ella Una sensación de alivio le llena el corazón. Tantas horas lejos de él, una bendición después de una noche como la que acaba de pasar. Una manera de

recargarse y prepararse para la próxima vez. Por qué tanto Bárbara lo sabe que habrá una próxima vez. Ahora sucede más a menudo. Y ella tiene cada vez menos ganas de reaccionar, de luchar. Y Chiara está por llegar y

¿Pero, estoy

lista para decírselo? Andrea termina su desayuno, se levanta y sube al piso de arriba para tomar una ducha. Bárbara se encuentra sola con sus pensamientos. El aire es más respirable, ahora que se ha ido, por fin puede dejar de contener la respiración. Una lágrima se desliza silenciosamente en la mejilla. Cierra los ojos, siente su paso que la moja. Se seca

descubrirá

la

verdad

la mejilla con el dorso de la mano, con el enojo porque ¿quién decidió que tenía que ser así? Su teléfono suena en el piso de arriba. Escucha Andrea que responde, como cada vez sin molestarse en pedirle permiso. Debe ser Chiara, había dicho que llamaría. Bárbara mira su reloj. Las ocho y

diez.

Espera sentada en la mesa a que Andrea le traiga su teléfono, después de haberlo revisado. Lo siente bajar de prisa, el corazón le salta en el pecho. Su espalda se le pone rígida. "Era Chiara", dice casi lanzándolo. "Llámala." Se lo pasa, luego

desaparece y esa prisa, piensa Bárbara, era simplemente prisa, por suerte, no rabia.

"Ok" dice ella alargando la mano para agarrarlo.

Bárbara agarra valor y llama a Chiara. El ruido de las teclas pulsadas lentamente le retumba en los oídos. Sabe que Andrea está justo tras la puerta para escuchar lo que dice a pesar de que abrió el agua de la ducha para hacerle

creer lo contrario. No seas tan dura conmigo, Chiara, por favor. No lo lograre hoy, no después de la anoche.

14

Chiara está sentada en el sofá,

con la cabeza apoyada en el cómodo respaldo detrás de ella. Las manos le tiemblan, como si fuera a encontrar la fuerza para soportar el peso de lo que acaba de escuchar. Sus ojos miran fijamente un punto impreciso del techo, su rostro alargado, envejecido repentinamente como si un pintor había disfrutado dibujando algunas arrugas, ojeras oscuras y una mirada ausente. Luego se tira hacia delante de repente. "¿Cómo diablos hiciste, dime, para aguantar todo esto?" Sus ojos están ardiendo, la ira parece filtrarse por todos los poros de su piel. No te enojes, Chiara. No podré si haces eso.

Bárbara está sentada de frente, puede ver bien la luz de sus ojos enojados, esos sus rizos rebeldes que rodean la cara, las piernas cruzadas delante de ella. Se encoge de hombros, baja la mirada. Hoy esos tus ojos no los soporto. Tal vez el otoño dió paso al invierno, al menos dentro de mí, y yo no puedo, amiga mía, simplemente no puedo hoy. Chiara se levanta, porque ya no puede estar más sentada. La alcanza, se arrodilla enfrente de ella. "¿Cómo diablos hiciste, dime?" La agarra de los hombros, no es rabia ahora sólo quiero entender. Bárbara levanta la mirada hacia

ella, siente la emoción que le viene en la garganta y si Chiara la mira así no puede detenerse. Dos lágrimas, casi sincronizadas, le bajan rodando por sus mejillas.

"¡No! No empieces a llorar, ¿ok? ¿OK? La sacude Lo lograremos, amiga mía. Nosotros lo logramos siempre. "Aquí no se trata de llorar, aquí se trata de reaccionar en el modo justo. Y dame un garrote, pero uno grueso, ¿lo tienes? Y lo compongo yo a ese bastardo ¡hijo de perra! Luego se levanta, recorre todo el largo de la habitación sin poder estarse quieta. Se pasa la mano por el cabello, después por el rostro, y se

inclina hacia adelante para encontrar fuerzas para soportar a su manera esa pesante verdad. Estás embarazada, Chiara. No debes agitarte. Bárbara se levanta, se acercó a ella mientras se seca las lágrimas.

"Ahora estate calmada. No es bueno que

no debí

te agites de esta manera decírtelo".

Le pone una mano en la espalda, aún encorvada.

Chiara se levanta de un solo. "¡Has esperado mucho para decírmelo!" le dice y lo hace casi llorando, porque no soporta esa verdad, no puede. Lo siento, Bárbara. Estaba muy metida en mis cosas para darte suficiente atención Bárbara se aleja, un sólo un paso apenas.

"Pero de esto hablaremos después. Ahora, tienes que hacer solo una cosa" la íntima Chiara. Bárbara no sabe que ese día todo se resolverá. No lo sabía cuándo se despertó por la mañana, después de la enésima noche de pesadilla.

No lo sabe mientras ahora Chiara habla y llora con ella. Pero una parte de ella, en el fondo, lo espera. Y es la parte que mantenemos oculta a los ojos del mundo, e incluso a nosotros mismos, porque si las cosas van de modo diferente de lo que esperamos, entonces haber perdido la esperanza habrá sido inconcebiblemente doloroso.

Chiara le agarra un brazo, la arrastra a las escaleras.

? Ella se

defiende. Pero la amiga hecha una furia, nada la detiene.

"¿Qué estás haciendo

"Ahora compongo yo a ese hijo

de perra asqueroso", dice Chiara mientras se dirige al piso de arriba, dos gradas a la vez, y arrastra a Bárbara independientemente de sus protestas. "Le gusta dominarte, ¡te trata como si fueras su juguete! ¿Bueno, entonces la única cosa por hacer es quitárselo!"

Así es como a veces se resuelven las cosas. Una mañana de otoño, una mañana que parece normal en una vida que normal nunca lo ha sido para ella, las cosas están a punto de cambiar y ella ni siquiera lo sabe.

Entran en la habitación, las sábanas todavía deshechas le recuerdan a Bárbara lo que pasó sólo unas horas

antes. Es como un puñetazo en la cara. Y así debe ser también para Chiara, cuando lo intuye. Observa las sábanas enredadas, manchadas de sangre a la altura de la almohada. El punto en el que un puñetazo de Andrea le ha casi sacado un diente, rompiéndole el labio, un dolor punzante.

Chiara está empalada en la puerta, como si no pudiera encontrar el valor de entrar porque le hace mal, porque acercarse es ver ese color rojo, esas gotas de Bárbara dispersos en las sabanas le rompen el corazón, son un puño en el estómago. Una cosa es oírlo decir, otra muy distinta tener la prueba.

Debí haberlas cambiado antes, como hago siempre, cada vez que sucede, piensa Bárbara. Pero no podía imaginar que tu subirías hasta la recamara.

Su rabia ahora parece aplacada. Poco a poco se vuelve hasta Bárbara

que le aprieta la mano. Con los ojos abiertos de asombro, por la crueldad de lo que ve.

"¿Por qué, ¡por qué no me lo dijiste antes!?" Pregunta de nuevo, como en una súplica. Y llora, un llanto desesperado, sin remedio.

Bárbara la abraza, la aprieta fuerte contra ella porque tiene la necesidad de sentirla, su cálida piel contra la suya, su perfume confortante, tiene necesidad de saber que la vida verdadera non es la que vive desde años, que existe una vía de salida. Que Chiara es la vía de salida.

Chiara se apoya a ella, le seca sus lágrimas y las de su amiga. Luego se compone, y determinada se dirige hacia el armario. Bárbara no dice nada, la mira en silencio.

La amiga abre las puertas del armario, se enfila adentro y Bárbara en ese momento comprende.

"Están en el deposito" le

sugiere.

Chiara se da vuelta, grata que ha entendido sus intenciones.

Gracias, Chiara. Sin ti no lo habría logrado nunca.

Chiara se dirige al corredor, se acerca tratando se recordar dónde está el depósito. Sus rizos ondean de una parte a otra, la espalda apenas encorvada. Luego va directo a la derecha, Bárbara la oye abrir el depósito, sacar un par de objetos y ruedas que se arrastran por el corredor. Chiara aparece, tiene una expresión de satisfacción. Sostiene entre las manos su trolley.

"Llénalo lo más que puedas, me siento yo contigo para cerrarlo. "

Le pasa su trolley, aquel de los largos viajes con Andrea. Los viajes del

perdón, como les llama ella. Aquellos que Andrea organiza de repente después de un arrebato de rabia como la de la noche anterior, solo para hacerse perdonar. Como si fuera suficiente un viaje, un regalo, para olvidarlo todo, y borrar las cicatrices, el dolor, la humillación.

¿Cuándo cambio todo, Andrea? ¿Lo recuerdas? Porque yo no, realmente no lo recuerdo el momento en que pasamos de la felicidad al infierno.

"¿Qué cosa haces todavía allí? ¿Te puedes mover? le intima Chiara atravesándose por la recamara y

buscando de evitar mirar la sabana sangrienta. Después se da vuelta y le pregunta "¿Adónde esta ese bastardo? ¿A qué horas regresa?"

Bárbara la mira como si no la viera. Esta detenida en la puerta, mira la cama.

"¡Bárbara! le grita Chiara. "Entonces, ¿a qué hora regresa?"

Bárbara parece recuperarse del entorpecimiento en el que ha caído. "Esta- noche" dice con un hilo de voz.

Chiara se le acerca. "No es el momento para arrepentimientos. ¿Está claro? No es algo para lo que se pueda vacilar. Debes irte".

Lo sé Chiara. Lo sé.

Bárbara hace un gesto de asentimiento, pero no dice nada. ¿Qué boleto habría traído hoy, Andrea? ¿Adónde habríamos ido mañana? ¿Cuál sería la meta esta vez?

"No es fácil dejar todo esto.

Pero debes hacerlo, ¿te das cuenta?" y le pone las manos sobre el rostro, casi buscando mantener su atención hacia ella. “No debes pensar en nada. Piensa solo en una cosa: en salvar tu vida".

Bárbara ahora llora, por los errores cometidos y por el infierno de los últimos años. Pero también por el alivio de saber que ya nada será como había sido hasta esa mañana.

"No llores. Debes reaccionar. Hagámoslo ahora. No se sabe nunca si ese hijo de perra decide regresar antes. No debe encontrarte aquí. Debe entender que tú ya no estas para él."

Bárbara suspira, sigue a Chiara hasta los cajones de la gran cómoda. Los vacía con su ayuda, camisetas, calcetines, pantalones, collares, la foto de ella y Chiara que Andrea no soporta ver a su alrededor.

"¡Que tonta! ¡¿Me has metido en un cajón?! Le pregunta Chaira fingiéndose asombrada.

Bárbara sonríe, pero no habla aún. Tira fuera del armario sus camisas, los jeans, las chaquetas. El trolley está casi lleno, faltan los zapatos, el pijama y cualquier otra cosa.

"Hey, ¿Tienes otra maleta?" le

pregunta Chiara mientras dobla con cuidado antes de meterla en el trolley.

Bárbara se dirige al depósito, toma otro trolley y lo arrastra al dormitorio.

"Este es de Andrea. Estoy segura que a él no le servirá en un tiempo" dice delineando una sonrisa.

Chiara levanta la mirada hacia ella. Sonríe. "¡Bien mi muchacha, es así como te quiero!" y se acerca para ayudarla a llenar también ese.

Bárbara entra en el armario empotrado, mira los zapatos que Andrea

le ha regalado. Enésimos regalos del

perdón. Los mira por segundos.

de

un

par

¿Qué hago con ustedes? Se

pregunta.

"Si los guardas, cada vez que te los pongas recordaras el mal que te ha hecho. ¿Vale la pena?" Le dice Chiara tras sus espaldas. "¿Sabes que haremos?" le dice después agachándose

al piso para agarrarlos. "¿Que dices si los ponemos en EBay y los revendemos? ¡Podrías hacerte de un montón de dinero!" bromea.

tu

Bárbara sonríe.

Oh, Chiara, si no estuvieras ¿qué sería de mí?

"Total, Sería dinero de Andrea, no mío" le hace notar. "No lo quisiera de todos modos"

"Tienes razón".

Chiara comienza a recogerlos igual. "Podemos hacer otra cosa, sin

embargo. Recabar un poco de bien del mal que te ha hecho. ¡Y no solo con los zapatos!" y mientras lo dice se entusiasma más.

"¿El qué?" le pregunta Bárbara frunciendo el ceño.

"¡Podemos venderlos igual y dar todo lo recaudado a la beneficencia! ¿Qué dices?"

Sale de armario empotrado, recoge

un sobre del baño y regresa, "podremos

donarlo a alguna asociación

sabes, existe de verdad una cierta Gabriella de una cierta asociación para

vez,

tal

niños abandonados que tiene necesidad de una cierta suma de dinero para ayudarlos, ¡¿no?!"

Bárbara sacude la cabeza sonriendo una vez más.

¿Qué he hecho para merecerte, Chiara?

La observa mientras trata de meter todo en una sola bolsa de plástico.

"No lo lograras nunca", le dice

Bárbara

Chiara levanta la cabeza en dirección suya. "¿Y tú qué haces allí?

¡Ayúdame no! ¡Gabriella tiene necesidad de nosotros!" y se echa a reír.

Y esta vez ríe también Bárbara.

Porque contigo la vida, Chiara,

es así.

Continúan riéndose y no escuchan el teléfono de Bárbara que suena, abandonado sobre la mesa de la cocina. Una llamada, dos, tres. Pero ella no lo puede oír, está en vibrador.

15

Así que es así como te has ido. En el modo menos comprometedor, el más honorable.

Bárbara piensa de nuevo a hace dos días, cuando ella estaba encerrada en el armario de la casa y reía con Chiara, mientras destinaba los zapatos a un futuro de caridad. Piensa de nuevo cuando bajaba al piso de abajo, con las maletas llenas, agobiada con todas sus cosas, junto a Chiara que sostenía las

bolsas de zapatos, cuando revisaba su teléfono y se dió cuenta de tres llamadas desde un número desconocido.

"¿Qué hago? ¿Llamo de vuelta?" le había preguntado a Chiara.

Ella se había encogido de hombros. "Como quieras, pero apúrate porque debemos irnos" y se alejó en dirección de la puerta de entrada, determinada a no dar paso atrás y a no tener dudas sobre qué hacer.

Bárbara había presionado el botón de llamada, y no sabía que ese momento sería un parteaguas en su vida. Ni siquiera podía recordar bien en el

futuro la secuencia perfecta de eventos que le habían seguido. Lo que recuerda ahora, sin embargo, son las palabras del médico del hospital de Brindisi.

tuvo un accidente en

la autopista 16 hacia Brindisi

tener que darle la noticia señora,

pero

lo siento

"Su marido

"

Chiara, volviendo a casa después de acomodar sus cosas en el coche, se encontró con su mirada fija en el espacio, inmóvil en el centro de la habitación.

"¿Qué pasa?" le había preguntado alarmada. "¿Está regresando?

Demonios, tan pronto

dicho que regresaría esta noche?" Se había agitado mientras Bárbara estaba inmóvil, al centro de la cocina, sin respiro.

¿no habías

pero

Después le había dicho: "No nunca más". Bárbara había

regresará

levantado la mirada hacia Chiara. "Está muerto", dijo calmada. Y no había oído nada, esto era lo más terrible que le había congelado el corazón. No había sentido nada.

Has decidido tú, una vez más.

Sentada en la iglesia, en su traje completamente negro, los zapatos de

charol que Andrea le había traído de uno de sus viajes de trabajo a Roma, Bárbara piensa en las últimas horas. El párroco habla barrabasadas, canta las alabanzas del hombre que murió prematuramente, dejando una viuda inconsolable.

Y Bárbara recuerda cuando lo vio acostado en la morgue del hospital, en su calmada expresión, en el rostro que ha amado locamente, tanto como para renunciar su vida, su futuro, a sí misma. Y cuando, mientras le sostenía la mano y una parte de ella estaba llorando por lo que nunca habían compartido y nunca más podrían, recordó las terribles patadas en las caderas, la violencia con

que la penetraba, en los puñetazos que le daba en los momentos más absurdos. Y piensa de nuevo a cuando ella retiró la mano, como para negarle otra enésima caricia inmerecida, incluso ahora que estaba muerto.

Chiara está a su lado, como siempre, con firmeza. Vestida con normalidad, no de negro como Bárbara, porque en fondo su amiga piensa que, aunque ya no está, Andrea no merece su respeto. Tendría que haberlo conquistado vivo, pero

fracasó. Miserablemente.

Y ahora ¿qué será de mí? ¿Realmente debería desempeñar el papel de viuda inconsolable? ¿Ni siquiera puedo llorar?, ¿cómo puedo hacerlo? ¿Y ahora que será de mí?

Fueron días difíciles, pensé que

con el tiempo las cosas serían

diferentes. Que tal vez todo se

arreglaría, haría menos mal. Pero

mientras más días pasan, más me alejo

de ti, de lo que fuiste, más difícil es

reconstruir mi identidad. Me había

acostumbrado a la idea de estar

casada, de tener un marido. Ahora no

puedo verme sola. No sé tomar decisiones, eras tú quien las tomaba. No sédecidir siquiera si comer verduras o comer pasta con salsa. No

sé si poner a secar la ropa en el jardín

o subir a la terraza. Si ver una película

o un talk show donde se pelean. Si

ponerme una falda o un par de pantalones. Si usar un suavizante para lavandería o agregar un poco de desinfectante. No hago ni los comprados desde cuando no estas.

Piensa mi madre y luego trata de

prepararme sus platos "sanos y

gustosos" como los llama ella. Mi vida

está a la deriva. Sueño seguido que tu

aún estas aquí. Ayer, por ejemplo. Me

levantaba, tú estabas en el baño, recién

duchado. Tus cabellos reflejados en el

espejo, los ojos todavía soñolientos.

"¿Te vas?" te pregunté en el

sueño.

"Si, amor. Nos vemos en dos días", me dijiste.

Yo estaba aliviada. Dos días sin ti, un regalo inesperado.

"¿Eres feliz?" Me preguntaste turbado, volteándote hacia mí.

Después me desperté. Y me agarró una extraña nostalgia.

Porque la verdad es que no sé vivir la vida sin ti, es difícil incluso levantarse y tratar de respirar, inventando otra yo.

Bárbara pasa las manos sobre los muslos, tratando de estirar los pliegues de su falda. Luego se arregla el cabello, toma la bolsa, saca una menta, se la mete en la boca.

Levanta la marida, la cruza con un par de conocidos que están analizando sus reacciones, sus movimientos. Le pasa seguido desde que Andrea no está.

La primera vez que me regalaste

flores me prometiste cuidarme. ¿Qué

hiciste en todos estos años, en vez?

¿Tomaste cuidado de mí? Salimos un

par

de meses, tú eras siempre tan gentil

y

primoroso. Tenías atenciones

especiales, escogías lugares adonde llevarme para almorzar, me llamabas

cientos de veces al día para oír mi voz, decías. Me deje llevar por ti, por tus modales gentiles. Nunca había conocido una persona como tú. Tan atenta a mis necesidades, atenta a mi vida. Me desenvolvía entre el trabajo

en la librería y el estudio. Los

exámenes finales se acercaban.

Hojeaba las páginas, hacía

correcciones interminables en mis ensayos, nunca satisfecha, siempre insegura. Después oía tu voz, cálida, persuasiva. Me sentía afortunada. Trabajabas en tu oficina notarial desde hacía un tiempo, parecías haber conquistado una posición de prestigio. Me hablabas de tus expectativas, del deseo de establecerte. Te escuchaba, embelesada de tu determinación.

Una lagrima baja en su rostro, Bárbara la seca lentamente sin hacerse notar. Chiara la aprieta de la mano, no lo

ha dejado de hacer desde el inicio de la

función.

¿De dónde te llego toda esa

rabia, Andrea? ¿De dónde?

Al caer la tarde, como cada día, le da un poco de ansiedad. Era la hora del día cuando se decidía todo. Mirándote cuando volvías del trabajo, con la cena preparada en la mesa y mi delantal de algodón, como una ama de casa de los años cincuenta, entendía. Tus ojos me hablaban, tus manos me herían.

“¿Estas bien? Le pregunta Chiara en voz baja.

Bárbara le hace un gesto de asentimiento para tranquilizarla, luego finge volver su atención al párroco que aún está hablando, sin conocimiento de causa.

Cuantas lindas palabras gastar sobre las personas que no conocemos, reflexiona Bárbara. Y cuantas ilusiones nos regalan las personas, solo para obtener lo que quieren. Y tú, Andrea, ¿que querías de mí? ¿Qué es lo que no te he dado? ¿Qué buscabas en mí?

Y luego le viene a la mente aquel

momento antes de la llamada, en el armario con Chiara. Ahoga ahora una risa.

¿Sería indecoroso reír en un funeral? Se pregunta tratando de mantener el control.

"¿Que tienes?" le pregunta Chiara sin perder la calma, notando su agitación.

"Debo salir de aquí" le comunica y de verdad tiene miedo de oír el sonido de su risa en esa iglesia repleta de gente.

"Lo sé que es difícil, ¡aguanta un poco!" le dice la amiga tratando de retenerla.

Bárbara se agita todavía. "¡No puedo, Chiara!" responde y se levanta en dirección de la salida. El ruido de los tacones por la larga nave, la cabeza gacha y la mano en la boca.

¡Dios, no puedo! ¡No puedo!

Chiara se levanta después de ella, la siente la esta siguiendo tratando de mantener una cierta compostura. Casi puede imaginársela mientras mira de reojo a los presentes, entre cruza sus

miradas mientras se acerca a la puerta. Estarán pensando que es muy difícil para mí, piensa Bárbara mientras pasa rápido.

Llega finalmente a la salida. Abre la puerta de entrada de la iglesia y el sol lastima sus ojos de repente. Y esa mañana luminosa allá afuera es como una sorpresa. El azul del cielo llena sus sentidos. Respira a todo pulmón, tratando de no desplomarse. Porque, tal vez, esa risa es solo para liberar la tensión. Pero cuando encuentra la mirada de Chiara, se termina. Se hecha a reír y lo hace ahogando la risa sobre su mano, tratando de estar callada.

¿Cómo se hace para reír a voz

baja?

Chiara la observa aturdida. "pero ¿enloqueciste?" la amonesta. "¿Te das cuenta de lo que estás haciendo?"

Bárbara se pone seria de pronto. "¿Qué cosa, Chiara, eh?" ¿Que estoy haciendo?" La mira con una expresión dura. "Estoy tratando de sobrevivir, eso".

"¿Y cómo, con una gran carcajada en el funeral de tu marido?" le pregunta incrédula. "¿Es así que sobrevives?"

Luego se echa a reír de nuevo, esta

vez con una risa sarcástica. "No me importa. Mi marido no merece mis lágrimas".

Chiara mira alrededor, baja la mirada. Luego sonríe en sus adentros. "¿Quieres parar, por favor?" Si me miras así ¡empiezo a reírme también yo!"

16

Bárbara baja la ventanilla, sentada en el auto de Chiara, re pensando en su encuentro. Es un viejo modelo Ford al cual su amiga esta encariñada. Nada puede hacerla renunciar a esa chatarra. Un poco como a la vieja Ciao en la bodega desde hace algunos años.

"Tiene carácter," dice la amiga

justificándose. La verdad es que no quiere desprenderse, punto y basta. Tiene esta maña de no botar nada, de conservar todo.

Chiara conduce serena, tarareando una melodía que Bárbara escuchaba siempre durante los días precedentes a la muerte de Andrea.

Muerto, se repite. Tu marido está muerto.

Atraviesan el pueblo con una lentitud irritante, sin ir a ninguna parte.

"¿Por qué no acelerar un poco?" Sugiere Bárbara.

“¿Por qué tienes prisa? "Le pregunta, mirando al otro lado de la carretera. Y la mira. Su mirada es siempre franca y directa.

"No

"

Chiara cruza a la izquierda y se mete por una calle de campiña. Conduce sobre el pavimento con firmeza. Bárbara deja de hacerle preguntas, aguanta sus intenciones. Observa el paisaje:

parcelas de tierra de colores, arboles de olivo que se mecen con el viento del norte, cualquier campesino se voltea a mirarles interrumpiendo su trabajo cotidiano.

Es tiempo de recolectar los frutos de la temporada en cestas de mimbre o cajas de madera precarias. Es casi de noche, hora de colocar las herramientas y prepararse para la cena. Bárbara ajusta su chaqueta. Chiara no habla, esté extrañamente silenciosa.

“¿Todo bien…?” Le pregunta

"Si, bárbara. Todo bien" responde lacónica. No hay trazos del entusiasmo de antes.

"¿En qué piensas?" le pregunta de nuevo para hacer conversación. No soporta aquel silencio.

“En ti”

“¿En qué sentido? Se asombra. Se da vuelta para verla.

"¿No será hora de hablarlo?" le pregunta a este punto.

Un perro callejero se les acerca, ladrando contra el coche en movimiento. Bárbara lo mira sin responder a Chiara. Tiene la cola híspida y el resto del cuerpo no está mejor. El sol es un recuerdo lejano, el cielo se está tiñendo de un vivaz color rojizo.

Debí haber entendido tus intenciones de inmediato

“¿De qué?" le pregunta

inexpresiva.

"No lo sé, de cualquier cosa de como estas, por ejemplo," le sugiere.

"No te atrevas

"

"¿Por qué? ¿No puedo preguntarte cómo estás?" Chiara se revuelve sobre el asiento.

todo lo que hago

ahora es responder a esta pregunta", se

queja recordando las innumerables ocasiones en que su madre y su padre le hacen la misma pregunta. "Por lo menos, escatima."

"Por supuesto

Chiara mira directa al frente, no dice nada.

"No ahora, te lo pido", le implora Bárbara.

"¿Pero no lo entiendes? Si continuas fingiendo que no ha pasado nada no podrás realmente superar todo."

"Estoy tratando

" suspira ella.

"Y cómo, eh?" le pregunta

combativa.

"No finjo que no ha sucedido nada. Créeme, nadie más que yo sabe lo "

que ha sucedido

"Y entonces, háblame. Dime cómo te sientes, que piensas. No has hablado más de esta historia desde que Andrea murió."

Y han pasado dos semanas.

Se quita la chaqueta, empieza a sudar. Bárbara tiene frio, en vez.

Oír pronunciar tu nombre, después de tantos días, por otro que no sea yo, me da escalofríos, Andrea.

“Necesito tiempo…” se justifica.

Adelante, no nos

perdamos" le dice sarcástica. Tiene una risa burlona. La hace irritar, esta noche no la soporta.

"¿Todavía

?

"Escucha, Chiara, no todos somos como tú, ok?" le dice rencorosa.

"¿Qué quieres decir?" la incita ella, apoyando el codo en la ventanilla.

¿Lo quieres saber, Chiara?

"Siempre eres así

Crees conocer a las personas, conocerlas. Pero no sabes, no puedes saber. No te importa si tus palabras son proyectiles que no regresan, que matan. "

Tú las dices sin remordimiento

así

despiadada.

Chiara la mira, sus ojos parecen empañados. Su expresión es indescifrable. Gotitas de sudor se le forman como perlas en la amplia frente. No dice nada, parece herida.

Se quedan mirándose por un momento. Tampoco Bárbara encuentra palabras ahora. Mira más allá de

Chiara, a través de la ventanilla. El cielo ahora está negro. Las primeras luces del pueblo apuntan decididas. Chiara se acomoda sobre el asiento, mientras sus manos están sobre el volante. Enciende el coche, regresan, sin decir una palabra hasta llegar a casa.

Que tonta soy, Chiara.

¿Verdad?

Bárbara se siente culpable por lo que le dijo, pero no logra hablar igual. Absorbe el silencio de aquella noche de otoño de fines de noviembre. Siente un odio profundo hacia Andrea en ese momento.

Me has arruinado la vida. Era solo una chica, luminosa, y tú me has ensuciado de la peor manera.

Más tarde, en la cama, Bárbara se atormenta pensando en Chiara y de cuanto habría podido herirla. La luz tenue de la lámpara apenas alumbra el entorno, en el gran cajón de madera están sus perfumes, los que tú, Andrea, que me regalabas todo el tiempo. Y que yo fingía que me gustaban.

Un par de retratos de sus viajes, uno a Sud África, otro a Bali, cuelgan en la pared, justo al lado de la puerta. Bárbara los observa, inexpresiva.

Te gustaba viajar. Llegabas entusiasmado de la oficina, en las manos apretabas los boletos aéreos. No sabía adonde iríamos, solo agradecía a Dios por tu buen humor. El viaje no me importaba mucho. Visitamos lugares bellísimos, tu y yo; vimos maravillas casi divinas por su belleza, por su encanto de su perfección. Monumentos inmensos, naturaleza salvaje e indomable, gente simple que te enriquece con solo mirarla. Me tomabas de la mano y me llevabas por las calles de las ciudades, de los

pequeños pueblos, por los sitios arqueológicos. Recorríamos kilómetros a pie, en un sendero tortuoso de montaña, al largo de las riveras del mar, por caminos intransitables en la selva amazónica en la Tierra del Fuego o entre los canales del Gran Cañón. La Gran Muralla China conserva aún el cansancio de nuestros pasos. En diez años viajamos por el mundo. Ese es el tiempo que estuvimos juntos, tú y yo Andrea. No tres ni cuatro años, sino ¡diez! Diez larguísimos años. Tengo nostalgia de esos momentos sin

preocupaciones, una nostalgia aguda. Me hacías degustar la especialidad del lugar, lograbas siempre encontrar pequeños locales desconocidos, adorabas estos lugares con mesas de madera, manteles simples y personas afables. Me gusta el sabor genuino, decías. Yo me arriesgaba a vomitar a veces, sobre todo si en el plato se movían peces casi vivos, animales de forma amenazante, salsas con ingredientes alarmantes o aperitivos de horrible hedor. Tú te engullías todo, no te asustaba nada. Yo siempre fui más

complicada en cuestiones de gustos.

Me llevabas a los museos, aquellos conocidos y aquellos que las guías no se molestaban en mencionar. Me contabas la historia de un cuadro, de una escultura. Yo me quedaba mirando fascinada, disfrutando de tu sonrisa y de la alegría que aprecias mostrar. Son esos momentos que más extraño, aquellos dulces días de alegría compartida, las nuevas esperanzas, las horas pasadas mano en mano como

verdaderos enamorados. Nuestros

problemas cotidianos parecían

lejanísimos, no nos molestaban.

Deseaba fuertemente que tu entraras

por aquella puerta con los boletos para

un viaje, en mente solo el siguiente

destino que nos iba a restaurar un poco

la normalidad de una vida, la nuestra,

la que nunca había tenido.