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Razones Para Creer

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El triunfo en las campañas electorales -con alguna
frecuencia- está reservado a los mejores artistas del
engaño, es decir, a los que más habilidad tienen para
enmascarar su pensamiento y más astucia psicológica
poseen para decir lo que el público espera y desea. Por
eso decía L. Dumur que «la política es el arte de servirse
de los hombres haciéndoles creer que se les sirve a
ellos».

En la vida espiritual es todo lo contrario. El éxito
consiste en la pureza y la humildad, porque a Dios nadie
lo puede engañar. Y el que ha llegado a conocer bien sus
miserias después de abrir su alma a Jesús y a María, le
suena a música profana todo lo que no huele a santidad.
Hay clérigos que poseen el don de la oratoria y disfrutan
mucho del auditorio que pacientemente les escucha.

Este tipo de religiosos engreídos no reservan tiempo para
la vida ascética. Se mueven de un lado para otro buscándose a
sí mismos y esperando el aplauso de los creyentes, y no digo
de los fieles, porque el fiel sabe distinguir muy bien el largo
alcance de las palabras y la falta de obras. Y esto me recuerda
lo que me decía un santo jesuita y doctor en Teología -Pedro
Sánchez Céspedes-: «Cuando un sacerdote predica lo que no
vive, con el mismo hilo que conduce las almas al cielo, puede
estar llevando la suya al infierno».

Entrado en el convento de Agustinos de Valladolid Carlos
V para oír predicar a Santo Tomás de Villanueva, le avisaron
que bajase a ponerse en el púlpito, que estaba allí su majestad.
El santo respondió: «Decid al señor que si bajo luego, no puedo

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predicar; y si he de predicar, no he de bajar luego, porque estoy
estudiando la palabra de Dios, con la que he de adoctrinar,
como ministro suyo, al pueblo». Oída esta respuesta les pareció
insolente a las personas que acompañaban al Rey. Pero la
prudencia cristiana del monarca, les corrigió diciendo: «Eso
que a vosotros os escandaliza, a mi me edifica; baje cuando
quisiere Fray Tomás, que yo aguardaré gustoso».

El hombre del que más admiro su talento, es San
Agustín. No solamente como santo y doctor de la Iglesia,
sino como pensador, filósofo y escritor. Es de notar que
ya fueron editados por la BAC 24 volúmenes manuscritos
en piel. Y lo que más increíble me parece es que sobre
la Santísima Trinidad nos dejó tres libros voluminosos.
Y hay una frase que sólo se puede comprender a la luz
del Evangelio: «El cristiano que no es apóstol es
apóstata».

Pero no hay que asustarse. Dios nunca nos pide más
de lo que nos dio. Él se conforma con las buenas obras que
cada uno puede hacer conforme a los talentos recibidos. Y
a todos los cristianos nos invita a ser luz y sal de la tierra,
porque si gratis nos ha sido dada la gracia espiritual, gratis
la tenemos que difundir en las almas que no la tienen. Y la
forma de conseguirlo es tan numerosa que cien ejemplos
serían muy pocos para demostrarlo.

El que contribuye con sus ganancias para saciar el hambre
de los pobres, el que no tiene dinero y visita a los enfermos, el
que está en una silla de ruedas haciendo oración por el bien de
su prójimo, el que vive muy ocupado en sus quehaceres y lo
hace todo con el amor y la honradez que requiere una
conciencia limpia; todo en suma, es apostolado.

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Publicado en «LA VOZ DE AVILÉS» 13-Marzo-1997

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