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Relato I Temblando de nervios y con la mirada perdida, sostuve el examen entre mis

manos, ignorando el tremendo bullicio a

alrededor causado por el repiqueteo

de

la chicharra de salida y los demás

alumnos saliendo a toda prisa, sin poder

creer lo que me estaba sucediendo…

"N-no puede ser… ¿Reprobada?" Pensé,

y la sola palabra se me hacía

inverosímil. Me lo repetía una y otra vez, con la esperanza de que quizás esto fuera solo

una pesadilla de la cual me despertaría en cualquier momento, pero no… El enorme 5 marcado con un escandaloso color rojo en la primer hoja del examen no dejaba lugar a dudas de que esto era muy, muy real. Y con esta humillante calificación mi destino era aun más oscuro y cruel:

Repetir el año.

"¡¿Pero cómo puede ser posible?! - Me dije sumergida en un profundo shock - Si he presentado todos los trabajos a tiempo, y en las demás clases mi

promedio es excelente. ¡Tiene que haber un error! Si, seguramente solo es eso. Hablaré con el profesor y todo se arreglará. No pasa nada."

Sin poder contener mi ansiedad me levanté de mi asiento y fui hasta donde el profesor del curso, Héctor, seguía revisando unos papeles, a la vez que los últimos de mis compañeros salían del aula, dejándonos en el más absoluto e incómodo silencio.

"¿P-profesor?"

Pregunté

con

cierta

timidez.

"Dígame, Claudia, ¿Qué desea?" Me respondió sin levantar la mirada.

Dudé antes de decirle algo, sintiéndome muy intimidada por su presencia, ya que Héctor no era el típico profesor de escuela. Para empezar, solo tenía 38 años y parecía un dios de de piel de ébano, con un rostro viril y exóticos ojos verdes, y un físico poderoso marcándose debajo de su camisa blanca y pantalón negro, lo que aunado a su

personalidad intelectual y misteriosa nos traía a todas las chicas de la escuela prácticamente locas por él.

Pero el problema era que también era increíblemente estricto, y sus exámenes siempre nos causaban terror.

"E-es que… -Busqué las palabras adecuadas para expresar mi situación. – E-en mi examen hay un 5 y… y-yo… yo creo que es un error."

"No hay ningún error, señorita Claudia –

Me respondió en voz baja –No estudió y eso se notó claramente en su examen, por lo que lamentablemente tendrá que repetir el año."

"N-no, mire, lo que pasa e-es que…"

"No hay excusa que valga –Dijo Héctor con cierta exasperación mientras dejaba

a un lado un fajo de papeles y me miraba

a los ojos. -El examen no miente."

"N-no, profesor, mire, debe haber un error porque yo…"

Pero Héctor me ignoró y volvió a sus asuntos, con una actitud como si yo fuera la cosa más irritante del mundo, y entonces apreté las manos sin saber qué hacer, casi al borde de las lagrimas. "P-profesor, por favor…"

"Mire Claudia, -Héctor respondió poniéndose aun más serio -¿No tiene algo mejor que hacer? Tengo que revisar muchos documentos, si no le importa." Me mordí los labios con nerviosismo, pero sabía que repetir el año no era una opción para mí, por lo que con

verdadero pavor le dije casi murmurando: "P-profesor, y-yo… e- estoy dispuesta a hacer lo que sea para pasar el año."

En ese momento Héctor dejó de escribir,

y con toda la calma del mundo me

respondió: "Claudia, ¿Está usted segura

de lo que está diciendo?"

"S-si profesor…" "Por favor cierre la puerta del aula"

Rápidamente obedecí, y en un segundo

ya estaba de nuevo frente a él, pero noté

que se había acomodado en su silla en una postura un tanto más relajada, mientras me observaba de los pies a la cabeza. "Se lo repito ¿Está segura de lo que acaba de decir?"

Asentí

ligeramente

sin

atreverme

a

mirarlo.

"Muy

bien.

Entonces

quítese

el

uniforme."

Oír eso fue como sentir un latigazo de

e

calor

por

todo

mi

cuerpo,

inmediatamente mi respiración se aceleró visiblemente, cosa que Héctor notó al instante. "P-profesor, yo…"

"Claudia, no tengo tiempo para juegos – Dijo Héctor con seriedad. -Si no se atreve, por favor no me haga perder mi tiempo. Puede retirarse."

"N-no,

yo…

lo

haré,

pero…

me

da

pena."

"Tiene 10 segundos para hacer lo que le

pedí."

"P-por favor, yo…"

"Uno… dos…"

Apreté las manos con impotencia sintiéndome atrapada, pero el tiempo seguía corriendo, por lo que con toda la prisa del mundo me desabotoné la camisa blanca del uniforme y me la quité junto con la corbatita que nos hacían usar, y enseguida me quité el bra, dejando mis pequeños pechos al

descubierto. Entonces agarré mi faldita negra y de un jalón la bajé al suelo, pero cuando llego el momento de quitarme las panties no pude evitar dudar…

Pero sabía que no tenía otra opción, por lo que, reuniendo todo mi valor las fui deslizando hacia abajo poco a poco por mis piernas hasta dejar mi intimidad completamente expuesta ante Héctor, el cual sonreía con la misma actitud de un lobo al ver una indefensa ovejita. "¿Quién lo diría? -Dijo Héctor con una sensual expresión - ¿Que debajo de ese

atuendo de colegiala inocente estaba una mujercita con un cuerpo tan delicioso?"

"G-gracias. -Respondí titubeante, pero sin poder ocultar una tímida sonrisa. - ¿M-me quito también las medias negras y los zapatos?"

"No, lo prefiero así. Pero ahora, Claudia, quiero que se suba al escritorio de rodillas, mirando hacia mí." Obedecí sin replicar y en un segundo ya estaba con mis rodillas apoyadas sobre la fría superficie de madera, con el

cuerpo ligeramente arqueado maximizando el efecto de mis esbeltas formas, y mis senos mostrándose como tiernos frutos que todavía no alcanzan la madurez, todo eso mientras me mordía nerviosamente el labio y apretaba mis manos, tan apenada por estar expuesta de esa manera que ni siquiera era capaz de sostenerle la mirada al profesor Héctor.

Pero él sólo me observaba en silencio, complacido ante la exquisita visión sensual que mi delicado cuerpo le

proporcionaba, seguramente imaginando mil y una formas en las que me sometería a su antojo. Hasta que de repente se levantó de su asiento, y con actitud dominante deslizó su mano por mi nuca y me acercó hasta su boca para besarme agresivamente, con su respiración quemándome el rostro mientras su lengua entraba posesivamente en mi boca, como una intrusa que, sin ser invitada, se servía a su antojo y se enredaba grotescamente contra mi propia lengua, arrancándome tiernos gemidos que no dejaban lugar a

dudas de que mi inexperto cuerpo estaba más que dispuesto a someterse y a obedecer lo que él me exigiera. "¡Mmfm… aah… He-Héctor…!" Y el calor en la habitación parecía aumentar cada vez más, hasta que después de varios minutos de la más perversa batalla dentro de mi boca, mi profesor me dijo al oído con voz firme y autoritaria: "Quiero que se toque frente a mí."

"H-Héctor." Gemí con tierna angustia al oír eso, pero obedientemente mis dedos

bajaron por mi piel hasta encontrar ese pequeño y mojado punto sexual entre mis piernas, el cual comencé a frotar como desesperada mientras me retorcía sugestivamente. "¡Aaahhh… mmmm… mmmm!"

Pero verme así de excitada fue una escena irresistible para Héctor, que con total voracidad comenzó a besar y lamer mis mejillas y mi cuello hasta llegar a mis pechos, los cuales apretó una y otra vez entre sus manos mientras succionaba y mordía mis pezones sin parar.

Y en respuesta yo abría la boca de forma desvergonzadamente lujuriosa, instintivamente acelerando los movimientos de mis dedos contra mi sexo, el cual ya derramaba deliciosamente su cálido jugo por mi entrepierna. "Ah, P-profesor…"

Pero Héctor no se detenía ni por un segundo, y mordía, besaba, jalaba y lamía cada centímetro de mis pechos con desenfreno, apretándolos una y otra vez con sus poderosas manos como si

quisiera devorarlos, hasta que de repente sentí sus dedos deslizándose por mi cabello mientras su voz sonaba contra mi oído: "Claudia, quiero verla mamando verga."

Y su tono dejaba claro que de ningún modo era una sugerencia, sino una orden.

Inmediatamente su mano comenzó a bajarme lenta pero firmemente hacia su miembro, el cual seguía oculto bajo la gigantesca tienda que se formaba en su

entrepierna, y como si fuera posible hacerme sentir más humillada restregó agresivamente mi rostro contra su pantalón durante varios segundos, hasta que dijo: "Ábrame el zipper con los dientes."

Sin dudar abrí la boca en un gesto descaradamente sexual y apreté el frío metal de la cremallera con los dientes, bajándolo lentamente hasta que sorpresivamente algo muy grueso y duro golpeó mi mejilla, y lo que vi me dejó boquiabierta

Frente a mí estaba un poderoso miembro viril apuntando directamente hacia mi boca, con sus gruesas venas henchidas de sangre que parecían próximas a reventar, anticipándose a lo que vendría.

"P-profesor…" Intenté decir algo, pero sin darme tiempo a nada él me sujetó firmemente de la cabeza y con un movimiento firme su verga se abrió paso entre mis labios, llenándome la boca por completo. "¡Mfmfmf!"

"Eso, eso, Claudia, se ve más bonita

cuando no habla mamar."

dedica a

y solo

se

Pero yo estaba que ardía, y con desesperación me aferré a su verga como si mi vida entera dependiera de eso, mamándosela sin parar mientras me arqueaba en 4 sobre el escritorio, y entonces Héctor comenzó a mover vigorosamente sus caderas de atrás para adelante, violándome la boca una y otra vez con la mas primitiva cadencia. "Eso es, Claudia, hasta el fondo, cómasela

toda."

"Mfmfmf

mffmfmf

mfmfmf."

Y mi mundo se redujo a ver el cuerpo de Héctor ir y venir contra mi cara, con sus manos apresando fuertemente mi cabeza mientras su poderoso miembro me atragantaba sin piedad, a la vez que la respiración de mi Profesor se incrementaba visiblemente, inequívoca señal de que estaba a punto de venirse.

Hasta que después de casi 10 minutos de primitiva violación bucal sus manos me

apretaron aun más fuertemente mi cabeza, inmovilizándome por completo, y con la voz entrecortada me ordenó:

"¡Claudia, tráguesela TODA!"

En ese momento una poderosa explosión de denso y ardiente líquido comenzó a inundar mi boca en cantidades industriales, y yo solo atiné a mirarlo con una carita de angustia mientras tragaba sin parar su perversa leche, aunque no pude evitar que una gran cantidad se escurriera por la comisura de mis labios, dando la errónea

impresión de que no me había tragado casi nada.

Pero Héctor evidentemente sabía lo abundante de sus descargas, y al verme sufrir tan penosamente sonrió un poco y entonces sacó lentamente su verga de mi boca. "¡Cof, cof!" Tosí débilmente mientras miraba el hilito de semen que colgaba de mis labios hacia el escritorio, sintiendo mi mandíbula entumida por el esfuerzo.

"Claudia, es usted una pequeña aspiradora." Dijo Héctor dándome una palmadita en la cabeza, del tipo "Bien hecho, Putita. Me la mamaste muy rico"

"S-si."Sonreí tímidamente sin atreverme a verlo, sintiendo mis entrañas calientes por la leche recién recibida, y con el sabor de su pegajoso semen impregnando cada centímetro de mi garganta. Y con un gesto coqueto e inconsciente usé mi lengua y dedos para comerme lo que había caído al

escritorio, cosa que me hizo merecedora a otra palmadita en la cabeza, como si de una cachorrita me tratase.

En ese momento cometí el peor error posible. Ingenuamente pensé que, por la venida de Héctor, todo había terminado, así que lentamente comencé a bajarme del escritorio, pero el me detuvo con firmeza: "¿A dónde cree que va"

"¿N-no hemos terminado?" Repliqué con una mueca de inocencia.

Héctor señaló su miembro, que seguía firme y caliente, con mi saliva goteando a todo lo largo y con residuos de semen en la punta. "¿Le parece a usted que esto está terminado?"

"Y-yo… n-no…"

Con un gesto dominante Héctor me tomó del cabello y me bajó del escritorio, y contra los débiles forcejeos de mi parte, me empinó agresivamente contra la superficie de madera y puso mis manos en mi espalda, sujetándomelas sólo con

una mano.

"¡Ay!" Me quejé débilmente ante tan rudo trato, pero antes de que pudiera decir algo sentí la gruesa cabeza de su verga frotándose entre mis nalgas y contra mi coño, y la sensación fue tan salvaje y animal que me quedé quietecita gimiendo en expectación.

"Ya, quieta, deje de pelear." Dijo Héctor dándome una poderosa nalgada, y en ese momento su gruesa verga presionó y comenzó a abrirse paso entre mis

apretados labios vaginales, llenando mí intimidad centímetro a centímetro, e instintivamente apreté mis nalgas hasta que sus bolas chocaron descaradamente contra mi clítoris. Oh Dios, me la metió hasta el fondo. Con un delicioso gruñidito de impotencia me retorcí contra la mesa, pataleando débilmente al notar que Héctor se frotaba suavemente contra mis nalgas, preparando mi cuerpo para ser embestido sin piedad, hasta que de repente sentí como la mano de mi Profesor me cubría la boca. "Calladita,

Claudia, no quiero que nadie la oiga cuando la esté montando." Oír eso fue increíblemente perverso, sentí como me mojaba aún más, si esto era acaso posible, y un sugerente gemido se me escapó. No sabía como había llegado a esto, pero me había convertido en una hembra sometida por un hombre de la forma más sucia, salvaje y primitiva, y en respuesta a eso paré un poco más las nalgas y contuve la respiración, esperando lo peor…. O lo mejor. Y todo comenzó brutalmente, sin

miramientos. Héctor me jaló el cabello agresivamente y me enterró su verga con brutalidad, arrancándome un gemido, y en menos de un segundo su cuerpo volvió a impactarme, y de nuevo… una vez más… y más, hasta que sus furiosas embestidas alcanzaron un ritmo frenético y el sonido de mis nalgas rebotando contra sus caderas sonaba por toda el aula. ¡Slap, slap, slap, slap, slap!

"¡Ahhh…

ahhhhh…

ahhhhh…

Siiiii,

ahhh!"

Me

mordí

los

labios

con

desesperación ante tan cruel castigo, ignorando por completo aquello de "No quiero que la oigan", sintiendo como el escritorio debajo de mi se agitaba violentamente con cada embestida.

"¡Ufff, ufff!" Gruñía Héctor como si estuviera corriendo un maratón, sudando copiosamente sobre mi espalda, y de repente me dio una tremenda nalgada que casi me hace llorar. "¡Muévase como la puta que es!"

"¡Ay!" Me quejé tiernamente mientras

comenzaba a mover mis caderas en círculos, levantando las nalgas con ansiedad en cada embestida, como si pidieran mas, y apretando mis músculos vaginales lo mas que podía.

De repente Héctor se inclinó sobre mi espalda y sin dejar de montarme me dijo imperativamente al oído: "Claudia, ábrase las nalgas con las manos y ofrézcame su ano."

"P-profesor, yo no… - Respondí –

tímidamente, sin saber

qué

hacer

Nunca me han…"

"¿Nunca la han culeado? Pues siempre hay una primera vez. Obedezca."

El

color se me subió al rostro mientras

mi

corazón latía como si se me fuera a

salir del cuerpo, con mil sentimientos alternándose entre la humillación y la excitación, hasta que con un gesto sumiso agarré mis nalgas y las abrí lo más que pude, de par en par, dejando mi apretado y pequeño orificio abierto y

completamente vulnerable.

Héctor no perdió el tiempo y comenzó a frotar la gruesa cabeza de su miembro contra mi ano, ensanchándolo con firmes movimientos concéntricos, pero aunque su verga estaba literalmente empapada en mis jugos, pensó que por ser mi primera vez necesitaría mas lubricación, por lo que me introdujo un dedo en la boca y lo mojó con mi propia saliva, después lo dirigió a mi ano y me lo metió profundamente, dando pequeños giros en mi interior para dilatarlo, hasta que después de varios segundos de

preparación

Colocó la gruesa cabeza morada contra

mi ano y con un firme empujón comenzó

a metérmela por el culo, centímetro a centímetro, ensanchándomelo de tal forma que nunca lo hubiera creído posible.

"¡Ay! Oh Dios, -Abrí los ojos de par en

par, boquiabierta. -S-se esta

oh Dios, oh Dios."

Y las sensaciones eran rarísimas, pero excitantes, sintiendo como ese grueso

tronco venoso se abría paso entre mis

metiendo,

nalgas, dolor mezclado con placer, multiplicado por un imparable avance que me llenaba las entrañas por completo, volviéndose casi insoportable. Hasta que con un firme empujón su miembro quedó completamente adentro de mi cuerpo. "¡Ah!" Me quedé completamente inmóvil, disfrutando esa nueva sensación, sintiendo la dureza de su verga en mi interior con cada respiración. "¡Wow, Claudia! –Me dijo Héctor al

oído –Su culo me aprieta durísimo, casi… casi no me puedo mover. ¡Que rica está!"

Gemí y pataleé con un gesto inocente, e inmediatamente Héctor se dejó caer sobre mi espalda y envolvió mi cabeza entre sus fuertes brazos, como un macho que aprisiona a su indefensa hembra para someterla, y entonces comenzó a sodomizarme con poderosas embestidas, profanando mi ano sin piedad mientras el escritorio debajo de mi volvía a sacudirse violentamente.

Slap, slap, slap, slap, slap.

Pero yo estaba en éxtasis, fascinada al sentir el pesado cuerpo de Héctor frotándose de atrás para adelante contra mi espalda en un ardiente mar de sudor, e instintivamente levanté más mi trasero para que la penetración fuera aun mas profunda. "¡Ahh… mmmm… sii, mmmmm…!" "Eso es, Claudia, apriete así ese culo tan rico, ya casi." Gruñó Héctor detrás de mí, manteniéndome completamente

inmovilizada mientras me empalaba, en un ritual de lo más animal y primitivo, y en respuesta yo me retorcía como serpiente debajo de el, al mismo ritmo con el que su instrumento me golpeaba las tripas, estremeciéndome cada vez que sus bolas rebotaban contra mi clítoris, hasta que finalmente

"¡Ahhhhhh!" Abrí la boca y me puse

increíblemente

tensa,

con

todo

mi

cuerpo ardiendo en medio

del

más

absoluto éxtasis orgásmico, y solo pude

jadear

apretar

los

puños

y

desvergonzadamente, como una puta, y justo en ese momento Héctor apretó violentamente sus caderas contra mis nalgas, y pude sentir como su miembro se ensanchaba y comenzaba a escupir violentos chorros de leche caliente dentro de mi ano. "Grrr, ufff, a-asi Claudia, apriete su culo así, grrrr."

Simplemente, era demasiado placer. Cerré los ojos y me dejé llevar por el más exquisito trance sexual, gimiendo suavemente sin poder pensar en nada más que en el goce que esa verga me

había brindado, con Héctor firmemente en mi interior y acariciando mi espalda y rostro suavemente con sus dedos, hasta que después de lo que pareció una eternidad finalmente su pene salió lentamente de mi cuerpo, llevándose consigo un tierno suspiro mío.

"Me parece que ha aprobado con honores esta clase, "señorita" Claudia." Sonreí débilmente, sintiendo un delicioso ardor en mi culo, pechos, labios y hasta en el estomago, y con todo mi cuerpo cubierto de ardiente sudor

mientras mi largo cabello negro se me pegaba a la cara de la forma mas incómoda posible. Entonces apoyé mis manos en el escritorio e intenté levantarme, pero al intentar dar un paso las piernas me fallaron y Héctor tuvo que agarrarme.

"¡Cuidado!" Me dijo con una sonrisa.

Me mordí los labios y los colores se me volvieron a ir al rostro, ya que la culeada que me acababan de poner había ido tan intensa que hasta me sentía débil,

y una vez que mi Profesor me soltó me agaché para recoger mi ropa desparramada por el piso y comencé a ponérmela de nuevo, aunque después de buscar un rato vi que mis panties no aparecían por ningún lado…

"¿Busca esto?" Dijo Héctor con un gesto de travesura, mostrándome mi delicada prenda entre sus dedos. Pero cuando intenté tomarla el la alejó de mi y la llevó a su rostro, inhalando profundamente su aroma mientras me veía fijamente, y entonces la metió en la

bolsa de su pantalón. "Considérelo como un recuerdo, Claudia, el primero de muchos."

Me sonrojé ligeramente, señal de que mi habitual timidez estaba regresando, y sin poder mirarlo a los ojos respondí: "S-si Profesor." Héctor sonrió ligeramente al ver mi reacción y fue a sentarse de nuevo en su escritorio, tomando unos papeles en su mano para continuar sus tareas pendientes, pero antes de hacer nada me dijo: "Claudia, acaba usted de pasar el

curso, pero aún así su desempeño escolar tiene que mejorar muchísimo, por lo que todos los días después de la clase tendremos una sesión de regularización, ¿Entendido?" "Si Profesor." Asentí con un gesto infantil. "E incluso, serán necesarias clases nocturnas." "Seguramente son necesarias para mi educación. -Respondí con coquetería, sorprendida por mi inusual "descaro - Entonces Profesor, lo veré mañana, ¿Ok?"

"Adelante." Asentí con ternura y salí del salón, sonriendo mientras repasaba en mi mente lo que acababa de suceder, las sensaciones físicas que aún derretían mi cuerpo, y cada perversa palabra que Héctor me había dicho.

… Y lo que faltaba aún. Sin duda, pensé con una sonrisa, este semestre será deliciosamente largo.

Relato II En serio, pocas cosas me causan más satisfacción que ayudar a quien más lo necesita. Pero si siendo solidario puedes conseguir que el placer sea algo más que una metáfora, digo yo que no hay nada de malo en darle un poco de gusto al cuerpo mientras ayudas al prójimo, o más bien a la "prójima". Descubrí esta maravillosa iniciativa por un amigo y decidí que yo no iba a ser menos solidario y quería apadrinar

también. Por apenas un euro al día,

Mary iba a tener la oportunidad de estudiar una carrera gracias a mí y a sus otros padrinos. Aspiraría a un futuro mejor y además su abuelo era español y me parece que los españoles hemos olvidado injustamente ese maravilloso archipiélago que son las Filipinas. Ella misma sólo chapurreaba el español -el inglés se ha impuesto en aquellas islas, una lástima-, así que podría practicar conmigo en nuestras charlas por Internet. La fui conociendo y parecía bastante

y muy apetecible, claro, aunque

maja

la webcam no le hacía justicia. La chica

era una belleza filipina con un cuarto de mestizaje: piel tostada, labios sensuales, pelo negro y liso hasta los hombros No veía el momento de conocerla mejor, así que los cinco meses de espera se me hicieron muy largos. Había probado el sexo asiático pero precisamente por eso quería repetir la experiencia y añadir de paso un nuevo país a mi geografía. La ocasión llegó con el puente de mayo.

Pedí la semana entera y viajé hasta

Manila para ver in situ los resultados de

mi iniciativa solidaria. Algunos

conocidos me habían hablado de la belleza de las islas y de las playas y estoy seguro de que tenían razón pero no puedo opinar mucho porque sólo tuve tiempo para visitar algunos sitios de Manila. No era el turismo lo que tenía en mente en mi viaje solidario. Después de dejar las cosas en el hotel me fui con algo de prisa a la dirección en que nos habíamos citado pues había llegado con retraso por la dichosa aerolínea. No importó. Comimos juntos y así nos conocimos mejor en nuestra conversación medio en español, medio

en inglés. Repito que la cam no le había hecho justicia porque era encantadora como suelen ser las orientales. Era un encanto cuando reía y no veía el momento de meterle una buena polla entre los adorables labios para que me la comiera con esa boquita. De cuerpo era bastante más baja que yo, una chica muy manejable, y muy delgada pero esbelta. Los pechos se adivinaban discretos pero el culito era redondeado y gracioso como toda ella. Llevaba una camiseta ceñida que dejaba al aire su ombligo de color caramelo.

Me moría de ganas de jugar con mi muñequita de diecinueve años pero dimos un paseo después de comer y hablamos de cómo le iba en sus estudios de periodismo y todas esas cosas. Pero la muñequita sabía jugar por la manera con que se apretaba contra mí, rozándome de forma que parecía descuidada. Yo la llevaba de la cintura y de momento tenía que conformarme con rodearle la cintura y manosearle el culito prieto y duro. Ella sabía que me moría de ganas por follármela y me hacía calentarme más y más. Y es que

las mujeres -ya sean filipinas, españolas, suecas o de donde ustedes quieran- saben cómo funcionamos los hombres. Aquella noche, ya en la intimidad del

hotel, ella se sentó en mis rodillas. Le quité la camiseta y tenía unos pechos preciosos que me apuntaban con pezones como granos de café. Se los comí con ternura, como el cuello y la boca. Sabía que le gustaba y la noche era muy larga para meterle caña. Mejor empezar con

Desnuda se sentó de nuevo

en mis rodillas para que jugara con ella

suavidad

a besar su precioso cuerpo y darle pellizquitos. Apenas tenía vello en el coño pero empecé por acariciarla bien entre los muslitos. No es bueno meter mano en terreno seco aunque debía estar humedeciéndose por momentos. Yo por lo menos tenía la polla que no me cabía de gozo bajo los pantalones y me dolía el tenerla en mis rodillas. Se levantó y dejé que me desnudara. Cuando se arrodilló sabía lo que tenía que hacer con la verga tiesa como un palo esperando delante de su cara. ¡Y tanto que sabía! Comida de huevos para

primero y después fue subiendo por la verga hasta llegar a la punta. Menuda boquita tenía y es que yo no sé que tienen las orientales pero con esas boquitas tan encantadoras son capaces de tragárselo todo. Después de chupar la punta del rabo y saborear su gustillo, se lo tragó -¡Quieta! ¡Espera! Se la sacó de la boca. Estaba un poco sorprendida pero lo entendió todo al ver la cámara digital que había sacado de la bolsa. Claro, no era plan irme sin un buen recuerdo que enseñar a los amigos,

sobre todo a uno que sabía que iba a rabiar de envidia Primero le hice una foto preciosa con su lengua juguetona en el capullo. Con la mitad del rabo ya en su boca. Por fin con el rabo hasta el máximo que podía tragar. ¡Joder, y había que ver cómo tragaba! Dejé la cámara para acariciarle el pelo negro y liso mientras subia y bajaba. -Qué preciosa eres, mi filipina putita. Sabía perfectamente qué significaba "putita" y le gustaba mucho. Aunque por chat solía llamarla cariñosamente

"Bitchie" (perrita en inglés).

Stop, Bitchie. Tengo unas

ganas de correrme en tu cara que no veo Lo último ya podía imaginárselo cuando le indiqué con la mano que se la sacara. Cerró los ojos y yo me agité la polla con la mano para salpicarle bien la leche por toda la cara. Llevaba demasiadas ganas para aguantarme más rato. -No, espera. No te quites los grumos todavía. Estaba maravillosa con esos ojitos

rasgados cerrados con salpicones. Tenía

-Ya, ya

grumos por los párpados, por los labios, por las mejillas y hasta por la frente. Otra foto preciosa para el recuerdo. Compadezco a los que vuelven de sus vacaciones con fotos de catedrales románicas y los niños haciendo castillos de arena en la playa. Descansamos un rato en la habitación, o más bien descansé yo. Ni siquiera nos vestimos. Hacía bastante calor y desnudo se estaba más a gusto. Sobre todo ella, que me mostraba su maravilloso cuerpecito mientras se lavaba la cara. Sí, tenía una cara

preciosa para echarle una buena corrida

pero el cuerpo fléxible y el culo redondo y apretado todavía no los había probado. Poco a poco me estaban dando más ganas. Me encontró tumbado en la cama y con

la verga recuperándose.

-¿Qué? ¿Te animas a montar un poco? -

le dije, y ella entendió el gesto que hice

y se subió la mar de contenta para cabalgarme.

Aunque no tenía las caderas anchas no

se le daba mal lo de montar pollas. Su

coñito húmedo se acopló de maravilla a

mi rabo y me montó con alegría. A veces se agachaba para que le comiera los pezones de color café. ¡Cómo le gustaba jugar a la muy putita! Luego cambiamos de posición para que la montase yo a ella. Se habían acabado las ternuras y la cubría para meterle bien el rabo antes de correrme. No sabría decir a quién le gustó más pero era maravilloso ver la cara que puso cuando me corrí Qué se le va a hacer. Recuperar las ganas no era fácil pero con una boquita como la suya comiéndote la polla con paciencia desde los huevos hasta la

punta no se tardaba mucho. Aprovechamos bien aquellos días. Yo siempre digo que una mamada al día es mano de santo para la salud pero de vez en cuando no está mal hacer algún exceso. Prefería correrme en su cara y no en su boca pero también tuvo ocasión de probar el fuerte sabor de mi leche. También hubo ocasiones para que hiciera honor al apodo cariñoso de Bitchie o perrita. Le gustaba más así y yo estaba encantado de verla a cuatro patas sobre la cama y cubrirla por entero cuando me ponía sobre ella para

montarla a cuatro patas también y follar como dos animales. No se piensen que el vicioso era yo porque tenía siempre el coño bien lubricado cuando le metía el rabo. -Eres grande, muy grande -me dijo y yo no entendí de primeras lo que quería decir pero se refería al tamaño. La verdad es que follarte a una tía bastante más pequeña tiene su morbo. Hasta tu polla parece más grande y gruesa (que tampoco es que ande mal de eso, ojo) cuando se la metes. Lo sé porque hice alguna foto.

Luego ella jadeaba y decía cosas y ponía la cara como si le doliera que le diera bien fuerte pero en realidad se estaba muriendo de gusto la muy perrita. Me encantaba cada vez más mi filipina. Estaba como loco y ya sólo quedaba por probar una cosa. Probe a acariciar el agujerito de su prieto culo con la punta de mi polla para ver qué le parecía. Al principio se tensó un poco pero luego me dijo:

-Lento, cuidado -Descuida. Faltaría más. Le metí la punta del rabo

con cuidadito y es que era sorprendente meter el rabo en una cosa tan bonita y respingona como su culo. Un poco de dolor verdadero sí debió sentir cuando acabé de meterle el capullo pero la mayoría de las tías hubieran protestado de haberle metido tanto rabo como le metí a ella. Jeje, está bien saber que los grititos no son del todo fingidos. Luego le eché el semen por todo el culo, desde al agujero hasta las nalgas. Más fotos para el recuerdo aunque me hubiera gustado poder filmar la cara que ponía mientras la daba por culo.

La semana se hizo tan corta como inolvidable. El día anterior estaba cansado -había follado en unos días lo que correspondía a un mes "normal"-, así que aproveché que tenía una buena guía nativa para visitar algunos lugares de Manila, que tampoco era plan irme sin ver apenas nada. A la noche nos despedimos muy cordialmente porque a la mañana salía el avión. Regresé con una sonrisa, muchos buenos recuerdos y fotos para dar prueba de ello a mi amigo. Ahora sería él quién me envidiaría. Pero sobre todo me quedé

muy satisfecho por haber hecho una buena obra. Algunos quizás consideren que esto tenía poco de solidario pero gracias al dinero de sus padrinos esa chica podría aspirar a algo mejor. Piensen si hubiera sido mejor para ella trabajar quince horas en una fábrica de deportivas infantiles por un sueldo de mierda o, peor todavía, en un burdel para satisfacer a cualquier turista desaprensivo y sufrir todo tipo de abusos y arriesgarse a pillar cualquier enfermedad.

No he vuelto a verla pero eso no

significa que abandonase el programa de apadrinamiento. Simplemente quería conocer otro país y repartir mi

pero ésa es

solidaridad por el mundo otra historia.

Relato III Dejando la maleta a mi lado y la cazadora de piel sobre ella, tomé asiento en uno de los taburetes que quedaban libres frente a la barra de la cafetería de la estación de Chamartín y dirigiéndome al camarero que atendía le pedí un café con leche y un donut de los que aparecían tras el cristal del mostrador. Una vez me senté, saqué la pitillera de mi enorme bolso bandolera y abriéndola cogí el primer cigarrillo

Camel de aquella mañana de cielo nublado y tiempo desapacible que, según había escuchado en la radio al levantarme, parecía iba a adueñarse de Madrid al menos hasta el lunes por la tarde. Bueno, lo cierto es que aquello poco me importaba pues iba a pasar los próximos cinco días en compañía de Dominique, mi bello y espléndido amante de origen senegalés al que había conocido apenas cuatro meses antes en una fiesta del trabajo a la que ambos habíamos sido invitados. En el momento en que la llama del

mechero entró en contacto con el fino cigarrillo calmé mis ansias de nicotina dando una breve pero profunda bocanada lo cual provocó que las primeras volutas gris azuladas de humo ascendieran por encima de mi cabeza envolviendo el aire en una ligera neblina para acabar, al instante, disgregadas en la nada. Tras unos segundos volví a aspirar nuevamente del cigarrillo llenando mis pulmones con la letal sustancia y, guardando el mechero en el interior del bolso, dejé reposar suavemente el pitillo sobre el cenicero.

Mientras esperaba la consumición miré un momento mi reloj de pulsera observando con tranquilidad que aún quedaban veinte minutos largos hasta la hora de salida del Alaris que debía llevarme junto a mi amado. Mirando en derredor mío percibí el bullicio de la cafetería a esas horas de la mañana con los camareros yendo de un lado a otro con cafés, zumos, bocadillos y bollería variada mientras los clientes no hacían más que reclamar sus consumiciones y hablar entre ellos en animadas conversaciones.

Las mesas aparecían llenas de gente igual que la amplia barra en la que una pareja de sesentones de bien cuidados cabellos canosos se colocaron junto a mí pidiendo al momento dos zumos de naranja naturales y dos croissants. Los dos vestían de forma muy elegante y refinada, se veía a una legua que debía ser gente bien acomodada. El hombre vestía camisa blanca, pantalón gris oscuro de vestir y chaqueta austríaca verde de aquellas clásicas que tanto me han gustado siempre. Ella, por su parte, llevaba un vestido negro largo y por

encima un hermoso abrigo granate de paño con grandes botones negros. Un gran bolso negro de mano, unas medias tupidas igualmente granates y unos bonitos zapatos negros de alto tacón completaban el conjunto de aquella mujer de buena figura y todavía apetecible pese a su edad. Pronto abandoné mi interés por aquella pareja dando una nueva bocanada a mi cigarro del cual se desprendieron nuevas volutas haciendo que lentamente se fuera consumiendo de forma un tanto precipitada. La gente pagaba y

rápidamente marchaba camino de sus trabajos o del tren que debía llevarles como a mí hacia su próximo destino. Señorita, perdone el retraso pero a estas horas ya se sabe. Aquí tiene su café con leche bien calentito y su donut –exclamó con la mejor de sus sonrisas el joven camarero que me atendía. Oh gracias, muchas gracias –respondí sonriendo amablemente mientras agarraba entre mis dedos el sobre de azúcar del cual vertí, como era costumbre en mí, sólo la mitad de su contenido pues siempre me ha gustado el

sabor amargo del café. Aún tengo un cuarto de hora antes de que mi tren salga camino de Valencia –le informé a aquel guapo camarero al que le eché a bote pronto unos diecinueve años, veinte o veintiuno a lo sumo, no más. Colocado frente a mí y sin dejar ahora de fregar platos, tazas y cucharillas como si en ello le fuera la vida, la voz juvenil del muchacho tuvo la agradable consecuencia de devolverme a la realidad de aquella mañana en la cafetería de la estación, sentada frente a mi consumición minutos antes de iniciar

mi viaje junto a Dominique. Tras

remover mínimamente el contenido de la

taza con la pequeña cucharilla y de dar

un pequeño sorbo a mi café, sentí la mirada inquisitiva de aquel moreno camarero clavada, de forma un tanto disimulada, sobre mis pechos y mis pezones los cuales abultaban irremediablemente bajo la lana de mi blanco vestido de cuello cisne. Al parecer la rápida masturbación que mis dedos me habían provocado durante la ducha de la mañana no había tenido el

suficiente efecto reparador sobre mis

más perversos sentidos. Los hermosos ojos de un marrón profundo de aquel muchacho recorriendo mi figura y mis más que evidentes encantos de mujer apenas entrada en la treintena, provocó que creciera en mí una sensación de desazón que sólo pude aplacar mínimamente carraspeando tras dar una nueva chupada a mi cigarro. Aquella mañana y pensando en la cercanía de mi encuentro con Dominique horas más tarde, no pude evitar masturbarme en la ducha nada más levantarme. Siempre me ha gustado

masturbarme y hacer el amor durante la mañana, siempre ha sido para mí el momento más propicio para poder

recorrer con mis manos mi cuerpo y mis formas o para entregarme en brazos de

mi pareja. Para mí aquello se convirtió

desde bien joven en todo un ritual

pudiendo así disfrutar de los placeres que el sexo puede dar en todas sus muchas vertientes. Me había levantado pronto y directamente me había encaminado hacia

el baño abriendo, a continuación, el

telefonillo buscando calentar el agua

antes de meterme a la ducha. Pronto la imagen de Dominique junto a mí se apoderó de mis pensamientos haciéndome recordar el último encuentro tumultuoso y tan lleno de lujuria que tuvimos en la soledad de aquella habitación de hotel. Mis manos se convirtieron en las suyas, en aquellas manos suaves y de un delicioso color chocolate que tanto me gustaban cada vez que recorrían mis muslos, mi vientre y mis pechos. Al tiempo que el agua tibia de la ducha caía sobre mi cabeza bajando luego por mis pechos y el resto

de mi cuerpo hasta acabar en el blanco suelo camino del desagüe, la esponja ocupaba mis pechos y mis caderas con la reconfortante caricia del jabón. ¡Dominique te deseo, te deseo tanto! – pensaba fantaseando bajo el agua con la feliz idea de ser sus manos las que masajeaban mi cuerpo llenándolo con la sustancia blanquecina que tanto me gustaba. Aquellas manos que habían acariciado mis caderas y mis húmedas nalgas haciéndome vibrar de pura emoción en compañía de aquel hombre al que tanto

deseaba. Sus manos de largos y delicados dedos jugaron con mis pezones acariciándolos hasta hacerlos crecer de forma desmesurada para, instantes después, pellizcarlos con fuerza inaudita hasta hacerme gemir desesperadamente en busca de un placer desconocido hasta entonces. Pronto se apoderó de mi sexo recorriendo con sus dedos mi rajilla bajo la que se escondía el sensible órgano del placer femenino, el pequeño clítoris indefenso y tan necesitado de las caricias de aquel macho que tenía la encantadora virtud de

conseguir hacerme turbar el entendimiento por entero. Teniéndome cogida por detrás, con una pierna levantada y bien apoyada en la pared, me hizo volver la cabeza besándome de forma furiosa y obligándome a abrir la boca permitiendo así el paso irrefrenable de su rosada y húmeda lengua camino de mi paladar. Besaba de forma maravillosa haciéndome sentir la calidez de sus labios carnosos sobre los míos mientras el roce de sus dedos continuaba abriéndose paso entre mis labios

vaginales camino del escondido tesoro. Me notaba mojada y terriblemente excitada ante el incesante ataque de aquellos dedos tan negros y que tan bien sabían acariciarme haciéndome prorrumpir en auténticos lamentos satisfechos. Cada caricia era más profunda y excitante que la anterior buscando ahora el botoncillo el cual enseguida reaccionó al tratamiento enderezándose bajo las yemas de aquellos dedos de artista perfectamente conocedor de los placeres del sexo. Gemí ahora con fuerza mordiéndole los

labios levemente mientras mis manos se apoyaban con angustia creciente sobre la pared llena de la humedad del agua que caía por encima de ella. Mis jadeos y sollozos se mezclaban con sus gruñidos de macho necesitado de ir mucho más allá en aquel maravilloso avance sobre cada uno de los más recónditos rincones de mi anatomía. Mientras me hacía sentir su horrible humanidad apoyada sobre mis nalgas y sin dejar un momento de empujar sobre mí, noté cómo sus dedos enfilaban mi coñito y mi estrecho agujero posterior

tratando de entrar dentro de ellos. El dedo corazón y el índice de su mano derecha buscaban entrar en mi vagina aprovechándose de la humedad que mis muchos jugos le ofrecían mientras, por otro lado, el grueso dedo corazón de la otra mano escarbaba en mi estrecho culito intentando lograr que el anillo anal se fuera dilatando paso a paso. Una vez entró en mi interior empezó a follarme primero de forma lenta haciéndome ahogar mis gemidos en su boca la cual me hacía sentir su cálido aliento cada vez que nuestros labios se

separaban de manera fugaz. El roce de sus dedos se fue intensificando segundo a segundo haciéndose ahora mucho más rápido y violento según iba ganando en velocidad. Dios, lo hacía tan bien que no podía menos que retorcerme entre sus brazos sintiendo el azote de aquellos dedos tan expertos recorriendo mis dos agujeritos sin darme descanso alguno. No iba a tardar mucho en alcanzar mi placer entregada a las caricias de Dominique, aquel maravilloso muchacho que tan bien sabía adular cada centímetro de mi

piel. Abandonando su dedo el estrecho agujero de mi culo, agarró el telefonillo de la ducha encarándolo hacia mi coñito haciéndome sentir de ese modo el calor del agua sobre el mismo. Di un grito de profundo placer al notar la fuerza del agua junto al roce continuo de los dedos de mi compañero por encima de mi inflamado clítoris el cual recibió aquellas agradables caricias desencadenando en mí un sinfín de sensaciones que llenaron mi cuerpo de la cabeza a los pies. Me corro… me corro… ¿por qué tienes

que estar tan lejos, maldito? –exclamé

casi gritando mientras el orgasmo visitaba mi entrepierna y sobre mi rostro resbalaba el agua caliente y reparadora de la ducha. Aquellos hermosos recuerdos abandonaron mi cabeza volviendo al fin

a la realidad de todo aquello que me

rodeaba, a la realidad de la cafetería y

al tren que debía coger sin falta en unos

minutos. Volví a mirar la esfera del reloj

y vi que eran las ocho y media con lo

que apenas quedaban ya diez minutos para la salida del tren. Cogiendo el

billete que descansaba en uno de los

bolsillos del bolso observé que indicaba

las 8.42 como hora de salida y las 12.25

como hora de llegada a Valencia así que guardándolo nuevamente llamé al joven camarero que me había atendido

pidiéndole la cuenta con la mejor de mis sonrisas. Serán dos con cincuenta, señorita –me indicó tan pronto como pudo responder

mi petición mientras volvía a notar su

mirada sobre mis pechos, esta vez de forma mucho más procaz e insistente. Aquí tienes, el resto es propina para el

amable camarero. Quizá cuando vuelva de Valencia pase a verte –dije dándole tres euros mientras le guiñaba el ojo y le miraba con una sonrisa picarona pintada en los labios. Sin darle tiempo a responder me puse en pie, apoyé la cazadora sobre mi brazo y agarrando la maleta di media vuelta y empecé a caminar de forma un tanto provocativa aunque no exagerada camino del andén donde debía esperarme mi tren. Era plenamente consciente de que la mirada del muchacho estaría incrustada en mi

redondo trasero y que aquella imagen provocaría en él una intensa emoción que tal vez acabaría tranquilizando con una buena paja a mi salud o en compañía de su novia o de alguna joven amiga. Aquella mañana había escogido un conjunto cómodo pero que subrayase al mismo tiempo mis bellas formas. Quería provocar a Dominique y que no pudiera aguantar las ganas por hacerme suya en cuanto me viese. Vestía aquel blanco vestido entallado y de manga larga bien combinado con un delgado cinturón negro. Por otra parte, unos leggings

blancos y mis preciosas botas negras tipo amazona, que tan bien remarcaban mis estilizadas piernas, constituían el complemento perfecto para mi vestuario. Al fin subí al vagón buscando mi asiento tras dejar la maleta en el compartimento reservado a tal efecto. Algunos de los viajeros iban colocando sus bolsas de mano en el compartimento superior que había por encima de los asientos. Asiento 11 V indicaba mi billete así que, buscando a un lado y a otro y tras andar unos pasos más, encontré finalmente el asiento que me correspondía junto a la

ventanilla. Siempre me ha gustado el asiento de la ventanilla pues de esa manera el viaje se hace algo más entretenido teniendo la posibilidad de disfrutar del paisaje. Me senté en mi butaca abriendo a continuación el bolso y sacando del mismo la revista que había comprado en la librería al llegar a la estación. Echando un postrero vistazo a mi reloj vi que el tren estaba a punto de ponerse en marcha y cómo los viajeros de última hora se iban acomodando en sus asientos. Finalmente y con una ligera sacudida apenas

perceptible, el tren se puso en marcha iniciando el camino que debía llevarme junto a mi bello amante africano. Pronto abrí mi revista empezando a hojearla y olvidándome del resto de la

gente por unos minutos. El viaje de más

de tres horas se hizo agradablemente

corto escuchando música de mi mp3 o echando alguna que otra cabezada de vez en cuando. Al despertar de mi último sueño advertí, con cierto

contento, la belleza del paisaje levantino

y el soleado y radiante tiempo

mediterráneo dándonos la bienvenida a

Valencia. Pasada media hora llegamos a Valencia bajando con prontitud al andén tras recoger la maleta. Una gran impresión me produjo la belleza de la estación, un precioso edificio de estilo modernista en el que destacaba la gran marquesina de estructura metálica que enmarcaba toda la edificación. Los hangares conservaban el espíritu de las viejas estaciones decimonónicas y el enorme hall era un verdadero hervidero de gentes yendo de un lado a otro. Escapando hacia la calle por uno de los

laterales ingresé en el bullicio de la ciudad esperando encontrar pronto un taxi que me acercase rápido a mi tan deseado destino. No tardé mucho en localizar uno en la misma parada de taxis y, tras meter la maleta en el maletero del coche, subí al mismo indicándole la dirección al maduro taxista que me había tocado en suerte. Voy al Paseo de la Alameda. Tengo un poco de prisa… por favor, si es tan amable de llevarme lo antes posible se lo agradecería –le comenté al hombre

con mi voz melodiosa. No se preocupe que en un cuarto de hora estamos allí –respondió solícito sin dejar de observarme un solo segundo a través del amplio retrovisor. Sin más puso el coche en marcha internándonos al momento en el tráfago de la gran urbe, tan llena de prisas y de sonidos de cláxones. Bien acomodada en el asiento me puse a mirar a través de la ventanilla pensando que, en pocos minutos, me encontraría en brazos de Dominique amándonos como desesperados. Las calles pasaban una

detrás de otra parando, de vez en cuando, en algún molesto semáforo que hacía detener el loco discurrir del vehículo. Más de una vez pude ver la mirada del hombre clavada en mi entrepierna en busca de algún rincón oculto de mi anatomía que pudiese alegrarle agradablemente el día. Olvidándome de él continué disfrutando de la locura de la ciudad; siempre me ha gustado imaginar las vidas de todas aquellas personas, especie de pequeños individuos cada uno con sus propias historias y sus propios problemas. El

clima cálido y radiante invadía las calles por entero, nada que ver con el encapotado y ventoso que había dejado horas antes en Madrid. Atravesando uno de los puentes de la ciudad por encima del antiguo cauce del río, desembocamos en un bonito paseo donde el taxista me preguntó dónde parar. Mirando la agenda donde llevaba la dirección, se la indiqué llegando en segundos frente al edificio de apartamentos en el que vivía Dominique. El inmueble era de unas diez plantas y de estilo moderno y ecléctico

fusionando en la fachada la arquitectura del hierro y del cristal. Con cierto nerviosismo me metí en el espacioso ascensor pulsando con urgencia el botón del ático donde se hallaba la vivienda de mi ocasional amante. Realmente no sabía muy bien dónde podía llevarme todo aquello pero lo que sí sabía positivamente era que sólo quería disfrutarlo mientras durase, sin pensar en nada más. Notaba la respiración desbocada según el ascensor iba subiendo planta tras planta. Al salir al rellano del último

piso pronto encontré la puerta que buscaba apretando, sin esperar más, el botón de llamada. La puerta se abrió segundos más tarde, apareciendo tras ella la figura hermosa y esbelta de Dominique cubierto sólo por un bonito albornoz de color azul celeste, con cuello chal y cinturón anudado a la cintura. Las zapatillas, a juego con el albornoz, le hicieron parecer a mis ojos sensualmente atractivo e irresistible. Tantas eran las ganas por verle que no pude menos que lanzarme sobre él una vez traspasé el umbral de su casa.

Tras cerrar la puerta con un golpe de pie, me cargó por la cintura arrinconándome y estampándome contra la pared sin dejar un solo momento de besarme uniendo sus carnosos labios a los míos de forma apasionada. Rodeándole el cuello con mis brazos le devolví aquel beso abriendo mi boca y dejando que su lengua entrase en contacto con la mía de manera desesperada hasta formar una sola. Al culminar el beso, Dominique abandonó mis labios para dirigirse a mi cuello el cual empezó a lamer y besar con

exquisita dulzura haciéndome gemir débilmente.

tenía tantas ganas de

verte… te he echado tanto de menos… eché de menos el olor de tu cuerpo, tus caricias descontroladas, escuchar tus palabras lascivas endulzando mi oído… –exclamé con la voz entrecortada por el tremendo deseo que me embargaba. Yo también te eché de menos…, estos quince días se me han hecho eternos –me confesó mi joven amigo con su melodioso y romántico acento francés

mientras sus manos recorrían mis

Sí, mi amor

redondas formas por encima del vestido. Como dije al inicio del relato había conocido a Dominique en Madrid, en una fiesta en la que ambos habíamos coincidido invitados por la editorial en la que los dos trabajábamos. De veintiocho años, dos años más joven que yo, nacido en un pueblecito cercano a Saint Malo, en la Bretaña francesa y de padre francés y madre senegalesa, trabajaba en la delegación de Valencia como fotógrafo y diseñador gráfico dentro de la unidad de diseño. Nada más cruzar nuestras miradas, me sentí

irremediablemente atraída por aquel bello moreno de rasgos y facciones tan varoniles y guapo a rabiar. De conversación fluida y amable, Dominique sabía cómo tratar a una mujer, sabía ser atento y delicado y supongo que eso fue lo que me atrajo de él. Teniéndome cargada contra la pared, aquel agraciado animal de piel de ébano no hacía más que acariciar mis muslos buscando levantar mi vestido camino de rincones mucho más excitantes y oscuros. Ambos respirábamos con

fuerza sin dejar de mezclar nuestras

lenguas un solo instante en el interior de

mi boca. Lo deseaba tanto que no paraba

de acariciarle su cabeza perfectamente afeitada mientras le besaba con inaudita

fascinación y sin dejar de llevarle contra

mí tratando de sentir su cuerpo junto al

mío. El aliento cálido de mi guapo compañero golpeaba contra mi mejilla haciéndome sentir deseada por aquella especie de gorila que, estaba segura, no iba a tardar mucho en hacerme suya. Sus manos de largos dedos lograron finalmente levantarme la tela del vestido

apoderándose de mis nalgas las cuales manoseó por encima de la prenda que las cubría. Separándose unos segundos de mí, fijó sus oscuros ojos en mi rostro y volviéndose a acercar me besó ahora de un modo mucho más tierno haciéndome suspirar de emoción. Yo no dejaba de jadear sintiendo sobre mi boca fresca sus gruesos labios y sobre mi cuerpo sus poderosas manos que lo estrujaban de un modo un tanto brusco pero que, en esos momentos, resultaba para mí totalmente encantador. Dominique presionó contra mis

temblorosos labios los cuales se abrieron anhelantes por acoger una vez más la húmeda lengua que me ofrecía. Dominique, te deseo… se me ha hecho tan larga la espera… no creía poder desearte tanto… -dije junto a su oído mientras mi excitada figura no hacía más que estremecerse entre sus brazos. Haciéndome con su pequeña orejilla se la chupé primero para luego comérsela con decisión notando cómo mi amante se encabritaba bajo la caricia que mis labios y mi lengua le propinaban. Apretándome aún más contra la pared

me hizo sentir su terrible humanidad pegada a mi entrepierna. Aquel roce provocó en mí un inmenso placer notándome ligeramente mareada durante unos breves instantes. La primera vez que me enfrenté a Dominique creí perder el sentido imaginando que la razón me abandonaba por completo. Su torso tan masculino, brillante y musculoso hizo que enloqueciera entregándome a la dura tarea de disfrutar del cuerpo de aquel tremendo macho. Su miembro largo, larguísimo, resultaba realmente

portentoso produciendo en mí un cierto temor del que aún hoy en día no he podido librarme. Mucho había leído y escuchado del famoso mito del pene de los hombres de piel morena pero debo reconocer que lo que aquel muchacho poseía superó todas mis expectativas una vez lo tuve ante mí deseoso por recibir mis delicadas caricias. Y ahí lo tenía junto a mí continuando con su lento avance tratando de meter las manos bajo mi vestido. Poco a poco lo fue consiguiendo adueñándose de mis curvas y ascendiendo por mi piel hasta

alcanzar mis senos los cuales recibieron los cuidados de sus manos con enormes muestras de alegría. Bajando sus manos agarró el vestido y subiéndolo de forma premiosa me hizo levantar los brazos para de ese modo lograr que acabara desapareciendo por encima de mi cabeza. Lanzándose sobre mis rotundos pechos, Dominique empezó a chuparlos y lamerlos, acariciándolos de forma delicada pero desenfrenada al mismo tiempo. Envolviendo los pezones con sus labios los fue mordiendo y devorando levemente lo cual hizo que

irremediablemente crecieran bajo el contacto con sus dientes. Silvia, ¿te gusta lo que te hago? – preguntó mostrándose tremendamente

alterado tras abandonar unos segundos

tan deliciosa ocupación.

Oh sí, es estupendo –respondí con voz trémula y sin dejar de acariciar su cabeza mientras lo llevaba hacia mí pidiéndole que siguiera.

Mi bello compañero siguió y siguió con

aquel dulce tormento chupando mis pechos y mis pezones cada vez de forma más audaz. Yo gemía una y otra vez con

cada roce que sus labios y sus dientes ejercían sobre mi piel y sobre mis sensibles pezones. Bajando hacia abajo empezó a darme pequeños besos en el abdomen y aquella caricia tuvo la feliz consecuencia de hacer que mi piel se erizara sin remedio al tiempo que mis gemidos ganaban en mayor intensidad. Sigue… sigue, cariño… me estás volviendo loca con tus caricias… tenía tantas ganas de tenerte junto a mí, de sentir el roce de tus dedos por encima de mi cuerpo –reconocí temblando con cada uno de sus besos.

Subiendo la cabeza, el muchacho se dirigió una vez más hacia mi rostro volviendo a explorar mi boca, reconociendo cada centímetro de mis labios anhelantes de sus cálidos y delicados besos. Cogiéndome por la barbilla, Dominique me dio un beso largo y profundo, un beso jugoso de esos que a cualquier mujer gustan tanto. Tomando yo la iniciativa llevé mis manos al cinturón tratando de desatarlo lo antes posible en busca de aquel cuerpo tan fibrado y de aquellos músculos tan bien marcados. Luchando

con el suave algodón del albornoz mis manos se internaron bajo el mismo entrando finalmente en contacto con el pecho de aquel hermoso animal de piel caoba. Era fornido pero al mismo tiempo delicado y bajo mi mano noté el corazón palpitante del muchacho pidiendo que mis caricias se hicieran mucho más intensas. Arañándole ligeramente el pecho con mis afiladas uñas me eché sobre él besándole el cuello de forma entusiasta sin poder evitar dar a conocer el terrible deseo que sentía por él.

De un modo desesperado apoyé mis manos sobre sus nalgas notándolas duras y abultadas bajo el fino albornoz que las cubría. Apretándome contra él volví a sentir su inmenso miembro apoyado sobre mi pubis. Se notaba ciertamente grueso y eso que todavía no se encontraba en su máximo esplendor cosa que, pese a todo, sabía que no tardaría mucho en suceder. Deseaba sentir la dureza descontrolada de aquel pene de cuerpo esponjoso y venas muy marcadas e hinchadas. Soltando al fin el nudo que mantenía

sujeto el cinturón, logré abrirle mínimamente el albornoz y mi mano buscó vivaracha el duro bulto de su entrepierna manoseándolo por encima del ceñido slip blanco que lo ocultaba. Se notaba durísimo y muy grueso y ya de un tamaño más que respetable pese a que aún no había alcanzado las formidables dimensiones que yo tan bien conocía. Ya me encargaré yo de eso –pensé sonriendo para mí misma al tiempo que me mordía ligeramente el labio inferior imaginando todo aquello que aquel

apuesto animal salvaje iba a ofrecerme. Una vez más nuestras lenguas jugaron de forma resuelta forzando un combate atroz entre ellas. Dominique colocó sus manos sobre mis caderas y lentamente fue dejándolas deslizar arriba y abajo hasta alcanzar por detrás el inicio de mis piernas. Me acarició también las nalgas apretándolas con las yemas de los dedos de manera maravillosa. Yo, aprovechando la posición en la que estábamos, me abracé a él y empecé a frotarme contra su sexo el cual abultaba de forma provocativa bajo el blanco

tejido. Todavía no había disfrutado la visión de su pene y pensé que ya iba siendo hora así que, arrodillándome frente a él, me puse a lamérselo por encima del slip consiguiendo con ello que mi joven semental gimiera de forma ruidosa agradeciéndome de aquel modo mi encantadora caricia. Separándome de su entrepierna y enfrentada a la altura de su polla, observé con agrado la imagen de aquel bulto que parecía a punto de reventar escondido bajo la tela que lo oprimía.

Dando rienda suelta a mi deseo apoyé mi nariz sobre la tela del slip aspirando el olor a suavizante que el mismo desprendía y, agarrando la prenda por ambos lados, la fui dejando caer al suelo con parsimonia hasta que finalmente apareció orgullosa y feliz aquella negra culebra apuntando hacia el techo de manera entusiasta. No daba crédito a lo que veía pero, al verse libre de la molesta prenda, aquel hermoso instrumento pareció crecer aún más alcanzando aquella rigidez tan rotunda que me hizo abrir los ojos como platos.

Debido a su excitación daba pequeños brincos hacia delante como si con ello quisiera desafiar las leyes de la gravedad manteniéndose tan duro y firme. Su polla se había desarrollado de un modo sensacional y no pude soportar por más tiempo la visión de aquella presencia tan inquietante y turbadora:

Me encanta… ¡Dios, es tan grande! – exclamé sin dejar de observarla un solo segundo con mirada golosa. Fue entonces cuando Dominique se deshizo del albornoz dejándolo caer suavemente al suelo y se arrimó más a

mí situando el extremo de su polla a pocos centímetros de mi rostro. Tenía una erección de caballo, casi mitológica, pero lo que era más asombroso, fabuloso realmente, eran las dimensiones de aquel músculo, un gigantesco leño que me hizo enloquecer como la primera vez que lo vi. La tenía tan cerca que la veía contraerse frente a mí, podía sentir el fuerte olor a macho que desprendía. El muchacho se agarró el oscuro miembro con la mano y se empezó a masturbar él mismo de forma lenta sin dejar de mirarme con su mirada

perdida. Apoyando mi mano izquierda sobre su muslo le hice entregarme aquel bello tesoro haciéndole abandonar aquella tierna caricia que él mismo se proporcionaba. Dueña ahora de su destino, lo sostuve entre los dedos por la base y con la punta de la nariz fui subiendo por todo el tallo acariciándole con infinita ternura desde los testículos hasta la violácea cabeza. Retirando la piel del prepucio hacia atrás le obsequié con un delicado besito sonriendo a continuación al ver cómo gruñía de

manera inevitable. Cogiéndome la cabeza entre sus manos el musculoso mandinga parecía esperar ansioso el momento en que mi boca y mi lengua entrasen en contacto con su horrible miembro viril. Sin embargo aún debía esperar un poco más. Apartándome un poco hacia atrás me lo quedé mirando, observando su cuerpo de la cabeza a los pies. Evidentemente Dominique estaba muy bueno con aquella silueta tan brillante en la que destacaban sus músculos tan fornidos y masculinos. Acercándome a

él le besé dulcemente sus velludos muslos para seguidamente sacar mi lengua lamiéndoselos de arriba abajo evitando en todo momento el contacto con su sexo. Chúpamela Silvia, vamos chúpamela de una vez –me pidió de forma entrecortada mientras trataba de acercar su terrible mástil a mi boca. Subí hacia arriba jugando con su vientre dándole besitos que lo hacían estremecer de placer. Una vez más bajé recorriendo el interior de sus muslos para volver a subir alcanzando

finalmente el grueso pene el cual acaricié dándole suaves lametones con la punta de mi lengua. Luego teniéndolo sujeto entre mis dedos le pasé la lengua por todo el tallo hasta llegar a sus huevos. Envolviéndolo con mis labios di un paso más en mi avance y me lo metí con algo de dificultad hasta la garganta empezando a succionar con ganas y moviendo mi cabeza adelante y atrás haciendo que mis labios resbalaran por toda la superficie de aquel pene tan grueso y venoso. Al llegar a la redonda cabeza la chupé

haciendo pequeños círculos con la lengua. Luego escupí sobre el hinchado y cárdeno glande y le miré mientras esparcía con mi mano la espuma de mi saliva por toda su rocosa y venosa masculinidad. El guapo muchacho se mostraba un tanto inquieto pero, mi sonrisa de complicidad, hizo que su rostro congestionado adquiriese un gesto beatífico entrecerrando los ojos y dejándose llevar por el enorme placer que mi boquita le estaba dando. Con los ojos cerrados, Dominique se agitaba temblando, mantenía el

equilibrio a duras penas y no dejaba de gemir ruidosamente animándome a seguir. Realmente lo estaba disfrutando enormemente, agarrándome con fuerza la cabeza y empujándome contra él para que continuara con aquel tratamiento. Mis manos se apoyaban firmemente sobre sus muslos, de manera que sólo mi boca mantenía sujeta su hermosa herramienta. Él no dejaba de mirarme a los ojos igual que yo no dejaba de mirarle a él gozando del tamaño de aquel coloso que tenía por polla. Viéndolo a punto de estallar y cercano al

orgasmo, detuve mi feroz ataque permitiéndole descansar y tomar aliento. Poniéndome nuevamente en pie acerqué mis labios a los suyos recibiendo su húmedo y descontrolado beso mientras, cogiéndome entre sus brazos, me llevaba con irrefrenable brusquedad por todo el espacioso estudio hasta dejarme aplastada contra el amplio ventanal por el que entraban los radiantes rayos del sol valenciano. Pegándose a mí con desesperación noté su cálido aliento golpear contra mi cuello y mi hombro. Con su hercúleo

pecho apoyado en mi espalda, Dominique me agarró con fuerza por la cintura llevándome contra él y haciéndome sentir todo aquel deseo que lo embargaba por dentro. Me deseaba con locura como yo le deseaba a él. Deseaba que me hiciera suya y sentirme atrapada por aquella desbocada demencia que nos envolvía a los dos. Llenando mis oídos de palabras tiernas y obscenas a un tiempo, cogió con fuerza mis leggings y los fue bajando por mis muslos y mis rodillas hasta acabar haciendo tope con el borde de las botas.

Luego hizo lo propio con mis diminutas braguitas haciéndolas seguir el mismo camino que habían llevado los leggings. De ese modo mi exquisito y rollizo trasero quedó frente a él esperando recibir sus ardientes caricias. El muchacho de piel de ébano besó la fina piel de mi cuello la cual se hizo tremendamente vulnerable al roce de sus labios haciéndome gemir de un modo un tanto escandaloso al mismo tiempo que notaba cómo mis cabellos se erizaban de puro placer. Sus manos reconocían y examinaban todo mi cuerpo, acariciando

la hinchazón de mis pechos y trazando pequeños circulillos por encima de mis pezones endurecidos como auténticos pitones. Dominique se movía por mi liso vientre y con cada uno de sus masajes respondía yo con aquellos movimientos convulsivos que las palmas de sus manos producían en mí. Verdaderamente debo reconocer que aquel muchacho sabía perfectamente qué puntos de mi anatomía tocar en cada momento para conseguir sacarme los mayores escalofríos. El portentoso moreno me empujaba de forma furiosa contra el frío

cristal como si la tremenda ansiedad que le consumía quisiera escapar a través de cada uno de sus músculos. Yo, mientras tanto, mordía enloquecida mis labios para así ahogar los gemidos placenteros que trataban de escapar sin control de mi boca. Una de mis manos se adueñó de la suya, tomándola y llevándola hacia mis piernas para luego juntar éstas con fuerza apresando ambas manos en mi interior. Notaba mi entrepierna terriblemente mojada, me parecía casi estarme meando de lo excitada que me hallaba recibiendo el

calor de su mano por encima de mi

rajilla. Los carnosos labios mordisquearon ligeramente el lóbulo de

mi oreja al tiempo que sus dedos

pellizcaban uno de mis pezones. Suspiré temblando de emoción y empecé a

mover su mano arriba y abajo frotando y martirizando mi húmeda vulva con aquel lento resbalar.

El rítmico masajeo se intensificaba

segundo a segundo, notaba mi cuerpo perlado de sudor y entonces Dominique llevó dos de sus dedos a mi boca

haciéndome probar el sabor salado de

mis propios jugos y el olor penetrante de mis partes más íntimas. Retirando los labios que lo cubrían, se apoderó de mi clítoris rozándolo delicadamente con la yema de sus dedos, caricia que hizo que el diminuto botoncillo respondiera con prontitud poniéndose duro como el granito. ¡Oh sí, sí… qué bueno es esto! Sigue cariño, sigue… no tardaré mucho en correrme –le avisé incitándole a insistir en la fascinante ofensiva que me regalaba. ¿Te gusta lo que te hago? Llevaba tanto

tiempo esperando este momento – aseguró en voz baja mientras sus dedos no paraban de maltratar mi inflamado y altanero clítoris. Apenas unos segundos más tarde aprisioné con fuerza su mano, curvándome hacia atrás buscando su boca con la mía mientras mi mano acariciaba su nuca atrayéndolo hacia mí para que me besara. Disfrutando de aquel mágico instante, cerré los ojos y permaneciendo completamente inmóvil noté como todo en mi cabeza me daba vueltas… las piernas parecían no querer

sostenerme… y, de pronto, mis jugos me abandonaron por entero llenando sus dedos con la calidez de mi incontenible orgasmo. Cansada y satisfecha abrí los ojos observando cómo Dominique se inclinaba sobre mí besándome con exquisita dulzura mientras yo me iba recuperando lentamente del placer sufrido. Ha sido maravilloso, mi amor… te quiero… te quiero tanto… –comenté mientras mi mente volvía paso a paso de aquel mundo de placeres tan sublimes y desenfrenados.

Mi bello amante africano no me dejó descansar mucho pues enseguida me hizo abrir las piernas situándose agachado entre ellas. Meneé mis nalgas lascivamente invitándole a continuar aquella hermosa sesión de sexo que parecía no tener fin. Volviéndome de

cara a él y bien sujetas mis piernas con sus manos, Dominique acercó su rostro a

mi

concha haciéndome sentir el calor de

su

respiración sobre mi sexo. Un gesto

de falsa vergüenza se apoderó de mi cara al sentir los dedos del muchacho

acariciando con delicadeza mi coñito,

revestido con aquel triangulillo de vello castaño oscuro que permitía distinguir los pliegues de mi rajilla. Enseguida se apropió de mis labios vaginales recorriéndolos en su totalidad y retirándolos a los lados para dejar aflorar el delicioso órgano del placer femenino. Centrándose en él lo acarició unos segundos con la yema del dedo y luego se juntó aún más a mi coño hasta dejar la boca pegada al mismo. Gemí con fuerza recibiendo con gran placer la caricia del hombre sobre la humedad de mi almeja. Mis manos acogían su cabeza

animándolo a continuar con lo que me

hacía de aquel modo tan fantástico. Dominique jugueteaba con la punta de su lengua por toda mi abertura, lamiéndola

y chupándola y envolviendo con los

labios el inflamado clítoris, cosa que me hizo estremecerme de placer entre sus manos antes de que él dejara a un lado tan maravillosa tarea. Me encanta comértelo… eres tan bonita Silvia, tan bonita… -exclamó acercando nuevamente su cara para que su lengua

se apoderase de mi coño provocándome

un fuerte respingo al experimentar

aquella sensación sobre mi vulva. Me vuelves loca Dominique… me vuelves completamente loca con lo que me haces –jadeé notando perdido totalmente el control sobre mis sentidos. Dominique me lamió no sólo el agujero del coño sino también mi estrecho culo lo que me hizo temblar con aquellas caricias tan arrebatadoras y que tanto me complacían. Cayendo sobre él alcancé un nuevo orgasmo que grité sin reprimir mis emociones, ocupando la habitación con mis lamentos y con mis cariñosas palabras, por aquel hombre que tan bien

sabía como tratarme. Levantándose cuán largo era, me volvió hacia el cristal dándole una vez más la espalda y, restregándose sobre mí, sentí todo su vigoroso aparato incidir entre las cachas de mi culito. Comenzó a pasear sus manos por mi cintura subiéndolas a mis senos y bajándolas rápidamente como si no quisiera que las notara. Echándome hacia delante mi joven amante me besó en la nuca con dulzura y mucha lujuria para luego ir bajando lentamente por toda la espalda la cual humedeció con su saliva

haciendo que un ligero escalofrío recorriese toda mi columna vertebral. Masajeaba mis pechos de forma deliciosa acariciando mis pezones circularmente y mostrando especial interés en la rosada aureola de los mismos. Moviendo mis caderas adelante

y

atrás yo sólo pensaba en tener su negro

y

jugoso sexo dentro de mí. Volviendo la

cabeza hacia él abrí mis trémulos labios

y susurré al fin las mágicas palabras que seguro que mi amigo llevaba rato

esperando:

¡No aguanto más… vamos Dominique,

fóllame… lo deseo tanto! –le ordené de la forma más insinuante que pude encontrar. Con mi culo rocé levemente su polla calentándome más y más. Lentamente

acerqué la cabeza de su barra de carne a

mi coñito para luego sentir aquel roce

por mi vello púbico, por mis ingles. La

tan deseada penetración era ya inminente

pues mi querido semental se mostraba ansioso por entrar dentro de mi cuerpo. Sus gestos y sus gruñidos desesperados así me lo hacían ver. Tomando la

iniciativa, Dominique llevó el grueso

glande a la entrada de mi sexo y lentamente fue empujando buscando que mis labios se fueran dilatando para, de ese modo, permitir el tan apetecido acoplamiento. Tuve que morderme los labios con fuerza como la primera vez que me lo hizo. Aquel músculo era demasiado grande para mi estrecho coñito, una barra de más de veinte centímetros que me dejaba completamente sin respiración cada vez que traspasaba mis entrañas. Aguantando como pude aquella presión, apoyé las manos con fuerza en

el cristal y poco a poco fui sintiendo cómo aquella polla iba entrando haciéndome poner los ojos en blanco. Gemí ahogadamente intentando hacerme al tamaño enorme de su miembro. Dominique se quedó quieto unos segundos permitiendo que mi vagina se fuera acomodando a semejante intruso. Tras unos segundos de relajo, el muchacho inició un lento bombeo entrando y saliendo para ir adquiriendo a cada momento un mayor ritmo. ¡Muévete, vamos más deprisa… qué gusto me das! -jadeaba yo cada vez que

notaba el empuje salvaje del encabritado instrumento sobre las paredes de mi vagina. Mis pechos chocaban con el gélido cristal a cada golpe de riñones que me daba. Creía ver las estrellas; aquella dura herramienta me quemaba por dentro. Humedecí mis labios pasando la lengua por encima de ellos y notando mi garganta reseca. Quise gritar, pero mi boca se negó a emitir sonido alguno. El movimiento se hacía más rápido saliendo su horrible humanidad casi por entero y volviendo a clavarse de una

sola vez entrando hasta el fondo. Los testículos golpeaban contra mis nalgas sintiéndolo pegado a mí entrando y saliendo cada vez con más fuerza. Había perdido la cuenta de los orgasmos que me había arrancado y sin embargo aquel inmenso animal no hacía más que apretarse contra mí sin dar muestra alguna de cansancio. Chillé como una perra insultándole como si de ese modo la mezcla de dolor y placer que invadía mi cuerpo pudiese disminuir mínimamente. Dominique me cogió de la cintura llevándome hacia él como si

fuese una muñequita y yo recliné la cabeza en su hombro dejándome hacer por completo. Besó mi frente, mis mejillas, mi nariz para acabar haciéndose con mis labios que recibieron su boca con malsana ansiedad. Permitiéndole que acariciase con mayor facilidad mis senos, una gran sorpresa me llevé cuando noté que su polla salía de mi coñito buscando con rapidez el estrecho agujero de mi culo. Hasta aquel momento nunca había tratado de follarme por ese camino y ciertamente

debo reconocer que un gran temor se apoderó de mí imaginando que aquel grueso pedazo de carne pudiese entrar en mi interior. Sin embargo, gracias a lo empapada que estaba y a la lujuria que me envolvía, cedí a sus deseos dejando que su gran barra negra penetrase mi esfínter rompiendo con todo aquello que se encontraba por el camino. Si había gritado y chillado al sentir su miembro en mi vagina, podéis suponer lo que experimenté al notar cómo empezaba a sodomizarme aquel inmenso pene que pensaba que iba a destrozarme

por dentro. Sorprendentemente y tras unos segundos de descanso, empecé a notar cómo el intenso dolor se transformaba en un placer desconocido

hasta entonces, un sentimiento lascivo y completo como jamás había sentido antes. ¡Me quema… me quema pero me gusta

tanto

dámela toda, por favor…! -le pedí aullando y sintiéndome morir por dentro. Moviéndose con mayor decisión aprovechándose de mi total entrega

agarró mis caderas con firmeza para

Dominique, dámela toda…

posicionarse mejor detrás de mí. Su pene entraba y salía a gran velocidad retorciéndome yo entre sus manos, con la razón completamente perdida, cada vez que golpeaba contra mis paredes. Tirándose sobre mí se apoderó de mis pechos manoseándolos con sutileza y seguridad al mismo tiempo. El muchacho de piel morena me tomaba sin consideración alguna, como si fuera un trapo y sin dejar de follarme un solo segundo con su horrible humanidad. Me apretaba mucho contra su figura rocosa y el roce continuo de su pene en

mi culito hizo que mi sexo respondiese poniéndose como una brasa. Para calmar aquella calentura llevé mis dedos a mi entrepierna acariciándome yo misma de manera furiosa. Saliendo de mi culito escuché el "chof" anunciándolo para, enseguida, notar cómo volvía a atravesarme hasta acabar haciendo tope con sus huevos. Me matas, me matas… por favor, déjame… no aguanto ya más… me estás matando de gusto –exclamé mientras una lágrima caía humedeciendo mi mejilla. Él, ignorándome por completo, empezó

a moverse de forma violenta sin dejarme respirar y dándome con todo lo que tenía. El joven semental sodomizaba mi ano salvajemente, echándome contra el cristal sobre el que resbalaba mi contraído rostro con una expresión de enorme satisfacción. Mis senos oscilaban moviéndose arriba y abajo y sin control alguno mientras mi trasero se estremecía y agitaba con cada una de sus embestidas. Mis rodillas se doblaban pareciendo empezar a dar signos de debilidad y notando cómo un nuevo placer me visitaba. El orgasmo me

invadió recorriéndome todo el cuerpo en espasmódicos movimientos que contraían mis músculos y mis últimas energías. Al mismo tiempo sentí como Dominique se convulsionaba detrás de mí. Escapando de mi interior echándose hacia atrás, sacó el grueso ariete lo cual aproveché yo para volverme hacia él arrodillándome a sus pies. Mirándole a los ojos observé como su polla estallaba sobre mi rostro mientras mi fatigado compañero gritaba su placer arqueando el cuerpo hacia atrás y doblando las

piernas. Una enorme cantidad de líquido vainillado salió de su negra manguera inundándome por entero, allí arrodillada como estaba y deseosa por recibir los fluidos de mi joven amante. Sentí brotar su esperma a borbotones salpicándome los dos primeros trallazos sobre la nariz y el ojo, el cual tuve que cerrar con rapidez. Las dos siguientes andanadas fueron a dar sobre mis labios y mi barbilla y sobre mis cabellos castaños los cuales embadurnó con su denso y viscoso semen. Sin separar mi mirada de la suya hice

acopio de su líquido blanquecino con los dedos y con la lengua, llevándomelo a la boca y saboreándolo para así disfrutar de toda la potencia masculina de mi hombre, de aquel hombre que tanto me hacía sentir cada vez que me encontraba entre sus brazos. Tumbándolo en el suelo junto a mí, lo acerqué y uní mis labios a los suyos besándolo con inusitada delicadeza para luego, como fin de fiesta, meterle la lengua entregándole el sabor de su propio semen el cual degustó como yo había hecho instantes antes.

Apartándose de mí Dominique me dedicó un último beso en la mejilla antes de acogerme entre sus poderosos brazos en los que me entregué totalmente relajada y dichosa. Los ojos se me cerraban dibujándose en mi rostro una inevitable sonrisa de satisfacción. Sentí su brazo aferrado a mi cintura y su cuerpo pegado al mío apretándome con fuerza contra él. Al fin nos quedamos dormidos en una sinfonía interminable de suspiros y ronroneos y con las manos y las piernas entrelazadas…

Relato IV La aventura que paso a relatar tuvo lugar hace apenas tres semanas así que podéis imaginar lo fresca y metida en mi cabeza que aún se mantiene haciendo que, cada vez que la recuerdo, mi coñito se moje como una fuente y tenga que acabar masturbándome sin remedio como una loca. Tal como os digo todo esto sucedió sobre finales del mes pasado, mes de julio caluroso pues es cuando el sol veraniego más pega en la zona de

Almería donde solemos veranear con nuestros hijos escapando de todo el año metidos en la locura que supone Madrid. Lo mejor será que me dé a conocer antes de pasar al meollo de la cuestión. Soy una mujer de cuarenta y dos años muy bien conservados por cierto y estoy casada hace casi quince años con un hombre tres años mayor que yo. Tenemos tres hijos, los niños, los mayores, de diecinueve y dieciséis años y la niña, la benjamina, de catorce añitos. Por cierto, antes de continuar con la historia os diré que mi marido se

llama Fidel y yo Virginia. La historia que voy a contaros no trata de las típicas infidelidades entre marido y mujer en las que ella se sumerge en una profunda depresión o bien se busca un amante con el que pagar con la misma moneda al esposo libertino y deseoso de aventuras fuera del matrimonio. Nada más lejos de la realidad. Esta es una historia puramente de lujuria y depravación en la que los sentidos dejan a un lado a la razón haciéndote sumergir en una espiral de vicio y pasiones sin fin.

Fidel, a sus cuarenta y tantos años, se mantiene aún en forma y en la cama me ofrece todo lo que un hombre puede ofrecer a su mujer o al menos eso creía yo. Me proporciona los mismos orgasmos que me daba cuando iniciamos nuestra relación hace ya tantos y tantos años. Ambos continuamos igual de enamorados que el primer día y hacemos el amor de manera regular y a un ritmo más que aceptable para dos cuarentones como nosotros somos. Al menos, puedo decir que mis amigas tienen buena envidia de mis tres o cuatro polvos

semanales pues, según ellas, con sus maridos apenas lo hacen una vez a la semana y eso con una buena dosis de trabajo y suerte. Nunca he sido de ir por ahí tratando de hacer ostentación de las dotes de semental de mi esposo pero ciertamente a quién no le supone una alegría saber que a tu lado tienes un macho siempre dispuesto a darte aquello que necesitas. Además, tengo que decir que con el tiempo hemos ido mejorando nuestras iniciales relaciones llenas de miedos e inexperiencias por ambas partes,

convirtiéndonos en la actualidad en dos amantes conocedores de todos aquellos placeres que el sexo puede proporcionarnos. Hemos hecho el amor en prácticamente cualquier rincón posible de nuestra casa y hemos probado buena parte de las posturas y posiciones de las que los libros antiguos tanto hablan. Podéis imaginaros que con todo esto que os cuento me siento más que satisfecha y sin tener que buscar fuera de casa lo que mi marido me da. Me considero una mujer de mi tiempo, exteriormente fuerte y trabajadora

aunque en mi fuero interno soy una criatura necesitada de afecto y aprecio como la mayoría de las mujeres. Aunque tengo el pelo castaño y algo canoso, mi carácter es activo y joven y puedo pasarme con poco sueño y menos comida bailando y formando parte de cualquier fiesta hasta las tantas. A pesar de mis cuarenta y dos años me conservo aún bien y bastante apetecible pues, sin querer resultar presuntuosa, todavía levanto algún que otro suspiro de admiración entre algunos de los compañeros del trabajo o algún que otro

amigo de Fidel. De rostro ovalado, sonrisa agradable y fresca y facciones bonitas, mis ojos son azules con un leve tono grisáceo propio de la familia de mi padre. De pelo largo castaño y algo canoso como dije, mis labios son carnosos y muy apetecibles para besar según me dice mi esposo cada vez que lo hace. Alta de estatura pues estoy cerca del metro setenta, mis senos son bastante grandes, quizá demasiado, por lo que se me caen debido a las inevitables leyes de la gravedad pese a mis muchos esfuerzos

por mantenerlos en su sitio. Con algo de barriguilla y ancheta de caderas, mi trasero es gordito y mis muslos bien rotundos y poderosos. Vamos, como dice mi marido una jaca de armas tomar, lo cual me hace reír divertida cada vez que hace el comentario sobre mis voluptuosas formas femeninas. Cada mes de julio o de agosto, según como le caigan las vacaciones a mi esposo, marchamos unos días a la pequeña aldea marinera almeriense de Agua Amarga debido a su escasa masificación y a la impresionante

belleza y sensación de tranquilidad que depara el lugar. Este pequeño paraje se oculta en medio de un paisaje de escarpados acantilados y con una playa de fina y oscura arena que ofrece tanto tramos aptos para el baño como otros mucho más abruptos e inaccesibles y perfectamente ideales para la práctica del submarinismo. Esta localidad almeriense conserva aún su arquitectura más típica de limpias fachadas, tan inmaculadas como la claridad de sus aguas. Cercano al Parque Natural de la Sierra de Gata y a pueblos como Níjar,

lo cierto es que este territorio combina a la perfección los paisajes desérticos, donde en otro tiempo se filmaron importantes películas del cine europeo, con los paisajes marinos de sus playas y de sus recónditas calas de aguas tranquilas y cristalinas. Mis hijos, nada más llegar, desaparecen de nuestra vista quedando cada uno de ellos con su grupo de amigos así que Fidel y yo aprovechamos para descansar todo lo posible yendo a la playa o echando largas siestas en el apartamento. De vez en cuando gastamos

calorías con un buen revolcón en

cualquier parte del apartamento donde

mi marido me pille desprevenida y con

ganas de pasar un buen rato.

Hará un mes más o menos cuando, antes

de ir a la playa, recibimos una noche la

llamada de mi hermana menor diciéndonos si podíamos alojar unos días al amigo de su hija. Serían dos semanas apenas y les haríamos un favor enorme pues la suegra de mi hermana se había puesto mala y no iban a poder estar por él. Sin pensarlo mucho y sin

comentárselo siquiera a Fidel acepté

gustosa diciéndole que teníamos

habitaciones libres pues mis hijos estarían unos días fuera con sus amigos. Así pues quedamos en que le esperaríamos las dos primeras semanas de julio respondiéndome mi hermana

que

vendría Germán en el primer tren

que

pudiera. Una vez colgué el teléfono

me

olvidé por completo de aquella

visita dedicándome los días siguientes a

preparar las cosas del viaje. En cuanto a

mi marido y a mí nos dieron las

vacaciones en el trabajo cogimos el coche y marchamos para el apartamento

llegando al mediodía de un caluroso día de julio. Los dos primeros días los aprovechamos para irnos amoldando y para descansar lo máximo posible aunque algún polvete que otro cayó en el baño y en la cocina aprovechando que mis hijos estaban en la playa. La noche del tercer día de estar allí, recibimos en el móvil de Fidel una llamada. Era Germán diciéndole a mi esposo que llegaría al día siguiente sobre las diez de la mañana. Mi esposo, muy amable como siempre es, se excusó comentando que no podría ir a buscarle

a la estación pero que ya iría yo en su

lugar. Al momento me pasó el móvil y pude escuchar a través del auricular una voz joven pero masculina y varonil presentándose como Germán y diciéndome lo mismo que le había dicho

a mi marido, esto es que llegaría al día

siguiente sobre las diez de la mañana y que cómo hacíamos para quedar. Yo, un tanto turbada ante aquella voz tan profunda, le contesté que estaría puntual

en el andén esperando la llegada del tren

y que me vería pronto pues llevaría un vestido rojo de tirantes fácil de

reconocer. De todos modos le di mi número de móvil por si había cualquier tipo de problema y no nos encontrábamos. Toda la noche estuve nerviosa, dando vueltas en la cama y sin poder pegar ojo, cosa rara en mí pues suelo ser de bastante buen dormir. Sin embargo, aquella noche estuve pensando e imaginando cómo sería aquel jovencito de aquella voz que tanto me había hecho pensar. Su voz cálida y ronca y de tono fuertemente grave me tenía un tanto alerta en espera del día siguiente en que conocería a aquel

muchacho. La mañana del día siguiente me levanté pronto y, tras ducharme y arreglarme, desayuné tranquilamente leyendo el periódico pues aún quedaba algo más de una hora hasta que el tren de Germán llegase. Fidel se despidió de mí dándome un beso cálido en los labios y marchó, antes de ir a comprar al centro comercial, a dar su típico paseo de todas las mañanas mientras yo me acababa el zumo de naranja y el vaso de leche con cereales que solía ser mi desayuno habitual.

Sin saber cuál podía ser exactamente la razón para ello me encontraba un tanto turbada e intranquila imaginando que sería por la pronta llegada de aquel muchacho a pasar unos días junto a nosotros. Sin embargo pronto abandoné dicho pensamiento recogiendo las cosas del desayuno y preparándome para ir a coger el coche pues ya tenía el tiempo encima si no quería llegar tarde a la estación. Unos últimos toques de perfume en el cuello y cogí las llaves del coche poniéndome al instante en marcha camino de la estación.

Llegué diez minutos antes de la hora dejando aparcado el coche en el parking del que dispone la estación y me dirigí al andén en espera de que el tren que debía traer a nuestro joven visitante llegase finalmente. El tren vino con retraso viéndolo aparecer a lo lejos un cuarto de hora más tarde de la hora inicialmente prevista. No fue difícil reconocernos pues poca fue la gente que bajó en una estación pequeña y solitaria como era aquella. Sin embargo el esperado encuentro con Germán resultó mucho más sorpresivo de lo que yo

esperaba pues pronto vi a un chico de piel negra y de unos veinte años sonriéndome con aquella perfecta dentadura blanca, blanquísima y cargado con una bolsa de mano en una de las manos y con una mochila a la espalda. Hola, usted debe ser Virginia –dijo sin dejar de sonreír y con aquella voz grave y profunda que tanto me había confundido la primera vez que la escuché por teléfono. Y tú debes de ser Germán. Encantada de conocerte y bienvenido… Y por favor, tutéame que me harás sentir mucho

mejor si lo haces –exclamé devolviéndole la sonrisa y acercándome a él para que me diese dos besos en las mejillas. Tras las pertinentes presentaciones aquel joven agarró de nuevo su bolsa de mano y sin más espera me siguió hasta el parking en busca del coche que debía trasladarnos hasta casa. La cercanía de aquel muchacho provocó en mí una sensación más que agradable con aquella sonrisa fresca y simpática que poseía y en la que destacaba aquella fila de dientes de un blanco inmaculado.

Era fuerte y robusto, muy guapo y atractivo y mucho más alto que yo pues me sacaba prácticamente toda la cabeza pese a mi casi metro setenta. Aprovechándose de su mayor estatura pude ver cómo fijaba su atención más de lo conveniente en el escote que formaba mi vestido. Debo reconocer que aquella mirada nada inocente produjo en mí una especie de reacción placentera al sentirme observada de aquel modo por un muchacho que tan solo debía ser algo mayor que el primero de mis hijos. Jamás me había sentido antes el centro

de atención de un jovencito como aquel; más bien el interés hacia mí había venido por parte de hombres mayores que yo o de algún compañero cuarentón de la oficina. El sentir los ojos tan oscuros y de mirada tan intensa de Germán fijos en mis muslos una vez montamos en el coche me hizo estremecer de emoción sin poder remediarlo. Nunca antes mis pensamientos habían corrido como con aquel veinteañero que tan interesado parecía mostrarse por todos los encantos de una mujer madura y mucho mayor que

él como yo lo era. La mirada de Germán brillaba de un modo especial cada vez que me observaba, una mirada mitad burlona y mitad de un deseo irrefrenable que no sabía hasta donde podía llevarle. Conduje todo el camino que llevaba hasta casa sin apartar un solo segundo la vista de la carretera al tiempo que notaba clavados sobre mi cuerpo los ojos deseosos de aquel joven animal de piel oscura. Al llegar a casa metí el coche en el parking y según comprobé mi esposo

aún no había llegado. Tras abrir el maletero del coche, Germán cogió sus bolsas y le llevé a su habitación donde dormiría los pocos días que iba a estar junto a nosotros. Al fin me despedí diciéndole que se pusiera cómodo y que

se duchara si lo deseaba mientras yo iba

a

cambiarme de ropa. Acompañándole

al

baño le enseñé el juego de toallas que

tenía para secarse una vez acabara con

la refrescante ducha.

Finalmente me despedí de él comentándole que pronto vendría mi marido y que si le apetecía podíamos ir

a tomar un baño a la playa que se encontraba cerca de casa. Con la mejor de sus sonrisas el muchacho me dijo que se daba una ducha rápida y que enseguida se cambiaba de ropa pues le apetecía horrores refrescarse en el agua de la playa. Cerrando la puerta de su habitación me encaminé a mi cuarto a darme también una buena ducha que me calmara los ardores que notaba correrme entre las piernas gracias a la presencia perturbadora de aquel formidable macho. Ya en la ducha no pude evitar recorrer

con mis manos mi cuerpo húmedo y completamente enjabonado y, sin esperar más, comencé a acariciarme los pechos con mis dedos logrando que se pusieran mis pezones duros al instante. Me notaba cachonda pérdida y deseosa de unas manos masculinas que me acariciaran. De los pechos bajé a mi barriguilla masajeándola una y otra vez hasta llenarla totalmente de espuma y luego mis manos se apoderaron de mis muslos recorriéndolos de arriba abajo para finalmente llevar una de mis manos hasta mi sexo lo cual me hizo morderme

mi labio inferior con fuerza para así poder ahogar el profundo gemido que trataba de escapar de entre mis labios. Poniendo la ducha en marcha dirigí el agua cálida entre mis piernas notando una agradable sensación de placer con cada golpe que el agua ejercía sobre mi estrecha rajilla. Me imaginé en brazos de Fidel como tantas otras veces había estado haciendo el amor allí mismo en la ducha mientras el agua resbalaba sobre nuestras cabezas. Sin embargo, no pude evitar que las imágenes de mi marido se mezclaran con las de aquel

apuesto muchacho que tanto me había hecho estremecer desde el primer momento en que le vi. Por un momento fantaseé con la imagen de aquel duro aparato que debía guardar entre las piernas; al menos esa fue la idea que me llevé en los breves segundos que mis ojos se habían posado sobre sus tejanos mientras volvíamos a casa. Fantaseando con aquella idea mis dedos se fueron adentrando entre mis piernas en busca de mi más que mojado sexo. Mientras me sentía besada mis manos se transformaban en las manos negras y

bien cuidadas de Germán el cual acariciaba mi cuerpo de arriba abajo haciéndose con mis muslos al tiempo que me hacía notar su más que considerable humanidad pegada a mis nalgas. Empecé a gemir bajo el chorro de la ducha y notando cómo el agua caliente caía sobre mí ayudándome en el maltrato que mis manos me prodigaban. Dos de mis dedos iniciaron un lento juego sobre mi pequeño botón el cual se endureció al instante provocando en mí un profundo grito que traté de acallar a duras penas mordiéndome los labios con

fuerza al mismo tiempo que notaba escapar de mi sexo los primeros jugos de mi total placer. Me masturbé con mayor fuerza y rapidez trabajando mi clítoris cada vez a mayor velocidad y

sin dejar de sentir la proximidad de mi

tan deseado orgasmo. Metí uno de los

dedos de la mano que quedaba libre en

mi boca chupándolo con lascivia e

imaginando que era el pene salvaje y formidable de aquel muchacho que podía ser mi hijo si nos atenemos a la diferencia de edad entre ambos. Al fin

acabé alcanzando un explosivo orgasmo

que me obligó a apoyarme en la pared mientras millones de emociones se juntaban en mi cerebro sintiéndome cansada y aturdida por aquel placer disfrutado en la soledad de aquella ducha y teniendo al objeto de mi deseo a tan solo unos metros de donde me hallaba. Tras recobrarme de aquel orgasmo puse en marcha la ducha y me refresqué el cuerpo esta vez con agua fría en busca de la tan necesaria relajación. Una vez acabé salí y me vestí con una larga camisola de color fucsia y unos cortos

tejanos que dejaban mis muslos completamente al aire. Al abandonar el baño me encontré con Fidel el cual volvía de la cocina con dos botes de cerveza en la mano. Sin que su voz se hiciera notar me dijo que ya había conocido a nuestro joven huésped y que se había llevado una grata sorpresa al conocerlo pues no imaginaba para nada el color de su piel. Salimos al salón los dos y allí nos encontramos con Germán el cual estaba sentado en el amplio sofá mirando la televisión. Mi esposo le ofreció una de las latas de

cerveza y el muchacho agradeció a Fidel aquella entrega diciendo que estaba sediento. Estaba sentado en uno de los lados del sofá y allí estaba con el cabello aún mojado y vestido con una camiseta blanca ceñida al cuerpo y unos tejanos negros desteñidos. Virginia, como ves ya nos hemos conocido Germán y yo mientras estabas en la ducha –me dijo mi esposo de forma alegre y sentándose junto al joven frente al televisor. Muy bien, veo que habéis hecho amistad con facilidad. Le dije a Germán que

cuando vinieras podíamos ir a la playa a tomar un rato el sol antes de comer. Por mi perfecto. Ya compré todo lo que hacía falta así que podemos marchar cuando queráis –respondió Fidel poniéndose en pie y cogiéndome por la cintura me estampó un beso en la boca

sin importarle para nada la presencia de

nuestro joven visitante.

Mi marido agarró las llaves del coche y

los tres fuimos al parking montando Germán en la parte trasera y poniendo Fidel el coche en marcha al instante. Pronto llegamos a la playa consiguiendo

un rincón apartado de la gente junto a las rocas y que ya conocíamos bien de otras veces. No tardó mucho el muchacho en desprenderse de la camiseta y los tejanos y dejándonos a los dos allí se dirigió corriendo al agua acabando finalmente zambulléndose en la misma tirándose de cabeza. Pese a la presencia de mi esposo no pude evitar fijar mi atención en la espalda de Germán y en su culo de nalgas redondas y bien marcadas bajo la tela del negro slip. Nos desnudamos nosotros igualmente quedándome yo cubierta con el bikini

estampado que había elegido y, después de sentarme en la toalla, aproveché para ponerme las gafas de sol y empezar a embadurnarme el cuerpo de crema diciéndole a mi esposo tras tumbarme boca abajo que me diera crema por la espalda cosa que hizo con la habitual habilidad que le caracteriza. Lo cierto es que Fidel siempre sabía los puntos que tocar de mi cuerpo para hacer que me relajase y disfrutase de sus manos recorriéndome la espalda y las piernas. Aprovechando que el muchacho se encontraba aún dentro del agua mi

esposo, sin dejar de masajearme el cuerpo con sus manos untadas en crema, me comentó en voz baja:

¿Has visto el bulto que se le marca? Debe guardar un miembro de grandes dimensiones, tal como lo suelen tener los machos de su especie –dijo mientras apartaba a un lado la tela del bikini para así acariciar parte de mis nalgas haciéndome gemir débilmente agradeciéndole de aquel modo el roce que sus dedos producían sobre mi piel. ¡Pero qué cosas piensas! –respondí sin abrir los ojos y con la cabeza apoyada

sobre uno de mis brazos. Sin embargo, sabía perfectamente el interés que mi esposo tenía por verme junto a otro hombre disfrutando sobre mi cuerpo de las caricias de otras manos que no fueran las suyas. ¿No me dirás que no te has fijado en él? –preguntó sin dejar de masajearme el cuerpo ahora de un modo mucho más intenso acariciándome los costados con sus manos bien embardunadas y que se deslizaban sobre mi piel de manera lenta y maravillosa. Por supuesto que me había fijado en

aquel animal de piel oscura y de cuerpo joven y musculoso. ¡Resultaba imposible no fijarse en él con aquellos brazos tan fornidos y aquellas piernas de muslos poderosos y anchos que terminaban en un culo redondo y perfecto y en el que mis ojos no podían dejar de centrar su atención! Callé mis ganas frente a mi esposo cambiando de conversación pero deseando aquello que tantas veces Fidel me había insinuado esto es, dejarme caer en brazos de otro hombre y con el consentimiento total por su parte.

¿Quién mejor que aquel muchacho desconocido y tan joven para desahogar mis ganas de hembra todavía de buen ver y sedienta de sexo? Además yo sabía que tampoco le era indiferente según había podido comprobar gracias a las miradas que había sorprendido en Germán, mirándome con ojos de verdadero deseo. Al fin había decidido dar el paso y lanzarme a por él aprovechando los pocos días que iba a pasar junto a nosotros. A mi edad no podía permitirme el lujo de dejar pasar por delante de mis morros a un hombre

como aquel. Me giré boca arriba en el momento en que vi a Germán saliendo del agua en busca de su toalla. La imagen del cuerpo brillante de aquel muchacho bajo el efecto de los rayos solares hizo que mi entrepierna se mojara sin remedio bajo la tela de la diminuta braguilla. El pequeño y húmedo slip se fijaba amenazante a la forma de su pene haciéndome imaginar escenas de sexo salvaje junto a aquel jovencito de tan magníficas formas. Virginia, ¿no te apetece darte un baño? –

me preguntó de repente mi marido. ¿Qué te parece si te das un baño con Germán mientras yo voy a buscar unas latas para refrescarnos? ¿Traigo unas cervezas para nosotros y una coca cola para ti? – dijo sonriéndome mientras se doblaba sobre la bolsa en busca del billete que descansaba en su cartera. Asentí a su invitación al tiempo que, bajo los cristales oscuros de mis gafas, me resultaba imposible desviar la mirada del abrumador bulto que la entrepierna de aquel chico presentaba. Enseguida Fidel marchó no sin antes

volver a animarnos a meternos en el agua mientras él iba en busca de las latas de bebida. Nada más marchar mi esposo, Germán y yo nos pusimos a hablar de cosas sin sustancia alguna, sabiendo los dos el deseo que a ambos nos embargaba por el otro. Mientras hablábamos me di cuenta de cómo me miraba de arriba abajo, comiéndome con los ojos no sólo los pechos sino también el triangulillo que quedaba mínimamente escondido entre mis piernas. El deseo por aquel joven compañero iba

creciendo en mí de manera desesperada al igual que la necesidad por besar aquellos labios gruesos y carnosos y por sentir sobre mi cuerpo las caricias de aquellas manos de grandes dedos. Tanto era mi interés por él que llegó un momento en que, pese a mirarle, no prestaba la más mínima atención a sus palabras. Mi atención tan solo se fijaba en su rostro simétrico, de piel de buena textura y en aquellos rasgos juveniles que tanto me gustaban. Germán, por su parte, no dejaba de mirarme centrando sus ojos en mí con tanta fijeza que no

pude menos que bajar la mirada tímidamente sintiéndome un tanto intimidada por aquellos ojos tan negros y oscuros. Finalmente me puse en pie sobre la toalla y dándole la espalda encaminé mis pasos hacia el agua espumosa en la cual me metí sintiéndola cálida y agradable sobre mi cuerpo. Una vez saqué la cabeza del agua y tras nadar unos segundos, observé que no había cerca de mí mucha gente. Mirando hacia la playa vi a Germán sentado con las piernas cruzadas sobre la toalla y sin

apartar sus ojos de donde yo me hallaba así que, sabiendo de su deseo hacia mí, levanté mi mano haciéndole gestos claros para que se metiera al agua y me acompañara. Ya no podía aguantar más aquello. Deseaba sentir la cercanía de aquel muchacho que tantas y tantas cosas me hacía sentir cada vez que lo miraba y cada vez que me miraba, cada vez que lo tenía cerca de mí. Germán, sin pensárselo dos veces, se levantó y corriendo hacia el agua se lanzó de cabeza para después empezar a nadar hasta que finalmente llegó donde

yo me encontraba. Estaba realmente guapo y hermoso allí cerca de mí y con sus cabellos ensortijados y húmedos. Nos quedamos unos segundos frente a frente sin pronunciar palabra pero sabedores ambos de la necesidad que el uno sentía por el otro. Y fue entonces cuando chapoteando el agua con sus manos me hizo gritar al notar el líquido marino sobre mi rostro. Me quejé como una colegiala y antes de que me quitara las gotas que cubrían mis ojos, sentí la presencia amenazante de aquel muchacho junto a mí. Su mano me cogió

del cabello con fuerza y, sin que pudiera hacer nada por remediarlo, me hundió unos segundos en el agua dejándome finalmente salir al exterior entre gritos y protestas de falso disgusto. Al fin el primer paso estaba ya dado, el tan deseado acercamiento había sido facilitado por aquel apuesto veinteañero al que podía notar a escasos centímetros de donde yo estaba. Gritándole entre sonrisas me acerqué a él y pasándole uno de los brazos por encima de los hombros me pegué con fuerza a su poderoso cuerpo sintiéndolo fuerte y

mojado bajo mis brazos. Los dos reíamos con ganas notándonos mecidos bajo las olas del mar que nos llevaban libremente según el movimiento de las mismas. Pero pronto dejé de reír al sentir sobre mi vientre una presencia bien conocida por mí y que, sin que Germán hiciera nada por evitarlo, se apretaba una y otra vez contra mí. Los ojos del muchacho se clavaron en los míos haciéndome notar el profundo deseo que le embargaba. No tardé en que una corriente eléctrica recorriese mi columna vertebral sintiéndome excitada

y atraída por aquel joven que podía ser mi hijo. Le deseaba tanto que no pude menos que abrazarme a él notando pegada sobre mi muslo su dura herramienta la cual trataba de salir del escondite en el que se hallaba guardada. ¡Te deseo Germán, te deseo! –exclamé sobre su rostro tan masculino y cuyos ojos parecían querer poseerme allí mismo. Mientras el muchacho me agarraba por la cintura acercándome aún más a él, mi vista se dirigió a la playa en busca de mi marido o en busca de alguien cercano a

nosotros. Por suerte nadie había cerca en esos momentos con lo que, abriendo mis labios y ladeando levemente mi cabeza, le invité a juntar sus labios a los míos cosa que no tardó mucho en hacer sintiendo aquellos labios tan carnosos apretarse con fuerza contra los míos en un beso rápido y fugaz pero que me hizo sentir en la gloria. Cogiéndome mis cabellos mojados con su mano, Germán apretó con su lengua mis labios haciéndomelos abrir ligeramente con lo cual pudo entrar aquel apéndice dentro de mi boca hasta

acabar mezclado con mi lengua en un beso mucho más apasionado, casi salvaje. Así estuvimos unos eternos segundos besándonos en medio del mar y sin importarnos la posible presencia de alguien cercano a nosotros. En esos momentos tan solo nos importaba saborearnos y besarnos hasta morir de puro deseo. Sin soltarme el cabello, el muchacho introdujo su otra mano bajo el agua empezando a recorrer mi cuerpo con total descaro y sin que yo tuviera fuerza alguna para frenar aquel irrefrenable

ataque. Muy al contrario, aquellas caricias no hacían más que hacerme derretir obligándome a gemir débilmente al sentir el roce de aquellos dedos sobre mis redondas formas. Su mano acarició mi muslo arriba y abajo para subir con rapidez hacia mi tripilla y luego mucho más allá hasta acabar apoderándose de uno de mis pechos el cual cubría la fina tela del bikini. Gemí con fuerza mientras echaba mi cabeza hacia atrás mostrándole de aquel modo lo mucho que aquellas jóvenes caricias me gustaban. Hablándole en voz

baja le animé a seguir con su ataque, cosa que hizo agarrándome el pecho entre sus dedos para, al instante, apretarlo de forma desconsiderada como si con su caricia quisiera hacerme daño. Bajo los rayos solares volvimos a besarnos y pronto sentí su horrible humanidad empujando sobre mi vientre. ¡Dios, se sentía tan enorme y maravillosa! Ahora fue mi mano la que se ocultó bajo el movimiento de las olas en busca de tan preciado trofeo. Tanteando entre el agua no tardé mucho en encontrar su miembro el cual masajeé

por encima de la tela del slip la cual parecía incapaz de mantener a raya a tan tremendo ocupante. Sin dejar de besar a mi joven amante estuve acariciándole una y otra vez notando cómo aquel animal no paraba de crecer bajo la palma de mi mano la cual no hacía otra cosa más que moverse abarcando en su totalidad aquella culebra que cabeceaba bajo el agua del mar. ¡Menuda polla tienes muchacho… es enorme! –le dije junto a su oído mientras mis dedos no paraban de masturbarle tratando de hacerse al tamaño de aquel

enorme aparato. ¿Te gusta putita? –me preguntó con la voz levemente entrecortada, sin duda gracias al suave masaje que mis dedos le propinaban. Me encanta. Jamás había tenido algo así entre mis dedos –le aseguré antes de volver a pegarme a él besándole de forma desesperada. Mis palabras eran completamente ciertas. Nunca en mi vida había acariciado un sexo masculino de semejante calibre. Al menos sería siete u ocho centímetros más largo que el de

mi esposo y, por supuesto, mucho más grueso y desarrollado. ¿Qué te parece si volvemos al apartamento? Deseo que me hagas tuya y entregarme a ti por entero –le confesé mientras me mordisqueaba suavemente la orejilla atrapándola entre sus dientes hasta hacerme estremecer. ¿Y qué pasa con tu marido? –me preguntó separándose de mí y mirándome a los ojos con aquella mirada de deseo que tan bien conocía. ¡Oh, no te preocupes por eso! Fidel sólo desea verme feliz y que otro hombre me

haga suya hasta enloquecer –le respondí temblando y notando los dedos de mi acompañante clavados en mis nalgas. Apartándome de él le dije que iba a hablar con mi esposo y que me siguiese en cinco minutos que enseguida marcharíamos a casa. Allí le dejé no sin antes acariciar por última vez aquel horrible monstruo que le colgaba entre las piernas. Al salir del agua fui andando hasta donde mi marido estaba tumbado en la toalla y sonriéndole de forma pícara le dije que en cuanto saliese Germán del agua nos

marchábamos. Fidel nada dijo pero por su mirada comprendí que imaginaba lo que había podido pasar entre aquel guapo muchacho y su bella y querida esposa. Al salir del agua nuevamente mis ojos quedaron fijos en el bulto que descansaba en la entrepierna de aquel joven macho. Parecía aún mucho mayor que la primera vez que mis ojos lo habían contemplado. Mi mirada recorrió con vivo interés cada uno de los rincones del cuerpo de Germán viéndolo acercarse hasta que finalmente alcanzó

la toalla secándose con la misma. Tras secarnos nos dirigimos al coche arrancándolo mi marido al momento camino de casa. Llegamos pronto dirigiéndonos mi marido y yo a nuestro dormitorio mientras Germán iba al suyo. Nada más cerrar la puerta del cuarto me abracé con fuerza a mi esposo besándolo con ganas hasta que separándome de él me preguntó qué me ocurría. ¡Estoy como una moto! ¡Me ha puesto cachonda pérdida en la playa! –exclamé llevándolo contra mí y notando mi sexo

bien mojado bajo las bragas. ¿Te gustaría que te follara? –me preguntó Fidel en voz baja, casi susurrándome aquellas mágicas palabras al oído. Me encantaría… tiene una polla enorme, mucho más grande que la tuya –dije apretándole los brazos entre mis dedos. Dándome un profundo beso mi esposo me dijo que le gustaría que aquel muchacho me hiciera suya para poder al fin cumplir una de sus mayores fantasías como era verme follada por otro hombre. Me separé de él diciéndole que

ya veríamos, que iba a ducharme que me encontraba un poco cansada de la playa. Fidel me dijo que me esperaba en el salón y que no tardara mucho. Una vez me quedé sola en mi dormitorio no pensé en otra cosa que en ver cómo hacérmelo con aquel muchacho. Mi libido se encontraba a mil por hora y por mi cabeza no pasaba otra cosa que el entregarme a Germán como una loca. Necesitaba salir a por una toalla así que lo hice encontrándome en el pasillo con aquel adonis de piel morena el cual se dirigía a su cuarto a refrescarse como yo

quería hacer. Sin darle tiempo a decir nada le cogí de la mano y me lo llevé a mi cuarto diciéndole que me esperase que enseguida me reunía con él. Sonrió de forma maliciosa y llevándome hacia él me besó del mismo modo que lo había hecho en la playa unos minutos antes. Nuevamente volví a derretirme entre sus brazos gimiendo levemente y consiguiendo a duras penas alejarme de su lado. Recogí la toalla sin más demora y antes de meterme en mi dormitorio pasé por el salón viendo a mi esposo frente al

televisor y con una cerveza en la mano. Todo parecía ir bien para lograr que mi deseo se viese cumplido. Metiéndome al cuarto me encontré a Germán con el torso ya desnudo y agarrándole de la mano le hice acompañarme hasta el baño donde dejé la toalla a un lado antes de dejarme acariciar por las manos de aquel bello animal de piel oscura. Tras desnudarnos nos metimos a la ducha la cual puse en marcha dejando que el agua se fuese calentando hasta alcanzar un estado adecuado. Cogiéndome por la espalda noté las

manos de Germán acariciándome el cuerpo desnudo hasta que acabó alcanzando mis pechos los cuales respondieron al momento a tan encantadora caricia. El agua del telefonillo caía sobre nuestras cabezas remojando los cuerpos ardientes de ambos. El deseo nos consumía por dentro y no deseaba otra cosa más que sentir la polla de aquel hombre dentro de mí. Las manos del experto muchacho se pasearon por mi cuerpo recorriéndomelo por entero hasta que el mismo quedó totalmente enjabonado con

lo que aquellas manos fuertes y poderosas se movían a placer buscando cada una de mis curvas. Yo, entregada a él, me eché hacia atrás hasta apoyar mi espalda sobre su musculoso pecho. Echando la cabeza a un lado le ofrecí mi cuello desnudo el cual empezó a lamer y chupar haciéndome jadear pidiéndole que siguiera adelante con lo que me hacía. Del cuello pasó a besar los hombros para nuevamente subir apoderándose de mis orejas las cuales comió y comió de manera desenfrenada hasta conseguir

humedecerlas por completo. Echando el culillo hacia atrás noté sobre mis nalgas aquel aparato de grandes dimensiones y, sin poder aguantar mis ganas, empecé a moverme sintiendo el grosor más que apetecible de aquella culebra. Volviéndome hacia el muchacho miré hacia abajo encontrándome con aquella polla que tanto deseaba ver. Aún no estaba en su máximo esplendor y pese a ello mostraba un aspecto tan desafiante que no pude menos que caer arrodillada a sus pies mientras el agua resbalaba sobre mi cabeza. Era larga y gruesa y se

curvaba hacia arriba mostrándose orgullosa y amenazante frente a mí. ¡Menuda herramienta tienes muchacho! – exclamé un tanto asustada antes de agarrarla entre mis dedos y empezar a lamerla suavemente arriba y abajo con mi lengua. Chúpela señora, ya verá que le gustará – dijo Germán en voz baja al tiempo que llevaba una de sus manos a mi cabeza enredando sus dedos en mi cabello. Y lo hice, vaya si lo hice. Aquella polla negra como el carbón me tenía totalmente hipnotizada así que no pude

menos que saborearla una y otra vez lamiéndola y chupándola en su totalidad. La humedecí con mi saliva desde la base hasta el capullo para después metérmela de una sola vez en mi boca hasta la mitad. Creí ahogarme con semejante pene dentro de mi boca. Con mis labios y mi lengua la fui chupando y poco a poco fui tomando mayor velocidad en mis lametones con lo cual logré que mi joven amante gimiera y gruñera a la vez que se agarraba a mi pelo ayudándome en la mamada que le hacía. Sí señora, cómasela entera… lo hace

muy bien –me dijo con voz entrecortada mientras mis lamidas y chupadas iban haciéndose más profundas a cada segundo que pasaba. ¿Te gusta lo que te hago, cariño? –le sonreí agradecida para después lanzarme sobre sus testículos los cuales lamí y comí de manera desenfrenada. Ahora sí el miembro oscuro y palpitante de Germán había logrado su máximo tamaño haciéndoseme casi imposible el poderlo saborear en su totalidad. Mirándolo unos segundos con verdadera devoción comprobé que no me había

equivocado en mis anteriores suposiciones pues mediría mucho más de veinte centímetros. Vayamos a la cama… estaremos mucho más cómodos –le dije cerrando el grifo de la ducha y ayudándole a acompañarme sin soltarle un solo segundo su horrible instrumento el cual sujetaba firmemente entre mis dedos. Llegados a la cama le hice tumbar boca arriba en el borde de la misma y arrodillándome entre sus piernas le agarré aquella gorda banana y me la tragué de una sola vez, lamiéndola y

devorándola sin apartar un instante mi mirada de su rostro congestionado por el tremendo placer que estaba sintiendo. Una vez se la dejé bien dura y brillante

la saqué de mi boquita y le invité a que me hiciera suya pues ya no podía soportar por más tiempo las ganas de

que me follara hasta enloquecer.

Estirándose todo lo largo que era sobre

la cama se cogió con la mano su larga y gruesa herramienta y animada por su mirada me coloqué sobre él acercando

mi rajita a su rosado capullo el cual

aparecía cubierto por los primeros

líquidos pre-seminales. Yo observaba aquel negro instrumento con cierto temor debido a su enorme grosor. Sin embargo, mi deseo venció a mis miedos y dejándome caer sobre él fui notando cómo su glande se introducía en el interior de mi coñito hasta acabar bien sentada encima de él. Cerrando los ojos y apretando los labios con fuerza logré ahogar el grito que trataba de escapar de mi boca. Apoyando las manos en su pecho permanecí unos instantes quieta disfrutando de aquel miembro que me llenaba hasta el final.

¡Dios, qué grande que es! ¡Me llena entera! –pude decir sintiendo su polla que me llegaba hasta los huevos. Pese a todo no tardé mucho en acostumbrarme a aquella aterradora presencia de manera que empecé a moverme con cierta dificultad sobre aquel joven animal que tan loca me ponía. Germán pronto comenzó a acompañarme en mis movimientos empujando con fuerza cada vez que yo le permitía hacerlo. Ambos nos movíamos de forma acompasada y yo no paraba de botar primero de forma lenta y luego ya

mucho más rápido. ¡Me llena, me llena… vamos no pares muchacho… sigue, aprieta con fuerza… métemela entera, vamos sigue, sigue…!

Mis pechos se balanceaban a un lado y a otro con cada uno de los ataques que aquel experto jovencillo me propinaba. Me sentía llena pero quería más y más y

se lo demostraba gimiendo y animándole

a que continuara de aquel modo con

cada una de mis palabras. Me empalé sobre aquel mástil y empecé a cabalgarle de manera salvaje, sollozando y jadeando y sin parar de

pedirle que me follara sin descanso. No sé el rato que estuvimos así pero lo que sí sé es que finalmente no pude aguantar más tanto placer y gritando feliz acabé derrotada y cansada sobre él explotando en un orgasmo de grandes dimensiones que me hizo gruñir como un animal herido. ¡Me corro… me corro… joder, qué gusto me das cabrón! –chillé antes de caer rendida y abrazada a Germán el cual me acogió entre sus fuertes brazos haciéndome sentir satisfecha y complacida gracias al polvo que me

había hecho gozar. Tardé unos minutos en recuperarme, tiempo que aprovechó mi compañero para besarme y acariciarme con dulzura y pasión a partes iguales. A través de la rendija de la puerta del dormitorio pude ver la presencia de Fidel observando todo lo que hacíamos mi joven amante y yo en la cama que, por primera vez, había sido testigo de mi primer desliz fuera de mi matrimonio. Excitada por la cercanía de mi esposo viendo lo que aquel hermoso moreno y yo hacíamos enganché el pene del muchacho entre

mis manos y lo llevé a mi boca devorándolo y saboreando mis propios jugos que habían quedado impregnados en aquel oscuro miembro. ¡Cómemela putita… cómetela a gusto que tengo ganas de correrme en tu boquita y en tu cara, puta más que puta! Las palabras de Germán me sorprendieron pero al mismo tiempo sirvieron como estímulo para continuar con mi dura tarea. Nunca mi marido me había dicho aquellas cosas pero supongo que, por tener en mis manos una preciosidad como aquella, las palabras

del muchacho funcionaron en mí como un elemento aleccionador que me hizo aplicarme aún mucho más. Deseaba gozar de aquella enorme polla y ofrecerle todo el cariño del que fuera capaz hasta que acabara reventando entre mis manos de manera que me puse a acariciarla con mis dedos disfrutando de la delicadeza de aquel músculo tan arrogante y viril. Las venas se le marcaban a lo largo del tronco el cual no hacía más que palpitar con cada una de las caricias que le ofrecía. Con las manos apoyadas sobre los muslos de

Germán sentía como éste temblaba y se estremecía cada vez que disfrutaba de su bello instrumento. Sacando mi lengua de manera un tanto vulgar para provocarle aún más, recorrí aquella hermosura de abajo arriba hasta acabar golpeando el redondo glande con la puntita de la lengua lo cual hizo que mi amante suspirase de auténtico placer. ¡Chúpamela más deprisa que me muero de ganas de correrme… vamos putita que no eres más que una zorrita que sólo quieres que te llene con mi leche! Engullí aquel regalo y volví a chupar al

tiempo que le masturbaba a gran velocidad consiguiendo con ello que mi amigo gimiera de forma descontrolada. Noté la sangre bombear en el interior de aquel cilindro y cómo la inevitable explosión se aproximaba a marchas forzadas. Experta como yo era extraje el miembro de mi boca y seguí masturbándole hasta que al fin logré que Germán se corriese lanzando su abundante descarga sobre mi pelo, mi rostro y mi barbilla yendo a parar parte de ella sobre mis pechos. ¡Joder menuda corrida me has pegado…

siempre me han gustado las maduritas

como tú

–le oí decir con voz ronca y cansada mientras yo saboreaba su semen con cara de verdadero placer. Cogiéndole de las piernas le hice tumbar en la cama junto a mí y allí estuvimos un largo tiempo besándonos y acariciándonos tratando de excitarnos de nuevo en busca de un último encuentro. Deseaba que aquel poderoso moreno me follara una vez más y sentir ahora su cálido esperma en el interior de mis

entrañas así que mientras nos besábamos

estás hecha una auténtica puta!

llevé mi mano a su pene el cual noté levemente excitado. Pero no me dejó seguir mucho más con aquello pues

apartándome de él me hizo poner de pie

y agarrándome con fuerza me dio la

vuelta poniéndome en posición inversa a

la suya formando un magnífico sesenta y

nueve que me hizo perder la razón. Al tiempo que empezaba a notar cómo

chupaba mi coñito con su lengua acerqué

su polla a mi boca y empecé a lamérsela

arriba y abajo mientras mis dedos apretaban delicadamente sus bolas. Sin

dejar de acariciarle observé cómo

respondía a mis manejos volviendo a endurecerse aquel aparato de forma casi prodigiosa. Sentí mi coño mojarse gracias a sus lametazos y sin poder evitarlo alcancé un nuevo orgasmo que me hizo abandonar lo que hacía para así poder gritar mi enorme placer. Volvimos a la cama y poniéndome de espaldas abrí mis piernas todo lo que pude y le ofrecí mi agujero para que lo hiciera suyo. Sin decir una palabra le miré a los ojos demostrándole lo mucho que lo deseaba. Situándose detrás de mí se cogió la herramienta y apoyando la

cabeza sobre mi empapada rajita me la metió de un solo golpe haciéndome gritar como había hecho momentos antes. Le costó menos que la vez anterior, al parecer mi coñito ya estaba acostumbrado a semejante intruso. Así estuvimos unos cinco minutos moviéndonos sin parar y descansando de vez en cuando para, de nuevo, volver a empezar con aquel dulce movimiento que nos hizo acabar en un último orgasmo aún más explosivo. El joven muchacho gruñó desesperado para, al instante, llenar mis paredes con su

corrida cosa que me hizo a mí conseguir mi propio clímax. Saliendo de mí nos tumbamos sobre las sábanas y nos besamos hasta quedar dormidos como dos benditos. Los días que pasó el muchacho con nosotros los pasé disfrutando de su juvenil potencia. Me folló sin descanso e incluso mi marido se unió a nosotros viéndonos copular en mi cama para, llegados al último día, dejarme penetrar por ambos quedando montada sobre mi esposo y siendo sodomizada por aquel inmenso falo que me llenó con su leche

blanquecina y viscosa hasta acabar

reventada

en

brazos

de

mis

dos

hombres.

Relato V Estuvimos cenando en un restaurante del centro. Ella llevaba un traje pantalón rojo, con una camiseta sin mangas blanca y debajo un conjunto azul de raso. Entramos a las 10, y desde que llegamos ellos no paraban de mirarse. Luego fuimos a tomar una copa cerca ya de las 12 a la zona de Huertas, y fué cuando empezó a llover, por lo cual propuse que fuéramos a casa. Al principio pensé que ella reacia a

mantener relaciones con otros hombres en nuestra propia casa, se negara, pero dado como estaba la noche metida en lluvia, apuntó débilmente la posibilidad de irnos a bailar. Yo sabia que los dos estaban desando meterse mano en cuanto estuvieran a solas. Llegamos a casa y puse un poco de música salsa y le ofrecí a Ralf un Whisky, yo me puse otro y ella no tomo nada y se puso a trajinar por la casa. Por fin cerca de las 2 de la mañana, ellos se pusieron a bailar. Yo hubiera propuesto

irnos los tres a la cama, y estaba de acuerdo con Ralf en ello, pero no lo creí oportuno ya que "oficialmente" yo no sabia de su intensa relación del fin de semana que yo estuve de viaje. Cerca de las 2,30 decidí darles una oportunidad. Ya al llegar a casa les dije que subieran mientras iba a aparcar y según me contó ella despues, en el ascensor se morrearon e incluso ya dentro de casa se acariciaron por encima de la ropa. Como digo, a las 2,30 decidí darles una oportunidad y como había dejado de

llover dije que bajaría a dar una vuelta con el perro, que estaba incomodo. Tarde unos 35 minutos. Según me marche, ellos empezaron a morrearse y fue Ralf el que sacándose su aparato la hizo sentarse en el sillón y que se lo chupara estando el de pie. Cuando ya estaba bien duro, fue él el que se sentó en el sillón y quitándole a ella los pantalones y las bragas se la sentó encima ensartándola hasta arriba con sus 25 cms. Estuvieron follando hasta que a punto de correrse, él decidió, dado que no llevaba

preservativo, correrse fuera y lo hizo sobre el estomago y el pecho de ella. Luego la tumbó en el sillón y la acarició hasta arrancarle dos orgasmos. Cuando iban a comenzar una nueva tanda, con ella mamándole a él, yo volví pues de pronto había empezado a llover a cántaros otra vez. Procuré no hacer ruido y desde el pasillo a través del espejo pude ver como ella se la estaba mamando, el sentado en el sillón y ella de rodillas entre sus piernas. Procuré no hacer ruido, hasta que vi como el se corría

parte dentro de la boca de ella y parte fuera. Les di tiempo a recomponerse antes de hacer ruido en la puerta y simular mi llegada en ese momento. Estuvimos charlando y bebiendo y a ratos ellos bailaban. Ya cerca de las 6 de la mañana, Ralf dijo que se iba pues acababa de llegar el día anterior de viaje y estaba cansado. Me ofrecía acompañarlo hasta su casa para charlar con el del tema, pero luego sobre la marcha se me ocurrió algo mejor. "Voy a buscar el coche y cuando esté en

la puerta os llamo" era ocasión de darles una segunda oportunidad. Me bajé a la calle y como estaba diluviando, llame para decir que tardaría un poco. Nada mas irme se desnudaron y él le volvió a pedir que se la mamara. Se tumbaron sobre el sofá del salón y él volvió a metérsela hasta los huevos por el coño, Estuvo follándola hasta que a punto de correrse, quiso cambiar de agujero. Ella al principio dijo que no, pero tras un poco de insistencia, la colocó con las

manos apoyadas en el sillón y el culo en pompa y con cuidado despues de chuparle y ensalivarle bien el agujero del culo, se la fue metiendo despacio hasta que casi se la clavó entera. Ella me dijo que la sentía casi en la boca del estomago. Con un rítmico mete-saca estuvo bombeando su culo hasta que a punto de correrse, se salió haciéndolo en su espalda y nalgas. En ese momento llamé yo para decir, y era cierto, que tardaría un poco más pues iba a echar gasolina. Fue entonces cuando ella le pidió que le

comiera el coño, a lo que Ralf se prestó gustoso arrancándole varios orgasmos y volviendo a empalmarse, con lo cual le

dijo que quería volver a follársela, esta vez por el coño. La tumbó sobre la mesa del salón y se la follo en plan salvaje. Corriéndose sobre su vientre y sus tetas

al terminar. Entonces llamé yo desde

abajo diciendo que bajaran cuando quisieran. Al bajar les dije que se

sentaran atrás tratando de que tuvieran algún toqueteo y demás mientras íbamos

a llevarle a su casa, pero no se atrevieron.

Le dejamos en su casa y volvimos a la nuestra. Entonces en el dormitorio la desnudé, excepto la ropa interior que la hacia mucho más atractiva y la tumbé sobre la cama. La empecé a besar despacio en los labios y luego fui bajando por todo el cuerpo, le saque los pechos sin quitarle el sujetador y tras quitarle las bragas le comí el coño haciéndola correrse un par de veces. Yo ya estaba bien empalmado, así que me coloqué sobre ella y muy despacio se la fui metiendo, aumentando el ritmo de entrar y salir, saliendo del todo y

volviendo a entrar hasta la raíz de mi pene. Ella gemia y empezó a dcirme lo puta que se sentía y como le gustaba. Por fin nos corrimos juntos. Nos duchamos y nos fuimos a dormir, eran las 7 de la mañana y los dos trabajábamos ese sábado a partir de las 9,30.

Relato VI Esta historia que os voy a contar puede haber sucedido… o puede que no. Esta en mi cabeza pero no se si es un recuerdo o simplemente una ilusión, un sueño, un deseo. Soy una chica de piel clara, morena de pelo, alta comparada con la mayoría, con curvas… muchas curvas. Pero curvas sensuales y muy femeninas. No soy una chica muy ligona pero si se que llamo bastante la atención y se usar mis

armas. Sé que atraigo las miradas de los chicos de color, les encanta mi trasero y mis anchas caderas. Tengo varios vecinos de color, y en el ascensor no pueden guardar sus miradas. A Bolo lo conozco desde hace un año aproximadamente, me ha invitado a salir varias veces, pero nunca lo acepte por el que dirán. La semana pasada me insistió otra vez, y no tuve más remedio que aceptar. Resulto ser muy simpático y contestaba a todas mis dudas y cuestiones, que no eran pocas. Preferí volver pronto a casa

para que no se alargara la cosa, pero el me insistía en que lo acompañara a su apartamento. Pero una vez más, me negué. Y no es porque no me gustase, sino porque no quería mantener una relación con alguien que posiblemente me abandonaría al menor cambio. Quería algo serio no nada de dos días. Pasados unos días, me mando varios mensajes, diciéndome que le guste mucho y que quería volver a verme. Al no contestarle, me volvió a enviar mensajes cada vez más insistentes y dejando claro lo que quería. Y no era

precisamente una vida juntos. Jajaja. Una calurosa mañana, baje a comprar algo para el almuerzo y a la vuelta me lo encontré hablando por teléfono, en cuanto me vio, dejo todo para hablarme:

Hola Carmen, como estas? Te mande varios mensajes y no respondiste! Hola Bolo, si… mmm no tengo saldo (me cuesta mucho mentir aunque sean pequeñitas), lo siento, pensaba responderte cuando recargara. Bueno, estas preciosa, te ayudo a subir las bolsas? Jaja gracias, pero puedo sola.

De todas formas el me acompaño hasta

mi puerta y se mantuvo muy cerca de mi

en el ascensor, mandándome miradas

cariñosas e incluso me retiro el pelo de

la cara en una ocasión, al salir del

ascensor me dio un beso en la cara y dejo caer su mano sobre mi cadera cuando pasaba, dándome una dulce caricia. Cuando entre en casa, solté las bolsas y tuve que echarme agua en la cara de la calentura que me había provocado. El que llevase soltera y sin relaciones más

de 3 meses creo que ayudaba bastante.

Justo cuando terminaba de guardar las cosas, recibí una llamada, y fui corriendo a coger el móvil:

¿Si? Dígame Hola preciosa Carmen. Bolo eres tu? Si, mira tengo un regalo para ti. No quiero que me regales nada. No soy tu novia ni nada por el estilo. Te quiero regalar porque eres mi amiga. Puedes bajar a mi casa? Bolo… yo… no creo que sea lo mejor. Lo siento. Carmen… baja (sollozando)

Esta bien, ahora voy. Me empezaba a dar pena, el hombre iba con buena intención incluso tenia un regalo para mi!! Hacia mil que no me regalaban algo, cualquier tontería me hacia ilusión. Pero además las ganas de besar esos labios carnosos floro a mi exterior, recordándolos, suaves en mi piel. Yo sabia cuales eran sus intenciones, el regalo era una mera escusa para atraerme a su casa, yo lo sabia, pero quise obviar este detalle y hacerme creer a mi misma que solo quería ser un

buen amigo. En cuanto entre a su casa, todo cambio. El ambiente era distinto, una casa de inmigrante con pocos muebles y escasos adornos que recordaban a África. El me miraba con deseo pero se aguantaba, su sonrisa se amplio en cuanto me dio el regalo, era una pulsera de hilos, que él me había hecho. Un detalle que me lleno mucho y estaba tan contenta que me abalancé a abrazarlo. El entendió el gesto de otra forma, y su abrazo fue mas estrecho. Paso sus fuertes y bronceados brazos por mi

cintura, apretándola y poso su cabeza en

mi hombro, oliendo mi pelo. Intente

deshacerme de él, porque no estaba bien. Pero en cuanto comenzó a acariciarme el trasero con sus grandes manos, suspirando en mi oído y cogiendome suavemente el culo todo

cambio. Ya nada me importaba, solo él y yo. Deje atrás todos mis miedos y remordimientos, ahora dejaría de ser

una chica buena para dejar pasó a mis impulsos mas salvajes. Deje de forzar para abandonar su

abrazo, y me acomode en sus brazos, el noto el cambio y vio luz verde para besarme, primero muy suave y dulce en el cuello, en la oreja mientras me susurraba los bonita que estaba. Pronto sus manos dejaron mi culo para acariciarme la hendidura justo encima de este, e introducir su mano bajo mi camiseta. Me apretaba mas fuerte y cada vez notaba más su calor, su cuerpo entrelazado en el mío, y note algo que antes había pasado por alto. Mis pechos aplastados por su pecho estaban duros y querían ser acariciados.

El pareció haber leído mi mente y en ese momento una de sus manos subió por mi estomago hasta posarse sobre mi pecho, lo acaricio y presiono, cogiendo el pezón entre sus dedos y apretándolo levemente mientras me lamia el cuello. Un pequeño gemido se me escapo y su mirada se poso rápidamente en mis ojos, y luego en mis labios. Hasta ese momento había olvidado sus carnosos labios. Pero no necesite mas de medio segundo hasta que se posaron en los míos, primero con un pequeño beso y luego besándome con mas intensidad

cada vez. Sus manos ya no acariciaban mis pechos, ahora me agarraba por la cintura con una y con la otra tocaba y rozaba fuertemente mis pechos. Según subía la pasión en mis besos el subía también la suya en sus tocamientos y me quito la camiseta, observo mi sujetador un par de segundos, sonrío y siguió besándome mientras me quitaba el resto de la ropa. Yo ya estaba desatada, me importaba bien poco que alguien nos pudiera estar viendo o que hubiera un terremoto, yo estaba totalmente inmersa en el y solo quería

tocarlo besarlo y mmmmm en ese instante sentí sus gruesos dedos acariciar mi clítoris, sabia q no se pararía mucho en el, y así fue como note sus dedos pasar por mi coñito desde una punta a otra buscando mi agujerito, o eso pensaba yo, en realidad estaba lubricándose los dedos, puesto que estaba mojadísima. De repente algo hizo ponerme rígida y gritar de… dolor o placer? Creo que fue una mezcla de ambas con un poquito de morbo, porque sin previo aviso introdujo dos de sus dedos largos y

anchos en mi coño. Si estaba mojada y morbosa eso me volvió del todo loca. Desato mi ansia y ganas de montarme en el. Mis uñas se clavaban en su espalda con cada estoque que daba con sus dedos y entre mis gemidos pude escucha suave en mi oído:

te gusta Carmen? Mmm dime que si, porque esto no es nada con lo que te espera preciosa. Su aliento me puso la piel de gallina y me obligo a quitarle la ropa. Fui a por lo importante primero, su pantalón, y el se quito la camiseta en cuanto se dio cuenta

de mis intenciones. Mientras el me seguía introduciendo los dedos, me obligue a hacer un esfuerzo porque quería descubrir su herramienta. Y no costo mucho encontrarla. Pose mi mano sobre su calzoncillo y comencé a acariciarla por encima de este, imaginando como seria y a que sabría. Pero mi paciencia no es muy grande y le quite el calzón, pero algo salto como de la nada, algo grueso y grande, su olor era fuerte, pero me atraía a el. Creo que solo una mirada le hizo falta para entender que quería hacer, y

sonriente me dio su permiso, me agache y la olí, lamí la puntita y la saboree. No podía aguantarme, deseaba comerla entera, pero era muy grande así que decidí ir poco a poco. Me metí la cabecita en la boca, entera, el me miraba mientras lo hacia y sonreía gustoso. La chupe como un caramelo y la ensalive bien. Luego lamí todo el tronco, desde los huevos hasta arriba y cuando llegue a la punta, subí la mirada y lo mire a los ojos mientras sonreía. Esto pareció gustarle porque vi su mano dirigida a mi cabeza en el mismo instante en que me la

metía entera en la boca, no pudo ser entera pero la metí todo lo que pude, el sonreía de gusto y me la introducía mas y mas hasta llegar a mi garganta. Tuve que coger aire para volver a metérmela, me hacia daño pero era tan morboso y estaba tan caliente… que no me importaba. Me empezó a doler la boca porque estaba muy abierta y el también me daba pequeños empujones para introducirla mas. Así que opte por lamer los huevos un poco. Los lamia con la lengua de arriba abajo, bien salivada y luego… no pude resistirlo y me metí uno

en la boca chupándolo y sacando todo su sabor, y luego los dos, jugaba con ellos en la boca y parecía que le gustaba porque comenzó a gemir y me agarraba de la cabeza. Aunque resultaba incomodo pero me daba mucho morbo sentirme como un instrumento para su satisfacción. Lo note mucho mas excitado que antes y me atrajo hacia el, me levanto y me guió como debía ponerme. Me echo sobre un sofá mugriento, abriéndome las piernas y no me dio tiempo ni a mirar cuando ya estaba encima mía, me beso el cuello y

la boca, y me susurro algo que no pude entender al oído, en ese mismo instante me penetro!! Su gran polla negra se introdujo en mi coño sin apenas esfuerzo, estaba muy lubricada y ayudo a que entrara sin problemas, pero era muy ancha y me dolía con cada empuje, por no hablar que cada vez me daba más fuerte y llegaba hasta el fondo. Yo no se si emitía gemidos, gritos o si estaba medio en coma, porque todo lo que sentía era su miembro entrar y salir de mi. El comenzó a gemir y decirme cosas en su

idioma, cosas que naturalmente no entendía, pero su tono me decía que estaba cada vez mas caliente y que se aproximaba su fin. Me acaricio la cara y empezó a darme más y más fuerte, siguió diciéndome algo ininteligible y lo repetía una y otra vez, y cada vez más fuerte. Me apretó un pecho y de repente, no se de donde me vino una explosión de gusto que me quede sin fuerzas, mis fluidos se hicieron mas intensos y sus empujes se hicieron aun mas rápidos, yo no podía mas, ya me había corrido y mi coñito estaba ahora mas sensible que

antes y sentía su polla entrar y salir mil veces mas que antes. Me tomo la boca con la mano y paso sus dedo por mis labios, me beso y metió un dedo en mi boca y lo comencé a chupar. Un segundo después lo saco, me dio un gran pollazo y con la misma fuerza con que la metió, la saco. Rápidamente me la puso en la boca, no me dio tiempo ni a reaccionar cuando de su punta empezó a barbotear un líquido blanco y caliente, llenando toda mi boca. No podía aguantarlo, cada vez había mas y eso no paraba, el me metía la polla cada vez mas y no tuve

mas remedio que tragarlo, ese gesto pareció gustarle y se apretaba su miembro para que saliera mas. Termine cogiendole gusto y lamiendo y chupando su punta para sacárselo todo. Seguí lamiéndole suavemente después de correrse, hasta que su miembro perdió fuerza y me la quito de la boca. Me sonrío y se fue al baño. Yo me quede pensativa, sorprendida por todo lo que había ocurrido mientras me acariciaba mi coñito húmedo tumbada en el sofá, lo notaba dolorido y muy abierto. Al rato me levante y me vestí, y

antes de que el saliera de la ducha me fui a casa.

Relato VII Como presentación a mi historia les diré que me llamo Ángeles y que soy una chica de veinticinco años que hace unos tres meses y aprovechando unos días de vacaciones que tenía en el trabajo, pensé en embarcarme en un viaje por Cerdeña, Malta y las islas griegas buscando escapar de mi último desengaño amoroso. Las cosas con Mario no habían ido como esperábamos, bueno más bien como esperaba yo. Las discusiones eran

continuas entre los dos y además aquel mensaje en su móvil fue la gota que colmó el vaso haciéndome ver claramente que en la cabeza de Mario había otra mujer que no era yo. Los primeros días lloré y lloré amargamente pues seguía locamente enamorada de Mario y pensaba que mi vida sin él no tendría sentido alguno y todas esas tonterías que imaginamos cuando estamos enamoradas de alguien. Al fin y viendo que las cosas no parecían tener arreglo, decidí echarme la manta a la cabeza y disfrutar de unos

días de descanso que me hicieran ver las cosas de diferente modo a mi vuelta. Un viaje de varios días y lo más lejos posible estimé que sería la mejor solución al estado de ánimo en el que me encontraba. Así pues, saqué el billete en la agencia de viajes cercana a mi trabajo donde nos hacían algo de descuento pues tenían un acuerdo con mi empresa. A mis veinticinco años puedo decir sin querer resultar pretenciosa que tengo un tipito más que aceptable. Tengo una larga melena castaña con mechas rubias

y mis ojos son grandes y de un tono ligeramente verdoso. Una naricilla graciosa y respingona y unos labios bien carnosos y rosados. Soy de estatura mediana y algo rellenita aunque no demasiado. De curvas pronunciadas, mis pechos de tamaño mediano se mantienen erguidos, duros y firmes y mi culete levantadito y apetitoso sé que levanta pasiones allá donde voy. Tal como indicaba en la reserva de billetes el barco zarpaba aquel miércoles a las nueve de la noche así que estuve todo el día dejando pasar el

tiempo miserablemente hasta la hora de salida. Preparé mi bolsa de viaje llenándola hasta los topes de bikinis, bañadores y de ropa veraniega. Sin despedirme de nadie cogí un taxi camino al puerto donde me esperaba aquel crucero que imaginaba lleno de matrimonios aburridos y de solteros empedernidos en busca de una buena aventura que contar a los amigos. Tras bajar del taxi pagué a aquel cuarentón conductor de aspecto desaliñado, y que no dejó ni un solo segundo de mirarme los pechos que realzaba el sujetador

bajo la fina tela de la camiseta, y dándole la espalda me dirigí al muelle donde se encontraba el barco. Nada más subir a cubierta me recibió el capitán dándome la bienvenida y una azafata a la cual entregué mi billete para que lo revisara. Aquella mujer de unos treinta años y vestida con aquel elegante y discreto traje chaqueta color verde oliva de pantalones rectos y zapatos negros con algo de tacón, me indicó amablemente el camarote que me correspondía diciéndome que se encontraba en el piso superior y que era

el más cercano a la cubierta. Les di las gracias a ambos y antes de encaminar mis pasos hacia el camarote estuve dando una vuelta por cubierta hasta acabar apoyada en la barandilla mirando el espectáculo que ofrecían las luces de la ciudad. Al llegar al camarote me tumbé un buen rato esperando la hora de la cena y pensando si aquella habría sido una buena idea que me hiciera quitar de la cabeza mis penas. Una y otra vez no hacía más que pensar en Mario, su recuerdo me torturaba pese a saber que

su compañía no me convenía y que ambos teníamos la partida perdida hacía ya tiempo. De nuevo lloré como una tonta allí tumbada en la cama mirando al techo de mi camarote. Cerca de las diez y media y cuando ya llevaríamos algo más de una hora de viaje, me levanté de la cama y marché a cenar aunque la verdad es que no tenía mucho apetito. Ya en aquel gran salón apenas estuve un cuarto de hora tomando medio sándwich y un zumo de naranja. De ahí de nuevo me metí en el camarote a llorar mis penas hasta que finalmente

me quedé dormida al poco rato leyendo una revista que había comprado en la ciudad antes de salir. Ya por la mañana me levanté temprano apenas noté los primeros rayos del sol a través de la pequeña ventana del camarote. Parecía que iba a hacer un buen día, justo lo que yo necesitaba para que mi estado de ánimo mejorase aunque sólo fuera mínimamente. Salí a cubierta a disfrutar del amanecer viendo a las gaviotas con su ruido ensordecedor, chillando sin parar de revolotear por encima de mi cabeza. Me metí de nuevo

remojando mi cuerpo bajo la ducha con rapidez para, tras abrir la bolsa y colocar la ropa en el armario, enseguida salir a desayunar. Luego ya bien preparada para el resto del día, me dediqué a dar una vuelta por el barco el cual disponía de todas las comodidades que estos cruceros suelen tener a disposición de los clientes. En el piso inferior al de mi camarote, había un enorme gimnasio con jacuzzi, sauna y todo tipo de aparatos para poder ejercitar los músculos y mantener la forma. Tal como había visto la noche

anterior al cenar, mirando el folleto de la agencia, había un salón de baile para según me informaron en la agencia de viajes poderse uno relacionar con el resto de la gente, cosa a la que no hice mucho caso estando como estaba. Tres grandes piscinas se anunciaban en el folleto, una de ellas cubierta en el piso de abajo. En fin, toda una auténtica ciudad flotante y un lujo para los sentidos. Pensando en cómo me encontraba creí conveniente disfrutar de aquellos días si no quería amargarme la existencia con el maldito Mario.

El camarote era de paredes de un suave azul celeste cubiertas con motivos marinos y disponía de una cama de buenas dimensiones. El baño, grande y confortable, con bidé y una ducha de pie bastante amplia. Busqué en el cajón del armario mi pequeño bikini rojo y echándome la toalla al hombro cogí el bote de crema solar y me dirigí a la piscina que había cercana a mi camarote y en la cual, a esas horas de la mañana, poca gente había tomando el sol de la mañana. Apenas dos parejas y tres o cuatro hombres y mujeres solos era el

personal que por allí había disfrutando del calor mediterráneo. Tras pegarme un buen chapuzón salí y me eché en una de las tumbonas con las gafas de sol puestas tras embardunarme bien el cuerpo con el protector solar. Así estuve poco rato hasta que me quedé dormida con el arrullo de las olas y de la suave brisa marina. Cerca de una hora más tarde me desperté incorporándome sobre mis codos mientras doblaba ligeramente las piernas. Bajo los cristales oscuros de mis gafas de sol estuve observando unos

segundos el panorama de la piscina viendo que mucha más gente había acudido en busca de un rato de descanso. Un grupo amplio de gente disfrutaba de un refrescante baño al tiempo que otros muchos simplemente descansaban o leían un libro o el diario. Ciertamente se estaba bien allí dejando pasar los minutos y disfrutando de la naturaleza en aquel verdadero paraíso flotante. Poco a poco parecía que me iba olvidando de Mario lo cual agradecí apareciendo en mi rostro una pequeña sonrisa de satisfacción.

Media hora más tarde vi tumbarse en la tumbona junto a la mía a un atractivo hombre de color de unos treinta años. Era un hombre realmente guapo y muy masculino con aquel cuerpo bien cuidado que cubría tan solo con aquel diminuto tanga de color blanco que tan bien resaltaba sobre su piel oscura. Me saludó amablemente al llegar sonriéndome y mostrando aquella blanca hilera de dientes y a los pocos minutos estábamos charlando de cosas sin importancia entre risas y comentarios alegres por su parte. En verdad era un

tipo simpático y divertido así que su compañía me sirvió para estar entretenida hasta la hora de comer. Me enteré sin prestar mucha atención que se llamaba Bruce, que era inglés y que trabajaba como ingeniero en una importante empresa petrolífera presentándome yo diciéndole mi nombre y que vivía en Valencia donde trabajaba como comercial en una compañía de ropa deportiva. ¿Te apetece que comamos juntos? –me preguntó directamente mientras nos levantábamos camino del comedor.

Lo siento pero acabo de salir de una relación y la verdad es que necesito algo de tiempo para poner mi mente en claro –le contesté de forma un tanto cortante pues no me esperaba aquella invitación tan directa. Perdona Ángeles, no era mi intención molestarte sino solo entablar una amistad contigo en este barco donde no conozco a nadie. No, perdóname tú por haber sido tan maleducada contigo. Es solo que estoy pasando por un mal momento y pensé que unos días de descanso olvidándome

del trabajo y de todo lo demás me vendrían bien. Como quieras pero si deseas la compañía de alguien durante los días de viaje ya sabes donde estoy –dijo antes de despedirse de mí dándome dos besos en las mejillas. Asentí con la cabeza sin decir nada y separándome de su lado marché camino de mi camarote para cambiarme antes de ir a comer. Por el camino estuve pensando en lo estúpida que había sido comportándome de aquel modo con aquel guapo muchacho que tan solo me

había invitado a comer con él.

Realmente debía divertirme y quitarme

de la cabeza la tontería de Mario o lo

iba a seguir pasando muy mal. Tras cambiarme y ponerme una camiseta marrón oscuro y unos tejanos blancos escapé hacia el comedor a ver si tenía

suerte de encontrarme con Bruce y poder disculparme de nuevo con él. No apareció por allí y tampoco pude verlo durante toda la tarde así que poco a poco aquella imagen fue abandonando

mi

loca cabecita volviendo a instalarme

en

mi estado melancólico y decaído y

acabando en mi camarote aletargada en

mi apatía y sin parar de llorar.

Dormí toda la noche de un tirón despertándome tarde pues, mirando el

reloj de pulsera, vi que eran ya las diez

de la mañana. Me di una buena ducha y

después de desayunar me fui al gimnasio

a hacer algo de ejercicio. Allí me

encontré con varias personas y entre

ellas se encontraba Bruce en la máquina

de remo sin parar de hacer abdominales.

Me saludó con una sonrisa respondiéndole yo con un movimiento

leve de mi mano. Aquella mañana me

pareció guapísimo con aquella camiseta gris de tirantes sobre su cuerpo sudado. Viendo que no se acercaba a mí, tomé yo la iniciativa yendo donde se encontraba y empezando a charlar los dos mientras él continuaba con su ejercicio. Hola, buenos días. ¿Llevas mucho rato? –le pregunté sin saber qué decirle. Buenos días. Hoy me levanté pronto pues quería estar un buen rato en el gimnasio y luego pasar por la piscina. Yo también pensé lo mismo. ¿Quizá tengamos telepatía entre nosotros? –dije riendo como una tonta allí de pie delante

de él.

Es posible –comentó lacónicamente como respuesta a mis palabras. Dicen que en ocasiones esas cosas pasan sin saber muy bien la razón.

Por cierto, ¿dónde te metiste ayer? No te

vi

por ningún lado. Quería disculparme

de

nuevo por lo que pasó en la piscina.

Ángeles, no te preocupes más por eso. No le des más vueltas. Tú tendrás tus razones y no soy quien para meterme en tus cosas. Como te dije solo pretendía tener alguien con quien hablar en este

enorme barco –dijo volviendo a

sonreírme. Tienes razón. La verdad es que fui una estúpida y una grosera al contestarte del modo en que lo hice. Bueno, olvídalo de una vez. Si te apetece podemos hacer algo de gimnasia y luego vamos a la piscina a nadar un rato. Me parece buena idea –respondí riendo de nuevo como una tonta y notando mis mejillas ruborizarse ligeramente. Estuvimos juntos haciendo gimnasia media hora más hasta que Bruce me dijo que tenía ganas de ir a la piscina a

refrescarse. Enseguida acepté su propuesta y cogiendo ambos nuestras cosas nos dimos una ducha y luego pasamos cada uno por nuestro camarote antes de ir a la piscina. Me puse mi bañador blanco que tan bien realza mis pechos y salí corriendo hacia la piscina con grandes deseos de estar con aquel hombre. Ciertamente por mi cabeza no pasaba nada más que disfrutar de un rato agradable junto a él y así olvidarme de los turbios pensamientos que corrían por mi cabeza. Al llegar a la piscina allí estaba ya

Bruce nadando con bastante buen estilo por cierto. Llevaba un pequeño slip negro y fijándome más en él pude ver su enorme espalda y sus piernas de muslos fuertes y poderosos. Asomando la cabeza al llegar al borde de la piscina, al fin me vio y con un movimiento de la mano me animó a meterme en la piscina junto a él. Dejando la toalla y la crema solar sobre una tumbona me dirigí a la piscina lanzándome a ella con un perfecto salto de cabeza apareciendo a los pocos segundos fuera del agua. Mi acompañante se aproximó nadando hasta

donde yo estaba y al momento nos

pusimos a hablar de diferentes cosas. Poco a poco me fui sintiendo más y más

a gusto en su compañía pues parecía un

hombre con mucho mundo a sus espaldas

y con el que podías hablar de cualquier

cosa. De ese modo estuvimos sin parar de hablar y tomando un refresco hasta que sin darnos cuenta vimos que era casi la hora de comer. Esperaba que me dijera si comíamos juntos pero en cambio, me sorprendió comentándome que tenía que

hacer unas cosas y que mejor nos

veíamos por la noche a la hora de cenar. Un poco desilusionada y confusa me volví al camarote donde no hice más que pensar en aquel atractivo hombre que paso a paso parecía ir creando en mí algo diferente a la simple amistad. ¿Realmente sería cierto aquello que se dice de que "un clavo saca a otro clavo"? –pensé para mí misma mientras me arreglaba el cabello frente al espejo del baño. Sin dejar de pensar en ello me puse cómoda para ir a comer con aquel top blanco, aquellos pantalones pirata

negros y mis sandalias y me fui al comedor tratando de dejar a un lado la imagen de Bruce que no hacía más que golpearme una y otra vez. Pasé toda la tarde en el camarote leyendo un libro de relatos de un autor bien conocido hasta que mirando por la ventanilla vi que la tarde ya empezaba a decaer. Miré el reloj que había dejado sobre la mesilla y vi que marcaba las ocho así que tenía un poco más de una hora para arreglarme y vestirme antes de acudir a la cita con Bruce. Refresqué mi cuerpo con una ducha de

agua bien calentita recorriendo todos y cada uno de mis rincones hasta quedar agradablemente abandonada y relajada bajo los efectos del agua cayendo sobre mis cabellos. ¡Dios, qué bien se estaba. Me hubiera quedado allí durante horas y horas! Salí de la ducha y me sequé el pelo con el secador hasta conseguir dejarlo con el volumen que a mí me gusta. Luego vino el problema de qué ponerme para la cena. Buscando y removiendo por el armario estuve mirando las camisetas, las pocas blusas que había llevado para el viaje y algún

que otro vestido por si hacía falta vestir de manera más formal. No sabía cómo acertar, si vestir de un modo un poco serio y formal o de manera mucho más informal y desenfadada. Finalmente opté por aquel mini-vestido sin mangas y en tono amarillo chillón que me quedaba como un guante y lo dejé caer sobre la cama junto al maxi- cinturón negro con el que resaltar mi silueta. Sabía que el tono fuertemente amarillo combinaría a la perfección con el suave bronceado de mi piel. Una vez elegido el vestido el siguiente

paso sería recogerme el cabello y escoger un maquillaje que fuera a tono así que me adentré en el baño y delante del espejo me maquillé los ojos con un ahumado en negro mientras que los labios los perfilé con unos tonos melocotón y rosados para que dieran un efecto natural y neutro. Mirándome al espejo el conjunto me pareció el adecuado para una cita con alguien al que conocía de apenas dos días. Me vestí con rapidez subiendo la cremallera lateral del vestido y finalmente los pendientes, el discreto

collar, las sandalias negras de altísimo tacón y el pequeño bolso pusieron el broche de oro a mi conjunto de aquella noche. Un poco de perfume en los lugares más estratégicos y un último vistazo al espejo me hizo ver radiante con aquel vestido ajustado a las caderas y que dejaba entrever cada curva de mi cuerpo. Un fuerte respiro de satisfacción me ayudó a abrir la puerta camino de mi cita con aquel apuesto moreno. Llegué al salón diez minutos antes de la hora de nuestro encuentro pues no podía soportar más mi impaciencia por

encontrarme con Bruce. Me dirigí a la barra y sentándome en un taburete pedí un Martini blanco al camarero el cual me lo sirvió al instante con una encantadora sonrisa. De pronto el salón se oscureció por completo dando inicio al fluir de las primeras notas de aquel conjunto de contrabajo, batería y trombón sonando como un susurro con su sonido sincopado para, a los pocos segundos, empezar a dar paso al piano y al clarinete los cuales tomaron la manija del grupo entrando en escena y haciendo sonar las notas del famoso tema de

Henry Mancini de la película "Dos en la carretera". Me uní al aplauso animoso de la gente de las mesas incitando al grupo a continuar con aquella bella melodía. A través de la cubierta vi acercarse a mi acompañante de aquella noche hasta que finalmente lo tuve junto a mí con aquella sonrisa fresca y sincera que tanto me atraía. Vestía de manera informal y moderna con aquel jersey fino de cuello pico en color verde botella y unos pantalones de lino de un tono marrón tostado. Por último unos mocasines en

un tono verde algo más claro que el del jersey constituían el complemento perfecto a su conjunto. Buenas noches Ángeles. No puedo aguantarme las ganas de decirte que esta noche estás realmente preciosa –dijo antes de darme un par de besos en las mejillas. Muchas gracias. Tú tampoco estás nada mal –respondí sin poder evitar un leve sonrojo ante sus amables palabras. ¿Llevas mucho rato esperando? –me preguntó sentándose a mi lado y pidiendo al camarero una copa de vino

blanco para, al momento, volverse de nuevo hacia mí volviendo a adularme mi belleza y mi vestuario haciéndome levantar y dar una vuelta sobre mí misma. No seas tonto, me harás ruborizar – contesté tomando asiento de nuevo en mi taburete frente a él. No, acabo de llegar hace nada. Apenas el tiempo de pedir mi Martini y ponerme a escuchar la música –le informé antes de llevar mi copa a la boca. Al acabar la canción, Bruce me consultó si me apetecía ir a cenar invitándome a

levantar de mi asiento ofreciéndome amablemente una de sus manos. Solicitó al camarero una de las mesas cercanas al escenario y allí nos sentamos disfrutando del inicio de una preciosa versión de "Memory" mientras esperábamos la llegada del primer plato. Realmente aquel conjunto de jazz sonaba de maravilla y era un verdadero disfrute para los oídos. Bruce pidió una botella de vino rosado para la cena además de una botella de agua natural. Me sentía cómoda y feliz acompañada de aquel hombre y olvidado por

completo el recuerdo de Mario. Nos trajeron el primer plato al acabar "The lady is a tramp" y entonces apareció en el escenario una bellísima mujer de piel canela, enfundada en un ceñidísimo vestido negro que le llegaba hasta los pies, empezando a cantar "I’ve got you under my skin". Impetuoso y desasosegante, el sonido del trombón cabalgaba entre los estribillos con el empuje de un orgasmo sincopado y la sonoridad del berrido de un elefante. El instrumento se ajustaba como un guante a la irrefrenable pasión de la que hablaba

la letra de la canción. Brindamos al llegar la botella de vino por unos magníficos días a bordo de aquel barco y sin dejar de mirarnos a los ojos bebimos un pequeño sorbo de nuestras respectivas copas. Los ojos de aquel hombre me miraban una y otra vez de forma aparentemente descuidada y yo me sentía volar en aquel perfecto paraíso de luces difusas y buena música de jazz. El repertorio de la cena se completó con "Fever", "Yesterday" y una soberbia versión de "Summertime" y al acabar el postre anunciaron que habría

baile hasta que el cuerpo aguantara. Nos alegramos por la noticia levantándonos de la mesa y dirigiéndonos al salón contiguo donde se celebraría el baile. Sentados en una mesa estuvimos charlando sin descanso notándome yo cada vez más y más cercana a aquel hombre que no dejaba un segundo de devorar mis bellas formas escondidas bajo la tela del vestido. Yo, por mi parte, no hacía otra cosa que sonreírle y dejarme llevar por aquel apuesto y caballeroso compañero que me había tocado aquella noche en suerte.

Me invitó a bailar y de ese modo salimos a la pista de baile dándonos las manos mientras Bruce apoyaba delicadamente su otra mano sobre mi cintura. Estuvimos bailando un largo rato entre canciones de ritmo más rápido y otras mucho más lentas que ayudaban a la cercanía de nuestros cuerpos. Al fin le dije que saliéramos a tomar el aire pues estaba cansada de bailar y además los pies me dolían un montón con aquellos malditos tacones. Cogí mi pequeño bolso y Bruce apoyó su mano en mi espalda mientras nos

ausentábamos del salón camino de la cubierta. Tomamos asiento en un banco mientras charlábamos de nuestras vidas tomando cada vez mayor confianza entre nosotros. Me dijo que llevaba un año viviendo en Barcelona donde lo habían destinado desde Londres para formar parte de la zona del mediterráneo de aquella compañía petrolífera en la que trabajaba. En cuanto a su vida amorosa comentó que estaba divorciado desde hacía tres años y que tenía una hija de cuatro años la cual vivía en Inglaterra con su madre. En cuanto a mí entré en

detalles de mi relación rota con Mario diciéndole que todavía tenía muy reciente aquella ruptura y que por dicha razón me había embarcado en aquel viaje para poder pensar aprovechando unos días de vacaciones que tenía en el trabajo. Allí sentados en aquel banco, disfrutando de la brisa de la noche, me moría de ganas porque me besara y poder sentir aquellos gruesos labios sobre los míos. La atracción era mutua pues sabía perfectamente que yo no le era indiferente sabiéndome deseada por

aquel hombre tan fascinante y varonil. Al fin nuestro deseo venció a nuestro control y sin esperar más le vi acercarse a mí besándonos suavemente, despacio, entrelazando nuestros labios como si quisiéramos hacer aquel momento inolvidable. Me dejé llevar entre sus brazos sin pensar en nada más, allí nadie me conocía y éramos dos adultos con ganas de conocer el cuerpo del otro y los muchos placeres que podíamos ofrecernos mutuamente. Bésame… por favor, bésame. Lo deseo tanto… -le pedí en voz baja tras

separarme de él, apenas un susurro imperceptible en el silencio de la noche. ¿Estás completamente segura, cariño? – me preguntó como si tratara de confirmar mi total entrega. Temblando de puro deseo le hice inclinar sobre mí y ofreciéndole de nuevo mis húmedos labios nos fundimos en un beso mucho más largo y jugoso, con un montón de lengua y saliva por ambas partes; mi mano en su nuca lo tenía firmemente cogido impidiéndole ni siquiera respirar. Sus manos recorrían mi cuerpo de arriba abajo y las mías se

agarraban con fuerza a sus poderosos brazos como si temiera que fuera a escapar a mi dominio. Nos besamos de forma desesperada enlazando nuestras lenguas en el interior de mi boca al tiempo que sentía las manos de aquel hombre acariciando de forma cariñosa

mi rostro para lentamente ir descendiendo por mi cuello en busca de

mi palpitante pecho. Me atraía con

fuerza hacia su cuerpo musculoso y yo

me dejaba llevar por él gimiendo y

pidiéndole mucho más. Me separé de él y notándome muy excitada le dije de una

sola vez y sin pensar nada más:

¿Vamos a tu camarote o al mío? –le pregunté notándome terriblemente excitada. ¿Realmente estás segura de ello? ¿No te arrepentirás más tarde? –volvió a interrogarme mientras me echaba a un lado el pequeño mechón caído sobre mi frente. Creo que nunca he estado más segura de algo. Te deseo Bruce… te deseo y sólo deseo que me hagas tuya –dije con voz temblorosa clavando mi mirada en sus profundos ojos negros mientras lo atraía

hacia mí para que volviera a besarme. Vayamos mejor a mi camarote –exclamó él al separarse de mí tras un nuevo beso cálido y delicado a partes iguales al tiempo que me ayudaba a levantar de aquel banco. El camino hasta el camarote de Bruce resultó largo y difícil debido a la fuerte excitación que a los dos nos invadía. Llegamos frente a la puerta y sacando él la llave del bolsillo del pantalón consiguió al fin abrir la puerta del mismo entrando ambos dentro sin dejar de besarnos y acariciarnos como locos.

Nada más cerrar la puerta aquel enorme macho me llevó hasta la pared y bajó sus manos hasta mi culo masajeándolo por encima de mi vestido al mismo tiempo que me besaba el cuello y los hombros haciéndome gemir con aquella dulce caricia. Pronto noté sobre mí aquella presencia tan deseada apretándose contra mi pubis dando fuertes golpes con su pelvis. Creí mearme de gusto al sentir aquel prometedor bulto pegarse contra mí, realmente parecía inmenso. Yo también dejé caer mis manos sobre

sus nalgas las cuales noté duras y apretadas bajo la tela del pantalón que las cubría. Nos mirábamos a los ojos devorándonos con nuestras miradas profundas y que desprendían un enorme deseo por el otro. Se acercó de nuevo a mí de forma lenta y agarrándome por la cintura me apretó aún más contra él mientras me besaba de forma apasionada. Yo metí mis manos escurridizas por debajo de su jersey notando su pecho varonil y velludo entre mis dedos. Lancé un profundo suspiro de emoción al sentir el roce de su piel tan

masculina y viril. ¡Hacía tanto rato que deseaba hacer aquello! Logré quitarle el jersey con rapidez sacándoselo por la cabeza y frente a mí apareció aquel pecho moreno, desnudo y tan masculino que me volvió completamente loca lanzándome sobre el mismo acariciándoselo con desenfreno y dándole pequeños besitos que le hicieron gemir débilmente. Recorrí con mis dedos de arriba abajo sus pectorales musculosos y su vientre liso evitando en todo momento bajar a su entrepierna para que así sufriera un

poco más.

Noté sus músculos acalorados y tensos,

sus brazos de piel suave y tersa tratando

de retenerme con decisión mientras buscaba recorrer cada centímetro de mi cuerpo con sus manos. De forma decidida, que por un momento me dejó

sin respiración, me hizo volver hasta conseguir que su pecho se apoyara sobre

mi espalda. Sentí su aliento desbocado

golpear una y otra vez sobre mi cuello y cómo un dulce calor bajaba desde mi oreja a través de mi cuello hasta

finalizar en mi hombro, despojado de

cualquier defensa, donde sus labios cayeron durante unos segundos que se hicieron interminables para mí. Vibré completamente abandonada a lo que aquel hombre quisiera hacer conmigo, disfrutando de todo aquello que tanto me estaba haciendo sentir. Sus dedos temblorosos por la pasión, tocaban con cariño infinito cada poro de mi piel mientras se restregaba sobre mí haciéndome sentir su horrible humanidad por encima de mi trasero. Estaba muy caliente, casi diría cachonda perdida, tanto que no pude evitar girar la

cabeza hacia él buscando sus besos con lujuria desmedida y sintiendo mi corazón acelerarse de forma desenfrenada. Con sencillez pasmosa me quitó el cinturón que abrazaba mi talle y me bajó la cremallera del vestido que cayó al suelo alrededor de mis pies los cuales con dos coquetos golpes de los mismos hicieron que la tela amarilla se separara lo suficiente como para no resultar molesta. Una hábil maniobra por su parte, empleando una sola mano, para aflojarme el sostén hizo que mis pechos

quedasen libres. Son preciosos –exclamó Bruce mirándolos y sin poder evitar humedecer sus labios pasándose la lengua sobre ellos. Girándome hacia él mis tetas quedaron tiesas, duras y excitadas delante de sus ojos. ¡Dios, deseaba tanto que me las acariciara y las besara! Sin dejar de achucharnos ni un segundo sentí el roce delicioso de su mano por encima de mi pecho izquierdo masajeándolo y frotándolo una y otra vez entre sus dedos; era tal su suavidad que no pude

evitar temblar bajo la caricia de su mano. Bruce abrazó con la yema de su dedo la aureola y el pezón jugando con ellos de manera dulce y delicada. Aquellos avezados dedos buscaron mi rígido pezón y comenzaron a pellizcarlo haciéndome proferir un débil gemido satisfecho. De ahí pasó al otro pecho dedicándole las mismas atenciones. Era tanto mi ardor que no dejaba de agitarme entre sus brazos frotándome contra él pérdida totalmente la razón. Chúpamelos… anda chúpamelos –le invité a hacerlo con la mejor de mis

sonrisas mientras apoyaba mi mano sobre su nuca atrayéndolo hacia mí. Mi apuesto compañero de aquella noche dobló la cabeza y abriendo la boca los lamió, besó y chupó finalmente de manera frenética para luego pasar a jugar con su lengua excitándome aún más. Atrapaba las rosadas aureolas, mordisqueando y succionando después los marrones pezones entre sus labios. Mis gemidos inundaban la habitación como muestra de lo mucho que lo estaba disfrutando. ¡Lo hacía tan bien que creí morir en brazos de aquel hombre tan

maravilloso! Pero ya era hora de ir mucho más allá. Necesitaba su cuerpo fibrado y varonil sobre mí mientras su hombría penetraba dentro de mi cuerpo haciéndome suspirar sintiendo aquella enorme polla que debía tener. No hacía más que pensar en ello, en el momento en que empezara a follarme sin compasión alguna, follándome primero de forma suave para después hacerlo con mucha mayor decisión. Este pensamiento hizo que me mojara por completo notando mis braguitas húmedas entre mis

piernas. Iba a utilizar todas mis armas de mujer para lograr volverlo loco y comérmelo allí mismo. Lo deseaba de un modo animal e instintivo, sin pensar en nada más que en disfrutar de aquel cuerpo tan masculino. Sofocada y con parte del cabello pegado a mi rostro sudoroso deseé sentir dentro de mi coñito aquella presencia inhumana que nuevamente sentía rozarse contra mi bajo vientre. Toda una serie de ideas contradictorias inundaron mi cabeza. Por una parte mi curiosidad malsana me hacía querer saber cómo debía ser

aquello tan grande y por otro lado un sentimiento de culpa me reconcomía por dentro por pensar algo así. Me besó una vez más mientras yo le apretaba la espalda con mis manos recorriendo su piel oscura hasta llegar a la cintura. Bajé hasta sus nalgas y con mis manos sobre su duro trasero le apreté aún más contra mi cuerpo. Dejándose caer, mi bello amante quedó frente a mis diminutas braguitas negras de encaje las cuales hizo descender, durante un tiempo que me pareció una eternidad, hasta mis tobillos teniéndolas

bien atrapadas entre sus dientes. Un fuerte suspiro escapó de entre mis labios deseando que siguiera con aquel sufrimiento que me estaba haciendo sentir. Sus caricias se hicieron más intensas llegando a cada rincón de mi anatomía, de los pechos a mi vientre centrándose con especial mimo en los alrededores de mi sexo lo que me produjo un fuerte escalofrío. Al fin acercó su rostro mientras yo separaba mis piernas. Bruce agarró mis muslos con sus dedos y se puso a darles suaves besitos que me hicieron vibrar una vez

más. Mi excitado coñito no hacía más que reclamar sus caricias y fue entonces cuando sus labios se apoderaron de mi pequeño botoncito haciendo que aquel simple roce provocara en mí todo un torbellino de sensaciones que me hizo alcanzar un tremendo orgasmo, chillando y aullando como loca. Sin dejarme ni respirar cambiamos de posición poniéndose ahora él de pie mientras yo permanecía arrodillada en el suelo mirándole a los ojos en actitud sumisa. Llevándome hacia él mi cabeza quedó frente a su entrepierna acercando

yo mi mano a su bragueta. Con lentitud hice caer la cremallera e introduje mi mano en ella y con habilidad conseguí que apareciera aquella hermosura tanto tiempo deseada por mí. Jamás había tenido entre mis dedos algo tan gordo y largo. Era ciertamente algo descomunal, mucho más larga y gruesa que la de Mario y que la de cualquier otro hombre que hubiera conocido. Había oído muchas veces aquello del mito del hombre negro y puedo asegurar que aquel hombre cumplía perfectamente con aquella idea. Estaba durísimo, caliente y

su palpitar se correspondía con el que yo sentía entre mis piernas. ¡Dios mío, es enorme! –apenas pude pronunciar mientras me entregaba a la dulce tarea de masajear entre mis dedos aquel pedazo de carne. Deshice el nudo que sujetaba sus pantalones y se los quité bajándolos con mis manos hasta hacerlos caer al suelo. El ajustado slip de licra recorrió el mismo camino dejándome vía libre para poder llevar a cabo mis más oscuros deseos. Con mi mano empecé a manosear aquel regalo de los dioses,

acariciándolo con cuidado y dándole pequeños mordisquillos sobre la fina piel. Bruce cogió mis cabellos, soltándolos y dejándolos caer sobre mis hombros, para luego acercarme aún más a él. Mis pequeños dedillos acariciaron su grueso instrumento haciéndole proferir un leve gemido lastimero. Lo recorrí por entero, desde la base de sus testículos hasta el oscuro glande para bajar hasta sus cargadas pelotas empezando a lamérselas y chupárselas con fruición mientras continuaba masajeando el hinchado tronco a buen

ritmo. Sin esperar más incliné la cabeza y abriendo la boca introduje aquel negro músculo en mi boca y lo empecé a chupar y mamar, recorriéndolo con mi lengua una y otra vez hasta lograr ensalivarlo por completo. Lo notaba duro y jugoso dentro de mi boquita y con gran esfuerzo lo fui empujando poco a poco notándolo al fin golpear contra mi paladar con fuerza. No podía creer aquello pero mi pequeña boquita había logrado introducir aquel enorme dardo hasta la campanilla. Con las manos

apoyadas en aquel par de columnas que eran sus muslos la saqué al fin de mi boca para no perecer ahogada. Frente a mí aquella perturbadora presencia cabeceó orgullosa apuntando hacia el techo. Jugando con aquella barra de carne la llevé nuevamente a mi boca envolviéndola con mis labios y haciendo uso de mis manos la masturbé acompañando el suave subir y bajar sobre ella. Con mis ojos fijos en los suyos mi lengua saboreó la totalidad del duro tallo humedeciéndolo sin descanso para, a continuación, meterlo y sacarlo

por enésima vez de mi boca. Apartando mi cabeza de su entrepierna me hizo levantar y cogiéndome del culo, me elevó con una fuerza que yo no sospechaba, y me sentó sobre la fría madera de la cómoda que había a un lado de la cama. Abriéndome bien las piernas se puso a lamer mi almeja empezando a darme con la punta de su lengua suaves golpes que me hicieron sollozar de placer. Lo hacía de maravilla, sin necesidad de valerse de los dedos que se hallaban muy ocupados en manosearme las tetas, el vientre o los

muslos. La empapada vulva se abrió como una flor a sus caricias, los labios ofertándose ellos solos proporcionándole el botoncito de mi endurecido clítoris a la acción de la diabólica lengüecilla. Fui yo misma quien le facilité la tarea abriéndome los labios con mis dedos y permitiéndole el acceso al mayor de mis tesoros. Me corrí varias veces jadeando como una perra y perdiendo la cuenta y el control de mis actos con cada roce que su lengua ejercía sobre mi sexo. Por fin tomó asiento en una silla cercana

haciéndome montar sobre él. Nos

besamos como al principio ofreciéndole

yo el sabor de sus jugos dándole mis

labios y mi lengua para que los

recogiera. Separándome las piernas, de

mi coño bien caliente no paraban de

rezumar jugos. Su boca abandonó la mía y sus labios tomaron contacto con mi cuello lamiéndolo y mordiéndolo hasta subir a mi orejilla susurrándome ardientes palabras al oído. Gemí una y otra vez con cada una de sus palabras dejándome llevar por sus deseos sin poner límite alguno a su pasión. Una de

sus manos se apoderó de mi coñito entrando uno, dos, tres de sus dedos en él sin consideración alguna y haciendo que se dilatara al máximo permitiendo la irrefrenable follada de sus largos dedos. Me corrí una vez más mordiendo mi labio inferior con furia desmedida para así poder aplacar mi tremendo placer. Hazme el amor… por favor, hazme el amor. No aguanto más –susurré en voz baja, cachonda perdida y necesitada de sus cálidas caricias en el interior de mi empapada almejita. ¿De veras quieres que lo haga? –me

preguntó con una ligera sonrisa maliciosa en los labios y sin dejar de mirarme a los ojos. Sí, fóllame vamos… métemela de una vez en mi coñito y destrózamelo hasta decir basta –casi grité llevándolo con mis manos hasta mis pechos. Levantándome en vilo llevó su polla a la entrada de mi chochito y apretó lentamente haciéndome notar cada centímetro de su carne que iba entrando dentro de mí. Aquella barra se introdujo en mi vagina con facilidad pasmosa y sin esfuerzo pese al mucho temor por mi

parte. Sin embargo no pude evitar dar un pequeño respingo seguido de un gemido placentero que sonó con fuerza en todo el camarote. ¡Me quema… me quema! –exclamé poniendo los ojos en blanco y tratando de hacerme al tamaño de aquel descomunal torpedo. Con un segundo golpe de riñones que me hizo elevar en el aire, quedó su polla completamente metida dentro de mí a lo cual respondí inclinándome hacia delante para que pudiera seguir chupando y mordisqueando mis pezones.

Hundió su cara en mis pechos y se quedó quieto mientras yo le apretaba la espalda y le clavaba las uñas atrayéndole cada vez más contra mí. Me dispuse a llevar yo misma el ritmo de la follada y así inicié un lento vaivén suave, rápido y suave de nuevo haciendo pequeños círculos que nos llevó a ambos hasta los más profundos límites del placer. Movía mi pelvis con movimientos circulares acompañándolos con lentos balanceos de mis caderas adelante y atrás gozando cada una de sus entradas con pequeños gemidos

lastimeros que me hacían ver las estrellas. Poco a poco fui tomando mayor velocidad cabalgándole a buen ritmo y de forma casi desenfrenada, subiendo y bajando continuamente en busca de mi placer. Bruce cogiéndome de las caderas ayudó en la follada empezando ahora él a moverse con rapidez golpeando mis entrañas de manera salvaje y a un ritmo verdaderamente demoledor. Mis gemidos iniciales fueron dando paso a fuertes gritos y aullidos que llenaron el camarote a cada segundo que pasaba de

unos gruñidos cansados recibiendo el duro tratamiento de aquel hombre que me tenía totalmente entregada. Notaba la cabeza de su polla golpear contra las paredes de mi vagina, desgarrándolas con cada uno de sus golpes haciéndome perder el mundo de vista. Grité de puro dolor sintiéndome abierta en canal por aquel animal que me follaba sin descanso una y otra vez. Pese a todo, la naturaleza sabia hizo que mis gritos de dolor se fueran convirtiendo paso a paso en gritos de placer moviéndome a su mismo compás.

Chillaba cada vez con más y más fuerza y mi amante se unía a mí gritando igualmente al tiempo que yo me masturbaba de manera desesperada con los dedos acariciándome el clítoris irritado. Estaba completamente loca, pasándomelo en grande y gozando como nunca lo había hecho hasta entonces. ¡Me corro… voy a correrme, cariño! – me avisó Bruce golpeándome con todas sus fuerzas mientras se agarraba a mis pechos apretándomelos con sus manos. Con los ojos en blanco arqueé el cuerpo echándome hacia atrás sin dejar de

apoyar mis manos en su pecho masculino y tan velludo el cual arañé haciendo brotar pequeños hilillos de sangre. Yo también estaba cercana a mi orgasmo, cercana a mi último orgasmo de aquel encuentro inolvidable en compañía de aquel hombre que tanto placer me daba. Presentía la llegada inexorable de su corrida notando sus músculos tensarse bajo mi cuerpo. No aguanto más, Ángeles… ¿puedo correrme dentro de ti? –me preguntó en un leve momento de lucidez por su parte. Sí, dámelo todo… quiero que me llenes

con tu leche todo el coñito –grité botando y botando más deprisa y con el rostro desencajado por la tensión. Estábamos llegando al clímax más absoluto y no podíamos parar. Nada podía ya pararnos más que el orgasmo tan deseado por ambos y que nos haría caer rendidos el uno en brazos del otro. Finalmente mi bello amante de aquella noche veraniega explotó dentro de mí lanzando varios trallazos que fueron a dar con fuerza contra las paredes de mi vagina. Sentí su semen ardiendo dentro de mí, quemándome las entrañas con

aquel elixir tanto tiempo deseado y que al fin ya era mío. Temblando de emoción alcancé yo mi orgasmo cayendo sobre él derrengada y sin dejar de producir sonidos guturales que escapaban de mi boca sin remedio. Envolviendo mi boca con la suya nos besamos dándonos los labios y sin dejar de acariciarnos buscando la tan necesaria relajación de nuestros cuerpos. Con los cabellos revueltos me sonrojé mínimamente cuando Bruce me acarició con exquisita suavidad la mejilla, pero esta vez no era de vergüenza sino de

lascivia contenida e indicadora de futuros encuentros que estaba bien segura que no iban a tardar en producirse. Tras la tempestad llegó al fin la calma, cayendo en la cama acurrucada entre sus brazos y dejándome acoger por él sintiéndome deseada y amada por aquel hombre sobre el que tenía apoyada mi cabeza. Por mis piernas noté correr parte de su semen como prueba palpable de nuestra pasión. Nos quedamos dormidos y ya por la mañana volvimos a las andadas dándome esta vez su polla en mi culito

el cual acogió su largo instrumento con gran sorpresa y tremendo placer por mi parte. Así estuvimos el resto de días que quedaban de crucero, buscándonos a cada momento y probando todos y cada uno de los rincones del otro. En fin, había pensado que aquellos días de descanso me darían la tranquilidad que tanto necesitaba pero lo que realmente había encontrado había sido el amor de aquel hombre maravilloso y que tanto me hacía sentir. Una vez acabado el viaje le propuse vivir juntos y así lo hicimos yéndome a vivir con él

a Barcelona dejando todo atrás y deseando disfrutar de aquello todo el tiempo que pudiera durar.

Relato VIII Mariana se mira desnuda en el espejo. Rubia, ojos azules, en los cuarenta y dos, con un cuerpo cuidado al que los dos partos han hecho madurar en belleza, los senos ni grandes ni pequeños talla 85, sin caer , con los pezones erectos, rosados. La cintura estrecha, las caderas piensa que podían ser más anchas, le dan un aspecto de ambiguo, pero así tiene la cola, pequeña y paradita, como dos medios balones, el

triángulo del sexo apenas cubierto por una pelusa. Se sabe hermosa, deseable. Pero está sola, su marido la ha dejado. Después de 24 años de matrimonio, tras casar a su hijo y a la niña, le anunció que no la quería, que se iba a vivir con otra mujer. Había preparado todos los papeles del divorcio sin decirla nada. Ha sido mujer de un solo hombre: su marido. Le ha complacido siempre, nunca le ha dicho que no a sus propuestas sexuales, desde que le entregó su virgo una semana antes de la boda. Creía que le volvía loco, en el

viaje del veinte aniversario de la boda a Grecia y Turquía, durante los siete días que hicieron turismo en aquellas lejanas tierras mediterráneas, él pidió que, como los viejos griegos y turcos (nunca supo de donde lo había sacado) quería tener relaciones anales. Una y otra vez la sodomizó, sin una queja por su parte y cuando él se dormía, se masturbaba para poder acabar. Sólo en Madrid, antes de volver a Buenos Aires la había penetrado normalmente. Recordó como le chupaba la pija hasta que se endurecía, y como le recibía en

cualquier posición, pendiente de su placer. La había dejado una tarde y nunca volvió a casa. Sabía que vivía con una muchacha de apenas 30 años, él con sus 53 debía estar en una segunda juventud. Su refugio ha sido su socia y amiga de la infancia, Silvia, que también está sola , pero hace más tiempo que ella. La ha convencido, para que se anime, en pasar una semana en un "todo incluido" de Isla Margarita, la tienda da beneficios y se lo puede permitir. A ella le gusta el calor y en Buenos Aires hace frío y

llueve. Está sola en Isla Margarita, apenas hay clientes en el hotel. Ha pasado el día disfrutando del agua templada del Caribe. Luego en la pileta, tomando daikiris, mientras leía una novela policíaca: "Los Ángeles al desnudo", había visto la película, así que no necesitaba pensar mucho. El camarero que servía las copas, la devoraba con los ojos, ella se ha soltado la parte alta del bikini para tomar el sol de espaldas, dejando ver sus senos colgantes al cambiar de página.

Está muy caliente, Se ha duchado y

puesto crema hidratante. Pero siente la vulva empapada. Se ve hermosa, desnuda frente al espejo. Se cubre con el albornoz cuando llaman

a la puerta. Es el muchacho que trae un

sándwich y un gin tonic, Ha pedido que se lo suba a la habitación cuando acabase su turno. Abre la puerta. El camarero es un ejemplar de macho fuerte, musculoso de

color ébano. No lo duda, se abre la bata

y le dice con voz ronca:

"Dame placer y tendrás una buena

propina" Se asombra cuando el joven se desnuda, atlético, con una verga enorme, erecta, poderosa, apuntando al techo. No creía que existían cosas así. No se entretiene en preliminares, se tumba en la cama, abierta de piernas para que la penetre. Cuando se llena de carne dura y el muchacho comienza a bombearla, suspira, gime y acaba chillando. Está relajada y feliz, hacía tiempo que no la cogían tantas veces seguidas, su pareja es incansable. Tumbada, mientras

le vuelve a acariciar el pene, le pregunta:

"¿Cómo te llamas? ¿ Cuántos años tenés?" "Mauricio y tengo 19 años" "Podías ser… mi hijo" "No me lo creo, es usted muy joven, debe tener treinta y muy pocos" Mariana se ríe con el candor o de la facilidad de mentira del hombre. Le besa y le musita al oído:

"Déjame dormir. Anda vete, toma 50 dólares de propina. Mañana, nos volvemos a ver".

El hombre se va, Mariana se mueve satisfecha en la cama. Piensa en Mauricio y su enorme verga incansable, toda mujer blanca ha fantaseado con el negro de pija descomunal, ella ha comprobado que existe. Sonríe haciendo planes para toda la semana.

Relato IX Había empezado a llover, no llevaba paraguas, decidí entrar en aquel bar , mientras escampaba para luego poder tomar un taxi en Bravo Murillo. Eran las cinco de la tarde y estaba prácticamente vacío. Las paredes decoradas con postes caribeños, el local limpio después del turno de comidas, sólo un hombre tomaba café junto a la ventana. En la barra apareció el dueño, era un

hombre de unos cuarenta años, con una sonrisa que dejaba ver unos dientes de marfil en su piel oscura. Un mulato de color marrón, terriblemente atractivo, con una camisa blanca y pantalón negro. Llevaba desabrochados los tres primeros botones que dejaban ver el vello ensortijado en el pecho. "¿Qué desea señorita?"- tenía ese acento tropical con tonada de canción. "Un café"- comenzó a sonar Juan Luís Guerra, mirando al camarero, no me había dado cuenta que el otro cliente había puesto música en una vieja

máquina de monedas. "Perdone mi atrevimiento, pero con lo mojada que está, quizás le vendría mejor una lechecita caliente con ron. Eso tonifica y la quita el frío." Tenía razón, el chaparrón me había calado. Y algo más importante, la blusa empapada se pegaba a mi cuerpo transparentándose. El corpiño mostraba la potencia de mis lolas en todo su esplendor. Con mis cincuenta años, sé que sigo siendo una mujer atractiva. Me cuesta mis horas de gimnasio , pero cuando tomo el sol en bikini, desafío a

las pendejas. Como buena argentina, soy una falsa rubia, y mis ojos castaños descubren el tinte de mi cabello, que llega a los hombros. Los jeans se pegaban a mis piernas, las sandalias también se habían empapado, con la lluvia de principios de verano en Madrid. Había ido a España a visitar a mi hija y a mi nieta, aprovechando un viaje de mi marido para una reunión de trabajo con sus jefes gallegos. Cambió sus billetes de ejecutiva por dos de turista y el hotel lo teníamos pagado. Vamos que no nos

había costado nada. Me trajo el ron con leche, lo bebí despacio y un calor gratificante me fue invadiendo el cuerpo. "Sigue usted empapada. Le traigo algo para secarse" Volvió en unos segundos con una toalla azul cielo, limpia, que me ofreció. Sentí una corriente eléctrica cuando nuestras manos se rozaron. Sus ojos estaban fijos en mi pecho. Me dio un subidón de libido. Era muy guapo, y tenía un lomo bárbaro. Mi muchas gracias era una invitación,

nos quedamos mirándonos un largo rato, nos lo dijimos todo sin ninguna palabra. Me había excitado terriblemente, era un hombre fuerte, hermoso, con una masculinidad que le transpiraba por los poros, y me deseaba, "Quiere que le preste un albornoz y le ponga a secar la ropa. Apenas será media hora" Tenía esa media hora, así que mi sí fue la confirmación de aceptar lo que vendría después. Me levanté para seguirle. Me llevó a un reservado, al final del

pasillo, pasadas las toilettes. Había dos mesas y ocho sillas. Yo estaba mojada, no sólo por la lluvia, también por el deseo. Me ofreció una bata y salió de la habitación. Me desnudé, y me puse el albornoz, me toqué los labios de la concha, estaban empapados. No podía entender como estaba tan caliente, deseaba coger, era una necesidad imperiosa a la que no me podía resistir. Volvió y se llevó mi ropa, allí estaba yo desnuda, con un hombre de color que no conocía , ansiando sentirle.

"He puesto su ropa junto a una estufa, en un rato estará seca." Me acerqué, pegué mi cuerpo al suyo y pasando mi brazo por su cuello, le besé. Mi lengua brujuleó en su boca, crecía la pasión, sus manos al costado de su cuerpo al comienzo del abrazo, tomaron posesión de mi espalda y mi cola apretándome. Sentí el orgullo de su miembro contra mi cuerpo. Nos separamos jadeando, como dos fieras dispuestas a devorarse. El albornoz estaba abierto, dejando ver mis pechos con sus pezones erectos y mi

concha depilada.

Le

quité la camisa, casi rompiéndola, y

mi

boca buscó su pecho de atleta. Mordí

la carne color café. Cuando mis dientes quisieron arrancar sus pezones, me separó, quedé parada ante él. Se soltó el

cinturón , tiró hacia abajo del pantalón, que cayó a los pies acompañado del calzoncillo.

La boca se me secó viendo la verga en

alto del hombre. Era la más grande que había visto, andaría por los 30 cm y con un grosor descomunal. El glande descubierto, parecía una pelota de tenis.

Me tumbé sobre una mesa que estaba en

el centro de la pequeña habitación,

levanté y abrí las piernas para que me

cogiera. Se paró entre mis muslos y

apoyó la cabeza de la enorme minga en

la entrada de la concha mojada. Los

labios de mi sexo se fueron amoldando a

aquella ciruela, y muy despacio, con un enorme cuidado comenzó a empujar.

Mi

vagina iba sintiendo como se llenaba

de

aquella deliciosa y dura carne. Mi

excitación, mi ansia , mi deseo me tenían

tan empapada que mis fluidos hacían de

lubricante del enorme ariete. Estaba

plena, nunca en toda mi vida, me había penetrado una verga de tal tamaño, mis paredes estaban al tope de su elasticidad, y empezó a moverse, sin prisas, dejando sólo dentro la cabeza y volviendo a entrar. No sé cuantas veces aquel bate deslizó por mi funda más íntima. Sólo sé que comencé a irme, como el agua de la ola rota, que se extiende en la arena. Un largo orgasmo a ritmo lento. Mis gemidos se estaban convirtiendo en un barboteo, y aceleró las embestidas. Chillé, me llevaba a una cumbre desconocida, sin dejar de irme,

la intensidad de mi placer aumentaba y me venía en rápidas descargas. Mis uñas como garfios arañaron la piel de su pecho. Le hice sangre. " ASÍ TE GUSTA, FUERTE , HASTA DENTRO"- repetía cada vez más rápido, y más profundo. Y empezó a soltar leche, era un volcán, sentía su semen en mi interior como lava incandescente, su líquido espeso hacía que se deslizase su falo con facilidad en mí. Era incansable. Cayó sobre mí, seguía empalada, sin poder moverme. Me lamió la cara, y yo

le besé con toda mi alma. No sé los minutos que transcurrieron, por fin se separó de mí, sentí un enorme vacío. Se quedó a mi lado, recostado en la mesa. La pija seguía amenazadora, apenas había perdido dureza y tamaño. Mi mano la agarró. "¿ Te importa que juegue con ella?"- pregunté mimosa. Me levanté y con la lengua fui limpiando la carne del placer, luego introduje el glande en mi boca. Con las dos manos me aferré a su tronco y empecé a masturbarle.

Me había ido un número infinito de veces y quería más. Estaba loca de lujuria.

Ahora era él el que gemía, la saliva me permitía deslizar mis manos en aquella dura piedra. Sin dejar de pajearle mi mano derecha buscó sus huevos, estaban pegados al culo, como si la enorme descarga no les hubiera afectado. Los acaricié , mientras mi pulgar masajeaba

la base de su miembro.

Sentí la corriente de su venida y la leche me fue llenando la boca, la tragué toda.

Y volví a besarle.

"Tráeme la ropa. Tengo que irme"- le pedí en un susurro. Cuando se levantó y le vi como una hermosa escultura, un Hércules , un dios del Olimpo, deseé que se parara el tiempo. Volvió con mi ropa, estaba seca, me vestí, le di un beso. Fuera ya no llovía, me acompañó a la puerta cerrada del café, no quise prolongar el adiós. "Me llamo Isabel" "Yo, Ismael" Tomé un taxi, me esperaban mi marido,

mi hija con su compañero y mi nieta. La dulce rutina de la familia. Pero la vida también te da tardes de lluvia.

Relato X Acabo de llegar a casa. Nada más entrar me he tirado sobre el sofá y cerrando los ojos he tratado de concentrarme en todo lo que me acaba de ocurrir. En mi mente guardo todavía hasta el más pequeño detalle y dudo mucho que se me pueda olvidar nunca, ya que no sé si alguna otra vez podré vivir un momento como este. Tras un largo rato echado reviviendo estas últimas horas, he decidido sentarme a escribir estas

líneas, para tratar de describiros lo que siento. Tal vez a muchos de vosotros os parezca una tontería, pero para mí, que soy una persona acostumbrada a la monotonía y a la rutina diaria ha sido una cosa totalmente nueva y sorprendente. Si a esto unís mi aspecto físico tal vez lo entendáis mejor. Tengo 43 años. Soy una persona bastante sedentaria, por lo que mi constitución es más bien blanda. Hace unos años estaba más delgado, pero últimamente me he descuidado bastante y una incipiente barriga asoma por encima de mi

cinturón, a pesar de las varias dietas que he intentado seguir. No me considero una persona especialmente fea, sino más bien una persona normal y corriente, como esas otras tantas que abundan por todas partes. Recuerdo que mi ex-mujer me decía que me encontraba bastante atractivo gracias a mis ojos, de un color marrón con tonos de verde, que decía que tenían mucha expresividad. Si hay algo que no me gusta de mi cara destacaría la nariz, que para mi gusto es demasiado grande. Pero por el resto, ya os digo, una persona normal y corriente,

ni guapa ni fea, solo uno más del montón. Como os cuento, mi vida es bastante monótona. Vivo solo en un piso pequeño, en una gran ciudad. Mi familia está a varios cientos de kilómetros, y los pocos amigos que tengo, con el tiempo se han ido yendo cada uno para su lado, por lo que nos vemos solamente una o dos veces al año. Trabajo en una oficina con un montón de gente a la que prácticamente no conozco, y que la verdad sea dicha tampoco tengo ganas de conocer. No son más que una panda

de chismosos. Pues vaya de mierda de vida la mía, pensaréis. Y eso mismo es lo que pensaba yo ayer mismo mientras buscaba las llaves del portal pensando en lo que prepararía de cenar esa noche. Vaya plan para un viernes, pensaba mientras abría la puerta con desgana, imaginándome ya comiendo una triste ensalada frente al televisor y mi desesperada lucha junto al mando intentando encontrar algún programa bueno, desistiendo ya cuando comienzan las teletiendas. Luego vendría lo de

todos los fines de semana, la peli porno y esa rápida paja, ya más por costumbre que por placer. Mientras abría la vetusta puerta de entrada al vestíbulo de la escalera vi a una mujer esperando frente a la puerta del ascensor. Era una vecina que ya había visto alguna que otra vez y que ya había atraído mi atención. Una mujer impresionante, alta, delgada, negra como el ébano, vestida con un traje multicolor que destacaba sobre su oscura piel. La saludé con un tímido "buenas tardes" al que ella no me contestó, lo cual no me

extrañó, puesto que nunca antes la había oído hablar en español, tan solo en una jerga incomprensible para mí con otra gente de color. Una vez trabajé con un chico de Nigeria que hablaba muy parecido a ella, por lo que creo que es nigeriana, pero mis conocimientos de los pueblos africanos no son tan extensos como para poder afirmarlo con seguridad. El caso es que me situé a su lado mirando fijamente a la pared, ya sabéis, esa situación tan incómoda de dos desconocidos esperando al ascensor.

Cuando finalmente llegó abrí la puerta y

la invité a pasar primero. Luego entré yo

y la puerta se cerró tras nosotros,

enrareciendo todavía más el ambiente. Una vez pulsado el botón traté de no

mirarla al mismo tiempo que ella hacía

lo mismo conmigo. De todas formas no

puede dejar de darme cuenta de lo alta que era. A pesar de que yo no soy bajo, me sacaba lo menos diez o doce centímetros, y eso que solo llevaba unas sandalias de colores en consonancia con el vestido sin apenas tacón. Cómo digo,

su piel era negra como el ébano, por lo

que cada vez que miraba al espejo veía sus ojos destacando sobre la mancha negra de su cara. Unos ojos enormes, con unas pupilas color azabache, rematados por unas largas pestañas. Su cabello, en un imposible peinado a base de trencitas caía justo hasta la altura de sus desnudos hombros, perfectamente torneados. En una fugaz mirada pude apreciar sus carnosos labios, grandes y gruesos, cubriendo una perfecta dentadura, blanca como la nieve. Finalmente, tras un trayecto que me pareció eterno, el ascensor se detuvo en

mi planta y las puertas se abrieron ante

mí. Murmuré un adiós al que ella contestó esbozando una ligera sonrisa y saliendo del ascensor me dispuse a entrar en mi piso. No debía de llevar más de media hora en el piso cuando empecé a oír los gritos. Eran dos mujeres y un hombre discutiendo en voz muy alta. No se entendía nada de lo que decían, por lo que supuse que era en el piso de la vecina que subió conmigo en el ascensor. La voz de una de las mujeres

se escuchaba claramente por encima de

las otras y por el tono de voz parecía bastante cabreada. Tras un rápido intercambio de gritos se escuchó un fuerte portazo que acalló de golpe la discusión. No habían transcurrido ni medio minuto desde el repentino silencio cuando escuché el timbre de mi puerta. Preguntándome quién podría ser a esa hora me dirigí hacia la entrada y antes de abrir la puerta eché un vistazo por la mirilla e imaginad cual sería mi sorpresa al ver a mi vecina en un estado bastante alterado. Mentiría si os negara que mi primera intención fue hacerme el

loco y no abrir la puerta y evitar de esa manera cualquier posible complicación, pero luego pensé que tal vez ella necesitara ayuda y hubiese acudido a mi sabiendo que estaba en casa. Quizás no pudiese hacer nada por ayudarla, pero manteniendo la puerta cerrada evidentemente tampoco lo estaba haciendo, así que me armé de valor y la abrí. Nada más abrir la puerta ella se lanzó a un acelerado monólogo en su lengua, gesticulando sin parar, mostrando ante mí la magnitud de su enfado del cual no

entendía nada. Intenté tranquilizarla hablándole calmadamente pero ella no cesaba de manotear al aire con sus largos y esbeltos brazos. Evidentemente trataba de decirme algo, y cuando me cogió suavemente del brazo y tiró ligeramente hacia ella comprendí que lo me pedía era que la acompañara a su piso, lo cual la verdad sea dicha, después de escuchar la fuerte discusión que se había producido no era algo que me apeteciera demasiado. Pero ahora ya poco podía hacer, así que armándome de valor la acompañé dejándome llevar por

ella escalera arriba. La puerta de su casa estaba abierta y todas las luces estaban encendidas. Tomándome de la mano y sin dejar de parlotear en su incomprensible idioma me arrastró hacia dentro, a través de un comedor de paredes desnudas en el que el único mobiliario era un viejo sofá y una desvencijada mesa. Me guió hacia el dormitorio y poco a poco empecé a comprender lo que había sucedido. Sentado en la cama estaba el que debía ser su marido, un negro alto, fornido, de piel brillante como si se acabara de

untar en aceite. Vestía unos ajustados calzoncillos tipo bóxer que destacaban claramente un enorme bulto en su entrepierna. Al otro lado de la cama, acabando de vestirse había una mujer, también de raza negra, aunque menos oscura que mi vecina, abrochándose el

sujetador. Se levantó al oírnos entrar y

se apresuró a ponerse la blusa que estaba sobre la cama.

Mi vecina cogió un pantalón que había

tirado en el suelo y se abalanzó sobre ella sin dejar de gritar en ningún momento. La otra mujer, a la que la vio

venir, en un ágil movimiento recogió los zapatos del suelo y saltando por encima de la cama se abalanzó hacia donde yo estaba, en el marco de la puerta. De un fuerte empujón me echó hacia atrás y se lanzó en una rápida carrera hacia la calle. Mi vecina no fue tan ágil y para cuando llegó hasta donde yo estaba la otra mujer ya había alcanzado la puerta de la escalera. Viendo que ya no podría alcanzarla se detuvo y se dirigió hacia el marido gritando sin parar. Menuda energía la de esta mujer, pensé. Estaba bastante claro que ella había

regresado a casa y había pillado al marido en la cama con la otra mujer. Lo que no acababa de comprender demasiado era qué pintaba yo en todo esto, el porqué había decidido bajar a buscarme a mi piso. Tal vez fuera que quería tener un testigo que pudiese afirmar que realmente había otra mujer en la habitación. O por humillar al marido. No lo sé. Ayer cuando subí a su piso no lo sabía, y hoy, mientras escribo esto continúo sin saberlo. Su incesante parloteo no cesaba nunca y aunque había bajado el tono de su voz

era un continuo alegato en contra de su marido. Él se limitaba a permanecer sentado en el borde de la cama, cabizbajo, sin decir nada mientras ella ante él le increpaba sin cesar. De repente, ella se giró y cogiéndome de la mano me atrajo hacia donde estaba ella frente a su marido. Sin soltar mi mano con la otra comenzó a desabrocharse los botones de la blusa, uno a uno con pericia. Una vez su blusa abierta guió su mano, con la mía en ella, hacia su pecho, y me invitó a introducir la mano por su escote, mientras le soltaba un golpe en

la cabeza al cabizbajo hombre. Él miró e intenté sacar la mano del pecho de su mujer, pero ella me agarró con firmeza impidiéndomelo. De todas formas él rápidamente volvió a agachar la cabeza, cosa que a ella la enfureció todavía más. Imaginaros la situación en la que me encontraba. El tío pasando de todo mientras yo le tocaba la teta a su mujer que no cesaba de alegar mientras se iba desabrochando los últimos botones de la blusa. Yo no me lo podía creer, eso no me podía estar pasando a mí, pensaba mientras ella se quitaba la blusa

quedándose en sujetador delante de mí. De un rápido movimiento se desabrochó

el

sujetador que resbaló lentamente por

su

tersa piel hasta caer al suelo. Tomó

entonces mis dos manos entre las suyas y las colocó sobre sus tetas para acto seguido restregarlas contra la palma de

mi mano.

Creo que en mi vida nunca había tenido

entre manos unos pechos tan perfectos como esos. Eran del tamaño justo, ni muy grandes ni muy pequeños, tersos y duros, desafiantes a la ley de la gravedad. Estaban coronados por un

enorme pezón muy oscuro, rodeado de una pequeña aureola un poco más clara. Mis manos, que destacaban con fuerza contra la negrura de su piel, no pudieron evitar apretar ligeramente mientras me maravillaba ante semejante prodigio de la naturaleza. Cuando ella vio que ya no necesitaba sujetarme las manos para que le sobara las tetas me las soltó y se dedicó a soltarle lo que supuse una larga retahíla de insultos mientras le daba de vez en cuando un golpe obligándole a mirar cómo le sobaba las tetas. Yo creo que pensó que él no le hacía caso y

decidió provocarlo más soltando el cinto de su pantalón de algodón, que trabándose momentáneamente en sus cintura cayó al fin al suelo en un lento movimiento. Si sobarle las tetas a esta belleza negra era lo mejor que me había pasado, contemplar el fantástico cuerpo casi desnudo superó todas mis expectativas. Ya os dije antes que me sacaba al menos diez centímetros de altura. Era delgada, de piel tersa y brillante, sin un solo gramo de grasa de más. Tal vez demasiado flaca para su altura, pero

evidentemente espectacular. Su cintura se estrechaba suavemente para volver a abrirse delicadamente hacia abajo haciendo destacar sus caderas, de las que nacían unas larguísimas y esbeltas piernas, perfectamente torneadas. Al día siguiente pude ver una foto enmarcada en la que se la veía a ella levantando un trofeo con una pista de atletismo al fondo, por lo que de ahí imagino la perfección de su cuerpo. Llevaba unas braguitas blancas con pequeños corazones rojos desplegándose por toda la tela, demasiado infantiles para

semejante mujer, que se ajustaban a su cuerpo como una segunda piel. Ella no cesaba de hablar, aunque su tono poco a poco se iba calmando, y guiaba mis manos por su piel, como si mis manos fuesen las suyas. Yo no sabía bien que hacer. Ya os dije que soy una persona bastante tímida y reservada. Seguro que otro en mi lugar se hubiera lanzado sin contemplaciones sobre ella sin importarle la presencia del marido, pero a mí me cohibía mucho. Era una situación demasiado violenta. De todas formas a él tampoco parecía

importarle mucho que sobara a su mujer. Claro, pensaba yo, ¿con qué morro va este ahora a cabrearse si lo han pillado follando con otra? Ella bajó entonces nuestras manos hasta su cintura y se giró, dándome la espalda y colocándose de frente a su marido. Si la vista frontal era espectacular, la trasera no dejaba mucho que desear. Una espalda perfecta, musculada, graciosamente curvada en la cintura. Un culo de infarto, duro como una piedra, terso, tirante. Mis nerviosos dedos que jugueteaban con la tirilla de la braga, indecisos

comenzaron a bajarlas, temiendo que en cualquier momento se rompiera el hechizo que me mantenía ahí y me echaran a patadas de la casa. Pero no ocurrió nada parecido. Bastó deslizar las bragas por debajo de sus caderas para que cayeran al suelo y ella se las acabara de quitar con un grácil movimiento de pie. Al sentirse ella desnuda frente a él se endurecieron sus palabras y le soltaba algún que otro manotazo en la cabeza para obligarle a mirarla, cosa que él hacía de mala gana, con razón, pensaba yo. ¿A quien le gusta

ver a su mujer ante él mientras es manoseada por un desconocido? A mí al menos no me gustaría. Si ella veía que él no la miraba le chillaba o le volvía a dar un manotazo. Otras veces creo que los gritos me los dirigía a mí, pidiéndome que la sobara más para que lo viera su marido. Estaba claro que quería humillarlo. Como veía que tampoco le hacía todo el caso que ella esperaba se fue arrimando poco a poco a mí, hasta pegarse totalmente a mi cuerpo, restregando su espalda contra mi pecho. Mis manos

rodeaban su cintura y acariciaba lentamente, con timidez, su bajo vientre, ahí donde se eleva suavemente en ese pequeño montículo que desciende luego hacia las ingles. Algunos pensaréis que como en todo relato erótico, tenía ya una tremenda erección y estaba a punto de reventar, pero nada más lejos de la realidad. Todavía no acababa de creerme lo que me estaba pasando y temía despertar en cualquier momento para darme cuenta de que no era más que un sueño. Pero el tiempo pasaba y no me

despertaba. Ella había guiado mis manos hacia arriba, en busca de sus pechos mientras se apretaba más contra mi. Sus duras nalgas se restregaban contra mi vientre y poco a poco iba sintiendo un calor que me invadía, me atacaba desde dentro haciéndome temblar las piernas. Él pareció entonces reaccionar algo. Levantó la cabeza, la miró y en lugar de volver a agachar la cabeza como había hecho las otras veces se quedó observando. La verdad es que como ahora le diera por cabrearse lo iba a tener yo bastante mal. Sus gestos

denotaban dureza y me hacía pensar que estar delante de este hombre enfadado podría resultar peligroso. Pero se limitó a observar. Ella, viendo como él nos miraba se restregó más fuerte contra mí mientras le soltaba otra andanada de incomprensibles frases, esta vez un poco más calmadas pero todavía cargadas de una cierta furia. Ella se giró entre mis brazos y me rodeó con los suyos, apretando sus pechos contra el mío. Sentí la dureza de sus pezones taladrando mi camisa, como dos bolas de fuego que quemaban mi piel. Mis

manos descendieron hasta sus nalgas y

se cerraron sobre ellas haciendo que

ella se arrimara todavía más a mí. Fue

entonces cuando comenzó a besarme.

Primero fueron unos ligeros besos sobre

mi frente, que fueron bajando hacia mis

mejillas, haciéndose cada vez más seguidos. Sus negros labios se deslizaron hacia mi cuello dónde se entretuvieron ligeramente, para pasar luego hacia mi pecho. A medida que sus labios descendían iba desabrochando con mucha suavidad los

botones de mi camisa. Fue un trayecto

eterno que, esta vez sí, hizo que mi pene fuera endureciéndose dentro del pantalón. Cuando alcanzó el cinturón lo desabrochó con rapidez y antes de quitarlo me arrancó la camisa. Luego, desabrochó muy lentamente, uno a uno, los botones de la bragueta del pantalón, intentando alargar al máximo el momento en el que mi polla saltara ante ella. En una rápida mirada pude ver a su marido que se había quedado sentado contemplando la escena y rogué por que no le diera ahora por lanzarse sobre nosotros. Pero no hizo nada y se quedó

ahí, mirando como ella comenzaba a bajar mi pantalón y mis calzoncillos juntos, muy lentamente, con mucha suavidad, haciendo de un acto tan sencillo un momento interminable. En un momento dado tuvo que introducir sus largos dedos entre mi vientre y el pantalón para evitar que este se quedara enganchado en mi ya totalmente erecta polla. Poco a poco los fue deslizando hasta que cayeron en un sordo movimiento hasta el suelo. Y allí estaba yo, totalmente desnudo con la polla tiesa y un pedazo de mujer que nunca me

habría imaginado ni en mis mejores sueños arrodillada ante mi. Bueno, y con un tío sentado en la cama mirándolo todo. Eso tampoco lo había imaginado, pero no podía hacer nada para evitarlo. De un rápido vistazo aprecié que a él le empezaba a interesar algo de lo que pasaba en la habitación. Bastó una mirada a sus bóxer para darme cuenta de ello. Su entrepierna se había abultado de una forma alarmante y un sonrosado trozo de carne asomaba entre el bóxer y la cintura. No puede evitar pensar en el pedazo de rabo que debía tener ese tío

para que se le saliera de esa manera, pero todo pensamiento se borró de mi cabeza en el mismo momento en el que ella agarró con delicadeza mi polla y comenzó a mover su mano en un perfecto sincronizado movimiento. Ella me masturbaba con destreza, en lentos movimientos con mucha suavidad. Alguna que otra vez todavía le dirigía algún comentario a su compañero, pero el tono de su voz había cambiado radicalmente. Seguía sin entender nada de lo que decía, pero estaba claro que lo estaba haciendo era provocarle. Y lo

hacía bien, porque en otra mirada, esta vez no tan breve, pude ver que se había bajado los bóxers y estaba sentado sobre la cama con la polla en su mano. Siempre se ha comentado sobre el tamaño de las pollas negras afirmando que son enormes. Pues bien, yo no sé si es verdad o mentira, pero lo que estaba claro es que o bien era verdad o bien este era la excepción que confirma la regla. Con semejante polla sería la delicia de cualquier productor de cine porno. Él me miró y me vio contemplando semejante pollón. Yo no

sabía hacia donde mirar, pero es que no podía apartar la vista de ahí. Él se limitó a mirarme y en el momento en el que nuestras miradas se cruzaron me sonrió guiñando un ojo. Ahí estaba yo, viviendo el más increíble momento de mi vida mientras pensaba en lo afortunado que era de que no hubiera ni un solo espejo en la habitación. No sé si lo habría soportado. Imaginad, mi cuerpo pálido y rechoncho, lleno de pelos por todas partes, de pie en la habitación mientras una escultural muchacha negra me masturba y un

atlético negro, todo músculo, con una polla enorme, se masturba sentado en la cama. Intentando apartar esos pensamientos de mi mente me limité a concentrarme en el movimiento de vaivén de la negra mano sobre mi polla. Creedme si os digo que fue una de las mejores pajas que me han hecho en la vida. Ella controlaba el ritmo en todo momento y si notaba que comenzaba a excitarme demasiado ralentizaba el movimiento de su mano, deteniéndose y acariciando el glande con un dedo humedecido en su lengua. Jugueteaba un

poco con mis testículos hasta que notaba que me había tranquilizado un poco, momento en el que aprovechaba para regresar a mi polla. Arriba, abajo, muy lentamente, como si tuviese toda su vida

para hacerme una paja, arriba, abajo

par de lentos movimientos que volvían a ponerme a punto de explotar. Otras veces no era más que el leve roce de sus dedos recorriendo mi polla desde la base hasta el capullo lo que me hacía revolverme de placer. En algún momento incluso llegar a deslizar sus

carnosos labios por mi polla,

Un

haciéndome imaginar que la metería en su boca. La simple idea de sentir la humedad de su lengua contra mi verga me llevaba hasta unos límites de placer insospechados para mí. Pero ella no tenía intención de darme ese gusto. Prefería controlarme con sus hábiles manos, llevarme hasta donde ella quisiera y tenerme a su merced haciéndome explotar solo en el momento que ella decidiera. Mis piernas estaban empezando a flaquear y a duras penas conseguía mantenerme en pie sin apoyarme en la

pared. Durante unos momentos quería explotar de una vez, soltar todo mi semen y aliviar ese dolor que me oprimía los testículos. Luego, deseaba que este momento fuese eterno, una paja eterna, toda una vida de placer sintiendo esas manos en mi polla. Pero estaba en sus manos y me daba la impresión que solo me correría en el momento que ella decidiera. Yo la miraba arrodillada frente a mi, esperando ver sus enormes ojos mirándome desde abajo. No hay cosa que me guste más que el que me miren mientras me masturban o me la

chupan. Pero ella, concentrada en mi

polla, no apartaba la vista de ella salvo contadas ocasiones que aprovechaba para mirar a su marido. Éste ahora se estaba masturbando con lentitud. Ya sé

de quien ha aprendido esta a masturbar,

pensé. Miré hacia abajo y vi que una de

las

negras manos había desaparecido de

mi

polla y se había deslizado hacia los

muslos de ella, buscando su sexo con

avidez, con ansia. No pude evitar pensar

lo curioso de la situación. A mí me

masturba con una lentitud pasmosa, a veces casi irritante, y ella busca su

propio placer con nerviosismo, con un ansia desesperada. Con la mano entre sus piernas no tardó en comenzar a gemir, pequeños jadeos que iban haciéndose más fuertes, más seguidos. Desde arriba veía sus pezones, que habían alcanzado un tamaño inimaginable para mi. De repente vi como él se levantaba y se dirigía hacia ella. Si me había sorprendido verle aquel pedazo de polla, verlo de pie, con aquel pedazo de carne apuntando en horizontal era algo increíble. Intentó acercarse a ella por

detrás, pero ella le rechazó con un grito e incorporándose de repente lo lanzó hacia atrás de un empujón. Entonces se giró hacia mi y dándome la vuelta me puso de espaldas a la cama, donde me tiró de un solo empujón. Me quedé ahí tirado, con la polla apuntando al techo viendo como ella se acercaba al borde de la cama. Hasta entonces todavía no había podido contemplar su sexo, por lo que me gustó verla en esa manera. Estaba totalmente depilada. Tan solo una fina tira de pelo subía en vertical desde la raja de su sexo durante unos pocos

centímetros. El resto, totalmente depilado. Se subió a horcajadas encima de mi y su sexo buscó el mío con ansiedad. Bastó un ligero movimiento de su cintura para que mi polla se ensartara en su coño. Estaba muy húmeda. Su coño era estrecho y apretaba con fuerza el tronco de mi pene. Apoyó las manos en mi pecho y comenzó a moverse encima de mí, ora en círculos que se cerraban cada vez más, ora de arriba abajo en una frenética cabalgada. Me montó con furia, como si no lo hubiese hecho desde hacía

mucho tiempo. Sus jadeos se habían convertido ya en una serie de pequeños gritos, que se acentuaban cada vez que mis manos buscaban sus pechos. Sus pezones quemaban mi piel, duros como dos piedras. Vi como el negro intentó acercarse de nuevo a ella por detrás, pero ella le volvió a rechazar apartándolo con sus manos. Sentía que estaba a punto de correrme y así se lo susurré a ella aun sabiendo que posiblemente no me entendiera, pero ella lo captó y aceleró sus movimientos. La agarré fuerte por las nalgas y con dos

fuertes embestidas hasta el fondo de su coño comencé a derramarme dentro de ella. Seguí moviéndome con fuerza hasta que comenzó a emitir un fuerte jadeo, casi como si se estuviera ahogando, al mismo tiempo que se movía encima de mí con una furia desbocada. El jadeo se convirtió lentamente en un suspiro al mismo tiempo que se derrumbaba contra mi, casi desmayada. Me quedé un largo rato así, intentando recobrar la respiración. Ella había caído totalmente rendida. Como otras muchas cosas de esa noche, era la primera vez

que veía a una mujer correrse con tal intensidad. Su marido se acercó a nosotros y con una pasmosa facilidad la levantó en vilo y la depositó sobre la cama. Le dio entonces la vuelta, tumbándola sobre la espalda y se colocó a su lado. Sus grandes manos comenzaron a acariciar sus tetas y rápidamente vi de reojo, tumbado a su lado, como sus pezones volvían a crecer de una forma prodigiosa. Estaba claro que el negro no iba a quedarse así. Se arrodilló al lado de la cabeza y con cierta brusquedad metió una de sus

manazas bajo ella y se la levantó acercándola a su gruesa polla. Pensé que ella le rechazaría, pero bastó un roce del glande sobre sus carnosos labios para que estos se abrieran y lo engulleran con avidez. Ella cerró los ojos y comenzó a chupársela con lentitud, pero él no estaba dispuesto a eso. Con sus manos comenzó a acelerar los movimientos de ella, con brusquedad y sin ninguna delicadeza. Habían intercambiado los papeles y ahora era él el que parecía dominar la situación. Pero a ella tampoco le disgustaba, puesto que tras

un par de movimientos vi cómo deslizaba la mano hacia su sexo, buscando con el dedo sus abultados labios. Era increíble la rapidez con la que se reponía esta mujer. No hacía ni medio minuto que había caído como muerta sobre la cama tras explotar en un intenso orgasmo y su mano ya estaba buscando de nuevo su sexo. Ojalá tuviese yo esa capacidad de recuperación, pensé yo. Me habría encantado poder seguir follándola sin parar una y otra vez, pero sabía que como mínimo tendría que

esperar un cuarto de hora para poder volver a empalmarme. Pero no estaba dispuesto a quedarme ahí cruzado de brazos viendo como se la chupaba al negro, así que me deslicé en la cama y me acomodé entre sus rodillas. La besé suavemente en los muslos, y escuché un leve gemido ahogado por la polla en su boca. Mi lengua se deslizó lentamente recorriendo la cara interna de sus muslos hacia el centro de ella. Percibía el olor de su sexo, mezclado con el olor de mi semen. Me gustó como olía esa combinación y me zambullí de lleno

entre sus piernas. Ella al notarlo las separó para dejarme hacer, cosa que hice con verdadero placer. ¿Acaso existe mayor placer que comer un buen chochito? Sentir como se abre bajo la presión de tu lengua y saborear ese aroma, lamer el clítoris notando como el cuerpo entero se sacude ante cada roce. Me apliqué de lleno en la tarea, intentando darle el máximo placer posible. Quería agradecerle de alguna manera lo que ella había hecho por mí, y la verdad es que no se me ocurría mejor manera. Creo que no lo hice mal, porque

los gritos escapaban de su boca de una forma descontrolada. La enorme polla que se tragaba entre grito no le impedía jadear y soltar alguna que otra frase incomprensible entre chupada y chupada. Yo notaba como poco a poco se iba poniendo en tensión, agitándose ante el más leve roce de mi lengua en sus labios. De repente escuché como se atragantaba, y levantando ligeramente la cabeza vi como un grueso reguero de leche salía por la comisura de su boca. Él se había corrido dentro, y ni siquiera la había avisado, aunque tampoco

parecía que a ella le importara mucho ya que se agarró con las manos a la polla y comenzó a chupar con más fuerza, intentando arrancar hasta la última gota de leche de semejante nabo. Yo aproveché entonces para acelerar el movimiento de mi lengua en su clítoris. Al igual que antes, comenzó a gritar de una forma descontrolada, agitándose sin parar y jadeando de forma precipitada hasta que sus piernas apretaron con fuerza mi cabeza para relajarse a continuación mientras se corría entre fuertes gritos. Estaba visto que siempre

se corría así.

Me incorporé y vi a su marido mirándome, me sonrió, me guiñó un ojo

y levantando su mano con el pulgar

hacia arriba se echó a su lado en la

cama. Yo me eché al otro lado de ella y no tardamos mucho tiempo en dormirnos, los dos abrazados a esa diosa de ébano. Esta mañana al despertar la primera imagen que me ha venido a la cabeza es

la de una mujer negra cabalgándome y

me ha sorprendido la claridad con la que he recordado el sueño. He abierto

los ojos y también me ha sorprendido darme cuenta de lo cambiada que parecía mi habitación. He vuelto a cerrar los ojos, tratando de recordar más detalles del sueño. Me ha llevado un rato largo darme cuenta que la habitación me ha parecido tan cambiada porque la mía es de color marrón clarito, y la que he visto al abrir los ojos era de color blanco. En el momento en que mi adormecido cerebro ha conseguido llegar a esta conclusión he vuelto a abrir los ojos esperando encontrar mi acogedora habitación. Pero

no, ahí estaba, una pared de un blanco puro. He girado un poco la cabeza y he visto un armario que no era el mío. No puede ser, pensé, que lo de la negra no haya sido un sueño. Ahora mismo debo estar todavía soñando, seguro que cierro los ojos, los vuelvo a abrir y regreso a mi habitación. Pero no, ahí continuaba la blanca pared y el desconocido armario. Lentamente me he girado hacia el otro lado hasta ver el cuerpo de mi diosa negra, tumbado junto a mi. Dormía plácidamente echada boca abajo, totalmente desnuda tal como la

dejamos por la noche…¿dejamos?

he incorporado un poco y al otro lado le he visto efectivamente a él. Pues no ha sido ningún sueño, me he dicho todavía incrédulo, mirando como él dormía boca arriba emitiendo un suave ronquido. Su polla relajada no parecía ahora tan amenazante como anoche pero aun así

Me

era impresionante ver semejante trozo de carne colgando.

Mi vista ha vuelto al cuerpo de la

hermosa negra. Ojalá mis palabras fueran capaces de describiros la escena.

Ojalá supiese pintar y pudiera reflejar

en una imagen la belleza de esta increíble mujer. Pero desgraciadamente ni sé pintar ni mis palabras creo que sean capaces de plasmar una imagen en letras. Estaba amaneciendo y la luz del naciente sol se filtraba a través de la entreabierta persiana, iluminando la espalda de ella. Su negra piel creaba cientos de reflejos y sombras que le conferían una inusitada belleza. Su espalda ascendía y descendía rítmicamente al compás de su relajada respiración. Mis ojos recorrieron toda su piel desde el largo cuello hasta sus

nalgas, la suave curvatura de su espalda, la perfección de sus hombros. Sus largas piernas entrelazadas casi se salían de la cama. Qué bello espectáculo, ver a una mujer tan hermosa durmiendo. Transmite una sensación de paz y de sosiego increíbles. No sé el rato que he estado mirándola antes de volver a caer en un profundo sueño. He vuelto a despertar y el sol ya iluminaba claramente la habitación. Ella se ha agitado a mi lado y al darme la vuelta la he visto abrazada a su marido, sus piernas entrelazadas en un intrincado

nudo. Ambos dormían plácidamente. Él estaba girado hacia ella y una de sus manos descansaba sobre su cintura y la nalga. Con el otro brazo la rodeaba por debajo de la almohada. Ella había dejado caer una mano sobre la polla de él, que lucía una poderosa erección. Sus dedos rodeaban la gruesa polla y con dificultad lograban rodearla toda a pesar de sus largos dedos. Yo me limité a permanecer mirando sin dejar de maravillarme del tamaño de aquel pene. Os aseguro que en muy pocas películas porno (y eso que he visto unas cuantas)

he visto algo así. Poco a poco se iban despertando lo cual noté en el ligero movimiento de la mano de ella, que se deslizaba arriba y abajo muy lentamente haciendo que él se agitara levemente. Al cabo de no demasiado rato ese suave roce se había convertido ya en una auténtica masturbación y aunque los dos todavía permanecían con los ojos cerrados estaba totalmente claro que ninguno dormía. Yo me limité a permanecer tumbado al lado de ella observando sin atreverme a tocarla por miedo a romper

el encanto, porque la verdad es que ver como le meneaba la polla a ese pedazo de negro me estaba poniendo enfermo. Tanto que yo mismo me estaba masturbando, muy lentamente, al igual que ella hizo la noche anterior. Entonces ella se apartó un poco de él y se tumbó sobre la espalda, abriendo bien sus estilizadas piernas. Él rápidamente se situó sobre ella y sin más preámbulos acercó la punta de su polla a la depilada rajita y de un certero movimiento de cintura se la metió, no voy a decir que toda, porque es

imposible que una polla así entre entera en el coño de una mujer normal, pero sí al menos la mitad. Bastó ese simple movimiento para arrancarle a ella un grito de placer e inmediatamente levantó sus piernas en el aire y rodeó el cuerpo de su marido con ellas en un estrecho abrazo. Me giré un poco en la cama para intentar tener un mejor plano de esa polla entrando y saliendo de ella. Como os digo, era algo impresionante y yo creo que no le metía ni la mitad de lo que tenía. Recuerdo que hasta pensé que era un desperdicio de polla, porque para

qué quieres tanta si luego no tienes donde meterla. Él empezó entonces a moverse con fuertes golpes. Cada vez que se la metía temblaba toda la cama. Desde luego la delicadeza no era para este hombre, eso estaba claro. Cada vez la follaba más y más fuerte y los gritos de ella se encadenaban uno tras otro, embestida tras embestida. La cama crujía y parecía que se fuera a desmontar, no lograba entender como era capaz de aguantar semejante ataque. Mientras ella gritaba y gemía él gruñía

como un animal, cada vez con más violencia y de vez en cuando soltaba alguna frase en su idioma. Ella se retorcía y daba manotazos en la cama mientras su cuerpo se arqueaba en fuertes espasmos que la hacían gritar cada vez de una forma más descontrolada. Los dos se corrieron al unísono de tal forma que creo que lo tuvo que escuchar todo el vecindario, tales eran los gritos que daban los dos. Yo permanecía tumbado a su lado con la polla en la mano machacándomela insistentemente, y cuando sus gritos

comenzaban a apagarse alcanzaba yo el orgasmo. Mientras me corría derramando toda mi leche sobre mi vientre gemía sin control, lo que no impidió que viera como ellos dos se giraban al mismo tiempo y viendo como salía mi leche me dedicaron una gran sonrisa. Me quedé tumbado en la cama respirando agitadamente con la polla todavía dura y pringosa de semen en mi mano mirándola a los ojos. Qué ojos más bonitos, es que no había forma de apartar la mirada de ellos. Ella le dijo

algo a él que permanecía todavía encima de ella y ambos soltaron una risita, a la que yo respondí con una gran sonrisa. No tenía ni idea de lo que habían dicho, pero creedme si os digo que en ese momento las palabras sobraban. Entonces el negro se quitó de encima de ella y la cama crujió bajo su peso. Ella, al verse libre del peso de él se giró contra mi y me abrazó. Su mano se deslizó por mi vientre pasando por encima del semen derramado sobre mi abdomen, hasta alcanzar mi mano, la que sostenía todavía la polla, y me dio un

suave apretón. Con delicadeza apartó mi mano del ahora semierecto pene y soltando mi mano me lo agarró con suavidad. Lo mantuvo entre sus dedos presionándolo ligeramente al mismo tiempo que los movía de arriba a bajo sin ninguna dificultad ya que estaba toda llena de semen. Poco a poco la polla iba cayendo, haciéndose pequeña entre sus dedos. Podría mentiros y contaros que estaba otra vez empalmado, que me corrí diez veces en una noche o cualquier cosa así, pero ya os dije que soy una persona normal con las

limitaciones de una persona normal. Acababa de correrme y sabía que tardaría un rato en alcanzar otra buena erección. Ella comenzó a besarme en el pecho, besos largos y suaves. Sus carnosos labios recorrieron cada centímetro de piel, lentamente, sin ninguna prisa. Poco a poco fueron deslizándose hacia el abdomen, hacia los calientes charcos de semen que todavía permanecían ahí. Su boca besó cada gota de leche y cada vez que ella levantaba la cabeza y me miraba veía cómo sus labios brillaban.

Muy lentamente fue bajando hacia mi pene, que ahora sí que había perdido completamente la erección y reposaba fláccido contra mi piel. Lo tomó en su mano y sus labios se deslizaron desde la base hasta la punta con dulzura. Cuando alcanzaron la punta se entreabrieron ligeramente y colocó el glande entre ellos y muy lentamente comenzó a meterse el blando trozo de carne en la boca. Su lengua era suave y frotaba con fuerza toda la superficie de mi polla mientras sus labios abrazaban con firmeza la

base. Paladeaba el sabor de mi verga como si fuese un caramelo y no hizo falta mucho para sentir como poco a poco se iba haciendo grande dentro de ella. Lo que al principio había sido un colgajo de carne se había convertido gracias a ella en una dura polla. Yo me limité a cerrar los ojos y disfrutar del momento, sintiendo un placer enorme al notar como su boca se movía con destreza a lo largo de mi pene. Unas veces me besaba la punta, echando un poco de su propia saliva con lo cual quedaba un hilillo entre mi glande y sus

labios, otras veces en un movimiento pausado se la iba metiendo dentro hasta que alcanzaba el fondo de su garganta. No es que mi polla sea muy grande, tamaño estándar imagino, pero nunca había encontrado una tía que se la metiera tanto en la boca como ella sin atragantarse ni nada. Claro, pensé, si está acostumbrada al pollón de su marido lo mío tiene que parecerle una menudencia. Su marido permanecía mirando a nuestro lado y por el ruido deduje que se estaba masturbando. Que haga lo que quiera,

pensé, pero por favor, que ella no pare de chuparla. Giré la cabeza y abrí los ojos. Efectivamente, él estaba arrodillado a mi lado con su gigantesca polla en la mano meneándosela. Lo que ocurrió a continuación es algo que todavía estoy tratando de averiguar por qué pasó. No sé por qué lo hice, fue algo instintivo que salió de lo más profundo de mi ser, algo que jamás hubiera imaginado que fuera capaz de hacer. El caso es que alargué el brazo y cogí su polla en la mano. A duras penas conseguí abrazarla entre mis dedos.

Estaba dura, muy dura, y muy caliente. Esa era la primera vez que tenía una polla que no fuera la mía entre las manos y la situación era curiosa. Curiosa y excitante. Porque en lugar de sentir repulsión como siempre había imaginado que sentiría de producirse el caso, sentí una enorme excitación que me hizo comenzar a masturbarle. Ella continuaba inclinada sobre mi polla, pero al ver mi mano agarrar la verga de su marido se había girado de tal forma que ella también podía verlo, y continuó chupando y mirando al mismo

tiempo. Mi mano se deslizaba con cierta brusquedad sobre la enorme verga mientras él se echaba hacia atrás y se arrimaba un poco más a mi para facilitarme el trabajo. Comencé a mover la mano de arriba abajo con timidez, sin estar muy seguro de lo que hacía, pero los movimientos de los labios de ella sobre mi propia polla me animaban a menear la verga en mi mano. Yo estaba alcanzando un punto de excitación como nunca antes había tenido, a excepción tal vez de mi primera relación, ni aun en mis más calientes fantasías. No podía

dejar de mover mi mano sobre aquella

enorme polla y al parecer no lo debía de hacer mal, porque él estaba soltando fuertes gruñidos y no cesaba de agitarse en la cama. De repente, de una forma bastante brusca como ya había visto que

era típico en aquel pedazo de negro, me

apartó la mano y acercándose pasó una de sus manazas bajo mi cabeza y levantándomela sin ninguna dificultad

acercó amenazante la punta de su polla a

mi boca. Adivinando lo que deseaba

intenté apartar la cabeza pero él me lo

impidió y con fuerza arrimó mi cabeza a

la tiesa verga. Qué le vamos a hacer, pensé. Si he llegado hasta aquí no me voy a echar atrás ahora, y de todas maneras no creo tenga forma de resistirme a este tío. Así que armándome de valor abrí mi boca y mis labios rodearon aquella monstruosidad. Bueno, no es tan malo como parecía, pensé mientras mis labios se cerraban y comenzaba a engullir poco a poco. Escuché como su mujer decía algo y soltaba una risa antes de volver a tragarse mi tieso pene, ya a punto de reventar. Cerré los ojos y comencé a

chupar lo mejor que pude. Era una sensación extraña, sentir ese trozo de carne, duro, suave, caliente, con vida propia dentro de mi boca. Él empujaba con fuerza intentando meterla hasta el fondo con su habitual delicadeza, mientras yo con las manos intentaba frenarle un poco sin conseguir nada. Al final la única forma que tuve de conseguirlo fue agarrar su polla con las manos y chupar solo el trozo que sobraba, que aun así era enorme. De esa forma mis manos frenaban un poco sus movimientos.

De repente me di cuenta que la mamada que me estaba haciendo ella se había convertido en algo secundario y que el centro de mi excitación se hallaba ahora en ¡una polla en mi boca! No me lo podía creer, era imposible. Esto tenía que ser un sueño aunque desde luego una pesadilla no era. Me concentré de lleno en chupar la polla como si me fuera la vida en ello mientras él empujaba y empujaba. Ella, viéndome chupar se había contagiado de mis ansias y engullía con fiereza acariciando mis pelotas con la mano,

presionándomelas con fuerza. Yo sentía como aquel pedazo de carne entraba y salía de mi boca y lo saboreaba con fruición sintiendo como una oleada de placer me invadía. Mi cuerpo se crispaba y notaba la inminencia de mi propio orgasmo, que se acercaba lentamente. Él también lo debía de notar, porque de repente noté como su pene se endurecía si cabe aun más dentro de mi boca y antes de que me diera cuenta sentí un ardiente chorro que quemaba el fondo de mi garganta haciéndome atragantar.

Intenté apartarme pero él me lo impedía agarrándome con fuerza la cabeza. El chorro parecía que no acababa nunca e inundó mi boca con rapidez hasta que no pudo más y desbordó por las comisuras de mis labios. Sentí como un gran chorro se deslizaba por mi mejilla, quemándome la piel. En el mismo momento en el que cesó el torrente él sacó la polla de mi boca y cayó sobre la cama, dejándome ahí con la boca llena de semen, que resbalaba por mis labios y mi mejilla. De repente exploté como nunca antes

recordaba haberlo hecho. Mi polla soltó un chorro de esperma dentro de su boca con tanta fuerza que ella sorprendida se apartó de repente un momento, justo el necesario para que una gruesa gota cayera sobre su cara, antes de volver a metérsela en la boca hasta el fondo. Engulló el resto de mi corrida con ganas, arrancándome el orgasmo más largo que recuerde. Quedé rendido sobre la cama, con el sabor del esperma en mi boca. Ella se incorporó y se tumbó encima de mí. Me besó en la boca y noté mi propio semen

en los labios de ella, que rápidamente se mezcló con el de mi propia boca. Entonces, nos miramos los tres y sin saber porqué estallamos al unísono en una sonora carcajada. Tras esto nos hemos levantado y hemos desayunado los tres juntos, sentados desnudos alrededor de la mesa. Es increíble lo que une un buen polvo. Allí estábamos los tres con una naturalidad increíble, sin ningún tipo de vergüenza ni pudor, sin entendernos mutuamente aunque ellos me hablaran a mí y yo les hablara a ellos. He pasado la mañana

con ellos, sin hacer nada, simplemente ahí escuchando música en una antigua radio y medio dormitando en el sofá. Luego me he dado una ducha, he recogido mis ropas que permanecían todavía tiradas en el mismo sitio donde ayer noche me las quitaron, y tras vestirme me he despedido de ellos con una sonrisa y he bajado a mi piso. Ahora, mientras escribo esto me parece mentira que hoy sea sábado y que tan solo hace 24 horas yo fuera un personaje gris, trabajando en una oficina gris y viviendo en una ciudad gris. A partir de

hoy creo que me tomaré la vida de otra manera. Vale la pena.