EUCLIDES DA CUNHA

LOS SERTONES

PROLOGO

P i d o p e r m i s o al lector hispanoamericano para presentar un libro con­ trovertido de un autor también controvertido. Setenta y tantos años de reflexiones sobre ambos, efectuadas en nuestro país, constituyen un acervo crítico considerable. Mas si, por un lado, las reflexiones aportaron importantes contribuciones para su comprensión, por otro lado suscitaron nuevos problemas. Tampoco se puede dejar de recordar que este libro tiene el don de alinear opiniones radicales, no siempre sensatas, a favor o en contra. A lo largo de estos decenios, casi siempre el comentarista ama o detesta a este libro, apasionadamente. Ese amor y ese odio pasan fácilmente del libro a su autor. Su enigmática personalidad, su vida signada por tragedias increíbles, pueden interpo­ nerse, inadvertidamente, entre el lector y la lectura. Por eso se ha caído en otra tentación, la de tratar de ignorar al autor para obtener — se pretende— una visión objetiva de la obra. Aquí el peligro estriba en que se trate de conocer bien la obra, para caer después de las nubes, cuando se entran a conocer los lances de la vida del autor. El lector puede, entonces, considerarse engañado a propósito. Por lo tanto, vamos a limpiar el área y a contar todo. Pasado el susto, y ya más acostumbrados a los enredados episodios de la vida, podremos detenernos en los comentarios a la obra. No se trata de que lo que sucedió con Euclides da Cunha haya sido tan extraordinario. En los cuadros habituales de la familia patriarcal brasi­ leña, los hechos son perfectamente comprensibles y hasta corrientes. Quizá se vuelvan chocantes al constatar cómo en un autor de postura tan científica la vida haya sido inversamente tan poco científica, y que su acción personal haya sido tan irracional. Si hubiese sido un ciudadano común, habría actuado sin desacuerdo alguno, del modo convencional que considera la defensa de la honra, de la familia y de la propiedad. Pero, siendo como era, un ciudadano célebre, una persona pública, una

gloría nacional, la repercusión fue enorme. Por eso mismo, y sin que ello significase trazar excepciones para las personas públicas y los ciudadanos célebres, se intentó y se intenta, cubrir con un púdico velo su vida priva­ da, aunque sus propios actos la hicieron pública. Finalmente, no hay nada de extraordinario en tratar de matar a una esposa adúltera y al rival. Las costumbres fuerzan al hombre traicionado a hacerlo, para mantener su integridad y su respeto. Y podrá contar con un jurado benevolente que lo absolverá, puesto que se rige por los mismos valores consuetudinarios que él. Hasta hoy las cosas son así. Y Euclides, excepcionalmente, se comportó de manera civilizada durante cierto tiem­ po, pues aceptó un hijo de otro padre entre sus propios hijos. El hecho es que había estado un año lejos de su mujer, que vivía en Río de Janeiro mientras él dirigía la Comisión de Reconocimiento del Alto Purus, en la Amazonia. Había viajado en diciembre de 1904, regre­ sando a Río en enero de 1906. De vuelta al hogar encontró a su esposa grávida. Meses después nació un niño, de nombre Mauro, que vivió ape­ nas siete días y fue reconocido legalmente por Euclides. A fines del año siguiente nació otro hijo adulterino. Y, en paz o no, vivieron todos juntos, inclusive los dos hijos mayores de la pareja, Solon y Euclides da Cunha (h ijo), durante un tiempo más. Consta que Euclides solía decir de la rubia criatura ajena entre sus hijos morenos que era una espiga de maíz en medio del cafetal. El desenlace sólo ocurrió cuando la esposa, llevándose a los hijos, aban­ donó el hogar y fue a vivir a la casa de Dilermando de Assis, el otro hombre de su vida. El 15 de agosto de 1909, Euclides entra en esa casa, armado, y empieza a disparar. Dilermando y su hermano Dinorah se adelantan para enfrentar a Euclides, mientras doña Saninha y los niños se refugiaban en una habitación de los fondos. Los dos hermanos eran militares, Dilermando cadete del Ejército y Dinorah aspirante de Marina. Euclides baleó a Dinorah en la espina dorsal, a consecuencia de lo cual quedó inválido, viendo su carrera interrumpida y suicidándose años des­ pués. Pero Dilermando tiró certeramente, matando a Euclides. Más tarde, después de juzgado y absuelto como autor de la muerte en legítima de­ fensa, Dilermando de Assis se casó con doña Saninha y tuvieron otros hijos. Parece que su carrera se vio dificultada, pues siempre se lo envió a destinos lejanos y fue postergado en las promociones. Lo cierto es que en todo momento y durante su vida entera, se vio obligado a defenderse públicamente de las calumnias que continuamente le inferían, habiendo llegado, incluso, a escribir libros para justificarse. Ahora bien, este fue todo un affaire entre militares, ya que Euclides era teniente retirado del Ejército y su esposa era hija de un general. Los poderes constituidos y la opinión pública deseaban con tal ardor la sangre del homicida que la menor duda sobre su inocencia hubiera afec­ tado el veredicto. Si en esas condiciones altamente desfavorables no fue

posible declarar a Dilermando culpable, es porque realmente no se encon­ tró fundamentación legal. Euclides fue velado en la Academia Brasileña de Letras y enterrado con todas las honras públicas. La nación se puso luto. Pocos años después volvería a producirse la misma situación de enfren­ tamiento. El segundo hijo de Euclides, que tenía su mismo nombre y también se encaminaba a la carrera de las armas, pues era aspirante de Marina, probablemente había sido criado para convertirse en el vengador del padre y de la honra, de la familia y de la propiedad. En 1916, dentro del Forum de Río de Janeiro, agrede al mismo Dilermando de Assis. Este, que más tarde sería campeón nacional de tiro al blanco, nuevamente es alcanzado por varios disparos y con un tiro certero mata a Euclides da Cunha, hijo. Nuevo proceso y nueva absolución por legítima defensa. Varias décadas después, Dilermando le confiaba al escritor Francisco de Assis Barbosa que tenía en el cuerpo cuatro balas que no se habían podido extraer, dos del padre y dos del hijo Ese lado, digamos oscuro, de la vida de Euclides no debe oscurecer su actividad personal de hombre público. Era hombre público porque era periodista, era hombre público porque participó de la agitación que preparaba la caída del Imperio, era hombre público porque era militar, era hombre público porque era escritor, era hombre público porque era ingeniero. Hay que pensar cómo era el Brasil en el último cuarto de siglo pasado, un país colonial que empezaba a sentir el impacto de la Revolución Industrial. La máquina, el ferrocarril, la carretera, el sanea­ miento, la navegación fluvial, el proceso de industrialización en el campo y la ciudad, fueron temas a los que Euclides dedicó su pluma y su acción personal como ingeniero. Y no sólo él, hubo una generación o mejor dos, a las cuales la profesión de la ingeniería les parecía una de las más importantes para quien deseaba ponerse al servicio de la nación. El mismo Euclides fue profesionalmente ingeniero, el resto eran actividades paralelas que le permitían equilibrar el presupuesto; e ingeniero-funcio­ nario público, como es tradicional en un país donde la capa letrada siem­ pre mamó y hasta hoy mama en las gordas tetas del Estado. En este aspecto, habían empezado a surgir las escuelas de ingeniería que eran (al revés de lo que pasa ahora), focos de modernidad. Las viejas Facultades de Derecho y de Medicina, donde los hijos de la clase dominante se convertían en abogados y médicos, trampolín para la carrera política, eran sucedidas por las escuelas técnicas. En la capital del país, Río de Janeiro, había dos, la Politécnica o Escuela Central, y la Escuela Militar. Aunque había ingresado a la primera, Euclides hizo su curso en la segunda, que es gratuita e integra la carrera militar, por lo que era frecuentada por los miembros sin fortuna de esa misma clase dominante.
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1 Autores varios, Reportagens que Abalaram o Brasil, 1973, Río, Ediciones Bloch,

Allí ocurre el incidente con el cual, por primera vez, Euclides llama la atención pública, cuando, en señal de protesta contra la monarquía, arroja al suelo su sable en el momento en que el Ministro de Guerra visitaba la Escuela Militar. Abandona los estudios y sólo los retoma después de la proclamación de la República, y acaba por egresar como oficial-ingenieromilitar de la Escuela Superior de Guerra. En tal calidad presta algunos servicios, para su formación, en el Ferro­ carril Central del Brasil, en las fortificaciones de los Muelles Nacionales en Río y en la Dirección de Obras Militares del Estado de Minas Gerais. Desde su graduación en 1891 hasta 1896 en que se retira como Te­ niente Primero, pasa cinco años de ingeniería militar. En adelante será ingeniero civil, pero continuará como funcionario público. En esta fun­ ción que ejercerá en varios lugares, la obra que quedó para la posteridad es el puente sobre el río Pardo, en Sao José do Rio Pardo, en el estado de Sao Paulo. Ya famoso, después de la publicación de Os Sertóes, y miembro de la Academia Brasileña de Letras, poco antes de morir, se presenta al concurso por la cátedra de Lógica del Colegio Pedro II, en Río. Situado en un segundo lugar, después de algunos vaivenes, es nom­ brado para el cargo, aunque el primer lugar lo había obtenido Farias Brito, quizá el filósofo brasileño más importante. En su formación académica habían predominado las tendencias que marcan a la Escuela Militar en esa época y que, aunque en ella se centralizan, se muestran también en otros sectores de la vida letrada brasileña. Las dos grandes causas de la época son la abolición de la escla­ vitud y la implantación de la República. La ciencia, las matemáticas, el positivismo, el determinismo, el evolucionismo son privilegiados; Comte, Darwin y Spencer son los nombres clave. Nunca sobra recordar que el lema de la bandera brasileña en la República pacíficamente procla­ mada por los militares en 1889 (un año después de la abolición de la esclavitud), es Orden y Progreso, directamente copiada de las lecciones de Augusto Comte. En este sentido, la formación de Euclides no difiere de la formación de sus contemporáneos. O, para mayor precisión, no difiere de la forma­ ción del pequeño sector ilustrado que era parte de la clase dominante y por así decir, su vanguardia intelectual. Las dos grandes causas de la época, el abolicionismo y el republicanis­ mo, muestran al Brasil un poco descolocado en el contexto de naciones latinoamericanas. Cuando la mayoría de las colonias "al sur del río Grande” adquiere su independencia de las naciones europeas en los ini­ cios del siglo xix, el movimiento general hace que se transformen simul­ táneamente en repúblicas de hombres libres. En el Brasil, la indepen­ dencia que se consigue en 1822, es sólo un trasplante de la metrópoli a la colonia. Cuidadosamente preparado desde que Don Joáo VI, el rey por­ tugués, había venido al Brasil en 1808, huyendo de las tropas de Napo­

león, ese trasplante, en verdad, fue una elección que hizo la corona por­ tuguesa: entre una metrópoli pobre y una colonia rica, prefirió a esta última 1. Así, es el hijo heredero del rey portugués quien proclama la independencia, y la colonia pasa a ser una nación independiente, conti­ nuando esclavócrata y monárquica, teniendo como rey un portugués, igual­ mente heredero del trono de Portugal. Sólo mucho después serían libe­ rados los esclavos, en 1888, y un año más tarde, en 1889, se adoptaría la forma republicana de gobierno. En ese mismo descompás con relación al contexto latinoamericano deben buscarse las razones por las cuales el Brasil siguió siendo un país de inmenso territorio y no se dividió en varias naciones menores. Con un solo rey a su frente, y un rey que recibía a la colonia intacta y la conservaba intacta independiente, la centralización estaba garanti­ zada; aún más, esta centralización se había hecho a sangre y fuego en la época colonial y después tuvo que ser, como ocurrió en varias oca­ siones, preservada también a sangre y fuego. Antes de la independencia de 1882, varios movimientos habían aspirado a liberarse del dominio portugués. Y, como regla, eran republicanos y localistas. Si independen­ cia al mismo tiempo significaba república, por otro lado no significaba gran nación. Eran siempre pedazos del país que estaban en el horizonte de esos movimientos para ser sustraídos a la condición colonial. Ni es preciso decir que todos fueron duramente reprimidos. Los ideales de la Revolución Francesa y de la guerra de independencia norteamericana habían alimentado los anhelos de liberación en toda Amé­ rica Latina. Las palabras de orden provenían del léxico de esos dos eventos. Por eso, no debe admirar, aunque no tenga ningún fundamento histórico, y se encuentra notablemente desfasado en cuanto a los avances socioeconómicos y políticos, que Euclides da Cunha (y no sólo él en el Brasil) trate de asimilar la proclamación de la República a la Revolu­ ción Francesa. En sus poemas juveniles figuran cuatro sonetos dedicados a los líderes de la Revolución Francesa, titulados Dantón, Marat, Robespierre y Saint-Just. De tal manera, cualquier cosa que pareciese amena­ zar remotamente la consolidación del nuevo régimen republicano era tildada en seguida de reaccionaria y restauradora. Así les parecía a los contemporáneos cualquier perturbación del orden. Fue necesario que pasasen varias décadas antes de que se dejase de aplicar el mote de mo­ nárquico al mínimo signo de descontento. Toda la obra de Euclides da Cunha está profundamente comprome­ tida con ese encuadre de ideales. Además de Os Sertóes, donde analizó una rebelión rural, trató temas variados de política nacional e internacio­ nal, cuestiones sociales, literatura, geografía y geopolítica, proyectos eco­ nómicos. Esos temas fueron objeto de artículos y después se reunieron
1 María Odila Silva Dias, “A internalizado da metrópole”, en 1822 - Dimensóes, org. por Carlos Guilherme Mota, 1972, Sao Paulo, Ed. Perspectiva.

en libros. Dos de esas colecciones fueron publicadas aún en vida del autor, en 1907, con los títulos de Contrastes e Confrontos y Perú versus Bolivia. Pero escribió muchos otros, sea de periodismo militante, sea informes oficiales, discursos públicos y conferencias, que fueron reco­ gidos en la edición de la Obra Completa que la compañía José Aguilar Editora publicó en Río, en 1966. Aunque no era Euclides un debutante en el periodismo, pues antes había escrito no sólo en periódicos escolares sino también en los diarios más renombrados de Río y de Sao Paulo1, fue en 1897 que publicó dos artículos que se vinculan con el libro que lo haría célebre. Con el título de "A nossa Vendéia”, ambos aparecieron con el intervalo de algunos meses, en el diario O Estado de Sao Paulo. En esos artículos, por primera vez, Euclides examina los sucesos que se están produciendo desde hace algún tiempo allá lejos, en el sertón de Bahía. El primer artículo, evidentemente, fue provocado por la flagrante derrota de la tercera expedición militar enviada contra la aldea de Canudos. El 3 de marzo de 1897, el comandante de la expedición, coronel Moreira César, es herido en combate, muere, y las tropas se baten en retirada. El artículo, publicado diez días después, sorprendentemente, casi no se refiere al aspecto guerrero del episodio, haciendo más bien un análisis del medio geográfico. Se detiene en las características del suelo, en el sistema de vientos, en el clima, en la vegetación, construye una teoría sobre la sequía endémica de esa región, examina la hidrografía, destaca el relie­ ve y la topografía. Parece que estos factores habían sido muy importantes en las tomas de decisión en la guerra y en las dificultades que las fuerzas armadas oficiales encontraron. Sólo al final alude a los hombres que viven en ese medio, para considerarlos frutos obvios de él, trazando una rápida analogía entre esa revuelta y la de los campesinos de la Vendée. En ese artículo está el embrión de Os Sertoes. Se advierte la preocu­ pación por estudiar cuidadosa y "científicamente” el medio ambiente, de establecer la determinación del medio ambiente sobre el hombre y sus acciones, de enfrentar el enigma de la formación étnica de esos hombres. El paralelo con la Vendée se debe a que, considerando la instauración de la República en el Brasil en pie de igualdad con la Re­ volución Francesa en Francia, un movimiento insurreccional en el sertón sólo puede ser contrarrevolucionario. La Revolución Francesa tuvo su po­ tencial innovador desafiado, dentro del mismo territorio de la nación, por los campesinos de la provincia de la Vendée, que en 1793 se levan­ taron en armas exigiendo la restauración del Anden Régime con rey y todo. Lo que sucedía ahora en el Brasil, aunque un siglo después, debía ser la misma cosa. Un grupo de gente desconocida, perdida en el seno
1 Buena investigación hecha por Olimpio de Souza Andrade, que figura en la citada Obra Completa de Aguilar. Ver también, del mismo autor, Historia e Interpretagáo de "Os Sertoes”, 1966, Sao Paulo, Ed. EDART, 3^ ed.

del sertón, estaba enfrentando y derrotando a las fuerzas del Ejército Nacional, movida por razones ignoradas. No podía dejar de ser un peli­ groso intento de restauración monárquica contra el régimen republicano nuevo (ni siquiera diez años de existencia) que, a su vez, encarnaba los ideales revolucionarios franceses de 1789. Por eso, Canudos era "A nossa Vendéia”. Dígase por anticipado que Euclides superó esa propo­ sición y que cuando escribió Os Sertóes ya no creía en ella. Convocada la cuarta y poderosa expedición a comienzos de abril, no por eso su curso caminó más de prisa. Dificultades de toda índole com­ plican la victoria que parece a la vista, dado el volumen de los medios movilizados para conquistarla. Y entonces, a mediados de julio, Euclides publica su segundo artículo bajo el mismo título. Vuelve a insistir en las ásperas condiciones de la naturaleza y del adversario que los soldados deben enfrentar. Esta vez se detiene en la acción militar, tejiendo al­ gunos comentarios, todos favorables y justificatorios, sobre las razones que hacían demorar el desenlace de la campaña. Aquí aparece otro rasgo de Os Sertóes donde estará presente un minucioso análisis de cada paso del Ejército en guerra, los aciertos y equivocaciones, las posibles alternativas, las responsabilidades asumidas o no. En fin, una postura de estratega del Ejército. En Os Sertóes, Euclides, aunque deplora la suerte de los insurrec­ tos y la crueldad con que fueron tratados, al mismo tiempo, como si no hubiese ninguna contradicción en eso, señala la estrategia que habría vuelto más eficiente la acción del ejército. Pero el tiempo de revisión todavía no había llegado; en este segundo artículo de "A nossa Vendéia”, el sertanejo aún es una incógnita a la cual se le aplica un reconfortante estereotipo — es "el enemigo”— y el soldado brasileño aún es el héroe. La publicación de esos dos artículos debe de haber influido para que se produjera en el destino de Euclides un cambio importante. Pues esa campaña, en la cual a esta altura convergían tropas del país entero bajo el mando de tres generales, no se decidía. Esperábase de ella que fuese fulminante, ya que no había posibilidad alguna de comparación entre las fuerzas en choque. De un lado estaba el Ejército, equipado con el más moderno armamento, incluyendo armas de repetición y cañones, coman­ dado por una oficialidad de carrera ya veterana de otras represiones, dotado del entusiasmo guerrero de quien va a defender una causa justa, ardiente de animación republicana. Además, muchas de las fuerzas que operaban en esta guerra ya habían tomado parte en otras campañas pacificadoras, pues lo que no faltaba en esa época eran rebeliones y levantamientos internos. Del otro lado había unos pobres diablos analfa­ betos, que disponían de armas muy primitivas, cuchillos, hoces, fusiles obsoletos que funcionaban con pólvora improvisada y balas de piedra. El volumen de la campaña era respetable; y, debido a su interminable arrastrarse, el mismo Ministro de Guerra terminó por dejar su oficina en Río de Janeiro, por entonces capital del país, para mudarse al sertón,

instalando su cuartel general en Monte Santo, cerca de Canudos. En su comitiva va Euclides da Cunha, oficialmente agregado al Estado Ma­ yor. Iba en una posición privilegiada, ya que, si su misión era sólo hacer reportajes para el diario O Estado de Sao Paulo, tenía una situación mejor que la mayoría de sus colegas. Para ser considerado un repórter, Euclides acumulaba calificaciones. Ya había escrito extensamente en varios diarios y desde hacía varios años; era autor de dos artículos que trataban precisa­ mente sobre esa guerra; y, calificación no menos valiosa que las otras, era militar. ¿Por qué ese súbito interés de la prensa por esa lejana rebelión? Pocos temas — y casi siempre fueron temas relacionados con la seguridad na­ cional— habían obtenido de la prensa brasileña tal unanimidad de opi­ nión y de exploración. En 1897, y especialmente a partir de la derrota de la Expedición Moreira César en marzo, es imposible abrir un diario brasileño sin que ese tema ocupe sus más importantes espacios. Aquello que anteriormente era noticia esparcida se vuelve sección fija, con título propio y en la primera página. E impregna todas las categorías en que se dividen las notas del diario. La Guerra de Canudos invade el edito­ rial, la crónica, el reportaje, el anuncio y hasta el humor. Como fuerte vehículo de manipulación, antes de la era de la comunicación electrónica, el diario, al servicio de corrientes políticas a quienes interesaba crear pánico y concentrar las opiniones alrededor de un solo enemigo, prestó servicios inestimables. Como no era una invasión, no se podía contar con un enemigo externo; estaba aquí, bien a mano, y tan marginado que ni siquiera podría protestar contra el papel que le atribuían, de un enemigo interno. La función de la prensa fue ser portavoz de las refe­ ridas corrientes, lanzando un grito de alerta y de convocatoria del cuerpo nacional amenazado por la subversión interna. No fue la primera ni será la última vez que la prensa se presta a eso; basta abrir el ejemplar de hoy. Mas ciertamente, en el caso del Brasil, fue de un pionerismo, extraordinario. Y cuando ese pionerismo sirve más para avergonzar que para honrar, la eficacia del vehículo, como sucedió en tal momento, es enorme. Los diarios de la época son pólvora pura. Cuando llegó a Río y a Sao Paulo la noticia de la derrota de la Expedición Moreira César, la agitación de la calle — que, claro está, no es espontánea, tiene sus líderes que la conducen hacia objetivos específicos— ¿contra quién se dirigió? ¿Se invadió el palacio de la presidencia de la República, se arrojaron bombas en embajadas, se atacaron cuarteles, se agredió la ban­ cada bahiana en el Congreso? No: se empastelaron cuatro diarios monár­ quicos, tres en Río y uno en Sao Paulo. El saldo de muertos ese día registra sólo uno, un periodista llamado Gentil de Castro, abiertamente filiado a grupos monárquicos, abatido en un atentado en una plaza en la capital del país.

Cuando la nación atravesaba una época de gran inestabilidad econó­ mica y política, la conocida táctica de atribuir la culpa a un enemigo que es enemigo de todos fue utilizada con felicidad. Recordemos a los judíos en la Alemania de Hitler. El fantasma de la época era la monar­ quía. Pero los monárquicos eran pocos y demasiado conocidos; se trataba de algunos figurones del Imperio que aún sobrevivían, pues la mayoría de ellos se había adherido al nuevo régimen. La joven República que a esta altura no había cumplido su primera década, ya había tenido que enfrentar dos guerras civiles, la Revolución Federalista, que había mantenido al extremo sur en pie de guerra durante algunos años, y la Revuelta de la Armada. Y aunque fueron rebeliones confusas y no se sabe muy bien qué pretendían — probablemente, esto sólo se sabe con certeza cuando ganan y no cuando abortan— fueron inmediatamente calificadas de monárquicas. Pero, en ambos casos, se trata de revueltas institucionales, la primera con jefes políticos conocidos y la segunda abar­ cando una parte de la Marina. En el caso de Canudos hubo una feliz coincidencia. De hecho, aquel conglomerado de gente perdida en los confines del sertón sólo tenía, cuando la tenía, una vaga idea sobre lo que significaba vivir bajo un régimen republicano y ya no bajo un régimen monárquico. Se sabe, por ejemplo, que Antonio Conselheiro encontraba inmoral que los republi­ canos hubiesen expulsado del Brasil a la familia real, en la cual figuraba la Princesa Isabel que había firmado la ley de liberación de los esclavos. Muchos de éstos se contaban entre los seguidores de Antonio Conselheiro. Otra restricción que hacía era la institución del casamiento civil, que le quitaba al matrimonio su carácter de sacramento y lo transformaba en un contrato como cualquier otro. Estas dos objeciones se encuentran documentadas en un manuscrito atribuido a Antonio Conselheiro, que reúne sermones y prédicas, recientemente publicado 1. Lo que bastaba para que el poblado de Canudos fuese transformado en foco de una cons­ piración restauradora con ramificaciones nacionales e internacionales. Una vasta red monárquica, con sede en París, Nueva York, Londres y Buenos Aires, munida de recursos financieros infinitos, enviando conti­ nuamente armamento modernísimo a través de sus eficientes canales secretos, providenciando especialistas extranjeros que venían a entrenar a los rebeldes, se ponía en movimiento para tomar el poder en el Brasilz. De todo ese movimiento, Canudos era apenas el foco provocador, abier­ tamente insurgente, que aglutinaría al Ejército mientras el resto del país quedaría desguarnecido y sería presa fácil de las fuerzas conspiradoras.
1 Ataliba Nogueira, Antonio Conselheiro y Canudos, 1974, Sao Paulo, Comp. Editora Nacional. 2 Ver, por ejemplo, en los números del 2 de agosto de 1897 y del 7 de agosto de 1897, del diario carioca Folha da Tarde, los telegramas enviados por los corres­ ponsales en el Exterior.

En su primer artículo de la dupla "A nossa Vendéia”. en nombre de qué luchaba. sinónimos de habitante del interior. el subrayado desaparece. Tal vocabulario no es privilegio de los periodistas. en su irresponsabilidad. Ya en el segundo artículo utiliza el vocablo que estaba en boga en los periódicos para desig­ narlo: jagungo. de él se sirven políticos destacados. pero las analogías que le acuden son todas racistas. Nadie sabía quién era. 1 Con dos ediciones: Canudos . qué lo hacía apegarse con tanta furia a ese desierto de piedra y cactos tan alejado del alcance de cualquier camino. O bien el Ejército brasileño enfrentando a los sertane­ jos se compara a los romanos enfrentando a los bárbaros. jefes militares. hombres públicos dedicados a la defensa del liberalismo. qué pretendía. Con seguridad no era brasileño.El único problema es que nada de eso existía ni Antonio Conselheiro estaba informado. por qué resistía. Seguramente no lo hace a propósito. organizada por Simoes dos Reis. En ese segundo artículo. A la acusación de monárquico vino a sumarse otro elemento formador de la feliz coincidencia: el desconocido rostro del enemigo. y Canudos e Inéditos. conjunto que más tarde reúne en libro bajo el título de Diario de urna Expedigüo *. Río. Más tarde. en una conferencia pronunciada en la capital de Bahía y que fue publicada en quince partes por el diario O Comércio de Sao Paulo (ediciones del 9 de junio al 7 ele julio de 1897). José Olympio Editora. Editora Melhoramentos. 1939. Tanto más fácil para proyectar en él lo que se quisiese. S. Euclides lo llama sertanejo y tobaréu. hasta otra raza. que no era un ciudadano. qué lo motivaba. que no era indio. por ejem­ plo. de horror. mons­ truos. La concepción subyacente es de un embate entre civilización y salvajismo. como Rui Barbosa.Diario de urna Expedigáo. se encargaban de divulgar toda especie de repre­ sentación en que los sertanejos aparecían con epítetos de animales. 1967. tanto como en los reportajes que hace como enviado especial de O Estado de Sao Paulo. que no era un esclavo negro. o bien a europeos modernos enfrentando negros en el Africa. . otro pueblo. que no era un militar en rebelión. Debe de haberse producido un alivio general cuando se pudo nombrar al enemigo. cualquier cosa que los despojase de su obstinada humanidad. seres imaginarios. Era otra gente. organizada por Olimpio de Souza Andrade. la designación está incorporada a la norma del discurso. califica a los canudenses de "horda de mentecatos y galeotes” y los considera un caso de policía. de repulsa. la palabra aparece subrayada denotando su extrañeza. entre raza superior y raza inferior. Paulo. en Os Sertóes. toda especie de miedo. Este último. Las comparaciones históricas que Euclides hace en aquel segundo artículo no son de las más lisonjeras para el enemigo. Tenga en consideración el lector que él no era un ex político del Imperio ni su hijo o primo. Los diarios de la época.

corre mucha agua. no es muy diferente de lo que ocurrió a los demás periodistas. significa guardaespaldas a sueldo. por su importancia emblemática. dos mochilas colgadas de los hom­ bros y llevadas debajo de los brazos. . La palabra jagungo se debe a un traslado por metonimia.El término jagungo. Pernambuco. cangaceiro es el que vive debajo del cangago. que terminaría el 5 de octubre. habiendo presenciado. mientras cangaceiro es más corriente en los estados del nordeste. ver José Calasans. en Revista Caravelle. En cuanto al origen de estos términos. pistola y rifle. Cerca de dos tercios de los reportajes relatan el viaje para llegar allá. el conocido sombrero de cuero con sus adornos. De inmediato se advierte que los periodistas se dirigían a Canudos sabiendo de antemano lo que iban a informar. Por eso. instrumento de trabajo obligatorio para el habitan­ te pobre de las zonas pecuarias extensivas que componen el sertón 1. Alagoas. Como se ve. bandidos. Rio Grande do Norte y Ceará. Toulouse. hombre violento que anda armado sin ser parte del aparato del estado o de las fuerzas armadas regulares. se percibe cuán poco asistió Euclides a la guerra. como se tituló el conjunto de repor­ tajes que Euclides escribió como enviado especial del O Estado de Sao Paulo. Sólo que jagungo es más usado en los sertones del norte de Minas Gerais y de Bahía. siendo cangago el conjunto típico de armas que usa — dos cartucheras cruzados al pecho. Colección de los Cahiers du Monde Hispanique et Luso-Brésilien editados por la Universidad de Toulouse. el lector no sabe con qué tipo de fuente está luchan­ do. Paraíba. Una de las dificultades de la lectura de Os Sertóes reside exactamente en eso: dada la elección del foco narrativo. jagungo se usó y se usa hasta hoy para designar bandido. Euclides envió su primer repor­ taje de los vivaques que constituían el cerco de Canudos fechado el 12 de setiembre. en consecuencia. y apenas el tercio restante es narrado por testimonio ocular. N 9 15. “Os jagungos de Canudos”. Llamar a los canudenses jagungos era lo mismo que llamarlos. puñal. De ahí hasta la ampliación e utilización que el término tuvo y tiene. La trayectoria que el pensamiento de Euclides recorrió en relación con lo que pensaba sobre esa guerra es pasible de ser acompañada en las sucesivas páginas de ese Diario. El cotejo entre los reportajes mues­ tra algunas constantes reveladoras. 1970. la denominación de jagungo referíase a la especificidad del enemigo por un lado y por el otro se usaba con todas sus connotaciones peyorativas. No se debe olvidar. a todos e indiscrimina­ damente. Usado alternada­ mente con el de cangaceiro. Los primeros materiales enviados son siempre una serie de 1 Para un estudio del origen de la palabra jagungo y de sus usos. quede aquí la información. menos de un mes de la guerra. pues es el mismo nombre de la vara con punta de hierro que se usa para conducir ganado. desde entonces incorporado a las letras patrias sin subrayado. como Sergipe. Además. tiene un campo semántico fluctuante. De cualquier manera. En el Diario de urna Expedigáo.

Jornal do Comercio. y en algunos casos el periodista era también un combatiente. Y casi todos empiezan a escandalizarse con las prácticas que pre­ sencian. el período decisivo y final de la campaña. animalescos. la cobertura que hace es bruscamente interrumpida y él se retira a Río de Janeiro después de enviar un último reportaje fechado el 24 de julio. publicaron reportajes en serie los siguientes diarios: Gazeta de Noticias. cuenta la mala localización del campamento responsabilizándola por el hecho de que los combatientes sean alcanzados y muertos dentro de las tiendas. A Noticia. eficientes. Euclides tiene una postura peculiar que se podría definir como altanera. sirven a intereses reaccionarios e ideologías exóticas. Los rebeldes son monárquicos. Emplea menos fórmulas que los demás. están todos contrariados y a disgusto. del coronel Favila Nunes. no son brasileños. del teniente coronel Siqueira de Menezes (con el seudónimo de Hoche). traicioneros. Así. el mejor reportaje es el de Manuel Benício para el Jornal do Comercio. Mas a cierta altura de los reportajes se advierte que la observación comienza a hacer peligrar las fórmulas. así como el desper­ tar del conflicto de conciencia. civilizados. O País. del capitán Manuel Benício. perversos. sublimes en su entrega a la causa republicana. Todos los grandes diarios brasileños mandaron enviados especiales al escenario de la guerra. baja a minucias como el precio de la comida y del jabón para lavar la ropa. del mismo modo que en los reportajes de los demás. urge salvarla a cualquier precio. titulado O Rei dos Jagunqos. Este libro sale en 1899. disciplinados. Aún no estaba de moda hablar de un baño de san­ gre y el genocidio aún no era calificado como una estrategia moderna. naturalmente. Diario de No­ ticias y Jornal de Noticias de Bahía. bandidos. del mayor Manuel de Figueiredo. Los soldados son patrióticos. tres años antes que Os Sertdes. República. heroi­ cos. por lo tanto. Las fórmulas están presentes. Manuel Benício escribirá un libro sobre la guerra. Entre los periodistas figuran los nombres de Lelis Piedade. abnegados.fórmulas. y de la manera como terminó. sin cubrir. y del mayor Constantino Néri. fanáticos. Mas él se rehúsa a ver todo lo que no sea grandioso y heroico. Jornal do Bra­ sil. La República está en peligro. Fuera de O Estado de Sao Paulo. describe la desorganización y el hambre que él mismo y los soldados están pasando. de Alfredo Silva. su relato es tan vivido que. un incidente que empañó el brillo triunfal de la partida del Ministro de Guerra y que ocurrió en el mismo navio en que él viajaba — un voluntario reclutado a la fuerza se arrojó al mar para . En fin. Más tarde. Cuando la guerra termina. Los periodistas empiezan a des­ confiar de que no están tan bien informados y empiezan a registrar sus dudas. Como periodista. Quien perdió fue el registro histórico. pero lamentablemente sin la fuerza de las notas periodísticas. todos de Río. Sin duda. herejes.

55. Si ahora se adoptan huerfanitos vietnamitas en un gesto de caridad cristiana pública. Sao Paulo. también cuenta que el inmediato estaba con cólico. inclusive en O Comercio de Sao Paido. tales como el degüello sistemático de los prisioneros y que él mismo denunciará apasionadamente cinco años más tarde en su libro. ya en Bahía. fue ocupado de a poco en sangrientas batallas y la solución final fue lograda por la utilización de una forma primitiva de napalm. en la época era costumbre adoptar jaguncinhos. cuya explosión provo­ caba incendios generalizados. no existe en sus notas. Euclides también consiguió uno. Caderneta de Campo. Como el poblado no se rendía. en los diarios. . o "¡La República es inmortal!”. ni de lejos. se arrojó kerosene encima de los ranchos. para redimirlos del mal e integrarlos a los valores de la sociedad bur­ guesa occidental. el pobre. La férrea censura que los periodistas afrontaban y contra la cual protestaban. no es. pero Lelis Piedade y Favila Nunes lo informan. después de lo cual se tiraban bombas de dinamita. Hasta generales de la guerra lo hicieron conforme cuentan los periodistas. org. El comercio de mujeres y niños comprados por los vencedores tampoco existe. sólo ahora publicada: "Noto con tristeza que el jaguncinho que me fue dado por el general continúa enfermo y quizá no resista el viaje hasta Monte Santo” \ El Diario de urna Expedieao. también los militares participantes de la campaña se dirigían unos a los otros con el epíteto de Ciudadano. Mas a cada rato recae en consideraciones sobre la existencia de algún misterio detrás de ese fenómeno. va tornándose oscilante en lo que dice respecto de las convicciones iniciales del perio­ dista. como todos se creían en plena Revolución Francesa. El final de la guerra y la manera como ese final fue conseguido cau­ saron un trauma en el sector ilustrado de la sociedad brasileña. La práctica de atroci­ dades. ante los cuales no consigue esconder su admiración. pero fue pescado. con fecha de publicación del 10/11 de agosto y fecha de escritura el 4 de agosto. INL. p. a medida que progresa. mencionada por Euclides. a punto de pasar informaciones veladas sobre ella a los lectores. de vuelta— encuentra registro en otros reportajes pero no en el suyo. el Comité Patriótico de Bahía intervino en eso con energía. Cultrix.huir. Periodistas y soldados vieron a los habitan­ 1 Euclides da Cunha. Y aunque no lo registra en los reportajes. perturbado por la resistencia sorprendente de los insurrectos. por Olimpo de Souza Andrade. y a veces termina sus telegramas con un "¡Viva la República!”. rescatando a los nuevos esclavos en la medida en que pudo hacerlo y publicando su información con la firma de tres de sus miem­ bros. Y no era sólo él. Mientras tanto. Sistemáticamente. mas no menciona el hecho en sus reportajes. siquiera en la más vaga de las alusiones. Ed. está la anotación en su libreta de campo. Alfredo Silva relata el episodio en su primera nota para A Noticia. 1975.

es claro1. pues los poderes constituidos y el mismo Ejército recibieron el libro con inmenso alivio 2. también éste organiza. E incluso el recelo manifestado por Euclides ante la publicación demostró ser in­ fundado. Parece como si el proceso de expiación de la culpa colectiva hubiese alcanzado su punto más alto en este libro. Si en el inicio del conflicto la reclamación general pedía el exterminio. Hay un proceso generalizado de mea culpa. EDART. La vergüenza nacional es general. Sao Paulo. pero publicamos nuestra confesión y arrepentimiento. Ed. tanto como a estudiar teorías que lo auxiliasen a com­ prender lo que había pasado. 144. Rui Barbosa. El proceso arriba descrito explica en gran medida el inmediato y extraordinario éxito de Os Sertóes y la elevación de su autor a la celebridad. figura obligatoriamente en los estantes de los hogares brasi­ leños medianamente cultivados. La mayoría de sus poseedores ni sabe qué hay dentro del libro. los intelectuales. Los libros sobre la guerra en tono de denuncia empiezan a aparecer y culminan con Os Sertóes. Pasado el peligro. el 5 de octubre de 1897 y la publicación de Os Sertóes el 1*? de octubre de 1902. 2 Antonio Cándido. que antes los había calificado de "horda de mentecatos y galeo­ tes” los llama ahora "mis clientes” y declara que va a pedir hdbeas corpus para ellos. vieron cuerpos en llamas. todo el mundo se escanda­ lizaba. es irrelevante. una gloria nacional. 1965. Comp. pero sabe que debe enorgullecerse de él. los términos peyorativos aplicados a los canudenses son sustituidos por las palabras "brasileños” y "hermanos”. un pueblo capaz de tal esfuerzo de autocrítica es un gran pueblo. se vuelven humanos y compatriotas. El Ejército queda cubierto de oprobio. este libro difícil. expresándolas de manera simbólica. En el nivel del discurso. Manifestaciones de pro­ testa surgían por todo el país. muy comprado y poco leído. pasan cinco años. Son los años en que Euclides se dedica a recoger información sobre la campaña.tes de Canudos incinerados. Literatura e Sociedade. Es el conmovedor esfuerzo de un intelectual 1 Estas afirmaciones se encuentran en forma de notas para un discurso público que Rui Barbosa finalmente no pronunció. Que eso no resucite a los injustamente muertos ni abra los ojos para que se modifique la situación de los que viven en injusticia. Editora Nacional. Como todo gran libro. los militares. para los muertos. vieron mujeres con sus hijos en brazos arrojándose al fuego. viene el remordimiento. Muertos. “O escritor e o público”. p. entonces el viraje era completo. entidades públicas y privadas rehúsan participar en las conmemoraciones de la victoria. en libros y diarios. Nos equivocamos. Sao Paulo. 1966. En cambio. Aún hoy. estructura y da forma a tendencias profundas del medio social. Ver Olimpio de Souza Andrade. Entre el fin de la guerra. Historia e Interpretagño de “Os Sertóes”. . los diputados y senadores. los periodistas. tenemos en nuestro acervo cultural nacional un libro como Os Sertóes. En el momento en que el exterminio era efectivo. y la hacían los estudiantes. Por otro lado.

Dos factores lo atrapan seriamente. mientras la raza determina el tipo psicológico V el comportamiento colectivo 1. esa es la explicación que encuentra para el fenómeno. lo que ya se evidencia en las tres partes en que se divide el libro. que trata de entender a su propio pueblo. movilizando sus conocimientos de militar y asumiendo su postura de estratega. Segundo. La repetición incesante de afirmaciones contradictorias ofrece la posi­ bilidad de que se lean dos libros en uno solo. y a la misma aldea donde vivieron. presa fácil de todo tipo de supersticiones e incapaz de construir una cultura. Y aún provocan la admiración del lector actual. el resultado sería el mestizo. dado el medio ambiente natural y dado el medio ambiente social que incluye la raza. anormales. inventivos. Antonio Conselheiro. Euclides. sin advertir la contra­ dicción en que cae. nú­ mero del 13 de diciembre de 1952. 1 Antonio Cándido. diplomado como profesional liberal en los mayores centros ur­ banos del país. (pocos negros en su opinión). en el aislamiento del desierto. Para él. racialmente inferiores. saldrían a flote las características de las razas inferiores que habían entrado en la mezcla y que se realizan en el misticismo. Al mismo tiempo que afirma y reafirma su teoría racial. sólo podía ocurrir lo que ocurrió. "O homem” y "A luta”. de temperamento inestable. por extensión. De los cruzamientos raciales entre indios V blancos. la diferencia entre el sertanejo brasileño y el campesino europeo. incluso después que el mundo conoció las proezas de los vietcongs en este campo. geografía y clima determinan la constitución de los agrupamientos humanos. La visión por cierto es determinista. el resultado lite­ rario es la presencia constante de la figura de la antítesis y del oxímoron. O Estado de Sao Paulo. En el otro son ignorantes. degenerados. resistentes.honesto. estando el pensamiento europeo aún confundido por los hechos de las turbas desenfrenadas de la Revolución Francesa— Euclides se ve frecuentemente en dificultades para explicar el desempeño innovador de esos mestizos degenerados. En uno de ellos los rebeldes son heroicos. que desarrollan sofisticadas tácticas de guerrilla para enfrentar una guerra de tipo convencional. tituladas "A Terra”. “Euclides da Cunha sociólogo”. a su líder. . con honda tradición y costumbres bien conocidas. fuertes. critica ásperamente la ineficiencia del Ejército. va mostrando la inventiva increíble de los canudenses. tener que lidiar con un movimiento religioso a partir de una formación científica y positivista. Grosso modo. Euclides las admira y registra. al mismo tiempo que se emocio­ na con sus grandes arrebatos o con actos de heroísmo individual de los soldados. éste afe­ rrado a la tierra. Euclides intenta demostrar que. atributos que impregnan también. superiores. Como esas afirmaciones surgen entrelazadas. impávidos. En mo­ mentos de crisis. Primero. In­ fluido por los teóricos del comportamiento anormal de las multitudes — tema que había marcado el nacimiento de las ciencias sociales en el siglo xix.

las tinieblas saltan. Cultrix. ¿Cómo obtener una combinación armoniosa. una síntesis entre lo que fue aprendido en los libros y en la convivencia urbana. volvieron a la vida civil los soldados rasos que no eran militares de carrera y que también eran miembros de la plebe. topónimo debido a una especie vegetal que por ahí abundaba. tratando de reunir en un solo plumazo dos extremos. cierta región del país es una Siberia canicular. Por ejemplo. esos terrenos tenían escaso valor inmobiliario. La fascinación por el heroísmo que demuestra Euclides no sólo por el Ejército sino también por los canudenses. Por casualidad. reaccio­ nan y contraatacan. si fue allí que se descubrió el Brasil. Antonio Conselheiro podría tanto haber ido a parar al hospicio como a la Historia. cómo confraternizar con ellos. con el desarrollo dominante. Esa exasperada manera de escribir. Sao Paulo. ellos. tendemos a olvidar los hilos que vinculan la actual situación con la guerra de Canudos. Incluso en las dos primeras partes. si no aceptan nuestra ciencia. antes de entrar propiamente en su tema de historiador de la guerra. si no aceptan nuestra revolución? ¿Cómo pueden no admitir que nosotros estamos en lo cierto y ellos están equivocados? ¿Por qué nos odian? Es verdad que los métodos de contacto que estamos usando son exterminadores: trata­ mos de destruir lo que no entendemos. tuvieron como premio la concesión de terrenos en la capital del país. el morro donde se situó una parte importante del campamento militar que tendió un cerco sobre la aldea. . los inferiores. con esos extraños peligrosos. el coronel Moreira César podría recibir la ca­ misa de fuerza o la púrpura. ¿Cómo no admirarlos? ¿Cómo no quedar traumatizados para siempre. Cuando. si por vez primera se fue al encuentro de la plebe miserable que hasta hoy constituye la mayoría de la población brasileña. La antítesis incluye también el contacto dramático del intelectual con el pueblo al que pertenece. la descripción del medio geográfico y del hombre que vive en él es concebi­ da con recursos de ficción dramática. Pero ellos tampoco aceptan pasi­ vamente esto.El sertanejo es un Hércules-Quasimodo. el día fulmina 1. las aguas se precipitan. Ed. se llama Morro de la Favela. Hoy. el sertón es el paraíso. las plantas agreden con sus es­ pinos ardientes. con­ fiere una enorme tensión dramática al texto. es palpable. el suelo se retuerce y estalla. los retardatarios. Historia Concisa da Literatura Brasileira. Los elementos naturales actúan como fuerzas vivas. tan brasileños como nosotros? ¿Cómo comprenderlos. los fanáticos. y una plebe cuyas acciones son de naturaleza incomprensible? Esa plebe rebelada no señaló el fin sino la continuidad de un proceso histórico. 1970. donde los ex soldados que regresaban de su servicio prestado a la Patria en la Guerra de Canudos construyeron sus precarias casitas. cómo entenderlos. después de terminada la guerra. fue el de Morro 1 Alfredo Bosi. y estaban si­ tuados en los morros que circundan la ciudad de Río de Janeiro. si son tan diferentes de nosotros. Y el nombre que espontáneamente se dio a esos conjuntos habitacionales.

Había miles de kilómetros a disposición para construir esa reserva de agua tan necesaria. Según el cálculo oficial hecho por el Ejército en 1897. cantegriles en otros. había gente en la región que recordaba y perpetuaba la memoria del hecho. debe mucho.de la Favela. no nos habríamos también olvidado. apenas llegaba a doscientos mil personas. ¿Cómo erradicar esa memoria desagradable y perturbadora? Hace poco más de diez años. Este libro no nos deja olvidar lo que pasó y continúa pasando. se pensó construir un dique. La pre­ gunta que queda es si. Os Sertóes es un elemento instigador de la memoria brasileña que nos hace recordar lo que ya hicimos y continuamos haciendo con la mayoría de nuestros compatriotas. Los restos dejados por el cañoneo. las antítesis buscan efectos de resultado confuso. hecho en terrenos sin valor vendible. Canudos tenía 5. designando todos los agrupamientos urbanos margi­ nales de las ciudades grandes y ricas del Brasil. Por coincidencia. por el kerosene y por la dinamita molestaban. Después de eso. pone en jaque la ideología oficial que postula la índole pacífica del pueblo brasileño. No es necesario decir que hoy no puede hacerse una investigación de campo en Canudos. N . Barriadas o callampas en algunos países de América Latina. en una época en que Sao Paulo. su posición incierta y oscilante cuando no abiertamente contradictoria. La perturbación que la Guerra de Canudos causó en la conciencia na­ cional. w.200 casas. la favela es un rancherío provisorio. se hizo una obra benéfica en la región. hoy una megalópolis de doce millones. El libro de Euclides es un libro irritante. sin servicios de infraestructura urbanística. G. al libro de Euclides. da el total de 26. La postura de estratega del Ejército entra en contradicción con la simpatía por los rebeldes. en una estimación modesta de cinco habitantes por casa.000 habitantes. La fisura entre la cien­ cia exhibida y los terribles hechos narrados impide una síntesis explica­ tiva. . La figura de la antítesis y del oxímoron sólo exhiben la incapacidad de pensar la especificidad del fenómeno. En medio de la aridez desértica del sertón. y con los mejores argumentos tecnocráticos. con todo el esfuerzo hecho para borrar tan ejemplar episodio de la memoria nacional. Con la aceleración del éxodo rural. a pesar de ser apenas una dentro de las incontables insurrecciones que se produjeron en nuestra historia. el apelativo favela volvió a ser un sustantivo común. de no existir el libro de Euclides para irritarnos y obligarnos a pensar en un problema hasta hoy presente bajo otras formas. su lenguaje es rebuscado. cada vez en mayor can­ tidad. lo que. los habitantes del interior del país fueron ocupando los morros y llanos adyacentes. a su vez. las ruinas reposan escondidas debajo de muchas toneladas de agua. se decidió que el lugar ideal era aquél que comprendía las ruinas carbonizadas de la aldea de Canudos. en donde esa numerosa plebe del subdesarrollo viene al encuentro del mercado de trabajo.

siempre que fue posible. ocurrida en 1909. este último con la intención de incorporar escritos anteriores del autor sobre el mismo tema. mas todos fueron leídos y aprovechados. Este trabajo sigue a los efectuados por José Calasans y Olimpio de Souza Andrade. Desde entonces no hubo más alteraciones. y la moderni­ zación de la ortografía. en la vigesimosexta edición de 1963. literario. aparecieron en 1903.. de Río de Janeiro. Se tuvieron en cuenta aclaraciones de carácter histórico. a no ser los subtítulos de los capí­ tulos. especialmente por su Cronología y por el Diccionario Euclidiano. habiendo sacado la cuarta edición en 1911. La presente edición se basa en un ejemplar de la vigesimoséptima edición que es la más reciente hecha por aquella editorial (1 9 6 8 ). respondiendo a críticas. lingüístico. Las notas marcadas con un asterisco y que aparecen al pie de página son del autor. La Editora Francisco Alves. Las notas preparadas por Walnice Nogueira Galvao. organizada bajo la dirección de Afránio Coutinho. están numeradas y aparecen al final del volumen. de T . partes que lamentablemente no consignan el nombre de su autor para que lo pudiéramos registrar aquí. Corre­ gidas por el autor. político. considerada por eso la definitiva. geográfico. Las notas aquí introducidas se atuvieron a un criterio informativo múltiple. También fue indispen­ sable la edición de la Obra Completa hecha por la Compañía José Aguilar Editora en 1966. Ambos son los mayores especialistas del tema. Después se encontró un ejemplar de la tercera nueva­ mente corregido por el autor. salvo en el caso que lleven la mención (N . en la misma ciudad. vio la luz la primera edición de Os Sertóes. de 1914. publicada por los Editores Laemmert y Cía. la tercera. especialmente para esta edición de la Biblioteca Ayacucho. se ocupó de editar desde entonces el libro. se hizo el cotejo con otras fuentes contemporáneas sobre la Guerra de Canudos. . que sirvió para preparar la quinta edición. hechos por Fernando Nery para la doceava edición de 1933. ya después de la muerte del autor.). Igualmente. biográfico y bibliográfico. y en 1905. no todos son citados. el primero sobre la Guerra de Canudos y el segundo sobre la vida y la obra de Euclides da Cunha.CRITERIO DE ESTA EDICION Entre los días primero y dos de diciembre de 1902. la segunda que contiene un grupo de notas al final del volumen.

por Sereth Neu. — Les Terres de Canudos (francés). 1938. Suecia. W . Westermann. las fuentes son la misma Obra Completa y los archivos de la Casa de Cultura Euclides da Cunha en Sao José do Rio Pardo. Italia. 1968. por Cornelio Biseleo. G.En cuanto a las traducciones. Holanda. Bi­ blioteca de Autores Brasileños. Ediciones Caravela. de traducciones a veinticinco diferentes len­ guas chinas. y la Casa de Euclides tiene conoci­ miento por lo menos de una. Chicago. 1947. En algunos casos. por Richard Wagner Hansen. Língua e Linguagem. por Forsta Delen. sin fecha. — Traducciones chinas: hay mención. 1945. G. sin fecha. N . Copenhague. cf. Buenos Aires. Río de Janeiro. — Oproret Paa Hojsletten (dinamarqués). — Markerna Brinna (sueco). 1944. por Benjamín de Garay. — Rebellion in the Backlands (inglés). 1948. — Los Sertones (español).The University of Chicago Press. las indicaciones bibliográficas son escasas. G. como se verá en la lista que a continuación ofrecemos: — Brasile Ignoto (italiano). Phoenix Books . Belo Hori­ zonte. Difusión Panamericana del Libro. W. . — De Binnenlanden (holandés). Moráes. por Samuel Putnam.

LOS SERTONES .

La civilización avanzará por los sertones arrastrada por esa implacable fuerza motriz de la historia que Gumplowicz. sin tradiciones nacionales uniformes. El jagimgo temerario. Lo hacemos porque su inestabilidad. y la velocidad adquirida por la marcha de los pueblos en este siglo ya no les permite alcanzarlo. los trazos actualmente más expresivos de las subrazas sertanejas del Brasil. quizá estaban destinados a ser los principios inmediatos de la formación de una gran raza. el tabaréu ingenuo y el caipira simple 4 . Detenidos en su evolución. destinadas a una próxima desaparición ante las crecientes exi­ gencias de la civilización y a la intensificación de las corrientes inmigra­ torias que comienzan a invadir profundamente nuestra tierra. ante los futuros historia­ dores. Por eso. aliada con las vicisitudes históricas y la deplorable situación mental en que se encuentran. Pro­ ducto de variados cruces. había perdido todo interés2 al verse demorada su publicación por causas que nos excusamos de señalar. este libro que comenzó siendo un resumen de la Campaña de Canudos. sin duda. por­ que. la Campaña de Canudos tiene el significado. en breve tiempo serán tipos relegados a leyendas desvanecidas o ya muertas. en la destrucción inevitable de las razas débiles por las razas fuertes. Por eso le damos otra forma 3 . mañana estarán totalmente extinguidos. Hoy son retarda­ tarios. . aunque sea pálidamente.NOTA PRELIMINAR Escrito en los raros intervalos de ocio de una actividad fatigosa1 . Intentamos esbozar. superior a Hobbes 5 . les faltó el equilibrio necesario. No debilita esta afirmación el hecho de haber sido realizado por nosotros. debida a factores múl­ tiples y diversamente combinados. las vuelven tal vez efímeras. de un primer ataque en una lucha acaso larga. con visión genial. en la que el tema que motivó su escritura se convierte en sólo una variante del asunto general. hijos del mismo suelo. etnológicamente indefinidos. en­ trevio.

il veut sentir en barbare. que respetan los contornos de los hechos pero le cambian el color.). Sâo Paulo. mais dénaturent les sentiments et les moeurs. et. Taine. en ancien” *. qui gardent le dessin des événements et en changent la couleur. en el verdadero significado de la palabra. (N . debe sentirse un bárbaro entre los bárbaros y entre los antiguos. en francés en el original: " . . Además. E u c l id e s d a C u n h a . parmi les barbares. Y en tanto lo permita la firmeza de nuestro espíritu. que copian los acon­ tecimientos y desfiguran el alma. mal enlazados con esos patriotas extraordinarios por una tierra en parte desconocida. . un antiguo” . contra los autores que no alteran ni una fecha. y armados por la industria alemana. Y fue. qui copient les faits et défigurent l’âme. Lo denunciamos. nos separa de ellos tina coordenada histórica: el tiempoG . pero desnaturalizan los sentimientos y las costumbres. tuvi­ mos en la acción él singular papel de mercenarios inconscientes. . de T . ni una genealogía. il s’irrite contre les demi-vérités que sont des demi-faussetés contre les auteurs qui n’altèrent ni une date. * Cita de H. hagamos justicia al admirable concepto de Taine 7 sobre el narrador sincero que encara la historia como ella merece: . . ni une généalogie. se irrita contra las semiverdades que son las semi-falsedades. parmi les anciens. un crimen. Aquella campaña parece un reflejo del pasado.viviendo parasitariamente a orillas del Atlántico de los principios civili­ zadores elaborados en Europa. 1901.

hundiéndose en las honduras de la tierra amplísima que len­ tamente emerge en ondas extensas y llanas. las serranías se redondean y se suavizan las líneas de los taludes. a manera de escombros del conflicto secular que allí libran los mares y la tierra. fraccionándose en morros de laderas indistintas en el horizonte que se amplía. libre de los impedimentos de las sierras que hasta allí la rechazaban o acortaban. al mismo tiempo que des­ ciende hacia la costa oriental en escalones o pisos que le quitan la pri­ mitiva grandeza y la alejan considerablemente hacia el interior. Hipótesis sobre sus causas. en el trecho marítimo que va de Río de Janeiro a Espíritu Santo 1 0 . Pero al derivar hacia las tierras septen­ trionales. Primeras impresiones. se atenúan todos los accidentes. Higrómetros singulares. un litoral revuelto. acompañando la cuenca del Sao Francisco 1S. repartiéndose en arrecifes desnudos.— El clima.— La sequía. Ca­ mino a Monte Santo. II. que se sustituyen o se entrelazan en estratificaciones discordantes. se dilata en el occidente. Un sueño de geólogo. I PRELIMINARES La alta planicie central del Brasil desciende hacia el litoral sureño en caídas escarpadas y abruptas. Esta caracterización geográfica resume la morfogenia del gran macizo continental. disminuye gradualmente de altura. Las caatingas. rizado en cumbres y corroído de ensenadas. Cómo se extingue un desierto. Cómo se hace un desierto. des­ pués. observa notables cambios de relieve. 12.LA TIERRA L— Preliminares. IV. con el vigor desarticulado de las sierras. quien la rodea. . Reina sobre los mares y se desarrolla en llanuras niveladas por las figuras de las cordilleras marítimas. dando lugar a la variedad fisionómica de .— Desde lo alto de Monte Santo. De hecho. sujetándola y destacándola sobre la línea de las playas. III. en seguida. El mar­ tirio secular de la tierra. tras­ puesto el paralelo 15. ya en plena faja costera de Bahía “ . Y -U n a categoría geográfica que Hegel no citó. De tal modo. se comprueba que hay tres formaciones geognósticas dis­ pares de edades mal determinadas. la mirada. hasta que. Lo demuestra un análisis más profundo hecho por un corte meridiano cualquiera. Al principio el trazo continuo y dominante de las montañas. La entrada del sertón. dividiéndose en islas. . abriéndose en bahías. Desde lo alto de la Favela. andando hacia el norte. extendidas desde Río Grande hasta Minas 9. Tierra ignota.

encuentra justificación para todas las exageraciones descriptivas — desde el gongorismo de Rocha Pita a las extravagancias geniales de Buckle1 4— que convierten a este país en región privilegiada. que partiendo del extremo sur se curvan en un desmedido anfiteatro. se apre­ cian. Es que bajo el triple aspecto astronómico. formando los admirados paisajes que tanto encantan y engañan la mirada inexperta de los forasteros. o se deshace en brotes que. La tierra atrae irresistiblemente al hombre. deri­ vando en lechos retorcidos y venciendo. Al este la naturaleza es diferente. sin formaciones lateráles. Primero surgen las masas gneisgraníticas. la fisonomía de anchos planos ondulados y desmesurados. y yacen sepultas por las complejas . Traspasadas las sierras. intercaladas de capas calcáreas o diques de rocas eruptivas básicas. nin­ guna parece tan preparada para la Vida. todos los caudales revelan esta pendiente insensible. inmensos llanos cuya trama de capas horizontales de greda arcillosa. el lento descenso hacia el norte. más allá del Paraná 1 6 . donde se encaja el Paraíba 1 8 . las formaciones primitivas desa­ parecen. Rasgan esos estratos en trazados uniformes. y quien la alcanza. llevándolo con la misma corriente de los ríos que. sin líneas sinuosas. después de apuntar las alturas de los picos centralizados por el Itatiaia 1 9. y guiados por el meridiano se abren ante los hondos valles erosionados por los ríos de As Velhas 2 3 y Sao Francisco. Como en las altas planicies de Sao Paulo2 0 y de Paraná. el antagonismo permanente de las montañas: el río Grande2 1 rompe. la sierra de la Canastra22. y el talud de las planicies altas se dobla en los escalones de la Mantiqueira 1 7 . corren desde la costa hacia los sertones. progresan en sucesivas cadenas. donde la naturaleza compuso su más portentoso la­ boratorio. desde el Iguazú al Tieté 1S. al mismo tiempo explica la sin par exuberancia como las vastas áreas planas. extendidos hacia el norte occidental. La tierra domina al océano desde la altura de las quebradas. contrahechos. topográfico y geológico. al entrar en este Estado. con predominio de una o la combinación de todas. rasgando con la fuerza viva de la corriente. como si nacieran en los mares y canali­ zaran sus eternas energías hacia recónditos sitios de vegetación opulenta.la tierra. llevan hasta el centro de Minas los paisajes alpestres del litoral. hasta el litoral paulista. incluso las de mayor altura. Al principio pegadas al mar. bajo la línea fulgurante del trópico. convertido en un dilatado muro de apoyo para las formaciones sedimentarias del interior. trazando una originalísima red hidrográfica. Sin embargo. se nota. Al mismo tiempo. dándole al conjunto de las tierras. como quien sube a la rampa de un majestuoso escenario. Se dibuja duramente en las placas rígidas de los afloramientos gnéisicos. a pesar de las tumultuosas serranías. superpuestas las irrupciones que van de Barbacena a Ouro Preto24.

hasta la zona diamantina que se expande hacia el nordeste en los llanos que se extienden. se caracteriza por su notable significación orogràfica. sucediéndose a partir de la base. decaen a su vez. más cercana. mas con los dorsos extendidos en llanos inscriptos en un horizonte de nivel. hasta la de Mata da Corda que se prolonga hacia Goiás 3 2 . apenas sobresale entre aquellas lomas definidoras de una situación do­ minante. De allí descienden. que descienden en declives fuertes. expuesto en las bases de los cerros de cuarzo o en las cumbres donde se encuentran las placas de itacolomito avasallando las alturas. después de recorridas por el sur las interesantes formaciones cal­ cáreas del río de As Velhas. alargán­ dose en planos amplios. subterráneas. desde los macizos que van de Ouro Branco a Sabará2 5. se acen­ túan otras transiciones en la contextura superficial del suelo. porque las cordilleras dominantes del sur se extinguen allí. sin sobresalir. Las capas anteriores que vimos superpuestas a las rocas graníticas. y vuelven en aguas mansas hacia el poniente los que tienen su meta en la cuenca de captación del Sáo Francisco. apenas apuntando al este por los vértices de los albardones distantes que prolongan la costa. Porque en este coincidir de las tierras altas del interior y de la depre­ sión de las formaciones azoicas. desnudas. están modeladas de la misma forma. en cuyo valle. y ésta. Mal estudiado aún. La sierra del Gráo-Mogol3 1 que toca los límites de Bahía. o levantándose en falsas montañas. hacia el levante. infiltradas de abundantes filones. Pero la tierra permanece elevada. en una tumba estupenda. es la primera muestra de esas espléndidas planicies imitadoras de cordilleras. y las que la rodean. salpicadas de lagos de arroyos subterráneos. La región sigue siendo alpestre. sobreponiéndose a otras.series de pizarras metamórficas. aviva los accidentes. de espesos estratos de greda. más modernas. por los poderosos estratos más recientes que las circundan. El cambio estructural origina cuadros naturales más imponentes que los de la costa marítima. Se verifica así la tendencia hacia un aplanamiento general. El carácter de las rocas. que tanto perturban a los geógrafos descuidados. cayendo en cataratas o saltando obstáculos sucesivos. con la extensa zona de los llanos arenosos del norte. Ostentan en plano vertical. en los parajes legendarios del oro. las mismas rocas que vimos sustituir en . a pesar de la sugestiva denominación de Eschwege27. Un nuevo horizonte geológico repunta con un trazo original e inte­ resante. desde la de Cabrai. donde se abren las cavernas del hombre prehistórico de Lund 3 0. nivelándose en las cumbres de la sierra del Espinado2 6. Los surcos erosivos que las marcan son cortes geológicos expresivos. todos los ríos que desde el Jequitinhanha al Doce2 8 buscan las terrazas inferiores de la planicie arrimados a la sierra de los Aimorés2 9. la región montañosa de Minas se va comunicando.

la serie de los suelos gredosos que progresa hasta la meseta arenosa del A<juaruá3 4. adelante. Trepando por las taludes que los levantan dándoles apariencia de tableros suspendidos. más bien. Lo atravesamos. partiendo de Monte Alto33. o también. . por todo el curso del tiempo. mientras hacia el nordeste. grandes tablados donde impera la ruda sociedad de los vaqueros. en esparcidos peldaños. oblicuas y gobernando los llanos que ladean interpuestos. estas formaciones naturales se dividen con rumbo firme al norte. al antiquísimo Himalaya brasileño. siguiendo las líneas de los cerros tallados en diaclasa. va­ riaron sus aspectos. que se hicieron valles en declive. las serranías más altas no son más que llanos extensos que terminan de pronto en bordes abrup­ tos. poco a poco se fueron profundizando. a centenares de metros. tallándose en quebradas. a los costados. asociándose con el cal­ cáreo que activa los paisajes a orillas del gran río. o en círculos enormes. desbarran­ cado. por el aspecto de escalinatas. como un desdoblamiento o. tan bien expresados en el perfil fantástico del Bom Jesús da Lapa 35. gracias a las intensas degradaciones (porque la Serra Geral sigue por ahí como reparo de los alisios. en desintegración continua.prolongado camino por la superficie: abajo los frutos graníticos decaídos por la hondura de los valles. Es el hermosísimo paraje de los campos gerais. desnudándose en peñascos que mal recuerdan. Y de acuerdo con la resistencia de los materiales trabajados. en una prolongación indefinida de mares. hasta orlar de despeñaderos y escarpas aquellos erguidos planos. en lo alto. por su altura. las sábanas de greda. Pero desaparecen del todo en varios puntos. condensándolos en aguaceros de diluvio) se desnudan resurgiendo las formaciones antiguas. sobrepujándolas o rodeando sus flancos en valles monoclínicos. que derivando primero en líneas divagantes de drenaje. las placas de pizarra más recientes. en Bahía. Sin línea de cumbres. Adelante. Se extienden vastos llanos. aquí apuntan sobre las áreas de nivel los últimos fragmentos de las rocas enterradas. reviviendo por entero a la de Minas. Las montañas se desentierran. más caprichosos. Repunta la región diamantina. ex­ tendido en lomadas ondulantes. se topan. restos de la monstruosa bóveda decaída de la antigua cordillera. a duelas desproporcionadas. una prolongación. por la moldura golpeante del régimen torrencial sobre los suelos permeables y móviles. porque es la misma formación minera que rasga al fin las sábanas de greda y se . predominantes y ofreciendo a los agentes meteóricos una plasticidad admirable ante los más caprichosos modelos. Desde hace siglos caen por ahí fuertes corrientes de agua. y la disposición de los grandes bloques superpuestos en escalas recuerda las paredes desmanteladas de ciclópeos coliseos en ruinas. extensas áreas rodeadas por los cuadrantes. se escalonan en alineamientos incorrectos de menhires colosales. .

originando el corre­ dor de cuatrocientos kilómetros en el reflujo del Sobradinho40. señalando al mismo tiempo la transformación general de la región. pero en seguida decae hacia todos los rumbos: hacia el norte. entre un tumulto de morros. Cambia su carácter topográfico. en contrastes bellísimos. LA ENTRADA DEL SE R T O N 4 3 Está sobre un escalón del macizo continental. Los muestra el Sao Fran­ cisco en el vivo influjo con que tuerce hacia el este. retratando el desaforado combate de los elementos que luchan allí desde hace milenios. cuyo trecho de Jeremoabo4 6 hacia las nacientes es una fantasía de cartógrafo. Cocais y Sincorá39. indefinido. hasta descubrir el salto prodigioso de Paulo Afonso42. curvada también hacia el sudeste. en segmentos dispersos que van hasta más allá del Monte Santo41. y la caída hasta entonces graduada de las antiplani­ cies comienza a tener desniveles considerables. De hecho. con el mismo desagotar expresivo hacia la costa. fundiendo las expansiones septentrionales de las de Furna. el eje de la Serra G eral3 7 se fragmenta. en semicírculo. corriendo casi paralelo entre aquéllos. pasando bajo las lomas de Jeremoabo. poco elevadas pero innú­ meras. . abarcando dos cuadrantes. El observador que siguiendo este itinerario deja los parajes en que se alternan. entre montañas derruidas.levanta con los mismos contornos alpestres y perturbados. la amplitud de los campos gerais y el fasto de las montañas. Ultimo brote de la sierra principal. el río Sao Francisco. Por el medio. en los picachos que irradian de la Tromba o resaltan hacia el norte en los esquistos huronianos de las cadenas paralelas de Sincorá 36. en su normal dirección primitiva. las nacientes del Paraguacú 3 8. hacia el sur. incohe­ rentemente dispersos. y por la otra. se ve el trazo de otro río. Esta es más deprimida y más revuelta. se cruza embarulladamente. . al norte. el Vaza-Barris4 5. y un dédalo de serranías tortuosas. la de Itiúba le reúne algunas ramas indecisas. Desde este punto en adelante. el Irapiranga de los tapidas. Cae hacia las terrazas inferiores. por donde descienden hacia el mar o hacia el declive de Paulo Afonso las rampas en barranca de la alta planicie. Se deshace. de allí saltan. en estupendo degrado. al llegar a este punto queda sorprendido. en despeñaderos hacia el levante. no hay situación de equilibrio para una red hidrográfica normal. el curso sinuoso del Itapicuruagu 44. Lo limita por una orilla. cubriéndolos a lo ancho de los campos gerais. Se levanta un momento. . Allí reina el drenaje caótico de los torrentes que le presta a ese rincón de Bahía un rostro excepcional y salvaje. y hacia el este. La cordillera se eriza de contrafuertes y tallas.

Se extinguen al fin. entre Capim Grosso y Santo Antonio da Gloria48.). La vegetación circundante se transforma. superados todos por una tapera oscura: Uauá. acompañando los insigni­ ficantes cursos de agua. a partir de Camacari. los pobladores se desparramaron por las aldeas que la bordean. líneas de acceso más practicables 51. Jeremoabo. Uno que otro lo sortearon. aquí y allá. rápidos. hechas pocas leguas. Sólo en este último rumbo se aventajó una aldea secular. Y lo dejaban en medio. Dejando la orla marítima y siguiendo por tierra hacia occidente. los cuatrocientos años de nuestra his­ toria. estaba predestinado a cruzar. inabordable. evitados siempre por los tropeles humanos que venían del litoral bahiano en busca del interior. sin dejar rastros. lo salteaban por su impresionante as­ pecto de tierra extraña que repuntaba en transiciones imprevistas. El extraño territorio. e incluso éstos. al norte y al este pararon en las márgenes del Sao Francisco. muestran ahí un claro expresivo. que casi abarcaría a Holanda ( 9 o 11'— 10° 20' de latitud y 4 o— 3o de longitud O . Es que siguiendo las huellas de la última de aquellas rutas. absolutamente olvidado. pasada la Itiúba. noticias exactas o detalladas. al sudoeste. a menos de cuarenta leguas de la antigua metrópoli. copiando estas alternativas con la precisión de un calco. las for­ maciones antiguas se cubren de escasas manchas terciarias. cada vez más escasos.J. Tierra ignota donde se aventura el garabato de un río problemático o se imagina una cadena de sierras. traspuesto el Itapicuru. se terminaba la atracción de las entradas aventureras y moría la vista del litoral opulento. Es que. reuniendo informes escasos. se comprende cómo hasta hoy escasean sobre tan grande porción de territorio. realizando el máximo esfuerzo de penetración en tales lugares. o por los escasos establecimientos de ganado. un hiato. hacia el levante. tratando de encontrar por el Paraguagú y los ríos que lo demoran en el sur. al este. rechazadas por la barrera infranqueable de Paulo Afonso. con las emersiones calcáreas de Inhambupe 52. Se rarifican los montes o se empobrecen. Nues­ tros mejores mapas. Luego. por el lado sur. huyendo. aunque se buscara el camino más breve. ignoto. los más avanzados grupos de pobladores se asentaron en aldeas minúsculas — Ma^acará.R . Cumbe o Bom Conselho47— entre las cuales el decaído Monte Santo tiene rasgos de ciudad. se marchaban hacia Pernambuco y Piauí hasta el Maranhao 5 0. después de lanzar brotes dispersos por las serranías. Ninguno se quedó allí. alternando con exiguas hondonadas cretáceas revestidas por el terreno arenoso de Alagoinhas que apenas engarzan. No podían quedarse. se separan . Porque cuando las bandeiras del sur 4 9 pasaban por sus límites y viraban por los flancos de la Itiúba.Al abordarlo.

el paraje siniestro y desolado. . una variante apreciable para el este o para el norte. el Itapicuru alienta una vegetación vivaz y las barrancas pedregosas del Jacurici5 9 se adornan de pequeños bosques. bordeando a uno y otro lado las alas de las sierras de la Saúde y de la Itiúba. los pobladores. les copian los mismos contornos de laderas fracturadas. no se sorprende al principio. De modo que aquellas dos vías de penetración que se encuentran con el Sao Francisco en puntos lejanos — Juázeiro y Santo Antonio da Gloria 56— formaban desde aquellos tiempos los límites de un desierto 57. se dividían en Serrinha. jamás significó. dominan en toda la zona centralizada en Serrinha. CAMINO A MONTE SANTO Sin embargo. mal dominada por la vegetación vigo­ rosa irradiante de la Pojuca 5 3 sobre el massapé fértil de las capas cretáceas descompuestas. Porque el camino en cuya longitud de cien leguas. Pisa un camino tres veces secular. apenas remueve el suelo engarzándolo en la tenue capa de arena que lo reviste. Andándolo en marcha hacia Piauí. en cambio. aflorando en lajas horizontales. desde Bahía a Juazeiro. por el camino real del Bom Conselho que. La piedra. evitándolo. Desde este sitio en adelante reaparecen los suelos terciarios esteriliza­ dores sobre los más antiguos que. sustrayéndose a una travesía torturante. partiendo de su trecho medio. No la modificaron nunca. El suelo arenoso y chato permite una travesía desahogada y rápida. se entrecruzan numerosísimos desvíos hacia el oeste y hacia el sur. Pernambuco. histórica ruta por donde avanzaban los rudos sertanistas en sus excursiones hacia el interior. hasta Vila Nova da Rainha y Juázeiro 54. Tampoco la cambió más tarde la civilización. Los morros del Lopes y del Lajedo se elevan a manera de deformes pirámides de bloques redondeados y lisos. según sus varios rumbos. y los que se suceden. donde una flora característica — arbustos flexibles mezclados con rubias bromelias— pre­ domina exclusiva en anchas áreas. exhumando la osamenta partida de las montañas. El observador tiene la impresión de andar por el corte mal graduado del borde de una planicie. yuxtaponiendo sobre los rastros de los bandeirantes las líneas de una vía férrea. partiendo de Queimadas hacia el nordeste58. Y avan­ zando hacia Juázeiro o volviendo hacia la derecha. unos y otros rodeaban siempre. Maranhao y Pará. quien se anima a atravesarlo. Curvándose en meandros. A los lados del camino se ondulan lomas rasas. desde el siglo xvn los llevaba a Santo Antonio da Gloria y Pernambuco5S.o avanzan en promontorios por los llanos desnudos.

sin embargo. enredados en ramas de las que irrumpen solitarios cereos. que son como espectros de árboles. del remoto pasado. Mas. En las cercanías de Quirinquinquá61. algunas desiertas por la retirada de los vaqueros que la sequía expulsó. ornamentándolas. Superada la estrecha faja de matorrales que prolonga aquel último río. Se le presentan. sobre todo en los trechos en que se suceden pequeñas ondulaciones. lenta e impresionantemente. Y persisten indestructibles. empieza a dinamizarse la tierra. las copas verdes de los ouricurizeiros rodean — breves paréntesis abiertos en la aridez general— las orillas de las ipueiras. Los delinearon los que primero se atrevieron a penetrar por aquellos sitios.Después se ven sitios que van mostrando una creciente aridez. como dicen expresivamente los matutos: arbustos que casi no tienen raíces sobre la tierra. Verdaderos oasis. rígidos y silenciosos. Despuntan pobres viviendas. localizadas en depresiones. Parecen monumentos de una sociedad oscura. siguiendo la bella etimología indígena. . los mismos cuadros. ancho emergente de tierra fértil. jamás deja de llevar una piedra que calce en sus junturas vacilantes. . un aspecto lúgubre. Se encuentran. pasados estos puntos — imperfecta copia de las murallas roma­ nas que aún se aprecian en Túnez— se entra de nuevo en los arenales. Estas lagunas muertas. se adorna de verde vegetación. . como en el minúsculo poblado de Cansangáo 60. tienen sin embargo. en un horizonte invariable que se aleja a medida que se avanza. toscos muros de piedra seca. Asociándose a las ollas y cuevas en que se abre la piedra. El pequeño sitio allí erigido se levanta sobre una alta . . uniformes. son el único recurso en un viaje penoso. Algunas muestran los esfuerzos de los hijos del sertón. todas de la misma forma y dispuestas del mismo modo. Si se traspone cualquier ondulación. sin un trazo de color diverso. se lo descubre o se lo adivina. porque el sertanejo. y el aspecto paupérrimo de todas agrava los rasgos melancólicos del paisaje. dándole al con­ junto la apariencia de un desierto. o en los desfiladeros que se recortan en el suelo polvoriento y pardo gracias a la placa verde negra de las algas unicelulares que las cubren. aunque vaya desnudo de equipaje. Y el rostro de ese sertón inhóspito se va esbozando. uniforme. Y marchando rápidamente. en general. Aún aparecen parajes menos estériles y en los lugares donde se operó una descomposición in situ del granito. otras en ruinas. el viajero más dinámico tiene la sensación de la inmovilidad. señalan una escala obli­ gatoria para el caminante. en el cuadro triste de un horizonte monótono en el que se retrata. Patrimonio común de los que por ahí se agitan en las aflicciones del clima feroz. a lo lejos. originando algunas manchas ar­ cillosas. Pocas veces. el pardo requemado de las caatingas. se está en pleno agreste. vienen. erguidos como represas entre las laderas.

en el sertón adusto. en lo reseco del suelo. se yergue al margen de esa suble­ vación metamòrfica. El régimen torrencial de los climas excesivos sobreviene de pronto. repuntando duramente a cada paso. a caballo sobre la villa que se erige a su pie. con la línea de cumbres casi rectilínea. los accidentes predominantes de la tierra progresan avasallando los cua­ drantes del norte. llevándoles a la distancia todos los elementos degradados. y mirando hacia el norte se divisa una región distinta. La sierra de Monte Santo con un perfil totalmente opuesto a los redondos contornos que le diseñó el ilustre M artius6 2 . . rajado por las líneas de los estratos expuestas a la erosión eòlica. y golpeando en aquellas pendientes. es de algún modo el martirio de la tierra. y alcanzándolo y trasponiéndolo. y de ahí. tres leguas adelante. perdiéndose a lo lejos en escalas fugitivas. en los retorcidos lechos de los arroyos efímeros. en un fuerte dique de cuarzo blanco. se entra de lleno. Del otro lado. en las estrechas gargantas y la casi convulsiva flora enmarañada. y los cuarzos ásperos y los calcáreos sustituyéndose o entrelazándose. por fin. mal cubiertos por una flora obstaculizante. Porque lo que éste denuncia. que facilita por la irradiación nocturna la pérdida instantánea del calor absorbido por las rocas expuestas al sol. extremándole el desarrollo en el rumbo de 130 NE. su enorme paredón. imponiéndoles la alternativa de subidas y caídas termométricas repentinas. De un lado. Termina en una cresta altísima. la extrema sequedad del aire. Dominante sobre la planicie que se extiende hacia el sudeste. . el aspecto atormentado del paisaje. Entonces se observa que. Centraliza un vasto hori­ zonte. rizada de valles y serranías. Las condiciones estructurales de la tierra se vincularon a la violencia máxima de los agentes exteriores para el dibujo de relieves estupendos. las lluvias que cierran de improviso los ciclos sofocantes de las sequías. en los desmante­ lados cerros casi desnudos. brutalmente golpeada por los ele­ mentos variables distribuidos por todas las modalidades climáticas. . des­ pués de las insolaciones demoradas. de tonos azulados. abriéndolas según los planos de menor resistencia. en relieve sobre la masa gnéisica que constituye toda la base del suelo. en el verano. de frente. disponiéndose en escena­ rios en los que resalta. predominante. atenuados hacia el sur o hacia el este.expansión granítica. Caldeiráo 6 3 . PRIMERAS IMPRESIONES Es un paraje impresionante. un juego de dilataciones y contraccio­ nes que las raja. se empina. a pique. parece una muralla monumental. expone desde hace mucho las series más antiguas de aquellos últimos brotes de las montañas: todas las variedades cristalinas. precipitando estas demoradas reacciones.

Despuntan en general estratos de un talcoesquisto azul oscuro. sin que se descompongan sus elementos formadores. caprichosamente escindidas en planos casi geométricos. a cada paso y en todos los puntos. que surgen en numerosos puntos. despedazando las rocas. capas menos resistentes de arcillas coloradas escindidas de cuarzo e interceptadas por discordantes planos estratigráficos. fuera de las súbitas corrientes. convertidos ahora en esteros que marcan los asentamientos de los vaqueros. abiertos en cajón. más adelante se rodean de cadenas de rocas. como grandes desmoronamientos de dólmenes. cubiertos de una vegetación resistente. se adelantaron a la acción de los elementos químicos en función de los datos meteorológicos normales. de mangábeiras. restos de antiquísimas lomas corroídas se derraman — ora en alineamientos que asemejan viejos cami­ nos de hielo. en aquellos yermos vacíos. cementados en el cuarzo. dan. en las dos estaciones únicas de la región. o el entrelazamiento de ambas. Se recortan. corren tenues hilos de agua. los lechos generalmente secos de arroyos que sólo se llenan en las breves estaciones de las lluvias. se degradan en los inviernos torrenciales. son nuevos testimonios de esos efectos físicos y mecánicos que. sin intervalos en su acción demoledora. Se disocian en los veranos quemantes. Y según sea la preponderancia de una o de otra. (N . silúricas quizá. donde persisten todavía. Se unen y se complementan. De este modo. Van del desequilibrio molecular. hasta Jeremoabo. delatando idénticas violencias. La mayoría obstruidos por piedras entre las cua­ les.Las fuerzas que atacan la tierra en su contextura íntima y en su super­ ficie. se modifican los aspectos naturales. a veces. . agitándose absurdamente. con intercadencia invariable. Las aristas de los fragmentos. en placas bruñidas que reverberan a la luz en fulgores metálicos. Estas últimas formaciones.). se sustituyen. pierden unidad. de T . se tienen líneas incisivas de extrema rudeza. y más allá desaparecen entre los bloques. dando la imagen perfecta de esos mares de piedra tan característicos de los lugares donde imperan regímenes excesivos. cubren completamente a las demás a medida que se marcha hacia el NE y se asimilan a contornos más co­ rrectos. * Oueds: en francés en el original: cursos de agua que corren por el desierto. y sobre ellos. a manera de colmenas. Esclarecen la génesis de los llanos rasos que se desatan. son una reproducción completa de los oueds * que marginan el Sahara. los cristales de feldes­ pato. ora esparcidos al azar— espesos lastres de lajas y piedras fracturadas. cubriendo extensas áreas. mal asentadas sobre sus bases estrechas. Atenuándolas en parte. Por las faldas de los cerros en tumultuosa ronda. sedes de antiguos lagos. Las mismas capas gnéisicas. en inestables ángulos de caída. la repentina ilusión de hallarse. ante majestuosas ruinas de castillos. a la dinámica portentosa de las tormentas. aparecen tramos deprimidos.

todos los caracteres que podemos sumar refuerzan la concepción aventurada. diminutas. Aún la alientan. esos cerros paupérrimos brillan de modo estentóreo. . al extraño despojamiento de la tierra. tiene la persis­ tente impresión de pisar el fondo recién elevado de un mar seco. UN SUEÑO DE GEOLOGO Es una sugestión que atrapa. en la edad terciaria. innumerables. destacadas en láminas. en quebradas. de caídas resbaladizas. las olas y las corrientes. que recuerdan falaises * * . a despecho de la escasez de datos que permitan una de esas profecías retrospectivas. que todavía arrastra en esas formaciones rígidas. de sus vorágines muertas. tangenciándose en esquinas de rebor­ des cortantes. * * Falaise: en francés en el original: acantilado. las mismas infiltraciones de cuarzo. y su fulgor ardiente ofusca. Porque. la estereotipada agitación de sus olas. que convierten a las ollas en enormes osarios de mastodontes. orlando en verdaderas curvas de nivel los flancos de las serranías. por los cuales dan vueltas los caminos cuando se yuxtaponen. en el decir elegante de Huxley 6 S . donde encu­ bren torrentes periódicos. despojadas de todo ante la acidez corrosiva de los aguaceros tem­ pestuosos. imaginándose que por allí armaron torbellino. cambiándolas por los emocionantes escenarios de aquella naturaleza torturada. las capas se inclinan más fuertemente. . planas. Y en los trechos en que ellas se estiran por el suelo. capaz de esbozar la situación de aquella zona en edades remotas. los restos de la fauna pliocena. y en sus topes se divisan. por largo tiempo. los alinea­ mientos notables en que yacen los materiales fracturados. en puntas durísimas que imposibilitan la marcha. . Se suceden cúmulos despojados. se criban en escoriadas cavidades circulares y acanaladas. . que en otros puntos desaparecen bajo las formaciones calcáreas. expuestas por la descomposición de los esquistos en que se embeben. De este modo. Las erosiones constantes quiebran la continuidad de estos estratos. a los lechos vacíos de los arroyos agotados. . pro­ fundas. las escalas de las altiplanicies terminando en taludes a plomo. al dejar las perspectivas majestuosas que se desdoblan al sur. y hasta cierto punto. alineadas en filas. Pero el con­ junto apenas se transforma. llenos de vértebras desconyun* Em. por cualquier camino se suceden los accidentes poco elevados pero profundos. a lo largo de muchas leguas. Encaja a gusto con un naturalista algo romántico *. A la cruda luz de los días sertanejos. Liáis 65. El aspecto ruinoso de éstas armoniza con los otros accidentes.Hacia el norte. Y por inexperto que sea el observador.

al co­ menzar la época terciaria. en una lenta rotación alrededor de un eje. el macizo de Goiás — el más antiguo del mundo— según la her­ mosa deducción de Gerber6 8. Entonces. donde extensos depósitos sedimentarios denuncian la edad más antigua. de súbito. se redondean. en informe amontonamiento de montañas derruidas. Amé­ rica se integra. toda la parte media. remolineándola hacia el oeste y arrebatándole todos los materiales desprendibles. donde fulguraba en plena actividad el volcán de Caldas. se abultan. las tierras del extremo septentrional de Bahía que se resu­ mían en las piedras de cuarzo de Monte Santo y de la Itiúba. Y golpeándola largamente. el de Minas y parte de la planicie paulista. en un extremo se cierra el canal amazónico convirtiéndose en el mayor de los ríos. en la soledad inmensa de las aguas. Existe también una presunción derivada de la situación anterior. recién descubiertas. mientras el resto del país. Liáis. Una corriente impetuosa. hasta que emergió siguiendo el movimiento general de las tierras. los picos más altos de nuestras cordilleras apuntaban al norte. mientras las regiones más altas. la existencia de innegables lagos cretáceos y siendo los fósiles que las definen idénticos a los encontrados en el Perú y en México. constituían el núcleo del continente futuro. de hecho. golpeada y muerta por las energías revueltas de un cataclismo. el paleozoico medio. se salpicaban de la­ gos. Simultáneamente. No existían los Andes. Hacia el sur. Porque lentamente. y contemporáneos a los que Agassiz6 7 descubrió en Panamá. hundiéndose. Las investigaciones de Fred H artt6 6. las separaba. agrandándose los contornos de las costas. Cubría así gran parte de los estados septentrionales brasileños. permanecía inmersa. la sujetaba. al sur. . como si allí la vida fuese. nuevas tierras afloran de las aguas. . de la cual es forma decaída la actual de nuestra costa. en un ascenso continuo. se produjo el hecho prodigioso del elevamiento de los Andes. establecieron en las tierras circundantes a Paulo Afonso. Entonces. se modelaba aquel rin­ cón de Bahía. se operaba una sublevación general: las masas graníticas se levantaban al norte arrastrando al conjunto general de las tierras. y el Amazonas. ancho canal entre las altipla­ nicies de las Guianas y las del continente. se levantaba ya conformado. imaginado por Em.tadas y partidas. uniendo el Atlántico con el Pacífico. las aislaba. y lentamente. escarpada. ex­ puesta en datos positivos. destacándose de las grandes islas emergentes. entre los llanos de Barbacena y Bolivia. En ese lento subir. se am­ plían los archipiélagos dispersos y se hinchan en istmos. todos estos elementos se reúnen en la deducción de que un vasto océano cretáceo expandió sus olas sobre las tierras de las dos márgenes americanas. y triturándola. . yendo a golpear contra las terrazas superiores de las altiplanicies. derramadas bajo las aguas.

Unificadas. su conformación orogràfica. mediando en los tra­ zados del Vaza-Barris y el Itapicuru. lanzándose al NO. en los largos veranos. el talud de las altiplanicies parece doblarse en relieve. perturbando toda el área de drenaje del Sao Francisco abajo de la con­ . en flagrante antagonismo con las disposiciones geográficas: sobre laderas escarpadas donde nada recuerda las depresiones sin escurrimientos de los desiertos clásicos. Todas trazan al fin una elíptica curva cerrada al sur por un morro. mirando hacia la región ex­ tendida en torno de un radio de quince leguas. II DESDE LO ALTO DE MONTE SANTO Desde lo alto de la sierra de Monte Santo. donde afloran los manantiales interminentes del Bendegó y sus tributarios efímeros. se nota. la del Aracati. que los torrentes arre­ baten todos los principios disueltos — acumulándolos poco a poco en la conquista del paraje desolado cuyos contornos suaviza— sin impedir. los picos del Caipá. una hacia el NO y la otra hacia el N. De tal manera. una flora de rara resistencia entre­ teje la trama de las raíces. impidiendo. monótonamente. Nos muestran las sierras Grande y del Atanásio. a orillas de las lomas de Jeremoabo. se juntan con las de Caraibas y Lopes. las insolaciones inclementes y las aguas salvajes que degradan el suelo. en parte. el de la Favela. repartiéndose en las de Canabrava y Po^o de Cima. y hacia el noroeste. De ahí la impresión dolorosa que nos domina al atravesar aquel ignoto pedazo del sertón — casi un desierto— que se abre entre las serranías desnudas y se estira. que la prolongan. subiendo hacia el norte en busca de la llanura que el Paranaíba excava.El régimen desértico allí se afirmó. Y se ve cómo las cadenas de sierras. y desde allí hacia el norte. fundiéndose en el Acaru. . avanza discontinua en aquel rumbo y después de ser entallada por el Vaza-Barris en Cocorobó. les forman el divortium aquarum que progresa hacia el norte. de nuevo se embeben. de donde irradian las pequeñas cadenas del Coxomongó y Calumbi. con todo. de nuevo se dispersan hasta acabar en los llanos altos a orillas del Sao Francisco 70. como en un mapa en relieve. alrededor del ancho llano ondulante donde se erigía el poblado de Canudos. enfila hacia el poniente. y en éstas. Y luchando tenazmente con el flagelo del clima. . formando las masas del Cambaio. en lugar de alargarse hacia el naciente. en los grandes descampados. corriendo y al prin­ cipio diferenciadas. Se piensa que la región incipiente aún se está preparando para la Vida: el liquen todavía ataca a la piedra fecundando la tierra6 9. Obedeciendo a la misma tendencia.

y no es raro. llenos de piedras. Son más bien. trae durante algunas semanas aguas revueltas y barrosas y en seguida se extingue en un agotamiento completo. Nada más de los bellos efectos de los descubri­ mientos lentos. río sin nacientes. en cuyo lecho crecen las gra­ míneas y pastan los rebaños. morros que en contraste con los llanos parecen de gran altura y apenas están a pocas decenas de metros del suelo. inapre­ ciables en la escala más favorable e imponiendo al Vaza-Barris un curso tortuoso del cual se libera en Jeremoabo. en el remodelar de las cumbres. en el despertar de los horizontes y en el desatar — amplísimos— de los campos gerais por las cimas de las cordilleras. Su función como agente geológico es revolucionaria. . y desapa­ recen. no muestran las depresiones del suelo. o seco. que multiplica la energía de la corriente en la estrechez de los desfiladeros. Vimos cómo la naturaleza a su alrededor le limita el régimen brutal — encerrándolo en tierras escabrosas. en desarmonía con las disposiciones orográficas generales. a través de un esfuerzo con­ tinuo y extenso. se deslizan por algunos días hacia el río principal. Tienen la existencia fugitiva de las estaciones lluviosas. profundizan sus lechos anulando el obstáculo del declive general del suelo. El mismo Vaza-Barris. al dirigirse hacia la costa71. lodoso como lo indica el nombre portugués que le sustituyó con ventaja la antigua denominación indí­ gena 72. Es una ola que cae de las vertientes de la Itiúba. captando las aguas salvajes que vienen desde las cum­ bres. fraccionado en ganglios endurecidos. Este es un río sin afluentes.fluencia del Patamoté. el Bendegó y el Caraibas que le traen aguas transitorias dentro de sus lechos rudamente excavados. abarrotándose en las inundaciones. Le falta conformidad con el declive de la tierra. Son ríos que se exceden. De pronto se llenan. no tendría el trazado actual si una corriente perenne le asegurase un perfil de equilibrio. hasta Jeremoabo. volviendo a su primitivo aspecto de valles sinuosos y secos. Generalmente cortado. en un trazado de torrentes sin nombre. están. abiertos al azar por las aguas o corrientes veloces que. y lomas que al ser recorridas muestran los accidentes caóticos de las grandes cuevas talladas en bruto. y corre veloz entre barrancos o estalla entre las sierras. Sus pequeños tributarios. canales de agotamiento. dando a los cuadros naturales la encantadora grandeza de perspectivas en las que el cielo y la tierra se funden en una difusión lejana y de sorprendentes colores. adscriptas a los relieves topográficos más cercanos. como una amplia calle polvorienta y tortuosa. sin los escenarios opulentos de las sierras y de los planaltos o de los interminables llanos— y lo convierte en una mixtura en la que esas disposiciones naturales se embarullan en confusión pasmosa: planicies que en seguida muestran series de pisos tallados de barrancas. se desbor­ dan. cuando crece.

. la de Cocorobó. . DESDE LO ALTO DE LA FAVELA Saltaba la cima de la Favela73. llenándola toda de confusos techos incontables. intercambian en * Vlateau: en francés en el original: planicie. abajo. ondulando en depresiones y dispersa en esperones. un inesperado cuadro esperaba al viajero que subía las ondulaciones más próximas a Canudos. . Enfrente tenía la antítesis de lo que había visto. Volvía la vista atrás para abarcar con una mirada el conjunto de la tierra. Sólo se distinguía el Vaza-Barris que la atravesaba torciéndose en meandros. . pero escarpada y alta. divagando. cerrándole el horizonte. . Prisionera en una de esas vueltas se veía una depresión mayor. se erigía en el mismo suelo perturbado. surcados de barrancos y socavados por despeñaderos. las cumbres del Cambaio corriendo hacia el po­ niente. a la par de los otros agentes físicos. . . todas las serranías breves e innúmeras proyectán­ dose en un plano inferior y extendiéndose. bajo el ropaje áspero de los padregales y las caatingas. una cantidad de casuchas. le ofrecía una perspectiva totalmente nueva. mal se veían los pequeños cursos de agua. los contornos agitados del Caipá que se ligan y articulan trazando y cerrando una curva desmedida 7 4 . circundada de colinas. dan la ilusión de una planicie ondulada y enorme. En la meseta abrupta. uniformes. la del Pogo de Cima. Y casi comprendía cómo los matutos ingenuos creían que "ahí estaba el cielo” . Pero la reunión de tantos trazos incorrectos y duros. de por medio la distancia suavizándole las laderas y aplanándolas. Allí estaban los mismos accidentes y el mismo suelo. serpenteantes. incomparable páramo que reposa sobre las sierras. Y nada de lo que divisaba le recordaba los escenarios contemplados. las vertientes rectilí­ neas del Calumbi al sur. . en revoltijo. resulta que los caracteres geológicos y topográficos. esas cum­ bres altaneras dan la impresión alentadora de encontrarse sobre un platean * elevadísimo. meseta. después de esta travesía en la que creía estar pisando escombros de terremotos. . . . hacia el levante. La Canabrava al nordeste. cercana. casi a nivel. El poblado. Alrededor una elipse majestuosa de montañas. . III EL CLIMA De las breves anotaciones señaladas. Pero visto desde aquel punto. allá abajo. abajo y adelante. de perfil convexo y simple. Y aplastándola. Observando a lo lejos.Mientras tanto. y al norte.

Lo que escribimos tiene el defecto de esa impresión desolada. el viajero lo pierde en un día. los vientos reinantes. acuciados por la canícula. resalta la significación mesológica local. Lo atravesamos en el preludio de un verano ardiente y observándolo sólo desde ese punto de vista. desde todas direcciones. Si por un lado. No es posible abar­ carla en todas sus modalidades. se comportaron. De suerte que. a las madrugadas frías. Escasean las observaciones más comunes. recuerda un régimen marítimo en pleno continente: la escala térmica oscila en amplitudes insignificantes. Agregando que los datos de un solo termómetro y de un barómetro aneroide. un firmamente donde la transparencia de los aires es completa y la limpidez inalterable. mal pudo ver la tierra recamada de una flora extravagante. sin la continuidad que era lícito prever de su situación inter­ media. de los días con 35° a la sombra. Atento sólo a la región salvaje. el aire se vacía y los vientos ruedan desorientados. el SE en el invierno y el NE en el verano se alternan con extraño rigor. Los que lo antecedieron y sucedieron. desfavorecida además por un medio contrario a la serenidad del pensar y conmovido por las emociones de la guerra. a su vez. ese sertón. ante el intenso tiraje de las tierras desprotegidas que se extienden de ahí en adelante. lo vimos bajo el peor aspecto 76. que es. Ningún pionero de la ciencia soportó aún los rigores de aquel rincón sertanejo el tiempo suficiente como para definirlo. hasta hoy desconocido. creando aspectos dispares entre lugares limítrofes. silva hórrida. Si va hacia el norte lo asaltan fuertes transiciones: la tempera­ tura aumenta. Por ahí pasó Martius. diverge con los de los lugares que lo prolongan al norte. se intensifica el azul del cielo. siempre evitado. desertas austral como la bautizó. pasando. con la misma rapidez de quien huye. De este conflicto perenne vuelto círculo vicioso indefinido. muy superior al de Queimadas. gracias a F.aquellos lugares las influencias características de tal modo que no se puede afirmar cuál es la preponderante. El clima de Monte Santo. Lo que sigue son vagas conjeturas. las condiciones genéticas gobiernan fuertemente sobre las topográficas. . Al mismo tiempo se refleja el régimen excesivo: el termómetro oscila en grados disparatados. Hacia cualquiera de sus direcciones. Mornay y a Wollaston75. con una inercia cómoda de mendigos hartos. éstas. con el propósito esencial de observar el aerolito que había caído a orillas del Bendegó y ya era conocido desde 1810 en las academias europeas. lo será todavía por mucho tiempo. La proximidad de las masas montañosas lo vuelve estable. gracias a la indiferencia con que tomamos las cosas de esta tierra. por ejemplo. no nos podrán dar ni siquiera vagos lincamientos de climas que divergen según las menores disposiciones topográficas. en su latín alarmado. agravan a aquéllas y todas persisten en influencias recíprocas. Pero está aislado. misérrimo arsenal científico con que allí lidiamos. ya en octubre. en primera comparación.

esbozando el preludio triste de la sequía. los vientos. En 24 horas se insola y se congela. la efervescencia de los aires. quitándole a la tierra su humedad exigua y cuando se prolongan. llegan en turbión. la atmós­ fera vibra junto con el suelo. entonces reinan calmas pesadas. se encienden en luces del sílice fracturado. revueltos. en la expansión de las columnas calientes. o con preferencia. en una ondulación vivísima de bocas de horno en las que se presiente visible. en remoli­ nos. fulmina a la naturaleza silenciosa en cuyo seno se abaten. Copiando el mismo singular desequilibrio de las fuerzas que trabajan la tierra. las ramas sin hojas de la flora caída. descendiendo la temperatura de súbito. . Y en los meses en que se acentúa el nordeste. . hasta que. Los vapores calientes suben imperceptibles. inmóviles. la tierra irradia como un sol oscuro.A medida que el verano asciende. en una caída única. a un mismo tiempo almacena los ardores de los soles y de ellos se desembaraza de improviso. Brilla el sol y la tierra absorbe rayos y los multiplica en reflejos y los refracta en reverbero atroz: por los picos de los cerros. todo el ardor traído por las nubes refluye sobre la tierra. graba en todas las cosas señales que recuerdan su rumbo. incomparable en su fulgor. las horas transcurren en una intermitencia antinatural de días quemantes y de noches heladas. Estas agitaciones de los aires desaparecen por largos meses. a la noche sobreviene un fuego. en los que prevalece la intercadencia de los días quemantes y las noches frígidas. . La tierra desnuda presenta en permanente conflicto las capacidades de absorción y expulsión de los materiales que la forman. el desequilibrio se acentúa. El sol desapa­ rece y la columna mercurial permanece inmóvil. asombrosa. Todavía hay más cambios crueles. Por un contraste explicable. porque se siente una dolorosa impresión de fauces invisibles. y el día. Empujadas por el nordeste. Crecen las máximas y las mínimas. El barómetro cae como en las proximidades de las tormentas y apenas se respira en el bochorno porque todo el calor vomitado por el sol se concentra en una hora única de la noche. la aridez de la atmósfera alcanza grados muy anor­ males. La noche desciende sin crepúsculo. aires inmóviles bajo la placidez luminosa de los días torpes. en la plenitud de la sequía. espesas nubes navegan al atardecer sobre las arenas encendidas. agravando todas las angustias de los martirizados sertanejos. por las costas embarrancadas. este hecho jamás ocurre en los paroxismos estivales de las sequías. en la quietud de un largo espasmo. sube. en general. brillando en una trama vibrátil de centellas. de golpe — un salto de tinieblas por encima de la raya roja del poniente— y todo este calor se pierde en el espacio de una irradiación intensísima.

Se momificaba conservando los ras­ gos fisonómicos. sino gracias a higrómetros generosos e inesperados. desde hacía tres meses. por la abrupta rampa. reparando fuerzas en un tranquilo sueño. decían que había sucumbido en lucha cuerpo a cuerpo con un adversario fuerte. uno de ellos se destacaba sobre todos de manera impresionante. El sol poniente dejaba. el alférez Wanderley. en una fatiga imperceptible. A la entrada del campamento. Por eso no compartía la fosa común de menos de 50 centímetros de profundidad en la que eran arrojados. donde las colinas se disponían en círculo frente a un valle húmedo. los compañeros abatidos en la batalla. a fines de setiembre. Descansaba. se encajonó entre las rocas. Había sido montura de un va­ liente. Cuando días después fueron enterrados los muertos. El pescuezo un poco más alargado y fino. de manera que creaba la ilusión de un luchador cansado. huyendo de la monotonía de un cañoneo flojo. el uniforme hecho jirones. hacia las estrellas fulgurantes. no lo vieron. larga. la cara vuelta hacia los cielos. Ni un gusano — el más vulgar de los trágicos analistas de la ma­ teria— le mancillaba los tejidos. los brazos muy abiertos. Cierta vez. Pequeños ar­ bustos. le daban al lugar la exacta apariencia de un viejo jardín abandonado. manchada con una costra negra. las patas resecas y el armazón arrugado y duro. a la sombra de aquel árbol único. Un solo árbol. . y había caído muerto junto con su jinete. Los caballos muertos ese mismo día parecían especímenes desparrama­ dos de un museo. hacia las lunas claras. Pero al resbalar. El destino que lo había sacado sin protección de su hogar. icozeiros verdes creciendo en ramas entremezcladas con palmas de flores rutilantes. pero sugestiva. la cara hacia el cielo— descansaba un soldado. Volvía del torbellino de la vida sin des­ composición repugnante. Quedó casi de pie. recorríamos las cercanías de Canudos. Era como un apa­ rato que revelaba de manera absoluta. una quixdbeira alta. en Canudos. le había hecho al fin una concesión: lo libró de la promiscuidad lúgubre de una fosa repugnante: lo había dejado allí. desde hacía tres meses. su sombra por el suelo y protegido por ella — los brazos abiertos. La culata de la mannlicher 7 7 rota. Y estaba intacto. por última vez juntos. un anfiteatro irregular. mal herido. Apenas marchito. . con las patas delanteras firmes en un relieve . reinaba sobre la vege­ tación achaparrada.HIGROMETROS SINGULARES No hicimos las observaciones con el rigor de los métodos científicos. . . al descender una cuesta. hacia los soles ardientes. cuando encontramos. la sequedad extrema del aire. Había muerto en el asalto del 18 de julio. el cinturón y la gorra echados a un lado. de tiros espaciados. había caído gracias a un violento golpe que le surcó la frente. Por cierto.

Desde la cumbre de la Favela. es natural que las características climáticas de aquéllos se muestren en él con la misma intensidad. a manera de minúsculos ciclones. De ese modo. extremada por el cabo de Sao Roque 7 9 . si a plomo lastimaba el sol y la atmós­ fera inmovilizaba a la naturaleza en torno. como un foco calorífico. de súbito. Paraíba. había fenómenos ópticos esplén­ didos. aquellos vientos se formaban en columnas ascen­ dentes. Entonces. Fuera de eso. Cuando. en las largas calmas. en cierto modo. como a través de un prisma desmedido e intáctil y no se distinguía la base de las montañas. se veía una ondulación que atontaba: un extraño palpitar de olas lejanas. Nos excusamos de estudiarla largamente. la sorda combustión de la tierra. se sentía. tanteando oscuramente un sinnúmero de agentes complejos y fugitivos. especialmente su manifesta­ ción más incisiva. IV LA SEQUIA El sertón del Canudos es un índice que resume la fisiografía de los sertones del norte. una zona central común. en una enorme expansión de los alti­ planos perturbados. La inflexión peninsular. la excitación del rudo ambiente. . . en remolinos y torbellinos. como si estuvieran suspendidas.de piedra. reflejándose y resaltando. con todas las apariencias de la vida. El es. 7 8. definida con una palabra que es el terror máximo de los rudos habitantes del lugar: la sequía. mayor. al norte del Canabrava. sobre el que cayese. en una última arremetida de la carga. esta inexorable fatalidad. . especialmente cuando al pasar los soplos rispidos del nordeste. en la realidad inflexible de los números. . Pernambuco. Los resume. irradiaba en todos los sentidos. . la luz dispersa en cen­ telleos enceguecedores. asumiendo el empequeñeci­ miento de los más robustos espíritus cuando tratan de profundizar en su génesis. juntando sus aspectos predominantes en una escala reducida. a lo lejos no se distinguía el suelo. la ilusión maravillosa de un fondo de mar. . Ceará y Piauí. irisa­ do. vuelto un animal fantástico. vertical sobre la ladera. . Alagoas. se agitaban sus largas crines ondulantes. Apenas osamos inscribir. hace que hacia él converjan los límites interiores de seis estados: Sergipe. cada partícula de arena suspendida del suelo agrietado y duro. que lo tocan o prolongan a pocas leguas de distancia. La mirada fascinada se perturbaba en el desequilibrio de capas desi­ gualmente calientes. Y allí se detuvo.

permanece insoluble.Sus dos ciclos — porque lo son en el rigorismo técnico de la palabra— se abren y se cierran con un ritmo tan notable que hace pensar en una ley natural todavía ignorada. 1744-45. 1723-27. salta a la simple observación una coincidencia su­ ficientemente repetida como para que se dude del azar. en el nuestro hubo otro absolutamente igual y lo que es notable. se destacan nuevos datos fijos y positivos. las manchas de la fotosfe­ ra solar. De todas maneras. en reflejo casi invariable. inter­ calado por lapsos de entre 9 y 12 años. y fiján­ dola un tanto forzadamente en once años. Siendo en el siglo pasado el interregno mayor de 32 años (1 7 4 5 -7 7 ). a pesar de esta simplicidad extrema en los resultados inmedia­ tos. se enfrentan en paralelismo singular aunque puedan presumirse ligeras discrepancias que indican de­ fectos de observación o errores en la tradición oral que las registró. un naturalista. como si surgiera de la copia de una sobre la otra. pusieron una tregua a los estragos. tienen un período que puede variar entre 9 y 12 años. derivando lentamente según la rotación del Sol. citando sólo las mayores. tan característicos por los períodos inviolables en que se suceden. 1824-25. de modo de permitir previsiones seguras sobre su irrupción. 1835-37. el problema que puede traducirse en una fórmula aritmética sencilla. Continuando con un examen más profundo del cuadro. 1877-78 del siglo actual. Se observa una cadencia en la marcha del flagelo. Lo reveló por primera vez el senador Tomás Pompeu8 0 . 1736-37. y sucediéndose. algunos más vastos que la Tierra. en el cual las apariciones de las sequías. dibujando un cuadro elocuente en sí mismo. tuvo la idea de rastrear su remoto origen en los hechos extraterrestres. 1844-45. Y encontró un símil completo en la regularidad con que aparecen y se extinguen. rara vez alterada. que aparecen con el rigor de incógnitas que se despejan. el barón de Capanema8 2 . las sequías de 1710-11. que en ambos siglos. Sabemos que aquellos núcleos oscuros. Y como desde hace mucho la intuición genial de Herschel8 3 les descu­ . tanto en el siglo pasado como en el actual8 1 . Pero. negreando dentro del círculo fulgurante de las fáculas. entre el máximo y el mínimo de intensidad. HIPOTESIS SOBRE SUS CAUSAS Impresionado por la razón de esta progresión. se acentúa todavía en la identidad de las épocas extensas y quietas. Esta coincidencia. Así. con co­ rrespondencia exacta de fechas (1 8 4 5 -7 7 ). 1777-78 del siglo x v i i i se yuxtaponen con las de 1808-09. intermitentemente.

la disposición orogràfica de los sertones. con el flagelo de las sequías en el planeta torturado. sin leyes defini­ das. apoyada en datos geométricos y físicos unidos en un efecto único. sede de grandes depresiones barométricas en el verano. sujetas a las perturbaciones locales. defensa ante la irradicación del gran astro. intacta. Porque la cuestión. que el exclusivismo de observar una causa única. con la complejidad inmanente a los hechos concretos. al entrar de diciembre a marzo por las costas septentrionales. Lo determina en gran medida y quizá de manera preponderante. pese a su forma atractiva. haciéndolo subir y provocándole enfriamientos y la condensación en lluvias. No le pone barreras. toda la humedad absorbida en la travesía de los mares. y éstas. sobre los manantiales de los grandes ríos. Lo canaliza. en su pasaje veloz sobre los llanos desnudos que. la correlación surgía firme. es singularmente favorecido por la propia conformación de la tierra. . en vasta superficie extendida hasta el Mato Grosso8 5. el monzón del nordeste. elevan su punto de saturación disminuyendo las probabilidades de las lluvias y lo rechazan. En este punto. uno de los motivos de las sequías responde a la disposi­ ción topográfica. derivadas de la naturaleza de la tierra y las reacciones más amplias. de modo de equiparar los períodos de unas y otras. el penoso régimen de los Estados del N orte8 4 existe en función de agentes desordenados y fugitivos. se atiene preferente­ mente a razones secundarias pero cercanas y enérgicas. Como quiera que sea. emanadas de las disposiciones geográficas. Por lo tanto. Del hecho. como se sabe. aparte las peque­ ñas variantes — cadenas de sierras que se alinean hacia el nordeste para­ lelamente al monzón reinante— facilita el paso de éste. el nordeste vivo. de modo que le permiten llevar hacia los puntos remotos del continente. Atraído por ellas. De ahí las corrientes aéreas que lo desequilibran y varían. Quedaba por comparar el mínimo de las manchas. son. oriundo de la fuerte aspiración de las altiplanicies interiores que. sólo serán definitivamente sistematizadas cuando una extensa serie de observaciones permita la definición de los agentes pre­ ponderantes del clima sertanejo. en mo­ dalidades que van avanzando desde la naturaleza del suelo a la disposi­ ción geográfica.brió el influjo apreciable en el dosaje de calor emitido hacia la Tierra. El fracaso de esta tentativa denuncia menos lo desvalido de una apro­ ximación impuesta rigurosamente por circunstancias tan notables. irradiando intensamente. falló la teoría: pocas veces coinciden las fechas del paroxismo estival en el norte con las de aquél.

Las sequías aparecen siempre entre dos fechas fijadas hace mucho tiempo por la práctica de los sertanejos. fortalecido por la intuición de los sertanejos para quienes la persistencia del nordeste — el viento de la sequía. con el consiguiente enfriamiento y la inmediata condensación en aguaceros diluvianos que se descargan de súbito sobre los sertones? Este desfile de conjeturas tiene como único valor el indicarnos cuán­ tos remotos factores pueden incidir en esta cuestión que nos interesa por dos razones: por su significado científico y por su significado más pro­ fundo. cumpliendo la función de una montaña ideal que. como lo bautizaron— equivale a la permanencia de una situa­ ción irremediablemente cruel. Las épocas benéficas llegan de improviso. d e T . Si los atraviesan. A mitad de camino se evaporan entre las capas calientes que suben y rechazadas. llegando hasta los extremos de Bahía. en minutos nublan todo el firmamento deshaciéndose luego en aguaceros fuertes sobre los desiertos resecos. Después de dos o tres años. condensarse y precipitarse y otra vez revertir el proceso. Se eleva más y se define mejor la barrera de las corrientes ascendentes de los aires calientes antepuestas a las que entran por el lito­ ral. en la formidable colisión con el nordeste. se prolongan fatalmente a lo largo del año hasta que se reabre otra vez el período. vuelven a las nubes para. en cierta forma. para el caso. estallan. Entonces parece volverse visible la protección de las columnas ascen­ dentes que determinan el fenómeno. (N . que es resolver el destino de una gran parte de nuestro país. de nuevo. Y se entrechocan unas con otras. Reduce por eso a segundo plano el influjo hasta hoy inútilmente agitado de los alisios y es. . Según numerosos testimonios. Un hecho natural de otro orden esclarece esta hipótesis. en que la inso­ lación calienta intensamente los llanos desnudos. como de 1877 a 1879. hasta * Dinamic colding: en inglés en el original: dinámica fría. Decae de modo considerable la presión atmosférica. navega en el cénit de aquellos Estados. en su lento oscilar en torno del ecuador. en un desencadenamiento de ciclo­ nes violentos. se interpone al monzón y lo detiene. crecen. su propia intensidad origina una reacción inevitable. Fuera de tales límites no hay un solo ejemplo de extinción de las sequías. ¿no podremos considerarla.A las flageladas tierras del Norte les falta una serranía alta que corriendo en dirección perpendicular a aquel viento. provocando el ascenso de las corrientes. del 12 de diciembre al 19 de marzo. corriendo del este al oeste y corrigiendo momentáneamente la la­ mentable disposición orogràfica. Siendo así y recordando que es precisamente dentro de este intervalo que la faja de las calmas ecua­ toriales. determine el dynamic colding * para decirlo de una manera expresiva.). los primeros golpes de lluvias despe­ ñadas de lo alto no tocan la tierra.

se asemejan a una sola familia de pocos géneros. inmutables en su desolado as­ pecto: árboles sin hojas. entre­ cruzadas. Si al asalto repentino se suceden las lluvias regulares. . LAS CAATINGAS Por eso. de ciclón. las vuelve de nuevo desoladas y áridas. vistos en con­ junto. determinados por los declives. por un efecto explicable de adaptación a las estrechas condiciones del ingrato medio. le achica el horizonte. de flora que agoniza. lo repele con sus espinos. fluyendo en arroyos que crecen entre las quebradas. casi sin troncos. Y pene­ trando en la atmósfera ardiente. el viajero tiene el desahogo de un horizonte lejano y la perspectiva de las planicies abiertas. Mientras que la caatinga lo ahoga. No es raro que cambien en un giro veloz. los vientos duplican la capacidad higrométrica y día a día. revueltas. la misma apariencia de vegetales en trance de muerte. . los sertones se transforman y reviven. sus árboles. volviendo a las alturas con mayor rapidez.que tocan el suelo que al principio ni humedecen. En ésta. casi en una evaporización. se forman los primeros hilos de agua corriendo por las piedras. tortuoso. la travesía de las veredas sertanejas es más cansadora que la de una estepa desnuda. reducida casi a una especie invariable. con los brotes crecidos en puntas de lanza. Hasta que. llevan­ do velozmente las ramas de los árboles arrancados. penosamente se envuelven en estrechos círculos las mismas plantas que tanto se diversifican en los matorrales y allí se manejan con un molde único. al menos. deshechos en gajos que apenas irrumpen por el suelo. Es que. rodando todos en una misma ola. con­ centrándose tumultuosamente en riachuelos correntosos que se adensan en ríos barrosos de lechos azarosos. finalmente. sus hojas pinchantes. de ramas retorcidas y secas. . lo atrapa en una trama espinosa sin atraerlo. apuntando filosamente en el aire y estirándose por el suelo. lo seca y marea. revueltos en el mismo caos de aguas turbulentas y oscuras. reabriendo el ciclo inflexible de las sequías. para bajar una vez más. haciendo recordar un bracear inútil. El drenaje rápido de las tierras y la evaporización que se hace en seguida más viva. descubre ante su vista leguas y leguas. como si hubiesen caído sobre chapas incandescentes. Cambian en lenta metamorfosis. los primeros torrentes despeñándose por las faldas. en idas y vueltas rápidas y continuas. . Aunque la caatinga no tiene las especies reducidas de los desiertos — mimosas retorcidas o euforbiáceas ásperas sobre las gramíneas marchi­ tas— y parece repleta de diferente vegetación. van absorbiendo la humedad exigua de la tierra. . que sólo se diferencia en el tamaño: todas con la misma conformación.

La lucha por la vida. . rígidos. en los duros pastizales. cre­ ciendo en tubérculos húmedos de savia. altas en otros sitios. tenaz e inflexible. eludir o combatir. que muestran una floración riente en medio de la desolación general. ensanchando la superficie de contacto con el aire. el árbol se dispone a reaccionar contra el régimen brutal. Se empequeñecen las hojas. se elige la inhumación de la flora moribunda. que en las selvas se traduce por una tendencia irreprimible hacia la luz. . en las noches frías. de anchas rojas espesas. sujetos más a los rayos del sol que a los troncos seculares. Se vuelca sobre el sertón la tortura de la sequía. más original y más conmovedora. ruge el nordeste y. Algunos árboles. allí son enanas. . Se ven. desparramándolas profusamente por el suelo. aglomerados en bosquecitos o salpicando. eluden aún mejor las intemperies. Rijo­ sas. Pero reducidas todas sus funciones. Con dehiscencia perefecta. Y todas. . Son los cajueiros anuales. la caatinga extiende sobre la tierra las ramas de los espinos. allí es total­ mente opuesta: más oscura. como un cilicio. numerosos. marcadas todas por los estigmas de esta batalla sorda. aislados. surgen en la punta de los gajos para disminuir el campo de la insolación. en vida latente. en tierras más favorables y en singular disposición. a veces como estróbilos. los típicos anacardia hu* Véase la bella inducción de T yndall86. Revisten con un indumento protector a los frutos. huyendo del ahogo de las sombras y elevándose. admi­ rables aparatos para la propagación de las simientes. Y para evitarlo.tendiendo a un limitadísimo número de tipos caracterizados por los atri­ butos de los que poseen mayor capacidad de resistencia. estivando. duras como carbones. se alimenta de las reservas que almacena en las épocas serenas y pasa los veranos pronta a transfigurarse en los deslumbramientos de la primavera. tienen en el perfume suavísimo de las flores *. tiendas invisibles y encantadoras que las resguardan. Atro­ fian las raíces maestras golpeando contra el subsuelo impenetrable y las sustituyen por la expansión irradiante de las radículas secundarias. los tallos se entierran en el suelo. sobre ellas se levanta y se arquea evitando que sufran de golpe las caídas de temperatura. El sol es un enemigo que hay que evitar. . Entre los dos caminos desfavorables — aires calientes y tierras áridas— las plantas más fuertes presentan un aspecto muy anor­ mal. Pero éste. estallando como si tuvieran palancas de acción. las vainas se abren. se esteriliza el aire. a su vez. una protección intáctil que. para absorber los escasos elementos en él difundidos. cortado por el drenaje de los picos o esterilizado por la succión de los estratos que completan las insolaciones. el suelo se vuelve piedra. arbustos de poco más de un metro de altura. es áspero y duro. Al mismo tiem­ po amplían su ámbito frontal. sin excepción. Así preparado. Las leguminosas. la planta. Esta se impone.

muy por debajo de la tem­ peratura del aire. Los caroás verdosos. El eje descendente es más grueso a medida que se excava. Avanza tierra adentro hasta llegar. entran en la categoría de las fuentes vegetales de Saint-Hilaire 87. en demasía conocidas por los taharéus— quizá un futuro género cauterium de las leguminosas. son un árbol solo. No es posible desenraizarlos. facilitan la condensación de los escasos vapores traídos por los vientos. . su epidermis. todos igualmente resistentes. todos los árboles. invisible. Sus hojas lisas y lustrosas. más resistentes que los demás. a un tronco único y vigoroso. Tipos clásicos de la flora desér­ tica. bajo nuevos aprestos. toca una chapa incandescente de ardor increíble. copian las mismas formas. les repelan los climas benignos que los debilitan. torturado por los vientos. totalmente enterrado.milis de los llanos áridos. tienen en las hojas de células alargadas en vello­ sidades. el vegetal parece esconderse del embate de los elementos antagónicos y abroquelarse de ese modo. No son raíces sino ramas. al enfriarse. hechas adrede para esos parajes estériles. como las de la mayor parte de los vegetales sertanejos. enorme. Se suceden otros ejemplares. la mano que la toca. provoca. persisten inalterables o quizá más vividos. por la noche. Y los arbustos más pequeños. Cuando se hacen zanjas alrededor de estos extraños vegetales. fustigado por los soles. Finalmente se des­ cubre que se va repartiendo en divisiones dicotómicas. notables aprestos de condensación. se preparan de otra manera. cuando marchitan a su lado. por abajo. los cajuis de los indígenas. Las aguas que huyen en el correr salvaje de los torrentes. nativos de la región. avivándolas *. de flores triunfales y elevadas. o entre las capas inclinadas de pizarra. para vencer el peligro máximo de la vida vegetativa. que no tienen esta conformación. abrazando a veces amplias áreas. Parece que el fuego de los desiertos estimula mejor la cir­ culación de la savia entre sus tallos húmedos. de T . quedan retenidas por largo tiempo en las membranas de las bromeliáceas. Golpeado por el calor. fulmi­ nados.). por otro lado. aferrado a un suelo sobre el que apenas asoman los brotes más altos en su fronda majestuosa. a despecho de la sequedad de éste. agotando la absorción hecha por las raíces. cerrados en tortuosidades impenetrables. Se hicieron para los regímenes bárbaros. absorción y defensa. Otros. * En el pináculo del verano. Por un lado. dispersos o apareciendo en grupos. Las favelas. roído por los torrentes. que resulta de la evaporación por las hojas. los gravatás y los ananás salvajes. todavía anónimas para la ciencia —ignoradas de los sabios. una planta de macambira es para el matuto se­ diento como un vaso de agua cristalina y pura. Los nopales y cactos. breves precipitaciones de rocío. se comprueba la sorpren­ dente profundidad de sus raíces. (N .

Viven es el término. que pocas veces pierden las hojas de un verde intenso. adrede modeladas por las reacciones vigorosas de la luz. los viejos rastros de las boyadas. las especies no se pre­ sentan tan bien armadas para la reacción victoriosa. el sesenta por ciento de las caatingas. . también los romeros de los campos. como moldes. Y estrechamente solidarias a sus raíces. retienen las aguas. heliotropos arbustivos de tronco hueco. con la simetría impecable de enormes candelabros. pocas veces aparecen en grupos. . la succión insaciable de los estratos y de las arenas. Se empobrece com­ pletamente el suelo áspero. en que las inso­ laciones se agravan a veces con los incendios espontáneos que prenden los vientos en las ramas secas. en un esfuerzo enorme. íntimamente abrazadas. y los canudos de pito. salpicando el desierto con sus flores doradas. como oasis verdeantes y festivos. cuando al revés de las antedichas. de hecho. Allí se asocian. con­ virtiéndose en plantas sociales. . Caracterizan a la flora caprichosa de la plenitud del verano.Ahora bien. se arraciman. en el subsuelo. Y al caer las breves tardes sobre aquellos desiertos. por sobre la paupérrima vida. se observan dispo­ sitivos todavía más interesantes: se unen. por la capilaridad del inextricable tejido de radículas enredadas en numerosas mallas. pintados de blanco y de flores en espigas. alcanzando notable altura. Actúan por contraste. constituyendo en los trechos en que aparecen. en esas épocas crueles. Se suceden los meses y los años ardientes. La dureza de los elementos crece en ciertas épocas al punto de des­ nudarlos. siempre florecidos. disciplinada­ mente se congregan. entonces ya hace mucho que desaparecieron los fondos de los ojos de agua y los lechos endurecidos de los arroyos muestran. Tienen el mismo carácter los juázeiros. desparramados por las llanos y encendidos. No pudiendo vivir aisladas. Se encumbran triunfalmente mientras toda la flora se deprime. porque hay. en apretadas tramas. Los mandacarus (cereus jaramacarú). Pero. ellos agitan sus ramajes verdes. ajenos a las estaciones. forman el suelo arable en que nacen. asoman individualmente por encima de la vege­ tación caótica. . Y viven. Sobre la naturaleza muerta. Son novedad atrayente al principio. apenas se elevan los cereos silenciosos. destinados a dar su nombre a la más legendaria de las aldeas. La vista . venciendo. ellos dan la emocionante ilusión de cirios fijados al azar por el suelo. . un rasgo superior a la pasivi­ dad de la evolución vegetativa. . y es posible que en otros climas sean individuales. No están en el cuadro de las plantas sociales brasileñas de Humboldt. El sertón entero es impropio para la vida. retienen las tierras que se disgregan y finalmente. De esta clase son todas las plantas cesalpíneas y las caatingueiras. cuando se cierran sus grandes frutos colorados destacándose nítidos en la media luz de los cre­ púsculos. encumbrando los troncos circulares repartidos en columnas poliédricas y uniformes.

aferrados a la tierra como fibras de una alfombra humillada. con el vivo carmín de las cochinillas que alimentan.fatigada por tener que acomodarse a la contemplación penosa de los agres­ tes remajes contorsionados. acanalada. flexibles como víboras verdes por el suelo. Es la sylva oestu aphyla. Son los vegetales de los médanos quemantes. que las mismas orquí­ deas evitan. Es la caatanduva. a los cabegas de frade. va decayendo poco a poco. recamadas de flores blanquísimas. intensamente roja. humildísimos. que se fracciona en ramas inquietantes de espinas. . Entonces se comprende la verdad de la paradoja de Augusto de SaintHilaire: "¡Se encuentra allí toda la melancolía del invierno con un sol ardiente y el calor del verano!”. las ramas serpeantes. un vacío desértico. monstruosos melocactos de forma elipsoidal. doliente e informe. idénticos todos. mata en­ ferma en la etimología indígena. exhausta. curvas y rastreras. Buscan los sitios ásperos y calientes. a igual distancia. . espinosos. Es que una estrechísima rajadura les permitió continuar. Y la vasta familia capaz de adquirir todos los aspectos. hasta los quipás reptantes. vuelve a la normalidad y descansa recorriendo sus troncos derechos y correctos. Toda la flora se mezcla en una promiscuidad indescriptible. sucediéndose constantes. en los días claros. la raíz larga y capilar hasta la porción inferior. horribles. a través de la roca. todos del mismo porte. dolorosamente volcada sobre su terrible lecho de espinas. al azar. por la forma y por el modo como se desparraman. Se observan en el lecho abrasante de los riachos graníticos heridos por los soles. huyendo del suelo bárbaro en busca del remanso de la copa de la palmera. en un estertor doloroso. libres de evaporación. la imagen singular de cabe­ zas guillotinadas y sanguinolentas. Al cabo de poco tiempo se vuelven una obsesión afligente. en un desorden trágico. Aquí y allí hay otras modalidades: las palmatorias-do-inferno. de gemas espinosas que convergen en el vér­ tice superior formando una flor única. unos restos de humedad. por aquellos agrestes campos. la sylva hórrida de Martius. donde acaso existan. tiradas por ahí. uniformes. Subiendo un escalón al azar y mirando en torno. Poco más puede descifrar quien anda. . abriendo en el seno iluminado de la naturaleza tropical. Marcan la totalidad con su monotonía anormal. entre árboles sin hojas y sin flores. orladas de flores rutilantes. Los xiquexiques (cactus peruvianas) son una variante de proporciones inferiores. amigándose con los frágiles ouricuriseiros. dando por el tamaño. palmas diminutas diabólicamente erizadas de espinas. se observa el mismo desolador escenario: vegetación agonizante. distribuidos con un orden singular por el desierto. Aparecen de modo inexplicable sobre la piedra desnuda. quebrando alegre­ mente la tristeza solemne del paisaje. Tienen como socios inseparables en este habitat.

las estrellas. Restallan ruidosamente los truenos.A la luz cruda de los interminables días se erizan llamas sobre la tierra inmóvil y no la animan. echadas sobre los llanos. de troncos finos y flexibles. se hinchan. en medio de hielos. espaciadas. dan lentas y desmesuradas vueltas en las alturas. las quixabeiras de hojas pequeñísimas y frutos que recuerdan cuentas de ónix. tardes rápidas. como flecos de nieve. filtrándolos entre la fronda y dominando el renacer general. sus numerosas ramas. . Nubes voluminosas ponen una barrera en el horizonte. irradiando en círculo. . las umburanas perfuman los aires. Reverberan las infiltraciones de cuarzo por los cerros calcáreos. Las juremas. que surcan la hoja negra de la tormenta. de vegetación invernal. el firmamento se ilumina con relámpagos su­ cesivos. prontamente ahogadas en la noche. sobre el suelo. más verdes. no ya por la altura sino por el gracioso porte. asoman vivaces. Se mueven lentamente. Las gotas de lluvia caen gruesas. predilectas de los caboclos — es su hachís. por primera vez titilan vivamente. . dán­ dole al conjunto el aspecto de un paisaje glacial. las caraibas y baraúnas altas se recrean en las márgenes de los arroyos. los umbuzeiros elevados a dos metros del suelo. desordenadamente esparcidos por el desierto. Sobre el suelo alfombrado de azucenas resurge triunfalmente la flora tropical. les proporciona púrpura de sus flores sin esperar a las hojas. . mientras los vientos barren las planicies sacudiendo las ramas. disimulando los tajos de las quebradas. convirtiéndose en seguida en un aguacero de diluvio. en un blanqueo de bloques de hielo. Mas en el oscurecer de una tarde cualquiera de marzo. se adensan los icozeiros bajo el ondular festivo de las copas de los ouricuris. sin crepúsculos. Es una transformación de apoteosis. echan brotes los mariseiros cuyas ramas resuenan al paso de la brisa. Cargándose en minutos. recortándolo en relieves imponentes de negras montañas. y oscilando en la punta de las ramas secas de los árboles hirsutos penden las tilas albas. se mueven dando vida al paisaje. redondeando las colinas. Y cuando el viajero vuelve ya no encuentra el desierto. . las motas flo­ ridas del romero del campo.

. atrayendo la mirada. desparramados por los llanos. codicia el zumo ácido de sus hojas. se enrubian en motas los juás. trepan por los escasos mariseiros. Y las reparte con el hombre. . Las júrenlas. Lo alimenta y mitiga su sed. poco a poco. tuvo un tallo más vigoroso y alto y fue decayendo. gracias a las abundantes reservas guardadas en las raíces. Así podados parecen grandes cascos esféricos. . modificándose según las exigencias del medio. reaccionando. transpiran en la cáscara reseca de los árboles. estallando en flores blanquísimas. algunas gotas de agua. por fin. * Verde y magrem. estaría despoblado. Dominan la flora sertaneja en las épocas felices como los cereos melancólicos en los paroxismos estivales. sustentándose en los tiempos de miseria gracias a la energía vital que economiza en las esta­ ciones benéficas. — misteriosos árboles que presagian la vuelta de las lluvias y de las anheladas épocas del verde o el término de la magrem * — cuando el flagelo de la sequía está en su ple­ nitud. Tal vez. en la intercalación de veranos fla­ mígeros e inviernos torrenciales. pero todavía. formando un plano perfecto sobre el suelo. para desafiar las sequías interminables. en hojas que pasan de un verde pálido a un rosa vivo en los brotes nuevos. tan estéril que en él escasean los carnaubais tan provi­ dencialmente dispersos hasta las vecindades de Ceará. impenetrables muros disfrazados en dimi­ nutas hojas. pues sus ramas curvas y entrelazadas parecen hechas a propósito para armar redes. como una bebida mágica— se extienden formando tapias. a la manera de una planta ornamental cuidada por la solicitud de un práctico jardinero. . Si no existiese el umbuzeiro. Fiel amigo en las rápidas horas felices y largos días amargos de los vaqueros. destacándose. Por entonces realza su porte. El umbu es para el pobre matuto que allí vive lo mismo que la mauritia para los garaúnas de los llanos. les proporciona gratuitamente un inestimable brebaje que les da vigor para las largas caminatas y les quita la fatiga en instantes. o salpicando los morros. Y el sertón es un paraíso. predilectas de los caboclos — es su hachís. los araticuns a la orilla de los charcos. términos con que los matutos denominan las épocas de llu­ vias y de sequía. Le abre el seno afectuoso y amigo. El ganado. reverdecen los angicos. sólo alcanzado por los bueyes más altos. levanta en firme recorte la copa circular. Representa el más señalable ejem­ plo de adaptación de la flora sertaneja. . continúan siendo la nota más feliz del deslumbrante escenario. involucionando hasta prepararse para la resistencia. los umbuzeiros. Y cuando llegan las épocas felices le da los frutos de exquisito sabor para preparar la umbuzada tradicional. hasta en los días de bonanza. y las baraúnas con sus flores en cascada.Es el árbol sagrado del sertón. aquel pe­ dazo de sertón.

saltan alegres en los altos pastos. en­ suciándose en los charcos los avestruces velocísimos. y las suguaranas. antes de caer en las trampas traicioneras.Al mismo tiempo surge la fauna resistente de las caatingas. sordamente. adornando con guirnaldas las umburanas de roja cor­ teza. inflexiblemente rectilíneo. . . en bandadas. V UNA CATEGORIA GEOGRAFICA QUE HEGEL NO C IT O 8 9 Resumamos. . y las seriemas de voces quejosas y las sericóias vibrantes cantando en la arboleda. y a las súbitas inundaciones. seis meses de ventura. los litorales y las islas. Hegel señaló tres categorías geográficas como elementos fundamentales que en unión con otros. en bandadas. . extendido sobre los Andes — vasta terraza de dunas— se inscriben rigurosamente entre las primeras. . Pasan uno. derribando árboles por la caatinga . con un ritmo maldito. juntemos estas páginas dispersas. las pampas inconmensurables y el mismo Atacama. aterrando a los mocos que hacen pareja para anidar en las cuevas de piedra. Los llanos de Venezuela. . . las sabanas que continúan el valle del Mississipi. los jabalíes de rubia canela. dos. a causa de la exuberancia de la tierra. Es que pese a los largos veranos. los valles fértiles profusamente irrigados. actúan sobre el hombre creando las diferencias étnicas: las estepas de vegetación raquítica o las vastas planicies áridas. . En un tumulto de vuelos desencontrados pa­ san. disparan por las cuestas húmedas los caititus esquivos. Se suceden mañanas sin par en las que la irradiación del levante en­ cendido tiñe de púrpura las eritrinas y destaca los festones multicolores de las begonias. preparadas para los venados ariscos o los novillos escapados. a las tormentas de arena. Así se van los días. las flores y las hojas se despegan poco a poco y caen y la sequía se disbuja de nuevo en las ramas muertas de los árboles marchitos. . mientras. pasan en manadas por las tigüeras con el estruendoso estrépito de maxilares que se mueven. Pero no fijan al hombre a la tierra. a la orilla de los bañados donde van a beber y el tapir deteniéndose un instante en su trote brutal. las palomas silvestres que emigran. corren por las mesetas altas. hasta que. Los aires se animan en una palpitación de alas. imperceptiblemente. olvi­ dado de tristezas. Los surcan las notas de extraños clarines. feliz. y ruedan las turbas turbulentas de las maritacas estridentes. el campesino anda por la huella conduciendo a los bueyes hartos y entonando su canción predilecta. no son incompatibles con la vida.

Son un aislante étnico. rápidas y dispersas ante los primeros fulgores del verano. por esas planicies. terriblemente oscuro. desunen. No se pueden atar a la humanidad por el vínculo nupcial del surco del arado. y en las ocasiones en que los veranos se suceden sin la intermitencia de las llu­ vias. disfraza la dureza de los barrancos. dispersan. No atraen. lucha con las reservas almacenadas en los días de abundencia y en este combate feroz. el espasmo asombroso de la sequía. ahogado en la soledad de las planicies. de gramíneas y ciperáceas. holladas en corridas locas por las catervas turbulentas de los tártaros errabundos. re­ dondea en colinas los rispidos bloques de piedra. o las estepas de Mongolia. Pero a los sertones del Norte. Y el sertón es un valle fértil. como las cordilleras y el mar. La temperatura cae. que se vigoriza en las épocas lluviosas. En la plenitud de las sequías son positivamente desiertos. La vege­ tación florece. la atmós­ fera asfixiante. de tal manera que los grandes llanos surcados por ríos. Al llegar las lluvias. En el paisaje hay nuevos tonos: la transpa­ rencia espacial resalta en las más ligeras líneas y en todas las variantes de forma y de color. como vimos. Bárbaramente estériles. se cree entrar exactamente en aquella primera división. Si se los cruza en el verano. Después. Muestran siempre el mismo escenario. Después todo esto se acaba. se unen en curvas suaves a las lomas altas. Es un monte frutal vastísimo y sin dueño. de pronto verdeantes. con la única variante del color. de una monotonía abrumadora. Con la desaparición de los solazos se anula la sequedad anormal del aire. aunque a primera vista se les equiparan. para las so­ ciedades errantes de los pastores en continua movilidad. la naturaleza no los abandona del todo. la tierra se transfigura en mutaciones que contrastan con la desolación anterior. Vuelven los días torturados. como un océano inmóvil. en un constante armar y desarmar de tiendas. la atmósfera de los desiertos se levanta más profunda ante la expansión renacida de la tierra. maravillosamente exuberantes. pero si se los cruza en invierno. Tienen la fuerza centrífuga del desierto. sin olas y sin playas. cubre las grutas. es un incentivo para la vida pastoril. Vuelven los días torturantes. la pedregosidad del suelo. el hombre. Los ampara mucho más allá de las horas de desesperanza que acompañan el agotamiento de los últimos ojos de agua. Se aíslan las cumbres excavadas. se los toma por parte esencial de la segunda. repelen. les falta un lugar en el cuadro del pensador germánico. como los árboles. todo esto se termina. la desnudez vegetal.Su flora rudimentaria. anónimo. Los vados secos se convierten en ríos. . Pero cuando éstas no se prolongan al punto de originar penosos éxodos.

una irrupción del Atlántico precipitándose. sintetiza todos los climas del mundo. sobre el norte del Africa y desnudándola furiosamente. De la extrema aridez a la exuberancia extrema. En lucha sorda. del extremo norte al extremo sur. (N . a partir de los polos inhabitables.). La naturaleza no crea normalmente los desiertos. cosa inexplicable. La más interesante y expresiva de todas. los sertones imponen una división especial en aquel cuadro. Los combate. que coloca a la Tierra en condi­ ciones biológicas inferiores a las de otros planetas. la existencia vegetativa progresa hacia la línea equinoccial.La naturaleza se complace en un juego de antítesis. de T . Relegando a otras páginas su significación como factor de diferencia­ ción étnica. La fatalidad astro­ nómica de la inclinación de la elíptica. Por eso. Esta explicación de Humboldt. después de tocar la punta meridional de la paupérrima Arabia. bordeando el Pacífico por un extenso tramo — contrahecho collar de islas desiertas y excavadas— y buscando después en lento desemboque hacia el sur. cuyo trazo está perturbado por inflexiones que van desde los singulares puntos donde la vida es imposible. en un terrible remolino de corrientes. que el mayor de los naturalistas pensó que su génesis podía ser la acción tumultuosa de un cataclismo. Acabada la preponderancia del calor central y normalizados los climas. del Sahara que lo empuja hacia el norte. Los expresa el clásico Sahara — nombre genérico de la árida región dilatada desde el Atlántico al Indico. la naturaleza reacciona. la Hiléia * portentosa del Amazonas 90. donde los arbustos de otras zonas se hacen árboles y el régimen oscila en dos estaciones únicas. lo que de­ termina uniformidad favorable para la evolución de los organismos sim­ ples. . Pero siempre que el aspecto geográfico lo permite. del pie a las cumbres. apenas se advierte en los parajes donde una montaña única. Por ellas pasa. entrando por Egipto y por Siria y asumiendo todos los aspectos de la enorme depresión africana al plateau arábigo quemante de Nedjed y avanzando desde allí hacia las arenas de las bejabans en Persia— y son tan ilógicos. Bajo ella quedan las zonas exuberantes por excelencia. entre los valles intensamente fértiles y las estepas más áridas. Es que la morfología de la Tierra violenta las leyes generales de los climas. bajo las líneas astronómicas que definen la exuberancia máxima de la vida. . interfiriendo la frontera ideal de los hemisferios. tiene un significado superior. puesta en el medio. . a la India opu­ lenta. atados directamente a las variaciones del medio. cuyos efectos escapan a la razón de los ciclos * Hiléia: nombre que Humboldt dio a la gran región botánica que ocupa la mayor parte de la Amazonia brasileña y territorios limítrofes. aunque se presente como una brillante hipótesis. pasando de los desiertos a las florestas. el ecuador termal. Aparecen a veces. veremos su papel en la economía de la tierra. los rechaza.

históricos. de un agente geológico notable. entorpecida siempre por los agentes adversos. por ahora. favore­ ciendo una flora más vivaz. el hombre. las planicies. y las arenas móviles. lleva­ das por los vientos. en sucesivas fases de transfiguraciones maravillosas. indiferente a los elementos que provocan tumultos en su su­ perficie. incoercible. vuelto caapuera — matorral muerto— como lo señala la etimo­ logía tupí. pero emocionantes para quien consigue entreverla a través de los siglos sin cuento. éste actúa brutalmente sobre la tierra y en todo el decurso histórico. La cultivaban. lo cierto es que un com­ plejo de circunstancias les ha dificultado el régimen continuo. los llanos y las pampas de escasa vegetación. Cortados los árboles por las filosas hoces de granito. Renovaban el mismo proceso en la siguiente estación hasta que. las ramas después de secas se encendían en volcanes de fuego acrecidos por el viento. asumió el terrible papel de hacedor de desiertos. se inmovilizan poco a poco aprisionadas por las radículas de las gramíneas. Cer­ caban con troncos el área en cenizas donde hubo una mata exuberante. a despecho de una esterilidad menor. Aparte de esa tesis absolutamente inestable. ya inútil. como las de Australia. contra­ puestos a este criterio natural. se lo abandonaba. que por largo tiempo negaron a la planta más humilde su apego a la tierra. crecen. en una retrospección en la que la fantasía se levanta sobre la gravedad de la ciencia. la tierra como un organismo. y por fin. Anteriormente esbozamos algunas. geológicamente modernos. pero tenaz. De modo que si las extensas depresiones eternamente condenadas. La misma temperatura abrasadora acaba por darles un mínimo de presión atrayendo la afluencia de las lluvias. surgen. quedando en adelante irremediablemente estéril porque. En la agricultura primitiva de los silvícolas. Imaginémoslos hace poco. emergiendo. por ejemplo. Esto comenzó con un desastroso legado indígena. COMO SE HACE UN DESIERTO Los sertones del Norte. totalmente exhausto ese pedazo de tierra. tal vez pertenecen al punto singular de una evolución regresiva. las sabanas y las estepas más vivaces del Asia central. permanecen estériles. el suelo árido y la roca estéril caen bajo la acción de los liqúenes que preparan la llegada de los frágiles lecitos. el instrumento funda­ mental era el fuego. en otros pun­ tos los desiertos se anulan. De hecho. de un vasto mar terciario. Olvidémonos. va cambiando por asi­ milación. por .

con su extraño aspecto de inmensas ciudades muertas. vacías y tristes. para siempre estériles. y dejó. el incendio. donde no prospera la planta más exigua. el régimen francamente pastoril. aquí y allí. la degradó corroyéndola con las aguas salvajes de los torrentes. Lo agravó to­ davía al adoptar en forma exclusiva para el centro del país. extendiendo el círculo de los estragos en nuevas caapueras. Imaginen los resultados de semejante proceso aplicado sin variantes en el curso de los siglos. eran siempre de tipo arbustivo. Incluso a me­ diados de este siglo. abriéndoles los caminos y devastando la tierra. en los sertones abusivamente divididos se abren extensísimos campos. los exploradores que en 1830 avanzaron partiendo de la margen izquierda de ese río. pastizales sin límites. dejando la huella destructora en la marcha de las bandeiras. se le unió el sertanista ambicioso y bravo en busca de indígenas o de oro. con nuevos árboles derribados y nuevas quemazones. necesitado de ver claramente las montañas que lo guiaban. El aborigen seguía abrien­ do campos. . entrando por las noches. Después vino el colonizador y copió el mismo proceder. que una vez más dejaba para formar otras en diferentes puntos. los rigo­ res del clima la flagelaban. Durante meses seguidos se vie­ ron en el poniente. Ahogada por una flora que le oscurecía el horizonte y dificultaba peligrosamente las trampas tendidas al indio. Desde los albores del siglo xvxi. totalmente distintas de la de la selva primitiva. fuera de la estrecha faja de los cañaverales de la costa. la hirió a puntazos de pico. removiéndola en las exploraciones a cielo abierto. el mismo instrumento siniestro. cargando en vasijas de cuero las indispensables medidas de agua. Del mismo modo se abren los fuegos. las grandes catas. iluminándoles la ruta. libremente encendidos.una circunstancia digna de destacar. y más allá la caatinga bravia. tenían al frente. el reflejo rubio de las que­ mazones. las familias vegetales que surgían subsidiariamente en el suelo calcinado. tierras de cultivo. Estas brutalidades atravesaron toda nuestra historia. la esterilizó con las escorias del oro. quedando estériles e ineptas para reaccionar con los elementos exteriores que se agravaban a medida que se ampliaban: la tierra se volvía piedra. espejando aquí y allá la figura doliente de la caatanduva siniestra. enrojeciendo con el intenso colorido de las arcillas. según el testimonio de los viejos habitantes de las poblaciones aledañas del Sao Francisco. se ahogaba en duros pastizales. sueltos en los soplos violentos del nordeste. destruidas. avasallando extensidades. Atacó a fondo la tierra. va derribando a su paso y quemando. Al mismo tiempo. sin fosos de contención.

como se ve. El hacha del caatingueiro auxilió a la degradación de las tormentas. Por mucho tiempo dominó esta preocupación.”. Y hablan de los "campos fríos (ciertamente a la noche por la irradiación intensa del suelo desprotegido) cortando leguas de caatinga sin agua ni caravatá que la tuviese y remediando a la gente sólo con raíces de umbu y mandacaru” en la penosa apertura de las picadas *. y la del 11 de junio de 1799 por la que se decreta que "se prohíba la indiscreta y desordenada ambición de los habitantes (de Bahía y Pernambuco) que tienen asolados a hierro y fuego preciosos bosques. que intervino en la correlación de fuerzas de ese clima demoledor. lo transformó y lo agravó. .El gobierno colonial lo había previsto. Casi todos pasaban por la orilla del sertón de Canudos. desde Bahía a Ceará. con sucesivos decretos intentaron ponerle coto. atravesando normalmente el caprichoso curso lleno de vericuetos de los * Carta de Pedro Barbosa Leal al Conde de Sabugosa 92. entonces llamado Pico-Aragá por los tapuias. en busca de las "minas de plata” de Melchior Moreia 91. con las canículas. como dicen todavía los viejos sertanejos. Hay otros de comparable elocuencia. Ya en esa época. Y al terminar la sequía legendaria de 1791-1792. Pero aún puede extinguirlo. Lo demuestra una comparación histórica. en el desemboque de los valles. etc. . Quizá hizo el desierto. con el nordeste. entre Beja y Bizerta. COMO SE EXTINGUE UN DESIERTO Quien atraviesa las planicies elevadas de Túnez. con la erosión eólica. Allí están esos documentos preciados en relación directa con la región que pálidamente intentamos describir. el gobierno de la metrópoli. nombrando un juez conservador de bosques. al borde del Sahara. atribuyéndola a esas costumbres apuntadas. las plantas tenían una función proverbial. todavía encuentra. el hombre agregó un elemento más nefasto. la gran sequía. la quemazón fue suplemento de la insolación. con la succión de los estratos. la misma que tienen hoy para nuestros sertanejos. Desde 1713. La tarea no es imposible. Si bien no lo creó. . con las repentinas tempestades. Es que el mal es antiguo. la severa prohibición de cortar las florestas. a cada paso se descubre alguna alusión relativa a la rudeza de los parajes que atravesaban. Colaborando con los elementos meteorológi­ cos. Lo demuestran las car­ tas reales del 17 de marzo de 1796. Deletreando los antiguos mapas de ruta de los sertanistas del norte. que tanto abundaban y hoy quedan a distancias considerables. intrépidos caatingueiros que pleiteaban con los bandeirantes del sur. que arruinó al norte entero. con parada en Monte Santo. estableció como correctivo único. corrigiendo el pasado.

De modo que este sistema de represas. se vio transfi­ gurada en la tierra clásica de la agricultura antigua. dominando todo el paisaje. durante algunas semanas inundaba las planicies y luego desaparecía por el norte y por el levante. Túnez. hacia el Mediterráneo. después de una revitalización transitoria. restos de antiguas construcciones romanas. Caía sobre la tierra desnuda. además de inútil. determinando alturas pluviométricas mayores que las de otros países fértiles y exuberantes. cubiertos en parte por los detritos de veinte siglos. creó un esbozo de irrigación general. además de otras ventajas. los romanos habían tomado sobre sus hombros la empresa incomparablemente más seria de vencer el antagonismo de la naturaleza. El régimen torrencial que es intensí­ simo en ciertas épocas. expuestas a la evaporación. nefasto. tenazmente comba­ tido y bloqueado. Viejos muros derruidos. Los torrentes se dividieron en distintas corrientes por las barreras de las murallas que cerraban los valles y los oueds detenidos entre las sierras conservaban por largo tiempo las grandes masas líquidas hasta entonces perdidas. En la actualidad. más despojado y árido. Encadenaron los torrentes. consiguieron que las aguas permanecieran durante mayor tiempo sobre la tierra. Finalmente. aquellas superficies líquidas esparcidas en innumerables ríos y no resumidas en un Quixadá único 9S. con revestimientos de piedra lisa. Los romanos lo hicieron retroceder. donde habían anclado los hijos predilectos de los fenicios. era como en los sertones de nues­ tro país. entre muros de piedras y tierra. esos legados de los grandes colonizadores delatan al mismo tiempo su actividad inteligente y el abandono bárbaro de los árabes que los sustituyeron. Advirtieron con seguridad el defecto original de la región. pero que hasta entonces se reducía a un litoral poblado por traficantes o nómadas con sus tiendas de techos curvos blanqueando los arenales como quillas hundidas. la abastecedora casi exclusiva del trigo de los romanos. nivelando los últimos acci­ dentes que no doblegaba la fuerza del simún. o las transbordaban por canales laterales a los sitios más bajos donde se abrían en acequias que irradiaban hacia todas partes embebiendo el suelo. terminaron por actuar sobre el clima mejorándolo. Por otra parte. estéril menos por la escasez de lluvias que por su pésima distribución adscrita a los relieves topográficos. Y ahí dejaron el bellísimo rasgo de su expansión histórica. Al sur parecía avanzar el desierto. Excluido el arbitrio de las irrigaciones sistemáticas tan difíciles. Lo corrigieron. a manera de . monumental e inútil. los franceses les copian los procedimientos sin nece­ sidad de levantar murallas monumentales y dispendiosas.oueds. Después de la destrucción de Cartago. cedió ante una red de barreras. Fue el granero de Italia. repre­ saron las fuertes correntadas y aquel régimen brutal. dejando el suelo. Represas con empalizadas de estacas. desa­ rraigando la poca vegetación apenas aferrada a un suelo endurecido.

agravan al mismo tiempo los topes de calor y la degradación intensiva de los torrentes. evidentemente era la más lógica. la influencia de aquéllas es manifiesta desde que se considere que la capacidad absorbente y emulsiva de las tierras expuestas. hacen canales que derivan hacia las tierras circundantes. En aquella oportunidad. liberado de la apatía del musulmán inerte. el mapa hipométrico de los sertones del Norte. entre los agentes determinantes de la sequía se intercalan apreciablemente. cuando se dibuja sin gran precisión todavía. factible. como para caracterizar bien el fracaso completo de la inge­ niería ante la enormidad del problema. aman­ sadas. de resultados igualmente seguros. pasando de las insolaciones interminables a las inundaciones súbitas. E L MARTIRIO SECULAR DE LA TIERRA Realmente. formando redes de irrigación. que perduró. del bello espíritu del consejero Beaurepaire-Rohan9 4 . la tierra. . sin embargo. se aquietan. en 1877. por las derivaciones cruzadas.palancas. la inclinación de los estratos y la rudeza de los relieves topográficos. Es que. La propuesta más modesta. . se aprecia que se adaptan a una tentativa idéntica. sin tomar la fuerza de las inundaciones violentas. Ahora bien. se trans­ forma. Surgió hace mucho tiempo. en las que fueran sepultadas las teorías de los mejores científicos del momento — desde la sólida experiencia de Capanema hasta la singular mentalidad de André Rebougas9 5 — fue la única teoría práctica. las aguas salvajes se detienen. diseminándose finalmente. en millares de válvulas de escape. que hablaba por el más elemental de sus ejemplos. efecto de la enseñanza his­ tórica. después de una declinación de siglos. quizá sugestionado por la misma com­ paración que acabamos de hacer nosotros. volviendo a su fisonomía antigua. verdaderamente útil. miría­ das de pozos artesianos perforando las planicies. Francia salva los restos de la opulenta herencia de la civilización romana. Sea cual fuere la intensidad de las complejas y remotas causas que anteriormente esboza­ mos. Y el histórico paraje. diques inmensos formando Caspios artificiales. los oueds mejor dispuestos y en lo alto de sus bordes y a todo lo largo de las serranías que los rodean. De esta manera. la estructura y la conformación del suelo. De modo que. en memorables sesiones del Instituto Politécnico de Río. los superó. y finalmente. De las discusiones entonces celebradas. depósitos colosales para las reservas acumuladas. mal protegida por una vegetación marchita que las . se idearon lujosas cisternas de piedras. además de práctica. La idea no es nueva. ¡estupendos alambiques para la destilación de las aguas del Atlántico!.

porque los numerosos y pequeños diques uniformemente distribuidos. la única medida que se debe tomar es corregir estas disposiciones naturales. y cuando desaparecen. . donde corren sus ríos. nos dispensa de mayores pormenores técnicos. originados en la fatalidad de las leyes astronómicas o geográficas inaccesibles a la intervención humana. es digno de mencionarse el fuerte declive hacia el mar que existe en las tierras del sertón. fecundas áreas de cultivo. con el correr del tiempo. sobrevendrían tres consecuencias inevitables: se atenuaría considerablemente el drenaje del suelo con sus lamentables consecuencias. produciendo verdaderas avalanchas que destruyen todo a su paso. por toda la extensión del territorio sertanejo. reviviendo el trazado de cons­ trucciones antiquísimas. a los veranos siguientes. la golpean y esterilizan. . pues buscan atenuar. en las proximi­ dades de la red de derivaciones de las aguas. Dejando de lado los factores determinantes del flagelo. las aguas siguen incontinenti por los surcos y arroyos. son aquéllas las únicas pasibles de modificaciones apreciables. No hay que arbitrar otro recurso. pozos artesianos y los inmensos lagos como el de Quixadá. se formarían. Las fuertes tempestades que apagan el incendio sordo de las sequías. la dejan aún más desnuda ante los adustos rayos del sol. pero lo que hay que combatir y vencer en los sertones del Norte es el desierto. . Amuralladas las cuencas inteligentemente seleccionadas y a cortas distancias. Yoffiley. Notas sobre a Varaíba 96. a pesar de la revitalización que traen. . Nace del martirio secular de la Tierra. Francia los utiliza hoy sin variantes. ejercerían. . de modo general. preparan de alguna manera a la región para mayores tragedias. * “ . Apenas cae una lluvia en esos pedre­ gosos campos. al constituir una dilatada superficie de evaporación. . El régimen recorre con deplorable intermitencia un círculo vicioso de catástrofes *. se deja invadir poco a poco por el régimen francamente desértico.primeras queman y las segundas erradican. I. . tienen un inapreciable valor local. por su misma simplicidad. y se fijaría una situación de equilibrio en la inestabilidad del clima. El martirio del hombre allí es reflejo de una tortura mayor que abarca la economía general de la Vida. . de escasa vegetación. El proceso que señalamos en esta breve recordación histórica. la influencia moderadora de un mar interior de fun­ damental importancia. De esta manera. Las cisternas. exponiéndola cada vez más desprotegida. la surcan con canales de rispidos contornos. la última de las consecuencias de la sequía: la sed. La desnudan brutalmente.

La sequía. Antecedentes de fa­ milia: los Maciéis. Religión mestiza.— Canudos: antecedentes. Servidumbre inconsciente: vida pri­ mitiva. Tipos dispares: el jagunco y el gaúcho. distinguiéndola de los cruzamientos en el litoral. I I I — El sertanejo. El vaquero. Las misiones actua­ les. El arreo. Maldición sobre la Jerusalén de barro. Las prédicas. Tentativas de reacción legal. Un gnóstico rudo. Función histórica del río Sao Francisco. Varia­ bilidad del medio físico y su reflexión en la historia. Los vaqueros. Un heresiarca del siglo II en plena Edad moderna. Hombre grande para el mal. El rodeo. Carácter variable de la religiosidad sertaneja. Una raza fuerte. Hégira hacia el sertón. documento vivo de atavismo. Factores históricos de la religión mestiza. Represen­ tante natural del medio en que nació. Las oraciones. Gru­ pos de valientes. Los . Preceptos de ultramontano. Peregri­ naciones y martirios. I COMPLEJIDAD DEL PROBLEMA ETNOLOGICO DEL BRASIL Adscripta a influencias que intercambian en grados variables tres ele­ mentos étnicos. La caída. Una vida con buenos auspicios. Acción del medio en la fase inicial de la formación de las razas. Ais­ lamiento del desierto. En el dominio de las investigaciones antropológicas brasileñas se encuentran nombres muy dignos de nuestro movimiento intelectual. Crecimiento vertigino­ so. Leyendas. Camino al cielo. Fundaciones jesuítas en Bahía. Causas favorables para la formación mestiza de los sertones. Régimen de la urbs.— Complejidad del problema etnológico del Brasil. IV — Antonio Conselheiro. Monte Santo. ¿Por qué no predicar contra la República? Una misión abortada. Tradiciones. Policía de bandidos. Apenas está esbozado. El templo. la génesis de las razas mestizas del Brasil es un pro­ blema que por mucho o tiempo aún desafiará el esfuerzo de los mejores espíritus. Población multiforme. Profecías. mediador entre el bandeirante y el sacerdote. Primeros reveses. Cómo se forma un monstruo. V.— Génesis del jagun50 : colaterales probables de los paulistas.EL HOMBRE 1. La formación brasileña del norte. II. Pedra Bonita.

parece definiti­ vamente afirmado. Sea que resulten del "hombre de Lagoa Santa” cruzado con el precolombino de los "sambaquis”. bajo sus diferentes formas. totalmente caracterizado. nuestros indígenas. Sólo en los últimos tiempos. nos desvia­ ría demasiado de nuestro objetivo. hijo de tierras adustas y bárbaras. No vamos a repetirlas. y muchos otros cuyos trabajos refuerzan los de Nott y Gordon en el definir. con discordantes aspectos y opuestas condi­ ciones de vida. de alguna raza invasora del norte. sea que deriven. está a su vez. capaz de cambiantes climas. más que en cualquier otra parte. el autoctonismo de las razas americanas. con grandes modificaciones por ulteriores cru­ zamientos y por el medio. completado por la profunda elaboración pa­ leontológica de Wilhelm Lund. un tenaz investigador. a pesar del com­ plicado entrecruzamiento de donde emerge. con sus exactos caracteres antropológicos. El negro bantú o cafre. La parte primordial de la cuestión quedó aclarada. cualquiera fuere el ramal africano aquí trasplantado. analizó cuidadosa­ mente su religiosidad tan original e interesante. el portugués. nuestro eterno desprotegido. la intuición genial de Frederico Hartt. externos. aunque imper­ fectamente. Nina Rodrigues9 8. fue. contrariando el pensamiento de los caprichosos cons­ tructores del puente Aléutico. las inves­ tigaciones convergieron hacia la definición de su psicología especial y consiguieron trazar algunas conclusiones seguras. con sus varias modalidades. a América como un centro de creación desligado del gran vivero del Asia Central. hasta en este punto. la organización científica de Meyer. de la que se supone son oriundos los tupís. Escribimos todas . tan numerosos en la época del descu­ brimiento. se realiza por el ejercicio intensivo de la ferocidad y de la fuerza. Ahora bien. el medio físico diferenciador y aún. pueden ser considerados tipos en vías de desaparición de viejas razas au­ tóctonas de nuestra tierra. se puede afirmar que poco avanzamos. que nos une a la vibrátil estructura del celta. trajo los atributos preponderantes del homo afer.estudios sobre la prehistoria indígena muestran modelos de observación sutil y brillantes conceptos críticos. ciertamente. donde la selección natural. Pero si no consideramos las alternativas y todos los pasos inter­ medios de ese entrelazamiento de tipos antropológicos de grados dispares en sus atributos físicos y psíquicos bajo los influjos de un medio variable. Autónomo entre las razas se erige el homo americanus 97. Además de faltarnos competencia. no originaron idénti­ cas tentativas. En este gran esfuerzo. gracias a los cuales. Los otros dos elementos formadores. se destacan el nombre de Morton. Así es que conocemos los tres elementos esenciales y. Esclarecido de este modo el origen del elemento indígena. de una manera más com­ pleta. las condiciones históricas adversas o favorables que sobre ellos actuaron. la rara lucidez de Trajano de Moura. En cuanto al factor aristocrático de nuestra gens.

Se puede modificar como se modifican todas las leyes ante la presión de los datos objetivos. substituyéndose por los derivados. del tupí y del negro. Por el contrario. otras tres. ni qué causas pueden atenuar o matar ese influjo. el mameluco o curiboca y el cafuz *. se desdoblan y originan un número igual de subformaciones. aunque preferentemente aplicado al segundo. no se unifican. en el caso más simple. a su vez. sin reducción alguna. agravándose y dificultándose. Los abarca como término genérico. aplicando al conjunto la ley antropológica de Broca99. No nos dice cuáles son los factores que pueden atenuar el influjo de una raza más numerosa o más fuerte. Los elementos iniciales no se resumen. evidentemente. incluso en el caso favora­ ble arriba afirmado. Dejemos de lado innumerables causas perturbadoras y consideremos sólo los tres elementos constituyentes de nuestra raza en sí mismos. Por lo pronto. del curiboca y del cafuz. la combi­ nación ternaria determina. El tipo abstracto de brasileño que se busca. en el que convergen los sucesivos cruces del mulato. si se mira que aquéllas conllevan. * Respectivamente. al negro bantú. para el caso no basta que pongamos uno de­ lante del otro. al indio guaraní y al blanco. la palabra mameluco o mejor. Y el estudio de estas subcategorías sus­ tituye al de las razas formadoras. intactas. con las capacidades que les son propias. Pero aunque. cuando en lugar de la combinación binaria que la ley presupone. mostrando el serio problema. De mamá: mezclar y ruca: sacar. Los propósitos primeros de las investigaciones se desubican y perturban ante estas reacciones que no expresan una re­ ducción sino un desdoblamiento. en una fusión inmediata en la que se yuxtaponen o se resumen sus caracteres. unifi­ cados y convergentes en un tipo intermedio. no simplificaría el problema. Teóricamente sería el pardo. pero no develamos todas las incógnitas. Hay una regla que nos orienta cuando salimos a indagar la verdad. mamaluco. por extravagante indisciplina mental. innumerables modalidades de acuer­ do con el variable dosaje de sangres. Es fácil demostrarlo.las variables de una fórmula intrincada. vemos que en esta hipótesis favorable no resulta de ellos el producto único inmanente a las combinaciones binarias. en un mestizaje embarullado donde se destacan como productos más característicos el mulato. . Es que. del blanco y del tupí (cari-boc: que procede del blanco). Esta es abstracta e irreduc­ tible. Mamá-ruca: sacado de la mezcla. alguien intentase aplicarla desprendida de la intervención de esos datos. productos del negro y del blanco. sólo puede surgir de un entrelazamiento considera­ blemente complejo. binarias. se da una combinación de tres factores diversos adscriptos a las vicisitudes de la historia y de los climas.

Otros alargan más el devaneo.Pero si se consideran las condiciones históricas que actuaron de modo diferente en los distintos territorios del país. dejando de lado la gran influencia que éstos han tenido y que no negamos. las disparidades climáticas que ocasionan reacciones diversas diversamente soportadas por las razas constituyentes. En sus devaneos no faltan el metro y la rima. El tema se va volviendo multiforme y dudoso. Otros van demasiado pegados a la tierra. son estériles. más nume­ roso y más fuerte. difundida en medio de extravagantes fantasías que. la función se­ cundaria del medio físico y decretan la extinción casi completa del indígena y la influencia decreciente del africano después de la abolición del tráfico negrero y así prevén la victoria final del blanco. por cierto. entrelazan y funden a las tres razas según los caprichos que los empujan en el momento. capaz. Sometidos a la penosa tarea de subordinar sus investigaciones a condiciones tan com­ plejas. se han dedicado con preferencia a la preponderancia de los facto­ res étnicos. Pensamos que esto sucede porque la meta esencial de estas investiga­ ciones se reduce a la búsqueda de un tipo étnico único. Surge el mulato. con discutible autoridad. en quien se apagan más rápidamente aún. Como quiera que sea. Amplían la influencia del último. no fue y no es uniforme. a más de osadas. cuando. como término general de una serie. Y de esta metaquímica extraen algunos precipitados ficticios. porque invaden la ciencia en la vibración rítmica de los versos de Goncalves Dias 100. meditan sobre cosas tan serias con una volubilidad algo escandalosa si se miran las proporciones del tema. provocando la irrupción de una cuasi ciencia. como el caboclo. Comienzan por excluir. los rasgos caracte­ rísticos del aborigen. Algunos afirman a priori. entre nosotros. Después arrojan. y atendiendo aun a la introducción de otros pueblos — por las armas en la época colonial y por las inmigraciones en nuestros días— hecho que a su vez. Lo proclaman el tipo más característico de nuestra subcategoría étnica. . en gran parte. Y estructuran fantasías que caen al más leve choque de la crítica. en los últimos tiempos. hay muchos. de reaccionar en muchos puntos contra la ab­ sorción de la raza superior. la mayor o menor densidad con que éstas se cruzaron en variados puntos del país. forma cada vez más diluida del negro. Existe un exceso de subjetivismo entre quienes. los mate­ riales objetivos ofrecidos por las circunstancias mesológicas e históricas. Porque no tenemos unidad racial. Ahora bien. se los exageró. estas rápidas consideraciones explican los dis­ pares puntos de vista que reinan entre nuestros antropólogos. se ve bien que aquella formación es realmente dudosa cuando no absurda. hacia lo cual tienden tanto el mulato. Exageran la influencia del africano. en efecto.

Toda la climatología. por su misma estructura. inscripta en los amplios lincamientos de las leyes cosmológicas generales. el Brasil está lejos de incluirse en esa categoría. O progresamos o desaparecemos. y como transi­ ción. completado por la variación de las situaciones históricas que en gran medida. con una temperatura media de 2 6 °. muestra con preferencia y en cual­ quier parte adicta. aparecen modalidades que todavía los diversifican. Ahora bien. Sobre este propósito debemos hacer algunas consideraciones. La disposición orográfica brasileña. La re­ fuerza otro elemento igualmente ponderable: un medio físico amplio y variable. Nuestra evolución biológica exige la garantía de la evolución social. entre las isotermas 15° y 2 0 °. desde Minas a Paraná. no se adecúa a un régimen uniforme. de las investigaciones meteorológicas. las causas naturales más próximas y particulares. Además de sobrepasar la demarcación teórica común. deter­ . Estamos condenados a la civilización. Y definiéndolo de este modo concluimos que nuestro país. creando climas ecuatoriales en altas latitudes o regímenes templados entre los trópicos. Lo demuestran los resultados más recientes y son los únicos dignos de fe.Quizá no la tendremos nunca. proyectada en un dilatado tiempo. No la sugiere sólo esa heterogeneidad de elementos ancestrales. Bajo un doble aspecto. igualmente entre las líneas más o menos seguras de éstos. Así quedan claramente delimitados tres habitat distintos. ese límite es exage­ rado. si lo permite una vida nacional autónoma. otra subtropical que se extiende por el centro y norte de algunos estados. VARIABILIDAD DEL MEDIO FISICO Contrariando la opinión de los que limitan los países calientes a un desa­ rrollo de 30° de latitud. otra templada de Sao Paulo a Río Grande pasando por Paraná y Santa Catarina. La afirmativa es segura. Un clima es como la traducción fisiológica de una condición geográfica. Las indicamos en rápidos trazos. Estas lo subdividen en tres zonas claramente distintas: una francamente tropical que se extiende por los estados del norte hasta el sur de Bahía. Bajo este aspecto invertimos el orden natural de los hechos. de él dependieron. el astronómico y el geográfico. Estamos destinados a la formación de una raza histórica en un futuro remoto. excluye los relieves naturales que atenúan o refuerzan los agentes meteorológicos. de fuertes masas elevadas que se orientan prolongando el litoral perpendicularmente al rumbo SE.

Las diferencias en el régimen y en los aspectos naturales. se ven transiciones más acentuadas: mientras los para­ lelos acompañan el rumbo a occidente. en la travesía de las caatingas ralas y marchitas. indefinidamente. A partir de los trópicos. que había precedido a la paulista en el penetrar hacia los misterios de tierra adentro. Sorpresivamente se entra en el desierto. se señalan claramente en el primero. persiste inalterable. a partir del paralelo 13°. dadoras de opuestas condiciones de vida. los grupos humanos que en los dos primeros siglos de poblamiento golpearon las playas del norte. por lo que la observación rápida del extranjero se imagina una dilatada región vivaz y fértil. formando un escenario desmesurado adecuado para los cuadros dolorosos de las sequías. viola las leyes generales que lo regulan. un clima altamente mejorado por la altitud y la misma imagen animadora de los aspectos naturales. extremándose exageradamente. en llanos desnudos que se suceden. Es un hecho conocido. aparecen dos regiones totalmente opuestas. que siguiendo este rumbo son imperceptibles. la urdimbre geológica de la Tierra. De hecho. creando anomalías climatológicas muy expresivas. por las latitudes. creando las mismas condiciones favorables. los meridianos van hacia el norte. transformándose en sertones bárbaros por los que corren ríos efímeros. se esteriliza y deprime. hacia el ecuador. Allí. cede a las causas secundarias perturbadoras. Extendida hasta los parajes septentrionales se ve la misma naturaleza exuberante en los grandes montes que hay por la costa. Y por cierto. las florestas enmascaran vastos territorios áridos que retratan en las áreas desnudas las inclemencias de un clima en el que los grados termométricos e higrométricos progre­ san en relación inversa. abarcando extensas superficies hacia el interior. El contraste es abrumador. Se define anormalmente por las lon­ gitudes. desaparecen los grandes montes. es el ejemplo saliente. El fracaso de la expansión bahiana. A una distancia menor de cincuenta leguas. En la extensa faja de la costa que va desde Bahía a Paraíba. matriz de su interesante morfogenia. Entonces el encanto de la bella ilusión se quiebra. Lo revela un corto viaje hacia el occidente partiendo de un punto cualquiera de la costa. Lo que no ocurre de los trópicos hacia el sur. la misma flora. decae la grandeza de las montañas. tuvieron en su traslado hacia el oeste en busca del interior. obstáculos más serios que la agitada ruta marítima o montañosa. el clima totalmente subordinado al aspecto geográfico. La naturaleza se empobrece.mina las primeras distinciones en amplias zonas de territorio que están situadas al oriente. su caracterización astronómica. . Pero.

de naturaleza fecunda erguida en la apoteosis triunfal de los días deslum­ brantes y serenos. paradojalmente. francas y portentosas. Ninguna se le asemeja. el NO prepondera en toda la extensa zona que va desde las tierras elevadas de Minas y de Río hasta Paraná pasando por Sao Paulo. como un hálito fuerte de los pamperos.). Su imagen apa­ rente es de una benignidad extrema: de tierra aficionada a la vida. se lanza hacia el Mato Grosso. unidas a la brutalidad máxima de los elementos. . Tomaremos los casos más expresivos. Contemplándolas. ya muestran una diferencia esencial entre el sur y el norte. desafía en benignidad al admirable régimen de la Europa meridional. el paisaje se revela más opulento y amplio. A su vez. la naturaleza equilibra las exageraciones de Buckle. apenas esbozadas. No lo regula con exclusividad el SE.El ancho muro de la cordillera granítica que cae a plomo sobre el mar. distinto de los que vimos rápidamente delineados. sin los rasgos exageradamente dominantes de las montañas. Ahora bien. por las faldas interiores decae suavemente en vastos planos ondu­ lados. de T . En efecto. en precipitada generalización. se ve que aquel régimen climatológico anómalo es el rasgo más hondo de nuestra variabilidad mesológica. Haciendo un análisis más profundo descubriremos aspectos particulares más agudos todavía. Toda la imponencia salvaje. estas amplias divisiones. evitando explayarnos extensa­ mente sobre el tema. Es excepcional. incluso con la frialdad de las observaciones de los naturalistas poco ave­ zados en los aspectos descriptivos. Es la escarpa abrupta y viva de las altiplanicies. Ninguno se le equipara en el juego de las antítesis. éstos desaparecen en el corazón de las altiplanicies frente al SO que. En páginas anteriores vimos que el SE. es sustituido en los estados del sur por el NO y en los extremos septentrionales por el NE. por la disposición de la tierra y por la transición variable entre el sertón y la costa. que el gran pensador. de un suelo que germina en fantástica vegetación. (N . Sobre estos escenarios. harto irrigado por ríos que irradian hacia los cuatro puntos cardinales. La tierra mues­ tra esa manageability of nature * de que nos habla Buckle y el clima tem­ plado caliente. que es el regulador predomi­ nante del clima de la costa oriental. toda la exuberancia inconcebible. Pero esta placidez opulenta. Soplando desde las altas planicies del interior. esconde el germen de cata* Manageability of nature: en inglés en el original: flexibilidad de la naturaleza. ideó para el Brasil. absolutamente distintos por el régimen meteorológico. como sucede más hacia el norte. origi­ nando desproporcionadas amplitudes termométricas. agravando la inesta­ bilidad del clima continental y sometiendo a las tierras centrales a un régimen brutal. en el Mato Grosso. aparecen allí.

negrea el horizonte. desparramados por los vientos. Se desploman las casas. despunta en contraste con esas manifestaciones. se desencadenan con el rigor implacable de una ley. ahogando la vida. quedan aislados los morros. de eclipse. . dejando los refugios donde tuvo que buscar protección para su vida. Las aves se acogen a sus nidos suspendiendo sus vuelos y allí se esconden *. hacia el éste. poco a poco. el aire es sua­ vizado por soplos acariciantes. Fulguran los relámpagos. dan testimonio de la embestida fulminante del flagelo. . No podemos describirlos. Los troncos y las ramas de los árboles partidos por los rayos. en una inundación única. Vamos a esbozarlos. Ahora bien. se doblan y su­ cumben los carandas seculares. El cataclismo irrumpe como un arrebato en la espiral vibrante de un ciclón. y el hombre. si se vuelve a mirar el cielo. La tem­ peratura cae en minutos y en pocos instantes. las chozas destruidas. estallan en truenos los cielos y un aguacero torrencial cae sobre esas vastas superficies destrozando. el vendaval sacude violen­ tamente la tierra. "la naturaleza parece quedar extática. Los brasileños de otras latitudes apenas lo comprenden. Joáo Severiano da Fonseca. ni las ramas de los árboles se mueven. La presión decae lentamente. hacia el sur. Después de soplar algunos días las bocanadas calientes y húmedas del NE. un cúmulo compacto de bordes de cobre oscuro. asustada. parecen cuerpos sólidos. en rodeos turbulentos. la temperatura empieza a subir de nuevo. Entonces. * Dr. Viagetn ao redor do B ra sil 101. el clima de Pará. contempla los estragos en medio del renacer universal. los techos por tierra. los aires se inmovilizan por cierto tiempo. las planicies se vuelven lagos. Por momentos. el divortium aquarum impreciso que las atra­ viesa. los montes en una quietud que da miedo. encuadrada por el mismo lúgu­ bre escenario. en un descenso continuado. incluso a través de las lúcidas observaciones de Bates 10a. el mismo círculo vicioso de las catástrofes. uniendo todas las nacientes de los ríos y embarullando los lechos en mares indefinidos. las últimas olas barrosas de los arroyos desbordados. Días después los vientos soplan suavemente otra vez. ¡Y una hora después el Sol irradia triunfalmente en el cielo purísimo! Los inquietos pájaros cantan por las frondas chorreantes. Pero. reviviendo el mismo ciclo. . la vegetación volcada por los campos como si sobre ella hubiesen pasado búfalos en tropel. Es un asalto súbito. Desde ese punto sopla después una brisa cuya velocidad va creciendo rápidamente hasta convertirse en fuerte ventarrón. en el verano. la presión dismi­ nuye y crece sin cesar el malestar hasta que se forma en los aires inmo­ vilizados el componente formidable del pampero y resurge estruen­ dosa la tormenta. ¡ni una nube! El firmamento lím­ pido se arquea iluminado por un sol oscuro.clismos que irrumpiendo siempre con un ritmo inquebrantable. avanzando hacia el norte.

Mientras tanto. como el sístole y el diástole de la arteria mayor de la Tierra. tornando imposible la continuidad de cualquier esfuerzo. La constancia de tal clima hace que no se adviertan las estaciones que. La creciente detiene la vida. entre las cuales emergen. espera la terminación de ese invierno parado jal. ramas viudas de las flores recién abiertas. del único modo compatible con una naturaleza que se desborda en dispares manifestaciones. pantanos convertidos en prados. muertos. árboles. hacia el oeste. rítmicas. de altas temperaturas. el termómetro es sus­ tituido por el higrómetro en la definición del clima. con raro estoicismo ante la fatalidad. verano y otoño en un solo día tropical” *. suceden inesperadamente a noches lluviosas. "A la mañana siguiente el Sol se levanta sin nubes y de este modo se completa el ciclo. cuando muertos en el aire quieto se diluyen los últimos soplos del este. Así la vida se equilibra en una constancia imperturbable. los igapós verdeantes. el hom­ bre. La bajante es el verano. no puede negarse. abreviadas en las horas de un solo día. Tal régimen provoca un parasitismo franco. en furos. en abril o mayo. Muchas veces. en la víspera desnudos. gajos apenas cubiertos por hojas quemadas y marchitas. en el Alto Amazonas. Otros hechos hacen que sean inútiles para el forastero todas las tentativas de aclimatación. La temperatura tiene durante todo el año una oscilación no mayor de I o o 1. sobre la tierra inmóvil bajo el espasmo enervante de un bochorno de 35° a la sombra. * Draenert. se expanden soplos fríos del sur. El hombre bebe la leche de la vida chupando los vasos húmedos de las sifónias. dentro de la atmósfera ardiente del Amazonas.5°. en el transcurso de un día sereno y claro. en paranamirins entrecruzados en una red complicadísima de mediterráneo cortado por fuertes corrientes. cuyos pétalos se desprenden y caen. No bastan las intermitencias de las crecientes y las bajantes. en el círculo estrecho de veinticuatro horas. sin embargo. impone una aclimatización penosa a todos los hijos de los territorios limítrofes. O clima do B rasil 10s. apare­ cen cubiertos de flores. Es la revitalización de la actividad rudimentaria de los que allí viven. El Amazonas salta fuera de madre y en pocos días se levanta a diecisiete metros sobre su nivel. Estos crecen siempre de manera asombrosa. Todo depende de una alternativa dolorosa de las bajantes y las crecidas de los grandes ríos. se presentan. se extiende en vastos mares. en plena creciente. Allí.Madrugadas templadas de 23° centígrados. en la plenitud de los calientes veranos. manifestaciones diversas caracterizan un nuevo habitat que. Y en seguida. . aislados. mutaciones completas: flo­ restas silenciosas. Preso en las mallas de los igarapés. en este clima singular. Y todavía. días que irrumpen como apoteosis fulgurantes revelan­ do transformaciones inopinadas. se destacan otras anomalías que lo agravan aún más. primavera.

la acción exclusiva de un clima tropical. hasta el Mato Grosso. quedan vacíos los nidos. muestra un simulacro cruel de la desolación polar y lúgubre. De ahí todas las idiosincrasias de una fisiología excepcional: el pul­ món que se reduce por la deficiencia de la función y es sustituido en la eliminación obligatoria del carbono. ésta se ejercita. sobre el cual cae pesadamente la sobrecarga de la vida: organizaciones enfermas por la alternativa persistente de exaltaciones impulsivas y apatías enervadoras. mueren los peces en los ríos. Es el tiempo del frío. si consideramos que estos varios aspectos climáticos no expresan casos excepcionales. bajo otras formas. se muestran tal vez más duramente. . Y por algunos días se establece una situación insólita. Sin duda. ya lo vimos. se recogen tiritando cerca de las hogueras. y aquella naturaleza maravi­ llosa del ecuador. adormecidas por la ex­ plosión de las pasiones. . La misma intercalación de épocas serenas y dolorosas. las mismas fieras desaparecen. mueren las aves en los bosques silenciosos o emigran. es­ condiéndose en las cuevas más profundas. la selección natural se opera a costa de compromisos graves con las funciones centrales del cerebro. al estudiar nuestra fisiología. nuevas exigencias biológicas. pero aparecen todos. Los sertones del Norte. Se produce un hiato en las actividades. Nadie trabaja. Entonces el termómetro desciende. Los aventureros expertos que espoleados por la ganancia se arriesgan hasta allí y los mismos nativos endurecidos por la adaptación. Se despueblan esas grandes soledades inundadas. convendremos en que hay en nuestro medio físico una variabilidad completa. sin el tono muscular enérgico de los temperamentos robustos y sanguíneos. De ahí los errores en que incurren los que generalizan. originando una patología sui generis. nuevos regí­ menes. reflejan a su vez. Modela organismos endebles en las que toda la acti­ vidad cede ante el permanente desequilibrio entre las energías impulsi­ vas de las funciones periféricas fuertemente excitadas y la apatía de las funciones centrales: inteligencias en marasmo. por el hígado. con el aspecto periódico inmanente de las leyes naturales inviolables. afirmando inexorablemente la victoria de las expansiones instintivas y . en casi toda la costa marítima del Norte y en gran parte de los Estados que le corres­ ponden. Ahora bien. Acabemos estos rápidos diseños. desde las tormentas del Mato Grosso hasta los ciclos de las sequías del Norte. . .Es como un hálito helado del polo. enervaciones peligrosas pese a la acuidad de los sentidos y mal cuidadas por la sangre empobrecida de las hematosis in­ completas. El calor húmedo de los parajes amazónicos deprime y agota. En tal medio. entre el desarrollo intelectual y el físico. de pronto. totalmente remodelada por la espléndida reacción de los soles. helados. sin la vibratibilidad. en una progresión inversa perjudicial. en una caída instantá­ nea y brutal.

. se impuso una separación radical entre el sur y el norte. hasta el temperamento que se debilita con la pérdida de sus cualidades primitivas. en Tasmania o en Aus­ tralia. aliado al medio. 1 0 5 . como consecuencias únicas. excluyendo la acción per­ turbadora de acciones irrelevantes. e iniciado el poblamiento del país con idénticos elementos. Y volviendo al sur. El tipo perece en un desvanecimiento continuo que se transmite a la descendencia hasta la extinción total. el calor seco. . En cuanto al invierno. lo domina. lo arruina. al cabo de pocas generaciones de cruzamiento. ya en la fase colonial se esbozan situaciones diversas. la nieve golpea en los cristales. origina disposiciones más animadoras y tiene una benéfica acción estimulante. se hielan las lagunas y las heladas blan­ quean los campos. la mínima fortaleza moral. Esto no ocurre en gran parte del Brasil central y en todas las re­ giones sureñas. La raza inferior. el portugués en el Amazonas. ve alterados sus caracteres físicos y morales de una manera profunda. la impresión es de un clima europeo: sopla el SO muy frío sacudiendo lloviznas finas y garúas. Poseído el territorio. desde la tez que se oscurece por los soles y por la eliminación incompleta del carbono. Considerándola en sus aspectos generales. dividido por los felices beneficiarios. La aclimatización traduce una evolución regresiva. las canículas abrasadoras y los pantanos que producen la malaria 1 0 4 . el salvaje rudo. ofrece condiciones incomparable­ mente superiores. que miraba aún hacia los últimos milagros de la "India portentosa”. Y SU REFLEXION EN LA HISTORIA Nuestra historia traduce notablemente estas modalidades mesológicas. avanzando hasta Río Grande. altamente corregido por los fuertes movimientos aéreos provenientes de los cuadrantes del este. Incluso en la mayor parte de los sertones septentrionales. la máxima energía orgánica. lo anula con la concu­ rrencia formidable del paludismo. un régimen más fijo de lluvias que prepon­ deran en verano y se distribuyen en otoño y primavera de modo favo­ rable para los cultivos. Una temperatura anual media que oscila entre los 17° y 2 0 °. en un juego armónico de estaciones.conduciendo al ideal de una adaptación que tiene. las enfermedades hepáticas. lo vence. las fiebres agotadoras. bajo la misma indife­ rencia de la metrópoli. Como el inglés en las Barbadas. el territorio que va del norte de Minas hacia el sudeste. .

en rudo con­ traste con las agitaciones del norte. más práctico y aventurero. bellas páginas vibrantes pero truncas. con sus capitanías dispersas e incoherentes. en función de los mandatos de la corte remota. se lanzó sobre los sertones desconocidos. las tres razas formadoras. Este admirable movimiento refleja la influencia de las condiciones mesológicas. ambas desarro­ llándose bajo los influjos de una administración única. El drama de Palmares 1 0 6 . vueltas extrañas por dos destinos riva­ les. Surgen héroes. De la absorción de las primeras tribus. surgieron los cruzados de las conquistas sertanejas. la aclimatización más rápida. En todos prevalecían los mismos elementos que constituían la desesperación de Diogo Coelho. mayor subdivisión de las actividades.No necesitamos recordar los hechos decisivos de las dos regiones. vician la transitoria convergencia contra el holandés. "Biores qua na térra que peste . con el aspecto perfecto de un dominador de la tierra. No había ninguna distinción entre los colonizadores de uno y otro lado. mayor vigor en un pueblo más heterogéneo. los negros de Henrique Dias. libérri­ mo. rebelde. un amplio movimiento progresista en suma. la ola impetuosa del sur. Dos sociedades en formación. realizando la anomalía de trasladar a una tierra nueva el ambiente moral de una sociedad vieja. felizmente. más vivaz. en las que crecen movimientos y tendencias opues­ tas. Incluso en el período culminante de la lucha contra los holandeses. posi­ bilitó tempranamente el mayor vigor de los forasteros. los indios de Camaráo y los lusitanos de Vieira. Mal unidos en la guerra. Minas. totalmente divorciadas entre sí. entre el sertón inabordable y los mares. La historia es allí más teatral aunque menos elocuente. se distancian en la paz. . amorfas e inmóviles. y apartándose del mar y de los galeones de la metrópoli. unidas por la misma rutina. claramente diferenciados. una del todo indiferente al modo de ser de la otra. insurrecto. los conflictos en los límites de los sertones. sin objetivo cierto y en las que colaboran. el viejo colono imperial trataba de llegar hasta nuestro tiempo. delineando la epopeya inédita de las Bandeiras . a veces más brillantes pero siempre menos fecundas. . Mientras en el sur se dibujaban nuevas tendencias. Lo venció. Sao Paulo y regiones del sur— se convirtió en un tipo autónomo. pero sus estaturas se engrandecen en contraste con el medio. obcecado con una centralización estúpida. por un medio menos adverso. acampan en diferentes tiendas de campaña. los mamelucos audaces. El paulista — y la significación histórica de este nombre abarca a los hijos de Río de Janeiro. las correrías de los indígenas. . aventurero. Allí. Son dos historias distintas. Aprisionado en el litoral. se amancipó. . de la tutela lejana. inmutable.

al Paranaíba. La sierra del Mar tiene un notable perfil en nuestra historia. o golpeaba en las cataratas que caen desde los escalones de las altiplanicies. no se oponían. En cuanto al Sao Francisco. al paso de las bandeiras. su especial relieve lo vuelve un condensador de primer orden. al precipitar la evaporación oceánica. Corren las aguas en un sentido opuesto a la costa. A pique sobre el Atlántico. Aulaba el irreprimible apego por el litoral que se ejercía en el norte. El hombre se sentía fuerte. al Ama­ zonas y a todos los cursos de agua de la ribera oriental. no se diluía en un clima enervante. en Mato Grosso. y asomaba por encima de las flotas. . . Aunque un poco cambiado. Le dan al forastero la sugestión irresistible de las entradas. . La tierra atrae al hombre. Era la penetración en Minas. Según estas líneas de menor resistencia que definen las rutas más claras de la expan­ sión colonial. tenía un nuevo componente en la propia fuerza de la tierra. Todavía más. la fuerza viva restante en el temperamento de los que venían de vencer el mar ignoto. en Santa Catarina. Se alteraba pero mejorando. en todo el Brasil. intangible tras los bosques. ni la barrera intangible de los descampados abruptos. metiéndose de lleno en los sertones. en Goiás. Frente a sus escarpadas faldas golpeaba el ansia guerrera de los Cavendish y de los Festón 1 0 7 . como en el norte. Estaba sobre almenas infranqueables que lo ponían al mismo tiempo a distancia del invasor y de la metrópoli. la atracción misteriosa de las minas. el teatro de los grandes acon­ tecimientos podía volverse hacia el sertón con la misma audacia con que se había echado sobre las tierras africanas. Traspuesta la montaña — arqueada como el precinto de piedra de un continente— actuaba de aislador étnico y de aislador histórico. el forastero se sentía seguro. hacia el Paraná y el Para­ naíba. Los ríos que derivan por sus vertientes nacen de algún modo en el mar.Es que en el sur. directriz preponderante en ese dominio del suelo. Se entrañan en el interior. ni la esterilidad de la tierra. lo encanta con su hermoso aspecto. el acceso al interior seguía a las corrientes. volviendo la mirada hacia las planicies. En lo alto. en Río Grande do Sul. no se dis­ persaba en adaptaciones difíciles. Además de esto — subrayemos este punto aunque escandalicemos a nuestros minúsculos historiógrafos— la disposición orogràfica los libraba de la preocupación de defender el litoral donde desembarcaba la codicia del extranjero. se reducía la estrecha faja de algunas y pantanos ante la cual morían todas las codicias. se abre como el telón de un enorme baluarte. llevando a los sertanistas. Ahí está el trazado elocuente del Tieté. hacia el río Grande y de ahí. sin un solo golpe de remo. lo llama hacia su seno fecundo. lo arrastra finalmente de manera irresistible en la corriente de los ríos.

el sureño. eufemismo casuístico que disfrazaba el monopolio del brazo indígena. solidarios. Un pueblo extraño de mestizos levantis­ cos. y se producían en­ cuentros memorables en los que. bulas y órdenes reales. un completo divorcio con aquellos luchadores. descubriéndola des­ pués del descubrimiento. olvidados del holandés. influía por toda la costa oriental. se dirigen con Ruy de Montoya a Madrid y con Dias Taño a Roma 1 0 8 . Parecía casi un enemigo tan peligroso como el holandés. pisoteando. congregando de nuevo a los exhaustos combatientes. resuelto. Cuando las correrías del bárbaro amenazaban Bahía o Pernambuco o Paraíba y los quilombos desperdigados por los bosques constituían los últimos refugios del rebelde africano. parecían de otra raza en el arrojo temerario y en la resistencia a los contratiempos. De hecho. revelaba en su rechazo de los decretos de la metrópoli. Las grandes caravanas guerreras eran muchedumbres desencadenadas hacia todas direcciones. en el siglo xvn. reaccionaban tenaces contra los jesuítas. los sureños destacaban aún más esta separación de destinos aprovechando el mismo hecho para establecer la autonomía franca. En cuanto el dominio holandés. absolutamente alejado de aque­ lla agitación. mientras en Pernambuco las tropas de von Schoppe prepa­ raban el gobierno de N assau1 0 9 . el poblamiento sigue las huellas embarulladas de las bandeiras. invadiendo la propia tierra. lo dice la grosera odisea . Llegan a los límites extremos del ecuador. donde reinaba la Compañía de Jesús con el privilegio de conquistar las almas. buscando otros destinos. en Sao Paulo se estructuraba el drama sombrío de Guaira 1 1 0 . Fuera del litoral. Fuera de esto. Las seguían incansables. desde Bahía a Maranháo. Y cuando la restauración en Portugal vino a alen­ tar en toda la línea el repudio al invasor. Hasta los últimos años del siglo xvn. llevado por otras tendencias. con la fatalidad de una ley. Estos. En él se descubren sus rasgos verdaderamente nacionales. aquellos sertanistas que extendían los límites de Pernambuco hasta el Amazonas. sobre todo en el período agudo de la crisis colonial. aplastaban al enemigo común nuestras tres razas formadoras.Así es fácil mostrar cómo esta distinción de orden físico aclara las anomalías y contrastes entre los sucesos en las dos partes del país. porque ofrecían potencialidades. centralizado en Pernambuco. abriendo el seno rutilante de las minas. En lucha abierta con la corte portuguesa. donde se reflejaba la decadencia de la metrópoli y todos los vicios de una nacionalidad en descomposición. en el reinado efímero de Amador Bueno 111. señalándolo como el enemigo más serio. en demanda de otros rumbos. En la plenitiud del siglo xvn el contraste se acentúa. No tenemos un contraste mayor en nuestra historia. apenas los vislum­ bramos en las cortes espectaculares de los gobernadores en Bahía. Los hombres del sur se desparraman por el país entero. el sureño.

protegidas por una civilización que es como el plasma sanguíneo de esos grandes organismos colectivos. ACCION DEL MEDIO EN LA FASE INICIAL DE LA FORMACION DE LAS RAZAS Volvamos al punto de partida. Delineada de este modo la influencia mesológica en nuestro movimien­ to histórico. en nuestro caso especial. en la segunda mitad del siglo xvi. en las capacidades de las razas que se cruzan. Pero el colono norteño. las dosis de los tres elementos esenciales. es evidente que la yuxtaposición de los caracteres coincide con la íntima transfusión de tendencias y la larga fase de trans­ formación correspondiente se erige como un período de debilidad. se deduce la que ejerció sobre nuestra formación étnica. surgía como el vencedor clásico de esos peligros.de "Palmares”. Las exploraciones allí iniciadas. Ade­ más de esto (es hoy dato innegable) las condiciones externas actúan sobre las sociedades constituidas que sufren migraciones seculares. Ese contraste. Apretados entre los cañaverales costeros y el sertón. en el río Doce. en sus entradas hacia el oeste y hacia el sur. no se basa en causas étnicas primordiales. Bastiao Alvares en el Sao Francisco y Gabriel Soares por el norte de Bahía hasta las nacientes del Paraguacú. entre el mar y el desierto. las bandeiras hubiesen salido también del este y del norte y atrapado por un movimien­ to convergente. perdieron todo el arrojo y el espíritu de revuelta que ruge con elocuencia en todas las páginas de la historia del sur. el hace­ dor predilecto de las grandes hecatombes. el elemento indígena hubiera desaparecido sin dejar ras­ tros. Es que el hijo del Norte no tenía un medio físico que lo blindara con igual suma de energías. elevando el valor relativo de . aunque después tuvieron los estímulos enérgicos de las Minas de Prata de Belchior Dias. en un bloqueo agravado por la acción del clima. aun­ que remediadas por los recursos de una cultura superior. variaron en demasía en los diversos puntos del territorio. sin la audacia que brota de la atracción ejer­ cida por los parajes opulentos y accesibles. por Sebastiáo Tourinho. Lo que preparó el advenimiento de subrazas diferentes por la propia diversidad de las condiciones de adaptación. Si esto se verifica en las razas totalmente definidas que afrontan otros climas. en seguida se encontraba con la naturaleza adversa y prestamente volvía al litoral. sin la osadía de los dominadores. son un pálido remedo de las embestidas del Anhangüera o de un Pascoal de Araújo 1 1 2 . ¿qué no diremos de nuestra situación tan dife­ rente? En este caso. de los que se sienten bien en una tierra amiga. Si tal cosa hubiese sucedido. Convenido que el medio no forma las razas. por cierto.

originando un mestizaje disímil. todos los pasibles del morra per ello de la sombría justicia de aquellos tiempos. el medio tiene agentes más enérgicos que para las reacciones químicas de la materia. de las grandes masas invasoras. Al calor y a la luz que se ejercitan en ambos. Vimos que la formación brasileña del Norte es muy diferente a la del Sur. El documento afirma "que las tierras del Brasil no están despobladas porque en ellas existen más de tres mil portugueses”. acojámonos a este tema. el número reducido de pobladores contrasta con la vastedad de la tierra y la cantidad de población indígena. la ilusión de una subraza. . En esas circunstancias. . Fue lento. El Brasil era tierra de exilio. se adicionan la dispo­ sición de la tierra. capaces de conservar por el número. Venían dispersos. No hay un tipo antropológico brasileño. originaron diferencias iniciales en la mezcla racial.la influencia del medio. Ineptos para discriminar entre nuestras razas formadoras. la intensidad de estos últimos está lejos de la uniformidad proclamada. Sin arriesgarnos mucho en un paralelo osado. un vasto presidio con el que se atemo­ rizaba a los heréticos y a los relapsos. sin el empuje viril de los conquistadores. tal vez efímera. Todavía los deslumbraba el Oriente. a fin de regularizar con el embajador español en Francia el tratado de tregua con La Ravardiére 113. Vimos cómo entre nosotros. Así es que en las primeras épocas. esa especie de fuerza catalítica misteriosa que difunden los variados aspectos de la naturaleza. Definamos rápida­ mente los antecedentes históricos del jagungo. prolongándolas hasta nuestro tiempo. aun separadas del suelo nativo. en gran medida a causa de las circunstancias físicas. parcelados en pequeñas levas de desterrados o colonos arruinados. Esta cifra abarcaba todo el Brasil y habían pasado más de cien años desde el descubrimiento. . las modalidades del clima y esa acción de presencia innegable. podemos decir que para esas reacciones biológicas complejas. Nuestras capas étnicas se distribuyeron de modo diverso. todas las cualidades adquiridas en el largo aprendizaje his­ tórico. El desarrollo poblacional desde Maranhao a Bahía lo revela. LA FORMACION BRASILEÑA DEL NORTE Tratemos de tener en este intrincado entrecruzamiento una ilusión. Los portugueses no abordaron el litoral norteño robusteci­ dos por la fuerza viva de las migraciones compactas. son claras al respecto. Las instrucciones dadas en 1615 al capitán Fragoso de Albuquerque. éste graba mejor sus trazos característicos en el cuerpo en fusión. Las circunstancias históricas.

allí existían dos mil blancos. que todas hallarían maridos. "la población crecía tan lentamente que en la época de la pérdida del Señor Don Sebastiáo ( 1 5 8 0 )1 1 5 toda­ vía no había un establecimiento. los africanos. cuatro mil negros y seis mil indios. Cuando algunos años más tarde. El amancebamiento con las caboclas cayó pronto en una franca degra­ dación de la que ni el clero se salvaba. Bahía estuvo más poblada. sin hogar. Estas afirmaciones son expresivas. todos tenían por meta el aforismo de Barleus 1 1 8 . hechos a la vida libre del campamento. Este proceder obedecía a los fines de la metrópoli. en el primer siglo tuvieron una función inferior.Según observa Aires de Casal 1 1 4 . se hicieron cristianos y se emparentaron con los europeos. en Río Grande do Norte "donde los indios hace tiempo que fueron reducidos a pesar de su ferocidad y cuyos descendientes por medio del mestizaje con los europeos y africanos han aumentado las clases de los blancos y de los pardos”. según el pensamiento de Varnhagen 1 2 0 . 195. intensamente. entre el europeo y el indígena. Lo que tiene que haber influido mucho en los primeros cruzados. Se sabe que en el ánimo de los beneficiarios existía la preocupación de aprovechar lo mejor posible la mezcla. Ultra equinotialem non peccavi. se puede afirmar que la extinción del indígena del Norte provino. dice aquel narrador sincero. * * Joáo Francisco Lisboa m . por ser la tierra amplia y vasta. "Desde temprano — dice Casal— los tupiniquinos. aunque existían en abundancia. Hombres de guerra. siendo innumerables los naturales blancos del país con casta tupiniquina”. captando la simpatía de los nativos. eran de molde para esa mezcla en gran escala. incluso en el reino. gente de buena índole. Es visible durante mucho tiempo el predominio del elemento autóctono. Los forasteros que llegaban a esas playas. desterrados o aventureros corompidos. Sin ninguna idea preconcebida. la des­ proporción entre el elemento europeo y los otros dos continuó siendo desfavorable en perfecta progresión aritmética. El padre Nóbrega 119 lo definió bien en la célebre carta al rey (1 5 4 9 ) en la que. con tres ingenios de azúcar” *. Según Fernáo Cardim 1 1 7 . pintando con ingenuo realismo la disolución de las costumbres. En muchos lugares escaseaban. desde 1570 a 1758 — en que pese "a una serie nunca interrumpida de hesitaciones y contradicciones”— * * dis* Corografía Brasílica. . Eran pocos. fuera de la isla de Itamaracá 116 cuyos vecinos andaban en las 2 0 0 personas. Pensaba que era conveniente que le enviasen huérfanas o aun mujeres que fuesen erradas. Lo demuestran las sucesivas cartas reales que. p. El primer mestizaje se hizo pues en los primeros tiempos. más de los sucesivos cruzamientos que de un verdadero exterminio. Por otro lado. además. declara que el interior del país está lleno de hijos de cristianos que se multiplican según los hábitos gen­ tilicios.

la Compañía de Jesús que. que iniciada a fines del siglo xvi no paró hasta el nuestro (1 8 5 0 ) 1 2 4 y con­ siderando que él fue el mejor aliado del portugués en la época colonial. Las aldeas. Tantos captivos crescer. tuvo el valor de atraerlo durante mucho tiempo. con los azeneguas y los jalofos de Gil Eanes y Antao Goncalves. dominaba en el Norte. proporcionan un documento125: "Vemos no rey no meter. En 1530 andaban por las calles de Lisboa más de diez mil negros y lo mismo sucedía en otros sitios. demuestra sobre todo. Hicieron mucho. Contribuyó a esta persistente tentativa de incorporación. generalmente le dan una influencia exagerada en la formación del sertanejo del Norte. en toda la región que va del Maranháo hasta Bahía. Estas difundían ampliamente la san­ gre de las tres razas en los nuevos parajes descubiertos. tan oportuna para nuestra historia. Pese a que esta invasión de vencidos e infelices tuvo una rara fecundidad y óptimas cualidades de adaptación puestas a prueba en el Africa. extendían la protección a punto de decretar que se concediese tierras a los nativos "hasta las ya dadas a otros” puesto que debían tener preferencia los indios "naturales señores de la tierra”. es discutible que haya penetrado profundamente en los sertones. a su vez. Penetrando hasta lo hondo de los sertones. En Evora eran mayoría sobre los blancos. Ex­ cluyendo las posibles intenciones condenables. . anterior al des­ cubrimiento porque se había consumado desde el siglo xv. Los versos de un contemporáneo. a despecho de las perturbaciones que provocaban. Incluso algunas. un lento esfuerzo de pene­ tración en el centro mismo de las tierras sertanejas. centros de fuerza atractiva del apostolado. En el combate estúpido de la perversidad contra la barbarie esos eternos condenados cumplieron una digna función. como la de 1680.minuyen las posibilidades de ganancia de los colonos en la explotación de los salvajes como esclavos. que de algún modo completa el movimiento febril de las bandeiras. desde las faldas de la Ibiapaba 123 hasta las de la Itiúba. El curso de las misiones en el Norte. los misioneros salvaron este factor de nuestras razas. del africano. Aunque la tentativa de elevar el estado mental del aborigen hasta las abstracciones del mono­ teísmo fuera quimérica. Es cierto que el consorcio afro-lusitano era antiguo. por lo menos hasta la intervención de Pombalm. García de Rezende. gracias a un esfuerzo secular. en gran escala. Sorpren­ didos los historiadores por la venida. obligada a transigir en el Sur. Eran los únicos hombres disciplinados de su tiempo. servían para uni­ ficar tribus y para convertir. provocando un entrelazamiento general. Por lo menos fueron rivales del colono que sólo buscaba ganancias. los jesuítas realizaron allí una tarea noble. en aldeas a los rancheríos misera­ bles.

Las viejas ordenanzas que establecían "cómo se podían abandonar los esclavos y las bestias que se hallaren enfermas o mancas” denuncia la brutalidad de la época. como Domingos Sertáo1 2 8 . La esclavitud negra. Incluso los que se alzaban en franca rebeldía arma­ ban sus quilombos evitando el centro del país. sin las rebeldías del indio1 2 6 . distaba pocas leguas de la costa. admitiendo en ambos como denominador común el elemento blanco. La gran faja negra iba de Bahía a Maranháo. pero apenas pene­ traba en el interior. Así se establecieron límites precisos entre los cruzamientos realizados en el sertón y los del litoral. Que. * “Vemos en el reino meter / tantos esclavos crecer. entre nosotros creció. seráo mais Eles que nós. En efecto. El elemento africano se quedó en los vastos parajes costeros.). Allí campeaba el indio inepto para el trabajo y además rebelde. Los sertanistas que llegaban hasta aquellos parajes ya habían perdido su combatividad. a mi ver” . Como organis­ mos potentes hechos a la humildad extrema. En la costa. se assim for. terminaban su vida aventurera. El cultivo extensivo de la caña. a meu ver” *. Naturalmente. serán más. desde Río Grande do Norte a Bahía había ciento sesenta ingenios.Irem-se os naturaes. . la fertilidad de la tierra fijaba a los dos elementos simul­ táneamente. Además —insistamos en un punto incontroverti­ ble— las numerosas importaciones de esclavos se acumulaban en el litoral. La genesis del mulato tuvo su sede fuera de nuestro país. * * Diogo Campos. Algunos. (N . el mulato es el resultado principal del último y el curiboca del primero 1 2 9 . con sus treinta mil habitantes. / ellos que nosotros. el indio apenas retenido en las aldeas por la tenacidad de los misioneros. / los naturales se van. importada de Madeira m. libertando al indígena. Ya antes de la invasión holandesa * *. El primer mestizaje se hizo en la metrópoli. amarrado a la tierra. mira del egoísmo de los colonos. Palmares. el negro tuvo sobre sus hombros toda la presión de la vida colonial. abiertas en aquellos in­ mensos latifundios. La raza dominada tuvo aquí posibilidades de desarrollo. atraídos por el lucro de las fazendas de criagao. Y esta explotación en gran escala progresó des­ pués rápidamente. o si no. / y si así sigue. determinó el olvido de los sertones. dejaba más libertad que en el Sur para los esfuerzos de la catequesis. y determinando cruces raciales diferentes de los que se hacían en el interior de las capitanías. de T . Era la bestia de carga que asumía todos los trabajos sin descanso alguno. Razáo do Estado do Brasil.

la abundancia de documentación permite la recons­ trucción de la vida colonial. Lo esbozaremos y para no alargarnos en demasía. Ya vimos en páginas anteriores que él atraviesa las regiones más dis­ pares. Golpearon sus fronteras por igual el bandeirante. en el curso inferior. constreñido entre las cumbres que lo desnivelan hacia el mar. pasando en la parte media por el hermoso paraje de los campos gerais. bajo los dos aspectos que muestran. casi todos son efímeros. de trazado incomparablemente más apropiado para la penetración colonizadora. en la zona de las montañas y de las florestas. Hay un notable rasgo de originalidad en la génesis de la población sertaneja. en la cuenca de Juázeiro. * Joáo Ribeiro. Amplio en las nacientes. pasando rápidas sobre las miserables aldeas indígenas. derivando. totalmente olvidado aún. desde el siglo xvn hasta fines del siglo xvm . Si en el futuro. . en su dilatado recorrido recoge numerosos afluentes por la mitad de Minas. a la busca del oro o del esclavo. el teatro de las misiones. se vuelve pobre de tributarios. resignado y tenaz como el jesuíta. esta triple disposición es un diagrama de nuestra marcha histórica que refleja paralelamente sus variables modalidades. Balancea la influencia del Tieté. en sus nacientes. sea destacadamente. el lugar de la agitación minera. Bravo y temerario como el bandeirante. Después se estrecha. descubrían inmensos parajes que no poblaban y abandonaban para seguir hacia zonas todavía más desiertas. la tierra clásica del régimen pastoril. no diremos del Norte sino del Brasil subtropical. recorriendo rápidamente el río Sao Francisco "el gran camino de la civilización brasileña” según el acertado decir de un historiador *. y en la región media. saliendo a la búsqueda de la tierra o del hombre. Historia do B ra sil 131. hasta Paulo Afonso y cor­ tando la región estéril de las caatingas. se volvió el camino predilecto de los sertanistas. apretado por un corredor único de centenares de kilómetros. con miras sobre todo a la esclavización y al abatimiento de los nativos.GENESIS DEL JAGUNgO La demostración es positiva. Las bandeiras. nos apartaremos un poco del teatro en que se desarrolló el drama histórico de Canudos. tenía la ventaja de un atributo supletorio que le faltó a ambos: la fijación al suelo. el único compatible con la situación económica y social de la colonia. el jesuíta y el va­ quero. En cuanto a éste. el Sao Francisco fue. Ahora bien. sobresalga y obtenga el lugar que merece en la formación de nuestro pueblo. sea de modo confuso. En el curso inferior. es posible que el vaquero.

que avivó. aparecía como incidente obligado. traduce la sucesión y el enlace de estos únicos estímulos. que no se toma­ ba en cuenta. se explayaron de nuevo. Ahora bien. y desapa­ recido al norte el país encantado que había idealizado la imaginación romántica de Gabriel Soares. la visión engañadora de la "Sierra de las Esmeraldas” que desde mediados del siglo xvi atrajera. sucesivos grupos de pobladores *.Su historia. Pereira da Costa. En el comienzo. Em prol da integridade do territorio de Pernambuco. que abría ante los exploradores dos vías únicas. sólo se daba en el litoral la lucha contra el holandés y en el interior de las altiplanicies el asombroso ondular de las bandeiras 1 3 2 . Nóbiliarquia Paulista. en Itaberaba y Miguel Garcia. Dias Adorno y Martins Carvalho. 1725. por el país entero 1 3 1 . como consecuencia inevitable. * Carta del coronel Pedro Barbosa Leal al conde de Sabugosa. Como el acceso más corto y normal por los caminos de la costa estaba vedado porque lo interrumpían los muros de las sierras o lo obstaculizaban los bosques. acabada con la expedición de Glimmer (1 6 0 1 ). durante este período en que. parecen haberse prolongado hasta el gobierno de Lancastro 1 3 S . En este permanente oscilar entre los dos designios. el descubrimiento de lo desconocido. a veces inextricable. eternamente inalcanzables. uno tras otro. alentadas por el oro de Arzáo siguiendo en 1693 las mismas huellas de Tourinho y de Adorno y al cabo. aparentemente. como los documentos adrede oscuros de los ruteros. lo determinaron las entradas que buscaban las minas de Moreia que. . FUNCION HISTORICA DEL RIO SAN FRANCISCO Se formó oscuramente. los caminos de Glimmer. la naciente y la desembocadura. a Bruzzo Spinosa. la entrada se hacía por el Sao Francisco. las entradas sertanejas volvieron al anhelo primitivo e irradiando desde Ouro Préto. más fuertes. hasta que. Sebastiáo Tourinho. en la región que corta por su curso medio el Sao Francisco. hacia los flancos del Espinhaco. aunque anónimas y sin brillo. centralizados en la figura brutalmente heroica de Antonio Raposo. su función realmente útil. resurgiendo francamente con Bartolomeu Bueno. y Pedro Taques. más allá del Paramirim 1 3 4 . después de un agotamiento casi secular. se había desarrollado un notable poblamiento cuyos resultados aparecerían mucho después. renova­ das por las investigaciones indecisas de Pais Leme. llevando hasta las serranías de Macaúbas. Así es que. Es que se habían apagado casi al mismo tiempo los milagros de la misteriosa "Sabará-bugu” y los de las "Minas de Plata”. gran parte del siglo xvn está dominada por las sombrías leyendas de los cazadores de esclavos. en el Ribeiráo do Carmo. revelándose como aventura pura o como empresas de mayor o menor practicabilidad. Véase F. A.

El gran río se erige desde el principio como un elemento unificador étnico. cristaliza. atrayéndolos y entrelazándolos. un elemento esencial. se constituyó una extensa zona de cría de ganado que ya al alborear el siglo x v m iba de las fronteras septentrio­ nales de Minas a Goiás. en cuyas márgenes el calor del sol hace apa­ recer sal congelada". en la que se entrelazan florestas sin la grandeza y el cierre impenetrable de las del litoral. desahogados todos en los grandes claros de las caatingas. Porque provenientes de los más diversos puntos y orígenes. su flora compleja y variable. la sal. últimos espolones y contra­ fuertes de la cordillera marítima. gratuita en las salobres bajadas de los barreiros *. No producía impuestos o rentas que despertasen el interés egoísta de la corona. fuesen los paulistas de Domingos Sertáo. La tierra. indiferente para los cronistas de la época. con el pasto tierno de las altiplanicies y el pasto duro de los llanos. o fuesen los portugueses de Manuel Nunes Viana que partió de su fazenda de "Escuro” en Carinhanha para conducir a los emboabas en el Río das Mortes. todas de agua más o menos salobre. tienen el atenuante de los vastos llanos. sino también las aves y reptiles. p. extenso tramo de unión entre dos sociedades que no se conocían. presentaba el "casi único aspecto tranquilo de * Todos los animales buscan con ansia esos lugares. Casi toda esa sal sube hacia el centro de Minas Gerais. Y contrapuesta a la turbulencia del litoral y a las aventuras mineras. No faltaba para ello. casi simétricos. sobre la rara fecundidad del suelo cubierto de pasturas naturales. o los pernambucanos de Francisco Caldas. a los extremos del Maranháo y Ceará por el noreste y las serranías mineras de Bahía. su especial conformación hidrográfica de afluentes que se ajustan. pero oscura. todos fueron lazos preciosos para la fusión de esos elementos esparcidos. les compensaba la ilusión deshecha de las minas codiciadas. fuesen los bahianos de Garcia d’Avila. los forasteros que llegaban al centro de aquel sertón rara vez volvían 1 3 5 . al este. exuberante y accesible. olvidada. con sus pequeños ejércitos de taba)aras aliados. Tratándose de los lugares situados hacia las nacientes del Río Grande. Se pobló y creció autónoma y fuerte. El régimen pastoril se esbozó allí como una sugestión dominadora de los campos gerais. Escragnolle Taunay 136. declara Aires de Casal: “Hay varias pequeñas lagunas a mayor o menor distancia del río. . dando una sal blanca como el armiño. Su estructura geológica original da lugar a forma­ ciones topográficas en las que las sierras. al Piauí. no sólo los mamíferos. hacia el occidente y el oriente uniéndola de un lado a la costa y del otro al centro de las altiplanicies. Favorecida de este modo. no sólo por la metrópoli lejana sino por los mismos go­ bernadores y virreyes. 169. II. El agua de esos lagos (también la dulce) filtrada en vasijas de madera o de cuero finamente agujereadas y expuestas en tablas alrededor de ocho días. Corografía Brasílica.llevando a los hombres del Sur al encuentro con los hombres del Norte. El ganado lame el suelo embarrándose en las aguadas y bebe con delicia esa agua y come el barro.

la mayoría de los productores opulentos que allí se formaron. trasponiendo la sierra de Paraná. aceptando el concepto de un historiógrafo perspicaz que el "valle del Sao Francisco. etc. la índole varonil y aventurera de sus abuelos. o tal vez. Porque allí se quedaron completamente divorciados del resto del Brasil y del mundo. Notas genealógicas. abarcando a los pobladores septentrionales * * * * . tal vez precediendo a los demás en el descubrimiento de las minas de Caeté 137 y cruzándolas de parte a parte. La importancia que tuvieron ciertos bahianos en los acontecimientos de 1709 y la referencia de Antonil al capitán Luis do Couto que fue de Bahía a ese paraje con tres hermanos “buenos mineros”. término que como el de "Paulista” se volvía genérico. los descubrimientos en la región de Caeté fueron anteriores a los del Río das Velhas o de Sabará. y avanzando en dirección contraria como un reflujo del norte. vea sorprendido señales de­ jadas por sus predecesores. * * * * Dice el profesor Orville Derby: “Según Antonil138. sin los peligros de las migra­ ciones y los cruzamientos. ciertamente desde el este. renaciera allí y. en las ruidosas y turbulentas bandadas de inmigrantes que rodaban desde los flancos orientales de la sierra del Espinhago hasta el thalweg del Río das Velhas. Y no arriesgamos una hipótesis desmedida si admitimos que este tipo extraordinario de paulista. desde el siglo x v m se convirtió casi exclusivamente en una colonia de ellos” Es natural entonces que Bartolomeu Bueno. pasaran más fuertes quizá. venía del sur. amurallados al este por la Serra Geral. Según lo recogido en preciosas páginas por Pedro Taques * * . en una degeneración completa hasta el punto de declinar en el territorio mismo que le dio nombre. * * Nobiliarquia Paulista. favorecen esta última hipótesis”. y que al reabrirse en 1697 el ciclo más notable de las búsquedas del oro. Aparte de los escasos contingentes de pobladores pernambucanos y bahianos.nuestra cultura” *. en continuas migraciones. ya entonces muy poblado de paulistas y sus descendientes. pasando al oeste de las nacientes del Santa Bárbara. Joao Mendes de Almeida. cuando descubre Goiás. prolongando intacta hasta hoy. * * * Dr. es de presumir que fueron hechos por mineros de Ouro Préto. los grupos de "Bahianos”. por bahianos venidos del norte. y en este caso. surgiendo y decayendo en seguida en el Sur. buscaron aquellos lejanos rincones y se cree. se conservara. y eran los mismos enérgicos y entusiastas integrantes de las bandeiras. detenidos al occi* Joao Ribeiro. . EL VAQUERO Ya se formaba en el valle medio del gran río una raza de cruzados idén­ ticos a aquellos mamelucos enérgicos que habían nacido en Sao Paulo. Os primeiros descobrimentos de ouro em Minas Gerals. anónimos pioneros que habían llegado allí. fueron numerosas las familias de Sao Paulo que.

Y allí están. de caracteres definidos e inmutables. Maranháo. más tarde. Todos los po­ blados. donde todavía hoy surge impune el jaguar y se desplaza veloz el avestruz. o en las serranías de flancos destrozados por la búsqueda del mineral superficial. . aquella ruda sociedad. incluso en las mayores crisis — cuando la ropa de cuero del vaquero se convierte en la armadura flexible del jagungo— oriunda de elementos convergentes de todos los puntos. abasteciendo por igual con los enormes arreos que subían hasta el valle del Río das Velhas y bajaban hasta las nacientes del Parnaíba. Sería largo hablar de la evolución del carácter. con sus ropas características. con su bellísimo folklore de rimas que ya cumplieron tres siglos. tienen un origen .dente por los amplios campos gerais que se abren hacia el Piauí y que todavía hoy el sertanejo considera infinitos. habían suplantado en toda la línea al salvaje. incomprendida y olvidada. y tuvieron. por el aislamiento. Nos ligaban en el espacio y en el tiempo. ella es innegablemente un ejemplo expresivo de cuánto importan las reacciones del medio. Raza fuerte y antigua. con su sentimiento religioso llevado hasta el fanatismo. les dieron esa derivación a la faena de los rodeos. villas y ciudades. Ceará y Pernambuco. En consecuencia. con su extraño aferrarse a las tradiciones más remotas. no aptas para la dis­ persión. La índole aventurera del colono y la impulsividad del indígena se amalgamaron y el propio medio les permitió. era ya nuestra nacionalidad en ciernes. sobre una tierra fértil. que animan hoy su superficie. con su exagerado sentido de la honra. Los primeros sertanistas que la crearon. una ruda escuela de fuerza y coraje en aquellos campos gerais tan amplios. El medio los atraía y los protegía. pero diferente de las otras razas del país. vino el inevitable cruzamiento. fácilmente denun­ ciada hoy por el tipo normal de aquellos sertanejos. casi sin mezcla de sangre africana. Las entradas de uno y otro lado del meridiano. tienen un carácter de total originalidad expresado en las fundaciones que erigió. cuando las minas bahianas. Se criaban en una sociedad revoltosa y aventurera. pues después de dominarlo con la esclavitud lo apro­ vecharon para la nueva industria que practicaban. la conservación de los atributos y hábitos antiguos ligeramente modificados por las exigencias de la nueva vida. con los mismos hábitos de sus abuelos. Estableciendo en el interior la continuidad del poblamiento que aún faltaba en la costa y surgiendo entre los norteños que luchaban por la autonomía de la patria naciente y los sureños que le ampliaban el área. Nacían del abrazo feroz de vencedores y vencidos. Y despuntó una raza de curibocas puros. Expandiéndose por los sertones limítrofes o próximos. de Goiás. Piauí. . más bien facilitaban el entrelazamiento de los extremos del país. ampliando sus atributos ancestrales.

llega a los parajes poco apetecidos.uniforme bien diferenciado de los otros que se encuentran al norte o al sur. En esa superficie otorgada por abusivas concesiones al poder de una sola familia. estériles de tanta sequía. incluso en un área tan pequeña. Nos excusamos de apuntar ejemplos que son tan numerosos. Los que existen. Es lo que indican. completando estos ligeros apuntes. se formaron sobre las viejas aldeas indígenas. totalmente diversos en su origen. que reflejan el arrojo incomparable de las bandeiras. Si nos limitamos a las que todavía perduran. son elocuentes respecto del caso que conside­ ramos. Desde Itapicuru de Cima hasta Jeremoabo y desde allí. La extraordinaria empresa apenas se rastrea actualmente en escasos do­ cumentos que poco dicen para conocer la continuidad de la historia. Mientras las del sur se levantaron en las cercanías de las minas o al lado mismo de las excavaciones. y finalmente. después atraviesa los grandes campos gerais. arrebatadas en 1758. siguiendo la dilatada línea entre la Itiúba e Ibiapaba. acompañando al Sao Francisco hasta los sertones de Rodelas y Cabrobó1 4 1 . próximas o alrededor del sitio donde existía hace cinco años la Troya de barro 139 de los jagungos. la de García d’Avila (Casa de la Torre) 1 4 0 . se asiste a la sucesión de los tres casos señalados. libérrima y fuerte de los vaqueros. inconmensurables arenas hechas a la sociedad ruda. los mejores ejemplos. La calculada solicitud del jesuita y la excepcional abnegación de los capu­ chinos y franciscanos incorporaron las tribus a nuestra vida nacional. . Si se consideran las poblaciones del Sao Francisco desde las nacientes hasta la desembocadura. . sin embargo. y en el norte. los trazados de las fundaciones jesuíticas. FUNDACIONES JESUITAS EN BAHIA En efecto. los actuales poblados sertanejos. en el territorio que hemos demarcado. y cuando alboreaba el siglo xvm y los paulistas irrumpen en Pambu y en Jacobina 1 4 2 . con ciudades encaramadas sobre sierras. El río deja las regiones alpestres. se encuentran poblaciones antiquísimas. avanzaron en el siglo xvn las misiones en su lento andar que continuaría hasta nuestro tiempo. preferidos por el caminar lento y penoso de las misiones. el indio se fijaba en aldeas que se convertirían en ciudades. se construyeron sobre las antiguas aldeas de las misiones. vemos. Nos dicen que mientras el negro se agitaba en los afanes del litoral. aquí surgieron todos de los antiguos establecimientos de ganado. No tuvieron un historiador. se encontraron sorprendidos con las parroquias que ya . del poder de los sacerdotes por la severa política de Pombal.

Jeremoabo es sede de juzgado. la misión de Magacará. * * * Libro pat. desti­ nadas ambas a caracterizar la misma desdicha de dos razas tan apartadas en su origen. princi­ palmente cuando se exacerbaban las rivalidades de los jefes indios. Ya en 1698. fl. próximo al mismo tiempo del Piauí. Domingos Sertáo centralizó en su establecimiento del Sobrado el círculo más animado de la vida sertaneja. Cerca se levantaba. Es singular la identidad de forma. el canhemborá y el quilomboia *. al comenzar el siglo xvm . ostentaba un feudalismo grosero — que lo llevaba a convertir en vasallos a los tributarios pobres y en siervos a los tapuias mansos— .centralizaban cabildas. La acción de ese rudo sertanista en aquella región no ha tenido el relieve que merece. donde. directamente favore­ cido por la metrópoli. Allí el elemento indígena se mezclaba ligeramente con el africano. Quilomboia: negro huido. En éstos preponderaba el elemento indígena de la antiquísima misión del Sai. Como los otros dominadores del suelo. * Canhemborá ( cánybora) : indio huido. en 1687. Incompa­ rablemente más animado que hoy. Itapicuru (1 6 3 9 ) 143 fundada por los fran­ ciscanos. el humilde lugarejo llamaba sobre sí la atención de Joáo de Lancastro. gobernador general del Brasil. estaba incorporado a la administración metropolitana desde 1682. que se refu­ gia en los quilombos.700 catecúmenos * * . En la segunda mitad del siglo x v i i surgió en el sertón de Rodelas la vanguardia de las bandeiras del Sur. la segunda en el Africa y la primera en el Brasil. Más hacia el sur resaltaban otras: Natuba. 272. gov. el poblamiento continuó con mayor intensidad y con los mismos elementos. * * Os orizes conquistados de José Freire de Monteiro Mascarenhas. tenía el opulento Garcia d’Avila una compañía de su regi­ miento * * *. Un capuchino los conducía. Inhambupe. el rústico landlord colonial aplicó en el trato de sus cincuenta estableci­ mientos de cría la índole aventurera e inquieta de los curibocas. la primera misión de franciscanos disciplinó aquellas zonas de modo más eficaz que las amenazas del gobierno. interviniendo en las disensiones tribales y asimismo imperaba. mu­ nidos con los títulos perfectamente legales de capitanes. de Pernambuco y de Bahía. pero habiendo alcanzado su ideal de riqueza y poder. lo que permite suponerle un origen mucho más remoto. . levantada por los jesuítas. Más hacia el norte. humildísimo. del Ceará. también antigua. Casi en la confluencia de las capitanías septentrionales. que cuando se elevó a parroquia originó una amplia controversia entre los sacerdotes y el rico propietario mencionado. significación y sonido de estas palabras surgidas. aldea también bastante antigua. En 1702. Se armonizaron las tribus y el aflujo de silvícolas adoptados por la iglesia fue tal que en un solo día el vicario de Itapicuru bautizó a 3. a veintidós leguas de Paulo Afonso. El primero de aquellos sitios. sobre los mansos morubixábas.

se aliaba con los sacerdotes en la misma función integradora. Es que la metrópoli secundaba en el norte los esfuerzos de los sacerdotes. Se había afirmado desde hacía mucho tiempo el principio de combatir al indio con el indio, de modo que cada aldea de catecúmenos era un reducto frente a las incursiones de los indios libres e indomables. Al terminar el siglo xvn, Lancastro fundó con el indio catequizado la aldea de la Barra 144 para atenuar las depredaciones de los Acaroazes y Mocoazes. Y desde aquel punto, a lo largo del Sao Francisco, se suceden los poblados y las misiones en N. S. do Pilar, Sorobabé, Pambu, Arocapá, Pontal, Pajeú, e tc.1 4 5 . Es evidente que, precisamente en el trecho de sertón bahiano más ligado con los otros Estados del Norte — en todo el circuito del sertón de Canudos— se estableció desde el alborear de nues­ tra historia un poblamiento abundante, en el que sobresalía el indio amalgamado con el blanco y con el negro, sin que éstos resaltaran a punto de dirimir su innegable influencia. Las fundaciones posteriores a la expulsión de los jesuítas copiaron el mismo método. Desde fines del siglo x v i i i hasta el nuestro, en Pombal, en Cumbe, en Bom Conselho y Monte Santo, etc., perseverantes misio­ neros, de los que es modelo bellísimo Apólonio de T o d i1 4 6 , continuaron hasta nuestros días el penoso apostolado. Toda esa población perdida en un rincón de los sertones, permaneció así hasta ahora, reproduciéndose libre de elementos extraños, aislada, y por eso mismo, realizando con la máxima intensidad un cruzamiento uni­ forme, capaz de justificar la aparición de un tipo mestizo bien definido. Mientras tanto, mil causas perturbadoras complicaban el mestizaje en el litoral revuelto por las inmigraciones y por la guerra; y en otros puntos centrales, otros intentos irrumpían en el rastro de las bandeiras, allí, la población indígena, aliada con unos pocos mocambeiros foragidos, blancos que escapaban de la justicia o audaces aventureros, persistió dominante.

CAUSAS FAVORABLES PARA LA FORMACION MESTIZA DE LOS SERTONES , DISTINGUIENDOLA DE LOS CRUZAMIENTOS EN EL LITORAL No hagamos sofismas. Enérgicas causas determinaron el aislamiento y conservación de lo autóctono. Las destacaremos. Primero fueron las grandes concesiones de tierras que definen la ima­ gen más duradera de nuestro tacaño feudalismo. Los patrones del suelo, de los que son modelos clásicos los herederos de Antonio Guedes de Brito 1 4 7 , eran celosos de sus dilatados latifundios que sin líneas demarcatorias, avasallaban la tierra. Apenas toleraban la intervención de la metrópoli. La erección de capillas o de parroquias en sus tierras siempre se hacía a partir de controversias con los curas, y

aunque éstos finalmente ganaban la partida, caían de algún modo bajo el dominio de los grandes potentados. Estos dificultaban la entrada de nuevos pobladores y hacían de los establecimientos de cría, dispersos alrededor de aldeas recién formadas, poderosos centros de atracción para la raza mestiza que de ellas provenía. Así se desarrolló ésta, alejada del influjo de otros elementos. Y en­ tregados a la vida pastoril a la que por su misma índole eran afectos, los curibocas o cafuzos oscuros, antecedentes directos de los actuales vaque­ ros, divorciados completamente de los habitantes del Sur y de la intensa colonización del litoral, vivieron adquiriendo una fisonomía original. Como que se criaban en un país diferente. La carta real del 7 de febrero de 1701, constituyó después una me­ dida supletoria de ese aislamiento. Imponiendo severas penas a los infrac­ tores, prohibía cualquier comunicación de aquella zona sertaneja con el Sur, con las minas de Sao Paulo. Ni siquiera las relaciones comerciales fueron toleradas, quedaron interdictos los más simples trueques de pro­ ductos. Ahora bien, más allá de estas razones, considerando la génesis del sertanejo del extremo norte, sobresale otra: el medio físico de los sertones en el vasto territorio que se extiende desde el lecho del Vaza-Barris hasta el Parnaíba, en el oeste. Vimos su fisonomía original: la flora agresiva, el clima implacable, las sequías periódicas, el suelo estéril erizado de serranías desnudas, aislado entre los esplendores del majestuoso araxá * del centro de las altiplanicies y los grandes bosques, que acompañan y orlan las curvas de las costas. Esta ingrata región para la cual el tupí tenía un término sugestivo, pora-pora-eima * * , que permanece aún en una de las serranías que la tapan por el levante (Borborema) fue el asilo del tapuia. Vencidos por el portugués, por el negro y por el tupí coaligados, los indómitos Cariris 148 encontraron protección singular en aquel rincón árido, escabroso por la osamenta rígida de las piedras, sacudido por las tormentas, reseco por el sol, erizado de espinos y caatingas. Allí se ador­ mecían, cayendo en la vacuidad de los llanos donde no había asomos de la apetecida riqueza mineral, los ímpetus de las bandeiras. La tapuiretama * * * misteriosa se ataviaba para el estoicismo del misionero. Sus múltiples caminos estrechos y largos retratan las marchas lentas, tortu­ radas y dolorosas de los apóstoles. Las bandeiras que hasta ahí llegaban se marchaban rápidas, huyendo, en busca de otros parajes. Los asombraba esa tierra modelada para las grandes batallas silenciosas de la Fe. La dejaban sin que nada los obligase a volver y de paso, dejaban a su gente en paz.
* Según Couto de Magalháes, esta palabra se descompone en ara: día y echa: ver, avistar. Araxá es el lugar de donde se ve primero el sol y por extensión, las tierras altas de las planicies del interior. * * Lugar despoblado, estéril. * * * T apui-retama: región del Tapuia.

De ahí la circunstancia, revelada por una observación feliz, de que aún hoy predominan en las denominaciones geográficas de esos lugares, términos de origen tapuia resistentes a las absorciones del portugués y del tupí, que se impusieron en otros sitios. Sin que nos explayemos de­ masiado, podemos resumir las tierras que circundan a Canudos como ejemplificaciones de este fenómeno lingüístico que tan bien traduce un acontecer histórico. "Traspuesto el Sao Francisco en dirección al sur, se penetra en una región ingrata por la inclemencia del cielo y se va atravesando la elevada desembocadura del Vaza-Barris, antes de ganar las zonas más deprimidas de las planicies bahianas que, después del salto de Paulo Afonso, después de Canudos y de Monte Santo, llevan a Itiúba, al Tombador y al Aguruá. Ahí, en ese lugar del patrio territorio, uno de los más ingratos, donde otrora se refugiaban los perseguidos restos de los Orizes, Procás y Cariris, aparecen de nuevo, designando los lugares, los nombres bárbaros de pro­ cedencia tapuia que ni el portugués ni el tupí lograron suplantar. "Entonces se leen en el mapa de la región con la misma frecuencia de los accidentes topográficos, los nombres de Pambu, Patamoté, Uauá, Bendegó, Cumbe, Magacará, Cocorobó, Jeremoabo, Tragagó, Canché, Chorrochorró, Quincuncá, Conchó, Centocé, Aguruá, Xiquexique, Jequié, Sincorá, Caculé o Catolé, Orobó, Mocujé y otros igualmente bárbaros y extraños” * 1 4 9 . Es natural que grandes poblaciones sertanejas parejas con las que se insinuaban en el Sao Francisco medio, se constituyesen allí con predo­ minio de sangre tapuia. Y allí permanecieron olvidadas, en un círculo estrecho, durante tres siglos, hasta nuestros días, en un abandono com­ pleto, ajenas por completo a nuestros destinos, guardando intactas las tradiciones del pasado. De modo que, ahora, quien atraviesa por esos lugares, observa una uniformidad notable entre quienes los pueblan: rostros y tallas apenas varían en torno de un modelo único, dando la impresión de un tipo antropológico invariable, a primera vista diferente del mestizo proteiforme del litoral. Porque mientras éste muestra todos los tonos y ofrece un tipo indefinido, según el predominio variable de sus agentes, el hombre del sertón parece copia de un modelo único, con las mismas características físicas, la misma tez, apenas variando del mameluco bronceado al cafuz oscuro; cabellos lacios y duros o levemente ondulados. La misma envergadura atlética, y los mismos rasgos morales que se traducen en las mismas supersticiones, los mismos vicios y las mismas virtudes. La uniformidad es impresionante. El sertanejo del Norte es, indudable­ mente, el tipo de una subcategoría étnica ya constituida 1 5 °.

* Teodoro Sampaio, Da expangáo da lingua tupi e do seu predominio na lingua nacional.

Abramos un paréntesis. . . La mezcla de razas muy diferentes, en la mayoría de los casos, es perjudicial. Ante las conclusiones del evolucionismo, aunque actúe sobre el producto el influjo de una raza superior, despuntan vivos estigmas de la inferior. El mestizaje extremado es un retroceso. El indoeuropeo, el negro y el brasileño guaraní o el tapuia, expresan estados evolutivos que se enfrentan y el cruzamiento, sobre anular las cualidades prominentes del primero, es un estimulante al recocimiento de los atributos primitivos de los últimos. De modo que el mestizo — rasgo de unión entre razas, breve existencia individual en la que se comprimen esfuerzos seculares— casi siempre es un desequilibrado. Foville 151 los compara, en general, con los histéricos. Pero el desequilibrio nervioso en tal caso es incurable: no hay terapéutica que pueda doblegar las tendencias antagónicas de razas sorpresivamente arrimadas, fundidas en un organismo aislado. No se comprende que después de diferenciarse extremadamente, a través de extensos períodos entre los cuales la historia es un momento, puedan dos o tres pueblos converger, combinando constituciones mentales diver­ sas, anulando en poco tiempo distinciones resultantes de un lento trabajo selectivo. Como en las sumas algebraicas, las cualidades de los elementos que se yuxtaponen, no se suman; se sustraen o se destruyen, según se esté en presencia de los caracteres positivos o negativos. Y el mestizo — mulato, mameluco o cafuz— menos que un intermediario es un de­ caído, sin la energía física de sus ascendientes salvajes, sin la altura in­ telectual de sus ancestros superiores. Contrastando con la fecundidad que acaso posea, revela casos de hibridez moral extraordinarios: espíritus ful­ gurantes, a veces, pero frágiles, inquietos, inconstantes, que deslumbran por un instante y en seguida se apagan, heridos por la fatalidad de las leyes biológicas, empujados hacia el plano inferior de la raza menos favorecida. Impotentes para lograr alguna solidaridad entre las generacio­ nes opuestas, de las que son producto, se mueven en un juego permanente de antítesis. Y cuando sobresalen — no son raros los casos— capaces de grandes realizaciones o de asociar las más complejas relaciones abstractas, todo ese vigor mental reposa (salvo los casos excepcionales que justifican el concepto) sobre una moralidad rudimentaria, en la que se observa el automatismo impulsivo de las razas inferiores. Es que en esa concurrencia admirable de los pueblos, envueltos en una lucha sin tregua, en la cual la selección capitaliza atributos que se con­ servan por herencia, el mestizo es un intruso. No luchó, no es una inte­ gridad de esfuerzos, es una cosa dispersa y disolvente, surge de repente, sin caracteres propios, oscilando entre influjos opuestos de legados dis­ cordantes. La tendencia a la regresión de las razas matrices caracteriza su inestabilidad. Es la tendencia instintiva de una situación de equilibrio. Las leyes naturales, por su propio juego, parecen extinguir, poco a poco, el producto anómalo que las viola, ahogando sus fuentes generatrices.

El mulato desprecia irresistiblemente al negro y trata con tenacidad ansiosa de realizar cruzamientos que apaguen en su prole el estigma del color; el mameluco se hace bandeirante inexorable, precipitándose feroz sobre las tribus aterradas. . . Esta tendencia habla claro. De algún modo, vuelve a anudar la serie continua de la evolución que el mestizaje cortó. La raza superior se vuelve objetivo remoto hacia donde tienden los mestizos deprimidos y éstos, en su búsqueda, obedecen al propio instinto de conservación y de defensa. Es que las leyes del desarrollo de las especies son inviolables y si la sutileza de los misioneros fue impotente para que el espíritu del salvaje comprendiera las más simples concepciones de un estado mental superior, si no hay esfuerzo que logre que el africano, a pesar de la solicitud de los mejores maestros, se aproxime al nivel intelectual medio del indo­ europeo — porque todo hombre es más que nada una integración de es­ fuerzos de la raza a la que pertenece y su cerebro es una herencia— ¿cómo puede entenderse la normalidad del tipo antropológico que aparece, de pronto, uniendo tendencias tan opuestas? 152

UNA RAZA FUERTE La observación cuidadosa del sertanejo del norte muestra de modo ate­ nuado este antagonismo de tendencias y está casi fijo en los caracteres fisiológicos del tipo emergente. Este hecho, que parece contradecir los párrafos anteriores, es una contraprueba apabullante. En efecto, es innegable que para la imagen anormal de los mestizos de razas muy diferentes contribuye bastante el hecho de arrastrar el elemento étnico más elevado, condiciones de vida superiores, de donde surge una acomodación penosa y difícil para aquéllos. Y como sobre ellos cae una sobrecarga intelectual y moral, el desequilibrio es inevitable. La índole incoherente, desigual y revuelta del mestizo, denota un íntimo e intenso esfuerzo de eliminación de los atributos que le impiden la vida en un medio más adelantado y complejo. En un círculo pe­ queño, se refleja ese combate sordo que es la misma lucha por la vida de las razas. Lucha conmovedora y eterna, caracterizada por el bello axioma de Gumplowicz 153 como la fuerza motriz de la historia. El gran profesor de Gratz 154 no la consideró bajo este aspecto, sin embargo, la verdad es que si todo elemento étnico fuerte "tiende a subordinar a su destino al elemento más débil ante el cual se encuentra” tenemos en el mestizaje un caso perturbador. La expansión irresistible de su círculo singenético, aunque eludido de tal manera, apenas se retarda. No se extingue. La lucha se transforma, volviéndose más grave. Va del exter­ minio franco de la raza inferior por la guerra, a su eliminación lenta,

a su absorción ambigua, a su dilución en el cruzamiento. Y durante el curso de este proceso reductor, los mestizos emergentes, variables, con todos los matices del color, de la forma y del carácter, sin rasgos defi­ nidos, sin vigor, y la mayor parte de las veces, inútiles, en último análisis, no son más que los mutilados inevitables del conflicto que perdura, im­ perceptible, en el correr de los años. En estos casos, la raza fuerte no destruye a la débil con las armas, sino que la arruina con la civilización. Ahora bien, los rudos patricios de los sertones del Norte se libraron de esta última. El abandono en que quedaron tuvo una función benéfica. Los liberó de la adaptación penosísima a un estado social superior y simul­ táneamente, les evitó caer en las aberraciones y los vicios de los medio adaptados. Entre ellos, la fusión se operó en circunstancias más compatibles con los elementos inferiores. El factor étnico prominente les transmitió las tendencias civilizadoras pero no les impuso su civilización. Este hecho destaca fundamentalmente el mestizaje de los sertones del mestizaje del litoral. Son formaciones diferentes, no por los elementos sino por las condiciones del medio. El contraste entre ambas resalta ante el paralelo más simple. El sertanejo toma del salvaje su intimidad con el medio físico que en vez de debilitarlo lo fortalece, y su potente organismo refleja en la índole de su carácter y de sus costumbres, de las otras razas formadoras, sólo aquellos atributos más ajustables a su fase social inci­ piente. Es un retrógrado, no un degenerado. Porque las vicisitudes históricas lo liberaron, en la fase delicada de su formación, de las exigencias des­ proporcionadas de una cultura prestada, preparándolo para conquistarla un día. Su evolución psíquica, por lenta que sea, tiene actualmente la garantía de un tipo físicamente constituido y fuerte. Aquella raza cruzada surge autónoma y de algún modo, original, transfigurando por la combinación, los atributos heredados, de modo que, libre por fin de la existencia sal­ vaje, puede alcanzar la vida civilizada por lo mismo que no la alcanzó de golpe. Es lógico. Al revés de la inversión extravagante que se observa en las ciudades del litoral, donde funciones altamente complejas se imponen a órganos mal constituidos, oprimiéndolos y atrofiándolos antes del pleno desa­ rrollo; en los sertones, la integridad orgánica del mestizo aparece entera y robusta, inmune a mezclas extrañas, capaz de evolucionar, diferen­ ciándose, acomodándose a nuevos y más altos destinos, porque tiene una base física sólida para un posterior desarrollo m oral1 5 5 .

Dejemos estas divagaciones poco atrayentes. Prosigamos considerando directamente la figura original de nuestros patricios retardatarios. Esto sin método, sin pretensiones, evitando los garbosos neologismos etnológicos. Nos faltan, igualmente, tiempo y competencia para enredarnos en fantasías psíquico-geométricas, que hoy se exageran con un materialismo filosófico, midiendo el ángulo facial o dibujando la norma verticalis de los jagungos 1 5 6 . Si nos embarazáramos en las imaginativas líneas de esa especie de topografía psíquica de la que tanto se ha abusado, ni siquiera lo com­ prenderíamos mejor. Seríamos simples imitadores. Sólo reproducimos todas las impresiones, verdaderas o ilusorias que tuvimos cuando, de pronto, acompañando la dinámica de una campaña militar, nos enfrentamos, en una vuelta del sertón, con aquellos singulares desconocidos que viven allí, abandonados, desde hace tres siglos 1 5 7 ,

III EL SERTANEJO 15 8 Ante todo, el sertanejo es fuerte. No tiene el raquitismo de los mestizos neurasténicos del litoral. Aunque al primer golpe de vista su apariencia muestra lo contrario. Le falta la plástica impecable, el diseño, la estructura correcta de los organismos atléticos. Es desgarbado, desarticulado, torpe. Hércules-Quasimodo refleja en su aspecto la fealdad típica de los flacos. Camina sin firmeza, sin aplomo, casi zigzagueante, sinuoso, con un movimiento de miembros descoyun­ tados. Le agrava la postura normalmente abatida, una manifestación de displicencia que le da un carácter de humildad deprimida. Si está de pie, invariablemente se recuesta en el primer poste o pared que encuentra, si anda a caballo y para al animal para cambiar dos palabras con un desconocido, en seguida cae sobre uno de los estribos, descansando sobre el costado de la silla. Si camina, aunque sea a paso rápido, no sigue un trayecto rectilíneo y firme: avanza velozmente, con un bamboleo carac­ terístico que se parece al trazado geométrico de los meandros sertanejos. Y si durante la marcha se detiene por cualquier motivo, sea para enrollar un cigarro, encender el yesquero o conversar con un amigo, inmediata­ mente cae — cae es el término— en cuclillas, pasando largo tiempo en una posición de equilibrio inestable, en la que todo el cuerpo queda sostenido por los dedos grandes de los pies, sentado sobre los talones, con una simplicidad que es a la vez ridicula y encantadora. Es un hombre permanentemente fatigado.

Muestra una pereza invencible, una atonía muscular perenne, en todo: en la palabra lenta, en el gesto contrariado, en el andar desgarbado, en la cadencia lánguida de las modinhas, en la tendencia constante a la in­ movilidad y a la quietud. Pero esa apariencia de cansancio engaña 1 5 9 . No hay nada más sorprendente que verla desaparecer de improviso. En ese organismo abatido se operan de pronto cambios totales. Basta con que se produzca un incidente cualquiera exigiéndole la demostración de energías adormecidas. Este hombre se transfigura. Se yergue midiendo nuevas dimensiones, en la estatura y en el gesto, la cabeza se afirma, alta sobre los hombros fuertes, aclarada por la mirada firme y segura, se corrigen, prontos, en una descarga nerviosa repentina, todos los efectos del relajamiento habitual de los órganos, y de la figura vulgar del tabaréu contrahecho, despunta inesperadamente el aspecto dominador de un titán cobrizo y potente, en un desarrollo sorprendente de fuerza y agilidad extraordinarias. Este contraste se impone al más leve examen. Se muestra en todo momento, en todos los pormenores de la vida sertaneja, siempre aparece el intercambio impresionante entre los impulsos extremados y las apatías prolongadas. Es imposible idear un jinete más rudo y desaliñado, sin elegancia, las piernas colgantes, el cuerpo echado hacia adelante y oscilando según los vaivenes del andar de los pequeños caballos del sertón, sin herraduras y maltratados, resistentes y rápidos como pocos. En esta actitud indolente, acompañando con morosidad el paso tardo de los bueyes, el vaquero perezoso se parece al caballo tropero que cabalga casi dos tercios de su existencia en una red adormecedora siguiendo al ganado. Pero si una res se rebela y huye a través de la caatinga o si una punta de ganado se atropella a lo lejos, lo vemos transformado, clavando las espuelas en los ijares de su montura y partiendo como un dardo, atrave­ sando velozmente los dédalos inextricables de las juremas. Lo vimos en este steeple-chase * bárbaro. Nadie lo contiene en su ímpetu. Aunque lo obstaculicen quebradas, piedras, cuevas, montes espinosos o barrancos de arroyos, nadie le impide cazar al novillo huido, porque por donde pasa el buey pasa el vaquero con su caballo. . . Pegado al lomo del caballo, confundido con él, gracias a la presión de las piernas firmes, realiza la acción de un centauro bronco: emerge inopinadamente en los claros, desaparece en los matorrales altos, supe­ rando vallas y pantanos, venciendo cumbres elevadas, superando veloz los espinos mordientes, precipitándose a todo lazo a lo largo de lás planicies. . .
* Steeple-chase: en inglés en el original: carrera de obstáculos. (N . d e T .).

Su robusta complexión aparece en total plenitud. Es el jinete fuerte que da vigor al caballo pequeño y frágil, sosteniéndolo con las riendas improvisadas de caroá, frenándolo con las espuelas, arrojándolo a la ca­ rrera — estribando corto, las piernas encogidas, las rodillas levantadas hacia adelante, el cuerpo pegado al arzón— desatado en el rastro del novillo esquivo; aquí se dobla ágil bajo un matorral que le llega casi hasta la silla, allá desmonta de repente, como un acróbata, agarrado a las crines del animal para salvarse de un tronco advertido a último momento y vuelve a montarlo de un salto apenas supera el obstáculo, y galopando siempre, a través de todos los impedimentos, sosteniendo con la diestra, sin perderla nunca, sin dejarla en los montes inextricables, la enorme aguijada forrada en cuero que, por sí sola, ofrecería en otras manos serios impedimentos para la travesía. . . Terminado el embate, restituida al rebaño la res dominada, lo vemos otra vez caído sobre la silla, de nuevo desgraciado e inerte, oscilando al compás de la lenta andadura, con la triste apariencia de un pobre in­ válido.

TIPOS DISPARES: EL JAGUNgO Y EL GAUCHO Si el gaucho del Sur lo encontrara en ese instante, lo miraría con conmi­ seración. Porque el vaquero del Norte es su antítesis. En la postura, en el gesto, en la palabra, en la índole y en los hábitos no es posible equipararlos. El gaucho, hijo de las llanuras sin fin, hecho a las carreras fáciles por las pampas, formado por una naturaleza amable, muestra una imagen de caballero gentil. La lucha por la vida no tiene el carácter salvaje de los sertones del Norte. No conoce los horrores de las sequías y los com­ bates cruentos con una tierra árida. No lo entristecen las periódicas escenas de devastación y de miseria, el cuadro de absoluta pobreza del suelo calcinado, exhausto por los soles bravios del ecuador. En sus tran­ quilas y felices horas no siente la preocupación del futuro. Despierta a la vida amando a la naturaleza deslumbrante que lo alimenta y pasa por ella aventurero, jovial, valiente y fanfarrón, despreocupado, considerando al trabajo una diversión que le permite hacer carreras, domando distan­ cias, por las llanuras verdes, llevando sobre el cuerpo, flameando, alegre, al viento, el inseparable poncho. Al lado de la vestimenta rústica del vaquero, su ropa es un traje de fiesta. Las amplias bombachas especial­ mente hechas para el movimiento libre sobre los baguales, en el galope cerrado o en el corcovear furioso, no se rompen en los espinos lacerantes de ninguna caatinga. Su vistoso poncho jamás queda prendido ni se desgarra entre las ramas de árboles retorcidos. Botas altas, en las que tintinean las rosetas de las espuelas de plata, pañuelo de seda encarnado

al cuello, sombrero de grandes alas flexibles y en el cinturón de cuero, brillando, la pistola y el facón; es el aspecto de un vencedor jovial y fuerte el que asoma por las cuchillas, airoso en su redomón. Es un hombre hecho a las victorias, jovial y fuerte. El caballo, socio inseparable de esta vida algo novelesca, es casi un objeto de lujo. Lo demuestra su arreo complicado y espectacular. Un gaúcho andrajoso montado sobre un pingo de buen apero, está correcto. Puede cruzar, sin sufrir vejamen alguno, las aldeas en días de fiesta.

LOS VAQUEROS En cambio, el vaquero se crió en condiciones opuestas, en un intercam­ bio continuo de momentos felices y momentos crueles, de abundancia y miseria; sobre su cabeza, el sol es una amenaza permanente que en la vuelta de las estaciones le trae períodos de sucesivas devastaciones y desgracias. Atravesó la mocedad en medio de periódicas catástrofes. Se hizo hom­ bre, casi sin haber sido niño. Dejó de serlo muy pronto, porque en el sertón, las sequías interrumpieron las alegrías de la infancia. Temprano tuvo que encarar la vida desde el lado tormentoso. Es un condenado en vida. Se vio envuelto en una batalla sin treguas, que le exige impe­ riosamente el mantenimiento de todas sus energías. Se hizo fuerte, experto, resignado y práctico. Se preparó para la lucha. A primera vista, su aspecto evoca vagamente al guerrero antiguo ex­ hausto por la refriega. Las ropas son su armadura. Envuelto en su casaca de cuero curtido, grueso o fino, apretado en su chaleco, también de cuero, calzando las perneras de cuero, asimismo curtido, que suben hasta las ingles, muy justas, cosidas a las piernas, articuladas con rodi­ lleras de suela, resguarda los pies y las manos con envolturas de piel de venado. Presenta la figura grosera de un campeador medieval tras­ plantado a nuestro tiempo. Esta armadura de un marrón rojizo, como si fuese de bronce flexible, no centellea, no brilla al sol. Es hosca y polvorienta. Envuelve al guerre­ ro de una batalla sin victorias. . . La silla de la montura hecha por él mismo, imita a la riograndense pero es más corta y cavada, sin los aparejos lujosos de aquélla. Sus accesorios son una piel de buey, un cuero resistente que cubre las ancas del animal, pectorales que le resguardan el pecho y las rodilleras sujetas a las cintas. Este equipamiento del hombre y del caballo está hecho a hechura del medio. Vestidos de otra manera no podrían pasar incólumes las caatingas y los pedregales.

Es improbable que tome un aspecto novelesco y glorioso. en una extraña manifes­ tación de desgano y cansancio extraordinarios. un chaleco vistoso de gato salvaje o de suguarana. El gaucho. Ella lo talló a su imagen: bárbaro. es más duro. pasiva ante el juego de los elementos y sometida de una estación a otra. el valiente enlazador. se precipita al sonar de los vibrantes clarines. en las escasas fiestas en que el matuto olvida sus pesares escuchando la guitarra surge una novedad. Y es natural que lo sea. convierte al caballo en pro­ yectil y va rompiendo formaciones de adversarios. por cierto. el sertanejo pierde el aire alegre. es inimitable en una carga guerrera. Es un luchador permanentemente exhausto. . es más resis­ tente. Apenas. pasa de la máxima quietud a la máxima agitación. sea como fuere. el tañido de las espuelas y la caja del pandero. con la lanza en ristre.Pero nada hay más monótono y feo que esta original vestimenta. expandido en los zapateados en los que el golpe seco de las alpargatas sobre el suelo. Vivir es adaptarse. es más fuerte. sin una tira de otro tono. es más tenaz. y enton­ ces cae en la postura habitual. derribándolos en la lucha en la que entra con total despreocupación por la vida. es completamente explicable ese contraste permanente entre las manifestaciones de fuerza y agilidad y los prolongados lapsos de apatía. con aliento desa­ forado en los entreveros. El jagungo es menos teatralmente heroico. Atraviesa la vida entre celadas y sorpresas de naturaleza incompren­ sible y no pierde un minuto. Es inconstante como esa naturaleza. o una bromelia rubia y fresca prendida en el som­ brero de cuero. abrupto. desde la mayor exuberancia a la penuria de los desiertos encendidos bajo la reverberación de los estíos abrasadores. desaparece con un grito triunfal en la vorágine del combate cuando centellean las espadas. . por las pampas. desaliñado. Como el sertanejo del Norte tuvo un arduo aprendizaje de reveses se acostum­ bró pronto a su encuentro y a la correspondiente reacción. permanentemente audaz y fuerte. de tanto en tanto. Pero esto es un incidente pasajero y raro. En estos aspectos que se enfrentan refleja la natu­ raleza misma del medio que lo rodea. Ahora bien. de un solo color — el pardo rojizo del cuero curtido— sin una variante. con el pelo del lado de afuera. Son una perfecta versión moral de los agentes físicos de su tierra. es más peligroso. impetuoso. firme en los estribos. acompa­ ñan la cadencia de las guitarras en la vibración de los rasgados. Acabadas las horas de esparcimiento. está siempre preparándose para un obstáculo al que no vence y por el que no se deja vencer. pasa de la red perezosa y cómoda a la montura áspera. . Busca al ad­ versario con el firme propósito de destruirlo. tosco.

Al revés del estanciero. Pero al retroceder es todavía más cuidadoso. la cría de ganado es allí el trabajo más apropiado para el hombre y para la tierra. los pialadores. lejos de los dilatados dominios que muchas . Cuando maneja el cuchillo no da un solo golpe en falso. Calcula fríamente la pelea. obser­ vándolo por el caño de la espingarda. Su vida es una conquista duramente hecha. SERVIDUMBRE INCONSCIENTE: VIDA PRIMITIVA Eso no sucede en el norte. tumbándo o volteando con las fulminantes bolas al toro alzado. un odio total. Parar el rodeo es para el gaúcho una fiesta diaria de las que las caba­ lladas espectaculares son sólo una muestra. juntando el ganado desparramado o embretando a los bueyes esquivos por zanjones y bañados. En los trabajos más calmos. Llevan una vida variada y llena de aconteceres. Esta oposición de caracteres se acentúa en las épocas normales. . El jagunco no.Está acostumbrado a los sitios oscuros y estrechos. el mismo fuego que encienden las marcas sirve para los rudos ágapes de asado con cuero y para calentar el agua para beber el cimarrón amargo. en faenas codidianas. En el estrecho ámbito de las mangueiras o en pleno campo. o le curan las heridas. Aparte de la agricultura rudimen­ taria de las plantaciones de bajante a orillas de los ríos. en la más leve vibración nerviosa. La cuida como un precioso capital. El adversario tiene. . sin tener la certeza del resultado. enlazando al potro bravio. Es un tanteo demoníaco. si el adversario no cae rápida­ mente vencido. el hacendado de los sertones vive en el litoral. oculto en las som­ bras de las trampas. en las evoluciones rápidas de las carreras. No hay que esperar en los establecimientos del sertón las fiestas de las estancias del sur. o hacen apartes de novillos para el tambo o escogen a los baguales condenados a las espuelas del domador. el gaúcho es frágil y se deja apretar por una situación indecisa. sin espacios abier­ tos. para obtener los cereales de primera necesidad. desde ese momento. Entonces todo sertanejo es vaquero. cuando en los rodeos marcan el ganado. capa­ taces y peones viven en el grito alegre de una diversión tumultuosa. No la desperdicia en la más ligera contracción muscular. . Retrocede. Si la reacción fulminante es ineficaz. . Cuando apunta con el liviano fusil o el pesado trabuco no yerra la puntería.

fielmente. ausente. marca a la cría con la misma señal desco­ nocida que reproduce con admirable perfección y así sigue con toda la descendencia de la primera. también aprende las de los demás. En caso que no la conozca. Entonces. Porque el vaquero no se conforma con saber las marcas de su hacienda de memoria. el extra­ ño contrato que nadie escribió. anónimos — nacen. El dueño legítimo. etcétera. rápidamente. conserva al intruso y lo trata como a los demás. con sus trajes típicos. como si armasen tiendas. sin jueces ni testigos. Nos parece mentira esto que es tan común en los sertones. Establece con el patrón desconocido el mismo convenio que tiene con el suyo. Y cumple estrictamente. usufructúan parasitariamente las rentas de sus tierras sin límites fijos. ahí se quedan. los nombres y las edades. cui­ dando la vida entera.veces ni siquiera conoce. lo devuelve en seguida. Es su paga. se entregan a una servidumbre que no comprenden. y abnegadamente. Todos tienen el mismo trato de aparcería con el vaquero que se resume en una cláusula única: darle a cambio de los cuidados y de todos los trabajos. lo deja morir de viejo. A veces. No los fis­ caliza. Lleva indeleble la indicación que lo devolverá a su lugar de origen. los sertanejos de cuero levantan sus ranchos de paloa-pique al borde de las aguadas. Esas marcas son dibujos o letras o diseños caprichosos que se imprimen sobre las ancas del animal. Cada cuatro becerros separa uno para sí. Pero no lo lleva a la feria anual ni le hace desempe­ ñar ningún trabajo. Cuando mucho. Muchas veces ocurre que después de años puede descifrar una marca y el dueño original recibe no sólo la vaca cuya pérdida ya había olvidado sino la cantidad de ganado que aquélla produjo. Puede romper tranqueras y esca­ par. los rebaños que no les pertenecen. Los grandes propietarios de la tierra y de los rebaños lo conocen. Lo primero que hacen es aprender el abecé y terminan aprendiendo todas las exigencias del arte en el que son eméritos: conocer las marcas de sus haciendas y de las vecinas. Como los opulentos propietarios de la colonia. una a una. Los vaqueros son sus siervos sumisos. De esta manera. no sólo las reses que cuida sino las de los vecinos. Lo señalamos como rasgo particular de la probidad de los matutos. No le pertenece. llega a conocer. por tatuaje a fuego. incluyendo la genealogía y las carac­ terísticas. sabe de su fidelidad sin par. viven y mueren en el mis­ mo pedazo de tierra— perdidos entre las piedras y los matorrales. en un extraordi­ nario esfuerzo de memoria. Gracias a un contrato por el cual reciben cierto porcentaje de los productos. Marcado el ganado queda garantizado. sabe sus nombres. . completados por cortes de pequeños ángulos en las orejas. cuando aparece un animal extraño en su reducto y conoce la marca. Si es una vaca y da cría. Heredan un viejo vicio histórico.

sin cercos ni vallados. Y saben que nunca violarán el porcentaje. amigos. rápidos. mezclados. Es una formalidad que se pasa por alto. el extravío del rebaño por ejemplo. por ésta: su amigo y vaquero. de a veinte. la sustituye.un cuarto de los productos de la hacienda. O si no. aunque fatigantes en algunas ocasiones. campeando. son también lo más rudimentario que se pueda concebir. reparando hasta en los mínimos detalles y después continúa con sus faenas interrumpidas. Marcados en junio. Graba sobre éstas su marca particular y las conserva o las vende. El ganado vive y se multiplica al azar. Allí los ralean epizootias intensas en las que sobresalen el rengue y el mal triste. lo que es más habitual. Le escribe al patrón * dándole cuenta minuciosa de todo el movimiento del establecimiento. frase característica para llamar a los vaqueros vecinos y allá van todos. utiliza una alarmante con­ cisión: “Patrón y amigo: le participo que su rebaño está en el despotismo. Y así viven en una perpetua adversidad. toma su picana y sale a ras­ trearlo y si no lo encuentra pide campo. Solidarios unos con otros. se hace sin que esté presente la parte más interesada. Estas. El ajuste de cuentas se hace al finalizar el invierno y generalmente. No necesitan ver al animal enfermo. Los vaqueros apenas tratan de atenuarlas. los animales de los dife­ rentes establecimientos convecinos que por los campos viven en común. Pocas veces un incidente o una variante alegre quiebra la monotonía de sus vidas. que le pertenecen a él. ¡El resto tronó en el mundo!” . los animales nuevos se pierden en las caatingas con el resto de las manadas. dibujando en el suelo inextricables líneas cabalísticas. . se auxilian incondicionalmente en todos los menesteres. lo curan por el rastro. ruidosos. para informar sobre un desastre. Restringen las acti­ vidades. Se vuelven hacia la dirección en la que aquél se encuentra y rezan. trabajo que consiste en reunir y discriminar después. Sólo cuatro bueyes dieron su cuero. A veces. No existe en el Norte una industria pastoril. un cuarto. escrudiñando las caatingas hasta que el animal caiga atado por los cuernos que le sujetan unas manos poderosas. de a diez. El vaquero separa escrupulosamente la mayoría de las nuevas cabezas que pertenecen al patrón (en las cuales imprime la marca de la hacienda) de las pocas. EL RODEO Esta solidaridad de esfuerzos se evidencia mejor en el rodeo. verdadera caballería rústica. * Al firmar las cartas no utiliza la fórmula común. ingenuamente. Cuando un animal se escapa. “su seguro servidor” . Si el mal devasta el ganado conocen un remedio más eficaz que el mercurio: el rezo.

. Distribuyen las tareas que corresponden a cada uno en la lid. . se cambian impresiones con adjetivos ad hoc que van en aumento desde los más rispidos hasta los más trémulos de asombro. Les cuenta la hazaña. suspendido de un estribo. entonces el rodeador congrega a los vaqueros de los sitios próximos. No lo larga. con una mano se agarra a las crines del caballo mientras con la otra alcanza el rabo del animal en disparada y con un tirón formidable lo voltea en tierra. El vaquero se vuelca sobre la montura. . la última tarea. En los extremos se agitan los animales que no se resignan. un estrépito de ramas que estallan. . Eligen un lugar más o menos central. En minutos los sertanejos desaparecen. . El va­ quero lo sigue. EL ARREO La manada sigue lentamente la cadencia de ese canto triste y perezoso. Torcido desaliñadamente sobre la montura el vaquero rumia sobre las * Aboiar: cantar mientras se conduce el ganado. . Así van apa­ reciendo otros por todo el ámbito del rodeo que se anima. los recalcitrantes. se oye un estruendoso tropel de cascos sobre las piedras. y súbitamente aparece el ganado y detrás. Después le pone una máscara de cuero y lo vuelve a conducir al rodeo. . Le retrucan con otras idénticas. Y después irradian los atletas de cuero hacia las caatingas que los rodean. se separan. Juvenal Galeno. . una tonada poco variada y triste que sirve para pacificar a las reses y guiarlas. Y luego el aparte. resuenan melancólicamente las notas del aboiado .Lo realizan de junio a julio. generalmente un campo expla­ nado y limpio. se convierte en un tumulto de bueyes y caballos confundidos en un vibrante rumor de terremoto. Un toro que otro vuelve a escapar a la caatinga. sobre el caballo que arremete. *. Trae una exigua parte del rebaño. Lo entrega a los compañeros que allí se quedan y vuelve al galope en renovada búsqueda. Los compañeros lo reciben ruidosamente. . el vaquero tenso sobre los es­ tribos. cada uno va para su re­ ducto llevando por delante las reses propias. el recuento de las cabezas reu­ nidas. El rodeo permanece desierto durante un lapso de tiempo. Lendas e Cangoes. hasta que surja el instante adecuado para un acto definitivo: alcanzar repentinamente al fugitivo. Y por fin. Va con él hasta el escondrijo más hondo. por los aires nubes de polvo. El cuadro tiene el movimiento salvaje y asombroso de una corrida de tártaros. Sobre el final del día. Arreglan los dispositivos de la empresa. Le va pisando el rastro. De repente. un entrechocar de cuernos que gol­ pean. Y por los campos. Pero a esta penosa tarea siguen otras de mayor calibre.

é cao. . en los sertones del Norte. las disparadas (estampidas) de las pampas. E cou. se anudan. cada animal es un conocido. . un estremecimiento corre por todos esos cuerpos. más allá. Y sobre este tumulto. se clavan y entrecruzan millares de cuernos. soberbio. in­ descriptible. envergadura de búfalo. se yerguen. . . Millares de cuerpos forman un cuerpo único. Se origina en el incidente más trivial. que resuena nostálgica por los descampados silenciosos. común por de­ más. . Allí mismo va contando los animales destinados a la feria. lentos. Este acontecimiento. de golpe. de animal fantástico. . al son de la tonada que parece hama­ carlos con su refrán monótono: E cou mansaó. En minutos. . Y marchan en orden. tal vez con más intensidad. informe. más acá. desbordan por las pendientes. observando vivamente el espacio y se encogen. . . considera el caso de un viejo buey que ya tiene diez años y nunca fue llevado a la feria gracias a una antigua amistad. caminando con holgura porque los demás lo respetan y le abren un claro alrededor. asombroso. De súbito algo pasa. puede ser el paso de una araña o la corrida de una rata de campo. en estallidos de ramas y gajos. arrancar o arribar la manada de bovinos son sinónimos del mismo hecho que. un becerro claudicante muge porque se hunde en un desnivel y hay que sacarlo. de­ saparecen las ipueiras rasas. Hay una detención instantánea. según el trato hecho. cada uno encierra un incidente. de cuernos romos y llenos de tierra. revueltos. envidia de toda la manada. las piedras caen. monstruoso.probables ganancias: lo que le toca al patrón y lo que le toca a él. abandonados por sus habitantes despavoridos que huyen hacia los costa­ dos evitando el rumbo rectilíneo en que se despeña la estampida. una descarga nerviosa lleva el espanto a la manada entera. salen dispara­ dos aquellos cuerpos macizos que normalmente son tan tardos y morosos. Se enredan. acometiendo impetuoso sobre los destrozos que * Estourar. . torrentes de pe­ zuñas resuenan en el espacio como roncos y extensos truenos lejanos. se inclinan. rodeándolo. . el enmascarado. guampudo. más lejos. Y en un obstáculo único. *. El suelo vibra en un estré­ pito horrendo y la manada sale en estampida. precipitado en una carrera loca. sigue la huella guiado por la compresión de los otros cuerpos contra el suyo. reproducen. quedan destrozadas tierras penosamente cultivadas. el toro vigoroso. un temblor. Se meten en las caatingas rompiendo árboles. con estrépitos de cuernos. y por aquí y por allá. caen pisoteados los ranchos o quedan vacíos. Nadie puede explicar qué pasó. . . un pormenor de su existencia primitiva y simple. Una res se espanta y el contagio es instantáneo. es la desesperación de los vaqueros. Ya nadie los puede contener ni alcanzar. con la cabeza alta y desafiante. de ancho cogote.

deja detrás de sí esa avalancha viva. Figueiredo. Y entre ellos. poco a poco afloja y se para. . Pero no todos la comparten. los vaqueros descansan en las redes colgantes. el baile. Vestidos con cueros nuevos. camisones. como disfraz. entre ellas. Novo dicionário da Lingua Portuguesa. el vaquero. en la significación total del término. esta diversión hecha a la luz de linternas y antorchas. en animales extrañamente enjaeza­ dos. agarrado a las crines del caballo. les proporciona escaramuzas y encuentros simulados que hacen el encanto de los matutos ociosos. con sus largos cortejos de hombres a pie. y otros a caballo. largado en una disparada sobre barran­ cos y valles. Entonces vuelven a encauzarla por el camino del establecimiento y otra vez resuenan por los campos. la exótica encamisada * que es el más curioso ejemplo del modo como están aferados a las más remotas tradiciones. Si la época es propicia y prosperan las plantaciones hechas en las bajantes y nada revela la aparición de la sequía. nuevas acometidas. nuevos esfuerzos. donde su misma significación es actualmente un inu­ sitado arcaísmo. TRADICIONES De vuelta al rancho. La lid se renueva. el ocio llena de pereza los brazos del vaquero. matando las horas. Escasos de recursos para alejarse de los ranchos. los solteros se agitan en sambas y cateretés ruidosos. mientras los casados cumplen con la obliga* Encamisada: asalto nocturno en que las tropas vestían. C. Ya se le han unido los compañeros que a lo lejos oyeron la estampida. sueltos los estribos. o a la manera musulmana. mien­ tras relatan las peripecias del rodeo o las famosas aventuras de las ferias. y totalmente olvidada en la tierra que le dio origen. nuevos riesgos y nuevos peligros que hay que afrontar y vencer. la aguijada en ristre. vestidos de blanco. tristemente. no tanto por el trabajo de los que la golpean por los flancos sino por el cansancio. sosteniendo las pequeñas guitarras. sobre morros y quebradas. nuevas hazañas. completa­ mente estupidizada. las notas melancólicas del áboiado. juegos anacrónicos que las aldeas sertanejas reprodu­ cen intactos con los mismos programas de hace tres siglos 1 6 °. tranquilizándose con la umbuzada sabrosa o comiendo el manjar incomparable de jerimum con leche. las riendas sueltas. estirado sobre la montura. hasta que la manada. Va a las aldeas donde se hacen fiestas de caba­ lladas y morerías. se entregan a las diversiones habituales. improvisando vibraciones de choradinho o de baiao. Viejísima copia de las vetustas épocas de los ataques nocturnos contra los caudillos árabes en la Península.

hábil. Ralhar (rallar o rascar) en la guitarra: tocar ruidosamente con habilidad. Cruzan el Sao Francisco. se meten en los campos gerais del oeste. Nao é zombaria. brabo e corado. porfiada. mi camarada.ción de cuidar a su familia. En los intervalos se arman los desafíos. en los ranchos en fiesta los bailes se arman afuera. Un cabra destacado rasga la guitarra. Aceita teu desafio O "fama” diste sertüo! * * Es el comienzo de la lucha que sólo termina cuando uno de los bardos se enreda en una rima difícil y titubea. / amigo. Se entreveran como adversarios dos rudos cantores. Choradinho y baiáo: (lloradito y baión) danzas comunes en el norte. bala e onga. El nombre de “teimosa” (empecinada.). vastos planaltos en los que las desembocaduras de aquel río y del * Famanaz del desafío: gran improvisador. Las rimas les salen en versos a veces muy bellos * : Ñas horas de Deus. Amigo. de evitarla. no. la tierra bien barrida. . testaruda) dado a la cachaga. iluminado por la luna y las estrellas. nao! Desafio o mundo inteiro Pra cantar nesta fungao! El adversario en seguida retruca tomando el último verso de la es­ trofa : Pra cantar nesta fungao. Fuerte y hábil las revolotea el sertanejo joven. Terminada la fiesta. meu camarada. Destalado . sin hacer ruido con los pies. Nada expresa mejor la atracción que la bebida ejerce sobre esos valientes y el deseo que tienen. * * “A la hora de Dios. (N . golpeando nerviosamente la guitarrita. Como en general hay poco espacio. De año en año. Serenar en el baile: bailar muy vagarosamente. los vaqueros vuelven a la ruda tarea o a la pe­ rezosa red. / desafío al mundo entero / cantar en esta función” . etc. “Cantar en esta función. nunca realizado. / acepta tu desafío / el “fama” de este sertón” . bajo una avalancha de risas que saludan la derrota. Y la noche se va deslizando rápida en el jolgorio que se generaliza hasta que el canto de las sericóias en las ipueiras da la señal del desbande. / no es burla. Comienza la función con largos tragos de aguardiente mientras rompen estruendosos los vivos zapateados. es de una filosofía adorable. amén. algunos salen de los tranquilos ranchos hacia tierras remotas. destabocado y otros: son palabras comunes que denotan a todo hombre fuerte. Despuntar el día: el primer trago de alguna bebida al comienzo de la función. amém. el mo­ biliario hecho de troncos y algunos taburetes. Se mueven en lentos meneos las caboclas bonitas. de T .

por todas partes. Van a comprar ganado. . se animan entonces pasa­ jeramente con la romería de los bahianos.Tocantins 161 se confunden en lagunas de donde salen. inflexibles. Prepara la tierra arable a orillas de los arroyos para las plantaciones ligeras de las primeras lluvias. A pesar de las dolorosas tradiciones que conoce a través de un sinnúmero de terribles episodios. . rápidas. y penetran en Goiás o. lentamente baja el nivel de los pozos de agua. indistintamente. pobres y oscuras villas que el Puerto Nacional 162 hace más extremas. el suelo se agrieta. Con los escasos recursos de sus propias observaciones y de las de sus mayores. entran en esos villarejos con aire de triunfadores. si es que no se pierden para siempre en la peligrosa travesía. una variante trágica. y en el Perú las vibraciones de la tierra hamacan la cuna de los recién nacidos. Se prepara para la lucha con singular serenidad. Y al volver. sin dejar rastros. ríos hacia el levante o el poniente. como señales conmemorativas de un mal cíclico. Es un complemento de su vida tormentosa y la enfrenta con estoicismo. donde se mezclan enseñanzas prácticas con extravagantes su­ persticiones. examina los rasgos más fugitivos del paisaje. Dos o tres meses antes del solsticio de verano empieza a fortalecer los muros de los pozos y limpia los desaguaderos. Mira a las alturas. En su armadura de cuero. Trata de adivinar el futuro. los árboles marchitan. Se acerca la sequía. en las sierras del Piauí. observa atentamente el horizonte. Aquellas lejanas tierras. ha tratado de estudiar el mal para conocerlo y soportarlo. La sequía no lo asusta. reanudan su vida monótona y primitiva. Pero nuestro sertanejo es una excepción a la regla. . Al . . recordando las cenizas por una combustión sin llamas. a todo trance alimenta esperanzas en una resistencia que parece imposible. Pasan las "lluvias del cajú” en octubre. Ningún pueblo tiene más temor a los terremotos que el peruano. El sertanejo la adivina y prevé gracias al singular ritmo con que se desencadena el flagelo. yendo más ha­ cia el norte. . En unas páginas notables. Son los autócratas de las ferias. con lloviznas suspendidas en los aires ardientes. LA SEQUIA De repente. Pero no se escapa abandonando la tierra poco a poco invadida por el aire caliente que viene de Ceará. gallardos. . que colorean las caatingas. Los síntomas del flagelo aparecen encadenados en serie. montados en sus ariscos caballos. Buckle señala la anomalía de que el hombre nunca se adapta a las calamidades naturales que lo rodean 1 6 3 . blandiendo la aguijada.

Se ve venir. pasa revista al ganado. Toma precauciones. abreviadas en doce horas. se nota que apenas clarea. las ma­ yores o menores probabilidades de depresiones barométricas capaces de atraer la afluencia de lluvias. . en febrero. habrá una lluvia en enero. aunque tradicional. La atmósfera absorbe con avidez de esponja el sudor de la frente y la ropa de cuero pierde su flexibilidad primitiva para volverse dura en los hombros. Silvio Romero. Esta prueba. Esta experiencia es hermosa. hasta diciembre. si el segundo. no convence al sertanejo. El caer de las tardes. si la mayoría o todos. todas las alternativas climáticas que vendrán. Ese día es el índice de los meses siguientes. Atraviesa tres largos meses de expectativa ansiosa y el día de San José. A poesía popular no B ra sil164. en orden sucesivo. rígida. el invierno será lluvioso. 19 de marzo. Pese al estigma supersticioso. busca un nuevo augurio. entonces todas sus esperanzas se pierden. resignado. El día 1 2 . Ni ante sus peores vaticinios se desanima. Trasciende su situación rudimentaria. Al alba del día 13 los observa. Y espera. si están intactos presagian sequía. con la implacable señal * “Se cuenta que en Ceará hicieron esta experiencia ante el naturalista George Gardner y que el sabio que había observaciones meteorológicas y había llegado a un resultado diferente al de la santa. tiene una base positiva y es aceptable si se considera que de ella se toma el mayor o menor dosaje de vapor de agua en el aire y deductivamente. si sucede lo contrario y el sol atra­ viesa abrasadoramente el firmamento claro. . crecer. si el primer grano se diluyó un poco. de izquierda a derecha. Resignado y tenaz. Le retrata. los seis meses venideros. Pacientemente aguarda el equinoccio de la primavera para hacer una consulta definitiva a los elementos. La sequía es inevitable. AISLAMIENTO DEL DESIERTO Se transfigura. el día 13 de ese mes. los días se hacen abrasantes mientras las noches se vuelven cada vez más frías. . una costumbre antigua le permite in­ terrogar el futuro. como una coraza de bronce. . Recorre lugares en procura de alimento para los animales. en línea. Es el preludio de la desgracia. Es la experiencia tradicional de Santa Lucía.mismo tiempo. contempla las bandadas de aves que emigran hacia otros climas. seis granos de sal que representan. interrogar a la Providencia. Porque en esa fecha. aprensivo. el último. Si durante ese día llueve. No es más el indolente o el impulsivo violento. el invierno será benigno *. al anochecer. expone al relente. día a día más rápido y sin crepúsculos. de enero a junio. exclamó en su portugués retorcido ¡No! ¡No! Lucía mintió.

lo ve desaparecer en pocos días. En contraste con la fuga de las seriemas que emigran. murmurando los rezos acostum­ brados. y es lo más corriente. con los ojos puestos en la altura. evaporado o tragado por el suelo. Pero los cielos persisten siniestramente claros. banderas de lo Divino 165 van por los campos fami­ lias enteras. arranca las raíces húmedas de los umbuzeiros que mastican los hijos. que le hincha el vientre en una hartura ilusoria. infatigable. altares. Lo acompaña tenazmente. profundizando la mina. la caatinga. contempla entristecido a los animales echados bajo las ipueiras o errando lentos. No hay quien las describa. con los cogotes doblados. llevando las imágenes de unos lugares a otros. el sol ful­ mina la tierra. Busca con la azada. apelando. cruces. Miríadas de mur­ ciélagos se abaten sobre el ganado. a todos los recursos. los amasa y los cocina haciendo un pan. puebla ese desierto con una fauna cruel. . buscando el agua. al borde de la se­ pultura que excavó. La escudriña. y se desgasta en trabajos. su agreste proveedor de cereales. Allí está. Corta en pedazos los mandacarus o las ramas verdes de los juázeiros que alimentan a los magros animales hambrientos. A veces la encuentra. cargando sobre los hombros y la cabeza las piedras de los caminos. casi como un desenterrado. los enfermos. no sólo los fuertes sino también los viejos. el agua que huyó de la superficie. Pero como su extrema frugalidad le permite pasar los días con poco alimento. diezmándolo. a su alrededor. El heroísmo tiene en los sertones tragedias espantosas para siempre perdidas. y reacciona. el bró. y de las jandaias que huyen hacia el remoto litoral. Surgen de una lucha que significa la insurrección de la tierra contra el hombre. . Pero esos esfuerzos no bastan. Brillan en las noches las velas encendidas de los penitentes. golpea contra lajas que anulan todo el esfuerzo hecho y otras. defendiéndose y defendiendo a la prole abatida y al ganado confiado con su energía sobrehumana. exhausto. empachando al hambriento. progresa el espasmo asombroso de la sequía. en los estratos infe­ riores de la tierra. sin dudar de la providencia que lo golpea. en busca del tesoro fugitivo y vuelve al fin. El matuto observa a su prole asustada. Alzando santos mila­ grosos. no decae tan pronto su ánimo. con mugidos de llanto. después de descubrir un tenue líquido subterráneo. después de grandes fatigas. encara de frente a la fatalidad. Las lentas proce­ siones propiciatorias. Su primer amparo es la fe religiosa. Al principio éste reza. los lisiados. La naturaleza no lo combate sólo con el desierto.de los fuertes. derriba los troncos de los ouricuris y los ralla. dejando para sí el zumo de los xiquexique que enronquece o acaba con la voz de quien lo bebe. Las víboras de cascabel se multiplican tanto más cuanto mayor es el ardor del estío. pasan lentas y resuenan en los largos días monótonos las letanías tristes. y sin que se le adormezca la creencia. . otras. se apresta al sacrificio.

marchando tambaleantes. A su vera se cierran. con­ fiados. los mangarás de las bromelias salvajes. La cáscara de los mariseiros no trasuda anuncián­ dolas. Cuando el sol se oculta la víctima no ve más nada. reverberando en el firmamento claro. los flacos animales hambrientos en busca del último pasto. Finalmente todo se agota y la situación no cambia. y el sol. y lo que más le duele. impenetrables. Todavía no se da por vencido. pero no a tiros. El sertanejo. la asalta. porque sabe que el animal provocado por un poco eficaz chumbo. en dolorosa intermitencia. de los firmamentos fulgurantes. Pero no siempre puede aventurarse a la arriesgada hazaña. No hay probabili­ dad alguna de lluvias. a la tarde. Recurre al combate. con el primer claror del levante. en un tropel trabajoso de enfermos. El atleta debilitado. bueyes muertos hace días e intactos. obligándola a saltar para. alienta el incendio inextinguible de la canícula. soplando por las planicies. Con la vista renace su energía. se le viene encima y es invencible. mugiendo en un largo llamado triste que se parece al llanto. Le que­ dan para alimentar a sus hijos los tallos tiernos. Es un enemigo más. Los engaña con esos manjares bárbaros. las filas de macambiras. ya se comieron las últimas ramas verdes de los juás. llevando la horquilla en la mano izquierda y el cuchillo en la derecha. porque se le parte el corazón sólo de mirar a su caballo. Todavía son un recurso. mal soste­ niendo el esqueleto sobre las patas secas. finalmente se doblega. que los mismos caranchos rechazan porque no pueden romper con sus picos las pieles endurecidas. Marcha. atajándola en el aire. caídos bajo los árboles muertos. Una mo­ lestia extravagante completa su desdicha: la hemeralopia. Y a la mañana siguiente la visión muerta revive. . para apagarse otra vez. se asoma a su pobre rancho. Es una plétora del mirar. Y ni un cereo en torno. Esta falsa ceguera. la suguarana traicionera y ladrona que le roba los be­ cerros y los novillos. . Está ciega.Por las noches. Nace de los días claros y calientes. hacia los sitios donde se encuentra la hacienda. animales que todavía no están completamente exhaustos y buscan. irrita y desafía a la fiera. atravesarla de un golpe. del vivo ondular del aire en fuego sobre la tierra desnuda. aparecen corriendo de todas partes. Lo ahuyenta con un tizón encendido y si no retrocede. Bueyes espec­ trales. bueyes enterrados en el sitio donde estaba su aguada predilecta. es provocada por las reacciones de la luz. . El nordeste persiste intenso. vivos no se sabe cómo. Las incendia para que en la combustión se desprendan las espinas. agobiado por tantos reveses. paradojalmente. La noche lo envuelve antes de envolver la tierra. ahora a pie. Y cuando las nubes de humo se esparcen en el aire puro.

lo es también de las cualidades morales. ese trágico emisario de los rencores celestes en comisión terrestre. Los ve desaparecer dejando una nube de polvo. El flagelo termina. olvidado de los infortunios pasados. todas las visiones. en el que se unen el fetichismo del indio y del africano. que se deja arrebatar fácilmente por las supersticiones más absurdas. Es un índice de la vida de tres pueblos. . Lo vence la nostalgia del sertón. nómada o mal fijado a la tierra.Cierto día ve pasar por su puerta la primera turba de "retirantes”. Pasan meses. Y al día siguiente otra. El sertón se vacía. en un éxodo penoso. los sacis diabólicos. crédulo. en lucha abierta con el medio que parece haberle estampado en la organización y en el tem­ peramento su extraordinaria rudeza. RELIGION MESTIZA 166 Aislado de esta manera en el país que no lo conoce. Se salva. . Resumen de caracteres físicos y fisiológicos de las razas de las que surge. No resiste más. Se arrima a una de esas bandadas y se va camino afuera. audaz y fuerte. Y otras. El círculo estrecho de su actividad le demoró el desarrollo psíquico. revigorizado. unido a un misticismo extravagante. Su religión es como él: mestiza. por así decirlo. al cual se le encienden velas por los campos para que favorezca el descubrimiento de objetos perdidos. de gorro colorado. Está en la fase religiosa de un monoteísmo incomprensible. o para terminar con las fiebres palúdicas. Es el hombre primitivo. Los alcanza. que asaltan a los viajeros retrasados en las aciagas noches de los viernes. montado en un caititu arisco. capacidad orgánica para ambicionar una situación mejor. Es innecesario describirlas. buscando las horas pasajeras de ventura. Y sus singulares creencias traducen esa violenta aproxi­ mación de tendencias diferentes. los rezos dirigidos a San Campeiro. Y ahí está de vuelta. hacia cualquier lugar donde no lo mate el elemento primordial de la vida. el sertanejo no tiene. . las bendiciones cabalísticas para curar a los animales. hacia las sierras distantes. pero al mismo tiempo. cantando. Un análisis de éstas revelaría la fusión de estadios emocionales distintos. en una curva del camino. todas las apariciones fantásticas. en las misteriosas noches de luna llena. de aparcería con los lobizones y las muías sin cabeza y del mismo diablo. Las leyendas escalofriantes del caapora maldito que atraviesa veloz. Y vuelve feliz. los mis­ mos días largos de trances y pruebas inacabables. las planicies desiertas. canonizado in partibus. hacia las costas.

a multitudes de creyentes. rodeados por numerosos secuaces a los que fanatizan. veía bajo el palacio real ataúdes agoreros. Eran parcelas del mismo pueblo que. El poblamiento del Brasil se realiza intensamente con Don Joáo I I I 1 6 8 . destinados al martirio. ascetas mortificados por flagelaciones. . paliadas en el li­ toral por el influjo modificador de otras razas y de otras creencias. en el que el fervor religioso reverberaba en las hogueras inquisitoriales. . en el mismo sueño enfermo. Todas las manifestaciones complejas de una religiosidad indefinida. lenguas de llamas mis­ teriosas. cuando. dominan y enloquecen. el más interesante de los pueblos cayó. Considerando las agitaciones religiosas del sertón y los singulares evangelizadores y mesías que intermitentemente lo atraviesan. que afluyeron a nuestra tierra después que se deshizo en el Oriente el sueño milagroso de la India 1 6 9 . como única sal­ vación. el animismo del africano y sobresaliendo. y las misiones. la fórmula superior de las esperanzas mesiánicas. a partir del final del siglo xvi. FACTORES HISTORICOS DE LA RELIGION MESTIZA No sería difícil caracterizarlas como un mestizaje de creencias. Allí se muestran al desnudo el antropismo del salvaje. y las penitencias. en plena "caquexia nacional” al decir vigoroso de Oliveira Martins m. el rey de la Ericeira 1 7 2 . el aspecto emocional de la raza superior. precisamente en el momento de total desequilibrio moral. Una gran herencia de supersticiones extravagantes. arrastran. ante la ruina inminente.todas las profecías de los mesías locos. apenas disfrazada por la corte oriental de Don M anuel167. pueden explicarse. bajo la obsesión dolorosa de los milagros y asaltado por súbitas alucina­ ciones. . quedó intacta en el sertón. Y de la misma gente que después de Alcácer-Quibir 1 7 0 . espontáneamente re­ cordamos la fase más crítica del alma portuguesa. cuando "todos los terrores de la Edad Media habían cristalizado en el catolicismo pe­ ninsular”. Considerando los desórdenes sertanejos de hoy y los mesías insanos que los provocan. las figuras de los profetas peninsulares de otrora: el rey de Penamacor. Esto es un notable caso de atavismo en la historia. en una descompo­ sición rápida. después de haber centralizado por momentos la histo­ ria. La trajeron gentes impresionables. en la misma locura. que prendieron in­ tensas en la península. y las romerías piadosas. errantes por las faldas de las sierras. Venían llenas de aquel misticismo feroz. en la época del descubrimiento y de la colonización. arrastrando en la misma idealización. irresistiblemente nos asaltan al galope. buscaba. de pronto. catervas de moros de albornoz blanco pasando en procesión y combates de paladines en las alturas. en Lisboa.

para completar el símil. esta condición inferior de pupilo idiota de la divinidad. El culto de los muertos es impresionante. respira todavía la misma atmósfera moral de los iluminados que guiaban. de ir a las solemnidades de la Iglesia por orden de sus fetiches. la necesidad de una tutela sobrenatural no hubiera sido tan imperiosa. para que éstos pongan sobre los ángulos de la cruz una flor o un ramo. CARACTER VARIABLE DE LA RELIGIOSIDAD SERTANEJA Estos estigmas atávicos tuvieron entre nosotros las reacciones favorables del medio. La conciencia de su debilidad para develarlos hace que sea más fuerte este apelar constante a lo maravilloso. ante el oratorio paupérrimo.Esta yuxtaposición histórica se retrata sobre tres siglos. Pero es exacta. los sertanejos. determinando una psicología especial. No asombra que su indefinida religiosidad presente estas sorprendentes antinomias. la conciencia imperfecta de los matutos aparece en los momentos de crisis a través de los ideales tan bellos del catolicismo incomprendido. el misticismo político del Sébastianismo. Los entierran lejos de las poblaciones. Ni siquiera les falta. para que reciban siempre las preces de los viajeros. su religión es indefinida y variada. Es una variable dependiente en el juego de los elementos. revelando todos los estigmas del estadio inferior. Con una naturaleza más benéfica. adaptando el ritual jorubano 1 7 5 . Inmóvil el tiempo sobre la rústica sociedad sertaneja. recorda­ . La enseñanza de los misioneros no hubiera podido ir más allá de las tendencias generales de su época. Del entrelazamiento entre las tendencias individuales y las vicisitudes exteriores resulta la indife­ rencia fatalista por el futuro y la exaltación religiosa. persiste actualmente de modo singularmente impresionante. salen de las misas consagradas hacia los ágapes salvajes de los candomblés africanos o los poraces del tupí. en los sertones del Norte 1 7 4 . completa. al caer la noche. a la media luz de las lámparas de aceite. locos. De la misma forma que los negros Haúgas. sin tapujos. echada fuera del movimiento general de la evolución humana. pero al costado de los caminos. Pero no nos anticipemos. Es que. como un palimpsesto. realizan el hecho anómalo pero corriente en la capital de Bahía. herederos desgraciados de vicios seculares. Quien observa a la familia sertaneja. orando por las almas de los muertos queridos o pidiendo aliento para su vida tormentosa. Miguelinho o Bandarra 17 S. Acabado en Portugal. El hombre del sertón vive en función de la tierra más que cualquier otro. queda admirado. Por eso. incluso en los períodos normales. para que no queden en total abandono.

peleando para tener la primacía en el sacrificio. . En los límites de Pajeú. aberraciones brutales que la llenan de mácula. anunció. La tierra es un exilio insoportable. castigando inexorablemente a los hombres ingratos. las últimas formaciones gra­ níticas de la costa se levantan en formas caprichosas. . La piedra a la que estaba subido sería quebrada. tal vez. un acontecimiento. entre dos velas de carnauba.ción fugaz pero permanentemente renovada. como un púlpito gigantesco. La muerte de una criatura es un día de fiesta. Tomaremos. entre muchos. Un mameluco o cafuz. que es la preocupación dominante de esas almas ingenuas y primitivas. coronado de flores. Resuenan las guitarras en el rancho de los pobres padres. PEDRA BONITA Los acontecimientos sertanejos. resuena el samba turbulento. pero llenando de riquezas a los que hubiesen contribuido a obtener su desencantamiento. Pero también hay rasgos repulsivos en esta religiosidad de aspectos tan interesantes. dominando majestuosa toda la región y convergiendo en un amplio anfiteatro al que sólo se puede acceder por una estrecha gar­ ganta entre murallas a pique. y a un costado. en Pernambuco. no por los golpes del pico sino por la acción milagrosa de la sangre de los niños esparcida sobre ella en holocausto. teatro de hechos que recuerdan las siniestras solemnidades religiosas de los Achantis1 7 8 . reza por la salvación de quien. en 1837. desde Maranhao a Bahía. congregó allí a toda la población de las vecindades y tre­ pado a la piedra. El trastornado encontró un medio adecuado para su locura. el próximo advenimiento del reino encantado del rey Don Sebastiáo. la Pedra Bonita. se yergue un bloque solitario. detiene su caballo ante el humilde monumento — una cruz sobre varias piedras amontonadas— y con la cabeza descu­ bierta. de un enemigo quizá. vibran en el aire las coplas de los desafíos. En ese ámbito. todavía no han tenido un historiador. convencido. . Alrededor del monstruoso altar se arrastraban las madres levantando sus pequeños hijos. el muerto es un bienaventurado. Nosotros vamos a esbozarlos. jubilosos entre lágrimas. Este lugar fue. Por el sertón sopló un hálito de neurosis. el angelito expone en su última sonrisa endurecida la felicidad suprema de volver al cielo. . El vaquero que anda pre­ suroso por los caminos. en la sierra Talhada. a la felicidad eterna. nunca vio. un iluminado. entonces el gran rey aparecería envuelto en un aura fulgurante. La sangre cho­ rreaba por la roca formando charcos y según afirman los diarios de la .

Ya que la vimos pervertida por el fanatismo. La escudriñaron en vano los émulos del Muribeca 177 astuto. con grandes piedras. Apolonio de Todi. Por otro lado. Es que en uno de sus flancos. los aventureros que venían del norte se topaban con el sertón y allí se quedaban largo tiempo. entusiasmados con el milagro de las minas de plata. El alma de un matuto queda inerte ante las influencias que la sa­ cuden.época. De acuerdo con ellas. Además. entre el silbar del viento violento que en lo alto de las planicies les apagaba las antorchas y finalmente. la descubrió un misionero. que venía de la misión de Macará. siguiendo por fin hacia otros rumbos. . en abundancia tal que. el sermón de la penitencia. escritas en caligrafía ciclópea. Describe la procesión majestuosa y lenta ascendiendo la montaña. aparecían unas letras singulares — una A. cuando el descubrimiento de las minas determinó la atracción del interior sobre el litoral. que les hacía creer que allí estaba y no más adelante. seguía la huella enigmática de Belchior Dias. . En el siglo x v i i . véamosla transfigurada por la fe. los atraía por sí misma de manera irresistible. después de desbaratada esa lúgubre farsa. el dorado apetecido. hechos de tamaña grandeza contradicen esas aberra­ ciones. "Y aquí — finaliza— sin pensar en nada más. MONTE SANTO Monte Santo es un lugar legendario. El sacerdote describe el comienzo y el curso de los trabajos y el franco auxilio que le dieron los pobladores de los sitios próximos. . La sierra solitaria —la Piquarafá de los aventureros— dominaba los horizontes y les seña­ laba el norte. Su marcha hacia las sierras de la Jacobina. digo que de ahora en adelante no llamarán a esta sierra de Piquaragá sino de Monte Santo”. La sierra desapareció de nuevo entre las planicies que domina. El más grande apóstol del Norte se impresionó tanto con el aspecto de la montaña "encontrándola semejante al calvario de Jerusalén” que pensó en seguida en erigir una capilla. hacia fines del siglo pasado. era imposible permanecer en el lugar. hacia el occidente o hacia el sur. con la exhortación al pueblo para "que en los días santos venga a visitar los santos lugares. Finalmente. una L y una S— ladeadas por una cruz. puede ir de la extrema brutalidad a la máxima devoción. Iba a ser la primera del más tosco y más imponente templo de fe religiosa. ya que vivía en tan grande desamparo de las cosas espirituales”. con sus tropas de cotiguaras mansos y foras­ teros armados.

apaga y pervierte lo que inculcaron de bueno en aquellos espíritus ingenuos. recti­ línea. realzada por el aspecto de la pequeña aldea. Sin la grandeza de los antecesores. La población sertaneja completó la empresa del misionero. . en otros. donde resuenan desde hace cien años. descifró el secreto de las grandes letras de piedra. el apóstol no tuvo continuadores. las enseñanzas de los primeros evangelizadores. Más adelante. en ciertos trechos. en la que se erigen. para la Semana Santa. y mirando a lo alto. las letanías de las procesiones de cuaresma y por donde han pasado legiones de penitentes. arremetiendo con el vértice puntiagudo del monte. Amparada por muros revestidos de lajas. Actualmente. bien en lo alto. A medida que se asciende. hasta el Cal­ vario. LAS MISIONES ACTUALES Lamentablemente. Comienza chocando con la montaña. allá abajo. dobla a la izquierda y sube menos abruptamente. que apenas se ve en la caótica confusión de los tejados. con el ansia de la ambición andaban los aventureros. el obser­ vador advierte perspectivas que van creciendo en grandeza: primero los planos de las vastas planicies. En la cuarta o quinta capillita. el que sube la extensa vía sacra de tres kilómetros de largo. esa calle blanca. su acción es negativa. teniendo como piso la roca viva tallada en escalones o en rampas. a caballo del abismo— vuelve a la derecha. monumento erguido por la naturaleza y por la fe. la mina opulenta que ocultaba el desierto. Salvo raras excep­ ciones. más alto que las más altas catedrales de la Tierra. exhibiendo paneles de los pasos. la emoción extraña de una altura inmensa. el espacio infinito.Y se hizo el templo prodigioso. Cuando. después las lejanas serranías agrupadas en todo el horizonte. sin aliento. parando en los pasos. con cal­ zada hecha. el misionero moderno es un agente perjudicial que agrava los desequilibrios del estado emocional de los tabaréus. más hábil que Muribeca. en una rampa de cerca de veinte escalones. convergen allí las familias de los alre­ dedores y los creyentes pasan por los mismos flancos donde otrora. dismi­ nuyendo el declive hasta la línea de las cumbres. se ve que Apolónio de Todi. a partir de la capilla mayor — interesantísima ermita levantada en una saliente de piedra. Continúa por éstas si­ guiendo una pequeña depresión y después se levanta de improviso. de cuarzo. descubriendo el dorado maravilloso. de los cuales no tiene ni el talento ni el . a espacios regulares. veinticinco capillas de albañilería. Destruye. siguiendo la línea del máximo de­ clive. valora la constancia y la tenacidad del esfuerzo realizado. es un prodigio de ingeniería ruda y audaz. .

acabaron robando. . 1 7 8 Y alucina al sertanejo crédulo. con palabrerío interminable. Dios había dicho — en mal por­ tugués. muestra groseros cuadros de torturas. formando una banda deprimente. Los disparates salen de su boca envueltos en tragedia. publicación oficial hecha en 1893. véase el libro de Araripe Júnior. En 1850. Demos un ejemplo único. unos misioneros recién llegados. se muestra con todos sus emocionantes ribetes. no ora. describe el infierno truculento y flamígero con palabras encendidas que completa con gestos de loco y muecas de truhán. Generalmente sigue el proceso inverso. O Reino Encantado. Sube al púlpito de las iglesias del sertón y no mues­ tra la imagen de los cielos. . como enloquecidos. abriendo indistintamente la caja de rapé y la de Pandora. aquellos enloquecidos. sino que brama en todos los tonos contra el pecado. en torno de cruces misteriosas. Tiene el extraño privilegio de las bufonerías melodramáticas. Sobre la Pedra Bonita. pidien­ do limosna. . en acciones macabras de flagelantes. No presenta ante los matutos simples las imágenes de una vida honesta y superior. salieron de la matriz del Crato 1 7 9 y se dispersaron — mujeres llorosas. echa bravatas. por­ menoriza la fundación de Monte Santo. rezando. im­ poniéndose el cilicio de las espinas. se agrupaban. Y esos desvariados salieron por los sertones. repentinamente. La denominación se refería a las compañías de penitentes que por las noches. de las ortigas y de otros duros ele­ mentos de penitencia. En la iglesia. Era fatal. * La Memoria sobre o Estado da Bahía. lo deprime y lo pervierte. llorando.arte sorprendente de transfigurar las almas. . niños temblequeantes— por los sertones en busca de mayores flagelos. larga sobre el auditorio avalanchas de penitencias. Es brutal y traicionero. habían profetizado el próximo fin del mundo. Los maestros del mal se fueron a ejercer su equivocada do­ cencia a otros sitios y la justicia reprimió dificultosamente el bandidismo incipiente *. el último. que ejercitaban el robo en gran escala. en mal italiano y en mal latín— que estaba harto de los desmanes de la Tierra. Un día. no aconseja ni consuela. donde el acontecimiento brillantemente nove­ lado. aterra y maldice. en las encrucijadas solitarias. los sertones de Cariri estuvieron alborotados por las depre­ daciones de los Serenos. Es ridículo y aterrador. y como la caridad pública no los podía satisfacer a todos. lo alucina. hombres miedosos. pues no la conoce. Sale de las dobleces del oscuro hábito como de la sombra de una emboscada armada para la credulidad incondicional de los que lo escuchan. alternando los estornudos con las catástrofes. .

DOCUMENTO VIVO DE ATAVISMO Es natural que estas capas profundas de nuestra estratificación étnica se sublevaran en una anticlinal extraordinaria: Antonio Conselheiro 1 8 0 . fuertemente. confusos cuando se hallan dispersos en la multitud. el historiador puede apreciar la grandeza de ese hombre. Pero situado en función del medio. desde el fetichismo bárbaro hasta las aberraciones católicas. la segunda. interpretando la inclinación y la orientación de los estratos de antiguas formaciones. Considerando al falso apóstol se ve que el exceso de subjetividad lo predispuso a la rebelión contra el orden natural porque siguió la fórmula del delirio propio. Las singulares fases de su existencia no presentan quizá los períodos sucesivos de una grave enfermedad. . Fue simultáneamente. La imagen es correcta. el desgraciado. Es difícil trazar la línea divisoria entre las tendencias personales y las tendencias colectivas. es observar la más completa mutualidad de influjos. con seguridad. imprecisos. Todas las creencias ingenuas. pero enérgicos y definidos cuando se resumen en un individuo. vino a golpear a una civilización. yendo a parar a la historia como podía haber ido a parar al hospicio. destinado a la solicitud de los médicos. No por eso fue . Acompañar la primera es seguir paralelamente y con mayor rapidez. la vida resumida del hombre es un capítulo ins­ tantáneo de la vida de su sociedad. llevado por una potencia superior. casi pasivamente. el resumen de los aspectos predominantes de un mal social gravísimo. Es una desloca­ ción y es una síntesis. sobre el mismo medio de donde habían partido. No era un incomprendido. La multitud lo aclamaba como representante natural de sus más altas aspiraciones. pero sí son. todas las tendencias impulsivas de las razas infe­ riores. El tempera­ mento impresionable le hizo absorber las creencias del ambiente. Aislado. como brotadas de su conciencia delirante. libremente ejercitadas en la indisciplina de la vida sertaneja. . el elemento activo y pasivo del movimiento del que surgió. asombra. que por sí mismo nada valía considerando la psicología de la sociedad que lo crió. por la gran receptividad mórbida de su espíritu torturado por los reveses y ellas refluyeron después. Por eso.ANTONIO CONSELHEIRO. Se lo puede incluir en cualquier modalidad de la psicosis pro­ gresiva 1 S 1 . Del mismo modo que el geólogo. esboza el perfil de una montaña desaparecida. Porque para el historiador no es un desequilibrado. seguirlas juntas. Aparecen como la integración de diferentes caracteres. se condensaron en su misticismo feroz y extravagante. se pierde en la turba de los neuróticos vulgares. vagos.

el antropólogo lo describiría como fe­ nómeno de incompatibilidad con las exigencias superiores de la civili­ zación. el antropólogo lo encontraría normal. y lo obligó a adoptar un cierto orden en el desvarío. ya eran. en un retro­ ceso en el tiempo. el medio. reaccionando a su vez. los maniqueos bifrontes entre el ideal cristiano emergente y el bu­ dismo antiguo. Como enfermo grave sólo le puede ser aplicado el concepto de la pa­ ranoia de Tanzi y Riva 1 8 2 . lo amparó. la serenidad. en una regresión a un estadio mental de los tipos ancestrales de la especie. En efecto.más allá. Y fueron normales. Basta con que volvamos los ojos a los primeros días de la Iglesia. como un revivir de atributos psíquicos remotos. No se deslizó hasta la demencia. extraño pero natural para nosotros. limitándolo. mejor dicho. mal sustituida por los sofistas y letrados mezquinos de Bizancio. Dejando de lado el influjo de las razas inferiores. los ofiólatras. cuando. la grandeza y la resignación soberana de un apóstol antiguo. parecerían actualmente casos repugnantes de insania. en la última fase del mundo romano. Lo que el médico caracterizaría como un caso de delirio sistematizado. la literatura latina occidental declinó de pronto. de manera que al andar por largos años en sus prácticas ascéticas. los discípulos de Marcos. Podríamos encuadrarlos en un escenario más amplio. con sus doctores histéricos y sus exégesis hiperbólicas. lo que se tradujo fundamentalmente. Fue un extraño caso de atavismo. precediendo el asalto de los bárbaros. Los rasgos más típicos de su misticismo. Su contribución mórbida lo llevó a interpretar caprichosamente las condiciones objetivas. aspectos religiosos comunes. los adamitas infames. que lo fijaría en una fase remota de la evolución. alterándole las relaciones con el mundo exterior. todas las sectas en que se fraccionaba la religión naciente. lo vimos hace poco de relieve. como un anacronismo. en un período angustioso de la vida portuguesa. UN GNOSTICO RUDO Evitada la intrusión dispensable del médico. una coherencia indestructible en todos sus actos y una rara disciplina en todas sus pasiones. Enganchaban bien en todas las tendencias de la época en que las extra­ . cuando el gnosticismo universal se erigía como transición obligatoria entre el paganismo y el cristianismo. el sertón sublevado tuvo en la actitud. los encratitas abstinentes que se maceraban y flagelaban. en la fase persecutoria o de grandezas. la nota étnica. en la palabra y en el gesto. señalando cierto nivel de la mentalidad humana. dentro de nuestra era. los montañistas de Frigia. En el constante peligro de caer en un oscurecimiento completo de la razón. vibró de manera exclu­ siva. Pero en su desvío vibró siempre.

lo fortaleció. los grandes reformadores y los pobres enfermos. HOMBRE GRANDE PARA E L MAL Paranoico indiferente. por largo tiempo. arrastrando su débil esqueleto. La historia se repite. Siempre se satisfizo con ese papel de delegado del cielo. en esa zona mental donde se confunden los facinerosos y los héroes. camino de los sertones bravios. Era el profeta. Ahí estuvo detenido. donde se dan el brazo genios y degenerados. No fue más allá. y con una función exclusiva: mostrar a los pecadores el camino de la salvación. pero adscripto a todas las contin­ gencias humanas. cedió a la única reacción posible. REPRESENTANTE NATURAL DEL MEDIO EN QUE NACIO El factor sociológico que cultiva la psicosis mística del individuo. Allí. fue ciertamente un notable caso de degeneración intelectual. quizá esta calificación no le cuadre completamente. No la pasó. en una armonía salvadora. Lastimado por la disciplina vigorosa de una so­ ciedad culta. De manera que el espíritu predispuesto a la rebeldía franca contra el orden natural. pasible del sufrimiento y de la muerte. . pero no lo aisló —incomprendido. Veremos más detenidamente la exactitud de la comparación. arre­ batado por aquella idea fija. lúcido en todos sus actos. 1 8 3 . sus misterios y sus sacrificios tremendos de leones lanzados vivos al Danubio con solemnidades impo­ nentes presididas por el emperador filósofo. impresionante en su firmeza y siguiendo su objetivo fijo con fina­ lidad irresistible. transfigurado por ilapso estupendo. Así ambos resultaron normales. Su frágil conciencia oscilaba en esa posición media. su neurosis estallaría y su misticismo oprimido destruiría su razón. . retrógrado. con sus procesiones fantásticas. Era un siervo ungido para una dura tarea y allá marchó.vagancias de Alexandre Abnótico impresionaban a la Roma de Marco Aurelio. expresada por esa línea ideal que Maudsley lamenta que no se pueda trazar entre el buen sentido y la locura. . desequilibrado. su neurosis vibraba con un sentimiento ambiental y su mis­ ticismo estaba difundido por todas las almas que a su alrededor se con­ gregaban. Antonio Conselheiro fue un rudo gnóstico 1 8 4 . lo limitó sin oprimirlo. en las oscilantes fronteras de la locura. rebelde— en el me­ dio en que se movía. pero de algún modo. Cristalizó en un ambiente propicio al error y a las su­ persticiones. Por el contrario. La regresión que lo caracterizó y determinó su temperamento vesánico. el emisario de las alturas.

Así comienza el narrador escrupuloso * su breve noticia sobre la ge­ nealogía de Antonio Conselheiro. llamaron en su ayuda a la guardia pretoriana de los capangas. comprometiendo a la des­ cendencia en las desavenencias de los abuelos. en los sertones entre Quixeramobim y Tamboril. señores de látigo y cuchillo. Hacendados opulentos. no vieron con buenos ojos que una familia pobre tuviera una reputación como la de ellos. Os Araújos e Maciéis. Así preparados. una familia numerosa de hombres sanos. serviciales” y gozaban en los alrededores de una reputación envidiable. se concertaron para un ejemplar castigo a los delincuentes. sin asentarla en vastos latifundios y cantidades de ga­ nado. Parecidos a otros mil que muestran con evidencia la prepotencia sin freno de los patrones de las aldeas y la pecaminosa explotación a que someten a la bravura instintiva del sertanejo. Eran "hombres vigorosos. simpáticos. Los hechos criminales que refiere no son más que episodios casi per­ manentes de la vida turbulenta de los sertones. * Coronel Joáo Brígido dos Santos186. inteligentes y bravos. "Vivían en la misma región. que constituían una familia rica. Crimes célebres do Ceará. marcharon en expedición criminal hacia Quixera­ mobim. emparentada con otras de antigua raigambre en el norte de la Provincia. bien presentados. pero embrutecidos ambos en la práctica de la violencia e igualmente numerosos”. Araujo da Costa y un pariente suyo. que vivían como vaqueros y pequeños hacendados. Todo indicaba que aquéllos eran víctimas de una acusación indebida. por ley fatal de los tiempos. Y como éstos eran bravos hasta la temeridad. ágiles. "Fue una de las luchas más sangrientas de los sertones de Ceará. acostumbrados a hacer justicia por mano propia. La delinearemos bre­ vemente. Las luchas de familias no son más que una variante de las otras y se caracterizan por ser interminables. Sus adversarios fueron los Araújos. Silvestre Rodrigues Veras. "Los Maciéis que formaban. creando casi una predis­ posición fisiológica hereditaria al rencor y a las venganzas.ANTECEDENTES DE FAMILIA: LOS MACIEIS Su biografía resume la existencia de la sociedad sertaneja 1 8 5 . conformando uno de los grandes hechos criminales de Ceará. Esclarece el concepto etiológico de la enfermedad que lo abatió. desiguales en su fortuna y posición oficial. la trabada entre estos dos grupos de hombres. . cayeron. en una guerra de familias. teniendo como sede principal la aldea de Boa Viagem que queda a unas diez leguas de Quixeramobim. Surgió de un incidente mínimo: pretendidos robos cometidos por los Maciéis en una propiedad de los Araújo.

de Aracatiagu. Miguel Carlos. Vicente Lopes. seguido en su fuga por una hermana. muchachos sin miedo y corajudos. El hecho ocurrió en 1833.Pero. los sicarios — aunque eran más numerosos— temieron la resistencia. exhausto. Al acercarse a la vivienda de los Maciéis. En esta ocasión mueren. En el sitio de "Passagem”. . hablando de estos dos infortunados en sus memorias. bien montados. Pero un tío de éste. Derrotados. habían enfrentado a la banda asalariada. los que le seguían el rastro. haciéndola huir. los potentados cuya imbécil prepotencia había recibido tan duro trato. contrariando la expectativa general. que se había adelantado a los demás. en cacería bárbara. A ellos se unieron los hijos y yernos de Silvestre y acometieron su cri­ minal empresa. su fuga es inexplicable. Bien armados. gran conocedor de los montes. Memorias. Consiguieron a dos de los mejores: José Joaquim de Meneses. los Araújos habían dejado escapar a su peor enemigo. en un rancho abandonado cubierto de ramas de oiticica. El sertanejo temerario. la afirma el cronista escrupuloso * * . Eran las nueve de la mañana. Pero el forajido. La palabra de honor de los bandidos tuvo el valor que debía tener. rabiando y encolerizados. Muerto el jefe. aunque herido y con un pie lujado. sabiendo que no podrían resistir durante mucho tiempo. el rancho se * Manuel Ximenes. Ahora bien. Lo persiguieron. Había hecho blanco el mismo Pedro Veras quien pagó en seguida su hazaña recibiendo a quemarropa una descarga de plomo. Corría el primer día de viaje. Este cayó transversalmente ante la puerta impidiendo que se pudiera cerrar. a poco tiempo. Se rindieron. No faltaban entonces. Libraron una refriega tremenda y desigual. siguieron sus rastros como si fueran los de una suguarana bravia. enfrentó a la horda abatiendo pronto a un tal Teotonio. consigue escapar. apelaron a recursos más enér­ gicos. Maniatado y con las piernas atadas por abajo a la barriga del caballo que montaba. aceptaron. cuando fueron asesinados. Sin embargo. los agresores retrocedieron lo suficiente como para que el sitiado pudiese cerrar la puerta. entre otros. Hecho esto. poco después volvieron de­ rrotados. Ahí llegaron. dice que nunca habían hablado mal de ellos ni siquiera los enemigos que acusaron a sus hijos y pone en duda la participación de éstos en los robos aludidos. pudo eludir durante algún tiempo la persecución comandada por Pedro Martins Veras. cerca de Quixeramobim se ocultó. reunida toda la parentela. Hacían bajo escolta el camino a la cárcel de Sobral. * * Manuel Ximenes. bajo palabra. y la habían re­ chazado. La hermana de Miguel Carlos trató de sacarlo de allí y cayó atravesada por una bala. como no faltan hoy. Antonio Maciel y un abuelo de Antonio Conselheiro *. el jefe de la familia. facinerosos afamados que vendían su valentía. la garantía de la vida. Les pidieron que se entregaran ofreciéndoles. Los Maciéis. célebre por su rivalidad sangrienta con los Mouróes famosos y un terrible cangaceiro. Los Maciéis. pernambucano.

uno de los Araújos trató casamiento con la hija de un rico ganadero de Tapaiara y el día de las nupcias. más que sabidos. v fue a bañarse al río que corre detrás de esa casa situada casi en el límite de la plaza principal de la aldea. La narración a la que nos remitimos dice: "Parece que Miguel Carlos tenía allí protectores que le daban garan­ tías. por fin. cuando apareció un grupo de enemigos que lo esperaban escondidos entre los pastos. El efecto fue instantáneo. acostumbraba parar en la aldea. también él corrió hacia el fondo de una casa que casi se enfrentaba con la desembocadura del riacho de la Palha. Este riacho con su forma circular rodeaba la plaza y en invierno constituía una linda cinta de aguas tranquilas. son inventados por la fecunda imaginación de los matutos. Los bandidos no se atrevieron al asalto pero fueron de una cobardía atroz. Lo cierto es que más allá de la protección que le dieran. . Miguel Carlos llegó a abrir . se hizo acompañar por el sospechoso hasta las afueras del poblado y en el riacho de la Palha lo mató con su cuchillo. un día cayó bajo su cuchillo un espía incauto que lo rastreaba. su otra her­ mana. Arroja toda el agua de un balde sobre el fondo del rancho apagando moentáneamente el fuego y saltando sobre el ca­ dáver de su hermana se arroja. estando a la puerta del negocio de Manuel Procópio de Freitas. Manuel Francisco da Costa. Lo cierto es que. . Miguel Carlos resuelve salir. junto a la garganta que conduce a la pequeña plaza Cotovelo. . Con­ siderando que era un espía. No pudiendo respirar ahí adentro. La desem­ bocadura del riacho de la Palha daba a los fondos de la casa indicada. Fue en Quixeramobim. la "Némesis de la familia”. cayó muerto de un balazo entre la alarma de los parientes y la desesperación de la desdichada novia. Rompe el círculo y gana la caatinga. según el decir del cronista ya citado. Miguel Carlos ya estaba desnudo y en compañía de muchos compañeros. Su vida transcurría en peligrosos lances. Ahora tenía una socia en el rencor justificado y hondo. vio entrar a un individuo que quería comprar aguardiente. Tiempo después. casado con una parienta suya. en 1845. Helena Maciel. Arrojaron fuego sobre el techo de ramas. burlando todas las trampas que le ten­ dieron. ya cerca de la iglesia. le dijo que lo iba a matar y como el dueño de casa lo detuvo. En calzoncillos y empu­ ñando el cuchillo. La venganza del sertanejo velaba inextinguible. encima de los asaltantes. "Una mañana. muchos de los cuales. .convirtió en una fortaleza. Tanto los pa­ rientes de Miguel Carlos como los extraños tomaron sus ropas de la arena y a medio vestir emprendieron la fuga. En esa casa vivía. la carabina bajo el brazo y el cuchillo listo al ataque. salió de la casa de Antonio Caetano de Oliveira. Por las rendijas de las paredes estallaba a cada minuto un tiro de espingarda. "Una noche.

hizo creer durante mucho tiempo que ese oficial de mala fama había sido el autor del crimen. de la familia de Araújo. Helena Maciel. a quien atribuía los avisos que éstos habían recibido en Boa Viagem. cayó abatido por un tiro que había partido del séquito que lo perseguía. muriendo los dos instantáneamente. De esos golpes resultó una lesión cardíaca que dio una muerte horrorosa al infeliz cul­ pado de esa última agresión de los Araújos. jefe de la banda. le clavó su cuchillo. agente del correo de la aldea. cuando Manuel de Araújo. nada se sabe con certeza sobre el papel que le cupo a Vicente Mendes Maciel. "El hecho de que la acción fuera perpetrada por soldados del destaca­ mento de línea. No sigamos. corrió hecha una furia hasta el lugar y pisando la cara del asesino de su hermano decía satisfecha que le ale­ graba lo sucedido por el fin que había tenido el enemigo. Fue ella. de las venidas de Miguel Carlos. Durante mucho tiempo fue célebre la valentía de Miguel Carlos y por él y sus parientes era intensa la estimación y el respeto de sus contemporáneos. con quien Pimentel estaba ene­ mistado. agarrándolo por una pierna. Venían a título de prender a los Maciéis. UNA VIDA CON BUENOS AUSPICIOS Por cierto. mozo de una familia importante de la aldea. "Helena no se abatió con esta desgracia. muerto en Boa Viagem. hermano del novio asesinado. padre de Antonio Vicente Mendes Maciel (el Conselheiro) en esta deplorable contienda. diezmadora de los secuaces de las dos familias. uno de­ bajo del otro. siendo el último de los Maciéis. de bajo origen y educación. Moribundo. Miguel Carlos le respondió al instante con otra cuchillada en la carótida. Antonio Maciel. emparentado con los Araújos. hombre insolente. testimonios de la energía de esa familia que había dado tantos hombres bravos para una lucha con poderosos tales como los de Boa Viagem y Tamboril” *. id. hermano de Miguel Carlos. Agonizaba caído con el cuchillo en la mano. como osó confesar muchos años después.el portal de la quinta. Némesis de la familia. quien mandó golpear bárbaramente a André Ja­ cinto de Sousa Pimentel. Sus coetáneos lo pintan como un * Coronel Joáo Brígido. "Helena permanecía quieta y silenciosa. pero el propósito era matarlos. al mando del alférez Francisco Gregorio Pinto. "Dicen que los sicarios habían pasado la noche en casa de Inácio Mendes Guerreiro. pero cuando quiso cerrarlo. inmoló un enemigo a los manes de su hermano. "Innumerables víctimas anónimas se cobró esta lucha sertaneja. .

De ahí a poco tiempo se muda a Ipu. de ganarse la vida. En pocos años se muda a diferentes aldeas y poblaciones. un medio cual­ quiera. . Bajo la disciplina de un padre de honradez proverbial. la que desequilibraría una vida iniciada bajo los mejores auspicios. Tal vez quedaba latente. La mujer fue la sobrecarga adicio­ nada a su tremenda tara hereditaria. Testi­ monios de conocidos lo señalan como adolescente tímido y tranquilo. totalmente entregado a los menesteres del negocio. Lo cierto es que. dejaba pasar la etapa triunfal de los veinte años. veinte años después de los trágicos hechos que recordamos. o. sin el entusiasmo feliz de los que se inician en las primicias de la vida. reveló una rara abnegación. Adopta dis­ tintas profesiones. la pésima índole de ésta. Antonio Maciel proseguía su vida correcta y serena. En 1859. negociaba en ha­ ciendas llevando las cuentas de memoria. Sólo después de haberlas casado buscó para sí un enlace que le fue nefasto. sin tener escritas ni las deudas ni los créditos”. según la costumbre de los narradores del sertón. el hijo tuvo una educación que. al llegar a cada nueva residencia. falleciendo aquél en 1855. en espera de con­ diciones favorables para expandirse. enemigo de las fiestas. Antonio Maciel busca un empleo. a despecho de los desórdenes del hogar. Pierde sus hábitos sedentarios. se muda a Sobral y se emplea como vendedor. retraído. vuelven inestable su situación. que no permitía tomar alas al ánimo del muchacho. Trabaja de solicitador en el foro. de algún modo. PRIMEROS REVESES De allí data su dramática existencia. pero honesto. lo aisló de la turbulencia familiar. medio visionario y descon­ fiado. En estos cambios se advierte la lucha de un carácter que no se deja abatir. lo que es más verosímil. incompatibilidades de carácter con la esposa. en esta etapa prepa­ ratoria de su vida. Debiendo afrontar el trabajo de velar por tres hermanas solteras.hombre "irascible pero de excelente carácter. pero de tanta capacidad que. Habiendo quedado sin bienes de fortuna. Todas las historias o leyendas entretejidas con exageraciones. A partir de 1858 todos sus actos denotan una transformación del carácter. le eran contadas mostrándole siempre el coraje singular y tradicional. Sigue hacia Campo Grande donde se desempeña en las modestas funciones de escribiente del Juez de Paz. siendo analfabeto. de las que muchas veces eran protagonistas sus propios parientes. La sugestión de estos relatos tenía el correctivo enérgico de la severidad del viejo Mendes Maciel. Se queda poco tiempo allí.

El plano inclinado de esa vida en declive acaba de golpe en una caída formidable. sos­ teniéndose en el clásico bastón en que se apoya el paso tardo de los peregrinos. las permanentes luchas partidarias le abrían la carrera aventurera de la política. Se realizan algunas averiguaciones policiales. Y en Bahía surgía el sombrío anacoreta. . su mujer lo abandona. la barba descuidada y larga. Este período de su vida todavía lo muestra imbuido de sentimientos dignos. Sigue des­ pués hacia el sur. . azarosamente. COMO SE FORMA UN MONSTRUO . la cara como una calavera. Fulminado de ver­ güenza. monstruoso en su hábito azul de brin americano. en camino hacia Crato. Se salva de la prisión. de noche. Baja hacia el sur de Ceará. un sargento de policía. Gracias a este incidente algo ridículo. lugares desconocidos. Y desaparece. . la mirada fulgurante. Sólo de vez en cuando se recordaba su nombre y el fin escandaloso de su existencia. los cabellos crecidos hasta los hombros. se advierte la voluntad de alguien que va perdiendo terreno pero reacciona cada vez con un doloroso esfuerzo. para lo que le servía el prestigio tradicional de su familia. . Pero siempre lo evitó. con menores exigencias de esfuerzo. ligándose a los seguidores de cualquier conquistador de urnas. en la que podía entrar como tantos otros. Podía decirse que había muerto. donde no lo conocían ni de nombre. el infeliz busca el escondite de los sertones. Fue el punto final. Pasan diez años. A su alrededor. El infeliz muchacho de Quixeramobim queda com­ pletamente olvidado. . con una tendencia acentuada hacia actividades cada vez más estériles hasta desembocar en el ocio franco.Se advierte en todos estos cambios una tendencia hacia profesiones menos trabajosas. dejadas de lado porque la víctima reconoce que el agresor no es culpable. busca el abrigo de la absoluta os­ curidad. en dirección a Crato. hiere con furia de alucinado. . en el que era magna pars un Lovelace de tragediam. a un pariente que lo había hospedado. Al pasar por Paus Brancos. Se va con un policía. . LA CAIDA De pronto aparece su contracara violenta. En su descenso continuo. En Ipu. Al mismo tiempo iba perdiendo la antigua serenidad. Va perdiendo la antigua disciplina. quedaron en sus parajes natales breves vestigios de su recuerdo.

pero vagamente. La multitud le ahorraba el indagar torturante acerca de su propio estado emotivo. . La multitud lo remodelaba a su imagen. Como dominador fue un títere. Pasaba y seguía en busca de otros lugares dejando absortos a los matulos supersticiosos. sin porme­ nores característicos. Nada decía de su pasado. Todas las conjeturas y las leyendas que lo rodeaban for­ maron el ambiente propicio para la germinación de su propio desvarío. Y creció tanto que se proyectó en la Historia. alimentándose mal y ocasionalmente. Andaba sin rumbo cierto. el dominio que. Actuaba como ente pasivo. Lo había conocido en los sertones de Pernambuco. . me dijo algo al respecto. como una sombra surgida de las planicies pobladas de duendes. aún joven. . Hablaba en frases breves o con mono­ sílabos. sin cálculo. . monstruoso autómata. . Le ensanchaba el pano­ rama de su vida lanzándole adentro los errores de dos mil años. Aparecía por aquellos sitios sin destino fijo. apa­ recía por los ranchos de los troperos. ya los dominaba. Su insania estaba allí. en una penitencia ruda. para aquellas simples gentes. como un espectro. . mudo. La admiración intensa y el respeto absoluto de la gente lo convirtieron en poco tiempo en árbitro incondi­ cional de todas las divergencias y problemas. el esfuerzo de una introspección delirante con la que la locura envuelve a los cerebros deprimidos. indiferente a la vida y a los peligros. Poco a poco. Era natural. Aparecía — escuálido y macerado— dentro de su hábito caído. su vida misteriosa lo había rodeado de un prestigio nada vulgar que tal vez agravó su temperamento delirante. exteriorizada. como una sombra. se reflejó sobre él mismo. Se volvió algo fantástico. Un viejo cáboclo. . a orilla de los caminos. Lo creaba. Esta sombra condensaba el oscurantismo de tres razas.Su existencia es desconocida durante tan largo período. cesaban las charlas y las guitarras festivas. ejercía a su alrededor. Cuando aquel viejo singular de poco más de treinta años. de un rancho a otro. durmiendo a la intemperie. sin precisar fechas. hecho prisionero en Canudos en los últimos días de la campaña. impresionó vivamente la imagi­ nación de los sertanejos. errante. El evangelizador nació. De este testimonio concluí que Antonio Maciel. En el seno de una sociedad primitiva que por sus cualidades étnicas y por el influjo de las santas misiones malévolas comprendía mejor la vida por los incomprensibles milagros. en el consejero predilecto de todas las decisiones. Sin querer. Necesitaban a alguien que personificase su indefnida idealización y los guiase por los caminos misteriosos de los cielos. uno o dos años después de la partida hacia Crato.

era gente ínfima y sospechosa. No los había llamado. que encerraba la imagen de Cristo. apareciendo en la ciudad de Itabaiana en 1874. Revela ser hombre inteligente pero sin cultura” *. sólo una tabla desnuda o si no el suelo duro.De los sertones de Pernambuco pasó a los de Sergipe. avezada en el robo. en la aldea del Itapicuru de Cima. desconocido y sospechoso. viste una túnica de algodón y se alimenta tan poco que casi es una momia. Acompañado de dos profesas. vive rezando. felices por padecer junto con él privaciones y miserias. Ya tenía gran renombre. Allí llegó. Ya no andaba solo. Con él triunfalmente erguido. Sobre la espalda una bolsa de cuero en la que traía papel. rigurosamente verídicas. No aceptaba lecho. . aceptando sólo lo que necesitaba para el sustento del día. contraria al trabajo. sandalias. impresio­ nando por la rareza de la ropa: bata azul. Buscaba los ranchos solitarios. de la reli­ gión naciente: un oratorio de cedro. lapicera y tinta. Dice un documento publicado aquel año en la Capital del Imperio: "Apareció en el sertón del Norte. de un anuario impreso a cen­ tenares de leguas de distancia. sin cinturón. que dice llamarse Antonio Conselheiro y que ejerce gran influencia en el espíritu de las clases populares. sombrero de alas anchas y caídas. pero rechazaba cualquier exceso. pre­ gonando y dando consejos a las multitudes que reúne donde le permiten los párrocos. Se le acercaban espontáneamente. en un coro de letanías. va juntando al pue­ blo y guiándolo a su gusto. Uno de los adeptos cargaba el templo único. la Misión abreviada y las Horas ma­ ñanas 1 8 8 . entraban a las aldeas y poblaciones. delatan bien la fama que ya había ganado. En general. actores en la farándula de los vencidos de la vida. * Folhinha Laemmert. Lo seguían en su ruta sin norte algunos fieles. con los que se impone a la ignorancia y la simplicidad. Así vagó durante largo tiempo hasta aparecer en los sertones al norte de Bahía. Estas palabras. de 1877. Su prestigio iba creciendo. Así se presentó el Conselheiro en 1876. un individuo. sirviéndose de su aspecto misterioso y ropas ascéticas. tosco. y moviendo los sentimientos religiosos. por entonces. Dejó crecer sus barbas y sus cabellos. como a todas partes. Vivía de limosnas. Cuando paraban en los caminos lo colgaban en la rama de un árbol y de rodillas le rezaban.

Era una leyenda terrible. En seguida entró en la casa y con otra descarga fulminó a la esposa infiel que estaba durmiendo. de las fatigas. se propuso presentárselas. . la había endurecido en la fría intemperie. Venía del hambre. . de las angustias y de las miserias. la había macerado y marcado con los cilicios más duros. Lo cierto es que la represión legal de 1876 lo encontró ya de lleno metido en el sueño del cual no despertaría. Muchas veces había bordeado la muerte por los prolongados ayunos. El dolor se la había anestesiado. al acaso. imaginó cómo arrui­ narla. Había seguido el apren­ dizaje del martirio. la había secado en el rescoldo de las sequías. vio un bulto que se aproximaba a su casa. No le dio tiempo a entrar. Y con horror vio que era su propia madre que se había disfrazado para realizar su diabólico propósito. escondiéndose en un lugar desde donde podía observar y actuar con rapidez. en cierto modo justificaban. Volvió después para reconocer al hombre que había matado. Allí permaneció varias horas hasta que. tal como lo preconizan los apóstoles de la Iglesia. despavorido. Como se ve. le exigió pruebas. Entonces había escapado. Decían que había matado a su esposa y a su propia madre. bien alta la noche. Contaban que la madre. así vería cómo. El asceta despuntaba tras la ruda disciplina de quince años de penitencia. Lo vio acercarse cautelosamente y saltar por una ventana. su casa era visitada por el seductor. Para eso le dijo al hijo que su mujer lo engañaba y como éste. con un ascetismo que hubiera sorprendido a Tertuliano 1 9 °. de la sed. no queriendo a la nuera. Lo acusaban de una falsedad que su vida excepcional y el desorden de su antigua vida doméstica. Su piel seca se arrugaba como un cuero pegado a la carne muerta. enloquecido. . abandonando todo y desde ese momento recorría los sertones. ante el asombro de los fieles. ese sombrío . No había dolor que le fuera desconocido. por la noche. el infeliz se alejó a caballo cerca de media legua y luego volvió por caminos no frecuentados. Lo abatió de un tiro. la había golpeado con las piedras de los caminos.LEYENDAS En la aldea de Itapicuru se produjo el cierre de esa carrera extraordinaria. . sorprendido. Acep­ tado el consejo. la había adormecido en los transitorios descansos sobre los lechos dilace­ rantes de las caatingas . la imaginación popular comenzaba a novelarle la vida con rasgos vigorosos de originalidad trágica 1 8 9 . Le aconsejó que inventara un viaje cualquiera y que permaneciera en los alrededores. Allí y ese mismo año. lo metieron inopina­ damente preso.

ojeras profundas. El pueblo comenzaba la gran serie de milagros de los que. que durante mucho tiempo fue objeto de una fitolatría extraordinaria. Y un pequeño árbol. la orden de prisión sólo era un inci­ dente mínimo. el infeliz ni se enteraba. Los jueces estupefactos lo interrogaron. Entonces anda durante algún tiempo por los sertones de Curará. tal vez. dentro de la túnica tan ancha. sin mirada y sin sonrisa. A su sombra se curaban los enfermos crédulos y sus hojas eran la panacea infalible. enmarañándose en los pelos duros de la barba descuidada que le llegaba hasta la cintura. con el día que había pre­ fijado cuando lo tomaron preso. Y el mismo año reaparece en Bahía entre sus discípulos que lo habían aguardado. y los largos cabellos lacios cayendo sobre los hombros. No formuló una sola queja. como una mortaja negra.propagandista de la eliminación lenta de la materia: "descargándose de su sangre. Lo acusaban de viejos crímenes. Era un árbol sagrado. párpados caídos. porque a su sombra descansaba el peregrino. Allí despertó la curiosidad general con su extraña fisonomía: cara muerta. Escuchó el interrogatorio y las acusaciones y no contestó ni con un murmullo. Prohibió a los fieles que lo defen­ dieran. Redobló su influencia. * De Jejuum. . Una elegante capilla señala actual­ mente el lugar de su morada. fue puesto en libertad 1 9 1 . de desenterrado. llegando hasta el litoral. Permaneció en la serena indiferencia superior de un estoico. cuya feria congrega a la mayoría de los pobladores de aquel trecho del río Sao Francisco. Lo llevaron a la capital de Bahía. Se entregó. a Vila do Conde (1 8 8 7 ). . según afirman. La recibió indiferente. . De 1877 a 1887 anda por aquellos sertones. Pasó por las calles entre ovaciones. Llegado a la tierra natal. lugarejo de pocas centenas de habitantes. plantado a la entrada de la aldea. y su aspecto repugnante. en todos los sentidos. Apenas — este pormenor curioso lo escuchamos de una persona insos­ pechable— el día que lo embarcaron para Ceará pidió a las autoridades que lo libraran de la curiosidad pública. Esta vuelta. revestido de impasibilidad marmórea. exorcismos y señales de la cruz de los creyentes asustados y de las beatas transidas de miedo. la única cosa que lo vejaba. tomó rasgos de milagro. per­ maneciendo con preferencia en Chorrochó 1 9 2 (1 8 7 7 ). reconocida la improcedencia de la denuncia. cometidos en el lugar natal. Después se supo que los custodios que lo habían traído le habían pe­ gado cobardemente en el camino. que coincidió. fardo pesado e inoportuno del alma impaciente por huir Para quien vivía de esta manera. y la ropa tan singular. rígida como una máscara.

Monte Santo. donde en compensación. acompañado por la farándula de sus fieles. Era asombroso. llena de trozos truncados de las Horas mañanas. Y durante algunos días. levan­ taba la cabeza. Cuando la pronunciaba quedaba callado. abstrusa 1 9 3 . era solemne e impresionante. los ojos fijos en el suelo. . Las ocupaciones normales se paralizaban. inconexa. sin encarar a la multitud abatida por la melopea fatigante. ostentaba un sistema religioso incongruente. Tucano y otros. Cumbe. allá una iglesia que se renueva. afirman testimonios existentes. Releyendo . La multitud sucumbía. más adelante una capilla que se levanta. se improvisaba un palco al lado de la feria. Nadie osaba contemplarlo. Pombal.En toda esa área no hay quizá una ciudad o un pueblo por donde no haya pasado. Una oratoria bárbara y estremecedora. con frases sacudidas. hablaba largamente. abría de golpe los ojos. . eclipsando a las autoridades locales. Era truhanesco y era pavoroso. Imaginemos a un bufón arrebatado en una visión del Apocalipsis. La población convergía en la aldea. mezcla inextricable y confusa de con­ sejos dogmáticos. Alagoinhas. . para que la palabra del profeta pudiese irradiar a todos los puntos y edificar a todos los creyentes. LAS PREDICAS Allí subía y hablaba. . Quienes los oyeron no evitan las sugestivas aproximaciones históricas. el penitente. errante y humilde. Parece que tenía la preocupación del efecto producido por alguna palabra o frase decisivas. . Aquí un cementerio arruinado al que se le re­ construyen los muros. Magacará. En estas prédicas. a veces agravada por la osadía de las citas latinas. Y el gran desventurado conseguía entonces su único milagro: no parecer ridículo. en las que competía con los capuchinos vagabundos de las misiones. levantando imágenes. se agitaba el movimiento de las ferias. se le veían entonces extremada­ mente negros y vivos y la mirada era de un centelleo ofuscante. . siempre elegante. bajaba los ojos. Su entrada en las poblaciones. en el centro mismo de la aldea. . En casi todas dejaba alguna señal de su paso. Inhambupe. los devotos hacían rezos y letanías y cuando la concurrencia era mayor. seguido siempre por la multitud con­ trita. Jeremoabo. en silencio. En la plaza. Negocios y campos quedaban vacíos. Bom Conselho. Parco en los gestos. por la tarde. preceptos comunes de la moral cristiana y profecías extravagantes. monopolizaba el mando. se convertía en única autoridad. lo vieron llegar. . Mucambo. fascinada bajo el extraño hipnotismo de aquella terrible locura. cruces y banderas divinas.

PROFECIAS 1 9 5 Cuando se comparan sus profecías con las del pasado. Al considerarlo. Como los ultramontanos surgió en un extremo de la tierra. braman contra las ropas elegantes.). El mismo milenarismo extravagante. insisten especialmente contra el lujo de los tocados y — lo que es muy singular— imponen a estos delitos el mismo castigo: sacar el demonio por los cabellos peinando a las vanidosas con peines de espinas. a los desvariados jefes de las sectas de los primeros siglos. las concepciones absurdas del desmañado apóstol sertanejo asombran por su semejanza. á des coureurs sur le champ de la civilisation. Se rebela contra la Iglesia romana.las páginas memorables * en las que Renán hace resurgir. . . de T . Ambos prohíben severamente que las jóvenes se adornen. El frigio predicaba. Está fuera de nuestro tiempo. propiciando casi la extinción del matrimonio. El Conselheiro mostraba por ella inven­ cible horror. No puede buscarse una reproducción más completa del mismo sistema. en contraste con la licencia absoluta hacia el amor libre. por los resultados amargos de sus desdichas conyugales. Expresa una moral que es la traducción fiel de la de Montano: la castidad. el mismo pavor al Anticristo. exagerada hasta el máximo horror por la mujer. Está por entero entre esos retardatarios que Fouillée compara. vibra en censuras. . * Marc-Auréle. El retrógrado del sertón repro­ duce los caracteres de los místicos del pasado. Es un hermoso ejemplo de la identidad de los estados evolutivos entre los pueblos. de las mismas imágenes. de las mismas fórmulas hiperbólicas. Incluso a las beatas viejas hechas para amansar sátiros les hablaba de espaldas. . se siente el efecto maravilloso de una perspectiva a través de los siglos. galvanizados por su bello estilo. La belleza tentaba a Satanás. (N . PRECEPTOS DE ULTRAMONTANOS Es un disidente de la hechura exacta de Themison. tal vez como el cearense. el mismo fin del mundo próximo. Nunca más miró a una mujer. . de plus en plus en retard * * 1 9 4 . en feliz imagen. esgrime el mismo argumento que aquél: la Iglesia perdió su gloria y obedece a Satanás. casi de las mismas palabras. se advierte el renacimiento integral de aquellas aberraciones muer­ tas. * * En francés en el original: a los que corren por el campo de la civilización cada vez con más retraso.

di­ ciendo sermones por las puertas. en el Sol y en las Es­ trellas. haciendo iglesias y capillitas y dando sus consejos * Estas profecías estaban escritas en gran número de pequeños cuadernos encon­ trados en Canudos. En 1900 se apagarán las luces. Que aban­ donasen las fugaces venturas e hiciesen de su vida un duro purgatorio. en­ tonces el sertón se volverá playa y la playa sertón. en la hora nona. "En 1898 habrá muchos sombreros y pocas cabezas. "En 1899 las aguas se harán sangre y el planeta va a aparecer en el naciente con el rayo del sol. "Ha de llover una gran lluvia de estrellas y ahí será el fin del mundo. Las que aquí anotamos fueron copiadas allí mismo. de uno de ellos. Preanunciaba años sucesivos de desgracias * : . En 1896 han de rebaños mil correr de la playa al sertón. Ha de aparecer un Angel mandado por mi Padre Eterno. . El mismo Cristo había presagiado su venida cuando: . Dios dijo en el Evangelio: yo tengo un rebaño que anda fuera del corral y es preciso que se reúnan porque hay un solo pastor y un solo rebaño”. el predestinado llegaba a la tierra por la voluntad divina. uno de sus apóstoles le preguntó: Señor. todo cuanto los marcaba con un leve rasgo de vanidad. El Juicio Final se acercaba inflexible. que no se manchasen con el sacrilegio de una sonrisa. que la rama se confrontará en la tierra y la tierra en algún lugar se confrontará en el cielo. Todas las fortunas se perderían en la catástrofe inminente y era una temeridad inútil conservarlas. ¿para el fin de esta edad qué señales darás? "Y El respondió: muchas señales en la Luna. "En 1897 habrá mucho pasto y poco rastro y un solo pastor y un solo rebaño. Como los antiguos. descansando en el monte de los Olivos. . . perteneciente al Secretario del Comandante en Jefe de la Campaña. levantando poblaciones en los desiertos.Que los fieles abandonasen todos sus bienes. .

Es un per­ manente reflujo del cristianismo hacia su cuna judaica. reviviendo vetustas ilusiones.Y en medio de esas estrafalarias palabras. pero siempre con la misma rebeldía contra la jerarquía eclesiástica. la desgracia de los poderosos. la ruina del mundo profano. Antonio Conselheiro era un pietista que ansiaba el reino de Dios. la Prusia con la Prusia. De modo idéntico enunciaba el juicio de Dios. no es una novedad. ella se hundió hasta la empuñadura y él dijo: ¡Adiós mundo! "¡Hasta el mil y tantos. la misma exploración de lo sobre­ natural y la misma ansia por el cielo. a dos mil no llegarás! "Y en este día al salir con su ejército saca a todos con el filo de la espada de este papel de la República. Como sus cofrades del pasado. el profetismo tenía en su boca el mismo tono que tuvo en Frigia. más o menos con los mismos caracteres. desde las aguas del mar Don Sebastiáo saldrá con todo su ejército. alza la insurrección contra la forma repu­ blicana : "En verdad os digo. saliendo del mesianismo reli­ gioso al mesianismo racial. Este volver a la edad de oro de los apóstoles y sibilistas. la Inglaterra con la Inglaterra. Montano se re­ produce en toda la historia. antes que la deformasen los sofistas canonizados de los concilios. cuando las naciones pelean con las naciones. "Y cuando quedó encantado clavó la espada en la piedra. con las variantes de la modalidad de los pueblos. Andaba al borde de un catolicismo mal comprendido. el reino de mil años y sus delicias. El fin de esta guerra se acabará en la Santa Casa de Roma y la sangre irá hasta la gran junta UN HERESIARCA D EL SIGLO II EN PLENA EDAD MODERNA Como se ve. En ellos se delata el viejo aspecto soñador de la religión primitiva. prometido pero siempre postergado y final­ mente olvidado completamente por la Iglesia ortodoxa del siglo n. . ¿No habrá en esto un rasgo superior del judaismo? No lo voy a encubrir. "Desde el principio del mundo que lo encantó con todo su ejército y lo restituyó en guerra. el Brasil con el Brasil.

en general. haciendo saber a los fieles que les prohibimos en absoluto reunirse para escuchar esos sermones. sujeto bajo. los párrocos le per­ mitían esas prácticas de las cuales sacaban beneficio porque promovía ios actos de los que salen los rendimientos del clero: bautismos. en 1882. la misión santa de adoctrinar a los pueblos y un secular. . en fiesta piadosa.TENTATIVAS DE REACCION LEGAL Después de sus homilías. casamientos. . sea quien fuere. ordenaba penitencias que ordinariamente redundaban en bene­ ficio de las localidades. los obreros cuyos salarios se pagaban en el cielo. ¿Adonde? Al azar. a cuyas órdenes obedece ciegamente y por él resistirá cualquier orden legal. promueve los bautismos. * * ¡Una moral excesivamente r íg id a !. visto que compete sólo a la Iglesia católica y a sus ministros de religión. Descrigoes práticas da Pro­ vincia da Bahia. Y terminada la empresa. anda un individuo denominado Antonio Conselheiro. junto a la cual se apiñaban las beatas y afluían los regalos con los cuales se alimentaba. por el contrario. no tiene autoridad para ejercer ese menester. de barbas y cabellos negros y crecidos. en concordancia con la misión que se había señalado. los fabricantes proporcionaban gratis los materiales indispensables. el predestinado se marchaba. en 1887). . sermoneando al pueblo que se reúne para escucharlo. se hallaba en la pobla­ ción un célebre Conselheiro. por cuya razón los vicarios lo dejan pasar por santo impunemente. . pero no lo contrariaba. “ . aunque tenga mucha instrucción y virtud. Durante días y días. da señales de haber advertido esa tolerancia o protección mal disfrazada y emite una circular a todos sus párrocos: "Ha llegado a nuestro conocimiento que por las feligresías del centro de este arzobispado. el pueblo cargaba piedras. El arzobispo de Bahía. se erigían construcciones nuevas y bonitas. . se movían incansables. vestido de camisón azul. Los sacerdotes toleraban los despropósitos del santo endemoniado por­ que acrecía sus reducidos haberes. con doctrinas su­ persticiosas y una moral excesivamente rígida * * . Se reconstruían templos ruinosos. obligaciones. por lo que ordenamos a Vuestra Reverendísima que no con­ sienta en su feligresía semejante abuso. tomaba el primer camino sertón afuera. preceptos. El pueblo acostumbra concurrir en masa a los actos del Censelheiro. el sacerdote.. fiestas y novenas y todo aquello en que consisten los vastos rendimientos de la Iglesia” . tanto más cuando él nada gana.. que vivía solo en una casa sin mue­ bles. Tenía un adversario peligroso. Si se da crédito a un valioso testimonio *. acaboclado. se renovaban cementerios abandonados. Los albañiles y carpinteros trabajaban gratis. . sin mirar siquiera a los que lo seguían. . Teniente Coronel Durval Vieira de Aguiar. * “Cuando por allí pasamos (por Cumbe. con lo que perturba las conciencias y debilita en mucho la autoridad de los párrocos de esos lugares. moreno. fiestas y novenas.

No se tomó ninguna providencia hasta mediados de 1887. suficientemente instruidos. Antonio Conselheiro continuó sin inconvenientes su azaroso apostolado recorriendo los sertones. está aquél armado como si fuera a emprender una batalla campal. Y después de contar la última tropelía de los fanáticos: "Habiendo desinteligencias entre el grupo de Antonio Conselheiro y el vicario de Inhambupe. además de no trabajar. cuya autoridad policial. puedo decir que lo adoran como si fuese un Dios vivo. vuelve constantemente a Itapicuru. no se dejen llevar por otros vientos La intervención de la Iglesia fue inútil. sin miedo al error y afir­ mado en hechos. dice * * : " . es justo y fundado el recelo de grandes desgracias. por fin. Parece que esta denuncia hecha en términos tan alarmantes."Sirva esto para despertar cada vez más el celo de Vuestra Reverencia. . apeló a los poderes constituidos. y ese dinero sale de los crédulos y los ignorantes que. la multitud sube de mil personas. décuplo de lo que debía ser. lugar de Capim Grosso”. pidiendo el Arzobispo al * Circular dirigida al clero bahiano por el Arzobispo D. . sin hablar de los montos recau­ dados que han sido enviados para otras obras en Chorrochó. "Los días de sermón. "El fanatismo no tiene límites y así es que. * * Oficio dirigido en noviembre de 1888 al jefe de policía de Bahía por el dele­ gado de Itapicuru. en el ejercicio del ministerio de la predicación a fin de que sus parro­ quianos. facas y carabinas y pobre del que es sospechado de ser desafecto a Antonio Conselheiro”. Luis. están trabajando cearenses a los cuales Antonio Conselheiro presta una protección ciega. y consta que están a la espera de que el vicario vaya a un lugar llamado Junco para asesinarlo. Hizo en este sitio su campamento y al presente está construyendo una capilla a expensas del pueblo en el referido lugar. que lo escuchan y cumplen sus órdenes de preferencia a las del cura de la parroquia. basta decir que anda acompañado por centenares de personas. Da miedo a los transeúntes pasar por allá viendo a esos malvados munidos de cuchillos. "Aunque esta obra sea de algún merecimiento. rezos y letanías. tolerando y disimu­ lando los atentados que cometen. en oficio donde. venden lo poco que tienen y hasta roban para que no haya ninguna falta. cuando la diócesis de Bahía intervino de nuevo. después de historiar ligeramente los antecedentes del agitador. cuyo costo semanal es de casi cien mil réis. "Para que vuestra Excelencia sepa quién es Antonio Conselheiro. dagas. . el 16 de febrero de 1882. Y como si desease revivir siempre el recuerdo de la primera persecución sufrida. aparte que dispensable. En la construcción de esta capilla. los excesos y sacrificios no compensan este bien. no fue atendida. y por el modo como están los ánimos.

El ministro respondió que no había en ese estable­ cimiento ninguna vacante y el presidente volvió a dirigirse al prelado para ponerlo en conocimiento de la admirable resolución del gobierno. Ante tal reclamación. de rodillas sobre la áspera roca. Al llegar a la Santa Cruz. con la respiración agitada. El Conselheiro continuó sin tropiezos su misión perturbadora. iba adelante. . creciendo en la imaginación popular. Entre la gente respetuosa penetra en la capilla. En otra ocasión — escuché este extraño caso a personas que no se habían dejado arrastrar por el fanatismo— llegó a Monte Santo y ordenó que se hiciera una procesión por la cumbre de la montaña hasta la última capillita que está en lo alto. la mirada perdida en las estrellas. La primera oleada de fieles llena la pequeña capilla y los otros per­ manecen afuera. extendida por la línea de cum­ bres dibujó un camino luminoso en la montaña. Al llegar al altar mayor. . providencias que contuviesen al "individuo Antonio Vicente Mendes Maciel que. Entonces. el presidente de esa provincia se dirigió al mi­ nistro del Imperio. El. A la tarde se inició la ceremonia. .Presidente de la Provincia. en lo alto. Se le notaba el cansancio. con contrición. se esforzaban en balde diez obreros para levantar una pesada armazón. el contemplativo se levanta. grave y siniestro. hacía un gran mal a la religión y al estado distrayendo al pueblo de sus obligaciones y arrastrándolo detrás de sí. con la larga cabellera agitada por el fuerte viento. . Surgías leyendas. levanta el rostro pá- . entonces el predestinado se subió a ella y ordenó que sólo dos hombres la levantaran y lo que no habían conseguido tantos. entonando cánticos y de­ teniéndose a rezar en los pasos. . la cabeza baja. Los penitentes encendieron las antorchas y la procesión. No vamos a referirlas todas. sin aliento. se sienta en el primer escalón de la tosca escala de piedra y se queda extático. pidiendo una vacante para el demente en el hospicio de alienados de Río. Antonio Conselheiro. Cayó la noche. apoyado en su inseparable bastón. cuando se construía la bellísima iglesia que ahí está. lo realizaron rápidamente dos sin ningún esfuerzo. predicando doctrinas subversivas. sin sombrero. contemplando los cielos. abatido. La mul­ titud anduvo lentamente por el difícil camino. Así se abrió y se cerró el ciclo de las medidas legales que se tomaron durante el Imperio. buscando convencerlos de ser el Espíritu Santo. Fundó el pueblo de Bom Jesús y cuentan las gentes que en cierta ocasión.

— No puedo. la reacción fue creciendo y le agrió el ánimo. el absurdo de ser útil. el singular huésped que hasta ese momento apenas ha dicho palabra.lido orlado por los cabellos desaliñados. prefiere una tabla sobre la que se echa sin mantas. . en Natuba. apeló al egoísmo humano. le ofrece un lecho. . vestido. Es natural. evidenciaba en todos sus actos la implacabilidad de un gran evangelista. Una inexplicable placidez le había amortecido la neurosis. largos cabellos despei­ nados por los hombros. sin sacarse siquiera las sandalias. Dos lágrimas ensangrentadas ruedan por el rostro inmaculado de la Virgen Santísima. Dominador incondicional. Especie de gran hombre al revés. yo debo hacerlo — le contestó de nuevo el sacerdote. HEG1RA HACIA EL SERTON Sin embargo. sino porque era dominado por las aberra­ ciones populares. Estas y otras leyendas son todavía corrientes en el sertón. Y partió. Se irritó y para enfrentar la situación. largas barbas bajando por el pecho. apenas le acepta un pedazo de pan. inofensiva y serena de los apóstoles. Se sacudió el polvo de las sandalias. . cierto vicario de una parroquia sertaneja ve llegar a su puerta a un hombre extremadamente delgado y abatido. No arrastraba al pueblo sertanejo porque lo dominaba. con quien se llevaba mal. no tienes órdenes. estando ausente el párroco. Al otro día. le pide al cura que le conceda predicar en la fiesta que se va a realizar en la iglesia. El sacerdote llegó y vio la invasión de sus dominios. a veces. Un día. Antonio Conselheiro reunía en su en­ fermo misticismo todos los errores y las supersticiones que forman el coeficiente de reducción de nuestra nacionalidad. — Hermano. sacó debajo de su túnica un pañuelo. Era la clásica protesta. como hombre práctico que era. El párroco le da alimento. Obedecía a la finalidad de los viejos impulsos ancestrales y subyugado por ella. El medio lo favorecía y él realizaba. — Déjame entonces hacer el vía crucis. Cierta vez. comenzó a irritarse ante la menor contrariedad. Y la multitud se estremece de asombro. una vieja figura de peregrino a la que no faltaba el tradicional crucifijo colgado a un costado de la cintura y el manto polvoriento y gastado y el bidón de agua y el gran bastón. la Iglesia no te permite predicar. apareció y ordenó cargar piedras para hacer reparaciones a la igle­ sia. Entonces el peregrino lo miró durante un rato y sin decirle una palabra.

recordando. tomó por el camino de Monte Santo hacia el norte. No buscaron más los poblados como antes. los creyentes acompañaron la hégira del profeta. El acontecimiento había tenido repercusión en la Capital de donde partió una fuerza policial para prender al rebelde y diezmar a los sedi­ ciosos. Lo iban volviendo malo. Habló en esa especie de auto de fe que la debilidad de las auto­ ridades no impidió y predicó abiertamente la rebelión contra las nue­ vas leyes. a pedido del mismo párroco. Ahora buscaban el desierto. En efecto. Reunió al pueblo en un día feriado y entre gritos de sedición y estallidos de cohetes. El Conselheiro esta vez no se limitó a sacudir sus sandalias. sitio abrupto y estéril entre Tucano y Cumbe. Los treinta policías. para ese fin. Pero lo hizo con palabras discriminatorias. ordenó que se quitaran las tablas y se quemaran en una hoguera en el centro del lugar. Realizada la hazaña. donde se fijaba la cobranza de los im­ puestos. Fueron totalmente desbaratados. contaban con la victo­ ria encerrando entre las caatingas a los nuevos contendores. las autoridades habían impuesto a los propietarios la cons­ trucción de aceras frente a sus casas. Después tomó conciencia de la gravedad de lo hecho y dejando la aldea. Esta minúscula batalla tendría más adelante muchas copias ampliadas. atacaron impetuosamente a la turba de penitentes. seguros de des­ truirlos con la primera descarga. los pastos habían invadido el cementerio. con altanería que chocaba con su antigua humildad. Contempló a la República con malos ojos y predicó la rebeldía contra las nuevas leyes. Dieron de frente con los jagunqos temerarios. un político influyente del mismo lugar lo llamó. la afrenta recibida. Le salió de la boca la primera maldición y partió de la ciudad ingrata. Estos no superaban en aquella época los doscientos hombres. Decretada la autonomía de los municipios. La tropa los alcanzó en Maceté. en las cercanías de las sierras del Ovó.Días antes. La originó un suceso de poca monta. el cura cedió las pie­ dras acumuladas ante la iglesia. etcétera. dándose a la fuga que fue encabezada por el propio comandante. Desde 1895 adoptó una posición combatiente comple­ tamente nueva. Antonio Conselheiro se encontraba en Bom Conselho. El apóstol no acep­ tó la invitación. la feligresía era pobre. Sólo podía renovar esas cosas el hombre que convencía a los matutos crédulos. bien arma­ dos. Tiempo después. que sustituían a los edictos impresos. . El templo estaba en ruinas. las autoridades de las loca­ lidades de Bahía habían mandado colocar las tradicionales tablas. La imposición lo irritó. Y al aparecer esta vieja novedad. El derrocamiento de la tropa les preanunciaba persecuciones más vigo­ rosas y seguros del amparo de la naturaleza salvaje.

una población sospechosa y ociosa "armada hasta los dientes” y "cuya ocupación casi exclusiva consistía en beber aguardiente y pitar unos ex­ quisitos cigarros de un metro de extensión” * de tabaco naturalmente provisto por las solanáceas (canudos-de-pito) exuberantes y abundantes a orillas del río. no se hizo ilusiones con la inexplicable huida que lo había salvado. Era el lugar sagrado. en ruinas. por los caminos sertanejos. V CANUDOS: ANTECEDENTES Canudos. . Antonio Conselheiro. Pero no siguieron más allá de Serrinha. en número de ochen­ ta plazas de línea. desde Bahía. Tal vez ya los había señalado previendo futuras vicisitudes. en la Troya de la banda de jagungos. circundado por montañas. sin pérdida de tiempo. como la mayoría de los que yacen desconocidos por nuestros sertones. Así es que antes de la llegada del Conselheiro. Siguió el rumbo del norte. . La aldea efí­ mera de los matutos ociosos. en 1895. * Padre V. Ya en 1876. Conocía lugares ignotos de donde no lo sacarían. siguiendo un rumbo prefijado. planicies estériles y por largos días. allí se aglomeraban como agregados al establecimiento por entonces floreciente. el oscuro lugarejo ya tenía. No preguntaron adonde iban. destejada. Arrastró a la muchedumbre de fieles.éstos partieron. y en lo alto de una explanada del cerro. centralizada por la vieja iglesia que ya exis­ tía. había sido nombrado por el vicario de Cumbe para hacer una visi­ ta espiritual a esas gentes completamente aisladas del mundo. la antigua residencia señorial.P. Atrave­ saron serranías abruptas. Informaciones manuscritas (1 8 9 8 ) 197. la marcha era guiada por las letanías y el paso tardo del profeta. reducida a sus paredes externas. los ranchos vacíos.F. Los creyentes lo acompañaron. De ese año data su renacimiento y rápido crecimiento. lentamente. estaba en plena decadencia: los campos abandonados. vicario de Itu. en 1890 era una tapera de cerca de cincuenta ranchos de palo-a-pique 1 9 G . de donde re­ tornaron sin aventurarse por el sertón. iba a convertirse. Conocía el sertón. sin embargo. . viejo establecimiento de ganado a orillas del Vaza-Barris. . Cuando aquél llegó. . ampliándose en poco tiempo. Lo había recorrido entero en una romería ininte­ rrumpida de veinte años. según el testimonio de un sacerdote que como tantos otros. a la que se juntaban cada día decenas de prosélitos. donde no penetraría la mano del gobierno maldito. muchos gérmenes de desorden y crimen.

La población crecía vigorosamente. Macacará. tal fue el aluvión de familias que subían hasta Canudos. . esos grupos se unían en los caminos y llegaban al fin juntos a Canudos. . Itabaiana y otros lugares lejanos. esa tapera colosal parecía dibujar el aspecto moral de la sociedad que allí moraba. Dice un testimonio * 198: "Algunos sitios de esta comarca y de otras ve­ cinas y hasta del Estado de Sergipe. además de otros objetos. Jeremoabo. Monte Santo. Inhambupe. La urbs monstruosa. cuerpo del delito que tes­ timoniaba acerca de las rebeliones de un pueblo. Bom Conselho.Su interesante topografía se amoldaba para la imaginación de aquellas simples gentes al primer escalón. etcétera. . agachado y cubriendo un área enorme. llevando en canastas sus toscos mobiliarios y sus oratorios. tenía el aspecto de una ciudad que hubiese sido sacudida por un terremoto y brutalmente revuelta 1 9 9 . extraordinarias cantidades de ganado vacuno. Aquello se construía al azar. proveían constantes contingentes. Así cambiaban las comarcas. La edificación era tan rudimentaria que se hacían hasta doce casas por día y a medida que se extendía. Visto de lejos. ya en ruinas. quedaron deshabitadas. Solitarios al principio. partiendo de todos los puntos. de barro. subiendo por las colinas. lugar escogido por Anto­ nio Conselheiro como su centro de operaciones. Tucano. * Baráo de Jeremoabo. con los frentes vueltos hacia cualquier punto. CRECIMIENTO VERTIGINOSO No sorprende que hacia allá convergieran. . Mundo Novo. El anhelo era vender. Nacía viejo. . hacia el lugar elegido. Los pocos viajeros que se arriesgaban por aquel sertón se topaban con grupos sucesivos de fieles que marchaban cargados de fardos. de su subida a los cielos. Causaba dolor ver pues­ tos a remate. que apenas separaban la barahúnda caótica de los ranchos construidos al azar. Las sustituía un dédalo desesperante de caminitos estrechísimos. Itapicuru. caballar. caprino. Natuba. amplio y alto. conseguir algún dinero e ir a compartirlo con el Santo Conselheiro. cortado por las quebradas. El poblado nacía. definía bien la civitas siniestra del equí­ voco. en las ferias. hasta casas y terrenos. por precios irrisorios. demencialmente. Jacobina. revuelto entre las cumbres. No se distinguían calles. Cumbe. Uauá y otros lugares cercanos. Era la objetivación de aquella inmensa locura. Documento ineludible. Entre Ríos. sucesivos grupos de pobladores oriundos de las aldeas y villas más re­ motas . en el lapso de semanas. de a pedazos entre los cerros.

dos o tres banquitos con forma de butacas. advertía algunos trastos escasos y groseros: un tosco banco. En éste. más que la miseria del hombre la decrepitud de la raza. en una vuelta cualquiera del Vaza-Barris que la limitaba por el este y el sur. como fetiches. que sólo se descubría por una puerta estrecha y baja.orientados hacia todos los rumbos. las armas que evocaban estadios remotos en el tiempo: el facón jacaré de hoja larga v fuerte. un atrio que al mismo tiempo servía de cocina. capaz de destrozar piedras. Arrimados a los ángulos se veían insignificantes acce­ sorios: el bogó. amplísima. la pobreza a niveles repugnantes. desde el trabuco mortal. como si todo hubiese sido construido en una noche por una multitud de locos. Entre éstas. igual número de cajas o ca­ nastas. Al fondo del único dormitorio. en gradaciones completas. La inco­ modidad y sobre todo. porras huecas y llenas hasta la mitad de plomo. imá­ genes de líneas duras. Se confundía. como formando una vivienda única. Por fin. pesadas. traducía. sin la elegancia de las lanzas. Cubiertas de capas espesas de veinte cen­ tímetros de barro sobre ramas de icó. las casas eran una parodia grosera de la antigua morada romana: un vestíbulo exiguo. sugería un paralelo deplorable. la lanza de los cangaceiros larga como una espada. Canudos surgió con un aspecto entre campamento de guerrilleros y vasto kraal africano. recordaban las cabañas de los galos de César. en cierto modo. A cierta distancia era invisible. Aparecía de golpe. Si las edificaciones. unos santos mal confeccionados. desde las de caño fino hasta la "legítima de Braga” cebada con plomo. Ni camas ni mesas. una bolsa colgada del techo y las redes. Era todo el mobiliario. imitando el mismo aspecto burdo del conjunto. y las espingardas. La au­ sencia de calles. Hechas de palo-a-pique y divididas en tres habitaciones minúsculas. hasta la de caño fino y pequeño calibre. . que mostraban la religión mestiza: San Antonios proteiformes y africanizados. Cuando la mirada se acostumbraba a la penumbra de esas habitacio­ nes exiguas. especie de balde de cuero para el transporte del agua. extendida por las colinas y destinada a abrigar por poco tiempo al tumultoso clan de Antonio Conselheiro. reproduciendo los piques antiguos. Marías Santísimas feas como Megeras. . . un par de cestas de cipó y la bolsa de caza hecha con fibras de caraoá. la aguijada de tres metros de largo. objetivan la persona­ lidad humana. Y nada más necesitaba esa gente. con el suelo. por su falta de cal. las plazas que aparte la de las iglesias no eran nada más que el fondo común de las casas y los ranchos pegados unos a otros. en sus modalidades evolutivas. Nada más. comedor y recepción y lateralmente. un tosco oratorio. Eran una fase transitoria entre la caverna primitiva y la casa. una alcoba oscurísima. el rancho de techo de barro de los jagungos equiparado a los wigwan de los pieles rojas.

ensanchándose. . rasgadas por lajas apenas revestidas en pocos lugares por un montón de bromelias y en algunos otros por cactos erguidos y solitarios. un contrafuerte. el monte de la Favela se levantaba a mayor altura y a sus pies. caían de rodillas sobre el áspero suelo. . . después comenzaron a salpicar. hacia el este se abría en planicies onduladas. se entregaban a la tarea de construir sus cabañas. Llegaban cansados de su larga jornada. se veía la antigua casa del establecimiento ganadero. la Canaan sagrada que el buen Jesús aislara del resto del mundo con un cinturón de sierras. llegaban al pueblo naciente al fon­ do de los sertones de Piauí. cuando divisaban el campanario humilde de la antigua capilla. Al principio. el del Cambaio. hasta las distantes serranías. Por un lado. Habían llegado al término de su romería. y otros. A la noche se encendían las hogueras en los ranchos de los peregrinos. algunas quixabeiras se agrupaban formando un huerto salvaje. y tras­ puestas las últimas vueltas del camino. que se prolongaban. en declive. que suecesos posteriores denominarían de la Provi­ dencia. Por estos caminos y estas entradas. rodeada casi por entero por el Vaza-Barris. colinas desnudas. pero felices. Como pos­ tigos de un baluarte inmenso. éstas se apiñaban próximas a la depresión en que estaba erigida la primitiva iglesia y descendían desnivaladas. Allí aparecen quebradas de bordes a pique. Ceará. insinuándose en los desfiladeros de Cocorobó. en ruinas. golpeado al sur por las laderas de la Favela y dominado al oeste por las lomas más altas de faldas escarpadas. el de Jeremoabo. careando sus haberes. Cuando clareaba la mañana. estrechísimos. Pernambuco y Sergipe. Venían de todas partes. de ahí en más. Al sur. y el del Rosario. . los pasos o gargantes de los caminos: el de Uauá. al sesgo. cada vez más lejos. abiertas por las erosiones intensas y por las cuales. uniformes. Canudos. el Umbiranas. Acampaban a gusto en lo alto de las cumbres. sin una sola mata. el morro de los Pela­ dos. sucesivas cara­ vanas de fieles. en invierno.La rodeaba una naturaleza muerta: paisajes tristes. Por fin pisa­ ban la tierra de promisión. terminado de golpe en barranca a plomo sobre el río y éste. Estaban a salvo de la pavorosa hecatombe que vaticinaban las profecías del evangelizador. esparcidas. el terre­ no escabroso. abarcando todo el poblado con un lecho exca­ vado y hondo como un foso. solitaria. junto a las laderas del Calumbi. estrangulado entre las cumbres del Caipá. A mitad de la ladera. hasta la costa del río. . cerca y dominante. ruedan afluentes efímeros que tienen falsos nombres de ríos: el Mucuím. ondulando. Una faja fulgurante rodeaba la aldea v al unísono resonaban las voces de la multitud de penitentes en la me­ lopea plañidera de los benditos. Las lejanas montañas la encerraban en una elipse de ejes dilatados. se abrían.

Se sucedían escalonadas. quedaba sorprendido como ante una trampa. Se disponían formando líneas iregulares de ba­ luartes. distantes del núcleo compacto del caserío. puntilleaban el del Rosario. Se desparramaban por los cerros que se sucedían innumemrables siguiendo el rumbo de Uauá. al contrario. tenía condiciones tácticas excelentes. bajando escalonadamente hasta el río. . circundaba. el Vaza-Barris. cerrando toda la bajada. la depresión en que se erigía el poblado que que­ daba cerrado al este por las colinas. planos de fuego rasantes al suelo vueltos hacia todos los rumbos. trasponiendo el río y contorneando la Favela. no se revelaban a la distancia. se expandía. de modo que con un golpe de vista se aquilataban las condiciones de la defensa. La revoltosa grey no buscaba los horizontes. Su curso rodeaba. la guardaban al oeste. por los abruptos declives. Viniendo del este. se encar­ . De hecho. y al sur por la montaña. esparcidas por los cerros a manera de garitas. Las habría com­ prendido algún Vauban inculto. demarcaba su área más baja.Construcciones ligeras. enfilando hacia todos los caminos. el viajero que las observara. al encontrarse de pronto ante un caserío compacto. . Cubiertos por lajas de piedra y ramajes de macambiras. 200. podía asediarlos golpeándolos en todas las calles con una única batería. saltando el alto de la Favela o las laderas que caen sobre el río Sargento. La aldea parecía dispuesta para el choque de cargas fulminantes. se erigían en una y otra margen del Vaza-Barris. bor­ deando los caminos. Cuando se acercaba. refugio de vaqueros inofensivos. Cerrada al sur por el morro. rodando impetuosas con la fuerza viva de la caída. Desde allí. El enemigo. torcía hacia el norte convertido en un hondo cañón. Sin embargo. En apariencia eran deplorables. al oeste y al norte por las laderas de las tierras más elevadas que desde allí se dirigen a los contrafuertes extremos del Cambaio y del Caipá. oprimido entre las últimas casas y los escalones a pique de los morros más altos. subiendo más esparcidas por las faldas del este y salpicando los altos de los morros minados de trin­ cheras. Canudos era una tapera dentro de una urna. una muralla y un valle. La plaza de la iglesia. Marginaban el de Jeremoabo. el caserío aparecía expuesto. en un plano inferior. que parecían obedecer a un plan de defensa. Porque la ciudad salvaje tuvo desde el principio. por el Rosario o Calumbi. un formidable círculo de trincheras cavadas en todas las cumbres. Si se venía del sur. Cada una era una casa y un reducto. junto al río. Allá adentro se apre­ taban las casas. acompañando su rápido crecimiento. siguiendo un eje orientado hacia el norte. libre de las faldas escarpadas. pensaría en ranchos solitarios. subiendo poco a poco en un plano inclinado semejando un extenso valle en declive.

. Subyugada por su prestigio. Canudos era una estereotipia de los primeros agrupamientos bárbaros. . Aceptaban a ciegas todo cuanto les enseñaba. en el cual las leyes las dictaba el arbitrio del jefe y la justicia derivaba de sus irrevocables decisiones. sin órganos y sin funciones espe­ cíficas. . la población tenía agravadas todas las con­ diciones de su estadio social inferior. inmersas en un sueño religioso. habían escogido precisamente. hasta el bandido suelto que llegaba con su carabina al hombro en busca de campo nuevo para sus hazañas. No les servirían. Es natural que absorbiese. limi­ taban el mundo a la línea de serranías que los ceñían y no pensaban en instituciones que les garantizaran destino en la tierra 203. sus tiendas. la consanguinidad moral les daba la forma exacta de un clan. masa inconscien­ te y bruta. Los jagungos errantes armaban allí. En esa hermosa región. intactas. se convirtió en una comunidad homogénea y uniforme. la población constituida por los más dispa­ res elementos. todas las tendencias del hombre extraordinario en el cual la apariencia proteica — de santo exiliado en la tierra. vivían bajo la enfermante preocupación de la otra vida. por última vez. el último descanso en la travesía de un desierto: la Tierra. Lo absorbía la psicosis colectiva y adoptaba el nombre que hasta entonces estaba consagrado a los turbulentos y a los valentones de las refriegas elec­ torales y saqueadores de ciudades: jagungos201. A falta de hermandad sanguínea. .celaba. Canudos era el cosmos. El sertanejo simple se transformaba en el fanático temerario y bruto. a la manera de un grupo de pólipos humanos. que crecía sin desarrollarse. Y éste era transitorio y breve. desde el creyente fervoroso que abandonaba las comodi­ dades de la vida en otros lugares. un trecho que recordaba un vallado enorme. . donde las líneas de las cumbres se resuel­ ven en las altiplanicies. en la romería milagrosa hacia los cielos. POBLACION MULTIFORME Así fue que en poco tiempo. sólo por la yuxtaposición mecánica de las sucesivas levas. una escala terminal de donde saldrían sin tardanza. un punto de paso. REGIMEN DE LA URBS Allí se estableció un régimen modelado por la religiosidad del apóstol extravagante. de fetiche de carne y hueso. de bonzo claudicante— estaba adrede tallada para revivir los estigmas degenerativos de las tres razas 202.

. La tentativa de ennoblecer la existencia en la tierra. El sufrimiento duro era la absolución plenaria. * Montanus ne prenait même pas la peine d’interdire un acte devenu absolument insignifiant. de los pastos. la comunidad absoluta de la tierra. cuyos dueños recibían una exigua parte quedando el resto para la compañía. No le importaba que errasen si todas las impurezas de una vida infame salían finalmente. Al enterarse del caso escandaloso en el que la lubricidad de un des­ variado había maculado a una incauta doncella. pasó por debajo del árbol del bien y del mal”. La porte se trouvait aussi ouverte à la débauche. No es de admirar que se diese en Canudos una promiscuidad sin freno. . 215. Los hijos espurios no llevaban en la frente la señal infamante de su origen. Les sobraban.No querían nada de esta vida. Su deprimido sentido moral sólo comprendía la posesión de éste por el contraste de las amarguras soportadas. la indiferencia por la felicidad sobrenatural inminente. p. los hacía despojarse de las bellas cualidades morales larga­ mente aprendidas en la existencia patriarcal de los sertones. por el vertedero de las lá­ grimas. Se sentían felices con las migajas restantes. impli­ caba. . el olvido del más allá maravilloso. Renán. la situación dehonrosa de los bancklings entre los germanos. Se veían bien viéndose en andrajos. Este desprendimento llevado hasta las últimas con­ secuencias. la terapia infalible contra la ponzoña de los ma­ yores vicios. Los recién venidos le entregaban al Conselheiro el noventa y nueve por ciento de lo que traían. De todas las páginas de los catecismos que había deletreado le queda­ ba un precepto único: Bienaventurados los que sufren . El extremo dolor era la extrema unción. Que los hombres se comportaran mal o bien era una cuestión sin im­ portancia *. Casi una impiedad. sin aquilatar su torpeza: "Siguió el destino de todas. tuvo una frase feroz­ mente cínica que los sertanejos repetían. sólo de los objetos muebles y de las casas. eran venturosos en la medida de las privaciones sufridas. Por eso la propiedad se les volvió una forma exagerada del colectivismo tribal de los beduinos 204: la apropia­ ción personal. du moment que l’humanité en était à son dernier soir. El profeta les había enseñado a temer el pecado mortal del bienestar más fugaz. gota a gota. de los rebaños y de los escasos pro­ ductos de los cultivos. Marc-Aurèle. de alguna manera. incluyendo los santos que se destinaban al santuario común. Voluntarios de la miseria y del dolor. Eran legión. Para Anto­ nio Conselheiro — y también en este punto copia viejos modelos histó­ ricos— la virtud era como el reflejo superior de la vanidad.

las garantías de su auto­ ridad inviolable. Por natural contraste. nula para los grandes atentados. co­ rrigiendo a los que salían de las huellas trazadas. cuando el cataclismo inminente vendría en breve a apagar para siempre las uniones más íntimas. En la cárcel paradojalmente establecida. la lenta extinción de la vida. . Estando en los últimos días del mundo no iba a perder el tiempo agitando preceptos vanos. las agonías del hambre. por las privaciones y por el martirio. . aunque no lo estimulaba. toleraba el amor libre 205. a los que habían perpetrado el abominable crimen de faltar a los rezos. quizá previstos. antinómica en el clan policial de los facinerosos. que pasaba días alimentándose sólo con un platito de harina. Y era lógico. sobre las faltas más tenues. capaces de cargar las cara­ binas homicidas con las cuentas del rosario. Daba el ejemplo haciendo saber por los fieles más íntimos. implantando penas severísimas. Es posible que fuera la intención recóndita de Antonio Conselheiro. Se creaba una delincuencia especial traducida por una inversión completa del concepto de crimen. como si volviese de un festín. Y fueron éstos. repleto. Canudos era la muerte de afamados facinerosos. . más adelante. Lo que urgía era anticiparlo. la justicia era. a dispersar los hogares y a confundir en el mismo vórtice todas las virtudes y todas las abominaciones. Inexorable para las culpas pequeñas. los más queridos del singular hombre. Este régimen severo tenía un doble efecto: por la debilidad volvía más vibrátil la inervación enfermiza de los creyentes y al mismo tiempo. Repartió con él su escasa refacción y éste — milagro que impresionó a la aldea entera— salió del minúsculo banquete.Porque el dominador. se veían diariamente presos por los que habían cometido la leve falta de algún homicidio. Llegaban allí entre­ mezclados con los matutos crédulos y los vaqueros ilusionados. POLICIA DE BANDIDOS Gracias a su mano fuerte. Se ejercía. Se cuenta que cierto día lo fue a visitar un creyente rico de las cercanías. eran sus mejores discípulos. sus ayudantes predilectos. los preparaba para las estrecheces de los asedios. En los consejos diarios no hablaba de la vida conyugal ni ponía normas a las parejas. La extraordinaria secta — caso de simbiosis moral en la que el ideal cristiano surgía monstruoso dentro de aberraciones fetichistas— tenía sus mejores representantes en los Bautistas truculentos. Antonio Conselheiro dominaba la aldea. como todo lo demás. siniestros héroes de faca y cuchillo. Predicaba entonces los ayunos pro­ longados. No de otro modo se comprende que permitiese la permanencia en la aldea de indi­ viduos cuya índole se contraponía a su placidez humilde.

siguiendo rumbos preciosos. unos troperos inexpertos. ¡Ay del dipsó­ mano incorregible que se atreviera a romper la interdicción impuesta! Se cuenta que. Pero fuera del poblado podían armarse desórdenes. en lugar de la ganancia apetecida. la soberanía popular. donde nadie les tomaba cuenta de sus desmanes. para realizar las "mazorcas” periódicas que la ley llama "elecciones”. originándose una calurosa e inútil discusión en la Asamblea Estatal de Bahía. Y se volvieron llevando en las manos. Cualquier tropelía era permitida si aumentaba el patrimonio de la grey 206. Canudos se convertía entonces. El contrabando sacrilego fue inutilizado. En un dilatado radio alrededor de Canudos se saqueaban haciendas. Los atraía el lucro resultante. fueron a Canudos llevando algunos barriles del líquido prohibido. . En 1894. Los asaltantes volvían con los despojos a la aldea. venidos de Juázeiro. torturó al escribano de los casamientos que se vio en figu­ rillas para impedir que los sarcásticos creyentes le abrieran una amplia y tosca coronilla. Pero cuando descargaron en la plaza la valiosa carga. se conquistaban ciudades. Algunos fieles ricos tenían veleidades políticas. Los grandes conquistadores de urnas que. provisoriamente. amargos panes con que los había obsequiado esa ingrata gente. la sitió. Llegaba la época de las elecciones. abiertos los barriles a fuerza de hachazos. una horda tomó posesión de la villa. No estaba interdicto por ser un vicio sino para prevenir desórdenes. se asaltaban lugarejos. apelaban al Conselheiro.El uso de aguardiente. a ejemplo de miles de comparsas diseminados en este país. para des­ trozar las actas. Y llegaron a des­ pertar la atención de los poderes constituidos. Nuestra civilización alimentaba. Muchas veces. las expediciones eran sugeridas por indicaciones locales. para reforzar a palos y a tiros. el bandidismo sertanejo. El caso es revelador. tuvieron una sorpresa. transforman la fantasía del sufragio universal en la maza de Hércules de nuestra dignidad. el dolor de las docenas de latigazos recibidos. eufemismo que entre nosotros es el más vivo rasgo de las osadías del lenguaje. en el cuartel de las guardias pretorianas de los capangas que de allí salían. las tropelías coman­ dadas por valentones de nota se volvieron alarmantes. echó a las autoridades comen­ zando por el juez del lugar 20 7 y como entreacto hilarante de la razzia escandalosa. cierta vez. Una sólida experiencia le había enseñado al Conselheiro todos los peligros que derivan de este hachís nacional. era un delito serio. como siempre lo hizo. por invadir con su profesión las atribuciones sagradas del vicario. En Bom Conselho. por ejemplo. Llevaban el eterno cómplice de las horas ociosas de los matutos. Partían de allá bandas turbu­ lentas que atropellaban los alrededores. dice el testimonio unánime de la población sertaneja.

los últimos rasgos de vanidad en la comparación ventajosa con el santo milagrero por excelencia 2 0 8 . Traducción de los versos populares: “Del cielo vino una luz / que Jesucristo mandó. niños. sus mejores creyentes: mujeres. . dificultoso por las muletas o las anquilosidades. El escritor transcribía esas cuartetas en 1879. Quizá así lo entendía el Conselheiro. Allí per­ manecían. exigía. enfermos. era la savia vigorosa de la aldea. / el Día del Juicio / su alma perderá” . de la solicitud del jefe que era para ellos un santo protector y al cual saludaban entonando versos que hace veintitantos años corren por los sertones: Do céu veio urna luz Que ] esus-Cristo mandou. digamos a falta de otro término — porque no hay pala­ bra que signifique tumulto disciplinado— un orden inalterable. ¡Ya en 1879!. sambenitos de alguna penitencia que era su propia vida.). en apariencia inútil. / quien sabe y no enseña. inofensivos en tanto inválidos. Eran ejercicios prácticos indispensables para la preparación de batallas más peligrosas. bienaventurados porque el paso tardo. la última peni­ tencia: la construcción del templo. recordaban al infeliz los primeros días de su vida atormentada y le avivaban. . a su manera. un misionero. (N . Con tan pocos recursos fanatizó a las poblaciones que visitó. A poesía Popular no Brasil. significaba la celeridad máxima. en el camino hacia la felicidad eterna. por ventura. Comprendía que aquella masa. del T . Vivían parasitariamente. E L TEMPLO Además de esto. viejos. / Quien oye y no aprende. donde lo tenían por San Antonio Aparecido” . allí los aguardaba al final de la jornada. . precediéndolas con el siguiente comentario: “Era. Pero en la aldea. Lo cierto es que abría a los desventurados las despensas repletas por las limosnas y por el trabajo comunitario. esos asaltos constituían una enseñanza. felices de tener sobre los hombros harapos inmundos. San Antonio Aparecido / del castigo nos libró. Eran los elegidos. * Silvio Romero. Y las toleraba. Eran útiles.Ahora bien. Santo Antonio Aparecido Dos castigos nos livroul Quern ouvir e nao aprender Quern souber e nao ensinar No dia do Juízo A sua alma penará! * Estas viejas cuartetas que guarda la tradición.

vuelto una cariátide errante sobre el edificio monstruoso. Retrataba de­ masiado en su modesto aspecto. Era su gran obra. levantada por los músculos gastados de los viejos. de fortaleza y de templo. lo transfigurase. . Debía surgir. . vasto y pesado. No escasearon refuerzos y recursos para la sociedad acampada en el desierto. guardaban la comarca. o metían a saco las aldeas próximas. No se asombraban los recién llegados de los cuadros que se les pre­ sentaban. la pureza de la religión antigua. De Alagoinhas. de estilo indescifrable. con su fachada estupenda. El pueblo. muy altas. informe y brutal. dispersos en pique­ tes vigilantes. sin módulos. Durante mucho tiempo tendría ese aspecto anó­ malo. a piedra y cal. la suprema piedad y los supremos rencores. Bom Conselho y Simáo Dias hubo gran abastecimiento de ganado. . sin pro­ porciones. el resto del pueblo trabajaba en la misión sagrada. . antes que las dos torres. De Jeremoabo. Debía ser como fue. her­ manando en el mismo ámbito. Era frágil y pequeña. hormigueando abajo. . donde resonarían más tarde las letanías y las balas.La antigua capilla no bastaba. Feira de Sant’Ana y Santa Luzia partían toda clase de auxilios. Era necesario que le contrapusieran la arx monstruosa. La levantaba vuelta hacia el levante. con la osadía de un gótico rudo e imperfecto. de la población de Tucano y de Itapicuru hacia allá se marchó. Allí pasaba los días. Es que la catedral admirable de los jagungos tenía la elocuencia silen­ ciosa de los edificios de que nos habla Bossuet. Las paredes gruesas recordaban murallas de reductos. Le sentaba la forma ambigua de santuario y de antro. muchas veces se estremecía al verlo pasar lentamente sobre los tablones oscilantes. erigida como si fuese el molde monumental de la secta combatiente. 209. la construyó como el monumento que cerraría su carrera. por decir así. La había delineado el mismo Conselheiro. Enfrentado al antiguo. Era rectangular. el desorden mismo del espíritu delirante210. mientras unos se entregaban al cultivo de las tierras o conducían los rebaños de cabras. sin un temblor en el rostro bronceado y rígido. y otros. sin reglas. Viejo arquitecto de iglesias. Los tomaban como prueba obligatoria que les desafiaba la fe. sobre los andamios altos y bam­ boleantes. el nuevo templo se levantaba al otro lado de la plaza. No faltaban brazos para la tarea. Comenzó a levantarse la iglesia nueva. Desde la madrugada. mascarada de frisos grose­ ros y volutas imposibles. en el transporte de los mate­ riales. La mitad. por los brazos leves de las mujeres y los niños. de la extrema debilidad humana. como si quisiera objetivar. encabrioladas en un delirio de curvas incorrec­ tas: rasgada de ojivas horrorosas. mole formidable y bruta. impasible.

. corrompi­ das de pecados viejos tardíamente penitenciados. en cambio. y se les desva­ necía el milagro feliz. Se arro­ dillaba. horrendo. o mejor. mal anunciada por el crepúsculo sertanejo. Resonaba en los aires el coro del primer rezo. "Los secuaces de la secta se ocupan de persuadir al pueblo de que todo el que se quiera salvar debe ir a Canudos. Llegaban. . pobre vestíbulo del cielo. Cesaban los trabajos. por capricho del Conselheiro. Canudos. debía ser así: repugnante. émulas de las brujas de las iglesias. Allí. aterrador. . sueltas en un ocio sin frenos. fugitivo y breve como el de los desiertos. GRUPOS DE VALIENTES Allí estaban las bestias. vestidas con sus capo­ tes negros semejantes a la holandilla fúnebre de la Inquisición. . Miraban el Vaza-Barris seco o arastrando las aguas barrosas de las crecientes. LAS ORACIONES Al caer la tarde. Y en cada uno de ellos una mezcla enorme de contrastes. término que en los sertones tiene el peor de los significados. . El pueblo se derramaba en la plaza.CAMINO AL CIELO Los ingenuos cuentos sertanejos les habían revelado desde hacía mucho tiempo los caminos fascinantes y traicioneros que llevaban al infierno. la multitud se dividía en dos grandes grupos según el sexo. . pero no se despedían de su misticismo la­ mentable. Fulguraban las hogueras que por costumbre se encendían alrededor de la plaza. Joáo Evangelista de Monte-Marciano. las muchachas * Véase el resumen de Fr. entre los flancos como torres de las colinas. desenvueltas y despejadas. Muchos habían ido alentando esperanzas singulares. De acuerdo con una antigua práctica. la voz de la campana llamaba a los fieles para la ora­ ción. porque en los otros lugares todo está contaminado y perdido por la República. Y sus resplandores encuadraban la escena medio ahogada en las sombras. . rápida. es la tierra de promisión donde corre un río de leche y las barrancas son de maíz” *. las solteras. inmunda antesala del paraíso. no es nece­ sario trabajar. Llegaba la noche.

En la mortecina claridad de los braseros se destacan sus variados per­ files. Algunos ya son famosos. reviviendo al soplo de la brisa nocturna y echaban chorros de luz sobre la turba. Todas las edades. llamando la atención en esos mon­ tones de trapos. se olvida de las diecio­ cho muertes cometidas y de los procesos en rebeldía.doncellas o las muchachas damas. Lugartenientes del humilde dictador. todos los colores. únicos atavíos que perdo­ naba el asceta exigente. Las ropas de algodón o percal. doblando contrito la cabeza. motas escandalosas de las africanas. todas niveladas por los mismos rezos. de amuletos. están al frente del conjunto. la armadura de cuero por el uniforme de brin americano. mostrando idénticos contrastes: vaqueros rudos y fuertes. frentes adorables mal tapadas por los pelos despeinados. felices por el abandono de los ganados. una mantilla o un pañuelo de color apenas atenuaba la monotonía de los vestidos mal lavados. gandules de todos los matices. José Venancio. . el grupo varonil. que cambiaron como héroes en desgracia. cabellos lacios y duros de las caboclas. bellos ojos profundos en cuyas ne­ gruras refulgía el desvarío místico. pero más destacados. Greñas maltratadas de criollas retintas. sin una hebilla. . Entonces se destacaba. un chal de lana. de verónicas. echando nubes de humo. más compacto. parecían una profanación cruel ahogándose en ese mestizaje repugnante que salmoneaba benditos lúgubres. . de cruces. lisas y sin elegancia. o de nóminas que encerraban cartas santas. todas se mezclaban en el extraño conjunto. no aparentaban la mínima pretensión de gustar. flacos marimachos en cuyas bocas debe ser pecado mortal el rezo. madejas castañas y rubias de las blancas legítimas. crepi­ taban. Pero no se los distingue en esos momentos por la altivez del gesto o la actitud provocadora de los velentones. de dientes de animales. Acá y allá. Caras marchitas de viejas. las hogueras casi apagadas. se enmarañaban sin una cinta. y las honestas madres de familia. de benditos. armados. fisonomías ingenuas de muchachas crédulas. y en menor número. Los prestigia el renombre de arriesgadas aventuras que la imaginación popular novela y ensancha. la mirada traicionera y malvada se les desvanece en una vaga contemplación. hacendados otrora ricos. De rodillas. todos los tipos. A veces. sin una flor. rostros austeros de matronas simples. recatadas y tímidas. las manos enlazadas sobre el pecho. un rostro hermoso en el que surgían las líneas de esa belleza inmortal que el tipo judaico conserva inmutable a través de los tiempos. Madonas unidas a furias. o tocado o cofia modesta. el terror de la Volta Grande. residuos de todos los delitos. casi reducidos a sayas y camisas destrozadas que dejaban expuestos los pechos cubiertos de rosarios.

como un traumatismo hediondo. que figuraría en un hecho de heroísmo. de rodillas sobre el trabuco cargado. indagando. de corazón débil. con miradas cariñosas. en los intervalos de los kyries de sílabas increíbles. Pedráo. Antonio Beato. tallado para los arranques súbitos y osados. Joaquim Tranca-pés. incli­ nando el tórax atlético. Fabricio de Cocorobó. En seguida. el mirar absorto en los cielos. cafuz bruto que con treinta hombres escogidos guardaba las vertientes de la Canabrava. medio soldado. pero de espíritu infernal en la prepara­ ción de trampas increíbles. según el decir de los matutos. teniendo a su lado al hijo. de estatura más elegante. aparecen unidos. que había logrado vengar centenares de conflictos gracias a su rara invulnerabilidad. el comandante de la plaza. Norberto. predes­ tinado a la jefatura suprema en los últimos días de Canudos. finge que reza. Lalau. Ajeno a la credulidad general. hombro a hombro con el Mayor Sariema. el astuto Joáo Abade. En medio de estos perfiles trágicos. negro fuerte y deforme. pero peligroso todavía. abraza en su mirada dominadora a la turba genuflexa. que vigi­ laba en Angico. incan­ sable reclutador de prosélitos. Extático. espiando. insinuándose por las casas. Y al frente de todos. Joaquim. Lo completa. Era el guardián del Cambaio. El viejo Macambira. las manos caídas. rostro de bronce anguloso y duro. observando. . como si fuera una prolongación. igualmente humil­ de. Quinquim de Coiqui. el . llenas de esperanzas. especie de Imanus 2 1 1 decrépito. del Itapicuru. apartado. Se le antepone por el aspecto. su ayudante inseparable. el tragicómico Raimundo Boca-torta. dos hermanos encargados del mando de los piquetes de vigilancia en las entradas de Cocorobó y Uauá. La masa restante de los fieles los mira intermitentemente. más tarde. vigía sin lugar fijo. apenas se distingue. de cuerpo tatuado a bala y facón. está de bruces en el suelo. el audaz Pajeú. próximo a un digno émulo de sus tropelías.A su lado. inquieto y temerario. las novedades. poco aficionado a la lucha. . el jefe del pueblo. la cara contraída en una mueca felina. a quien se había confiado la columna volante de espías. que raramente abandonaba el santuario. un creyente abnegado que alcanzaría la primera victoria sobre la tropa oficial. especie de funámbulo patibulario. un explorador solitario. José Félix. flaquísimo. adelgazado por los ayunos. Esteváo. muy de la intimidad del Conselheiro. medio sacristán. otro espécimen de guerrillero sañudo. aparece junto a un cabecilla de primera línea. Antonio Fogueteiro. Chiquinho y Joáo da Mota. corriendo crédulos las cuentas del mismo rosario. El ágil Chico Erna. mulato espigado. escudriñando todos los rincones de la aldea y transmitiendo a cada instante al jefe supremo. una figura ridicula. José Gamo. de Pau Ferro. niño arrojado e impávido. misionero de escopeta. Vila Nova.

Estallaban ex­ clamaciones entre piadosas y coléricas. Y un tipo increíble. Apretando contra el pecho las imágenes babeadas de saliva. por todas las bocas y por todos los pechos. el remate obligado. rimados todos los benditos. lo mi­ raba con la mirada de un faquir en éxtasis. como si un tumulto invadiese la asamblea a medida que pasaban las sagradas reliquias. confundiéndose repentinamente. Y se acumu­ laba la embriaguez y el atontamiento de aquellas almas simples. lentamente entregados a la multitud ávida. completando en el ritual fetichista la transmutación del cristianismo incomprendido. Recorridas todas las escalas de las letanías. por todas las manos. Lo había establecido el Conselheiro. Y detrás venían en sucesión. el vocear indis­ tinto de las prédicas balbuceadas a media voz. Por fin. entonces lo entregaba al fiel más próximo que repetía sin variantes la misma escena.Taramela. invadido por la misma aura de locura. después un buen Jesús. el grupo varonil de los luchadores. Las emociones aisladas se desbordaban. todos los santos. los tañidos y el golpeteo de las . Después levantaba una virgen santa reeditando las mismas acciones. En esa multitud. desequilibrándolas en violentos estremeci­ mientos. todavía quedaba la ceremonia última del culto. entre el estrépito. Pero el misticismo de cada uno iba. au­ mentando por el contagio irreprimible de la misma fiebre. se desmayaban. de los mea culpas ansio­ samente susurrados por las gargantas ahogadas y de las primeras excla­ maciones sofocadas. encargadas de la ropa y de la exigua refacción de aquél. Antonio Beatinho. para no perturbar la solemnidad. confundiéndose en la neurosis colectiva. tomaba un crucifijo. mujeres alucinadas caían en las contorsiones violentas de la histeria y criaturas asustadas se desa­ taban en llanto. aún reprimidas. asaltaba a la multitud un desvarío irreprimible. que miraba todo eso con indi­ ferencia nobiliaria. la agitación aumentaba. que tenía bajo sus órdenes a las beatas de vestidos azules ajustados con cuerdas de lino. Era el curandero: el médico. la naturaleza tenía un devoto. A cada rato. que pasaban una por una. innumera­ bles y en aumento. lo apretaba contra su pecho. postrándose profundamente y le imprimía un prolongado beso. de iluminados. mayordomo del Conselheiro. que vivía investigando el valor medicinal de las plantas. verónicas y cruces. cuando las primeras ya alcanzaban las últimas filas de creyentes. ajeno al desorden. Manuel Quadrado. los rezos se prolongaban. y como si las fuerzas sobrenaturales que el animismo ingenuo daba a las imágenes. lanzaban gritos lancinantes. salían las últimas entregadas por el Beato. Era el besado de las imágenes. En general. poco a poco. guardián de las iglesias. registros. Se oían los besos chirriantes. el encargado del altar. penetrase en las conciencias. hacían movimientos compulsivos. apagándoles la resonancia sorda. todas las cuentas de los rosarios. además de encender diariamente las hogueras para los rezos.

tuvimos de improviso. Quedaban todos sin aliento. Espontáneamente es adversario de ambas. El antagonismo era inevitable. Porque esas psicosis epidémicas aparecen en todos los tiempos y en todos los lugares como anacronismos. Es cierto212. y la sombría Sturmisch. comparte la cuna del renacimiento alemán215. del mismo modo que los iluminados de la Edad Media se sentirían a gusto en este siglo. . . Insistimos sobre esta verdad: la guerra de Canudos fue un retroceso en nuestra historia. ilógicos. Las dos son abstracciones inaccesibles para él. ¿POR QUE NO PREDICAR CONTRA LA REPUBLICA P Predicaba contra la República. era una variante del delirio religioso. el tumulto cesaba. Este subía a una pequeña mesa y predicaba. No la conocíamos. seguramente. en faena ciega de copistas. encontrarían en ella relaciones anti­ guas. galvanizada por un loco 213. ascendimos. todo I9 mejor que existe en los códigos orgánicos de otras naciones. Pero no traslucía el más pálido tinte político. a un tercio de nuestra gente. como inesperada he­ rencia. dejando en la penumbra secular. contrastes inevi­ tables en la desigual evolución de los pueblos. . Está en la fase evolutiva en la que sólo se concibe un imperio comandado por un jefe sacerdotal o guerrero. dentro del industrialismo triunfante de América del Norte. Viviendo cuatrocientos años en el litoral vasto en el que palidecen los reflejos de la vida civilizada. relevantes sobre todo. El jagungo es tan inepto para comprender la forma republicana como la monárquica institucional. cuando un gran movimiento civilizador impulsa vigorosamente a las capas superiores. a la República. junto a la puerta del Santuario abierta y encuadrando la figura singular de Antonio Conselheiro. a una sociedad vieja. en el centro mismo del país. Inopinadamente. Los aventu­ reros del siglo xvn. de pronto. impulsados por el caudal de las ideas modernas. No podíamos conocerla. Entre nosotros el fenómeno fue todavía más explicable. Derivaba de la misma exacerbación mística. los ojos puestos en el límite de la plaza. vibraba en el mismo rictus misterioso en que explo­ taba el misticismo bárbaro. . huyendo de la mínima transigencia con las exigencias de nuestra propia naciona­ . Ilusionados por una civilización prestada. una sociedad muerta. inexplicablemente inspirada por el genio de Klopstock. Los perfeccionistas exagerados irrumpen entonces. Pero. entre los demonópatas de Varzenis 21 4 o entre los stundistas de Rusia.armas al chocar. tuvimos resucitada y en armas frente a nosotros. espigando. De golpe.

para el cual la rebelión era un aspecto de su propia reacción contra el orden natural. lo que más estimulaba la codicia de los vencedores. . un adversario serio. Y Canudos era la Vendée. Porque no los separa un mar. en el más pobre de los saqueos que registra la historia. volvemos. Valían todo porque nada valían. los destro­ zamos a carga de bayonetas. es la misma religiosidad difusa e incongruente. sin la espontaneidad de los improvisadores sertanejos. Copiamos algunos al azar: "Sahiu Don Pedro segundo para e reino de Lisboa . rimando los desvarios en estrofas sin color. . cómo reflejaban la turbación intelectual de un infeliz. en todas sus líneas. Pobres papeles.lidad. Ellos resumían la psicología de la lucha. las huellas apagadas de las bandeiras. suprema indicadora del triunfo efímero del Anti Cristo. Achicamos su espíritu al concepto estrecho de una preocu­ pación partidaria. Y cuando. pala­ dín del antiguo régimen. El rebelde arremetía contra el orden establecido porque se le figuraba inminente el reino prometido de Dios. en una entrada sin gloria. asaltó el ánimo de los triunfadores una decepción dolorosa. reabriendo en esos sitios desgraciados. con muy poca significación política. cualquier papel escrito y principalmente. Nada quedó exento de la curiosidad insaciable. y con arrojo digno de mejor causa. . dejamos que entre ellos se formase un núcleo de maníacos. donde los despojos más valiosos fueron imágenes mutiladas y rosarios de cocos. Los rudos poetas. La victoria duramente alcanzada les daba derecho al saqueo de las casas en ruinas. Cuando en los últimos días de la aldea estuvo permitido el ingreso al caserío destrozado. que transcribimos pensando como Renán que esos balbuceos rudos y elocuentes son la segunda Biblia del género humano. Registraban las prédicas de Anto­ nio Conselheiro y al leerlas se pone de manifiesto cuán inocuas eran. eran las cartas. 218. los versos encontrados. revolucionariamente. reeditando por nuestra cuenta el pasado. Porque lo que en ellas vibra. no vimos los rasgos salientes del acon­ tecimiento. más hondo el contraste entre nues­ tro modo de vivir y el de aquellos rudos patricios. Tuvimos un espanto comprometedor ante aquellas aberraciones monstruosas. capaz de destruir las nuevas instituciones. . más extranjeros en esta tierra que los inmigrantes de Europa. dejaron vivos documentos en los versos disparatados. los separan tres siglos. Denunciaba a la República — pecado mortal de un pueblo— como una herejía. Ahora bien. por nuestra falta de previsión. en los que la ortografía bárbara corría pareja con los más ingenuos absurdos y la escritura irregular y fea parecía una foto­ grafía de los pesamientos torturados. Vimos en el agitador sertanejo.

/ nosotros tenemos la ley de Dios. / ellos tienen la ley del can. / abatiendo la ley de Dios. “Casamientos van haciendo. / Brasil a la deriva” . Traducción de los versos populares: “Salió don Pedro segundo / hacia el reino de Lisboa. / para engañar sólo al pueblo. / van a casarlos a todos / en casamiento civil” . / suspendiendo la ley del can” . “Protegidos por la ley / esos malvados están. .acábosse la monarquía o Brasil ficou atoa” La república era la impiedad: "Garantidos pela lei aquelles malvados estño nos temos a lei de Deus elles tem a lei do cao! "Bem desgragados sao elles pra fazerem a eleigáo abatendo a lei de Deus suspendendo a lei do cáol "Casamento vao fazendo só para o povo illudir vao casar o povo todo no casamento civil! Pero el gobierno demoníaco desaparecerá en poco tiempo: "Dom Sebatiao já chegou e traz muito regimentó acabando como o civil e fazendo o casamento! "O Anti-Cristo nasceu para o Brazil gobernar mas ahi está o Conhelheiro para delle nos livrarl "Visita nos vam fazer nosso rei Dom Sebastiáo coitado daquelle pobre que estiver no lei do cao * 2 1 7 * Conservamos los originales de estas cuartetas cuya ortografía alteramos en parte. / Bien desgraciados son ésos / para hacer la elección. / Se acabó la monar­ quía.

Luego toma por un atajo tortuoso. apareció. Descendió lenta­ mente la ladera. “El Anticristo nació / para el Brasil gobernar.). Observó por unos instantes la aldea extendida abajo. Les conmovía el espectáculo de los infelices que acababan de encon^ar armados hasta los dientes y el cuadro emocionante de esa Te­ baida 2 2 1 turbulenta. Llegan por fin a la casa del viejo vicario del Cumbe 22 0 (que estaba cebada desde hacía más de un año. UNA MISION ABORTADA2 1 9 En 1895. incisivo. "el aire inquiero v la mirada al mismo tiempo indagadora y siniestra. Resumía su programa. La gente sale a verlos. de pronto. la extraña figura de un misio­ nero capuchino. debida al dolor por el desacato sufrido) y tratan de superar la jornada pgo*adora. No se desanima pues está blindado por la tranquila fortaleza de los após­ toles. Nos obligaban a otra lucha. flanqueada por otras dos. Acompañémoslo. del T . cruza el río y se acerca a las primeras casas. / acabando con el civil / y haciendo el casamiento” . Y nos dispensa de todo comentario. Alcanza la plaza desbordante de pueblo "cerca de mil hom­ bres armados de carabinas. Fray Joáo Evangelista de Monte-Marciano. Daniel va a penetrar a la jaula de los leones. en medio de un campamento de beduinos. etc. garrochas.La ley del can. en lo alto de un contrafuerte de la Favela. Lo atraviesa se­ guido por sus dos compañeros de apostolado. Nosotros les enviamos el legislador Comblain 2 1 8 y ese argumento único. supremo y moralizador: la bala. cierta mañana de mayo. / pero ahí está el Conselheiro /’ para librarnos de él” . "Don Sebastián ya llegó / y trae un gran regimiento. A poca distancia de la puerta pasan ocho difuntos llevados sin señal religiosa alguna hacia el cementerio que quedaba al fondo de la iglesia vie. Pasa impasible por delante de la capilla a cuya puerta se adensan compactos grupos. Pero antes se intentó una empresa más noble y más práctica. (N . Requerían otra reacción. / nuestro rey don Sebastián. / pobres de los que están / en la ley del can” .” y tiene la impresión de haber caído. denun­ ciando conciencias perturbadoras e intenciones hostiles”.a: ocho redes bajo las que sudaban cargadores sin aliento pasando. . Ese era el apotegma más elevado de la secta. “Visita nos viene hacer. pues a tanto remontaba su ausencia. Seguido de Fray Caetano de Sao Léu y del vicario del Cumbe. Eran realmente muy frágiles aquellos pobres rebeldes. facones.

como si en la siniestra ciudad el muerto fuese un desertor del martirio. le parece llegada la ocasión para hacer la interpelación decisiva. indigno de la más breve atención. asistiendo a los trabajos de construcción de la capilla. La atraviesan sin que ninguna hostilidad los perturbe y llegan a la sede de los trabajos. lentamente. se presta a servirles de guía por el edi­ ficio. Y allá van todos. . había corrido la nueva de la llegada. sacudiéndose a cada rato con accesos de tos. . Al llegar al coro. Aquel agasajo era una media victoria. iba a abrir una santa misión para aconsejar al pueblo que se dispersara y volviera a sus tierras a tra­ bajar en los intereses de cada uno y para el bien de todos”. doblado sobre el bastón. Entran en el pequeño templo y se hallan frente a Antonio Conselheiro quien los recibe de buen grado y les dirige la misma salutación. Dejan la casa. Del grupo temeroso parte la salutación de paz: "Loado sea Nuestro Señor Jesucristo” y la respuesta de práctica: "Para siempre sea loado!”. Pero le cupo al misionero anu­ larla desgraciadamente. en un abandono y una miseria tales que se daban diariamente de ocho a nueve muertes. Permanecía indi­ ferente. el porte grave y aires de penitente” impresionan enormemente a los recién llegados *. ansiosos por desprenderse de ellas. No se le podían pedir mejores preliminares a la misión. " . * Seguimos el Relatório de Fr. las largas barbas grises más que blancas. Entran a la plaza. La cordial recepción los reanima. Mientras tanto.rápidos. y por orden del señor Arzobispo. de una palidez cadavérica. guiados por el viejo solitario que roza­ ba por ese tiempo los sesenta años y cuyo cuerpo. "los grupos de hombres cierran filas junto a la puerta de la Capilla” y les abren espacios para el paso. Por eso. "Vestía una túnica de brin azul. el rostro alargado. El Conselheiro parece alegrarse de la visita. como estaban un poco alejados de los fieles que los seguían a distancia. Fue una precipitación inútil e improcedente. . Monte-Marciano. sin que el Conselheiro fuese al encuentro de los emisarios de la iglesia. tenía la cabeza descubierta y empu­ ñaba un bastón. Les informa de los trabajos. Quiebra su habitual reserva y mutismo. El fracaso sobrevino de inmediato. aproveché la ocasión de estar casi a solas y le dije que el fin de mi visita era pacífico y que por eso me extrañaba ver allí hombres arma­ dos y que no podía dejar de condenar el que se reuniesen tantas fami­ lias en un lugar tan pobre para entregarse al ocio. Los cabellos crecidos y descuidados le caían sobre los hombros. los invita a observarlos. De nuevo toman por el callejón sinuoso. avanzaba tardo. Entonces los frailes lo fueron a buscar. los ojos hondos pocas veces levantados para mirar a alguien.

comenzando por el obispo y si­ guiendo hasta el último católico. el Grande 2 2 2 . porque Vuestra Reverencia ha de saber que la policía me atacó y me quiso matar en un lugar llamado Maceté m. la vuestra es una doctrina errada!”. Signo de desorden inminente. obedecen a las autoridades y a las leyes del gobierno”. a una sola voz. dice: — Es para mi guarda que tengo conmigo a estos hombres armados. Fray Monte-Marciano. a quien no escandalizaban los ritos bárbaros de los sajonios. casi sin variantes. donde se produjeron muertes de uno y otro lado. faltándole solamente tener bajo los pliegues del hábito la escopeta del cura de Santa Cruz: "Nosotros mismos. Esta explicación respetuosa y clara. Era. si eres católico debes considerar que la Iglesia condena las rebeliones y aceptando todas las formas de gobierno. entera. ahora no. la capilla y el coro se llenaban de gente y no había terminado de hablar cuando. la frase de San Pablo en pleno reinado de Nerón 225. Lo con­ tradijo. en ese remover de nulas consideraciones polí­ ticas. Y continuó: "Y así en todas partes. Que el mismo misionero hable: "Este los hace callar y volviéndose hacia mí. ¿sola­ mente vosotros no os queréis sujetar? ¡Ese es un pensamiento malo. por­ que reconocía al gobierno. hubo monarquía durante muchos siglos. la mansedumbre — ¿por qué no decir cristiana?— de Antonio Conselheiro. y todo el pueblo. "Mientras decía esto. no la de nuestro Conselheiro!”. en Francia. no satisfizo al capuchino que te­ nía el coraje de un creyente pero no el tacto fino de un apóstol. aquí en el Brasil. la aprobación de San Gregorio. Descubrió.Esta intransigencia. quebrando la finura diplomática en las aristas rígidas del dogma. inconsciente del significado real del levantamiento sertanejo. que es una de las principales nacio­ nes de Europa. Los detuvo la placidez admirable. la figura del pro­ pagandista. no tendría. por cierto. y fue un desafío imprudente. exclamaban: "Quere­ mos acompañar a nuestro Conselheiro”. porque no reconozco a la Re­ pública”. enseña que los poderes constituidos rigen a los pueblos en nombre de Dios”. parafraseando la Prima-Petri22 4: — "Señor. Desde la multitud partió rá­ pida la réplica arrogante: — "La doctrina de Vuestra Reverencia es falsa. esta mal sopesada irritación. En tiempos de la monarquía me dejé prender. sin excepción de los monárquicos de allá. dice por sí mismo las causas del fracaso. pero desde hace más de veinte años está la república. La frase final vibró como un apostrofe. . reconocemos al gobierno actual.

sin reparar en los peligros de su tesis. le dijo: — "Yo no desarmo a mi gente. congregó a todos los fieles. pero tampoco estorbo a la santa misión”. Escogió como tema de la prédica siguiente el homicidio y. La comandaba Joáo Abade. cargando carabinas. se permitía interrumpir la oratoria sagrada. A pesar de ello. "emi­ sario del gobierno y que de entendimiento con éste iba a abrirle el camino a la tropa que vendría de sorpresa a prender al Conselheiro y a exterminarlos a todos”. con sobriedad pero sin exigir angustias. cerca de cinco mil asistentes. violando un viejo privilegio. Comenzó una intensa propagan­ da contra "la prédica del padre masón protestante y republicano”. Pero las protestas no tuvieron gravedad. Pero la iniciativa comenzaba bajo malos auspicios. el tumulto dispuesto a explotar sé retrajo por un gesto del Conselheiro que. actuó en paz hasta el cuarto día. y siempre con gran concurrencia. atento e impasible. con la cartuchera colgada a la cintura y el gorro en la cabeza. También asistía el Conselheiro. entre los cuales estaban todos los hombres sanos: " . se explayó en alusiones imprudentes que excusamos registrar. cuando reincidió el capuchino en el tema político para empeorar las cosas. garrotes. Se reunieron y marcharon. "dejando escapar cada tanto algún gesto de desa­ probación que los líderes de la grey confirmaban con protestas incisivas”. vivando al Buen Jesús y al Divino Espíritu Santo. La afrontó temerariamente. pistolas y facones. volviéndose hacia el misionero. La reacción fue inmediata. . Estaba la misión en su cuarto día. séptimo día de la misión. espingardas. más bien. hablando de la cuerda en casa del ahorcado. . aún. 102 bautis­ mos y más de 400 confesiones” el resultado había sido nulo o. Fue así que predicando el fraile sobre el ayuno. hacia la casa donde residían los visitantes y les hicieron saber que no los necesitaban para la salvación eterna. cuyo silbato. Exceptuando "55 casamientos. como un fiscal severo. eso es comer y hartarse!”. . negativo. vibrando en la plaza. como medio de mor­ tificar la materia y refrenar las pasiones. porque "se puede ayunar muchas veces comiendo carne en la cena y tomando por la mañana una taza de café”.Esta vez. Sólo alguno que otro exal­ tado. interrumpió el ser­ món la réplica irónica e irreverente: — "¡Mírenlo! ¡Eso no es ayuno. al lado del altar. No tuvo temor de la rebelión emergente. Sucedió un 20 de mayo. La misión había muerto. en la actitud de quienes van a la guerra”.

Se equipara al "Divino Maestro de­ lante de Jerusalén”. escondiéndose seguramente por los vericuetos. Se detiene un momento. . Y lo invade una ola de tristeza. sacudió el polvo de sus sandalias” apelando al vere­ dicto tremendo de la justicia divina. acompa­ ñado de sus dos socios de reveses. Pero maldijo. . Y se marchó. allá abajo. . Salta el cruce entre los declives de la Favela.MALDICION SOBRE LA JERUSALEN DE BARRO El misionero "como otrora los apóstoles ante las puertas de las ciudades que los rechazaban. Llega a lo alto de la montaña. . . . . Observa por última vez el poblado.

I PRELIMINARES Cuando se volvió urgente pacificar el sertón de Canudos.— Preparativos de la reacción. esterilizaron la tierra con las excavaciones mineras y la áspera vestimenta pedregosa. y en Jequié se cometían toda clase de atentados 226.— Preliminares. La guerra de las caatingas. Rica en espléndidas minas. aquella región no mostraba su opulencia. la misma vida desenvuelta e inútil. donde por muchos años el oro en polvo o el diamante bruto eran moneda corriente. libremente expandida por la región fecunda. antiguos constructores de desiertos. se fueron acabando las piedras mezcladas con dia­ mantes. cuyas incursiones llegaban hasta las Lavras Diamantinas. La porción de territorio recortada por las laderas del Sincorá. el gobierno de Bahía enfrentaba otras insurrecciones. La habían buscado hacía doscientos años los aventureros picaneados por el ansia de riquezas. Y como. desde hacía mucho tiempo era dilatado teatro de tropelías de los indisciplinados habitantes del sertón. I V — Autonomía dudosa. ANTECEDENTES El mal era antiguo. poco a poco. el poblado de Brito Mendes había caído en manos de otros insurrectos. a los rudos vaqueros que la siguieron. hasta las márgenes del Sao Francisco. 111. la habían examinado afanosamente por las serranías y por las nacientes de los ríos e hicieron algo más. conservaron en su ocio turbulento la índole aventurera de los abuelos. Antecedentes. . De modo que sin necesidad de utilizar los cultivos para despertar las energías de un suelo en el que no se afincaban y recorrían en el trabajo sin rumbo de la búsqueda del oro. le legaron a la prole errabunda y por contagio. Uauá.LA LUCHA I. I I — Causas inmediatas de la lucha. La ciudad de Len^óis había sido atropellada por una banda de facinerosos. tuvieron que recurrir al bandidismo franco.

lo tenían en las ruinas de las aldeas indígenas. Y tendremos al jagungo 230. En efecto. había brotado. desde el comienzo del siglo x v m . Es un producto histórico revelador. entre el torbellino de las bandeiras y el curso de las misiones. Y la tierra. temerario. Aquellos hombres. aquella . su germen en un esta­ blecimiento de ganado. al contacto con los sertanistas ambiciosos se transformaron. para formar nuestra nacionalidad naciente y crear una situación de equilibrio entre el desvarío de las exploraciones mineras y las utopías románticas de los misioneros 227. después de esbozar quizá el único aspecto útil de nuestra actividad en aquellos tiempos. en la actividad bifronte que oscila. por la combatividad y por una ociosidad singular surcada de tropelías. tuvieron entre los bosques que van de Macaúbas a Aguruá. como los ya existentes. Vamos a ponerla de relieve. el jagungo. actualmente. una y otra caracterizada por el nomadismo. Las devastaron hasta alcanzar una nueva barrera en el río Sao Fran­ cisco. inter­ puestos tan a propósito en la época colonial. tuvieron peligrosos conductores que no les quitaron el varonil carácter pero los condujeron hacia lamentables destinos. de súbito. deteniéndose ante la barrera de sierras que van de Caetité al norte y cuando las minas agotadas les exigían aparatos para la extracción intensiva. el saqueador de la tierra. y de la envergadura atlética del vaquero. Ya vimos cómo se formaron allí los mamelucos bravos y activos. cuando se descubrieron las minas del Río de Contas hasta Jacobina. empavoreciendo al salvaje a látigo y fuego y fundando poblados que. La transición es.El jagungo. Nace del cruce tardío entre cola­ terales que el medio físico diversificara. Por mucho tiempo recorrieron la región. Al frente tenían aquel maravilloso valle del río das Eguas y tan aurífero se les apareció. en lugar de tener. de las vaquerías trabajosas a las incursiones de los bandoleros. sucedió al buscador de diamantes y oro. El mandón político sustituyó al capanga en decadencia. Imaginemos que dentro de la armazón del vaquero estalle. Aquéllos venían del este. Realizaron una deplorable empresa. como un elemento conservador. nuevos parajes opulentos que los atraían hacia el centro de las tierras 228. Se metamorfosea la situación anterior y esta nueva se empareja con la sociedad ruda y tranquila de los cam­ peros. Nuestra historia tan vapuleada por héroes sin disciplina. resumen de atributos esenciales de unos y de otros. Lo traspusieron. un claro caso de reacción mesológica. Por los campos de cría aparecían los montones de arcilla revuelta de las catas. la vibración del bandeirante. saqueador de ciudades. adquiría uno de sus más sombríos actores. Pero no dieron un paso más. que en carta dirigida a la reina María II (1 7 9 4 ) 22 9 el oidor de Jacobina afirmaba: "que sus minas eran la cosa más rica que jamás se descubrió en los dominios de Su Majestad” . En ese punto se acercaban a los límites de Goiás. antes que nada.

De esta villa hasta el norte. alquilada su bravura por los potentados. cargados de despojos. andando 670 leguas. ya habían llegado. por el teniente coronel Durval Vieira de Aguiar. forman la patria originaria de los hombres más bravos y más inútiles de nuestra tierra * * *. la his­ toria de las depredaciones es cada vez mayor. 16. pasó por la Barra del río Grande y en el relato que hace al Visconde de Anadia. incontables. volviendo a Carinhanha. con sus sierras de cumbres altaneras que resuenan como campanas. en 1804. lo demás se consigue fácilmente. . allá están. de Cuiabá hacia Recife.incomparable tierra que incluso desnuda y empobrecida por las sequías. más la leyenda del monje que allí vivió en compañía de una onqa. legen­ daria en las campañas electorales del imperio231. de Sergipe. precisamente. Es La Meca de los sertanejos. . en los lugares donde más viva era la actividad minera. *. en la galería argentífera del Aguruá. de donde habían partido. sus grutas de ámbito caprichoso que se abren como las naves de una iglesia. las rivalidades partidarias y los desmanes de la intolerable política de los potentados locales. de Piauí. lo vuelven lugar predilecto de las romerías piadosas provenientes de los sitios más lejanos. De allí salen en aventuras. Todo el valle del río das Eguas y hacia el norte. en 1879. refiriéndose a esos lugares que “en ninguna parte de los dominios portugueses la vida humana tiene menos seguridad” . a la ciudad minera de Januária. a su vez. Es natural que desde los comienzos del siglo pasado la historia dra­ mática de los poblados del Sao Francisco empezara a mostrar una situa­ ción anómala * '*. id. Y a pesar de los ribetes emocionantes de algunos hechos y de que se destaquen. (Liv. * Ver Descrigóes práticas da Provincia da Bahia. hasta Xique-xique. lo ampara de igual modo ante las exigencias de la vida combatiente. el del río Préto. Teniente coronel Durval. Entre las dádivas que yacen en considerable cantidad por el suelo y las paredes del extraño templo. por otro aspecto. Con. los desórdenes que surgían. el de Bom Jesús da Lapa. que conquistaron. * * Caetano Pinto de Miranda Montenegro. en todo el valle del gran río. Uno de ellos se destaca. de Goiás. Lo vamos a ejemplificar. * * * “Quien necesita jagungos en el río Sao Francisco. denuncian la génesis remota que estamos exponiendo. el visitante observa. 1804-1809). sustentaba a los rebaños en las bajadas salinas de los barreiros. yendo. Su conformación original. un rasgo sombrío de religiosidad: facas y espingardas. Le da gratis el salitre para la composición de la pólvora. Avanzando contra la corriente. lujosos proyectiles hechos de plomo y plata. los hace contratar en ese gran vivero. ostentando en los techos candelabros de estalactitas y por los corredores osarios dilu­ vianos. El rifle con la munición es el precio. conforme el valor de la impunidad que la influencia del patrón ejerce”. dice. junto a las imágenes y las reliquias. El más oscuro de aquellos poblados tiene su tradición especial y siniestra. da Córte. No se puede describir en media docena de páginas. . en cuanto a las balas. que culminan siempre con el incendio y el saqueo de villas y ciudades. ante todo.

Es como una acción diplomática entre potencias. son raros los casos de robo. puede pasar con la misma inmunidad. contrito. asumiendo el papel de interventores neutros entre las facciones comba­ tientes. Cae de rodillas. a todas las diligencias policiales. El más frágil camarada puede atravesar inerme e indemne. en camino hacia el litoral. Reanuda su vida temeraria. la vida y la fortuna del viajero. No pocas veces. el número de muertes cometidas. Cerca de diez u ocho leguas de Xique-xique está la capital. El saqueo de las poblaciones que conquistan es su derecho de guerra y en este punto. Ordinariamente. donde durante dé­ cadas se combatieron liberales y conservadores. Fuera de esto. . Confiesa. Trae el sombrero de cuero en la mano y el arma en bandolera. balancea las condiciones de uno .El bandido entra allí. Sale sin remordimientos. Lo enciende con un solo golpe en el yesquero y deja pasar. feliz por el trributo que rindió. los absuelve la historia entera. Son innumerables los casos de este tenor que revelan la notable nobleza de esos valientes desgarrados 232. restringen sus desórdenes a las mi­ núsculas batallas a las que entran militarmente regimentados. existe un orden notable entre los jagungos. Xique-xique. delatan en las viviendas destrozadas a fuerza de bala. inesperadamente. Pero en seguida pierde el miedo. golpeándose el pecho. El concepto es paradojal pero cierto. Al cabo cumple la promesa que hiciera. El forastero. Vuelve a su banda. para que le fuese favorable el último combate afrontado y entrega al buen Jesús el trabuco que tiene grabado. intactas. a tajos. La justicia ar­ mada parlamenta con los bandoleros. pues los consideran una mancha para su honra. Vanidosos de su papel de bravos disciplinados. con los bolsillos repletos de diamantes y pepitas de oro. las viejas culpas. Macaúbas. Y reza. Porque. un viajero de paso por ahí. No le faltará uno solo al término de su viaje. y todos los establecimientos agropecuarios dentro de sus límites. Después le exige un tributo: un cigarrillo. devotamente. a un grupo de jagungos. otrora floreciente y hoy desierta. Piláo Arcado. aquellos campos y montes. . le dirige la palabra gentilmente y se ríe de su temor. El carabinero jefe se le aproxima. la cabeza doblada y los ojos puestos en el suelo húmedo del calcáreo trasudante. ajeno a las luchas partidarias. de hecho. la cabeza descubierta. con sus animales renguean­ do por el peso de las cargas preciosas. Monte Santo y otras. éstas consiguen pacificar los lugares conflictuados. Lo saluda. ese viejo régimen de desmanes. la ciudad de Santo Inácio. erecta entre montañas e inaccesible hasta hoy. en la última fase de una decadencia que comenzó en 1856. Son lugares en donde el desorden estaba establecido y sostenido por un bandolerismo disciplinado. se detiene temeroso al ver aparecer por el camino.

Todo indica que el hecho fue adrede. Los cangaceiros en sus incursiones por el sur. Entonces aprovechó la situación para cobrarse la afrenta. O Cabeleira. y los jagungos en sus incursiones por el norte. Franklin Távora. Lo historiamos según los documentos oficiales: * Cangaceiro. Antonio Conselheiro había adquirido en Juázeiro cierta cantidad de madera que no le podían proveer las caatingas paupérrimas de Canudos. evita los ultimatos y acaba ratificando verdaderos tratados de paz. Esto sucedió en octubre de 1896. con vistas a provocar un rompimiento. Sabía que el adversario reaccionaría ante la provocación más ligera. que su­ planta la fama tradicional de la carabina de boca de campana. desde la época en que. Porque el cangaceiro *. fuera obligado a abandonar la comarca precipita­ damente por el asalto de los adeptos del religioso. dicen los habitantes del sertón” . de hoja rígida y larga. las maderas serían tomadas a la fuerza. La insurrección de la comarca de Monte Santo iba a unirlos. No sorprende que hayan crecido hasta avasallar todo el valle del Sao Francisco y desbordado hacia el norte. Hizo el negocio con uno de los representantes 23 3 de las autoridades de aquella ciudad. El principal representante de la justicia de Juázeiro 234 tenía una vieja deuda que saldar con el agitador sertanejo. ante la violación del trato hablado. . discute. Se distingue del jagungo por la minúscula variante del arma que usa: la parnatba. De hecho. Las dos sociedades hermanas tuvieron una prolongada separación que las aisló a una de la otra. aquél retrucó con la amenaza de una em­ bestida contra la población del Sao Francisco. II CAUSAS INMEDIATAS DE LA LUCHA La determinó un incidente minúsculo. Pero había terminado el plazo de entrega del material y no lo había recibido. derivado de cangago. se daban las espaldas separados por la valla en declive de Paulo Afonso. siendo juez de Bom Conselho. complejo de armas que traen los bandoleros. La campaña de Canudos nació de la convergencia espontánea de todas esas fuerzas perdidas por los sertones. desde Paraíba a Pernambuco. los estigmas hereditarios de la población mestiza se han fortalecido con la transigencia de las leyes. sancionando la soberanía de los bandidos impunes. Así.y otro bando. “El asesino fue a la feria debajo de su cangago. es un producto idéntico con nombre diferente.

en las ciudades del litoral. a la fuerza preparada. hasta las que llegaban. cómo el gobierno de Bahía. de que aquella floreciente ciudad sería asaltada en esos días por la gente de Antonio Conselheiro. Se había levantado desde hacía mucho. "Reducida la fuerza policial acuartelada en esta Capital. 1897. . desde 1874. pues el gobierno quedaba prevenido para enviar por tren expreso la fuerza necesaria para defender la ciudad. Luíz Viana) al Presidente de la República. de Chorrochó a Vila do Conde. de Itapicuru a Jeremoabo. la erección de un templo o la dádiva providencial de un dique."Esta era la situación * cuando recibí del Dr. Juez de Derecho de Juázeiro. por todos los rincones sertanejos donde había dejado como enormes señales. por lo que solicitaba providencias que dieran garantías a la población y evitaran el éxodo que ya se estaba iniciando. satisfaciendo mi pedido. entretejidas de exageraciones casi legendarias. un telegrama urgente comunicándome que corrían rumores. Puse en conocimiento del hecho al señor general quien. Día a día iba ampliando su dominio sobre la gente del sertón. El fragmento transcripto ilustra claramente. osadamente. Arlindo Leóni. avisasen por telegrama. no había una sola aldea o lugarejo. por oscuro que fuese. que era famoso en todo el interior del Norte e igualmente. que no contase con adeptos fervorosos del apóstol y que no le debiese la reconstrucción de un cementerio. requerí del señor General comandante del distrito2 3 5 . sobre las cenizas de los edictos de las autoridades de las ciudades que había invadido: había * Mensaje del gobernador de Bahía (D r. más o menos fundados. no le dio la impor­ tancia merecida. las torres de decenas de iglesias que había construido. desdeñando los antecedentes de la cuestión. Antonio Conselheiro hacía veintidós años. 100 plazas de línea con el fin de que salieran para Juázeiro apenas me llegase el aviso del juez de Derecho de aquella comarca. No se podrían imaginar móviles más insignificantes para hechos tan graves. combinó con la autoridad salir al encuentro de los bandidos a fin de evitar que invadiesen la ciudad”. Le respondí que el gobierno no podía mover fuerzas por simples rumores y le recomendé que se vigilasen los caminos a cierta distancia y. punteando su paso. en virtud de las diligencias a que anteriormente me referí. contra el nuevo orden político y había pisado. Había fundado la aldea de Bom Jesús. impune. la cual debía proceder allá de acuerdo con el Juez de Derecho. hizo salir un tren expreso y bajo el mando del teniente Pires Ferreira. "Este distinguido oficial. verificado el movimiento de los bandidos. venía de un peregrinaje intenso. casi una ciudad. apenas llegado a Juázeiro. los episodios más interesantes de su novelesca vida. casi de un cuarto de siglo. Pocos días después recibí de aquel magistrado un telegrama en el que me afirmaba que los secuaces de Antonio Conselheiro estaban a poco más de dos días de Juázeiro.

para acabar con tal situación. se sabía que dominaba una extensa zona dificultando el acceso a la ciudadela donde se guarecía. . prontamente cumplí con la formación de una fuerza de cien plazas de la guarnición para ir a combatir a los fanáticos de la aldea de Canudos. por fin. del 9 9 ba­ tallón de infantería. el envío de una fuerza de cien soldados. conduciendo apenas una pequeña ambulancia. que los había en todos los alrededores. en 1893. haciendo salir después a un médico 23 6 con algunos recursos para el ejercicio de su profesión.derrotado. Conociendo la situación. para cumplirlas. haciendo comparecer sin demora al bravo teniente Manuel da Silva Pires Ferreira. en el cual. en 1895. había hecho abortar. de 80 plazas de línea. . en 1894 había provocado un caluroso debate en el Congreso Estatal de Bahía. La aumentó. los viejos y los enfermos— de mil hombres robustos y temerarios "armados hasta los dientes”. "Confiando plenamente en el conocimiento que él debía tener de todo cuanto ocurría en el interior de su Estado. Mientras los partidarios encubiertos del Conselheiro. comandante del Tercer distrito mi­ litar : "El 4 de noviembre del año pasado (1 8 9 6 ) en obediencia a la orden ya referida. aseverándome que para tal fin ese número era suficiente. salió el 7 de dicho mes para Juázeiro. se regocijaron imponiéndola. que lo había perseguido hasta Serrinha. punto terminal del ferrocarril. . algunos hombres honestos le pidieron al comandante ex­ pedicionario que no siguieran adelante. en la margen derecha del río Sao Francisco. un sacerdote. lo presentaron como un benemérito cuyos consejos se moldeaban según la ortodoxia cristiana más rígida. Relata el general Frederico Sólon. a fin de darle órdenes e instrucciones. porque la lealtad de sus secuaces era incondicional y fuera del círculo de los fieles que lo rodeaban había en todas partes la complicidad obligatoria de aquellos que le temían. contra la posición de un diputado que lla­ maba la atención de los poderes públicos sobre las áreas "de los sertones perturbados por el individuo Antonio Conselheiro” otros representantes del pueblo y entre ellos. el cual. No impidió la fuga de gran parte de la población que quería escapar al asalto inminente. la población previo que un contingente tan pequeño tendría el valor negativo de ejercer mayor atracción sobre la horda invasora. Aquel puñado de soldados fue recibido con sorpresa en Juázeiro adonde llegaron el 7 de noviembre por la mañana. no vacilé. Lo demás corrió por el Estado”. las criaturas. comandando 3 oficiales y 104 plazas a jornal de aquel cuerpo. una expedición policial. Imaginaron la derrota inevitable. Y se encontró suficiente. la misión apostólica preparada por el arzobispo bahiano y en el informe escrito en esa ocasión por Fray Joáo Evangelista se afirmaba sobre la existencia en Canudos — excluidas las mujeres. en Maceté y había hecho volverse a otra.

escasas vi­ viendas desparramadas. En el sertón. los paisajes se suceden uniformes y melancólicos. las funciones vitales se aceleran de modo súbito provocando golpes repentinos de cansancio. donde había unos restos de agua. sin sombras. en terreno árido y despoblado. tal vez la definiese con más acierto. al segundo día de viaje. lo rodean parajes exuberantes: al norte. presentando. * * Gaatanduva. casi siempre seco. solitario. monte malo (caá: monte. Algunos estaban abandonados. lo atraviesa. desorientados por la uniformidad de las planicies indefinidas. de cahiva. Es el trecho de Bahía más asolado por la sequía. las tierras fecundas cen­ tralizadas en Vila Nova da Rainha. Mari. la tierra desnuda reverbera los ardores de la canícula. Rancharía y otros puestos solitarios. . multiplicándolos. Es forzoso avanzar a despecho del sol fuerte hasta los pozos de agua de los vaqueros. ahiva: m alo). dadas sus disposiciones orográficas. Mucambo. Encuadran el desierto. el sertón de Curagá y las tierras fértiles extendidas por el este hasta Santo Antonio da Gloria. Ya desde el principio. prolongando la margen derecha del Sao Francisco. después de reposar en vivac a dos leguas de Juázeiro. se pro­ longa inhóspito. . Pocos han visto el paupérrimo valle del Vaza-Barris que. mostrando los más salvajes modelos. Beaurepaire Rohán. Peores que los campos gerais donde se han perdido muchos viajeros. marchó por el desierto con escalas en Caraibinhas. ya había llegado a Canudos la novedad de su venida *. el día se expande abrasador. raramente es posible hacer el camino en horas de la madrugada o de la noche. E iban a combatir el fanatismo. Una mejor caracterización de la flora sertaneja. Por un contraste explicable. De ahí en más. como el paraje clásico de las caatanduvas * * que avanzan hacia el este y el sur hasta las cercanías de Monte Santo.Las dificultades para la adquisición de elementos esenciales para la marcha retuvieron a la fuerza en Juázeiro hasta el día 12 en que partió al anochecer. La pequeña expedición. cuando. . día aciago. La misma caatinga toma un aspecto nuevo. esos lugares se cuentan entre los más desconocidos de nuestra tierra. es imposible la marcha de hombres equipados con mochilas después de las diez de la mañana. Dicionário de vocábulos brasileños. y bajo el influjo de esas altas tempe­ raturas. anduvo cuarenta kilómetros de camino desértico hasta una ipueira minúscula. agravados por una flora pavorosa. por cierto. como un oued tortuoso y largo. El verano anunciaba la sequía. en leguas y leguas. El Vaza-Barris. desde las vertientes orientales de Itiúba hasta Jeremoabo. incluso antes del verano. orientados por dos guías contratados en Juázeiro. Por sobre todo esto. Además. * Pormenor curioso: la fuerza salió el 12 al anochecer para no salir el 13. Por las planicies. Partieron sin los recursos indispensables para una tra­ vesía de 2 0 0 kilómetros. el comandante reconoció imposible darle a la marcha un compás que permitiera economizar fuerzas. al oeste. la laguna del Boi.

el oscuro villarejo era nada más que escala provisoria. Con ella abarcan Río de Janeiro y Bahía. llevando por delante sus rebaños de cabras. se ponen sus mejores ropas o sus cueros nuevos. con las bayonetas fulgurantes— como si viesen un brillante ejército. despertó sorprendida por un vibrar de cornetines. Y en uno de esos días fue que la población recogida por el ardor del sol. La tropa se estacionó y designó una vigilancia. después de una travesía muy penosa. impidiendo formar un juicio sobre las cosas. Allí. desde Juázeiro y desde Patamoté y por ellos llegan muchos tobaréus a su feria de los sábados. Fue un suceso. que les parecen valiosos especímenes. el 2 0 . En los restantes días. como si fuese una opulenta ciudad de las térras grandes *. desde Monte Santo. es una especie de transición entre la maloca y la aldea. . Después de un breve descanso. las informaciones eran dispares. la expedición debía salir hacia Canudos. el día 19. Roma y Jerusalén. Entró por la calle principal y se acantonó en la plaza. desde Jeremoabo pasando por Canudos. al alba del día siguiente. No lo hizo. conjunto de cerca de cien casas mal hechas y ranchos pobres. en desorden. que imaginan muy cerca unas de otras y muy lejos del sertón. Como la mayor parte de los villarejos pomposamente marcados en nuestros mapas. cueros curtidos o redes de caroá. hay uno que otro negocio abierto y la plaza queda desierta. Son los que no tienen recursos para viajes más lejanos a lugares más prósperos y ahí van. los pobladores miraban a los soldados — polvo­ rientos. Es el resto del mundo. Entre curiosos y tímidos. Uauá parece un lugar abando­ nado. la civilización entera que temen y evitan. habían huido hacia el norte.Los escasos pobladores. en ocasión de las fiestas. Era la tropa. únicos animales afectados a aquel clima y aquel suelo. UAUÁ La tropa llegó exhausta a Uauá. Esta aldea — dos calles desembocando en una plaza irregular— es el lugar más animado de aquella área del sertón. se quedan contemplando las dos o tres casas de negocio o mirando en un barracón de feria los productos de una industria pobre. aterrados por las novedades o para evitar todo contacto con la fuerza militar. como en todas partes. * Térras grandes: vaga denominación con que los matutos designan el litoral que no conocen. Vuelto plaza de guerra. de aspecto deprimido y triste. Los centinelas se situaron a la salida de los cuatro caminos y se nombró personal para hacer las rondas. Se llega por cuatro caminos.

deslizándose. Los guia­ ban símbolos de paz. Parecía una procesión de penitencia. El caso es original y es verídico. rezando. En la madrugada del 21 apareció en los límites del sitio el grupo de jagungos 237. familias enteras. Eran muchos. En la mudez de la tierra todavía dormida avanzaba la multitud gue­ rrera. Iban a la batalla rezando y cantando. estaba bajo el dominio de Canudos. la bandera de lo Divino y a su lado. Equiparaban los flagelos naturales que conocían a la venida de los soldados. noche adentro. ocurrió un incidente explicado a la mañana siguiente: la po­ blación. Tres mil. como si buscasen pruebas para sus almas religiosas. hubo avisos precipitados a la aldea amenazada. Al primer golpe de vista no presentaban apariencia guerrera. alta como un crucero. quizá triplicando el número. Un pelotón escaso de . De ese modo. facones y hoces. previ­ niendo a los pobladores del contraataque resuelto por los hombres de Canudos. Uauá. Despertaban a los adversarios para la lucha. de picanas. de modo que.Aquel día se gastó inútilmente en recoger informaciones. acantonada la fuerza en la plaza. furtivamente. unos fuertes brazos sosteniendo una gran cruz de madera. de esas que practican los matutos creyentes cuando quieren ablandar al cielo en los veranos abrasados por la sequía. entonando kyries. entre los vigilantes apostados. dijeron después exagerados informantes. enarbolando imágenes de sus santos predilectos y palmas retiradas de los altares. Este incidente fue un aviso. Los expedicionarios no le dieron mayor importancia al suceso. como los otros lugares vecinos. dejaron el campo libre a los combatientes. Pero avanzaban sin orden. Se habían ido hasta los enfermos. había aban­ donado sus viviendas en grupos pequeños. al acaso. como en las romerías piadosas. despavoridos. La fuga en masa de la población delataba que los emisarios habían ido y habían vuelto. tras esa demora perjudicial. Los combatientes estaban armados de viejas espingardas. Pero al caer la noche. llevaban a la cabeza las piedras de los caminos y deslizaban por sus dedos rosarios de cocos. Al­ gunos. Sus habitantes eran adeptos de Antonio Conselheiro. Evitando las ventajas de una sorpresa nocturna. casi en su totalidad. Los despertó el enemigo que imaginaban iban a sorprender. pero se perdían en el grueso de los fieles inermes. los sertanejos llegaban con el día y anunciándose desde lejos. había huido. Sin ser advertida. Se apres­ taron para continuar la marcha al día siguiente y descansaron tran­ quilamente. resolviéndose marchar al día siguiente.

En una de ellas. la gran cruz de madera. revueltos con los fugitivos. empezaron a caer baleados en masa. todos adelante. . Los jagunqos ya estaban allí. Y la turba fanatizada. De allí en más. después la ponían a punto. dejando en poder de los agresores a un soldado herido a cuchillo. Los matutos agrupados alrededor de los símbolos sagrados. los jagungos tenían que sacar la pólvora y las balas en un lento proceso de carga de su armamento grosero. salieron medio desnudos por las puertas. Los soldados. Sus filas enfren­ taban adversarios resguardados o que se aparecían de golpe tras las ven­ tanas que se abrían en explosiones. golpes de garrotes y filos de facones y sables. levantando por los aires los santos y las armas. Y el encuentro se desencadenó brutalmente. colocaban en éste los ingredientes como si rellenasen una mina. Fue su salvación. volvieron a la defensiva franca. la picana en ristre y las hoces relucientes. echaron varios tiros al azar y escaparon hacia la plaza que quedaba a retaguardia. Mientras los soldados hacían blanco en descargas nutridas. Sorprendidos. . Fue un desorden de fiesta turbulenta.infantería que los aguardase. distribuido por las caatingas. protegidos en su mayoría por las casas. se batió largo tiempo apoyando la carabina contra el pecho . Esta arremetida demente les fue todavía más nefasta. cuerpo a cuerpo. luego apuntaban. . los adversarios entrelazados en disparos de revólveres. atravesó la plaza triunfalmente. entre vivas al "Bom Jesús” y al "Conselheiro” y silbidos estridentes con silbatos de tacuara. ondeando la bandera de lo Divino. saltaron por las ventanas. Batidos por las armas de repetición. Caían en gran número y la lucha se les volvió desigual a pesar de la ventaja numérica. y al cabo dispa­ raban. Transcurrido algún tiempo. Que cedió en seguida. andando a las carreras y chocando entre ellos. hasta la línea de centinelas más avanzados. las metían después en el largo caño de su trabuco. no hay descripción de los protagonistas. oponían un disparo de carabina a cien tiros de Comblain. . casi desnudo. Sólo pudo alinearse bajo la dirección de un sargento. un alférez experto. sobre la frágil línea de de­ fensa. una incorrecta formación de tiradores. los hubiese podido dispersar en contados minutos. Dieron la alarma y en­ tonces los soldados corrieron tontamente por las calles. Dormían. Y los despertó. marchando tras el curiboca que llevaba medio inclinada. renunciaron a la inútil operación y cayeron sobre los contrarios con la faca desenvainada. Todo eso les llevaba unos dos minutos en medio del estentóreo tiroteo. vistiéndose y armán­ dose. Pero la aldea no mostraba soldados en sus puestos. Este movimiento fue espontáneo y fue la única maniobra advertida por los que testimonian sobre la acción. No se formaron. La multitud se aproximó. en ariete. todo lo indica.

Los soldados no los siguieron. Uauá mostraba un cuadro lamentable. cada uno se batía por cuenta propia. pues sus consecuencias lo desanimaban. daban la imagen de la derrota. número increíble en comparación con los diez muer­ tos — un alférez. con setenta hombres sanos. si cabe tal nombre a lo sucedido. Lo había desesperado el curso de la pelea y se quedaba inútil ante los heridos. Que­ . Había visto de cerca el arrojo de los matutos. Reconocían la inutilidad de los esfuerzos hechos o pensaban atraer a los adversarios hacia el plano desahogado del campo. agujereada de balas y roja como un pendón de guerra. el comandante. rodeaban la aldea. en cuatro días. La batalla continuó con la misma ferocidad durante cuatro horas. Sobre los primeros pisos y balcones ensangrentados. Fue como una fuga. envueltos en trapos. los jagungos andaban por las calles. Como quiera que fuese. Parecía que les venían siguiendo el rastro los jagungos. según las circunstancias. A pesar de eso. se contorsionaban los heridos y yacían los muertos. En la casa donde se había refugiado. la retirada se imponía con urgencia. heridos. algunos de gravedad. seis plazas y los dos guías— y dieciséis heridos de la expedición23s. La población alarmada reanudó el éxodo. Mal inhumados en la capilla de Uauá los compañeros muertos. Estaba asombrado por la batalla. . el comandante se atenía a la única misión compatible con el desorden. se largaron bajo un sol ardiente. idea que llenaba de temor a los triunfadores. Reunidos siempre alrededor de la bandera de lo Divino. un sargento. Entre éstos. habían abandonado el campo de batalla y en poco tiempo. antes de la noche. Estaban exhaustos. volvían a la plaza voceando imprecaciones y vivas en ronda veloz y sin rumbo. las puertas. la bandera sagrada que volvían a llevar a Canudos había desaparecido en la lejanía. lentamente.de los asaltantes sin errar un solo tiro. Lo asustaba su propia victoria. Había incendios en varios si­ tios. Por todo esto. La travesía hacia Juázeiro se hizo a marchas forzadas. distribuía cartuchos tirándolos a manos llenas por sobre la cerca. Y cuando llegaron los expedicionarios. Y en esos giros. El médico de la fuerza había enloquecido. decenas de sertanejos — ciento cincuenta— según el parte oficial del combate. antes de un reencuentro. ávidamente sacados de los cajones abiertos a hachazos. lisiados. renunció a proseguir la empresa. fueron abandonando la acción y dispersándose por las cercanías. las calles y la plaza donde brillaba el sol. La resolvieron en seguida. sin episodios dignos de destacar y sin vislumbrarse un solo movimiento táctico. hasta que cayó muerto sobre el lecho en que había dormido y no había tenido tiempo de abandonar. .

Febrónio de Brito. más 100 plazas y 3 oficiales de la fuerza estatal140. Falto de recursos y enfrentando todo tipo de dificultades. Todo este aparato era justificable. Así fue que la segunda expedición se organizó sin un plan fijo. en Queimadas. pensando que la empresa era insuperable. en ese agitar estéril. que reducía la agitación sertaneja a un desorden vulgar que debían manejar las diligencias policiales. Y las líneas del telégrafo transmitieron al país entero. el jefe de la nueva expedición al frente de 243 plazas jornalizados. Llegaban informaciones alarmantes. de allí salió solamente en diciembre para Monte Santo. Se preparaban todos los hombres válidos para el combate. a veces desalentado. salió el 25 de noviembre hacia Queimadas. aunque los telégrafos vibraban desde los sertones hacia el Brasil entero y permanecía expectante.daron las locomotoras encendidas en la estación. agravadas por los inconfesables intereses de una falsa política sobre la cual nos dispensamos de hablar. se contra­ ponía aquél. Sin embargo. a veces lleno de esperanzas en alcanzar el fin propuesto. sin responsabilidades definidas. Así constituida. Simultáneamente. bajo el comando de un mayor del 9? batallón de infantería. Al principio se compuso de 100 plazas y 8 oficiales de línea. Al optimismo de éste. . Todas estas informaciones se mezclaban con innumerables versiones contradictorias. considerándola más seria y capaz de determinar verdaderas operaciones de guerra. al tiempo en que le enviaban de Bahía un refuerzo de 100 plazas. que día a día realzaban la gravedad de las cosas. el comandante del distrito requería al gobierno fe­ deral 4 ametralladoras Nordenfeldt. más 250 soldados: 100 del 269 batallón de Aracaju y 150 del 33*? de Alagoas. . oscilando entre las disímiles informaciones. en el que tanto tiempo se perdió. a través de explicaciones recíprocas entre las dos autoridades independientes e iguales. 2 cañones Krupp de campaña. Esta expedición llevaba un plan de campaña. Aparte de las exagera­ ciones se podía colegir el gran número de rebeldes y los serios preparativos inherentes a la región salvaje en que vivían. ésta se preparó bajo la extemporánea disparidad de cri­ terios entre el jefe de la fuerza federal de Bahía y el gobernador del Estado*39. III PREPARATIVOS DE LA REACCION El revés de Uauá aseguraba la reacción. No nos detendremos en esas menudencias. el preludio de la guerra sertaneja. .

golpear a los insurrectos por partes y apretarlos en movimientos envolventes de fuerzas poco nu­ merosas y bien adiestradas. perturbándola con un espoleo insolente y formulando leyes para la guerra y ecuaciones para las batallas. tenían una organización militar correlativa * con vistas a la formación sistemática de tropas irre­ gulares que. hace cien años. invaden escandalosamente la ciencia. En un trance igual. liberadas de la morosidad de las grandes masas. No se desarrollaba en un plan fijado y permitía a los grupos dispersos luchar según las circuns­ tancias. Planeó atacar por dos puntos. reforzando y esclareciendo la acción de las tropas regulares. teniendo como centro unificador un objetivo prefijado. han de­ finido el papel de las florestas como agente táctico precioso. Estas. era un recurso inevitable para una guerra primitiva. Ese método fue pensado hace mucho.).El comandante del distrito había comprendido la situación. Pedro Nunes Tamarinho. Veamos. (N . Era un plan compatible con las circunstancias de la lucha: establecer ante todo un cerco a distancia. Imitando el sistema del africano y del indio. auxiliando. * Véase la Revista do Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro: “As instrugoes régias de 14 de fevreiro de 1775 ao Capitáo general das Urinas” . Se reirían los sabios feldmarechais * * — guerreros en cuyas manos cayó el frankisk heroico en trueque por la regla de cálculo— si oyesen a alguien que las caatingas pobres tienen una función más definida y grave que las grandes selvas vírgenes. * * Feld-marechais. . actua­ sen holgadamente dentro de lo intrincado de los montes y lo abrupto del suelo. de T . iban a adaptarse mejor a las escabrosidades del terreno y aunque el método combativo de los matutos era de lo más original — guerreaban marchando o fugando— no tendrían escapatoria en este círculo único. Atacarlos atrayéndolos hacia diferentes puntos y vencerlos. sin el embarazo de las unidades tácticas inalterables. en Europa. debíamos adoptarla. De ahí las hazañas que marcan nuestra historia en los siglos x v n y x v m y el sinnúmero de revueltas abatidas y quilombos disueltos por aquellos minúsculos ejércitos de capitanes del mato. Porque si 110 lo impusiera el jagungo lo imponía la naturaleza excepcional que lo defendía. los sertanistas los dominaban gracias a la misma norma que se traduce en una fórmula paradojal: dividir para fortalecer. mariscal de campo. dos columnas bajo la dirección general del coronel del 99 de infantería. Prácticos en las luchas sertanejas. en batallas feroces y sin nombre. haciendo avanzar hacia el objetivo único. de ofensiva y defensiva. LA GUERRA DE LAS CAATINGAS Los doctores en el arte de matar que actualmente. por nuestros patricios. Sin duda.

escalonadas a todo lo largo del camino. . impenetrables. observan alrededor. Pueden favorecer. Se cierran. doscientos ojos. Aceleradamente se forma una línea de tiradores. entran también en la lucha. en verano. Y el jagungo se vuelve el guerrillero thug. a pesar de su importancia para la defensa del territorio — cerrando las fronteras y debilitando el embate de las invasiones. Porque si los enfrentaran adversarios impru­ dentes serían barridos en pocos minutos. Pero constantes. indiferentemente. una extraña ansiedad invade a los valientes más probados ante ese antagonista que no se ve. se entregan a conversaciones desenfadadas y risas joviales. Entonces. Y los tiros continúan. zumban los proyectiles de los tiradores invisibles golpeando de lleno en las filas. Son una variable en las fórmulas del tenebroso problema de la guerra. Cien. capaz de opuestos valores. agreden. inhallable. Por la canícula y por el desaliño natural de las marchas. En cierta manera. Un hálito de espanto recorre las filas de una a otra punta. La situación se agrava rápidamente exigiendo resoluciones enérgicas. . Pasan sobre la tropa en silbidos largos. . pero se abren en multitud de caminos para el matuto que allí nació y creció. Se destacan otras unidades combatientes. La fuerza de bayonetas caladas . dificultando por igual las maniobras o todos los movimientos que marca la estrategia. mal elegida de la masa de soldados apretujados en el estrecho camino. Carga contra duendes. impi­ diendo movilizaciones rápidas e imposibilitando la traslación de las ar­ tillerías— se comportan de cierta manera neutra en el curso de las cam­ pañas. por el frente ahora. Se su­ ceden. Mientras que las caatingas son un aliado incorruptible del sertanejo rebelde. cercano. otras. Sigue por los caminos sinuosos. De pronto. por un flanco. Es la primera sorpresa. Nada los puede asustar. una columna en marcha no se sorprende. estalla. lo amparan. pausadas. Nada ven. ante el forastero. Se arman para el combate. por la izquierda por la derecha. . ofre­ ciendo a ambos la misma penumbra para las emboscadas. esporádicos pero insistentes. Se oye una voz de mando y un torbellino de balas rueda estrepi­ tosamente por los ramajes. muerto. .Porque éstas. por todas partes. a los dos beligerantes. mil ojos escrutadores se vuelven impacientes. . largamente distanciados. . La bala pasa rechinante o deja tendido. prontas a la primera voz y el comandante resuelve cargar contra el desconocido. Las caatingas no sólo lo esconden. Al avistarlos. a un hombre. Entonces marchan tranquilos y he­ roicos. . un tiro. Y los soldados no piensan en el enemigo. Las ramas se volverían astillas en un breve choque de espadas y no es creíble que los secos arbustos impidan las maniobras prontas.

se encaminan por las veredas de los ranchos ignotos. las ropas hechas tiras. veinte hombres a lo máximo. . seguros. Siguen refuerzos. . está torturado por el imperio angustioso del enemigo desconocido y la expectativa atroz de los asaltos imprevistos. La fuerza marcha ahora con más cautela. en silencio entre los arbustos ralos. Las secciones se precipitan hacia los puntos donde estallan las balas y se encuentran con una barrera flexible pero impenetrable de juremas. que les quitan las armas de las manos. en una indisciplina de fuego que provoca víctimas entre sus propios compañeros. cansados. abrazados. imprecan y desatan su rabia en agitaciones furiosas e inútiles. sin puntería. pinchados por las espinas. El ánimo de los combatientes. Observan a la tropa. Brilla por momentos entre los rayos del sol cernidos por los ramajes sin hojas y se dispersa golpeando contra troncos de Xique-xique. unidos. No pueden traspasarlos. . . Los mismos trances se reproducen. Las secciones vuelven a la columna después de inútiles exploraciones por el matorral. Los soldados andan al azar por un laberinto de ramas. Pasan unos minutos. cinco. por los flancos los protegen compañías dispersas. La tropa se reorganiza. Impotentes se detienen. a doscientos metros del . mal reprimiendo el dolor infernal de las hojas urticantes. Se enredan en los cipos que los engrillan.irrumpe impetuosamente contra el matorral seco. fulmi­ nantes. Se agrupan en el camino. Se deslizan rápidos. circundándolos. rítmicos. se aleja. La marcha se reanuda. . Los rodean. Tiran al azar. mientras en torno. desaparece. Se ve como un rastro de arbustos quemados. El comandante trata de resguardarlos. Una línea de bayonetas enfila por los restos secos. a lo lejos. Finalmente. La columna de a dos en fondo camina coloreando el ceniza del paisaje con los uniformes azu­ les listados de rojo y el brillo intenso de las bayonetas. las armas en desaliño o perdidas. El enemigo que nadie vio desaparece. desde las matas dispersas. Caen enlazados por las cintas corredizas de los quipás reptantes o se traban las piernas entre fuertes tentáculos. bien apuntados. como falanges intrasponibles de espinas. Y en ese momento des­ cubren al formidable adversario que es la caatinga. caen inflexiblemente los pro­ yectiles del adversario. estropeados. sopesando las espingardas todavía calientes. diez. el orden disperso del combate se con­ vierte en la dispersión del tumulto. La columna se alarga. . terribles. En el lugar de la refriega aparecen. caminando en silencio. acreciendo la con­ fusión y el desorden. Y vuelven como si saliesen del encuentro mano a mano con los salvajes. De repente cesan. Se debaten desesperadamente hasta dejar entre las garras felinas de las macambiras pedazos de sus ropas.

Felizmente. y trasponiendo veloz­ mente las laderas desaparece. La tropa reanuda su marcha con algunos plazas menos. sangrado por el enemigo que lo ataca y huye. Finalmente cesan. Esta vez. seguros. . y el . cuesta arriba. las armas fulgurantes. retrocede hacia la retaguardia. un choque convulsivo la detiene de súbito. esa flora agresiva se muestra cariñosa y amiga con el sertanejo. como hechos por un tirador solitario. continúan lentos. Pero los ecos numerosos la vuelven variable y los tiros no descubiertos. después un torso de atleta. La lucha es desigual. algunos cactos. los tiros parten. temerarios. Lentamente marchan detrás las brigadas. ya está toda la vanguardia. Y cuando el sertón hierve en el bochorno de los estíos. escasas gramíneas. Sigue su camino por los páramos. . rudo y vestido de cuero. ramas secas de umbuzeiros blanquean por la sequía. y como antes. El ejército tiene en su propia fuerza su propia flaqueza. Vuelven exhaustos. vence al pánico. De ahí en más. en la última ondulación del suelo. Mientras el minotauro. Los soldados esparcidos por las cumbres exploran inútilmente. Abajo. Estas siguen.frente de la columna. como un torrente oscuro que trasuda rayos. heridas por el sol. más allá de la vanguardia. queriendo huir ante el desierto estéril y amenazador. cuando se encuentran los últimos hilos de agua en el lodo de las ipueiras y en las últimas hojas amarillentas en las ramas de las baraúnas. las barrancas están limpias. Resuena una bala. Y cuando las últimas armas desaparecen. sale de un montón de rocas — cariátide siniestra en ruinas ciclópeas— el rostro bronceado y duro. Y un estremecimiento. Vibran los clarines. Por allí descienden los guardianes de la vanguardia. en instantes. lenta­ mente. siente la garganta seca de sed y ante los primeros síntomas de hambre. rastreando la dirección de los estampidos. La vencen el hombre y la tierra. La disciplina contiene las filas. Los siguen los primeros batallones. de un solo punto. impo­ tente y fuerte. en las épocas indecisas entre la sequía y el florecimiento. desde lo alto. hasta los viejos luchadores sienten mie­ do como niños. La fuerza militar decae. inerme con su envergadura de acero y caños de bayo­ netas. atormentado por las celadas. porque el humo no se condensa en aquellos aires ardientes. a lo lejos. Es entonces. una sección se destaca y va. los guía un escuadrón de plazas escogidos. no es difícil prever a quién le tocará la victoria. A cada vuelta del camino se estremecen. el trágico cazador de bri­ gadas. serpenteando en las vueltas del estrecho valle. Por la agreste cuesta les cierra el paso una quebrada que es preciso trasponer. lentos.

El mismo misticismo. permitía recordar aquel legendario rincón de la Bretaña . le basta con partir y encender una rama verde de candombá y agitarla por los caminos. estos últimos le dan cobertura para el rancho provisorio. Canudos era nuestra Vendée. los rincones del inmenso hogar sin techo. y la misma natura­ leza adversa. como quien conoce. la mari elegante. Es un titán bronceado que hace vacilar la marcha de los ejércitos. copia más amplia de otras que han aparecido en todo el Norte. los mandacarus tallados a facón o las hojas de los juás sustentan a su caballo. Está rodeado de relaciones antiguas. A pesar de los defectos de la confrontación. . Toda la naturaleza proteje al sertanejo. palmo a palmo. el ouricuri verde. las palmatorias desnudas en combustión rápida de sus numerosas espinas. crecieron her­ manados. asimismo. Y si es necesario avanzar a despecho de la noche. IV AUTONOMIA DUDOSA Iba a demostrarlo la campaña emergente. Lo talla como un Anteo indo­ mable 241. espantando a las suguaranas deslum­ bradas con antorcha fulgurante. Las medidas planeadas por el General Sólon mostraban una exacta previsión de sucesos semejantes. que los refu­ gios escaseen. Nacieron juntos. permitiendo aquilatar de antemano las dificultades. . lo alimentaban hasta el hartazgo. a través de las mismas dificultades. . génesis de la misma aspiración política. en la lucha excepcional para la cual ningún Jomini2 4 2 delineara reglas. y la mirada ahogada en la oscuridad. Conoce a cada uno. las mismas osadías servidas por las mismas astucias. la quixába de frutos pequeñitos. los caroás fibrosos le dan cuerdas flexibles y resistentes. . apenas descubre la fosfo­ rescencia azulada de las cumanás. el araticum. firme en la ruta. colgando de las ramas como guirnal­ das fantásticas. El umbu le da la escasa sombra de sus últimas hojas. que se extingan los pozos de agua y en las bajadas desa­ parezcan los abrigos transitorios donde hacen sus siestas los vaqueros fatigados. porque invertía hasta los preceptos más comunes del arte militar. que aquél continúa feliz en sus largas travesías.forastero se asusta y huye ante el flagelo inminente. Todos aquellos árboles son sus viejos compañeros. . por los desvíos de los caminos. No le importa que la jornada se alargue. socios de los mismos días tranquilos. . El chouan y los desiertos la emparejan bien con el jagungo y las caatingas. luchando con las mismas negruras.

No se miró la enseñanza histórica. les competía. El gobierno estatal. del Río Grande al Amazonas. Además. imitando la misma fugacidad de los nati­ vos. milagrosamente erguida por los exégetas constitucionales. podía ser núcleo de una conflagración en todo el interior norteño. El ambiente moral de los sertones favorecía el contagio y la expansión de la neurosis. había toda una sociedad de retar­ datarios. pues las medidas tomadas por el comandante del distrito significan más prevención que recelo” y agregaba "no es tan numeroso el grupo de Antonio Conselheiro. justificaba naturalmente. no ya a Bahía. Resultaba tardío hablar de la soberanía pisoteada por los turbulentos impunes. la intervención que al mismo tiempo quería encubrir. cerró la controversia levantanto el espantajo de una amenaza a la soberanía del Estado 2 4 4 y repeliendo la intervención que significaba su incompetencia para mantener el orden en sus propios dominios. nadie se ilusionaba ante la situación sertaneja. Para resguardarla mejor fue removido de Bahía el jefe de la fuerza militar que había actuado de manera rectilínea. sino al país entero. . todavía local. del extremo norte al extremo sur. Pero sobre las banderas venidas de todos los puntos. poco numerosas pero veloces. hasta encerrarlos en un círculo de dieciséis campos atrincherados. superado el orden policial. la columna del mayor Febrónio — hasta entonces osci­ . va poco más allá de los quinientos hombres”. "las columnas infernales” del General Turreau 243. sólo cedió ante las divisiones volantes de un general sin fama. Es que se creía preestablecida la victoria inevitable sobre la insig­ nificante rebeldía sertaneja. después de hacer retroceder ejércitos destinados a un paseo militar por toda Europa. Fue lo que sucedió. Lo contradecía el jefe militar al entender que la represión legal y el prendimiento de los criminales. se mantuvo siempre. Se olvidaba de que en un documento público se había confesado desarmado para vencer la revuelta y que al apelar a los recursos de la Unión. moviéndose dentro del elástico artículo 6? de la Constitución del 24 de febrero.donde una revuelta. El desorden. Y sólo después de esto. además de "extirpar el móvil de descomposición moral que se observara en la aldea de Canudos en manifiesto desprestigio para la autoridad y las instituciones” agregando que la fuerza federal debería seguir forta­ leciéndose para evitar la contingencia de "retiradas perjudiciales e inde­ corosas”. Toda la nación intervino. Por sobre el desequilibrado que la dirigía. la soberanía del estado. De modo que la inter­ vención federal se atenía al significado superior de los principios federa­ tivos: era la colaboración de los estados en una cuestión que interesaba. según la ley. . El gobierno bahiano afirmó "son más que suficientes las medidas to­ madas para derrotar y extinguir al grupo de fanáticos y no hay necesi­ dad de reforzar la fuerza federal para tal diligencia.

En un radio de tres leguas alrededor de Canudos se hizo el desierto. Se había perdido el tiempo estérilmente.lando entre Monte Santo y Queimadas y objetivando en sus contramar­ chas las vacilaciones del gobierno— siguió reforzada por la tropa policial y adscrita a las deliberaciones del gobierno bahiano. mientras el adversario lo había aprovechado preparándose para un desquite enérgico. Estaba pronto el escena­ rio donde se desarrollaría un emocionante drama de nuestra historia. aislando a la aldea en un gran círculo desolado de ruinas. Hacia todos los rumbos y por todos los caminos y en todos los lugares. . los escom­ bros carbonizados de los establecimientos rurales resaltaban.

se encuentra una región incomparablemente vivaz. A esos requisitos se unieron otros. V I — Procesión de parihuelas. gracias al enfriamiento de la ascensión repentina por las laderas de las serranías. La Legio Fulminata de Joño Abade. IV. Primer encuentro. no dijimos que al crearlo. en un radio de algunos kilómetros. III. mientras alrededor se extienden desoladas áreas. permitía rápidas comunicaciones con el litoral. hacia donde caen los morros. el estoico Anchieta del Nor­ te 2 4 5 había aquilatado las condiciones privilegiadas del lugar.— Monte Santo.TRAVESIA DEL CAMBAIO I. El río de Cariacá. se advierten rudimentos de florestas. más secos. originando un régimen climatológico más soportable. con la esterilidad ambiente. Era el que se adelantaba más en dirección al objetivo de la campaña y además.— El cambaio. La elevación de rocas primitivas que se levantan a los lados. I MONTE SANTO El día 29 de diciembre entraron los expedicionarios en Monte Santo. La recortan pequeños cursos de agua resistentes a las sequías. cortándose en arroyos reducidos e imperceptibles hilos que se deslizan entre las piedras. al norte y al este. . De manera que. Sin embargo. En marcha hacia Canudos. le pone reparos a los vientos regulares que hasta allí llegan y se vuelve condensador admirable de los escasos vapores que todavía los impreg­ nan. El poblado de Fray Apolónio de Todi. Episodio dramático. con sus tributarios minúsculos. los vientos después de la travesía. y per­ miten a los habitantes resistir el flagelo. por intermedio de la estación de Queimadas. no se agota completa­ mente durante las sequías más grandes. Nuevo milagro de An­ tonio Conselheiro. a dos pasos de los sertones estériles hacia donde ruedan. V — Retirada. Por las bajadas. iba a volverse célebre como base de las operaciones de todas las arremetidas contra Canudos. se fracciona. variando las caatingas en montes de verdor. Triunfos anticipados. Caen entonces en lluvias casi regulares. El poblado — erecto al pie de la serranía— contrasta. Segundo encuentro. Los vimos en las páginas anteriores referidas a la génesis. I I — Incomprensión de la campaña.— En los Tabuleirinhos. aunque efímeros como los otros de las cercanías. Deriva de su situación topográfica. a partir de esa fecha. aislado. partiendo de Monte Santo. Baluartes sini caldi linimenti.

nunca brilló con acontecimientos de mayor monta. Y hoy. continuaron otras. en los cuales. La vertiente oriental cae. más interesantes. desde hace mucho. rectilínea. La sierra de cuarzo. el antiguo nombre de la sierra — Piquaragá— se lee siempre como demarcación de un paraje bendito en aquellos terrenos amargos. hecha con cuarzo blan­ quísimo. sea para los soldados de estos tiempos. coleando. el lugar se convertía en escala transitoria y breve. en su atrevida ruta "desde el río Real hacia las sierras de Jacobina por el río Itapicuru arriba. Quedó perdida en el sertón la serranía misterio­ sa donde muchos imaginaban. Allí había parado el padre de Robério Dias. a unas dos leguas desde las cercanías de Quirinquinquá. habían pasado por allí guiados por otros designios. en caracol. Y alrededor de esa entrada. todavía. Lanza. la vía sacra de los sertones. un sitio sereno. el que sigue por el camino de Queimadas. Pasaron los tiempos. al pie de la ensoberbecida montaña. iniciada en la plaza. la línea de las cumbres. La religiosidad ingenua de los matutos talló en ella. vuelve los ojos deslumbrados al levante y cree que el aire caliente y la fascinación de la luz le pre­ sentan allá. por las laderas sucesivas. orientadas por los aventureros confundidos. como una muralla. No surgía por primera vez en la historia. Belchior Moreia. otros expedicionarios. hasta que Apolónio de Todi la transformó en templo majestuoso y rudo. pero teniendo todos la afinidad de los mismos rencores y de las mismas reaccio­ nes violentas. no deja de ser interesante su función histórica. en miles de escalones. crecida por la depresión de las tierras vecinas. la más bella de sus calles. por ventura más temerarios y con seguridad. Mucho antes de los que ahora lo busca­ ron. un pano­ rama perturbador y grandioso. acompañando las huellas de Moreia. se levanta a los lejos. Pero.Es natural que Monte Santo sea. humilde. buscando los sertones de Magacará”. tal vez. al divisarla. aquella calle . entre el firmamento claro y las planicies amplias. predilecto de los que se aventuran por el sertón bravio. sea para los bandeirantes del siglo xvn. Por ella hasta el vértice se prolonga. que se detuvo por muchos días en la montaña donde marcas indescifrables denotaban el paso de antecesores igualmente audaces. de algún modo centralizó la primera actividad en torno de las legendarias "Minas de Plata” desde las exploraciones inútiles del Muribeca que hasta ahí llegó y no siguió adelante "con poco efecto y poca diligencia”. sobre la villa. Esta se recuesta. diferenciados por búsquedas opuestas y separados por tres siglos. hasta el tenaz Pedro Barbosa Leal. a pique. Con todo. tan propia de las arquitecturas monumentales de la Tierra. se detiene. Por eso. por la que han pasado multitudes sin cuento en un siglo de romerías. entre los devastadores de los sertones. la sede de El Dorado apetecido. rastreando un suelo erizado de cactos y piedras.

como puntilleando el espacio. El poblado triste y decadente muestra el mismo abandono. Nada recuer­ da el encanto de las aldeas clásicas. una en bajada desde las laderas. cada vez menores. rodeado de cabañas. Algunas deben de tener cien años. atravesando un esbozo de desierto donde agoniza una flora de gravetos — arbustos cuyos gajos retratan contorsiones de espasmos. desconocida por la historia. El que sigue por el camino de Queimadas.blanca. . a un lado. Parece de menor altura. las copian línea a línea. bromelias abriéndose en floración sanguinolenta— avanza rápidamente. en declive. subiendo al principio en rampa vertical. Las capillitas. De este modo. Monte Santo se resume en ese camino. contra la sierra. arraigada a la piedra. De cerca. subiendo siempre. la pequeña iglesia. larga — de más de dos kilómetros— como si construyera su subida al cielo. Esta ilusión es impresionante. de tierra y guija­ rros. . Las más nuevas. Las casas viejas unidas unas contra otras. Menos que villa oscura. Monte Santo surge sin gracia dentro de una naturaleza que le crea alrededor — como un paréntesis en el áspero sertón— una situación apacible y sonriente. y sobresaliendo. como los de una enorme escalinata en ruinas. . otras golpeando. un edificio único que haría más tarde de cuartel general. de piedra. tiene de cerca una flora de vivacidad inexplicable. En el centro. allá en lo alto. sin salida. . Llega. con la ansiedad del paraje que lo arrebata. derivando después en vueltas. La campaña incipiente iba a agravar su aspecto. tan blancas a lo lejos. otras hacia el campo. y al otro el único ornamento de la villa: tamarindo quizá secular. cardos agarrados a las piedras a mane­ ra de tentáculos. y no sofrena una dolorosa decepción. siguiendo los accidentes del suelo. Se ven las capillitas blancas. son exiguas y oscuras. entre paredes de barro. ésta pierde parte de su encanto. erectas sobre los despeñaderos. . se achica en escalones tortuosos. la transforma en un gran cuartel agazapado. el eterno barracón de feria tiene. El camino va hasta la plaza. y la entrada ciclópea de los muros laterales. En torno de las casas bajas y viejas. brotando de las grietas quietas de los estratos y viviendo solo de las reacciones maravillosas de la luz. rectangular. perdiéndose en las alturas. Allí desembocan pequeñas calles. el desaliento de una raza que muere. nacen viejas. El perfil regular que ofrece a distancia. diluidas poco a poco en el azul purísimo de los aires hasta la última. tienen todas la misma forma — techos deprimidos sobre cuatro muros de barro— ese estilo brutal­ mente chato al que eran tan aficionados los primitivos colonizadores.

la feria más ani­ mada. Menos de una brigada. el 26*? y el 33?. y el vibrar de los clarines. Otros se quedaban allí. e iban a observar por largo tiempo. En la alegría de los festejos. contemplando todo aquello con ironía cruel. como las voces de mando. en busca de la caatinga. y los vivas entusiastas retumbando en las paredes. golpeando por las calles. . el 99. hacia la aldea sagrada. los rezos ahogados de los fieles arrodillados. los vaqueros amarraban su caballo a la sombra del tamarindo. las piezas de artillería de las que tanto habían oído hablar y nunca había visto. su victoria era fatal. Patria. yendo a Canudos. En el banquete. más el ornamento supletorio de los vivos colores de los uniformes y el brillo de las armas. transidos de miedo. espiando. inda­ gando. La primera expedición regular contra Canudos. Nadie los observaba. La misión más concurrida. esa singular elocuencia del soldado. se estremecían dentor de sus ropas de cuero al considerar las armas portentosas de la civilización. preparado en la mejor vivienda. . Y aquellos titanes. y en las que las palabras mágicas: Gloria. ciertos del preludio hilarante de un drama espantoso. Era una masa heterogénea de tres batallones. las ruedas de los cañones Krupp. penetraban en las casas y turbaban. Todo eso significaba una estupenda novedad. hecha de frases golpeantes y breves. nunca tuvieron tal brillo. encubiertos. con más de doscientas plazas de poli­ cía y una pequeña división de artillería. Se largaban después de la villa. contando el número de soldados. rodando por las . . Algunos volvían a toda brida hacia el norte. 14 oficiales y 3 médicos. Y la risa de los soldados y el estrépito de las botas. El pobre lugarejo se engalanó con banderas y ramajes. tanto más expresiva cuanto más ruda. Libertad. observando. al mismo tiempo se lucía el más simple y emocionante género de oratoria. dichás en todos los tonos. rápidos. dos cañones Krupp de 7 y Vz y dos ametralladoras Nordenfeldt. capaces de desmoronar las montañas y abatir con un solo tiro. no se distinguían los emisarios solitarios de Antonio Conselheiro.TRIUNFOS ANTICIPADOS Allí acontonaron los 543 plazas. . son la única materia prima de los párrafos retumbantes. El profeta no podía equivocarse. la elocuencia mili­ tar. curtidos por los duros climas. más fuerte que el de mil carabinas. los invasores no verían siquiera las torres de las iglesias sacrosantas. poco más de un batallón completo. Los rebeldes serían destruidos a sangre y fuego. allá adentro. Llegados del camino fatigoso. las autoridades recibieron a los soldados en son de triunfo antes de la batalla. el sertón entero. después de pasar sorprendidos por las calles repletas de soldados. examinando todo el aparato de guerra y desapareciendo después. Se encendían recónditos altares. en la plaza. Merced al optimismo oficial. Como las ruedas de los carros de Shiva 246. Y fue un día de fiesta. Lo había dicho.

Se detenían en los pasos.amplias planicies. grupos ruidosos andaban por la plaza. al caer la noche. Era la convicción general. El ejemplo sería dado. los criminales retar­ datarios. para retomar fuerzas. Aparte de eso. observaban los alrededores. invadida por el contagio de esta creencia espontánea. la preocupación de la derrota. a su vez. Ahora bien. Por la tarde. y la alegría ruidosa y vibrante de los oficiales y de los soldados. Allí estaba el sertón. La historia militar está hecha de contrastes singu­ lares. Lo decía la despreo­ cupación feliz de toda la población. Era necesario que salieran finalmente de la barbarie con que escandalizaban a nuestro tiempo y entraran a la civilización a golpes. Una opresión asaltaba a los más tímidos. Decididamente. Atraídos por la novedad de un exótico panorama. aunque sea paradojal. se desparramaban por las callejuelas y por las cercanías. la seguridad de los aparatos militares y toda la grandeza de un arte sombrío que pone . la campaña empezaba con buenos auspicios. la tropa. a dos pasos del sertón repleto de emboscadas. pero pronto desaparecía. . otros subían la montaña por la sinuosa ladera orlada de capillitas blancas. De antemano se afirmaba la derrota de los fanáticos. II INCOMPRENSION DE LA CAMPAÑA Fue un mal. y toda esa fiesta -—allí— en vísperas del combate. examinaban los registros y estampas que pendían de las paredes y los toscos altares. En lo alto de la Santa Cruz. Pero la oscurecen todos los estigmas del bandidismo original. . los habitan­ tes preestablecieron el triunfo. Volvían tranquilos a la villa donde ya se encendían las primeras luces. de los preceptos de la táctica. En su modo actual es una organización técnica superior. la guerra es una cosa monstruosa y totalmente iló­ gica. Curiosos. sacudidos por el soplo fuerte del nordeste. Por encima del rigorismo de la estrategia. compartió las esperanzas. Monte Santo les anticipaba las honras de la victoria. requerían un correctivo enérgico. Los rudos impenitentes. Y subían. Bajo la sugestión de un aparato bélico y de una parada. que tenían la gravísima culpa de un apego estúpido a las más antiguas tradiciones. Era necesario dar un gran ejemplo y una lección. Está en ella el mejor estímulo de los que vencen. en los hechos guerreros entra como elemento. dejarían surcos sanguinolentos.

Tuvo la intención de hacer una arremetida fulminante. todavía. La certeza de la victoria las de­ prime. eran razonable aceptar un promedio. llegaban constantes informaciones sobre el número de recursos de los fanáticos. permanecen intactas todas las brutalidades del hombre primitivo. iba a vencer. Analicemos el caso. No se hizo esto. A la aventura de un plan temerario.en la frialdad de una fórmula matemática la destrucción de un schrapnell2 4 7 y subordina a parábolas inviolables el curso violento de las balas. la expedición partió aún peor aparejada que cuando ahí llegó. La certeza del peligro las estimula. como se verificó después. las vis a tergo de los combates. muchos de los cuales. Después de tantos días perdidos y en tales . la expedición. Pero esto no se realizó. Todavía más. Los inconvenientes de una pausa prolongada se justificarían si se hubiesen adquirido algunas ventajas. Se ganaría en fuerza lo perdido en velocidad. se esbozaba la hipótesis de una traición. resumido en una embestida y en un asalto. al avanzar. Había influyentes caudillos locales cuyas viejas relaciones con el Conselheiro sugerían vehementemen­ te la presunción de que lo estuvieran auxiliando a escondidas. Además. haciendo venir de Queimadas el resto de los equipos de guerra. Por las dificultades habidas. se sabía que la tropa. La certeza del triunfo la inmo­ vilizó durante quince días en Monte Santo. El comandante expedicionario había deiado en Queimadas gran parte de las municiones para no postergar ñor más tiem­ po la marcha e impedir que el enemigo se rebusíeciera aún más. en el susurrar de cautelosas denuncias y malhadados avisos. según la opinión de todo el mundo. se hubiese aprovechado el tiempo para reunir mejores elementos. ponderando mejor la seriedad de las cosas. contrariando el modo de ver de los propagandistas de una victoria fácil. proveyén­ dolo de recursos e instruyéndolo en los menores movimiento de la expe­ dición. Y éstas son. quince días antes. estaban dentro de la villa dándose codo con codo con los expedicionarios. Se hizo lo contrario: después de larga inactividad en Monte Santo. entre las cuales abultaba una casi completa carencia de ele­ mentos de transporte. La conciencia del peligro determinaría una movilización rápida y un atropellar sorpresivo contra el adversario. lo sustituiría una operación más lenta y segura. Esta solamente se justificaría sí. había resuelto ir Taradamente al escondriio de los rebeldes llevando apenas la munición que los soldados pudiesen cargar en sus mochilas. En el dislate de las opiniones. Mientras tanto. entre las que llevaban a aquéllos a un máximo de quinientos y las que afirmaban el mínimo en por lo menos cinco mil. sería precedida y acompañada por los espías expertos del enemigo. aban­ donando todavía parte de los restos de un tren de guerra muy reducido. Ahora bien. De modo que la partida rápida de una localidad condenó a la demora inconsecuente en la otra.

una caza de hombres. seguía como si. nuestra bravura impulsiva. digamos con mayor acierto. La derrota era inevitable.circunstancias. Lo revela la orden del día para organizar las fuerzas atacantes. No había ni siquiera la posibilidad de hacer un com­ bate en el sentido estricto del término. denunciando la más com­ pleta ignorancia de la guerra. Nada más. A medida que se eproximaba al enemigo se desarmaba. Porque a tales deslices se agregaron otros. pobre de recursos en Queimadas y paupérrima de recursos en Monte Santo. fuera a abastecerse en Canudos. sobre las maniobras de las unidades combatientes y ni una palabra sobre los inevitables asaltos repentinos. Abandonando de nuevo parte de las municiones. dispersos en el seno de la naturaleza protectora. cualquier organiza­ ción militar debe reflejar algo del temperamento nacional. teníamos la esgrima peligrosa con los guerrilleros esquivos cuya fuerza estaba en su propia flaqueza. refuerzo y apoyo. Según el axacto concepto de Von der Goltz 248. Entre la tác­ tica prusiana donde todo es precisión mecánica y la nerviosa táctica latina donde todo es el arrojo caballeresco de la espada. alcanzar la aldea significaría establecer un com­ bate preliminar en el camino. . Eran por igual inútiles las cargas y las descargas. Escueta como una orden cualquiera que distribuye contingentes. en un ir y venir de avances y retrocesos. el jefe expedicionario. reedi­ tando el caso de Uauá. iba a reducirse a ataques feroces. de acuerdo con las características del enemigo y del terreno. una sorpresa era inadmisible. en la fuga sistemática. dividido en tres columnas. aparte de ese subordinarse a unos cuantos moldes rígidos de viejos dictámenes clásicos de guerra. Pero estos eran inadaptables para el momento. teniendo como único amparo para la debilidad armada. la partida de la base de operaciones del modo como se hizo fue un error de oficio. como si llevase un pequeño cuerpo de ejército hacia algún campo devastado de Bélgica. La lucha. a instantáneos encuentros en los que es absurdo pensar que pudieran desarrollarse las fases principales de un combate. a súbitas refriegas. de modo que. En Canudos sabrían la ruta escogida para la línea de operaciones con anticipación suficiente como para que se fortificasen en los trechos más difíciles. parecía disponerlo de antemano para encuentros en los que podría entrar repartido en tiradores. a esperas astutas. Nada sobre la distribución de las uni­ dades. Contra tales antagonistas y en un terreno de tal clase. una batida brutal contra la cueva mons­ truosa de Canudos. Adscrito a unos rudimentos de táctica prusiana trasplantados a nuestras ordenanzas. La expedición marchaba hacia su objetivo como si volviese de una campaña. no había la mínima posibilidad de extender una línea de combate. Así. Se enfrentaba con lo desconocido al azar. no puede rastrearse en ella la más fugaz indicación sobre las formaciones.

la del reposo. hombres inermes cargando armas magníficas. . nuestro soldado. evitaba el pánico y per­ mitía un desahogo. única capaz de amortecer las causas del fracaso. actuando como un autómata según la vibración de los clarines. Nada se deliberó en cuanto a condiciones tan imperiosas. las diversas unidades debían seguir con el máximo distanciamiento. vuelto un montón de huesos amarrados por un montón de músculos. que es valiente frente al enemigo. rodeado por una naturaleza salvaje y pobre. sacudidas por el mismo espanto. debía reposar en alineación de batalla. del único modo como ésta podía alcanzarse. Por mecanizado que quede el sol­ dado por la disciplina. y de conseguir finalmente. como suma de sucesivos ataques. Así. siguiéndolo paralelamente. sin aparecer. la victoria. Surcando caminos des­ conocidos. o a verlo aparecer dentro de sus propias filas soprendidas. Este dispositivo. se imponía un gran fraccionamiento de las columnas. Y en la marcha por los sertones. El coman­ dante se limitó a formar tres columnas y a ir hacia adelante. sin arbitrio. en estas circuns­ tancias anormales es un peligro. Aunque la dirección de los variados movimientos escapase a la autoridad de un comando único. por la certeza de un rápido auxilio de las fuerzas que quedaban fuera de la acción del enemigo. tendiendo a ser un siniestro ideal de homúnculo. de crear mejores recursos de reacción. ellas despiertan a cada instante. la de la marcha y la del combate. sin tempera­ mento.entre los dos extremos de fuego que lo inician hasta el epílogo delirante de las cargas de bayoneta. se desordenaban. Un jefe militar debe tener algo de psicólogo. sustituida por la iniciativa más eficaz de los comandantes de las pequeñas unidades. Casi siempre las secciones se embaru­ llaban. Era natural que estas coyunturas inevitables fueran previstas. Era parodiar la norma guerrera del enemigo. si un tiroteo en la vanguardia en una campaña. en trazados más firmes y opo­ niéndole la misma dispersión. se constituye en una advertencia saludable para el resto de la columna. poniendo ante la astucia sutil de los jaguncos la perezosa potencia de sus tres com­ pactas falanges. incluso completamente aisladas. se acobarda y se llena de temores siempre que aquél. además de levantarles el ánimo. sin nervios. Para atenuarlas. En ella iban a surgir tumultuosamente confundidas todas las situaciones naturalmente distintas. energías inconscientes sobre palancas rígidas. de acuerdo con las circunstancias del momento. En función del hombre y de la tierra. las emociones de la guerra lo transfiguran. pronto a encontrar al enemigo en todas las vueltas de los caminos. en que se puede encontrar una fuerza en operaciones. aquella guerra debía impulsarse a galopes de mano de un estratega revolucionario e innovador. El ejército en marcha. de anular el efecto de repentinas emboscadas. se revela invisible en las emboscadas. tendiendo ins­ tintivamente a quedar en la retaguardia. actuando autó­ nomas.

Y la tropa. . Iban a dispersarse. sin sombras. que tenía sus condiciones de triunfo en la movilidad.En síntesis. La artillería les demoraba la marcha. a partir de la base de operaciones. EN MARCHA HACIA CANUDOS Fue en estas condiciones desfavorables que partieron el 12 de enero de 1897. Tenían hecho medio camino. que empeoraba. empiezan los accidentados contrafuertes de donde fluyen los tributarios efímeros del Bendegó. en Canudos. Partían unidas en columnas. Hechos algunos kilómetros. De ahí en adelante se curva hacia el este. poco a poco. sin abrigos. salvada de una posición muy difícil. a una altura de trescientos metros sobre el valle. debían ir apretando a los fanáticos. centralizaría los fuegos del enemigo. mientras los zapadores preparaban la calle abriéndola. las fuerzas dispersas en la marcha. . empieza a accidentarse. Ipueiras. parece una faja de tierras fértiles sombreadas por ver­ daderos montes. se perturba en rastros pedregosos y se vuelve casi impracticable a medida que se acerca al pie de la sierra del Acaru. . El campamento rodeado de piedras. repentinamente. hasta saltar el sitio llamado "Lajem de Dentro”. cayendo en grutas. que se articulan en una gran curva. la de Acaru. cruzando la serranía por tres laderas sucesivas. Traspuesta la "Lajem de Dentro” y la divisoria de las vertientes del Itapicuru y del Vaza-Barris. El desaguadero de captación de éste une las bases de tres sierras. la Grande y la del Atanásio. acampó. quedaba paralizada por la traba de esas maasas me­ tálicas. serpenteando morros. hacién­ dolos concentrarse en Canudos. Fue una temeridad. . Ascendían penosamente los Krupv. Tomaron por el camino del Cambaio. limpiándola o buscando desvíos que evi­ taran grandes declives. Es el más corto y el más accidentado. Al comienzo. La expedición entró por aquel valle hondo como en un cajón hasta que en otro sitio. dentro de la estructura maciza de las brigadas. . hasta Penedo. el camino baja. alzándose en rampas. Avanzaban pegadas por los ca­ minos. De modo que a la mañana siguiente la tropa prosiguió con rumbo firme al norte. Feliz­ mente no llegaron hasta ahí los jagungos. Se hizo siempre lo contrario 249. si éste apareciese en lo alto de los morros. Demoraron dos días en alcanzar este punto. prolongando el valle del Cariacá. Entonces la travesía se vuel­ ve más seria.

distinguiría. III EL CAMBAIO Las masas del Cambaio se amontonan al frente. Brasileiro. los zapadores hicieron calle para los cañones y la jornada se demoró por el paso tardo de la división que los guarnecía. dispuestas de manera caprichosa. rodeados de sombras. El aspecto de la lucha se agravaba en plena marcha. Los soldados durmieron armados. El cam­ pamento se alarmó. esa noche desaparecieron la mayor parte de los peones de carga contratados en Monte Santo. antes de haberse disparado un tiro. algunas hices vacilantes. recortadas en gargantas largas y circundantes. Habían distinguido. Estaban a dos leguas de Canudos. ori­ ginaron investigaciones que es impropio recordar ahora *. como estrellas rubias entre nubes. que hacen pensar en baluartes derruidos. comenzó a ser terriblemente torturada. Seguir hacia Canudos a pocas leguas de distancia. dos leguas después de Penedo. el comisario de esa aldea se largó del lugar v no volvió. Esto valía por un combate perdido. La imagen es perfecta. Señalaban las posiciones enemigas. * Ver el tomo 10 y otros de la Revista do Inst. a la noche. Se habían acabado los alimentos. . próximos. Restos de hogueras en las márgenes del camino y viviendas incendiadas daban se­ ñales del enemigo. Por la noche. de titanes. la expedición. Y bajo el pretexto de ir en busca de una remesa urgente de provisiones. Y al amanecer del 17. Condujo a las tropas de vanguardia hasta el "rancho das Pedras” donde acamparon. un observador que desde el campamento mirase hacia el norte. la máxima velocidad era indispensable. Alguien salvó la lealtad sertaneja: el guía Domingos Jesuíno. se mostraron imponentes. clavada en las montañas. Son comunes en ese trozo de sertón los aspectos originales de la tierra. como fosos. muy lejos todavía de su objetivo que solo podía alcanzarse en tres días de marcha. Para completar el cuadro. era la salvación. muy altas. Deben de haber salido de la fantasía de los matutos y completadas por las indagaciones de hombres estudiosos. los bultos fugaces de los espías. tal vez. ya eran evidentes. Era luchar por la vida. Al aclarar. Mientras tanto. Fueron abatidas las últimas vacas para quinientos y tantos combatientes. Hist. luciendo y extinguiéndose intermitentes. e Geog. En Mulungu. Las leyendas sobre "ciudades encantadas” en Bahía no tienen otro origen. o levantándose en escalones sucesivos.Hasta Mulungu.

y otras que aparecen por aquellos lugares dándole un rasgo misterioso a esos melancólicos paisajes. abultando a lo lejos. Por cierto. sin sacar las espuelas de los ijares del caballo en disparada. La tropa enfiló por ahí. Los binóculos recorrían inútilmente las rocas desiertas. esparcidos. el conjunto de la sierra da al observador la impresión de toparse con las barbacanas de antiquísimos castillos donde hubiesen golpeado otrora. . rom­ piéndose bajo el periódico embate de tormentas súbitas e insolaciones intensas. en bloques rimados. Los rayos del sol se reflejaban en las aristas de las lajas en pedazos dando la ilusión de movimientos febriles y fulgores vivos de armas. Porque aquellos reductos bárbaros eran peores. cerca del camino de Jeremoabo a Bom Conselho. capri­ chosamente repartidos. con el aspecto de grandes columnas derruidas.Y no se crea que la imaginación popular exageró engañando la expec­ tativa de los investigadores que por allí anduvieron. en alineamientos de rocas. BALUARTES SINE CALCII LIN IM E N T I2 5 0 La sierra del Cambaio es uno de esos rudos monumentos. El enemigo solo presentaba el rasgo amenazador de la tierra. medroso. Le ajusta. Surgen vastas necrópolis. deforme. Surge. numerosas fuerzas. Descrigóes práticas da Provincia da Bahía. El camino hacia Canudos no la contornea. Estaba acantonado. * Teniente coronel Durval de Aguiar. . se preparasen para el combate. imaginando allá adentro una población silenciosa y trágica de "almas de otro mundo” . Porque el Cambaio es una montaña en ruinas. reduciéndolos a mon­ tones de piedras en desorden y torres y pilastras truncadas. . semejantes a grandes ciudades muertas ante las cuales el matuto pasa. Los morros. . asaltos sobre asaltos hasta desmantelarlos. A veces esta ilusión se agranda. estallando en un desmoronamiento secular y lento. inmóviles. nadie le puede divisar geométricas líneas de parapetos cir­ cundados de fosos. a lo lejos. metidos en las quebraduras del terreno. Pegados al suelo. llevando el ansioso anhelo de sabias sociedades e institutos donde se debatió el interesante caso. Son de este tipo las "casitas” que se ven hacia el lado de Aracati. A la distancia. Fríos observadores que atravesaron el extraño valle del Vaza-Barris quedaron asombrados al enfrentar: "Sierras de piedra naturalmente sobrepuestas formando fortalezas y reductos inexpugnables con tal perfección que parecen obras de arte” *. como si en rápidas ma­ niobras. rectilínea. cuya estructura aparece en apó­ fisis punteagudos. A esa hora matinal la montaña deslumbraba. . constreñida por escalones sumergiéndose en la angostura de un desfiladero como un túnel. los costados y sube en declives.

Toda la expedición cayó. los combatientes arrementían en tumulto. Desde los escondrijos. PRIMER ENCUENTRO El encuentro fue con un gran vocerío. desde lo alto de las rudas murallas.expectantes. cayendo entre las lajas. los acostumbrados vivas al Buen Jesús y al Conselheiro se mezclaban con apostrofes insolentes y palabrotas escandalosas y entre otras. Las tropas caminaban lentamente. los plazas arreme­ tieron y luego. desde los despeñaderos y las vertientes. despavoridos por las balas. debajo de las trincheras del Cambaio. tortuosa y ondulante. El avance fue desordenado. las líneas se rompieron ante los obstáculos del terreno. rompiendo las . allá abajo. atendiendo las desventajosas condiciones en que se realizó. en un barullo de cuerpos. Una voz la detuvo. La vanguardia se paró y pareció retroceder. confundidos los bata­ llones y las compañías. Abajo. los dedos presos en los gatillos de las carabinas. El mayor Febrónio se metió entre las filas alarmadas y centralizó la resistencia. Toda la línea vaciló. sin el mínimo simulacro de formación. tras­ poniéndolas a saltos. en réplica fulminante y admirable. de brillos de aceros. tirando al azar hacia el frente. se desbandaron instantáneamente. auxiliando a las máquinas impotentes a vencer esos declives. que decuplicaban el efecto des­ pedazando piedras. Dispuestos rápidamente. El combate se generalizó en minutos y como era de prever. con las armas en bandolera. Y en esta situación los sorpendió el enemigo. montones humanos golpeando contra los morros. Seguían sin aplomo. en la ladera donde había quedado la artillería. los sertanejos se mantenían en silencio. los ojos fijos en las columnas aún dis­ tantes. de punta a punta. Llegaban a las primeras laderas cortadas a media subida. Tropezando. aparecieron los jagungos en el un repentino deflagrar de tiros. los animales de tracción y los cargueros. empujadas por los cañones sostenidos a su vez por soldados sin aliento. los cañones bombardearon a los matutos a quema ropa y estos. de descargas. se hizo la primera embestida encabezada por los cientos y tantos plazas del 33? de infantería. de estam­ pidos que pasaban sobre los sones de los clarines llamando a la carga. tenien­ do a la derecha al 9? y a la izquierda al 16° y la policía bahiana. Fraccionados. una frase desafiadora que en el curso de la campaña sonaría invariablemente como un estribillo irónico: "¡Avanza! ¡Debilidad del gobierno!” . desde las matas esparcidas. marchando detrás de los exploradores que escudriña­ ban cautelosamente las cercanías. Aprovechando ese reflujo. la línea de asalto se dispuso. viendo por primera vez esas armas poderosas.

en un vaivén de avanzadas y retrocesos. . surgiendo y desapareciendo. por las manos del cual pasaban. era el jefe. Joáo Grande. a las carreras. desaparecían al galope por los taludes agrestes. Los proyectiles de las mannlichers estallaban azarosamente en la osa­ menta rígida de la sierra. subiendo. ora dispersos. en seguida lo sustituía otro. Parecían dispuestos en dos clases de luchadores. las carreras. de bru­ ces. La fugacidad del enemigo y el terreno le daban a la tropa una distribución táctica propia. Hacían blanco de nuevo. Los sertanejos le imitaban los movimientos. sordos a la intimación hecha con los revólveres gatillados. Los soldados lo veían caer y prontamente reaparecer. Para esto se disponían de a tres o cuatro. agravando el tumulto. atacando. rodeando a un tirador único. las armas cargadas por los compañeros invisibles. rodando traspasados de balas. Descargaba sus armas a quema ropa sobre los fanáticos diseminándolos. volvió a la expedición casi indemne. apuntándoles con su espingarda. sin que las animasen los oficiales acobardados. baleado y otra vez resurgía. los que se mo­ vían. parecían desear que allí quedasen. aliada al pequeño alcance de las armas sertanejas. ora agrupados. Evitaban la pelea franca. bajando. De modo que si alguna bala mataba al tirador. o repartiéndose en pequeño número. como quedaron la mayor parte de las balas destinadas a Canudos. A veces desaparecían por completo. cayendo mal heridos hasta en medio de los plazas que los remataban a golpes. circunstancia que. sentados en lo hondo de la trinchera. Los jagunqos no las esperaban. Otra vez lo veían caer. Con la certeza de su inferioridad en armas. por el techo de la sierra. Este ardid fue en seguida descubierto por las diminutas fracciones atacantes que se aventajaron hasta las cañoneras más altas. En lo alto. por las cumbres. sucesivamente. y los que per­ manecían firmes en sus posiciones. Las cargas morían en los escarpados. invulnerable. sacudiéndose de encima canastas y cajones. llenas de espanto. veloces. huyendo. los saltos. La mayor parte reaccionaba. Los acompañó el resto de los troperos que huían. Estos superaban de modo ingenioso la carencia de armas y el lento proceso de carga de las que poseían. empujándolos en grandes corre­ rías por los cerros. Las secciones avanzadas ascendían más rápidas por las barrancas conquistando el terreno hasta que otra irrupción repen­ tina del adversario las tomaba de frente y tenían que parar o retroceder. Comandaba las maniobras. utilizando trampas de facineroso viejo en las correrías del sertón. Entre ellos se veía a un negro corpulento y ágil.ataduras. más lejos. ora desfilando en filas sucesivas. cayéndose y levan­ tándose el tirador fantástico. Los únicos tropiezos eran las asperezas del suelo. reaparecieron lós sertanejos. terrible. cuyos nombres alabaron los partes oficiales pero no los comentarios de sus compañeros. apare­ cían y desaparecían.

semejantes a un dolmen abatido. mano a mano. mez­ clados ahora con las avanzadas de la tropa. según un espectador del cuadro * — probable­ mente los que hicieron las últimas cargas con sus trabucos. una piedra inmensa. . La tierra protectora les daba a los vencidos el último reducto. Y el bloque despegado cayó pesadamente. obligando a la preparación de la artillería dispuesta a bombardear al pequeño grupo temerario. turbas sin comando. el rudo cabecilla dispuso el encuentro defi­ nitivo. sobre los desgraciados. . Y su perfil de gorila se destacó. Les cortó el paso la explosión del cañón destrozando a los primeros y haciendo huir al resto a sus primitivas posiciones.Por fin. . Contingentes mezclados de todos los cuerpos saltaban finalmente sobre las últimas trincheras. Los jagungos se les escapaban. . La dilató. La algarabía tumultuosa tuvo un final teatral. Sus cabos de guerra fueron los cabos de escuadra. empujada a pulso. En movimiento heroico. . La victoria. Lo aprovecharon. * Dr. disparando al azar en una fanfarria irritante y una alacridad feroz de montoneros. Los perseguían. . Después de tres horas de lucha. La cosa estaba hecha. sepultándolos. las pér­ didas eran pocas: cuatro muertos y veintitantos heridos. Abrieron sobre sus perseguidores un tiroteo escaso y los hicieron pararse un momento. la artillería empezó a moverse. oblicua y mal sostenida por uno de sus puntos al suelo. En cambio. sin embargo. La granada partió levemente des­ viada del blanco y fue a golpear en una de las junturas en que se engas­ taba la piedra. Culminó con un episodio trágico. El bombardeo se redujo a un tiro. Abajo. frente a una banda súbitamente congregada. Este lugar cubierto tenía a su frente. Sobre los jagungos en fuga arrojaron car­ gas en desorden: soldados en grupos. médico de la expedición. EPISODIO DRAMATICO Había sido una hecatombe. sobre la barranca agreste. se levantaba. Fue al volver de los últimos picos de la sierra. más tarde. era resultado del coraje ciego junto a la más com­ pleta indisciplina de fuego y se comprende que. la orden del día diese preeminencia a los plazas graduados. a lo que parece. avanzaron contra la artillería. los sertanejos dejaron ciento quince cadáveres. temerario. Frente al desperdicio de municiones. un muro de roca viva. rigurosamente contados. en golpe sordo. per­ diendo al oficial que hasta allí los había llevado. Allí. Venceslau Leal. la montaña estaba conquistada. presa entre otras dos. La brió de arriba abajo. Albertazzi. En él se recostaron muchos sertanejos — cerca de cuarenta. .

SEGUNDO ENCUENTRO Sin embargo. La arremetida los llevó hasta las separaciones de cada pelotón. por los fierros de los carros. Adelante. De modo que no advirtieron a su alrededor la ronda de los jagungos. al amanecer nada lo reveló. como si el disparo hubiese sido una señal para ellos. apenas paliaron su sed en el agua impura de la minúscula laguna del Cipó. . se advertía por lo raleado de los tiros. después de un cuarto de hora de ejercicios sobre el terreno que es allí despejado.La marcha se reanudó. casi al borde de la aldea. A la noche lo rodearon. los expedicionarios estaban en orden de marcha y tenían las armas prontas para la réplica que se realizó en descargas nutridas. Y la tropa fue asaltada por todas partes. Pero los jagungos no retrocedieron. afectos a las correrías veloces por las montañas. anunciando la estrepitosa visita. por las hoces. hasta entonces esquivos. IV EN LOS "TABULEIRINHOS” Las columnas llegaron a la tarde a Tabuleirinhos. los últimos defensores del Cambaio se iban hacia Canudos. disparar el Krupp en dirección de Canudos. . . Un shrapnell atascaba uno de los cañones y no había forma de extraerlo. Cansados por la refriega y hambrientos desde la víspera. . Y por primera vez. los sertanejos surgieron gritando. Sobrevino un pequeño contratiempo. Se reeditó el episodio de Uauá. las columnas dispusieron el avance sobre la aldea. . gran número de luchadores partían de allí. Sería un aldabonazo sobre las puertas de la aldea. La tropa dormía bajo la guardia terrible del enemigo. por los facones de hoja larga. desaparecieron. . Porque la nueva de la batalla había llegado a la aldea con los huidos y para quebrar el ímpetu del invasor. Felizmente. y formadas temprano. Se metieron por las caatingas y se aproxima­ ron al campamento. Acamparon. los soldados veían de cerca las caras trigueñas de sus antagonistas. Por fin. Se adoptó entonces el mejor de los arbitrios. y no siguieron aprovechando el ímpetu de su marcha persecutoria. El tiro partió. todos a un tiempo. Lo hicieron con las fatigas acumuladas y con la ilusión engañadora del reciente triunfo. por las horquillas. . cada vez más cansados. Abandonando las espingardas por las aguijadas.

al saltar sobre el cañón que abarcó con sus brazos musculosos. canallas. a puñetazos. Pero no la imprecación altiva que arrojó sobre el vocerío de los otros. haciéndola volverse cruelmente monótona. La lucha fue cuerpo a cuerpo. se arrojó sobre el grupo. El desastre parecía inminente. Pero en la marcha de tres kilómetros. en una inter­ acción fatigante de los mismos incidentes hasta el agotamiento completo del adversario que. Los guardias de la pieza retrocedieron despavoridos mientras él rodaba con el cañón arrastrándolo a mano. Este terrible campeador quedó desconocido para la historia. quedó traspasado por su bayoneta. El jagungo que lo mató con su picana de vaquero. estertores de muertos. que sobresalía del tumulto. Apenas repelidos los jagungos. La ola asaltante pasó sobre los dos cadáveres. Nuevamente esparcidos e intocables. un torbellino de cuerpos enlazados. El cañón retomado volvió a su posición primitiva. dándole un carácter más serio que el anterior ataque violento. de donde salían estertores de estrangulados. las municiones pródigamente gastadas en la hazaña perjudicial del * Los incidentes de esta jornada los debo a la Comunicación fidedigna del Dr. Reno­ vaban el duelo a distancia. Albertazzi.La primavera víctima fue un cabo del 9°. Vol­ vían a su habitual sistema guerrero que era prolongar indefinidamente la acción. . piedras. las fuerzas perdidas en arre­ metidas locas contra el vacío. ronquidos de pechos aplastados. brutal. Murió matando. que parece haber sido el mejor soldado de su propia expedición. caería finalmente vencido por el cansancio de las minúsculas victorias. clavos— de su vieja herramentería de la muerte. sin peripecias. Su nombre se perdió. con los guerrilleros a la espalda y quizá otros refuerzos saliéndoles al paso. relativamente incólume. Lo detuvo el comandante. como si quisiese estrangular al monstruo: "¡Miren. Pero las cosas no mejoraron. desde hacía mucho en desuso *. volvían a sus tácticas de aparecer y desaparecer en los claros de las matas. en un retroceso que no era fuga. atacaban a los contrarios con proyectiles groseros — puntas de cuernos. anteponiendo las espingardas que cargan piedras y los trabucos de caño ancho a las Mannlichers fulminantes. Al frente iba un mameluco fuerte — cara de bronce afeada por la pá­ tina de la viruela— de envergadura de gladiador. sin armas. Le quedaba a los invasores un recurso final salido de su desespera­ ción: avanzar cambiando el campo de lucha y caer sobre la aldea. Animó valientemente a sus compañeros atónitos y dándoles el ejemplo. lo que es tener coraje!”. asaltandos y asaltantes mezclados. a golpes. La situación parecía insuperable. con los puños adormecidos y flojos por la multiplicación de los golpes.

Además. en medio de la gente de Joáo Abade. estaba excluida la hipótesis de un bombardeo preliminar. tal vez hubiese sido la victoria. mientras los contrarios fueron diezmados. de costado. LA LEGIO FULMINATA 2 5 2 DE JOAO ABADE La retirada fue la salvación. aquí. veían caer fulminados a sus compañeros. pun* E l Dr. . . los soldados apuntaban al azar. las pérdidas de uno y otro bando estaban fuera de todo paralelo. Alrededor. se lanzaban según el alcance máximo de las armas.Cambaio. ya previendo las consecuencias que tendría la llegada de los soldados cayendo de golpe sobre la beatería miedosa. desiertos. Estos proyectiles perdidos pasa­ ban sobre los combatientes e iban a caer más adelante. Reunida en plena refriega la oficialidad. impresiona­ dos por la intensidad de los tiroteos. para salir en refuerzo de los compa­ ñeros. dando de lleno en su superficie. el comandante definió la situación optando por uno de las dos puntas del dilema: proseguir la lucha hasta el sacrificio completo o su inmediato abandono. los tiros. un solo herido y un solo cadáver sin sepultura. cerca de seiscientos. Esta retirada era totalmente contrapuesta a los resultados directos del combate. Se había coloreado el agua impura de la laguna del Cipo y el sol. los arbustos ralos no permitían refugio. De modo que. se habían alarmado. La retirada se imponía urgente e inevitable. Pero el atacar la aldea arrostrando todo. Y las balas bajaban. por el centro de la legión sorprendida. excluidos treinta y tantos heridos. La última fue aceptada bajo la condición de no dejar una sola arma. A mitad de camino la columna fue inopinadamente alcanzada por las balas. Joáo Abade había reunido el resto de los hom­ bres válidos. . allí. Algún tiempo después de haberse traba­ do el combate de Tabuleirinhos. tal vez se terminasen y no podía ultimarse la empresa con choques de armas blancas con la atonía muscular de los soldados ham­ brientos y fatigados. Uno de los médicos * había contado rápidamente trescientos cadá­ veres 251. los cerros más próximos se veían desnudos. pues solo quedaban veinte tiros de artillería. perplejos. a los que se sumaba la carga de setenta heridos que se movían en total desorden. Los jagungos. Everard Albertazzi. advertían el silbido tenue de las balas y no divisaban al enemigo. partiendo en trayectorias altas. Descubramos — siguiendo las deposiciones testimoniales— uno de los casos originales de esa campaña. los habitantes de Canudos. en la mayor parte de los casos. Tirando contra los primeros agresores en el lugar del en­ cuentro. La tropa había perdido cuatro hombres. de frente. Como en la víspera. mostraba siniestramente en el pardo oscuro de la tierra requemada las manchas de la sangre.

El desorden terminaba en prodigio. le restaba al infeliz ejército el recurso de oscilar entre la derrota y la victoria. V RETIRADA Había comenzado la retirada. Un asombro supers­ ticioso ensombreció las caras más enérgicas. implorando la presencia del evangelizador. Los grupos quedaron abajo. el enemigo. cargando sus pocas cosas. . NUEVO MILAGRO DE ANTONIO CONSELHEIRO Pero Antonio Conselheiro. siguiendo el rastro de los últimos defenso­ res de la aldea. . rezando. Ni los miró siquiera. que en los días corrientes evitaba encararlas. si por lo restringido del campo en que se realizó no se puede equiparar a otros hechos memorables. La retirada del mayor Febrónio. se agrupaban ante las puertas del Santuario. agitando sus relicarios. Bandas de fugitivos. originaron una gran alarma. el apóstol esquivo. se daban a la fuga. Se precipitaron desaforadamente hacia Canudos donde. . Enloquecido de miedo. al llegar. Atónitos.tilleándola de muertos. como una lluvia de rayos. sin que los contuviesen los cabecillas más prestigiosos. Fue un milagro. Terminadas las esperanzas del triunfo. observó el poblado revuelto. pisando indomable el territorio del enemigo y conquistando a gol­ pes de armas cada una de las vueltas del camino. llorando. en el que se atropellaban prófugos los desertores de la fe y se preparó para el martirio inevitable. el pueblo ingenuo perdió en momentos las creencias que le habían inculcado. atravesando rápidos las callejuelas. imprecando. clamando. En cuanto a las mujeres. en busca de las caatingas. No había engaño posible. . a gritos. estaría allí en breve. a sollozos. en esos momentos estableció una separación total. Subió con media doce­ na de fieles hasta los andamiajes altos de la nueva iglesia e hizo retirar la escalera. poseedor de engendros de tal especie. por las circunstancias que le encuadran es uno de los episodios más emocionan­ . en una lucha sin éxito en la que el vencido vence en cada paso que consigue avanzar el ven­ cedor. El encanto del Conselheiro se quebró. volvieron los ojos hacia el cielo cruzado por las parábolas invisibles y nadie los pudo con­ tener. rezando. En ese momento sobrevino la nueva de que la fuerza se retiraba.

Legí­ timo cafuz. Se marchaba luchando. oficiales y plazas jornalizados estaban nivelados por el mismo sacrificio. en su temperamento impulsivo se reunían todas las tenden­ cias de las razas inferiores que lo formaron. poblado de trampas. brutal e infantil. Una sola variante: de bruces sobre las piedras. El curiboca que había partido su carabina o perdido su aguijada en el torbellino. Les bastaba.tes de nuestra historia militar. los más robustos dejaban la línea de fuego para arrastrar los cañones o transportaban a los mal heridos y agonizantes y al frente de esta mul­ titud. forma retardataria de troglodita sañudo levantándose allí. el más leve resquicio de los preceptos tácticos donde sobresale la clásica formación escalonada permitiendo que las unidades cobatientes se alternarasen en la réplica. prontos a largarse en violentas caídas por los declives. Cam­ . un sargento. sin alimento alguno. . . Este bárbaro distribuyó a sus compañeros por las caatingas. . dejando actuar solamente a su formidable arma: la tierra. entre los abismos. Al advertir el movimiento. por el sertón estéril. volvieron a entrar en las gargantas del Cambaio. se veían los jagungos. valiente por instinto. en las antiguas edades enarbolaba el hacha en la puerta de la caverna. los jagungos los siguieron. el más serio de las guerras. gran número de lastimados apenas podían cargar sus armas. No arremetían en chusma sobre la fila. héroe sin saberlo. Allí estaban los bloques de piedra amontonados en pilas vacilantes. Producido el último choque que partió del círculo atacante. ingenuo. ladeando a las columnas. Allí estaba el mismo camino peligroso. como una turba vengadora de demonios salidos de entre una multitud de espectros. contra todas las prácticas dirigía la vanguardia. . miraba en torno y la montaña era un arsenal. El coman­ dante. acerca de setenta heridos debilita­ ban las filas. se extendía un camino de cien kilómetros. buscaba los puntos más arriesgados. cuyo ánimo no aflojaba. abierto al sesgo de los contrafuertes. . las víctimas de la víspera. mezclados con los soldados. simple y malo. . en desafío a las últimas gra­ nadas. De esta manera. Era el tipo completo del luchador primitivo. feroz y temerario. comenzó a desfilar por las veredas de las laderas sin que se advirtiera en este movimiento tan grave. Pajeú. con el mismo arrojo con que. corrían flanqueándola. en cargas hechas sin voces de mando. alzado en rocas puntiagudas. Los soldados se habían batido durante dos días. un singular caso de retroceso atávico. Los sobrevivientes les pasaban ahora de por medio. Los capitaneaba ahora un mestizo de bravura increíble. entre los cuales mediaba el armisticio engañador de una noche de alarmas. La expedición había perdido totalmente su estructura militar. esparcidos entre las rocas. mien­ tras los capitanes y oficiales subalternos se precipitaban.

pasaban como balas monstruo­ sas sobre la tropa despavorida. Los luchadores. iluminados por la claridad del fue­ go. seguían como actores desgra­ ciados en el epílogo de un drama mal representado. La admirable posición de ese lugar. La agitación de dos días sucesivos de combates y provocaciones se deshacía. Peores que las descargas. por el medio de la ladera. dejando veinte muertos. Los sertanejos no los agredían. La travesía de las trincheras fue lenta. Los jagungos dieron la última embestida con la artillería que trataron de quitarle a la tropa. Toda la naturaleza quedaba inmóvil en aquel deslumbramiento. no había ecos en los aires enrarecidos. sacándoles pedazos. Los estampidos estallaban secos. des­ pués. . Prefiguraban los regalos de un banquete después de dos días de ayu­ no forzado y una hora después — andrajosos. flameaba. les permitió recursos defensivos más eficaces. El sol estaba en su culminación y la luz cruda del día tropical cayendo en la región quemante y desnuda. dilaceraban carnes apenas cocidas como una banda de caníbales hambrientos. Un incidente providencial completó el suceso. El último encuentro se hizo al caer la noche. bajo una avalancha de bloques. Pasaban por lo alto en grupos turbu­ lentos y ruidosos. caían. . Esta. caliente. Gomo simios amotinados habían convertido todo eso en un pasatiempo doloroso y en un apedreamiento. largos silbidos y burlas ruidosas como si los siguiese una barahunda de muchachos incorregibles. inmundos. bajo el espasmo de la canícula. abajo. invadió el campamento casi al mismo tiempo que los sertanejos huían. Pero las fati­ gas de la marcha la abatían más que el mismo enemigo. sobre las sierras. Fue breve pero temerario. breve planicie unida al camino. llegaron a Bendegó de Baixo. Hombres totalmente exhaustos corrieron delirantes de alegría a los veloces anima­ les. . . repugnantes— en cuclillas alrededor de las hogueras. La hora de las provocaciones había terminado. Los mismos tiros apenas quebraban el silen­ cio. Pero las ametralladoras los rechazaron y barridos por la metralla. . se salvaba a cubierto del ángulo muerto del mismo camino. despeñándose al fin en saltos espantosos y golpeando contra otras piedras. abajo. Un rebaño de cabras ariscas fustigado tal vez por las balas. rodaban al principio con rumbo incierto entre las escabrosidades del terreno. de pronto. rodaron por las bajadas perdiéndose en la noche. Fue una diversión feliz. oían dichos irónicos e irritantes.biaba la espingarda inútil por esas armas que oscilaban. irrespirables. no resonaban y la brutalidad humana rodaba sorda­ mente dentro de la quietud universal de las cosas. más rápidas. a la media luz de los rápidos crepúsculos del sertón. Al final de tres horas de marcha. en una asonada siniestra.

a caballo de las sombras que ya se acostaban en las bajadas. . al morir en las laderas. . caminando hacia Canudos. Por instantes. habían caído por los ba­ rrancos. cargando en los hombros. cortados por las piedras y las espinas. . Brillaban las primeras estrellas. la cruz res­ plandeciente de Orion 2 5 4 se levantaba sobre los sertones. a la tarde. tocando con su halo rutilante los confines de las planicies lejanas y su última claridad. VI PROCESION DE PARIHUELAS Aquel mismo día. otros se balanceaban sobre los abismos. El fúnebre cortejo seguía ahora hacia Canudos. . donde los últimos rayos centelleaban en las cumbres. . con los pies sangrando. caía sobre el dorso de la montaña. . . sus ropas prendidas a los picos puntiagudos. el sol caía lentamente. hasta lo alto. los recogían los compañeros compasivos. todas las cavernas. los que la tropa había quemado. Muy bajo en el horizonte. todas las grutas. éstas reful­ gieron como enormes cirios. sin embargo. Bajando a las grutas profundas y subiendo a los vértices más abruptos. tapando sus desnu­ deces con los capotes despedazados. Los creyentes había sustituido a los comba­ tientes y volvían a la aldea. Las ropas convertidas en harapos. en tocas parihuelas de palos atados con cipos. entraron en la villa como una turba de vencidos. huyendo de la desolación y la miseria. los cadáveres de los mártires de la fe. La población los recibió en silencio 25S. Muchos luchadores. El fragor de los combates. Iluminó. había cambiado por las letanías melancólicas. la enorme procesión cubría las sierras. Se habían escudriñado todas las anfractuosida­ des. . temprano. oscilando en la media luz del crepúsculo. el corte­ jo que seguía la cadencia de los rezos. volvieron a animarse las cuestas del Cambaio. todos los dédalos. Se deslizó insensiblemente subien­ do. A la tarde había finalizado la piadosa tarea. para Monte Santo.La expedición partió al día siguiente. Rutilando en la altura. No había un hombre sano. Los que cargaban a los compañeros heridos claudicaban a cada paso. vencidos por los soles bravios. fugaz. Por momentos lo aclaró. a medida que lentamente ascendían las sombras. ya encendidos. ya apagados. Lentamente. Faltaban pocos. cubiertos con groseros sombreros de paja. . algunos trágicamente ridículos. El día había sido dedicado a la lúgubre exploración a la que se dedicó la población entera.

parecía reflejar el contraste entre su imperfecta organización intelectual y su incomprendida organi­ zación política.— Partida de Monte Santo. demostrará la inadaptación del pueblo a la legislación superior del sistema político recién inaugurado. más adelante.— El primer encuentro.EXPEDICION MOREIRA CESAR I— El Coronel Moreira César y el medio que lo hizo célebre. hacia 1897. "¡Acelerando!”. El gobierno civil. Al golpear del Ave María. Cuando. precipitando a la República por un declive donde los desastres aparecían con un ritmo que delataba la marcha cíclica de una enfermedad. desde las conspiracio­ nes incesantes a los repetidos estados de sitio. Ataques. iniciado en 1894. Nuevo camino. . 11. Pitombas. por aventajarse en demasía al curso de una evolución lenta. Psicología del soldado. desbandada. Primeros errores. Una mirada sobre Ca­ nudos. Cómo la aguardaban los jagungos. Un arsenal al aire libre y una diversión cruel. la intere­ sante psicología de aquella época. Saqueos antes del triunfo. I MOREIRA CESAR Y EL MEDIO QUE LO HIZO CELEBRE El nuevo fracaso de las armas legales. fuga. alguien se ponga a definir a la luz de expresivos documentos. Dos tarjetas de visita a Antonio Conselheiro. Se estaba frente a una sociedad que. Primera expedición regular. coincidía con un momento crítico de nuestra historia. V — Sobre lo alto del Mario. marchando a los saltos. propagar sobre el país. la sociedad brasileña ofrecía un alto grado de receptividad para la intrusión de elementos revolucionarios y de dispersión. imprevisto para todo el mundo. IV — El orden de batalla y el terreno. repelía por igual los recursos extremos de la fuerza y de la influencia serena de las leyes. III. como si éste. Había encontrado al país dividido en vencedores y vencidos. V I— Re­ tirada. un intenso espíritu de desorden. como efecto predominante. no había tenido la base esencial de una opinión pública organizada. tuviese. Retroceso. En lo alto de la Vavéla. Y fue impotente para corregir una situación que no siendo francamente revolucionaria ni tampoco normal. desde la máxima flojedad a la máxima rigurosidad. que se había aquietado en el marasmo monárquico. Ciudadela trampa. Sufriendo aún las lamentables consecuencias de la sangrienta guerra civil que había culminado una ininterrumpida serie de sediciones y re­ vueltas desde los primeros días del nuevo régimen 2 5 5 .

haciendo de la legalidad la síntesis de sus designios. se constituyó en vehículo propicio de transmisión de todos los elementos condenables que cada ciudadano. las mayorías conscientes pero tímidas. Entonces. en la esfera social evoca la herencia de una remota predisposición biológica. había agravado la inestabilidad social y se había vuelto en cierta manera contraproducente. había tenido una función combativa y demoledora. en latencia. Se quedaron muchos agitadores. robus­ tecidos por un intenso aprendizaje de tropelías que se sentían incómodos en el plano secundario al que naturalmente volvían. aisladamente. del Mariscal Floriano Peixoto. anulada.De manera que siéndole imposible sustituir el lento trabajo de la evo­ lución para levantar la primera al nivel de la segunda. El gobierno anterior. invertida. a todos los medios y a todos los adeptos. Así es que. los gérmenes de los levantamientos más peligrosos. quizá involuntariamente. se transformaba en la fórmula antinómica de una tierra sin leyes. porque su figura aún hoy es un intrincado enigma. actuaba totalmente alejado de la amplitud de la opinión nacional. Se­ gún el proceso instintivo que. tan bien expresada en el "mimetismo psíquico” de que nos habla Scipio Sighele 2 5 8 . Al dejar el poder no se llevó a todos los que lo habían acompañado en los difíciles trances de su gobierno. evitan las imposiciones severas de un medio social más culto. salvando pocas excepciones. prontos a explotar. deploraba. creó el proceso de la suspensión de las garantías. De manera que el inflexible Mariscal de Hierro 2 5 6 . deshizo la misión a la cual estaba dedicado. congregaba a todos los mediocres ambiciosos que. abra­ zado tenazmente a la Constitución. Y al vencer. por instinto natural de defensa. violando flagrantemente un programa preestablecidos. esa palabra. en los últimos días de su gobierno. por las especiales circunstancias que lo rodearon. inerte absolutamente y neutral. la mayor parte del país. Entonces se pudo observar un caso común de psicología colectiva: tomada de sorpresa. tomaban en parte la misma imagen moral de los medio­ cres atrevidos que se les ponían al frente. Destruyó y creó revoltosos. saliesen de donde fuere. entre las pasiones e intereses de un partido que. Venció al desorden con el desorden. Nada podía detener esa decadencia. vuelta un sofisma. habiendo nacido de una reacción contra un golpe de estado violador de las garantías constitucionales. la Revuelta de Setiembre 2 5 7 . Pero al vencer la indisci­ plina resultante de las sucesivas sediciones. Traían el irreprimi­ ble movimiento de una carrera fácil y vertiginosa como para detenerse de súbito: se infiltraron en la nueva situación. dejaba que se diese el fenómeno contrario: la significación superior de los principios demo­ cráticos decaía. En los momentos de crisis apelaba incondicionalmente a todos los recursos. aunó. surgieron en la . la ahogaba. extendida a la consagración de todos los crímenes. que había reunido todas las rebeldías y todos los tumultos de los años anteriores.

lo atraían afanosa e imprudentemente. era quien parecía haber heredado la tenacidad del gran vencedor de revueltas. ilógicamente. Recién llegado de Santa Catarina. sobre todo en las calles. lo cortejaban. indi­ vidualidades que en las situaciones normales caerían bajo el peso de su ridiculez. Y como el ejército se erigía. y en medio de la indiferencia general. Sin ideas. De todo el ejército. en que permanecían vivos los mínimos incidentes de la guerra civil extendida desde la bahía de Río de Janeiro hasta el sur. hecho de aclamaciones y apodos. el gobierno no encontró nadie mejor que pudiese equili­ brar las graves exigencias. Lo escogió como jefe de la expedición ven­ gadora. según el modo extre­ mista e incoherente de juzgar de la época. Ante la noticia del desastre. Entre dos extremos. El fetichismo político exigía muñecos de uniforme. las mediocridades irritativas consiguieron imprimir a esa época. en ese barajar. Lo eligieron como nuevo ídolo. un coronel de infantería. enlazados en un círculo estrecho de ideas en donde el dudoso entusiasmo por la Repú­ blica se aliaba con un nacionalismo extemporáneo y la grosera copia de un jacobinismo poco lisonjero para la historia. el rasgo más vivo que la caracteriza. por la Revuelta de la Escuadra. La tumba del Mariscal Floriano Peixoto se convirtió en la prenda de alianza de los rebeldes y el nombre del gran hombre fue la palabra de orden del desorden. aquellos agitadores comenzaron a vivir de la explotación pecaminosa de un cadáver. y en esa inestabilidad. . Antonio Moreira César. La retracción criminal de la mayoría pensante del país permitía todos los excesos. desde el movimiento abolicionista hasta la procla­ mación de la República. lo que de hecho se hacía en todos los tonos. felizmente transitoria y breve. el arrojo de Gumercindo Saraiva y la abnegación de Gomes Carneiro 259. Alrededor del nombrado se había urdido una leyenda de valentía. en esa fogosa expansión de nuestra sospechosa sentimentalidad. en elemento moderador de las agitaciones nacio­ nales. No les bastaban las divisiones per­ manentes ni los asustaba una situación económica desesperada. la opinión pública nacional oscilaba manejando los conceptos más dispares para aquilatar a vencedores y vencidos. tenía un excep­ cional renombre. donde había sido el principal actor en el epílogo de la campaña federalista del Río Grande. en la imprenta y en las calles.tribuna. querían aumentar aquéllas y volver a esta última insoluble. que aumentaba la gravedad de la lucha en los sertones. sin orientación ennoblecedora.

Al verlo se sorprendían por igual admiradores y adversarios. dedicado.con todos los colores y bajo variados aspectos. como intrusos sor­ prendidos. maneras corteces y algo tímidas. rígida. la chaqueta con­ feccionada para hombros de adolescente frágil. Tenía con él la afinidad de inclinaciones idénticas. cruel. pa­ ciente. maldecidos todos. en aquel rostro de convalesciente sin una línea original y firme: pálido. sin que se pudiese saber si eran bandidos o santos. Los grandes paroxismos de la cólera y la alegría más fuerte. de los pedregales del Pico do Diabo. absolutamente nada. Sólo un hombre los percibió o los descifró bien. revelaba la energía sorprendente y la temible entereza de que diera pruebas. tendencias monstruosas y cualidades su­ periores. como un molde de cera. Su aspecto le reducía la fama. estaban velados por una reserva cau­ telosa y sistemática. Lo aprovechó en la ocasión oportuna. Nada. dejándola siempre fijamente inmóvil. apareciendo entre fervientes ditirambos. Se justificaban tanto los aplausos como las invectivas. Le faltaban el aplomo y la complexión que. o el demonio cruel que idealizaban. del cerco memorable de La Lapa. de la sangría de Inhanduí. con la impenetrabilidad derivada de su atonía muscular. sin embargo. envueltos en panegíricos y afrentas. de la carnicería de Campo Osorio. y mal iluminado por una mirada mor­ tecina. unas y otras en el grado máximo de intensidad. De figura diminuta — un tórax raquítico sobre dos piernas arqueadas en paréntesis— era orgánicamente inepto para la carrera que había abrazado. leal. le estropeaba más la postura. el Mariscal Floriano Peixoto. Eran legión. debían morir allí inadvertidos. entraban de repente. Era una cara inmóvil. como Luis XI hubiese . Era tenaz. alargado por la calva en que se prolongaba la frente abombada. ironías diabólicas e invectivas despiadadas. Era un alma pro teiforme encerrada en un organismo frágil. Todos queridos. Aquellos atributos. Entre ellos. o del marcial platonismo de Itararé 260. en la lasitud de los tejidos. Quizá porque era las dos cosas al mismo tiempo. vengativo. Apretado en el uniforme que raramente abandonaba. el coronel Moreira César era una figura aparte. Los héroes inmortales de un cuarto de hora. adentro de la historia. Una fisonomía inexpresiva y mórbida completaba su ingrato y exiguo porte. A los que lo veían por primera vez les costaba admitir que en ese hombre de gesto lento y frío. era la caricatura del heroísmo. En esa individualidad singular chocaban antinómicas. viviese el campeador brillante. son las bases físicas del coraje. a los empujones. ambicioso. No tenía los rasgos característicos del uno ni del otro. impasible. destinados a la suprema consagración de una placa en la esquina de una calle. Irrumpían a granel. en el soldado. velada de permanente tristeza.

y constituyen las señales de la curva inflexible hasta que lo arrebataba la fatalidad biológica. la calma soberana en rabias repentinas y la bravura caballeresca en la bárbara rebeldía. no es una imper­ donable exageración considerarlo una mezcla reducida de ambos. con ritmo regular. . interferían en la línea de una carrera correcta como pocas. la dedicación extrema desaparecía ante el extremo odio. un aspecto original e interesante. por suerte detenido a tiempo. desde el último de los ciudadanos al monarca. decidieron la justicia fulminante y de­ sesperada del linchamiento. un alucinado.aprovechado a Bayard. algunos oficiales. contra un oficial argentino por cierta palabra mal entendida— destacamos los más conocidos. definido por una sucesión elocuente de acciones que aparecen punteando períodos de calma cada vez más redu­ cidos. Si pudiéramos seguir su vida. además del peligro de contribuir al arsenal de versiones exageradas o falsas. su serenidad se quebraba por los movimientos impulsivos de la enfermedad que sólo más tarde. En su alma. lamentablemente. Era un desequilibrado. actuando libremente gracias a la laxitud de las leyes repre­ sivas. Sin embargo. Pero. o mejor dicho. Entre sus compañeros de armas eran conocidos esos significativos episodios que. definidos siempre por el rasgo preponderante de vías de hecho muy violentas — aquí el ultraje a reben­ cazos de un médico militar. asistiríamos al desdoblamiento continuo del mal que le imprimió. precisamente en la fase crítica en que debía definirse como héroe o como malhechor. Una cosa grande e incompleta. aparte de los casos dudosos. a causa de conmociones violentas. como a otros compañeros de desdicha. si pudiese encajar en la bravura novelesca del Ca­ ballero Sin Mácula las astucias de Fra Diábolo 2 6 \ Moreira César estaba lejos de la nobleza del primero y más lejos aún de la decadencia moral del último. habiendo rozado al Ejército con algunas de las indecorosas alusiones que abarcaban por igual a todas las clases. Uno sobre todo puso de relieve su energía salvaje. se develó completamente en las manifestaciones físicas de los ataques. como si la evolución prodigiosa del predes­ tinado se hubiese detenido antes de la selección final de los raras carac­ terísticas con que lo equipara. había creado un escándalo permanente de insultos intolerables en la Corte del Antiguo Imperio. en Río de Janeiro. Sería largo enumerarlos. A veces. Tenía el temperamento desigual y bizarro de un epiléptico compro­ bado que encubría la inestabilidad nerviosa del enfermo con una placidez engañosa. allá el ataque a cuchillo. Un periodista 262. Fue en 1884. como supremo recurso. de tiempo en tiempo.

En los días aún vacilantes del nuevo régimen. semejaba un triunfador. La respuesta por telégrafo fue rápida. por fin. seco. Por singular contraste. turbulenta. el hombre para las crisis peligrosas y para las grandes teme­ ridades. a Santa Catarina. el más cruel. armado de poderes discrecionales. En 1893. se había acogido a la protección inmediata de la ley. de esa Siberia canicular de nuestro ejército. el gobierno civil recién inaugurado pidió cuenta de tales sucesos al principal responsable. Meses después lo llamaron a Río de Janeiro. con un triste aparato de imperdonable maldad. Un "no” simple. en los últimos años de su existencia. exacta­ mente en el momento en que ella. relampaguaba el cuchillo al lado de la espada total­ mente virgen. Lo vimos en esa época. Resultado: en ningún lugar de nues­ tro territorio pesó tan firme y tan estrangulador. hablan a las claras. porque había saltado velozmente tres grados en dos años. el gobierno parecía desear tener cerca de sí a aquel firme sostén. en los documentos de la profesión guerrera aparecía lo implacable de una existencia accidentada. sin un rodeo. El crimen le trajo la transferencia hacia Mato Grosso y. Y fue el más decidido. el guante del estado de sitio. al declararse la Revuelta de la Armada. alabado por el desempeño de misiones pacíficas. el primero quizá en acuchillar a la víctima por la espalda. acerca de los cuales era completamente muda la fe de oficio del burócrata inofensivo y tímido. Esta salió de la vaina. . Impresionaron tanto a la opi­ nión pública nacional que. sin la mínima deferencia. atrevido y cor­ tante. Y entre los subalternos encargados de ejecutar la senten­ cia en plena calle. delante de la justicia resguardada por los Comblains de toda la fuerza policial en armas. figuraba. Los fusilamientos que allí se realizaron. y teniendo en su hoja de servicios elogios merecidos por varias comisiones ejemplarmente cumplidas. el Mariscal Floriano Peixoto lo envió. Todavía era capitán y aunque nunca había desenvainado su espada en un combate. en la que no raras veces. sin una explicación. en pleno día. alrededor de los treinta años. en un comentario lisonjero de los grandes lances de su vida. en un carruaje. el capitán Moreira César. sentado al lado de la autoridad superior del propio ejército. un dardo que dio de lleno en la curiosidad imprudente de los poderes constituidos. ya gra­ duado. Su figura de niño atravesaba los cuarteles y las calles envuelta en un murmullo simpático y elogioso. como una barrera para detener el conflicto que se había reanimado en el sur y amenazaba a los estados limítrofes.Así se hizo. sólo volvió después de la proclamación de la República. todavía joven. terminada la revuelta.

Estos se volvieron. buscando el crimen muchas veces como vía de escape de la locura. Nombrado para la expedición contra Canudos. dispuesto adrede para hacerlo prisionero a él y a sus soldados. sin exagerar. De ahí esos actos inesperados. entre los cuales. con estupor de su mismo estado mayor. crece cuando se ex­ panden las emociones súbitas y fuertes. Sin embargo. el enfermo puede aparecer. Se vio que todos los accidentes singulares de su inconexa existencia. prende al comandante. ex abrupto 26 S. Fueron una revelación. se puede decir que muchas veces. la epilepsia se alimenta de pasiones. y tres días más tarde. parece tener en la libre manifestación de aquéllas una derivación salvadora que atenúa sus efectos. . tuvieron la intermitencia de los ataques. extremados por dos ímpetus impulsi­ vos: la partida caprichosa de Monte Santo. y su identidad está en que objetivaron la misma neurosis. pero. demostraba cualidades eminentes y excepcionales de jefe disciplinado e inteligente. el 7*?. el ataque contra la aldea. un crimen o un acto de heroísmo. había decenas de niños que no podían cargar las armas. Lo había asaltado. de un desvío en la ruta. Con un imperio incondicional. Realmente. o se traduce en una alienación apenas efectiva. Contenido el brazo homicida o inmovilizado de golpe el héroe en su arremetida glo­ riosa. sin que para eso hubiese el mínimo pretexto. es el equivalente mecánico de un ataque. en lo que la víctima trata de eludir instintivamente al propio mal. más repetidos y ostentosos en un creci­ miento inflexible. precisamente en la víspera del día fijado en detalle para la marcha. cuando todavía está larvada. . en una nave mercante y en pleno mar. eran señales significativas que indicaban un diagnóstico único y se­ guro . por fin. en contraste con los inter­ mitentes momentos de exaltación y paroxismo. en manifiesta violación de la ley. Habremos de verlos en seguida. . precisa­ mente en la víspera del día señalado para el asalto. Se hizo dueño del batallón que comandaba. escondida sorda­ mente en las conciencias. porque en sus extensos períodos de lucidez. de improviso. sucumbiendo al acceso. se entregó a una serie de desatinos que culminaron en una catástrofe. Estos últimos hechos. la sos­ pecha de una traición. lo abasteció con un personal que sobrepasaba en mucho el número regular de plazas. organizó el mejor cuerpo del ejército. incomprensibles o brutales. ante la sorpresa de sus mismos compañeros. De modo que.Se embarca con su batallón. eso no disminuía su prestigio. de mil y tantos hombres exhaustos por una carrera de leguas. La acción sería absolutamente inexplicable si no la caracterizáramos como un aspecto particular de la desorganización psíquica de que era víctima.

La inteligencia. y un escuadrón del 9? de caballería. perturbándose. se había ejercitado el dominio del caput mortuum2 6 4 de las sociedades. en una serie de delirios fugaces. deformándose. poco a poco. una batería del 2? regimiento de artillería. En la apreciación de los hechos el tiempo sus­ tituye al espacio para formalizar las imágenes: el historiador necesita cierto alejamiento de las épocas que observa. según una acertada expresión. . cerca de 140 soldados del 33? y el 9? de infantería. Y lucha tenazmente. sintiendo crecer la inestabilidad de su vida. bajo la dirección del mayor Rafael Augusto da Cunha Matos. Si un gran hombre puede imponerse a un gran pueblo por la influencia deslumbrante del genio. Pero la lucidez. Despuntaban efímeras individualidades y entre ellas. de donde salió dirigido por el coronel Sousa Meneses. se debilita. en una eva­ luación cada vez más penosa de las condiciones normales del ambiente. entonces. el coronel César se destacaba con fuerte relieve. con el . En esta ocasión le cabe a la sociedad darle la púrpura o el chaleco de fuerza. Entre nosotros.Durante mucho tiempo está sumido en una semiconciencia de su estado. llevando su batallón. a la gloria. relativa a la bajeza del medio en que surgió. como si la nulidad de su pasado hiciera sobresalir mejor la energía feroz desdoblada en los últimos años. que ni ella advierte a veces. Doblemos esta peligrosa página. cae en un estado crepuscular. los degenerados peli­ grosos fascinan con igual vigor a las multitudes estúpidas. El enfermo. Porque el principio general de la relatividad abraza las mismas pasiones colectivas. el coronel Moreira César salió el 3 de febrero hacia Bahía. pronto a desatarse en acciones violentas que lo pueden llevar al crimen o accidentalmente. y condensa en su cerebro. como si fuese la suma de todos los delirios anteriores. no capta las condiciones exteriores o las relaciona mal y va decayendo. Los intervalos lúcidos le sirven de punto de apoyo para la vacilante conciencia en su búsqueda de motivos inhibitorios. uniéndose partes de otros tres cuerpos: el 16? que estaba en San Joao d’El-Rei 2 6 5 . un potencial de locura inestable. bajo el mando del capitán José Agostinho Salomáo da Rocha. Es temprano todavía para que se defina su altura. PRIMERA EXPEDICION REGULAR De conformidad con la invitación que le fuera hecha. finalmente. con 28 oficiales y 290 pla­ zas. el 7? de infantería. Las tres armas formaban el núcleo de la brigada constituida con la celeridad que las circunstancias imponían. con el capitán Pedreira Franco. que nadie advierte. .

"1^ base de operaciones”. donde el 20 ya estaba pronta para el ataque. tenientes del estado mayor de primera clase. Es natural que las operaciones no fuesen concertadas con la indis­ pensable lucidez y que las deformasen desde el primer paso todos los errores y explicables descuidos e inexplicables olvidos de preceptos rudi­ mentarios. bases medidas a ojo. Todas las decisiones quedaron domina­ das por un plan único. Monte Santo. Nada se resolvió de acuerdo con las circuns­ tancias especiales de la empresa. Reunidas todas las fuerzas que allí lo esperaban. El jefe expedicionario no se detuvo en Bahía. casi 1.300 hom­ bres. bajo el comando de un teniente. Los ingenieros militares Domingos Alves Leite y Alfredo do Nascimento. Siguió con la misma velocidad. Un día antes. el grueso de la tropa siguió hacia la "2^ base de operaciones”. Los principales jefes de cuerpos. aunque cono­ cían el diagnóstico que afectaba seriamente la firmeza y las responsa­ bilidades del comando general ante las severas condiciones de la lucha. cautelosos y tímidos. de estimativa . la enfemedad del comandante había estallado en una convulsión epileptoide en plena calle. se negaron a la menor deliberación al respecto. sin embargo. señales ambiguas según la disposición de determi­ nadas sierras.coronel Pedro Nunes Tamarinho y pequeños contingentes de la fuerza estadal bahiana. no les era posible elegir los puntos estratégicos para afirmar una línea de operaciones. cerca de Quirinquinquá. que los cinco médicos del cuerpo sanitario previeron una repetición de lastimosas con­ secuencias. La movilización había sido un prodigio de rapidez. donde sólo cinco días después de haber partido de la Capital de la República el 8 de febrero. fuertemente provistos con quince millones de cartuchos y setenta tiros de artillería. de inmediato salió para Queimadas. ya rudamente corregidos o expuestos con la mayor claridad en los desastres anteriores. Pero había llegado bajo malos auspicios. tuvieron una semana para reco­ nocer un terreno desconocido y áspero. estaba toda la expedición congregada. propio de un comisario policial enérgico: lanzar a paso redoblado mil y tantas bayonetas contra Canudos. una platónica guarnición de 80 enfer­ mos y 70 niños que no soportaban el peso de las mochilas. La misma vertiginosidad de los levantamientos militares estaba más acá de esa misión precipitada. Esto en el menor tiempo posible. En la exigüidad de tal plazo. adscrita a reglas fantásticas. y había sido de tal carácter. El coronel Moreira César llegaba al objetivo de la campaña condenado por los mismos médicos que estaban bajo su mando. Dejando en Queimadas. agregados a la brigada. anotaban así extensiones en base a una unidad traicionera. Estos se guiaban preguntando a los escasos habitantes de los lugares recorridos. distancias registradas en los punteros de los podómetros metidos en las botas de los apresurados operadores. la legua.

La explo­ ración realizada se había hecho por un ajustarse a esas antiguallas de la estrategia. se encontrarían en el Rosario. porque absor­ ben con succión de esponja. en marcha que la contorneaba. Monte Santo. para aclarar los problemas de la ruta. pero tenía la ventaja.exagerada por el amor propio del matulo acostumbrado a largas cami­ natas. Se iba a marchar hacia lo desconocido. que se debía pasar un arenal de cuarenta kiló­ metros que en esa época. rumbos totalmente embarullados o líneas de ensayo en las que un error de cinco grados era un primor de rigor. dominada . los más impetuosos aguaceros. La travesía se presuponía larga y llena de tropiezos. aunque fuesen mínimas. A pesar de eso. y hubiese entre los expediciona­ rios algún rabdomante capaz de señalar con una varita mágica el punto exacto en que existiese la capa líquida necesaria. el de Bom Conselho a Jeremoabo. Saliendo de Monte Santo. un mínimo de veinticinco leguas. contextura del suelo. a poco rumbeando al NNO. Se sabía que ésta atravesaba largos trechos de caatingas que exigían la apertura de picadas. en el rumbo ESE y al llegar aquí. Veremos más adelante qué función cumplió. se eligió el nuevo camino. Para obviar este inconveniente. por lo despoblado y árido de la tierra. pudiesen ofrecer resis­ tencia en caso de una derota. porque todas las travesías por allí se limitan a un camino secular. Era natural que se garantizase por lo menos la pretendida base de operaciones para que la tropa no quedase completamente aislada en el desierto. Sin mayor examen fue aprobado. y aguadas de existencia problemática y dudosa. por sendas no frecuentadas. Subordinaron al comandante el relevamiento hecho. Nadie pensaba en la más remota posibilidad de un revés. un retroceso o una retirada. al parecer. se tomaría la ruta hacia el norte. entre éste y el Itapicuru. que valían por una extensión diez veces mayor. rodeando y evitando por el este los agres­ tes campos que lo detienen al norte o insensiblemente descienden hacia el Vaza-Barris formando en el ligero divortiun aquarum. Eran 150 kiló­ metros. como hacían las legiones romanas en Túnez. escogiéndose dos o tres puntos de defensa con guarniciones que. doblando. pero bastaba la mirada perspicaz del guía. llevaron una bomba artesiana. no se podía emprender el viaje sin que los combatientes llevaran provisión de agua. grandes arenales sin el más leve hilo de agua. las fuerzas se encaminarían hacia la aldea del Cumbe. Elegido este camino no se pensó en convertirlo en una línea de operaciones. el capitán Jesuíno. como si conociesen las capas profundas de la tierra cuando ignoraban su misma superficie. la plenitud del verano. informes sobre acciden­ tes. Envolvía al del Cambaio por el este y era más extenso en nueve o diez leguas. de apartarse de la zona montañosa. con sus pésimas condiciones de defensa. con el antiguo camino de Magacará. De acuerdo con él. faldeando la sierra de Aracati.

hacia los varios . ingenuas madres de familia hermanadas con tramposas mujeres de la vida. quedaría bajo la autoridad del coronel Meneses con una guarnición deficiente de pocas decenas de plazas. Alagoinhas. capangas en disponibilidad. vaqueros crédulos y fuertes. al mando de un jefe de confianza. de veinte hombres cada uno. de Jeremoabo y de Uauá. buscando el milagro. sin compartir el coro de letanías. llegaban cargueros repletos de toda suerte de provisiones directamente enviados a Canudos por los adeptos que desde lejos los mantenían. Brazos no fal­ taban. COMO LA AGUARDABAN LOS JAGUNCOS Apenas despuntaba la mañana se distribuían los trabajos. Pero se podía presumir que lo iban a hacer cuando todas las informaciones que llegaban aseguraban de modo concordante que los sertanejos se preparaban fuertemente para la lucha. en todas partes. o ciegos. podrían tomarla apenas el resto de la tropa saliese para Canudos. La nueva del último triunfo sobre la expedición Febrónio. extraños. en demanda del paraje legandario. por las calles de Calumbi. de Magacará. En el curso de esas pro­ cesiones se veían invariablemente. podía atacarla. en todo momento. Canudos había crecido extraordinariamente. Se destacaban piquetes de guardias. la cura inmediata ante un simple ademán del tau­ maturgo venerado. Tenían abastecimientos y un gran entusiasmo. y leprosos. Las noticias eran ciertas. En tres semanas. convergiendo de todos los puntos. solos. En el correr del día.por la serranía a plomo. en Vila Nova da Rainha. los había de sobra. Llegaba toda suerte de gente: pequeños hacendados. No lo hicieron. había des­ truido las últimas vacilaciones de los creyentes que hasta entonces habían sido renuentes en ir hasta el falansterio de Antonio Conselheiro. buscando un teatro de mayor enver­ gadura para su índole aventurera y su valentía impulsiva. De modo que los jagungos. paralíticos. siguiéndolos pero sin mezclarse con los fieles. aparceros en un mismo montón con los variados tipos de la marginalidad sertaneja. Como en los primeros tiempos de la fundación. Muchos cargaban en redes a sus familiares enfermos. trayendo todos sus haberes. novelada ya con numerosos episodios. aumentada por los que la divulgaban. moribundos ansiosos de tener su último sueño en ese lugar sacrosanto. fácilmente. aparecían grupos de peregrinos. a bandidos sueltos. desde lo alto de las colinas. desde donde media docena de enemigos sin arriesgarse.

Explican el extraordinario número de esos tremendos hoyos que a intervalos regulares y hacia todos los rumbos. Preparaban la urgente defensa. les cortaban las ramas interiores sin deshacerles la fronda. volverían difícil la marcha de la tropa más robusta y ligera. Y partían felices. Los que en la víspera ya habían pagado su tributo al servicio común se iban hacia las insignificantes plantaciones. tratando de escapar de los pasajes peligrosos. se veía a los sertanejos esparcidos por lo alto de los cerros o al borde de los caminos. Otros se dirigían a las obras de la iglesia. la rodeaban de pequeños respaldos de piedras yuxtapuestas. se volvería hacia los lados. ríos excavándose en fosos y por todas partes. indagando acerca de los nuevos invasores. arreglar contrabandos que se hacían con facilidad. hacieron otras próximas. hacia Monte Santo o hacia Cumbe o hacia Queimadas.puntos de acceso: en Cocorobó. el sistema era un ideal de fortificación pasajera: abierta una cavidad circular o elíptica. Y como preveían que éstas. Los bloques de pizarra. abriendo la tierra a pico y pala en una faena incesante. sacando. car­ gando armas o herramientas de trabajo. Estaban situados de modo tal que. iban más lejos. Cons­ truían trincheras. En el ánimo de muchos asomaba la esperanza de que los dejarían. fácilmente extraídos en todas las formas deseadas. asaltando y conquis­ tando las trincheras que los bordeaban. a dos metros sobre el suelo. en la bajada de las Umburanas y en lo alto de la Favela. inquiriendo sobre todo. espiando todo. un pequeño escudo colgante. Pero los jefes no se ilusionaban. cautelosamente. cargando o amontonando piedras. en la quietud de la simple existencia del sertón. adquirir armamentos. La tierra era un modelo admirable: sierras empinándose en reductos. con el fin de renovar a los que habían pasado allí la noche de vigías. facilitaban la tarea. Así es que siguiesen el camino o lo aban­ donasen. crivaban la tierra en todos los alrededores de Canudos. ocultos en el . extendidas a ambas márgenes del río. junto a la confluencia del Macambiras. Por los caminos pasaban en pequeños grupos. en la que se pudiese ocultar o moverse a gusto el tirador. en lo alto de las barrancas. En los días ardientes. y otras más distantes e igualmente dispuestas. Por su rapidez. los combatientes estarían siempre atrapados en una red de balas. confa­ bulando con los fieles de aquellas localidades para vigilar a las autori­ dades. finalmente. Es que los rebeldes no necesitaban enseñanzas para estos preparativos. las caatingas cerradas en trincheras naturales. de modo de for­ mar. como incontables cañoneras de una monstruosa fortaleza sin muros. Olvidados de las matanzas anteriores. de modo de seguir el combate. Escogían los arbustos más altos y frondosos. cantando. por cuyos intersticios se podían meter el caño de las espin­ gardas. capaz de soportar cómodamente uno o dos tiradores invisibles. y los más despiertos. en delicadas comisiones. sobre todo en los largos trechos en que el camino sigue el lecho seco de los riachos.

follaje. Tenían otros dispositivos más serios. Día a día llegaban a la aldea singulares recién venidos. El explosivo salía perfecto. las abrían como estrechos postigos. Por el sertón había corrido un toque de atención. Descubrían un cerro coronado por cantidades de grandes bloques redondos. la cadencia de los martillos y las mazas: maleando las hoces. Y de las tiendas calientes salía un resonar metálico de activos arsenales. más hacia el norte. esti­ rando los arcos que parecen una transición entre las armas de los salvajes y la antigua ballesta de polea. Se reparaban las armas. la hacían: tenían el carbón. de los "calangros” de los "balaios” o de los "cabanos”. junto al Sao Francisco y tenían desde hacía mucho. en bandolera. en las sediciones parceladas. cómodamente. pleiteándoles la paridad en calidad de bandido. pedazos de clavos. en su dosis justa. concertando las piezas de las viejas espin­ gardas y pistolas. En la aldea se oía la orquesta estridente de las bigornias. no sólo a los bahianos sino a los hijos de todos los estados limítrofes. al par que el ins­ tinto de desorden. No era suficiente la pólvora adquirida en las aldeas próximas. aguzando y acerando las aguijadas. el sulfuro. la caza. Porque la universalidad del sentimiento religioso. como si fuesen viejos conocidos. allí había reunido. Finalmente. enmarcados por espesas hileras de gravatás. libraban las junturas y brechas donde vegetaban cardos y bromelias. no les fattaban luchadores de fama cuya aventuras que causaban asombro. y se movían por ahí. aparecían bajo todos los matices. limpiaban después la parte de atrás. Nada más. absoluta­ mente desconocidos. puntas de cuernos. Respondían a una usanza antigua. la pistola de dos caños atravesada a la cintura de donde colgaba el facón inseparable. No les faltaba balas. como entre corredores del monstruoso bloque dominante sobre tierras y caminos y de donde podían. sin riesgos. rivalizando bien con los que usaban en las partidas de caza. esquirlas de piedras. variando hasta entonces sólo en los nombres. Entraban por el camino principal sin que nadie les preguntara la procedencia. No terminaban aquí los preparativos. El caño ancho de los bacamartes aceptaba todo: canto rodado. al acecho. divisar los más remotos puntos. corrían por todo el sertón. Los reci­ bía el astuto Joáo Abade que. sacado a flor de tierra. tenían el salitre. Entre el jagungo de Sao Francisco y el cangaceiro de los Cariris. esos tiradores singulares desde los cuales trampeaban a los cangagus bravios. Venían "debaixo do cangago” : la alforja atestada de balas y el tarro de pólvora lleno. Los mutas * de los indí­ genas se intercalaban así completando el alineamiento de las trincheras. la carabina. temperando las láminas de las facas largas como espadas. . los superaba por una rara argucia y unos grados de superioridad * Muta: especie de palenque sobre el cual se espera. los valen­ tones tradicionales de los conflictos sertanejos.

la aldea entera saliese en largas procesiones penitenciales por los descampados. salían hacia diversos puntos. catorces. El pueblo se había vuelto hacia la fe religiosa. "Comandante da rúa” 2 6 6 . donde se codeaban el tdbaréu crédulo y el bandido despierto. hubo una detención súbita de los preparativos guerreros. los días de torturas sin nombre. sin abandonar el poblado ejercía un abso­ luto dominio que se extendía por los alrededores. Cuando los piquetes volvían de recorrer los alrededores les faltaba alguno de esos siniestros compañeros. Los piquetes que. los durísimos tratos que recibirían. Lo imaginaban un héroe de grandes batallas. ninguna expedición fue aguardada con tal ansiedad. Pero ese movimiento de temor había redundado en una selección. título inexplicable en aquel laberinto de callejuelas. Cesaron de golpe los contingentes de peregrinos. Hubo algunas deserciones que ralearon las filas de los que debían ser más fuertes. El temor inmovilizó la febril actividad de los jagungos. múltiples y variables. Se exageraba con extravagantes fantasías la temeridad del comandante. Echó de la aldea a los incrédulos y temerosos. un sobresalto que llenó de estupor a la grey de revoltosos y los puso en peligro de disolución. espe­ cificaba un rudo poeta sertanejo en el canto que más tarde consagró a la campaña. dejando de lado las armas. Canudos des­ hecho a bala. Y no era raro que. ya no pasaron por los caminos . La gran mayoría de los creyentes verdaderos permaneció resignada. fuego y espada. su primer crimen. Lo obedecían incondicionalmente. no bajo el estímulo de una creencia sino con el anhelo de desmanes y en­ frentamientos. por un radio de cinco leguas a la redonda. al clarear el alba. Lo cierto es que los domi­ naba y disciplinaba. según lo revelaron algunos prisioneros al término de la campaña. En aquella dispersión de oficios.mental. recorridas continuamente por las veloces rondas de los piquetes. Según después se supo. fue cuando los emisarios que habían ido a averi­ guar sobre la marcha invasora trajeron información sobre el armamento de los soldados y el renombre del nuevo comandante. gracias quizá a la circunstancia de haber estudiado en el liceo de una de las capitales del norte. se había establecido un raro estrechamiento de esfuerzos y la más perfecta conformidad de puntos de vista vueltos hacia un objetivo único: parar la invasión inminente. de los adventicios peligrosos que iban allá. Le pusieron un apodo lúgubre: "Corta-cabezas” 267. Cesó la febril activi­ dad de los preparativos bélicos. Se lo dibujaba como el Anti-Cristo que venía a tomar la última prueba a los infelices penitentes. y prefiguraban la devastación de sus casas. de donde había escapado después de haber asesinado a su novia. Sin embargo. diariamente.

ligeramente disminuido. prolongaba sus rezos más allá del tiempo consagrado. un escuadrón de cincuenta plazas del 99 de caballería.281 hombres. en el que abundaban las ramas aromáticas de las caatingas. El cercado. vigilantes. Levantaba la cara macilenta. En consonancia. bajo el mando del coronel Pedro Nunes Tamarinho. En esta afligente situación. La partida debía hacerse al día siguiente. el torso doblado. Quedaba largo tiempo. inmóvil y mudo. silenciosos. contingentes de la policía bahiana. aparte de la reserva de 60. Al finalizar los rezos se le arrimaba una extraña figura. Eran en total 1. Y predicaba. bajo el mando del capitán José Salomáo Agostinho da Rocha. se metían cautos por las breñas y ahí se quedaban largas horas. La noche caía completamente y la aldea reposaba bajo el imperio del humilde y formidable evangelista. de rodillas en el cercado. encendidas las hogueras. Se exceptuaban setenta plazas del 169 que se quedarían con el coronel Sousa Meneses guardando la aldea. II PARTIDA DE MONTE SANTO Las tropas iban a partir el 22 de febrero. al mando del capitán Pedreira Franco. Al ano­ checer. ante la silenciosa multitud. la multitud. bajo el mando interino del mayor Rafael Augusto da Cunha Matos. Vestido con una larga túnica de brin azul que se deslizaba sin cin­ turón y sin gracia por el cuerpo. prolongándose a lo largo de la calle principal de Monte Santo. el 9? que por tercera vez se aprestaba a la lucha. formaron en orden de marcha para que les examinaran el equipo y las armas. una pequeña mesa de pino cubierta con un mantel blanco. la frente y los ojos bajos. Antonio Conselheiro aparecía. la frágil pero numerosa legión de la beatería. de pron­ to iluminada por una mirada fulgurante y fija. Lo determinaba la "orden de detalle”. alentando a los combatien­ tes más temerosos. . teniendo cada uno 220 cartuchos. fracciones del 339 y del 169 dirigidas por el capitán Joaquim Quirino Vilarim. Allí estaban: el 7? con efectivo superior al normal. tenía al medio. . en la tarde de la víspera. el cuerpo de sanidad comandado por el Dr. salió a terciar. frente a la puerta del Santuario.000 del convoy general. la batería de cuatro Krupps del 2? regimiento. Ferreira Nina. . Los batallones se alistaron en un cuadrado. y la comisión de ingenieros.entonando sus cánticos festivos.

En la plenitud del verano. en la última curva del camino. de Santo Antonio da Gloria al norte. apenas lo embeben. en los mediodías calientes. El coronel Moreira César. la desolación es total. largamente intercaladas. Pero en contra de la expectativa general. En la madrugada del 26. de noviembre a marzo. donde el hálito de un yesquero basta para encender súbitas hogueras. dejando al galope el lugar donde había per­ manecido. es absolutamente estéril. la tercera expedición a Canudos. enderezaron rumbo al norte. en vez de ordenarse rompan filas. Esta parte del sertón. Un cuarto de hora después. desfilando de a dos en fondo. sin embargo. Pero no hubo en las filas la más leve murmuración. Se iniciaba al caer de la noche la marcha hacia Canudos. se sacudió la artillería. que se había retrasado algunas horas con el comandante retenido en una finca próxima por otro ataque de epilepsia. al borde de las planicies que se dilatan hasta Jeremoabo. es muy distinta de las que hemos bosquejado rápidamente. PRIMEROS ERRORES La vanguardia llegó en tres días al Cumbe sin el resto de la fuerza. se puso al frente de la columna. El hecho fue inesperado. se fue­ ron colocando sucesivamente las secciones. oculta obstáculos quizá más serios. resonó la corneta al lado del comando en jefe dando la voz de "columna en marcha”. hacia Serra Branca.Se hizo la revista. . al penetrar por el camino estrecho. Este aspecto de la tierra. la cubre una flora rala que transforma a las caatingas en caatanduvas. Y como al caer las mayores lluvias. habiendo alcanzado en la víspera el sitio de Cajázeiras. rodaron los convoyes. Quien por allí se aventure tiene la impresión de andar por un campo de gajos secos y rotos. sin depre­ siones que mantengan aguadas salvadoras. inscripto en el vasto e irregular círculo que tiene como puntos determinantes los poblados del Cumbe al sur. Es menos abrupta y más árida. si acaso éstas no se arman espontánea­ mente en la plenitud de las sequías. La sorpresa se retrataba en todos pero no perturbaba el rigor de la marcha. desapareciendo con rapidez. de modo tal que ese trecho de los sertones. de Jeremoabo al este y de Monte Santo al oeste. Se completa así la acción esterilizadora del clima. sorbidas por las arenas. se convierte lentamente en un desierto. los habitantes de Monte Santo veían desa­ parecer a lo lejos. sin un poblado por donde pasen algunos viajeros. a dos leguas y media del Cumbe. El suelo arenoso y chato. Los tambores retumbaban en la vanguardia. cuando el nordeste sopla sobre las ramas. a más de tres leguas al frente.

Los árboles escasean. llega­ ron a Serra Blanca. se ven arbustos de mangábeiras. Mil y tantos hombres torturados de sed. sólo pensaban en el agua apetecida. Había caminado ocho horas sin parar. en las profundidad de un pozo. barreras de espinos. Abatidos por un día entero de viaje. la pesadez de la canícula. Ya vimos que la situación había sido prevista. demoraba la tracción de las carretas hundiendo las ruedas hasta la mitad de los rayos. casi exclusivos en cier­ tos tramos. los expe­ dicionarios. distanciados.. sólo cabía determinar la partida inme­ diata. cubrir de hojas y de flores sus troncos car­ bonizados. Y debía caminar bajo una temperatura altísima que agotaba a los soldados y no los insolaba gracias a la sequedad extrema del aire. cuando vuelven las estaciones propicias. seis leguas más adelante. después de los soles y los incendios. Andaban imprudentemente. Flanqueaban a la tropa los espías de los )agunqos. Cuando. La noche cayó sobre la marcha oscilante por el camino repleto de espinos. Los lastimados se perdían. pene­ trando en pleno territorio enemigo. que era forzoso deshacer a cuchillo. . único vegetal que puede medrar allí sin morir. Para saciar la sed que provenía de una casi completa deshidratación a causa del sudor. Al final. el estrépito de las armas estallaba en la soledad del erial y ese ruido rompiendo el silen­ cio ahogaba imperceptibles rumores en la caatinga. Pero la operación resultó inútil. donde la existencia de un pozo de agua justificaba el alto. y duplicaba en el reverberar intenso de la arena. Se calcula que esa jornada fue de ocho o diez leguas sin descanso. doblados sobre sus armas. Ante el singular contratiempo. se detuvieron en pleno camino. entregados por completo al tino y la lealtad de los guías. El terreno inconsistente y móvil huía bajo los pasos de los caminantes. Y sedienta. hasta el punto pre­ fijado. algunos litros de agua. a pesar de la distancia recorrida. gracias al látex protector que le permite. levan­ taba pesos. a la tarde. Dominando la vegetación. Al paso de las filas. en la retaguardia. la tropa estaba exhausta. Se trató de clavar el tubo de la bomba artesiana. se encontraban allí. y los más robustos apenas si podían ca­ . a pleno ardor del sol del verano. olvidados de la lucha. Es que en lugar de llevar un instrumento que facilitara la penetración de la sonda había llevado uno de función opuesta. NUEVO CAMINO La expedición marchaba por ahí en la época menos propicia. La travesía fue penosa. Nadie se fijaba en ellos. hacia el Rosario. oponía cada tanto.

Y en medio de aquel enredo de filas. El Rosario fue alcanzado antes del mediodía. * El coronel de la Guardia Nacional. la invadió la aprensión de la guerra. emba­ rrándose en carreras cruzadas. sin pisos. reconocieron que estaban en la zona peligrosa. Lo revela un incidente. rodeados por una cerca de palos. apareció de golpe un jinete solitario. buscán­ dolo en esa arremetida inútil. Corriendo y cayendo. el pozo de agua o la ipueira que determinó la elección del lugar. se oyeron las notas de la alarma. habiendo llegado a la tarde un correo de Monte Santo y caballos para el escuadrón que hasta allí había viajado en muías inservibles. en rondas cautelosas. sordos a las discordes voces de mando. era un convoy de mercaderías enviado por un hacendado amigo de las cercanías *. resbalando por el terreno encharcado. José Américo de Sousa Velho. Salvo ese incidente. Fue quien había aconsejado «se camino a la expedición. cenizas de hogueras. disparando sus armas entre el fragor de los truenos que impresionaban desde lo alto. destinado a la celebridad en el correr de la campaña. dueño de dos campos en Caimbé y Olhos d’Agua. precipitándose al galope entre los dos soldados atontados y lanzándose en dirección probable al enemigo. rostros frescos en la arena que seguían tortuosamente en las caatingas. con arbustos escasos y a poca distancia. En la Porteira Velha. rodeándolos. era como los otros de las cercanías: una o dos casas pequeñas de teja hueca. el enemigo imaginario a quien iba a entregarse. A duras penas lo alcanzó el ingeniero militar Domingos Leite. vistiéndose. armándose a los apu­ rones. como los que suelen sobrevenir por esa época en los sertones. Felizmente. invisibles. Junto a la hoguera habían que­ dado una pistola de dos caños y una aguijada de vaquero. todo decía que los sertanejos habían pasado allí la noche.minar. por primera vez. A cada paso encon­ traban restos de asados. ajustándose los cinturones. en un tumulto. Y reanudaba la marcha en la madru­ gada. el día pasó en completa paz. El enemigo aprovechaba el furor de los elementos y surgía entre esa lluvia. El día 1? de mayo. alineándose secciones y compañías al acaso. los que dormían. Era el coronel Moreira César. de improviso. oficiales y plazas buscaban una formación imposible. mientras caía un vio­ lento y transitorio aguacero. precisamente a la hora en que otra lluvia pasajera v fuerte caía sobre la tropa desguarnecida. oficiales durmiendo. un descanso ilusorio: plazas caídos a lo largo del camino. Fue un alto breve. Allí acampó la expedición. Estaba en el centro del teritorio enemigo y parece ser que. con un terreno limpio. . con las riendas de los caballos enredadas en las manos. Aquel sitio. parece que la vanguardia los había sorprendido ocasionando un pricipitado desbande.

Sugería la división en dos de la columna hasta entonces unida. Por último. un guía. el ala derecha del 79. ir directmente sobre Canudos después de caminar poco más de legua y media. los batallones marcharon hacia Angico. riachos derivados por tierras . A la retaguardia. Estaba firme el plan definitivo de ruta. era factible una retirada en orden hacia Monte Santo donde se reorganizarían y se aumentarían las fuerzas. sostenida por el comandante del 7*?. la 1^ división del 29 regimiento. adonde mandó armar su barraca. adrede concebido para dismi­ nuir la fatiga de las marchas forzadas anteriores. acampando dentro de un gran corral abandonado. experimentado y bravo y la comisión de ingenieros. al mando del teniente Figueira. Ma­ nuel Rosendo. una compañía de tiradores del 7$. La tropa avanzaría el 3. con el capitán Alberto Gaviao Pradel de Azambuja. adonde llegaron a las once de la mañana. El coronel César se internó en la caatinga próxima. imponía la modificación preliminar de la orden hasta entonces adop­ tada sobre la marcha. con el mayor Cunha Matos. el ala izquierda del 79. a la madrugada. siguiendo un plan lúcidamente elaborado. Le presentaron varias ideas para rodear de mayor seguridad al ataque. El coronel César. el cuerpo de sanidad. Allí no ocultó a los jefes de los cuerpos su seguridad absoluta en la victoria. Llegaron a la región carac­ terística de los alrededores de Canudos: serranías cubiertas de una vegetación raquítica de cardos y bromelias.Y en la madrugada del día 2. Al marchar hacia Angico se salió con el mismo orden de partida del Cumbe: al frente un piquete de exploradores montados. Como estaban en pleno territorio enemigo. Habían partido a las cinco de la mañana. en la vanguardia. el jefe expedicionario no desoyó la opinión. Contra lo que era de esperar. si por cualquier causa se verificasen grandes recursos de parte del adversario. el ala derecha del 99 bajo el mando del coronel Tamarinho. contingente del 16? del capi­ tán Quirino Vilarim. tomaron dispositivos para dar garantías al campa­ mento rodeándolo de centinelas. iba entre la compañía de tiradores y el ala derecha del 7?. Descansar el resto del día y levantar el campamento a las cuatro. una de las cuales. la caballería. separada de la izquierda comandada por el capitán Felipe Simoe con su respectivo convoy. marchando de costado llevaba al centro al respectivo convoy de municiones. De esa manera. y el convoy general cuidado por la policía bahiana. bajo el mando de Salomáo da Rocha. destinando una fuerte vanguardia para el reconocimiento y el primer combate y la entrada en acción de la otra como refuerzo.

. doblados. vimos a algunos valientes echar a broma sus sufrimientos y reírse de las miserias pasadas.cada vez más abruptas. repentinamente cortadas por risas joviales. los transforma en pocos días. la inconsciencia ante el peligro. a un mismo tiempo impresionante y monótono: la naturaleza inmóvil. cubriéndole las piedras. llevan las armas sin estilo. celeridad en las cargas. lo que nunca adquirieron en los cuarteles: altivez en el porte. . por las piedras. el desapego a la vida y el impulso fatalista hacia la muerte. No ensayan la menor protesta ante las peores estrecheces y nadie se les empareja en el resistir el hambre. De la extensa fila de la brigada salía un murmullo de millares de sílabas emitidas a media voz. al norte. por los cerros. PSICOLOGIA DEL SOLDADO Seguían tranquilamente a paso común y seguros. la recortaba con un largo dibujo negro y sinuoso. amalgamas de diversas razas. aquí. les da en poco tiempo. los disciplina. precisión en el tiro. parece que ante lances peligrosos o emocio­ nes fuertes. pasando días "comiendo aire”. habían pasado sin dejar rastros. por las que la reciente llegada de las lluvias todavía no había extendido las vestiduras efímeras de la flora renacida. sin garbo. sin que acercarse al objetivo de la lucha turbase el ánimo de los soldados. En la paz son muelles. siempre el mismo tono en los paisajes. decaída. como sucede en la plenitud del verano. hacia donde se extendiera la vista. sin un batir de alas en el aire quieto. sin una flor sobre las ramas desnudas. asumían con preferencia los instintos guerreros y la falta de previsión de los salvajes. Alrededor. los endurece. según el dicho de su lenguaje pintoresco. la guerra es su mejor campo de ins­ trucción y el enemigo es su instructor predilecto. El atributo prominente de nuestros soldados en esa alegría jovial con que se acercan al enemigo. Esos hombres de todos los colores. estirada en una línea de tres kilómetros. por una misteriosa ley de la psicología colectiva. seguridad en el paso. allí. se relajan. las últimas serranías que ro­ dean Canudos. por los campos. La columna en marcha. en los altos del camino quedan sin aplomo. Van a la batalla como hacia una fiesta turbulenta. son inimitables en su capacidad para caminar días y días por los peores caminos. Las lloviznas de la víspera. Después de angustiosos trances. No sucumben a la provocación. en los ejercicios extenuantes de la marcha y del combate. Adelante y próximos se veían. El suelo quemado las absorbía y seguía reseco y agreste. .

. III PITOMBAS Iban a estas admirables condiciones cuando llegaron a Pitombas. algunos salían con un pensamiento extravagante y en el alboroto confuso pasaban las risas apenas contenidas. Pero lo hace con los ojos puestos en sus jefes de cuya energía parece vivir exclusivamente. proyectos prematuros. . transformaba la campaña en un paseo militar penoso. la irisaba. quiere guerrear a su manera. La obligación de combatir adscrito al ritmo de las cornetas lo tortura. Y marchaban firmes al frente. . Entonces se bate sin rencor pero estrepitosamente. con su podómetro sujeto a la bota. aquella mañana resplandeciente los alentaba. sin haber disparado un cartucho. A veces. Es desordenado.En la batalla. Vendían escanda­ losamente la piel del oso sertanejo. y la vuelta sin gloria. la palabra irónica o burlona. arrojando contra el adversario. Y hacían planes. Con tal jefe no podía pensarse en reveses. es cierto. Imaginaban anticipadamente sus hazañas: cosas para el asombro de los oyentes crédulos. riendo entre las cuchilladas y las balas. junto con la bala. El mecanismo de la maniobra compleja lo atonta. Ahora bien. cuando toca al enemigo con la punta de su sable. Por eso no se adapta a las grandes maniobras de las campañas clásicas. Las for­ maciones correctas lo maniatan. todos iniciados por una frase ingenua: "Cuando yo vuelva. Además. arriesgándose locamente. El pequeño riacho que por allí corre surcando profundamente el suelo. interrumpiéndolo . ninguno es capaz de entrar y de salir como un prusiano. avanzando impasible hacia los puntos más difíciles. y de buen grado obediente a los amplios movimientos de la estrategia. . es tur­ bulento. ”. es desprolijo. allá adentro. los amenazaba con un solo obstáculo serio: que encontraran vacío el poblado sedicioso. Esa probabilidad los asustaba. cuando la tuvieran a tiro. De modo que la mínima vacilación de aquéllos detiene de golpe todas las osadías y cae en un abatimiento ins­ tantáneo unido a un desánimo invencible. es un muchacho heroico y terrible. desdeñando las oportunidades de cortárselo. escenas jocosas y trágicas. pasando por transiciones suaves del cénit azul al púrpura deslumbrante del oriente. fanfarrón. en la tapera monstruosa. El adversario que hasta ese momento les había dejado libre el camino. impa­ cientes por irse de manos sobre el adversario esquivo. despreciando el valor. a veces va al lado del camino y otras veces lo cruza. en aquella ocasión todo vaticinaba la victoria. El hermoso firmamento de los sertones se arqueaba sobre la tierra.

con sincera alegría. Los arbustos se doblaron. Y reanudaron la marcha. Descargaron sus armas y huyeron a tiempo para escapar a la réplica que fue rápida. Habían tirado con firmeza: abatieron mortalmente a uno de los subalternos de la compañía de tiradores. Se había roto el encanto del ene­ migo. hacían el camino me­ tiéndose en las caatingas. ahora más rápida. EL PRIMER ENCUENTRO Por ésta tomó la tropa. . en rápido avance. lo deja antes de llegar al lugar al que da su nombre. Fue como una diversión gloriosa y rápida. Estaba cargada. cuando corrió triun­ falmente el ritmo de una carga y destacándose. . cayeron como ante un huracán. el enemigo. El coronel César. además de siete soldados. rastreando a los espías que por acaso hubiese. A los pocos minutos. Por fin. estalló una descarga de media docena de tiros. mientras el toque de la victoria sonaba en altas vibraciones. Los tiradores y sus flancos. El grueso de los combatientes se perdió adelante. los soldados encontraron una espingarda pica-pau de caño fino. disparó al aire. el ala derecha del 7<? se lanzó en dirección del enemigo. a la vanguardia. bajo la barranca. a pasos redoblados. El enemigo se hurtaba al encuentro. volteándola a bayoneta. . El comandante en jefe abrazó. los cañones de la división Salomáo explotaron metralla sobre la vegetación rastrera. casi un semicírculo del cual el camino es la cuerda. que aprovechaba la conformación favorable del terreno para un ataque instantáneo. — dijo tranquilamente.serpenteante. En los aires resonaban todavía los estampidos. Era algún piquete que espiaba a la expedición y allí la aguardaba. saliendo del grueso de la columna. Y cuando la vanguardia llegó a la mitad. Como despojo. — Esta gente está desarmada. para matar pajaritos. al oficial feliz que diera ese valiente rechazo al antagonista y consideró auspicioso el encuentro. Por fin. el alférez Poli. el ala volvió a la fila entre aclamaciones. Los barrieron. Un tiro insignificante. Era para llorar ver tanto aparato bélico. doblándose en una vuelta larga. En seguida. que­ dando en Pitombas los médicos y heridos. hiriendo de soslayo y refugiándose en seguida en la vegeta­ ción de las riberas. Las armas de los jagungos eran ridiculas. a caballo. bajo la protección del contin­ gente policial y del resto de la caballería. hundiéndose en la caatinga a paso redoblado. tan lujosa escena en una campaña destinada a terminar con media docena de disparos. tanta gente.

deshaciendo las probables trampas o buscando alcanzar a los fugitivos que enderezaban hacia Canudos. Lo obsesionaba el ansia de verse frente al adversario. Fiera anónima y monstruosa caminando hacia el obje­ tivo con finalidad irresistible”. la idea de seguir esa arremetida hasta la aldea: — ¡Camaradas! como ustedes saben estoy enfermo. imponiendo. punto predeterminado de la última parada. El mismo aton­ tamiento y el mismo andar precipitado entre los mayores obstáculos y el mismo vértigo. y la misma neurosis torturante impresionando a las filas y la misma ansiedad dolorosa. Pero el ímpetu que traía la tropa dio un componente favorable a las tenden­ cias envalentonadas del jefe. en una especie de generación es­ pontánea en virtud de la cual millares de individuos diferentes se vuelven un animal único. . estimulan y alucinan con idéntico vigor al hombre que huye de la muerte y al hombre que quiere matar. exige almas inertes — máquinas de matar— firmemente enca­ rriladas en las líneas preestablecidas. Iba a ser el exponente de la neurosis. olvidando el axioma de que nada se puede intentar con soldados fatigados. Un plan de guerra arriesgado a una sola carta. Solamente la fortaleza moral de un jefe puede impedir esa transformación deplorable. Sobrevino una ocasión para normalizar la situación. Es que un ejército es antes que nada una multitud "conjunto de elemen­ tos heterogéneos donde basta introducir una centella de pasión para determinar una súbita metamorfosis. . Se había establecido que allí descansarían. La tropa iba bajo la atracción irre­ sistible de la lucha. lo indispensable para reunir a los oficiales y presentarles. en lugar de reprimir la agitación. en esa ebriedad mental peligrosa que atonta al solda­ do doblemente fortalecido por la seguridad de su fuerza y la absoluta licencia para la máxima brutalidad. Los grandes estra­ tegas han comprendido que la primera victoria a alcanzar en las guerras está en sujetar ese contagio de emociones violentas y esa inestabilidad de sentimientos que. pero Canudos está muy cerca. Levantarían campamento a la mañana siguiente y caerían sobre Canudos unas dos horas después. Hace muchos días que no me alimento. Llegaron a Angico. Porque un ejército que persigue tiene el mismo automatismo impulsivo que los ejércitos que huyen. iba a ampliarla. se confunden en el mismo espectro. una directriz que rectifique el tumulto. ¡vamos a tomarlo! La propuesta fue aceptada. El encuentro los había galvanizado. El pánico y la valentía loca. . lanzan al combatiente a los mayores peligros y a la fuga. lúcida e infle­ xiblemente. Pararon en Angico un cuarto de hora. con la misma intensidad. el extremo pavor y la audacia extrema. Pero estaban lejos de ese ideal siniestro los soldados del coronel Moreira César y éste.

como si tuviesen el único fin de atraerlos lo mismo que el resto de la tropa. El sol ilumina a plomo. . La marcha continuó.— ¡Vamos a almorzar a Canudos!— dijo bien alto. finalmente. se permitió que los plazas arrojaran las mochilas. Aclamaciones. La fuerza hizo un alto. sonaban algunos tiros de los adversarios en fuga. apuntó con seguridad la dirección de la aldea. Jesuíno. Canudos debía estar muy cerca. . Moreira César puso en pie de guerra a la división Pradel y graduando la alzada de mira a tres kilómetros. DOS TARJETAS DE VISITA A ANTONIO CONSELHEIRO El guía. Traspuestos los últimos accidentes fuertes del terreno. La frase se repitió entre las filas. La caballería. los sorprendió la vista de Canudos. . iría recogiendo todo a medida que lo encontrara. raros. . De súbito. . Dispersa al frente. los sacos de provisiones y todas las piezas del equipo. cansándolos en un camino de seis horas. Avanzando de ese modo desaforado saltaron la breve planicie en lo alto de las Umburanas. Buena estrategia que tenía el fin de hacerlos marchar hasta la aldea en condiciones desfavorables. La embestida se re­ novó febrilmente. con el humorismo superior de un valiente. distantes. Le respondió una ovación de la soldadesca. ” — dijo casi jovial. a retaguar­ dia. la compañía de tiradores revolvía las matas desde las cuales. consultado. Estaban en lo alto de la Favela. — "Allá van dos tarjetas de visita para el Conselheiro. "¡ACELERANDO!” Hay una prueba que no puede eludirse en esta marcha enloquecida que cortaba el aliento de los soldados antes de la batalla: para no demorarse y apurar el paso de carga de la infantería. los batallones avanzaron dentro de una pesada nube de polvo. Eran las once de la mañana. ordenó dar dos tiros en el rumbo indicado. exceptuando los cartuchos y las armas. la enorme tapera que las expediciones anteriores no habían logrado tocar. al alcance de la artillería. UNA MIRADA SOBRE CANUDOS Allí estaba.

se ampliaba y se extendía avasa­ llando los cerros al este y al norte. mascarada de un maderaje confuso de vigas. . y amplia. inesperadamente. mientras el resto de la infantería saltaba las últimas laderas. distantes. presas en una red inextricable de callejones estrechísimos. explotando en las casas y destrozándolas. sin que una pared blanca o un tejado encalado quebrase la monotonía de aquel conjunto asombroso de cinco mil casuchas asentadas en una arruga de la tierra. . doblando después hacia el este. Los efectos de las primeras balas se vieron en varios puntos. El compacto caserío alrededor de la plaza. grandes bloques dis­ puestos en un conjunto perfecto. La nueva. el Vaza-Barris la abarcaba. un escalón fuerte. Acompañando el espigón en la ladera. Y más a la derecha. tablas y postes. nítidas. rectangular. la enfren­ taba la iglesia vieja. Los cañones se alinearon en batalla. la tropa. una pequeña hilera de rutilantes palmatorias y las ramas verdes de las quixabeiras le daban el aspecto de un jardín agreste. la Fa­ zenda Velha. Y en la cumbre de la montaña. construida según el molde de las capillas sertanejas. se veía a medio camino. al pie de las colinas más altas. donde terminaba en un corte abrupto. repeliendo un violento ataque por la derecha. Hu­ milde. una flor. . el observador tenía la impresión de toparse. llevando lentamente las primeras aguas de la crecida. sin un cantero. No se podía errar el blanco. a la izquierda. Allí caía en esporón la falda del morro de la Favela. aparecía el cementerio de sepulturas rasas. avanzando hasta el río. dentro de un cerco tosco salpicado de cruces pequeñas y mal hechas. del otro lado del río. como garitas dispersas. una cueva triste. prendiendo los primeros incendios. Sobre ella.Aparecía de improviso en una depresión más amplia de la ondulada planicie. y a la gran plaza donde se enfrentaban las iglesias. una pequeña área plana contras­ taba con el ondear de las colinas estériles: algunos árboles. con una vasta ciudad. hasta las últimas viviendas aisladas. una casa en ruinas. envuel­ tas aún en andamios. el Alto do Mário. antes que la mirada pudiese acomo­ darse a aquel montón de casuchas. se erguía dominante sobre las otras construcciones. al mismo tiempo que llegaban los primeros pelotones sin aliento y abrieron el caño­ neo disparando todos a la vez en tiros rasantes. mostraba en los anchos muros. pulverizando las paredes de adobe. Estas últimas formaciones de la serranía tenían el nombre muy apropiado de "Pelados” por lo desnudo de sus faldas. Las dos iglesias se destacaban. un arbusto. todavía incompleta tenía levantadas las altas y gruesas paredes maestras. echando por los aires techos de barro y vigas en astillas. La primera en llegar fue la vanguardia del 7? de artillería. Y en el primer momento. Enfrentándolas. firmemente asen­ tada sobre el suelo. Parecía un formidable baluarte. Como un gran foso excavado. a la izquierda del observador. como una cumbre de la extensa planicie.

Toda la compañía del 7*?. El tronar solemne de la artillería estallaba en el aire. observando a lo lejos. iban corriendo hacia las barrancas del río. de los callejones. A veces se paraba. sobre el caserío fulminado. o a las iglesias. entrecruzándose por la calle princi­ pal. a las últimas mujeres. La cruzaban los últimos retrasados. los soldados tiraban nerviosamente sobre ese ser excepcional que parecía complacido en ser blanco del ejército. extendida por las faldas. Aparte del ligero ataque hecho por algunos guerrilleros contra la arti­ llería. los sertanejos no habían opuesto ninguna resistencia. La tropa empezó a descender. para apreciar a la tropa y seguía después la marcha. . saltaban por los techos. Ochocientas espingardas en tiros rasantes se inclinaban sobre el morro. Sorprendidos. Pasados algunos minutos empezaron a oírse. Y el sertanejo no apresuraba su paso. en ese momento. convocaba a los fieles para la batalla. Entre los claros del humo se veía la aldea. en dirección de la iglesia. . al lado de las vertientes. La campana de la iglesia vieja. se veían algunos perdiéndose por las caatingas. Se veía su rostro impasible. Otros aparentaban una increíble tranquilidad. A lo lejos. Era un desa­ fío irritante. . . . Se veían pasar. a paso lento cru­ zaban la plaza. En cierto momento se sentó a un costado del camino y parecía que le daba al yesquero y encendía el cigarro. . . Las fuerzas se extendieron por la ladera sin que una sola descarga turbase su alinea­ miento y la fusilería en descargas nutridas. sosteniendo sus armas. El resto de los combatientes ya no lo divisó. precipitadas voces argentinas.En seguida. Los soldados se rieron. La agitación de la plaza había dis­ minuido. como si fugaran. ajenos al tumulto y a las balas que caían desde la montaña. Innumerables grupos. cargando o arrastrando por el brazo algunos niños. resonaba largamente por el ámbito de esas soledades con la asonancia ensordecedora de los ecos golpeando en las montañas. corriendo. Deslumbraba la irradiación de centenares de bayonetas. se adensó una nube compacta de polvo y humo. Todavía no se había entablado. dispersos. El hombre se levantó y se dirigió lentamente hacia las primeras casas. IV EL ORDEN DE BATALLA Por fin la campana enmudeció. De la aldea no venía ni un tiro. Era una colmena alarma­ da. hizo puntería. nítidas en medio de la vibración de los estampidos. buscando el reparo de sus anchos muros. hizo fuego sobre un jagunqo que venía por el camino de Uauá. salían.

CRITICA Allí era inconcebible. el relieve gene­ ral del suelo enseñaba por sí mismo el orden oblicuo. Era la más rudimentaria orden de batalla. había desdeñado esas condiciones y arojando a la batalla a toda su gente. apretando los flancos de la aldea. en un terreno uniforme. sobre el último esporón de los morros que avanzaba a plomo sobre el río. la formación simple para los casos excepcionales de batallas campales. formas topo­ gráficas opuestas: a la derecha. permitiendo. firmemente apoyado por la artillería. . El coronel Moreira César. al revés del ataque simultáneo. parecía contar menos con el coraje del soldado y la competencia de una oficialidad leal que con una dudosa hipótesis: el pavor y el . la tierra es más abrupta. . No había otras sorpresas en esa lucha y en caso de que el adversario mostrase de pronto. en maniobras decisivas. cuyo efecto. una breve área de nivel. por el valle de las quixábeiras a la derecha del 7? que se había alineado siguiendo el tra­ zado del Vaza-Barris y a la izquierda del 99 y del 169. el jefe expedicionario le dijo al comandante de una de las compañías del 79 junto al cual se encontraba: — ¡Vamos a tomar la aldea sin disparar un solo tiro!. actuando fuera del círculo tumultuoso del combate. cumplía el papel de eje de esa tenaza dispuesta a cerrarse. a la izquierda. la acción simultánea e igual de todas las unidades combatientes. según las modalidades ulteriores del encuentro. el frente de batalla tenía. simple o reforzada una de las alas y. La artillería en el centro. corre entre bordes deprimidos. cuando la superioridad del número y del coraje excluye maniobras más complejas. en parte. podrían moverse más desahogadas. cae en escollos resbaladizos y separados de la aldea por un profundo foso. según las eventualidades emergentes.Considerándolo. mal disperso en terreno inapropiado. La observa­ ción más rápida mostraba que estas disposiciones de la izquierda eran desfavorables para los que debiesen recorrerlas con rapidez para ir al asalto. las tropas de refuer­ zo. Centralizado por la elevación donde estaban los cañones. tirando a poco más de cien metros del enemigo. De este modo. buscando objetivos firmes. sin em­ bargo. el ataque parcial por la derecha. además de raso. sería fulminante. unas al lado de otras. imprevistos recursos de defensa. eran un elemento táctico de primer orden para estacionar allí una reserva destinada a intervenir oportunamente. facultaba una embestida fácil porque el río. en ese punto. EL TERRENO. ¡A la bayo­ neta! Era la una de la tarde. fronterizo y al nivel del tejado de la iglesia nueva. la infantería se extendió. Hecha la bajada. pero en cambio.

Allí mismo. En cuanto a la artillería. Se revelaba claramente este injustificable pensamiento en el que se juntaban la inconsciencia de principios rudimentarios de su arte con el olvido de acontecimientos recientes. Era inevitable. obligada a enmudecer en la fase aguda de la pelea generalizada. Canudos. Así planeó la más desastrosa de las disposiciones de asalto. Se revelaban en los primeros minutos de acción. cru­ zados en todos los sentidos. se vieron a la entrada de la plaza los primeros soldados. en una disi­ pación. el 7° batallón marchó aceleradamente bajo una salva de plomo y canto rodado. a medida que los soldados avanzaban. un ala del 9?. venciendo las difi­ cultades de la marcha llena de tropiezos. intercambiando entre sí las balas destinadas a los jagungos. Una fusilería intensa partía de las paredes y techos de las viviendas más próximas al río y explotaban las escopetas de los guerrilleros metidos en la iglesia nueva. Acometiendo a un tiempo por los dos lados. impresionando a toda la tropa con el sonido de las cornetas de los cuerpos. hasta enfrentarse en el campo. sin cosa alguna que recordarse la formación de com­ bate. al mismo tiempo que vibraba de nuevo la campana de la vieja iglesia. La mayoría avanzó. atrapados de improviso por centenares de bayonetas. hasta la orilla del río. Era peor que una ciudadela diseñada en polígonos o blindada de casamatas. en grupos. algunos cayeron al agua y fueron arrastrados por la corriente que se pintaba de sangre. Empezó a fraccionarse en conflictos peligrosos e inútiles. los batallones cargando. sin gloria. porque no tuvo después. El combate se desarrolló luego en toda su plenitud. saltando la barranca. Abierta a los agresores que podían des­ . Favorecido por el terreno. mientras el 16? y el ala derecha del 7? atacaban por el centro. CIUDADELA TRAMPA Esta fue iniciada heroicamente. La previsión de tales inconvenientes no exigía la vista aquilina de un estratega emérito. hasta perderlo completamente. tenía una engañosa fragilidad en los muros de barro que lo formaban. la más simple evolución o movimiento combinado que revelase la presencia de un jefe. Se puede resumir en el avance temerario. convergiendo sobre un objetivo único. En seguida. En la extrema izquierda. del valor individual. batida de flanco y de costado. indistinguibles de los adver­ sarios en aquel enredo de casuchas. para no afrontar el peligro de tirar sobre los propios compañeros. poco a poco iba restringiendo su ámbito de acción. entre­ tejido de callejones de menos de dos metros de extensión. cerrados.espanto de los sertanejos en fuga. tomó posición a la retaguardia de la iglesia nueva. pudiendo al principio bombardear las iglesias y el centro del poblado.

contornearon ese núcleo rebelde que resistía y se lanzaron contra las primeras casas junto al río. No oponía la aspe­ reza de un ladrillo a la explosión de las granadas que caían sin explotar. Intacto. la increí­ ble creación de una ciudadela trampa. Y en esa persecución tumultuosa comenzó a esbozarse el peligro grave y único: los pelotones se disolvían. dispersos y ralea­ dos. a la manera de una suquarana inexperta agitándose. Los conflictos se libraban en las esquinas. Se metían por los vericuetos callejeros. de dos en fondo. perdieron dos oficiales y algunos plazas. De lejos se tenía el espectáculo extraño de un encarcelamiento de bata­ llones ahondándose en el caserío indescifrable. embriagados por la victoria fácil. Las tropas del coronel Moreira César la hacían caer sobre sí mismas. mandado por subalternos valientes. era difícil dejarla. cada vez más aturdidos. vigorosa e inútil. Dobla­ ban centenares de esquinas que se sucedían de casa en casa. agujereando los techos. el humilde villarejo se iba a retratar con una originalidad trágica. dividiéndose éstas a su turno en grupos más pequeños. a la entrada o dentro de las casas. destruirla. era temible porque no resistía. . Estas eran tumultuosamente atacadas. quizá. Un grupo. deshaciéndose finalmente en combates aislados. atraía el ímpetu de las cargas violentas y en la arre­ metida. ¡era formidable! Se rendía para vencer. con las armas sueltas o tirando al acaso hacia adelante. Los perseguían. en ruinas pero inexpugnable. No hacía titubear a la más reducida sección asaltante que podía atacarlo por cualquier lado. Se complementaba la peligrosa táctica del sertanejo. o golpes de arma. tenía la flexibilidad traicionera de una gran red. Las incendiaron mientras sus habitantes huían en busca de otro refugio. sin que rindiera ningún efecto su arrojo. Era fácil atacarla. atropelladamente. los invasores. se diseminaban. hecho escombros. Porque la envergadura de un ejército. Otros. En la sombría historia de las ciudades vencidas. que­ daba maniatada. y poco a poco se divi­ dían en secciones perdidas por toda la aldea. aparecía de golpe ante el conquistador sor­ prendido. No oponían el menor tropiezo. en cuyos techos se levan­ taba el humo de los primeros incendios.truir las paredes y los techos de barro a puñetazos. en las mallas de una trampa bien hecha. La práctica de caza de los jagunqos les había inspirado. a despecho de algunas bajas. después de destruir todo. aprisionada entre los tabiques vacilantes de palo-a-pique y cipo. había ido atrevidamente sobre la iglesia nueva. do­ minarla. Traspuesto el Vaza-Barris. divididos por los varicuetos de sus calles y se encontraban con el recurso de una defensa sorprendente. apenas traspuesto el río. el ataque parecía fácil. era tan frágil. Atraía el ataque. El ataque asumió un carácter lo menos militar posible.

Animados todos por la ilusión de la victoria vertiginosamente alcanzada. inerme. . Había carne seca al sol. golpeándole encima sus miserables trastos. al doblar una esquina. un corral invadido por ongas bravias y hambrientas.Las abrían de un golpe tanto contra las puertas como contra las pare­ des a las que abrían boquetes por cualquier lado. terrible. en porfía con­ tra el grupo victorioso al cual repelía con todas sus armas: a cuchillo. Buscaba en los ganchos colgados. A veces recibía como postre cruel. Acudían entonces los compa­ ñeros más cercanos. el morador les descar­ gaba el último tiro y escapaba. Los jagungos lo asaltaban a la puerta. molido a golpes. SAQUEOS ANTES DEL TRIUNFO Casi siempre. . La completaba con un trago de agua. Se enredaban en una pelea cuerpo a cuerpo. Los valientes temerarios que aparecían en variados . finalmente. escondido en un rincón oscuro. brutal. cosido a bayoneta. donde los esperaban nuevos agresores. metiéndose dentro de las casas. o se arrojaban atrevidamente sobre el grupo dispersándolo. El fin se daba cuando caía sobre el piso. el luchador temerario. O esperaba a pie firme defendiendo tenazmente su paupérrimo hogar. No podía resistir. mujeres desatinadas rompían en llanto o rodaban por los rincones. revi­ viendo el conflicto. vibrando con la hoz. aquel pavor del poblado revuelto y miserable. En otras. a tiros. el luchador imprudente. más numerosos. Y los papeles se invertían. Muchos se perdían en los inextricables callejones. una vasija húmeda de agua fresca y cristalina. hasta que los soldados. con un cerrado grupo de enemigos. pisoteado. Por lo demás no se encontraban con obstáculos insuperables que les enfriasen el ánimo. que estallaba desde las grietas de las paredes. alarmado. una carga de plomo. lograban entrar en la casucha y allá adentro. hasta que caía al suelo. buscando estran­ gular al primero que le cayese entre las manos vigorosas. en Canudos. sacos llenos de harina. los intrusos se encontraban de golpe con un caño de espin­ garda contra el pecho o caían volteados de un tiro a quema ropa. después de vencer una casa. arrojándose por fin él mismo. apenas el tiempo nece­ sario para hacer una descarga mal apuntada y después retrocedían. bolsas repletas de ouricuris sabrosos. Corriendo tras un sertanejo en fuga. cosido a cuchilladas. aquel espanto. desesperadamente. se topaban de golpe. Y luchaba solo. aquel alarido. Alrededor de este tumulto. Muchas estaban vacías. Atropelladamente hacía su refac­ ción en un minuto. que se reflejaba en aquel desorden. el soldado hambriento no vencía su ansia de almorzar. pisado por la dura alpargata. Ese tipo de escenas se sucedían. Quedaban atónitos. En un rincón.

Al frente de su estado mayor. en un resonar de estampidos. Los tiradores de la iglesia nueva permanecían firmes. obligándolo a subidas muy penosas. la situación se aclaraba. doblando miles de esquinas. Nada más. porque la artillería evitaba hacer blanco sobre ella por temor de balear a los compañeros encubiertos y estallando en medio del ruido de la refriega. las casas aisladas. Realmente. El coro­ nel Moreira César lo entendió. Y al llegar la retaguardia. aprisionados por el vértigo de la per­ secución. que salía de las casas y andaba por todos lados. Grupos dispersos. era inexpugnable. la acción apenas abarcaba la mitad de la aldea. inopinadamente. apenas entrevistos entre el humo. permitían un extraordinario cruce de fuegos. en una lucha cuerpo a cuerpo. Nada preanunciaba desánimo entre los sertanejos. Se extendía por una loma que permitía la defensa a caballo del enemigo. decidió que siguiesen hacia . por la plaza y luego desaparecían. aunque se les quitara el torbellino de los callejones. Aun contando con el éxito franco en la parte atacada. el jefe expe­ dicionario observaba el asalto. acerca del cual no podía ciertamente formular una sola hipótesis. embarullados. De modo que en esas correrías. enfermos. aparecían a veces. La situación finalmente era inquietante. los soldados triunfantes pero cansados. Además de esto. aunque la parte atacada fuese conquistada. aquélla quedaría imponiendo. en disposición tal que recordaban un tablero de ajedrez. de gritos. tenían el contrapeso del mujerío acobar­ dado. de cargas sordas. defendiendo sus casas. A la derecha. arremeterían sin fuerzas con aquel costado separado de la plaza por el foso natural de una zanja profunda. De manera que. se oían más altas las cam­ panadas de la iglesia nueva. abatidos y mancos. lisiados de toda especie. . secciones en desaliño. compuesta por la policía y el escuadrón de caballería. grupos diminutos de jagungos. o por la legión armada de muletas. se alejaban más y más. Allá adentro rodaba ruidosamente el desorden. Era muy grave. clamando y rezan­ do. la otra mitad permanecía indemne.puntos. perdidos en el poblado inmenso y convulsionado. de imprecaciones. . Si se consideraba el otro lado de la aldea. La tropa había desaparecido en los mil calle­ jones de Canudos. Menos compacta. quizá mayores fatigas. facilitando a un solo tira­ dor apuntar hacia todos los rumbos sin abandonar una esquina. mirando hacia todos los puntos casi impunemente. viejos temblequeantes. en la margen derecha del río. muchos se extraviaban en el laberinto de los callejones y que­ riendo volver junto a sus compañeros.

entre la artillería y el plano de las quixábeiras: — ¡Voy a darle bríos a esa gente. Se inclinó sobre la silla abandonando las riendas. Había sido alcanzado en el vientre por una bala. una herida leve — dijo. No bajó del caballo. en una curva en bajada. no había cómo remediarla. en su ataque. El arma clásica de las planicies. El estado mayor en seguida lo rodeó. Pero aquél nada podía pensar al recibir el coman­ do. recu­ laban. A su turno. Volvía cuidado por el teniente Avila. Había llegado a los sesenta años candidato a un retiro tranquilo. lo habían incluido en la empresa contra su voluntad. finalmente estaba copiando el modo de actuar de los otros. vol­ vieron en desorden a la posición primitiva. El escuadrón — caballos atontados. surgiendo de pronto en la punta de la dis­ parada veloz. rengueando sobre sus patas va­ lientes— se largó al galope corto hasta la orilla del río. atacando el sitio todavía indemne y completando así la acción que se había desarrollado totalmente hacia la izquierda. cuyas aguas respingaban a tiros y no siguió adelante. golpeados con la espada. allí apretada entre paredes. cuando fue nuevamente alcanzado por otro pro­ yectil. Lastimados con las espuelas.! Y bajó. vacilaba en alcanzar el fondo hondo y resbaladizo de la zanja que en aquel punto corre de norte a sur. . La policía. ametrallaba casas y prendía fuego. Además. Estaba fuera de combate. Una carga de caballería en Canudos. apenas llegaron a la mitad de la corriente y empinándose y curvándose. cargando mientras desfilaba entre corredores. Era una excentricidad. Debía sustituirlo el coronel Tamarinho a quien le fue comunicado el desastroso incidente. — No fue nada. A mitad de camino refrenó el caballo. escupiendo de la silla a los jinetes. .la extrema derecha. bueno y jovial. aficionado a relatar hazañas. separando al resto de la aldea del suburbio que debía atacar. después de cruzar el río con el agua hasta las rodillas. hacia el lugar que había dejado. la policía. cuya fuerza es la arremetida del choque. La caballería tuvo orden de atacar por el centro. cuando desanimaba de salvar su propio batallón en la otra margen del río. No se advertía en el desorden el más leve trazo de combinación táctica y tampoco se la podía imaginar. Era un hombre simple. . los fre­ nos agarrados con los dientes. tranquilizando a los compa­ ñeros. El movimiento complementario se quebraba en sus primeros pasos. entre las iglesias. Los animales asustados. Y aunque tuviese envergadura para enfrentar esa crisis. El jefe expedicionario dejó el lugar donde se había mantenido. Estaba mortalmente herido. . a media cuesta de los Pelados. .

. o tenían escondrijos más inviolables. Caía la noche. RETROCESO Pero antes de que llegase la noche empezó el retroceso. de voces discordantes que daban la ilusión de una crecida repentina. Atropellándose. estorbándose con las armas. soldados y oficiales mezclados. Era el desenlace. Este reflujo que había empezado a la izquierda se propagó luego a la derecha. saliendo del portal de las iglesias o de las casuchas marginales. cada uno luchaba a su manera. el mayor contratiempo.Aquello no era un asalto. pisando a los mal heridos que caían. chamuscados y polvorientos. largando las últimas posiciones. bajo los techos caídos. ahogándolos. se metían en la corriente. vociferando. estaban a salvo. derrumbándolos. alarmados. Repentinamente. se confundían de nuevo en ruidoso vocerío. los uniformes hechos jirones. en fuga. los pri­ meros puñados de hombres llegaron a la margen derecha. empezaron a cruzar el río de vuelta. dispersos. ansiando subirla. se agarraban a las escasas gramíneas. los primeros grupos repelidos. . borboteando. Otros. . corriendo. Allí. se asomaba. sin armas y heridos. toda la línea de combate rodó despedazada a tiros por la orilla del río. Era un combate temerario contra una barri­ cada monstruosa que cada vez se volvía más impenetrable a medida que destruían y carbonizaban. Sin mandos. la noche dis­ puesta a confundir a los combatientes exhaustos después de cinco horas de pelea. Además. entontecidos. los pelotones. inevitable. . Todavía se destacaban pequeños grupos que quemaban las casas próximas o se trababan en breves tiroteos. los sertanejos emboscados. Aparecieron sobre la ribera izquierda. . titubeantes. estallando. bajo la hipnosis del pánico. En la claridad muerta del crepúsculo sonó armoniosa­ mente la primera nota del Ave M aría. en el mismo descuido. Pronto se les juntaron otros. rebatida a las posiciones primitivas. en una barahúnda infernal. mez­ clados. AL GOLPEAR DEL AVE MARIA En ese momento el campanero de la iglesia vieja interrumpió la alarma. porque bajo los escombros que cerraban las calles. sosteniéndose a las piernas de los que ya habían subido. como si el Vaza-Barris se hubiese salido de madre. dis­ parando sus espingardas al acaso. apartando bru­ talmente a los grupos extenuados. Era un golpeteo de cuerpos sudados. De suerte que. se deslizaban mejor.

fija. . sin centellear. torturados de dolor o de sed. El desorden del campamento contrastaba con la placidez del ambiente. En el centro. de maderas ardiendo bajo el barro de las paredes y los techos. tirando a los pies los sombreros de cuero o los gorros de brin y murmurando el rezo habitual. Nada más. se arrastraban. Formaban una multitud alborotada sin nada que recordara la fuerza militar que se había deshecho. Forzosamente debían abandonarlo. cuatrocientos metros hacia arriba. las lejanas mon­ tañas. los soldados se apiñaron junto a la artillería. arrastrando los cañones. . el comandante en jefe moribundo. desaparecían en la noche. o luces dispersas de linternas mortecinas buscando en las sombras. como en exploraciones lúbugres. sin nubes. los heridos. comunes en el sertón. Fortunato Raimundo de Oliveira. quedando. minuto a minuto. lentamente. Algunos braseros sin llamas. Sólo la difusa luz de las estrellas dibujando los perfiles imponentes de las iglesias. . indicaban allá abajo que también el enemigo estaba despierto. hombres atónitos e inútiles que ahora tenían. No se podía curarlos en la oscu­ ridad donde sería una temeridad hasta la rápida luz de un fósforo. un castillo en ruinas. Sin orden. como exclusiva preocupa­ ción. como si reflejasen relámpagos de lejanas tempestades. donde cada estrella.Descubriéndose. Allí improvisaron un cuadrado incorrec­ to. Ciento y tantos heridos y lastimados se agitaban por allí. uno de los cuales — muerto. evitar al adversario que con tanta ansiedad habían buscado. Ade­ más. de filas desunidas y bamboleantes. . * El Dr. El cerro donde se reunieron estaba demasiado cerca de aquél y era pasible de algún ataque nocturno. se iluminan. no alcanzaba el número de médicos. las colinas circundantes. anima­ les. uniformes y espingardas. casi pisados por los caballos que relinchaban atascados entre las carretas y los fardos. extraviado o preso— había desaparecido a la tarde sin volver nunca más *. para rodear a la oficialidad. el tren de artillería y los cargueros. las ambulancias. como elementos irreductibles. El compacto caserío. La expedición había quedado en eso: un montón de hombres. . los jagungos disparaban su última descarga. irradia como un foco de calor y los horizontes. en un repliegue de la montaña. la Fazenda Velha y dentro de ella. No se veía la aldea. V SOBRE LAS ALTURAS DEL MARIO Habiendo cruzado el río. una de esas noches ardientes. se marcharon hacia las alturas del Mário. La noche había caído. Pero los tiros habían cesado y ni una voz llegaba de allí.

intuía que un ayuntamiento en tales circunstancias no significaba la suma de las energías aisladas y estimaba todos los elementos que. No deli­ berada. A las once de la noche. en violenta arremetida sobre los fanáticos. rimando un dicho popular del Norte: "E tempo de murici cada um cuide de si. el coronel Tamarinho. respondía con el silencio o con monosílabos. Un capitán de infantería fue comisionado para comunicar la resolución al coronel Moreira César. hombres de valor y una oficialidad pronta al sacrificio. organizaban ambulancias y camillas. Este la impugnó. cargando armas primorosas. oficiales incansables daban por su cuenta las providencias más urgentes. Fue su única orden del día.Faltaba un comando firme. Pensaban: en los cuatro lados de ese cuadrado irregular esta­ ban inscriptos los destinos de la República. Y concertaban planes buscando corregir el revés con un lance osado. Así. allí. chu­ pando su cigarro. mostraba una sola solución. Y se quedaba impasible. Por el espíritu de muchos pasaba el intento reanimante de un nuevo asalto al despuntar la mañana. Una rápida observación de la tropa que había llegado horas antes. Era necesario vencer. pasando tácitamente el comando a todo el mundo. No se podía arbitrar otro recurso. senta­ dos sobre cajones repletos de cartuchos y acorralados por una turba de matutos turbulentos. presentando los motivos inflexibles del deber . vencida. con el estoicismo enfermo del propio desaliento. entu­ siasta y confiada en la victoria y que estaba allí. después de haberse realizado un bombardeo mayor que el anterior. Porque la victoria debía alcanzarse a despecho de los mayores sacrificios. Allí había. El nuevo jefe no soportaba las responsa­ bilidades que lo oprimían. . ajeno a la ansiedad general. en los grupos dominados por emocio­ nes violentas. A un oficial que ansiosamente lo interpeló sobre ese trance. por cierto. Les repugnaba. a todas las consultas. No se ilusionaban. Quizá maldecía mentalmente al extravagante destino que lo convertía en heredero forzado de una catástrofe. bajando con toda la fuerza. en medio de cañones modernos. reducen siempre las cualidades personales más brillantes. rectificaban el pretendido cua­ drado donde se mezclaban plazas de todos los cuerpos. ni siquiera demorarlo. . los humillaba angustiosamente esa ridicula y grave situación. le había respondido con triste humorismo. reanimaban los ánimos abatidos. El viejo comandante. la retirada. . los oficiales reunidos lo adoptan por unani­ midad. Sentado en la caja de un tambor. abdicando la misión de ordenar la turba o hacer el milagro de subdividirla en nuevas unidades de combate. dolorosamente sor­ prendido. al principio calmo. Pero la mayoría consideraba fríamente las cosas. sin embargo.

Es que gran parte de los soldados eran del Norte y se habían criado oyendo a su alrededor el nombre de Antonio Conselheiro como el de los héroes de los cuentos infantiles. ante el milagro estupendo. Final­ mente explotó: que no lo sacrificaran a esa cobardía inmensa. no pu­ dieron ver a uno solo. Significaba completar la agonía del valiente infeliz. No era el sordo tropel del asalto. A pesar de eso se mantuvo la resolución. Y su leyenda extravagante. en la aldea invisible. ante los cuales habían golpeado impotentes. Por la mitad de la noche todas las aprensiones se agrandaron. se refirió a la mancha que caería sobre su nombre para siempre. La dolorosa reprimenda del jefe herido por dos balazos no contuvo a la oficialidad incólume. brutal y familiar. sus milagros. con más de dos tercios de la tropa apta para el combate y con las muni­ ciones suficientes. para los más incrédulos también. Pero la lucha ser tañeja había empezado a tomar la imagen misteriosa que conservaría hasta el fin. en su mayoría mestizos. apareciendo temerosos entre las ruinas. terribles en la contraprueba de la catástrofe presente. se le aparecían como reales. . hechos con la misma masa que los matutos. Era peor. perfectamente válidos aún. fue montando en cólera y con angustia. . haber visto resucitados. disponía de dos tercios de las municiones y estaba en posición dominante sobre el enemigo. dos o tres cabecillas que. centenares de soldados. rezaba. sus hazañas de hechicero sin par. habían sido muertos en el Cambaio y para todos. se diluía en un duende intangible. El enemigo. después. Los soldados. comenzó a despuntar algo de anormal en esos luchadores fantasmas. Los combatientes. La rodeaban. invadidos de un temor sobrenatural. que agravaban con extravagantes comentarios. Un indefinible rumor subía por las cuestas. . Los de la expedición anterior afirmaban. casi invisibles. El jagungo. abajo. Dio su última orden: que levantaran un acta dejándolo al margen para una protesta en la que incluiría el abandono de su carrera militar. desparramados y di­ minutos. abatidos de contragolpe por el inex­ plicable revés en que había caído el jefe considerado invencible. decían convencidos. súbitamente despertaron conteniendo gritos de alarma. en general. casi sin distinguirlos. incluso algunos heridos en el combate.militar y demostrando que todavía había elementos para otra tentativa. atónitos y absortos. verosímiles. Los centinelas que cabeceaban en las filas flojas del cuadrado. ocho­ cientos tal vez. estaban bajo la sugestión de lo maravilloso. atravesando incólumes los braseros de las casuchas en llamas.

en un ataque envolvente. De manera que. Era tarde. implacables. la iglesia nueva explotaba en descargas y condensada en la calle principal o corriendo hacia las colinas. El enemigo tenía en la ocasión el aliento para el ataque y la seguridad de su misma temibilidad. parecía confiarse sólo en la velocidad de la retirada para librarse. . Había muerto el coronel Moreira César. marchó por el declive del espigón. La última división de artillería replicó por momentos y después. sin formación. La retirada se imponía. bajo el mando de un subalterno de valor y fortale­ cida por un contingente de infantería. re­ tirándose. entre vivas entusiastas. Más de una vez el drama tenebroso de la guerra sertaneja tuvo el desenlace de un pataleo lúgubre. como una barrera antepuesta a la persecución inevitable. hacia el ca­ mino. largos. allá abajo. por todos lados. los cargueros. despierto. la expedición desparramada por los caminos. Los aprestos de partida se hicieron en un atropello indescriptible. resultaban a esa hora impresionante. Al moverse finalmente esta fracción abnegada fue rudamente atacada. El rechazo fue rápido. huían. los kyries dolientes entraban peor que intimaciones enérgicas. Decían de modo elocuente. Se precipitaban al acaso. A la madrugada. la expedición se desparramaba por las laderas sin orden. ladeada por las ambulan­ cias. las voces de las mujeres. Actuaban por contrastes. una nueva emocionante la volvió urgente. Avanzando por el espigón del morro rumbo a la Favela y derivando de allí por las vertientes opuestas. cuando el primer reflejo de la mañana mostró una fuerza constituida por plazas de todos los cuerpos precipitada a la vanguardia.Y en aquella serenidad extraordinaria. dándole al trágico lance la nota festiva e irritante de miles de silbidos estridentes. Era el último golpe en el desánimo general. que no había reacción posible contra adversarios transfigurados por la fe religiosa. . característica de esos momentos críticos de la guerra. iba flanqueada de punta a punta por los jagungos. no lo perturbaba todavía. Sólo una divi­ sión de dos Krupps. las letanías tristes. Entre la soldadesca pasmada. Adelante. . en las que predominaban. nada indicaba la seria operación de guerra que iba a realizarse. hasta donde alcanzaba la mirada. Abajo empezó a sonar la cam­ pana. había permanecido firme en lo alto del Mário. La retirada era una fuga. No se retiraban. sobre las ronqueras varoniles. por los caminos afuera. No se dividían en escalones dispuestos a la defensa ofen­ siva. a su vez. entre las cuales iba el cuerpo del comandante malogrado. los heridos y las camillas. Acometió ruidosamente. toda la población de Canudos contemplaba la escena. En este volver las espaldas al enemigo que.

corriendo por los caminos y por los rastros que los recortan. apenas se desencadenó el pánico. imposibilitaban la marcha. corriendo hacia las caatingas. Al encuentro con los cuatro Krupps de Salomáo da Rocha. había quedado. gritos de dolor y de cólera. disparando sus trabucos y pistolas. aterrados. FUGA Y fue una desbandada. asombrados ante esa resistencia inexplicable. sucedió de pronto un hecho épico. junto con el crepitar del fuego en llamaradas. las muías de tracción se resistían. siguiendo a paso tardo o. la onda rugidora de los jagunqos atacaba y se detenía. Al poco tiempo. No hubo ni un simulacro de rechazo contra el ene­ migo. en la extrema retaguardia. torcían el rumbo. alrededor de ella se adensaron los atacantes. y atontados por el humo. gritando. dejando las camillas donde se retorcían los heridos. casi solemne. y prosiguiendo después. En esa corrida siniestra.DESBANDADA. A los primeros tiros. tirando afuera las piezas del equipo. los sertanejos estrechaban de a poco el círculo del ataque alrededor de las dos divisiones que los enfrentaban. lentamente. Las granadas explotaban entre los ramajes secos incendiándolos. Uno a uno iban cayendo los soldados de la guarnición estoica. inabordable. sólo adivinaban por la estridencia de los gritos de desafío y por los estampidos de un tiroteo irregular y ralo. seguía. los sertanejos en chusma. desarmándose. corriendo en grupos. se oían allá adentro. Sólo la artillería. sin jefes. se escondía. en bandas. como el de una caza. los batallones se disolvían. El resto de la expedición podía escapar a salvo. galvanizada por la fuerza moral de un valiente. corriendo. el cadáver del comandante. . Entre los fardos tirados a la orilla del camino. retrocedía y volvía al ataque. No lo defendieron. triste pormenor. y corriendo. Ochocientos hombres desaparecían en fuga. lenta y unida. Estos apenas podían seguir. . como al encuentro de un obstáculo. desabrochándose los cinturones para la carrera. idiotizados. al que no veían. . Contenidos al principio a la distancia. Se reducían. saltando de los escondrijos en llamas. terrible. parando de cuando en cuando para barrer a disparos las caatingas traicioneras. abandonando las espingar­ das. donde la ferocidad y la cobardía revoloteaban confundidas bajo el mismo aspecto. saliendo de la caatinga al camino. vacilantes en asaltar a cuchillo al pequeño grupo de indomables. corriendo al acaso. La disolución de la tropa se detenía en el acero de esos cañones cuya guarnición diminuta se destacaba maravillosamente impávida. de súbito. alineándose en batalla y largando cargas fulminantes. Heridas o espantadas. Aquella batería la liber­ taba. en la marcha habitual de una revista.

vibraban sin respuesta. mochilas. Completamente solo. rengueando. . espingardas. Era el fin. Pasaban. cinturones y sables. Más adelante. Y la artillería quedó en completo abandono antes de llegar a Angico. alto!”. el coronel Tamarinho cayó de su caballo herido por un balazo. corrían de los jagungos. emitidas por los cometeros sin aliento. . había desaparecido. O mejor. Los cañones se inmovilizaron en una vuelta del camino. Las notas de las cornetas vibraban encima de ese tumulto. sin un subordinado. dispersa. corrían de los oficiales. Los jagungos entonces se lanzaron sobre ella. co­ rrían enloquecidos. tallado a golpes de hoz. El ingeniero militar Alfredo do Nascimento lo alcanzó con vida. La infantería había de­ saparecido. la batería se detuvo. UN ARSENAL AL AIRE LIBRE La tercera expedición. como cosas inútiles. el viejo comandante murmuró su última orden: — Busque a Cunha Matos. mientras trasponía al galope el arroyo del Angico. junto a los cañones que no abandonó. La catástrofe se consumó. Y como la mayor parte de los fugitivos evitaban el camino. anulada. arrastrándose penosamente. buscó inú­ tilmente socorrer a los últimos soldados que habían ido a Canudos. moviéndose sin temor ni fatiga entre los fugitivos. el caballo al galope por el camino. No podían contenerlos. . que había vuelto a la retaguardia. . inútiles. En vano algunos oficiales indignados gatillaban sus revólveres contra el pecho de los fugitivos. no encontró entre los que mandaba un brazo que lo sostuviera. El coronel Tamarinho. pues eran blancos de preferencia de los últimos. Los mismos heridos y enfermos allá se iban. el coronel Tamarinho se lanzó desesperadamente. personalmente. no se conmovían. A orillas del camino sólo se veían. se desparramaron sin . .Por fin. . El capitán Salomáo tenía a su alrededor apenas una media docena de leales. Las notas de las cornetas. y al ver a aquéllos caer mal heridos. Era una orden difícil de ser cumplida. convulsas. . al encontrarse con ese cuadro terrible. Cayeron los golpes encima de todos y cayó. En aquel desorden sólo cabía una determinación posible: "¡Desbande!”. condenándose heroicamente a la hora de la catástrofe. Caído sobre la orilla. . tirados al azar. Por fin pararon. al morir. ahora de­ sierto. como si buscase todavía. en desparramo. imprecando a los compañeros más ágiles. No tenían a quién llamar. corrían. Así ordenó repetidos toques de "¡media vuelta. aceleraban la fuga. piezas del equipo. El capitán Vilarim se había batido casi solo y al agonizar. a la vanguardia.

Algunos. La habían visto llegar. cin­ turones y gorras. todo cuanto había tocado el cuerpo maldito de los plazas. De modo que la mayor parte de la tropa no sólo se había desarmado delante del adversario. sacos y pantalones de vivo carmesí. Y la creencia. la habían visto caer terriblemente sobre la aldea. vigorizada por la brutalidad de los combates. darles de gracia todo ese arma­ mento moderno y aprovisionarlos suficientemente. presenciaron el retroceso y la fuga y la disparada enloquecida. invadirla. y el abandono por los caminos de las armas y los equipos. UNA DIVERSION CRUEL Se llevaron a la aldea los cuatro Krupps. no los esperó. sustituyeron en las manos de los combatientes de primera línea las viejas espingardas de carga morosa por las Mannlichers y Comblains fulminantes y como los uniformes. empeorándoles la índole. donde muchos. La fuerza del gobierno era ahora realmente la debilidad del gobierno. La expedición Moreira César parecía haber tenido un solo objetivo: entregarles todo aquello. imponente y terrible. denominación irónica desti­ nada a permanecer durante todo el curso de la campaña. aumentaba. Mientras sucedía esto. El resto llegó al día siguiente a Monte Santo. agonizando y muriendo en completo abandono. que denunciaban en el pardo de la caatinga a los fugitivos. La complejidad de los hechos los perturbaba y no tenían más que una interpretación: visiblemente. lograron llegar al Cumbe o a otros puntos más lejanos. asaltarla. arruinarla de punta a punta. cargando armas ante las cuales eran juegos de niños sus carabinas. Los éxitos les habían exacerbado a un tiempo el misticismo y la rudeza. la potencia su­ perior de la divinidad los amparaba. mancharía el cuerpo de los luchadores sagrados. crecía. desviándose de la ruta. y los jagungos tenían para abastecerse con holgura. Al conocer el desastre.rumbo. . y después de estos ataques temerarios. Por los caminos y por los sitios más próximos estaban diseminadas armas y muni­ ciones. se perdieron para siempre. . comandante de la plaza. Así es que en la distancia que media entre el Rosario y Canudos. los aprovecharon de un modo cruelmente lúgubre. . El coronel Sousa Meneses. había un arsenal diseminado al aire libre. quemarla. los sertanejos recogían los despojos. Sin duda era un milagro. junto con piezas del equipo. También se había desnudado. se largó hacia Queimadas hasta donde se prolongó esa disparada. entre ellos los heridos. les hacía revivir todos los bárbaros instintos. Se había roto el prestigio del soldado y los broncos cabecillas se olvidaban de las mínimas peripecias de los hechos. errando al azar por el desierto.

los jaguncos reunieron los cadáveres que estaban desparramados por todas partes. el azul de las chaquetas y los brillos vivaces de las chapas de los estribos. nuevos expedicionarios marcharon hacia Canudos. Después alinearon las cabezas a los dos costados del camino. esmirriada y desnuda. . y recogidas las armas y municiones de guerra. observaron todavía el mismo escenario: calaveras blanqueadas a los bordes del camino. empalado. con las caras de frente al camino. brazos y piernas colgantes. Allí permaneció durante largo tiempo. apareció repentinamente adornada por una florescencia extravagante y colorida. Como un maniquí terrible y lúgubre. mantas y mochilas. prendidos a las ramas de los arbustos.Lo testimonia el hecho extraño. Quemaron los cuerpos. tres meses más tarde. el cuerpo del coronel Tamarinho. Los decapitaron. . a espacios regulares. colgaron los restos de los uniformes. erguido en una rama seca de angico. capotes. en los arbustos marginales más altos. parecía una visión demoníaca en el desierto. que remató estos sucesos. Era asombroso. . La caatinga. especie de diversión siniestra. . gorras. oscilando según el viento movía la rama flexi­ ble. . . cinturones. el cadáver. por el colorado fuerte de las divisas. Encima. . . . . y a un costado —mudo protagonista de un drama te­ rrible— el espectro del viejo comandante. Concluidas las exploraciones por los alrededores. pantalones y chaquetas multicolores. que recuerda la religiosidad trágica de los Achantis. rodeadas de trapos viejos. Cuando. Un pormenor doloroso completó esta escenificación cruel: a un costado sobresalía. .

— Victoria singular. Versiones y leyendas. Nueva victoria desastrosa. Inesperado emisario. Triunfos por el telégrafo. El mariscal Carlos Ma­ chado Bittencourt. Canudos: una diátesis. . Versiones disparatadas. Planes. Cocorobó. un intenso agitar de conjeturas para explicar lo inconcebible del hecho y hallar una razón cualquiera en aquella destrucción de una fuerza numerosa. La comisión de ingenieros. El alto de la Favela. Desánimo. agitando estérilmente la propaganda de la restauración monárquica. IV. Ante las trincheras. Excepcional carga de bayonetas. la idea de que los tabaréus turbulentos no actuaban solos. por todas partes. I I — Movilización de tropas. bien equipada y con un jefe de tal valía. Colaboradores demasiado prosaicos.— El asalto: preparativos. V. Levantamiento en masa. VIL— La Brigada Girard. En viaje hacia Canudos. Concentración en Queimadas. después un desvarío general de la opinión.CUARTA EXPEDICION L— Desastres. La marcha. En la completa desorientación de los espíritus. El comienzo de una batalla crónica. contemplativos y man­ sos. Primeras noticias ciertas. Aventuras del asedio. En los flancos de Canudos. Una tropa de bárbaros. Paso por Pitombas. El cabo Roque. hacía mucho tiempo. Cazas peligrosas. Macambira y Trabubu. Mentiras heroicas. se levantó luego. El camino del Ouvidor y las caatingas. Un guía temeroso: Pajeú. Al principio fue el asombro. La cuarta expedición se organizó en medio de una gran conmoción nacional que se traducía en actos contrapuestos a la gravedad de los hechos. tal circunstancia fue el punto de partida para la más imprudente de las reacciones. condensada después en total certeza. I I I — Colum­ na Savaget. Una división aprisionada. Y como en las capitales. sobre el nuevo régimen. V I— Por los caminos. Eran la vanguardia de ignotas falanges prontas a irrumpir. primero dispersa en vagos comentarios. No hay un plan de campaña. La acti­ tud del comando en jefe. V III— Nuevos refuerzos. el encuentro. había una media docena de revolucionarios platónicos. Los heridos. Se organiza la expedición. I DESASTRES La nueva de este revés fue un desastre mayor. federal y estatales. Extraño heroísmo. Se destruye un plan de campaña. Incidentes. La travesía. Demoras.

La dinastía en disponibilidad. . . Se adoctrinaba: "Lo que de un golpe conmovía el prestigio de la auto­ ridad constituida y abatía la representación del brío de nuestra patria en su renombre. La encontraron: los disturbios sertanejos eran signos de una vasta conspiración contra las instituciones nuevas.CANUDOS: UNA DIATESIS Sucesos de tanta monta requerían una explicación. que el remedio corra parejo con el mal. con audacia. ansioso. . . ha­ bía encontrado por fin un Monck271. la casa Braganzaa70. a la sombra del fanatismo religioso. Se concluía: "No hay quien en esta hora no comprenda que la monar­ quía revolucionaria quiere destruir. Ese era el grito dominante en la conmoción general. Joáo Abade. Y así todos. * * * O Estado de Sao Paulo. había que salvar a la República. fue la confirmación de cuánto ha crecido en audacia y en fuerza el partido monárquico a la sombra de la tolerancia del poder público. Se afirmaba: "Se trata de la Restauración. se forma el ejército imperialista. y congregado alrededor del gobierno. la unidad del Brasil” *. El mal es grande. * Gazcta de Noticias. Se explicaba: "La tragedia del 3 de marzo en la que juntamente con Moreira César perdieron la vida el ilustre coronel Tamarinho y tantos otros oficiales valientes de nuestro ejército. era el movimiento armado que. en su tradición y en su fuerza. marchaba acelerada­ mente contra las instituciones. La opinión nacional se debatía de tal modo en la prensa. Algunos ciudadanos activos congregaban al pueblo de la capital de la República y le resumían su ansiedad patriótica en una noción incisiva: "El pueblo de Río de Janeiro reunido en mitin y consciente del doloroso revés de las armas legales en los sertones de Bahía. Canudos era una Coblentz 2 8 8 en ruinas. En la prensa y en las calles. la sofocación de la revuelta”. y gracias a su involuntario aliento” * *. * * O País. ¿La monarquía se arma? Que el Presidente llame a los republi­ canos a las armas” * * *. Y Antonio Conselheiro — un Mesías de feria— había tomado en sus manos temblorosas los destinos de un pueblo. tomadas por el caudi­ llaje monárquico. con la República. La República estaba en peligro. aplaudiendo todos los actos de energía cívica que se hacen para lavar la afrenta del ejército y de la Patria. no siendo lícito a nadie ilusionarse más sobre el pleito en el que. se conspira. ¿Exageramos? Tomamos al azar un diario cualquiera de aquellos días. francamente en armas”. entraban los nostálgicos del im­ perio. . Por detrás de la envergadura raquítica de Pajeú se diseñaba el hidalgo perfil de un Brunswick 2 6 9 . aguarda.

utensilios. tenía socios quizá más peligrosos. La Rúa do Ouvidor era un desvío de las caatingas. tirando después los objetos. en un ímpetu de desahogo. cuadros. por detrás de los fanáticos de Canudos. los contiene y los domina y los inutiliza y poco a poco los destruye. El hombre del sertón.El mismo son en todas partes. invadió esos establecimientos y los destruyó por com­ pleto. Pero estamos preparados. No estaba confinado en ese rincón de Bahía. bruto y vestido de cuero. aquí como en todas partes y en todos los tiempos. en el decurso de los hechos que nos propusimos narrar. El Presidente de la República quebró su habitual serenidad: "Sabemos que. y todos a una. El mal era mayor. papeles. EL CAMINO DEL OUVIDOR Y LAS CAATINGAS Interrumpamos este espigar entre ruinas. a los gritos de viva la República y la memoria de Floriano Peixoto. en general. así. quemando todo”. ¿Valdrá la pena definirlos? La fuerza portentosa de la herencia.. condenándolos a la penumbra * Jornal do Brasil. se acordaron de los diarios monárquicos. convirtiendo en legiones — cohorte misteriosa que marchaba sordamente en las sombras— a media docena de reaccionarios. donde formaron una gran hoguera. Más de una vez. arrastra a los medios más adelantados — enguantados y cubiertos por el tenue barniz de la cultura— a trogloditas enteros. y a pesar de que la policía corrió para evitar un asalto a esos diarios. quedando otros en montón en la misma Rúa do Ouvidor” * 27S. Al final intervino la multitud. Si el curso normal de la civilización. En todos. a la calle. . etc. esquivamos el detallado análisis de acontecimientos que escapan a la escala superior de la historia. fueron a las redacciones y a las imprentas de los diarios Gazeta da Tarde. idealistas y temerosos. "Entonces comenzaron a romper y a inutilizar lo que encontraban. libros. La guerra de Canudos no era más que un síntoma. Libertade y Apóstolo 2 7 2 . sea como fuere y contra quien fuere”. Las líneas anteriores tienen un solo objetivo: poner de relieve semejanzas que se emparejan en un mismo salvajismo. muebles. en esta indignación. tenemos todos los medios para vencer. de donde fueron luego conducidos a la plaza de Sao Fran­ cisco de Paula. pues la multitud. Aparecía en las capitales del litoral. no llegó a tiempo para evitarlo. la obsesión del espantajo mo­ nárquico. Se extendía. Las correrías del sertón entraban impetuosamente en la civilización. Copiamos: "Ya era tarde y la excitación del pueblo aumentaba en proporción a su masa siempre creciente. trabaja la po­ lítica.

fuera de nuestros mapas. que mostraba todas las fallas de nuestra evolución. Antes. Son el reverso fatal de los acontecimientos. Traía datos entre los cuales nada valían los sonámbulos errabundos. Reaccionaron. Aislados en el espacio y en el tiempo. Reveló qué poco nos aventajábamos de los rudos patricios retardatarios. expresaba un gran descono­ cimiento de las condiciones naturales de nuestra raza. así como los estratos geológicos no pocas veces se perturban. sin embargo. Considerándolos. quería arrastrarlos a los deslumbramientos de nuestra edad dentro de un corral de bayonetas. ni otro valor. Bajo tal aspecto. No hay que analizarlos. invertidos. El caso. . so­ breponiendo una formación moderna a una formación antigua. el claroscuro indispensable de los hechos de mayor volumen. ante todo. Aquel original afloramiento del pasado. Y esta inconsciencia ocasionó desastres mayores que los de las expediciones derrotadas. para corregirlas y así anularlas. aparecía como una página truncada y sin número en nuestras tradiciones. de donde. En la primera ciudad de la República. la estra­ tificación moral de los pueblos también se embarulla y se invierte y la ola de los sinclinales abruptos estalla en flaults 2 7 5 por donde irrumpen viejos estadios hace mucho recorridos. imá­ genes fulgurantes. La misma curiosidad del arqueólogo al encontrar los palafitos de una aldea lacustre junto a una ciudad industrial de Suiza. vencer terriblemente a la nacionalidad que. Vamos a dejarlo. éstos eran lógicos. mostrándoles el brillo de la civilización a través de la claridad de las descargas. Entre nosotros despertó rencores. después de abandonarlos cerca de tres siglos. era más complejo y más interesante. insistiremos en una proposición única: atribuir a una conjuración política la crisis sertaneja. No entendimos la elocuente lección. Al menos. el espíritu más robusto permanece inerte ante el ejem­ plo de una lente de flintglass 2 7 4 . era un buen consejo para estudiarlas. perdida en el desierto. Sólo sugería un concepto y es que. pero sin tamaño si se focalizan a la sombra. un anacro­ nismo étnico. Canudos era una tapera miserable. Lo que sorprende es la sorpresa que pro­ vocó tal hecho. Pero no tienen otra función. los jagungos. siem­ pre que una conmoción profunda afloja a su alrededor la cohesión de las leyes. surgen e invaden escandalosamente la historia. era una enseñanza y podría haber desper­ tado gran curiosidad. Era natural. Sigamos. a veces. ampliadas. Actuar significaba esto: juntar batallones.de una existencia inútil. admirable al refractar. o las investigaciones de la psiquiatría. sólo podían hacer lo que hicieron. inmersos en el sueño de la restauración imperial. los arranca la curiosidad de los sociólogos extravagantes. los patriotas se dieron por satis­ fechos con el auto de fe de algunos diarios adversos y el gobierno comenzó a actuar. ya lo vimos. No vimos el rasgo superior del acon­ tecimiento.

admirable­ mente armado de carabinas màuser. posteriormente agravada por otras informaciones. El parte de combate del mayor Cunha Matos 276. ante la aparición de otras versiones igualmente efímeras. Y así de corrido. eran un "ejército instruido. Se agitaban ideas alarmantes: los sertanejos no eran "una banda de beatos fanáticos”. habían sido despedazados por esquirlas de granadas. aumentando las aprensiones y los miedos. la información adoptaba las más cam­ biantes formas. disciplinado”. EL CABO ROQUE En esa incertidumbre. . De modo que la alarma fue creciendo. Y éstas. la leyenda del cabo Roque. adonde había llegado agonizante. Era una permanente tortura de dudas cruciales. Después una afirmación lúgubre: el infeliz militar había sido efecti­ vamente muerto. Nada sabían tampoco los que habían vivido ese revés. Impresionaba a quien lo leía con una hecatombe. MENTIRAS HEROICAS Se afirmaba: el coronel Tamarinho no había muerto. tenía la elocuencia del alboroto con que había sido escrito. . es­ candalosamente divulgada por las calles. medrosamente comentada en las casas. mal indicando las fases capitales de la acción. se les daban visos de realidad y prontamente eran sustituidos por otros que dominaban durante un día o durante una hora la atención de todos y se extinguían a su vez. despertaban en los espíritus in­ quietos un hilar de interminables conjeturas. Era imposible acertar con la más leve noción de la realidad entre esas opiniones abstrusas. se había salvado valerosamente junto con un puñado de compañeros leales y estaba en camino a Queimadas. cribado de errores singulares. para hacerla más emocio­ nante. En la inconsciencia de la exageración. la verdad aparecía a veces bajo una forma heroica. Se le agregó después. Se contradecían: se había salvado pero estaba gravemente herido en Macacará. Se inventaban los hechos. impresionando emocionadamente el . No se sabía nada positivo. manteniendo en crecimiento la conmoción y la curiosidad públicas. La muerte trágica de Salomáo da Rocha fue una satisfacción para el amor propio nacional.Las primeras noticias del desastre prolongaron por muchos días la agi­ tación en todo el país. Algunos de los nuestros y entre ellos el capitán Vilarim. deficiente. tenían además artillería y la mane­ jaban con firmeza.

el fervor de las adhesiones entusiastas. se había batido hasta su último cartucho para caer finalmente. allí se encontraban salvos. Se hicieron notas de pésame en las actas de las sesiones municipales de los sitios más remotos. Una semana después se verificaba allí la existencia de 74 oficiales.081 combatientes. LEVANTAMIENTO EN MASA Los gobernadores de los Estados. La escena maravillosa. a doscientos kilómetros de Canudos. monótono por la cadencia de los mismos períodos retumbantes. gran parte de la expedición. registrados. De rodillas junto al cuerpo del jefe. transfigurado por un singular rapto de coraje. Resurgie­ . se volvió como una compensación ante el revés. esos guarismos inexorables. Se hacían misas por los muertos en todas las iglesias. el oscuro soldado trascendía a la historia cuando — víctima de la desgracia de no haber muerto— cambiando la inmortalidad por la vida. y en un coro triun­ fal de artículos vibrantes y odas fervientes. el soldado leal había permanecido a su lado. en Queimadas. tres días apenas. la tropa se había desbaratado y el cadáver del coman­ dante había quedado abandonado al margen del camino. . las corporaciones muni­ cipales continuaron vibrando en el anhelo de la venganza. Se congregaban para acuartelarse ciudadanos altivos. ornaba la peripecia culminante de la pelea. Era subordinado de Moreira César. esa tragedia. . el de las demás ciudades creía estar a la altura de la grave situación apoyando todos los actos de energía cívica que practicaba el gobierno por la afrenta al Ejér­ cito y (esta conjunción valía por cien páginas elocuentes) a la Patria. Los trescientos y tantos muertos de las informaciones ofi­ ciales. Vimos cuántos entraron en acción.alma popular. variantes de un dictado único. Tres días después del encuentro. el día 19 de marzo. Y dándole a la tristeza general la nota supletoria de la sanción religiosa. Dos semanas más tarde. se planearon homenajes cívicos. fuertemente coloreada por la imaginación po­ pular. 1. sacrificándose por un muerto. Dejemos ahí. Y en todos los mensajes. con su singular significación negativa. Un cabo humilde. los Congresos. ya se encontraba en Queimadas. Poco a poco se reducía por un lado y se agravaba por el otro. Igual que el pueblo de la Capital Federal. volvían a la vida. los arzobispos dieron orden a los sacer­ dotes de sus jurisdicciones para que dijeran en las misas la oración Pro pace. Se decretó luto nacional. Se abrieron sus­ cripciones patrióticas. No hagamos la resta. Ellos no disminuirán. apareció con los últimos retra­ sados sobrevivientes. guardando la reliquia que el ejército había abandonado. la destrucción de los enemigos de la República armados por el caudillaje monárquico. A esta revelación se agregaron otras a medida que la situación se aclaraba. persistió como aspiración exclusiva.

Cumbe. Es que en Canudos estaba en juego la suerte de la República. . se encaminarían hacia el lito­ ral. el Académico y el Vrei Caneca. hecho en treinta días. fugitivos desde la Revuelta de Setiembre. Las hordas invasoras. Y sucesivamente. catervas formidables. Magacará y tal vez. acrecidas por nuevos contingentes. . se acumulaban nuevas noticias que aumentaban el fardo extenuador de aprensiones que oprimían a las almas conmovidas. . sólo se notó la falta muchos días después. El Presidente de la República declaró que. reorganizándose en Tucano. adiestrado quizá en los polígonos bravios de Abisinia 277. sin piedad. habiendo desertado cerca de setecientos. Los rodeaban en su fuga. . ideas raras. . marchaban hacia el sur. el Benjamín Constant. el Silva Jardim. con el coro estri­ dente de las locomotoras en pleno sertón bravio. Surgían planes geniales. el Moreira César. se llamaría a las armas a los mismos diputados del Congreso Federal. No bastaba. incomparables. PLANES En el cuartel general del ejército se abrió la inscripción para cubrir los claros de diversos cuerpos. después de saquear esas aldeas. de donde. y en un ímpetu de patriótico lirismo. . Los batallones de Moreira César eran las legiones de Varo 278. entre los cuales se nombraban conocidos oficiales del Ejército y de la Armada. avanzando sobre la capital de Bahía. en caso extremo. Ingenieros ilustres hicieron el trazado de un milagro de ingeniería: un ferrocarril de Vila Nova a Monte Santo. Las gentes alucinadas oían el sordo tropel de los bárbaros. . . Se daban sorprendentes informes. mientras se creaban otros con patriotas de todos los matices: el Deodoro. UNA TROPA DE BARBAROS Se afirmaba que uno de los jefes del reducto era un ingeniero italiano. . que el Conselheiro había con­ vocado. Jeremoabo. la de la Armada. Se exponían extraordinarios detalles: en la aldea había tanta gente que. pasando por encima de la Itiúba. aquello no era una aldea de trucu­ lentos bandidos. Allí existían hombres de excepcional valor. ya endurecidos en el fuego de la revuelta anterior. el vicepresidente le escribió al Club Militar proponiéndose valientemente para ceñir el sable ven­ gador. que irrumpiría de golpe. Ya estaban tomadas por los jagunqos Monte Santo. muy hábil. triunfalmente.ron batallones de veteranos: el Tiradentes.

José Guedes. 25?. tomaba la actitud batalladora. el Monje del Paraná. el 24? de Río Grande do Norte. .Y no eran sólo los jagungos. aceptó. En todo se repetía la misma afirmación: había que salvar a la Re­ pública. para legar a las generaciones futuras una República honrada. En Pernambuco. firme y respetada”. El gobierno debía actuar rápidamente. La aureola de la locura soplaba también por el sur. el 5? y narte del 9? de caballería. asaltaba cargueros repletos de espingardas. general Artur Oscar de Andrade Guimaraes. sorpren­ día a las autoridades que lo interrogaban con la altanería estoica de un profeta. La reacción monárquica. En Juázeiro. Joáo Brandáo. el 26? de Sergipe. CONCENTRACION EN QUEM ADAS Las tropas convergían en Bahía. se imponía por otro motivo igualmente serio. un maníaco. Esta medida. congregaba multitudes de nuevos cismáticos en pro del Conselheiro. el 4? de Pará. En Minas. un ladrón cabal. convertida en base de operaciones provisorias. Llegaban a esa capital en batallones des­ tacados y seguían inmediatamente hacia Queimadas. nosotros estamos convocados al sacrificio del cual no huimos. . un heresiarca si­ niestro. aquella vanguardia de retardatarios y de maníacos. el 7?. asomaba en esa concurrencia extravagante para la historia y para los hospicios 279. el 33? y 35? de Piauí. deshacía escoltas y escondido en el alto sertón del Sao Francisco. el 5? de Maranháo. precipitando en las primeras escaramuzas. el 27*? de Paraíba. regimiento de artillería de la Capital Federal. invitado a asumir la dirección de la lucha. Y todo esto. II MOVILIZACION DE TROPAS Se trajeron batallones de todos los Estados: el 12 ?. por su parte. El comandante del 2 ? distrito militar. el 9? y el 16? de Bahía. . habiendo definido antes en una proclama por telégrafo. su pensamiento sobre las cosas: "Todas las grandes ideas tienen sus mártires. se manifestaba. 30?. el padre Cicero. ade­ más de corresponder a la urgencia de una organización pronta en esa aldea. por fin. coronados del mejor de los éxitos. 31? y 329 de Río Grande do Sul. eran hechos de una conjuración que desde hacía mucho tiempo actuaba solapadamente contra las instituciones. en Ceará. el 2 ? de Ceará. el 14? y 5? de Pernambuco.

De modo que en poco tiempo allí estaban estacionados todos los cuerpos destinados a la marcha hacia Monte Santo y el comandante general de las fuerzas. las líneas tradicionales de antigua metrópoli del Océano. conservando. La vieja capital con su antiguo aspecto. Eran cosacos en las calles de Varsovia. como cañoneras abiertas hacia el mar. pudo organizar la expedición. un escudo en el que se apreciaban las armas imperiales. SE ORGANIZA LA CUARTA EXPEDICION "En esta fecha quedan así definitivamente organizadas las fuerzas bajo mi comando: "Los 7?. Como medida preventiva. Y no los con­ movía. trataron de despedazar. erigida para la defensa con sus viejos fuertes separados. desembarcaban. había en el ánimo de los nuevos expedicionarios una sospecha extravagante respecto de las creen­ cias monárquicas de Bahía. En pleno día. enuncia­ dos con una fanfarronería continua. la 2 ^ brigada bajo el mando del coronel . los 169. La prensa y la juventud del Norte. y con sus calles estrechas y embarulladas por las cuales pasaría hoy Fernáo Cardim o Gabriel Soares sin notar diferencias notables. levantada sobre la montaña. destacada por el agudo tintineo de las espuelas y de las espadas. la soldadesca. en la orden del día del 5 de abril. generalizándose un concepto falso. traduciéndose finalmente en desacatos y desmanes.Es que. se les aparecía como una ampliación de la tapera sertaneja. torciéndose por la mon­ taña. 259 y 279 batallones de la misma arma. a hachazos. Citamos sólo un hecho: los oficiales de un batallón. finalmente protestaron y más elocuentes que los mensajes resultó el descontento popular pronto a estallar. disemi­ nados por las cumbres. Allí entraban con la altanería provocadora de los triunfadores en una plaza conquistada. La pasión patriótica rozaba la locura. En los sitios públicos la población sorprendida oía los comentarios adversos. a despecho del tiempo. 149 y 3 O 9 batallones de infantería constituyen la 1^ brigada bajo el mando del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. Por su parte. como acrópolis desmanteladas. los batallones llegaban. asaltada tantas veces por las chusmas marítimas de los normandos y los holandeses. los irritaba. con sus laderas a plomo. colocado en el portón de una vieja repartición pública. Era como si hubiesen esta­ blecido que aquello era un Canudos grande. Esa provocación gratuita aumentaba día a día. así ejemplificada. el 309. se ejercitaba en diversos con­ flictos y correrías. to­ maban los vagones del ferrocarril central v seguían prontamente para Oueimadas. llevaron su dedicación a la República a abusos iconoclastas. siguiendo el mismo trazado de las trincheras de barro de Tomé de Sousa2S0.

copia ampliada de los errores anteriores. alrededor de la aldea. hasta inclu­ yendo la posibilidad extrema y dolorosa de la batalla. del Rosario y de Jeremoabo.Inácio Henrique Gouveia. La expedición estaba constituida. tomando la hipótesis más favorable. del Uauá y de la Várzea da Erna. eran dos las masas compactas de soldados que irían a caer. Páginas ya escritas me dispensan de volver a insistir sobre semejante plan. la 3^ brigada bajo el mando del coronel Olimpio da Silveira. siendo responsable de la misma hasta la respectiva presentación de aquel general. asilo impenetrable en el . los caminos del Cambaio. la 4^ brigada bajo el mando del coronel Carlos María da Silva Teles. tal vez. se planeaba atacar a los fanáticos por dos puntos. el 59 regimiento de artillería de campaña. el coronel comandante de la 1? brigada. combatidos en una sola dirección. Los caminos escogidos. incluso problematizaban un desenlace satisfactorio de la campaña. los 5 9 y 9 9 batallones de infantería. La orden del día nada decía en cuanto al desdoblamiento de las ope­ raciones. En vez de un cerco a distancia. en el caso de que fueran desbaratados. después de reunirse en Aracaju. La simple obser­ vación de un mapa mostraba que la convergencia establecida. todo el vasto sertón del Sao Francisco. se cortaban fuera del poblado. Se resumía en la división en columna. 319 y 33 9 de la misma arma y una división de artillería. bajo el mando del general Cláudio Do Amaral Savaget” . 2? y 3? brigadas formarán una columna. la 6 ^ brigada bajo el mando del coronel Donaciano de Araújo Pantoja. en un punto de su amplia periferia y resultaban ineptos para el asedio. los 349. la primera columna saldría por Monte Santo. aunque se realizara. y 6 $ brigadas formarán otra columna. con una sola variante: en lugar de una. mientras la se­ gunda. porque éste. tenían francos hacia el norte y el oeste. por el sudeste. atravesaría Sergipe hasta Jeremorabo. Los jagungos. esto no sucediese. la 5^ brigada bajo el mando del coronel Juliáo Augusto de Serra Martins. no determinaría el aplastamiento de la rebelión. Y si. "Las P . para lo que eran suficientes aquellos dieciséis cuerpos articulándose en puntos estratégicos y avanzando poco a poco. poco se desviaba del modelo anterior. era fácil verificar que la plena consecución de los itinerarios establecidos. desde hacía mucho conocido. los 269 y 329 de infantería y una división de artillería. Desde estas aldeas convergirían sobre Canudos. 35 9 y 409. los 12 ?. las 4^. en las trampas de la guerra seríaneja. todos a un tiempo. bajo el mando del general Joáo da Silva Barbosa.

órgano que prepara. Eran circunstancias fáciles de deducir. a fines de julio. partiendo de Juázeiro o de Vila Nova y venciendo una distancia equiparada a las recorridas por las otras dos. El gran movimiento de armas en marzo. El país entero ansiaba lavar la afrenta hecha al Ejército y a la Patria. soldados y patricios. No había un servicio de transporte suficiente para cerca de cien toneladas de mu­ niciones de guerra. de modo que en una base de operaciones provisoria. No teníamos ejército en la significación real del término. una dirección administrativa. Y al prevenirse. para Aracaju. Ahora bien. en la que se incluye. que les permitirían comunicarse con las cercanías y abastecerse. menores que compañías. mil puertas abiertas por los otros. convergiese con ellas. unida al litoral por un ferrocarril. cerrando aquellos caminos y origi­ nando finalmente un bloqueo efectivo. desde el transporte de las provisiones hasta los lincamientos superiores de la estrategia. Los com­ batientes. darles municio­ nes. . fue imposible conseguir un depósito de víveres. en los primeros días de abril. rayaba en el optimismo más exagerado. tendrían como tuvieron. no venían de los polígonos de tiro o de los campos de maniobras. no había soldados: los cargadores de armas que por allí desembarcaban. Queimadas se volvió un vivero de reclutas y un campo de instrucción. Pero no se pensó en esta división suplementaria. Los batallones llegaban. más valiosa que la existencia de algunos millares de hombres y espingar­ das. Los sertanejos resistirían como resistieron. las operaciones militares. ante todo. . Faltaba todo. No había un servicio de abastecimiento organizado. vestirlos. algunos disminuidos. No había tiempo para pensar. Era necesario armarlos. llegaban a la oscura estación del ferro­ carril de Sao Francisco y quedaban impotentes para la partida. con el armamento arruinado y careciendo de las nociones tácticas más simples. Los días comenzaron a correr monótonos en evoluciones y maniobras. técnica y táctica. definida por un estado mayor que conozca todos los servicios. en Queimadas. Era preciso marchar y vencer. afrontando los asaltos hechos por un solo flanco.que se se acogerían a salvo y desde donde se aprestarían para la réplica. la consideración de un abandono en masa de la aldea. señalaban una sola corrección: una tercera columna que. DEMORAS Pero éste sólo se realizaría dos meses después. o . El general Savaget salió en seguida. y el comandante en jefe. dispuso todo para el ataque. Finalmente. adiestrarlos e instruirlos. había sido una ilusión.

la 3?. pero de inquieto temperamento para aquella apatía. después de apresar en el camino algunos cargueros que iban a la aldea sediciosa. abastecieran a la base de operaciones. .de infantería. batallón por batallón. viviendo a costa de los recursos de un municipio pobre y talado por las expediciones anteriores. por el camino del Rosario. cuando llegó el mes de julio y la 2 ^ columna atravesando Sergipe. no había en Monte Santo una sola bolsa de harina en depósito. donde la situación no varió. aunque exagerándola con su fuerte temperamento nervioso. Esta detención desalentaba a los soldados y alarmaba al país. Como un entretenimiento o un pretexto para sacar de Monte Santo por algunos días a mil y tantos consumidores de los escasos recursos de la columna. . descansando. hacia Monte Santo. la línea telegrá­ fica de Oueimadas. centenares de valientes marcando el paso delante del enemigo. solo. en lugar de volver a la base de operaciones. doblegado en la insipidez de esa Capua invertida 2 8 1 donde voci­ feraban. que partiendo de Oueimadas. Y el entusiasmo marcial de los primeros tiempos aflo­ jaba. porque esta brigada se había reconstituido con el agregado de una batería de tiro rápido y con el 79 destacado de la 1^. con dificultades. hacia el centro de la lucha. La penuria y ciertos anuncios de posible hambruna condenaban a la inmovilidad a la división en la que se encontraba el principal jefe de la campaña. revelando. Fue el único movimiento militar realizado y no tuvo el valor de aplacar la impaciencia de los expedicionarios. El coronel Thompson Flores planeaba ese movimiento indisciplinado y temerario. Una de esas brigadas. desprovisto de los recursos más elementales. la situación moral de los combatientes. sin carretas para el transporte de las municiones. Continuaron hasta mediados de junio los mismos ejercicios y la misma existencia aleatoria de más de tres mil hombres en armas.ejercicios de fuego en una línea improvisada en un surco abierto en la caatinga próxima. dos brigadas salieron en reconocimiento hasta el Cumbe y Ma^acará. estaba bajo el mando de un oficial incomparable en el combate. apenas contenido por la oficialidad. se acercaba a Jeremoabo. Al llegar a Magacará. El comandante en jefe. dispuestos para el combate pero impotentes para la partida y. de modo de almacenar reservas capaces de sustentar a la tropa por ocho días. Por lo que. Y fue la única cosa apreciable en tanto tiempo. estuvo por salir. La comisión de ingenieros militares dirigida por el teniente coronel Siqueira de Meneses había terminado. De allí salieron. se quedaba delante de la tropa acampada y mal alimentada por algunos bueyes magros y hambrien­ tos desparramados por los campos de los alrededores. El diputado del Cuartel Maestre General 2 8 2 no había conseguido siquiera un servicio regular de convoyes. . registremos esta singular circunstancia. recién formada con el 59 y el 9 9 batallones de artillería.

Irían recargadas por las toneladas de un cañón de sitio. Esta consideración era capital. sin líneas de operaciones. Muchos se estremecían imaginando el sobresalto al recibir de impro­ viso. El jefe expedicionario sólo se ocupó de la distribución de las formacio­ nes. Resumen de unos viejos preceptos que cada uno de nosotros. después de augurar una inevitable victoria sobre la gente de Antonio Conselheiro "el enemigo de la República”. legos en la materia. estos datos eran verdaderos. NO HAY UN PLAN DE CAMPAÑA El general Artur Oscar decidió entrar en acción fijando en la orden del día del 19 de junio la partida en la cual "deja a la imparcialidad de la historia la justificación de tal demora”. alentado por tres victorias. a los comandantes de los cuerpos. Eran tres requisitos esenciales y complementarios. sujeta a los ligeros . sorpresas de toda índole y de todo lo más odioso de la guerra”. podemos encontrar en las páginas de Vial 2 8 3 .A todos fastidiaba la inmovilidad en que habían caído tras el arranque marcial de los primeros días. y flexibilidad para adaptarse al terreno abrupto. trincheras. Sin el laconismo propio de tales documentos. consistía solamente en el aprovecha­ miento del terreno y en una movilidad vertiginosa. días antes. que no acudiesen a los recursos del terreno tan pobre. Persistía la obsesión de una campaña clásica. señala a las tropas el peligro que las asal­ tará al entrar en el sertón donde "el enemigo las atacará por la retaguar­ dia y los flancos” en medio de esas "matas infelices” cribadas de "caminos obstruidos. Pero ninguno fue satisfecho. movilidad máxima. No se preocupó del aspecto esencial de una campaña que. Pese a la literatura alarmante. lo que ese docu­ mento muestra es la obsesión en imaginar a las guerrillas habilidosas de los jagungos dentro de trazados gráficos. la nueva de la toma de Canudos por el general Savaget. de cuatro en fondo. aquel armisticio de tres meses. Lo demuestran las ins­ trucciones entregadas. Las tropas partirían de la base de operaciones a media ración. Porque su tropa iba a salir hacia lo desconocido. reducida al dominio estricto de la táctica. Calculaban los efectos de esa dilación ante la opinión pública ansiosa de un desen­ lace y consideraban cuán útil sería para el adversario. tenían escasos intervalos de pocos metros. Avanzarían en brigadas cuyos batallones. el general. La comi­ sión de ingeniería había realizado reconocimientos acordes. estipulando que las características del terreno imponían tres condiciones para un favorable accionar de la campaña: fuerzas bien abastecidas.

habilitándolo para arremeter impunemente por allí adentro. de los guarda-pechos para troteger el tórax. no las guardaban de los asaltos. sin programación rígida. hecha para la quietud de las fortalezas ribereñas. líneas de apoyo y reservas— actuar con la seguridad mecánica establecida por las luminarias de la guerra. aban­ donaría esos dispositivos de los preceptos idealizados sin nombre. La tremenda máquina.700 kilos. sin reglas. con algunos batallones macizos perdiéndose en caminos desconocidos. geométricamente — cordones de tiradores. Tenían que marchar a los costados del grueso de la tropa por dentro de las caatingas y éstas les obstaculizarían el paso. muestra la preocupación del orden mixto. pudiese. No imaginó que el frío estratega invocado. Es que había que impresionar al sertón con el monstruoso espantajo de acero. Los que las acompañaban no valían nada. Ejemplifiquemos: las columnas partirían de la base de operaciones en situación absolutamente inverosímil. y nada hay de práctico en esas instrucciones sobre servicios de seguridad en la vanguardia y en los flancos. aunque se dejasen de lado medidas imprescindibles. se le prendió a las espaldas la mole de acero de un Withworth de 32 2 8 4 . para pasar indemne por medio de los xique-xiques. en la emer­ gencia de una batalla. que pesaba 1. Y el jefe de la expedición. cortando las bromelias y los espinos. No quiso innovar. con la garantía de las fuertes alpargatas. Como si fuera poco. Quiso dibujar lo imprevisto. Copió instrucciones sin valor. a media ración. rodeadas de hechos súbitos y de encuentros fortuitos en las vueltas de los caminos o celadas en todas partes. de las perneras. Hubieran podido avanzar si se les salvara de tales inconvenientes. no tenían la garantía de una vanguardia eficaz.reconocimientos hechos anteriormente o a los datos recogidos por oficiales de otras expediciones. significaba la reducción de la marcha y la perturbación de los transportes. La ropa de los vaqueros enseñaba. delante de ad­ versarios fugitivos y valientes. Bas­ taba con que fuesen apropiadamente vestidos. extendiéndose por el campo raso. se deberían mover con las distancias regulares. a propósito. Uno o dos cuerpos así dispuestos . en las guerras sertanejas. apenas iban a arriesgar unos pasos para dejar por allí enganchados sus uniformes en jirones. un genio que para la ocasión no valía como los ardides de un capitán del monte. un obstáculo para cualquier maniobra rápida. Por fin. de los guarda-pies. La lucha que sólo pedía un jefe esforzado y media docena de sargentos atrevidos. los cuerpos. iba a iniciarse enredada en una compleja red jerárquica. como veremos en breve. y de los sombreros de cuero firmemente atados al mentón. El flanqueador debía meterse en la caatinga vestido con las ropas de cuero del sertanejo. guerras de trampas. citó a Ther Brun. de flan­ cos capaces de evitarle sorpresas. Marcharían en desdoblamientos que. En compensa­ ción. Soldados de ropas de paño. de modo que cada brigada.

LA COMISION DE INGENIEROS Para este notable trabajo hubo un jefe: el teniente coronel Siqueira de Meneses. desarrollándolo hasta lo alto de la Favela. se le aparece un arroyo correntoso y lo cruza metido en su ropa impermeable. alargarlos o nivelarlos. Una firme educación teórica y un espíritu observador. normaliza la economía fisiológica y produce atletas. nuestros admirables patricios del sertón atestiguan que esa bizarra vestidura. Con corrección y fragilidad. Además. . de modo que por tales caminos. Marcha bajo una lluvia violenta y no tirita. se encuentra con pastos en llamas y puede cruzarlos sin hesitar. acompañado por uno o dos ayudantes. atenúa el frío en el invierno. La conocía entera. Después de un largo combate. Ese camino fue hecho. hijos del Norte. que por sí solo requería un camino consolidado y firme. Más extravagante resultan las cha­ quetas europeas de listas vivas y botones brillantes entre las ramas de la caatinga marchita 2 8 5 . en todos los sentidos. amor­ tigua las repentinas variaciones de la temperatura. el día 14. a pesar de su rudo material es capaz de entallar elegantemente y robustece. La había recorrido casi solo. Se armoniza con la guerra.y convenientemente adiestrados. Es buena para las intem­ peries. Se encargaba de una ardua tarea: adecuar la marcha a los rastros sertanejos. Se temía contagiar la piel dura del jagungo a la epidermis del soldado. Porque no se gasta ni se rompe. e infatigable. La expedición debía marchar correctamente. Pero esto sería una innovación rara. En primer lugar. partió la comisión de ingenieros protegida por una brigada. lo convirtieron en el guía exclusivo de aquellos miles de hombres al tanteo en una región desconocida y bárbara. se levanta de golpe y su flexible coraza no tiene una sola arruga. a lo largo de quince leguas. pudiesen transitar la artillería pesada. Atenúa el calor en el verano. acabarían por copiar las evoluciones de los jagungos. cortados por barrancos y torcidos por los morros. la comi­ sión de ingenieros. las baterías Krupp. en todos los bata­ llones. algunos cañones de tiro rápido y el aterrador 32. el luchador tiene sus ropas intactas y puede descansar sobre un montón de espinas. alejado de todo temor. Lo abrió. ese campeador que se había formado fuera de la vida de los cuarteles. Nadie hasta entonces había entendido con igual lucidez la naturaleza de la campaña o estaba mejor preparado para ella. Y esto no sería una originalidad. en cuyos cuerpos los bárbaros uniformes no se ajustarían por primera vez. sobre todo considerando que allí había. con esfuerzo y tenacidad. Cuando suena la alarma. y debía rectificarlos.

sorprendía a los combatientes más rudos. Esa naturaleza original lo atraía. era la mejor garantía de una marcha se­ gura. Y le dio un trazado que sorprendió a los mismos sertanejos. dos. subía por los cerros abruptos. haciendo un camino más hacia el este. lo saca­ ban de las preocupaciones de la guerra para llevarlo a la región serena de la ciencia. en todas partes. bordeando los contrafuertes de Aracati. más corto y en muchos puntos menos impracticable. física y moralmente bru­ ñido por la cultura moderna. de fiso­ nomía nazarena. Se largaba por las amplias pla­ nicies. en­ contró dificultades en los primeros pasos. Proveniente de una familia sertaneja del Norte y teniendo hasta familiares próximos entre los fanáticos de Canudos. el cáliz de una flor o un accidente del suelo. los sertanejos lo fortificaron de tal manera que la marcha de la expedición por allí hubiera acarreado un desastre completo. Mientras los cañones más lige­ ros llegaban. Les llamaba la atención aquel hombre frágil. ineptos para un medio galope corto. Quedaba el del Calumbi. su topografía atormentada. su estructura geognóstica aún no estudiada. La de artillería que levantó el campamento de Monte Santo el 17. Cabalgaba animales arruinados. El comandante en jefe había apreciado su valor. En este presu­ puesto. Y el expedicionario sin miedo lo hacía. hechos diez kilómetros. se hundía en los pantanos. ese jagungo rubio. los vedeaba. les desafiaba la astucia y no sentía temor de las emboscadas y no se equivocaba en la lectura de su brújula portátil entre los estampidos de las carabinas. el del Cambaio y el de Magacará. al Río Pequeño. el obstruyente 32 . se le antojaban escritas en una página de la tierra que todavía nadie había leído. y muchas veces. El teniente coronel Meneses era el ojo de la expedición. de aspecto débil. observando. sin las trincheras soberbias del primero y sin las vastas planicies estériles del último. mucho antes de llegar a la aldea. que andando por todas partes con una carabina en bandolera y un podómetro agarrado a la bota. más preocu­ pado por sus notas y sus croquis que por su vida. en reconocimientos peligrosos y resurgía en el Caipá. El plan esbozado por la comisión de ingenieros lo evitó. habían sido utilizados por las expediciones anteriores. se perdía en el desierto repleto de emboscadas. en Calumbi o en el Cambaio. luchando. Esos atributos hacían pensar que sería escogido. distanciadas. LA MARCHA PARA CANUDOS Por allí avanzaban. convirtiéndose en un pensador contem­ plativo. las brigadas. Los vaqueros amigos de las cercanías lo conocían y lo conocieron por fin los jagungos. Su flora tan extraña. Entre los caminos que llegan a Canudos. Una roca. estu­ diando.

en el que surgían inconvenientes a cada paso. vencedores de bandeiras. Tenían el temperamento pri­ mitivo de una raza. Más alejado todavía. Ese mismo día había salido de Monte Santo el comandante general y el grueso de la columna constituido por las brigadas 1^ y 3^. mezcla interesante de atributos contrarios a la lógica. en el aislamiento de las planicies. por las curvas del camino o por los desniveles repentinos que detenían a la pesada máquina. unos y otros poco afectos a esa clase de transportes. llegó el cañón retrasado al Caldeirao Grande. seguían al cabo completamente aislados. avanzó hasta el Aracati. Toda la expedición en camino. con una ingenuidad sorprendente. siempre con la misma formación: las grandes divisiones avanzando aisla­ das o concentrándose y dispersándose en seguida. guardado intacto. y formado por 432 plazas. más tarde. Entre las fuerzas regulares de uno y otro matiz. Solamente el 19 a la tarde. salvaje y heroica. en los días angustiosos del asedio a Canudos cantarían al son de las guitarritas. el único entre todos que se amoldara a las condiciones de la campaña. con la misma marcha fatigosa y de­ morada. proseguirían a la mañana siguiente hacia Gitirana. el 59 cuerpo de la policía bahiana. iba el gran convoy general de municiones. no era un batallón de línea ni era un batallón de policía. El 59 cuerpo y el convoy. rezagados de la expedición. constituían un batallón de jagungos. guiados por conductores inexpertos. cuando debían estar en el centro. juntamente con la 2 ^ de infantería. Esos cáboclos rudos y bravos. Los veremos más adelante. unos tres mil combatientes. en seguida se verificó la imposibilidad de una concentración inmediata. Recién formado con sertanejos enrolados en las regiones ribereñas del Sao Fran­ cisco. aparecían con un aspecto original. imprimían el rasgo original de la vieja bravura. bajo el mando directo del diputado del Cuartel Maestre General. habiendo partido los últimos de Monte Santo. fuera de la intrusión de otros elementos y de golpe. totalmente nuevo. de los primeros mestizos. permitiendo que se reor­ ganizara la brigada de artillería que. A despecho de la formación establecida. tres días ocupados en hacer tres leguas. distante ocho kilómetros de la estación anterior. teniendo a la vanguardia al 2 59 batallón del teniente coronel Dantas Barreto. a veces demasiado dis­ tanciadas. Por el camino tiraban penosamente las veinte yuntas de bueyes que lo arrastraban. cuarenta y seis kilómetros más allá de Monte Santo. debajo del relampagueo de la fusilería. joviales y aficionados a las bravatas que. caballeresca y despiadada. una lealtad llevada hasta el sacrificio y un heroísmo extendido hasta la barbarie. con un efectivo de 1. modinhas festivas. a la cola de la tropa.933 soldados. a un tiempo novelesca y brutal. en contraste permanente entre la marcha ligera de la vanguar­ dia y el lento andar de la artillería.había quedado distanciado una legua. en la emergen­ . Y lo mismo le sucedía a los demás batallones. coronel Campelo Franca.

mientras el comandante general andaba rápidamente y en ese día llegaba con la vanguardia a Juá. cuando el general Barbosa que había permanecido el resto del día anterior en Caldeiráo. el auxilio de la columna quedaría trabado por el obs­ táculo de las baterías que cubrían el camino estrecho. 159 169 y 279 cuerpos de infantería. a poco más de una legua de Monte Santo y llegaba. el ala de caballería del mayor Carlos de Alencar y la artillería. a las nueve de la mañana al Caldeiráo Grande. en el centro la caballería y la artillería. ofreciendo con­ diciones desventajosas en la emergencia de un asalto. hacia Aracati. más de una vez. el 259 de la 2^.cia de la batalla. más aventajada. Des­ pués de la artillería. a las seis. En el amanecer del día 2 2 . como una obstruc­ ción entre la vanguardia y el convoy general. se ve que la tropa estaba desparramada por una longitud de casi cuatro leguas. llegó el resto de la columna compuesto por los 59. Mientras el grueso de la columna levantaba campamento del Río Pequeño al alborear del 2 1 . Pero la artillería. la brigada Gouveia tocaba Gitirana a la noche. éstas quedaban divididas. en Juá. Si consideramos que el convoy general dirigido por el coronel Campelo Franca y protegido por el 59 de policía había quedado a la reta­ guardia. Las brigadas se reunieron por fin. apoyados por la brigada Flores. el cañón 32. porque no estaban dispuestas para distancias tan grandes entre sí. 7. realizaron penosos trabajos de repa­ raciones. protegido por la brigada Medeiros. Adscrito al trabajo de los zapadores. De manera que si los jagungos dieran.600 metros más allá de Gitirana. violando completamente las instrucciones establecidas. Pero. llevando el dispositivo fijado: al frente el 149 y el 39 batallones. sin equipo. En la misma ocasión. 79. el 9 9 batallón de la 3^.800 metros de distancia. el 9 9 y el 259. y como el grueso de las fuerzas aún venía por el camino del Caldeiráo. el tren de la arti­ llería quedaba muy separado del resto de la columna. después otros dos cuerpos. después que los ingenieros. seguido de un piquete de veinte plazas de caballería y el 9 9 de infantería. de ahí partía el comandante general con la primera brigada. las que debieron haber sido establecidas de antemano como un requisito táctico indispensable. levantaba campa­ mento hacia Gitirana. a 12. donde ya se encontraban la comisión de ingenieros y el general Artur Oscar que hasta allí había llegado. . en la noche de ese día. sólo se movió al mediodía. después de caminar dos leguas. haciendo la vanguardia los bata­ llones del coronel Gouveia. De ese punto salieron los dos generales en la mañana del 23. aquí estaba inmovilizada la artillería aguardando que la comisión de ingenieros terminase la apertura de picas y trabajos de zapa. Se exceptuaba el convoy retrasado en algún lugar del camino. protegida por los del coro­ nel Medeiros. algún golpe de mano audaz contra el convoy general. Lo muestra la ruta pormenorizada de la marcha. en lugares escogidos. ya de esa parada había salido a la retagurdia de la artillería.

los zapadores hicieron un desvío a la izquierda. además de los accidentes del terreno para la subida y bajada de los vehículos” 286. lo cerrado de la caatinga. lo desmontó y le arrancó la carabina de las manos. por extensión. Acon­ sejado por éste. . tenía mejores condiciones de viabilidad. golpeándolo con la culata. totalmente entregado a nuestra causa. en Lagoa da Laje. se encaminó hacia Jueté. se buscó el campo de Vila-Nova. El encuentro fue rápido. los sertanejos huyeron sin replicar. Y fue a acampar a la medianoche en la Lagoa da Laje. a dos kilómetros de Aracati. Ya iban lejos. Los caminos empeoraban. por demás exigua para tanta gente. La columna que levantó cam­ pamento de Aracati al mediodía porque tuvo que esperar la llegada de los retrasados de la víspera. Otras la sucederían. Era la primera hazaña. Tomados de sorpresa. Ese día. y otra vez se dividió. se enfrentó con el adversario más próximo. junto con la 3^ brigada al borde de un arroyo. El día 24 la marcha se hizo más pesada. La artillería sólo avan­ zó al caer la tarde. además de los trabajos de zapa. Se entraba en zona peligrosa. Aban­ donando todo el trabajo hecho. Tomás Vila-Nova. buscando la estancia del "Sitio” de un sertanejo aliado. ya unida. cuando el teniente coronel Siqueira de Meneses reconoció la imposibilidad de adecuar el camino con la rapidez necesaria. pasando por el sitio de los Pereiras. después de unas horas de camino. Lo vencieron. Sólo uno quedó. a una distancia de 13. Se hizo necesario. el piquete del comando general. Después de la partida de Juá y llegados a la vieja estancia del "Pogo” totalmente en ruinas. donde ya estaba desde hacía mucho la columna. sobrevino un incidente que muestra cuánto cono­ cían el terreno por el que avanzaban. Lo mataron. que por lo cerrado de la noche no se pudo pasar. * Ju-eté: espino grande. Reaccio­ nó a pesar de estar herido. a la tarde se inició un nuevo camino que. INCIDENTES En lugar de seguir rumbo a la derecha. el de los Pereiras.800 metros. abrir más de una legua de pica a través de una caatinga feroz que en ese lugar justifica bien el significado de la denominación indígena del lugar *. aunque era más largo. Más a la retaguardia todavía estaba el 32. Después se recostó a la pared de la casucha e hizo frente a los soldados agitando el arma sobre sus cabezas. "Tales eran el gran movimiento de tierras a hacerse.Nos detenemos en los menores incidentes de esta marcha para mostrar las excepcionales condiciones en que se realizó. guiado por un alférez. espinal. Estaba sobre el tejado y al bajar se vio rodeado. sorprendió a algunos rebel­ des que sacaban el tejado de una casa allí existente2S7. los pesados bloques de piedra a removerse. un cabo.

tenientes Nascimento y Crisanto. que trabajaba desde el Río Pequeño. Extiende sus franjas de hojas cilindricas con ocho canaletas e igual número de filos cortantes y poco salientes. el tronco se divide en muchos gajos que se multiplican en una profusión admirable. quedó dentro de la pica hasta el día siguiente y con él. parecido a una planta cultivada en los jardines. cansangao. los dos últimos de la policía. "Así se concluyó con alegría general entre las ocho y las nueve de la noche el último trecho en el que el cumana desapareció dando paso a una vegetación más benigna al salir de Queimadas. Domingos Leite. favela. el cansancio y el sueño se apoderasen de nuestros resistentes y trabajadores soldados. malestar y fastidio. bajo lluvias torrenciales que se prolongaron hasta el día siguiente. formando una gran copa que se mantiene en el espacio por sus propios esfuerzos o favorecido por algunas plantas que vegetan por allí. deno­ minado por el pueblo lugareño Queimadas. se unió el muy conocido y temido cumana. a su luz. no pudiendo vencer los obstáculos derrumbados por la noche.El jefe de ese trabajo memorable relata * : "Al xique-xique. La hoz más afilada de nues­ tros soldados del contingente de ingenieros y de la policía. en pocas horas. el Dr. la citada comisión. artículos publicados en El País. El cañón 32. especie de cipo de aspecto arborescente. el tercero auxiliar y el cuarto comandante del con­ tingente de ingenieros. grandes hogueras para se­ guir los trabajos en pro de la buena causa de la Patria. cabega de frade. en otros trabajos. difícilmente las cortaba a los primeros golpes. enmarañándose en una trama impenetrable. de tanto en tanto. de lo que ya habla­ mos. En ese laberinto de nueva especie. representada en esta ocasión por el jefe. Allí también acampó la brigada de artillería. mandacarus. El esfuerzo desplegado por los distinguidos y patriotas republicanos. que cubren muchas veces una considerable superficie del suelo. empeñados en esta pesada labor. Antes que el desánimo. culumbi. quixaba y la respetabilísima macarnbira. palmatoria. donde esta vegetación trai­ cionera desaparece como temerosa. caroás. que causaba a todos contrariedad. no impidió que la noche los sorprendiera antes de llegar a esa especie de claro. bajo el pseudónimo de Hoche. pues el capitán Coriolano y el teniente Domingos Ribeiro se encontraban más atrás. "Poco después de las 9 horas estaba la comisión reunida y acampada en el claro. tomó la decisión de encender. cuyas hojas son cilindricas. el 169 y el 259 batallones de * Teniente coronel Siqueira de Meneses. ya noche oscura. Virgilio y Melquíades. como un gran pólipo de millones de antenas. con un grupo de chinos en el empeño de llevarlo a Canudos. A pocos centímetros del suelo. . cola de zorro. alférez Ponciano. pues ofrecían una resistencia inespe­ rada al empeño que teníamos por ir adelante. la comisión de ingenieros tuvo que abrir. más de seis kilómetros de camino teniendo sobre sus talones a la artillería que atropellaba impaciente.

el espectáculo que nos impresionó vivamente. que no reveló nada en el interrogatorio a que lo sometieron. siendo necesario todavía hacer una rampa sobre las riberas del río Rosario para que lo cruzara la artillería. acompañado por unos pocos tiradores. Lo dirigía Pajeú. el general Oscar con el estado mayor y el piquete de caballería. Fue magnífico. como reina del mundo. . encendidas en el desierto. Cayó en un ataque vivo y fugaz sobre la van­ guardia que ese día estaba constituida por el 9 9 de infantería. para mostrarle el camino del deber. Cambiadas algunas balas. viendo a la artillería con sus metales pulidos. el resto de la división. Sorprendió a la tropa con un tiroteo rápido. La tropa acampó sin otras novedades en ese sitio. por entre las fantásticas claridades de las grandes hogueras. más adelante. quedando a cargo de la guardia del 32 el 279 que durmió en la pica. hasta espléndido. El comandante en jefe envió entonces un emisario al general Savaget. con las brigadas P y 3^. traía un objetivo mayor: renovar el delirio de las cargas y un paso redoblado enloquecido que tanto había perjudicado a la expedición anterior. desaparecie­ ron. donde pernoctó. No fue posible distinguirlo bien. en el camino adelante. Levantaron campamento el 26. El famoso bandido hizo un reconocimiento. después de una corta parada en las Baixas. acompa­ ñándola velozmente por dentro de las caatingas. Pero de hecho.700 metros más adelante. Mientras tanto llegaba a Jueté. de flanco. UN GUIA TEMEROSO: PAJEU El enemigo apareció otra vez. 18 kilómetros más lejos. Al paso que el general Bar­ bosa. atravesar imponente. altiva de su gran fuerza.infantería. Ahí llegó a la madrugada el comandante general. Los combatientes se reunieron seis kilómetros adelante. Pero veloz y fugitivo. Desapareció. enderezaba hacia la estancia del "Rosario” a 4. de la honra y de la gloria”. Era algún piquete que espiaba a la tropa. como por el genio de la libertad. como lo denunciaron los sucesos pos­ teriores. reiterándole el compromiso de encontrarse el 27 en las cercanías de Canudos. Pasó como en relieve. Quedó prisionero y herido un curiboca de 12 o 14 años. y más tarde. marchando hacia el "Rancho do Vigário”. salvo la 3^ bri­ gada que se aventajó hasta las Baixas. En seguida reapareció.

La columna se dividió aún más. venía por los primeros tramos de la vertiente y aquél ascendía lentamente. Y se extendieron por el camino en una línea de diez kilómetros. Habían aflojado a los animales de tiro y toda la carga de 53 carretas y 7 grandes carros pasó subdividida a las espaldas fuertes de los sertanejos del 59 batallón de la policía. y con la noche una lluvia torrencial con vientos muy fuertes. Las cornetas no sonaban más. el 27. sucesivamente. Los ayudaba. Tal vez esclarecidos por el reconocimiento hecho. perdido en la retaguardia. Las brigadas siguieron: al frente la del coronel Gouveia con dos bocas de fuego. Rompía la marcha el 259 batallón. la conformación del terreno que desde allí en adelante se accidenta. Las brigadas se olvidaron totalmente del convoy desguarnecido. derivaron después en la bajada por la garganta que la separa del "Rancho do Vigário”. Las tropas iban a escalar por el sur la fortaleza que circunscribe Canudos. del otro lado. al atardecer llegaba al rancho. los batallones marcharon hasta el pie de la serranía. Mientras la vanguardia. viejas conocedoras del terreno. tenían dispuesta otra posición. las de los coroneles Thompson Flores y Medeiros. En plena zona peli­ grosa. La noche. establecido para el encuentro de las dos columnas sobre los escombros de la aldea atacada. se eriza en picos escarpados. todos se pusieron en movimiento para la última jornada. La subieron. y después. allá a lo lejos. tratando de abatir. en tales condiciones. como siempre. hasta las Baixas donde aparecen los despeñaderos de la sierra del Rosario. Es que. al centro la del coronel Olimpio da Silveira y la caba­ llería. apenas auxiliados por los pocas muías que todavía soportaban las cargas. Y en la alegría surcada de impaciencia. También dejaron en paz al convoy que. inútilmente. El intercambio de balas de la víspera presuponía combates even­ tuales. ladeado de dos pelotones de flanqueadores. en las condiciones más impropias para librar el más ligero encuentro. Sobre dos puentecitos atravesaron el riacho del Angico. de flancos duros y vegetación rala. La noche transcurrió pacífica. podrían ser fácilmente desbaratados por las guerrillas enemigas. .Estaban a unos 80 kilómetros de Monte Santo. los jagungos se dispusieron a refriegas más serias. a golpes de facón el ramaje. de aprensiones y vibrante entusiasmo. como veremos. andaba por el camino de Jueté. con sus soldados arqueados bajo los grandes fardos. que antecede a la batalla. Seguían cautelosos su ruta. Al día siguiente. For­ mados temprano. la artillería ligera que con los ingenieros había aban­ donado al pesado 32. cayó sobre los expedicionarios que. No lo hicieron. a medida que los trabajos de zapa le abrían camino en las laderas. nadie pensó en los compañeros retrasados.

Los jagungos los asaltaron, de sorpresa, antes de la llegada, al mediodía, en el Angico. El ataque, aunque no merecía el nombre de combate que después le dieron, fue serio. Pajeú congregaba a los piquetes que se sucedían desde ese punto hasta Canudos y se echó de costado sobre la fuerza. Esta, sobre una rampa sin refugios, quedó como blanco de los tiros por elevación de los sertanejos que apenas se distinguían en la orla del matorral, abajo; pero replicó con firmeza, perdiendo sólo dos soldados, uno muerto y el otro herido, y continuó el avance en orden, a paso ordi­ nario, hasta el sitio memorable de Pitombas, donde ocurrió el primer encuentro de Moreira César con los fanáticos.

El lugar era lúgubre. Por todas partes aparecían recuerdos crueles: peda­ zos ya incoloros de uniformes, oscilando en la punta de las ramas secas; pedazos de mantas y harapos de capotes desparramados por el suelo en un revoltijo con fragmentos de osamentas. A la margen izquierda del camino, erguido en un tronco — como una percha de la que colgase un viejo uniforme— el esqueleto del coronel Tamarinho, decapitado, los brazos colgados, las manos de hueso calzando guantes negros. . . A sus pies estaban el cráneo y las botas. Y yendo desde el borde del camino hacia la profundidad de las caatingas, otros camaradas de infortunio: esqueletos vestidos con uniformes rotos y polvorientos, tirados por el suelo, de supino, alineados en forma­ ción trágica, o simplemente arrimados a los arbustos que oscilando según el viento, les daban singulares movimientos de espectros. Toda una de­ moníaca escenografía pensada adrede por los jagungos. No les habían quitado nada, salvo las armas y las municiones. Un plaza del 259 encontró en el género que envolvía la tibia descarnada de uno, un montón de bi­ lletes que sumaban cuatro contos de réis. El adversario lo había desdeñado como otras cosas de valor para ellos degradadas. Los soldados, asombrados, apenas observaron ese escenario porque el enemigo continuaba siguiéndolos de costado. Repelido en el encuentro anterior, después que lo rodeara una compañía del 2 59 dirigida por el capitán Trogílio de Oliveira, retrocedía atacando. El 259 y después el 279 del mayor Henrique Severiano da Silva, si­ guieron repeliéndolo hasta el Angico. La batalla parecía inminente. En varios puntos, partiendo de los flan­ cos y del frente, estallaban tiros. El comandante general tomó las dispo­ siciones más convenientes para repeler al adversario que parecía iba a aparecer, rodeándolos. Un piquete de caballería dirigido por el alférez

Marques da Rocha, de su estado mayor, enviado a reconocer la caatinga a la izquierda, lo hizo inútilmente. Continuaron avanzando. Dos horas después, al trasponer el general una colina, el ataque re­ crudeció de pronto. Se hicieron algunos disparos de Krupp. Un sargento de caballería y algunos plazas se metieron temerariamente en la caatinga. Hicieron una batida. Continuó la marcha. Al frente, el 2 59 formando la vanguardia con una compañía de exploradores y sucesivamente, el 279 y el 169, replicando los tiros escasos y acelerando la embestida. La noche se acercaba. La vanguardia avanzó por las últimas laderas del camino, en las Umburanas. Las subió, sin aliento y sin vacilar. Más de una vez tuvo que replicar serios ataques hechos por el flanco. Y llegó a la montaña. El último paso del ascenso le pareció un plano levemente inclinado, entre dos ondulaciones, cerrado adelante por algunos cerros desnudos. Eran los altos de la Favela.

EL ALTO DE LA FAVELA En ese punto este legendario morro es un valle. Cuando se lo sube se tiene la impresión imprevista de llegar a una bajada. Parece que se desciende. Toda la fatiga de la difícil subida se vuelve un penoso desasosiego para el viajero. La vista queda cerrada por todo tipo de accidentes. En lugar de una línea de cumbres, muestra un thalweg, un surco extenso, cerrado a los trescientos metros por la barrera de un cerro. Llegando a éste, a los lados, se ven corroyéndolo, hondos surcos por donde drena la montaña. Por uno de ellos, el de la derecha, se observa un paso estrecho de rampas altas, casi verticales, como restos de antiguos túneles y el camino del Rosario bajando en fuertes desniveles. A la iz­ quierda, otra depresión que termina en la cuesta suave de un morro, el del Mário, se dilata de norte a sur cerrándose en ese primer tramo ante otro cerro que oculta el poblado y cae de golpe en una garganta pro­ funda hasta el lecho del Umburanas. Adelante, en nivel inferior, la Fazenda Velha. El pequeño cerro de los Pelados viene en seguida, en declive, hasta el Vaza-Barris, allá abajo. Y hacia todos los rumbos, hacia el este, buscando el valle del Macambira, más acá de las cumbres del Cocorobó y el camino de Jeremoabo que lo atraviesa; hacia el norte deri­ vando por la vasta planicie ondulada; hacia el oeste buscando los lechos de los pequeños ríos, el Umburanas y el Mucuim cerca de la entrada del Cambaio; y hacia todos los lados, el terreno se presenta con el aspecto que le dan las cumbres sobresaliendo en una confusión de picos y despe­ ñaderos. Se tiene la imagen de una montaña que se desmorona, arruinada por las tormentas, abriéndose en gargantas que las lluvias torrenciales

profundizan año a año, sin el abrigo de la vegetación que amengüe la ferocidad de los veranos y las erosiones de los torrentes. Porque el morro de la Favela como los otros de esa zona del sertón, no tiene el revestimiento bárbaro de la caatinga. Es desnudo y áspero. Pocos arbustos, esmirriados y sin hojas, raros cereos o bromelias espar­ cidas despuntan sobre el suelo duro, entre las junturas de los bloques yuxtapuestos en planos estratigráficos, exponiendo sin el disfraz de la más leve capa superficial, la estructura interior del suelo. Los que ascienden por el sur no ven en seguida la aldea que está al norte. Tienen que bajar en suave declive la ancha plegadura en que se arquea la montaña, como una trampa entre lomas paralelas. Por allí enderezó al anochecer la cabeza de la columna y una batería de Krupp, seguidas por el resto de la 2 $ brigada y de la 3^, quedando la P y el grueso de la tropa retrasados a retaguardia. Pero dieron pocos pasos, porque el tiroteo, hasta entonces espaciado, progresó en continuo aumento, a medida que realizaban la subida, convirtiéndose al cabo en una fusilería furiosa. Y se desencadenó una refriega original y cruenta. El enemigo no se veía, metido en socavones, en sus trincheras-refugio que minaban las laderas laterales y tapado por las primeras sombras de la noche que caía. Las dos compañías del batallón 2 59 soportaron valientemente el choque. Mientras disparaban al azar sus armas, las dos brigadas se abrieron para dar paso a la batería. Esta, llevada al frente, arrastrada más a mano que por las muías cansadas y asustadas, pasó ruidosamente. Subió a la cumbre más cercana y se alineó en batalla allá arriba. Elevaron la bandera na­ cional y una salva de veintiún tiros de granadas atronó sobre Canudos. El general Artur Oscar, a caballo junto a los cañones, observó por primera vez, abajo, iluminada por la claridad de una luna deslumbrante, la misteriosa ciudad sertaneja y tuvo el más fugaz de los triunfos en la cumbre golpeada por los tiros donde se expuso temerariamente. Porque la situación era desesperada. Su tropa, batida por todos los flan­ cos, envuelta por el enemigo a caballo, estaba apretada en una estrecha franja que le impedía maniobrar. Si estuviese toda junta cabía una solución, seguir por la peligrosa travesía hasta juntarse con el general Savaget que, después de una marcha entrecortada por combates, había hecho alto a tres kilómetros más ade­ lante. Pero no había llegado la P brigada que se había quedado prote­ giendo a la batería de tiro rápido y al 329 y más lento todavía, el convoy parado en Angico, a dos leguas de distancia. Aquel plan de campaña daba el único resultado que podía dar. La expedición homogénea que por su dispositivo inicial no podía fraccionar­ se, porque tenía una sola dirección y un solo convoy, se encontraba divi­ dida precisamente al llegar al objetivo de lucha. De modo que la arreme­

tida coronada con una salva de balas sobre Canudos era la más impru­ dente de las victorias. El jefe expedicionario la definió después como un combate de brillante éxito, merced al cual el enemigo había huido aban­ donándole la posición tomada. Mientras todos los sucesos posteriores revelaron el ansia de la tropa por abandonarla y el empeño persistente de los jagungos por impedirles la salida. Aquello era una trampa singular. Quien recorriera más tarde las cues­ tas de la Favela lo puede testimoniar. Estaban minadas. A cada paso una cueva circular y rasa, protegida por piedras, señalaba una trinchera. Eran innúmeras y como todas miraban hacia el camino y hacían fuego casi a ras del suelo, adrede estaban dispuestas para un cruzamiento sobre aquél. Así se explican los ataques ligeros e insistentes hechos durante el ca­ mino a partir de Angico, el inofensivo tiroteo en el que los sertanejos, saltando y corriendo, daban evidencia de querer atraer a la expedición hacia ese rumbo, impidiéndole la elección de cualquier atajo de los tantos que llevaban a la aldea. Su ardid había triunfado. Los expedicionarios, bajo el estímulo de la persecución del enemigo disperso sobre el frente y en fuga, habían to­ mado, sin una exploración preparatoria, por un lugar desconocido, si­ guiendo, sin saberlo, a un guía terrible: Pajeú. Y con su aire de triunfadores cayeron en la trampa. En respuesta al bombardeo de un extremo al otro, de arriba abajo, por las laderas, estalló un relampagueo de descargas terribles y fulminantes saliendo de cen­ tenares de trincheras, explotando debajo del suelo como fogatas.

Era un fusilamiento en masa. . . Los batallones sorprendidos se volvieron una multitud atónita, in­ quieta, asombrada, centenares de hombres desorientados, tropezando con sus compañeros que caían, atontados por los estampidos, deslumbrados por las claridades de los tiros, sin poder arriesgar un paso en la región ignota sobre la que había caído la noche. La réplica haciendo blanco en las laderas era inútil. Los jagungos tiraban sin riesgos, en cuclillas o echados en el fondo de los fosos, a cuyos bordes sostenían los caños de las espingardas. Excluyendo la posi­ bilidad de desalojarlos con cargas de bayoneta, lanzándose desesperada­ mente por los morros o de seguir, aventurándose a asaltos peores y aban­ donando a la retaguardia, sólo les quedaba a los combatientes el aguantarse a pie firme en la peligrosa posición, aguardando el amanecer. Esta única posibilidad fue favorecida por el adversario. El ataque se atemperó después de una hora y finalmente cesó. Las brigadas acam­ paron en formación de batalla. La 2 ^ se situó en líneas avanzadas, del

centro hacia la derecha, teniendo a la retaguardia a la P ; la artillería se situó cerca, teniendo a la derecha a la batería de tiro rápido, en el centro el Withworth 32 que se confiaba al 39 del teniente coronel Tupi Caldas. El general que comandaba este batallón cuando era coronel lo colocó personalmente en ese puesto peligroso: "A la honra del 3O9 entrego la artillería y quedo tranquilo”. El resto del 59 regimiento del mayor Barbelo se colocó más a la iz­ quierda, próximo al ala de caballería del mayor Carlos Alencar. Cerca de la depresión, junto al alto del Mário, punto flaco de la posición, a la que posteriores sucesos darían el nombre de "Valle de la muerte” se adensaron los batallones del coronel Flores. En una zanja menos alcanzada por el fuego se improvisó un hospital. Hacia allá se arrastraron los 55 heridos que con 20 muertos por allí desparramados, porque no había con qué recogerlos, hacían ascender a 75 las bajas del día en poco más de una hora de combate. Alrededor se extendió un cordón de centinelas y la tropa, comandan­ tes y plazas echados por el suelo en la más niveladora promiscuidad, reposaron en paz. La inopinada quietud del enemigo les dio la ilusión de la victoria. La saludaron anticipadamente las bandas de música de la 3^ brigada ago­ tando hasta deshoras su repertorio de marchas y una luna admirable se levantó sobre los batallones adormecidos. Pero era una tranquilidad engañadora. Los sertanejos habían conse­ guido lo que querían. Habiendo arrastrado hasta allí a la expedición que­ daba totalmente desprotegido en la retaguardia, el convoy de municiones y provisiones. Al día siguiente asaltarían simultáneamente por dos puntos, en la Favela y en el Angico y cuando, victoriosas en el primer lugar, las fuerzas arremetieran contra la aldea, iban a encontrarse sin armas.

Sin embargo, esta circunstancia no pesó en el ánimo de los que se habían acercado tan precipitadamente al centro de operaciones. Al clarear la mañana del 28, reunidos en la posición dominante de la artillería, los oficiales y plazas contemplaron por fin, la "caverna de los bandidos” según el decir pintoresco de las órdenes del día del comandante en jefe. Canudos había crecido aunque su amplitud apenas había aumentado: el mismo caserío colorado de techos de arcilla, extendiéndose cada vez más en desparramo por las colinas, alrededor del núcleo compacto abra­ zado por el río. Circundada al sudoeste y al noroeste por él, abrazada al norte y al este por las líneas onduladas de los cerros, emergía lentamente en la claridad de esa hora de la mañana con el aspecto de una ciudadela

de difícil dominio. Se advertía que un cuerpo de ejército, al caer en ese dédalo de zanjas que la envuelven entera, marcharía como entre estrechas galerías de una plaza de armas colosal. No presentaba un punto de acceso viable. El camino de Jeremoabo que entraba doscientos metros antes, por el lecho seco del Vaza-Barris, se metía entre dos trincheras que le orlaban una y otra margen, disimuladas de setos de gravatás bravios. El camino "sagrado” de Magacará — por donde salía el Conselheiro en sus peregrina­ ciones hacia el sur— cayendo por los morros entre los cuales se encaja el Umburanas, era igualmente impracticable. Los caminos del Uauá y de la Várzea da Erna, al norte, estaban libres, pero exigían una marcha peligrosa y extensa antes de alcanzarlos. La iglesia nueva, casi lista, levantaba sus dos altas torres encumbrando el caserío humilde y completaba la defensa. Daba hacia todos los caminos, enfrentaba los altos de todos los morros, miraba hacia el fondo de todos los valles. La espingarda del tirador colocado en sus cimas no ofrecía un solo ángulo muerto y sólo le faltaban cañoneras o recortes de almenas. El terreno que delante de la Favela, al norte, deriva hasta el río, se abre hacia la izquierda como vimos, en una ancha depresión que da en­ trada al morro del Mário y a la línea de cumbres en declive que se dirige hacia la Fazenda Velha. Allí estaba la 3?- brigada desde temprano, formada en columnas. Más a la derecha, dominante, la artillería. Sucesivamente, la 2 ^ y la 1^ brigadas. La tropa amaneció en formación de batalla. Atendiendo las ventajas tácticas de la posición, ésta debía empezar y en gran parte sus­ tentarse, con la artillería, cuyos efectos, atacando la aldea distante mil doscientos metros, la mostraba capaz de alcanzar en poco tiempo la victoria. Las esperanzas se concentraron, en el primer momento, en las baterías del coronel Olimpio da Silveira. Eran tan grandes que poco antes de hacerse el primer disparo, a las seis de la mañana, numerosos combatientes de otras armas, aglomerados alrededor de los cañones, representaban el papel neutral de espectadores que ansian contemplar un cuadro terrible: Canudos ardiendo bajo la túnica molesta del cañoneo, ¡una población fulminada dentro de cinco mil casuchas en ruinas! Era otra ilusión que sería duramente deshecha. El primer tiro salió disparado por el Krupp de la extrema derecha. Y determinó un arrebatador lance teatral. Los jagungos habían dormido al lado de la tropa, en todas esas laderas cubiertas de trincheras y sin aparecer, la rodearon de descargas. Más tarde, relatando el hecho, el jefe expedicionario se confesó im­ potente para describir la inmensa "lluvia de balas que caían sobre los morros y subían de las planicies con un silbido horrible” que los aturdía.

A su vez, el comandante de la P columna, afirmó en la orden del día, que durante cinco años, en la guerra del Paraguay, jamás había pre­ senciado una cosa semejante. Realmente, los sertanejos demostraban una firmeza de tiro sorpren­ dente. Las descargas, nutridas, violentas, deflagraban por los cerros como si los encendiese un fulminante único y después de topar contra la tropa desprotegida, golpeaban sobre la artillería. La diezmaron. Cayeron la mi­ tad de los oficiales y decenas de soldados. Sobre el cerro, barrido en mi­ nutos, permaneció firme la guarnición y en medio de ella, cruzándose por las baterías, impasible como si estuviese dando instrucciones en un polígono de tiro, un viejo de valentía serena, un héroe tranquilo, el coronel Olimpio da Silveira. Fue la salvación. En tal emergencia el aban­ dono de los cañones hubiera sido el desbande. . . La alarma vibraba en todos los cuerpos. Instintivamente, sin dirección fija y sin orden de comando, tres mil espingardas dispararon a un tiempo haciendo blanco en los morros. Estos hechos sucedieron en minutos y en minutos, en el área estrecha en donde se movía la expedición, se armó la más lamentable confusión. Nadie pensaba. Todos actuaban. Al azar, tontamente, sin campo para hacer cargas o para maniobrar, los pelotones tiraban al acaso haciendo puntería hacia lo alto, para no matarse entre ellos, contra un enemigo siniestro que lo rodeaba desde todas partes sin mostrarse. En este tumulto, la 3?- brigada, en el flanco izquierdo, dispuesta en columnas de batallones y llevando a la vanguardia el 79, comenzó a avanzar hacia la Fazenda Velha, de donde irrumpían con más fuerza las descargas. Ese batallón, que cuatro meses antes había subido por ese mismo camino en desban­ dada, huyendo y dejando abandonado el cadáver del coronel Moreira César, iba a pagar por aquel desastre. Acompañándolo en esta circuns­ tancia iba su socio de reveses, el 99. El mayor Cunha Matos comandaba la vanguardia. Los vencidos de la expedición anterior daban una lección extraña para lavar la afrenta y tenían un jefe que, bajo muchos aspectos, se comparaba con el comandante infeliz que allí había caído, el coronel Thompson Flores. Era un luchador de primer orden. Aunque le faltaban atributos esenciales para el mando y principalmente, la serenidad de ánimo que permite la concepción fría de las maniobras, le sobraba coraje a toda prueba y un casi desprecio por el antagonista por más temible y fuerte que fuese, lo que hacía de él un soldado incomparable en la acción. Lo demostró en el ataque temerario que realizó. Lo hizo con autonomía indisciplinada sin determinación superior y con el intento de atacar, en una sola carga, hasta la plaza de las iglesias, haciendo llegar victoriosos a los mismos soldados que allí se habían desbandado y habían sido ven­ cidos cuatro meses atrás. Su brigada, batida de lleno por el fuego del ene­ migo atrincherado, embistió y casi a cien metros de la posición primi­ tiva, colocó en la vanguardia a los tiradores. El coronel Flores que iba

al frente, a caballo, descabalgó a fin de ordenar personalmente la línea de fuego. Por un prurito de bravura no se había arrancado los galones que lo volvían blanco predilecto de los jagungos. Y al marchar hacia la avanzada, cayó herido en pleno pecho, muerto. Lo sustituyó el mayor Cunha Matos quien dignamente prosiguió el movimiento imprudentemente planeado, porque el 79 batallón entre los demás cuerpos, era el único que no podía retroceder en ese terreno. Su comando fue muy breve. Desmontado por un proyectil certero, lo pasó al mayor Carlos Frederico de Mesquita. Poco después, éste fue alcanzado por una bala, asumiendo la dirección de la brigada el capitán Pereira Pinto. Era asombroso: el 79 batallón tuvo en media hora ciento catorce plazas y nueve oficiales fuera de combate. Se redujo en un tercio. Se deshacía a bala. Idéntica destrucción se operaba en otros puntos. Rápidamente, con un ritmo atroz, minuto a minuto, las graduaciones de jefes caían. El 14 de infantería, al avanzar en refuerzo de las líneas del flanco derecho, apenas hechos unos metros, perdió a su comandante, el mayor Pereira de Meló. Lo reemplazó el capitán Martiniano de Oliveira, que a poco fue retirado de la línea por un bahiano. El capitán Sousa Campos que lo sucedió, sólo dio unos pasos y cayó muerto. El 149 prosiguió bajo el mando de un teniente. La mortandad los abatía de ese modo por toda la línea y, como agra­ vante, al fin de horas de un combate hecho sin la mínima combinación táctica, se notó que las municiones se agotaban. La artillería, diseminada en la eminencia donde había hecho su último tiro, callando el cañoneo. Había perdido la mitad de sus oficiales y entre éstos al capitán fiscal del 5? regimiento, Néstor Vilar Barreto Coutinho. Comenzaron a llegar al cuartel general reclamos insistentes para que proveyera de municiones a los batallones. Entonces se hizo marchar a la retaguardia al capitán Costa e Silva, asistente del diputado del Cuartel Maestre General, a fin de apresurar la llegada del convoy. Resolución tardía. Dos ayudantes enviados inmedia­ tamente después que aquél, se volvieron apenas recorrido un kilómetro. No podían vencer la fusilería que cerraba el paso. Se había cortado la retaguardia. Si se detuviese el tumulto, el estrépito de las armas, el alarido confuso y los estampidos insistentes que desgarraban los aires alrededor de los combatientes, en los altos de la Favela, advertirían el tiroteo lejano del 5 9 de policía, en lucha con los jaguncos a dos leguas de distancia.

UNA DIVISION APRISIONADA Toda la primera columna estaba aprisionada. Por más extraño que pa­ rezca el caso, los triunfadores no tenían manera de salir de la posición

que habían conquistado. Lo confiesa el general en jefe: "Atacado el con­ voy e interdicta la salida de cualquier soldado, como lo demuestran los casos precedentes, tuve que mandar una fuerza de caballería al general Cláudio do Amaral Savaget con la intención de recibir socorro de muni­ ciones lo que una vez más contrarió mi propósito, porque el piquete no pudo atravesar la línea de fuego del enemigo que tiroteaba sobre el flan­ co derecho” *. De esa manera, atacada en el flanco derecho de donde había vuelto, rechazado, el piquete de caballería, atacada por la reta­ guardia que dos auxiliares temerarios no habían logrado pasar, atacada por el flanco izquierdo, donde se sacrificara gloriosamente y se detuviera la 3^ brigada, atacada por la vanguardia donde la artillería, diezmada, había perdido a casi toda la oficialidad y había enmudecido, la expedición es­ taba completamente superada por el enemigo. Le quedaba un recurso problemático y arriesgado: saltar fuera de ese siniestro valle de la Favela que era como una valla inmensa, a punta de bayoneta y a golpes de espada. Se hizo una última tentativa. Un emisario salió furtivamente, metién­ dose por las caatingas, en busca de la 2 ^ columna que estaba estacionada a menos de media legua, al norte. . .

III COLUMNA SAVAGET La tropa del general Cláudio do Amaral Savaget había partido de Aracaju 288. Hizo alto en las cercanías de Canudos después de una marcha de setenta leguas. Vino por el interior de Sergipe en brigadas aisladas hasta Jeremoabo, donde se organizó el 8 de junio, prosiguiendo el 16, unida, hacia el objetivo de las operaciones. Compuesta de 2.350 hombres, incluidas las guarniciones de dos Krupps ligeros, había caminado a paso firme y holgado, para lo que con­ tribuyó un dispositivo más bien dispuesto para las circunstancias. Ese general, sin tomar sobre sí una autoridad que bajo tal forma sería contraproducente, la repartió sin deslices de la disciplina militar, con sus tres auxiliares inmediatos, coroneles Carlos Maria da Silva Teles, Juliáo Augusto da Serra Martins y Donaciano de Araújo Pantoja, comandantes de las 4^, 5^ y 6 ^ brigadas. Y éstos realizaron, hasta las primeras casas de la aldea, una marcha que se destaca de las otras. No había instrucciones prescriptas. No se había pensado yuxtaponer al áspero teatro de la guerra la rigidez de las formaciones o de los planes preconcebidos. La campaña, lo comprendieron, era impropia para las opulencias de las teorías guerreras ejercitadas a través de un formalismo
* Orden del día N9 118.

sin experiencia. Comprendieron que debía usarse una táctica estrecha y salvaje, hecha según las determinaciones del momento. Por primera vez, los combatientes actuaban según una actitud com­ patible con la índole: subdivididos en brigadas autónomas pero sin dis­ persarse; bastante móviles para adecuarse a la rapidez máxima de las maniobras o movimientos que los preparasen para aguardar la única cosa que en esa guerra sin reglas les era dado esperar: lo inesperado. Las tres brigadas, ágiles, elásticas y firmes, abastecidas por convoyes parciales que no les trababan los movimientos, hechas para enfrentar con fuerza la agilidad de las guerrillas y las asperezas del terreno, repartida la masa de la división de modo de sustituir la importancia del número por la velo­ cidad y el vigor de evoluciones aptas a realizarse en las más circunscriptas áreas de combate, sin la traba de los elefantes de Pirro 28 9 de una artillería imponente e inútil. Al frente venía la 4^ compuesta de los batallones 129 y 319, bajo el mando del teniente coronel Sucupira de Alencar Araripe y del mayor Joáo Pacheco de Assis. La dirigía el coronel Carlos Teles, la más completa organización mi­ litar de nuestro ejército en los últimos tiempos. Perfecto espécimen de esos extraordinarios lidiadores riograndenses —bravos, joviales, fuertes— estaba como ellos hecho por el molde de Andrade Neves, un jefe y un soldado; arrojado y reflexivo, impávido y prudente, mezcla de arrojo temerario y valentía serena; no desdeñaba luchar al lado de un plaza a jornal en el encuentro más feroz pero des­ pués de haberlo planeado fríamente. La campaña federalista del sur le había dado una envidiable aureola. Su figura de campeador — porte dominante, alto, envergadura titánica, mirada firme y leal— se había completado con un episodio heroico, el sitio de Bagé 290. La campaña de Canudos iba a aumentar su renombre. Lo comprendió como pocos. Tenía la intuición guerrera de los gaúchos. Al mando de su brigada y andando con ella, aislado, hacia Simáo Dias 2 9 1 , adonde llegó el 4 de mayo, la había modelado como un pequeño cuerpo de ejército adaptado a las exigencias de la lucha. La preparó, la adiestró, y como era imposible cambiar la instrucción práctica de los soldados que venían de un severo ejercicio guerrero en los campos de Río Grande, trató, a pesar de lo diferente del terreno, de darle la misma celeridad, el mismo vértigo en las cargas. Entre las compañías del 319, eligió a 60 hombres, jinetes aidestrados, otrora "reyes de las cuchillas”, ineptos para el paso tardo de los pelotones de infantería. Con ellos constituyó un escuadrón de lanceros, poniéndole bajo el mando de un alférez. Era una innovación y parecía un error. El arma "fría y silen­ ciosa” de Damiroff 2 9 2 , hecha para los choques y los ataques en las estepas

nacía quizá del gran lago que cubría la planicie abrupta de Canudos. Canabrava. La columna marchó a razón de dos leguas por día. Brejinho. en los cuadrantes de SO y NO y de este último. apenas partió la división del general Savaget de Jeremoabo hacia Canudos. nombre que no caracteriza a una sola sierra sino a un sinnú­ mero de ellas. contenidas por acci­ dentes fuertes como los que van de la Favela al Caipá. el núcleo del suelo aflora a medida que la ablación de los torrentes remueve las formaciones sedimentarias más modernas. llegando a este lugar el 25 de junio con la certeza de encontrar al enemigo. Constituyen una montaña fósil. De igual modo vencieron los barrancos del sertón. Hicieron reconoci­ mientos de importancia. Pero más tarde se verificó el alcance de la innovación. La masa de aguas corría hacia el este por gargantas estrechas. abiertas por el Vaza-Barris en remotas edades. En efecto. saltando las "covas de touro” de las llanuras sureñas. donde el terreno se accidenta con los primeros cerros de Cocorobó. era inapropiada para ese territorio quebrado y orlado de espinos. pasando sucesivamente por Passagem. recuerda valles de erosión o quebradas. Estrada Velha y Serra Vermelha. Definido por las mismas capas silurianas que vimos en otros trechos. Días antes. Y esta doble función se mostró muy valiosa. Los improvisados lanceros tenían la práctica de las corridas. Y al exhumarse así la sierra primitiva. parecen ruinas de un dique roto por las crecientes. cuando las columnas se reunie­ ron en la Favela. bordeando el VazaBarris. veinte soldados del escuadrón habían rastreado hasta las cercanías del poblado y del reconocimiento había resultado que el camino estaba franco hasta la Serra Vermelha. se encaminaba hacia el este por escotaduras estrechas. explayándose por el NE. las serranías cortadas en angosturas. muestra la potencia de los elementos que hace . único sustento con que contó la tropa. Por primera vez. Su conformación topográfica invita a esta retrospección geológica. Mauari. Canché. Se levantan sobre las planicies y a despecho de los incorrectos contornos. ante las barreras que le ponían las serranías de P050 de Cima y Canabrava. Y más adelante. una tropa expedicionaria de los sertones no se dejaba sorprender. COCOROBO Cocorobó. cuando incomparablemente mayor. fraccionadas en sierras de vivos declives. a primera vista. usaron su lanza como la aguijada de los vaqueros para conseguir el ganado disperso por las cercanías.y en las pampas. permiten vislumbrar su aspecto primitivo.

. o se vuelve acantilado en repentinos saltos rotos en picos hasta lo alto. en pálido resumen. Pero libre ya de la garganta de múlti­ ples salidas. ondulante. se choca con un postigo estrecho. Las abruptas rampas que lo forman se alejan. convergiendo. ese rasgón de tierra de extremos aguzados que se subdividen a uno y otro lado de la horquilla de otros dos todavía menos practicables. A ambos lados. y éstos se muestran. Desde allí continúa hasta Canudos a unas dos leguas más adelante. le deja desnudos los flancos. en contraste con los terrenos achatados de los alrededores. Entonces hay que pasar por ese camino constituido por el lecho vacío y hechos unos cuantos metros. encajándose por la derecha. ya cayendo a plomo a manera de muros en cuyas junturas apenas vegetan unas orquídeas raquíticas. estirándose hacia el este. El desfiladero de Cocorobó es. el terreno continúa siendo abrupto: se levantan otros cerros más bajos que lo centralizan y el primitivo camino se bifurca. ya pesados de piedra. aislando los picos centrales. hasta salir. no ya en la forma. al cual dio su nombre uno de los cabecillas sertanejos que allí vivía. la brecha profunda por donde corre el Vaza-Barris. La atraviesa metiéndose por uno de los caminos. derecho o izquierdo. no encuentra un terreno explanado como el de la otra orilla. hasta llegar a la otra salida única. donde se agrupan en cumbres dentadas. se tiene un paisaje único. enfilando hacia el este. unidos sus dos brazos. Allí adentro. y va hasta el valle de un arroyo efímero. otras avanzan. se curvan poco a poco según el trazado de dos salien­ tes de la sierra y acompañándolas. se alarga entre cerros. las recorren los taludes de los cerros centrales con sus dos vertientes late­ rales erizadas de peñascos acumulados al azar o agrupados en escalones. Estas dos gargantas de variable anchura. El camino se desdobla en la falsa encrucijada de dos desvíos que el Vaza-Barris recorre por igual cuando las crecientes. hasta unirse otra vez. sin embargo. Mácambira. El desfiladero se termina. torneando innume­ rables laderas. a veces se acer­ can. antes de este cruce. se encuentra también con la bifurcación que la divide. contor­ sionado en meandros. se perturba en atajos. como en la Favela. El Vaza-Barris. se aproximan. formando un paso único sobre el camino de Jeremoabo. De modo que quien va en sentido opuesto. contrapuestas a las concavidades de un arco de anfiteatro muy amplio. El camino que lo faldea o acompaña su lecho. la evita. arqueándose por delante. o sea de la aldea hacia el oeste. después del primitivo alejamiento. en un terreno vasto que el camino de Jeremoabo corta por el medio. El suelo sigue abrupto. La traspone. sino en la estructu­ ra misma. el Vaza-Barris. aunque en menor escala. Porque. Si se sigue de Canudos hacia Jeremoabo. en curva. repartidos en sucesivos planos a la manera de galerías en un coliseo mons­ truoso. la caatinga resis­ tente muere a sus pies.largos siglos la combaten.

Tiraban sobre seguro. la reproducción de los episodios del Cambaio y de la Favela.ANTE LAS TRINCHERAS La vanguardia de las fuerzas marchando en este sentido hizo alto unos quinientos metros antes de aquella barrera. que contaban los cartuchos uno a uno. golpeando con una nutrida fusilería a los nues­ tros que comenzaron a tener algunas bajas entre muertos y heridos”. tratando de no perder uno solo. prevenido del encuentro. los cuerpos avanzados. el 34 9 y 359. el 409 del mayor Nonato de Seixas. El escuadrón de lanceros había descubierto al enemigo. Los sertanejos revivían en idéntico escenario todas las peripecias del dramón siniestro y monótono del que eran protagonistas invisibles. desde lo alto de aquellos parapetos desmantelados. Se detuvo a cuatrocientos metros de la vanguardia para aguardar a la 6 % la división de artillería y los convoyes que marchaban a una distancia de tres kilómetros a retaguardia. respondiendo vigorosamente a las balas de los antagonistas. sobre una tropa convertida en blanco. cayendo entonces sobre los cuerpos que los apoyaban y llegando todavía más lejos. se disponían como refuerzo. Y sus proyectiles comenzaron a ralear las filas más próximas. las cuales dominaban la planicie en toda su extensión y gran trecho del camino. no retrocedieron. Al galope se habían acercado hasta las groseras trincheras y los vieron. "Audaces y tena­ ces” dice el parte de combate del comando general. Recibidos a tiros. "cualidades éstas que al parecer eran reforzadas por las excelentes posiciones que ocupaban. como se puede apreciar. Una mejor enseñanza guerrera no les hubiera variado el sistema porque éste. allá abajo. El general Savaget. La calidad del tiro sustituía la cantidad. afir­ mados en una puntería cuidadosa. Era. De modo que. inicia­ ban el ataque con un tiroteo nutrido en el cual los fuegos irregulares de la línea de tiradores se intercambiaban con las cargas de los pelotones de refuerzo más cercanos. mientras los otros dos. aceptaron y sostuvieron con fir­ meza y energía el ataque. el tiroteo calculado. se adelantó acompañando a la 4^ brigada. Los tiros altos se expandían dominantes sobre toda la expedición. por su excelencia. más de ochocientos hombres al mando del coronel Serra Martins. volvieron las riendas perdiendo dos plazas heridos. . Mientras tanto. ante el cual atronaban terriblemente ochocientas mannlichers. el 25 de junio. hasta la van­ guardia de la 5^ brigada que dispuso como tiradores a los soldados de uno de sus batallones. comenzó a volverse funesto. Estos aguantaron el choque valientemente. poco antes del mediodía. no requería ni correcciones ni agregados. al contrario. Pero no insistían en descargas cerradas. Se advertía que estaban disparando tiradores avaros. derribando a los tiradores. pasando cierto tiempo. en la llanura desnuda y rasa. hasta las últimas secciones de la retaguardia.

bajo la vigilancia del enemigo. Había llegado la división de artillería y uno de los Krupps fue ubicado junto a las líneas avanzadas. admirable en su disciplina. El general Savaget aquilató con firmeza la grave situación. Presionados por el dilema expuesto. desde hacía dos horas. Arrojadas de cerca. millares de ojos puestos sobre las desnudas laderas. Era casi un revés. resguardada entre los escasos arbustos que las pueblan. lo afrontó por dos horas en la misma posición en que se había detenido. Pasadas tres horas de fuego. un desfile de secciones diminutas. magníficamente armados. las granadas golpeaban de lleno los flancos y los aires se confundían con las balas y el áspero barrido de las laderas. se sacri­ ficaban inútilmente. El resto de la expedición. A un simple golpe de vista se ponían de manifiesto los riesgos de un ataque frente a las dos angosturas que se le abrían delante e imponían. los atacantes no habían avanzado un palmo de terreno. mostrando los mínimos accidentes de su estructura. formando como una espuela sobre el terreno. Los cerros más altos. precisamente en la fase decisiva. a nadie se le ocurría una salida ejecutable. no habían descubierto a uno solo. a orillas del VazaBarris. mal equilibrados sobre bases estrechas. El estrépito. Los dos batallones de refuerzo. lo que volvía problemático el éxito. las caroás y macambiras. estaban allí. rectilíneas y largas. Las bajas aumentaban. como murallas que se destruyen. Después de una marcha segura. desparramados al azar. y se . las piedras rompiéndose y cayendo desde las alturas abajo. maniatados. El trance exigía decisiones concretas. la lucha era de­ sigual. no podía evitarlas haciendo un rodeo. No avanzó en todo ese tiempo un solo paso. Por otro lado. y se distinguían las bromelias resistentes. otros acumulados en montones imponentes. francamente metidos en la acción. quizá dilatada. improvisaciones de una estrate­ gia rápida y práctica. retirada en columnas a lo largo de dos kilómetros a retaguardia. No podían calcular su número. afirmada por eficaces explora­ ciones que habían predeterminado el lugar del encuentro. oscilantes y prontos a caer algunos. Pese a sus ocho batallones.La brigada. Tanto a derecha como a izquierda se sucedían montes erizados de contrafuertes y buscar entre ellos un desvío suponía una marcha de flanco. Pero fueron contra­ producentes. durante el asalto. Bombardearon la montaña. sacrificados bajo las espingardas im­ punes de un grupo de matutos. uno a uno se podían contar sus grandes bloques. Los tiradores las soportaron con gran costo. El sol ardiente los bañaba. permanecía inmóvil. parecían desen­ mascarar completamente las posiciones contrarías. A quinientos metros de los adversarios. y ante el contraste que sufrían. La decisión del momento fue arrostrar la situación reforzando la vanguardia. parecían desiertos. capaz de anular el vigor. Porque estimularon réplicas violentísimas desde las trinche­ ras. brillando a la luz como espadas.

irrealizable por cierto si todos los batallones en un ataque único. Impedido de tal manera el paso. La brigada permanecería como refuerzo y resguardo de los convoyes a retaguardia. o rodeaban el trecho inabordable. Ante los expedicionarios. el escuadrón de lanceros cargaría por el centro. la izquierda. sólo les quedaban decisiones extremas: o retrocedían lentamente y luchando. tornando factible una maniobra arrojada. no podía admitir "que dos o tres centenares de bandidos detuvieran la marcha de la segunda columna por tanto tiempo”. * Orden del día del general Savaget. conquistándolas. debiendo previamente formarse en línea al salir del camino hacia el terreno”. Nunca se supo su número con certeza. reforzando una de las alas. en el cual los cuerpos avanzados del coronel Serra Martins formaban en columnas suce­ sivas. Y de esa desolación. irrumpía "una fusilería cerrada e ininterrumpida como si allí se encontrara una división entera de infantería!” *. . mientras cuatrocientos metros más atrás y hacia la derecha. a fin de desalojar al enemigo de los cerros centrales y de las colinas que quedan de ese lado. El general la adoptó. hasta sustraerse del alcance de las balas. y más lejos. debía cargar por el flanco iz­ quierdo y por el lecho del río. Según confiesa en el documento oficial donde define con penoso desprecio el temible adversario que lo había detenido en su camino. El conjunto de la formación se proyectaba sobre la superficie del terreno con la forma exacta de un gran martillo. esta circunstancia lo salvó. de esa soledad absoluta e impresionante. un tumulto de picos. en movimiento envolvente y azaroso. Como empeñó en la acción poco más de un tercio de las tropas. se hubiesen mezclado desde el inicio en las dos entradas del desfiladero. Esta idea era la más heroica y la más simple.veían los cactos desolados. Así. se des­ doblaba en línea la brigada Teles. Entre ambas. teniendo en su flanco izquierdo al escuadrón de lanceros. La sugirió el coronel Carlos Teles. Este era el plan: "La 5^ brigada que se mantenía desde el principio en sus posiciones por entre las caatingas. igualmente desiertos. buscando un atajo más accesible. los cinco batallones destinados al ataque se disponían en orden perpendicular. que desembocaría en algo inevitable: el ataque de lleno a las colinas. la campaña se mostraba una vez más enigmática y para siempre indescifrable. EXCEPCIONAL CARGA DE BAYONETAS Los jagungos podían ser doscientos o dos mil. y la 4^ por el flanco derecho.

por donde se metió osadamente. por una ladera abrupta. se veía a la 4^ brigada escalándolas. iba a decidir el pleito. Los sertanejos la golpeaban. Después tomó por varios puntos. subdividida en pelotones que avanzaban aturdidamente. las armas prontas y sin tirar. Al principio avanzó correctamente. en la bifurcación. apoyándose en todos los accidentes del terreno. por donde habían entrado los sesenta hombres del escuadrón de lanceros y la división de artillería. se curvó por las vueltas y poco a poco. se desparramó por las cumbres de la sierra. pero cada una tenía en el fondo decenas de cartuchos detonados y todavía calientes. Este notable oficial — que recordaba a Osório 2 9 3 en la apostura y a Turenne 2 9 4 en el arrojo varonil— sin desenvainar la espada. retroce­ diendo. contra las posiciones que ocupa­ ban. La línea de asalto. atravesó con su gente el trecho de campo barrido por las balas. La 4^ brigada lo evitó. a la izquierda. Avanzaron al unísono: los pelotones de adelante enfrentando los cerros y enfilando por la boca del pasaje izquierdo. Atacó por las laderas. Al pie de la serranía. guiándola por el flanco derecho del 319 de infantería. se fragmentó y se desarticuló. Por primera vez se dejaron sorprender por la inesperada táctica que los obligaba a descolocar hacia otros puntos a los tiradores destinados de antemano a cerrar los dos pasajes por donde debía pasar la tropa. hábito que conservó durante toda la campaña. el coronel Carlos Teles. Las encontraron vacías. La 4^ brigada. moviendo el área del combate. algunos hasta el fondo de la garganta. directamente encami­ nado. se abría el desfiladero de la derecha. vencía velozmente la dis­ tancia que la separaba del enemigo. Dominadas las primeras posiciones. Una línea luminosa de centenares de metros onduló sobre los cerros. a paso redoblado. . las anfractuosidades del suelo la dividían. venciendo los obstáculos. A su frente. quebrándose ambos. El coronel Teles. realizando la más original carga de bayonetas. frente a la fuerte trinchera puesta sobre las dos márgenes del río. Siguiendo su táctica acostumbrada. sobre las vertientes que presionan el desfiladero en ese punto. Empezó a subirlos. Los animó. imponiéndoles las fatigas de una persecución infecunda. rota en todas partes. mientras la 4$ brigada. como una repre­ . los jagungos se les deslizaban adelante. Reunió las fracciones dispersas de combatientes en las que se mezclaban soldados de sus dos cuerpos. el escuadrón de lanceros. corriendo. Los muer­ tos y los heridos caían. a despecho de la difícil ascensión.Y la carga que en seguida se ejecutó — episodio culminante de la refrie­ ga— asemejó a un golpe único de mil seiscientas bayonetas contra una montaña. Los arrojó valientemente sobre las trincheras más cercanas. Los jagungos no habían contado con este temerario movimiento. Fue un lance admirable. perdió el caballo que montaba atravesado por una bala y debió sustituirlo. abajo. .

al principio vacilante. En las filas predominaba el soldado riograndense. Los soldados trataron de cercarlos y vigorizada en todas partes la em­ bestida. después del primer intento de fuga. Vencidos. recibían de lejos a los triunfadores. Habían sufrido un serio revés y la denominación de "batallón talentoso” que dieron después a la columna que se los infli­ gió. dilatado por tres horas de tiroteos ineficaces y finalizado con una carga de bayonetas fulminante. la 5* brigada. Los jagungos. en un gran alboroto de batallones a paso redoblado. con tiros espaciados. caían errantes por las faldas. resurgiendo inexplicablemente entre los estragos de un combate perdido. fue un golpe de audacia sólo justi­ ficable por el dispositivo de las tropas que lo libraron. Y allí. Abajo. igualmente perdida la formación.sa. entraba a la garganta de la derecha y ya se oían a lo lejos. las trincheras más altas de la vertiente derecha. en el valle estrecho. Era la victoria. Y el gaucho teme­ . Había aumentado el número de heridos que en el alboroto de las cargas. no se dejaban vencer. se propagó hasta la extrema izquierda. a retaguardia de la columna. corriendo. rodando y resbalando por los declives. sin ventaja alguna. entre los muertos allí yacentes. las dos brigadas. derrotados y golpeando. Cinco batallones se debatían entre los morros. vol­ vieron inexplicablemente a resistir. Por las laderas de la izquierda. los sertanejos volvían incompleto el éxito. huyendo y matando. lo denota. Como siempre. se veía los caballos del escuadrón de lanceros que chocaba con arrojo contra la trinchera del río. en ímpetu incomparable de valor. vieron a sus adversarios: desparramados por la altura de los cerros. algunos pelotones del 319 de infantería asal­ taron por fin. Desajados de todos los puntos. por primera vez. al acaso. indeciso. en un movimiento único hacia adelante. las abandonaron inesperada­ mente. Porque el combate de Cocorobó. LA TRAVESIA En esta enorme confusión. La acción era increíble. relinchan­ do de pavor. desaparecien­ do. se abroquelaban en otros. . luchaba de manera tumultuosa. las aclamaciones triun­ fales de la vanguardia. después de cuatro horas de lucha. de naturaleza espe­ cial. se confundían por el paso del desfiladero. Abandonando las posiciones y fran­ queando la peligrosa travesía. . era una fuga. El general Savaget fue alcanzado y desmontado junto con un ayudante y parte de su piquete cuando. de relieve. No era el habitual retroceso. Y cortadas así las guarniciones que se sucedían a espacios regulares por la línea de cumbres. disparando en todos los sentidos. en desorden. como los partos 295. Minutos después.

. los batallones del coronel Pantoja. según había decidido el comando en jefe. Y la ocasión les permitió lucirse desarrollando una empresa estupenda. se contaron las pérdidas: ciento setenta y ocho hombres fuera de combate. se caía en un dédalo de zanjas. . Ya se veían. Que debía estar muy cerca. debían estar en el borde de Canudos. acampadas las fuerzas más allá del paso. Y apenas recorridos dos kilómetros. si es frágil para soportar las lentas provocaciones de la guerra. A la tarde. entraron en un serio combate. fue encargada de enterrar a los muertos y acampó a retaguardia de las otras dos que ocupaban una extensa planicie más arriba del camino. sobre el final de ese día y teniendo a vanguardia a la 6 ? brigada con el 33° de infantería. Pocos kilómetros más adelante. se adoptó la misma decisión que en la víspera había tenido tanto éxito. bajo el aspecto triste de una enorme boca de mina abandonada. cuando todavía quedaba en el campamento el grueso de los combatientes.rario. se echarían uni­ das sobre la aldea. desde donde. se divisaba Canudos. La infantería del sur es un arma de choque. desdoblándose en línea. esos cen­ tauros a pie arremeten con los adversarios como si copiasen la carrera de los jinetes sin freno de las pampas. la marcha fue un combate continuo. adrede modelado por las trampas del enemigo: vencida una cumbre. convergían des­ cargas. Los batallones 26?. tocaba los suburbios de la terrible ciudadela. desparrama­ das por los picos de las colinas. . no tiene par en el desempeño de rápidos lances osados. irrumpiendo de las cabañas. El campo de batalla se volvió amplísimo. Lenta. batidos por todos los flancos. Pero en los encuentros a arma blanca. En la cifra se incluyen dos oficiales muertos y diez heridos. Otras tropas la pueden suplantar en la precisión y en la disciplina del fuego y en el juego com­ plejo de las maniobras. La 6 ^ brigada que no había tomado parte en la acción. el 27. convergentes las seis brigadas. Todo el día 26 se perdió en una corta travesía hasta la confluencia del Macambira. El general Savaget comunicó entonces a las tropas que al día siguiente. La embestida se convertía en un revolverse fatigoso por las líneas sinuosas de los decli­ ves. 33? y 39?. de los cuales veintisiete estaban muertos. MACAMBIRA Después de esto. . Iban en tropel. a un mismo tiempo hogares y reductos. Hecha una bajada. La 2^ columna. De pronto. tenían otras centenares que vencer. las cabañas de disposición ya descrita: surgían entre trincheras o fosos enmascarados por bromelias. cala­ ron las bayonetas y se lanzaron impetuosamente por las colinas. a pocos kilómetros de Cocorobó. Y por todas partes. .

de colina en colina. para reproducir más lejos. teniente coronel Tristáo Sucupira. Los jaguncos. 319. 35 9 y 409. todas las garantías de éxito quedaban reducidas al coraje personal. Los tres batallones de la vanguardia se vieron impotentes para sopor­ tarla : de las cabañas de combatientes. retrocedieron lentamente. bajaban en grupos precipitados buscando los ángulos de las bajadas. las torres de la iglesia nueva. . a que­ marropa. La expedición estaba a un cuarto de legua de la aldea. entonces. Cayó el comandante. Estas se extendían por más de tres kilómetros. la misma escalada sin aliento y la misma exposición peligrosa a las balas. de todas las trincheras diseminadas por los cerros. partían descargas furiosas. La noche los detuvo. teniente coronel Virgilio Napoleáo Ramos. desalojados de una posición aparecían en otra. Atacados desde las posiciones ya superadas. fusilerías que diezmaban a la tropa. inepta para abarcar un área demasiado extensa de combate. además de gran número de plazas. luego del comienzo de la acción. fue reforzada con otras dos. Algunos oficiales. Eran más de mil bayonetas. también debió ser retirado de la acción al ser herido. por las rajas de los muros. fue literal­ mente destruida cuando trataba de vencer uno de esos reductos salvajes. esa brigada. Se veían. exhaustos y torturados por el tiroteo. cayó moribundo cuando se esforzaba por seguir a la vanguardia. El comandante del 12 ?. al tiempo que de la cabaña que el foso rodeaba. El del 33?. en seguida dos subalternos que lo habían suplantado y conquistó finalmente la posición después de grandes bajas. Las cargas de bayoneta no tuvieron el brillo de las de Cocorobó. se obstinaban en la batalla. fiscal del mismo cuerpo. como el capitán Joaquim de Aguiar. altas. a oficiales de alta graduación. Empezaron a perder. resonaban en las bajadas y rodaban hacia Canudos. . porque al impo­ sibilitar el terreno cualquier combinación táctica capaz de balancear los engaños vertiginosos del enemigo. Volvían a su táctica invariable. los pelotones alcanzaban los picos sin encontrar al enemigo. los batallones 12?. Una compañía del 39?. fue­ ron avanzando. empe­ ñadas en la batalla. Había asaltado la colina y en lo alto se topó con un foso amplio.La pelea fue reñidísima. . . enviados en refuerzo. sordos a la intimación de sus comandantes para retirarse de las línetas de fuego. El campo de batalla comenzó a desapa­ recer debajo de los pies de los asaltantes. heridos de consideración. Ante la imprevista resistencia. al mando de un sargento. partían. obligan­ do a los enemigos a un continuo subir y bajar por las laderas como si quisieran arrastrarlos hacia la aldea. Arrojados contra los cerros. cre­ pitaban. Y muchos otros se sacrificaron en ese mortí­ fero combate de Macambira. lejos. Suce­ sivamente. casi toda la columna. . Deflagraban por las colinas. nombre del sitio adyacente. convergían. blanqueando la oscuridad del crepúsculo. como el capitán ayudante del 32?.

. es expresiva al respecto. esperaban ver bajando por las laderas del norte. ex­ ploró el terreno por el flanco izquierdo. y el movimiento irreprimible de la carga que iniciara en Cocorobó y prolongara ininterrumpidamente hasta ese punto. INESPERADO EMISARIO Con sorpresa general de los combatientes de la 2 ^ columna que. las ocho de la mañana. y en su laco­ nismo dice mucho. a dos kilómetros de la aldea. Tanto había costado la travesía de menos de tres leguas. La nueva. Mis camaradas: acabo de recibir del señor general comandante en jefe. hasta la Favela. oyeron destrozando el silencio de la noche sertaneja y retumbando fuertemente por los contrafuertes de la Favela. habiendo avanzado temprano y tomado posición en una pequeña meseta. podía arrastrarla. usa pocas. 26 de junio de 1897. se había adaptado al carácter excep­ cional de la lucha. había recrudecido con intensidad el cañoneo. en plena plaza de las iglesias. en el cruce de los desfiladeros. mientras los dos batallones de la brigada Carlos Teles. sobre el flanco izquierdo. La se­ gunda columna lo había pagado duramente: ese día tuvo ciento cuarenta y ocho hombres fuera de combate. La concentración deseada. Pero todo hablaba de un éxito compensador. el cañoneo abierto a esa hora por la vanguardia de la 1^ columna. Llegaba allí tras una travesía de setenta leguas con un combate de tres días. A dos pasos del comando en jefe.Por fin habían llegado al término de la marcha por Jeremoabo. A despecho de las pérdidas que tuvo. Un piquete de caballería dirigido por un valiente destinado a una muerte heroica. hasta el centro de Canudos. se ade­ lantaban en rápido reconocimiento. entre los cuales cuarenta estaban muertos. El itinerario preestablecido se había realizado. Sumadas las pérdidas anteriores hacían trescientas veintisiete bajas. comenzó a bombardearla a su vez. puntualmente: minutos después de haber acampado las tropas del general Savaget. a través de un asalto convergente. Por lo tanto. El día 28. se haría sin embargo. la segunda columna estaba pronta para el asalto. Fue dada en Trabubu. los ojos puestos en la Favela. En ellos había seis oficiales muertos y ocho heridos. venía con esperanzas y fuerza. fuera del centro de la campaña. corteses y humildes palabras: "Campamento en el campo de batalla de Cocorobó. donde a esa hora. triunfante. recibida con gran entusiasmo. el alférez Wanderley. de Cocorobó hasta ese lugar. no podemos faltar a la honrosa invitación que es para nosotros motivo de justo orgullo y de total alegría”. Se había impuesto al enemigo. un telegrama comunicándome que mañana nos abrazaremos en Canudos. La orden del día del 26 por la cual el comandante comunica el próximo asalto en compañía de la 1* columna.

a tiempo para liberar a la tropa asediada. el general Savaget. en medio de dos combates. El general en jefe solicitaba el concurso de la otra columna. IV VICTORIA SINGULAR La orden del día relativa al suceso del 28 de junio lo caracteriza como "una página marcada de horrores pero perfumada de gloria”. Alcanzó para superar el trance. Un alférez honorario29 6 agregado a la comisión de ingenieros fue el segundo emisario en poco tiempo. A las once llegó a lo alto de la Favela. según el brillante eufemismo de los partes oficiales preparados para ocul­ tar esa derrota.a los batallones de la 1^. quedando el resto en la posición con­ quistada. lo que exigía inmediato socorro. se encaminó con toda su gente. habían sufrido grandes daños de los jagunqos. se sentían . hacia la izquierda. apenas atenuó las estrechas condi­ ciones de la tropa. La nueva resultó inverosímil y en el primer momento se la creyó una trampa del enemigo. la situación en que se en­ contraba aquélla. fue posible destacar un contingente para en­ contrar el convoy retenido a retaguardia. apocadas las fuerzas y el ánimo. SE DESTRUYE UN PLAN DE CAMPAÑA Quedaba postergado el plan de campaña y al mismo tiempo se anulaba el esfuerzo realizado en las marchas por el Rosario y Jeremoabo. hasta las Umburanas. habían caído en un período crítico de la guerra: perdido el aliento en encuentros estériles o en dudosas victorias que valían como derrotas. sin embargo. Reunidas las columnas. El revés fue franco. Ante el nuevo reclamo y las informaciones que lo aclaraban. Pero en seguida co­ menzó un desesperante circuito de contrariedades de todo tipo. El ejército victorioso. adonde llegó con el tiempo justo para impedir la destrucción del 59 de policía y salvar parte de los ciento ochenta cargueros que. dispersos por los caminos. La misión fue cumplida por el coronel Serra Martins que rápidamente salió detrás de la expedición llevando a la brigada. que al principio pensaba enviar sólo una brigada con municiones. El hombre quedó detenido hasta que un nuevo emisario confirmase la noticia. No engañó a la historia el fantaseo del vencido. Este feliz movimiento. por orden del comandante en jefe. presentaba la noche de ese día la imagen perfecta de una aglomeración de fugitivos. Triunfadores que no podían dar un paso fuera de la posición conquistada. apareció en el campamento un sertanejo notifi­ cándoles.

Nada revelaba siquiera alguna sombra de campamento en el centro de las brigadas. de todas las graduaciones. Estaban rodeados por el más original de los vencidos: carentes de piedad.mal unidos por la presión del adversario que habían creído fácil de vencer. era la imagen material del golpe que había reci­ bido la expedición. capitán fiscal del 2? regimiento que había caído con más de dos tercios de la oficialidad de artillería. sin vanguardia. porque el retroceso era imposible. cerraban todas las puertas de la deserción. un artista que había ido hasta allí atraído por la sombría estética de las batallas. donde se improvisó un hospital de campaña. por la paridad del contraste. viendo por allí. se enfriaban los más fuertes. configuraban un compromiso serio con el terror. La primera columna tuvo ese día 524 hombres fuera de combate que. Forzosamente heroicos. acorralados. nuestros soldados no podían sustraerse a la grave emergencia en la que héroes y pusilánimes se em­ parejaban. corría un sumidero largo. nada compensaba tales pérdidas ni explicaba semejante estado frente a planes de campaña tan pensados. No se armaron barracas que quitarían espacio al área tan estrecha. muerto en el comando fatídico del 7? de infantería. Ahora el heroísmo les era obligatorio. los hambrientos y los pusilánimes bajo la emoción de las muertes recientes. si no por la amplitud del cuadro. idéntico. Considerándolo. arrojados por todas partes. Gutierrez. En el fondo de la garganta. oficial honorario. apretándolos en un asedio indefinido y convertidos en fiscales incorruptibles. insepultos. más de ochocientos baleados ponían sobre el tumulto la nota lancinante del sufrimiento irreparable. Aquel surco del suelo. porque los ataba el cinturón de piedra de las trincheras. centenares de cargueros— sin flancos. recamada a veces por las singulares antítesis. La segunda se le unió con 327 bajas. La tenacidad feroz del jagunco transfiguró a los batallones del general Artur Oscar. Tristáo de Alencar Sucupira que había llegado agonizante con la 2 ^ columna. abriéndola por la mitad. sin retaguardia. más de novecientos heridos y muertos. a compañeros que esa mañana estaban vivos y entusiastas: Thompson Flores. está llena de grandes glorificaciones del miedo. que comandó por un minuto el 149 y tantos otros. de urdimbre tan dramática. sumaban 599 bajas. La historia militar. La tropa — cinco mil soldados. Néstor Vilar. mil y tantos animales de montar y de tracción. Allí que­ daron unidos. Vamos a agregarle. los ahogados por las marchas. Entre las dos. un capítulo emocionante. Porque. Sousa Campos. El coraje. Dentro de él. . totalmente desorganizada. De modo que aunque no tuvieran valor. No podían con­ tarse los lastimados. con 75 del día anterior. la furia brutal de los cosacos inmortalizó al mariscal Ney 298. la bravura teme­ raria. El ansia persecutoria del persa hizo la resignación heroica de los "Diez mil” 297. cosidos a bala en un pañuelo de tierra. . 926 víctimas. Triunfantes .

se quedaban inútiles. Uno que otro soldado replicaba. las dos columnas se detuvieron impotentes ante la realidad. que los tontos victoriosos no replicaban. al azar. Fueron y volvieron en un tiroteo incesante por los caminos atrincherados. El 59 de policía perdió cuarenta y cinco. Desde esa fecha hasta el fin de la campaña. habían rechazado al adversario en todos los encuentros y lo sentían más amenazador a su alrededor. La noche cayó sin que amenguase la lucha. disparando su arma hacia el aire. Los vencidos restituían así las balas. Comenzó un régimen terrible de torturas. sin una sola línea estratégica que la vinculara con la base de operaciones. Habían arrojado por los aires más de un millón de balas. Y como el convoy reconquistado había llegado muy reducido. En pleno territorio rebelde. era un verdadero asedio. sin que el más breve ar­ misticio permitiera una corrección de las filas. Estaban en el centro de operaciones y no podían dar un paso al frente o. suficientes para prolongar indefinidamente la resistencia. Atronaban ahora el aire por encima del campamento. Una luna fulgurante las desnudaba ante la puntería de los jagungos que. . ya abatidos por una semana de alimentación reducida. Se apagaban las órdenes del día retumbantes. a no ser que se considerase como tal el peligroso camino del Rosario. la expedición estaba aislada. y al mismo tiempo. cortándoles el paso para la retirada después de haberlos paralizado para el ataque. abrazados a sus espingardas. Realmente. Dándoles municiones com­ pletaron el destino singular de la expedición anterior que les dejó sus espingardas. revelaban su vigilancia en torno. tirados sobre el duro suelo. La 5^ brigada había perdido catorce hombres en un movimiento que hizo a retaguardia. . * . Al amanecer del 29 se verificó la insuficiencia de alimentos para la ración completa de los plazas de la 1^ columna. caídos entre los fardos desparra­ mados. no podían dar un paso atrás. Los demás. en provocaciones feroces.y unidas. la mitad de la carga había quedado en poder de los sertanejos o inutilizada. en Monte Santo. EL COMIENZO DE UNA BATALLA CRONICA En la noche del 28 de junio se inició una batalla crónica. la tropa había perdido municiones de inesti­ mable valor para la emergencia. presionándolos. la tropa viviría en una alarma permanente. repleto de emboscadas. había abastecido al enemigo con cerca de cuatrocientos cincuenta mil cartuchos. lo que era peor. golpeándolas con tiros largamente espaciados. vencidos por la fatiga.

sobre inocuas. De modo que toda esa gente se movía a los encontronazos y en todos los sentidos. hasta ese momento en relativa calma. . más de una vez. como el día anterior. La colaboración justificable de los comandantes de cuer­ pos. en las ventanas abiertas en ojivas. Al mismo tiempo se les presentaba una tarea penosa: hacer de ese montón de hombres y equipos un ejército. destacándose sobre el caserío como un baluarte imponente. nuestras descargas. . fue de pronto barrido por descargas y. Al amanecer les volvió el valor y a despecho de tantos acontecimientos. escondidos en las torres o más abajo. en la sugerencia de un sinnúmero de medidas urgentes. Las granadas. Todavía no los dominaba completamente la desesperanza. siendo ese día muertos dos bueyes mansos que hasta allí habían conducido el pesado cañón 32. de todas partes. pero se amortecían entre las frágiles resistencias de la arcilla. estrechos como troneras. no sopesaron suficientemente la eficacia feroz de los sertanejos. Además. De modo que apenas comenzada esta fase excepcional de la lucha. ordenar los batallones disuel­ tos. el blanco predilecto fue la iglesia nueva. se echó mano a los últimos recursos. Por eso. Pero no hubo esfuerzos convergentes y útiles. como el día ante­ rior.La 2 ?. encajados en una hondura del morro. Allí se alineaban los jagungos. El primer tiro partió y golpeó sobre Canudos como una piedra en una colmena. los efectos del cañoneo fueron fran­ camente nulos. partiendo hacia el amplio círculo del ataque. explotando sobre las casas. cayendo mu­ chas veces intactas. y estallaban sin ampliar el radio de su acción. Por otro lado. enterrar a los muertos y extender el área reducida por los fardos y las cargas. tirando por elevación y sin hacer blanco. De modo que en sus espíritus resurgió el pensamiento consolador del próximo de­ senlace. los combatientes comprendieron que era casi imposible la réplica en tiros divergentes. a caballo de la aldea. significaban malbaratar las escasas municiones. o a ras del suelo. por detrás de las paredes maestras. El campamento. Pensaban que una villa abierta no podría soportar por muchas horas las balas de diecinueve cañones modernos. sin que se reventaran las espoletas. Estos trabajos indispensables se realizaban sin método. no tenía tampoco garantía de sustento por más de tres días después de repartir con la otra. se agrupaban al azar en simulacros de formaciones. ante un bombardeo vigoroso que propiciaban las ventajosas po­ siciones de la artillería. . sin la dirección de una voluntad firme. sobre la base cortada por respiraderos. aunque mejor aprovisionada. curar centenares de heridos. retiraban las muías cuyas patas eran una ame­ naza permanente para los heridos que se arrastraban a sus pies. surgía espontánea. de los mismos subalternos. improvisaban trincheras. les perforaban los techos y las paredes. reconstituir las brigadas. arrastra­ ban fardos y cadáveres.

pero cuando creían haber vencido y levantaban sus ban­ deras y llenaban la soledad con los toques de los clarines. ma­ neándolo. incluso una compañía. . . rugió sobre ella ese día sin tocarla. Era la lucha de la sucuri con el toro fuerte. Hasta un médico. . Aquel duelo a distancia demostró ser imprudente. volviéndose el bombardeo. las otras se perdieron. De buen grado otorgaban a sus adversarios el goce de vic­ torias inútiles. aunque fuese con trayectorias desviadas. le permitía el cansancio del movimiento y de la carrera. podría quebrarlas con una carga de bayonetas pero cuando parasen. Enlazada la presa. lo hizo explotar. distendía los anillos. Las balas pasaban silbando sobre su techo. Sólo una cayó sobre el atrio. . otra vez le permitía agotarse escar­ bando con las pezuñas el suelo y nuevamente lo ajustaba. arrojando por la boca de sus cañones toneladas de acero encima de los rebeldes que les anteponían la esgrima magistral de sus artimañas. Era un sitio en regla. Es natural que la refriega resultase inútil. como si brotasen del suelo. un batallón. Jadeantes. no pudo reprimir el ansia de apuntar. principalmente. ansiosos. Sin embargo. se sentiría de nuevo el asedio. después lo apretaba. una salva imponente al coraje de los matutos. Al alba del 30 el campamento fue atacado. Allí había una inversión de los papeles. Alfredo Gama. lo rodeaban. Los hombres equipados por los recursos bélicos de la industria moderna. una eterna reproducción de los mismos hechos. como no sabían de esas exquisiteces de la civilización. eran materialmente los más fuertes y brutales. un sobresalto instantáneo. circulares. La táctica invariable del jagungo se mostraba en ese resistir con retrocesos.Para ella se preparaba el Withworth 32 que vino precisamente para derribar sus muros. arras­ trándolo hasta el ahogo completo. . encendió un barril de pólvora que estaba cerca. El incidente es una muestra de cómo se luchaba. aunque disfrazado por la escasez de las líneas enemigas que tiraban flojamente en radios indefinidos por las laderas del morro. como al segundo teniente Odilon Coriolano y a algunos plazas. para relajarse de nuevo. Cayó herido. retráctil. Esa mala estrella del coloso derivó. La gran pieza — el mayor cañón de fila— se había convertido en un monstruoso fetiche que desafiaba el despertar de las viejas ilusiones. . Como siempre. Una brigada. cada uno quería disparar con él. Cayó la noche y no se había adelantado nada. mientras que las descargas circulantes seña­ laban de modo ineludible el asedio que sufrían. Se apuntaron otra victo­ . perdiéndose en las casuchas pegadas. El cañoneo del 29 no los impresionó. El escape de gases de la pieza mal obturada. las balas desde todos los flancos. del apresuramiento con que lo manejaban. Era una nerviosidad loca. apoyada en todos los accidentes del terreno protector. fue un choque. matándolo y que­ mándolo. acompañaban los himnos triun­ fales con las balas de sus trabucos. estruendoso e inofensivo.

. cayendo todo el día sobre la tropa. como el día anterior. en los flancos de la montaña. no encontraron nada y prosiguieron hasta Monte Santo donde tampoco existía nada. Pero ese convoy no existía. Pero volvieron horas después y volvieron a ser rechazados. La artillería. Ultima expedigáo a Canudos. Algunos oficiales superiores suge­ rían la única salida — forzada y urgente— que podía asumirse: el asalto inmediato a la aldea. monótonas. Para ello existía la mejor disposición de los comandantes de las columnas. en una posición estática.ria. después de tres días de ración completa. dispensable en la emergencia. Se afirmó definitivamente un régimen insostenible. allá abajo. cuanto más para cerca de seis mil hombres” *. la brigada del coronel Medeiros. La estadía en la Favela era demasiado inconveniente porque. "Sea como fuere. como el flujo y re­ flujo de las olas. el 30. y retornaron pasado un intervalo y fueron de nuevo repelidos. de una licencia. la artillería podía continuar con el bombardeo de Canudos durante algunas horas más. se desmoralizaba la expedición. cuya aspiración predominante era cruzar el Vaza-Barris que les representaba la abun­ dancia de que estaban privados. diseminó algunas balas sobre los te­ chos. en seguida se podía realizar el ataque a la ciudadela. atacaría el baluarte del Conselheiro”. sin la formalidad. quedaría agotada por la falta total de provisiones. Y una fusilería floja. en breve. Intermitentes. llegaría un convoy de alimentos como le había asegurado el diputado del Cuartel Maestre General y sólo entonces. golpeando. los soldados realizaban. como el día anterior. Pero el general en jefe rechazó la idea: "pensando que de Monte Santo. para esperarlo en las Baixas y desde allí escoltarlo hasta el campamento. sin capacidad para dos. rítmicos. entró en un período de privaciones indescriptibles. Abandonarla era dejar las contingencias de un cerco más peligrosas que las alternativas de una batalla franca. brigadas y cuerpos y de los oficiales subalternos y de los soldados. que a su partida ya sufría los primeros aguijones del hambre. separados en * Coronel Dantas Barreto. . además de acumularse bajas diariamente. golpeaba desde los cerros vecinos. AVENTURAS DEL ASEDIO. sin variante alguna. Enviada a su encuentro. Y el ejército. . el 30 de junio las fuerzas estaban bien dispuestas. De motu proprio. se mancillaba su renombre y en breve tiempo. El enemigo fue rechazado por todas partes. CAZAS PELIGROSAS Se vivía a la aventura.

Pero los hambrientos. . A veces resultaba un esfuerzo vano. en lugar del animal arisco. pasaba largas horas en su exploración exhaustiva. avanzando sobre los rastros. No imaginaba los riesgos que corría. co­ piándoles la astucia. y se sentía feliz y aun­ que volviera a oírla lejana. no sabían evitarlas. apenas miraban los alrededores para saltar sobre la cerca. advertido del bulto a último momento. ante un grupo de hambrientos. La caza cazaba al cazador. bajo las descargas que partían de las emboscadas laterales no vistas. Las salidas de caza se hicieron entonces obligadas. Por un momento se recobraba de las fatigas. aparecían en un corral cerrado unos bueyes. El soldado hambriento. se echaban sobre los bueyes. y en­ tonces se reanimaba esperanzado. presagio de caza. silencioso de movimientos pero haciendo sonar cada vez el cencerro sujeto a su cuello. Y los que a ellas se arrojaban — vestidos como los jagungos. talando los escasos cultivos de maíz o mandioca que había. en cualquier abertura de la caatinga podía encontrar. refugiándose en todos los acci­ dentes del terreno— pasaban por trances temerarios. muy disparejos en la habilidad.pequeños grupos. abatiéndolos de un tiro o matándolos con el cuchillo y a su vez caían. perseveraba en su exploración a través de la maraña. Seguía deslizándose lentamente. generalmente caía ante un tiro seguro si no tiraba primero. cazando cabritos casi sal­ vajes por allí sueltos. Era el último recurso. la marcha cautelosa. Porque los jagungos ponían trampas imprevistas a los bisoños cazadores que. o robando ganado. la espingarda pronta. guia­ do por la música de la campanilla que. al jagungo sinies­ tro y traicionero que a su vez andaba buscándolo. finalmente. Otros. . después de muchas horas de inútil esfuerzo. Controlando su andar cauteloso para no espantar a la presa huidiza. No se pueden individualizar los episodios parciales de esta fase oscura y terrible de la campaña. en lugar de la cabra aparecía el cabrero feroz. llena de balas la car­ tuchera. . no volvían más. se perdía por las planicies. oía un sonar de cencerros. Era una trampa sutilmente preparada. Pegado al suelo. inexperto. nítida y clara. porque es costumbre en el sertón que las cabras lleven cencerro. Y éste. Hasta que la escuchaba cerca. salía de las huellas descu­ biertas para entrar en los pastizales. Otras veces. resguardándose como si fuese a cazar leones. el valiente hambriento. abandonados desde el comienzo de la guerra. asombrados. . perdidos por esos campos o muertos en alguna lucha feroz para siempre ignorada. . Así es que. A partir del 2 de julio sólo hubo harina y sal para los enfermos. Los ojos y oídos aguzados para captar los mínimos movimientos y los mínimos rumores. A la noche volvía al campamento con las manos vacías. rompía el silencio de las planicies. más infelices. a despecho de los riesgos. peligrosas excursiones por las cercanías. No se podía evitar ni tampoco prohibir.

como ecos de esos desconocidos combates. El ganado diariamente conseguido — ocho o diez cabezas— era un paliativo insuficiente para el minotauro de seis mil estómagos. El día anterior se dis­ ponían los batallones para la caza. atenuaron esa alimentación de fieras. deseosos de escapar. Pero este recurso no bastaba. un soldado sediento. se habían terminado prontamente. Montaban los caballos estro­ peados. sin ningún ingrediente. Además la carne cocida sin sal. rengueantes bajo las espuelas. Cada día aumentaban esos hechos. o chamuscada en clavas de hierro. tomaban los cocos de los ouricuris y cortaban los troncos blandos de los inandacarus. los lanzaban en tropel todas las tardes hasta un corral al costado del cam­ pamento. Sin glorias. los soldados apelaron a la flora providen­ cial. Cavaban alrededor de los umhuzeiros para arrancarles los tubérculos. al principio. Y en estos encuentros rápidos y violentos. poroto y mandioca que. pero nunca aban­ donaban la inquieta presa conseguida. se reglamentaron esas aventuras. Algunos murieron envenenados por la mandioca brava y otras raíces que no conocían. A partir del 7 de julio cesó la dis­ tribución de alimentos a los enfermos. .Desde el campamento muchas veces se escuchaban tiroteos nutridos y prolongados. Sólo el escuadrón de lanceros actuaba con cierta eficacia. En los hilos rasantes del valle de las Umburanas. de sor­ presa caían en una trampa al trasponer una bajada. Los cuerpos en misión exploratoria se escurrían por los claros. Volvían vencidos y cansados. conteniendo al mismo tiempo a los bueyes alborotados. El enemigo les perturbaba el trabajo. Recibían media docena de tiros de sus incorpóreos adversarios. y al enemigo que los baleaba. Como los nativos infelices. Además de reunir a las reses debían evitar que se las dispersaran con súbitos ataques. en agua salobre y sospechosa. Finalmente. les faltaba el agua. Se hizo necesario buscar otros recursos. muerto por un tiro. defendían los flancos. arremetían para adelante. Sin medir distancias ni peligros se largaban por la desconocida región. Diariamente salía a hacer batidas por los alrededores. invisibles. pero igualmente los gauchos reali­ zaban hazañas de pialadores. y encontrados en la carrera los bueyes esquivos. Las líneas enemigas se extendían adelante. cuidaban el fondo. Para los inex­ pertos era incluso peligroso. en prodigios de equitación y coraje. Se alimentaban de cactos que les engañaban a un mismo tiempo el hambre y la sed. Repugnaba hasta al hambre. Finalmente. hacían batidas palmo a palmo por esas tierras de flora ya marchita porque había entrado la estación sin lluvias. traidoras. Triste avanzar sin banderas y sin clarines por la aridez de los campos. Las pequeñas zonas con cultivos de maíz. no pocas veces quedaba de bruces. Eran verdaderas partidas de plazas armados. era casi intragable.

la 1^. Por un contraste irritante. . lentamente. bolsas de carne seca. baleados. Le dieron un nombre humorístico al hambre. en el transcurso del día. más serias. con precisión inflexible. comenzaron a vivir de la incierta limosna de sus propios compañeros. Estaban allí en función de la espera de una brigada. la insistencia de los ataques era superior a sus fuer­ zas anímicas. Al principio reaccionaron bien. un círculo de espanto. al ir hasta Baixas. café y azúcar mezcladas con las cenizas de las hogueras que las habían consumido. los rudos campeones que en las épocas felices pasaban el día con un poco de mandioca y un trago de agua. en las que apenas se distinguían las subdivisiones tácticas y se batían nerviosamente durante cierto tiempo. DESANIMO A medida que esto se agravaba surgían nuevos hechos. La 5^ brigada. Pero el enemigo seguía allí. Además. inciertos. no tenían tantas provisiones como para justificar esas acciones. Murmullos de protesta ante los cuales la oficialidad fingía sor­ dera. Acostumbrados a la frugalidad. harina. cierta vez. volvían a las líneas de fuego sin que el ayuno disminuyera su arrojo. Después flaquearon. hacía un giro largo y torturado. que había salido en busca del convoy de ayuda y de la cual no se sabía nada. de mañana. recorría todas las líneas. a veces cargaban sobre la artillería. bala a bala. como borborigmos de estómagos vacíos. Los asaltantes eran rechaza­ dos. Las aventuras de la caza los distraían y cuando sonaba la alarma. tuviese el compromiso bárbaro de ser el verdugo de . a dos pasos. Nuestros soldados no la tenían. . a lo lejos. la resignación de los soldados los agotaba. finalmente. El blanco variaba.Y los infelices. inevitables. velando junto a los triunfadores. Sufrían ataques súbitos de noche. otras sobre uno de los flancos. Se volvía a la paz anterior. como si un tirador solitario. pues. iba de uno a otro flanco. habían refinado su abstinencia disciplinada hasta una capacidad de resistencia increíble. otras. No podían tenerla. aparecían irreprimibles. La disciplina se relajaba. caía una bala entre los batallones. se sumaba lo incierto del futuro. a punto de aprovechar apenas las municiones de los convoyes asaltados. El ataque había terminado. impotente para hacerlos callar. pero minuto a minuto. desde lo alto de un cerro remoto. Sonaban los clarines. la tropa se formaba en filas torcidas. parecían bien abastecidos. Sobre el aniquilamiento físico. Era la señal de la altivez salvaje con que se echaban a la guerra los jagunqos. iba y venía. consecuencia de los anteriores. siempre imprevistos. delirantes de fiebre. encontró en los alrededores. los adversarios vencidos en todos los en­ cuentros. señalando los caminos casi hasta las proximidades del Angico. sobre todos. formaba. mutilados. No tenían una hora de tregua. Cada día que pasaba sin noticias sobre su llegada aumentaba el desaliento.

los llevó a la hazaña invero­ símil de capturar o destruir al mayor de ellos. huyendo entre las filas feroces 2 ". salvo uno. La misma artillería. Se hicieron cargas cerradas de bayonetas. el 19 de julio. Se descubrían las trin­ cheras circulares: por la izquierda. Mientras se empleaban de tal modo los días. la "ma­ tadora”. cerrando el paso hacia la Fazenda Velha. reconstruidas por las noches. aproximándose por el camino del Rosario. que escapó milagrosamente. Y al día siguiente. . Pero ante el diminuto grupo se formaron bata­ llones enteros. tomaban todas las líneas y adquirían color de batallas. Y así se iban los días. las noches se reservaban para enterrar a los muertos. los sertanejos penetraron de lleno en el campamento hasta el centro de las baterías. Es natural que una semana después de la ocupación del morro. . misión no sólo lúgubre sino peligrosa. y largas reticencias de calma.un ejército. Y lo era. La tropa tuvo otra victoria poco lisonjera y aumentó el respeto por la temeridad del adversario. cada vez más cercanas. como si fuese una legión. A veces. . todavía jadeantes por los encuentros guerreros. festoneadas de balas. Apenas once. según la llamaban. amenazando el puesto de carnes y reduciendo el área de pasto donde se encontraban los animales de tracción y de mon­ tura. buscando al azar un blanco. apenas tiraba dos o tres tiros espaciados. Fueron pocos los que se arrojaron a la em­ presa. guiados por Joaquim Macambira. hijo del viejo cabecilla de igual nombre. y por la retaguardia. los asaltos no cesaban pronto. las trincheras amenazadoras. cayendo baleado dentro de la fosa común que con sus manos había abierto. en esa intermitencia de refriegas furiosas y rápi­ das. contra las expectactivas. ciertos días. porque no pocas veces. El odio a los cañones que diariamente les destruían los templos. Hasta que murieron todos. Él ascendiente de los matutos crecía día a día. a toques de corneta. una víctima singular entre miles de hombres. En uno de ellos. el ánimo estuviera decaído. se estremecían ante el silbar de esos proyectiles espaciados. el enterrador aumentaba el entierro. volvían a la misma tarea. En un aumento aterrador. Valientes. el Withworth 32. Volvían con pocas bajas o completamente indemnes. Los cuerpos destacados para tomarlas y destruirlas las tomaban y las destruían fácilmente. por la derecha. verificando la ineficacia del cañoneo y la necesidad de cuidar la reducida munición.

El general Artur Oscar. mostrando continuamente todas las impacien­ cias y todos los arrojos de un temperamento nervioso y fuerte. ahora se justificaba en la total imposibilidad de moverse. incom­ parable para idear encuentros sorprendentes. Finalmente estaban las dos columnas reunidas y la aldea se extendía a la distancia de un tiro de männlicher. No lo hizo. Era la convicción general. hallando en las coyunturas más críticas siempre una frase explosiva. Guiando a la expedición. le opone la fuerza obstinada de la inercia. Inquieto y ruidosamente franco. y realizando una embestida original. en una campaña. se concentró completamente en el objetivo de la lucha. el día 30. que el enemigo podía y no supo dar. casi fanfarrón. buen relator de hazañas asombrosas. sin bases y sin líneas de operaciones. No retrocedería. por la dedi­ cación personal de sus comandantes. lo agota. Se afirmó en su única cualidad militar sobresaliente: la tendencia a enraizarse en las posiciones conquistadas. ilusionado al principio con el milagro de un convoy de apoyo. Desde el comienzo se dedicó a su fase final. Quedó colocado en una situación insostenible . fuera como fuese. Si el día 28. de cualquier modo. la necesidad de un retroceso. En algunas brigadas. El estado de la fuerza facultaba todavía una defensa floja de esa posición pero imposibilitaba prolongar el esfuerzo por más de ocho días. Completó así el primer error con otro. le hubiesen cortado la marcha en las cer­ canías del Rosario o del Angico. Todo lo demás era secundario. tal general. no lo turba con ata­ ques bien combinados y con cargas furiosas. Este atributo contrasta con cua­ lidades personales opuestas. Inflexiblemente inmóvil delante del adversario. vio y se quedó. Cambió un verbo en la afirmación clásica del romano y siguió 3 0 0 . el error tardíamente corregido del abandono del convoy le impedía atacar. Solamente el prestigio de algunos jefes de cuerpos la sal­ vaban de la desorganización completa. a veces valiente. que se había obstinado en permanecer allí. perduraba el peso de la disciplina. Si por un golpe de mano. en un medio tan exigente. dejando de lado todas las circunstancias intermedias. no delibera. Llegó. Resiste. sólo adopta una táctica: la inmovilidad. debía hacerlo. lo cansa. la expedición estaría perdida. se transforma. y con asom­ bro de los que lo conocen. según la opinión de sus mejores auxiliares. No lo combate. No lo vence. no previo la eventualidad de un fracaso. encarando la profesión de las armas por el lado de lo caballeresco y tumultuoso. Tenía un solo plan: ir a Canudos. Llevando seis mil bayonetas hasta las orillas del Vaza-Barris ganaría la partida. un trazo vigoroso de jovialidad heroica que las remarcara.LA ACTITUD DEL COMANDO EN JEFE Se esperaba a la brigada salvadora.

prisionera de un asedio cuyas líneas se distendían elás­ ticas ante las cargas y se apretaban en seguida. ese funcionario tenía. sintiendo la gravedad de su precaria situación. De hecho. toda su confianza. .de la que. estéril. inmóvil. en alusiones agrias. algunos se distraían contemplando la aldea intocable. (N . Y enarbolando febrilmente el lápiz de los cálculos. restando. de T . por la permanencia en el cargo. fue. no se desanimaba. como un golpe de sable. inflexible. No podían. . transido de hambre. idealizando convoyes. cuya absolución presumía una culpa mayor: el olvido de su autonomía incondicional de jefe. Uno de ellos. Sin embargo. si no lo socorriese el curso caprichoso de los acontecimientos. No había noticias de la P brigada. sordos rencores contra los ima­ ginarios responsables de esas desventuras. . un solo buey — flaco. * No aflojarle el garrón. la tropa no resistiría. El ojo se embarullaba en la maraña de las casuchas. en los pocos momentos en que se atenuaban los asaltos. Los bata­ llones. diariamente mandados hasta las Baixas. discutiendo estupendas soluciones sobre cargueros fantásticos. estructurando fórmulas admirablemente abstractas con sacos de harina y bolsas de carne seca. ” * su frase predilecta que largaba violentamente. Aflo­ jaba. . despedazaba el filo de los comen­ tarios más desanimados o las conjeturas más desalentadoras. en la Favela: sumando. El diputado del Cuartel Maestre General. . recomponiendo todos sus puntos. Ya aparecían. Y por encima de todo. . Compartía el destino común con resig­ nación. el 15?. la víctima expiatoria de todas las crí­ ticas. a la distancia. un buey. estoico. entonces y después. vacilante sobre las patas secas— una arroba de carne para seis mil hambrientos. el día 10. multiplicando y dividiendo. "¡Nao Ihe afrouxara o garrüol. poniendo el hambre en ecuaciones. al volver de la inútil diligencia. un punto cualquiera que pudiera servir de re­ fugio. con el que quería distraer la impaciencia general. volvían sin rastrear ni una señal de su existencia por los caminos vacíos. .). La vista buscaba. encontró como suprema irrisión. una economía embrutecedora. co­ mandado por el capitán Gomes Carneiro. . fatigada de hacer retroceder al adversario sin destruirlo nunca. acobardarse. La sucesión inva­ riable de las mismas escenas sobre el mismo escenario pobre. No se pensaba que la ilógica acusación recaía por entero sobre el comando en jefe. A la tarde o durante el día. les daba a los combatientes la indefinible impresión de la inmovilidad del tiempo. quizá no pudiese salir. despuntan­ do las mismas horas de la misma manera. Era el único culpable. Sin embargo. permanecía. Era todo su esfuerzo. .

agrestes. ¡Cinco mil casas o más! ¡Seis mil casas! tal vez. E intercaladas en los ruidos del ata­ que. las voces suaves se esparcían sobre la resonancia del ataque. la gran plaza vacía. La aldea — compacta como las ciudades del Evangelio— completaba la ilusión. aliado de la Providencia. Al caer la noche. resonando largamente en el de­ sierto. indistinto y fugitivo. Hacía callar el bombardeo. Cumplida la misión religiosa. Cruzaban sobre el humilde campanario las trayectorias de las granadas. No perdía una sola nota. . dos. Corría una guarnición de llamas por las cumbreras de las iglesias. ése era el cuadro de aquel extraño escenario. en el paraje legendario que prolonga la banda meri­ dional del Asfaltites. La cam­ pana impasible no claudicaba un segundo en el intervalo consagrado.Y contaban: una. el dibujo misterioso de un paisaje bíblico y la infinita tristeza de las colinas des­ nudas. torneándolas. Caía como un fulminante sobre la aldea. más lejos. . la cadencia melancólica de los rezos. en ondas sonoras que se esparcían por la quietud total y refluían en las montañas lejanas. Crepitaban en los aires con estallidos . convertido en camino polvoriento y largo. Era una predestinación. Como si la tierra se ataviase en ciertos trechos para idénticos dramas. tres. sin árboles. . cinco mil. recordando un rincón de Idumea. recortadas nítidamente sobre el horizonte claro. Nada más. Los soldados escuchaban entonces. Estallaban por encima y alrededor. 801. Y como en el alma llevaban las mismas supersticiones y la misma religiosidad inge­ nua. corriendo. cuatro mil. colada entre las espesas paredes del templo casi en ruinas. Alrededor. Una réplica violenta estallaba sobre la tropa. . Imaginaban que tenía recursos extraordinarios. Los cañones de la Favela bramaban despiertos por esas voces serenas. vacilaban frente al enemigo. esterilizada para todo y para siempre por la maldi­ ción de los profetas y por el reverbero de las planicies del Yemen. el mismo instrumento doblaba sacudiendo las vibraciones de la alarma. la cuerda ondulada de las sie­ rras igualmente desiertas. . cruzaba. rápido. los toques del Ave María. misteriosa y vaga. fuera lo que fuese. Las mismas balas que usaban revelaban efectos extraños. un bulto. Ese estoicismo singular los impresionaba y los dominaba. Pasaba por la plaza y deflagraba por las faldas del morro. En la lejanía. cortaba un callejón estrecho. . Quince o veinte mil almas metidas en esa tapera babilónica. Un río sin agua. El silencio descendía mortecino sobre los dos campos. apenas extinguidos los ecos de la última campanada. allí estaba. E invisibles. desapareciendo después. de allá ascendía.

secos y fuertes. Tales hechos arraigaban en la soldadesca. las embos­ cadas. barrer los alrededores y volver. inepta para el cono­ cimiento de la ley física que los explicaba. anónimo. Un cigarrillo era un ideal epicúreo. Los batallones que salían en diligencias hacia variados puntos desper­ taban envidia en los que quedaban. Deserciones heroicas. El ejército no. insistentemente propalada después. Una brigada ligera podía. otros los imitaron. En todos los espíritus permanecía el deseo de dejar ese sitio siniestro de la Favela. Pero la retirada era im­ posible. terriblemente equipado. las líneas de fuego de los soldados completamente exhaustos. El día 9. impunemente. . hundiéndose en el desierto. por fin. El rumor sordo. Todavía se acepta la hipótesis de que los estallidos pro­ venían del desigual coeficiente de dilatación entre los metales que cons­ tituían el proyectil. Y uno a uno. las ambulancias y el contrapeso de mil y tantos heridos. A veces se hablaba de la retirada. insidioso. penetraba entre los batallones. veinte plazas del 33° dejaron a sus compañeros. incomprensibles casi. Los jagungos romperían. esmeraba en los estallidos su salvajismo sin piedad. Si lo intentase. una raíz de umbú o una rapadura valían como manjares suntuarios. Envidiaban los peligros. Entonces se creó la leyenda. despertando apostrofes y protestas violentas tanto como un silencio comprometedor y sospechoso. en un asalto. las cosas más vulgares adquirían connotaciones fantásti­ cas. con el tardo movimiento que le imponía la artillería. Quedarse a despecho de todo era el recurso supremo y único. Al menos tenían la esperanza de las presas acaso conquistadas. la convicción de que el adver­ sario. como si reventasen en innumerables astillas. en consulta vacilante a los compañeros. diariamente. de las balas explosivas de los jagungos. y que a eso se debía la naturaleza excepcional de las heridas. Por cierto tiempo quedaban fuera del cuadro miserable del campamento. silenciado de miedo. bajo la fiscali­ zación incorruptible del enemigo. Empezaron las deserciones. . Pero si la P brigada demoraba más de ocho días su llegada. La bala penetraba los cuerpos dejando visible el círculo del diminuto calibre y salía por un rumbo ancho de tejidos y huesos lasti­ mados. Como en los malos días de los sitios legendarios rememorados en an­ tiguas crónicas. . en las que el soldado se aventuraba a los mayores riesgos. ni este recurso quedaría. expandiéndose el núcleo de plomo más rápidamente que la camisa de acero. los combates. prefiriendo el tiro de misericordia del jagungo a esa lenta agonía. se consumaría una catástrofe.

en abrazos. De Canudos ascendía. Fue un choque galvánico sobre la expedición abatida. sin embargo. El soplo del Nordeste hinchaba las banderas y arrastraba hasta la aldea. El día era propicio: la fecha de una fiesta nacional3 0v Por la mañana. Su corpulencia de atleta contrastaba con los cuerpos esmirriados que se amontonaban alrededor. El ataque contra la aldea era urgente. montando en caballo montaraz. en gritos. apareció inesperadamente en el campamento. . el toque del Ave M aría. ■ ■■ ' V ’ ■■■■ EL ASALTO: PREPARATIVOS El convoy llegó a lo alto de la Favela el 13 de julio y al día siguiente. Estallaron h im n o s.. . en un ondular sonoro que vagaroso avasallaba el silencio de los campos y se extinguía poco a poco en ecos por las montañas lejanas. El torrente ruidoso de las exclamaciones rodó hasta la zanja del hos­ pital de sangre. vibrando largamente por los des­ campados. embarulladas. un vaquero. El comandante de la P brigada había comunicado al volver que en la pretendida base de operaciones no existía nada. Los enfermos y los moribundos silenciaron sus gemidos transformándolos en vivas. enfermo por una herida recibida en Cocorobó. El rudo vaquero.. . Parecía un gladiador pujante entre bosquimanos inquietos.La tarde del 11 de julio. vestido de cuero. convocados los comandantes de las brigadas a la tienda del general Savaget. Los matutos fueron sorprendidos temprano porque hacía poco más de cien años un grupo de soñadores había hablado sobre los derechos del hombre y había peleado por la utopía maravillosa de la fraternidad humana. planearon el ataque. moviendo febrilmente en inmensa alacridad a los soldados. mezcladas. se formaron las bandas de todos los cuer­ pos. transfigurando los rostros abatidos. . escoltado por tres plazas de caballería. las notas metálicas de las marchas marciales y miles de gritos de triunfo. una salva de veintiún tiros de bala la conmemoró. resonaron los clarines. De una a otra punta de las alas. No puede describirse. en estrepitosas exclamaciones. Se enarbolaron las ban­ deras. se cruzaron en todos los sentidos. . Caía la noche. Se encontraba total­ mente desprovista y había tenido que organizar con dificultad el convoy . . Traía un oficio del coronel Medeiros notificando su llegada y requiriendo fuer­ zas para la protección del gran convoy que conducía. corrió la nueva auspiciosa y. miraba sorprendido todo eso. em­ puñando a modo de lanza su picana.

no les había disminuido el ánimo. satisfechos y alentados de nuevo por la esperanza de la victoria próxima. después de una marcha de flanco de casi dos kilómetros hacia la derecha del campamento. la artillería y dos brigadas como reaseguro. se haría rectilíneo al final y si fuese logrado con éxito. Pero no se observó el teatro de la lucha. los expedicionarios. avanzando por el lado derecho del campamento. fueron vistos en grupos que incluían mujeres y niños. frente a su agilidad. sin que los reconquistara el 3 O 9 de infantería que fue inmediatamente destacado para esa diligencia. prevaleció. El enemigo iba a tener. Ese era el único plan. por el camino de Jeremoabo y por la extrema izquierda. Deliberaron. que surgía de la más ligera observación del teatro de la lucha. El 25? batallón. tendrían franca la retirada hacia tres ángulos del cuadrante. Desde allí. El plan confirmado era el más simple. enviado al ataque. Dos semanas de cañoneo y el refuerzo de municiones en el campo adversario. Los revigorizaba. no los había alcanzado. Los demás. la potencia pesada de las brigadas. El movimiento. El ataque por dos puntos. incluso en el caso de quedar desbaratados. con disensiones minúsculas. La travesía de uno a otro grupo significaba la muerte. Ese mismo día. los jagungos. a dos pasos de la 2 ^ columna. sin dejar su posición. 4^ y 5^ brigadas optaron por el abandono preli­ minar de la Favela hacia una posición más cercana de donde partiese el ataque. vol­ viendo aun a la izquierda. bombardearía el centro. atacarían de lleno hasta la misma plaza de las iglesias. como si ideasen una osada parodia a la reciente llegada del convoy. hacia el Vaza-Barris. El día 15. fortalecidos por el voto favorable de los tres generales. doblarían a la izquierda.que trajo. desde donde renovarían la resistencia. Podrían trasladarse a salvo hacia las inaccesibles posiciones del Caipá. Las opiniones. Lo demostraban los hechos recientes. Fue asaltado el sitio de los animales. Habían caído baleados el sargento ayudante del 9 9 y varios plazas. Esta posición que poco difería de la otra. derivando por los contrafuertes de la Fazenda Velha. al principio contorneante. se pusieron de acuerdo en la idea del ataque en grandes masas por un solo flanco. Los comandantes de la 3^. no tuvieron autorización para andar según su voluntad por el lugar en que acampa­ ban. Las dos columnas. el que en poco tiempo se agotaría para reproducirse la misma situación anterior. mientras la artillería. llevando hacia la aldea numerosas reses. y capturados algunos animales de remonta y de tracción. que se preestableció realizada sin que la perturbase el enemigo. tuvieron una opinión diferente: permanecer en la Favela con el hospital de sangre. Esta era cierta y se preveía que a todo trance. El día 16 mostraron el mismo atrevimiento desafiante con el adversario abaste­ . una vez más. Se reincidía en un error. Persistía en los ánimos el intento de no realizar lo que la campaña reclamaba desde el comienzo: la división de los cuerpos combatientes. imperioso e intuitivo. o hacia cualquier otra.

El coman­ dante general oscilaba entre extremos. ellas son la nota predominante. Se carga sin vacilar con la mayor impetuosidad. sugería un orden disperso. tuvo que hacerlos combatiendo. Estas instrucciones concordaban con las tendencias generales. cada soldado busca a su compañía. sería gradualmente seguida por las otras que la reforzarían en los puntos más convenientes. Mas esto sólo sería posible si. de la inercia absoluta a los movimientos impulsivos. Apoyándose en las hazañas anteriores. . "Dada la señal de carga nadie más trata de evitar la acción del fuego del enemigo. en una deducción osada. meterlos dentro de la cueva de Canudos a coces de armas. Iba a hacerse lo contrario. .cido. el coman­ dante en jefe. Esta vanguardia combatiente. lo que además era inapropiado para la zona de combate. Después de cada carga. Vista desde lo alto de la Favela. A pesar de ello. el 7? y el 59. la batalla tuviese una demostración preliminar o recono­ cimiento enérgico. cada compañía a su batallón y así todos”. Atacaron sobre todas las líneas. fue recibida con delirio. a golpes. Las se­ sudas combinaciones concretas de un combate. daba vuelta a la página futura poniendo ante los combatientes el milagro de la victoria. Todos los dispositivos quedaban supedi­ tados a esa preocupación absorbente de los choques violentos: tres mil y tantas bayonetas cayendo como un caudal de hierro y llamas. . a medida que progresara barriendo las trinche­ ras abiertas en los altos y en los flancos. libremente extendida y actuando fuera de la compresión de las filas compactas e inútiles. el suelo ondeado en colinas y surcado por zanjas. no las satisfa­ cían. permitía prever las dificultades de un ataque en masa y por sí mismo. imposibilitaba el desen­ volvimiento rápido de las columnas. Era preciso hacer retroceder a los tontos bandidos de una sola vez. el ataque debía ate­ nerse a la condición esencial de no comprometer en él a toda la fuerza. La orden del 17 de julio señalando el ataque para el día siguiente. adrede elaboradas para las condiciones excepcionales del medio y del adversario. concen­ trando a todas dentro de la aldea. hasta que fi­ nalmente se operase en el terreno el retroceso del antagonista. Dejó la vaci­ lación inhibitoria que lo mantuvo en lo alto de la Favela para pasar a la obsesión delirante de las cargas. La comisión de ingenieros. llevando la formidable escolta de dos batallones. hecho por una sola brigada. ésta parecía ser de fácil acceso. Esta actitud mostraba que el enemigo iba a reaccionar con vigor y como no se conocían los recursos con que contaba. por el lecho seco del Vaza-Barris. En las disposiciones dadas el día 16. excluyendo las cargas de pelotones masivos precipitándose por los cerros. para hacer unos ligeros reconocimientos por las cercanías. El rencor largamente acumulado por los anteriores fracasos exigía desquites fulminantes. Saltaba de la quietud al ataque total.

Canudos estará en vuestro poder mañana. la 6 * del coronel Donaeiano de Araújo Pantoja. Antonio Nunes de Sales. Esa tarde."¡Valientes oficiales y soldados de las fuerzas expedicionarias en el interior del Estado de Bahía! Desde Cocorobó hasta aquí. Está desmoralizado y si. marcharía al frente de combate rodeada por un ala de caballería y una división de dos Krupps de 7 1 / i . Carlos Augusto de Sousa y José Xavier dos Anjos. la 4^ del coronel Carlos Maria da Silva Teles. la 3? del teniente coronel Émídio Dantas Barreto. Lo atestiguan los combates de Cocorobó. guardando la posición: las brigadas 2? y 7^ de los coroneles Inácio Henrique de Gouveia y Antonio Néri. compuesta de dos batallo­ nes. Se refugiaba allá abajo. El 5 9 de . Trabubu. vencido de antemano. Ante ella. La 2? la acompañaría cerrando la retaguardia. Costa y el mayor Colatino Góis. El enemigo mismo parecía conocer la resolución heroica: sus irritantes tiroteos habían cesado. Macambira. y finalmente. todo lo espera de vuestro coraje. El campa­ mento no fue molestado. que combate sin ser visto. otros dos en lo alto de la Favela y dos asaltos que el enemigo hizo a la artillería. cqn el 26° y el 329 comandados por el capitán M. debía haber sido cambiada al caer la noche del 18. si tuvierais constancia. se formaba con el 12 9 y el 319 bajo el mando de los capitanes José Luis Buchelle y José Lauriano da Costa. las fanfarrias de los cuerpos vibraron hasta la caída de la noche. Era fatal. el 149 y el 309. leída con aplausos el 17. iremos a descan­ sar y la Patria sabrá agradecer vuestros sacrificios”. así como la de artillería que secundaría el ataque con un bombardeo firme.349 hombres repartidos en cinco brigadas: la 1? del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. ". La 1? columna dirigida por el general Barbosa. . La patria tiene los ojos puestos sobre vosotros. 79. . Angico. ha sufrido pérdidas considerables. Canudos caería al día siguiente. esta última recién formada. estaba bajo el mando del mayor Nonato Seixas y se formaba con el 35 9 y el 4O9 batallones del mayor Olegário Sampaio y el capitán J. la 5^ del coronel Juliáo Augusto da Serra Martins que sustituía al general Savaget en la dirección de la 2 ^ columna. temeroso y callado. Se delineó el ataque. Alberto Gaviáo Pereira Pinto. si una vez más fuerais los bravos de todos los tiempos. 9 9 y 25?.500 hombres bajo el mando del general Savaget. El ene­ migo traicionero que no se presenta de frente. el enemigo no ha podido resistir vuestra bravura. Mañana vamos a batirlo en su ciudadela de Canudos. reunía el 59. respectivamente comandados por el capitán Joáo Antunes Leite y el teniente coronel Antonio Tupi Ferreira Caldas. la orden del día. Villar Coutinho. En la Favela quedaban cerca de 1. todos comandados por capitanes. Entrarían en acción 3. Nos detenemos ante una oración condicional comprometedora.

. como obedeciendo a una fatalidad. Entre los de menor graduación. Según el viejo hábito.la policía bahiana. a la 2 ^ columna. como si este movimiento contorneante fuese a sor­ prenderlo. siempre bajando. bajo la jefatura del capitán de ejército Salvador Pires de Carvalho Aragao. pasando ruidosamente por el camino mal pre­ parado. ávida de renombre. Al poco tiempo volvieron hacia la izquierda. Porque el com­ bate era la victoria decisiva. Solo los Krupps. El teniente coronel Siqueira de Meneses. traía la envidiable reputación de su coraje de la refriega mortí­ fera de Inhanduí3 0 3 . amenazadora. Toda esa gente esperaba con impaciencia el combate. La marcha. acompañaba autónomo. parecía la imagen de un luchador modesto. una oficialidad joven. temeraria: Salvador Pires. con un contingente reducido. EL ENCUENTRO Las columnas se movieron el día 18. Garlos Teles. y otros. se realizaba tranquilamente. una altivez sin par sangrando bajo el cilicio del unifor­ me. Tupi Caldas. sobre los contrafuertes de la Fazenda Velha. cara bronceada marca­ da de líneas inmóviles. Frutuoso Mendes y Duque Estrada. a paso ordinario. La tropa del ataque rodaba sordamente. Wanderley. inquieto. Vieira Pacheco. coman­ dante del 5? de la policía que él mismo había formado con los tabaréus robustos escogidos en los poblados del Sao Francisco. los muros de la iglesia nueva. anhelando peligros. debía realizar ligeras opera­ ciones de distracción a la derecha. jovial. Olimpio da Silveira. la perturbaban a veces. nervioso. sin la menor mo­ lestia del enemigo. rumbo al Vaza-Barris. todavía alta la madrugada. se veía que allí se encontraban algunos para los cuales el sertón de Canudos era un campo muy estrecho. piedra por piedra. siguiendo rectilíneamente por la vida entre el tumulto de las batallas. el gaucho intrépido que mandaba el escuadrón de lan­ ceros. que desarticularían. turbulenta. el jefe de la artillería. Definidos los luchadores. impa­ sible ante la gloria y ante el enemigo. los combatientes recomendaron a los que permanecían en la Favela que tuviesen pronto el almuerzo para cuando volviesen de la fatigosa empresa. contra los federalistas del sur. . con­ tinua. Contramarchando a la derecha del campamento. siguieron con la vista puesta hacia el este. desti­ nado a caer heroicamente en el último paso de una carga temeraria. con su aspecto de estatua. recordaba el bello episodio del cerco de Bajé. Carlos de Alencar. . cuyo comando se extinguiría por la muerte de todos los soldados del ala de caballería que dirigía. bajando hacia el camino de Jeremoabo. Eran tropiezos cortos y rápidamente solu­ cionados. mientras el grueso de la expedición atacaba.

La mañana aparecía rutilante y muda. bastaba a los que la defendían extenderse uniendo las dos ramas paralelas y próximas del río. Los exploradores recibieron los primeros tiros al saltar la barranca izquierda del río. Los breves tropiezos en el traslado de los dos Krupps habían retardado a la retaguardia. . después de correr derecho hacia occidente. Poco a poco se descubría la región silenciosa y desierta: cumbres desnudas. Eran las siete de la mañana. recortado y flexible. para cortar todo el frente de batalla. pero hacia la izquierda. irregulares atrincheramientos de piedras. divisándose apenas al mirar rasando por la cresta de los cerros. nítidas. después de tras­ puesta la bajada. entera. mil quinientos metros al frente. cortas explanadas. mien­ . sin mojarse. los vértices de las dos torres de la iglesia. se ensoberbecía hacia el oeste en macizos cada vez más altos. Así. tuerce abruptamente hacia el sur y vuelve. alargándose por el cuadrante del NE. una compañía del 3 O9 replicó sin detenerse. golpeando por el sur contra la Favela. la 3^ en el mismo orden. el Vaza-Barris y volviéndose una vez más. revistiéndolo hacia arriba. la última. Pero antes de completar esta operación el enemigo les salió al paso. El Vaza-Barris. Porque la dirección de aquél lo interfería normalmente. De manera que. ya en julio mostraban en grandes manchas pardo oscuro el avance lento de la sequía. al mismo tiempo que el grueso de la 1^ brigada y cuatro batallones de la 3^ llegaban compactos hasta la orilla del río y lo cruzaban. recortadas. pasados unos pocos centenares de metros. hacia la izquierda. subiendo hasta los amplios escalones del Cambaio. caatingas marchitas. cargarían de frente. hasta el pie de la Canabrava. acelerando el paso. como la flexión del enorme semicírculo. . desaparecía en una depresión más fuerte. El terreno próximo se levantaba en un cerro donde se veían. invirtiendo el sentido de la corriente y formando una península imperfecta que tiene al final la aldea. La planicie ondulada. Dos cruces amenazadoras y altas. atenuándose en parte el grave incon­ veniente de una acumulación de batallones. La aldea. el general Barbosa pudo trazar una línea de combate: la 1^ brigada extendiéndose hacia la derecha con sus tiradores. hacia el este.La tierra tenía un triste despertar. indefinido hacia el norte. más acá de Trabubu. pisaba ya la arena del combate. La columna 1^. Las aves habían abandonado esos aires barridos desde hacía casi un mes por las balas. siguiendo ese círculo extenso de circunvalación. La vanguardia atacada. como muros de piedra derruidos. en una de sus curvas. los asaltantes atravesarían. en la claridad que nacía.

que marchaban en sentido contrario. El 9 9 batallón. Era imposible extender la formación dispersa debajo de las balas en semejante lugar. más tarde. otras compañías y otros batallones. Se enredaban.tras el ala de caballería. Lo revelarían los resultados inmediatos de la acción. Sobre que era una maniobra bajo la mirada del enemigo. lo que era esencial. desde la áspera topografía del suelo al extraordinario vigor de pronto de­ mostrado por el adversario que desde los primeros minutos. abarcaba todo el frente de ataque en una fusilería impenetrable. En contraposición al orden primitivo. Faltaba la base física esencial para la táctica. delataban la confusión de las filas. se desta­ caban hacia la derecha. se sentían perdidos. no encontrando en el opulento léxico de nuestra lengua un término ajus­ tado para caracterizar el desorden de la refriega. desorientados. la 3^ brigada comenzó a luchar por el flanco derecho del 3 O 9 que era de la primera. Retrocediendo a veces. estaba lo inapropiado del terreno. forzadamente asu­ mida por todas las unidades combatientes. aturdidos por las revueltas de la marcha. El mismo general que los había arrojado a semejantes horcas caudinas 3 0 4 . y desde que no podía trazarse con velocidad tal que convirtiese en pasajera una situación de desequilibrio y debilidad. hecha por un rápido desdoblamiento de bri­ gadas en una longitud de dos kilómetros. como era de prever. había caído en el valle del Vaza-Barris por donde comenzó a avanzar. en la extrema izquierda. La línea ideada. los batallones. Impracticable y peligrosa. según las cotas máximas de los cerros y la hondura de las bajadas. Pero todo sin la firmeza y la velocidad que exigía la táctica pensada. quizá insigni­ ficante. y en breve trecho. Los soldados —bayonetas arreme­ tiendo contra los morros— golpeaban en él vertiginosamente. Además de no conseguir ejecutarla de esa manera. Las secciones. hacia el flanco derecho. enfi­ lando por un laberinto de zanjas. debía evitar que lo rodeasen. Pero. en la orden del día relativa al hecho. suponiendo que avanzaban. aventuró un gauchismo bárbaro: las fuerzas se trenzaban. mientras que el 259. las compañías. para que no se desarticularan y dieran el flanco al enemigo hasta una nueva posición de combate. no pocas veces se daban de pronto con otras secciones. herido de descargas que irradiaban desde las dos orillas. la alteraron en pormenores. aventajándose a toda rienda. . única banda apropiada a los alineamientos. Lo decían todas las condiciones concretas. el 59 y el ala derecha del 79 centralizaban mal la lucha. sin ver el resto de los compañeros y sin poder distinguir siquiera los toques de las cornetas. era impracticable. este movimiento general de la tropa fue mal hecho. formán­ dose en líneas de tiradores. pero que desde un principio. . iba a partirse en planos verticales. .

conteniéndose en las quebradas. Nada podía conjeturarse. comenzaron a con­ quistar corajudamente el terreno. además de tomar toda la delantera al enemigo. al llegar debajo de una fusilería atronadora y observar el tumulto. variando por todos los rum­ . en tropel. Pero fue lúgubre. reforzándolas en sus puntos flacos. juntándose tumultuosos en los declives. la 6 ^. prendiéndose a las alas extremas. También venían dos brigadas. que al llegar había observado que no hallaban las fuerzas en él comprometidas. pasada media hora. Saltaron sobre las laderas que las aprietan. la 4^ y la 5^. estallando en los flancos. desnudamente. invisibles. "No obstante. revigorizándolas. . Pero esta concepción táctica. el deber único de la ocasión era avanzar y cargar. Sucesivamente vencían los morros. facultaría después el ataque final en una concentración única que el mismo campo de combate indicaba. ”. la envergadura de hierro de la batalla. A cada momento pisaban trincheras y desde el fondo de éstas los cartuchos detonados y ardientes delataban la reciente huida del enemigo. además de rudimentaria. no podían adaptarse a las líneas de cualquier plan. bajo las órdenes inmedia­ tas del comando en jefe. fuertes y vibrá­ tiles. de modo de extenderse. obstaculizándole cualquier acción contorneante. Los jaguncos alrededor.De modo que cuando. el escenario se volvería singu­ larmente majestuoso. estrepitosas. o aun. . frente a los rudos antagonistas. Diez batallones mezclados se echaron por los cerros abajo. . no fue realizada. con las for­ maciones que le son propias. Pero al fin de cierto tiempo. para otra vez atacar. De modo que si la tropa expusiese sobre ese resplandor brillante. Eran las ocho de la mañana. por cierto. subieron hasta el tope de las colinas y de nuevo bajaron. La réplica de los adversarios. Los soldados. Se embarullaron en las bajadas. o completándoles los movimientos. Avanzaban y cargaban. Las brigadas auxiliares. tal vez rodeándolas . ampliándolas. ruidosamente. revueltas. definiéndose como un sector amplísimo de rayos convergentes en la plaza de las iglesias. retrocediendo tal vez. articulán­ dose con las que las habían precedido. como se había planeado. tal vez con­ centrándose. quedando sólo la reserva. ex­ playándose en las cortas llanuras. ya era sensible el número de bajas. en un ondear de muche­ dumbres humanas. según el plan impuesto por las circunstancias. El coronel Carlos Teles en su parte de combate — documento que no fue contestado— afirmó después. el fulgor metálico de las tres mil bayonetas. llegó la 2 ^ columna. rezagada. Hermosa y caliente mañana sertaneja que en esa zona irradia siempre un bello resplandor de centellas reflejadas por la tierra desnuda y llena de cuarzos. no sabían la dirección real del ataque que realiza­ ban. a su vez. lo que. Los recién llegados debían marchar hacia la derecha. .

Cada soldado había llevado consigo ciento cincuenta cartuchos y ya los había gastado. dejando escapar la oportunidad de un ataque serio. al oeste. en su persecución. inevitablemente lanzaría a los sertanejos. los golpeaban por el flanco derecho. en el caso de impulsarse con energía. claros pronunciados. la 3? y la 4^ por el centro y la 6 ?. abriéndoles. abarcando todo el cuadrante a lo largo de dos kilómetros. Las primeras casas. Y desde este punto hasta el extremo de la plaza. Lo mostró el escuadrón de lanceros en un reconocimiento teme­ rario. Fue en el último ímpetu del ataque. aunque pocos. en descargas continuas. Precipitándose velozmente en aquella dirección. dentro de los batallones desmantelados. la aldea. Lo espaciado de los estampidos por ese lado denunciaba que había francotiradores. como si la intención fuera un vigoroso ataque de flanco que. Se hizo necesario detener batallones enteros — en plena batalla y situados en un terreno que los convertía en blanco— para abrir a golpes de martillo los cajones de mu­ niciones y distribuirlas. En el torbellino de las filas sobrevinieron súbitas parálisis. triunfalmente. donde no era dable pensarla. bordeando el río. Pero éstos. a menos de trescientos metros. La fuerza. Lo demuestra un episodio sugestivo. osados guerrilleros se enfrentaban con los asaltantes y les tiraban a quemarropa. Los dispersaron con una carga violenta a puntazos de lanza y patas de caballos. donde cada pared se abría en rajas que eran bocas de tiro. por la izquierda. sobre todo la situada desde el centro hacia la derecha. ofrecían a los combatientes un área plana y sin obstáculos. por el rigor de su puntería. convergió sobre ella una tremenda fusilería. a nivel de la parte más alta de la aldea que sube hacia el norte. construidas en un rincón extremo. Además. también llegaban atropelladamente algunos pelotones de infantería. Se mostró en seguida por la extrema derecha. al bajar por una cuesta. Encima. que entró también en la refriega. parecía adrede dispuesta a desorientarlos. . fortalecida en la oca­ sión por la 4? brigada que tenía como jefe al coronel Carlos Teles. Habían llegado hasta allí en grupos desordenados. cuyo . El escua­ drón. . subió al galope por una ladera poco abrupta y de pronto tuvo delante. En ese instante. impedían el paso de batallones enteros. Estaban dentro de un corral desde donde tiraban de costado sobre la tropa. Pero se observó que aquéllos sólo hacían una ligera demostración. Las brigadas aún avanzaron pero sin la rectitud de un plan. dio de golpe con cerca de ochenta jgungos. La tropa. disipando de manera improductiva el valor y las balas. estaba totalmente expuesta. sin la uniformidad de la marcha.bos. Era el momento agudo del combate. a unos tres­ cientos metros de las iglesias. completando los nutridos tiroteos que irrumpían desde la aldea. la 5^ marchando por la derecha. La situación entraba en su momento culminante.

rudamente golpeadas. como hechos por un solo hombre. sobre la margen del río. La 6 ^ brigada y el 59 de policía. El 59 de policía. Cubrían una extensa loma. Puestos en seguida en posición de batalla. En el fondo de la trinchera. más altos que las iglesias. im­ pulsada por los oficiales que en la coyuntura se revelaron dignos de las más gloriosas hazañas. hacia la izquierda. llevados a pulso. daba la emocionante impresión de una derrota. la aldea recrudeció su réplica. Los sertanejos desalojados de esos escondrijos. En parte. los soldados pudieron refugiarse en las casuchas abandonadas. Arremetía al azar. La iglesia nueva. al este. Saltando del hoyo y sin largar el arma. aparecían alrededor. Habían conquistado un diminuto suburbio de la ciudad bárbara y se sentían impotentes para ultimar la acción. uno a uno iban cayendo. hasta el Vaza-Barris. Ya no dieron un paso más. Y en todas. Tiros rápidos pero sucesivos. avanzó aún. otros se arrojaron temerariamente sobre la posición. Era el único árbol que por allí había. El suelo explotaba bajo los pies de la tropa. trasponía la última ladera. el jagungo se escapó entre las grutas de la ladera. Eran tierras minadas. Muchos quedaron atónitos por lo inconcebible de un fusilamiento en pleno des­ campado. La mayoría. fulminaba a la 6 ^ brigada. apareciendo por el lecho seco del río.estado mayor casi había desaparecido. Golpeado por las granadas que de allí venían y por la fusilería del este. repleta de muertos y heridos. cuyas primeras casas fueron finalmente alcanzadas a las diez de la mañana. poco a poco. La retaguardia. Las bajas abultaban. a ras del suelo descubrieron una cueva redonda por donde asomaba un rostro bronceado y duro. Se detuvieron. conver­ gían aceleradamente hacia la derecha. más de trescientos cartuchos vacíos demostraban que el foroz cazador había estado largo tiempo emboscado y a la espera. Y estando a pocos pasos. mientras desde lo alto de la Favela coronada de humo. los dos Krupps. La fuerza llegó hasta esa situación dominante cubriendo una línea discontinua y torcida que se prolongaba. los mismos restos de municiones revelaban la presencia reciente de un tira­ dor. se metían en otros y las nuevas trincheras en seguida retomaban las vivas descargas hasta el abandono y la posterior ida a otra. iniciaron un firme cañoneo. por delante. mien­ tras las secciones extremas de ese flanco. fulminada en un círculo de descar­ gas. completaron el ataque que consti­ tuyó la última arremetida de la tropa. Las balas incon­ tables golpeaban los tabiques de las casas donde se habían refugiado muchos soldados y los mataban ahí adentro. rudamente . sin embargo. hasta los fondos de la iglesia vieja. que decaía suavemente hacia la plaza de las iglesias. Otras. yendo en direc­ ción de un umbuzeiro todavía frondoso. estallaban las baterías del coro­ nel Olimpio de Oliveira. retrocediendo. Por entre ellos pasaron todavía. rechazando a adversarios que no veían. sobre la aldea. les dieron de frente. idénticas. concentrándose. salpicando el terreno. por la planicie desnuda y chata.

Este apareció después de hacer a pie. Al llegar. de carreras. como suele acon­ tecer en esos epílogos sombríos de las batallas. mostrando brutalmente la forma primitiva del coraje. Desorganizados los batallones. de gritos de cólera. cara marchita. Algunas eran como hombres. Eran igual­ mente imposibles el avance y el retroceso. atacaban a los invasores en un delirio de furia. El tumulto. morían con un estertor de fieras. encontró ya gravemente heridos. el comandante en jefe resolvió que se mantuviera la posición conquistada. de voces de comando. Tanteaban los bultos en busca de agua y harina. reclamaron la pre­ sencia del general Artur Oscar. Y no pocas veces caían por un disparo hecho a quemarropa. Ajenas al destino de los otros. La batalla iniciada a dos kilómetros continuaba más reñida al borde del caserío. Viejas de tez oscura. nada distinguían en la penumbra de las habi­ taciones estrechas y sin ventanas. caían a veces a mano de frágiles mujeres. cada uno luchaba por la vida. tiradas en el suelo y pateadas por los tacones de las botas. NUEVA VICTORIA DESASTROSA En medio de esta desastrosa confusión. cabellos greñosos y sueltos. escupiéndoles encima una trágica maldición. se vestía de heroísmo. se olvidaban del morador. formados con plazas de todos los cuerpos. los jefes de las brigadas y 4^ que habían avan­ zado hasta el cementerio. cayó por fin en una estrecha gruta que lo libró de un fusi­ lamiento en masa. el instinto animal de conservación. se había hecho una selección natural de valientes. junto a la iglesia nueva. casi estranguladas por las potentes manos. A su alrededor el desorden: vibraciones de tiros. el comandante del 59 de línea y al capitán Antonio Sales. imprecaciones y gemidos. En esa situación. al penetrar en las pequeñas viviendas. . Resolución que se imponía por sí sola.combatido. Una vez más. dentro de un rancho. Realizaron una rápida conferencia. la expedición se veía obligada a detenerse en una situación sin solución. al coronel Carlos Teles. el sol alcanzó el cénit. Soldados fuertes que venían jadeando por una lucha de cuatro horas. al final de un violento ataque. reduciendo la batalla al área en que se jugaban la vida. las fracciones combatientes actuaban por cuenta propia. mal protegido por las casuchas esparcidas por la vertiente. ojos llameantes. Perdidas todas las esperanzas. Y cuando se doblaban bajo el puño de aquéllos. un camino que fue un lance de coraje. en los primeros instantes. de cornetas. dentro de las cuales. no flaqueaban. En medio de esta situación grave y dudosa. Hambrientos y muer­ tos de sed. En los grupos combatientes reunidos al acaso. de gritos de dolor. arrastradas por los pelos.

3 19 y 389. allá tenían la esperanza del ataque y de la victoria. amenazadora. profesionales de la guerra. desafiando un choque mano a mano. En una gruta profunda que drenaba los flancos de la Favela. Al menos. El resto del día y gran parte de la noche. refugiados bajo los mismos techos y aumentando en tres mil almas la población del lugarejo sagrado. se ubicó el cuartel general. a su lado. era la muerte. junto al cemen­ terio. paralelo a la cara oriental de la plaza. que le enviaron las gentes de las tierras grandes. desbor­ daba de la depresión original hacia las colinas que la rodeaban. el 79. Estos trabajos imponían los máximos cuidados. Lo tenían a dos pasos. Y todavía se despreciaba al adversario que sólo se conocía de lejos. Ahora no quedaba ninguno de estos engaños. 329. y descendía en declive hacia la plaza. a la extrema izquier­ da. Allí estaba. una quinta parte de ésta que limitaba al este. enfrente. Allí estaba el jagungo. millares de entradas abiertas. pero inexpugnable. Al atardecer. sin muros. Comenzó a hacerse sentir el imperio de una situación más incómoda que la anterior. Desde este punto hacia la retaguardia. Las casas del lugar eran nuevas. En el flanco izquierdo. A su vez. se atrincheró el 59 de policía. extendiéndose hasta la orilla derecha del Vaza-Barris donde tomaba contacto con el 269 de infantería. la campana de la iglesia vieja batía calmosamente el Ave María y en seguida. se emplearon en la construc­ ción de los atrincheramientos. y después el 259. La ciudadela propiamente dicha no había sido tocada. En cada abertura de pared asomaba una espingarda y un ojo indagador. protegido por el ala de caballería y los batallones 149. resonaba la melancolía de los rezos. seguían el 259. éste se unía al 59 de línea por la margen opuesta. en su sorprendente crecimiento. La fusilería había aflojado pero para recaer en la prác­ tica acostumbrada de las emboscadas. Pero no le habían modificado siquiera el antiguo régimen.Al caer la tarde quedó inmovilizada en un área estrecha de la aldea. indomable. Cada paso de soldado fuera del án­ gulo de una esquina. poniendo delante de la invasión millares de puertas. adentrados en un dédalo de casuchas hacia el norte. La zona se extendía a lo largo. formada por los batallones 12 9. apartándose del caserío y cuidando el flanco derecho del campamento. la línea se curvaba. el 4 O9 y el 3O9. No se podía pasar más allá del temerario esfuerzo hecho. Canudos. Porque el enemigo vigi­ laba implacable. cerca. No lo atemorizaba la proximidad de sus enemigos. La tropa ocupó uno de los suburbios. . del seno amplio de la otra. en la Favela. de norte a sur. La línea avanzada de los cuerpos que más se habían adelantado se afirmó. en los fondos de la iglesia vieja. invitando a penetrar en la red inextricable de sus callejones tortuosos. 33 9 y 349. Sucesivamente. blindándose con piedras y tablas las pare­ des de las casas y eligiéndose puntos menos expuestos a los proyectiles.

que­ daron hipnotizados por el coraje personal de sus jefes y dominados por el prestigio de oficiales que. El paralelo es perfecto. al desorganizarse de esa manera hubiera estado perdida. aparte de las precipitaciones desas­ trosas que produjo. ese entusiasmo febril. Había tenido cerca de mil hombres: 947. los revueltos días de la República habían impreso. Ahora bien. y otros. La lucha por la República y contra sus imaginarios enemigos. con los caídos en los encuentros anteriores.Toda la agitación diurna había sido como un incidente vulgar y esperado. quedaron sitiados entre la oficialidad y los jagungos. combatían con la misma fe inagotable. En cierto modo. sobresalían las bajas de los oficiales de menor graduación y de los plazas. como un titán fulminado en caída prodigiosa. ca­ yendo sobre el enemigo como un dardo. Una tropa cuya fortaleza pesara exclusivamente sobre la disciplina. la reducían considerablemente. arrebatándolos en idealiza­ ciones de iluminados. reviviendo el desprendimiento demencial de los guerreros místicos de la Edad Media. Los modernos templarios. fue abatido junto con el caballo en la cumbre y rodó hacia abajo. entre vivas a la República. La expedición atravesaba una terrible crisis. y entre nosotros. gravemente heridos. Alféreces y tenientes habían desbaratado sus vidas de manera increíble. Serra Martins y Antonio Néri que vino a la tarde con el 7?. Después se contaron las hazañas de algunos: Cunha Lima. entre muertos y heridos y éstos. Wanderley. En las sociedades hay retrocesos atávicos notables. sin excluir a uno. la efigie del mariscal Floriano Peixoto fijada en medallas de bronce colgadas a la izquierda del pecho y morían saludando su memoria. Los que morían de tal manera a la entrada de Canudos. los resultados inmediatos del suceso la impresionaban demasiado. Pero los rudos soldados en cuyo ánimo moraban el desaliento y la incertidumbre. era una cruzada. muertos todos valientemente. . Además. estudiante de la escuela militar de Porto Alegre. sobre todo en la juventud militar. tenían. seguían avanzando tambaleantes por las líneas de fuego. En una escala ascendente. que herido en el pecho durante una carga de lanceros concentró su último aliento en el último ataque. desafiando a la muerte. fue la salvación del 18 de julio. que precipitándose al galope por la cuesta de la última colina. con el mismo delirio entusiasta y la misma dedicación y la misma aberración fanática con que los jagungos juraban por el Buen Jesús misericordioso y milagroso. Tres co­ mandantes de brigadas fuera de combate: Carlos Teles. dándole a la refriega rasgos singulares de heroicidad antigua. un lirismo patriótico que les desequilibraba el estado emocional. algunos sin poder sos­ tener ya la espada. aunque no llevaban la armadura bajo el hábito ni la cruz grabada en la empañadura de la espada.

hubieran sido fácil­ mente destruidas. no desembocar en la derrota. Pero una expedición reducida a poco más de tres mil hombres válidos. Aparentemente. se veía un gran espacio libre. parecían de nuevo poblados. Sobre el ánimo del jefe expedicionario había pesado el temor de un asalto nocturno ante el cual no habrían podido reaccionar. la orden del día decretaba el comienzo del sitio. pasó en relativa calma. Pero esa ilusión se apagó el mismo día del asalto. la estorbaba la aldea. se abría el desierto impenetrable. doblara luego hacia el oeste. Por ese lado quedaba abierta la extrema derecha. podían ser rodeadas. centenares de los cuales estaban resguardan­ do la Favela. Al día siguiente. Al norte y al este. La temporaria paralización de las operaciones parecía inevitable para atenerse a la defensa de la posición ocupada hasta que mayores refuerzos permitiesen nuevos esfuerzos. mal cerrada por el este. Las comunicaciones con la Favela se volvieron de inmediato muy difíciles. como había sucedido siempre desde el 27 de junio. Oficial­ mente. liberada del cerco atrincherado. una línea de mantas cosidas demarcaba un seg­ mento del diminuto cerco: un quinto de la enorme periferia de la aldea. Las frágiles líneas de defensa. Al oeste. contra la expectativa general. el doctor Tolentino. de hecho. Caían otra vez baleados los heridos que para allá se arrastraban. Los cerros barridos a cargas de bayonetas hacía pocas horas. su radio de acción había aumentado. aunque el adversa­ rio se lo permitiese. Al sur. los altos de la Favela llenos de heridos y enfermos la encerraban. Pero la situación fue resuelta por la inercia del adver­ sario. estaban en la torturante situación de no poder arriesgar ni un paso atrás ni uno adelante. Atravesar el campo conquistado se les . bordeando el río y siguiéndolo en su curvatura hacia el sur. Los sertanejos también claudicaban. prolongándose a la derecha y hacia el norte.EN LOS FLANCOS DE CANUDOS La noche del 18 de julio. entre las vertientes de la Favela y los primeros surcos del arroyo de la Providencia donde estaba el cuerpo policial. Para cerrar la circunferencia se hacía necesario un trazado que. del mismo modo que a la izquierda. era la expedición la que estaba sitiada. Como después de otros triunfos. El general Artur Oscar apreció seguramente el estado de cosas. Un circuito de seis kilómetros aproximadamente. Pero. Dos campamentos distintos parecían señalar una movi­ lidad mayor. y un médico. Pidió un cuerpo auxiliar de cinco mil hombres y armó los dispositivos que ga­ rantizaran a la fuerza triunfadora de modo tan singular. que en la tarde del combate había bajado por allí. aunque no pudiesen ser rotas. volviendo finalmente al este por la espuela de los Pelados. saltando las ondulaciones mayores del suelo en el primer escalón de las sierras del Calumbi y del Cambaio. quedó grave­ mente herido a orillas del río. y colocadas entre dos fuegos y contenidas de adelante por la aldea impenetrable. no podía sostener un sitio tan amplio.

Les espesaron las paredes con muros interiores. tenientes coro­ neles Tupi Caldas y Dante Barreto. Esta preocupación por una catástrofe inminente no se le ocultaba a nadie. Hasta es una exage­ ración llamarlo enemigo. Los comandantes de éstas. Por otro lado. a lo lejos. trescientos tiros! contra un bulto. Los jagungos sabían que podían matar dentro de las casuchas — frági­ les muros de barro— a los moradores intrusos. Y durante el correr de la noche que cerraba la trabajada jornada. Resultaba de la secuencia de los hechos. término extemporáneo. eufemismo que suplanta a "bandido famoso” empleado por la literatura marcial de las órdenes del día. se oían allí los tiroteos librados del otro lado. los que habían invadido el corto trecho de la aldea. pasaban gran parte del día de bruces sobre las aberturas. no habría dejado pasar. por cierto. en el laberinto de los ca­ llejones. observando el caserío y disparando las espingardas todas a un tiempo: ¡cien. . dos­ cientos. centralizado por la barraca del comandante en jefe. ca­ yendo escandalosamente en la misma guerrilla de emboscadas. en la vertiente opuesta. El sertanejo defendía su hogar invadido. estaban todavía a un paso del desastre. después de cruzar con su brigada la zona peligrosa y abierta del combate. El coronel Antonio Néri fue herido justamente cuando. un fósforo encendido despertaba las descargas. y comprendían "que un paso a retaguardia en cualquier punto de la línea central significaría la perdición total”. Un hilo de humo blanquean­ do en el techo de barro era una atracción para las balas. vencedores llenos de miedo emboscando a los vencidos. Distribuida la última ración — un kilo de harina para siete plazas y un buey para un batallón— restos del convoy salvador. se apiñaban en los ranchos ardientes como hornos y dejaban pasar las horas. ese momento en que la venganza revanchista tendría las características del mayor salvajismo”. . temerarios ambos. los proyectiles pasaban inofensivos. los dedos clavados en el cerrojo de la espingarda. no podían pre­ parar convenientemente la escasa refacción. Sobre el cuartel general. Pero el jagungo no era afecto a la lucha regular. al reverberar los mediodías calientes. Mientras los que lo amenazaban permanecían alejados. se refugió en una de ellas. Como ellos. Por la noche. Se imponía. de piedra o de tablas. nada más. indistinto y fugitivo. repe­ lidos por el ángulo muerto de la colina. los ojos fijos en las rajas de las paredes. Entonces se las convirtió en casamatas. copiaban línea a línea la reclusión que antes observaban a los jagungos. un trapo cualquiera. en las líneas avanzadas. más seguros. Y durante muchos días dominó todos los espíritus.volvió un problema serio a los conquistadores. Y así. visto de relieve. los rodeaban con trampas que . "Un enemigo habituado a la lucha irregular que supiese sacar partido de nuestras desventajas tácticas. los ojos fijos en los techos de los ranchos.

La expedición iba a gastar tres meses para hacer el camino de cien metros que la separaba del ábside de la iglesia nueva. Y a su luz fugaz se descubrían las torres de las iglesias. contra lo que era de esperar. antes de que acabasen las notas emocionantes de las alarmas. con la pérdida de varias cabe­ . siempre invertían los papeles. tres o cuatro titanes hambrientos y an­ drajosos. A la tarde. fustigados por los tiros. quemarían sus últimos cartuchos contra seis mil hombres. Los asaltantes eran los asalta­ dos. Esos asaltos súbitos.obstaculizaban el paso. Los bueyes. Otras veces. interminable. algunas reses para alimentar a la tropa. el comandante de la 7^ brigada. repentinos combates de cuartos de hora. murió. para vigorizar el rechazo. Avanzada la noche. tres o cuatro hombres anónimos. monótona. Y el último día de su resistencia increíble. aterradora. costando mucho volver a reunirlos. a veces quebrando un armisticio de minutos que los soldados de la vanguardia aprovechaban para hacer un descanso ilu­ sorio. Terminó el ataque pero la batalla continuó. los jagunqos acometían con osadía. en plena mañana esplendorosa y ardiente. sus últimos defensores. determina que se traigan otros dos cañones Krupps que estaban en la retaguardia. con preocupación por la defensa y el compro­ miso del desquite. A las doce y media fue herido en el campamento. el afrontarlos cara a cara. rápidamente trabados y rápidamente terminados. después de apuntar y disparar con el cañón de la derecha a una de las torres de la iglesia nueva. el teniente Tomás Braga. Esa defensa pertinaz y formidable comenzó el día 10 y no flaqueó más. como pocas en la historia. El comandante de la P columna. revela su carácter anormalmente bárbaro. se dispersan al cruzar el VazaBarris. sólo para definir una situación que desde ese día en adelante no cambió. atravesado por una bala. prolongados en largas horas de rela­ tivo reposo. Lo mostramos hasta el día 24 de julio. con la misma continuidad vista en la Favela: tiros que sur­ caban el espacio minuto a minuto. o tiroteos furiosos por todas las líneas. Pero cuando les golpearon las puertas y a golpes los sitiaron. Prosigue durante todo el día. cabeceando abrazados a sus carabinas. bajan con dificultad de la Favela. los fuegos ascendían ilumi­ nando ásperamente el firmamento oscuro. dentro de una casucha donde descansaba. Día 19— La fusilería enemiga comienza a las cinco de la mañana. Continúa por la noche. súbitos. A las dos de la tarde. NOTAS DE UN DIARIO Un diario minucioso 3 0 5 de la lucha de aquellos primeros días. les quedó como único expediente la resistencia a pie firme. Canudos sólo podría conquistarse casa a casa. El enemigo marcaba el momento angustioso de las refriegas y las provocaban siempre de sorpresa.

las cara­ binas pegadas a los pechos y se va generalizando de manera terrible. Los tres cañones sólo hicieron nueve disparos por falta de municiones. Tiroteos durante el día entero. contra su costumbre. Los últimos heridos son penosamente conducidos desde el campo de acción hasta el campamento de la Favela. Al volver. Día 2 3 — Amanecer tranquilo. provocando una réplica rápida y viru­ lenta de los tiradores protegidos por los muros de las iglesias. Los ca­ ñones de la Favela bombardearon hasta la entrada de la noche. Son repelidos por el 34 9 batallón y el cuerpo policial. una cabocla prisionera y una bolsa de harina. El mismo número de bajas de la víspera: un soldado muerto. Era un plan de Pajeú que había asumido la dirección de la lucha después de deponer a otros cabecillas. Día 2 2 — Sin aguardar la iniciativa del adversario. después de un movimiento envolvente inadvertido. Día 24—-Comenzó el bombardeo al salir el sol. rechazados. lo soportó sin réplicas. Los jagungos. Durante largo tiempo el impune cañoneo hace su matanza. un subalterno muerto. Día 2 0 — El campamento es súbitamente atacado cuando las cornetas de todos los cuerpos tocan diana. De punta a punta vibran decenas de cornetas. El ataque parecía querer cortar la retaguardia de la línea del frente. diez o doce plazas fuera de combate. Resultado: 25 hombres fuera de combate. Sólo por la noche se pueden distribuir las parcas raciones de comida a los soldados de la línea del frente.zas. Día 21 — Madrugada tranquila. durando el ataque hasta las nueve y media y siguiendo en adelante flojamente. dejando un saldo de quince muertos. Día rela­ tivamente calmo. Pocos ataques durante el día. El poblado. Toda la tropa se forma para la batalla. El teniente coronel Siqueira de Meneses sigue en reconocimiento por las cercanías. Un movimiento temerario. El asalto duró media hora. se oyen algunos estampidos por la derecha y en seguida son asaltados los cañones de ese flanco. declara que el enemigo está muy fuerte y que muy pocas casas de Canudos están en nuestro poder en comparación con el número de las que componen la población. caen impetuosamente sobre la retaguardia del campo de ba­ talla. volvieron unos minutos después. tiroteos cerrados. Pero a las ocho. la artillería abre el cañoneo a las cinco de la mañana. lo que fue imposible hacer de día por la vigilancia de los antagonistas. Por la noche. los jagungos. Se con­ sigue ajustar uno de los cañones trasladados. Se entabla la batalla cuerpo a cuerpo. Al toque de queda los jagungos atacan las líneas. Los schrapnells de la Favela caen allá adentro y estallan como si golpeasen en una tapera vacía. Si la cortaban caerían sobre el cuartel general y pondrían a los sitiadores entre dos fuegos. Resultado: un comandante superior herido. atacando otra vez con mayor rigor sobre . Repentinamente. asalto vio­ lento por los dos flancos. Pocas bajas. a las seis de la mañana. una hora después. A las nueve de la noche.

Es como la oscilación de un ariete. . Antonio Nunes Sales. Las trincheras de la línea sitiadora se hacían en esas intermitencias y sólo por la noche se podían distribuir las raciones insuficientes para los hambrientos solda­ dos y podían éstos llevar cantimploras y marmitas hasta los pozos de agua del Vaza-Barris. dándole a la campaña una monotonía dolorosa. buscando el agua que les aplacase una sed larga­ mente soportada. El nuevo ataque repercutió en las líneas del flanco derecho. Toda la fuerza descarga sus armas contra la aldea. presagiaba que el ejército derrotaría en un solo asalto a los rebeldes. La travesía de Cocorobó. Para distraer al enemigo. Desde lo alto atruenan todas las baterías de la Favela. . Si los mismos combatientes. Al mediodía cesa la lucha. elabora­ sen conjeturas inestables y además falsas. Desde el principio se habló de la victoria. Costosamente repelidos. Un repentino silencio desciende sobre los dos campos. un nuevo asalto todavía más impetuoso. Un tiroteo constante durante la noche y hasta la madrugada. . . poco desta­ cadas.la derecha. Noticias disper­ sas provenientes del campo de lucha o algunos telegramas le señalaban al combate un desenlace en tres días. Hieren al comandante del 33?. El día 2 5 . De nuestro lado también hay muchas bajas. El impetuoso Pajeú cayó mortalmente herido. Se rechaza al enemigo. Se forman todos los batallones. entre otros. A la una. TRIUNFOS POR EL TELEGRAFO Estos hechos llegaban a las capitales de los Estados y de la República completamente deformados. se comprobó la inanidad de los esfuerzos por inventar triunfos. evitaban cual­ quier juicio sobre su situación. Pasados quince. Así se iban los días. el capitán Joaquim Pereira Lobo y otros oficiales. y a muchos oficiales y plazas. . De lo expuesto se puede inferir que esto era inevitable. . muere el teniente Figueira de Taubaté 3 0 6 . en los contrastes y sucesos. . retroceden hasta las primeras casas no conquistadas de donde reanudan el tiroteo cerrado y continuo. es natural que los que observaban desde lejos el drama desarrollado en la profundidad de los sertones. es herido el comandante del 33?. el co­ mandante en jefe decide que tiren los cuerpos del flanco izquierdo que no fueron atacados. como los otros. Ese día. Se veía una vez más que los jagungos habían roto el círculo de las bayonetas. las mismas escenas. De modo que mientras la expedición se deshacía en la Favela y caía agotada por una sangría increíble en un pedazo de Canu­ dos. sabida de antemano. la opinión nacional tejía extravagancias balanceando las más aventu­ radas hipótesis que atiborraban los periódicos.

deslumbrante e implacable. A despecho de las órdenes del día que cantaban victorias. Entonces comenzaron a andar lastimosamente por los caminos los desechos de la campaña. comenzaron a salir hacia el litoral. y en la atmósfera ardiente. Se agotaban los arroyos efímeros de lechos llenos de piedras. como en los oueds africanos 3 0 8 . Los vomitaba el morro de la Favela. La gran mayoría a pie. se iba llenando de dudas hasta adquirir casi la convicción de una derrota. Joáo Abade era un Charrete de sombrero de cuero 3 0 7 . VI POR LOS CAMINOS. las gramíneas pardo oscuras reflejaban ya la acción del incendio sordo de la sequía. en busca de la capital de Bahía. Después del día 18. en redes de caroá o camillas hechas con palos. otros cabalgando penosamente sobre animales rengos y temblorosos. salían de allí los agonizantes y los lisiados. sin embargo. con resignación en la región asolada por la guerra. quemando la tierra. Se miraba hacia la historia con una visión invertida: el bronceo Pajeú emergía con el aspecto dominador de Chatelineau. Los árboles se doblaban marchitos. arrastrándose por el suelo. o apiñados en carros lerdos. apagándose de repente a la noche. Era la entrada del verano. Juá. Salían casi sin recursos. irrum­ piendo de golpe en las mañanas doradas. la ansiedad general creció. Diaria­ mente. los documentos vivos de la catástrofe. . sin cambios.El espantajo de la restauración monárquica oscurecía de nuevo el ho­ rizonte político. El sertón empezaba a mostrar un aspecto triste de desierto. Desde la zona de operaciones llegaban telegramas paradojales y deplorables. desde el 27 de julio. desde el cielo sin nubes. los enfermos más graves. LOS HERIDOS El traslado de los enfermos y heridos a Monte Santo era urgente. hundiéndose. cansados de privaciones. por donde tenues hilos de agua afluían impercepti­ blemente. los sertanejos aparecían como los ckouans después de Fontenay. sin auroras y sin crepúsculos. perdiendo día a día sus hojas y flores. Más verídicos. La luz cruda de los días claros y calientes caía. La noticia del ataque empezaba entonando cánticos triunfales y poco a poco. Así partieron los primeros grupos protegidos por plazas de infantería hasta el extremo sur de la zona peligrosa. Se ceñían a una sola norma: ¡Bandidos acorralados! ¡Victoria cierta! ¡Dentro de dos días estará en nuestro poder la ciudadela de Canudos! ¡Fanáticos visiblemente derrotados1 . en sucesivas levas.

se aventajaban. todo su ardor parecía paralizar el ambiente purísimo y reflejado por el suelo. Y arancando tubérculos de umbuzeiros. Algunos. cuando encontraban algún rancho. Ahí estaba la huella que habían recorrido hacía un mes. al atardecer. la caravana se detenía en los sitios más adecuados para el descanso. transidos de fati­ gas. andaban lentamente. dispersos. a la sombra de ipueiras rasas que salpicaban pequeños sitios sombreados por las ramas verdes de los icozeiros. caía en laderas resbaladizas. mientras otros. mal saciada por las aguas impuras del sertón y arrastrados por el hambre. aumentaba su intensidad. impávidos ante cualquier encuentro con el adversario esquivo. aguijoneados por la sed. La ferocidad del jagungo cedía ante el sal­ vajismo de la tierra. se presentía la invasión periódica del régimen desértico sobre esos parajes desgraciados. se dejaban estar. a la orilla de algún curso de agua invisible pero donde la humedad remanente todavía alimentaba el follaje de las caraibas y baraúnas altas. Ahora parecía más áspera y difícil. Salían unidos de la Favela. Las marchas sólo podían hacerse a las primeras horas de la mañana o al caer la tarde. Apenas arreciaba el sol había que interrumpirlas. alejándose de sus compañeros lentos. apenas protegido por una vegetación rala. en grupos que poco a poco se dividían por los cami­ nos. fragmentándose en grupos más pequeños. fascinados por sus cuatro mil bayonetas. bajando los últimos frutos de los árboles deshojados. junto a los tanques todavía llenos de los corrales abandonados. A los pocos días. sacudidos por el ritmo de las cargas. torcían el rumbo y se metían por las caatingas en busca de la flora singular abundante de frutos y espinos. Los más fuertes o los mejor montados. chupando los tallos húmedos de los cardos espinosos. disueltos al fin en cami­ nantes solitarios. y según el vigor de cada uno. avanzando sin orden. la tortuosa ruta del Rosario se había llenado de fu­ gitivos. Se olvidaban del enemigo. se empinaba en cerros. las noches frías. reanuda­ ban su ruta. o a falta de éstos. Acampaban. Al mismo tiempo. quietos. a la sombra de los arbustos marchitos. El clima caía en variaciones extremas: los días quemantes. Los acompaña­ ban conducidos en redes a hombros de soldados fuertes. se separaban del camino. reflejándose en todas las quebraduras de la tierra.en el suelo agrietado y polvoriento. sus rayos brillaban ofuscantes sobre las serranías y por el aire irres­ pirable y caliente pasaban como fulguraciones de quemazones intensas extendidas por la planicie. contorneaba montañas. mal recompuestas las fuerzas. . los oficiales heridos. cortando camino hacia Monte Santo. A partir de las diez de la mañana. caracoleaba en curvas sucesivas. Ese mismo día. La gran mayoría no los seguía. disueltos por los caminos.

el caserío donde los sertanejos pre­ pararon la emboscada del gran convoy de la expedición Artur Oscar. Y un resonar casi festivo de voces. El rancho desolado se animaba durante algunas horas. mostrando al pie. pedazos de mantas. Y alrededor. vacíos. ya muerto. sin variantes en su triste aspecto. donde. recordando la matanza de marzo. adrede dispuestos en una escenografía cruel. subiendo por el aire como brazos torturados. En las cercanías de Umburanas. formas desvanecidas de montañas roídas por las fuertes lluvias. Ranchos paupérrimos. los ojos llameantes y el pelo erizado. mantas y uniformes hechos pedazos. cercas invadidas por el matorral. pesado. Morros hundidos. Los más fuertes enderezaban en seguida hacia el pozo de agua poco distante. la misma naturaleza bárbara. corra­ les roídos por los incendios. como si el ramaje muerto se desarrollara en flores sangrientas. Se armaban redes en los cuartos exiguos. durante semanas o meses. los jagunqos habían cubierto de fantástica floración la vegetación raquítica y marchita: de los gajos torcidos de los angicos pendían restos de unifor­ mes. levantando el dique de acero de sus divisiones de artillería. recordaba por unos instantes la época feliz en que los matutos pasaban allí sus horas tranquilas en la paz del sertón. desarticulándose en bloques amontonados. antiguos cultivos abandonados. los bordes del camino mostraban los huesos blancos. y por todos lados. saltando de las ventanas. surgían acá y allá. se ataban las muías en las estacas del corral desierto. colorados y azules. indelebles. rompientes. se extendían por las cercas capotes. con su rasgo de lúgubre ironía. en una vuelta antes del Angico. el coronel Tamarinho. una vegetación agonizante y raquítica.Y volvían a ver. metiéndose a todo correr por los pastizales. el esqueleto íntimo de la tierra en apófisis rígidas. Cerca del Rancho do Vigário. porque los había abandonado el vaquero que huía de la guerra o el fanático que había marchado hacia Canudos. el punto en que Salomáo da Rocha había subido por unos minutos delante de la ola rugiente que se venía encima de la columna Moreira César. planicies desnudas y chatas como llanos inmensos. resistiendo la atrofia. que tendrían que hacer la . en las cercanías de Aracati y Jueté. en trazos violentos de cataclismos. y centenares de murciélagos volando tambaleantes en los techos oscuros. en los troncos de los árboles del patio. Inmediatamente eran invadidos mientras otros huéspedes los dejaban: las zorras ariscas y miedosas. pantalones carmesí o negros. los trechos memorables. el rastro de las expedicio­ nes anteriores. dibujando. más allá. reptando por el suelo. brotada en una maraña de ramas retorcidas. más allá de las Baixas. de puertas abiertas al camino. ranchos derruidos. en la sala sin piso. en el fondo de las bajadas húmedas. asombrados. el arroyo seco y la ladera a pique por la que había caído de su caballo. y afuera. olvidados de los retrasados y de los que ven­ drían después.

Por días. . . los compañeros liberados a su vez por la muerte. esperando el amanecer para reanudar el éxodo. Los torturaban alucinaciones crueles. des­ pués de pocos pasos. hasta repul­ sivos. Dejaban el lugar temido. . Valientes endurecidos en el régimen brutal de las batallas tenían sobre­ saltos de pavor ante las cosas más comunes y velaban cautos. miserables. algunos bueyes — perdidos de las grandes manadas diezmadas por la guerra— al advertir de lejos el alboroto en el paraje de su querencia. el rancho donde habían sufrido su primera yerra. alimentaban temores infantiles. afinando el oído para percibir los rumores vagos y lejanos de las planicies. Allá quedaban. agonizando en un abandono absoluto. avaramente desbordantes. Volvían con las cantimploras y marmitas llenas. veloces. Algunos. Y la noche caía repleta de amenazas. al pasar. Morían. rígidamente quietos. quedaban exhaustos en una curva del camino. . a lo lejos. como restos de fogatas alrededor de las cuales podían aguardarlos numerosas emboscadas. El suelo duro des­ pedazaría los picos oponiéndoles su consistencia de piedra. Venían en una alegría ruidosa y fuerte. La turba hambrienta los rodeaba en tumulto. Y después de esos incidentes providenciales. se bañaban. Atronaban las espingardas. eternamente olvidados. casi felices por el contraste de antiguas penurias. con las lluvias pasajeras. No los enterraban. Los carneaban. No pocas veces. Cualquier estallido en la vege­ tación les parecía la percusión de gatillos haciéndoles pensar en súbitas descargas. . Entonces. semanas y meses sucesivos los viajeros. los asaltaba una idea estremecedora: ¡un ataque de los jagungos! Inermes. andrajosos. mu­ giendo. Y después de fatigarse en correrías. . . los cuerpos enfermos arremetían enloquecidos con los animales sorpren­ didos que escapaban en seguida a esconderse en el matorral bravio. en algún rincón. No tenían tiempo. La mañana los liberaba. a despecho de las fatigas. . en esa quietud breve. mientras las guirnaldas fosforescentes de los cumanas irradia­ ban en las sombras. . El adversario que se había enfrentado con las brigadas ague­ rridas los podía matar cruelmente en pocos minutos. irritando en los espinos las heridas y agravando la fiebre. quedaban hartos. Irrumpían al trote en el campo circundante. Buscaban al vaquero amigo que antes los campeaba y los traía de vuelta al son de los cantos conocidos y lo sabía llevar a los buenos pastos y a las aguadas frescas. lavaban a sus caballos sudados y polvorientos y limpiaban sus heridas en el líquido que sólo se renueva de año en año. dos o tres animales. Reanimados. hacia allá marchaban. . mataban al fin uno. los veían en la misma postura: extendidos a la . en tiroteos que parecían propios de combates. con gritos discordantes. Desaparecían. Y recibían una recepción cruel.misma parada obligatoria. echados en el desierto como trastos inútiles. Nadie se fijaba en su falta.

con la apariencia exacta de un comba­ tiente fatigado que descansa. transformando en pocos días a esos desiertos en prados. en busca del litoral. habían copiado los hábitos del sertanejo. Parecen reflejar singulares apariencias de vida: las suQuaranas que no pudieron escapar hacia otros parajes. Entre ellos no quedaba ningún resabio de organización militar. La tierra. por adaptación. huyendo de la sequía. parecían familias en éxodo. Permanecen intactos. Los primeros aguaceros barren de golpe esos espantajos siniestros. completaban el espejismo. Calzaban duras alpargatas. Los fortalecía. amantes de soldados. Quien se aventura en los veranos ca­ lientes a hacer la travesía de los sertones del Norte. el sertón seco y brutal. el brazo derecho arqueado sobre la frente como para resguardarse del sol. apenas aparezcan las condiciones exteriores favorables. parecen esperar también la vuelta de las épocas buenas. . como si los cuerpos fueran devo­ rados por llamas voraces. despojada de toda humedad. la fauna resistente de las caatingas que queda aniquilada. el pescuezo estirado en busca de un líquido que no existe. Apenas marchitaban. La mayor parte. muertos desde hace tres o más meses. los bueyes flacos. no impresionaban. cuarteleras de rostro de cala­ vera. sin descomponer. de energías adormecidas. En­ tonces la descomposición es vertiginosa. la piel se arrugaba y permanecían largo tiempo al borde de los caminos como momias aterradoras vestidas de uniformes andrajosos. se acostumbra a cua­ dros singulares. . imperceptible y sorda. Y como los árboles desnudos. Realiza en alta escala. retorcidas. ni el uniforme en jirones los distinguía. sin que los insectos les alteren los tejidos. El terror y la imagen de su propia miseria vencían el cansancio de las caminatas hechas. agrupados en manadas inmóviles. Los fugitivos avanzaban observando esos escenarios lúgubres. a los seres que sobre ella viven. Los apu­ raba el pensamiento exclusivo de dejar. prontas a explotar de golpe. el hecho fisiológico de una existencia virtual.sombra de las ramas secas. La atmósfera reseca y ardiente les conservaba los cuerpos. . caídos sobre las patas resecas. en el menor tiempo posible. originando resurrecciones sorpren­ dentes. inmovilizando. Es la succión formidable de la tierra. y el hombre que sucumbe a la fulminante insolación. Finalmente. las garras fijas al suelo como en un salto paralizado y a la orilla de los pozos de agua secos. arreba­ tándoles todos los principios elementales para la resurrección triunfal de la flora. se cubrían con sombreros de cuero. con la llegada de las primeras lluvias se cubren de exuberantes flores. . Algunas mujeres. . y ves­ tían camisas de algodón. las aves que caen muertas de los aires quietos. No se descomponían. los lanzaba deses­ peradamente camino afuera. al derivar hacia el ciclo de las sequías. parece caer en una vida latente.

vacío. los reanimaba. levantada sobre un cerro amplio. acampaban en la única plaza grande. La población lo había abandonado. por un radio de pocos kilómetros. el sitio de Juá. Y recibían por la espalda miradas amenazadoras de los que les envidia­ ban los caballos ligeros. el general Savaget. compuesto por otra tapera de barro en la ladera de una loma. la capilla blanca. por la cual baja el campo sombreado de juázeiros altos.Oficiales ilustres. a la distancia de una legua. reanu­ dando la travesía. cada uno se largaba hacia Queimadas. como si proyectara en el firmamento una señal azul cariñosa y amiga. bajo el cauterio de los calores insoportables. de aspecto casi señorial. volvían heridos o enfermos. huyendo amedrentada tanto del jagungo como del soldado. apenas lo protegía por un día. era un desierto metido entre paredes y ahogado en la trama de algunos callejones llenos de detritos y de los desperdicios repugnantes de los bata­ llones que allí había acampado. huyendo de la amistad molesta de los mur­ ciélagos en las casas abandonadas. calle Capitán Salomáo— agravaba la ingrata región. Se transfigura en pequeñas serranías orladas de viva vegetación y los viajeros. la naturaleza es otra. Monte Santo y Calumbi. disputándose la sombra del viejo tamarindo. los caminantes. Pasaban y desaparecían velozmente. más deplorable que el desierto franco. Al día siguiente. Eran otras dieciséis leguas extenuantes. casas ex­ tendidas por un escalón suavemente inclinado de la abrupta montaña. Estaban a la entrada de lo que se llamaba "base de operaciones” de la campaña. Al llegar. desprovisto de todo. se destacaba nítida. con sus callejas torcidas condecoradas con nombres sonoros — calle Moreira César. levantando nubes de polvo. Pero era el pavor de todos los heridos y enfermos. No recibían respetos. Después de cuatro días de marcha. Pero al alcanzarla volvía la desesperanza. Al día siguiente proseguían hacia Monte Santo. Se creían a salvo. durante algunas horas. nada más. Pero les faltaba otro día de camino para llegar al Caldeiráo Grande. El poblado muerto. con las aguas represadas de un riacho al pie. En un caserón oscuro habían fantaseado un hospital militar. inútil. Allí. De suerte que la aldea. purificado por el sol y barrido por el viento. los coroneles Teles y Néri y otros. Eran compañeros menos infelices. al lado del barracón de feria. Y después de dos horas de camino. pierden la obsesión embrutecedora de las planicies estériles y de las sierras desnudas. en cuyo vértice. la mejor estancia de esos parajes. los más dicho­ sos llegaban a la trifurcación de los caminos del Rosario. Todavía era el desierto. cayendo en la caatinga según el dicho de los matutos. temprano. otros seis u ocho días de amarguras. Aparecía riente en las lomadas amplias. en una monotonía más insoportable que las marchas y las batallas. Una guarnición exigua había tomado la plaza y pasaba allí sus días. . la aparición de la pequeña aldea. pasando por medio de esas bandas con indi­ ferencia demente.

que venían . Después hicieron francos asaltos. Primero pidieron con cólera. en Calcada 3 0 9 . Los fugitivos. por Quirinquinquá. rudamente víctimas. como era necesario inventar una diversión estúpidamente dra­ mática que los distrajera por algunos instantes de sus profundas agonías. soportaban los últimos tramos de su penoso éxodo. llevadas por el viento. que parecía una ranchería de troperos. se desoló. tomando unos tizones llegaban al colmo de la maldad. hacían saltar las puertas a golpes de sus armas. Y nunca había podido imaginar que tuviera un aspecto tan dramático. en marcha hacia el litoral. Entonces. las llamas en­ vueltas en rollos de humo. enton­ ces tan poblado. Y aquel camino. por todos los receptáculos de aguas verdosas y sospechosas. donde pasaba la vida de los matutos. El viento del nordeste se encargaba de esparcir el fuego por la caatinga seca. Les revolvía el alma. . Enfermos y heridos. Tomaban los trenes y bajaban en Bahía. ampliando el círculo de ruinas de la guerra. en irresistibles conatos de destrucción. irritando más que intimidando. brutalmente victimarios. Incendiaban los ranchos. En poco tiempo. al mismo tiempo miserables y malvados. levantadas sobre una ancha base de granito. en grupos que trasudaban alaridos. subían a los morros repentinamente encendidos como cráteres. lugarejo minúsculo. por Serra Branca.sujetos a las paradas inevitables en los pozos de agua. . La multitud desbordaba la estación terminal de la línea férrea. con­ templando el paso del triunfal heroísmo. rodaban por las quebradas. Las soldadescas iban causando estragos. Y llegaban a Queimadas dispersos y exhaustos. las trasponían. PRIMERAS NOTICIAS CIERTAS Los aguardaban con ansiosa curiosidad. se acercaban a los ranchos apelando a la hospitalidad in­ condicional de los tabaréus. Los heridos llegaban en estado miserable. Se sacudían en temblores de emociones nunca sentidas. de aspecto festivo. todos los días. Prolongaban por las calles de la ciudad la ola repulsiva de sus trapos y lastimaduras. les escandalizaba ver el cuadro tranquilo de esos hogares pobres. por Cansando. a salvo. algunos casi moribundos. bajo la sombra de los ouricurizeiros. dos casas tristes. Por fin iban a llegar las primeras víctimas de la lucha que había mantenido en vilo la atención del país entero. refinando sus tropelías. mientras las familias sertanejas escapaban a esconderse en los pastizales. rodeadas de mandacarus. una decena de casuchas. y se derramaba por las calles próximas hasta el fuerte de Jequitaia. y la que­ mazón se derramaba por muchas leguas a la redonda. Después. imprecaciones y frases estremecedoras de angustias. impulsivamente. inspi­ rando piedad y odio. como si fueran restos de una caravana de bárbaros. por Jacurici.

sin combinaciones previas.rodando por los caminos sertanejos como reflujo repugnante de la campaña. el pueblo se constituyó en tutor natural de los enfermos. Esta desnudaba por primera vez su realidad. Como siempre sucede. el 11 fueron 400. Un gran número de personas identificadas por la misma conmoción. interrumpida por llantos. andrajos de capotes en tiras. revestidos por el mismo uniforme inclasificable: pan­ talones en harapos que apenas los tapaban. ciertamente. el 14 fueron 270. En el Arsenal de Guerra. Los días de visita invadía los hospitales en masa. Los heridos eran como una dolorosa revelación. en camillas. en una ala­ cridad singular. Pero. jamás habían tenido tan bella consagración del futuro. presas en el mismo contagio y sugestionadas por las mismas imágenes. venían indistintos. La vasta ciudad se convirtió en un hogar. Duplay. el 8 . Los días transcurrían entre multitudes ruidosas. jirones de chaquetas sobre los hombros. con los que estaban en mejores condiciones conversa­ ban sobre las pruebas sufridas y los arriesgados lances sucedidos y al dejar esos trágicos exponentes de la guerra se llevaban un juicio sobre la lucha más brutal de nuestros tiempos. Claude Bernard. Oficiales y soldados. traían en las caras cadavéricas y en los cuerpos doblados la imagen más conmovedora de la campaña. silencioso. se vuelve exponente del sentir de cada uno y vibrando al unísono todas las almas. auxiliándolos en las calles. abriéndoles sus casas. religiosa­ mente. rápidas. Aventajándose al gobierno. en los cuerpos heridos de bala y espinas. el 12 fueron 260. todas las individualidades se apagaban en el anonimato ennoblecedor de la multitud piadosa que pocas veces apareció tan digna en la historia. pero de algún modo daban aliento. La población de la capital los recibía conmovida. fueron 150. en las calles y en las plazas. el sentimiento colectivo ampliaba las impresiones individuales. Pasteur 3 1 0 . por contraste inevitable. camisas destrozadas. en medio de expansiones discordantes. espontáneas. Todos los días llegaban centenares: el 6 de agosto fueron 216 plazas y 26 oficiales. uniformados por la miseria. Que surgían al azar. . como si se desencadenaran por movimien­ tos impulsivos. dándole al conjunto los rasgos de una miseria trágica. animándolos. vibraba un entusiasmo intenso. el 18 fueron 53 y así en más. en la Facultad de Medicina. arrastrándose pe­ nosamente. Se organizaron comisiones patrió­ ticas para recibir donativos que espontáneamente surgían numerosos y constantes. se improvisaron enfermerías. en los conventos. arruinados a golpes. apareciendo y desa­ pareciendo en cuartos de hora. por medio de los cuales se hacía la sombría conmemoración del heroísmo. En cada uno de estos lugares los gloriosos mutilados fueron puestos bajo el patrocinio de algún nombre ilustre: Esmarck. Era un desfile cruel. en los hospitales. Se acercaban los visitantes a los lechos como si en ellos tuvieran a viejos conocidos. Los mártires recibían ovaciones de triunfadores. Cojeando. ampa­ rándolos. sobre esa conmiseración profunda y general.

En aquellas crueldades se retrataba la energía de una raza. Aquellos hombres que llegaban dilacerados por las garras del jagungo y de la ve­ getación reflejaban el vigor de un pueblo puesto a prueba, a prueba de fuego, a prueba de hambre. Impresionadas por el cataclismo de la guerra, las capas superficiales de una nacionalidad sacaban a luz sus elementos profundos en esos titanes resignados y estoicos. Y por sobre todo, un pen­ samiento no esbozado siquiera pero igualmente dominante, latente en todos los espíritus: la admiración por la osadía de los sertanejos incultos, hombres de la misma raza, enfrentados a los cuales se despedazaban de ese modo batallones enteros. . . Y un largo temblor tonificante vibraba en las almas. Se hacían rome­ rías hacia el cuartel de la Palma, donde estaba herido el coronel Carlos Teles; a Jequitaia, donde convalecía el general Savaget; y cuando este último pudo arriesgar algunos pasos por las calles, paralizó completa­ mente toda la algarabía comercial de la ciudad Baixa, en una ovación espontánea e inmensa que, irradiando de repente y congregando a la población alrededor del heroico jefe de la 2 ^ columna, transformó un día común de trabajo en día de fiesta nacional3n.

Sobre esta agitación llegaban diariamente pormenores que la aumentaban. Por fin, positivamente, con rigor matemático, se conocía la extensión del desastre. Era sorprendente. Desde el 25 de junio en que había cambiado los primeros tiros con el enemigo hasta el 10 de agosto, la expedición había tenido 2.049 bajas. En el total entraba la 1^ columna con 1.171 hombres y la 2^ con 878. Discriminadamente los guarismos eran éstos: " P columna. Artillería: 9 oficiales y 47 plazas heridos; 2 oficiales y 12 plazas muertos. Ala de caballería: 4 oficiales y 46 plazas heridos; 30 oficiales y 16 plazas muertos. Ingenieros: 1 oficial y 3 plazas heridos; 1 plaza muerto. Cuerpo de policía: 6 oficiales y 46 plazas heridos; 3 oficiales y 24 plazas muertos. 5 9 de infantería: 4 oficiales y 66 plazas heridos; 1 oficial y 25 plazas muertos. 79: 8 oficiales y 95 plazas he­ ridos; 5 oficiales y 52 plazas muertos. 99: 6 oficiales y 59 plazas heridos; 2 oficiales y 22 plazas muertos. 149: 8 oficiales y 119 plazas heridos; 5 oficiales y 22 plazas muertos. 159: 5 oficiales y 30 plazas heridos; 10 plazas muertos. 169: 5 oficiales y 24 plazas heridos; 10 plazas muer­ tos. 259: 9 oficiales y 134 plazas heridos; 3 oficiales y 55 plazas muer­ tos. 27? : 6 oficiales y 45 plazas heridos; 24 plazas muertos. 309: 10 oficiales y 120 plazas heridos; 4 oficiales y 35 plazas muertos. " 2 ^ columna. 1 general herido. Artillería: 1 oficial muerto. 12 ? de infantería: 6 oficiales y 120 plazas heridos; 1 oficial y 50 plazas muer­

tos. 269: 6 oficiales y 36 plazas heridos; 2 oficiales y 22 plazas muertos. 319: 7 oficiales y 99 plazas heridos; 4 oficiales y 48 plazas muertos. 32°: 6 oficiales y 62 plazas heridos; 4 oficiales y 31 plazas muertos. 33? : 10 oficiales y 65 plazas heridos; 1 oficial y 15 plazas muertos. 349: 4 oficiales y 18 plazas heridos; 7 plazas muertos. 35°: 4 oficiales y 91 plazas heridos; 1 oficial y 22 plazas muertos. 409: 9 oficiales y 75 plazas heridos; 2 oficiales y 30 plazas muertos”. Y la hecatombe progresaba con una media diaria de ocho hombres fuera de combate. Por otro lado, los adversarios parecían disponer de extraordinarios recursos.

VERSIONES Y LEYENDAS Todo se transfiguraba en dimensiones exageradas por imaginaciones superexcitadas. Un reciente mensaje del Senado Federal donde había gol­ peado también la ola general de conmoción, requiriendo en vehementes declaraciones que se esclarecieran denuncias sobre si se habían despa­ chado desde Buenos Aires con destino a los puertos de Santos y de Bahía, armas que parecían destinadas a los amigos del Conselheiro, de­ muestra cómo las fantasías ampliadas por el nerviosismo general adqui­ rían visos de realidad. Completaban el mensaje las noticias aparecidas en los órganos más serios 3 1 2 de la prensa de los países americanos, lo que al mismo paso, reflejaba el modo de pensar de esas repúblicas. Quizá el de mayor peso de América del Sur * después de referirse a los curiosos sucesos de la campaña, le agregaba pormenores de un simbolismo extraño: "Se trata de dos misivas que, con intervalo de dos días, recibimos de la Sección Buenos Aires de la unión internacional de los amigos del imperio del Brasil comunicándonos que por orden de la sección ejecutiva, en Nueva York, la referida Unión tiene todavía una reserva de no menos de 15.000 hombres — sólo en el estado de Bahía— para reforzar, en caso de nece­ sidad, el ejército de fanáticos; además de 100.000 en varios estados del norte del Brasil y más de 67.000 en ciertos puntos de los Estados Unidos de América del Norte, prontos a salir en cualquier momento hacia las costas del ex imperio, todos bien armados y preparados para la guerra. También tenemos, agregan las misivas, armas de los sistemas más mo­ dernos, municiones y dinero en abundancia. "De una redacción, caligrafía y ortografía correctas, estas enigmáticas comunicaciones traen en el encabezamiento la misma inscripción que las suscribe, escritas con tinta que hace recordar la violácea coloración de los muertos, destacándose las mayúsculas con rojo, el rojo color de la sangre.
* La Nación de Buenos Aires, 30 de julio.

"Ante el cuadro formidable de hombres y armas que nos presentan los misteriosos amigos del imperio, de forma no menos misteriosa, no podemos menos que pensar en una de aquellas terribles asociaciones que forjan en las cuevas sus planes de destrucción o en algunos caballeros dados a la mistificación. "Mientras tanto, por lo que pueda haber de verdad en el fondo de todo esto, es que lo hacemos constar y acusamos recibo de las repetidas mi­ sivas”. Se creía. La cuarta expedición había sucumbido en el territorio de la guerra. Lo decían insospechados informes. Sólo del municipio de Itapicuru, se afirmaba, habían partido 3.000 fanáticos hacia Canudos condu­ cidos por un cura que rechazando los principios ortodoxos iba allá a co­ mulgar con las tonterías abstrusas del cismático. Por Barroca pasaban cen­ tenares de bandoleros armados siguiendo el mismo rumbo. Se citaban los nombres de los nuevos cabecillas. Apelativos funambulescos como los de los chouans: Pedro el Invisible, José Gamo, Caco de Ouro, y otros. Agravando estas conjeturas, venían noticias verdaderas. Los sertanejos andaban por el sertón en expediciones atrevidas: atacaron el puesto de Mirandela, guiados por Antonio Fogueteiro; atacaron, tomaron y saquea­ ron la Vila de Santa Ana de Brejo; andaban así por todas partes. Se ex­ tendían por los campos mostrando rasgos de una estrategia segura. Ade­ más de la aldea, tenían dos nuevas posiciones de primer orden: las ver­ tientes caóticas del Caipá y las cuerdas de cerros alrededor de la Várzea da Erna. Desbordando de Canudos, la insurrección se explavaba por los lados de un triángulo enorme en el que podían inscribirse cincuenta mil bayonetas. Los convoyes que partían de Monte Santo, aunque reforzados, no por batallones sino por brigadas, hacían un viaje accidentado, obstaculizado por constantes asaltos. Alcanzado el Aracati, era indispensable que vinie­ sen de Canudos dos o tres batallones para protegerlos. El siniestro tramo de camino entre el Rancho do Vigário y las Baixas, era el pavor de los más probados valientes. Era el sitio clásico de parada de los bueyes v de la dispersión de los cargueros espantados por los tiroteos vivos, atrope­ llando pelotones enteros en su retroceso feroz de fuga. En esos encuentros sucesivos, adrede hechos para perturbar las mar­ chas, comenzó a observarse una variante del jagungo, aue lo auxiliaba indirectamente. Entre los claros de las ramas pasaban veloces, en el ver­ tiginoso vagar de las guerrillas, brillos de botones de uniformes, vivos de pantalones. El desertor hambriento atacaba a los antiguos compañeros. Era un lamentable síntoma que se sumaba a otros de la campaña, cuya imagen, día a día, se ensombrecía con episodios y sucesos triviales. Los soldados enfermos, en perenne contacto con el pueblo que les ha­ blaba, se habían constituido en rudos cronistas de los hechos y nos los

confirmaban de forma imaginativa, porque su misma ingenuidad les dic­ taba los casos que narraban, verídicos en su esencia, pero deformados por exageraciones. Urdían extraños episodios. El jagungo comenzó a aparecer como un ente aparte, monstruoso, medio hombre y medio duen­ de, violando las leyes biológicas con su resistencia inconcebible, arroján­ dose de manera nunca vista sobre el adversario, deslizándose invisible por la caatinga, como las víboras, cayendo por los despeñaderos más hon­ dos como un espectro, más débil que la espingarda que cargaba, flaco, seco, fantástico, de peso menor que el de un niño, sólo piel bronceada sobre los huesos, áspera como la epidermis de las momias 313. La imaginación popular de allí en más, deliraba la embriaguez de los casos estupendos, cosidos de fantasías. Algunos eran rápidos, reflejando incisivamente la energía invencible de esos cazadores de ejércitos.

En una de las refriegas siguientes al asalto, había quedado prisionero un curiboca joven que a todas las preguntas respondía automáticamente con altiva indiferencia: — ¡No sé! Por fin le preguntaron cómo quería morir: — ¡De tiro! — ¡Pues va a ser a cuchillo! — lo contradijo el soldado. Así fue. Y cuando el filo le abría la garganta, la primera ola de sangre espumante no apagó el último grito que brotó de la boca ensangrentada: — ¡Viva el Buen Jesús!

Otros mostraban líneas épicas: El l 9 de julio, el hijo mayor de Joaquim Macambira, muchacho de dieciocho años, se acercó al mañero cabecilla: — Padre, quiero destruir a la matadora. El astuto guerrillero, especie grosera de Imanus, cobrizo y bronco, lo encaró impasible: — Consulta al Conselheiro y anda. El valiente marchó seguido de once compañeros dispuestos. Traspu­ sieron el Vaza-Barris, atacaron la cuesta ondulante de la Favela. Se me­ tieron, deslizándose como víboras, por las caatingas ralas. Era el mediodía. El sol golpeaba la tierra a pico, sin hacer sombra, en rayos verticales y ardientes. . .

En esos lugares, el mediodía es más silencioso y lúgubre que la me­ dianoche. Reverbera en las rocas, se refleja en las planicies desnudas, es repelido por el suelo reseco y todo el calor emitido sobre la tierra se revierte hacia el espacio en columnas ascendentes por el aire irrespirable. La naturaleza queda enervada, en quietud absoluta. No sopla la brisa más leve. Ni un ala agita el aire cuya transparencia, junto al suelo, se perturba en ondulaciones rápidas y ardientes. La fauna de las caatingas reposa. Las ramas marchitas de los árboles penden sin movimiento. . . En lo alto de la montaña, abatido por la canícula, descansaba el ejér­ cito. Echados al azar por las laderas, las gorras caídas sobre la cara para taparse, dormitando o pensando en el hogar distante, los plazas aprove­ chaban los breves momentos de tregua para rehacer sus fuerzas. Enfrente, extendida sobre colinas, minúsculas casas en desorden, sin calles ni pla­ zas, grupo incoherente de ranchos, aparecía Canudos, desierto y mudo como una antigua tapera. Todo el ejército reposaba. . . En eso despuntan, cautos, aparecen a orillas de las matas rastreras y cerradas, en lo alto, donde está situada la artillería, doce caras inquie­ tas, miradas felinas, rápidas, recorriendo todos los puntos. Doce caras solamente, de hombres todavía agachados, en medio de las bromelias. Aparecen lentamente. Nadie los ve. Les dan las espaldas con indiferencia soberana veinte batallones en paz. Delante divisan la presa codiciada. Como un animal fantástico, el cañón Withworth, la matadora, se empina sólido. Vuelto hacia Belo Monte, la boca rugidora y truculenta que tantas granadas había arrojado sobre las iglesias sacrosantas. Le caen sobre el dorso negro los rayos del sol, brillando. Los fanáticos lo contemplan. Se levantan después. Se arrojan sobre el monstruo. Lo asaltan, lo aferran, uno trae una palanca. La levanta amenazador y rápido. . . Y el golpe cae, estalla tañendo. Es un grito de alarma que estalla en la mudez universal de las cosas, se multiplica en las quebradas, llena todo el espacio, detona en ecos que atruenan los valles y los morros con una vibración triunfal, sacu­ diendo violentamente al campamento entero. . . Aceleradamente se formaron las divisiones. En un segundo, los asal­ tantes se ven rodeados por un círculo de espingardas y sables, bajo una descarga de golpes y de tiros. Sólo uno se salva, golpeado y herido, co­ rriendo, saltando, rodando, entre los soldados, entre las balas, entre la cerca de bayonetas, cayendo en medio de las caatingas, despeñándose finalmente sobre abismos desde las cumbres de la montaña. . . Estos y otros casos — exagerado novelar de los hechos más triviales— le daban a la campaña un tono impresionante y legendario que impresicr naba a la opinión pública de la vieja capital y a todo el país. . .

Era urgente una intervención más enérgica del gobierno. La imponía por sobre las aprehensiones crecientes, las últimas peripecias de la lucha y la ignorancia sobre el curso real de las operaciones. Las opiniones, como siempre, eran disparatadas y discordes. Para la mayoría, los rebeldes con­ taban con elementos serios. Era evidente. No se comprendía que venci­ dos en todas las órdenes del día —heroicamente escritas— teniendo to­ davía franca la fuga hacia los sertones del Sao Francisco, donde no se los podía descubrir, esperasen pertinaces en la aldea, que se les cerraran, mediante el cerco, las últimas puertas de salida. Con lógica, deducían corolarios graves. Aparte de la hipótesis sobre la devoción sobrehumana que los hacía sucumbir en masa bajo los escombros de los templos, se imaginaban preparativos guerreros formidables, capaces de desbaratar la estrategia regular. El número que se decía diminuto, de los que perma­ necían en Canudos arrostrando todo, por cierto, era un engaño armado para arrastrar hasta allí al ejército, desgastándolo en combates estériles, hasta que en otros lugares se congregasen fuertes contingentes para el asalto final sobre los sitiadores, poniéndolos entre dos fuegos. Contrariaban juicios más alentadores. El coronel Carlos Teles, en carta dirigida a la prensa 3 1 4 , afirmó de manera clara el número reducido de los jagungos — doscientos hombres válidos, quizá sin ningún recurso— sólo abastecidos y equipados con lo que habían tomado de las anteriores expe­ diciones. El optimismo del valiente, de hecho exagerado, fue ahogado por la incredulidad general. La estimulaban todos los hechos y sobre todo, las apariciones diarias de heridos, acreciendo la conmoción nacional.

LA BRIGADA GIRARD Sobrevinieron otros hechos igualmente desastrosos. Atendiendo a los pri­ meros reclamos del general Artur Oscar, el gobierno había organizado rápidamente una brigada auxiliar que, al revés de las otras, no entraba en la guerra distinguida por el número. Según una loable práctica, sin tradición entre nosotros, merced a la cual se extiende a los comandados la gloria del comandante, tenía un nombre: Brigada Girard. La dirigía el general Miguel Maria Girard y la formaban tres cuerpos salidos de la guarnición de la Capital Federal: el 2 2 ? del coronel Bento Tomás Gongalves, el 249 del teniente coronel Rafael Tobías y el 38*? del coronel Filomeno José da Cunha. Eran 1.040 plazas y 68 oficiales, perfectamente armados y llevando a la lucha insaciable el regalo esplén­ dido de 850.000 cartuchos Máuser. Pero, por una serie de circunstancias que sería largo enumerar, en lugar de auxiliar, esta tropa se convirtió en un agente debilitante. Salió

de Río de Janeiro bajo el mando de su jefe y llegaron a Queimadas el 31 de julio. Partió de allí el 3 de agosto dirigida por un coronel, hasta Monte Santo. Marchó hacia Canudos el 10 de agosto bajo el comando de un mayor 3 1 S . Había dejado en Bahía a un coronel y algunos oficiales enfermos. En Queimadas dejó un general, un teniente coronel y algunos otros oficiales también enfermos. En Monte Santo dejó un coronel y otros oficiales más enfermos.

EXTRAÑO HEROISMO Se descomponía por el camino. Partían de ella pedidos de reforma más alarmantes que el aniquilamiento de una brigada. Un beriberi excepcional exigía, no ya la pericia de sabios médicos, sino el examen de psicólogos agudos. Porque el miedo tuvo allí a sus grandes héroes que mostraron el estupendo coraje de decirle a un país entero que eran cobardes. Al salir de Queimadas hacia el sertón, aquella fuerza encontró los primeros grupos de heridos y fue marcada por el estupor de la guerra. Por medio de su campamento en Contendas, pasaron el general Savaget, el coronel Néri, el mayor Cunha Matos, el capitán Chachá Pereira y otros oficiales. Los recibió con entusiasmo: oficiales y plazas formados al lado del camino saludándolos. Pero después se les apagó el fervor. A los tres días de viaje comenzó a sufrir privaciones, viendo disminuidos los víveres que llevaban y repartían con los sucesivos grupos de heridos que encontraban por el camino, llegando cansados y hambrientos a Monte Santo.

EN VIAJE HACIA CANUDOS Tomó hacia Canudos donde era ansiosamente esperada el 10 de agosto, totalmente despojada del espléndido aparato jerárquico con que había nacido. La dirigía el fiscal del 24?, Henrique de Magalháes, estando los cuerpos bajo el mundo del mayor Lidio Porto y los capitanes Afonso de Oliveira y Tito Escobar. La marcha fue difícil y lenta. Desde Queimadas se luchaba con serias dificultades de transporte. Los cargueros, animales viejos y cansados, muías escapadas de las carrozas de Bahía y troperos improvisados, rengueaban, tropezaban por los caminos, inmovilizaban a los batallones y demoraban el avance. De ese modo llegaron a Aracati, donde les entregaron un convoy que debían proteger hasta Canudos. En ese momento los diezmaba la viruela. Todos los días salían dos o tres enfermos de las filas y volvían al hospital de Monte Santo. Otros, lastimados por esa repentina transición de las calles asfaltadas de la Capi­

tal Federal hacia esos ásperos caminos, se distanciaban, se perdían en la retaguardia, se confundían con los heridos que venían en dirección opuesta. De modo que al pasar por Jueté, el 14 de agosto, le fue providencial encontrarse con el 159 batallón de infantería, ya endurecido en la lucha y que había venido de Canudos. Porque al día siguiente, después de acampar en las Baixas, donde pararon el día anterior para aguardar la llegada de gran número de plazas retrasados, fue violentamente atacada en el Rancho do Vigário. Los jagungos la sorprendieron de flanco, por la derecha, desde lo alto de un cerro dominante, y casi de frente, desde una trinchera marginal. La abarcaron entera en una descarga única. Cayeron muertos, en el frente, un alférez del 24*? y en la retaguardia, otro del 38?. Cayeron algunos plazas en las filas interiores. Algunos pelo­ tones se embarullaron sorprendidos, bisoños todavía ante los ataques fe­ roces de los guerrilleros. La mayoría disparó desesperadamente sus armas. Estallaron voces trémulas, cornetas, gritos desencontrados de mando. Despavoridos se escaparon los cargueros. Los bueyes se metieron por la caatinga. . . Tomando la vanguardia, el batallón 159, guió a los vacilantes comba­ tientes. No se repelió al enemigo. La retaguardia, al pasar por ese mismo punto, fue a su vez atacada. Después de este revés, porque lo fue, basta decir que de ciento dos bueyes que arrastraban el convoy sólo quedaron once, la brigada de nova­ tos fue nuevamente embestida en el Angico. Dio una carga todavía pla­ tónica de bayonetas en la que no perdió un solo soldado, y finalmente, entró en Canudos donde los rudos campeadores que allí permanecían bajo la disciplina tiránica de los tiroteos diurnos los acogieron con el nombre de la Mimosa. Nombre que sus bravos oficiales hicieron olvidar.

VIII NUEVOS REFUERZOS Este ataque llegó a Bahía con las proporciones de una batalla perdida, poniendo un punto más al desequilibrio general, y el gobierno comenzó a actuar con la agilidad requerida por la situación. Reconocida la inefi­ cacia de los refuerzos recién enviados, se trató de formar una nueva división, juntando los últimos batallones dispersos por los Estados capaces de una movilización rápida. Y para evaluar de cerca la situación, resolvió enviar a la base de operaciones a uno de sus miembros, el Secretario de Estado de los Negocios de la Guerra, mariscal Carlos Machado de Bittencourt.

Partió éste en agosto hacia Bahía al tiempo que de todos los rincones del país salían nuevos luchadores. El movimiento armado, repentina­ mente, se había generalizado, asumiendo la forma de un levantamiento en masa. Las tropas afluían desde el extremo norte y desde el extremo sur, aumentadas por los cuerpos policiales de Sao Paulo, Pará y Amazonas. En esa convergencia en el seno de la antigua metrópolis, el paulista, descendiente del bandeirante aventurero; el riograndense, jinete bravo; el curiboca norteño, resistente como pocos, índoles dispares, hombres de climas opuestos, de contrastados usos y tendencias étnicas, desde el mes­ tizo oscuro al caboclo trigueño y al blanco, allí se reunían bajo el lazo de una aspiración uniforme. La antigua capital los agasajaba en el recinto de sus viejos baluartes, rodeando en un mismo agasajo fraterno y calu­ roso a la inmensa prole dispersada desde hacía tres siglos. Después de estar largamente desparramados, los varios factores de nuestra raza volvían repentinamente al punto de donde habían partido, en vista de un entre­ lazamiento hermoso. Bahía se atavió para recibirlos. Aquel reflujo de la campaña la había transfigurado — mártires que llegaban, combatientes que salían— y rota la habitual apatía, se revestía con el aspecto guerrero del pasado. Las inútiles fortalezas que tiene intercaladas, decadentes en su aparcería con las casas burguesas, fueron prontamente reparadas, corta­ dos los árboles que les tapaban las murallas, y resurgían a la luz, recor­ dando las épocas en que aquellas almenas rugían sus largas culebrinas de bronce 3 1 8 . En ellas se acuartelaban los contingentes recién llegados: el l 9 batallón de policía de Sao Paulo con 458 plazas y 21 oficiales, bajo el mando del teniente coronel Joaquim Elesbáo dos Reis; los 299, 39 9 379, 289 y 4 9 dirigidos por el coronel Joáo César de Sampaio, tenientes coroneles José da Cruz, Firmino Lopes Regó y Antonio Bernardo de Figueiredo y mayor Frederico Mara, con los siguientes efectivos: 240 plazas y 27 oficiales; 250 plazas y 40 oficiales; 332 plazas y 51 oficiales; 250 plazas y 11 oficiales, además de 36 alféreces agregados; y el 4 9 con 219 plazas y 11 alféreces que eran toda la oficialidad, pues no tenían ni capitanes ni tenientes. Por fin, dos cuerpos, el regimiento policial de Pará, solamente 640 hombres comandados por el coronel José Sotero de Meneses y uno de la policía del Amazonas, bajo el mando del teniente Cándido José Mariano con 328 soldados. Estos refuerzos, que llegaban a 2.914 hombres, incluidos cerca de trescientos oficiales, fueron repartidos en dos brigadas, la de línea, bajo el mando del coronel Sampaio y los de la policía — excluida la de Sao Paulo que había salido sola hacia el frente bajo el mando del coronel Sotero— constituían una división que fue entregada al general de brigada Carlos Eugenio de Andrade Guimaráesm.

Todo el mes de agosto se gastó en la movilización. Llegaban a Bahía, se aprovisionaban de municiones y embarcaban hacia Queimadas. De allí a Monte Santo, donde debían concentrarse en los primeros días de setiembre. Los batallones de línea, además de disminuidos, como lo indican los números citados arriba, reducidos casi a dos compañías, venían desprovis­ tos de todo, sin los más elementales pertrechos bélicos, aparte de viejas espingardas y uniformes gastados que habían utilizado en la reciente campaña federalista del sur.

EL MARISCAL BITTENCOURT El mariscal Carlos Machado de Bittencourt, principal árbitro de la situa­ ción, desarrolló una notable actividad. Venía a propósito para las dificultades del momento. Era un hombre frío, un escéptico tranquilo e inofensivo. En su sim­ plicidad perfectamente plebeya, morían las expansiones generosas. Mili­ tar hecho, era capaz — y lo demostró más tarde acabando trágicamente su vida 3 1 8 — de echarse sobre los mayores riesgos. Pero fríamente, equi­ libradamente, siguiendo las líneas del deber. No era un bravo ni era un pusilánime. Nadie podía sorprenderlo en un lance de arrebatado heroísmo. Nadie podía imaginarlo sustrayéndose tortuosamente a una situación peligrosa. Sin ser una organización militar completa se había formado en un auto­ matismo típico de esas máquinas de nervios y músculos hechas para actuar mecánicamente, según la presión inflexible de las leyes. Pero esto, menos por educación disciplinada y sólida que por tempe­ ramento, inerte, pasivo, cómodamente engarzado en los reglamentos. Fuera de eso era nulo. Tenía el fetichismo de las determinaciones escri­ tas. No las interpretaba ni las criticaba: las cumplía. Buenas o pésimas, absurdas, extravagantes, anacrónicas, estúpidas o útiles, fecundas, gene­ rosas y dignas, lo volvían proteiforme, reflejándola bueno o detestable, extravagante o generoso y digno. Estaba escrito. Por eso, siempre que los acontecimientos políticos las embarullaban, cauteloso, se retraía en el olvido. El mariscal Floriano Peixoto — profundo conocedor de los hombres de su tiempo— en los períodos críticos de su gobierno, cuando la índole personal de sus adeptos o adversarios influía, sistemáticamente lo dejó de lado. No lo llamó, no lo apartó, no lo prendió. Le era igualmente insig­ nificante como partidario que como adversario. Sabía que el hombre cuya carrera seguía una línea recta, seca, inexpresiva, no daría un paso a favor o en contra del cerrojo del estado de sitio.

una intuición feliz. Al salir hacia Bahía enfrió los entusiasmos. un rasgo varonil. leyendo maquinalmente la papeleta prendida a la cabecera y seguía. deflagraron en sus oídos. La comitiva que acompañaba al ministro — autoridades del estado y militares. Fue en una visita a uno de los hospitales. o acurrucados o sacudidos en gemidos. Pero tuvo que detenerse un momento. Llegó a aquella capital cuando estaba en la plenitud de su fervor patriótico y en cierto modo lo debilitó. de bruces o encogidos contra los barrotes en contorsiones de dolor. todos los trauma­ tismos y todas las miserias. pies deformes por la hin­ chazón. intermi­ nables minucias sobre las distribuciones de alimentos y remontas de caba­ lladas. pidiéndole una transferencia o una licen­ cia. Manifestaciones ruidosas. se encontraba sorprendido con la esterilidad de unos conceptos triviales. Tenía la palabra difícil y pobre. Lo saben cuantos con él lidiaron. en todas las actitudes. versos llameantes. propias del oficio. viejos preceptos que sabía leer de memoria. . lo desorientaba y contrariaba. Imaginen dos extensas filas de lechos blancos y sobre ellos. con intermi­ nables frivolidades cruelmente enfadosas sobre paradas de tropas. emergiendo entre las mantas. sobrecogida de temor. un cabo de escuadra. la cara abatida de un viejo. esa insensibilidad lastimosa calló profundamente.La República fue un accidente inesperado al final de su vida. buscando una situación emocionante y grave. obviando la formalidad de un certificado médico. Había reconocido al ministro . Eran cosas banales. periodistas. veterano de treinta y cinco años de filas. le mostraban el agujero de un tiro de trabuco o una cicatriz sanguinolenta o un rostro cadavérico. . Enfrente. sentados. Comenzó la lúgubre visita. Los escuchó indiferente. Cabezas envueltas en vendas sanguinolentas. y la historia una variante de la escritura de los sargentos. oradores explosivos le pasaron por delante. Recién llegados de la lucha. rígidos debajo de las sábanas corridas como mortajas. Le pareció siempre una novedad irritante. como si este mundo fuese una inmensa Casa de Ordenes. piernas rígidamente extendidas entre tablillas. Quien se acercaba a él buscando aliento. El mariscal se aproximaba a uno y otro lecho. Cierta vez. nada ganaban si. Una vida golpeada desde los esteros del Paraguay hasta las caatingas de Canudos. todo cuanto salía del orden rutinario de la vida no lo conmovía. no porque cambiaba los destinos de un pueblo sino porque alteraba unas ordenanzas y unos decretos y unas fórmulas. hombres de toda condición — entró silenciosamente. brazos sostenidos en cabestrillos. cuatrocientos enfermos. pechos agujereados a bala y tajeados a cuchillo. Además. No sabía responderles. El aspecto del amplio salón era impresionante. crepitaron en palmas y aplausos. que hasta allá lo llevaba. No la quiso nunca. estallaron a su alrededor.

Y esa empresa fue impulsada por el ministro. En ese negarse a sí mismo. Se volvía imprescindible darle a la campaña lo que no había tenido: una línea y una base de operaciones. se hizo. en una alegría dolorosa. Comprendió que lo menos valioso era la acumulación de un mayor número de combatientes. solos ante el enemigo. abdicando todas las regabas de su posición. condición pre­ ponderante. en el aislamiento en que se enclavaban los expedicionarios. Por­ que desde el comienzo. venciendo. Se terminaba por donde se debió comenzar. hablaba. le reducirían los escasos recursos. Este resultado presagiaba el desenlace próximo de la contienda. del serio problema a resolver. Es que todo eso — fuertes emociones o cuadros lancinantes— estaba fuera de programa. con breves intervalos de días. alejamiento para los grupos interminables de heridos— su espíritu les superponía siempre aquel objetivo capital. . . Y con voz temblorosa y ronca. hizo que comprendiese las exigencias reales de la lucha. tranquilamente. en la auténtica significación del término. No lo distraía. Y lo consiguió. los ojos brillantes de felicidad y de fiebre. las causas del fracaso reposaban en gran medida.del cual fuera ordenanza en los buenos tiempos de la mocedad. realizando espectaculares movimientos policiales sin los mínimos recaudos estratégicos. Enviando más gente a la zona de guerra se agravaba el estado de los que allá estaban. cuando lo acompañaba en la batalla. En los últimos días de agosto se organizó. blindado de la frialdad que lo libraba de cualquier perturbación. al ejército en operaciones con Monte Santo. La escena era desgarrante. haciendo fuerza para levantarse. sacando el cuer­ po esmirriado y los brazos flacos y temblorosos. compartirían las mismas privaciones. finalmente. Los pechos oprimidos respiraban agitados. entreabierta la camisa de algodón que dejaba ver la marca de una antigua cicatriz. la lectura maquinal de las papeletas. en un delirio de frases rudas y sinceras. un cuerpo regu­ lar de convoyes que corrían continuamente los caminos y ligaban efecti­ vamente. Era realmente el hombre adecuado para la emergencia. delineada rectamente en el tumulto de la crisis. . lo demostraron las expediciones anteriores. Es que su buen sentido sólido. el Cuartel Maestre Ge­ neral 8 1 9 de una campaña en la que era jefe supremo un inferior jerár­ quico suyo 3 2 °. Ocupado durante su estadía en Bahía por un sinnúmero de cuestiones menores — equipamiento de los batallones que llegaban. en los acantonamientos. El gobierno no encontraría a nadie mejor para transmitir la acción. perdidos en una región estéril. . agitado. intacta. quizá única. y el mariscal Bittencourt prose­ guía. Los ojos se empañaban en lágrimas. Lo que era necesario com­ batir y vencer no era el jagungo sino el desierto. con tenacidad. en las marchas fatigantes. numerosas dificultades. .

con su cortejo de combates sangrientos. Más de tres meses sería la derrota. El caso es que la guerra sólo podía prolongarse por un máximo de dos meses. la zona entraría en el régimen torrencial y eso traería consecuencias incurables. El mariscal Bittencourt. a sus sitiadores. en un plan oscuro. Hasta entonces. El más calumniado de los animales 3 2 1 iba a asentar sus patas en la cumbre de una crisis e iba a resolverla. cuando los caudales se extinguiesen — porque el torbellino de las aguas derivando hacia el Sao Francisco y hacia el mar. sólo tenía una solución y era singularmente humorística. excluía los ata­ ques de las brigadas. sólo quería troperos y muías. de ocho a diez por día. mil burros valían por diez mil héroes. La lucha. sólo ellos podían darle a las operaciones la celeridad exigida por las circunstancias. El mariscal Bittencourt lo previo. la parálisis obligada. sólo hubo un desplie­ gue pródigo de bravura cristalizado en un asedio platónico y dudoso. Por los lechos entonces secos de los arroyos correrían ríos de aguas barrosas y el Vaza-Barris se convertiría en un torrente enorme y dilatado que cortaría todas las comunicaciones. En la emergencia. caía. deplorablemente prosaica. lo convertía en un círculo vicioso muy cruel. La simple sustitución de los que caían. el desierto. De hecho. Y eso se prolongaría hasta que la aldea siniestra absorbiera uno a uno. el gran número de asaltantes era un factor agravante.El mariscal Bittencourt. Además. había que utilizar la intrusión de tales colaboradores en nuestros destinos. desdeñaba el genio militar. Además. atraído por la forma técnica de la cuestión. por lo menos hizo eso: convirtió un conflicto enorme en una campaña regular. indiferente a todo esto — impasible dentro de la impaciencia general— organizaba convoyes y compraba muías. le taparían todas las salidas. las caatingas poniéndolos en medio de la presión creciente del hambre. dibu­ jaría rasgos tácticos que no resolverían nada. Dispensaba el heroísmo. Cerrarían la aldea. Por fuerza. pero tendrían a su alrededor las líneas de otro cerco. parecía un epigrama malévolo de la historia. recortado en fusilerías inútiles en las que se jugaba noble y estúpida­ mente la vida. En noviembre. COLABORADORES DEMASIADO PROSAICOS Un estratega superior. Después. esa campaña cruel y en verdad dramática. Uun luchador brillante idearía nuevos ataque que abatieran a los rebeldes e iría a estrellarse a paso redoblado por las caatingas. se agota con la misma celeridad con que se forma— aparecerían obstáculos más . el abandono de cuanto se había hecho. Esta manera chocaba con el lirismo patriótico y dolía.

. a la manera de los encuentros entre los mercenarios en la Edad Media. había pasado cuarenta y tantos días en situación peligrosa e inútil. . hacia Queimadas — dejaba dispuestos todos los elementos para el próximo desenlace— lo esperaban concentrados en Monte Santo. los mismos armisticios engañadores. profusamente diseminado por los aires. la misma calma extraña y lastimosa. retroceder ante el enemigo invencible y eterno. como un gran peligro. las diligencias diarias. como en los malos días de la Favela. ya mortíferos. Combates diarios. Delante de los expedicionarios se levantó de nuevo. dispo­ niendo las cosas para un cerco real y firme que determinara la rendición inmediata. cada cueva excavada entre piedras. releando las filas y privándolas de oficiales prestigiosos. el hambre. cada bañado. agotándose en un dispendio de millares de balas. la tierra desolada y estéril. salían los primeros convoyes regulares para Canudos. . tanto de uno como del otro lado. De modo que al partir. El Ministro de la Guerra lo consiguió. instantáneos. sin un solo escoriado siquiera. Iban a tiempo para reanimar a la expedición que hasta esa fecha. Por fin. millares de organismos a los que el cansancio creaba una receptividad mórbida funesta. cada pozo de agua. Y vencido el enemigo que podía ser vencido. dividiéndose un buey y un kilo de harina por escuadra y. la existencia aleatoria. ascendiendo en número infinito de cada punto donde toca un rayo de sol y descendiendo sobre las tropas. en las que se preparaban cuerpos para juntar ganado. la misma apatía recortada de alarmas. sin un herido. Para ello era indispensable garantizar la subsistencia del ejército que con los últi­ mos refuerzos alcanzaba cerca de ocho mil hombres. apri­ sionada por los flancos de la aldea. las brigadas de la División Au­ xiliar 3 2 2 y aunque todavía escasos. en horas inciertas. violentos. a comienzos de setiembre. dejando parte de sus cargas por los caminos. es un laboratorio infernal que destila la fiebre que irradia latente los gérmenes del paludismo. Bajo la atmósfera de los días ardientes. Era necesario liquidar la guerra antes de esa época peligrosa. Llegaban a duras penas. ya ruidosos y largos. intermitentemente rota con descargas. cada laguna efímera. La mostramos al transcribir el diario que no prolongamos para evitar la repetición dolorosa de episodios que se sucedían sin variantes apreciables.graves. Los mismos tiroteos improvisados. Los convoyes eran inciertos. con raciones escasas cuando las había.

Y parecían más disciplinados. Recibían. a su vez. cuyo maderamen estaba por entero al desnudo. la brigada Girard. bajo el mando del te­ niente coronel Firmino Lopes Regó. . desde donde se observaba el panorama de la plaza. en el punto en que salía el camino. Los rudos adversarios los dejaban bajar tranquilos las últimas faldas de la montaña. rondando de lejos a los batallones. junto al río. Permanecían en la misma actitud desafiadora. sobre el cual cargaron de acuerdo con la impor­ tancia de la presa deseada. Los animales de montar y de tracción muchas veces eran asustados a tiros. convoyes que entraban por el camino de la Várzea da Erna sin que la tropa sitiadora los capturase para no desguarnecer las posiciones ocupadas o. casi no temían al jagungo. para evitar celadas peligrosas. En ese punto recibían el bautismo de fuego los refuerzos que llegaban: el 15 de agosto. Los peligros consistían exclusivamente en salir de los refugios y caer de un tiro. deri­ vando invisibles por las colinas del norte y desde allí hacia Canabrava y Cocorobó. a pesar de estar bajo la protección de un batallón aguerrido. a tiros invaria­ blemente acompañados por estridentes silbidos terriblemente irónicos. No pocas veces. Porque por las cercanías. Es que los nuevos antagonistas no los asustaban. para evitar que soldados imprudentes saliesen por ahí. andaban rápidas columnas volantes de jagungos. incendiando y arruinando completamente la iglesia vieja. No se comprendía cómo el campanero subía todavía hasta lo alto para tocar las notas sagradas del Ave María. Las dos torres de la iglesia nueva seguían sobresaliendo en la altura como dos amenazas siniestras sobre el ejército.Metidos en las casuchas o en tiendas por detrás de los morros. de las cuales había señales evidentes. el tejado destruido en gran parte. desde las líneas intangibles de aquel otro asedio sobre la tropa. reducida a 892 plazas y 56 oficiales. una recepción triunfante y teatral. el 59 de línea. A pesar de que sus sitiadores no les daban tregua. en el área de pasto que tenían por las márgenes del río. Los tres Krupps que desde el 19 de julio colocaron sobre la colina teniendo al pie la van­ guardia del 259. el día 23 el batallón paulista con 424 plazas y 21 oficiales. consideración más seria. con 205 plazas y 16 oficiales. para hacerles en el paso final. bombardeaban noche y día. haciéndose necesario estacionar una guardia a la margen del río. y el 37? de infantería que había precedido a la División Auxiliar. o en las trincheras por las gradas de piedra. Y nada escapaba a la puntería de los que allí se emboscaban y que no la abandonaban ni en el mayor fragor de los cañoneos. La travesía hacia la Favela continuaba siendo peligrosa. caía atravesado por una bala que partía de afuera de la aldea. al mirar hacia un cerro. 20 muías de la artillería fueron capturadas. Estos incidentes demostraban el valor de los rebeldes. Se arrojaban más ordenados y seguros en los asaltos. y cierto día de agosto. un soldado inexperto.

“En esta fecha pasa a tener la siguiente organización la fuerza bajo mi co­ mando: 149 batallón de infantería bajo el mando del capitán del 32?. Napoleáo Felipe Aché. Antonio da Silva Paraguagu: 22° bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Lidio Porto. Tito Pedro Escobar. Y fue formidable. marcó la noche hasta entrado el amanecer. bajo el mando del teniente coronel del 259. derrumbó los restos del campanario hacién­ dolo saltar por el aire. elevaron las pérdidas de ese día a 10. constituyendo la 3^ brigada. con la misma monotonía mortífera que exasperaba a la tropa. * “Cuartel General del Comando en jefe. 59 regimiento de artillería. 79 bajo el comando del capitán del mismo cuerpo. habían impuesto una reorganización de las fuerzas raleadas. bajo el mando del coronel del 149. Las bajas. 279 bajo el mando del capitán del 249. se advertía que a pesar de los refuerzos. 17 de agosto de 1897. constituyendo la brigada de artillería. . 389 bajo el mando del capitán del mismo cuerpo Afonso Pinto de Oliveira. Fuera de este incidente. bajo el mando del coronel del 59 regimiento Antonio Olimpio da Silveira. Emídio Dantas Barreto. todos del arma de infantería. cuatro el 28. Orden del día NQ 102. La gran pieza detonó: se vio reventar con estruendo el enorme schrapnell entre las paredes de la iglesia. sumándose diariamente en parcelas poco dispares. 159 bajo el mando del capitán del 389. con los claros abiertos en todas las filas por los combates anteriores. José Xavier de Figueiredo Brito. Reorganización de las fuerzas en ope­ raciones en el interior del Estado. la expedición estaba debilitada *. como si aún vibrase en la alarma.Como si no bastase aquel bombardeo a quemarropa. comandada por el capitán del l 9 de posición Antonio Afonso de Carvalho. el Withworth 32. Se continuó el día 26 con la baja de cinco plazas. cuyas brigadas quedan formando parte . bajo el mando del coronel del 279. el 23 de agosto bajó de lo alto de la Favela. Esta se realizó al amanecer del día siguiente. constituyendo la 1^ brigada. Ese día fue herido el general Barbosa cuando inspeccionaba la batería del centro. 349 comandado por el capitán Pedro de Barros Falcáo. batería del 29 regimiento bajo el mando del l 9 teniente del 59 batallón de posición Afrodísio Borba y batería de tiro rápido. . murieron cuatro el 27. en el descenso de graduaciones en los mandos. 59 comandado por el capitán Leopoldo Barros e Vasconcelos del mismo cuerpo. Campo de combate en Canudos. victimando a otros cuatro soldados que con seis del 26? que aprovechando el tumulto habían desertado. el 29 también fueron cuatro y se les agregó un oficial y así de seguido. En la disminución del número de brigadas que pasaron de siete a cinco. Se reanudó durante el día. 169 bajo el mando del capitán del 24?. la vieja campana que al atardecer llamaba a los combatientes para rezar. después de un ligero armisticio. Joaquim Manuel de Medeiros. incompara­ ble. le deshizo el techo. Joáo Carlos Pereira Ibiapina. constituyendo la 2“ brigada. ya desde mediados de agosto. De modo que la llegada del monstruoso cañón daba posibilidad de una revancha inmediata. 249 bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Henrique José de Magalháes. Inácio Henrique de Gouveia. 339 bajo el mando del capitán José Soares de Meló. sonando. próxima al cuartel general de la P columna. 259 bajo el comando del mayor Henrique Severiano da Silva. Alberto Gaviáo Pereira Pinto. el día fue perdido: se rompió una pieza del aparato obturador del cañón haciéndolo enmudecer para siempre. comandado por el capitán del mismo. En las líneas de fuego cayeron ocho soldados y una fusilería cerrada.

. José Lauriano da Costa. 389 409 de línea. 309 comandado por el capitán Altino Dias Ribeiro. 1 del Amazonas. 129. 289. Aristides Rodríguez Vaz. 359. Joaquim Gomes da Silva. un escuadrón de caballería. una batería de tiro rápido y un escuadrón de caballería— quince eran comandados por capitanes y dos de las brigadas por tenientes coroneles. Se agrega: 59 regimiento de artillería. 269 del comando del capitán del 40*? Francisco de Moura Costa. de la P columna. 349. bajo el mando del coronel del 329. 2 de Para. las cuales formarán la 29 columna bajo el comando interino del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. formará parte de la l 9 brigada y a disposición de este comando con el contingente de ingeniería y el 59 cuerpo de policía. 12° de infantería del comando del capitán del 31*?. Por los caminos avanzaba la división salvadora. 99 batallón de infantería. 319. 169. el 59 de la policía bahiana. 99. 179. treinta batallones. 229. no bajando el mando de las com­ pañías a los sargentos por ser mayor el número de alféreces que de sargentos. 319 bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Joáo Pacheco de Assis. Pero en poco tiempo la situación cambiaría. 309. constituyendo la 5? brigada bajo el comando del teniente coronel del 309. Artur Oscar de Andrade Guimaraes. 5? de Bahía. 79. El contingente de caballería comandado por el alférez del l 9 de caballería Joáo Batista Pires de Almeida. 259. en números rigurosamente exactos. 359 comandado por el capitán Fortunato de Sena Dias. Antonio Tupi Ferreira Caldas. Donaciano de Araújo Pantoja. Canudos tendría a su alre­ dedor. pasando a mandar interinamente la 1^ brigada el mayor del 16p. 1 de Sao Paulo. general de brigada” . excluidos los cuerpos de otras armas *. 329. 249. * 4P. 4O 9 bajo el mando del mayor Manuel Nonato Neves de Seixas. 299. 239. una batería de tiro rápido. constituyendo la 49 brigada. 379. 32t? bajo el comando del mayor del mismo cuerpo Florismundo Colatino dos Reis Araújo Góis. En total 30.De los veinte batallones de infantería — aparte del 59 regimiento de artillería. 149. bajo el mando del capitán del 31°. 26«?. el 49 cuerpo de policía bahiana y el batallón patriótico “Moreira César” de los convoyes. 59. bajo el mando del general de brigada Joáo da Silva Barbosa. batería del 29 regimiento de la misma arma. 339.

Buscando una media ración de glo­ ria. botines rotos. cabriolando locamente. El caserío pobre. de hojas quemadas. Todos los batallones habían colaborado en las mismas páginas. Traspuesta una accesible lomada. birretes y gorras. Además. Montones de harapos. se veía un área amplia de cultivos. delataban el paso de los combatientes que por allí habían armado sus tiendas a partir de la expedición Febrónio. El charlatanismo del coraje III. des­ parramado sin gracia a los lados de la plaza irregular. Aspecto del campamento. escribiéndolas a punta de sable o tiznándolas con carbón. Trincheras Sete dé Setembro. arrastraba recuerdos penosos. rectilínea y larga. Eran páginas demoníacas esos muros sacrosantos: períodos . Cerca y al costado. Camino de Calumbi. había temblado con el vocerío de los vivaques: pasiones. con un blanco al fondo. la línea de tiro donde se había ejercitado la división Artur Oscar. Allí habían parado las fuerzas anteriores. de trapos multicolores e inmundos.— Embajada al cielo. la monotonía de las planicies que se abren a su alre­ dedor. Una ficción geográfica. Fuera de la patria. le dan un aire triste que completa su aspecto de villarejo muerto en franco camino de convertirse en una tapera en ruinas. cantimploras desfon­ dadas. Nuevas animadoras. esperanzas. de uniformes viejos. poblado fundado a comienzos del siglo pero en plena deca­ dencia se convirtió en un campamento ruidoso. en el mismo camino que se abría hacia la caatinga. I NUEVA FASE DE LA LUCHA QUEM ADAS Queimadas. Complemento del asedio. En el camino de Monte Santo. desalientos indescriptibles. . hondamente arado por los desagües — un claro en los pastizales bravios que lo rodeaban— y principalmente. la capilla pequeña y chata. Miedo glorioso. todos los restos de los equipos diseminados por un área extensa en la que blanqueaban las cenizas de las hogueras. Una burla entusiasta. Aquel suelo pisado por los rastros de diez mil hom­ bres. ansiedades.NUEVA FASE DE LA LUCHA I. sugerían la denominación del poblado. I I — Marcha de la división auxiliar. cuyos tonos pardos y cenicientos. para grabar sus impresiones del momento. la caligrafía manca y la literatura ruda del soldado. entre los morros desnudos. . Delante de un niño. como un barracón cerrado.— Queimadas. Y en sus paredes.

Otras épocas. bandas miserables de fugitivos. Los invadía el sentimiento de ir a una guerra exterior. inútil. se cruzan unas centenas de metros entre casas chatas y se choca en seguida. Discordancia absoluta y radical entre las ciudades de la costa y las aldeas de tejas del interior. hacía más hondo el antago­ nismo. las disfrazaban con caracteres negros ceñidos por puntos de admiración largos como lanzas 323. Otra lengua.cortos. de aguas rasas y mansas. las rayaban en todos los sentidos. en una poco pronunciada caída. un camino estrecho y mal construido. creaba la sensación nostálgica de un largo apartamiento de la patria. se desarrollaba un drama formidable. UNA FICCION GEOGRAFICA La línea férrea corre por el lado opuesto. despedazando sus entrañas a disparos de Krupps. escondido en las planicies. advirtieron esa transición violenta. apenas termina la plaza. la misión que allí los llevaba. Otros hábitos. sor­ . blasfemias fulminantes. en son de guerra. con el sertón. Esa señal de progreso pasa por allí. El enemigo estaba allí. Se sentían fuera del Brasil. desconociéndola. Además. Vadeado el Jacurici. FUERA DE LA PATRIA Los nuevos expedicionarios. las profanaban. y en el fondo de ellas. que daban escalofríos. al toparse con el sertón. De ahí hacia abajo. Se está en el punto de tangencia de dos sociedades. a lo lejos. La separación social completa dilataba la distancia geográ­ fica. pasa por el caserío y detiene su caballo junto a las vías por las que pasan vertiginosamente los patricios del litoral que no lo conocen. lo que desequilibra tanto el ritmo de nuestro desarrollo evolutivo y perturba lastimosamente la unidad nacional. Se veían en tierra extraña. . El vaquero vestido de cuero emerge de la caatinga. impre­ caciones y mueras y vivas calurosos. no habiéndola visto nunca. totalmente ajenas una a la otra. por donde habían salido esperanzadas tres expediciones sucesivas y de donde llegaban también sucesivamente. . Era terriblemente paradojal una patria cuyos hijos la transitaban ar­ mados hasta los dientes. el camino de Monte Santo. hacia el este y hacia el norte. el camino enfilaba campo afuera llevando a su vera los postes de la línea telegráfica recién inaugurada. articulada en giros originales y pintorescos. sin siquiera atenuar el carácter genuinamente rupestre del poblado. incisivos. . . Se sale del tren. Otra gente.

planicies. El grupo miserable fue . al llegar. Iban a una invasión. los primeros que aparecían. las seguían. como estepas. el poblado quedaba silencioso y hundido en las sombras. Los nuevos campeadores la sentían de modo dominante. La Brigada Girard y el batallón paulista habían llegado a tiempo para cubrir los claros de las filas. andrajosas. se conservaban las posiciones conquistadas. Todo lo indicaba. sin una luz. como las tropas anteriores. mientras los mayores. esa patria extendida en lomadas desnudas. voces. camisas entre cuyos agujeros se metían ojos insaciables. después de tantos meses de guerra. A pesar de los tiroteos.prendidos ante su tierra árida y abrupta y brutal. a la rastra. Los vencidos. no se oían más las letanías melancólicas entre los inter­ valos de la fusilería. de espanto. Los nuevos combatientes la creían finalizada antes de llegar a Canudos. por el intento que había manifestado de entregarse. habían cesado los ataques osados a las líneas. Las infelices. varonilmente rodeados por escoltas. no había ánimo varonil que mirase impasible hacia ese sertón misterioso y árido. Se decía que el Conselheiro estaba ahora prisionero de sus propios secuaces en rebelión. grutas. pedrega­ les. Felizmente. mutilados y enfer­ mos. . Resonaban en todos los tonos. . La realidad tangible encua­ drada por estos hechos. Por fin. . había caído. día a día. disponiéndose al martirio. Se obser­ vó. era esa. . sin que se detuvieran en lo singular del hecho. en un borbotar de interjecciones vivas. entre compactos grupos de curiosos for­ mados por uniformes de todas las armas. No había sucedido ningún otro desastre. resaltando a la observación más simple. por territorio extran­ jero. a los compañeros que meses antes habían avanzado robustos y altaneros. y por la noche. con espinos. Pasaron por la aldea. Un espectáculo triste. Y como aquel desconocido pueblo de matutos les devolvía. Todo eso era una ficción geográfica. comentarios de toda suerte. que entre ellos no había ningún hombre hecho. Con ese refuerzo coincidieron los primeros síntomas de desánimo de los rebel­ des: no tocaba más con su serenidad gloriosa la campana de la iglesia vieja. eran débiles. de seis a diez años. entraban por el camino conduciendo a sus hijos de la mano. Y se enumeraban pormenores que revelaban el rápido aflojamiento de la guerra. montañas derruidas. los mismos prisioneros que llegaban y eran. Eran como animales raros en una diversión de feria. media docena de mujeres llevando en brazos algu­ nos hijos muy pequeños. tuvieron noticias animadoras recién venidas del campo de operaciones.

sin destruir su mocedad. figurita de atleta en embrión. traía a la cabeza. Uno de ellos. que era inútil y confesó al cabo que él prefería una carabina. ojos grandes y negros. indiferentes. Hablaba un niño. en Canudos. Una tragedia en media docena de palabras. cara bronceada y ojos oscuros y vivos. Pero se destacaba una. Esta mujer satisfizo el ansia curiosa de la gente contando una historia simple. ancho y grande por demás. con el invariable epílogo de una bala o de un estallido de granada. Caras rispidas. raquítico y tambaleante. Una belleza olímpica salía del molde firme de un perfil judaico. Ubicadas en una casucha junto a la plaza. rodeadas por grupos de curiosidad insistentes. Y algunos espectadores tuvieron el coraje de reírse. Finalmente se ensañaron con los niños. sorprendió por el donaire y justeza precoces. observó que no tenía fuerza. ojos malos. Y las informaciones caían. al entrar un soldado con la Comblain. acaso perturbado por las angulosidades de los huesos asomando duramente bajo la piel ennegrecida y pálida.por algún tiempo una variante feliz que aligeró las horas fastidiosas del campamento. Respondía entre bocanadas de humo de un cigarro que chu­ paba con la satisfacción de un viejo enviciado. La mayoría de las mujeres era repugnante. El capote. La miseria le había enflaquecido el rostro. un viejo capote conseguido en el camino. en busca de la sinceridad e ingenuidad infantiles. sobre el cuerpo esmirriado. sin impresionar los corazones. Las risas se extinguieron: la boca era una llaga abierta de lado a lado por un tiro. Le levantó el cerrojo como si eso fuese su juego infantil predilecto. En un momento dado. denunciando astucias de un combatiente consumado. Los inquisidores las anotaban religiosamente. Un drama segura­ mente trivial. DELANTE DE UN NIÑO Uno de los niños. las infelices fueron víctimas de preguntas inter­ minables 3 2 4 . Entonces le dieron una mannlicher. Le preguntaron si había tirado con ella. menor de nueve años. El niño levantó la cabeza tratando de verlos. la manejó con pericia de soldado ante el asombro general. Se la pidió. torcidas. oscilaba grotescamente a cada paso. Tuvo una sonrisa de superioridad adorable: . el niño paró su algarabía. casi todas falsas. Golpeó en la curiosidad general. cubriéndole todo el cuerpo. La tomó. llenos de una tristeza profunda y soberana.

Al borde de esas aguas que el suelo no succiona. Decididamente. . tra­ tando de traer a nuestro tiempo e incorporar a nuestra vida a esos rudos compatriotas retrasados. Pero sin la algarabía característica y ruidosa de los grupos. salió hacia Mon­ te Santo. cuando los cabras sambaban enfrentando a los plazas? Ese niño era un luchador experto. En esa travesía fácil. Había un enemigo más serio que debía ser combatido en una guerra más lenta y digna. en medio de los gajos finos del romero y de los cereus melancólicos. La guerra lo había convertido en un bandido hecho y derecho. después de demorarse cuatro días en Queimadas resolviendo los últimos obstáculos para la movilización de las fuerzas. paralizados en la quietud del cansancio total. inmóviles. EN EL CAMINO DE MONTE SA N T O 3 2 5 Acompañado por los estados mayores. El primer rancho en que se detuvieron. iba a la base de operaciones atravesando la región cuajada de heridos. suyo y del general Carlos Eugenio. encendidas las hogueras que brillaban en la superficie del agua oscura. acentuado paso a paso. aquilatando por las fatigas que soportó su comitiva bien montada y abas­ tecida. hecha en tres días. por las huellas ásperas del sertón. dos casas abandonadas. Sobre todo por las noches. las torturas que asaltarían a los caminantes que salían a pie. . continua y persistente. Nueve años de vida que arrastraban tres siglos de barbarie. el Tanquinho. prefiguraba los demás. en silencio. en caminos libres. Era el mejor y era insoportable: un sitio medio destruido. arrastrándose otros y proyectando sobre el manto de agua sus sombras deformes.— ¡Y cómo no! ¡Si habré tirado!. llevaba sobre sus débiles hombros un legado formidable de errores. parecían un conjunto trágico y emocionante. los hombres agachados junto al fuego y tiri­ tando de fiebre. como un tonto. a cada vuelta del camino se les aparecía un resto lúgubre de la guerra. no había lugar para esas visiones de futuro. ¿Me iba a quedar ahí. Pero bajo la presión de dificultades que exigían solución inmediata y segura. El Ministro de la Guerra. El tanque que lo bautiza pro­ viene de un crecimiento granítico que forma una reducida mancha de suelo impermeable sobre el que se quedan a flor las aguas. como compañeros de la tierra calcinada y estéril. era indispensable que la campaña de Canudos tuviese un objetivo superior a la función estúpida y bien poco gloriosa de destruir un poblado de los sertones. montones de hombres macilentos. Ofi­ . Toda esa campaña sería un crimen inútil y bárbaro si no se aprovechaban los caminos abiertos por la artillería para una propaganda tenaz. hacían su siesta decenas de heridos y acampaban los convoyes.

sombrero amplio levantado. Por eso. intermitentemente. vestido de cuero. . lleno de satisfacción ante hombres que nunca había visto. el cinturón y el largo facón. nietos y bisnietos. por hombres más tranquilos e inofen­ sivos. oficiales cargados sobre redes. revelaba la robustez maravillosa. como un campeador robusto cubierto aún por el polvo de las batallas. Un pequeño hospital. una docena de casas. a veces. en medio de las caravanas de guerreros desastrados. cuando no se desbarrancan en el fanatismo o el crimen. levantan­ do en los brazos cansados de un trabajo de ochenta años. al mo­ narca según gritaba convencido. En Cansancáo se atenuaron estas impresiones crueles.cíales que se acercaban sedientos a la orilla de la laguna. en el terrible y estúpido escenario de la guerra. En adelante. la nota superior de la fuerza y de la ro­ bustez era dada. a la derecha la aguijada. y aquí y allí. ese sitio minúsculo. inmóviles. Cansangáo era un paréntesis feliz en esa desolación. al ministro sorprendido. Pertenecía a una sola familia. es el único que en las narraciones de la campaña no despierta recuerdos dolorosos. por los caminos los mismos heridos y a orillas de los pantanos verde-negruscos. desviándose. A ca­ ballo. atraída como estaba por las bandas de fugitivos: soldados en marcha lenta. Y el robusto viejo que lo gobernaba. que dejaba ver la cabeza trigueña y franca. rígidos como cadáveres. Como contraste permanente. que aparecían aislados. tributó una ruidosa ovación al mariscal. dejando libre el curso de la cabalgata. congregando a su alrededor hijos. fijando puntos salientes en la urdimbre de las ruinas. La única zona tranquila en esa barahúnda. genuino patriarca. los mismos grupos miserables. Tuvieron dos horas de remanso consolador. especie de armadura de bronce. Esa parada fue providencial. los sombreros caídos sobre los ojos. los mismos cuadros. amplias manchas negras en la caatinga. El villareio era un clan. en una alegría ingenua v sana. tan característica de los matutos. allí acogía a los romeros cansados que iban hacia Queimadas. muy firme en su coraza pardo-colorada. en una actitud respetuosa y altiva. La comitiva avanzaba y se olvidaba en seguida de la imagen del sertanejo robusto. apoyados en las espingardas. entregado a la solicitud de dos franciscanos. la no­ bleza orgánica completada con un alma sin vueltas. un aliado. Su jefe. sordos al tropel de la cabalgáta. se enfrentaban de golpe con espectros tambaleantes que intentaban hacerles la venia mi­ litar y se volvían entristecidos. que se empleaba en los servicios de transporte. rastros de los incendios entre los que repuntaban escom­ bros de casuchas quemadas. de valiente disciplinado. orlados de algas. se topaba con un vaquero amigo. La antítesis del bandido precoz de Queimadas. y quedaba el matuto inmóvil. era también una revelación. A una vuelta del camino. al borde del camino. presentándoles un hijo de cabellos blan­ cos v nietos casi canosos.

Cada herido. sin una frase varonil y digna. indeleble. chocando discordes alusiones atrevidas. sin altura. al entrar. en una grafía bronca. fotografiando en esas grandes placas la cara tremenda de la lucha en ins­ cripciones lapidarias. que rara vez aparecía entre las casuchas de barro y paja. Quitándose en pocos días la apariencia común de las aldeas sertanejas. libre. Versos rengos. se abría una página de protestas infernales. En cada página aparecerían. torpezas increíbles en moldes pavorosos. donde desde hace cien años no se construye una casa. un reflejo de las negruras que alimen­ taba su alma. infamándolos. Y en todas partes — a partir de Contendas— en cada pared de cual­ quier vivienda más presentable. Los narradores futuros tratarían en vano de hacer descripciones gloriosas. . en los que se casaban pornografías con desesperanzas hondas. dejando en caracteres enormes la urdimbre del drama. La ola oscura del rencor que rodaba por el camino golpeaba esos muros. destacándose sobre el suelo limpio en seis grupos sobre los que ondean banderas y de donde irrumpen. esos palimpsestos ultrajantes. desesperadamente retorcida en vueltas infinitas. esos cro­ nistas rudos dejaban allí. los viajeros volvían a las amarguras de la huella polvorienta. . indestructibles. a carbón.Al dejarlo. . I os nuevos combatientes llegaban a Monte Santo sin el menor anhelo de desenfundar las espadas. ahogaba las paredes hasta el techo. en pasquines increíbles— libelos en bruto. La comitiva. estáticas. Pero se reanimaban al entrar en la base de operaciones. el aspecto real del mayor escándalo de nuestra historia —brutalmente. Allí se abría la mano de hierro del ejército. orlada de ranchos destruidos y pespunteada de punta a punta por los sucesivos grupos de fugitivos. improperios revoloteando por los rincones en una danza fantástica de letras tumultuosas. la villa se amplía. un barrio nuevo y mayor que ella. cubierto por el anonimato. sin fantasías engañadoras. al pasar. entraba por las casas. sin brillo. en desvíos. . vivas v mueras encima de nombres ilustres. en las que caían violen­ tamente puntos de admiración rígidos como estocadas de sable. dejaba en ellas. con rimas duras. Y la campaña perdía repentinamente su aspecto heroico. Sin la preocupación de la forma. donde surgía flagrante el sentir de los grabadores. dichos lóbregos de cuartel. ferozmente. reposaba envuelta por un coro silencioso de imprecaciones y maldiciones. dos mil barracas alineadas en avenidas extensas. teniendo al fondo. .

y en un inquirir incesante. por la calle y contemplándolos se veía un montón heterogéneo donde chocaban todas las posiciones sociales. periodistas sedientos de noticíasele daban un tono de plaza concurrida en día de parada. Era una batalla ganada. . el servicio de transporte. pasando los días en convivencia ruda con los troperos en Monte Santor entre los cuales aparecía de pronto. demostraba su prestigio. Con todo eso se consiguió una correcta disciplina. se había convertido en el director supremo de la lucha. que hasta llegar a la base de operaciones no se había quitado el paletó de alpaca con el que burguesamente recibía el saludo de las brigadas. soldados doblados bajo los equipos.a cada instante. Casi diariamente llegaban y volvían convoyes de y hacia Canudos. para dar la orden de partida. perfec­ tamente abastecido y dirigido por cirujanos a los que se unían los es­ fuerzos desinteresados de algunos alumnos de la facultad de Bahía 326. Una multitud de habitantes adventicios había llenado de pronto la aldea. La pron­ titud con que los habitantes del poblado se precipitaron sobre el cadáver y lo llevaron. Y ese hombre sin entusiasmo. Porque cada convoy que salía valía por batallones. heridos y convalecientes. carreros polvorientos de largos viajes. la cuestión primordial que hasta allí lo había conducido. con el reloj en la mano. Por fin. vencía la parálisis en que había quedado el asedio. mujeres de la vida. sin balancear opiniones estratégicas. a los encontronazos por la plaza. Ponía en los combatientes alientos de victoria y poco a poco. El mariscal Bittencourt adoptó una reglamentación rigurosa y se ocupó de adoptar medidas acordes con las complejas exigen­ cias de la situación. Lo decían las noti­ cias provenientes de la sede de operaciones. vibraciones metálicas de clarines y el sonar cadencioso dé los tambores. Cayó junto a las iglesias. acordes todas en indicar un mayor aliento entre los sitiadores que realizaban movimientos tácticos decisivos. grupos de estudiantes. gracias a su dedicación. sin alardes. una bala de carabina había abatido en la aldea a un cabecilla de importancia. El hospital militar se convirtió en realidad. Es lo que se deducía de las últimas noticias. el día 4. El mes de setiembre había empezado bien. Apenas comenzado. Los resultados de ese esfuerzo fueron inmediatos. A dieciséis leguas del centro operacional dirigía. se puso a punto. Oficiales de todas las graduaciones y armas.

los convoyes recibían de allí descargas violentas. debido al entusiasmo que le produjo no sólo a él sino a todo el ejército que observava con interés el efecto de la artillería. y por haber sido ese oficial el primero en iniciar el bombardeo y el último en tirar sobre la torre de la derecha. Duque Estrada Macedo Soares. El caso ocurrió después de seis horas consecutivas de bombardeo. El ejército había quedado finalmente libre de esos puestos de tiro altísimos desde donde se fulminaba a los sitiadores. consiguiendo derri' baria. Y al verlas abatidas. poco eficaces para el cañoneo. . produciéndonos muchas bajas entre muertos y heridos. Lo determinó una circunstancia desagradable: una equivocación en el envío de municiones hizo que se llevaran balas rasas de Krupp. Entonces se resolvió gas­ tarlas sobre las iglesias hasta que se acabaran. Orden del día N p 13. El comandante de la P columna caracterizó bien en la orden del día lo sucedido: " . ”. . habiendo tirado el alférez Duque Estrada el último disparo sobre la izquierda. y a salvo de nuestra puntería. prorrumpiendo en esa ocasión la línea de seguridad y las fuerzas de apoyo en una violenta y entusiasta burla de los jagunqos” *. desarticulándose en bloques. si bien el primero se encontraba con parte de enfermo. Y el resultado fue sorprendente. Desde el 18 de julio las ocuparon tiradores de gran pericia a cuyos ojos y puntería no se escapaba el menor bulto que salía de la protección de las casas. . Canudos. Por fin habían caído. el ejército entero hizo callar la fusilería para atronar el aire con alaridos retumbantes. 6 de setiembre de 1897. también habían recibido desde allí la primera salutación feroz del enemigo. el batallón paulista y el 379 de infantería.El 6 hubo un suceso de mayor importancia: una detrás de la otra. la brigada auxiliar. debido a los certeros tiros dirigidos por los segundos tenientes Manuel Félix de Meneses. Las fuerzas recién llegadas. . Frutuoso Mendes y el alférez H. una entusiasta y violenta burla de los jagungos. una detrás de la otra. Al dar su último paso transponiendo el río. * "Cuartel General del comando de la 1^ columna. “Para conocimiento de las fuerzas bajo mi mando publico lo siguiente: “Habiéndose ordenado hoy a los comandantes de las bocas de fuego que bom­ bardeasen las torres de la iglesia nueva. etcétera. echando abajo su carga de tiradores y golpeando pesadamente en el suelo de la plaza. en el campamento. Y fue totalmente imprevisto. “Elogio por lo tanto a esos bravos oficiales que dieron una prueba más de su pericia en la dirección de los cañones que comandan. impo­ nentes. acrecentando más el mérito por haberse presentado el segundo teniente Manuel Félix estando con parte de enfermo. cayeron las torres de la iglesia nueva. en lugar de granadas. tuve la satisfacción de ver en seis horas consecutivas la destrucción de las torres. entre nubes de polvo y cal. . puntos elegidos por el enemigo para tirotearnos con mayor eficacia. prorrumpiendo en esa ocasión la línea de seguridad y fuerzas en apoyo. porque las dos torres dominaban las líneas del cerco y reducían los ángulos muertos de las trincheras. arrastrando grandes trozos de pared.

. el coronel armó su barraca en el lugar donde hacía seis meses había muerto el jefe de la 3^ expedición. otro contingente del 59 regimiento y una boca de fuego. Los hizo bajar en silencio por los primeros tramos de las colinas. obedeciendo a la determinación del comando de la 1* columna. transpusieron el río y se metieron en Canudos.La campaña era eso mismo. objetivando el misticismo ingenuo y poniendo en el cielo les rezos propicitarios de los sertanejos rudos y crédulos. Sorprendidos. el hecho era de mal agüero. la aldea se había achicado. un contingente de la 4^ batería del 29 regimiento. La refriega había durado cinco minutos. El encanto del enemigo se había terminado. Desde el comienzo al final. diluyéndose miste­ riosamente en la altura. Al día siguiente sobrevino un desastre mayor. entre los altos del Mário anteriormente ocupados y el Vaza-Barris. El coronel Olimpio dispuso el resto de su pequeña fuerza en tiradores por los dos flancos. a des­ pecho de la tormenta de disparos que recibían. aquel coronel. En una situación domi­ nante sobre el grueso de las líneas ajustadas a orillas del poblado. Atrincherados desde hacía mucho tiempo en la Fazenda Velha. golpeados por trescientas bayonetas repartidas en dos cargas laterales. El día 7. ancho declive sobre la vertiente del morro. du­ rante más de dos meses habían obstaculizado el cerco de ese sitio. fueron vencidos de improviso. Todo el resto de la noche se empleó en esa . Los adversarios desparramados y perseguidos hasta el cerro de los Pelados por la vanguardia. Expugnada la posición. una burla lúgubre. siendo desalojados de las trincheras de piedra que tenían alrededor de la vivienda destruida de la Fazenda Velha. contribuyendo en mucho a las bajas diarias que las raleaban y emparejándose con las torres en barrer los parapetos mejor elegidos. . los jagungos no pudieron resis­ tir. a las diez de la noche. sin esas dos balizas blancas que la señalaban a los pastores. atacó con una fuerza compuesta del 279 bajo el mando del capitán Tito Esco­ bar. Después se arrojaron como una avalancha por el morro abajo. tan altas y esbeltas. . Al frente y a la retaguardia iban ex alumnos de las escuelas militares. en un reborde de la Favela. De pronto. TRINCHERAS SETE DE SETEMBRO Además. A dos pasos de la artillería y de los contingentes que la reforzaban. con la metralla en el centro fulminándolos a quemarropa. . blanqueando las noches estrelladas. algunas decenas de guerrilleros escarnecían los cañones del coro­ nel Olimpio que se asentaban en lo alto. estaba achatada. hundida. Una entusiasta burla. La fuerza sólo tuvo dos plazas fuera de combate. chocando con el firmamento azul. las alcanzaban de punta a punta. Impulsados por los sucesos de la víspera.

feliz y de extraordinarios resultados para el desenlace de la guerra. el mejor preparado para la invasión. Es una muralla de mármol silicoso poco más alta que el suelo. el cerco se extendería aún más. prolongándose por muchos kilómetros junto al arroyo de las Caraibas y cortándolo en sus meandros interminables. Partía de Juá. a una distancia de menos de trescientos me­ tros. Avan­ zaba con rumbo invariable hasta otro riacho de vida efímera. La había pensado y ejecutado el teniente coronel Siqueira de Meneses. hasta la entrada del Cambaio. en dirección al sur. Era. acortaba en más de un día el viaje hasta Monte Santo. La periferia del asedio había aumentado unos quinientos metros hacia la izquierda. Trasponiéndolo. bien temprano. Y al otro día. a la derecha. Realizó la empresa en tres días. a la tarde. que a tanto montaban los batallones 229. la serranía de Calumbi lo flanquea por ancho trecho. Con base en informaciones de algunos vaqueros leales. facilita la travesía rápida hacia Monte Santo en un trazado casi rectilíneo. Desde ahí hasta el frente. hecho con las piedras de las trincheras enemigas.construcción. se con­ vierte de golpe en una angostura estrecha. doblando a partir del punto conquistado hacia el oeste. constituía un camino estratégico in­ comparable. Salió de Canudos el 4. ese oficial supo de las ventajas del otro camino. aún desco­ nocido. y más corto que ellos dos. un ejército daría todo un flanco al adversario que se escondiese en sus laderas. el de Calumbi. CAMINO DE CALUMBI Se había realizado una operación seria. el Caxomongó. . Y al dejar esa situación grave. en rumbo hacia el norte. Y se propuso explorarlo afrontando los mayores riesgos. ese mismo día. donde se bifur­ caba con el del Rosario. derivando hacia la izquierda y desde ésta. caería en otra peor. entre todos. 99 y 349. cerrando completamente los dos cuadrantes del este. pues seguía firmemente la línea nortesur. Yendo en dirección sudeste. porque el camino. quizá la acción más estratégica de la campaña. al frente de quinientos hombres. bajo el inmediato mando del mayor Lidio Porto. Nada denuncia el desfiladero oculto por la ramazón tortuosa de las umburanas que se levantan por ahí cerca. la Trinchera Sete de setembro gobernaba la aldea. Pasó por el nuevo cami­ no descubierto volviendo el 7 por el del Cambaio en un movimiento rá­ pido. después de saltar una gran lomada. El nuevo camino abierto para el traslado de tropas y convoyes y cerrado a los jagungos que lo usaban de preferencia en sus excursiones hacia el sur. cerca de la confluencia del Mucuim. Ahora bien. fuerte reducto de cerca de un metro de alto. osado. que corriendo entre los caminos del Rosário y del Cambaio.

De una margen a la otra. duras y rugosas en todos sus puntos.a manera de grosera barbacana cerrada por un postigo estrecho. amplia hon­ dura pesada. entre­ cruzadas por vetas blancas de cuarzo. De modo que al llegar ahí. siguiendo sucesivamente por Uauá. Allí no había trincheras. y lo lograran. Infinitas cavidades de bordes cor­ tantes. en cuyas orillas se rompen en grandes placas lucientes de color azul oscuro. Se habían evitado por azar dificultades tan serias en la más completa ignorancia sobre ellas. cae dentro del río Sargento. Si hubiese sucedido ni un soldado habría llegado a Canudos. pues caminantes tranquilos apenas consiguen avanzar de uno en fondo por una huella intermedia que lleva a la Várzea. En semejante sitio el combate sería imposible. pasado un kilómetro. como láminas de dagas. la minan las lluvias de las tempestades después de las sequías. exca­ vadas en quebradas anchas. por el Cambaio. Y ella refleja. creando otros impedimentos. muestra un notable fenó­ meno de descomposición atmosférica. Las anteriores expediciones. un obstáculo inevitable. surcos hondos de aristas rígidas y finas. Un desastre mayor agravaría la campaña. por Macacará y por el Rosario. el suelo cae en declive hacia la Várzea. aún tendrían más adelante. muy áspera. siguiendo la costumbre. erizadas en puntas punzantes. variando siempre la ruta elegida. de lecho sinuoso y hondo. poco espaciadas. Y si éstas intentaran vencerlo. La corroen. La marcha por el Rosario había sido la salvación. Las espingardas colocadas en la cres­ ta de ese muro natural podrían barrer columnas enteras. caerían sorprendidos a los primeros pasos en un terreno casi impracticable. muestran de manera impresionante el accio­ nar secular de elementos enérgicos que por tiempos la trabajan. se veían las trincheras de los jaguncos. los invasores serían abatidos a tiros. sustituye al camino en una exten­ sión de media legua. tomarría por el camino del Calumbi que todavía no se había usado. . Traspuesto el pasaje. Este foso extenso que como los otros de las cercanías no es un río sino un drenaje transitorio de las aguas que se canalizan hacia el Vaza-Barris. El camino desaparece. inmóvil y sufriente. la agitación de las tormentas. Pisando esos lugares no habría bota que resistiera ni cuidados que evitaran caídas peligrosas. Una capa calcárea. la perforan. mostrando una travesía aparentemente fácil pero realmente difícil para una tropa en la dinámica del combate. habían hecho creer a los sertanejos que la última. con fragmentos de sílex y rodeada de caatingas espesas. lo que suponía una difícil empresa contra antago­ nistas de tal manera guarecidos. Un hecho geológico común en los sertones del Norte reemplazaba en seguida estos accidentes. Los tres mil hombres de la columna Artur Oscar no lograrían atrave­ sarlo. allá abajo. cruzando sus fuegos. No eran necesarias. Y en el caso que pudiesen avanzar. las capas superpuestas de esquistos.

eran rechazados de sus mejores puntos de apoyo y apresa­ dos por las mallas del cerco. Por cierto. iban a encontrar todo liquidado y se sentían escandalosamente atraídos por los acontecimientos. partió la brigada de los cuerpos policiales del norte y tal precedencia originada exclusivamente en ra­ zones administrativas. En primer lugar. fue poniendo guardias en los principales puntos del camino hasta Juá. un extenso semicírculo.El teniente coronel Siqueira de Meneses. Su trecho principal desde el río Sar­ gento hasta Suguarana. II MARCHA DE LA DIVISION AUXILIAR Los nuevos expedicionarios. y desde allí hacia el oeste. El fin de la campaña parecía próximo. en la Fazenda Velha. porque los jagungos huyendo hacia el poblado habían aban­ donado aquellas posiciones. pasando por la Várzea y Caxomongó. donde se veían algunas calaveras y esque­ letos de los muertos de la expedición Febrónio. El cerco se había ampliado. tomándoles trece cargueros y fue a salir por la con­ fluencia del Mucuim. sorprendió allí a unos piquetes enemigos. el 13 de septiembre. fue en segui­ da custodiado por los batallones 339. detenién­ . Canudos estaba ahora sitiada desde el extremo norte al sur. llevaban un temor singular: el miedo cruelmente an­ sioso de no encontrar ya a ningún jagungo para luchar. MIEDO GLORIOSO Los rebeldes disminuían sus posibilidades todos los días. A los jagungos sólo les quedaban por el noroeste los caminos del Uauá y la Várzea da Erna. en la punta del camino del Cambaio. pasó por la Lagoa do Cipó. Atra­ vesó las trincheras abandonadas que dejó ocupadas por un ala del 229. Quedó abierto para la movilización de la fuerza un camino seguro y rápido. saliendo de Monte Santo por el camino recién descubierto. De ahí enderezó hacia el Cambaio. La brigada norteña avanzaba vertiginosamente trotando por los caminos desde el primer atisbo de la mañana. a causa de múl­ tiples reveses. 16? y 289 de la 2^ brigada y un ala del batallón paulista. tomando de sorpresa dos trincheras allí existentes. había dolido hondo en el ánimo de los que com­ ponían la brigada de línea que marcharía algunos días más tarde con el general Carlos Eugenio. en su ruta admirable y hecha con ventajas.

está al borde del río y éste. que les daba un aspecto de hombres del monte. Al alcanzar el sitio de la Suguarana. sentían irrefrenables temblores de espanto. totalmente cubiertas por piedras de todos los tamaños. en su marcha vertiginosa. agravando la dureza de la caatinga. acamparon. a medida que se alejaban por el sertón. junto a la­ deras a plomo de tres metros de altura. absorbían las escasas lluvias que por allí se producen. un rancho miserable. La tropa llegó allí en plena mañana. disci­ plinados como los mejores de la línea y el del Amazonas. gol­ peada desde hacía tres meses por los cañoneos. destrozada por los asaltos. si el viento era propicio. como para los que llegaban desde Suguarana. El terreno. . El paraje muerto se animó de pronto. se alzaban altas ingaranas . entrando a la zona peli­ grosa. Pero en esa alegría guerrera aún despuntaban algunos sobresaltos. Por las márgenes del río. En Caxomongó. devorada por los incendios y defendida por una sola guarnición. que parecía la boca de una mina. los campeadores — bien nutridos. La lucha sertaneja no había perdido completamente los rasgos misteriosos que conservó hasta el fin. aguijoneada por el anhelo enfermo de medirse al menos en un encuentro fugitivo con aquellos po­ bres adversarios. seis leguas distante de Canudos. apuestos y sanos— allá iban en demanda de la ciudadela de barro. con el uniforme característico que adoptaron desde su llegada: grandes sombreros de paja de carnaùba. Desde allá se oían los estampidos de la artillería. El sitio. lleno de tiendas. en su tercer día de camino. al borde de una ipueira fértil. se reanimaron. . La parada era estéril y lúgubre. armas y la animación ruidosa de 968 combatientes. rodeada de pintorescas serranías. el 15 de setiembre. Los ambiciosos luchadores.dose solamente cuando el sol quemante agotaba a los soldados. La brigada de línea la alcanzó. carpas. Fui testigo de uno de ellos. pasando por sitios destruidos. Era la última parada. La brigada del coronel Sotero había llegado al sitio de Caxomongó. se distinguía hasta el crepitar de los tiroteos. A pesar de la hora. de gres colo­ rada y grosera. presenta un lecho completamente seco que desa­ parece en seguida entre colinas desnudas. como encontraron agua suficiente en un pozo profundo y oscuro. Y arrojándose por los caminos. tanto para quien viniera de Boa Esperanza. Al día siguiente alcanzarían la aldea. tenía estratos exageradamente inclinados en 45° y en virtud de esa disposición. Los dos cuerpos de Pará. entre las planicies yermas.

Era un desahogo. a la distancia de dos kilómetros. divisó o creyó divisar. gritos de alarma. que abra­ zaba a la naturaleza adormecida y quieta. en la lejanía. No había nada que temer. súbito y veloz. Los batallones fueron dominados por la hipnosis de un espanto indescriptible. las filas se alinearon — espadas desenvainadas. Había sido una falsa alarma. rodando sordo en el silencio. por encima del lecho del río. BUSCANDO UNA MEDIA RACION DE GLORIA Al amanecer se habían extinguido los temores. . Era un tumulto. un bulto sospechoso deslizándose en la sombra y disparó su espingarda. la nueva. atrevidamente. El enemigo allí cercado ya no tenía aliento para aventuras por los caminos. Era el enemigo anhelado. todavía con hojas. Tanto la noche como el día transcurrieron en completa placidez. Un centinela del cordón de seguridad extendido alrededor de las carpas. Y el día pasó tranquilamente. los combatientes. Iban rápidos. La brigada aparecía como una larga estera bajo la onda luminosa de la luna. revólveres en alto— en un crepitar de estallidos de bayonetas. En el flanco izquierdo había detonado un tiro. el bombardeo de Canudos. esperaban el asalto.que cruzaban con su ramaje. Canudos. Entonces. de sorpresa. sobresaltada. tranquila y enorme. buscando a ciegas la orilla. sobre los que tanto ansiaban medirse con ellos. . para despertar a las diez de la noche. Cayó la noche. con sus paredes maestras . Pelotones y compañías formándose al azar. Hacia el norte. allá abajo y allá adelante. . . . Si aparecieran. órdenes de comando. sonaron cornetas. pelotones y compañías con parte de los combatientes corriendo. Los soldados armaron decenas de hamacas en las ramas. Y la tropa se adormeció temprano y en paz. Transcurridos unos minutos. Venía como había venido sobre los otros expe­ dicionarios. Y de pronto. presos de una emoción jamás imaginada. Irrumpían sin miedo por el valle sinuoso del río Sargento que desbordaba en una creciente repentina de uniformes. secciones de armas prontas a cargar contra el vacío. Sal­ taron el morro desnudo cuyas vertientes opuestas caían abruptamente sobre el valle de Umburanas. La conocían de cerca. los jagunqos vendrían al encuentro de un anhelo todavía no satisfecho. pasó la visión misteriosa de la campaña. buscando su puesto en la maraña de la formación. Allá estaban las dos iglesias derruidas enfrentándose en la plaza legendaria. ofi­ ciales sorprendidos saltando de las hamacas caían sobre el lecho del río. preguntas ansiosas. sin torres. Volvía la impaciencia heroica. cuadrados a la espera de una carga de caballería. . se oía.

Bajando por la pendiente sur. numerosas y desparramadas. Volviendo a la izquierda. en busca de una guerra sangrienta y fácil. Y al encon­ trarse con los pobladores se afianzaba la ilusión: hombres vestidos a lo paisano. Se había reconstruido el barrio conquistado. había perdido la apariencia revuelta de los primeros días. nada denunciaba la estadía de un ejército. a la calle. Se llegaba a la repartición del Cuartel Maestre General . la vieja. se llegaba. en el asalto del 18 de julio. A primera vista. a la derecha. estaba el de la 2^. en la cumbre. el caserío. Por ese lado es donde se había penetrado más profundamente en la aldea. con el bello aplomo de los candidatos a la historia. La canícula abrasadora que convertía a las carpas en hornos había inspirado esa arquitectura bucólica y primitiva.derrumbadas. pero eran las únicas ajustables al medio. en ruinas y renegrida. la plaza de las iglesias. Habían llegado a tiempo. Se estaba sobre la falda en cuya base se desarrollaba el trecho más peligroso del sitio. la línea negra. centralizada por el batallón 259. a la comisión de ingenieros. Pasado el cerro a cuyo pie se asentaba. erigidas al sesgo de las colinas. techos y paredes de ramas de juázeiros. Alrededor. se veía a sólo cien metros. El extraño entraba a desconfiar de una equivocación en la ruta que lo hubiera llevado hasta un poblado de jagungos. Se veían dentro de un nuevo poblado. Ya no les faltaría la media ración de gloria disputada. la mayoría cubiertos con sombreros de cuero. levantando un pedazo del campanario derruido desde donde el fantástico compañero tantas veces había llamado a los fieles para la oración y para el combate. y a poca distancia. rotas de arriba abajo. un vasto albergue cubierto de cuero: el hospital de sangre. en otra casa miserable. Ya era como otra aldea a un costado de Canudos. mujeres mal encaradas cosiendo tranquilamente en las puertas. Atra­ vesando el lecho vacío del Vaza-Barris. ASPECTO DEL CAMPAMENTO El campamento había cambiado. se pasaba por el cuartel general de la 1^ columna. sin frente. o dispuestas por los valles diminutos. los recién llegados tomaron por una zanja retorcida. se sucedían pequeñas ca­ sas de aspecto original y festivo: hechas de follaje. hasta que tropezaba con la tienda del general. mal arreglados. a mitad de camino. Entraban jubilosos al campamento. A uno y otro lado del camino. la tienda del comandante general. arrastrando espadas y espingardas. descalzos o calzando alpargatas y cada tanto. dispuesta en una casa que no fue destruida y al mirar por las rajas de las paredes espesadas con lajas de piedra. Se tenía la impresión de llegar a un villarejo sospechoso del sertón. de forma singularmente inadecuada para vivir en ellas.

. La observación más concen­ trada. Parecía una antigua necrópolis. apenas se levantaban en relieve desde el suelo y la vista. abajo. en el que hacía de dique el 269. una mina enterrada y enorme. Ese pedazo de sitio era todavía escaso frente a la amplitud de la aldea. un schrapnell arrojado desde la Favela reventó dentro del caserío anexo al sitio donde se hacían las oraciones. durante algún transitorio armisticio. . o. Resulta que como estaban cubiertas de techos de arcilla colorada. seguían replicando con el mismo vigor de antes. La aumentaba el misterio del lugar. roída de erosiones. Y desde allí salió inmediatamente una réplica cruel que turbó a los artilleros del coronel Olimpio: un largo e indefinible llanto. La perspectiva impresionaba. la trinchera Sete de Setembro. se alcanzaba el cierre extremo del cerco prolongado por el 59 de Bahía extendido por el canal hondo del río de la Providencia. Canudos tenía por ese tiempo — fueron contadas una a una después— cinco mil doscientas viviendas3 2 T . raquíticas y minúsculas. Porque los jagungos. el rumor doloroso de clamores de angustia haciendo que el cañoneo cesara a la voz austera y conmovida del comandante. revelaban la existencia de gente emboscada. los llenaba de asombro esa Babilonia de casuchas que se extendía por las colinas. Esta los sorprendió. Había mujeres y niños sobre los que durante tres meses estallaron masas de hierro y fuego que muchas veces. esta­ llase en lo alto del morro para que de allí surgiera la réplica inmediata. Pero que el observador no hiciese demasiado bulto sobre su parapeto porque las balas disparadas de allá abajo. Bastaba que un disparo cualquiera. a manera de un baluarte junto a la Fazenda Velha. se contemplaba en lo alto. después de cruzar el lecho de aquél. . Repug­ naba admitir que hubiese allí tantas vidas. no lograba distinguir un solo bulto. Lo mostraban los escombros en donde se ocultaban. a cualquier hora. confundidos todos esos techos y pare­ des en el mismo desmoronamiento. Siguiendo la ruta. en una tierra llana arenosa que el Vaza-Barris inunda en el tiempo de las crecientes. acomodada al principio al conjunto compacto del caserío alre­ dedor de la plaza. allí no sólo existía una guarnición de valientes indomables. Pero éste era completo. Días antes. Acostumbrados a las proporciones exiguas de las aldeas sertanejas. los nuevos expedicionarios tenían una imagen nítida de la situación que diluía en parte su optimismo. aunque no tenían más la iniciativa de los ataques. mirando hacia la izquierda. De allí a doscientos metros. se hacía la ilusión de un volumen desproporcionado. Además. en el fragor de la lucha. Recorriendo así el cerco atrincherado.y campamento del batallón paulista. pusieron la nota conmovedora del llanto. tratando de disfrazar cualquier síntoma de debilitamiento. la sombra fugitiva de algún hombre y no se oía el rumor más fugaz. Caían sin perder su altivez.

tenía la serenidad de un pequeño poblado bien vigilado. gracias a los convoyes diarios. Su precisión rítmica indicaba que en Canudos había tiradores apostados que querían recordarle a los sitiadores que el sertanejo velaba. estudiantes en días festivos forzados. hora a hora. caían en su preocupación primera: que el enemigo in extremis 3 2 9 tuviese todavía aliento para poder lucir su temeridad y su fuerza. A veces. inopinadamente. doblemente bloqueados. Mientras tanto. registraban. hasta la plaza. casos felices de antaño. de follajes salpicados de flores marchitas de juázeiros. con envidiable apego a la ciencia. eran inofensivas. en el lugar más avanzado del cerco. reían ruidosa­ mente y recitaban versos y por las paredes ralas de todos los ranchos rientes. con la atracción irresistible de un tem­ peramento franco y jovial. anécdotas hilarantes o discusiones sobre política general. totalmente opuestos a la guerra. presiones y temperaturas. Ya nadie las advertía. aunque algunas. el general Artur Oscar. llenos de triunfos y ahora. juzgaban inútil gastar más vidas para apresurar la rendición inevitable. Ocurrían cosas ex­ travagantes. De manera que los combatientes nuevos. repelidas por las crestas de los cerros en trayectorias altas. penetrando en el templo en ruinas. El campamento. siendo noche cerrada. observadores tenaces. La vida se había normalizado en esa anormalidad. los soldados de la línea negra. Los que allí estaban ya tenían demasiada gloria. Discurría sobre temas varios. Hartos. El interlocutor de nuestro lado subía al borde de la trinchera y volviéndose a la plaza. Se quedaban en una pasividad irritante. mantenían largas conversa­ ciones con los jagunqos. inscribían invariablemente un cero en la nubosidad del cielo y consultaban muy gravemente el higrómetro. entre millares de soldados y millares de mujeres — entre lamentos y bramidos. golpeaban en las paredes de las barracas. lanzó fuego sobre los restos de la iglesia vieja que ardió completa 3 2 8 . La musculatura de hierro de las brigadas nuevas ansiaba medirse con los estertores de los insurrectos. En la sede de la comisión de inge­ nieros. a la noche. fuera de los intervalos de los ataques que cada vez eran mayores. tirando allá adentro dos bom­ bas de dinamita que no explotaron. centralizaba largas charlas. hacía al azar un llamado cual­ . entre lágrimas y balas— los re­ beldes se rendirían de un momento a otro. Un sargento del 59 de artillería se había aventurado dos veces. Pero no impresionaban. Un alférez del 25?. escasas. iniciándose en esta pelea de­ sigual. como tampoco impresio­ naban los tiroteos fuertes que todavía surgían. en trayectorias bajas. Era fatal. durante la noche. con la subsistencia segura. La seguridad de ganar el pleito ya había dado lugar a grandes temeridades. Las balas que pasaban. En la farmacia militar. imitándole el arrojo.Así. Nada que recordase la campaña feroz. días después. salían voces y risas de los que allí adentro no tenían temores que les ennegrecieran las horas ligeras y tranquilas.

sesteando. desde las ruinas de las iglesias. diariamente removidos de los puntos avanzados. iban rodando las risas ahogadas. se largaban media docena de insultos rispidos en una jerga enérgica. El espectáculo diario de la muerte les dio la despreocupación por la vida. como si todo eso fuese un rancherío de troperos felices. el primero que le acudía a la mente. Los soldados del 59 de policía. Algunos morían cantando. saltaban a los planos de fuego. La guerra los había endurecido. No pocas veces la singular conversación derivaba a cosas jocosas y por las líneas cercanas. Los antiguos comba­ tientes andaban por fin por el campamento entero. las balas. rebotando. terriblemente. en el suelo. que cruzaban por esos puntos transidos de miedo. casi de rodillas. de lado a lado. de la extrema derecha a la extrema izquierda. de muerte. nombres de bautis­ mo. le respondían en seguida. los botones de la chaqueta brillantes— se ponían en una abertura cualquiera o se paraban en la cumbre desguarnecida de un cerro distante a dos kilómetros de la aldea. Entablaban un coloquio original a través de las sombras. corriendo. disparando sus carabinas y seguían teniendo en las bocas. como si nombrase a un viejo compañero e in­ variablemente. tres o cuatro moribundos. a los rasgados en las guitarritas. . o de los que no largaban interjecciones vivas ante incidentes triviales. mataban el tiempo cantando para mitigar las nostalgias de sus pueblos del Sao Francisco. intercambiando informaciones sobre tópicos variados. a la entonación lánguida de las tiranas. lugar de nacimiento. con la misma manera dolorosa­ mente irónica. frenéticamente. Se reían de los recién llegados inexpertos. Entonces. silbando con un silbido suave por el aire. Si la fusilería apretaba. Y como punto final. encogidos. Un snobismo lúgubre. en la oscuridad. o de los que no refrenaban sobresaltos ante la bala que golpeaba cerca. volvían a la alegría sertaneja. desde el centro del caserío o más cerca. El diálogo se prolongaba hasta la primera divergencia de opiniones. las rimas de sus canciones prefe­ ridas. Algunos alardeaban su charlatanería del coraje. dos. como un psizz insidiosamente acariciador. sin las primitivas cautelas. . y aplacada la refriega. rispidos. diciendo un nombre común. E L CHARLATANISMO DEL CORAJE Todo el mundo se había adaptado a la situación. Al llegar a los sitios más expuestos esquivaban el paso de los proyectiles que caían en seguida. cadenciosas. para sopesar el rigor de mira de los jagungos en su alcance máximo. a pesar del ilusorio abrigo que les daba el muro de tierra. En las narraciones a los nuevos compañeros .quiera. en figuras cómicas. familia y condiciones de vida. Uniformados —los galones irradiantes al sol. resonantes. se batían como demonios. lo hacía con voz amistosa. al son de los estampidos.

escaseaban las provisiones y cada vez más se acen­ tuaba el desequilibrio entre el número de combatientes válidos. En último caso. recientemente. desde Bahía a Piauí. De ese modo dejaban a los sertanejos la mejor salida. terrible defensor de Cocorobó y Joaquim Norberto que guiaban a las fuerzas por la carencia de otros mejores. llevándolos a la matriz donde se habían gestado todos los elementos de la revuelta. subdividiéndose en múltiples vías por los campos. nue­ vos refuerzos de combatientes. Los largos días de privaciones que victimaron a los mismos ofi­ ciales. porque el antagonista estaba en los estertores de la muerte. Macambira. Habían desaparecido los principales cabecillas: Pajeú. Todas las minucias. Como figuras principales quedaban Pedráo. Por allí llegaban pequeños abastecimientos y podrían entrar. no podía aceptar un papel tan se­ cundario: hacer treinta leguas de sertón sólo para contemplar — espec­ tadora inofensiva y armada de los pies a la cabeza— la derrota de la aldea. a voluntad. no había reducido al enemigo a sus últimos recursos. Todos los incidentes. Y concluían con que quedaba muy poco por hacer. Las lides afanosas de la caza de los cabritos ariscos o la búsqueda de los frutos de los arbustos muertos. Los episodios sombríos de la Favela con su cortejo de combates y sufri­ mientos. Porque se dirigían precisamente por los rumbos más favorables. aunque sentían su fuerza decaída mien­ tras aumentaba la del adversario. era el escape salvador. Aquello ahora era un pasatiempo ruidoso y nada más. sin embargo. cediendo poco a poco a ese estrangulamiento lento. continua­ . III EMBAJADA AL CIELO Pero el bloqueo. . el siniestro Joáo Abade. La población. que murió empachado de harina después de tres días de hambre. hacia la extensa faja del Sao Francisco. La División Auxiliar. hasta alcanzar los insignificantes lugarejos mar­ ginales de aquel río. . apenas sería perseguida en las primeras leguas. después el desierto sería su abrigo seguro. atravesando rincones totalmente desconocidos. un alférez por ejemplo. rastreándolos. en agosto. en los últimos combates de julio. Por otro lado. incompleto y con un extenso claro al norte. Los caminos hacia la Várzea da Erna y el Uauá estaban francos. sin el movi­ miento febril y convulsivo de una batalla. en las privaciones sufridas. José Venancio y otros. entre Chorrochorró y Santo Antonio da Gloria. Sin embargo no lo hicieron.insistían mucho en los pormenores dramáticos. atravesando un vasto trecho de territorio que es el núcleo donde se ligan y se confunden los fondos de los sertones de seis estados.

en pro de los defensores. viejos. ingenuamente: Antonio Conselheiro había seguido viaje hacia el cielo. su organismo debilitado se quebró. Y se quedaron para todo y para siempre. Esta mayoría obstaculizaba el movimiento de los primeros y reducía los recursos. las reliquias desprendidas de las paredes y. Tal vez arrastrada por el espíritu ambicioso de algún cabecilla que prefigurase las consecuencias desastrosas del he­ cho o. Allí lo encontró una mañana Antonio Beatinho. los altares caídos.mente disminuido y el de mujeres y niños. resolvió dirigirse directamente a la Providencia. Tan simple. El 22 de agosto había fallecido Antonio Conselheiro 330. No lo quisieron. Al ver muertos a sus principales ayudantes y a tan grande número de soldados. si más tarde. Los vencidos lo relataron después. el Bom Jesús caer del altar mayor y dar en tierra. Estaba rígido y frío. Llevó su abstinencia de costumbre a un ayuno total. llevaba al pecho un crucifijo de plata. Ni tampoco irse afuera como otras veces. nacida espontáneamente de la hipnosis colectiva. Al ver caer las iglesias. dentro del templo en ruinas. Porque el profeta vendría en breve. la frente pegada al suelo. los mismos que las atravesaron no hubieran revelado el origen de ese admirable estoi­ cismo. Estaban pegados a las trincheras. luego que la beatería impresionada notara la falta del apóstol. La vida de la aldea se volvió entonces atroz. herido de violentas emociones. lisiados y enfermos. destruido el santuario. Días de angustias indescriptibles fueron soportados ante las últimas puertas abiertas a la libertad y a la vida. aunque sufrieran las mayores privaciones. El fantástico embajador estaba ahora junto a Dios. Lo revelaron después la miseria. Era menester que allí se quedasen para la expiación suprema. se adaptaron a un ayuno casi total. contra lo que era de es­ perar. Podían huir. filtrarse poco a poco en grupos diminutos por los caminos que les restaban. conocedores de su desamparo. dejando a aquéllos desahogados y evitándose el último sacrificio. entre millones de arcángeles. Y un día quedó inmóvil. Motu proprio. capital en la historia de la campaña. todos los seres frágiles y abatidos. en el lugar mismo de sus crímenes. Había dejado todo prevenido. y que pa­ recía debía producir su terminación inmediata. . bajando en un vuelo olímpico. Comenzó a morir. despe­ dazado por una granada. Pero no los dejaron. avivó la insurrección. continuamente creciente. lo que también se puede creer. no podían salir del lugar donde se encontraban. aunque en los últimos tiempos pocas veces lo veían. de modo inexplicable. Este acontecimiento. los santos hechos asti­ llas. el completo abatimiento y la espantosa flacura de seiscientas prisioneras. alucinadora visión. Así es que los soldados. y se divul­ gase la extraordinaria noticia.

los soldados fueron metiéndose por las calles. por ser las más distantes. COMPLEMENTO DEL ASEDIO Al alba. en el momento en que la puerta de la choza se abrió. abandonaban el poblado. el teniente coronel Siqueira de Meneses. en desquite terrible. retrocedían resistiendo y acom­ pañándolos. erigido después del fracaso de la 3? expedición y en él. los guerrilleros quedaron obstruidos por la barahúnda del mujerío miedoso. capitán Afonso Pinto de Oliveira y teniente Joaquim Potengi.cayendo sobre los sitiadores. mientras la izquierda de la línea y de los cañones de la Favela iniciaban un reñido ataque. cubiertas algunas con tejas. Los jagungos no contaban con que fuesen hasta allá. las "Casas vermelhas”. a golpes. Se aliviaron todas las almas. hacia adentro. las destrozaban después a culatazos y sobre el montón de trapos y muebles miserables. abrazado a su mujer e hija. la situación cambió. la resistencia estupenda de alguno que se jugaba cara la vida. circunstancia desastrosa en la emergencia para los rebeldes. el ala derecha del de Sao Paulo guiada por el mayor José Pedro de Oliveira. Se veía un suburbio nuevo. disparándolas al azar. asaltando los pequeños contingentes que lo guardaban dentro de las últimas viviendas que estaban diseminadas por aquel lugar. No estaba convenientemente guarnecido. edificaciones más correctas. algunos incrédulos y entre ellos Vila-Nova. fulminándolos y comenzando el Día del Juicio. se tiró rudamente sobre la entrada y mató. Le faltaban las trincheras que eran tan numerosas en otros puntos. Pero no cedieron en seguida la posición. y marchando por el lecho del río. tomando por caminos ignorados. Adelante retro­ cedía el sertanejo metiéndose en los ranchos y aquí y allí. Era el punto de Canudos diametralmente opuesto a la Fazenda Velha y más distante del primitivo frente del asalto. Colocaban la boca de las espingardas sobre los tabiques de barro. estaban repletas de mujeres y niños. 389 y 32? bajo el mando del mayor Henrique de Magalháes. tiraban fósforos encendidos. todas las viviendas. y un contingente de caballería al mando del alférez Pires de Almeida. Tomando la ofensiva. Eran los últimos que salían porque el día 24. . y ninguno notó que poco después. La fuerza. atrayendo hacia aquel lado la atención del enemigo. Uno de ellos. marchó hacia la parte todavía desguarnecida del cerco. los creyentes se dispusieron para los peores momentos de la penitencia que los salvaría. seguido por los batallo­ nes de líneas 249. Cada tanto salía alguno. y. reeditaban episodios inevitables. llevando el 249 a la vanguardia. Como en general les sucedía. el del Amazonas. les cayó encima por sorpresa. bajo pretextos varios.

el adversario retrocedía pero no huía. Era la sombra del cuadro. separado apenas por algunos centímetros de pared. Se detuvieron. De pronto. Aplaudían. indistinguibles entre el humo. fustigados por la fusilería. Sin fuerzas para levantarla. En un rincón de la salita invadida. en tumulto. Atestadas de curiosos. perdiéndose alargadas sobre las cumbres de las colinas. cubierto de harapos. a dos pasos. una llamarada. repelidos por el cañoneo. El jagungo se quedaba. como el telón que cae sobre un acto de tragedia. Desaparecían totalmente las casas. en el esplendor siniestro de los incendios. Lo recortaba. del otro lado de la barrera. tuvo una frase lúgubre: "Al menos maté a uno. torcía la cara en una mueca de cólera impotente. Estallaban "bravos”. el alférez Pedro Simóes Pinto. caído de costado. Por su gran rasgón abierto de arriba abajo. desesperado. O los escondían las nubes de humo de los fuegos de lenta combustión. se les aparecía como una ficción estupenda. abarcándolo de extremo a extremo y ocultándolo. en un círculo de soldados que lo abatieron a sablazos. atronando al norte. la aldea desaparecía. Los grupos miserables. compactos. Esta refriega. medio desnudo. Delante de los espectadores se extendía un lienzo de humo. en la misma vivienda. se divisaba un pedazo de la aldea. entre los dos fuegos. en ese escenario revuelto. Las baterías de la Favela golpeaban de frente. en la pieza de al lado. . En poco tiempo tuvieron trece bajas. Era el proceso usual y obligatorio. . Y al expirar. . Adelante no había terreno neutral. ajustando su puntería. casi sin fuerzas para sentarse. todas las casitas adyacentes a la comisión de ingenieros formaban una platea enorme para contemplar el drama. con algunas llamaradas fugaces. dejándola luego al descubierto. adensándose o deshacién­ dose según la acción de los vientos. al fondo del santuario. apenas lo hacía se le caía de los brazos flojos. real. Estos avanzaban empujados por el soplo del nordeste. entre los escombros. rodando por los techos. indomable. con su humo amarillento. un curiboca viejo. disolviéndose ante un trecho de­ sierto del río. vigilante. Pero esta resistencia a todo trance en la que entraban los mismos mo­ ribundos. Además. del 249. chocando con el frente de la iglesia nueva. Fue un episodio truhanesco y funesto. Para no perder el avance se detuvieron y formaron barrera con los muebles y destrozos de las casas. terminó por cortarles el paso. adelgazado hasta la flacura extrema. rubio y sin brillo — una chapa circular en brasas— un sol de eclipse. En esos intervalos.al primer agresor que encontró. desapa­ recían al fin. resonaba en el campamento ponién­ dolo en alarma. Murió en seguida. extendiéndose por el suelo. trataba de disparar una lazarina antigua. a veces completamente. Los plazas lo rodearon por un instante y en seguida estallaron en un coro estrepitoso de carcajadas. Se quedaba adelante. concre­ ta. grupos de mujeres y niños corriendo hacia el sur. pateaban. La escena. ” 3 3 \ Otro distrajo a los soldados.

las posiciones recién expugnadas. Canudos estaba bloqueado. de modo que. En todo el cuadrante del noroeste. efectivo. Se formaban los cuerpos de reserva. cortando los caminos del Uauá y de la Várzea da Ema. Además. guarniciones espaciadas. Los jagungos re­ trocedían. . como espectadores frenéticos agitando sus bi­ nóculos inútiles. dando la idea de un ataque del enemigo en una revancha repentina. al sur. Al este. . Se prolongaba anormalmente. sin la intervención de descargas o de tiroteos cerrados. los ecos de los estam­ pidos a veces sonaban a la derecha y a retaguardia. liberados. el 38?. la Favela y el baluarte dominante de la trinchera Sete de Setembro. el ala derecha del batallón paulista y el 32? de infantería. al norte. el centro del campamento. La nueva llegó en seguida al campamento y de allí salieron correos hacia Monte Santo desde donde el telégrafo la desparramaría por el país entero. cuando las nubes de humo se adensaban estallaban en groseros clamores de contrariedad. de actuar en el drama. guarnecidas por el 319. por su lejanía. Porque la acción se prolongaba. una línea de banderolas coloradas. A lo lejos se oían igualmente el coro de insultos y vivas. Se intercambiaban ór­ denes precipitadas. Ya no se podía escapar un solo habitante. Se cruzaban pre­ guntas conmovidas. En el desahogo estallaban aclamaciones y aplausos. la retaguardia de la línea negra cubierta por la 3* brigada. decaía pensando en una salida de los sertanejos por las rutas del norte. ladeando el puesto artillado en el ex­ tremo del camino del Cambaio. el ala izquierda del 249. Por fin se vio llegando hasta el camino del Cambaio. .Los curiosos espectadores. el ánimo de los que escuchaban ansiosos. Toda la periferia del poblado estaba cerrada. Se corría de nuevo a los binóculos. Una claridad abría otra vez el escenario tallándolo de medio a medio. La insurrección estaba muerta. real. se había dibujado la curva cerrada del asedio. a veces. Aunque fragmentada. tratando de adivinar el enredo inopinadamente encu­ bierto.

la réplica de las guarniciones que estaban arriba y rotaba hacia el norte. un silencio absoluto bajó sobre los campos. para quebrarse un minuto des­ pués contra la línea negra. para ir a caer ante los espolones de la Favela. por la aldea. volvía vertiginosamente al sur. V I— El fin. . Sobre los muros de la iglesia nueva. serpenteando. se agitaba. sin par en la fugacidad con que sabía sustraerse a los ataques más imprevistos. II. caía sobre la barrera del 26?. reventaba en las cuestas que por allí bajan hacia el río. estrepitosamente golpeaba la izquierda del 59 de Bahía. Pero descansaron breves minutos. siempre rechazada y atacando siempre. era recha­ zada. El cráneo del Conselheiro. V il-D o s líneas. Una súbita quietud suplantó el tor­ bellino furioso. V. Se detuvo. con engaños y emboscadas. Los sitiadores dejaron la formación de combate. no lo reconocían. lo estimularon. I I I — Titanes contra mori­ bundos. lo endurecieron y de nuevo le dieron la iniciativa en los combates. desencadenada en un tumulto de vorágine. saltaba de nuevo hacia el este. apenas se la veía entre la claridad fugaz de la fusilería. atravesándola.— El asalto.ULTIMOS DIAS l— Las convulsiones de los vencidos. I ULTIMOS DIAS LAS CONVULSIONES DE LOS VENCIDOS Ocurrió entonces un hecho extraordinario. golpeando trinchera por trinchera todo el cerco. totalmente imprevisto. insistentes como nunca. IV. Los prisioneros. Era como una ola embravecida. indomable para repeler las cargas más valientes. Comenzaron a verlo heroico. Alrededor de los pozos de agua. refluía en descargas en direc­ ción del Cambaio. Los combatientes que lo en­ frentaban desde el comienzo. Estos comenzaron desde el 23. recibía encima y de lleno. . borbotaba dentro del Vaza-Barris hasta despedazarse en el encuentro de las empalizadas que lo cerraban. como el remolino impa­ rable de un ciclón.— Testimonio de un testigo. La presión de millares de bayonetas que lo cercaban. era repelida. corriendo hacia el norte. Rechazada por el cierre del este. Hasta ese momento lo habían visto con astucias. . se retraía de ese lugar hacia el centro de la plaza. veloz. desde todos los puntos. Notas de un diario. El enemigo revivió con vigor increíble. una vez más y volviendo a los mismos puntos.— Paseo dentro de Canudos. gigantes.

andando curvados por los pasajes. atacaban otras trincheras y eran repelidos. La situación se volvió imposible. estallando. sin que se pudiese explicar una trayectoria tan baja. . Se perdían en las proximidades del santuario. Y no la economizaban. La artillería los alcanzaba con sus balas. Los cerros se despoblaron. Pero reaparecían en un punto cualquiera de la línea. corriendo en una ronda enloquecida. res­ balando con estruendos por el toldo de cuero de hospital de sangre y despertando a los enfermos transidos de espanto. sobre las carpas próximas a los cuarteles generales. Como en los malos días del pasado. sobre todas las huellas. de las tiendas. repiques duros de trabucos. sobre los ranchos de follaje a un palmo de las redes de donde saltaban. Sólo había un toque posible — el de alarma— y lo daba elo­ cuentemente el enemigo.Un estampido atronó en la iglesia nueva y se veían bultos errantes. Las comunicaciones volvieron a ser difíciles. No se entendía cómo. Terminaron de fanfarronear los que por allí andaban. desde todas partes. Desde que aso­ maban por el sur en la cresta de los morros. sobre las placas recosas. sobre toda la línea. los jagungos aún tuvieran munición de guerra. enloquecidos. desafiando tiros. en una profusión terrible de metrallas. Se decidió que no sonasen las cornetas. se acogían a la cautela. trasponiendo a saltos los lugares descubiertos. sobre todos los morros. En ciertas oca­ siones. Caían como simios despeñados. después de tantos meses de lucha. y fuera de las carpas. Terminaron los desafíos imprudentes. en lo más agudo de los tiroteos. haciendo equilibrios sobre los escombros. dando como piedras duras sobre las paredes espesas de las casillas de la comisión de ingenieros y el cuartel general de la columna. todavía con más intensidad. Valientes de fama. combatientes fatigados. sobre el lecho largo y tortuoso del río y sobre las depresiones más escondidas. reapareció el espanto. cruzándose. de mannlicher y máuser con sus silbidos finos. sorprendidos. caían sobre las que se sucedían y seguían en un giro enorme. los convoyes comenzaban a ser baleados. a la entrada del cam­ pamento. de las casas. Atacaban y eran recha­ zados. de Comblain con zumbidos llenos y sonoros. golpeando. quebrándolas. en la rotación de los ataques. . despedazando frascos en la farmacia militar anexa. percutiendo en los flancos de las colinas. hasta el trecho resguardado de la Favela donde paraban los cargueros y los heridos. de los toldos. . disparaban tan tupido que ase­ mejaban los aullidos de un viento fuerte. bajaban precipitándose y algunos cargueros caían heridos al dar el último paso. Proyectiles de toda especie. rozando. por el camino del Calumbi. des­ prendiendo astillas. Los que el día anterior desdeñaban al adversario encubierto por esas casuchas quedaban asombrados. rijosos como los de cañones revólveres.

cansados. diagonalmente. el otro lleno de sangre— asustaba. tenía la cara tostada y marcada de viruela. Revelación más grave: el Conselheiro hacía mucho que no aparecía. disper­ sos por allí y llenos de miedo. el viejo curiboca desfalleciente que no había podido disparar contra los soldados. mostraba dos agujeros de bordes oscuros y cicatrizados por donde salían los intestinos. Había logrado derribar a tres o cuatro plazas y hubiera escapado si no lo hubiera alcanzado una bala en la órbita izquierda. Allí lo largaron. harapientos. Los que las hacían apenas podían responder a las preguntas. casi sin movimiento. Uno venía sostenido de las axilas por dos plazas y sobre el pecho desnudo. se veía la herida del sable que lo había aba­ tido. La respiración entrecortada revelaba el cansancio de la lucha. Desde hacía tiempo se sentía el hambre en la aldea y casi todos los alimentos se destinaban a los combatientes. No lo interrogaron. quizá uno de los guerrilleros acróbatas que se largaban ágilmente por la estruc­ tura derruida de la iglesia nueva. Primitivamente blanco. como si fuera una fiera. había comenzado ahí adentro el suplicio creciente de la sed. Se sacó el sombrero de cuero e ingenuamente. con astillas de granada en el vientre. Lo habían hecho prisionero en plena refriega. Tartamudeó algunas frases.La lucha se acercaba febrilmente al desenlace de la batalla decisiva que la remataría. La voz se le moría en la garganta sin poder salir. todo lo revelaba. Herido desde hacía meses. Las informaciones no iban más allá. Levantó la cabeza y la mirada singular que salía de sus ojos — uno lleno de brillo. Sofocado. Volvía triunfante la tropa que al principio había hecho prisioneros por el camino a media docena de niños. Más aún. entró a la tienda del comandante de la 1^ columna. había encontrado a algunas mujeres y hombres heridos. Puesto a la sombra de una carpa continuó su agonía prolongada desde hacía tres meses. Pero ese paroxismo estupendo acobardaba a los ven­ cedores. de cuatro a ocho años. era. parecía un desenterrado. un luchador de primera línea. Era la suprema petulancia del bandido. Otro. de estatura mediana y de buena envergadura. LOS PRISIONEROS 3 3 2 El día 24 llegaron los primeros prisioneros. De la cintura le pendía la vaina vacía de una faca larga. cerradas todas las salidas. Fuerte. y que escudriñando mejor en las casas conquistadas. Sólo uno no mostraba en su físico las priva­ ciones sufridas por los demás. . Algunas mujeres hicieron revelaciones: Vila-Nova había salido en la víspera hacia la Várzea da Erna. Estos eran muy pocos y estaban en un estado deplorable. hizo ademán de sentarse.

Como se sabía. el supremo . Un destripamiento rápido. los sertanejos no les llevaban ventaja en la realización de idénticas barbaries. según el humor de los verdugos. no se gastaba un segundo en consultas inútiles. minúscula. Era el invariable prólogo de una escena cruel. Al llegar a la primera cañada ocurre una escena común. No pocas veces. El hecho era común. Se lo degollaba. Entonces el proceso era más expeditivo: lo mataban rápidos con el facón. Avanzar hasta la primera depresión profunda era un requi­ sito formalista.Brutalmente repelido. se lo destripaba. Se había convertido en un pormenor insigni­ ficante. atravesar las carpas sin que nadie se sorprendiera. Agarrándolo por los cabellos le doblaban la cabeza. Enlazar al cuello de la víctima una tira de cuero con un cabestro. como vimos. Prisionero el jagungo sano y capaz de aguantar el peso de la espingarda. y llegados ahí. Tenemos valientes que estaban llenos de ansiedad por realizar esos cobardes procedimientos. le pasaron una cuerda por la garganta y llevado a los empellones hacia el flanco izquierdo del campamento. Ya afuera. Los soldados. le descubrían la gar­ ganta y lo degollaban. matarla. La dispensaba el soldado dedicado a la tarea. el infeliz se perdió con sus siniestros acompañantes en el seno misterioso de la caatinga. un tirón desde atrás haría que el lazo se anticipase al facón y el estrangulamiento al degüello. era simple. Comenzó con la espuela irritativa de los primeros reveses. Testimoniemos. imponían un viva a la República que pocas veces era satisfecho por la víctima. surgían ligeras variantes. equiparada con las últimas exigen­ cias de la guerra. II TESTIMONIO DEL AUTOR Mostrémoslas rudamente. llevarla hacia adelante. A pesar de tres siglos de atraso. la impaciencia del asesino obviaba esos preparativos lúgubres. Era una redundancia sorprendente. invariablemente. Un solo golpe que entraba por el bajo vientre. sin que protestara. rodó hasta la otra puerta. En ese momento. terminó siendo práctica habitual. Que. Uno u otro comandante se tomaba el trabajo de hacer un gesto expresivo. golpeado por puños fuertes. tácita y expresamente aprobados por los jefes militares. y sin temor de que la víctima se escapase porque a la mínima señal de resistencia o de fuga.

la cara oculta. los ojos pequeñitos. Rápido. afrontando la irrisión eterna. Entonces explotaban esa ingenua superstición. en gran medida. le ocultaba la frente estrecha y fugitiva. Los mismos jagungos sabían la suerte que los esperaba al caer prisioneros. estoicos. atenuando los estragos de la campaña. estallaban carcajadas lúgubres y los matadores volvían al campamento. de carac­ teres tan discordes. El hecho era de una vulgaridad total. El paso claudicante. O sustituían esa burla doloros