EUCLIDES DA CUNHA

LOS SERTONES

PROLOGO

P i d o p e r m i s o al lector hispanoamericano para presentar un libro con­ trovertido de un autor también controvertido. Setenta y tantos años de reflexiones sobre ambos, efectuadas en nuestro país, constituyen un acervo crítico considerable. Mas si, por un lado, las reflexiones aportaron importantes contribuciones para su comprensión, por otro lado suscitaron nuevos problemas. Tampoco se puede dejar de recordar que este libro tiene el don de alinear opiniones radicales, no siempre sensatas, a favor o en contra. A lo largo de estos decenios, casi siempre el comentarista ama o detesta a este libro, apasionadamente. Ese amor y ese odio pasan fácilmente del libro a su autor. Su enigmática personalidad, su vida signada por tragedias increíbles, pueden interpo­ nerse, inadvertidamente, entre el lector y la lectura. Por eso se ha caído en otra tentación, la de tratar de ignorar al autor para obtener — se pretende— una visión objetiva de la obra. Aquí el peligro estriba en que se trate de conocer bien la obra, para caer después de las nubes, cuando se entran a conocer los lances de la vida del autor. El lector puede, entonces, considerarse engañado a propósito. Por lo tanto, vamos a limpiar el área y a contar todo. Pasado el susto, y ya más acostumbrados a los enredados episodios de la vida, podremos detenernos en los comentarios a la obra. No se trata de que lo que sucedió con Euclides da Cunha haya sido tan extraordinario. En los cuadros habituales de la familia patriarcal brasi­ leña, los hechos son perfectamente comprensibles y hasta corrientes. Quizá se vuelvan chocantes al constatar cómo en un autor de postura tan científica la vida haya sido inversamente tan poco científica, y que su acción personal haya sido tan irracional. Si hubiese sido un ciudadano común, habría actuado sin desacuerdo alguno, del modo convencional que considera la defensa de la honra, de la familia y de la propiedad. Pero, siendo como era, un ciudadano célebre, una persona pública, una

gloría nacional, la repercusión fue enorme. Por eso mismo, y sin que ello significase trazar excepciones para las personas públicas y los ciudadanos célebres, se intentó y se intenta, cubrir con un púdico velo su vida priva­ da, aunque sus propios actos la hicieron pública. Finalmente, no hay nada de extraordinario en tratar de matar a una esposa adúltera y al rival. Las costumbres fuerzan al hombre traicionado a hacerlo, para mantener su integridad y su respeto. Y podrá contar con un jurado benevolente que lo absolverá, puesto que se rige por los mismos valores consuetudinarios que él. Hasta hoy las cosas son así. Y Euclides, excepcionalmente, se comportó de manera civilizada durante cierto tiem­ po, pues aceptó un hijo de otro padre entre sus propios hijos. El hecho es que había estado un año lejos de su mujer, que vivía en Río de Janeiro mientras él dirigía la Comisión de Reconocimiento del Alto Purus, en la Amazonia. Había viajado en diciembre de 1904, regre­ sando a Río en enero de 1906. De vuelta al hogar encontró a su esposa grávida. Meses después nació un niño, de nombre Mauro, que vivió ape­ nas siete días y fue reconocido legalmente por Euclides. A fines del año siguiente nació otro hijo adulterino. Y, en paz o no, vivieron todos juntos, inclusive los dos hijos mayores de la pareja, Solon y Euclides da Cunha (h ijo), durante un tiempo más. Consta que Euclides solía decir de la rubia criatura ajena entre sus hijos morenos que era una espiga de maíz en medio del cafetal. El desenlace sólo ocurrió cuando la esposa, llevándose a los hijos, aban­ donó el hogar y fue a vivir a la casa de Dilermando de Assis, el otro hombre de su vida. El 15 de agosto de 1909, Euclides entra en esa casa, armado, y empieza a disparar. Dilermando y su hermano Dinorah se adelantan para enfrentar a Euclides, mientras doña Saninha y los niños se refugiaban en una habitación de los fondos. Los dos hermanos eran militares, Dilermando cadete del Ejército y Dinorah aspirante de Marina. Euclides baleó a Dinorah en la espina dorsal, a consecuencia de lo cual quedó inválido, viendo su carrera interrumpida y suicidándose años des­ pués. Pero Dilermando tiró certeramente, matando a Euclides. Más tarde, después de juzgado y absuelto como autor de la muerte en legítima de­ fensa, Dilermando de Assis se casó con doña Saninha y tuvieron otros hijos. Parece que su carrera se vio dificultada, pues siempre se lo envió a destinos lejanos y fue postergado en las promociones. Lo cierto es que en todo momento y durante su vida entera, se vio obligado a defenderse públicamente de las calumnias que continuamente le inferían, habiendo llegado, incluso, a escribir libros para justificarse. Ahora bien, este fue todo un affaire entre militares, ya que Euclides era teniente retirado del Ejército y su esposa era hija de un general. Los poderes constituidos y la opinión pública deseaban con tal ardor la sangre del homicida que la menor duda sobre su inocencia hubiera afec­ tado el veredicto. Si en esas condiciones altamente desfavorables no fue

posible declarar a Dilermando culpable, es porque realmente no se encon­ tró fundamentación legal. Euclides fue velado en la Academia Brasileña de Letras y enterrado con todas las honras públicas. La nación se puso luto. Pocos años después volvería a producirse la misma situación de enfren­ tamiento. El segundo hijo de Euclides, que tenía su mismo nombre y también se encaminaba a la carrera de las armas, pues era aspirante de Marina, probablemente había sido criado para convertirse en el vengador del padre y de la honra, de la familia y de la propiedad. En 1916, dentro del Forum de Río de Janeiro, agrede al mismo Dilermando de Assis. Este, que más tarde sería campeón nacional de tiro al blanco, nuevamente es alcanzado por varios disparos y con un tiro certero mata a Euclides da Cunha, hijo. Nuevo proceso y nueva absolución por legítima defensa. Varias décadas después, Dilermando le confiaba al escritor Francisco de Assis Barbosa que tenía en el cuerpo cuatro balas que no se habían podido extraer, dos del padre y dos del hijo Ese lado, digamos oscuro, de la vida de Euclides no debe oscurecer su actividad personal de hombre público. Era hombre público porque era periodista, era hombre público porque participó de la agitación que preparaba la caída del Imperio, era hombre público porque era militar, era hombre público porque era escritor, era hombre público porque era ingeniero. Hay que pensar cómo era el Brasil en el último cuarto de siglo pasado, un país colonial que empezaba a sentir el impacto de la Revolución Industrial. La máquina, el ferrocarril, la carretera, el sanea­ miento, la navegación fluvial, el proceso de industrialización en el campo y la ciudad, fueron temas a los que Euclides dedicó su pluma y su acción personal como ingeniero. Y no sólo él, hubo una generación o mejor dos, a las cuales la profesión de la ingeniería les parecía una de las más importantes para quien deseaba ponerse al servicio de la nación. El mismo Euclides fue profesionalmente ingeniero, el resto eran actividades paralelas que le permitían equilibrar el presupuesto; e ingeniero-funcio­ nario público, como es tradicional en un país donde la capa letrada siem­ pre mamó y hasta hoy mama en las gordas tetas del Estado. En este aspecto, habían empezado a surgir las escuelas de ingeniería que eran (al revés de lo que pasa ahora), focos de modernidad. Las viejas Facultades de Derecho y de Medicina, donde los hijos de la clase dominante se convertían en abogados y médicos, trampolín para la carrera política, eran sucedidas por las escuelas técnicas. En la capital del país, Río de Janeiro, había dos, la Politécnica o Escuela Central, y la Escuela Militar. Aunque había ingresado a la primera, Euclides hizo su curso en la segunda, que es gratuita e integra la carrera militar, por lo que era frecuentada por los miembros sin fortuna de esa misma clase dominante.
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1 Autores varios, Reportagens que Abalaram o Brasil, 1973, Río, Ediciones Bloch,

Allí ocurre el incidente con el cual, por primera vez, Euclides llama la atención pública, cuando, en señal de protesta contra la monarquía, arroja al suelo su sable en el momento en que el Ministro de Guerra visitaba la Escuela Militar. Abandona los estudios y sólo los retoma después de la proclamación de la República, y acaba por egresar como oficial-ingenieromilitar de la Escuela Superior de Guerra. En tal calidad presta algunos servicios, para su formación, en el Ferro­ carril Central del Brasil, en las fortificaciones de los Muelles Nacionales en Río y en la Dirección de Obras Militares del Estado de Minas Gerais. Desde su graduación en 1891 hasta 1896 en que se retira como Te­ niente Primero, pasa cinco años de ingeniería militar. En adelante será ingeniero civil, pero continuará como funcionario público. En esta fun­ ción que ejercerá en varios lugares, la obra que quedó para la posteridad es el puente sobre el río Pardo, en Sao José do Rio Pardo, en el estado de Sao Paulo. Ya famoso, después de la publicación de Os Sertóes, y miembro de la Academia Brasileña de Letras, poco antes de morir, se presenta al concurso por la cátedra de Lógica del Colegio Pedro II, en Río. Situado en un segundo lugar, después de algunos vaivenes, es nom­ brado para el cargo, aunque el primer lugar lo había obtenido Farias Brito, quizá el filósofo brasileño más importante. En su formación académica habían predominado las tendencias que marcan a la Escuela Militar en esa época y que, aunque en ella se centralizan, se muestran también en otros sectores de la vida letrada brasileña. Las dos grandes causas de la época son la abolición de la escla­ vitud y la implantación de la República. La ciencia, las matemáticas, el positivismo, el determinismo, el evolucionismo son privilegiados; Comte, Darwin y Spencer son los nombres clave. Nunca sobra recordar que el lema de la bandera brasileña en la República pacíficamente procla­ mada por los militares en 1889 (un año después de la abolición de la esclavitud), es Orden y Progreso, directamente copiada de las lecciones de Augusto Comte. En este sentido, la formación de Euclides no difiere de la formación de sus contemporáneos. O, para mayor precisión, no difiere de la forma­ ción del pequeño sector ilustrado que era parte de la clase dominante y por así decir, su vanguardia intelectual. Las dos grandes causas de la época, el abolicionismo y el republicanis­ mo, muestran al Brasil un poco descolocado en el contexto de naciones latinoamericanas. Cuando la mayoría de las colonias "al sur del río Grande” adquiere su independencia de las naciones europeas en los ini­ cios del siglo xix, el movimiento general hace que se transformen simul­ táneamente en repúblicas de hombres libres. En el Brasil, la indepen­ dencia que se consigue en 1822, es sólo un trasplante de la metrópoli a la colonia. Cuidadosamente preparado desde que Don Joáo VI, el rey por­ tugués, había venido al Brasil en 1808, huyendo de las tropas de Napo­

león, ese trasplante, en verdad, fue una elección que hizo la corona por­ tuguesa: entre una metrópoli pobre y una colonia rica, prefirió a esta última 1. Así, es el hijo heredero del rey portugués quien proclama la independencia, y la colonia pasa a ser una nación independiente, conti­ nuando esclavócrata y monárquica, teniendo como rey un portugués, igual­ mente heredero del trono de Portugal. Sólo mucho después serían libe­ rados los esclavos, en 1888, y un año más tarde, en 1889, se adoptaría la forma republicana de gobierno. En ese mismo descompás con relación al contexto latinoamericano deben buscarse las razones por las cuales el Brasil siguió siendo un país de inmenso territorio y no se dividió en varias naciones menores. Con un solo rey a su frente, y un rey que recibía a la colonia intacta y la conservaba intacta independiente, la centralización estaba garanti­ zada; aún más, esta centralización se había hecho a sangre y fuego en la época colonial y después tuvo que ser, como ocurrió en varias oca­ siones, preservada también a sangre y fuego. Antes de la independencia de 1882, varios movimientos habían aspirado a liberarse del dominio portugués. Y, como regla, eran republicanos y localistas. Si independen­ cia al mismo tiempo significaba república, por otro lado no significaba gran nación. Eran siempre pedazos del país que estaban en el horizonte de esos movimientos para ser sustraídos a la condición colonial. Ni es preciso decir que todos fueron duramente reprimidos. Los ideales de la Revolución Francesa y de la guerra de independencia norteamericana habían alimentado los anhelos de liberación en toda Amé­ rica Latina. Las palabras de orden provenían del léxico de esos dos eventos. Por eso, no debe admirar, aunque no tenga ningún fundamento histórico, y se encuentra notablemente desfasado en cuanto a los avances socioeconómicos y políticos, que Euclides da Cunha (y no sólo él en el Brasil) trate de asimilar la proclamación de la República a la Revolu­ ción Francesa. En sus poemas juveniles figuran cuatro sonetos dedicados a los líderes de la Revolución Francesa, titulados Dantón, Marat, Robespierre y Saint-Just. De tal manera, cualquier cosa que pareciese amena­ zar remotamente la consolidación del nuevo régimen republicano era tildada en seguida de reaccionaria y restauradora. Así les parecía a los contemporáneos cualquier perturbación del orden. Fue necesario que pasasen varias décadas antes de que se dejase de aplicar el mote de mo­ nárquico al mínimo signo de descontento. Toda la obra de Euclides da Cunha está profundamente comprome­ tida con ese encuadre de ideales. Además de Os Sertóes, donde analizó una rebelión rural, trató temas variados de política nacional e internacio­ nal, cuestiones sociales, literatura, geografía y geopolítica, proyectos eco­ nómicos. Esos temas fueron objeto de artículos y después se reunieron
1 María Odila Silva Dias, “A internalizado da metrópole”, en 1822 - Dimensóes, org. por Carlos Guilherme Mota, 1972, Sao Paulo, Ed. Perspectiva.

en libros. Dos de esas colecciones fueron publicadas aún en vida del autor, en 1907, con los títulos de Contrastes e Confrontos y Perú versus Bolivia. Pero escribió muchos otros, sea de periodismo militante, sea informes oficiales, discursos públicos y conferencias, que fueron reco­ gidos en la edición de la Obra Completa que la compañía José Aguilar Editora publicó en Río, en 1966. Aunque no era Euclides un debutante en el periodismo, pues antes había escrito no sólo en periódicos escolares sino también en los diarios más renombrados de Río y de Sao Paulo1, fue en 1897 que publicó dos artículos que se vinculan con el libro que lo haría célebre. Con el título de "A nossa Vendéia”, ambos aparecieron con el intervalo de algunos meses, en el diario O Estado de Sao Paulo. En esos artículos, por primera vez, Euclides examina los sucesos que se están produciendo desde hace algún tiempo allá lejos, en el sertón de Bahía. El primer artículo, evidentemente, fue provocado por la flagrante derrota de la tercera expedición militar enviada contra la aldea de Canudos. El 3 de marzo de 1897, el comandante de la expedición, coronel Moreira César, es herido en combate, muere, y las tropas se baten en retirada. El artículo, publicado diez días después, sorprendentemente, casi no se refiere al aspecto guerrero del episodio, haciendo más bien un análisis del medio geográfico. Se detiene en las características del suelo, en el sistema de vientos, en el clima, en la vegetación, construye una teoría sobre la sequía endémica de esa región, examina la hidrografía, destaca el relie­ ve y la topografía. Parece que estos factores habían sido muy importantes en las tomas de decisión en la guerra y en las dificultades que las fuerzas armadas oficiales encontraron. Sólo al final alude a los hombres que viven en ese medio, para considerarlos frutos obvios de él, trazando una rápida analogía entre esa revuelta y la de los campesinos de la Vendée. En ese artículo está el embrión de Os Sertoes. Se advierte la preocu­ pación por estudiar cuidadosa y "científicamente” el medio ambiente, de establecer la determinación del medio ambiente sobre el hombre y sus acciones, de enfrentar el enigma de la formación étnica de esos hombres. El paralelo con la Vendée se debe a que, considerando la instauración de la República en el Brasil en pie de igualdad con la Re­ volución Francesa en Francia, un movimiento insurreccional en el sertón sólo puede ser contrarrevolucionario. La Revolución Francesa tuvo su po­ tencial innovador desafiado, dentro del mismo territorio de la nación, por los campesinos de la provincia de la Vendée, que en 1793 se levan­ taron en armas exigiendo la restauración del Anden Régime con rey y todo. Lo que sucedía ahora en el Brasil, aunque un siglo después, debía ser la misma cosa. Un grupo de gente desconocida, perdida en el seno
1 Buena investigación hecha por Olimpio de Souza Andrade, que figura en la citada Obra Completa de Aguilar. Ver también, del mismo autor, Historia e Interpretagáo de "Os Sertoes”, 1966, Sao Paulo, Ed. EDART, 3^ ed.

del sertón, estaba enfrentando y derrotando a las fuerzas del Ejército Nacional, movida por razones ignoradas. No podía dejar de ser un peli­ groso intento de restauración monárquica contra el régimen republicano nuevo (ni siquiera diez años de existencia) que, a su vez, encarnaba los ideales revolucionarios franceses de 1789. Por eso, Canudos era "A nossa Vendéia”. Dígase por anticipado que Euclides superó esa propo­ sición y que cuando escribió Os Sertóes ya no creía en ella. Convocada la cuarta y poderosa expedición a comienzos de abril, no por eso su curso caminó más de prisa. Dificultades de toda índole com­ plican la victoria que parece a la vista, dado el volumen de los medios movilizados para conquistarla. Y entonces, a mediados de julio, Euclides publica su segundo artículo bajo el mismo título. Vuelve a insistir en las ásperas condiciones de la naturaleza y del adversario que los soldados deben enfrentar. Esta vez se detiene en la acción militar, tejiendo al­ gunos comentarios, todos favorables y justificatorios, sobre las razones que hacían demorar el desenlace de la campaña. Aquí aparece otro rasgo de Os Sertóes donde estará presente un minucioso análisis de cada paso del Ejército en guerra, los aciertos y equivocaciones, las posibles alternativas, las responsabilidades asumidas o no. En fin, una postura de estratega del Ejército. En Os Sertóes, Euclides, aunque deplora la suerte de los insurrec­ tos y la crueldad con que fueron tratados, al mismo tiempo, como si no hubiese ninguna contradicción en eso, señala la estrategia que habría vuelto más eficiente la acción del ejército. Pero el tiempo de revisión todavía no había llegado; en este segundo artículo de "A nossa Vendéia”, el sertanejo aún es una incógnita a la cual se le aplica un reconfortante estereotipo — es "el enemigo”— y el soldado brasileño aún es el héroe. La publicación de esos dos artículos debe de haber influido para que se produjera en el destino de Euclides un cambio importante. Pues esa campaña, en la cual a esta altura convergían tropas del país entero bajo el mando de tres generales, no se decidía. Esperábase de ella que fuese fulminante, ya que no había posibilidad alguna de comparación entre las fuerzas en choque. De un lado estaba el Ejército, equipado con el más moderno armamento, incluyendo armas de repetición y cañones, coman­ dado por una oficialidad de carrera ya veterana de otras represiones, dotado del entusiasmo guerrero de quien va a defender una causa justa, ardiente de animación republicana. Además, muchas de las fuerzas que operaban en esta guerra ya habían tomado parte en otras campañas pacificadoras, pues lo que no faltaba en esa época eran rebeliones y levantamientos internos. Del otro lado había unos pobres diablos analfa­ betos, que disponían de armas muy primitivas, cuchillos, hoces, fusiles obsoletos que funcionaban con pólvora improvisada y balas de piedra. El volumen de la campaña era respetable; y, debido a su interminable arrastrarse, el mismo Ministro de Guerra terminó por dejar su oficina en Río de Janeiro, por entonces capital del país, para mudarse al sertón,

instalando su cuartel general en Monte Santo, cerca de Canudos. En su comitiva va Euclides da Cunha, oficialmente agregado al Estado Ma­ yor. Iba en una posición privilegiada, ya que, si su misión era sólo hacer reportajes para el diario O Estado de Sao Paulo, tenía una situación mejor que la mayoría de sus colegas. Para ser considerado un repórter, Euclides acumulaba calificaciones. Ya había escrito extensamente en varios diarios y desde hacía varios años; era autor de dos artículos que trataban precisa­ mente sobre esa guerra; y, calificación no menos valiosa que las otras, era militar. ¿Por qué ese súbito interés de la prensa por esa lejana rebelión? Pocos temas — y casi siempre fueron temas relacionados con la seguridad na­ cional— habían obtenido de la prensa brasileña tal unanimidad de opi­ nión y de exploración. En 1897, y especialmente a partir de la derrota de la Expedición Moreira César en marzo, es imposible abrir un diario brasileño sin que ese tema ocupe sus más importantes espacios. Aquello que anteriormente era noticia esparcida se vuelve sección fija, con título propio y en la primera página. E impregna todas las categorías en que se dividen las notas del diario. La Guerra de Canudos invade el edito­ rial, la crónica, el reportaje, el anuncio y hasta el humor. Como fuerte vehículo de manipulación, antes de la era de la comunicación electrónica, el diario, al servicio de corrientes políticas a quienes interesaba crear pánico y concentrar las opiniones alrededor de un solo enemigo, prestó servicios inestimables. Como no era una invasión, no se podía contar con un enemigo externo; estaba aquí, bien a mano, y tan marginado que ni siquiera podría protestar contra el papel que le atribuían, de un enemigo interno. La función de la prensa fue ser portavoz de las refe­ ridas corrientes, lanzando un grito de alerta y de convocatoria del cuerpo nacional amenazado por la subversión interna. No fue la primera ni será la última vez que la prensa se presta a eso; basta abrir el ejemplar de hoy. Mas ciertamente, en el caso del Brasil, fue de un pionerismo, extraordinario. Y cuando ese pionerismo sirve más para avergonzar que para honrar, la eficacia del vehículo, como sucedió en tal momento, es enorme. Los diarios de la época son pólvora pura. Cuando llegó a Río y a Sao Paulo la noticia de la derrota de la Expedición Moreira César, la agitación de la calle — que, claro está, no es espontánea, tiene sus líderes que la conducen hacia objetivos específicos— ¿contra quién se dirigió? ¿Se invadió el palacio de la presidencia de la República, se arrojaron bombas en embajadas, se atacaron cuarteles, se agredió la ban­ cada bahiana en el Congreso? No: se empastelaron cuatro diarios monár­ quicos, tres en Río y uno en Sao Paulo. El saldo de muertos ese día registra sólo uno, un periodista llamado Gentil de Castro, abiertamente filiado a grupos monárquicos, abatido en un atentado en una plaza en la capital del país.

Cuando la nación atravesaba una época de gran inestabilidad econó­ mica y política, la conocida táctica de atribuir la culpa a un enemigo que es enemigo de todos fue utilizada con felicidad. Recordemos a los judíos en la Alemania de Hitler. El fantasma de la época era la monar­ quía. Pero los monárquicos eran pocos y demasiado conocidos; se trataba de algunos figurones del Imperio que aún sobrevivían, pues la mayoría de ellos se había adherido al nuevo régimen. La joven República que a esta altura no había cumplido su primera década, ya había tenido que enfrentar dos guerras civiles, la Revolución Federalista, que había mantenido al extremo sur en pie de guerra durante algunos años, y la Revuelta de la Armada. Y aunque fueron rebeliones confusas y no se sabe muy bien qué pretendían — probablemente, esto sólo se sabe con certeza cuando ganan y no cuando abortan— fueron inmediatamente calificadas de monárquicas. Pero, en ambos casos, se trata de revueltas institucionales, la primera con jefes políticos conocidos y la segunda abar­ cando una parte de la Marina. En el caso de Canudos hubo una feliz coincidencia. De hecho, aquel conglomerado de gente perdida en los confines del sertón sólo tenía, cuando la tenía, una vaga idea sobre lo que significaba vivir bajo un régimen republicano y ya no bajo un régimen monárquico. Se sabe, por ejemplo, que Antonio Conselheiro encontraba inmoral que los republi­ canos hubiesen expulsado del Brasil a la familia real, en la cual figuraba la Princesa Isabel que había firmado la ley de liberación de los esclavos. Muchos de éstos se contaban entre los seguidores de Antonio Conselheiro. Otra restricción que hacía era la institución del casamiento civil, que le quitaba al matrimonio su carácter de sacramento y lo transformaba en un contrato como cualquier otro. Estas dos objeciones se encuentran documentadas en un manuscrito atribuido a Antonio Conselheiro, que reúne sermones y prédicas, recientemente publicado 1. Lo que bastaba para que el poblado de Canudos fuese transformado en foco de una cons­ piración restauradora con ramificaciones nacionales e internacionales. Una vasta red monárquica, con sede en París, Nueva York, Londres y Buenos Aires, munida de recursos financieros infinitos, enviando conti­ nuamente armamento modernísimo a través de sus eficientes canales secretos, providenciando especialistas extranjeros que venían a entrenar a los rebeldes, se ponía en movimiento para tomar el poder en el Brasilz. De todo ese movimiento, Canudos era apenas el foco provocador, abier­ tamente insurgente, que aglutinaría al Ejército mientras el resto del país quedaría desguarnecido y sería presa fácil de las fuerzas conspiradoras.
1 Ataliba Nogueira, Antonio Conselheiro y Canudos, 1974, Sao Paulo, Comp. Editora Nacional. 2 Ver, por ejemplo, en los números del 2 de agosto de 1897 y del 7 de agosto de 1897, del diario carioca Folha da Tarde, los telegramas enviados por los corres­ ponsales en el Exterior.

cualquier cosa que los despojase de su obstinada humanidad. En su primer artículo de la dupla "A nossa Vendéia”. la designación está incorporada a la norma del discurso. conjunto que más tarde reúne en libro bajo el título de Diario de urna Expedigüo *. en nombre de qué luchaba. Nadie sabía quién era. hombres públicos dedicados a la defensa del liberalismo. organizada por Olimpio de Souza Andrade. en Os Sertóes. A la acusación de monárquico vino a sumarse otro elemento formador de la feliz coincidencia: el desconocido rostro del enemigo. pero las analogías que le acuden son todas racistas. Era otra gente. Euclides lo llama sertanejo y tobaréu. en una conferencia pronunciada en la capital de Bahía y que fue publicada en quince partes por el diario O Comércio de Sao Paulo (ediciones del 9 de junio al 7 ele julio de 1897). como Rui Barbosa. qué lo motivaba. Tal vocabulario no es privilegio de los periodistas. Más tarde. por qué resistía. Paulo. califica a los canudenses de "horda de mentecatos y galeotes” y los considera un caso de policía. que no era indio. Con seguridad no era brasileño. de repulsa. Tanto más fácil para proyectar en él lo que se quisiese. O bien el Ejército brasileño enfrentando a los sertane­ jos se compara a los romanos enfrentando a los bárbaros. qué pretendía. tanto como en los reportajes que hace como enviado especial de O Estado de Sao Paulo. sinónimos de habitante del interior. toda especie de miedo. Ya en el segundo artículo utiliza el vocablo que estaba en boga en los periódicos para desig­ narlo: jagungo. Editora Melhoramentos. 1 Con dos ediciones: Canudos . de él se sirven políticos destacados.Diario de urna Expedigáo. seres imaginarios. Este último. mons­ truos. 1939. se encargaban de divulgar toda especie de repre­ sentación en que los sertanejos aparecían con epítetos de animales. que no era un militar en rebelión. Seguramente no lo hace a propósito. que no era un ciudadano. Tenga en consideración el lector que él no era un ex político del Imperio ni su hijo o primo. en su irresponsabilidad. 1967. que no era un esclavo negro. La concepción subyacente es de un embate entre civilización y salvajismo. por ejem­ plo. .El único problema es que nada de eso existía ni Antonio Conselheiro estaba informado. En ese segundo artículo. la palabra aparece subrayada denotando su extrañeza. o bien a europeos modernos enfrentando negros en el Africa. José Olympio Editora. Las comparaciones históricas que Euclides hace en aquel segundo artículo no son de las más lisonjeras para el enemigo. de horror. hasta otra raza. qué lo hacía apegarse con tanta furia a ese desierto de piedra y cactos tan alejado del alcance de cualquier camino. Río. organizada por Simoes dos Reis. Los diarios de la época. otro pueblo. y Canudos e Inéditos. S. jefes militares. entre raza superior y raza inferior. Debe de haberse producido un alivio general cuando se pudo nombrar al enemigo. el subrayado desaparece.

no es muy diferente de lo que ocurrió a los demás periodistas. Sólo que jagungo es más usado en los sertones del norte de Minas Gerais y de Bahía. hombre violento que anda armado sin ser parte del aparato del estado o de las fuerzas armadas regulares. como se tituló el conjunto de repor­ tajes que Euclides escribió como enviado especial del O Estado de Sao Paulo. en consecuencia. instrumento de trabajo obligatorio para el habitan­ te pobre de las zonas pecuarias extensivas que componen el sertón 1. Euclides envió su primer repor­ taje de los vivaques que constituían el cerco de Canudos fechado el 12 de setiembre. De cualquier manera. a todos e indiscrimina­ damente.El término jagungo. Colección de los Cahiers du Monde Hispanique et Luso-Brésilien editados por la Universidad de Toulouse. De ahí hasta la ampliación e utilización que el término tuvo y tiene. Cerca de dos tercios de los reportajes relatan el viaje para llegar allá. siendo cangago el conjunto típico de armas que usa — dos cartucheras cruzados al pecho. Pernambuco. Paraíba. el conocido sombrero de cuero con sus adornos. Los primeros materiales enviados son siempre una serie de 1 Para un estudio del origen de la palabra jagungo y de sus usos. Toulouse. pistola y rifle. mientras cangaceiro es más corriente en los estados del nordeste. quede aquí la información. “Os jagungos de Canudos”. bandidos. jagungo se usó y se usa hasta hoy para designar bandido. En el Diario de urna Expedigáo. Rio Grande do Norte y Ceará. De inmediato se advierte que los periodistas se dirigían a Canudos sabiendo de antemano lo que iban a informar. No se debe olvidar. Además. menos de un mes de la guerra. . La trayectoria que el pensamiento de Euclides recorrió en relación con lo que pensaba sobre esa guerra es pasible de ser acompañada en las sucesivas páginas de ese Diario. Una de las dificultades de la lectura de Os Sertóes reside exactamente en eso: dada la elección del foco narrativo. Llamar a los canudenses jagungos era lo mismo que llamarlos. En cuanto al origen de estos términos. tiene un campo semántico fluctuante. dos mochilas colgadas de los hom­ bros y llevadas debajo de los brazos. La palabra jagungo se debe a un traslado por metonimia. que terminaría el 5 de octubre. el lector no sabe con qué tipo de fuente está luchan­ do. significa guardaespaldas a sueldo. N 9 15. El cotejo entre los reportajes mues­ tra algunas constantes reveladoras. se percibe cuán poco asistió Euclides a la guerra. cangaceiro es el que vive debajo del cangago. ver José Calasans. habiendo presenciado. Alagoas. Usado alternada­ mente con el de cangaceiro. Como se ve. la denominación de jagungo referíase a la especificidad del enemigo por un lado y por el otro se usaba con todas sus connotaciones peyorativas. en Revista Caravelle. por su importancia emblemática. como Sergipe. puñal. corre mucha agua. y apenas el tercio restante es narrado por testimonio ocular. Por eso. pues es el mismo nombre de la vara con punta de hierro que se usa para conducir ganado. 1970. desde entonces incorporado a las letras patrias sin subrayado.

La República está en peligro. En fin. todos de Río. Los periodistas empiezan a des­ confiar de que no están tan bien informados y empiezan a registrar sus dudas. Todos los grandes diarios brasileños mandaron enviados especiales al escenario de la guerra. A Noticia. herejes.fórmulas. Más tarde. sublimes en su entrega a la causa republicana. del teniente coronel Siqueira de Menezes (con el seudónimo de Hoche). sin cubrir. heroi­ cos. fanáticos. tres años antes que Os Sertdes. Y casi todos empiezan a escandalizarse con las prácticas que pre­ sencian. Diario de No­ ticias y Jornal de Noticias de Bahía. Jornal do Bra­ sil. Este libro sale en 1899. por lo tanto. no son brasileños. un incidente que empañó el brillo triunfal de la partida del Ministro de Guerra y que ocurrió en el mismo navio en que él viajaba — un voluntario reclutado a la fuerza se arrojó al mar para . de Alfredo Silva. están todos contrariados y a disgusto. traicioneros. Los rebeldes son monárquicos. Manuel Benício escribirá un libro sobre la guerra. civilizados. Fuera de O Estado de Sao Paulo. así como el desper­ tar del conflicto de conciencia. República. Mas él se rehúsa a ver todo lo que no sea grandioso y heroico. titulado O Rei dos Jagunqos. Quien perdió fue el registro histórico. Como periodista. y del mayor Constantino Néri. Así. Sin duda. su relato es tan vivido que. publicaron reportajes en serie los siguientes diarios: Gazeta de Noticias. la cobertura que hace es bruscamente interrumpida y él se retira a Río de Janeiro después de enviar un último reportaje fechado el 24 de julio. pero lamentablemente sin la fuerza de las notas periodísticas. del mismo modo que en los reportajes de los demás. animalescos. urge salvarla a cualquier precio. Mas a cierta altura de los reportajes se advierte que la observación comienza a hacer peligrar las fórmulas. el mejor reportaje es el de Manuel Benício para el Jornal do Comercio. Las fórmulas están presentes. O País. Entre los periodistas figuran los nombres de Lelis Piedade. del capitán Manuel Benício. perversos. cuenta la mala localización del campamento responsabilizándola por el hecho de que los combatientes sean alcanzados y muertos dentro de las tiendas. baja a minucias como el precio de la comida y del jabón para lavar la ropa. Cuando la guerra termina. y en algunos casos el periodista era también un combatiente. sirven a intereses reaccionarios e ideologías exóticas. Los soldados son patrióticos. del coronel Favila Nunes. bandidos. abnegados. y de la manera como terminó. disciplinados. el período decisivo y final de la campaña. Jornal do Comercio. Aún no estaba de moda hablar de un baño de san­ gre y el genocidio aún no era calificado como una estrategia moderna. Emplea menos fórmulas que los demás. Euclides tiene una postura peculiar que se podría definir como altanera. naturalmente. describe la desorganización y el hambre que él mismo y los soldados están pasando. del mayor Manuel de Figueiredo. eficientes.

El comercio de mujeres y niños comprados por los vencedores tampoco existe. Mientras tanto. Como el poblado no se rendía. a medida que progresa. mencionada por Euclides. Alfredo Silva relata el episodio en su primera nota para A Noticia. rescatando a los nuevos esclavos en la medida en que pudo hacerlo y publicando su información con la firma de tres de sus miem­ bros. el Comité Patriótico de Bahía intervino en eso con energía. INL. en los diarios. Ed. ante los cuales no consigue esconder su admiración. 55. fue ocupado de a poco en sangrientas batallas y la solución final fue lograda por la utilización de una forma primitiva de napalm. La férrea censura que los periodistas afrontaban y contra la cual protestaban. de vuelta— encuentra registro en otros reportajes pero no en el suyo. Sao Paulo. para redimirlos del mal e integrarlos a los valores de la sociedad bur­ guesa occidental. va tornándose oscilante en lo que dice respecto de las convicciones iniciales del perio­ dista. Euclides también consiguió uno. no es. como todos se creían en plena Revolución Francesa. pero fue pescado. siquiera en la más vaga de las alusiones. perturbado por la resistencia sorprendente de los insurrectos. tales como el degüello sistemático de los prisioneros y que él mismo denunciará apasionadamente cinco años más tarde en su libro. pero Lelis Piedade y Favila Nunes lo informan. con fecha de publicación del 10/11 de agosto y fecha de escritura el 4 de agosto. no existe en sus notas. La práctica de atroci­ dades. se arrojó kerosene encima de los ranchos. cuya explosión provo­ caba incendios generalizados. . está la anotación en su libreta de campo. Hasta generales de la guerra lo hicieron conforme cuentan los periodistas.huir. Sistemáticamente. ni de lejos. por Olimpo de Souza Andrade. Mas a cada rato recae en consideraciones sobre la existencia de algún misterio detrás de ese fenómeno. Periodistas y soldados vieron a los habitan­ 1 Euclides da Cunha. Y no era sólo él. Si ahora se adoptan huerfanitos vietnamitas en un gesto de caridad cristiana pública. también cuenta que el inmediato estaba con cólico. o "¡La República es inmortal!”. Cultrix. sólo ahora publicada: "Noto con tristeza que el jaguncinho que me fue dado por el general continúa enfermo y quizá no resista el viaje hasta Monte Santo” \ El Diario de urna Expedieao. El final de la guerra y la manera como ese final fue conseguido cau­ saron un trauma en el sector ilustrado de la sociedad brasileña. Y aunque no lo registra en los reportajes. también los militares participantes de la campaña se dirigían unos a los otros con el epíteto de Ciudadano. en la época era costumbre adoptar jaguncinhos. mas no menciona el hecho en sus reportajes. a punto de pasar informaciones veladas sobre ella a los lectores. org. ya en Bahía. Caderneta de Campo. 1975. p. inclusive en O Comercio de Sao Paido. el pobre. y a veces termina sus telegramas con un "¡Viva la República!”. después de lo cual se tiraban bombas de dinamita.

Aún hoy. una gloria nacional. . tenemos en nuestro acervo cultural nacional un libro como Os Sertóes. Sao Paulo. p.tes de Canudos incinerados. “O escritor e o público”. La vergüenza nacional es general. también éste organiza. 1966. pero publicamos nuestra confesión y arrepentimiento. Sao Paulo. 2 Antonio Cándido. La mayoría de sus poseedores ni sabe qué hay dentro del libro. pero sabe que debe enorgullecerse de él. Rui Barbosa. los periodistas. Que eso no resucite a los injustamente muertos ni abra los ojos para que se modifique la situación de los que viven en injusticia. 1965. Como todo gran libro. en libros y diarios. Parece como si el proceso de expiación de la culpa colectiva hubiese alcanzado su punto más alto en este libro. pues los poderes constituidos y el mismo Ejército recibieron el libro con inmenso alivio 2. Manifestaciones de pro­ testa surgían por todo el país. El proceso arriba descrito explica en gran medida el inmediato y extraordinario éxito de Os Sertóes y la elevación de su autor a la celebridad. Historia e Interpretagño de “Os Sertóes”. Literatura e Sociedade. Entre el fin de la guerra. se vuelven humanos y compatriotas. Ver Olimpio de Souza Andrade. Es el conmovedor esfuerzo de un intelectual 1 Estas afirmaciones se encuentran en forma de notas para un discurso público que Rui Barbosa finalmente no pronunció. para los muertos. Hay un proceso generalizado de mea culpa. este libro difícil. Pasado el peligro. muy comprado y poco leído. entonces el viraje era completo. vieron cuerpos en llamas. estructura y da forma a tendencias profundas del medio social. los diputados y senadores. En el nivel del discurso. es irrelevante. EDART. pasan cinco años. figura obligatoriamente en los estantes de los hogares brasi­ leños medianamente cultivados. entidades públicas y privadas rehúsan participar en las conmemoraciones de la victoria. todo el mundo se escanda­ lizaba. viene el remordimiento. tanto como a estudiar teorías que lo auxiliasen a com­ prender lo que había pasado. Son los años en que Euclides se dedica a recoger información sobre la campaña. Si en el inicio del conflicto la reclamación general pedía el exterminio. y la hacían los estudiantes. los términos peyorativos aplicados a los canudenses son sustituidos por las palabras "brasileños” y "hermanos”. expresándolas de manera simbólica. Los libros sobre la guerra en tono de denuncia empiezan a aparecer y culminan con Os Sertóes. Muertos. Editora Nacional. En cambio. El Ejército queda cubierto de oprobio. Nos equivocamos. es claro1. E incluso el recelo manifestado por Euclides ante la publicación demostró ser in­ fundado. que antes los había calificado de "horda de mentecatos y galeo­ tes” los llama ahora "mis clientes” y declara que va a pedir hdbeas corpus para ellos. vieron mujeres con sus hijos en brazos arrojándose al fuego. un pueblo capaz de tal esfuerzo de autocrítica es un gran pueblo. Por otro lado. En el momento en que el exterminio era efectivo. 144. Ed. los intelectuales. los militares. Comp. el 5 de octubre de 1897 y la publicación de Os Sertóes el 1*? de octubre de 1902.

tener que lidiar con un movimiento religioso a partir de una formación científica y positivista. degenerados. "O homem” y "A luta”. En el otro son ignorantes. de temperamento inestable. Primero. De los cruzamientos raciales entre indios V blancos. impávidos. superiores. el resultado sería el mestizo. va mostrando la inventiva increíble de los canudenses. (pocos negros en su opinión). Antonio Conselheiro. “Euclides da Cunha sociólogo”. Grosso modo. O Estado de Sao Paulo. que trata de entender a su propio pueblo. atributos que impregnan también. tituladas "A Terra”. Euclides intenta demostrar que. esa es la explicación que encuentra para el fenómeno. La visión por cierto es determinista. Euclides las admira y registra. resistentes. Dos factores lo atrapan seriamente. Como esas afirmaciones surgen entrelazadas. en el aislamiento del desierto. al mismo tiempo que se emocio­ na con sus grandes arrebatos o con actos de heroísmo individual de los soldados. la diferencia entre el sertanejo brasileño y el campesino europeo. presa fácil de todo tipo de supersticiones e incapaz de construir una cultura. nú­ mero del 13 de diciembre de 1952. el resultado lite­ rario es la presencia constante de la figura de la antítesis y del oxímoron. geografía y clima determinan la constitución de los agrupamientos humanos. movilizando sus conocimientos de militar y asumiendo su postura de estratega. sólo podía ocurrir lo que ocurrió. fuertes. En mo­ mentos de crisis. mientras la raza determina el tipo psicológico V el comportamiento colectivo 1. Para él. dado el medio ambiente natural y dado el medio ambiente social que incluye la raza. inventivos. a su líder. In­ fluido por los teóricos del comportamiento anormal de las multitudes — tema que había marcado el nacimiento de las ciencias sociales en el siglo xix. y a la misma aldea donde vivieron. critica ásperamente la ineficiencia del Ejército. saldrían a flote las características de las razas inferiores que habían entrado en la mezcla y que se realizan en el misticismo. éste afe­ rrado a la tierra. Y aún provocan la admiración del lector actual. lo que ya se evidencia en las tres partes en que se divide el libro. que desarrollan sofisticadas tácticas de guerrilla para enfrentar una guerra de tipo convencional. racialmente inferiores. . La repetición incesante de afirmaciones contradictorias ofrece la posi­ bilidad de que se lean dos libros en uno solo. En uno de ellos los rebeldes son heroicos. con honda tradición y costumbres bien conocidas. incluso después que el mundo conoció las proezas de los vietcongs en este campo. anormales. por extensión. sin advertir la contra­ dicción en que cae. Al mismo tiempo que afirma y reafirma su teoría racial. diplomado como profesional liberal en los mayores centros ur­ banos del país. 1 Antonio Cándido. Euclides.honesto. Segundo. estando el pensamiento europeo aún confundido por los hechos de las turbas desenfrenadas de la Revolución Francesa— Euclides se ve frecuentemente en dificultades para explicar el desempeño innovador de esos mestizos degenerados.

con­ fiere una enorme tensión dramática al texto. si fue allí que se descubrió el Brasil. La fascinación por el heroísmo que demuestra Euclides no sólo por el Ejército sino también por los canudenses. y una plebe cuyas acciones son de naturaleza incomprensible? Esa plebe rebelada no señaló el fin sino la continuidad de un proceso histórico. antes de entrar propiamente en su tema de historiador de la guerra. tratando de reunir en un solo plumazo dos extremos. se llama Morro de la Favela. el sertón es el paraíso. las tinieblas saltan. topónimo debido a una especie vegetal que por ahí abundaba. Pero ellos tampoco aceptan pasi­ vamente esto. ¿Cómo no admirarlos? ¿Cómo no quedar traumatizados para siempre. tuvieron como premio la concesión de terrenos en la capital del país. si son tan diferentes de nosotros. Historia Concisa da Literatura Brasileira. Por casualidad. las aguas se precipitan. cómo entenderlos. el morro donde se situó una parte importante del campamento militar que tendió un cerco sobre la aldea. la descripción del medio geográfico y del hombre que vive en él es concebi­ da con recursos de ficción dramática. Por ejemplo. el día fulmina 1. reaccio­ nan y contraatacan. cómo confraternizar con ellos. ¿Cómo obtener una combinación armoniosa. Antonio Conselheiro podría tanto haber ido a parar al hospicio como a la Historia. el coronel Moreira César podría recibir la ca­ misa de fuerza o la púrpura. con esos extraños peligrosos. Cultrix. y estaban si­ tuados en los morros que circundan la ciudad de Río de Janeiro. . Esa exasperada manera de escribir. tendemos a olvidar los hilos que vinculan la actual situación con la guerra de Canudos. Hoy. Incluso en las dos primeras partes. Y el nombre que espontáneamente se dio a esos conjuntos habitacionales. una síntesis entre lo que fue aprendido en los libros y en la convivencia urbana. 1970. Ed. Los elementos naturales actúan como fuerzas vivas. con el desarrollo dominante. esos terrenos tenían escaso valor inmobiliario. los inferiores. es palpable. si por vez primera se fue al encuentro de la plebe miserable que hasta hoy constituye la mayoría de la población brasileña. fue el de Morro 1 Alfredo Bosi. los fanáticos. ellos. después de terminada la guerra. Cuando. Sao Paulo. si no aceptan nuestra ciencia. donde los ex soldados que regresaban de su servicio prestado a la Patria en la Guerra de Canudos construyeron sus precarias casitas. los retardatarios. cierta región del país es una Siberia canicular. si no aceptan nuestra revolución? ¿Cómo pueden no admitir que nosotros estamos en lo cierto y ellos están equivocados? ¿Por qué nos odian? Es verdad que los métodos de contacto que estamos usando son exterminadores: trata­ mos de destruir lo que no entendemos. las plantas agreden con sus es­ pinos ardientes. tan brasileños como nosotros? ¿Cómo comprenderlos. el suelo se retuerce y estalla. La antítesis incluye también el contacto dramático del intelectual con el pueblo al que pertenece. volvieron a la vida civil los soldados rasos que no eran militares de carrera y que también eran miembros de la plebe.El sertanejo es un Hércules-Quasimodo.

Después de eso. da el total de 26. La perturbación que la Guerra de Canudos causó en la conciencia na­ cional. y con los mejores argumentos tecnocráticos. Canudos tenía 5. Os Sertóes es un elemento instigador de la memoria brasileña que nos hace recordar lo que ya hicimos y continuamos haciendo con la mayoría de nuestros compatriotas. se decidió que el lugar ideal era aquél que comprendía las ruinas carbonizadas de la aldea de Canudos. . cantegriles en otros. Había miles de kilómetros a disposición para construir esa reserva de agua tan necesaria. su lenguaje es rebuscado. No es necesario decir que hoy no puede hacerse una investigación de campo en Canudos. N . La pre­ gunta que queda es si. La figura de la antítesis y del oxímoron sólo exhiben la incapacidad de pensar la especificidad del fenómeno. a su vez. El libro de Euclides es un libro irritante. se pensó construir un dique. al libro de Euclides. con todo el esfuerzo hecho para borrar tan ejemplar episodio de la memoria nacional. En medio de la aridez desértica del sertón. hoy una megalópolis de doce millones. en donde esa numerosa plebe del subdesarrollo viene al encuentro del mercado de trabajo. a pesar de ser apenas una dentro de las incontables insurrecciones que se produjeron en nuestra historia. el apelativo favela volvió a ser un sustantivo común. ¿Cómo erradicar esa memoria desagradable y perturbadora? Hace poco más de diez años.de la Favela. sin servicios de infraestructura urbanística. debe mucho. por el kerosene y por la dinamita molestaban. apenas llegaba a doscientos mil personas. en una estimación modesta de cinco habitantes por casa. Con la aceleración del éxodo rural. Según el cálculo oficial hecho por el Ejército en 1897. en una época en que Sao Paulo. lo que. Los restos dejados por el cañoneo. Este libro no nos deja olvidar lo que pasó y continúa pasando. designando todos los agrupamientos urbanos margi­ nales de las ciudades grandes y ricas del Brasil. había gente en la región que recordaba y perpetuaba la memoria del hecho. las antítesis buscan efectos de resultado confuso. Por coincidencia. los habitantes del interior del país fueron ocupando los morros y llanos adyacentes. de no existir el libro de Euclides para irritarnos y obligarnos a pensar en un problema hasta hoy presente bajo otras formas. La postura de estratega del Ejército entra en contradicción con la simpatía por los rebeldes. w.000 habitantes. pone en jaque la ideología oficial que postula la índole pacífica del pueblo brasileño. La fisura entre la cien­ cia exhibida y los terribles hechos narrados impide una síntesis explica­ tiva. las ruinas reposan escondidas debajo de muchas toneladas de agua. no nos habríamos también olvidado. hecho en terrenos sin valor vendible. cada vez en mayor can­ tidad. se hizo una obra benéfica en la región. G. Barriadas o callampas en algunos países de América Latina. la favela es un rancherío provisorio. su posición incierta y oscilante cuando no abiertamente contradictoria.200 casas.

no todos son citados. en la misma ciudad. Las notas marcadas con un asterisco y que aparecen al pie de página son del autor. También fue indispen­ sable la edición de la Obra Completa hecha por la Compañía José Aguilar Editora en 1966. Este trabajo sigue a los efectuados por José Calasans y Olimpio de Souza Andrade. literario. considerada por eso la definitiva.CRITERIO DE ESTA EDICION Entre los días primero y dos de diciembre de 1902. este último con la intención de incorporar escritos anteriores del autor sobre el mismo tema. de T . de 1914. biográfico y bibliográfico. La presente edición se basa en un ejemplar de la vigesimoséptima edición que es la más reciente hecha por aquella editorial (1 9 6 8 ).). siempre que fue posible. Se tuvieron en cuenta aclaraciones de carácter histórico. la tercera. especialmente para esta edición de la Biblioteca Ayacucho. Desde entonces no hubo más alteraciones. lingüístico. ocurrida en 1909. respondiendo a críticas. La Editora Francisco Alves. el primero sobre la Guerra de Canudos y el segundo sobre la vida y la obra de Euclides da Cunha. y en 1905. organizada bajo la dirección de Afránio Coutinho. habiendo sacado la cuarta edición en 1911. Corre­ gidas por el autor. la segunda que contiene un grupo de notas al final del volumen. ya después de la muerte del autor. están numeradas y aparecen al final del volumen. aparecieron en 1903. especialmente por su Cronología y por el Diccionario Euclidiano. que sirvió para preparar la quinta edición. en la vigesimosexta edición de 1963. de Río de Janeiro. geográfico. hechos por Fernando Nery para la doceava edición de 1933. Ambos son los mayores especialistas del tema. político.. a no ser los subtítulos de los capí­ tulos. . mas todos fueron leídos y aprovechados. Igualmente. vio la luz la primera edición de Os Sertóes. Las notas aquí introducidas se atuvieron a un criterio informativo múltiple. Después se encontró un ejemplar de la tercera nueva­ mente corregido por el autor. y la moderni­ zación de la ortografía. Las notas preparadas por Walnice Nogueira Galvao. publicada por los Editores Laemmert y Cía. salvo en el caso que lleven la mención (N . partes que lamentablemente no consignan el nombre de su autor para que lo pudiéramos registrar aquí. se hizo el cotejo con otras fuentes contemporáneas sobre la Guerra de Canudos. se ocupó de editar desde entonces el libro.

sin fecha. y la Casa de Euclides tiene conoci­ miento por lo menos de una. Buenos Aires. N . por Benjamín de Garay. Chicago. 1947. de traducciones a veinticinco diferentes len­ guas chinas. Belo Hori­ zonte. cf. Moráes. Holanda. 1938. G. Río de Janeiro. Ediciones Caravela. — De Binnenlanden (holandés). Phoenix Books . 1948. Italia. por Forsta Delen. G. sin fecha.En cuanto a las traducciones. por Richard Wagner Hansen. por Samuel Putnam. — Los Sertones (español). G. — Oproret Paa Hojsletten (dinamarqués). las fuentes son la misma Obra Completa y los archivos de la Casa de Cultura Euclides da Cunha en Sao José do Rio Pardo. 1945. W. . 1968. 1944. — Rebellion in the Backlands (inglés). — Markerna Brinna (sueco). Westermann. Copenhague. En algunos casos. por Cornelio Biseleo. Bi­ blioteca de Autores Brasileños. — Traducciones chinas: hay mención. — Les Terres de Canudos (francés). por Sereth Neu. Suecia. W . Difusión Panamericana del Libro. como se verá en la lista que a continuación ofrecemos: — Brasile Ignoto (italiano). las indicaciones bibliográficas son escasas. Língua e Linguagem.The University of Chicago Press.

LOS SERTONES .

El jagimgo temerario. sin duda. Por eso le damos otra forma 3 . Pro­ ducto de variados cruces. en breve tiempo serán tipos relegados a leyendas desvanecidas o ya muertas. La civilización avanzará por los sertones arrastrada por esa implacable fuerza motriz de la historia que Gumplowicz. hijos del mismo suelo. este libro que comenzó siendo un resumen de la Campaña de Canudos. Hoy son retarda­ tarios. No debilita esta afirmación el hecho de haber sido realizado por nosotros. por­ que. de un primer ataque en una lucha acaso larga. les faltó el equilibrio necesario. los trazos actualmente más expresivos de las subrazas sertanejas del Brasil. había perdido todo interés2 al verse demorada su publicación por causas que nos excusamos de señalar. quizá estaban destinados a ser los principios inmediatos de la formación de una gran raza. con visión genial. aliada con las vicisitudes históricas y la deplorable situación mental en que se encuentran. el tabaréu ingenuo y el caipira simple 4 . Por eso. en la que el tema que motivó su escritura se convierte en sólo una variante del asunto general. en­ trevio. Lo hacemos porque su inestabilidad. destinadas a una próxima desaparición ante las crecientes exi­ gencias de la civilización y a la intensificación de las corrientes inmigra­ torias que comienzan a invadir profundamente nuestra tierra. y la velocidad adquirida por la marcha de los pueblos en este siglo ya no les permite alcanzarlo. etnológicamente indefinidos. mañana estarán totalmente extinguidos. en la destrucción inevitable de las razas débiles por las razas fuertes. las vuelven tal vez efímeras. ante los futuros historia­ dores. Detenidos en su evolución.NOTA PRELIMINAR Escrito en los raros intervalos de ocio de una actividad fatigosa1 . debida a factores múl­ tiples y diversamente combinados. aunque sea pálidamente. . la Campaña de Canudos tiene el significado. sin tradiciones nacionales uniformes. superior a Hobbes 5 . Intentamos esbozar.

que respetan los contornos de los hechos pero le cambian el color. mal enlazados con esos patriotas extraordinarios por una tierra en parte desconocida. il veut sentir en barbare. . E u c l id e s d a C u n h a . mais dénaturent les sentiments et les moeurs. en ancien” *. ni una genealogía. Y en tanto lo permita la firmeza de nuestro espíritu. Además. hagamos justicia al admirable concepto de Taine 7 sobre el narrador sincero que encara la historia como ella merece: . qui gardent le dessin des événements et en changent la couleur. 1901. que copian los acon­ tecimientos y desfiguran el alma. Lo denunciamos. parmi les anciens. en el verdadero significado de la palabra. un crimen. nos separa de ellos tina coordenada histórica: el tiempoG . debe sentirse un bárbaro entre los bárbaros y entre los antiguos. de T . (N . il s’irrite contre les demi-vérités que sont des demi-faussetés contre les auteurs qui n’altèrent ni une date. Aquella campaña parece un reflejo del pasado. en francés en el original: " .viviendo parasitariamente a orillas del Atlántico de los principios civili­ zadores elaborados en Europa. et. se irrita contra las semiverdades que son las semi-falsedades. Y fue. Taine. . parmi les barbares. un antiguo” . qui copient les faits et défigurent l’âme. y armados por la industria alemana. contra los autores que no alteran ni una fecha. Sâo Paulo. ni une généalogie. .). pero desnaturalizan los sentimientos y las costumbres. . * Cita de H. tuvi­ mos en la acción él singular papel de mercenarios inconscientes.

Pero al derivar hacia las tierras septen­ trionales. Desde lo alto de la Favela. II. con el vigor desarticulado de las sierras. .LA TIERRA L— Preliminares. en seguida. De tal modo. ya en plena faja costera de Bahía “ . hasta que. disminuye gradualmente de altura. rizado en cumbres y corroído de ensenadas. Al principio el trazo continuo y dominante de las montañas. Y -U n a categoría geográfica que Hegel no citó. quien la rodea. Las caatingas. abriéndose en bahías. se dilata en el occidente. se atenúan todos los accidentes. libre de los impedimentos de las sierras que hasta allí la rechazaban o acortaban. que se sustituyen o se entrelazan en estratificaciones discordantes. tras­ puesto el paralelo 15. 12. Lo demuestra un análisis más profundo hecho por un corte meridiano cualquiera. al mismo tiempo que des­ ciende hacia la costa oriental en escalones o pisos que le quitan la pri­ mitiva grandeza y la alejan considerablemente hacia el interior. Primeras impresiones. observa notables cambios de relieve. dando lugar a la variedad fisionómica de .— La sequía. repartiéndose en arrecifes desnudos. Un sueño de geólogo. la mirada. Esta caracterización geográfica resume la morfogenia del gran macizo continental.— El clima. III. se comprueba que hay tres formaciones geognósticas dis­ pares de edades mal determinadas. sujetándola y destacándola sobre la línea de las playas.— Desde lo alto de Monte Santo. Reina sobre los mares y se desarrolla en llanuras niveladas por las figuras de las cordilleras marítimas. andando hacia el norte. Cómo se hace un desierto. Higrómetros singulares. De hecho. Ca­ mino a Monte Santo. IV. hundiéndose en las honduras de la tierra amplísima que len­ tamente emerge en ondas extensas y llanas. Tierra ignota. . a manera de escombros del conflicto secular que allí libran los mares y la tierra. las serranías se redondean y se suavizan las líneas de los taludes. en el trecho marítimo que va de Río de Janeiro a Espíritu Santo 1 0 . acompañando la cuenca del Sao Francisco 1S. El mar­ tirio secular de la tierra. La entrada del sertón. dividiéndose en islas. extendidas desde Río Grande hasta Minas 9. Cómo se extingue un desierto. Hipótesis sobre sus causas. des­ pués. un litoral revuelto. I PRELIMINARES La alta planicie central del Brasil desciende hacia el litoral sureño en caídas escarpadas y abruptas. fraccionándose en morros de laderas indistintas en el horizonte que se amplía.

rasgando con la fuerza viva de la corriente. y yacen sepultas por las complejas . formando los admirados paisajes que tanto encantan y engañan la mirada inexperta de los forasteros. contrahechos. nin­ guna parece tan preparada para la Vida. las formaciones primitivas desa­ parecen. la fisonomía de anchos planos ondulados y desmesurados. sin líneas sinuosas. Rasgan esos estratos en trazados uniformes. Se dibuja duramente en las placas rígidas de los afloramientos gnéisicos. que partiendo del extremo sur se curvan en un desmedido anfiteatro. se nota. después de apuntar las alturas de los picos centralizados por el Itatiaia 1 9. la sierra de la Canastra22. o se deshace en brotes que. dándole al conjunto de las tierras. incluso las de mayor altura. donde se encaja el Paraíba 1 8 . corren desde la costa hacia los sertones. donde la naturaleza compuso su más portentoso la­ boratorio. más allá del Paraná 1 6 . Sin embargo. Al este la naturaleza es diferente. y quien la alcanza. La tierra atrae irresistiblemente al hombre. y guiados por el meridiano se abren ante los hondos valles erosionados por los ríos de As Velhas 2 3 y Sao Francisco. como si nacieran en los mares y canali­ zaran sus eternas energías hacia recónditos sitios de vegetación opulenta. Traspasadas las sierras. bajo la línea fulgurante del trópico. al mismo tiempo explica la sin par exuberancia como las vastas áreas planas. al entrar en este Estado. el antagonismo permanente de las montañas: el río Grande2 1 rompe. La tierra domina al océano desde la altura de las quebradas. y el talud de las planicies altas se dobla en los escalones de la Mantiqueira 1 7 .la tierra. deri­ vando en lechos retorcidos y venciendo. trazando una originalísima red hidrográfica. como quien sube a la rampa de un majestuoso escenario. a pesar de las tumultuosas serranías. hasta el litoral paulista. desde el Iguazú al Tieté 1S. se apre­ cian. Como en las altas planicies de Sao Paulo2 0 y de Paraná. convertido en un dilatado muro de apoyo para las formaciones sedimentarias del interior. encuentra justificación para todas las exageraciones descriptivas — desde el gongorismo de Rocha Pita a las extravagancias geniales de Buckle1 4— que convierten a este país en región privilegiada. intercaladas de capas calcáreas o diques de rocas eruptivas básicas. Al mismo tiempo. llevándolo con la misma corriente de los ríos que. Primero surgen las masas gneisgraníticas. sin formaciones lateráles. Es que bajo el triple aspecto astronómico. todos los caudales revelan esta pendiente insensible. progresan en sucesivas cadenas. el lento descenso hacia el norte. topográfico y geológico. Al principio pegadas al mar. llevan hasta el centro de Minas los paisajes alpestres del litoral. con predominio de una o la combinación de todas. superpuestas las irrupciones que van de Barbacena a Ouro Preto24. inmensos llanos cuya trama de capas horizontales de greda arcillosa. extendidos hacia el norte occidental.

La región sigue siendo alpestre. salpicadas de lagos de arroyos subterráneos. por los poderosos estratos más recientes que las circundan. se caracteriza por su notable significación orogràfica. que tanto perturban a los geógrafos descuidados. Pero la tierra permanece elevada. apenas sobresale entre aquellas lomas definidoras de una situación do­ minante. apenas apuntando al este por los vértices de los albardones distantes que prolongan la costa. y vuelven en aguas mansas hacia el poniente los que tienen su meta en la cuenca de captación del Sáo Francisco. están modeladas de la misma forma. desde la de Cabrai. Porque en este coincidir de las tierras altas del interior y de la depre­ sión de las formaciones azoicas. después de recorridas por el sur las interesantes formaciones cal­ cáreas del río de As Velhas. De allí descienden. mas con los dorsos extendidos en llanos inscriptos en un horizonte de nivel. las mismas rocas que vimos sustituir en . Se verifica así la tendencia hacia un aplanamiento general. de espesos estratos de greda. con la extensa zona de los llanos arenosos del norte. más cercana. Mal estudiado aún. la región montañosa de Minas se va comunicando. todos los ríos que desde el Jequitinhanha al Doce2 8 buscan las terrazas inferiores de la planicie arrimados a la sierra de los Aimorés2 9. alargán­ dose en planos amplios. en una tumba estupenda. desnudas. nivelándose en las cumbres de la sierra del Espinado2 6. aviva los accidentes. y las que la rodean. hacia el levante. sin sobresalir. hasta la zona diamantina que se expande hacia el nordeste en los llanos que se extienden. es la primera muestra de esas espléndidas planicies imitadoras de cordilleras.series de pizarras metamórficas. Ostentan en plano vertical. La sierra del Gráo-Mogol3 1 que toca los límites de Bahía. porque las cordilleras dominantes del sur se extinguen allí. subterráneas. desde los macizos que van de Ouro Branco a Sabará2 5. o levantándose en falsas montañas. a pesar de la sugestiva denominación de Eschwege27. cayendo en cataratas o saltando obstáculos sucesivos. se acen­ túan otras transiciones en la contextura superficial del suelo. infiltradas de abundantes filones. El cambio estructural origina cuadros naturales más imponentes que los de la costa marítima. Un nuevo horizonte geológico repunta con un trazo original e inte­ resante. que descienden en declives fuertes. sucediéndose a partir de la base. en los parajes legendarios del oro. donde se abren las cavernas del hombre prehistórico de Lund 3 0. decaen a su vez. en cuyo valle. El carácter de las rocas. y ésta. más modernas. hasta la de Mata da Corda que se prolonga hacia Goiás 3 2 . expuesto en las bases de los cerros de cuarzo o en las cumbres donde se encuentran las placas de itacolomito avasallando las alturas. sobreponiéndose a otras. Los surcos erosivos que las marcan son cortes geológicos expresivos. Las capas anteriores que vimos superpuestas a las rocas graníticas.

siguiendo las líneas de los cerros tallados en diaclasa. predominantes y ofreciendo a los agentes meteóricos una plasticidad admirable ante los más caprichosos modelos. en esparcidos peldaños. al antiquísimo Himalaya brasileño. las sábanas de greda. . estas formaciones naturales se dividen con rumbo firme al norte. en desintegración continua. Trepando por las taludes que los levantan dándoles apariencia de tableros suspendidos. en una prolongación indefinida de mares. Pero desaparecen del todo en varios puntos. tallándose en quebradas. que se hicieron valles en declive. ex­ tendido en lomadas ondulantes. Es el hermosísimo paraje de los campos gerais. hasta orlar de despeñaderos y escarpas aquellos erguidos planos. restos de la monstruosa bóveda decaída de la antigua cordillera. se topan. más bien. más caprichosos.prolongado camino por la superficie: abajo los frutos graníticos decaídos por la hondura de los valles. extensas áreas rodeadas por los cuadrantes. adelante. por el aspecto de escalinatas. se escalonan en alineamientos incorrectos de menhires colosales. poco a poco se fueron profundizando. por todo el curso del tiempo. a duelas desproporcionadas. en Bahía. Y de acuerdo con la resistencia de los materiales trabajados. gracias a las intensas degradaciones (porque la Serra Geral sigue por ahí como reparo de los alisios. va­ riaron sus aspectos. Repunta la región diamantina. sobrepujándolas o rodeando sus flancos en valles monoclínicos. tan bien expresados en el perfil fantástico del Bom Jesús da Lapa 35. partiendo de Monte Alto33. mientras hacia el nordeste. que derivando primero en líneas divagantes de drenaje. Sin línea de cumbres. oblicuas y gobernando los llanos que ladean interpuestos. las serranías más altas no son más que llanos extensos que terminan de pronto en bordes abrup­ tos. aquí apuntan sobre las áreas de nivel los últimos fragmentos de las rocas enterradas. reviviendo por entero a la de Minas. o también. en lo alto. una prolongación. por su altura. condensándolos en aguaceros de diluvio) se desnudan resurgiendo las formaciones antiguas. a los costados. desnudándose en peñascos que mal recuerdan. Lo atravesamos. porque es la misma formación minera que rasga al fin las sábanas de greda y se . grandes tablados donde impera la ruda sociedad de los vaqueros. Adelante. a centenares de metros. o en círculos enormes. . como un desdoblamiento o. desbarran­ cado. Desde hace siglos caen por ahí fuertes corrientes de agua. las placas de pizarra más recientes. Se extienden vastos llanos. Las montañas se desentierran. por la moldura golpeante del régimen torrencial sobre los suelos permeables y móviles. asociándose con el cal­ cáreo que activa los paisajes a orillas del gran río. la serie de los suelos gredosos que progresa hasta la meseta arenosa del A<juaruá3 4. y la disposición de los grandes bloques superpuestos en escalas recuerda las paredes desmanteladas de ciclópeos coliseos en ruinas.

en segmentos dispersos que van hasta más allá del Monte Santo41. entre montañas derruidas. retratando el desaforado combate de los elementos que luchan allí desde hace milenios. en despeñaderos hacia el levante. Allí reina el drenaje caótico de los torrentes que le presta a ese rincón de Bahía un rostro excepcional y salvaje. entre un tumulto de morros. en estupendo degrado. en contrastes bellísimos. al llegar a este punto queda sorprendido. Se deshace. el río Sao Francisco. no hay situación de equilibrio para una red hidrográfica normal. cubriéndolos a lo ancho de los campos gerais. . LA ENTRADA DEL SE R T O N 4 3 Está sobre un escalón del macizo continental. El observador que siguiendo este itinerario deja los parajes en que se alternan. La cordillera se eriza de contrafuertes y tallas. fundiendo las expansiones septentrionales de las de Furna. hacia el sur. De hecho. abarcando dos cuadrantes.levanta con los mismos contornos alpestres y perturbados. y la caída hasta entonces graduada de las antiplani­ cies comienza a tener desniveles considerables. Se levanta un momento. se ve el trazo de otro río. las nacientes del Paraguacú 3 8. Los muestra el Sao Fran­ cisco en el vivo influjo con que tuerce hacia el este. en semicírculo. y por la otra. la amplitud de los campos gerais y el fasto de las montañas. al norte. hasta descubrir el salto prodigioso de Paulo Afonso42. Cambia su carácter topográfico. el Vaza-Barris4 5. Por el medio. Esta es más deprimida y más revuelta. el Irapiranga de los tapidas. Cocais y Sincorá39. se cruza embarulladamente. el eje de la Serra G eral3 7 se fragmenta. Ultimo brote de la sierra principal. y un dédalo de serranías tortuosas. por donde descienden hacia el mar o hacia el declive de Paulo Afonso las rampas en barranca de la alta planicie. pasando bajo las lomas de Jeremoabo. señalando al mismo tiempo la transformación general de la región. el curso sinuoso del Itapicuruagu 44. . indefinido. con el mismo desagotar expresivo hacia la costa. cuyo trecho de Jeremoabo4 6 hacia las nacientes es una fantasía de cartógrafo. y hacia el este. Cae hacia las terrazas inferiores. Desde este punto en adelante. en los picachos que irradian de la Tromba o resaltan hacia el norte en los esquistos huronianos de las cadenas paralelas de Sincorá 36. originando el corre­ dor de cuatrocientos kilómetros en el reflujo del Sobradinho40. corriendo casi paralelo entre aquéllos. la de Itiúba le reúne algunas ramas indecisas. Lo limita por una orilla. de allí saltan. poco elevadas pero innú­ meras. curvada también hacia el sudeste. pero en seguida decae hacia todos los rumbos: hacia el norte. en su normal dirección primitiva. incohe­ rentemente dispersos. .

líneas de acceso más practicables 51. rechazadas por la barrera infranqueable de Paulo Afonso. o por los escasos establecimientos de ganado. un hiato. los cuatrocientos años de nuestra his­ toria. inabordable. Dejando la orla marítima y siguiendo por tierra hacia occidente. El extraño territorio. sin dejar rastros. estaba predestinado a cruzar. Luego. se terminaba la atracción de las entradas aventureras y moría la vista del litoral opulento. No podían quedarse. muestran ahí un claro expresivo. Se rarifican los montes o se empobrecen. cada vez más escasos. acompañando los insigni­ ficantes cursos de agua. al sudoeste. se marchaban hacia Pernambuco y Piauí hasta el Maranhao 5 0. Es que siguiendo las huellas de la última de aquellas rutas. rápidos.Al abordarlo. Jeremoabo. al este. pasada la Itiúba. noticias exactas o detalladas. los más avanzados grupos de pobladores se asentaron en aldeas minúsculas — Ma^acará. después de lanzar brotes dispersos por las serranías. Porque cuando las bandeiras del sur 4 9 pasaban por sus límites y viraban por los flancos de la Itiúba. Es que. por el lado sur. lo salteaban por su impresionante as­ pecto de tierra extraña que repuntaba en transiciones imprevistas. tratando de encontrar por el Paraguagú y los ríos que lo demoran en el sur. a partir de Camacari. copiando estas alternativas con la precisión de un calco. aquí y allá. Cumbe o Bom Conselho47— entre las cuales el decaído Monte Santo tiene rasgos de ciudad.R . con las emersiones calcáreas de Inhambupe 52. e incluso éstos. Uno que otro lo sortearon. los pobladores se desparramaron por las aldeas que la bordean. Ninguno se quedó allí. las for­ maciones antiguas se cubren de escasas manchas terciarias. aunque se buscara el camino más breve. hacia el levante. superados todos por una tapera oscura: Uauá. traspuesto el Itapicuru. Sólo en este último rumbo se aventajó una aldea secular. se separan . a menos de cuarenta leguas de la antigua metrópoli. Se extinguen al fin. entre Capim Grosso y Santo Antonio da Gloria48. evitados siempre por los tropeles humanos que venían del litoral bahiano en busca del interior. que casi abarcaría a Holanda ( 9 o 11'— 10° 20' de latitud y 4 o— 3o de longitud O . Y lo dejaban en medio. al norte y al este pararon en las márgenes del Sao Francisco.J. alternando con exiguas hondonadas cretáceas revestidas por el terreno arenoso de Alagoinhas que apenas engarzan. La vegetación circundante se transforma. hechas pocas leguas. Tierra ignota donde se aventura el garabato de un río problemático o se imagina una cadena de sierras. ignoto. se comprende cómo hasta hoy escasean sobre tan grande porción de territorio. huyendo. realizando el máximo esfuerzo de penetración en tales lugares. reuniendo informes escasos.). Nues­ tros mejores mapas. absolutamente olvidado.

Y avan­ zando hacia Juázeiro o volviendo hacia la derecha. apenas remueve el suelo engarzándolo en la tenue capa de arena que lo reviste. El observador tiene la impresión de andar por el corte mal graduado del borde de una planicie. partiendo de Queimadas hacia el nordeste58. yuxtaponiendo sobre los rastros de los bandeirantes las líneas de una vía férrea. por el camino real del Bom Conselho que. aflorando en lajas horizontales. les copian los mismos contornos de laderas fracturadas. Andándolo en marcha hacia Piauí. donde una flora característica — arbustos flexibles mezclados con rubias bromelias— pre­ domina exclusiva en anchas áreas. unos y otros rodeaban siempre.o avanzan en promontorios por los llanos desnudos. partiendo de su trecho medio. no se sorprende al principio. La piedra. Pernambuco. se entrecruzan numerosísimos desvíos hacia el oeste y hacia el sur. De modo que aquellas dos vías de penetración que se encuentran con el Sao Francisco en puntos lejanos — Juázeiro y Santo Antonio da Gloria 56— formaban desde aquellos tiempos los límites de un desierto 57. Los morros del Lopes y del Lajedo se elevan a manera de deformes pirámides de bloques redondeados y lisos. se dividían en Serrinha. Pisa un camino tres veces secular. jamás significó. Desde este sitio en adelante reaparecen los suelos terciarios esteriliza­ dores sobre los más antiguos que. mal dominada por la vegetación vigo­ rosa irradiante de la Pojuca 5 3 sobre el massapé fértil de las capas cretáceas descompuestas. dominan en toda la zona centralizada en Serrinha. desde Bahía a Juazeiro. una variante apreciable para el este o para el norte. desde el siglo xvn los llevaba a Santo Antonio da Gloria y Pernambuco5S. Maranhao y Pará. el Itapicuru alienta una vegetación vivaz y las barrancas pedregosas del Jacurici5 9 se adornan de pequeños bosques. No la modificaron nunca. bordeando a uno y otro lado las alas de las sierras de la Saúde y de la Itiúba. A los lados del camino se ondulan lomas rasas. Porque el camino en cuya longitud de cien leguas. y los que se suceden. El suelo arenoso y chato permite una travesía desahogada y rápida. histórica ruta por donde avanzaban los rudos sertanistas en sus excursiones hacia el interior. . según sus varios rumbos. los pobladores. quien se anima a atravesarlo. CAMINO A MONTE SANTO Sin embargo. evitándolo. exhumando la osamenta partida de las montañas. sustrayéndose a una travesía torturante. Curvándose en meandros. el paraje siniestro y desolado. en cambio. Tampoco la cambió más tarde la civilización. hasta Vila Nova da Rainha y Juázeiro 54.

Algunas muestran los esfuerzos de los hijos del sertón. sin un trazo de color diverso. o en los desfiladeros que se recortan en el suelo polvoriento y pardo gracias a la placa verde negra de las algas unicelulares que las cubren. uniforme. lenta e impresionantemente. en general. Asociándose a las ollas y cuevas en que se abre la piedra. son el único recurso en un viaje penoso. Patrimonio común de los que por ahí se agitan en las aflicciones del clima feroz. los mismos cuadros. erguidos como represas entre las laderas. Estas lagunas muertas. jamás deja de llevar una piedra que calce en sus junturas vacilantes. Los delinearon los que primero se atrevieron a penetrar por aquellos sitios. Verdaderos oasis. que son como espectros de árboles. Despuntan pobres viviendas. tienen sin embargo. ancho emergente de tierra fértil. un aspecto lúgubre. algunas desiertas por la retirada de los vaqueros que la sequía expulsó. Y persisten indestructibles. las copas verdes de los ouricurizeiros rodean — breves paréntesis abiertos en la aridez general— las orillas de las ipueiras. uniformes. otras en ruinas. en un horizonte invariable que se aleja a medida que se avanza. dándole al con­ junto la apariencia de un desierto. como dicen expresivamente los matutos: arbustos que casi no tienen raíces sobre la tierra. del remoto pasado.Después se ven sitios que van mostrando una creciente aridez. Y marchando rápidamente. . se lo descubre o se lo adivina. Superada la estrecha faja de matorrales que prolonga aquel último río. siguiendo la bella etimología indígena. señalan una escala obli­ gatoria para el caminante. aunque vaya desnudo de equipaje. vienen. Aún aparecen parajes menos estériles y en los lugares donde se operó una descomposición in situ del granito. ornamentándolas. sin embargo. pasados estos puntos — imperfecta copia de las murallas roma­ nas que aún se aprecian en Túnez— se entra de nuevo en los arenales. enredados en ramas de las que irrumpen solitarios cereos. el pardo requemado de las caatingas. sobre todo en los trechos en que se suceden pequeñas ondulaciones. se adorna de verde vegetación. toscos muros de piedra seca. a lo lejos. . . el viajero más dinámico tiene la sensación de la inmovilidad. como en el minúsculo poblado de Cansangáo 60. Si se traspone cualquier ondulación. Mas. El pequeño sitio allí erigido se levanta sobre una alta . rígidos y silenciosos. todas de la misma forma y dispuestas del mismo modo. porque el sertanejo. Parecen monumentos de una sociedad oscura. originando algunas manchas ar­ cillosas. . Se encuentran. y el aspecto paupérrimo de todas agrava los rasgos melancólicos del paisaje. Pocas veces. Y el rostro de ese sertón inhóspito se va esbozando. empieza a dinamizarse la tierra. en el cuadro triste de un horizonte monótono en el que se retrata. localizadas en depresiones. Se le presentan. se está en pleno agreste. En las cercanías de Quirinquinquá61.

llevándoles a la distancia todos los elementos degradados. y los cuarzos ásperos y los calcáreos sustituyéndose o entrelazándose. . des­ pués de las insolaciones demoradas. a pique. Termina en una cresta altísima. perdiéndose a lo lejos en escalas fugitivas. predominante. en el sertón adusto. mal cubiertos por una flora obstaculizante. se entra de lleno. imponiéndoles la alternativa de subidas y caídas termométricas repentinas. Centraliza un vasto hori­ zonte. y mirando hacia el norte se divisa una región distinta. el aspecto atormentado del paisaje. las lluvias que cierran de improviso los ciclos sofocantes de las sequías. precipitando estas demoradas reacciones. El régimen torrencial de los climas excesivos sobreviene de pronto. expone desde hace mucho las series más antiguas de aquellos últimos brotes de las montañas: todas las variedades cristalinas. abriéndolas según los planos de menor resistencia.expansión granítica. repuntando duramente a cada paso. extremándole el desarrollo en el rumbo de 130 NE. de frente. De un lado. se empina. en los retorcidos lechos de los arroyos efímeros. y alcanzándolo y trasponiéndolo. y de ahí. brutalmente golpeada por los ele­ mentos variables distribuidos por todas las modalidades climáticas. en lo reseco del suelo. parece una muralla monumental. tres leguas adelante. en el verano. rajado por las líneas de los estratos expuestas a la erosión eòlica. PRIMERAS IMPRESIONES Es un paraje impresionante. rizada de valles y serranías. con la línea de cumbres casi rectilínea. un juego de dilataciones y contraccio­ nes que las raja. de tonos azulados. su enorme paredón. y golpeando en aquellas pendientes. disponiéndose en escena­ rios en los que resalta. la extrema sequedad del aire. Caldeiráo 6 3 . . La sierra de Monte Santo con un perfil totalmente opuesto a los redondos contornos que le diseñó el ilustre M artius6 2 . atenuados hacia el sur o hacia el este. Las condiciones estructurales de la tierra se vincularon a la violencia máxima de los agentes exteriores para el dibujo de relieves estupendos. en las estrechas gargantas y la casi convulsiva flora enmarañada. es de algún modo el martirio de la tierra. Del otro lado. Porque lo que éste denuncia. . a caballo sobre la villa que se erige a su pie. que facilita por la irradiación nocturna la pérdida instantánea del calor absorbido por las rocas expuestas al sol. se yergue al margen de esa suble­ vación metamòrfica. en un fuerte dique de cuarzo blanco. los accidentes predominantes de la tierra progresan avasallando los cua­ drantes del norte. en los desmante­ lados cerros casi desnudos. Entonces se observa que. en relieve sobre la masa gnéisica que constituye toda la base del suelo. por fin. Dominante sobre la planicie que se extiende hacia el sudeste.

como grandes desmoronamientos de dólmenes. y sobre ellos. se degradan en los inviernos torrenciales. De este modo. aparecen tramos deprimidos. cubiertos de una vegetación resistente. restos de antiquísimas lomas corroídas se derraman — ora en alineamientos que asemejan viejos cami­ nos de hielo. los lechos generalmente secos de arroyos que sólo se llenan en las breves estaciones de las lluvias. Despuntan en general estratos de un talcoesquisto azul oscuro. ora esparcidos al azar— espesos lastres de lajas y piedras fracturadas. cubriendo extensas áreas. se modifican los aspectos naturales.Las fuerzas que atacan la tierra en su contextura íntima y en su super­ ficie. silúricas quizá. abiertos en cajón. Las mismas capas gnéisicas. dan. y más allá desaparecen entre los bloques. * Oueds: en francés en el original: cursos de agua que corren por el desierto. de mangábeiras. Y según sea la preponderancia de una o de otra. Por las faldas de los cerros en tumultuosa ronda. o el entrelazamiento de ambas. Se unen y se complementan. delatando idénticas violencias.). a manera de colmenas. ante majestuosas ruinas de castillos. donde persisten todavía. se tienen líneas incisivas de extrema rudeza. agitándose absurdamente. Estas últimas formaciones. se sustituyen. capas menos resistentes de arcillas coloradas escindidas de cuarzo e interceptadas por discordantes planos estratigráficos. a cada paso y en todos los puntos. la repentina ilusión de hallarse. en placas bruñidas que reverberan a la luz en fulgores metálicos. . en las dos estaciones únicas de la región. más adelante se rodean de cadenas de rocas. dando la imagen perfecta de esos mares de piedra tan característicos de los lugares donde imperan regímenes excesivos. sedes de antiguos lagos. cementados en el cuarzo. a la dinámica portentosa de las tormentas. son una reproducción completa de los oueds * que marginan el Sahara. Se recortan. Las aristas de los fragmentos. corren tenues hilos de agua. se adelantaron a la acción de los elementos químicos en función de los datos meteorológicos normales. con intercadencia invariable. en inestables ángulos de caída. mal asentadas sobre sus bases estrechas. cubren completamente a las demás a medida que se marcha hacia el NE y se asimilan a contornos más co­ rrectos. Van del desequilibrio molecular. a veces. convertidos ahora en esteros que marcan los asentamientos de los vaqueros. La mayoría obstruidos por piedras entre las cua­ les. Esclarecen la génesis de los llanos rasos que se desatan. Se disocian en los veranos quemantes. son nuevos testimonios de esos efectos físicos y mecánicos que. sin intervalos en su acción demoledora. Atenuándolas en parte. fuera de las súbitas corrientes. sin que se descompongan sus elementos formadores. despedazando las rocas. de T . (N . los cristales de feldes­ pato. que surgen en numerosos puntos. pierden unidad. caprichosamente escindidas en planos casi geométricos. en aquellos yermos vacíos. hasta Jeremoabo.

Pero el con­ junto apenas se transforma. en el decir elegante de Huxley 6 S . en quebradas. las escalas de las altiplanicies terminando en taludes a plomo. a lo largo de muchas leguas. y su fulgor ardiente ofusca. los alinea­ mientos notables en que yacen los materiales fracturados. tiene la persis­ tente impresión de pisar el fondo recién elevado de un mar seco. A la cruda luz de los días sertanejos. orlando en verdaderas curvas de nivel los flancos de las serranías. donde encu­ bren torrentes periódicos. Encaja a gusto con un naturalista algo romántico *. De este modo. que recuerdan falaises * * . que en otros puntos desaparecen bajo las formaciones calcáreas. por largo tiempo. expuestas por la descomposición de los esquistos en que se embeben. UN SUEÑO DE GEOLOGO Es una sugestión que atrapa. de caídas resbaladizas. al dejar las perspectivas majestuosas que se desdoblan al sur. llenos de vértebras desconyun* Em. al extraño despojamiento de la tierra. . Liáis 65. por los cuales dan vueltas los caminos cuando se yuxtaponen. . Se suceden cúmulos despojados. las mismas infiltraciones de cuarzo. despojadas de todo ante la acidez corrosiva de los aguaceros tem­ pestuosos. de sus vorágines muertas. pro­ fundas. que todavía arrastra en esas formaciones rígidas. . todos los caracteres que podemos sumar refuerzan la concepción aventurada. alineadas en filas. por cualquier camino se suceden los accidentes poco elevados pero profundos. Porque. Y en los trechos en que ellas se estiran por el suelo. El aspecto ruinoso de éstas armoniza con los otros accidentes. * * Falaise: en francés en el original: acantilado. a los lechos vacíos de los arroyos agotados. tangenciándose en esquinas de rebor­ des cortantes. se criban en escoriadas cavidades circulares y acanaladas. y en sus topes se divisan. esos cerros paupérrimos brillan de modo estentóreo. cambiándolas por los emocionantes escenarios de aquella naturaleza torturada. en la edad terciaria. . . innumerables. las capas se inclinan más fuertemente. la estereotipada agitación de sus olas. capaz de esbozar la situación de aquella zona en edades remotas. Las erosiones constantes quiebran la continuidad de estos estratos. los restos de la fauna pliocena. en puntas durísimas que imposibilitan la marcha. Y por inexperto que sea el observador.Hacia el norte. que convierten a las ollas en enormes osarios de mastodontes. destacadas en láminas. las olas y las corrientes. y hasta cierto punto. a despecho de la escasez de datos que permitan una de esas profecías retrospectivas. Aún la alientan. planas. imaginándose que por allí armaron torbellino. diminutas.

golpeada y muerta por las energías revueltas de un cataclismo. Cubría así gran parte de los estados septentrionales brasileños. Las investigaciones de Fred H artt6 6. Entonces. Entonces. de hecho. ex­ puesta en datos positivos. recién descubiertas. el paleozoico medio. Una corriente impetuosa. se levantaba ya conformado. los picos más altos de nuestras cordilleras apuntaban al norte. se redondean. ancho canal entre las altipla­ nicies de las Guianas y las del continente. toda la parte media. hundiéndose. Existe también una presunción derivada de la situación anterior. Liáis. todos estos elementos se reúnen en la deducción de que un vasto océano cretáceo expandió sus olas sobre las tierras de las dos márgenes americanas. Hacia el sur. mientras las regiones más altas. permanecía inmersa. Simultáneamente. las aislaba. el de Minas y parte de la planicie paulista. de súbito. en informe amontonamiento de montañas derruidas. en la soledad inmensa de las aguas. En ese lento subir. remolineándola hacia el oeste y arrebatándole todos los materiales desprendibles. y el Amazonas.tadas y partidas. las separaba. se operaba una sublevación general: las masas graníticas se levantaban al norte arrastrando al conjunto general de las tierras. . al co­ menzar la época terciaria. se abultan. entre los llanos de Barbacena y Bolivia. se produjo el hecho prodigioso del elevamiento de los Andes. imaginado por Em. donde fulguraba en plena actividad el volcán de Caldas. yendo a golpear contra las terrazas superiores de las altiplanicies. derramadas bajo las aguas. . nuevas tierras afloran de las aguas. donde extensos depósitos sedimentarios denuncian la edad más antigua. agrandándose los contornos de las costas. como si allí la vida fuese. . No existían los Andes. Amé­ rica se integra. al sur. Porque lentamente. las tierras del extremo septentrional de Bahía que se resu­ mían en las piedras de cuarzo de Monte Santo y de la Itiúba. escarpada. en un ascenso continuo. Y golpeándola largamente. en un extremo se cierra el canal amazónico convirtiéndose en el mayor de los ríos. destacándose de las grandes islas emergentes. constituían el núcleo del continente futuro. la existencia de innegables lagos cretáceos y siendo los fósiles que las definen idénticos a los encontrados en el Perú y en México. en una lenta rotación alrededor de un eje. y triturándola. se modelaba aquel rin­ cón de Bahía. uniendo el Atlántico con el Pacífico. hasta que emergió siguiendo el movimiento general de las tierras. se am­ plían los archipiélagos dispersos y se hinchan en istmos. se salpicaban de la­ gos. y lentamente. establecieron en las tierras circundantes a Paulo Afonso. de la cual es forma decaída la actual de nuestra costa. el macizo de Goiás — el más antiguo del mundo— según la her­ mosa deducción de Gerber6 8. mientras el resto del país. la sujetaba. y contemporáneos a los que Agassiz6 7 descubrió en Panamá.

alrededor del ancho llano ondulante donde se erigía el poblado de Canudos. . De tal manera. Se piensa que la región incipiente aún se está preparando para la Vida: el liquen todavía ataca a la piedra fecundando la tierra6 9. lanzándose al NO. fundiéndose en el Acaru. se nota. en los grandes descampados. mediando en los tra­ zados del Vaza-Barris y el Itapicuru. en flagrante antagonismo con las disposiciones geográficas: sobre laderas escarpadas donde nada recuerda las depresiones sin escurrimientos de los desiertos clásicos.El régimen desértico allí se afirmó. de nuevo se dispersan hasta acabar en los llanos altos a orillas del Sao Francisco 70. II DESDE LO ALTO DE MONTE SANTO Desde lo alto de la sierra de Monte Santo. en parte. que los torrentes arre­ baten todos los principios disueltos — acumulándolos poco a poco en la conquista del paraje desolado cuyos contornos suaviza— sin impedir. Y se ve cómo las cadenas de sierras. una flora de rara resistencia entre­ teje la trama de las raíces. impidiendo. el talud de las altiplanicies parece doblarse en relieve. repartiéndose en las de Canabrava y Po^o de Cima. corriendo y al prin­ cipio diferenciadas. Unificadas. Obedeciendo a la misma tendencia. con todo. se juntan con las de Caraibas y Lopes. perturbando toda el área de drenaje del Sao Francisco abajo de la con­ . en los largos veranos. una hacia el NO y la otra hacia el N. y desde allí hacia el norte. . donde afloran los manantiales interminentes del Bendegó y sus tributarios efímeros. De ahí la impresión dolorosa que nos domina al atravesar aquel ignoto pedazo del sertón — casi un desierto— que se abre entre las serranías desnudas y se estira. avanza discontinua en aquel rumbo y después de ser entallada por el Vaza-Barris en Cocorobó. Todas trazan al fin una elíptica curva cerrada al sur por un morro. mirando hacia la región ex­ tendida en torno de un radio de quince leguas. como en un mapa en relieve. de donde irradian las pequeñas cadenas del Coxomongó y Calumbi. y hacia el noroeste. subiendo hacia el norte en busca de la llanura que el Paranaíba excava. los picos del Caipá. las insolaciones inclementes y las aguas salvajes que degradan el suelo. formando las masas del Cambaio. en lugar de alargarse hacia el naciente. la del Aracati. el de la Favela. enfila hacia el poniente. Nos muestran las sierras Grande y del Atanásio. y en éstas. Y luchando tenazmente con el flagelo del clima. les forman el divortium aquarum que progresa hacia el norte. monótonamente. a orillas de las lomas de Jeremoabo. que la prolongan. su conformación orogràfica. de nuevo se embeben.

Sus pequeños tributarios. De pronto se llenan. captando las aguas salvajes que vienen desde las cum­ bres. en el despertar de los horizontes y en el desatar — amplísimos— de los campos gerais por las cimas de las cordilleras. no tendría el trazado actual si una corriente perenne le asegurase un perfil de equilibrio. o seco. y corre veloz entre barrancos o estalla entre las sierras. como una amplia calle polvorienta y tortuosa. no muestran las depresiones del suelo. están. Tienen la existencia fugitiva de las estaciones lluviosas. que multiplica la energía de la corriente en la estrechez de los desfiladeros. Vimos cómo la naturaleza a su alrededor le limita el régimen brutal — encerrándolo en tierras escabrosas.fluencia del Patamoté. volviendo a su primitivo aspecto de valles sinuosos y secos. Es una ola que cae de las vertientes de la Itiúba. Este es un río sin afluentes. abiertos al azar por las aguas o corrientes veloces que. abarrotándose en las inundaciones. cuando crece. Su función como agente geológico es revolucionaria. canales de agotamiento. se desbor­ dan. y lomas que al ser recorridas muestran los accidentes caóticos de las grandes cuevas talladas en bruto. dando a los cuadros naturales la encantadora grandeza de perspectivas en las que el cielo y la tierra se funden en una difusión lejana y de sorprendentes colores. en cuyo lecho crecen las gra­ míneas y pastan los rebaños. se deslizan por algunos días hacia el río principal. adscriptas a los relieves topográficos más cercanos. fraccionado en ganglios endurecidos. profundizan sus lechos anulando el obstáculo del declive general del suelo. Son más bien. en el remodelar de las cumbres. sin los escenarios opulentos de las sierras y de los planaltos o de los interminables llanos— y lo convierte en una mixtura en la que esas disposiciones naturales se embarullan en confusión pasmosa: planicies que en seguida muestran series de pisos tallados de barrancas. Le falta conformidad con el declive de la tierra. y no es raro. Nada más de los bellos efectos de los descubri­ mientos lentos. El mismo Vaza-Barris. Son ríos que se exceden. el Bendegó y el Caraibas que le traen aguas transitorias dentro de sus lechos rudamente excavados. en desarmonía con las disposiciones orográficas generales. morros que en contraste con los llanos parecen de gran altura y apenas están a pocas decenas de metros del suelo. a través de un esfuerzo con­ tinuo y extenso. hasta Jeremoabo. lodoso como lo indica el nombre portugués que le sustituyó con ventaja la antigua denominación indí­ gena 72. Generalmente cortado. llenos de piedras. río sin nacientes. trae durante algunas semanas aguas revueltas y barrosas y en seguida se extingue en un agotamiento completo. . y desapa­ recen. inapre­ ciables en la escala más favorable e imponiendo al Vaza-Barris un curso tortuoso del cual se libera en Jeremoabo. en un trazado de torrentes sin nombre. al dirigirse hacia la costa71.

cercana. surcados de barrancos y socavados por despeñaderos. en revoltijo. se erigía en el mismo suelo perturbado. los contornos agitados del Caipá que se ligan y articulan trazando y cerrando una curva desmedida 7 4 . . Pero visto desde aquel punto. un inesperado cuadro esperaba al viajero que subía las ondulaciones más próximas a Canudos. Volvía la vista atrás para abarcar con una mirada el conjunto de la tierra. Enfrente tenía la antítesis de lo que había visto. cerrándole el horizonte. La Canabrava al nordeste. Alrededor una elipse majestuosa de montañas. la del Pogo de Cima. . casi a nivel. circundada de colinas. la de Cocorobó. después de esta travesía en la que creía estar pisando escombros de terremotos. le ofrecía una perspectiva totalmente nueva. dan la ilusión de una planicie ondulada y enorme. meseta. de por medio la distancia suavizándole las laderas y aplanándolas. Y nada de lo que divisaba le recordaba los escenarios contemplados. Prisionera en una de esas vueltas se veía una depresión mayor. ondulando en depresiones y dispersa en esperones. intercambian en * Vlateau: en francés en el original: planicie. . de perfil convexo y simple. . En la meseta abrupta. DESDE LO ALTO DE LA FAVELA Saltaba la cima de la Favela73. esas cum­ bres altaneras dan la impresión alentadora de encontrarse sobre un platean * elevadísimo. bajo el ropaje áspero de los padregales y las caatingas. Sólo se distinguía el Vaza-Barris que la atravesaba torciéndose en meandros. todas las serranías breves e innúmeras proyectán­ dose en un plano inferior y extendiéndose. pero escarpada y alta. . . y al norte. . las vertientes rectilí­ neas del Calumbi al sur. mal se veían los pequeños cursos de agua. Y casi comprendía cómo los matutos ingenuos creían que "ahí estaba el cielo” . una cantidad de casuchas. a la par de los otros agentes físicos. El poblado. las cumbres del Cambaio corriendo hacia el po­ niente. incomparable páramo que reposa sobre las sierras. Observando a lo lejos. .Mientras tanto. abajo y adelante. . resulta que los caracteres geológicos y topográficos. . uniformes. Allí estaban los mismos accidentes y el mismo suelo. divagando. III EL CLIMA De las breves anotaciones señaladas. llenándola toda de confusos techos incontables. allá abajo. serpenteantes. Y aplastándola. . hacia el levante. abajo. Pero la reunión de tantos trazos incorrectos y duros. .

lo será todavía por mucho tiempo. No es posible abar­ carla en todas sus modalidades. Si por un lado. se comportaron. desfavorecida además por un medio contrario a la serenidad del pensar y conmovido por las emociones de la guerra. Lo que sigue son vagas conjeturas. Al mismo tiempo se refleja el régimen excesivo: el termómetro oscila en grados disparatados. los vientos reinantes. Pero está aislado. a su vez. en primera comparación. con una inercia cómoda de mendigos hartos. Agregando que los datos de un solo termómetro y de un barómetro aneroide. pasando. Los que lo antecedieron y sucedieron. recuerda un régimen marítimo en pleno continente: la escala térmica oscila en amplitudes insignificantes. el SE en el invierno y el NE en el verano se alternan con extraño rigor. ante el intenso tiraje de las tierras desprotegidas que se extienden de ahí en adelante. muy superior al de Queimadas. mal pudo ver la tierra recamada de una flora extravagante. Escasean las observaciones más comunes. hasta hoy desconocido. Lo atravesamos en el preludio de un verano ardiente y observándolo sólo desde ese punto de vista. agravan a aquéllas y todas persisten en influencias recíprocas. de los días con 35° a la sombra. desertas austral como la bautizó. De suerte que. gracias a F. a las madrugadas frías. no nos podrán dar ni siquiera vagos lincamientos de climas que divergen según las menores disposiciones topográficas.aquellos lugares las influencias características de tal modo que no se puede afirmar cuál es la preponderante. el aire se vacía y los vientos ruedan desorientados. De este conflicto perenne vuelto círculo vicioso indefinido. con el propósito esencial de observar el aerolito que había caído a orillas del Bendegó y ya era conocido desde 1810 en las academias europeas. resalta la significación mesológica local. en su latín alarmado. sin la continuidad que era lícito prever de su situación inter­ media. se intensifica el azul del cielo. silva hórrida. acuciados por la canícula. el viajero lo pierde en un día. las condiciones genéticas gobiernan fuertemente sobre las topográficas. ya en octubre. creando aspectos dispares entre lugares limítrofes. La proximidad de las masas montañosas lo vuelve estable. Atento sólo a la región salvaje. Mornay y a Wollaston75. diverge con los de los lugares que lo prolongan al norte. misérrimo arsenal científico con que allí lidiamos. Si va hacia el norte lo asaltan fuertes transiciones: la tempera­ tura aumenta. El clima de Monte Santo. desde todas direcciones. que es. Por ahí pasó Martius. Hacia cualquiera de sus direcciones. . ese sertón. éstas. lo vimos bajo el peor aspecto 76. gracias a la indiferencia con que tomamos las cosas de esta tierra. un firmamente donde la transparencia de los aires es completa y la limpidez inalterable. con la misma rapidez de quien huye. siempre evitado. por ejemplo. Ningún pionero de la ciencia soportó aún los rigores de aquel rincón sertanejo el tiempo suficiente como para definirlo. Lo que escribimos tiene el defecto de esa impresión desolada.

en los que prevalece la intercadencia de los días quemantes y las noches frígidas. en una ondulación vivísima de bocas de horno en las que se presiente visible. Crecen las máximas y las mínimas. revueltos. en la plenitud de la sequía. brillando en una trama vibrátil de centellas. hasta que. a la noche sobreviene un fuego. llegan en turbión. esbozando el preludio triste de la sequía. de golpe — un salto de tinieblas por encima de la raya roja del poniente— y todo este calor se pierde en el espacio de una irradiación intensísima. las ramas sin hojas de la flora caída. La noche desciende sin crepúsculo. Empujadas por el nordeste. graba en todas las cosas señales que recuerdan su rumbo. Los vapores calientes suben imperceptibles. o con preferencia. . aires inmóviles bajo la placidez luminosa de los días torpes. inmóviles. Por un contraste explicable. la efervescencia de los aires. este hecho jamás ocurre en los paroxismos estivales de las sequías. porque se siente una dolorosa impresión de fauces invisibles. la tierra irradia como un sol oscuro. . sube. En 24 horas se insola y se congela. en general. incomparable en su fulgor. en una caída única. en remoli­ nos. La tierra desnuda presenta en permanente conflicto las capacidades de absorción y expulsión de los materiales que la forman. la aridez de la atmósfera alcanza grados muy anor­ males. a un mismo tiempo almacena los ardores de los soles y de ellos se desembaraza de improviso. el desequilibrio se acentúa. El barómetro cae como en las proximidades de las tormentas y apenas se respira en el bochorno porque todo el calor vomitado por el sol se concentra en una hora única de la noche. asombrosa. agravando todas las angustias de los martirizados sertanejos. los vientos. Y en los meses en que se acentúa el nordeste. las horas transcurren en una intermitencia antinatural de días quemantes y de noches heladas.A medida que el verano asciende. en la quietud de un largo espasmo. quitándole a la tierra su humedad exigua y cuando se prolongan. espesas nubes navegan al atardecer sobre las arenas encendidas. por las costas embarrancadas. Copiando el mismo singular desequilibrio de las fuerzas que trabajan la tierra. Estas agitaciones de los aires desaparecen por largos meses. El sol desapa­ rece y la columna mercurial permanece inmóvil. entonces reinan calmas pesadas. se encienden en luces del sílice fracturado. todo el ardor traído por las nubes refluye sobre la tierra. . en la expansión de las columnas calientes. y el día. fulmina a la naturaleza silenciosa en cuyo seno se abaten. descendiendo la temperatura de súbito. Todavía hay más cambios crueles. Brilla el sol y la tierra absorbe rayos y los multiplica en reflejos y los refracta en reverbero atroz: por los picos de los cerros. la atmós­ fera vibra junto con el suelo.

en Canudos. los brazos muy abiertos. Un solo árbol. de tiros espaciados. los compañeros abatidos en la batalla. sino gracias a higrómetros generosos e inesperados. Se momificaba conservando los ras­ gos fisonómicos. larga. una quixdbeira alta. Pero al resbalar. en una fatiga imperceptible. Quedó casi de pie. El sol poniente dejaba. le había hecho al fin una concesión: lo libró de la promiscuidad lúgubre de una fosa repugnante: lo había dejado allí. . . . Cuando días después fueron enterrados los muertos. había caído gracias a un violento golpe que le surcó la frente. y había caído muerto junto con su jinete. reinaba sobre la vege­ tación achaparrada. de manera que creaba la ilusión de un luchador cansado. no lo vieron. Descansaba. recorríamos las cercanías de Canudos. le daban al lugar la exacta apariencia de un viejo jardín abandonado. Era como un apa­ rato que revelaba de manera absoluta. decían que había sucumbido en lucha cuerpo a cuerpo con un adversario fuerte. las patas resecas y el armazón arrugado y duro. Por eso no compartía la fosa común de menos de 50 centímetros de profundidad en la que eran arrojados. su sombra por el suelo y protegido por ella — los brazos abiertos. Había muerto en el asalto del 18 de julio. por última vez juntos. Había sido montura de un va­ liente. pero sugestiva. cuando encontramos. el alférez Wanderley. icozeiros verdes creciendo en ramas entremezcladas con palmas de flores rutilantes. la sequedad extrema del aire. el uniforme hecho jirones. huyendo de la monotonía de un cañoneo flojo. . manchada con una costra negra. desde hacía tres meses. mal herido. con las patas delanteras firmes en un relieve . a fines de setiembre. hacia las estrellas fulgurantes. Los caballos muertos ese mismo día parecían especímenes desparrama­ dos de un museo. por la abrupta rampa. Cierta vez. la cara vuelta hacia los cielos. Pequeños ar­ bustos. hacia los soles ardientes. A la entrada del campamento. uno de ellos se destacaba sobre todos de manera impresionante. Y estaba intacto. Volvía del torbellino de la vida sin des­ composición repugnante. el cinturón y la gorra echados a un lado. Apenas marchito. la cara hacia el cielo— descansaba un soldado. al descender una cuesta. se encajonó entre las rocas. Por cierto. El pescuezo un poco más alargado y fino.HIGROMETROS SINGULARES No hicimos las observaciones con el rigor de los métodos científicos. El destino que lo había sacado sin protección de su hogar. donde las colinas se disponían en círculo frente a un valle húmedo. reparando fuerzas en un tranquilo sueño. hacia las lunas claras. un anfiteatro irregular. a la sombra de aquel árbol único. Ni un gusano — el más vulgar de los trágicos analistas de la ma­ teria— le mancillaba los tejidos. desde hacía tres meses. La culata de la mannlicher 7 7 rota.

en cierto modo. con todas las apariencias de la vida. Entonces. que lo tocan o prolongan a pocas leguas de distancia. se agitaban sus largas crines ondulantes. extremada por el cabo de Sao Roque 7 9 . Fuera de eso. a manera de minúsculos ciclones. . Nos excusamos de estudiarla largamente. la ilusión maravillosa de un fondo de mar.de piedra. De ese modo. La mirada fascinada se perturbaba en el desequilibrio de capas desi­ gualmente calientes. Ceará y Piauí. asumiendo el empequeñeci­ miento de los más robustos espíritus cuando tratan de profundizar en su génesis. El es. en remolinos y torbellinos. la sorda combustión de la tierra. como si estuvieran suspendidas. Desde la cumbre de la Favela. hace que hacia él converjan los límites interiores de seis estados: Sergipe. . 7 8. la excitación del rudo ambiente. aquellos vientos se formaban en columnas ascen­ dentes. es natural que las características climáticas de aquéllos se muestren en él con la misma intensidad. Y allí se detuvo. vertical sobre la ladera. al norte del Canabrava. como un foco calorífico. en la realidad inflexible de los números. Cuando. irradiaba en todos los sentidos. IV LA SEQUIA El sertón del Canudos es un índice que resume la fisiografía de los sertones del norte. a lo lejos no se distinguía el suelo. se sentía. en las largas calmas. Pernambuco. la luz dispersa en cen­ telleos enceguecedores. en una última arremetida de la carga. una zona central común. . si a plomo lastimaba el sol y la atmós­ fera inmovilizaba a la naturaleza en torno. especialmente cuando al pasar los soplos rispidos del nordeste. . Los resume. había fenómenos ópticos esplén­ didos. irisa­ do. reflejándose y resaltando. . . . esta inexorable fatalidad. La inflexión peninsular. especialmente su manifesta­ ción más incisiva. Paraíba. Apenas osamos inscribir. tanteando oscuramente un sinnúmero de agentes complejos y fugitivos. sobre el que cayese. se veía una ondulación que atontaba: un extraño palpitar de olas lejanas. de súbito. definida con una palabra que es el terror máximo de los rudos habitantes del lugar: la sequía. vuelto un animal fantástico. en una enorme expansión de los alti­ planos perturbados. mayor. cada partícula de arena suspendida del suelo agrietado y duro. Alagoas. como a través de un prisma desmedido e intáctil y no se distinguía la base de las montañas. juntando sus aspectos predominantes en una escala reducida.

con co­ rrespondencia exacta de fechas (1 8 4 5 -7 7 ). 1835-37. el problema que puede traducirse en una fórmula aritmética sencilla. Lo reveló por primera vez el senador Tomás Pompeu8 0 . tan característicos por los períodos inviolables en que se suceden. en el cual las apariciones de las sequías. intermitentemente. permanece insoluble. se enfrentan en paralelismo singular aunque puedan presumirse ligeras discrepancias que indican de­ fectos de observación o errores en la tradición oral que las registró. 1736-37. el barón de Capanema8 2 . negreando dentro del círculo fulgurante de las fáculas. 1844-45. se destacan nuevos datos fijos y positivos. y sucediéndose. 1877-78 del siglo actual. las manchas de la fotosfe­ ra solar. 1744-45. rara vez alterada. en el nuestro hubo otro absolutamente igual y lo que es notable. de modo de permitir previsiones seguras sobre su irrupción. 1723-27. derivando lentamente según la rotación del Sol. De todas maneras. como si surgiera de la copia de una sobre la otra. a pesar de esta simplicidad extrema en los resultados inmedia­ tos. y fiján­ dola un tanto forzadamente en once años. Siendo en el siglo pasado el interregno mayor de 32 años (1 7 4 5 -7 7 ). Pero. pusieron una tregua a los estragos.Sus dos ciclos — porque lo son en el rigorismo técnico de la palabra— se abren y se cierran con un ritmo tan notable que hace pensar en una ley natural todavía ignorada. HIPOTESIS SOBRE SUS CAUSAS Impresionado por la razón de esta progresión. las sequías de 1710-11. 1824-25. Sabemos que aquellos núcleos oscuros. se acentúa todavía en la identidad de las épocas extensas y quietas. dibujando un cuadro elocuente en sí mismo. Continuando con un examen más profundo del cuadro. Esta coincidencia. Y encontró un símil completo en la regularidad con que aparecen y se extinguen. entre el máximo y el mínimo de intensidad. un naturalista. algunos más vastos que la Tierra. que en ambos siglos. Se observa una cadencia en la marcha del flagelo. 1777-78 del siglo x v i i i se yuxtaponen con las de 1808-09. que aparecen con el rigor de incógnitas que se despejan. tienen un período que puede variar entre 9 y 12 años. en reflejo casi invariable. Así. inter­ calado por lapsos de entre 9 y 12 años. tanto en el siglo pasado como en el actual8 1 . tuvo la idea de rastrear su remoto origen en los hechos extraterrestres. Y como desde hace mucho la intuición genial de Herschel8 3 les descu­ . citando sólo las mayores. salta a la simple observación una coincidencia su­ ficientemente repetida como para que se dude del azar.

Porque la cuestión. falló la teoría: pocas veces coinciden las fechas del paroxismo estival en el norte con las de aquél. defensa ante la irradicación del gran astro. Quedaba por comparar el mínimo de las manchas. sede de grandes depresiones barométricas en el verano. elevan su punto de saturación disminuyendo las probabilidades de las lluvias y lo rechazan. sujetas a las perturbaciones locales. El fracaso de esta tentativa denuncia menos lo desvalido de una apro­ ximación impuesta rigurosamente por circunstancias tan notables. es singularmente favorecido por la propia conformación de la tierra. de modo de equiparar los períodos de unas y otras. el nordeste vivo. emanadas de las disposiciones geográficas. pese a su forma atractiva. el monzón del nordeste. intacta. derivadas de la naturaleza de la tierra y las reacciones más amplias. sobre los manantiales de los grandes ríos. haciéndolo subir y provocándole enfriamientos y la condensación en lluvias. en mo­ dalidades que van avanzando desde la naturaleza del suelo a la disposi­ ción geográfica. Como quiera que sea. No le pone barreras. son. Lo canaliza. En este punto. con el flagelo de las sequías en el planeta torturado. en vasta superficie extendida hasta el Mato Grosso8 5. en su pasaje veloz sobre los llanos desnudos que. sólo serán definitivamente sistematizadas cuando una extensa serie de observaciones permita la definición de los agentes pre­ ponderantes del clima sertanejo. Por lo tanto. toda la humedad absorbida en la travesía de los mares. Del hecho. la correlación surgía firme.brió el influjo apreciable en el dosaje de calor emitido hacia la Tierra. oriundo de la fuerte aspiración de las altiplanicies interiores que. Lo determina en gran medida y quizá de manera preponderante. el penoso régimen de los Estados del N orte8 4 existe en función de agentes desordenados y fugitivos. que el exclusivismo de observar una causa única. de modo que le permiten llevar hacia los puntos remotos del continente. uno de los motivos de las sequías responde a la disposi­ ción topográfica. como se sabe. al entrar de diciembre a marzo por las costas septentrionales. De ahí las corrientes aéreas que lo desequilibran y varían. apoyada en datos geométricos y físicos unidos en un efecto único. . Atraído por ellas. sin leyes defini­ das. y éstas. con la complejidad inmanente a los hechos concretos. irradiando intensamente. se atiene preferente­ mente a razones secundarias pero cercanas y enérgicas. la disposición orogràfica de los sertones. aparte las peque­ ñas variantes — cadenas de sierras que se alinean hacia el nordeste para­ lelamente al monzón reinante— facilita el paso de éste.

se prolongan fatalmente a lo largo del año hasta que se reabre otra vez el período. (N . en cierta forma. d e T . de nuevo. en que la inso­ lación calienta intensamente los llanos desnudos. como lo bautizaron— equivale a la permanencia de una situa­ ción irremediablemente cruel. que es resolver el destino de una gran parte de nuestro país. cumpliendo la función de una montaña ideal que. Fuera de tales límites no hay un solo ejemplo de extinción de las sequías. Siendo así y recordando que es precisamente dentro de este intervalo que la faja de las calmas ecua­ toriales. vuelven a las nubes para. Las sequías aparecen siempre entre dos fechas fijadas hace mucho tiempo por la práctica de los sertanejos. crecen. Y se entrechocan unas con otras. del 12 de diciembre al 19 de marzo.A las flageladas tierras del Norte les falta una serranía alta que corriendo en dirección perpendicular a aquel viento. provocando el ascenso de las corrientes. corriendo del este al oeste y corrigiendo momentáneamente la la­ mentable disposición orogràfica.). Las épocas benéficas llegan de improviso. A mitad de camino se evaporan entre las capas calientes que suben y rechazadas. en la formidable colisión con el nordeste. condensarse y precipitarse y otra vez revertir el proceso. para el caso. llegando hasta los extremos de Bahía. como de 1877 a 1879. Según numerosos testimonios. navega en el cénit de aquellos Estados. Si los atraviesan. Decae de modo considerable la presión atmosférica. Entonces parece volverse visible la protección de las columnas ascen­ dentes que determinan el fenómeno. en su lento oscilar en torno del ecuador. con el consiguiente enfriamiento y la inmediata condensación en aguaceros diluvianos que se descargan de súbito sobre los sertones? Este desfile de conjeturas tiene como único valor el indicarnos cuán­ tos remotos factores pueden incidir en esta cuestión que nos interesa por dos razones: por su significado científico y por su significado más pro­ fundo. su propia intensidad origina una reacción inevitable. Un hecho natural de otro orden esclarece esta hipótesis. ¿no podremos considerarla. en un desencadenamiento de ciclo­ nes violentos. . Se eleva más y se define mejor la barrera de las corrientes ascendentes de los aires calientes antepuestas a las que entran por el lito­ ral. Después de dos o tres años. fortalecido por la intuición de los sertanejos para quienes la persistencia del nordeste — el viento de la sequía. en minutos nublan todo el firmamento deshaciéndose luego en aguaceros fuertes sobre los desiertos resecos. estallan. determine el dynamic colding * para decirlo de una manera expresiva. los primeros golpes de lluvias despe­ ñadas de lo alto no tocan la tierra. Reduce por eso a segundo plano el influjo hasta hoy inútilmente agitado de los alisios y es. hasta * Dinamic colding: en inglés en el original: dinámica fría. se interpone al monzón y lo detiene.

van absorbiendo la humedad exigua de la tierra. . por un efecto explicable de adaptación a las estrechas condiciones del ingrato medio.que tocan el suelo que al principio ni humedecen. lo repele con sus espinos. la travesía de las veredas sertanejas es más cansadora que la de una estepa desnuda. los sertones se transforman y reviven. llevan­ do velozmente las ramas de los árboles arrancados. sus hojas pinchantes. vistos en con­ junto. tortuoso. revueltos en el mismo caos de aguas turbulentas y oscuras. que sólo se diferencia en el tamaño: todas con la misma conformación. fluyendo en arroyos que crecen entre las quebradas. las vuelve de nuevo desoladas y áridas. se asemejan a una sola familia de pocos géneros. No es raro que cambien en un giro veloz. para bajar una vez más. Si al asalto repentino se suceden las lluvias regulares. entre­ cruzadas. apuntando filosamente en el aire y estirándose por el suelo. como si hubiesen caído sobre chapas incandescentes. el viajero tiene el desahogo de un horizonte lejano y la perspectiva de las planicies abiertas. . Mientras que la caatinga lo ahoga. la misma apariencia de vegetales en trance de muerte. volviendo a las alturas con mayor rapidez. casi en una evaporización. Y pene­ trando en la atmósfera ardiente. casi sin troncos. Es que. penosamente se envuelven en estrechos círculos las mismas plantas que tanto se diversifican en los matorrales y allí se manejan con un molde único. se forman los primeros hilos de agua corriendo por las piedras. Hasta que. al menos. Aunque la caatinga no tiene las especies reducidas de los desiertos — mimosas retorcidas o euforbiáceas ásperas sobre las gramíneas marchi­ tas— y parece repleta de diferente vegetación. haciendo recordar un bracear inútil. revueltas. El drenaje rápido de las tierras y la evaporización que se hace en seguida más viva. inmutables en su desolado as­ pecto: árboles sin hojas. rodando todos en una misma ola. reducida casi a una especie invariable. con los brotes crecidos en puntas de lanza. finalmente. determinados por los declives. le achica el horizonte. los primeros torrentes despeñándose por las faldas. los vientos duplican la capacidad higrométrica y día a día. Cambian en lenta metamorfosis. En ésta. . deshechos en gajos que apenas irrumpen por el suelo. lo seca y marea. de ramas retorcidas y secas. de flora que agoniza. lo atrapa en una trama espinosa sin atraerlo. descubre ante su vista leguas y leguas. reabriendo el ciclo inflexible de las sequías. LAS CAATINGAS Por eso. . . sus árboles. en idas y vueltas rápidas y continuas. con­ centrándose tumultuosamente en riachuelos correntosos que se adensan en ríos barrosos de lechos azarosos. de ciclón.

Son los cajueiros anuales. arbustos de poco más de un metro de altura. las vainas se abren. Algunos árboles. cortado por el drenaje de los picos o esterilizado por la succión de los estratos que completan las insolaciones. . Con dehiscencia perefecta. los típicos anacardia hu* Véase la bella inducción de T yndall86. duras como carbones. Esta se impone. Así preparado. marcadas todas por los estigmas de esta batalla sorda. más original y más conmovedora. Se vuelca sobre el sertón la tortura de la sequía. sujetos más a los rayos del sol que a los troncos seculares. eluden aún mejor las intemperies. se elige la inhumación de la flora moribunda. se esteriliza el aire. aglomerados en bosquecitos o salpicando. El sol es un enemigo que hay que evitar. desparramándolas profusamente por el suelo. es áspero y duro. . Se ven. ruge el nordeste y. Entre los dos caminos desfavorables — aires calientes y tierras áridas— las plantas más fuertes presentan un aspecto muy anor­ mal. sobre ellas se levanta y se arquea evitando que sufran de golpe las caídas de temperatura. Pero reducidas todas sus funciones. admi­ rables aparatos para la propagación de las simientes. . a veces como estróbilos. la caatinga extiende sobre la tierra las ramas de los espinos. los tallos se entierran en el suelo. estallando como si tuvieran palancas de acción. como un cilicio. . Revisten con un indumento protector a los frutos. Al mismo tiem­ po amplían su ámbito frontal. tiendas invisibles y encantadoras que las resguardan. de anchas rojas espesas. en las noches frías. allí es total­ mente opuesta: más oscura. Se empequeñecen las hojas. Rijo­ sas. La lucha por la vida. sin excepción. a su vez. huyendo del ahogo de las sombras y elevándose. allí son enanas. rígidos. tenaz e inflexible. altas en otros sitios. ensanchando la superficie de contacto con el aire. una protección intáctil que. aislados.tendiendo a un limitadísimo número de tipos caracterizados por los atri­ butos de los que poseen mayor capacidad de resistencia. en vida latente. se alimenta de las reservas que almacena en las épocas serenas y pasa los veranos pronta a transfigurarse en los deslumbramientos de la primavera. Y para evitarlo. que en las selvas se traduce por una tendencia irreprimible hacia la luz. en los duros pastizales. . numerosos. el suelo se vuelve piedra. eludir o combatir. Las leguminosas. tienen en el perfume suavísimo de las flores *. Y todas. la planta. cre­ ciendo en tubérculos húmedos de savia. estivando. para absorber los escasos elementos en él difundidos. en tierras más favorables y en singular disposición. Pero éste. surgen en la punta de los gajos para disminuir el campo de la insolación. el árbol se dispone a reaccionar contra el régimen brutal. Atro­ fian las raíces maestras golpeando contra el subsuelo impenetrable y las sustituyen por la expansión irradiante de las radículas secundarias. que muestran una floración riente en medio de la desolación general.

fustigado por los soles. hechas adrede para esos parajes estériles. que no tienen esta conformación. agotando la absorción hecha por las raíces. a un tronco único y vigoroso. copian las mismas formas. totalmente enterrado. la mano que la toca. Por un lado. entran en la categoría de las fuentes vegetales de Saint-Hilaire 87. fulmi­ nados. más resistentes que los demás. cuando marchitan a su lado. No es posible desenraizarlos. Otros. abrazando a veces amplias áreas. * En el pináculo del verano. provoca. por abajo. Cuando se hacen zanjas alrededor de estos extraños vegetales. avivándolas *. Avanza tierra adentro hasta llegar. son un árbol solo. todos igualmente resistentes. quedan retenidas por largo tiempo en las membranas de las bromeliáceas. absorción y defensa. persisten inalterables o quizá más vividos. todos los árboles. a despecho de la sequedad de éste. todavía anónimas para la ciencia —ignoradas de los sabios. invisible. notables aprestos de condensación. . Tipos clásicos de la flora desér­ tica. por otro lado. una planta de macambira es para el matuto se­ diento como un vaso de agua cristalina y pura. Finalmente se des­ cubre que se va repartiendo en divisiones dicotómicas. como las de la mayor parte de los vegetales sertanejos. o entre las capas inclinadas de pizarra.). el vegetal parece esconderse del embate de los elementos antagónicos y abroquelarse de ese modo. Y los arbustos más pequeños. Los caroás verdosos. dispersos o apareciendo en grupos. Las aguas que huyen en el correr salvaje de los torrentes. de flores triunfales y elevadas. Se hicieron para los regímenes bárbaros. de T . enorme. roído por los torrentes. al enfriarse. (N . Se suceden otros ejemplares. torturado por los vientos. les repelan los climas benignos que los debilitan. cerrados en tortuosidades impenetrables. Las favelas. muy por debajo de la tem­ peratura del aire. los gravatás y los ananás salvajes. El eje descendente es más grueso a medida que se excava. toca una chapa incandescente de ardor increíble. se comprueba la sorpren­ dente profundidad de sus raíces. nativos de la región. Los nopales y cactos. tienen en las hojas de células alargadas en vello­ sidades. aferrado a un suelo sobre el que apenas asoman los brotes más altos en su fronda majestuosa. breves precipitaciones de rocío. Sus hojas lisas y lustrosas. se preparan de otra manera. Parece que el fuego de los desiertos estimula mejor la cir­ culación de la savia entre sus tallos húmedos. para vencer el peligro máximo de la vida vegetativa. No son raíces sino ramas. bajo nuevos aprestos. por la noche. en demasía conocidas por los taharéus— quizá un futuro género cauterium de las leguminosas.milis de los llanos áridos. facilitan la condensación de los escasos vapores traídos por los vientos. Golpeado por el calor. los cajuis de los indígenas. que resulta de la evaporación por las hojas. su epidermis.

los viejos rastros de las boyadas. el sesenta por ciento de las caatingas. . por sobre la paupérrima vida. Pero. las especies no se pre­ sentan tan bien armadas para la reacción victoriosa. en que las inso­ laciones se agravan a veces con los incendios espontáneos que prenden los vientos en las ramas secas. Actúan por contraste. como oasis verdeantes y festivos. alcanzando notable altura. cuando al revés de las antedichas. desparramados por las llanos y encendidos. por la capilaridad del inextricable tejido de radículas enredadas en numerosas mallas. con­ virtiéndose en plantas sociales. la succión insaciable de los estratos y de las arenas. salpicando el desierto con sus flores doradas. también los romeros de los campos. íntimamente abrazadas. De esta clase son todas las plantas cesalpíneas y las caatingueiras. pintados de blanco y de flores en espigas. Sobre la naturaleza muerta. asoman individualmente por encima de la vege­ tación caótica. destinados a dar su nombre a la más legendaria de las aldeas. ellos agitan sus ramajes verdes. Se empobrece com­ pletamente el suelo áspero. Son novedad atrayente al principio. constituyendo en los trechos en que aparecen. venciendo. como moldes. Los mandacarus (cereus jaramacarú). heliotropos arbustivos de tronco hueco. Tienen el mismo carácter los juázeiros.Ahora bien. en el subsuelo. que pocas veces pierden las hojas de un verde intenso. y los canudos de pito. con la simetría impecable de enormes candelabros. y es posible que en otros climas sean individuales. disciplinada­ mente se congregan. entonces ya hace mucho que desaparecieron los fondos de los ojos de agua y los lechos endurecidos de los arroyos muestran. forman el suelo arable en que nacen. . retienen las aguas. Y al caer las breves tardes sobre aquellos desiertos. ellos dan la emocionante ilusión de cirios fijados al azar por el suelo. pocas veces aparecen en grupos. . en un esfuerzo enorme. Viven es el término. porque hay. No pudiendo vivir aisladas. de hecho. un rasgo superior a la pasivi­ dad de la evolución vegetativa. cuando se cierran sus grandes frutos colorados destacándose nítidos en la media luz de los cre­ púsculos. Y viven. Y estrechamente solidarias a sus raíces. . El sertón entero es impropio para la vida. ajenos a las estaciones. . . adrede modeladas por las reacciones vigorosas de la luz. Se suceden los meses y los años ardientes. retienen las tierras que se disgregan y finalmente. apenas se elevan los cereos silenciosos. La vista . Se encumbran triunfalmente mientras toda la flora se deprime. en apretadas tramas. Caracterizan a la flora caprichosa de la plenitud del verano. No están en el cuadro de las plantas sociales brasileñas de Humboldt. se observan dispo­ sitivos todavía más interesantes: se unen. encumbrando los troncos circulares repartidos en columnas poliédricas y uniformes. Allí se asocian. siempre florecidos. La dureza de los elementos crece en ciertas épocas al punto de des­ nudarlos. se arraciman. en esas épocas crueles.

aferrados a la tierra como fibras de una alfombra humillada. monstruosos melocactos de forma elipsoidal. flexibles como víboras verdes por el suelo. tiradas por ahí.fatigada por tener que acomodarse a la contemplación penosa de los agres­ tes remajes contorsionados. todos del mismo porte. exhausta. va decayendo poco a poco. donde acaso existan. Es que una estrechísima rajadura les permitió continuar. Poco más puede descifrar quien anda. que las mismas orquí­ deas evitan. orladas de flores rutilantes. humildísimos. vuelve a la normalidad y descansa recorriendo sus troncos derechos y correctos. Aparecen de modo inexplicable sobre la piedra desnuda. unos restos de humedad. Subiendo un escalón al azar y mirando en torno. la sylva hórrida de Martius. libres de evaporación. al azar. huyendo del suelo bárbaro en busca del remanso de la copa de la palmera. en los días claros. dando por el tamaño. por aquellos agrestes campos. con el vivo carmín de las cochinillas que alimentan. Aquí y allí hay otras modalidades: las palmatorias-do-inferno. la imagen singular de cabe­ zas guillotinadas y sanguinolentas. a igual distancia. sucediéndose constantes. por la forma y por el modo como se desparraman. Es la sylva oestu aphyla. las ramas serpeantes. quebrando alegre­ mente la tristeza solemne del paisaje. Se observan en el lecho abrasante de los riachos graníticos heridos por los soles. acanalada. entre árboles sin hojas y sin flores. la raíz larga y capilar hasta la porción inferior. en un desorden trágico. hasta los quipás reptantes. recamadas de flores blanquísimas. a través de la roca. mata en­ ferma en la etimología indígena. Tienen como socios inseparables en este habitat. amigándose con los frágiles ouricuriseiros. Son los vegetales de los médanos quemantes. Los xiquexiques (cactus peruvianas) son una variante de proporciones inferiores. de gemas espinosas que convergen en el vér­ tice superior formando una flor única. se observa el mismo desolador escenario: vegetación agonizante. Al cabo de poco tiempo se vuelven una obsesión afligente. Buscan los sitios ásperos y calientes. Entonces se comprende la verdad de la paradoja de Augusto de SaintHilaire: "¡Se encuentra allí toda la melancolía del invierno con un sol ardiente y el calor del verano!”. espinosos. palmas diminutas diabólicamente erizadas de espinas. distribuidos con un orden singular por el desierto. curvas y rastreras. a los cabegas de frade. en un estertor doloroso. . idénticos todos. . doliente e informe. que se fracciona en ramas inquietantes de espinas. horribles. abriendo en el seno iluminado de la naturaleza tropical. . Toda la flora se mezcla en una promiscuidad indescriptible. un vacío desértico. Es la caatanduva. uniformes. intensamente roja. Marcan la totalidad con su monotonía anormal. dolorosamente volcada sobre su terrible lecho de espinas. Y la vasta familia capaz de adquirir todos los aspectos.

las caraibas y baraúnas altas se recrean en las márgenes de los arroyos. y oscilando en la punta de las ramas secas de los árboles hirsutos penden las tilas albas. por primera vez titilan vivamente. irradiando en círculo. dán­ dole al conjunto el aspecto de un paisaje glacial. les proporciona púrpura de sus flores sin esperar a las hojas. mientras los vientos barren las planicies sacudiendo las ramas. las quixabeiras de hojas pequeñísimas y frutos que recuerdan cuentas de ónix. echan brotes los mariseiros cuyas ramas resuenan al paso de la brisa. echadas sobre los llanos. que surcan la hoja negra de la tormenta. Mas en el oscurecer de una tarde cualquiera de marzo. Y cuando el viajero vuelve ya no encuentra el desierto. disimulando los tajos de las quebradas. . tardes rápidas. predilectas de los caboclos — es su hachís. Las gotas de lluvia caen gruesas. Reverberan las infiltraciones de cuarzo por los cerros calcáreos. Es una transformación de apoteosis. Restallan ruidosamente los truenos. . no ya por la altura sino por el gracioso porte. los umbuzeiros elevados a dos metros del suelo. filtrándolos entre la fronda y dominando el renacer general. como flecos de nieve. las estrellas. se adensan los icozeiros bajo el ondular festivo de las copas de los ouricuris.A la luz cruda de los interminables días se erizan llamas sobre la tierra inmóvil y no la animan. se mueven dando vida al paisaje. de vegetación invernal. dan lentas y desmesuradas vueltas en las alturas. más verdes. Se mueven lentamente. convirtiéndose en seguida en un aguacero de diluvio. Cargándose en minutos. espaciadas. redondeando las colinas. Sobre el suelo alfombrado de azucenas resurge triunfalmente la flora tropical. . . desordenadamente esparcidos por el desierto. de troncos finos y flexibles. prontamente ahogadas en la noche. en un blanqueo de bloques de hielo. recortándolo en relieves imponentes de negras montañas. las umburanas perfuman los aires. en medio de hielos. . se hinchan. asoman vivaces. Las juremas. sobre el suelo. Nubes voluminosas ponen una barrera en el horizonte. sin crepúsculos. las motas flo­ ridas del romero del campo. el firmamento se ilumina con relámpagos su­ cesivos. sus numerosas ramas.

gracias a las abundantes reservas guardadas en las raíces. algunas gotas de agua. los umbuzeiros. . desparramados por los llanos. se enrubian en motas los juás. tan estéril que en él escasean los carnaubais tan provi­ dencialmente dispersos hasta las vecindades de Ceará. y las baraúnas con sus flores en cascada. involucionando hasta prepararse para la resistencia. El ganado. trepan por los escasos mariseiros. Lo alimenta y mitiga su sed. poco a poco. Y el sertón es un paraíso. como una bebida mágica— se extienden formando tapias. estaría despoblado. para desafiar las sequías interminables. en la intercalación de veranos fla­ mígeros e inviernos torrenciales. tuvo un tallo más vigoroso y alto y fue decayendo. pues sus ramas curvas y entrelazadas parecen hechas a propósito para armar redes. Así podados parecen grandes cascos esféricos. Y las reparte con el hombre. formando un plano perfecto sobre el suelo. * Verde y magrem. Le abre el seno afectuoso y amigo. transpiran en la cáscara reseca de los árboles. les proporciona gratuitamente un inestimable brebaje que les da vigor para las largas caminatas y les quita la fatiga en instantes. aquel pe­ dazo de sertón. — misteriosos árboles que presagian la vuelta de las lluvias y de las anheladas épocas del verde o el término de la magrem * — cuando el flagelo de la sequía está en su ple­ nitud. codicia el zumo ácido de sus hojas. estallando en flores blanquísimas. Las júrenlas. . atrayendo la mirada. . Fiel amigo en las rápidas horas felices y largos días amargos de los vaqueros. continúan siendo la nota más feliz del deslumbrante escenario. El umbu es para el pobre matuto que allí vive lo mismo que la mauritia para los garaúnas de los llanos. . Si no existiese el umbuzeiro. Tal vez. reverdecen los angicos. levanta en firme recorte la copa circular. Representa el más señalable ejem­ plo de adaptación de la flora sertaneja. o salpicando los morros. destacándose. Dominan la flora sertaneja en las épocas felices como los cereos melancólicos en los paroxismos estivales. términos con que los matutos denominan las épocas de llu­ vias y de sequía. Y cuando llegan las épocas felices le da los frutos de exquisito sabor para preparar la umbuzada tradicional. modificándose según las exigencias del medio. impenetrables muros disfrazados en dimi­ nutas hojas. a la manera de una planta ornamental cuidada por la solicitud de un práctico jardinero. predilectas de los caboclos — es su hachís.Es el árbol sagrado del sertón. por fin. Por entonces realza su porte. los araticuns a la orilla de los charcos. en hojas que pasan de un verde pálido a un rosa vivo en los brotes nuevos. sustentándose en los tiempos de miseria gracias a la energía vital que economiza en las esta­ ciones benéficas. . sólo alcanzado por los bueyes más altos. pero todavía. hasta en los días de bonanza. reaccionando.

dos. los valles fértiles profusamente irrigados. juntemos estas páginas dispersas. los jabalíes de rubia canela. adornando con guirnaldas las umburanas de roja cor­ teza. seis meses de ventura. a causa de la exuberancia de la tierra. Se suceden mañanas sin par en las que la irradiación del levante en­ cendido tiñe de púrpura las eritrinas y destaca los festones multicolores de las begonias. a las tormentas de arena. actúan sobre el hombre creando las diferencias étnicas: las estepas de vegetación raquítica o las vastas planicies áridas. en bandadas. corren por las mesetas altas. en bandadas. Los aires se animan en una palpitación de alas.Al mismo tiempo surge la fauna resistente de las caatingas. antes de caer en las trampas traicioneras. V UNA CATEGORIA GEOGRAFICA QUE HEGEL NO C IT O 8 9 Resumamos. las palomas silvestres que emigran. Es que pese a los largos veranos. no son incompatibles con la vida. . saltan alegres en los altos pastos. disparan por las cuestas húmedas los caititus esquivos. extendido sobre los Andes — vasta terraza de dunas— se inscriben rigurosamente entre las primeras. . olvi­ dado de tristezas. mientras. . . Hegel señaló tres categorías geográficas como elementos fundamentales que en unión con otros. los litorales y las islas. aterrando a los mocos que hacen pareja para anidar en las cuevas de piedra. . preparadas para los venados ariscos o los novillos escapados. y a las súbitas inundaciones. En un tumulto de vuelos desencontrados pa­ san. el campesino anda por la huella conduciendo a los bueyes hartos y entonando su canción predilecta. Los llanos de Venezuela. las flores y las hojas se despegan poco a poco y caen y la sequía se disbuja de nuevo en las ramas muertas de los árboles marchitos. las pampas inconmensurables y el mismo Atacama. en­ suciándose en los charcos los avestruces velocísimos. Así se van los días. hasta que. las sabanas que continúan el valle del Mississipi. y ruedan las turbas turbulentas de las maritacas estridentes. . a la orilla de los bañados donde van a beber y el tapir deteniéndose un instante en su trote brutal. sordamente. imperceptiblemente. . feliz. y las seriemas de voces quejosas y las sericóias vibrantes cantando en la arboleda. pasan en manadas por las tigüeras con el estruendoso estrépito de maxilares que se mueven. y las suguaranas. . Los surcan las notas de extraños clarines. Pero no fijan al hombre a la tierra. Pasan uno. . con un ritmo maldito. derribando árboles por la caatinga . inflexiblemente rectilíneo.

ahogado en la soledad de las planicies. les falta un lugar en el cuadro del pensador germánico. la atmós­ fera asfixiante. la tierra se transfigura en mutaciones que contrastan con la desolación anterior. cubre las grutas. Los ampara mucho más allá de las horas de desesperanza que acompañan el agotamiento de los últimos ojos de agua. Vuelven los días torturados. Si se los cruza en el verano. Tienen la fuerza centrífuga del desierto. la pedregosidad del suelo. rápidas y dispersas ante los primeros fulgores del verano. . que se vigoriza en las épocas lluviosas. y en las ocasiones en que los veranos se suceden sin la intermitencia de las llu­ vias. pero si se los cruza en invierno. se unen en curvas suaves a las lomas altas. Pero cuando éstas no se prolongan al punto de originar penosos éxodos. anónimo. Con la desaparición de los solazos se anula la sequedad anormal del aire. Vuelven los días torturantes. Al llegar las lluvias. la desnudez vegetal. dispersan. Y el sertón es un valle fértil. repelen. re­ dondea en colinas los rispidos bloques de piedra. terriblemente oscuro. disfraza la dureza de los barrancos. se cree entrar exactamente en aquella primera división. No atraen.Su flora rudimentaria. como las cordilleras y el mar. Es un monte frutal vastísimo y sin dueño. Después todo esto se acaba. Después. se los toma por parte esencial de la segunda. lucha con las reservas almacenadas en los días de abundencia y en este combate feroz. No se pueden atar a la humanidad por el vínculo nupcial del surco del arado. como los árboles. la naturaleza no los abandona del todo. de tal manera que los grandes llanos surcados por ríos. Pero a los sertones del Norte. la atmósfera de los desiertos se levanta más profunda ante la expansión renacida de la tierra. En la plenitud de las sequías son positivamente desiertos. Se aíslan las cumbres excavadas. La vege­ tación florece. aunque a primera vista se les equiparan. Los vados secos se convierten en ríos. por esas planicies. como vimos. o las estepas de Mongolia. con la única variante del color. En el paisaje hay nuevos tonos: la transpa­ rencia espacial resalta en las más ligeras líneas y en todas las variantes de forma y de color. Muestran siempre el mismo escenario. La temperatura cae. todo esto se termina. sin olas y sin playas. holladas en corridas locas por las catervas turbulentas de los tártaros errabundos. es un incentivo para la vida pastoril. desunen. para las so­ ciedades errantes de los pastores en continua movilidad. el hombre. como un océano inmóvil. Bárbaramente estériles. de una monotonía abrumadora. maravillosamente exuberantes. el espasmo asombroso de la sequía. en un constante armar y desarmar de tiendas. de pronto verdeantes. Son un aislante étnico. de gramíneas y ciperáceas.

Relegando a otras páginas su significación como factor de diferencia­ ción étnica. aunque se presente como una brillante hipótesis. cuyos efectos escapan a la razón de los ciclos * Hiléia: nombre que Humboldt dio a la gran región botánica que ocupa la mayor parte de la Amazonia brasileña y territorios limítrofes. De la extrema aridez a la exuberancia extrema. Por eso. . de T .La naturaleza se complace en un juego de antítesis. lo que de­ termina uniformidad favorable para la evolución de los organismos sim­ ples. Los expresa el clásico Sahara — nombre genérico de la árida región dilatada desde el Atlántico al Indico. donde los arbustos de otras zonas se hacen árboles y el régimen oscila en dos estaciones únicas. los sertones imponen una división especial en aquel cuadro. la naturaleza reacciona. Esta explicación de Humboldt. atados directamente a las variaciones del medio. el ecuador termal. Es que la morfología de la Tierra violenta las leyes generales de los climas. bajo las líneas astronómicas que definen la exuberancia máxima de la vida. a la India opu­ lenta. del pie a las cumbres. cosa inexplicable. Por ellas pasa. Bajo ella quedan las zonas exuberantes por excelencia. los rechaza. en un terrible remolino de corrientes. entre los valles intensamente fértiles y las estepas más áridas. apenas se advierte en los parajes donde una montaña única. del Sahara que lo empuja hacia el norte. sintetiza todos los climas del mundo. La más interesante y expresiva de todas. La naturaleza no crea normalmente los desiertos. bordeando el Pacífico por un extenso tramo — contrahecho collar de islas desiertas y excavadas— y buscando después en lento desemboque hacia el sur. Aparecen a veces. La fatalidad astro­ nómica de la inclinación de la elíptica. una irrupción del Atlántico precipitándose. sobre el norte del Africa y desnudándola furiosamente. cuyo trazo está perturbado por inflexiones que van desde los singulares puntos donde la vida es imposible. entrando por Egipto y por Siria y asumiendo todos los aspectos de la enorme depresión africana al plateau arábigo quemante de Nedjed y avanzando desde allí hacia las arenas de las bejabans en Persia— y son tan ilógicos. interfiriendo la frontera ideal de los hemisferios. puesta en el medio. que el mayor de los naturalistas pensó que su génesis podía ser la acción tumultuosa de un cataclismo. la Hiléia * portentosa del Amazonas 90. . a partir de los polos inhabitables. la existencia vegetativa progresa hacia la línea equinoccial. veremos su papel en la economía de la tierra. tiene un significado superior.). pasando de los desiertos a las florestas. Los combate. del extremo norte al extremo sur. Pero siempre que el aspecto geográfico lo permite. que coloca a la Tierra en condi­ ciones biológicas inferiores a las de otros planetas. después de tocar la punta meridional de la paupérrima Arabia. . (N . En lucha sorda. Acabada la preponderancia del calor central y normalizados los climas.

totalmente exhausto ese pedazo de tierra. emergiendo. incoercible. ya inútil. Renovaban el mismo proceso en la siguiente estación hasta que. pero emocionantes para quien consigue entreverla a través de los siglos sin cuento. quedando en adelante irremediablemente estéril porque. contra­ puestos a este criterio natural. lleva­ das por los vientos. crecen. indiferente a los elementos que provocan tumultos en su su­ perficie. entorpecida siempre por los agentes adversos. La misma temperatura abrasadora acaba por darles un mínimo de presión atrayendo la afluencia de las lluvias. éste actúa brutalmente sobre la tierra y en todo el decurso histórico. como las de Australia. De modo que si las extensas depresiones eternamente condenadas. se inmovilizan poco a poco aprisionadas por las radículas de las gramíneas. por ejemplo. el hombre. Olvidémonos. en sucesivas fases de transfiguraciones maravillosas. los llanos y las pampas de escasa vegetación. De hecho. las ramas después de secas se encendían en volcanes de fuego acrecidos por el viento. Cer­ caban con troncos el área en cenizas donde hubo una mata exuberante. vuelto caapuera — matorral muerto— como lo señala la etimo­ logía tupí. el suelo árido y la roca estéril caen bajo la acción de los liqúenes que preparan la llegada de los frágiles lecitos. a despecho de una esterilidad menor. que por largo tiempo negaron a la planta más humilde su apego a la tierra. las sabanas y las estepas más vivaces del Asia central. por . va cambiando por asi­ milación. de un agente geológico notable.históricos. y por fin. surgen. de un vasto mar terciario. tal vez pertenecen al punto singular de una evolución regresiva. Cortados los árboles por las filosas hoces de granito. en una retrospección en la que la fantasía se levanta sobre la gravedad de la ciencia. lo cierto es que un com­ plejo de circunstancias les ha dificultado el régimen continuo. Aparte de esa tesis absolutamente inestable. favore­ ciendo una flora más vivaz. las planicies. permanecen estériles. COMO SE HACE UN DESIERTO Los sertones del Norte. el instrumento funda­ mental era el fuego. y las arenas móviles. por ahora. Esto comenzó con un desastroso legado indígena. La cultivaban. asumió el terrible papel de hacedor de desiertos. En la agricultura primitiva de los silvícolas. Imaginémoslos hace poco. geológicamente modernos. en otros pun­ tos los desiertos se anulan. pero tenaz. la tierra como un organismo. Anteriormente esbozamos algunas. se lo abandonaba.

pastizales sin límites. vacías y tristes. cargando en vasijas de cuero las indispensables medidas de agua. . sueltos en los soplos violentos del nordeste. Durante meses seguidos se vie­ ron en el poniente. en los sertones abusivamente divididos se abren extensísimos campos. tierras de cultivo. Atacó a fondo la tierra. espejando aquí y allá la figura doliente de la caatanduva siniestra. quedando estériles e ineptas para reaccionar con los elementos exteriores que se agravaban a medida que se ampliaban: la tierra se volvía piedra. fuera de la estrecha faja de los cañaverales de la costa. se ahogaba en duros pastizales. Después vino el colonizador y copió el mismo proceder. según el testimonio de los viejos habitantes de las poblaciones aledañas del Sao Francisco. se le unió el sertanista ambicioso y bravo en busca de indígenas o de oro. Imaginen los resultados de semejante proceso aplicado sin variantes en el curso de los siglos. el reflejo rubio de las que­ mazones. abriéndoles los caminos y devastando la tierra. el incendio. totalmente distintas de la de la selva primitiva. para siempre estériles. Al mismo tiempo. y dejó. sin fosos de contención. el mismo instrumento siniestro. avasallando extensidades. necesitado de ver claramente las montañas que lo guiaban. que una vez más dejaba para formar otras en diferentes puntos. la degradó corroyéndola con las aguas salvajes de los torrentes. Incluso a me­ diados de este siglo. Desde los albores del siglo xvxi. removiéndola en las exploraciones a cielo abierto. la esterilizó con las escorias del oro. donde no prospera la planta más exigua. entrando por las noches.una circunstancia digna de destacar. los rigo­ res del clima la flagelaban. El aborigen seguía abrien­ do campos. las familias vegetales que surgían subsidiariamente en el suelo calcinado. Lo agravó to­ davía al adoptar en forma exclusiva para el centro del país. extendiendo el círculo de los estragos en nuevas caapueras. Del mismo modo se abren los fuegos. iluminándoles la ruta. y más allá la caatinga bravia. enrojeciendo con el intenso colorido de las arcillas. eran siempre de tipo arbustivo. destruidas. Estas brutalidades atravesaron toda nuestra historia. el régimen francamente pastoril. las grandes catas. Ahogada por una flora que le oscurecía el horizonte y dificultaba peligrosamente las trampas tendidas al indio. con nuevos árboles derribados y nuevas quemazones. dejando la huella destructora en la marcha de las bandeiras. los exploradores que en 1830 avanzaron partiendo de la margen izquierda de ese río. con su extraño aspecto de inmensas ciudades muertas. va derribando a su paso y quemando. libremente encendidos. la hirió a puntazos de pico. aquí y allí. tenían al frente.

La tarea no es imposible. Quizá hizo el desierto. con las canículas. Desde 1713. Hay otros de comparable elocuencia. nombrando un juez conservador de bosques. Deletreando los antiguos mapas de ruta de los sertanistas del norte. Por mucho tiempo dominó esta preocupación. Pero aún puede extinguirlo. Lo demuestra una comparación histórica. intrépidos caatingueiros que pleiteaban con los bandeirantes del sur. Si bien no lo creó. al borde del Sahara. con la erosión eólica. que intervino en la correlación de fuerzas de ese clima demoledor. la severa prohibición de cortar las florestas. Es que el mal es antiguo. la gran sequía. corrigiendo el pasado. . Y hablan de los "campos fríos (ciertamente a la noche por la irradiación intensa del suelo desprotegido) cortando leguas de caatinga sin agua ni caravatá que la tuviese y remediando a la gente sólo con raíces de umbu y mandacaru” en la penosa apertura de las picadas *. Ya en esa época. como dicen todavía los viejos sertanejos. el hombre agregó un elemento más nefasto. El hacha del caatingueiro auxilió a la degradación de las tormentas. que tanto abundaban y hoy quedan a distancias considerables. con el nordeste. como se ve. Lo demuestran las car­ tas reales del 17 de marzo de 1796. atravesando normalmente el caprichoso curso lleno de vericuetos de los * Carta de Pedro Barbosa Leal al Conde de Sabugosa 92. Casi todos pasaban por la orilla del sertón de Canudos. . . en busca de las "minas de plata” de Melchior Moreia 91. Y al terminar la sequía legendaria de 1791-1792. estableció como correctivo único. desde Bahía a Ceará. y la del 11 de junio de 1799 por la que se decreta que "se prohíba la indiscreta y desordenada ambición de los habitantes (de Bahía y Pernambuco) que tienen asolados a hierro y fuego preciosos bosques. Allí están esos documentos preciados en relación directa con la región que pálidamente intentamos describir. la misma que tienen hoy para nuestros sertanejos. entonces llamado Pico-Aragá por los tapuias. las plantas tenían una función proverbial. con las repentinas tempestades. lo transformó y lo agravó. a cada paso se descubre alguna alusión relativa a la rudeza de los parajes que atravesaban. en el desemboque de los valles. atribuyéndola a esas costumbres apuntadas. etc.”. entre Beja y Bizerta. la quemazón fue suplemento de la insolación. que arruinó al norte entero. con la succión de los estratos. Colaborando con los elementos meteorológi­ cos. COMO SE EXTINGUE UN DESIERTO Quien atraviesa las planicies elevadas de Túnez. el gobierno de la metrópoli. con sucesivos decretos intentaron ponerle coto. todavía encuentra.El gobierno colonial lo había previsto. con parada en Monte Santo.

tenazmente comba­ tido y bloqueado.oueds. estéril menos por la escasez de lluvias que por su pésima distribución adscrita a los relieves topográficos. Viejos muros derruidos. Advirtieron con seguridad el defecto original de la región. Túnez. hacia el Mediterráneo. monumental e inútil. nivelando los últimos acci­ dentes que no doblegaba la fuerza del simún. Encadenaron los torrentes. creó un esbozo de irrigación general. expuestas a la evaporación. cedió ante una red de barreras. esos legados de los grandes colonizadores delatan al mismo tiempo su actividad inteligente y el abandono bárbaro de los árabes que los sustituyeron. En la actualidad. dominando todo el paisaje. Después de la destrucción de Cartago. entre muros de piedras y tierra. donde habían anclado los hijos predilectos de los fenicios. se vio transfi­ gurada en la tierra clásica de la agricultura antigua. Los torrentes se dividieron en distintas corrientes por las barreras de las murallas que cerraban los valles y los oueds detenidos entre las sierras conservaban por largo tiempo las grandes masas líquidas hasta entonces perdidas. Por otra parte. Fue el granero de Italia. terminaron por actuar sobre el clima mejorándolo. Los romanos lo hicieron retroceder. los romanos habían tomado sobre sus hombros la empresa incomparablemente más seria de vencer el antagonismo de la naturaleza. Excluido el arbitrio de las irrigaciones sistemáticas tan difíciles. aquellas superficies líquidas esparcidas en innumerables ríos y no resumidas en un Quixadá único 9S. Caía sobre la tierra desnuda. o las transbordaban por canales laterales a los sitios más bajos donde se abrían en acequias que irradiaban hacia todas partes embebiendo el suelo. nefasto. dejando el suelo. De modo que este sistema de represas. Finalmente. durante algunas semanas inundaba las planicies y luego desaparecía por el norte y por el levante. más despojado y árido. desa­ rraigando la poca vegetación apenas aferrada a un suelo endurecido. El régimen torrencial que es intensí­ simo en ciertas épocas. Represas con empalizadas de estacas. consiguieron que las aguas permanecieran durante mayor tiempo sobre la tierra. repre­ saron las fuertes correntadas y aquel régimen brutal. a manera de . Al sur parecía avanzar el desierto. Lo corrigieron. cubiertos en parte por los detritos de veinte siglos. pero que hasta entonces se reducía a un litoral poblado por traficantes o nómadas con sus tiendas de techos curvos blanqueando los arenales como quillas hundidas. Y ahí dejaron el bellísimo rasgo de su expansión histórica. determinando alturas pluviométricas mayores que las de otros países fértiles y exuberantes. restos de antiguas construcciones romanas. la abastecedora casi exclusiva del trigo de los romanos. además de inútil. además de otras ventajas. después de una revitalización transitoria. era como en los sertones de nues­ tro país. con revestimientos de piedra lisa. los franceses les copian los procedimientos sin nece­ sidad de levantar murallas monumentales y dispendiosas.

En aquella oportunidad. Francia salva los restos de la opulenta herencia de la civilización romana. Sea cual fuere la intensidad de las complejas y remotas causas que anteriormente esboza­ mos. el mapa hipométrico de los sertones del Norte. pasando de las insolaciones interminables a las inundaciones súbitas. los oueds mejor dispuestos y en lo alto de sus bordes y a todo lo largo de las serranías que los rodean. quizá sugestionado por la misma com­ paración que acabamos de hacer nosotros. la estructura y la conformación del suelo. la inclinación de los estratos y la rudeza de los relieves topográficos. las aguas salvajes se detienen. en memorables sesiones del Instituto Politécnico de Río. . agravan al mismo tiempo los topes de calor y la degradación intensiva de los torrentes. efecto de la enseñanza his­ tórica. los superó. diques inmensos formando Caspios artificiales. factible. la tierra. se trans­ forma. en 1877. como para caracterizar bien el fracaso completo de la inge­ niería ante la enormidad del problema. sin embargo. De modo que. se aprecia que se adaptan a una tentativa idéntica. ¡estupendos alambiques para la destilación de las aguas del Atlántico!. además de práctica. diseminándose finalmente. la influencia de aquéllas es manifiesta desde que se considere que la capacidad absorbente y emulsiva de las tierras expuestas. verdaderamente útil. que perduró. . mal protegida por una vegetación marchita que las . que hablaba por el más elemental de sus ejemplos. La propuesta más modesta. Es que. Surgió hace mucho tiempo. de resultados igualmente seguros. en las que fueran sepultadas las teorías de los mejores científicos del momento — desde la sólida experiencia de Capanema hasta la singular mentalidad de André Rebougas9 5 — fue la única teoría práctica. en millares de válvulas de escape. Y el histórico paraje. del bello espíritu del consejero Beaurepaire-Rohan9 4 . La idea no es nueva. aman­ sadas. hacen canales que derivan hacia las tierras circundantes. después de una declinación de siglos. De las discusiones entonces celebradas. volviendo a su fisonomía antigua. cuando se dibuja sin gran precisión todavía. miría­ das de pozos artesianos perforando las planicies. E L MARTIRIO SECULAR DE LA TIERRA Realmente. por las derivaciones cruzadas. formando redes de irrigación.palancas. sin tomar la fuerza de las inundaciones violentas. Ahora bien. liberado de la apatía del musulmán inerte. entre los agentes determinantes de la sequía se intercalan apreciablemente. se idearon lujosas cisternas de piedras. depósitos colosales para las reservas acumuladas. se aquietan. y finalmente. De esta manera. evidentemente era la más lógica.

El martirio del hombre allí es reflejo de una tortura mayor que abarca la economía general de la Vida. reviviendo el trazado de cons­ trucciones antiquísimas. . son aquéllas las únicas pasibles de modificaciones apreciables. con el correr del tiempo. al constituir una dilatada superficie de evaporación. Apenas cae una lluvia en esos pedre­ gosos campos. ejercerían. pues buscan atenuar. de escasa vegetación. la última de las consecuencias de la sequía: la sed. es digno de mencionarse el fuerte declive hacia el mar que existe en las tierras del sertón. Francia los utiliza hoy sin variantes. . pozos artesianos y los inmensos lagos como el de Quixadá. en las proximi­ dades de la red de derivaciones de las aguas. I. se formarían. a los veranos siguientes. Notas sobre a Varaíba 96. . se deja invadir poco a poco por el régimen francamente desértico. de modo general. exponiéndola cada vez más desprotegida. donde corren sus ríos. porque los numerosos y pequeños diques uniformemente distribuidos. * “ . la golpean y esterilizan.primeras queman y las segundas erradican. El régimen recorre con deplorable intermitencia un círculo vicioso de catástrofes *. la influencia moderadora de un mar interior de fun­ damental importancia. la dejan aún más desnuda ante los adustos rayos del sol. sobrevendrían tres consecuencias inevitables: se atenuaría considerablemente el drenaje del suelo con sus lamentables consecuencias. El proceso que señalamos en esta breve recordación histórica. . la única medida que se debe tomar es corregir estas disposiciones naturales. No hay que arbitrar otro recurso. . nos dispensa de mayores pormenores técnicos. y cuando desaparecen. preparan de alguna manera a la región para mayores tragedias. De esta manera. Las fuertes tempestades que apagan el incendio sordo de las sequías. a pesar de la revitalización que traen. tienen un inapreciable valor local. por toda la extensión del territorio sertanejo. Nace del martirio secular de la Tierra. por su misma simplicidad. pero lo que hay que combatir y vencer en los sertones del Norte es el desierto. . fecundas áreas de cultivo. Amuralladas las cuencas inteligentemente seleccionadas y a cortas distancias. originados en la fatalidad de las leyes astronómicas o geográficas inaccesibles a la intervención humana. Dejando de lado los factores determinantes del flagelo. . . y se fijaría una situación de equilibrio en la inestabilidad del clima. la surcan con canales de rispidos contornos. La desnudan brutalmente. Las cisternas. las aguas siguen incontinenti por los surcos y arroyos. Yoffiley. produciendo verdaderas avalanchas que destruyen todo a su paso.

El vaquero. El arreo. Función histórica del río Sao Francisco. La caída. Un gnóstico rudo. IV — Antonio Conselheiro. Tipos dispares: el jagunco y el gaúcho. Servidumbre inconsciente: vida pri­ mitiva. Factores históricos de la religión mestiza. II.— Génesis del jagun50 : colaterales probables de los paulistas. Peregri­ naciones y martirios. La sequía. ¿Por qué no predicar contra la República? Una misión abortada. Preceptos de ultramontano. Ais­ lamiento del desierto. Tradiciones. Causas favorables para la formación mestiza de los sertones. Pedra Bonita. Monte Santo. I I I — El sertanejo. Régimen de la urbs.— Canudos: antecedentes. I COMPLEJIDAD DEL PROBLEMA ETNOLOGICO DEL BRASIL Adscripta a influencias que intercambian en grados variables tres ele­ mentos étnicos. Las misiones actua­ les. Los vaqueros. documento vivo de atavismo. Hégira hacia el sertón. Antecedentes de fa­ milia: los Maciéis.— Complejidad del problema etnológico del Brasil. El rodeo. El templo. Primeros reveses. Policía de bandidos. Acción del medio en la fase inicial de la formación de las razas. Leyendas. Maldición sobre la Jerusalén de barro. Cómo se forma un monstruo. La formación brasileña del norte. Las prédicas. la génesis de las razas mestizas del Brasil es un pro­ blema que por mucho o tiempo aún desafiará el esfuerzo de los mejores espíritus. Religión mestiza. Gru­ pos de valientes. Represen­ tante natural del medio en que nació. Una raza fuerte. Población multiforme. Profecías. Una vida con buenos auspicios. Apenas está esbozado. Las oraciones. Crecimiento vertigino­ so. distinguiéndola de los cruzamientos en el litoral. Varia­ bilidad del medio físico y su reflexión en la historia. Carácter variable de la religiosidad sertaneja. Hombre grande para el mal. Los . mediador entre el bandeirante y el sacerdote. En el dominio de las investigaciones antropológicas brasileñas se encuentran nombres muy dignos de nuestro movimiento intelectual. Fundaciones jesuítas en Bahía.EL HOMBRE 1. Camino al cielo. Tentativas de reacción legal. Un heresiarca del siglo II en plena Edad moderna. V.

con discordantes aspectos y opuestas condi­ ciones de vida. En cuanto al factor aristocrático de nuestra gens. fue. contrariando el pensamiento de los caprichosos cons­ tructores del puente Aléutico. Sea que resulten del "hombre de Lagoa Santa” cruzado con el precolombino de los "sambaquis”. con sus exactos caracteres antropológicos.estudios sobre la prehistoria indígena muestran modelos de observación sutil y brillantes conceptos críticos. más que en cualquier otra parte. que nos une a la vibrátil estructura del celta. el autoctonismo de las razas americanas. un tenaz investigador. el portugués. a América como un centro de creación desligado del gran vivero del Asia Central. de la que se supone son oriundos los tupís. externos. parece definiti­ vamente afirmado. bajo sus diferentes formas. Los otros dos elementos formadores. está a su vez. hijo de tierras adustas y bárbaras. con sus varias modalidades. las condiciones históricas adversas o favorables que sobre ellos actuaron. nos desvia­ ría demasiado de nuestro objetivo. hasta en este punto. pueden ser considerados tipos en vías de desaparición de viejas razas au­ tóctonas de nuestra tierra. Sólo en los últimos tiempos. Escribimos todas . ciertamente. la organización científica de Meyer. analizó cuidadosa­ mente su religiosidad tan original e interesante. El negro bantú o cafre. se destacan el nombre de Morton. el medio físico diferenciador y aún. Esclarecido de este modo el origen del elemento indígena. a pesar del com­ plicado entrecruzamiento de donde emerge. Nina Rodrigues9 8. La parte primordial de la cuestión quedó aclarada. se puede afirmar que poco avanzamos. capaz de cambiantes climas. Además de faltarnos competencia. completado por la profunda elaboración pa­ leontológica de Wilhelm Lund. se realiza por el ejercicio intensivo de la ferocidad y de la fuerza. las inves­ tigaciones convergieron hacia la definición de su psicología especial y consiguieron trazar algunas conclusiones seguras. tan numerosos en la época del descu­ brimiento. trajo los atributos preponderantes del homo afer. no originaron idénti­ cas tentativas. donde la selección natural. gracias a los cuales. cualquiera fuere el ramal africano aquí trasplantado. nuestro eterno desprotegido. Así es que conocemos los tres elementos esenciales y. de alguna raza invasora del norte. la intuición genial de Frederico Hartt. sea que deriven. de una manera más com­ pleta. aunque imper­ fectamente. con grandes modificaciones por ulteriores cru­ zamientos y por el medio. y muchos otros cuyos trabajos refuerzan los de Nott y Gordon en el definir. Ahora bien. nuestros indígenas. la rara lucidez de Trajano de Moura. totalmente caracterizado. Autónomo entre las razas se erige el homo americanus 97. No vamos a repetirlas. Pero si no consideramos las alternativas y todos los pasos inter­ medios de ese entrelazamiento de tipos antropológicos de grados dispares en sus atributos físicos y psíquicos bajo los influjos de un medio variable. En este gran esfuerzo.

. productos del negro y del blanco. en el caso más simple. la combi­ nación ternaria determina. mamaluco. incluso en el caso favora­ ble arriba afirmado. De mamá: mezclar y ruca: sacar. Es fácil demostrarlo. ni qué causas pueden atenuar o matar ese influjo. sin reducción alguna. Hay una regla que nos orienta cuando salimos a indagar la verdad.las variables de una fórmula intrincada. substituyéndose por los derivados. Teóricamente sería el pardo. vemos que en esta hipótesis favorable no resulta de ellos el producto único inmanente a las combinaciones binarias. la palabra mameluco o mejor. Los propósitos primeros de las investigaciones se desubican y perturban ante estas reacciones que no expresan una re­ ducción sino un desdoblamiento. unifi­ cados y convergentes en un tipo intermedio. Los elementos iniciales no se resumen. en un mestizaje embarullado donde se destacan como productos más característicos el mulato. Se puede modificar como se modifican todas las leyes ante la presión de los datos objetivos. Por el contrario. al negro bantú. en una fusión inmediata en la que se yuxtaponen o se resumen sus caracteres. al indio guaraní y al blanco. con las capacidades que les son propias. No nos dice cuáles son los factores que pueden atenuar el influjo de una raza más numerosa o más fuerte. no se unifican. el mameluco o curiboca y el cafuz *. Por lo pronto. cuando en lugar de la combinación binaria que la ley presupone. otras tres. binarias. intactas. Esta es abstracta e irreduc­ tible. Los abarca como término genérico. sólo puede surgir de un entrelazamiento considera­ blemente complejo. si se mira que aquéllas conllevan. del blanco y del tupí (cari-boc: que procede del blanco). por extravagante indisciplina mental. evidentemente. agravándose y dificultándose. aplicando al conjunto la ley antropológica de Broca99. aunque preferentemente aplicado al segundo. Mamá-ruca: sacado de la mezcla. * Respectivamente. del curiboca y del cafuz. El tipo abstracto de brasileño que se busca. alguien intentase aplicarla desprendida de la intervención de esos datos. en el que convergen los sucesivos cruces del mulato. innumerables modalidades de acuer­ do con el variable dosaje de sangres. mostrando el serio problema. Es que. pero no develamos todas las incógnitas. del tupí y del negro. se desdoblan y originan un número igual de subformaciones. Y el estudio de estas subcategorías sus­ tituye al de las razas formadoras. a su vez. Pero aunque. no simplificaría el problema. se da una combinación de tres factores diversos adscriptos a las vicisitudes de la historia y de los climas. para el caso no basta que pongamos uno de­ lante del otro. Dejemos de lado innumerables causas perturbadoras y consideremos sólo los tres elementos constituyentes de nuestra raza en sí mismos.

son estériles. en efecto. Después arrojan. no fue y no es uniforme. como término general de una serie. difundida en medio de extravagantes fantasías que. se los exageró. Amplían la influencia del último. Como quiera que sea. Pensamos que esto sucede porque la meta esencial de estas investiga­ ciones se reduce a la búsqueda de un tipo étnico único. entre nosotros. Surge el mulato. más nume­ roso y más fuerte. las disparidades climáticas que ocasionan reacciones diversas diversamente soportadas por las razas constituyentes. como el caboclo. Porque no tenemos unidad racial. forma cada vez más diluida del negro. provocando la irrupción de una cuasi ciencia. Y de esta metaquímica extraen algunos precipitados ficticios. En sus devaneos no faltan el metro y la rima. en los últimos tiempos. a más de osadas. en gran parte. estas rápidas consideraciones explican los dis­ pares puntos de vista que reinan entre nuestros antropólogos. cuando. Comienzan por excluir. la función se­ cundaria del medio físico y decretan la extinción casi completa del indígena y la influencia decreciente del africano después de la abolición del tráfico negrero y así prevén la victoria final del blanco. entrelazan y funden a las tres razas según los caprichos que los empujan en el momento.Pero si se consideran las condiciones históricas que actuaron de modo diferente en los distintos territorios del país. los mate­ riales objetivos ofrecidos por las circunstancias mesológicas e históricas. se han dedicado con preferencia a la preponderancia de los facto­ res étnicos. Sometidos a la penosa tarea de subordinar sus investigaciones a condiciones tan com­ plejas. porque invaden la ciencia en la vibración rítmica de los versos de Goncalves Dias 100. por cierto. . se ve bien que aquella formación es realmente dudosa cuando no absurda. y atendiendo aun a la introducción de otros pueblos — por las armas en la época colonial y por las inmigraciones en nuestros días— hecho que a su vez. Otros alargan más el devaneo. de reaccionar en muchos puntos contra la ab­ sorción de la raza superior. meditan sobre cosas tan serias con una volubilidad algo escandalosa si se miran las proporciones del tema. Lo proclaman el tipo más característico de nuestra subcategoría étnica. hay muchos. Algunos afirman a priori. dejando de lado la gran influencia que éstos han tenido y que no negamos. capaz. Ahora bien. Otros van demasiado pegados a la tierra. Exageran la influencia del africano. con discutible autoridad. El tema se va volviendo multiforme y dudoso. la mayor o menor densidad con que éstas se cruzaron en variados puntos del país. Existe un exceso de subjetivismo entre quienes. Y estructuran fantasías que caen al más leve choque de la crítica. en quien se apagan más rápidamente aún. hacia lo cual tienden tanto el mulato. los rasgos caracte­ rísticos del aborigen.

Toda la climatología. deter­ . Las indicamos en rápidos trazos. desde Minas a Paraná. Un clima es como la traducción fisiológica de una condición geográfica. muestra con preferencia y en cual­ quier parte adicta. Lo demuestran los resultados más recientes y son los únicos dignos de fe. el astronómico y el geográfico. con una temperatura media de 2 6 °. La afirmativa es segura. Así quedan claramente delimitados tres habitat distintos. por su misma estructura. entre las isotermas 15° y 2 0 °. las causas naturales más próximas y particulares. creando climas ecuatoriales en altas latitudes o regímenes templados entre los trópicos. Sobre este propósito debemos hacer algunas consideraciones. Además de sobrepasar la demarcación teórica común. La disposición orográfica brasileña. excluye los relieves naturales que atenúan o refuerzan los agentes meteorológicos. el Brasil está lejos de incluirse en esa categoría. y como transi­ ción. aparecen modalidades que todavía los diversifican. igualmente entre las líneas más o menos seguras de éstos. si lo permite una vida nacional autónoma. proyectada en un dilatado tiempo. Y definiéndolo de este modo concluimos que nuestro país. de las investigaciones meteorológicas. completado por la variación de las situaciones históricas que en gran medida. Ahora bien. Estamos destinados a la formación de una raza histórica en un futuro remoto. otra templada de Sao Paulo a Río Grande pasando por Paraná y Santa Catarina.Quizá no la tendremos nunca. inscripta en los amplios lincamientos de las leyes cosmológicas generales. Bajo un doble aspecto. No la sugiere sólo esa heterogeneidad de elementos ancestrales. Nuestra evolución biológica exige la garantía de la evolución social. de él dependieron. La re­ fuerza otro elemento igualmente ponderable: un medio físico amplio y variable. Estas lo subdividen en tres zonas claramente distintas: una francamente tropical que se extiende por los estados del norte hasta el sur de Bahía. Bajo este aspecto invertimos el orden natural de los hechos. ese límite es exage­ rado. de fuertes masas elevadas que se orientan prolongando el litoral perpendicularmente al rumbo SE. otra subtropical que se extiende por el centro y norte de algunos estados. Estamos condenados a la civilización. no se adecúa a un régimen uniforme. O progresamos o desaparecemos. VARIABILIDAD DEL MEDIO FISICO Contrariando la opinión de los que limitan los países calientes a un desa­ rrollo de 30° de latitud.

persiste inalterable. un clima altamente mejorado por la altitud y la misma imagen animadora de los aspectos naturales. Lo revela un corto viaje hacia el occidente partiendo de un punto cualquiera de la costa. abarcando extensas superficies hacia el interior. que había precedido a la paulista en el penetrar hacia los misterios de tierra adentro. transformándose en sertones bárbaros por los que corren ríos efímeros. El contraste es abrumador. por las latitudes. la misma flora. se ven transiciones más acentuadas: mientras los para­ lelos acompañan el rumbo a occidente. A una distancia menor de cincuenta leguas. Las diferencias en el régimen y en los aspectos naturales. dadoras de opuestas condiciones de vida. Extendida hasta los parajes septentrionales se ve la misma naturaleza exuberante en los grandes montes que hay por la costa. a partir del paralelo 13°. hacia el ecuador. Lo que no ocurre de los trópicos hacia el sur. en llanos desnudos que se suceden. es el ejemplo saliente. extremándose exageradamente. La naturaleza se empobrece. Pero. viola las leyes generales que lo regulan.mina las primeras distinciones en amplias zonas de territorio que están situadas al oriente. obstáculos más serios que la agitada ruta marítima o montañosa. su caracterización astronómica. que siguiendo este rumbo son imperceptibles. decae la grandeza de las montañas. desaparecen los grandes montes. Sorpresivamente se entra en el desierto. aparecen dos regiones totalmente opuestas. tuvieron en su traslado hacia el oeste en busca del interior. el clima totalmente subordinado al aspecto geográfico. El fracaso de la expansión bahiana. la urdimbre geológica de la Tierra. creando las mismas condiciones favorables. indefinidamente. se señalan claramente en el primero. se esteriliza y deprime. las florestas enmascaran vastos territorios áridos que retratan en las áreas desnudas las inclemencias de un clima en el que los grados termométricos e higrométricos progre­ san en relación inversa. en la travesía de las caatingas ralas y marchitas. Es un hecho conocido. los meridianos van hacia el norte. cede a las causas secundarias perturbadoras. A partir de los trópicos. los grupos humanos que en los dos primeros siglos de poblamiento golpearon las playas del norte. formando un escenario desmesurado adecuado para los cuadros dolorosos de las sequías. Allí. Entonces el encanto de la bella ilusión se quiebra. matriz de su interesante morfogenia. por lo que la observación rápida del extranjero se imagina una dilatada región vivaz y fértil. De hecho. creando anomalías climatológicas muy expresivas. En la extensa faja de la costa que va desde Bahía a Paraíba. . Se define anormalmente por las lon­ gitudes. Y por cierto.

harto irrigado por ríos que irradian hacia los cuatro puntos cardinales. En efecto. agravando la inesta­ bilidad del clima continental y sometiendo a las tierras centrales a un régimen brutal. aparecen allí. Tomaremos los casos más expresivos. como sucede más hacia el norte. Pero esta placidez opulenta. es sustituido en los estados del sur por el NO y en los extremos septentrionales por el NE. se lanza hacia el Mato Grosso. toda la exuberancia inconcebible. de naturaleza fecunda erguida en la apoteosis triunfal de los días deslum­ brantes y serenos. éstos desaparecen en el corazón de las altiplanicies frente al SO que. Es excepcional. Toda la imponencia salvaje. por la disposición de la tierra y por la transición variable entre el sertón y la costa. esconde el germen de cata* Manageability of nature: en inglés en el original: flexibilidad de la naturaleza. ya muestran una diferencia esencial entre el sur y el norte. Soplando desde las altas planicies del interior. apenas esbozadas. Ninguno se le equipara en el juego de las antítesis. que es el regulador predomi­ nante del clima de la costa oriental. unidas a la brutalidad máxima de los elementos.El ancho muro de la cordillera granítica que cae a plomo sobre el mar. origi­ nando desproporcionadas amplitudes termométricas. . de T . el paisaje se revela más opulento y amplio. Contemplándolas. francas y portentosas. desafía en benignidad al admirable régimen de la Europa meridional. Es la escarpa abrupta y viva de las altiplanicies. por las faldas interiores decae suavemente en vastos planos ondu­ lados. A su vez. Haciendo un análisis más profundo descubriremos aspectos particulares más agudos todavía. distinto de los que vimos rápidamente delineados.). En páginas anteriores vimos que el SE. paradojalmente. Su imagen apa­ rente es de una benignidad extrema: de tierra aficionada a la vida. No lo regula con exclusividad el SE. en el Mato Grosso. se ve que aquel régimen climatológico anómalo es el rasgo más hondo de nuestra variabilidad mesológica. de un suelo que germina en fantástica vegetación. como un hálito fuerte de los pamperos. que el gran pensador. Ninguna se le asemeja. ideó para el Brasil. La tierra mues­ tra esa manageability of nature * de que nos habla Buckle y el clima tem­ plado caliente. en precipitada generalización. estas amplias divisiones. evitando explayarnos extensa­ mente sobre el tema. Sobre estos escenarios. la naturaleza equilibra las exageraciones de Buckle. sin los rasgos exageradamente dominantes de las montañas. incluso con la frialdad de las observaciones de los naturalistas poco ave­ zados en los aspectos descriptivos. absolutamente distintos por el régimen meteorológico. Ahora bien. el NO prepondera en toda la extensa zona que va desde las tierras elevadas de Minas y de Río hasta Paraná pasando por Sao Paulo. (N .

y el hombre. hacia el éste. encuadrada por el mismo lúgu­ bre escenario. Ahora bien. parecen cuerpos sólidos. . asustada. quedan aislados los morros. la temperatura empieza a subir de nuevo. dejando los refugios donde tuvo que buscar protección para su vida. las chozas destruidas. despunta en contraste con esas manifestaciones. Pero. * Dr. ni las ramas de los árboles se mueven. las últimas olas barrosas de los arroyos desbordados. de eclipse. Es un asalto súbito. ahogando la vida. los techos por tierra. un cúmulo compacto de bordes de cobre oscuro. El cataclismo irrumpe como un arrebato en la espiral vibrante de un ciclón. Las aves se acogen a sus nidos suspendiendo sus vuelos y allí se esconden *. uniendo todas las nacientes de los ríos y embarullando los lechos en mares indefinidos. el vendaval sacude violen­ tamente la tierra. si se vuelve a mirar el cielo. el clima de Pará. Se desploman las casas. hacia el sur. Entonces. la vegetación volcada por los campos como si sobre ella hubiesen pasado búfalos en tropel. "la naturaleza parece quedar extática. contempla los estragos en medio del renacer universal. los aires se inmovilizan por cierto tiempo. avanzando hacia el norte. Días después los vientos soplan suavemente otra vez. incluso a través de las lúcidas observaciones de Bates 10a. poco a poco. Vamos a esbozarlos. estallan en truenos los cielos y un aguacero torrencial cae sobre esas vastas superficies destrozando. los montes en una quietud que da miedo. No podemos describirlos. el aire es sua­ vizado por soplos acariciantes. la presión dismi­ nuye y crece sin cesar el malestar hasta que se forma en los aires inmo­ vilizados el componente formidable del pampero y resurge estruen­ dosa la tormenta. Joáo Severiano da Fonseca. ¡Y una hora después el Sol irradia triunfalmente en el cielo purísimo! Los inquietos pájaros cantan por las frondas chorreantes. en rodeos turbulentos. Los troncos y las ramas de los árboles partidos por los rayos. el divortium aquarum impreciso que las atra­ viesa. Después de soplar algunos días las bocanadas calientes y húmedas del NE. ¡ni una nube! El firmamento lím­ pido se arquea iluminado por un sol oscuro.clismos que irrumpiendo siempre con un ritmo inquebrantable. Por momentos. las planicies se vuelven lagos. reviviendo el mismo ciclo. dan testimonio de la embestida fulminante del flagelo. negrea el horizonte. en un descenso continuado. Fulguran los relámpagos. La presión decae lentamente. La tem­ peratura cae en minutos y en pocos instantes. desparramados por los vientos. se desencadenan con el rigor implacable de una ley. . en el verano. . el mismo círculo vicioso de las catástrofes. Viagetn ao redor do B ra sil 101. en una inundación única. Desde ese punto sopla después una brisa cuya velocidad va creciendo rápidamente hasta convertirse en fuerte ventarrón. Los brasileños de otras latitudes apenas lo comprenden. se doblan y su­ cumben los carandas seculares.

. El hombre bebe la leche de la vida chupando los vasos húmedos de las sifónias. manifestaciones diversas caracterizan un nuevo habitat que. * Draenert. gajos apenas cubiertos por hojas quemadas y marchitas. Y en seguida. el hom­ bre. en el transcurso de un día sereno y claro.5°. Tal régimen provoca un parasitismo franco. sin embargo. árboles. se destacan otras anomalías que lo agravan aún más. del único modo compatible con una naturaleza que se desborda en dispares manifestaciones. cuyos pétalos se desprenden y caen. Muchas veces. Y todavía. suceden inesperadamente a noches lluviosas. en el círculo estrecho de veinticuatro horas. se presentan. como el sístole y el diástole de la arteria mayor de la Tierra. Mientras tanto. La bajante es el verano. La constancia de tal clima hace que no se adviertan las estaciones que. en furos. verano y otoño en un solo día tropical” *. de altas temperaturas. tornando imposible la continuidad de cualquier esfuerzo. rítmicas. La temperatura tiene durante todo el año una oscilación no mayor de I o o 1. cuando muertos en el aire quieto se diluyen los últimos soplos del este. en la plenitud de los calientes veranos. no puede negarse. en este clima singular. dentro de la atmósfera ardiente del Amazonas. en el Alto Amazonas. entre las cuales emergen. en abril o mayo. se extiende en vastos mares. Allí. Todo depende de una alternativa dolorosa de las bajantes y las crecidas de los grandes ríos. ramas viudas de las flores recién abiertas. Es la revitalización de la actividad rudimentaria de los que allí viven. espera la terminación de ese invierno parado jal. "A la mañana siguiente el Sol se levanta sin nubes y de este modo se completa el ciclo. Estos crecen siempre de manera asombrosa. sobre la tierra inmóvil bajo el espasmo enervante de un bochorno de 35° a la sombra. Preso en las mallas de los igarapés. el termómetro es sus­ tituido por el higrómetro en la definición del clima. primavera. muertos. O clima do B rasil 10s. pantanos convertidos en prados. Otros hechos hacen que sean inútiles para el forastero todas las tentativas de aclimatación. mutaciones completas: flo­ restas silenciosas. impone una aclimatización penosa a todos los hijos de los territorios limítrofes. los igapós verdeantes. hacia el oeste. La creciente detiene la vida. con raro estoicismo ante la fatalidad. abreviadas en las horas de un solo día. se expanden soplos fríos del sur. en plena creciente. Así la vida se equilibra en una constancia imperturbable. apare­ cen cubiertos de flores. en paranamirins entrecruzados en una red complicadísima de mediterráneo cortado por fuertes corrientes. días que irrumpen como apoteosis fulgurantes revelan­ do transformaciones inopinadas. No bastan las intermitencias de las crecientes y las bajantes.Madrugadas templadas de 23° centígrados. en la víspera desnudos. aislados. El Amazonas salta fuera de madre y en pocos días se levanta a diecisiete metros sobre su nivel.

Es como un hálito helado del polo. sin la vibratibilidad. sin el tono muscular enérgico de los temperamentos robustos y sanguíneos. La misma intercalación de épocas serenas y dolorosas. sobre el cual cae pesadamente la sobrecarga de la vida: organizaciones enfermas por la alternativa persistente de exaltaciones impulsivas y apatías enervadoras. en casi toda la costa marítima del Norte y en gran parte de los Estados que le corres­ ponden. es­ condiéndose en las cuevas más profundas. De ahí los errores en que incurren los que generalizan. Modela organismos endebles en las que toda la acti­ vidad cede ante el permanente desequilibrio entre las energías impulsi­ vas de las funciones periféricas fuertemente excitadas y la apatía de las funciones centrales: inteligencias en marasmo. se recogen tiritando cerca de las hogueras. El calor húmedo de los parajes amazónicos deprime y agota. la selección natural se opera a costa de compromisos graves con las funciones centrales del cerebro. Los aventureros expertos que espoleados por la ganancia se arriesgan hasta allí y los mismos nativos endurecidos por la adaptación. bajo otras formas. Sin duda. Ahora bien. Entonces el termómetro desciende. . hasta el Mato Grosso. al estudiar nuestra fisiología. nuevas exigencias biológicas. Y por algunos días se establece una situación insólita. De ahí todas las idiosincrasias de una fisiología excepcional: el pul­ món que se reduce por la deficiencia de la función y es sustituido en la eliminación obligatoria del carbono. En tal medio. entre el desarrollo intelectual y el físico. si consideramos que estos varios aspectos climáticos no expresan casos excepcionales. ya lo vimos. . se muestran tal vez más duramente. originando una patología sui generis. adormecidas por la ex­ plosión de las pasiones. . pero aparecen todos. la acción exclusiva de un clima tropical. Es el tiempo del frío. Acabemos estos rápidos diseños. en una caída instantá­ nea y brutal. enervaciones peligrosas pese a la acuidad de los sentidos y mal cuidadas por la sangre empobrecida de las hematosis in­ completas. con el aspecto periódico inmanente de las leyes naturales inviolables. muestra un simulacro cruel de la desolación polar y lúgubre. helados. nuevos regí­ menes. en una progresión inversa perjudicial. Nadie trabaja. Los sertones del Norte. y aquella naturaleza maravi­ llosa del ecuador. . ésta se ejercita. Se produce un hiato en las actividades. mueren los peces en los ríos. totalmente remodelada por la espléndida reacción de los soles. reflejan a su vez. de pronto. quedan vacíos los nidos. por el hígado. convendremos en que hay en nuestro medio físico una variabilidad completa. mueren las aves en los bosques silenciosos o emigran. desde las tormentas del Mato Grosso hasta los ciclos de las sequías del Norte. afirmando inexorablemente la victoria de las expansiones instintivas y . Se despueblan esas grandes soledades inundadas. las mismas fieras desaparecen.

aliado al medio. al cabo de pocas generaciones de cruzamiento. Incluso en la mayor parte de los sertones septentrionales. 1 0 5 . en Tasmania o en Aus­ tralia. lo domina. dividido por los felices beneficiarios. altamente corregido por los fuertes movimientos aéreos provenientes de los cuadrantes del este. excluyendo la acción per­ turbadora de acciones irrelevantes. el portugués en el Amazonas. Una temperatura anual media que oscila entre los 17° y 2 0 °. e iniciado el poblamiento del país con idénticos elementos. . que miraba aún hacia los últimos milagros de la "India portentosa”. ya en la fase colonial se esbozan situaciones diversas. como consecuencias únicas. en un juego armónico de estaciones. En cuanto al invierno. Esto no ocurre en gran parte del Brasil central y en todas las re­ giones sureñas. El tipo perece en un desvanecimiento continuo que se transmite a la descendencia hasta la extinción total. la impresión es de un clima europeo: sopla el SO muy frío sacudiendo lloviznas finas y garúas. lo arruina. Poseído el territorio. La raza inferior. el calor seco. las enfermedades hepáticas. lo vence. la máxima energía orgánica. avanzando hasta Río Grande. lo anula con la concu­ rrencia formidable del paludismo. La aclimatización traduce una evolución regresiva. un régimen más fijo de lluvias que prepon­ deran en verano y se distribuyen en otoño y primavera de modo favo­ rable para los cultivos. el salvaje rudo. desde la tez que se oscurece por los soles y por la eliminación incompleta del carbono. . la mínima fortaleza moral. Como el inglés en las Barbadas. bajo la misma indife­ rencia de la metrópoli. se hielan las lagunas y las heladas blan­ quean los campos. Y SU REFLEXION EN LA HISTORIA Nuestra historia traduce notablemente estas modalidades mesológicas. Considerándola en sus aspectos generales. las fiebres agotadoras. ofrece condiciones incomparable­ mente superiores. se impuso una separación radical entre el sur y el norte. las canículas abrasadoras y los pantanos que producen la malaria 1 0 4 . ve alterados sus caracteres físicos y morales de una manera profunda. Y volviendo al sur. . la nieve golpea en los cristales. hasta el temperamento que se debilita con la pérdida de sus cualidades primitivas.conduciendo al ideal de una adaptación que tiene. el territorio que va del norte de Minas hacia el sudeste. origina disposiciones más animadoras y tiene una benéfica acción estimulante.

con el aspecto perfecto de un dominador de la tierra. claramente diferenciados. por un medio menos adverso. entre el sertón inabordable y los mares. y apartándose del mar y de los galeones de la metrópoli. felizmente. . Surgen héroes. insurrecto. totalmente divorciadas entre sí. ambas desarro­ llándose bajo los influjos de una administración única. aventurero. No había ninguna distinción entre los colonizadores de uno y otro lado. en función de los mandatos de la corte remota. Este admirable movimiento refleja la influencia de las condiciones mesológicas. vician la transitoria convergencia contra el holandés. surgieron los cruzados de las conquistas sertanejas. vueltas extrañas por dos destinos riva­ les. de la tutela lejana.No necesitamos recordar los hechos decisivos de las dos regiones. . En todos prevalecían los mismos elementos que constituían la desesperación de Diogo Coelho. las tres razas formadoras. en las que crecen movimientos y tendencias opues­ tas. acampan en diferentes tiendas de campaña. posi­ bilitó tempranamente el mayor vigor de los forasteros. Son dos historias distintas. sin objetivo cierto y en las que colaboran. mayor vigor en un pueblo más heterogéneo. Incluso en el período culminante de la lucha contra los holandeses. El paulista — y la significación histórica de este nombre abarca a los hijos de Río de Janeiro. a veces más brillantes pero siempre menos fecundas. Aprisionado en el litoral. libérri­ mo. en rudo con­ traste con las agitaciones del norte. realizando la anomalía de trasladar a una tierra nueva el ambiente moral de una sociedad vieja. mayor subdivisión de las actividades. El drama de Palmares 1 0 6 . los indios de Camaráo y los lusitanos de Vieira. Lo venció. bellas páginas vibrantes pero truncas. los negros de Henrique Dias. los conflictos en los límites de los sertones. la aclimatización más rápida. obcecado con una centralización estúpida. Dos sociedades en formación. De la absorción de las primeras tribus. "Biores qua na térra que peste . se amancipó. inmutable. el viejo colono imperial trataba de llegar hasta nuestro tiempo. las correrías de los indígenas. una del todo indiferente al modo de ser de la otra. con sus capitanías dispersas e incoherentes. un amplio movimiento progresista en suma. amorfas e inmóviles. pero sus estaturas se engrandecen en contraste con el medio. se lanzó sobre los sertones desconocidos. . Mientras en el sur se dibujaban nuevas tendencias. Sao Paulo y regiones del sur— se convirtió en un tipo autónomo. . Mal unidos en la guerra. rebelde. Allí. unidas por la misma rutina. Minas. La historia es allí más teatral aunque menos elocuente. la ola impetuosa del sur. delineando la epopeya inédita de las Bandeiras . más práctico y aventurero. más vivaz. se distancian en la paz. los mamelucos audaces.

al paso de las bandeiras. en Mato Grosso. llevando a los sertanistas. como en el norte. Según estas líneas de menor resistencia que definen las rutas más claras de la expan­ sión colonial. se reducía la estrecha faja de algunas y pantanos ante la cual morían todas las codicias. metiéndose de lleno en los sertones. al Paranaíba. hacia el río Grande y de ahí. o golpeaba en las cataratas que caen desde los escalones de las altiplanicies. El hombre se sentía fuerte. su especial relieve lo vuelve un condensador de primer orden. . al precipitar la evaporación oceánica. Además de esto — subrayemos este punto aunque escandalicemos a nuestros minúsculos historiógrafos— la disposición orogràfica los libraba de la preocupación de defender el litoral donde desembarcaba la codicia del extranjero. hacia el Paraná y el Para­ naíba. en todo el Brasil. En cuanto al Sao Francisco. lo arrastra finalmente de manera irresistible en la corriente de los ríos. no se dis­ persaba en adaptaciones difíciles. Aulaba el irreprimible apego por el litoral que se ejercía en el norte. Aunque un poco cambiado. Se entrañan en el interior. tenía un nuevo componente en la propia fuerza de la tierra. en Santa Catarina. Frente a sus escarpadas faldas golpeaba el ansia guerrera de los Cavendish y de los Festón 1 0 7 . sin un solo golpe de remo. Todavía más. en Río Grande do Sul. lo encanta con su hermoso aspecto. En lo alto. Estaba sobre almenas infranqueables que lo ponían al mismo tiempo a distancia del invasor y de la metrópoli. La tierra atrae al hombre. no se oponían. A pique sobre el Atlántico. Le dan al forastero la sugestión irresistible de las entradas. el acceso al interior seguía a las corrientes. Ahí está el trazado elocuente del Tieté. Los ríos que derivan por sus vertientes nacen de algún modo en el mar. Se alteraba pero mejorando. la atracción misteriosa de las minas. . el teatro de los grandes acon­ tecimientos podía volverse hacia el sertón con la misma audacia con que se había echado sobre las tierras africanas. ni la esterilidad de la tierra. Traspuesta la montaña — arqueada como el precinto de piedra de un continente— actuaba de aislador étnico y de aislador histórico. el forastero se sentía seguro. la fuerza viva restante en el temperamento de los que venían de vencer el mar ignoto. se abre como el telón de un enorme baluarte. al Ama­ zonas y a todos los cursos de agua de la ribera oriental. volviendo la mirada hacia las planicies. Corren las aguas en un sentido opuesto a la costa. intangible tras los bosques. en Goiás. no se diluía en un clima enervante. ni la barrera intangible de los descampados abruptos. Era la penetración en Minas. lo llama hacia su seno fecundo.Es que en el sur. directriz preponderante en ese dominio del suelo. La sierra del Mar tiene un notable perfil en nuestra historia. y asomaba por encima de las flotas. .

Llegan a los límites extremos del ecuador. porque ofrecían potencialidades. en el siglo xvn. abriendo el seno rutilante de las minas. aplastaban al enemigo común nuestras tres razas formadoras. Hasta los últimos años del siglo xvn. bulas y órdenes reales. revelaba en su rechazo de los decretos de la metrópoli. y se producían en­ cuentros memorables en los que. influía por toda la costa oriental. De hecho. olvidados del holandés. Fuera de esto. centralizado en Pernambuco. Parecía casi un enemigo tan peligroso como el holandés. No tenemos un contraste mayor en nuestra historia. en el reinado efímero de Amador Bueno 111. descubriéndola des­ pués del descubrimiento. los sureños destacaban aún más esta separación de destinos aprovechando el mismo hecho para establecer la autonomía franca. Fuera del litoral.Así es fácil mostrar cómo esta distinción de orden físico aclara las anomalías y contrastes entre los sucesos en las dos partes del país. eufemismo casuístico que disfrazaba el monopolio del brazo indígena. buscando otros destinos. el poblamiento sigue las huellas embarulladas de las bandeiras. En lucha abierta con la corte portuguesa. Y cuando la restauración en Portugal vino a alen­ tar en toda la línea el repudio al invasor. señalándolo como el enemigo más serio. el sureño. un completo divorcio con aquellos luchadores. Las seguían incansables. en Sao Paulo se estructuraba el drama sombrío de Guaira 1 1 0 . En cuanto el dominio holandés. En él se descubren sus rasgos verdaderamente nacionales. Un pueblo extraño de mestizos levantis­ cos. Las grandes caravanas guerreras eran muchedumbres desencadenadas hacia todas direcciones. con la fatalidad de una ley. resuelto. lo dice la grosera odisea . solidarios. reaccionaban tenaces contra los jesuítas. apenas los vislum­ bramos en las cortes espectaculares de los gobernadores en Bahía. invadiendo la propia tierra. Los hombres del sur se desparraman por el país entero. donde reinaba la Compañía de Jesús con el privilegio de conquistar las almas. congregando de nuevo a los exhaustos combatientes. llevado por otras tendencias. desde Bahía a Maranháo. sobre todo en el período agudo de la crisis colonial. en demanda de otros rumbos. pisoteando. Cuando las correrías del bárbaro amenazaban Bahía o Pernambuco o Paraíba y los quilombos desperdigados por los bosques constituían los últimos refugios del rebelde africano. parecían de otra raza en el arrojo temerario y en la resistencia a los contratiempos. el sureño. donde se reflejaba la decadencia de la metrópoli y todos los vicios de una nacionalidad en descomposición. Estos. mientras en Pernambuco las tropas de von Schoppe prepa­ raban el gobierno de N assau1 0 9 . aquellos sertanistas que extendían los límites de Pernambuco hasta el Amazonas. se dirigen con Ruy de Montoya a Madrid y con Dias Taño a Roma 1 0 8 . En la plenitiud del siglo xvn el contraste se acentúa. absolutamente alejado de aque­ lla agitación.

¿qué no diremos de nuestra situación tan dife­ rente? En este caso. Lo que preparó el advenimiento de subrazas diferentes por la propia diversidad de las condiciones de adaptación. sin la audacia que brota de la atracción ejer­ cida por los parajes opulentos y accesibles. Es que el hijo del Norte no tenía un medio físico que lo blindara con igual suma de energías. el elemento indígena hubiera desaparecido sin dejar ras­ tros. de los que se sienten bien en una tierra amiga. no se basa en causas étnicas primordiales. Ade­ más de esto (es hoy dato innegable) las condiciones externas actúan sobre las sociedades constituidas que sufren migraciones seculares. las bandeiras hubiesen salido también del este y del norte y atrapado por un movimien­ to convergente. en sus entradas hacia el oeste y hacia el sur. en el río Doce. por Sebastiáo Tourinho. son un pálido remedo de las embestidas del Anhangüera o de un Pascoal de Araújo 1 1 2 . aun­ que remediadas por los recursos de una cultura superior. Si esto se verifica en las razas totalmente definidas que afrontan otros climas. el hace­ dor predilecto de las grandes hecatombes. en la segunda mitad del siglo xvi. Convenido que el medio no forma las razas. por cierto. en nuestro caso especial. aunque después tuvieron los estímulos enérgicos de las Minas de Prata de Belchior Dias. Ese contraste. las dosis de los tres elementos esenciales. en las capacidades de las razas que se cruzan. Apretados entre los cañaverales costeros y el sertón. Bastiao Alvares en el Sao Francisco y Gabriel Soares por el norte de Bahía hasta las nacientes del Paraguacú. sin la osadía de los dominadores. Si tal cosa hubiese sucedido. Pero el colono norteño. perdieron todo el arrojo y el espíritu de revuelta que ruge con elocuencia en todas las páginas de la historia del sur. entre el mar y el desierto. en seguida se encontraba con la naturaleza adversa y prestamente volvía al litoral. Delineada de este modo la influencia mesológica en nuestro movimien­ to histórico.de "Palmares”. variaron en demasía en los diversos puntos del territorio. elevando el valor relativo de . surgía como el vencedor clásico de esos peligros. ACCION DEL MEDIO EN LA FASE INICIAL DE LA FORMACION DE LAS RAZAS Volvamos al punto de partida. protegidas por una civilización que es como el plasma sanguíneo de esos grandes organismos colectivos. Las exploraciones allí iniciadas. es evidente que la yuxtaposición de los caracteres coincide con la íntima transfusión de tendencias y la larga fase de trans­ formación correspondiente se erige como un período de debilidad. se deduce la que ejerció sobre nuestra formación étnica. en un bloqueo agravado por la acción del clima.

el medio tiene agentes más enérgicos que para las reacciones químicas de la materia. Al calor y a la luz que se ejercitan en ambos. se adicionan la dispo­ sición de la tierra. Nuestras capas étnicas se distribuyeron de modo diverso. El desarrollo poblacional desde Maranhao a Bahía lo revela. Los portugueses no abordaron el litoral norteño robusteci­ dos por la fuerza viva de las migraciones compactas. Las instrucciones dadas en 1615 al capitán Fragoso de Albuquerque. En esas circunstancias. parcelados en pequeñas levas de desterrados o colonos arruinados. capaces de conservar por el número. a fin de regularizar con el embajador español en Francia el tratado de tregua con La Ravardiére 113. Ineptos para discriminar entre nuestras razas formadoras. podemos decir que para esas reacciones biológicas complejas. la ilusión de una subraza. Todavía los deslumbraba el Oriente. acojámonos a este tema. el número reducido de pobladores contrasta con la vastedad de la tierra y la cantidad de población indígena. Sin arriesgarnos mucho en un paralelo osado. sin el empuje viril de los conquistadores. . en gran medida a causa de las circunstancias físicas. originando un mestizaje disímil. LA FORMACION BRASILEÑA DEL NORTE Tratemos de tener en este intrincado entrecruzamiento una ilusión. Fue lento. tal vez efímera. Las circunstancias históricas. son claras al respecto. originaron diferencias iniciales en la mezcla racial. El Brasil era tierra de exilio. Venían dispersos. aun separadas del suelo nativo. la intensidad de estos últimos está lejos de la uniformidad proclamada. esa especie de fuerza catalítica misteriosa que difunden los variados aspectos de la naturaleza. un vasto presidio con el que se atemo­ rizaba a los heréticos y a los relapsos. éste graba mejor sus trazos característicos en el cuerpo en fusión. Vimos cómo entre nosotros. de las grandes masas invasoras. Vimos que la formación brasileña del Norte es muy diferente a la del Sur. todas las cualidades adquiridas en el largo aprendizaje his­ tórico. . Así es que en las primeras épocas. . Definamos rápida­ mente los antecedentes históricos del jagungo. No hay un tipo antropológico brasileño. Esta cifra abarcaba todo el Brasil y habían pasado más de cien años desde el descubrimiento.la influencia del medio. las modalidades del clima y esa acción de presencia innegable. todos los pasibles del morra per ello de la sombría justicia de aquellos tiempos. El documento afirma "que las tierras del Brasil no están despobladas porque en ellas existen más de tres mil portugueses”. prolongándolas hasta nuestro tiempo.

fuera de la isla de Itamaracá 116 cuyos vecinos andaban en las 2 0 0 personas. allí existían dos mil blancos. sin hogar. Por otro lado. En muchos lugares escaseaban. declara que el interior del país está lleno de hijos de cristianos que se multiplican según los hábitos gen­ tilicios. Lo demuestran las sucesivas cartas reales que. todos tenían por meta el aforismo de Barleus 1 1 8 . hechos a la vida libre del campamento. . la des­ proporción entre el elemento europeo y los otros dos continuó siendo desfavorable en perfecta progresión aritmética. Eran pocos. 195. El primer mestizaje se hizo pues en los primeros tiempos. Se sabe que en el ánimo de los beneficiarios existía la preocupación de aprovechar lo mejor posible la mezcla. según el pensamiento de Varnhagen 1 2 0 . Lo que tiene que haber influido mucho en los primeros cruzados. * * Joáo Francisco Lisboa m . dice aquel narrador sincero. Estas afirmaciones son expresivas. que todas hallarían maridos. captando la simpatía de los nativos. desde 1570 a 1758 — en que pese "a una serie nunca interrumpida de hesitaciones y contradicciones”— * * dis* Corografía Brasílica. "Desde temprano — dice Casal— los tupiniquinos. con tres ingenios de azúcar” *.Según observa Aires de Casal 1 1 4 . El padre Nóbrega 119 lo definió bien en la célebre carta al rey (1 5 4 9 ) en la que. Es visible durante mucho tiempo el predominio del elemento autóctono. además. en Río Grande do Norte "donde los indios hace tiempo que fueron reducidos a pesar de su ferocidad y cuyos descendientes por medio del mestizaje con los europeos y africanos han aumentado las clases de los blancos y de los pardos”. "la población crecía tan lentamente que en la época de la pérdida del Señor Don Sebastiáo ( 1 5 8 0 )1 1 5 toda­ vía no había un establecimiento. desterrados o aventureros corompidos. más de los sucesivos cruzamientos que de un verdadero exterminio. Este proceder obedecía a los fines de la metrópoli. intensamente. Pensaba que era conveniente que le enviasen huérfanas o aun mujeres que fuesen erradas. Sin ninguna idea preconcebida. pintando con ingenuo realismo la disolución de las costumbres. por ser la tierra amplia y vasta. Hombres de guerra. Según Fernáo Cardim 1 1 7 . p. aunque existían en abundancia. gente de buena índole. siendo innumerables los naturales blancos del país con casta tupiniquina”. los africanos. se puede afirmar que la extinción del indígena del Norte provino. entre el europeo y el indígena. cuatro mil negros y seis mil indios. en el primer siglo tuvieron una función inferior. Los forasteros que llegaban a esas playas. El amancebamiento con las caboclas cayó pronto en una franca degra­ dación de la que ni el clero se salvaba. Ultra equinotialem non peccavi. Bahía estuvo más poblada. incluso en el reino. se hicieron cristianos y se emparentaron con los europeos. Cuando algunos años más tarde. eran de molde para esa mezcla en gran escala.

provocando un entrelazamiento general. Tantos captivos crescer. a despecho de las perturbaciones que provocaban. en toda la región que va del Maranháo hasta Bahía. es discutible que haya penetrado profundamente en los sertones. demuestra sobre todo. García de Rezende. que de algún modo completa el movimiento febril de las bandeiras. obligada a transigir en el Sur. En el combate estúpido de la perversidad contra la barbarie esos eternos condenados cumplieron una digna función. El curso de las misiones en el Norte. anterior al des­ cubrimiento porque se había consumado desde el siglo xv. en gran escala. tuvo el valor de atraerlo durante mucho tiempo. proporcionan un documento125: "Vemos no rey no meter. como la de 1680. del africano. Pese a que esta invasión de vencidos e infelices tuvo una rara fecundidad y óptimas cualidades de adaptación puestas a prueba en el Africa. gracias a un esfuerzo secular. la Compañía de Jesús que. En 1530 andaban por las calles de Lisboa más de diez mil negros y lo mismo sucedía en otros sitios. Las aldeas. dominaba en el Norte. generalmente le dan una influencia exagerada en la formación del sertanejo del Norte. Penetrando hasta lo hondo de los sertones. en aldeas a los rancheríos misera­ bles. Eran los únicos hombres disciplinados de su tiempo. los jesuítas realizaron allí una tarea noble. . Por lo menos fueron rivales del colono que sólo buscaba ganancias.minuyen las posibilidades de ganancia de los colonos en la explotación de los salvajes como esclavos. Incluso algunas. centros de fuerza atractiva del apostolado. extendían la protección a punto de decretar que se concediese tierras a los nativos "hasta las ya dadas a otros” puesto que debían tener preferencia los indios "naturales señores de la tierra”. Ex­ cluyendo las posibles intenciones condenables. En Evora eran mayoría sobre los blancos. servían para uni­ ficar tribus y para convertir. a su vez. un lento esfuerzo de pene­ tración en el centro mismo de las tierras sertanejas. Sorpren­ didos los historiadores por la venida. tan oportuna para nuestra historia. Es cierto que el consorcio afro-lusitano era antiguo. Contribuyó a esta persistente tentativa de incorporación. Hicieron mucho. Los versos de un contemporáneo. con los azeneguas y los jalofos de Gil Eanes y Antao Goncalves. Aunque la tentativa de elevar el estado mental del aborigen hasta las abstracciones del mono­ teísmo fuera quimérica. desde las faldas de la Ibiapaba 123 hasta las de la Itiúba. por lo menos hasta la intervención de Pombalm. Estas difundían ampliamente la san­ gre de las tres razas en los nuevos parajes descubiertos. los misioneros salvaron este factor de nuestras razas. que iniciada a fines del siglo xvi no paró hasta el nuestro (1 8 5 0 ) 1 2 4 y con­ siderando que él fue el mejor aliado del portugués en la época colonial.

El primer mestizaje se hizo en la metrópoli. . La gran faja negra iba de Bahía a Maranháo. El elemento africano se quedó en los vastos parajes costeros. El cultivo extensivo de la caña. entre nosotros creció. En efecto. amarrado a la tierra. seráo mais Eles que nós. Era la bestia de carga que asumía todos los trabajos sin descanso alguno. pero apenas pene­ traba en el interior. o si no. atraídos por el lucro de las fazendas de criagao. La esclavitud negra. La raza dominada tuvo aquí posibilidades de desarrollo. Además —insistamos en un punto incontroverti­ ble— las numerosas importaciones de esclavos se acumulaban en el litoral.). Allí campeaba el indio inepto para el trabajo y además rebelde. Algunos. se assim for. Razáo do Estado do Brasil. Palmares. La genesis del mulato tuvo su sede fuera de nuestro país. de T . importada de Madeira m. abiertas en aquellos in­ mensos latifundios. mira del egoísmo de los colonos. desde Río Grande do Norte a Bahía había ciento sesenta ingenios.Irem-se os naturaes. Las viejas ordenanzas que establecían "cómo se podían abandonar los esclavos y las bestias que se hallaren enfermas o mancas” denuncia la brutalidad de la época. (N . la fertilidad de la tierra fijaba a los dos elementos simul­ táneamente. dejaba más libertad que en el Sur para los esfuerzos de la catequesis. distaba pocas leguas de la costa. con sus treinta mil habitantes. el negro tuvo sobre sus hombros toda la presión de la vida colonial. Naturalmente. determinó el olvido de los sertones. a mi ver” . * “Vemos en el reino meter / tantos esclavos crecer. Ya antes de la invasión holandesa * *. serán más. libertando al indígena. * * Diogo Campos. En la costa. Que. Y esta explotación en gran escala progresó des­ pués rápidamente. / los naturales se van. Como organis­ mos potentes hechos a la humildad extrema. a meu ver” *. Los sertanistas que llegaban hasta aquellos parajes ya habían perdido su combatividad. el indio apenas retenido en las aldeas por la tenacidad de los misioneros. como Domingos Sertáo1 2 8 . el mulato es el resultado principal del último y el curiboca del primero 1 2 9 . Así se establecieron límites precisos entre los cruzamientos realizados en el sertón y los del litoral. admitiendo en ambos como denominador común el elemento blanco. / ellos que nosotros. y determinando cruces raciales diferentes de los que se hacían en el interior de las capitanías. terminaban su vida aventurera. Incluso los que se alzaban en franca rebeldía arma­ ban sus quilombos evitando el centro del país. sin las rebeldías del indio1 2 6 . / y si así sigue.

descubrían inmensos parajes que no poblaban y abandonaban para seguir hacia zonas todavía más desiertas. nos apartaremos un poco del teatro en que se desarrolló el drama histórico de Canudos. . * Joáo Ribeiro. En cuanto a éste. la tierra clásica del régimen pastoril. En el curso inferior. resignado y tenaz como el jesuíta. en su dilatado recorrido recoge numerosos afluentes por la mitad de Minas. en el curso inferior. Golpearon sus fronteras por igual el bandeirante. esta triple disposición es un diagrama de nuestra marcha histórica que refleja paralelamente sus variables modalidades. la abundancia de documentación permite la recons­ trucción de la vida colonial. bajo los dos aspectos que muestran. Historia do B ra sil 131. Lo esbozaremos y para no alargarnos en demasía. pasando en la parte media por el hermoso paraje de los campos gerais. Si en el futuro. en sus nacientes. el lugar de la agitación minera. se volvió el camino predilecto de los sertanistas. derivando. saliendo a la búsqueda de la tierra o del hombre. sea de modo confuso. el jesuíta y el va­ quero. tenía la ventaja de un atributo supletorio que le faltó a ambos: la fijación al suelo. casi todos son efímeros. Después se estrecha. Balancea la influencia del Tieté. Bravo y temerario como el bandeirante. el Sao Francisco fue. en la cuenca de Juázeiro. totalmente olvidado aún. de trazado incomparablemente más apropiado para la penetración colonizadora. pasando rápidas sobre las miserables aldeas indígenas. apretado por un corredor único de centenares de kilómetros. Ahora bien. a la busca del oro o del esclavo. se vuelve pobre de tributarios. sobresalga y obtenga el lugar que merece en la formación de nuestro pueblo. Ya vimos en páginas anteriores que él atraviesa las regiones más dis­ pares. el único compatible con la situación económica y social de la colonia. es posible que el vaquero. sea destacadamente. en la zona de las montañas y de las florestas. Amplio en las nacientes. no diremos del Norte sino del Brasil subtropical. el teatro de las misiones. Las bandeiras. Hay un notable rasgo de originalidad en la génesis de la población sertaneja. hasta Paulo Afonso y cor­ tando la región estéril de las caatingas. constreñido entre las cumbres que lo desnivelan hacia el mar. recorriendo rápidamente el río Sao Francisco "el gran camino de la civilización brasileña” según el acertado decir de un historiador *. y en la región media. desde el siglo xvn hasta fines del siglo xvm . con miras sobre todo a la esclavización y al abatimiento de los nativos.GENESIS DEL JAGUNgO La demostración es positiva.

la visión engañadora de la "Sierra de las Esmeraldas” que desde mediados del siglo xvi atrajera. a Bruzzo Spinosa. Dias Adorno y Martins Carvalho. revelándose como aventura pura o como empresas de mayor o menor practicabilidad. Pereira da Costa. Véase F. la naciente y la desembocadura. Ahora bien. más allá del Paramirim 1 3 4 . En este permanente oscilar entre los dos designios. Es que se habían apagado casi al mismo tiempo los milagros de la misteriosa "Sabará-bugu” y los de las "Minas de Plata”. como consecuencia inevitable. centralizados en la figura brutalmente heroica de Antonio Raposo. y Pedro Taques. más fuertes. Sebastiáo Tourinho. aparentemente. hacia los flancos del Espinhaco. resurgiendo francamente con Bartolomeu Bueno. aparecía como incidente obligado. FUNCION HISTORICA DEL RIO SAN FRANCISCO Se formó oscuramente. y desapa­ recido al norte el país encantado que había idealizado la imaginación romántica de Gabriel Soares. acabada con la expedición de Glimmer (1 6 0 1 ). eternamente inalcanzables. alentadas por el oro de Arzáo siguiendo en 1693 las mismas huellas de Tourinho y de Adorno y al cabo. que abría ante los exploradores dos vías únicas. que avivó. se había desarrollado un notable poblamiento cuyos resultados aparecerían mucho después. llevando hasta las serranías de Macaúbas. su función realmente útil. en el Ribeiráo do Carmo. en la región que corta por su curso medio el Sao Francisco. hasta que. sólo se daba en el litoral la lucha contra el holandés y en el interior de las altiplanicies el asombroso ondular de las bandeiras 1 3 2 . En el comienzo. durante este período en que. a veces inextricable. uno tras otro. los caminos de Glimmer. como los documentos adrede oscuros de los ruteros. Nóbiliarquia Paulista. el descubrimiento de lo desconocido. A. sucesivos grupos de pobladores *. se explayaron de nuevo. gran parte del siglo xvn está dominada por las sombrías leyendas de los cazadores de esclavos. * Carta del coronel Pedro Barbosa Leal al conde de Sabugosa. las entradas sertanejas volvieron al anhelo primitivo e irradiando desde Ouro Préto. en Itaberaba y Miguel Garcia. Como el acceso más corto y normal por los caminos de la costa estaba vedado porque lo interrumpían los muros de las sierras o lo obstaculizaban los bosques. lo determinaron las entradas que buscaban las minas de Moreia que. Em prol da integridade do territorio de Pernambuco. por el país entero 1 3 1 . parecen haberse prolongado hasta el gobierno de Lancastro 1 3 S . después de un agotamiento casi secular. aunque anónimas y sin brillo. renova­ das por las investigaciones indecisas de Pais Leme. . 1725. traduce la sucesión y el enlace de estos únicos estímulos. que no se toma­ ba en cuenta. la entrada se hacía por el Sao Francisco.Su historia. Así es que.

no sólo los mamíferos. les compensaba la ilusión deshecha de las minas codiciadas. El ganado lame el suelo embarrándose en las aguadas y bebe con delicia esa agua y come el barro. . olvidada. todos fueron lazos preciosos para la fusión de esos elementos esparcidos. Porque provenientes de los más diversos puntos y orígenes. desahogados todos en los grandes claros de las caatingas. en la que se entrelazan florestas sin la grandeza y el cierre impenetrable de las del litoral. un elemento esencial. o los pernambucanos de Francisco Caldas. Escragnolle Taunay 136. La tierra. gratuita en las salobres bajadas de los barreiros *. presentaba el "casi único aspecto tranquilo de * Todos los animales buscan con ansia esos lugares. a los extremos del Maranháo y Ceará por el noreste y las serranías mineras de Bahía. El régimen pastoril se esbozó allí como una sugestión dominadora de los campos gerais.llevando a los hombres del Sur al encuentro con los hombres del Norte. p. con sus pequeños ejércitos de taba)aras aliados. últimos espolones y contra­ fuertes de la cordillera marítima. Tratándose de los lugares situados hacia las nacientes del Río Grande. su especial conformación hidrográfica de afluentes que se ajustan. en cuyas márgenes el calor del sol hace apa­ recer sal congelada". al este. El agua de esos lagos (también la dulce) filtrada en vasijas de madera o de cuero finamente agujereadas y expuestas en tablas alrededor de ocho días. pero oscura. El gran río se erige desde el principio como un elemento unificador étnico. atrayéndolos y entrelazándolos. sino también las aves y reptiles. exuberante y accesible. 169. fuesen los paulistas de Domingos Sertáo. Se pobló y creció autónoma y fuerte. cristaliza. tienen el atenuante de los vastos llanos. Casi toda esa sal sube hacia el centro de Minas Gerais. fuesen los bahianos de Garcia d’Avila. No faltaba para ello. extenso tramo de unión entre dos sociedades que no se conocían. la sal. no sólo por la metrópoli lejana sino por los mismos go­ bernadores y virreyes. Corografía Brasílica. indiferente para los cronistas de la época. Y contrapuesta a la turbulencia del litoral y a las aventuras mineras. hacia el occidente y el oriente uniéndola de un lado a la costa y del otro al centro de las altiplanicies. No producía impuestos o rentas que despertasen el interés egoísta de la corona. su flora compleja y variable. todas de agua más o menos salobre. dando una sal blanca como el armiño. se constituyó una extensa zona de cría de ganado que ya al alborear el siglo x v m iba de las fronteras septentrio­ nales de Minas a Goiás. declara Aires de Casal: “Hay varias pequeñas lagunas a mayor o menor distancia del río. sobre la rara fecundidad del suelo cubierto de pasturas naturales. casi simétricos. Favorecida de este modo. II. los forasteros que llegaban al centro de aquel sertón rara vez volvían 1 3 5 . al Piauí. Su estructura geológica original da lugar a forma­ ciones topográficas en las que las sierras. o fuesen los portugueses de Manuel Nunes Viana que partió de su fazenda de "Escuro” en Carinhanha para conducir a los emboabas en el Río das Mortes. con el pasto tierno de las altiplanicies y el pasto duro de los llanos.

y en este caso. Según lo recogido en preciosas páginas por Pedro Taques * * . en una degeneración completa hasta el punto de declinar en el territorio mismo que le dio nombre. detenidos al occi* Joao Ribeiro. tal vez precediendo a los demás en el descubrimiento de las minas de Caeté 137 y cruzándolas de parte a parte. ciertamente desde el este. la índole varonil y aventurera de sus abuelos. surgiendo y decayendo en seguida en el Sur. . los descubrimientos en la región de Caeté fueron anteriores a los del Río das Velhas o de Sabará. cuando descubre Goiás. la mayoría de los productores opulentos que allí se formaron. término que como el de "Paulista” se volvía genérico. buscaron aquellos lejanos rincones y se cree. Aparte de los escasos contingentes de pobladores pernambucanos y bahianos. ya entonces muy poblado de paulistas y sus descendientes. abarcando a los pobladores septentrionales * * * * . o tal vez. pasando al oeste de las nacientes del Santa Bárbara. La importancia que tuvieron ciertos bahianos en los acontecimientos de 1709 y la referencia de Antonil al capitán Luis do Couto que fue de Bahía a ese paraje con tres hermanos “buenos mineros”. renaciera allí y. anónimos pioneros que habían llegado allí. fueron numerosas las familias de Sao Paulo que. los grupos de "Bahianos”. Porque allí se quedaron completamente divorciados del resto del Brasil y del mundo. etc. amurallados al este por la Serra Geral. en continuas migraciones.nuestra cultura” *. vea sorprendido señales de­ jadas por sus predecesores. y eran los mismos enérgicos y entusiastas integrantes de las bandeiras. trasponiendo la sierra de Paraná. y avanzando en dirección contraria como un reflujo del norte. se conservara. Joao Mendes de Almeida. desde el siglo x v m se convirtió casi exclusivamente en una colonia de ellos” Es natural entonces que Bartolomeu Bueno. pasaran más fuertes quizá. * * Nobiliarquia Paulista. prolongando intacta hasta hoy. en las ruidosas y turbulentas bandadas de inmigrantes que rodaban desde los flancos orientales de la sierra del Espinhago hasta el thalweg del Río das Velhas. venía del sur. sin los peligros de las migra­ ciones y los cruzamientos. EL VAQUERO Ya se formaba en el valle medio del gran río una raza de cruzados idén­ ticos a aquellos mamelucos enérgicos que habían nacido en Sao Paulo. y que al reabrirse en 1697 el ciclo más notable de las búsquedas del oro. por bahianos venidos del norte. Notas genealógicas. es de presumir que fueron hechos por mineros de Ouro Préto. * * * Dr. favorecen esta última hipótesis”. * * * * Dice el profesor Orville Derby: “Según Antonil138. Y no arriesgamos una hipótesis desmedida si admitimos que este tipo extraordinario de paulista. Os primeiros descobrimentos de ouro em Minas Gerals. aceptando el concepto de un historiógrafo perspicaz que el "valle del Sao Francisco.

cuando las minas bahianas. fácilmente denun­ ciada hoy por el tipo normal de aquellos sertanejos. no aptas para la dis­ persión. Piauí. de Goiás. Nos ligaban en el espacio y en el tiempo. con su exagerado sentido de la honra. de caracteres definidos e inmutables. Maranháo. En consecuencia. Nacían del abrazo feroz de vencedores y vencidos. abasteciendo por igual con los enormes arreos que subían hasta el valle del Río das Velhas y bajaban hasta las nacientes del Parnaíba. La índole aventurera del colono y la impulsividad del indígena se amalgamaron y el propio medio les permitió. villas y ciudades. Estableciendo en el interior la continuidad del poblamiento que aún faltaba en la costa y surgiendo entre los norteños que luchaban por la autonomía de la patria naciente y los sureños que le ampliaban el área. con su bellísimo folklore de rimas que ya cumplieron tres siglos. más bien facilitaban el entrelazamiento de los extremos del país. . Se criaban en una sociedad revoltosa y aventurera. tienen un origen . la conservación de los atributos y hábitos antiguos ligeramente modificados por las exigencias de la nueva vida. casi sin mezcla de sangre africana. incluso en las mayores crisis — cuando la ropa de cuero del vaquero se convierte en la armadura flexible del jagungo— oriunda de elementos convergentes de todos los puntos. con sus ropas características. una ruda escuela de fuerza y coraje en aquellos campos gerais tan amplios. habían suplantado en toda la línea al salvaje. Y allí están. con los mismos hábitos de sus abuelos. Ceará y Pernambuco. incomprendida y olvidada. pues después de dominarlo con la esclavitud lo apro­ vecharon para la nueva industria que practicaban. que animan hoy su superficie. donde todavía hoy surge impune el jaguar y se desplaza veloz el avestruz. con su extraño aferrarse a las tradiciones más remotas. más tarde. ampliando sus atributos ancestrales. Sería largo hablar de la evolución del carácter. ella es innegablemente un ejemplo expresivo de cuánto importan las reacciones del medio. y tuvieron. era ya nuestra nacionalidad en ciernes. El medio los atraía y los protegía. Las entradas de uno y otro lado del meridiano. con su sentimiento religioso llevado hasta el fanatismo. por el aislamiento. . aquella ruda sociedad. sobre una tierra fértil. o en las serranías de flancos destrozados por la búsqueda del mineral superficial. les dieron esa derivación a la faena de los rodeos. Todos los po­ blados.dente por los amplios campos gerais que se abren hacia el Piauí y que todavía hoy el sertanejo considera infinitos. vino el inevitable cruzamiento. Expandiéndose por los sertones limítrofes o próximos. tienen un carácter de total originalidad expresado en las fundaciones que erigió. Y despuntó una raza de curibocas puros. Los primeros sertanistas que la crearon. pero diferente de las otras razas del país. Raza fuerte y antigua.

La calculada solicitud del jesuita y la excepcional abnegación de los capu­ chinos y franciscanos incorporaron las tribus a nuestra vida nacional. . que reflejan el arrojo incomparable de las bandeiras. . El río deja las regiones alpestres. el indio se fijaba en aldeas que se convertirían en ciudades. los actuales poblados sertanejos. se asiste a la sucesión de los tres casos señalados. No tuvieron un historiador. y cuando alboreaba el siglo xvm y los paulistas irrumpen en Pambu y en Jacobina 1 4 2 . en el territorio que hemos demarcado. se encuentran poblaciones antiquísimas. del poder de los sacerdotes por la severa política de Pombal. estériles de tanta sequía.uniforme bien diferenciado de los otros que se encuentran al norte o al sur. se encontraron sorprendidos con las parroquias que ya . preferidos por el caminar lento y penoso de las misiones. completando estos ligeros apuntes. próximas o alrededor del sitio donde existía hace cinco años la Troya de barro 139 de los jagungos. totalmente diversos en su origen. avanzaron en el siglo xvn las misiones en su lento andar que continuaría hasta nuestro tiempo. vemos. con ciudades encaramadas sobre sierras. inconmensurables arenas hechas a la sociedad ruda. arrebatadas en 1758. se construyeron sobre las antiguas aldeas de las misiones. sin embargo. son elocuentes respecto del caso que conside­ ramos. los trazados de las fundaciones jesuíticas. Es lo que indican. Nos dicen que mientras el negro se agitaba en los afanes del litoral. acompañando al Sao Francisco hasta los sertones de Rodelas y Cabrobó1 4 1 . y finalmente. siguiendo la dilatada línea entre la Itiúba e Ibiapaba. aquí surgieron todos de los antiguos establecimientos de ganado. llega a los parajes poco apetecidos. los mejores ejemplos. libérrima y fuerte de los vaqueros. Los que existen. la de García d’Avila (Casa de la Torre) 1 4 0 . después atraviesa los grandes campos gerais. Si se consideran las poblaciones del Sao Francisco desde las nacientes hasta la desembocadura. Si nos limitamos a las que todavía perduran. y en el norte. FUNDACIONES JESUITAS EN BAHIA En efecto. Desde Itapicuru de Cima hasta Jeremoabo y desde allí. Mientras las del sur se levantaron en las cercanías de las minas o al lado mismo de las excavaciones. Nos excusamos de apuntar ejemplos que son tan numerosos. se formaron sobre las viejas aldeas indígenas. La extraordinaria empresa apenas se rastrea actualmente en escasos do­ cumentos que poco dicen para conocer la continuidad de la historia. En esa superficie otorgada por abusivas concesiones al poder de una sola familia. incluso en un área tan pequeña.

fl. Quilomboia: negro huido. El primero de aquellos sitios. el humilde lugarejo llamaba sobre sí la atención de Joáo de Lancastro. desti­ nadas ambas a caracterizar la misma desdicha de dos razas tan apartadas en su origen. Un capuchino los conducía. del Ceará. tenía el opulento Garcia d’Avila una compañía de su regi­ miento * * *. humildísimo. donde. la segunda en el Africa y la primera en el Brasil. En éstos preponderaba el elemento indígena de la antiquísima misión del Sai. En 1702. también antigua. 272.centralizaban cabildas. pero habiendo alcanzado su ideal de riqueza y poder. mu­ nidos con los títulos perfectamente legales de capitanes. el canhemborá y el quilomboia *. * Canhemborá ( cánybora) : indio huido. Como los otros dominadores del suelo. * * * Libro pat. en 1687. Más hacia el norte. Incompa­ rablemente más animado que hoy. el rústico landlord colonial aplicó en el trato de sus cincuenta estableci­ mientos de cría la índole aventurera e inquieta de los curibocas. la primera misión de franciscanos disciplinó aquellas zonas de modo más eficaz que las amenazas del gobierno. el poblamiento continuó con mayor intensidad y con los mismos elementos. próximo al mismo tiempo del Piauí. Se armonizaron las tribus y el aflujo de silvícolas adoptados por la iglesia fue tal que en un solo día el vicario de Itapicuru bautizó a 3. Itapicuru (1 6 3 9 ) 143 fundada por los fran­ ciscanos. al comenzar el siglo xvm . a veintidós leguas de Paulo Afonso. que cuando se elevó a parroquia originó una amplia controversia entre los sacerdotes y el rico propietario mencionado. significación y sonido de estas palabras surgidas. gobernador general del Brasil. En la segunda mitad del siglo x v i i surgió en el sertón de Rodelas la vanguardia de las bandeiras del Sur. Domingos Sertáo centralizó en su establecimiento del Sobrado el círculo más animado de la vida sertaneja. la misión de Magacará. directamente favore­ cido por la metrópoli. . Casi en la confluencia de las capitanías septentrionales. Allí el elemento indígena se mezclaba ligeramente con el africano. estaba incorporado a la administración metropolitana desde 1682. de Pernambuco y de Bahía. Más hacia el sur resaltaban otras: Natuba. Ya en 1698. sobre los mansos morubixábas. que se refu­ gia en los quilombos. La acción de ese rudo sertanista en aquella región no ha tenido el relieve que merece. Es singular la identidad de forma. levantada por los jesuítas. Inhambupe. ostentaba un feudalismo grosero — que lo llevaba a convertir en vasallos a los tributarios pobres y en siervos a los tapuias mansos— . princi­ palmente cuando se exacerbaban las rivalidades de los jefes indios. interviniendo en las disensiones tribales y asimismo imperaba. Jeremoabo es sede de juzgado. Cerca se levantaba. aldea también bastante antigua.700 catecúmenos * * . lo que permite suponerle un origen mucho más remoto. gov. * * Os orizes conquistados de José Freire de Monteiro Mascarenhas.

se aliaba con los sacerdotes en la misma función integradora. Es que la metrópoli secundaba en el norte los esfuerzos de los sacerdotes. Se había afirmado desde hacía mucho tiempo el principio de combatir al indio con el indio, de modo que cada aldea de catecúmenos era un reducto frente a las incursiones de los indios libres e indomables. Al terminar el siglo xvn, Lancastro fundó con el indio catequizado la aldea de la Barra 144 para atenuar las depredaciones de los Acaroazes y Mocoazes. Y desde aquel punto, a lo largo del Sao Francisco, se suceden los poblados y las misiones en N. S. do Pilar, Sorobabé, Pambu, Arocapá, Pontal, Pajeú, e tc.1 4 5 . Es evidente que, precisamente en el trecho de sertón bahiano más ligado con los otros Estados del Norte — en todo el circuito del sertón de Canudos— se estableció desde el alborear de nues­ tra historia un poblamiento abundante, en el que sobresalía el indio amalgamado con el blanco y con el negro, sin que éstos resaltaran a punto de dirimir su innegable influencia. Las fundaciones posteriores a la expulsión de los jesuítas copiaron el mismo método. Desde fines del siglo x v i i i hasta el nuestro, en Pombal, en Cumbe, en Bom Conselho y Monte Santo, etc., perseverantes misio­ neros, de los que es modelo bellísimo Apólonio de T o d i1 4 6 , continuaron hasta nuestros días el penoso apostolado. Toda esa población perdida en un rincón de los sertones, permaneció así hasta ahora, reproduciéndose libre de elementos extraños, aislada, y por eso mismo, realizando con la máxima intensidad un cruzamiento uni­ forme, capaz de justificar la aparición de un tipo mestizo bien definido. Mientras tanto, mil causas perturbadoras complicaban el mestizaje en el litoral revuelto por las inmigraciones y por la guerra; y en otros puntos centrales, otros intentos irrumpían en el rastro de las bandeiras, allí, la población indígena, aliada con unos pocos mocambeiros foragidos, blancos que escapaban de la justicia o audaces aventureros, persistió dominante.

CAUSAS FAVORABLES PARA LA FORMACION MESTIZA DE LOS SERTONES , DISTINGUIENDOLA DE LOS CRUZAMIENTOS EN EL LITORAL No hagamos sofismas. Enérgicas causas determinaron el aislamiento y conservación de lo autóctono. Las destacaremos. Primero fueron las grandes concesiones de tierras que definen la ima­ gen más duradera de nuestro tacaño feudalismo. Los patrones del suelo, de los que son modelos clásicos los herederos de Antonio Guedes de Brito 1 4 7 , eran celosos de sus dilatados latifundios que sin líneas demarcatorias, avasallaban la tierra. Apenas toleraban la intervención de la metrópoli. La erección de capillas o de parroquias en sus tierras siempre se hacía a partir de controversias con los curas, y

aunque éstos finalmente ganaban la partida, caían de algún modo bajo el dominio de los grandes potentados. Estos dificultaban la entrada de nuevos pobladores y hacían de los establecimientos de cría, dispersos alrededor de aldeas recién formadas, poderosos centros de atracción para la raza mestiza que de ellas provenía. Así se desarrolló ésta, alejada del influjo de otros elementos. Y en­ tregados a la vida pastoril a la que por su misma índole eran afectos, los curibocas o cafuzos oscuros, antecedentes directos de los actuales vaque­ ros, divorciados completamente de los habitantes del Sur y de la intensa colonización del litoral, vivieron adquiriendo una fisonomía original. Como que se criaban en un país diferente. La carta real del 7 de febrero de 1701, constituyó después una me­ dida supletoria de ese aislamiento. Imponiendo severas penas a los infrac­ tores, prohibía cualquier comunicación de aquella zona sertaneja con el Sur, con las minas de Sao Paulo. Ni siquiera las relaciones comerciales fueron toleradas, quedaron interdictos los más simples trueques de pro­ ductos. Ahora bien, más allá de estas razones, considerando la génesis del sertanejo del extremo norte, sobresale otra: el medio físico de los sertones en el vasto territorio que se extiende desde el lecho del Vaza-Barris hasta el Parnaíba, en el oeste. Vimos su fisonomía original: la flora agresiva, el clima implacable, las sequías periódicas, el suelo estéril erizado de serranías desnudas, aislado entre los esplendores del majestuoso araxá * del centro de las altiplanicies y los grandes bosques, que acompañan y orlan las curvas de las costas. Esta ingrata región para la cual el tupí tenía un término sugestivo, pora-pora-eima * * , que permanece aún en una de las serranías que la tapan por el levante (Borborema) fue el asilo del tapuia. Vencidos por el portugués, por el negro y por el tupí coaligados, los indómitos Cariris 148 encontraron protección singular en aquel rincón árido, escabroso por la osamenta rígida de las piedras, sacudido por las tormentas, reseco por el sol, erizado de espinos y caatingas. Allí se ador­ mecían, cayendo en la vacuidad de los llanos donde no había asomos de la apetecida riqueza mineral, los ímpetus de las bandeiras. La tapuiretama * * * misteriosa se ataviaba para el estoicismo del misionero. Sus múltiples caminos estrechos y largos retratan las marchas lentas, tortu­ radas y dolorosas de los apóstoles. Las bandeiras que hasta ahí llegaban se marchaban rápidas, huyendo, en busca de otros parajes. Los asombraba esa tierra modelada para las grandes batallas silenciosas de la Fe. La dejaban sin que nada los obligase a volver y de paso, dejaban a su gente en paz.
* Según Couto de Magalháes, esta palabra se descompone en ara: día y echa: ver, avistar. Araxá es el lugar de donde se ve primero el sol y por extensión, las tierras altas de las planicies del interior. * * Lugar despoblado, estéril. * * * T apui-retama: región del Tapuia.

De ahí la circunstancia, revelada por una observación feliz, de que aún hoy predominan en las denominaciones geográficas de esos lugares, términos de origen tapuia resistentes a las absorciones del portugués y del tupí, que se impusieron en otros sitios. Sin que nos explayemos de­ masiado, podemos resumir las tierras que circundan a Canudos como ejemplificaciones de este fenómeno lingüístico que tan bien traduce un acontecer histórico. "Traspuesto el Sao Francisco en dirección al sur, se penetra en una región ingrata por la inclemencia del cielo y se va atravesando la elevada desembocadura del Vaza-Barris, antes de ganar las zonas más deprimidas de las planicies bahianas que, después del salto de Paulo Afonso, después de Canudos y de Monte Santo, llevan a Itiúba, al Tombador y al Aguruá. Ahí, en ese lugar del patrio territorio, uno de los más ingratos, donde otrora se refugiaban los perseguidos restos de los Orizes, Procás y Cariris, aparecen de nuevo, designando los lugares, los nombres bárbaros de pro­ cedencia tapuia que ni el portugués ni el tupí lograron suplantar. "Entonces se leen en el mapa de la región con la misma frecuencia de los accidentes topográficos, los nombres de Pambu, Patamoté, Uauá, Bendegó, Cumbe, Magacará, Cocorobó, Jeremoabo, Tragagó, Canché, Chorrochorró, Quincuncá, Conchó, Centocé, Aguruá, Xiquexique, Jequié, Sincorá, Caculé o Catolé, Orobó, Mocujé y otros igualmente bárbaros y extraños” * 1 4 9 . Es natural que grandes poblaciones sertanejas parejas con las que se insinuaban en el Sao Francisco medio, se constituyesen allí con predo­ minio de sangre tapuia. Y allí permanecieron olvidadas, en un círculo estrecho, durante tres siglos, hasta nuestros días, en un abandono com­ pleto, ajenas por completo a nuestros destinos, guardando intactas las tradiciones del pasado. De modo que, ahora, quien atraviesa por esos lugares, observa una uniformidad notable entre quienes los pueblan: rostros y tallas apenas varían en torno de un modelo único, dando la impresión de un tipo antropológico invariable, a primera vista diferente del mestizo proteiforme del litoral. Porque mientras éste muestra todos los tonos y ofrece un tipo indefinido, según el predominio variable de sus agentes, el hombre del sertón parece copia de un modelo único, con las mismas características físicas, la misma tez, apenas variando del mameluco bronceado al cafuz oscuro; cabellos lacios y duros o levemente ondulados. La misma envergadura atlética, y los mismos rasgos morales que se traducen en las mismas supersticiones, los mismos vicios y las mismas virtudes. La uniformidad es impresionante. El sertanejo del Norte es, indudable­ mente, el tipo de una subcategoría étnica ya constituida 1 5 °.

* Teodoro Sampaio, Da expangáo da lingua tupi e do seu predominio na lingua nacional.

Abramos un paréntesis. . . La mezcla de razas muy diferentes, en la mayoría de los casos, es perjudicial. Ante las conclusiones del evolucionismo, aunque actúe sobre el producto el influjo de una raza superior, despuntan vivos estigmas de la inferior. El mestizaje extremado es un retroceso. El indoeuropeo, el negro y el brasileño guaraní o el tapuia, expresan estados evolutivos que se enfrentan y el cruzamiento, sobre anular las cualidades prominentes del primero, es un estimulante al recocimiento de los atributos primitivos de los últimos. De modo que el mestizo — rasgo de unión entre razas, breve existencia individual en la que se comprimen esfuerzos seculares— casi siempre es un desequilibrado. Foville 151 los compara, en general, con los histéricos. Pero el desequilibrio nervioso en tal caso es incurable: no hay terapéutica que pueda doblegar las tendencias antagónicas de razas sorpresivamente arrimadas, fundidas en un organismo aislado. No se comprende que después de diferenciarse extremadamente, a través de extensos períodos entre los cuales la historia es un momento, puedan dos o tres pueblos converger, combinando constituciones mentales diver­ sas, anulando en poco tiempo distinciones resultantes de un lento trabajo selectivo. Como en las sumas algebraicas, las cualidades de los elementos que se yuxtaponen, no se suman; se sustraen o se destruyen, según se esté en presencia de los caracteres positivos o negativos. Y el mestizo — mulato, mameluco o cafuz— menos que un intermediario es un de­ caído, sin la energía física de sus ascendientes salvajes, sin la altura in­ telectual de sus ancestros superiores. Contrastando con la fecundidad que acaso posea, revela casos de hibridez moral extraordinarios: espíritus ful­ gurantes, a veces, pero frágiles, inquietos, inconstantes, que deslumbran por un instante y en seguida se apagan, heridos por la fatalidad de las leyes biológicas, empujados hacia el plano inferior de la raza menos favorecida. Impotentes para lograr alguna solidaridad entre las generacio­ nes opuestas, de las que son producto, se mueven en un juego permanente de antítesis. Y cuando sobresalen — no son raros los casos— capaces de grandes realizaciones o de asociar las más complejas relaciones abstractas, todo ese vigor mental reposa (salvo los casos excepcionales que justifican el concepto) sobre una moralidad rudimentaria, en la que se observa el automatismo impulsivo de las razas inferiores. Es que en esa concurrencia admirable de los pueblos, envueltos en una lucha sin tregua, en la cual la selección capitaliza atributos que se con­ servan por herencia, el mestizo es un intruso. No luchó, no es una inte­ gridad de esfuerzos, es una cosa dispersa y disolvente, surge de repente, sin caracteres propios, oscilando entre influjos opuestos de legados dis­ cordantes. La tendencia a la regresión de las razas matrices caracteriza su inestabilidad. Es la tendencia instintiva de una situación de equilibrio. Las leyes naturales, por su propio juego, parecen extinguir, poco a poco, el producto anómalo que las viola, ahogando sus fuentes generatrices.

El mulato desprecia irresistiblemente al negro y trata con tenacidad ansiosa de realizar cruzamientos que apaguen en su prole el estigma del color; el mameluco se hace bandeirante inexorable, precipitándose feroz sobre las tribus aterradas. . . Esta tendencia habla claro. De algún modo, vuelve a anudar la serie continua de la evolución que el mestizaje cortó. La raza superior se vuelve objetivo remoto hacia donde tienden los mestizos deprimidos y éstos, en su búsqueda, obedecen al propio instinto de conservación y de defensa. Es que las leyes del desarrollo de las especies son inviolables y si la sutileza de los misioneros fue impotente para que el espíritu del salvaje comprendiera las más simples concepciones de un estado mental superior, si no hay esfuerzo que logre que el africano, a pesar de la solicitud de los mejores maestros, se aproxime al nivel intelectual medio del indo­ europeo — porque todo hombre es más que nada una integración de es­ fuerzos de la raza a la que pertenece y su cerebro es una herencia— ¿cómo puede entenderse la normalidad del tipo antropológico que aparece, de pronto, uniendo tendencias tan opuestas? 152

UNA RAZA FUERTE La observación cuidadosa del sertanejo del norte muestra de modo ate­ nuado este antagonismo de tendencias y está casi fijo en los caracteres fisiológicos del tipo emergente. Este hecho, que parece contradecir los párrafos anteriores, es una contraprueba apabullante. En efecto, es innegable que para la imagen anormal de los mestizos de razas muy diferentes contribuye bastante el hecho de arrastrar el elemento étnico más elevado, condiciones de vida superiores, de donde surge una acomodación penosa y difícil para aquéllos. Y como sobre ellos cae una sobrecarga intelectual y moral, el desequilibrio es inevitable. La índole incoherente, desigual y revuelta del mestizo, denota un íntimo e intenso esfuerzo de eliminación de los atributos que le impiden la vida en un medio más adelantado y complejo. En un círculo pe­ queño, se refleja ese combate sordo que es la misma lucha por la vida de las razas. Lucha conmovedora y eterna, caracterizada por el bello axioma de Gumplowicz 153 como la fuerza motriz de la historia. El gran profesor de Gratz 154 no la consideró bajo este aspecto, sin embargo, la verdad es que si todo elemento étnico fuerte "tiende a subordinar a su destino al elemento más débil ante el cual se encuentra” tenemos en el mestizaje un caso perturbador. La expansión irresistible de su círculo singenético, aunque eludido de tal manera, apenas se retarda. No se extingue. La lucha se transforma, volviéndose más grave. Va del exter­ minio franco de la raza inferior por la guerra, a su eliminación lenta,

a su absorción ambigua, a su dilución en el cruzamiento. Y durante el curso de este proceso reductor, los mestizos emergentes, variables, con todos los matices del color, de la forma y del carácter, sin rasgos defi­ nidos, sin vigor, y la mayor parte de las veces, inútiles, en último análisis, no son más que los mutilados inevitables del conflicto que perdura, im­ perceptible, en el correr de los años. En estos casos, la raza fuerte no destruye a la débil con las armas, sino que la arruina con la civilización. Ahora bien, los rudos patricios de los sertones del Norte se libraron de esta última. El abandono en que quedaron tuvo una función benéfica. Los liberó de la adaptación penosísima a un estado social superior y simul­ táneamente, les evitó caer en las aberraciones y los vicios de los medio adaptados. Entre ellos, la fusión se operó en circunstancias más compatibles con los elementos inferiores. El factor étnico prominente les transmitió las tendencias civilizadoras pero no les impuso su civilización. Este hecho destaca fundamentalmente el mestizaje de los sertones del mestizaje del litoral. Son formaciones diferentes, no por los elementos sino por las condiciones del medio. El contraste entre ambas resalta ante el paralelo más simple. El sertanejo toma del salvaje su intimidad con el medio físico que en vez de debilitarlo lo fortalece, y su potente organismo refleja en la índole de su carácter y de sus costumbres, de las otras razas formadoras, sólo aquellos atributos más ajustables a su fase social inci­ piente. Es un retrógrado, no un degenerado. Porque las vicisitudes históricas lo liberaron, en la fase delicada de su formación, de las exigencias des­ proporcionadas de una cultura prestada, preparándolo para conquistarla un día. Su evolución psíquica, por lenta que sea, tiene actualmente la garantía de un tipo físicamente constituido y fuerte. Aquella raza cruzada surge autónoma y de algún modo, original, transfigurando por la combinación, los atributos heredados, de modo que, libre por fin de la existencia sal­ vaje, puede alcanzar la vida civilizada por lo mismo que no la alcanzó de golpe. Es lógico. Al revés de la inversión extravagante que se observa en las ciudades del litoral, donde funciones altamente complejas se imponen a órganos mal constituidos, oprimiéndolos y atrofiándolos antes del pleno desa­ rrollo; en los sertones, la integridad orgánica del mestizo aparece entera y robusta, inmune a mezclas extrañas, capaz de evolucionar, diferen­ ciándose, acomodándose a nuevos y más altos destinos, porque tiene una base física sólida para un posterior desarrollo m oral1 5 5 .

Dejemos estas divagaciones poco atrayentes. Prosigamos considerando directamente la figura original de nuestros patricios retardatarios. Esto sin método, sin pretensiones, evitando los garbosos neologismos etnológicos. Nos faltan, igualmente, tiempo y competencia para enredarnos en fantasías psíquico-geométricas, que hoy se exageran con un materialismo filosófico, midiendo el ángulo facial o dibujando la norma verticalis de los jagungos 1 5 6 . Si nos embarazáramos en las imaginativas líneas de esa especie de topografía psíquica de la que tanto se ha abusado, ni siquiera lo com­ prenderíamos mejor. Seríamos simples imitadores. Sólo reproducimos todas las impresiones, verdaderas o ilusorias que tuvimos cuando, de pronto, acompañando la dinámica de una campaña militar, nos enfrentamos, en una vuelta del sertón, con aquellos singulares desconocidos que viven allí, abandonados, desde hace tres siglos 1 5 7 ,

III EL SERTANEJO 15 8 Ante todo, el sertanejo es fuerte. No tiene el raquitismo de los mestizos neurasténicos del litoral. Aunque al primer golpe de vista su apariencia muestra lo contrario. Le falta la plástica impecable, el diseño, la estructura correcta de los organismos atléticos. Es desgarbado, desarticulado, torpe. Hércules-Quasimodo refleja en su aspecto la fealdad típica de los flacos. Camina sin firmeza, sin aplomo, casi zigzagueante, sinuoso, con un movimiento de miembros descoyun­ tados. Le agrava la postura normalmente abatida, una manifestación de displicencia que le da un carácter de humildad deprimida. Si está de pie, invariablemente se recuesta en el primer poste o pared que encuentra, si anda a caballo y para al animal para cambiar dos palabras con un desconocido, en seguida cae sobre uno de los estribos, descansando sobre el costado de la silla. Si camina, aunque sea a paso rápido, no sigue un trayecto rectilíneo y firme: avanza velozmente, con un bamboleo carac­ terístico que se parece al trazado geométrico de los meandros sertanejos. Y si durante la marcha se detiene por cualquier motivo, sea para enrollar un cigarro, encender el yesquero o conversar con un amigo, inmediata­ mente cae — cae es el término— en cuclillas, pasando largo tiempo en una posición de equilibrio inestable, en la que todo el cuerpo queda sostenido por los dedos grandes de los pies, sentado sobre los talones, con una simplicidad que es a la vez ridicula y encantadora. Es un hombre permanentemente fatigado.

Muestra una pereza invencible, una atonía muscular perenne, en todo: en la palabra lenta, en el gesto contrariado, en el andar desgarbado, en la cadencia lánguida de las modinhas, en la tendencia constante a la in­ movilidad y a la quietud. Pero esa apariencia de cansancio engaña 1 5 9 . No hay nada más sorprendente que verla desaparecer de improviso. En ese organismo abatido se operan de pronto cambios totales. Basta con que se produzca un incidente cualquiera exigiéndole la demostración de energías adormecidas. Este hombre se transfigura. Se yergue midiendo nuevas dimensiones, en la estatura y en el gesto, la cabeza se afirma, alta sobre los hombros fuertes, aclarada por la mirada firme y segura, se corrigen, prontos, en una descarga nerviosa repentina, todos los efectos del relajamiento habitual de los órganos, y de la figura vulgar del tabaréu contrahecho, despunta inesperadamente el aspecto dominador de un titán cobrizo y potente, en un desarrollo sorprendente de fuerza y agilidad extraordinarias. Este contraste se impone al más leve examen. Se muestra en todo momento, en todos los pormenores de la vida sertaneja, siempre aparece el intercambio impresionante entre los impulsos extremados y las apatías prolongadas. Es imposible idear un jinete más rudo y desaliñado, sin elegancia, las piernas colgantes, el cuerpo echado hacia adelante y oscilando según los vaivenes del andar de los pequeños caballos del sertón, sin herraduras y maltratados, resistentes y rápidos como pocos. En esta actitud indolente, acompañando con morosidad el paso tardo de los bueyes, el vaquero perezoso se parece al caballo tropero que cabalga casi dos tercios de su existencia en una red adormecedora siguiendo al ganado. Pero si una res se rebela y huye a través de la caatinga o si una punta de ganado se atropella a lo lejos, lo vemos transformado, clavando las espuelas en los ijares de su montura y partiendo como un dardo, atrave­ sando velozmente los dédalos inextricables de las juremas. Lo vimos en este steeple-chase * bárbaro. Nadie lo contiene en su ímpetu. Aunque lo obstaculicen quebradas, piedras, cuevas, montes espinosos o barrancos de arroyos, nadie le impide cazar al novillo huido, porque por donde pasa el buey pasa el vaquero con su caballo. . . Pegado al lomo del caballo, confundido con él, gracias a la presión de las piernas firmes, realiza la acción de un centauro bronco: emerge inopinadamente en los claros, desaparece en los matorrales altos, supe­ rando vallas y pantanos, venciendo cumbres elevadas, superando veloz los espinos mordientes, precipitándose a todo lazo a lo largo de lás planicies. . .
* Steeple-chase: en inglés en el original: carrera de obstáculos. (N . d e T .).

Su robusta complexión aparece en total plenitud. Es el jinete fuerte que da vigor al caballo pequeño y frágil, sosteniéndolo con las riendas improvisadas de caroá, frenándolo con las espuelas, arrojándolo a la ca­ rrera — estribando corto, las piernas encogidas, las rodillas levantadas hacia adelante, el cuerpo pegado al arzón— desatado en el rastro del novillo esquivo; aquí se dobla ágil bajo un matorral que le llega casi hasta la silla, allá desmonta de repente, como un acróbata, agarrado a las crines del animal para salvarse de un tronco advertido a último momento y vuelve a montarlo de un salto apenas supera el obstáculo, y galopando siempre, a través de todos los impedimentos, sosteniendo con la diestra, sin perderla nunca, sin dejarla en los montes inextricables, la enorme aguijada forrada en cuero que, por sí sola, ofrecería en otras manos serios impedimentos para la travesía. . . Terminado el embate, restituida al rebaño la res dominada, lo vemos otra vez caído sobre la silla, de nuevo desgraciado e inerte, oscilando al compás de la lenta andadura, con la triste apariencia de un pobre in­ válido.

TIPOS DISPARES: EL JAGUNgO Y EL GAUCHO Si el gaucho del Sur lo encontrara en ese instante, lo miraría con conmi­ seración. Porque el vaquero del Norte es su antítesis. En la postura, en el gesto, en la palabra, en la índole y en los hábitos no es posible equipararlos. El gaucho, hijo de las llanuras sin fin, hecho a las carreras fáciles por las pampas, formado por una naturaleza amable, muestra una imagen de caballero gentil. La lucha por la vida no tiene el carácter salvaje de los sertones del Norte. No conoce los horrores de las sequías y los com­ bates cruentos con una tierra árida. No lo entristecen las periódicas escenas de devastación y de miseria, el cuadro de absoluta pobreza del suelo calcinado, exhausto por los soles bravios del ecuador. En sus tran­ quilas y felices horas no siente la preocupación del futuro. Despierta a la vida amando a la naturaleza deslumbrante que lo alimenta y pasa por ella aventurero, jovial, valiente y fanfarrón, despreocupado, considerando al trabajo una diversión que le permite hacer carreras, domando distan­ cias, por las llanuras verdes, llevando sobre el cuerpo, flameando, alegre, al viento, el inseparable poncho. Al lado de la vestimenta rústica del vaquero, su ropa es un traje de fiesta. Las amplias bombachas especial­ mente hechas para el movimiento libre sobre los baguales, en el galope cerrado o en el corcovear furioso, no se rompen en los espinos lacerantes de ninguna caatinga. Su vistoso poncho jamás queda prendido ni se desgarra entre las ramas de árboles retorcidos. Botas altas, en las que tintinean las rosetas de las espuelas de plata, pañuelo de seda encarnado

al cuello, sombrero de grandes alas flexibles y en el cinturón de cuero, brillando, la pistola y el facón; es el aspecto de un vencedor jovial y fuerte el que asoma por las cuchillas, airoso en su redomón. Es un hombre hecho a las victorias, jovial y fuerte. El caballo, socio inseparable de esta vida algo novelesca, es casi un objeto de lujo. Lo demuestra su arreo complicado y espectacular. Un gaúcho andrajoso montado sobre un pingo de buen apero, está correcto. Puede cruzar, sin sufrir vejamen alguno, las aldeas en días de fiesta.

LOS VAQUEROS En cambio, el vaquero se crió en condiciones opuestas, en un intercam­ bio continuo de momentos felices y momentos crueles, de abundancia y miseria; sobre su cabeza, el sol es una amenaza permanente que en la vuelta de las estaciones le trae períodos de sucesivas devastaciones y desgracias. Atravesó la mocedad en medio de periódicas catástrofes. Se hizo hom­ bre, casi sin haber sido niño. Dejó de serlo muy pronto, porque en el sertón, las sequías interrumpieron las alegrías de la infancia. Temprano tuvo que encarar la vida desde el lado tormentoso. Es un condenado en vida. Se vio envuelto en una batalla sin treguas, que le exige impe­ riosamente el mantenimiento de todas sus energías. Se hizo fuerte, experto, resignado y práctico. Se preparó para la lucha. A primera vista, su aspecto evoca vagamente al guerrero antiguo ex­ hausto por la refriega. Las ropas son su armadura. Envuelto en su casaca de cuero curtido, grueso o fino, apretado en su chaleco, también de cuero, calzando las perneras de cuero, asimismo curtido, que suben hasta las ingles, muy justas, cosidas a las piernas, articuladas con rodi­ lleras de suela, resguarda los pies y las manos con envolturas de piel de venado. Presenta la figura grosera de un campeador medieval tras­ plantado a nuestro tiempo. Esta armadura de un marrón rojizo, como si fuese de bronce flexible, no centellea, no brilla al sol. Es hosca y polvorienta. Envuelve al guerre­ ro de una batalla sin victorias. . . La silla de la montura hecha por él mismo, imita a la riograndense pero es más corta y cavada, sin los aparejos lujosos de aquélla. Sus accesorios son una piel de buey, un cuero resistente que cubre las ancas del animal, pectorales que le resguardan el pecho y las rodilleras sujetas a las cintas. Este equipamiento del hombre y del caballo está hecho a hechura del medio. Vestidos de otra manera no podrían pasar incólumes las caatingas y los pedregales.

en las escasas fiestas en que el matuto olvida sus pesares escuchando la guitarra surge una novedad. pasa de la máxima quietud a la máxima agitación. está siempre preparándose para un obstáculo al que no vence y por el que no se deja vencer. Ahora bien. desaliñado.Pero nada hay más monótono y feo que esta original vestimenta. es más resis­ tente. es más tenaz. Ella lo talló a su imagen: bárbaro. expandido en los zapateados en los que el golpe seco de las alpargatas sobre el suelo. en una extraña manifes­ tación de desgano y cansancio extraordinarios. abrupto. es completamente explicable ese contraste permanente entre las manifestaciones de fuerza y agilidad y los prolongados lapsos de apatía. un chaleco vistoso de gato salvaje o de suguarana. es más fuerte. el sertanejo pierde el aire alegre. por cierto. Apenas. sea como fuere. se precipita al sonar de los vibrantes clarines. o una bromelia rubia y fresca prendida en el som­ brero de cuero. desde la mayor exuberancia a la penuria de los desiertos encendidos bajo la reverberación de los estíos abrasadores. pasiva ante el juego de los elementos y sometida de una estación a otra. es más peligroso. Y es natural que lo sea. impetuoso. desaparece con un grito triunfal en la vorágine del combate cuando centellean las espadas. con la lanza en ristre. sin una tira de otro tono. . Es un luchador permanentemente exhausto. es más duro. Pero esto es un incidente pasajero y raro. Es inconstante como esa naturaleza. Acabadas las horas de esparcimiento. Como el sertanejo del Norte tuvo un arduo aprendizaje de reveses se acostum­ bró pronto a su encuentro y a la correspondiente reacción. El jagungo es menos teatralmente heroico. Busca al ad­ versario con el firme propósito de destruirlo. . el tañido de las espuelas y la caja del pandero. de tanto en tanto. por las pampas. firme en los estribos. Son una perfecta versión moral de los agentes físicos de su tierra. permanentemente audaz y fuerte. . el valiente enlazador. convierte al caballo en pro­ yectil y va rompiendo formaciones de adversarios. acompa­ ñan la cadencia de las guitarras en la vibración de los rasgados. y enton­ ces cae en la postura habitual. tosco. En estos aspectos que se enfrentan refleja la natu­ raleza misma del medio que lo rodea. Vivir es adaptarse. derribándolos en la lucha en la que entra con total despreocupación por la vida. con el pelo del lado de afuera. Es improbable que tome un aspecto novelesco y glorioso. Atraviesa la vida entre celadas y sorpresas de naturaleza incompren­ sible y no pierde un minuto. es inimitable en una carga guerrera. de un solo color — el pardo rojizo del cuero curtido— sin una variante. pasa de la red perezosa y cómoda a la montura áspera. El gaucho. con aliento desa­ forado en los entreveros.

o hacen apartes de novillos para el tambo o escogen a los baguales condenados a las espuelas del domador. capa­ taces y peones viven en el grito alegre de una diversión tumultuosa. No hay que esperar en los establecimientos del sertón las fiestas de las estancias del sur. o le curan las heridas. . en faenas codidianas. obser­ vándolo por el caño de la espingarda. Pero al retroceder es todavía más cuidadoso.Está acostumbrado a los sitios oscuros y estrechos. . sin espacios abier­ tos. Si la reacción fulminante es ineficaz. el mismo fuego que encienden las marcas sirve para los rudos ágapes de asado con cuero y para calentar el agua para beber el cimarrón amargo. en la más leve vibración nerviosa. cuando en los rodeos marcan el ganado. los pialadores. Entonces todo sertanejo es vaquero. para obtener los cereales de primera necesidad. sin tener la certeza del resultado. . lejos de los dilatados dominios que muchas . el hacendado de los sertones vive en el litoral. Cuando apunta con el liviano fusil o el pesado trabuco no yerra la puntería. . SERVIDUMBRE INCONSCIENTE: VIDA PRIMITIVA Eso no sucede en el norte. En los trabajos más calmos. Es un tanteo demoníaco. Llevan una vida variada y llena de aconteceres. El jagunco no. juntando el ganado desparramado o embretando a los bueyes esquivos por zanjones y bañados. oculto en las som­ bras de las trampas. un odio total. el gaúcho es frágil y se deja apretar por una situación indecisa. Su vida es una conquista duramente hecha. tumbándo o volteando con las fulminantes bolas al toro alzado. Parar el rodeo es para el gaúcho una fiesta diaria de las que las caba­ lladas espectaculares son sólo una muestra. En el estrecho ámbito de las mangueiras o en pleno campo. El adversario tiene. Calcula fríamente la pelea. Esta oposición de caracteres se acentúa en las épocas normales. en las evoluciones rápidas de las carreras. la cría de ganado es allí el trabajo más apropiado para el hombre y para la tierra. Retrocede. Aparte de la agricultura rudimen­ taria de las plantaciones de bajante a orillas de los ríos. No la desperdicia en la más ligera contracción muscular. desde ese momento. Al revés del estanciero. Cuando maneja el cuchillo no da un solo golpe en falso. si el adversario no cae rápida­ mente vencido. enlazando al potro bravio. La cuida como un precioso capital.

Muchas veces ocurre que después de años puede descifrar una marca y el dueño original recibe no sólo la vaca cuya pérdida ya había olvidado sino la cantidad de ganado que aquélla produjo. etcétera. en un extraordi­ nario esfuerzo de memoria. Y cumple estrictamente. Los grandes propietarios de la tierra y de los rebaños lo conocen. fielmente. Pero no lo lleva a la feria anual ni le hace desempe­ ñar ningún trabajo. . el extra­ ño contrato que nadie escribió. Cuando mucho. Lleva indeleble la indicación que lo devolverá a su lugar de origen. Si es una vaca y da cría. De esta manera. ausente. con sus trajes típicos. llega a conocer. incluyendo la genealogía y las carac­ terísticas. y abnegadamente. Todos tienen el mismo trato de aparcería con el vaquero que se resume en una cláusula única: darle a cambio de los cuidados y de todos los trabajos. Entonces. Gracias a un contrato por el cual reciben cierto porcentaje de los productos. Marcado el ganado queda garantizado. cui­ dando la vida entera. El dueño legítimo. Lo primero que hacen es aprender el abecé y terminan aprendiendo todas las exigencias del arte en el que son eméritos: conocer las marcas de sus haciendas y de las vecinas. conserva al intruso y lo trata como a los demás. lo deja morir de viejo. sabe sus nombres. completados por cortes de pequeños ángulos en las orejas. Nos parece mentira esto que es tan común en los sertones. marca a la cría con la misma señal desco­ nocida que reproduce con admirable perfección y así sigue con toda la descendencia de la primera. Los vaqueros son sus siervos sumisos. como si armasen tiendas. sabe de su fidelidad sin par. una a una. Es su paga. A veces. No le pertenece. sin jueces ni testigos. Lo señalamos como rasgo particular de la probidad de los matutos. Porque el vaquero no se conforma con saber las marcas de su hacienda de memoria. cuando aparece un animal extraño en su reducto y conoce la marca. los rebaños que no les pertenecen. rápidamente. también aprende las de los demás. usufructúan parasitariamente las rentas de sus tierras sin límites fijos. En caso que no la conozca. por tatuaje a fuego. lo devuelve en seguida. Cada cuatro becerros separa uno para sí. los sertanejos de cuero levantan sus ranchos de paloa-pique al borde de las aguadas. Heredan un viejo vicio histórico. No los fis­ caliza. ahí se quedan. viven y mueren en el mis­ mo pedazo de tierra— perdidos entre las piedras y los matorrales. anónimos — nacen. Esas marcas son dibujos o letras o diseños caprichosos que se imprimen sobre las ancas del animal. Establece con el patrón desconocido el mismo convenio que tiene con el suyo. los nombres y las edades. Como los opulentos propietarios de la colonia.veces ni siquiera conoce. se entregan a una servidumbre que no comprenden. Puede romper tranqueras y esca­ par. no sólo las reses que cuida sino las de los vecinos.

los animales de los dife­ rentes establecimientos convecinos que por los campos viven en común. amigos. Restringen las acti­ vidades. Se vuelven hacia la dirección en la que aquél se encuentra y rezan. reparando hasta en los mínimos detalles y después continúa con sus faenas interrumpidas. mezclados. Le escribe al patrón * dándole cuenta minuciosa de todo el movimiento del establecimiento. Y así viven en una perpetua adversidad. Y saben que nunca violarán el porcentaje. de a diez. * Al firmar las cartas no utiliza la fórmula común. Solidarios unos con otros. No existe en el Norte una industria pastoril. Si el mal devasta el ganado conocen un remedio más eficaz que el mercurio: el rezo. dibujando en el suelo inextricables líneas cabalísticas. campeando. para informar sobre un desastre. toma su picana y sale a ras­ trearlo y si no lo encuentra pide campo. por ésta: su amigo y vaquero. Cuando un animal se escapa. se hace sin que esté presente la parte más interesada. Los vaqueros apenas tratan de atenuarlas. lo que es más habitual. trabajo que consiste en reunir y discriminar después. rápidos. escrudiñando las caatingas hasta que el animal caiga atado por los cuernos que le sujetan unas manos poderosas. El vaquero separa escrupulosamente la mayoría de las nuevas cabezas que pertenecen al patrón (en las cuales imprime la marca de la hacienda) de las pocas. el extravío del rebaño por ejemplo.un cuarto de los productos de la hacienda. Es una formalidad que se pasa por alto. El ganado vive y se multiplica al azar. un cuarto. frase característica para llamar a los vaqueros vecinos y allá van todos. ingenuamente. No necesitan ver al animal enfermo. Estas. Graba sobre éstas su marca particular y las conserva o las vende. O si no. se auxilian incondicionalmente en todos los menesteres. aunque fatigantes en algunas ocasiones. El ajuste de cuentas se hace al finalizar el invierno y generalmente. de a veinte. . ruidosos. A veces. los animales nuevos se pierden en las caatingas con el resto de las manadas. ¡El resto tronó en el mundo!” . son también lo más rudimentario que se pueda concebir. utiliza una alarmante con­ cisión: “Patrón y amigo: le participo que su rebaño está en el despotismo. la sustituye. Pocas veces un incidente o una variante alegre quiebra la monotonía de sus vidas. “su seguro servidor” . lo curan por el rastro. que le pertenecen a él. Allí los ralean epizootias intensas en las que sobresalen el rengue y el mal triste. Marcados en junio. EL RODEO Esta solidaridad de esfuerzos se evidencia mejor en el rodeo. Sólo cuatro bueyes dieron su cuero. verdadera caballería rústica. sin cercos ni vallados.

con una mano se agarra a las crines del caballo mientras con la otra alcanza el rabo del animal en disparada y con un tirón formidable lo voltea en tierra. Le retrucan con otras idénticas. . el recuento de las cabezas reu­ nidas. suspendido de un estribo. Juvenal Galeno. Trae una exigua parte del rebaño. En minutos los sertanejos desaparecen. los recalcitrantes. hasta que surja el instante adecuado para un acto definitivo: alcanzar repentinamente al fugitivo. se separan. El cuadro tiene el movimiento salvaje y asombroso de una corrida de tártaros. Y después irradian los atletas de cuero hacia las caatingas que los rodean. . De repente. Y por los campos. se convierte en un tumulto de bueyes y caballos confundidos en un vibrante rumor de terremoto. En los extremos se agitan los animales que no se resignan. . el vaquero tenso sobre los es­ tribos. cada uno va para su re­ ducto llevando por delante las reses propias. Y luego el aparte. se cambian impresiones con adjetivos ad hoc que van en aumento desde los más rispidos hasta los más trémulos de asombro. El va­ quero lo sigue. generalmente un campo expla­ nado y limpio. Pero a esta penosa tarea siguen otras de mayor calibre. una tonada poco variada y triste que sirve para pacificar a las reses y guiarlas. Después le pone una máscara de cuero y lo vuelve a conducir al rodeo. El rodeo permanece desierto durante un lapso de tiempo. . sobre el caballo que arremete. *. Distribuyen las tareas que corresponden a cada uno en la lid. y súbitamente aparece el ganado y detrás. Arreglan los dispositivos de la empresa. se oye un estruendoso tropel de cascos sobre las piedras. No lo larga. . Lo entrega a los compañeros que allí se quedan y vuelve al galope en renovada búsqueda. . Los compañeros lo reciben ruidosamente. EL ARREO La manada sigue lentamente la cadencia de ese canto triste y perezoso. un estrépito de ramas que estallan. Torcido desaliñadamente sobre la montura el vaquero rumia sobre las * Aboiar: cantar mientras se conduce el ganado. un entrechocar de cuernos que gol­ pean. por los aires nubes de polvo. . Un toro que otro vuelve a escapar a la caatinga. . Les cuenta la hazaña. resuenan melancólicamente las notas del aboiado . . Lendas e Cangoes.Lo realizan de junio a julio. El vaquero se vuelca sobre la montura. Eligen un lugar más o menos central. la última tarea. Así van apa­ reciendo otros por todo el ámbito del rodeo que se anima. entonces el rodeador congrega a los vaqueros de los sitios próximos. Sobre el final del día. Va con él hasta el escondrijo más hondo. Y por fin. Le va pisando el rastro.

con estrépitos de cuernos. más lejos. según el trato hecho. una descarga nerviosa lleva el espanto a la manada entera. un becerro claudicante muge porque se hunde en un desnivel y hay que sacarlo. en estallidos de ramas y gajos. En minutos. arrancar o arribar la manada de bovinos son sinónimos del mismo hecho que. un temblor. Nadie puede explicar qué pasó. . cada uno encierra un incidente. . observando vivamente el espacio y se encogen. rodeándolo. . acometiendo impetuoso sobre los destrozos que * Estourar. informe. . con la cabeza alta y desafiante. de animal fantástico. Y sobre este tumulto. el enmascarado. . . El suelo vibra en un estré­ pito horrendo y la manada sale en estampida. in­ descriptible. de ancho cogote. Hay una detención instantánea. en los sertones del Norte. Se origina en el incidente más trivial. común por de­ más. es la desesperación de los vaqueros. quedan destrozadas tierras penosamente cultivadas.probables ganancias: lo que le toca al patrón y lo que le toca a él. E cou. Una res se espanta y el contagio es instantáneo. Y marchan en orden. de­ saparecen las ipueiras rasas. . De súbito algo pasa. sigue la huella guiado por la compresión de los otros cuerpos contra el suyo. torrentes de pe­ zuñas resuenan en el espacio como roncos y extensos truenos lejanos. se yerguen. monstruoso. cada animal es un conocido. . las disparadas (estampidas) de las pampas. el toro vigoroso. un estremecimiento corre por todos esos cuerpos. más acá. caen pisoteados los ranchos o quedan vacíos. se inclinan. salen dispara­ dos aquellos cuerpos macizos que normalmente son tan tardos y morosos. puede ser el paso de una araña o la corrida de una rata de campo. lentos. de golpe. se anudan. Y en un obstáculo único. caminando con holgura porque los demás lo respetan y le abren un claro alrededor. al son de la tonada que parece hama­ carlos con su refrán monótono: E cou mansaó. . é cao. más allá. guampudo. abandonados por sus habitantes despavoridos que huyen hacia los costa­ dos evitando el rumbo rectilíneo en que se despeña la estampida. . que resuena nostálgica por los descampados silenciosos. envidia de toda la manada. . Millares de cuerpos forman un cuerpo único. soberbio. considera el caso de un viejo buey que ya tiene diez años y nunca fue llevado a la feria gracias a una antigua amistad. reproducen. las piedras caen. precipitado en una carrera loca. envergadura de búfalo. Se enredan. Se meten en las caatingas rompiendo árboles. . Ya nadie los puede contener ni alcanzar. revueltos. un pormenor de su existencia primitiva y simple. asombroso. tal vez con más intensidad. Allí mismo va contando los animales destinados a la feria. y por aquí y por allá. desbordan por las pendientes. Este acontecimiento. *. de cuernos romos y llenos de tierra. . se clavan y entrecruzan millares de cuernos.

nuevas hazañas. Viejísima copia de las vetustas épocas de los ataques nocturnos contra los caudillos árabes en la Península. Pero no todos la comparten. sobre morros y quebradas. nuevos riesgos y nuevos peligros que hay que afrontar y vencer.deja detrás de sí esa avalancha viva. sueltos los estribos. nuevos esfuerzos. mientras los casados cumplen con la obliga* Encamisada: asalto nocturno en que las tropas vestían. y totalmente olvidada en la tierra que le dio origen. las riendas sueltas. o a la manera musulmana. nuevas acometidas. Entonces vuelven a encauzarla por el camino del establecimiento y otra vez resuenan por los campos. los solteros se agitan en sambas y cateretés ruidosos. . las notas melancólicas del áboiado. hasta que la manada. Si la época es propicia y prosperan las plantaciones hechas en las bajantes y nada revela la aparición de la sequía. Ya se le han unido los compañeros que a lo lejos oyeron la estampida. Figueiredo. en la significación total del término. tristemente. C. la exótica encamisada * que es el más curioso ejemplo del modo como están aferados a las más remotas tradiciones. tranquilizándose con la umbuzada sabrosa o comiendo el manjar incomparable de jerimum con leche. agarrado a las crines del caballo. donde su misma significación es actualmente un inu­ sitado arcaísmo. largado en una disparada sobre barran­ cos y valles. el baile. se entregan a las diversiones habituales. Novo dicionário da Lingua Portuguesa. con sus largos cortejos de hombres a pie. Vestidos con cueros nuevos. completa­ mente estupidizada. entre ellas. Va a las aldeas donde se hacen fiestas de caba­ lladas y morerías. como disfraz. no tanto por el trabajo de los que la golpean por los flancos sino por el cansancio. Escasos de recursos para alejarse de los ranchos. en animales extrañamente enjaeza­ dos. el ocio llena de pereza los brazos del vaquero. mien­ tras relatan las peripecias del rodeo o las famosas aventuras de las ferias. les proporciona escaramuzas y encuentros simulados que hacen el encanto de los matutos ociosos. el vaquero. TRADICIONES De vuelta al rancho. improvisando vibraciones de choradinho o de baiao. y otros a caballo. la aguijada en ristre. sosteniendo las pequeñas guitarras. La lid se renueva. Y entre ellos. vestidos de blanco. juegos anacrónicos que las aldeas sertanejas reprodu­ cen intactos con los mismos programas de hace tres siglos 1 6 °. poco a poco afloja y se para. estirado sobre la montura. matando las horas. camisones. los vaqueros descansan en las redes colgantes. esta diversión hecha a la luz de linternas y antorchas.

/ desafío al mundo entero / cantar en esta función” . Serenar en el baile: bailar muy vagarosamente. no. vastos planaltos en los que las desembocaduras de aquel río y del * Famanaz del desafío: gran improvisador. * * “A la hora de Dios. Cruzan el Sao Francisco. en los ranchos en fiesta los bailes se arman afuera. / acepta tu desafío / el “fama” de este sertón” . brabo e corado. testaruda) dado a la cachaga. Un cabra destacado rasga la guitarra. meu camarada. Nada expresa mejor la atracción que la bebida ejerce sobre esos valientes y el deseo que tienen. / no es burla. iluminado por la luna y las estrellas. nunca realizado. Como en general hay poco espacio. Terminada la fiesta. Y la noche se va deslizando rápida en el jolgorio que se generaliza hasta que el canto de las sericóias en las ipueiras da la señal del desbande. Se mueven en lentos meneos las caboclas bonitas. Comienza la función con largos tragos de aguardiente mientras rompen estruendosos los vivos zapateados. el mo­ biliario hecho de troncos y algunos taburetes. De año en año.ción de cuidar a su familia. nao! Desafio o mundo inteiro Pra cantar nesta fungao! El adversario en seguida retruca tomando el último verso de la es­ trofa : Pra cantar nesta fungao. la tierra bien barrida. Destalado . Las rimas les salen en versos a veces muy bellos * : Ñas horas de Deus. hábil. Fuerte y hábil las revolotea el sertanejo joven. Aceita teu desafio O "fama” diste sertüo! * * Es el comienzo de la lucha que sólo termina cuando uno de los bardos se enreda en una rima difícil y titubea. se meten en los campos gerais del oeste. golpeando nerviosamente la guitarrita. destabocado y otros: son palabras comunes que denotan a todo hombre fuerte. (N . Despuntar el día: el primer trago de alguna bebida al comienzo de la función. los vaqueros vuelven a la ruda tarea o a la pe­ rezosa red. Choradinho y baiáo: (lloradito y baión) danzas comunes en el norte. sin hacer ruido con los pies. amén. Amigo. etc. bala e onga. de evitarla. mi camarada. Ralhar (rallar o rascar) en la guitarra: tocar ruidosamente con habilidad. porfiada.). “Cantar en esta función. El nombre de “teimosa” (empecinada. amém. de T . bajo una avalancha de risas que saludan la derrota. algunos salen de los tranquilos ranchos hacia tierras remotas. Nao é zombaria. / amigo. Se entreveran como adversarios dos rudos cantores. es de una filosofía adorable. . En los intervalos se arman los desafíos.

inflexibles. donde se mezclan enseñanzas prácticas con extravagantes su­ persticiones. Ningún pueblo tiene más temor a los terremotos que el peruano. a todo trance alimenta esperanzas en una resistencia que parece imposible. rápidas. observa atentamente el horizonte. Pero nuestro sertanejo es una excepción a la regla. como señales conmemorativas de un mal cíclico. pobres y oscuras villas que el Puerto Nacional 162 hace más extremas. LA SEQUIA De repente. . gallardos. por todas partes. Mira a las alturas. . si es que no se pierden para siempre en la peligrosa travesía. que colorean las caatingas. Los síntomas del flagelo aparecen encadenados en serie. indistintamente. Se acerca la sequía. yendo más ha­ cia el norte. Trata de adivinar el futuro. con lloviznas suspendidas en los aires ardientes. Pasan las "lluvias del cajú” en octubre. y en el Perú las vibraciones de la tierra hamacan la cuna de los recién nacidos. entran en esos villarejos con aire de triunfadores. los árboles marchitan. A pesar de las dolorosas tradiciones que conoce a través de un sinnúmero de terribles episodios. Pero no se escapa abandonando la tierra poco a poco invadida por el aire caliente que viene de Ceará. Al . examina los rasgos más fugitivos del paisaje. El sertanejo la adivina y prevé gracias al singular ritmo con que se desencadena el flagelo. Es un complemento de su vida tormentosa y la enfrenta con estoicismo. Con los escasos recursos de sus propias observaciones y de las de sus mayores. montados en sus ariscos caballos. ríos hacia el levante o el poniente. Son los autócratas de las ferias. recordando las cenizas por una combustión sin llamas. en las sierras del Piauí. . blandiendo la aguijada. Y al volver. Van a comprar ganado. Aquellas lejanas tierras. el suelo se agrieta. lentamente baja el nivel de los pozos de agua. Prepara la tierra arable a orillas de los arroyos para las plantaciones ligeras de las primeras lluvias. ha tratado de estudiar el mal para conocerlo y soportarlo. En su armadura de cuero. Dos o tres meses antes del solsticio de verano empieza a fortalecer los muros de los pozos y limpia los desaguaderos. La sequía no lo asusta. Buckle señala la anomalía de que el hombre nunca se adapta a las calamidades naturales que lo rodean 1 6 3 . y penetran en Goiás o. una variante trágica. . sin dejar rastros. . . reanudan su vida monótona y primitiva. En unas páginas notables. se animan entonces pasa­ jeramente con la romería de los bahianos. Se prepara para la lucha con singular serenidad.Tocantins 161 se confunden en lagunas de donde salen.

al anochecer. tiene una base positiva y es aceptable si se considera que de ella se toma el mayor o menor dosaje de vapor de agua en el aire y deductivamente. . los días se hacen abrasantes mientras las noches se vuelven cada vez más frías. de izquierda a derecha. en febrero. crecer. el último. con la implacable señal * “Se cuenta que en Ceará hicieron esta experiencia ante el naturalista George Gardner y que el sabio que había observaciones meteorológicas y había llegado a un resultado diferente al de la santa. . Recorre lugares en procura de alimento para los animales. El caer de las tardes. entonces todas sus esperanzas se pierden. el invierno será lluvioso. Resignado y tenaz. si la mayoría o todos. se nota que apenas clarea. si sucede lo contrario y el sol atra­ viesa abrasadoramente el firmamento claro. Porque en esa fecha. Silvio Romero. seis granos de sal que representan. Ni ante sus peores vaticinios se desanima. día a día más rápido y sin crepúsculos. el invierno será benigno *. . Le retrata. Esta experiencia es hermosa. las ma­ yores o menores probabilidades de depresiones barométricas capaces de atraer la afluencia de lluvias. La sequía es inevitable. todas las alternativas climáticas que vendrán. rígida. una costumbre antigua le permite in­ terrogar el futuro. si están intactos presagian sequía. Si durante ese día llueve. aprensivo. habrá una lluvia en enero. no convence al sertanejo. Trasciende su situación rudimentaria. No es más el indolente o el impulsivo violento. Toma precauciones. los seis meses venideros. Esta prueba. exclamó en su portugués retorcido ¡No! ¡No! Lucía mintió. A poesía popular no B ra sil164. Es la experiencia tradicional de Santa Lucía. . Al alba del día 13 los observa. pasa revista al ganado. aunque tradicional. Pacientemente aguarda el equinoccio de la primavera para hacer una consulta definitiva a los elementos. La atmósfera absorbe con avidez de esponja el sudor de la frente y la ropa de cuero pierde su flexibilidad primitiva para volverse dura en los hombros. Es el preludio de la desgracia. hasta diciembre. resignado. el día 13 de ese mes. expone al relente. si el primer grano se diluyó un poco. El día 1 2 . busca un nuevo augurio.mismo tiempo. en orden sucesivo. de enero a junio. AISLAMIENTO DEL DESIERTO Se transfigura. Se ve venir. si el segundo. contempla las bandadas de aves que emigran hacia otros climas. interrogar a la Providencia. Y espera. 19 de marzo. como una coraza de bronce. Pese al estigma supersticioso. en línea. abreviadas en doce horas. Ese día es el índice de los meses siguientes. Atraviesa tres largos meses de expectativa ansiosa y el día de San José.

los enfermos. defendiéndose y defendiendo a la prole abatida y al ganado confiado con su energía sobrehumana. no decae tan pronto su ánimo. a todos los recursos. los amasa y los cocina haciendo un pan. Busca con la azada. al borde de la se­ pultura que excavó. . no sólo los fuertes sino también los viejos. Al principio éste reza. El matuto observa a su prole asustada. infatigable. Miríadas de mur­ ciélagos se abaten sobre el ganado. apelando. y sin que se le adormezca la creencia. La escudriña. con mugidos de llanto. después de descubrir un tenue líquido subterráneo. En contraste con la fuga de las seriemas que emigran. Las lentas proce­ siones propiciatorias. murmurando los rezos acostum­ brados. y se desgasta en trabajos. el bró. exhausto. los lisiados. Su primer amparo es la fe religiosa. que le hincha el vientre en una hartura ilusoria. A veces la encuentra.de los fuertes. Las víboras de cascabel se multiplican tanto más cuanto mayor es el ardor del estío. Allí está. evaporado o tragado por el suelo. Pero los cielos persisten siniestramente claros. y reacciona. No hay quien las describa. casi como un desenterrado. se apresta al sacrificio. contempla entristecido a los animales echados bajo las ipueiras o errando lentos. en los estratos infe­ riores de la tierra. Pero como su extrema frugalidad le permite pasar los días con poco alimento. banderas de lo Divino 165 van por los campos fami­ lias enteras. dejando para sí el zumo de los xiquexique que enronquece o acaba con la voz de quien lo bebe. derriba los troncos de los ouricuris y los ralla. progresa el espasmo asombroso de la sequía. cargando sobre los hombros y la cabeza las piedras de los caminos. golpea contra lajas que anulan todo el esfuerzo hecho y otras. La naturaleza no lo combate sólo con el desierto. puebla ese desierto con una fauna cruel. con los cogotes doblados. pasan lentas y resuenan en los largos días monótonos las letanías tristes. cruces. buscando el agua. el agua que huyó de la superficie. altares. encara de frente a la fatalidad. Surgen de una lucha que significa la insurrección de la tierra contra el hombre. con los ojos puestos en la altura. la caatinga. después de grandes fatigas. sin dudar de la providencia que lo golpea. a su alrededor. . su agreste proveedor de cereales. Brillan en las noches las velas encendidas de los penitentes. otras. en busca del tesoro fugitivo y vuelve al fin. . y es lo más corriente. el sol ful­ mina la tierra. lo ve desaparecer en pocos días. Lo acompaña tenazmente. y de las jandaias que huyen hacia el remoto litoral. empachando al hambriento. profundizando la mina. llevando las imágenes de unos lugares a otros. arranca las raíces húmedas de los umbuzeiros que mastican los hijos. diezmándolo. Corta en pedazos los mandacarus o las ramas verdes de los juázeiros que alimentan a los magros animales hambrientos. Alzando santos mila­ grosos. Pero esos esfuerzos no bastan. El heroísmo tiene en los sertones tragedias espantosas para siempre perdidas.

Está ciega. ahora a pie. marchando tambaleantes. de los firmamentos fulgurantes. atravesarla de un golpe. Bueyes espec­ trales. llevando la horquilla en la mano izquierda y el cuchillo en la derecha. los flacos animales hambrientos en busca del último pasto. en un tropel trabajoso de enfermos. Le que­ dan para alimentar a sus hijos los tallos tiernos. Las incendia para que en la combustión se desprendan las espinas. se le viene encima y es invencible. Todavía no se da por vencido. los mangarás de las bromelias salvajes. bueyes muertos hace días e intactos. . la asalta. Y a la mañana siguiente la visión muerta revive. con­ fiados. agobiado por tantos reveses. pero no a tiros. Marcha. la suguarana traicionera y ladrona que le roba los be­ cerros y los novillos. La noche lo envuelve antes de envolver la tierra. en dolorosa intermitencia. No hay probabili­ dad alguna de lluvias. irrita y desafía a la fiera.Por las noches. Los engaña con esos manjares bárbaros. Lo ahuyenta con un tizón encendido y si no retrocede. La cáscara de los mariseiros no trasuda anuncián­ dolas. ya se comieron las últimas ramas verdes de los juás. mal soste­ niendo el esqueleto sobre las patas secas. El atleta debilitado. atajándola en el aire. alienta el incendio inextinguible de la canícula. mugiendo en un largo llamado triste que se parece al llanto. a la tarde. vivos no se sabe cómo. El nordeste persiste intenso. Cuando el sol se oculta la víctima no ve más nada. soplando por las planicies. aparecen corriendo de todas partes. caídos bajo los árboles muertos. Es una plétora del mirar. las filas de macambiras. reverberando en el firmamento claro. Y cuando las nubes de humo se esparcen en el aire puro. impenetrables. Nace de los días claros y calientes. Esta falsa ceguera. que los mismos caranchos rechazan porque no pueden romper con sus picos las pieles endurecidas. porque se le parte el corazón sólo de mirar a su caballo. paradojalmente. Finalmente todo se agota y la situación no cambia. del vivo ondular del aire en fuego sobre la tierra desnuda. obligándola a saltar para. con el primer claror del levante. Recurre al combate. animales que todavía no están completamente exhaustos y buscan. Con la vista renace su energía. Y ni un cereo en torno. Es un enemigo más. A su vera se cierran. . Una mo­ lestia extravagante completa su desdicha: la hemeralopia. El sertanejo. y el sol. finalmente se doblega. Pero no siempre puede aventurarse a la arriesgada hazaña. . y lo que más le duele. bueyes enterrados en el sitio donde estaba su aguada predilecta. para apagarse otra vez. hacia los sitios donde se encuentra la hacienda. porque sabe que el animal provocado por un poco eficaz chumbo. es provocada por las reacciones de la luz. Todavía son un recurso. se asoma a su pobre rancho.

hacia las costas. Las leyendas escalofriantes del caapora maldito que atraviesa veloz. unido a un misticismo extravagante. todas las apariciones fantásticas. capacidad orgánica para ambicionar una situación mejor. de gorro colorado. por así decirlo. hacia las sierras distantes. . Los alcanza. montado en un caititu arisco. Es innecesario describirlas. Está en la fase religiosa de un monoteísmo incomprensible. Resumen de caracteres físicos y fisiológicos de las razas de las que surge. RELIGION MESTIZA 166 Aislado de esta manera en el país que no lo conoce. Lo vence la nostalgia del sertón. Un análisis de éstas revelaría la fusión de estadios emocionales distintos. No resiste más. Es el hombre primitivo. los sacis diabólicos. en el que se unen el fetichismo del indio y del africano. lo es también de las cualidades morales. hacia cualquier lugar donde no lo mate el elemento primordial de la vida. Su religión es como él: mestiza. audaz y fuerte. Pasan meses. buscando las horas pasajeras de ventura. en una curva del camino. ese trágico emisario de los rencores celestes en comisión terrestre. nómada o mal fijado a la tierra. canonizado in partibus. El círculo estrecho de su actividad le demoró el desarrollo psíquico. Y sus singulares creencias traducen esa violenta aproxi­ mación de tendencias diferentes. en lucha abierta con el medio que parece haberle estampado en la organización y en el tem­ peramento su extraordinaria rudeza. crédulo. las planicies desiertas. o para terminar con las fiebres palúdicas. el sertanejo no tiene. Y otras. Se arrima a una de esas bandadas y se va camino afuera. Y vuelve feliz. El flagelo termina. pero al mismo tiempo. . los rezos dirigidos a San Campeiro. cantando. en un éxodo penoso. que se deja arrebatar fácilmente por las supersticiones más absurdas. revigorizado. Y ahí está de vuelta. . de aparcería con los lobizones y las muías sin cabeza y del mismo diablo. todas las visiones. El sertón se vacía. al cual se le encienden velas por los campos para que favorezca el descubrimiento de objetos perdidos. Y al día siguiente otra. que asaltan a los viajeros retrasados en las aciagas noches de los viernes. olvidado de los infortunios pasados. las bendiciones cabalísticas para curar a los animales. los mis­ mos días largos de trances y pruebas inacabables. en las misteriosas noches de luna llena. Los ve desaparecer dejando una nube de polvo. Se salva.Cierto día ve pasar por su puerta la primera turba de "retirantes”. Es un índice de la vida de tres pueblos.

todas las profecías de los mesías locos. en la misma locura. y las misiones. en el que el fervor religioso reverberaba en las hogueras inquisitoriales. en el mismo sueño enfermo. Y de la misma gente que después de Alcácer-Quibir 1 7 0 . Allí se muestran al desnudo el antropismo del salvaje. en una descompo­ sición rápida. Considerando las agitaciones religiosas del sertón y los singulares evangelizadores y mesías que intermitentemente lo atraviesan. y las romerías piadosas. ascetas mortificados por flagelaciones. apenas disfrazada por la corte oriental de Don M anuel167. FACTORES HISTORICOS DE LA RELIGION MESTIZA No sería difícil caracterizarlas como un mestizaje de creencias. cuando. . el más interesante de los pueblos cayó. arrastrando en la misma idealización. errantes por las faldas de las sierras. . Considerando los desórdenes sertanejos de hoy y los mesías insanos que los provocan. el rey de la Ericeira 1 7 2 . precisamente en el momento de total desequilibrio moral. a multitudes de creyentes. La trajeron gentes impresionables. lenguas de llamas mis­ teriosas. como única sal­ vación. el aspecto emocional de la raza superior. Esto es un notable caso de atavismo en la historia. espontáneamente re­ cordamos la fase más crítica del alma portuguesa. ante la ruina inminente. El poblamiento del Brasil se realiza intensamente con Don Joáo I I I 1 6 8 . veía bajo el palacio real ataúdes agoreros. Venían llenas de aquel misticismo feroz. y las penitencias. pueden explicarse. después de haber centralizado por momentos la histo­ ria. arrastran. destinados al martirio. buscaba. Una gran herencia de supersticiones extravagantes. en la época del descubrimiento y de la colonización. cuando "todos los terrores de la Edad Media habían cristalizado en el catolicismo pe­ ninsular”. Eran parcelas del mismo pueblo que. irresistiblemente nos asaltan al galope. quedó intacta en el sertón. catervas de moros de albornoz blanco pasando en procesión y combates de paladines en las alturas. en plena "caquexia nacional” al decir vigoroso de Oliveira Martins m. paliadas en el li­ toral por el influjo modificador de otras razas y de otras creencias. que afluyeron a nuestra tierra después que se deshizo en el Oriente el sueño milagroso de la India 1 6 9 . en Lisboa. que prendieron in­ tensas en la península. el animismo del africano y sobresaliendo. . dominan y enloquecen. rodeados por numerosos secuaces a los que fanatizan. las figuras de los profetas peninsulares de otrora: el rey de Penamacor. Todas las manifestaciones complejas de una religiosidad indefinida. la fórmula superior de las esperanzas mesiánicas. de pronto. bajo la obsesión dolorosa de los milagros y asaltado por súbitas alucina­ ciones. a partir del final del siglo xvi.

No asombra que su indefinida religiosidad presente estas sorprendentes antinomias. de ir a las solemnidades de la Iglesia por orden de sus fetiches. Acabado en Portugal. locos. como un palimpsesto. realizan el hecho anómalo pero corriente en la capital de Bahía. revelando todos los estigmas del estadio inferior. en los sertones del Norte 1 7 4 . los sertanejos. La enseñanza de los misioneros no hubiera podido ir más allá de las tendencias generales de su época. Del entrelazamiento entre las tendencias individuales y las vicisitudes exteriores resulta la indife­ rencia fatalista por el futuro y la exaltación religiosa. completa. al caer la noche. respira todavía la misma atmósfera moral de los iluminados que guiaban. Es una variable dependiente en el juego de los elementos. para que éstos pongan sobre los ángulos de la cruz una flor o un ramo. para que no queden en total abandono. el misticismo político del Sébastianismo. queda admirado. la conciencia imperfecta de los matutos aparece en los momentos de crisis a través de los ideales tan bellos del catolicismo incomprendido. salen de las misas consagradas hacia los ágapes salvajes de los candomblés africanos o los poraces del tupí. para que reciban siempre las preces de los viajeros.Esta yuxtaposición histórica se retrata sobre tres siglos. De la misma forma que los negros Haúgas. la necesidad de una tutela sobrenatural no hubiera sido tan imperiosa. Es que. El culto de los muertos es impresionante. CARACTER VARIABLE DE LA RELIGIOSIDAD SERTANEJA Estos estigmas atávicos tuvieron entre nosotros las reacciones favorables del medio. su religión es indefinida y variada. orando por las almas de los muertos queridos o pidiendo aliento para su vida tormentosa. adaptando el ritual jorubano 1 7 5 . Quien observa a la familia sertaneja. para completar el símil. Inmóvil el tiempo sobre la rústica sociedad sertaneja. persiste actualmente de modo singularmente impresionante. recorda­ . a la media luz de las lámparas de aceite. Por eso. pero al costado de los caminos. esta condición inferior de pupilo idiota de la divinidad. La conciencia de su debilidad para develarlos hace que sea más fuerte este apelar constante a lo maravilloso. ante el oratorio paupérrimo. Miguelinho o Bandarra 17 S. Los entierran lejos de las poblaciones. Pero no nos anticipemos. Con una naturaleza más benéfica. El hombre del sertón vive en función de la tierra más que cualquier otro. herederos desgraciados de vicios seculares. sin tapujos. echada fuera del movimiento general de la evolución humana. Ni siquiera les falta. determinando una psicología especial. incluso en los períodos normales. Pero es exacta.

se yergue un bloque solitario. Nosotros vamos a esbozarlos. Un mameluco o cafuz. La piedra a la que estaba subido sería quebrada. la Pedra Bonita. . PEDRA BONITA Los acontecimientos sertanejos. el muerto es un bienaventurado. En ese ámbito. jubilosos entre lágrimas. desde Maranhao a Bahía. La sangre cho­ rreaba por la roca formando charcos y según afirman los diarios de la . las últimas formaciones gra­ níticas de la costa se levantan en formas caprichosas. peleando para tener la primacía en el sacrificio. La muerte de una criatura es un día de fiesta. el próximo advenimiento del reino encantado del rey Don Sebastiáo. El vaquero que anda pre­ suroso por los caminos. Resuenan las guitarras en el rancho de los pobres padres. aberraciones brutales que la llenan de mácula. de un enemigo quizá. vibran en el aire las coplas de los desafíos. castigando inexorablemente a los hombres ingratos. en 1837. Este lugar fue. como un púlpito gigantesco. teatro de hechos que recuerdan las siniestras solemnidades religiosas de los Achantis1 7 8 . resuena el samba turbulento. Alrededor del monstruoso altar se arrastraban las madres levantando sus pequeños hijos. Tomaremos. nunca vio. La tierra es un exilio insoportable. pero llenando de riquezas a los que hubiesen contribuido a obtener su desencantamiento. no por los golpes del pico sino por la acción milagrosa de la sangre de los niños esparcida sobre ella en holocausto. dominando majestuosa toda la región y convergiendo en un amplio anfiteatro al que sólo se puede acceder por una estrecha gar­ ganta entre murallas a pique. . todavía no han tenido un historiador. coronado de flores. tal vez. a la felicidad eterna. . y a un costado. Pero también hay rasgos repulsivos en esta religiosidad de aspectos tan interesantes. un acontecimiento.ción fugaz pero permanentemente renovada. entonces el gran rey aparecería envuelto en un aura fulgurante. entre dos velas de carnauba. entre muchos. anunció. reza por la salvación de quien. . que es la preocupación dominante de esas almas ingenuas y primitivas. En los límites de Pajeú. El trastornado encontró un medio adecuado para su locura. en Pernambuco. un iluminado. detiene su caballo ante el humilde monumento — una cruz sobre varias piedras amontonadas— y con la cabeza descu­ bierta. convencido. congregó allí a toda la población de las vecindades y tre­ pado a la piedra. en la sierra Talhada. el angelito expone en su última sonrisa endurecida la felicidad suprema de volver al cielo. Por el sertón sopló un hálito de neurosis.

Ya que la vimos pervertida por el fanatismo. digo que de ahora en adelante no llamarán a esta sierra de Piquaragá sino de Monte Santo”. véamosla transfigurada por la fe. Por otro lado. ya que vivía en tan grande desamparo de las cosas espirituales”. entusiasmados con el milagro de las minas de plata. con la exhortación al pueblo para "que en los días santos venga a visitar los santos lugares. Es que en uno de sus flancos. después de desbaratada esa lúgubre farsa. Apolonio de Todi. que venía de la misión de Macará. Describe la procesión majestuosa y lenta ascendiendo la montaña. El sacerdote describe el comienzo y el curso de los trabajos y el franco auxilio que le dieron los pobladores de los sitios próximos. En el siglo x v i i . La escudriñaron en vano los émulos del Muribeca 177 astuto. que les hacía creer que allí estaba y no más adelante. entre el silbar del viento violento que en lo alto de las planicies les apagaba las antorchas y finalmente. Su marcha hacia las sierras de la Jacobina. era imposible permanecer en el lugar. . Además. El alma de un matuto queda inerte ante las influencias que la sa­ cuden. Finalmente. siguiendo por fin hacia otros rumbos. el dorado apetecido. el sermón de la penitencia. seguía la huella enigmática de Belchior Dias. La sierra desapareció de nuevo entre las planicies que domina. con sus tropas de cotiguaras mansos y foras­ teros armados. aparecían unas letras singulares — una A. MONTE SANTO Monte Santo es un lugar legendario. hacia fines del siglo pasado. . La sierra solitaria —la Piquarafá de los aventureros— dominaba los horizontes y les seña­ laba el norte. Iba a ser la primera del más tosco y más imponente templo de fe religiosa. puede ir de la extrema brutalidad a la máxima devoción. . hechos de tamaña grandeza contradicen esas aberra­ ciones.época. hacia el occidente o hacia el sur. El más grande apóstol del Norte se impresionó tanto con el aspecto de la montaña "encontrándola semejante al calvario de Jerusalén” que pensó en seguida en erigir una capilla. De acuerdo con ellas. "Y aquí — finaliza— sin pensar en nada más. los aventureros que venían del norte se topaban con el sertón y allí se quedaban largo tiempo. cuando el descubrimiento de las minas determinó la atracción del interior sobre el litoral. con grandes piedras. en abundancia tal que. los atraía por sí misma de manera irresistible. escritas en caligrafía ciclópea. una L y una S— ladeadas por una cruz. la descubrió un misionero.

Amparada por muros revestidos de lajas. Sin la grandeza de los antecesores. más alto que las más altas catedrales de la Tierra. convergen allí las familias de los alre­ dedores y los creyentes pasan por los mismos flancos donde otrora. la emoción extraña de una altura inmensa. el apóstol no tuvo continuadores. las enseñanzas de los primeros evangelizadores. el misionero moderno es un agente perjudicial que agrava los desequilibrios del estado emocional de los tabaréus. descubriendo el dorado maravilloso. el que sube la extensa vía sacra de tres kilómetros de largo. en la que se erigen. dobla a la izquierda y sube menos abruptamente. el espacio infinito. . siguiendo la línea del máximo de­ clive. de cuarzo. Actualmente. en una rampa de cerca de veinte escalones. a partir de la capilla mayor — interesantísima ermita levantada en una saliente de piedra. el obser­ vador advierte perspectivas que van creciendo en grandeza: primero los planos de las vastas planicies. descifró el secreto de las grandes letras de piedra. veinticinco capillas de albañilería. es un prodigio de ingeniería ruda y audaz. sin aliento. recti­ línea. apaga y pervierte lo que inculcaron de bueno en aquellos espíritus ingenuos.Y se hizo el templo prodigioso. Comienza chocando con la montaña. hasta el Cal­ vario. parando en los pasos. LAS MISIONES ACTUALES Lamentablemente. dismi­ nuyendo el declive hasta la línea de las cumbres. a espacios regulares. arremetiendo con el vértice puntiagudo del monte. donde resuenan desde hace cien años. más hábil que Muribeca. con el ansia de la ambición andaban los aventureros. en ciertos trechos. La población sertaneja completó la empresa del misionero. A medida que se asciende. para la Semana Santa. bien en lo alto. teniendo como piso la roca viva tallada en escalones o en rampas. y mirando a lo alto. se ve que Apolónio de Todi. en otros. después las lejanas serranías agrupadas en todo el horizonte. En la cuarta o quinta capillita. valora la constancia y la tenacidad del esfuerzo realizado. la mina opulenta que ocultaba el desierto. las letanías de las procesiones de cuaresma y por donde han pasado legiones de penitentes. de los cuales no tiene ni el talento ni el . que apenas se ve en la caótica confusión de los tejados. . realzada por el aspecto de la pequeña aldea. monumento erguido por la naturaleza y por la fe. exhibiendo paneles de los pasos. Salvo raras excep­ ciones. su acción es negativa. a caballo del abismo— vuelve a la derecha. Más adelante. allá abajo. Continúa por éstas si­ guiendo una pequeña depresión y después se levanta de improviso. esa calle blanca. con cal­ zada hecha. Cuando. Destruye.

repentinamente. La denominación se refería a las compañías de penitentes que por las noches. larga sobre el auditorio avalanchas de penitencias. Generalmente sigue el proceso inverso. el último. véase el libro de Araripe Júnior. en torno de cruces misteriosas. unos misioneros recién llegados. . lo alucina. echa bravatas. se muestra con todos sus emocionantes ribetes. en las encrucijadas solitarias. llorando. en mal italiano y en mal latín— que estaba harto de los desmanes de la Tierra. . En 1850. sino que brama en todos los tonos contra el pecado. no aconseja ni consuela. O Reino Encantado. acabaron robando. como enloquecidos. alternando los estornudos con las catástrofes. por­ menoriza la fundación de Monte Santo. pues no la conoce. Dios había dicho — en mal por­ tugués. los sertones de Cariri estuvieron alborotados por las depre­ daciones de los Serenos. hombres miedosos. Es brutal y traicionero. Tiene el extraño privilegio de las bufonerías melodramáticas. . abriendo indistintamente la caja de rapé y la de Pandora. Sube al púlpito de las iglesias del sertón y no mues­ tra la imagen de los cielos. * La Memoria sobre o Estado da Bahía. Era fatal. Y esos desvariados salieron por los sertones. en acciones macabras de flagelantes. aterra y maldice. publicación oficial hecha en 1893. que ejercitaban el robo en gran escala. rezando. Los maestros del mal se fueron a ejercer su equivocada do­ cencia a otros sitios y la justicia reprimió dificultosamente el bandidismo incipiente *. 1 7 8 Y alucina al sertanejo crédulo. describe el infierno truculento y flamígero con palabras encendidas que completa con gestos de loco y muecas de truhán. muestra groseros cuadros de torturas. Demos un ejemplo único. de las ortigas y de otros duros ele­ mentos de penitencia. y como la caridad pública no los podía satisfacer a todos. No presenta ante los matutos simples las imágenes de una vida honesta y superior. pidien­ do limosna. Es ridículo y aterrador. habían profetizado el próximo fin del mundo.arte sorprendente de transfigurar las almas. Los disparates salen de su boca envueltos en tragedia. aquellos enloquecidos. se agrupaban. salieron de la matriz del Crato 1 7 9 y se dispersaron — mujeres llorosas. donde el acontecimiento brillantemente nove­ lado. . Sale de las dobleces del oscuro hábito como de la sombra de una emboscada armada para la credulidad incondicional de los que lo escuchan. . Sobre la Pedra Bonita. im­ poniéndose el cilicio de las espinas. no ora. con palabrerío interminable. formando una banda deprimente. Un día. En la iglesia. lo deprime y lo pervierte. niños temblequeantes— por los sertones en busca de mayores flagelos.

interpretando la inclinación y la orientación de los estratos de antiguas formaciones. sobre el mismo medio de donde habían partido. DOCUMENTO VIVO DE ATAVISMO Es natural que estas capas profundas de nuestra estratificación étnica se sublevaran en una anticlinal extraordinaria: Antonio Conselheiro 1 8 0 . el elemento activo y pasivo del movimiento del que surgió. destinado a la solicitud de los médicos. Considerando al falso apóstol se ve que el exceso de subjetividad lo predispuso a la rebelión contra el orden natural porque siguió la fórmula del delirio propio. Acompañar la primera es seguir paralelamente y con mayor rapidez. llevado por una potencia superior. imprecisos. por la gran receptividad mórbida de su espíritu torturado por los reveses y ellas refluyeron después. casi pasivamente. se condensaron en su misticismo feroz y extravagante. que por sí mismo nada valía considerando la psicología de la sociedad que lo crió. se pierde en la turba de los neuróticos vulgares. Aparecen como la integración de diferentes caracteres. pero enérgicos y definidos cuando se resumen en un individuo. . Todas las creencias ingenuas. el resumen de los aspectos predominantes de un mal social gravísimo. pero sí son. No por eso fue . libremente ejercitadas en la indisciplina de la vida sertaneja. El tempera­ mento impresionable le hizo absorber las creencias del ambiente. confusos cuando se hallan dispersos en la multitud. fuertemente. la segunda. yendo a parar a la historia como podía haber ido a parar al hospicio. Es difícil trazar la línea divisoria entre las tendencias personales y las tendencias colectivas. Fue simultáneamente. Aislado. con seguridad. esboza el perfil de una montaña desaparecida. el desgraciado. . vagos.ANTONIO CONSELHEIRO. Se lo puede incluir en cualquier modalidad de la psicosis pro­ gresiva 1 S 1 . el historiador puede apreciar la grandeza de ese hombre. desde el fetichismo bárbaro hasta las aberraciones católicas. asombra. Las singulares fases de su existencia no presentan quizá los períodos sucesivos de una grave enfermedad. No era un incomprendido. La multitud lo aclamaba como representante natural de sus más altas aspiraciones. Pero situado en función del medio. Es una desloca­ ción y es una síntesis. Del mismo modo que el geólogo. la vida resumida del hombre es un capítulo ins­ tantáneo de la vida de su sociedad. es observar la más completa mutualidad de influjos. Porque para el historiador no es un desequilibrado. como brotadas de su conciencia delirante. La imagen es correcta. vino a golpear a una civilización. seguirlas juntas. Por eso. todas las tendencias impulsivas de las razas infe­ riores.

la literatura latina occidental declinó de pronto. parecerían actualmente casos repugnantes de insania. los encratitas abstinentes que se maceraban y flagelaban. los discípulos de Marcos. En el constante peligro de caer en un oscurecimiento completo de la razón. en la palabra y en el gesto. en la última fase del mundo romano. que lo fijaría en una fase remota de la evolución.más allá. en un retro­ ceso en el tiempo. el sertón sublevado tuvo en la actitud. en la fase persecutoria o de grandezas. señalando cierto nivel de la mentalidad humana. mejor dicho. Enganchaban bien en todas las tendencias de la época en que las extra­ . la grandeza y la resignación soberana de un apóstol antiguo. UN GNOSTICO RUDO Evitada la intrusión dispensable del médico. reaccionando a su vez. No se deslizó hasta la demencia. Los rasgos más típicos de su misticismo. los ofiólatras. en una regresión a un estadio mental de los tipos ancestrales de la especie. Lo que el médico caracterizaría como un caso de delirio sistematizado. Dejando de lado el influjo de las razas inferiores. dentro de nuestra era. ya eran. el medio. Fue un extraño caso de atavismo. la nota étnica. el antropólogo lo encontraría normal. el antropólogo lo describiría como fe­ nómeno de incompatibilidad con las exigencias superiores de la civili­ zación. lo amparó. aspectos religiosos comunes. como un anacronismo. una coherencia indestructible en todos sus actos y una rara disciplina en todas sus pasiones. En efecto. mal sustituida por los sofistas y letrados mezquinos de Bizancio. la serenidad. de manera que al andar por largos años en sus prácticas ascéticas. cuando el gnosticismo universal se erigía como transición obligatoria entre el paganismo y el cristianismo. alterándole las relaciones con el mundo exterior. los montañistas de Frigia. lo vimos hace poco de relieve. como un revivir de atributos psíquicos remotos. precediendo el asalto de los bárbaros. extraño pero natural para nosotros. Su contribución mórbida lo llevó a interpretar caprichosamente las condiciones objetivas. cuando. y lo obligó a adoptar un cierto orden en el desvarío. todas las sectas en que se fraccionaba la religión naciente. con sus doctores histéricos y sus exégesis hiperbólicas. en un período angustioso de la vida portuguesa. limitándolo. lo que se tradujo fundamentalmente. Y fueron normales. Podríamos encuadrarlos en un escenario más amplio. Basta con que volvamos los ojos a los primeros días de la Iglesia. vibró de manera exclu­ siva. Como enfermo grave sólo le puede ser aplicado el concepto de la pa­ ranoia de Tanzi y Riva 1 8 2 . Pero en su desvío vibró siempre. los maniqueos bifrontes entre el ideal cristiano emergente y el bu­ dismo antiguo. los adamitas infames.

rebelde— en el me­ dio en que se movía. impresionante en su firmeza y siguiendo su objetivo fijo con fina­ lidad irresistible. transfigurado por ilapso estupendo. pero adscripto a todas las contin­ gencias humanas. en esa zona mental donde se confunden los facinerosos y los héroes. HOMBRE GRANDE PARA E L MAL Paranoico indiferente. y con una función exclusiva: mostrar a los pecadores el camino de la salvación. el emisario de las alturas. REPRESENTANTE NATURAL DEL MEDIO EN QUE NACIO El factor sociológico que cultiva la psicosis mística del individuo. La regresión que lo caracterizó y determinó su temperamento vesánico. Ahí estuvo detenido. su neurosis estallaría y su misticismo oprimido destruiría su razón. 1 8 3 . en las oscilantes fronteras de la locura. los grandes reformadores y los pobres enfermos. retrógrado. . Por el contrario. Cristalizó en un ambiente propicio al error y a las su­ persticiones. No fue más allá. sus misterios y sus sacrificios tremendos de leones lanzados vivos al Danubio con solemnidades impo­ nentes presididas por el emperador filósofo. camino de los sertones bravios. lo limitó sin oprimirlo. donde se dan el brazo genios y degenerados. Era un siervo ungido para una dura tarea y allá marchó. Allí. cedió a la única reacción posible. No la pasó. . Antonio Conselheiro fue un rudo gnóstico 1 8 4 . fue ciertamente un notable caso de degeneración intelectual. La historia se repite. en una armonía salvadora. Siempre se satisfizo con ese papel de delegado del cielo. pasible del sufrimiento y de la muerte. por largo tiempo. con sus procesiones fantásticas. arrastrando su débil esqueleto. expresada por esa línea ideal que Maudsley lamenta que no se pueda trazar entre el buen sentido y la locura. De manera que el espíritu predispuesto a la rebeldía franca contra el orden natural. Su frágil conciencia oscilaba en esa posición media. pero de algún modo. . quizá esta calificación no le cuadre completamente. Lastimado por la disciplina vigorosa de una so­ ciedad culta. Así ambos resultaron normales. su neurosis vibraba con un sentimiento ambiental y su mis­ ticismo estaba difundido por todas las almas que a su alrededor se con­ gregaban. arre­ batado por aquella idea fija. lúcido en todos sus actos. lo fortaleció. Era el profeta. pero no lo aisló —incomprendido. desequilibrado.vagancias de Alexandre Abnótico impresionaban a la Roma de Marco Aurelio. Veremos más detenidamente la exactitud de la comparación.

Silvestre Rodrigues Veras. "Los Maciéis que formaban. acostumbrados a hacer justicia por mano propia. Todo indicaba que aquéllos eran víctimas de una acusación indebida. llamaron en su ayuda a la guardia pretoriana de los capangas. Las luchas de familias no son más que una variante de las otras y se caracterizan por ser interminables. que constituían una familia rica. por ley fatal de los tiempos. la trabada entre estos dos grupos de hombres. señores de látigo y cuchillo. Crimes célebres do Ceará. pero embrutecidos ambos en la práctica de la violencia e igualmente numerosos”. marcharon en expedición criminal hacia Quixera­ mobim. comprometiendo a la des­ cendencia en las desavenencias de los abuelos. que vivían como vaqueros y pequeños hacendados. Así comienza el narrador escrupuloso * su breve noticia sobre la ge­ nealogía de Antonio Conselheiro. Araujo da Costa y un pariente suyo. teniendo como sede principal la aldea de Boa Viagem que queda a unas diez leguas de Quixeramobim. Y como éstos eran bravos hasta la temeridad. desiguales en su fortuna y posición oficial. creando casi una predis­ posición fisiológica hereditaria al rencor y a las venganzas. . Sus adversarios fueron los Araújos. Surgió de un incidente mínimo: pretendidos robos cometidos por los Maciéis en una propiedad de los Araújo. una familia numerosa de hombres sanos. cayeron. Hacendados opulentos. "Vivían en la misma región. Los hechos criminales que refiere no son más que episodios casi per­ manentes de la vida turbulenta de los sertones. Así preparados. "Fue una de las luchas más sangrientas de los sertones de Ceará. se concertaron para un ejemplar castigo a los delincuentes. sin asentarla en vastos latifundios y cantidades de ga­ nado. en una guerra de familias. Esclarece el concepto etiológico de la enfermedad que lo abatió. La delinearemos bre­ vemente. * Coronel Joáo Brígido dos Santos186.ANTECEDENTES DE FAMILIA: LOS MACIEIS Su biografía resume la existencia de la sociedad sertaneja 1 8 5 . Eran "hombres vigorosos. serviciales” y gozaban en los alrededores de una reputación envidiable. ágiles. simpáticos. Os Araújos e Maciéis. no vieron con buenos ojos que una familia pobre tuviera una reputación como la de ellos. Parecidos a otros mil que muestran con evidencia la prepotencia sin freno de los patrones de las aldeas y la pecaminosa explotación a que someten a la bravura instintiva del sertanejo. emparentada con otras de antigua raigambre en el norte de la Provincia. conformando uno de los grandes hechos criminales de Ceará. en los sertones entre Quixeramobim y Tamboril. inteligentes y bravos. bien presentados.

Hecho esto. seguido en su fuga por una hermana. Maniatado y con las piernas atadas por abajo a la barriga del caballo que montaba. aunque herido y con un pie lujado. a poco tiempo. entre otros. En el sitio de "Passagem”. Pero el forajido. Este cayó transversalmente ante la puerta impidiendo que se pudiera cerrar. muchachos sin miedo y corajudos. reunida toda la parentela. A ellos se unieron los hijos y yernos de Silvestre y acometieron su cri­ minal empresa. Libraron una refriega tremenda y desigual. cerca de Quixeramobim se ocultó. Había hecho blanco el mismo Pedro Veras quien pagó en seguida su hazaña recibiendo a quemarropa una descarga de plomo. Ahora bien. célebre por su rivalidad sangrienta con los Mouróes famosos y un terrible cangaceiro. aceptaron. apelaron a recursos más enér­ gicos. La hermana de Miguel Carlos trató de sacarlo de allí y cayó atravesada por una bala. Bien armados. Muerto el jefe. y la habían re­ chazado. Derrotados. los sicarios — aunque eran más numerosos— temieron la resistencia. que se había adelantado a los demás. de Aracatiagu. Lo persiguieron. . rabiando y encolerizados. La palabra de honor de los bandidos tuvo el valor que debía tener. la garantía de la vida. No faltaban entonces. siguieron sus rastros como si fueran los de una suguarana bravia. El hecho ocurrió en 1833. consigue escapar. hablando de estos dos infortunados en sus memorias. Corría el primer día de viaje. dice que nunca habían hablado mal de ellos ni siquiera los enemigos que acusaron a sus hijos y pone en duda la participación de éstos en los robos aludidos. Sin embargo. enfrentó a la horda abatiendo pronto a un tal Teotonio. En esta ocasión mueren. sabiendo que no podrían resistir durante mucho tiempo. los Araújos habían dejado escapar a su peor enemigo. pernambucano. su fuga es inexplicable. Consiguieron a dos de los mejores: José Joaquim de Meneses. Los Maciéis. gran conocedor de los montes. haciéndola huir. en cacería bárbara. Eran las nueve de la mañana. Memorias. Los Maciéis. el jefe de la familia. los que le seguían el rastro. Se rindieron. Miguel Carlos. los potentados cuya imbécil prepotencia había recibido tan duro trato. habían enfrentado a la banda asalariada. pudo eludir durante algún tiempo la persecución comandada por Pedro Martins Veras. contrariando la expectativa general. * * Manuel Ximenes. Antonio Maciel y un abuelo de Antonio Conselheiro *. la afirma el cronista escrupuloso * * . exhausto. Ahí llegaron. Vicente Lopes.Pero. El sertanejo temerario. Hacían bajo escolta el camino a la cárcel de Sobral. Al acercarse a la vivienda de los Maciéis. bien montados. el rancho se * Manuel Ximenes. cuando fueron asesinados. Pero un tío de éste. facinerosos afamados que vendían su valentía. como no faltan hoy. los agresores retrocedieron lo suficiente como para que el sitiado pudiese cerrar la puerta. bajo palabra. poco después volvieron de­ rrotados. en un rancho abandonado cubierto de ramas de oiticica. Les pidieron que se entregaran ofreciéndoles.

la carabina bajo el brazo y el cuchillo listo al ataque. por fin. ya cerca de la iglesia. casado con una parienta suya. "Una noche. más que sabidos. No pudiendo respirar ahí adentro. vio entrar a un individuo que quería comprar aguardiente. un día cayó bajo su cuchillo un espía incauto que lo rastreaba. cayó muerto de un balazo entre la alarma de los parientes y la desesperación de la desdichada novia. Este riacho con su forma circular rodeaba la plaza y en invierno constituía una linda cinta de aguas tranquilas. Arrojaron fuego sobre el techo de ramas. Rompe el círculo y gana la caatinga. La venganza del sertanejo velaba inextinguible. La desem­ bocadura del riacho de la Palha daba a los fondos de la casa indicada. Su vida transcurría en peligrosos lances. .convirtió en una fortaleza. junto a la garganta que conduce a la pequeña plaza Cotovelo. Miguel Carlos llegó a abrir . La narración a la que nos remitimos dice: "Parece que Miguel Carlos tenía allí protectores que le daban garan­ tías. Lo cierto es que más allá de la protección que le dieran. Tiempo después. burlando todas las trampas que le ten­ dieron. El efecto fue instantáneo. su otra her­ mana. "Una mañana. la "Némesis de la familia”. encima de los asaltantes. según el decir del cronista ya citado. Tanto los pa­ rientes de Miguel Carlos como los extraños tomaron sus ropas de la arena y a medio vestir emprendieron la fuga. muchos de los cuales. Fue en Quixeramobim. se hizo acompañar por el sospechoso hasta las afueras del poblado y en el riacho de la Palha lo mató con su cuchillo. . también él corrió hacia el fondo de una casa que casi se enfrentaba con la desembocadura del riacho de la Palha. En calzoncillos y empu­ ñando el cuchillo. Miguel Carlos ya estaba desnudo y en compañía de muchos compañeros. . Lo cierto es que. son inventados por la fecunda imaginación de los matutos. uno de los Araújos trató casamiento con la hija de un rico ganadero de Tapaiara y el día de las nupcias. le dijo que lo iba a matar y como el dueño de casa lo detuvo. Por las rendijas de las paredes estallaba a cada minuto un tiro de espingarda. Manuel Francisco da Costa. v fue a bañarse al río que corre detrás de esa casa situada casi en el límite de la plaza principal de la aldea. Los bandidos no se atrevieron al asalto pero fueron de una cobardía atroz. Helena Maciel. estando a la puerta del negocio de Manuel Procópio de Freitas. salió de la casa de Antonio Caetano de Oliveira. acostumbraba parar en la aldea. Miguel Carlos resuelve salir. En esa casa vivía. Ahora tenía una socia en el rencor justificado y hondo. cuando apareció un grupo de enemigos que lo esperaban escondidos entre los pastos. en 1845. Arroja toda el agua de un balde sobre el fondo del rancho apagando moentáneamente el fuego y saltando sobre el ca­ dáver de su hermana se arroja. Con­ siderando que era un espía. .

uno de­ bajo del otro. jefe de la banda. quien mandó golpear bárbaramente a André Ja­ cinto de Sousa Pimentel. padre de Antonio Vicente Mendes Maciel (el Conselheiro) en esta deplorable contienda.el portal de la quinta. UNA VIDA CON BUENOS AUSPICIOS Por cierto. a quien atribuía los avisos que éstos habían recibido en Boa Viagem. como osó confesar muchos años después. "Innumerables víctimas anónimas se cobró esta lucha sertaneja. agarrándolo por una pierna. "El hecho de que la acción fuera perpetrada por soldados del destaca­ mento de línea. Miguel Carlos le respondió al instante con otra cuchillada en la carótida. al mando del alférez Francisco Gregorio Pinto. Agonizaba caído con el cuchillo en la mano. siendo el último de los Maciéis. . No sigamos. de bajo origen y educación. Moribundo. hermano de Miguel Carlos. nada se sabe con certeza sobre el papel que le cupo a Vicente Mendes Maciel. Sus coetáneos lo pintan como un * Coronel Joáo Brígido. muriendo los dos instantáneamente. testimonios de la energía de esa familia que había dado tantos hombres bravos para una lucha con poderosos tales como los de Boa Viagem y Tamboril” *. Helena Maciel. cayó abatido por un tiro que había partido del séquito que lo perseguía. Némesis de la familia. pero el propósito era matarlos. diezmadora de los secuaces de las dos familias. corrió hecha una furia hasta el lugar y pisando la cara del asesino de su hermano decía satisfecha que le ale­ graba lo sucedido por el fin que había tenido el enemigo. "Helena permanecía quieta y silenciosa. Fue ella. hermano del novio asesinado. emparentado con los Araújos. Durante mucho tiempo fue célebre la valentía de Miguel Carlos y por él y sus parientes era intensa la estimación y el respeto de sus contemporáneos. le clavó su cuchillo. pero cuando quiso cerrarlo. de la familia de Araújo. agente del correo de la aldea. cuando Manuel de Araújo. inmoló un enemigo a los manes de su hermano. hizo creer durante mucho tiempo que ese oficial de mala fama había sido el autor del crimen. Antonio Maciel. id. de las venidas de Miguel Carlos. mozo de una familia importante de la aldea. "Dicen que los sicarios habían pasado la noche en casa de Inácio Mendes Guerreiro. De esos golpes resultó una lesión cardíaca que dio una muerte horrorosa al infeliz cul­ pado de esa última agresión de los Araújos. muerto en Boa Viagem. "Helena no se abatió con esta desgracia. con quien Pimentel estaba ene­ mistado. hombre insolente. Venían a título de prender a los Maciéis.

sin tener escritas ni las deudas ni los créditos”. PRIMEROS REVESES De allí data su dramática existencia. A partir de 1858 todos sus actos denotan una transformación del carácter. Antonio Maciel busca un empleo. de algún modo. Antonio Maciel proseguía su vida correcta y serena. Sólo después de haberlas casado buscó para sí un enlace que le fue nefasto. En 1859. En estos cambios se advierte la lucha de un carácter que no se deja abatir. se muda a Sobral y se emplea como vendedor. la que desequilibraría una vida iniciada bajo los mejores auspicios. Adopta dis­ tintas profesiones. medio visionario y descon­ fiado. el hijo tuvo una educación que. o. de ganarse la vida. pero honesto. Testi­ monios de conocidos lo señalan como adolescente tímido y tranquilo. totalmente entregado a los menesteres del negocio. . vuelven inestable su situación. La mujer fue la sobrecarga adicio­ nada a su tremenda tara hereditaria. pero de tanta capacidad que. a despecho de los desórdenes del hogar. Debiendo afrontar el trabajo de velar por tres hermanas solteras. Tal vez quedaba latente. enemigo de las fiestas. un medio cual­ quiera. Lo cierto es que. veinte años después de los trágicos hechos que recordamos. Bajo la disciplina de un padre de honradez proverbial. le eran contadas mostrándole siempre el coraje singular y tradicional. en espera de con­ diciones favorables para expandirse. al llegar a cada nueva residencia. negociaba en ha­ ciendas llevando las cuentas de memoria. dejaba pasar la etapa triunfal de los veinte años. la pésima índole de ésta.hombre "irascible pero de excelente carácter. Todas las historias o leyendas entretejidas con exageraciones. de las que muchas veces eran protagonistas sus propios parientes. siendo analfabeto. retraído. falleciendo aquél en 1855. De ahí a poco tiempo se muda a Ipu. Pierde sus hábitos sedentarios. sin el entusiasmo feliz de los que se inician en las primicias de la vida. La sugestión de estos relatos tenía el correctivo enérgico de la severidad del viejo Mendes Maciel. según la costumbre de los narradores del sertón. en esta etapa prepa­ ratoria de su vida. incompatibilidades de carácter con la esposa. Habiendo quedado sin bienes de fortuna. lo que es más verosímil. Se queda poco tiempo allí. lo aisló de la turbulencia familiar. Trabaja de solicitador en el foro. Sigue hacia Campo Grande donde se desempeña en las modestas funciones de escribiente del Juez de Paz. reveló una rara abnegación. En pocos años se muda a diferentes aldeas y poblaciones. que no permitía tomar alas al ánimo del muchacho.

se advierte la voluntad de alguien que va perdiendo terreno pero reacciona cada vez con un doloroso esfuerzo. en dirección a Crato. Podía decirse que había muerto. en el que era magna pars un Lovelace de tragediam. Gracias a este incidente algo ridículo. Pero siempre lo evitó. En Ipu. donde no lo conocían ni de nombre. . busca el abrigo de la absoluta os­ curidad. Sólo de vez en cuando se recordaba su nombre y el fin escandaloso de su existencia. de noche. Va perdiendo la antigua disciplina. Se realizan algunas averiguaciones policiales. Sigue des­ pués hacia el sur. en la que podía entrar como tantos otros. lugares desconocidos. con una tendencia acentuada hacia actividades cada vez más estériles hasta desembocar en el ocio franco. los cabellos crecidos hasta los hombros. Baja hacia el sur de Ceará. . El plano inclinado de esa vida en declive acaba de golpe en una caída formidable. en camino hacia Crato. hiere con furia de alucinado. . quedaron en sus parajes natales breves vestigios de su recuerdo. la barba descuidada y larga. Fue el punto final.Se advierte en todos estos cambios una tendencia hacia profesiones menos trabajosas. Al mismo tiempo iba perdiendo la antigua serenidad. El infeliz muchacho de Quixeramobim queda com­ pletamente olvidado. a un pariente que lo había hospedado. su mujer lo abandona. Al pasar por Paus Brancos. . las permanentes luchas partidarias le abrían la carrera aventurera de la política. A su alrededor. Y desaparece. dejadas de lado porque la víctima reconoce que el agresor no es culpable. Este período de su vida todavía lo muestra imbuido de sentimientos dignos. Y en Bahía surgía el sombrío anacoreta. ligándose a los seguidores de cualquier conquistador de urnas. Pasan diez años. monstruoso en su hábito azul de brin americano. con menores exigencias de esfuerzo. para lo que le servía el prestigio tradicional de su familia. la cara como una calavera. COMO SE FORMA UN MONSTRUO . . . el infeliz busca el escondite de los sertones. . Fulminado de ver­ güenza. Se salva de la prisión. LA CAIDA De pronto aparece su contracara violenta. un sargento de policía. En su descenso continuo. sos­ teniéndose en el clásico bastón en que se apoya el paso tardo de los peregrinos. azarosamente. Se va con un policía. la mirada fulgurante.

el esfuerzo de una introspección delirante con la que la locura envuelve a los cerebros deprimidos. La multitud le ahorraba el indagar torturante acerca de su propio estado emotivo. mudo. su vida misteriosa lo había rodeado de un prestigio nada vulgar que tal vez agravó su temperamento delirante. hecho prisionero en Canudos en los últimos días de la campaña.Su existencia es desconocida durante tan largo período. Todas las conjeturas y las leyendas que lo rodeaban for­ maron el ambiente propicio para la germinación de su propio desvarío. como una sombra. . indiferente a la vida y a los peligros. Aparecía por aquellos sitios sin destino fijo. como una sombra surgida de las planicies pobladas de duendes. El evangelizador nació. ya los dominaba. Su insania estaba allí. durmiendo a la intemperie. sin cálculo. a orilla de los caminos. Esta sombra condensaba el oscurantismo de tres razas. me dijo algo al respecto. errante. . Nada decía de su pasado. sin porme­ nores característicos. Le ensanchaba el pano­ rama de su vida lanzándole adentro los errores de dos mil años. Pasaba y seguía en busca de otros lugares dejando absortos a los matulos supersticiosos. De este testimonio concluí que Antonio Maciel. sin precisar fechas. Hablaba en frases breves o con mono­ sílabos. Cuando aquel viejo singular de poco más de treinta años. Actuaba como ente pasivo. en una penitencia ruda. el dominio que. Y creció tanto que se proyectó en la Historia. como un espectro. monstruoso autómata. Andaba sin rumbo cierto. Lo creaba. se reflejó sobre él mismo. alimentándose mal y ocasionalmente. La multitud lo remodelaba a su imagen. Como dominador fue un títere. . impresionó vivamente la imagi­ nación de los sertanejos. Lo había conocido en los sertones de Pernambuco. Aparecía — escuálido y macerado— dentro de su hábito caído. en el consejero predilecto de todas las decisiones. cesaban las charlas y las guitarras festivas. para aquellas simples gentes. Un viejo cáboclo. La admiración intensa y el respeto absoluto de la gente lo convirtieron en poco tiempo en árbitro incondi­ cional de todas las divergencias y problemas. ejercía a su alrededor. apa­ recía por los ranchos de los troperos. aún joven. Era natural. de un rancho a otro. En el seno de una sociedad primitiva que por sus cualidades étnicas y por el influjo de las santas misiones malévolas comprendía mejor la vida por los incomprensibles milagros. . pero vagamente. . Sin querer. . Poco a poco. . Se volvió algo fantástico. Necesitaban a alguien que personificase su indefnida idealización y los guiase por los caminos misteriosos de los cielos. exteriorizada. uno o dos años después de la partida hacia Crato.

felices por padecer junto con él privaciones y miserias. de 1877. que dice llamarse Antonio Conselheiro y que ejerce gran influencia en el espíritu de las clases populares.De los sertones de Pernambuco pasó a los de Sergipe. Ya no andaba solo. rigurosamente verídicas. contraria al trabajo. Con él triunfalmente erguido. lapicera y tinta. Dice un documento publicado aquel año en la Capital del Imperio: "Apareció en el sertón del Norte. sandalias. actores en la farándula de los vencidos de la vida. vive rezando. Así se presentó el Conselheiro en 1876. Estas palabras. en la aldea del Itapicuru de Cima. No los había llamado. la Misión abreviada y las Horas ma­ ñanas 1 8 8 . Se le acercaban espontáneamente. impresio­ nando por la rareza de la ropa: bata azul. Ya tenía gran renombre. como a todas partes. sombrero de alas anchas y caídas. delatan bien la fama que ya había ganado. Así vagó durante largo tiempo hasta aparecer en los sertones al norte de Bahía. apareciendo en la ciudad de Itabaiana en 1874. No aceptaba lecho. Sobre la espalda una bolsa de cuero en la que traía papel. . Revela ser hombre inteligente pero sin cultura” *. aceptando sólo lo que necesitaba para el sustento del día. entraban a las aldeas y poblaciones. avezada en el robo. sirviéndose de su aspecto misterioso y ropas ascéticas. un individuo. era gente ínfima y sospechosa. que encerraba la imagen de Cristo. Acompañado de dos profesas. Uno de los adeptos cargaba el templo único. va juntando al pue­ blo y guiándolo a su gusto. con los que se impone a la ignorancia y la simplicidad. desconocido y sospechoso. Su prestigio iba creciendo. En general. viste una túnica de algodón y se alimenta tan poco que casi es una momia. Dejó crecer sus barbas y sus cabellos. y moviendo los sentimientos religiosos. de un anuario impreso a cen­ tenares de leguas de distancia. tosco. sin cinturón. Vivía de limosnas. pre­ gonando y dando consejos a las multitudes que reúne donde le permiten los párrocos. de la reli­ gión naciente: un oratorio de cedro. por entonces. en un coro de letanías. pero rechazaba cualquier exceso. Lo seguían en su ruta sin norte algunos fieles. * Folhinha Laemmert. Cuando paraban en los caminos lo colgaban en la rama de un árbol y de rodillas le rezaban. Buscaba los ranchos solitarios. Allí llegó. sólo una tabla desnuda o si no el suelo duro.

Su piel seca se arrugaba como un cuero pegado a la carne muerta. . Había seguido el apren­ dizaje del martirio. No había dolor que le fuera desconocido. la había endurecido en la fría intemperie.LEYENDAS En la aldea de Itapicuru se produjo el cierre de esa carrera extraordinaria. despavorido. imaginó cómo arrui­ narla. Allí y ese mismo año. Acep­ tado el consejo. lo metieron inopina­ damente preso. al acaso. de las fatigas. . Era una leyenda terrible. su casa era visitada por el seductor. el infeliz se alejó a caballo cerca de media legua y luego volvió por caminos no frecuentados. ese sombrío . En seguida entró en la casa y con otra descarga fulminó a la esposa infiel que estaba durmiendo. . . por la noche. con un ascetismo que hubiera sorprendido a Tertuliano 1 9 °. Como se ve. abandonando todo y desde ese momento recorría los sertones. Lo abatió de un tiro. enloquecido. Decían que había matado a su esposa y a su propia madre. ante el asombro de los fieles. Muchas veces había bordeado la muerte por los prolongados ayunos. la había golpeado con las piedras de los caminos. no queriendo a la nuera. bien alta la noche. Le aconsejó que inventara un viaje cualquiera y que permaneciera en los alrededores. El dolor se la había anestesiado. Contaban que la madre. No le dio tiempo a entrar. de las angustias y de las miserias. le exigió pruebas. El asceta despuntaba tras la ruda disciplina de quince años de penitencia. en cierto modo justificaban. la imaginación popular comenzaba a novelarle la vida con rasgos vigorosos de originalidad trágica 1 8 9 . Y con horror vio que era su propia madre que se había disfrazado para realizar su diabólico propósito. así vería cómo. de la sed. Lo acusaban de una falsedad que su vida excepcional y el desorden de su antigua vida doméstica. Volvió después para reconocer al hombre que había matado. Lo vio acercarse cautelosamente y saltar por una ventana. la había macerado y marcado con los cilicios más duros. Allí permaneció varias horas hasta que. escondiéndose en un lugar desde donde podía observar y actuar con rapidez. Para eso le dijo al hijo que su mujer lo engañaba y como éste. se propuso presentárselas. vio un bulto que se aproximaba a su casa. Venía del hambre. Lo cierto es que la represión legal de 1876 lo encontró ya de lleno metido en el sueño del cual no despertaría. Entonces había escapado. sorprendido. la había secado en el rescoldo de las sequías. la había adormecido en los transitorios descansos sobre los lechos dilace­ rantes de las caatingas . tal como lo preconizan los apóstoles de la Iglesia.

Llegado a la tierra natal. Esta vuelta. De 1877 a 1887 anda por aquellos sertones. * De Jejuum. exorcismos y señales de la cruz de los creyentes asustados y de las beatas transidas de miedo. Lo llevaron a la capital de Bahía. La recibió indiferente. enmarañándose en los pelos duros de la barba descuidada que le llegaba hasta la cintura. Y el mismo año reaparece en Bahía entre sus discípulos que lo habían aguardado. . Redobló su influencia. reconocida la improcedencia de la denuncia. fardo pesado e inoportuno del alma impaciente por huir Para quien vivía de esta manera. A su sombra se curaban los enfermos crédulos y sus hojas eran la panacea infalible. tomó rasgos de milagro. que durante mucho tiempo fue objeto de una fitolatría extraordinaria. porque a su sombra descansaba el peregrino. Los jueces estupefactos lo interrogaron. que coincidió. sin mirada y sin sonrisa. Pasó por las calles entre ovaciones. Era un árbol sagrado. según afirman. en todos los sentidos.propagandista de la eliminación lenta de la materia: "descargándose de su sangre. rígida como una máscara. Permaneció en la serena indiferencia superior de un estoico. y los largos cabellos lacios cayendo sobre los hombros. . Una elegante capilla señala actual­ mente el lugar de su morada. y la ropa tan singular. cuya feria congrega a la mayoría de los pobladores de aquel trecho del río Sao Francisco. fue puesto en libertad 1 9 1 . per­ maneciendo con preferencia en Chorrochó 1 9 2 (1 8 7 7 ). a Vila do Conde (1 8 8 7 ). dentro de la túnica tan ancha. ojeras profundas. El pueblo comenzaba la gran serie de milagros de los que. tal vez. con el día que había pre­ fijado cuando lo tomaron preso. lugarejo de pocas centenas de habitantes. la orden de prisión sólo era un inci­ dente mínimo. el infeliz ni se enteraba. plantado a la entrada de la aldea. párpados caídos. Prohibió a los fieles que lo defen­ dieran. de desenterrado. No formuló una sola queja. Se entregó. Después se supo que los custodios que lo habían traído le habían pe­ gado cobardemente en el camino. Lo acusaban de viejos crímenes. llegando hasta el litoral. cometidos en el lugar natal. . Y un pequeño árbol. revestido de impasibilidad marmórea. como una mortaja negra. Entonces anda durante algún tiempo por los sertones de Curará. Escuchó el interrogatorio y las acusaciones y no contestó ni con un murmullo. Allí despertó la curiosidad general con su extraña fisonomía: cara muerta. Apenas — este pormenor curioso lo escuchamos de una persona insos­ pechable— el día que lo embarcaron para Ceará pidió a las autoridades que lo libraran de la curiosidad pública. la única cosa que lo vejaba. y su aspecto repugnante.

Mucambo. inconexa. el penitente. los devotos hacían rezos y letanías y cuando la concurrencia era mayor. Parco en los gestos. hablaba largamente. donde en compensación. Aquí un cementerio arruinado al que se le re­ construyen los muros. abría de golpe los ojos. sin encarar a la multitud abatida por la melopea fatigante. Releyendo . eclipsando a las autoridades locales. En la plaza. Quienes los oyeron no evitan las sugestivas aproximaciones históricas. en el centro mismo de la aldea. Alagoinhas. abstrusa 1 9 3 . levan­ taba la cabeza. se agitaba el movimiento de las ferias. Pombal. en las que competía con los capuchinos vagabundos de las misiones. Era truhanesco y era pavoroso. para que la palabra del profeta pudiese irradiar a todos los puntos y edificar a todos los creyentes. era solemne e impresionante. se convertía en única autoridad. preceptos comunes de la moral cristiana y profecías extravagantes. . La población convergía en la aldea. . Imaginemos a un bufón arrebatado en una visión del Apocalipsis. Era asombroso. se le veían entonces extremada­ mente negros y vivos y la mirada era de un centelleo ofuscante. mezcla inextricable y confusa de con­ sejos dogmáticos. . seguido siempre por la multitud con­ trita. ostentaba un sistema religioso incongruente. a veces agravada por la osadía de las citas latinas. . Inhambupe. Una oratoria bárbara y estremecedora. Magacará. Parece que tenía la preocupación del efecto producido por alguna palabra o frase decisivas. . En casi todas dejaba alguna señal de su paso. levantando imágenes. siempre elegante. Jeremoabo. Su entrada en las poblaciones. Tucano y otros. allá una iglesia que se renueva. . . los ojos fijos en el suelo. La multitud sucumbía.En toda esa área no hay quizá una ciudad o un pueblo por donde no haya pasado. bajaba los ojos. monopolizaba el mando. afirman testimonios existentes. Monte Santo. Nadie osaba contemplarlo. errante y humilde. Negocios y campos quedaban vacíos. Bom Conselho. . Y durante algunos días. lo vieron llegar. cruces y banderas divinas. llena de trozos truncados de las Horas mañanas. Cumbe. acompañado por la farándula de sus fieles. en silencio. fascinada bajo el extraño hipnotismo de aquella terrible locura. Y el gran desventurado conseguía entonces su único milagro: no parecer ridículo. LAS PREDICAS Allí subía y hablaba. se improvisaba un palco al lado de la feria. por la tarde. con frases sacudidas. Las ocupaciones normales se paralizaban. En estas prédicas. más adelante una capilla que se levanta. Cuando la pronunciaba quedaba callado.

). de las mismas fórmulas hiperbólicas. Está fuera de nuestro tiempo. Expresa una moral que es la traducción fiel de la de Montano: la castidad. en feliz imagen. tal vez como el cearense. Está por entero entre esos retardatarios que Fouillée compara. Se rebela contra la Iglesia romana. a los desvariados jefes de las sectas de los primeros siglos. . * Marc-Auréle. vibra en censuras. La belleza tentaba a Satanás. No puede buscarse una reproducción más completa del mismo sistema. de las mismas imágenes. se siente el efecto maravilloso de una perspectiva a través de los siglos. casi de las mismas palabras. . . PRECEPTOS DE ULTRAMONTANOS Es un disidente de la hechura exacta de Themison. . se advierte el renacimiento integral de aquellas aberraciones muer­ tas. propiciando casi la extinción del matrimonio. Nunca más miró a una mujer. por los resultados amargos de sus desdichas conyugales. las concepciones absurdas del desmañado apóstol sertanejo asombran por su semejanza. Ambos prohíben severamente que las jóvenes se adornen. PROFECIAS 1 9 5 Cuando se comparan sus profecías con las del pasado.las páginas memorables * en las que Renán hace resurgir. de plus en plus en retard * * 1 9 4 . de T . el mismo fin del mundo próximo. galvanizados por su bello estilo. á des coureurs sur le champ de la civilisation. Incluso a las beatas viejas hechas para amansar sátiros les hablaba de espaldas. . (N . braman contra las ropas elegantes. El frigio predicaba. El Conselheiro mostraba por ella inven­ cible horror. insisten especialmente contra el lujo de los tocados y — lo que es muy singular— imponen a estos delitos el mismo castigo: sacar el demonio por los cabellos peinando a las vanidosas con peines de espinas. esgrime el mismo argumento que aquél: la Iglesia perdió su gloria y obedece a Satanás. Es un hermoso ejemplo de la identidad de los estados evolutivos entre los pueblos. * * En francés en el original: a los que corren por el campo de la civilización cada vez con más retraso. en contraste con la licencia absoluta hacia el amor libre. el mismo pavor al Anticristo. exagerada hasta el máximo horror por la mujer. El retrógrado del sertón repro­ duce los caracteres de los místicos del pasado. El mismo milenarismo extravagante. Como los ultramontanos surgió en un extremo de la tierra. Al considerarlo.

di­ ciendo sermones por las puertas. todo cuanto los marcaba con un leve rasgo de vanidad. perteneciente al Secretario del Comandante en Jefe de la Campaña. En 1896 han de rebaños mil correr de la playa al sertón. "En 1899 las aguas se harán sangre y el planeta va a aparecer en el naciente con el rayo del sol. en la hora nona. descansando en el monte de los Olivos.Que los fieles abandonasen todos sus bienes. . haciendo iglesias y capillitas y dando sus consejos * Estas profecías estaban escritas en gran número de pequeños cuadernos encon­ trados en Canudos. . "Ha de llover una gran lluvia de estrellas y ahí será el fin del mundo. Que aban­ donasen las fugaces venturas e hiciesen de su vida un duro purgatorio. levantando poblaciones en los desiertos. El Juicio Final se acercaba inflexible. Ha de aparecer un Angel mandado por mi Padre Eterno. uno de sus apóstoles le preguntó: Señor. Dios dijo en el Evangelio: yo tengo un rebaño que anda fuera del corral y es preciso que se reúnan porque hay un solo pastor y un solo rebaño”. ¿para el fin de esta edad qué señales darás? "Y El respondió: muchas señales en la Luna. Como los antiguos. En 1900 se apagarán las luces. . de uno de ellos. Las que aquí anotamos fueron copiadas allí mismo. . Preanunciaba años sucesivos de desgracias * : . Todas las fortunas se perderían en la catástrofe inminente y era una temeridad inútil conservarlas. en el Sol y en las Es­ trellas. en­ tonces el sertón se volverá playa y la playa sertón. que no se manchasen con el sacrilegio de una sonrisa. "En 1898 habrá muchos sombreros y pocas cabezas. "En 1897 habrá mucho pasto y poco rastro y un solo pastor y un solo rebaño. El mismo Cristo había presagiado su venida cuando: . el predestinado llegaba a la tierra por la voluntad divina. que la rama se confrontará en la tierra y la tierra en algún lugar se confrontará en el cielo.

el profetismo tenía en su boca el mismo tono que tuvo en Frigia. El fin de esta guerra se acabará en la Santa Casa de Roma y la sangre irá hasta la gran junta UN HERESIARCA D EL SIGLO II EN PLENA EDAD MODERNA Como se ve. alza la insurrección contra la forma repu­ blicana : "En verdad os digo. Antonio Conselheiro era un pietista que ansiaba el reino de Dios. Montano se re­ produce en toda la historia. el Brasil con el Brasil. el reino de mil años y sus delicias. no es una novedad. ella se hundió hasta la empuñadura y él dijo: ¡Adiós mundo! "¡Hasta el mil y tantos. reviviendo vetustas ilusiones. "Y cuando quedó encantado clavó la espada en la piedra. "Desde el principio del mundo que lo encantó con todo su ejército y lo restituyó en guerra. la Inglaterra con la Inglaterra. cuando las naciones pelean con las naciones. Como sus cofrades del pasado. En ellos se delata el viejo aspecto soñador de la religión primitiva. desde las aguas del mar Don Sebastiáo saldrá con todo su ejército. más o menos con los mismos caracteres. la Prusia con la Prusia. ¿No habrá en esto un rasgo superior del judaismo? No lo voy a encubrir. De modo idéntico enunciaba el juicio de Dios. Andaba al borde de un catolicismo mal comprendido. con las variantes de la modalidad de los pueblos. Este volver a la edad de oro de los apóstoles y sibilistas. la desgracia de los poderosos.Y en medio de esas estrafalarias palabras. pero siempre con la misma rebeldía contra la jerarquía eclesiástica. saliendo del mesianismo reli­ gioso al mesianismo racial. Es un per­ manente reflujo del cristianismo hacia su cuna judaica. la ruina del mundo profano. prometido pero siempre postergado y final­ mente olvidado completamente por la Iglesia ortodoxa del siglo n. a dos mil no llegarás! "Y en este día al salir con su ejército saca a todos con el filo de la espada de este papel de la República. antes que la deformasen los sofistas canonizados de los concilios. . la misma exploración de lo sobre­ natural y la misma ansia por el cielo.

el predestinado se marchaba. los fabricantes proporcionaban gratis los materiales indispensables.. “ . sea quien fuere. que vivía solo en una casa sin mue­ bles. en fiesta piadosa. * “Cuando por allí pasamos (por Cumbe. Y terminada la empresa. tomaba el primer camino sertón afuera. la misión santa de adoctrinar a los pueblos y un secular. acaboclado.. fiestas y novenas. en general. por el contrario. el sacerdote. por lo que ordenamos a Vuestra Reverendísima que no con­ sienta en su feligresía semejante abuso. ¿Adonde? Al azar. Teniente Coronel Durval Vieira de Aguiar. el pueblo cargaba piedras. da señales de haber advertido esa tolerancia o protección mal disfrazada y emite una circular a todos sus párrocos: "Ha llegado a nuestro conocimiento que por las feligresías del centro de este arzobispado. tanto más cuando él nada gana. en concordancia con la misión que se había señalado. El arzobispo de Bahía. Los sacerdotes toleraban los despropósitos del santo endemoniado por­ que acrecía sus reducidos haberes. los párrocos le per­ mitían esas prácticas de las cuales sacaban beneficio porque promovía ios actos de los que salen los rendimientos del clero: bautismos. en 1882. . en 1887). Se reconstruían templos ruinosos. . . se hallaba en la pobla­ ción un célebre Conselheiro. se movían incansables. moreno. haciendo saber a los fieles que les prohibimos en absoluto reunirse para escuchar esos sermones. casamientos. preceptos. Los albañiles y carpinteros trabajaban gratis. obligaciones. * * ¡Una moral excesivamente r íg id a !. con lo que perturba las conciencias y debilita en mucho la autoridad de los párrocos de esos lugares. anda un individuo denominado Antonio Conselheiro. Descrigoes práticas da Pro­ vincia da Bahia. pero no lo contrariaba. los obreros cuyos salarios se pagaban en el cielo. sujeto bajo. se renovaban cementerios abandonados. fiestas y novenas y todo aquello en que consisten los vastos rendimientos de la Iglesia” . . de barbas y cabellos negros y crecidos. se erigían construcciones nuevas y bonitas. promueve los bautismos. no tiene autoridad para ejercer ese menester. ordenaba penitencias que ordinariamente redundaban en bene­ ficio de las localidades. a cuyas órdenes obedece ciegamente y por él resistirá cualquier orden legal. con doctrinas su­ persticiosas y una moral excesivamente rígida * * . visto que compete sólo a la Iglesia católica y a sus ministros de religión. sermoneando al pueblo que se reúne para escucharlo. junto a la cual se apiñaban las beatas y afluían los regalos con los cuales se alimentaba. . sin mirar siquiera a los que lo seguían. Durante días y días.TENTATIVAS DE REACCION LEGAL Después de sus homilías. vestido de camisón azul. . aunque tenga mucha instrucción y virtud. El pueblo acostumbra concurrir en masa a los actos del Censelheiro. Tenía un adversario peligroso. Si se da crédito a un valioso testimonio *. por cuya razón los vicarios lo dejan pasar por santo impunemente. .

venden lo poco que tienen y hasta roban para que no haya ninguna falta. "Los días de sermón. suficientemente instruidos. . En la construcción de esta capilla. Y después de contar la última tropelía de los fanáticos: "Habiendo desinteligencias entre el grupo de Antonio Conselheiro y el vicario de Inhambupe. facas y carabinas y pobre del que es sospechado de ser desafecto a Antonio Conselheiro”. pidiendo el Arzobispo al * Circular dirigida al clero bahiano por el Arzobispo D. basta decir que anda acompañado por centenares de personas. en oficio donde. el 16 de febrero de 1882. rezos y letanías. décuplo de lo que debía ser. aparte que dispensable. y consta que están a la espera de que el vicario vaya a un lugar llamado Junco para asesinarlo. cuyo costo semanal es de casi cien mil réis. No se tomó ninguna providencia hasta mediados de 1887. sin miedo al error y afir­ mado en hechos. y ese dinero sale de los crédulos y los ignorantes que. . que lo escuchan y cumplen sus órdenes de preferencia a las del cura de la parroquia. sin hablar de los montos recau­ dados que han sido enviados para otras obras en Chorrochó. además de no trabajar. la multitud sube de mil personas. está aquél armado como si fuera a emprender una batalla campal."Sirva esto para despertar cada vez más el celo de Vuestra Reverencia. tolerando y disimu­ lando los atentados que cometen. "Para que vuestra Excelencia sepa quién es Antonio Conselheiro. dagas. apeló a los poderes constituidos. Y como si desease revivir siempre el recuerdo de la primera persecución sufrida. puedo decir que lo adoran como si fuese un Dios vivo. "El fanatismo no tiene límites y así es que. no se dejen llevar por otros vientos La intervención de la Iglesia fue inútil. cuando la diócesis de Bahía intervino de nuevo. por fin. Luis. * * Oficio dirigido en noviembre de 1888 al jefe de policía de Bahía por el dele­ gado de Itapicuru. lugar de Capim Grosso”. cuya autoridad policial. después de historiar ligeramente los antecedentes del agitador. Hizo en este sitio su campamento y al presente está construyendo una capilla a expensas del pueblo en el referido lugar. y por el modo como están los ánimos. no fue atendida. están trabajando cearenses a los cuales Antonio Conselheiro presta una protección ciega. Da miedo a los transeúntes pasar por allá viendo a esos malvados munidos de cuchillos. . en el ejercicio del ministerio de la predicación a fin de que sus parro­ quianos. vuelve constantemente a Itapicuru. es justo y fundado el recelo de grandes desgracias. Antonio Conselheiro continuó sin inconvenientes su azaroso apostolado recorriendo los sertones. los excesos y sacrificios no compensan este bien. Parece que esta denuncia hecha en términos tan alarmantes. dice * * : " . "Aunque esta obra sea de algún merecimiento.

Fundó el pueblo de Bom Jesús y cuentan las gentes que en cierta ocasión. providencias que contuviesen al "individuo Antonio Vicente Mendes Maciel que. Surgías leyendas. Ante tal reclamación. El ministro respondió que no había en ese estable­ cimiento ninguna vacante y el presidente volvió a dirigirse al prelado para ponerlo en conocimiento de la admirable resolución del gobierno. . cuando se construía la bellísima iglesia que ahí está. Los penitentes encendieron las antorchas y la procesión. se sienta en el primer escalón de la tosca escala de piedra y se queda extático. contemplando los cielos. Cayó la noche. A la tarde se inició la ceremonia. Entre la gente respetuosa penetra en la capilla. . de rodillas sobre la áspera roca. . Se le notaba el cansancio. con la larga cabellera agitada por el fuerte viento. grave y siniestro. entonando cánticos y de­ teniéndose a rezar en los pasos. Entonces. sin aliento. predicando doctrinas subversivas. buscando convencerlos de ser el Espíritu Santo. No vamos a referirlas todas. en lo alto. . con la respiración agitada. pidiendo una vacante para el demente en el hospicio de alienados de Río. creciendo en la imaginación popular. se esforzaban en balde diez obreros para levantar una pesada armazón. El.Presidente de la Provincia. sin sombrero. iba adelante. lo realizaron rápidamente dos sin ningún esfuerzo. la mirada perdida en las estrellas. Así se abrió y se cerró el ciclo de las medidas legales que se tomaron durante el Imperio. el contemplativo se levanta. Al llegar a la Santa Cruz. La mul­ titud anduvo lentamente por el difícil camino. El Conselheiro continuó sin tropiezos su misión perturbadora. Antonio Conselheiro. la cabeza baja. levanta el rostro pá- . hacía un gran mal a la religión y al estado distrayendo al pueblo de sus obligaciones y arrastrándolo detrás de sí. . apoyado en su inseparable bastón. Al llegar al altar mayor. extendida por la línea de cum­ bres dibujó un camino luminoso en la montaña. abatido. La primera oleada de fieles llena la pequeña capilla y los otros per­ manecen afuera. el presidente de esa provincia se dirigió al mi­ nistro del Imperio. con contrición. entonces el predestinado se subió a ella y ordenó que sólo dos hombres la levantaran y lo que no habían conseguido tantos. En otra ocasión — escuché este extraño caso a personas que no se habían dejado arrastrar por el fanatismo— llegó a Monte Santo y ordenó que se hiciera una procesión por la cumbre de la montaña hasta la última capillita que está en lo alto.

el absurdo de ser útil. comenzó a irritarse ante la menor contrariedad. la reacción fue creciendo y le agrió el ánimo. una vieja figura de peregrino a la que no faltaba el tradicional crucifijo colgado a un costado de la cintura y el manto polvoriento y gastado y el bidón de agua y el gran bastón. . sacó debajo de su túnica un pañuelo. Es natural. con quien se llevaba mal. Una inexplicable placidez le había amortecido la neurosis. Era la clásica protesta.lido orlado por los cabellos desaliñados. Al otro día. estando ausente el párroco. Y la multitud se estremece de asombro. Y partió. Estas y otras leyendas son todavía corrientes en el sertón. Dominador incondicional. — No puedo. la Iglesia no te permite predicar. cierto vicario de una parroquia sertaneja ve llegar a su puerta a un hombre extremadamente delgado y abatido. inofensiva y serena de los apóstoles. apenas le acepta un pedazo de pan. Un día. Entonces el peregrino lo miró durante un rato y sin decirle una palabra. a veces. yo debo hacerlo — le contestó de nuevo el sacerdote. vestido. Dos lágrimas ensangrentadas ruedan por el rostro inmaculado de la Virgen Santísima. No arrastraba al pueblo sertanejo porque lo dominaba. Se irritó y para enfrentar la situación. El sacerdote llegó y vio la invasión de sus dominios. Antonio Conselheiro reunía en su en­ fermo misticismo todos los errores y las supersticiones que forman el coeficiente de reducción de nuestra nacionalidad. le ofrece un lecho. largas barbas bajando por el pecho. largos cabellos despei­ nados por los hombros. le pide al cura que le conceda predicar en la fiesta que se va a realizar en la iglesia. evidenciaba en todos sus actos la implacabilidad de un gran evangelista. apeló al egoísmo humano. en Natuba. Se sacudió el polvo de las sandalias. sin sacarse siquiera las sandalias. Obedecía a la finalidad de los viejos impulsos ancestrales y subyugado por ella. Cierta vez. como hombre práctico que era. HEG1RA HACIA EL SERTON Sin embargo. no tienes órdenes. el singular huésped que hasta ese momento apenas ha dicho palabra. — Hermano. . sino porque era dominado por las aberra­ ciones populares. apareció y ordenó cargar piedras para hacer reparaciones a la igle­ sia. El medio lo favorecía y él realizaba. . El párroco le da alimento. prefiere una tabla sobre la que se echa sin mantas. Especie de gran hombre al revés. — Déjame entonces hacer el vía crucis.

Después tomó conciencia de la gravedad de lo hecho y dejando la aldea. Reunió al pueblo en un día feriado y entre gritos de sedición y estallidos de cohetes. La originó un suceso de poca monta. para ese fin. . un político influyente del mismo lugar lo llamó. Antonio Conselheiro se encontraba en Bom Conselho. El templo estaba en ruinas. que sustituían a los edictos impresos. Sólo podía renovar esas cosas el hombre que convencía a los matutos crédulos. La tropa los alcanzó en Maceté. los pastos habían invadido el cementerio.Días antes. a pedido del mismo párroco. El derrocamiento de la tropa les preanunciaba persecuciones más vigo­ rosas y seguros del amparo de la naturaleza salvaje. Ahora buscaban el desierto. Habló en esa especie de auto de fe que la debilidad de las auto­ ridades no impidió y predicó abiertamente la rebelión contra las nue­ vas leyes. Dieron de frente con los jagunqos temerarios. etcétera. Tiempo después. bien arma­ dos. dándose a la fuga que fue encabezada por el propio comandante. Los treinta policías. El apóstol no acep­ tó la invitación. En efecto. recordando. El acontecimiento había tenido repercusión en la Capital de donde partió una fuerza policial para prender al rebelde y diezmar a los sedi­ ciosos. con altanería que chocaba con su antigua humildad. Contempló a la República con malos ojos y predicó la rebeldía contra las nuevas leyes. contaban con la victo­ ria encerrando entre las caatingas a los nuevos contendores. Decretada la autonomía de los municipios. sitio abrupto y estéril entre Tucano y Cumbe. Le salió de la boca la primera maldición y partió de la ciudad ingrata. Lo iban volviendo malo. la feligresía era pobre. Y al aparecer esta vieja novedad. en las cercanías de las sierras del Ovó. donde se fijaba la cobranza de los im­ puestos. los creyentes acompañaron la hégira del profeta. atacaron impetuosamente a la turba de penitentes. las autoridades de las loca­ lidades de Bahía habían mandado colocar las tradicionales tablas. No buscaron más los poblados como antes. Fueron totalmente desbaratados. ordenó que se quitaran las tablas y se quemaran en una hoguera en el centro del lugar. Realizada la hazaña. El Conselheiro esta vez no se limitó a sacudir sus sandalias. Pero lo hizo con palabras discriminatorias. la afrenta recibida. Estos no superaban en aquella época los doscientos hombres. Desde 1895 adoptó una posición combatiente comple­ tamente nueva. el cura cedió las pie­ dras acumuladas ante la iglesia. seguros de des­ truirlos con la primera descarga. Esta minúscula batalla tendría más adelante muchas copias ampliadas. las autoridades habían impuesto a los propietarios la cons­ trucción de aceras frente a sus casas. tomó por el camino de Monte Santo hacia el norte. La imposición lo irritó.

P. según el testimonio de un sacerdote que como tantos otros. reducida a sus paredes externas. una población sospechosa y ociosa "armada hasta los dientes” y "cuya ocupación casi exclusiva consistía en beber aguardiente y pitar unos ex­ quisitos cigarros de un metro de extensión” * de tabaco naturalmente provisto por las solanáceas (canudos-de-pito) exuberantes y abundantes a orillas del río. allí se aglomeraban como agregados al establecimiento por entonces floreciente. destejada. en la Troya de la banda de jagungos.éstos partieron. Lo había recorrido entero en una romería ininte­ rrumpida de veinte años. donde no penetraría la mano del gobierno maldito. de donde re­ tornaron sin aventurarse por el sertón. sin pérdida de tiempo. iba a convertirse. Atrave­ saron serranías abruptas. vicario de Itu. No preguntaron adonde iban. lentamente. . Tal vez ya los había señalado previendo futuras vicisitudes. La aldea efí­ mera de los matutos ociosos. a la que se juntaban cada día decenas de prosélitos. había sido nombrado por el vicario de Cumbe para hacer una visi­ ta espiritual a esas gentes completamente aisladas del mundo. circundado por montañas. como la mayoría de los que yacen desconocidos por nuestros sertones. por los caminos sertanejos. sin embargo. Los creyentes lo acompañaron. ampliándose en poco tiempo. desde Bahía. en 1890 era una tapera de cerca de cincuenta ranchos de palo-a-pique 1 9 G . no se hizo ilusiones con la inexplicable huida que lo había salvado. en número de ochen­ ta plazas de línea. V CANUDOS: ANTECEDENTES Canudos. De ese año data su renacimiento y rápido crecimiento. y en lo alto de una explanada del cerro. * Padre V. Así es que antes de la llegada del Conselheiro. Cuando aquél llegó. estaba en plena decadencia: los campos abandonados. Conocía lugares ignotos de donde no lo sacarían. Pero no siguieron más allá de Serrinha. . planicies estériles y por largos días. la marcha era guiada por las letanías y el paso tardo del profeta. la antigua residencia señorial. Antonio Conselheiro.F. Era el lugar sagrado. Ya en 1876. los ranchos vacíos. muchos gérmenes de desorden y crimen. siguiendo un rumbo prefijado. Arrastró a la muchedumbre de fieles. el oscuro lugarejo ya tenía. centralizada por la vieja iglesia que ya exis­ tía. . . Informaciones manuscritas (1 8 9 8 ) 197. en 1895. Conocía el sertón. en ruinas. viejo establecimiento de ganado a orillas del Vaza-Barris. . Siguió el rumbo del norte.

. subiendo por las colinas. hacia el lugar elegido. La población crecía vigorosamente. tenía el aspecto de una ciudad que hubiese sido sacudida por un terremoto y brutalmente revuelta 1 9 9 . Jeremoabo. Nacía viejo. Así cambiaban las comarcas. Visto de lejos. . de a pedazos entre los cerros. llevando en canastas sus toscos mobiliarios y sus oratorios. Documento ineludible. lugar escogido por Anto­ nio Conselheiro como su centro de operaciones. Itabaiana y otros lugares lejanos. Aquello se construía al azar. Las sustituía un dédalo desesperante de caminitos estrechísimos. partiendo de todos los puntos. en el lapso de semanas. proveían constantes contingentes. Uauá y otros lugares cercanos. CRECIMIENTO VERTIGINOSO No sorprende que hacia allá convergieran. revuelto entre las cumbres. * Baráo de Jeremoabo. por precios irrisorios.Su interesante topografía se amoldaba para la imaginación de aquellas simples gentes al primer escalón. Solitarios al principio. extraordinarias cantidades de ganado vacuno. Dice un testimonio * 198: "Algunos sitios de esta comarca y de otras ve­ cinas y hasta del Estado de Sergipe. La urbs monstruosa. Jacobina. de barro. demencialmente. definía bien la civitas siniestra del equí­ voco. que apenas separaban la barahúnda caótica de los ranchos construidos al azar. No se distinguían calles. conseguir algún dinero e ir a compartirlo con el Santo Conselheiro. además de otros objetos. . caballar. Natuba. con los frentes vueltos hacia cualquier punto. sucesivos grupos de pobladores oriundos de las aldeas y villas más re­ motas . Cumbe. ya en ruinas. amplio y alto. hasta casas y terrenos. caprino. esos grupos se unían en los caminos y llegaban al fin juntos a Canudos. Bom Conselho. Inhambupe. Entre Ríos. . de su subida a los cielos. esa tapera colosal parecía dibujar el aspecto moral de la sociedad que allí moraba. Tucano. cortado por las quebradas. Macacará. Mundo Novo. Itapicuru. El poblado nacía. . Causaba dolor ver pues­ tos a remate. cuerpo del delito que tes­ timoniaba acerca de las rebeliones de un pueblo. en las ferias. Era la objetivación de aquella inmensa locura. El anhelo era vender. quedaron deshabitadas. etcétera. La edificación era tan rudimentaria que se hacían hasta doce casas por día y a medida que se extendía. tal fue el aluvión de familias que subían hasta Canudos. Los pocos viajeros que se arriesgaban por aquel sertón se topaban con grupos sucesivos de fieles que marchaban cargados de fardos. Monte Santo. agachado y cubriendo un área enorme.

en sus modalidades evolutivas. . las plazas que aparte la de las iglesias no eran nada más que el fondo común de las casas y los ranchos pegados unos a otros. Al fondo del único dormitorio. las armas que evocaban estadios remotos en el tiempo: el facón jacaré de hoja larga v fuerte. imá­ genes de líneas duras. . desde las de caño fino hasta la "legítima de Braga” cebada con plomo. A cierta distancia era invisible. la lanza de los cangaceiros larga como una espada. Ni camas ni mesas. con el suelo. un tosco oratorio. Se confundía. como si todo hubiese sido construido en una noche por una multitud de locos. La inco­ modidad y sobre todo. Cubiertas de capas espesas de veinte cen­ tímetros de barro sobre ramas de icó. imitando el mismo aspecto burdo del conjunto. Marías Santísimas feas como Megeras. capaz de destrozar piedras. en una vuelta cualquiera del Vaza-Barris que la limitaba por el este y el sur. especie de balde de cuero para el transporte del agua. la pobreza a niveles repugnantes. extendida por las colinas y destinada a abrigar por poco tiempo al tumultoso clan de Antonio Conselheiro. por su falta de cal. Si las edificaciones. . que sólo se descubría por una puerta estrecha y baja. dos o tres banquitos con forma de butacas. Arrimados a los ángulos se veían insignificantes acce­ sorios: el bogó. En éste. la aguijada de tres metros de largo. en cierto modo. Hechas de palo-a-pique y divididas en tres habitaciones minúsculas. sin la elegancia de las lanzas. pesadas. Canudos surgió con un aspecto entre campamento de guerrilleros y vasto kraal africano. el rancho de techo de barro de los jagungos equiparado a los wigwan de los pieles rojas. Por fin. Eran una fase transitoria entre la caverna primitiva y la casa. sugería un paralelo deplorable. recordaban las cabañas de los galos de César. como formando una vivienda única. Aparecía de golpe. Y nada más necesitaba esa gente. una alcoba oscurísima. porras huecas y llenas hasta la mitad de plomo. Cuando la mirada se acostumbraba a la penumbra de esas habitacio­ nes exiguas.orientados hacia todos los rumbos. desde el trabuco mortal. igual número de cajas o ca­ nastas. y las espingardas. amplísima. un par de cestas de cipó y la bolsa de caza hecha con fibras de caraoá. que mostraban la religión mestiza: San Antonios proteiformes y africanizados. una bolsa colgada del techo y las redes. en gradaciones completas. Nada más. las casas eran una parodia grosera de la antigua morada romana: un vestíbulo exiguo. como fetiches. Era todo el mobiliario. traducía. más que la miseria del hombre la decrepitud de la raza. Entre éstas. objetivan la persona­ lidad humana. unos santos mal confeccionados. hasta la de caño fino y pequeño calibre. reproduciendo los piques antiguos. un atrio que al mismo tiempo servía de cocina. advertía algunos trastos escasos y groseros: un tosco banco. La au­ sencia de calles. comedor y recepción y lateralmente.

pero felices. los pasos o gargantes de los caminos: el de Uauá. colinas desnudas. abarcando todo el poblado con un lecho exca­ vado y hondo como un foso. rodeada casi por entero por el Vaza-Barris. . Pernambuco y Sergipe. Las lejanas montañas la encerraban en una elipse de ejes dilatados. ondulando. el Umbiranas. éstas se apiñaban próximas a la depresión en que estaba erigida la primitiva iglesia y descendían desnivaladas. el monte de la Favela se levantaba a mayor altura y a sus pies.La rodeaba una naturaleza muerta: paisajes tristes. solitaria. . Ceará. en invierno. Acampaban a gusto en lo alto de las cumbres. Habían llegado al término de su romería. Allí aparecen quebradas de bordes a pique. Por un lado. estrechísimos. Estaban a salvo de la pavorosa hecatombe que vaticinaban las profecías del evangelizador. Al principio. A la noche se encendían las hogueras en los ranchos de los peregrinos. golpeado al sur por las laderas de la Favela y dominado al oeste por las lomas más altas de faldas escarpadas. Al sur. y el del Rosario. que suecesos posteriores denominarían de la Provi­ dencia. y otros. algunas quixabeiras se agrupaban formando un huerto salvaje. el terre­ no escabroso. se veía la antigua casa del establecimiento ganadero. Llegaban cansados de su larga jornada. un contrafuerte. después comenzaron a salpicar. al sesgo. se entregaban a la tarea de construir sus cabañas. Por estos caminos y estas entradas. se abrían. en ruinas. Cuando clareaba la mañana. . el del Cambaio. uniformes. caían de rodillas sobre el áspero suelo. cuando divisaban el campanario humilde de la antigua capilla. llegaban al pueblo naciente al fon­ do de los sertones de Piauí. hasta las distantes serranías. . sin una sola mata. terminado de golpe en barranca a plomo sobre el río y éste. y tras­ puestas las últimas vueltas del camino. Como pos­ tigos de un baluarte inmenso. ruedan afluentes efímeros que tienen falsos nombres de ríos: el Mucuím. careando sus haberes. cerca y dominante. insinuándose en los desfiladeros de Cocorobó. Por fin pisa­ ban la tierra de promisión. rasgadas por lajas apenas revestidas en pocos lugares por un montón de bromelias y en algunos otros por cactos erguidos y solitarios. en declive. esparcidas. que se prolongaban. la Canaan sagrada que el buen Jesús aislara del resto del mundo con un cinturón de sierras. el de Jeremoabo. hacia el este se abría en planicies onduladas. junto a las laderas del Calumbi. . cada vez más lejos. Una faja fulgurante rodeaba la aldea v al unísono resonaban las voces de la multitud de penitentes en la me­ lopea plañidera de los benditos. de ahí en más. estrangulado entre las cumbres del Caipá. Venían de todas partes. el morro de los Pela­ dos. ensanchándose. Canudos. abiertas por las erosiones intensas y por las cuales. hasta la costa del río. sucesivas cara­ vanas de fieles. A mitad de la ladera.

bor­ deando los caminos. acompañando su rápido crecimiento. La revoltosa grey no buscaba los horizontes. el caserío aparecía expuesto. Se desparramaban por los cerros que se sucedían innumemrables siguiendo el rumbo de Uauá. Marginaban el de Jeremoabo. Canudos era una tapera dentro de una urna. siguiendo un eje orientado hacia el norte. la guardaban al oeste. un formidable círculo de trincheras cavadas en todas las cumbres. 200. al contrario. Cerrada al sur por el morro. Cubiertos por lajas de piedra y ramajes de macambiras. junto al río. Cada una era una casa y un reducto. en un plano inferior. el viajero que las observara. La plaza de la iglesia. . subiendo más esparcidas por las faldas del este y salpicando los altos de los morros minados de trin­ cheras. distantes del núcleo compacto del caserío. bajando escalonadamente hasta el río. oprimido entre las últimas casas y los escalones a pique de los morros más altos. torcía hacia el norte convertido en un hondo cañón. Desde allí. tenía condiciones tácticas excelentes. al encontrarse de pronto ante un caserío compacto. libre de las faldas escarpadas. la depresión en que se erigía el poblado que que­ daba cerrado al este por las colinas. subiendo poco a poco en un plano inclinado semejando un extenso valle en declive. podía asediarlos golpeándolos en todas las calles con una única batería. enfilando hacia todos los caminos. Si se venía del sur. puntilleaban el del Rosario. al oeste y al norte por las laderas de las tierras más elevadas que desde allí se dirigen a los contrafuertes extremos del Cambaio y del Caipá. esparcidas por los cerros a manera de garitas. no se revelaban a la distancia. el Vaza-Barris. demarcaba su área más baja.Construcciones ligeras. por los abruptos declives. una muralla y un valle. Porque la ciudad salvaje tuvo desde el principio. De hecho. trasponiendo el río y contorneando la Favela. cerrando toda la bajada. y al sur por la montaña. quedaba sorprendido como ante una trampa. En apariencia eran deplorables. Viniendo del este. Se disponían formando líneas iregulares de ba­ luartes. por el Rosario o Calumbi. que parecían obedecer a un plan de defensa. La aldea parecía dispuesta para el choque de cargas fulminantes. Se sucedían escalonadas. saltando el alto de la Favela o las laderas que caen sobre el río Sargento. circundaba. . El enemigo. Allá adentro se apre­ taban las casas. Sin embargo. se encar­ . Cuando se acercaba. Las habría com­ prendido algún Vauban inculto. de modo que con un golpe de vista se aquilataban las condiciones de la defensa. rodando impetuosas con la fuerza viva de la caída. se expandía. se erigían en una y otra margen del Vaza-Barris. Su curso rodeaba. planos de fuego rasantes al suelo vueltos hacia todos los rumbos. refugio de vaqueros inofensivos. pensaría en ranchos solitarios.

vivían bajo la enfermante preocupación de la otra vida. El sertanejo simple se transformaba en el fanático temerario y bruto. . No les servirían. que crecía sin desarrollarse. donde las líneas de las cumbres se resuel­ ven en las altiplanicies. en el cual las leyes las dictaba el arbitrio del jefe y la justicia derivaba de sus irrevocables decisiones. la población constituida por los más dispa­ res elementos. sus tiendas. el último descanso en la travesía de un desierto: la Tierra. en la romería milagrosa hacia los cielos. limi­ taban el mundo a la línea de serranías que los ceñían y no pensaban en instituciones que les garantizaran destino en la tierra 203. intactas. Lo absorbía la psicosis colectiva y adoptaba el nombre que hasta entonces estaba consagrado a los turbulentos y a los valentones de las refriegas elec­ torales y saqueadores de ciudades: jagungos201. sólo por la yuxtaposición mecánica de las sucesivas levas. la población tenía agravadas todas las con­ diciones de su estadio social inferior. Los jagungos errantes armaban allí. de bonzo claudicante— estaba adrede tallada para revivir los estigmas degenerativos de las tres razas 202. POBLACION MULTIFORME Así fue que en poco tiempo. habían escogido precisamente. A falta de hermandad sanguínea. En esa hermosa región. Y éste era transitorio y breve. un trecho que recordaba un vallado enorme. Aceptaban a ciegas todo cuanto les enseñaba. . sin órganos y sin funciones espe­ cíficas. . Canudos era una estereotipia de los primeros agrupamientos bárbaros. por última vez. a la manera de un grupo de pólipos humanos. . hasta el bandido suelto que llegaba con su carabina al hombro en busca de campo nuevo para sus hazañas. una escala terminal de donde saldrían sin tardanza. la consanguinidad moral les daba la forma exacta de un clan. Es natural que absorbiese. Canudos era el cosmos. un punto de paso. desde el creyente fervoroso que abandonaba las comodi­ dades de la vida en otros lugares. . masa inconscien­ te y bruta. inmersas en un sueño religioso. REGIMEN DE LA URBS Allí se estableció un régimen modelado por la religiosidad del apóstol extravagante. de fetiche de carne y hueso. Subyugada por su prestigio. se convirtió en una comunidad homogénea y uniforme.celaba. todas las tendencias del hombre extraordinario en el cual la apariencia proteica — de santo exiliado en la tierra.

Voluntarios de la miseria y del dolor. El profeta les había enseñado a temer el pecado mortal del bienestar más fugaz. los hacía despojarse de las bellas cualidades morales larga­ mente aprendidas en la existencia patriarcal de los sertones. impli­ caba. Para Anto­ nio Conselheiro — y también en este punto copia viejos modelos histó­ ricos— la virtud era como el reflejo superior de la vanidad. la situación dehonrosa de los bancklings entre los germanos. cuyos dueños recibían una exigua parte quedando el resto para la compañía. sin aquilatar su torpeza: "Siguió el destino de todas. El sufrimiento duro era la absolución plenaria. du moment que l’humanité en était à son dernier soir. Su deprimido sentido moral sólo comprendía la posesión de éste por el contraste de las amarguras soportadas. Que los hombres se comportaran mal o bien era una cuestión sin im­ portancia *. Los hijos espurios no llevaban en la frente la señal infamante de su origen. No es de admirar que se diese en Canudos una promiscuidad sin freno. No le importaba que errasen si todas las impurezas de una vida infame salían finalmente. De todas las páginas de los catecismos que había deletreado le queda­ ba un precepto único: Bienaventurados los que sufren . Por eso la propiedad se les volvió una forma exagerada del colectivismo tribal de los beduinos 204: la apropia­ ción personal. La porte se trouvait aussi ouverte à la débauche. * Montanus ne prenait même pas la peine d’interdire un acte devenu absolument insignifiant. . . la indiferencia por la felicidad sobrenatural inminente. tuvo una frase feroz­ mente cínica que los sertanejos repetían. Eran legión. Les sobraban. Los recién venidos le entregaban al Conselheiro el noventa y nueve por ciento de lo que traían. La tentativa de ennoblecer la existencia en la tierra. Marc-Aurèle. 215. gota a gota. incluyendo los santos que se destinaban al santuario común. El extremo dolor era la extrema unción. la comunidad absoluta de la tierra. Renán. por el vertedero de las lá­ grimas. . Al enterarse del caso escandaloso en el que la lubricidad de un des­ variado había maculado a una incauta doncella. Casi una impiedad. de los rebaños y de los escasos pro­ ductos de los cultivos. de los pastos. el olvido del más allá maravilloso. p. Se veían bien viéndose en andrajos. Este desprendimento llevado hasta las últimas con­ secuencias. pasó por debajo del árbol del bien y del mal”. sólo de los objetos muebles y de las casas.No querían nada de esta vida. la terapia infalible contra la ponzoña de los ma­ yores vicios. eran venturosos en la medida de las privaciones sufridas. Se sentían felices con las migajas restantes. de alguna manera.

Se cuenta que cierto día lo fue a visitar un creyente rico de las cercanías. los más queridos del singular hombre. la lenta extinción de la vida. En los consejos diarios no hablaba de la vida conyugal ni ponía normas a las parejas. Estando en los últimos días del mundo no iba a perder el tiempo agitando preceptos vanos. La extraordinaria secta — caso de simbiosis moral en la que el ideal cristiano surgía monstruoso dentro de aberraciones fetichistas— tenía sus mejores representantes en los Bautistas truculentos. Y fueron éstos. Inexorable para las culpas pequeñas. nula para los grandes atentados. Lo que urgía era anticiparlo. toleraba el amor libre 205. aunque no lo estimulaba. Se creaba una delincuencia especial traducida por una inversión completa del concepto de crimen. . eran sus mejores discípulos. la justicia era. a dispersar los hogares y a confundir en el mismo vórtice todas las virtudes y todas las abominaciones. los preparaba para las estrecheces de los asedios. Repartió con él su escasa refacción y éste — milagro que impresionó a la aldea entera— salió del minúsculo banquete. las agonías del hambre. Predicaba entonces los ayunos pro­ longados. las garantías de su auto­ ridad inviolable. POLICIA DE BANDIDOS Gracias a su mano fuerte. siniestros héroes de faca y cuchillo. Este régimen severo tenía un doble efecto: por la debilidad volvía más vibrátil la inervación enfermiza de los creyentes y al mismo tiempo. quizá previstos. En la cárcel paradojalmente establecida. Canudos era la muerte de afamados facinerosos. se veían diariamente presos por los que habían cometido la leve falta de algún homicidio.Porque el dominador. antinómica en el clan policial de los facinerosos. repleto. Y era lógico. co­ rrigiendo a los que salían de las huellas trazadas. capaces de cargar las cara­ binas homicidas con las cuentas del rosario. Se ejercía. implantando penas severísimas. por las privaciones y por el martirio. que pasaba días alimentándose sólo con un platito de harina. Antonio Conselheiro dominaba la aldea. sus ayudantes predilectos. a los que habían perpetrado el abominable crimen de faltar a los rezos. Llegaban allí entre­ mezclados con los matutos crédulos y los vaqueros ilusionados. No de otro modo se comprende que permitiese la permanencia en la aldea de indi­ viduos cuya índole se contraponía a su placidez humilde. como si volviese de un festín. más adelante. Por natural contraste. Daba el ejemplo haciendo saber por los fieles más íntimos. sobre las faltas más tenues. cuando el cataclismo inminente vendría en breve a apagar para siempre las uniones más íntimas. . como todo lo demás. Es posible que fuera la intención recóndita de Antonio Conselheiro. .

Cualquier tropelía era permitida si aumentaba el patrimonio de la grey 206. abiertos los barriles a fuerza de hachazos. a ejemplo de miles de comparsas diseminados en este país. el dolor de las docenas de latigazos recibidos. Algunos fieles ricos tenían veleidades políticas. Los asaltantes volvían con los despojos a la aldea. por ejemplo. era un delito serio. para reforzar a palos y a tiros. ¡Ay del dipsó­ mano incorregible que se atreviera a romper la interdicción impuesta! Se cuenta que. amargos panes con que los había obsequiado esa ingrata gente. originándose una calurosa e inútil discusión en la Asamblea Estatal de Bahía. Canudos se convertía entonces. donde nadie les tomaba cuenta de sus desmanes. se asaltaban lugarejos. apelaban al Conselheiro. Los atraía el lucro resultante. para realizar las "mazorcas” periódicas que la ley llama "elecciones”. echó a las autoridades comen­ zando por el juez del lugar 20 7 y como entreacto hilarante de la razzia escandalosa. venidos de Juázeiro. en lugar de la ganancia apetecida. cierta vez. dice el testimonio unánime de la población sertaneja. Llegaba la época de las elecciones. El contrabando sacrilego fue inutilizado. No estaba interdicto por ser un vicio sino para prevenir desórdenes. la sitió. Pero cuando descargaron en la plaza la valiosa carga. Una sólida experiencia le había enseñado al Conselheiro todos los peligros que derivan de este hachís nacional. transforman la fantasía del sufragio universal en la maza de Hércules de nuestra dignidad. Partían de allá bandas turbu­ lentas que atropellaban los alrededores. por invadir con su profesión las atribuciones sagradas del vicario. la soberanía popular. en el cuartel de las guardias pretorianas de los capangas que de allí salían. como siempre lo hizo. En un dilatado radio alrededor de Canudos se saqueaban haciendas. para des­ trozar las actas. Muchas veces.El uso de aguardiente. Nuestra civilización alimentaba. fueron a Canudos llevando algunos barriles del líquido prohibido. Llevaban el eterno cómplice de las horas ociosas de los matutos. una horda tomó posesión de la villa. se conquistaban ciudades. El caso es revelador. Los grandes conquistadores de urnas que. tuvieron una sorpresa. Pero fuera del poblado podían armarse desórdenes. En Bom Conselho. En 1894. las expediciones eran sugeridas por indicaciones locales. torturó al escribano de los casamientos que se vio en figu­ rillas para impedir que los sarcásticos creyentes le abrieran una amplia y tosca coronilla. el bandidismo sertanejo. unos troperos inexpertos. eufemismo que entre nosotros es el más vivo rasgo de las osadías del lenguaje. las tropelías coman­ dadas por valentones de nota se volvieron alarmantes. provisoriamente. . Y llegaron a des­ pertar la atención de los poderes constituidos. Y se volvieron llevando en las manos. siguiendo rumbos preciosos.

por ventura. exigía. Lo cierto es que abría a los desventurados las despensas repletas por las limosnas y por el trabajo comunitario. ¡Ya en 1879!. / el Día del Juicio / su alma perderá” . Eran útiles. Pero en la aldea. . niños. era la savia vigorosa de la aldea. viejos. A poesía Popular no Brasil. los últimos rasgos de vanidad en la comparación ventajosa con el santo milagrero por excelencia 2 0 8 . / Quien oye y no aprende. El escritor transcribía esas cuartetas en 1879. . Vivían parasitariamente. (N . felices de tener sobre los hombros harapos inmundos. digamos a falta de otro término — porque no hay pala­ bra que signifique tumulto disciplinado— un orden inalterable. Con tan pocos recursos fanatizó a las poblaciones que visitó. un misionero. dificultoso por las muletas o las anquilosidades. Santo Antonio Aparecido Dos castigos nos livroul Quern ouvir e nao aprender Quern souber e nao ensinar No dia do Juízo A sua alma penará! * Estas viejas cuartetas que guarda la tradición. Eran ejercicios prácticos indispensables para la preparación de batallas más peligrosas. sus mejores creyentes: mujeres. E L TEMPLO Además de esto. inofensivos en tanto inválidos. del T . Comprendía que aquella masa. precediéndolas con el siguiente comentario: “Era. a su manera. significaba la celeridad máxima. recordaban al infeliz los primeros días de su vida atormentada y le avivaban. Allí per­ manecían. en apariencia inútil. San Antonio Aparecido / del castigo nos libró. bienaventurados porque el paso tardo. esos asaltos constituían una enseñanza. de la solicitud del jefe que era para ellos un santo protector y al cual saludaban entonando versos que hace veintitantos años corren por los sertones: Do céu veio urna luz Que ] esus-Cristo mandou. * Silvio Romero.). la última peni­ tencia: la construcción del templo. donde lo tenían por San Antonio Aparecido” . Quizá así lo entendía el Conselheiro. allí los aguardaba al final de la jornada. Eran los elegidos. . en el camino hacia la felicidad eterna. enfermos.Ahora bien. sambenitos de alguna penitencia que era su propia vida. Traducción de los versos populares: “Del cielo vino una luz / que Jesucristo mandó. Y las toleraba. / quien sabe y no enseña.

muy altas. de la extrema debilidad humana. De Jeremoabo. donde resonarían más tarde las letanías y las balas. por decir así. sin módulos. Allí pasaba los días. mascarada de frisos grose­ ros y volutas imposibles. Debía surgir. lo transfigurase. informe y brutal. levantada por los músculos gastados de los viejos. sin pro­ porciones. por los brazos leves de las mujeres y los niños. Debía ser como fue. Retrataba de­ masiado en su modesto aspecto. el desorden mismo del espíritu delirante210. Era necesario que le contrapusieran la arx monstruosa. mole formidable y bruta. Enfrentado al antiguo. como si quisiera objetivar. her­ manando en el mismo ámbito. Es que la catedral admirable de los jagungos tenía la elocuencia silen­ ciosa de los edificios de que nos habla Bossuet. sin un temblor en el rostro bronceado y rígido. el nuevo templo se levantaba al otro lado de la plaza. .La antigua capilla no bastaba. y otros. muchas veces se estremecía al verlo pasar lentamente sobre los tablones oscilantes. vuelto una cariátide errante sobre el edificio monstruoso. . Bom Conselho y Simáo Dias hubo gran abastecimiento de ganado. Feira de Sant’Ana y Santa Luzia partían toda clase de auxilios. guardaban la comarca. De Alagoinhas. El pueblo. con la osadía de un gótico rudo e imperfecto. La había delineado el mismo Conselheiro. Era rectangular. o metían a saco las aldeas próximas. vasto y pesado. en el transporte de los mate­ riales. Durante mucho tiempo tendría ese aspecto anó­ malo. Los tomaban como prueba obligatoria que les desafiaba la fe. . de la población de Tucano y de Itapicuru hacia allá se marchó. . la suprema piedad y los supremos rencores. 209. de fortaleza y de templo. mientras unos se entregaban al cultivo de las tierras o conducían los rebaños de cabras. dispersos en pique­ tes vigilantes. impasible. el resto del pueblo trabajaba en la misión sagrada. La levantaba vuelta hacia el levante. Era su gran obra. La mitad. Desde la madrugada. antes que las dos torres. No faltaban brazos para la tarea. No se asombraban los recién llegados de los cuadros que se les pre­ sentaban. Las paredes gruesas recordaban murallas de reductos. la pureza de la religión antigua. encabrioladas en un delirio de curvas incorrec­ tas: rasgada de ojivas horrorosas. erigida como si fuese el molde monumental de la secta combatiente. . hormigueando abajo. la construyó como el monumento que cerraría su carrera. Le sentaba la forma ambigua de santuario y de antro. a piedra y cal. Comenzó a levantarse la iglesia nueva. sobre los andamios altos y bam­ boleantes. Viejo arquitecto de iglesias. sin reglas. de estilo indescifrable. Era frágil y pequeña. con su fachada estupenda. No escasearon refuerzos y recursos para la sociedad acampada en el desierto.

aterrador. Canudos. desenvueltas y despejadas. . por capricho del Conselheiro. .CAMINO AL CIELO Los ingenuos cuentos sertanejos les habían revelado desde hacía mucho tiempo los caminos fascinantes y traicioneros que llevaban al infierno. GRUPOS DE VALIENTES Allí estaban las bestias. Llegaban. Y sus resplandores encuadraban la escena medio ahogada en las sombras. y se les desva­ necía el milagro feliz. LAS ORACIONES Al caer la tarde. . Cesaban los trabajos. es la tierra de promisión donde corre un río de leche y las barrancas son de maíz” *. . . las solteras. Miraban el Vaza-Barris seco o arastrando las aguas barrosas de las crecientes. Allí. Resonaba en los aires el coro del primer rezo. en cambio. Y en cada uno de ellos una mezcla enorme de contrastes. De acuerdo con una antigua práctica. "Los secuaces de la secta se ocupan de persuadir al pueblo de que todo el que se quiera salvar debe ir a Canudos. pobre vestíbulo del cielo. entre los flancos como torres de las colinas. no es nece­ sario trabajar. Fulguraban las hogueras que por costumbre se encendían alrededor de la plaza. porque en los otros lugares todo está contaminado y perdido por la República. . . o mejor. Muchos habían ido alentando esperanzas singulares. la voz de la campana llamaba a los fieles para la ora­ ción. horrendo. Llegaba la noche. vestidas con sus capo­ tes negros semejantes a la holandilla fúnebre de la Inquisición. sueltas en un ocio sin frenos. inmunda antesala del paraíso. término que en los sertones tiene el peor de los significados. la multitud se dividía en dos grandes grupos según el sexo. mal anunciada por el crepúsculo sertanejo. Joáo Evangelista de Monte-Marciano. corrompi­ das de pecados viejos tardíamente penitenciados. debía ser así: repugnante. las muchachas * Véase el resumen de Fr. rápida. fugitivo y breve como el de los desiertos. pero no se despedían de su misticismo la­ mentable. émulas de las brujas de las iglesias. Se arro­ dillaba. El pueblo se derramaba en la plaza.

fisonomías ingenuas de muchachas crédulas. se olvida de las diecio­ cho muertes cometidas y de los procesos en rebeldía. parecían una profanación cruel ahogándose en ese mestizaje repugnante que salmoneaba benditos lúgubres. un rostro hermoso en el que surgían las líneas de esa belleza inmortal que el tipo judaico conserva inmutable a través de los tiempos. y las honestas madres de familia. motas escandalosas de las africanas. Los prestigia el renombre de arriesgadas aventuras que la imaginación popular novela y ensancha. un chal de lana. bellos ojos profundos en cuyas ne­ gruras refulgía el desvarío místico. se enmarañaban sin una cinta. llamando la atención en esos mon­ tones de trapos. sin una flor. . la mirada traicionera y malvada se les desvanece en una vaga contemplación. crepi­ taban. madejas castañas y rubias de las blancas legítimas. lisas y sin elegancia. reviviendo al soplo de la brisa nocturna y echaban chorros de luz sobre la turba. las manos enlazadas sobre el pecho. residuos de todos los delitos. todos los colores. sin una hebilla. todas se mezclaban en el extraño conjunto. la armadura de cuero por el uniforme de brin americano. . rostros austeros de matronas simples. gandules de todos los matices. Greñas maltratadas de criollas retintas. todos los tipos. las hogueras casi apagadas. Acá y allá. únicos atavíos que perdo­ naba el asceta exigente. de cruces. de verónicas. recatadas y tímidas. de dientes de animales. y en menor número.doncellas o las muchachas damas. de amuletos. mostrando idénticos contrastes: vaqueros rudos y fuertes. el grupo varonil. el terror de la Volta Grande. echando nubes de humo. Algunos ya son famosos. no aparentaban la mínima pretensión de gustar. casi reducidos a sayas y camisas destrozadas que dejaban expuestos los pechos cubiertos de rosarios. frentes adorables mal tapadas por los pelos despeinados. Caras marchitas de viejas. . todas niveladas por los mismos rezos. que cambiaron como héroes en desgracia. armados. doblando contrito la cabeza. hacendados otrora ricos. o de nóminas que encerraban cartas santas. De rodillas. Todas las edades. flacos marimachos en cuyas bocas debe ser pecado mortal el rezo. A veces. Pero no se los distingue en esos momentos por la altivez del gesto o la actitud provocadora de los velentones. más compacto. o tocado o cofia modesta. Las ropas de algodón o percal. José Venancio. Lugartenientes del humilde dictador. cabellos lacios y duros de las caboclas. En la mortecina claridad de los braseros se destacan sus variados per­ files. están al frente del conjunto. Madonas unidas a furias. Entonces se destacaba. una mantilla o un pañuelo de color apenas atenuaba la monotonía de los vestidos mal lavados. pero más destacados. felices por el abandono de los ganados. de benditos.

de estatura más elegante. el mirar absorto en los cielos. especie de Imanus 2 1 1 decrépito. Se le antepone por el aspecto. de cuerpo tatuado a bala y facón. inquieto y temerario. El ágil Chico Erna. apartado. predes­ tinado a la jefatura suprema en los últimos días de Canudos. a quien se había confiado la columna volante de espías. Y al frente de todos. En seguida. Antonio Beato. como un traumatismo hediondo. una figura ridicula. la cara contraída en una mueca felina. misionero de escopeta. más tarde. Fabricio de Cocorobó. llenas de esperanzas. apenas se distingue. de corazón débil. espiando. . Ajeno a la credulidad general. niño arrojado e impávido. el audaz Pajeú. el jefe del pueblo. muy de la intimidad del Conselheiro. La masa restante de los fieles los mira intermitentemente. adelgazado por los ayunos. . el . que vigi­ laba en Angico. en los intervalos de los kyries de sílabas increíbles. negro fuerte y deforme. otro espécimen de guerrillero sañudo. hombro a hombro con el Mayor Sariema. con miradas cariñosas. poco aficionado a la lucha. aparecen unidos. un creyente abnegado que alcanzaría la primera victoria sobre la tropa oficial. de Pau Ferro. un explorador solitario. las novedades. mulato espigado. José Gamo. teniendo a su lado al hijo. Pedráo. corriendo crédulos las cuentas del mismo rosario. que figuraría en un hecho de heroísmo. incan­ sable reclutador de prosélitos. que había logrado vengar centenares de conflictos gracias a su rara invulnerabilidad. abraza en su mirada dominadora a la turba genuflexa. Joaquim. Vila Nova. medio soldado. del Itapicuru. las manos caídas.A su lado. insinuándose por las casas. Lalau. tallado para los arranques súbitos y osados. el astuto Joáo Abade. aparece junto a un cabecilla de primera línea. Era el guardián del Cambaio. El viejo Macambira. rostro de bronce anguloso y duro. flaquísimo. Norberto. Esteváo. José Félix. Lo completa. Chiquinho y Joáo da Mota. que raramente abandonaba el santuario. indagando. Extático. especie de funámbulo patibulario. Joaquim Tranca-pés. pero de espíritu infernal en la prepara­ ción de trampas increíbles. cafuz bruto que con treinta hombres escogidos guardaba las vertientes de la Canabrava. dos hermanos encargados del mando de los piquetes de vigilancia en las entradas de Cocorobó y Uauá. su ayudante inseparable. observando. pero peligroso todavía. igualmente humil­ de. medio sacristán. está de bruces en el suelo. el comandante de la plaza. vigía sin lugar fijo. escudriñando todos los rincones de la aldea y transmitiendo a cada instante al jefe supremo. En medio de estos perfiles trágicos. incli­ nando el tórax atlético. finge que reza. próximo a un digno émulo de sus tropelías. según el decir de los matutos. el tragicómico Raimundo Boca-torta. Antonio Fogueteiro. Quinquim de Coiqui. de rodillas sobre el trabuco cargado. como si fuera una prolongación.

Antonio Beatinho. asaltaba a la multitud un desvarío irreprimible. el encargado del altar. verónicas y cruces. ajeno al desorden. poco a poco. que vivía investigando el valor medicinal de las plantas. cuando las primeras ya alcanzaban las últimas filas de creyentes. rimados todos los benditos. por todas las manos. aún reprimidas. completando en el ritual fetichista la transmutación del cristianismo incomprendido.Taramela. confundiéndose en la neurosis colectiva. confundiéndose repentinamente. los tañidos y el golpeteo de las . A cada rato. además de encender diariamente las hogueras para los rezos. Después levantaba una virgen santa reeditando las mismas acciones. Era el besado de las imágenes. lo apretaba contra su pecho. todos los santos. lo mi­ raba con la mirada de un faquir en éxtasis. todavía quedaba la ceremonia última del culto. los rezos se prolongaban. la naturaleza tenía un devoto. Y detrás venían en sucesión. salían las últimas entregadas por el Beato. que pasaban una por una. postrándose profundamente y le imprimía un prolongado beso. como si un tumulto invadiese la asamblea a medida que pasaban las sagradas reliquias. Las emociones aisladas se desbordaban. Manuel Quadrado. desequilibrándolas en violentos estremeci­ mientos. que miraba todo eso con indi­ ferencia nobiliaria. encargadas de la ropa y de la exigua refacción de aquél. por todas las bocas y por todos los pechos. entre el estrépito. el vocear indis­ tinto de las prédicas balbuceadas a media voz. apagándoles la resonancia sorda. para no perturbar la solemnidad. de iluminados. tomaba un crucifijo. hacían movimientos compulsivos. au­ mentando por el contagio irreprimible de la misma fiebre. Por fin. todas las cuentas de los rosarios. penetrase en las conciencias. invadido por la misma aura de locura. lanzaban gritos lancinantes. Y un tipo increíble. Pero el misticismo de cada uno iba. de los mea culpas ansio­ samente susurrados por las gargantas ahogadas y de las primeras excla­ maciones sofocadas. Apretando contra el pecho las imágenes babeadas de saliva. que tenía bajo sus órdenes a las beatas de vestidos azules ajustados con cuerdas de lino. Estallaban ex­ clamaciones entre piadosas y coléricas. la agitación aumentaba. entonces lo entregaba al fiel más próximo que repetía sin variantes la misma escena. mayordomo del Conselheiro. Y se acumu­ laba la embriaguez y el atontamiento de aquellas almas simples. lentamente entregados a la multitud ávida. después un buen Jesús. se desmayaban. innumera­ bles y en aumento. Se oían los besos chirriantes. el remate obligado. Lo había establecido el Conselheiro. registros. En general. Recorridas todas las escalas de las letanías. y como si las fuerzas sobrenaturales que el animismo ingenuo daba a las imágenes. mujeres alucinadas caían en las contorsiones violentas de la histeria y criaturas asustadas se desa­ taban en llanto. Era el curandero: el médico. En esa multitud. guardián de las iglesias. el grupo varonil de los luchadores.

tuvimos de improviso. ¿POR QUE NO PREDICAR CONTRA LA REPUBLICA P Predicaba contra la República. en faena ciega de copistas. todo I9 mejor que existe en los códigos orgánicos de otras naciones. galvanizada por un loco 213. una sociedad muerta. Espontáneamente es adversario de ambas. de pronto. los ojos puestos en el límite de la plaza. Ilusionados por una civilización prestada. Viviendo cuatrocientos años en el litoral vasto en el que palidecen los reflejos de la vida civilizada. como inesperada he­ rencia. a un tercio de nuestra gente. inexplicablemente inspirada por el genio de Klopstock. . impulsados por el caudal de las ideas modernas. Inopinadamente. a una sociedad vieja. Está en la fase evolutiva en la que sólo se concibe un imperio comandado por un jefe sacerdotal o guerrero. vibraba en el mismo rictus misterioso en que explo­ taba el misticismo bárbaro. relevantes sobre todo. Este subía a una pequeña mesa y predicaba. cuando un gran movimiento civilizador impulsa vigorosamente a las capas superiores. Pero no traslucía el más pálido tinte político. contrastes inevi­ tables en la desigual evolución de los pueblos. Porque esas psicosis epidémicas aparecen en todos los tiempos y en todos los lugares como anacronismos. espigando. Las dos son abstracciones inaccesibles para él. El antagonismo era inevitable. Quedaban todos sin aliento. ascendimos. comparte la cuna del renacimiento alemán215. encontrarían en ella relaciones anti­ guas. seguramente. El jagungo es tan inepto para comprender la forma republicana como la monárquica institucional. . dentro del industrialismo triunfante de América del Norte. Los perfeccionistas exagerados irrumpen entonces. Entre nosotros el fenómeno fue todavía más explicable. No podíamos conocerla. dejando en la penumbra secular. a la República. Es cierto212. era una variante del delirio religioso. en el centro mismo del país. . De golpe. Insistimos sobre esta verdad: la guerra de Canudos fue un retroceso en nuestra historia. junto a la puerta del Santuario abierta y encuadrando la figura singular de Antonio Conselheiro. Los aventu­ reros del siglo xvn. ilógicos. Derivaba de la misma exacerbación mística. .armas al chocar. huyendo de la mínima transigencia con las exigencias de nuestra propia naciona­ . No la conocíamos. tuvimos resucitada y en armas frente a nosotros. del mismo modo que los iluminados de la Edad Media se sentirían a gusto en este siglo. Pero. entre los demonópatas de Varzenis 21 4 o entre los stundistas de Rusia. el tumulto cesaba. y la sombría Sturmisch.

en los que la ortografía bárbara corría pareja con los más ingenuos absurdos y la escritura irregular y fea parecía una foto­ grafía de los pesamientos torturados. Porque no los separa un mar. las huellas apagadas de las bandeiras. suprema indicadora del triunfo efímero del Anti Cristo. es la misma religiosidad difusa e incongruente. La victoria duramente alcanzada les daba derecho al saqueo de las casas en ruinas. Ahora bien. Y cuando. por nuestra falta de previsión. en todas sus líneas.lidad. volvemos. los destro­ zamos a carga de bayonetas. dejaron vivos documentos en los versos disparatados. rimando los desvarios en estrofas sin color. 218. eran las cartas. . Ellos resumían la psicología de la lucha. pala­ dín del antiguo régimen. para el cual la rebelión era un aspecto de su propia reacción contra el orden natural. Valían todo porque nada valían. Cuando en los últimos días de la aldea estuvo permitido el ingreso al caserío destrozado. cómo reflejaban la turbación intelectual de un infeliz. revolucionariamente. . Vimos en el agitador sertanejo. asaltó el ánimo de los triunfadores una decepción dolorosa. sin la espontaneidad de los improvisadores sertanejos. Los rudos poetas. los separan tres siglos. más extranjeros en esta tierra que los inmigrantes de Europa. Nada quedó exento de la curiosidad insaciable. no vimos los rasgos salientes del acon­ tecimiento. Registraban las prédicas de Anto­ nio Conselheiro y al leerlas se pone de manifiesto cuán inocuas eran. . Porque lo que en ellas vibra. Denunciaba a la República — pecado mortal de un pueblo— como una herejía. dejamos que entre ellos se formase un núcleo de maníacos. reeditando por nuestra cuenta el pasado. los versos encontrados. en el más pobre de los saqueos que registra la historia. que transcribimos pensando como Renán que esos balbuceos rudos y elocuentes son la segunda Biblia del género humano. Pobres papeles. . con muy poca significación política. capaz de destruir las nuevas instituciones. más hondo el contraste entre nues­ tro modo de vivir y el de aquellos rudos patricios. Copiamos algunos al azar: "Sahiu Don Pedro segundo para e reino de Lisboa . un adversario serio. donde los despojos más valiosos fueron imágenes mutiladas y rosarios de cocos. Y Canudos era la Vendée. lo que más estimulaba la codicia de los vencedores. Tuvimos un espanto comprometedor ante aquellas aberraciones monstruosas. El rebelde arremetía contra el orden establecido porque se le figuraba inminente el reino prometido de Dios. cualquier papel escrito y principalmente. en una entrada sin gloria. Achicamos su espíritu al concepto estrecho de una preocu­ pación partidaria. y con arrojo digno de mejor causa. reabriendo en esos sitios desgraciados.

/ Se acabó la monar­ quía. / nosotros tenemos la ley de Dios.acábosse la monarquía o Brasil ficou atoa” La república era la impiedad: "Garantidos pela lei aquelles malvados estño nos temos a lei de Deus elles tem a lei do cao! "Bem desgragados sao elles pra fazerem a eleigáo abatendo a lei de Deus suspendendo a lei do cáol "Casamento vao fazendo só para o povo illudir vao casar o povo todo no casamento civil! Pero el gobierno demoníaco desaparecerá en poco tiempo: "Dom Sebatiao já chegou e traz muito regimentó acabando como o civil e fazendo o casamento! "O Anti-Cristo nasceu para o Brazil gobernar mas ahi está o Conhelheiro para delle nos livrarl "Visita nos vam fazer nosso rei Dom Sebastiáo coitado daquelle pobre que estiver no lei do cao * 2 1 7 * Conservamos los originales de estas cuartetas cuya ortografía alteramos en parte. / Bien desgraciados son ésos / para hacer la elección. / para engañar sólo al pueblo. / abatiendo la ley de Dios. “Casamientos van haciendo. / van a casarlos a todos / en casamiento civil” . Traducción de los versos populares: “Salió don Pedro segundo / hacia el reino de Lisboa. “Protegidos por la ley / esos malvados están. . / suspendiendo la ley del can” . / ellos tienen la ley del can. / Brasil a la deriva” .

Pero antes se intentó una empresa más noble y más práctica. UNA MISION ABORTADA2 1 9 En 1895. Pasa impasible por delante de la capilla a cuya puerta se adensan compactos grupos. Alcanza la plaza desbordante de pueblo "cerca de mil hom­ bres armados de carabinas. incisivo. Daniel va a penetrar a la jaula de los leones. en medio de un campamento de beduinos. Observó por unos instantes la aldea extendida abajo. La gente sale a verlos. Acompañémoslo. “El Anticristo nació / para el Brasil gobernar. Llegan por fin a la casa del viejo vicario del Cumbe 22 0 (que estaba cebada desde hacía más de un año. Nos obligaban a otra lucha. supremo y moralizador: la bala. "el aire inquiero v la mirada al mismo tiempo indagadora y siniestra. Nosotros les enviamos el legislador Comblain 2 1 8 y ese argumento único.). debida al dolor por el desacato sufrido) y tratan de superar la jornada pgo*adora. Seguido de Fray Caetano de Sao Léu y del vicario del Cumbe. denun­ ciando conciencias perturbadoras e intenciones hostiles”. la extraña figura de un misio­ nero capuchino. cierta mañana de mayo. facones. Fray Joáo Evangelista de Monte-Marciano. "Don Sebastián ya llegó / y trae un gran regimiento. Descendió lenta­ mente la ladera. de pronto. pues a tanto remontaba su ausencia. No se desanima pues está blindado por la tranquila fortaleza de los após­ toles. Les conmovía el espectáculo de los infelices que acababan de encon^ar armados hasta los dientes y el cuadro emocionante de esa Te­ baida 2 2 1 turbulenta.La ley del can. Resumía su programa. apareció.a: ocho redes bajo las que sudaban cargadores sin aliento pasando. etc.” y tiene la impresión de haber caído. flanqueada por otras dos. Luego toma por un atajo tortuoso. Requerían otra reacción. / pero ahí está el Conselheiro /’ para librarnos de él” . . garrochas. Lo atraviesa se­ guido por sus dos compañeros de apostolado. “Visita nos viene hacer. / pobres de los que están / en la ley del can” . cruza el río y se acerca a las primeras casas. / nuestro rey don Sebastián. Eran realmente muy frágiles aquellos pobres rebeldes. Y nos dispensa de todo comentario. Ese era el apotegma más elevado de la secta. A poca distancia de la puerta pasan ocho difuntos llevados sin señal religiosa alguna hacia el cementerio que quedaba al fondo de la iglesia vie. (N . en lo alto de un contrafuerte de la Favela. del T . / acabando con el civil / y haciendo el casamiento” .

" . el porte grave y aires de penitente” impresionan enormemente a los recién llegados *. había corrido la nueva de la llegada.rápidos. . Quiebra su habitual reserva y mutismo. Y allá van todos. tenía la cabeza descubierta y empu­ ñaba un bastón. como estaban un poco alejados de los fieles que los seguían a distancia. * Seguimos el Relatório de Fr. . . el rostro alargado. se presta a servirles de guía por el edi­ ficio. "Vestía una túnica de brin azul. ansiosos por desprenderse de ellas. Mientras tanto. las largas barbas grises más que blancas. Entran a la plaza. No se le podían pedir mejores preliminares a la misión. sin que el Conselheiro fuese al encuentro de los emisarios de la iglesia. Fue una precipitación inútil e improcedente. de una palidez cadavérica. los ojos hondos pocas veces levantados para mirar a alguien. Pero le cupo al misionero anu­ larla desgraciadamente. El fracaso sobrevino de inmediato. sacudiéndose a cada rato con accesos de tos. asistiendo a los trabajos de construcción de la capilla. avanzaba tardo. Entonces los frailes lo fueron a buscar. le parece llegada la ocasión para hacer la interpelación decisiva. lentamente. guiados por el viejo solitario que roza­ ba por ese tiempo los sesenta años y cuyo cuerpo. Por eso. "los grupos de hombres cierran filas junto a la puerta de la Capilla” y les abren espacios para el paso. Entran en el pequeño templo y se hallan frente a Antonio Conselheiro quien los recibe de buen grado y les dirige la misma salutación. La cordial recepción los reanima. como si en la siniestra ciudad el muerto fuese un desertor del martirio. indigno de la más breve atención. Del grupo temeroso parte la salutación de paz: "Loado sea Nuestro Señor Jesucristo” y la respuesta de práctica: "Para siempre sea loado!”. El Conselheiro parece alegrarse de la visita. en un abandono y una miseria tales que se daban diariamente de ocho a nueve muertes. los invita a observarlos. Monte-Marciano. Los cabellos crecidos y descuidados le caían sobre los hombros. Permanecía indi­ ferente. aproveché la ocasión de estar casi a solas y le dije que el fin de mi visita era pacífico y que por eso me extrañaba ver allí hombres arma­ dos y que no podía dejar de condenar el que se reuniesen tantas fami­ lias en un lugar tan pobre para entregarse al ocio. La atraviesan sin que ninguna hostilidad los perturbe y llegan a la sede de los trabajos. Al llegar al coro. doblado sobre el bastón. De nuevo toman por el callejón sinuoso. Les informa de los trabajos. Aquel agasajo era una media victoria. y por orden del señor Arzobispo. Dejan la casa. iba a abrir una santa misión para aconsejar al pueblo que se dispersara y volviera a sus tierras a tra­ bajar en los intereses de cada uno y para el bien de todos”.

donde se produjeron muertes de uno y otro lado. sin excepción de los monárquicos de allá. Era. la aprobación de San Gregorio. "Mientras decía esto. Los detuvo la placidez admirable. Que el mismo misionero hable: "Este los hace callar y volviéndose hacia mí. por­ que reconocía al gobierno. Signo de desorden inminente. hubo monarquía durante muchos siglos. parafraseando la Prima-Petri22 4: — "Señor. ahora no. comenzando por el obispo y si­ guiendo hasta el último católico. Esta explicación respetuosa y clara. porque no reconozco a la Re­ pública”. y todo el pueblo. la vuestra es una doctrina errada!”. Lo con­ tradijo. la figura del pro­ pagandista. inconsciente del significado real del levantamiento sertanejo. Desde la multitud partió rá­ pida la réplica arrogante: — "La doctrina de Vuestra Reverencia es falsa. Fray Monte-Marciano. no tendría. no satisfizo al capuchino que te­ nía el coraje de un creyente pero no el tacto fino de un apóstol.Esta intransigencia. quebrando la finura diplomática en las aristas rígidas del dogma. ¿sola­ mente vosotros no os queréis sujetar? ¡Ese es un pensamiento malo. Y continuó: "Y así en todas partes. obedecen a las autoridades y a las leyes del gobierno”. la frase de San Pablo en pleno reinado de Nerón 225. la capilla y el coro se llenaban de gente y no había terminado de hablar cuando. el Grande 2 2 2 . entera. Descubrió. casi sin variantes. . dice: — Es para mi guarda que tengo conmigo a estos hombres armados. por cierto. a quien no escandalizaban los ritos bárbaros de los sajonios. aquí en el Brasil. exclamaban: "Quere­ mos acompañar a nuestro Conselheiro”. enseña que los poderes constituidos rigen a los pueblos en nombre de Dios”. no la de nuestro Conselheiro!”. En tiempos de la monarquía me dejé prender. esta mal sopesada irritación. reconocemos al gobierno actual. la mansedumbre — ¿por qué no decir cristiana?— de Antonio Conselheiro. porque Vuestra Reverencia ha de saber que la policía me atacó y me quiso matar en un lugar llamado Maceté m. y fue un desafío imprudente. en ese remover de nulas consideraciones polí­ ticas. si eres católico debes considerar que la Iglesia condena las rebeliones y aceptando todas las formas de gobierno. pero desde hace más de veinte años está la república. dice por sí mismo las causas del fracaso. que es una de las principales nacio­ nes de Europa. en Francia. a una sola voz. La frase final vibró como un apostrofe. faltándole solamente tener bajo los pliegues del hábito la escopeta del cura de Santa Cruz: "Nosotros mismos.

el tumulto dispuesto a explotar sé retrajo por un gesto del Conselheiro que. A pesar de ello. eso es comer y hartarse!”.Esta vez. Pero las protestas no tuvieron gravedad. se permitía interrumpir la oratoria sagrada. hacia la casa donde residían los visitantes y les hicieron saber que no los necesitaban para la salvación eterna. Estaba la misión en su cuarto día. Se reunieron y marcharon. . cargando carabinas. cuyo silbato. pero tampoco estorbo a la santa misión”. volviéndose hacia el misionero. Escogió como tema de la prédica siguiente el homicidio y. séptimo día de la misión. con la cartuchera colgada a la cintura y el gorro en la cabeza. al lado del altar. como medio de mor­ tificar la materia y refrenar las pasiones. Pero la iniciativa comenzaba bajo malos auspicios. espingardas. vibrando en la plaza. No tuvo temor de la rebelión emergente. "emi­ sario del gobierno y que de entendimiento con éste iba a abrirle el camino a la tropa que vendría de sorpresa a prender al Conselheiro y a exterminarlos a todos”. . También asistía el Conselheiro. sin reparar en los peligros de su tesis. garrotes. cerca de cinco mil asistentes. actuó en paz hasta el cuarto día. atento e impasible. pistolas y facones. Sucedió un 20 de mayo. le dijo: — "Yo no desarmo a mi gente. La reacción fue inmediata. Exceptuando "55 casamientos. "dejando escapar cada tanto algún gesto de desa­ probación que los líderes de la grey confirmaban con protestas incisivas”. congregó a todos los fieles. como un fiscal severo. vivando al Buen Jesús y al Divino Espíritu Santo. La afrontó temerariamente. en la actitud de quienes van a la guerra”. aún. . Comenzó una intensa propagan­ da contra "la prédica del padre masón protestante y republicano”. porque "se puede ayunar muchas veces comiendo carne en la cena y tomando por la mañana una taza de café”. 102 bautis­ mos y más de 400 confesiones” el resultado había sido nulo o. se explayó en alusiones imprudentes que excusamos registrar. con sobriedad pero sin exigir angustias. más bien. La misión había muerto. La comandaba Joáo Abade. cuando reincidió el capuchino en el tema político para empeorar las cosas. negativo. violando un viejo privilegio. entre los cuales estaban todos los hombres sanos: " . hablando de la cuerda en casa del ahorcado. y siempre con gran concurrencia. Sólo alguno que otro exal­ tado. interrumpió el ser­ món la réplica irónica e irreverente: — "¡Mírenlo! ¡Eso no es ayuno. Fue así que predicando el fraile sobre el ayuno.

. . . Se equipara al "Divino Maestro de­ lante de Jerusalén”. . escondiéndose seguramente por los vericuetos. . . Pero maldijo. Y lo invade una ola de tristeza. Observa por última vez el poblado. acompa­ ñado de sus dos socios de reveses. allá abajo. Se detiene un momento. Salta el cruce entre los declives de la Favela. sacudió el polvo de sus sandalias” apelando al vere­ dicto tremendo de la justicia divina.MALDICION SOBRE LA JERUSALEN DE BARRO El misionero "como otrora los apóstoles ante las puertas de las ciudades que los rechazaban. Llega a lo alto de la montaña. Y se marchó. .

De modo que sin necesidad de utilizar los cultivos para despertar las energías de un suelo en el que no se afincaban y recorrían en el trabajo sin rumbo de la búsqueda del oro. desde hacía mucho tiempo era dilatado teatro de tropelías de los indisciplinados habitantes del sertón. hasta las márgenes del Sao Francisco. I V — Autonomía dudosa. La guerra de las caatingas.LA LUCHA I. conservaron en su ocio turbulento la índole aventurera de los abuelos. poco a poco. Antecedentes. 111. Rica en espléndidas minas. le legaron a la prole errabunda y por contagio. a los rudos vaqueros que la siguieron. cuyas incursiones llegaban hasta las Lavras Diamantinas. el poblado de Brito Mendes había caído en manos de otros insurrectos. Uauá. I PRELIMINARES Cuando se volvió urgente pacificar el sertón de Canudos.— Preparativos de la reacción. aquella región no mostraba su opulencia. la habían examinado afanosamente por las serranías y por las nacientes de los ríos e hicieron algo más. el gobierno de Bahía enfrentaba otras insurrecciones. Y como. tuvieron que recurrir al bandidismo franco. se fueron acabando las piedras mezcladas con dia­ mantes. la misma vida desenvuelta e inútil. La habían buscado hacía doscientos años los aventureros picaneados por el ansia de riquezas. . ANTECEDENTES El mal era antiguo. y en Jequié se cometían toda clase de atentados 226. La porción de territorio recortada por las laderas del Sincorá. I I — Causas inmediatas de la lucha.— Preliminares. libremente expandida por la región fecunda. esterilizaron la tierra con las excavaciones mineras y la áspera vestimenta pedregosa. antiguos constructores de desiertos. donde por muchos años el oro en polvo o el diamante bruto eran moneda corriente. La ciudad de Len^óis había sido atropellada por una banda de facinerosos.

un claro caso de reacción mesológica. actualmente. Ya vimos cómo se formaron allí los mamelucos bravos y activos. como un elemento conservador. la vibración del bandeirante. entre el torbellino de las bandeiras y el curso de las misiones. Nuestra historia tan vapuleada por héroes sin disciplina. sucedió al buscador de diamantes y oro. nuevos parajes opulentos que los atraían hacia el centro de las tierras 228. tuvieron peligrosos conductores que no les quitaron el varonil carácter pero los condujeron hacia lamentables destinos. temerario. desde el comienzo del siglo x v m . resumen de atributos esenciales de unos y de otros. Es un producto histórico revelador. después de esbozar quizá el único aspecto útil de nuestra actividad en aquellos tiempos. Vamos a ponerla de relieve. empavoreciendo al salvaje a látigo y fuego y fundando poblados que. al contacto con los sertanistas ambiciosos se transformaron. había brotado. el jagungo. el saqueador de la tierra. que en carta dirigida a la reina María II (1 7 9 4 ) 22 9 el oidor de Jacobina afirmaba: "que sus minas eran la cosa más rica que jamás se descubrió en los dominios de Su Majestad” . Imaginemos que dentro de la armazón del vaquero estalle. Por los campos de cría aparecían los montones de arcilla revuelta de las catas. saqueador de ciudades. para formar nuestra nacionalidad naciente y crear una situación de equilibrio entre el desvarío de las exploraciones mineras y las utopías románticas de los misioneros 227. Las devastaron hasta alcanzar una nueva barrera en el río Sao Fran­ cisco. antes que nada. Aquéllos venían del este. aquella .El jagungo. Y tendremos al jagungo 230. tuvieron entre los bosques que van de Macaúbas a Aguruá. Y la tierra. como los ya existentes. Por mucho tiempo recorrieron la región. lo tenían en las ruinas de las aldeas indígenas. de las vaquerías trabajosas a las incursiones de los bandoleros. deteniéndose ante la barrera de sierras que van de Caetité al norte y cuando las minas agotadas les exigían aparatos para la extracción intensiva. En efecto. su germen en un esta­ blecimiento de ganado. Aquellos hombres. Nace del cruce tardío entre cola­ terales que el medio físico diversificara. inter­ puestos tan a propósito en la época colonial. Se metamorfosea la situación anterior y esta nueva se empareja con la sociedad ruda y tranquila de los cam­ peros. adquiría uno de sus más sombríos actores. Pero no dieron un paso más. En ese punto se acercaban a los límites de Goiás. por la combatividad y por una ociosidad singular surcada de tropelías. y de la envergadura atlética del vaquero. Lo traspusieron. Realizaron una deplorable empresa. una y otra caracterizada por el nomadismo. en la actividad bifronte que oscila. en lugar de tener. El mandón político sustituyó al capanga en decadencia. La transición es. cuando se descubrieron las minas del Río de Contas hasta Jacobina. de súbito. Al frente tenían aquel maravilloso valle del río das Eguas y tan aurífero se les apareció.

sus grutas de ámbito caprichoso que se abren como las naves de una iglesia. en todo el valle del gran río. El más oscuro de aquellos poblados tiene su tradición especial y siniestra. de donde habían partido. en los lugares donde más viva era la actividad minera. forman la patria originaria de los hombres más bravos y más inútiles de nuestra tierra * * *. en la galería argentífera del Aguruá. hasta Xique-xique. Y a pesar de los ribetes emocionantes de algunos hechos y de que se destaquen. dice. da Córte. a su vez. junto a las imágenes y las reliquias. id. por el teniente coronel Durval Vieira de Aguiar. el de Bom Jesús da Lapa. Es natural que desde los comienzos del siglo pasado la historia dra­ mática de los poblados del Sao Francisco empezara a mostrar una situa­ ción anómala * '*. * * * “Quien necesita jagungos en el río Sao Francisco. que conquistaron. lo ampara de igual modo ante las exigencias de la vida combatiente. legen­ daria en las campañas electorales del imperio231. ya habían llegado. los hace contratar en ese gran vivero. * Ver Descrigóes práticas da Provincia da Bahia. *. en 1804. . las rivalidades partidarias y los desmanes de la intolerable política de los potentados locales. refiriéndose a esos lugares que “en ninguna parte de los dominios portugueses la vida humana tiene menos seguridad” . No se puede describir en media docena de páginas. volviendo a Carinhanha. andando 670 leguas. Su conformación original. a la ciudad minera de Januária. más la leyenda del monje que allí vivió en compañía de una onqa. . que culminan siempre con el incendio y el saqueo de villas y ciudades. Lo vamos a ejemplificar. Teniente coronel Durval. de Piauí. pasó por la Barra del río Grande y en el relato que hace al Visconde de Anadia. denuncian la génesis remota que estamos exponiendo. la his­ toria de las depredaciones es cada vez mayor. el del río Préto. conforme el valor de la impunidad que la influencia del patrón ejerce”. . el visitante observa. allá están. lujosos proyectiles hechos de plomo y plata. alquilada su bravura por los potentados. sustentaba a los rebaños en las bajadas salinas de los barreiros. cargados de despojos. Con. Le da gratis el salitre para la composición de la pólvora. en cuanto a las balas. con sus sierras de cumbres altaneras que resuenan como campanas. de Sergipe. yendo.incomparable tierra que incluso desnuda y empobrecida por las sequías. Entre las dádivas que yacen en considerable cantidad por el suelo y las paredes del extraño templo. 1804-1809). De allí salen en aventuras. incontables. Avanzando contra la corriente. por otro aspecto. lo demás se consigue fácilmente. un rasgo sombrío de religiosidad: facas y espingardas. 16. de Goiás. De esta villa hasta el norte. lo vuelven lugar predilecto de las romerías piadosas provenientes de los sitios más lejanos. Uno de ellos se destaca. precisamente. en 1879. * * Caetano Pinto de Miranda Montenegro. de Cuiabá hacia Recife. ante todo. Es La Meca de los sertanejos. los desórdenes que surgían. ostentando en los techos candelabros de estalactitas y por los corredores osarios dilu­ vianos. El rifle con la munición es el precio. (Liv. Todo el valle del río das Eguas y hacia el norte.

Vanidosos de su papel de bravos disciplinados. Cerca de diez u ocho leguas de Xique-xique está la capital. Xique-xique. puede pasar con la misma inmunidad. pues los consideran una mancha para su honra. El concepto es paradojal pero cierto. donde durante dé­ cadas se combatieron liberales y conservadores. Porque. Lo saluda. Ordinariamente. feliz por el trributo que rindió. restringen sus desórdenes a las mi­ núsculas batallas a las que entran militarmente regimentados. Confiesa. otrora floreciente y hoy desierta. Vuelve a su banda. con los bolsillos repletos de diamantes y pepitas de oro. Monte Santo y otras. asumiendo el papel de interventores neutros entre las facciones comba­ tientes. aquellos campos y montes. Lo enciende con un solo golpe en el yesquero y deja pasar. con sus animales renguean­ do por el peso de las cargas preciosas. le dirige la palabra gentilmente y se ríe de su temor. Macaúbas. El carabinero jefe se le aproxima. El saqueo de las poblaciones que conquistan es su derecho de guerra y en este punto. a un grupo de jagungos. ese viejo régimen de desmanes. Trae el sombrero de cuero en la mano y el arma en bandolera. inesperadamente. y todos los establecimientos agropecuarios dentro de sus límites. contrito. balancea las condiciones de uno . La justicia ar­ mada parlamenta con los bandoleros. un viajero de paso por ahí. Son lugares en donde el desorden estaba establecido y sostenido por un bandolerismo disciplinado. en la última fase de una decadencia que comenzó en 1856. el número de muertes cometidas. No pocas veces. la cabeza descubierta. El forastero. en camino hacia el litoral. la vida y la fortuna del viajero. Después le exige un tributo: un cigarrillo. El más frágil camarada puede atravesar inerme e indemne. . No le faltará uno solo al término de su viaje. . Fuera de esto. ajeno a las luchas partidarias. devotamente.El bandido entra allí. éstas consiguen pacificar los lugares conflictuados. Piláo Arcado. intactas. Son innumerables los casos de este tenor que revelan la notable nobleza de esos valientes desgarrados 232. Cae de rodillas. las viejas culpas. Sale sin remordimientos. golpeándose el pecho. Reanuda su vida temeraria. para que le fuese favorable el último combate afrontado y entrega al buen Jesús el trabuco que tiene grabado. Es como una acción diplomática entre potencias. a todas las diligencias policiales. Pero en seguida pierde el miedo. existe un orden notable entre los jagungos. los absuelve la historia entera. erecta entre montañas e inaccesible hasta hoy. a tajos. la cabeza doblada y los ojos puestos en el suelo húmedo del calcáreo trasudante. de hecho. delatan en las viviendas destrozadas a fuerza de bala. se detiene temeroso al ver aparecer por el camino. son raros los casos de robo. Al cabo cumple la promesa que hiciera. Y reza. la ciudad de Santo Inácio.

Todo indica que el hecho fue adrede. las maderas serían tomadas a la fuerza. Sabía que el adversario reaccionaría ante la provocación más ligera. Se distingue del jagungo por la minúscula variante del arma que usa: la parnatba. Los cangaceiros en sus incursiones por el sur. Las dos sociedades hermanas tuvieron una prolongada separación que las aisló a una de la otra. Antonio Conselheiro había adquirido en Juázeiro cierta cantidad de madera que no le podían proveer las caatingas paupérrimas de Canudos. ante la violación del trato hablado. Esto sucedió en octubre de 1896. siendo juez de Bom Conselho.y otro bando. sancionando la soberanía de los bandidos impunes. complejo de armas que traen los bandoleros. II CAUSAS INMEDIATAS DE LA LUCHA La determinó un incidente minúsculo. Porque el cangaceiro *. Así. Pero había terminado el plazo de entrega del material y no lo había recibido. La campaña de Canudos nació de la convergencia espontánea de todas esas fuerzas perdidas por los sertones. se daban las espaldas separados por la valla en declive de Paulo Afonso. discute. aquél retrucó con la amenaza de una em­ bestida contra la población del Sao Francisco. De hecho. Hizo el negocio con uno de los representantes 23 3 de las autoridades de aquella ciudad. los estigmas hereditarios de la población mestiza se han fortalecido con la transigencia de las leyes. Lo historiamos según los documentos oficiales: * Cangaceiro. es un producto idéntico con nombre diferente. desde la época en que. y los jagungos en sus incursiones por el norte. con vistas a provocar un rompimiento. dicen los habitantes del sertón” . La insurrección de la comarca de Monte Santo iba a unirlos. “El asesino fue a la feria debajo de su cangago. fuera obligado a abandonar la comarca precipita­ damente por el asalto de los adeptos del religioso. Entonces aprovechó la situación para cobrarse la afrenta. Franklin Távora. derivado de cangago. . O Cabeleira. El principal representante de la justicia de Juázeiro 234 tenía una vieja deuda que saldar con el agitador sertanejo. que su­ planta la fama tradicional de la carabina de boca de campana. de hoja rígida y larga. evita los ultimatos y acaba ratificando verdaderos tratados de paz. No sorprende que hayan crecido hasta avasallar todo el valle del Sao Francisco y desbordado hacia el norte. desde Paraíba a Pernambuco.

no había una sola aldea o lugarejo. no le dio la impor­ tancia merecida. la erección de un templo o la dádiva providencial de un dique. las torres de decenas de iglesias que había construido. Luíz Viana) al Presidente de la República. osadamente. Se había levantado desde hacía mucho. "Este distinguido oficial. Día a día iba ampliando su dominio sobre la gente del sertón. punteando su paso. Pocos días después recibí de aquel magistrado un telegrama en el que me afirmaba que los secuaces de Antonio Conselheiro estaban a poco más de dos días de Juázeiro. que no contase con adeptos fervorosos del apóstol y que no le debiese la reconstrucción de un cementerio. hasta las que llegaban. Puse en conocimiento del hecho al señor general quien. cómo el gobierno de Bahía. verificado el movimiento de los bandidos. más o menos fundados. la cual debía proceder allá de acuerdo con el Juez de Derecho. contra el nuevo orden político y había pisado. pues el gobierno quedaba prevenido para enviar por tren expreso la fuerza necesaria para defender la ciudad. Antonio Conselheiro hacía veintidós años. en las ciudades del litoral. impune. El fragmento transcripto ilustra claramente. casi de un cuarto de siglo. un telegrama urgente comunicándome que corrían rumores. de Itapicuru a Jeremoabo. No se podrían imaginar móviles más insignificantes para hechos tan graves. de que aquella floreciente ciudad sería asaltada en esos días por la gente de Antonio Conselheiro. desde 1874. en virtud de las diligencias a que anteriormente me referí. combinó con la autoridad salir al encuentro de los bandidos a fin de evitar que invadiesen la ciudad”. satisfaciendo mi pedido. Le respondí que el gobierno no podía mover fuerzas por simples rumores y le recomendé que se vigilasen los caminos a cierta distancia y. por todos los rincones sertanejos donde había dejado como enormes señales. de Chorrochó a Vila do Conde. que era famoso en todo el interior del Norte e igualmente. avisasen por telegrama. Juez de Derecho de Juázeiro. por lo que solicitaba providencias que dieran garantías a la población y evitaran el éxodo que ya se estaba iniciando. a la fuerza preparada. por oscuro que fuese. "Reducida la fuerza policial acuartelada en esta Capital. hizo salir un tren expreso y bajo el mando del teniente Pires Ferreira. entretejidas de exageraciones casi legendarias. casi una ciudad. 1897. requerí del señor General comandante del distrito2 3 5 . desdeñando los antecedentes de la cuestión. sobre las cenizas de los edictos de las autoridades de las ciudades que había invadido: había * Mensaje del gobernador de Bahía (D r. ."Esta era la situación * cuando recibí del Dr. Había fundado la aldea de Bom Jesús. apenas llegado a Juázeiro. 100 plazas de línea con el fin de que salieran para Juázeiro apenas me llegase el aviso del juez de Derecho de aquella comarca. venía de un peregrinaje intenso. Arlindo Leóni. los episodios más interesantes de su novelesca vida.

en 1893. de 80 plazas de línea. la misión apostólica preparada por el arzobispo bahiano y en el informe escrito en esa ocasión por Fray Joáo Evangelista se afirmaba sobre la existencia en Canudos — excluidas las mujeres. Relata el general Frederico Sólon. punto terminal del ferrocarril. el cual. para acabar con tal situación. la población previo que un contingente tan pequeño tendría el valor negativo de ejercer mayor atracción sobre la horda invasora. haciendo comparecer sin demora al bravo teniente Manuel da Silva Pires Ferreira. aseverándome que para tal fin ese número era suficiente. Imaginaron la derrota inevitable. comandante del Tercer distrito mi­ litar : "El 4 de noviembre del año pasado (1 8 9 6 ) en obediencia a la orden ya referida. lo presentaron como un benemérito cuyos consejos se moldeaban según la ortodoxia cristiana más rígida. un sacerdote. contra la posición de un diputado que lla­ maba la atención de los poderes públicos sobre las áreas "de los sertones perturbados por el individuo Antonio Conselheiro” otros representantes del pueblo y entre ellos. haciendo salir después a un médico 23 6 con algunos recursos para el ejercicio de su profesión.derrotado. Y se encontró suficiente. en Maceté y había hecho volverse a otra. Aquel puñado de soldados fue recibido con sorpresa en Juázeiro adonde llegaron el 7 de noviembre por la mañana. comandando 3 oficiales y 104 plazas a jornal de aquel cuerpo. a fin de darle órdenes e instrucciones. que los había en todos los alrededores. . en la margen derecha del río Sao Francisco. Conociendo la situación. del 9 9 ba­ tallón de infantería. se regocijaron imponiéndola. porque la lealtad de sus secuaces era incondicional y fuera del círculo de los fieles que lo rodeaban había en todas partes la complicidad obligatoria de aquellos que le temían. . los viejos y los enfermos— de mil hombres robustos y temerarios "armados hasta los dientes”. que lo había perseguido hasta Serrinha. había hecho abortar. en 1895. una expedición policial. en 1894 había provocado un caluroso debate en el Congreso Estatal de Bahía. se sabía que dominaba una extensa zona dificultando el acceso a la ciudadela donde se guarecía. conduciendo apenas una pequeña ambulancia. no vacilé. . "Confiando plenamente en el conocimiento que él debía tener de todo cuanto ocurría en el interior de su Estado. Mientras los partidarios encubiertos del Conselheiro. salió el 7 de dicho mes para Juázeiro. prontamente cumplí con la formación de una fuerza de cien plazas de la guarnición para ir a combatir a los fanáticos de la aldea de Canudos. el envío de una fuerza de cien soldados. algunos hombres honestos le pidieron al comandante ex­ pedicionario que no siguieran adelante. por fin. para cumplirlas. Lo demás corrió por el Estado”. en el cual. La aumentó. las criaturas. No impidió la fuga de gran parte de la población que quería escapar al asalto inminente.

Rancharía y otros puestos solitarios. ya había llegado a Canudos la novedad de su venida *. casi siempre seco. cuando. como el paraje clásico de las caatanduvas * * que avanzan hacia el este y el sur hasta las cercanías de Monte Santo. . Partieron sin los recursos indispensables para una tra­ vesía de 2 0 0 kilómetros. día aciago. tal vez la definiese con más acierto. Beaurepaire Rohán. de cahiva. lo atraviesa. Además. . incluso antes del verano. El Vaza-Barris. Por un contraste explicable. ahiva: m alo). escasas vi­ viendas desparramadas. Peores que los campos gerais donde se han perdido muchos viajeros. Por las planicies. presentando. Es forzoso avanzar a despecho del sol fuerte hasta los pozos de agua de los vaqueros. Es el trecho de Bahía más asolado por la sequía. Pocos han visto el paupérrimo valle del Vaza-Barris que. como un oued tortuoso y largo. Mucambo. * * Gaatanduva. al oeste. desorientados por la uniformidad de las planicies indefinidas. los paisajes se suceden uniformes y melancólicos. la tierra desnuda reverbera los ardores de la canícula. Encuadran el desierto. después de reposar en vivac a dos leguas de Juázeiro. lo rodean parajes exuberantes: al norte. anduvo cuarenta kilómetros de camino desértico hasta una ipueira minúscula. por cierto. las tierras fecundas cen­ tralizadas en Vila Nova da Rainha. en terreno árido y despoblado. Dicionário de vocábulos brasileños. * Pormenor curioso: la fuerza salió el 12 al anochecer para no salir el 13. Mari. el día se expande abrasador. solitario. dadas sus disposiciones orográficas. Una mejor caracterización de la flora sertaneja. desde las vertientes orientales de Itiúba hasta Jeremoabo.Las dificultades para la adquisición de elementos esenciales para la marcha retuvieron a la fuerza en Juázeiro hasta el día 12 en que partió al anochecer. raramente es posible hacer el camino en horas de la madrugada o de la noche. el sertón de Curagá y las tierras fértiles extendidas por el este hasta Santo Antonio da Gloria. agravados por una flora pavorosa. donde había unos restos de agua. De ahí en más. en leguas y leguas. monte malo (caá: monte. la laguna del Boi. al segundo día de viaje. y bajo el influjo de esas altas tempe­ raturas. E iban a combatir el fanatismo. En el sertón. el comandante reconoció imposible darle a la marcha un compás que permitiera economizar fuerzas. mostrando los más salvajes modelos. las funciones vitales se aceleran de modo súbito provocando golpes repentinos de cansancio. esos lugares se cuentan entre los más desconocidos de nuestra tierra. Por sobre todo esto. multiplicándolos. . marchó por el desierto con escalas en Caraibinhas. El verano anunciaba la sequía. orientados por dos guías contratados en Juázeiro. sin sombras. La misma caatinga toma un aspecto nuevo. prolongando la margen derecha del Sao Francisco. Ya desde el principio. se pro­ longa inhóspito. es imposible la marcha de hombres equipados con mochilas después de las diez de la mañana. Algunos estaban abandonados. La pequeña expedición.

la expedición debía salir hacia Canudos. Uauá parece un lugar abando­ nado. despertó sorprendida por un vibrar de cornetines. en ocasión de las fiestas. el oscuro villarejo era nada más que escala provisoria. el día 19. Como la mayor parte de los villarejos pomposamente marcados en nuestros mapas. de aspecto deprimido y triste. hay uno que otro negocio abierto y la plaza queda desierta. es una especie de transición entre la maloca y la aldea. * Térras grandes: vaga denominación con que los matutos designan el litoral que no conocen. aterrados por las novedades o para evitar todo contacto con la fuerza militar. Es el resto del mundo. desde Juázeiro y desde Patamoté y por ellos llegan muchos tobaréus a su feria de los sábados. Allí. llevando por delante sus rebaños de cabras. Después de un breve descanso. No lo hizo. las informaciones eran dispares. Entre curiosos y tímidos. la civilización entera que temen y evitan. después de una travesía muy penosa. Entró por la calle principal y se acantonó en la plaza. UAUÁ La tropa llegó exhausta a Uauá. Era la tropa. Vuelto plaza de guerra. Los centinelas se situaron a la salida de los cuatro caminos y se nombró personal para hacer las rondas. con las bayonetas fulgurantes— como si viesen un brillante ejército. los pobladores miraban a los soldados — polvo­ rientos. Se llega por cuatro caminos. que les parecen valiosos especímenes. que imaginan muy cerca unas de otras y muy lejos del sertón. habían huido hacia el norte. como en todas partes. Son los que no tienen recursos para viajes más lejanos a lugares más prósperos y ahí van. únicos animales afectados a aquel clima y aquel suelo. cueros curtidos o redes de caroá. . desde Jeremoabo pasando por Canudos. conjunto de cerca de cien casas mal hechas y ranchos pobres.Los escasos pobladores. Fue un suceso. se ponen sus mejores ropas o sus cueros nuevos. en desorden. al alba del día siguiente. como si fuese una opulenta ciudad de las térras grandes *. La tropa se estacionó y designó una vigilancia. se quedan contemplando las dos o tres casas de negocio o mirando en un barracón de feria los productos de una industria pobre. En los restantes días. Roma y Jerusalén. Esta aldea — dos calles desembocando en una plaza irregular— es el lugar más animado de aquella área del sertón. desde Monte Santo. Con ella abarcan Río de Janeiro y Bahía. impidiendo formar un juicio sobre las cosas. el 2 0 . Y en uno de esos días fue que la población recogida por el ardor del sol.

De ese modo. Eran muchos. La fuga en masa de la población delataba que los emisarios habían ido y habían vuelto. Los despertó el enemigo que imaginaban iban a sorprender. unos fuertes brazos sosteniendo una gran cruz de madera. al acaso. Pero al caer la noche. Los guia­ ban símbolos de paz. casi en su totalidad. de esas que practican los matutos creyentes cuando quieren ablandar al cielo en los veranos abrasados por la sequía. entonando kyries. pero se perdían en el grueso de los fieles inermes. Parecía una procesión de penitencia. deslizándose. llevaban a la cabeza las piedras de los caminos y deslizaban por sus dedos rosarios de cocos. alta como un crucero. los sertanejos llegaban con el día y anunciándose desde lejos. facones y hoces. de modo que. Este incidente fue un aviso. dijeron después exagerados informantes. la bandera de lo Divino y a su lado. rezando. Tres mil. despavoridos. como los otros lugares vecinos. acantonada la fuerza en la plaza. familias enteras. Los combatientes estaban armados de viejas espingardas. Los expedicionarios no le dieron mayor importancia al suceso. estaba bajo el dominio de Canudos. Evitando las ventajas de una sorpresa nocturna. Despertaban a los adversarios para la lucha. de picanas. Se habían ido hasta los enfermos. El caso es original y es verídico. tras esa demora perjudicial.Aquel día se gastó inútilmente en recoger informaciones. Uauá. había huido. hubo avisos precipitados a la aldea amenazada. furtivamente. quizá triplicando el número. Sin ser advertida. En la mudez de la tierra todavía dormida avanzaba la multitud gue­ rrera. enarbolando imágenes de sus santos predilectos y palmas retiradas de los altares. dejaron el campo libre a los combatientes. Al primer golpe de vista no presentaban apariencia guerrera. Iban a la batalla rezando y cantando. Pero avanzaban sin orden. Se apres­ taron para continuar la marcha al día siguiente y descansaron tran­ quilamente. resolviéndose marchar al día siguiente. Sus habitantes eran adeptos de Antonio Conselheiro. como si buscasen pruebas para sus almas religiosas. Al­ gunos. previ­ niendo a los pobladores del contraataque resuelto por los hombres de Canudos. ocurrió un incidente explicado a la mañana siguiente: la po­ blación. había aban­ donado sus viviendas en grupos pequeños. entre los vigilantes apostados. como en las romerías piadosas. En la madrugada del 21 apareció en los límites del sitio el grupo de jagungos 237. Equiparaban los flagelos naturales que conocían a la venida de los soldados. Un pelotón escaso de . noche adentro.

cuerpo a cuerpo. todos adelante.infantería que los aguardase. Sólo pudo alinearse bajo la dirección de un sargento. un alférez experto. salieron medio desnudos por las puertas. Que cedió en seguida. Batidos por las armas de repetición. Los matutos agrupados alrededor de los símbolos sagrados. No se formaron. se batió largo tiempo apoyando la carabina contra el pecho . volvieron a la defensiva franca. Esta arremetida demente les fue todavía más nefasta. Los jagunqos ya estaban allí. Transcurrido algún tiempo. colocaban en éste los ingredientes como si rellenasen una mina. echaron varios tiros al azar y escaparon hacia la plaza que quedaba a retaguardia. vistiéndose y armán­ dose. entre vivas al "Bom Jesús” y al "Conselheiro” y silbidos estridentes con silbatos de tacuara. Dormían. Dieron la alarma y en­ tonces los soldados corrieron tontamente por las calles. Sus filas enfren­ taban adversarios resguardados o que se aparecían de golpe tras las ven­ tanas que se abrían en explosiones. no hay descripción de los protagonistas. . Pero la aldea no mostraba soldados en sus puestos. los adversarios entrelazados en disparos de revólveres. Y la turba fanatizada. . revueltos con los fugitivos. Todo eso les llevaba unos dos minutos en medio del estentóreo tiroteo. oponían un disparo de carabina a cien tiros de Comblain. Sorprendidos. Los soldados. todo lo indica. la picana en ristre y las hoces relucientes. Este movimiento fue espontáneo y fue la única maniobra advertida por los que testimonian sobre la acción. La multitud se aproximó. empezaron a caer baleados en masa. Fue un desorden de fiesta turbulenta. Y los despertó. en ariete. Caían en gran número y la lucha se les volvió desigual a pesar de la ventaja numérica. una incorrecta formación de tiradores. protegidos en su mayoría por las casas. andando a las carreras y chocando entre ellos. distribuido por las caatingas. los jagungos tenían que sacar la pólvora y las balas en un lento proceso de carga de su armamento grosero. levantando por los aires los santos y las armas. dejando en poder de los agresores a un soldado herido a cuchillo. saltaron por las ventanas. los hubiese podido dispersar en contados minutos. marchando tras el curiboca que llevaba medio inclinada. hasta la línea de centinelas más avanzados. . En una de ellas. atravesó la plaza triunfalmente. sobre la frágil línea de de­ fensa. De allí en más. Mientras los soldados hacían blanco en descargas nutridas. después la ponían a punto. Fue su salvación. . las metían después en el largo caño de su trabuco. golpes de garrotes y filos de facones y sables. Y el encuentro se desencadenó brutalmente. y al cabo dispa­ raban. luego apuntaban. renunciaron a la inútil operación y cayeron sobre los contrarios con la faca desenvainada. casi desnudo. la gran cruz de madera. ondeando la bandera de lo Divino.

distribuía cartuchos tirándolos a manos llenas por sobre la cerca. Como quiera que fuese. heridos. número increíble en comparación con los diez muer­ tos — un alférez. En la casa donde se había refugiado. Parecía que les venían siguiendo el rastro los jagungos. Mal inhumados en la capilla de Uauá los compañeros muertos. volvían a la plaza voceando imprecaciones y vivas en ronda veloz y sin rumbo. Estaban exhaustos. Uauá mostraba un cuadro lamentable. cada uno se batía por cuenta propia. decenas de sertanejos — ciento cincuenta— según el parte oficial del combate. Y en esos giros. Reconocían la inutilidad de los esfuerzos hechos o pensaban atraer a los adversarios hacia el plano desahogado del campo. en cuatro días. sin episodios dignos de destacar y sin vislumbrarse un solo movimiento táctico. Lo asustaba su propia victoria. un sargento. el comandante se atenía a la única misión compatible con el desorden. con setenta hombres sanos. se contorsionaban los heridos y yacían los muertos. Estaba asombrado por la batalla. Entre éstos. envueltos en trapos. . lentamente. daban la imagen de la derrota. idea que llenaba de temor a los triunfadores. las puertas. rodeaban la aldea. algunos de gravedad. se largaron bajo un sol ardiente. pues sus consecuencias lo desanimaban. La travesía hacia Juázeiro se hizo a marchas forzadas.de los asaltantes sin errar un solo tiro. habían abandonado el campo de batalla y en poco tiempo. ávidamente sacados de los cajones abiertos a hachazos. fueron abandonando la acción y dispersándose por las cercanías. los jagungos andaban por las calles. Por todo esto. Sobre los primeros pisos y balcones ensangrentados. Y cuando llegaron los expedicionarios. antes de la noche. Reunidos siempre alrededor de la bandera de lo Divino. las calles y la plaza donde brillaba el sol. La resolvieron en seguida. Fue como una fuga. agujereada de balas y roja como un pendón de guerra. si cabe tal nombre a lo sucedido. Los soldados no los siguieron. Lo había desesperado el curso de la pelea y se quedaba inútil ante los heridos. antes de un reencuentro. El médico de la fuerza había enloquecido. A pesar de eso. renunció a proseguir la empresa. según las circunstancias. La batalla continuó con la misma ferocidad durante cuatro horas. Que­ . la bandera sagrada que volvían a llevar a Canudos había desaparecido en la lejanía. La población alarmada reanudó el éxodo. Había incendios en varios si­ tios. hasta que cayó muerto sobre el lecho en que había dormido y no había tenido tiempo de abandonar. la retirada se imponía con urgencia. . lisiados. el comandante. seis plazas y los dos guías— y dieciséis heridos de la expedición23s. Había visto de cerca el arrojo de los matutos.

en el que tanto tiempo se perdió. se contra­ ponía aquél. sin responsabilidades definidas. salió el 25 de noviembre hacia Queimadas. Y las líneas del telégrafo transmitieron al país entero. en ese agitar estéril. . Todas estas informaciones se mezclaban con innumerables versiones contradictorias. oscilando entre las disímiles informaciones. al tiempo en que le enviaban de Bahía un refuerzo de 100 plazas. Al optimismo de éste. Sin embargo. más 100 plazas y 3 oficiales de la fuerza estatal140. No nos detendremos en esas menudencias. que día a día realzaban la gravedad de las cosas. Simultáneamente. Así constituida. Así fue que la segunda expedición se organizó sin un plan fijo. Febrónio de Brito. Todo este aparato era justificable. considerándola más seria y capaz de determinar verdaderas operaciones de guerra. más 250 soldados: 100 del 269 batallón de Aracaju y 150 del 33*? de Alagoas. el comandante del distrito requería al gobierno fe­ deral 4 ametralladoras Nordenfeldt. III PREPARATIVOS DE LA REACCION El revés de Uauá aseguraba la reacción. el jefe de la nueva expedición al frente de 243 plazas jornalizados. 2 cañones Krupp de campaña. a través de explicaciones recíprocas entre las dos autoridades independientes e iguales. a veces desalentado. Esta expedición llevaba un plan de campaña. aunque los telégrafos vibraban desde los sertones hacia el Brasil entero y permanecía expectante. Aparte de las exagera­ ciones se podía colegir el gran número de rebeldes y los serios preparativos inherentes a la región salvaje en que vivían. en Queimadas. que reducía la agitación sertaneja a un desorden vulgar que debían manejar las diligencias policiales.daron las locomotoras encendidas en la estación. . agravadas por los inconfesables intereses de una falsa política sobre la cual nos dispensamos de hablar. Llegaban informaciones alarmantes. Falto de recursos y enfrentando todo tipo de dificultades. . ésta se preparó bajo la extemporánea disparidad de cri­ terios entre el jefe de la fuerza federal de Bahía y el gobernador del Estado*39. Se preparaban todos los hombres válidos para el combate. Al principio se compuso de 100 plazas y 8 oficiales de línea. pensando que la empresa era insuperable. a veces lleno de esperanzas en alcanzar el fin propuesto. el preludio de la guerra sertaneja. de allí salió solamente en diciembre para Monte Santo. bajo el comando de un mayor del 9? batallón de infantería.

Estas. debíamos adoptarla.El comandante del distrito había comprendido la situación. No se desarrollaba en un plan fijado y permitía a los grupos dispersos luchar según las circuns­ tancias. en Europa. liberadas de la morosidad de las grandes masas. invaden escandalosamente la ciencia. los sertanistas los dominaban gracias a la misma norma que se traduce en una fórmula paradojal: dividir para fortalecer. Veamos. de T . actua­ sen holgadamente dentro de lo intrincado de los montes y lo abrupto del suelo. LA GUERRA DE LAS CAATINGAS Los doctores en el arte de matar que actualmente. Planeó atacar por dos puntos. en batallas feroces y sin nombre. * * Feld-marechais.). * Véase la Revista do Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro: “As instrugoes régias de 14 de fevreiro de 1775 ao Capitáo general das Urinas” . Se reirían los sabios feldmarechais * * — guerreros en cuyas manos cayó el frankisk heroico en trueque por la regla de cálculo— si oyesen a alguien que las caatingas pobres tienen una función más definida y grave que las grandes selvas vírgenes. De ahí las hazañas que marcan nuestra historia en los siglos x v n y x v m y el sinnúmero de revueltas abatidas y quilombos disueltos por aquellos minúsculos ejércitos de capitanes del mato. han de­ finido el papel de las florestas como agente táctico precioso. Era un plan compatible con las circunstancias de la lucha: establecer ante todo un cerco a distancia. Sin duda. de ofensiva y defensiva. auxiliando. golpear a los insurrectos por partes y apretarlos en movimientos envolventes de fuerzas poco nu­ merosas y bien adiestradas. teniendo como centro unificador un objetivo prefijado. tenían una organización militar correlativa * con vistas a la formación sistemática de tropas irre­ gulares que. En un trance igual. Prácticos en las luchas sertanejas. dos columnas bajo la dirección general del coronel del 99 de infantería. reforzando y esclareciendo la acción de las tropas regulares. mariscal de campo. . sin el embarazo de las unidades tácticas inalterables. iban a adaptarse mejor a las escabrosidades del terreno y aunque el método combativo de los matutos era de lo más original — guerreaban marchando o fugando— no tendrían escapatoria en este círculo único. perturbándola con un espoleo insolente y formulando leyes para la guerra y ecuaciones para las batallas. por nuestros patricios. Atacarlos atrayéndolos hacia diferentes puntos y vencerlos. haciendo avanzar hacia el objetivo único. hace cien años. Ese método fue pensado hace mucho. era un recurso inevitable para una guerra primitiva. (N . Imitando el sistema del africano y del indio. Pedro Nunes Tamarinho. Porque si 110 lo impusiera el jagungo lo imponía la naturaleza excepcional que lo defendía.

En cierta manera. por un flanco. . en verano. zumban los proyectiles de los tiradores invisibles golpeando de lleno en las filas. largamente distanciados. lo amparan. a los dos beligerantes. por todas partes. indiferentemente. esporádicos pero insistentes. Se destacan otras unidades combatientes. Y los tiros continúan. . ante el forastero. Por la canícula y por el desaliño natural de las marchas. . Nada ven. Pasan sobre la tropa en silbidos largos. Es la primera sorpresa. Pero constantes. impi­ diendo movilizaciones rápidas e imposibilitando la traslación de las ar­ tillerías— se comportan de cierta manera neutra en el curso de las cam­ pañas. inhallable. observan alrededor. mal elegida de la masa de soldados apretujados en el estrecho camino. Entonces marchan tranquilos y he­ roicos. doscientos ojos. pausadas.Porque éstas. Nada los puede asustar. agreden. . Pueden favorecer. Aceleradamente se forma una línea de tiradores. Al avistarlos. Carga contra duendes. capaz de opuestos valores. Se cierran. Las caatingas no sólo lo esconden. escalonadas a todo lo largo del camino. estalla. . a pesar de su importancia para la defensa del territorio — cerrando las fronteras y debilitando el embate de las invasiones. Las ramas se volverían astillas en un breve choque de espadas y no es creíble que los secos arbustos impidan las maniobras prontas. una columna en marcha no se sorprende. se entregan a conversaciones desenfadadas y risas joviales. . otras. Porque si los enfrentaran adversarios impru­ dentes serían barridos en pocos minutos. . Sigue por los caminos sinuosos. Mientras que las caatingas son un aliado incorruptible del sertanejo rebelde. Se oye una voz de mando y un torbellino de balas rueda estrepi­ tosamente por los ramajes. ofre­ ciendo a ambos la misma penumbra para las emboscadas. Son una variable en las fórmulas del tenebroso problema de la guerra. De pronto. Cien. Entonces. a un hombre. La situación se agrava rápidamente exigiendo resoluciones enérgicas. un tiro. Se su­ ceden. mil ojos escrutadores se vuelven impacientes. . Y el jagungo se vuelve el guerrillero thug. una extraña ansiedad invade a los valientes más probados ante ese antagonista que no se ve. Un hálito de espanto recorre las filas de una a otra punta. muerto. La fuerza de bayonetas caladas . pero se abren en multitud de caminos para el matuto que allí nació y creció. impenetrables. dificultando por igual las maniobras o todos los movimientos que marca la estrategia. La bala pasa rechinante o deja tendido. prontas a la primera voz y el comandante resuelve cargar contra el desconocido. Se arman para el combate. entran también en la lucha. por la izquierda por la derecha. Y los soldados no piensan en el enemigo. cercano. por el frente ahora.

estropeados. . Impotentes se detienen. sopesando las espingardas todavía calientes. se encaminan por las veredas de los ranchos ignotos. . Observan a la tropa. en silencio entre los arbustos ralos. el orden disperso del combate se con­ vierte en la dispersión del tumulto. El ánimo de los combatientes. diez. caen inflexiblemente los pro­ yectiles del adversario. Los mismos trances se reproducen. La tropa se reorganiza. abrazados. sin puntería. Finalmente. acreciendo la con­ fusión y el desorden. Los rodean. mal reprimiendo el dolor infernal de las hojas urticantes. Y en ese momento des­ cubren al formidable adversario que es la caatinga. De repente cesan. Siguen refuerzos. El enemigo que nadie vio desaparece. Brilla por momentos entre los rayos del sol cernidos por los ramajes sin hojas y se dispersa golpeando contra troncos de Xique-xique. a lo lejos. Pasan unos minutos. las ropas hechas tiras. circundándolos. está torturado por el imperio angustioso del enemigo desconocido y la expectativa atroz de los asaltos imprevistos. Se debaten desesperadamente hasta dejar entre las garras felinas de las macambiras pedazos de sus ropas. Las secciones se precipitan hacia los puntos donde estallan las balas y se encuentran con una barrera flexible pero impenetrable de juremas. por los flancos los protegen compañías dispersas. . Se agrupan en el camino. se aleja. veinte hombres a lo máximo. mientras en torno. Las secciones vuelven a la columna después de inútiles exploraciones por el matorral. . . Tiran al azar. Y vuelven como si saliesen del encuentro mano a mano con los salvajes. La columna se alarga. Los soldados andan al azar por un laberinto de ramas. a doscientos metros del .irrumpe impetuosamente contra el matorral seco. las armas en desaliño o perdidas. No pueden traspasarlos. unidos. pinchados por las espinas. Caen enlazados por las cintas corredizas de los quipás reptantes o se traban las piernas entre fuertes tentáculos. En el lugar de la refriega aparecen. caminando en silencio. Se enredan en los cipos que los engrillan. cinco. seguros. Se deslizan rápidos. en una indisciplina de fuego que provoca víctimas entre sus propios compañeros. terribles. La fuerza marcha ahora con más cautela. . que les quitan las armas de las manos. imprecan y desatan su rabia en agitaciones furiosas e inútiles. El comandante trata de resguardarlos. fulmi­ nantes. cansados. bien apuntados. desaparece. Una línea de bayonetas enfila por los restos secos. desde las matas dispersas. rítmicos. como falanges intrasponibles de espinas. Se ve como un rastro de arbustos quemados. La columna de a dos en fondo camina coloreando el ceniza del paisaje con los uniformes azu­ les listados de rojo y el brillo intenso de las bayonetas. La marcha se reanuda.

Finalmente cesan. De ahí en más. en instantes. Los siguen los primeros batallones. lentos. de un solo punto. Es entonces. La tropa reanuda su marcha con algunos plazas menos. Lentamente marchan detrás las brigadas. El ejército tiene en su propia fuerza su propia flaqueza. esa flora agresiva se muestra cariñosa y amiga con el sertanejo. retrocede hacia la retaguardia. Pero los ecos numerosos la vuelven variable y los tiros no descubiertos. a lo lejos. Y cuando el sertón hierve en el bochorno de los estíos. lenta­ mente. inerme con su envergadura de acero y caños de bayo­ netas. . en la última ondulación del suelo. La disciplina contiene las filas. después un torso de atleta. Felizmente. Esta vez. y el . vence al pánico. Por allí descienden los guardianes de la vanguardia. más allá de la vanguardia. ramas secas de umbuzeiros blanquean por la sequía. una sección se destaca y va. rastreando la dirección de los estampidos. no es difícil prever a quién le tocará la victoria.frente de la columna. Y un estremecimiento. siente la garganta seca de sed y ante los primeros síntomas de hambre. las barrancas están limpias. Sigue su camino por los páramos. y como antes. Mientras el minotauro. sangrado por el enemigo que lo ataca y huye. hasta los viejos luchadores sienten mie­ do como niños. en las épocas indecisas entre la sequía y el florecimiento. un choque convulsivo la detiene de súbito. los guía un escuadrón de plazas escogidos. La fuerza militar decae. continúan lentos. La lucha es desigual. heridas por el sol. Abajo. impo­ tente y fuerte. sale de un montón de rocas — cariátide siniestra en ruinas ciclópeas— el rostro bronceado y duro. desde lo alto. los tiros parten. queriendo huir ante el desierto estéril y amenazador. el trágico cazador de bri­ gadas. Estas siguen. algunos cactos. y trasponiendo veloz­ mente las laderas desaparece. . A cada vuelta del camino se estremecen. rudo y vestido de cuero. Vibran los clarines. Resuena una bala. cuando se encuentran los últimos hilos de agua en el lodo de las ipueiras y en las últimas hojas amarillentas en las ramas de las baraúnas. porque el humo no se condensa en aquellos aires ardientes. La vencen el hombre y la tierra. Y cuando las últimas armas desaparecen. serpenteando en las vueltas del estrecho valle. las armas fulgurantes. cuesta arriba. escasas gramíneas. atormentado por las celadas. Vuelven exhaustos. ya está toda la vanguardia. Por la agreste cuesta les cierra el paso una quebrada que es preciso trasponer. como hechos por un tirador solitario. como un torrente oscuro que trasuda rayos. Los soldados esparcidos por las cumbres exploran inútilmente. seguros. temerarios.

. firme en la ruta.forastero se asusta y huye ante el flagelo inminente. Todos aquellos árboles son sus viejos compañeros. Y si es necesario avanzar a despecho de la noche. Lo talla como un Anteo indo­ mable 241. y la mirada ahogada en la oscuridad. . por los desvíos de los caminos. socios de los mismos días tranquilos. y la misma natura­ leza adversa. IV AUTONOMIA DUDOSA Iba a demostrarlo la campaña emergente. lo alimentaban hasta el hartazgo. El mismo misticismo. . que los refu­ gios escaseen. El umbu le da la escasa sombra de sus últimas hojas. No le importa que la jornada se alargue. espantando a las suguaranas deslum­ bradas con antorcha fulgurante. apenas descubre la fosfo­ rescencia azulada de las cumanás. los caroás fibrosos le dan cuerdas flexibles y resistentes. el ouricuri verde. el araticum. a través de las mismas dificultades. asimismo. que se extingan los pozos de agua y en las bajadas desa­ parezcan los abrigos transitorios donde hacen sus siestas los vaqueros fatigados. Conoce a cada uno. Canudos era nuestra Vendée. palmo a palmo. El chouan y los desiertos la emparejan bien con el jagungo y las caatingas. que aquél continúa feliz en sus largas travesías. permitiendo aquilatar de antemano las dificultades. . estos últimos le dan cobertura para el rancho provisorio. la quixába de frutos pequeñitos. . Las medidas planeadas por el General Sólon mostraban una exacta previsión de sucesos semejantes. porque invertía hasta los preceptos más comunes del arte militar. Nacieron juntos. Está rodeado de relaciones antiguas. crecieron her­ manados. Toda la naturaleza proteje al sertanejo. en la lucha excepcional para la cual ningún Jomini2 4 2 delineara reglas. luchando con las mismas negruras. A pesar de los defectos de la confrontación. colgando de las ramas como guirnal­ das fantásticas. copia más amplia de otras que han aparecido en todo el Norte. las mismas osadías servidas por las mismas astucias. le basta con partir y encender una rama verde de candombá y agitarla por los caminos. génesis de la misma aspiración política. Es un titán bronceado que hace vacilar la marcha de los ejércitos. la mari elegante. . los mandacarus tallados a facón o las hojas de los juás sustentan a su caballo. como quien conoce. permitía recordar aquel legendario rincón de la Bretaña . los rincones del inmenso hogar sin techo. las palmatorias desnudas en combustión rápida de sus numerosas espinas.

después de hacer retroceder ejércitos destinados a un paseo militar por toda Europa. había toda una sociedad de retar­ datarios. la columna del mayor Febrónio — hasta entonces osci­ . Toda la nación intervino.donde una revuelta. Lo contradecía el jefe militar al entender que la represión legal y el prendimiento de los criminales. . pues las medidas tomadas por el comandante del distrito significan más prevención que recelo” y agregaba "no es tan numeroso el grupo de Antonio Conselheiro. Se olvidaba de que en un documento público se había confesado desarmado para vencer la revuelta y que al apelar a los recursos de la Unión. podía ser núcleo de una conflagración en todo el interior norteño. poco numerosas pero veloces. moviéndose dentro del elástico artículo 6? de la Constitución del 24 de febrero. Resultaba tardío hablar de la soberanía pisoteada por los turbulentos impunes. Para resguardarla mejor fue removido de Bahía el jefe de la fuerza militar que había actuado de manera rectilínea. No se miró la enseñanza histórica. milagrosamente erguida por los exégetas constitucionales. superado el orden policial. . se mantuvo siempre. El gobierno estatal. del extremo norte al extremo sur. cerró la controversia levantanto el espantajo de una amenaza a la soberanía del Estado 2 4 4 y repeliendo la intervención que significaba su incompetencia para mantener el orden en sus propios dominios. El desorden. la intervención que al mismo tiempo quería encubrir. sino al país entero. imitando la misma fugacidad de los nati­ vos. Y sólo después de esto. la soberanía del estado. justificaba naturalmente. Además. hasta encerrarlos en un círculo de dieciséis campos atrincherados. Es que se creía preestablecida la victoria inevitable sobre la insig­ nificante rebeldía sertaneja. "las columnas infernales” del General Turreau 243. De modo que la inter­ vención federal se atenía al significado superior de los principios federa­ tivos: era la colaboración de los estados en una cuestión que interesaba. El gobierno bahiano afirmó "son más que suficientes las medidas to­ madas para derrotar y extinguir al grupo de fanáticos y no hay necesi­ dad de reforzar la fuerza federal para tal diligencia. no ya a Bahía. todavía local. además de "extirpar el móvil de descomposición moral que se observara en la aldea de Canudos en manifiesto desprestigio para la autoridad y las instituciones” agregando que la fuerza federal debería seguir forta­ leciéndose para evitar la contingencia de "retiradas perjudiciales e inde­ corosas”. les competía. Pero sobre las banderas venidas de todos los puntos. El ambiente moral de los sertones favorecía el contagio y la expansión de la neurosis. Por sobre el desequilibrado que la dirigía. Fue lo que sucedió. sólo cedió ante las divisiones volantes de un general sin fama. va poco más allá de los quinientos hombres”. según la ley. del Río Grande al Amazonas. nadie se ilusionaba ante la situación sertaneja.

lando entre Monte Santo y Queimadas y objetivando en sus contramar­ chas las vacilaciones del gobierno— siguió reforzada por la tropa policial y adscrita a las deliberaciones del gobierno bahiano. . Se había perdido el tiempo estérilmente. aislando a la aldea en un gran círculo desolado de ruinas. los escom­ bros carbonizados de los establecimientos rurales resaltaban. En un radio de tres leguas alrededor de Canudos se hizo el desierto. mientras el adversario lo había aprovechado preparándose para un desquite enérgico. Hacia todos los rumbos y por todos los caminos y en todos los lugares. Estaba pronto el escena­ rio donde se desarrollaría un emocionante drama de nuestra historia.

más secos. y per­ miten a los habitantes resistir el flagelo. Era el que se adelantaba más en dirección al objetivo de la campaña y además. El poblado de Fray Apolónio de Todi. cortándose en arroyos reducidos e imperceptibles hilos que se deslizan entre las piedras. los vientos después de la travesía. I I — Incomprensión de la campaña. Triunfos anticipados. V — Retirada. en un radio de algunos kilómetros. Baluartes sini caldi linimenti. La elevación de rocas primitivas que se levantan a los lados. originando un régimen climatológico más soportable. Nuevo milagro de An­ tonio Conselheiro. partiendo de Monte Santo. IV. por intermedio de la estación de Queimadas. a partir de esa fecha. III. al norte y al este. iba a volverse célebre como base de las operaciones de todas las arremetidas contra Canudos. le pone reparos a los vientos regulares que hasta allí llegan y se vuelve condensador admirable de los escasos vapores que todavía los impreg­ nan. Sin embargo. gracias al enfriamiento de la ascensión repentina por las laderas de las serranías. La Legio Fulminata de Joño Abade. permitía rápidas comunicaciones con el litoral. no se agota completa­ mente durante las sequías más grandes. En marcha hacia Canudos. aunque efímeros como los otros de las cercanías.— El cambaio. V I — Procesión de parihuelas. a dos pasos de los sertones estériles hacia donde ruedan. se encuentra una región incomparablemente vivaz. Segundo encuentro. I MONTE SANTO El día 29 de diciembre entraron los expedicionarios en Monte Santo. Los vimos en las páginas anteriores referidas a la génesis. no dijimos que al crearlo. La recortan pequeños cursos de agua resistentes a las sequías. A esos requisitos se unieron otros. con sus tributarios minúsculos.— Monte Santo. . hacia donde caen los morros. El poblado — erecto al pie de la serranía— contrasta. se advierten rudimentos de florestas. De manera que. Deriva de su situación topográfica. el estoico Anchieta del Nor­ te 2 4 5 había aquilatado las condiciones privilegiadas del lugar. Primer encuentro. El río de Cariacá.TRAVESIA DEL CAMBAIO I. mientras alrededor se extienden desoladas áreas. Por las bajadas. con la esterilidad ambiente.— En los Tabuleirinhos. variando las caatingas en montes de verdor. Episodio dramático. se fracciona. Caen entonces en lluvias casi regulares. aislado.

Y hoy. Pero. La sierra de cuarzo. Y alrededor de esa entrada. en miles de escalones. al pie de la ensoberbecida montaña. hecha con cuarzo blan­ quísimo. en los cuales. iniciada en la plaza. rectilínea. sea para los soldados de estos tiempos. Allí había parado el padre de Robério Dias. la más bella de sus calles. vuelve los ojos deslumbrados al levante y cree que el aire caliente y la fascinación de la luz le pre­ sentan allá. que se detuvo por muchos días en la montaña donde marcas indescifrables denotaban el paso de antecesores igualmente audaces. la vía sacra de los sertones. Belchior Moreia. a pique. Pasaron los tiempos. como una muralla. por las laderas sucesivas. un sitio sereno. acompañando las huellas de Moreia. hasta que Apolónio de Todi la transformó en templo majestuoso y rudo. al divisarla.Es natural que Monte Santo sea. Por ella hasta el vértice se prolonga. continuaron otras. coleando. entre los devastadores de los sertones. entre el firmamento claro y las planicies amplias. habían pasado por allí guiados por otros designios. nunca brilló con acontecimientos de mayor monta. Con todo. diferenciados por búsquedas opuestas y separados por tres siglos. Por eso. se levanta a los lejos. más interesantes. Lanza. tal vez. pero teniendo todos la afinidad de los mismos rencores y de las mismas reaccio­ nes violentas. otros expedicionarios. hasta el tenaz Pedro Barbosa Leal. a unas dos leguas desde las cercanías de Quirinquinquá. por la que han pasado multitudes sin cuento en un siglo de romerías. la línea de las cumbres. un pano­ rama perturbador y grandioso. La vertiente oriental cae. sobre la villa. el antiguo nombre de la sierra — Piquaragá— se lee siempre como demarcación de un paraje bendito en aquellos terrenos amargos. crecida por la depresión de las tierras vecinas. Quedó perdida en el sertón la serranía misterio­ sa donde muchos imaginaban. de algún modo centralizó la primera actividad en torno de las legendarias "Minas de Plata” desde las exploraciones inútiles del Muribeca que hasta ahí llegó y no siguió adelante "con poco efecto y poca diligencia”. en caracol. Esta se recuesta. se detiene. la sede de El Dorado apetecido. rastreando un suelo erizado de cactos y piedras. por ventura más temerarios y con seguridad. el lugar se convertía en escala transitoria y breve. humilde. No surgía por primera vez en la historia. predilecto de los que se aventuran por el sertón bravio. en su atrevida ruta "desde el río Real hacia las sierras de Jacobina por el río Itapicuru arriba. orientadas por los aventureros confundidos. tan propia de las arquitecturas monumentales de la Tierra. La religiosidad ingenua de los matutos talló en ella. el que sigue por el camino de Queimadas. no deja de ser interesante su función histórica. desde hace mucho. buscando los sertones de Magacará”. aquella calle . Mucho antes de los que ahora lo busca­ ron. todavía. sea para los bandeirantes del siglo xvn.

Las casas viejas unidas unas contra otras. El poblado triste y decadente muestra el mismo abandono. y al otro el único ornamento de la villa: tamarindo quizá secular. rodeado de cabañas. un edificio único que haría más tarde de cuartel general. Menos que villa oscura. . Las más nuevas. arraigada a la piedra. En el centro. El que sigue por el camino de Queimadas. cada vez menores. sin salida. rectangular. larga — de más de dos kilómetros— como si construyera su subida al cielo. . entre paredes de barro. de piedra. como puntilleando el espacio. cardos agarrados a las piedras a mane­ ra de tentáculos. Monte Santo se resume en ese camino. De este modo. tienen todas la misma forma — techos deprimidos sobre cuatro muros de barro— ese estilo brutal­ mente chato al que eran tan aficionados los primitivos colonizadores. Se ven las capillitas blancas. el eterno barracón de feria tiene. las copian línea a línea. derivando después en vueltas. erectas sobre los despeñaderos. la transforma en un gran cuartel agazapado. perdiéndose en las alturas. Parece de menor altura.blanca. y sobresaliendo. Llega. contra la sierra. . se achica en escalones tortuosos. la pequeña iglesia. como los de una enorme escalinata en ruinas. otras golpeando. tan blancas a lo lejos. De cerca. son exiguas y oscuras. Nada recuer­ da el encanto de las aldeas clásicas. La campaña incipiente iba a agravar su aspecto. el desaliento de una raza que muere. . siguiendo los accidentes del suelo. tiene de cerca una flora de vivacidad inexplicable. Algunas deben de tener cien años. en declive. y no sofrena una dolorosa decepción. atravesando un esbozo de desierto donde agoniza una flora de gravetos — arbustos cuyos gajos retratan contorsiones de espasmos. desconocida por la historia. allá en lo alto. . Las capillitas. a un lado. de tierra y guija­ rros. Esta ilusión es impresionante. otras hacia el campo. El camino va hasta la plaza. bromelias abriéndose en floración sanguinolenta— avanza rápidamente. El perfil regular que ofrece a distancia. nacen viejas. En torno de las casas bajas y viejas. diluidas poco a poco en el azul purísimo de los aires hasta la última. subiendo siempre. Allí desembocan pequeñas calles. y la entrada ciclópea de los muros laterales. con la ansiedad del paraje que lo arrebata. subiendo al principio en rampa vertical. Monte Santo surge sin gracia dentro de una naturaleza que le crea alrededor — como un paréntesis en el áspero sertón— una situación apacible y sonriente. una en bajada desde las laderas. brotando de las grietas quietas de los estratos y viviendo solo de las reacciones maravillosas de la luz. ésta pierde parte de su encanto.

Se encendían recónditos altares. inda­ gando. dos cañones Krupp de 7 y Vz y dos ametralladoras Nordenfeldt. Menos de una brigada. las autoridades recibieron a los soldados en son de triunfo antes de la batalla. curtidos por los duros climas. La misión más concurrida. más fuerte que el de mil carabinas. los rezos ahogados de los fieles arrodillados. como las voces de mando. espiando. golpeando por las calles. Y fue un día de fiesta. se estremecían dentor de sus ropas de cuero al considerar las armas portentosas de la civilización. Libertad. Y aquellos titanes. Era una masa heterogénea de tres batallones. Nadie los observaba. penetraban en las casas y turbaban. preparado en la mejor vivienda. En la alegría de los festejos. Los rebeldes serían destruidos a sangre y fuego. dichás en todos los tonos. ciertos del preludio hilarante de un drama espantoso. En el banquete. las piezas de artillería de las que tanto habían oído hablar y nunca había visto. . e iban a observar por largo tiempo. observando. contando el número de soldados. tanto más expresiva cuanto más ruda. . hecha de frases golpeantes y breves. poco más de un batallón completo. la elocuencia mili­ tar. Patria. más el ornamento supletorio de los vivos colores de los uniformes y el brillo de las armas. Se largaban después de la villa. examinando todo el aparato de guerra y desapareciendo después. y en las que las palabras mágicas: Gloria. no se distinguían los emisarios solitarios de Antonio Conselheiro. 14 oficiales y 3 médicos. los vaqueros amarraban su caballo a la sombra del tamarindo. en la plaza. la feria más ani­ mada. capaces de desmoronar las montañas y abatir con un solo tiro. nunca tuvieron tal brillo. Lo había dicho. Como las ruedas de los carros de Shiva 246. rodando por las . son la única materia prima de los párrafos retumbantes. su victoria era fatal. esa singular elocuencia del soldado. Llegados del camino fatigoso. con más de doscientas plazas de poli­ cía y una pequeña división de artillería. yendo a Canudos. . los invasores no verían siquiera las torres de las iglesias sacrosantas. el 99. y el vibrar de los clarines. El pobre lugarejo se engalanó con banderas y ramajes.TRIUNFOS ANTICIPADOS Allí acontonaron los 543 plazas. Todo eso significaba una estupenda novedad. las ruedas de los cañones Krupp. Otros se quedaban allí. el 26*? y el 33?. rápidos. allá adentro. . hacia la aldea sagrada. Algunos volvían a toda brida hacia el norte. y los vivas entusiastas retumbando en las paredes. encubiertos. al mismo tiempo se lucía el más simple y emocionante género de oratoria. Y la risa de los soldados y el estrépito de las botas. después de pasar sorprendidos por las calles repletas de soldados. en busca de la caatinga. el sertón entero. El profeta no podía equivocarse. Merced al optimismo oficial. transidos de miedo. contemplando todo aquello con ironía cruel. La primera expedición regular contra Canudos.

De antemano se afirmaba la derrota de los fanáticos. Era la convicción general. la preocupación de la derrota. Una opresión asaltaba a los más tímidos. Era necesario que salieran finalmente de la barbarie con que escandalizaban a nuestro tiempo y entraran a la civilización a golpes. .amplias planicies. la seguridad de los aparatos militares y toda la grandeza de un arte sombrío que pone . II INCOMPRENSION DE LA CAMPAÑA Fue un mal. Está en ella el mejor estímulo de los que vencen. y la alegría ruidosa y vibrante de los oficiales y de los soldados. Curiosos. . examinaban los registros y estampas que pendían de las paredes y los toscos altares. Monte Santo les anticipaba las honras de la victoria. observaban los alrededores. la tropa. En lo alto de la Santa Cruz. otros subían la montaña por la sinuosa ladera orlada de capillitas blancas. Pero la oscurecen todos los estigmas del bandidismo original. En su modo actual es una organización técnica superior. Atraídos por la novedad de un exótico panorama. se desparramaban por las callejuelas y por las cercanías. Se detenían en los pasos. la guerra es una cosa monstruosa y totalmente iló­ gica. grupos ruidosos andaban por la plaza. a dos pasos del sertón repleto de emboscadas. Era necesario dar un gran ejemplo y una lección. Decididamente. que tenían la gravísima culpa de un apego estúpido a las más antiguas tradiciones. los criminales retar­ datarios. Los rudos impenitentes. de los preceptos de la táctica. invadida por el contagio de esta creencia espontánea. aunque sea paradojal. compartió las esperanzas. en los hechos guerreros entra como elemento. a su vez. Aparte de eso. Ahora bien. La historia militar está hecha de contrastes singu­ lares. sacudidos por el soplo fuerte del nordeste. Lo decía la despreo­ cupación feliz de toda la población. Y subían. Volvían tranquilos a la villa donde ya se encendían las primeras luces. Por la tarde. Por encima del rigorismo de la estrategia. la campaña empezaba con buenos auspicios. Allí estaba el sertón. para retomar fuerzas. El ejemplo sería dado. y toda esa fiesta -—allí— en vísperas del combate. los habitan­ tes preestablecieron el triunfo. Bajo la sugestión de un aparato bélico y de una parada. pero pronto desaparecía. dejarían surcos sanguinolentos. al caer la noche. requerían un correctivo enérgico.

Pero esto no se realizó. se sabía que la tropa. Había influyentes caudillos locales cuyas viejas relaciones con el Conselheiro sugerían vehementemen­ te la presunción de que lo estuvieran auxiliando a escondidas. Además.en la frialdad de una fórmula matemática la destrucción de un schrapnell2 4 7 y subordina a parábolas inviolables el curso violento de las balas. entre las cuales abultaba una casi completa carencia de ele­ mentos de transporte. la expedición. proveyén­ dolo de recursos e instruyéndolo en los menores movimiento de la expe­ dición. La certeza del peligro las estimula. iba a vencer. Esta solamente se justificaría sí. las vis a tergo de los combates. como se verificó después. la expedición partió aún peor aparejada que cuando ahí llegó. La certeza de la victoria las de­ prime. La certeza del triunfo la inmo­ vilizó durante quince días en Monte Santo. haciendo venir de Queimadas el resto de los equipos de guerra. Por las dificultades habidas. sería precedida y acompañada por los espías expertos del enemigo. El comandante expedicionario había deiado en Queimadas gran parte de las municiones para no postergar ñor más tiem­ po la marcha e impedir que el enemigo se rebusíeciera aún más. Se hizo lo contrario: después de larga inactividad en Monte Santo. según la opinión de todo el mundo. llegaban constantes informaciones sobre el número de recursos de los fanáticos. En el dislate de las opiniones. contrariando el modo de ver de los propagandistas de una victoria fácil. La conciencia del peligro determinaría una movilización rápida y un atropellar sorpresivo contra el adversario. aban­ donando todavía parte de los restos de un tren de guerra muy reducido. Se ganaría en fuerza lo perdido en velocidad. Mientras tanto. Analicemos el caso. Ahora bien. lo sustituiría una operación más lenta y segura. en el susurrar de cautelosas denuncias y malhadados avisos. Después de tantos días perdidos y en tales . Y éstas son. De modo que la partida rápida de una localidad condenó a la demora inconsecuente en la otra. resumido en una embestida y en un asalto. entre las que llevaban a aquéllos a un máximo de quinientos y las que afirmaban el mínimo en por lo menos cinco mil. No se hizo esto. eran razonable aceptar un promedio. todavía. se hubiese aprovechado el tiempo para reunir mejores elementos. se esbozaba la hipótesis de una traición. Los inconvenientes de una pausa prolongada se justificarían si se hubiesen adquirido algunas ventajas. muchos de los cuales. permanecen intactas todas las brutalidades del hombre primitivo. Tuvo la intención de hacer una arremetida fulminante. había resuelto ir Taradamente al escondriio de los rebeldes llevando apenas la munición que los soldados pudiesen cargar en sus mochilas. quince días antes. A la aventura de un plan temerario. estaban dentro de la villa dándose codo con codo con los expedicionarios. ponderando mejor la seriedad de las cosas. Todavía más. al avanzar.

denunciando la más com­ pleta ignorancia de la guerra. de acuerdo con las características del enemigo y del terreno. el jefe expedicionario. La expedición marchaba hacia su objetivo como si volviese de una campaña. una sorpresa era inadmisible. no puede rastrearse en ella la más fugaz indicación sobre las formaciones.circunstancias. de modo que. seguía como si. . a instantáneos encuentros en los que es absurdo pensar que pudieran desarrollarse las fases principales de un combate. alcanzar la aldea significaría establecer un com­ bate preliminar en el camino. En Canudos sabrían la ruta escogida para la línea de operaciones con anticipación suficiente como para que se fortificasen en los trechos más difíciles. La lucha. Eran por igual inútiles las cargas y las descargas. no había la mínima posibilidad de extender una línea de combate. sobre las maniobras de las unidades combatientes y ni una palabra sobre los inevitables asaltos repentinos. iba a reducirse a ataques feroces. refuerzo y apoyo. la partida de la base de operaciones del modo como se hizo fue un error de oficio. aparte de ese subordinarse a unos cuantos moldes rígidos de viejos dictámenes clásicos de guerra. No había ni siquiera la posibilidad de hacer un com­ bate en el sentido estricto del término. Lo revela la orden del día para organizar las fuerzas atacantes. dividido en tres columnas. parecía disponerlo de antemano para encuentros en los que podría entrar repartido en tiradores. Escueta como una orden cualquiera que distribuye contingentes. teniendo como único amparo para la debilidad armada. Nada sobre la distribución de las uni­ dades. Contra tales antagonistas y en un terreno de tal clase. digamos con mayor acierto. una batida brutal contra la cueva mons­ truosa de Canudos. Nada más. Pero estos eran inadaptables para el momento. nuestra bravura impulsiva. Abandonando de nuevo parte de las municiones. a esperas astutas. Porque a tales deslices se agregaron otros. reedi­ tando el caso de Uauá. Así. Según el axacto concepto de Von der Goltz 248. en un ir y venir de avances y retrocesos. pobre de recursos en Queimadas y paupérrima de recursos en Monte Santo. dispersos en el seno de la naturaleza protectora. La derrota era inevitable. Adscrito a unos rudimentos de táctica prusiana trasplantados a nuestras ordenanzas. a súbitas refriegas. Entre la tác­ tica prusiana donde todo es precisión mecánica y la nerviosa táctica latina donde todo es el arrojo caballeresco de la espada. fuera a abastecerse en Canudos. una caza de hombres. A medida que se eproximaba al enemigo se desarmaba. en la fuga sistemática. teníamos la esgrima peligrosa con los guerrilleros esquivos cuya fuerza estaba en su propia flaqueza. como si llevase un pequeño cuerpo de ejército hacia algún campo devastado de Bélgica. Se enfrentaba con lo desconocido al azar. cualquier organiza­ ción militar debe reflejar algo del temperamento nacional.

en trazados más firmes y opo­ niéndole la misma dispersión. Así. hombres inermes cargando armas magníficas. debía reposar en alineación de batalla. de crear mejores recursos de reacción.entre los dos extremos de fuego que lo inician hasta el epílogo delirante de las cargas de bayoneta. sustituida por la iniciativa más eficaz de los comandantes de las pequeñas unidades. evitaba el pánico y per­ mitía un desahogo. que es valiente frente al enemigo. Aunque la dirección de los variados movimientos escapase a la autoridad de un comando único. sin nervios. si un tiroteo en la vanguardia en una campaña. Casi siempre las secciones se embaru­ llaban. siguiéndolo paralelamente. Por mecanizado que quede el sol­ dado por la disciplina. en estas circuns­ tancias anormales es un peligro. la del reposo. tendiendo a ser un siniestro ideal de homúnculo. incluso completamente aisladas. Este dispositivo. ellas despiertan a cada instante. sin aparecer. Era parodiar la norma guerrera del enemigo. rodeado por una naturaleza salvaje y pobre. Y en la marcha por los sertones. aquella guerra debía impulsarse a galopes de mano de un estratega revolucionario e innovador. El coman­ dante se limitó a formar tres columnas y a ir hacia adelante. se desordenaban. se revela invisible en las emboscadas. y de conseguir finalmente. como suma de sucesivos ataques. pronto a encontrar al enemigo en todas las vueltas de los caminos. de anular el efecto de repentinas emboscadas. Un jefe militar debe tener algo de psicólogo. Para atenuarlas. nuestro soldado. de acuerdo con las circunstancias del momento. actuando como un autómata según la vibración de los clarines. En ella iban a surgir tumultuosamente confundidas todas las situaciones naturalmente distintas. En función del hombre y de la tierra. sin arbitrio. se imponía un gran fraccionamiento de las columnas. la de la marcha y la del combate. las diversas unidades debían seguir con el máximo distanciamiento. poniendo ante la astucia sutil de los jaguncos la perezosa potencia de sus tres com­ pactas falanges. del único modo como ésta podía alcanzarse. Nada se deliberó en cuanto a condiciones tan imperiosas. la victoria. Surcando caminos des­ conocidos. sacudidas por el mismo espanto. tendiendo ins­ tintivamente a quedar en la retaguardia. Era natural que estas coyunturas inevitables fueran previstas. vuelto un montón de huesos amarrados por un montón de músculos. se constituye en una advertencia saludable para el resto de la columna. además de levantarles el ánimo. actuando autó­ nomas. se acobarda y se llena de temores siempre que aquél. en que se puede encontrar una fuerza en operaciones. las emociones de la guerra lo transfiguran. única capaz de amortecer las causas del fracaso. sin tempera­ mento. por la certeza de un rápido auxilio de las fuerzas que quedaban fuera de la acción del enemigo. o a verlo aparecer dentro de sus propias filas soprendidas. . energías inconscientes sobre palancas rígidas. El ejército en marcha.

que tenía sus condiciones de triunfo en la movilidad. Tomaron por el camino del Cambaio. Hechos algunos kilómetros. que se articulan en una gran curva. en Canudos. Demoraron dos días en alcanzar este punto. De modo que a la mañana siguiente la tropa prosiguió con rumbo firme al norte. sin abrigos. si éste apareciese en lo alto de los morros. Ipueiras. centralizaría los fuegos del enemigo.En síntesis. repentinamente. a partir de la base de operaciones. Feliz­ mente no llegaron hasta ahí los jagungos. Entonces la travesía se vuel­ ve más seria. hasta saltar el sitio llamado "Lajem de Dentro”. sin sombras. Iban a dispersarse. . Al comienzo. se perturba en rastros pedregosos y se vuelve casi impracticable a medida que se acerca al pie de la sierra del Acaru. El campamento rodeado de piedras. EN MARCHA HACIA CANUDOS Fue en estas condiciones desfavorables que partieron el 12 de enero de 1897. . a una altura de trescientos metros sobre el valle. . De ahí en adelante se curva hacia el este. alzándose en rampas. Ascendían penosamente los Krupv. Tenían hecho medio camino. debían ir apretando a los fanáticos. que empeoraba. hasta Penedo. dentro de la estructura maciza de las brigadas. La artillería les demoraba la marcha. mientras los zapadores preparaban la calle abriéndola. La expedición entró por aquel valle hondo como en un cajón hasta que en otro sitio. empieza a accidentarse. acampó. salvada de una posición muy difícil. cayendo en grutas. Se hizo siempre lo contrario 249. Avanzaban pegadas por los ca­ minos. . . cruzando la serranía por tres laderas sucesivas. empiezan los accidentados contrafuertes de donde fluyen los tributarios efímeros del Bendegó. hacién­ dolos concentrarse en Canudos. parece una faja de tierras fértiles sombreadas por ver­ daderos montes. poco a poco. El desaguadero de captación de éste une las bases de tres sierras. serpenteando morros. la Grande y la del Atanásio. Y la tropa. prolongando el valle del Cariacá. Partían unidas en columnas. quedaba paralizada por la traba de esas maasas me­ tálicas. Fue una temeridad. limpiándola o buscando desvíos que evi­ taran grandes declives. el camino baja. Es el más corto y el más accidentado. la de Acaru. las fuerzas dispersas en la marcha. Traspuesta la "Lajem de Dentro” y la divisoria de las vertientes del Itapicuru y del Vaza-Barris.

El cam­ pamento se alarmó. comenzó a ser terriblemente torturada. Condujo a las tropas de vanguardia hasta el "rancho das Pedras” donde acamparon. Para completar el cuadro. distinguiría. la máxima velocidad era indispensable. Las leyendas sobre "ciudades encantadas” en Bahía no tienen otro origen. Restos de hogueras en las márgenes del camino y viviendas incendiadas daban se­ ñales del enemigo. clavada en las montañas. o levantándose en escalones sucesivos.Hasta Mulungu. ya eran evidentes. los bultos fugaces de los espías. rodeados de sombras. Y bajo el pretexto de ir en busca de una remesa urgente de provisiones. dos leguas después de Penedo. En Mulungu. Fueron abatidas las últimas vacas para quinientos y tantos combatientes. Deben de haber salido de la fantasía de los matutos y completadas por las indagaciones de hombres estudiosos. Hist. Alguien salvó la lealtad sertaneja: el guía Domingos Jesuíno. Era luchar por la vida. antes de haberse disparado un tiro. ori­ ginaron investigaciones que es impropio recordar ahora *. Seguir hacia Canudos a pocas leguas de distancia. tal vez. el comisario de esa aldea se largó del lugar v no volvió. Los soldados durmieron armados. * Ver el tomo 10 y otros de la Revista do Inst. luciendo y extinguiéndose intermitentes. muy lejos todavía de su objetivo que solo podía alcanzarse en tres días de marcha. esa noche desaparecieron la mayor parte de los peones de carga contratados en Monte Santo. como fosos. e Geog. de titanes. Habían distinguido. a la noche. dispuestas de manera caprichosa. Al aclarar. Por la noche. muy altas. un observador que desde el campamento mirase hacia el norte. Se habían acabado los alimentos. Señalaban las posiciones enemigas. Son comunes en ese trozo de sertón los aspectos originales de la tierra. los zapadores hicieron calle para los cañones y la jornada se demoró por el paso tardo de la división que los guarnecía. como estrellas rubias entre nubes. Brasileiro. Estaban a dos leguas de Canudos. La imagen es perfecta. Esto valía por un combate perdido. próximos. era la salvación. Mientras tanto. se mostraron imponentes. El aspecto de la lucha se agravaba en plena marcha. algunas hices vacilantes. la expedición. recortadas en gargantas largas y circundantes. . III EL CAMBAIO Las masas del Cambaio se amontonan al frente. Y al amanecer del 17. que hacen pensar en baluartes derruidos.

cuya estructura aparece en apó­ fisis punteagudos. abultando a lo lejos. .Y no se crea que la imaginación popular exageró engañando la expec­ tativa de los investigadores que por allí anduvieron. El enemigo solo presentaba el rasgo amenazador de la tierra. Son de este tipo las "casitas” que se ven hacia el lado de Aracati. Los binóculos recorrían inútilmente las rocas desiertas. el conjunto de la sierra da al observador la impresión de toparse con las barbacanas de antiquísimos castillos donde hubiesen golpeado otrora. asaltos sobre asaltos hasta desmantelarlos. Le ajusta. A la distancia. . Pegados al suelo. Porque el Cambaio es una montaña en ruinas. inmóviles. . estallando en un desmoronamiento secular y lento. Surge. capri­ chosamente repartidos. y otras que aparecen por aquellos lugares dándole un rasgo misterioso a esos melancólicos paisajes. en bloques rimados. semejantes a grandes ciudades muertas ante las cuales el matuto pasa. esparcidos. Surgen vastas necrópolis. como si en rápidas ma­ niobras. sin sacar las espuelas de los ijares del caballo en disparada. * Teniente coronel Durval de Aguiar. La tropa enfiló por ahí. A veces esta ilusión se agranda. imaginando allá adentro una población silenciosa y trágica de "almas de otro mundo” . BALUARTES SINE CALCII LIN IM E N T I2 5 0 La sierra del Cambaio es uno de esos rudos monumentos. con el aspecto de grandes columnas derruidas. reduciéndolos a mon­ tones de piedras en desorden y torres y pilastras truncadas. Los rayos del sol se reflejaban en las aristas de las lajas en pedazos dando la ilusión de movimientos febriles y fulgores vivos de armas. El camino hacia Canudos no la contornea. numerosas fuerzas. Porque aquellos reductos bárbaros eran peores. Descrigóes práticas da Provincia da Bahía. Por cierto. Los morros. cerca del camino de Jeremoabo a Bom Conselho. se preparasen para el combate. Estaba acantonado. A esa hora matinal la montaña deslumbraba. nadie le puede divisar geométricas líneas de parapetos cir­ cundados de fosos. metidos en las quebraduras del terreno. Fríos observadores que atravesaron el extraño valle del Vaza-Barris quedaron asombrados al enfrentar: "Sierras de piedra naturalmente sobrepuestas formando fortalezas y reductos inexpugnables con tal perfección que parecen obras de arte” *. a lo lejos. constreñida por escalones sumergiéndose en la angostura de un desfiladero como un túnel. en alineamientos de rocas. rectilínea. . los costados y sube en declives. deforme. medroso. rom­ piéndose bajo el periódico embate de tormentas súbitas e insolaciones intensas. llevando el ansioso anhelo de sabias sociedades e institutos donde se debatió el interesante caso. .

tortuosa y ondulante. Abajo. Fraccionados. confundidos los bata­ llones y las compañías. Y en esta situación los sorpendió el enemigo. con las armas en bandolera. desde las matas esparcidas. los sertanejos se mantenían en silencio. viendo por primera vez esas armas poderosas. allá abajo. sin el mínimo simulacro de formación. los cañones bombardearon a los matutos a quema ropa y estos. Dispuestos rápidamente. de estam­ pidos que pasaban sobre los sones de los clarines llamando a la carga. rompiendo las . los animales de tracción y los cargueros.expectantes. atendiendo las desventajosas condiciones en que se realizó. tirando al azar hacia el frente. Toda la expedición cayó. aparecieron los jagungos en el un repentino deflagrar de tiros. El avance fue desordenado. tras­ poniéndolas a saltos. El mayor Febrónio se metió entre las filas alarmadas y centralizó la resistencia. de punta a punta. la línea de asalto se dispuso. PRIMER ENCUENTRO El encuentro fue con un gran vocerío. los ojos fijos en las columnas aún dis­ tantes. El combate se generalizó en minutos y como era de prever. los combatientes arrementían en tumulto. en un barullo de cuerpos. desde lo alto de las rudas murallas. en la ladera donde había quedado la artillería. una frase desafiadora que en el curso de la campaña sonaría invariablemente como un estribillo irónico: "¡Avanza! ¡Debilidad del gobierno!” . montones humanos golpeando contra los morros. de brillos de aceros. Las tropas caminaban lentamente. tenien­ do a la derecha al 9? y a la izquierda al 16° y la policía bahiana. los plazas arreme­ tieron y luego. Llegaban a las primeras laderas cortadas a media subida. La vanguardia se paró y pareció retroceder. se desbandaron instantáneamente. Una voz la detuvo. los dedos presos en los gatillos de las carabinas. empujadas por los cañones sostenidos a su vez por soldados sin aliento. Tropezando. despavoridos por las balas. marchando detrás de los exploradores que escudriña­ ban cautelosamente las cercanías. se hizo la primera embestida encabezada por los cientos y tantos plazas del 33? de infantería. Aprovechando ese reflujo. de descargas. que decuplicaban el efecto des­ pedazando piedras. en réplica fulminante y admirable. cayendo entre las lajas. Desde los escondrijos. Seguían sin aplomo. los acostumbrados vivas al Buen Jesús y al Conselheiro se mezclaban con apostrofes insolentes y palabrotas escandalosas y entre otras. Toda la línea vaciló. desde los despeñaderos y las vertientes. debajo de las trincheras del Cambaio. las líneas se rompieron ante los obstáculos del terreno. auxiliando a las máquinas impotentes a vencer esos declives.

subiendo. . sordos a la intimación hecha con los revólveres gatillados. apuntándoles con su espingarda. rodando traspasados de balas. Los soldados lo veían caer y prontamente reaparecer. sentados en lo hondo de la trinchera. las armas cargadas por los compañeros invisibles. era el jefe. Los únicos tropiezos eran las asperezas del suelo.ataduras. surgiendo y desapareciendo. bajando. Los sertanejos le imitaban los movimientos. Parecían dispuestos en dos clases de luchadores. huyendo. atacando. o repartiéndose en pequeño número. por el techo de la sierra. Con la certeza de su inferioridad en armas. Hacían blanco de nuevo. Evitaban la pelea franca. Joáo Grande. Los jagunqos no las esperaban. sin que las animasen los oficiales acobardados. más lejos. ora agrupados. circunstancia que. aliada al pequeño alcance de las armas sertanejas. sacudiéndose de encima canastas y cajones. de bru­ ces. los que se mo­ vían. por las manos del cual pasaban. en seguida lo sustituía otro. Entre ellos se veía a un negro corpulento y ágil. ora desfilando en filas sucesivas. las carreras. Para esto se disponían de a tres o cuatro. invulnerable. utilizando trampas de facineroso viejo en las correrías del sertón. rodeando a un tirador único. cayendo mal heridos hasta en medio de los plazas que los remataban a golpes. a las carreras. empujándolos en grandes corre­ rías por los cerros. y los que per­ manecían firmes en sus posiciones. Los proyectiles de las mannlichers estallaban azarosamente en la osa­ menta rígida de la sierra. cuyos nombres alabaron los partes oficiales pero no los comentarios de sus compañeros. Las cargas morían en los escarpados. terrible. como quedaron la mayor parte de las balas destinadas a Canudos. parecían desear que allí quedasen. La mayor parte reaccionaba. En lo alto. reaparecieron lós sertanejos. los saltos. Los acompañó el resto de los troperos que huían. veloces. Descargaba sus armas a quema ropa sobre los fanáticos diseminándolos. baleado y otra vez resurgía. Comandaba las maniobras. Este ardid fue en seguida descubierto por las diminutas fracciones atacantes que se aventajaron hasta las cañoneras más altas. Estos superaban de modo ingenioso la carencia de armas y el lento proceso de carga de las que poseían. Otra vez lo veían caer. apare­ cían y desaparecían. en un vaivén de avanzadas y retrocesos. volvió a la expedición casi indemne. llenas de espanto. De modo que si alguna bala mataba al tirador. ora dispersos. desaparecían al galope por los taludes agrestes. por las cumbres. Las secciones avanzadas ascendían más rápidas por las barrancas conquistando el terreno hasta que otra irrupción repen­ tina del adversario las tomaba de frente y tenían que parar o retroceder. A veces desaparecían por completo. sucesivamente. agravando el tumulto. La fugacidad del enemigo y el terreno le daban a la tropa una distribución táctica propia. cayéndose y levan­ tándose el tirador fantástico.

La brió de arriba abajo. los sertanejos dejaron ciento quince cadáveres. disparando al azar en una fanfarria irritante y una alacridad feroz de montoneros. Y su perfil de gorila se destacó. la orden del día diese preeminencia a los plazas graduados. . Abrieron sobre sus perseguidores un tiroteo escaso y los hicieron pararse un momento. En movimiento heroico. médico de la expedición. turbas sin comando. se levantaba. . oblicua y mal sostenida por uno de sus puntos al suelo. en golpe sordo. En él se recostaron muchos sertanejos — cerca de cuarenta. Después de tres horas de lucha. según un espectador del cuadro * — probable­ mente los que hicieron las últimas cargas con sus trabucos. Frente al desperdicio de municiones. avanzaron contra la artillería. más tarde. Culminó con un episodio trágico. el rudo cabecilla dispuso el encuentro defi­ nitivo. per­ diendo al oficial que hasta allí los había llevado. EPISODIO DRAMATICO Había sido una hecatombe. Venceslau Leal. . . las pér­ didas eran pocas: cuatro muertos y veintitantos heridos. mez­ clados ahora con las avanzadas de la tropa. obligando a la preparación de la artillería dispuesta a bombardear al pequeño grupo temerario. Los jagungos se les escapaban. La dilató. temerario. La granada partió levemente des­ viada del blanco y fue a golpear en una de las junturas en que se engas­ taba la piedra. era resultado del coraje ciego junto a la más com­ pleta indisciplina de fuego y se comprende que. Lo aprovecharon. La tierra protectora les daba a los vencidos el último reducto. Este lugar cubierto tenía a su frente. empujada a pulso. a lo que parece. sobre los desgraciados. Albertazzi. Y el bloque despegado cayó pesadamente. rigurosamente contados. Allí. una piedra inmensa. La cosa estaba hecha. mano a mano. En cambio. Les cortó el paso la explosión del cañón destrozando a los primeros y haciendo huir al resto a sus primitivas posiciones. un muro de roca viva. sin embargo. frente a una banda súbitamente congregada. . sobre la barranca agreste.Por fin. semejantes a un dolmen abatido. sepultándolos. Contingentes mezclados de todos los cuerpos saltaban finalmente sobre las últimas trincheras. la artillería empezó a moverse. presa entre otras dos. Fue al volver de los últimos picos de la sierra. . Los perseguían. La victoria. * Dr. Sus cabos de guerra fueron los cabos de escuadra. la montaña estaba conquistada. . La algarabía tumultuosa tuvo un final teatral. Sobre los jagungos en fuga arrojaron car­ gas en desorden: soldados en grupos. El bombardeo se redujo a un tiro. Abajo.

Y la tropa fue asaltada por todas partes. gran número de luchadores partían de allí. Pero los jagungos no retrocedieron.La marcha se reanudó. Acamparon. Porque la nueva de la batalla había llegado a la aldea con los huidos y para quebrar el ímpetu del invasor. . y formadas temprano. los expedicionarios estaban en orden de marcha y tenían las armas prontas para la réplica que se realizó en descargas nutridas. . y no siguieron aprovechando el ímpetu de su marcha persecutoria. De modo que no advirtieron a su alrededor la ronda de los jagungos. por los fierros de los carros. Lo hicieron con las fatigas acumuladas y con la ilusión engañadora del reciente triunfo. los sertanejos surgieron gritando. . todos a un tiempo. al amanecer nada lo reveló. El tiro partió. después de un cuarto de hora de ejercicios sobre el terreno que es allí despejado. disparar el Krupp en dirección de Canudos. por los facones de hoja larga. se advertía por lo raleado de los tiros. hasta entonces esquivos. anunciando la estrepitosa visita. las columnas dispusieron el avance sobre la aldea. por las hoces. IV EN LOS "TABULEIRINHOS” Las columnas llegaron a la tarde a Tabuleirinhos. Un shrapnell atascaba uno de los cañones y no había forma de extraerlo. Felizmente. cada vez más cansados. desaparecieron. Sería un aldabonazo sobre las puertas de la aldea. La tropa dormía bajo la guardia terrible del enemigo. apenas paliaron su sed en el agua impura de la minúscula laguna del Cipó. Y por primera vez. los últimos defensores del Cambaio se iban hacia Canudos. La arremetida los llevó hasta las separaciones de cada pelotón. Se metieron por las caatingas y se aproxima­ ron al campamento. los soldados veían de cerca las caras trigueñas de sus antagonistas. Sobrevino un pequeño contratiempo. como si el disparo hubiese sido una señal para ellos. Abandonando las espingardas por las aguijadas. afectos a las correrías veloces por las montañas. Se adoptó entonces el mejor de los arbitrios. Adelante. . . Por fin. . Se reeditó el episodio de Uauá. casi al borde de la aldea. . por las horquillas. Cansados por la refriega y hambrientos desde la víspera. A la noche lo rodearon. SEGUNDO ENCUENTRO Sin embargo.

Al frente iba un mameluco fuerte — cara de bronce afeada por la pá­ tina de la viruela— de envergadura de gladiador. a golpes. canallas. Apenas repelidos los jagungos. El desastre parecía inminente. La lucha fue cuerpo a cuerpo. piedras. Los guardias de la pieza retrocedieron despavoridos mientras él rodaba con el cañón arrastrándolo a mano. haciéndola volverse cruelmente monótona. que parece haber sido el mejor soldado de su propia expedición. que sobresalía del tumulto. Nuevamente esparcidos e intocables. atacaban a los contrarios con proyectiles groseros — puntas de cuernos. Reno­ vaban el duelo a distancia. a puñetazos. Pero en la marcha de tres kilómetros. como si quisiese estrangular al monstruo: "¡Miren. las municiones pródigamente gastadas en la hazaña perjudicial del * Los incidentes de esta jornada los debo a la Comunicación fidedigna del Dr. asaltandos y asaltantes mezclados. Pero no la imprecación altiva que arrojó sobre el vocerío de los otros. con los puños adormecidos y flojos por la multiplicación de los golpes. relativamente incólume. brutal. clavos— de su vieja herramentería de la muerte. volvían a sus tácticas de aparecer y desaparecer en los claros de las matas. al saltar sobre el cañón que abarcó con sus brazos musculosos. sin peripecias. El jagungo que lo mató con su picana de vaquero. La ola asaltante pasó sobre los dos cadáveres. La situación parecía insuperable. Lo detuvo el comandante. Su nombre se perdió. ronquidos de pechos aplastados. quedó traspasado por su bayoneta. un torbellino de cuerpos enlazados. Le quedaba a los invasores un recurso final salido de su desespera­ ción: avanzar cambiando el campo de lucha y caer sobre la aldea. anteponiendo las espingardas que cargan piedras y los trabucos de caño ancho a las Mannlichers fulminantes. las fuerzas perdidas en arre­ metidas locas contra el vacío. desde hacía mucho en desuso *. en una inter­ acción fatigante de los mismos incidentes hasta el agotamiento completo del adversario que. de donde salían estertores de estrangulados. en un retroceso que no era fuga. El cañón retomado volvió a su posición primitiva.La primavera víctima fue un cabo del 9°. Este terrible campeador quedó desconocido para la historia. Pero las cosas no mejoraron. Animó valientemente a sus compañeros atónitos y dándoles el ejemplo. Murió matando. caería finalmente vencido por el cansancio de las minúsculas victorias. Albertazzi. dándole un carácter más serio que el anterior ataque violento. estertores de muertos. se arrojó sobre el grupo. sin armas. . lo que es tener coraje!”. Vol­ vían a su habitual sistema guerrero que era prolongar indefinidamente la acción. con los guerrilleros a la espalda y quizá otros refuerzos saliéndoles al paso.

a los que se sumaba la carga de setenta heridos que se movían en total desorden. La retirada se imponía urgente e inevitable. se lanzaban según el alcance máximo de las armas. Alrededor. pun* E l Dr. ya previendo las consecuencias que tendría la llegada de los soldados cayendo de golpe sobre la beatería miedosa. Joáo Abade había reunido el resto de los hom­ bres válidos. mientras los contrarios fueron diezmados. tal vez hubiese sido la victoria. . A mitad de camino la columna fue inopinadamente alcanzada por las balas. desiertos. en la mayor parte de los casos. LA LEGIO FULMINATA 2 5 2 DE JOAO ABADE La retirada fue la salvación. pues solo quedaban veinte tiros de artillería. Everard Albertazzi. las pérdidas de uno y otro bando estaban fuera de todo paralelo. veían caer fulminados a sus compañeros. los habitantes de Canudos. De modo que. Pero el atacar la aldea arrostrando todo. para salir en refuerzo de los compa­ ñeros.Cambaio. perplejos. un solo herido y un solo cadáver sin sepultura. La última fue aceptada bajo la condición de no dejar una sola arma. se habían alarmado. allí. La tropa había perdido cuatro hombres. por el centro de la legión sorprendida. los arbustos ralos no permitían refugio. los cerros más próximos se veían desnudos. de frente. partiendo en trayectorias altas. advertían el silbido tenue de las balas y no divisaban al enemigo. Los jagungos. . Reunida en plena refriega la oficialidad. excluidos treinta y tantos heridos. en medio de la gente de Joáo Abade. Descubramos — siguiendo las deposiciones testimoniales— uno de los casos originales de esa campaña. impresiona­ dos por la intensidad de los tiroteos. Además. de costado. mostraba siniestramente en el pardo oscuro de la tierra requemada las manchas de la sangre. . Esta retirada era totalmente contrapuesta a los resultados directos del combate. los tiros. estaba excluida la hipótesis de un bombardeo preliminar. los soldados apuntaban al azar. tal vez se terminasen y no podía ultimarse la empresa con choques de armas blancas con la atonía muscular de los soldados ham­ brientos y fatigados. aquí. Se había coloreado el agua impura de la laguna del Cipo y el sol. Uno de los médicos * había contado rápidamente trescientos cadá­ veres 251. Algún tiempo después de haberse traba­ do el combate de Tabuleirinhos. Como en la víspera. dando de lleno en su superficie. el comandante definió la situación optando por uno de las dos puntas del dilema: proseguir la lucha hasta el sacrificio completo o su inmediato abandono. Y las balas bajaban. cerca de seiscientos. Estos proyectiles perdidos pasa­ ban sobre los combatientes e iban a caer más adelante. Tirando contra los primeros agresores en el lugar del en­ cuentro.

tilleándola de muertos. se daban a la fuga. a gritos. Bandas de fugitivos. si por lo restringido del campo en que se realizó no se puede equiparar a otros hechos memorables. Los grupos quedaron abajo. En ese momento sobrevino la nueva de que la fuerza se retiraba. le restaba al infeliz ejército el recurso de oscilar entre la derrota y la victoria. que en los días corrientes evitaba encararlas. clamando. por las circunstancias que le encuadran es uno de los episodios más emocionan­ . Enloquecido de miedo. observó el poblado revuelto. volvieron los ojos hacia el cielo cruzado por las parábolas invisibles y nadie los pudo con­ tener. a sollozos. atravesando rápidos las callejuelas. En cuanto a las mujeres. sin que los contuviesen los cabecillas más prestigiosos. Ni los miró siquiera. poseedor de engendros de tal especie. rezando. Fue un milagro. implorando la presencia del evangelizador. Subió con media doce­ na de fieles hasta los andamiajes altos de la nueva iglesia e hizo retirar la escalera. al llegar. estaría allí en breve. siguiendo el rastro de los últimos defenso­ res de la aldea. como una lluvia de rayos. No había engaño posible. originaron una gran alarma. Terminadas las esperanzas del triunfo. cargando sus pocas cosas. en una lucha sin éxito en la que el vencido vence en cada paso que consigue avanzar el ven­ cedor. Se precipitaron desaforadamente hacia Canudos donde. Atónitos. El encanto del Conselheiro se quebró. . rezando. pisando indomable el territorio del enemigo y conquistando a gol­ pes de armas cada una de las vueltas del camino. en esos momentos estableció una separación total. Un asombro supers­ ticioso ensombreció las caras más enérgicas. se agrupaban ante las puertas del Santuario. V RETIRADA Había comenzado la retirada. . La retirada del mayor Febrónio. El desorden terminaba en prodigio. agitando sus relicarios. en el que se atropellaban prófugos los desertores de la fe y se preparó para el martirio inevitable. el enemigo. imprecando. NUEVO MILAGRO DE ANTONIO CONSELHEIRO Pero Antonio Conselheiro. . . en busca de las caatingas. llorando. el apóstol esquivo. el pueblo ingenuo perdió en momentos las creencias que le habían inculcado.

alzado en rocas puntiagudas. oficiales y plazas jornalizados estaban nivelados por el mismo sacrificio. ladeando a las columnas. entre los cuales mediaba el armisticio engañador de una noche de alarmas. El coman­ dante. las víctimas de la víspera. Legí­ timo cafuz. entre los abismos. como una turba vengadora de demonios salidos de entre una multitud de espectros. .tes de nuestra historia militar. La expedición había perdido totalmente su estructura militar. No arremetían en chusma sobre la fila. miraba en torno y la montaña era un arsenal. se veían los jagungos. Los sobrevivientes les pasaban ahora de por medio. Al advertir el movimiento. se extendía un camino de cien kilómetros. con el mismo arrojo con que. un singular caso de retroceso atávico. poblado de trampas. El curiboca que había partido su carabina o perdido su aguijada en el torbellino. mezclados con los soldados. sin alimento alguno. De esta manera. los más robustos dejaban la línea de fuego para arrastrar los cañones o transportaban a los mal heridos y agonizantes y al frente de esta mul­ titud. Cam­ . cuyo ánimo no aflojaba. Se marchaba luchando. esparcidos entre las rocas. Les bastaba. mien­ tras los capitanes y oficiales subalternos se precipitaban. simple y malo. corrían flanqueándola. contra todas las prácticas dirigía la vanguardia. el más serio de las guerras. . acerca de setenta heridos debilita­ ban las filas. héroe sin saberlo. en su temperamento impulsivo se reunían todas las tenden­ cias de las razas inferiores que lo formaron. gran número de lastimados apenas podían cargar sus armas. Los soldados se habían batido durante dos días. un sargento. dejando actuar solamente a su formidable arma: la tierra. Los capitaneaba ahora un mestizo de bravura increíble. . . brutal e infantil. en las antiguas edades enarbolaba el hacha en la puerta de la caverna. en desafío a las últimas gra­ nadas. forma retardataria de troglodita sañudo levantándose allí. prontos a largarse en violentas caídas por los declives. en cargas hechas sin voces de mando. por el sertón estéril. Producido el último choque que partió del círculo atacante. abierto al sesgo de los contrafuertes. feroz y temerario. Allí estaba el mismo camino peligroso. valiente por instinto. el más leve resquicio de los preceptos tácticos donde sobresale la clásica formación escalonada permitiendo que las unidades cobatientes se alternarasen en la réplica. Este bárbaro distribuyó a sus compañeros por las caatingas. Pajeú. volvieron a entrar en las gargantas del Cambaio. los jagungos los siguieron. ingenuo. Allí estaban los bloques de piedra amontonados en pilas vacilantes. buscaba los puntos más arriesgados. Una sola variante: de bruces sobre las piedras. Era el tipo completo del luchador primitivo. . comenzó a desfilar por las veredas de las laderas sin que se advirtiera en este movimiento tan grave. .

en una asonada siniestra. El último encuentro se hizo al caer la noche. de pronto. abajo. Un incidente providencial completó el suceso. oían dichos irónicos e irritantes. Al final de tres horas de marcha. Prefiguraban los regalos de un banquete después de dos días de ayu­ no forzado y una hora después — andrajosos. Los estampidos estallaban secos. despeñándose al fin en saltos espantosos y golpeando contra otras piedras. Los luchadores. . Pasaban por lo alto en grupos turbu­ lentos y ruidosos. les permitió recursos defensivos más eficaces. pasaban como balas monstruo­ sas sobre la tropa despavorida. a la media luz de los rápidos crepúsculos del sertón. caían. por el medio de la ladera. bajo una avalancha de bloques. . Pero las fati­ gas de la marcha la abatían más que el mismo enemigo. bajo el espasmo de la canícula. . Pero las ametralladoras los rechazaron y barridos por la metralla. rodaban al principio con rumbo incierto entre las escabrosidades del terreno. Toda la naturaleza quedaba inmóvil en aquel deslumbramiento. La travesía de las trincheras fue lenta. Fue una diversión feliz. breve planicie unida al camino. caliente. largos silbidos y burlas ruidosas como si los siguiese una barahunda de muchachos incorregibles. Hombres totalmente exhaustos corrieron delirantes de alegría a los veloces anima­ les. flameaba. no resonaban y la brutalidad humana rodaba sorda­ mente dentro de la quietud universal de las cosas. . irrespirables. invadió el campamento casi al mismo tiempo que los sertanejos huían. no había ecos en los aires enrarecidos. Gomo simios amotinados habían convertido todo eso en un pasatiempo doloroso y en un apedreamiento. se salvaba a cubierto del ángulo muerto del mismo camino. Fue breve pero temerario. La admirable posición de ese lugar. Los sertanejos no los agredían.biaba la espingarda inútil por esas armas que oscilaban. inmundos. más rápidas. dilaceraban carnes apenas cocidas como una banda de caníbales hambrientos. Los mismos tiros apenas quebraban el silen­ cio. seguían como actores desgra­ ciados en el epílogo de un drama mal representado. Peores que las descargas. sobre las sierras. Los jagungos dieron la última embestida con la artillería que trataron de quitarle a la tropa. Esta. . La agitación de dos días sucesivos de combates y provocaciones se deshacía. des­ pués. sacándoles pedazos. El sol estaba en su culminación y la luz cruda del día tropical cayendo en la región quemante y desnuda. iluminados por la claridad del fue­ go. abajo. repugnantes— en cuclillas alrededor de las hogueras. dejando veinte muertos. Un rebaño de cabras ariscas fustigado tal vez por las balas. La hora de las provocaciones había terminado. rodaron por las bajadas perdiéndose en la noche. llegaron a Bendegó de Baixo.

. El fragor de los combates. otros se balanceaban sobre los abismos. Los que cargaban a los compañeros heridos claudicaban a cada paso. ya encendidos. a caballo de las sombras que ya se acostaban en las bajadas. todas las grutas. El fúnebre cortejo seguía ahora hacia Canudos. al morir en las laderas. El día había sido dedicado a la lúgubre exploración a la que se dedicó la población entera. la cruz res­ plandeciente de Orion 2 5 4 se levantaba sobre los sertones. Por momentos lo aclaró. todos los dédalos. Faltaban pocos. la enorme procesión cubría las sierras. . sin embargo. A la tarde había finalizado la piadosa tarea. Las ropas convertidas en harapos. Rutilando en la altura. el sol caía lentamente. los recogían los compañeros compasivos. con los pies sangrando. tapando sus desnu­ deces con los capotes despedazados. . volvieron a animarse las cuestas del Cambaio. . para Monte Santo. Los creyentes había sustituido a los comba­ tientes y volvían a la aldea. cubiertos con groseros sombreros de paja. . en tocas parihuelas de palos atados con cipos. Brillaban las primeras estrellas. vencidos por los soles bravios. el corte­ jo que seguía la cadencia de los rezos. hasta lo alto. Se habían escudriñado todas las anfractuosida­ des. Se deslizó insensiblemente subien­ do. Bajando a las grutas profundas y subiendo a los vértices más abruptos. a medida que lentamente ascendían las sombras. habían caído por los ba­ rrancos. tocando con su halo rutilante los confines de las planicies lejanas y su última claridad. No había un hombre sano. caminando hacia Canudos. . Iluminó. . Muchos luchadores. los que la tropa había quemado. oscilando en la media luz del crepúsculo. cortados por las piedras y las espinas. caía sobre el dorso de la montaña. Lentamente. Muy bajo en el horizonte. La población los recibió en silencio 25S. . éstas reful­ gieron como enormes cirios. entraron en la villa como una turba de vencidos. los cadáveres de los mártires de la fe. Por instantes. VI PROCESION DE PARIHUELAS Aquel mismo día. ya apagados.La expedición partió al día siguiente. . fugaz. cargando en los hombros. algunos trágicamente ridículos. sus ropas prendidas a los picos puntiagudos. había cambiado por las letanías melancólicas. todas las cavernas. a la tarde. huyendo de la desolación y la miseria. temprano. donde los últimos rayos centelleaban en las cumbres.

Había encontrado al país dividido en vencedores y vencidos. desde la máxima flojedad a la máxima rigurosidad. demostrará la inadaptación del pueblo a la legislación superior del sistema político recién inaugurado. alguien se ponga a definir a la luz de expresivos documentos. parecía reflejar el contraste entre su imperfecta organización intelectual y su incomprendida organi­ zación política. Cómo la aguardaban los jagungos. I MOREIRA CESAR Y EL MEDIO QUE LO HIZO CELEBRE El nuevo fracaso de las armas legales. En lo alto de la Vavéla. Nuevo camino. hacia 1897. que se había aquietado en el marasmo monárquico. IV — El orden de batalla y el terreno. no había tenido la base esencial de una opinión pública organizada. por aventajarse en demasía al curso de una evolución lenta. Primera expedición regular. Dos tarjetas de visita a Antonio Conselheiro.— El primer encuentro. iniciado en 1894.— Partida de Monte Santo. propagar sobre el país. Saqueos antes del triunfo. V I— Re­ tirada. "¡Acelerando!”. desde las conspiracio­ nes incesantes a los repetidos estados de sitio. desbandada. repelía por igual los recursos extremos de la fuerza y de la influencia serena de las leyes. marchando a los saltos. Al golpear del Ave María. imprevisto para todo el mundo. tuviese. . III. Cuando. V — Sobre lo alto del Mario. como si éste. Primeros errores. Se estaba frente a una sociedad que. Ataques. Pitombas. más adelante. la intere­ sante psicología de aquella época. Un arsenal al aire libre y una diversión cruel. El gobierno civil. Ciudadela trampa. la sociedad brasileña ofrecía un alto grado de receptividad para la intrusión de elementos revolucionarios y de dispersión.EXPEDICION MOREIRA CESAR I— El Coronel Moreira César y el medio que lo hizo célebre. como efecto predominante. precipitando a la República por un declive donde los desastres aparecían con un ritmo que delataba la marcha cíclica de una enfermedad. 11. un intenso espíritu de desorden. Psicología del soldado. Una mirada sobre Ca­ nudos. Sufriendo aún las lamentables consecuencias de la sangrienta guerra civil que había culminado una ininterrumpida serie de sediciones y re­ vueltas desde los primeros días del nuevo régimen 2 5 5 . fuga. Retroceso. Y fue impotente para corregir una situación que no siendo francamente revolucionaria ni tampoco normal. coincidía con un momento crítico de nuestra historia.

De manera que el inflexible Mariscal de Hierro 2 5 6 . del Mariscal Floriano Peixoto. entre las pasiones e intereses de un partido que. El gobierno anterior. aunó. Se quedaron muchos agitadores. tan bien expresada en el "mimetismo psíquico” de que nos habla Scipio Sighele 2 5 8 . dejaba que se diese el fenómeno contrario: la significación superior de los principios demo­ cráticos decaía. congregaba a todos los mediocres ambiciosos que. extendida a la consagración de todos los crímenes. a todos los medios y a todos los adeptos. deploraba. Nada podía detener esa decadencia. había agravado la inestabilidad social y se había vuelto en cierta manera contraproducente. Pero al vencer la indisci­ plina resultante de las sucesivas sediciones. invertida. tomaban en parte la misma imagen moral de los medio­ cres atrevidos que se les ponían al frente. las mayorías conscientes pero tímidas. Y al vencer. Traían el irreprimi­ ble movimiento de una carrera fácil y vertiginosa como para detenerse de súbito: se infiltraron en la nueva situación. evitan las imposiciones severas de un medio social más culto. se transformaba en la fórmula antinómica de una tierra sin leyes. violando flagrantemente un programa preestablecidos. aisladamente. saliesen de donde fuere. la ahogaba. Al dejar el poder no se llevó a todos los que lo habían acompañado en los difíciles trances de su gobierno. habiendo nacido de una reacción contra un golpe de estado violador de las garantías constitucionales. creó el proceso de la suspensión de las garantías. En los momentos de crisis apelaba incondicionalmente a todos los recursos. los gérmenes de los levantamientos más peligrosos. esa palabra. que había reunido todas las rebeldías y todos los tumultos de los años anteriores. Venció al desorden con el desorden. deshizo la misión a la cual estaba dedicado. en latencia. inerte absolutamente y neutral. Se­ gún el proceso instintivo que. abra­ zado tenazmente a la Constitución.De manera que siéndole imposible sustituir el lento trabajo de la evo­ lución para levantar la primera al nivel de la segunda. Destruyó y creó revoltosos. Entonces se pudo observar un caso común de psicología colectiva: tomada de sorpresa. por las especiales circunstancias que lo rodearon. se constituyó en vehículo propicio de transmisión de todos los elementos condenables que cada ciudadano. anulada. actuaba totalmente alejado de la amplitud de la opinión nacional. salvando pocas excepciones. prontos a explotar. Entonces. haciendo de la legalidad la síntesis de sus designios. en los últimos días de su gobierno. en la esfera social evoca la herencia de una remota predisposición biológica. surgieron en la . Así es que. porque su figura aún hoy es un intrincado enigma. había tenido una función combativa y demoledora. la mayor parte del país. por instinto natural de defensa. la Revuelta de Setiembre 2 5 7 . quizá involuntariamente. robus­ tecidos por un intenso aprendizaje de tropelías que se sentían incómodos en el plano secundario al que naturalmente volvían. vuelta un sofisma.

lo que de hecho se hacía en todos los tonos. Recién llegado de Santa Catarina. el rasgo más vivo que la caracteriza. enlazados en un círculo estrecho de ideas en donde el dudoso entusiasmo por la Repú­ blica se aliaba con un nacionalismo extemporáneo y la grosera copia de un jacobinismo poco lisonjero para la historia. De todo el ejército. Sin ideas. No les bastaban las divisiones per­ manentes ni los asustaba una situación económica desesperada. y en medio de la indiferencia general. un coronel de infantería. Lo eligieron como nuevo ídolo. Antonio Moreira César. las mediocridades irritativas consiguieron imprimir a esa época. según el modo extre­ mista e incoherente de juzgar de la época. era quien parecía haber heredado la tenacidad del gran vencedor de revueltas. en elemento moderador de las agitaciones nacio­ nales. tenía un excep­ cional renombre. donde había sido el principal actor en el epílogo de la campaña federalista del Río Grande. Entre dos extremos. indi­ vidualidades que en las situaciones normales caerían bajo el peso de su ridiculez. y en esa inestabilidad. que aumentaba la gravedad de la lucha en los sertones.tribuna. Y como el ejército se erigía. querían aumentar aquéllas y volver a esta última insoluble. Ante la noticia del desastre. en que permanecían vivos los mínimos incidentes de la guerra civil extendida desde la bahía de Río de Janeiro hasta el sur. ilógicamente. sin orientación ennoblecedora. La retracción criminal de la mayoría pensante del país permitía todos los excesos. lo atraían afanosa e imprudentemente. sobre todo en las calles. por la Revuelta de la Escuadra. el gobierno no encontró nadie mejor que pudiese equili­ brar las graves exigencias. . hecho de aclamaciones y apodos. La tumba del Mariscal Floriano Peixoto se convirtió en la prenda de alianza de los rebeldes y el nombre del gran hombre fue la palabra de orden del desorden. en la imprenta y en las calles. en ese barajar. en esa fogosa expansión de nuestra sospechosa sentimentalidad. felizmente transitoria y breve. aquellos agitadores comenzaron a vivir de la explotación pecaminosa de un cadáver. desde el movimiento abolicionista hasta la procla­ mación de la República. lo cortejaban. El fetichismo político exigía muñecos de uniforme. Alrededor del nombrado se había urdido una leyenda de valentía. el arrojo de Gumercindo Saraiva y la abnegación de Gomes Carneiro 259. Lo escogió como jefe de la expedición ven­ gadora. la opinión pública nacional oscilaba manejando los conceptos más dispares para aquilatar a vencedores y vencidos.

velada de permanente tristeza. Lo aprovechó en la ocasión oportuna. ambicioso. vengativo. adentro de la historia. debían morir allí inadvertidos. o el demonio cruel que idealizaban. Era un alma pro teiforme encerrada en un organismo frágil. Era tenaz. pa­ ciente. del cerco memorable de La Lapa. tendencias monstruosas y cualidades su­ periores. el Mariscal Floriano Peixoto. le estropeaba más la postura. sin que se pudiese saber si eran bandidos o santos. en la lasitud de los tejidos. o del marcial platonismo de Itararé 260. entraban de repente. Aquellos atributos. viviese el campeador brillante. sin embargo. ironías diabólicas e invectivas despiadadas. Su aspecto le reducía la fama. Irrumpían a granel. Una fisonomía inexpresiva y mórbida completaba su ingrato y exiguo porte. apareciendo entre fervientes ditirambos. cruel. con la impenetrabilidad derivada de su atonía muscular. la chaqueta con­ feccionada para hombros de adolescente frágil.con todos los colores y bajo variados aspectos. impasible. en aquel rostro de convalesciente sin una línea original y firme: pálido. Tenía con él la afinidad de inclinaciones idénticas. maldecidos todos. envueltos en panegíricos y afrentas. A los que lo veían por primera vez les costaba admitir que en ese hombre de gesto lento y frío. de la carnicería de Campo Osorio. Se justificaban tanto los aplausos como las invectivas. como Luis XI hubiese . En esa individualidad singular chocaban antinómicas. absolutamente nada. leal. Le faltaban el aplomo y la complexión que. era la caricatura del heroísmo. de la sangría de Inhanduí. Los héroes inmortales de un cuarto de hora. destinados a la suprema consagración de una placa en la esquina de una calle. maneras corteces y algo tímidas. Nada. de los pedregales del Pico do Diabo. Apretado en el uniforme que raramente abandonaba. revelaba la energía sorprendente y la temible entereza de que diera pruebas. Era una cara inmóvil. Sólo un hombre los percibió o los descifró bien. dedicado. No tenía los rasgos característicos del uno ni del otro. De figura diminuta — un tórax raquítico sobre dos piernas arqueadas en paréntesis— era orgánicamente inepto para la carrera que había abrazado. estaban velados por una reserva cau­ telosa y sistemática. Eran legión. Entre ellos. el coronel Moreira César era una figura aparte. Quizá porque era las dos cosas al mismo tiempo. como intrusos sor­ prendidos. dejándola siempre fijamente inmóvil. Todos queridos. Al verlo se sorprendían por igual admiradores y adversarios. a los empujones. alargado por la calva en que se prolongaba la frente abombada. y mal iluminado por una mirada mor­ tecina. como un molde de cera. Los grandes paroxismos de la cólera y la alegría más fuerte. rígida. unas y otras en el grado máximo de intensidad. son las bases físicas del coraje. en el soldado.

definido por una sucesión elocuente de acciones que aparecen punteando períodos de calma cada vez más redu­ cidos. . de tiempo en tiempo. con ritmo regular. la dedicación extrema desaparecía ante el extremo odio. desde el último de los ciudadanos al monarca. se develó completamente en las manifestaciones físicas de los ataques. habiendo rozado al Ejército con algunas de las indecorosas alusiones que abarcaban por igual a todas las clases. su serenidad se quebraba por los movimientos impulsivos de la enfermedad que sólo más tarde. o mejor dicho. interferían en la línea de una carrera correcta como pocas.aprovechado a Bayard. algunos oficiales. Si pudiéramos seguir su vida. precisamente en la fase crítica en que debía definirse como héroe o como malhechor. allá el ataque a cuchillo. Un periodista 262. Entre sus compañeros de armas eran conocidos esos significativos episodios que. como a otros compañeros de desdicha. Tenía el temperamento desigual y bizarro de un epiléptico compro­ bado que encubría la inestabilidad nerviosa del enfermo con una placidez engañosa. si pudiese encajar en la bravura novelesca del Ca­ ballero Sin Mácula las astucias de Fra Diábolo 2 6 \ Moreira César estaba lejos de la nobleza del primero y más lejos aún de la decadencia moral del último. Sin embargo. como si la evolución prodigiosa del predes­ tinado se hubiese detenido antes de la selección final de los raras carac­ terísticas con que lo equipara. la calma soberana en rabias repentinas y la bravura caballeresca en la bárbara rebeldía. Uno sobre todo puso de relieve su energía salvaje. Era un desequilibrado. como supremo recurso. no es una imper­ donable exageración considerarlo una mezcla reducida de ambos. lamentablemente. En su alma. decidieron la justicia fulminante y de­ sesperada del linchamiento. contra un oficial argentino por cierta palabra mal entendida— destacamos los más conocidos. además del peligro de contribuir al arsenal de versiones exageradas o falsas. Fue en 1884. había creado un escándalo permanente de insultos intolerables en la Corte del Antiguo Imperio. Sería largo enumerarlos. A veces. aparte de los casos dudosos. asistiríamos al desdoblamiento continuo del mal que le imprimió. Una cosa grande e incompleta. un alucinado. un aspecto original e interesante. por suerte detenido a tiempo. definidos siempre por el rasgo preponderante de vías de hecho muy violentas — aquí el ultraje a reben­ cazos de un médico militar. en Río de Janeiro. actuando libremente gracias a la laxitud de las leyes repre­ sivas. y constituyen las señales de la curva inflexible hasta que lo arrebataba la fatalidad biológica. Pero. a causa de conmociones violentas.

atrevido y cor­ tante. en un carruaje. seco. en los últimos años de su existencia. En los días aún vacilantes del nuevo régimen. terminada la revuelta. Meses después lo llamaron a Río de Janeiro. en la que no raras veces. un dardo que dio de lleno en la curiosidad imprudente de los poderes constituidos. se había acogido a la protección inmediata de la ley. en un comentario lisonjero de los grandes lances de su vida. figuraba. a Santa Catarina. Por singular contraste. en pleno día. armado de poderes discrecionales. sólo volvió después de la proclamación de la República. acerca de los cuales era completamente muda la fe de oficio del burócrata inofensivo y tímido. porque había saltado velozmente tres grados en dos años. sin un rodeo. alabado por el desempeño de misiones pacíficas. Esta salió de la vaina. con un triste aparato de imperdonable maldad. delante de la justicia resguardada por los Comblains de toda la fuerza policial en armas. La respuesta por telégrafo fue rápida. Un "no” simple. . Resultado: en ningún lugar de nues­ tro territorio pesó tan firme y tan estrangulador. el primero quizá en acuchillar a la víctima por la espalda. el gobierno parecía desear tener cerca de sí a aquel firme sostén. En 1893. hablan a las claras. Los fusilamientos que allí se realizaron. Impresionaron tanto a la opi­ nión pública nacional que. al declararse la Revuelta de la Armada. exacta­ mente en el momento en que ella. alrededor de los treinta años. el capitán Moreira César. sin una explicación. todavía joven. el más cruel.Así se hizo. semejaba un triunfador. sin la mínima deferencia. Y fue el más decidido. Todavía era capitán y aunque nunca había desenvainado su espada en un combate. sentado al lado de la autoridad superior del propio ejército. turbulenta. como una barrera para detener el conflicto que se había reanimado en el sur y amenazaba a los estados limítrofes. por fin. Lo vimos en esa época. en los documentos de la profesión guerrera aparecía lo implacable de una existencia accidentada. ya gra­ duado. el Mariscal Floriano Peixoto lo envió. y teniendo en su hoja de servicios elogios merecidos por varias comisiones ejemplarmente cumplidas. Y entre los subalternos encargados de ejecutar la senten­ cia en plena calle. El crimen le trajo la transferencia hacia Mato Grosso y. de esa Siberia canicular de nuestro ejército. el gobierno civil recién inaugurado pidió cuenta de tales sucesos al principal responsable. el guante del estado de sitio. Su figura de niño atravesaba los cuarteles y las calles envuelta en un murmullo simpático y elogioso. relampaguaba el cuchillo al lado de la espada total­ mente virgen. el hombre para las crisis peligrosas y para las grandes teme­ ridades.

. de un desvío en la ruta. . la epilepsia se alimenta de pasiones. el enfermo puede aparecer. el 7*?. por fin. porque en sus extensos períodos de lucidez. la sos­ pecha de una traición. precisa­ mente en la víspera del día señalado para el asalto. lo abasteció con un personal que sobrepasaba en mucho el número regular de plazas. o se traduce en una alienación apenas efectiva. el ataque contra la aldea. demostraba cualidades eminentes y excepcionales de jefe disciplinado e inteligente. es el equivalente mecánico de un ataque. crece cuando se ex­ panden las emociones súbitas y fuertes. Con un imperio incondicional. De modo que. cuando todavía está larvada. se puede decir que muchas veces. Realmente. tuvieron la intermitencia de los ataques. Fueron una revelación. La acción sería absolutamente inexplicable si no la caracterizáramos como un aspecto particular de la desorganización psíquica de que era víctima. entre los cuales. había decenas de niños que no podían cargar las armas. más repetidos y ostentosos en un creci­ miento inflexible. con estupor de su mismo estado mayor. Nombrado para la expedición contra Canudos. ante la sorpresa de sus mismos compañeros.Se embarca con su batallón. parece tener en la libre manifestación de aquéllas una derivación salvadora que atenúa sus efectos. en contraste con los inter­ mitentes momentos de exaltación y paroxismo. Se vio que todos los accidentes singulares de su inconexa existencia. y su identidad está en que objetivaron la misma neurosis. escondida sorda­ mente en las conciencias. en manifiesta violación de la ley. eran señales significativas que indicaban un diagnóstico único y se­ guro . Contenido el brazo homicida o inmovilizado de golpe el héroe en su arremetida glo­ riosa. pero. Habremos de verlos en seguida. sin exagerar. Se hizo dueño del batallón que comandaba. prende al comandante. sin que para eso hubiese el mínimo pretexto. Estos se volvieron. y tres días más tarde. en lo que la víctima trata de eludir instintivamente al propio mal. buscando el crimen muchas veces como vía de escape de la locura. organizó el mejor cuerpo del ejército. Sin embargo. Lo había asaltado. en una nave mercante y en pleno mar. De ahí esos actos inesperados. sucumbiendo al acceso. precisamente en la víspera del día fijado en detalle para la marcha. de mil y tantos hombres exhaustos por una carrera de leguas. eso no disminuía su prestigio. . un crimen o un acto de heroísmo. incomprensibles o brutales. de improviso. extremados por dos ímpetus impulsi­ vos: la partida caprichosa de Monte Santo. ex abrupto 26 S. Estos últimos hechos. dispuesto adrede para hacerlo prisionero a él y a sus soldados. se entregó a una serie de desatinos que culminaron en una catástrofe.

sintiendo crecer la inestabilidad de su vida. El enfermo. . de donde salió dirigido por el coronel Sousa Meneses. pronto a desatarse en acciones violentas que lo pueden llevar al crimen o accidentalmente. Los intervalos lúcidos le sirven de punto de apoyo para la vacilante conciencia en su búsqueda de motivos inhibitorios. en una serie de delirios fugaces. poco a poco. llevando su batallón. según una acertada expresión. una batería del 2? regimiento de artillería. . un potencial de locura inestable. entonces. Doblemos esta peligrosa página. Pero la lucidez. el coronel Moreira César salió el 3 de febrero hacia Bahía. los degenerados peli­ grosos fascinan con igual vigor a las multitudes estúpidas. y condensa en su cerebro. con el capitán Pedreira Franco.Durante mucho tiempo está sumido en una semiconciencia de su estado. En esta ocasión le cabe a la sociedad darle la púrpura o el chaleco de fuerza. se había ejercitado el dominio del caput mortuum2 6 4 de las sociedades. con el . En la apreciación de los hechos el tiempo sus­ tituye al espacio para formalizar las imágenes: el historiador necesita cierto alejamiento de las épocas que observa. el 7? de infantería. a la gloria. Si un gran hombre puede imponerse a un gran pueblo por la influencia deslumbrante del genio. no capta las condiciones exteriores o las relaciona mal y va decayendo. bajo el mando del capitán José Agostinho Salomáo da Rocha. bajo la dirección del mayor Rafael Augusto da Cunha Matos. que nadie advierte. relativa a la bajeza del medio en que surgió. con 28 oficiales y 290 pla­ zas. Las tres armas formaban el núcleo de la brigada constituida con la celeridad que las circunstancias imponían. perturbándose. como si la nulidad de su pasado hiciera sobresalir mejor la energía feroz desdoblada en los últimos años. uniéndose partes de otros tres cuerpos: el 16? que estaba en San Joao d’El-Rei 2 6 5 . PRIMERA EXPEDICION REGULAR De conformidad con la invitación que le fuera hecha. finalmente. cae en un estado crepuscular. deformándose. como si fuese la suma de todos los delirios anteriores. Despuntaban efímeras individualidades y entre ellas. La inteligencia. Porque el principio general de la relatividad abraza las mismas pasiones colectivas. en una eva­ luación cada vez más penosa de las condiciones normales del ambiente. Entre nosotros. y un escuadrón del 9? de caballería. se debilita. el coronel César se destacaba con fuerte relieve. Es temprano todavía para que se defina su altura. que ni ella advierte a veces. Y lucha tenazmente. cerca de 140 soldados del 33? y el 9? de infantería.

propio de un comisario policial enérgico: lanzar a paso redoblado mil y tantas bayonetas contra Canudos. Los ingenieros militares Domingos Alves Leite y Alfredo do Nascimento. de inmediato salió para Queimadas. estaba toda la expedición congregada. La misma vertiginosidad de los levantamientos militares estaba más acá de esa misión precipitada. Un día antes. distancias registradas en los punteros de los podómetros metidos en las botas de los apresurados operadores. aunque cono­ cían el diagnóstico que afectaba seriamente la firmeza y las responsa­ bilidades del comando general ante las severas condiciones de la lucha. Siguió con la misma velocidad.300 hom­ bres. la enfemedad del comandante había estallado en una convulsión epileptoide en plena calle. Monte Santo. Esto en el menor tiempo posible. Nada se resolvió de acuerdo con las circuns­ tancias especiales de la empresa. se negaron a la menor deliberación al respecto. ya rudamente corregidos o expuestos con la mayor claridad en los desastres anteriores. Estos se guiaban preguntando a los escasos habitantes de los lugares recorridos. sin embargo. una platónica guarnición de 80 enfer­ mos y 70 niños que no soportaban el peso de las mochilas. Los principales jefes de cuerpos. agregados a la brigada. El jefe expedicionario no se detuvo en Bahía. Todas las decisiones quedaron domina­ das por un plan único. La movilización había sido un prodigio de rapidez. fuertemente provistos con quince millones de cartuchos y setenta tiros de artillería. En la exigüidad de tal plazo. Pero había llegado bajo malos auspicios. y había sido de tal carácter. bases medidas a ojo. Dejando en Queimadas. el grueso de la tropa siguió hacia la "2^ base de operaciones”. El coronel Moreira César llegaba al objetivo de la campaña condenado por los mismos médicos que estaban bajo su mando. bajo el comando de un teniente. donde sólo cinco días después de haber partido de la Capital de la República el 8 de febrero. donde el 20 ya estaba pronta para el ataque. tuvieron una semana para reco­ nocer un terreno desconocido y áspero. adscrita a reglas fantásticas. la legua. Reunidas todas las fuerzas que allí lo esperaban. casi 1. cautelosos y tímidos. que los cinco médicos del cuerpo sanitario previeron una repetición de lastimosas con­ secuencias. tenientes del estado mayor de primera clase. cerca de Quirinquinquá. señales ambiguas según la disposición de determi­ nadas sierras. no les era posible elegir los puntos estratégicos para afirmar una línea de operaciones. "1^ base de operaciones”. de estimativa . anotaban así extensiones en base a una unidad traicionera.coronel Pedro Nunes Tamarinho y pequeños contingentes de la fuerza estadal bahiana. Es natural que las operaciones no fuesen concertadas con la indis­ pensable lucidez y que las deformasen desde el primer paso todos los errores y explicables descuidos e inexplicables olvidos de preceptos rudi­ mentarios.

Nadie pensaba en la más remota posibilidad de un revés. grandes arenales sin el más leve hilo de agua. Eran 150 kiló­ metros. pero tenía la ventaja. como si conociesen las capas profundas de la tierra cuando ignoraban su misma superficie. se tomaría la ruta hacia el norte. el capitán Jesuíno. Envolvía al del Cambaio por el este y era más extenso en nueve o diez leguas. La travesía se presuponía larga y llena de tropiezos. Veremos más adelante qué función cumplió. pero bastaba la mirada perspicaz del guía. Elegido este camino no se pensó en convertirlo en una línea de operaciones.exagerada por el amor propio del matulo acostumbrado a largas cami­ natas. por lo despoblado y árido de la tierra. informes sobre acciden­ tes. con el antiguo camino de Magacará. A pesar de eso. en el rumbo ESE y al llegar aquí. Monte Santo. porque absor­ ben con succión de esponja. aunque fuesen mínimas. la plenitud del verano. de apartarse de la zona montañosa. que valían por una extensión diez veces mayor. Subordinaron al comandante el relevamiento hecho. pudiesen ofrecer resis­ tencia en caso de una derota. Se iba a marchar hacia lo desconocido. De acuerdo con él. Se sabía que ésta atravesaba largos trechos de caatingas que exigían la apertura de picadas. se eligió el nuevo camino. rodeando y evitando por el este los agres­ tes campos que lo detienen al norte o insensiblemente descienden hacia el Vaza-Barris formando en el ligero divortiun aquarum. contextura del suelo. se encontrarían en el Rosario. el de Bom Conselho a Jeremoabo. las fuerzas se encaminarían hacia la aldea del Cumbe. Saliendo de Monte Santo. faldeando la sierra de Aracati. rumbos totalmente embarullados o líneas de ensayo en las que un error de cinco grados era un primor de rigor. y hubiese entre los expediciona­ rios algún rabdomante capaz de señalar con una varita mágica el punto exacto en que existiese la capa líquida necesaria. La explo­ ración realizada se había hecho por un ajustarse a esas antiguallas de la estrategia. un retroceso o una retirada. que se debía pasar un arenal de cuarenta kiló­ metros que en esa época. escogiéndose dos o tres puntos de defensa con guarniciones que. dominada . como hacían las legiones romanas en Túnez. doblando. por sendas no frecuentadas. con sus pésimas condiciones de defensa. Para obviar este inconveniente. porque todas las travesías por allí se limitan a un camino secular. y aguadas de existencia problemática y dudosa. un mínimo de veinticinco leguas. a poco rumbeando al NNO. Sin mayor examen fue aprobado. llevaron una bomba artesiana. no se podía emprender el viaje sin que los combatientes llevaran provisión de agua. los más impetuosos aguaceros. al parecer. para aclarar los problemas de la ruta. entre éste y el Itapicuru. Era natural que se garantizase por lo menos la pretendida base de operaciones para que la tropa no quedase completamente aislada en el desierto. en marcha que la contorneaba.

COMO LA AGUARDABAN LOS JAGUNCOS Apenas despuntaba la mañana se distribuían los trabajos. quedaría bajo la autoridad del coronel Meneses con una guarnición deficiente de pocas decenas de plazas. solos. vaqueros crédulos y fuertes. desde lo alto de las colinas. al mando de un jefe de confianza. los había de sobra. novelada ya con numerosos episodios. de veinte hombres cada uno. Se destacaban piquetes de guardias. en Vila Nova da Rainha. Pero se podía presumir que lo iban a hacer cuando todas las informaciones que llegaban aseguraban de modo concordante que los sertanejos se preparaban fuertemente para la lucha. buscando el milagro.por la serranía a plomo. Como en los primeros tiempos de la fundación. De modo que los jagungos. ingenuas madres de familia hermanadas con tramposas mujeres de la vida. capangas en disponibilidad. En tres semanas. en demanda del paraje legandario. aparceros en un mismo montón con los variados tipos de la marginalidad sertaneja. La nueva del último triunfo sobre la expedición Febrónio. aparecían grupos de peregrinos. Brazos no fal­ taban. Canudos había crecido extraordinariamente. desde donde media docena de enemigos sin arriesgarse. Llegaba toda suerte de gente: pequeños hacendados. hacia los varios . a bandidos sueltos. en todas partes. En el curso de esas pro­ cesiones se veían invariablemente. Muchos cargaban en redes a sus familiares enfermos. o ciegos. por las calles de Calumbi. y leprosos. llegaban cargueros repletos de toda suerte de provisiones directamente enviados a Canudos por los adeptos que desde lejos los mantenían. extraños. paralíticos. aumentada por los que la divulgaban. trayendo todos sus haberes. No lo hicieron. Las noticias eran ciertas. fácilmente. de Jeremoabo y de Uauá. siguiéndolos pero sin mezclarse con los fieles. Tenían abastecimientos y un gran entusiasmo. la cura inmediata ante un simple ademán del tau­ maturgo venerado. de Magacará. moribundos ansiosos de tener su último sueño en ese lugar sacrosanto. había des­ truido las últimas vacilaciones de los creyentes que hasta entonces habían sido renuentes en ir hasta el falansterio de Antonio Conselheiro. podía atacarla. En el correr del día. sin compartir el coro de letanías. en todo momento. Alagoinhas. podrían tomarla apenas el resto de la tropa saliese para Canudos. convergiendo de todos los puntos. buscando un teatro de mayor enver­ gadura para su índole aventurera y su valentía impulsiva.

Y como preveían que éstas. cargando o amontonando piedras. fácilmente extraídos en todas las formas deseadas. un pequeño escudo colgante. tratando de escapar de los pasajes peligrosos. en la que se pudiese ocultar o moverse a gusto el tirador. Por los caminos pasaban en pequeños grupos. espiando todo. hacieron otras próximas. hacia Monte Santo o hacia Cumbe o hacia Queimadas. Pero los jefes no se ilusionaban. Explican el extraordinario número de esos tremendos hoyos que a intervalos regulares y hacia todos los rumbos. sacando. indagando acerca de los nuevos invasores. cautelosamente. en lo alto de las barrancas. Otros se dirigían a las obras de la iglesia. de modo de seguir el combate. y los más despiertos. inquiriendo sobre todo. les cortaban las ramas interiores sin deshacerles la fronda. Preparaban la urgente defensa. Así es que siguiesen el camino o lo aban­ donasen. en la quietud de la simple existencia del sertón. crivaban la tierra en todos los alrededores de Canudos. junto a la confluencia del Macambiras. volverían difícil la marcha de la tropa más robusta y ligera. arreglar contrabandos que se hacían con facilidad. extendidas a ambas márgenes del río. en delicadas comisiones. Cons­ truían trincheras. Es que los rebeldes no necesitaban enseñanzas para estos preparativos. los combatientes estarían siempre atrapados en una red de balas. confa­ bulando con los fieles de aquellas localidades para vigilar a las autori­ dades. Estaban situados de modo tal que. se veía a los sertanejos esparcidos por lo alto de los cerros o al borde de los caminos. y otras más distantes e igualmente dispuestas. de modo de for­ mar. como incontables cañoneras de una monstruosa fortaleza sin muros. adquirir armamentos. las caatingas cerradas en trincheras naturales. Y partían felices. asaltando y conquis­ tando las trincheras que los bordeaban. Los que en la víspera ya habían pagado su tributo al servicio común se iban hacia las insignificantes plantaciones. Escogían los arbustos más altos y frondosos. a dos metros sobre el suelo. con el fin de renovar a los que habían pasado allí la noche de vigías. car­ gando armas o herramientas de trabajo. en la bajada de las Umburanas y en lo alto de la Favela. En el ánimo de muchos asomaba la esperanza de que los dejarían. sobre todo en los largos trechos en que el camino sigue el lecho seco de los riachos. se volvería hacia los lados. En los días ardientes.puntos de acceso: en Cocorobó. Por su rapidez. iban más lejos. ríos excavándose en fosos y por todas partes. ocultos en el . el sistema era un ideal de fortificación pasajera: abierta una cavidad circular o elíptica. la rodeaban de pequeños respaldos de piedras yuxtapuestas. Olvidados de las matanzas anteriores. capaz de soportar cómodamente uno o dos tiradores invisibles. por cuyos intersticios se podían meter el caño de las espin­ gardas. finalmente. La tierra era un modelo admirable: sierras empinándose en reductos. abriendo la tierra a pico y pala en una faena incesante. facilitaban la tarea. Los bloques de pizarra. cantando.

Y de las tiendas calientes salía un resonar metálico de activos arsenales. en su dosis justa. esos tiradores singulares desde los cuales trampeaban a los cangagus bravios. Se reparaban las armas. El explosivo salía perfecto. divisar los más remotos puntos. no sólo a los bahianos sino a los hijos de todos los estados limítrofes. la carabina. concertando las piezas de las viejas espin­ gardas y pistolas. rivalizando bien con los que usaban en las partidas de caza. corrían por todo el sertón. enmarcados por espesas hileras de gravatás. la caza. esquirlas de piedras. las abrían como estrechos postigos. Los reci­ bía el astuto Joáo Abade que. pedazos de clavos. esti­ rando los arcos que parecen una transición entre las armas de los salvajes y la antigua ballesta de polea. el sulfuro. la hacían: tenían el carbón. de los "calangros” de los "balaios” o de los "cabanos”. al par que el ins­ tinto de desorden. como si fuesen viejos conocidos. aguzando y acerando las aguijadas. temperando las láminas de las facas largas como espadas. pleiteándoles la paridad en calidad de bandido. El caño ancho de los bacamartes aceptaba todo: canto rodado. más hacia el norte. No era suficiente la pólvora adquirida en las aldeas próximas. Tenían otros dispositivos más serios. sacado a flor de tierra. limpiaban después la parte de atrás. Respondían a una usanza antigua. y se movían por ahí. En la aldea se oía la orquesta estridente de las bigornias. variando hasta entonces sólo en los nombres. aparecían bajo todos los matices. Día a día llegaban a la aldea singulares recién venidos. los valen­ tones tradicionales de los conflictos sertanejos. la pistola de dos caños atravesada a la cintura de donde colgaba el facón inseparable. Entre el jagungo de Sao Francisco y el cangaceiro de los Cariris. Porque la universalidad del sentimiento religioso. Los mutas * de los indí­ genas se intercalaban así completando el alineamiento de las trincheras. al acecho. la cadencia de los martillos y las mazas: maleando las hoces. tenían el salitre. No terminaban aquí los preparativos. como entre corredores del monstruoso bloque dominante sobre tierras y caminos y de donde podían. cómodamente. sin riesgos. allí había reunido.follaje. . absoluta­ mente desconocidos. no les fattaban luchadores de fama cuya aventuras que causaban asombro. en bandolera. Por el sertón había corrido un toque de atención. No les faltaba balas. Entraban por el camino principal sin que nadie les preguntara la procedencia. los superaba por una rara argucia y unos grados de superioridad * Muta: especie de palenque sobre el cual se espera. Finalmente. Descubrían un cerro coronado por cantidades de grandes bloques redondos. puntas de cuernos. Venían "debaixo do cangago” : la alforja atestada de balas y el tarro de pólvora lleno. junto al Sao Francisco y tenían desde hacía mucho. libraban las junturas y brechas donde vegetaban cardos y bromelias. Nada más. en las sediciones parceladas.

Hubo algunas deserciones que ralearon las filas de los que debían ser más fuertes. fue cuando los emisarios que habían ido a averi­ guar sobre la marcha invasora trajeron información sobre el armamento de los soldados y el renombre del nuevo comandante. un sobresalto que llenó de estupor a la grey de revoltosos y los puso en peligro de disolución. hubo una detención súbita de los preparativos guerreros. ninguna expedición fue aguardada con tal ansiedad. de los adventicios peligrosos que iban allá. Cuando los piquetes volvían de recorrer los alrededores les faltaba alguno de esos siniestros compañeros. título inexplicable en aquel laberinto de callejuelas. Le pusieron un apodo lúgubre: "Corta-cabezas” 267. de donde había escapado después de haber asesinado a su novia. Canudos des­ hecho a bala. salían hacia diversos puntos. espe­ cificaba un rudo poeta sertanejo en el canto que más tarde consagró a la campaña. diariamente. donde se codeaban el tdbaréu crédulo y el bandido despierto. múltiples y variables. la aldea entera saliese en largas procesiones penitenciales por los descampados. El pueblo se había vuelto hacia la fe religiosa. "Comandante da rúa” 2 6 6 . su primer crimen. Lo obedecían incondicionalmente. al clarear el alba. El temor inmovilizó la febril actividad de los jagungos. Y no era raro que. sin abandonar el poblado ejercía un abso­ luto dominio que se extendía por los alrededores. En aquella dispersión de oficios. no bajo el estímulo de una creencia sino con el anhelo de desmanes y en­ frentamientos. catorces.mental. gracias quizá a la circunstancia de haber estudiado en el liceo de una de las capitales del norte. Cesó la febril activi­ dad de los preparativos bélicos. fuego y espada. dejando de lado las armas. los durísimos tratos que recibirían. Echó de la aldea a los incrédulos y temerosos. ya no pasaron por los caminos . se había establecido un raro estrechamiento de esfuerzos y la más perfecta conformidad de puntos de vista vueltos hacia un objetivo único: parar la invasión inminente. Cesaron de golpe los contingentes de peregrinos. Se exageraba con extravagantes fantasías la temeridad del comandante. Los piquetes que. Sin embargo. Pero ese movimiento de temor había redundado en una selección. Lo imaginaban un héroe de grandes batallas. los días de torturas sin nombre. recorridas continuamente por las veloces rondas de los piquetes. y prefiguraban la devastación de sus casas. según lo revelaron algunos prisioneros al término de la campaña. Según después se supo. La gran mayoría de los creyentes verdaderos permaneció resignada. Lo cierto es que los domi­ naba y disciplinaba. Se lo dibujaba como el Anti-Cristo que venía a tomar la última prueba a los infelices penitentes. por un radio de cinco leguas a la redonda.

Al ano­ checer. silenciosos. Vestido con una larga túnica de brin azul que se deslizaba sin cin­ turón y sin gracia por el cuerpo. La noche caía completamente y la aldea reposaba bajo el imperio del humilde y formidable evangelista. el cuerpo de sanidad comandado por el Dr. bajo el mando interino del mayor Rafael Augusto da Cunha Matos. . bajo el mando del coronel Pedro Nunes Tamarinho.000 del convoy general. de rodillas en el cercado. ante la silenciosa multitud. la batería de cuatro Krupps del 2? regimiento. el 9? que por tercera vez se aprestaba a la lucha. bajo el mando del capitán José Salomáo Agostinho da Rocha. En consonancia. . la multitud. En esta afligente situación. II PARTIDA DE MONTE SANTO Las tropas iban a partir el 22 de febrero. El cercado. alentando a los combatien­ tes más temerosos. . de pron­ to iluminada por una mirada fulgurante y fija. prolongaba sus rezos más allá del tiempo consagrado. vigilantes.entonando sus cánticos festivos. en el que abundaban las ramas aromáticas de las caatingas. formaron en orden de marcha para que les examinaran el equipo y las armas. inmóvil y mudo. Se exceptuaban setenta plazas del 169 que se quedarían con el coronel Sousa Meneses guardando la aldea. al mando del capitán Pedreira Franco. en la tarde de la víspera. y la comisión de ingenieros. Quedaba largo tiempo. la frágil pero numerosa legión de la beatería. Allí estaban: el 7? con efectivo superior al normal. fracciones del 339 y del 169 dirigidas por el capitán Joaquim Quirino Vilarim. el torso doblado. encendidas las hogueras. Levantaba la cara macilenta. se metían cautos por las breñas y ahí se quedaban largas horas. Y predicaba. Los batallones se alistaron en un cuadrado. la frente y los ojos bajos. Al finalizar los rezos se le arrimaba una extraña figura. Eran en total 1. Antonio Conselheiro aparecía. ligeramente disminuido. tenía al medio.281 hombres. Ferreira Nina. un escuadrón de cincuenta plazas del 99 de caballería. frente a la puerta del Santuario. aparte de la reserva de 60. una pequeña mesa de pino cubierta con un mantel blanco. salió a terciar. La partida debía hacerse al día siguiente. contingentes de la policía bahiana. teniendo cada uno 220 cartuchos. Lo determinaba la "orden de detalle”. prolongándose a lo largo de la calle principal de Monte Santo.

oculta obstáculos quizá más serios. es muy distinta de las que hemos bosquejado rápidamente. La sorpresa se retrataba en todos pero no perturbaba el rigor de la marcha. . enderezaron rumbo al norte. al borde de las planicies que se dilatan hasta Jeremoabo.Se hizo la revista. se fue­ ron colocando sucesivamente las secciones. donde el hálito de un yesquero basta para encender súbitas hogueras. la cubre una flora rala que transforma a las caatingas en caatanduvas. en vez de ordenarse rompan filas. Pero en contra de la expectativa general. Es menos abrupta y más árida. en la última curva del camino. El hecho fue inesperado. a más de tres leguas al frente. los habitantes de Monte Santo veían desa­ parecer a lo lejos. desfilando de a dos en fondo. desapareciendo con rapidez. habiendo alcanzado en la víspera el sitio de Cajázeiras. la desolación es total. de noviembre a marzo. sin depre­ siones que mantengan aguadas salvadoras. En la plenitud del verano. Un cuarto de hora después. Se completa así la acción esterilizadora del clima. inscripto en el vasto e irregular círculo que tiene como puntos determinantes los poblados del Cumbe al sur. de Santo Antonio da Gloria al norte. En la madrugada del 26. largamente intercaladas. en los mediodías calientes. es absolutamente estéril. PRIMEROS ERRORES La vanguardia llegó en tres días al Cumbe sin el resto de la fuerza. se convierte lentamente en un desierto. sorbidas por las arenas. de modo tal que ese trecho de los sertones. si acaso éstas no se arman espontánea­ mente en la plenitud de las sequías. se sacudió la artillería. cuando el nordeste sopla sobre las ramas. que se había retrasado algunas horas con el comandante retenido en una finca próxima por otro ataque de epilepsia. sin embargo. de Jeremoabo al este y de Monte Santo al oeste. hacia Serra Branca. Este aspecto de la tierra. se puso al frente de la columna. la tercera expedición a Canudos. El coronel Moreira César. al penetrar por el camino estrecho. Quien por allí se aventure tiene la impresión de andar por un campo de gajos secos y rotos. Y como al caer las mayores lluvias. a dos leguas y media del Cumbe. El suelo arenoso y chato. Pero no hubo en las filas la más leve murmuración. Esta parte del sertón. Los tambores retumbaban en la vanguardia. rodaron los convoyes. resonó la corneta al lado del comando en jefe dando la voz de "columna en marcha”. apenas lo embeben. sin un poblado por donde pasen algunos viajeros. Se iniciaba al caer de la noche la marcha hacia Canudos. dejando al galope el lugar donde había per­ manecido.

La travesía fue penosa. Para saciar la sed que provenía de una casi completa deshidratación a causa del sudor. NUEVO CAMINO La expedición marchaba por ahí en la época menos propicia. cubrir de hojas y de flores sus troncos car­ bonizados. levan­ taba pesos. Pero la operación resultó inútil. Y debía caminar bajo una temperatura altísima que agotaba a los soldados y no los insolaba gracias a la sequedad extrema del aire. se encontraban allí. seis leguas más adelante. Nadie se fijaba en ellos. Dominando la vegetación. hacia el Rosario. Ya vimos que la situación había sido prevista. cuando vuelven las estaciones propicias. entregados por completo al tino y la lealtad de los guías. Los lastimados se perdían. El terreno inconsistente y móvil huía bajo los pasos de los caminantes. hasta el punto pre­ fijado. demoraba la tracción de las carretas hundiendo las ruedas hasta la mitad de los rayos. y duplicaba en el reverberar intenso de la arena. los expe­ dicionarios. La noche cayó sobre la marcha oscilante por el camino repleto de espinos. sólo pensaban en el agua apetecida. llega­ ron a Serra Blanca. Al final. y los más robustos apenas si podían ca­ . gracias al látex protector que le permite. Cuando. pene­ trando en pleno territorio enemigo. sólo cabía determinar la partida inme­ diata. casi exclusivos en cier­ tos tramos. Es que en lugar de llevar un instrumento que facilitara la penetración de la sonda había llevado uno de función opuesta. en la retaguardia. Ante el singular contratiempo. a pesar de la distancia recorrida. Abatidos por un día entero de viaje. oponía cada tanto. a pleno ardor del sol del verano. donde la existencia de un pozo de agua justificaba el alto. doblados sobre sus armas. algunos litros de agua. Mil y tantos hombres torturados de sed. la pesadez de la canícula. después de los soles y los incendios.Los árboles escasean. en las profundidad de un pozo.. Había caminado ocho horas sin parar. el estrépito de las armas estallaba en la soledad del erial y ese ruido rompiendo el silen­ cio ahogaba imperceptibles rumores en la caatinga. Se calcula que esa jornada fue de ocho o diez leguas sin descanso. olvidados de la lucha. la tropa estaba exhausta. se detuvieron en pleno camino. se ven arbustos de mangábeiras. Y sedienta. a la tarde. distanciados. Se trató de clavar el tubo de la bomba artesiana. único vegetal que puede medrar allí sin morir. Flanqueaban a la tropa los espías de los )agunqos. Andaban imprudentemente. que era forzoso deshacer a cuchillo. Al paso de las filas. . barreras de espinos.

Estaba en el centro del teritorio enemigo y parece ser que. precisamente a la hora en que otra lluvia pasajera v fuerte caía sobre la tropa desguarnecida. todo decía que los sertanejos habían pasado allí la noche. A duras penas lo alcanzó el ingeniero militar Domingos Leite. apareció de golpe un jinete solitario. en rondas cautelosas. un descanso ilusorio: plazas caídos a lo largo del camino. A cada paso encon­ traban restos de asados. Fue un alto breve. por primera vez. vistiéndose. Corriendo y cayendo. El enemigo aprovechaba el furor de los elementos y surgía entre esa lluvia. sin pisos. el día pasó en completa paz. con arbustos escasos y a poca distancia. Aquel sitio. era como los otros de las cercanías: una o dos casas pequeñas de teja hueca. destinado a la celebridad en el correr de la campaña. dueño de dos campos en Caimbé y Olhos d’Agua. en un tumulto. mientras caía un vio­ lento y transitorio aguacero.minar. * El coronel de la Guardia Nacional. era un convoy de mercaderías enviado por un hacendado amigo de las cercanías *. Junto a la hoguera habían que­ dado una pistola de dos caños y una aguijada de vaquero. Lo revela un incidente. Y reanudaba la marcha en la madru­ gada. sordos a las discordes voces de mando. buscán­ dolo en esa arremetida inútil. la invadió la aprensión de la guerra. con las riendas de los caballos enredadas en las manos. alineándose secciones y compañías al acaso. . rostros frescos en la arena que seguían tortuosamente en las caatingas. resbalando por el terreno encharcado. rodeándolos. como los que suelen sobrevenir por esa época en los sertones. el pozo de agua o la ipueira que determinó la elección del lugar. de improviso. En la Porteira Velha. se oyeron las notas de la alarma. cenizas de hogueras. disparando sus armas entre el fragor de los truenos que impresionaban desde lo alto. parece que la vanguardia los había sorprendido ocasionando un pricipitado desbande. Era el coronel Moreira César. rodeados por una cerca de palos. Felizmente. José Américo de Sousa Velho. emba­ rrándose en carreras cruzadas. el enemigo imaginario a quien iba a entregarse. ajustándose los cinturones. Allí acampó la expedición. Y en medio de aquel enredo de filas. armándose a los apu­ rones. precipitándose al galope entre los dos soldados atontados y lanzándose en dirección probable al enemigo. los que dormían. El Rosario fue alcanzado antes del mediodía. Salvo ese incidente. habiendo llegado a la tarde un correo de Monte Santo y caballos para el escuadrón que hasta allí había viajado en muías inservibles. Fue quien había aconsejado «se camino a la expedición. El día 1? de mayo. oficiales y plazas buscaban una formación imposible. con un terreno limpio. oficiales durmiendo. reconocieron que estaban en la zona peligrosa. invisibles.

acampando dentro de un gran corral abandonado. al mando del teniente Figueira. el ala derecha del 79. Allí no ocultó a los jefes de los cuerpos su seguridad absoluta en la victoria. Sugería la división en dos de la columna hasta entonces unida. sostenida por el comandante del 7*?. Descansar el resto del día y levantar el campamento a las cuatro. un guía. los batallones marcharon hacia Angico. a la madrugada. Como estaban en pleno territorio enemigo. Contra lo que era de esperar. Le presentaron varias ideas para rodear de mayor seguridad al ataque. El coronel César se internó en la caatinga próxima. la 1^ división del 29 regimiento. marchando de costado llevaba al centro al respectivo convoy de municiones. imponía la modificación preliminar de la orden hasta entonces adop­ tada sobre la marcha. con el capitán Alberto Gaviao Pradel de Azambuja. Estaba firme el plan definitivo de ruta. adonde mandó armar su barraca. Ma­ nuel Rosendo. El coronel César. destinando una fuerte vanguardia para el reconocimiento y el primer combate y la entrada en acción de la otra como refuerzo. separada de la izquierda comandada por el capitán Felipe Simoe con su respectivo convoy. el cuerpo de sanidad. una de las cuales. Al marchar hacia Angico se salió con el mismo orden de partida del Cumbe: al frente un piquete de exploradores montados. la caballería. una compañía de tiradores del 7$. Por último. el ala izquierda del 79. era factible una retirada en orden hacia Monte Santo donde se reorganizarían y se aumentarían las fuerzas. iba entre la compañía de tiradores y el ala derecha del 7?. bajo el mando de Salomáo da Rocha. contingente del 16? del capi­ tán Quirino Vilarim. el ala derecha del 99 bajo el mando del coronel Tamarinho. siguiendo un plan lúcidamente elaborado. experimentado y bravo y la comisión de ingenieros. tomaron dispositivos para dar garantías al campa­ mento rodeándolo de centinelas. Llegaron a la región carac­ terística de los alrededores de Canudos: serranías cubiertas de una vegetación raquítica de cardos y bromelias. y el convoy general cuidado por la policía bahiana. adonde llegaron a las once de la mañana. De esa manera. A la retaguardia. Habían partido a las cinco de la mañana.Y en la madrugada del día 2. en la vanguardia. adrede concebido para dismi­ nuir la fatiga de las marchas forzadas anteriores. riachos derivados por tierras . el jefe expedicionario no desoyó la opinión. La tropa avanzaría el 3. ir directmente sobre Canudos después de caminar poco más de legua y media. si por cualquier causa se verificasen grandes recursos de parte del adversario. con el mayor Cunha Matos.

a un mismo tiempo impresionante y monótono: la naturaleza inmóvil. Van a la batalla como hacia una fiesta turbulenta. No ensayan la menor protesta ante las peores estrecheces y nadie se les empareja en el resistir el hambre. No sucumben a la provocación. en los altos del camino quedan sin aplomo. amalgamas de diversas razas. precisión en el tiro. En la paz son muelles. por los cerros. como sucede en la plenitud del verano. por las piedras. vimos a algunos valientes echar a broma sus sufrimientos y reírse de las miserias pasadas. Adelante y próximos se veían. siempre el mismo tono en los paisajes. la recortaba con un largo dibujo negro y sinuoso. celeridad en las cargas. por los campos. aquí. . habían pasado sin dejar rastros. en los ejercicios extenuantes de la marcha y del combate. seguridad en el paso. les da en poco tiempo. Alrededor. los disciplina. parece que ante lances peligrosos o emocio­ nes fuertes. . Las lloviznas de la víspera. decaída. doblados. la guerra es su mejor campo de ins­ trucción y el enemigo es su instructor predilecto. el desapego a la vida y el impulso fatalista hacia la muerte. la inconsciencia ante el peligro. las últimas serranías que ro­ dean Canudos. según el dicho de su lenguaje pintoresco. pasando días "comiendo aire”. El atributo prominente de nuestros soldados en esa alegría jovial con que se acercan al enemigo.cada vez más abruptas. se relajan. estirada en una línea de tres kilómetros. asumían con preferencia los instintos guerreros y la falta de previsión de los salvajes. los transforma en pocos días. los endurece. al norte. por las que la reciente llegada de las lluvias todavía no había extendido las vestiduras efímeras de la flora renacida. repentinamente cortadas por risas joviales. sin garbo. . La columna en marcha. son inimitables en su capacidad para caminar días y días por los peores caminos. Después de angustiosos trances. por una misteriosa ley de la psicología colectiva. sin que acercarse al objetivo de la lucha turbase el ánimo de los soldados. cubriéndole las piedras. hacia donde se extendiera la vista. lo que nunca adquirieron en los cuarteles: altivez en el porte. PSICOLOGIA DEL SOLDADO Seguían tranquilamente a paso común y seguros. De la extensa fila de la brigada salía un murmullo de millares de sílabas emitidas a media voz. llevan las armas sin estilo. Esos hombres de todos los colores. sin un batir de alas en el aire quieto. El suelo quemado las absorbía y seguía reseco y agreste. allí. sin una flor sobre las ramas desnudas.

interrumpiéndolo . Esa probabilidad los asustaba. la irisaba. Entonces se bate sin rencor pero estrepitosamente. La obligación de combatir adscrito al ritmo de las cornetas lo tortura. sin haber disparado un cartucho. es tur­ bulento. despreciando el valor. . Con tal jefe no podía pensarse en reveses. Y hacían planes. arriesgándose locamente. los amenazaba con un solo obstáculo serio: que encontraran vacío el poblado sedicioso. aquella mañana resplandeciente los alentaba. algunos salían con un pensamiento extravagante y en el alboroto confuso pasaban las risas apenas contenidas. El adversario que hasta ese momento les había dejado libre el camino. la palabra irónica o burlona. . avanzando impasible hacia los puntos más difíciles. transformaba la campaña en un paseo militar penoso. es desprolijo. Ahora bien. Es desordenado. con su podómetro sujeto a la bota. es un muchacho heroico y terrible. Vendían escanda­ losamente la piel del oso sertanejo. es cierto. Las for­ maciones correctas lo maniatan. De modo que la mínima vacilación de aquéllos detiene de golpe todas las osadías y cae en un abatimiento ins­ tantáneo unido a un desánimo invencible. . . junto con la bala. III PITOMBAS Iban a estas admirables condiciones cuando llegaron a Pitombas. impa­ cientes por irse de manos sobre el adversario esquivo. en aquella ocasión todo vaticinaba la victoria. y la vuelta sin gloria. Imaginaban anticipadamente sus hazañas: cosas para el asombro de los oyentes crédulos. ninguno es capaz de entrar y de salir como un prusiano. A veces. Pero lo hace con los ojos puestos en sus jefes de cuya energía parece vivir exclusivamente. Además. El mecanismo de la maniobra compleja lo atonta. pasando por transiciones suaves del cénit azul al púrpura deslumbrante del oriente. proyectos prematuros.En la batalla. arrojando contra el adversario. riendo entre las cuchilladas y las balas. en la tapera monstruosa. escenas jocosas y trágicas. cuando la tuvieran a tiro. Y marchaban firmes al frente. cuando toca al enemigo con la punta de su sable. El pequeño riacho que por allí corre surcando profundamente el suelo. El hermoso firmamento de los sertones se arqueaba sobre la tierra. allá adentro. y de buen grado obediente a los amplios movimientos de la estrategia. todos iniciados por una frase ingenua: "Cuando yo vuelva. quiere guerrear a su manera. Por eso no se adapta a las grandes maniobras de las campañas clásicas. desdeñando las oportunidades de cortárselo. ”. a veces va al lado del camino y otras veces lo cruza. fanfarrón.

— dijo tranquilamente. al oficial feliz que diera ese valiente rechazo al antagonista y consideró auspicioso el encuentro. tanta gente. Era algún piquete que espiaba a la expedición y allí la aguardaba. Por fin. A los pocos minutos. hundiéndose en la caatinga a paso redoblado. bajo la protección del contin­ gente policial y del resto de la caballería. a caballo. estalló una descarga de media docena de tiros.serpenteante. Un tiro insignificante. EL PRIMER ENCUENTRO Por ésta tomó la tropa. Los barrieron. doblándose en una vuelta larga. disparó al aire. En los aires resonaban todavía los estampidos. Descargaron sus armas y huyeron a tiempo para escapar a la réplica que fue rápida. lo deja antes de llegar al lugar al que da su nombre. El comandante en jefe abrazó. el alférez Poli. bajo la barranca. — Esta gente está desarmada. los cañones de la división Salomáo explotaron metralla sobre la vegetación rastrera. cuando corrió triun­ falmente el ritmo de una carga y destacándose. Estaba cargada. El grueso de los combatientes se perdió adelante. mientras el toque de la victoria sonaba en altas vibraciones. Habían tirado con firmeza: abatieron mortalmente a uno de los subalternos de la compañía de tiradores. volteándola a bayoneta. a pasos redoblados. el ala volvió a la fila entre aclamaciones. Y reanudaron la marcha. . tan lujosa escena en una campaña destinada a terminar con media docena de disparos. cayeron como ante un huracán. Los arbustos se doblaron. Era para llorar ver tanto aparato bélico. Se había roto el encanto del ene­ migo. Como despojo. hiriendo de soslayo y refugiándose en seguida en la vegeta­ ción de las riberas. En seguida. que­ dando en Pitombas los médicos y heridos. el ala derecha del 7<? se lanzó en dirección del enemigo. . el enemigo. con sincera alegría. El enemigo se hurtaba al encuentro. Las armas de los jagungos eran ridiculas. El coronel César. rastreando a los espías que por acaso hubiese. . Fue como una diversión gloriosa y rápida. Y cuando la vanguardia llegó a la mitad. Los tiradores y sus flancos. en rápido avance. hacían el camino me­ tiéndose en las caatingas. los soldados encontraron una espingarda pica-pau de caño fino. casi un semicírculo del cual el camino es la cuerda. ahora más rápida. además de siete soldados. saliendo del grueso de la columna. para matar pajaritos. que aprovechaba la conformación favorable del terreno para un ataque instantáneo. Por fin. a la vanguardia.

Iba a ser el exponente de la neurosis. el extremo pavor y la audacia extrema. . en lugar de reprimir la agitación. Un plan de guerra arriesgado a una sola carta. Porque un ejército que persigue tiene el mismo automatismo impulsivo que los ejércitos que huyen. olvidando el axioma de que nada se puede intentar con soldados fatigados. Lo obsesionaba el ansia de verse frente al adversario. Se había establecido que allí descansarían. ¡vamos a tomarlo! La propuesta fue aceptada. Sobrevino una ocasión para normalizar la situación. lúcida e infle­ xiblemente. Los grandes estra­ tegas han comprendido que la primera victoria a alcanzar en las guerras está en sujetar ese contagio de emociones violentas y esa inestabilidad de sentimientos que. El encuentro los había galvanizado. con la misma intensidad. exige almas inertes — máquinas de matar— firmemente enca­ rriladas en las líneas preestablecidas. lanzan al combatiente a los mayores peligros y a la fuga. una directriz que rectifique el tumulto. Es que un ejército es antes que nada una multitud "conjunto de elemen­ tos heterogéneos donde basta introducir una centella de pasión para determinar una súbita metamorfosis. en una especie de generación es­ pontánea en virtud de la cual millares de individuos diferentes se vuelven un animal único. iba a ampliarla. Llegaron a Angico. La tropa iba bajo la atracción irre­ sistible de la lucha. y la misma neurosis torturante impresionando a las filas y la misma ansiedad dolorosa. Pero estaban lejos de ese ideal siniestro los soldados del coronel Moreira César y éste. Levantarían campamento a la mañana siguiente y caerían sobre Canudos unas dos horas después. estimulan y alucinan con idéntico vigor al hombre que huye de la muerte y al hombre que quiere matar. El mismo aton­ tamiento y el mismo andar precipitado entre los mayores obstáculos y el mismo vértigo. .deshaciendo las probables trampas o buscando alcanzar a los fugitivos que enderezaban hacia Canudos. Solamente la fortaleza moral de un jefe puede impedir esa transformación deplorable. pero Canudos está muy cerca. se confunden en el mismo espectro. . punto predeterminado de la última parada. la idea de seguir esa arremetida hasta la aldea: — ¡Camaradas! como ustedes saben estoy enfermo. en esa ebriedad mental peligrosa que atonta al solda­ do doblemente fortalecido por la seguridad de su fuerza y la absoluta licencia para la máxima brutalidad. lo indispensable para reunir a los oficiales y presentarles. Pararon en Angico un cuarto de hora. Hace muchos días que no me alimento. Pero el ímpetu que traía la tropa dio un componente favorable a las tenden­ cias envalentonadas del jefe. El pánico y la valentía loca. Fiera anónima y monstruosa caminando hacia el obje­ tivo con finalidad irresistible”. imponiendo.

De súbito. "¡ACELERANDO!” Hay una prueba que no puede eludirse en esta marcha enloquecida que cortaba el aliento de los soldados antes de la batalla: para no demorarse y apurar el paso de carga de la infantería. se permitió que los plazas arrojaran las mochilas. la enorme tapera que las expediciones anteriores no habían logrado tocar. . Jesuíno. exceptuando los cartuchos y las armas. Buena estrategia que tenía el fin de hacerlos marchar hasta la aldea en condiciones desfavorables. finalmente. ordenó dar dos tiros en el rumbo indicado. iría recogiendo todo a medida que lo encontrara. Estaban en lo alto de la Favela. distantes. La marcha continuó. apuntó con seguridad la dirección de la aldea. . Dispersa al frente. . La fuerza hizo un alto. — "Allá van dos tarjetas de visita para el Conselheiro. con el humorismo superior de un valiente. Traspuestos los últimos accidentes fuertes del terreno. la compañía de tiradores revolvía las matas desde las cuales. . consultado. La frase se repitió entre las filas. como si tuviesen el único fin de atraerlos lo mismo que el resto de la tropa. .— ¡Vamos a almorzar a Canudos!— dijo bien alto. El sol ilumina a plomo. los batallones avanzaron dentro de una pesada nube de polvo. Aclamaciones. ” — dijo casi jovial. La embestida se re­ novó febrilmente. Moreira César puso en pie de guerra a la división Pradel y graduando la alzada de mira a tres kilómetros. al alcance de la artillería. cansándolos en un camino de seis horas. los sorprendió la vista de Canudos. raros. DOS TARJETAS DE VISITA A ANTONIO CONSELHEIRO El guía. La caballería. Eran las once de la mañana. Canudos debía estar muy cerca. sonaban algunos tiros de los adversarios en fuga. UNA MIRADA SOBRE CANUDOS Allí estaba. Le respondió una ovación de la soldadesca. los sacos de provisiones y todas las piezas del equipo. Avanzando de ese modo desaforado saltaron la breve planicie en lo alto de las Umburanas. a retaguar­ dia.

el Vaza-Barris la abarcaba. pulverizando las paredes de adobe. explotando en las casas y destrozándolas. La nueva. el observador tenía la impresión de toparse. hasta las últimas viviendas aisladas. Allí caía en esporón la falda del morro de la Favela. rectangular. Como un gran foso excavado. Las dos iglesias se destacaban. la Fa­ zenda Velha. sin un cantero. Los efectos de las primeras balas se vieron en varios puntos. a la izquierda del observador. mientras el resto de la infantería saltaba las últimas laderas. . firmemente asen­ tada sobre el suelo. nítidas. grandes bloques dis­ puestos en un conjunto perfecto. inesperadamente. el Alto do Mário. Y en la cumbre de la montaña. Parecía un formidable baluarte. distantes. No se podía errar el blanco. a la izquierda. un escalón fuerte. una casa en ruinas. Y en el primer momento. al pie de las colinas más altas. doblando después hacia el este. la tropa. Hu­ milde. dentro de un cerco tosco salpicado de cruces pequeñas y mal hechas. La primera en llegar fue la vanguardia del 7? de artillería. una pequeña área plana contras­ taba con el ondear de las colinas estériles: algunos árboles. mostraba en los anchos muros. con una vasta ciudad. Enfrentándolas. una pequeña hilera de rutilantes palmatorias y las ramas verdes de las quixabeiras le daban el aspecto de un jardín agreste. se erguía dominante sobre las otras construcciones. construida según el molde de las capillas sertanejas. echando por los aires techos de barro y vigas en astillas. antes que la mirada pudiese acomo­ darse a aquel montón de casuchas. Sobre ella. un arbusto. Los cañones se alinearon en batalla. y a la gran plaza donde se enfrentaban las iglesias. como una cumbre de la extensa planicie. como garitas dispersas. una flor. . aparecía el cementerio de sepulturas rasas. llevando lentamente las primeras aguas de la crecida. se ampliaba y se extendía avasa­ llando los cerros al este y al norte. . se veía a medio camino. prendiendo los primeros incendios. donde terminaba en un corte abrupto. al mismo tiempo que llegaban los primeros pelotones sin aliento y abrieron el caño­ neo disparando todos a la vez en tiros rasantes. la enfren­ taba la iglesia vieja. del otro lado del río. El compacto caserío alrededor de la plaza. y amplia. repeliendo un violento ataque por la derecha. avanzando hasta el río. sin que una pared blanca o un tejado encalado quebrase la monotonía de aquel conjunto asombroso de cinco mil casuchas asentadas en una arruga de la tierra. Estas últimas formaciones de la serranía tenían el nombre muy apropiado de "Pelados” por lo desnudo de sus faldas. envuel­ tas aún en andamios. Acompañando el espigón en la ladera. una cueva triste. presas en una red inextricable de callejones estrechísimos.Aparecía de improviso en una depresión más amplia de la ondulada planicie. mascarada de un maderaje confuso de vigas. tablas y postes. Y más a la derecha. todavía incompleta tenía levantadas las altas y gruesas paredes maestras.

hizo fuego sobre un jagunqo que venía por el camino de Uauá. El tronar solemne de la artillería estallaba en el aire. salían. Ochocientas espingardas en tiros rasantes se inclinaban sobre el morro. iban corriendo hacia las barrancas del río. Innumerables grupos. observando a lo lejos. . o a las iglesias. La campana de la iglesia vieja. Las fuerzas se extendieron por la ladera sin que una sola descarga turbase su alinea­ miento y la fusilería en descargas nutridas. nítidas en medio de la vibración de los estampidos. . sobre el caserío fulminado. Pasados algunos minutos empezaron a oírse. en ese momento. sosteniendo sus armas. a paso lento cru­ zaban la plaza. dispersos. . Otros aparentaban una increíble tranquilidad. Se veían pasar. ajenos al tumulto y a las balas que caían desde la montaña. se veían algunos perdiéndose por las caatingas. . entrecruzándose por la calle princi­ pal. de los callejones. Y el sertanejo no apresuraba su paso. . cargando o arrastrando por el brazo algunos niños. como si fugaran. extendida por las faldas. . a las últimas mujeres. saltaban por los techos. los soldados tiraban nerviosamente sobre ese ser excepcional que parecía complacido en ser blanco del ejército. . corriendo. resonaba largamente por el ámbito de esas soledades con la asonancia ensordecedora de los ecos golpeando en las montañas. Sorprendidos. convocaba a los fieles para la batalla. El resto de los combatientes ya no lo divisó.En seguida. para apreciar a la tropa y seguía después la marcha. Aparte del ligero ataque hecho por algunos guerrilleros contra la arti­ llería. Se veía su rostro impasible. Era un desa­ fío irritante. se adensó una nube compacta de polvo y humo. Todavía no se había entablado. hizo puntería. IV EL ORDEN DE BATALLA Por fin la campana enmudeció. En cierto momento se sentó a un costado del camino y parecía que le daba al yesquero y encendía el cigarro. De la aldea no venía ni un tiro. La agitación de la plaza había dis­ minuido. precipitadas voces argentinas. A lo lejos. al lado de las vertientes. Deslumbraba la irradiación de centenares de bayonetas. Toda la compañía del 7*?. A veces se paraba. buscando el reparo de sus anchos muros. El hombre se levantó y se dirigió lentamente hacia las primeras casas. La tropa empezó a descender. Entre los claros del humo se veía la aldea. los sertanejos no habían opuesto ninguna resistencia. Los soldados se rieron. Era una colmena alarma­ da. en dirección de la iglesia. La cruzaban los últimos retrasados.

facultaba una embestida fácil porque el río. permitiendo. según las eventualidades emergentes. simple o reforzada una de las alas y. el ataque parcial por la derecha. La observa­ ción más rápida mostraba que estas disposiciones de la izquierda eran desfavorables para los que debiesen recorrerlas con rapidez para ir al asalto. eran un elemento táctico de primer orden para estacionar allí una reserva destinada a intervenir oportunamente. había desdeñado esas condiciones y arojando a la batalla a toda su gente. firmemente apoyado por la artillería. Centralizado por la elevación donde estaban los cañones. sin em­ bargo. . Era la más rudimentaria orden de batalla. ¡A la bayo­ neta! Era la una de la tarde. Hecha la bajada. la infantería se extendió. pero en cambio. además de raso. la tierra es más abrupta. en parte. mal disperso en terreno inapropiado. podrían moverse más desahogadas.Considerándolo. apretando los flancos de la aldea. el frente de batalla tenía. en un terreno uniforme. buscando objetivos firmes. cuando la superioridad del número y del coraje excluye maniobras más complejas. el relieve gene­ ral del suelo enseñaba por sí mismo el orden oblicuo. EL TERRENO. sobre el último esporón de los morros que avanzaba a plomo sobre el río. la formación simple para los casos excepcionales de batallas campales. a la izquierda. fronterizo y al nivel del tejado de la iglesia nueva. El coronel Moreira César. unas al lado de otras. las tropas de refuer­ zo. la acción simultánea e igual de todas las unidades combatientes. en maniobras decisivas. según las modalidades ulteriores del encuentro. imprevistos recursos de defensa. por el valle de las quixábeiras a la derecha del 7? que se había alineado siguiendo el tra­ zado del Vaza-Barris y a la izquierda del 99 y del 169. parecía contar menos con el coraje del soldado y la competencia de una oficialidad leal que con una dudosa hipótesis: el pavor y el . tirando a poco más de cien metros del enemigo. cuyo efecto. formas topo­ gráficas opuestas: a la derecha. sería fulminante. De este modo. La artillería en el centro. No había otras sorpresas en esa lucha y en caso de que el adversario mostrase de pronto. cae en escollos resbaladizos y separados de la aldea por un profundo foso. . cumplía el papel de eje de esa tenaza dispuesta a cerrarse. actuando fuera del círculo tumultuoso del combate. corre entre bordes deprimidos. CRITICA Allí era inconcebible. al revés del ataque simultáneo. en ese punto. el jefe expedicionario le dijo al comandante de una de las compañías del 79 junto al cual se encontraba: — ¡Vamos a tomar la aldea sin disparar un solo tiro!. una breve área de nivel.

la más simple evolución o movimiento combinado que revelase la presencia de un jefe. mientras el 16? y el ala derecha del 7? atacaban por el centro. un ala del 9?. En cuanto a la artillería. Una fusilería intensa partía de las paredes y techos de las viviendas más próximas al río y explotaban las escopetas de los guerrilleros metidos en la iglesia nueva. El combate se desarrolló luego en toda su plenitud. cru­ zados en todos los sentidos. porque no tuvo después. Así planeó la más desastrosa de las disposiciones de asalto. del valor individual. poco a poco iba restringiendo su ámbito de acción. En la extrema izquierda. los batallones cargando. entre­ tejido de callejones de menos de dos metros de extensión.espanto de los sertanejos en fuga. La previsión de tales inconvenientes no exigía la vista aquilina de un estratega emérito. Favorecido por el terreno. convergiendo sobre un objetivo único. Canudos. atrapados de improviso por centenares de bayonetas. impresionando a toda la tropa con el sonido de las cornetas de los cuerpos. CIUDADELA TRAMPA Esta fue iniciada heroicamente. algunos cayeron al agua y fueron arrastrados por la corriente que se pintaba de sangre. sin gloria. en grupos. Abierta a los agresores que podían des­ . cerrados. tenía una engañosa fragilidad en los muros de barro que lo formaban. Era peor que una ciudadela diseñada en polígonos o blindada de casamatas. Allí mismo. en una disi­ pación. obligada a enmudecer en la fase aguda de la pelea generalizada. pudiendo al principio bombardear las iglesias y el centro del poblado. el 7° batallón marchó aceleradamente bajo una salva de plomo y canto rodado. venciendo las difi­ cultades de la marcha llena de tropiezos. En seguida. Se puede resumir en el avance temerario. para no afrontar el peligro de tirar sobre los propios compañeros. hasta perderlo completamente. hasta enfrentarse en el campo. sin cosa alguna que recordarse la formación de com­ bate. a medida que los soldados avanzaban. La mayoría avanzó. hasta la orilla del río. tomó posición a la retaguardia de la iglesia nueva. al mismo tiempo que vibraba de nuevo la campana de la vieja iglesia. indistinguibles de los adver­ sarios en aquel enredo de casuchas. se vieron a la entrada de la plaza los primeros soldados. batida de flanco y de costado. intercambiando entre sí las balas destinadas a los jagungos. Se revelaba claramente este injustificable pensamiento en el que se juntaban la inconsciencia de principios rudimentarios de su arte con el olvido de acontecimientos recientes. Se revelaban en los primeros minutos de acción. Empezó a fraccionarse en conflictos peligrosos e inútiles. saltando la barranca. Era inevitable. Acometiendo a un tiempo por los dos lados.

y poco a poco se divi­ dían en secciones perdidas por toda la aldea. era tan frágil. que­ daba maniatada. atraía el ímpetu de las cargas violentas y en la arre­ metida. hecho escombros. El ataque asumió un carácter lo menos militar posible. era difícil dejarla. Otros. era temible porque no resistía. agujereando los techos. dividiéndose éstas a su turno en grupos más pequeños. contornearon ese núcleo rebelde que resistía y se lanzaron contra las primeras casas junto al río. Se complementaba la peligrosa táctica del sertanejo. Dobla­ ban centenares de esquinas que se sucedían de casa en casa. No oponía la aspe­ reza de un ladrillo a la explosión de las granadas que caían sin explotar. el humilde villarejo se iba a retratar con una originalidad trágica. aprisionada entre los tabiques vacilantes de palo-a-pique y cipo. aparecía de golpe ante el conquistador sor­ prendido. con las armas sueltas o tirando al acaso hacia adelante. en cuyos techos se levan­ taba el humo de los primeros incendios. había ido atrevidamente sobre la iglesia nueva. cada vez más aturdidos. se diseminaban. perdieron dos oficiales y algunos plazas. Intacto. En la sombría historia de las ciudades vencidas. el ataque parecía fácil. Los conflictos se libraban en las esquinas. a la entrada o dentro de las casas. Atraía el ataque. después de destruir todo. destruirla.truir las paredes y los techos de barro a puñetazos. Se metían por los vericuetos callejeros. tenía la flexibilidad traicionera de una gran red. deshaciéndose finalmente en combates aislados. Estas eran tumultuosamente atacadas. Era fácil atacarla. en ruinas pero inexpugnable. divididos por los varicuetos de sus calles y se encontraban con el recurso de una defensa sorprendente. No oponían el menor tropiezo. dispersos y ralea­ dos. los invasores. Un grupo. vigorosa e inútil. Porque la envergadura de un ejército. la increí­ ble creación de una ciudadela trampa. apenas traspuesto el río. do­ minarla. De lejos se tenía el espectáculo extraño de un encarcelamiento de bata­ llones ahondándose en el caserío indescifrable. Las tropas del coronel Moreira César la hacían caer sobre sí mismas. No hacía titubear a la más reducida sección asaltante que podía atacarlo por cualquier lado. o golpes de arma. a la manera de una suquarana inexperta agitándose. Las incendiaron mientras sus habitantes huían en busca de otro refugio. Y en esa persecución tumultuosa comenzó a esbozarse el peligro grave y único: los pelotones se disolvían. atropelladamente. . Los perseguían. La práctica de caza de los jagunqos les había inspirado. de dos en fondo. mandado por subalternos valientes. sin que rindiera ningún efecto su arrojo. ¡era formidable! Se rendía para vencer. Traspuesto el Vaza-Barris. en las mallas de una trampa bien hecha. quizá. embriagados por la victoria fácil. a despecho de algunas bajas.

que se reflejaba en aquel desorden. una carga de plomo. apenas el tiempo nece­ sario para hacer una descarga mal apuntada y después retrocedían. . golpeándole encima sus miserables trastos. aquel espanto. En un rincón. finalmente. Alrededor de este tumulto. mujeres desatinadas rompían en llanto o rodaban por los rincones. metiéndose dentro de las casas. con un cerrado grupo de enemigos. se topaban de golpe. A veces recibía como postre cruel. El fin se daba cuando caía sobre el piso. molido a golpes. que estallaba desde las grietas de las paredes. desesperadamente. pisado por la dura alpargata. donde los esperaban nuevos agresores. vibrando con la hoz. SAQUEOS ANTES DEL TRIUNFO Casi siempre. el morador les descar­ gaba el último tiro y escapaba. el soldado hambriento no vencía su ansia de almorzar. sacos llenos de harina. Y luchaba solo. En otras. terrible. el luchador temerario. Muchas estaban vacías. Acudían entonces los compa­ ñeros más cercanos. hasta que caía al suelo. en porfía con­ tra el grupo victorioso al cual repelía con todas sus armas: a cuchillo. el luchador imprudente. Ese tipo de escenas se sucedían. Buscaba en los ganchos colgados. Los jagungos lo asaltaban a la puerta. . Corriendo tras un sertanejo en fuga. más numerosos. Por lo demás no se encontraban con obstáculos insuperables que les enfriasen el ánimo. Atropelladamente hacía su refac­ ción en un minuto. La completaba con un trago de agua. bolsas repletas de ouricuris sabrosos. aquel pavor del poblado revuelto y miserable. brutal. Se enredaban en una pelea cuerpo a cuerpo. No podía resistir. a tiros. Animados todos por la ilusión de la victoria vertiginosamente alcanzada. revi­ viendo el conflicto. o se arrojaban atrevidamente sobre el grupo dispersándolo. lograban entrar en la casucha y allá adentro. Muchos se perdían en los inextricables callejones. cosido a cuchilladas. Había carne seca al sol. O esperaba a pie firme defendiendo tenazmente su paupérrimo hogar. Y los papeles se invertían. los intrusos se encontraban de golpe con un caño de espin­ garda contra el pecho o caían volteados de un tiro a quema ropa. al doblar una esquina. inerme.Las abrían de un golpe tanto contra las puertas como contra las pare­ des a las que abrían boquetes por cualquier lado. en Canudos. alarmado. una vasija húmeda de agua fresca y cristalina. pisoteado. hasta que los soldados. aquel alarido. después de vencer una casa. buscando estran­ gular al primero que le cayese entre las manos vigorosas. Quedaban atónitos. Los valientes temerarios que aparecían en variados . escondido en un rincón oscuro. cosido a bayoneta. un corral invadido por ongas bravias y hambrientas. arrojándose por fin él mismo.

los soldados triunfantes pero cansados. Nada más. obligándolo a subidas muy penosas. La situación finalmente era inquietante. mirando hacia todos los puntos casi impunemente. embarullados. clamando y rezan­ do. porque la artillería evitaba hacer blanco sobre ella por temor de balear a los compañeros encubiertos y estallando en medio del ruido de la refriega. Era muy grave. A la derecha. Si se consideraba el otro lado de la aldea. el jefe expe­ dicionario observaba el asalto. facilitando a un solo tira­ dor apuntar hacia todos los rumbos sin abandonar una esquina. Menos compacta. secciones en desaliño. De modo que en esas correrías. quizá mayores fatigas. Y al llegar la retaguardia. inopinadamente. las casas aisladas.puntos. la situación se aclaraba. decidió que siguiesen hacia . grupos diminutos de jagungos. apenas entrevistos entre el humo. Se extendía por una loma que permitía la defensa a caballo del enemigo. aprisionados por el vértigo de la per­ secución. de gritos. aquélla quedaría imponiendo. se oían más altas las cam­ panadas de la iglesia nueva. tenían el contrapeso del mujerío acobar­ dado. . la otra mitad permanecía indemne. arremeterían sin fuerzas con aquel costado separado de la plaza por el foso natural de una zanja profunda. Grupos dispersos. aunque se les quitara el torbellino de los callejones. . viejos temblequeantes. El coro­ nel Moreira César lo entendió. Al frente de su estado mayor. o por la legión armada de muletas. en disposición tal que recordaban un tablero de ajedrez. defendiendo sus casas. en un resonar de estampidos. la acción apenas abarcaba la mitad de la aldea. de cargas sordas. lisiados de toda especie. Los tiradores de la iglesia nueva permanecían firmes. compuesta por la policía y el escuadrón de caballería. Nada preanunciaba desánimo entre los sertanejos. perdidos en el poblado inmenso y convulsionado. en la margen derecha del río. De manera que. muchos se extraviaban en el laberinto de los callejones y que­ riendo volver junto a sus compañeros. aparecían a veces. se alejaban más y más. Aun contando con el éxito franco en la parte atacada. Realmente. La tropa había desaparecido en los mil calle­ jones de Canudos. en una lucha cuerpo a cuerpo. permitían un extraordinario cruce de fuegos. de imprecaciones. acerca del cual no podía ciertamente formular una sola hipótesis. Además de esto. por la plaza y luego desaparecían. aunque la parte atacada fuese conquistada. era inexpugnable. enfermos. Allá adentro rodaba ruidosamente el desorden. abatidos y mancos. que salía de las casas y andaba por todos lados. doblando miles de esquinas.

Debía sustituirlo el coronel Tamarinho a quien le fue comunicado el desastroso incidente. vacilaba en alcanzar el fondo hondo y resbaladizo de la zanja que en aquel punto corre de norte a sur. A mitad de camino refrenó el caballo. no había cómo remediarla. cargando mientras desfilaba entre corredores.! Y bajó. a media cuesta de los Pelados. en una curva en bajada. escupiendo de la silla a los jinetes. La policía. atacando el sitio todavía indemne y completando así la acción que se había desarrollado totalmente hacia la izquierda. Se inclinó sobre la silla abandonando las riendas. Era un hombre simple. Había llegado a los sesenta años candidato a un retiro tranquilo. El estado mayor en seguida lo rodeó. la policía. cuando fue nuevamente alcanzado por otro pro­ yectil. apenas llegaron a la mitad de la corriente y empinándose y curvándose. una herida leve — dijo. No bajó del caballo. entre la artillería y el plano de las quixábeiras: — ¡Voy a darle bríos a esa gente. A su turno. Volvía cuidado por el teniente Avila. Era una excentricidad. — No fue nada. El movimiento complementario se quebraba en sus primeros pasos. Y aunque tuviese envergadura para enfrentar esa crisis.la extrema derecha. finalmente estaba copiando el modo de actuar de los otros. lo habían incluido en la empresa contra su voluntad. entre las iglesias. Había sido alcanzado en el vientre por una bala. Los animales asustados. Lastimados con las espuelas. separando al resto de la aldea del suburbio que debía atacar. rengueando sobre sus patas va­ lientes— se largó al galope corto hasta la orilla del río. El arma clásica de las planicies. vol­ vieron en desorden a la posición primitiva. . cuando desanimaba de salvar su propio batallón en la otra margen del río. hacia el lugar que había dejado. La caballería tuvo orden de atacar por el centro. Pero aquél nada podía pensar al recibir el coman­ do. después de cruzar el río con el agua hasta las rodillas. cuya fuerza es la arremetida del choque. . en su ataque. Una carga de caballería en Canudos. No se advertía en el desorden el más leve trazo de combinación táctica y tampoco se la podía imaginar. surgiendo de pronto en la punta de la dis­ parada veloz. El escuadrón — caballos atontados. Además. golpeados con la espada. . allí apretada entre paredes. Estaba fuera de combate. los fre­ nos agarrados con los dientes. El jefe expedicionario dejó el lugar donde se había mantenido. aficionado a relatar hazañas. ametrallaba casas y prendía fuego. recu­ laban. . tranquilizando a los compa­ ñeros. Estaba mortalmente herido. cuyas aguas respingaban a tiros y no siguió adelante. bueno y jovial. .

De suerte que. bajo los techos caídos. bajo la hipnosis del pánico. se agarraban a las escasas gramíneas. . Además. largando las últimas posiciones. entontecidos. titubeantes. los sertanejos emboscados. Pronto se les juntaron otros. como si el Vaza-Barris se hubiese salido de madre. estorbándose con las armas. . sosteniéndose a las piernas de los que ya habían subido. ansiando subirla. vociferando. En la claridad muerta del crepúsculo sonó armoniosa­ mente la primera nota del Ave M aría. RETROCESO Pero antes de que llegase la noche empezó el retroceso. ahogándolos. Repentinamente. Era el desenlace. el mayor contratiempo. Era un golpeteo de cuerpos sudados. en una barahúnda infernal. apartando bru­ talmente a los grupos extenuados. pisando a los mal heridos que caían. en el mismo descuido. . toda la línea de combate rodó despedazada a tiros por la orilla del río. de voces discordantes que daban la ilusión de una crecida repentina. chamuscados y polvorientos. Atropellándose. Sin mandos. mez­ clados. se deslizaban mejor. la noche dis­ puesta a confundir a los combatientes exhaustos después de cinco horas de pelea. . los uniformes hechos jirones. Era un combate temerario contra una barri­ cada monstruosa que cada vez se volvía más impenetrable a medida que destruían y carbonizaban. Allí. dispersos. borboteando. cada uno luchaba a su manera. se asomaba. Este reflujo que había empezado a la izquierda se propagó luego a la derecha. en fuga. soldados y oficiales mezclados. saliendo del portal de las iglesias o de las casuchas marginales. Todavía se destacaban pequeños grupos que quemaban las casas próximas o se trababan en breves tiroteos. o tenían escondrijos más inviolables. . los pelotones. rebatida a las posiciones primitivas. se metían en la corriente.Aquello no era un asalto. porque bajo los escombros que cerraban las calles. corriendo. Otros. Aparecieron sobre la ribera izquierda. los pri­ meros puñados de hombres llegaron a la margen derecha. los primeros grupos repelidos. empezaron a cruzar el río de vuelta. sin armas y heridos. inevitable. estaban a salvo. alarmados. Caía la noche. dis­ parando sus espingardas al acaso. se confundían de nuevo en ruidoso vocerío. estallando. derrumbándolos. AL GOLPEAR DEL AVE MARIA En ese momento el campanero de la iglesia vieja interrumpió la alarma.

Nada más. . . anima­ les. Algunos braseros sin llamas. . los soldados se apiñaron junto a la artillería. La expedición había quedado en eso: un montón de hombres. como en exploraciones lúbugres. fija. sin centellear. No se veía la aldea. Formaban una multitud alborotada sin nada que recordara la fuerza militar que se había deshecho. quedando. de filas desunidas y bamboleantes. uniformes y espingardas. el tren de artillería y los cargueros. como exclusiva preocupa­ ción. evitar al adversario que con tanta ansiedad habían buscado. donde cada estrella. como elementos irreductibles. Forzosamente debían abandonarlo. cuatrocientos metros hacia arriba. hombres atónitos e inútiles que ahora tenían. casi pisados por los caballos que relinchaban atascados entre las carretas y los fardos. . indicaban allá abajo que también el enemigo estaba despierto. en un repliegue de la montaña. Sin orden. Allí improvisaron un cuadrado incorrec­ to.Descubriéndose. lentamente. No se podía curarlos en la oscu­ ridad donde sería una temeridad hasta la rápida luz de un fósforo. los jagungos disparaban su última descarga. arrastrando los cañones. la Fazenda Velha y dentro de ella. se iluminan. En el centro. las ambulancias. las colinas circundantes. comunes en el sertón. irradia como un foco de calor y los horizontes. las lejanas mon­ tañas. Sólo la difusa luz de las estrellas dibujando los perfiles imponentes de las iglesias. o luces dispersas de linternas mortecinas buscando en las sombras. Ade­ más. se marcharon hacia las alturas del Mário. . Fortunato Raimundo de Oliveira. el comandante en jefe moribundo. desaparecían en la noche. se arrastraban. V SOBRE LAS ALTURAS DEL MARIO Habiendo cruzado el río. tirando a los pies los sombreros de cuero o los gorros de brin y murmurando el rezo habitual. * El Dr. extraviado o preso— había desaparecido a la tarde sin volver nunca más *. Ciento y tantos heridos y lastimados se agitaban por allí. sin nubes. Pero los tiros habían cesado y ni una voz llegaba de allí. los heridos. de maderas ardiendo bajo el barro de las paredes y los techos. para rodear a la oficialidad. uno de los cuales — muerto. El desorden del campamento contrastaba con la placidez del ambiente. minuto a minuto. un castillo en ruinas. una de esas noches ardientes. El cerro donde se reunieron estaba demasiado cerca de aquél y era pasible de algún ataque nocturno. torturados de dolor o de sed. El compacto caserío. no alcanzaba el número de médicos. La noche había caído. como si reflejasen relámpagos de lejanas tempestades.

al principio calmo. oficiales incansables daban por su cuenta las providencias más urgentes. senta­ dos sobre cajones repletos de cartuchos y acorralados por una turba de matutos turbulentos. rectificaban el pretendido cua­ drado donde se mezclaban plazas de todos los cuerpos. Pensaban: en los cuatro lados de ese cuadrado irregular esta­ ban inscriptos los destinos de la República. ajeno a la ansiedad general. allí. . le había respondido con triste humorismo. Este la impugnó. en medio de cañones modernos. presentando los motivos inflexibles del deber . Sentado en la caja de un tambor. . sin embargo. con el estoicismo enfermo del propio desaliento. vencida. . Fue su única orden del día. Les repugnaba. después de haberse realizado un bombardeo mayor que el anterior. respondía con el silencio o con monosílabos. Pero la mayoría consideraba fríamente las cosas. los oficiales reunidos lo adoptan por unani­ midad. Y se quedaba impasible. bajando con toda la fuerza. intuía que un ayuntamiento en tales circunstancias no significaba la suma de las energías aisladas y estimaba todos los elementos que. Allí había. Una rápida observación de la tropa que había llegado horas antes. reanimaban los ánimos abatidos. organizaban ambulancias y camillas. abdicando la misión de ordenar la turba o hacer el milagro de subdividirla en nuevas unidades de combate. la retirada. No deli­ berada. reducen siempre las cualidades personales más brillantes. Por el espíritu de muchos pasaba el intento reanimante de un nuevo asalto al despuntar la mañana. a todas las consultas. el coronel Tamarinho. A las once de la noche. Así. A un oficial que ansiosamente lo interpeló sobre ese trance. hombres de valor y una oficialidad pronta al sacrificio. en los grupos dominados por emocio­ nes violentas. El viejo comandante. pasando tácitamente el comando a todo el mundo.Faltaba un comando firme. rimando un dicho popular del Norte: "E tempo de murici cada um cuide de si. No se ilusionaban. Un capitán de infantería fue comisionado para comunicar la resolución al coronel Moreira César. chu­ pando su cigarro. Era necesario vencer. El nuevo jefe no soportaba las responsa­ bilidades que lo oprimían. los humillaba angustiosamente esa ridicula y grave situación. No se podía arbitrar otro recurso. entu­ siasta y confiada en la victoria y que estaba allí. Quizá maldecía mentalmente al extravagante destino que lo convertía en heredero forzado de una catástrofe. en violenta arremetida sobre los fanáticos. por cierto. Porque la victoria debía alcanzarse a despecho de los mayores sacrificios. cargando armas primorosas. Y concertaban planes buscando corregir el revés con un lance osado. dolorosamente sor­ prendido. ni siquiera demorarlo. mostraba una sola solución.

ante los cuales habían golpeado impotentes. Es que gran parte de los soldados eran del Norte y se habían criado oyendo a su alrededor el nombre de Antonio Conselheiro como el de los héroes de los cuentos infantiles. apareciendo temerosos entre las ruinas. Los combatientes. abajo. en su mayoría mestizos. . terribles en la contraprueba de la catástrofe presente. centenares de soldados. Final­ mente explotó: que no lo sacrificaran a esa cobardía inmensa. estaban bajo la sugestión de lo maravilloso. en la aldea invisible. hechos con la misma masa que los matutos. incluso algunos heridos en el combate. sus milagros. verosímiles. ante el milagro estupendo. A pesar de eso se mantuvo la resolución. ocho­ cientos tal vez. rezaba. El enemigo. Por la mitad de la noche todas las aprensiones se agrandaron. casi sin distinguirlos. La rodeaban. habían sido muertos en el Cambaio y para todos. Los soldados. perfectamente válidos aún. Dio su última orden: que levantaran un acta dejándolo al margen para una protesta en la que incluiría el abandono de su carrera militar. se refirió a la mancha que caería sobre su nombre para siempre. se le aparecían como reales. desparramados y di­ minutos. haber visto resucitados. Era peor. se diluía en un duende intangible. súbitamente despertaron conteniendo gritos de alarma. Un indefinible rumor subía por las cuestas. atravesando incólumes los braseros de las casuchas en llamas. Pero la lucha ser tañeja había empezado a tomar la imagen misteriosa que conservaría hasta el fin. para los más incrédulos también. no pu­ dieron ver a uno solo. atónitos y absortos. La dolorosa reprimenda del jefe herido por dos balazos no contuvo a la oficialidad incólume. que agravaban con extravagantes comentarios. decían convencidos. invadidos de un temor sobrenatural. dos o tres cabecillas que. en general. abatidos de contragolpe por el inex­ plicable revés en que había caído el jefe considerado invencible. Los de la expedición anterior afirmaban. comenzó a despuntar algo de anormal en esos luchadores fantasmas. con más de dos tercios de la tropa apta para el combate y con las muni­ ciones suficientes. . brutal y familiar. casi invisibles. El jagungo. después. fue montando en cólera y con angustia. . No era el sordo tropel del asalto. disponía de dos tercios de las municiones y estaba en posición dominante sobre el enemigo. Los centinelas que cabeceaban en las filas flojas del cuadrado. Significaba completar la agonía del valiente infeliz. sus hazañas de hechicero sin par. Y su leyenda extravagante.militar y demostrando que todavía había elementos para otra tentativa.

hasta donde alcanzaba la mirada. los kyries dolientes entraban peor que intimaciones enérgicas. una nueva emocionante la volvió urgente. la iglesia nueva explotaba en descargas y condensada en la calle principal o corriendo hacia las colinas. no lo perturbaba todavía. en las que predominaban. De manera que. El rechazo fue rápido. que no había reacción posible contra adversarios transfigurados por la fe religiosa. El enemigo tenía en la ocasión el aliento para el ataque y la seguridad de su misma temibilidad. re­ tirándose. marchó por el declive del espigón. entre vivas entusiastas. Se precipitaban al acaso. ladeada por las ambulan­ cias. nada indicaba la seria operación de guerra que iba a realizarse. había permanecido firme en lo alto del Mário. las letanías tristes. Al moverse finalmente esta fracción abnegada fue rudamente atacada. implacables. Era el último golpe en el desánimo general. La retirada era una fuga. por todos lados. hacia el ca­ mino. No se dividían en escalones dispuestos a la defensa ofen­ siva. resultaban a esa hora impresionante. bajo el mando de un subalterno de valor y fortale­ cida por un contingente de infantería. los heridos y las camillas. las voces de las mujeres. los cargueros. Más de una vez el drama tenebroso de la guerra sertaneja tuvo el desenlace de un pataleo lúgubre. sobre las ronqueras varoniles. Era tarde. largos. cuando el primer reflejo de la mañana mostró una fuerza constituida por plazas de todos los cuerpos precipitada a la vanguardia. por los caminos afuera. Entre la soldadesca pasmada. Adelante. como una barrera antepuesta a la persecución inevitable. Acometió ruidosamente. toda la población de Canudos contemplaba la escena. A la madrugada. despierto. iba flanqueada de punta a punta por los jagungos. No se retiraban. Los aprestos de partida se hicieron en un atropello indescriptible. dándole al trágico lance la nota festiva e irritante de miles de silbidos estridentes. entre las cuales iba el cuerpo del comandante malogrado. . . a su vez. . Avanzando por el espigón del morro rumbo a la Favela y derivando de allí por las vertientes opuestas. la expedición se desparramaba por las laderas sin orden. Sólo una divi­ sión de dos Krupps. parecía confiarse sólo en la velocidad de la retirada para librarse. sin formación. Actuaban por contrastes. característica de esos momentos críticos de la guerra.Y en aquella serenidad extraordinaria. Decían de modo elocuente. en un ataque envolvente. la expedición desparramada por los caminos. Había muerto el coronel Moreira César. En este volver las espaldas al enemigo que. allá abajo. La última división de artillería replicó por momentos y después. La retirada se imponía. Abajo empezó a sonar la cam­ pana. huían.

No lo defendieron. se oían allá adentro. Entre los fardos tirados a la orilla del camino. inabordable. desarmándose. sin jefes. Las granadas explotaban entre los ramajes secos incendiándolos. El resto de la expedición podía escapar a salvo. el cadáver del comandante. desabrochándose los cinturones para la carrera. la onda rugidora de los jagunqos atacaba y se detenía. y prosiguiendo después. Al encuentro con los cuatro Krupps de Salomáo da Rocha. había quedado. lentamente. saltando de los escondrijos en llamas. en la extrema retaguardia. de súbito. se escondía. casi solemne. terrible. A los primeros tiros. abandonando las espingar­ das. en bandas. los sertanejos estrechaban de a poco el círculo del ataque alrededor de las dos divisiones que los enfrentaban. y atontados por el humo. Aquella batería la liber­ taba. torcían el rumbo. apenas se desencadenó el pánico. tirando afuera las piezas del equipo. . corriendo por los caminos y por los rastros que los recortan. Estos apenas podían seguir. corriendo. idiotizados. retrocedía y volvía al ataque. triste pormenor. dejando las camillas donde se retorcían los heridos. parando de cuando en cuando para barrer a disparos las caatingas traicioneras. sólo adivinaban por la estridencia de los gritos de desafío y por los estampidos de un tiroteo irregular y ralo. sucedió de pronto un hecho épico. gritando. asombrados ante esa resistencia inexplicable. Heridas o espantadas. imposibilitaban la marcha. . los sertanejos en chusma. vacilantes en asaltar a cuchillo al pequeño grupo de indomables. seguía. junto con el crepitar del fuego en llamaradas. aterrados. saliendo de la caatinga al camino. siguiendo a paso tardo o. Uno a uno iban cayendo los soldados de la guarnición estoica. gritos de dolor y de cólera. lenta y unida. y corriendo. corriendo en grupos. alrededor de ella se adensaron los atacantes. En esa corrida siniestra. como el de una caza. Sólo la artillería. como al encuentro de un obstáculo. Al poco tiempo. en la marcha habitual de una revista.DESBANDADA. FUGA Y fue una desbandada. al que no veían. Contenidos al principio a la distancia. corriendo al acaso. Ochocientos hombres desaparecían en fuga. alineándose en batalla y largando cargas fulminantes. los batallones se disolvían. disparando sus trabucos y pistolas. Se reducían. galvanizada por la fuerza moral de un valiente. La disolución de la tropa se detenía en el acero de esos cañones cuya guarnición diminuta se destacaba maravillosamente impávida. donde la ferocidad y la cobardía revoloteaban confundidas bajo el mismo aspecto. . No hubo ni un simulacro de rechazo contra el ene­ migo. las muías de tracción se resistían. corriendo hacia las caatingas.

mochilas. Era una orden difícil de ser cumplida. Caído sobre la orilla. Las notas de las cornetas. O mejor. la batería se detuvo. emitidas por los cometeros sin aliento. como cosas inútiles. . no encontró entre los que mandaba un brazo que lo sostuviera. Los jagungos entonces se lanzaron sobre ella. . . . mientras trasponía al galope el arroyo del Angico. No tenían a quién llamar. no se conmovían. La infantería había de­ saparecido. junto a los cañones que no abandonó. corrían de los jagungos. se desparramaron sin . al morir. . como si buscase todavía. Y como la mayor parte de los fugitivos evitaban el camino. convulsas. inútiles. pues eran blancos de preferencia de los últimos. había desaparecido. . . alto!”. dispersa. Pasaban. Las notas de las cornetas vibraban encima de ese tumulto. al encontrarse con ese cuadro terrible. El ingeniero militar Alfredo do Nascimento lo alcanzó con vida. Por fin pararon. rengueando. el coronel Tamarinho cayó de su caballo herido por un balazo. ahora de­ sierto. el caballo al galope por el camino. el viejo comandante murmuró su última orden: — Busque a Cunha Matos. personalmente. buscó inú­ tilmente socorrer a los últimos soldados que habían ido a Canudos. Era el fin. corrían. co­ rrían enloquecidos. Más adelante. el coronel Tamarinho se lanzó desesperadamente. tirados al azar. El coronel Tamarinho. En aquel desorden sólo cabía una determinación posible: "¡Desbande!”. espingardas. A orillas del camino sólo se veían. Así ordenó repetidos toques de "¡media vuelta. Completamente solo. piezas del equipo. moviéndose sin temor ni fatiga entre los fugitivos. y al ver a aquéllos caer mal heridos. La catástrofe se consumó. Y la artillería quedó en completo abandono antes de llegar a Angico. vibraban sin respuesta. en desparramo. No podían contenerlos.Por fin. En vano algunos oficiales indignados gatillaban sus revólveres contra el pecho de los fugitivos. sin un subordinado. corrían de los oficiales. cinturones y sables. Los cañones se inmovilizaron en una vuelta del camino. Cayeron los golpes encima de todos y cayó. Los mismos heridos y enfermos allá se iban. condenándose heroicamente a la hora de la catástrofe. imprecando a los compañeros más ágiles. El capitán Salomáo tenía a su alrededor apenas una media docena de leales. aceleraban la fuga. que había vuelto a la retaguardia. anulada. tallado a golpes de hoz. El capitán Vilarim se había batido casi solo y al agonizar. UN ARSENAL AL AIRE LIBRE La tercera expedición. . arrastrándose penosamente. a la vanguardia.

crecía. donde muchos. La complejidad de los hechos los perturbaba y no tenían más que una interpretación: visiblemente. les hacía revivir todos los bárbaros instintos. invadirla. presenciaron el retroceso y la fuga y la disparada enloquecida. y después de estos ataques temerarios. que denunciaban en el pardo de la caatinga a los fugitivos. y el abandono por los caminos de las armas y los equipos. comandante de la plaza. . De modo que la mayor parte de la tropa no sólo se había desarmado delante del adversario. Así es que en la distancia que media entre el Rosario y Canudos. junto con piezas del equipo. La fuerza del gobierno era ahora realmente la debilidad del gobierno. La habían visto llegar. aumentaba. quemarla. había un arsenal diseminado al aire libre. denominación irónica desti­ nada a permanecer durante todo el curso de la campaña. desviándose de la ruta. La expedición Moreira César parecía haber tenido un solo objetivo: entregarles todo aquello. lograron llegar al Cumbe o a otros puntos más lejanos. se largó hacia Queimadas hasta donde se prolongó esa disparada.rumbo. cin­ turones y gorras. Al conocer el desastre. agonizando y muriendo en completo abandono. los sertanejos recogían los despojos. El coronel Sousa Meneses. la habían visto caer terriblemente sobre la aldea. Por los caminos y por los sitios más próximos estaban diseminadas armas y muni­ ciones. sacos y pantalones de vivo carmesí. darles de gracia todo ese arma­ mento moderno y aprovisionarlos suficientemente. UNA DIVERSION CRUEL Se llevaron a la aldea los cuatro Krupps. asaltarla. arruinarla de punta a punta. También se había desnudado. . Los éxitos les habían exacerbado a un tiempo el misticismo y la rudeza. Se había roto el prestigio del soldado y los broncos cabecillas se olvidaban de las mínimas peripecias de los hechos. se perdieron para siempre. imponente y terrible. vigorizada por la brutalidad de los combates. sustituyeron en las manos de los combatientes de primera línea las viejas espingardas de carga morosa por las Mannlichers y Comblains fulminantes y como los uniformes. Mientras sucedía esto. todo cuanto había tocado el cuerpo maldito de los plazas. entre ellos los heridos. Y la creencia. Algunos. . mancharía el cuerpo de los luchadores sagrados. empeorándoles la índole. y los jagungos tenían para abastecerse con holgura. los aprovecharon de un modo cruelmente lúgubre. no los esperó. la potencia su­ perior de la divinidad los amparaba. cargando armas ante las cuales eran juegos de niños sus carabinas. El resto llegó al día siguiente a Monte Santo. errando al azar por el desierto. Sin duda era un milagro.

. Allí permaneció durante largo tiempo. y recogidas las armas y municiones de guerra. pantalones y chaquetas multicolores. en los arbustos marginales más altos. el cuerpo del coronel Tamarinho. colgaron los restos de los uniformes. especie de diversión siniestra. Un pormenor doloroso completó esta escenificación cruel: a un costado sobresalía. . observaron todavía el mismo escenario: calaveras blanqueadas a los bordes del camino. Encima. por el colorado fuerte de las divisas. . . tres meses más tarde. Quemaron los cuerpos.Lo testimonia el hecho extraño. rodeadas de trapos viejos. oscilando según el viento movía la rama flexi­ ble. y a un costado —mudo protagonista de un drama te­ rrible— el espectro del viejo comandante. los jaguncos reunieron los cadáveres que estaban desparramados por todas partes. Cuando. Los decapitaron. . a espacios regulares. . . parecía una visión demoníaca en el desierto. gorras. Era asombroso. el cadáver. nuevos expedicionarios marcharon hacia Canudos. . Como un maniquí terrible y lúgubre. Después alinearon las cabezas a los dos costados del camino. mantas y mochilas. empalado. que remató estos sucesos. prendidos a las ramas de los arbustos. . apareció repentinamente adornada por una florescencia extravagante y colorida. . brazos y piernas colgantes. que recuerda la religiosidad trágica de los Achantis. cinturones. erguido en una rama seca de angico. Concluidas las exploraciones por los alrededores. capotes. con las caras de frente al camino. el azul de las chaquetas y los brillos vivaces de las chapas de los estribos. La caatinga. esmirriada y desnuda. .

un intenso agitar de conjeturas para explicar lo inconcebible del hecho y hallar una razón cualquiera en aquella destrucción de una fuerza numerosa. El camino del Ouvidor y las caatingas. Colaboradores demasiado prosaicos. bien equipada y con un jefe de tal valía. No hay un plan de campaña. Cocorobó. condensada después en total certeza. después un desvarío general de la opinión. Aventuras del asedio. Demoras. La marcha. Nueva victoria desastrosa. Los heridos.CUARTA EXPEDICION L— Desastres. La travesía. Primeras noticias ciertas. En viaje hacia Canudos. se levantó luego. Extraño heroísmo. I I — Movilización de tropas. Un guía temeroso: Pajeú. Canudos: una diátesis. Se organiza la expedición. Se destruye un plan de campaña. V I— Por los caminos. El mariscal Carlos Ma­ chado Bittencourt. Incidentes.— Victoria singular. Macambira y Trabubu. Triunfos por el telégrafo.— El asalto: preparativos. la idea de que los tabaréus turbulentos no actuaban solos. V. el encuentro. El cabo Roque. El alto de la Favela. por todas partes. Y como en las capitales. Ante las trincheras. había una media docena de revolucionarios platónicos. Inesperado emisario. . tal circunstancia fue el punto de partida para la más imprudente de las reacciones. La acti­ tud del comando en jefe. federal y estatales. En los flancos de Canudos. Planes. Una tropa de bárbaros. V III— Nuevos refuerzos. IV. Levantamiento en masa. VIL— La Brigada Girard. Excepcional carga de bayonetas. Concentración en Queimadas. Cazas peligrosas. contemplativos y man­ sos. sobre el nuevo régimen. primero dispersa en vagos comentarios. La cuarta expedición se organizó en medio de una gran conmoción nacional que se traducía en actos contrapuestos a la gravedad de los hechos. Paso por Pitombas. Versiones y leyendas. I I I — Colum­ na Savaget. agitando estérilmente la propaganda de la restauración monárquica. Mentiras heroicas. Eran la vanguardia de ignotas falanges prontas a irrumpir. hacía mucho tiempo. Versiones disparatadas. El comienzo de una batalla crónica. La comisión de ingenieros. Al principio fue el asombro. Desánimo. I DESASTRES La nueva de este revés fue un desastre mayor. En la completa desorientación de los espíritus. Una división aprisionada.

ansioso. * Gazcta de Noticias. se conspira. a la sombra del fanatismo religioso. . Se afirmaba: "Se trata de la Restauración. * * * O Estado de Sao Paulo. aplaudiendo todos los actos de energía cívica que se hacen para lavar la afrenta del ejército y de la Patria. la unidad del Brasil” *. Se explicaba: "La tragedia del 3 de marzo en la que juntamente con Moreira César perdieron la vida el ilustre coronel Tamarinho y tantos otros oficiales valientes de nuestro ejército. La opinión nacional se debatía de tal modo en la prensa. ¿Exageramos? Tomamos al azar un diario cualquiera de aquellos días. con audacia. con la República. la casa Braganzaa70. en su tradición y en su fuerza. francamente en armas”. fue la confirmación de cuánto ha crecido en audacia y en fuerza el partido monárquico a la sombra de la tolerancia del poder público. tomadas por el caudi­ llaje monárquico. entraban los nostálgicos del im­ perio. Joáo Abade. aguarda. El mal es grande. Se concluía: "No hay quien en esta hora no comprenda que la monar­ quía revolucionaria quiere destruir. la sofocación de la revuelta”. y congregado alrededor del gobierno. Canudos era una Coblentz 2 8 8 en ruinas. Y Antonio Conselheiro — un Mesías de feria— había tomado en sus manos temblorosas los destinos de un pueblo. se forma el ejército imperialista. ¿La monarquía se arma? Que el Presidente llame a los republi­ canos a las armas” * * *. no siendo lícito a nadie ilusionarse más sobre el pleito en el que. La República estaba en peligro. Algunos ciudadanos activos congregaban al pueblo de la capital de la República y le resumían su ansiedad patriótica en una noción incisiva: "El pueblo de Río de Janeiro reunido en mitin y consciente del doloroso revés de las armas legales en los sertones de Bahía. marchaba acelerada­ mente contra las instituciones. Y así todos. era el movimiento armado que. . * * O País. . Ese era el grito dominante en la conmoción general. . Por detrás de la envergadura raquítica de Pajeú se diseñaba el hidalgo perfil de un Brunswick 2 6 9 . La encontraron: los disturbios sertanejos eran signos de una vasta conspiración contra las instituciones nuevas. y gracias a su involuntario aliento” * *. En la prensa y en las calles. ha­ bía encontrado por fin un Monck271. . había que salvar a la República.CANUDOS: UNA DIATESIS Sucesos de tanta monta requerían una explicación. que el remedio corra parejo con el mal. Se adoctrinaba: "Lo que de un golpe conmovía el prestigio de la auto­ ridad constituida y abatía la representación del brío de nuestra patria en su renombre. La dinastía en disponibilidad.

así. cuadros. Al final intervino la multitud. . en general. trabaja la po­ lítica. Se extendía. En todos. Copiamos: "Ya era tarde y la excitación del pueblo aumentaba en proporción a su masa siempre creciente. papeles. Las líneas anteriores tienen un solo objetivo: poner de relieve semejanzas que se emparejan en un mismo salvajismo. etc. muebles. tirando después los objetos. libros. en esta indignación. Aparecía en las capitales del litoral. sea como fuere y contra quien fuere”.. invadió esos establecimientos y los destruyó por com­ pleto. "Entonces comenzaron a romper y a inutilizar lo que encontraban. bruto y vestido de cuero. EL CAMINO DEL OUVIDOR Y LAS CAATINGAS Interrumpamos este espigar entre ruinas. por detrás de los fanáticos de Canudos. pues la multitud. La Rúa do Ouvidor era un desvío de las caatingas. a la calle. convirtiendo en legiones — cohorte misteriosa que marchaba sordamente en las sombras— a media docena de reaccionarios. El Presidente de la República quebró su habitual serenidad: "Sabemos que. Si el curso normal de la civilización. idealistas y temerosos. de donde fueron luego conducidos a la plaza de Sao Fran­ cisco de Paula. esquivamos el detallado análisis de acontecimientos que escapan a la escala superior de la historia.El mismo son en todas partes. ¿Valdrá la pena definirlos? La fuerza portentosa de la herencia. Más de una vez. en el decurso de los hechos que nos propusimos narrar. tenía socios quizá más peligrosos. La guerra de Canudos no era más que un síntoma. El mal era mayor. tenemos todos los medios para vencer. utensilios. No estaba confinado en ese rincón de Bahía. quemando todo”. se acordaron de los diarios monárquicos. condenándolos a la penumbra * Jornal do Brasil. la obsesión del espantajo mo­ nárquico. no llegó a tiempo para evitarlo. en un ímpetu de desahogo. fueron a las redacciones y a las imprentas de los diarios Gazeta da Tarde. a los gritos de viva la República y la memoria de Floriano Peixoto. aquí como en todas partes y en todos los tiempos. y todos a una. quedando otros en montón en la misma Rúa do Ouvidor” * 27S. arrastra a los medios más adelantados — enguantados y cubiertos por el tenue barniz de la cultura— a trogloditas enteros. El hombre del sertón. donde formaron una gran hoguera. los contiene y los domina y los inutiliza y poco a poco los destruye. Pero estamos preparados. Libertade y Apóstolo 2 7 2 . y a pesar de que la policía corrió para evitar un asalto a esos diarios. Las correrías del sertón entraban impetuosamente en la civilización.

No hay que analizarlos. Pero no tienen otra función. admirable al refractar. . era una enseñanza y podría haber desper­ tado gran curiosidad. ante todo. ampliadas. Y esta inconsciencia ocasionó desastres mayores que los de las expediciones derrotadas. invertidos. No vimos el rasgo superior del acon­ tecimiento. Sigamos. imá­ genes fulgurantes. Era natural. el espíritu más robusto permanece inerte ante el ejem­ plo de una lente de flintglass 2 7 4 . ni otro valor. los arranca la curiosidad de los sociólogos extravagantes. la estra­ tificación moral de los pueblos también se embarulla y se invierte y la ola de los sinclinales abruptos estalla en flaults 2 7 5 por donde irrumpen viejos estadios hace mucho recorridos. Actuar significaba esto: juntar batallones.de una existencia inútil. surgen e invaden escandalosamente la historia. era más complejo y más interesante. ya lo vimos. siem­ pre que una conmoción profunda afloja a su alrededor la cohesión de las leyes. expresaba un gran descono­ cimiento de las condiciones naturales de nuestra raza. mostrándoles el brillo de la civilización a través de la claridad de las descargas. Lo que sorprende es la sorpresa que pro­ vocó tal hecho. el claroscuro indispensable de los hechos de mayor volumen. después de abandonarlos cerca de tres siglos. quería arrastrarlos a los deslumbramientos de nuestra edad dentro de un corral de bayonetas. un anacro­ nismo étnico. vencer terriblemente a la nacionalidad que. Bajo tal aspecto. éstos eran lógicos. so­ breponiendo una formación moderna a una formación antigua. sólo podían hacer lo que hicieron. inmersos en el sueño de la restauración imperial. Reveló qué poco nos aventajábamos de los rudos patricios retardatarios. insistiremos en una proposición única: atribuir a una conjuración política la crisis sertaneja. pero sin tamaño si se focalizan a la sombra. para corregirlas y así anularlas. así como los estratos geológicos no pocas veces se perturban. Reaccionaron. fuera de nuestros mapas. Aquel original afloramiento del pasado. sin embargo. los jagungos. era un buen consejo para estudiarlas. Son el reverso fatal de los acontecimientos. No entendimos la elocuente lección. perdida en el desierto. Antes. que mostraba todas las fallas de nuestra evolución. La misma curiosidad del arqueólogo al encontrar los palafitos de una aldea lacustre junto a una ciudad industrial de Suiza. Considerándolos. o las investigaciones de la psiquiatría. Al menos. En la primera ciudad de la República. los patriotas se dieron por satis­ fechos con el auto de fe de algunos diarios adversos y el gobierno comenzó a actuar. El caso. Sólo sugería un concepto y es que. Canudos era una tapera miserable. aparecía como una página truncada y sin número en nuestras tradiciones. a veces. Traía datos entre los cuales nada valían los sonámbulos errabundos. de donde. Entre nosotros despertó rencores. Vamos a dejarlo. Aislados en el espacio y en el tiempo.

Era imposible acertar con la más leve noción de la realidad entre esas opiniones abstrusas. Y así de corrido. La muerte trágica de Salomáo da Rocha fue una satisfacción para el amor propio nacional. MENTIRAS HEROICAS Se afirmaba: el coronel Tamarinho no había muerto. Impresionaba a quien lo leía con una hecatombe. se les daban visos de realidad y prontamente eran sustituidos por otros que dominaban durante un día o durante una hora la atención de todos y se extinguían a su vez. Después una afirmación lúgubre: el infeliz militar había sido efecti­ vamente muerto. tenía la elocuencia del alboroto con que había sido escrito. se había salvado valerosamente junto con un puñado de compañeros leales y estaba en camino a Queimadas. Se contradecían: se había salvado pero estaba gravemente herido en Macacará. posteriormente agravada por otras informaciones. Algunos de los nuestros y entre ellos el capitán Vilarim. medrosamente comentada en las casas. tenían además artillería y la mane­ jaban con firmeza. Se inventaban los hechos. Nada sabían tampoco los que habían vivido ese revés. No se sabía nada positivo.Las primeras noticias del desastre prolongaron por muchos días la agi­ tación en todo el país. es­ candalosamente divulgada por las calles. la verdad aparecía a veces bajo una forma heroica. despertaban en los espíritus in­ quietos un hilar de interminables conjeturas. De modo que la alarma fue creciendo. la información adoptaba las más cam­ biantes formas. Era una permanente tortura de dudas cruciales. . manteniendo en crecimiento la conmoción y la curiosidad públicas. . ante la aparición de otras versiones igualmente efímeras. admirable­ mente armado de carabinas màuser. deficiente. mal indicando las fases capitales de la acción. la leyenda del cabo Roque. En la inconsciencia de la exageración. para hacerla más emocio­ nante. Se agitaban ideas alarmantes: los sertanejos no eran "una banda de beatos fanáticos”. Y éstas. adonde había llegado agonizante. Se le agregó después. habían sido despedazados por esquirlas de granadas. disciplinado”. eran un "ejército instruido. aumentando las aprensiones y los miedos. impresionando emocionadamente el . EL CABO ROQUE En esa incertidumbre. El parte de combate del mayor Cunha Matos 276. cribado de errores singulares.

1. el día 19 de marzo. Se abrieron sus­ cripciones patrióticas. variantes de un dictado único. esos guarismos inexorables. volvían a la vida. Dejemos ahí. . el fervor de las adhesiones entusiastas.081 combatientes. con su singular significación negativa. monótono por la cadencia de los mismos períodos retumbantes. sacrificándose por un muerto. los arzobispos dieron orden a los sacer­ dotes de sus jurisdicciones para que dijeran en las misas la oración Pro pace. guardando la reliquia que el ejército había abandonado. Tres días después del encuentro. el oscuro soldado trascendía a la historia cuando — víctima de la desgracia de no haber muerto— cambiando la inmortalidad por la vida. allí se encontraban salvos. Dos semanas más tarde. De rodillas junto al cuerpo del jefe. registrados. LEVANTAMIENTO EN MASA Los gobernadores de los Estados. los Congresos. Se hacían misas por los muertos en todas las iglesias. Un cabo humilde. se planearon homenajes cívicos. Era subordinado de Moreira César. A esta revelación se agregaron otras a medida que la situación se aclaraba. Vimos cuántos entraron en acción. gran parte de la expedición. Se hicieron notas de pésame en las actas de las sesiones municipales de los sitios más remotos. esa tragedia. No hagamos la resta. La escena maravillosa. persistió como aspiración exclusiva. Ellos no disminuirán. Se congregaban para acuartelarse ciudadanos altivos. el soldado leal había permanecido a su lado. Una semana después se verificaba allí la existencia de 74 oficiales. el de las demás ciudades creía estar a la altura de la grave situación apoyando todos los actos de energía cívica que practicaba el gobierno por la afrenta al Ejér­ cito y (esta conjunción valía por cien páginas elocuentes) a la Patria. a doscientos kilómetros de Canudos. tres días apenas. . apareció con los últimos retra­ sados sobrevivientes. Poco a poco se reducía por un lado y se agravaba por el otro. Y en todos los mensajes. en Queimadas. la tropa se había desbaratado y el cadáver del coman­ dante había quedado abandonado al margen del camino. ya se encontraba en Queimadas. transfigurado por un singular rapto de coraje. Y dándole a la tristeza general la nota supletoria de la sanción religiosa. fuertemente coloreada por la imaginación po­ pular. y en un coro triun­ fal de artículos vibrantes y odas fervientes. se había batido hasta su último cartucho para caer finalmente.alma popular. se volvió como una compensación ante el revés. Igual que el pueblo de la Capital Federal. Resurgie­ . las corporaciones muni­ cipales continuaron vibrando en el anhelo de la venganza. la destrucción de los enemigos de la República armados por el caudillaje monárquico. ornaba la peripecia culminante de la pelea. Se decretó luto nacional. Los trescientos y tantos muertos de las informaciones ofi­ ciales.

. Cumbe. el vicepresidente le escribió al Club Militar proponiéndose valientemente para ceñir el sable ven­ gador. avanzando sobre la capital de Bahía. reorganizándose en Tucano. Allí existían hombres de excepcional valor. pasando por encima de la Itiúba. Se daban sorprendentes informes. en caso extremo. .ron batallones de veteranos: el Tiradentes. se llamaría a las armas a los mismos diputados del Congreso Federal. el Silva Jardim. . que el Conselheiro había con­ vocado. . Ingenieros ilustres hicieron el trazado de un milagro de ingeniería: un ferrocarril de Vila Nova a Monte Santo. triunfalmente. incomparables. Magacará y tal vez. . Se exponían extraordinarios detalles: en la aldea había tanta gente que. . con el coro estri­ dente de las locomotoras en pleno sertón bravio. hecho en treinta días. Es que en Canudos estaba en juego la suerte de la República. Y sucesivamente. habiendo desertado cerca de setecientos. el Benjamín Constant. la de la Armada. se encaminarían hacia el lito­ ral. el Académico y el Vrei Caneca. el Moreira César. y en un ímpetu de patriótico lirismo. ideas raras. UNA TROPA DE BARBAROS Se afirmaba que uno de los jefes del reducto era un ingeniero italiano. Jeremoabo. ya endurecidos en el fuego de la revuelta anterior. de donde. sólo se notó la falta muchos días después. . fugitivos desde la Revuelta de Setiembre. Los rodeaban en su fuga. aquello no era una aldea de trucu­ lentos bandidos. catervas formidables. El Presidente de la República declaró que. que irrumpiría de golpe. PLANES En el cuartel general del ejército se abrió la inscripción para cubrir los claros de diversos cuerpos. adiestrado quizá en los polígonos bravios de Abisinia 277. sin piedad. se acumulaban nuevas noticias que aumentaban el fardo extenuador de aprensiones que oprimían a las almas conmovidas. después de saquear esas aldeas. No bastaba. Las hordas invasoras. marchaban hacia el sur. muy hábil. Los batallones de Moreira César eran las legiones de Varo 278. Surgían planes geniales. . Las gentes alucinadas oían el sordo tropel de los bárbaros. mientras se creaban otros con patriotas de todos los matices: el Deodoro. . entre los cuales se nombraban conocidos oficiales del Ejército y de la Armada. acrecidas por nuevos contingentes. Ya estaban tomadas por los jagunqos Monte Santo.

el 14? y 5? de Pernambuco. precipitando en las primeras escaramuzas. La reacción monárquica. el 26? de Sergipe. se imponía por otro motivo igualmente serio. coronados del mejor de los éxitos. firme y respetada”. eran hechos de una conjuración que desde hacía mucho tiempo actuaba solapadamente contra las instituciones. convertida en base de operaciones provisorias. congregaba multitudes de nuevos cismáticos en pro del Conselheiro. el 7?. Esta medida. II MOVILIZACION DE TROPAS Se trajeron batallones de todos los Estados: el 12 ?. ade­ más de corresponder a la urgencia de una organización pronta en esa aldea. La aureola de la locura soplaba también por el sur. Llegaban a esa capital en batallones des­ tacados y seguían inmediatamente hacia Queimadas. aquella vanguardia de retardatarios y de maníacos. tomaba la actitud batalladora. José Guedes. Y todo esto. asomaba en esa concurrencia extravagante para la historia y para los hospicios 279. se manifestaba. el 5? de Maranháo. 30?. un maníaco. el 4? de Pará. . 31? y 329 de Río Grande do Sul. Joáo Brandáo. el 2 ? de Ceará. El comandante del 2 ? distrito militar. . invitado a asumir la dirección de la lucha. 25?. En Pernambuco. regimiento de artillería de la Capital Federal. un ladrón cabal. deshacía escoltas y escondido en el alto sertón del Sao Francisco. En Minas. aceptó. por fin. El gobierno debía actuar rápidamente. CONCENTRACION EN QUEM ADAS Las tropas convergían en Bahía. el 24? de Río Grande do Norte. el 33? y 35? de Piauí. su pensamiento sobre las cosas: "Todas las grandes ideas tienen sus mártires. habiendo definido antes en una proclama por telégrafo. el 27*? de Paraíba. el 5? y narte del 9? de caballería. nosotros estamos convocados al sacrificio del cual no huimos. el padre Cicero. el Monje del Paraná. En Juázeiro. En todo se repetía la misma afirmación: había que salvar a la Re­ pública. general Artur Oscar de Andrade Guimaraes. por su parte. asaltaba cargueros repletos de espingardas.Y no eran sólo los jagungos. . en Ceará. un heresiarca si­ niestro. para legar a las generaciones futuras una República honrada. el 9? y el 16? de Bahía. sorpren­ día a las autoridades que lo interrogaban con la altanería estoica de un profeta.

como acrópolis desmanteladas. como cañoneras abiertas hacia el mar. enuncia­ dos con una fanfarronería continua. y con sus calles estrechas y embarulladas por las cuales pasaría hoy Fernáo Cardim o Gabriel Soares sin notar diferencias notables. generalizándose un concepto falso. erigida para la defensa con sus viejos fuertes separados. Como medida preventiva. trataron de despedazar. En pleno día. conservando. asaltada tantas veces por las chusmas marítimas de los normandos y los holandeses. a hachazos. desembarcaban. 149 y 3 O 9 batallones de infantería constituyen la 1^ brigada bajo el mando del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. se les aparecía como una ampliación de la tapera sertaneja. Era como si hubiesen esta­ blecido que aquello era un Canudos grande. finalmente protestaron y más elocuentes que los mensajes resultó el descontento popular pronto a estallar. las líneas tradicionales de antigua metrópoli del Océano. Eran cosacos en las calles de Varsovia. destacada por el agudo tintineo de las espuelas y de las espadas. La prensa y la juventud del Norte. Allí entraban con la altanería provocadora de los triunfadores en una plaza conquistada. se ejercitaba en diversos con­ flictos y correrías. En los sitios públicos la población sorprendida oía los comentarios adversos. los batallones llegaban. 259 y 279 batallones de la misma arma. Por su parte. La pasión patriótica rozaba la locura. colocado en el portón de una vieja repartición pública. con sus laderas a plomo. torciéndose por la mon­ taña. Citamos sólo un hecho: los oficiales de un batallón. un escudo en el que se apreciaban las armas imperiales. los 169. disemi­ nados por las cumbres. llevaron su dedicación a la República a abusos iconoclastas. había en el ánimo de los nuevos expedicionarios una sospecha extravagante respecto de las creen­ cias monárquicas de Bahía. la 2 ^ brigada bajo el mando del coronel .Es que. el 309. así ejemplificada. SE ORGANIZA LA CUARTA EXPEDICION "En esta fecha quedan así definitivamente organizadas las fuerzas bajo mi comando: "Los 7?. los irritaba. De modo que en poco tiempo allí estaban estacionados todos los cuerpos destinados a la marcha hacia Monte Santo y el comandante general de las fuerzas. to­ maban los vagones del ferrocarril central v seguían prontamente para Oueimadas. a despecho del tiempo. La vieja capital con su antiguo aspecto. Esa provocación gratuita aumentaba día a día. siguiendo el mismo trazado de las trincheras de barro de Tomé de Sousa2S0. Y no los con­ movía. en la orden del día del 5 de abril. pudo organizar la expedición. traduciéndose finalmente en desacatos y desmanes. levantada sobre la montaña. la soldadesca.

con una sola variante: en lugar de una. tomando la hipótesis más favorable. Los caminos escogidos. poco se desviaba del modelo anterior. en las trampas de la guerra seríaneja. del Uauá y de la Várzea da Erna. para lo que eran suficientes aquellos dieciséis cuerpos articulándose en puntos estratégicos y avanzando poco a poco. hasta inclu­ yendo la posibilidad extrema y dolorosa de la batalla. bajo el mando del general Cláudio Do Amaral Savaget” . En vez de un cerco a distancia. atravesaría Sergipe hasta Jeremorabo. La simple obser­ vación de un mapa mostraba que la convergencia establecida. Páginas ya escritas me dispensan de volver a insistir sobre semejante plan. copia ampliada de los errores anteriores. después de reunirse en Aracaju. era fácil verificar que la plena consecución de los itinerarios establecidos. la 4^ brigada bajo el mando del coronel Carlos María da Silva Teles. la primera columna saldría por Monte Santo. 319 y 33 9 de la misma arma y una división de artillería.Inácio Henrique Gouveia. aunque se realizara. en el caso de que fueran desbaratados. el coronel comandante de la 1? brigada. todo el vasto sertón del Sao Francisco. mientras la se­ gunda. las 4^. del Rosario y de Jeremoabo. Se resumía en la división en columna. desde hacía mucho conocido. Desde estas aldeas convergirían sobre Canudos. no determinaría el aplastamiento de la rebelión. esto no sucediese. tal vez. bajo el mando del general Joáo da Silva Barbosa. el 59 regimiento de artillería de campaña. los 349. tenían francos hacia el norte y el oeste. 2? y 3? brigadas formarán una columna. por el sudeste. alrededor de la aldea. incluso problematizaban un desenlace satisfactorio de la campaña. siendo responsable de la misma hasta la respectiva presentación de aquel general. porque éste. La orden del día nada decía en cuanto al desdoblamiento de las ope­ raciones. en un punto de su amplia periferia y resultaban ineptos para el asedio. La expedición estaba constituida. se cortaban fuera del poblado. 35 9 y 409. todos a un tiempo. los 5 9 y 9 9 batallones de infantería. Y si. la 3^ brigada bajo el mando del coronel Olimpio da Silveira. eran dos las masas compactas de soldados que irían a caer. la 6 ^ brigada bajo el mando del coronel Donaciano de Araújo Pantoja. los caminos del Cambaio. los 269 y 329 de infantería y una división de artillería. asilo impenetrable en el . Los jagungos. "Las P . los 12 ?. la 5^ brigada bajo el mando del coronel Juliáo Augusto de Serra Martins. se planeaba atacar a los fanáticos por dos puntos. y 6 $ brigadas formarán otra columna. combatidos en una sola dirección.

en la que se incluye. Era preciso marchar y vencer. afrontando los asaltos hechos por un solo flanco. en los primeros días de abril. rayaba en el optimismo más exagerado. Y al prevenirse. vestirlos. Los batallones llegaban. adiestrarlos e instruirlos. había sido una ilusión. la consideración de un abandono en masa de la aldea. Ahora bien. Pero no se pensó en esta división suplementaria. que les permitirían comunicarse con las cercanías y abastecerse. no había soldados: los cargadores de armas que por allí desembarcaban. señalaban una sola corrección: una tercera columna que. No había un servicio de abastecimiento organizado. a fines de julio. Queimadas se volvió un vivero de reclutas y un campo de instrucción. cerrando aquellos caminos y origi­ nando finalmente un bloqueo efectivo. o . partiendo de Juázeiro o de Vila Nova y venciendo una distancia equiparada a las recorridas por las otras dos. una dirección administrativa. Los sertanejos resistirían como resistieron. Finalmente. definida por un estado mayor que conozca todos los servicios. no venían de los polígonos de tiro o de los campos de maniobras. unida al litoral por un ferrocarril. DEMORAS Pero éste sólo se realizaría dos meses después. las operaciones militares. No había tiempo para pensar. desde el transporte de las provisiones hasta los lincamientos superiores de la estrategia. convergiese con ellas. menores que compañías. fue imposible conseguir un depósito de víveres. con el armamento arruinado y careciendo de las nociones tácticas más simples. Era necesario armarlos. No teníamos ejército en la significación real del término. mil puertas abiertas por los otros. llegaban a la oscura estación del ferro­ carril de Sao Francisco y quedaban impotentes para la partida.que se se acogerían a salvo y desde donde se aprestarían para la réplica. técnica y táctica. . más valiosa que la existencia de algunos millares de hombres y espingar­ das. órgano que prepara. dispuso todo para el ataque. . El país entero ansiaba lavar la afrenta hecha al Ejército y a la Patria. Los días comenzaron a correr monótonos en evoluciones y maniobras. soldados y patricios. tendrían como tuvieron. darles municio­ nes. El general Savaget salió en seguida. algunos disminuidos. No había un servicio de transporte suficiente para cerca de cien toneladas de mu­ niciones de guerra. en Queimadas. El gran movimiento de armas en marzo. de modo que en una base de operaciones provisoria. para Aracaju. Faltaba todo. Los com­ batientes. ante todo. Eran circunstancias fáciles de deducir. y el comandante en jefe.

la línea telegrá­ fica de Oueimadas. con dificultades. doblegado en la insipidez de esa Capua invertida 2 8 1 donde voci­ feraban. abastecieran a la base de operaciones. que partiendo de Oueimadas. no había en Monte Santo una sola bolsa de harina en depósito. El coronel Thompson Flores planeaba ese movimiento indisciplinado y temerario. dos brigadas salieron en reconocimiento hasta el Cumbe y Ma^acará. hacia Monte Santo. se acercaba a Jeremoabo. De allí salieron. de modo de almacenar reservas capaces de sustentar a la tropa por ocho días. estaba bajo el mando de un oficial incomparable en el combate. Como un entretenimiento o un pretexto para sacar de Monte Santo por algunos días a mil y tantos consumidores de los escasos recursos de la columna. centenares de valientes marcando el paso delante del enemigo.de infantería. La comisión de ingenieros militares dirigida por el teniente coronel Siqueira de Meneses había terminado. donde la situación no varió. revelando. dispuestos para el combate pero impotentes para la partida y. El comandante en jefe. después de apresar en el camino algunos cargueros que iban a la aldea sediciosa. desprovisto de los recursos más elementales. El diputado del Cuartel Maestre General 2 8 2 no había conseguido siquiera un servicio regular de convoyes. . viviendo a costa de los recursos de un municipio pobre y talado por las expediciones anteriores. . por el camino del Rosario. recién formada con el 59 y el 9 9 batallones de artillería. Fue el único movimiento militar realizado y no tuvo el valor de aplacar la impaciencia de los expedicionarios.ejercicios de fuego en una línea improvisada en un surco abierto en la caatinga próxima. se quedaba delante de la tropa acampada y mal alimentada por algunos bueyes magros y hambrien­ tos desparramados por los campos de los alrededores. porque esta brigada se había reconstituido con el agregado de una batería de tiro rápido y con el 79 destacado de la 1^. Al llegar a Magacará. hacia el centro de la lucha. registremos esta singular circunstancia. Continuaron hasta mediados de junio los mismos ejercicios y la misma existencia aleatoria de más de tres mil hombres en armas. Y el entusiasmo marcial de los primeros tiempos aflo­ jaba. Una de esas brigadas. apenas contenido por la oficialidad. Esta detención desalentaba a los soldados y alarmaba al país. en lugar de volver a la base de operaciones. la 3?. descansando. solo. pero de inquieto temperamento para aquella apatía. batallón por batallón. la situación moral de los combatientes. sin carretas para el transporte de las municiones. Y fue la única cosa apreciable en tanto tiempo. cuando llegó el mes de julio y la 2 ^ columna atravesando Sergipe. . Por lo que. estuvo por salir. La penuria y ciertos anuncios de posible hambruna condenaban a la inmovilidad a la división en la que se encontraba el principal jefe de la campaña. aunque exagerándola con su fuerte temperamento nervioso.

a los comandantes de los cuerpos. Pese a la literatura alarmante. Resumen de unos viejos preceptos que cada uno de nosotros. sin líneas de operaciones. sujeta a los ligeros . Porque su tropa iba a salir hacia lo desconocido. señala a las tropas el peligro que las asal­ tará al entrar en el sertón donde "el enemigo las atacará por la retaguar­ dia y los flancos” en medio de esas "matas infelices” cribadas de "caminos obstruidos. legos en la materia. después de augurar una inevitable victoria sobre la gente de Antonio Conselheiro "el enemigo de la República”. Calculaban los efectos de esa dilación ante la opinión pública ansiosa de un desen­ lace y consideraban cuán útil sería para el adversario. días antes. Esta consideración era capital. El jefe expedicionario sólo se ocupó de la distribución de las formacio­ nes. reducida al dominio estricto de la táctica. podemos encontrar en las páginas de Vial 2 8 3 . No se preocupó del aspecto esencial de una campaña que. Muchos se estremecían imaginando el sobresalto al recibir de impro­ viso. Las tropas partirían de la base de operaciones a media ración. sorpresas de toda índole y de todo lo más odioso de la guerra”. Sin el laconismo propio de tales documentos. Avanzarían en brigadas cuyos batallones. estos datos eran verdaderos. Irían recargadas por las toneladas de un cañón de sitio. trincheras. La comi­ sión de ingeniería había realizado reconocimientos acordes. NO HAY UN PLAN DE CAMPAÑA El general Artur Oscar decidió entrar en acción fijando en la orden del día del 19 de junio la partida en la cual "deja a la imparcialidad de la historia la justificación de tal demora”. Lo demuestran las ins­ trucciones entregadas. de cuatro en fondo. alentado por tres victorias. y flexibilidad para adaptarse al terreno abrupto. Eran tres requisitos esenciales y complementarios. la nueva de la toma de Canudos por el general Savaget. el general. consistía solamente en el aprovecha­ miento del terreno y en una movilidad vertiginosa. aquel armisticio de tres meses. tenían escasos intervalos de pocos metros. estipulando que las características del terreno imponían tres condiciones para un favorable accionar de la campaña: fuerzas bien abastecidas.A todos fastidiaba la inmovilidad en que habían caído tras el arranque marcial de los primeros días. lo que ese docu­ mento muestra es la obsesión en imaginar a las guerrillas habilidosas de los jagungos dentro de trazados gráficos. que no acudiesen a los recursos del terreno tan pobre. movilidad máxima. Persistía la obsesión de una campaña clásica. Pero ninguno fue satisfecho.

citó a Ther Brun. No quiso innovar. La ropa de los vaqueros enseñaba. Hubieran podido avanzar si se les salvara de tales inconvenientes. de modo que cada brigada. sin programación rígida. líneas de apoyo y reservas— actuar con la seguridad mecánica establecida por las luminarias de la guerra. se le prendió a las espaldas la mole de acero de un Withworth de 32 2 8 4 . guerras de trampas. Como si fuera poco. cortando las bromelias y los espinos. para pasar indemne por medio de los xique-xiques. hecha para la quietud de las fortalezas ribereñas. a propósito. como veremos en breve. El flanqueador debía meterse en la caatinga vestido con las ropas de cuero del sertanejo. que pesaba 1. aban­ donaría esos dispositivos de los preceptos idealizados sin nombre. aunque se dejasen de lado medidas imprescindibles. significaba la reducción de la marcha y la perturbación de los transportes. geométricamente — cordones de tiradores. habilitándolo para arremeter impunemente por allí adentro. no tenían la garantía de una vanguardia eficaz. un genio que para la ocasión no valía como los ardides de un capitán del monte. En compensa­ ción. iba a iniciarse enredada en una compleja red jerárquica. Soldados de ropas de paño. sin reglas. Es que había que impresionar al sertón con el monstruoso espantajo de acero. de flan­ cos capaces de evitarle sorpresas. No imaginó que el frío estratega invocado. con la garantía de las fuertes alpargatas. extendiéndose por el campo raso. Y el jefe de la expedición. y de los sombreros de cuero firmemente atados al mentón. de los guarda-pies. de las perneras. Bas­ taba con que fuesen apropiadamente vestidos. Marcharían en desdoblamientos que. delante de ad­ versarios fugitivos y valientes. y nada hay de práctico en esas instrucciones sobre servicios de seguridad en la vanguardia y en los flancos. con algunos batallones macizos perdiéndose en caminos desconocidos. Quiso dibujar lo imprevisto. en las guerras sertanejas. Los que las acompañaban no valían nada. Ejemplifiquemos: las columnas partirían de la base de operaciones en situación absolutamente inverosímil. se deberían mover con las distancias regulares. apenas iban a arriesgar unos pasos para dejar por allí enganchados sus uniformes en jirones. no las guardaban de los asaltos. La tremenda máquina. Uno o dos cuerpos así dispuestos . Tenían que marchar a los costados del grueso de la tropa por dentro de las caatingas y éstas les obstaculizarían el paso.reconocimientos hechos anteriormente o a los datos recogidos por oficiales de otras expediciones. de los guarda-pechos para troteger el tórax. rodeadas de hechos súbitos y de encuentros fortuitos en las vueltas de los caminos o celadas en todas partes. muestra la preocupación del orden mixto. un obstáculo para cualquier maniobra rápida. a media ración. en la emer­ gencia de una batalla. Copió instrucciones sin valor.700 kilos. Por fin. La lucha que sólo pedía un jefe esforzado y media docena de sargentos atrevidos. pudiese. los cuerpos.

y convenientemente adiestrados. Se encargaba de una ardua tarea: adecuar la marcha a los rastros sertanejos. en cuyos cuerpos los bárbaros uniformes no se ajustarían por primera vez. nuestros admirables patricios del sertón atestiguan que esa bizarra vestidura. acompañado por uno o dos ayudantes. en todos los sentidos. Una firme educación teórica y un espíritu observador. Cuando suena la alarma. y debía rectificarlos. Es buena para las intem­ peries. se le aparece un arroyo correntoso y lo cruza metido en su ropa impermeable. Nadie hasta entonces había entendido con igual lucidez la naturaleza de la campaña o estaba mejor preparado para ella. se encuentra con pastos en llamas y puede cruzarlos sin hesitar. En primer lugar. desarrollándolo hasta lo alto de la Favela. cortados por barrancos y torcidos por los morros. el día 14. Porque no se gasta ni se rompe. amor­ tigua las repentinas variaciones de la temperatura. Se armoniza con la guerra. Lo abrió. se levanta de golpe y su flexible coraza no tiene una sola arruga. Pero esto sería una innovación rara. con esfuerzo y tenacidad. en todos los bata­ llones. Atenúa el calor en el verano. a lo largo de quince leguas. LA COMISION DE INGENIEROS Para este notable trabajo hubo un jefe: el teniente coronel Siqueira de Meneses. . ese campeador que se había formado fuera de la vida de los cuarteles. alargarlos o nivelarlos. la comi­ sión de ingenieros. Además. e infatigable. Se temía contagiar la piel dura del jagungo a la epidermis del soldado. Ese camino fue hecho. Después de un largo combate. de modo que por tales caminos. hijos del Norte. atenúa el frío en el invierno. algunos cañones de tiro rápido y el aterrador 32. que por sí solo requería un camino consolidado y firme. acabarían por copiar las evoluciones de los jagungos. las baterías Krupp. el luchador tiene sus ropas intactas y puede descansar sobre un montón de espinas. Más extravagante resultan las cha­ quetas europeas de listas vivas y botones brillantes entre las ramas de la caatinga marchita 2 8 5 . pudiesen transitar la artillería pesada. La conocía entera. Con corrección y fragilidad. La expedición debía marchar correctamente. a pesar de su rudo material es capaz de entallar elegantemente y robustece. partió la comisión de ingenieros protegida por una brigada. Y esto no sería una originalidad. La había recorrido casi solo. normaliza la economía fisiológica y produce atletas. alejado de todo temor. Marcha bajo una lluvia violenta y no tirita. lo convirtieron en el guía exclusivo de aquellos miles de hombres al tanteo en una región desconocida y bárbara. sobre todo considerando que allí había.

Proveniente de una familia sertaneja del Norte y teniendo hasta familiares próximos entre los fanáticos de Canudos. más preocu­ pado por sus notas y sus croquis que por su vida. se le antojaban escritas en una página de la tierra que todavía nadie había leído. LA MARCHA PARA CANUDOS Por allí avanzaban. Mientras los cañones más lige­ ros llegaban. lo saca­ ban de las preocupaciones de la guerra para llevarlo a la región serena de la ciencia. los sertanejos lo fortificaron de tal manera que la marcha de la expedición por allí hubiera acarreado un desastre completo. haciendo un camino más hacia el este. Quedaba el del Calumbi. Esos atributos hacían pensar que sería escogido. era la mejor garantía de una marcha se­ gura. en­ contró dificultades en los primeros pasos. los vedeaba.sorprendía a los combatientes más rudos. En este presu­ puesto. el del Cambaio y el de Magacará. Y le dio un trazado que sorprendió a los mismos sertanejos. su topografía atormentada. El plan esbozado por la comisión de ingenieros lo evitó. habían sido utilizados por las expediciones anteriores. el cáliz de una flor o un accidente del suelo. de aspecto débil. Se largaba por las amplias pla­ nicies. Esa naturaleza original lo atraía. en reconocimientos peligrosos y resurgía en el Caipá. sin las trincheras soberbias del primero y sin las vastas planicies estériles del último. ineptos para un medio galope corto. luchando. hechos diez kilómetros. el obstruyente 32 . ese jagungo rubio. Y el expedicionario sin miedo lo hacía. Su flora tan extraña. en todas partes. física y moralmente bru­ ñido por la cultura moderna. Los vaqueros amigos de las cercanías lo conocían y lo conocieron por fin los jagungos. Entre los caminos que llegan a Canudos. y muchas veces. Cabalgaba animales arruinados. mucho antes de llegar a la aldea. estu­ diando. bordeando los contrafuertes de Aracati. que andando por todas partes con una carabina en bandolera y un podómetro agarrado a la bota. El comandante en jefe había apreciado su valor. en Calumbi o en el Cambaio. Una roca. las brigadas. dos. su estructura geognóstica aún no estudiada. subía por los cerros abruptos. El teniente coronel Meneses era el ojo de la expedición. al Río Pequeño. observando. se perdía en el desierto repleto de emboscadas. distanciadas. más corto y en muchos puntos menos impracticable. La de artillería que levantó el campamento de Monte Santo el 17. de fiso­ nomía nazarena. les desafiaba la astucia y no sentía temor de las emboscadas y no se equivocaba en la lectura de su brújula portátil entre los estampidos de las carabinas. convirtiéndose en un pensador contem­ plativo. Les llamaba la atención aquel hombre frágil. se hundía en los pantanos.

totalmente nuevo. Más alejado todavía. avanzó hasta el Aracati. cuarenta y seis kilómetros más allá de Monte Santo. no era un batallón de línea ni era un batallón de policía. Ese mismo día había salido de Monte Santo el comandante general y el grueso de la columna constituido por las brigadas 1^ y 3^. el 59 cuerpo de la policía bahiana. seguían al cabo completamente aislados. guiados por conductores inexpertos. permitiendo que se reor­ ganizara la brigada de artillería que. más tarde. Y lo mismo le sucedía a los demás batallones. Recién formado con sertanejos enrolados en las regiones ribereñas del Sao Fran­ cisco. tres días ocupados en hacer tres leguas. caballeresca y despiadada. a un tiempo novelesca y brutal. aparecían con un aspecto original. rezagados de la expedición. cuando debían estar en el centro. a veces demasiado dis­ tanciadas. Por el camino tiraban penosamente las veinte yuntas de bueyes que lo arrastraban. teniendo a la vanguardia al 2 59 batallón del teniente coronel Dantas Barreto. Esos cáboclos rudos y bravos. iba el gran convoy general de municiones. salvaje y heroica. siempre con la misma formación: las grandes divisiones avanzando aisla­ das o concentrándose y dispersándose en seguida. en el que surgían inconvenientes a cada paso. y formado por 432 plazas. unos y otros poco afectos a esa clase de transportes. en seguida se verificó la imposibilidad de una concentración inmediata. con la misma marcha fatigosa y de­ morada. vencedores de bandeiras. con una ingenuidad sorprendente. constituían un batallón de jagungos. Toda la expedición en camino. proseguirían a la mañana siguiente hacia Gitirana. el único entre todos que se amoldara a las condiciones de la campaña. con un efectivo de 1. fuera de la intrusión de otros elementos y de golpe.había quedado distanciado una legua. joviales y aficionados a las bravatas que. llegó el cañón retrasado al Caldeirao Grande. por las curvas del camino o por los desniveles repentinos que detenían a la pesada máquina. Tenían el temperamento pri­ mitivo de una raza. A despecho de la formación establecida. en el aislamiento de las planicies. en la emergen­ . una lealtad llevada hasta el sacrificio y un heroísmo extendido hasta la barbarie. mezcla interesante de atributos contrarios a la lógica. El 59 cuerpo y el convoy. Entre las fuerzas regulares de uno y otro matiz. debajo del relampagueo de la fusilería. de los primeros mestizos. juntamente con la 2 ^ de infantería. Los veremos más adelante. unos tres mil combatientes. bajo el mando directo del diputado del Cuartel Maestre General. en contraste permanente entre la marcha ligera de la vanguar­ dia y el lento andar de la artillería. habiendo partido los últimos de Monte Santo.933 soldados. a la cola de la tropa. guardado intacto. coronel Campelo Franca. en los días angustiosos del asedio a Canudos cantarían al son de las guitarritas. Solamente el 19 a la tarde. modinhas festivas. imprimían el rasgo original de la vieja bravura. distante ocho kilómetros de la estación anterior.

Mientras el grueso de la columna levantaba campamento del Río Pequeño al alborear del 2 1 . Adscrito al trabajo de los zapadores. donde ya se encontraban la comisión de ingenieros y el general Artur Oscar que hasta allí había llegado. el auxilio de la columna quedaría trabado por el obs­ táculo de las baterías que cubrían el camino estrecho. y como el grueso de las fuerzas aún venía por el camino del Caldeiráo. a las nueve de la mañana al Caldeiráo Grande. Si consideramos que el convoy general dirigido por el coronel Campelo Franca y protegido por el 59 de policía había quedado a la reta­ guardia. en Juá. apoyados por la brigada Flores. De manera que si los jagungos dieran. Lo muestra la ruta pormenorizada de la marcha. se ve que la tropa estaba desparramada por una longitud de casi cuatro leguas. realizaron penosos trabajos de repa­ raciones. Las brigadas se reunieron por fin.600 metros más allá de Gitirana. el tren de la arti­ llería quedaba muy separado del resto de la columna. el cañón 32. como una obstruc­ ción entre la vanguardia y el convoy general. 159 169 y 279 cuerpos de infantería. llevando el dispositivo fijado: al frente el 149 y el 39 batallones. más aventajada. el 259 de la 2^. porque no estaban dispuestas para distancias tan grandes entre sí. las que debieron haber sido establecidas de antemano como un requisito táctico indispensable. Se exceptuaba el convoy retrasado en algún lugar del camino. a 12. 7. Des­ pués de la artillería. más de una vez. protegido por la brigada Medeiros. cuando el general Barbosa que había permanecido el resto del día anterior en Caldeiráo. sin equipo. levantaba campa­ mento hacia Gitirana. ofreciendo con­ diciones desventajosas en la emergencia de un asalto. el 9 9 y el 259. En el amanecer del día 2 2 . la brigada Gouveia tocaba Gitirana a la noche. en la noche de ese día. llegó el resto de la columna compuesto por los 59. a las seis. Pero la artillería. algún golpe de mano audaz contra el convoy general. haciendo la vanguardia los bata­ llones del coronel Gouveia. después que los ingenieros. el 9 9 batallón de la 3^. De ese punto salieron los dos generales en la mañana del 23. protegida por los del coro­ nel Medeiros. después otros dos cuerpos. Pero.cia de la batalla. en lugares escogidos. el ala de caballería del mayor Carlos de Alencar y la artillería. . 79. ya de esa parada había salido a la retagurdia de la artillería. En la misma ocasión. en el centro la caballería y la artillería. a poco más de una legua de Monte Santo y llegaba. de ahí partía el comandante general con la primera brigada. hacia Aracati. seguido de un piquete de veinte plazas de caballería y el 9 9 de infantería. sólo se movió al mediodía. después de caminar dos leguas. violando completamente las instrucciones establecidas. aquí estaba inmovilizada la artillería aguardando que la comisión de ingenieros terminase la apertura de picas y trabajos de zapa.800 metros de distancia. mientras el comandante general andaba rápidamente y en ese día llegaba con la vanguardia a Juá. éstas quedaban divididas.

pasando por el sitio de los Pereiras. Otras la sucederían. Reaccio­ nó a pesar de estar herido. La artillería sólo avan­ zó al caer la tarde. totalmente entregado a nuestra causa. Se hizo necesario. Ya iban lejos. y otra vez se dividió. un cabo. junto con la 3^ brigada al borde de un arroyo. los sertanejos huyeron sin replicar. La columna que levantó cam­ pamento de Aracati al mediodía porque tuvo que esperar la llegada de los retrasados de la víspera.800 metros. sobrevino un incidente que muestra cuánto cono­ cían el terreno por el que avanzaban. golpeándolo con la culata. por demás exigua para tanta gente. * Ju-eté: espino grande. además de los accidentes del terreno para la subida y bajada de los vehículos” 286. después de unas horas de camino. cuando el teniente coronel Siqueira de Meneses reconoció la imposibilidad de adecuar el camino con la rapidez necesaria. Era la primera hazaña. sorprendió a algunos rebel­ des que sacaban el tejado de una casa allí existente2S7. el de los Pereiras. Sólo uno quedó. donde ya estaba desde hacía mucho la columna. Después de la partida de Juá y llegados a la vieja estancia del "Pogo” totalmente en ruinas. Ese día. Tomados de sorpresa. abrir más de una legua de pica a través de una caatinga feroz que en ese lugar justifica bien el significado de la denominación indígena del lugar *. a dos kilómetros de Aracati. que por lo cerrado de la noche no se pudo pasar. "Tales eran el gran movimiento de tierras a hacerse. se buscó el campo de Vila-Nova. los zapadores hicieron un desvío a la izquierda. por extensión. los pesados bloques de piedra a removerse. Más a la retaguardia todavía estaba el 32. a la tarde se inició un nuevo camino que. Lo vencieron. Acon­ sejado por éste. Los caminos empeoraban.Nos detenemos en los menores incidentes de esta marcha para mostrar las excepcionales condiciones en que se realizó. Aban­ donando todo el trabajo hecho. Después se recostó a la pared de la casucha e hizo frente a los soldados agitando el arma sobre sus cabezas. Tomás Vila-Nova. se encaminó hacia Jueté. además de los trabajos de zapa. guiado por un alférez. lo desmontó y le arrancó la carabina de las manos. Lo mataron. Se entraba en zona peligrosa. . El día 24 la marcha se hizo más pesada. se enfrentó con el adversario más próximo. el piquete del comando general. ya unida. aunque era más largo. Y fue a acampar a la medianoche en la Lagoa da Laje. INCIDENTES En lugar de seguir rumbo a la derecha. tenía mejores condiciones de viabilidad. lo cerrado de la caatinga. Estaba sobre el tejado y al bajar se vio rodeado. El encuentro fue rápido. buscando la estancia del "Sitio” de un sertanejo aliado. en Lagoa da Laje. espinal. a una distancia de 13.

cansangao. culumbi. deno­ minado por el pueblo lugareño Queimadas. artículos publicados en El País. formando una gran copa que se mantiene en el espacio por sus propios esfuerzos o favorecido por algunas plantas que vegetan por allí. tomó la decisión de encender. donde esta vegetación trai­ cionera desaparece como temerosa. "Poco después de las 9 horas estaba la comisión reunida y acampada en el claro. Virgilio y Melquíades. Domingos Leite. la citada comisión. especie de cipo de aspecto arborescente. empeñados en esta pesada labor. alférez Ponciano. bajo el pseudónimo de Hoche. como un gran pólipo de millones de antenas. la comisión de ingenieros tuvo que abrir. a su luz. La hoz más afilada de nues­ tros soldados del contingente de ingenieros y de la policía. mandacarus. Allí también acampó la brigada de artillería. malestar y fastidio. El cañón 32.El jefe de ese trabajo memorable relata * : "Al xique-xique. difícilmente las cortaba a los primeros golpes. los dos últimos de la policía. quixaba y la respetabilísima macarnbira. no pudiendo vencer los obstáculos derrumbados por la noche. no impidió que la noche los sorprendiera antes de llegar a esa especie de claro. favela. que trabajaba desde el Río Pequeño. quedó dentro de la pica hasta el día siguiente y con él. el tronco se divide en muchos gajos que se multiplican en una profusión admirable. en pocas horas. el Dr. Extiende sus franjas de hojas cilindricas con ocho canaletas e igual número de filos cortantes y poco salientes. pues el capitán Coriolano y el teniente Domingos Ribeiro se encontraban más atrás. más de seis kilómetros de camino teniendo sobre sus talones a la artillería que atropellaba impaciente. que causaba a todos contrariedad. pues ofrecían una resistencia inespe­ rada al empeño que teníamos por ir adelante. palmatoria. en otros trabajos. con un grupo de chinos en el empeño de llevarlo a Canudos. tenientes Nascimento y Crisanto. el 169 y el 259 batallones de * Teniente coronel Siqueira de Meneses. de tanto en tanto. cabega de frade. de lo que ya habla­ mos. cuyas hojas son cilindricas. cola de zorro. Antes que el desánimo. A pocos centímetros del suelo. bajo lluvias torrenciales que se prolongaron hasta el día siguiente. el tercero auxiliar y el cuarto comandante del con­ tingente de ingenieros. "Así se concluyó con alegría general entre las ocho y las nueve de la noche el último trecho en el que el cumana desapareció dando paso a una vegetación más benigna al salir de Queimadas. el cansancio y el sueño se apoderasen de nuestros resistentes y trabajadores soldados. parecido a una planta cultivada en los jardines. que cubren muchas veces una considerable superficie del suelo. grandes hogueras para se­ guir los trabajos en pro de la buena causa de la Patria. En ese laberinto de nueva especie. El esfuerzo desplegado por los distinguidos y patriotas republicanos. representada en esta ocasión por el jefe. ya noche oscura. se unió el muy conocido y temido cumana. . enmarañándose en una trama impenetrable. caroás.

marchando hacia el "Rancho do Vigário”. traía un objetivo mayor: renovar el delirio de las cargas y un paso redoblado enloquecido que tanto había perjudicado a la expedición anterior. para mostrarle el camino del deber.700 metros más adelante. Desapareció. Ahí llegó a la madrugada el comandante general. por entre las fantásticas claridades de las grandes hogueras. Levantaron campamento el 26. reiterándole el compromiso de encontrarse el 27 en las cercanías de Canudos. No fue posible distinguirlo bien. Cambiadas algunas balas. El comandante en jefe envió entonces un emisario al general Savaget. 18 kilómetros más lejos. hasta espléndido. más adelante. donde pernoctó. el resto de la división. quedando a cargo de la guardia del 32 el 279 que durmió en la pica. altiva de su gran fuerza. después de una corta parada en las Baixas. encendidas en el desierto. Pero veloz y fugitivo. En seguida reapareció. acompañado por unos pocos tiradores. que no reveló nada en el interrogatorio a que lo sometieron. con las brigadas P y 3^. de la honra y de la gloria”. el general Oscar con el estado mayor y el piquete de caballería. . como por el genio de la libertad. Quedó prisionero y herido un curiboca de 12 o 14 años. Era algún piquete que espiaba a la tropa. siendo necesario todavía hacer una rampa sobre las riberas del río Rosario para que lo cruzara la artillería. el espectáculo que nos impresionó vivamente. acompa­ ñándola velozmente por dentro de las caatingas. El famoso bandido hizo un reconocimiento. Pasó como en relieve. desaparecie­ ron. Lo dirigía Pajeú. Sorprendió a la tropa con un tiroteo rápido. y más tarde. Pero de hecho. La tropa acampó sin otras novedades en ese sitio. salvo la 3^ bri­ gada que se aventajó hasta las Baixas.infantería. como reina del mundo. Mientras tanto llegaba a Jueté. como lo denunciaron los sucesos pos­ teriores. Los combatientes se reunieron seis kilómetros adelante. atravesar imponente. UN GUIA TEMEROSO: PAJEU El enemigo apareció otra vez. de flanco. Al paso que el general Bar­ bosa. Fue magnífico. Cayó en un ataque vivo y fugaz sobre la van­ guardia que ese día estaba constituida por el 9 9 de infantería. en el camino adelante. enderezaba hacia la estancia del "Rosario” a 4. viendo a la artillería con sus metales pulidos.

Las cornetas no sonaban más. que antecede a la batalla. La noche. Al día siguiente. allá a lo lejos. establecido para el encuentro de las dos columnas sobre los escombros de la aldea atacada. Rompía la marcha el 259 batallón. Es que. a medida que los trabajos de zapa le abrían camino en las laderas. y después. La subieron. Y se extendieron por el camino en una línea de diez kilómetros. venía por los primeros tramos de la vertiente y aquél ascendía lentamente. Y en la alegría surcada de impaciencia. podrían ser fácilmente desbaratados por las guerrillas enemigas. La columna se dividió aún más. como veremos. a golpes de facón el ramaje. perdido en la retaguardia. En plena zona peli­ grosa. cayó sobre los expedicionarios que. al centro la del coronel Olimpio da Silveira y la caba­ llería. al atardecer llegaba al rancho. viejas conocedoras del terreno. las de los coroneles Thompson Flores y Medeiros. inútilmente. derivaron después en la bajada por la garganta que la separa del "Rancho do Vigário”.Estaban a unos 80 kilómetros de Monte Santo. tratando de abatir. en las condiciones más impropias para librar el más ligero encuentro. . Sobre dos puentecitos atravesaron el riacho del Angico. de aprensiones y vibrante entusiasmo. hasta las Baixas donde aparecen los despeñaderos de la sierra del Rosario. de flancos duros y vegetación rala. ladeado de dos pelotones de flanqueadores. Las tropas iban a escalar por el sur la fortaleza que circunscribe Canudos. nadie pensó en los compañeros retrasados. Mientras la vanguardia. los jagungos se dispusieron a refriegas más serias. For­ mados temprano. tenían dispuesta otra posición. en tales condiciones. Las brigadas se olvidaron totalmente del convoy desguarnecido. como siempre. No lo hicieron. la conformación del terreno que desde allí en adelante se accidenta. También dejaron en paz al convoy que. los batallones marcharon hasta el pie de la serranía. Los ayudaba. Habían aflojado a los animales de tiro y toda la carga de 53 carretas y 7 grandes carros pasó subdividida a las espaldas fuertes de los sertanejos del 59 batallón de la policía. el 27. del otro lado. La noche transcurrió pacífica. y con la noche una lluvia torrencial con vientos muy fuertes. apenas auxiliados por los pocas muías que todavía soportaban las cargas. Tal vez esclarecidos por el reconocimiento hecho. Las brigadas siguieron: al frente la del coronel Gouveia con dos bocas de fuego. El intercambio de balas de la víspera presuponía combates even­ tuales. andaba por el camino de Jueté. con sus soldados arqueados bajo los grandes fardos. la artillería ligera que con los ingenieros había aban­ donado al pesado 32. sucesivamente. Seguían cautelosos su ruta. todos se pusieron en movimiento para la última jornada. se eriza en picos escarpados.

Los jagungos los asaltaron, de sorpresa, antes de la llegada, al mediodía, en el Angico. El ataque, aunque no merecía el nombre de combate que después le dieron, fue serio. Pajeú congregaba a los piquetes que se sucedían desde ese punto hasta Canudos y se echó de costado sobre la fuerza. Esta, sobre una rampa sin refugios, quedó como blanco de los tiros por elevación de los sertanejos que apenas se distinguían en la orla del matorral, abajo; pero replicó con firmeza, perdiendo sólo dos soldados, uno muerto y el otro herido, y continuó el avance en orden, a paso ordi­ nario, hasta el sitio memorable de Pitombas, donde ocurrió el primer encuentro de Moreira César con los fanáticos.

El lugar era lúgubre. Por todas partes aparecían recuerdos crueles: peda­ zos ya incoloros de uniformes, oscilando en la punta de las ramas secas; pedazos de mantas y harapos de capotes desparramados por el suelo en un revoltijo con fragmentos de osamentas. A la margen izquierda del camino, erguido en un tronco — como una percha de la que colgase un viejo uniforme— el esqueleto del coronel Tamarinho, decapitado, los brazos colgados, las manos de hueso calzando guantes negros. . . A sus pies estaban el cráneo y las botas. Y yendo desde el borde del camino hacia la profundidad de las caatingas, otros camaradas de infortunio: esqueletos vestidos con uniformes rotos y polvorientos, tirados por el suelo, de supino, alineados en forma­ ción trágica, o simplemente arrimados a los arbustos que oscilando según el viento, les daban singulares movimientos de espectros. Toda una de­ moníaca escenografía pensada adrede por los jagungos. No les habían quitado nada, salvo las armas y las municiones. Un plaza del 259 encontró en el género que envolvía la tibia descarnada de uno, un montón de bi­ lletes que sumaban cuatro contos de réis. El adversario lo había desdeñado como otras cosas de valor para ellos degradadas. Los soldados, asombrados, apenas observaron ese escenario porque el enemigo continuaba siguiéndolos de costado. Repelido en el encuentro anterior, después que lo rodeara una compañía del 2 59 dirigida por el capitán Trogílio de Oliveira, retrocedía atacando. El 259 y después el 279 del mayor Henrique Severiano da Silva, si­ guieron repeliéndolo hasta el Angico. La batalla parecía inminente. En varios puntos, partiendo de los flan­ cos y del frente, estallaban tiros. El comandante general tomó las dispo­ siciones más convenientes para repeler al adversario que parecía iba a aparecer, rodeándolos. Un piquete de caballería dirigido por el alférez

Marques da Rocha, de su estado mayor, enviado a reconocer la caatinga a la izquierda, lo hizo inútilmente. Continuaron avanzando. Dos horas después, al trasponer el general una colina, el ataque re­ crudeció de pronto. Se hicieron algunos disparos de Krupp. Un sargento de caballería y algunos plazas se metieron temerariamente en la caatinga. Hicieron una batida. Continuó la marcha. Al frente, el 2 59 formando la vanguardia con una compañía de exploradores y sucesivamente, el 279 y el 169, replicando los tiros escasos y acelerando la embestida. La noche se acercaba. La vanguardia avanzó por las últimas laderas del camino, en las Umburanas. Las subió, sin aliento y sin vacilar. Más de una vez tuvo que replicar serios ataques hechos por el flanco. Y llegó a la montaña. El último paso del ascenso le pareció un plano levemente inclinado, entre dos ondulaciones, cerrado adelante por algunos cerros desnudos. Eran los altos de la Favela.

EL ALTO DE LA FAVELA En ese punto este legendario morro es un valle. Cuando se lo sube se tiene la impresión imprevista de llegar a una bajada. Parece que se desciende. Toda la fatiga de la difícil subida se vuelve un penoso desasosiego para el viajero. La vista queda cerrada por todo tipo de accidentes. En lugar de una línea de cumbres, muestra un thalweg, un surco extenso, cerrado a los trescientos metros por la barrera de un cerro. Llegando a éste, a los lados, se ven corroyéndolo, hondos surcos por donde drena la montaña. Por uno de ellos, el de la derecha, se observa un paso estrecho de rampas altas, casi verticales, como restos de antiguos túneles y el camino del Rosario bajando en fuertes desniveles. A la iz­ quierda, otra depresión que termina en la cuesta suave de un morro, el del Mário, se dilata de norte a sur cerrándose en ese primer tramo ante otro cerro que oculta el poblado y cae de golpe en una garganta pro­ funda hasta el lecho del Umburanas. Adelante, en nivel inferior, la Fazenda Velha. El pequeño cerro de los Pelados viene en seguida, en declive, hasta el Vaza-Barris, allá abajo. Y hacia todos los rumbos, hacia el este, buscando el valle del Macambira, más acá de las cumbres del Cocorobó y el camino de Jeremoabo que lo atraviesa; hacia el norte deri­ vando por la vasta planicie ondulada; hacia el oeste buscando los lechos de los pequeños ríos, el Umburanas y el Mucuim cerca de la entrada del Cambaio; y hacia todos los lados, el terreno se presenta con el aspecto que le dan las cumbres sobresaliendo en una confusión de picos y despe­ ñaderos. Se tiene la imagen de una montaña que se desmorona, arruinada por las tormentas, abriéndose en gargantas que las lluvias torrenciales

profundizan año a año, sin el abrigo de la vegetación que amengüe la ferocidad de los veranos y las erosiones de los torrentes. Porque el morro de la Favela como los otros de esa zona del sertón, no tiene el revestimiento bárbaro de la caatinga. Es desnudo y áspero. Pocos arbustos, esmirriados y sin hojas, raros cereos o bromelias espar­ cidas despuntan sobre el suelo duro, entre las junturas de los bloques yuxtapuestos en planos estratigráficos, exponiendo sin el disfraz de la más leve capa superficial, la estructura interior del suelo. Los que ascienden por el sur no ven en seguida la aldea que está al norte. Tienen que bajar en suave declive la ancha plegadura en que se arquea la montaña, como una trampa entre lomas paralelas. Por allí enderezó al anochecer la cabeza de la columna y una batería de Krupp, seguidas por el resto de la 2 $ brigada y de la 3^, quedando la P y el grueso de la tropa retrasados a retaguardia. Pero dieron pocos pasos, porque el tiroteo, hasta entonces espaciado, progresó en continuo aumento, a medida que realizaban la subida, convirtiéndose al cabo en una fusilería furiosa. Y se desencadenó una refriega original y cruenta. El enemigo no se veía, metido en socavones, en sus trincheras-refugio que minaban las laderas laterales y tapado por las primeras sombras de la noche que caía. Las dos compañías del batallón 2 59 soportaron valientemente el choque. Mientras disparaban al azar sus armas, las dos brigadas se abrieron para dar paso a la batería. Esta, llevada al frente, arrastrada más a mano que por las muías cansadas y asustadas, pasó ruidosamente. Subió a la cumbre más cercana y se alineó en batalla allá arriba. Elevaron la bandera na­ cional y una salva de veintiún tiros de granadas atronó sobre Canudos. El general Artur Oscar, a caballo junto a los cañones, observó por primera vez, abajo, iluminada por la claridad de una luna deslumbrante, la misteriosa ciudad sertaneja y tuvo el más fugaz de los triunfos en la cumbre golpeada por los tiros donde se expuso temerariamente. Porque la situación era desesperada. Su tropa, batida por todos los flan­ cos, envuelta por el enemigo a caballo, estaba apretada en una estrecha franja que le impedía maniobrar. Si estuviese toda junta cabía una solución, seguir por la peligrosa travesía hasta juntarse con el general Savaget que, después de una marcha entrecortada por combates, había hecho alto a tres kilómetros más ade­ lante. Pero no había llegado la P brigada que se había quedado prote­ giendo a la batería de tiro rápido y al 329 y más lento todavía, el convoy parado en Angico, a dos leguas de distancia. Aquel plan de campaña daba el único resultado que podía dar. La expedición homogénea que por su dispositivo inicial no podía fraccionar­ se, porque tenía una sola dirección y un solo convoy, se encontraba divi­ dida precisamente al llegar al objetivo de lucha. De modo que la arreme­

tida coronada con una salva de balas sobre Canudos era la más impru­ dente de las victorias. El jefe expedicionario la definió después como un combate de brillante éxito, merced al cual el enemigo había huido aban­ donándole la posición tomada. Mientras todos los sucesos posteriores revelaron el ansia de la tropa por abandonarla y el empeño persistente de los jagungos por impedirles la salida. Aquello era una trampa singular. Quien recorriera más tarde las cues­ tas de la Favela lo puede testimoniar. Estaban minadas. A cada paso una cueva circular y rasa, protegida por piedras, señalaba una trinchera. Eran innúmeras y como todas miraban hacia el camino y hacían fuego casi a ras del suelo, adrede estaban dispuestas para un cruzamiento sobre aquél. Así se explican los ataques ligeros e insistentes hechos durante el ca­ mino a partir de Angico, el inofensivo tiroteo en el que los sertanejos, saltando y corriendo, daban evidencia de querer atraer a la expedición hacia ese rumbo, impidiéndole la elección de cualquier atajo de los tantos que llevaban a la aldea. Su ardid había triunfado. Los expedicionarios, bajo el estímulo de la persecución del enemigo disperso sobre el frente y en fuga, habían to­ mado, sin una exploración preparatoria, por un lugar desconocido, si­ guiendo, sin saberlo, a un guía terrible: Pajeú. Y con su aire de triunfadores cayeron en la trampa. En respuesta al bombardeo de un extremo al otro, de arriba abajo, por las laderas, estalló un relampagueo de descargas terribles y fulminantes saliendo de cen­ tenares de trincheras, explotando debajo del suelo como fogatas.

Era un fusilamiento en masa. . . Los batallones sorprendidos se volvieron una multitud atónita, in­ quieta, asombrada, centenares de hombres desorientados, tropezando con sus compañeros que caían, atontados por los estampidos, deslumbrados por las claridades de los tiros, sin poder arriesgar un paso en la región ignota sobre la que había caído la noche. La réplica haciendo blanco en las laderas era inútil. Los jagungos tiraban sin riesgos, en cuclillas o echados en el fondo de los fosos, a cuyos bordes sostenían los caños de las espingardas. Excluyendo la posi­ bilidad de desalojarlos con cargas de bayoneta, lanzándose desesperada­ mente por los morros o de seguir, aventurándose a asaltos peores y aban­ donando a la retaguardia, sólo les quedaba a los combatientes el aguantarse a pie firme en la peligrosa posición, aguardando el amanecer. Esta única posibilidad fue favorecida por el adversario. El ataque se atemperó después de una hora y finalmente cesó. Las brigadas acam­ paron en formación de batalla. La 2 ^ se situó en líneas avanzadas, del

centro hacia la derecha, teniendo a la retaguardia a la P ; la artillería se situó cerca, teniendo a la derecha a la batería de tiro rápido, en el centro el Withworth 32 que se confiaba al 39 del teniente coronel Tupi Caldas. El general que comandaba este batallón cuando era coronel lo colocó personalmente en ese puesto peligroso: "A la honra del 3O9 entrego la artillería y quedo tranquilo”. El resto del 59 regimiento del mayor Barbelo se colocó más a la iz­ quierda, próximo al ala de caballería del mayor Carlos Alencar. Cerca de la depresión, junto al alto del Mário, punto flaco de la posición, a la que posteriores sucesos darían el nombre de "Valle de la muerte” se adensaron los batallones del coronel Flores. En una zanja menos alcanzada por el fuego se improvisó un hospital. Hacia allá se arrastraron los 55 heridos que con 20 muertos por allí desparramados, porque no había con qué recogerlos, hacían ascender a 75 las bajas del día en poco más de una hora de combate. Alrededor se extendió un cordón de centinelas y la tropa, comandan­ tes y plazas echados por el suelo en la más niveladora promiscuidad, reposaron en paz. La inopinada quietud del enemigo les dio la ilusión de la victoria. La saludaron anticipadamente las bandas de música de la 3^ brigada ago­ tando hasta deshoras su repertorio de marchas y una luna admirable se levantó sobre los batallones adormecidos. Pero era una tranquilidad engañadora. Los sertanejos habían conse­ guido lo que querían. Habiendo arrastrado hasta allí a la expedición que­ daba totalmente desprotegido en la retaguardia, el convoy de municiones y provisiones. Al día siguiente asaltarían simultáneamente por dos puntos, en la Favela y en el Angico y cuando, victoriosas en el primer lugar, las fuerzas arremetieran contra la aldea, iban a encontrarse sin armas.

Sin embargo, esta circunstancia no pesó en el ánimo de los que se habían acercado tan precipitadamente al centro de operaciones. Al clarear la mañana del 28, reunidos en la posición dominante de la artillería, los oficiales y plazas contemplaron por fin, la "caverna de los bandidos” según el decir pintoresco de las órdenes del día del comandante en jefe. Canudos había crecido aunque su amplitud apenas había aumentado: el mismo caserío colorado de techos de arcilla, extendiéndose cada vez más en desparramo por las colinas, alrededor del núcleo compacto abra­ zado por el río. Circundada al sudoeste y al noroeste por él, abrazada al norte y al este por las líneas onduladas de los cerros, emergía lentamente en la claridad de esa hora de la mañana con el aspecto de una ciudadela

de difícil dominio. Se advertía que un cuerpo de ejército, al caer en ese dédalo de zanjas que la envuelven entera, marcharía como entre estrechas galerías de una plaza de armas colosal. No presentaba un punto de acceso viable. El camino de Jeremoabo que entraba doscientos metros antes, por el lecho seco del Vaza-Barris, se metía entre dos trincheras que le orlaban una y otra margen, disimuladas de setos de gravatás bravios. El camino "sagrado” de Magacará — por donde salía el Conselheiro en sus peregrina­ ciones hacia el sur— cayendo por los morros entre los cuales se encaja el Umburanas, era igualmente impracticable. Los caminos del Uauá y de la Várzea da Erna, al norte, estaban libres, pero exigían una marcha peligrosa y extensa antes de alcanzarlos. La iglesia nueva, casi lista, levantaba sus dos altas torres encumbrando el caserío humilde y completaba la defensa. Daba hacia todos los caminos, enfrentaba los altos de todos los morros, miraba hacia el fondo de todos los valles. La espingarda del tirador colocado en sus cimas no ofrecía un solo ángulo muerto y sólo le faltaban cañoneras o recortes de almenas. El terreno que delante de la Favela, al norte, deriva hasta el río, se abre hacia la izquierda como vimos, en una ancha depresión que da en­ trada al morro del Mário y a la línea de cumbres en declive que se dirige hacia la Fazenda Velha. Allí estaba la 3?- brigada desde temprano, formada en columnas. Más a la derecha, dominante, la artillería. Sucesivamente, la 2 ^ y la 1^ brigadas. La tropa amaneció en formación de batalla. Atendiendo las ventajas tácticas de la posición, ésta debía empezar y en gran parte sus­ tentarse, con la artillería, cuyos efectos, atacando la aldea distante mil doscientos metros, la mostraba capaz de alcanzar en poco tiempo la victoria. Las esperanzas se concentraron, en el primer momento, en las baterías del coronel Olimpio da Silveira. Eran tan grandes que poco antes de hacerse el primer disparo, a las seis de la mañana, numerosos combatientes de otras armas, aglomerados alrededor de los cañones, representaban el papel neutral de espectadores que ansian contemplar un cuadro terrible: Canudos ardiendo bajo la túnica molesta del cañoneo, ¡una población fulminada dentro de cinco mil casuchas en ruinas! Era otra ilusión que sería duramente deshecha. El primer tiro salió disparado por el Krupp de la extrema derecha. Y determinó un arrebatador lance teatral. Los jagungos habían dormido al lado de la tropa, en todas esas laderas cubiertas de trincheras y sin aparecer, la rodearon de descargas. Más tarde, relatando el hecho, el jefe expedicionario se confesó im­ potente para describir la inmensa "lluvia de balas que caían sobre los morros y subían de las planicies con un silbido horrible” que los aturdía.

A su vez, el comandante de la P columna, afirmó en la orden del día, que durante cinco años, en la guerra del Paraguay, jamás había pre­ senciado una cosa semejante. Realmente, los sertanejos demostraban una firmeza de tiro sorpren­ dente. Las descargas, nutridas, violentas, deflagraban por los cerros como si los encendiese un fulminante único y después de topar contra la tropa desprotegida, golpeaban sobre la artillería. La diezmaron. Cayeron la mi­ tad de los oficiales y decenas de soldados. Sobre el cerro, barrido en mi­ nutos, permaneció firme la guarnición y en medio de ella, cruzándose por las baterías, impasible como si estuviese dando instrucciones en un polígono de tiro, un viejo de valentía serena, un héroe tranquilo, el coronel Olimpio da Silveira. Fue la salvación. En tal emergencia el aban­ dono de los cañones hubiera sido el desbande. . . La alarma vibraba en todos los cuerpos. Instintivamente, sin dirección fija y sin orden de comando, tres mil espingardas dispararon a un tiempo haciendo blanco en los morros. Estos hechos sucedieron en minutos y en minutos, en el área estrecha en donde se movía la expedición, se armó la más lamentable confusión. Nadie pensaba. Todos actuaban. Al azar, tontamente, sin campo para hacer cargas o para maniobrar, los pelotones tiraban al acaso haciendo puntería hacia lo alto, para no matarse entre ellos, contra un enemigo siniestro que lo rodeaba desde todas partes sin mostrarse. En este tumulto, la 3?- brigada, en el flanco izquierdo, dispuesta en columnas de batallones y llevando a la vanguardia el 79, comenzó a avanzar hacia la Fazenda Velha, de donde irrumpían con más fuerza las descargas. Ese batallón, que cuatro meses antes había subido por ese mismo camino en desban­ dada, huyendo y dejando abandonado el cadáver del coronel Moreira César, iba a pagar por aquel desastre. Acompañándolo en esta circuns­ tancia iba su socio de reveses, el 99. El mayor Cunha Matos comandaba la vanguardia. Los vencidos de la expedición anterior daban una lección extraña para lavar la afrenta y tenían un jefe que, bajo muchos aspectos, se comparaba con el comandante infeliz que allí había caído, el coronel Thompson Flores. Era un luchador de primer orden. Aunque le faltaban atributos esenciales para el mando y principalmente, la serenidad de ánimo que permite la concepción fría de las maniobras, le sobraba coraje a toda prueba y un casi desprecio por el antagonista por más temible y fuerte que fuese, lo que hacía de él un soldado incomparable en la acción. Lo demostró en el ataque temerario que realizó. Lo hizo con autonomía indisciplinada sin determinación superior y con el intento de atacar, en una sola carga, hasta la plaza de las iglesias, haciendo llegar victoriosos a los mismos soldados que allí se habían desbandado y habían sido ven­ cidos cuatro meses atrás. Su brigada, batida de lleno por el fuego del ene­ migo atrincherado, embistió y casi a cien metros de la posición primi­ tiva, colocó en la vanguardia a los tiradores. El coronel Flores que iba

al frente, a caballo, descabalgó a fin de ordenar personalmente la línea de fuego. Por un prurito de bravura no se había arrancado los galones que lo volvían blanco predilecto de los jagungos. Y al marchar hacia la avanzada, cayó herido en pleno pecho, muerto. Lo sustituyó el mayor Cunha Matos quien dignamente prosiguió el movimiento imprudentemente planeado, porque el 79 batallón entre los demás cuerpos, era el único que no podía retroceder en ese terreno. Su comando fue muy breve. Desmontado por un proyectil certero, lo pasó al mayor Carlos Frederico de Mesquita. Poco después, éste fue alcanzado por una bala, asumiendo la dirección de la brigada el capitán Pereira Pinto. Era asombroso: el 79 batallón tuvo en media hora ciento catorce plazas y nueve oficiales fuera de combate. Se redujo en un tercio. Se deshacía a bala. Idéntica destrucción se operaba en otros puntos. Rápidamente, con un ritmo atroz, minuto a minuto, las graduaciones de jefes caían. El 14 de infantería, al avanzar en refuerzo de las líneas del flanco derecho, apenas hechos unos metros, perdió a su comandante, el mayor Pereira de Meló. Lo reemplazó el capitán Martiniano de Oliveira, que a poco fue retirado de la línea por un bahiano. El capitán Sousa Campos que lo sucedió, sólo dio unos pasos y cayó muerto. El 149 prosiguió bajo el mando de un teniente. La mortandad los abatía de ese modo por toda la línea y, como agra­ vante, al fin de horas de un combate hecho sin la mínima combinación táctica, se notó que las municiones se agotaban. La artillería, diseminada en la eminencia donde había hecho su último tiro, callando el cañoneo. Había perdido la mitad de sus oficiales y entre éstos al capitán fiscal del 5? regimiento, Néstor Vilar Barreto Coutinho. Comenzaron a llegar al cuartel general reclamos insistentes para que proveyera de municiones a los batallones. Entonces se hizo marchar a la retaguardia al capitán Costa e Silva, asistente del diputado del Cuartel Maestre General, a fin de apresurar la llegada del convoy. Resolución tardía. Dos ayudantes enviados inmedia­ tamente después que aquél, se volvieron apenas recorrido un kilómetro. No podían vencer la fusilería que cerraba el paso. Se había cortado la retaguardia. Si se detuviese el tumulto, el estrépito de las armas, el alarido confuso y los estampidos insistentes que desgarraban los aires alrededor de los combatientes, en los altos de la Favela, advertirían el tiroteo lejano del 5 9 de policía, en lucha con los jaguncos a dos leguas de distancia.

UNA DIVISION APRISIONADA Toda la primera columna estaba aprisionada. Por más extraño que pa­ rezca el caso, los triunfadores no tenían manera de salir de la posición

que habían conquistado. Lo confiesa el general en jefe: "Atacado el con­ voy e interdicta la salida de cualquier soldado, como lo demuestran los casos precedentes, tuve que mandar una fuerza de caballería al general Cláudio do Amaral Savaget con la intención de recibir socorro de muni­ ciones lo que una vez más contrarió mi propósito, porque el piquete no pudo atravesar la línea de fuego del enemigo que tiroteaba sobre el flan­ co derecho” *. De esa manera, atacada en el flanco derecho de donde había vuelto, rechazado, el piquete de caballería, atacada por la reta­ guardia que dos auxiliares temerarios no habían logrado pasar, atacada por el flanco izquierdo, donde se sacrificara gloriosamente y se detuviera la 3^ brigada, atacada por la vanguardia donde la artillería, diezmada, había perdido a casi toda la oficialidad y había enmudecido, la expedición es­ taba completamente superada por el enemigo. Le quedaba un recurso problemático y arriesgado: saltar fuera de ese siniestro valle de la Favela que era como una valla inmensa, a punta de bayoneta y a golpes de espada. Se hizo una última tentativa. Un emisario salió furtivamente, metién­ dose por las caatingas, en busca de la 2 ^ columna que estaba estacionada a menos de media legua, al norte. . .

III COLUMNA SAVAGET La tropa del general Cláudio do Amaral Savaget había partido de Aracaju 288. Hizo alto en las cercanías de Canudos después de una marcha de setenta leguas. Vino por el interior de Sergipe en brigadas aisladas hasta Jeremoabo, donde se organizó el 8 de junio, prosiguiendo el 16, unida, hacia el objetivo de las operaciones. Compuesta de 2.350 hombres, incluidas las guarniciones de dos Krupps ligeros, había caminado a paso firme y holgado, para lo que con­ tribuyó un dispositivo más bien dispuesto para las circunstancias. Ese general, sin tomar sobre sí una autoridad que bajo tal forma sería contraproducente, la repartió sin deslices de la disciplina militar, con sus tres auxiliares inmediatos, coroneles Carlos Maria da Silva Teles, Juliáo Augusto da Serra Martins y Donaciano de Araújo Pantoja, comandantes de las 4^, 5^ y 6 ^ brigadas. Y éstos realizaron, hasta las primeras casas de la aldea, una marcha que se destaca de las otras. No había instrucciones prescriptas. No se había pensado yuxtaponer al áspero teatro de la guerra la rigidez de las formaciones o de los planes preconcebidos. La campaña, lo comprendieron, era impropia para las opulencias de las teorías guerreras ejercitadas a través de un formalismo
* Orden del día N9 118.

sin experiencia. Comprendieron que debía usarse una táctica estrecha y salvaje, hecha según las determinaciones del momento. Por primera vez, los combatientes actuaban según una actitud com­ patible con la índole: subdivididos en brigadas autónomas pero sin dis­ persarse; bastante móviles para adecuarse a la rapidez máxima de las maniobras o movimientos que los preparasen para aguardar la única cosa que en esa guerra sin reglas les era dado esperar: lo inesperado. Las tres brigadas, ágiles, elásticas y firmes, abastecidas por convoyes parciales que no les trababan los movimientos, hechas para enfrentar con fuerza la agilidad de las guerrillas y las asperezas del terreno, repartida la masa de la división de modo de sustituir la importancia del número por la velo­ cidad y el vigor de evoluciones aptas a realizarse en las más circunscriptas áreas de combate, sin la traba de los elefantes de Pirro 28 9 de una artillería imponente e inútil. Al frente venía la 4^ compuesta de los batallones 129 y 319, bajo el mando del teniente coronel Sucupira de Alencar Araripe y del mayor Joáo Pacheco de Assis. La dirigía el coronel Carlos Teles, la más completa organización mi­ litar de nuestro ejército en los últimos tiempos. Perfecto espécimen de esos extraordinarios lidiadores riograndenses —bravos, joviales, fuertes— estaba como ellos hecho por el molde de Andrade Neves, un jefe y un soldado; arrojado y reflexivo, impávido y prudente, mezcla de arrojo temerario y valentía serena; no desdeñaba luchar al lado de un plaza a jornal en el encuentro más feroz pero des­ pués de haberlo planeado fríamente. La campaña federalista del sur le había dado una envidiable aureola. Su figura de campeador — porte dominante, alto, envergadura titánica, mirada firme y leal— se había completado con un episodio heroico, el sitio de Bagé 290. La campaña de Canudos iba a aumentar su renombre. Lo comprendió como pocos. Tenía la intuición guerrera de los gaúchos. Al mando de su brigada y andando con ella, aislado, hacia Simáo Dias 2 9 1 , adonde llegó el 4 de mayo, la había modelado como un pequeño cuerpo de ejército adaptado a las exigencias de la lucha. La preparó, la adiestró, y como era imposible cambiar la instrucción práctica de los soldados que venían de un severo ejercicio guerrero en los campos de Río Grande, trató, a pesar de lo diferente del terreno, de darle la misma celeridad, el mismo vértigo en las cargas. Entre las compañías del 319, eligió a 60 hombres, jinetes aidestrados, otrora "reyes de las cuchillas”, ineptos para el paso tardo de los pelotones de infantería. Con ellos constituyó un escuadrón de lanceros, poniéndole bajo el mando de un alférez. Era una innovación y parecía un error. El arma "fría y silen­ ciosa” de Damiroff 2 9 2 , hecha para los choques y los ataques en las estepas

Se levantan sobre las planicies y a despecho de los incorrectos contornos. Mauari. explayándose por el NE. el núcleo del suelo aflora a medida que la ablación de los torrentes remueve las formaciones sedimentarias más modernas. donde el terreno se accidenta con los primeros cerros de Cocorobó. una tropa expedicionaria de los sertones no se dejaba sorprender. las serranías cortadas en angosturas. Hicieron reconoci­ mientos de importancia. fraccionadas en sierras de vivos declives. Por primera vez. parecen ruinas de un dique roto por las crecientes. abiertas por el Vaza-Barris en remotas edades. pasando sucesivamente por Passagem. en los cuadrantes de SO y NO y de este último. Su conformación topográfica invita a esta retrospección geológica. a primera vista. veinte soldados del escuadrón habían rastreado hasta las cercanías del poblado y del reconocimiento había resultado que el camino estaba franco hasta la Serra Vermelha. muestra la potencia de los elementos que hace . apenas partió la división del general Savaget de Jeremoabo hacia Canudos. era inapropiada para ese territorio quebrado y orlado de espinos. Brejinho. se encaminaba hacia el este por escotaduras estrechas. Pero más tarde se verificó el alcance de la innovación. Canché. Estrada Velha y Serra Vermelha. recuerda valles de erosión o quebradas. llegando a este lugar el 25 de junio con la certeza de encontrar al enemigo. cuando las columnas se reunie­ ron en la Favela. cuando incomparablemente mayor. Y más adelante. Días antes. bordeando el VazaBarris. único sustento con que contó la tropa. De igual modo vencieron los barrancos del sertón. La columna marchó a razón de dos leguas por día. Los improvisados lanceros tenían la práctica de las corridas. Y esta doble función se mostró muy valiosa. Definido por las mismas capas silurianas que vimos en otros trechos. Constituyen una montaña fósil. COCOROBO Cocorobó. La masa de aguas corría hacia el este por gargantas estrechas. nombre que no caracteriza a una sola sierra sino a un sinnú­ mero de ellas. usaron su lanza como la aguijada de los vaqueros para conseguir el ganado disperso por las cercanías. ante las barreras que le ponían las serranías de P050 de Cima y Canabrava. contenidas por acci­ dentes fuertes como los que van de la Favela al Caipá. Canabrava.y en las pampas. saltando las "covas de touro” de las llanuras sureñas. Y al exhumarse así la sierra primitiva. nacía quizá del gran lago que cubría la planicie abrupta de Canudos. En efecto. permiten vislumbrar su aspecto primitivo.

en contraste con los terrenos achatados de los alrededores. al cual dio su nombre uno de los cabecillas sertanejos que allí vivía. aunque en menor escala. antes de este cruce. se alarga entre cerros. y va hasta el valle de un arroyo efímero. se tiene un paisaje único. no encuentra un terreno explanado como el de la otra orilla. El Vaza-Barris. A ambos lados. como en la Favela. Si se sigue de Canudos hacia Jeremoabo. en curva. y éstos se muestran. aislando los picos centrales. El desfiladero se termina. las recorren los taludes de los cerros centrales con sus dos vertientes late­ rales erizadas de peñascos acumulados al azar o agrupados en escalones. la evita. La traspone. la caatinga resis­ tente muere a sus pies. El suelo sigue abrupto. ondulante. a veces se acer­ can. enfilando hacia el este. ya cayendo a plomo a manera de muros en cuyas junturas apenas vegetan unas orquídeas raquíticas. convergiendo. formando un paso único sobre el camino de Jeremoabo. sino en la estructu­ ra misma. Porque. torneando innume­ rables laderas. se perturba en atajos. hasta llegar a la otra salida única. Estas dos gargantas de variable anchura. arqueándose por delante. ese rasgón de tierra de extremos aguzados que se subdividen a uno y otro lado de la horquilla de otros dos todavía menos practicables. Las abruptas rampas que lo forman se alejan. se curvan poco a poco según el trazado de dos salien­ tes de la sierra y acompañándolas. Allí adentro. ya pesados de piedra. Mácambira. contor­ sionado en meandros. otras avanzan. el terreno continúa siendo abrupto: se levantan otros cerros más bajos que lo centralizan y el primitivo camino se bifurca. El desfiladero de Cocorobó es. le deja desnudos los flancos. donde se agrupan en cumbres dentadas. Pero libre ya de la garganta de múlti­ ples salidas. sin embargo. o se vuelve acantilado en repentinos saltos rotos en picos hasta lo alto. en un terreno vasto que el camino de Jeremoabo corta por el medio. se encuentra también con la bifurcación que la divide. derecho o izquierdo. repartidos en sucesivos planos a la manera de galerías en un coliseo mons­ truoso. se choca con un postigo estrecho. Entonces hay que pasar por ese camino constituido por el lecho vacío y hechos unos cuantos metros. La atraviesa metiéndose por uno de los caminos. después del primitivo alejamiento. hasta unirse otra vez. no ya en la forma. el Vaza-Barris. El camino se desdobla en la falsa encrucijada de dos desvíos que el Vaza-Barris recorre por igual cuando las crecientes.largos siglos la combaten. hasta salir. De modo que quien va en sentido opuesto. El camino que lo faldea o acompaña su lecho. . contrapuestas a las concavidades de un arco de anfiteatro muy amplio. la brecha profunda por donde corre el Vaza-Barris. o sea de la aldea hacia el oeste. Desde allí continúa hasta Canudos a unas dos leguas más adelante. estirándose hacia el este. encajándose por la derecha. se aproximan. en pálido resumen. unidos sus dos brazos.

afir­ mados en una puntería cuidadosa. hasta las últimas secciones de la retaguardia. Tiraban sobre seguro. como se puede apreciar. Una mejor enseñanza guerrera no les hubiera variado el sistema porque éste. desde lo alto de aquellos parapetos desmantelados. Recibidos a tiros. ante el cual atronaban terriblemente ochocientas mannlichers. Mientras tanto. los cuerpos avanzados. respondiendo vigorosamente a las balas de los antagonistas. poco antes del mediodía. Y sus proyectiles comenzaron a ralear las filas más próximas. inicia­ ban el ataque con un tiroteo nutrido en el cual los fuegos irregulares de la línea de tiradores se intercambiaban con las cargas de los pelotones de refuerzo más cercanos. Al galope se habían acercado hasta las groseras trincheras y los vieron. mientras los otros dos. Se advertía que estaban disparando tiradores avaros. De modo que. no requería ni correcciones ni agregados. el 34 9 y 359. Pero no insistían en descargas cerradas. Los tiros altos se expandían dominantes sobre toda la expedición. cayendo entonces sobre los cuerpos que los apoyaban y llegando todavía más lejos. el 25 de junio. por su excelencia. las cuales dominaban la planicie en toda su extensión y gran trecho del camino. "Audaces y tena­ ces” dice el parte de combate del comando general. golpeando con una nutrida fusilería a los nues­ tros que comenzaron a tener algunas bajas entre muertos y heridos”. no retrocedieron. El general Savaget. derribando a los tiradores. tratando de no perder uno solo. "cualidades éstas que al parecer eran reforzadas por las excelentes posiciones que ocupaban. la reproducción de los episodios del Cambaio y de la Favela. aceptaron y sostuvieron con fir­ meza y energía el ataque. La calidad del tiro sustituía la cantidad. hasta la van­ guardia de la 5^ brigada que dispuso como tiradores a los soldados de uno de sus batallones. Los sertanejos revivían en idéntico escenario todas las peripecias del dramón siniestro y monótono del que eran protagonistas invisibles. prevenido del encuentro. Estos aguantaron el choque valientemente. más de ochocientos hombres al mando del coronel Serra Martins. el 409 del mayor Nonato de Seixas. El escuadrón de lanceros había descubierto al enemigo. pasando cierto tiempo. sobre una tropa convertida en blanco. Era. se adelantó acompañando a la 4^ brigada. se disponían como refuerzo. en la llanura desnuda y rasa. volvieron las riendas perdiendo dos plazas heridos. comenzó a volverse funesto. Se detuvo a cuatrocientos metros de la vanguardia para aguardar a la 6 % la división de artillería y los convoyes que marchaban a una distancia de tres kilómetros a retaguardia. que contaban los cartuchos uno a uno. allá abajo. al contrario. . el tiroteo calculado.ANTE LAS TRINCHERAS La vanguardia de las fuerzas marchando en este sentido hizo alto unos quinientos metros antes de aquella barrera.

oscilantes y prontos a caer algunos. estaban allí. No avanzó en todo ese tiempo un solo paso. otros acumulados en montones imponentes. rectilíneas y largas. Porque estimularon réplicas violentísimas desde las trinche­ ras. no podía evitarlas haciendo un rodeo. El trance exigía decisiones concretas. retirada en columnas a lo largo de dos kilómetros a retaguardia. sacrificados bajo las espingardas im­ punes de un grupo de matutos. se sacri­ ficaban inútilmente. y ante el contraste que sufrían. Había llegado la división de artillería y uno de los Krupps fue ubicado junto a las líneas avanzadas. No podían calcular su número. Tanto a derecha como a izquierda se sucedían montes erizados de contrafuertes y buscar entre ellos un desvío suponía una marcha de flanco. Pese a sus ocho batallones. como murallas que se destruyen. Presionados por el dilema expuesto. las granadas golpeaban de lleno los flancos y los aires se confundían con las balas y el áspero barrido de las laderas. formando como una espuela sobre el terreno. lo que volvía problemático el éxito. parecían desiertos. afirmada por eficaces explora­ ciones que habían predeterminado el lugar del encuentro. Por otro lado. mal equilibrados sobre bases estrechas. capaz de anular el vigor. bajo la vigilancia del enemigo. quizá dilatada. La decisión del momento fue arrostrar la situación reforzando la vanguardia. durante el asalto. El sol ardiente los bañaba. Bombardearon la montaña.La brigada. Las bajas aumentaban. Pasadas tres horas de fuego. parecían desen­ mascarar completamente las posiciones contrarías. A quinientos metros de los adversarios. resguardada entre los escasos arbustos que las pueblan. El general Savaget aquilató con firmeza la grave situación. desde hacía dos horas. A un simple golpe de vista se ponían de manifiesto los riesgos de un ataque frente a las dos angosturas que se le abrían delante e imponían. improvisaciones de una estrate­ gia rápida y práctica. magníficamente armados. los atacantes no habían avanzado un palmo de terreno. a nadie se le ocurría una salida ejecutable. Los dos batallones de refuerzo. uno a uno se podían contar sus grandes bloques. admirable en su disciplina. a orillas del VazaBarris. precisamente en la fase decisiva. permanecía inmóvil. Pero fueron contra­ producentes. Era casi un revés. El estrépito. no habían descubierto a uno solo. maniatados. y se distinguían las bromelias resistentes. mostrando los mínimos accidentes de su estructura. brillando a la luz como espadas. Los tiradores las soportaron con gran costo. un desfile de secciones diminutas. las caroás y macambiras. El resto de la expedición. Los cerros más altos. y se . Después de una marcha segura. millares de ojos puestos sobre las desnudas laderas. lo afrontó por dos horas en la misma posición en que se había detenido. las piedras rompiéndose y cayendo desde las alturas abajo. desparramados al azar. Arrojadas de cerca. la lucha era de­ sigual. francamente metidos en la acción.

y más lejos. La brigada permanecería como refuerzo y resguardo de los convoyes a retaguardia. Según confiesa en el documento oficial donde define con penoso desprecio el temible adversario que lo había detenido en su camino. irrealizable por cierto si todos los batallones en un ataque único.veían los cactos desolados. esta circunstancia lo salvó. Ante los expedicionarios. se des­ doblaba en línea la brigada Teles. no podía admitir "que dos o tres centenares de bandidos detuvieran la marcha de la segunda columna por tanto tiempo”. o rodeaban el trecho inabordable. igualmente desiertos. EXCEPCIONAL CARGA DE BAYONETAS Los jagungos podían ser doscientos o dos mil. en el cual los cuerpos avanzados del coronel Serra Martins formaban en columnas suce­ sivas. Entre ambas. el escuadrón de lanceros cargaría por el centro. que desembocaría en algo inevitable: el ataque de lleno a las colinas. hasta sustraerse del alcance de las balas. sólo les quedaban decisiones extremas: o retrocedían lentamente y luchando. * Orden del día del general Savaget. El general la adoptó. Esta idea era la más heroica y la más simple. Impedido de tal manera el paso. Así. Nunca se supo su número con certeza. mientras cuatrocientos metros más atrás y hacia la derecha. debía cargar por el flanco iz­ quierdo y por el lecho del río. en movimiento envolvente y azaroso. los cinco batallones destinados al ataque se disponían en orden perpendicular. a fin de desalojar al enemigo de los cerros centrales y de las colinas que quedan de ese lado. debiendo previamente formarse en línea al salir del camino hacia el terreno”. reforzando una de las alas. un tumulto de picos. tornando factible una maniobra arrojada. La sugirió el coronel Carlos Teles. irrumpía "una fusilería cerrada e ininterrumpida como si allí se encontrara una división entera de infantería!” *. El conjunto de la formación se proyectaba sobre la superficie del terreno con la forma exacta de un gran martillo. buscando un atajo más accesible. la campaña se mostraba una vez más enigmática y para siempre indescifrable. teniendo en su flanco izquierdo al escuadrón de lanceros. Este era el plan: "La 5^ brigada que se mantenía desde el principio en sus posiciones por entre las caatingas. se hubiesen mezclado desde el inicio en las dos entradas del desfiladero. conquistándolas. y la 4^ por el flanco derecho. Y de esa desolación. . la izquierda. de esa soledad absoluta e impresionante. Como empeñó en la acción poco más de un tercio de las tropas.

a despecho de la difícil ascensión. Una línea luminosa de centenares de metros onduló sobre los cerros. A su frente. el escuadrón de lanceros. perdió el caballo que montaba atravesado por una bala y debió sustituirlo. las anfractuosidades del suelo la dividían. sobre las vertientes que presionan el desfiladero en ese punto. El coronel Teles. Los arrojó valientemente sobre las trincheras más cercanas.Y la carga que en seguida se ejecutó — episodio culminante de la refrie­ ga— asemejó a un golpe único de mil seiscientas bayonetas contra una montaña. retroce­ diendo. Siguiendo su táctica acostumbrada. como una repre­ . por donde se metió osadamente. Fue un lance admirable. Avanzaron al unísono: los pelotones de adelante enfrentando los cerros y enfilando por la boca del pasaje izquierdo. se veía a la 4^ brigada escalándolas. se fragmentó y se desarticuló. corriendo. . Dominadas las primeras posiciones. Los jagungos no habían contado con este temerario movimiento. moviendo el área del combate. Por primera vez se dejaron sorprender por la inesperada táctica que los obligaba a descolocar hacia otros puntos a los tiradores destinados de antemano a cerrar los dos pasajes por donde debía pasar la tropa. pero cada una tenía en el fondo decenas de cartuchos detonados y todavía calientes. Al pie de la serranía. realizando la más original carga de bayonetas. . La línea de asalto. guiándola por el flanco derecho del 319 de infantería. a la izquierda. el coronel Carlos Teles. Reunió las fracciones dispersas de combatientes en las que se mezclaban soldados de sus dos cuerpos. venciendo los obstáculos. las armas prontas y sin tirar. Los sertanejos la golpeaban. en la bifurcación. atravesó con su gente el trecho de campo barrido por las balas. hábito que conservó durante toda la campaña. a paso redoblado. Atacó por las laderas. abajo. imponiéndoles las fatigas de una persecución infecunda. Los animó. apoyándose en todos los accidentes del terreno. mientras la 4$ brigada. vencía velozmente la dis­ tancia que la separaba del enemigo. se curvó por las vueltas y poco a poco. La 4^ brigada. Los muer­ tos y los heridos caían. por donde habían entrado los sesenta hombres del escuadrón de lanceros y la división de artillería. La 4^ brigada lo evitó. subdividida en pelotones que avanzaban aturdidamente. contra las posiciones que ocupa­ ban. rota en todas partes. algunos hasta el fondo de la garganta. directamente encami­ nado. quebrándose ambos. frente a la fuerte trinchera puesta sobre las dos márgenes del río. Después tomó por varios puntos. iba a decidir el pleito. Empezó a subirlos. los jagungos se les deslizaban adelante. Las encontraron vacías. se abría el desfiladero de la derecha. Este notable oficial — que recordaba a Osório 2 9 3 en la apostura y a Turenne 2 9 4 en el arrojo varonil— sin desenvainar la espada. se desparramó por las cumbres de la sierra. por una ladera abrupta. Al principio avanzó correctamente.

indeciso. de relieve. caían errantes por las faldas. se propagó hasta la extrema izquierda. Los jagungos. resurgiendo inexplicablemente entre los estragos de un combate perdido. derrotados y golpeando. las aclamaciones triun­ fales de la vanguardia. La acción era increíble. Había aumentado el número de heridos que en el alboroto de las cargas. vol­ vieron inexplicablemente a resistir. Y allí. en el valle estrecho. se confundían por el paso del desfiladero. no se dejaban vencer. algunos pelotones del 319 de infantería asal­ taron por fin. LA TRAVESIA En esta enorme confusión. las abandonaron inesperada­ mente. igualmente perdida la formación. fue un golpe de audacia sólo justi­ ficable por el dispositivo de las tropas que lo libraron. . con tiros espaciados. No era el habitual retroceso. Era la victoria. después de cuatro horas de lucha. desaparecien­ do. En las filas predominaba el soldado riograndense. Como siempre. Minutos después. El general Savaget fue alcanzado y desmontado junto con un ayudante y parte de su piquete cuando. en ímpetu incomparable de valor. Abajo. las trincheras más altas de la vertiente derecha. Habían sufrido un serio revés y la denominación de "batallón talentoso” que dieron después a la columna que se los infli­ gió. en un gran alboroto de batallones a paso redoblado. Y cortadas así las guarniciones que se sucedían a espacios regulares por la línea de cumbres. después del primer intento de fuga. vieron a sus adversarios: desparramados por la altura de los cerros. la 5* brigada. luchaba de manera tumultuosa. al principio vacilante.sa. rodando y resbalando por los declives. Y el gaucho teme­ . se abroquelaban en otros. entraba a la garganta de la derecha y ya se oían a lo lejos. huyendo y matando. Porque el combate de Cocorobó. Los soldados trataron de cercarlos y vigorizada en todas partes la em­ bestida. Abandonando las posiciones y fran­ queando la peligrosa travesía. por primera vez. Por las laderas de la izquierda. se veía los caballos del escuadrón de lanceros que chocaba con arrojo contra la trinchera del río. entre los muertos allí yacentes. en un movimiento único hacia adelante. al acaso. . en desorden. de naturaleza espe­ cial. relinchan­ do de pavor. Desajados de todos los puntos. lo denota. Cinco batallones se debatían entre los morros. Vencidos. los sertanejos volvían incompleto el éxito. corriendo. como los partos 295. recibían de lejos a los triunfadores. dilatado por tres horas de tiroteos ineficaces y finalizado con una carga de bayonetas fulminante. las dos brigadas. a retaguardia de la columna. era una fuga. disparando en todos los sentidos. sin ventaja alguna.

esos cen­ tauros a pie arremeten con los adversarios como si copiasen la carrera de los jinetes sin freno de las pampas. se adoptó la misma decisión que en la víspera había tenido tanto éxito. tenían otras centenares que vencer. entraron en un serio combate. La 6 ^ brigada que no había tomado parte en la acción. En la cifra se incluyen dos oficiales muertos y diez heridos. Pocos kilómetros más adelante. acampadas las fuerzas más allá del paso. cala­ ron las bayonetas y se lanzaron impetuosamente por las colinas. bajo el aspecto triste de una enorme boca de mina abandonada. fue encargada de enterrar a los muertos y acampó a retaguardia de las otras dos que ocupaban una extensa planicie más arriba del camino. se contaron las pérdidas: ciento setenta y ocho hombres fuera de combate. convergentes las seis brigadas. irrumpiendo de las cabañas. desparrama­ das por los picos de las colinas. Todo el día 26 se perdió en una corta travesía hasta la confluencia del Macambira. . las cabañas de disposición ya descrita: surgían entre trincheras o fosos enmascarados por bromelias. Los batallones 26?. desde donde. Otras tropas la pueden suplantar en la precisión y en la disciplina del fuego y en el juego com­ plejo de las maniobras. cuando todavía quedaba en el campamento el grueso de los combatientes. convergían des­ cargas. debían estar en el borde de Canudos. Que debía estar muy cerca. . el 27. El general Savaget comunicó entonces a las tropas que al día siguiente. la marcha fue un combate continuo. Hecha una bajada. desdoblándose en línea. . Y la ocasión les permitió lucirse desarrollando una empresa estupenda. El campo de batalla se volvió amplísimo. Pero en los encuentros a arma blanca. si es frágil para soportar las lentas provocaciones de la guerra. De pronto. se echarían uni­ das sobre la aldea. Iban en tropel. batidos por todos los flancos. de los cuales veintisiete estaban muertos. . sobre el final de ese día y teniendo a vanguardia a la 6 ? brigada con el 33° de infantería. Y apenas recorridos dos kilómetros. tocaba los suburbios de la terrible ciudadela. Ya se veían. MACAMBIRA Después de esto. a un mismo tiempo hogares y reductos. según había decidido el comando en jefe. se caía en un dédalo de zanjas. La infantería del sur es un arma de choque. los batallones del coronel Pantoja. Y por todas partes. A la tarde. . Lenta. se divisaba Canudos. 33? y 39?. La embestida se convertía en un revolverse fatigoso por las líneas sinuosas de los decli­ ves. no tiene par en el desempeño de rápidos lances osados. a pocos kilómetros de Cocorobó. La 2^ columna. adrede modelado por las trampas del enemigo: vencida una cumbre.rario.

además de gran número de plazas. Había asaltado la colina y en lo alto se topó con un foso amplio. a oficiales de alta graduación. Y muchos otros se sacrificaron en ese mortí­ fero combate de Macambira. sordos a la intimación de sus comandantes para retirarse de las línetas de fuego. Volvían a su táctica invariable. fue literal­ mente destruida cuando trataba de vencer uno de esos reductos salvajes. lejos. El campo de batalla comenzó a desapa­ recer debajo de los pies de los asaltantes. luego del comienzo de la acción. como el capitán Joaquim de Aguiar. desalojados de una posición aparecían en otra. todas las garantías de éxito quedaban reducidas al coraje personal. al mando de un sargento. empe­ ñadas en la batalla. . los batallones 12?. Se veían. cre­ pitaban. . cayó moribundo cuando se esforzaba por seguir a la vanguardia. El del 33?. 319. altas. Una compañía del 39?. La expedición estaba a un cuarto de legua de la aldea. blanqueando la oscuridad del crepúsculo. en seguida dos subalternos que lo habían suplantado y conquistó finalmente la posición después de grandes bajas. El comandante del 12 ?. se obstinaban en la batalla. porque al impo­ sibilitar el terreno cualquier combinación táctica capaz de balancear los engaños vertiginosos del enemigo. partían descargas furiosas. Los tres batallones de la vanguardia se vieron impotentes para sopor­ tarla : de las cabañas de combatientes. 35 9 y 409. retrocedieron lentamente. inepta para abarcar un área demasiado extensa de combate. para reproducir más lejos. Empezaron a perder. enviados en refuerzo. los pelotones alcanzaban los picos sin encontrar al enemigo. partían. Eran más de mil bayonetas. Cayó el comandante. . también debió ser retirado de la acción al ser herido. obligan­ do a los enemigos a un continuo subir y bajar por las laderas como si quisieran arrastrarlos hacia la aldea.La pelea fue reñidísima. bajaban en grupos precipitados buscando los ángulos de las bajadas. . Deflagraban por las colinas. fusilerías que diezmaban a la tropa. Atacados desde las posiciones ya superadas. teniente coronel Tristáo Sucupira. La noche los detuvo. a que­ marropa. de todas las trincheras diseminadas por los cerros. heridos de consideración. al tiempo que de la cabaña que el foso rodeaba. las torres de la iglesia nueva. convergían. de colina en colina. Los jaguncos. Algunos oficiales. como el capitán ayudante del 32?. fue reforzada con otras dos. teniente coronel Virgilio Napoleáo Ramos. . Suce­ sivamente. nombre del sitio adyacente. resonaban en las bajadas y rodaban hacia Canudos. exhaustos y torturados por el tiroteo. Arrojados contra los cerros. esa brigada. casi toda la columna. fue­ ron avanzando. fiscal del mismo cuerpo. Ante la imprevista resistencia. Las cargas de bayoneta no tuvieron el brillo de las de Cocorobó. por las rajas de los muros. Estas se extendían por más de tres kilómetros. entonces. la misma escalada sin aliento y la misma exposición peligrosa a las balas.

Llegaba allí tras una travesía de setenta leguas con un combate de tres días. triunfante. La nueva. a dos kilómetros de la aldea. puntualmente: minutos después de haber acampado las tropas del general Savaget. mientras los dos batallones de la brigada Carlos Teles. recibida con gran entusiasmo. la segunda columna estaba pronta para el asalto. Se había impuesto al enemigo. La se­ gunda columna lo había pagado duramente: ese día tuvo ciento cuarenta y ocho hombres fuera de combate. el alférez Wanderley. INESPERADO EMISARIO Con sorpresa general de los combatientes de la 2 ^ columna que. habiendo avanzado temprano y tomado posición en una pequeña meseta. El itinerario preestablecido se había realizado. a través de un asalto convergente. 26 de junio de 1897. en el cruce de los desfiladeros. hasta el centro de Canudos. corteses y humildes palabras: "Campamento en el campo de batalla de Cocorobó. La concentración deseada. se haría sin embargo. no podemos faltar a la honrosa invitación que es para nosotros motivo de justo orgullo y de total alegría”. el cañoneo abierto a esa hora por la vanguardia de la 1^ columna. de Cocorobó hasta ese lugar. donde a esa hora. oyeron destrozando el silencio de la noche sertaneja y retumbando fuertemente por los contrafuertes de la Favela. venía con esperanzas y fuerza. Un piquete de caballería dirigido por un valiente destinado a una muerte heroica. un telegrama comunicándome que mañana nos abrazaremos en Canudos. usa pocas. se había adaptado al carácter excep­ cional de la lucha. entre los cuales cuarenta estaban muertos. Sumadas las pérdidas anteriores hacían trescientas veintisiete bajas. La orden del día del 26 por la cual el comandante comunica el próximo asalto en compañía de la 1* columna. Fue dada en Trabubu.Por fin habían llegado al término de la marcha por Jeremoabo. había recrudecido con intensidad el cañoneo. es expresiva al respecto. En ellos había seis oficiales muertos y ocho heridos. los ojos puestos en la Favela. A dos pasos del comando en jefe. y el movimiento irreprimible de la carga que iniciara en Cocorobó y prolongara ininterrumpidamente hasta ese punto. Por lo tanto. las ocho de la mañana. comenzó a bombardearla a su vez. podía arrastrarla. Tanto había costado la travesía de menos de tres leguas. Pero todo hablaba de un éxito compensador. se ade­ lantaban en rápido reconocimiento. hasta la Favela. sobre el flanco izquierdo. y en su laco­ nismo dice mucho. A despecho de las pérdidas que tuvo. ex­ ploró el terreno por el flanco izquierdo. esperaban ver bajando por las laderas del norte. Mis camaradas: acabo de recibir del señor general comandante en jefe. fuera del centro de la campaña. en plena plaza de las iglesias. El día 28. .

El ejército victorioso. Reunidas las columnas. fue posible destacar un contingente para en­ contrar el convoy retenido a retaguardia. No engañó a la historia el fantaseo del vencido. presentaba la noche de ese día la imagen perfecta de una aglomeración de fugitivos. se encaminó con toda su gente. según el brillante eufemismo de los partes oficiales preparados para ocul­ tar esa derrota. se sentían . SE DESTRUYE UN PLAN DE CAMPAÑA Quedaba postergado el plan de campaña y al mismo tiempo se anulaba el esfuerzo realizado en las marchas por el Rosario y Jeremoabo. apocadas las fuerzas y el ánimo. por orden del comandante en jefe. Este feliz movimiento. Triunfadores que no podían dar un paso fuera de la posición conquistada. apenas atenuó las estrechas condi­ ciones de la tropa. en medio de dos combates. el general Savaget. hasta las Umburanas. que al principio pensaba enviar sólo una brigada con municiones. A las once llegó a lo alto de la Favela. sin embargo. El revés fue franco. quedando el resto en la posición con­ quistada. Ante el nuevo reclamo y las informaciones que lo aclaraban. El hombre quedó detenido hasta que un nuevo emisario confirmase la noticia. IV VICTORIA SINGULAR La orden del día relativa al suceso del 28 de junio lo caracteriza como "una página marcada de horrores pero perfumada de gloria”. la situación en que se en­ contraba aquélla. Alcanzó para superar el trance. La misión fue cumplida por el coronel Serra Martins que rápidamente salió detrás de la expedición llevando a la brigada. habían sufrido grandes daños de los jagunqos. La nueva resultó inverosímil y en el primer momento se la creyó una trampa del enemigo. Un alférez honorario29 6 agregado a la comisión de ingenieros fue el segundo emisario en poco tiempo. El general en jefe solicitaba el concurso de la otra columna. lo que exigía inmediato socorro. adonde llegó con el tiempo justo para impedir la destrucción del 59 de policía y salvar parte de los ciento ochenta cargueros que. apareció en el campamento un sertanejo notifi­ cándoles.a los batallones de la 1^. Pero en seguida co­ menzó un desesperante circuito de contrariedades de todo tipo. hacia la izquierda. habían caído en un período crítico de la guerra: perdido el aliento en encuentros estériles o en dudosas victorias que valían como derrotas. dispersos por los caminos. a tiempo para liberar a la tropa asediada.

abriéndola por la mitad. nada compensaba tales pérdidas ni explicaba semejante estado frente a planes de campaña tan pensados. La tenacidad feroz del jagunco transfiguró a los batallones del general Artur Oscar. con 75 del día anterior. se enfriaban los más fuertes. totalmente desorganizada. la furia brutal de los cosacos inmortalizó al mariscal Ney 298. Nada revelaba siquiera alguna sombra de campamento en el centro de las brigadas. Porque. la bravura teme­ raria. porque el retroceso era imposible. un artista que había ido hasta allí atraído por la sombría estética de las batallas. oficial honorario. Sousa Campos. cosidos a bala en un pañuelo de tierra. muerto en el comando fatídico del 7? de infantería. Considerándolo. que comandó por un minuto el 149 y tantos otros. sumaban 599 bajas. capitán fiscal del 2? regimiento que había caído con más de dos tercios de la oficialidad de artillería. más de ochocientos baleados ponían sobre el tumulto la nota lancinante del sufrimiento irreparable. los hambrientos y los pusilánimes bajo la emoción de las muertes recientes. Dentro de él. donde se improvisó un hospital de campaña. La tropa — cinco mil soldados. centenares de cargueros— sin flancos. sin vanguardia. El coraje. Ahora el heroísmo les era obligatorio. Allí que­ daron unidos. . mil y tantos animales de montar y de tracción. . La historia militar. Aquel surco del suelo. los ahogados por las marchas. idéntico. un capítulo emocionante. viendo por allí. Gutierrez. El ansia persecutoria del persa hizo la resignación heroica de los "Diez mil” 297. configuraban un compromiso serio con el terror. Estaban rodeados por el más original de los vencidos: carentes de piedad. La segunda se le unió con 327 bajas. Forzosamente heroicos. 926 víctimas. recamada a veces por las singulares antítesis. si no por la amplitud del cuadro. cerraban todas las puertas de la deserción. era la imagen material del golpe que había reci­ bido la expedición. de urdimbre tan dramática. porque los ataba el cinturón de piedra de las trincheras. Tristáo de Alencar Sucupira que había llegado agonizante con la 2 ^ columna. acorralados. No podían con­ tarse los lastimados. sin retaguardia. Entre las dos. de todas las graduaciones. a compañeros que esa mañana estaban vivos y entusiastas: Thompson Flores. por la paridad del contraste. La primera columna tuvo ese día 524 hombres fuera de combate que. De modo que aunque no tuvieran valor. nuestros soldados no podían sustraerse a la grave emergencia en la que héroes y pusilánimes se em­ parejaban. más de novecientos heridos y muertos. arrojados por todas partes. No se armaron barracas que quitarían espacio al área tan estrecha. insepultos. está llena de grandes glorificaciones del miedo. apretándolos en un asedio indefinido y convertidos en fiscales incorruptibles.mal unidos por la presión del adversario que habían creído fácil de vencer. corría un sumidero largo. En el fondo de la garganta. Vamos a agregarle. Triunfantes . Néstor Vilar.

y al mismo tiempo. Los vencidos restituían así las balas. repleto de emboscadas. Dándoles municiones com­ pletaron el destino singular de la expedición anterior que les dejó sus espingardas. Uno que otro soldado replicaba. . al azar. en provocaciones feroces. Habían arrojado por los aires más de un millón de balas. había abastecido al enemigo con cerca de cuatrocientos cincuenta mil cartuchos. Desde esa fecha hasta el fin de la campaña. El 59 de policía perdió cuarenta y cinco. tirados sobre el duro suelo. golpeándolas con tiros largamente espaciados. En pleno territorio rebelde. Al amanecer del 29 se verificó la insuficiencia de alimentos para la ración completa de los plazas de la 1^ columna. disparando su arma hacia el aire. revelaban su vigilancia en torno. vencidos por la fatiga. la tropa viviría en una alarma permanente. EL COMIENZO DE UNA BATALLA CRONICA En la noche del 28 de junio se inició una batalla crónica. La noche cayó sin que amenguase la lucha. habían rechazado al adversario en todos los encuentros y lo sentían más amenazador a su alrededor. que los tontos victoriosos no replicaban. Los demás. sin que el más breve ar­ misticio permitiera una corrección de las filas. no podían dar un paso atrás. Fueron y volvieron en un tiroteo incesante por los caminos atrincherados. a no ser que se considerase como tal el peligroso camino del Rosario. Estaban en el centro de operaciones y no podían dar un paso al frente o. Comenzó un régimen terrible de torturas. Realmente.y unidas. * . caídos entre los fardos desparra­ mados. se quedaban inútiles. cortándoles el paso para la retirada después de haberlos paralizado para el ataque. La 5^ brigada había perdido catorce hombres en un movimiento que hizo a retaguardia. Se apagaban las órdenes del día retumbantes. sin una sola línea estratégica que la vinculara con la base de operaciones. Y como el convoy reconquistado había llegado muy reducido. la expedición estaba aislada. suficientes para prolongar indefinidamente la resistencia. en Monte Santo. . la mitad de la carga había quedado en poder de los sertanejos o inutilizada. presionándolos. la tropa había perdido municiones de inesti­ mable valor para la emergencia. Una luna fulgurante las desnudaba ante la puntería de los jagungos que. abrazados a sus espingardas. lo que era peor. era un verdadero asedio. Atronaban ahora el aire por encima del campamento. ya abatidos por una semana de alimentación reducida. las dos columnas se detuvieron impotentes ante la realidad.

tirando por elevación y sin hacer blanco. De modo que apenas comenzada esta fase excepcional de la lucha. sin la dirección de una voluntad firme. enterrar a los muertos y extender el área reducida por los fardos y las cargas. Por eso. como el día ante­ rior. los efectos del cañoneo fueron fran­ camente nulos. sobre inocuas. en las ventanas abiertas en ojivas. . De modo que en sus espíritus resurgió el pensamiento consolador del próximo de­ senlace. significaban malbaratar las escasas municiones. Las granadas. de todas partes. escondidos en las torres o más abajo. hasta ese momento en relativa calma. como el día anterior. Pero no hubo esfuerzos convergentes y útiles. en la sugerencia de un sinnúmero de medidas urgentes. surgía espontánea. encajados en una hondura del morro. ordenar los batallones disuel­ tos. explotando sobre las casas.La 2 ?. el blanco predilecto fue la iglesia nueva. Al amanecer les volvió el valor y a despecho de tantos acontecimientos. se echó mano a los últimos recursos. y estallaban sin ampliar el radio de su acción. más de una vez. pero se amortecían entre las frágiles resistencias de la arcilla. a caballo de la aldea. no sopesaron suficientemente la eficacia feroz de los sertanejos. o a ras del suelo. Por otro lado. nuestras descargas. retiraban las muías cuyas patas eran una ame­ naza permanente para los heridos que se arrastraban a sus pies. improvisaban trincheras. Al mismo tiempo se les presentaba una tarea penosa: hacer de ese montón de hombres y equipos un ejército. no tenía tampoco garantía de sustento por más de tres días después de repartir con la otra. sobre la base cortada por respiraderos. les perforaban los techos y las paredes. De modo que toda esa gente se movía a los encontronazos y en todos los sentidos. ante un bombardeo vigoroso que propiciaban las ventajosas po­ siciones de la artillería. . Además. Pensaban que una villa abierta no podría soportar por muchas horas las balas de diecinueve cañones modernos. Todavía no los dominaba completamente la desesperanza. La colaboración justificable de los comandantes de cuer­ pos. siendo ese día muertos dos bueyes mansos que hasta allí habían conducido el pesado cañón 32. El campamento. los combatientes comprendieron que era casi imposible la réplica en tiros divergentes. arrastra­ ban fardos y cadáveres. . cayendo mu­ chas veces intactas. curar centenares de heridos. reconstituir las brigadas. Allí se alineaban los jagungos. fue de pronto barrido por descargas y. se agrupaban al azar en simulacros de formaciones. sin que se reventaran las espoletas. partiendo hacia el amplio círculo del ataque. de los mismos subalternos. destacándose sobre el caserío como un baluarte imponente. El primer tiro partió y golpeó sobre Canudos como una piedra en una colmena. Estos trabajos indispensables se realizaban sin método. aunque mejor aprovisionada. estrechos como troneras. por detrás de las paredes maestras.

Alfredo Gama. como no sabían de esas exquisiteces de la civilización. distendía los anillos. podría quebrarlas con una carga de bayonetas pero cuando parasen. estruendoso e inofensivo. no pudo reprimir el ansia de apuntar. principalmente. . un batallón. cada uno quería disparar con él. Hasta un médico. . El cañoneo del 29 no los impresionó. se sentiría de nuevo el asedio. apoyada en todos los accidentes del terreno protector. Enlazada la presa. La gran pieza — el mayor cañón de fila— se había convertido en un monstruoso fetiche que desafiaba el despertar de las viejas ilusiones. una salva imponente al coraje de los matutos. Allí había una inversión de los papeles. De buen grado otorgaban a sus adversarios el goce de vic­ torias inútiles. circulares. le permitía el cansancio del movimiento y de la carrera. ansiosos. un sobresalto instantáneo. Jadeantes. Una brigada. lo hizo explotar. . El escape de gases de la pieza mal obturada. una eterna reproducción de los mismos hechos. Era una nerviosidad loca. . arras­ trándolo hasta el ahogo completo. eran materialmente los más fuertes y brutales. aunque fuese con trayectorias desviadas. para relajarse de nuevo. como al segundo teniente Odilon Coriolano y a algunos plazas. perdiéndose en las casuchas pegadas. rugió sobre ella ese día sin tocarla. después lo apretaba. . encendió un barril de pólvora que estaba cerca. acompañaban los himnos triun­ fales con las balas de sus trabucos. pero cuando creían haber vencido y levantaban sus ban­ deras y llenaban la soledad con los toques de los clarines. Como siempre. Era la lucha de la sucuri con el toro fuerte. Se apuntaron otra victo­ . del apresuramiento con que lo manejaban. mientras que las descargas circulantes seña­ laban de modo ineludible el asedio que sufrían. matándolo y que­ mándolo. aunque disfrazado por la escasez de las líneas enemigas que tiraban flojamente en radios indefinidos por las laderas del morro. Era un sitio en regla. arrojando por la boca de sus cañones toneladas de acero encima de los rebeldes que les anteponían la esgrima magistral de sus artimañas. . Es natural que la refriega resultase inútil. Al alba del 30 el campamento fue atacado. fue un choque. Las balas pasaban silbando sobre su techo. lo rodeaban. Cayó la noche y no se había adelantado nada. como si brotasen del suelo. las balas desde todos los flancos. ma­ neándolo. Sólo una cayó sobre el atrio. Esa mala estrella del coloso derivó. El incidente es una muestra de cómo se luchaba. las otras se perdieron. Sin embargo. Aquel duelo a distancia demostró ser imprudente.Para ella se preparaba el Withworth 32 que vino precisamente para derribar sus muros. otra vez le permitía agotarse escar­ bando con las pezuñas el suelo y nuevamente lo ajustaba. volviéndose el bombardeo. incluso una compañía. La táctica invariable del jagungo se mostraba en ese resistir con retrocesos. Cayó herido. retráctil. Los hombres equipados por los recursos bélicos de la industria moderna.

llegaría un convoy de alimentos como le había asegurado el diputado del Cuartel Maestre General y sólo entonces. Pero el general en jefe rechazó la idea: "pensando que de Monte Santo. la artillería podía continuar con el bombardeo de Canudos durante algunas horas más. golpeaba desde los cerros vecinos. Ultima expedigáo a Canudos. Abandonarla era dejar las contingencias de un cerco más peligrosas que las alternativas de una batalla franca. CAZAS PELIGROSAS Se vivía a la aventura. la brigada del coronel Medeiros. no encontraron nada y prosiguieron hasta Monte Santo donde tampoco existía nada. Y una fusilería floja. cayendo todo el día sobre la tropa. "Sea como fuere. en seguida se podía realizar el ataque a la ciudadela. rítmicos. en los flancos de la montaña. Intermitentes. Pero ese convoy no existía. y retornaron pasado un intervalo y fueron de nuevo repelidos. AVENTURAS DEL ASEDIO. sin variante alguna. después de tres días de ración completa. La estadía en la Favela era demasiado inconveniente porque. golpeando. Algunos oficiales superiores suge­ rían la única salida — forzada y urgente— que podía asumirse: el asalto inmediato a la aldea. brigadas y cuerpos y de los oficiales subalternos y de los soldados. cuya aspiración predominante era cruzar el Vaza-Barris que les representaba la abun­ dancia de que estaban privados. monótonas. diseminó algunas balas sobre los te­ chos. que a su partida ya sufría los primeros aguijones del hambre. se mancillaba su renombre y en breve tiempo. Se afirmó definitivamente un régimen insostenible. El enemigo fue rechazado por todas partes. sin la formalidad. se desmoralizaba la expedición. además de acumularse bajas diariamente. Pero volvieron horas después y volvieron a ser rechazados.ria. dispensable en la emergencia. como el flujo y re­ flujo de las olas. Para ello existía la mejor disposición de los comandantes de las columnas. para esperarlo en las Baixas y desde allí escoltarlo hasta el campamento. el 30 de junio las fuerzas estaban bien dispuestas. quedaría agotada por la falta total de provisiones. De motu proprio. como el día anterior. allá abajo. el 30. . . entró en un período de privaciones indescriptibles. como el día anterior. en una posición estática. Y el ejército. separados en * Coronel Dantas Barreto. Enviada a su encuentro. . en breve. de una licencia. sin capacidad para dos. los soldados realizaban. atacaría el baluarte del Conselheiro”. cuanto más para cerca de seis mil hombres” *. La artillería.

talando los escasos cultivos de maíz o mandioca que había. peligrosas excursiones por las cercanías. y en­ tonces se reanimaba esperanzado. no sabían evitarlas. perdidos por esos campos o muertos en alguna lucha feroz para siempre ignorada. aparecían en un corral cerrado unos bueyes. avanzando sobre los rastros. Así es que. en cualquier abertura de la caatinga podía encontrar. en lugar del animal arisco. Por un momento se recobraba de las fatigas. A la noche volvía al campamento con las manos vacías. Y éste. generalmente caía ante un tiro seguro si no tiraba primero. el valiente hambriento. más infelices. Los ojos y oídos aguzados para captar los mínimos movimientos y los mínimos rumores. porque es costumbre en el sertón que las cabras lleven cencerro. en lugar de la cabra aparecía el cabrero feroz. . después de muchas horas de inútil esfuerzo. no volvían más. Y los que a ellas se arrojaban — vestidos como los jagungos. pasaba largas horas en su exploración exhaustiva. No se podía evitar ni tampoco prohibir. resguardándose como si fuese a cazar leones. . al jagungo sinies­ tro y traicionero que a su vez andaba buscándolo. salía de las huellas descu­ biertas para entrar en los pastizales. se echaban sobre los bueyes. Las salidas de caza se hicieron entonces obligadas. apenas miraban los alrededores para saltar sobre la cerca. inexperto. Otras veces. advertido del bulto a último momento. A partir del 2 de julio sólo hubo harina y sal para los enfermos. No imaginaba los riesgos que corría. oía un sonar de cencerros. La caza cazaba al cazador. A veces resultaba un esfuerzo vano. la espingarda pronta. Controlando su andar cauteloso para no espantar a la presa huidiza. Pero los hambrientos. muy disparejos en la habilidad. Porque los jagungos ponían trampas imprevistas a los bisoños cazadores que. abandonados desde el comienzo de la guerra. se perdía por las planicies. a despecho de los riesgos. silencioso de movimientos pero haciendo sonar cada vez el cencerro sujeto a su cuello. bajo las descargas que partían de las emboscadas laterales no vistas. . rompía el silencio de las planicies.pequeños grupos. llena de balas la car­ tuchera. guia­ do por la música de la campanilla que. y se sentía feliz y aun­ que volviera a oírla lejana. abatiéndolos de un tiro o matándolos con el cuchillo y a su vez caían. la marcha cautelosa. asombrados. Seguía deslizándose lentamente. nítida y clara. cazando cabritos casi sal­ vajes por allí sueltos. perseveraba en su exploración a través de la maraña. Pegado al suelo. El soldado hambriento. refugiándose en todos los acci­ dentes del terreno— pasaban por trances temerarios. Hasta que la escuchaba cerca. o robando ganado. . . No se pueden individualizar los episodios parciales de esta fase oscura y terrible de la campaña. ante un grupo de hambrientos. presagio de caza. co­ piándoles la astucia. Era el último recurso. Otros. finalmente. Era una trampa sutilmente preparada.

se habían terminado prontamente. invisibles. El ganado diariamente conseguido — ocho o diez cabezas— era un paliativo insuficiente para el minotauro de seis mil estómagos. deseosos de escapar. Triste avanzar sin banderas y sin clarines por la aridez de los campos. Sin glorias. en prodigios de equitación y coraje. tomaban los cocos de los ouricuris y cortaban los troncos blandos de los inandacarus. Pero este recurso no bastaba. El día anterior se dis­ ponían los batallones para la caza.Desde el campamento muchas veces se escuchaban tiroteos nutridos y prolongados. un soldado sediento. Las pequeñas zonas con cultivos de maíz. cuidaban el fondo. Repugnaba hasta al hambre. pero nunca aban­ donaban la inquieta presa conseguida. defendían los flancos. Las líneas enemigas se extendían adelante. Cavaban alrededor de los umhuzeiros para arrancarles los tubérculos. El enemigo les perturbaba el trabajo. Como los nativos infelices. Sólo el escuadrón de lanceros actuaba con cierta eficacia. hacían batidas palmo a palmo por esas tierras de flora ya marchita porque había entrado la estación sin lluvias. en agua salobre y sospechosa. como ecos de esos desconocidos combates. Además de reunir a las reses debían evitar que se las dispersaran con súbitos ataques. conteniendo al mismo tiempo a los bueyes alborotados. arremetían para adelante. se reglamentaron esas aventuras. . Diariamente salía a hacer batidas por los alrededores. Montaban los caballos estro­ peados. era casi intragable. rengueantes bajo las espuelas. Se hizo necesario buscar otros recursos. Sin medir distancias ni peligros se largaban por la desconocida región. no pocas veces quedaba de bruces. muerto por un tiro. Y en estos encuentros rápidos y violentos. pero igualmente los gauchos reali­ zaban hazañas de pialadores. Recibían media docena de tiros de sus incorpóreos adversarios. Cada día aumentaban esos hechos. A partir del 7 de julio cesó la dis­ tribución de alimentos a los enfermos. les faltaba el agua. traidoras. Finalmente. Finalmente. En los hilos rasantes del valle de las Umburanas. o chamuscada en clavas de hierro. al principio. los soldados apelaron a la flora providen­ cial. Se alimentaban de cactos que les engañaban a un mismo tiempo el hambre y la sed. Algunos murieron envenenados por la mandioca brava y otras raíces que no conocían. sin ningún ingrediente. Para los inex­ pertos era incluso peligroso. Volvían vencidos y cansados. poroto y mandioca que. los lanzaban en tropel todas las tardes hasta un corral al costado del cam­ pamento. Los cuerpos en misión exploratoria se escurrían por los claros. y al enemigo que los baleaba. Eran verdaderas partidas de plazas armados. y encontrados en la carrera los bueyes esquivos. de sor­ presa caían en una trampa al trasponer una bajada. Además la carne cocida sin sal. atenuaron esa alimentación de fieras.

DESANIMO A medida que esto se agravaba surgían nuevos hechos. se sumaba lo incierto del futuro. La disciplina se relajaba. caía una bala entre los batallones. desde lo alto de un cerro remoto. Estaban allí en función de la espera de una brigada. Se volvía a la paz anterior. Además. la tropa se formaba en filas torcidas. Sobre el aniquilamiento físico. Por un contraste irritante. aparecían irreprimibles. comenzaron a vivir de la incierta limosna de sus propios compañeros. recorría todas las líneas. Cada día que pasaba sin noticias sobre su llegada aumentaba el desaliento. a veces cargaban sobre la artillería. delirantes de fiebre. Después flaquearon. que había salido en busca del convoy de ayuda y de la cual no se sabía nada. señalando los caminos casi hasta las proximidades del Angico. inciertos. encontró en los alrededores. Los asaltantes eran rechaza­ dos. Acostumbrados a la frugalidad. Le dieron un nombre humorístico al hambre. en el transcurso del día. a lo lejos. habían refinado su abstinencia disciplinada hasta una capacidad de resistencia increíble. los rudos campeones que en las épocas felices pasaban el día con un poco de mandioca y un trago de agua. . impotente para hacerlos callar. . No tenían una hora de tregua. mutilados. sobre todos. bolsas de carne seca. la 1^. Al principio reaccionaron bien. Sufrían ataques súbitos de noche. en las que apenas se distinguían las subdivisiones tácticas y se batían nerviosamente durante cierto tiempo. pero minuto a minuto. Sonaban los clarines. iba de uno a otro flanco. lentamente. un círculo de espanto. Era la señal de la altivez salvaje con que se echaban a la guerra los jagunqos. El ataque había terminado. No podían tenerla. iba y venía. a dos pasos. tuviese el compromiso bárbaro de ser el verdugo de . la resignación de los soldados los agotaba. finalmente. El blanco variaba. la insistencia de los ataques era superior a sus fuer­ zas anímicas. hacía un giro largo y torturado. formaba. velando junto a los triunfadores. no tenían tantas provisiones como para justificar esas acciones. otras sobre uno de los flancos. Murmullos de protesta ante los cuales la oficialidad fingía sor­ dera. Las aventuras de la caza los distraían y cuando sonaba la alarma. a punto de aprovechar apenas las municiones de los convoyes asaltados. consecuencia de los anteriores. con precisión inflexible. harina. pues. Pero el enemigo seguía allí.Y los infelices. La 5^ brigada. inevitables. baleados. los adversarios vencidos en todos los en­ cuentros. Nuestros soldados no la tenían. cierta vez. parecían bien abastecidos. más serias. como si un tirador solitario. café y azúcar mezcladas con las cenizas de las hogueras que las habían consumido. como borborigmos de estómagos vacíos. de mañana. otras. siempre imprevistos. bala a bala. al ir hasta Baixas. volvían a las líneas de fuego sin que el ayuno disminuyera su arrojo.

las noches se reservaban para enterrar a los muertos. Y así se iban los días. . . aproximándose por el camino del Rosario. que escapó milagrosamente. contra las expectactivas. Es natural que una semana después de la ocupación del morro. Fueron pocos los que se arrojaron a la em­ presa. huyendo entre las filas feroces 2 ". volvían a la misma tarea. Los cuerpos destacados para tomarlas y destruirlas las tomaban y las destruían fácilmente.un ejército. En uno de ellos. y largas reticencias de calma. En un aumento aterrador. reconstruidas por las noches. según la llamaban. La misma artillería. los sertanejos penetraron de lleno en el campamento hasta el centro de las baterías. porque no pocas veces. Hasta que murieron todos. A veces. Se descubrían las trin­ cheras circulares: por la izquierda. verificando la ineficacia del cañoneo y la necesidad de cuidar la reducida munición. Pero ante el diminuto grupo se formaron bata­ llones enteros. Valientes. salvo uno. cerrando el paso hacia la Fazenda Velha. Apenas once. ciertos días. Volvían con pocas bajas o completamente indemnes. por la derecha. guiados por Joaquim Macambira. misión no sólo lúgubre sino peligrosa. tomaban todas las líneas y adquirían color de batallas. el enterrador aumentaba el entierro. la "ma­ tadora”. todavía jadeantes por los encuentros guerreros. Mientras se empleaban de tal modo los días. el Withworth 32. Se hicieron cargas cerradas de bayonetas. a toques de corneta. Y al día siguiente. las trincheras amenazadoras. amenazando el puesto de carnes y reduciendo el área de pasto donde se encontraban los animales de tracción y de mon­ tura. apenas tiraba dos o tres tiros espaciados. El odio a los cañones que diariamente les destruían los templos. el 19 de julio. y por la retaguardia. los asaltos no cesaban pronto. el ánimo estuviera decaído. los llevó a la hazaña invero­ símil de capturar o destruir al mayor de ellos. festoneadas de balas. en esa intermitencia de refriegas furiosas y rápi­ das. buscando al azar un blanco. cayendo baleado dentro de la fosa común que con sus manos había abierto. una víctima singular entre miles de hombres. . Y lo era. se estremecían ante el silbar de esos proyectiles espaciados. cada vez más cercanas. La tropa tuvo otra victoria poco lisonjera y aumentó el respeto por la temeridad del adversario. Él ascendiente de los matutos crecía día a día. hijo del viejo cabecilla de igual nombre. como si fuese una legión.

No retrocedería. Resiste. el error tardíamente corregido del abandono del convoy le impedía atacar. En algunas brigadas. Inflexiblemente inmóvil delante del adversario. el día 30. según la opinión de sus mejores auxiliares. la expedición estaría perdida. El estado de la fuerza facultaba todavía una defensa floja de esa posición pero imposibilitaba prolongar el esfuerzo por más de ocho días. Inquieto y ruidosamente franco. Si el día 28. mostrando continuamente todas las impacien­ cias y todos los arrojos de un temperamento nervioso y fuerte. tal general. vio y se quedó. no previo la eventualidad de un fracaso. no lo turba con ata­ ques bien combinados y con cargas furiosas. debía hacerlo. sólo adopta una táctica: la inmovilidad. Se afirmó en su única cualidad militar sobresaliente: la tendencia a enraizarse en las posiciones conquistadas. y con asom­ bro de los que lo conocen. hallando en las coyunturas más críticas siempre una frase explosiva. dejando de lado todas las circunstancias intermedias. encarando la profesión de las armas por el lado de lo caballeresco y tumultuoso. Era la convicción general. ahora se justificaba en la total imposibilidad de moverse. Si por un golpe de mano. en una campaña. El general Artur Oscar. en un medio tan exigente. a veces valiente. Este atributo contrasta con cua­ lidades personales opuestas. lo agota. No lo hizo. No lo vence. y realizando una embestida original. perduraba el peso de la disciplina. Desde el comienzo se dedicó a su fase final. lo cansa. Finalmente estaban las dos columnas reunidas y la aldea se extendía a la distancia de un tiro de männlicher. se transforma. la necesidad de un retroceso. un trazo vigoroso de jovialidad heroica que las remarcara. no delibera. Quedó colocado en una situación insostenible . sin bases y sin líneas de operaciones. casi fanfarrón. Todo lo demás era secundario. Guiando a la expedición. Llegó. que se había obstinado en permanecer allí. buen relator de hazañas asombrosas. le opone la fuerza obstinada de la inercia. Cambió un verbo en la afirmación clásica del romano y siguió 3 0 0 .LA ACTITUD DEL COMANDO EN JEFE Se esperaba a la brigada salvadora. Llevando seis mil bayonetas hasta las orillas del Vaza-Barris ganaría la partida. le hubiesen cortado la marcha en las cer­ canías del Rosario o del Angico. No lo combate. incom­ parable para idear encuentros sorprendentes. fuera como fuese. Completó así el primer error con otro. Solamente el prestigio de algunos jefes de cuerpos la sal­ vaban de la desorganización completa. Tenía un solo plan: ir a Canudos. ilusionado al principio con el milagro de un convoy de apoyo. que el enemigo podía y no supo dar. de cualquier modo. se concentró completamente en el objetivo de la lucha. por la dedi­ cación personal de sus comandantes.

. Y por encima de todo. co­ mandado por el capitán Gomes Carneiro. en los pocos momentos en que se atenuaban los asaltos. un punto cualquiera que pudiera servir de re­ fugio. en la Favela: sumando. acobardarse. discutiendo estupendas soluciones sobre cargueros fantásticos. en alusiones agrias. si no lo socorriese el curso caprichoso de los acontecimientos. algunos se distraían contemplando la aldea intocable.de la que. la tropa no resistiría. Compartía el destino común con resig­ nación. despedazaba el filo de los comen­ tarios más desanimados o las conjeturas más desalentadoras. La sucesión inva­ riable de las mismas escenas sobre el mismo escenario pobre. transido de hambre.). prisionera de un asedio cuyas líneas se distendían elás­ ticas ante las cargas y se apretaban en seguida. Sin embargo. entonces y después. . Uno de ellos. fue. estructurando fórmulas admirablemente abstractas con sacos de harina y bolsas de carne seca. un buey. despuntan­ do las mismas horas de la misma manera. * No aflojarle el garrón. sordos rencores contra los ima­ ginarios responsables de esas desventuras. Era el único culpable. no se desanimaba. . Los bata­ llones. "¡Nao Ihe afrouxara o garrüol. El diputado del Cuartel Maestre General. inmóvil. vacilante sobre las patas secas— una arroba de carne para seis mil hambrientos. recomponiendo todos sus puntos. les daba a los combatientes la indefinible impresión de la inmovilidad del tiempo. toda su confianza. de T . sintiendo la gravedad de su precaria situación. No podían. restando. volvían sin rastrear ni una señal de su existencia por los caminos vacíos. estéril. un solo buey — flaco. No había noticias de la P brigada. estoico. encontró como suprema irrisión. quizá no pudiese salir. No se pensaba que la ilógica acusación recaía por entero sobre el comando en jefe. . . ” * su frase predilecta que largaba violentamente. Aflo­ jaba. como un golpe de sable. por la permanencia en el cargo. a la distancia. inflexible. fatigada de hacer retroceder al adversario sin destruirlo nunca. el 15?. . El ojo se embarullaba en la maraña de las casuchas. Ya aparecían. cuya absolución presumía una culpa mayor: el olvido de su autonomía incondicional de jefe. permanecía. De hecho. . . la víctima expiatoria de todas las crí­ ticas. multiplicando y dividiendo. una economía embrutecedora. Sin embargo. el día 10. Era todo su esfuerzo. diariamente mandados hasta las Baixas. Y enarbolando febrilmente el lápiz de los cálculos. idealizando convoyes. poniendo el hambre en ecuaciones. ese funcionario tenía. (N . con el que quería distraer la impaciencia general. . al volver de la inútil diligencia. La vista buscaba. A la tarde o durante el día.

más lejos. Crepitaban en los aires con estallidos . esterilizada para todo y para siempre por la maldi­ ción de los profetas y por el reverbero de las planicies del Yemen. Imaginaban que tenía recursos extraordinarios. ése era el cuadro de aquel extraño escenario. cinco mil. Hacía callar el bombardeo. El silencio descendía mortecino sobre los dos campos. La aldea — compacta como las ciudades del Evangelio— completaba la ilusión. torneándolas. . el dibujo misterioso de un paisaje bíblico y la infinita tristeza de las colinas des­ nudas. indistinto y fugitivo. cuatro mil. 801. E intercaladas en los ruidos del ata­ que. Y como en el alma llevaban las mismas supersticiones y la misma religiosidad inge­ nua. en el paraje legendario que prolonga la banda meri­ dional del Asfaltites. . un bulto. desapareciendo después. Cumplida la misión religiosa. misteriosa y vaga. E invisibles. recordando un rincón de Idumea. recortadas nítidamente sobre el horizonte claro. rápido. las voces suaves se esparcían sobre la resonancia del ataque. Los cañones de la Favela bramaban despiertos por esas voces serenas. cruzaba. Nada más. aliado de la Providencia. de allá ascendía. tres. resonando largamente en el de­ sierto. . Caía como un fulminante sobre la aldea. convertido en camino polvoriento y largo. Alrededor. la cuerda ondulada de las sie­ rras igualmente desiertas. Ese estoicismo singular los impresionaba y los dominaba. la cadencia melancólica de los rezos. Era una predestinación. los toques del Ave María. cortaba un callejón estrecho. la gran plaza vacía. Cruzaban sobre el humilde campanario las trayectorias de las granadas. . Corría una guarnición de llamas por las cumbreras de las iglesias. Al caer la noche. corriendo. dos. colada entre las espesas paredes del templo casi en ruinas. Como si la tierra se ataviase en ciertos trechos para idénticos dramas. . No perdía una sola nota. Quince o veinte mil almas metidas en esa tapera babilónica. En la lejanía. vacilaban frente al enemigo. agrestes. .Y contaban: una. ¡Cinco mil casas o más! ¡Seis mil casas! tal vez. en ondas sonoras que se esparcían por la quietud total y refluían en las montañas lejanas. Estallaban por encima y alrededor. Las mismas balas que usaban revelaban efectos extraños. La cam­ pana impasible no claudicaba un segundo en el intervalo consagrado. apenas extinguidos los ecos de la última campanada. el mismo instrumento doblaba sacudiendo las vibraciones de la alarma. Los soldados escuchaban entonces. allí estaba. fuera lo que fuese. Pasaba por la plaza y deflagraba por las faldas del morro. Una réplica violenta estallaba sobre la tropa. sin árboles. Un río sin agua.

impunemente. esmeraba en los estallidos su salvajismo sin piedad. . y que a eso se debía la naturaleza excepcional de las heridas. despertando apostrofes y protestas violentas tanto como un silencio comprometedor y sospechoso. en las que el soldado se aventuraba a los mayores riesgos. silenciado de miedo. . con el tardo movimiento que le imponía la artillería.secos y fuertes. veinte plazas del 33° dejaron a sus compañeros. como si reventasen en innumerables astillas. bajo la fiscali­ zación incorruptible del enemigo. otros los imitaron. Empezaron las deserciones. incomprensibles casi. En todos los espíritus permanecía el deseo de dejar ese sitio siniestro de la Favela. . Envidiaban los peligros. Por cierto tiempo quedaban fuera del cuadro miserable del campamento. la convicción de que el adver­ sario. se consumaría una catástrofe. Al menos tenían la esperanza de las presas acaso conquistadas. en un asalto. Como en los malos días de los sitios legendarios rememorados en an­ tiguas crónicas. Pero la retirada era im­ posible. Los jagungos romperían. Entonces se creó la leyenda. El día 9. Los batallones que salían en diligencias hacia variados puntos desper­ taban envidia en los que quedaban. insistentemente propalada después. diariamente. hundiéndose en el desierto. insidioso. La bala penetraba los cuerpos dejando visible el círculo del diminuto calibre y salía por un rumbo ancho de tejidos y huesos lasti­ mados. inepta para el cono­ cimiento de la ley física que los explicaba. Tales hechos arraigaban en la soldadesca. terriblemente equipado. los combates. A veces se hablaba de la retirada. Una brigada ligera podía. Un cigarrillo era un ideal epicúreo. Quedarse a despecho de todo era el recurso supremo y único. de las balas explosivas de los jagungos. Si lo intentase. en consulta vacilante a los compañeros. las cosas más vulgares adquirían connotaciones fantásti­ cas. prefiriendo el tiro de misericordia del jagungo a esa lenta agonía. las líneas de fuego de los soldados completamente exhaustos. las embos­ cadas. ni este recurso quedaría. barrer los alrededores y volver. las ambulancias y el contrapeso de mil y tantos heridos. Y uno a uno. penetraba entre los batallones. El rumor sordo. anónimo. Todavía se acepta la hipótesis de que los estallidos pro­ venían del desigual coeficiente de dilatación entre los metales que cons­ tituían el proyectil. Deserciones heroicas. una raíz de umbú o una rapadura valían como manjares suntuarios. expandiéndose el núcleo de plomo más rápidamente que la camisa de acero. por fin. El ejército no. Pero si la P brigada demoraba más de ocho días su llegada.

Parecía un gladiador pujante entre bosquimanos inquietos. El día era propicio: la fecha de una fiesta nacional3 0v Por la mañana. el toque del Ave M aría. Se encontraba total­ mente desprovista y había tenido que organizar con dificultad el convoy . en estrepitosas exclamaciones. un vaquero. Caía la noche. . corrió la nueva auspiciosa y. . Fue un choque galvánico sobre la expedición abatida. . Los enfermos y los moribundos silenciaron sus gemidos transformándolos en vivas. Los matutos fueron sorprendidos temprano porque hacía poco más de cien años un grupo de soñadores había hablado sobre los derechos del hombre y había peleado por la utopía maravillosa de la fraternidad humana. las notas metálicas de las marchas marciales y miles de gritos de triunfo. El rudo vaquero. miraba sorprendido todo eso. se cruzaron en todos los sentidos.La tarde del 11 de julio. en un ondular sonoro que vagaroso avasallaba el silencio de los campos y se extinguía poco a poco en ecos por las montañas lejanas. moviendo febrilmente en inmensa alacridad a los soldados. embarulladas. planearon el ataque. apareció inesperadamente en el campamento.. una salva de veintiún tiros de bala la conmemoró. ■ ■■ ' V ’ ■■■■ EL ASALTO: PREPARATIVOS El convoy llegó a lo alto de la Favela el 13 de julio y al día siguiente. vestido de cuero. en gritos.. se formaron las bandas de todos los cuer­ pos. El ataque contra la aldea era urgente. El comandante de la P brigada había comunicado al volver que en la pretendida base de operaciones no existía nada. escoltado por tres plazas de caballería. De Canudos ascendía. De una a otra punta de las alas. . sin embargo. . en abrazos. Estallaron h im n o s. . resonaron los clarines. vibrando largamente por los des­ campados. enfermo por una herida recibida en Cocorobó. El soplo del Nordeste hinchaba las banderas y arrastraba hasta la aldea. montando en caballo montaraz. El torrente ruidoso de las exclamaciones rodó hasta la zanja del hos­ pital de sangre. Traía un oficio del coronel Medeiros notificando su llegada y requiriendo fuer­ zas para la protección del gran convoy que conducía. mezcladas. Su corpulencia de atleta contrastaba con los cuerpos esmirriados que se amontonaban alrededor. convocados los comandantes de las brigadas a la tienda del general Savaget. transfigurando los rostros abatidos. No puede describirse. Se enarbolaron las ban­ deras. em­ puñando a modo de lanza su picana.

sin dejar su posición. imperioso e intuitivo. tuvieron una opinión diferente: permanecer en la Favela con el hospital de sangre. desde donde renovarían la resistencia. fortalecidos por el voto favorable de los tres generales. no los había alcanzado. El día 15. El ataque por dos puntos. Ese mismo día. al principio contorneante. que surgía de la más ligera observación del teatro de la lucha. Fue asaltado el sitio de los animales. no tuvieron autorización para andar según su voluntad por el lugar en que acampa­ ban. Desde allí. mientras la artillería. 4^ y 5^ brigadas optaron por el abandono preli­ minar de la Favela hacia una posición más cercana de donde partiese el ataque. El 25? batallón. vol­ viendo aun a la izquierda. Pero no se observó el teatro de la lucha. se pusieron de acuerdo en la idea del ataque en grandes masas por un solo flanco. la artillería y dos brigadas como reaseguro. enviado al ataque. Podrían trasladarse a salvo hacia las inaccesibles posiciones del Caipá. como si ideasen una osada parodia a la reciente llegada del convoy. doblarían a la izquierda. El enemigo iba a tener. o hacia cualquier otra. la potencia pesada de las brigadas. llevando hacia la aldea numerosas reses. después de una marcha de flanco de casi dos kilómetros hacia la derecha del campamento. una vez más. fueron vistos en grupos que incluían mujeres y niños. se haría rectilíneo al final y si fuese logrado con éxito. prevaleció. a dos pasos de la 2 ^ columna. Los demás. avanzando por el lado derecho del campamento. y capturados algunos animales de remonta y de tracción. frente a su agilidad. Esta posición que poco difería de la otra. incluso en el caso de quedar desbaratados. Los comandantes de la 3^. el que en poco tiempo se agotaría para reproducirse la misma situación anterior. satisfechos y alentados de nuevo por la esperanza de la victoria próxima.que trajo. La travesía de uno a otro grupo significaba la muerte. no les había disminuido el ánimo. El movimiento. derivando por los contrafuertes de la Fazenda Velha. por el camino de Jeremoabo y por la extrema izquierda. El plan confirmado era el más simple. los jagungos. con disensiones minúsculas. tendrían franca la retirada hacia tres ángulos del cuadrante. Persistía en los ánimos el intento de no realizar lo que la campaña reclamaba desde el comienzo: la división de los cuerpos combatientes. que se preestableció realizada sin que la perturbase el enemigo. bombardearía el centro. Habían caído baleados el sargento ayudante del 9 9 y varios plazas. El día 16 mostraron el mismo atrevimiento desafiante con el adversario abaste­ . atacarían de lleno hasta la misma plaza de las iglesias. Los revigorizaba. sin que los reconquistara el 3 O 9 de infantería que fue inmediatamente destacado para esa diligencia. Esta era cierta y se preveía que a todo trance. Lo demostraban los hechos recientes. Deliberaron. hacia el Vaza-Barris. Las opiniones. Se reincidía en un error. Las dos columnas. Ese era el único plan. Dos semanas de cañoneo y el refuerzo de municiones en el campo adversario. los expedicionarios.

El rencor largamente acumulado por los anteriores fracasos exigía desquites fulminantes. el 7? y el 59. tuvo que hacerlos combatiendo. El coman­ dante general oscilaba entre extremos. sería gradualmente seguida por las otras que la reforzarían en los puntos más convenientes. meterlos dentro de la cueva de Canudos a coces de armas. el coman­ dante en jefe. A pesar de ello. por el lecho seco del Vaza-Barris. La comisión de ingenieros. concen­ trando a todas dentro de la aldea. Esta vanguardia combatiente. llevando la formidable escolta de dos batallones. Esta actitud mostraba que el enemigo iba a reaccionar con vigor y como no se conocían los recursos con que contaba. ésta parecía ser de fácil acceso. fue recibida con delirio. el suelo ondeado en colinas y surcado por zanjas. Atacaron sobre todas las líneas. de la inercia absoluta a los movimientos impulsivos. imposibilitaba el desen­ volvimiento rápido de las columnas. el ataque debía ate­ nerse a la condición esencial de no comprometer en él a toda la fuerza. permitía prever las dificultades de un ataque en masa y por sí mismo. cada compañía a su batallón y así todos”. ellas son la nota predominante. hasta que fi­ nalmente se operase en el terreno el retroceso del antagonista. Saltaba de la quietud al ataque total. En las disposiciones dadas el día 16. adrede elaboradas para las condiciones excepcionales del medio y del adversario. La orden del 17 de julio señalando el ataque para el día siguiente. daba vuelta a la página futura poniendo ante los combatientes el milagro de la victoria. a golpes. Estas instrucciones concordaban con las tendencias generales. en una deducción osada. Mas esto sólo sería posible si. . excluyendo las cargas de pelotones masivos precipitándose por los cerros. . lo que además era inapropiado para la zona de combate. hecho por una sola brigada. la batalla tuviese una demostración preliminar o recono­ cimiento enérgico. Iba a hacerse lo contrario.cido. "Dada la señal de carga nadie más trata de evitar la acción del fuego del enemigo. Vista desde lo alto de la Favela. Todos los dispositivos quedaban supedi­ tados a esa preocupación absorbente de los choques violentos: tres mil y tantas bayonetas cayendo como un caudal de hierro y llamas. Era preciso hacer retroceder a los tontos bandidos de una sola vez. sugería un orden disperso. para hacer unos ligeros reconocimientos por las cercanías. libremente extendida y actuando fuera de la compresión de las filas compactas e inútiles. Dejó la vaci­ lación inhibitoria que lo mantuvo en lo alto de la Favela para pasar a la obsesión delirante de las cargas. no las satisfa­ cían. Las se­ sudas combinaciones concretas de un combate. a medida que progresara barriendo las trinche­ ras abiertas en los altos y en los flancos. . cada soldado busca a su compañía. Se carga sin vacilar con la mayor impetuosidad. Apoyándose en las hazañas anteriores. Después de cada carga.

El enemigo mismo parecía conocer la resolución heroica: sus irritantes tiroteos habían cesado. En la Favela quedaban cerca de 1. Mañana vamos a batirlo en su ciudadela de Canudos. la 5^ del coronel Juliáo Augusto da Serra Martins que sustituía al general Savaget en la dirección de la 2 ^ columna. Antonio Nunes de Sales. El ene­ migo traicionero que no se presenta de frente. las fanfarrias de los cuerpos vibraron hasta la caída de la noche. Carlos Augusto de Sousa y José Xavier dos Anjos. Trabubu. se formaba con el 12 9 y el 319 bajo el mando de los capitanes José Luis Buchelle y José Lauriano da Costa. El 5 9 de . y finalmente. Entrarían en acción 3. que combate sin ser visto. Lo atestiguan los combates de Cocorobó. la 6 * del coronel Donaeiano de Araújo Pantoja. Macambira. reunía el 59. así como la de artillería que secundaría el ataque con un bombardeo firme. La 2? la acompañaría cerrando la retaguardia. El campa­ mento no fue molestado. si tuvierais constancia. el enemigo no ha podido resistir vuestra bravura.349 hombres repartidos en cinco brigadas: la 1? del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. Se refugiaba allá abajo."¡Valientes oficiales y soldados de las fuerzas expedicionarias en el interior del Estado de Bahía! Desde Cocorobó hasta aquí. . marcharía al frente de combate rodeada por un ala de caballería y una división de dos Krupps de 7 1 / i . ha sufrido pérdidas considerables. todos comandados por capitanes. Alberto Gaviáo Pereira Pinto. Villar Coutinho. el 149 y el 309. debía haber sido cambiada al caer la noche del 18. La patria tiene los ojos puestos sobre vosotros. Se delineó el ataque. la 3? del teniente coronel Émídio Dantas Barreto.500 hombres bajo el mando del general Savaget. Canudos estará en vuestro poder mañana. La 1? columna dirigida por el general Barbosa. estaba bajo el mando del mayor Nonato Seixas y se formaba con el 35 9 y el 4O9 batallones del mayor Olegário Sampaio y el capitán J. esta última recién formada. cqn el 26° y el 329 comandados por el capitán M. Nos detenemos ante una oración condicional comprometedora. temeroso y callado. Costa y el mayor Colatino Góis. . 9 9 y 25?. iremos a descan­ sar y la Patria sabrá agradecer vuestros sacrificios”. guardando la posición: las brigadas 2? y 7^ de los coroneles Inácio Henrique de Gouveia y Antonio Néri. Esa tarde. Angico. Canudos caería al día siguiente. la orden del día. Está desmoralizado y si. respectivamente comandados por el capitán Joáo Antunes Leite y el teniente coronel Antonio Tupi Ferreira Caldas. vencido de antemano. compuesta de dos batallo­ nes. si una vez más fuerais los bravos de todos los tiempos. otros dos en lo alto de la Favela y dos asaltos que el enemigo hizo a la artillería. leída con aplausos el 17. 79. Ante ella. la 4^ del coronel Carlos Maria da Silva Teles. todo lo espera de vuestro coraje. ". Era fatal.

Vieira Pacheco. una altivez sin par sangrando bajo el cilicio del unifor­ me. pasando ruidosamente por el camino mal pre­ parado. turbulenta. La marcha. inquieto. sin la menor mo­ lestia del enemigo. contra los federalistas del sur. Carlos de Alencar. ávida de renombre. rumbo al Vaza-Barris. siguieron con la vista puesta hacia el este. el jefe de la artillería. amenazadora. se veía que allí se encontraban algunos para los cuales el sertón de Canudos era un campo muy estrecho. El teniente coronel Siqueira de Meneses. . la perturbaban a veces. bajando hacia el camino de Jeremoabo. Solo los Krupps. con su aspecto de estatua. sobre los contrafuertes de la Fazenda Velha. traía la envidiable reputación de su coraje de la refriega mortí­ fera de Inhanduí3 0 3 . jovial. Tupi Caldas. anhelando peligros. los muros de la iglesia nueva. a la 2 ^ columna. . acompañaba autónomo. a paso ordinario. Entre los de menor graduación. desti­ nado a caer heroicamente en el último paso de una carga temeraria. Al poco tiempo volvieron hacia la izquierda. Eran tropiezos cortos y rápidamente solu­ cionados. Wanderley. el gaucho intrépido que mandaba el escuadrón de lan­ ceros. impa­ sible ante la gloria y ante el enemigo. Definidos los luchadores. EL ENCUENTRO Las columnas se movieron el día 18. Frutuoso Mendes y Duque Estrada.la policía bahiana. cuyo comando se extinguiría por la muerte de todos los soldados del ala de caballería que dirigía. siempre bajando. debía realizar ligeras opera­ ciones de distracción a la derecha. piedra por piedra. cara bronceada marca­ da de líneas inmóviles. bajo la jefatura del capitán de ejército Salvador Pires de Carvalho Aragao. todavía alta la madrugada. temeraria: Salvador Pires. recordaba el bello episodio del cerco de Bajé. siguiendo rectilíneamente por la vida entre el tumulto de las batallas. Olimpio da Silveira. los combatientes recomendaron a los que permanecían en la Favela que tuviesen pronto el almuerzo para cuando volviesen de la fatigosa empresa. con­ tinua. nervioso. La tropa del ataque rodaba sordamente. como si este movimiento contorneante fuese a sor­ prenderlo. que desarticularían. coman­ dante del 5? de la policía que él mismo había formado con los tabaréus robustos escogidos en los poblados del Sao Francisco. Según el viejo hábito. parecía la imagen de un luchador modesto. con un contingente reducido. se realizaba tranquilamente. Contramarchando a la derecha del campamento. Toda esa gente esperaba con impaciencia el combate. Garlos Teles. mientras el grueso de la expedición atacaba. como obedeciendo a una fatalidad. una oficialidad joven. y otros. Porque el com­ bate era la victoria decisiva. .

pasados unos pocos centenares de metros. Así. se ensoberbecía hacia el oeste en macizos cada vez más altos. Poco a poco se descubría la región silenciosa y desierta: cumbres desnudas. indefinido hacia el norte. La vanguardia atacada. ya en julio mostraban en grandes manchas pardo oscuro el avance lento de la sequía. hasta el pie de la Canabrava. en una de sus curvas. la 3^ en el mismo orden. Eran las siete de la mañana. sin mojarse. una compañía del 3 O9 replicó sin detenerse. divisándose apenas al mirar rasando por la cresta de los cerros. después de tras­ puesta la bajada. El terreno próximo se levantaba en un cerro donde se veían. nítidas. como muros de piedra derruidos. el Vaza-Barris y volviéndose una vez más. De manera que. como la flexión del enorme semicírculo. alargándose por el cuadrante del NE. subiendo hasta los amplios escalones del Cambaio. mil quinientos metros al frente. Los breves tropiezos en el traslado de los dos Krupps habían retardado a la retaguardia. en la claridad que nacía. para cortar todo el frente de batalla. irregulares atrincheramientos de piedras. Porque la dirección de aquél lo interfería normalmente. La mañana aparecía rutilante y muda. la última. Dos cruces amenazadoras y altas. golpeando por el sur contra la Favela. mien­ . La columna 1^. bastaba a los que la defendían extenderse uniendo las dos ramas paralelas y próximas del río. los asaltantes atravesarían. tuerce abruptamente hacia el sur y vuelve. acelerando el paso.La tierra tenía un triste despertar. . al mismo tiempo que el grueso de la 1^ brigada y cuatro batallones de la 3^ llegaban compactos hasta la orilla del río y lo cruzaban. después de correr derecho hacia occidente. La aldea. . más acá de Trabubu. cortas explanadas. siguiendo ese círculo extenso de circunvalación. caatingas marchitas. el general Barbosa pudo trazar una línea de combate: la 1^ brigada extendiéndose hacia la derecha con sus tiradores. hacia la izquierda. La planicie ondulada. Las aves habían abandonado esos aires barridos desde hacía casi un mes por las balas. El Vaza-Barris. pisaba ya la arena del combate. entera. Pero antes de completar esta operación el enemigo les salió al paso. Los exploradores recibieron los primeros tiros al saltar la barranca izquierda del río. pero hacia la izquierda. recortadas. los vértices de las dos torres de la iglesia. invirtiendo el sentido de la corriente y formando una península imperfecta que tiene al final la aldea. hacia el este. cargarían de frente. desaparecía en una depresión más fuerte. atenuándose en parte el grave incon­ veniente de una acumulación de batallones. revistiéndolo hacia arriba. recortado y flexible.

única banda apropiada a los alineamientos. aventajándose a toda rienda. se sentían perdidos. estaba lo inapropiado del terreno. hecha por un rápido desdoblamiento de bri­ gadas en una longitud de dos kilómetros. este movimiento general de la tropa fue mal hecho. mientras que el 259. Se enredaban. forzadamente asu­ mida por todas las unidades combatientes. sin ver el resto de los compañeros y sin poder distinguir siquiera los toques de las cornetas. abarcaba todo el frente de ataque en una fusilería impenetrable. la alteraron en pormenores. pero que desde un principio. . para que no se desarticularan y dieran el flanco al enemigo hasta una nueva posición de combate. como era de prever. el 59 y el ala derecha del 79 centralizaban mal la lucha. que marchaban en sentido contrario. había caído en el valle del Vaza-Barris por donde comenzó a avanzar. más tarde. Retrocediendo a veces. debía evitar que lo rodeasen. Sobre que era una maniobra bajo la mirada del enemigo. hacia el flanco derecho. se desta­ caban hacia la derecha. Pero. Las secciones. no pocas veces se daban de pronto con otras secciones. iba a partirse en planos verticales. herido de descargas que irradiaban desde las dos orillas. El mismo general que los había arrojado a semejantes horcas caudinas 3 0 4 . aventuró un gauchismo bárbaro: las fuerzas se trenzaban. aturdidos por las revueltas de la marcha. La línea ideada. quizá insigni­ ficante. según las cotas máximas de los cerros y la hondura de las bajadas. En contraposición al orden primitivo. la 3^ brigada comenzó a luchar por el flanco derecho del 3 O 9 que era de la primera. otras compañías y otros batallones. lo que era esencial. El 9 9 batallón. . Los soldados —bayonetas arreme­ tiendo contra los morros— golpeaban en él vertiginosamente. Pero todo sin la firmeza y la velocidad que exigía la táctica pensada. Era imposible extender la formación dispersa debajo de las balas en semejante lugar. Lo revelarían los resultados inmediatos de la acción. no encontrando en el opulento léxico de nuestra lengua un término ajus­ tado para caracterizar el desorden de la refriega. en la extrema izquierda. Faltaba la base física esencial para la táctica. en la orden del día relativa al hecho. Además de no conseguir ejecutarla de esa manera. formán­ dose en líneas de tiradores.tras el ala de caballería. desde la áspera topografía del suelo al extraordinario vigor de pronto de­ mostrado por el adversario que desde los primeros minutos. y en breve trecho. y desde que no podía trazarse con velocidad tal que convirtiese en pasajera una situación de desequilibrio y debilidad. suponiendo que avanzaban. era impracticable. las compañías. desorientados. delataban la confusión de las filas. . los batallones. Lo decían todas las condiciones concretas. Impracticable y peligrosa. enfi­ lando por un laberinto de zanjas.

al llegar debajo de una fusilería atronadora y observar el tumulto. de modo de extenderse. También venían dos brigadas. fuertes y vibrá­ tiles. Los jaguncos alrededor. con las for­ maciones que le son propias. articulán­ dose con las que las habían precedido. facultaría después el ataque final en una concentración única que el mismo campo de combate indicaba. Los soldados. el escenario se volvería singu­ larmente majestuoso. pasada media hora. Sucesivamente vencían los morros. Pero fue lúgubre. Nada podía conjeturarse. o aun. quedando sólo la reserva. desnudamente. ex­ playándose en las cortas llanuras. ”. o completándoles los movimientos. en tropel. La réplica de los adversarios. llegó la 2 ^ columna. la 6 ^. tal vez con­ centrándose. Pero al fin de cierto tiempo. para otra vez atacar. la envergadura de hierro de la batalla. bajo las órdenes inmedia­ tas del comando en jefe. ampliándolas. reforzándolas en sus puntos flacos. a su vez. no fue realizada. no sabían la dirección real del ataque que realiza­ ban. prendiéndose a las alas extremas. Avanzaban y cargaban. variando por todos los rum­ . revueltas. . lo que. invisibles. tal vez rodeándolas . Las brigadas auxiliares. estrepitosas. Pero esta concepción táctica. además de rudimentaria. juntándose tumultuosos en los declives. frente a los rudos antagonistas. la 4^ y la 5^. conteniéndose en las quebradas. . en un ondear de muche­ dumbres humanas. subieron hasta el tope de las colinas y de nuevo bajaron. además de tomar toda la delantera al enemigo. comenzaron a con­ quistar corajudamente el terreno. que al llegar había observado que no hallaban las fuerzas en él comprometidas. El coronel Carlos Teles en su parte de combate — documento que no fue contestado— afirmó después. rezagada. . como se había planeado. Los recién llegados debían marchar hacia la derecha.De modo que cuando. . por cierto. revigorizándolas. definiéndose como un sector amplísimo de rayos convergentes en la plaza de las iglesias. el deber único de la ocasión era avanzar y cargar. no podían adaptarse a las líneas de cualquier plan. De modo que si la tropa expusiese sobre ese resplandor brillante. Eran las ocho de la mañana. ruidosamente. el fulgor metálico de las tres mil bayonetas. obstaculizándole cualquier acción contorneante. Se embarullaron en las bajadas. retrocediendo tal vez. estallando en los flancos. Saltaron sobre las laderas que las aprietan. A cada momento pisaban trincheras y desde el fondo de éstas los cartuchos detonados y ardientes delataban la reciente huida del enemigo. ya era sensible el número de bajas. Hermosa y caliente mañana sertaneja que en esa zona irradia siempre un bello resplandor de centellas reflejadas por la tierra desnuda y llena de cuarzos. "No obstante. Diez batallones mezclados se echaron por los cerros abajo. según el plan impuesto por las circunstancias.

Se mostró en seguida por la extrema derecha. donde no era dable pensarla. Los dispersaron con una carga violenta a puntazos de lanza y patas de caballos. como si la intención fuera un vigoroso ataque de flanco que. Además. claros pronunciados. osados guerrilleros se enfrentaban con los asaltantes y les tiraban a quemarropa. la aldea. Era el momento agudo del combate. en su persecución. donde cada pared se abría en rajas que eran bocas de tiro. En ese instante. Cada soldado había llevado consigo ciento cincuenta cartuchos y ya los había gastado. en el caso de impulsarse con energía. a menos de trescientos metros. Y desde este punto hasta el extremo de la plaza. la 3? y la 4^ por el centro y la 6 ?. Estaban dentro de un corral desde donde tiraban de costado sobre la tropa. los golpeaban por el flanco derecho. Lo demuestra un episodio sugestivo. La situación entraba en su momento culminante. convergió sobre ella una tremenda fusilería. parecía adrede dispuesta a desorientarlos. Las brigadas aún avanzaron pero sin la rectitud de un plan. . triunfalmente. ofrecían a los combatientes un área plana y sin obstáculos. fortalecida en la oca­ sión por la 4? brigada que tenía como jefe al coronel Carlos Teles. inevitablemente lanzaría a los sertanejos. Habían llegado hasta allí en grupos desordenados. impedían el paso de batallones enteros. . completando los nutridos tiroteos que irrumpían desde la aldea. El escua­ drón. sobre todo la situada desde el centro hacia la derecha. Pero éstos. al oeste. Pero se observó que aquéllos sólo hacían una ligera demostración. En el torbellino de las filas sobrevinieron súbitas parálisis. bordeando el río. subió al galope por una ladera poco abrupta y de pronto tuvo delante. por la izquierda. Encima. dio de golpe con cerca de ochenta jgungos. disipando de manera improductiva el valor y las balas. La fuerza. estaba totalmente expuesta. sin la uniformidad de la marcha. dentro de los batallones desmantelados. La tropa. la 5^ marchando por la derecha. en descargas continuas. Lo mostró el escuadrón de lanceros en un reconocimiento teme­ rario. Las primeras casas. por el rigor de su puntería. abarcando todo el cuadrante a lo largo de dos kilómetros. a nivel de la parte más alta de la aldea que sube hacia el norte. que entró también en la refriega. dejando escapar la oportunidad de un ataque serio. también llegaban atropelladamente algunos pelotones de infantería. aunque pocos. a unos tres­ cientos metros de las iglesias.bos. Lo espaciado de los estampidos por ese lado denunciaba que había francotiradores. Se hizo necesario detener batallones enteros — en plena batalla y situados en un terreno que los convertía en blanco— para abrir a golpes de martillo los cajones de mu­ niciones y distribuirlas. Fue en el último ímpetu del ataque. construidas en un rincón extremo. abriéndoles. al bajar por una cuesta. cuyo . Precipitándose velozmente en aquella dirección.

hasta los fondos de la iglesia vieja. En parte. que decaía suavemente hacia la plaza de las iglesias. conver­ gían aceleradamente hacia la derecha. Puestos en seguida en posición de batalla. la aldea recrudeció su réplica. los soldados pudieron refugiarse en las casuchas abandonadas. Habían conquistado un diminuto suburbio de la ciudad bárbara y se sentían impotentes para ultimar la acción. por delante. llevados a pulso. los dos Krupps. La mayoría. mientras desde lo alto de la Favela coronada de humo. Los sertanejos desalojados de esos escondrijos. fulminaba a la 6 ^ brigada. trasponía la última ladera. El suelo explotaba bajo los pies de la tropa. más de trescientos cartuchos vacíos demostraban que el foroz cazador había estado largo tiempo emboscado y a la espera. Se detuvieron. retrocediendo. Ya no dieron un paso más. Otras. al este. concentrándose. rudamente golpeadas. estallaban las baterías del coro­ nel Olimpio de Oliveira. Y en todas. La iglesia nueva. La 6 ^ brigada y el 59 de policía. iniciaron un firme cañoneo. uno a uno iban cayendo. completaron el ataque que consti­ tuyó la última arremetida de la tropa. idénticas. fulminada en un círculo de descar­ gas. El 59 de policía. como hechos por un solo hombre. los mismos restos de municiones revelaban la presencia reciente de un tira­ dor. rudamente . sobre la aldea. La fuerza llegó hasta esa situación dominante cubriendo una línea discontinua y torcida que se prolongaba. Eran tierras minadas. yendo en direc­ ción de un umbuzeiro todavía frondoso. Saltando del hoyo y sin largar el arma. repleta de muertos y heridos. se metían en otros y las nuevas trincheras en seguida retomaban las vivas descargas hasta el abandono y la posterior ida a otra. más altos que las iglesias. Tiros rápidos pero sucesivos. por la planicie desnuda y chata. Las bajas abultaban. cuyas primeras casas fueron finalmente alcanzadas a las diez de la mañana. sobre la margen del río. daba la emocionante impresión de una derrota. En el fondo de la trinchera.estado mayor casi había desaparecido. el jagungo se escapó entre las grutas de la ladera. Y estando a pocos pasos. salpicando el terreno. rechazando a adversarios que no veían. les dieron de frente. Muchos quedaron atónitos por lo inconcebible de un fusilamiento en pleno des­ campado. hacia la izquierda. apareciendo por el lecho seco del río. aparecían alrededor. hasta el Vaza-Barris. Arremetía al azar. Era el único árbol que por allí había. Cubrían una extensa loma. avanzó aún. otros se arrojaron temerariamente sobre la posición. poco a poco. Las balas incon­ tables golpeaban los tabiques de las casas donde se habían refugiado muchos soldados y los mataban ahí adentro. Golpeado por las granadas que de allí venían y por la fusilería del este. La retaguardia. sin embargo. a ras del suelo descubrieron una cueva redonda por donde asomaba un rostro bronceado y duro. im­ pulsada por los oficiales que en la coyuntura se revelaron dignos de las más gloriosas hazañas. Por entre ellos pasaron todavía. mien­ tras las secciones extremas de ese flanco.

El tumulto. cabellos greñosos y sueltos. se vestía de heroísmo. Y no pocas veces caían por un disparo hecho a quemarropa. Perdidas todas las esperanzas. La batalla iniciada a dos kilómetros continuaba más reñida al borde del caserío. reclamaron la pre­ sencia del general Artur Oscar. En los grupos combatientes reunidos al acaso. un camino que fue un lance de coraje. el comandante del 59 de línea y al capitán Antonio Sales. de gritos de dolor. mostrando brutalmente la forma primitiva del coraje. morían con un estertor de fieras. imprecaciones y gemidos. dentro de las cuales. de voces de comando. caían a veces a mano de frágiles mujeres. ojos llameantes. reduciendo la batalla al área en que se jugaban la vida. como suele acon­ tecer en esos epílogos sombríos de las batallas. mal protegido por las casuchas esparcidas por la vertiente. encontró ya gravemente heridos. Algunas eran como hombres. formados con plazas de todos los cuerpos. Al llegar. junto a la iglesia nueva. casi estranguladas por las potentes manos. el instinto animal de conservación.combatido. Resolución que se imponía por sí sola. Una vez más. Desorganizados los batallones. no flaqueaban. de gritos de cólera. los jefes de las brigadas y 4^ que habían avan­ zado hasta el cementerio. Eran igual­ mente imposibles el avance y el retroceso. dentro de un rancho. tiradas en el suelo y pateadas por los tacones de las botas. . Hambrientos y muer­ tos de sed. cara marchita. el sol alcanzó el cénit. A su alrededor el desorden: vibraciones de tiros. cayó por fin en una estrecha gruta que lo libró de un fusi­ lamiento en masa. Este apareció después de hacer a pie. Viejas de tez oscura. escupiéndoles encima una trágica maldición. al penetrar en las pequeñas viviendas. de carreras. nada distinguían en la penumbra de las habi­ taciones estrechas y sin ventanas. se había hecho una selección natural de valientes. Realizaron una rápida conferencia. las fracciones combatientes actuaban por cuenta propia. atacaban a los invasores en un delirio de furia. al coronel Carlos Teles. el comandante en jefe resolvió que se mantuviera la posición conquistada. la expedición se veía obligada a detenerse en una situación sin solución. En medio de esta situación grave y dudosa. NUEVA VICTORIA DESASTROSA En medio de esta desastrosa confusión. arrastradas por los pelos. Y cuando se doblaban bajo el puño de aquéllos. al final de un violento ataque. En esa situación. Soldados fuertes que venían jadeando por una lucha de cuatro horas. se olvidaban del morador. cada uno luchaba por la vida. Ajenas al destino de los otros. Tanteaban los bultos en busca de agua y harina. de cornetas. en los primeros instantes.

paralelo a la cara oriental de la plaza. el 4 O9 y el 3O9. Pero no le habían modificado siquiera el antiguo régimen. apartándose del caserío y cuidando el flanco derecho del campamento. resonaba la melancolía de los rezos. junto al cemen­ terio. se atrincheró el 59 de policía. A su vez.Al caer la tarde quedó inmovilizada en un área estrecha de la aldea. Sucesivamente. en la Favela. 33 9 y 349. millares de entradas abiertas. blindándose con piedras y tablas las pare­ des de las casas y eligiéndose puntos menos expuestos a los proyectiles. seguían el 259. adentrados en un dédalo de casuchas hacia el norte. Al atardecer. enfrente. Ahora no quedaba ninguno de estos engaños. Al menos. desbor­ daba de la depresión original hacia las colinas que la rodeaban. Lo tenían a dos pasos. la campana de la iglesia vieja batía calmosamente el Ave María y en seguida. No lo atemorizaba la proximidad de sus enemigos. el 79. Comenzó a hacerse sentir el imperio de una situación más incómoda que la anterior. extendiéndose hasta la orilla derecha del Vaza-Barris donde tomaba contacto con el 269 de infantería. La fusilería había aflojado pero para recaer en la prác­ tica acostumbrada de las emboscadas. en los fondos de la iglesia vieja. Desde este punto hacia la retaguardia. pero inexpugnable. Porque el enemigo vigi­ laba implacable. una quinta parte de ésta que limitaba al este. En cada abertura de pared asomaba una espingarda y un ojo indagador. La ciudadela propiamente dicha no había sido tocada. sin muros. en su sorprendente crecimiento. No se podía pasar más allá del temerario esfuerzo hecho. la línea se curvaba. En el flanco izquierdo. a la extrema izquier­ da. era la muerte. La zona se extendía a lo largo. Allí estaba. refugiados bajo los mismos techos y aumentando en tres mil almas la población del lugarejo sagrado. del seno amplio de la otra. de norte a sur. cerca. Allí estaba el jagungo. allá tenían la esperanza del ataque y de la victoria. y descendía en declive hacia la plaza. indomable. éste se unía al 59 de línea por la margen opuesta. poniendo delante de la invasión millares de puertas. Las casas del lugar eran nuevas. Cada paso de soldado fuera del án­ gulo de una esquina. formada por los batallones 12 9. Estos trabajos imponían los máximos cuidados. que le enviaron las gentes de las tierras grandes. protegido por el ala de caballería y los batallones 149. La línea avanzada de los cuerpos que más se habían adelantado se afirmó. amenazadora. profesionales de la guerra. Y todavía se despreciaba al adversario que sólo se conocía de lejos. se ubicó el cuartel general. El resto del día y gran parte de la noche. 329. invitando a penetrar en la red inextricable de sus callejones tortuosos. se emplearon en la construc­ ción de los atrincheramientos. 3 19 y 389. La tropa ocupó uno de los suburbios. Canudos. y después el 259. a su lado. desafiando un choque mano a mano. . En una gruta profunda que drenaba los flancos de la Favela.

. y otros. con los caídos en los encuentros anteriores. arrebatándolos en idealiza­ ciones de iluminados. En una escala ascendente. dándole a la refriega rasgos singulares de heroicidad antigua. seguían avanzando tambaleantes por las líneas de fuego. los resultados inmediatos del suceso la impresionaban demasiado. los revueltos días de la República habían impreso. que herido en el pecho durante una carga de lanceros concentró su último aliento en el último ataque. Wanderley. sin excluir a uno. entre muertos y heridos y éstos. combatían con la misma fe inagotable. ese entusiasmo febril. que precipitándose al galope por la cuesta de la última colina. la reducían considerablemente. la efigie del mariscal Floriano Peixoto fijada en medallas de bronce colgadas a la izquierda del pecho y morían saludando su memoria. Ahora bien. reviviendo el desprendimiento demencial de los guerreros místicos de la Edad Media. Había tenido cerca de mil hombres: 947. como un titán fulminado en caída prodigiosa. gravemente heridos. Los modernos templarios.Toda la agitación diurna había sido como un incidente vulgar y esperado. sobre todo en la juventud militar. aunque no llevaban la armadura bajo el hábito ni la cruz grabada en la empañadura de la espada. era una cruzada. algunos sin poder sos­ tener ya la espada. ca­ yendo sobre el enemigo como un dardo. Una tropa cuya fortaleza pesara exclusivamente sobre la disciplina. con el mismo delirio entusiasta y la misma dedicación y la misma aberración fanática con que los jagungos juraban por el Buen Jesús misericordioso y milagroso. La expedición atravesaba una terrible crisis. muertos todos valientemente. un lirismo patriótico que les desequilibraba el estado emocional. estudiante de la escuela militar de Porto Alegre. La lucha por la República y contra sus imaginarios enemigos. En las sociedades hay retrocesos atávicos notables. fue abatido junto con el caballo en la cumbre y rodó hacia abajo. sobresalían las bajas de los oficiales de menor graduación y de los plazas. al desorganizarse de esa manera hubiera estado perdida. y entre nosotros. tenían. quedaron sitiados entre la oficialidad y los jagungos. desafiando a la muerte. que­ daron hipnotizados por el coraje personal de sus jefes y dominados por el prestigio de oficiales que. En cierto modo. Pero los rudos soldados en cuyo ánimo moraban el desaliento y la incertidumbre. Además. aparte de las precipitaciones desas­ trosas que produjo. Serra Martins y Antonio Néri que vino a la tarde con el 7?. Después se contaron las hazañas de algunos: Cunha Lima. Tres co­ mandantes de brigadas fuera de combate: Carlos Teles. Alféreces y tenientes habían desbaratado sus vidas de manera increíble. fue la salvación del 18 de julio. Los que morían de tal manera a la entrada de Canudos. El paralelo es perfecto. entre vivas a la República.

entre las vertientes de la Favela y los primeros surcos del arroyo de la Providencia donde estaba el cuerpo policial. mal cerrada por el este. Pero. Sobre el ánimo del jefe expedicionario había pesado el temor de un asalto nocturno ante el cual no habrían podido reaccionar. se abría el desierto impenetrable. La temporaria paralización de las operaciones parecía inevitable para atenerse a la defensa de la posición ocupada hasta que mayores refuerzos permitiesen nuevos esfuerzos. su radio de acción había aumentado. Un circuito de seis kilómetros aproximadamente. Dos campamentos distintos parecían señalar una movi­ lidad mayor. del mismo modo que a la izquierda. Por ese lado quedaba abierta la extrema derecha. Las frágiles líneas de defensa. Oficial­ mente. contra la expectativa general. no podía sostener un sitio tan amplio. no desembocar en la derrota. aunque no pudiesen ser rotas. estaban en la torturante situación de no poder arriesgar ni un paso atrás ni uno adelante. volviendo finalmente al este por la espuela de los Pelados. la orden del día decretaba el comienzo del sitio. Caían otra vez baleados los heridos que para allá se arrastraban. de hecho. El general Artur Oscar apreció seguramente el estado de cosas. Los cerros barridos a cargas de bayonetas hacía pocas horas. Aparentemente. Pidió un cuerpo auxiliar de cinco mil hombres y armó los dispositivos que ga­ rantizaran a la fuerza triunfadora de modo tan singular. bordeando el río y siguiéndolo en su curvatura hacia el sur. el doctor Tolentino.EN LOS FLANCOS DE CANUDOS La noche del 18 de julio. Para cerrar la circunferencia se hacía necesario un trazado que. aunque el adversa­ rio se lo permitiese. Al norte y al este. pasó en relativa calma. centenares de los cuales estaban resguardan­ do la Favela. prolongándose a la derecha y hacia el norte. Pero esa ilusión se apagó el mismo día del asalto. podían ser rodeadas. Pero una expedición reducida a poco más de tres mil hombres válidos. una línea de mantas cosidas demarcaba un seg­ mento del diminuto cerco: un quinto de la enorme periferia de la aldea. Como después de otros triunfos. liberada del cerco atrincherado. saltando las ondulaciones mayores del suelo en el primer escalón de las sierras del Calumbi y del Cambaio. era la expedición la que estaba sitiada. como había sucedido siempre desde el 27 de junio. hubieran sido fácil­ mente destruidas. y colocadas entre dos fuegos y contenidas de adelante por la aldea impenetrable. parecían de nuevo poblados. Pero la situación fue resuelta por la inercia del adver­ sario. Los sertanejos también claudicaban. que en la tarde del combate había bajado por allí. la estorbaba la aldea. quedó grave­ mente herido a orillas del río. doblara luego hacia el oeste. y un médico. Atravesar el campo conquistado se les . se veía un gran espacio libre. Al día siguiente. Las comunicaciones con la Favela se volvieron de inmediato muy difíciles. los altos de la Favela llenos de heridos y enfermos la encerraban. Al oeste. Al sur.

un trapo cualquiera. al reverberar los mediodías calientes. Hasta es una exage­ ración llamarlo enemigo. repe­ lidos por el ángulo muerto de la colina. copiaban línea a línea la reclusión que antes observaban a los jagungos. no podían pre­ parar convenientemente la escasa refacción. indistinto y fugitivo. observando el caserío y disparando las espingardas todas a un tiempo: ¡cien. no habría dejado pasar. los dedos clavados en el cerrojo de la espingarda. por cierto. ese momento en que la venganza revanchista tendría las características del mayor salvajismo”. Pero el jagungo no era afecto a la lucha regular. Distribuida la última ración — un kilo de harina para siete plazas y un buey para un batallón— restos del convoy salvador. Se imponía. Como ellos. Y durante el correr de la noche que cerraba la trabajada jornada. Y durante muchos días dominó todos los espíritus. Resultaba de la secuencia de los hechos. los ojos fijos en los techos de los ranchos. El coronel Antonio Néri fue herido justamente cuando. visto de relieve. dos­ cientos. a lo lejos.volvió un problema serio a los conquistadores. los rodeaban con trampas que . pasaban gran parte del día de bruces sobre las aberturas. se oían allí los tiroteos librados del otro lado. los ojos fijos en las rajas de las paredes. centralizado por la barraca del comandante en jefe. en el laberinto de los ca­ llejones. tenientes coro­ neles Tupi Caldas y Dante Barreto. Por la noche. en las líneas avanzadas. Entonces se las convirtió en casamatas. se refugió en una de ellas. término extemporáneo. Sobre el cuartel general. eufemismo que suplanta a "bandido famoso” empleado por la literatura marcial de las órdenes del día. ca­ yendo escandalosamente en la misma guerrilla de emboscadas. Los jagungos sabían que podían matar dentro de las casuchas — frági­ les muros de barro— a los moradores intrusos. Mientras los que lo amenazaban permanecían alejados. de piedra o de tablas. y comprendían "que un paso a retaguardia en cualquier punto de la línea central significaría la perdición total”. Y así. trescientos tiros! contra un bulto. Un hilo de humo blanquean­ do en el techo de barro era una atracción para las balas. vencedores llenos de miedo emboscando a los vencidos. en la vertiente opuesta. Les espesaron las paredes con muros interiores. los que habían invadido el corto trecho de la aldea. los proyectiles pasaban inofensivos. Esta preocupación por una catástrofe inminente no se le ocultaba a nadie. "Un enemigo habituado a la lucha irregular que supiese sacar partido de nuestras desventajas tácticas. . El sertanejo defendía su hogar invadido. . se apiñaban en los ranchos ardientes como hornos y dejaban pasar las horas. temerarios ambos. después de cruzar con su brigada la zona peligrosa y abierta del combate. Por otro lado. estaban todavía a un paso del desastre. nada más. más seguros. un fósforo encendido despertaba las descargas. Los comandantes de éstas.

aterradora. Y el último día de su resistencia increíble. revela su carácter anormalmente bárbaro. Prosigue durante todo el día. el comandante de la 7^ brigada. atravesado por una bala. Otras veces. Continúa por la noche. Los bueyes. rápidamente trabados y rápidamente terminados. prolongados en largas horas de rela­ tivo reposo. súbitos. A la tarde. quemarían sus últimos cartuchos contra seis mil hombres. con la misma continuidad vista en la Favela: tiros que sur­ caban el espacio minuto a minuto. cabeceando abrazados a sus carabinas. determina que se traigan otros dos cañones Krupps que estaban en la retaguardia. como pocas en la historia. Y a su luz fugaz se descubrían las torres de las iglesias. Lo mostramos hasta el día 24 de julio. siempre invertían los papeles.obstaculizaban el paso. el afrontarlos cara a cara. el teniente Tomás Braga. Los asaltantes eran los asalta­ dos. tres o cuatro hombres anónimos. los fuegos ascendían ilumi­ nando ásperamente el firmamento oscuro. para vigorizar el rechazo. Esos asaltos súbitos. tres o cuatro titanes hambrientos y an­ drajosos. los jagunqos acometían con osadía. se dispersan al cruzar el VazaBarris. murió. fustigados por los tiros. después de apuntar y disparar con el cañón de la derecha a una de las torres de la iglesia nueva. con la pérdida de varias cabe­ . costando mucho volver a reunirlos. La expedición iba a gastar tres meses para hacer el camino de cien metros que la separaba del ábside de la iglesia nueva. A las dos de la tarde. con preocupación por la defensa y el compro­ miso del desquite. dentro de una casucha donde descansaba. o tiroteos furiosos por todas las líneas. les quedó como único expediente la resistencia a pie firme. Terminó el ataque pero la batalla continuó. a veces quebrando un armisticio de minutos que los soldados de la vanguardia aprovechaban para hacer un descanso ilu­ sorio. repentinos combates de cuartos de hora. sólo para definir una situación que desde ese día en adelante no cambió. El comandante de la P columna. contra lo que era de esperar. en plena mañana esplendorosa y ardiente. Día 19— La fusilería enemiga comienza a las cinco de la mañana. Pero cuando les golpearon las puertas y a golpes los sitiaron. Canudos sólo podría conquistarse casa a casa. bajan con dificultad de la Favela. antes de que acabasen las notas emocionantes de las alarmas. sus últimos defensores. interminable. NOTAS DE UN DIARIO Un diario minucioso 3 0 5 de la lucha de aquellos primeros días. algunas reses para alimentar a la tropa. A las doce y media fue herido en el campamento. Avanzada la noche. El enemigo marcaba el momento angustioso de las refriegas y las provocaban siempre de sorpresa. monótona. Esa defensa pertinaz y formidable comenzó el día 10 y no flaqueó más.

Día 24—-Comenzó el bombardeo al salir el sol. volvieron unos minutos después. Durante largo tiempo el impune cañoneo hace su matanza.zas. Pocos ataques durante el día. El ataque parecía querer cortar la retaguardia de la línea del frente. después de un movimiento envolvente inadvertido. los jagungos. Se entabla la batalla cuerpo a cuerpo. contra su costumbre. A las nueve de la noche. Era un plan de Pajeú que había asumido la dirección de la lucha después de deponer a otros cabecillas. Repentinamente. Resultado: un comandante superior herido. rechazados. dejando un saldo de quince muertos. tiroteos cerrados. asalto vio­ lento por los dos flancos. El poblado. declara que el enemigo está muy fuerte y que muy pocas casas de Canudos están en nuestro poder en comparación con el número de las que componen la población. Los jagungos. Día 21 — Madrugada tranquila. la artillería abre el cañoneo a las cinco de la mañana. Pocas bajas. Día 2 2 — Sin aguardar la iniciativa del adversario. Un movimiento temerario. El mismo número de bajas de la víspera: un soldado muerto. se oyen algunos estampidos por la derecha y en seguida son asaltados los cañones de ese flanco. una hora después. Por la noche. Los últimos heridos son penosamente conducidos desde el campo de acción hasta el campamento de la Favela. atacando otra vez con mayor rigor sobre . Día 2 3 — Amanecer tranquilo. Los ca­ ñones de la Favela bombardearon hasta la entrada de la noche. Son repelidos por el 34 9 batallón y el cuerpo policial. Resultado: 25 hombres fuera de combate. Día 2 0 — El campamento es súbitamente atacado cuando las cornetas de todos los cuerpos tocan diana. caen impetuosamente sobre la retaguardia del campo de ba­ talla. provocando una réplica rápida y viru­ lenta de los tiradores protegidos por los muros de las iglesias. Día rela­ tivamente calmo. lo que fue imposible hacer de día por la vigilancia de los antagonistas. De punta a punta vibran decenas de cornetas. a las seis de la mañana. durando el ataque hasta las nueve y media y siguiendo en adelante flojamente. Pero a las ocho. lo soportó sin réplicas. Toda la tropa se forma para la batalla. diez o doce plazas fuera de combate. Se con­ sigue ajustar uno de los cañones trasladados. Al volver. Tiroteos durante el día entero. una cabocla prisionera y una bolsa de harina. Sólo por la noche se pueden distribuir las parcas raciones de comida a los soldados de la línea del frente. Los tres cañones sólo hicieron nueve disparos por falta de municiones. Al toque de queda los jagungos atacan las líneas. Si la cortaban caerían sobre el cuartel general y pondrían a los sitiadores entre dos fuegos. las cara­ binas pegadas a los pechos y se va generalizando de manera terrible. El teniente coronel Siqueira de Meneses sigue en reconocimiento por las cercanías. Los schrapnells de la Favela caen allá adentro y estallan como si golpeasen en una tapera vacía. El asalto duró media hora. un subalterno muerto.

Las trincheras de la línea sitiadora se hacían en esas intermitencias y sólo por la noche se podían distribuir las raciones insuficientes para los hambrientos solda­ dos y podían éstos llevar cantimploras y marmitas hasta los pozos de agua del Vaza-Barris. . . Un tiroteo constante durante la noche y hasta la madrugada. es herido el comandante del 33?. Toda la fuerza descarga sus armas contra la aldea. como los otros. en los contrastes y sucesos. Se veía una vez más que los jagungos habían roto el círculo de las bayonetas. evitaban cual­ quier juicio sobre su situación. buscando el agua que les aplacase una sed larga­ mente soportada. De nuestro lado también hay muchas bajas. la opinión nacional tejía extravagancias balanceando las más aventu­ radas hipótesis que atiborraban los periódicos. el co­ mandante en jefe decide que tiren los cuerpos del flanco izquierdo que no fueron atacados. muere el teniente Figueira de Taubaté 3 0 6 . Es como la oscilación de un ariete. Desde el principio se habló de la victoria. Ese día. presagiaba que el ejército derrotaría en un solo asalto a los rebeldes. sabida de antemano. El impetuoso Pajeú cayó mortalmente herido. un nuevo asalto todavía más impetuoso. . De modo que mientras la expedición se deshacía en la Favela y caía agotada por una sangría increíble en un pedazo de Canu­ dos. Se forman todos los batallones. Se rechaza al enemigo. La travesía de Cocorobó. Hieren al comandante del 33?. el capitán Joaquim Pereira Lobo y otros oficiales. entre otros. Pasados quince. se comprobó la inanidad de los esfuerzos por inventar triunfos. Noticias disper­ sas provenientes del campo de lucha o algunos telegramas le señalaban al combate un desenlace en tres días. Al mediodía cesa la lucha. El día 2 5 . Antonio Nunes Sales. Si los mismos combatientes. Desde lo alto atruenan todas las baterías de la Favela. TRIUNFOS POR EL TELEGRAFO Estos hechos llegaban a las capitales de los Estados y de la República completamente deformados. . Así se iban los días. poco desta­ cadas. elabora­ sen conjeturas inestables y además falsas. De lo expuesto se puede inferir que esto era inevitable. El nuevo ataque repercutió en las líneas del flanco derecho. retroceden hasta las primeras casas no conquistadas de donde reanudan el tiroteo cerrado y continuo. y a muchos oficiales y plazas. las mismas escenas. . . .la derecha. dándole a la campaña una monotonía dolorosa. Costosamente repelidos. Un repentino silencio desciende sobre los dos campos. A la una. Para distraer al enemigo. es natural que los que observaban desde lejos el drama desarrollado en la profundidad de los sertones.

A despecho de las órdenes del día que cantaban victorias. se iba llenando de dudas hasta adquirir casi la convicción de una derrota. apagándose de repente a la noche. Se miraba hacia la historia con una visión invertida: el bronceo Pajeú emergía con el aspecto dominador de Chatelineau. La noticia del ataque empezaba entonando cánticos triunfales y poco a poco. sin cambios. comenzaron a salir hacia el litoral. Diaria­ mente. arrastrándose por el suelo. . Se agotaban los arroyos efímeros de lechos llenos de piedras. deslumbrante e implacable. irrum­ piendo de golpe en las mañanas doradas. los sertanejos aparecían como los ckouans después de Fontenay. las gramíneas pardo oscuras reflejaban ya la acción del incendio sordo de la sequía. Salían casi sin recursos. perdiendo día a día sus hojas y flores. en sucesivas levas. Era la entrada del verano. Más verídicos.El espantajo de la restauración monárquica oscurecía de nuevo el ho­ rizonte político. salían de allí los agonizantes y los lisiados. cansados de privaciones. VI POR LOS CAMINOS. como en los oueds africanos 3 0 8 . Desde la zona de operaciones llegaban telegramas paradojales y deplorables. quemando la tierra. los enfermos más graves. o apiñados en carros lerdos. Se ceñían a una sola norma: ¡Bandidos acorralados! ¡Victoria cierta! ¡Dentro de dos días estará en nuestro poder la ciudadela de Canudos! ¡Fanáticos visiblemente derrotados1 . desde el 27 de julio. sin auroras y sin crepúsculos. desde el cielo sin nubes. por donde tenues hilos de agua afluían impercepti­ blemente. El sertón empezaba a mostrar un aspecto triste de desierto. LOS HERIDOS El traslado de los enfermos y heridos a Monte Santo era urgente. Los vomitaba el morro de la Favela. Así partieron los primeros grupos protegidos por plazas de infantería hasta el extremo sur de la zona peligrosa. con resignación en la región asolada por la guerra. la ansiedad general creció. y en la atmósfera ardiente. sin embargo. Joáo Abade era un Charrete de sombrero de cuero 3 0 7 . en busca de la capital de Bahía. La gran mayoría a pie. Después del día 18. otros cabalgando penosamente sobre animales rengos y temblorosos. Entonces comenzaron a andar lastimosamente por los caminos los desechos de la campaña. Juá. La luz cruda de los días claros y calientes caía. hundiéndose. los documentos vivos de la catástrofe. Los árboles se doblaban marchitos. en redes de caroá o camillas hechas con palos.

cuando encontraban algún rancho. Acampaban. los oficiales heridos. y según el vigor de cada uno. se dejaban estar. todo su ardor parecía paralizar el ambiente purísimo y reflejado por el suelo. mientras otros. la caravana se detenía en los sitios más adecuados para el descanso. reanuda­ ban su ruta. a la orilla de algún curso de agua invisible pero donde la humedad remanente todavía alimentaba el follaje de las caraibas y baraúnas altas. La ferocidad del jagungo cedía ante el sal­ vajismo de la tierra. caía en laderas resbaladizas. Se olvidaban del enemigo. las noches frías. Ahí estaba la huella que habían recorrido hacía un mes. Los más fuertes o los mejor montados. disueltos por los caminos. disueltos al fin en cami­ nantes solitarios. la tortuosa ruta del Rosario se había llenado de fu­ gitivos. Las marchas sólo podían hacerse a las primeras horas de la mañana o al caer la tarde. Ese mismo día. o a falta de éstos. apenas protegido por una vegetación rala. aguijoneados por la sed. se presentía la invasión periódica del régimen desértico sobre esos parajes desgraciados. Apenas arreciaba el sol había que interrumpirlas. se aventajaban. A los pocos días. se empinaba en cerros. Y arancando tubérculos de umbuzeiros. contorneaba montañas.en el suelo agrietado y polvoriento. fragmentándose en grupos más pequeños. Al mismo tiempo. a la sombra de ipueiras rasas que salpicaban pequeños sitios sombreados por las ramas verdes de los icozeiros. Salían unidos de la Favela. Algunos. A partir de las diez de la mañana. se separaban del camino. reflejándose en todas las quebraduras de la tierra. El clima caía en variaciones extremas: los días quemantes. chupando los tallos húmedos de los cardos espinosos. sacudidos por el ritmo de las cargas. La gran mayoría no los seguía. torcían el rumbo y se metían por las caatingas en busca de la flora singular abundante de frutos y espinos. mal saciada por las aguas impuras del sertón y arrastrados por el hambre. aumentaba su intensidad. Ahora parecía más áspera y difícil. quietos. caracoleaba en curvas sucesivas. transidos de fati­ gas. alejándose de sus compañeros lentos. al atardecer. cortando camino hacia Monte Santo. bajando los últimos frutos de los árboles deshojados. dispersos. fascinados por sus cuatro mil bayonetas. andaban lentamente. en grupos que poco a poco se dividían por los cami­ nos. impávidos ante cualquier encuentro con el adversario esquivo. a la sombra de los arbustos marchitos. mal recompuestas las fuerzas. avanzando sin orden. . sus rayos brillaban ofuscantes sobre las serranías y por el aire irres­ pirable y caliente pasaban como fulguraciones de quemazones intensas extendidas por la planicie. Los acompaña­ ban conducidos en redes a hombros de soldados fuertes. junto a los tanques todavía llenos de los corrales abandonados.

en la sala sin piso. y por todos lados. pedazos de mantas. ya muerto. con su rasgo de lúgubre ironía. los ojos llameantes y el pelo erizado.Y volvían a ver. levantando el dique de acero de sus divisiones de artillería. indelebles. los trechos memorables. más allá. en los troncos de los árboles del patio. corra­ les roídos por los incendios. el rastro de las expedicio­ nes anteriores. ranchos derruidos. antiguos cultivos abandonados. pesado. desarticulándose en bloques amontonados. el coronel Tamarinho. y centenares de murciélagos volando tambaleantes en los techos oscuros. Y alrededor. que tendrían que hacer la . en las cercanías de Aracati y Jueté. porque los había abandonado el vaquero que huía de la guerra o el fanático que había marchado hacia Canudos. sin variantes en su triste aspecto. el caserío donde los sertanejos pre­ pararon la emboscada del gran convoy de la expedición Artur Oscar. donde. olvidados de los retrasados y de los que ven­ drían después. Se armaban redes en los cuartos exiguos. en trazos violentos de cataclismos. vacíos. brotada en una maraña de ramas retorcidas. se extendían por las cercas capotes. planicies desnudas y chatas como llanos inmensos. Cerca del Rancho do Vigário. recordando la matanza de marzo. mostrando al pie. colorados y azules. dibujando. surgían acá y allá. En las cercanías de Umburanas. en una vuelta antes del Angico. rompientes. Ranchos paupérrimos. pantalones carmesí o negros. el punto en que Salomáo da Rocha había subido por unos minutos delante de la ola rugiente que se venía encima de la columna Moreira César. Morros hundidos. y afuera. reptando por el suelo. formas desvanecidas de montañas roídas por las fuertes lluvias. adrede dispuestos en una escenografía cruel. Inmediatamente eran invadidos mientras otros huéspedes los dejaban: las zorras ariscas y miedosas. cercas invadidas por el matorral. mantas y uniformes hechos pedazos. el arroyo seco y la ladera a pique por la que había caído de su caballo. saltando de las ventanas. asombrados. recordaba por unos instantes la época feliz en que los matutos pasaban allí sus horas tranquilas en la paz del sertón. una vegetación agonizante y raquítica. los bordes del camino mostraban los huesos blancos. la misma naturaleza bárbara. se ataban las muías en las estacas del corral desierto. subiendo por el aire como brazos torturados. El rancho desolado se animaba durante algunas horas. en el fondo de las bajadas húmedas. metiéndose a todo correr por los pastizales. los jagunqos habían cubierto de fantástica floración la vegetación raquítica y marchita: de los gajos torcidos de los angicos pendían restos de unifor­ mes. Y un resonar casi festivo de voces. de puertas abiertas al camino. como si el ramaje muerto se desarrollara en flores sangrientas. el esqueleto íntimo de la tierra en apófisis rígidas. durante semanas o meses. más allá de las Baixas. resistiendo la atrofia. Los más fuertes enderezaban en seguida hacia el pozo de agua poco distante.

esperando el amanecer para reanudar el éxodo. Los torturaban alucinaciones crueles. alimentaban temores infantiles. No los enterraban. No pocas veces. los compañeros liberados a su vez por la muerte. quedaban exhaustos en una curva del camino. al pasar. . Volvían con las cantimploras y marmitas llenas. con las lluvias pasajeras. Y después de fatigarse en correrías. andrajosos. mientras las guirnaldas fosforescentes de los cumanas irradia­ ban en las sombras. hacia allá marchaban. Atronaban las espingardas. en esa quietud breve. los asaltaba una idea estremecedora: ¡un ataque de los jagungos! Inermes. afinando el oído para percibir los rumores vagos y lejanos de las planicies. Buscaban al vaquero amigo que antes los campeaba y los traía de vuelta al son de los cantos conocidos y lo sabía llevar a los buenos pastos y a las aguadas frescas. mataban al fin uno. en tiroteos que parecían propios de combates. Morían. . agonizando en un abandono absoluto. . lavaban a sus caballos sudados y polvorientos y limpiaban sus heridas en el líquido que sólo se renueva de año en año. La turba hambrienta los rodeaba en tumulto. Y la noche caía repleta de amenazas. Allá quedaban. Venían en una alegría ruidosa y fuerte. . El adversario que se había enfrentado con las brigadas ague­ rridas los podía matar cruelmente en pocos minutos. Dejaban el lugar temido. . quedaban hartos. Y después de esos incidentes providenciales. eternamente olvidados. Algunos. des­ pués de pocos pasos. No tenían tiempo. a despecho de las fatigas. Por días. se bañaban. algunos bueyes — perdidos de las grandes manadas diezmadas por la guerra— al advertir de lejos el alboroto en el paraje de su querencia. el rancho donde habían sufrido su primera yerra. . Entonces. dos o tres animales. Desaparecían. La mañana los liberaba. veloces. hasta repul­ sivos. los veían en la misma postura: extendidos a la . a lo lejos. Valientes endurecidos en el régimen brutal de las batallas tenían sobre­ saltos de pavor ante las cosas más comunes y velaban cautos. rígidamente quietos. Irrumpían al trote en el campo circundante. Y recibían una recepción cruel. Cualquier estallido en la vege­ tación les parecía la percusión de gatillos haciéndoles pensar en súbitas descargas. irritando en los espinos las heridas y agravando la fiebre. . mu­ giendo. Nadie se fijaba en su falta. El suelo duro des­ pedazaría los picos oponiéndoles su consistencia de piedra. .misma parada obligatoria. . avaramente desbordantes. como restos de fogatas alrededor de las cuales podían aguardarlos numerosas emboscadas. con gritos discordantes. casi felices por el contraste de antiguas penurias. echados en el desierto como trastos inútiles. los cuerpos enfermos arremetían enloquecidos con los animales sorpren­ didos que escapaban en seguida a esconderse en el matorral bravio. Los carneaban. Reanimados. . miserables. semanas y meses sucesivos los viajeros. en algún rincón.

el sertón seco y brutal. el pescuezo estirado en busca de un líquido que no existe. La tierra. los bueyes flacos. Permanecen intactos. Quien se aventura en los veranos ca­ lientes a hacer la travesía de los sertones del Norte. de energías adormecidas. muertos desde hace tres o más meses. por adaptación. Realiza en alta escala. La mayor parte. cuarteleras de rostro de cala­ vera. completaban el espejismo. caídos sobre las patas resecas. Los fortalecía. a los seres que sobre ella viven. y el hombre que sucumbe a la fulminante insolación. al derivar hacia el ciclo de las sequías. Calzaban duras alpargatas. . En­ tonces la descomposición es vertiginosa. parece caer en una vida latente. sin que los insectos les alteren los tejidos. sin descomponer. . Es la succión formidable de la tierra. parecían familias en éxodo. Entre ellos no quedaba ningún resabio de organización militar. habían copiado los hábitos del sertanejo. Y como los árboles desnudos. inmovilizando. se acostumbra a cua­ dros singulares. retorcidas. como si los cuerpos fueran devo­ rados por llamas voraces. la fauna resistente de las caatingas que queda aniquilada. el brazo derecho arqueado sobre la frente como para resguardarse del sol.sombra de las ramas secas. agrupados en manadas inmóviles. la piel se arrugaba y permanecían largo tiempo al borde de los caminos como momias aterradoras vestidas de uniformes andrajosos. las aves que caen muertas de los aires quietos. apenas aparezcan las condiciones exteriores favorables. Parecen reflejar singulares apariencias de vida: las suQuaranas que no pudieron escapar hacia otros parajes. en busca del litoral. los lanzaba deses­ peradamente camino afuera. Los fugitivos avanzaban observando esos escenarios lúgubres. y ves­ tían camisas de algodón. no impresionaban. despojada de toda humedad. . originando resurrecciones sorpren­ dentes. con la apariencia exacta de un comba­ tiente fatigado que descansa. No se descomponían. . las garras fijas al suelo como en un salto paralizado y a la orilla de los pozos de agua secos. Apenas marchitaban. transformando en pocos días a esos desiertos en prados. El terror y la imagen de su propia miseria vencían el cansancio de las caminatas hechas. prontas a explotar de golpe. huyendo de la sequía. parecen esperar también la vuelta de las épocas buenas. . Los primeros aguaceros barren de golpe esos espantajos siniestros. en el menor tiempo posible. amantes de soldados. con la llegada de las primeras lluvias se cubren de exuberantes flores. Finalmente. Algunas mujeres. Los apu­ raba el pensamiento exclusivo de dejar. La atmósfera reseca y ardiente les conservaba los cuerpos. se cubrían con sombreros de cuero. el hecho fisiológico de una existencia virtual. ni el uniforme en jirones los distinguía. arreba­ tándoles todos los principios elementales para la resurrección triunfal de la flora. imperceptible y sorda.

bajo el cauterio de los calores insoportables. vacío. compuesto por otra tapera de barro en la ladera de una loma. Pero les faltaba otro día de camino para llegar al Caldeiráo Grande. calle Capitán Salomáo— agravaba la ingrata región. Todavía era el desierto. cada uno se largaba hacia Queimadas. acampaban en la única plaza grande. Y después de dos horas de camino. en una monotonía más insoportable que las marchas y las batallas. Al día siguiente proseguían hacia Monte Santo. Después de cuatro días de marcha. como si proyectara en el firmamento una señal azul cariñosa y amiga. de aspecto casi señorial. era un desierto metido entre paredes y ahogado en la trama de algunos callejones llenos de detritos y de los desperdicios repugnantes de los bata­ llones que allí había acampado. Al llegar. Se creían a salvo. los más dicho­ sos llegaban a la trifurcación de los caminos del Rosario. el sitio de Juá. apenas lo protegía por un día. levantando nubes de polvo. los coroneles Teles y Néri y otros. Eran compañeros menos infelices. temprano. cayendo en la caatinga según el dicho de los matutos. durante algunas horas. En un caserón oscuro habían fantaseado un hospital militar. los caminantes. Allí. nada más. levantada sobre un cerro amplio. más deplorable que el desierto franco. Monte Santo y Calumbi. desprovisto de todo. huyendo amedrentada tanto del jagungo como del soldado. De suerte que la aldea. volvían heridos o enfermos. inútil. Y recibían por la espalda miradas amenazadoras de los que les envidia­ ban los caballos ligeros. con las aguas represadas de un riacho al pie. pasando por medio de esas bandas con indi­ ferencia demente. reanu­ dando la travesía. se destacaba nítida. Una guarnición exigua había tomado la plaza y pasaba allí sus días. por la cual baja el campo sombreado de juázeiros altos. la naturaleza es otra. Al día siguiente. el general Savaget. los reanimaba. la capilla blanca. El poblado muerto. por un radio de pocos kilómetros. disputándose la sombra del viejo tamarindo. otros seis u ocho días de amarguras. huyendo de la amistad molesta de los mur­ ciélagos en las casas abandonadas. casas ex­ tendidas por un escalón suavemente inclinado de la abrupta montaña.Oficiales ilustres. Estaban a la entrada de lo que se llamaba "base de operaciones” de la campaña. pierden la obsesión embrutecedora de las planicies estériles y de las sierras desnudas. en cuyo vértice. La población lo había abandonado. con sus callejas torcidas condecoradas con nombres sonoros — calle Moreira César. Pero al alcanzarla volvía la desesperanza. la aparición de la pequeña aldea. Eran otras dieciséis leguas extenuantes. Aparecía riente en las lomadas amplias. Pero era el pavor de todos los heridos y enfermos. la mejor estancia de esos parajes. No recibían respetos. purificado por el sol y barrido por el viento. Se transfigura en pequeñas serranías orladas de viva vegetación y los viajeros. a la distancia de una legua. Pasaban y desaparecían velozmente. . al lado del barracón de feria.

Los fugitivos. por Cansando. Primero pidieron con cólera. se desoló. inspi­ rando piedad y odio. como era necesario inventar una diversión estúpidamente dra­ mática que los distrajera por algunos instantes de sus profundas agonías. rudamente víctimas. en Calcada 3 0 9 . levantadas sobre una ancha base de granito. El viento del nordeste se encargaba de esparcir el fuego por la caatinga seca. de aspecto festivo. las llamas en­ vueltas en rollos de humo. Entonces.sujetos a las paradas inevitables en los pozos de agua. irritando más que intimidando. Tomaban los trenes y bajaban en Bahía. donde pasaba la vida de los matutos. que venían . brutalmente victimarios. Incendiaban los ranchos. Se sacudían en temblores de emociones nunca sentidas. Después hicieron francos asaltos. por Serra Branca. En poco tiempo. Por fin iban a llegar las primeras víctimas de la lucha que había mantenido en vilo la atención del país entero. y la que­ mazón se derramaba por muchas leguas a la redonda. Las soldadescas iban causando estragos. imprecaciones y frases estremecedoras de angustias. por Jacurici. tomando unos tizones llegaban al colmo de la maldad. impulsivamente. dos casas tristes. en irresistibles conatos de destrucción. Prolongaban por las calles de la ciudad la ola repulsiva de sus trapos y lastimaduras. Y aquel camino. se acercaban a los ranchos apelando a la hospitalidad in­ condicional de los tabaréus. Y nunca había podido imaginar que tuviera un aspecto tan dramático. soportaban los últimos tramos de su penoso éxodo. a salvo. una decena de casuchas. La multitud desbordaba la estación terminal de la línea férrea. al mismo tiempo miserables y malvados. con­ templando el paso del triunfal heroísmo. les escandalizaba ver el cuadro tranquilo de esos hogares pobres. rodaban por las quebradas. todos los días. en grupos que trasudaban alaridos. . ampliando el círculo de ruinas de la guerra. lugarejo minúsculo. subían a los morros repentinamente encendidos como cráteres. como si fueran restos de una caravana de bárbaros. mientras las familias sertanejas escapaban a esconderse en los pastizales. que parecía una ranchería de troperos. las trasponían. Les revolvía el alma. rodeadas de mandacarus. enton­ ces tan poblado. por Quirinquinquá. algunos casi moribundos. hacían saltar las puertas a golpes de sus armas. Después. bajo la sombra de los ouricurizeiros. . Y llegaban a Queimadas dispersos y exhaustos. Enfermos y heridos. y se derramaba por las calles próximas hasta el fuerte de Jequitaia. llevadas por el viento. en marcha hacia el litoral. por todos los receptáculos de aguas verdosas y sospechosas. refinando sus tropelías. PRIMERAS NOTICIAS CIERTAS Los aguardaban con ansiosa curiosidad. Los heridos llegaban en estado miserable.

venían indistintos. fueron 150. sin combinaciones previas. Duplay. Aventajándose al gobierno. Como siempre sucede. el 12 fueron 260. en las calles y en las plazas. andrajos de capotes en tiras. espontáneas. en los hospitales. Era un desfile cruel. el 18 fueron 53 y así en más. todas las individualidades se apagaban en el anonimato ennoblecedor de la multitud piadosa que pocas veces apareció tan digna en la historia. dándole al conjunto los rasgos de una miseria trágica. jamás habían tenido tan bella consagración del futuro. rápidas. Los mártires recibían ovaciones de triunfadores. como si se desencadenaran por movimien­ tos impulsivos. En cada uno de estos lugares los gloriosos mutilados fueron puestos bajo el patrocinio de algún nombre ilustre: Esmarck. en la Facultad de Medicina. revestidos por el mismo uniforme inclasificable: pan­ talones en harapos que apenas los tapaban. Todos los días llegaban centenares: el 6 de agosto fueron 216 plazas y 26 oficiales. En el Arsenal de Guerra. por medio de los cuales se hacía la sombría conmemoración del heroísmo. ciertamente. auxiliándolos en las calles. Los días transcurrían entre multitudes ruidosas. camisas destrozadas. Un gran número de personas identificadas por la misma conmoción. jirones de chaquetas sobre los hombros. La población de la capital los recibía conmovida. el pueblo se constituyó en tutor natural de los enfermos. pero de algún modo daban aliento. Los días de visita invadía los hospitales en masa. Se acercaban los visitantes a los lechos como si en ellos tuvieran a viejos conocidos. por contraste inevitable. en medio de expansiones discordantes. Pasteur 3 1 0 . vibraba un entusiasmo intenso. religiosa­ mente. La vasta ciudad se convirtió en un hogar. en camillas. el 14 fueron 270.rodando por los caminos sertanejos como reflujo repugnante de la campaña. interrumpida por llantos. se improvisaron enfermerías. arruinados a golpes. Esta desnudaba por primera vez su realidad. apareciendo y desa­ pareciendo en cuartos de hora. el 8 . uniformados por la miseria. con los que estaban en mejores condiciones conversa­ ban sobre las pruebas sufridas y los arriesgados lances sucedidos y al dejar esos trágicos exponentes de la guerra se llevaban un juicio sobre la lucha más brutal de nuestros tiempos. Los heridos eran como una dolorosa revelación. presas en el mismo contagio y sugestionadas por las mismas imágenes. ampa­ rándolos. silencioso. en los conventos. Pero. sobre esa conmiseración profunda y general. arrastrándose pe­ nosamente. se vuelve exponente del sentir de cada uno y vibrando al unísono todas las almas. Oficiales y soldados. el sentimiento colectivo ampliaba las impresiones individuales. Se organizaron comisiones patrió­ ticas para recibir donativos que espontáneamente surgían numerosos y constantes. en los cuerpos heridos de bala y espinas. animándolos. . Que surgían al azar. el 11 fueron 400. abriéndoles sus casas. traían en las caras cadavéricas y en los cuerpos doblados la imagen más conmovedora de la campaña. Cojeando. en una ala­ cridad singular. Claude Bernard.

En aquellas crueldades se retrataba la energía de una raza. Aquellos hombres que llegaban dilacerados por las garras del jagungo y de la ve­ getación reflejaban el vigor de un pueblo puesto a prueba, a prueba de fuego, a prueba de hambre. Impresionadas por el cataclismo de la guerra, las capas superficiales de una nacionalidad sacaban a luz sus elementos profundos en esos titanes resignados y estoicos. Y por sobre todo, un pen­ samiento no esbozado siquiera pero igualmente dominante, latente en todos los espíritus: la admiración por la osadía de los sertanejos incultos, hombres de la misma raza, enfrentados a los cuales se despedazaban de ese modo batallones enteros. . . Y un largo temblor tonificante vibraba en las almas. Se hacían rome­ rías hacia el cuartel de la Palma, donde estaba herido el coronel Carlos Teles; a Jequitaia, donde convalecía el general Savaget; y cuando este último pudo arriesgar algunos pasos por las calles, paralizó completa­ mente toda la algarabía comercial de la ciudad Baixa, en una ovación espontánea e inmensa que, irradiando de repente y congregando a la población alrededor del heroico jefe de la 2 ^ columna, transformó un día común de trabajo en día de fiesta nacional3n.

Sobre esta agitación llegaban diariamente pormenores que la aumentaban. Por fin, positivamente, con rigor matemático, se conocía la extensión del desastre. Era sorprendente. Desde el 25 de junio en que había cambiado los primeros tiros con el enemigo hasta el 10 de agosto, la expedición había tenido 2.049 bajas. En el total entraba la 1^ columna con 1.171 hombres y la 2^ con 878. Discriminadamente los guarismos eran éstos: " P columna. Artillería: 9 oficiales y 47 plazas heridos; 2 oficiales y 12 plazas muertos. Ala de caballería: 4 oficiales y 46 plazas heridos; 30 oficiales y 16 plazas muertos. Ingenieros: 1 oficial y 3 plazas heridos; 1 plaza muerto. Cuerpo de policía: 6 oficiales y 46 plazas heridos; 3 oficiales y 24 plazas muertos. 5 9 de infantería: 4 oficiales y 66 plazas heridos; 1 oficial y 25 plazas muertos. 79: 8 oficiales y 95 plazas he­ ridos; 5 oficiales y 52 plazas muertos. 99: 6 oficiales y 59 plazas heridos; 2 oficiales y 22 plazas muertos. 149: 8 oficiales y 119 plazas heridos; 5 oficiales y 22 plazas muertos. 159: 5 oficiales y 30 plazas heridos; 10 plazas muertos. 169: 5 oficiales y 24 plazas heridos; 10 plazas muer­ tos. 259: 9 oficiales y 134 plazas heridos; 3 oficiales y 55 plazas muer­ tos. 27? : 6 oficiales y 45 plazas heridos; 24 plazas muertos. 309: 10 oficiales y 120 plazas heridos; 4 oficiales y 35 plazas muertos. " 2 ^ columna. 1 general herido. Artillería: 1 oficial muerto. 12 ? de infantería: 6 oficiales y 120 plazas heridos; 1 oficial y 50 plazas muer­

tos. 269: 6 oficiales y 36 plazas heridos; 2 oficiales y 22 plazas muertos. 319: 7 oficiales y 99 plazas heridos; 4 oficiales y 48 plazas muertos. 32°: 6 oficiales y 62 plazas heridos; 4 oficiales y 31 plazas muertos. 33? : 10 oficiales y 65 plazas heridos; 1 oficial y 15 plazas muertos. 349: 4 oficiales y 18 plazas heridos; 7 plazas muertos. 35°: 4 oficiales y 91 plazas heridos; 1 oficial y 22 plazas muertos. 409: 9 oficiales y 75 plazas heridos; 2 oficiales y 30 plazas muertos”. Y la hecatombe progresaba con una media diaria de ocho hombres fuera de combate. Por otro lado, los adversarios parecían disponer de extraordinarios recursos.

VERSIONES Y LEYENDAS Todo se transfiguraba en dimensiones exageradas por imaginaciones superexcitadas. Un reciente mensaje del Senado Federal donde había gol­ peado también la ola general de conmoción, requiriendo en vehementes declaraciones que se esclarecieran denuncias sobre si se habían despa­ chado desde Buenos Aires con destino a los puertos de Santos y de Bahía, armas que parecían destinadas a los amigos del Conselheiro, de­ muestra cómo las fantasías ampliadas por el nerviosismo general adqui­ rían visos de realidad. Completaban el mensaje las noticias aparecidas en los órganos más serios 3 1 2 de la prensa de los países americanos, lo que al mismo paso, reflejaba el modo de pensar de esas repúblicas. Quizá el de mayor peso de América del Sur * después de referirse a los curiosos sucesos de la campaña, le agregaba pormenores de un simbolismo extraño: "Se trata de dos misivas que, con intervalo de dos días, recibimos de la Sección Buenos Aires de la unión internacional de los amigos del imperio del Brasil comunicándonos que por orden de la sección ejecutiva, en Nueva York, la referida Unión tiene todavía una reserva de no menos de 15.000 hombres — sólo en el estado de Bahía— para reforzar, en caso de nece­ sidad, el ejército de fanáticos; además de 100.000 en varios estados del norte del Brasil y más de 67.000 en ciertos puntos de los Estados Unidos de América del Norte, prontos a salir en cualquier momento hacia las costas del ex imperio, todos bien armados y preparados para la guerra. También tenemos, agregan las misivas, armas de los sistemas más mo­ dernos, municiones y dinero en abundancia. "De una redacción, caligrafía y ortografía correctas, estas enigmáticas comunicaciones traen en el encabezamiento la misma inscripción que las suscribe, escritas con tinta que hace recordar la violácea coloración de los muertos, destacándose las mayúsculas con rojo, el rojo color de la sangre.
* La Nación de Buenos Aires, 30 de julio.

"Ante el cuadro formidable de hombres y armas que nos presentan los misteriosos amigos del imperio, de forma no menos misteriosa, no podemos menos que pensar en una de aquellas terribles asociaciones que forjan en las cuevas sus planes de destrucción o en algunos caballeros dados a la mistificación. "Mientras tanto, por lo que pueda haber de verdad en el fondo de todo esto, es que lo hacemos constar y acusamos recibo de las repetidas mi­ sivas”. Se creía. La cuarta expedición había sucumbido en el territorio de la guerra. Lo decían insospechados informes. Sólo del municipio de Itapicuru, se afirmaba, habían partido 3.000 fanáticos hacia Canudos condu­ cidos por un cura que rechazando los principios ortodoxos iba allá a co­ mulgar con las tonterías abstrusas del cismático. Por Barroca pasaban cen­ tenares de bandoleros armados siguiendo el mismo rumbo. Se citaban los nombres de los nuevos cabecillas. Apelativos funambulescos como los de los chouans: Pedro el Invisible, José Gamo, Caco de Ouro, y otros. Agravando estas conjeturas, venían noticias verdaderas. Los sertanejos andaban por el sertón en expediciones atrevidas: atacaron el puesto de Mirandela, guiados por Antonio Fogueteiro; atacaron, tomaron y saquea­ ron la Vila de Santa Ana de Brejo; andaban así por todas partes. Se ex­ tendían por los campos mostrando rasgos de una estrategia segura. Ade­ más de la aldea, tenían dos nuevas posiciones de primer orden: las ver­ tientes caóticas del Caipá y las cuerdas de cerros alrededor de la Várzea da Erna. Desbordando de Canudos, la insurrección se explavaba por los lados de un triángulo enorme en el que podían inscribirse cincuenta mil bayonetas. Los convoyes que partían de Monte Santo, aunque reforzados, no por batallones sino por brigadas, hacían un viaje accidentado, obstaculizado por constantes asaltos. Alcanzado el Aracati, era indispensable que vinie­ sen de Canudos dos o tres batallones para protegerlos. El siniestro tramo de camino entre el Rancho do Vigário y las Baixas, era el pavor de los más probados valientes. Era el sitio clásico de parada de los bueyes v de la dispersión de los cargueros espantados por los tiroteos vivos, atrope­ llando pelotones enteros en su retroceso feroz de fuga. En esos encuentros sucesivos, adrede hechos para perturbar las mar­ chas, comenzó a observarse una variante del jagungo, aue lo auxiliaba indirectamente. Entre los claros de las ramas pasaban veloces, en el ver­ tiginoso vagar de las guerrillas, brillos de botones de uniformes, vivos de pantalones. El desertor hambriento atacaba a los antiguos compañeros. Era un lamentable síntoma que se sumaba a otros de la campaña, cuya imagen, día a día, se ensombrecía con episodios y sucesos triviales. Los soldados enfermos, en perenne contacto con el pueblo que les ha­ blaba, se habían constituido en rudos cronistas de los hechos y nos los

confirmaban de forma imaginativa, porque su misma ingenuidad les dic­ taba los casos que narraban, verídicos en su esencia, pero deformados por exageraciones. Urdían extraños episodios. El jagungo comenzó a aparecer como un ente aparte, monstruoso, medio hombre y medio duen­ de, violando las leyes biológicas con su resistencia inconcebible, arroján­ dose de manera nunca vista sobre el adversario, deslizándose invisible por la caatinga, como las víboras, cayendo por los despeñaderos más hon­ dos como un espectro, más débil que la espingarda que cargaba, flaco, seco, fantástico, de peso menor que el de un niño, sólo piel bronceada sobre los huesos, áspera como la epidermis de las momias 313. La imaginación popular de allí en más, deliraba la embriaguez de los casos estupendos, cosidos de fantasías. Algunos eran rápidos, reflejando incisivamente la energía invencible de esos cazadores de ejércitos.

En una de las refriegas siguientes al asalto, había quedado prisionero un curiboca joven que a todas las preguntas respondía automáticamente con altiva indiferencia: — ¡No sé! Por fin le preguntaron cómo quería morir: — ¡De tiro! — ¡Pues va a ser a cuchillo! — lo contradijo el soldado. Así fue. Y cuando el filo le abría la garganta, la primera ola de sangre espumante no apagó el último grito que brotó de la boca ensangrentada: — ¡Viva el Buen Jesús!

Otros mostraban líneas épicas: El l 9 de julio, el hijo mayor de Joaquim Macambira, muchacho de dieciocho años, se acercó al mañero cabecilla: — Padre, quiero destruir a la matadora. El astuto guerrillero, especie grosera de Imanus, cobrizo y bronco, lo encaró impasible: — Consulta al Conselheiro y anda. El valiente marchó seguido de once compañeros dispuestos. Traspu­ sieron el Vaza-Barris, atacaron la cuesta ondulante de la Favela. Se me­ tieron, deslizándose como víboras, por las caatingas ralas. Era el mediodía. El sol golpeaba la tierra a pico, sin hacer sombra, en rayos verticales y ardientes. . .

En esos lugares, el mediodía es más silencioso y lúgubre que la me­ dianoche. Reverbera en las rocas, se refleja en las planicies desnudas, es repelido por el suelo reseco y todo el calor emitido sobre la tierra se revierte hacia el espacio en columnas ascendentes por el aire irrespirable. La naturaleza queda enervada, en quietud absoluta. No sopla la brisa más leve. Ni un ala agita el aire cuya transparencia, junto al suelo, se perturba en ondulaciones rápidas y ardientes. La fauna de las caatingas reposa. Las ramas marchitas de los árboles penden sin movimiento. . . En lo alto de la montaña, abatido por la canícula, descansaba el ejér­ cito. Echados al azar por las laderas, las gorras caídas sobre la cara para taparse, dormitando o pensando en el hogar distante, los plazas aprove­ chaban los breves momentos de tregua para rehacer sus fuerzas. Enfrente, extendida sobre colinas, minúsculas casas en desorden, sin calles ni pla­ zas, grupo incoherente de ranchos, aparecía Canudos, desierto y mudo como una antigua tapera. Todo el ejército reposaba. . . En eso despuntan, cautos, aparecen a orillas de las matas rastreras y cerradas, en lo alto, donde está situada la artillería, doce caras inquie­ tas, miradas felinas, rápidas, recorriendo todos los puntos. Doce caras solamente, de hombres todavía agachados, en medio de las bromelias. Aparecen lentamente. Nadie los ve. Les dan las espaldas con indiferencia soberana veinte batallones en paz. Delante divisan la presa codiciada. Como un animal fantástico, el cañón Withworth, la matadora, se empina sólido. Vuelto hacia Belo Monte, la boca rugidora y truculenta que tantas granadas había arrojado sobre las iglesias sacrosantas. Le caen sobre el dorso negro los rayos del sol, brillando. Los fanáticos lo contemplan. Se levantan después. Se arrojan sobre el monstruo. Lo asaltan, lo aferran, uno trae una palanca. La levanta amenazador y rápido. . . Y el golpe cae, estalla tañendo. Es un grito de alarma que estalla en la mudez universal de las cosas, se multiplica en las quebradas, llena todo el espacio, detona en ecos que atruenan los valles y los morros con una vibración triunfal, sacu­ diendo violentamente al campamento entero. . . Aceleradamente se formaron las divisiones. En un segundo, los asal­ tantes se ven rodeados por un círculo de espingardas y sables, bajo una descarga de golpes y de tiros. Sólo uno se salva, golpeado y herido, co­ rriendo, saltando, rodando, entre los soldados, entre las balas, entre la cerca de bayonetas, cayendo en medio de las caatingas, despeñándose finalmente sobre abismos desde las cumbres de la montaña. . . Estos y otros casos — exagerado novelar de los hechos más triviales— le daban a la campaña un tono impresionante y legendario que impresicr naba a la opinión pública de la vieja capital y a todo el país. . .

Era urgente una intervención más enérgica del gobierno. La imponía por sobre las aprehensiones crecientes, las últimas peripecias de la lucha y la ignorancia sobre el curso real de las operaciones. Las opiniones, como siempre, eran disparatadas y discordes. Para la mayoría, los rebeldes con­ taban con elementos serios. Era evidente. No se comprendía que venci­ dos en todas las órdenes del día —heroicamente escritas— teniendo to­ davía franca la fuga hacia los sertones del Sao Francisco, donde no se los podía descubrir, esperasen pertinaces en la aldea, que se les cerraran, mediante el cerco, las últimas puertas de salida. Con lógica, deducían corolarios graves. Aparte de la hipótesis sobre la devoción sobrehumana que los hacía sucumbir en masa bajo los escombros de los templos, se imaginaban preparativos guerreros formidables, capaces de desbaratar la estrategia regular. El número que se decía diminuto, de los que perma­ necían en Canudos arrostrando todo, por cierto, era un engaño armado para arrastrar hasta allí al ejército, desgastándolo en combates estériles, hasta que en otros lugares se congregasen fuertes contingentes para el asalto final sobre los sitiadores, poniéndolos entre dos fuegos. Contrariaban juicios más alentadores. El coronel Carlos Teles, en carta dirigida a la prensa 3 1 4 , afirmó de manera clara el número reducido de los jagungos — doscientos hombres válidos, quizá sin ningún recurso— sólo abastecidos y equipados con lo que habían tomado de las anteriores expe­ diciones. El optimismo del valiente, de hecho exagerado, fue ahogado por la incredulidad general. La estimulaban todos los hechos y sobre todo, las apariciones diarias de heridos, acreciendo la conmoción nacional.

LA BRIGADA GIRARD Sobrevinieron otros hechos igualmente desastrosos. Atendiendo a los pri­ meros reclamos del general Artur Oscar, el gobierno había organizado rápidamente una brigada auxiliar que, al revés de las otras, no entraba en la guerra distinguida por el número. Según una loable práctica, sin tradición entre nosotros, merced a la cual se extiende a los comandados la gloria del comandante, tenía un nombre: Brigada Girard. La dirigía el general Miguel Maria Girard y la formaban tres cuerpos salidos de la guarnición de la Capital Federal: el 2 2 ? del coronel Bento Tomás Gongalves, el 249 del teniente coronel Rafael Tobías y el 38*? del coronel Filomeno José da Cunha. Eran 1.040 plazas y 68 oficiales, perfectamente armados y llevando a la lucha insaciable el regalo esplén­ dido de 850.000 cartuchos Máuser. Pero, por una serie de circunstancias que sería largo enumerar, en lugar de auxiliar, esta tropa se convirtió en un agente debilitante. Salió

de Río de Janeiro bajo el mando de su jefe y llegaron a Queimadas el 31 de julio. Partió de allí el 3 de agosto dirigida por un coronel, hasta Monte Santo. Marchó hacia Canudos el 10 de agosto bajo el comando de un mayor 3 1 S . Había dejado en Bahía a un coronel y algunos oficiales enfermos. En Queimadas dejó un general, un teniente coronel y algunos otros oficiales también enfermos. En Monte Santo dejó un coronel y otros oficiales más enfermos.

EXTRAÑO HEROISMO Se descomponía por el camino. Partían de ella pedidos de reforma más alarmantes que el aniquilamiento de una brigada. Un beriberi excepcional exigía, no ya la pericia de sabios médicos, sino el examen de psicólogos agudos. Porque el miedo tuvo allí a sus grandes héroes que mostraron el estupendo coraje de decirle a un país entero que eran cobardes. Al salir de Queimadas hacia el sertón, aquella fuerza encontró los primeros grupos de heridos y fue marcada por el estupor de la guerra. Por medio de su campamento en Contendas, pasaron el general Savaget, el coronel Néri, el mayor Cunha Matos, el capitán Chachá Pereira y otros oficiales. Los recibió con entusiasmo: oficiales y plazas formados al lado del camino saludándolos. Pero después se les apagó el fervor. A los tres días de viaje comenzó a sufrir privaciones, viendo disminuidos los víveres que llevaban y repartían con los sucesivos grupos de heridos que encontraban por el camino, llegando cansados y hambrientos a Monte Santo.

EN VIAJE HACIA CANUDOS Tomó hacia Canudos donde era ansiosamente esperada el 10 de agosto, totalmente despojada del espléndido aparato jerárquico con que había nacido. La dirigía el fiscal del 24?, Henrique de Magalháes, estando los cuerpos bajo el mundo del mayor Lidio Porto y los capitanes Afonso de Oliveira y Tito Escobar. La marcha fue difícil y lenta. Desde Queimadas se luchaba con serias dificultades de transporte. Los cargueros, animales viejos y cansados, muías escapadas de las carrozas de Bahía y troperos improvisados, rengueaban, tropezaban por los caminos, inmovilizaban a los batallones y demoraban el avance. De ese modo llegaron a Aracati, donde les entregaron un convoy que debían proteger hasta Canudos. En ese momento los diezmaba la viruela. Todos los días salían dos o tres enfermos de las filas y volvían al hospital de Monte Santo. Otros, lastimados por esa repentina transición de las calles asfaltadas de la Capi­

tal Federal hacia esos ásperos caminos, se distanciaban, se perdían en la retaguardia, se confundían con los heridos que venían en dirección opuesta. De modo que al pasar por Jueté, el 14 de agosto, le fue providencial encontrarse con el 159 batallón de infantería, ya endurecido en la lucha y que había venido de Canudos. Porque al día siguiente, después de acampar en las Baixas, donde pararon el día anterior para aguardar la llegada de gran número de plazas retrasados, fue violentamente atacada en el Rancho do Vigário. Los jagungos la sorprendieron de flanco, por la derecha, desde lo alto de un cerro dominante, y casi de frente, desde una trinchera marginal. La abarcaron entera en una descarga única. Cayeron muertos, en el frente, un alférez del 24*? y en la retaguardia, otro del 38?. Cayeron algunos plazas en las filas interiores. Algunos pelo­ tones se embarullaron sorprendidos, bisoños todavía ante los ataques fe­ roces de los guerrilleros. La mayoría disparó desesperadamente sus armas. Estallaron voces trémulas, cornetas, gritos desencontrados de mando. Despavoridos se escaparon los cargueros. Los bueyes se metieron por la caatinga. . . Tomando la vanguardia, el batallón 159, guió a los vacilantes comba­ tientes. No se repelió al enemigo. La retaguardia, al pasar por ese mismo punto, fue a su vez atacada. Después de este revés, porque lo fue, basta decir que de ciento dos bueyes que arrastraban el convoy sólo quedaron once, la brigada de nova­ tos fue nuevamente embestida en el Angico. Dio una carga todavía pla­ tónica de bayonetas en la que no perdió un solo soldado, y finalmente, entró en Canudos donde los rudos campeadores que allí permanecían bajo la disciplina tiránica de los tiroteos diurnos los acogieron con el nombre de la Mimosa. Nombre que sus bravos oficiales hicieron olvidar.

VIII NUEVOS REFUERZOS Este ataque llegó a Bahía con las proporciones de una batalla perdida, poniendo un punto más al desequilibrio general, y el gobierno comenzó a actuar con la agilidad requerida por la situación. Reconocida la inefi­ cacia de los refuerzos recién enviados, se trató de formar una nueva división, juntando los últimos batallones dispersos por los Estados capaces de una movilización rápida. Y para evaluar de cerca la situación, resolvió enviar a la base de operaciones a uno de sus miembros, el Secretario de Estado de los Negocios de la Guerra, mariscal Carlos Machado de Bittencourt.

Partió éste en agosto hacia Bahía al tiempo que de todos los rincones del país salían nuevos luchadores. El movimiento armado, repentina­ mente, se había generalizado, asumiendo la forma de un levantamiento en masa. Las tropas afluían desde el extremo norte y desde el extremo sur, aumentadas por los cuerpos policiales de Sao Paulo, Pará y Amazonas. En esa convergencia en el seno de la antigua metrópolis, el paulista, descendiente del bandeirante aventurero; el riograndense, jinete bravo; el curiboca norteño, resistente como pocos, índoles dispares, hombres de climas opuestos, de contrastados usos y tendencias étnicas, desde el mes­ tizo oscuro al caboclo trigueño y al blanco, allí se reunían bajo el lazo de una aspiración uniforme. La antigua capital los agasajaba en el recinto de sus viejos baluartes, rodeando en un mismo agasajo fraterno y calu­ roso a la inmensa prole dispersada desde hacía tres siglos. Después de estar largamente desparramados, los varios factores de nuestra raza volvían repentinamente al punto de donde habían partido, en vista de un entre­ lazamiento hermoso. Bahía se atavió para recibirlos. Aquel reflujo de la campaña la había transfigurado — mártires que llegaban, combatientes que salían— y rota la habitual apatía, se revestía con el aspecto guerrero del pasado. Las inútiles fortalezas que tiene intercaladas, decadentes en su aparcería con las casas burguesas, fueron prontamente reparadas, corta­ dos los árboles que les tapaban las murallas, y resurgían a la luz, recor­ dando las épocas en que aquellas almenas rugían sus largas culebrinas de bronce 3 1 8 . En ellas se acuartelaban los contingentes recién llegados: el l 9 batallón de policía de Sao Paulo con 458 plazas y 21 oficiales, bajo el mando del teniente coronel Joaquim Elesbáo dos Reis; los 299, 39 9 379, 289 y 4 9 dirigidos por el coronel Joáo César de Sampaio, tenientes coroneles José da Cruz, Firmino Lopes Regó y Antonio Bernardo de Figueiredo y mayor Frederico Mara, con los siguientes efectivos: 240 plazas y 27 oficiales; 250 plazas y 40 oficiales; 332 plazas y 51 oficiales; 250 plazas y 11 oficiales, además de 36 alféreces agregados; y el 4 9 con 219 plazas y 11 alféreces que eran toda la oficialidad, pues no tenían ni capitanes ni tenientes. Por fin, dos cuerpos, el regimiento policial de Pará, solamente 640 hombres comandados por el coronel José Sotero de Meneses y uno de la policía del Amazonas, bajo el mando del teniente Cándido José Mariano con 328 soldados. Estos refuerzos, que llegaban a 2.914 hombres, incluidos cerca de trescientos oficiales, fueron repartidos en dos brigadas, la de línea, bajo el mando del coronel Sampaio y los de la policía — excluida la de Sao Paulo que había salido sola hacia el frente bajo el mando del coronel Sotero— constituían una división que fue entregada al general de brigada Carlos Eugenio de Andrade Guimaráesm.

Todo el mes de agosto se gastó en la movilización. Llegaban a Bahía, se aprovisionaban de municiones y embarcaban hacia Queimadas. De allí a Monte Santo, donde debían concentrarse en los primeros días de setiembre. Los batallones de línea, además de disminuidos, como lo indican los números citados arriba, reducidos casi a dos compañías, venían desprovis­ tos de todo, sin los más elementales pertrechos bélicos, aparte de viejas espingardas y uniformes gastados que habían utilizado en la reciente campaña federalista del sur.

EL MARISCAL BITTENCOURT El mariscal Carlos Machado de Bittencourt, principal árbitro de la situa­ ción, desarrolló una notable actividad. Venía a propósito para las dificultades del momento. Era un hombre frío, un escéptico tranquilo e inofensivo. En su sim­ plicidad perfectamente plebeya, morían las expansiones generosas. Mili­ tar hecho, era capaz — y lo demostró más tarde acabando trágicamente su vida 3 1 8 — de echarse sobre los mayores riesgos. Pero fríamente, equi­ libradamente, siguiendo las líneas del deber. No era un bravo ni era un pusilánime. Nadie podía sorprenderlo en un lance de arrebatado heroísmo. Nadie podía imaginarlo sustrayéndose tortuosamente a una situación peligrosa. Sin ser una organización militar completa se había formado en un auto­ matismo típico de esas máquinas de nervios y músculos hechas para actuar mecánicamente, según la presión inflexible de las leyes. Pero esto, menos por educación disciplinada y sólida que por tempe­ ramento, inerte, pasivo, cómodamente engarzado en los reglamentos. Fuera de eso era nulo. Tenía el fetichismo de las determinaciones escri­ tas. No las interpretaba ni las criticaba: las cumplía. Buenas o pésimas, absurdas, extravagantes, anacrónicas, estúpidas o útiles, fecundas, gene­ rosas y dignas, lo volvían proteiforme, reflejándola bueno o detestable, extravagante o generoso y digno. Estaba escrito. Por eso, siempre que los acontecimientos políticos las embarullaban, cauteloso, se retraía en el olvido. El mariscal Floriano Peixoto — profundo conocedor de los hombres de su tiempo— en los períodos críticos de su gobierno, cuando la índole personal de sus adeptos o adversarios influía, sistemáticamente lo dejó de lado. No lo llamó, no lo apartó, no lo prendió. Le era igualmente insig­ nificante como partidario que como adversario. Sabía que el hombre cuya carrera seguía una línea recta, seca, inexpresiva, no daría un paso a favor o en contra del cerrojo del estado de sitio.

o acurrucados o sacudidos en gemidos. periodistas. le mostraban el agujero de un tiro de trabuco o una cicatriz sanguinolenta o un rostro cadavérico. Al salir hacia Bahía enfrió los entusiasmos. la cara abatida de un viejo. leyendo maquinalmente la papeleta prendida a la cabecera y seguía. Cabezas envueltas en vendas sanguinolentas. crepitaron en palmas y aplausos. veterano de treinta y cinco años de filas. de bruces o encogidos contra los barrotes en contorsiones de dolor. como si este mundo fuese una inmensa Casa de Ordenes. intermi­ nables minucias sobre las distribuciones de alimentos y remontas de caba­ lladas. cuatrocientos enfermos. lo desorientaba y contrariaba. esa insensibilidad lastimosa calló profundamente. El mariscal se aproximaba a uno y otro lecho. y la historia una variante de la escritura de los sargentos. Además. La comitiva que acompañaba al ministro — autoridades del estado y militares. sentados. Los escuchó indiferente. pechos agujereados a bala y tajeados a cuchillo. Quien se acercaba a él buscando aliento. Tenía la palabra difícil y pobre. emergiendo entre las mantas. no porque cambiaba los destinos de un pueblo sino porque alteraba unas ordenanzas y unos decretos y unas fórmulas. versos llameantes. obviando la formalidad de un certificado médico. Pero tuvo que detenerse un momento. que hasta allá lo llevaba. nada ganaban si. en todas las actitudes. viejos preceptos que sabía leer de memoria. piernas rígidamente extendidas entre tablillas. . Había reconocido al ministro . Cierta vez. todo cuanto salía del orden rutinario de la vida no lo conmovía. Imaginen dos extensas filas de lechos blancos y sobre ellos. estallaron a su alrededor. un cabo de escuadra. sobrecogida de temor. deflagraron en sus oídos. . todos los trauma­ tismos y todas las miserias. Lo saben cuantos con él lidiaron. El aspecto del amplio salón era impresionante. buscando una situación emocionante y grave.La República fue un accidente inesperado al final de su vida. Manifestaciones ruidosas. Llegó a aquella capital cuando estaba en la plenitud de su fervor patriótico y en cierto modo lo debilitó. No sabía responderles. Eran cosas banales. una intuición feliz. brazos sostenidos en cabestrillos. se encontraba sorprendido con la esterilidad de unos conceptos triviales. propias del oficio. con intermi­ nables frivolidades cruelmente enfadosas sobre paradas de tropas. Recién llegados de la lucha. hombres de toda condición — entró silenciosamente. un rasgo varonil. Le pareció siempre una novedad irritante. Enfrente. Comenzó la lúgubre visita. pies deformes por la hin­ chazón. oradores explosivos le pasaron por delante. pidiéndole una transferencia o una licen­ cia. Una vida golpeada desde los esteros del Paraguay hasta las caatingas de Canudos. rígidos debajo de las sábanas corridas como mortajas. Fue en una visita a uno de los hospitales. No la quiso nunca.

Era realmente el hombre adecuado para la emergencia. . . El gobierno no encontraría a nadie mejor para transmitir la acción. en una alegría dolorosa. En los últimos días de agosto se organizó. Y esa empresa fue impulsada por el ministro. Es que su buen sentido sólido. . con breves intervalos de días. Y lo consiguió. y el mariscal Bittencourt prose­ guía. le reducirían los escasos recursos.del cual fuera ordenanza en los buenos tiempos de la mocedad. La escena era desgarrante. el Cuartel Maestre Ge­ neral 8 1 9 de una campaña en la que era jefe supremo un inferior jerár­ quico suyo 3 2 °. entreabierta la camisa de algodón que dejaba ver la marca de una antigua cicatriz. Los ojos se empañaban en lágrimas. finalmente. solos ante el enemigo. Se volvía imprescindible darle a la campaña lo que no había tenido: una línea y una base de operaciones. al ejército en operaciones con Monte Santo. blindado de la frialdad que lo libraba de cualquier perturbación. hablaba. Ocupado durante su estadía en Bahía por un sinnúmero de cuestiones menores — equipamiento de los batallones que llegaban. No lo distraía. haciendo fuerza para levantarse. perdidos en una región estéril. realizando espectaculares movimientos policiales sin los mínimos recaudos estratégicos. Este resultado presagiaba el desenlace próximo de la contienda. en las marchas fatigantes. los ojos brillantes de felicidad y de fiebre. delineada rectamente en el tumulto de la crisis. Y con voz temblorosa y ronca. . se hizo. en los acantonamientos. en un delirio de frases rudas y sinceras. numerosas dificultades. la lectura maquinal de las papeletas. tranquilamente. Se terminaba por donde se debió comenzar. Lo que era necesario com­ batir y vencer no era el jagungo sino el desierto. Enviando más gente a la zona de guerra se agravaba el estado de los que allá estaban. quizá única. Los pechos oprimidos respiraban agitados. cuando lo acompañaba en la batalla. Comprendió que lo menos valioso era la acumulación de un mayor número de combatientes. Es que todo eso — fuertes emociones o cuadros lancinantes— estaba fuera de programa. un cuerpo regu­ lar de convoyes que corrían continuamente los caminos y ligaban efecti­ vamente. intacta. con tenacidad. venciendo. condición pre­ ponderante. . En ese negarse a sí mismo. en la auténtica significación del término. lo demostraron las expediciones anteriores. hizo que comprendiese las exigencias reales de la lucha. agitado. Por­ que desde el comienzo. sacando el cuer­ po esmirriado y los brazos flacos y temblorosos. compartirían las mismas privaciones. alejamiento para los grupos interminables de heridos— su espíritu les superponía siempre aquel objetivo capital. del serio problema a resolver. en el aislamiento en que se enclavaban los expedicionarios. las causas del fracaso reposaban en gran medida. abdicando todas las regabas de su posición.

Por fuerza. el abandono de cuanto se había hecho. con su cortejo de combates sangrientos. sólo quería troperos y muías. El más calumniado de los animales 3 2 1 iba a asentar sus patas en la cumbre de una crisis e iba a resolverla. dibu­ jaría rasgos tácticos que no resolverían nada. a sus sitiadores. Dispensaba el heroísmo. había que utilizar la intrusión de tales colaboradores en nuestros destinos. La simple sustitución de los que caían. caía. recortado en fusilerías inútiles en las que se jugaba noble y estúpida­ mente la vida. Uun luchador brillante idearía nuevos ataque que abatieran a los rebeldes e iría a estrellarse a paso redoblado por las caatingas. Además. cuando los caudales se extinguiesen — porque el torbellino de las aguas derivando hacia el Sao Francisco y hacia el mar. El mariscal Bittencourt. sólo hubo un desplie­ gue pródigo de bravura cristalizado en un asedio platónico y dudoso. El mariscal Bittencourt lo previo. de ocho a diez por día. la parálisis obligada. el gran número de asaltantes era un factor agravante. De hecho. Esta manera chocaba con el lirismo patriótico y dolía. Después. esa campaña cruel y en verdad dramática. indiferente a todo esto — impasible dentro de la impaciencia general— organizaba convoyes y compraba muías. sólo tenía una solución y era singularmente humorística. sólo ellos podían darle a las operaciones la celeridad exigida por las circunstancias. se agota con la misma celeridad con que se forma— aparecerían obstáculos más . excluía los ata­ ques de las brigadas. Por los lechos entonces secos de los arroyos correrían ríos de aguas barrosas y el Vaza-Barris se convertiría en un torrente enorme y dilatado que cortaría todas las comunicaciones. La lucha. Cerrarían la aldea. En noviembre. Más de tres meses sería la derrota. en un plan oscuro. lo convertía en un círculo vicioso muy cruel. la zona entraría en el régimen torrencial y eso traería consecuencias incurables. Y eso se prolongaría hasta que la aldea siniestra absorbiera uno a uno. COLABORADORES DEMASIADO PROSAICOS Un estratega superior. Hasta entonces. mil burros valían por diez mil héroes. desdeñaba el genio militar. Además.El mariscal Bittencourt. En la emergencia. atraído por la forma técnica de la cuestión. parecía un epigrama malévolo de la historia. el desierto. las caatingas poniéndolos en medio de la presión creciente del hambre. por lo menos hizo eso: convirtió un conflicto enorme en una campaña regular. El caso es que la guerra sólo podía prolongarse por un máximo de dos meses. le taparían todas las salidas. pero tendrían a su alrededor las líneas de otro cerco. deplorablemente prosaica.

como en los malos días de la Favela. intermitentemente rota con descargas. releando las filas y privándolas de oficiales prestigiosos. tanto de uno como del otro lado. Bajo la atmósfera de los días ardientes. la existencia aleatoria. Los convoyes eran inciertos. Delante de los expedicionarios se levantó de nuevo. las diligencias diarias. dejando parte de sus cargas por los caminos. . en horas inciertas. como un gran peligro. ya ruidosos y largos. la misma calma extraña y lastimosa. había pasado cuarenta y tantos días en situación peligrosa e inútil. las brigadas de la División Au­ xiliar 3 2 2 y aunque todavía escasos. la tierra desolada y estéril. El Ministro de la Guerra lo consiguió. . salían los primeros convoyes regulares para Canudos. apri­ sionada por los flancos de la aldea. Era necesario liquidar la guerra antes de esa época peligrosa. dispo­ niendo las cosas para un cerco real y firme que determinara la rendición inmediata. cada cueva excavada entre piedras. a la manera de los encuentros entre los mercenarios en la Edad Media. en las que se preparaban cuerpos para juntar ganado. Los mismos tiroteos improvisados. sin un solo escoriado siquiera. con raciones escasas cuando las había. ya mortíferos. a comienzos de setiembre. cada pozo de agua. retroceder ante el enemigo invencible y eterno. La mostramos al transcribir el diario que no prolongamos para evitar la repetición dolorosa de episodios que se sucedían sin variantes apreciables. instantáneos. Combates diarios. Y vencido el enemigo que podía ser vencido. los mismos armisticios engañadores. Por fin. De modo que al partir. ascendiendo en número infinito de cada punto donde toca un rayo de sol y descendiendo sobre las tropas. profusamente diseminado por los aires. dividiéndose un buey y un kilo de harina por escuadra y. cada laguna efímera. sin un herido. es un laboratorio infernal que destila la fiebre que irradia latente los gérmenes del paludismo. cada bañado.graves. violentos. la misma apatía recortada de alarmas. Llegaban a duras penas. agotándose en un dispendio de millares de balas. Para ello era indispensable garantizar la subsistencia del ejército que con los últi­ mos refuerzos alcanzaba cerca de ocho mil hombres. . millares de organismos a los que el cansancio creaba una receptividad mórbida funesta. hacia Queimadas — dejaba dispuestos todos los elementos para el próximo desenlace— lo esperaban concentrados en Monte Santo. el hambre. Iban a tiempo para reanimar a la expedición que hasta esa fecha.

o en las trincheras por las gradas de piedra. desde las líneas intangibles de aquel otro asedio sobre la tropa. Es que los nuevos antagonistas no los asustaban. caía atravesado por una bala que partía de afuera de la aldea. incendiando y arruinando completamente la iglesia vieja. Estos incidentes demostraban el valor de los rebeldes. de las cuales había señales evidentes. No pocas veces. consideración más seria. La travesía hacia la Favela continuaba siendo peligrosa. Y nada escapaba a la puntería de los que allí se emboscaban y que no la abandonaban ni en el mayor fragor de los cañoneos. para evitar que soldados imprudentes saliesen por ahí. Los tres Krupps que desde el 19 de julio colocaron sobre la colina teniendo al pie la van­ guardia del 259. Los animales de montar y de tracción muchas veces eran asustados a tiros. en el punto en que salía el camino. a su vez. al mirar hacia un cerro. Las dos torres de la iglesia nueva seguían sobresaliendo en la altura como dos amenazas siniestras sobre el ejército. el tejado destruido en gran parte. deri­ vando invisibles por las colinas del norte y desde allí hacia Canabrava y Cocorobó. rondando de lejos a los batallones. a tiros invaria­ blemente acompañados por estridentes silbidos terriblemente irónicos. Recibían. casi no temían al jagungo. Los peligros consistían exclusivamente en salir de los refugios y caer de un tiro. haciéndose necesario estacionar una guardia a la margen del río. la brigada Girard. con 205 plazas y 16 oficiales. bombardeaban noche y día. No se comprendía cómo el campanero subía todavía hasta lo alto para tocar las notas sagradas del Ave María. . el día 23 el batallón paulista con 424 plazas y 21 oficiales. junto al río. convoyes que entraban por el camino de la Várzea da Erna sin que la tropa sitiadora los capturase para no desguarnecer las posiciones ocupadas o. en el área de pasto que tenían por las márgenes del río. un soldado inexperto.Metidos en las casuchas o en tiendas por detrás de los morros. y cierto día de agosto. bajo el mando del te­ niente coronel Firmino Lopes Regó. A pesar de que sus sitiadores no les daban tregua. para evitar celadas peligrosas. Los rudos adversarios los dejaban bajar tranquilos las últimas faldas de la montaña. Permanecían en la misma actitud desafiadora. para hacerles en el paso final. sobre el cual cargaron de acuerdo con la impor­ tancia de la presa deseada. En ese punto recibían el bautismo de fuego los refuerzos que llegaban: el 15 de agosto. 20 muías de la artillería fueron capturadas. el 59 de línea. Y parecían más disciplinados. Porque por las cercanías. andaban rápidas columnas volantes de jagungos. Se arrojaban más ordenados y seguros en los asaltos. cuyo maderamen estaba por entero al desnudo. desde donde se observaba el panorama de la plaza. a pesar de estar bajo la protección de un batallón aguerrido. reducida a 892 plazas y 56 oficiales. una recepción triunfante y teatral. y el 37? de infantería que había precedido a la División Auxiliar.

Esta se realizó al amanecer del día siguiente. batería del 29 regimiento bajo el mando del l 9 teniente del 59 batallón de posición Afrodísio Borba y batería de tiro rápido. 169 bajo el mando del capitán del 24?. próxima al cuartel general de la P columna. 339 bajo el mando del capitán José Soares de Meló. 249 bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Henrique José de Magalháes. Alberto Gaviáo Pereira Pinto. 159 bajo el mando del capitán del 389. La gran pieza detonó: se vio reventar con estruendo el enorme schrapnell entre las paredes de la iglesia. Joáo Carlos Pereira Ibiapina. 59 comandado por el capitán Leopoldo Barros e Vasconcelos del mismo cuerpo. Ese día fue herido el general Barbosa cuando inspeccionaba la batería del centro. * “Cuartel General del Comando en jefe. sumándose diariamente en parcelas poco dispares. En las líneas de fuego cayeron ocho soldados y una fusilería cerrada. comandado por el capitán del mismo. 389 bajo el mando del capitán del mismo cuerpo Afonso Pinto de Oliveira. la vieja campana que al atardecer llamaba a los combatientes para rezar. derrumbó los restos del campanario hacién­ dolo saltar por el aire. . constituyendo la 3^ brigada. incompara­ ble. bajo el mando del coronel del 279. Campo de combate en Canudos. Las bajas. Se reanudó durante el día. sonando. victimando a otros cuatro soldados que con seis del 26? que aprovechando el tumulto habían desertado.Como si no bastase aquel bombardeo a quemarropa. Reorganización de las fuerzas en ope­ raciones en el interior del Estado. 59 regimiento de artillería. Antonio da Silva Paraguagu: 22° bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Lidio Porto. Tito Pedro Escobar. bajo el mando del teniente coronel del 259. Joaquim Manuel de Medeiros. Orden del día NQ 102. Inácio Henrique de Gouveia. bajo el mando del coronel del 59 regimiento Antonio Olimpio da Silveira. le deshizo el techo. después de un ligero armisticio. . murieron cuatro el 27. comandada por el capitán del l 9 de posición Antonio Afonso de Carvalho. 259 bajo el comando del mayor Henrique Severiano da Silva. Napoleáo Felipe Aché. bajo el mando del coronel del 149. 79 bajo el comando del capitán del mismo cuerpo. se advertía que a pesar de los refuerzos. la expedición estaba debilitada *. como si aún vibrase en la alarma. ya desde mediados de agosto. 17 de agosto de 1897. el día fue perdido: se rompió una pieza del aparato obturador del cañón haciéndolo enmudecer para siempre. Se continuó el día 26 con la baja de cinco plazas. constituyendo la 1^ brigada. 349 comandado por el capitán Pedro de Barros Falcáo. cuyas brigadas quedan formando parte . “En esta fecha pasa a tener la siguiente organización la fuerza bajo mi co­ mando: 149 batallón de infantería bajo el mando del capitán del 32?. José Xavier de Figueiredo Brito. marcó la noche hasta entrado el amanecer. Y fue formidable. 279 bajo el mando del capitán del 249. con la misma monotonía mortífera que exasperaba a la tropa. en el descenso de graduaciones en los mandos. Emídio Dantas Barreto. el Withworth 32. En la disminución del número de brigadas que pasaron de siete a cinco. con los claros abiertos en todas las filas por los combates anteriores. el 29 también fueron cuatro y se les agregó un oficial y así de seguido. el 23 de agosto bajó de lo alto de la Favela. De modo que la llegada del monstruoso cañón daba posibilidad de una revancha inmediata. constituyendo la brigada de artillería. Fuera de este incidente. elevaron las pérdidas de ese día a 10. todos del arma de infantería. cuatro el 28. constituyendo la 2“ brigada. habían impuesto una reorganización de las fuerzas raleadas.

En total 30. 229. las cuales formarán la 29 columna bajo el comando interino del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. pasando a mandar interinamente la 1^ brigada el mayor del 16p. 149. 129. 309. Antonio Tupi Ferreira Caldas. constituyendo la 49 brigada. 349. 12° de infantería del comando del capitán del 31*?. Canudos tendría a su alre­ dedor. en números rigurosamente exactos. Se agrega: 59 regimiento de artillería. bajo el mando del capitán del 31°. 99 batallón de infantería. 239. 5? de Bahía. 289. 179. 2 de Para. Por los caminos avanzaba la división salvadora. formará parte de la l 9 brigada y a disposición de este comando con el contingente de ingeniería y el 59 cuerpo de policía. 359 comandado por el capitán Fortunato de Sena Dias. Joaquim Gomes da Silva. 299. de la P columna. 389 409 de línea. batería del 29 regimiento de la misma arma. 359. Artur Oscar de Andrade Guimaraes. 269 del comando del capitán del 40*? Francisco de Moura Costa. constituyendo la 5? brigada bajo el comando del teniente coronel del 309. treinta batallones. Donaciano de Araújo Pantoja. 249. El contingente de caballería comandado por el alférez del l 9 de caballería Joáo Batista Pires de Almeida. 32t? bajo el comando del mayor del mismo cuerpo Florismundo Colatino dos Reis Araújo Góis. 259. 339. 319. 4O 9 bajo el mando del mayor Manuel Nonato Neves de Seixas. 309 comandado por el capitán Altino Dias Ribeiro. Pero en poco tiempo la situación cambiaría. 26«?. un escuadrón de caballería. bajo el mando del general de brigada Joáo da Silva Barbosa. no bajando el mando de las com­ pañías a los sargentos por ser mayor el número de alféreces que de sargentos. una batería de tiro rápido. una batería de tiro rápido y un escuadrón de caballería— quince eran comandados por capitanes y dos de las brigadas por tenientes coroneles. 329.De los veinte batallones de infantería — aparte del 59 regimiento de artillería. 1 de Sao Paulo. 319 bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Joáo Pacheco de Assis. excluidos los cuerpos de otras armas *. el 59 de la policía bahiana. el 49 cuerpo de policía bahiana y el batallón patriótico “Moreira César” de los convoyes. bajo el mando del coronel del 329. general de brigada” . 79. 1 del Amazonas. 379. 169. 99. José Lauriano da Costa. . Aristides Rodríguez Vaz. * 4P. 59.

la línea de tiro donde se había ejercitado la división Artur Oscar. para grabar sus impresiones del momento. botines rotos. Camino de Calumbi. Eran páginas demoníacas esos muros sacrosantos: períodos . se veía un área amplia de cultivos. Trincheras Sete dé Setembro. Todos los batallones habían colaborado en las mismas páginas. En el camino de Monte Santo. Delante de un niño. cantimploras desfon­ dadas. de uniformes viejos. arrastraba recuerdos penosos. Complemento del asedio. des­ parramado sin gracia a los lados de la plaza irregular. Traspuesta una accesible lomada. todos los restos de los equipos diseminados por un área extensa en la que blanqueaban las cenizas de las hogueras. como un barracón cerrado. . Aspecto del campamento. Una burla entusiasta. hondamente arado por los desagües — un claro en los pastizales bravios que lo rodeaban— y principalmente. Buscando una media ración de glo­ ria. le dan un aire triste que completa su aspecto de villarejo muerto en franco camino de convertirse en una tapera en ruinas. había temblado con el vocerío de los vivaques: pasiones. cuyos tonos pardos y cenicientos.— Embajada al cielo. I NUEVA FASE DE LA LUCHA QUEM ADAS Queimadas. de trapos multicolores e inmundos. entre los morros desnudos. en el mismo camino que se abría hacia la caatinga. El caserío pobre. I I — Marcha de la división auxiliar. cabriolando locamente. Una ficción geográfica.NUEVA FASE DE LA LUCHA I. la caligrafía manca y la literatura ruda del soldado. Aquel suelo pisado por los rastros de diez mil hom­ bres. Fuera de la patria. la capilla pequeña y chata. Y en sus paredes. El charlatanismo del coraje III. .— Queimadas. Cerca y al costado. escribiéndolas a punta de sable o tiznándolas con carbón. sugerían la denominación del poblado. esperanzas. delataban el paso de los combatientes que por allí habían armado sus tiendas a partir de la expedición Febrónio. desalientos indescriptibles. Nuevas animadoras. poblado fundado a comienzos del siglo pero en plena deca­ dencia se convirtió en un campamento ruidoso. rectilínea y larga. de hojas quemadas. con un blanco al fondo. ansiedades. birretes y gorras. Montones de harapos. la monotonía de las planicies que se abren a su alre­ dedor. Además. Allí habían parado las fuerzas anteriores. Miedo glorioso.

Esa señal de progreso pasa por allí.cortos. sin siquiera atenuar el carácter genuinamente rupestre del poblado. El enemigo estaba allí. en una poco pronunciada caída. las rayaban en todos los sentidos. Los invadía el sentimiento de ir a una guerra exterior. escondido en las planicies. . se desarrollaba un drama formidable. impre­ caciones y mueras y vivas calurosos. Era terriblemente paradojal una patria cuyos hijos la transitaban ar­ mados hasta los dientes. un camino estrecho y mal construido. y en el fondo de ellas. hacia el este y hacia el norte. lo que desequilibra tanto el ritmo de nuestro desarrollo evolutivo y perturba lastimosamente la unidad nacional. Se veían en tierra extraña. Otros hábitos. UNA FICCION GEOGRAFICA La línea férrea corre por el lado opuesto. incisivos. . que daban escalofríos. bandas miserables de fugitivos. Otra gente. totalmente ajenas una a la otra. Además. no habiéndola visto nunca. al toparse con el sertón. de aguas rasas y mansas. inútil. . sor­ . Se sale del tren. Otra lengua. Se está en el punto de tangencia de dos sociedades. FUERA DE LA PATRIA Los nuevos expedicionarios. articulada en giros originales y pintorescos. despedazando sus entrañas a disparos de Krupps. Otras épocas. las disfrazaban con caracteres negros ceñidos por puntos de admiración largos como lanzas 323. Se sentían fuera del Brasil. pasa por el caserío y detiene su caballo junto a las vías por las que pasan vertiginosamente los patricios del litoral que no lo conocen. blasfemias fulminantes. el camino de Monte Santo. las profanaban. La separación social completa dilataba la distancia geográ­ fica. hacía más hondo el antago­ nismo. Discordancia absoluta y radical entre las ciudades de la costa y las aldeas de tejas del interior. el camino enfilaba campo afuera llevando a su vera los postes de la línea telegráfica recién inaugurada. De ahí hacia abajo. El vaquero vestido de cuero emerge de la caatinga. con el sertón. a lo lejos. apenas termina la plaza. la misión que allí los llevaba. por donde habían salido esperanzadas tres expediciones sucesivas y de donde llegaban también sucesivamente. desconociéndola. creaba la sensación nostálgica de un largo apartamiento de la patria. se cruzan unas centenas de metros entre casas chatas y se choca en seguida. en son de guerra. advirtieron esa transición violenta. Vadeado el Jacurici. .

entre compactos grupos de curiosos for­ mados por uniformes de todas las armas. después de tantos meses de guerra. Y se enumeraban pormenores que revelaban el rápido aflojamiento de la guerra. por territorio extran­ jero. al llegar. habían cesado los ataques osados a las líneas. Los nuevos combatientes la creían finalizada antes de llegar a Canudos. los primeros que aparecían. Con ese refuerzo coincidieron los primeros síntomas de desánimo de los rebel­ des: no tocaba más con su serenidad gloriosa la campana de la iglesia vieja. los mismos prisioneros que llegaban y eran. mutilados y enfer­ mos. de espanto. de seis a diez años. montañas derruidas. sin que se detuvieran en lo singular del hecho. que entre ellos no había ningún hombre hecho. Se decía que el Conselheiro estaba ahora prisionero de sus propios secuaces en rebelión. a los compañeros que meses antes habían avanzado robustos y altaneros. camisas entre cuyos agujeros se metían ojos insaciables. La realidad tangible encua­ drada por estos hechos. las seguían. Pasaron por la aldea. eran débiles. Se obser­ vó. el poblado quedaba silencioso y hundido en las sombras. Los vencidos. Un espectáculo triste. comentarios de toda suerte. A pesar de los tiroteos. voces. Resonaban en todos los tonos. en un borbotar de interjecciones vivas.prendidos ante su tierra árida y abrupta y brutal. varonilmente rodeados por escoltas. como estepas. disponiéndose al martirio. a la rastra. Los nuevos campeadores la sentían de modo dominante. pedrega­ les. no había ánimo varonil que mirase impasible hacia ese sertón misterioso y árido. era esa. mientras los mayores. por el intento que había manifestado de entregarse. se conservaban las posiciones conquistadas. Felizmente. . había caído. no se oían más las letanías melancólicas entre los inter­ valos de la fusilería. La Brigada Girard y el batallón paulista habían llegado a tiempo para cubrir los claros de las filas. No había sucedido ningún otro desastre. . entraban por el camino conduciendo a sus hijos de la mano. día a día. grutas. planicies. y por la noche. Por fin. sin una luz. Todo eso era una ficción geográfica. andrajosas. tuvieron noticias animadoras recién venidas del campo de operaciones. Iban a una invasión. Eran como animales raros en una diversión de feria. Y como aquel desconocido pueblo de matutos les devolvía. esa patria extendida en lomadas desnudas. . media docena de mujeres llevando en brazos algu­ nos hijos muy pequeños. con espinos. como las tropas anteriores. Las infelices. resaltando a la observación más simple. El grupo miserable fue . Todo lo indicaba. .

Las risas se extinguieron: la boca era una llaga abierta de lado a lado por un tiro. Caras rispidas. casi todas falsas. en Canudos. sin impresionar los corazones. al entrar un soldado con la Comblain. Y algunos espectadores tuvieron el coraje de reírse. Entonces le dieron una mannlicher. sobre el cuerpo esmirriado. Le levantó el cerrojo como si eso fuese su juego infantil predilecto. DELANTE DE UN NIÑO Uno de los niños. cubriéndole todo el cuerpo. Finalmente se ensañaron con los niños. La tomó.por algún tiempo una variante feliz que aligeró las horas fastidiosas del campamento. Hablaba un niño. el niño paró su algarabía. Pero se destacaba una. sin destruir su mocedad. Le preguntaron si había tirado con ella. raquítico y tambaleante. Un drama segura­ mente trivial. Una belleza olímpica salía del molde firme de un perfil judaico. un viejo capote conseguido en el camino. Los inquisidores las anotaban religiosamente. oscilaba grotescamente a cada paso. Y las informaciones caían. cara bronceada y ojos oscuros y vivos. que era inútil y confesó al cabo que él prefería una carabina. la manejó con pericia de soldado ante el asombro general. denunciando astucias de un combatiente consumado. las infelices fueron víctimas de preguntas inter­ minables 3 2 4 . ancho y grande por demás. sorprendió por el donaire y justeza precoces. traía a la cabeza. llenos de una tristeza profunda y soberana. acaso perturbado por las angulosidades de los huesos asomando duramente bajo la piel ennegrecida y pálida. torcidas. ojos grandes y negros. menor de nueve años. con el invariable epílogo de una bala o de un estallido de granada. Respondía entre bocanadas de humo de un cigarro que chu­ paba con la satisfacción de un viejo enviciado. en busca de la sinceridad e ingenuidad infantiles. Uno de ellos. figurita de atleta en embrión. Tuvo una sonrisa de superioridad adorable: . indiferentes. En un momento dado. rodeadas por grupos de curiosidad insistentes. Se la pidió. observó que no tenía fuerza. El niño levantó la cabeza tratando de verlos. La mayoría de las mujeres era repugnante. Golpeó en la curiosidad general. El capote. ojos malos. Una tragedia en media docena de palabras. Esta mujer satisfizo el ansia curiosa de la gente contando una historia simple. La miseria le había enflaquecido el rostro. Ubicadas en una casucha junto a la plaza.

paralizados en la quietud del cansancio total. Decididamente. Al borde de esas aguas que el suelo no succiona. encendidas las hogueras que brillaban en la superficie del agua oscura. El Ministro de la Guerra. dos casas abandonadas. inmóviles.— ¡Y cómo no! ¡Si habré tirado!. prefiguraba los demás. Ofi­ . El tanque que lo bautiza pro­ viene de un crecimiento granítico que forma una reducida mancha de suelo impermeable sobre el que se quedan a flor las aguas. en silencio. salió hacia Mon­ te Santo. arrastrándose otros y proyectando sobre el manto de agua sus sombras deformes. Pero sin la algarabía característica y ruidosa de los grupos. hecha en tres días. Era el mejor y era insoportable: un sitio medio destruido. hacían su siesta decenas de heridos y acampaban los convoyes. era indispensable que la campaña de Canudos tuviese un objetivo superior a la función estúpida y bien poco gloriosa de destruir un poblado de los sertones. . como un tonto. las torturas que asaltarían a los caminantes que salían a pie. después de demorarse cuatro días en Queimadas resolviendo los últimos obstáculos para la movilización de las fuerzas. en medio de los gajos finos del romero y de los cereus melancólicos. Había un enemigo más serio que debía ser combatido en una guerra más lenta y digna. en caminos libres. Nueve años de vida que arrastraban tres siglos de barbarie. aquilatando por las fatigas que soportó su comitiva bien montada y abas­ tecida. los hombres agachados junto al fuego y tiri­ tando de fiebre. El primer rancho en que se detuvieron. no había lugar para esas visiones de futuro. llevaba sobre sus débiles hombros un legado formidable de errores. . iba a la base de operaciones atravesando la región cuajada de heridos. parecían un conjunto trágico y emocionante. el Tanquinho. En esa travesía fácil. EN EL CAMINO DE MONTE SA N T O 3 2 5 Acompañado por los estados mayores. acentuado paso a paso. cuando los cabras sambaban enfrentando a los plazas? Ese niño era un luchador experto. Toda esa campaña sería un crimen inútil y bárbaro si no se aprovechaban los caminos abiertos por la artillería para una propaganda tenaz. como compañeros de la tierra calcinada y estéril. ¿Me iba a quedar ahí. La guerra lo había convertido en un bandido hecho y derecho. Sobre todo por las noches. Pero bajo la presión de dificultades que exigían solución inmediata y segura. por las huellas ásperas del sertón. continua y persistente. suyo y del general Carlos Eugenio. a cada vuelta del camino se les aparecía un resto lúgubre de la guerra. montones de hombres macilentos. tra­ tando de traer a nuestro tiempo e incorporar a nuestra vida a esos rudos compatriotas retrasados.

cuando no se desbarrancan en el fanatismo o el crimen. que aparecían aislados. intermitentemente. la nota superior de la fuerza y de la ro­ bustez era dada. a la derecha la aguijada. genuino patriarca. sordos al tropel de la cabalgáta. fijando puntos salientes en la urdimbre de las ruinas. Por eso. dejando libre el curso de la cabalgata. Esa parada fue providencial. Tuvieron dos horas de remanso consolador. a veces. se topaba con un vaquero amigo. los mismos grupos miserables. oficiales cargados sobre redes. por hombres más tranquilos e inofen­ sivos. en el terrible y estúpido escenario de la guerra. lleno de satisfacción ante hombres que nunca había visto. En adelante. Un pequeño hospital. en medio de las caravanas de guerreros desastrados. por los caminos los mismos heridos y a orillas de los pantanos verde-negruscos. nietos y bisnietos. apoyados en las espingardas. es el único que en las narraciones de la campaña no despierta recuerdos dolorosos. al ministro sorprendido. congregando a su alrededor hijos. amplias manchas negras en la caatinga. que dejaba ver la cabeza trigueña y franca. orlados de algas. que se empleaba en los servicios de transporte. A ca­ ballo. la no­ bleza orgánica completada con un alma sin vueltas. desviándose. La comitiva avanzaba y se olvidaba en seguida de la imagen del sertanejo robusto. tan característica de los matutos. especie de armadura de bronce. En Cansancáo se atenuaron estas impresiones crueles. levantan­ do en los brazos cansados de un trabajo de ochenta años. era también una revelación. Y el robusto viejo que lo gobernaba. se enfrentaban de golpe con espectros tambaleantes que intentaban hacerles la venia mi­ litar y se volvían entristecidos. sombrero amplio levantado. rígidos como cadáveres. La antítesis del bandido precoz de Queimadas. muy firme en su coraza pardo-colorada. tributó una ruidosa ovación al mariscal. Cansangáo era un paréntesis feliz en esa desolación. los mismos cuadros. en una actitud respetuosa y altiva. como un campeador robusto cubierto aún por el polvo de las batallas. ese sitio minúsculo. inmóviles. vestido de cuero. y aquí y allí. A una vuelta del camino. en una alegría ingenua v sana. rastros de los incendios entre los que repuntaban escom­ bros de casuchas quemadas. y quedaba el matuto inmóvil. Pertenecía a una sola familia. un aliado. El villareio era un clan. La única zona tranquila en esa barahúnda.cíales que se acercaban sedientos a la orilla de la laguna. al borde del camino. el cinturón y el largo facón. los sombreros caídos sobre los ojos. de valiente disciplinado. al mo­ narca según gritaba convencido. . Su jefe. presentándoles un hijo de cabellos blan­ cos v nietos casi canosos. allí acogía a los romeros cansados que iban hacia Queimadas. Como contraste permanente. atraída como estaba por las bandas de fugitivos: soldados en marcha lenta. entregado a la solicitud de dos franciscanos. revelaba la robustez maravillosa. una docena de casas.

ahogaba las paredes hasta el techo. fotografiando en esas grandes placas la cara tremenda de la lucha en ins­ cripciones lapidarias. Quitándose en pocos días la apariencia común de las aldeas sertanejas. en pasquines increíbles— libelos en bruto. los viajeros volvían a las amarguras de la huella polvorienta. chocando discordes alusiones atrevidas. . dichos lóbregos de cuartel. el aspecto real del mayor escándalo de nuestra historia —brutalmente. vivas v mueras encima de nombres ilustres. Y en todas partes — a partir de Contendas— en cada pared de cual­ quier vivienda más presentable. orlada de ranchos destruidos y pespunteada de punta a punta por los sucesivos grupos de fugitivos.Al dejarlo. Versos rengos. donde surgía flagrante el sentir de los grabadores. esos cro­ nistas rudos dejaban allí. al pasar. dejaba en ellas. esos palimpsestos ultrajantes. En cada página aparecerían. dos mil barracas alineadas en avenidas extensas. en los que se casaban pornografías con desesperanzas hondas. en las que caían violen­ tamente puntos de admiración rígidos como estocadas de sable. al entrar. . torpezas increíbles en moldes pavorosos. con rimas duras. desesperadamente retorcida en vueltas infinitas. cubierto por el anonimato. estáticas. un barrio nuevo y mayor que ella. . Pero se reanimaban al entrar en la base de operaciones. en una grafía bronca. indeleble. improperios revoloteando por los rincones en una danza fantástica de letras tumultuosas. libre. teniendo al fondo. La ola oscura del rencor que rodaba por el camino golpeaba esos muros. I os nuevos combatientes llegaban a Monte Santo sin el menor anhelo de desenfundar las espadas. dejando en caracteres enormes la urdimbre del drama. Sin la preocupación de la forma. sin una frase varonil y digna. se abría una página de protestas infernales. Allí se abría la mano de hierro del ejército. Los narradores futuros tratarían en vano de hacer descripciones gloriosas. indestructibles. . a carbón. en desvíos. Y la campaña perdía repentinamente su aspecto heroico. reposaba envuelta por un coro silencioso de imprecaciones y maldiciones. sin altura. sin fantasías engañadoras. ferozmente. un reflejo de las negruras que alimen­ taba su alma. la villa se amplía. entraba por las casas. destacándose sobre el suelo limpio en seis grupos sobre los que ondean banderas y de donde irrumpen. infamándolos. sin brillo. que rara vez aparecía entre las casuchas de barro y paja. La comitiva. . donde desde hace cien años no se construye una casa. Cada herido.

acordes todas en indicar un mayor aliento entre los sitiadores que realizaban movimientos tácticos decisivos. . por la calle y contemplándolos se veía un montón heterogéneo donde chocaban todas las posiciones sociales. se puso a punto. se había convertido en el director supremo de la lucha. que hasta llegar a la base de operaciones no se había quitado el paletó de alpaca con el que burguesamente recibía el saludo de las brigadas. y en un inquirir incesante. Los resultados de ese esfuerzo fueron inmediatos. una bala de carabina había abatido en la aldea a un cabecilla de importancia. Lo decían las noti­ cias provenientes de la sede de operaciones. Por fin. Una multitud de habitantes adventicios había llenado de pronto la aldea. el servicio de transporte. soldados doblados bajo los equipos. vibraciones metálicas de clarines y el sonar cadencioso dé los tambores. demostraba su prestigio. el día 4. a los encontronazos por la plaza. con el reloj en la mano. mujeres de la vida. perfec­ tamente abastecido y dirigido por cirujanos a los que se unían los es­ fuerzos desinteresados de algunos alumnos de la facultad de Bahía 326. Casi diariamente llegaban y volvían convoyes de y hacia Canudos. Apenas comenzado. vencía la parálisis en que había quedado el asedio. Porque cada convoy que salía valía por batallones. Y ese hombre sin entusiasmo. El mariscal Bittencourt adoptó una reglamentación rigurosa y se ocupó de adoptar medidas acordes con las complejas exigen­ cias de la situación. para dar la orden de partida. Oficiales de todas las graduaciones y armas. El hospital militar se convirtió en realidad. gracias a su dedicación. El mes de setiembre había empezado bien. A dieciséis leguas del centro operacional dirigía. pasando los días en convivencia ruda con los troperos en Monte Santor entre los cuales aparecía de pronto. La pron­ titud con que los habitantes del poblado se precipitaron sobre el cadáver y lo llevaron. Con todo eso se consiguió una correcta disciplina. carreros polvorientos de largos viajes. Es lo que se deducía de las últimas noticias. sin balancear opiniones estratégicas. grupos de estudiantes. heridos y convalecientes. Cayó junto a las iglesias. Era una batalla ganada. la cuestión primordial que hasta allí lo había conducido. Ponía en los combatientes alientos de victoria y poco a poco.a cada instante. sin alardes. periodistas sedientos de noticíasele daban un tono de plaza concurrida en día de parada.

Frutuoso Mendes y el alférez H. Y al verlas abatidas. arrastrando grandes trozos de pared. en lugar de granadas. el ejército entero hizo callar la fusilería para atronar el aire con alaridos retumbantes. Por fin habían caído. echando abajo su carga de tiradores y golpeando pesadamente en el suelo de la plaza. debido al entusiasmo que le produjo no sólo a él sino a todo el ejército que observava con interés el efecto de la artillería. El comandante de la P columna caracterizó bien en la orden del día lo sucedido: " . consiguiendo derri' baria. poco eficaces para el cañoneo. también habían recibido desde allí la primera salutación feroz del enemigo. . ”. . . etcétera. “Elogio por lo tanto a esos bravos oficiales que dieron una prueba más de su pericia en la dirección de los cañones que comandan. prorrumpiendo en esa ocasión la línea de seguridad y las fuerzas de apoyo en una violenta y entusiasta burla de los jagunqos” *. acrecentando más el mérito por haberse presentado el segundo teniente Manuel Félix estando con parte de enfermo. porque las dos torres dominaban las líneas del cerco y reducían los ángulos muertos de las trincheras. Duque Estrada Macedo Soares. puntos elegidos por el enemigo para tirotearnos con mayor eficacia. tuve la satisfacción de ver en seis horas consecutivas la destrucción de las torres. entre nubes de polvo y cal. . debido a los certeros tiros dirigidos por los segundos tenientes Manuel Félix de Meneses. habiendo tirado el alférez Duque Estrada el último disparo sobre la izquierda. el batallón paulista y el 379 de infantería. 6 de setiembre de 1897. desarticulándose en bloques. si bien el primero se encontraba con parte de enfermo. Al dar su último paso transponiendo el río. los convoyes recibían de allí descargas violentas. la brigada auxiliar. impo­ nentes. Canudos. prorrumpiendo en esa ocasión la línea de seguridad y fuerzas en apoyo.El 6 hubo un suceso de mayor importancia: una detrás de la otra. en el campamento. produciéndonos muchas bajas entre muertos y heridos. El caso ocurrió después de seis horas consecutivas de bombardeo. cayeron las torres de la iglesia nueva. El ejército había quedado finalmente libre de esos puestos de tiro altísimos desde donde se fulminaba a los sitiadores. Entonces se resolvió gas­ tarlas sobre las iglesias hasta que se acabaran. una entusiasta y violenta burla de los jagungos. Y fue totalmente imprevisto. Lo determinó una circunstancia desagradable: una equivocación en el envío de municiones hizo que se llevaran balas rasas de Krupp. y a salvo de nuestra puntería. Desde el 18 de julio las ocuparon tiradores de gran pericia a cuyos ojos y puntería no se escapaba el menor bulto que salía de la protección de las casas. Y el resultado fue sorprendente. Las fuerzas recién llegadas. una detrás de la otra. y por haber sido ese oficial el primero en iniciar el bombardeo y el último en tirar sobre la torre de la derecha. Orden del día N p 13. “Para conocimiento de las fuerzas bajo mi mando publico lo siguiente: “Habiéndose ordenado hoy a los comandantes de las bocas de fuego que bom­ bardeasen las torres de la iglesia nueva. * "Cuartel General del comando de la 1^ columna. .

El encanto del enemigo se había terminado. objetivando el misticismo ingenuo y poniendo en el cielo les rezos propicitarios de los sertanejos rudos y crédulos. Los hizo bajar en silencio por los primeros tramos de las colinas. Expugnada la posición. algunas decenas de guerrilleros escarnecían los cañones del coro­ nel Olimpio que se asentaban en lo alto. Impulsados por los sucesos de la víspera. el hecho era de mal agüero. en un reborde de la Favela. Sorprendidos. Los adversarios desparramados y perseguidos hasta el cerro de los Pelados por la vanguardia. hundida. chocando con el firmamento azul. a des­ pecho de la tormenta de disparos que recibían. . siendo desalojados de las trincheras de piedra que tenían alrededor de la vivienda destruida de la Fazenda Velha. fueron vencidos de improviso. un contingente de la 4^ batería del 29 regimiento. . . Una entusiasta burla. otro contingente del 59 regimiento y una boca de fuego. Desde el comienzo al final. diluyéndose miste­ riosamente en la altura. Atrincherados desde hacía mucho tiempo en la Fazenda Velha. a las diez de la noche. De pronto. blanqueando las noches estrelladas. entre los altos del Mário anteriormente ocupados y el Vaza-Barris. du­ rante más de dos meses habían obstaculizado el cerco de ese sitio. El día 7. El coronel Olimpio dispuso el resto de su pequeña fuerza en tiradores por los dos flancos. golpeados por trescientas bayonetas repartidas en dos cargas laterales. tan altas y esbeltas. Todo el resto de la noche se empleó en esa . aquel coronel. estaba achatada.La campaña era eso mismo. Al día siguiente sobrevino un desastre mayor. sin esas dos balizas blancas que la señalaban a los pastores. una burla lúgubre. contribuyendo en mucho a las bajas diarias que las raleaban y emparejándose con las torres en barrer los parapetos mejor elegidos. La fuerza sólo tuvo dos plazas fuera de combate. Al frente y a la retaguardia iban ex alumnos de las escuelas militares. las alcanzaban de punta a punta. . atacó con una fuerza compuesta del 279 bajo el mando del capitán Tito Esco­ bar. TRINCHERAS SETE DE SETEMBRO Además. transpusieron el río y se metieron en Canudos. con la metralla en el centro fulminándolos a quemarropa. los jagungos no pudieron resis­ tir. la aldea se había achicado. Después se arrojaron como una avalancha por el morro abajo. obedeciendo a la determinación del comando de la 1* columna. A dos pasos de la artillería y de los contingentes que la reforzaban. En una situación domi­ nante sobre el grueso de las líneas ajustadas a orillas del poblado. el coronel armó su barraca en el lugar donde hacía seis meses había muerto el jefe de la 3^ expedición. ancho declive sobre la vertiente del morro. La refriega había durado cinco minutos.

Ahora bien. entre todos. y más corto que ellos dos. porque el camino. bajo el inmediato mando del mayor Lidio Porto. quizá la acción más estratégica de la campaña. después de saltar una gran lomada. a la tarde. . constituía un camino estratégico in­ comparable. donde se bifur­ caba con el del Rosario. un ejército daría todo un flanco al adversario que se escondiese en sus laderas. La había pensado y ejecutado el teniente coronel Siqueira de Meneses. 99 y 349. la serranía de Calumbi lo flanquea por ancho trecho. que corriendo entre los caminos del Rosário y del Cambaio. Es una muralla de mármol silicoso poco más alta que el suelo. Nada denuncia el desfiladero oculto por la ramazón tortuosa de las umburanas que se levantan por ahí cerca. Realizó la empresa en tres días. ese oficial supo de las ventajas del otro camino. La periferia del asedio había aumentado unos quinientos metros hacia la izquierda. a la derecha. hecho con las piedras de las trincheras enemigas. cerrando completamente los dos cuadrantes del este. Era. al frente de quinientos hombres. acortaba en más de un día el viaje hasta Monte Santo. fuerte reducto de cerca de un metro de alto. hasta la entrada del Cambaio. pues seguía firmemente la línea nortesur. Y al otro día. el mejor preparado para la invasión. a una distancia de menos de trescientos me­ tros. aún desco­ nocido. doblando a partir del punto conquistado hacia el oeste. Y al dejar esa situación grave. CAMINO DE CALUMBI Se había realizado una operación seria. feliz y de extraordinarios resultados para el desenlace de la guerra. Pasó por el nuevo cami­ no descubierto volviendo el 7 por el del Cambaio en un movimiento rá­ pido. derivando hacia la izquierda y desde ésta. Con base en informaciones de algunos vaqueros leales. El nuevo camino abierto para el traslado de tropas y convoyes y cerrado a los jagungos que lo usaban de preferencia en sus excursiones hacia el sur. Partía de Juá.construcción. el Caxomongó. se con­ vierte de golpe en una angostura estrecha. facilita la travesía rápida hacia Monte Santo en un trazado casi rectilíneo. Avan­ zaba con rumbo invariable hasta otro riacho de vida efímera. Desde ahí hasta el frente. caería en otra peor. osado. en rumbo hacia el norte. la Trinchera Sete de setembro gobernaba la aldea. el de Calumbi. prolongándose por muchos kilómetros junto al arroyo de las Caraibas y cortándolo en sus meandros interminables. Trasponiéndolo. que a tanto montaban los batallones 229. en dirección al sur. ese mismo día. el cerco se extendería aún más. bien temprano. Y se propuso explorarlo afrontando los mayores riesgos. cerca de la confluencia del Mucuim. Yendo en dirección sudeste. Salió de Canudos el 4.

Los tres mil hombres de la columna Artur Oscar no lograrían atrave­ sarlo. el suelo cae en declive hacia la Várzea. la perforan. se veían las trincheras de los jaguncos. erizadas en puntas punzantes. amplia hon­ dura pesada. Y si éstas intentaran vencerlo. El camino desaparece. por Macacará y por el Rosario. en cuyas orillas se rompen en grandes placas lucientes de color azul oscuro. los invasores serían abatidos a tiros. muy áspera. duras y rugosas en todos sus puntos. aún tendrían más adelante. surcos hondos de aristas rígidas y finas. En semejante sitio el combate sería imposible. creando otros impedimentos. Traspuesto el pasaje. como láminas de dagas. habían hecho creer a los sertanejos que la última. entre­ cruzadas por vetas blancas de cuarzo. un obstáculo inevitable. sustituye al camino en una exten­ sión de media legua. siguiendo la costumbre. inmóvil y sufriente. por el Cambaio. variando siempre la ruta elegida. cruzando sus fuegos. Y en el caso que pudiesen avanzar. La corroen. Si hubiese sucedido ni un soldado habría llegado a Canudos. La marcha por el Rosario había sido la salvación. Las anteriores expediciones. muestran de manera impresionante el accio­ nar secular de elementos enérgicos que por tiempos la trabajan. muestra un notable fenó­ meno de descomposición atmosférica. Y ella refleja. Un hecho geológico común en los sertones del Norte reemplazaba en seguida estos accidentes. pasado un kilómetro. Las espingardas colocadas en la cres­ ta de ese muro natural podrían barrer columnas enteras. Un desastre mayor agravaría la campaña. lo que suponía una difícil empresa contra antago­ nistas de tal manera guarecidos.a manera de grosera barbacana cerrada por un postigo estrecho. con fragmentos de sílex y rodeada de caatingas espesas. cae dentro del río Sargento. las capas superpuestas de esquistos. . allá abajo. mostrando una travesía aparentemente fácil pero realmente difícil para una tropa en la dinámica del combate. pues caminantes tranquilos apenas consiguen avanzar de uno en fondo por una huella intermedia que lleva a la Várzea. la minan las lluvias de las tempestades después de las sequías. caerían sorprendidos a los primeros pasos en un terreno casi impracticable. la agitación de las tormentas. No eran necesarias. Este foso extenso que como los otros de las cercanías no es un río sino un drenaje transitorio de las aguas que se canalizan hacia el Vaza-Barris. De modo que al llegar ahí. De una margen a la otra. siguiendo sucesivamente por Uauá. exca­ vadas en quebradas anchas. poco espaciadas. Infinitas cavidades de bordes cor­ tantes. Una capa calcárea. Se habían evitado por azar dificultades tan serias en la más completa ignorancia sobre ellas. de lecho sinuoso y hondo. y lo lograran. Allí no había trincheras. tomarría por el camino del Calumbi que todavía no se había usado. Pisando esos lugares no habría bota que resistiera ni cuidados que evitaran caídas peligrosas.

partió la brigada de los cuerpos policiales del norte y tal precedencia originada exclusivamente en ra­ zones administrativas. Quedó abierto para la movilización de la fuerza un camino seguro y rápido. II MARCHA DE LA DIVISION AUXILIAR Los nuevos expedicionarios. De ahí enderezó hacia el Cambaio. sorprendió allí a unos piquetes enemigos. pasando por la Várzea y Caxomongó. saliendo de Monte Santo por el camino recién descubierto. fue en segui­ da custodiado por los batallones 339. pasó por la Lagoa do Cipó. Canudos estaba ahora sitiada desde el extremo norte al sur. donde se veían algunas calaveras y esque­ letos de los muertos de la expedición Febrónio. tomándoles trece cargueros y fue a salir por la con­ fluencia del Mucuim. El fin de la campaña parecía próximo. en la punta del camino del Cambaio.El teniente coronel Siqueira de Meneses. 16? y 289 de la 2^ brigada y un ala del batallón paulista. iban a encontrar todo liquidado y se sentían escandalosamente atraídos por los acontecimientos. Por cierto. Atra­ vesó las trincheras abandonadas que dejó ocupadas por un ala del 229. En primer lugar. un extenso semicírculo. detenién­ . a causa de múl­ tiples reveses. llevaban un temor singular: el miedo cruelmente an­ sioso de no encontrar ya a ningún jagungo para luchar. Su trecho principal desde el río Sar­ gento hasta Suguarana. porque los jagungos huyendo hacia el poblado habían aban­ donado aquellas posiciones. A los jagungos sólo les quedaban por el noroeste los caminos del Uauá y la Várzea da Erna. El cerco se había ampliado. y desde allí hacia el oeste. La brigada norteña avanzaba vertiginosamente trotando por los caminos desde el primer atisbo de la mañana. había dolido hondo en el ánimo de los que com­ ponían la brigada de línea que marcharía algunos días más tarde con el general Carlos Eugenio. fue poniendo guardias en los principales puntos del camino hasta Juá. eran rechazados de sus mejores puntos de apoyo y apresa­ dos por las mallas del cerco. en la Fazenda Velha. en su ruta admirable y hecha con ventajas. MIEDO GLORIOSO Los rebeldes disminuían sus posibilidades todos los días. el 13 de septiembre. tomando de sorpresa dos trincheras allí existentes.

si el viento era propicio. La lucha sertaneja no había perdido completamente los rasgos misteriosos que conservó hasta el fin. tenía estratos exageradamente inclinados en 45° y en virtud de esa disposición. como para los que llegaban desde Suguarana. en su tercer día de camino. Desde allá se oían los estampidos de la artillería. tanto para quien viniera de Boa Esperanza. disci­ plinados como los mejores de la línea y el del Amazonas. Fui testigo de uno de ellos. . . totalmente cubiertas por piedras de todos los tamaños. En Caxomongó. Al día siguiente alcanzarían la aldea. los campeadores — bien nutridos. de gres colo­ rada y grosera. aguijoneada por el anhelo enfermo de medirse al menos en un encuentro fugitivo con aquellos po­ bres adversarios. El paraje muerto se animó de pronto. un rancho miserable. A pesar de la hora. Los ambiciosos luchadores. lleno de tiendas. Al alcanzar el sitio de la Suguarana. al borde de una ipueira fértil. entre las planicies yermas. sentían irrefrenables temblores de espanto. se reanimaron. se alzaban altas ingaranas . Pero en esa alegría guerrera aún despuntaban algunos sobresaltos. que les daba un aspecto de hombres del monte. junto a la­ deras a plomo de tres metros de altura. destrozada por los asaltos. seis leguas distante de Canudos. apuestos y sanos— allá iban en demanda de la ciudadela de barro. La tropa llegó allí en plena mañana. pasando por sitios destruidos. con el uniforme característico que adoptaron desde su llegada: grandes sombreros de paja de carnaùba. Los dos cuerpos de Pará. devorada por los incendios y defendida por una sola guarnición. presenta un lecho completamente seco que desa­ parece en seguida entre colinas desnudas. La parada era estéril y lúgubre. Por las márgenes del río.dose solamente cuando el sol quemante agotaba a los soldados. carpas. el 15 de setiembre. gol­ peada desde hacía tres meses por los cañoneos. agravando la dureza de la caatinga. está al borde del río y éste. La brigada del coronel Sotero había llegado al sitio de Caxomongó. Y arrojándose por los caminos. a medida que se alejaban por el sertón. entrando a la zona peli­ grosa. armas y la animación ruidosa de 968 combatientes. como encontraron agua suficiente en un pozo profundo y oscuro. Era la última parada. que parecía la boca de una mina. El terreno. se distinguía hasta el crepitar de los tiroteos. La brigada de línea la alcanzó. acamparon. absorbían las escasas lluvias que por allí se producen. El sitio. en su marcha vertiginosa. rodeada de pintorescas serranías.

con sus paredes maestras . Canudos. Hacia el norte. Irrumpían sin miedo por el valle sinuoso del río Sargento que desbordaba en una creciente repentina de uniformes. esperaban el asalto. El enemigo allí cercado ya no tenía aliento para aventuras por los caminos. Entonces. Pelotones y compañías formándose al azar. divisó o creyó divisar. en la lejanía. . Era el enemigo anhelado. . . para despertar a las diez de la noche. Y el día pasó tranquilamente. Era un tumulto. la nueva. Y la tropa se adormeció temprano y en paz. BUSCANDO UNA MEDIA RACION DE GLORIA Al amanecer se habían extinguido los temores. de sorpresa. Y de pronto. por encima del lecho del río. . . Los soldados armaron decenas de hamacas en las ramas. todavía con hojas. se oía. buscando su puesto en la maraña de la formación. Cayó la noche. el bombardeo de Canudos. Iban rápidos. presos de una emoción jamás imaginada. Si aparecieran. preguntas ansiosas. órdenes de comando. cuadrados a la espera de una carga de caballería. La conocían de cerca. Transcurridos unos minutos. sin torres. un bulto sospechoso deslizándose en la sombra y disparó su espingarda. tranquila y enorme. rodando sordo en el silencio. Los batallones fueron dominados por la hipnosis de un espanto indescriptible. las filas se alinearon — espadas desenvainadas. Tanto la noche como el día transcurrieron en completa placidez. Allá estaban las dos iglesias derruidas enfrentándose en la plaza legendaria. pelotones y compañías con parte de los combatientes corriendo. No había nada que temer. sonaron cornetas. que abra­ zaba a la naturaleza adormecida y quieta. Era un desahogo. Un centinela del cordón de seguridad extendido alrededor de las carpas.que cruzaban con su ramaje. Volvía la impaciencia heroica. revólveres en alto— en un crepitar de estallidos de bayonetas. En el flanco izquierdo había detonado un tiro. ofi­ ciales sorprendidos saltando de las hamacas caían sobre el lecho del río. Había sido una falsa alarma. los jagunqos vendrían al encuentro de un anhelo todavía no satisfecho. secciones de armas prontas a cargar contra el vacío. gritos de alarma. buscando a ciegas la orilla. los combatientes. pasó la visión misteriosa de la campaña. sobresaltada. allá abajo y allá adelante. a la distancia de dos kilómetros. La brigada aparecía como una larga estera bajo la onda luminosa de la luna. Venía como había venido sobre los otros expe­ dicionarios. . Sal­ taron el morro desnudo cuyas vertientes opuestas caían abruptamente sobre el valle de Umburanas. súbito y veloz. atrevidamente. sobre los que tanto ansiaban medirse con ellos.

Bajando por la pendiente sur. El extraño entraba a desconfiar de una equivocación en la ruta que lo hubiera llevado hasta un poblado de jagungos. nada denunciaba la estadía de un ejército. en otra casa miserable. se sucedían pequeñas ca­ sas de aspecto original y festivo: hechas de follaje. Alrededor. la vieja. mal arreglados. de forma singularmente inadecuada para vivir en ellas. Se llegaba a la repartición del Cuartel Maestre General .derrumbadas. a la comisión de ingenieros. se pasaba por el cuartel general de la 1^ columna. en busca de una guerra sangrienta y fácil. A primera vista. La canícula abrasadora que convertía a las carpas en hornos había inspirado esa arquitectura bucólica y primitiva. A uno y otro lado del camino. a la derecha. hasta que tropezaba con la tienda del general. Y al encon­ trarse con los pobladores se afianzaba la ilusión: hombres vestidos a lo paisano. se llegaba. la plaza de las iglesias. dispuesta en una casa que no fue destruida y al mirar por las rajas de las paredes espesadas con lajas de piedra. el caserío. Se tenía la impresión de llegar a un villarejo sospechoso del sertón. la línea negra. arrastrando espadas y espingardas. Ya no les faltaría la media ración de gloria disputada. en ruinas y renegrida. Se estaba sobre la falda en cuya base se desarrollaba el trecho más peligroso del sitio. rotas de arriba abajo. Se había reconstruido el barrio conquistado. a mitad de camino. Ya era como otra aldea a un costado de Canudos. un vasto albergue cubierto de cuero: el hospital de sangre. Habían llegado a tiempo. pero eran las únicas ajustables al medio. estaba el de la 2^. a la calle. Volviendo a la izquierda. ASPECTO DEL CAMPAMENTO El campamento había cambiado. Por ese lado es donde se había penetrado más profundamente en la aldea. centralizada por el batallón 259. levantando un pedazo del campanario derruido desde donde el fantástico compañero tantas veces había llamado a los fieles para la oración y para el combate. techos y paredes de ramas de juázeiros. había perdido la apariencia revuelta de los primeros días. numerosas y desparramadas. o dispuestas por los valles diminutos. con el bello aplomo de los candidatos a la historia. sin frente. la mayoría cubiertos con sombreros de cuero. mujeres mal encaradas cosiendo tranquilamente en las puertas. descalzos o calzando alpargatas y cada tanto. los recién llegados tomaron por una zanja retorcida. la tienda del comandante general. Atra­ vesando el lecho vacío del Vaza-Barris. Entraban jubilosos al campamento. erigidas al sesgo de las colinas. se veía a sólo cien metros. Se veían dentro de un nuevo poblado. Pasado el cerro a cuyo pie se asentaba. en la cumbre. y a poca distancia. en el asalto del 18 de julio.

o. Lo mostraban los escombros en donde se ocultaban. Bastaba que un disparo cualquiera. a manera de un baluarte junto a la Fazenda Velha. . Siguiendo la ruta. La perspectiva impresionaba. Canudos tenía por ese tiempo — fueron contadas una a una después— cinco mil doscientas viviendas3 2 T . se alcanzaba el cierre extremo del cerco prolongado por el 59 de Bahía extendido por el canal hondo del río de la Providencia. roída de erosiones. Días antes.y campamento del batallón paulista. mirando hacia la izquierda. Además. en el fragor de la lucha. Acostumbrados a las proporciones exiguas de las aldeas sertanejas. abajo. no lograba distinguir un solo bulto. durante algún transitorio armisticio. seguían replicando con el mismo vigor de antes. una mina enterrada y enorme. . revelaban la existencia de gente emboscada. el rumor doloroso de clamores de angustia haciendo que el cañoneo cesara a la voz austera y conmovida del comandante. pusieron la nota conmovedora del llanto. tratando de disfrazar cualquier síntoma de debilitamiento. confundidos todos esos techos y pare­ des en el mismo desmoronamiento. a cualquier hora. Y desde allí salió inmediatamente una réplica cruel que turbó a los artilleros del coronel Olimpio: un largo e indefinible llanto. Ese pedazo de sitio era todavía escaso frente a la amplitud de la aldea. en el que hacía de dique el 269. la trinchera Sete de Setembro. De allí a doscientos metros. aunque no tenían más la iniciativa de los ataques. los llenaba de asombro esa Babilonia de casuchas que se extendía por las colinas. Pero éste era completo. Resulta que como estaban cubiertas de techos de arcilla colorada. Esta los sorprendió. la sombra fugitiva de algún hombre y no se oía el rumor más fugaz. esta­ llase en lo alto del morro para que de allí surgiera la réplica inmediata. La observación más concen­ trada. acomodada al principio al conjunto compacto del caserío alre­ dedor de la plaza. Parecía una antigua necrópolis. La aumentaba el misterio del lugar. Pero que el observador no hiciese demasiado bulto sobre su parapeto porque las balas disparadas de allá abajo. Caían sin perder su altivez. Había mujeres y niños sobre los que durante tres meses estallaron masas de hierro y fuego que muchas veces. raquíticas y minúsculas. después de cruzar el lecho de aquél. apenas se levantaban en relieve desde el suelo y la vista. los nuevos expedicionarios tenían una imagen nítida de la situación que diluía en parte su optimismo. en una tierra llana arenosa que el Vaza-Barris inunda en el tiempo de las crecientes. un schrapnell arrojado desde la Favela reventó dentro del caserío anexo al sitio donde se hacían las oraciones. Repug­ naba admitir que hubiese allí tantas vidas. se hacía la ilusión de un volumen desproporcionado. . allí no sólo existía una guarnición de valientes indomables. Recorriendo así el cerco atrincherado. Porque los jagungos. se contemplaba en lo alto.

Nada que recordase la campaña feroz. aunque algunas. Las balas que pasaban. presiones y temperaturas. imitándole el arrojo. doblemente bloqueados. los soldados de la línea negra. Se quedaban en una pasividad irritante. con la subsistencia segura. Era fatal. con envidiable apego a la ciencia. Su precisión rítmica indicaba que en Canudos había tiradores apostados que querían recordarle a los sitiadores que el sertanejo velaba. Discurría sobre temas varios. inscribían invariablemente un cero en la nubosidad del cielo y consultaban muy gravemente el higrómetro. mantenían largas conversa­ ciones con los jagunqos. De manera que los combatientes nuevos. En la sede de la comisión de inge­ nieros. a la noche. en el lugar más avanzado del cerco. Ocurrían cosas ex­ travagantes. penetrando en el templo en ruinas. tirando allá adentro dos bom­ bas de dinamita que no explotaron. golpeaban en las paredes de las barracas. Hartos. escasas. estudiantes en días festivos forzados. iniciándose en esta pelea de­ sigual. eran inofensivas. totalmente opuestos a la guerra. durante la noche. La seguridad de ganar el pleito ya había dado lugar a grandes temeridades. anécdotas hilarantes o discusiones sobre política general. días después. en trayectorias bajas. siendo noche cerrada. de follajes salpicados de flores marchitas de juázeiros. inopinadamente.Así. hasta la plaza. Un sargento del 59 de artillería se había aventurado dos veces. La musculatura de hierro de las brigadas nuevas ansiaba medirse con los estertores de los insurrectos. el general Artur Oscar. casos felices de antaño. reían ruidosa­ mente y recitaban versos y por las paredes ralas de todos los ranchos rientes. entre millares de soldados y millares de mujeres — entre lamentos y bramidos. llenos de triunfos y ahora. observadores tenaces. entre lágrimas y balas— los re­ beldes se rendirían de un momento a otro. Ya nadie las advertía. La vida se había normalizado en esa anormalidad. centralizaba largas charlas. caían en su preocupación primera: que el enemigo in extremis 3 2 9 tuviese todavía aliento para poder lucir su temeridad y su fuerza. repelidas por las crestas de los cerros en trayectorias altas. hora a hora. salían voces y risas de los que allí adentro no tenían temores que les ennegrecieran las horas ligeras y tranquilas. juzgaban inútil gastar más vidas para apresurar la rendición inevitable. El interlocutor de nuestro lado subía al borde de la trinchera y volviéndose a la plaza. El campamento. lanzó fuego sobre los restos de la iglesia vieja que ardió completa 3 2 8 . En la farmacia militar. hacía al azar un llamado cual­ . Los que allí estaban ya tenían demasiada gloria. A veces. fuera de los intervalos de los ataques que cada vez eran mayores. Un alférez del 25?. tenía la serenidad de un pequeño poblado bien vigilado. registraban. Mientras tanto. con la atracción irresistible de un tem­ peramento franco y jovial. Pero no impresionaban. como tampoco impresio­ naban los tiroteos fuertes que todavía surgían. gracias a los convoyes diarios.

quiera. o de los que no largaban interjecciones vivas ante incidentes triviales. en figuras cómicas. dos. como si nombrase a un viejo compañero e in­ variablemente. el primero que le acudía a la mente. de la extrema derecha a la extrema izquierda. diariamente removidos de los puntos avanzados. E L CHARLATANISMO DEL CORAJE Todo el mundo se había adaptado a la situación. En las narraciones a los nuevos compañeros . frenéticamente. lugar de nacimiento. a la entonación lánguida de las tiranas. Y como punto final. La guerra los había endurecido. de muerte. sin las primitivas cautelas. Algunos morían cantando. lo hacía con voz amistosa. al son de los estampidos. o de los que no refrenaban sobresaltos ante la bala que golpeaba cerca. le respondían en seguida. casi de rodillas. que cruzaban por esos puntos transidos de miedo. El espectáculo diario de la muerte les dio la despreocupación por la vida. El diálogo se prolongaba hasta la primera divergencia de opiniones. Al llegar a los sitios más expuestos esquivaban el paso de los proyectiles que caían en seguida. en la oscuridad. a pesar del ilusorio abrigo que les daba el muro de tierra. y aplacada la refriega. Un snobismo lúgubre. se batían como demonios. Algunos alardeaban su charlatanería del coraje. para sopesar el rigor de mira de los jagungos en su alcance máximo. terriblemente. Se reían de los recién llegados inexpertos. volvían a la alegría sertaneja. los botones de la chaqueta brillantes— se ponían en una abertura cualquiera o se paraban en la cumbre desguarnecida de un cerro distante a dos kilómetros de la aldea. Entablaban un coloquio original a través de las sombras. Los soldados del 59 de policía. con la misma manera dolorosa­ mente irónica. silbando con un silbido suave por el aire. . intercambiando informaciones sobre tópicos variados. rispidos. resonantes. No pocas veces la singular conversación derivaba a cosas jocosas y por las líneas cercanas. Si la fusilería apretaba. a los rasgados en las guitarritas. tres o cuatro moribundos. . sesteando. familia y condiciones de vida. rebotando. como un psizz insidiosamente acariciador. saltaban a los planos de fuego. iban rodando las risas ahogadas. desde las ruinas de las iglesias. nombres de bautis­ mo. las rimas de sus canciones prefe­ ridas. corriendo. las balas. diciendo un nombre común. de lado a lado. mataban el tiempo cantando para mitigar las nostalgias de sus pueblos del Sao Francisco. encogidos. Los antiguos comba­ tientes andaban por fin por el campamento entero. Uniformados —los galones irradiantes al sol. Entonces. se largaban media docena de insultos rispidos en una jerga enérgica. como si todo eso fuese un rancherío de troperos felices. desde el centro del caserío o más cerca. cadenciosas. en el suelo. disparando sus carabinas y seguían teniendo en las bocas.

sin el movi­ miento febril y convulsivo de una batalla. atravesando rincones totalmente desconocidos. escaseaban las provisiones y cada vez más se acen­ tuaba el desequilibrio entre el número de combatientes válidos. cediendo poco a poco a ese estrangulamiento lento. José Venancio y otros. no podía aceptar un papel tan se­ cundario: hacer treinta leguas de sertón sólo para contemplar — espec­ tadora inofensiva y armada de los pies a la cabeza— la derrota de la aldea. De ese modo dejaban a los sertanejos la mejor salida. apenas sería perseguida en las primeras leguas. en las privaciones sufridas.insistían mucho en los pormenores dramáticos. Habían desaparecido los principales cabecillas: Pajeú. continua­ . subdividiéndose en múltiples vías por los campos. III EMBAJADA AL CIELO Pero el bloqueo. incompleto y con un extenso claro al norte. Sin embargo no lo hicieron. atravesando un vasto trecho de territorio que es el núcleo donde se ligan y se confunden los fondos de los sertones de seis estados. La División Auxiliar. Las lides afanosas de la caza de los cabritos ariscos o la búsqueda de los frutos de los arbustos muertos. nue­ vos refuerzos de combatientes. era el escape salvador. que murió empachado de harina después de tres días de hambre. no había reducido al enemigo a sus últimos recursos. llevándolos a la matriz donde se habían gestado todos los elementos de la revuelta. sin embargo. un alférez por ejemplo. . Los episodios sombríos de la Favela con su cortejo de combates y sufri­ mientos. Por allí llegaban pequeños abastecimientos y podrían entrar. Macambira. entre Chorrochorró y Santo Antonio da Gloria. desde Bahía a Piauí. en agosto. Los largos días de privaciones que victimaron a los mismos ofi­ ciales. Todos los incidentes. a voluntad. Porque se dirigían precisamente por los rumbos más favorables. Y concluían con que quedaba muy poco por hacer. rastreándolos. Todas las minucias. hacia la extensa faja del Sao Francisco. hasta alcanzar los insignificantes lugarejos mar­ ginales de aquel río. el siniestro Joáo Abade. después el desierto sería su abrigo seguro. Los caminos hacia la Várzea da Erna y el Uauá estaban francos. recientemente. En último caso. . Como figuras principales quedaban Pedráo. La población. Aquello ahora era un pasatiempo ruidoso y nada más. Por otro lado. terrible defensor de Cocorobó y Joaquim Norberto que guiaban a las fuerzas por la carencia de otros mejores. porque el antagonista estaba en los estertores de la muerte. en los últimos combates de julio. aunque sentían su fuerza decaída mien­ tras aumentaba la del adversario.

bajando en un vuelo olímpico. Motu proprio. y se divul­ gase la extraordinaria noticia. avivó la insurrección. ingenuamente: Antonio Conselheiro había seguido viaje hacia el cielo. lisiados y enfermos. dentro del templo en ruinas. Y se quedaron para todo y para siempre. capital en la historia de la campaña. Llevó su abstinencia de costumbre a un ayuno total. en el lugar mismo de sus crímenes. Este acontecimiento. No lo quisieron. Y un día quedó inmóvil. Podían huir. el completo abatimiento y la espantosa flacura de seiscientas prisioneras. entre millones de arcángeles. los altares caídos. todos los seres frágiles y abatidos. las reliquias desprendidas de las paredes y. el Bom Jesús caer del altar mayor y dar en tierra. y que pa­ recía debía producir su terminación inmediata. aunque en los últimos tiempos pocas veces lo veían. su organismo debilitado se quebró. contra lo que era de es­ perar. Estaba rígido y frío. Los vencidos lo relataron después. lo que también se puede creer. conocedores de su desamparo. destruido el santuario. luego que la beatería impresionada notara la falta del apóstol. Al ver muertos a sus principales ayudantes y a tan grande número de soldados. Ni tampoco irse afuera como otras veces. Estaban pegados a las trincheras. resolvió dirigirse directamente a la Providencia. Allí lo encontró una mañana Antonio Beatinho. los mismos que las atravesaron no hubieran revelado el origen de ese admirable estoi­ cismo. Días de angustias indescriptibles fueron soportados ante las últimas puertas abiertas a la libertad y a la vida. alucinadora visión. filtrarse poco a poco en grupos diminutos por los caminos que les restaban. viejos. llevaba al pecho un crucifijo de plata. La vida de la aldea se volvió entonces atroz. dejando a aquéllos desahogados y evitándose el último sacrificio. . continuamente creciente. El fantástico embajador estaba ahora junto a Dios. Había dejado todo prevenido. en pro de los defensores. aunque sufrieran las mayores privaciones. Comenzó a morir. Al ver caer las iglesias. Tal vez arrastrada por el espíritu ambicioso de algún cabecilla que prefigurase las consecuencias desastrosas del he­ cho o. Esta mayoría obstaculizaba el movimiento de los primeros y reducía los recursos. Así es que los soldados. Tan simple. El 22 de agosto había fallecido Antonio Conselheiro 330. Porque el profeta vendría en breve. Pero no los dejaron. si más tarde. la frente pegada al suelo. los santos hechos asti­ llas. nacida espontáneamente de la hipnosis colectiva. Era menester que allí se quedasen para la expiación suprema. se adaptaron a un ayuno casi total. no podían salir del lugar donde se encontraban. de modo inexplicable. despe­ dazado por una granada.mente disminuido y el de mujeres y niños. Lo revelaron después la miseria. herido de violentas emociones.

seguido por los batallo­ nes de líneas 249. Se veía un suburbio nuevo. disparándolas al azar. los guerrilleros quedaron obstruidos por la barahúnda del mujerío miedoso. Adelante retro­ cedía el sertanejo metiéndose en los ranchos y aquí y allí. se tiró rudamente sobre la entrada y mató. Era el punto de Canudos diametralmente opuesto a la Fazenda Velha y más distante del primitivo frente del asalto.cayendo sobre los sitiadores. Uno de ellos. hacia adentro. y marchando por el lecho del río. edificaciones más correctas. fulminándolos y comenzando el Día del Juicio. en desquite terrible. les cayó encima por sorpresa. la resistencia estupenda de alguno que se jugaba cara la vida. . Tomando la ofensiva. atrayendo hacia aquel lado la atención del enemigo. Cada tanto salía alguno. cubiertas algunas con tejas. reeditaban episodios inevitables. COMPLEMENTO DEL ASEDIO Al alba. retrocedían resistiendo y acom­ pañándolos. tiraban fósforos encendidos. el del Amazonas. el teniente coronel Siqueira de Meneses. y ninguno notó que poco después. marchó hacia la parte todavía desguarnecida del cerco. los soldados fueron metiéndose por las calles. las "Casas vermelhas”. la situación cambió. Eran los últimos que salían porque el día 24. No estaba convenientemente guarnecido. Pero no cedieron en seguida la posición. abrazado a su mujer e hija. el ala derecha del de Sao Paulo guiada por el mayor José Pedro de Oliveira. y un contingente de caballería al mando del alférez Pires de Almeida. todas las viviendas. estaban repletas de mujeres y niños. bajo pretextos varios. Se aliviaron todas las almas. Le faltaban las trincheras que eran tan numerosas en otros puntos. llevando el 249 a la vanguardia. Los jagungos no contaban con que fuesen hasta allá. en el momento en que la puerta de la choza se abrió. La fuerza. a golpes. erigido después del fracaso de la 3? expedición y en él. capitán Afonso Pinto de Oliveira y teniente Joaquim Potengi. mientras la izquierda de la línea y de los cañones de la Favela iniciaban un reñido ataque. abandonaban el poblado. circunstancia desastrosa en la emergencia para los rebeldes. 389 y 32? bajo el mando del mayor Henrique de Magalháes. tomando por caminos ignorados. Colocaban la boca de las espingardas sobre los tabiques de barro. y. asaltando los pequeños contingentes que lo guardaban dentro de las últimas viviendas que estaban diseminadas por aquel lugar. algunos incrédulos y entre ellos Vila-Nova. Como en general les sucedía. las destrozaban después a culatazos y sobre el montón de trapos y muebles miserables. los creyentes se dispusieron para los peores momentos de la penitencia que los salvaría. por ser las más distantes.

. pateaban. en ese escenario revuelto. De pronto. abarcándolo de extremo a extremo y ocultándolo. indomable. Sin fuerzas para levantarla. entre los dos fuegos. Para no perder el avance se detuvieron y formaron barrera con los muebles y destrozos de las casas. ” 3 3 \ Otro distrajo a los soldados. Era la sombra del cuadro. Desaparecían totalmente las casas. En esos intervalos. la aldea desaparecía. casi sin fuerzas para sentarse. el adversario retrocedía pero no huía. entre los escombros. trataba de disparar una lazarina antigua. fustigados por la fusilería. en tumulto. todas las casitas adyacentes a la comisión de ingenieros formaban una platea enorme para contemplar el drama. Aplaudían. con su humo amarillento. con algunas llamaradas fugaces. Además. Las baterías de la Favela golpeaban de frente. rubio y sin brillo — una chapa circular en brasas— un sol de eclipse. Adelante no había terreno neutral. Fue un episodio truhanesco y funesto.al primer agresor que encontró. indistinguibles entre el humo. tuvo una frase lúgubre: "Al menos maté a uno. del otro lado de la barrera. Pero esta resistencia a todo trance en la que entraban los mismos mo­ ribundos. el alférez Pedro Simóes Pinto. rodando por los techos. Esta refriega. desapa­ recían al fin. . una llamarada. grupos de mujeres y niños corriendo hacia el sur. adensándose o deshacién­ dose según la acción de los vientos. un curiboca viejo. desesperado. en la pieza de al lado. Los plazas lo rodearon por un instante y en seguida estallaron en un coro estrepitoso de carcajadas. En poco tiempo tuvieron trece bajas. se divisaba un pedazo de la aldea. en la misma vivienda. del 249. Estos avanzaban empujados por el soplo del nordeste. en un círculo de soldados que lo abatieron a sablazos. cubierto de harapos. real. Se quedaba adelante. en el esplendor siniestro de los incendios. Atestadas de curiosos. La escena. a dos pasos. como el telón que cae sobre un acto de tragedia. medio desnudo. Era el proceso usual y obligatorio. Lo recortaba. caído de costado. concre­ ta. O los escondían las nubes de humo de los fuegos de lenta combustión. repelidos por el cañoneo. atronando al norte. dejándola luego al descubierto. disolviéndose ante un trecho de­ sierto del río. En un rincón de la salita invadida. terminó por cortarles el paso. se les aparecía como una ficción estupenda. separado apenas por algunos centímetros de pared. compactos. Murió en seguida. perdiéndose alargadas sobre las cumbres de las colinas. Delante de los espectadores se extendía un lienzo de humo. chocando con el frente de la iglesia nueva. Y al expirar. Por su gran rasgón abierto de arriba abajo. El jagungo se quedaba. adelgazado hasta la flacura extrema. Los grupos miserables. torcía la cara en una mueca de cólera impotente. . ajustando su puntería. Estallaban "bravos”. Se detuvieron. resonaba en el campamento ponién­ dolo en alarma. a veces completamente. apenas lo hacía se le caía de los brazos flojos. vigilante. al fondo del santuario. extendiéndose por el suelo.

ladeando el puesto artillado en el ex­ tremo del camino del Cambaio. por su lejanía. el ala izquierda del 249. el 38?. los ecos de los estam­ pidos a veces sonaban a la derecha y a retaguardia. Además. dando la idea de un ataque del enemigo en una revancha repentina. las posiciones recién expugnadas. la Favela y el baluarte dominante de la trinchera Sete de Setembro. Canudos estaba bloqueado. real. sin la intervención de descargas o de tiroteos cerrados. Por fin se vio llegando hasta el camino del Cambaio. liberados. Al este. En todo el cuadrante del noroeste. de actuar en el drama. Porque la acción se prolongaba. decaía pensando en una salida de los sertanejos por las rutas del norte. guarnecidas por el 319. la retaguardia de la línea negra cubierta por la 3* brigada. tratando de adivinar el enredo inopinadamente encu­ bierto. . de modo que. Se corría de nuevo a los binóculos. . guarniciones espaciadas. En el desahogo estallaban aclamaciones y aplausos. se había dibujado la curva cerrada del asedio. Ya no se podía escapar un solo habitante. al sur. Se intercambiaban ór­ denes precipitadas. cortando los caminos del Uauá y de la Várzea da Ema. Una claridad abría otra vez el escenario tallándolo de medio a medio. Aunque fragmentada. al norte. . el ala derecha del batallón paulista y el 32? de infantería. A lo lejos se oían igualmente el coro de insultos y vivas. Toda la periferia del poblado estaba cerrada. La nueva llegó en seguida al campamento y de allí salieron correos hacia Monte Santo desde donde el telégrafo la desparramaría por el país entero. Los jagungos re­ trocedían. el centro del campamento.Los curiosos espectadores. como espectadores frenéticos agitando sus bi­ nóculos inútiles. cuando las nubes de humo se adensaban estallaban en groseros clamores de contrariedad. una línea de banderolas coloradas. Se formaban los cuerpos de reserva. a veces. La insurrección estaba muerta. efectivo. Se prolongaba anormalmente. Se cruzaban pre­ guntas conmovidas. el ánimo de los que escuchaban ansiosos.

indomable para repeler las cargas más valientes. V I— El fin. . I I I — Titanes contra mori­ bundos. una vez más y volviendo a los mismos puntos. Una súbita quietud suplantó el tor­ bellino furioso. con engaños y emboscadas. para ir a caer ante los espolones de la Favela. caía sobre la barrera del 26?.— El asalto. Los prisioneros. reventaba en las cuestas que por allí bajan hacia el río. Los sitiadores dejaron la formación de combate. siempre rechazada y atacando siempre. no lo reconocían. . un silencio absoluto bajó sobre los campos. atravesándola. insistentes como nunca. IV. Pero descansaron breves minutos. la réplica de las guarniciones que estaban arriba y rotaba hacia el norte. veloz. V il-D o s líneas. El cráneo del Conselheiro. por la aldea. Se detuvo. como el remolino impa­ rable de un ciclón. . era recha­ zada.— Testimonio de un testigo. Los combatientes que lo en­ frentaban desde el comienzo. se retraía de ese lugar hacia el centro de la plaza. era repelida. para quebrarse un minuto des­ pués contra la línea negra. estrepitosamente golpeaba la izquierda del 59 de Bahía.ULTIMOS DIAS l— Las convulsiones de los vencidos. serpenteando. I ULTIMOS DIAS LAS CONVULSIONES DE LOS VENCIDOS Ocurrió entonces un hecho extraordinario. lo estimularon. recibía encima y de lleno. Sobre los muros de la iglesia nueva. corriendo hacia el norte. desde todos los puntos. gigantes. lo endurecieron y de nuevo le dieron la iniciativa en los combates. II. se agitaba. Notas de un diario. Hasta ese momento lo habían visto con astucias. El enemigo revivió con vigor increíble. desencadenada en un tumulto de vorágine.— Paseo dentro de Canudos. refluía en descargas en direc­ ción del Cambaio. V. golpeando trinchera por trinchera todo el cerco. borbotaba dentro del Vaza-Barris hasta despedazarse en el encuentro de las empalizadas que lo cerraban. totalmente imprevisto. sin par en la fugacidad con que sabía sustraerse a los ataques más imprevistos. apenas se la veía entre la claridad fugaz de la fusilería. Era como una ola embravecida. Estos comenzaron desde el 23. Comenzaron a verlo heroico. saltaba de nuevo hacia el este. Alrededor de los pozos de agua. Rechazada por el cierre del este. volvía vertiginosamente al sur. La presión de millares de bayonetas que lo cercaban.

todavía con más intensidad. de Comblain con zumbidos llenos y sonoros. No se entendía cómo. a la entrada del cam­ pamento. los jagungos aún tuvieran munición de guerra. caían sobre las que se sucedían y seguían en un giro enorme. de mannlicher y máuser con sus silbidos finos. Proyectiles de toda especie. Los cerros se despoblaron. enloquecidos. dando como piedras duras sobre las paredes espesas de las casillas de la comisión de ingenieros y el cuartel general de la columna. corriendo en una ronda enloquecida. despedazando frascos en la farmacia militar anexa. desde todas partes. Pero reaparecían en un punto cualquiera de la línea. Terminaron de fanfarronear los que por allí andaban. rozando. atacaban otras trincheras y eran repelidos. res­ balando con estruendos por el toldo de cuero de hospital de sangre y despertando a los enfermos transidos de espanto. Sólo había un toque posible — el de alarma— y lo daba elo­ cuentemente el enemigo. de las tiendas. los convoyes comenzaban a ser baleados. Las comunicaciones volvieron a ser difíciles. . bajaban precipitándose y algunos cargueros caían heridos al dar el último paso. sorprendidos. sobre los ranchos de follaje a un palmo de las redes de donde saltaban. . percutiendo en los flancos de las colinas. rijosos como los de cañones revólveres. en una profusión terrible de metrallas. andando curvados por los pasajes. después de tantos meses de lucha. sin que se pudiese explicar una trayectoria tan baja. Terminaron los desafíos imprudentes. En ciertas oca­ siones. trasponiendo a saltos los lugares descubiertos. sobre el lecho largo y tortuoso del río y sobre las depresiones más escondidas. y fuera de las carpas. se acogían a la cautela. combatientes fatigados. Los que el día anterior desdeñaban al adversario encubierto por esas casuchas quedaban asombrados. sobre todas las huellas.Un estampido atronó en la iglesia nueva y se veían bultos errantes. des­ prendiendo astillas. Se decidió que no sonasen las cornetas. hasta el trecho resguardado de la Favela donde paraban los cargueros y los heridos. Se perdían en las proximidades del santuario. golpeando. . cruzándose. por el camino del Calumbi. Desde que aso­ maban por el sur en la cresta de los morros. quebrándolas. La artillería los alcanzaba con sus balas. de las casas. en la rotación de los ataques. en lo más agudo de los tiroteos. sobre todos los morros. desafiando tiros. reapareció el espanto. sobre las placas recosas. de los toldos. Como en los malos días del pasado. repiques duros de trabucos. La situación se volvió imposible. sobre las carpas próximas a los cuarteles generales. Caían como simios despeñados. disparaban tan tupido que ase­ mejaban los aullidos de un viento fuerte. Atacaban y eran recha­ zados. Valientes de fama. estallando. Y no la economizaban. haciendo equilibrios sobre los escombros. sobre toda la línea.

entró a la tienda del comandante de la 1^ columna. había encontrado a algunas mujeres y hombres heridos. era. Volvía triunfante la tropa que al principio había hecho prisioneros por el camino a media docena de niños. tenía la cara tostada y marcada de viruela. Fuerte. Estos eran muy pocos y estaban en un estado deplorable. mostraba dos agujeros de bordes oscuros y cicatrizados por donde salían los intestinos. un luchador de primera línea. LOS PRISIONEROS 3 3 2 El día 24 llegaron los primeros prisioneros. todo lo revelaba. Allí lo largaron. Herido desde hacía meses. Revelación más grave: el Conselheiro hacía mucho que no aparecía. Primitivamente blanco. Otro. cerradas todas las salidas. La respiración entrecortada revelaba el cansancio de la lucha. Había logrado derribar a tres o cuatro plazas y hubiera escapado si no lo hubiera alcanzado una bala en la órbita izquierda. había comenzado ahí adentro el suplicio creciente de la sed. como si fuera una fiera. Sofocado. parecía un desenterrado. Era la suprema petulancia del bandido. de cuatro a ocho años. cansados. Uno venía sostenido de las axilas por dos plazas y sobre el pecho desnudo. de estatura mediana y de buena envergadura.La lucha se acercaba febrilmente al desenlace de la batalla decisiva que la remataría. Más aún. quizá uno de los guerrilleros acróbatas que se largaban ágilmente por la estruc­ tura derruida de la iglesia nueva. Levantó la cabeza y la mirada singular que salía de sus ojos — uno lleno de brillo. hizo ademán de sentarse. Lo habían hecho prisionero en plena refriega. disper­ sos por allí y llenos de miedo. . y que escudriñando mejor en las casas conquistadas. La voz se le moría en la garganta sin poder salir. Desde hacía tiempo se sentía el hambre en la aldea y casi todos los alimentos se destinaban a los combatientes. diagonalmente. con astillas de granada en el vientre. Sólo uno no mostraba en su físico las priva­ ciones sufridas por los demás. Tartamudeó algunas frases. Algunas mujeres hicieron revelaciones: Vila-Nova había salido en la víspera hacia la Várzea da Erna. Los que las hacían apenas podían responder a las preguntas. el viejo curiboca desfalleciente que no había podido disparar contra los soldados. De la cintura le pendía la vaina vacía de una faca larga. se veía la herida del sable que lo había aba­ tido. No lo interrogaron. Puesto a la sombra de una carpa continuó su agonía prolongada desde hacía tres meses. casi sin movimiento. harapientos. el otro lleno de sangre— asustaba. Las informaciones no iban más allá. Pero ese paroxismo estupendo acobardaba a los ven­ cedores. Se sacó el sombrero de cuero e ingenuamente.

Se lo degollaba. En ese momento. y llegados ahí. Tenemos valientes que estaban llenos de ansiedad por realizar esos cobardes procedimientos. Era el invariable prólogo de una escena cruel. Prisionero el jagungo sano y capaz de aguantar el peso de la espingarda. y sin temor de que la víctima se escapase porque a la mínima señal de resistencia o de fuga. Como se sabía. Al llegar a la primera cañada ocurre una escena común. los sertanejos no les llevaban ventaja en la realización de idénticas barbaries. se lo destripaba. sin que protestara. no se gastaba un segundo en consultas inútiles. equiparada con las últimas exigen­ cias de la guerra. Ya afuera. golpeado por puños fuertes. como vimos. era simple. No pocas veces. el supremo . Un destripamiento rápido. tácita y expresamente aprobados por los jefes militares. Era una redundancia sorprendente. Enlazar al cuello de la víctima una tira de cuero con un cabestro. rodó hasta la otra puerta. Comenzó con la espuela irritativa de los primeros reveses. II TESTIMONIO DEL AUTOR Mostrémoslas rudamente. la impaciencia del asesino obviaba esos preparativos lúgubres. surgían ligeras variantes. minúscula. invariablemente. según el humor de los verdugos. terminó siendo práctica habitual. Que. imponían un viva a la República que pocas veces era satisfecho por la víctima. le pasaron una cuerda por la garganta y llevado a los empellones hacia el flanco izquierdo del campamento. Se había convertido en un pormenor insigni­ ficante. La dispensaba el soldado dedicado a la tarea. le descubrían la gar­ ganta y lo degollaban. un tirón desde atrás haría que el lazo se anticipase al facón y el estrangulamiento al degüello. El hecho era común. matarla. Avanzar hasta la primera depresión profunda era un requi­ sito formalista. atravesar las carpas sin que nadie se sorprendiera. el infeliz se perdió con sus siniestros acompañantes en el seno misterioso de la caatinga. Agarrándolo por los cabellos le doblaban la cabeza. Un solo golpe que entraba por el bajo vientre. llevarla hacia adelante.Brutalmente repelido. Testimoniemos. Entonces el proceso era más expeditivo: lo mataban rápidos con el facón. A pesar de tres siglos de atraso. Uno u otro comandante se tomaba el trabajo de hacer un gesto expresivo. Los soldados.

de carac­ teres tan discordes. Veamos algunos ejemplos. Era un animal. El general de brigada Joáo da Silva Barbosa desde la hamaca donde convalecía de una herida reciente. . Ante éstos lucharían hasta la muerte. todo le daba apariencia de orangután valetudinario. preso a fines de setiembre. Se hubieran rendido. la cara oculta. donde el prognatismo era acentuado. El hecho era de una vulgaridad