EUCLIDES DA CUNHA

LOS SERTONES

PROLOGO

P i d o p e r m i s o al lector hispanoamericano para presentar un libro con­ trovertido de un autor también controvertido. Setenta y tantos años de reflexiones sobre ambos, efectuadas en nuestro país, constituyen un acervo crítico considerable. Mas si, por un lado, las reflexiones aportaron importantes contribuciones para su comprensión, por otro lado suscitaron nuevos problemas. Tampoco se puede dejar de recordar que este libro tiene el don de alinear opiniones radicales, no siempre sensatas, a favor o en contra. A lo largo de estos decenios, casi siempre el comentarista ama o detesta a este libro, apasionadamente. Ese amor y ese odio pasan fácilmente del libro a su autor. Su enigmática personalidad, su vida signada por tragedias increíbles, pueden interpo­ nerse, inadvertidamente, entre el lector y la lectura. Por eso se ha caído en otra tentación, la de tratar de ignorar al autor para obtener — se pretende— una visión objetiva de la obra. Aquí el peligro estriba en que se trate de conocer bien la obra, para caer después de las nubes, cuando se entran a conocer los lances de la vida del autor. El lector puede, entonces, considerarse engañado a propósito. Por lo tanto, vamos a limpiar el área y a contar todo. Pasado el susto, y ya más acostumbrados a los enredados episodios de la vida, podremos detenernos en los comentarios a la obra. No se trata de que lo que sucedió con Euclides da Cunha haya sido tan extraordinario. En los cuadros habituales de la familia patriarcal brasi­ leña, los hechos son perfectamente comprensibles y hasta corrientes. Quizá se vuelvan chocantes al constatar cómo en un autor de postura tan científica la vida haya sido inversamente tan poco científica, y que su acción personal haya sido tan irracional. Si hubiese sido un ciudadano común, habría actuado sin desacuerdo alguno, del modo convencional que considera la defensa de la honra, de la familia y de la propiedad. Pero, siendo como era, un ciudadano célebre, una persona pública, una

gloría nacional, la repercusión fue enorme. Por eso mismo, y sin que ello significase trazar excepciones para las personas públicas y los ciudadanos célebres, se intentó y se intenta, cubrir con un púdico velo su vida priva­ da, aunque sus propios actos la hicieron pública. Finalmente, no hay nada de extraordinario en tratar de matar a una esposa adúltera y al rival. Las costumbres fuerzan al hombre traicionado a hacerlo, para mantener su integridad y su respeto. Y podrá contar con un jurado benevolente que lo absolverá, puesto que se rige por los mismos valores consuetudinarios que él. Hasta hoy las cosas son así. Y Euclides, excepcionalmente, se comportó de manera civilizada durante cierto tiem­ po, pues aceptó un hijo de otro padre entre sus propios hijos. El hecho es que había estado un año lejos de su mujer, que vivía en Río de Janeiro mientras él dirigía la Comisión de Reconocimiento del Alto Purus, en la Amazonia. Había viajado en diciembre de 1904, regre­ sando a Río en enero de 1906. De vuelta al hogar encontró a su esposa grávida. Meses después nació un niño, de nombre Mauro, que vivió ape­ nas siete días y fue reconocido legalmente por Euclides. A fines del año siguiente nació otro hijo adulterino. Y, en paz o no, vivieron todos juntos, inclusive los dos hijos mayores de la pareja, Solon y Euclides da Cunha (h ijo), durante un tiempo más. Consta que Euclides solía decir de la rubia criatura ajena entre sus hijos morenos que era una espiga de maíz en medio del cafetal. El desenlace sólo ocurrió cuando la esposa, llevándose a los hijos, aban­ donó el hogar y fue a vivir a la casa de Dilermando de Assis, el otro hombre de su vida. El 15 de agosto de 1909, Euclides entra en esa casa, armado, y empieza a disparar. Dilermando y su hermano Dinorah se adelantan para enfrentar a Euclides, mientras doña Saninha y los niños se refugiaban en una habitación de los fondos. Los dos hermanos eran militares, Dilermando cadete del Ejército y Dinorah aspirante de Marina. Euclides baleó a Dinorah en la espina dorsal, a consecuencia de lo cual quedó inválido, viendo su carrera interrumpida y suicidándose años des­ pués. Pero Dilermando tiró certeramente, matando a Euclides. Más tarde, después de juzgado y absuelto como autor de la muerte en legítima de­ fensa, Dilermando de Assis se casó con doña Saninha y tuvieron otros hijos. Parece que su carrera se vio dificultada, pues siempre se lo envió a destinos lejanos y fue postergado en las promociones. Lo cierto es que en todo momento y durante su vida entera, se vio obligado a defenderse públicamente de las calumnias que continuamente le inferían, habiendo llegado, incluso, a escribir libros para justificarse. Ahora bien, este fue todo un affaire entre militares, ya que Euclides era teniente retirado del Ejército y su esposa era hija de un general. Los poderes constituidos y la opinión pública deseaban con tal ardor la sangre del homicida que la menor duda sobre su inocencia hubiera afec­ tado el veredicto. Si en esas condiciones altamente desfavorables no fue

posible declarar a Dilermando culpable, es porque realmente no se encon­ tró fundamentación legal. Euclides fue velado en la Academia Brasileña de Letras y enterrado con todas las honras públicas. La nación se puso luto. Pocos años después volvería a producirse la misma situación de enfren­ tamiento. El segundo hijo de Euclides, que tenía su mismo nombre y también se encaminaba a la carrera de las armas, pues era aspirante de Marina, probablemente había sido criado para convertirse en el vengador del padre y de la honra, de la familia y de la propiedad. En 1916, dentro del Forum de Río de Janeiro, agrede al mismo Dilermando de Assis. Este, que más tarde sería campeón nacional de tiro al blanco, nuevamente es alcanzado por varios disparos y con un tiro certero mata a Euclides da Cunha, hijo. Nuevo proceso y nueva absolución por legítima defensa. Varias décadas después, Dilermando le confiaba al escritor Francisco de Assis Barbosa que tenía en el cuerpo cuatro balas que no se habían podido extraer, dos del padre y dos del hijo Ese lado, digamos oscuro, de la vida de Euclides no debe oscurecer su actividad personal de hombre público. Era hombre público porque era periodista, era hombre público porque participó de la agitación que preparaba la caída del Imperio, era hombre público porque era militar, era hombre público porque era escritor, era hombre público porque era ingeniero. Hay que pensar cómo era el Brasil en el último cuarto de siglo pasado, un país colonial que empezaba a sentir el impacto de la Revolución Industrial. La máquina, el ferrocarril, la carretera, el sanea­ miento, la navegación fluvial, el proceso de industrialización en el campo y la ciudad, fueron temas a los que Euclides dedicó su pluma y su acción personal como ingeniero. Y no sólo él, hubo una generación o mejor dos, a las cuales la profesión de la ingeniería les parecía una de las más importantes para quien deseaba ponerse al servicio de la nación. El mismo Euclides fue profesionalmente ingeniero, el resto eran actividades paralelas que le permitían equilibrar el presupuesto; e ingeniero-funcio­ nario público, como es tradicional en un país donde la capa letrada siem­ pre mamó y hasta hoy mama en las gordas tetas del Estado. En este aspecto, habían empezado a surgir las escuelas de ingeniería que eran (al revés de lo que pasa ahora), focos de modernidad. Las viejas Facultades de Derecho y de Medicina, donde los hijos de la clase dominante se convertían en abogados y médicos, trampolín para la carrera política, eran sucedidas por las escuelas técnicas. En la capital del país, Río de Janeiro, había dos, la Politécnica o Escuela Central, y la Escuela Militar. Aunque había ingresado a la primera, Euclides hizo su curso en la segunda, que es gratuita e integra la carrera militar, por lo que era frecuentada por los miembros sin fortuna de esa misma clase dominante.
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1 Autores varios, Reportagens que Abalaram o Brasil, 1973, Río, Ediciones Bloch,

Allí ocurre el incidente con el cual, por primera vez, Euclides llama la atención pública, cuando, en señal de protesta contra la monarquía, arroja al suelo su sable en el momento en que el Ministro de Guerra visitaba la Escuela Militar. Abandona los estudios y sólo los retoma después de la proclamación de la República, y acaba por egresar como oficial-ingenieromilitar de la Escuela Superior de Guerra. En tal calidad presta algunos servicios, para su formación, en el Ferro­ carril Central del Brasil, en las fortificaciones de los Muelles Nacionales en Río y en la Dirección de Obras Militares del Estado de Minas Gerais. Desde su graduación en 1891 hasta 1896 en que se retira como Te­ niente Primero, pasa cinco años de ingeniería militar. En adelante será ingeniero civil, pero continuará como funcionario público. En esta fun­ ción que ejercerá en varios lugares, la obra que quedó para la posteridad es el puente sobre el río Pardo, en Sao José do Rio Pardo, en el estado de Sao Paulo. Ya famoso, después de la publicación de Os Sertóes, y miembro de la Academia Brasileña de Letras, poco antes de morir, se presenta al concurso por la cátedra de Lógica del Colegio Pedro II, en Río. Situado en un segundo lugar, después de algunos vaivenes, es nom­ brado para el cargo, aunque el primer lugar lo había obtenido Farias Brito, quizá el filósofo brasileño más importante. En su formación académica habían predominado las tendencias que marcan a la Escuela Militar en esa época y que, aunque en ella se centralizan, se muestran también en otros sectores de la vida letrada brasileña. Las dos grandes causas de la época son la abolición de la escla­ vitud y la implantación de la República. La ciencia, las matemáticas, el positivismo, el determinismo, el evolucionismo son privilegiados; Comte, Darwin y Spencer son los nombres clave. Nunca sobra recordar que el lema de la bandera brasileña en la República pacíficamente procla­ mada por los militares en 1889 (un año después de la abolición de la esclavitud), es Orden y Progreso, directamente copiada de las lecciones de Augusto Comte. En este sentido, la formación de Euclides no difiere de la formación de sus contemporáneos. O, para mayor precisión, no difiere de la forma­ ción del pequeño sector ilustrado que era parte de la clase dominante y por así decir, su vanguardia intelectual. Las dos grandes causas de la época, el abolicionismo y el republicanis­ mo, muestran al Brasil un poco descolocado en el contexto de naciones latinoamericanas. Cuando la mayoría de las colonias "al sur del río Grande” adquiere su independencia de las naciones europeas en los ini­ cios del siglo xix, el movimiento general hace que se transformen simul­ táneamente en repúblicas de hombres libres. En el Brasil, la indepen­ dencia que se consigue en 1822, es sólo un trasplante de la metrópoli a la colonia. Cuidadosamente preparado desde que Don Joáo VI, el rey por­ tugués, había venido al Brasil en 1808, huyendo de las tropas de Napo­

león, ese trasplante, en verdad, fue una elección que hizo la corona por­ tuguesa: entre una metrópoli pobre y una colonia rica, prefirió a esta última 1. Así, es el hijo heredero del rey portugués quien proclama la independencia, y la colonia pasa a ser una nación independiente, conti­ nuando esclavócrata y monárquica, teniendo como rey un portugués, igual­ mente heredero del trono de Portugal. Sólo mucho después serían libe­ rados los esclavos, en 1888, y un año más tarde, en 1889, se adoptaría la forma republicana de gobierno. En ese mismo descompás con relación al contexto latinoamericano deben buscarse las razones por las cuales el Brasil siguió siendo un país de inmenso territorio y no se dividió en varias naciones menores. Con un solo rey a su frente, y un rey que recibía a la colonia intacta y la conservaba intacta independiente, la centralización estaba garanti­ zada; aún más, esta centralización se había hecho a sangre y fuego en la época colonial y después tuvo que ser, como ocurrió en varias oca­ siones, preservada también a sangre y fuego. Antes de la independencia de 1882, varios movimientos habían aspirado a liberarse del dominio portugués. Y, como regla, eran republicanos y localistas. Si independen­ cia al mismo tiempo significaba república, por otro lado no significaba gran nación. Eran siempre pedazos del país que estaban en el horizonte de esos movimientos para ser sustraídos a la condición colonial. Ni es preciso decir que todos fueron duramente reprimidos. Los ideales de la Revolución Francesa y de la guerra de independencia norteamericana habían alimentado los anhelos de liberación en toda Amé­ rica Latina. Las palabras de orden provenían del léxico de esos dos eventos. Por eso, no debe admirar, aunque no tenga ningún fundamento histórico, y se encuentra notablemente desfasado en cuanto a los avances socioeconómicos y políticos, que Euclides da Cunha (y no sólo él en el Brasil) trate de asimilar la proclamación de la República a la Revolu­ ción Francesa. En sus poemas juveniles figuran cuatro sonetos dedicados a los líderes de la Revolución Francesa, titulados Dantón, Marat, Robespierre y Saint-Just. De tal manera, cualquier cosa que pareciese amena­ zar remotamente la consolidación del nuevo régimen republicano era tildada en seguida de reaccionaria y restauradora. Así les parecía a los contemporáneos cualquier perturbación del orden. Fue necesario que pasasen varias décadas antes de que se dejase de aplicar el mote de mo­ nárquico al mínimo signo de descontento. Toda la obra de Euclides da Cunha está profundamente comprome­ tida con ese encuadre de ideales. Además de Os Sertóes, donde analizó una rebelión rural, trató temas variados de política nacional e internacio­ nal, cuestiones sociales, literatura, geografía y geopolítica, proyectos eco­ nómicos. Esos temas fueron objeto de artículos y después se reunieron
1 María Odila Silva Dias, “A internalizado da metrópole”, en 1822 - Dimensóes, org. por Carlos Guilherme Mota, 1972, Sao Paulo, Ed. Perspectiva.

en libros. Dos de esas colecciones fueron publicadas aún en vida del autor, en 1907, con los títulos de Contrastes e Confrontos y Perú versus Bolivia. Pero escribió muchos otros, sea de periodismo militante, sea informes oficiales, discursos públicos y conferencias, que fueron reco­ gidos en la edición de la Obra Completa que la compañía José Aguilar Editora publicó en Río, en 1966. Aunque no era Euclides un debutante en el periodismo, pues antes había escrito no sólo en periódicos escolares sino también en los diarios más renombrados de Río y de Sao Paulo1, fue en 1897 que publicó dos artículos que se vinculan con el libro que lo haría célebre. Con el título de "A nossa Vendéia”, ambos aparecieron con el intervalo de algunos meses, en el diario O Estado de Sao Paulo. En esos artículos, por primera vez, Euclides examina los sucesos que se están produciendo desde hace algún tiempo allá lejos, en el sertón de Bahía. El primer artículo, evidentemente, fue provocado por la flagrante derrota de la tercera expedición militar enviada contra la aldea de Canudos. El 3 de marzo de 1897, el comandante de la expedición, coronel Moreira César, es herido en combate, muere, y las tropas se baten en retirada. El artículo, publicado diez días después, sorprendentemente, casi no se refiere al aspecto guerrero del episodio, haciendo más bien un análisis del medio geográfico. Se detiene en las características del suelo, en el sistema de vientos, en el clima, en la vegetación, construye una teoría sobre la sequía endémica de esa región, examina la hidrografía, destaca el relie­ ve y la topografía. Parece que estos factores habían sido muy importantes en las tomas de decisión en la guerra y en las dificultades que las fuerzas armadas oficiales encontraron. Sólo al final alude a los hombres que viven en ese medio, para considerarlos frutos obvios de él, trazando una rápida analogía entre esa revuelta y la de los campesinos de la Vendée. En ese artículo está el embrión de Os Sertoes. Se advierte la preocu­ pación por estudiar cuidadosa y "científicamente” el medio ambiente, de establecer la determinación del medio ambiente sobre el hombre y sus acciones, de enfrentar el enigma de la formación étnica de esos hombres. El paralelo con la Vendée se debe a que, considerando la instauración de la República en el Brasil en pie de igualdad con la Re­ volución Francesa en Francia, un movimiento insurreccional en el sertón sólo puede ser contrarrevolucionario. La Revolución Francesa tuvo su po­ tencial innovador desafiado, dentro del mismo territorio de la nación, por los campesinos de la provincia de la Vendée, que en 1793 se levan­ taron en armas exigiendo la restauración del Anden Régime con rey y todo. Lo que sucedía ahora en el Brasil, aunque un siglo después, debía ser la misma cosa. Un grupo de gente desconocida, perdida en el seno
1 Buena investigación hecha por Olimpio de Souza Andrade, que figura en la citada Obra Completa de Aguilar. Ver también, del mismo autor, Historia e Interpretagáo de "Os Sertoes”, 1966, Sao Paulo, Ed. EDART, 3^ ed.

del sertón, estaba enfrentando y derrotando a las fuerzas del Ejército Nacional, movida por razones ignoradas. No podía dejar de ser un peli­ groso intento de restauración monárquica contra el régimen republicano nuevo (ni siquiera diez años de existencia) que, a su vez, encarnaba los ideales revolucionarios franceses de 1789. Por eso, Canudos era "A nossa Vendéia”. Dígase por anticipado que Euclides superó esa propo­ sición y que cuando escribió Os Sertóes ya no creía en ella. Convocada la cuarta y poderosa expedición a comienzos de abril, no por eso su curso caminó más de prisa. Dificultades de toda índole com­ plican la victoria que parece a la vista, dado el volumen de los medios movilizados para conquistarla. Y entonces, a mediados de julio, Euclides publica su segundo artículo bajo el mismo título. Vuelve a insistir en las ásperas condiciones de la naturaleza y del adversario que los soldados deben enfrentar. Esta vez se detiene en la acción militar, tejiendo al­ gunos comentarios, todos favorables y justificatorios, sobre las razones que hacían demorar el desenlace de la campaña. Aquí aparece otro rasgo de Os Sertóes donde estará presente un minucioso análisis de cada paso del Ejército en guerra, los aciertos y equivocaciones, las posibles alternativas, las responsabilidades asumidas o no. En fin, una postura de estratega del Ejército. En Os Sertóes, Euclides, aunque deplora la suerte de los insurrec­ tos y la crueldad con que fueron tratados, al mismo tiempo, como si no hubiese ninguna contradicción en eso, señala la estrategia que habría vuelto más eficiente la acción del ejército. Pero el tiempo de revisión todavía no había llegado; en este segundo artículo de "A nossa Vendéia”, el sertanejo aún es una incógnita a la cual se le aplica un reconfortante estereotipo — es "el enemigo”— y el soldado brasileño aún es el héroe. La publicación de esos dos artículos debe de haber influido para que se produjera en el destino de Euclides un cambio importante. Pues esa campaña, en la cual a esta altura convergían tropas del país entero bajo el mando de tres generales, no se decidía. Esperábase de ella que fuese fulminante, ya que no había posibilidad alguna de comparación entre las fuerzas en choque. De un lado estaba el Ejército, equipado con el más moderno armamento, incluyendo armas de repetición y cañones, coman­ dado por una oficialidad de carrera ya veterana de otras represiones, dotado del entusiasmo guerrero de quien va a defender una causa justa, ardiente de animación republicana. Además, muchas de las fuerzas que operaban en esta guerra ya habían tomado parte en otras campañas pacificadoras, pues lo que no faltaba en esa época eran rebeliones y levantamientos internos. Del otro lado había unos pobres diablos analfa­ betos, que disponían de armas muy primitivas, cuchillos, hoces, fusiles obsoletos que funcionaban con pólvora improvisada y balas de piedra. El volumen de la campaña era respetable; y, debido a su interminable arrastrarse, el mismo Ministro de Guerra terminó por dejar su oficina en Río de Janeiro, por entonces capital del país, para mudarse al sertón,

instalando su cuartel general en Monte Santo, cerca de Canudos. En su comitiva va Euclides da Cunha, oficialmente agregado al Estado Ma­ yor. Iba en una posición privilegiada, ya que, si su misión era sólo hacer reportajes para el diario O Estado de Sao Paulo, tenía una situación mejor que la mayoría de sus colegas. Para ser considerado un repórter, Euclides acumulaba calificaciones. Ya había escrito extensamente en varios diarios y desde hacía varios años; era autor de dos artículos que trataban precisa­ mente sobre esa guerra; y, calificación no menos valiosa que las otras, era militar. ¿Por qué ese súbito interés de la prensa por esa lejana rebelión? Pocos temas — y casi siempre fueron temas relacionados con la seguridad na­ cional— habían obtenido de la prensa brasileña tal unanimidad de opi­ nión y de exploración. En 1897, y especialmente a partir de la derrota de la Expedición Moreira César en marzo, es imposible abrir un diario brasileño sin que ese tema ocupe sus más importantes espacios. Aquello que anteriormente era noticia esparcida se vuelve sección fija, con título propio y en la primera página. E impregna todas las categorías en que se dividen las notas del diario. La Guerra de Canudos invade el edito­ rial, la crónica, el reportaje, el anuncio y hasta el humor. Como fuerte vehículo de manipulación, antes de la era de la comunicación electrónica, el diario, al servicio de corrientes políticas a quienes interesaba crear pánico y concentrar las opiniones alrededor de un solo enemigo, prestó servicios inestimables. Como no era una invasión, no se podía contar con un enemigo externo; estaba aquí, bien a mano, y tan marginado que ni siquiera podría protestar contra el papel que le atribuían, de un enemigo interno. La función de la prensa fue ser portavoz de las refe­ ridas corrientes, lanzando un grito de alerta y de convocatoria del cuerpo nacional amenazado por la subversión interna. No fue la primera ni será la última vez que la prensa se presta a eso; basta abrir el ejemplar de hoy. Mas ciertamente, en el caso del Brasil, fue de un pionerismo, extraordinario. Y cuando ese pionerismo sirve más para avergonzar que para honrar, la eficacia del vehículo, como sucedió en tal momento, es enorme. Los diarios de la época son pólvora pura. Cuando llegó a Río y a Sao Paulo la noticia de la derrota de la Expedición Moreira César, la agitación de la calle — que, claro está, no es espontánea, tiene sus líderes que la conducen hacia objetivos específicos— ¿contra quién se dirigió? ¿Se invadió el palacio de la presidencia de la República, se arrojaron bombas en embajadas, se atacaron cuarteles, se agredió la ban­ cada bahiana en el Congreso? No: se empastelaron cuatro diarios monár­ quicos, tres en Río y uno en Sao Paulo. El saldo de muertos ese día registra sólo uno, un periodista llamado Gentil de Castro, abiertamente filiado a grupos monárquicos, abatido en un atentado en una plaza en la capital del país.

Cuando la nación atravesaba una época de gran inestabilidad econó­ mica y política, la conocida táctica de atribuir la culpa a un enemigo que es enemigo de todos fue utilizada con felicidad. Recordemos a los judíos en la Alemania de Hitler. El fantasma de la época era la monar­ quía. Pero los monárquicos eran pocos y demasiado conocidos; se trataba de algunos figurones del Imperio que aún sobrevivían, pues la mayoría de ellos se había adherido al nuevo régimen. La joven República que a esta altura no había cumplido su primera década, ya había tenido que enfrentar dos guerras civiles, la Revolución Federalista, que había mantenido al extremo sur en pie de guerra durante algunos años, y la Revuelta de la Armada. Y aunque fueron rebeliones confusas y no se sabe muy bien qué pretendían — probablemente, esto sólo se sabe con certeza cuando ganan y no cuando abortan— fueron inmediatamente calificadas de monárquicas. Pero, en ambos casos, se trata de revueltas institucionales, la primera con jefes políticos conocidos y la segunda abar­ cando una parte de la Marina. En el caso de Canudos hubo una feliz coincidencia. De hecho, aquel conglomerado de gente perdida en los confines del sertón sólo tenía, cuando la tenía, una vaga idea sobre lo que significaba vivir bajo un régimen republicano y ya no bajo un régimen monárquico. Se sabe, por ejemplo, que Antonio Conselheiro encontraba inmoral que los republi­ canos hubiesen expulsado del Brasil a la familia real, en la cual figuraba la Princesa Isabel que había firmado la ley de liberación de los esclavos. Muchos de éstos se contaban entre los seguidores de Antonio Conselheiro. Otra restricción que hacía era la institución del casamiento civil, que le quitaba al matrimonio su carácter de sacramento y lo transformaba en un contrato como cualquier otro. Estas dos objeciones se encuentran documentadas en un manuscrito atribuido a Antonio Conselheiro, que reúne sermones y prédicas, recientemente publicado 1. Lo que bastaba para que el poblado de Canudos fuese transformado en foco de una cons­ piración restauradora con ramificaciones nacionales e internacionales. Una vasta red monárquica, con sede en París, Nueva York, Londres y Buenos Aires, munida de recursos financieros infinitos, enviando conti­ nuamente armamento modernísimo a través de sus eficientes canales secretos, providenciando especialistas extranjeros que venían a entrenar a los rebeldes, se ponía en movimiento para tomar el poder en el Brasilz. De todo ese movimiento, Canudos era apenas el foco provocador, abier­ tamente insurgente, que aglutinaría al Ejército mientras el resto del país quedaría desguarnecido y sería presa fácil de las fuerzas conspiradoras.
1 Ataliba Nogueira, Antonio Conselheiro y Canudos, 1974, Sao Paulo, Comp. Editora Nacional. 2 Ver, por ejemplo, en los números del 2 de agosto de 1897 y del 7 de agosto de 1897, del diario carioca Folha da Tarde, los telegramas enviados por los corres­ ponsales en el Exterior.

en su irresponsabilidad. que no era un esclavo negro. Las comparaciones históricas que Euclides hace en aquel segundo artículo no son de las más lisonjeras para el enemigo. Nadie sabía quién era. que no era un militar en rebelión. 1967. organizada por Simoes dos Reis. seres imaginarios. Era otra gente. o bien a europeos modernos enfrentando negros en el Africa. que no era un ciudadano. Euclides lo llama sertanejo y tobaréu. hasta otra raza. Seguramente no lo hace a propósito. mons­ truos. como Rui Barbosa. por qué resistía. cualquier cosa que los despojase de su obstinada humanidad. O bien el Ejército brasileño enfrentando a los sertane­ jos se compara a los romanos enfrentando a los bárbaros. En su primer artículo de la dupla "A nossa Vendéia”. Editora Melhoramentos. otro pueblo. organizada por Olimpio de Souza Andrade. . qué lo hacía apegarse con tanta furia a ese desierto de piedra y cactos tan alejado del alcance de cualquier camino. el subrayado desaparece. Tal vocabulario no es privilegio de los periodistas. y Canudos e Inéditos. 1 Con dos ediciones: Canudos . Los diarios de la época.El único problema es que nada de eso existía ni Antonio Conselheiro estaba informado. de él se sirven políticos destacados. en nombre de qué luchaba. por ejem­ plo. S. sinónimos de habitante del interior. conjunto que más tarde reúne en libro bajo el título de Diario de urna Expedigüo *. que no era indio. Río. qué lo motivaba. qué pretendía. José Olympio Editora. hombres públicos dedicados a la defensa del liberalismo. Debe de haberse producido un alivio general cuando se pudo nombrar al enemigo. tanto como en los reportajes que hace como enviado especial de O Estado de Sao Paulo. la designación está incorporada a la norma del discurso. de repulsa. jefes militares. Este último. en una conferencia pronunciada en la capital de Bahía y que fue publicada en quince partes por el diario O Comércio de Sao Paulo (ediciones del 9 de junio al 7 ele julio de 1897).Diario de urna Expedigáo. toda especie de miedo. Paulo. pero las analogías que le acuden son todas racistas. Con seguridad no era brasileño. Ya en el segundo artículo utiliza el vocablo que estaba en boga en los periódicos para desig­ narlo: jagungo. Tenga en consideración el lector que él no era un ex político del Imperio ni su hijo o primo. En ese segundo artículo. 1939. califica a los canudenses de "horda de mentecatos y galeotes” y los considera un caso de policía. A la acusación de monárquico vino a sumarse otro elemento formador de la feliz coincidencia: el desconocido rostro del enemigo. entre raza superior y raza inferior. se encargaban de divulgar toda especie de repre­ sentación en que los sertanejos aparecían con epítetos de animales. Tanto más fácil para proyectar en él lo que se quisiese. de horror. Más tarde. la palabra aparece subrayada denotando su extrañeza. en Os Sertóes. La concepción subyacente es de un embate entre civilización y salvajismo.

a todos e indiscrimina­ damente. “Os jagungos de Canudos”. Por eso. menos de un mes de la guerra. Una de las dificultades de la lectura de Os Sertóes reside exactamente en eso: dada la elección del foco narrativo. En cuanto al origen de estos términos. Euclides envió su primer repor­ taje de los vivaques que constituían el cerco de Canudos fechado el 12 de setiembre. no es muy diferente de lo que ocurrió a los demás periodistas. ver José Calasans. la denominación de jagungo referíase a la especificidad del enemigo por un lado y por el otro se usaba con todas sus connotaciones peyorativas. pistola y rifle. La trayectoria que el pensamiento de Euclides recorrió en relación con lo que pensaba sobre esa guerra es pasible de ser acompañada en las sucesivas páginas de ese Diario. Usado alternada­ mente con el de cangaceiro. N 9 15. Colección de los Cahiers du Monde Hispanique et Luso-Brésilien editados por la Universidad de Toulouse. Los primeros materiales enviados son siempre una serie de 1 Para un estudio del origen de la palabra jagungo y de sus usos. el lector no sabe con qué tipo de fuente está luchan­ do. Llamar a los canudenses jagungos era lo mismo que llamarlos. bandidos. desde entonces incorporado a las letras patrias sin subrayado. No se debe olvidar. De ahí hasta la ampliación e utilización que el término tuvo y tiene. quede aquí la información.El término jagungo. Sólo que jagungo es más usado en los sertones del norte de Minas Gerais y de Bahía. En el Diario de urna Expedigáo. De cualquier manera. Cerca de dos tercios de los reportajes relatan el viaje para llegar allá. Rio Grande do Norte y Ceará. se percibe cuán poco asistió Euclides a la guerra. De inmediato se advierte que los periodistas se dirigían a Canudos sabiendo de antemano lo que iban a informar. significa guardaespaldas a sueldo. tiene un campo semántico fluctuante. Paraíba. corre mucha agua. que terminaría el 5 de octubre. Pernambuco. en Revista Caravelle. La palabra jagungo se debe a un traslado por metonimia. el conocido sombrero de cuero con sus adornos. por su importancia emblemática. 1970. Como se ve. como Sergipe. cangaceiro es el que vive debajo del cangago. hombre violento que anda armado sin ser parte del aparato del estado o de las fuerzas armadas regulares. Toulouse. dos mochilas colgadas de los hom­ bros y llevadas debajo de los brazos. como se tituló el conjunto de repor­ tajes que Euclides escribió como enviado especial del O Estado de Sao Paulo. pues es el mismo nombre de la vara con punta de hierro que se usa para conducir ganado. habiendo presenciado. mientras cangaceiro es más corriente en los estados del nordeste. en consecuencia. instrumento de trabajo obligatorio para el habitan­ te pobre de las zonas pecuarias extensivas que componen el sertón 1. y apenas el tercio restante es narrado por testimonio ocular. jagungo se usó y se usa hasta hoy para designar bandido. Además. siendo cangago el conjunto típico de armas que usa — dos cartucheras cruzados al pecho. puñal. Alagoas. . El cotejo entre los reportajes mues­ tra algunas constantes reveladoras.

Así. Entre los periodistas figuran los nombres de Lelis Piedade. bandidos. su relato es tan vivido que. A Noticia. República. Emplea menos fórmulas que los demás. herejes. animalescos. no son brasileños. el período decisivo y final de la campaña. tres años antes que Os Sertdes. fanáticos. Euclides tiene una postura peculiar que se podría definir como altanera. Los periodistas empiezan a des­ confiar de que no están tan bien informados y empiezan a registrar sus dudas. eficientes. el mejor reportaje es el de Manuel Benício para el Jornal do Comercio. sirven a intereses reaccionarios e ideologías exóticas. Las fórmulas están presentes. Los rebeldes son monárquicos. Los soldados son patrióticos. del mismo modo que en los reportajes de los demás. están todos contrariados y a disgusto. Jornal do Comercio. En fin. y en algunos casos el periodista era también un combatiente. publicaron reportajes en serie los siguientes diarios: Gazeta de Noticias. por lo tanto. un incidente que empañó el brillo triunfal de la partida del Ministro de Guerra y que ocurrió en el mismo navio en que él viajaba — un voluntario reclutado a la fuerza se arrojó al mar para . civilizados. Todos los grandes diarios brasileños mandaron enviados especiales al escenario de la guerra. del capitán Manuel Benício. Este libro sale en 1899. Diario de No­ ticias y Jornal de Noticias de Bahía. titulado O Rei dos Jagunqos. y de la manera como terminó. así como el desper­ tar del conflicto de conciencia. Y casi todos empiezan a escandalizarse con las prácticas que pre­ sencian. baja a minucias como el precio de la comida y del jabón para lavar la ropa. Aún no estaba de moda hablar de un baño de san­ gre y el genocidio aún no era calificado como una estrategia moderna. y del mayor Constantino Néri. Manuel Benício escribirá un libro sobre la guerra. describe la desorganización y el hambre que él mismo y los soldados están pasando. Mas él se rehúsa a ver todo lo que no sea grandioso y heroico. Sin duda. la cobertura que hace es bruscamente interrumpida y él se retira a Río de Janeiro después de enviar un último reportaje fechado el 24 de julio.fórmulas. Mas a cierta altura de los reportajes se advierte que la observación comienza a hacer peligrar las fórmulas. La República está en peligro. Fuera de O Estado de Sao Paulo. todos de Río. de Alfredo Silva. sin cubrir. sublimes en su entrega a la causa republicana. Más tarde. naturalmente. perversos. Quien perdió fue el registro histórico. Cuando la guerra termina. urge salvarla a cualquier precio. Como periodista. del mayor Manuel de Figueiredo. traicioneros. O País. del teniente coronel Siqueira de Menezes (con el seudónimo de Hoche). cuenta la mala localización del campamento responsabilizándola por el hecho de que los combatientes sean alcanzados y muertos dentro de las tiendas. heroi­ cos. disciplinados. abnegados. Jornal do Bra­ sil. pero lamentablemente sin la fuerza de las notas periodísticas. del coronel Favila Nunes.

pero Lelis Piedade y Favila Nunes lo informan. siquiera en la más vaga de las alusiones. después de lo cual se tiraban bombas de dinamita. Sao Paulo.huir. por Olimpo de Souza Andrade. va tornándose oscilante en lo que dice respecto de las convicciones iniciales del perio­ dista. Sistemáticamente. Mas a cada rato recae en consideraciones sobre la existencia de algún misterio detrás de ese fenómeno. Como el poblado no se rendía. Caderneta de Campo. para redimirlos del mal e integrarlos a los valores de la sociedad bur­ guesa occidental. pero fue pescado. Y no era sólo él. ni de lejos. org. Y aunque no lo registra en los reportajes. fue ocupado de a poco en sangrientas batallas y la solución final fue lograda por la utilización de una forma primitiva de napalm. cuya explosión provo­ caba incendios generalizados. el pobre. también los militares participantes de la campaña se dirigían unos a los otros con el epíteto de Ciudadano. Alfredo Silva relata el episodio en su primera nota para A Noticia. con fecha de publicación del 10/11 de agosto y fecha de escritura el 4 de agosto. en los diarios. El final de la guerra y la manera como ese final fue conseguido cau­ saron un trauma en el sector ilustrado de la sociedad brasileña. La práctica de atroci­ dades. o "¡La República es inmortal!”. como todos se creían en plena Revolución Francesa. inclusive en O Comercio de Sao Paido. tales como el degüello sistemático de los prisioneros y que él mismo denunciará apasionadamente cinco años más tarde en su libro. también cuenta que el inmediato estaba con cólico. Si ahora se adoptan huerfanitos vietnamitas en un gesto de caridad cristiana pública. La férrea censura que los periodistas afrontaban y contra la cual protestaban. a punto de pasar informaciones veladas sobre ella a los lectores. Hasta generales de la guerra lo hicieron conforme cuentan los periodistas. no existe en sus notas. Cultrix. mas no menciona el hecho en sus reportajes. de vuelta— encuentra registro en otros reportajes pero no en el suyo. el Comité Patriótico de Bahía intervino en eso con energía. no es. en la época era costumbre adoptar jaguncinhos. y a veces termina sus telegramas con un "¡Viva la República!”. se arrojó kerosene encima de los ranchos. sólo ahora publicada: "Noto con tristeza que el jaguncinho que me fue dado por el general continúa enfermo y quizá no resista el viaje hasta Monte Santo” \ El Diario de urna Expedieao. 55. p. Euclides también consiguió uno. a medida que progresa. perturbado por la resistencia sorprendente de los insurrectos. Ed. El comercio de mujeres y niños comprados por los vencedores tampoco existe. 1975. está la anotación en su libreta de campo. Periodistas y soldados vieron a los habitan­ 1 Euclides da Cunha. mencionada por Euclides. INL. Mientras tanto. rescatando a los nuevos esclavos en la medida en que pudo hacerlo y publicando su información con la firma de tres de sus miem­ bros. ya en Bahía. ante los cuales no consigue esconder su admiración. .

tes de Canudos incinerados. p. Parece como si el proceso de expiación de la culpa colectiva hubiese alcanzado su punto más alto en este libro. . vieron mujeres con sus hijos en brazos arrojándose al fuego. 1966. Ed. pero sabe que debe enorgullecerse de él. La vergüenza nacional es general. Sao Paulo. Si en el inicio del conflicto la reclamación general pedía el exterminio. es irrelevante. pues los poderes constituidos y el mismo Ejército recibieron el libro con inmenso alivio 2. En el momento en que el exterminio era efectivo. todo el mundo se escanda­ lizaba. La mayoría de sus poseedores ni sabe qué hay dentro del libro. y la hacían los estudiantes. los militares. Como todo gran libro. el 5 de octubre de 1897 y la publicación de Os Sertóes el 1*? de octubre de 1902. este libro difícil. expresándolas de manera simbólica. Manifestaciones de pro­ testa surgían por todo el país. los intelectuales. también éste organiza. los términos peyorativos aplicados a los canudenses son sustituidos por las palabras "brasileños” y "hermanos”. Literatura e Sociedade. Entre el fin de la guerra. Sao Paulo. vieron cuerpos en llamas. Historia e Interpretagño de “Os Sertóes”. los periodistas. Es el conmovedor esfuerzo de un intelectual 1 Estas afirmaciones se encuentran en forma de notas para un discurso público que Rui Barbosa finalmente no pronunció. Por otro lado. Muertos. pero publicamos nuestra confesión y arrepentimiento. 2 Antonio Cándido. tanto como a estudiar teorías que lo auxiliasen a com­ prender lo que había pasado. muy comprado y poco leído. entidades públicas y privadas rehúsan participar en las conmemoraciones de la victoria. Comp. 1965. pasan cinco años. Que eso no resucite a los injustamente muertos ni abra los ojos para que se modifique la situación de los que viven en injusticia. en libros y diarios. En el nivel del discurso. Ver Olimpio de Souza Andrade. es claro1. se vuelven humanos y compatriotas. Los libros sobre la guerra en tono de denuncia empiezan a aparecer y culminan con Os Sertóes. para los muertos. Pasado el peligro. estructura y da forma a tendencias profundas del medio social. El Ejército queda cubierto de oprobio. tenemos en nuestro acervo cultural nacional un libro como Os Sertóes. E incluso el recelo manifestado por Euclides ante la publicación demostró ser in­ fundado. Hay un proceso generalizado de mea culpa. “O escritor e o público”. un pueblo capaz de tal esfuerzo de autocrítica es un gran pueblo. Nos equivocamos. Son los años en que Euclides se dedica a recoger información sobre la campaña. una gloria nacional. En cambio. los diputados y senadores. Rui Barbosa. El proceso arriba descrito explica en gran medida el inmediato y extraordinario éxito de Os Sertóes y la elevación de su autor a la celebridad. Aún hoy. 144. viene el remordimiento. que antes los había calificado de "horda de mentecatos y galeo­ tes” los llama ahora "mis clientes” y declara que va a pedir hdbeas corpus para ellos. EDART. entonces el viraje era completo. figura obligatoriamente en los estantes de los hogares brasi­ leños medianamente cultivados. Editora Nacional.

y a la misma aldea donde vivieron. al mismo tiempo que se emocio­ na con sus grandes arrebatos o con actos de heroísmo individual de los soldados. el resultado lite­ rario es la presencia constante de la figura de la antítesis y del oxímoron. Segundo. esa es la explicación que encuentra para el fenómeno. tituladas "A Terra”. saldrían a flote las características de las razas inferiores que habían entrado en la mezcla y que se realizan en el misticismo.honesto. Primero. Dos factores lo atrapan seriamente. Al mismo tiempo que afirma y reafirma su teoría racial. Euclides. Grosso modo. el resultado sería el mestizo. In­ fluido por los teóricos del comportamiento anormal de las multitudes — tema que había marcado el nacimiento de las ciencias sociales en el siglo xix. de temperamento inestable. anormales. tener que lidiar con un movimiento religioso a partir de una formación científica y positivista. impávidos. Para él. Euclides las admira y registra. superiores. atributos que impregnan también. En mo­ mentos de crisis. incluso después que el mundo conoció las proezas de los vietcongs en este campo. geografía y clima determinan la constitución de los agrupamientos humanos. con honda tradición y costumbres bien conocidas. nú­ mero del 13 de diciembre de 1952. “Euclides da Cunha sociólogo”. Euclides intenta demostrar que. a su líder. Antonio Conselheiro. sólo podía ocurrir lo que ocurrió. La repetición incesante de afirmaciones contradictorias ofrece la posi­ bilidad de que se lean dos libros en uno solo. sin advertir la contra­ dicción en que cae. por extensión. La visión por cierto es determinista. degenerados. O Estado de Sao Paulo. 1 Antonio Cándido. inventivos. Como esas afirmaciones surgen entrelazadas. fuertes. éste afe­ rrado a la tierra. resistentes. . (pocos negros en su opinión). critica ásperamente la ineficiencia del Ejército. Y aún provocan la admiración del lector actual. "O homem” y "A luta”. que trata de entender a su propio pueblo. movilizando sus conocimientos de militar y asumiendo su postura de estratega. estando el pensamiento europeo aún confundido por los hechos de las turbas desenfrenadas de la Revolución Francesa— Euclides se ve frecuentemente en dificultades para explicar el desempeño innovador de esos mestizos degenerados. De los cruzamientos raciales entre indios V blancos. la diferencia entre el sertanejo brasileño y el campesino europeo. en el aislamiento del desierto. va mostrando la inventiva increíble de los canudenses. presa fácil de todo tipo de supersticiones e incapaz de construir una cultura. En el otro son ignorantes. mientras la raza determina el tipo psicológico V el comportamiento colectivo 1. dado el medio ambiente natural y dado el medio ambiente social que incluye la raza. diplomado como profesional liberal en los mayores centros ur­ banos del país. En uno de ellos los rebeldes son heroicos. que desarrollan sofisticadas tácticas de guerrilla para enfrentar una guerra de tipo convencional. lo que ya se evidencia en las tres partes en que se divide el libro. racialmente inferiores.

tratando de reunir en un solo plumazo dos extremos. si fue allí que se descubrió el Brasil. Hoy. Cultrix. cierta región del país es una Siberia canicular. y una plebe cuyas acciones son de naturaleza incomprensible? Esa plebe rebelada no señaló el fin sino la continuidad de un proceso histórico. Pero ellos tampoco aceptan pasi­ vamente esto. volvieron a la vida civil los soldados rasos que no eran militares de carrera y que también eran miembros de la plebe. se llama Morro de la Favela. con esos extraños peligrosos. Antonio Conselheiro podría tanto haber ido a parar al hospicio como a la Historia. Por ejemplo. 1970. las aguas se precipitan. esos terrenos tenían escaso valor inmobiliario. los retardatarios. ellos. ¿Cómo obtener una combinación armoniosa. el día fulmina 1. el suelo se retuerce y estalla. La fascinación por el heroísmo que demuestra Euclides no sólo por el Ejército sino también por los canudenses. con­ fiere una enorme tensión dramática al texto. topónimo debido a una especie vegetal que por ahí abundaba. reaccio­ nan y contraatacan. si por vez primera se fue al encuentro de la plebe miserable que hasta hoy constituye la mayoría de la población brasileña. fue el de Morro 1 Alfredo Bosi. Y el nombre que espontáneamente se dio a esos conjuntos habitacionales. tan brasileños como nosotros? ¿Cómo comprenderlos. las plantas agreden con sus es­ pinos ardientes. el coronel Moreira César podría recibir la ca­ misa de fuerza o la púrpura. donde los ex soldados que regresaban de su servicio prestado a la Patria en la Guerra de Canudos construyeron sus precarias casitas. tendemos a olvidar los hilos que vinculan la actual situación con la guerra de Canudos. y estaban si­ tuados en los morros que circundan la ciudad de Río de Janeiro. con el desarrollo dominante. tuvieron como premio la concesión de terrenos en la capital del país. una síntesis entre lo que fue aprendido en los libros y en la convivencia urbana. Incluso en las dos primeras partes. la descripción del medio geográfico y del hombre que vive en él es concebi­ da con recursos de ficción dramática. Sao Paulo. los inferiores. cómo confraternizar con ellos. el morro donde se situó una parte importante del campamento militar que tendió un cerco sobre la aldea. las tinieblas saltan. cómo entenderlos. antes de entrar propiamente en su tema de historiador de la guerra.El sertanejo es un Hércules-Quasimodo. si no aceptan nuestra revolución? ¿Cómo pueden no admitir que nosotros estamos en lo cierto y ellos están equivocados? ¿Por qué nos odian? Es verdad que los métodos de contacto que estamos usando son exterminadores: trata­ mos de destruir lo que no entendemos. el sertón es el paraíso. Historia Concisa da Literatura Brasileira. Los elementos naturales actúan como fuerzas vivas. después de terminada la guerra. La antítesis incluye también el contacto dramático del intelectual con el pueblo al que pertenece. Cuando. Por casualidad. Esa exasperada manera de escribir. . si no aceptan nuestra ciencia. es palpable. Ed. los fanáticos. ¿Cómo no admirarlos? ¿Cómo no quedar traumatizados para siempre. si son tan diferentes de nosotros.

debe mucho. con todo el esfuerzo hecho para borrar tan ejemplar episodio de la memoria nacional. se hizo una obra benéfica en la región. la favela es un rancherío provisorio. había gente en la región que recordaba y perpetuaba la memoria del hecho. cada vez en mayor can­ tidad. hecho en terrenos sin valor vendible. N . Los restos dejados por el cañoneo. las ruinas reposan escondidas debajo de muchas toneladas de agua. da el total de 26. Por coincidencia. Os Sertóes es un elemento instigador de la memoria brasileña que nos hace recordar lo que ya hicimos y continuamos haciendo con la mayoría de nuestros compatriotas. en una época en que Sao Paulo. Según el cálculo oficial hecho por el Ejército en 1897. La perturbación que la Guerra de Canudos causó en la conciencia na­ cional. se pensó construir un dique. ¿Cómo erradicar esa memoria desagradable y perturbadora? Hace poco más de diez años. de no existir el libro de Euclides para irritarnos y obligarnos a pensar en un problema hasta hoy presente bajo otras formas.200 casas. las antítesis buscan efectos de resultado confuso. Canudos tenía 5. Este libro no nos deja olvidar lo que pasó y continúa pasando. hoy una megalópolis de doce millones. w. pone en jaque la ideología oficial que postula la índole pacífica del pueblo brasileño. los habitantes del interior del país fueron ocupando los morros y llanos adyacentes. a su vez. su lenguaje es rebuscado. .000 habitantes. Con la aceleración del éxodo rural. La postura de estratega del Ejército entra en contradicción con la simpatía por los rebeldes. apenas llegaba a doscientos mil personas. sin servicios de infraestructura urbanística. G. al libro de Euclides. Había miles de kilómetros a disposición para construir esa reserva de agua tan necesaria. a pesar de ser apenas una dentro de las incontables insurrecciones que se produjeron en nuestra historia. cantegriles en otros. La fisura entre la cien­ cia exhibida y los terribles hechos narrados impide una síntesis explica­ tiva. La pre­ gunta que queda es si. La figura de la antítesis y del oxímoron sólo exhiben la incapacidad de pensar la especificidad del fenómeno. Barriadas o callampas en algunos países de América Latina. por el kerosene y por la dinamita molestaban. en donde esa numerosa plebe del subdesarrollo viene al encuentro del mercado de trabajo. lo que. en una estimación modesta de cinco habitantes por casa. el apelativo favela volvió a ser un sustantivo común. no nos habríamos también olvidado. Después de eso.de la Favela. designando todos los agrupamientos urbanos margi­ nales de las ciudades grandes y ricas del Brasil. su posición incierta y oscilante cuando no abiertamente contradictoria. No es necesario decir que hoy no puede hacerse una investigación de campo en Canudos. y con los mejores argumentos tecnocráticos. En medio de la aridez desértica del sertón. El libro de Euclides es un libro irritante. se decidió que el lugar ideal era aquél que comprendía las ruinas carbonizadas de la aldea de Canudos.

Las notas marcadas con un asterisco y que aparecen al pie de página son del autor. organizada bajo la dirección de Afránio Coutinho. especialmente para esta edición de la Biblioteca Ayacucho. político.. que sirvió para preparar la quinta edición. hechos por Fernando Nery para la doceava edición de 1933. especialmente por su Cronología y por el Diccionario Euclidiano. publicada por los Editores Laemmert y Cía. este último con la intención de incorporar escritos anteriores del autor sobre el mismo tema. salvo en el caso que lleven la mención (N . y en 1905. literario. ocurrida en 1909. considerada por eso la definitiva. ya después de la muerte del autor. Este trabajo sigue a los efectuados por José Calasans y Olimpio de Souza Andrade.). en la misma ciudad. de Río de Janeiro. Se tuvieron en cuenta aclaraciones de carácter histórico. la tercera. Igualmente. geográfico. de 1914. habiendo sacado la cuarta edición en 1911. siempre que fue posible. la segunda que contiene un grupo de notas al final del volumen. También fue indispen­ sable la edición de la Obra Completa hecha por la Compañía José Aguilar Editora en 1966. respondiendo a críticas. aparecieron en 1903. vio la luz la primera edición de Os Sertóes. de T . a no ser los subtítulos de los capí­ tulos. mas todos fueron leídos y aprovechados. La presente edición se basa en un ejemplar de la vigesimoséptima edición que es la más reciente hecha por aquella editorial (1 9 6 8 ). Ambos son los mayores especialistas del tema. no todos son citados. se ocupó de editar desde entonces el libro. La Editora Francisco Alves. y la moderni­ zación de la ortografía. Desde entonces no hubo más alteraciones.CRITERIO DE ESTA EDICION Entre los días primero y dos de diciembre de 1902. están numeradas y aparecen al final del volumen. Las notas aquí introducidas se atuvieron a un criterio informativo múltiple. lingüístico. biográfico y bibliográfico. partes que lamentablemente no consignan el nombre de su autor para que lo pudiéramos registrar aquí. . el primero sobre la Guerra de Canudos y el segundo sobre la vida y la obra de Euclides da Cunha. se hizo el cotejo con otras fuentes contemporáneas sobre la Guerra de Canudos. Corre­ gidas por el autor. en la vigesimosexta edición de 1963. Después se encontró un ejemplar de la tercera nueva­ mente corregido por el autor. Las notas preparadas por Walnice Nogueira Galvao.

1944. las indicaciones bibliográficas son escasas. — Traducciones chinas: hay mención. como se verá en la lista que a continuación ofrecemos: — Brasile Ignoto (italiano). Língua e Linguagem. . En algunos casos. y la Casa de Euclides tiene conoci­ miento por lo menos de una. Bi­ blioteca de Autores Brasileños. — Rebellion in the Backlands (inglés). por Samuel Putnam. por Richard Wagner Hansen. 1945. Belo Hori­ zonte. sin fecha. Copenhague. G. Moráes. Phoenix Books . N . — Oproret Paa Hojsletten (dinamarqués). — Markerna Brinna (sueco). 1938. por Forsta Delen. — Los Sertones (español). G. 1947. Ediciones Caravela.En cuanto a las traducciones. 1948. G.The University of Chicago Press. por Sereth Neu. Río de Janeiro. Holanda. 1968. sin fecha. Chicago. las fuentes son la misma Obra Completa y los archivos de la Casa de Cultura Euclides da Cunha en Sao José do Rio Pardo. W . Buenos Aires. Westermann. — Les Terres de Canudos (francés). cf. W. Suecia. Difusión Panamericana del Libro. por Benjamín de Garay. de traducciones a veinticinco diferentes len­ guas chinas. — De Binnenlanden (holandés). por Cornelio Biseleo. Italia.

LOS SERTONES .

Detenidos en su evolución. debida a factores múl­ tiples y diversamente combinados. Pro­ ducto de variados cruces. ante los futuros historia­ dores. Por eso. los trazos actualmente más expresivos de las subrazas sertanejas del Brasil. mañana estarán totalmente extinguidos. el tabaréu ingenuo y el caipira simple 4 . en la que el tema que motivó su escritura se convierte en sólo una variante del asunto general. aunque sea pálidamente. por­ que. en breve tiempo serán tipos relegados a leyendas desvanecidas o ya muertas. Hoy son retarda­ tarios. sin duda. había perdido todo interés2 al verse demorada su publicación por causas que nos excusamos de señalar. etnológicamente indefinidos.NOTA PRELIMINAR Escrito en los raros intervalos de ocio de una actividad fatigosa1 . en­ trevio. Lo hacemos porque su inestabilidad. Intentamos esbozar. aliada con las vicisitudes históricas y la deplorable situación mental en que se encuentran. El jagimgo temerario. hijos del mismo suelo. Por eso le damos otra forma 3 . superior a Hobbes 5 . las vuelven tal vez efímeras. . La civilización avanzará por los sertones arrastrada por esa implacable fuerza motriz de la historia que Gumplowicz. la Campaña de Canudos tiene el significado. No debilita esta afirmación el hecho de haber sido realizado por nosotros. este libro que comenzó siendo un resumen de la Campaña de Canudos. de un primer ataque en una lucha acaso larga. con visión genial. y la velocidad adquirida por la marcha de los pueblos en este siglo ya no les permite alcanzarlo. destinadas a una próxima desaparición ante las crecientes exi­ gencias de la civilización y a la intensificación de las corrientes inmigra­ torias que comienzan a invadir profundamente nuestra tierra. sin tradiciones nacionales uniformes. quizá estaban destinados a ser los principios inmediatos de la formación de una gran raza. en la destrucción inevitable de las razas débiles por las razas fuertes. les faltó el equilibrio necesario.

E u c l id e s d a C u n h a . parmi les barbares. . pero desnaturalizan los sentimientos y las costumbres. nos separa de ellos tina coordenada histórica: el tiempoG . qui gardent le dessin des événements et en changent la couleur. Lo denunciamos. Aquella campaña parece un reflejo del pasado. en ancien” *. un crimen. que respetan los contornos de los hechos pero le cambian el color. de T . Además. tuvi­ mos en la acción él singular papel de mercenarios inconscientes.). contra los autores que no alteran ni una fecha.viviendo parasitariamente a orillas del Atlántico de los principios civili­ zadores elaborados en Europa. ni une généalogie. Sâo Paulo. et. hagamos justicia al admirable concepto de Taine 7 sobre el narrador sincero que encara la historia como ella merece: . parmi les anciens. il s’irrite contre les demi-vérités que sont des demi-faussetés contre les auteurs qui n’altèrent ni une date. y armados por la industria alemana. . . Y fue. Taine. mal enlazados con esos patriotas extraordinarios por una tierra en parte desconocida. il veut sentir en barbare. en el verdadero significado de la palabra. 1901. que copian los acon­ tecimientos y desfiguran el alma. un antiguo” . Y en tanto lo permita la firmeza de nuestro espíritu. mais dénaturent les sentiments et les moeurs. se irrita contra las semiverdades que son las semi-falsedades. (N . qui copient les faits et défigurent l’âme. ni una genealogía. . * Cita de H. debe sentirse un bárbaro entre los bárbaros y entre los antiguos. en francés en el original: " .

Desde lo alto de la Favela. I PRELIMINARES La alta planicie central del Brasil desciende hacia el litoral sureño en caídas escarpadas y abruptas. las serranías se redondean y se suavizan las líneas de los taludes. Pero al derivar hacia las tierras septen­ trionales. IV. hundiéndose en las honduras de la tierra amplísima que len­ tamente emerge en ondas extensas y llanas. De tal modo. un litoral revuelto. que se sustituyen o se entrelazan en estratificaciones discordantes. libre de los impedimentos de las sierras que hasta allí la rechazaban o acortaban. Reina sobre los mares y se desarrolla en llanuras niveladas por las figuras de las cordilleras marítimas. abriéndose en bahías. des­ pués. a manera de escombros del conflicto secular que allí libran los mares y la tierra. fraccionándose en morros de laderas indistintas en el horizonte que se amplía. Primeras impresiones. Las caatingas.LA TIERRA L— Preliminares. El mar­ tirio secular de la tierra. Y -U n a categoría geográfica que Hegel no citó. ya en plena faja costera de Bahía “ .— La sequía. . en seguida. Lo demuestra un análisis más profundo hecho por un corte meridiano cualquiera. Higrómetros singulares. extendidas desde Río Grande hasta Minas 9. Cómo se hace un desierto. hasta que. se comprueba que hay tres formaciones geognósticas dis­ pares de edades mal determinadas. rizado en cumbres y corroído de ensenadas. acompañando la cuenca del Sao Francisco 1S. tras­ puesto el paralelo 15. La entrada del sertón. quien la rodea. se atenúan todos los accidentes. sujetándola y destacándola sobre la línea de las playas. Tierra ignota. II.— El clima. Esta caracterización geográfica resume la morfogenia del gran macizo continental. andando hacia el norte. Hipótesis sobre sus causas. dividiéndose en islas. al mismo tiempo que des­ ciende hacia la costa oriental en escalones o pisos que le quitan la pri­ mitiva grandeza y la alejan considerablemente hacia el interior. Cómo se extingue un desierto. con el vigor desarticulado de las sierras. 12. repartiéndose en arrecifes desnudos. la mirada.— Desde lo alto de Monte Santo. Ca­ mino a Monte Santo. dando lugar a la variedad fisionómica de . . en el trecho marítimo que va de Río de Janeiro a Espíritu Santo 1 0 . Un sueño de geólogo. disminuye gradualmente de altura. De hecho. Al principio el trazo continuo y dominante de las montañas. se dilata en el occidente. observa notables cambios de relieve. III.

y yacen sepultas por las complejas . se apre­ cian. superpuestas las irrupciones que van de Barbacena a Ouro Preto24. todos los caudales revelan esta pendiente insensible. como si nacieran en los mares y canali­ zaran sus eternas energías hacia recónditos sitios de vegetación opulenta.la tierra. trazando una originalísima red hidrográfica. corren desde la costa hacia los sertones. bajo la línea fulgurante del trópico. contrahechos. Como en las altas planicies de Sao Paulo2 0 y de Paraná. intercaladas de capas calcáreas o diques de rocas eruptivas básicas. donde la naturaleza compuso su más portentoso la­ boratorio. la fisonomía de anchos planos ondulados y desmesurados. Al principio pegadas al mar. nin­ guna parece tan preparada para la Vida. el antagonismo permanente de las montañas: el río Grande2 1 rompe. inmensos llanos cuya trama de capas horizontales de greda arcillosa. formando los admirados paisajes que tanto encantan y engañan la mirada inexperta de los forasteros. las formaciones primitivas desa­ parecen. y el talud de las planicies altas se dobla en los escalones de la Mantiqueira 1 7 . encuentra justificación para todas las exageraciones descriptivas — desde el gongorismo de Rocha Pita a las extravagancias geniales de Buckle1 4— que convierten a este país en región privilegiada. Primero surgen las masas gneisgraníticas. desde el Iguazú al Tieté 1S. y quien la alcanza. progresan en sucesivas cadenas. que partiendo del extremo sur se curvan en un desmedido anfiteatro. después de apuntar las alturas de los picos centralizados por el Itatiaia 1 9. se nota. llevan hasta el centro de Minas los paisajes alpestres del litoral. al mismo tiempo explica la sin par exuberancia como las vastas áreas planas. Se dibuja duramente en las placas rígidas de los afloramientos gnéisicos. topográfico y geológico. incluso las de mayor altura. y guiados por el meridiano se abren ante los hondos valles erosionados por los ríos de As Velhas 2 3 y Sao Francisco. sin líneas sinuosas. con predominio de una o la combinación de todas. Traspasadas las sierras. La tierra atrae irresistiblemente al hombre. hasta el litoral paulista. La tierra domina al océano desde la altura de las quebradas. Rasgan esos estratos en trazados uniformes. Al este la naturaleza es diferente. deri­ vando en lechos retorcidos y venciendo. rasgando con la fuerza viva de la corriente. más allá del Paraná 1 6 . sin formaciones lateráles. Al mismo tiempo. llevándolo con la misma corriente de los ríos que. extendidos hacia el norte occidental. donde se encaja el Paraíba 1 8 . dándole al conjunto de las tierras. a pesar de las tumultuosas serranías. o se deshace en brotes que. la sierra de la Canastra22. el lento descenso hacia el norte. convertido en un dilatado muro de apoyo para las formaciones sedimentarias del interior. Sin embargo. al entrar en este Estado. Es que bajo el triple aspecto astronómico. como quien sube a la rampa de un majestuoso escenario.

porque las cordilleras dominantes del sur se extinguen allí. Los surcos erosivos que las marcan son cortes geológicos expresivos. en los parajes legendarios del oro. con la extensa zona de los llanos arenosos del norte. están modeladas de la misma forma. sin sobresalir. hasta la zona diamantina que se expande hacia el nordeste en los llanos que se extienden. Ostentan en plano vertical. Un nuevo horizonte geológico repunta con un trazo original e inte­ resante. y vuelven en aguas mansas hacia el poniente los que tienen su meta en la cuenca de captación del Sáo Francisco. desde la de Cabrai. y ésta. aviva los accidentes. en una tumba estupenda. más cercana. se acen­ túan otras transiciones en la contextura superficial del suelo. apenas sobresale entre aquellas lomas definidoras de una situación do­ minante. salpicadas de lagos de arroyos subterráneos. apenas apuntando al este por los vértices de los albardones distantes que prolongan la costa. Las capas anteriores que vimos superpuestas a las rocas graníticas. De allí descienden. que descienden en declives fuertes. después de recorridas por el sur las interesantes formaciones cal­ cáreas del río de As Velhas. por los poderosos estratos más recientes que las circundan. o levantándose en falsas montañas. El carácter de las rocas. expuesto en las bases de los cerros de cuarzo o en las cumbres donde se encuentran las placas de itacolomito avasallando las alturas. desnudas. alargán­ dose en planos amplios. El cambio estructural origina cuadros naturales más imponentes que los de la costa marítima. es la primera muestra de esas espléndidas planicies imitadoras de cordilleras. decaen a su vez. hacia el levante. que tanto perturban a los geógrafos descuidados. a pesar de la sugestiva denominación de Eschwege27. desde los macizos que van de Ouro Branco a Sabará2 5. nivelándose en las cumbres de la sierra del Espinado2 6. infiltradas de abundantes filones. cayendo en cataratas o saltando obstáculos sucesivos. mas con los dorsos extendidos en llanos inscriptos en un horizonte de nivel. subterráneas. Pero la tierra permanece elevada. La región sigue siendo alpestre. y las que la rodean. de espesos estratos de greda. hasta la de Mata da Corda que se prolonga hacia Goiás 3 2 . en cuyo valle. todos los ríos que desde el Jequitinhanha al Doce2 8 buscan las terrazas inferiores de la planicie arrimados a la sierra de los Aimorés2 9.series de pizarras metamórficas. la región montañosa de Minas se va comunicando. más modernas. La sierra del Gráo-Mogol3 1 que toca los límites de Bahía. Se verifica así la tendencia hacia un aplanamiento general. sobreponiéndose a otras. Porque en este coincidir de las tierras altas del interior y de la depre­ sión de las formaciones azoicas. se caracteriza por su notable significación orogràfica. las mismas rocas que vimos sustituir en . Mal estudiado aún. donde se abren las cavernas del hombre prehistórico de Lund 3 0. sucediéndose a partir de la base.

reviviendo por entero a la de Minas. y la disposición de los grandes bloques superpuestos en escalas recuerda las paredes desmanteladas de ciclópeos coliseos en ruinas. Es el hermosísimo paraje de los campos gerais. sobrepujándolas o rodeando sus flancos en valles monoclínicos.prolongado camino por la superficie: abajo los frutos graníticos decaídos por la hondura de los valles. en esparcidos peldaños. se escalonan en alineamientos incorrectos de menhires colosales. por la moldura golpeante del régimen torrencial sobre los suelos permeables y móviles. las placas de pizarra más recientes. o también. las serranías más altas no son más que llanos extensos que terminan de pronto en bordes abrup­ tos. Repunta la región diamantina. en lo alto. porque es la misma formación minera que rasga al fin las sábanas de greda y se . ex­ tendido en lomadas ondulantes. que derivando primero en líneas divagantes de drenaje. en desintegración continua. extensas áreas rodeadas por los cuadrantes. una prolongación. Lo atravesamos. a centenares de metros. o en círculos enormes. mientras hacia el nordeste. restos de la monstruosa bóveda decaída de la antigua cordillera. va­ riaron sus aspectos. condensándolos en aguaceros de diluvio) se desnudan resurgiendo las formaciones antiguas. . desbarran­ cado. Desde hace siglos caen por ahí fuertes corrientes de agua. Se extienden vastos llanos. a los costados. Y de acuerdo con la resistencia de los materiales trabajados. Las montañas se desentierran. que se hicieron valles en declive. la serie de los suelos gredosos que progresa hasta la meseta arenosa del A<juaruá3 4. más bien. a duelas desproporcionadas. más caprichosos. poco a poco se fueron profundizando. grandes tablados donde impera la ruda sociedad de los vaqueros. por todo el curso del tiempo. partiendo de Monte Alto33. Adelante. Sin línea de cumbres. al antiquísimo Himalaya brasileño. aquí apuntan sobre las áreas de nivel los últimos fragmentos de las rocas enterradas. siguiendo las líneas de los cerros tallados en diaclasa. las sábanas de greda. desnudándose en peñascos que mal recuerdan. . oblicuas y gobernando los llanos que ladean interpuestos. asociándose con el cal­ cáreo que activa los paisajes a orillas del gran río. adelante. en Bahía. en una prolongación indefinida de mares. tallándose en quebradas. estas formaciones naturales se dividen con rumbo firme al norte. predominantes y ofreciendo a los agentes meteóricos una plasticidad admirable ante los más caprichosos modelos. se topan. por el aspecto de escalinatas. gracias a las intensas degradaciones (porque la Serra Geral sigue por ahí como reparo de los alisios. Trepando por las taludes que los levantan dándoles apariencia de tableros suspendidos. hasta orlar de despeñaderos y escarpas aquellos erguidos planos. por su altura. tan bien expresados en el perfil fantástico del Bom Jesús da Lapa 35. como un desdoblamiento o. Pero desaparecen del todo en varios puntos.

fundiendo las expansiones septentrionales de las de Furna. abarcando dos cuadrantes. el eje de la Serra G eral3 7 se fragmenta. hacia el sur. en los picachos que irradian de la Tromba o resaltan hacia el norte en los esquistos huronianos de las cadenas paralelas de Sincorá 36. poco elevadas pero innú­ meras. no hay situación de equilibrio para una red hidrográfica normal. en estupendo degrado. entre un tumulto de morros. y hacia el este. Allí reina el drenaje caótico de los torrentes que le presta a ese rincón de Bahía un rostro excepcional y salvaje. se cruza embarulladamente. entre montañas derruidas. Lo limita por una orilla. con el mismo desagotar expresivo hacia la costa.levanta con los mismos contornos alpestres y perturbados. La cordillera se eriza de contrafuertes y tallas. El observador que siguiendo este itinerario deja los parajes en que se alternan. Ultimo brote de la sierra principal. cubriéndolos a lo ancho de los campos gerais. en despeñaderos hacia el levante. Por el medio. la de Itiúba le reúne algunas ramas indecisas. de allí saltan. señalando al mismo tiempo la transformación general de la región. se ve el trazo de otro río. LA ENTRADA DEL SE R T O N 4 3 Está sobre un escalón del macizo continental. en contrastes bellísimos. retratando el desaforado combate de los elementos que luchan allí desde hace milenios. al llegar a este punto queda sorprendido. Cocais y Sincorá39. Se deshace. . y por la otra. corriendo casi paralelo entre aquéllos. Desde este punto en adelante. Los muestra el Sao Fran­ cisco en el vivo influjo con que tuerce hacia el este. la amplitud de los campos gerais y el fasto de las montañas. y un dédalo de serranías tortuosas. en su normal dirección primitiva. Esta es más deprimida y más revuelta. . pero en seguida decae hacia todos los rumbos: hacia el norte. Cambia su carácter topográfico. en segmentos dispersos que van hasta más allá del Monte Santo41. el curso sinuoso del Itapicuruagu 44. cuyo trecho de Jeremoabo4 6 hacia las nacientes es una fantasía de cartógrafo. en semicírculo. Se levanta un momento. las nacientes del Paraguacú 3 8. el Vaza-Barris4 5. el Irapiranga de los tapidas. indefinido. el río Sao Francisco. al norte. hasta descubrir el salto prodigioso de Paulo Afonso42. curvada también hacia el sudeste. incohe­ rentemente dispersos. . por donde descienden hacia el mar o hacia el declive de Paulo Afonso las rampas en barranca de la alta planicie. De hecho. y la caída hasta entonces graduada de las antiplani­ cies comienza a tener desniveles considerables. Cae hacia las terrazas inferiores. pasando bajo las lomas de Jeremoabo. originando el corre­ dor de cuatrocientos kilómetros en el reflujo del Sobradinho40.

Es que. al sudoeste. evitados siempre por los tropeles humanos que venían del litoral bahiano en busca del interior.J. Luego. noticias exactas o detalladas. Ninguno se quedó allí. Es que siguiendo las huellas de la última de aquellas rutas. e incluso éstos. Uno que otro lo sortearon. al norte y al este pararon en las márgenes del Sao Francisco. con las emersiones calcáreas de Inhambupe 52. los más avanzados grupos de pobladores se asentaron en aldeas minúsculas — Ma^acará. Dejando la orla marítima y siguiendo por tierra hacia occidente. a partir de Camacari. sin dejar rastros. Tierra ignota donde se aventura el garabato de un río problemático o se imagina una cadena de sierras. rechazadas por la barrera infranqueable de Paulo Afonso. entre Capim Grosso y Santo Antonio da Gloria48. los pobladores se desparramaron por las aldeas que la bordean. Cumbe o Bom Conselho47— entre las cuales el decaído Monte Santo tiene rasgos de ciudad. huyendo. realizando el máximo esfuerzo de penetración en tales lugares. cada vez más escasos. Se extinguen al fin. traspuesto el Itapicuru. estaba predestinado a cruzar. Jeremoabo. pasada la Itiúba. después de lanzar brotes dispersos por las serranías.Al abordarlo. se comprende cómo hasta hoy escasean sobre tan grande porción de territorio. se marchaban hacia Pernambuco y Piauí hasta el Maranhao 5 0. tratando de encontrar por el Paraguagú y los ríos que lo demoran en el sur. muestran ahí un claro expresivo. las for­ maciones antiguas se cubren de escasas manchas terciarias. acompañando los insigni­ ficantes cursos de agua. a menos de cuarenta leguas de la antigua metrópoli. inabordable. Sólo en este último rumbo se aventajó una aldea secular. se separan . La vegetación circundante se transforma. al este. aquí y allá. se terminaba la atracción de las entradas aventureras y moría la vista del litoral opulento. superados todos por una tapera oscura: Uauá. Se rarifican los montes o se empobrecen. o por los escasos establecimientos de ganado. copiando estas alternativas con la precisión de un calco. ignoto. absolutamente olvidado. alternando con exiguas hondonadas cretáceas revestidas por el terreno arenoso de Alagoinhas que apenas engarzan.). los cuatrocientos años de nuestra his­ toria. líneas de acceso más practicables 51. El extraño territorio. reuniendo informes escasos. Nues­ tros mejores mapas. un hiato. por el lado sur. hechas pocas leguas. que casi abarcaría a Holanda ( 9 o 11'— 10° 20' de latitud y 4 o— 3o de longitud O . lo salteaban por su impresionante as­ pecto de tierra extraña que repuntaba en transiciones imprevistas. aunque se buscara el camino más breve.R . rápidos. hacia el levante. Y lo dejaban en medio. No podían quedarse. Porque cuando las bandeiras del sur 4 9 pasaban por sus límites y viraban por los flancos de la Itiúba.

desde Bahía a Juazeiro. . hasta Vila Nova da Rainha y Juázeiro 54. se dividían en Serrinha. Desde este sitio en adelante reaparecen los suelos terciarios esteriliza­ dores sobre los más antiguos que. apenas remueve el suelo engarzándolo en la tenue capa de arena que lo reviste. se entrecruzan numerosísimos desvíos hacia el oeste y hacia el sur. sustrayéndose a una travesía torturante. No la modificaron nunca. unos y otros rodeaban siempre. el Itapicuru alienta una vegetación vivaz y las barrancas pedregosas del Jacurici5 9 se adornan de pequeños bosques. bordeando a uno y otro lado las alas de las sierras de la Saúde y de la Itiúba. De modo que aquellas dos vías de penetración que se encuentran con el Sao Francisco en puntos lejanos — Juázeiro y Santo Antonio da Gloria 56— formaban desde aquellos tiempos los límites de un desierto 57. Los morros del Lopes y del Lajedo se elevan a manera de deformes pirámides de bloques redondeados y lisos. quien se anima a atravesarlo. aflorando en lajas horizontales. desde el siglo xvn los llevaba a Santo Antonio da Gloria y Pernambuco5S. El suelo arenoso y chato permite una travesía desahogada y rápida. en cambio. por el camino real del Bom Conselho que. yuxtaponiendo sobre los rastros de los bandeirantes las líneas de una vía férrea. los pobladores. el paraje siniestro y desolado. Curvándose en meandros. El observador tiene la impresión de andar por el corte mal graduado del borde de una planicie. dominan en toda la zona centralizada en Serrinha. una variante apreciable para el este o para el norte. Pisa un camino tres veces secular. no se sorprende al principio. evitándolo. partiendo de Queimadas hacia el nordeste58. Maranhao y Pará.o avanzan en promontorios por los llanos desnudos. donde una flora característica — arbustos flexibles mezclados con rubias bromelias— pre­ domina exclusiva en anchas áreas. jamás significó. según sus varios rumbos. Tampoco la cambió más tarde la civilización. exhumando la osamenta partida de las montañas. partiendo de su trecho medio. mal dominada por la vegetación vigo­ rosa irradiante de la Pojuca 5 3 sobre el massapé fértil de las capas cretáceas descompuestas. A los lados del camino se ondulan lomas rasas. CAMINO A MONTE SANTO Sin embargo. les copian los mismos contornos de laderas fracturadas. Andándolo en marcha hacia Piauí. y los que se suceden. Porque el camino en cuya longitud de cien leguas. histórica ruta por donde avanzaban los rudos sertanistas en sus excursiones hacia el interior. Y avan­ zando hacia Juázeiro o volviendo hacia la derecha. La piedra. Pernambuco.

erguidos como represas entre las laderas. Mas. . Verdaderos oasis. tienen sin embargo. los mismos cuadros. señalan una escala obli­ gatoria para el caminante.Después se ven sitios que van mostrando una creciente aridez. en el cuadro triste de un horizonte monótono en el que se retrata. Y marchando rápidamente. toscos muros de piedra seca. del remoto pasado. lenta e impresionantemente. rígidos y silenciosos. Asociándose a las ollas y cuevas en que se abre la piedra. uniformes. y el aspecto paupérrimo de todas agrava los rasgos melancólicos del paisaje. Se le presentan. sobre todo en los trechos en que se suceden pequeñas ondulaciones. en general. un aspecto lúgubre. ornamentándolas. Y persisten indestructibles. pasados estos puntos — imperfecta copia de las murallas roma­ nas que aún se aprecian en Túnez— se entra de nuevo en los arenales. a lo lejos. o en los desfiladeros que se recortan en el suelo polvoriento y pardo gracias a la placa verde negra de las algas unicelulares que las cubren. En las cercanías de Quirinquinquá61. sin un trazo de color diverso. localizadas en depresiones. Despuntan pobres viviendas. dándole al con­ junto la apariencia de un desierto. el pardo requemado de las caatingas. son el único recurso en un viaje penoso. otras en ruinas. se está en pleno agreste. como en el minúsculo poblado de Cansangáo 60. . el viajero más dinámico tiene la sensación de la inmovilidad. Superada la estrecha faja de matorrales que prolonga aquel último río. Parecen monumentos de una sociedad oscura. en un horizonte invariable que se aleja a medida que se avanza. se adorna de verde vegetación. El pequeño sitio allí erigido se levanta sobre una alta . Y el rostro de ese sertón inhóspito se va esbozando. . empieza a dinamizarse la tierra. enredados en ramas de las que irrumpen solitarios cereos. aunque vaya desnudo de equipaje. las copas verdes de los ouricurizeiros rodean — breves paréntesis abiertos en la aridez general— las orillas de las ipueiras. se lo descubre o se lo adivina. algunas desiertas por la retirada de los vaqueros que la sequía expulsó. Algunas muestran los esfuerzos de los hijos del sertón. Estas lagunas muertas. que son como espectros de árboles. vienen. siguiendo la bella etimología indígena. . uniforme. originando algunas manchas ar­ cillosas. Pocas veces. sin embargo. ancho emergente de tierra fértil. Aún aparecen parajes menos estériles y en los lugares donde se operó una descomposición in situ del granito. jamás deja de llevar una piedra que calce en sus junturas vacilantes. Si se traspone cualquier ondulación. como dicen expresivamente los matutos: arbustos que casi no tienen raíces sobre la tierra. Los delinearon los que primero se atrevieron a penetrar por aquellos sitios. todas de la misma forma y dispuestas del mismo modo. porque el sertanejo. Se encuentran. Patrimonio común de los que por ahí se agitan en las aflicciones del clima feroz.

Caldeiráo 6 3 . los accidentes predominantes de la tierra progresan avasallando los cua­ drantes del norte. un juego de dilataciones y contraccio­ nes que las raja. des­ pués de las insolaciones demoradas. en relieve sobre la masa gnéisica que constituye toda la base del suelo. expone desde hace mucho las series más antiguas de aquellos últimos brotes de las montañas: todas las variedades cristalinas. predominante. con la línea de cumbres casi rectilínea. tres leguas adelante. . en un fuerte dique de cuarzo blanco. de tonos azulados. y los cuarzos ásperos y los calcáreos sustituyéndose o entrelazándose. en las estrechas gargantas y la casi convulsiva flora enmarañada. Entonces se observa que. rizada de valles y serranías. Termina en una cresta altísima.expansión granítica. se yergue al margen de esa suble­ vación metamòrfica. disponiéndose en escena­ rios en los que resalta. mal cubiertos por una flora obstaculizante. abriéndolas según los planos de menor resistencia. su enorme paredón. y de ahí. llevándoles a la distancia todos los elementos degradados. se entra de lleno. es de algún modo el martirio de la tierra. El régimen torrencial de los climas excesivos sobreviene de pronto. y mirando hacia el norte se divisa una región distinta. Las condiciones estructurales de la tierra se vincularon a la violencia máxima de los agentes exteriores para el dibujo de relieves estupendos. brutalmente golpeada por los ele­ mentos variables distribuidos por todas las modalidades climáticas. Porque lo que éste denuncia. Del otro lado. a caballo sobre la villa que se erige a su pie. la extrema sequedad del aire. . que facilita por la irradiación nocturna la pérdida instantánea del calor absorbido por las rocas expuestas al sol. rajado por las líneas de los estratos expuestas a la erosión eòlica. precipitando estas demoradas reacciones. . en el verano. las lluvias que cierran de improviso los ciclos sofocantes de las sequías. atenuados hacia el sur o hacia el este. parece una muralla monumental. De un lado. en lo reseco del suelo. repuntando duramente a cada paso. en el sertón adusto. perdiéndose a lo lejos en escalas fugitivas. extremándole el desarrollo en el rumbo de 130 NE. el aspecto atormentado del paisaje. y golpeando en aquellas pendientes. de frente. imponiéndoles la alternativa de subidas y caídas termométricas repentinas. Centraliza un vasto hori­ zonte. PRIMERAS IMPRESIONES Es un paraje impresionante. se empina. y alcanzándolo y trasponiéndolo. en los retorcidos lechos de los arroyos efímeros. La sierra de Monte Santo con un perfil totalmente opuesto a los redondos contornos que le diseñó el ilustre M artius6 2 . en los desmante­ lados cerros casi desnudos. por fin. Dominante sobre la planicie que se extiende hacia el sudeste. a pique.

dando la imagen perfecta de esos mares de piedra tan característicos de los lugares donde imperan regímenes excesivos. en las dos estaciones únicas de la región. cubren completamente a las demás a medida que se marcha hacia el NE y se asimilan a contornos más co­ rrectos. Se unen y se complementan. pierden unidad. (N . Despuntan en general estratos de un talcoesquisto azul oscuro. hasta Jeremoabo. delatando idénticas violencias. Esclarecen la génesis de los llanos rasos que se desatan. se adelantaron a la acción de los elementos químicos en función de los datos meteorológicos normales. La mayoría obstruidos por piedras entre las cua­ les. corren tenues hilos de agua. se tienen líneas incisivas de extrema rudeza. sedes de antiguos lagos. fuera de las súbitas corrientes. son una reproducción completa de los oueds * que marginan el Sahara. Las aristas de los fragmentos. agitándose absurdamente. donde persisten todavía. abiertos en cajón.). capas menos resistentes de arcillas coloradas escindidas de cuarzo e interceptadas por discordantes planos estratigráficos. . los lechos generalmente secos de arroyos que sólo se llenan en las breves estaciones de las lluvias. la repentina ilusión de hallarse. como grandes desmoronamientos de dólmenes. en aquellos yermos vacíos. ante majestuosas ruinas de castillos.Las fuerzas que atacan la tierra en su contextura íntima y en su super­ ficie. a manera de colmenas. a cada paso y en todos los puntos. silúricas quizá. se sustituyen. a la dinámica portentosa de las tormentas. restos de antiquísimas lomas corroídas se derraman — ora en alineamientos que asemejan viejos cami­ nos de hielo. en inestables ángulos de caída. Estas últimas formaciones. se modifican los aspectos naturales. y más allá desaparecen entre los bloques. son nuevos testimonios de esos efectos físicos y mecánicos que. en placas bruñidas que reverberan a la luz en fulgores metálicos. se degradan en los inviernos torrenciales. y sobre ellos. convertidos ahora en esteros que marcan los asentamientos de los vaqueros. Se disocian en los veranos quemantes. o el entrelazamiento de ambas. con intercadencia invariable. ora esparcidos al azar— espesos lastres de lajas y piedras fracturadas. Las mismas capas gnéisicas. Por las faldas de los cerros en tumultuosa ronda. Se recortan. aparecen tramos deprimidos. más adelante se rodean de cadenas de rocas. los cristales de feldes­ pato. sin intervalos en su acción demoledora. mal asentadas sobre sus bases estrechas. de T . cubriendo extensas áreas. dan. de mangábeiras. cementados en el cuarzo. * Oueds: en francés en el original: cursos de agua que corren por el desierto. cubiertos de una vegetación resistente. sin que se descompongan sus elementos formadores. Van del desequilibrio molecular. De este modo. Y según sea la preponderancia de una o de otra. despedazando las rocas. Atenuándolas en parte. caprichosamente escindidas en planos casi geométricos. que surgen en numerosos puntos. a veces.

orlando en verdaderas curvas de nivel los flancos de las serranías. tangenciándose en esquinas de rebor­ des cortantes. . A la cruda luz de los días sertanejos. . y su fulgor ardiente ofusca. Y por inexperto que sea el observador. . pro­ fundas. las escalas de las altiplanicies terminando en taludes a plomo. por cualquier camino se suceden los accidentes poco elevados pero profundos. todos los caracteres que podemos sumar refuerzan la concepción aventurada. por largo tiempo. expuestas por la descomposición de los esquistos en que se embeben. imaginándose que por allí armaron torbellino. * * Falaise: en francés en el original: acantilado. los alinea­ mientos notables en que yacen los materiales fracturados. esos cerros paupérrimos brillan de modo estentóreo. que todavía arrastra en esas formaciones rígidas. El aspecto ruinoso de éstas armoniza con los otros accidentes. innumerables. planas. que recuerdan falaises * * . al extraño despojamiento de la tierra. que en otros puntos desaparecen bajo las formaciones calcáreas. alineadas en filas. en puntas durísimas que imposibilitan la marcha. Encaja a gusto con un naturalista algo romántico *. Las erosiones constantes quiebran la continuidad de estos estratos. se criban en escoriadas cavidades circulares y acanaladas. Liáis 65. Se suceden cúmulos despojados. en el decir elegante de Huxley 6 S . de caídas resbaladizas. y en sus topes se divisan. las olas y las corrientes. las capas se inclinan más fuertemente. las mismas infiltraciones de cuarzo. a despecho de la escasez de datos que permitan una de esas profecías retrospectivas. tiene la persis­ tente impresión de pisar el fondo recién elevado de un mar seco. en quebradas. la estereotipada agitación de sus olas. De este modo. que convierten a las ollas en enormes osarios de mastodontes. de sus vorágines muertas. los restos de la fauna pliocena. cambiándolas por los emocionantes escenarios de aquella naturaleza torturada. Porque. despojadas de todo ante la acidez corrosiva de los aguaceros tem­ pestuosos. donde encu­ bren torrentes periódicos. diminutas. al dejar las perspectivas majestuosas que se desdoblan al sur. . Y en los trechos en que ellas se estiran por el suelo. . llenos de vértebras desconyun* Em. a lo largo de muchas leguas. capaz de esbozar la situación de aquella zona en edades remotas. Aún la alientan. y hasta cierto punto. en la edad terciaria.Hacia el norte. Pero el con­ junto apenas se transforma. destacadas en láminas. a los lechos vacíos de los arroyos agotados. UN SUEÑO DE GEOLOGO Es una sugestión que atrapa. por los cuales dan vueltas los caminos cuando se yuxtaponen.

entre los llanos de Barbacena y Bolivia. las separaba. se modelaba aquel rin­ cón de Bahía. permanecía inmersa. imaginado por Em. de la cual es forma decaída la actual de nuestra costa. constituían el núcleo del continente futuro. uniendo el Atlántico con el Pacífico. se redondean. establecieron en las tierras circundantes a Paulo Afonso. hundiéndose. Existe también una presunción derivada de la situación anterior. al co­ menzar la época terciaria. escarpada. el de Minas y parte de la planicie paulista. recién descubiertas. toda la parte media. se operaba una sublevación general: las masas graníticas se levantaban al norte arrastrando al conjunto general de las tierras. al sur. la sujetaba. Entonces. Porque lentamente. hasta que emergió siguiendo el movimiento general de las tierras. destacándose de las grandes islas emergentes. Y golpeándola largamente. se levantaba ya conformado. ex­ puesta en datos positivos. nuevas tierras afloran de las aguas. en un extremo se cierra el canal amazónico convirtiéndose en el mayor de los ríos. Entonces. donde fulguraba en plena actividad el volcán de Caldas. donde extensos depósitos sedimentarios denuncian la edad más antigua. las aislaba. . ancho canal entre las altipla­ nicies de las Guianas y las del continente. en informe amontonamiento de montañas derruidas. .tadas y partidas. en la soledad inmensa de las aguas. y el Amazonas. se am­ plían los archipiélagos dispersos y se hinchan en istmos. se produjo el hecho prodigioso del elevamiento de los Andes. mientras el resto del país. y contemporáneos a los que Agassiz6 7 descubrió en Panamá. Cubría así gran parte de los estados septentrionales brasileños. de hecho. derramadas bajo las aguas. los picos más altos de nuestras cordilleras apuntaban al norte. golpeada y muerta por las energías revueltas de un cataclismo. En ese lento subir. Las investigaciones de Fred H artt6 6. se salpicaban de la­ gos. mientras las regiones más altas. el macizo de Goiás — el más antiguo del mundo— según la her­ mosa deducción de Gerber6 8. en una lenta rotación alrededor de un eje. todos estos elementos se reúnen en la deducción de que un vasto océano cretáceo expandió sus olas sobre las tierras de las dos márgenes americanas. el paleozoico medio. como si allí la vida fuese. de súbito. las tierras del extremo septentrional de Bahía que se resu­ mían en las piedras de cuarzo de Monte Santo y de la Itiúba. se abultan. yendo a golpear contra las terrazas superiores de las altiplanicies. la existencia de innegables lagos cretáceos y siendo los fósiles que las definen idénticos a los encontrados en el Perú y en México. remolineándola hacia el oeste y arrebatándole todos los materiales desprendibles. . y triturándola. No existían los Andes. agrandándose los contornos de las costas. en un ascenso continuo. y lentamente. Simultáneamente. Amé­ rica se integra. Liáis. Una corriente impetuosa. Hacia el sur.

en parte. enfila hacia el poniente. subiendo hacia el norte en busca de la llanura que el Paranaíba excava. alrededor del ancho llano ondulante donde se erigía el poblado de Canudos. . el de la Favela. de donde irradian las pequeñas cadenas del Coxomongó y Calumbi. lanzándose al NO. . que los torrentes arre­ baten todos los principios disueltos — acumulándolos poco a poco en la conquista del paraje desolado cuyos contornos suaviza— sin impedir. perturbando toda el área de drenaje del Sao Francisco abajo de la con­ . y desde allí hacia el norte. Y se ve cómo las cadenas de sierras. de nuevo se embeben. y en éstas. una hacia el NO y la otra hacia el N. con todo.El régimen desértico allí se afirmó. en lugar de alargarse hacia el naciente. les forman el divortium aquarum que progresa hacia el norte. las insolaciones inclementes y las aguas salvajes que degradan el suelo. Obedeciendo a la misma tendencia. y hacia el noroeste. se juntan con las de Caraibas y Lopes. avanza discontinua en aquel rumbo y después de ser entallada por el Vaza-Barris en Cocorobó. en los largos veranos. donde afloran los manantiales interminentes del Bendegó y sus tributarios efímeros. fundiéndose en el Acaru. De tal manera. Todas trazan al fin una elíptica curva cerrada al sur por un morro. en los grandes descampados. II DESDE LO ALTO DE MONTE SANTO Desde lo alto de la sierra de Monte Santo. a orillas de las lomas de Jeremoabo. Y luchando tenazmente con el flagelo del clima. corriendo y al prin­ cipio diferenciadas. Unificadas. como en un mapa en relieve. mediando en los tra­ zados del Vaza-Barris y el Itapicuru. una flora de rara resistencia entre­ teje la trama de las raíces. la del Aracati. se nota. impidiendo. los picos del Caipá. su conformación orogràfica. De ahí la impresión dolorosa que nos domina al atravesar aquel ignoto pedazo del sertón — casi un desierto— que se abre entre las serranías desnudas y se estira. que la prolongan. repartiéndose en las de Canabrava y Po^o de Cima. mirando hacia la región ex­ tendida en torno de un radio de quince leguas. el talud de las altiplanicies parece doblarse en relieve. formando las masas del Cambaio. Nos muestran las sierras Grande y del Atanásio. monótonamente. Se piensa que la región incipiente aún se está preparando para la Vida: el liquen todavía ataca a la piedra fecundando la tierra6 9. en flagrante antagonismo con las disposiciones geográficas: sobre laderas escarpadas donde nada recuerda las depresiones sin escurrimientos de los desiertos clásicos. de nuevo se dispersan hasta acabar en los llanos altos a orillas del Sao Francisco 70.

Tienen la existencia fugitiva de las estaciones lluviosas. Es una ola que cae de las vertientes de la Itiúba. abarrotándose en las inundaciones. se desbor­ dan. abiertos al azar por las aguas o corrientes veloces que. El mismo Vaza-Barris. cuando crece. y desapa­ recen. en el despertar de los horizontes y en el desatar — amplísimos— de los campos gerais por las cimas de las cordilleras. están. trae durante algunas semanas aguas revueltas y barrosas y en seguida se extingue en un agotamiento completo. a través de un esfuerzo con­ tinuo y extenso. . y no es raro. Generalmente cortado. sin los escenarios opulentos de las sierras y de los planaltos o de los interminables llanos— y lo convierte en una mixtura en la que esas disposiciones naturales se embarullan en confusión pasmosa: planicies que en seguida muestran series de pisos tallados de barrancas. como una amplia calle polvorienta y tortuosa. que multiplica la energía de la corriente en la estrechez de los desfiladeros. se deslizan por algunos días hacia el río principal. profundizan sus lechos anulando el obstáculo del declive general del suelo. morros que en contraste con los llanos parecen de gran altura y apenas están a pocas decenas de metros del suelo. y corre veloz entre barrancos o estalla entre las sierras. adscriptas a los relieves topográficos más cercanos. fraccionado en ganglios endurecidos. o seco. inapre­ ciables en la escala más favorable e imponiendo al Vaza-Barris un curso tortuoso del cual se libera en Jeremoabo. en cuyo lecho crecen las gra­ míneas y pastan los rebaños. Vimos cómo la naturaleza a su alrededor le limita el régimen brutal — encerrándolo en tierras escabrosas. y lomas que al ser recorridas muestran los accidentes caóticos de las grandes cuevas talladas en bruto. Son más bien. volviendo a su primitivo aspecto de valles sinuosos y secos. al dirigirse hacia la costa71. hasta Jeremoabo. canales de agotamiento. no muestran las depresiones del suelo. llenos de piedras. Este es un río sin afluentes. el Bendegó y el Caraibas que le traen aguas transitorias dentro de sus lechos rudamente excavados. Nada más de los bellos efectos de los descubri­ mientos lentos. captando las aguas salvajes que vienen desde las cum­ bres. Le falta conformidad con el declive de la tierra. Son ríos que se exceden. Su función como agente geológico es revolucionaria. lodoso como lo indica el nombre portugués que le sustituyó con ventaja la antigua denominación indí­ gena 72. río sin nacientes. en el remodelar de las cumbres. en un trazado de torrentes sin nombre. Sus pequeños tributarios.fluencia del Patamoté. dando a los cuadros naturales la encantadora grandeza de perspectivas en las que el cielo y la tierra se funden en una difusión lejana y de sorprendentes colores. De pronto se llenan. no tendría el trazado actual si una corriente perenne le asegurase un perfil de equilibrio. en desarmonía con las disposiciones orográficas generales.

. llenándola toda de confusos techos incontables. Y aplastándola. de por medio la distancia suavizándole las laderas y aplanándolas. se erigía en el mismo suelo perturbado. resulta que los caracteres geológicos y topográficos. mal se veían los pequeños cursos de agua. Y nada de lo que divisaba le recordaba los escenarios contemplados. En la meseta abrupta. . divagando. uniformes. serpenteantes. y al norte. Pero visto desde aquel punto. en revoltijo. todas las serranías breves e innúmeras proyectán­ dose en un plano inferior y extendiéndose. . . El poblado. . allá abajo. Enfrente tenía la antítesis de lo que había visto. . surcados de barrancos y socavados por despeñaderos. las vertientes rectilí­ neas del Calumbi al sur. . de perfil convexo y simple. La Canabrava al nordeste. una cantidad de casuchas. cercana. hacia el levante. la del Pogo de Cima. meseta. dan la ilusión de una planicie ondulada y enorme. . Prisionera en una de esas vueltas se veía una depresión mayor. Observando a lo lejos. DESDE LO ALTO DE LA FAVELA Saltaba la cima de la Favela73. Alrededor una elipse majestuosa de montañas.Mientras tanto. a la par de los otros agentes físicos. . Volvía la vista atrás para abarcar con una mirada el conjunto de la tierra. incomparable páramo que reposa sobre las sierras. Y casi comprendía cómo los matutos ingenuos creían que "ahí estaba el cielo” . ondulando en depresiones y dispersa en esperones. cerrándole el horizonte. circundada de colinas. pero escarpada y alta. abajo. intercambian en * Vlateau: en francés en el original: planicie. casi a nivel. las cumbres del Cambaio corriendo hacia el po­ niente. le ofrecía una perspectiva totalmente nueva. después de esta travesía en la que creía estar pisando escombros de terremotos. . Sólo se distinguía el Vaza-Barris que la atravesaba torciéndose en meandros. un inesperado cuadro esperaba al viajero que subía las ondulaciones más próximas a Canudos. los contornos agitados del Caipá que se ligan y articulan trazando y cerrando una curva desmedida 7 4 . III EL CLIMA De las breves anotaciones señaladas. Pero la reunión de tantos trazos incorrectos y duros. la de Cocorobó. abajo y adelante. . . esas cum­ bres altaneras dan la impresión alentadora de encontrarse sobre un platean * elevadísimo. Allí estaban los mismos accidentes y el mismo suelo. bajo el ropaje áspero de los padregales y las caatingas.

desertas austral como la bautizó. a su vez. Hacia cualquiera de sus direcciones. creando aspectos dispares entre lugares limítrofes. con la misma rapidez de quien huye. con el propósito esencial de observar el aerolito que había caído a orillas del Bendegó y ya era conocido desde 1810 en las academias europeas. No es posible abar­ carla en todas sus modalidades. a las madrugadas frías. lo vimos bajo el peor aspecto 76. no nos podrán dar ni siquiera vagos lincamientos de climas que divergen según las menores disposiciones topográficas. los vientos reinantes. sin la continuidad que era lícito prever de su situación inter­ media. Lo que sigue son vagas conjeturas. ese sertón. agravan a aquéllas y todas persisten en influencias recíprocas. hasta hoy desconocido. De este conflicto perenne vuelto círculo vicioso indefinido. lo será todavía por mucho tiempo. silva hórrida. misérrimo arsenal científico con que allí lidiamos. en su latín alarmado. Lo atravesamos en el preludio de un verano ardiente y observándolo sólo desde ese punto de vista. gracias a la indiferencia con que tomamos las cosas de esta tierra. El clima de Monte Santo. Por ahí pasó Martius. se intensifica el azul del cielo. desde todas direcciones. Escasean las observaciones más comunes. las condiciones genéticas gobiernan fuertemente sobre las topográficas. Si va hacia el norte lo asaltan fuertes transiciones: la tempera­ tura aumenta. mal pudo ver la tierra recamada de una flora extravagante. Ningún pionero de la ciencia soportó aún los rigores de aquel rincón sertanejo el tiempo suficiente como para definirlo. Pero está aislado. . Los que lo antecedieron y sucedieron. De suerte que. resalta la significación mesológica local. diverge con los de los lugares que lo prolongan al norte. Agregando que los datos de un solo termómetro y de un barómetro aneroide. ya en octubre. un firmamente donde la transparencia de los aires es completa y la limpidez inalterable. desfavorecida además por un medio contrario a la serenidad del pensar y conmovido por las emociones de la guerra.aquellos lugares las influencias características de tal modo que no se puede afirmar cuál es la preponderante. siempre evitado. con una inercia cómoda de mendigos hartos. el SE en el invierno y el NE en el verano se alternan con extraño rigor. Atento sólo a la región salvaje. pasando. La proximidad de las masas montañosas lo vuelve estable. el viajero lo pierde en un día. en primera comparación. Lo que escribimos tiene el defecto de esa impresión desolada. gracias a F. muy superior al de Queimadas. Si por un lado. por ejemplo. de los días con 35° a la sombra. Mornay y a Wollaston75. que es. éstas. se comportaron. el aire se vacía y los vientos ruedan desorientados. acuciados por la canícula. ante el intenso tiraje de las tierras desprotegidas que se extienden de ahí en adelante. Al mismo tiempo se refleja el régimen excesivo: el termómetro oscila en grados disparatados. recuerda un régimen marítimo en pleno continente: la escala térmica oscila en amplitudes insignificantes.

o con preferencia. . todo el ardor traído por las nubes refluye sobre la tierra. incomparable en su fulgor. sube. Estas agitaciones de los aires desaparecen por largos meses. Copiando el mismo singular desequilibrio de las fuerzas que trabajan la tierra. este hecho jamás ocurre en los paroxismos estivales de las sequías. las ramas sin hojas de la flora caída. brillando en una trama vibrátil de centellas. a un mismo tiempo almacena los ardores de los soles y de ellos se desembaraza de improviso. en remoli­ nos. en una caída única. El sol desapa­ rece y la columna mercurial permanece inmóvil. graba en todas las cosas señales que recuerdan su rumbo. porque se siente una dolorosa impresión de fauces invisibles. la efervescencia de los aires. en los que prevalece la intercadencia de los días quemantes y las noches frígidas. Los vapores calientes suben imperceptibles. quitándole a la tierra su humedad exigua y cuando se prolongan. llegan en turbión. la tierra irradia como un sol oscuro. Todavía hay más cambios crueles. por las costas embarrancadas. la aridez de la atmósfera alcanza grados muy anor­ males. esbozando el preludio triste de la sequía. se encienden en luces del sílice fracturado. descendiendo la temperatura de súbito. las horas transcurren en una intermitencia antinatural de días quemantes y de noches heladas. . El barómetro cae como en las proximidades de las tormentas y apenas se respira en el bochorno porque todo el calor vomitado por el sol se concentra en una hora única de la noche. En 24 horas se insola y se congela. Y en los meses en que se acentúa el nordeste. agravando todas las angustias de los martirizados sertanejos. y el día. en la quietud de un largo espasmo. la atmós­ fera vibra junto con el suelo. fulmina a la naturaleza silenciosa en cuyo seno se abaten. Por un contraste explicable. La tierra desnuda presenta en permanente conflicto las capacidades de absorción y expulsión de los materiales que la forman. inmóviles. asombrosa. hasta que. Empujadas por el nordeste. los vientos. revueltos. La noche desciende sin crepúsculo. a la noche sobreviene un fuego. en la expansión de las columnas calientes.A medida que el verano asciende. espesas nubes navegan al atardecer sobre las arenas encendidas. entonces reinan calmas pesadas. Brilla el sol y la tierra absorbe rayos y los multiplica en reflejos y los refracta en reverbero atroz: por los picos de los cerros. aires inmóviles bajo la placidez luminosa de los días torpes. Crecen las máximas y las mínimas. . el desequilibrio se acentúa. en una ondulación vivísima de bocas de horno en las que se presiente visible. de golpe — un salto de tinieblas por encima de la raya roja del poniente— y todo este calor se pierde en el espacio de una irradiación intensísima. en la plenitud de la sequía. en general.

la cara hacia el cielo— descansaba un soldado. y había caído muerto junto con su jinete. huyendo de la monotonía de un cañoneo flojo. Apenas marchito. reparando fuerzas en un tranquilo sueño. Y estaba intacto. Había sido montura de un va­ liente. de manera que creaba la ilusión de un luchador cansado. . desde hacía tres meses. Por cierto. por la abrupta rampa. La culata de la mannlicher 7 7 rota. Ni un gusano — el más vulgar de los trágicos analistas de la ma­ teria— le mancillaba los tejidos. decían que había sucumbido en lucha cuerpo a cuerpo con un adversario fuerte. con las patas delanteras firmes en un relieve . A la entrada del campamento. Era como un apa­ rato que revelaba de manera absoluta. hacia las estrellas fulgurantes. la cara vuelta hacia los cielos. larga. pero sugestiva. no lo vieron. el alférez Wanderley. Cuando días después fueron enterrados los muertos. hacia las lunas claras. un anfiteatro irregular. manchada con una costra negra. cuando encontramos. Cierta vez. icozeiros verdes creciendo en ramas entremezcladas con palmas de flores rutilantes. su sombra por el suelo y protegido por ella — los brazos abiertos. las patas resecas y el armazón arrugado y duro. recorríamos las cercanías de Canudos. El sol poniente dejaba. a fines de setiembre. el uniforme hecho jirones. reinaba sobre la vege­ tación achaparrada. se encajonó entre las rocas. el cinturón y la gorra echados a un lado. Se momificaba conservando los ras­ gos fisonómicos. Un solo árbol. desde hacía tres meses. Volvía del torbellino de la vida sin des­ composición repugnante. uno de ellos se destacaba sobre todos de manera impresionante. El destino que lo había sacado sin protección de su hogar. una quixdbeira alta. mal herido. sino gracias a higrómetros generosos e inesperados. le había hecho al fin una concesión: lo libró de la promiscuidad lúgubre de una fosa repugnante: lo había dejado allí. Los caballos muertos ese mismo día parecían especímenes desparrama­ dos de un museo. . había caído gracias a un violento golpe que le surcó la frente. la sequedad extrema del aire. de tiros espaciados. El pescuezo un poco más alargado y fino. donde las colinas se disponían en círculo frente a un valle húmedo. por última vez juntos. Por eso no compartía la fosa común de menos de 50 centímetros de profundidad en la que eran arrojados.HIGROMETROS SINGULARES No hicimos las observaciones con el rigor de los métodos científicos. Había muerto en el asalto del 18 de julio. al descender una cuesta. en una fatiga imperceptible. Quedó casi de pie. Descansaba. los compañeros abatidos en la batalla. en Canudos. Pero al resbalar. . los brazos muy abiertos. hacia los soles ardientes. . a la sombra de aquel árbol único. le daban al lugar la exacta apariencia de un viejo jardín abandonado. Pequeños ar­ bustos.

de súbito. . especialmente su manifesta­ ción más incisiva. en una enorme expansión de los alti­ planos perturbados. a lo lejos no se distinguía el suelo. Entonces. vertical sobre la ladera. . una zona central común. la excitación del rudo ambiente. Y allí se detuvo. como a través de un prisma desmedido e intáctil y no se distinguía la base de las montañas. la sorda combustión de la tierra. extremada por el cabo de Sao Roque 7 9 . si a plomo lastimaba el sol y la atmós­ fera inmovilizaba a la naturaleza en torno. que lo tocan o prolongan a pocas leguas de distancia. irradiaba en todos los sentidos. al norte del Canabrava. aquellos vientos se formaban en columnas ascen­ dentes. se agitaban sus largas crines ondulantes. . cada partícula de arena suspendida del suelo agrietado y duro. en la realidad inflexible de los números. a manera de minúsculos ciclones. asumiendo el empequeñeci­ miento de los más robustos espíritus cuando tratan de profundizar en su génesis. Pernambuco. Cuando. en remolinos y torbellinos. es natural que las características climáticas de aquéllos se muestren en él con la misma intensidad. 7 8. vuelto un animal fantástico. . especialmente cuando al pasar los soplos rispidos del nordeste.de piedra. Nos excusamos de estudiarla largamente. IV LA SEQUIA El sertón del Canudos es un índice que resume la fisiografía de los sertones del norte. se veía una ondulación que atontaba: un extraño palpitar de olas lejanas. irisa­ do. la ilusión maravillosa de un fondo de mar. El es. La mirada fascinada se perturbaba en el desequilibrio de capas desi­ gualmente calientes. Fuera de eso. Paraíba. Ceará y Piauí. sobre el que cayese. en una última arremetida de la carga. hace que hacia él converjan los límites interiores de seis estados: Sergipe. mayor. la luz dispersa en cen­ telleos enceguecedores. juntando sus aspectos predominantes en una escala reducida. esta inexorable fatalidad. Apenas osamos inscribir. Alagoas. Los resume. La inflexión peninsular. Desde la cumbre de la Favela. en cierto modo. en las largas calmas. había fenómenos ópticos esplén­ didos. como si estuvieran suspendidas. con todas las apariencias de la vida. tanteando oscuramente un sinnúmero de agentes complejos y fugitivos. se sentía. definida con una palabra que es el terror máximo de los rudos habitantes del lugar: la sequía. reflejándose y resaltando. . . como un foco calorífico. De ese modo. .

Pero. salta a la simple observación una coincidencia su­ ficientemente repetida como para que se dude del azar. intermitentemente. y sucediéndose. permanece insoluble. 1777-78 del siglo x v i i i se yuxtaponen con las de 1808-09. negreando dentro del círculo fulgurante de las fáculas. y fiján­ dola un tanto forzadamente en once años. 1744-45. inter­ calado por lapsos de entre 9 y 12 años. las manchas de la fotosfe­ ra solar. citando sólo las mayores. dibujando un cuadro elocuente en sí mismo. Y como desde hace mucho la intuición genial de Herschel8 3 les descu­ . el problema que puede traducirse en una fórmula aritmética sencilla. 1844-45. como si surgiera de la copia de una sobre la otra. el barón de Capanema8 2 . de modo de permitir previsiones seguras sobre su irrupción. pusieron una tregua a los estragos. HIPOTESIS SOBRE SUS CAUSAS Impresionado por la razón de esta progresión. a pesar de esta simplicidad extrema en los resultados inmedia­ tos. Lo reveló por primera vez el senador Tomás Pompeu8 0 . se acentúa todavía en la identidad de las épocas extensas y quietas. en el cual las apariciones de las sequías.Sus dos ciclos — porque lo son en el rigorismo técnico de la palabra— se abren y se cierran con un ritmo tan notable que hace pensar en una ley natural todavía ignorada. que en ambos siglos. De todas maneras. Así. rara vez alterada. se destacan nuevos datos fijos y positivos. se enfrentan en paralelismo singular aunque puedan presumirse ligeras discrepancias que indican de­ fectos de observación o errores en la tradición oral que las registró. Esta coincidencia. con co­ rrespondencia exacta de fechas (1 8 4 5 -7 7 ). tan característicos por los períodos inviolables en que se suceden. 1824-25. las sequías de 1710-11. 1877-78 del siglo actual. derivando lentamente según la rotación del Sol. entre el máximo y el mínimo de intensidad. 1835-37. en reflejo casi invariable. tanto en el siglo pasado como en el actual8 1 . Se observa una cadencia en la marcha del flagelo. 1736-37. que aparecen con el rigor de incógnitas que se despejan. 1723-27. Sabemos que aquellos núcleos oscuros. tienen un período que puede variar entre 9 y 12 años. algunos más vastos que la Tierra. tuvo la idea de rastrear su remoto origen en los hechos extraterrestres. Y encontró un símil completo en la regularidad con que aparecen y se extinguen. en el nuestro hubo otro absolutamente igual y lo que es notable. Siendo en el siglo pasado el interregno mayor de 32 años (1 7 4 5 -7 7 ). un naturalista. Continuando con un examen más profundo del cuadro.

el nordeste vivo. defensa ante la irradicación del gran astro. Del hecho. pese a su forma atractiva.brió el influjo apreciable en el dosaje de calor emitido hacia la Tierra. la correlación surgía firme. sede de grandes depresiones barométricas en el verano. en mo­ dalidades que van avanzando desde la naturaleza del suelo a la disposi­ ción geográfica. Porque la cuestión. uno de los motivos de las sequías responde a la disposi­ ción topográfica. . elevan su punto de saturación disminuyendo las probabilidades de las lluvias y lo rechazan. sobre los manantiales de los grandes ríos. oriundo de la fuerte aspiración de las altiplanicies interiores que. el penoso régimen de los Estados del N orte8 4 existe en función de agentes desordenados y fugitivos. al entrar de diciembre a marzo por las costas septentrionales. toda la humedad absorbida en la travesía de los mares. el monzón del nordeste. Lo determina en gran medida y quizá de manera preponderante. En este punto. con el flagelo de las sequías en el planeta torturado. aparte las peque­ ñas variantes — cadenas de sierras que se alinean hacia el nordeste para­ lelamente al monzón reinante— facilita el paso de éste. intacta. la disposición orogràfica de los sertones. haciéndolo subir y provocándole enfriamientos y la condensación en lluvias. es singularmente favorecido por la propia conformación de la tierra. Como quiera que sea. falló la teoría: pocas veces coinciden las fechas del paroxismo estival en el norte con las de aquél. de modo que le permiten llevar hacia los puntos remotos del continente. emanadas de las disposiciones geográficas. apoyada en datos geométricos y físicos unidos en un efecto único. El fracaso de esta tentativa denuncia menos lo desvalido de una apro­ ximación impuesta rigurosamente por circunstancias tan notables. y éstas. Lo canaliza. como se sabe. en su pasaje veloz sobre los llanos desnudos que. son. irradiando intensamente. Quedaba por comparar el mínimo de las manchas. de modo de equiparar los períodos de unas y otras. con la complejidad inmanente a los hechos concretos. Por lo tanto. sin leyes defini­ das. derivadas de la naturaleza de la tierra y las reacciones más amplias. Atraído por ellas. se atiene preferente­ mente a razones secundarias pero cercanas y enérgicas. De ahí las corrientes aéreas que lo desequilibran y varían. que el exclusivismo de observar una causa única. sujetas a las perturbaciones locales. sólo serán definitivamente sistematizadas cuando una extensa serie de observaciones permita la definición de los agentes pre­ ponderantes del clima sertanejo. en vasta superficie extendida hasta el Mato Grosso8 5. No le pone barreras.

en un desencadenamiento de ciclo­ nes violentos. para el caso. su propia intensidad origina una reacción inevitable. hasta * Dinamic colding: en inglés en el original: dinámica fría. en cierta forma. en minutos nublan todo el firmamento deshaciéndose luego en aguaceros fuertes sobre los desiertos resecos.A las flageladas tierras del Norte les falta una serranía alta que corriendo en dirección perpendicular a aquel viento. crecen. Las sequías aparecen siempre entre dos fechas fijadas hace mucho tiempo por la práctica de los sertanejos.). Y se entrechocan unas con otras. determine el dynamic colding * para decirlo de una manera expresiva. se prolongan fatalmente a lo largo del año hasta que se reabre otra vez el período. los primeros golpes de lluvias despe­ ñadas de lo alto no tocan la tierra. llegando hasta los extremos de Bahía. cumpliendo la función de una montaña ideal que. vuelven a las nubes para. de nuevo. d e T . . Fuera de tales límites no hay un solo ejemplo de extinción de las sequías. en que la inso­ lación calienta intensamente los llanos desnudos. Reduce por eso a segundo plano el influjo hasta hoy inútilmente agitado de los alisios y es. en la formidable colisión con el nordeste. se interpone al monzón y lo detiene. que es resolver el destino de una gran parte de nuestro país. A mitad de camino se evaporan entre las capas calientes que suben y rechazadas. ¿no podremos considerarla. en su lento oscilar en torno del ecuador. (N . fortalecido por la intuición de los sertanejos para quienes la persistencia del nordeste — el viento de la sequía. Si los atraviesan. como lo bautizaron— equivale a la permanencia de una situa­ ción irremediablemente cruel. como de 1877 a 1879. provocando el ascenso de las corrientes. Decae de modo considerable la presión atmosférica. Se eleva más y se define mejor la barrera de las corrientes ascendentes de los aires calientes antepuestas a las que entran por el lito­ ral. estallan. del 12 de diciembre al 19 de marzo. corriendo del este al oeste y corrigiendo momentáneamente la la­ mentable disposición orogràfica. navega en el cénit de aquellos Estados. Las épocas benéficas llegan de improviso. condensarse y precipitarse y otra vez revertir el proceso. Un hecho natural de otro orden esclarece esta hipótesis. Después de dos o tres años. con el consiguiente enfriamiento y la inmediata condensación en aguaceros diluvianos que se descargan de súbito sobre los sertones? Este desfile de conjeturas tiene como único valor el indicarnos cuán­ tos remotos factores pueden incidir en esta cuestión que nos interesa por dos razones: por su significado científico y por su significado más pro­ fundo. Entonces parece volverse visible la protección de las columnas ascen­ dentes que determinan el fenómeno. Siendo así y recordando que es precisamente dentro de este intervalo que la faja de las calmas ecua­ toriales. Según numerosos testimonios.

deshechos en gajos que apenas irrumpen por el suelo. lo atrapa en una trama espinosa sin atraerlo. rodando todos en una misma ola. la misma apariencia de vegetales en trance de muerte. volviendo a las alturas con mayor rapidez. . haciendo recordar un bracear inútil. . para bajar una vez más. descubre ante su vista leguas y leguas. . penosamente se envuelven en estrechos círculos las mismas plantas que tanto se diversifican en los matorrales y allí se manejan con un molde único. Si al asalto repentino se suceden las lluvias regulares. sus hojas pinchantes. los primeros torrentes despeñándose por las faldas. con­ centrándose tumultuosamente en riachuelos correntosos que se adensan en ríos barrosos de lechos azarosos. los sertones se transforman y reviven. En ésta. LAS CAATINGAS Por eso. por un efecto explicable de adaptación a las estrechas condiciones del ingrato medio. se forman los primeros hilos de agua corriendo por las piedras. llevan­ do velozmente las ramas de los árboles arrancados. fluyendo en arroyos que crecen entre las quebradas. le achica el horizonte. inmutables en su desolado as­ pecto: árboles sin hojas. con los brotes crecidos en puntas de lanza. El drenaje rápido de las tierras y la evaporización que se hace en seguida más viva. Aunque la caatinga no tiene las especies reducidas de los desiertos — mimosas retorcidas o euforbiáceas ásperas sobre las gramíneas marchi­ tas— y parece repleta de diferente vegetación. Hasta que. Y pene­ trando en la atmósfera ardiente. revueltas. de flora que agoniza. revueltos en el mismo caos de aguas turbulentas y oscuras. tortuoso. No es raro que cambien en un giro veloz. apuntando filosamente en el aire y estirándose por el suelo. la travesía de las veredas sertanejas es más cansadora que la de una estepa desnuda. el viajero tiene el desahogo de un horizonte lejano y la perspectiva de las planicies abiertas. . en idas y vueltas rápidas y continuas. casi en una evaporización. casi sin troncos. sus árboles. entre­ cruzadas.que tocan el suelo que al principio ni humedecen. se asemejan a una sola familia de pocos géneros. de ramas retorcidas y secas. van absorbiendo la humedad exigua de la tierra. los vientos duplican la capacidad higrométrica y día a día. finalmente. de ciclón. reducida casi a una especie invariable. Mientras que la caatinga lo ahoga. Es que. . las vuelve de nuevo desoladas y áridas. que sólo se diferencia en el tamaño: todas con la misma conformación. como si hubiesen caído sobre chapas incandescentes. al menos. determinados por los declives. lo repele con sus espinos. reabriendo el ciclo inflexible de las sequías. vistos en con­ junto. lo seca y marea. Cambian en lenta metamorfosis.

. aglomerados en bosquecitos o salpicando. tenaz e inflexible. El sol es un enemigo que hay que evitar. el árbol se dispone a reaccionar contra el régimen brutal. sobre ellas se levanta y se arquea evitando que sufran de golpe las caídas de temperatura. Y todas. los tallos se entierran en el suelo. se esteriliza el aire. arbustos de poco más de un metro de altura. Pero reducidas todas sus funciones. Se ven. en vida latente. los típicos anacardia hu* Véase la bella inducción de T yndall86. el suelo se vuelve piedra. altas en otros sitios. para absorber los escasos elementos en él difundidos. Pero éste. allí son enanas. Algunos árboles. sujetos más a los rayos del sol que a los troncos seculares. que muestran una floración riente en medio de la desolación general. . es áspero y duro. Entre los dos caminos desfavorables — aires calientes y tierras áridas— las plantas más fuertes presentan un aspecto muy anor­ mal. se elige la inhumación de la flora moribunda. numerosos. Revisten con un indumento protector a los frutos.tendiendo a un limitadísimo número de tipos caracterizados por los atri­ butos de los que poseen mayor capacidad de resistencia. tiendas invisibles y encantadoras que las resguardan. Se empequeñecen las hojas. se alimenta de las reservas que almacena en las épocas serenas y pasa los veranos pronta a transfigurarse en los deslumbramientos de la primavera. a su vez. eludir o combatir. una protección intáctil que. de anchas rojas espesas. las vainas se abren. rígidos. duras como carbones. . estivando. que en las selvas se traduce por una tendencia irreprimible hacia la luz. La lucha por la vida. Rijo­ sas. allí es total­ mente opuesta: más oscura. tienen en el perfume suavísimo de las flores *. en las noches frías. Son los cajueiros anuales. ruge el nordeste y. a veces como estróbilos. Se vuelca sobre el sertón la tortura de la sequía. en tierras más favorables y en singular disposición. cre­ ciendo en tubérculos húmedos de savia. eluden aún mejor las intemperies. Y para evitarlo. huyendo del ahogo de las sombras y elevándose. admi­ rables aparatos para la propagación de las simientes. ensanchando la superficie de contacto con el aire. sin excepción. cortado por el drenaje de los picos o esterilizado por la succión de los estratos que completan las insolaciones. la planta. marcadas todas por los estigmas de esta batalla sorda. como un cilicio. Al mismo tiem­ po amplían su ámbito frontal. . estallando como si tuvieran palancas de acción. Con dehiscencia perefecta. más original y más conmovedora. la caatinga extiende sobre la tierra las ramas de los espinos. Esta se impone. Las leguminosas. Atro­ fian las raíces maestras golpeando contra el subsuelo impenetrable y las sustituyen por la expansión irradiante de las radículas secundarias. Así preparado. en los duros pastizales. aislados. surgen en la punta de los gajos para disminuir el campo de la insolación. desparramándolas profusamente por el suelo. .

invisible. los gravatás y los ananás salvajes. enorme. notables aprestos de condensación. por la noche. breves precipitaciones de rocío. Finalmente se des­ cubre que se va repartiendo en divisiones dicotómicas. en demasía conocidas por los taharéus— quizá un futuro género cauterium de las leguminosas. bajo nuevos aprestos. todos los árboles. muy por debajo de la tem­ peratura del aire. toca una chapa incandescente de ardor increíble. cuando marchitan a su lado. una planta de macambira es para el matuto se­ diento como un vaso de agua cristalina y pura. al enfriarse. los cajuis de los indígenas. como las de la mayor parte de los vegetales sertanejos. que resulta de la evaporación por las hojas. provoca. persisten inalterables o quizá más vividos. Los caroás verdosos. avivándolas *.). roído por los torrentes. El eje descendente es más grueso a medida que se excava. todavía anónimas para la ciencia —ignoradas de los sabios. para vencer el peligro máximo de la vida vegetativa. les repelan los climas benignos que los debilitan. facilitan la condensación de los escasos vapores traídos por los vientos. fulmi­ nados. entran en la categoría de las fuentes vegetales de Saint-Hilaire 87. o entre las capas inclinadas de pizarra. * En el pináculo del verano. No son raíces sino ramas. No es posible desenraizarlos.milis de los llanos áridos. Y los arbustos más pequeños. . Parece que el fuego de los desiertos estimula mejor la cir­ culación de la savia entre sus tallos húmedos. nativos de la región. el vegetal parece esconderse del embate de los elementos antagónicos y abroquelarse de ese modo. Sus hojas lisas y lustrosas. Avanza tierra adentro hasta llegar. copian las mismas formas. a despecho de la sequedad de éste. (N . totalmente enterrado. fustigado por los soles. tienen en las hojas de células alargadas en vello­ sidades. la mano que la toca. aferrado a un suelo sobre el que apenas asoman los brotes más altos en su fronda majestuosa. Tipos clásicos de la flora desér­ tica. Otros. absorción y defensa. se comprueba la sorpren­ dente profundidad de sus raíces. torturado por los vientos. todos igualmente resistentes. quedan retenidas por largo tiempo en las membranas de las bromeliáceas. abrazando a veces amplias áreas. a un tronco único y vigoroso. se preparan de otra manera. Se suceden otros ejemplares. por abajo. son un árbol solo. Los nopales y cactos. dispersos o apareciendo en grupos. hechas adrede para esos parajes estériles. Se hicieron para los regímenes bárbaros. de T . Cuando se hacen zanjas alrededor de estos extraños vegetales. por otro lado. Las favelas. más resistentes que los demás. Por un lado. su epidermis. Golpeado por el calor. Las aguas que huyen en el correr salvaje de los torrentes. que no tienen esta conformación. de flores triunfales y elevadas. agotando la absorción hecha por las raíces. cerrados en tortuosidades impenetrables.

El sertón entero es impropio para la vida. un rasgo superior a la pasivi­ dad de la evolución vegetativa. ellos dan la emocionante ilusión de cirios fijados al azar por el suelo. Actúan por contraste. y los canudos de pito. también los romeros de los campos. por sobre la paupérrima vida. con la simetría impecable de enormes candelabros. entonces ya hace mucho que desaparecieron los fondos de los ojos de agua y los lechos endurecidos de los arroyos muestran. como oasis verdeantes y festivos. los viejos rastros de las boyadas. Sobre la naturaleza muerta. No pudiendo vivir aisladas. Tienen el mismo carácter los juázeiros. pocas veces aparecen en grupos. Pero. heliotropos arbustivos de tronco hueco. desparramados por las llanos y encendidos. apenas se elevan los cereos silenciosos. las especies no se pre­ sentan tan bien armadas para la reacción victoriosa. Se encumbran triunfalmente mientras toda la flora se deprime. Son novedad atrayente al principio. en esas épocas crueles. por la capilaridad del inextricable tejido de radículas enredadas en numerosas mallas. Se suceden los meses y los años ardientes. en un esfuerzo enorme. la succión insaciable de los estratos y de las arenas. pintados de blanco y de flores en espigas. siempre florecidos. No están en el cuadro de las plantas sociales brasileñas de Humboldt. forman el suelo arable en que nacen. encumbrando los troncos circulares repartidos en columnas poliédricas y uniformes. retienen las tierras que se disgregan y finalmente. íntimamente abrazadas. constituyendo en los trechos en que aparecen. cuando se cierran sus grandes frutos colorados destacándose nítidos en la media luz de los cre­ púsculos. De esta clase son todas las plantas cesalpíneas y las caatingueiras. disciplinada­ mente se congregan. ellos agitan sus ramajes verdes. Allí se asocian. venciendo. alcanzando notable altura. el sesenta por ciento de las caatingas. La vista . ajenos a las estaciones. Viven es el término. como moldes. y es posible que en otros climas sean individuales. se observan dispo­ sitivos todavía más interesantes: se unen. Y al caer las breves tardes sobre aquellos desiertos. . . Caracterizan a la flora caprichosa de la plenitud del verano. . cuando al revés de las antedichas. adrede modeladas por las reacciones vigorosas de la luz. de hecho. se arraciman. que pocas veces pierden las hojas de un verde intenso. en que las inso­ laciones se agravan a veces con los incendios espontáneos que prenden los vientos en las ramas secas. con­ virtiéndose en plantas sociales. . asoman individualmente por encima de la vege­ tación caótica. retienen las aguas. porque hay. destinados a dar su nombre a la más legendaria de las aldeas. Y viven. .Ahora bien. en apretadas tramas. . La dureza de los elementos crece en ciertas épocas al punto de des­ nudarlos. en el subsuelo. Se empobrece com­ pletamente el suelo áspero. salpicando el desierto con sus flores doradas. Y estrechamente solidarias a sus raíces. Los mandacarus (cereus jaramacarú).

Aparecen de modo inexplicable sobre la piedra desnuda. Son los vegetales de los médanos quemantes. flexibles como víboras verdes por el suelo. Tienen como socios inseparables en este habitat. de gemas espinosas que convergen en el vér­ tice superior formando una flor única. sucediéndose constantes. hasta los quipás reptantes. palmas diminutas diabólicamente erizadas de espinas. . Toda la flora se mezcla en una promiscuidad indescriptible. en los días claros. acanalada. la imagen singular de cabe­ zas guillotinadas y sanguinolentas. uniformes. por la forma y por el modo como se desparraman. Y la vasta familia capaz de adquirir todos los aspectos. Marcan la totalidad con su monotonía anormal. idénticos todos. unos restos de humedad. Es la caatanduva. espinosos. Es que una estrechísima rajadura les permitió continuar. intensamente roja. monstruosos melocactos de forma elipsoidal. Los xiquexiques (cactus peruvianas) son una variante de proporciones inferiores. recamadas de flores blanquísimas. a través de la roca. . Buscan los sitios ásperos y calientes. a los cabegas de frade. doliente e informe. que las mismas orquí­ deas evitan. dolorosamente volcada sobre su terrible lecho de espinas. Aquí y allí hay otras modalidades: las palmatorias-do-inferno. Es la sylva oestu aphyla. que se fracciona en ramas inquietantes de espinas. en un desorden trágico. Entonces se comprende la verdad de la paradoja de Augusto de SaintHilaire: "¡Se encuentra allí toda la melancolía del invierno con un sol ardiente y el calor del verano!”. un vacío desértico.fatigada por tener que acomodarse a la contemplación penosa de los agres­ tes remajes contorsionados. Subiendo un escalón al azar y mirando en torno. la sylva hórrida de Martius. libres de evaporación. dando por el tamaño. amigándose con los frágiles ouricuriseiros. va decayendo poco a poco. mata en­ ferma en la etimología indígena. Al cabo de poco tiempo se vuelven una obsesión afligente. con el vivo carmín de las cochinillas que alimentan. todos del mismo porte. Poco más puede descifrar quien anda. al azar. donde acaso existan. quebrando alegre­ mente la tristeza solemne del paisaje. entre árboles sin hojas y sin flores. en un estertor doloroso. distribuidos con un orden singular por el desierto. tiradas por ahí. a igual distancia. las ramas serpeantes. por aquellos agrestes campos. humildísimos. la raíz larga y capilar hasta la porción inferior. exhausta. orladas de flores rutilantes. curvas y rastreras. huyendo del suelo bárbaro en busca del remanso de la copa de la palmera. vuelve a la normalidad y descansa recorriendo sus troncos derechos y correctos. abriendo en el seno iluminado de la naturaleza tropical. Se observan en el lecho abrasante de los riachos graníticos heridos por los soles. horribles. aferrados a la tierra como fibras de una alfombra humillada. . se observa el mismo desolador escenario: vegetación agonizante.

desordenadamente esparcidos por el desierto. predilectas de los caboclos — es su hachís. . sus numerosas ramas. las caraibas y baraúnas altas se recrean en las márgenes de los arroyos. Reverberan las infiltraciones de cuarzo por los cerros calcáreos. se mueven dando vida al paisaje. de vegetación invernal. recortándolo en relieves imponentes de negras montañas. en un blanqueo de bloques de hielo. . . dán­ dole al conjunto el aspecto de un paisaje glacial. más verdes. y oscilando en la punta de las ramas secas de los árboles hirsutos penden las tilas albas. las motas flo­ ridas del romero del campo. sin crepúsculos. Las juremas. convirtiéndose en seguida en un aguacero de diluvio. mientras los vientos barren las planicies sacudiendo las ramas. filtrándolos entre la fronda y dominando el renacer general. las quixabeiras de hojas pequeñísimas y frutos que recuerdan cuentas de ónix. disimulando los tajos de las quebradas. Restallan ruidosamente los truenos. espaciadas. irradiando en círculo. como flecos de nieve. . sobre el suelo. los umbuzeiros elevados a dos metros del suelo. se hinchan. no ya por la altura sino por el gracioso porte. por primera vez titilan vivamente. echadas sobre los llanos. Mas en el oscurecer de una tarde cualquiera de marzo. Nubes voluminosas ponen una barrera en el horizonte. Es una transformación de apoteosis. tardes rápidas. Y cuando el viajero vuelve ya no encuentra el desierto. asoman vivaces. las estrellas. Se mueven lentamente.A la luz cruda de los interminables días se erizan llamas sobre la tierra inmóvil y no la animan. Cargándose en minutos. prontamente ahogadas en la noche. . en medio de hielos. las umburanas perfuman los aires. que surcan la hoja negra de la tormenta. Sobre el suelo alfombrado de azucenas resurge triunfalmente la flora tropical. les proporciona púrpura de sus flores sin esperar a las hojas. Las gotas de lluvia caen gruesas. redondeando las colinas. se adensan los icozeiros bajo el ondular festivo de las copas de los ouricuris. de troncos finos y flexibles. echan brotes los mariseiros cuyas ramas resuenan al paso de la brisa. dan lentas y desmesuradas vueltas en las alturas. el firmamento se ilumina con relámpagos su­ cesivos.

los umbuzeiros. formando un plano perfecto sobre el suelo. pues sus ramas curvas y entrelazadas parecen hechas a propósito para armar redes. se enrubian en motas los juás. codicia el zumo ácido de sus hojas. tuvo un tallo más vigoroso y alto y fue decayendo. hasta en los días de bonanza. continúan siendo la nota más feliz del deslumbrante escenario. sólo alcanzado por los bueyes más altos. trepan por los escasos mariseiros. Y cuando llegan las épocas felices le da los frutos de exquisito sabor para preparar la umbuzada tradicional. Si no existiese el umbuzeiro. atrayendo la mirada. los araticuns a la orilla de los charcos. Las júrenlas.Es el árbol sagrado del sertón. Dominan la flora sertaneja en las épocas felices como los cereos melancólicos en los paroxismos estivales. gracias a las abundantes reservas guardadas en las raíces. aquel pe­ dazo de sertón. estallando en flores blanquísimas. Por entonces realza su porte. términos con que los matutos denominan las épocas de llu­ vias y de sequía. les proporciona gratuitamente un inestimable brebaje que les da vigor para las largas caminatas y les quita la fatiga en instantes. tan estéril que en él escasean los carnaubais tan provi­ dencialmente dispersos hasta las vecindades de Ceará. en la intercalación de veranos fla­ mígeros e inviernos torrenciales. transpiran en la cáscara reseca de los árboles. poco a poco. . . El umbu es para el pobre matuto que allí vive lo mismo que la mauritia para los garaúnas de los llanos. Tal vez. Fiel amigo en las rápidas horas felices y largos días amargos de los vaqueros. Le abre el seno afectuoso y amigo. destacándose. estaría despoblado. involucionando hasta prepararse para la resistencia. algunas gotas de agua. sustentándose en los tiempos de miseria gracias a la energía vital que economiza en las esta­ ciones benéficas. * Verde y magrem. como una bebida mágica— se extienden formando tapias. El ganado. levanta en firme recorte la copa circular. impenetrables muros disfrazados en dimi­ nutas hojas. Así podados parecen grandes cascos esféricos. . — misteriosos árboles que presagian la vuelta de las lluvias y de las anheladas épocas del verde o el término de la magrem * — cuando el flagelo de la sequía está en su ple­ nitud. . Y el sertón es un paraíso. o salpicando los morros. . Y las reparte con el hombre. Representa el más señalable ejem­ plo de adaptación de la flora sertaneja. para desafiar las sequías interminables. reaccionando. reverdecen los angicos. desparramados por los llanos. predilectas de los caboclos — es su hachís. y las baraúnas con sus flores en cascada. a la manera de una planta ornamental cuidada por la solicitud de un práctico jardinero. por fin. modificándose según las exigencias del medio. en hojas que pasan de un verde pálido a un rosa vivo en los brotes nuevos. Lo alimenta y mitiga su sed. pero todavía.

aterrando a los mocos que hacen pareja para anidar en las cuevas de piedra. . feliz. seis meses de ventura. V UNA CATEGORIA GEOGRAFICA QUE HEGEL NO C IT O 8 9 Resumamos. adornando con guirnaldas las umburanas de roja cor­ teza. . a la orilla de los bañados donde van a beber y el tapir deteniéndose un instante en su trote brutal. imperceptiblemente. a causa de la exuberancia de la tierra. dos. y a las súbitas inundaciones. extendido sobre los Andes — vasta terraza de dunas— se inscriben rigurosamente entre las primeras. en bandadas. las pampas inconmensurables y el mismo Atacama. mientras. preparadas para los venados ariscos o los novillos escapados. y ruedan las turbas turbulentas de las maritacas estridentes. . Los aires se animan en una palpitación de alas. . disparan por las cuestas húmedas los caititus esquivos. y las suguaranas. hasta que. sordamente.Al mismo tiempo surge la fauna resistente de las caatingas. corren por las mesetas altas. Es que pese a los largos veranos. y las seriemas de voces quejosas y las sericóias vibrantes cantando en la arboleda. pasan en manadas por las tigüeras con el estruendoso estrépito de maxilares que se mueven. no son incompatibles con la vida. olvi­ dado de tristezas. antes de caer en las trampas traicioneras. inflexiblemente rectilíneo. . el campesino anda por la huella conduciendo a los bueyes hartos y entonando su canción predilecta. . Se suceden mañanas sin par en las que la irradiación del levante en­ cendido tiñe de púrpura las eritrinas y destaca los festones multicolores de las begonias. Pero no fijan al hombre a la tierra. en­ suciándose en los charcos los avestruces velocísimos. a las tormentas de arena. las sabanas que continúan el valle del Mississipi. Pasan uno. con un ritmo maldito. los litorales y las islas. Los llanos de Venezuela. En un tumulto de vuelos desencontrados pa­ san. . derribando árboles por la caatinga . en bandadas. . . juntemos estas páginas dispersas. las palomas silvestres que emigran. Los surcan las notas de extraños clarines. las flores y las hojas se despegan poco a poco y caen y la sequía se disbuja de nuevo en las ramas muertas de los árboles marchitos. actúan sobre el hombre creando las diferencias étnicas: las estepas de vegetación raquítica o las vastas planicies áridas. saltan alegres en los altos pastos. los valles fértiles profusamente irrigados. Así se van los días. Hegel señaló tres categorías geográficas como elementos fundamentales que en unión con otros. los jabalíes de rubia canela.

En el paisaje hay nuevos tonos: la transpa­ rencia espacial resalta en las más ligeras líneas y en todas las variantes de forma y de color. de tal manera que los grandes llanos surcados por ríos. Pero a los sertones del Norte. el hombre. ahogado en la soledad de las planicies. el espasmo asombroso de la sequía. lucha con las reservas almacenadas en los días de abundencia y en este combate feroz. terriblemente oscuro. como un océano inmóvil. como las cordilleras y el mar. como los árboles. se unen en curvas suaves a las lomas altas. No atraen. Tienen la fuerza centrífuga del desierto. anónimo. Al llegar las lluvias. Bárbaramente estériles. Son un aislante étnico. aunque a primera vista se les equiparan. de gramíneas y ciperáceas. Después todo esto se acaba. como vimos. la pedregosidad del suelo. en un constante armar y desarmar de tiendas. pero si se los cruza en invierno. Los ampara mucho más allá de las horas de desesperanza que acompañan el agotamiento de los últimos ojos de agua. les falta un lugar en el cuadro del pensador germánico. por esas planicies. La temperatura cae. Pero cuando éstas no se prolongan al punto de originar penosos éxodos. de pronto verdeantes. la tierra se transfigura en mutaciones que contrastan con la desolación anterior. En la plenitud de las sequías son positivamente desiertos. repelen. Con la desaparición de los solazos se anula la sequedad anormal del aire. se cree entrar exactamente en aquella primera división. la atmósfera de los desiertos se levanta más profunda ante la expansión renacida de la tierra. No se pueden atar a la humanidad por el vínculo nupcial del surco del arado. Y el sertón es un valle fértil. . Los vados secos se convierten en ríos. o las estepas de Mongolia. se los toma por parte esencial de la segunda. cubre las grutas. todo esto se termina. desunen. para las so­ ciedades errantes de los pastores en continua movilidad. de una monotonía abrumadora. la desnudez vegetal. Después. la atmós­ fera asfixiante. Muestran siempre el mismo escenario. Si se los cruza en el verano. es un incentivo para la vida pastoril. y en las ocasiones en que los veranos se suceden sin la intermitencia de las llu­ vias. la naturaleza no los abandona del todo. Es un monte frutal vastísimo y sin dueño. sin olas y sin playas. Vuelven los días torturados. con la única variante del color. que se vigoriza en las épocas lluviosas. holladas en corridas locas por las catervas turbulentas de los tártaros errabundos.Su flora rudimentaria. La vege­ tación florece. disfraza la dureza de los barrancos. maravillosamente exuberantes. re­ dondea en colinas los rispidos bloques de piedra. rápidas y dispersas ante los primeros fulgores del verano. dispersan. Vuelven los días torturantes. Se aíslan las cumbres excavadas.

cuyos efectos escapan a la razón de los ciclos * Hiléia: nombre que Humboldt dio a la gran región botánica que ocupa la mayor parte de la Amazonia brasileña y territorios limítrofes. en un terrible remolino de corrientes. Esta explicación de Humboldt. del Sahara que lo empuja hacia el norte. la Hiléia * portentosa del Amazonas 90. del pie a las cumbres. Los combate. Los expresa el clásico Sahara — nombre genérico de la árida región dilatada desde el Atlántico al Indico. a partir de los polos inhabitables. La naturaleza no crea normalmente los desiertos. Por eso. Es que la morfología de la Tierra violenta las leyes generales de los climas. puesta en el medio. sobre el norte del Africa y desnudándola furiosamente. que coloca a la Tierra en condi­ ciones biológicas inferiores a las de otros planetas. . los rechaza. después de tocar la punta meridional de la paupérrima Arabia.La naturaleza se complace en un juego de antítesis. bordeando el Pacífico por un extenso tramo — contrahecho collar de islas desiertas y excavadas— y buscando después en lento desemboque hacia el sur. donde los arbustos de otras zonas se hacen árboles y el régimen oscila en dos estaciones únicas. apenas se advierte en los parajes donde una montaña única. Aparecen a veces. a la India opu­ lenta. entrando por Egipto y por Siria y asumiendo todos los aspectos de la enorme depresión africana al plateau arábigo quemante de Nedjed y avanzando desde allí hacia las arenas de las bejabans en Persia— y son tan ilógicos. Acabada la preponderancia del calor central y normalizados los climas.). entre los valles intensamente fértiles y las estepas más áridas. . cosa inexplicable. la naturaleza reacciona. pasando de los desiertos a las florestas. de T . del extremo norte al extremo sur. Bajo ella quedan las zonas exuberantes por excelencia. interfiriendo la frontera ideal de los hemisferios. Por ellas pasa. la existencia vegetativa progresa hacia la línea equinoccial. Relegando a otras páginas su significación como factor de diferencia­ ción étnica. En lucha sorda. aunque se presente como una brillante hipótesis. (N . veremos su papel en la economía de la tierra. que el mayor de los naturalistas pensó que su génesis podía ser la acción tumultuosa de un cataclismo. Pero siempre que el aspecto geográfico lo permite. bajo las líneas astronómicas que definen la exuberancia máxima de la vida. lo que de­ termina uniformidad favorable para la evolución de los organismos sim­ ples. De la extrema aridez a la exuberancia extrema. . el ecuador termal. una irrupción del Atlántico precipitándose. La fatalidad astro­ nómica de la inclinación de la elíptica. cuyo trazo está perturbado por inflexiones que van desde los singulares puntos donde la vida es imposible. los sertones imponen una división especial en aquel cuadro. atados directamente a las variaciones del medio. tiene un significado superior. sintetiza todos los climas del mundo. La más interesante y expresiva de todas.

como las de Australia. ya inútil. Olvidémonos. Renovaban el mismo proceso en la siguiente estación hasta que. permanecen estériles. vuelto caapuera — matorral muerto— como lo señala la etimo­ logía tupí. totalmente exhausto ese pedazo de tierra. quedando en adelante irremediablemente estéril porque. se inmovilizan poco a poco aprisionadas por las radículas de las gramíneas. pero tenaz. Cer­ caban con troncos el área en cenizas donde hubo una mata exuberante. De hecho. tal vez pertenecen al punto singular de una evolución regresiva. las planicies. Esto comenzó con un desastroso legado indígena. lleva­ das por los vientos. de un agente geológico notable. incoercible. el suelo árido y la roca estéril caen bajo la acción de los liqúenes que preparan la llegada de los frágiles lecitos. asumió el terrible papel de hacedor de desiertos. En la agricultura primitiva de los silvícolas. emergiendo. La misma temperatura abrasadora acaba por darles un mínimo de presión atrayendo la afluencia de las lluvias.históricos. éste actúa brutalmente sobre la tierra y en todo el decurso histórico. crecen. las sabanas y las estepas más vivaces del Asia central. por . indiferente a los elementos que provocan tumultos en su su­ perficie. el instrumento funda­ mental era el fuego. geológicamente modernos. surgen. COMO SE HACE UN DESIERTO Los sertones del Norte. en sucesivas fases de transfiguraciones maravillosas. que por largo tiempo negaron a la planta más humilde su apego a la tierra. va cambiando por asi­ milación. el hombre. se lo abandonaba. contra­ puestos a este criterio natural. las ramas después de secas se encendían en volcanes de fuego acrecidos por el viento. la tierra como un organismo. lo cierto es que un com­ plejo de circunstancias les ha dificultado el régimen continuo. por ejemplo. en otros pun­ tos los desiertos se anulan. por ahora. La cultivaban. De modo que si las extensas depresiones eternamente condenadas. los llanos y las pampas de escasa vegetación. Imaginémoslos hace poco. a despecho de una esterilidad menor. Cortados los árboles por las filosas hoces de granito. y por fin. Anteriormente esbozamos algunas. entorpecida siempre por los agentes adversos. de un vasto mar terciario. Aparte de esa tesis absolutamente inestable. pero emocionantes para quien consigue entreverla a través de los siglos sin cuento. favore­ ciendo una flora más vivaz. en una retrospección en la que la fantasía se levanta sobre la gravedad de la ciencia. y las arenas móviles.

vacías y tristes. entrando por las noches. en los sertones abusivamente divididos se abren extensísimos campos. los rigo­ res del clima la flagelaban. dejando la huella destructora en la marcha de las bandeiras. Del mismo modo se abren los fuegos. Incluso a me­ diados de este siglo. la degradó corroyéndola con las aguas salvajes de los torrentes. sin fosos de contención. extendiendo el círculo de los estragos en nuevas caapueras. y más allá la caatinga bravia. con su extraño aspecto de inmensas ciudades muertas. que una vez más dejaba para formar otras en diferentes puntos. el mismo instrumento siniestro. Durante meses seguidos se vie­ ron en el poniente. se ahogaba en duros pastizales. pastizales sin límites. con nuevos árboles derribados y nuevas quemazones. el régimen francamente pastoril. la esterilizó con las escorias del oro. enrojeciendo con el intenso colorido de las arcillas. avasallando extensidades. donde no prospera la planta más exigua. tenían al frente. va derribando a su paso y quemando. El aborigen seguía abrien­ do campos. Desde los albores del siglo xvxi. Imaginen los resultados de semejante proceso aplicado sin variantes en el curso de los siglos. el incendio. Estas brutalidades atravesaron toda nuestra historia. removiéndola en las exploraciones a cielo abierto. iluminándoles la ruta. totalmente distintas de la de la selva primitiva. eran siempre de tipo arbustivo. las familias vegetales que surgían subsidiariamente en el suelo calcinado. aquí y allí. para siempre estériles. . tierras de cultivo. Ahogada por una flora que le oscurecía el horizonte y dificultaba peligrosamente las trampas tendidas al indio. necesitado de ver claramente las montañas que lo guiaban. Lo agravó to­ davía al adoptar en forma exclusiva para el centro del país. espejando aquí y allá la figura doliente de la caatanduva siniestra. las grandes catas. Atacó a fondo la tierra. se le unió el sertanista ambicioso y bravo en busca de indígenas o de oro. la hirió a puntazos de pico. Al mismo tiempo. los exploradores que en 1830 avanzaron partiendo de la margen izquierda de ese río. sueltos en los soplos violentos del nordeste. destruidas. y dejó.una circunstancia digna de destacar. cargando en vasijas de cuero las indispensables medidas de agua. fuera de la estrecha faja de los cañaverales de la costa. según el testimonio de los viejos habitantes de las poblaciones aledañas del Sao Francisco. Después vino el colonizador y copió el mismo proceder. abriéndoles los caminos y devastando la tierra. quedando estériles e ineptas para reaccionar con los elementos exteriores que se agravaban a medida que se ampliaban: la tierra se volvía piedra. el reflejo rubio de las que­ mazones. libremente encendidos.

con la erosión eólica. atravesando normalmente el caprichoso curso lleno de vericuetos de los * Carta de Pedro Barbosa Leal al Conde de Sabugosa 92. Lo demuestran las car­ tas reales del 17 de marzo de 1796. Casi todos pasaban por la orilla del sertón de Canudos. al borde del Sahara. la misma que tienen hoy para nuestros sertanejos. entonces llamado Pico-Aragá por los tapuias. Allí están esos documentos preciados en relación directa con la región que pálidamente intentamos describir. con sucesivos decretos intentaron ponerle coto. Pero aún puede extinguirlo. El hacha del caatingueiro auxilió a la degradación de las tormentas. a cada paso se descubre alguna alusión relativa a la rudeza de los parajes que atravesaban. con las repentinas tempestades. Deletreando los antiguos mapas de ruta de los sertanistas del norte. las plantas tenían una función proverbial. COMO SE EXTINGUE UN DESIERTO Quien atraviesa las planicies elevadas de Túnez. Es que el mal es antiguo. que intervino en la correlación de fuerzas de ese clima demoledor. intrépidos caatingueiros que pleiteaban con los bandeirantes del sur. con la succión de los estratos. desde Bahía a Ceará. Y hablan de los "campos fríos (ciertamente a la noche por la irradiación intensa del suelo desprotegido) cortando leguas de caatinga sin agua ni caravatá que la tuviese y remediando a la gente sólo con raíces de umbu y mandacaru” en la penosa apertura de las picadas *. Lo demuestra una comparación histórica.”. atribuyéndola a esas costumbres apuntadas. con el nordeste. lo transformó y lo agravó. Por mucho tiempo dominó esta preocupación. Y al terminar la sequía legendaria de 1791-1792. corrigiendo el pasado. el gobierno de la metrópoli. Desde 1713. Si bien no lo creó. que tanto abundaban y hoy quedan a distancias considerables. Ya en esa época. entre Beja y Bizerta. la quemazón fue suplemento de la insolación. con las canículas. Quizá hizo el desierto. estableció como correctivo único. etc. . . Hay otros de comparable elocuencia. como se ve.El gobierno colonial lo había previsto. todavía encuentra. la severa prohibición de cortar las florestas. . que arruinó al norte entero. la gran sequía. Colaborando con los elementos meteorológi­ cos. como dicen todavía los viejos sertanejos. La tarea no es imposible. con parada en Monte Santo. en el desemboque de los valles. y la del 11 de junio de 1799 por la que se decreta que "se prohíba la indiscreta y desordenada ambición de los habitantes (de Bahía y Pernambuco) que tienen asolados a hierro y fuego preciosos bosques. nombrando un juez conservador de bosques. el hombre agregó un elemento más nefasto. en busca de las "minas de plata” de Melchior Moreia 91.

Después de la destrucción de Cartago. creó un esbozo de irrigación general. Caía sobre la tierra desnuda. con revestimientos de piedra lisa. se vio transfi­ gurada en la tierra clásica de la agricultura antigua. Fue el granero de Italia. nefasto. De modo que este sistema de represas. o las transbordaban por canales laterales a los sitios más bajos donde se abrían en acequias que irradiaban hacia todas partes embebiendo el suelo. después de una revitalización transitoria. pero que hasta entonces se reducía a un litoral poblado por traficantes o nómadas con sus tiendas de techos curvos blanqueando los arenales como quillas hundidas. Viejos muros derruidos. Y ahí dejaron el bellísimo rasgo de su expansión histórica. monumental e inútil. Lo corrigieron. Al sur parecía avanzar el desierto. El régimen torrencial que es intensí­ simo en ciertas épocas. determinando alturas pluviométricas mayores que las de otros países fértiles y exuberantes. era como en los sertones de nues­ tro país. Los torrentes se dividieron en distintas corrientes por las barreras de las murallas que cerraban los valles y los oueds detenidos entre las sierras conservaban por largo tiempo las grandes masas líquidas hasta entonces perdidas. Los romanos lo hicieron retroceder. terminaron por actuar sobre el clima mejorándolo. además de inútil. dejando el suelo. expuestas a la evaporación. esos legados de los grandes colonizadores delatan al mismo tiempo su actividad inteligente y el abandono bárbaro de los árabes que los sustituyeron. estéril menos por la escasez de lluvias que por su pésima distribución adscrita a los relieves topográficos. Encadenaron los torrentes. los romanos habían tomado sobre sus hombros la empresa incomparablemente más seria de vencer el antagonismo de la naturaleza. Excluido el arbitrio de las irrigaciones sistemáticas tan difíciles. entre muros de piedras y tierra. restos de antiguas construcciones romanas. Advirtieron con seguridad el defecto original de la región. Túnez. más despojado y árido. nivelando los últimos acci­ dentes que no doblegaba la fuerza del simún. En la actualidad. donde habían anclado los hijos predilectos de los fenicios. los franceses les copian los procedimientos sin nece­ sidad de levantar murallas monumentales y dispendiosas. durante algunas semanas inundaba las planicies y luego desaparecía por el norte y por el levante. consiguieron que las aguas permanecieran durante mayor tiempo sobre la tierra. cedió ante una red de barreras. Finalmente. Represas con empalizadas de estacas. desa­ rraigando la poca vegetación apenas aferrada a un suelo endurecido. tenazmente comba­ tido y bloqueado. Por otra parte. cubiertos en parte por los detritos de veinte siglos. hacia el Mediterráneo. dominando todo el paisaje.oueds. aquellas superficies líquidas esparcidas en innumerables ríos y no resumidas en un Quixadá único 9S. a manera de . repre­ saron las fuertes correntadas y aquel régimen brutal. además de otras ventajas. la abastecedora casi exclusiva del trigo de los romanos.

De las discusiones entonces celebradas. Francia salva los restos de la opulenta herencia de la civilización romana. se aprecia que se adaptan a una tentativa idéntica. depósitos colosales para las reservas acumuladas. Ahora bien. . pasando de las insolaciones interminables a las inundaciones súbitas. los superó. aman­ sadas. De esta manera. Surgió hace mucho tiempo. Es que. además de práctica. factible. Sea cual fuere la intensidad de las complejas y remotas causas que anteriormente esboza­ mos. la tierra. En aquella oportunidad. después de una declinación de siglos. la influencia de aquéllas es manifiesta desde que se considere que la capacidad absorbente y emulsiva de las tierras expuestas. la estructura y la conformación del suelo.palancas. y finalmente. volviendo a su fisonomía antigua. de resultados igualmente seguros. en las que fueran sepultadas las teorías de los mejores científicos del momento — desde la sólida experiencia de Capanema hasta la singular mentalidad de André Rebougas9 5 — fue la única teoría práctica. entre los agentes determinantes de la sequía se intercalan apreciablemente. De modo que. La propuesta más modesta. por las derivaciones cruzadas. en 1877. verdaderamente útil. hacen canales que derivan hacia las tierras circundantes. los oueds mejor dispuestos y en lo alto de sus bordes y a todo lo largo de las serranías que los rodean. . Y el histórico paraje. mal protegida por una vegetación marchita que las . diseminándose finalmente. el mapa hipométrico de los sertones del Norte. como para caracterizar bien el fracaso completo de la inge­ niería ante la enormidad del problema. liberado de la apatía del musulmán inerte. que hablaba por el más elemental de sus ejemplos. La idea no es nueva. agravan al mismo tiempo los topes de calor y la degradación intensiva de los torrentes. sin embargo. en millares de válvulas de escape. del bello espíritu del consejero Beaurepaire-Rohan9 4 . miría­ das de pozos artesianos perforando las planicies. se aquietan. diques inmensos formando Caspios artificiales. que perduró. evidentemente era la más lógica. se idearon lujosas cisternas de piedras. quizá sugestionado por la misma com­ paración que acabamos de hacer nosotros. efecto de la enseñanza his­ tórica. cuando se dibuja sin gran precisión todavía. E L MARTIRIO SECULAR DE LA TIERRA Realmente. las aguas salvajes se detienen. sin tomar la fuerza de las inundaciones violentas. la inclinación de los estratos y la rudeza de los relieves topográficos. ¡estupendos alambiques para la destilación de las aguas del Atlántico!. formando redes de irrigación. en memorables sesiones del Instituto Politécnico de Río. se trans­ forma.

por toda la extensión del territorio sertanejo. la golpean y esterilizan. . a los veranos siguientes. las aguas siguen incontinenti por los surcos y arroyos. por su misma simplicidad. El proceso que señalamos en esta breve recordación histórica. en las proximi­ dades de la red de derivaciones de las aguas. De esta manera. y cuando desaparecen. la dejan aún más desnuda ante los adustos rayos del sol. pozos artesianos y los inmensos lagos como el de Quixadá. la última de las consecuencias de la sequía: la sed. de escasa vegetación. El martirio del hombre allí es reflejo de una tortura mayor que abarca la economía general de la Vida. Dejando de lado los factores determinantes del flagelo. Las cisternas. al constituir una dilatada superficie de evaporación. . . . y se fijaría una situación de equilibrio en la inestabilidad del clima. Las fuertes tempestades que apagan el incendio sordo de las sequías. sobrevendrían tres consecuencias inevitables: se atenuaría considerablemente el drenaje del suelo con sus lamentables consecuencias. reviviendo el trazado de cons­ trucciones antiquísimas. . preparan de alguna manera a la región para mayores tragedias. fecundas áreas de cultivo. son aquéllas las únicas pasibles de modificaciones apreciables. Apenas cae una lluvia en esos pedre­ gosos campos. se deja invadir poco a poco por el régimen francamente desértico. porque los numerosos y pequeños diques uniformemente distribuidos. El régimen recorre con deplorable intermitencia un círculo vicioso de catástrofes *. se formarían. es digno de mencionarse el fuerte declive hacia el mar que existe en las tierras del sertón. a pesar de la revitalización que traen. * “ . Nace del martirio secular de la Tierra. pues buscan atenuar. Francia los utiliza hoy sin variantes.primeras queman y las segundas erradican. . exponiéndola cada vez más desprotegida. pero lo que hay que combatir y vencer en los sertones del Norte es el desierto. con el correr del tiempo. ejercerían. la influencia moderadora de un mar interior de fun­ damental importancia. . No hay que arbitrar otro recurso. . I. Amuralladas las cuencas inteligentemente seleccionadas y a cortas distancias. Yoffiley. la surcan con canales de rispidos contornos. Notas sobre a Varaíba 96. donde corren sus ríos. originados en la fatalidad de las leyes astronómicas o geográficas inaccesibles a la intervención humana. la única medida que se debe tomar es corregir estas disposiciones naturales. nos dispensa de mayores pormenores técnicos. tienen un inapreciable valor local. produciendo verdaderas avalanchas que destruyen todo a su paso. de modo general. La desnudan brutalmente.

Apenas está esbozado. Ais­ lamiento del desierto. Crecimiento vertigino­ so.— Complejidad del problema etnológico del Brasil. Monte Santo. Leyendas. Varia­ bilidad del medio físico y su reflexión en la historia. Religión mestiza. Primeros reveses. Hégira hacia el sertón. Un heresiarca del siglo II en plena Edad moderna. I I I — El sertanejo. Población multiforme. ¿Por qué no predicar contra la República? Una misión abortada. I COMPLEJIDAD DEL PROBLEMA ETNOLOGICO DEL BRASIL Adscripta a influencias que intercambian en grados variables tres ele­ mentos étnicos. Factores históricos de la religión mestiza. Peregri­ naciones y martirios. Tradiciones. Las misiones actua­ les. documento vivo de atavismo. Función histórica del río Sao Francisco. El templo. mediador entre el bandeirante y el sacerdote. Las oraciones. Pedra Bonita. Policía de bandidos. Régimen de la urbs. El arreo. Causas favorables para la formación mestiza de los sertones. Represen­ tante natural del medio en que nació. Fundaciones jesuítas en Bahía. II. Los . Antecedentes de fa­ milia: los Maciéis. Servidumbre inconsciente: vida pri­ mitiva. Cómo se forma un monstruo. la génesis de las razas mestizas del Brasil es un pro­ blema que por mucho o tiempo aún desafiará el esfuerzo de los mejores espíritus. Los vaqueros. IV — Antonio Conselheiro. El vaquero. Las prédicas. Gru­ pos de valientes. Profecías. Acción del medio en la fase inicial de la formación de las razas. Tentativas de reacción legal. Maldición sobre la Jerusalén de barro. La formación brasileña del norte. distinguiéndola de los cruzamientos en el litoral. Una raza fuerte. Tipos dispares: el jagunco y el gaúcho. Camino al cielo. V. Preceptos de ultramontano. Un gnóstico rudo. La sequía. Una vida con buenos auspicios.— Génesis del jagun50 : colaterales probables de los paulistas. En el dominio de las investigaciones antropológicas brasileñas se encuentran nombres muy dignos de nuestro movimiento intelectual.— Canudos: antecedentes.EL HOMBRE 1. El rodeo. La caída. Hombre grande para el mal. Carácter variable de la religiosidad sertaneja.

Sea que resulten del "hombre de Lagoa Santa” cruzado con el precolombino de los "sambaquis”. cualquiera fuere el ramal africano aquí trasplantado. Ahora bien. y muchos otros cuyos trabajos refuerzan los de Nott y Gordon en el definir. de alguna raza invasora del norte. capaz de cambiantes climas. En cuanto al factor aristocrático de nuestra gens. se realiza por el ejercicio intensivo de la ferocidad y de la fuerza. La parte primordial de la cuestión quedó aclarada. sea que deriven. un tenaz investigador. nuestro eterno desprotegido. aunque imper­ fectamente. parece definiti­ vamente afirmado. externos. la intuición genial de Frederico Hartt. la rara lucidez de Trajano de Moura. El negro bantú o cafre. hasta en este punto. Nina Rodrigues9 8. más que en cualquier otra parte. contrariando el pensamiento de los caprichosos cons­ tructores del puente Aléutico. ciertamente. se puede afirmar que poco avanzamos. hijo de tierras adustas y bárbaras. gracias a los cuales. a América como un centro de creación desligado del gran vivero del Asia Central. Los otros dos elementos formadores. el autoctonismo de las razas americanas. nuestros indígenas. completado por la profunda elaboración pa­ leontológica de Wilhelm Lund. de la que se supone son oriundos los tupís. fue. el portugués. está a su vez. Así es que conocemos los tres elementos esenciales y. se destacan el nombre de Morton. tan numerosos en la época del descu­ brimiento. con grandes modificaciones por ulteriores cru­ zamientos y por el medio. con discordantes aspectos y opuestas condi­ ciones de vida. no originaron idénti­ cas tentativas. No vamos a repetirlas.estudios sobre la prehistoria indígena muestran modelos de observación sutil y brillantes conceptos críticos. Sólo en los últimos tiempos. las condiciones históricas adversas o favorables que sobre ellos actuaron. las inves­ tigaciones convergieron hacia la definición de su psicología especial y consiguieron trazar algunas conclusiones seguras. la organización científica de Meyer. totalmente caracterizado. En este gran esfuerzo. Además de faltarnos competencia. Autónomo entre las razas se erige el homo americanus 97. donde la selección natural. Escribimos todas . Esclarecido de este modo el origen del elemento indígena. pueden ser considerados tipos en vías de desaparición de viejas razas au­ tóctonas de nuestra tierra. bajo sus diferentes formas. nos desvia­ ría demasiado de nuestro objetivo. el medio físico diferenciador y aún. con sus varias modalidades. trajo los atributos preponderantes del homo afer. que nos une a la vibrátil estructura del celta. analizó cuidadosa­ mente su religiosidad tan original e interesante. con sus exactos caracteres antropológicos. a pesar del com­ plicado entrecruzamiento de donde emerge. de una manera más com­ pleta. Pero si no consideramos las alternativas y todos los pasos inter­ medios de ese entrelazamiento de tipos antropológicos de grados dispares en sus atributos físicos y psíquicos bajo los influjos de un medio variable.

al indio guaraní y al blanco. El tipo abstracto de brasileño que se busca. otras tres. al negro bantú. * Respectivamente. evidentemente. . no se unifican. unifi­ cados y convergentes en un tipo intermedio. incluso en el caso favora­ ble arriba afirmado. Es fácil demostrarlo. del blanco y del tupí (cari-boc: que procede del blanco). agravándose y dificultándose. Por lo pronto.las variables de una fórmula intrincada. innumerables modalidades de acuer­ do con el variable dosaje de sangres. intactas. Mamá-ruca: sacado de la mezcla. del tupí y del negro. aunque preferentemente aplicado al segundo. Teóricamente sería el pardo. mamaluco. productos del negro y del blanco. por extravagante indisciplina mental. Y el estudio de estas subcategorías sus­ tituye al de las razas formadoras. en una fusión inmediata en la que se yuxtaponen o se resumen sus caracteres. De mamá: mezclar y ruca: sacar. si se mira que aquéllas conllevan. en el caso más simple. con las capacidades que les son propias. Pero aunque. se desdoblan y originan un número igual de subformaciones. Se puede modificar como se modifican todas las leyes ante la presión de los datos objetivos. para el caso no basta que pongamos uno de­ lante del otro. aplicando al conjunto la ley antropológica de Broca99. la combi­ nación ternaria determina. Esta es abstracta e irreduc­ tible. sin reducción alguna. a su vez. Por el contrario. Los elementos iniciales no se resumen. en un mestizaje embarullado donde se destacan como productos más característicos el mulato. cuando en lugar de la combinación binaria que la ley presupone. pero no develamos todas las incógnitas. el mameluco o curiboca y el cafuz *. se da una combinación de tres factores diversos adscriptos a las vicisitudes de la historia y de los climas. substituyéndose por los derivados. vemos que en esta hipótesis favorable no resulta de ellos el producto único inmanente a las combinaciones binarias. no simplificaría el problema. del curiboca y del cafuz. la palabra mameluco o mejor. Es que. ni qué causas pueden atenuar o matar ese influjo. alguien intentase aplicarla desprendida de la intervención de esos datos. No nos dice cuáles son los factores que pueden atenuar el influjo de una raza más numerosa o más fuerte. binarias. Los abarca como término genérico. Los propósitos primeros de las investigaciones se desubican y perturban ante estas reacciones que no expresan una re­ ducción sino un desdoblamiento. en el que convergen los sucesivos cruces del mulato. sólo puede surgir de un entrelazamiento considera­ blemente complejo. mostrando el serio problema. Dejemos de lado innumerables causas perturbadoras y consideremos sólo los tres elementos constituyentes de nuestra raza en sí mismos. Hay una regla que nos orienta cuando salimos a indagar la verdad.

Pero si se consideran las condiciones históricas que actuaron de modo diferente en los distintos territorios del país. Lo proclaman el tipo más característico de nuestra subcategoría étnica. entre nosotros. entrelazan y funden a las tres razas según los caprichos que los empujan en el momento. de reaccionar en muchos puntos contra la ab­ sorción de la raza superior. porque invaden la ciencia en la vibración rítmica de los versos de Goncalves Dias 100. Amplían la influencia del último. Pensamos que esto sucede porque la meta esencial de estas investiga­ ciones se reduce a la búsqueda de un tipo étnico único. las disparidades climáticas que ocasionan reacciones diversas diversamente soportadas por las razas constituyentes. a más de osadas. son estériles. por cierto. hacia lo cual tienden tanto el mulato. Y estructuran fantasías que caen al más leve choque de la crítica. difundida en medio de extravagantes fantasías que. con discutible autoridad. la función se­ cundaria del medio físico y decretan la extinción casi completa del indígena y la influencia decreciente del africano después de la abolición del tráfico negrero y así prevén la victoria final del blanco. Algunos afirman a priori. El tema se va volviendo multiforme y dudoso. en quien se apagan más rápidamente aún. capaz. Existe un exceso de subjetivismo entre quienes. se los exageró. cuando. forma cada vez más diluida del negro. Otros alargan más el devaneo. como término general de una serie. En sus devaneos no faltan el metro y la rima. como el caboclo. meditan sobre cosas tan serias con una volubilidad algo escandalosa si se miran las proporciones del tema. en los últimos tiempos. en efecto. Después arrojan. Exageran la influencia del africano. más nume­ roso y más fuerte. Y de esta metaquímica extraen algunos precipitados ficticios. se ve bien que aquella formación es realmente dudosa cuando no absurda. los rasgos caracte­ rísticos del aborigen. los mate­ riales objetivos ofrecidos por las circunstancias mesológicas e históricas. no fue y no es uniforme. . Surge el mulato. Como quiera que sea. dejando de lado la gran influencia que éstos han tenido y que no negamos. Ahora bien. la mayor o menor densidad con que éstas se cruzaron en variados puntos del país. Sometidos a la penosa tarea de subordinar sus investigaciones a condiciones tan com­ plejas. Porque no tenemos unidad racial. estas rápidas consideraciones explican los dis­ pares puntos de vista que reinan entre nuestros antropólogos. en gran parte. y atendiendo aun a la introducción de otros pueblos — por las armas en la época colonial y por las inmigraciones en nuestros días— hecho que a su vez. Comienzan por excluir. provocando la irrupción de una cuasi ciencia. hay muchos. se han dedicado con preferencia a la preponderancia de los facto­ res étnicos. Otros van demasiado pegados a la tierra.

de él dependieron. Y definiéndolo de este modo concluimos que nuestro país. Estas lo subdividen en tres zonas claramente distintas: una francamente tropical que se extiende por los estados del norte hasta el sur de Bahía. La re­ fuerza otro elemento igualmente ponderable: un medio físico amplio y variable. La disposición orográfica brasileña. desde Minas a Paraná. Las indicamos en rápidos trazos. completado por la variación de las situaciones históricas que en gran medida. proyectada en un dilatado tiempo. entre las isotermas 15° y 2 0 °. otra templada de Sao Paulo a Río Grande pasando por Paraná y Santa Catarina. muestra con preferencia y en cual­ quier parte adicta. No la sugiere sólo esa heterogeneidad de elementos ancestrales. Estamos destinados a la formación de una raza histórica en un futuro remoto.Quizá no la tendremos nunca. Estamos condenados a la civilización. excluye los relieves naturales que atenúan o refuerzan los agentes meteorológicos. aparecen modalidades que todavía los diversifican. La afirmativa es segura. de fuertes masas elevadas que se orientan prolongando el litoral perpendicularmente al rumbo SE. y como transi­ ción. Así quedan claramente delimitados tres habitat distintos. Además de sobrepasar la demarcación teórica común. Nuestra evolución biológica exige la garantía de la evolución social. no se adecúa a un régimen uniforme. creando climas ecuatoriales en altas latitudes o regímenes templados entre los trópicos. si lo permite una vida nacional autónoma. inscripta en los amplios lincamientos de las leyes cosmológicas generales. el astronómico y el geográfico. otra subtropical que se extiende por el centro y norte de algunos estados. ese límite es exage­ rado. el Brasil está lejos de incluirse en esa categoría. por su misma estructura. deter­ . O progresamos o desaparecemos. Toda la climatología. Bajo este aspecto invertimos el orden natural de los hechos. Lo demuestran los resultados más recientes y son los únicos dignos de fe. las causas naturales más próximas y particulares. de las investigaciones meteorológicas. Ahora bien. Un clima es como la traducción fisiológica de una condición geográfica. VARIABILIDAD DEL MEDIO FISICO Contrariando la opinión de los que limitan los países calientes a un desa­ rrollo de 30° de latitud. Sobre este propósito debemos hacer algunas consideraciones. Bajo un doble aspecto. con una temperatura media de 2 6 °. igualmente entre las líneas más o menos seguras de éstos.

formando un escenario desmesurado adecuado para los cuadros dolorosos de las sequías. Sorpresivamente se entra en el desierto. las florestas enmascaran vastos territorios áridos que retratan en las áreas desnudas las inclemencias de un clima en el que los grados termométricos e higrométricos progre­ san en relación inversa. por las latitudes. En la extensa faja de la costa que va desde Bahía a Paraíba. es el ejemplo saliente. A partir de los trópicos. Extendida hasta los parajes septentrionales se ve la misma naturaleza exuberante en los grandes montes que hay por la costa. abarcando extensas superficies hacia el interior. Y por cierto. en llanos desnudos que se suceden. tuvieron en su traslado hacia el oeste en busca del interior. El fracaso de la expansión bahiana. Las diferencias en el régimen y en los aspectos naturales. se señalan claramente en el primero. indefinidamente. obstáculos más serios que la agitada ruta marítima o montañosa. Pero. desaparecen los grandes montes. A una distancia menor de cincuenta leguas. un clima altamente mejorado por la altitud y la misma imagen animadora de los aspectos naturales. Lo revela un corto viaje hacia el occidente partiendo de un punto cualquiera de la costa. Es un hecho conocido. su caracterización astronómica. creando las mismas condiciones favorables. creando anomalías climatológicas muy expresivas. se esteriliza y deprime. a partir del paralelo 13°. en la travesía de las caatingas ralas y marchitas. De hecho. dadoras de opuestas condiciones de vida. decae la grandeza de las montañas. que había precedido a la paulista en el penetrar hacia los misterios de tierra adentro. la urdimbre geológica de la Tierra. El contraste es abrumador. Lo que no ocurre de los trópicos hacia el sur. Allí. se ven transiciones más acentuadas: mientras los para­ lelos acompañan el rumbo a occidente. La naturaleza se empobrece. persiste inalterable. Se define anormalmente por las lon­ gitudes. transformándose en sertones bárbaros por los que corren ríos efímeros. los grupos humanos que en los dos primeros siglos de poblamiento golpearon las playas del norte. hacia el ecuador. extremándose exageradamente. matriz de su interesante morfogenia. viola las leyes generales que lo regulan. por lo que la observación rápida del extranjero se imagina una dilatada región vivaz y fértil. la misma flora. que siguiendo este rumbo son imperceptibles.mina las primeras distinciones en amplias zonas de territorio que están situadas al oriente. los meridianos van hacia el norte. el clima totalmente subordinado al aspecto geográfico. Entonces el encanto de la bella ilusión se quiebra. . cede a las causas secundarias perturbadoras. aparecen dos regiones totalmente opuestas.

de naturaleza fecunda erguida en la apoteosis triunfal de los días deslum­ brantes y serenos. apenas esbozadas. de un suelo que germina en fantástica vegetación. que el gran pensador. se ve que aquel régimen climatológico anómalo es el rasgo más hondo de nuestra variabilidad mesológica. el paisaje se revela más opulento y amplio. se lanza hacia el Mato Grosso. desafía en benignidad al admirable régimen de la Europa meridional. Tomaremos los casos más expresivos. como sucede más hacia el norte. (N . toda la exuberancia inconcebible. éstos desaparecen en el corazón de las altiplanicies frente al SO que. No lo regula con exclusividad el SE. aparecen allí. En efecto. que es el regulador predomi­ nante del clima de la costa oriental. en precipitada generalización. distinto de los que vimos rápidamente delineados. Ninguno se le equipara en el juego de las antítesis. el NO prepondera en toda la extensa zona que va desde las tierras elevadas de Minas y de Río hasta Paraná pasando por Sao Paulo. Pero esta placidez opulenta. origi­ nando desproporcionadas amplitudes termométricas. paradojalmente. Toda la imponencia salvaje. en el Mato Grosso. Soplando desde las altas planicies del interior. ya muestran una diferencia esencial entre el sur y el norte. Contemplándolas. Ninguna se le asemeja. evitando explayarnos extensa­ mente sobre el tema. francas y portentosas. En páginas anteriores vimos que el SE. sin los rasgos exageradamente dominantes de las montañas. por la disposición de la tierra y por la transición variable entre el sertón y la costa. Sobre estos escenarios. por las faldas interiores decae suavemente en vastos planos ondu­ lados. agravando la inesta­ bilidad del clima continental y sometiendo a las tierras centrales a un régimen brutal.). la naturaleza equilibra las exageraciones de Buckle. esconde el germen de cata* Manageability of nature: en inglés en el original: flexibilidad de la naturaleza. Es excepcional. A su vez. ideó para el Brasil. de T . Ahora bien. Su imagen apa­ rente es de una benignidad extrema: de tierra aficionada a la vida. harto irrigado por ríos que irradian hacia los cuatro puntos cardinales. es sustituido en los estados del sur por el NO y en los extremos septentrionales por el NE. como un hálito fuerte de los pamperos. estas amplias divisiones. unidas a la brutalidad máxima de los elementos. incluso con la frialdad de las observaciones de los naturalistas poco ave­ zados en los aspectos descriptivos. Haciendo un análisis más profundo descubriremos aspectos particulares más agudos todavía. Es la escarpa abrupta y viva de las altiplanicies. . La tierra mues­ tra esa manageability of nature * de que nos habla Buckle y el clima tem­ plado caliente. absolutamente distintos por el régimen meteorológico.El ancho muro de la cordillera granítica que cae a plomo sobre el mar.

asustada. dan testimonio de la embestida fulminante del flagelo. y el hombre. parecen cuerpos sólidos. Pero. Los brasileños de otras latitudes apenas lo comprenden. dejando los refugios donde tuvo que buscar protección para su vida. las chozas destruidas. . los montes en una quietud que da miedo.clismos que irrumpiendo siempre con un ritmo inquebrantable. los techos por tierra. Por momentos. el mismo círculo vicioso de las catástrofes. se doblan y su­ cumben los carandas seculares. Ahora bien. despunta en contraste con esas manifestaciones. Es un asalto súbito. ¡Y una hora después el Sol irradia triunfalmente en el cielo purísimo! Los inquietos pájaros cantan por las frondas chorreantes. de eclipse. la presión dismi­ nuye y crece sin cesar el malestar hasta que se forma en los aires inmo­ vilizados el componente formidable del pampero y resurge estruen­ dosa la tormenta. Viagetn ao redor do B ra sil 101. Desde ese punto sopla después una brisa cuya velocidad va creciendo rápidamente hasta convertirse en fuerte ventarrón. el vendaval sacude violen­ tamente la tierra. la temperatura empieza a subir de nuevo. Vamos a esbozarlos. estallan en truenos los cielos y un aguacero torrencial cae sobre esas vastas superficies destrozando. La tem­ peratura cae en minutos y en pocos instantes. La presión decae lentamente. se desencadenan con el rigor implacable de una ley. un cúmulo compacto de bordes de cobre oscuro. en un descenso continuado. No podemos describirlos. los aires se inmovilizan por cierto tiempo. hacia el sur. El cataclismo irrumpe como un arrebato en la espiral vibrante de un ciclón. Después de soplar algunos días las bocanadas calientes y húmedas del NE. poco a poco. incluso a través de las lúcidas observaciones de Bates 10a. si se vuelve a mirar el cielo. Joáo Severiano da Fonseca. Las aves se acogen a sus nidos suspendiendo sus vuelos y allí se esconden *. . quedan aislados los morros. reviviendo el mismo ciclo. el clima de Pará. * Dr. negrea el horizonte. uniendo todas las nacientes de los ríos y embarullando los lechos en mares indefinidos. Entonces. "la naturaleza parece quedar extática. encuadrada por el mismo lúgu­ bre escenario. avanzando hacia el norte. el divortium aquarum impreciso que las atra­ viesa. hacia el éste. en rodeos turbulentos. . Días después los vientos soplan suavemente otra vez. contempla los estragos en medio del renacer universal. Los troncos y las ramas de los árboles partidos por los rayos. las planicies se vuelven lagos. ni las ramas de los árboles se mueven. ¡ni una nube! El firmamento lím­ pido se arquea iluminado por un sol oscuro. ahogando la vida. desparramados por los vientos. en el verano. el aire es sua­ vizado por soplos acariciantes. las últimas olas barrosas de los arroyos desbordados. Fulguran los relámpagos. Se desploman las casas. en una inundación única. la vegetación volcada por los campos como si sobre ella hubiesen pasado búfalos en tropel.

se expanden soplos fríos del sur. O clima do B rasil 10s. en furos. La constancia de tal clima hace que no se adviertan las estaciones que. cuyos pétalos se desprenden y caen. Allí. en el Alto Amazonas. . ramas viudas de las flores recién abiertas. hacia el oeste. tornando imposible la continuidad de cualquier esfuerzo. Tal régimen provoca un parasitismo franco. impone una aclimatización penosa a todos los hijos de los territorios limítrofes. Preso en las mallas de los igarapés. en este clima singular. suceden inesperadamente a noches lluviosas. Es la revitalización de la actividad rudimentaria de los que allí viven. se extiende en vastos mares. con raro estoicismo ante la fatalidad. mutaciones completas: flo­ restas silenciosas.5°. cuando muertos en el aire quieto se diluyen los últimos soplos del este. sin embargo. Muchas veces.Madrugadas templadas de 23° centígrados. rítmicas. aislados. el hom­ bre. apare­ cen cubiertos de flores. en el círculo estrecho de veinticuatro horas. verano y otoño en un solo día tropical” *. los igapós verdeantes. * Draenert. Todo depende de una alternativa dolorosa de las bajantes y las crecidas de los grandes ríos. La temperatura tiene durante todo el año una oscilación no mayor de I o o 1. gajos apenas cubiertos por hojas quemadas y marchitas. en paranamirins entrecruzados en una red complicadísima de mediterráneo cortado por fuertes corrientes. La creciente detiene la vida. Así la vida se equilibra en una constancia imperturbable. no puede negarse. muertos. abreviadas en las horas de un solo día. Otros hechos hacen que sean inútiles para el forastero todas las tentativas de aclimatación. en la víspera desnudos. del único modo compatible con una naturaleza que se desborda en dispares manifestaciones. El hombre bebe la leche de la vida chupando los vasos húmedos de las sifónias. "A la mañana siguiente el Sol se levanta sin nubes y de este modo se completa el ciclo. pantanos convertidos en prados. árboles. se presentan. Y todavía. en la plenitud de los calientes veranos. primavera. La bajante es el verano. Mientras tanto. entre las cuales emergen. El Amazonas salta fuera de madre y en pocos días se levanta a diecisiete metros sobre su nivel. sobre la tierra inmóvil bajo el espasmo enervante de un bochorno de 35° a la sombra. el termómetro es sus­ tituido por el higrómetro en la definición del clima. como el sístole y el diástole de la arteria mayor de la Tierra. días que irrumpen como apoteosis fulgurantes revelan­ do transformaciones inopinadas. en plena creciente. en abril o mayo. de altas temperaturas. en el transcurso de un día sereno y claro. Estos crecen siempre de manera asombrosa. espera la terminación de ese invierno parado jal. dentro de la atmósfera ardiente del Amazonas. No bastan las intermitencias de las crecientes y las bajantes. Y en seguida. se destacan otras anomalías que lo agravan aún más. manifestaciones diversas caracterizan un nuevo habitat que.

Los aventureros expertos que espoleados por la ganancia se arriesgan hasta allí y los mismos nativos endurecidos por la adaptación. quedan vacíos los nidos. por el hígado. hasta el Mato Grosso. enervaciones peligrosas pese a la acuidad de los sentidos y mal cuidadas por la sangre empobrecida de las hematosis in­ completas. Entonces el termómetro desciende. Se despueblan esas grandes soledades inundadas. Los sertones del Norte. . . es­ condiéndose en las cuevas más profundas. Modela organismos endebles en las que toda la acti­ vidad cede ante el permanente desequilibrio entre las energías impulsi­ vas de las funciones periféricas fuertemente excitadas y la apatía de las funciones centrales: inteligencias en marasmo. nuevos regí­ menes. en una progresión inversa perjudicial. las mismas fieras desaparecen.Es como un hálito helado del polo. De ahí los errores en que incurren los que generalizan. Acabemos estos rápidos diseños. desde las tormentas del Mato Grosso hasta los ciclos de las sequías del Norte. se recogen tiritando cerca de las hogueras. la acción exclusiva de un clima tropical. Nadie trabaja. si consideramos que estos varios aspectos climáticos no expresan casos excepcionales. Sin duda. al estudiar nuestra fisiología. El calor húmedo de los parajes amazónicos deprime y agota. Ahora bien. con el aspecto periódico inmanente de las leyes naturales inviolables. entre el desarrollo intelectual y el físico. totalmente remodelada por la espléndida reacción de los soles. convendremos en que hay en nuestro medio físico una variabilidad completa. en casi toda la costa marítima del Norte y en gran parte de los Estados que le corres­ ponden. la selección natural se opera a costa de compromisos graves con las funciones centrales del cerebro. ya lo vimos. mueren las aves en los bosques silenciosos o emigran. de pronto. Es el tiempo del frío. De ahí todas las idiosincrasias de una fisiología excepcional: el pul­ món que se reduce por la deficiencia de la función y es sustituido en la eliminación obligatoria del carbono. bajo otras formas. En tal medio. sin el tono muscular enérgico de los temperamentos robustos y sanguíneos. helados. Y por algunos días se establece una situación insólita. reflejan a su vez. sobre el cual cae pesadamente la sobrecarga de la vida: organizaciones enfermas por la alternativa persistente de exaltaciones impulsivas y apatías enervadoras. mueren los peces en los ríos. . Se produce un hiato en las actividades. se muestran tal vez más duramente. . en una caída instantá­ nea y brutal. nuevas exigencias biológicas. originando una patología sui generis. adormecidas por la ex­ plosión de las pasiones. sin la vibratibilidad. La misma intercalación de épocas serenas y dolorosas. muestra un simulacro cruel de la desolación polar y lúgubre. afirmando inexorablemente la victoria de las expansiones instintivas y . pero aparecen todos. y aquella naturaleza maravi­ llosa del ecuador. ésta se ejercita.

lo anula con la concu­ rrencia formidable del paludismo. e iniciado el poblamiento del país con idénticos elementos. Esto no ocurre en gran parte del Brasil central y en todas las re­ giones sureñas. en un juego armónico de estaciones. La aclimatización traduce una evolución regresiva. el calor seco. las canículas abrasadoras y los pantanos que producen la malaria 1 0 4 . lo vence. se impuso una separación radical entre el sur y el norte. las enfermedades hepáticas. . un régimen más fijo de lluvias que prepon­ deran en verano y se distribuyen en otoño y primavera de modo favo­ rable para los cultivos. las fiebres agotadoras. el salvaje rudo. Como el inglés en las Barbadas. desde la tez que se oscurece por los soles y por la eliminación incompleta del carbono. Considerándola en sus aspectos generales. . el territorio que va del norte de Minas hacia el sudeste. altamente corregido por los fuertes movimientos aéreos provenientes de los cuadrantes del este. se hielan las lagunas y las heladas blan­ quean los campos. avanzando hasta Río Grande. lo arruina. la nieve golpea en los cristales. ya en la fase colonial se esbozan situaciones diversas. 1 0 5 . al cabo de pocas generaciones de cruzamiento. la mínima fortaleza moral. la máxima energía orgánica. origina disposiciones más animadoras y tiene una benéfica acción estimulante. que miraba aún hacia los últimos milagros de la "India portentosa”. en Tasmania o en Aus­ tralia. excluyendo la acción per­ turbadora de acciones irrelevantes. la impresión es de un clima europeo: sopla el SO muy frío sacudiendo lloviznas finas y garúas. hasta el temperamento que se debilita con la pérdida de sus cualidades primitivas. lo domina. bajo la misma indife­ rencia de la metrópoli. Y volviendo al sur. Y SU REFLEXION EN LA HISTORIA Nuestra historia traduce notablemente estas modalidades mesológicas. ofrece condiciones incomparable­ mente superiores. como consecuencias únicas. El tipo perece en un desvanecimiento continuo que se transmite a la descendencia hasta la extinción total. La raza inferior. ve alterados sus caracteres físicos y morales de una manera profunda. el portugués en el Amazonas. aliado al medio. Incluso en la mayor parte de los sertones septentrionales. .conduciendo al ideal de una adaptación que tiene. Poseído el territorio. dividido por los felices beneficiarios. En cuanto al invierno. Una temperatura anual media que oscila entre los 17° y 2 0 °.

las correrías de los indígenas. las tres razas formadoras. inmutable. y apartándose del mar y de los galeones de la metrópoli. sin objetivo cierto y en las que colaboran. la aclimatización más rápida. totalmente divorciadas entre sí. La historia es allí más teatral aunque menos elocuente. obcecado con una centralización estúpida. delineando la epopeya inédita de las Bandeiras . surgieron los cruzados de las conquistas sertanejas. Surgen héroes. mayor subdivisión de las actividades. . los negros de Henrique Dias. claramente diferenciados. No había ninguna distinción entre los colonizadores de uno y otro lado. en las que crecen movimientos y tendencias opues­ tas. Lo venció. vueltas extrañas por dos destinos riva­ les. los indios de Camaráo y los lusitanos de Vieira. una del todo indiferente al modo de ser de la otra. amorfas e inmóviles. se amancipó. El drama de Palmares 1 0 6 . insurrecto. se distancian en la paz. . un amplio movimiento progresista en suma. de la tutela lejana. con sus capitanías dispersas e incoherentes.No necesitamos recordar los hechos decisivos de las dos regiones. más práctico y aventurero. por un medio menos adverso. felizmente. los mamelucos audaces. Minas. Incluso en el período culminante de la lucha contra los holandeses. con el aspecto perfecto de un dominador de la tierra. entre el sertón inabordable y los mares. Sao Paulo y regiones del sur— se convirtió en un tipo autónomo. rebelde. posi­ bilitó tempranamente el mayor vigor de los forasteros. la ola impetuosa del sur. . Son dos historias distintas. Allí. libérri­ mo. vician la transitoria convergencia contra el holandés. a veces más brillantes pero siempre menos fecundas. acampan en diferentes tiendas de campaña. los conflictos en los límites de los sertones. aventurero. en rudo con­ traste con las agitaciones del norte. en función de los mandatos de la corte remota. Mientras en el sur se dibujaban nuevas tendencias. el viejo colono imperial trataba de llegar hasta nuestro tiempo. pero sus estaturas se engrandecen en contraste con el medio. En todos prevalecían los mismos elementos que constituían la desesperación de Diogo Coelho. "Biores qua na térra que peste . mayor vigor en un pueblo más heterogéneo. Este admirable movimiento refleja la influencia de las condiciones mesológicas. unidas por la misma rutina. . ambas desarro­ llándose bajo los influjos de una administración única. De la absorción de las primeras tribus. bellas páginas vibrantes pero truncas. se lanzó sobre los sertones desconocidos. realizando la anomalía de trasladar a una tierra nueva el ambiente moral de una sociedad vieja. El paulista — y la significación histórica de este nombre abarca a los hijos de Río de Janeiro. más vivaz. Mal unidos en la guerra. Aprisionado en el litoral. Dos sociedades en formación.

al Ama­ zonas y a todos los cursos de agua de la ribera oriental. Todavía más. Se entrañan en el interior. la atracción misteriosa de las minas. se abre como el telón de un enorme baluarte. llevando a los sertanistas. en Río Grande do Sul. metiéndose de lleno en los sertones. lo arrastra finalmente de manera irresistible en la corriente de los ríos. Era la penetración en Minas. ni la barrera intangible de los descampados abruptos. sin un solo golpe de remo. lo llama hacia su seno fecundo. como en el norte. Además de esto — subrayemos este punto aunque escandalicemos a nuestros minúsculos historiógrafos— la disposición orogràfica los libraba de la preocupación de defender el litoral donde desembarcaba la codicia del extranjero. en Goiás. volviendo la mirada hacia las planicies. ni la esterilidad de la tierra. La tierra atrae al hombre. Frente a sus escarpadas faldas golpeaba el ansia guerrera de los Cavendish y de los Festón 1 0 7 . el teatro de los grandes acon­ tecimientos podía volverse hacia el sertón con la misma audacia con que se había echado sobre las tierras africanas. directriz preponderante en ese dominio del suelo. o golpeaba en las cataratas que caen desde los escalones de las altiplanicies. al paso de las bandeiras. al precipitar la evaporación oceánica. en Santa Catarina. se reducía la estrecha faja de algunas y pantanos ante la cual morían todas las codicias. intangible tras los bosques. Aunque un poco cambiado. A pique sobre el Atlántico. Estaba sobre almenas infranqueables que lo ponían al mismo tiempo a distancia del invasor y de la metrópoli. al Paranaíba. . Aulaba el irreprimible apego por el litoral que se ejercía en el norte. Según estas líneas de menor resistencia que definen las rutas más claras de la expan­ sión colonial. en Mato Grosso. Corren las aguas en un sentido opuesto a la costa. En cuanto al Sao Francisco. Se alteraba pero mejorando. el acceso al interior seguía a las corrientes. el forastero se sentía seguro. no se dis­ persaba en adaptaciones difíciles. Ahí está el trazado elocuente del Tieté. La sierra del Mar tiene un notable perfil en nuestra historia. su especial relieve lo vuelve un condensador de primer orden. tenía un nuevo componente en la propia fuerza de la tierra. hacia el Paraná y el Para­ naíba. la fuerza viva restante en el temperamento de los que venían de vencer el mar ignoto. no se oponían. lo encanta con su hermoso aspecto. En lo alto. Los ríos que derivan por sus vertientes nacen de algún modo en el mar. no se diluía en un clima enervante. en todo el Brasil. Traspuesta la montaña — arqueada como el precinto de piedra de un continente— actuaba de aislador étnico y de aislador histórico. . Le dan al forastero la sugestión irresistible de las entradas. El hombre se sentía fuerte. hacia el río Grande y de ahí. . y asomaba por encima de las flotas.Es que en el sur.

sobre todo en el período agudo de la crisis colonial. En lucha abierta con la corte portuguesa. descubriéndola des­ pués del descubrimiento. aplastaban al enemigo común nuestras tres razas formadoras. Estos.Así es fácil mostrar cómo esta distinción de orden físico aclara las anomalías y contrastes entre los sucesos en las dos partes del país. mientras en Pernambuco las tropas de von Schoppe prepa­ raban el gobierno de N assau1 0 9 . Cuando las correrías del bárbaro amenazaban Bahía o Pernambuco o Paraíba y los quilombos desperdigados por los bosques constituían los últimos refugios del rebelde africano. Fuera del litoral. Llegan a los límites extremos del ecuador. En la plenitiud del siglo xvn el contraste se acentúa. Parecía casi un enemigo tan peligroso como el holandés. congregando de nuevo a los exhaustos combatientes. influía por toda la costa oriental. Fuera de esto. en demanda de otros rumbos. resuelto. Y cuando la restauración en Portugal vino a alen­ tar en toda la línea el repudio al invasor. porque ofrecían potencialidades. pisoteando. el poblamiento sigue las huellas embarulladas de las bandeiras. aquellos sertanistas que extendían los límites de Pernambuco hasta el Amazonas. En cuanto el dominio holandés. En él se descubren sus rasgos verdaderamente nacionales. reaccionaban tenaces contra los jesuítas. parecían de otra raza en el arrojo temerario y en la resistencia a los contratiempos. bulas y órdenes reales. invadiendo la propia tierra. en el reinado efímero de Amador Bueno 111. señalándolo como el enemigo más serio. donde se reflejaba la decadencia de la metrópoli y todos los vicios de una nacionalidad en descomposición. desde Bahía a Maranháo. solidarios. absolutamente alejado de aque­ lla agitación. eufemismo casuístico que disfrazaba el monopolio del brazo indígena. Un pueblo extraño de mestizos levantis­ cos. No tenemos un contraste mayor en nuestra historia. buscando otros destinos. y se producían en­ cuentros memorables en los que. Hasta los últimos años del siglo xvn. un completo divorcio con aquellos luchadores. con la fatalidad de una ley. se dirigen con Ruy de Montoya a Madrid y con Dias Taño a Roma 1 0 8 . De hecho. revelaba en su rechazo de los decretos de la metrópoli. los sureños destacaban aún más esta separación de destinos aprovechando el mismo hecho para establecer la autonomía franca. Los hombres del sur se desparraman por el país entero. el sureño. en Sao Paulo se estructuraba el drama sombrío de Guaira 1 1 0 . Las seguían incansables. en el siglo xvn. Las grandes caravanas guerreras eran muchedumbres desencadenadas hacia todas direcciones. donde reinaba la Compañía de Jesús con el privilegio de conquistar las almas. el sureño. abriendo el seno rutilante de las minas. olvidados del holandés. lo dice la grosera odisea . llevado por otras tendencias. apenas los vislum­ bramos en las cortes espectaculares de los gobernadores en Bahía. centralizado en Pernambuco.

Delineada de este modo la influencia mesológica en nuestro movimien­ to histórico. elevando el valor relativo de . las bandeiras hubiesen salido también del este y del norte y atrapado por un movimien­ to convergente. en un bloqueo agravado por la acción del clima. Si tal cosa hubiese sucedido. Ese contraste. en el río Doce. Es que el hijo del Norte no tenía un medio físico que lo blindara con igual suma de energías. por Sebastiáo Tourinho. ¿qué no diremos de nuestra situación tan dife­ rente? En este caso. el elemento indígena hubiera desaparecido sin dejar ras­ tros. sin la osadía de los dominadores.de "Palmares”. surgía como el vencedor clásico de esos peligros. ACCION DEL MEDIO EN LA FASE INICIAL DE LA FORMACION DE LAS RAZAS Volvamos al punto de partida. Si esto se verifica en las razas totalmente definidas que afrontan otros climas. Pero el colono norteño. se deduce la que ejerció sobre nuestra formación étnica. en sus entradas hacia el oeste y hacia el sur. en la segunda mitad del siglo xvi. variaron en demasía en los diversos puntos del territorio. es evidente que la yuxtaposición de los caracteres coincide con la íntima transfusión de tendencias y la larga fase de trans­ formación correspondiente se erige como un período de debilidad. el hace­ dor predilecto de las grandes hecatombes. no se basa en causas étnicas primordiales. en las capacidades de las razas que se cruzan. entre el mar y el desierto. Ade­ más de esto (es hoy dato innegable) las condiciones externas actúan sobre las sociedades constituidas que sufren migraciones seculares. Convenido que el medio no forma las razas. aunque después tuvieron los estímulos enérgicos de las Minas de Prata de Belchior Dias. Las exploraciones allí iniciadas. de los que se sienten bien en una tierra amiga. Bastiao Alvares en el Sao Francisco y Gabriel Soares por el norte de Bahía hasta las nacientes del Paraguacú. sin la audacia que brota de la atracción ejer­ cida por los parajes opulentos y accesibles. aun­ que remediadas por los recursos de una cultura superior. son un pálido remedo de las embestidas del Anhangüera o de un Pascoal de Araújo 1 1 2 . protegidas por una civilización que es como el plasma sanguíneo de esos grandes organismos colectivos. por cierto. perdieron todo el arrojo y el espíritu de revuelta que ruge con elocuencia en todas las páginas de la historia del sur. las dosis de los tres elementos esenciales. Lo que preparó el advenimiento de subrazas diferentes por la propia diversidad de las condiciones de adaptación. Apretados entre los cañaverales costeros y el sertón. en nuestro caso especial. en seguida se encontraba con la naturaleza adversa y prestamente volvía al litoral.

originando un mestizaje disímil. un vasto presidio con el que se atemo­ rizaba a los heréticos y a los relapsos. Venían dispersos. El desarrollo poblacional desde Maranhao a Bahía lo revela. éste graba mejor sus trazos característicos en el cuerpo en fusión. Fue lento. todos los pasibles del morra per ello de la sombría justicia de aquellos tiempos. El Brasil era tierra de exilio. tal vez efímera. . de las grandes masas invasoras. Al calor y a la luz que se ejercitan en ambos. originaron diferencias iniciales en la mezcla racial. aun separadas del suelo nativo. Los portugueses no abordaron el litoral norteño robusteci­ dos por la fuerza viva de las migraciones compactas. el número reducido de pobladores contrasta con la vastedad de la tierra y la cantidad de población indígena. se adicionan la dispo­ sición de la tierra. Nuestras capas étnicas se distribuyeron de modo diverso. Vimos cómo entre nosotros. la ilusión de una subraza. la intensidad de estos últimos está lejos de la uniformidad proclamada. Sin arriesgarnos mucho en un paralelo osado. podemos decir que para esas reacciones biológicas complejas. sin el empuje viril de los conquistadores. Vimos que la formación brasileña del Norte es muy diferente a la del Sur. Así es que en las primeras épocas. acojámonos a este tema. esa especie de fuerza catalítica misteriosa que difunden los variados aspectos de la naturaleza. Las instrucciones dadas en 1615 al capitán Fragoso de Albuquerque. son claras al respecto. todas las cualidades adquiridas en el largo aprendizaje his­ tórico. El documento afirma "que las tierras del Brasil no están despobladas porque en ellas existen más de tres mil portugueses”. prolongándolas hasta nuestro tiempo. No hay un tipo antropológico brasileño. parcelados en pequeñas levas de desterrados o colonos arruinados. las modalidades del clima y esa acción de presencia innegable. Definamos rápida­ mente los antecedentes históricos del jagungo. Ineptos para discriminar entre nuestras razas formadoras. En esas circunstancias. el medio tiene agentes más enérgicos que para las reacciones químicas de la materia. en gran medida a causa de las circunstancias físicas. a fin de regularizar con el embajador español en Francia el tratado de tregua con La Ravardiére 113. Las circunstancias históricas. . Todavía los deslumbraba el Oriente.la influencia del medio. LA FORMACION BRASILEÑA DEL NORTE Tratemos de tener en este intrincado entrecruzamiento una ilusión. . Esta cifra abarcaba todo el Brasil y habían pasado más de cien años desde el descubrimiento. capaces de conservar por el número.

más de los sucesivos cruzamientos que de un verdadero exterminio. "la población crecía tan lentamente que en la época de la pérdida del Señor Don Sebastiáo ( 1 5 8 0 )1 1 5 toda­ vía no había un establecimiento. El primer mestizaje se hizo pues en los primeros tiempos. según el pensamiento de Varnhagen 1 2 0 . fuera de la isla de Itamaracá 116 cuyos vecinos andaban en las 2 0 0 personas. desterrados o aventureros corompidos. Pensaba que era conveniente que le enviasen huérfanas o aun mujeres que fuesen erradas. Hombres de guerra. desde 1570 a 1758 — en que pese "a una serie nunca interrumpida de hesitaciones y contradicciones”— * * dis* Corografía Brasílica. además. allí existían dos mil blancos. la des­ proporción entre el elemento europeo y los otros dos continuó siendo desfavorable en perfecta progresión aritmética. Por otro lado. Ultra equinotialem non peccavi. se puede afirmar que la extinción del indígena del Norte provino. intensamente. Lo que tiene que haber influido mucho en los primeros cruzados. Según Fernáo Cardim 1 1 7 . Cuando algunos años más tarde. en Río Grande do Norte "donde los indios hace tiempo que fueron reducidos a pesar de su ferocidad y cuyos descendientes por medio del mestizaje con los europeos y africanos han aumentado las clases de los blancos y de los pardos”. Es visible durante mucho tiempo el predominio del elemento autóctono. Eran pocos. siendo innumerables los naturales blancos del país con casta tupiniquina”. incluso en el reino. Sin ninguna idea preconcebida. El padre Nóbrega 119 lo definió bien en la célebre carta al rey (1 5 4 9 ) en la que. Los forasteros que llegaban a esas playas. declara que el interior del país está lleno de hijos de cristianos que se multiplican según los hábitos gen­ tilicios. Este proceder obedecía a los fines de la metrópoli.Según observa Aires de Casal 1 1 4 . por ser la tierra amplia y vasta. captando la simpatía de los nativos. entre el europeo y el indígena. aunque existían en abundancia. los africanos. Estas afirmaciones son expresivas. En muchos lugares escaseaban. * * Joáo Francisco Lisboa m . sin hogar. en el primer siglo tuvieron una función inferior. Bahía estuvo más poblada. El amancebamiento con las caboclas cayó pronto en una franca degra­ dación de la que ni el clero se salvaba. pintando con ingenuo realismo la disolución de las costumbres. "Desde temprano — dice Casal— los tupiniquinos. Se sabe que en el ánimo de los beneficiarios existía la preocupación de aprovechar lo mejor posible la mezcla. cuatro mil negros y seis mil indios. . 195. dice aquel narrador sincero. gente de buena índole. se hicieron cristianos y se emparentaron con los europeos. eran de molde para esa mezcla en gran escala. con tres ingenios de azúcar” *. hechos a la vida libre del campamento. todos tenían por meta el aforismo de Barleus 1 1 8 . que todas hallarían maridos. Lo demuestran las sucesivas cartas reales que. p.

obligada a transigir en el Sur. dominaba en el Norte. servían para uni­ ficar tribus y para convertir. Tantos captivos crescer. Es cierto que el consorcio afro-lusitano era antiguo. los jesuítas realizaron allí una tarea noble. En Evora eran mayoría sobre los blancos. que de algún modo completa el movimiento febril de las bandeiras. Sorpren­ didos los historiadores por la venida. que iniciada a fines del siglo xvi no paró hasta el nuestro (1 8 5 0 ) 1 2 4 y con­ siderando que él fue el mejor aliado del portugués en la época colonial. generalmente le dan una influencia exagerada en la formación del sertanejo del Norte. Pese a que esta invasión de vencidos e infelices tuvo una rara fecundidad y óptimas cualidades de adaptación puestas a prueba en el Africa. en aldeas a los rancheríos misera­ bles. en toda la región que va del Maranháo hasta Bahía. . Contribuyó a esta persistente tentativa de incorporación. los misioneros salvaron este factor de nuestras razas. por lo menos hasta la intervención de Pombalm. anterior al des­ cubrimiento porque se había consumado desde el siglo xv.minuyen las posibilidades de ganancia de los colonos en la explotación de los salvajes como esclavos. en gran escala. centros de fuerza atractiva del apostolado. El curso de las misiones en el Norte. desde las faldas de la Ibiapaba 123 hasta las de la Itiúba. Por lo menos fueron rivales del colono que sólo buscaba ganancias. proporcionan un documento125: "Vemos no rey no meter. gracias a un esfuerzo secular. Eran los únicos hombres disciplinados de su tiempo. Aunque la tentativa de elevar el estado mental del aborigen hasta las abstracciones del mono­ teísmo fuera quimérica. demuestra sobre todo. En el combate estúpido de la perversidad contra la barbarie esos eternos condenados cumplieron una digna función. un lento esfuerzo de pene­ tración en el centro mismo de las tierras sertanejas. con los azeneguas y los jalofos de Gil Eanes y Antao Goncalves. a su vez. Las aldeas. En 1530 andaban por las calles de Lisboa más de diez mil negros y lo mismo sucedía en otros sitios. a despecho de las perturbaciones que provocaban. Incluso algunas. Hicieron mucho. García de Rezende. Estas difundían ampliamente la san­ gre de las tres razas en los nuevos parajes descubiertos. Penetrando hasta lo hondo de los sertones. extendían la protección a punto de decretar que se concediese tierras a los nativos "hasta las ya dadas a otros” puesto que debían tener preferencia los indios "naturales señores de la tierra”. es discutible que haya penetrado profundamente en los sertones. como la de 1680. la Compañía de Jesús que. tuvo el valor de atraerlo durante mucho tiempo. del africano. Ex­ cluyendo las posibles intenciones condenables. provocando un entrelazamiento general. tan oportuna para nuestra historia. Los versos de un contemporáneo.

o si no. Era la bestia de carga que asumía todos los trabajos sin descanso alguno. abiertas en aquellos in­ mensos latifundios. sin las rebeldías del indio1 2 6 . el negro tuvo sobre sus hombros toda la presión de la vida colonial. importada de Madeira m. Además —insistamos en un punto incontroverti­ ble— las numerosas importaciones de esclavos se acumulaban en el litoral. de T . * * Diogo Campos. El elemento africano se quedó en los vastos parajes costeros. Palmares. / y si así sigue. desde Río Grande do Norte a Bahía había ciento sesenta ingenios. amarrado a la tierra. * “Vemos en el reino meter / tantos esclavos crecer. En la costa. la fertilidad de la tierra fijaba a los dos elementos simul­ táneamente. El cultivo extensivo de la caña. / los naturales se van. Los sertanistas que llegaban hasta aquellos parajes ya habían perdido su combatividad. mira del egoísmo de los colonos. El primer mestizaje se hizo en la metrópoli. La esclavitud negra. / ellos que nosotros. . Incluso los que se alzaban en franca rebeldía arma­ ban sus quilombos evitando el centro del país.Irem-se os naturaes. admitiendo en ambos como denominador común el elemento blanco. el mulato es el resultado principal del último y el curiboca del primero 1 2 9 . (N . Las viejas ordenanzas que establecían "cómo se podían abandonar los esclavos y las bestias que se hallaren enfermas o mancas” denuncia la brutalidad de la época. con sus treinta mil habitantes. Algunos. Como organis­ mos potentes hechos a la humildad extrema. Razáo do Estado do Brasil. La raza dominada tuvo aquí posibilidades de desarrollo. Allí campeaba el indio inepto para el trabajo y además rebelde. seráo mais Eles que nós. Ya antes de la invasión holandesa * *. La gran faja negra iba de Bahía a Maranháo. dejaba más libertad que en el Sur para los esfuerzos de la catequesis. La genesis del mulato tuvo su sede fuera de nuestro país. En efecto. a mi ver” . entre nosotros creció. se assim for. Y esta explotación en gran escala progresó des­ pués rápidamente. Naturalmente. terminaban su vida aventurera. distaba pocas leguas de la costa. el indio apenas retenido en las aldeas por la tenacidad de los misioneros. pero apenas pene­ traba en el interior. determinó el olvido de los sertones. y determinando cruces raciales diferentes de los que se hacían en el interior de las capitanías. serán más. Que. libertando al indígena. atraídos por el lucro de las fazendas de criagao.). a meu ver” *. como Domingos Sertáo1 2 8 . Así se establecieron límites precisos entre los cruzamientos realizados en el sertón y los del litoral.

bajo los dos aspectos que muestran. pasando en la parte media por el hermoso paraje de los campos gerais. a la busca del oro o del esclavo. totalmente olvidado aún. sobresalga y obtenga el lugar que merece en la formación de nuestro pueblo. hasta Paulo Afonso y cor­ tando la región estéril de las caatingas. casi todos son efímeros. apretado por un corredor único de centenares de kilómetros. la abundancia de documentación permite la recons­ trucción de la vida colonial. * Joáo Ribeiro. constreñido entre las cumbres que lo desnivelan hacia el mar. Ya vimos en páginas anteriores que él atraviesa las regiones más dis­ pares. Las bandeiras. En el curso inferior. esta triple disposición es un diagrama de nuestra marcha histórica que refleja paralelamente sus variables modalidades. Historia do B ra sil 131. con miras sobre todo a la esclavización y al abatimiento de los nativos. Si en el futuro. el jesuíta y el va­ quero. se volvió el camino predilecto de los sertanistas. desde el siglo xvn hasta fines del siglo xvm . saliendo a la búsqueda de la tierra o del hombre. . resignado y tenaz como el jesuíta. Ahora bien. descubrían inmensos parajes que no poblaban y abandonaban para seguir hacia zonas todavía más desiertas. en la cuenca de Juázeiro. se vuelve pobre de tributarios. sea destacadamente. en la zona de las montañas y de las florestas. nos apartaremos un poco del teatro en que se desarrolló el drama histórico de Canudos. en el curso inferior. En cuanto a éste. recorriendo rápidamente el río Sao Francisco "el gran camino de la civilización brasileña” según el acertado decir de un historiador *. el único compatible con la situación económica y social de la colonia. sea de modo confuso. el lugar de la agitación minera. Lo esbozaremos y para no alargarnos en demasía. Después se estrecha. el Sao Francisco fue. la tierra clásica del régimen pastoril. Hay un notable rasgo de originalidad en la génesis de la población sertaneja. es posible que el vaquero. de trazado incomparablemente más apropiado para la penetración colonizadora. en sus nacientes.GENESIS DEL JAGUNgO La demostración es positiva. tenía la ventaja de un atributo supletorio que le faltó a ambos: la fijación al suelo. derivando. pasando rápidas sobre las miserables aldeas indígenas. Golpearon sus fronteras por igual el bandeirante. Bravo y temerario como el bandeirante. y en la región media. no diremos del Norte sino del Brasil subtropical. el teatro de las misiones. en su dilatado recorrido recoge numerosos afluentes por la mitad de Minas. Amplio en las nacientes. Balancea la influencia del Tieté.

aunque anónimas y sin brillo. las entradas sertanejas volvieron al anhelo primitivo e irradiando desde Ouro Préto. FUNCION HISTORICA DEL RIO SAN FRANCISCO Se formó oscuramente. y Pedro Taques. Nóbiliarquia Paulista. uno tras otro. resurgiendo francamente con Bartolomeu Bueno. se explayaron de nuevo. Así es que. a Bruzzo Spinosa. aparecía como incidente obligado. En este permanente oscilar entre los dos designios. el descubrimiento de lo desconocido. que no se toma­ ba en cuenta. más fuertes. en la región que corta por su curso medio el Sao Francisco. llevando hasta las serranías de Macaúbas. la visión engañadora de la "Sierra de las Esmeraldas” que desde mediados del siglo xvi atrajera. que abría ante los exploradores dos vías únicas. hacia los flancos del Espinhaco. Dias Adorno y Martins Carvalho. Véase F.Su historia. En el comienzo. * Carta del coronel Pedro Barbosa Leal al conde de Sabugosa. después de un agotamiento casi secular. se había desarrollado un notable poblamiento cuyos resultados aparecerían mucho después. A. la naciente y la desembocadura. Ahora bien. Pereira da Costa. como los documentos adrede oscuros de los ruteros. su función realmente útil. parecen haberse prolongado hasta el gobierno de Lancastro 1 3 S . hasta que. Como el acceso más corto y normal por los caminos de la costa estaba vedado porque lo interrumpían los muros de las sierras o lo obstaculizaban los bosques. en el Ribeiráo do Carmo. que avivó. renova­ das por las investigaciones indecisas de Pais Leme. y desapa­ recido al norte el país encantado que había idealizado la imaginación romántica de Gabriel Soares. más allá del Paramirim 1 3 4 . traduce la sucesión y el enlace de estos únicos estímulos. Sebastiáo Tourinho. . a veces inextricable. 1725. los caminos de Glimmer. por el país entero 1 3 1 . Em prol da integridade do territorio de Pernambuco. Es que se habían apagado casi al mismo tiempo los milagros de la misteriosa "Sabará-bugu” y los de las "Minas de Plata”. lo determinaron las entradas que buscaban las minas de Moreia que. gran parte del siglo xvn está dominada por las sombrías leyendas de los cazadores de esclavos. aparentemente. eternamente inalcanzables. la entrada se hacía por el Sao Francisco. sucesivos grupos de pobladores *. alentadas por el oro de Arzáo siguiendo en 1693 las mismas huellas de Tourinho y de Adorno y al cabo. durante este período en que. centralizados en la figura brutalmente heroica de Antonio Raposo. sólo se daba en el litoral la lucha contra el holandés y en el interior de las altiplanicies el asombroso ondular de las bandeiras 1 3 2 . acabada con la expedición de Glimmer (1 6 0 1 ). revelándose como aventura pura o como empresas de mayor o menor practicabilidad. como consecuencia inevitable. en Itaberaba y Miguel Garcia.

pero oscura. les compensaba la ilusión deshecha de las minas codiciadas. Corografía Brasílica. dando una sal blanca como el armiño. Porque provenientes de los más diversos puntos y orígenes. fuesen los bahianos de Garcia d’Avila. Su estructura geológica original da lugar a forma­ ciones topográficas en las que las sierras. hacia el occidente y el oriente uniéndola de un lado a la costa y del otro al centro de las altiplanicies. 169. atrayéndolos y entrelazándolos. al este. presentaba el "casi único aspecto tranquilo de * Todos los animales buscan con ansia esos lugares. los forasteros que llegaban al centro de aquel sertón rara vez volvían 1 3 5 . gratuita en las salobres bajadas de los barreiros *. casi simétricos. la sal. todos fueron lazos preciosos para la fusión de esos elementos esparcidos. El agua de esos lagos (también la dulce) filtrada en vasijas de madera o de cuero finamente agujereadas y expuestas en tablas alrededor de ocho días. Escragnolle Taunay 136. Y contrapuesta a la turbulencia del litoral y a las aventuras mineras. Casi toda esa sal sube hacia el centro de Minas Gerais. en la que se entrelazan florestas sin la grandeza y el cierre impenetrable de las del litoral. II. sino también las aves y reptiles. no sólo los mamíferos. al Piauí. un elemento esencial. Tratándose de los lugares situados hacia las nacientes del Río Grande. tienen el atenuante de los vastos llanos. con sus pequeños ejércitos de taba)aras aliados.llevando a los hombres del Sur al encuentro con los hombres del Norte. fuesen los paulistas de Domingos Sertáo. olvidada. o los pernambucanos de Francisco Caldas. en cuyas márgenes el calor del sol hace apa­ recer sal congelada". con el pasto tierno de las altiplanicies y el pasto duro de los llanos. extenso tramo de unión entre dos sociedades que no se conocían. El gran río se erige desde el principio como un elemento unificador étnico. su especial conformación hidrográfica de afluentes que se ajustan. declara Aires de Casal: “Hay varias pequeñas lagunas a mayor o menor distancia del río. últimos espolones y contra­ fuertes de la cordillera marítima. su flora compleja y variable. indiferente para los cronistas de la época. cristaliza. no sólo por la metrópoli lejana sino por los mismos go­ bernadores y virreyes. se constituyó una extensa zona de cría de ganado que ya al alborear el siglo x v m iba de las fronteras septentrio­ nales de Minas a Goiás. El ganado lame el suelo embarrándose en las aguadas y bebe con delicia esa agua y come el barro. El régimen pastoril se esbozó allí como una sugestión dominadora de los campos gerais. p. exuberante y accesible. La tierra. Favorecida de este modo. No faltaba para ello. o fuesen los portugueses de Manuel Nunes Viana que partió de su fazenda de "Escuro” en Carinhanha para conducir a los emboabas en el Río das Mortes. desahogados todos en los grandes claros de las caatingas. sobre la rara fecundidad del suelo cubierto de pasturas naturales. No producía impuestos o rentas que despertasen el interés egoísta de la corona. . Se pobló y creció autónoma y fuerte. a los extremos del Maranháo y Ceará por el noreste y las serranías mineras de Bahía. todas de agua más o menos salobre.

Y no arriesgamos una hipótesis desmedida si admitimos que este tipo extraordinario de paulista. Porque allí se quedaron completamente divorciados del resto del Brasil y del mundo. ciertamente desde el este. sin los peligros de las migra­ ciones y los cruzamientos. amurallados al este por la Serra Geral. La importancia que tuvieron ciertos bahianos en los acontecimientos de 1709 y la referencia de Antonil al capitán Luis do Couto que fue de Bahía a ese paraje con tres hermanos “buenos mineros”. anónimos pioneros que habían llegado allí. los grupos de "Bahianos”. fueron numerosas las familias de Sao Paulo que. pasaran más fuertes quizá. Aparte de los escasos contingentes de pobladores pernambucanos y bahianos. pasando al oeste de las nacientes del Santa Bárbara.nuestra cultura” *. surgiendo y decayendo en seguida en el Sur. es de presumir que fueron hechos por mineros de Ouro Préto. en una degeneración completa hasta el punto de declinar en el territorio mismo que le dio nombre. y avanzando en dirección contraria como un reflujo del norte. desde el siglo x v m se convirtió casi exclusivamente en una colonia de ellos” Es natural entonces que Bartolomeu Bueno. ya entonces muy poblado de paulistas y sus descendientes. cuando descubre Goiás. abarcando a los pobladores septentrionales * * * * . Notas genealógicas. y eran los mismos enérgicos y entusiastas integrantes de las bandeiras. etc. buscaron aquellos lejanos rincones y se cree. en continuas migraciones. * * * * Dice el profesor Orville Derby: “Según Antonil138. término que como el de "Paulista” se volvía genérico. los descubrimientos en la región de Caeté fueron anteriores a los del Río das Velhas o de Sabará. por bahianos venidos del norte. o tal vez. Joao Mendes de Almeida. y que al reabrirse en 1697 el ciclo más notable de las búsquedas del oro. * * * Dr. * * Nobiliarquia Paulista. y en este caso. . trasponiendo la sierra de Paraná. renaciera allí y. EL VAQUERO Ya se formaba en el valle medio del gran río una raza de cruzados idén­ ticos a aquellos mamelucos enérgicos que habían nacido en Sao Paulo. en las ruidosas y turbulentas bandadas de inmigrantes que rodaban desde los flancos orientales de la sierra del Espinhago hasta el thalweg del Río das Velhas. la mayoría de los productores opulentos que allí se formaron. favorecen esta última hipótesis”. la índole varonil y aventurera de sus abuelos. tal vez precediendo a los demás en el descubrimiento de las minas de Caeté 137 y cruzándolas de parte a parte. aceptando el concepto de un historiógrafo perspicaz que el "valle del Sao Francisco. Os primeiros descobrimentos de ouro em Minas Gerals. se conservara. prolongando intacta hasta hoy. Según lo recogido en preciosas páginas por Pedro Taques * * . venía del sur. detenidos al occi* Joao Ribeiro. vea sorprendido señales de­ jadas por sus predecesores.

vino el inevitable cruzamiento. Maranháo. sobre una tierra fértil. con su bellísimo folklore de rimas que ya cumplieron tres siglos.dente por los amplios campos gerais que se abren hacia el Piauí y que todavía hoy el sertanejo considera infinitos. les dieron esa derivación a la faena de los rodeos. casi sin mezcla de sangre africana. El medio los atraía y los protegía. una ruda escuela de fuerza y coraje en aquellos campos gerais tan amplios. Los primeros sertanistas que la crearon. Nos ligaban en el espacio y en el tiempo. la conservación de los atributos y hábitos antiguos ligeramente modificados por las exigencias de la nueva vida. incomprendida y olvidada. o en las serranías de flancos destrozados por la búsqueda del mineral superficial. tienen un carácter de total originalidad expresado en las fundaciones que erigió. Todos los po­ blados. Raza fuerte y antigua. fácilmente denun­ ciada hoy por el tipo normal de aquellos sertanejos. con su extraño aferrarse a las tradiciones más remotas. Expandiéndose por los sertones limítrofes o próximos. de Goiás. ampliando sus atributos ancestrales. por el aislamiento. tienen un origen . Piauí. era ya nuestra nacionalidad en ciernes. donde todavía hoy surge impune el jaguar y se desplaza veloz el avestruz. incluso en las mayores crisis — cuando la ropa de cuero del vaquero se convierte en la armadura flexible del jagungo— oriunda de elementos convergentes de todos los puntos. cuando las minas bahianas. Ceará y Pernambuco. que animan hoy su superficie. Y allí están. más tarde. Las entradas de uno y otro lado del meridiano. Nacían del abrazo feroz de vencedores y vencidos. habían suplantado en toda la línea al salvaje. con los mismos hábitos de sus abuelos. Y despuntó una raza de curibocas puros. más bien facilitaban el entrelazamiento de los extremos del país. Sería largo hablar de la evolución del carácter. con su exagerado sentido de la honra. Estableciendo en el interior la continuidad del poblamiento que aún faltaba en la costa y surgiendo entre los norteños que luchaban por la autonomía de la patria naciente y los sureños que le ampliaban el área. . pero diferente de las otras razas del país. En consecuencia. La índole aventurera del colono y la impulsividad del indígena se amalgamaron y el propio medio les permitió. abasteciendo por igual con los enormes arreos que subían hasta el valle del Río das Velhas y bajaban hasta las nacientes del Parnaíba. . ella es innegablemente un ejemplo expresivo de cuánto importan las reacciones del medio. pues después de dominarlo con la esclavitud lo apro­ vecharon para la nueva industria que practicaban. con sus ropas características. y tuvieron. no aptas para la dis­ persión. Se criaban en una sociedad revoltosa y aventurera. villas y ciudades. con su sentimiento religioso llevado hasta el fanatismo. de caracteres definidos e inmutables. aquella ruda sociedad.

Si nos limitamos a las que todavía perduran. vemos. estériles de tanta sequía. El río deja las regiones alpestres. Nos dicen que mientras el negro se agitaba en los afanes del litoral. . totalmente diversos en su origen. que reflejan el arrojo incomparable de las bandeiras. avanzaron en el siglo xvn las misiones en su lento andar que continuaría hasta nuestro tiempo.uniforme bien diferenciado de los otros que se encuentran al norte o al sur. FUNDACIONES JESUITAS EN BAHIA En efecto. preferidos por el caminar lento y penoso de las misiones. . en el territorio que hemos demarcado. el indio se fijaba en aldeas que se convertirían en ciudades. se asiste a la sucesión de los tres casos señalados. completando estos ligeros apuntes. llega a los parajes poco apetecidos. Nos excusamos de apuntar ejemplos que son tan numerosos. Los que existen. inconmensurables arenas hechas a la sociedad ruda. arrebatadas en 1758. Mientras las del sur se levantaron en las cercanías de las minas o al lado mismo de las excavaciones. acompañando al Sao Francisco hasta los sertones de Rodelas y Cabrobó1 4 1 . aquí surgieron todos de los antiguos establecimientos de ganado. sin embargo. después atraviesa los grandes campos gerais. los mejores ejemplos. próximas o alrededor del sitio donde existía hace cinco años la Troya de barro 139 de los jagungos. Si se consideran las poblaciones del Sao Francisco desde las nacientes hasta la desembocadura. y finalmente. incluso en un área tan pequeña. libérrima y fuerte de los vaqueros. y en el norte. son elocuentes respecto del caso que conside­ ramos. La extraordinaria empresa apenas se rastrea actualmente en escasos do­ cumentos que poco dicen para conocer la continuidad de la historia. Desde Itapicuru de Cima hasta Jeremoabo y desde allí. los actuales poblados sertanejos. se encontraron sorprendidos con las parroquias que ya . la de García d’Avila (Casa de la Torre) 1 4 0 . No tuvieron un historiador. En esa superficie otorgada por abusivas concesiones al poder de una sola familia. con ciudades encaramadas sobre sierras. y cuando alboreaba el siglo xvm y los paulistas irrumpen en Pambu y en Jacobina 1 4 2 . se encuentran poblaciones antiquísimas. Es lo que indican. siguiendo la dilatada línea entre la Itiúba e Ibiapaba. del poder de los sacerdotes por la severa política de Pombal. La calculada solicitud del jesuita y la excepcional abnegación de los capu­ chinos y franciscanos incorporaron las tribus a nuestra vida nacional. se formaron sobre las viejas aldeas indígenas. los trazados de las fundaciones jesuíticas. se construyeron sobre las antiguas aldeas de las misiones.

Inhambupe. que cuando se elevó a parroquia originó una amplia controversia entre los sacerdotes y el rico propietario mencionado. la primera misión de franciscanos disciplinó aquellas zonas de modo más eficaz que las amenazas del gobierno. * * * Libro pat. donde. Más hacia el norte. el rústico landlord colonial aplicó en el trato de sus cincuenta estableci­ mientos de cría la índole aventurera e inquieta de los curibocas. * * Os orizes conquistados de José Freire de Monteiro Mascarenhas. mu­ nidos con los títulos perfectamente legales de capitanes. gobernador general del Brasil. Casi en la confluencia de las capitanías septentrionales. Más hacia el sur resaltaban otras: Natuba.centralizaban cabildas. próximo al mismo tiempo del Piauí. * Canhemborá ( cánybora) : indio huido. En 1702. en 1687. 272. ostentaba un feudalismo grosero — que lo llevaba a convertir en vasallos a los tributarios pobres y en siervos a los tapuias mansos— . de Pernambuco y de Bahía. al comenzar el siglo xvm . Domingos Sertáo centralizó en su establecimiento del Sobrado el círculo más animado de la vida sertaneja. Un capuchino los conducía. Cerca se levantaba. sobre los mansos morubixábas. Es singular la identidad de forma. Jeremoabo es sede de juzgado. humildísimo. fl. que se refu­ gia en los quilombos. significación y sonido de estas palabras surgidas. . estaba incorporado a la administración metropolitana desde 1682. La acción de ese rudo sertanista en aquella región no ha tenido el relieve que merece. Incompa­ rablemente más animado que hoy. también antigua. a veintidós leguas de Paulo Afonso. el humilde lugarejo llamaba sobre sí la atención de Joáo de Lancastro. aldea también bastante antigua. gov. la misión de Magacará. directamente favore­ cido por la metrópoli. interviniendo en las disensiones tribales y asimismo imperaba.700 catecúmenos * * . El primero de aquellos sitios. Quilomboia: negro huido. En éstos preponderaba el elemento indígena de la antiquísima misión del Sai. lo que permite suponerle un origen mucho más remoto. En la segunda mitad del siglo x v i i surgió en el sertón de Rodelas la vanguardia de las bandeiras del Sur. Ya en 1698. Se armonizaron las tribus y el aflujo de silvícolas adoptados por la iglesia fue tal que en un solo día el vicario de Itapicuru bautizó a 3. levantada por los jesuítas. Como los otros dominadores del suelo. el poblamiento continuó con mayor intensidad y con los mismos elementos. Itapicuru (1 6 3 9 ) 143 fundada por los fran­ ciscanos. el canhemborá y el quilomboia *. tenía el opulento Garcia d’Avila una compañía de su regi­ miento * * *. pero habiendo alcanzado su ideal de riqueza y poder. princi­ palmente cuando se exacerbaban las rivalidades de los jefes indios. Allí el elemento indígena se mezclaba ligeramente con el africano. del Ceará. desti­ nadas ambas a caracterizar la misma desdicha de dos razas tan apartadas en su origen. la segunda en el Africa y la primera en el Brasil.

se aliaba con los sacerdotes en la misma función integradora. Es que la metrópoli secundaba en el norte los esfuerzos de los sacerdotes. Se había afirmado desde hacía mucho tiempo el principio de combatir al indio con el indio, de modo que cada aldea de catecúmenos era un reducto frente a las incursiones de los indios libres e indomables. Al terminar el siglo xvn, Lancastro fundó con el indio catequizado la aldea de la Barra 144 para atenuar las depredaciones de los Acaroazes y Mocoazes. Y desde aquel punto, a lo largo del Sao Francisco, se suceden los poblados y las misiones en N. S. do Pilar, Sorobabé, Pambu, Arocapá, Pontal, Pajeú, e tc.1 4 5 . Es evidente que, precisamente en el trecho de sertón bahiano más ligado con los otros Estados del Norte — en todo el circuito del sertón de Canudos— se estableció desde el alborear de nues­ tra historia un poblamiento abundante, en el que sobresalía el indio amalgamado con el blanco y con el negro, sin que éstos resaltaran a punto de dirimir su innegable influencia. Las fundaciones posteriores a la expulsión de los jesuítas copiaron el mismo método. Desde fines del siglo x v i i i hasta el nuestro, en Pombal, en Cumbe, en Bom Conselho y Monte Santo, etc., perseverantes misio­ neros, de los que es modelo bellísimo Apólonio de T o d i1 4 6 , continuaron hasta nuestros días el penoso apostolado. Toda esa población perdida en un rincón de los sertones, permaneció así hasta ahora, reproduciéndose libre de elementos extraños, aislada, y por eso mismo, realizando con la máxima intensidad un cruzamiento uni­ forme, capaz de justificar la aparición de un tipo mestizo bien definido. Mientras tanto, mil causas perturbadoras complicaban el mestizaje en el litoral revuelto por las inmigraciones y por la guerra; y en otros puntos centrales, otros intentos irrumpían en el rastro de las bandeiras, allí, la población indígena, aliada con unos pocos mocambeiros foragidos, blancos que escapaban de la justicia o audaces aventureros, persistió dominante.

CAUSAS FAVORABLES PARA LA FORMACION MESTIZA DE LOS SERTONES , DISTINGUIENDOLA DE LOS CRUZAMIENTOS EN EL LITORAL No hagamos sofismas. Enérgicas causas determinaron el aislamiento y conservación de lo autóctono. Las destacaremos. Primero fueron las grandes concesiones de tierras que definen la ima­ gen más duradera de nuestro tacaño feudalismo. Los patrones del suelo, de los que son modelos clásicos los herederos de Antonio Guedes de Brito 1 4 7 , eran celosos de sus dilatados latifundios que sin líneas demarcatorias, avasallaban la tierra. Apenas toleraban la intervención de la metrópoli. La erección de capillas o de parroquias en sus tierras siempre se hacía a partir de controversias con los curas, y

aunque éstos finalmente ganaban la partida, caían de algún modo bajo el dominio de los grandes potentados. Estos dificultaban la entrada de nuevos pobladores y hacían de los establecimientos de cría, dispersos alrededor de aldeas recién formadas, poderosos centros de atracción para la raza mestiza que de ellas provenía. Así se desarrolló ésta, alejada del influjo de otros elementos. Y en­ tregados a la vida pastoril a la que por su misma índole eran afectos, los curibocas o cafuzos oscuros, antecedentes directos de los actuales vaque­ ros, divorciados completamente de los habitantes del Sur y de la intensa colonización del litoral, vivieron adquiriendo una fisonomía original. Como que se criaban en un país diferente. La carta real del 7 de febrero de 1701, constituyó después una me­ dida supletoria de ese aislamiento. Imponiendo severas penas a los infrac­ tores, prohibía cualquier comunicación de aquella zona sertaneja con el Sur, con las minas de Sao Paulo. Ni siquiera las relaciones comerciales fueron toleradas, quedaron interdictos los más simples trueques de pro­ ductos. Ahora bien, más allá de estas razones, considerando la génesis del sertanejo del extremo norte, sobresale otra: el medio físico de los sertones en el vasto territorio que se extiende desde el lecho del Vaza-Barris hasta el Parnaíba, en el oeste. Vimos su fisonomía original: la flora agresiva, el clima implacable, las sequías periódicas, el suelo estéril erizado de serranías desnudas, aislado entre los esplendores del majestuoso araxá * del centro de las altiplanicies y los grandes bosques, que acompañan y orlan las curvas de las costas. Esta ingrata región para la cual el tupí tenía un término sugestivo, pora-pora-eima * * , que permanece aún en una de las serranías que la tapan por el levante (Borborema) fue el asilo del tapuia. Vencidos por el portugués, por el negro y por el tupí coaligados, los indómitos Cariris 148 encontraron protección singular en aquel rincón árido, escabroso por la osamenta rígida de las piedras, sacudido por las tormentas, reseco por el sol, erizado de espinos y caatingas. Allí se ador­ mecían, cayendo en la vacuidad de los llanos donde no había asomos de la apetecida riqueza mineral, los ímpetus de las bandeiras. La tapuiretama * * * misteriosa se ataviaba para el estoicismo del misionero. Sus múltiples caminos estrechos y largos retratan las marchas lentas, tortu­ radas y dolorosas de los apóstoles. Las bandeiras que hasta ahí llegaban se marchaban rápidas, huyendo, en busca de otros parajes. Los asombraba esa tierra modelada para las grandes batallas silenciosas de la Fe. La dejaban sin que nada los obligase a volver y de paso, dejaban a su gente en paz.
* Según Couto de Magalháes, esta palabra se descompone en ara: día y echa: ver, avistar. Araxá es el lugar de donde se ve primero el sol y por extensión, las tierras altas de las planicies del interior. * * Lugar despoblado, estéril. * * * T apui-retama: región del Tapuia.

De ahí la circunstancia, revelada por una observación feliz, de que aún hoy predominan en las denominaciones geográficas de esos lugares, términos de origen tapuia resistentes a las absorciones del portugués y del tupí, que se impusieron en otros sitios. Sin que nos explayemos de­ masiado, podemos resumir las tierras que circundan a Canudos como ejemplificaciones de este fenómeno lingüístico que tan bien traduce un acontecer histórico. "Traspuesto el Sao Francisco en dirección al sur, se penetra en una región ingrata por la inclemencia del cielo y se va atravesando la elevada desembocadura del Vaza-Barris, antes de ganar las zonas más deprimidas de las planicies bahianas que, después del salto de Paulo Afonso, después de Canudos y de Monte Santo, llevan a Itiúba, al Tombador y al Aguruá. Ahí, en ese lugar del patrio territorio, uno de los más ingratos, donde otrora se refugiaban los perseguidos restos de los Orizes, Procás y Cariris, aparecen de nuevo, designando los lugares, los nombres bárbaros de pro­ cedencia tapuia que ni el portugués ni el tupí lograron suplantar. "Entonces se leen en el mapa de la región con la misma frecuencia de los accidentes topográficos, los nombres de Pambu, Patamoté, Uauá, Bendegó, Cumbe, Magacará, Cocorobó, Jeremoabo, Tragagó, Canché, Chorrochorró, Quincuncá, Conchó, Centocé, Aguruá, Xiquexique, Jequié, Sincorá, Caculé o Catolé, Orobó, Mocujé y otros igualmente bárbaros y extraños” * 1 4 9 . Es natural que grandes poblaciones sertanejas parejas con las que se insinuaban en el Sao Francisco medio, se constituyesen allí con predo­ minio de sangre tapuia. Y allí permanecieron olvidadas, en un círculo estrecho, durante tres siglos, hasta nuestros días, en un abandono com­ pleto, ajenas por completo a nuestros destinos, guardando intactas las tradiciones del pasado. De modo que, ahora, quien atraviesa por esos lugares, observa una uniformidad notable entre quienes los pueblan: rostros y tallas apenas varían en torno de un modelo único, dando la impresión de un tipo antropológico invariable, a primera vista diferente del mestizo proteiforme del litoral. Porque mientras éste muestra todos los tonos y ofrece un tipo indefinido, según el predominio variable de sus agentes, el hombre del sertón parece copia de un modelo único, con las mismas características físicas, la misma tez, apenas variando del mameluco bronceado al cafuz oscuro; cabellos lacios y duros o levemente ondulados. La misma envergadura atlética, y los mismos rasgos morales que se traducen en las mismas supersticiones, los mismos vicios y las mismas virtudes. La uniformidad es impresionante. El sertanejo del Norte es, indudable­ mente, el tipo de una subcategoría étnica ya constituida 1 5 °.

* Teodoro Sampaio, Da expangáo da lingua tupi e do seu predominio na lingua nacional.

Abramos un paréntesis. . . La mezcla de razas muy diferentes, en la mayoría de los casos, es perjudicial. Ante las conclusiones del evolucionismo, aunque actúe sobre el producto el influjo de una raza superior, despuntan vivos estigmas de la inferior. El mestizaje extremado es un retroceso. El indoeuropeo, el negro y el brasileño guaraní o el tapuia, expresan estados evolutivos que se enfrentan y el cruzamiento, sobre anular las cualidades prominentes del primero, es un estimulante al recocimiento de los atributos primitivos de los últimos. De modo que el mestizo — rasgo de unión entre razas, breve existencia individual en la que se comprimen esfuerzos seculares— casi siempre es un desequilibrado. Foville 151 los compara, en general, con los histéricos. Pero el desequilibrio nervioso en tal caso es incurable: no hay terapéutica que pueda doblegar las tendencias antagónicas de razas sorpresivamente arrimadas, fundidas en un organismo aislado. No se comprende que después de diferenciarse extremadamente, a través de extensos períodos entre los cuales la historia es un momento, puedan dos o tres pueblos converger, combinando constituciones mentales diver­ sas, anulando en poco tiempo distinciones resultantes de un lento trabajo selectivo. Como en las sumas algebraicas, las cualidades de los elementos que se yuxtaponen, no se suman; se sustraen o se destruyen, según se esté en presencia de los caracteres positivos o negativos. Y el mestizo — mulato, mameluco o cafuz— menos que un intermediario es un de­ caído, sin la energía física de sus ascendientes salvajes, sin la altura in­ telectual de sus ancestros superiores. Contrastando con la fecundidad que acaso posea, revela casos de hibridez moral extraordinarios: espíritus ful­ gurantes, a veces, pero frágiles, inquietos, inconstantes, que deslumbran por un instante y en seguida se apagan, heridos por la fatalidad de las leyes biológicas, empujados hacia el plano inferior de la raza menos favorecida. Impotentes para lograr alguna solidaridad entre las generacio­ nes opuestas, de las que son producto, se mueven en un juego permanente de antítesis. Y cuando sobresalen — no son raros los casos— capaces de grandes realizaciones o de asociar las más complejas relaciones abstractas, todo ese vigor mental reposa (salvo los casos excepcionales que justifican el concepto) sobre una moralidad rudimentaria, en la que se observa el automatismo impulsivo de las razas inferiores. Es que en esa concurrencia admirable de los pueblos, envueltos en una lucha sin tregua, en la cual la selección capitaliza atributos que se con­ servan por herencia, el mestizo es un intruso. No luchó, no es una inte­ gridad de esfuerzos, es una cosa dispersa y disolvente, surge de repente, sin caracteres propios, oscilando entre influjos opuestos de legados dis­ cordantes. La tendencia a la regresión de las razas matrices caracteriza su inestabilidad. Es la tendencia instintiva de una situación de equilibrio. Las leyes naturales, por su propio juego, parecen extinguir, poco a poco, el producto anómalo que las viola, ahogando sus fuentes generatrices.

El mulato desprecia irresistiblemente al negro y trata con tenacidad ansiosa de realizar cruzamientos que apaguen en su prole el estigma del color; el mameluco se hace bandeirante inexorable, precipitándose feroz sobre las tribus aterradas. . . Esta tendencia habla claro. De algún modo, vuelve a anudar la serie continua de la evolución que el mestizaje cortó. La raza superior se vuelve objetivo remoto hacia donde tienden los mestizos deprimidos y éstos, en su búsqueda, obedecen al propio instinto de conservación y de defensa. Es que las leyes del desarrollo de las especies son inviolables y si la sutileza de los misioneros fue impotente para que el espíritu del salvaje comprendiera las más simples concepciones de un estado mental superior, si no hay esfuerzo que logre que el africano, a pesar de la solicitud de los mejores maestros, se aproxime al nivel intelectual medio del indo­ europeo — porque todo hombre es más que nada una integración de es­ fuerzos de la raza a la que pertenece y su cerebro es una herencia— ¿cómo puede entenderse la normalidad del tipo antropológico que aparece, de pronto, uniendo tendencias tan opuestas? 152

UNA RAZA FUERTE La observación cuidadosa del sertanejo del norte muestra de modo ate­ nuado este antagonismo de tendencias y está casi fijo en los caracteres fisiológicos del tipo emergente. Este hecho, que parece contradecir los párrafos anteriores, es una contraprueba apabullante. En efecto, es innegable que para la imagen anormal de los mestizos de razas muy diferentes contribuye bastante el hecho de arrastrar el elemento étnico más elevado, condiciones de vida superiores, de donde surge una acomodación penosa y difícil para aquéllos. Y como sobre ellos cae una sobrecarga intelectual y moral, el desequilibrio es inevitable. La índole incoherente, desigual y revuelta del mestizo, denota un íntimo e intenso esfuerzo de eliminación de los atributos que le impiden la vida en un medio más adelantado y complejo. En un círculo pe­ queño, se refleja ese combate sordo que es la misma lucha por la vida de las razas. Lucha conmovedora y eterna, caracterizada por el bello axioma de Gumplowicz 153 como la fuerza motriz de la historia. El gran profesor de Gratz 154 no la consideró bajo este aspecto, sin embargo, la verdad es que si todo elemento étnico fuerte "tiende a subordinar a su destino al elemento más débil ante el cual se encuentra” tenemos en el mestizaje un caso perturbador. La expansión irresistible de su círculo singenético, aunque eludido de tal manera, apenas se retarda. No se extingue. La lucha se transforma, volviéndose más grave. Va del exter­ minio franco de la raza inferior por la guerra, a su eliminación lenta,

a su absorción ambigua, a su dilución en el cruzamiento. Y durante el curso de este proceso reductor, los mestizos emergentes, variables, con todos los matices del color, de la forma y del carácter, sin rasgos defi­ nidos, sin vigor, y la mayor parte de las veces, inútiles, en último análisis, no son más que los mutilados inevitables del conflicto que perdura, im­ perceptible, en el correr de los años. En estos casos, la raza fuerte no destruye a la débil con las armas, sino que la arruina con la civilización. Ahora bien, los rudos patricios de los sertones del Norte se libraron de esta última. El abandono en que quedaron tuvo una función benéfica. Los liberó de la adaptación penosísima a un estado social superior y simul­ táneamente, les evitó caer en las aberraciones y los vicios de los medio adaptados. Entre ellos, la fusión se operó en circunstancias más compatibles con los elementos inferiores. El factor étnico prominente les transmitió las tendencias civilizadoras pero no les impuso su civilización. Este hecho destaca fundamentalmente el mestizaje de los sertones del mestizaje del litoral. Son formaciones diferentes, no por los elementos sino por las condiciones del medio. El contraste entre ambas resalta ante el paralelo más simple. El sertanejo toma del salvaje su intimidad con el medio físico que en vez de debilitarlo lo fortalece, y su potente organismo refleja en la índole de su carácter y de sus costumbres, de las otras razas formadoras, sólo aquellos atributos más ajustables a su fase social inci­ piente. Es un retrógrado, no un degenerado. Porque las vicisitudes históricas lo liberaron, en la fase delicada de su formación, de las exigencias des­ proporcionadas de una cultura prestada, preparándolo para conquistarla un día. Su evolución psíquica, por lenta que sea, tiene actualmente la garantía de un tipo físicamente constituido y fuerte. Aquella raza cruzada surge autónoma y de algún modo, original, transfigurando por la combinación, los atributos heredados, de modo que, libre por fin de la existencia sal­ vaje, puede alcanzar la vida civilizada por lo mismo que no la alcanzó de golpe. Es lógico. Al revés de la inversión extravagante que se observa en las ciudades del litoral, donde funciones altamente complejas se imponen a órganos mal constituidos, oprimiéndolos y atrofiándolos antes del pleno desa­ rrollo; en los sertones, la integridad orgánica del mestizo aparece entera y robusta, inmune a mezclas extrañas, capaz de evolucionar, diferen­ ciándose, acomodándose a nuevos y más altos destinos, porque tiene una base física sólida para un posterior desarrollo m oral1 5 5 .

Dejemos estas divagaciones poco atrayentes. Prosigamos considerando directamente la figura original de nuestros patricios retardatarios. Esto sin método, sin pretensiones, evitando los garbosos neologismos etnológicos. Nos faltan, igualmente, tiempo y competencia para enredarnos en fantasías psíquico-geométricas, que hoy se exageran con un materialismo filosófico, midiendo el ángulo facial o dibujando la norma verticalis de los jagungos 1 5 6 . Si nos embarazáramos en las imaginativas líneas de esa especie de topografía psíquica de la que tanto se ha abusado, ni siquiera lo com­ prenderíamos mejor. Seríamos simples imitadores. Sólo reproducimos todas las impresiones, verdaderas o ilusorias que tuvimos cuando, de pronto, acompañando la dinámica de una campaña militar, nos enfrentamos, en una vuelta del sertón, con aquellos singulares desconocidos que viven allí, abandonados, desde hace tres siglos 1 5 7 ,

III EL SERTANEJO 15 8 Ante todo, el sertanejo es fuerte. No tiene el raquitismo de los mestizos neurasténicos del litoral. Aunque al primer golpe de vista su apariencia muestra lo contrario. Le falta la plástica impecable, el diseño, la estructura correcta de los organismos atléticos. Es desgarbado, desarticulado, torpe. Hércules-Quasimodo refleja en su aspecto la fealdad típica de los flacos. Camina sin firmeza, sin aplomo, casi zigzagueante, sinuoso, con un movimiento de miembros descoyun­ tados. Le agrava la postura normalmente abatida, una manifestación de displicencia que le da un carácter de humildad deprimida. Si está de pie, invariablemente se recuesta en el primer poste o pared que encuentra, si anda a caballo y para al animal para cambiar dos palabras con un desconocido, en seguida cae sobre uno de los estribos, descansando sobre el costado de la silla. Si camina, aunque sea a paso rápido, no sigue un trayecto rectilíneo y firme: avanza velozmente, con un bamboleo carac­ terístico que se parece al trazado geométrico de los meandros sertanejos. Y si durante la marcha se detiene por cualquier motivo, sea para enrollar un cigarro, encender el yesquero o conversar con un amigo, inmediata­ mente cae — cae es el término— en cuclillas, pasando largo tiempo en una posición de equilibrio inestable, en la que todo el cuerpo queda sostenido por los dedos grandes de los pies, sentado sobre los talones, con una simplicidad que es a la vez ridicula y encantadora. Es un hombre permanentemente fatigado.

Muestra una pereza invencible, una atonía muscular perenne, en todo: en la palabra lenta, en el gesto contrariado, en el andar desgarbado, en la cadencia lánguida de las modinhas, en la tendencia constante a la in­ movilidad y a la quietud. Pero esa apariencia de cansancio engaña 1 5 9 . No hay nada más sorprendente que verla desaparecer de improviso. En ese organismo abatido se operan de pronto cambios totales. Basta con que se produzca un incidente cualquiera exigiéndole la demostración de energías adormecidas. Este hombre se transfigura. Se yergue midiendo nuevas dimensiones, en la estatura y en el gesto, la cabeza se afirma, alta sobre los hombros fuertes, aclarada por la mirada firme y segura, se corrigen, prontos, en una descarga nerviosa repentina, todos los efectos del relajamiento habitual de los órganos, y de la figura vulgar del tabaréu contrahecho, despunta inesperadamente el aspecto dominador de un titán cobrizo y potente, en un desarrollo sorprendente de fuerza y agilidad extraordinarias. Este contraste se impone al más leve examen. Se muestra en todo momento, en todos los pormenores de la vida sertaneja, siempre aparece el intercambio impresionante entre los impulsos extremados y las apatías prolongadas. Es imposible idear un jinete más rudo y desaliñado, sin elegancia, las piernas colgantes, el cuerpo echado hacia adelante y oscilando según los vaivenes del andar de los pequeños caballos del sertón, sin herraduras y maltratados, resistentes y rápidos como pocos. En esta actitud indolente, acompañando con morosidad el paso tardo de los bueyes, el vaquero perezoso se parece al caballo tropero que cabalga casi dos tercios de su existencia en una red adormecedora siguiendo al ganado. Pero si una res se rebela y huye a través de la caatinga o si una punta de ganado se atropella a lo lejos, lo vemos transformado, clavando las espuelas en los ijares de su montura y partiendo como un dardo, atrave­ sando velozmente los dédalos inextricables de las juremas. Lo vimos en este steeple-chase * bárbaro. Nadie lo contiene en su ímpetu. Aunque lo obstaculicen quebradas, piedras, cuevas, montes espinosos o barrancos de arroyos, nadie le impide cazar al novillo huido, porque por donde pasa el buey pasa el vaquero con su caballo. . . Pegado al lomo del caballo, confundido con él, gracias a la presión de las piernas firmes, realiza la acción de un centauro bronco: emerge inopinadamente en los claros, desaparece en los matorrales altos, supe­ rando vallas y pantanos, venciendo cumbres elevadas, superando veloz los espinos mordientes, precipitándose a todo lazo a lo largo de lás planicies. . .
* Steeple-chase: en inglés en el original: carrera de obstáculos. (N . d e T .).

Su robusta complexión aparece en total plenitud. Es el jinete fuerte que da vigor al caballo pequeño y frágil, sosteniéndolo con las riendas improvisadas de caroá, frenándolo con las espuelas, arrojándolo a la ca­ rrera — estribando corto, las piernas encogidas, las rodillas levantadas hacia adelante, el cuerpo pegado al arzón— desatado en el rastro del novillo esquivo; aquí se dobla ágil bajo un matorral que le llega casi hasta la silla, allá desmonta de repente, como un acróbata, agarrado a las crines del animal para salvarse de un tronco advertido a último momento y vuelve a montarlo de un salto apenas supera el obstáculo, y galopando siempre, a través de todos los impedimentos, sosteniendo con la diestra, sin perderla nunca, sin dejarla en los montes inextricables, la enorme aguijada forrada en cuero que, por sí sola, ofrecería en otras manos serios impedimentos para la travesía. . . Terminado el embate, restituida al rebaño la res dominada, lo vemos otra vez caído sobre la silla, de nuevo desgraciado e inerte, oscilando al compás de la lenta andadura, con la triste apariencia de un pobre in­ válido.

TIPOS DISPARES: EL JAGUNgO Y EL GAUCHO Si el gaucho del Sur lo encontrara en ese instante, lo miraría con conmi­ seración. Porque el vaquero del Norte es su antítesis. En la postura, en el gesto, en la palabra, en la índole y en los hábitos no es posible equipararlos. El gaucho, hijo de las llanuras sin fin, hecho a las carreras fáciles por las pampas, formado por una naturaleza amable, muestra una imagen de caballero gentil. La lucha por la vida no tiene el carácter salvaje de los sertones del Norte. No conoce los horrores de las sequías y los com­ bates cruentos con una tierra árida. No lo entristecen las periódicas escenas de devastación y de miseria, el cuadro de absoluta pobreza del suelo calcinado, exhausto por los soles bravios del ecuador. En sus tran­ quilas y felices horas no siente la preocupación del futuro. Despierta a la vida amando a la naturaleza deslumbrante que lo alimenta y pasa por ella aventurero, jovial, valiente y fanfarrón, despreocupado, considerando al trabajo una diversión que le permite hacer carreras, domando distan­ cias, por las llanuras verdes, llevando sobre el cuerpo, flameando, alegre, al viento, el inseparable poncho. Al lado de la vestimenta rústica del vaquero, su ropa es un traje de fiesta. Las amplias bombachas especial­ mente hechas para el movimiento libre sobre los baguales, en el galope cerrado o en el corcovear furioso, no se rompen en los espinos lacerantes de ninguna caatinga. Su vistoso poncho jamás queda prendido ni se desgarra entre las ramas de árboles retorcidos. Botas altas, en las que tintinean las rosetas de las espuelas de plata, pañuelo de seda encarnado

al cuello, sombrero de grandes alas flexibles y en el cinturón de cuero, brillando, la pistola y el facón; es el aspecto de un vencedor jovial y fuerte el que asoma por las cuchillas, airoso en su redomón. Es un hombre hecho a las victorias, jovial y fuerte. El caballo, socio inseparable de esta vida algo novelesca, es casi un objeto de lujo. Lo demuestra su arreo complicado y espectacular. Un gaúcho andrajoso montado sobre un pingo de buen apero, está correcto. Puede cruzar, sin sufrir vejamen alguno, las aldeas en días de fiesta.

LOS VAQUEROS En cambio, el vaquero se crió en condiciones opuestas, en un intercam­ bio continuo de momentos felices y momentos crueles, de abundancia y miseria; sobre su cabeza, el sol es una amenaza permanente que en la vuelta de las estaciones le trae períodos de sucesivas devastaciones y desgracias. Atravesó la mocedad en medio de periódicas catástrofes. Se hizo hom­ bre, casi sin haber sido niño. Dejó de serlo muy pronto, porque en el sertón, las sequías interrumpieron las alegrías de la infancia. Temprano tuvo que encarar la vida desde el lado tormentoso. Es un condenado en vida. Se vio envuelto en una batalla sin treguas, que le exige impe­ riosamente el mantenimiento de todas sus energías. Se hizo fuerte, experto, resignado y práctico. Se preparó para la lucha. A primera vista, su aspecto evoca vagamente al guerrero antiguo ex­ hausto por la refriega. Las ropas son su armadura. Envuelto en su casaca de cuero curtido, grueso o fino, apretado en su chaleco, también de cuero, calzando las perneras de cuero, asimismo curtido, que suben hasta las ingles, muy justas, cosidas a las piernas, articuladas con rodi­ lleras de suela, resguarda los pies y las manos con envolturas de piel de venado. Presenta la figura grosera de un campeador medieval tras­ plantado a nuestro tiempo. Esta armadura de un marrón rojizo, como si fuese de bronce flexible, no centellea, no brilla al sol. Es hosca y polvorienta. Envuelve al guerre­ ro de una batalla sin victorias. . . La silla de la montura hecha por él mismo, imita a la riograndense pero es más corta y cavada, sin los aparejos lujosos de aquélla. Sus accesorios son una piel de buey, un cuero resistente que cubre las ancas del animal, pectorales que le resguardan el pecho y las rodilleras sujetas a las cintas. Este equipamiento del hombre y del caballo está hecho a hechura del medio. Vestidos de otra manera no podrían pasar incólumes las caatingas y los pedregales.

con el pelo del lado de afuera. convierte al caballo en pro­ yectil y va rompiendo formaciones de adversarios. Es inconstante como esa naturaleza. con aliento desa­ forado en los entreveros. pasa de la red perezosa y cómoda a la montura áspera. derribándolos en la lucha en la que entra con total despreocupación por la vida. . expandido en los zapateados en los que el golpe seco de las alpargatas sobre el suelo. desaparece con un grito triunfal en la vorágine del combate cuando centellean las espadas. impetuoso. Ella lo talló a su imagen: bárbaro. Y es natural que lo sea. es más duro. en las escasas fiestas en que el matuto olvida sus pesares escuchando la guitarra surge una novedad. Como el sertanejo del Norte tuvo un arduo aprendizaje de reveses se acostum­ bró pronto a su encuentro y a la correspondiente reacción. un chaleco vistoso de gato salvaje o de suguarana. el sertanejo pierde el aire alegre. Atraviesa la vida entre celadas y sorpresas de naturaleza incompren­ sible y no pierde un minuto. de un solo color — el pardo rojizo del cuero curtido— sin una variante. es más resis­ tente. en una extraña manifes­ tación de desgano y cansancio extraordinarios. . Apenas. desaliñado. Es un luchador permanentemente exhausto. Ahora bien. se precipita al sonar de los vibrantes clarines. abrupto. es completamente explicable ese contraste permanente entre las manifestaciones de fuerza y agilidad y los prolongados lapsos de apatía. Son una perfecta versión moral de los agentes físicos de su tierra. pasiva ante el juego de los elementos y sometida de una estación a otra. permanentemente audaz y fuerte. es más peligroso. es más fuerte. por las pampas. Es improbable que tome un aspecto novelesco y glorioso. El gaucho. firme en los estribos. o una bromelia rubia y fresca prendida en el som­ brero de cuero. El jagungo es menos teatralmente heroico. Busca al ad­ versario con el firme propósito de destruirlo. Vivir es adaptarse. sea como fuere. el valiente enlazador. el tañido de las espuelas y la caja del pandero. acompa­ ñan la cadencia de las guitarras en la vibración de los rasgados. con la lanza en ristre. y enton­ ces cae en la postura habitual. Pero esto es un incidente pasajero y raro. es inimitable en una carga guerrera. sin una tira de otro tono. es más tenaz. pasa de la máxima quietud a la máxima agitación.Pero nada hay más monótono y feo que esta original vestimenta. de tanto en tanto. desde la mayor exuberancia a la penuria de los desiertos encendidos bajo la reverberación de los estíos abrasadores. Acabadas las horas de esparcimiento. por cierto. . tosco. está siempre preparándose para un obstáculo al que no vence y por el que no se deja vencer. En estos aspectos que se enfrentan refleja la natu­ raleza misma del medio que lo rodea.

enlazando al potro bravio. para obtener los cereales de primera necesidad. el hacendado de los sertones vive en el litoral. Al revés del estanciero. juntando el ganado desparramado o embretando a los bueyes esquivos por zanjones y bañados. Llevan una vida variada y llena de aconteceres. . SERVIDUMBRE INCONSCIENTE: VIDA PRIMITIVA Eso no sucede en el norte. cuando en los rodeos marcan el ganado. Su vida es una conquista duramente hecha. Entonces todo sertanejo es vaquero. En el estrecho ámbito de las mangueiras o en pleno campo. Parar el rodeo es para el gaúcho una fiesta diaria de las que las caba­ lladas espectaculares son sólo una muestra. lejos de los dilatados dominios que muchas . . sin espacios abier­ tos. El adversario tiene. obser­ vándolo por el caño de la espingarda. No hay que esperar en los establecimientos del sertón las fiestas de las estancias del sur. En los trabajos más calmos. el gaúcho es frágil y se deja apretar por una situación indecisa. si el adversario no cae rápida­ mente vencido.Está acostumbrado a los sitios oscuros y estrechos. Pero al retroceder es todavía más cuidadoso. Cuando apunta con el liviano fusil o el pesado trabuco no yerra la puntería. el mismo fuego que encienden las marcas sirve para los rudos ágapes de asado con cuero y para calentar el agua para beber el cimarrón amargo. sin tener la certeza del resultado. No la desperdicia en la más ligera contracción muscular. Calcula fríamente la pelea. la cría de ganado es allí el trabajo más apropiado para el hombre y para la tierra. La cuida como un precioso capital. capa­ taces y peones viven en el grito alegre de una diversión tumultuosa. Retrocede. Es un tanteo demoníaco. Esta oposición de caracteres se acentúa en las épocas normales. Aparte de la agricultura rudimen­ taria de las plantaciones de bajante a orillas de los ríos. tumbándo o volteando con las fulminantes bolas al toro alzado. los pialadores. en las evoluciones rápidas de las carreras. Si la reacción fulminante es ineficaz. Cuando maneja el cuchillo no da un solo golpe en falso. o le curan las heridas. oculto en las som­ bras de las trampas. El jagunco no. desde ese momento. . en faenas codidianas. o hacen apartes de novillos para el tambo o escogen a los baguales condenados a las espuelas del domador. . en la más leve vibración nerviosa. un odio total.

Todos tienen el mismo trato de aparcería con el vaquero que se resume en una cláusula única: darle a cambio de los cuidados y de todos los trabajos. una a una. Como los opulentos propietarios de la colonia. viven y mueren en el mis­ mo pedazo de tierra— perdidos entre las piedras y los matorrales. Lo primero que hacen es aprender el abecé y terminan aprendiendo todas las exigencias del arte en el que son eméritos: conocer las marcas de sus haciendas y de las vecinas. Gracias a un contrato por el cual reciben cierto porcentaje de los productos. lo deja morir de viejo. Es su paga. conserva al intruso y lo trata como a los demás. etcétera. por tatuaje a fuego. sabe sus nombres. Pero no lo lleva a la feria anual ni le hace desempe­ ñar ningún trabajo. Cuando mucho. No le pertenece. se entregan a una servidumbre que no comprenden. A veces. Lleva indeleble la indicación que lo devolverá a su lugar de origen. Los grandes propietarios de la tierra y de los rebaños lo conocen.veces ni siquiera conoce. ahí se quedan. sin jueces ni testigos. los sertanejos de cuero levantan sus ranchos de paloa-pique al borde de las aguadas. Muchas veces ocurre que después de años puede descifrar una marca y el dueño original recibe no sólo la vaca cuya pérdida ya había olvidado sino la cantidad de ganado que aquélla produjo. marca a la cría con la misma señal desco­ nocida que reproduce con admirable perfección y así sigue con toda la descendencia de la primera. Heredan un viejo vicio histórico. Puede romper tranqueras y esca­ par. los nombres y las edades. los rebaños que no les pertenecen. no sólo las reses que cuida sino las de los vecinos. . y abnegadamente. rápidamente. sabe de su fidelidad sin par. fielmente. llega a conocer. Establece con el patrón desconocido el mismo convenio que tiene con el suyo. cuando aparece un animal extraño en su reducto y conoce la marca. en un extraordi­ nario esfuerzo de memoria. El dueño legítimo. Porque el vaquero no se conforma con saber las marcas de su hacienda de memoria. anónimos — nacen. Marcado el ganado queda garantizado. De esta manera. Y cumple estrictamente. el extra­ ño contrato que nadie escribió. también aprende las de los demás. Lo señalamos como rasgo particular de la probidad de los matutos. incluyendo la genealogía y las carac­ terísticas. No los fis­ caliza. Cada cuatro becerros separa uno para sí. Esas marcas son dibujos o letras o diseños caprichosos que se imprimen sobre las ancas del animal. completados por cortes de pequeños ángulos en las orejas. como si armasen tiendas. lo devuelve en seguida. Si es una vaca y da cría. ausente. usufructúan parasitariamente las rentas de sus tierras sin límites fijos. con sus trajes típicos. Los vaqueros son sus siervos sumisos. Nos parece mentira esto que es tan común en los sertones. Entonces. cui­ dando la vida entera. En caso que no la conozca.

amigos. Es una formalidad que se pasa por alto. Y saben que nunca violarán el porcentaje. lo que es más habitual. Los vaqueros apenas tratan de atenuarlas. dibujando en el suelo inextricables líneas cabalísticas. A veces. “su seguro servidor” . utiliza una alarmante con­ cisión: “Patrón y amigo: le participo que su rebaño está en el despotismo. de a veinte. frase característica para llamar a los vaqueros vecinos y allá van todos. un cuarto. lo curan por el rastro. para informar sobre un desastre. ingenuamente. Allí los ralean epizootias intensas en las que sobresalen el rengue y el mal triste. los animales de los dife­ rentes establecimientos convecinos que por los campos viven en común. Restringen las acti­ vidades. * Al firmar las cartas no utiliza la fórmula común. de a diez. O si no. rápidos. EL RODEO Esta solidaridad de esfuerzos se evidencia mejor en el rodeo. Se vuelven hacia la dirección en la que aquél se encuentra y rezan. El vaquero separa escrupulosamente la mayoría de las nuevas cabezas que pertenecen al patrón (en las cuales imprime la marca de la hacienda) de las pocas. sin cercos ni vallados. verdadera caballería rústica. se auxilian incondicionalmente en todos los menesteres. aunque fatigantes en algunas ocasiones. Marcados en junio. por ésta: su amigo y vaquero. escrudiñando las caatingas hasta que el animal caiga atado por los cuernos que le sujetan unas manos poderosas.un cuarto de los productos de la hacienda. Graba sobre éstas su marca particular y las conserva o las vende. la sustituye. Si el mal devasta el ganado conocen un remedio más eficaz que el mercurio: el rezo. El ganado vive y se multiplica al azar. se hace sin que esté presente la parte más interesada. El ajuste de cuentas se hace al finalizar el invierno y generalmente. el extravío del rebaño por ejemplo. No existe en el Norte una industria pastoril. son también lo más rudimentario que se pueda concebir. Le escribe al patrón * dándole cuenta minuciosa de todo el movimiento del establecimiento. que le pertenecen a él. trabajo que consiste en reunir y discriminar después. Sólo cuatro bueyes dieron su cuero. ¡El resto tronó en el mundo!” . No necesitan ver al animal enfermo. Y así viven en una perpetua adversidad. Solidarios unos con otros. Estas. Pocas veces un incidente o una variante alegre quiebra la monotonía de sus vidas. . campeando. ruidosos. Cuando un animal se escapa. los animales nuevos se pierden en las caatingas con el resto de las manadas. reparando hasta en los mínimos detalles y después continúa con sus faenas interrumpidas. toma su picana y sale a ras­ trearlo y si no lo encuentra pide campo. mezclados.

Y por los campos. Así van apa­ reciendo otros por todo el ámbito del rodeo que se anima. Le retrucan con otras idénticas. entonces el rodeador congrega a los vaqueros de los sitios próximos. Arreglan los dispositivos de la empresa. Sobre el final del día. Le va pisando el rastro. el recuento de las cabezas reu­ nidas. El va­ quero lo sigue. los recalcitrantes. por los aires nubes de polvo. sobre el caballo que arremete. *. El rodeo permanece desierto durante un lapso de tiempo. Y luego el aparte. la última tarea. Después le pone una máscara de cuero y lo vuelve a conducir al rodeo. un entrechocar de cuernos que gol­ pean. El cuadro tiene el movimiento salvaje y asombroso de una corrida de tártaros. Los compañeros lo reciben ruidosamente. Pero a esta penosa tarea siguen otras de mayor calibre. Y después irradian los atletas de cuero hacia las caatingas que los rodean.Lo realizan de junio a julio. El vaquero se vuelca sobre la montura. En los extremos se agitan los animales que no se resignan. y súbitamente aparece el ganado y detrás. Un toro que otro vuelve a escapar a la caatinga. Y por fin. . se separan. . No lo larga. . . se convierte en un tumulto de bueyes y caballos confundidos en un vibrante rumor de terremoto. el vaquero tenso sobre los es­ tribos. Torcido desaliñadamente sobre la montura el vaquero rumia sobre las * Aboiar: cantar mientras se conduce el ganado. EL ARREO La manada sigue lentamente la cadencia de ese canto triste y perezoso. Lo entrega a los compañeros que allí se quedan y vuelve al galope en renovada búsqueda. una tonada poco variada y triste que sirve para pacificar a las reses y guiarlas. Distribuyen las tareas que corresponden a cada uno en la lid. Juvenal Galeno. . se cambian impresiones con adjetivos ad hoc que van en aumento desde los más rispidos hasta los más trémulos de asombro. generalmente un campo expla­ nado y limpio. Les cuenta la hazaña. Trae una exigua parte del rebaño. un estrépito de ramas que estallan. Va con él hasta el escondrijo más hondo. . con una mano se agarra a las crines del caballo mientras con la otra alcanza el rabo del animal en disparada y con un tirón formidable lo voltea en tierra. hasta que surja el instante adecuado para un acto definitivo: alcanzar repentinamente al fugitivo. Lendas e Cangoes. . resuenan melancólicamente las notas del aboiado . . se oye un estruendoso tropel de cascos sobre las piedras. De repente. suspendido de un estribo. cada uno va para su re­ ducto llevando por delante las reses propias. Eligen un lugar más o menos central. En minutos los sertanejos desaparecen. .

el enmascarado. cada animal es un conocido. y por aquí y por allá. . que resuena nostálgica por los descampados silenciosos. el toro vigoroso. . caminando con holgura porque los demás lo respetan y le abren un claro alrededor. salen dispara­ dos aquellos cuerpos macizos que normalmente son tan tardos y morosos. . Una res se espanta y el contagio es instantáneo. de animal fantástico. informe. lentos. asombroso. según el trato hecho. se clavan y entrecruzan millares de cuernos. Se enredan. se anudan. Este acontecimiento. . é cao. desbordan por las pendientes. las disparadas (estampidas) de las pampas. se inclinan. envergadura de búfalo. Nadie puede explicar qué pasó. quedan destrozadas tierras penosamente cultivadas. sigue la huella guiado por la compresión de los otros cuerpos contra el suyo. cada uno encierra un incidente. . común por de­ más. caen pisoteados los ranchos o quedan vacíos. abandonados por sus habitantes despavoridos que huyen hacia los costa­ dos evitando el rumbo rectilíneo en que se despeña la estampida. de­ saparecen las ipueiras rasas. arrancar o arribar la manada de bovinos son sinónimos del mismo hecho que. . . Y marchan en orden. un pormenor de su existencia primitiva y simple. . En minutos. observando vivamente el espacio y se encogen. las piedras caen. El suelo vibra en un estré­ pito horrendo y la manada sale en estampida. . con la cabeza alta y desafiante. puede ser el paso de una araña o la corrida de una rata de campo. más acá. De súbito algo pasa. precipitado en una carrera loca. Hay una detención instantánea. en estallidos de ramas y gajos. in­ descriptible. . acometiendo impetuoso sobre los destrozos que * Estourar. guampudo. más lejos. . Se origina en el incidente más trivial. Y en un obstáculo único. *. soberbio. se yerguen. un becerro claudicante muge porque se hunde en un desnivel y hay que sacarlo. envidia de toda la manada.probables ganancias: lo que le toca al patrón y lo que le toca a él. Millares de cuerpos forman un cuerpo único. Ya nadie los puede contener ni alcanzar. . considera el caso de un viejo buey que ya tiene diez años y nunca fue llevado a la feria gracias a una antigua amistad. de golpe. una descarga nerviosa lleva el espanto a la manada entera. Y sobre este tumulto. Se meten en las caatingas rompiendo árboles. tal vez con más intensidad. un temblor. un estremecimiento corre por todos esos cuerpos. monstruoso. Allí mismo va contando los animales destinados a la feria. revueltos. en los sertones del Norte. rodeándolo. es la desesperación de los vaqueros. más allá. . torrentes de pe­ zuñas resuenan en el espacio como roncos y extensos truenos lejanos. E cou. con estrépitos de cuernos. de ancho cogote. al son de la tonada que parece hama­ carlos con su refrán monótono: E cou mansaó. de cuernos romos y llenos de tierra. reproducen.

Vestidos con cueros nuevos. Y entre ellos. hasta que la manada. la exótica encamisada * que es el más curioso ejemplo del modo como están aferados a las más remotas tradiciones. mien­ tras relatan las peripecias del rodeo o las famosas aventuras de las ferias. Escasos de recursos para alejarse de los ranchos. camisones.deja detrás de sí esa avalancha viva. en animales extrañamente enjaeza­ dos. La lid se renueva. se entregan a las diversiones habituales. Novo dicionário da Lingua Portuguesa. el ocio llena de pereza los brazos del vaquero. sosteniendo las pequeñas guitarras. . improvisando vibraciones de choradinho o de baiao. los solteros se agitan en sambas y cateretés ruidosos. Entonces vuelven a encauzarla por el camino del establecimiento y otra vez resuenan por los campos. mientras los casados cumplen con la obliga* Encamisada: asalto nocturno en que las tropas vestían. en la significación total del término. donde su misma significación es actualmente un inu­ sitado arcaísmo. completa­ mente estupidizada. con sus largos cortejos de hombres a pie. el vaquero. estirado sobre la montura. Figueiredo. matando las horas. vestidos de blanco. los vaqueros descansan en las redes colgantes. nuevas hazañas. no tanto por el trabajo de los que la golpean por los flancos sino por el cansancio. sueltos los estribos. agarrado a las crines del caballo. nuevas acometidas. entre ellas. nuevos riesgos y nuevos peligros que hay que afrontar y vencer. esta diversión hecha a la luz de linternas y antorchas. Va a las aldeas donde se hacen fiestas de caba­ lladas y morerías. nuevos esfuerzos. y otros a caballo. Pero no todos la comparten. o a la manera musulmana. tristemente. Si la época es propicia y prosperan las plantaciones hechas en las bajantes y nada revela la aparición de la sequía. les proporciona escaramuzas y encuentros simulados que hacen el encanto de los matutos ociosos. Viejísima copia de las vetustas épocas de los ataques nocturnos contra los caudillos árabes en la Península. y totalmente olvidada en la tierra que le dio origen. C. TRADICIONES De vuelta al rancho. sobre morros y quebradas. largado en una disparada sobre barran­ cos y valles. las riendas sueltas. la aguijada en ristre. poco a poco afloja y se para. el baile. tranquilizándose con la umbuzada sabrosa o comiendo el manjar incomparable de jerimum con leche. las notas melancólicas del áboiado. como disfraz. Ya se le han unido los compañeros que a lo lejos oyeron la estampida. juegos anacrónicos que las aldeas sertanejas reprodu­ cen intactos con los mismos programas de hace tres siglos 1 6 °.

vastos planaltos en los que las desembocaduras de aquel río y del * Famanaz del desafío: gran improvisador. los vaqueros vuelven a la ruda tarea o a la pe­ rezosa red. Nada expresa mejor la atracción que la bebida ejerce sobre esos valientes y el deseo que tienen. * * “A la hora de Dios. Destalado . algunos salen de los tranquilos ranchos hacia tierras remotas. Un cabra destacado rasga la guitarra.). Amigo. nao! Desafio o mundo inteiro Pra cantar nesta fungao! El adversario en seguida retruca tomando el último verso de la es­ trofa : Pra cantar nesta fungao. porfiada. Fuerte y hábil las revolotea el sertanejo joven. bala e onga.ción de cuidar a su familia. la tierra bien barrida. de T . brabo e corado. De año en año. meu camarada. / no es burla. Terminada la fiesta. Serenar en el baile: bailar muy vagarosamente. Como en general hay poco espacio. / amigo. no. Se entreveran como adversarios dos rudos cantores. Aceita teu desafio O "fama” diste sertüo! * * Es el comienzo de la lucha que sólo termina cuando uno de los bardos se enreda en una rima difícil y titubea. amén. testaruda) dado a la cachaga. Ralhar (rallar o rascar) en la guitarra: tocar ruidosamente con habilidad. de evitarla. “Cantar en esta función. iluminado por la luna y las estrellas. hábil. etc. / acepta tu desafío / el “fama” de este sertón” . destabocado y otros: son palabras comunes que denotan a todo hombre fuerte. / desafío al mundo entero / cantar en esta función” . amém. En los intervalos se arman los desafíos. el mo­ biliario hecho de troncos y algunos taburetes. Comienza la función con largos tragos de aguardiente mientras rompen estruendosos los vivos zapateados. (N . El nombre de “teimosa” (empecinada. Las rimas les salen en versos a veces muy bellos * : Ñas horas de Deus. nunca realizado. bajo una avalancha de risas que saludan la derrota. se meten en los campos gerais del oeste. es de una filosofía adorable. Y la noche se va deslizando rápida en el jolgorio que se generaliza hasta que el canto de las sericóias en las ipueiras da la señal del desbande. mi camarada. Cruzan el Sao Francisco. Despuntar el día: el primer trago de alguna bebida al comienzo de la función. Se mueven en lentos meneos las caboclas bonitas. sin hacer ruido con los pies. Choradinho y baiáo: (lloradito y baión) danzas comunes en el norte. Nao é zombaria. . golpeando nerviosamente la guitarrita. en los ranchos en fiesta los bailes se arman afuera.

reanudan su vida monótona y primitiva. y penetran en Goiás o. . Pero nuestro sertanejo es una excepción a la regla. Y al volver. . se animan entonces pasa­ jeramente con la romería de los bahianos. . Pasan las "lluvias del cajú” en octubre. Los síntomas del flagelo aparecen encadenados en serie. yendo más ha­ cia el norte. indistintamente. rápidas. . En unas páginas notables. En su armadura de cuero. Con los escasos recursos de sus propias observaciones y de las de sus mayores. donde se mezclan enseñanzas prácticas con extravagantes su­ persticiones. como señales conmemorativas de un mal cíclico. Van a comprar ganado. gallardos. Pero no se escapa abandonando la tierra poco a poco invadida por el aire caliente que viene de Ceará. Trata de adivinar el futuro. . el suelo se agrieta. si es que no se pierden para siempre en la peligrosa travesía. una variante trágica. Prepara la tierra arable a orillas de los arroyos para las plantaciones ligeras de las primeras lluvias.Tocantins 161 se confunden en lagunas de donde salen. observa atentamente el horizonte. blandiendo la aguijada. Ningún pueblo tiene más temor a los terremotos que el peruano. a todo trance alimenta esperanzas en una resistencia que parece imposible. por todas partes. ha tratado de estudiar el mal para conocerlo y soportarlo. pobres y oscuras villas que el Puerto Nacional 162 hace más extremas. Buckle señala la anomalía de que el hombre nunca se adapta a las calamidades naturales que lo rodean 1 6 3 . examina los rasgos más fugitivos del paisaje. que colorean las caatingas. Se acerca la sequía. sin dejar rastros. LA SEQUIA De repente. en las sierras del Piauí. . los árboles marchitan. Son los autócratas de las ferias. Es un complemento de su vida tormentosa y la enfrenta con estoicismo. Al . recordando las cenizas por una combustión sin llamas. La sequía no lo asusta. El sertanejo la adivina y prevé gracias al singular ritmo con que se desencadena el flagelo. A pesar de las dolorosas tradiciones que conoce a través de un sinnúmero de terribles episodios. Mira a las alturas. entran en esos villarejos con aire de triunfadores. y en el Perú las vibraciones de la tierra hamacan la cuna de los recién nacidos. Aquellas lejanas tierras. Dos o tres meses antes del solsticio de verano empieza a fortalecer los muros de los pozos y limpia los desaguaderos. lentamente baja el nivel de los pozos de agua. ríos hacia el levante o el poniente. Se prepara para la lucha con singular serenidad. inflexibles. con lloviznas suspendidas en los aires ardientes. montados en sus ariscos caballos.

contempla las bandadas de aves que emigran hacia otros climas. Le retrata. los días se hacen abrasantes mientras las noches se vuelven cada vez más frías. abreviadas en doce horas. Atraviesa tres largos meses de expectativa ansiosa y el día de San José. Pacientemente aguarda el equinoccio de la primavera para hacer una consulta definitiva a los elementos. todas las alternativas climáticas que vendrán. A poesía popular no B ra sil164. los seis meses venideros. si sucede lo contrario y el sol atra­ viesa abrasadoramente el firmamento claro. el invierno será lluvioso. Recorre lugares en procura de alimento para los animales. interrogar a la Providencia. . el día 13 de ese mes. de izquierda a derecha. una costumbre antigua le permite in­ terrogar el futuro. seis granos de sal que representan. las ma­ yores o menores probabilidades de depresiones barométricas capaces de atraer la afluencia de lluvias. tiene una base positiva y es aceptable si se considera que de ella se toma el mayor o menor dosaje de vapor de agua en el aire y deductivamente. Ni ante sus peores vaticinios se desanima. Se ve venir. si la mayoría o todos. El día 1 2 . Esta experiencia es hermosa. como una coraza de bronce. Pese al estigma supersticioso. Resignado y tenaz. rígida. Trasciende su situación rudimentaria. pasa revista al ganado. Si durante ese día llueve. La atmósfera absorbe con avidez de esponja el sudor de la frente y la ropa de cuero pierde su flexibilidad primitiva para volverse dura en los hombros. El caer de las tardes. con la implacable señal * “Se cuenta que en Ceará hicieron esta experiencia ante el naturalista George Gardner y que el sabio que había observaciones meteorológicas y había llegado a un resultado diferente al de la santa. hasta diciembre. el último. expone al relente. . al anochecer.mismo tiempo. crecer. Y espera. habrá una lluvia en enero. aunque tradicional. día a día más rápido y sin crepúsculos. Esta prueba. La sequía es inevitable. en línea. Porque en esa fecha. se nota que apenas clarea. AISLAMIENTO DEL DESIERTO Se transfigura. 19 de marzo. en orden sucesivo. si el primer grano se diluyó un poco. Es la experiencia tradicional de Santa Lucía. en febrero. Toma precauciones. . . si el segundo. Silvio Romero. el invierno será benigno *. Al alba del día 13 los observa. entonces todas sus esperanzas se pierden. exclamó en su portugués retorcido ¡No! ¡No! Lucía mintió. Ese día es el índice de los meses siguientes. de enero a junio. aprensivo. busca un nuevo augurio. si están intactos presagian sequía. Es el preludio de la desgracia. No es más el indolente o el impulsivo violento. resignado. no convence al sertanejo.

Al principio éste reza. empachando al hambriento. La escudriña. a su alrededor. que le hincha el vientre en una hartura ilusoria. Miríadas de mur­ ciélagos se abaten sobre el ganado. profundizando la mina. Su primer amparo es la fe religiosa. golpea contra lajas que anulan todo el esfuerzo hecho y otras. arranca las raíces húmedas de los umbuzeiros que mastican los hijos. se apresta al sacrificio. los enfermos. Allí está. Alzando santos mila­ grosos. después de descubrir un tenue líquido subterráneo. murmurando los rezos acostum­ brados. y se desgasta en trabajos. progresa el espasmo asombroso de la sequía. los amasa y los cocina haciendo un pan. dejando para sí el zumo de los xiquexique que enronquece o acaba con la voz de quien lo bebe. pasan lentas y resuenan en los largos días monótonos las letanías tristes. El matuto observa a su prole asustada. y de las jandaias que huyen hacia el remoto litoral. Pero como su extrema frugalidad le permite pasar los días con poco alimento. en los estratos infe­ riores de la tierra. Busca con la azada. Las víboras de cascabel se multiplican tanto más cuanto mayor es el ardor del estío. . Las lentas proce­ siones propiciatorias. derriba los troncos de los ouricuris y los ralla. Pero los cielos persisten siniestramente claros. con mugidos de llanto. Surgen de una lucha que significa la insurrección de la tierra contra el hombre. en busca del tesoro fugitivo y vuelve al fin. El heroísmo tiene en los sertones tragedias espantosas para siempre perdidas. con los cogotes doblados. altares. y es lo más corriente. y reacciona. sin dudar de la providencia que lo golpea. no decae tan pronto su ánimo. Lo acompaña tenazmente. los lisiados. no sólo los fuertes sino también los viejos. encara de frente a la fatalidad. otras. Corta en pedazos los mandacarus o las ramas verdes de los juázeiros que alimentan a los magros animales hambrientos. infatigable. su agreste proveedor de cereales. puebla ese desierto con una fauna cruel. buscando el agua. Pero esos esfuerzos no bastan. . al borde de la se­ pultura que excavó. a todos los recursos. evaporado o tragado por el suelo. cruces. cargando sobre los hombros y la cabeza las piedras de los caminos. el bró. En contraste con la fuga de las seriemas que emigran. después de grandes fatigas. llevando las imágenes de unos lugares a otros. . y sin que se le adormezca la creencia. No hay quien las describa. A veces la encuentra. contempla entristecido a los animales echados bajo las ipueiras o errando lentos. La naturaleza no lo combate sólo con el desierto. casi como un desenterrado. Brillan en las noches las velas encendidas de los penitentes. apelando. defendiéndose y defendiendo a la prole abatida y al ganado confiado con su energía sobrehumana. diezmándolo. el sol ful­ mina la tierra. con los ojos puestos en la altura. lo ve desaparecer en pocos días. el agua que huyó de la superficie.de los fuertes. exhausto. banderas de lo Divino 165 van por los campos fami­ lias enteras. la caatinga.

bueyes muertos hace días e intactos. Los engaña con esos manjares bárbaros. El nordeste persiste intenso. porque se le parte el corazón sólo de mirar a su caballo. Pero no siempre puede aventurarse a la arriesgada hazaña. Marcha. La noche lo envuelve antes de envolver la tierra.Por las noches. . Todavía no se da por vencido. para apagarse otra vez. porque sabe que el animal provocado por un poco eficaz chumbo. bueyes enterrados en el sitio donde estaba su aguada predilecta. alienta el incendio inextinguible de la canícula. con­ fiados. en un tropel trabajoso de enfermos. Lo ahuyenta con un tizón encendido y si no retrocede. es provocada por las reacciones de la luz. Es un enemigo más. Bueyes espec­ trales. de los firmamentos fulgurantes. A su vera se cierran. Y cuando las nubes de humo se esparcen en el aire puro. y lo que más le duele. mal soste­ niendo el esqueleto sobre las patas secas. los mangarás de las bromelias salvajes. Las incendia para que en la combustión se desprendan las espinas. caídos bajo los árboles muertos. La cáscara de los mariseiros no trasuda anuncián­ dolas. con el primer claror del levante. la suguarana traicionera y ladrona que le roba los be­ cerros y los novillos. pero no a tiros. Una mo­ lestia extravagante completa su desdicha: la hemeralopia. que los mismos caranchos rechazan porque no pueden romper con sus picos las pieles endurecidas. impenetrables. Y a la mañana siguiente la visión muerta revive. El sertanejo. atravesarla de un golpe. atajándola en el aire. las filas de macambiras. marchando tambaleantes. ahora a pie. obligándola a saltar para. . Recurre al combate. aparecen corriendo de todas partes. en dolorosa intermitencia. Le que­ dan para alimentar a sus hijos los tallos tiernos. llevando la horquilla en la mano izquierda y el cuchillo en la derecha. hacia los sitios donde se encuentra la hacienda. se asoma a su pobre rancho. finalmente se doblega. Es una plétora del mirar. agobiado por tantos reveses. mugiendo en un largo llamado triste que se parece al llanto. la asalta. soplando por las planicies. se le viene encima y es invencible. Cuando el sol se oculta la víctima no ve más nada. animales que todavía no están completamente exhaustos y buscan. irrita y desafía a la fiera. Con la vista renace su energía. Y ni un cereo en torno. . reverberando en el firmamento claro. y el sol. No hay probabili­ dad alguna de lluvias. vivos no se sabe cómo. a la tarde. del vivo ondular del aire en fuego sobre la tierra desnuda. ya se comieron las últimas ramas verdes de los juás. paradojalmente. Finalmente todo se agota y la situación no cambia. Esta falsa ceguera. Todavía son un recurso. Nace de los días claros y calientes. Está ciega. El atleta debilitado. los flacos animales hambrientos en busca del último pasto.

las planicies desiertas. Se arrima a una de esas bandadas y se va camino afuera. buscando las horas pasajeras de ventura. Se salva. Está en la fase religiosa de un monoteísmo incomprensible. Y vuelve feliz. Los ve desaparecer dejando una nube de polvo. hacia las sierras distantes. Resumen de caracteres físicos y fisiológicos de las razas de las que surge. ese trágico emisario de los rencores celestes en comisión terrestre. olvidado de los infortunios pasados. revigorizado. los rezos dirigidos a San Campeiro. El sertón se vacía. hacia cualquier lugar donde no lo mate el elemento primordial de la vida. lo es también de las cualidades morales.Cierto día ve pasar por su puerta la primera turba de "retirantes”. en el que se unen el fetichismo del indio y del africano. RELIGION MESTIZA 166 Aislado de esta manera en el país que no lo conoce. en las misteriosas noches de luna llena. el sertanejo no tiene. en lucha abierta con el medio que parece haberle estampado en la organización y en el tem­ peramento su extraordinaria rudeza. montado en un caititu arisco. las bendiciones cabalísticas para curar a los animales. Un análisis de éstas revelaría la fusión de estadios emocionales distintos. Es innecesario describirlas. Lo vence la nostalgia del sertón. Pasan meses. o para terminar con las fiebres palúdicas. Es el hombre primitivo. El círculo estrecho de su actividad le demoró el desarrollo psíquico. capacidad orgánica para ambicionar una situación mejor. todas las apariciones fantásticas. pero al mismo tiempo. Los alcanza. por así decirlo. en un éxodo penoso. Es un índice de la vida de tres pueblos. de aparcería con los lobizones y las muías sin cabeza y del mismo diablo. que se deja arrebatar fácilmente por las supersticiones más absurdas. audaz y fuerte. crédulo. de gorro colorado. No resiste más. nómada o mal fijado a la tierra. los mis­ mos días largos de trances y pruebas inacabables. Las leyendas escalofriantes del caapora maldito que atraviesa veloz. Y otras. Su religión es como él: mestiza. . todas las visiones. Y al día siguiente otra. que asaltan a los viajeros retrasados en las aciagas noches de los viernes. . El flagelo termina. al cual se le encienden velas por los campos para que favorezca el descubrimiento de objetos perdidos. los sacis diabólicos. . canonizado in partibus. Y sus singulares creencias traducen esa violenta aproxi­ mación de tendencias diferentes. Y ahí está de vuelta. en una curva del camino. hacia las costas. unido a un misticismo extravagante. cantando.

Allí se muestran al desnudo el antropismo del salvaje. destinados al martirio. veía bajo el palacio real ataúdes agoreros. . buscaba. que prendieron in­ tensas en la península. espontáneamente re­ cordamos la fase más crítica del alma portuguesa. en el mismo sueño enfermo. Considerando los desórdenes sertanejos de hoy y los mesías insanos que los provocan. como única sal­ vación. y las penitencias. en una descompo­ sición rápida. el más interesante de los pueblos cayó. cuando "todos los terrores de la Edad Media habían cristalizado en el catolicismo pe­ ninsular”. Esto es un notable caso de atavismo en la historia. arrastran. que afluyeron a nuestra tierra después que se deshizo en el Oriente el sueño milagroso de la India 1 6 9 . después de haber centralizado por momentos la histo­ ria. El poblamiento del Brasil se realiza intensamente con Don Joáo I I I 1 6 8 . paliadas en el li­ toral por el influjo modificador de otras razas y de otras creencias. las figuras de los profetas peninsulares de otrora: el rey de Penamacor. . Y de la misma gente que después de Alcácer-Quibir 1 7 0 . Una gran herencia de supersticiones extravagantes. precisamente en el momento de total desequilibrio moral. Considerando las agitaciones religiosas del sertón y los singulares evangelizadores y mesías que intermitentemente lo atraviesan. cuando. FACTORES HISTORICOS DE LA RELIGION MESTIZA No sería difícil caracterizarlas como un mestizaje de creencias. y las misiones. Todas las manifestaciones complejas de una religiosidad indefinida. . catervas de moros de albornoz blanco pasando en procesión y combates de paladines en las alturas. la fórmula superior de las esperanzas mesiánicas. en la misma locura. ascetas mortificados por flagelaciones. bajo la obsesión dolorosa de los milagros y asaltado por súbitas alucina­ ciones. el aspecto emocional de la raza superior. Venían llenas de aquel misticismo feroz. en la época del descubrimiento y de la colonización. lenguas de llamas mis­ teriosas. rodeados por numerosos secuaces a los que fanatizan. en plena "caquexia nacional” al decir vigoroso de Oliveira Martins m. errantes por las faldas de las sierras. apenas disfrazada por la corte oriental de Don M anuel167. pueden explicarse. a partir del final del siglo xvi. el rey de la Ericeira 1 7 2 . en Lisboa. arrastrando en la misma idealización. irresistiblemente nos asaltan al galope. Eran parcelas del mismo pueblo que. ante la ruina inminente. La trajeron gentes impresionables. y las romerías piadosas. dominan y enloquecen. el animismo del africano y sobresaliendo. en el que el fervor religioso reverberaba en las hogueras inquisitoriales. de pronto. a multitudes de creyentes. quedó intacta en el sertón.todas las profecías de los mesías locos.

orando por las almas de los muertos queridos o pidiendo aliento para su vida tormentosa. determinando una psicología especial. para que reciban siempre las preces de los viajeros.Esta yuxtaposición histórica se retrata sobre tres siglos. La enseñanza de los misioneros no hubiera podido ir más allá de las tendencias generales de su época. como un palimpsesto. El hombre del sertón vive en función de la tierra más que cualquier otro. El culto de los muertos es impresionante. De la misma forma que los negros Haúgas. La conciencia de su debilidad para develarlos hace que sea más fuerte este apelar constante a lo maravilloso. herederos desgraciados de vicios seculares. para que éstos pongan sobre los ángulos de la cruz una flor o un ramo. Del entrelazamiento entre las tendencias individuales y las vicisitudes exteriores resulta la indife­ rencia fatalista por el futuro y la exaltación religiosa. respira todavía la misma atmósfera moral de los iluminados que guiaban. locos. recorda­ . incluso en los períodos normales. su religión es indefinida y variada. completa. para completar el símil. Quien observa a la familia sertaneja. CARACTER VARIABLE DE LA RELIGIOSIDAD SERTANEJA Estos estigmas atávicos tuvieron entre nosotros las reacciones favorables del medio. Los entierran lejos de las poblaciones. pero al costado de los caminos. sin tapujos. Acabado en Portugal. Es que. Miguelinho o Bandarra 17 S. adaptando el ritual jorubano 1 7 5 . salen de las misas consagradas hacia los ágapes salvajes de los candomblés africanos o los poraces del tupí. la conciencia imperfecta de los matutos aparece en los momentos de crisis a través de los ideales tan bellos del catolicismo incomprendido. Por eso. Es una variable dependiente en el juego de los elementos. esta condición inferior de pupilo idiota de la divinidad. realizan el hecho anómalo pero corriente en la capital de Bahía. persiste actualmente de modo singularmente impresionante. la necesidad de una tutela sobrenatural no hubiera sido tan imperiosa. queda admirado. en los sertones del Norte 1 7 4 . Ni siquiera les falta. No asombra que su indefinida religiosidad presente estas sorprendentes antinomias. echada fuera del movimiento general de la evolución humana. Pero no nos anticipemos. los sertanejos. Inmóvil el tiempo sobre la rústica sociedad sertaneja. de ir a las solemnidades de la Iglesia por orden de sus fetiches. revelando todos los estigmas del estadio inferior. para que no queden en total abandono. ante el oratorio paupérrimo. al caer la noche. a la media luz de las lámparas de aceite. Con una naturaleza más benéfica. Pero es exacta. el misticismo político del Sébastianismo.

teatro de hechos que recuerdan las siniestras solemnidades religiosas de los Achantis1 7 8 . La sangre cho­ rreaba por la roca formando charcos y según afirman los diarios de la . nunca vio. el angelito expone en su última sonrisa endurecida la felicidad suprema de volver al cielo. Alrededor del monstruoso altar se arrastraban las madres levantando sus pequeños hijos. vibran en el aire las coplas de los desafíos. la Pedra Bonita. Resuenan las guitarras en el rancho de los pobres padres. no por los golpes del pico sino por la acción milagrosa de la sangre de los niños esparcida sobre ella en holocausto. entre muchos. peleando para tener la primacía en el sacrificio. Pero también hay rasgos repulsivos en esta religiosidad de aspectos tan interesantes. reza por la salvación de quien. La muerte de una criatura es un día de fiesta.ción fugaz pero permanentemente renovada. pero llenando de riquezas a los que hubiesen contribuido a obtener su desencantamiento. aberraciones brutales que la llenan de mácula. Tomaremos. En los límites de Pajeú. . El trastornado encontró un medio adecuado para su locura. que es la preocupación dominante de esas almas ingenuas y primitivas. La tierra es un exilio insoportable. tal vez. en 1837. En ese ámbito. de un enemigo quizá. La piedra a la que estaba subido sería quebrada. desde Maranhao a Bahía. las últimas formaciones gra­ níticas de la costa se levantan en formas caprichosas. Este lugar fue. Un mameluco o cafuz. a la felicidad eterna. Nosotros vamos a esbozarlos. entonces el gran rey aparecería envuelto en un aura fulgurante. como un púlpito gigantesco. resuena el samba turbulento. . El vaquero que anda pre­ suroso por los caminos. detiene su caballo ante el humilde monumento — una cruz sobre varias piedras amontonadas— y con la cabeza descu­ bierta. . todavía no han tenido un historiador. y a un costado. coronado de flores. en Pernambuco. PEDRA BONITA Los acontecimientos sertanejos. el muerto es un bienaventurado. . en la sierra Talhada. entre dos velas de carnauba. dominando majestuosa toda la región y convergiendo en un amplio anfiteatro al que sólo se puede acceder por una estrecha gar­ ganta entre murallas a pique. congregó allí a toda la población de las vecindades y tre­ pado a la piedra. un acontecimiento. se yergue un bloque solitario. jubilosos entre lágrimas. convencido. el próximo advenimiento del reino encantado del rey Don Sebastiáo. anunció. un iluminado. castigando inexorablemente a los hombres ingratos. Por el sertón sopló un hálito de neurosis.

La sierra solitaria —la Piquarafá de los aventureros— dominaba los horizontes y les seña­ laba el norte. puede ir de la extrema brutalidad a la máxima devoción. En el siglo x v i i . hechos de tamaña grandeza contradicen esas aberra­ ciones. la descubrió un misionero. Es que en uno de sus flancos. el sermón de la penitencia. hacia el occidente o hacia el sur. El sacerdote describe el comienzo y el curso de los trabajos y el franco auxilio que le dieron los pobladores de los sitios próximos. Finalmente. La escudriñaron en vano los émulos del Muribeca 177 astuto. los aventureros que venían del norte se topaban con el sertón y allí se quedaban largo tiempo. aparecían unas letras singulares — una A. con la exhortación al pueblo para "que en los días santos venga a visitar los santos lugares. entre el silbar del viento violento que en lo alto de las planicies les apagaba las antorchas y finalmente. digo que de ahora en adelante no llamarán a esta sierra de Piquaragá sino de Monte Santo”. Apolonio de Todi. Describe la procesión majestuosa y lenta ascendiendo la montaña. véamosla transfigurada por la fe. escritas en caligrafía ciclópea. en abundancia tal que. Por otro lado. ya que vivía en tan grande desamparo de las cosas espirituales”. Además. siguiendo por fin hacia otros rumbos. "Y aquí — finaliza— sin pensar en nada más. Ya que la vimos pervertida por el fanatismo. . La sierra desapareció de nuevo entre las planicies que domina. El más grande apóstol del Norte se impresionó tanto con el aspecto de la montaña "encontrándola semejante al calvario de Jerusalén” que pensó en seguida en erigir una capilla. los atraía por sí misma de manera irresistible. que les hacía creer que allí estaba y no más adelante. una L y una S— ladeadas por una cruz. . Su marcha hacia las sierras de la Jacobina. Iba a ser la primera del más tosco y más imponente templo de fe religiosa. De acuerdo con ellas. con sus tropas de cotiguaras mansos y foras­ teros armados. seguía la huella enigmática de Belchior Dias. El alma de un matuto queda inerte ante las influencias que la sa­ cuden. el dorado apetecido. entusiasmados con el milagro de las minas de plata. hacia fines del siglo pasado. cuando el descubrimiento de las minas determinó la atracción del interior sobre el litoral. después de desbaratada esa lúgubre farsa. que venía de la misión de Macará.época. era imposible permanecer en el lugar. con grandes piedras. MONTE SANTO Monte Santo es un lugar legendario. .

las letanías de las procesiones de cuaresma y por donde han pasado legiones de penitentes. el misionero moderno es un agente perjudicial que agrava los desequilibrios del estado emocional de los tabaréus. que apenas se ve en la caótica confusión de los tejados. LAS MISIONES ACTUALES Lamentablemente. con el ansia de la ambición andaban los aventureros. la emoción extraña de una altura inmensa. para la Semana Santa. Más adelante. descubriendo el dorado maravilloso. de cuarzo. La población sertaneja completó la empresa del misionero. hasta el Cal­ vario. A medida que se asciende. Comienza chocando con la montaña. convergen allí las familias de los alre­ dedores y los creyentes pasan por los mismos flancos donde otrora. allá abajo. realzada por el aspecto de la pequeña aldea. en otros. el espacio infinito. con cal­ zada hecha. en la que se erigen. dismi­ nuyendo el declive hasta la línea de las cumbres. se ve que Apolónio de Todi. su acción es negativa. es un prodigio de ingeniería ruda y audaz. dobla a la izquierda y sube menos abruptamente. teniendo como piso la roca viva tallada en escalones o en rampas. exhibiendo paneles de los pasos. más alto que las más altas catedrales de la Tierra. en ciertos trechos. monumento erguido por la naturaleza y por la fe. donde resuenan desde hace cien años. Cuando. el obser­ vador advierte perspectivas que van creciendo en grandeza: primero los planos de las vastas planicies. valora la constancia y la tenacidad del esfuerzo realizado. parando en los pasos. veinticinco capillas de albañilería. descifró el secreto de las grandes letras de piedra. esa calle blanca. sin aliento. En la cuarta o quinta capillita. a espacios regulares. arremetiendo con el vértice puntiagudo del monte. a partir de la capilla mayor — interesantísima ermita levantada en una saliente de piedra.Y se hizo el templo prodigioso. y mirando a lo alto. Actualmente. . el que sube la extensa vía sacra de tres kilómetros de largo. después las lejanas serranías agrupadas en todo el horizonte. más hábil que Muribeca. bien en lo alto. Continúa por éstas si­ guiendo una pequeña depresión y después se levanta de improviso. . el apóstol no tuvo continuadores. en una rampa de cerca de veinte escalones. recti­ línea. siguiendo la línea del máximo de­ clive. de los cuales no tiene ni el talento ni el . Destruye. Salvo raras excep­ ciones. la mina opulenta que ocultaba el desierto. Sin la grandeza de los antecesores. Amparada por muros revestidos de lajas. a caballo del abismo— vuelve a la derecha. las enseñanzas de los primeros evangelizadores. apaga y pervierte lo que inculcaron de bueno en aquellos espíritus ingenuos.

Es ridículo y aterrador. aterra y maldice. Era fatal. Sale de las dobleces del oscuro hábito como de la sombra de una emboscada armada para la credulidad incondicional de los que lo escuchan. rezando. como enloquecidos. publicación oficial hecha en 1893. alternando los estornudos con las catástrofes. el último. en acciones macabras de flagelantes. 1 7 8 Y alucina al sertanejo crédulo. donde el acontecimiento brillantemente nove­ lado. . lo deprime y lo pervierte. pues no la conoce. Generalmente sigue el proceso inverso. echa bravatas. Y esos desvariados salieron por los sertones. . * La Memoria sobre o Estado da Bahía. Sobre la Pedra Bonita. Es brutal y traicionero. pidien­ do limosna. en torno de cruces misteriosas. llorando. La denominación se refería a las compañías de penitentes que por las noches. se muestra con todos sus emocionantes ribetes. los sertones de Cariri estuvieron alborotados por las depre­ daciones de los Serenos. por­ menoriza la fundación de Monte Santo. describe el infierno truculento y flamígero con palabras encendidas que completa con gestos de loco y muecas de truhán. Un día. muestra groseros cuadros de torturas. Los disparates salen de su boca envueltos en tragedia. en las encrucijadas solitarias. no ora. niños temblequeantes— por los sertones en busca de mayores flagelos. Demos un ejemplo único. y como la caridad pública no los podía satisfacer a todos. Los maestros del mal se fueron a ejercer su equivocada do­ cencia a otros sitios y la justicia reprimió dificultosamente el bandidismo incipiente *. que ejercitaban el robo en gran escala. abriendo indistintamente la caja de rapé y la de Pandora. aquellos enloquecidos. En 1850. larga sobre el auditorio avalanchas de penitencias. no aconseja ni consuela. habían profetizado el próximo fin del mundo. repentinamente. formando una banda deprimente. se agrupaban. salieron de la matriz del Crato 1 7 9 y se dispersaron — mujeres llorosas. con palabrerío interminable. im­ poniéndose el cilicio de las espinas. lo alucina. . acabaron robando. Dios había dicho — en mal por­ tugués. hombres miedosos. en mal italiano y en mal latín— que estaba harto de los desmanes de la Tierra. sino que brama en todos los tonos contra el pecado.arte sorprendente de transfigurar las almas. unos misioneros recién llegados. En la iglesia. O Reino Encantado. . Sube al púlpito de las iglesias del sertón y no mues­ tra la imagen de los cielos. véase el libro de Araripe Júnior. . de las ortigas y de otros duros ele­ mentos de penitencia. Tiene el extraño privilegio de las bufonerías melodramáticas. No presenta ante los matutos simples las imágenes de una vida honesta y superior.

ANTONIO CONSELHEIRO. Por eso. yendo a parar a la historia como podía haber ido a parar al hospicio. Porque para el historiador no es un desequilibrado. No por eso fue . esboza el perfil de una montaña desaparecida. que por sí mismo nada valía considerando la psicología de la sociedad que lo crió. fuertemente. desde el fetichismo bárbaro hasta las aberraciones católicas. el desgraciado. casi pasivamente. el resumen de los aspectos predominantes de un mal social gravísimo. seguirlas juntas. pero sí son. llevado por una potencia superior. La imagen es correcta. imprecisos. el elemento activo y pasivo del movimiento del que surgió. todas las tendencias impulsivas de las razas infe­ riores. Del mismo modo que el geólogo. Considerando al falso apóstol se ve que el exceso de subjetividad lo predispuso a la rebelión contra el orden natural porque siguió la fórmula del delirio propio. Se lo puede incluir en cualquier modalidad de la psicosis pro­ gresiva 1 S 1 . Aparecen como la integración de diferentes caracteres. por la gran receptividad mórbida de su espíritu torturado por los reveses y ellas refluyeron después. la vida resumida del hombre es un capítulo ins­ tantáneo de la vida de su sociedad. Es una desloca­ ción y es una síntesis. . la segunda. se condensaron en su misticismo feroz y extravagante. libremente ejercitadas en la indisciplina de la vida sertaneja. Es difícil trazar la línea divisoria entre las tendencias personales y las tendencias colectivas. sobre el mismo medio de donde habían partido. Fue simultáneamente. se pierde en la turba de los neuróticos vulgares. interpretando la inclinación y la orientación de los estratos de antiguas formaciones. es observar la más completa mutualidad de influjos. DOCUMENTO VIVO DE ATAVISMO Es natural que estas capas profundas de nuestra estratificación étnica se sublevaran en una anticlinal extraordinaria: Antonio Conselheiro 1 8 0 . La multitud lo aclamaba como representante natural de sus más altas aspiraciones. como brotadas de su conciencia delirante. Las singulares fases de su existencia no presentan quizá los períodos sucesivos de una grave enfermedad. Acompañar la primera es seguir paralelamente y con mayor rapidez. El tempera­ mento impresionable le hizo absorber las creencias del ambiente. Todas las creencias ingenuas. con seguridad. confusos cuando se hallan dispersos en la multitud. Aislado. . destinado a la solicitud de los médicos. pero enérgicos y definidos cuando se resumen en un individuo. el historiador puede apreciar la grandeza de ese hombre. vagos. Pero situado en función del medio. No era un incomprendido. vino a golpear a una civilización. asombra.

extraño pero natural para nosotros. los adamitas infames. la serenidad. en un período angustioso de la vida portuguesa. los encratitas abstinentes que se maceraban y flagelaban. y lo obligó a adoptar un cierto orden en el desvarío. los ofiólatras. una coherencia indestructible en todos sus actos y una rara disciplina en todas sus pasiones. cuando el gnosticismo universal se erigía como transición obligatoria entre el paganismo y el cristianismo. Como enfermo grave sólo le puede ser aplicado el concepto de la pa­ ranoia de Tanzi y Riva 1 8 2 . parecerían actualmente casos repugnantes de insania. limitándolo. Podríamos encuadrarlos en un escenario más amplio. Su contribución mórbida lo llevó a interpretar caprichosamente las condiciones objetivas. Basta con que volvamos los ojos a los primeros días de la Iglesia. alterándole las relaciones con el mundo exterior. En el constante peligro de caer en un oscurecimiento completo de la razón. en la fase persecutoria o de grandezas. cuando. en una regresión a un estadio mental de los tipos ancestrales de la especie. en un retro­ ceso en el tiempo. Y fueron normales. con sus doctores histéricos y sus exégesis hiperbólicas. aspectos religiosos comunes. Los rasgos más típicos de su misticismo. señalando cierto nivel de la mentalidad humana. mal sustituida por los sofistas y letrados mezquinos de Bizancio. los montañistas de Frigia. Pero en su desvío vibró siempre. Enganchaban bien en todas las tendencias de la época en que las extra­ . que lo fijaría en una fase remota de la evolución. el antropólogo lo encontraría normal. en la última fase del mundo romano. todas las sectas en que se fraccionaba la religión naciente. lo amparó. Lo que el médico caracterizaría como un caso de delirio sistematizado. como un revivir de atributos psíquicos remotos. la literatura latina occidental declinó de pronto. el sertón sublevado tuvo en la actitud. la nota étnica. dentro de nuestra era. Dejando de lado el influjo de las razas inferiores. lo que se tradujo fundamentalmente. No se deslizó hasta la demencia. reaccionando a su vez. lo vimos hace poco de relieve. mejor dicho. En efecto. precediendo el asalto de los bárbaros. en la palabra y en el gesto. como un anacronismo. los discípulos de Marcos.más allá. los maniqueos bifrontes entre el ideal cristiano emergente y el bu­ dismo antiguo. el medio. ya eran. de manera que al andar por largos años en sus prácticas ascéticas. UN GNOSTICO RUDO Evitada la intrusión dispensable del médico. Fue un extraño caso de atavismo. vibró de manera exclu­ siva. el antropólogo lo describiría como fe­ nómeno de incompatibilidad con las exigencias superiores de la civili­ zación. la grandeza y la resignación soberana de un apóstol antiguo.

los grandes reformadores y los pobres enfermos. pasible del sufrimiento y de la muerte. REPRESENTANTE NATURAL DEL MEDIO EN QUE NACIO El factor sociológico que cultiva la psicosis mística del individuo. Lastimado por la disciplina vigorosa de una so­ ciedad culta. pero no lo aisló —incomprendido. impresionante en su firmeza y siguiendo su objetivo fijo con fina­ lidad irresistible. . transfigurado por ilapso estupendo. arre­ batado por aquella idea fija. Allí. Siempre se satisfizo con ese papel de delegado del cielo. y con una función exclusiva: mostrar a los pecadores el camino de la salvación. su neurosis vibraba con un sentimiento ambiental y su mis­ ticismo estaba difundido por todas las almas que a su alrededor se con­ gregaban. lúcido en todos sus actos. Era el profeta. Veremos más detenidamente la exactitud de la comparación. camino de los sertones bravios. arrastrando su débil esqueleto. fue ciertamente un notable caso de degeneración intelectual. lo fortaleció. con sus procesiones fantásticas. su neurosis estallaría y su misticismo oprimido destruiría su razón. No fue más allá. Era un siervo ungido para una dura tarea y allá marchó. pero de algún modo. donde se dan el brazo genios y degenerados. lo limitó sin oprimirlo. 1 8 3 . en esa zona mental donde se confunden los facinerosos y los héroes. HOMBRE GRANDE PARA E L MAL Paranoico indiferente. retrógrado. . . Cristalizó en un ambiente propicio al error y a las su­ persticiones. No la pasó. por largo tiempo. Así ambos resultaron normales. La historia se repite. De manera que el espíritu predispuesto a la rebeldía franca contra el orden natural. Ahí estuvo detenido. Antonio Conselheiro fue un rudo gnóstico 1 8 4 . sus misterios y sus sacrificios tremendos de leones lanzados vivos al Danubio con solemnidades impo­ nentes presididas por el emperador filósofo. en una armonía salvadora. cedió a la única reacción posible. el emisario de las alturas. en las oscilantes fronteras de la locura. pero adscripto a todas las contin­ gencias humanas. rebelde— en el me­ dio en que se movía. Su frágil conciencia oscilaba en esa posición media. Por el contrario. expresada por esa línea ideal que Maudsley lamenta que no se pueda trazar entre el buen sentido y la locura. desequilibrado. quizá esta calificación no le cuadre completamente. La regresión que lo caracterizó y determinó su temperamento vesánico.vagancias de Alexandre Abnótico impresionaban a la Roma de Marco Aurelio.

Todo indicaba que aquéllos eran víctimas de una acusación indebida. no vieron con buenos ojos que una familia pobre tuviera una reputación como la de ellos. se concertaron para un ejemplar castigo a los delincuentes. . "Vivían en la misma región. Sus adversarios fueron los Araújos. Esclarece el concepto etiológico de la enfermedad que lo abatió. simpáticos. Araujo da Costa y un pariente suyo. Así comienza el narrador escrupuloso * su breve noticia sobre la ge­ nealogía de Antonio Conselheiro. Los hechos criminales que refiere no son más que episodios casi per­ manentes de la vida turbulenta de los sertones. bien presentados. que vivían como vaqueros y pequeños hacendados. Crimes célebres do Ceará. acostumbrados a hacer justicia por mano propia. * Coronel Joáo Brígido dos Santos186. Y como éstos eran bravos hasta la temeridad. teniendo como sede principal la aldea de Boa Viagem que queda a unas diez leguas de Quixeramobim. cayeron. en los sertones entre Quixeramobim y Tamboril. Las luchas de familias no son más que una variante de las otras y se caracterizan por ser interminables. "Los Maciéis que formaban. La delinearemos bre­ vemente. Eran "hombres vigorosos. Surgió de un incidente mínimo: pretendidos robos cometidos por los Maciéis en una propiedad de los Araújo. ágiles.ANTECEDENTES DE FAMILIA: LOS MACIEIS Su biografía resume la existencia de la sociedad sertaneja 1 8 5 . señores de látigo y cuchillo. marcharon en expedición criminal hacia Quixera­ mobim. la trabada entre estos dos grupos de hombres. Parecidos a otros mil que muestran con evidencia la prepotencia sin freno de los patrones de las aldeas y la pecaminosa explotación a que someten a la bravura instintiva del sertanejo. comprometiendo a la des­ cendencia en las desavenencias de los abuelos. Os Araújos e Maciéis. pero embrutecidos ambos en la práctica de la violencia e igualmente numerosos”. en una guerra de familias. emparentada con otras de antigua raigambre en el norte de la Provincia. llamaron en su ayuda a la guardia pretoriana de los capangas. "Fue una de las luchas más sangrientas de los sertones de Ceará. conformando uno de los grandes hechos criminales de Ceará. creando casi una predis­ posición fisiológica hereditaria al rencor y a las venganzas. inteligentes y bravos. Así preparados. que constituían una familia rica. sin asentarla en vastos latifundios y cantidades de ga­ nado. Silvestre Rodrigues Veras. serviciales” y gozaban en los alrededores de una reputación envidiable. Hacendados opulentos. por ley fatal de los tiempos. una familia numerosa de hombres sanos. desiguales en su fortuna y posición oficial.

los agresores retrocedieron lo suficiente como para que el sitiado pudiese cerrar la puerta. bien montados. en cacería bárbara. sabiendo que no podrían resistir durante mucho tiempo. su fuga es inexplicable. Lo persiguieron. En esta ocasión mueren. célebre por su rivalidad sangrienta con los Mouróes famosos y un terrible cangaceiro. aunque herido y con un pie lujado. El hecho ocurrió en 1833. cerca de Quixeramobim se ocultó. reunida toda la parentela. habían enfrentado a la banda asalariada. Sin embargo. Hecho esto. contrariando la expectativa general. Los Maciéis. haciéndola huir. Pero un tío de éste. Derrotados. pernambucano. El sertanejo temerario. como no faltan hoy. La hermana de Miguel Carlos trató de sacarlo de allí y cayó atravesada por una bala. y la habían re­ chazado. hablando de estos dos infortunados en sus memorias. Miguel Carlos. poco después volvieron de­ rrotados. bajo palabra. Memorias. de Aracatiagu. Libraron una refriega tremenda y desigual. Corría el primer día de viaje. Ahí llegaron. los que le seguían el rastro. A ellos se unieron los hijos y yernos de Silvestre y acometieron su cri­ minal empresa. Les pidieron que se entregaran ofreciéndoles. Antonio Maciel y un abuelo de Antonio Conselheiro *. Ahora bien. los Araújos habían dejado escapar a su peor enemigo. seguido en su fuga por una hermana. siguieron sus rastros como si fueran los de una suguarana bravia. muchachos sin miedo y corajudos. la afirma el cronista escrupuloso * * . En el sitio de "Passagem”. Los Maciéis. el rancho se * Manuel Ximenes. los potentados cuya imbécil prepotencia había recibido tan duro trato. entre otros. La palabra de honor de los bandidos tuvo el valor que debía tener. Este cayó transversalmente ante la puerta impidiendo que se pudiera cerrar. aceptaron. la garantía de la vida. Pero el forajido. enfrentó a la horda abatiendo pronto a un tal Teotonio. Hacían bajo escolta el camino a la cárcel de Sobral. Bien armados. el jefe de la familia. apelaron a recursos más enér­ gicos. * * Manuel Ximenes. Maniatado y con las piernas atadas por abajo a la barriga del caballo que montaba. dice que nunca habían hablado mal de ellos ni siquiera los enemigos que acusaron a sus hijos y pone en duda la participación de éstos en los robos aludidos. a poco tiempo. los sicarios — aunque eran más numerosos— temieron la resistencia. consigue escapar. facinerosos afamados que vendían su valentía. exhausto. que se había adelantado a los demás. Se rindieron. gran conocedor de los montes. Vicente Lopes. Al acercarse a la vivienda de los Maciéis. No faltaban entonces. Había hecho blanco el mismo Pedro Veras quien pagó en seguida su hazaña recibiendo a quemarropa una descarga de plomo. Eran las nueve de la mañana. . Muerto el jefe. rabiando y encolerizados. cuando fueron asesinados. en un rancho abandonado cubierto de ramas de oiticica.Pero. pudo eludir durante algún tiempo la persecución comandada por Pedro Martins Veras. Consiguieron a dos de los mejores: José Joaquim de Meneses.

según el decir del cronista ya citado. . vio entrar a un individuo que quería comprar aguardiente. un día cayó bajo su cuchillo un espía incauto que lo rastreaba. La narración a la que nos remitimos dice: "Parece que Miguel Carlos tenía allí protectores que le daban garan­ tías. Fue en Quixeramobim. Lo cierto es que. La desem­ bocadura del riacho de la Palha daba a los fondos de la casa indicada. Miguel Carlos resuelve salir. Miguel Carlos llegó a abrir . Ahora tenía una socia en el rencor justificado y hondo. por fin. Con­ siderando que era un espía. junto a la garganta que conduce a la pequeña plaza Cotovelo. estando a la puerta del negocio de Manuel Procópio de Freitas. muchos de los cuales. su otra her­ mana. Su vida transcurría en peligrosos lances. acostumbraba parar en la aldea. Arrojaron fuego sobre el techo de ramas. Tanto los pa­ rientes de Miguel Carlos como los extraños tomaron sus ropas de la arena y a medio vestir emprendieron la fuga. burlando todas las trampas que le ten­ dieron. se hizo acompañar por el sospechoso hasta las afueras del poblado y en el riacho de la Palha lo mató con su cuchillo. Helena Maciel. Este riacho con su forma circular rodeaba la plaza y en invierno constituía una linda cinta de aguas tranquilas. casado con una parienta suya. Lo cierto es que más allá de la protección que le dieran. El efecto fue instantáneo. Miguel Carlos ya estaba desnudo y en compañía de muchos compañeros. son inventados por la fecunda imaginación de los matutos. Por las rendijas de las paredes estallaba a cada minuto un tiro de espingarda. No pudiendo respirar ahí adentro.convirtió en una fortaleza. encima de los asaltantes. . v fue a bañarse al río que corre detrás de esa casa situada casi en el límite de la plaza principal de la aldea. en 1845. Manuel Francisco da Costa. le dijo que lo iba a matar y como el dueño de casa lo detuvo. . En calzoncillos y empu­ ñando el cuchillo. Arroja toda el agua de un balde sobre el fondo del rancho apagando moentáneamente el fuego y saltando sobre el ca­ dáver de su hermana se arroja. En esa casa vivía. salió de la casa de Antonio Caetano de Oliveira. La venganza del sertanejo velaba inextinguible. uno de los Araújos trató casamiento con la hija de un rico ganadero de Tapaiara y el día de las nupcias. Rompe el círculo y gana la caatinga. también él corrió hacia el fondo de una casa que casi se enfrentaba con la desembocadura del riacho de la Palha. más que sabidos. la carabina bajo el brazo y el cuchillo listo al ataque. Los bandidos no se atrevieron al asalto pero fueron de una cobardía atroz. ya cerca de la iglesia. cuando apareció un grupo de enemigos que lo esperaban escondidos entre los pastos. "Una noche. . "Una mañana. la "Némesis de la familia”. Tiempo después. cayó muerto de un balazo entre la alarma de los parientes y la desesperación de la desdichada novia.

cayó abatido por un tiro que había partido del séquito que lo perseguía. Durante mucho tiempo fue célebre la valentía de Miguel Carlos y por él y sus parientes era intensa la estimación y el respeto de sus contemporáneos. al mando del alférez Francisco Gregorio Pinto. "Helena permanecía quieta y silenciosa. No sigamos. hombre insolente. corrió hecha una furia hasta el lugar y pisando la cara del asesino de su hermano decía satisfecha que le ale­ graba lo sucedido por el fin que había tenido el enemigo. Miguel Carlos le respondió al instante con otra cuchillada en la carótida. Sus coetáneos lo pintan como un * Coronel Joáo Brígido. con quien Pimentel estaba ene­ mistado. inmoló un enemigo a los manes de su hermano. Némesis de la familia. "El hecho de que la acción fuera perpetrada por soldados del destaca­ mento de línea. hermano de Miguel Carlos. cuando Manuel de Araújo. de bajo origen y educación. . "Innumerables víctimas anónimas se cobró esta lucha sertaneja. nada se sabe con certeza sobre el papel que le cupo a Vicente Mendes Maciel. muriendo los dos instantáneamente. a quien atribuía los avisos que éstos habían recibido en Boa Viagem.el portal de la quinta. hizo creer durante mucho tiempo que ese oficial de mala fama había sido el autor del crimen. muerto en Boa Viagem. quien mandó golpear bárbaramente a André Ja­ cinto de Sousa Pimentel. Helena Maciel. de la familia de Araújo. Venían a título de prender a los Maciéis. pero cuando quiso cerrarlo. UNA VIDA CON BUENOS AUSPICIOS Por cierto. le clavó su cuchillo. diezmadora de los secuaces de las dos familias. id. Antonio Maciel. agente del correo de la aldea. jefe de la banda. Agonizaba caído con el cuchillo en la mano. emparentado con los Araújos. De esos golpes resultó una lesión cardíaca que dio una muerte horrorosa al infeliz cul­ pado de esa última agresión de los Araújos. "Dicen que los sicarios habían pasado la noche en casa de Inácio Mendes Guerreiro. Moribundo. siendo el último de los Maciéis. como osó confesar muchos años después. "Helena no se abatió con esta desgracia. padre de Antonio Vicente Mendes Maciel (el Conselheiro) en esta deplorable contienda. agarrándolo por una pierna. hermano del novio asesinado. Fue ella. de las venidas de Miguel Carlos. uno de­ bajo del otro. pero el propósito era matarlos. testimonios de la energía de esa familia que había dado tantos hombres bravos para una lucha con poderosos tales como los de Boa Viagem y Tamboril” *. mozo de una familia importante de la aldea.

la que desequilibraría una vida iniciada bajo los mejores auspicios. Adopta dis­ tintas profesiones. lo aisló de la turbulencia familiar. Lo cierto es que. Se queda poco tiempo allí. pero honesto. Trabaja de solicitador en el foro. vuelven inestable su situación. pero de tanta capacidad que. el hijo tuvo una educación que. un medio cual­ quiera. PRIMEROS REVESES De allí data su dramática existencia. Pierde sus hábitos sedentarios. según la costumbre de los narradores del sertón. le eran contadas mostrándole siempre el coraje singular y tradicional. totalmente entregado a los menesteres del negocio. Bajo la disciplina de un padre de honradez proverbial. En 1859. . Debiendo afrontar el trabajo de velar por tres hermanas solteras. reveló una rara abnegación. dejaba pasar la etapa triunfal de los veinte años. a despecho de los desórdenes del hogar. incompatibilidades de carácter con la esposa. al llegar a cada nueva residencia. sin el entusiasmo feliz de los que se inician en las primicias de la vida. la pésima índole de ésta. medio visionario y descon­ fiado. se muda a Sobral y se emplea como vendedor. Tal vez quedaba latente. que no permitía tomar alas al ánimo del muchacho. De ahí a poco tiempo se muda a Ipu. Antonio Maciel proseguía su vida correcta y serena. Sigue hacia Campo Grande donde se desempeña en las modestas funciones de escribiente del Juez de Paz. veinte años después de los trágicos hechos que recordamos. sin tener escritas ni las deudas ni los créditos”. falleciendo aquél en 1855. de las que muchas veces eran protagonistas sus propios parientes. retraído. La sugestión de estos relatos tenía el correctivo enérgico de la severidad del viejo Mendes Maciel. en espera de con­ diciones favorables para expandirse. Antonio Maciel busca un empleo. de algún modo. En pocos años se muda a diferentes aldeas y poblaciones. siendo analfabeto. o. de ganarse la vida. negociaba en ha­ ciendas llevando las cuentas de memoria. A partir de 1858 todos sus actos denotan una transformación del carácter. En estos cambios se advierte la lucha de un carácter que no se deja abatir. Testi­ monios de conocidos lo señalan como adolescente tímido y tranquilo. La mujer fue la sobrecarga adicio­ nada a su tremenda tara hereditaria.hombre "irascible pero de excelente carácter. Todas las historias o leyendas entretejidas con exageraciones. en esta etapa prepa­ ratoria de su vida. enemigo de las fiestas. Sólo después de haberlas casado buscó para sí un enlace que le fue nefasto. Habiendo quedado sin bienes de fortuna. lo que es más verosímil.

hiere con furia de alucinado. los cabellos crecidos hasta los hombros. lugares desconocidos. se advierte la voluntad de alguien que va perdiendo terreno pero reacciona cada vez con un doloroso esfuerzo. . COMO SE FORMA UN MONSTRUO . ligándose a los seguidores de cualquier conquistador de urnas. Este período de su vida todavía lo muestra imbuido de sentimientos dignos. para lo que le servía el prestigio tradicional de su familia. con menores exigencias de esfuerzo. azarosamente. Sigue des­ pués hacia el sur. un sargento de policía. quedaron en sus parajes natales breves vestigios de su recuerdo. Fulminado de ver­ güenza. Al pasar por Paus Brancos. en dirección a Crato. Sólo de vez en cuando se recordaba su nombre y el fin escandaloso de su existencia. Se va con un policía. a un pariente que lo había hospedado. Y en Bahía surgía el sombrío anacoreta. sos­ teniéndose en el clásico bastón en que se apoya el paso tardo de los peregrinos. donde no lo conocían ni de nombre. Pasan diez años. Y desaparece. Se realizan algunas averiguaciones policiales. . monstruoso en su hábito azul de brin americano. en el que era magna pars un Lovelace de tragediam. las permanentes luchas partidarias le abrían la carrera aventurera de la política. la barba descuidada y larga. Baja hacia el sur de Ceará. LA CAIDA De pronto aparece su contracara violenta. Al mismo tiempo iba perdiendo la antigua serenidad. Va perdiendo la antigua disciplina. su mujer lo abandona. en camino hacia Crato. El plano inclinado de esa vida en declive acaba de golpe en una caída formidable.Se advierte en todos estos cambios una tendencia hacia profesiones menos trabajosas. Fue el punto final. Gracias a este incidente algo ridículo. con una tendencia acentuada hacia actividades cada vez más estériles hasta desembocar en el ocio franco. el infeliz busca el escondite de los sertones. . la mirada fulgurante. El infeliz muchacho de Quixeramobim queda com­ pletamente olvidado. . En su descenso continuo. de noche. En Ipu. Se salva de la prisión. la cara como una calavera. Podía decirse que había muerto. en la que podía entrar como tantos otros. dejadas de lado porque la víctima reconoce que el agresor no es culpable. . . Pero siempre lo evitó. A su alrededor. . busca el abrigo de la absoluta os­ curidad.

en una penitencia ruda. para aquellas simples gentes. Todas las conjeturas y las leyendas que lo rodeaban for­ maron el ambiente propicio para la germinación de su propio desvarío. Un viejo cáboclo. Lo creaba. Actuaba como ente pasivo. Era natural. Le ensanchaba el pano­ rama de su vida lanzándole adentro los errores de dos mil años. .Su existencia es desconocida durante tan largo período. mudo. el esfuerzo de una introspección delirante con la que la locura envuelve a los cerebros deprimidos. su vida misteriosa lo había rodeado de un prestigio nada vulgar que tal vez agravó su temperamento delirante. aún joven. impresionó vivamente la imagi­ nación de los sertanejos. El evangelizador nació. se reflejó sobre él mismo. Como dominador fue un títere. como una sombra surgida de las planicies pobladas de duendes. sin porme­ nores característicos. Nada decía de su pasado. . en el consejero predilecto de todas las decisiones. Poco a poco. como una sombra. Aparecía por aquellos sitios sin destino fijo. Se volvió algo fantástico. indiferente a la vida y a los peligros. Pasaba y seguía en busca de otros lugares dejando absortos a los matulos supersticiosos. Su insania estaba allí. De este testimonio concluí que Antonio Maciel. me dijo algo al respecto. cesaban las charlas y las guitarras festivas. monstruoso autómata. Hablaba en frases breves o con mono­ sílabos. . hecho prisionero en Canudos en los últimos días de la campaña. el dominio que. errante. . ejercía a su alrededor. Aparecía — escuálido y macerado— dentro de su hábito caído. La multitud le ahorraba el indagar torturante acerca de su propio estado emotivo. Lo había conocido en los sertones de Pernambuco. En el seno de una sociedad primitiva que por sus cualidades étnicas y por el influjo de las santas misiones malévolas comprendía mejor la vida por los incomprensibles milagros. ya los dominaba. sin precisar fechas. . uno o dos años después de la partida hacia Crato. como un espectro. Y creció tanto que se proyectó en la Historia. La multitud lo remodelaba a su imagen. sin cálculo. exteriorizada. Sin querer. . de un rancho a otro. . alimentándose mal y ocasionalmente. La admiración intensa y el respeto absoluto de la gente lo convirtieron en poco tiempo en árbitro incondi­ cional de todas las divergencias y problemas. Esta sombra condensaba el oscurantismo de tres razas. Cuando aquel viejo singular de poco más de treinta años. a orilla de los caminos. durmiendo a la intemperie. apa­ recía por los ranchos de los troperos. Andaba sin rumbo cierto. pero vagamente. Necesitaban a alguien que personificase su indefnida idealización y los guiase por los caminos misteriosos de los cielos.

lapicera y tinta. Uno de los adeptos cargaba el templo único. sólo una tabla desnuda o si no el suelo duro. con los que se impone a la ignorancia y la simplicidad. En general. Así se presentó el Conselheiro en 1876. un individuo. avezada en el robo. Su prestigio iba creciendo. contraria al trabajo. era gente ínfima y sospechosa. impresio­ nando por la rareza de la ropa: bata azul. como a todas partes. en la aldea del Itapicuru de Cima. entraban a las aldeas y poblaciones. pre­ gonando y dando consejos a las multitudes que reúne donde le permiten los párrocos. Revela ser hombre inteligente pero sin cultura” *. felices por padecer junto con él privaciones y miserias. de la reli­ gión naciente: un oratorio de cedro. de un anuario impreso a cen­ tenares de leguas de distancia. Buscaba los ranchos solitarios. delatan bien la fama que ya había ganado. Lo seguían en su ruta sin norte algunos fieles. Cuando paraban en los caminos lo colgaban en la rama de un árbol y de rodillas le rezaban. pero rechazaba cualquier exceso. aceptando sólo lo que necesitaba para el sustento del día. Ya tenía gran renombre.De los sertones de Pernambuco pasó a los de Sergipe. en un coro de letanías. desconocido y sospechoso. vive rezando. Dice un documento publicado aquel año en la Capital del Imperio: "Apareció en el sertón del Norte. Allí llegó. apareciendo en la ciudad de Itabaiana en 1874. * Folhinha Laemmert. que encerraba la imagen de Cristo. Con él triunfalmente erguido. sin cinturón. Acompañado de dos profesas. de 1877. Vivía de limosnas. . sandalias. Estas palabras. actores en la farándula de los vencidos de la vida. Dejó crecer sus barbas y sus cabellos. va juntando al pue­ blo y guiándolo a su gusto. Se le acercaban espontáneamente. rigurosamente verídicas. viste una túnica de algodón y se alimenta tan poco que casi es una momia. tosco. sombrero de alas anchas y caídas. y moviendo los sentimientos religiosos. Así vagó durante largo tiempo hasta aparecer en los sertones al norte de Bahía. Sobre la espalda una bolsa de cuero en la que traía papel. por entonces. la Misión abreviada y las Horas ma­ ñanas 1 8 8 . sirviéndose de su aspecto misterioso y ropas ascéticas. Ya no andaba solo. No los había llamado. No aceptaba lecho. que dice llamarse Antonio Conselheiro y que ejerce gran influencia en el espíritu de las clases populares.

No le dio tiempo a entrar. Entonces había escapado. ese sombrío . se propuso presentárselas. sorprendido.LEYENDAS En la aldea de Itapicuru se produjo el cierre de esa carrera extraordinaria. No había dolor que le fuera desconocido. El dolor se la había anestesiado. de la sed. imaginó cómo arrui­ narla. Para eso le dijo al hijo que su mujer lo engañaba y como éste. . Lo acusaban de una falsedad que su vida excepcional y el desorden de su antigua vida doméstica. la había macerado y marcado con los cilicios más duros. Y con horror vio que era su propia madre que se había disfrazado para realizar su diabólico propósito. En seguida entró en la casa y con otra descarga fulminó a la esposa infiel que estaba durmiendo. Lo vio acercarse cautelosamente y saltar por una ventana. enloquecido. por la noche. la había golpeado con las piedras de los caminos. escondiéndose en un lugar desde donde podía observar y actuar con rapidez. Venía del hambre. Allí permaneció varias horas hasta que. Contaban que la madre. tal como lo preconizan los apóstoles de la Iglesia. ante el asombro de los fieles. con un ascetismo que hubiera sorprendido a Tertuliano 1 9 °. El asceta despuntaba tras la ruda disciplina de quince años de penitencia. Había seguido el apren­ dizaje del martirio. vio un bulto que se aproximaba a su casa. Lo cierto es que la represión legal de 1876 lo encontró ya de lleno metido en el sueño del cual no despertaría. la había adormecido en los transitorios descansos sobre los lechos dilace­ rantes de las caatingas . le exigió pruebas. Su piel seca se arrugaba como un cuero pegado a la carne muerta. la imaginación popular comenzaba a novelarle la vida con rasgos vigorosos de originalidad trágica 1 8 9 . en cierto modo justificaban. su casa era visitada por el seductor. despavorido. la había secado en el rescoldo de las sequías. abandonando todo y desde ese momento recorría los sertones. al acaso. de las fatigas. Volvió después para reconocer al hombre que había matado. . así vería cómo. la había endurecido en la fría intemperie. . no queriendo a la nuera. Como se ve. . Acep­ tado el consejo. Era una leyenda terrible. de las angustias y de las miserias. Le aconsejó que inventara un viaje cualquiera y que permaneciera en los alrededores. Muchas veces había bordeado la muerte por los prolongados ayunos. lo metieron inopina­ damente preso. Lo abatió de un tiro. Allí y ese mismo año. el infeliz se alejó a caballo cerca de media legua y luego volvió por caminos no frecuentados. Decían que había matado a su esposa y a su propia madre. bien alta la noche.

Los jueces estupefactos lo interrogaron. De 1877 a 1887 anda por aquellos sertones. exorcismos y señales de la cruz de los creyentes asustados y de las beatas transidas de miedo. de desenterrado.propagandista de la eliminación lenta de la materia: "descargándose de su sangre. La recibió indiferente. y la ropa tan singular. Entonces anda durante algún tiempo por los sertones de Curará. párpados caídos. cometidos en el lugar natal. plantado a la entrada de la aldea. que coincidió. Llegado a la tierra natal. y su aspecto repugnante. en todos los sentidos. * De Jejuum. rígida como una máscara. la única cosa que lo vejaba. Prohibió a los fieles que lo defen­ dieran. Era un árbol sagrado. dentro de la túnica tan ancha. la orden de prisión sólo era un inci­ dente mínimo. fue puesto en libertad 1 9 1 . Y el mismo año reaparece en Bahía entre sus discípulos que lo habían aguardado. con el día que había pre­ fijado cuando lo tomaron preso. Redobló su influencia. Lo llevaron a la capital de Bahía. Después se supo que los custodios que lo habían traído le habían pe­ gado cobardemente en el camino. tal vez. El pueblo comenzaba la gran serie de milagros de los que. llegando hasta el litoral. Esta vuelta. Pasó por las calles entre ovaciones. Allí despertó la curiosidad general con su extraña fisonomía: cara muerta. que durante mucho tiempo fue objeto de una fitolatría extraordinaria. per­ maneciendo con preferencia en Chorrochó 1 9 2 (1 8 7 7 ). tomó rasgos de milagro. y los largos cabellos lacios cayendo sobre los hombros. . . No formuló una sola queja. lugarejo de pocas centenas de habitantes. revestido de impasibilidad marmórea. como una mortaja negra. a Vila do Conde (1 8 8 7 ). porque a su sombra descansaba el peregrino. fardo pesado e inoportuno del alma impaciente por huir Para quien vivía de esta manera. cuya feria congrega a la mayoría de los pobladores de aquel trecho del río Sao Francisco. sin mirada y sin sonrisa. Se entregó. ojeras profundas. enmarañándose en los pelos duros de la barba descuidada que le llegaba hasta la cintura. Permaneció en la serena indiferencia superior de un estoico. según afirman. el infeliz ni se enteraba. Lo acusaban de viejos crímenes. Una elegante capilla señala actual­ mente el lugar de su morada. Escuchó el interrogatorio y las acusaciones y no contestó ni con un murmullo. Y un pequeño árbol. A su sombra se curaban los enfermos crédulos y sus hojas eran la panacea infalible. . Apenas — este pormenor curioso lo escuchamos de una persona insos­ pechable— el día que lo embarcaron para Ceará pidió a las autoridades que lo libraran de la curiosidad pública. reconocida la improcedencia de la denuncia.

Cumbe. Cuando la pronunciaba quedaba callado. acompañado por la farándula de sus fieles. Aquí un cementerio arruinado al que se le re­ construyen los muros. Jeremoabo. En casi todas dejaba alguna señal de su paso. . se convertía en única autoridad. abría de golpe los ojos. en el centro mismo de la aldea. La multitud sucumbía. el penitente. abstrusa 1 9 3 . eclipsando a las autoridades locales. llena de trozos truncados de las Horas mañanas. Era asombroso. Mucambo.En toda esa área no hay quizá una ciudad o un pueblo por donde no haya pasado. LAS PREDICAS Allí subía y hablaba. Pombal. . Tucano y otros. En estas prédicas. inconexa. Magacará. Su entrada en las poblaciones. Monte Santo. más adelante una capilla que se levanta. Inhambupe. lo vieron llegar. afirman testimonios existentes. errante y humilde. . con frases sacudidas. los ojos fijos en el suelo. por la tarde. Bom Conselho. era solemne e impresionante. . Las ocupaciones normales se paralizaban. Nadie osaba contemplarlo. Alagoinhas. ostentaba un sistema religioso incongruente. Y el gran desventurado conseguía entonces su único milagro: no parecer ridículo. Y durante algunos días. se agitaba el movimiento de las ferias. levan­ taba la cabeza. donde en compensación. en silencio. se le veían entonces extremada­ mente negros y vivos y la mirada era de un centelleo ofuscante. Imaginemos a un bufón arrebatado en una visión del Apocalipsis. cruces y banderas divinas. En la plaza. bajaba los ojos. . Una oratoria bárbara y estremecedora. Releyendo . hablaba largamente. preceptos comunes de la moral cristiana y profecías extravagantes. a veces agravada por la osadía de las citas latinas. allá una iglesia que se renueva. mezcla inextricable y confusa de con­ sejos dogmáticos. Era truhanesco y era pavoroso. Quienes los oyeron no evitan las sugestivas aproximaciones históricas. seguido siempre por la multitud con­ trita. Parco en los gestos. Parece que tenía la preocupación del efecto producido por alguna palabra o frase decisivas. . levantando imágenes. sin encarar a la multitud abatida por la melopea fatigante. siempre elegante. . . para que la palabra del profeta pudiese irradiar a todos los puntos y edificar a todos los creyentes. en las que competía con los capuchinos vagabundos de las misiones. se improvisaba un palco al lado de la feria. monopolizaba el mando. Negocios y campos quedaban vacíos. La población convergía en la aldea. los devotos hacían rezos y letanías y cuando la concurrencia era mayor. fascinada bajo el extraño hipnotismo de aquella terrible locura.

el mismo pavor al Anticristo. Al considerarlo. Incluso a las beatas viejas hechas para amansar sátiros les hablaba de espaldas. * * En francés en el original: a los que corren por el campo de la civilización cada vez con más retraso. en contraste con la licencia absoluta hacia el amor libre. vibra en censuras. La belleza tentaba a Satanás. de las mismas imágenes. Se rebela contra la Iglesia romana. insisten especialmente contra el lujo de los tocados y — lo que es muy singular— imponen a estos delitos el mismo castigo: sacar el demonio por los cabellos peinando a las vanidosas con peines de espinas. . PRECEPTOS DE ULTRAMONTANOS Es un disidente de la hechura exacta de Themison.). No puede buscarse una reproducción más completa del mismo sistema. El frigio predicaba. PROFECIAS 1 9 5 Cuando se comparan sus profecías con las del pasado. . en feliz imagen.las páginas memorables * en las que Renán hace resurgir. esgrime el mismo argumento que aquél: la Iglesia perdió su gloria y obedece a Satanás. a los desvariados jefes de las sectas de los primeros siglos. á des coureurs sur le champ de la civilisation. Está por entero entre esos retardatarios que Fouillée compara. se advierte el renacimiento integral de aquellas aberraciones muer­ tas. de T . casi de las mismas palabras. . de plus en plus en retard * * 1 9 4 . El retrógrado del sertón repro­ duce los caracteres de los místicos del pasado. . Está fuera de nuestro tiempo. exagerada hasta el máximo horror por la mujer. Ambos prohíben severamente que las jóvenes se adornen. . Como los ultramontanos surgió en un extremo de la tierra. de las mismas fórmulas hiperbólicas. braman contra las ropas elegantes. galvanizados por su bello estilo. las concepciones absurdas del desmañado apóstol sertanejo asombran por su semejanza. por los resultados amargos de sus desdichas conyugales. Expresa una moral que es la traducción fiel de la de Montano: la castidad. Nunca más miró a una mujer. Es un hermoso ejemplo de la identidad de los estados evolutivos entre los pueblos. * Marc-Auréle. El Conselheiro mostraba por ella inven­ cible horror. propiciando casi la extinción del matrimonio. (N . tal vez como el cearense. El mismo milenarismo extravagante. se siente el efecto maravilloso de una perspectiva a través de los siglos. el mismo fin del mundo próximo.

Preanunciaba años sucesivos de desgracias * : . . que no se manchasen con el sacrilegio de una sonrisa. El mismo Cristo había presagiado su venida cuando: . en­ tonces el sertón se volverá playa y la playa sertón. levantando poblaciones en los desiertos. Las que aquí anotamos fueron copiadas allí mismo. "En 1897 habrá mucho pasto y poco rastro y un solo pastor y un solo rebaño. de uno de ellos. "Ha de llover una gran lluvia de estrellas y ahí será el fin del mundo. Dios dijo en el Evangelio: yo tengo un rebaño que anda fuera del corral y es preciso que se reúnan porque hay un solo pastor y un solo rebaño”. "En 1899 las aguas se harán sangre y el planeta va a aparecer en el naciente con el rayo del sol. . di­ ciendo sermones por las puertas. todo cuanto los marcaba con un leve rasgo de vanidad. . Todas las fortunas se perderían en la catástrofe inminente y era una temeridad inútil conservarlas. perteneciente al Secretario del Comandante en Jefe de la Campaña. que la rama se confrontará en la tierra y la tierra en algún lugar se confrontará en el cielo. en la hora nona. ¿para el fin de esta edad qué señales darás? "Y El respondió: muchas señales en la Luna. haciendo iglesias y capillitas y dando sus consejos * Estas profecías estaban escritas en gran número de pequeños cuadernos encon­ trados en Canudos. En 1900 se apagarán las luces. uno de sus apóstoles le preguntó: Señor. En 1896 han de rebaños mil correr de la playa al sertón. en el Sol y en las Es­ trellas.Que los fieles abandonasen todos sus bienes. el predestinado llegaba a la tierra por la voluntad divina. El Juicio Final se acercaba inflexible. Ha de aparecer un Angel mandado por mi Padre Eterno. Como los antiguos. . Que aban­ donasen las fugaces venturas e hiciesen de su vida un duro purgatorio. "En 1898 habrá muchos sombreros y pocas cabezas. descansando en el monte de los Olivos.

Andaba al borde de un catolicismo mal comprendido. el profetismo tenía en su boca el mismo tono que tuvo en Frigia. la misma exploración de lo sobre­ natural y la misma ansia por el cielo. "Y cuando quedó encantado clavó la espada en la piedra. la desgracia de los poderosos. alza la insurrección contra la forma repu­ blicana : "En verdad os digo. Este volver a la edad de oro de los apóstoles y sibilistas. Es un per­ manente reflujo del cristianismo hacia su cuna judaica. más o menos con los mismos caracteres. De modo idéntico enunciaba el juicio de Dios. la Inglaterra con la Inglaterra. prometido pero siempre postergado y final­ mente olvidado completamente por la Iglesia ortodoxa del siglo n. saliendo del mesianismo reli­ gioso al mesianismo racial. desde las aguas del mar Don Sebastiáo saldrá con todo su ejército. pero siempre con la misma rebeldía contra la jerarquía eclesiástica. no es una novedad. Antonio Conselheiro era un pietista que ansiaba el reino de Dios. la ruina del mundo profano.Y en medio de esas estrafalarias palabras. . el reino de mil años y sus delicias. el Brasil con el Brasil. En ellos se delata el viejo aspecto soñador de la religión primitiva. la Prusia con la Prusia. El fin de esta guerra se acabará en la Santa Casa de Roma y la sangre irá hasta la gran junta UN HERESIARCA D EL SIGLO II EN PLENA EDAD MODERNA Como se ve. ¿No habrá en esto un rasgo superior del judaismo? No lo voy a encubrir. con las variantes de la modalidad de los pueblos. Montano se re­ produce en toda la historia. Como sus cofrades del pasado. ella se hundió hasta la empuñadura y él dijo: ¡Adiós mundo! "¡Hasta el mil y tantos. antes que la deformasen los sofistas canonizados de los concilios. "Desde el principio del mundo que lo encantó con todo su ejército y lo restituyó en guerra. reviviendo vetustas ilusiones. a dos mil no llegarás! "Y en este día al salir con su ejército saca a todos con el filo de la espada de este papel de la República. cuando las naciones pelean con las naciones.

preceptos. pero no lo contrariaba. El arzobispo de Bahía. . Descrigoes práticas da Pro­ vincia da Bahia.. en general. se movían incansables. Tenía un adversario peligroso. Si se da crédito a un valioso testimonio *. sin mirar siquiera a los que lo seguían. tomaba el primer camino sertón afuera. moreno. aunque tenga mucha instrucción y virtud. el predestinado se marchaba. por lo que ordenamos a Vuestra Reverendísima que no con­ sienta en su feligresía semejante abuso. en 1882. en concordancia con la misión que se había señalado. da señales de haber advertido esa tolerancia o protección mal disfrazada y emite una circular a todos sus párrocos: "Ha llegado a nuestro conocimiento que por las feligresías del centro de este arzobispado. en fiesta piadosa. se renovaban cementerios abandonados. fiestas y novenas y todo aquello en que consisten los vastos rendimientos de la Iglesia” . en 1887). se hallaba en la pobla­ ción un célebre Conselheiro. ¿Adonde? Al azar. que vivía solo en una casa sin mue­ bles. acaboclado. junto a la cual se apiñaban las beatas y afluían los regalos con los cuales se alimentaba. con doctrinas su­ persticiosas y una moral excesivamente rígida * * . sea quien fuere. . los párrocos le per­ mitían esas prácticas de las cuales sacaban beneficio porque promovía ios actos de los que salen los rendimientos del clero: bautismos. de barbas y cabellos negros y crecidos. casamientos. a cuyas órdenes obedece ciegamente y por él resistirá cualquier orden legal. con lo que perturba las conciencias y debilita en mucho la autoridad de los párrocos de esos lugares. se erigían construcciones nuevas y bonitas. por cuya razón los vicarios lo dejan pasar por santo impunemente. sermoneando al pueblo que se reúne para escucharlo. * “Cuando por allí pasamos (por Cumbe. promueve los bautismos. Los albañiles y carpinteros trabajaban gratis. “ . tanto más cuando él nada gana. ordenaba penitencias que ordinariamente redundaban en bene­ ficio de las localidades. * * ¡Una moral excesivamente r íg id a !. la misión santa de adoctrinar a los pueblos y un secular. por el contrario. el pueblo cargaba piedras. . los obreros cuyos salarios se pagaban en el cielo. visto que compete sólo a la Iglesia católica y a sus ministros de religión. vestido de camisón azul. no tiene autoridad para ejercer ese menester. .. Se reconstruían templos ruinosos. Y terminada la empresa. haciendo saber a los fieles que les prohibimos en absoluto reunirse para escuchar esos sermones. obligaciones. fiestas y novenas. .TENTATIVAS DE REACCION LEGAL Después de sus homilías. Los sacerdotes toleraban los despropósitos del santo endemoniado por­ que acrecía sus reducidos haberes. . Durante días y días. los fabricantes proporcionaban gratis los materiales indispensables. Teniente Coronel Durval Vieira de Aguiar. sujeto bajo. El pueblo acostumbra concurrir en masa a los actos del Censelheiro. . el sacerdote. anda un individuo denominado Antonio Conselheiro.

* * Oficio dirigido en noviembre de 1888 al jefe de policía de Bahía por el dele­ gado de Itapicuru. no fue atendida. que lo escuchan y cumplen sus órdenes de preferencia a las del cura de la parroquia. "Aunque esta obra sea de algún merecimiento. rezos y letanías. y consta que están a la espera de que el vicario vaya a un lugar llamado Junco para asesinarlo. la multitud sube de mil personas. pidiendo el Arzobispo al * Circular dirigida al clero bahiano por el Arzobispo D. "El fanatismo no tiene límites y así es que. cuando la diócesis de Bahía intervino de nuevo. venden lo poco que tienen y hasta roban para que no haya ninguna falta. además de no trabajar."Sirva esto para despertar cada vez más el celo de Vuestra Reverencia. . y ese dinero sale de los crédulos y los ignorantes que. sin hablar de los montos recau­ dados que han sido enviados para otras obras en Chorrochó. dagas. por fin. Da miedo a los transeúntes pasar por allá viendo a esos malvados munidos de cuchillos. Parece que esta denuncia hecha en términos tan alarmantes. Y después de contar la última tropelía de los fanáticos: "Habiendo desinteligencias entre el grupo de Antonio Conselheiro y el vicario de Inhambupe. puedo decir que lo adoran como si fuese un Dios vivo. apeló a los poderes constituidos. en oficio donde. "Los días de sermón. décuplo de lo que debía ser. "Para que vuestra Excelencia sepa quién es Antonio Conselheiro. Hizo en este sitio su campamento y al presente está construyendo una capilla a expensas del pueblo en el referido lugar. suficientemente instruidos. el 16 de febrero de 1882. en el ejercicio del ministerio de la predicación a fin de que sus parro­ quianos. está aquél armado como si fuera a emprender una batalla campal. tolerando y disimu­ lando los atentados que cometen. no se dejen llevar por otros vientos La intervención de la Iglesia fue inútil. es justo y fundado el recelo de grandes desgracias. Luis. Y como si desease revivir siempre el recuerdo de la primera persecución sufrida. . facas y carabinas y pobre del que es sospechado de ser desafecto a Antonio Conselheiro”. dice * * : " . y por el modo como están los ánimos. En la construcción de esta capilla. están trabajando cearenses a los cuales Antonio Conselheiro presta una protección ciega. No se tomó ninguna providencia hasta mediados de 1887. cuyo costo semanal es de casi cien mil réis. los excesos y sacrificios no compensan este bien. Antonio Conselheiro continuó sin inconvenientes su azaroso apostolado recorriendo los sertones. después de historiar ligeramente los antecedentes del agitador. basta decir que anda acompañado por centenares de personas. . sin miedo al error y afir­ mado en hechos. lugar de Capim Grosso”. cuya autoridad policial. aparte que dispensable. vuelve constantemente a Itapicuru.

. Se le notaba el cansancio. se esforzaban en balde diez obreros para levantar una pesada armazón. contemplando los cielos. Ante tal reclamación. Los penitentes encendieron las antorchas y la procesión. cuando se construía la bellísima iglesia que ahí está. sin aliento. lo realizaron rápidamente dos sin ningún esfuerzo. Al llegar a la Santa Cruz. pidiendo una vacante para el demente en el hospicio de alienados de Río. Al llegar al altar mayor. . levanta el rostro pá- . A la tarde se inició la ceremonia. se sienta en el primer escalón de la tosca escala de piedra y se queda extático. . en lo alto. . Surgías leyendas. No vamos a referirlas todas. grave y siniestro. la cabeza baja. Entonces. Antonio Conselheiro. El. Así se abrió y se cerró el ciclo de las medidas legales que se tomaron durante el Imperio. el contemplativo se levanta. sin sombrero. apoyado en su inseparable bastón. El Conselheiro continuó sin tropiezos su misión perturbadora. Fundó el pueblo de Bom Jesús y cuentan las gentes que en cierta ocasión. abatido.Presidente de la Provincia. En otra ocasión — escuché este extraño caso a personas que no se habían dejado arrastrar por el fanatismo— llegó a Monte Santo y ordenó que se hiciera una procesión por la cumbre de la montaña hasta la última capillita que está en lo alto. providencias que contuviesen al "individuo Antonio Vicente Mendes Maciel que. La mul­ titud anduvo lentamente por el difícil camino. con contrición. el presidente de esa provincia se dirigió al mi­ nistro del Imperio. predicando doctrinas subversivas. . creciendo en la imaginación popular. entonando cánticos y de­ teniéndose a rezar en los pasos. El ministro respondió que no había en ese estable­ cimiento ninguna vacante y el presidente volvió a dirigirse al prelado para ponerlo en conocimiento de la admirable resolución del gobierno. con la larga cabellera agitada por el fuerte viento. de rodillas sobre la áspera roca. Entre la gente respetuosa penetra en la capilla. extendida por la línea de cum­ bres dibujó un camino luminoso en la montaña. Cayó la noche. iba adelante. entonces el predestinado se subió a ella y ordenó que sólo dos hombres la levantaran y lo que no habían conseguido tantos. buscando convencerlos de ser el Espíritu Santo. la mirada perdida en las estrellas. La primera oleada de fieles llena la pequeña capilla y los otros per­ manecen afuera. con la respiración agitada. hacía un gran mal a la religión y al estado distrayendo al pueblo de sus obligaciones y arrastrándolo detrás de sí.

lido orlado por los cabellos desaliñados. prefiere una tabla sobre la que se echa sin mantas. Especie de gran hombre al revés. Y la multitud se estremece de asombro. — No puedo. Al otro día. evidenciaba en todos sus actos la implacabilidad de un gran evangelista. . Estas y otras leyendas son todavía corrientes en el sertón. Era la clásica protesta. una vieja figura de peregrino a la que no faltaba el tradicional crucifijo colgado a un costado de la cintura y el manto polvoriento y gastado y el bidón de agua y el gran bastón. sin sacarse siquiera las sandalias. Se sacudió el polvo de las sandalias. comenzó a irritarse ante la menor contrariedad. sacó debajo de su túnica un pañuelo. no tienes órdenes. El párroco le da alimento. . Un día. . El sacerdote llegó y vio la invasión de sus dominios. la Iglesia no te permite predicar. inofensiva y serena de los apóstoles. HEG1RA HACIA EL SERTON Sin embargo. Dos lágrimas ensangrentadas ruedan por el rostro inmaculado de la Virgen Santísima. Entonces el peregrino lo miró durante un rato y sin decirle una palabra. No arrastraba al pueblo sertanejo porque lo dominaba. como hombre práctico que era. apenas le acepta un pedazo de pan. vestido. largas barbas bajando por el pecho. largos cabellos despei­ nados por los hombros. estando ausente el párroco. Antonio Conselheiro reunía en su en­ fermo misticismo todos los errores y las supersticiones que forman el coeficiente de reducción de nuestra nacionalidad. el absurdo de ser útil. Y partió. el singular huésped que hasta ese momento apenas ha dicho palabra. Cierta vez. le pide al cura que le conceda predicar en la fiesta que se va a realizar en la iglesia. Obedecía a la finalidad de los viejos impulsos ancestrales y subyugado por ella. El medio lo favorecía y él realizaba. le ofrece un lecho. la reacción fue creciendo y le agrió el ánimo. — Déjame entonces hacer el vía crucis. yo debo hacerlo — le contestó de nuevo el sacerdote. Se irritó y para enfrentar la situación. Es natural. con quien se llevaba mal. cierto vicario de una parroquia sertaneja ve llegar a su puerta a un hombre extremadamente delgado y abatido. apeló al egoísmo humano. Una inexplicable placidez le había amortecido la neurosis. a veces. en Natuba. apareció y ordenó cargar piedras para hacer reparaciones a la igle­ sia. Dominador incondicional. sino porque era dominado por las aberra­ ciones populares. — Hermano.

recordando. bien arma­ dos. el cura cedió las pie­ dras acumuladas ante la iglesia. dándose a la fuga que fue encabezada por el propio comandante. En efecto. Desde 1895 adoptó una posición combatiente comple­ tamente nueva. El derrocamiento de la tropa les preanunciaba persecuciones más vigo­ rosas y seguros del amparo de la naturaleza salvaje. seguros de des­ truirlos con la primera descarga. Sólo podía renovar esas cosas el hombre que convencía a los matutos crédulos. Lo iban volviendo malo. Y al aparecer esta vieja novedad. que sustituían a los edictos impresos. La originó un suceso de poca monta. Los treinta policías. contaban con la victo­ ria encerrando entre las caatingas a los nuevos contendores. los pastos habían invadido el cementerio. Estos no superaban en aquella época los doscientos hombres. Reunió al pueblo en un día feriado y entre gritos de sedición y estallidos de cohetes. Esta minúscula batalla tendría más adelante muchas copias ampliadas. para ese fin. los creyentes acompañaron la hégira del profeta. El apóstol no acep­ tó la invitación. en las cercanías de las sierras del Ovó. donde se fijaba la cobranza de los im­ puestos. Decretada la autonomía de los municipios. Dieron de frente con los jagunqos temerarios. a pedido del mismo párroco. Le salió de la boca la primera maldición y partió de la ciudad ingrata. Realizada la hazaña. un político influyente del mismo lugar lo llamó. tomó por el camino de Monte Santo hacia el norte. Pero lo hizo con palabras discriminatorias. sitio abrupto y estéril entre Tucano y Cumbe. ordenó que se quitaran las tablas y se quemaran en una hoguera en el centro del lugar. La tropa los alcanzó en Maceté. El Conselheiro esta vez no se limitó a sacudir sus sandalias. El acontecimiento había tenido repercusión en la Capital de donde partió una fuerza policial para prender al rebelde y diezmar a los sedi­ ciosos. etcétera. Habló en esa especie de auto de fe que la debilidad de las auto­ ridades no impidió y predicó abiertamente la rebelión contra las nue­ vas leyes. las autoridades de las loca­ lidades de Bahía habían mandado colocar las tradicionales tablas. No buscaron más los poblados como antes. la feligresía era pobre.Días antes. las autoridades habían impuesto a los propietarios la cons­ trucción de aceras frente a sus casas. Tiempo después. . Ahora buscaban el desierto. atacaron impetuosamente a la turba de penitentes. Fueron totalmente desbaratados. Después tomó conciencia de la gravedad de lo hecho y dejando la aldea. con altanería que chocaba con su antigua humildad. La imposición lo irritó. Contempló a la República con malos ojos y predicó la rebeldía contra las nuevas leyes. El templo estaba en ruinas. la afrenta recibida. Antonio Conselheiro se encontraba en Bom Conselho.

desde Bahía. siguiendo un rumbo prefijado. ampliándose en poco tiempo. reducida a sus paredes externas. vicario de Itu. como la mayoría de los que yacen desconocidos por nuestros sertones. una población sospechosa y ociosa "armada hasta los dientes” y "cuya ocupación casi exclusiva consistía en beber aguardiente y pitar unos ex­ quisitos cigarros de un metro de extensión” * de tabaco naturalmente provisto por las solanáceas (canudos-de-pito) exuberantes y abundantes a orillas del río. * Padre V. centralizada por la vieja iglesia que ya exis­ tía. según el testimonio de un sacerdote que como tantos otros. planicies estériles y por largos días. allí se aglomeraban como agregados al establecimiento por entonces floreciente.F. donde no penetraría la mano del gobierno maldito. en la Troya de la banda de jagungos.P. por los caminos sertanejos. Ya en 1876. en número de ochen­ ta plazas de línea. Cuando aquél llegó. Era el lugar sagrado. el oscuro lugarejo ya tenía. sin embargo. No preguntaron adonde iban. en 1895. y en lo alto de una explanada del cerro. en ruinas. . de donde re­ tornaron sin aventurarse por el sertón. V CANUDOS: ANTECEDENTES Canudos. . destejada. La aldea efí­ mera de los matutos ociosos. Siguió el rumbo del norte. Arrastró a la muchedumbre de fieles. . Pero no siguieron más allá de Serrinha. Informaciones manuscritas (1 8 9 8 ) 197. muchos gérmenes de desorden y crimen. . la antigua residencia señorial. Antonio Conselheiro. viejo establecimiento de ganado a orillas del Vaza-Barris. De ese año data su renacimiento y rápido crecimiento. Lo había recorrido entero en una romería ininte­ rrumpida de veinte años. . estaba en plena decadencia: los campos abandonados. iba a convertirse. lentamente. no se hizo ilusiones con la inexplicable huida que lo había salvado. circundado por montañas. Así es que antes de la llegada del Conselheiro. Atrave­ saron serranías abruptas. en 1890 era una tapera de cerca de cincuenta ranchos de palo-a-pique 1 9 G . había sido nombrado por el vicario de Cumbe para hacer una visi­ ta espiritual a esas gentes completamente aisladas del mundo. los ranchos vacíos. Los creyentes lo acompañaron. Tal vez ya los había señalado previendo futuras vicisitudes. Conocía el sertón. la marcha era guiada por las letanías y el paso tardo del profeta. a la que se juntaban cada día decenas de prosélitos. Conocía lugares ignotos de donde no lo sacarían. sin pérdida de tiempo.éstos partieron.

Itabaiana y otros lugares lejanos. Jacobina. Monte Santo. Entre Ríos. de su subida a los cielos. quedaron deshabitadas. Jeremoabo. Dice un testimonio * 198: "Algunos sitios de esta comarca y de otras ve­ cinas y hasta del Estado de Sergipe. demencialmente. proveían constantes contingentes. CRECIMIENTO VERTIGINOSO No sorprende que hacia allá convergieran. El poblado nacía. . hasta casas y terrenos. Natuba. sucesivos grupos de pobladores oriundos de las aldeas y villas más re­ motas . Solitarios al principio. tal fue el aluvión de familias que subían hasta Canudos. Causaba dolor ver pues­ tos a remate. esa tapera colosal parecía dibujar el aspecto moral de la sociedad que allí moraba. Aquello se construía al azar. extraordinarias cantidades de ganado vacuno. Macacará. cuerpo del delito que tes­ timoniaba acerca de las rebeliones de un pueblo. Era la objetivación de aquella inmensa locura. Los pocos viajeros que se arriesgaban por aquel sertón se topaban con grupos sucesivos de fieles que marchaban cargados de fardos. Mundo Novo. Itapicuru. . llevando en canastas sus toscos mobiliarios y sus oratorios. Visto de lejos. con los frentes vueltos hacia cualquier punto. Documento ineludible. Así cambiaban las comarcas. . revuelto entre las cumbres. esos grupos se unían en los caminos y llegaban al fin juntos a Canudos. además de otros objetos. de a pedazos entre los cerros. * Baráo de Jeremoabo. que apenas separaban la barahúnda caótica de los ranchos construidos al azar. El anhelo era vender. La edificación era tan rudimentaria que se hacían hasta doce casas por día y a medida que se extendía.Su interesante topografía se amoldaba para la imaginación de aquellas simples gentes al primer escalón. Cumbe. Tucano. ya en ruinas. subiendo por las colinas. definía bien la civitas siniestra del equí­ voco. por precios irrisorios. La urbs monstruosa. etcétera. de barro. caprino. . en las ferias. Bom Conselho. . conseguir algún dinero e ir a compartirlo con el Santo Conselheiro. Uauá y otros lugares cercanos. tenía el aspecto de una ciudad que hubiese sido sacudida por un terremoto y brutalmente revuelta 1 9 9 . Nacía viejo. partiendo de todos los puntos. Inhambupe. en el lapso de semanas. agachado y cubriendo un área enorme. No se distinguían calles. cortado por las quebradas. amplio y alto. lugar escogido por Anto­ nio Conselheiro como su centro de operaciones. Las sustituía un dédalo desesperante de caminitos estrechísimos. caballar. La población crecía vigorosamente. hacia el lugar elegido.

desde las de caño fino hasta la "legítima de Braga” cebada con plomo. . igual número de cajas o ca­ nastas. Por fin. Cuando la mirada se acostumbraba a la penumbra de esas habitacio­ nes exiguas. capaz de destrozar piedras. por su falta de cal. Si las edificaciones. advertía algunos trastos escasos y groseros: un tosco banco. recordaban las cabañas de los galos de César. Hechas de palo-a-pique y divididas en tres habitaciones minúsculas. Arrimados a los ángulos se veían insignificantes acce­ sorios: el bogó.orientados hacia todos los rumbos. Cubiertas de capas espesas de veinte cen­ tímetros de barro sobre ramas de icó. sugería un paralelo deplorable. que mostraban la religión mestiza: San Antonios proteiformes y africanizados. La inco­ modidad y sobre todo. en cierto modo. como formando una vivienda única. extendida por las colinas y destinada a abrigar por poco tiempo al tumultoso clan de Antonio Conselheiro. Ni camas ni mesas. Eran una fase transitoria entre la caverna primitiva y la casa. las armas que evocaban estadios remotos en el tiempo: el facón jacaré de hoja larga v fuerte. un tosco oratorio. . las casas eran una parodia grosera de la antigua morada romana: un vestíbulo exiguo. como si todo hubiese sido construido en una noche por una multitud de locos. en sus modalidades evolutivas. dos o tres banquitos con forma de butacas. que sólo se descubría por una puerta estrecha y baja. amplísima. una bolsa colgada del techo y las redes. En éste. Al fondo del único dormitorio. la aguijada de tres metros de largo. La au­ sencia de calles. especie de balde de cuero para el transporte del agua. unos santos mal confeccionados. como fetiches. . Marías Santísimas feas como Megeras. Canudos surgió con un aspecto entre campamento de guerrilleros y vasto kraal africano. Nada más. la pobreza a niveles repugnantes. las plazas que aparte la de las iglesias no eran nada más que el fondo común de las casas y los ranchos pegados unos a otros. y las espingardas. porras huecas y llenas hasta la mitad de plomo. objetivan la persona­ lidad humana. sin la elegancia de las lanzas. imitando el mismo aspecto burdo del conjunto. Entre éstas. más que la miseria del hombre la decrepitud de la raza. traducía. la lanza de los cangaceiros larga como una espada. Era todo el mobiliario. A cierta distancia era invisible. desde el trabuco mortal. imá­ genes de líneas duras. un atrio que al mismo tiempo servía de cocina. en gradaciones completas. pesadas. un par de cestas de cipó y la bolsa de caza hecha con fibras de caraoá. una alcoba oscurísima. Y nada más necesitaba esa gente. comedor y recepción y lateralmente. con el suelo. Se confundía. hasta la de caño fino y pequeño calibre. Aparecía de golpe. el rancho de techo de barro de los jagungos equiparado a los wigwan de los pieles rojas. en una vuelta cualquiera del Vaza-Barris que la limitaba por el este y el sur. reproduciendo los piques antiguos.

Por fin pisa­ ban la tierra de promisión. llegaban al pueblo naciente al fon­ do de los sertones de Piauí. en declive. éstas se apiñaban próximas a la depresión en que estaba erigida la primitiva iglesia y descendían desnivaladas. Acampaban a gusto en lo alto de las cumbres. se entregaban a la tarea de construir sus cabañas. Canudos. hasta la costa del río. . Pernambuco y Sergipe. en invierno. en ruinas. solitaria. Por estos caminos y estas entradas. Por un lado. Las lejanas montañas la encerraban en una elipse de ejes dilatados. y otros. Venían de todas partes. después comenzaron a salpicar. rasgadas por lajas apenas revestidas en pocos lugares por un montón de bromelias y en algunos otros por cactos erguidos y solitarios. . Estaban a salvo de la pavorosa hecatombe que vaticinaban las profecías del evangelizador. Cuando clareaba la mañana. . y el del Rosario. ruedan afluentes efímeros que tienen falsos nombres de ríos: el Mucuím. Llegaban cansados de su larga jornada. que suecesos posteriores denominarían de la Provi­ dencia. A mitad de la ladera. golpeado al sur por las laderas de la Favela y dominado al oeste por las lomas más altas de faldas escarpadas.La rodeaba una naturaleza muerta: paisajes tristes. Al principio. los pasos o gargantes de los caminos: el de Uauá. sin una sola mata. careando sus haberes. rodeada casi por entero por el Vaza-Barris. el de Jeremoabo. cada vez más lejos. abarcando todo el poblado con un lecho exca­ vado y hondo como un foso. Ceará. hasta las distantes serranías. y tras­ puestas las últimas vueltas del camino. uniformes. sucesivas cara­ vanas de fieles. cuando divisaban el campanario humilde de la antigua capilla. Como pos­ tigos de un baluarte inmenso. hacia el este se abría en planicies onduladas. junto a las laderas del Calumbi. algunas quixabeiras se agrupaban formando un huerto salvaje. estrechísimos. pero felices. de ahí en más. ondulando. A la noche se encendían las hogueras en los ranchos de los peregrinos. insinuándose en los desfiladeros de Cocorobó. . el morro de los Pela­ dos. colinas desnudas. se abrían. Al sur. cerca y dominante. que se prolongaban. caían de rodillas sobre el áspero suelo. . esparcidas. un contrafuerte. al sesgo. el del Cambaio. se veía la antigua casa del establecimiento ganadero. el terre­ no escabroso. ensanchándose. terminado de golpe en barranca a plomo sobre el río y éste. el monte de la Favela se levantaba a mayor altura y a sus pies. abiertas por las erosiones intensas y por las cuales. la Canaan sagrada que el buen Jesús aislara del resto del mundo con un cinturón de sierras. el Umbiranas. estrangulado entre las cumbres del Caipá. Una faja fulgurante rodeaba la aldea v al unísono resonaban las voces de la multitud de penitentes en la me­ lopea plañidera de los benditos. Allí aparecen quebradas de bordes a pique. Habían llegado al término de su romería.

subiendo más esparcidas por las faldas del este y salpicando los altos de los morros minados de trin­ cheras. La revoltosa grey no buscaba los horizontes. rodando impetuosas con la fuerza viva de la caída. demarcaba su área más baja. al encontrarse de pronto ante un caserío compacto. Canudos era una tapera dentro de una urna. la depresión en que se erigía el poblado que que­ daba cerrado al este por las colinas. Marginaban el de Jeremoabo. en un plano inferior. Sin embargo. saltando el alto de la Favela o las laderas que caen sobre el río Sargento. El enemigo. Allá adentro se apre­ taban las casas. circundaba. el viajero que las observara. bor­ deando los caminos. De hecho. oprimido entre las últimas casas y los escalones a pique de los morros más altos. esparcidas por los cerros a manera de garitas. Desde allí. al contrario. puntilleaban el del Rosario. refugio de vaqueros inofensivos. Cuando se acercaba. y al sur por la montaña. siguiendo un eje orientado hacia el norte. pensaría en ranchos solitarios. Se disponían formando líneas iregulares de ba­ luartes. tenía condiciones tácticas excelentes. la guardaban al oeste. un formidable círculo de trincheras cavadas en todas las cumbres. el Vaza-Barris. . Cubiertos por lajas de piedra y ramajes de macambiras. planos de fuego rasantes al suelo vueltos hacia todos los rumbos. Las habría com­ prendido algún Vauban inculto. podía asediarlos golpeándolos en todas las calles con una única batería. al oeste y al norte por las laderas de las tierras más elevadas que desde allí se dirigen a los contrafuertes extremos del Cambaio y del Caipá. por los abruptos declives. torcía hacia el norte convertido en un hondo cañón. bajando escalonadamente hasta el río. En apariencia eran deplorables. una muralla y un valle. enfilando hacia todos los caminos. subiendo poco a poco en un plano inclinado semejando un extenso valle en declive. Cerrada al sur por el morro. Se desparramaban por los cerros que se sucedían innumemrables siguiendo el rumbo de Uauá. no se revelaban a la distancia. el caserío aparecía expuesto. distantes del núcleo compacto del caserío. 200. cerrando toda la bajada. por el Rosario o Calumbi. La aldea parecía dispuesta para el choque de cargas fulminantes. junto al río.Construcciones ligeras. Cada una era una casa y un reducto. se encar­ . Viniendo del este. que parecían obedecer a un plan de defensa. quedaba sorprendido como ante una trampa. trasponiendo el río y contorneando la Favela. Se sucedían escalonadas. acompañando su rápido crecimiento. Porque la ciudad salvaje tuvo desde el principio. . La plaza de la iglesia. de modo que con un golpe de vista se aquilataban las condiciones de la defensa. se expandía. Si se venía del sur. se erigían en una y otra margen del Vaza-Barris. Su curso rodeaba. libre de las faldas escarpadas.

REGIMEN DE LA URBS Allí se estableció un régimen modelado por la religiosidad del apóstol extravagante. Lo absorbía la psicosis colectiva y adoptaba el nombre que hasta entonces estaba consagrado a los turbulentos y a los valentones de las refriegas elec­ torales y saqueadores de ciudades: jagungos201. desde el creyente fervoroso que abandonaba las comodi­ dades de la vida en otros lugares. de bonzo claudicante— estaba adrede tallada para revivir los estigmas degenerativos de las tres razas 202. Subyugada por su prestigio. sin órganos y sin funciones espe­ cíficas. Aceptaban a ciegas todo cuanto les enseñaba. No les servirían. la población constituida por los más dispa­ res elementos. un trecho que recordaba un vallado enorme. inmersas en un sueño religioso. Canudos era una estereotipia de los primeros agrupamientos bárbaros. en la romería milagrosa hacia los cielos. masa inconscien­ te y bruta. . hasta el bandido suelto que llegaba con su carabina al hombro en busca de campo nuevo para sus hazañas. a la manera de un grupo de pólipos humanos. la consanguinidad moral les daba la forma exacta de un clan. . El sertanejo simple se transformaba en el fanático temerario y bruto. una escala terminal de donde saldrían sin tardanza. . la población tenía agravadas todas las con­ diciones de su estadio social inferior. de fetiche de carne y hueso. Los jagungos errantes armaban allí. donde las líneas de las cumbres se resuel­ ven en las altiplanicies. un punto de paso. POBLACION MULTIFORME Así fue que en poco tiempo. el último descanso en la travesía de un desierto: la Tierra. Canudos era el cosmos. A falta de hermandad sanguínea. por última vez. En esa hermosa región. Y éste era transitorio y breve. . habían escogido precisamente. en el cual las leyes las dictaba el arbitrio del jefe y la justicia derivaba de sus irrevocables decisiones.celaba. se convirtió en una comunidad homogénea y uniforme. sólo por la yuxtaposición mecánica de las sucesivas levas. . intactas. que crecía sin desarrollarse. limi­ taban el mundo a la línea de serranías que los ceñían y no pensaban en instituciones que les garantizaran destino en la tierra 203. vivían bajo la enfermante preocupación de la otra vida. Es natural que absorbiese. sus tiendas. todas las tendencias del hombre extraordinario en el cual la apariencia proteica — de santo exiliado en la tierra.

sin aquilatar su torpeza: "Siguió el destino de todas. Renán. El profeta les había enseñado a temer el pecado mortal del bienestar más fugaz. Para Anto­ nio Conselheiro — y también en este punto copia viejos modelos histó­ ricos— la virtud era como el reflejo superior de la vanidad. la situación dehonrosa de los bancklings entre los germanos. El extremo dolor era la extrema unción. Casi una impiedad. . impli­ caba. No es de admirar que se diese en Canudos una promiscuidad sin freno. De todas las páginas de los catecismos que había deletreado le queda­ ba un precepto único: Bienaventurados los que sufren . * Montanus ne prenait même pas la peine d’interdire un acte devenu absolument insignifiant. Les sobraban. p. . la indiferencia por la felicidad sobrenatural inminente. por el vertedero de las lá­ grimas. Al enterarse del caso escandaloso en el que la lubricidad de un des­ variado había maculado a una incauta doncella. incluyendo los santos que se destinaban al santuario común.No querían nada de esta vida. La porte se trouvait aussi ouverte à la débauche. du moment que l’humanité en était à son dernier soir. El sufrimiento duro era la absolución plenaria. cuyos dueños recibían una exigua parte quedando el resto para la compañía. el olvido del más allá maravilloso. Este desprendimento llevado hasta las últimas con­ secuencias. Que los hombres se comportaran mal o bien era una cuestión sin im­ portancia *. de los pastos. Los hijos espurios no llevaban en la frente la señal infamante de su origen. de alguna manera. Los recién venidos le entregaban al Conselheiro el noventa y nueve por ciento de lo que traían. pasó por debajo del árbol del bien y del mal”. Su deprimido sentido moral sólo comprendía la posesión de éste por el contraste de las amarguras soportadas. la comunidad absoluta de la tierra. Marc-Aurèle. . la terapia infalible contra la ponzoña de los ma­ yores vicios. Se veían bien viéndose en andrajos. Eran legión. eran venturosos en la medida de las privaciones sufridas. No le importaba que errasen si todas las impurezas de una vida infame salían finalmente. Se sentían felices con las migajas restantes. los hacía despojarse de las bellas cualidades morales larga­ mente aprendidas en la existencia patriarcal de los sertones. sólo de los objetos muebles y de las casas. tuvo una frase feroz­ mente cínica que los sertanejos repetían. de los rebaños y de los escasos pro­ ductos de los cultivos. Voluntarios de la miseria y del dolor. 215. Por eso la propiedad se les volvió una forma exagerada del colectivismo tribal de los beduinos 204: la apropia­ ción personal. gota a gota. La tentativa de ennoblecer la existencia en la tierra.

Y era lógico. Lo que urgía era anticiparlo. Es posible que fuera la intención recóndita de Antonio Conselheiro. que pasaba días alimentándose sólo con un platito de harina. . Este régimen severo tenía un doble efecto: por la debilidad volvía más vibrátil la inervación enfermiza de los creyentes y al mismo tiempo. Por natural contraste. En los consejos diarios no hablaba de la vida conyugal ni ponía normas a las parejas. por las privaciones y por el martirio. sobre las faltas más tenues. eran sus mejores discípulos. como si volviese de un festín. nula para los grandes atentados. la lenta extinción de la vida. Inexorable para las culpas pequeñas. a los que habían perpetrado el abominable crimen de faltar a los rezos. aunque no lo estimulaba. las agonías del hambre. co­ rrigiendo a los que salían de las huellas trazadas. implantando penas severísimas. Canudos era la muerte de afamados facinerosos. sus ayudantes predilectos. Llegaban allí entre­ mezclados con los matutos crédulos y los vaqueros ilusionados. Se creaba una delincuencia especial traducida por una inversión completa del concepto de crimen. antinómica en el clan policial de los facinerosos. repleto. a dispersar los hogares y a confundir en el mismo vórtice todas las virtudes y todas las abominaciones. Predicaba entonces los ayunos pro­ longados. Se cuenta que cierto día lo fue a visitar un creyente rico de las cercanías. las garantías de su auto­ ridad inviolable. quizá previstos. cuando el cataclismo inminente vendría en breve a apagar para siempre las uniones más íntimas. se veían diariamente presos por los que habían cometido la leve falta de algún homicidio. Repartió con él su escasa refacción y éste — milagro que impresionó a la aldea entera— salió del minúsculo banquete. capaces de cargar las cara­ binas homicidas con las cuentas del rosario. No de otro modo se comprende que permitiese la permanencia en la aldea de indi­ viduos cuya índole se contraponía a su placidez humilde. los más queridos del singular hombre. siniestros héroes de faca y cuchillo. En la cárcel paradojalmente establecida. la justicia era. más adelante. . Y fueron éstos. Estando en los últimos días del mundo no iba a perder el tiempo agitando preceptos vanos. los preparaba para las estrecheces de los asedios.Porque el dominador. Antonio Conselheiro dominaba la aldea. POLICIA DE BANDIDOS Gracias a su mano fuerte. . toleraba el amor libre 205. Se ejercía. La extraordinaria secta — caso de simbiosis moral en la que el ideal cristiano surgía monstruoso dentro de aberraciones fetichistas— tenía sus mejores representantes en los Bautistas truculentos. como todo lo demás. Daba el ejemplo haciendo saber por los fieles más íntimos.

Algunos fieles ricos tenían veleidades políticas. el bandidismo sertanejo. por invadir con su profesión las atribuciones sagradas del vicario. Llevaban el eterno cómplice de las horas ociosas de los matutos. el dolor de las docenas de latigazos recibidos. las expediciones eran sugeridas por indicaciones locales. unos troperos inexpertos. echó a las autoridades comen­ zando por el juez del lugar 20 7 y como entreacto hilarante de la razzia escandalosa. apelaban al Conselheiro. se conquistaban ciudades. dice el testimonio unánime de la población sertaneja. a ejemplo de miles de comparsas diseminados en este país. para reforzar a palos y a tiros. Partían de allá bandas turbu­ lentas que atropellaban los alrededores. Una sólida experiencia le había enseñado al Conselheiro todos los peligros que derivan de este hachís nacional. eufemismo que entre nosotros es el más vivo rasgo de las osadías del lenguaje. ¡Ay del dipsó­ mano incorregible que se atreviera a romper la interdicción impuesta! Se cuenta que. para realizar las "mazorcas” periódicas que la ley llama "elecciones”. Llegaba la época de las elecciones. Nuestra civilización alimentaba. donde nadie les tomaba cuenta de sus desmanes. . En un dilatado radio alrededor de Canudos se saqueaban haciendas. Los atraía el lucro resultante. cierta vez. se asaltaban lugarejos. en lugar de la ganancia apetecida. El contrabando sacrilego fue inutilizado. originándose una calurosa e inútil discusión en la Asamblea Estatal de Bahía. por ejemplo. En 1894. la sitió. torturó al escribano de los casamientos que se vio en figu­ rillas para impedir que los sarcásticos creyentes le abrieran una amplia y tosca coronilla. amargos panes con que los había obsequiado esa ingrata gente. Canudos se convertía entonces. la soberanía popular. abiertos los barriles a fuerza de hachazos. El caso es revelador. las tropelías coman­ dadas por valentones de nota se volvieron alarmantes. como siempre lo hizo. No estaba interdicto por ser un vicio sino para prevenir desórdenes. Y se volvieron llevando en las manos. Cualquier tropelía era permitida si aumentaba el patrimonio de la grey 206. tuvieron una sorpresa. Pero cuando descargaron en la plaza la valiosa carga. provisoriamente. transforman la fantasía del sufragio universal en la maza de Hércules de nuestra dignidad. Los grandes conquistadores de urnas que. fueron a Canudos llevando algunos barriles del líquido prohibido. para des­ trozar las actas. venidos de Juázeiro. era un delito serio. En Bom Conselho. una horda tomó posesión de la villa. Pero fuera del poblado podían armarse desórdenes. siguiendo rumbos preciosos.El uso de aguardiente. Y llegaron a des­ pertar la atención de los poderes constituidos. Los asaltantes volvían con los despojos a la aldea. en el cuartel de las guardias pretorianas de los capangas que de allí salían. Muchas veces.

felices de tener sobre los hombros harapos inmundos. niños. de la solicitud del jefe que era para ellos un santo protector y al cual saludaban entonando versos que hace veintitantos años corren por los sertones: Do céu veio urna luz Que ] esus-Cristo mandou. / el Día del Juicio / su alma perderá” . los últimos rasgos de vanidad en la comparación ventajosa con el santo milagrero por excelencia 2 0 8 . donde lo tenían por San Antonio Aparecido” . / Quien oye y no aprende. Pero en la aldea. Lo cierto es que abría a los desventurados las despensas repletas por las limosnas y por el trabajo comunitario. recordaban al infeliz los primeros días de su vida atormentada y le avivaban. Comprendía que aquella masa. inofensivos en tanto inválidos. (N . Allí per­ manecían.). esos asaltos constituían una enseñanza. El escritor transcribía esas cuartetas en 1879. Vivían parasitariamente. precediéndolas con el siguiente comentario: “Era. significaba la celeridad máxima. la última peni­ tencia: la construcción del templo. Eran los elegidos. a su manera. . era la savia vigorosa de la aldea. bienaventurados porque el paso tardo. por ventura. allí los aguardaba al final de la jornada. . . ¡Ya en 1879!. viejos. Santo Antonio Aparecido Dos castigos nos livroul Quern ouvir e nao aprender Quern souber e nao ensinar No dia do Juízo A sua alma penará! * Estas viejas cuartetas que guarda la tradición. E L TEMPLO Además de esto. Eran útiles. Quizá así lo entendía el Conselheiro.Ahora bien. sus mejores creyentes: mujeres. sambenitos de alguna penitencia que era su propia vida. en el camino hacia la felicidad eterna. Y las toleraba. Traducción de los versos populares: “Del cielo vino una luz / que Jesucristo mandó. exigía. Con tan pocos recursos fanatizó a las poblaciones que visitó. un misionero. digamos a falta de otro término — porque no hay pala­ bra que signifique tumulto disciplinado— un orden inalterable. dificultoso por las muletas o las anquilosidades. en apariencia inútil. A poesía Popular no Brasil. del T . Eran ejercicios prácticos indispensables para la preparación de batallas más peligrosas. * Silvio Romero. / quien sabe y no enseña. enfermos. San Antonio Aparecido / del castigo nos libró.

con su fachada estupenda. vuelto una cariátide errante sobre el edificio monstruoso. donde resonarían más tarde las letanías y las balas. el desorden mismo del espíritu delirante210. De Jeremoabo. Le sentaba la forma ambigua de santuario y de antro. levantada por los músculos gastados de los viejos. erigida como si fuese el molde monumental de la secta combatiente. El pueblo. Era rectangular. La mitad. Comenzó a levantarse la iglesia nueva. . por los brazos leves de las mujeres y los niños. lo transfigurase. her­ manando en el mismo ámbito. de la extrema debilidad humana. con la osadía de un gótico rudo e imperfecto. dispersos en pique­ tes vigilantes. encabrioladas en un delirio de curvas incorrec­ tas: rasgada de ojivas horrorosas. Durante mucho tiempo tendría ese aspecto anó­ malo. Era necesario que le contrapusieran la arx monstruosa. Allí pasaba los días. Era su gran obra. Es que la catedral admirable de los jagungos tenía la elocuencia silen­ ciosa de los edificios de que nos habla Bossuet. sin pro­ porciones. como si quisiera objetivar. mientras unos se entregaban al cultivo de las tierras o conducían los rebaños de cabras. mole formidable y bruta. Era frágil y pequeña. sin módulos. Desde la madrugada. . informe y brutal. la construyó como el monumento que cerraría su carrera. impasible. Feira de Sant’Ana y Santa Luzia partían toda clase de auxilios. de fortaleza y de templo. hormigueando abajo. la pureza de la religión antigua. vasto y pesado. la suprema piedad y los supremos rencores. Debía surgir. Los tomaban como prueba obligatoria que les desafiaba la fe. Debía ser como fue. No faltaban brazos para la tarea. el resto del pueblo trabajaba en la misión sagrada. Enfrentado al antiguo. sobre los andamios altos y bam­ boleantes. por decir así. guardaban la comarca. La levantaba vuelta hacia el levante. en el transporte de los mate­ riales. Bom Conselho y Simáo Dias hubo gran abastecimiento de ganado. . . 209. Retrataba de­ masiado en su modesto aspecto. La había delineado el mismo Conselheiro. De Alagoinhas. muchas veces se estremecía al verlo pasar lentamente sobre los tablones oscilantes. a piedra y cal. y otros. de la población de Tucano y de Itapicuru hacia allá se marchó. el nuevo templo se levantaba al otro lado de la plaza. . No se asombraban los recién llegados de los cuadros que se les pre­ sentaban. Viejo arquitecto de iglesias. o metían a saco las aldeas próximas. muy altas. Las paredes gruesas recordaban murallas de reductos. mascarada de frisos grose­ ros y volutas imposibles. antes que las dos torres. No escasearon refuerzos y recursos para la sociedad acampada en el desierto. sin un temblor en el rostro bronceado y rígido. sin reglas.La antigua capilla no bastaba. de estilo indescifrable.

término que en los sertones tiene el peor de los significados. . porque en los otros lugares todo está contaminado y perdido por la República. Y en cada uno de ellos una mezcla enorme de contrastes. . Canudos. mal anunciada por el crepúsculo sertanejo. la multitud se dividía en dos grandes grupos según el sexo. inmunda antesala del paraíso. Muchos habían ido alentando esperanzas singulares. y se les desva­ necía el milagro feliz. Allí. Resonaba en los aires el coro del primer rezo. Fulguraban las hogueras que por costumbre se encendían alrededor de la plaza. . las muchachas * Véase el resumen de Fr. rápida. Miraban el Vaza-Barris seco o arastrando las aguas barrosas de las crecientes. LAS ORACIONES Al caer la tarde. . De acuerdo con una antigua práctica. fugitivo y breve como el de los desiertos. o mejor. GRUPOS DE VALIENTES Allí estaban las bestias. Llegaban. horrendo. desenvueltas y despejadas. Y sus resplandores encuadraban la escena medio ahogada en las sombras. Llegaba la noche. pobre vestíbulo del cielo. la voz de la campana llamaba a los fieles para la ora­ ción. Se arro­ dillaba. es la tierra de promisión donde corre un río de leche y las barrancas son de maíz” *. émulas de las brujas de las iglesias. sueltas en un ocio sin frenos. las solteras. corrompi­ das de pecados viejos tardíamente penitenciados. debía ser así: repugnante. pero no se despedían de su misticismo la­ mentable. . vestidas con sus capo­ tes negros semejantes a la holandilla fúnebre de la Inquisición. en cambio. no es nece­ sario trabajar. entre los flancos como torres de las colinas. por capricho del Conselheiro. El pueblo se derramaba en la plaza. Cesaban los trabajos. . . "Los secuaces de la secta se ocupan de persuadir al pueblo de que todo el que se quiera salvar debe ir a Canudos.CAMINO AL CIELO Los ingenuos cuentos sertanejos les habían revelado desde hacía mucho tiempo los caminos fascinantes y traicioneros que llevaban al infierno. Joáo Evangelista de Monte-Marciano. aterrador.

el terror de la Volta Grande. José Venancio.doncellas o las muchachas damas. Pero no se los distingue en esos momentos por la altivez del gesto o la actitud provocadora de los velentones. un chal de lana. madejas castañas y rubias de las blancas legítimas. se olvida de las diecio­ cho muertes cometidas y de los procesos en rebeldía. todas niveladas por los mismos rezos. motas escandalosas de las africanas. de verónicas. Todas las edades. todos los colores. de cruces. frentes adorables mal tapadas por los pelos despeinados. lisas y sin elegancia. doblando contrito la cabeza. . crepi­ taban. flacos marimachos en cuyas bocas debe ser pecado mortal el rezo. Greñas maltratadas de criollas retintas. Caras marchitas de viejas. que cambiaron como héroes en desgracia. de dientes de animales. gandules de todos los matices. todas se mezclaban en el extraño conjunto. hacendados otrora ricos. una mantilla o un pañuelo de color apenas atenuaba la monotonía de los vestidos mal lavados. residuos de todos los delitos. la armadura de cuero por el uniforme de brin americano. bellos ojos profundos en cuyas ne­ gruras refulgía el desvarío místico. En la mortecina claridad de los braseros se destacan sus variados per­ files. están al frente del conjunto. más compacto. de benditos. armados. y las honestas madres de familia. De rodillas. el grupo varonil. mostrando idénticos contrastes: vaqueros rudos y fuertes. de amuletos. cabellos lacios y duros de las caboclas. la mirada traicionera y malvada se les desvanece en una vaga contemplación. y en menor número. las hogueras casi apagadas. las manos enlazadas sobre el pecho. A veces. felices por el abandono de los ganados. un rostro hermoso en el que surgían las líneas de esa belleza inmortal que el tipo judaico conserva inmutable a través de los tiempos. o de nóminas que encerraban cartas santas. Madonas unidas a furias. fisonomías ingenuas de muchachas crédulas. sin una hebilla. sin una flor. llamando la atención en esos mon­ tones de trapos. reviviendo al soplo de la brisa nocturna y echaban chorros de luz sobre la turba. recatadas y tímidas. casi reducidos a sayas y camisas destrozadas que dejaban expuestos los pechos cubiertos de rosarios. Las ropas de algodón o percal. Los prestigia el renombre de arriesgadas aventuras que la imaginación popular novela y ensancha. rostros austeros de matronas simples. . echando nubes de humo. Lugartenientes del humilde dictador. se enmarañaban sin una cinta. Acá y allá. no aparentaban la mínima pretensión de gustar. Entonces se destacaba. o tocado o cofia modesta. pero más destacados. todos los tipos. parecían una profanación cruel ahogándose en ese mestizaje repugnante que salmoneaba benditos lúgubres. . únicos atavíos que perdo­ naba el asceta exigente. Algunos ya son famosos.

la cara contraída en una mueca felina. especie de Imanus 2 1 1 decrépito. corriendo crédulos las cuentas del mismo rosario. como si fuera una prolongación. igualmente humil­ de. tallado para los arranques súbitos y osados. El ágil Chico Erna. el jefe del pueblo. Ajeno a la credulidad general. pero peligroso todavía. apenas se distingue. El viejo Macambira. que vigi­ laba en Angico. de cuerpo tatuado a bala y facón. incli­ nando el tórax atlético. finge que reza. La masa restante de los fieles los mira intermitentemente. las manos caídas. a quien se había confiado la columna volante de espías. como un traumatismo hediondo. que raramente abandonaba el santuario. el audaz Pajeú. está de bruces en el suelo. Antonio Fogueteiro. cafuz bruto que con treinta hombres escogidos guardaba las vertientes de la Canabrava. . el astuto Joáo Abade. Pedráo. un explorador solitario. Lalau.A su lado. vigía sin lugar fijo. teniendo a su lado al hijo. que había logrado vengar centenares de conflictos gracias a su rara invulnerabilidad. el . con miradas cariñosas. de rodillas sobre el trabuco cargado. las novedades. Norberto. Extático. mulato espigado. Fabricio de Cocorobó. adelgazado por los ayunos. su ayudante inseparable. flaquísimo. dos hermanos encargados del mando de los piquetes de vigilancia en las entradas de Cocorobó y Uauá. insinuándose por las casas. de estatura más elegante. Y al frente de todos. Joaquim Tranca-pés. de corazón débil. negro fuerte y deforme. llenas de esperanzas. Chiquinho y Joáo da Mota. pero de espíritu infernal en la prepara­ ción de trampas increíbles. poco aficionado a la lucha. rostro de bronce anguloso y duro. una figura ridicula. Lo completa. En medio de estos perfiles trágicos. otro espécimen de guerrillero sañudo. de Pau Ferro. Antonio Beato. especie de funámbulo patibulario. un creyente abnegado que alcanzaría la primera victoria sobre la tropa oficial. aparece junto a un cabecilla de primera línea. En seguida. Vila Nova. predes­ tinado a la jefatura suprema en los últimos días de Canudos. escudriñando todos los rincones de la aldea y transmitiendo a cada instante al jefe supremo. que figuraría en un hecho de heroísmo. el mirar absorto en los cielos. . Joaquim. según el decir de los matutos. inquieto y temerario. Era el guardián del Cambaio. muy de la intimidad del Conselheiro. medio sacristán. Esteváo. medio soldado. incan­ sable reclutador de prosélitos. abraza en su mirada dominadora a la turba genuflexa. del Itapicuru. Se le antepone por el aspecto. José Félix. próximo a un digno émulo de sus tropelías. Quinquim de Coiqui. niño arrojado e impávido. misionero de escopeta. el comandante de la plaza. hombro a hombro con el Mayor Sariema. apartado. más tarde. observando. el tragicómico Raimundo Boca-torta. en los intervalos de los kyries de sílabas increíbles. aparecen unidos. indagando. espiando. José Gamo.

todos los santos. como si un tumulto invadiese la asamblea a medida que pasaban las sagradas reliquias. completando en el ritual fetichista la transmutación del cristianismo incomprendido. todavía quedaba la ceremonia última del culto. todas las cuentas de los rosarios. tomaba un crucifijo. Era el besado de las imágenes. Pero el misticismo de cada uno iba. lo mi­ raba con la mirada de un faquir en éxtasis. el remate obligado. el encargado del altar. postrándose profundamente y le imprimía un prolongado beso. Por fin. A cada rato. Y un tipo increíble. apagándoles la resonancia sorda. por todas las manos. Las emociones aisladas se desbordaban. salían las últimas entregadas por el Beato. Y detrás venían en sucesión. aún reprimidas. de iluminados. au­ mentando por el contagio irreprimible de la misma fiebre. desequilibrándolas en violentos estremeci­ mientos. poco a poco. que tenía bajo sus órdenes a las beatas de vestidos azules ajustados con cuerdas de lino. innumera­ bles y en aumento. asaltaba a la multitud un desvarío irreprimible. Apretando contra el pecho las imágenes babeadas de saliva. que miraba todo eso con indi­ ferencia nobiliaria. Recorridas todas las escalas de las letanías. Antonio Beatinho. de los mea culpas ansio­ samente susurrados por las gargantas ahogadas y de las primeras excla­ maciones sofocadas. registros.Taramela. verónicas y cruces. Después levantaba una virgen santa reeditando las mismas acciones. la naturaleza tenía un devoto. los tañidos y el golpeteo de las . rimados todos los benditos. confundiéndose en la neurosis colectiva. la agitación aumentaba. hacían movimientos compulsivos. encargadas de la ropa y de la exigua refacción de aquél. Era el curandero: el médico. el grupo varonil de los luchadores. Estallaban ex­ clamaciones entre piadosas y coléricas. cuando las primeras ya alcanzaban las últimas filas de creyentes. penetrase en las conciencias. se desmayaban. lanzaban gritos lancinantes. y como si las fuerzas sobrenaturales que el animismo ingenuo daba a las imágenes. que vivía investigando el valor medicinal de las plantas. Y se acumu­ laba la embriaguez y el atontamiento de aquellas almas simples. mayordomo del Conselheiro. que pasaban una por una. entonces lo entregaba al fiel más próximo que repetía sin variantes la misma escena. para no perturbar la solemnidad. Se oían los besos chirriantes. guardián de las iglesias. además de encender diariamente las hogueras para los rezos. lo apretaba contra su pecho. los rezos se prolongaban. Manuel Quadrado. por todas las bocas y por todos los pechos. lentamente entregados a la multitud ávida. En general. entre el estrépito. el vocear indis­ tinto de las prédicas balbuceadas a media voz. En esa multitud. Lo había establecido el Conselheiro. después un buen Jesús. confundiéndose repentinamente. mujeres alucinadas caían en las contorsiones violentas de la histeria y criaturas asustadas se desa­ taban en llanto. invadido por la misma aura de locura. ajeno al desorden.

los ojos puestos en el límite de la plaza. Los perfeccionistas exagerados irrumpen entonces. El antagonismo era inevitable. Este subía a una pequeña mesa y predicaba. tuvimos de improviso. Viviendo cuatrocientos años en el litoral vasto en el que palidecen los reflejos de la vida civilizada. De golpe. en el centro mismo del país. Pero. del mismo modo que los iluminados de la Edad Media se sentirían a gusto en este siglo. comparte la cuna del renacimiento alemán215. a una sociedad vieja. ilógicos. de pronto. Las dos son abstracciones inaccesibles para él. Entre nosotros el fenómeno fue todavía más explicable. Quedaban todos sin aliento. ¿POR QUE NO PREDICAR CONTRA LA REPUBLICA P Predicaba contra la República. . tuvimos resucitada y en armas frente a nosotros. encontrarían en ella relaciones anti­ guas. todo I9 mejor que existe en los códigos orgánicos de otras naciones. espigando. cuando un gran movimiento civilizador impulsa vigorosamente a las capas superiores. No podíamos conocerla. Es cierto212. en faena ciega de copistas. huyendo de la mínima transigencia con las exigencias de nuestra propia naciona­ . Insistimos sobre esta verdad: la guerra de Canudos fue un retroceso en nuestra historia. relevantes sobre todo. como inesperada he­ rencia. a la República. Ilusionados por una civilización prestada. y la sombría Sturmisch. contrastes inevi­ tables en la desigual evolución de los pueblos. junto a la puerta del Santuario abierta y encuadrando la figura singular de Antonio Conselheiro. Los aventu­ reros del siglo xvn. . impulsados por el caudal de las ideas modernas. seguramente. inexplicablemente inspirada por el genio de Klopstock. dentro del industrialismo triunfante de América del Norte. No la conocíamos. vibraba en el mismo rictus misterioso en que explo­ taba el misticismo bárbaro. El jagungo es tan inepto para comprender la forma republicana como la monárquica institucional. Derivaba de la misma exacerbación mística. . era una variante del delirio religioso. Está en la fase evolutiva en la que sólo se concibe un imperio comandado por un jefe sacerdotal o guerrero. una sociedad muerta. el tumulto cesaba. Espontáneamente es adversario de ambas. a un tercio de nuestra gente. galvanizada por un loco 213. .armas al chocar. Inopinadamente. entre los demonópatas de Varzenis 21 4 o entre los stundistas de Rusia. Porque esas psicosis epidémicas aparecen en todos los tiempos y en todos los lugares como anacronismos. dejando en la penumbra secular. ascendimos. Pero no traslucía el más pálido tinte político.

dejamos que entre ellos se formase un núcleo de maníacos. reeditando por nuestra cuenta el pasado. Cuando en los últimos días de la aldea estuvo permitido el ingreso al caserío destrozado. asaltó el ánimo de los triunfadores una decepción dolorosa. Achicamos su espíritu al concepto estrecho de una preocu­ pación partidaria. cualquier papel escrito y principalmente. un adversario serio. revolucionariamente. sin la espontaneidad de los improvisadores sertanejos. los versos encontrados. rimando los desvarios en estrofas sin color. Ellos resumían la psicología de la lucha. lo que más estimulaba la codicia de los vencedores. es la misma religiosidad difusa e incongruente. más extranjeros en esta tierra que los inmigrantes de Europa. dejaron vivos documentos en los versos disparatados. Los rudos poetas. . Pobres papeles. eran las cartas. . . en los que la ortografía bárbara corría pareja con los más ingenuos absurdos y la escritura irregular y fea parecía una foto­ grafía de los pesamientos torturados. Valían todo porque nada valían. Tuvimos un espanto comprometedor ante aquellas aberraciones monstruosas. en el más pobre de los saqueos que registra la historia. para el cual la rebelión era un aspecto de su propia reacción contra el orden natural. y con arrojo digno de mejor causa. Nada quedó exento de la curiosidad insaciable. Copiamos algunos al azar: "Sahiu Don Pedro segundo para e reino de Lisboa . 218. en una entrada sin gloria. por nuestra falta de previsión. capaz de destruir las nuevas instituciones. que transcribimos pensando como Renán que esos balbuceos rudos y elocuentes son la segunda Biblia del género humano. cómo reflejaban la turbación intelectual de un infeliz. Porque lo que en ellas vibra. suprema indicadora del triunfo efímero del Anti Cristo. Vimos en el agitador sertanejo. donde los despojos más valiosos fueron imágenes mutiladas y rosarios de cocos. pala­ dín del antiguo régimen. no vimos los rasgos salientes del acon­ tecimiento. Registraban las prédicas de Anto­ nio Conselheiro y al leerlas se pone de manifiesto cuán inocuas eran. . Y cuando. La victoria duramente alcanzada les daba derecho al saqueo de las casas en ruinas. las huellas apagadas de las bandeiras. Y Canudos era la Vendée. Porque no los separa un mar. los destro­ zamos a carga de bayonetas. más hondo el contraste entre nues­ tro modo de vivir y el de aquellos rudos patricios. Ahora bien. con muy poca significación política. en todas sus líneas. Denunciaba a la República — pecado mortal de un pueblo— como una herejía. El rebelde arremetía contra el orden establecido porque se le figuraba inminente el reino prometido de Dios. volvemos. los separan tres siglos. reabriendo en esos sitios desgraciados.lidad.

Traducción de los versos populares: “Salió don Pedro segundo / hacia el reino de Lisboa. / abatiendo la ley de Dios. . / suspendiendo la ley del can” . “Protegidos por la ley / esos malvados están. / para engañar sólo al pueblo. / Brasil a la deriva” . / ellos tienen la ley del can.acábosse la monarquía o Brasil ficou atoa” La república era la impiedad: "Garantidos pela lei aquelles malvados estño nos temos a lei de Deus elles tem a lei do cao! "Bem desgragados sao elles pra fazerem a eleigáo abatendo a lei de Deus suspendendo a lei do cáol "Casamento vao fazendo só para o povo illudir vao casar o povo todo no casamento civil! Pero el gobierno demoníaco desaparecerá en poco tiempo: "Dom Sebatiao já chegou e traz muito regimentó acabando como o civil e fazendo o casamento! "O Anti-Cristo nasceu para o Brazil gobernar mas ahi está o Conhelheiro para delle nos livrarl "Visita nos vam fazer nosso rei Dom Sebastiáo coitado daquelle pobre que estiver no lei do cao * 2 1 7 * Conservamos los originales de estas cuartetas cuya ortografía alteramos en parte. / van a casarlos a todos / en casamiento civil” . / Se acabó la monar­ quía. / Bien desgraciados son ésos / para hacer la elección. / nosotros tenemos la ley de Dios. “Casamientos van haciendo.

Luego toma por un atajo tortuoso. cruza el río y se acerca a las primeras casas. Descendió lenta­ mente la ladera. Pero antes se intentó una empresa más noble y más práctica. Acompañémoslo. Lo atraviesa se­ guido por sus dos compañeros de apostolado. cierta mañana de mayo. Pasa impasible por delante de la capilla a cuya puerta se adensan compactos grupos. Observó por unos instantes la aldea extendida abajo. pues a tanto remontaba su ausencia. etc. Requerían otra reacción.” y tiene la impresión de haber caído. apareció.). / acabando con el civil / y haciendo el casamiento” . de pronto. Eran realmente muy frágiles aquellos pobres rebeldes. Nosotros les enviamos el legislador Comblain 2 1 8 y ese argumento único. en medio de un campamento de beduinos. facones. Seguido de Fray Caetano de Sao Léu y del vicario del Cumbe. en lo alto de un contrafuerte de la Favela. . A poca distancia de la puerta pasan ocho difuntos llevados sin señal religiosa alguna hacia el cementerio que quedaba al fondo de la iglesia vie. denun­ ciando conciencias perturbadoras e intenciones hostiles”. Fray Joáo Evangelista de Monte-Marciano. Resumía su programa. “El Anticristo nació / para el Brasil gobernar. Alcanza la plaza desbordante de pueblo "cerca de mil hom­ bres armados de carabinas. Daniel va a penetrar a la jaula de los leones. “Visita nos viene hacer. UNA MISION ABORTADA2 1 9 En 1895.La ley del can. "Don Sebastián ya llegó / y trae un gran regimiento. debida al dolor por el desacato sufrido) y tratan de superar la jornada pgo*adora. Les conmovía el espectáculo de los infelices que acababan de encon^ar armados hasta los dientes y el cuadro emocionante de esa Te­ baida 2 2 1 turbulenta. la extraña figura de un misio­ nero capuchino. / nuestro rey don Sebastián. Nos obligaban a otra lucha. Y nos dispensa de todo comentario. incisivo. No se desanima pues está blindado por la tranquila fortaleza de los após­ toles.a: ocho redes bajo las que sudaban cargadores sin aliento pasando. "el aire inquiero v la mirada al mismo tiempo indagadora y siniestra. La gente sale a verlos. del T . Llegan por fin a la casa del viejo vicario del Cumbe 22 0 (que estaba cebada desde hacía más de un año. / pero ahí está el Conselheiro /’ para librarnos de él” . / pobres de los que están / en la ley del can” . (N . supremo y moralizador: la bala. Ese era el apotegma más elevado de la secta. flanqueada por otras dos. garrochas.

Los cabellos crecidos y descuidados le caían sobre los hombros. . Dejan la casa. * Seguimos el Relatório de Fr. Por eso. Entran a la plaza. . guiados por el viejo solitario que roza­ ba por ese tiempo los sesenta años y cuyo cuerpo. "los grupos de hombres cierran filas junto a la puerta de la Capilla” y les abren espacios para el paso. . La atraviesan sin que ninguna hostilidad los perturbe y llegan a la sede de los trabajos. Aquel agasajo era una media victoria.rápidos. No se le podían pedir mejores preliminares a la misión. doblado sobre el bastón. lentamente. Pero le cupo al misionero anu­ larla desgraciadamente. iba a abrir una santa misión para aconsejar al pueblo que se dispersara y volviera a sus tierras a tra­ bajar en los intereses de cada uno y para el bien de todos”. " . Al llegar al coro. había corrido la nueva de la llegada. Entran en el pequeño templo y se hallan frente a Antonio Conselheiro quien los recibe de buen grado y les dirige la misma salutación. el porte grave y aires de penitente” impresionan enormemente a los recién llegados *. Entonces los frailes lo fueron a buscar. Permanecía indi­ ferente. Monte-Marciano. y por orden del señor Arzobispo. aproveché la ocasión de estar casi a solas y le dije que el fin de mi visita era pacífico y que por eso me extrañaba ver allí hombres arma­ dos y que no podía dejar de condenar el que se reuniesen tantas fami­ lias en un lugar tan pobre para entregarse al ocio. Les informa de los trabajos. Fue una precipitación inútil e improcedente. De nuevo toman por el callejón sinuoso. tenía la cabeza descubierta y empu­ ñaba un bastón. indigno de la más breve atención. el rostro alargado. las largas barbas grises más que blancas. Del grupo temeroso parte la salutación de paz: "Loado sea Nuestro Señor Jesucristo” y la respuesta de práctica: "Para siempre sea loado!”. sacudiéndose a cada rato con accesos de tos. "Vestía una túnica de brin azul. El fracaso sobrevino de inmediato. avanzaba tardo. Y allá van todos. Quiebra su habitual reserva y mutismo. en un abandono y una miseria tales que se daban diariamente de ocho a nueve muertes. El Conselheiro parece alegrarse de la visita. le parece llegada la ocasión para hacer la interpelación decisiva. se presta a servirles de guía por el edi­ ficio. asistiendo a los trabajos de construcción de la capilla. como si en la siniestra ciudad el muerto fuese un desertor del martirio. ansiosos por desprenderse de ellas. La cordial recepción los reanima. Mientras tanto. los invita a observarlos. sin que el Conselheiro fuese al encuentro de los emisarios de la iglesia. de una palidez cadavérica. como estaban un poco alejados de los fieles que los seguían a distancia. los ojos hondos pocas veces levantados para mirar a alguien.

dice por sí mismo las causas del fracaso. no satisfizo al capuchino que te­ nía el coraje de un creyente pero no el tacto fino de un apóstol. exclamaban: "Quere­ mos acompañar a nuestro Conselheiro”. Era. Esta explicación respetuosa y clara. faltándole solamente tener bajo los pliegues del hábito la escopeta del cura de Santa Cruz: "Nosotros mismos. sin excepción de los monárquicos de allá. hubo monarquía durante muchos siglos. por­ que reconocía al gobierno. Descubrió. Lo con­ tradijo. Signo de desorden inminente. por cierto. porque Vuestra Reverencia ha de saber que la policía me atacó y me quiso matar en un lugar llamado Maceté m. a una sola voz. la vuestra es una doctrina errada!”. ahora no. la figura del pro­ pagandista. parafraseando la Prima-Petri22 4: — "Señor. la frase de San Pablo en pleno reinado de Nerón 225. entera. Que el mismo misionero hable: "Este los hace callar y volviéndose hacia mí. aquí en el Brasil. Desde la multitud partió rá­ pida la réplica arrogante: — "La doctrina de Vuestra Reverencia es falsa. reconocemos al gobierno actual. comenzando por el obispo y si­ guiendo hasta el último católico. no la de nuestro Conselheiro!”. inconsciente del significado real del levantamiento sertanejo. y fue un desafío imprudente. "Mientras decía esto. y todo el pueblo. a quien no escandalizaban los ritos bárbaros de los sajonios. la capilla y el coro se llenaban de gente y no había terminado de hablar cuando. La frase final vibró como un apostrofe. en Francia. obedecen a las autoridades y a las leyes del gobierno”. pero desde hace más de veinte años está la república. . la aprobación de San Gregorio. ¿sola­ mente vosotros no os queréis sujetar? ¡Ese es un pensamiento malo. Fray Monte-Marciano. que es una de las principales nacio­ nes de Europa.Esta intransigencia. casi sin variantes. el Grande 2 2 2 . esta mal sopesada irritación. donde se produjeron muertes de uno y otro lado. quebrando la finura diplomática en las aristas rígidas del dogma. Y continuó: "Y así en todas partes. Los detuvo la placidez admirable. porque no reconozco a la Re­ pública”. no tendría. dice: — Es para mi guarda que tengo conmigo a estos hombres armados. enseña que los poderes constituidos rigen a los pueblos en nombre de Dios”. En tiempos de la monarquía me dejé prender. si eres católico debes considerar que la Iglesia condena las rebeliones y aceptando todas las formas de gobierno. la mansedumbre — ¿por qué no decir cristiana?— de Antonio Conselheiro. en ese remover de nulas consideraciones polí­ ticas.

como un fiscal severo. vivando al Buen Jesús y al Divino Espíritu Santo. como medio de mor­ tificar la materia y refrenar las pasiones. . el tumulto dispuesto a explotar sé retrajo por un gesto del Conselheiro que. "emi­ sario del gobierno y que de entendimiento con éste iba a abrirle el camino a la tropa que vendría de sorpresa a prender al Conselheiro y a exterminarlos a todos”. violando un viejo privilegio. También asistía el Conselheiro. en la actitud de quienes van a la guerra”. La reacción fue inmediata. Estaba la misión en su cuarto día. pistolas y facones. La comandaba Joáo Abade. congregó a todos los fieles. Escogió como tema de la prédica siguiente el homicidio y. Sucedió un 20 de mayo. Fue así que predicando el fraile sobre el ayuno. La afrontó temerariamente. entre los cuales estaban todos los hombres sanos: " . y siempre con gran concurrencia. "dejando escapar cada tanto algún gesto de desa­ probación que los líderes de la grey confirmaban con protestas incisivas”. No tuvo temor de la rebelión emergente. interrumpió el ser­ món la réplica irónica e irreverente: — "¡Mírenlo! ¡Eso no es ayuno. Se reunieron y marcharon. hacia la casa donde residían los visitantes y les hicieron saber que no los necesitaban para la salvación eterna. Pero las protestas no tuvieron gravedad. más bien. eso es comer y hartarse!”. porque "se puede ayunar muchas veces comiendo carne en la cena y tomando por la mañana una taza de café”. Comenzó una intensa propagan­ da contra "la prédica del padre masón protestante y republicano”. al lado del altar. con sobriedad pero sin exigir angustias. 102 bautis­ mos y más de 400 confesiones” el resultado había sido nulo o. La misión había muerto. le dijo: — "Yo no desarmo a mi gente. . cerca de cinco mil asistentes. Pero la iniciativa comenzaba bajo malos auspicios.Esta vez. cuyo silbato. volviéndose hacia el misionero. con la cartuchera colgada a la cintura y el gorro en la cabeza. A pesar de ello. se explayó en alusiones imprudentes que excusamos registrar. Sólo alguno que otro exal­ tado. atento e impasible. sin reparar en los peligros de su tesis. hablando de la cuerda en casa del ahorcado. vibrando en la plaza. espingardas. se permitía interrumpir la oratoria sagrada. negativo. . cuando reincidió el capuchino en el tema político para empeorar las cosas. séptimo día de la misión. garrotes. Exceptuando "55 casamientos. pero tampoco estorbo a la santa misión”. aún. actuó en paz hasta el cuarto día. cargando carabinas.

. Y se marchó. . escondiéndose seguramente por los vericuetos. . Observa por última vez el poblado. . allá abajo. .MALDICION SOBRE LA JERUSALEN DE BARRO El misionero "como otrora los apóstoles ante las puertas de las ciudades que los rechazaban. acompa­ ñado de sus dos socios de reveses. sacudió el polvo de sus sandalias” apelando al vere­ dicto tremendo de la justicia divina. . Se detiene un momento. Se equipara al "Divino Maestro de­ lante de Jerusalén”. Llega a lo alto de la montaña. Pero maldijo. . Y lo invade una ola de tristeza. Salta el cruce entre los declives de la Favela.

conservaron en su ocio turbulento la índole aventurera de los abuelos. Y como. hasta las márgenes del Sao Francisco. Uauá. a los rudos vaqueros que la siguieron. La habían buscado hacía doscientos años los aventureros picaneados por el ansia de riquezas. De modo que sin necesidad de utilizar los cultivos para despertar las energías de un suelo en el que no se afincaban y recorrían en el trabajo sin rumbo de la búsqueda del oro. el poblado de Brito Mendes había caído en manos de otros insurrectos.— Preliminares. La ciudad de Len^óis había sido atropellada por una banda de facinerosos. ANTECEDENTES El mal era antiguo. y en Jequié se cometían toda clase de atentados 226. Antecedentes.LA LUCHA I. I I — Causas inmediatas de la lucha. cuyas incursiones llegaban hasta las Lavras Diamantinas. I PRELIMINARES Cuando se volvió urgente pacificar el sertón de Canudos. la habían examinado afanosamente por las serranías y por las nacientes de los ríos e hicieron algo más.— Preparativos de la reacción. 111. antiguos constructores de desiertos. se fueron acabando las piedras mezcladas con dia­ mantes. aquella región no mostraba su opulencia. . desde hacía mucho tiempo era dilatado teatro de tropelías de los indisciplinados habitantes del sertón. donde por muchos años el oro en polvo o el diamante bruto eran moneda corriente. esterilizaron la tierra con las excavaciones mineras y la áspera vestimenta pedregosa. tuvieron que recurrir al bandidismo franco. Rica en espléndidas minas. le legaron a la prole errabunda y por contagio. poco a poco. libremente expandida por la región fecunda. la misma vida desenvuelta e inútil. I V — Autonomía dudosa. el gobierno de Bahía enfrentaba otras insurrecciones. La guerra de las caatingas. La porción de territorio recortada por las laderas del Sincorá.

de súbito. resumen de atributos esenciales de unos y de otros. Aquéllos venían del este. Nuestra historia tan vapuleada por héroes sin disciplina. adquiría uno de sus más sombríos actores. Se metamorfosea la situación anterior y esta nueva se empareja con la sociedad ruda y tranquila de los cam­ peros. aquella . lo tenían en las ruinas de las aldeas indígenas. Ya vimos cómo se formaron allí los mamelucos bravos y activos. después de esbozar quizá el único aspecto útil de nuestra actividad en aquellos tiempos. saqueador de ciudades. entre el torbellino de las bandeiras y el curso de las misiones. su germen en un esta­ blecimiento de ganado. la vibración del bandeirante. deteniéndose ante la barrera de sierras que van de Caetité al norte y cuando las minas agotadas les exigían aparatos para la extracción intensiva. actualmente. Lo traspusieron. cuando se descubrieron las minas del Río de Contas hasta Jacobina. desde el comienzo del siglo x v m . Al frente tenían aquel maravilloso valle del río das Eguas y tan aurífero se les apareció. el jagungo. El mandón político sustituyó al capanga en decadencia. había brotado. un claro caso de reacción mesológica. Y tendremos al jagungo 230. inter­ puestos tan a propósito en la época colonial. para formar nuestra nacionalidad naciente y crear una situación de equilibrio entre el desvarío de las exploraciones mineras y las utopías románticas de los misioneros 227. Por los campos de cría aparecían los montones de arcilla revuelta de las catas.El jagungo. Vamos a ponerla de relieve. una y otra caracterizada por el nomadismo. Imaginemos que dentro de la armazón del vaquero estalle. Por mucho tiempo recorrieron la región. La transición es. sucedió al buscador de diamantes y oro. de las vaquerías trabajosas a las incursiones de los bandoleros. Pero no dieron un paso más. En ese punto se acercaban a los límites de Goiás. el saqueador de la tierra. tuvieron peligrosos conductores que no les quitaron el varonil carácter pero los condujeron hacia lamentables destinos. Nace del cruce tardío entre cola­ terales que el medio físico diversificara. que en carta dirigida a la reina María II (1 7 9 4 ) 22 9 el oidor de Jacobina afirmaba: "que sus minas eran la cosa más rica que jamás se descubrió en los dominios de Su Majestad” . tuvieron entre los bosques que van de Macaúbas a Aguruá. y de la envergadura atlética del vaquero. En efecto. en lugar de tener. Y la tierra. antes que nada. en la actividad bifronte que oscila. empavoreciendo al salvaje a látigo y fuego y fundando poblados que. Las devastaron hasta alcanzar una nueva barrera en el río Sao Fran­ cisco. Es un producto histórico revelador. Aquellos hombres. nuevos parajes opulentos que los atraían hacia el centro de las tierras 228. como los ya existentes. como un elemento conservador. al contacto con los sertanistas ambiciosos se transformaron. temerario. Realizaron una deplorable empresa. por la combatividad y por una ociosidad singular surcada de tropelías.

en 1879. Su conformación original. Uno de ellos se destaca. lo vuelven lugar predilecto de las romerías piadosas provenientes de los sitios más lejanos. en 1804. conforme el valor de la impunidad que la influencia del patrón ejerce”. Lo vamos a ejemplificar. de Goiás. *. de donde habían partido. lujosos proyectiles hechos de plomo y plata. De allí salen en aventuras. * * Caetano Pinto de Miranda Montenegro. las rivalidades partidarias y los desmanes de la intolerable política de los potentados locales. Con. volviendo a Carinhanha. lo ampara de igual modo ante las exigencias de la vida combatiente. por otro aspecto. de Cuiabá hacia Recife. Y a pesar de los ribetes emocionantes de algunos hechos y de que se destaquen. un rasgo sombrío de religiosidad: facas y espingardas. los hace contratar en ese gran vivero. hasta Xique-xique. . andando 670 leguas. en todo el valle del gran río. denuncian la génesis remota que estamos exponiendo. en cuanto a las balas. con sus sierras de cumbres altaneras que resuenan como campanas. a su vez. Es La Meca de los sertanejos. el visitante observa. (Liv. de Piauí. . de Sergipe. . allá están. por el teniente coronel Durval Vieira de Aguiar. legen­ daria en las campañas electorales del imperio231. más la leyenda del monje que allí vivió en compañía de una onqa. forman la patria originaria de los hombres más bravos y más inútiles de nuestra tierra * * *. en los lugares donde más viva era la actividad minera. El más oscuro de aquellos poblados tiene su tradición especial y siniestra. 1804-1809). en la galería argentífera del Aguruá. De esta villa hasta el norte. sustentaba a los rebaños en las bajadas salinas de los barreiros. yendo. que conquistaron. precisamente. * Ver Descrigóes práticas da Provincia da Bahia. 16. pasó por la Barra del río Grande y en el relato que hace al Visconde de Anadia. Avanzando contra la corriente. que culminan siempre con el incendio y el saqueo de villas y ciudades. Le da gratis el salitre para la composición de la pólvora. sus grutas de ámbito caprichoso que se abren como las naves de una iglesia. dice. ante todo. ostentando en los techos candelabros de estalactitas y por los corredores osarios dilu­ vianos. Es natural que desde los comienzos del siglo pasado la historia dra­ mática de los poblados del Sao Francisco empezara a mostrar una situa­ ción anómala * '*. ya habían llegado. el del río Préto. alquilada su bravura por los potentados. * * * “Quien necesita jagungos en el río Sao Francisco. Entre las dádivas que yacen en considerable cantidad por el suelo y las paredes del extraño templo. da Córte. Todo el valle del río das Eguas y hacia el norte. refiriéndose a esos lugares que “en ninguna parte de los dominios portugueses la vida humana tiene menos seguridad” . Teniente coronel Durval. cargados de despojos. lo demás se consigue fácilmente. No se puede describir en media docena de páginas. El rifle con la munición es el precio. la his­ toria de las depredaciones es cada vez mayor. los desórdenes que surgían. id. incontables.incomparable tierra que incluso desnuda y empobrecida por las sequías. junto a las imágenes y las reliquias. el de Bom Jesús da Lapa. a la ciudad minera de Januária.

Ordinariamente. con sus animales renguean­ do por el peso de las cargas preciosas. Confiesa. asumiendo el papel de interventores neutros entre las facciones comba­ tientes. No le faltará uno solo al término de su viaje. le dirige la palabra gentilmente y se ríe de su temor. El forastero. intactas. puede pasar con la misma inmunidad. Fuera de esto. Cae de rodillas. en camino hacia el litoral. El concepto es paradojal pero cierto. devotamente. la cabeza descubierta. No pocas veces. a un grupo de jagungos. Monte Santo y otras. Son lugares en donde el desorden estaba establecido y sostenido por un bandolerismo disciplinado. La justicia ar­ mada parlamenta con los bandoleros. la cabeza doblada y los ojos puestos en el suelo húmedo del calcáreo trasudante. El saqueo de las poblaciones que conquistan es su derecho de guerra y en este punto. en la última fase de una decadencia que comenzó en 1856. Al cabo cumple la promesa que hiciera. Piláo Arcado. ajeno a las luchas partidarias. Xique-xique. Vanidosos de su papel de bravos disciplinados.El bandido entra allí. contrito. existe un orden notable entre los jagungos. otrora floreciente y hoy desierta. Reanuda su vida temeraria. donde durante dé­ cadas se combatieron liberales y conservadores. erecta entre montañas e inaccesible hasta hoy. Lo enciende con un solo golpe en el yesquero y deja pasar. Y reza. golpeándose el pecho. Trae el sombrero de cuero en la mano y el arma en bandolera. son raros los casos de robo. Sale sin remordimientos. Vuelve a su banda. de hecho. éstas consiguen pacificar los lugares conflictuados. Macaúbas. la ciudad de Santo Inácio. se detiene temeroso al ver aparecer por el camino. pues los consideran una mancha para su honra. un viajero de paso por ahí. Cerca de diez u ocho leguas de Xique-xique está la capital. feliz por el trributo que rindió. Lo saluda. ese viejo régimen de desmanes. El carabinero jefe se le aproxima. Después le exige un tributo: un cigarrillo. balancea las condiciones de uno . restringen sus desórdenes a las mi­ núsculas batallas a las que entran militarmente regimentados. para que le fuese favorable el último combate afrontado y entrega al buen Jesús el trabuco que tiene grabado. con los bolsillos repletos de diamantes y pepitas de oro. los absuelve la historia entera. delatan en las viviendas destrozadas a fuerza de bala. inesperadamente. Es como una acción diplomática entre potencias. Pero en seguida pierde el miedo. El más frágil camarada puede atravesar inerme e indemne. . a todas las diligencias policiales. y todos los establecimientos agropecuarios dentro de sus límites. aquellos campos y montes. el número de muertes cometidas. . Porque. Son innumerables los casos de este tenor que revelan la notable nobleza de esos valientes desgarrados 232. a tajos. la vida y la fortuna del viajero. las viejas culpas.

Sabía que el adversario reaccionaría ante la provocación más ligera. Se distingue del jagungo por la minúscula variante del arma que usa: la parnatba. Las dos sociedades hermanas tuvieron una prolongada separación que las aisló a una de la otra. Porque el cangaceiro *. La campaña de Canudos nació de la convergencia espontánea de todas esas fuerzas perdidas por los sertones. y los jagungos en sus incursiones por el norte. Esto sucedió en octubre de 1896. El principal representante de la justicia de Juázeiro 234 tenía una vieja deuda que saldar con el agitador sertanejo. discute. Todo indica que el hecho fue adrede. es un producto idéntico con nombre diferente. siendo juez de Bom Conselho. Lo historiamos según los documentos oficiales: * Cangaceiro. aquél retrucó con la amenaza de una em­ bestida contra la población del Sao Francisco.y otro bando. las maderas serían tomadas a la fuerza. . evita los ultimatos y acaba ratificando verdaderos tratados de paz. se daban las espaldas separados por la valla en declive de Paulo Afonso. fuera obligado a abandonar la comarca precipita­ damente por el asalto de los adeptos del religioso. II CAUSAS INMEDIATAS DE LA LUCHA La determinó un incidente minúsculo. desde Paraíba a Pernambuco. Antonio Conselheiro había adquirido en Juázeiro cierta cantidad de madera que no le podían proveer las caatingas paupérrimas de Canudos. que su­ planta la fama tradicional de la carabina de boca de campana. Hizo el negocio con uno de los representantes 23 3 de las autoridades de aquella ciudad. Pero había terminado el plazo de entrega del material y no lo había recibido. con vistas a provocar un rompimiento. complejo de armas que traen los bandoleros. los estigmas hereditarios de la población mestiza se han fortalecido con la transigencia de las leyes. Franklin Távora. No sorprende que hayan crecido hasta avasallar todo el valle del Sao Francisco y desbordado hacia el norte. La insurrección de la comarca de Monte Santo iba a unirlos. de hoja rígida y larga. sancionando la soberanía de los bandidos impunes. O Cabeleira. “El asesino fue a la feria debajo de su cangago. dicen los habitantes del sertón” . Entonces aprovechó la situación para cobrarse la afrenta. Los cangaceiros en sus incursiones por el sur. De hecho. desde la época en que. ante la violación del trato hablado. derivado de cangago. Así.

hizo salir un tren expreso y bajo el mando del teniente Pires Ferreira. la cual debía proceder allá de acuerdo con el Juez de Derecho. un telegrama urgente comunicándome que corrían rumores. "Reducida la fuerza policial acuartelada en esta Capital. por todos los rincones sertanejos donde había dejado como enormes señales. desdeñando los antecedentes de la cuestión. 1897. que no contase con adeptos fervorosos del apóstol y que no le debiese la reconstrucción de un cementerio. de que aquella floreciente ciudad sería asaltada en esos días por la gente de Antonio Conselheiro. por oscuro que fuese. requerí del señor General comandante del distrito2 3 5 . no había una sola aldea o lugarejo. punteando su paso. Día a día iba ampliando su dominio sobre la gente del sertón. . las torres de decenas de iglesias que había construido. No se podrían imaginar móviles más insignificantes para hechos tan graves. verificado el movimiento de los bandidos. casi una ciudad. desde 1874. "Este distinguido oficial. no le dio la impor­ tancia merecida. impune. osadamente. Juez de Derecho de Juázeiro. Le respondí que el gobierno no podía mover fuerzas por simples rumores y le recomendé que se vigilasen los caminos a cierta distancia y. los episodios más interesantes de su novelesca vida. en virtud de las diligencias a que anteriormente me referí. por lo que solicitaba providencias que dieran garantías a la población y evitaran el éxodo que ya se estaba iniciando. sobre las cenizas de los edictos de las autoridades de las ciudades que había invadido: había * Mensaje del gobernador de Bahía (D r. cómo el gobierno de Bahía. a la fuerza preparada. en las ciudades del litoral. 100 plazas de línea con el fin de que salieran para Juázeiro apenas me llegase el aviso del juez de Derecho de aquella comarca. combinó con la autoridad salir al encuentro de los bandidos a fin de evitar que invadiesen la ciudad”. pues el gobierno quedaba prevenido para enviar por tren expreso la fuerza necesaria para defender la ciudad. de Itapicuru a Jeremoabo. que era famoso en todo el interior del Norte e igualmente. El fragmento transcripto ilustra claramente. Había fundado la aldea de Bom Jesús. Luíz Viana) al Presidente de la República. la erección de un templo o la dádiva providencial de un dique. entretejidas de exageraciones casi legendarias. venía de un peregrinaje intenso. más o menos fundados. de Chorrochó a Vila do Conde. avisasen por telegrama. Puse en conocimiento del hecho al señor general quien. casi de un cuarto de siglo. Antonio Conselheiro hacía veintidós años. Pocos días después recibí de aquel magistrado un telegrama en el que me afirmaba que los secuaces de Antonio Conselheiro estaban a poco más de dos días de Juázeiro. contra el nuevo orden político y había pisado."Esta era la situación * cuando recibí del Dr. apenas llegado a Juázeiro. satisfaciendo mi pedido. hasta las que llegaban. Arlindo Leóni. Se había levantado desde hacía mucho.

para acabar con tal situación. lo presentaron como un benemérito cuyos consejos se moldeaban según la ortodoxia cristiana más rígida. la población previo que un contingente tan pequeño tendría el valor negativo de ejercer mayor atracción sobre la horda invasora. Lo demás corrió por el Estado”. en 1895. se regocijaron imponiéndola. prontamente cumplí con la formación de una fuerza de cien plazas de la guarnición para ir a combatir a los fanáticos de la aldea de Canudos. haciendo salir después a un médico 23 6 con algunos recursos para el ejercicio de su profesión. en 1894 había provocado un caluroso debate en el Congreso Estatal de Bahía. porque la lealtad de sus secuaces era incondicional y fuera del círculo de los fieles que lo rodeaban había en todas partes la complicidad obligatoria de aquellos que le temían. de 80 plazas de línea. Imaginaron la derrota inevitable. haciendo comparecer sin demora al bravo teniente Manuel da Silva Pires Ferreira. Mientras los partidarios encubiertos del Conselheiro. comandando 3 oficiales y 104 plazas a jornal de aquel cuerpo. un sacerdote. los viejos y los enfermos— de mil hombres robustos y temerarios "armados hasta los dientes”. en 1893. Conociendo la situación. contra la posición de un diputado que lla­ maba la atención de los poderes públicos sobre las áreas "de los sertones perturbados por el individuo Antonio Conselheiro” otros representantes del pueblo y entre ellos. . aseverándome que para tal fin ese número era suficiente. una expedición policial. del 9 9 ba­ tallón de infantería. en la margen derecha del río Sao Francisco. a fin de darle órdenes e instrucciones. comandante del Tercer distrito mi­ litar : "El 4 de noviembre del año pasado (1 8 9 6 ) en obediencia a la orden ya referida.derrotado. no vacilé. en el cual. salió el 7 de dicho mes para Juázeiro. en Maceté y había hecho volverse a otra. conduciendo apenas una pequeña ambulancia. las criaturas. para cumplirlas. Aquel puñado de soldados fue recibido con sorpresa en Juázeiro adonde llegaron el 7 de noviembre por la mañana. punto terminal del ferrocarril. había hecho abortar. la misión apostólica preparada por el arzobispo bahiano y en el informe escrito en esa ocasión por Fray Joáo Evangelista se afirmaba sobre la existencia en Canudos — excluidas las mujeres. . que lo había perseguido hasta Serrinha. . algunos hombres honestos le pidieron al comandante ex­ pedicionario que no siguieran adelante. "Confiando plenamente en el conocimiento que él debía tener de todo cuanto ocurría en el interior de su Estado. el envío de una fuerza de cien soldados. el cual. Relata el general Frederico Sólon. La aumentó. que los había en todos los alrededores. Y se encontró suficiente. se sabía que dominaba una extensa zona dificultando el acceso a la ciudadela donde se guarecía. por fin. No impidió la fuga de gran parte de la población que quería escapar al asalto inminente.

escasas vi­ viendas desparramadas. Pocos han visto el paupérrimo valle del Vaza-Barris que.Las dificultades para la adquisición de elementos esenciales para la marcha retuvieron a la fuerza en Juázeiro hasta el día 12 en que partió al anochecer. presentando. * Pormenor curioso: la fuerza salió el 12 al anochecer para no salir el 13. Por sobre todo esto. tal vez la definiese con más acierto. en leguas y leguas. solitario. el día se expande abrasador. se pro­ longa inhóspito. De ahí en más. orientados por dos guías contratados en Juázeiro. agravados por una flora pavorosa. en terreno árido y despoblado. . anduvo cuarenta kilómetros de camino desértico hasta una ipueira minúscula. La pequeña expedición. raramente es posible hacer el camino en horas de la madrugada o de la noche. el comandante reconoció imposible darle a la marcha un compás que permitiera economizar fuerzas. marchó por el desierto con escalas en Caraibinhas. Rancharía y otros puestos solitarios. monte malo (caá: monte. como el paraje clásico de las caatanduvas * * que avanzan hacia el este y el sur hasta las cercanías de Monte Santo. sin sombras. al oeste. al segundo día de viaje. la laguna del Boi. incluso antes del verano. ahiva: m alo). lo rodean parajes exuberantes: al norte. como un oued tortuoso y largo. la tierra desnuda reverbera los ardores de la canícula. Es el trecho de Bahía más asolado por la sequía. La misma caatinga toma un aspecto nuevo. Dicionário de vocábulos brasileños. E iban a combatir el fanatismo. El Vaza-Barris. Mucambo. Además. dadas sus disposiciones orográficas. mostrando los más salvajes modelos. ya había llegado a Canudos la novedad de su venida *. Algunos estaban abandonados. Mari. . el sertón de Curagá y las tierras fértiles extendidas por el este hasta Santo Antonio da Gloria. Es forzoso avanzar a despecho del sol fuerte hasta los pozos de agua de los vaqueros. los paisajes se suceden uniformes y melancólicos. Por un contraste explicable. prolongando la margen derecha del Sao Francisco. Partieron sin los recursos indispensables para una tra­ vesía de 2 0 0 kilómetros. casi siempre seco. Encuadran el desierto. es imposible la marcha de hombres equipados con mochilas después de las diez de la mañana. Ya desde el principio. * * Gaatanduva. y bajo el influjo de esas altas tempe­ raturas. Peores que los campos gerais donde se han perdido muchos viajeros. En el sertón. Por las planicies. Beaurepaire Rohán. El verano anunciaba la sequía. desde las vertientes orientales de Itiúba hasta Jeremoabo. desorientados por la uniformidad de las planicies indefinidas. las tierras fecundas cen­ tralizadas en Vila Nova da Rainha. por cierto. día aciago. . después de reposar en vivac a dos leguas de Juázeiro. Una mejor caracterización de la flora sertaneja. las funciones vitales se aceleran de modo súbito provocando golpes repentinos de cansancio. de cahiva. esos lugares se cuentan entre los más desconocidos de nuestra tierra. cuando. lo atraviesa. donde había unos restos de agua. multiplicándolos.

Entró por la calle principal y se acantonó en la plaza. al alba del día siguiente. Y en uno de esos días fue que la población recogida por el ardor del sol. con las bayonetas fulgurantes— como si viesen un brillante ejército. impidiendo formar un juicio sobre las cosas. hay uno que otro negocio abierto y la plaza queda desierta. que imaginan muy cerca unas de otras y muy lejos del sertón. En los restantes días. despertó sorprendida por un vibrar de cornetines. que les parecen valiosos especímenes. únicos animales afectados a aquel clima y aquel suelo. desde Monte Santo. Después de un breve descanso. es una especie de transición entre la maloca y la aldea. Es el resto del mundo. cueros curtidos o redes de caroá. . aterrados por las novedades o para evitar todo contacto con la fuerza militar. como en todas partes. Entre curiosos y tímidos. UAUÁ La tropa llegó exhausta a Uauá. Roma y Jerusalén. como si fuese una opulenta ciudad de las térras grandes *. Esta aldea — dos calles desembocando en una plaza irregular— es el lugar más animado de aquella área del sertón. Se llega por cuatro caminos. Uauá parece un lugar abando­ nado. habían huido hacia el norte. los pobladores miraban a los soldados — polvo­ rientos. la civilización entera que temen y evitan. en ocasión de las fiestas.Los escasos pobladores. Fue un suceso. la expedición debía salir hacia Canudos. Los centinelas se situaron a la salida de los cuatro caminos y se nombró personal para hacer las rondas. llevando por delante sus rebaños de cabras. * Térras grandes: vaga denominación con que los matutos designan el litoral que no conocen. se ponen sus mejores ropas o sus cueros nuevos. de aspecto deprimido y triste. Era la tropa. Con ella abarcan Río de Janeiro y Bahía. se quedan contemplando las dos o tres casas de negocio o mirando en un barracón de feria los productos de una industria pobre. Vuelto plaza de guerra. Como la mayor parte de los villarejos pomposamente marcados en nuestros mapas. el oscuro villarejo era nada más que escala provisoria. el día 19. las informaciones eran dispares. desde Jeremoabo pasando por Canudos. Allí. desde Juázeiro y desde Patamoté y por ellos llegan muchos tobaréus a su feria de los sábados. después de una travesía muy penosa. No lo hizo. en desorden. Son los que no tienen recursos para viajes más lejanos a lugares más prósperos y ahí van. el 2 0 . conjunto de cerca de cien casas mal hechas y ranchos pobres. La tropa se estacionó y designó una vigilancia.

pero se perdían en el grueso de los fieles inermes. Uauá. al acaso. entonando kyries. despavoridos. ocurrió un incidente explicado a la mañana siguiente: la po­ blación. unos fuertes brazos sosteniendo una gran cruz de madera. Los guia­ ban símbolos de paz. acantonada la fuerza en la plaza. resolviéndose marchar al día siguiente. había huido. Los despertó el enemigo que imaginaban iban a sorprender.Aquel día se gastó inútilmente en recoger informaciones. tras esa demora perjudicial. noche adentro. Pero avanzaban sin orden. casi en su totalidad. dejaron el campo libre a los combatientes. estaba bajo el dominio de Canudos. como si buscasen pruebas para sus almas religiosas. de modo que. Se apres­ taron para continuar la marcha al día siguiente y descansaron tran­ quilamente. Equiparaban los flagelos naturales que conocían a la venida de los soldados. rezando. como en las romerías piadosas. la bandera de lo Divino y a su lado. Eran muchos. En la madrugada del 21 apareció en los límites del sitio el grupo de jagungos 237. furtivamente. El caso es original y es verídico. Tres mil. Los combatientes estaban armados de viejas espingardas. La fuga en masa de la población delataba que los emisarios habían ido y habían vuelto. entre los vigilantes apostados. como los otros lugares vecinos. facones y hoces. Sin ser advertida. Se habían ido hasta los enfermos. Evitando las ventajas de una sorpresa nocturna. enarbolando imágenes de sus santos predilectos y palmas retiradas de los altares. de esas que practican los matutos creyentes cuando quieren ablandar al cielo en los veranos abrasados por la sequía. dijeron después exagerados informantes. alta como un crucero. había aban­ donado sus viviendas en grupos pequeños. deslizándose. de picanas. los sertanejos llegaban con el día y anunciándose desde lejos. familias enteras. Al­ gunos. Al primer golpe de vista no presentaban apariencia guerrera. Despertaban a los adversarios para la lucha. Parecía una procesión de penitencia. En la mudez de la tierra todavía dormida avanzaba la multitud gue­ rrera. Pero al caer la noche. Los expedicionarios no le dieron mayor importancia al suceso. De ese modo. Sus habitantes eran adeptos de Antonio Conselheiro. quizá triplicando el número. previ­ niendo a los pobladores del contraataque resuelto por los hombres de Canudos. llevaban a la cabeza las piedras de los caminos y deslizaban por sus dedos rosarios de cocos. Este incidente fue un aviso. hubo avisos precipitados a la aldea amenazada. Un pelotón escaso de . Iban a la batalla rezando y cantando.

atravesó la plaza triunfalmente. Que cedió en seguida. los jagungos tenían que sacar la pólvora y las balas en un lento proceso de carga de su armamento grosero. Transcurrido algún tiempo. protegidos en su mayoría por las casas. empezaron a caer baleados en masa. Todo eso les llevaba unos dos minutos en medio del estentóreo tiroteo. Fue su salvación. No se formaron. De allí en más. Dormían. Dieron la alarma y en­ tonces los soldados corrieron tontamente por las calles. . salieron medio desnudos por las puertas. golpes de garrotes y filos de facones y sables. Fue un desorden de fiesta turbulenta. oponían un disparo de carabina a cien tiros de Comblain. saltaron por las ventanas. levantando por los aires los santos y las armas. Pero la aldea no mostraba soldados en sus puestos. Mientras los soldados hacían blanco en descargas nutridas. se batió largo tiempo apoyando la carabina contra el pecho . La multitud se aproximó. no hay descripción de los protagonistas. la picana en ristre y las hoces relucientes. En una de ellas. Esta arremetida demente les fue todavía más nefasta. Los matutos agrupados alrededor de los símbolos sagrados. hasta la línea de centinelas más avanzados. . distribuido por las caatingas.infantería que los aguardase. después la ponían a punto. Caían en gran número y la lucha se les volvió desigual a pesar de la ventaja numérica. dejando en poder de los agresores a un soldado herido a cuchillo. la gran cruz de madera. los hubiese podido dispersar en contados minutos. colocaban en éste los ingredientes como si rellenasen una mina. Sus filas enfren­ taban adversarios resguardados o que se aparecían de golpe tras las ven­ tanas que se abrían en explosiones. Y los despertó. en ariete. marchando tras el curiboca que llevaba medio inclinada. . ondeando la bandera de lo Divino. Sorprendidos. echaron varios tiros al azar y escaparon hacia la plaza que quedaba a retaguardia. los adversarios entrelazados en disparos de revólveres. sobre la frágil línea de de­ fensa. vistiéndose y armán­ dose. cuerpo a cuerpo. las metían después en el largo caño de su trabuco. un alférez experto. casi desnudo. Y el encuentro se desencadenó brutalmente. Este movimiento fue espontáneo y fue la única maniobra advertida por los que testimonian sobre la acción. volvieron a la defensiva franca. todo lo indica. una incorrecta formación de tiradores. y al cabo dispa­ raban. Y la turba fanatizada. luego apuntaban. revueltos con los fugitivos. andando a las carreras y chocando entre ellos. Batidos por las armas de repetición. Los jagunqos ya estaban allí. renunciaron a la inútil operación y cayeron sobre los contrarios con la faca desenvainada. Los soldados. todos adelante. . entre vivas al "Bom Jesús” y al "Conselheiro” y silbidos estridentes con silbatos de tacuara. Sólo pudo alinearse bajo la dirección de un sargento.

. Fue como una fuga. fueron abandonando la acción y dispersándose por las cercanías. número increíble en comparación con los diez muer­ tos — un alférez. Mal inhumados en la capilla de Uauá los compañeros muertos. Los soldados no los siguieron. Como quiera que fuese. Y en esos giros. el comandante. los jagungos andaban por las calles. el comandante se atenía a la única misión compatible con el desorden. heridos. con setenta hombres sanos. Reunidos siempre alrededor de la bandera de lo Divino. Por todo esto. A pesar de eso. antes de la noche. Uauá mostraba un cuadro lamentable. La travesía hacia Juázeiro se hizo a marchas forzadas. Sobre los primeros pisos y balcones ensangrentados. en cuatro días. distribuía cartuchos tirándolos a manos llenas por sobre la cerca. antes de un reencuentro. decenas de sertanejos — ciento cincuenta— según el parte oficial del combate. según las circunstancias. la bandera sagrada que volvían a llevar a Canudos había desaparecido en la lejanía. renunció a proseguir la empresa. Estaba asombrado por la batalla. La población alarmada reanudó el éxodo. se contorsionaban los heridos y yacían los muertos. . si cabe tal nombre a lo sucedido. las calles y la plaza donde brillaba el sol. lisiados.de los asaltantes sin errar un solo tiro. habían abandonado el campo de batalla y en poco tiempo. envueltos en trapos. Y cuando llegaron los expedicionarios. daban la imagen de la derrota. algunos de gravedad. se largaron bajo un sol ardiente. Lo había desesperado el curso de la pelea y se quedaba inútil ante los heridos. La batalla continuó con la misma ferocidad durante cuatro horas. Había incendios en varios si­ tios. volvían a la plaza voceando imprecaciones y vivas en ronda veloz y sin rumbo. En la casa donde se había refugiado. pues sus consecuencias lo desanimaban. agujereada de balas y roja como un pendón de guerra. las puertas. Había visto de cerca el arrojo de los matutos. El médico de la fuerza había enloquecido. Lo asustaba su propia victoria. lentamente. Estaban exhaustos. sin episodios dignos de destacar y sin vislumbrarse un solo movimiento táctico. ávidamente sacados de los cajones abiertos a hachazos. hasta que cayó muerto sobre el lecho en que había dormido y no había tenido tiempo de abandonar. un sargento. Entre éstos. rodeaban la aldea. Parecía que les venían siguiendo el rastro los jagungos. Que­ . La resolvieron en seguida. idea que llenaba de temor a los triunfadores. cada uno se batía por cuenta propia. Reconocían la inutilidad de los esfuerzos hechos o pensaban atraer a los adversarios hacia el plano desahogado del campo. la retirada se imponía con urgencia. seis plazas y los dos guías— y dieciséis heridos de la expedición23s.

III PREPARATIVOS DE LA REACCION El revés de Uauá aseguraba la reacción. en ese agitar estéril. . en Queimadas. salió el 25 de noviembre hacia Queimadas. más 250 soldados: 100 del 269 batallón de Aracaju y 150 del 33*? de Alagoas. Así fue que la segunda expedición se organizó sin un plan fijo. Febrónio de Brito. Se preparaban todos los hombres válidos para el combate.daron las locomotoras encendidas en la estación. sin responsabilidades definidas. a veces desalentado. Simultáneamente. Sin embargo. bajo el comando de un mayor del 9? batallón de infantería. Llegaban informaciones alarmantes. oscilando entre las disímiles informaciones. el jefe de la nueva expedición al frente de 243 plazas jornalizados. . el comandante del distrito requería al gobierno fe­ deral 4 ametralladoras Nordenfeldt. No nos detendremos en esas menudencias. al tiempo en que le enviaban de Bahía un refuerzo de 100 plazas. . Todo este aparato era justificable. aunque los telégrafos vibraban desde los sertones hacia el Brasil entero y permanecía expectante. Aparte de las exagera­ ciones se podía colegir el gran número de rebeldes y los serios preparativos inherentes a la región salvaje en que vivían. más 100 plazas y 3 oficiales de la fuerza estatal140. Así constituida. de allí salió solamente en diciembre para Monte Santo. Al optimismo de éste. se contra­ ponía aquél. en el que tanto tiempo se perdió. ésta se preparó bajo la extemporánea disparidad de cri­ terios entre el jefe de la fuerza federal de Bahía y el gobernador del Estado*39. 2 cañones Krupp de campaña. Y las líneas del telégrafo transmitieron al país entero. agravadas por los inconfesables intereses de una falsa política sobre la cual nos dispensamos de hablar. que día a día realzaban la gravedad de las cosas. el preludio de la guerra sertaneja. Al principio se compuso de 100 plazas y 8 oficiales de línea. considerándola más seria y capaz de determinar verdaderas operaciones de guerra. a veces lleno de esperanzas en alcanzar el fin propuesto. a través de explicaciones recíprocas entre las dos autoridades independientes e iguales. que reducía la agitación sertaneja a un desorden vulgar que debían manejar las diligencias policiales. pensando que la empresa era insuperable. Todas estas informaciones se mezclaban con innumerables versiones contradictorias. Falto de recursos y enfrentando todo tipo de dificultades. Esta expedición llevaba un plan de campaña.

mariscal de campo. De ahí las hazañas que marcan nuestra historia en los siglos x v n y x v m y el sinnúmero de revueltas abatidas y quilombos disueltos por aquellos minúsculos ejércitos de capitanes del mato. * Véase la Revista do Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro: “As instrugoes régias de 14 de fevreiro de 1775 ao Capitáo general das Urinas” . en Europa. Atacarlos atrayéndolos hacia diferentes puntos y vencerlos. Veamos. Estas. perturbándola con un espoleo insolente y formulando leyes para la guerra y ecuaciones para las batallas. los sertanistas los dominaban gracias a la misma norma que se traduce en una fórmula paradojal: dividir para fortalecer. iban a adaptarse mejor a las escabrosidades del terreno y aunque el método combativo de los matutos era de lo más original — guerreaban marchando o fugando— no tendrían escapatoria en este círculo único. Pedro Nunes Tamarinho. debíamos adoptarla. actua­ sen holgadamente dentro de lo intrincado de los montes y lo abrupto del suelo. Imitando el sistema del africano y del indio. era un recurso inevitable para una guerra primitiva. * * Feld-marechais. hace cien años. auxiliando. Planeó atacar por dos puntos. Porque si 110 lo impusiera el jagungo lo imponía la naturaleza excepcional que lo defendía. teniendo como centro unificador un objetivo prefijado. Era un plan compatible con las circunstancias de la lucha: establecer ante todo un cerco a distancia. En un trance igual. reforzando y esclareciendo la acción de las tropas regulares. golpear a los insurrectos por partes y apretarlos en movimientos envolventes de fuerzas poco nu­ merosas y bien adiestradas. dos columnas bajo la dirección general del coronel del 99 de infantería. liberadas de la morosidad de las grandes masas. Prácticos en las luchas sertanejas. han de­ finido el papel de las florestas como agente táctico precioso. tenían una organización militar correlativa * con vistas a la formación sistemática de tropas irre­ gulares que. Se reirían los sabios feldmarechais * * — guerreros en cuyas manos cayó el frankisk heroico en trueque por la regla de cálculo— si oyesen a alguien que las caatingas pobres tienen una función más definida y grave que las grandes selvas vírgenes. haciendo avanzar hacia el objetivo único. en batallas feroces y sin nombre. de ofensiva y defensiva. sin el embarazo de las unidades tácticas inalterables. (N . de T .El comandante del distrito había comprendido la situación.). invaden escandalosamente la ciencia. No se desarrollaba en un plan fijado y permitía a los grupos dispersos luchar según las circuns­ tancias. Ese método fue pensado hace mucho. LA GUERRA DE LAS CAATINGAS Los doctores en el arte de matar que actualmente. Sin duda. . por nuestros patricios.

ante el forastero.Porque éstas. agreden. otras. La fuerza de bayonetas caladas . Mientras que las caatingas son un aliado incorruptible del sertanejo rebelde. indiferentemente. Sigue por los caminos sinuosos. Se arman para el combate. capaz de opuestos valores. Y los soldados no piensan en el enemigo. Nada ven. lo amparan. entran también en la lucha. . Se cierran. pausadas. Por la canícula y por el desaliño natural de las marchas. en verano. De pronto. Un hálito de espanto recorre las filas de una a otra punta. una columna en marcha no se sorprende. Cien. escalonadas a todo lo largo del camino. se entregan a conversaciones desenfadadas y risas joviales. estalla. muerto. a un hombre. ofre­ ciendo a ambos la misma penumbra para las emboscadas. . Se su­ ceden. por un flanco. . a los dos beligerantes. a pesar de su importancia para la defensa del territorio — cerrando las fronteras y debilitando el embate de las invasiones. Y los tiros continúan. largamente distanciados. En cierta manera. Aceleradamente se forma una línea de tiradores. inhallable. doscientos ojos. Nada los puede asustar. Entonces marchan tranquilos y he­ roicos. dificultando por igual las maniobras o todos los movimientos que marca la estrategia. un tiro. mil ojos escrutadores se vuelven impacientes. La situación se agrava rápidamente exigiendo resoluciones enérgicas. Las ramas se volverían astillas en un breve choque de espadas y no es creíble que los secos arbustos impidan las maniobras prontas. Al avistarlos. . mal elegida de la masa de soldados apretujados en el estrecho camino. observan alrededor. esporádicos pero insistentes. Es la primera sorpresa. Se destacan otras unidades combatientes. Pero constantes. cercano. Y el jagungo se vuelve el guerrillero thug. por el frente ahora. . Pueden favorecer. por todas partes. pero se abren en multitud de caminos para el matuto que allí nació y creció. impenetrables. La bala pasa rechinante o deja tendido. Entonces. . Pasan sobre la tropa en silbidos largos. . zumban los proyectiles de los tiradores invisibles golpeando de lleno en las filas. impi­ diendo movilizaciones rápidas e imposibilitando la traslación de las ar­ tillerías— se comportan de cierta manera neutra en el curso de las cam­ pañas. Las caatingas no sólo lo esconden. por la izquierda por la derecha. una extraña ansiedad invade a los valientes más probados ante ese antagonista que no se ve. Son una variable en las fórmulas del tenebroso problema de la guerra. . Se oye una voz de mando y un torbellino de balas rueda estrepi­ tosamente por los ramajes. Carga contra duendes. prontas a la primera voz y el comandante resuelve cargar contra el desconocido. Porque si los enfrentaran adversarios impru­ dentes serían barridos en pocos minutos.

Impotentes se detienen. Y vuelven como si saliesen del encuentro mano a mano con los salvajes. diez. veinte hombres a lo máximo. el orden disperso del combate se con­ vierte en la dispersión del tumulto. circundándolos. en una indisciplina de fuego que provoca víctimas entre sus propios compañeros. unidos. La fuerza marcha ahora con más cautela. . cinco. Los mismos trances se reproducen. El enemigo que nadie vio desaparece. abrazados. desaparece. Se ve como un rastro de arbustos quemados. en silencio entre los arbustos ralos. Siguen refuerzos. sin puntería. El comandante trata de resguardarlos. las armas en desaliño o perdidas. que les quitan las armas de las manos. Se deslizan rápidos. Los soldados andan al azar por un laberinto de ramas. Los rodean. imprecan y desatan su rabia en agitaciones furiosas e inútiles. Se debaten desesperadamente hasta dejar entre las garras felinas de las macambiras pedazos de sus ropas. Y en ese momento des­ cubren al formidable adversario que es la caatinga. Se enredan en los cipos que los engrillan. mientras en torno. La columna de a dos en fondo camina coloreando el ceniza del paisaje con los uniformes azu­ les listados de rojo y el brillo intenso de las bayonetas. estropeados. Tiran al azar. Las secciones vuelven a la columna después de inútiles exploraciones por el matorral. bien apuntados. . Una línea de bayonetas enfila por los restos secos. pinchados por las espinas. mal reprimiendo el dolor infernal de las hojas urticantes. como falanges intrasponibles de espinas. . Finalmente. Se agrupan en el camino. De repente cesan. La marcha se reanuda. se encaminan por las veredas de los ranchos ignotos. El ánimo de los combatientes. seguros. Las secciones se precipitan hacia los puntos donde estallan las balas y se encuentran con una barrera flexible pero impenetrable de juremas.irrumpe impetuosamente contra el matorral seco. Brilla por momentos entre los rayos del sol cernidos por los ramajes sin hojas y se dispersa golpeando contra troncos de Xique-xique. caminando en silencio. por los flancos los protegen compañías dispersas. a doscientos metros del . En el lugar de la refriega aparecen. Caen enlazados por las cintas corredizas de los quipás reptantes o se traban las piernas entre fuertes tentáculos. . desde las matas dispersas. . fulmi­ nantes. está torturado por el imperio angustioso del enemigo desconocido y la expectativa atroz de los asaltos imprevistos. terribles. Observan a la tropa. caen inflexiblemente los pro­ yectiles del adversario. se aleja. a lo lejos. La columna se alarga. rítmicos. las ropas hechas tiras. La tropa se reorganiza. No pueden traspasarlos. acreciendo la con­ fusión y el desorden. . cansados. sopesando las espingardas todavía calientes. Pasan unos minutos.

en la última ondulación del suelo. Resuena una bala. escasas gramíneas. Los siguen los primeros batallones. Y cuando las últimas armas desaparecen. Pero los ecos numerosos la vuelven variable y los tiros no descubiertos. ya está toda la vanguardia. La lucha es desigual. continúan lentos. La tropa reanuda su marcha con algunos plazas menos. Y cuando el sertón hierve en el bochorno de los estíos. y trasponiendo veloz­ mente las laderas desaparece. seguros. rastreando la dirección de los estampidos. Y un estremecimiento. La disciplina contiene las filas. El ejército tiene en su propia fuerza su propia flaqueza. atormentado por las celadas. Por la agreste cuesta les cierra el paso una quebrada que es preciso trasponer. de un solo punto. en las épocas indecisas entre la sequía y el florecimiento. queriendo huir ante el desierto estéril y amenazador. impo­ tente y fuerte. ramas secas de umbuzeiros blanquean por la sequía. algunos cactos. La vencen el hombre y la tierra. temerarios. cuesta arriba. La fuerza militar decae. los tiros parten. después un torso de atleta. las armas fulgurantes. como hechos por un tirador solitario. hasta los viejos luchadores sienten mie­ do como niños. los guía un escuadrón de plazas escogidos. como un torrente oscuro que trasuda rayos. lenta­ mente. sale de un montón de rocas — cariátide siniestra en ruinas ciclópeas— el rostro bronceado y duro. una sección se destaca y va. siente la garganta seca de sed y ante los primeros síntomas de hambre. Mientras el minotauro. y el . lentos. rudo y vestido de cuero. a lo lejos. Vuelven exhaustos.frente de la columna. Por allí descienden los guardianes de la vanguardia. . heridas por el sol. desde lo alto. retrocede hacia la retaguardia. Es entonces. Estas siguen. serpenteando en las vueltas del estrecho valle. Abajo. el trágico cazador de bri­ gadas. las barrancas están limpias. Lentamente marchan detrás las brigadas. sangrado por el enemigo que lo ataca y huye. porque el humo no se condensa en aquellos aires ardientes. Finalmente cesan. inerme con su envergadura de acero y caños de bayo­ netas. Vibran los clarines. cuando se encuentran los últimos hilos de agua en el lodo de las ipueiras y en las últimas hojas amarillentas en las ramas de las baraúnas. A cada vuelta del camino se estremecen. . Sigue su camino por los páramos. Los soldados esparcidos por las cumbres exploran inútilmente. en instantes. un choque convulsivo la detiene de súbito. esa flora agresiva se muestra cariñosa y amiga con el sertanejo. y como antes. vence al pánico. Esta vez. más allá de la vanguardia. De ahí en más. Felizmente. no es difícil prever a quién le tocará la victoria.

palmo a palmo. la quixába de frutos pequeñitos. firme en la ruta. por los desvíos de los caminos. El umbu le da la escasa sombra de sus últimas hojas. . asimismo. y la misma natura­ leza adversa. Conoce a cada uno. le basta con partir y encender una rama verde de candombá y agitarla por los caminos. Toda la naturaleza proteje al sertanejo. Todos aquellos árboles son sus viejos compañeros. el ouricuri verde. el araticum. Lo talla como un Anteo indo­ mable 241. en la lucha excepcional para la cual ningún Jomini2 4 2 delineara reglas. permitía recordar aquel legendario rincón de la Bretaña . El chouan y los desiertos la emparejan bien con el jagungo y las caatingas. Es un titán bronceado que hace vacilar la marcha de los ejércitos. permitiendo aquilatar de antemano las dificultades. que aquél continúa feliz en sus largas travesías. No le importa que la jornada se alargue. génesis de la misma aspiración política. porque invertía hasta los preceptos más comunes del arte militar. Canudos era nuestra Vendée. crecieron her­ manados. El mismo misticismo. lo alimentaban hasta el hartazgo. y la mirada ahogada en la oscuridad. . . . copia más amplia de otras que han aparecido en todo el Norte. IV AUTONOMIA DUDOSA Iba a demostrarlo la campaña emergente. Y si es necesario avanzar a despecho de la noche. A pesar de los defectos de la confrontación. que los refu­ gios escaseen. Las medidas planeadas por el General Sólon mostraban una exacta previsión de sucesos semejantes. espantando a las suguaranas deslum­ bradas con antorcha fulgurante. Está rodeado de relaciones antiguas. los rincones del inmenso hogar sin techo. estos últimos le dan cobertura para el rancho provisorio. Nacieron juntos. las palmatorias desnudas en combustión rápida de sus numerosas espinas. apenas descubre la fosfo­ rescencia azulada de las cumanás. socios de los mismos días tranquilos. que se extingan los pozos de agua y en las bajadas desa­ parezcan los abrigos transitorios donde hacen sus siestas los vaqueros fatigados. luchando con las mismas negruras. colgando de las ramas como guirnal­ das fantásticas. las mismas osadías servidas por las mismas astucias. los mandacarus tallados a facón o las hojas de los juás sustentan a su caballo.forastero se asusta y huye ante el flagelo inminente. a través de las mismas dificultades. . los caroás fibrosos le dan cuerdas flexibles y resistentes. la mari elegante. . como quien conoce.

Es que se creía preestablecida la victoria inevitable sobre la insig­ nificante rebeldía sertaneja. además de "extirpar el móvil de descomposición moral que se observara en la aldea de Canudos en manifiesto desprestigio para la autoridad y las instituciones” agregando que la fuerza federal debería seguir forta­ leciéndose para evitar la contingencia de "retiradas perjudiciales e inde­ corosas”. del Río Grande al Amazonas. podía ser núcleo de una conflagración en todo el interior norteño. después de hacer retroceder ejércitos destinados a un paseo militar por toda Europa. Se olvidaba de que en un documento público se había confesado desarmado para vencer la revuelta y que al apelar a los recursos de la Unión. les competía. hasta encerrarlos en un círculo de dieciséis campos atrincherados. pues las medidas tomadas por el comandante del distrito significan más prevención que recelo” y agregaba "no es tan numeroso el grupo de Antonio Conselheiro. cerró la controversia levantanto el espantajo de una amenaza a la soberanía del Estado 2 4 4 y repeliendo la intervención que significaba su incompetencia para mantener el orden en sus propios dominios. sino al país entero. Para resguardarla mejor fue removido de Bahía el jefe de la fuerza militar que había actuado de manera rectilínea. No se miró la enseñanza histórica. El gobierno estatal. Resultaba tardío hablar de la soberanía pisoteada por los turbulentos impunes. justificaba naturalmente. Además. El ambiente moral de los sertones favorecía el contagio y la expansión de la neurosis. moviéndose dentro del elástico artículo 6? de la Constitución del 24 de febrero. había toda una sociedad de retar­ datarios. De modo que la inter­ vención federal se atenía al significado superior de los principios federa­ tivos: era la colaboración de los estados en una cuestión que interesaba. no ya a Bahía. del extremo norte al extremo sur. . imitando la misma fugacidad de los nati­ vos.donde una revuelta. la intervención que al mismo tiempo quería encubrir. Por sobre el desequilibrado que la dirigía. . superado el orden policial. poco numerosas pero veloces. Fue lo que sucedió. la columna del mayor Febrónio — hasta entonces osci­ . El desorden. sólo cedió ante las divisiones volantes de un general sin fama. "las columnas infernales” del General Turreau 243. según la ley. Toda la nación intervino. El gobierno bahiano afirmó "son más que suficientes las medidas to­ madas para derrotar y extinguir al grupo de fanáticos y no hay necesi­ dad de reforzar la fuerza federal para tal diligencia. Pero sobre las banderas venidas de todos los puntos. milagrosamente erguida por los exégetas constitucionales. va poco más allá de los quinientos hombres”. nadie se ilusionaba ante la situación sertaneja. todavía local. la soberanía del estado. Lo contradecía el jefe militar al entender que la represión legal y el prendimiento de los criminales. se mantuvo siempre. Y sólo después de esto.

. Hacia todos los rumbos y por todos los caminos y en todos los lugares. En un radio de tres leguas alrededor de Canudos se hizo el desierto. mientras el adversario lo había aprovechado preparándose para un desquite enérgico. los escom­ bros carbonizados de los establecimientos rurales resaltaban. Se había perdido el tiempo estérilmente. aislando a la aldea en un gran círculo desolado de ruinas.lando entre Monte Santo y Queimadas y objetivando en sus contramar­ chas las vacilaciones del gobierno— siguió reforzada por la tropa policial y adscrita a las deliberaciones del gobierno bahiano. Estaba pronto el escena­ rio donde se desarrollaría un emocionante drama de nuestra historia.

IV. mientras alrededor se extienden desoladas áreas. originando un régimen climatológico más soportable. se advierten rudimentos de florestas. A esos requisitos se unieron otros. Baluartes sini caldi linimenti. La Legio Fulminata de Joño Abade. V I — Procesión de parihuelas. gracias al enfriamiento de la ascensión repentina por las laderas de las serranías. a dos pasos de los sertones estériles hacia donde ruedan. Primer encuentro. aislado. V — Retirada. III. el estoico Anchieta del Nor­ te 2 4 5 había aquilatado las condiciones privilegiadas del lugar. hacia donde caen los morros.— En los Tabuleirinhos.— Monte Santo. se encuentra una región incomparablemente vivaz. al norte y al este.— El cambaio. El poblado — erecto al pie de la serranía— contrasta. Deriva de su situación topográfica. I I — Incomprensión de la campaña. se fracciona. no se agota completa­ mente durante las sequías más grandes. Nuevo milagro de An­ tonio Conselheiro. Sin embargo. partiendo de Monte Santo. los vientos después de la travesía. De manera que. variando las caatingas en montes de verdor. iba a volverse célebre como base de las operaciones de todas las arremetidas contra Canudos. más secos. Episodio dramático. La recortan pequeños cursos de agua resistentes a las sequías. con la esterilidad ambiente. Era el que se adelantaba más en dirección al objetivo de la campaña y además. El poblado de Fray Apolónio de Todi. y per­ miten a los habitantes resistir el flagelo. le pone reparos a los vientos regulares que hasta allí llegan y se vuelve condensador admirable de los escasos vapores que todavía los impreg­ nan.TRAVESIA DEL CAMBAIO I. cortándose en arroyos reducidos e imperceptibles hilos que se deslizan entre las piedras. permitía rápidas comunicaciones con el litoral. a partir de esa fecha. por intermedio de la estación de Queimadas. La elevación de rocas primitivas que se levantan a los lados. Segundo encuentro. Caen entonces en lluvias casi regulares. no dijimos que al crearlo. aunque efímeros como los otros de las cercanías. en un radio de algunos kilómetros. Los vimos en las páginas anteriores referidas a la génesis. Triunfos anticipados. Por las bajadas. . El río de Cariacá. En marcha hacia Canudos. con sus tributarios minúsculos. I MONTE SANTO El día 29 de diciembre entraron los expedicionarios en Monte Santo.

sobre la villa. por las laderas sucesivas. en su atrevida ruta "desde el río Real hacia las sierras de Jacobina por el río Itapicuru arriba. iniciada en la plaza. hasta el tenaz Pedro Barbosa Leal. se detiene. hecha con cuarzo blan­ quísimo. entre los devastadores de los sertones. al pie de la ensoberbecida montaña. más interesantes. diferenciados por búsquedas opuestas y separados por tres siglos. la sede de El Dorado apetecido. se levanta a los lejos. un sitio sereno. sea para los soldados de estos tiempos. en miles de escalones. Pero. coleando. vuelve los ojos deslumbrados al levante y cree que el aire caliente y la fascinación de la luz le pre­ sentan allá. de algún modo centralizó la primera actividad en torno de las legendarias "Minas de Plata” desde las exploraciones inútiles del Muribeca que hasta ahí llegó y no siguió adelante "con poco efecto y poca diligencia”. Lanza. la vía sacra de los sertones. La sierra de cuarzo. el que sigue por el camino de Queimadas. rectilínea. Belchior Moreia. No surgía por primera vez en la historia. un pano­ rama perturbador y grandioso. Por ella hasta el vértice se prolonga. sea para los bandeirantes del siglo xvn. buscando los sertones de Magacará”. La vertiente oriental cae. tan propia de las arquitecturas monumentales de la Tierra. tal vez. otros expedicionarios. desde hace mucho. pero teniendo todos la afinidad de los mismos rencores y de las mismas reaccio­ nes violentas. humilde. al divisarla. acompañando las huellas de Moreia. como una muralla. Allí había parado el padre de Robério Dias. a unas dos leguas desde las cercanías de Quirinquinquá. Y hoy. el lugar se convertía en escala transitoria y breve. en caracol. por la que han pasado multitudes sin cuento en un siglo de romerías. Con todo. Pasaron los tiempos. la línea de las cumbres. hasta que Apolónio de Todi la transformó en templo majestuoso y rudo. el antiguo nombre de la sierra — Piquaragá— se lee siempre como demarcación de un paraje bendito en aquellos terrenos amargos. orientadas por los aventureros confundidos. todavía. entre el firmamento claro y las planicies amplias.Es natural que Monte Santo sea. Y alrededor de esa entrada. nunca brilló con acontecimientos de mayor monta. Mucho antes de los que ahora lo busca­ ron. que se detuvo por muchos días en la montaña donde marcas indescifrables denotaban el paso de antecesores igualmente audaces. habían pasado por allí guiados por otros designios. a pique. en los cuales. continuaron otras. Esta se recuesta. Quedó perdida en el sertón la serranía misterio­ sa donde muchos imaginaban. no deja de ser interesante su función histórica. La religiosidad ingenua de los matutos talló en ella. predilecto de los que se aventuran por el sertón bravio. crecida por la depresión de las tierras vecinas. por ventura más temerarios y con seguridad. la más bella de sus calles. rastreando un suelo erizado de cactos y piedras. Por eso. aquella calle .

rodeado de cabañas. Las más nuevas. . subiendo siempre. el desaliento de una raza que muere. rectangular. de tierra y guija­ rros. En el centro. Menos que villa oscura. Las casas viejas unidas unas contra otras. Se ven las capillitas blancas. El perfil regular que ofrece a distancia. Esta ilusión es impresionante. Las capillitas. nacen viejas. tiene de cerca una flora de vivacidad inexplicable. la transforma en un gran cuartel agazapado. La campaña incipiente iba a agravar su aspecto. derivando después en vueltas. . Parece de menor altura. con la ansiedad del paraje que lo arrebata. allá en lo alto. cada vez menores. son exiguas y oscuras. En torno de las casas bajas y viejas. Nada recuer­ da el encanto de las aldeas clásicas. y sobresaliendo. Llega. Allí desembocan pequeñas calles. arraigada a la piedra. contra la sierra. otras hacia el campo. cardos agarrados a las piedras a mane­ ra de tentáculos. la pequeña iglesia. Algunas deben de tener cien años. ésta pierde parte de su encanto. brotando de las grietas quietas de los estratos y viviendo solo de las reacciones maravillosas de la luz. El que sigue por el camino de Queimadas. El camino va hasta la plaza. las copian línea a línea. sin salida. desconocida por la historia. siguiendo los accidentes del suelo. De cerca. Monte Santo se resume en ese camino. el eterno barracón de feria tiene. perdiéndose en las alturas. larga — de más de dos kilómetros— como si construyera su subida al cielo. se achica en escalones tortuosos. una en bajada desde las laderas. . De este modo. entre paredes de barro. en declive. como puntilleando el espacio. como los de una enorme escalinata en ruinas. y al otro el único ornamento de la villa: tamarindo quizá secular. diluidas poco a poco en el azul purísimo de los aires hasta la última. tienen todas la misma forma — techos deprimidos sobre cuatro muros de barro— ese estilo brutal­ mente chato al que eran tan aficionados los primitivos colonizadores. atravesando un esbozo de desierto donde agoniza una flora de gravetos — arbustos cuyos gajos retratan contorsiones de espasmos. . Monte Santo surge sin gracia dentro de una naturaleza que le crea alrededor — como un paréntesis en el áspero sertón— una situación apacible y sonriente. otras golpeando. subiendo al principio en rampa vertical. . bromelias abriéndose en floración sanguinolenta— avanza rápidamente. un edificio único que haría más tarde de cuartel general. El poblado triste y decadente muestra el mismo abandono. y no sofrena una dolorosa decepción. erectas sobre los despeñaderos. y la entrada ciclópea de los muros laterales.blanca. tan blancas a lo lejos. a un lado. de piedra.

en la plaza. Patria. . más fuerte que el de mil carabinas. Otros se quedaban allí. y en las que las palabras mágicas: Gloria. Libertad. hecha de frases golpeantes y breves. la feria más ani­ mada. . nunca tuvieron tal brillo. no se distinguían los emisarios solitarios de Antonio Conselheiro. Como las ruedas de los carros de Shiva 246. En la alegría de los festejos. golpeando por las calles. Era una masa heterogénea de tres batallones. . e iban a observar por largo tiempo. Merced al optimismo oficial. dos cañones Krupp de 7 y Vz y dos ametralladoras Nordenfeldt. Y la risa de los soldados y el estrépito de las botas. Lo había dicho. los rezos ahogados de los fieles arrodillados. Se largaban después de la villa. preparado en la mejor vivienda. con más de doscientas plazas de poli­ cía y una pequeña división de artillería. son la única materia prima de los párrafos retumbantes. las autoridades recibieron a los soldados en son de triunfo antes de la batalla. rodando por las . dichás en todos los tonos. observando. Todo eso significaba una estupenda novedad. Nadie los observaba. y los vivas entusiastas retumbando en las paredes. La primera expedición regular contra Canudos. el sertón entero. El pobre lugarejo se engalanó con banderas y ramajes. curtidos por los duros climas. Menos de una brigada. como las voces de mando. encubiertos. capaces de desmoronar las montañas y abatir con un solo tiro. poco más de un batallón completo. se estremecían dentor de sus ropas de cuero al considerar las armas portentosas de la civilización. yendo a Canudos. más el ornamento supletorio de los vivos colores de los uniformes y el brillo de las armas.TRIUNFOS ANTICIPADOS Allí acontonaron los 543 plazas. Se encendían recónditos altares. tanto más expresiva cuanto más ruda. el 26*? y el 33?. transidos de miedo. La misión más concurrida. los invasores no verían siquiera las torres de las iglesias sacrosantas. las ruedas de los cañones Krupp. contemplando todo aquello con ironía cruel. los vaqueros amarraban su caballo a la sombra del tamarindo. ciertos del preludio hilarante de un drama espantoso. Y aquellos titanes. Los rebeldes serían destruidos a sangre y fuego. contando el número de soldados. su victoria era fatal. en busca de la caatinga. y el vibrar de los clarines. El profeta no podía equivocarse. 14 oficiales y 3 médicos. Algunos volvían a toda brida hacia el norte. rápidos. espiando. Y fue un día de fiesta. En el banquete. examinando todo el aparato de guerra y desapareciendo después. la elocuencia mili­ tar. al mismo tiempo se lucía el más simple y emocionante género de oratoria. penetraban en las casas y turbaban. el 99. . hacia la aldea sagrada. Llegados del camino fatigoso. las piezas de artillería de las que tanto habían oído hablar y nunca había visto. inda­ gando. allá adentro. esa singular elocuencia del soldado. después de pasar sorprendidos por las calles repletas de soldados.

pero pronto desaparecía. y la alegría ruidosa y vibrante de los oficiales y de los soldados.amplias planicies. requerían un correctivo enérgico. Monte Santo les anticipaba las honras de la victoria. y toda esa fiesta -—allí— en vísperas del combate. se desparramaban por las callejuelas y por las cercanías. Bajo la sugestión de un aparato bélico y de una parada. en los hechos guerreros entra como elemento. Allí estaba el sertón. la preocupación de la derrota. invadida por el contagio de esta creencia espontánea. examinaban los registros y estampas que pendían de las paredes y los toscos altares. De antemano se afirmaba la derrota de los fanáticos. En su modo actual es una organización técnica superior. Los rudos impenitentes. de los preceptos de la táctica. Por la tarde. la guerra es una cosa monstruosa y totalmente iló­ gica. Decididamente. sacudidos por el soplo fuerte del nordeste. Ahora bien. los habitan­ tes preestablecieron el triunfo. La historia militar está hecha de contrastes singu­ lares. que tenían la gravísima culpa de un apego estúpido a las más antiguas tradiciones. a su vez. aunque sea paradojal. Se detenían en los pasos. Pero la oscurecen todos los estigmas del bandidismo original. los criminales retar­ datarios. . Y subían. observaban los alrededores. . Atraídos por la novedad de un exótico panorama. Está en ella el mejor estímulo de los que vencen. Era la convicción general. Era necesario dar un gran ejemplo y una lección. compartió las esperanzas. Aparte de eso. Curiosos. la tropa. la campaña empezaba con buenos auspicios. Una opresión asaltaba a los más tímidos. para retomar fuerzas. El ejemplo sería dado. otros subían la montaña por la sinuosa ladera orlada de capillitas blancas. al caer la noche. dejarían surcos sanguinolentos. Era necesario que salieran finalmente de la barbarie con que escandalizaban a nuestro tiempo y entraran a la civilización a golpes. a dos pasos del sertón repleto de emboscadas. II INCOMPRENSION DE LA CAMPAÑA Fue un mal. En lo alto de la Santa Cruz. la seguridad de los aparatos militares y toda la grandeza de un arte sombrío que pone . Volvían tranquilos a la villa donde ya se encendían las primeras luces. grupos ruidosos andaban por la plaza. Por encima del rigorismo de la estrategia. Lo decía la despreo­ cupación feliz de toda la población.

Ahora bien. al avanzar. Y éstas son. Tuvo la intención de hacer una arremetida fulminante. quince días antes. No se hizo esto. Los inconvenientes de una pausa prolongada se justificarían si se hubiesen adquirido algunas ventajas. estaban dentro de la villa dándose codo con codo con los expedicionarios. Además. se esbozaba la hipótesis de una traición. muchos de los cuales. aban­ donando todavía parte de los restos de un tren de guerra muy reducido. Esta solamente se justificaría sí. Se hizo lo contrario: después de larga inactividad en Monte Santo. entre las que llevaban a aquéllos a un máximo de quinientos y las que afirmaban el mínimo en por lo menos cinco mil. lo sustituiría una operación más lenta y segura. se hubiese aprovechado el tiempo para reunir mejores elementos. eran razonable aceptar un promedio. Analicemos el caso. Por las dificultades habidas. El comandante expedicionario había deiado en Queimadas gran parte de las municiones para no postergar ñor más tiem­ po la marcha e impedir que el enemigo se rebusíeciera aún más. Pero esto no se realizó. La conciencia del peligro determinaría una movilización rápida y un atropellar sorpresivo contra el adversario. La certeza del peligro las estimula. Se ganaría en fuerza lo perdido en velocidad. permanecen intactas todas las brutalidades del hombre primitivo. La certeza de la victoria las de­ prime. proveyén­ dolo de recursos e instruyéndolo en los menores movimiento de la expe­ dición. entre las cuales abultaba una casi completa carencia de ele­ mentos de transporte. la expedición. en el susurrar de cautelosas denuncias y malhadados avisos. iba a vencer. las vis a tergo de los combates. En el dislate de las opiniones. Todavía más. llegaban constantes informaciones sobre el número de recursos de los fanáticos. Mientras tanto. según la opinión de todo el mundo. haciendo venir de Queimadas el resto de los equipos de guerra. la expedición partió aún peor aparejada que cuando ahí llegó. De modo que la partida rápida de una localidad condenó a la demora inconsecuente en la otra. había resuelto ir Taradamente al escondriio de los rebeldes llevando apenas la munición que los soldados pudiesen cargar en sus mochilas. Después de tantos días perdidos y en tales . A la aventura de un plan temerario. resumido en una embestida y en un asalto. sería precedida y acompañada por los espías expertos del enemigo. se sabía que la tropa.en la frialdad de una fórmula matemática la destrucción de un schrapnell2 4 7 y subordina a parábolas inviolables el curso violento de las balas. ponderando mejor la seriedad de las cosas. contrariando el modo de ver de los propagandistas de una victoria fácil. todavía. Había influyentes caudillos locales cuyas viejas relaciones con el Conselheiro sugerían vehementemen­ te la presunción de que lo estuvieran auxiliando a escondidas. como se verificó después. La certeza del triunfo la inmo­ vilizó durante quince días en Monte Santo.

iba a reducirse a ataques feroces. una sorpresa era inadmisible. Escueta como una orden cualquiera que distribuye contingentes. denunciando la más com­ pleta ignorancia de la guerra. dividido en tres columnas. Porque a tales deslices se agregaron otros. teniendo como único amparo para la debilidad armada. una batida brutal contra la cueva mons­ truosa de Canudos. seguía como si. La expedición marchaba hacia su objetivo como si volviese de una campaña. no puede rastrearse en ella la más fugaz indicación sobre las formaciones. en un ir y venir de avances y retrocesos. pobre de recursos en Queimadas y paupérrima de recursos en Monte Santo. Pero estos eran inadaptables para el momento. la partida de la base de operaciones del modo como se hizo fue un error de oficio. Eran por igual inútiles las cargas y las descargas. aparte de ese subordinarse a unos cuantos moldes rígidos de viejos dictámenes clásicos de guerra. dispersos en el seno de la naturaleza protectora. Se enfrentaba con lo desconocido al azar. Lo revela la orden del día para organizar las fuerzas atacantes. reedi­ tando el caso de Uauá. Nada sobre la distribución de las uni­ dades. Adscrito a unos rudimentos de táctica prusiana trasplantados a nuestras ordenanzas. alcanzar la aldea significaría establecer un com­ bate preliminar en el camino. el jefe expedicionario. En Canudos sabrían la ruta escogida para la línea de operaciones con anticipación suficiente como para que se fortificasen en los trechos más difíciles. La derrota era inevitable. fuera a abastecerse en Canudos. Según el axacto concepto de Von der Goltz 248. a súbitas refriegas. no había la mínima posibilidad de extender una línea de combate. de acuerdo con las características del enemigo y del terreno. . como si llevase un pequeño cuerpo de ejército hacia algún campo devastado de Bélgica. La lucha. Abandonando de nuevo parte de las municiones. sobre las maniobras de las unidades combatientes y ni una palabra sobre los inevitables asaltos repentinos. de modo que. Contra tales antagonistas y en un terreno de tal clase. teníamos la esgrima peligrosa con los guerrilleros esquivos cuya fuerza estaba en su propia flaqueza. parecía disponerlo de antemano para encuentros en los que podría entrar repartido en tiradores. digamos con mayor acierto. A medida que se eproximaba al enemigo se desarmaba. a esperas astutas. Nada más. a instantáneos encuentros en los que es absurdo pensar que pudieran desarrollarse las fases principales de un combate. una caza de hombres. nuestra bravura impulsiva.circunstancias. Así. refuerzo y apoyo. cualquier organiza­ ción militar debe reflejar algo del temperamento nacional. No había ni siquiera la posibilidad de hacer un com­ bate en el sentido estricto del término. Entre la tác­ tica prusiana donde todo es precisión mecánica y la nerviosa táctica latina donde todo es el arrojo caballeresco de la espada. en la fuga sistemática.

Este dispositivo. o a verlo aparecer dentro de sus propias filas soprendidas. sustituida por la iniciativa más eficaz de los comandantes de las pequeñas unidades. del único modo como ésta podía alcanzarse. evitaba el pánico y per­ mitía un desahogo. vuelto un montón de huesos amarrados por un montón de músculos. en que se puede encontrar una fuerza en operaciones. de anular el efecto de repentinas emboscadas. Surcando caminos des­ conocidos. actuando autó­ nomas. se imponía un gran fraccionamiento de las columnas. las diversas unidades debían seguir con el máximo distanciamiento. de acuerdo con las circunstancias del momento. sacudidas por el mismo espanto. hombres inermes cargando armas magníficas. actuando como un autómata según la vibración de los clarines. Así. Y en la marcha por los sertones. Era parodiar la norma guerrera del enemigo.entre los dos extremos de fuego que lo inician hasta el epílogo delirante de las cargas de bayoneta. se revela invisible en las emboscadas. la del reposo. la de la marcha y la del combate. se constituye en una advertencia saludable para el resto de la columna. las emociones de la guerra lo transfiguran. En ella iban a surgir tumultuosamente confundidas todas las situaciones naturalmente distintas. energías inconscientes sobre palancas rígidas. El coman­ dante se limitó a formar tres columnas y a ir hacia adelante. Aunque la dirección de los variados movimientos escapase a la autoridad de un comando único. incluso completamente aisladas. Para atenuarlas. sin nervios. tendiendo ins­ tintivamente a quedar en la retaguardia. tendiendo a ser un siniestro ideal de homúnculo. Un jefe militar debe tener algo de psicólogo. por la certeza de un rápido auxilio de las fuerzas que quedaban fuera de la acción del enemigo. debía reposar en alineación de batalla. como suma de sucesivos ataques. pronto a encontrar al enemigo en todas las vueltas de los caminos. en estas circuns­ tancias anormales es un peligro. y de conseguir finalmente. siguiéndolo paralelamente. sin tempera­ mento. si un tiroteo en la vanguardia en una campaña. Casi siempre las secciones se embaru­ llaban. poniendo ante la astucia sutil de los jaguncos la perezosa potencia de sus tres com­ pactas falanges. ellas despiertan a cada instante. aquella guerra debía impulsarse a galopes de mano de un estratega revolucionario e innovador. además de levantarles el ánimo. en trazados más firmes y opo­ niéndole la misma dispersión. Era natural que estas coyunturas inevitables fueran previstas. nuestro soldado. de crear mejores recursos de reacción. rodeado por una naturaleza salvaje y pobre. En función del hombre y de la tierra. única capaz de amortecer las causas del fracaso. se desordenaban. la victoria. . Por mecanizado que quede el sol­ dado por la disciplina. sin aparecer. El ejército en marcha. se acobarda y se llena de temores siempre que aquél. sin arbitrio. Nada se deliberó en cuanto a condiciones tan imperiosas. que es valiente frente al enemigo.

Partían unidas en columnas. sin abrigos. Tenían hecho medio camino. Es el más corto y el más accidentado. . limpiándola o buscando desvíos que evi­ taran grandes declives. Tomaron por el camino del Cambaio. si éste apareciese en lo alto de los morros. dentro de la estructura maciza de las brigadas. en Canudos. La expedición entró por aquel valle hondo como en un cajón hasta que en otro sitio. El desaguadero de captación de éste une las bases de tres sierras. alzándose en rampas. Ipueiras. poco a poco. Hechos algunos kilómetros. hasta Penedo. a una altura de trescientos metros sobre el valle. cruzando la serranía por tres laderas sucesivas. salvada de una posición muy difícil. La artillería les demoraba la marcha. Entonces la travesía se vuel­ ve más seria. que tenía sus condiciones de triunfo en la movilidad. sin sombras. las fuerzas dispersas en la marcha. Y la tropa. . Feliz­ mente no llegaron hasta ahí los jagungos. hasta saltar el sitio llamado "Lajem de Dentro”. . . De ahí en adelante se curva hacia el este. Iban a dispersarse. Demoraron dos días en alcanzar este punto. debían ir apretando a los fanáticos. empiezan los accidentados contrafuertes de donde fluyen los tributarios efímeros del Bendegó. parece una faja de tierras fértiles sombreadas por ver­ daderos montes. . hacién­ dolos concentrarse en Canudos. El campamento rodeado de piedras. EN MARCHA HACIA CANUDOS Fue en estas condiciones desfavorables que partieron el 12 de enero de 1897. De modo que a la mañana siguiente la tropa prosiguió con rumbo firme al norte. quedaba paralizada por la traba de esas maasas me­ tálicas. Fue una temeridad. mientras los zapadores preparaban la calle abriéndola. la Grande y la del Atanásio. cayendo en grutas. Al comienzo. prolongando el valle del Cariacá. Ascendían penosamente los Krupv. la de Acaru. serpenteando morros. centralizaría los fuegos del enemigo.En síntesis. repentinamente. Traspuesta la "Lajem de Dentro” y la divisoria de las vertientes del Itapicuru y del Vaza-Barris. acampó. que se articulan en una gran curva. el camino baja. a partir de la base de operaciones. Se hizo siempre lo contrario 249. empieza a accidentarse. se perturba en rastros pedregosos y se vuelve casi impracticable a medida que se acerca al pie de la sierra del Acaru. Avanzaban pegadas por los ca­ minos. que empeoraba.

ya eran evidentes. Las leyendas sobre "ciudades encantadas” en Bahía no tienen otro origen. Los soldados durmieron armados. Hist. que hacen pensar en baluartes derruidos. Y al amanecer del 17. e Geog. La imagen es perfecta. Señalaban las posiciones enemigas. Se habían acabado los alimentos. comenzó a ser terriblemente torturada. luciendo y extinguiéndose intermitentes. Por la noche. Y bajo el pretexto de ir en busca de una remesa urgente de provisiones. distinguiría. de titanes. a la noche. Al aclarar. un observador que desde el campamento mirase hacia el norte. muy lejos todavía de su objetivo que solo podía alcanzarse en tres días de marcha. próximos. Brasileiro. tal vez. Era luchar por la vida. algunas hices vacilantes. Para completar el cuadro. muy altas. Son comunes en ese trozo de sertón los aspectos originales de la tierra. Habían distinguido. los zapadores hicieron calle para los cañones y la jornada se demoró por el paso tardo de la división que los guarnecía.Hasta Mulungu. dispuestas de manera caprichosa. los bultos fugaces de los espías. clavada en las montañas. se mostraron imponentes. Estaban a dos leguas de Canudos. ori­ ginaron investigaciones que es impropio recordar ahora *. . el comisario de esa aldea se largó del lugar v no volvió. Deben de haber salido de la fantasía de los matutos y completadas por las indagaciones de hombres estudiosos. o levantándose en escalones sucesivos. la máxima velocidad era indispensable. Mientras tanto. Esto valía por un combate perdido. era la salvación. rodeados de sombras. Seguir hacia Canudos a pocas leguas de distancia. la expedición. como fosos. antes de haberse disparado un tiro. Fueron abatidas las últimas vacas para quinientos y tantos combatientes. El aspecto de la lucha se agravaba en plena marcha. recortadas en gargantas largas y circundantes. Restos de hogueras en las márgenes del camino y viviendas incendiadas daban se­ ñales del enemigo. esa noche desaparecieron la mayor parte de los peones de carga contratados en Monte Santo. dos leguas después de Penedo. Condujo a las tropas de vanguardia hasta el "rancho das Pedras” donde acamparon. * Ver el tomo 10 y otros de la Revista do Inst. III EL CAMBAIO Las masas del Cambaio se amontonan al frente. como estrellas rubias entre nubes. El cam­ pamento se alarmó. Alguien salvó la lealtad sertaneja: el guía Domingos Jesuíno. En Mulungu.

rectilínea. con el aspecto de grandes columnas derruidas. * Teniente coronel Durval de Aguiar. Son de este tipo las "casitas” que se ven hacia el lado de Aracati. estallando en un desmoronamiento secular y lento. . deforme. A la distancia. cuya estructura aparece en apó­ fisis punteagudos. Surge. los costados y sube en declives. semejantes a grandes ciudades muertas ante las cuales el matuto pasa. capri­ chosamente repartidos. . A esa hora matinal la montaña deslumbraba. numerosas fuerzas. cerca del camino de Jeremoabo a Bom Conselho. . metidos en las quebraduras del terreno. El camino hacia Canudos no la contornea. nadie le puede divisar geométricas líneas de parapetos cir­ cundados de fosos. . medroso. en alineamientos de rocas. a lo lejos. Los rayos del sol se reflejaban en las aristas de las lajas en pedazos dando la ilusión de movimientos febriles y fulgores vivos de armas. imaginando allá adentro una población silenciosa y trágica de "almas de otro mundo” . el conjunto de la sierra da al observador la impresión de toparse con las barbacanas de antiquísimos castillos donde hubiesen golpeado otrora. BALUARTES SINE CALCII LIN IM E N T I2 5 0 La sierra del Cambaio es uno de esos rudos monumentos. esparcidos. sin sacar las espuelas de los ijares del caballo en disparada. La tropa enfiló por ahí. Por cierto. inmóviles. . constreñida por escalones sumergiéndose en la angostura de un desfiladero como un túnel. Porque aquellos reductos bárbaros eran peores. Pegados al suelo. como si en rápidas ma­ niobras. se preparasen para el combate. Descrigóes práticas da Provincia da Bahía. Fríos observadores que atravesaron el extraño valle del Vaza-Barris quedaron asombrados al enfrentar: "Sierras de piedra naturalmente sobrepuestas formando fortalezas y reductos inexpugnables con tal perfección que parecen obras de arte” *. Surgen vastas necrópolis. rom­ piéndose bajo el periódico embate de tormentas súbitas e insolaciones intensas. Porque el Cambaio es una montaña en ruinas. en bloques rimados. El enemigo solo presentaba el rasgo amenazador de la tierra. Los morros. Los binóculos recorrían inútilmente las rocas desiertas. abultando a lo lejos. Le ajusta. llevando el ansioso anhelo de sabias sociedades e institutos donde se debatió el interesante caso. asaltos sobre asaltos hasta desmantelarlos. y otras que aparecen por aquellos lugares dándole un rasgo misterioso a esos melancólicos paisajes.Y no se crea que la imaginación popular exageró engañando la expec­ tativa de los investigadores que por allí anduvieron. reduciéndolos a mon­ tones de piedras en desorden y torres y pilastras truncadas. A veces esta ilusión se agranda. Estaba acantonado.

las líneas se rompieron ante los obstáculos del terreno. atendiendo las desventajosas condiciones en que se realizó. empujadas por los cañones sostenidos a su vez por soldados sin aliento. marchando detrás de los exploradores que escudriña­ ban cautelosamente las cercanías. una frase desafiadora que en el curso de la campaña sonaría invariablemente como un estribillo irónico: "¡Avanza! ¡Debilidad del gobierno!” . tortuosa y ondulante. de punta a punta.expectantes. rompiendo las . tenien­ do a la derecha al 9? y a la izquierda al 16° y la policía bahiana. con las armas en bandolera. Seguían sin aplomo. confundidos los bata­ llones y las compañías. Dispuestos rápidamente. en un barullo de cuerpos. desde lo alto de las rudas murallas. tras­ poniéndolas a saltos. Tropezando. se desbandaron instantáneamente. los ojos fijos en las columnas aún dis­ tantes. Las tropas caminaban lentamente. desde las matas esparcidas. los combatientes arrementían en tumulto. Toda la expedición cayó. Llegaban a las primeras laderas cortadas a media subida. debajo de las trincheras del Cambaio. La vanguardia se paró y pareció retroceder. Desde los escondrijos. sin el mínimo simulacro de formación. Aprovechando ese reflujo. los sertanejos se mantenían en silencio. despavoridos por las balas. los cañones bombardearon a los matutos a quema ropa y estos. los plazas arreme­ tieron y luego. montones humanos golpeando contra los morros. en réplica fulminante y admirable. se hizo la primera embestida encabezada por los cientos y tantos plazas del 33? de infantería. allá abajo. de descargas. de brillos de aceros. de estam­ pidos que pasaban sobre los sones de los clarines llamando a la carga. El mayor Febrónio se metió entre las filas alarmadas y centralizó la resistencia. los dedos presos en los gatillos de las carabinas. los acostumbrados vivas al Buen Jesús y al Conselheiro se mezclaban con apostrofes insolentes y palabrotas escandalosas y entre otras. aparecieron los jagungos en el un repentino deflagrar de tiros. tirando al azar hacia el frente. viendo por primera vez esas armas poderosas. Abajo. Toda la línea vaciló. en la ladera donde había quedado la artillería. Y en esta situación los sorpendió el enemigo. desde los despeñaderos y las vertientes. Fraccionados. El combate se generalizó en minutos y como era de prever. auxiliando a las máquinas impotentes a vencer esos declives. PRIMER ENCUENTRO El encuentro fue con un gran vocerío. la línea de asalto se dispuso. El avance fue desordenado. los animales de tracción y los cargueros. Una voz la detuvo. cayendo entre las lajas. que decuplicaban el efecto des­ pedazando piedras.

bajando. por las manos del cual pasaban. De modo que si alguna bala mataba al tirador. Evitaban la pelea franca. ora agrupados. subiendo. parecían desear que allí quedasen. sin que las animasen los oficiales acobardados. llenas de espanto. atacando. Las cargas morían en los escarpados. Entre ellos se veía a un negro corpulento y ágil. como quedaron la mayor parte de las balas destinadas a Canudos. por las cumbres. empujándolos en grandes corre­ rías por los cerros. circunstancia que. rodeando a un tirador único. por el techo de la sierra. Los jagunqos no las esperaban. Los sertanejos le imitaban los movimientos. en un vaivén de avanzadas y retrocesos. apare­ cían y desaparecían. ora dispersos. Otra vez lo veían caer. Hacían blanco de nuevo. Estos superaban de modo ingenioso la carencia de armas y el lento proceso de carga de las que poseían. La fugacidad del enemigo y el terreno le daban a la tropa una distribución táctica propia. Parecían dispuestos en dos clases de luchadores. terrible. A veces desaparecían por completo. apuntándoles con su espingarda. cayéndose y levan­ tándose el tirador fantástico. surgiendo y desapareciendo. cuyos nombres alabaron los partes oficiales pero no los comentarios de sus compañeros. ora desfilando en filas sucesivas. reaparecieron lós sertanejos. de bru­ ces. Para esto se disponían de a tres o cuatro. agravando el tumulto. o repartiéndose en pequeño número. sacudiéndose de encima canastas y cajones. Los únicos tropiezos eran las asperezas del suelo. Con la certeza de su inferioridad en armas. sordos a la intimación hecha con los revólveres gatillados. sentados en lo hondo de la trinchera. En lo alto. Comandaba las maniobras. sucesivamente. volvió a la expedición casi indemne. aliada al pequeño alcance de las armas sertanejas. los que se mo­ vían. más lejos. baleado y otra vez resurgía. Los proyectiles de las mannlichers estallaban azarosamente en la osa­ menta rígida de la sierra. Las secciones avanzadas ascendían más rápidas por las barrancas conquistando el terreno hasta que otra irrupción repen­ tina del adversario las tomaba de frente y tenían que parar o retroceder. huyendo.ataduras. las carreras. era el jefe. Los acompañó el resto de los troperos que huían. Descargaba sus armas a quema ropa sobre los fanáticos diseminándolos. cayendo mal heridos hasta en medio de los plazas que los remataban a golpes. las armas cargadas por los compañeros invisibles. La mayor parte reaccionaba. a las carreras. Este ardid fue en seguida descubierto por las diminutas fracciones atacantes que se aventajaron hasta las cañoneras más altas. utilizando trampas de facineroso viejo en las correrías del sertón. veloces. los saltos. Los soldados lo veían caer y prontamente reaparecer. invulnerable. rodando traspasados de balas. y los que per­ manecían firmes en sus posiciones. en seguida lo sustituía otro. desaparecían al galope por los taludes agrestes. Joáo Grande. .

mez­ clados ahora con las avanzadas de la tropa. El bombardeo se redujo a un tiro. Les cortó el paso la explosión del cañón destrozando a los primeros y haciendo huir al resto a sus primitivas posiciones. La tierra protectora les daba a los vencidos el último reducto. La granada partió levemente des­ viada del blanco y fue a golpear en una de las junturas en que se engas­ taba la piedra. sobre los desgraciados. presa entre otras dos. Albertazzi. . Los perseguían. Sobre los jagungos en fuga arrojaron car­ gas en desorden: soldados en grupos. sobre la barranca agreste. . Este lugar cubierto tenía a su frente. . la artillería empezó a moverse. . un muro de roca viva. en golpe sordo. En movimiento heroico. era resultado del coraje ciego junto a la más com­ pleta indisciplina de fuego y se comprende que. se levantaba. temerario.Por fin. Allí. médico de la expedición. Abrieron sobre sus perseguidores un tiroteo escaso y los hicieron pararse un momento. Y su perfil de gorila se destacó. . disparando al azar en una fanfarria irritante y una alacridad feroz de montoneros. En él se recostaron muchos sertanejos — cerca de cuarenta. obligando a la preparación de la artillería dispuesta a bombardear al pequeño grupo temerario. empujada a pulso. los sertanejos dejaron ciento quince cadáveres. La cosa estaba hecha. a lo que parece. la montaña estaba conquistada. avanzaron contra la artillería. sepultándolos. Los jagungos se les escapaban. oblicua y mal sostenida por uno de sus puntos al suelo. La dilató. Contingentes mezclados de todos los cuerpos saltaban finalmente sobre las últimas trincheras. según un espectador del cuadro * — probable­ mente los que hicieron las últimas cargas con sus trabucos. La brió de arriba abajo. el rudo cabecilla dispuso el encuentro defi­ nitivo. La victoria. Abajo. . * Dr. Culminó con un episodio trágico. Después de tres horas de lucha. Y el bloque despegado cayó pesadamente. . la orden del día diese preeminencia a los plazas graduados. más tarde. Fue al volver de los últimos picos de la sierra. EPISODIO DRAMATICO Había sido una hecatombe. las pér­ didas eran pocas: cuatro muertos y veintitantos heridos. mano a mano. La algarabía tumultuosa tuvo un final teatral. En cambio. rigurosamente contados. una piedra inmensa. sin embargo. frente a una banda súbitamente congregada. Venceslau Leal. semejantes a un dolmen abatido. turbas sin comando. Lo aprovecharon. Frente al desperdicio de municiones. Sus cabos de guerra fueron los cabos de escuadra. per­ diendo al oficial que hasta allí los había llevado.

se advertía por lo raleado de los tiros. los soldados veían de cerca las caras trigueñas de sus antagonistas. . los expedicionarios estaban en orden de marcha y tenían las armas prontas para la réplica que se realizó en descargas nutridas. . anunciando la estrepitosa visita. después de un cuarto de hora de ejercicios sobre el terreno que es allí despejado. apenas paliaron su sed en el agua impura de la minúscula laguna del Cipó. los últimos defensores del Cambaio se iban hacia Canudos. desaparecieron. Felizmente. Pero los jagungos no retrocedieron. las columnas dispusieron el avance sobre la aldea. por los fierros de los carros. casi al borde de la aldea. Abandonando las espingardas por las aguijadas. los sertanejos surgieron gritando. IV EN LOS "TABULEIRINHOS” Las columnas llegaron a la tarde a Tabuleirinhos. cada vez más cansados. El tiro partió. Porque la nueva de la batalla había llegado a la aldea con los huidos y para quebrar el ímpetu del invasor. Un shrapnell atascaba uno de los cañones y no había forma de extraerlo. y no siguieron aprovechando el ímpetu de su marcha persecutoria. Lo hicieron con las fatigas acumuladas y con la ilusión engañadora del reciente triunfo. La arremetida los llevó hasta las separaciones de cada pelotón. y formadas temprano. Y la tropa fue asaltada por todas partes. Acamparon. Se reeditó el episodio de Uauá. La tropa dormía bajo la guardia terrible del enemigo. por las hoces. . todos a un tiempo. . . afectos a las correrías veloces por las montañas. hasta entonces esquivos. Y por primera vez. por las horquillas. . al amanecer nada lo reveló. Se metieron por las caatingas y se aproxima­ ron al campamento. Se adoptó entonces el mejor de los arbitrios. De modo que no advirtieron a su alrededor la ronda de los jagungos. A la noche lo rodearon. Por fin. como si el disparo hubiese sido una señal para ellos. Sobrevino un pequeño contratiempo. gran número de luchadores partían de allí. Sería un aldabonazo sobre las puertas de la aldea. Adelante. Cansados por la refriega y hambrientos desde la víspera. por los facones de hoja larga. SEGUNDO ENCUENTRO Sin embargo.La marcha se reanudó. disparar el Krupp en dirección de Canudos. .

El desastre parecía inminente. a puñetazos. en una inter­ acción fatigante de los mismos incidentes hasta el agotamiento completo del adversario que. brutal. las fuerzas perdidas en arre­ metidas locas contra el vacío. que parece haber sido el mejor soldado de su propia expedición. El cañón retomado volvió a su posición primitiva. piedras. como si quisiese estrangular al monstruo: "¡Miren. sin armas. dándole un carácter más serio que el anterior ataque violento. asaltandos y asaltantes mezclados. Murió matando. un torbellino de cuerpos enlazados. Lo detuvo el comandante. que sobresalía del tumulto. Pero las cosas no mejoraron. lo que es tener coraje!”. Su nombre se perdió. Apenas repelidos los jagungos. de donde salían estertores de estrangulados. estertores de muertos. Pero en la marcha de tres kilómetros. atacaban a los contrarios con proyectiles groseros — puntas de cuernos.La primavera víctima fue un cabo del 9°. El jagungo que lo mató con su picana de vaquero. canallas. a golpes. con los puños adormecidos y flojos por la multiplicación de los golpes. Al frente iba un mameluco fuerte — cara de bronce afeada por la pá­ tina de la viruela— de envergadura de gladiador. La ola asaltante pasó sobre los dos cadáveres. Los guardias de la pieza retrocedieron despavoridos mientras él rodaba con el cañón arrastrándolo a mano. con los guerrilleros a la espalda y quizá otros refuerzos saliéndoles al paso. desde hacía mucho en desuso *. haciéndola volverse cruelmente monótona. Le quedaba a los invasores un recurso final salido de su desespera­ ción: avanzar cambiando el campo de lucha y caer sobre la aldea. sin peripecias. . Pero no la imprecación altiva que arrojó sobre el vocerío de los otros. en un retroceso que no era fuga. caería finalmente vencido por el cansancio de las minúsculas victorias. se arrojó sobre el grupo. La lucha fue cuerpo a cuerpo. volvían a sus tácticas de aparecer y desaparecer en los claros de las matas. anteponiendo las espingardas que cargan piedras y los trabucos de caño ancho a las Mannlichers fulminantes. Nuevamente esparcidos e intocables. relativamente incólume. Vol­ vían a su habitual sistema guerrero que era prolongar indefinidamente la acción. Albertazzi. quedó traspasado por su bayoneta. al saltar sobre el cañón que abarcó con sus brazos musculosos. La situación parecía insuperable. Reno­ vaban el duelo a distancia. Animó valientemente a sus compañeros atónitos y dándoles el ejemplo. Este terrible campeador quedó desconocido para la historia. clavos— de su vieja herramentería de la muerte. ronquidos de pechos aplastados. las municiones pródigamente gastadas en la hazaña perjudicial del * Los incidentes de esta jornada los debo a la Comunicación fidedigna del Dr.

el comandante definió la situación optando por uno de las dos puntas del dilema: proseguir la lucha hasta el sacrificio completo o su inmediato abandono. pun* E l Dr. La tropa había perdido cuatro hombres. Y las balas bajaban. Como en la víspera. Tirando contra los primeros agresores en el lugar del en­ cuentro. excluidos treinta y tantos heridos. mostraba siniestramente en el pardo oscuro de la tierra requemada las manchas de la sangre. . veían caer fulminados a sus compañeros. tal vez hubiese sido la victoria. los soldados apuntaban al azar. a los que se sumaba la carga de setenta heridos que se movían en total desorden. los cerros más próximos se veían desnudos. por el centro de la legión sorprendida. Uno de los médicos * había contado rápidamente trescientos cadá­ veres 251. impresiona­ dos por la intensidad de los tiroteos. La última fue aceptada bajo la condición de no dejar una sola arma. de frente. LA LEGIO FULMINATA 2 5 2 DE JOAO ABADE La retirada fue la salvación. las pérdidas de uno y otro bando estaban fuera de todo paralelo. De modo que. se habían alarmado. . partiendo en trayectorias altas. Además. Esta retirada era totalmente contrapuesta a los resultados directos del combate. los habitantes de Canudos. cerca de seiscientos. Everard Albertazzi. Estos proyectiles perdidos pasa­ ban sobre los combatientes e iban a caer más adelante. ya previendo las consecuencias que tendría la llegada de los soldados cayendo de golpe sobre la beatería miedosa. Los jagungos.Cambaio. . en la mayor parte de los casos. de costado. estaba excluida la hipótesis de un bombardeo preliminar. un solo herido y un solo cadáver sin sepultura. A mitad de camino la columna fue inopinadamente alcanzada por las balas. desiertos. en medio de la gente de Joáo Abade. perplejos. dando de lleno en su superficie. pues solo quedaban veinte tiros de artillería. Alrededor. se lanzaban según el alcance máximo de las armas. para salir en refuerzo de los compa­ ñeros. La retirada se imponía urgente e inevitable. Algún tiempo después de haberse traba­ do el combate de Tabuleirinhos. mientras los contrarios fueron diezmados. advertían el silbido tenue de las balas y no divisaban al enemigo. los tiros. Reunida en plena refriega la oficialidad. tal vez se terminasen y no podía ultimarse la empresa con choques de armas blancas con la atonía muscular de los soldados ham­ brientos y fatigados. Se había coloreado el agua impura de la laguna del Cipo y el sol. aquí. Descubramos — siguiendo las deposiciones testimoniales— uno de los casos originales de esa campaña. Joáo Abade había reunido el resto de los hom­ bres válidos. Pero el atacar la aldea arrostrando todo. allí. los arbustos ralos no permitían refugio.

volvieron los ojos hacia el cielo cruzado por las parábolas invisibles y nadie los pudo con­ tener. que en los días corrientes evitaba encararlas. cargando sus pocas cosas. a sollozos. en una lucha sin éxito en la que el vencido vence en cada paso que consigue avanzar el ven­ cedor. No había engaño posible. . El desorden terminaba en prodigio. Ni los miró siquiera. . a gritos. Se precipitaron desaforadamente hacia Canudos donde. En cuanto a las mujeres. Un asombro supers­ ticioso ensombreció las caras más enérgicas. sin que los contuviesen los cabecillas más prestigiosos. originaron una gran alarma. el pueblo ingenuo perdió en momentos las creencias que le habían inculcado. agitando sus relicarios. en busca de las caatingas. el apóstol esquivo. en el que se atropellaban prófugos los desertores de la fe y se preparó para el martirio inevitable. En ese momento sobrevino la nueva de que la fuerza se retiraba. clamando. . Atónitos. se daban a la fuga. estaría allí en breve. rezando. rezando. Subió con media doce­ na de fieles hasta los andamiajes altos de la nueva iglesia e hizo retirar la escalera. llorando. observó el poblado revuelto. poseedor de engendros de tal especie. NUEVO MILAGRO DE ANTONIO CONSELHEIRO Pero Antonio Conselheiro. el enemigo. le restaba al infeliz ejército el recurso de oscilar entre la derrota y la victoria. Fue un milagro. El encanto del Conselheiro se quebró. por las circunstancias que le encuadran es uno de los episodios más emocionan­ . Enloquecido de miedo. atravesando rápidos las callejuelas. V RETIRADA Había comenzado la retirada. Bandas de fugitivos. siguiendo el rastro de los últimos defenso­ res de la aldea. en esos momentos estableció una separación total. . al llegar. pisando indomable el territorio del enemigo y conquistando a gol­ pes de armas cada una de las vueltas del camino. La retirada del mayor Febrónio. Terminadas las esperanzas del triunfo. se agrupaban ante las puertas del Santuario. si por lo restringido del campo en que se realizó no se puede equiparar a otros hechos memorables. Los grupos quedaron abajo.tilleándola de muertos. imprecando. como una lluvia de rayos. implorando la presencia del evangelizador.

contra todas las prácticas dirigía la vanguardia. prontos a largarse en violentas caídas por los declives. feroz y temerario. simple y malo. forma retardataria de troglodita sañudo levantándose allí. corrían flanqueándola. . se veían los jagungos. los más robustos dejaban la línea de fuego para arrastrar los cañones o transportaban a los mal heridos y agonizantes y al frente de esta mul­ titud. cuyo ánimo no aflojaba. La expedición había perdido totalmente su estructura militar. Producido el último choque que partió del círculo atacante. héroe sin saberlo. esparcidos entre las rocas. poblado de trampas. Les bastaba. acerca de setenta heridos debilita­ ban las filas. abierto al sesgo de los contrafuertes. comenzó a desfilar por las veredas de las laderas sin que se advirtiera en este movimiento tan grave. gran número de lastimados apenas podían cargar sus armas. miraba en torno y la montaña era un arsenal. Pajeú. . brutal e infantil. No arremetían en chusma sobre la fila. los jagungos los siguieron. las víctimas de la víspera. como una turba vengadora de demonios salidos de entre una multitud de espectros. . buscaba los puntos más arriesgados. Este bárbaro distribuyó a sus compañeros por las caatingas. alzado en rocas puntiagudas. Los capitaneaba ahora un mestizo de bravura increíble. un singular caso de retroceso atávico. El coman­ dante. se extendía un camino de cien kilómetros. . mezclados con los soldados. entre los abismos. en su temperamento impulsivo se reunían todas las tenden­ cias de las razas inferiores que lo formaron. Al advertir el movimiento. mien­ tras los capitanes y oficiales subalternos se precipitaban. en desafío a las últimas gra­ nadas. Una sola variante: de bruces sobre las piedras. Los sobrevivientes les pasaban ahora de por medio. Se marchaba luchando. por el sertón estéril. oficiales y plazas jornalizados estaban nivelados por el mismo sacrificio. Los soldados se habían batido durante dos días. ladeando a las columnas. dejando actuar solamente a su formidable arma: la tierra. un sargento. ingenuo. el más leve resquicio de los preceptos tácticos donde sobresale la clásica formación escalonada permitiendo que las unidades cobatientes se alternarasen en la réplica. .tes de nuestra historia militar. en las antiguas edades enarbolaba el hacha en la puerta de la caverna. entre los cuales mediaba el armisticio engañador de una noche de alarmas. Allí estaba el mismo camino peligroso. . el más serio de las guerras. De esta manera. sin alimento alguno. valiente por instinto. Legí­ timo cafuz. volvieron a entrar en las gargantas del Cambaio. Cam­ . en cargas hechas sin voces de mando. Era el tipo completo del luchador primitivo. con el mismo arrojo con que. Allí estaban los bloques de piedra amontonados en pilas vacilantes. El curiboca que había partido su carabina o perdido su aguijada en el torbellino.

de pronto. más rápidas. . inmundos. pasaban como balas monstruo­ sas sobre la tropa despavorida. sacándoles pedazos. sobre las sierras. Esta. El sol estaba en su culminación y la luz cruda del día tropical cayendo en la región quemante y desnuda. en una asonada siniestra. Toda la naturaleza quedaba inmóvil en aquel deslumbramiento. largos silbidos y burlas ruidosas como si los siguiese una barahunda de muchachos incorregibles. les permitió recursos defensivos más eficaces. La hora de las provocaciones había terminado. rodaban al principio con rumbo incierto entre las escabrosidades del terreno. caliente. a la media luz de los rápidos crepúsculos del sertón. Hombres totalmente exhaustos corrieron delirantes de alegría a los veloces anima­ les.biaba la espingarda inútil por esas armas que oscilaban. Los jagungos dieron la última embestida con la artillería que trataron de quitarle a la tropa. Un incidente providencial completó el suceso. El último encuentro se hizo al caer la noche. invadió el campamento casi al mismo tiempo que los sertanejos huían. despeñándose al fin en saltos espantosos y golpeando contra otras piedras. Peores que las descargas. Pero las fati­ gas de la marcha la abatían más que el mismo enemigo. Prefiguraban los regalos de un banquete después de dos días de ayu­ no forzado y una hora después — andrajosos. no resonaban y la brutalidad humana rodaba sorda­ mente dentro de la quietud universal de las cosas. caían. Los sertanejos no los agredían. . bajo una avalancha de bloques. bajo el espasmo de la canícula. por el medio de la ladera. La travesía de las trincheras fue lenta. Los estampidos estallaban secos. no había ecos en los aires enrarecidos. Los luchadores. dejando veinte muertos. abajo. iluminados por la claridad del fue­ go. des­ pués. se salvaba a cubierto del ángulo muerto del mismo camino. seguían como actores desgra­ ciados en el epílogo de un drama mal representado. Al final de tres horas de marcha. Pasaban por lo alto en grupos turbu­ lentos y ruidosos. Un rebaño de cabras ariscas fustigado tal vez por las balas. La admirable posición de ese lugar. . La agitación de dos días sucesivos de combates y provocaciones se deshacía. Gomo simios amotinados habían convertido todo eso en un pasatiempo doloroso y en un apedreamiento. oían dichos irónicos e irritantes. repugnantes— en cuclillas alrededor de las hogueras. Pero las ametralladoras los rechazaron y barridos por la metralla. flameaba. . irrespirables. Fue una diversión feliz. Fue breve pero temerario. . dilaceraban carnes apenas cocidas como una banda de caníbales hambrientos. llegaron a Bendegó de Baixo. abajo. Los mismos tiros apenas quebraban el silen­ cio. breve planicie unida al camino. rodaron por las bajadas perdiéndose en la noche.

los cadáveres de los mártires de la fe. El fúnebre cortejo seguía ahora hacia Canudos. a medida que lentamente ascendían las sombras. . a la tarde. tapando sus desnu­ deces con los capotes despedazados. Iluminó. Las ropas convertidas en harapos. algunos trágicamente ridículos. vencidos por los soles bravios. los recogían los compañeros compasivos. Brillaban las primeras estrellas. la enorme procesión cubría las sierras. a caballo de las sombras que ya se acostaban en las bajadas. El día había sido dedicado a la lúgubre exploración a la que se dedicó la población entera. el sol caía lentamente. había cambiado por las letanías melancólicas. éstas reful­ gieron como enormes cirios. temprano. Los que cargaban a los compañeros heridos claudicaban a cada paso. cargando en los hombros. A la tarde había finalizado la piadosa tarea. Bajando a las grutas profundas y subiendo a los vértices más abruptos. El fragor de los combates. donde los últimos rayos centelleaban en las cumbres. . Faltaban pocos. ya encendidos. Muchos luchadores. . Muy bajo en el horizonte. entraron en la villa como una turba de vencidos. La población los recibió en silencio 25S. No había un hombre sano. el corte­ jo que seguía la cadencia de los rezos. fugaz. Se deslizó insensiblemente subien­ do. tocando con su halo rutilante los confines de las planicies lejanas y su última claridad. hasta lo alto. la cruz res­ plandeciente de Orion 2 5 4 se levantaba sobre los sertones. en tocas parihuelas de palos atados con cipos. . . Se habían escudriñado todas las anfractuosida­ des.La expedición partió al día siguiente. . VI PROCESION DE PARIHUELAS Aquel mismo día. volvieron a animarse las cuestas del Cambaio. cubiertos con groseros sombreros de paja. huyendo de la desolación y la miseria. cortados por las piedras y las espinas. ya apagados. . Por momentos lo aclaró. sus ropas prendidas a los picos puntiagudos. . caía sobre el dorso de la montaña. para Monte Santo. caminando hacia Canudos. todas las grutas. Rutilando en la altura. todas las cavernas. habían caído por los ba­ rrancos. Por instantes. los que la tropa había quemado. oscilando en la media luz del crepúsculo. todos los dédalos. al morir en las laderas. Lentamente. . sin embargo. con los pies sangrando. otros se balanceaban sobre los abismos. Los creyentes había sustituido a los comba­ tientes y volvían a la aldea.

Se estaba frente a una sociedad que. desde las conspiracio­ nes incesantes a los repetidos estados de sitio. Había encontrado al país dividido en vencedores y vencidos. por aventajarse en demasía al curso de una evolución lenta. iniciado en 1894.EXPEDICION MOREIRA CESAR I— El Coronel Moreira César y el medio que lo hizo célebre. Nuevo camino.— Partida de Monte Santo. Primeros errores. Una mirada sobre Ca­ nudos. la intere­ sante psicología de aquella época. En lo alto de la Vavéla. 11. Sufriendo aún las lamentables consecuencias de la sangrienta guerra civil que había culminado una ininterrumpida serie de sediciones y re­ vueltas desde los primeros días del nuevo régimen 2 5 5 . coincidía con un momento crítico de nuestra historia. más adelante. que se había aquietado en el marasmo monárquico. precipitando a la República por un declive donde los desastres aparecían con un ritmo que delataba la marcha cíclica de una enfermedad.— El primer encuentro. . "¡Acelerando!”. repelía por igual los recursos extremos de la fuerza y de la influencia serena de las leyes. El gobierno civil. Y fue impotente para corregir una situación que no siendo francamente revolucionaria ni tampoco normal. la sociedad brasileña ofrecía un alto grado de receptividad para la intrusión de elementos revolucionarios y de dispersión. Pitombas. alguien se ponga a definir a la luz de expresivos documentos. Dos tarjetas de visita a Antonio Conselheiro. I MOREIRA CESAR Y EL MEDIO QUE LO HIZO CELEBRE El nuevo fracaso de las armas legales. Ataques. Ciudadela trampa. Psicología del soldado. III. como efecto predominante. Cuando. Saqueos antes del triunfo. tuviese. propagar sobre el país. imprevisto para todo el mundo. V — Sobre lo alto del Mario. Al golpear del Ave María. Cómo la aguardaban los jagungos. marchando a los saltos. V I— Re­ tirada. Primera expedición regular. como si éste. no había tenido la base esencial de una opinión pública organizada. parecía reflejar el contraste entre su imperfecta organización intelectual y su incomprendida organi­ zación política. hacia 1897. demostrará la inadaptación del pueblo a la legislación superior del sistema político recién inaugurado. un intenso espíritu de desorden. desbandada. Un arsenal al aire libre y una diversión cruel. desde la máxima flojedad a la máxima rigurosidad. Retroceso. fuga. IV — El orden de batalla y el terreno.

los gérmenes de los levantamientos más peligrosos. Entonces se pudo observar un caso común de psicología colectiva: tomada de sorpresa. por las especiales circunstancias que lo rodearon. actuaba totalmente alejado de la amplitud de la opinión nacional. las mayorías conscientes pero tímidas. El gobierno anterior. Al dejar el poder no se llevó a todos los que lo habían acompañado en los difíciles trances de su gobierno. Pero al vencer la indisci­ plina resultante de las sucesivas sediciones. que había reunido todas las rebeldías y todos los tumultos de los años anteriores. evitan las imposiciones severas de un medio social más culto. Traían el irreprimi­ ble movimiento de una carrera fácil y vertiginosa como para detenerse de súbito: se infiltraron en la nueva situación. abra­ zado tenazmente a la Constitución. aunó. Nada podía detener esa decadencia. dejaba que se diese el fenómeno contrario: la significación superior de los principios demo­ cráticos decaía. invertida. inerte absolutamente y neutral. vuelta un sofisma. habiendo nacido de una reacción contra un golpe de estado violador de las garantías constitucionales. a todos los medios y a todos los adeptos. tomaban en parte la misma imagen moral de los medio­ cres atrevidos que se les ponían al frente. en la esfera social evoca la herencia de una remota predisposición biológica. en los últimos días de su gobierno. tan bien expresada en el "mimetismo psíquico” de que nos habla Scipio Sighele 2 5 8 .De manera que siéndole imposible sustituir el lento trabajo de la evo­ lución para levantar la primera al nivel de la segunda. la mayor parte del país. Venció al desorden con el desorden. entre las pasiones e intereses de un partido que. surgieron en la . porque su figura aún hoy es un intrincado enigma. extendida a la consagración de todos los crímenes. la Revuelta de Setiembre 2 5 7 . congregaba a todos los mediocres ambiciosos que. violando flagrantemente un programa preestablecidos. deshizo la misión a la cual estaba dedicado. había tenido una función combativa y demoledora. la ahogaba. por instinto natural de defensa. De manera que el inflexible Mariscal de Hierro 2 5 6 . aisladamente. Se quedaron muchos agitadores. deploraba. había agravado la inestabilidad social y se había vuelto en cierta manera contraproducente. quizá involuntariamente. saliesen de donde fuere. Así es que. Se­ gún el proceso instintivo que. Y al vencer. prontos a explotar. se constituyó en vehículo propicio de transmisión de todos los elementos condenables que cada ciudadano. En los momentos de crisis apelaba incondicionalmente a todos los recursos. se transformaba en la fórmula antinómica de una tierra sin leyes. Entonces. anulada. en latencia. robus­ tecidos por un intenso aprendizaje de tropelías que se sentían incómodos en el plano secundario al que naturalmente volvían. salvando pocas excepciones. haciendo de la legalidad la síntesis de sus designios. Destruyó y creó revoltosos. esa palabra. creó el proceso de la suspensión de las garantías. del Mariscal Floriano Peixoto.

De todo el ejército. Antonio Moreira César. lo atraían afanosa e imprudentemente. . por la Revuelta de la Escuadra. sin orientación ennoblecedora. enlazados en un círculo estrecho de ideas en donde el dudoso entusiasmo por la Repú­ blica se aliaba con un nacionalismo extemporáneo y la grosera copia de un jacobinismo poco lisonjero para la historia. hecho de aclamaciones y apodos. La retracción criminal de la mayoría pensante del país permitía todos los excesos. ilógicamente. en esa fogosa expansión de nuestra sospechosa sentimentalidad. un coronel de infantería. desde el movimiento abolicionista hasta la procla­ mación de la República. lo que de hecho se hacía en todos los tonos. Lo eligieron como nuevo ídolo. tenía un excep­ cional renombre. Entre dos extremos. Y como el ejército se erigía. indi­ vidualidades que en las situaciones normales caerían bajo el peso de su ridiculez. el rasgo más vivo que la caracteriza. donde había sido el principal actor en el epílogo de la campaña federalista del Río Grande. Lo escogió como jefe de la expedición ven­ gadora. en ese barajar. era quien parecía haber heredado la tenacidad del gran vencedor de revueltas. No les bastaban las divisiones per­ manentes ni los asustaba una situación económica desesperada. en que permanecían vivos los mínimos incidentes de la guerra civil extendida desde la bahía de Río de Janeiro hasta el sur. El fetichismo político exigía muñecos de uniforme. Ante la noticia del desastre. el arrojo de Gumercindo Saraiva y la abnegación de Gomes Carneiro 259. aquellos agitadores comenzaron a vivir de la explotación pecaminosa de un cadáver. sobre todo en las calles. el gobierno no encontró nadie mejor que pudiese equili­ brar las graves exigencias. en la imprenta y en las calles. felizmente transitoria y breve. en elemento moderador de las agitaciones nacio­ nales. Alrededor del nombrado se había urdido una leyenda de valentía. que aumentaba la gravedad de la lucha en los sertones. y en medio de la indiferencia general. Sin ideas. querían aumentar aquéllas y volver a esta última insoluble. la opinión pública nacional oscilaba manejando los conceptos más dispares para aquilatar a vencedores y vencidos.tribuna. las mediocridades irritativas consiguieron imprimir a esa época. La tumba del Mariscal Floriano Peixoto se convirtió en la prenda de alianza de los rebeldes y el nombre del gran hombre fue la palabra de orden del desorden. lo cortejaban. según el modo extre­ mista e incoherente de juzgar de la época. y en esa inestabilidad. Recién llegado de Santa Catarina.

Una fisonomía inexpresiva y mórbida completaba su ingrato y exiguo porte. Aquellos atributos. o el demonio cruel que idealizaban. viviese el campeador brillante. con la impenetrabilidad derivada de su atonía muscular. Nada. Irrumpían a granel. la chaqueta con­ feccionada para hombros de adolescente frágil. era la caricatura del heroísmo. Quizá porque era las dos cosas al mismo tiempo. como intrusos sor­ prendidos. el coronel Moreira César era una figura aparte. cruel. Era una cara inmóvil. Los grandes paroxismos de la cólera y la alegría más fuerte. Sólo un hombre los percibió o los descifró bien. como un molde de cera. Los héroes inmortales de un cuarto de hora. ambicioso. En esa individualidad singular chocaban antinómicas. de la sangría de Inhanduí. destinados a la suprema consagración de una placa en la esquina de una calle. Lo aprovechó en la ocasión oportuna. el Mariscal Floriano Peixoto. dejándola siempre fijamente inmóvil. de los pedregales del Pico do Diabo. Apretado en el uniforme que raramente abandonaba. de la carnicería de Campo Osorio. ironías diabólicas e invectivas despiadadas. en aquel rostro de convalesciente sin una línea original y firme: pálido. tendencias monstruosas y cualidades su­ periores. absolutamente nada. No tenía los rasgos característicos del uno ni del otro. estaban velados por una reserva cau­ telosa y sistemática. y mal iluminado por una mirada mor­ tecina. Todos queridos. envueltos en panegíricos y afrentas. dedicado. Era tenaz. Tenía con él la afinidad de inclinaciones idénticas. rígida. De figura diminuta — un tórax raquítico sobre dos piernas arqueadas en paréntesis— era orgánicamente inepto para la carrera que había abrazado. maneras corteces y algo tímidas. Eran legión. unas y otras en el grado máximo de intensidad. Se justificaban tanto los aplausos como las invectivas. Al verlo se sorprendían por igual admiradores y adversarios. como Luis XI hubiese . alargado por la calva en que se prolongaba la frente abombada. leal. apareciendo entre fervientes ditirambos. Le faltaban el aplomo y la complexión que. a los empujones. le estropeaba más la postura. sin embargo. maldecidos todos. en el soldado. en la lasitud de los tejidos. Era un alma pro teiforme encerrada en un organismo frágil. impasible. pa­ ciente. Su aspecto le reducía la fama. adentro de la historia. A los que lo veían por primera vez les costaba admitir que en ese hombre de gesto lento y frío. velada de permanente tristeza. sin que se pudiese saber si eran bandidos o santos. Entre ellos. del cerco memorable de La Lapa. revelaba la energía sorprendente y la temible entereza de que diera pruebas. vengativo.con todos los colores y bajo variados aspectos. debían morir allí inadvertidos. son las bases físicas del coraje. o del marcial platonismo de Itararé 260. entraban de repente.

la calma soberana en rabias repentinas y la bravura caballeresca en la bárbara rebeldía. un aspecto original e interesante. decidieron la justicia fulminante y de­ sesperada del linchamiento. con ritmo regular. a causa de conmociones violentas. un alucinado. había creado un escándalo permanente de insultos intolerables en la Corte del Antiguo Imperio. En su alma. aparte de los casos dudosos. . Entre sus compañeros de armas eran conocidos esos significativos episodios que. Un periodista 262. Pero. actuando libremente gracias a la laxitud de las leyes repre­ sivas. Sin embargo. no es una imper­ donable exageración considerarlo una mezcla reducida de ambos. Uno sobre todo puso de relieve su energía salvaje. Fue en 1884. habiendo rozado al Ejército con algunas de las indecorosas alusiones que abarcaban por igual a todas las clases. lamentablemente. en Río de Janeiro. A veces. y constituyen las señales de la curva inflexible hasta que lo arrebataba la fatalidad biológica. por suerte detenido a tiempo. Tenía el temperamento desigual y bizarro de un epiléptico compro­ bado que encubría la inestabilidad nerviosa del enfermo con una placidez engañosa. como si la evolución prodigiosa del predes­ tinado se hubiese detenido antes de la selección final de los raras carac­ terísticas con que lo equipara. interferían en la línea de una carrera correcta como pocas. contra un oficial argentino por cierta palabra mal entendida— destacamos los más conocidos. la dedicación extrema desaparecía ante el extremo odio. si pudiese encajar en la bravura novelesca del Ca­ ballero Sin Mácula las astucias de Fra Diábolo 2 6 \ Moreira César estaba lejos de la nobleza del primero y más lejos aún de la decadencia moral del último. asistiríamos al desdoblamiento continuo del mal que le imprimió. Una cosa grande e incompleta. Era un desequilibrado. definido por una sucesión elocuente de acciones que aparecen punteando períodos de calma cada vez más redu­ cidos. como supremo recurso. como a otros compañeros de desdicha. precisamente en la fase crítica en que debía definirse como héroe o como malhechor.aprovechado a Bayard. Sería largo enumerarlos. definidos siempre por el rasgo preponderante de vías de hecho muy violentas — aquí el ultraje a reben­ cazos de un médico militar. Si pudiéramos seguir su vida. de tiempo en tiempo. algunos oficiales. allá el ataque a cuchillo. su serenidad se quebraba por los movimientos impulsivos de la enfermedad que sólo más tarde. o mejor dicho. desde el último de los ciudadanos al monarca. además del peligro de contribuir al arsenal de versiones exageradas o falsas. se develó completamente en las manifestaciones físicas de los ataques.

en un comentario lisonjero de los grandes lances de su vida. de esa Siberia canicular de nuestro ejército. sin una explicación. a Santa Catarina. sentado al lado de la autoridad superior del propio ejército. como una barrera para detener el conflicto que se había reanimado en el sur y amenazaba a los estados limítrofes. terminada la revuelta. el hombre para las crisis peligrosas y para las grandes teme­ ridades. sin la mínima deferencia. un dardo que dio de lleno en la curiosidad imprudente de los poderes constituidos. Un "no” simple. con un triste aparato de imperdonable maldad. exacta­ mente en el momento en que ella. sin un rodeo. seco. el Mariscal Floriano Peixoto lo envió. Los fusilamientos que allí se realizaron. figuraba. el primero quizá en acuchillar a la víctima por la espalda. Su figura de niño atravesaba los cuarteles y las calles envuelta en un murmullo simpático y elogioso. armado de poderes discrecionales. El crimen le trajo la transferencia hacia Mato Grosso y. en un carruaje. en pleno día. sólo volvió después de la proclamación de la República. el gobierno parecía desear tener cerca de sí a aquel firme sostén. el guante del estado de sitio. y teniendo en su hoja de servicios elogios merecidos por varias comisiones ejemplarmente cumplidas. hablan a las claras. La respuesta por telégrafo fue rápida. se había acogido a la protección inmediata de la ley. Lo vimos en esa época. . porque había saltado velozmente tres grados en dos años. En 1893. alabado por el desempeño de misiones pacíficas. atrevido y cor­ tante. Impresionaron tanto a la opi­ nión pública nacional que. delante de la justicia resguardada por los Comblains de toda la fuerza policial en armas. el gobierno civil recién inaugurado pidió cuenta de tales sucesos al principal responsable. Y fue el más decidido. por fin. ya gra­ duado. en los últimos años de su existencia. acerca de los cuales era completamente muda la fe de oficio del burócrata inofensivo y tímido. Esta salió de la vaina. Todavía era capitán y aunque nunca había desenvainado su espada en un combate. Y entre los subalternos encargados de ejecutar la senten­ cia en plena calle. Resultado: en ningún lugar de nues­ tro territorio pesó tan firme y tan estrangulador. todavía joven. al declararse la Revuelta de la Armada. en los documentos de la profesión guerrera aparecía lo implacable de una existencia accidentada. semejaba un triunfador. Por singular contraste. En los días aún vacilantes del nuevo régimen. Meses después lo llamaron a Río de Janeiro. relampaguaba el cuchillo al lado de la espada total­ mente virgen. turbulenta. el capitán Moreira César.Así se hizo. el más cruel. en la que no raras veces. alrededor de los treinta años.

más repetidos y ostentosos en un creci­ miento inflexible. y su identidad está en que objetivaron la misma neurosis. incomprensibles o brutales. demostraba cualidades eminentes y excepcionales de jefe disciplinado e inteligente. sin exagerar. Nombrado para la expedición contra Canudos.Se embarca con su batallón. De ahí esos actos inesperados. la epilepsia se alimenta de pasiones. Habremos de verlos en seguida. . Realmente. escondida sorda­ mente en las conciencias. se puede decir que muchas veces. en contraste con los inter­ mitentes momentos de exaltación y paroxismo. eso no disminuía su prestigio. La acción sería absolutamente inexplicable si no la caracterizáramos como un aspecto particular de la desorganización psíquica de que era víctima. lo abasteció con un personal que sobrepasaba en mucho el número regular de plazas. en una nave mercante y en pleno mar. crece cuando se ex­ panden las emociones súbitas y fuertes. eran señales significativas que indicaban un diagnóstico único y se­ guro . Se hizo dueño del batallón que comandaba. Se vio que todos los accidentes singulares de su inconexa existencia. de un desvío en la ruta. cuando todavía está larvada. parece tener en la libre manifestación de aquéllas una derivación salvadora que atenúa sus efectos. de improviso. o se traduce en una alienación apenas efectiva. con estupor de su mismo estado mayor. Estos últimos hechos. había decenas de niños que no podían cargar las armas. la sos­ pecha de una traición. se entregó a una serie de desatinos que culminaron en una catástrofe. pero. precisamente en la víspera del día fijado en detalle para la marcha. en lo que la víctima trata de eludir instintivamente al propio mal. entre los cuales. tuvieron la intermitencia de los ataques. sin que para eso hubiese el mínimo pretexto. Contenido el brazo homicida o inmovilizado de golpe el héroe en su arremetida glo­ riosa. y tres días más tarde. . buscando el crimen muchas veces como vía de escape de la locura. sucumbiendo al acceso. precisa­ mente en la víspera del día señalado para el asalto. ex abrupto 26 S. de mil y tantos hombres exhaustos por una carrera de leguas. un crimen o un acto de heroísmo. el enfermo puede aparecer. extremados por dos ímpetus impulsi­ vos: la partida caprichosa de Monte Santo. por fin. Lo había asaltado. ante la sorpresa de sus mismos compañeros. es el equivalente mecánico de un ataque. De modo que. . el ataque contra la aldea. organizó el mejor cuerpo del ejército. Con un imperio incondicional. porque en sus extensos períodos de lucidez. Estos se volvieron. prende al comandante. dispuesto adrede para hacerlo prisionero a él y a sus soldados. Fueron una revelación. Sin embargo. el 7*?. en manifiesta violación de la ley.

cae en un estado crepuscular. bajo el mando del capitán José Agostinho Salomáo da Rocha. el coronel César se destacaba con fuerte relieve. sintiendo crecer la inestabilidad de su vida. Despuntaban efímeras individualidades y entre ellas. los degenerados peli­ grosos fascinan con igual vigor a las multitudes estúpidas. En esta ocasión le cabe a la sociedad darle la púrpura o el chaleco de fuerza.Durante mucho tiempo está sumido en una semiconciencia de su estado. y un escuadrón del 9? de caballería. perturbándose. a la gloria. una batería del 2? regimiento de artillería. se había ejercitado el dominio del caput mortuum2 6 4 de las sociedades. no capta las condiciones exteriores o las relaciona mal y va decayendo. Doblemos esta peligrosa página. y condensa en su cerebro. en una serie de delirios fugaces. en una eva­ luación cada vez más penosa de las condiciones normales del ambiente. llevando su batallón. cerca de 140 soldados del 33? y el 9? de infantería. El enfermo. pronto a desatarse en acciones violentas que lo pueden llevar al crimen o accidentalmente. entonces. bajo la dirección del mayor Rafael Augusto da Cunha Matos. Si un gran hombre puede imponerse a un gran pueblo por la influencia deslumbrante del genio. como si la nulidad de su pasado hiciera sobresalir mejor la energía feroz desdoblada en los últimos años. poco a poco. el 7? de infantería. de donde salió dirigido por el coronel Sousa Meneses. Los intervalos lúcidos le sirven de punto de apoyo para la vacilante conciencia en su búsqueda de motivos inhibitorios. como si fuese la suma de todos los delirios anteriores. En la apreciación de los hechos el tiempo sus­ tituye al espacio para formalizar las imágenes: el historiador necesita cierto alejamiento de las épocas que observa. un potencial de locura inestable. La inteligencia. con el capitán Pedreira Franco. que nadie advierte. con el . deformándose. . el coronel Moreira César salió el 3 de febrero hacia Bahía. finalmente. con 28 oficiales y 290 pla­ zas. PRIMERA EXPEDICION REGULAR De conformidad con la invitación que le fuera hecha. se debilita. Las tres armas formaban el núcleo de la brigada constituida con la celeridad que las circunstancias imponían. Es temprano todavía para que se defina su altura. uniéndose partes de otros tres cuerpos: el 16? que estaba en San Joao d’El-Rei 2 6 5 . . Pero la lucidez. relativa a la bajeza del medio en que surgió. Y lucha tenazmente. según una acertada expresión. Porque el principio general de la relatividad abraza las mismas pasiones colectivas. Entre nosotros. que ni ella advierte a veces.

Monte Santo. estaba toda la expedición congregada. agregados a la brigada. tuvieron una semana para reco­ nocer un terreno desconocido y áspero. fuertemente provistos con quince millones de cartuchos y setenta tiros de artillería. que los cinco médicos del cuerpo sanitario previeron una repetición de lastimosas con­ secuencias. Es natural que las operaciones no fuesen concertadas con la indis­ pensable lucidez y que las deformasen desde el primer paso todos los errores y explicables descuidos e inexplicables olvidos de preceptos rudi­ mentarios. el grueso de la tropa siguió hacia la "2^ base de operaciones”. Todas las decisiones quedaron domina­ das por un plan único. una platónica guarnición de 80 enfer­ mos y 70 niños que no soportaban el peso de las mochilas. Estos se guiaban preguntando a los escasos habitantes de los lugares recorridos. "1^ base de operaciones”. propio de un comisario policial enérgico: lanzar a paso redoblado mil y tantas bayonetas contra Canudos. Los principales jefes de cuerpos. distancias registradas en los punteros de los podómetros metidos en las botas de los apresurados operadores.coronel Pedro Nunes Tamarinho y pequeños contingentes de la fuerza estadal bahiana. se negaron a la menor deliberación al respecto. tenientes del estado mayor de primera clase. Pero había llegado bajo malos auspicios. señales ambiguas según la disposición de determi­ nadas sierras. En la exigüidad de tal plazo. bajo el comando de un teniente. adscrita a reglas fantásticas. El jefe expedicionario no se detuvo en Bahía. Los ingenieros militares Domingos Alves Leite y Alfredo do Nascimento. no les era posible elegir los puntos estratégicos para afirmar una línea de operaciones. de inmediato salió para Queimadas. cerca de Quirinquinquá. Nada se resolvió de acuerdo con las circuns­ tancias especiales de la empresa. bases medidas a ojo. Dejando en Queimadas. Siguió con la misma velocidad. anotaban así extensiones en base a una unidad traicionera. de estimativa . Reunidas todas las fuerzas que allí lo esperaban. la enfemedad del comandante había estallado en una convulsión epileptoide en plena calle. y había sido de tal carácter. donde sólo cinco días después de haber partido de la Capital de la República el 8 de febrero. La misma vertiginosidad de los levantamientos militares estaba más acá de esa misión precipitada. Esto en el menor tiempo posible. donde el 20 ya estaba pronta para el ataque. ya rudamente corregidos o expuestos con la mayor claridad en los desastres anteriores. El coronel Moreira César llegaba al objetivo de la campaña condenado por los mismos médicos que estaban bajo su mando. casi 1. la legua.300 hom­ bres. cautelosos y tímidos. Un día antes. sin embargo. aunque cono­ cían el diagnóstico que afectaba seriamente la firmeza y las responsa­ bilidades del comando general ante las severas condiciones de la lucha. La movilización había sido un prodigio de rapidez.

al parecer. un mínimo de veinticinco leguas. Eran 150 kiló­ metros. porque absor­ ben con succión de esponja. con sus pésimas condiciones de defensa. y hubiese entre los expediciona­ rios algún rabdomante capaz de señalar con una varita mágica el punto exacto en que existiese la capa líquida necesaria. como hacían las legiones romanas en Túnez. Se sabía que ésta atravesaba largos trechos de caatingas que exigían la apertura de picadas. Monte Santo. Veremos más adelante qué función cumplió. porque todas las travesías por allí se limitan a un camino secular. Envolvía al del Cambaio por el este y era más extenso en nueve o diez leguas. por sendas no frecuentadas. Saliendo de Monte Santo. se eligió el nuevo camino. con el antiguo camino de Magacará. como si conociesen las capas profundas de la tierra cuando ignoraban su misma superficie. Elegido este camino no se pensó en convertirlo en una línea de operaciones. Sin mayor examen fue aprobado. en el rumbo ESE y al llegar aquí. pero tenía la ventaja. a poco rumbeando al NNO. faldeando la sierra de Aracati. Para obviar este inconveniente.exagerada por el amor propio del matulo acostumbrado a largas cami­ natas. por lo despoblado y árido de la tierra. un retroceso o una retirada. entre éste y el Itapicuru. grandes arenales sin el más leve hilo de agua. rodeando y evitando por el este los agres­ tes campos que lo detienen al norte o insensiblemente descienden hacia el Vaza-Barris formando en el ligero divortiun aquarum. A pesar de eso. en marcha que la contorneaba. De acuerdo con él. La explo­ ración realizada se había hecho por un ajustarse a esas antiguallas de la estrategia. las fuerzas se encaminarían hacia la aldea del Cumbe. llevaron una bomba artesiana. La travesía se presuponía larga y llena de tropiezos. los más impetuosos aguaceros. informes sobre acciden­ tes. escogiéndose dos o tres puntos de defensa con guarniciones que. doblando. la plenitud del verano. se tomaría la ruta hacia el norte. aunque fuesen mínimas. para aclarar los problemas de la ruta. y aguadas de existencia problemática y dudosa. dominada . contextura del suelo. Era natural que se garantizase por lo menos la pretendida base de operaciones para que la tropa no quedase completamente aislada en el desierto. Nadie pensaba en la más remota posibilidad de un revés. se encontrarían en el Rosario. que se debía pasar un arenal de cuarenta kiló­ metros que en esa época. de apartarse de la zona montañosa. Subordinaron al comandante el relevamiento hecho. rumbos totalmente embarullados o líneas de ensayo en las que un error de cinco grados era un primor de rigor. el capitán Jesuíno. Se iba a marchar hacia lo desconocido. pudiesen ofrecer resis­ tencia en caso de una derota. el de Bom Conselho a Jeremoabo. no se podía emprender el viaje sin que los combatientes llevaran provisión de agua. pero bastaba la mirada perspicaz del guía. que valían por una extensión diez veces mayor.

en todo momento. Tenían abastecimientos y un gran entusiasmo. fácilmente. por las calles de Calumbi. paralíticos. sin compartir el coro de letanías. los había de sobra. buscando el milagro. moribundos ansiosos de tener su último sueño en ese lugar sacrosanto. hacia los varios . y leprosos. a bandidos sueltos. llegaban cargueros repletos de toda suerte de provisiones directamente enviados a Canudos por los adeptos que desde lejos los mantenían. Muchos cargaban en redes a sus familiares enfermos.por la serranía a plomo. Alagoinhas. de Jeremoabo y de Uauá. buscando un teatro de mayor enver­ gadura para su índole aventurera y su valentía impulsiva. podía atacarla. Las noticias eran ciertas. novelada ya con numerosos episodios. Se destacaban piquetes de guardias. trayendo todos sus haberes. la cura inmediata ante un simple ademán del tau­ maturgo venerado. aparecían grupos de peregrinos. La nueva del último triunfo sobre la expedición Febrónio. extraños. o ciegos. aparceros en un mismo montón con los variados tipos de la marginalidad sertaneja. en Vila Nova da Rainha. al mando de un jefe de confianza. desde donde media docena de enemigos sin arriesgarse. En el curso de esas pro­ cesiones se veían invariablemente. de veinte hombres cada uno. quedaría bajo la autoridad del coronel Meneses con una guarnición deficiente de pocas decenas de plazas. En tres semanas. En el correr del día. aumentada por los que la divulgaban. Llegaba toda suerte de gente: pequeños hacendados. vaqueros crédulos y fuertes. siguiéndolos pero sin mezclarse con los fieles. desde lo alto de las colinas. De modo que los jagungos. Brazos no fal­ taban. No lo hicieron. Canudos había crecido extraordinariamente. COMO LA AGUARDABAN LOS JAGUNCOS Apenas despuntaba la mañana se distribuían los trabajos. Pero se podía presumir que lo iban a hacer cuando todas las informaciones que llegaban aseguraban de modo concordante que los sertanejos se preparaban fuertemente para la lucha. de Magacará. podrían tomarla apenas el resto de la tropa saliese para Canudos. había des­ truido las últimas vacilaciones de los creyentes que hasta entonces habían sido renuentes en ir hasta el falansterio de Antonio Conselheiro. en demanda del paraje legandario. convergiendo de todos los puntos. solos. capangas en disponibilidad. en todas partes. ingenuas madres de familia hermanadas con tramposas mujeres de la vida. Como en los primeros tiempos de la fundación.

se veía a los sertanejos esparcidos por lo alto de los cerros o al borde de los caminos. Y como preveían que éstas. crivaban la tierra en todos los alrededores de Canudos. car­ gando armas o herramientas de trabajo. hacia Monte Santo o hacia Cumbe o hacia Queimadas. por cuyos intersticios se podían meter el caño de las espin­ gardas. a dos metros sobre el suelo. en delicadas comisiones. Pero los jefes no se ilusionaban. Los bloques de pizarra. confa­ bulando con los fieles de aquellas localidades para vigilar a las autori­ dades. con el fin de renovar a los que habían pasado allí la noche de vigías. Por los caminos pasaban en pequeños grupos. hacieron otras próximas. como incontables cañoneras de una monstruosa fortaleza sin muros. cargando o amontonando piedras. de modo de seguir el combate. Los que en la víspera ya habían pagado su tributo al servicio común se iban hacia las insignificantes plantaciones. el sistema era un ideal de fortificación pasajera: abierta una cavidad circular o elíptica. arreglar contrabandos que se hacían con facilidad. volverían difícil la marcha de la tropa más robusta y ligera. En el ánimo de muchos asomaba la esperanza de que los dejarían. En los días ardientes. cantando. Así es que siguiesen el camino o lo aban­ donasen. facilitaban la tarea. finalmente. Por su rapidez. en la bajada de las Umburanas y en lo alto de la Favela. sacando. Olvidados de las matanzas anteriores. en lo alto de las barrancas. fácilmente extraídos en todas las formas deseadas. adquirir armamentos. de modo de for­ mar. un pequeño escudo colgante. la rodeaban de pequeños respaldos de piedras yuxtapuestas. abriendo la tierra a pico y pala en una faena incesante. Explican el extraordinario número de esos tremendos hoyos que a intervalos regulares y hacia todos los rumbos. asaltando y conquis­ tando las trincheras que los bordeaban. inquiriendo sobre todo. Estaban situados de modo tal que. cautelosamente. iban más lejos. Es que los rebeldes no necesitaban enseñanzas para estos preparativos. y los más despiertos. tratando de escapar de los pasajes peligrosos. y otras más distantes e igualmente dispuestas. Escogían los arbustos más altos y frondosos. sobre todo en los largos trechos en que el camino sigue el lecho seco de los riachos. indagando acerca de los nuevos invasores. en la quietud de la simple existencia del sertón. Cons­ truían trincheras. espiando todo. las caatingas cerradas en trincheras naturales.puntos de acceso: en Cocorobó. extendidas a ambas márgenes del río. capaz de soportar cómodamente uno o dos tiradores invisibles. ríos excavándose en fosos y por todas partes. Y partían felices. ocultos en el . los combatientes estarían siempre atrapados en una red de balas. Preparaban la urgente defensa. La tierra era un modelo admirable: sierras empinándose en reductos. les cortaban las ramas interiores sin deshacerles la fronda. se volvería hacia los lados. junto a la confluencia del Macambiras. en la que se pudiese ocultar o moverse a gusto el tirador. Otros se dirigían a las obras de la iglesia.

follaje. variando hasta entonces sólo en los nombres. aguzando y acerando las aguijadas. temperando las láminas de las facas largas como espadas. Entraban por el camino principal sin que nadie les preguntara la procedencia. Se reparaban las armas. y se movían por ahí. la hacían: tenían el carbón. No terminaban aquí los preparativos. en su dosis justa. sacado a flor de tierra. Porque la universalidad del sentimiento religioso. pleiteándoles la paridad en calidad de bandido. Nada más. No les faltaba balas. como entre corredores del monstruoso bloque dominante sobre tierras y caminos y de donde podían. Venían "debaixo do cangago” : la alforja atestada de balas y el tarro de pólvora lleno. más hacia el norte. en las sediciones parceladas. cómodamente. Los mutas * de los indí­ genas se intercalaban así completando el alineamiento de las trincheras. los superaba por una rara argucia y unos grados de superioridad * Muta: especie de palenque sobre el cual se espera. sin riesgos. Entre el jagungo de Sao Francisco y el cangaceiro de los Cariris. al par que el ins­ tinto de desorden. Tenían otros dispositivos más serios. esos tiradores singulares desde los cuales trampeaban a los cangagus bravios. no sólo a los bahianos sino a los hijos de todos los estados limítrofes. la cadencia de los martillos y las mazas: maleando las hoces. . limpiaban después la parte de atrás. Finalmente. los valen­ tones tradicionales de los conflictos sertanejos. no les fattaban luchadores de fama cuya aventuras que causaban asombro. la carabina. concertando las piezas de las viejas espin­ gardas y pistolas. rivalizando bien con los que usaban en las partidas de caza. en bandolera. enmarcados por espesas hileras de gravatás. como si fuesen viejos conocidos. pedazos de clavos. al acecho. En la aldea se oía la orquesta estridente de las bigornias. tenían el salitre. el sulfuro. las abrían como estrechos postigos. de los "calangros” de los "balaios” o de los "cabanos”. Y de las tiendas calientes salía un resonar metálico de activos arsenales. divisar los más remotos puntos. absoluta­ mente desconocidos. la pistola de dos caños atravesada a la cintura de donde colgaba el facón inseparable. esquirlas de piedras. libraban las junturas y brechas donde vegetaban cardos y bromelias. Por el sertón había corrido un toque de atención. Los reci­ bía el astuto Joáo Abade que. aparecían bajo todos los matices. la caza. No era suficiente la pólvora adquirida en las aldeas próximas. El caño ancho de los bacamartes aceptaba todo: canto rodado. junto al Sao Francisco y tenían desde hacía mucho. Día a día llegaban a la aldea singulares recién venidos. puntas de cuernos. esti­ rando los arcos que parecen una transición entre las armas de los salvajes y la antigua ballesta de polea. El explosivo salía perfecto. allí había reunido. corrían por todo el sertón. Respondían a una usanza antigua. Descubrían un cerro coronado por cantidades de grandes bloques redondos.

Se lo dibujaba como el Anti-Cristo que venía a tomar la última prueba a los infelices penitentes. Lo cierto es que los domi­ naba y disciplinaba. múltiples y variables. Los piquetes que. según lo revelaron algunos prisioneros al término de la campaña. Hubo algunas deserciones que ralearon las filas de los que debían ser más fuertes. Según después se supo. un sobresalto que llenó de estupor a la grey de revoltosos y los puso en peligro de disolución. Cuando los piquetes volvían de recorrer los alrededores les faltaba alguno de esos siniestros compañeros. fuego y espada. Le pusieron un apodo lúgubre: "Corta-cabezas” 267. por un radio de cinco leguas a la redonda. ninguna expedición fue aguardada con tal ansiedad. Se exageraba con extravagantes fantasías la temeridad del comandante. Lo imaginaban un héroe de grandes batallas. El temor inmovilizó la febril actividad de los jagungos. la aldea entera saliese en largas procesiones penitenciales por los descampados. los días de torturas sin nombre. donde se codeaban el tdbaréu crédulo y el bandido despierto. sin abandonar el poblado ejercía un abso­ luto dominio que se extendía por los alrededores. catorces. se había establecido un raro estrechamiento de esfuerzos y la más perfecta conformidad de puntos de vista vueltos hacia un objetivo único: parar la invasión inminente. y prefiguraban la devastación de sus casas. "Comandante da rúa” 2 6 6 . diariamente. ya no pasaron por los caminos . título inexplicable en aquel laberinto de callejuelas. Sin embargo. de donde había escapado después de haber asesinado a su novia. salían hacia diversos puntos.mental. Pero ese movimiento de temor había redundado en una selección. gracias quizá a la circunstancia de haber estudiado en el liceo de una de las capitales del norte. fue cuando los emisarios que habían ido a averi­ guar sobre la marcha invasora trajeron información sobre el armamento de los soldados y el renombre del nuevo comandante. Cesaron de golpe los contingentes de peregrinos. Cesó la febril activi­ dad de los preparativos bélicos. La gran mayoría de los creyentes verdaderos permaneció resignada. Lo obedecían incondicionalmente. recorridas continuamente por las veloces rondas de los piquetes. hubo una detención súbita de los preparativos guerreros. no bajo el estímulo de una creencia sino con el anhelo de desmanes y en­ frentamientos. Canudos des­ hecho a bala. Y no era raro que. al clarear el alba. En aquella dispersión de oficios. El pueblo se había vuelto hacia la fe religiosa. los durísimos tratos que recibirían. dejando de lado las armas. su primer crimen. de los adventicios peligrosos que iban allá. Echó de la aldea a los incrédulos y temerosos. espe­ cificaba un rudo poeta sertanejo en el canto que más tarde consagró a la campaña.

En consonancia. prolongaba sus rezos más allá del tiempo consagrado. un escuadrón de cincuenta plazas del 99 de caballería. bajo el mando del capitán José Salomáo Agostinho da Rocha. La partida debía hacerse al día siguiente. Allí estaban: el 7? con efectivo superior al normal. Vestido con una larga túnica de brin azul que se deslizaba sin cin­ turón y sin gracia por el cuerpo. silenciosos. II PARTIDA DE MONTE SANTO Las tropas iban a partir el 22 de febrero. y la comisión de ingenieros. la frágil pero numerosa legión de la beatería. bajo el mando del coronel Pedro Nunes Tamarinho. el cuerpo de sanidad comandado por el Dr. inmóvil y mudo. de rodillas en el cercado. Al finalizar los rezos se le arrimaba una extraña figura. Eran en total 1. de pron­ to iluminada por una mirada fulgurante y fija. ante la silenciosa multitud. La noche caía completamente y la aldea reposaba bajo el imperio del humilde y formidable evangelista. Lo determinaba la "orden de detalle”.000 del convoy general. Antonio Conselheiro aparecía. encendidas las hogueras. se metían cautos por las breñas y ahí se quedaban largas horas.entonando sus cánticos festivos. . contingentes de la policía bahiana. alentando a los combatien­ tes más temerosos. vigilantes. ligeramente disminuido. Ferreira Nina. al mando del capitán Pedreira Franco. Al ano­ checer. la multitud. . bajo el mando interino del mayor Rafael Augusto da Cunha Matos. en la tarde de la víspera. formaron en orden de marcha para que les examinaran el equipo y las armas. Y predicaba.281 hombres. la frente y los ojos bajos. Levantaba la cara macilenta. En esta afligente situación. en el que abundaban las ramas aromáticas de las caatingas. frente a la puerta del Santuario. . Los batallones se alistaron en un cuadrado. la batería de cuatro Krupps del 2? regimiento. el 9? que por tercera vez se aprestaba a la lucha. una pequeña mesa de pino cubierta con un mantel blanco. el torso doblado. fracciones del 339 y del 169 dirigidas por el capitán Joaquim Quirino Vilarim. El cercado. Quedaba largo tiempo. Se exceptuaban setenta plazas del 169 que se quedarían con el coronel Sousa Meneses guardando la aldea. prolongándose a lo largo de la calle principal de Monte Santo. tenía al medio. salió a terciar. teniendo cada uno 220 cartuchos. aparte de la reserva de 60.

de modo tal que ese trecho de los sertones. En la plenitud del verano. Se iniciaba al caer de la noche la marcha hacia Canudos. la desolación es total. la cubre una flora rala que transforma a las caatingas en caatanduvas. enderezaron rumbo al norte. cuando el nordeste sopla sobre las ramas. Este aspecto de la tierra. que se había retrasado algunas horas con el comandante retenido en una finca próxima por otro ataque de epilepsia. si acaso éstas no se arman espontánea­ mente en la plenitud de las sequías. sin un poblado por donde pasen algunos viajeros. largamente intercaladas. se convierte lentamente en un desierto. de Santo Antonio da Gloria al norte. sin depre­ siones que mantengan aguadas salvadoras.Se hizo la revista. de Jeremoabo al este y de Monte Santo al oeste. a más de tres leguas al frente. apenas lo embeben. El hecho fue inesperado. donde el hálito de un yesquero basta para encender súbitas hogueras. a dos leguas y media del Cumbe. se sacudió la artillería. Esta parte del sertón. sorbidas por las arenas. en vez de ordenarse rompan filas. La sorpresa se retrataba en todos pero no perturbaba el rigor de la marcha. Se completa así la acción esterilizadora del clima. Quien por allí se aventure tiene la impresión de andar por un campo de gajos secos y rotos. es muy distinta de las que hemos bosquejado rápidamente. Los tambores retumbaban en la vanguardia. de noviembre a marzo. la tercera expedición a Canudos. inscripto en el vasto e irregular círculo que tiene como puntos determinantes los poblados del Cumbe al sur. en la última curva del camino. es absolutamente estéril. rodaron los convoyes. En la madrugada del 26. se fue­ ron colocando sucesivamente las secciones. El coronel Moreira César. dejando al galope el lugar donde había per­ manecido. habiendo alcanzado en la víspera el sitio de Cajázeiras. desapareciendo con rapidez. en los mediodías calientes. Y como al caer las mayores lluvias. Pero no hubo en las filas la más leve murmuración. Un cuarto de hora después. sin embargo. PRIMEROS ERRORES La vanguardia llegó en tres días al Cumbe sin el resto de la fuerza. . desfilando de a dos en fondo. resonó la corneta al lado del comando en jefe dando la voz de "columna en marcha”. al penetrar por el camino estrecho. El suelo arenoso y chato. los habitantes de Monte Santo veían desa­ parecer a lo lejos. Pero en contra de la expectativa general. oculta obstáculos quizá más serios. Es menos abrupta y más árida. hacia Serra Branca. al borde de las planicies que se dilatan hasta Jeremoabo. se puso al frente de la columna.

levan­ taba pesos. Ya vimos que la situación había sido prevista. la tropa estaba exhausta. Flanqueaban a la tropa los espías de los )agunqos. a pesar de la distancia recorrida. llega­ ron a Serra Blanca. Había caminado ocho horas sin parar. casi exclusivos en cier­ tos tramos. Se trató de clavar el tubo de la bomba artesiana. cuando vuelven las estaciones propicias. Para saciar la sed que provenía de una casi completa deshidratación a causa del sudor. sólo pensaban en el agua apetecida. NUEVO CAMINO La expedición marchaba por ahí en la época menos propicia. Abatidos por un día entero de viaje. gracias al látex protector que le permite. La noche cayó sobre la marcha oscilante por el camino repleto de espinos. a pleno ardor del sol del verano.. entregados por completo al tino y la lealtad de los guías. hacia el Rosario. Es que en lugar de llevar un instrumento que facilitara la penetración de la sonda había llevado uno de función opuesta. demoraba la tracción de las carretas hundiendo las ruedas hasta la mitad de los rayos. y duplicaba en el reverberar intenso de la arena. Mil y tantos hombres torturados de sed. donde la existencia de un pozo de agua justificaba el alto. Y sedienta.Los árboles escasean. los expe­ dicionarios. Pero la operación resultó inútil. Al paso de las filas. la pesadez de la canícula. barreras de espinos. algunos litros de agua. olvidados de la lucha. cubrir de hojas y de flores sus troncos car­ bonizados. Nadie se fijaba en ellos. que era forzoso deshacer a cuchillo. en la retaguardia. único vegetal que puede medrar allí sin morir. . se ven arbustos de mangábeiras. distanciados. Los lastimados se perdían. Dominando la vegetación. El terreno inconsistente y móvil huía bajo los pasos de los caminantes. Se calcula que esa jornada fue de ocho o diez leguas sin descanso. Al final. y los más robustos apenas si podían ca­ . después de los soles y los incendios. pene­ trando en pleno territorio enemigo. en las profundidad de un pozo. La travesía fue penosa. Andaban imprudentemente. seis leguas más adelante. Ante el singular contratiempo. Cuando. doblados sobre sus armas. hasta el punto pre­ fijado. a la tarde. el estrépito de las armas estallaba en la soledad del erial y ese ruido rompiendo el silen­ cio ahogaba imperceptibles rumores en la caatinga. sólo cabía determinar la partida inme­ diata. oponía cada tanto. se encontraban allí. se detuvieron en pleno camino. Y debía caminar bajo una temperatura altísima que agotaba a los soldados y no los insolaba gracias a la sequedad extrema del aire.

Fue un alto breve. un descanso ilusorio: plazas caídos a lo largo del camino. con un terreno limpio. parece que la vanguardia los había sorprendido ocasionando un pricipitado desbande. de improviso. oficiales durmiendo. los que dormían. vistiéndose. el pozo de agua o la ipueira que determinó la elección del lugar. disparando sus armas entre el fragor de los truenos que impresionaban desde lo alto. En la Porteira Velha. por primera vez. Fue quien había aconsejado «se camino a la expedición. reconocieron que estaban en la zona peligrosa. emba­ rrándose en carreras cruzadas. * El coronel de la Guardia Nacional. Estaba en el centro del teritorio enemigo y parece ser que. invisibles. alineándose secciones y compañías al acaso. El día 1? de mayo. Junto a la hoguera habían que­ dado una pistola de dos caños y una aguijada de vaquero.minar. Y en medio de aquel enredo de filas. destinado a la celebridad en el correr de la campaña. como los que suelen sobrevenir por esa época en los sertones. precipitándose al galope entre los dos soldados atontados y lanzándose en dirección probable al enemigo. en un tumulto. en rondas cautelosas. con las riendas de los caballos enredadas en las manos. A duras penas lo alcanzó el ingeniero militar Domingos Leite. Aquel sitio. . armándose a los apu­ rones. habiendo llegado a la tarde un correo de Monte Santo y caballos para el escuadrón que hasta allí había viajado en muías inservibles. Era el coronel Moreira César. era un convoy de mercaderías enviado por un hacendado amigo de las cercanías *. A cada paso encon­ traban restos de asados. José Américo de Sousa Velho. Felizmente. cenizas de hogueras. oficiales y plazas buscaban una formación imposible. se oyeron las notas de la alarma. todo decía que los sertanejos habían pasado allí la noche. el día pasó en completa paz. resbalando por el terreno encharcado. Allí acampó la expedición. Y reanudaba la marcha en la madru­ gada. sin pisos. rostros frescos en la arena que seguían tortuosamente en las caatingas. ajustándose los cinturones. Lo revela un incidente. con arbustos escasos y a poca distancia. sordos a las discordes voces de mando. El enemigo aprovechaba el furor de los elementos y surgía entre esa lluvia. el enemigo imaginario a quien iba a entregarse. mientras caía un vio­ lento y transitorio aguacero. rodeándolos. El Rosario fue alcanzado antes del mediodía. buscán­ dolo en esa arremetida inútil. era como los otros de las cercanías: una o dos casas pequeñas de teja hueca. dueño de dos campos en Caimbé y Olhos d’Agua. precisamente a la hora en que otra lluvia pasajera v fuerte caía sobre la tropa desguarnecida. la invadió la aprensión de la guerra. Corriendo y cayendo. Salvo ese incidente. apareció de golpe un jinete solitario. rodeados por una cerca de palos.

el ala izquierda del 79. Por último. La tropa avanzaría el 3. Allí no ocultó a los jefes de los cuerpos su seguridad absoluta en la victoria. un guía.Y en la madrugada del día 2. Al marchar hacia Angico se salió con el mismo orden de partida del Cumbe: al frente un piquete de exploradores montados. iba entre la compañía de tiradores y el ala derecha del 7?. bajo el mando de Salomáo da Rocha. con el capitán Alberto Gaviao Pradel de Azambuja. Como estaban en pleno territorio enemigo. De esa manera. El coronel César se internó en la caatinga próxima. el ala derecha del 79. experimentado y bravo y la comisión de ingenieros. si por cualquier causa se verificasen grandes recursos de parte del adversario. una de las cuales. acampando dentro de un gran corral abandonado. adonde llegaron a las once de la mañana. Sugería la división en dos de la columna hasta entonces unida. la 1^ división del 29 regimiento. adrede concebido para dismi­ nuir la fatiga de las marchas forzadas anteriores. Habían partido a las cinco de la mañana. a la madrugada. era factible una retirada en orden hacia Monte Santo donde se reorganizarían y se aumentarían las fuerzas. A la retaguardia. tomaron dispositivos para dar garantías al campa­ mento rodeándolo de centinelas. separada de la izquierda comandada por el capitán Felipe Simoe con su respectivo convoy. una compañía de tiradores del 7$. marchando de costado llevaba al centro al respectivo convoy de municiones. con el mayor Cunha Matos. al mando del teniente Figueira. en la vanguardia. contingente del 16? del capi­ tán Quirino Vilarim. Le presentaron varias ideas para rodear de mayor seguridad al ataque. la caballería. los batallones marcharon hacia Angico. riachos derivados por tierras . imponía la modificación preliminar de la orden hasta entonces adop­ tada sobre la marcha. siguiendo un plan lúcidamente elaborado. ir directmente sobre Canudos después de caminar poco más de legua y media. el jefe expedicionario no desoyó la opinión. Contra lo que era de esperar. adonde mandó armar su barraca. Llegaron a la región carac­ terística de los alrededores de Canudos: serranías cubiertas de una vegetación raquítica de cardos y bromelias. el cuerpo de sanidad. Ma­ nuel Rosendo. sostenida por el comandante del 7*?. destinando una fuerte vanguardia para el reconocimiento y el primer combate y la entrada en acción de la otra como refuerzo. Descansar el resto del día y levantar el campamento a las cuatro. El coronel César. y el convoy general cuidado por la policía bahiana. Estaba firme el plan definitivo de ruta. el ala derecha del 99 bajo el mando del coronel Tamarinho.

estirada en una línea de tres kilómetros. No sucumben a la provocación. los disciplina. al norte. celeridad en las cargas. el desapego a la vida y el impulso fatalista hacia la muerte. la recortaba con un largo dibujo negro y sinuoso. asumían con preferencia los instintos guerreros y la falta de previsión de los salvajes.cada vez más abruptas. seguridad en el paso. los transforma en pocos días. Alrededor. por las piedras. sin garbo. . por los cerros. habían pasado sin dejar rastros. les da en poco tiempo. llevan las armas sin estilo. los endurece. . a un mismo tiempo impresionante y monótono: la naturaleza inmóvil. No ensayan la menor protesta ante las peores estrecheces y nadie se les empareja en el resistir el hambre. El atributo prominente de nuestros soldados en esa alegría jovial con que se acercan al enemigo. sin una flor sobre las ramas desnudas. PSICOLOGIA DEL SOLDADO Seguían tranquilamente a paso común y seguros. Las lloviznas de la víspera. en los ejercicios extenuantes de la marcha y del combate. siempre el mismo tono en los paisajes. repentinamente cortadas por risas joviales. lo que nunca adquirieron en los cuarteles: altivez en el porte. Después de angustiosos trances. De la extensa fila de la brigada salía un murmullo de millares de sílabas emitidas a media voz. decaída. por las que la reciente llegada de las lluvias todavía no había extendido las vestiduras efímeras de la flora renacida. La columna en marcha. cubriéndole las piedras. Adelante y próximos se veían. las últimas serranías que ro­ dean Canudos. . El suelo quemado las absorbía y seguía reseco y agreste. Van a la batalla como hacia una fiesta turbulenta. Esos hombres de todos los colores. vimos a algunos valientes echar a broma sus sufrimientos y reírse de las miserias pasadas. por los campos. como sucede en la plenitud del verano. sin un batir de alas en el aire quieto. parece que ante lances peligrosos o emocio­ nes fuertes. precisión en el tiro. sin que acercarse al objetivo de la lucha turbase el ánimo de los soldados. En la paz son muelles. por una misteriosa ley de la psicología colectiva. según el dicho de su lenguaje pintoresco. pasando días "comiendo aire”. aquí. doblados. se relajan. la inconsciencia ante el peligro. la guerra es su mejor campo de ins­ trucción y el enemigo es su instructor predilecto. amalgamas de diversas razas. hacia donde se extendiera la vista. son inimitables en su capacidad para caminar días y días por los peores caminos. en los altos del camino quedan sin aplomo. allí.

arrojando contra el adversario. ”. avanzando impasible hacia los puntos más difíciles. El pequeño riacho que por allí corre surcando profundamente el suelo. la palabra irónica o burlona. Con tal jefe no podía pensarse en reveses. y de buen grado obediente a los amplios movimientos de la estrategia. es desprolijo. Ahora bien. Y hacían planes. transformaba la campaña en un paseo militar penoso. El adversario que hasta ese momento les había dejado libre el camino. es un muchacho heroico y terrible. cuando toca al enemigo con la punta de su sable. algunos salían con un pensamiento extravagante y en el alboroto confuso pasaban las risas apenas contenidas. Pero lo hace con los ojos puestos en sus jefes de cuya energía parece vivir exclusivamente. Y marchaban firmes al frente. pasando por transiciones suaves del cénit azul al púrpura deslumbrante del oriente. . escenas jocosas y trágicas. A veces. Por eso no se adapta a las grandes maniobras de las campañas clásicas. III PITOMBAS Iban a estas admirables condiciones cuando llegaron a Pitombas. . y la vuelta sin gloria. es tur­ bulento. junto con la bala. impa­ cientes por irse de manos sobre el adversario esquivo. cuando la tuvieran a tiro. aquella mañana resplandeciente los alentaba. quiere guerrear a su manera. Es desordenado. proyectos prematuros. todos iniciados por una frase ingenua: "Cuando yo vuelva. allá adentro. en la tapera monstruosa. Imaginaban anticipadamente sus hazañas: cosas para el asombro de los oyentes crédulos. sin haber disparado un cartucho. El hermoso firmamento de los sertones se arqueaba sobre la tierra. es cierto. De modo que la mínima vacilación de aquéllos detiene de golpe todas las osadías y cae en un abatimiento ins­ tantáneo unido a un desánimo invencible. . . Además. La obligación de combatir adscrito al ritmo de las cornetas lo tortura. con su podómetro sujeto a la bota. El mecanismo de la maniobra compleja lo atonta. Esa probabilidad los asustaba. Las for­ maciones correctas lo maniatan. arriesgándose locamente. la irisaba. a veces va al lado del camino y otras veces lo cruza. riendo entre las cuchilladas y las balas. los amenazaba con un solo obstáculo serio: que encontraran vacío el poblado sedicioso. ninguno es capaz de entrar y de salir como un prusiano. interrumpiéndolo . fanfarrón. despreciando el valor. desdeñando las oportunidades de cortárselo. Vendían escanda­ losamente la piel del oso sertanejo.En la batalla. Entonces se bate sin rencor pero estrepitosamente. en aquella ocasión todo vaticinaba la victoria.

estalló una descarga de media docena de tiros. . bajo la protección del contin­ gente policial y del resto de la caballería. Era algún piquete que espiaba a la expedición y allí la aguardaba. a pasos redoblados. a caballo. casi un semicírculo del cual el camino es la cuerda. a la vanguardia. Y reanudaron la marcha. En seguida. Las armas de los jagungos eran ridiculas. en rápido avance. el ala derecha del 7<? se lanzó en dirección del enemigo. Era para llorar ver tanto aparato bélico. con sincera alegría. hiriendo de soslayo y refugiándose en seguida en la vegeta­ ción de las riberas. bajo la barranca.serpenteante. — Esta gente está desarmada. tan lujosa escena en una campaña destinada a terminar con media docena de disparos. El comandante en jefe abrazó. Como despojo. Un tiro insignificante. cayeron como ante un huracán. que aprovechaba la conformación favorable del terreno para un ataque instantáneo. el alférez Poli. mientras el toque de la victoria sonaba en altas vibraciones. Habían tirado con firmeza: abatieron mortalmente a uno de los subalternos de la compañía de tiradores. el ala volvió a la fila entre aclamaciones. Por fin. para matar pajaritos. Y cuando la vanguardia llegó a la mitad. — dijo tranquilamente. En los aires resonaban todavía los estampidos. Descargaron sus armas y huyeron a tiempo para escapar a la réplica que fue rápida. Los arbustos se doblaron. EL PRIMER ENCUENTRO Por ésta tomó la tropa. rastreando a los espías que por acaso hubiese. Por fin. saliendo del grueso de la columna. Estaba cargada. Los barrieron. el enemigo. El coronel César. volteándola a bayoneta. Se había roto el encanto del ene­ migo. El grueso de los combatientes se perdió adelante. El enemigo se hurtaba al encuentro. . hundiéndose en la caatinga a paso redoblado. al oficial feliz que diera ese valiente rechazo al antagonista y consideró auspicioso el encuentro. cuando corrió triun­ falmente el ritmo de una carga y destacándose. los cañones de la división Salomáo explotaron metralla sobre la vegetación rastrera. disparó al aire. Fue como una diversión gloriosa y rápida. lo deja antes de llegar al lugar al que da su nombre. los soldados encontraron una espingarda pica-pau de caño fino. además de siete soldados. ahora más rápida. doblándose en una vuelta larga. que­ dando en Pitombas los médicos y heridos. A los pocos minutos. Los tiradores y sus flancos. hacían el camino me­ tiéndose en las caatingas. tanta gente. .

una directriz que rectifique el tumulto. punto predeterminado de la última parada. La tropa iba bajo la atracción irre­ sistible de la lucha. Solamente la fortaleza moral de un jefe puede impedir esa transformación deplorable.deshaciendo las probables trampas o buscando alcanzar a los fugitivos que enderezaban hacia Canudos. Hace muchos días que no me alimento. se confunden en el mismo espectro. Pararon en Angico un cuarto de hora. El pánico y la valentía loca. lo indispensable para reunir a los oficiales y presentarles. Porque un ejército que persigue tiene el mismo automatismo impulsivo que los ejércitos que huyen. El encuentro los había galvanizado. en una especie de generación es­ pontánea en virtud de la cual millares de individuos diferentes se vuelven un animal único. Pero estaban lejos de ese ideal siniestro los soldados del coronel Moreira César y éste. Fiera anónima y monstruosa caminando hacia el obje­ tivo con finalidad irresistible”. . El mismo aton­ tamiento y el mismo andar precipitado entre los mayores obstáculos y el mismo vértigo. Levantarían campamento a la mañana siguiente y caerían sobre Canudos unas dos horas después. Lo obsesionaba el ansia de verse frente al adversario. en esa ebriedad mental peligrosa que atonta al solda­ do doblemente fortalecido por la seguridad de su fuerza y la absoluta licencia para la máxima brutalidad. lúcida e infle­ xiblemente. Iba a ser el exponente de la neurosis. Un plan de guerra arriesgado a una sola carta. olvidando el axioma de que nada se puede intentar con soldados fatigados. con la misma intensidad. . iba a ampliarla. el extremo pavor y la audacia extrema. la idea de seguir esa arremetida hasta la aldea: — ¡Camaradas! como ustedes saben estoy enfermo. Llegaron a Angico. imponiendo. Sobrevino una ocasión para normalizar la situación. pero Canudos está muy cerca. lanzan al combatiente a los mayores peligros y a la fuga. Es que un ejército es antes que nada una multitud "conjunto de elemen­ tos heterogéneos donde basta introducir una centella de pasión para determinar una súbita metamorfosis. Pero el ímpetu que traía la tropa dio un componente favorable a las tenden­ cias envalentonadas del jefe. exige almas inertes — máquinas de matar— firmemente enca­ rriladas en las líneas preestablecidas. Los grandes estra­ tegas han comprendido que la primera victoria a alcanzar en las guerras está en sujetar ese contagio de emociones violentas y esa inestabilidad de sentimientos que. estimulan y alucinan con idéntico vigor al hombre que huye de la muerte y al hombre que quiere matar. Se había establecido que allí descansarían. y la misma neurosis torturante impresionando a las filas y la misma ansiedad dolorosa. ¡vamos a tomarlo! La propuesta fue aceptada. . en lugar de reprimir la agitación.

De súbito. como si tuviesen el único fin de atraerlos lo mismo que el resto de la tropa. Dispersa al frente. al alcance de la artillería. Avanzando de ese modo desaforado saltaron la breve planicie en lo alto de las Umburanas. Aclamaciones. Moreira César puso en pie de guerra a la división Pradel y graduando la alzada de mira a tres kilómetros. Jesuíno. . los sorprendió la vista de Canudos. se permitió que los plazas arrojaran las mochilas.— ¡Vamos a almorzar a Canudos!— dijo bien alto. La fuerza hizo un alto. . los sacos de provisiones y todas las piezas del equipo. Eran las once de la mañana. Canudos debía estar muy cerca. consultado. apuntó con seguridad la dirección de la aldea. la compañía de tiradores revolvía las matas desde las cuales. . La embestida se re­ novó febrilmente. ordenó dar dos tiros en el rumbo indicado. Estaban en lo alto de la Favela. los batallones avanzaron dentro de una pesada nube de polvo. iría recogiendo todo a medida que lo encontrara. . La caballería. Buena estrategia que tenía el fin de hacerlos marchar hasta la aldea en condiciones desfavorables. cansándolos en un camino de seis horas. la enorme tapera que las expediciones anteriores no habían logrado tocar. a retaguar­ dia. Le respondió una ovación de la soldadesca. . ” — dijo casi jovial. — "Allá van dos tarjetas de visita para el Conselheiro. con el humorismo superior de un valiente. exceptuando los cartuchos y las armas. DOS TARJETAS DE VISITA A ANTONIO CONSELHEIRO El guía. "¡ACELERANDO!” Hay una prueba que no puede eludirse en esta marcha enloquecida que cortaba el aliento de los soldados antes de la batalla: para no demorarse y apurar el paso de carga de la infantería. La marcha continuó. sonaban algunos tiros de los adversarios en fuga. El sol ilumina a plomo. UNA MIRADA SOBRE CANUDOS Allí estaba. raros. La frase se repitió entre las filas. finalmente. Traspuestos los últimos accidentes fuertes del terreno. distantes.

al pie de las colinas más altas. Estas últimas formaciones de la serranía tenían el nombre muy apropiado de "Pelados” por lo desnudo de sus faldas. envuel­ tas aún en andamios. el Vaza-Barris la abarcaba. La nueva. No se podía errar el blanco. aparecía el cementerio de sepulturas rasas. se erguía dominante sobre las otras construcciones. Enfrentándolas. del otro lado del río. grandes bloques dis­ puestos en un conjunto perfecto. se ampliaba y se extendía avasa­ llando los cerros al este y al norte. . Y en el primer momento. Y en la cumbre de la montaña. sin que una pared blanca o un tejado encalado quebrase la monotonía de aquel conjunto asombroso de cinco mil casuchas asentadas en una arruga de la tierra. a la izquierda del observador. y amplia. Los cañones se alinearon en batalla. sin un cantero. La primera en llegar fue la vanguardia del 7? de artillería. un escalón fuerte. Y más a la derecha. doblando después hacia el este. una pequeña hilera de rutilantes palmatorias y las ramas verdes de las quixabeiras le daban el aspecto de un jardín agreste. como garitas dispersas. pulverizando las paredes de adobe. . como una cumbre de la extensa planicie. presas en una red inextricable de callejones estrechísimos. . Sobre ella. al mismo tiempo que llegaban los primeros pelotones sin aliento y abrieron el caño­ neo disparando todos a la vez en tiros rasantes. el Alto do Mário. mientras el resto de la infantería saltaba las últimas laderas. prendiendo los primeros incendios. distantes. Como un gran foso excavado. se veía a medio camino. la enfren­ taba la iglesia vieja. nítidas. la Fa­ zenda Velha. y a la gran plaza donde se enfrentaban las iglesias. todavía incompleta tenía levantadas las altas y gruesas paredes maestras. repeliendo un violento ataque por la derecha. una casa en ruinas. llevando lentamente las primeras aguas de la crecida. el observador tenía la impresión de toparse. mascarada de un maderaje confuso de vigas. tablas y postes. con una vasta ciudad. una cueva triste. donde terminaba en un corte abrupto. El compacto caserío alrededor de la plaza. hasta las últimas viviendas aisladas. la tropa. echando por los aires techos de barro y vigas en astillas. construida según el molde de las capillas sertanejas. un arbusto. antes que la mirada pudiese acomo­ darse a aquel montón de casuchas. Parecía un formidable baluarte. rectangular.Aparecía de improviso en una depresión más amplia de la ondulada planicie. Hu­ milde. Los efectos de las primeras balas se vieron en varios puntos. explotando en las casas y destrozándolas. mostraba en los anchos muros. firmemente asen­ tada sobre el suelo. Allí caía en esporón la falda del morro de la Favela. inesperadamente. a la izquierda. avanzando hasta el río. Las dos iglesias se destacaban. Acompañando el espigón en la ladera. dentro de un cerco tosco salpicado de cruces pequeñas y mal hechas. una flor. una pequeña área plana contras­ taba con el ondear de las colinas estériles: algunos árboles.

De la aldea no venía ni un tiro. resonaba largamente por el ámbito de esas soledades con la asonancia ensordecedora de los ecos golpeando en las montañas. ajenos al tumulto y a las balas que caían desde la montaña. se adensó una nube compacta de polvo y humo. a las últimas mujeres. A lo lejos. al lado de las vertientes. La agitación de la plaza había dis­ minuido. El tronar solemne de la artillería estallaba en el aire. de los callejones. salían. los soldados tiraban nerviosamente sobre ese ser excepcional que parecía complacido en ser blanco del ejército. para apreciar a la tropa y seguía después la marcha. dispersos. El hombre se levantó y se dirigió lentamente hacia las primeras casas. . entrecruzándose por la calle princi­ pal.En seguida. sobre el caserío fulminado. iban corriendo hacia las barrancas del río. Innumerables grupos. buscando el reparo de sus anchos muros. Se veían pasar. La campana de la iglesia vieja. corriendo. cargando o arrastrando por el brazo algunos niños. o a las iglesias. nítidas en medio de la vibración de los estampidos. se veían algunos perdiéndose por las caatingas. saltaban por los techos. IV EL ORDEN DE BATALLA Por fin la campana enmudeció. . a paso lento cru­ zaban la plaza. Otros aparentaban una increíble tranquilidad. Sorprendidos. . La tropa empezó a descender. extendida por las faldas. Aparte del ligero ataque hecho por algunos guerrilleros contra la arti­ llería. los sertanejos no habían opuesto ninguna resistencia. La cruzaban los últimos retrasados. hizo puntería. en dirección de la iglesia. hizo fuego sobre un jagunqo que venía por el camino de Uauá. Ochocientas espingardas en tiros rasantes se inclinaban sobre el morro. Deslumbraba la irradiación de centenares de bayonetas. . como si fugaran. convocaba a los fieles para la batalla. . precipitadas voces argentinas. en ese momento. sosteniendo sus armas. Era una colmena alarma­ da. Pasados algunos minutos empezaron a oírse. Toda la compañía del 7*?. Era un desa­ fío irritante. Los soldados se rieron. . En cierto momento se sentó a un costado del camino y parecía que le daba al yesquero y encendía el cigarro. . A veces se paraba. Entre los claros del humo se veía la aldea. Y el sertanejo no apresuraba su paso. Todavía no se había entablado. Se veía su rostro impasible. Las fuerzas se extendieron por la ladera sin que una sola descarga turbase su alinea­ miento y la fusilería en descargas nutridas. observando a lo lejos. El resto de los combatientes ya no lo divisó.

buscando objetivos firmes. corre entre bordes deprimidos. en ese punto. una breve área de nivel. eran un elemento táctico de primer orden para estacionar allí una reserva destinada a intervenir oportunamente. cae en escollos resbaladizos y separados de la aldea por un profundo foso. unas al lado de otras. tirando a poco más de cien metros del enemigo. el jefe expedicionario le dijo al comandante de una de las compañías del 79 junto al cual se encontraba: — ¡Vamos a tomar la aldea sin disparar un solo tiro!. apretando los flancos de la aldea. a la izquierda. cuyo efecto. según las eventualidades emergentes. Centralizado por la elevación donde estaban los cañones. en maniobras decisivas. fronterizo y al nivel del tejado de la iglesia nueva. . pero en cambio. mal disperso en terreno inapropiado. La observa­ ción más rápida mostraba que estas disposiciones de la izquierda eran desfavorables para los que debiesen recorrerlas con rapidez para ir al asalto. CRITICA Allí era inconcebible. el ataque parcial por la derecha. imprevistos recursos de defensa. el relieve gene­ ral del suelo enseñaba por sí mismo el orden oblicuo. parecía contar menos con el coraje del soldado y la competencia de una oficialidad leal que con una dudosa hipótesis: el pavor y el . facultaba una embestida fácil porque el río. ¡A la bayo­ neta! Era la una de la tarde. No había otras sorpresas en esa lucha y en caso de que el adversario mostrase de pronto. sería fulminante. la acción simultánea e igual de todas las unidades combatientes. la tierra es más abrupta. EL TERRENO. permitiendo. La artillería en el centro. simple o reforzada una de las alas y. en parte. había desdeñado esas condiciones y arojando a la batalla a toda su gente. cumplía el papel de eje de esa tenaza dispuesta a cerrarse. podrían moverse más desahogadas. El coronel Moreira César. al revés del ataque simultáneo. De este modo. según las modalidades ulteriores del encuentro. en un terreno uniforme. Hecha la bajada. por el valle de las quixábeiras a la derecha del 7? que se había alineado siguiendo el tra­ zado del Vaza-Barris y a la izquierda del 99 y del 169. actuando fuera del círculo tumultuoso del combate. sin em­ bargo. las tropas de refuer­ zo.Considerándolo. cuando la superioridad del número y del coraje excluye maniobras más complejas. . la formación simple para los casos excepcionales de batallas campales. Era la más rudimentaria orden de batalla. firmemente apoyado por la artillería. además de raso. formas topo­ gráficas opuestas: a la derecha. la infantería se extendió. sobre el último esporón de los morros que avanzaba a plomo sobre el río. el frente de batalla tenía.

poco a poco iba restringiendo su ámbito de acción. tenía una engañosa fragilidad en los muros de barro que lo formaban. entre­ tejido de callejones de menos de dos metros de extensión. intercambiando entre sí las balas destinadas a los jagungos. La mayoría avanzó. En la extrema izquierda. La previsión de tales inconvenientes no exigía la vista aquilina de un estratega emérito. mientras el 16? y el ala derecha del 7? atacaban por el centro. en una disi­ pación. pudiendo al principio bombardear las iglesias y el centro del poblado. Favorecido por el terreno. en grupos. cerrados. hasta enfrentarse en el campo. Se puede resumir en el avance temerario. el 7° batallón marchó aceleradamente bajo una salva de plomo y canto rodado. Era peor que una ciudadela diseñada en polígonos o blindada de casamatas. Allí mismo. Una fusilería intensa partía de las paredes y techos de las viviendas más próximas al río y explotaban las escopetas de los guerrilleros metidos en la iglesia nueva. venciendo las difi­ cultades de la marcha llena de tropiezos. cru­ zados en todos los sentidos. los batallones cargando. convergiendo sobre un objetivo único. Abierta a los agresores que podían des­ . algunos cayeron al agua y fueron arrastrados por la corriente que se pintaba de sangre. En cuanto a la artillería. indistinguibles de los adver­ sarios en aquel enredo de casuchas. Era inevitable. del valor individual. atrapados de improviso por centenares de bayonetas. En seguida. porque no tuvo después. al mismo tiempo que vibraba de nuevo la campana de la vieja iglesia. hasta la orilla del río. CIUDADELA TRAMPA Esta fue iniciada heroicamente. saltando la barranca. Canudos. obligada a enmudecer en la fase aguda de la pelea generalizada. Así planeó la más desastrosa de las disposiciones de asalto. Se revelaban en los primeros minutos de acción. impresionando a toda la tropa con el sonido de las cornetas de los cuerpos. sin gloria. Se revelaba claramente este injustificable pensamiento en el que se juntaban la inconsciencia de principios rudimentarios de su arte con el olvido de acontecimientos recientes. a medida que los soldados avanzaban. para no afrontar el peligro de tirar sobre los propios compañeros. se vieron a la entrada de la plaza los primeros soldados. sin cosa alguna que recordarse la formación de com­ bate.espanto de los sertanejos en fuga. un ala del 9?. Empezó a fraccionarse en conflictos peligrosos e inútiles. Acometiendo a un tiempo por los dos lados. la más simple evolución o movimiento combinado que revelase la presencia de un jefe. tomó posición a la retaguardia de la iglesia nueva. batida de flanco y de costado. hasta perderlo completamente. El combate se desarrolló luego en toda su plenitud.

mandado por subalternos valientes. dispersos y ralea­ dos. No hacía titubear a la más reducida sección asaltante que podía atacarlo por cualquier lado. aprisionada entre los tabiques vacilantes de palo-a-pique y cipo. Las incendiaron mientras sus habitantes huían en busca de otro refugio. Se metían por los vericuetos callejeros. se diseminaban. había ido atrevidamente sobre la iglesia nueva. No oponía la aspe­ reza de un ladrillo a la explosión de las granadas que caían sin explotar. divididos por los varicuetos de sus calles y se encontraban con el recurso de una defensa sorprendente. era difícil dejarla. a despecho de algunas bajas. contornearon ese núcleo rebelde que resistía y se lanzaron contra las primeras casas junto al río. ¡era formidable! Se rendía para vencer. De lejos se tenía el espectáculo extraño de un encarcelamiento de bata­ llones ahondándose en el caserío indescifrable. Los perseguían.truir las paredes y los techos de barro a puñetazos. la increí­ ble creación de una ciudadela trampa. en cuyos techos se levan­ taba el humo de los primeros incendios. dividiéndose éstas a su turno en grupos más pequeños. Se complementaba la peligrosa táctica del sertanejo. El ataque asumió un carácter lo menos militar posible. En la sombría historia de las ciudades vencidas. Y en esa persecución tumultuosa comenzó a esbozarse el peligro grave y único: los pelotones se disolvían. atraía el ímpetu de las cargas violentas y en la arre­ metida. apenas traspuesto el río. Las tropas del coronel Moreira César la hacían caer sobre sí mismas. y poco a poco se divi­ dían en secciones perdidas por toda la aldea. agujereando los techos. el humilde villarejo se iba a retratar con una originalidad trágica. el ataque parecía fácil. Dobla­ ban centenares de esquinas que se sucedían de casa en casa. sin que rindiera ningún efecto su arrojo. a la manera de una suquarana inexperta agitándose. destruirla. . era tan frágil. quizá. La práctica de caza de los jagunqos les había inspirado. Atraía el ataque. embriagados por la victoria fácil. perdieron dos oficiales y algunos plazas. No oponían el menor tropiezo. en ruinas pero inexpugnable. tenía la flexibilidad traicionera de una gran red. Otros. deshaciéndose finalmente en combates aislados. era temible porque no resistía. en las mallas de una trampa bien hecha. después de destruir todo. con las armas sueltas o tirando al acaso hacia adelante. aparecía de golpe ante el conquistador sor­ prendido. a la entrada o dentro de las casas. o golpes de arma. vigorosa e inútil. los invasores. que­ daba maniatada. atropelladamente. Traspuesto el Vaza-Barris. Estas eran tumultuosamente atacadas. Un grupo. hecho escombros. Era fácil atacarla. Los conflictos se libraban en las esquinas. cada vez más aturdidos. do­ minarla. de dos en fondo. Intacto. Porque la envergadura de un ejército.

una vasija húmeda de agua fresca y cristalina. Atropelladamente hacía su refac­ ción en un minuto. más numerosos. molido a golpes. Acudían entonces los compa­ ñeros más cercanos. pisado por la dura alpargata. Corriendo tras un sertanejo en fuga. en Canudos. arrojándose por fin él mismo. pisoteado. en porfía con­ tra el grupo victorioso al cual repelía con todas sus armas: a cuchillo. Buscaba en los ganchos colgados. apenas el tiempo nece­ sario para hacer una descarga mal apuntada y después retrocedían. revi­ viendo el conflicto. aquel alarido. un corral invadido por ongas bravias y hambrientas. escondido en un rincón oscuro. terrible. a tiros. al doblar una esquina. No podía resistir. hasta que caía al suelo. finalmente. inerme. se topaban de golpe. Alrededor de este tumulto. Muchos se perdían en los inextricables callejones. En un rincón. hasta que los soldados. aquel pavor del poblado revuelto y miserable. Y luchaba solo. Y los papeles se invertían. desesperadamente. golpeándole encima sus miserables trastos. aquel espanto. Quedaban atónitos. donde los esperaban nuevos agresores. después de vencer una casa. Muchas estaban vacías. brutal. La completaba con un trago de agua. o se arrojaban atrevidamente sobre el grupo dispersándolo. con un cerrado grupo de enemigos. cosido a bayoneta. cosido a cuchilladas. sacos llenos de harina. Los jagungos lo asaltaban a la puerta. lograban entrar en la casucha y allá adentro. Animados todos por la ilusión de la victoria vertiginosamente alcanzada. el soldado hambriento no vencía su ansia de almorzar. el morador les descar­ gaba el último tiro y escapaba. A veces recibía como postre cruel. los intrusos se encontraban de golpe con un caño de espin­ garda contra el pecho o caían volteados de un tiro a quema ropa. . mujeres desatinadas rompían en llanto o rodaban por los rincones. el luchador imprudente. Ese tipo de escenas se sucedían. que se reflejaba en aquel desorden. buscando estran­ gular al primero que le cayese entre las manos vigorosas. bolsas repletas de ouricuris sabrosos. una carga de plomo. En otras. alarmado. Los valientes temerarios que aparecían en variados . Se enredaban en una pelea cuerpo a cuerpo. O esperaba a pie firme defendiendo tenazmente su paupérrimo hogar. .Las abrían de un golpe tanto contra las puertas como contra las pare­ des a las que abrían boquetes por cualquier lado. SAQUEOS ANTES DEL TRIUNFO Casi siempre. metiéndose dentro de las casas. El fin se daba cuando caía sobre el piso. vibrando con la hoz. Por lo demás no se encontraban con obstáculos insuperables que les enfriasen el ánimo. el luchador temerario. Había carne seca al sol. que estallaba desde las grietas de las paredes.

embarullados. arremeterían sin fuerzas con aquel costado separado de la plaza por el foso natural de una zanja profunda. porque la artillería evitaba hacer blanco sobre ella por temor de balear a los compañeros encubiertos y estallando en medio del ruido de la refriega. enfermos. secciones en desaliño. en un resonar de estampidos. Menos compacta. Los tiradores de la iglesia nueva permanecían firmes. de imprecaciones. El coro­ nel Moreira César lo entendió. Aun contando con el éxito franco en la parte atacada. apenas entrevistos entre el humo. Y al llegar la retaguardia. mirando hacia todos los puntos casi impunemente. Nada más. grupos diminutos de jagungos. perdidos en el poblado inmenso y convulsionado. aprisionados por el vértigo de la per­ secución. era inexpugnable. De modo que en esas correrías. . decidió que siguiesen hacia . se alejaban más y más. en una lucha cuerpo a cuerpo. por la plaza y luego desaparecían. Era muy grave. inopinadamente. Grupos dispersos. . de cargas sordas. compuesta por la policía y el escuadrón de caballería. facilitando a un solo tira­ dor apuntar hacia todos los rumbos sin abandonar una esquina. de gritos.puntos. las casas aisladas. en la margen derecha del río. obligándolo a subidas muy penosas. se oían más altas las cam­ panadas de la iglesia nueva. muchos se extraviaban en el laberinto de los callejones y que­ riendo volver junto a sus compañeros. Al frente de su estado mayor. aunque se les quitara el torbellino de los callejones. abatidos y mancos. aquélla quedaría imponiendo. la situación se aclaraba. que salía de las casas y andaba por todos lados. La situación finalmente era inquietante. lisiados de toda especie. doblando miles de esquinas. aunque la parte atacada fuese conquistada. Además de esto. clamando y rezan­ do. quizá mayores fatigas. aparecían a veces. tenían el contrapeso del mujerío acobar­ dado. viejos temblequeantes. A la derecha. defendiendo sus casas. Nada preanunciaba desánimo entre los sertanejos. los soldados triunfantes pero cansados. Realmente. Se extendía por una loma que permitía la defensa a caballo del enemigo. o por la legión armada de muletas. permitían un extraordinario cruce de fuegos. en disposición tal que recordaban un tablero de ajedrez. Allá adentro rodaba ruidosamente el desorden. el jefe expe­ dicionario observaba el asalto. la otra mitad permanecía indemne. De manera que. acerca del cual no podía ciertamente formular una sola hipótesis. la acción apenas abarcaba la mitad de la aldea. Si se consideraba el otro lado de la aldea. La tropa había desaparecido en los mil calle­ jones de Canudos.

. surgiendo de pronto en la punta de la dis­ parada veloz. Pero aquél nada podía pensar al recibir el coman­ do. entre la artillería y el plano de las quixábeiras: — ¡Voy a darle bríos a esa gente. atacando el sitio todavía indemne y completando así la acción que se había desarrollado totalmente hacia la izquierda. cargando mientras desfilaba entre corredores. los fre­ nos agarrados con los dientes. apenas llegaron a la mitad de la corriente y empinándose y curvándose. Los animales asustados. A su turno. Era un hombre simple. golpeados con la espada. cuyas aguas respingaban a tiros y no siguió adelante. separando al resto de la aldea del suburbio que debía atacar. . El escuadrón — caballos atontados. a media cuesta de los Pelados. Estaba fuera de combate. . en una curva en bajada. una herida leve — dijo. La caballería tuvo orden de atacar por el centro. allí apretada entre paredes. Debía sustituirlo el coronel Tamarinho a quien le fue comunicado el desastroso incidente. hacia el lugar que había dejado. Lastimados con las espuelas. A mitad de camino refrenó el caballo. escupiendo de la silla a los jinetes. El jefe expedicionario dejó el lugar donde se había mantenido. en su ataque. Volvía cuidado por el teniente Avila. El arma clásica de las planicies. No se advertía en el desorden el más leve trazo de combinación táctica y tampoco se la podía imaginar. recu­ laban. después de cruzar el río con el agua hasta las rodillas. Había sido alcanzado en el vientre por una bala. ametrallaba casas y prendía fuego. Había llegado a los sesenta años candidato a un retiro tranquilo. Se inclinó sobre la silla abandonando las riendas. aficionado a relatar hazañas. bueno y jovial. cuando fue nuevamente alcanzado por otro pro­ yectil. Estaba mortalmente herido. lo habían incluido en la empresa contra su voluntad. tranquilizando a los compa­ ñeros. la policía. La policía. Era una excentricidad. No bajó del caballo. cuya fuerza es la arremetida del choque.la extrema derecha. Una carga de caballería en Canudos. Además.! Y bajó. vacilaba en alcanzar el fondo hondo y resbaladizo de la zanja que en aquel punto corre de norte a sur. rengueando sobre sus patas va­ lientes— se largó al galope corto hasta la orilla del río. Y aunque tuviese envergadura para enfrentar esa crisis. . El movimiento complementario se quebraba en sus primeros pasos. entre las iglesias. El estado mayor en seguida lo rodeó. vol­ vieron en desorden a la posición primitiva. cuando desanimaba de salvar su propio batallón en la otra margen del río. finalmente estaba copiando el modo de actuar de los otros. . no había cómo remediarla. — No fue nada.

Este reflujo que había empezado a la izquierda se propagó luego a la derecha. borboteando. o tenían escondrijos más inviolables. Era el desenlace. bajo los techos caídos. Aparecieron sobre la ribera izquierda. corriendo. titubeantes. . largando las últimas posiciones. chamuscados y polvorientos. se deslizaban mejor. Repentinamente. dis­ parando sus espingardas al acaso. dispersos. en el mismo descuido. De suerte que. vociferando. los sertanejos emboscados. la noche dis­ puesta a confundir a los combatientes exhaustos después de cinco horas de pelea. estallando. como si el Vaza-Barris se hubiese salido de madre. Era un combate temerario contra una barri­ cada monstruosa que cada vez se volvía más impenetrable a medida que destruían y carbonizaban. bajo la hipnosis del pánico. Pronto se les juntaron otros. los primeros grupos repelidos. En la claridad muerta del crepúsculo sonó armoniosa­ mente la primera nota del Ave M aría. apartando bru­ talmente a los grupos extenuados. ansiando subirla. de voces discordantes que daban la ilusión de una crecida repentina. saliendo del portal de las iglesias o de las casuchas marginales. toda la línea de combate rodó despedazada a tiros por la orilla del río. cada uno luchaba a su manera. . Además. soldados y oficiales mezclados. entontecidos. sosteniéndose a las piernas de los que ya habían subido. derrumbándolos. se metían en la corriente. los pri­ meros puñados de hombres llegaron a la margen derecha. empezaron a cruzar el río de vuelta. AL GOLPEAR DEL AVE MARIA En ese momento el campanero de la iglesia vieja interrumpió la alarma. . estaban a salvo. sin armas y heridos. . rebatida a las posiciones primitivas. alarmados. el mayor contratiempo. los uniformes hechos jirones. Atropellándose. porque bajo los escombros que cerraban las calles. se confundían de nuevo en ruidoso vocerío. Allí. los pelotones. inevitable. en fuga. en una barahúnda infernal. Otros. RETROCESO Pero antes de que llegase la noche empezó el retroceso. Era un golpeteo de cuerpos sudados. pisando a los mal heridos que caían. se asomaba. mez­ clados. se agarraban a las escasas gramíneas. Todavía se destacaban pequeños grupos que quemaban las casas próximas o se trababan en breves tiroteos.Aquello no era un asalto. Sin mandos. . Caía la noche. estorbándose con las armas. ahogándolos.

como elementos irreductibles. se iluminan. o luces dispersas de linternas mortecinas buscando en las sombras. como en exploraciones lúbugres. la Fazenda Velha y dentro de ella. como si reflejasen relámpagos de lejanas tempestades. los jagungos disparaban su última descarga. Pero los tiros habían cesado y ni una voz llegaba de allí. . La noche había caído. minuto a minuto. desaparecían en la noche. Allí improvisaron un cuadrado incorrec­ to. el comandante en jefe moribundo. evitar al adversario que con tanta ansiedad habían buscado. sin nubes. las lejanas mon­ tañas. . arrastrando los cañones. sin centellear. de maderas ardiendo bajo el barro de las paredes y los techos. Ade­ más. como exclusiva preocupa­ ción. donde cada estrella. . tirando a los pies los sombreros de cuero o los gorros de brin y murmurando el rezo habitual. El desorden del campamento contrastaba con la placidez del ambiente. . quedando. El compacto caserío. se arrastraban. Sólo la difusa luz de las estrellas dibujando los perfiles imponentes de las iglesias. .Descubriéndose. anima­ les. un castillo en ruinas. torturados de dolor o de sed. comunes en el sertón. No se podía curarlos en la oscu­ ridad donde sería una temeridad hasta la rápida luz de un fósforo. para rodear a la oficialidad. se marcharon hacia las alturas del Mário. * El Dr. las colinas circundantes. uniformes y espingardas. de filas desunidas y bamboleantes. La expedición había quedado en eso: un montón de hombres. las ambulancias. V SOBRE LAS ALTURAS DEL MARIO Habiendo cruzado el río. Forzosamente debían abandonarlo. No se veía la aldea. Ciento y tantos heridos y lastimados se agitaban por allí. extraviado o preso— había desaparecido a la tarde sin volver nunca más *. uno de los cuales — muerto. irradia como un foco de calor y los horizontes. El cerro donde se reunieron estaba demasiado cerca de aquél y era pasible de algún ataque nocturno. los soldados se apiñaron junto a la artillería. no alcanzaba el número de médicos. indicaban allá abajo que también el enemigo estaba despierto. Algunos braseros sin llamas. en un repliegue de la montaña. casi pisados por los caballos que relinchaban atascados entre las carretas y los fardos. Nada más. fija. Fortunato Raimundo de Oliveira. Formaban una multitud alborotada sin nada que recordara la fuerza militar que se había deshecho. lentamente. una de esas noches ardientes. el tren de artillería y los cargueros. En el centro. Sin orden. cuatrocientos metros hacia arriba. hombres atónitos e inútiles que ahora tenían. los heridos.

entu­ siasta y confiada en la victoria y que estaba allí. le había respondido con triste humorismo. presentando los motivos inflexibles del deber . No se ilusionaban. abdicando la misión de ordenar la turba o hacer el milagro de subdividirla en nuevas unidades de combate. con el estoicismo enfermo del propio desaliento. Así. pasando tácitamente el comando a todo el mundo. Y se quedaba impasible. vencida. ni siquiera demorarlo. allí. reducen siempre las cualidades personales más brillantes. Una rápida observación de la tropa que había llegado horas antes. los oficiales reunidos lo adoptan por unani­ midad. rimando un dicho popular del Norte: "E tempo de murici cada um cuide de si. después de haberse realizado un bombardeo mayor que el anterior. mostraba una sola solución. los humillaba angustiosamente esa ridicula y grave situación. A las once de la noche. No se podía arbitrar otro recurso. No deli­ berada. oficiales incansables daban por su cuenta las providencias más urgentes. A un oficial que ansiosamente lo interpeló sobre ese trance. Porque la victoria debía alcanzarse a despecho de los mayores sacrificios. senta­ dos sobre cajones repletos de cartuchos y acorralados por una turba de matutos turbulentos. intuía que un ayuntamiento en tales circunstancias no significaba la suma de las energías aisladas y estimaba todos los elementos que. por cierto. Allí había. hombres de valor y una oficialidad pronta al sacrificio. Sentado en la caja de un tambor. chu­ pando su cigarro. El viejo comandante. la retirada. Este la impugnó. reanimaban los ánimos abatidos. . Pensaban: en los cuatro lados de ese cuadrado irregular esta­ ban inscriptos los destinos de la República. Un capitán de infantería fue comisionado para comunicar la resolución al coronel Moreira César. Quizá maldecía mentalmente al extravagante destino que lo convertía en heredero forzado de una catástrofe. . el coronel Tamarinho. en los grupos dominados por emocio­ nes violentas. ajeno a la ansiedad general. Era necesario vencer. Pero la mayoría consideraba fríamente las cosas. sin embargo. Por el espíritu de muchos pasaba el intento reanimante de un nuevo asalto al despuntar la mañana. Y concertaban planes buscando corregir el revés con un lance osado. bajando con toda la fuerza. Les repugnaba. cargando armas primorosas. a todas las consultas. . en medio de cañones modernos. dolorosamente sor­ prendido. al principio calmo.Faltaba un comando firme. organizaban ambulancias y camillas. El nuevo jefe no soportaba las responsa­ bilidades que lo oprimían. Fue su única orden del día. respondía con el silencio o con monosílabos. en violenta arremetida sobre los fanáticos. rectificaban el pretendido cua­ drado donde se mezclaban plazas de todos los cuerpos.

La rodeaban. El enemigo. sus hazañas de hechicero sin par. Los combatientes. terribles en la contraprueba de la catástrofe presente. abatidos de contragolpe por el inex­ plicable revés en que había caído el jefe considerado invencible. Los soldados. en la aldea invisible. no pu­ dieron ver a uno solo. Los centinelas que cabeceaban en las filas flojas del cuadrado. casi invisibles. . para los más incrédulos también. atónitos y absortos. Los de la expedición anterior afirmaban. . La dolorosa reprimenda del jefe herido por dos balazos no contuvo a la oficialidad incólume. después. atravesando incólumes los braseros de las casuchas en llamas. Pero la lucha ser tañeja había empezado a tomar la imagen misteriosa que conservaría hasta el fin. Dio su última orden: que levantaran un acta dejándolo al margen para una protesta en la que incluiría el abandono de su carrera militar. centenares de soldados. ante el milagro estupendo. A pesar de eso se mantuvo la resolución. ocho­ cientos tal vez. decían convencidos. perfectamente válidos aún. verosímiles. Por la mitad de la noche todas las aprensiones se agrandaron. incluso algunos heridos en el combate. apareciendo temerosos entre las ruinas. abajo. disponía de dos tercios de las municiones y estaba en posición dominante sobre el enemigo. Un indefinible rumor subía por las cuestas. se le aparecían como reales. comenzó a despuntar algo de anormal en esos luchadores fantasmas. Es que gran parte de los soldados eran del Norte y se habían criado oyendo a su alrededor el nombre de Antonio Conselheiro como el de los héroes de los cuentos infantiles. que agravaban con extravagantes comentarios. súbitamente despertaron conteniendo gritos de alarma. estaban bajo la sugestión de lo maravilloso. Final­ mente explotó: que no lo sacrificaran a esa cobardía inmensa. habían sido muertos en el Cambaio y para todos. haber visto resucitados. con más de dos tercios de la tropa apta para el combate y con las muni­ ciones suficientes. en general. en su mayoría mestizos. sus milagros. fue montando en cólera y con angustia. Y su leyenda extravagante.militar y demostrando que todavía había elementos para otra tentativa. se diluía en un duende intangible. casi sin distinguirlos. brutal y familiar. hechos con la misma masa que los matutos. invadidos de un temor sobrenatural. Significaba completar la agonía del valiente infeliz. . se refirió a la mancha que caería sobre su nombre para siempre. El jagungo. Era peor. desparramados y di­ minutos. dos o tres cabecillas que. No era el sordo tropel del asalto. rezaba. ante los cuales habían golpeado impotentes.

Era el último golpe en el desánimo general. resultaban a esa hora impresionante. a su vez. la iglesia nueva explotaba en descargas y condensada en la calle principal o corriendo hacia las colinas. Se precipitaban al acaso. La retirada se imponía. por los caminos afuera. Avanzando por el espigón del morro rumbo a la Favela y derivando de allí por las vertientes opuestas. las voces de las mujeres. dándole al trágico lance la nota festiva e irritante de miles de silbidos estridentes. entre vivas entusiastas. en las que predominaban. cuando el primer reflejo de la mañana mostró una fuerza constituida por plazas de todos los cuerpos precipitada a la vanguardia. Los aprestos de partida se hicieron en un atropello indescriptible. . Entre la soldadesca pasmada. No se dividían en escalones dispuestos a la defensa ofen­ siva. Al moverse finalmente esta fracción abnegada fue rudamente atacada. bajo el mando de un subalterno de valor y fortale­ cida por un contingente de infantería. El rechazo fue rápido. En este volver las espaldas al enemigo que. Decían de modo elocuente. toda la población de Canudos contemplaba la escena. .Y en aquella serenidad extraordinaria. iba flanqueada de punta a punta por los jagungos. La última división de artillería replicó por momentos y después. sobre las ronqueras varoniles. nada indicaba la seria operación de guerra que iba a realizarse. las letanías tristes. los cargueros. característica de esos momentos críticos de la guerra. no lo perturbaba todavía. . Abajo empezó a sonar la cam­ pana. los kyries dolientes entraban peor que intimaciones enérgicas. en un ataque envolvente. Había muerto el coronel Moreira César. despierto. por todos lados. Era tarde. Más de una vez el drama tenebroso de la guerra sertaneja tuvo el desenlace de un pataleo lúgubre. Adelante. parecía confiarse sólo en la velocidad de la retirada para librarse. los heridos y las camillas. sin formación. había permanecido firme en lo alto del Mário. marchó por el declive del espigón. que no había reacción posible contra adversarios transfigurados por la fe religiosa. Actuaban por contrastes. hasta donde alcanzaba la mirada. una nueva emocionante la volvió urgente. Sólo una divi­ sión de dos Krupps. El enemigo tenía en la ocasión el aliento para el ataque y la seguridad de su misma temibilidad. Acometió ruidosamente. entre las cuales iba el cuerpo del comandante malogrado. huían. hacia el ca­ mino. como una barrera antepuesta a la persecución inevitable. No se retiraban. implacables. re­ tirándose. La retirada era una fuga. largos. A la madrugada. ladeada por las ambulan­ cias. la expedición se desparramaba por las laderas sin orden. la expedición desparramada por los caminos. allá abajo. De manera que.

Aquella batería la liber­ taba. Al poco tiempo. gritando. como al encuentro de un obstáculo. los sertanejos en chusma. tirando afuera las piezas del equipo. alrededor de ella se adensaron los atacantes. asombrados ante esa resistencia inexplicable. sólo adivinaban por la estridencia de los gritos de desafío y por los estampidos de un tiroteo irregular y ralo. Las granadas explotaban entre los ramajes secos incendiándolos. donde la ferocidad y la cobardía revoloteaban confundidas bajo el mismo aspecto. corriendo en grupos. dejando las camillas donde se retorcían los heridos. apenas se desencadenó el pánico. Al encuentro con los cuatro Krupps de Salomáo da Rocha. inabordable. de súbito. había quedado. y prosiguiendo después. corriendo hacia las caatingas. lenta y unida. No lo defendieron. desarmándose. gritos de dolor y de cólera. retrocedía y volvía al ataque. Estos apenas podían seguir. los batallones se disolvían. se oían allá adentro. corriendo al acaso. . abandonando las espingar­ das. saliendo de la caatinga al camino. al que no veían. Heridas o espantadas. terrible. saltando de los escondrijos en llamas. Uno a uno iban cayendo los soldados de la guarnición estoica. . lentamente. No hubo ni un simulacro de rechazo contra el ene­ migo. disparando sus trabucos y pistolas. seguía. torcían el rumbo. A los primeros tiros. parando de cuando en cuando para barrer a disparos las caatingas traicioneras. FUGA Y fue una desbandada. sucedió de pronto un hecho épico. galvanizada por la fuerza moral de un valiente. corriendo. vacilantes en asaltar a cuchillo al pequeño grupo de indomables. idiotizados. el cadáver del comandante. en bandas. aterrados. imposibilitaban la marcha. en la marcha habitual de una revista. triste pormenor. las muías de tracción se resistían. Se reducían. la onda rugidora de los jagunqos atacaba y se detenía. Entre los fardos tirados a la orilla del camino. se escondía. casi solemne. La disolución de la tropa se detenía en el acero de esos cañones cuya guarnición diminuta se destacaba maravillosamente impávida. Contenidos al principio a la distancia. En esa corrida siniestra. corriendo por los caminos y por los rastros que los recortan. alineándose en batalla y largando cargas fulminantes. como el de una caza. los sertanejos estrechaban de a poco el círculo del ataque alrededor de las dos divisiones que los enfrentaban. siguiendo a paso tardo o. . junto con el crepitar del fuego en llamaradas. sin jefes. desabrochándose los cinturones para la carrera.DESBANDADA. Sólo la artillería. El resto de la expedición podía escapar a salvo. y corriendo. y atontados por el humo. Ochocientos hombres desaparecían en fuga. en la extrema retaguardia.

El ingeniero militar Alfredo do Nascimento lo alcanzó con vida. se desparramaron sin . piezas del equipo.Por fin. pues eran blancos de preferencia de los últimos. Completamente solo. Era el fin. Caído sobre la orilla. inútiles. corrían de los oficiales. moviéndose sin temor ni fatiga entre los fugitivos. vibraban sin respuesta. Los jagungos entonces se lanzaron sobre ella. El capitán Vilarim se había batido casi solo y al agonizar. . En vano algunos oficiales indignados gatillaban sus revólveres contra el pecho de los fugitivos. Los cañones se inmovilizaron en una vuelta del camino. El coronel Tamarinho. el caballo al galope por el camino. . . Las notas de las cornetas vibraban encima de ese tumulto. . Más adelante. cinturones y sables. buscó inú­ tilmente socorrer a los últimos soldados que habían ido a Canudos. aceleraban la fuga. tallado a golpes de hoz. co­ rrían enloquecidos. y al ver a aquéllos caer mal heridos. Y la artillería quedó en completo abandono antes de llegar a Angico. Cayeron los golpes encima de todos y cayó. no se conmovían. mochilas. el coronel Tamarinho se lanzó desesperadamente. anulada. La infantería había de­ saparecido. Los mismos heridos y enfermos allá se iban. espingardas. no encontró entre los que mandaba un brazo que lo sostuviera. A orillas del camino sólo se veían. como cosas inútiles. alto!”. Y como la mayor parte de los fugitivos evitaban el camino. Pasaban. que había vuelto a la retaguardia. convulsas. dispersa. UN ARSENAL AL AIRE LIBRE La tercera expedición. el viejo comandante murmuró su última orden: — Busque a Cunha Matos. Así ordenó repetidos toques de "¡media vuelta. Las notas de las cornetas. sin un subordinado. el coronel Tamarinho cayó de su caballo herido por un balazo. O mejor. . En aquel desorden sólo cabía una determinación posible: "¡Desbande!”. a la vanguardia. Era una orden difícil de ser cumplida. personalmente. junto a los cañones que no abandonó. imprecando a los compañeros más ágiles. No podían contenerlos. tirados al azar. Por fin pararon. No tenían a quién llamar. como si buscase todavía. mientras trasponía al galope el arroyo del Angico. rengueando. El capitán Salomáo tenía a su alrededor apenas una media docena de leales. corrían de los jagungos. corrían. emitidas por los cometeros sin aliento. al encontrarse con ese cuadro terrible. condenándose heroicamente a la hora de la catástrofe. la batería se detuvo. La catástrofe se consumó. . había desaparecido. al morir. en desparramo. ahora de­ sierto. . . arrastrándose penosamente.

vigorizada por la brutalidad de los combates. denominación irónica desti­ nada a permanecer durante todo el curso de la campaña. darles de gracia todo ese arma­ mento moderno y aprovisionarlos suficientemente. Así es que en la distancia que media entre el Rosario y Canudos. Los éxitos les habían exacerbado a un tiempo el misticismo y la rudeza. sacos y pantalones de vivo carmesí. Mientras sucedía esto. Por los caminos y por los sitios más próximos estaban diseminadas armas y muni­ ciones. Se había roto el prestigio del soldado y los broncos cabecillas se olvidaban de las mínimas peripecias de los hechos. había un arsenal diseminado al aire libre. La expedición Moreira César parecía haber tenido un solo objetivo: entregarles todo aquello. aumentaba. empeorándoles la índole. y después de estos ataques temerarios. También se había desnudado. entre ellos los heridos. donde muchos. . la habían visto caer terriblemente sobre la aldea. lograron llegar al Cumbe o a otros puntos más lejanos. junto con piezas del equipo. Sin duda era un milagro. El resto llegó al día siguiente a Monte Santo. crecía. presenciaron el retroceso y la fuga y la disparada enloquecida. asaltarla. cin­ turones y gorras. todo cuanto había tocado el cuerpo maldito de los plazas. La habían visto llegar. comandante de la plaza. errando al azar por el desierto. no los esperó. se perdieron para siempre. que denunciaban en el pardo de la caatinga a los fugitivos. Y la creencia. agonizando y muriendo en completo abandono. . los sertanejos recogían los despojos. . desviándose de la ruta. La fuerza del gobierno era ahora realmente la debilidad del gobierno. arruinarla de punta a punta. les hacía revivir todos los bárbaros instintos. se largó hacia Queimadas hasta donde se prolongó esa disparada. El coronel Sousa Meneses. Algunos. La complejidad de los hechos los perturbaba y no tenían más que una interpretación: visiblemente. mancharía el cuerpo de los luchadores sagrados. los aprovecharon de un modo cruelmente lúgubre. Al conocer el desastre. y el abandono por los caminos de las armas y los equipos. quemarla. imponente y terrible. la potencia su­ perior de la divinidad los amparaba. y los jagungos tenían para abastecerse con holgura. sustituyeron en las manos de los combatientes de primera línea las viejas espingardas de carga morosa por las Mannlichers y Comblains fulminantes y como los uniformes. invadirla. cargando armas ante las cuales eran juegos de niños sus carabinas.rumbo. UNA DIVERSION CRUEL Se llevaron a la aldea los cuatro Krupps. De modo que la mayor parte de la tropa no sólo se había desarmado delante del adversario.

a espacios regulares. . que recuerda la religiosidad trágica de los Achantis.Lo testimonia el hecho extraño. el azul de las chaquetas y los brillos vivaces de las chapas de los estribos. . . . Después alinearon las cabezas a los dos costados del camino. y a un costado —mudo protagonista de un drama te­ rrible— el espectro del viejo comandante. el cuerpo del coronel Tamarinho. observaron todavía el mismo escenario: calaveras blanqueadas a los bordes del camino. Los decapitaron. . y recogidas las armas y municiones de guerra. Concluidas las exploraciones por los alrededores. La caatinga. tres meses más tarde. . . erguido en una rama seca de angico. colgaron los restos de los uniformes. pantalones y chaquetas multicolores. Un pormenor doloroso completó esta escenificación cruel: a un costado sobresalía. Encima. Era asombroso. esmirriada y desnuda. con las caras de frente al camino. nuevos expedicionarios marcharon hacia Canudos. que remató estos sucesos. Quemaron los cuerpos. . especie de diversión siniestra. . Cuando. gorras. Allí permaneció durante largo tiempo. rodeadas de trapos viejos. en los arbustos marginales más altos. los jaguncos reunieron los cadáveres que estaban desparramados por todas partes. oscilando según el viento movía la rama flexi­ ble. el cadáver. cinturones. parecía una visión demoníaca en el desierto. empalado. por el colorado fuerte de las divisas. . capotes. Como un maniquí terrible y lúgubre. apareció repentinamente adornada por una florescencia extravagante y colorida. mantas y mochilas. brazos y piernas colgantes. prendidos a las ramas de los arbustos. .

Eran la vanguardia de ignotas falanges prontas a irrumpir. después un desvarío general de la opinión. . Una división aprisionada. El alto de la Favela. Paso por Pitombas.CUARTA EXPEDICION L— Desastres. I I I — Colum­ na Savaget. Al principio fue el asombro. se levantó luego. Versiones disparatadas. Mentiras heroicas. por todas partes. Ante las trincheras. Aventuras del asedio. un intenso agitar de conjeturas para explicar lo inconcebible del hecho y hallar una razón cualquiera en aquella destrucción de una fuerza numerosa. Canudos: una diátesis. V. En los flancos de Canudos. El comienzo de una batalla crónica. primero dispersa en vagos comentarios. La cuarta expedición se organizó en medio de una gran conmoción nacional que se traducía en actos contrapuestos a la gravedad de los hechos. En la completa desorientación de los espíritus. federal y estatales.— El asalto: preparativos.— Victoria singular. Versiones y leyendas. tal circunstancia fue el punto de partida para la más imprudente de las reacciones. bien equipada y con un jefe de tal valía. Se destruye un plan de campaña. Cocorobó. sobre el nuevo régimen. V III— Nuevos refuerzos. La acti­ tud del comando en jefe. Triunfos por el telégrafo. Inesperado emisario. IV. Extraño heroísmo. El mariscal Carlos Ma­ chado Bittencourt. había una media docena de revolucionarios platónicos. Una tropa de bárbaros. el encuentro. I DESASTRES La nueva de este revés fue un desastre mayor. Desánimo. La travesía. Cazas peligrosas. El camino del Ouvidor y las caatingas. hacía mucho tiempo. la idea de que los tabaréus turbulentos no actuaban solos. Incidentes. Y como en las capitales. Levantamiento en masa. La marcha. El cabo Roque. Planes. Nueva victoria desastrosa. Macambira y Trabubu. No hay un plan de campaña. condensada después en total certeza. contemplativos y man­ sos. V I— Por los caminos. Un guía temeroso: Pajeú. Concentración en Queimadas. Colaboradores demasiado prosaicos. Los heridos. agitando estérilmente la propaganda de la restauración monárquica. I I — Movilización de tropas. Excepcional carga de bayonetas. Primeras noticias ciertas. Se organiza la expedición. VIL— La Brigada Girard. Demoras. En viaje hacia Canudos. La comisión de ingenieros.

se forma el ejército imperialista. . la unidad del Brasil” *. La encontraron: los disturbios sertanejos eran signos de una vasta conspiración contra las instituciones nuevas. era el movimiento armado que. ha­ bía encontrado por fin un Monck271. Canudos era una Coblentz 2 8 8 en ruinas. la casa Braganzaa70. Y Antonio Conselheiro — un Mesías de feria— había tomado en sus manos temblorosas los destinos de un pueblo. Algunos ciudadanos activos congregaban al pueblo de la capital de la República y le resumían su ansiedad patriótica en una noción incisiva: "El pueblo de Río de Janeiro reunido en mitin y consciente del doloroso revés de las armas legales en los sertones de Bahía. aplaudiendo todos los actos de energía cívica que se hacen para lavar la afrenta del ejército y de la Patria. ¿Exageramos? Tomamos al azar un diario cualquiera de aquellos días. * * * O Estado de Sao Paulo. En la prensa y en las calles. Joáo Abade. . a la sombra del fanatismo religioso. Se explicaba: "La tragedia del 3 de marzo en la que juntamente con Moreira César perdieron la vida el ilustre coronel Tamarinho y tantos otros oficiales valientes de nuestro ejército. Por detrás de la envergadura raquítica de Pajeú se diseñaba el hidalgo perfil de un Brunswick 2 6 9 . con la República. Ese era el grito dominante en la conmoción general. había que salvar a la República. se conspira. en su tradición y en su fuerza. entraban los nostálgicos del im­ perio. tomadas por el caudi­ llaje monárquico. aguarda. La opinión nacional se debatía de tal modo en la prensa. El mal es grande. que el remedio corra parejo con el mal. Se concluía: "No hay quien en esta hora no comprenda que la monar­ quía revolucionaria quiere destruir. * Gazcta de Noticias. Y así todos. Se adoctrinaba: "Lo que de un golpe conmovía el prestigio de la auto­ ridad constituida y abatía la representación del brío de nuestra patria en su renombre. Se afirmaba: "Se trata de la Restauración. ansioso. La dinastía en disponibilidad. * * O País. con audacia. . fue la confirmación de cuánto ha crecido en audacia y en fuerza el partido monárquico a la sombra de la tolerancia del poder público.CANUDOS: UNA DIATESIS Sucesos de tanta monta requerían una explicación. y gracias a su involuntario aliento” * *. . y congregado alrededor del gobierno. francamente en armas”. . ¿La monarquía se arma? Que el Presidente llame a los republi­ canos a las armas” * * *. la sofocación de la revuelta”. no siendo lícito a nadie ilusionarse más sobre el pleito en el que. La República estaba en peligro. marchaba acelerada­ mente contra las instituciones.

la obsesión del espantajo mo­ nárquico. arrastra a los medios más adelantados — enguantados y cubiertos por el tenue barniz de la cultura— a trogloditas enteros. Se extendía. papeles. Aparecía en las capitales del litoral. tenía socios quizá más peligrosos. ¿Valdrá la pena definirlos? La fuerza portentosa de la herencia. fueron a las redacciones y a las imprentas de los diarios Gazeta da Tarde. Libertade y Apóstolo 2 7 2 . los contiene y los domina y los inutiliza y poco a poco los destruye. libros. tirando después los objetos. donde formaron una gran hoguera. en esta indignación. aquí como en todas partes y en todos los tiempos. quedando otros en montón en la misma Rúa do Ouvidor” * 27S.. en general. y todos a una. y a pesar de que la policía corrió para evitar un asalto a esos diarios. a la calle. esquivamos el detallado análisis de acontecimientos que escapan a la escala superior de la historia. de donde fueron luego conducidos a la plaza de Sao Fran­ cisco de Paula. EL CAMINO DEL OUVIDOR Y LAS CAATINGAS Interrumpamos este espigar entre ruinas.El mismo son en todas partes. idealistas y temerosos. no llegó a tiempo para evitarlo. a los gritos de viva la República y la memoria de Floriano Peixoto. Las correrías del sertón entraban impetuosamente en la civilización. "Entonces comenzaron a romper y a inutilizar lo que encontraban. Pero estamos preparados. El mal era mayor. Las líneas anteriores tienen un solo objetivo: poner de relieve semejanzas que se emparejan en un mismo salvajismo. trabaja la po­ lítica. convirtiendo en legiones — cohorte misteriosa que marchaba sordamente en las sombras— a media docena de reaccionarios. Si el curso normal de la civilización. . sea como fuere y contra quien fuere”. en el decurso de los hechos que nos propusimos narrar. así. muebles. invadió esos establecimientos y los destruyó por com­ pleto. La Rúa do Ouvidor era un desvío de las caatingas. utensilios. etc. En todos. No estaba confinado en ese rincón de Bahía. se acordaron de los diarios monárquicos. pues la multitud. condenándolos a la penumbra * Jornal do Brasil. bruto y vestido de cuero. La guerra de Canudos no era más que un síntoma. El Presidente de la República quebró su habitual serenidad: "Sabemos que. en un ímpetu de desahogo. El hombre del sertón. Copiamos: "Ya era tarde y la excitación del pueblo aumentaba en proporción a su masa siempre creciente. Al final intervino la multitud. por detrás de los fanáticos de Canudos. quemando todo”. tenemos todos los medios para vencer. Más de una vez. cuadros.

Reveló qué poco nos aventajábamos de los rudos patricios retardatarios. la estra­ tificación moral de los pueblos también se embarulla y se invierte y la ola de los sinclinales abruptos estalla en flaults 2 7 5 por donde irrumpen viejos estadios hace mucho recorridos. o las investigaciones de la psiquiatría. el claroscuro indispensable de los hechos de mayor volumen. Traía datos entre los cuales nada valían los sonámbulos errabundos. Sólo sugería un concepto y es que. así como los estratos geológicos no pocas veces se perturban. Actuar significaba esto: juntar batallones. invertidos. a veces. Vamos a dejarlo. vencer terriblemente a la nacionalidad que. imá­ genes fulgurantes. de donde. el espíritu más robusto permanece inerte ante el ejem­ plo de una lente de flintglass 2 7 4 . Entre nosotros despertó rencores. fuera de nuestros mapas. para corregirlas y así anularlas. Era natural. Son el reverso fatal de los acontecimientos. No entendimos la elocuente lección. En la primera ciudad de la República. Bajo tal aspecto. No hay que analizarlos. ante todo. surgen e invaden escandalosamente la historia. Y esta inconsciencia ocasionó desastres mayores que los de las expediciones derrotadas. Considerándolos. Aislados en el espacio y en el tiempo. perdida en el desierto. los patriotas se dieron por satis­ fechos con el auto de fe de algunos diarios adversos y el gobierno comenzó a actuar. Aquel original afloramiento del pasado. . mostrándoles el brillo de la civilización a través de la claridad de las descargas. siem­ pre que una conmoción profunda afloja a su alrededor la cohesión de las leyes. ya lo vimos. era más complejo y más interesante. que mostraba todas las fallas de nuestra evolución. La misma curiosidad del arqueólogo al encontrar los palafitos de una aldea lacustre junto a una ciudad industrial de Suiza. éstos eran lógicos. un anacro­ nismo étnico. inmersos en el sueño de la restauración imperial. insistiremos en una proposición única: atribuir a una conjuración política la crisis sertaneja. pero sin tamaño si se focalizan a la sombra. era una enseñanza y podría haber desper­ tado gran curiosidad.de una existencia inútil. los arranca la curiosidad de los sociólogos extravagantes. admirable al refractar. sin embargo. quería arrastrarlos a los deslumbramientos de nuestra edad dentro de un corral de bayonetas. sólo podían hacer lo que hicieron. era un buen consejo para estudiarlas. aparecía como una página truncada y sin número en nuestras tradiciones. El caso. Canudos era una tapera miserable. Sigamos. Pero no tienen otra función. Antes. expresaba un gran descono­ cimiento de las condiciones naturales de nuestra raza. los jagungos. so­ breponiendo una formación moderna a una formación antigua. Lo que sorprende es la sorpresa que pro­ vocó tal hecho. ni otro valor. No vimos el rasgo superior del acon­ tecimiento. después de abandonarlos cerca de tres siglos. Reaccionaron. ampliadas. Al menos.

adonde había llegado agonizante. la verdad aparecía a veces bajo una forma heroica. la información adoptaba las más cam­ biantes formas. Se le agregó después. MENTIRAS HEROICAS Se afirmaba: el coronel Tamarinho no había muerto. Era una permanente tortura de dudas cruciales. Se contradecían: se había salvado pero estaba gravemente herido en Macacará. La muerte trágica de Salomáo da Rocha fue una satisfacción para el amor propio nacional. EL CABO ROQUE En esa incertidumbre. cribado de errores singulares. es­ candalosamente divulgada por las calles. . posteriormente agravada por otras informaciones. eran un "ejército instruido. No se sabía nada positivo. Después una afirmación lúgubre: el infeliz militar había sido efecti­ vamente muerto.Las primeras noticias del desastre prolongaron por muchos días la agi­ tación en todo el país. tenía la elocuencia del alboroto con que había sido escrito. la leyenda del cabo Roque. . tenían además artillería y la mane­ jaban con firmeza. habían sido despedazados por esquirlas de granadas. deficiente. De modo que la alarma fue creciendo. Y así de corrido. admirable­ mente armado de carabinas màuser. impresionando emocionadamente el . disciplinado”. para hacerla más emocio­ nante. Nada sabían tampoco los que habían vivido ese revés. En la inconsciencia de la exageración. despertaban en los espíritus in­ quietos un hilar de interminables conjeturas. medrosamente comentada en las casas. Impresionaba a quien lo leía con una hecatombe. Algunos de los nuestros y entre ellos el capitán Vilarim. Se agitaban ideas alarmantes: los sertanejos no eran "una banda de beatos fanáticos”. Y éstas. Era imposible acertar con la más leve noción de la realidad entre esas opiniones abstrusas. manteniendo en crecimiento la conmoción y la curiosidad públicas. ante la aparición de otras versiones igualmente efímeras. mal indicando las fases capitales de la acción. se les daban visos de realidad y prontamente eran sustituidos por otros que dominaban durante un día o durante una hora la atención de todos y se extinguían a su vez. aumentando las aprensiones y los miedos. El parte de combate del mayor Cunha Matos 276. Se inventaban los hechos. se había salvado valerosamente junto con un puñado de compañeros leales y estaba en camino a Queimadas.

081 combatientes. . Los trescientos y tantos muertos de las informaciones ofi­ ciales. Tres días después del encuentro. allí se encontraban salvos. Vimos cuántos entraron en acción. La escena maravillosa. De rodillas junto al cuerpo del jefe. fuertemente coloreada por la imaginación po­ pular. ya se encontraba en Queimadas. Una semana después se verificaba allí la existencia de 74 oficiales. apareció con los últimos retra­ sados sobrevivientes. Igual que el pueblo de la Capital Federal. el de las demás ciudades creía estar a la altura de la grave situación apoyando todos los actos de energía cívica que practicaba el gobierno por la afrenta al Ejér­ cito y (esta conjunción valía por cien páginas elocuentes) a la Patria. la tropa se había desbaratado y el cadáver del coman­ dante había quedado abandonado al margen del camino. Dejemos ahí. los Congresos. Resurgie­ . el fervor de las adhesiones entusiastas. se había batido hasta su último cartucho para caer finalmente. Era subordinado de Moreira César. guardando la reliquia que el ejército había abandonado. gran parte de la expedición. las corporaciones muni­ cipales continuaron vibrando en el anhelo de la venganza. en Queimadas. Ellos no disminuirán.alma popular. se planearon homenajes cívicos. variantes de un dictado único. Un cabo humilde. Dos semanas más tarde. con su singular significación negativa. . los arzobispos dieron orden a los sacer­ dotes de sus jurisdicciones para que dijeran en las misas la oración Pro pace. A esta revelación se agregaron otras a medida que la situación se aclaraba. se volvió como una compensación ante el revés. registrados. el día 19 de marzo. Y en todos los mensajes. tres días apenas. esa tragedia. Y dándole a la tristeza general la nota supletoria de la sanción religiosa. Se decretó luto nacional. No hagamos la resta. LEVANTAMIENTO EN MASA Los gobernadores de los Estados. Se congregaban para acuartelarse ciudadanos altivos. el oscuro soldado trascendía a la historia cuando — víctima de la desgracia de no haber muerto— cambiando la inmortalidad por la vida. esos guarismos inexorables. a doscientos kilómetros de Canudos. ornaba la peripecia culminante de la pelea. sacrificándose por un muerto. monótono por la cadencia de los mismos períodos retumbantes. el soldado leal había permanecido a su lado. 1. Se hacían misas por los muertos en todas las iglesias. la destrucción de los enemigos de la República armados por el caudillaje monárquico. persistió como aspiración exclusiva. transfigurado por un singular rapto de coraje. y en un coro triun­ fal de artículos vibrantes y odas fervientes. Se hicieron notas de pésame en las actas de las sesiones municipales de los sitios más remotos. Se abrieron sus­ cripciones patrióticas. volvían a la vida. Poco a poco se reducía por un lado y se agravaba por el otro.

ideas raras. UNA TROPA DE BARBAROS Se afirmaba que uno de los jefes del reducto era un ingeniero italiano. entre los cuales se nombraban conocidos oficiales del Ejército y de la Armada. Las hordas invasoras. la de la Armada. Ingenieros ilustres hicieron el trazado de un milagro de ingeniería: un ferrocarril de Vila Nova a Monte Santo. de donde. Ya estaban tomadas por los jagunqos Monte Santo. se acumulaban nuevas noticias que aumentaban el fardo extenuador de aprensiones que oprimían a las almas conmovidas. acrecidas por nuevos contingentes. Jeremoabo.ron batallones de veteranos: el Tiradentes. hecho en treinta días. . Es que en Canudos estaba en juego la suerte de la República. avanzando sobre la capital de Bahía. Magacará y tal vez. El Presidente de la República declaró que. . el Benjamín Constant. Surgían planes geniales. el Moreira César. Se exponían extraordinarios detalles: en la aldea había tanta gente que. . sólo se notó la falta muchos días después. muy hábil. triunfalmente. aquello no era una aldea de trucu­ lentos bandidos. Las gentes alucinadas oían el sordo tropel de los bárbaros. habiendo desertado cerca de setecientos. el Silva Jardim. pasando por encima de la Itiúba. ya endurecidos en el fuego de la revuelta anterior. Allí existían hombres de excepcional valor. . que el Conselheiro había con­ vocado. Y sucesivamente. Se daban sorprendentes informes. el Académico y el Vrei Caneca. No bastaba. PLANES En el cuartel general del ejército se abrió la inscripción para cubrir los claros de diversos cuerpos. reorganizándose en Tucano. se encaminarían hacia el lito­ ral. Los rodeaban en su fuga. después de saquear esas aldeas. marchaban hacia el sur. . . sin piedad. Los batallones de Moreira César eran las legiones de Varo 278. el vicepresidente le escribió al Club Militar proponiéndose valientemente para ceñir el sable ven­ gador. Cumbe. en caso extremo. adiestrado quizá en los polígonos bravios de Abisinia 277. fugitivos desde la Revuelta de Setiembre. incomparables. con el coro estri­ dente de las locomotoras en pleno sertón bravio. . que irrumpiría de golpe. mientras se creaban otros con patriotas de todos los matices: el Deodoro. . y en un ímpetu de patriótico lirismo. se llamaría a las armas a los mismos diputados del Congreso Federal. catervas formidables. .

La reacción monárquica. . el 24? de Río Grande do Norte. en Ceará. general Artur Oscar de Andrade Guimaraes. Y todo esto. asomaba en esa concurrencia extravagante para la historia y para los hospicios 279. . El comandante del 2 ? distrito militar. El gobierno debía actuar rápidamente. para legar a las generaciones futuras una República honrada. un maníaco.Y no eran sólo los jagungos. CONCENTRACION EN QUEM ADAS Las tropas convergían en Bahía. coronados del mejor de los éxitos. 31? y 329 de Río Grande do Sul. por su parte. su pensamiento sobre las cosas: "Todas las grandes ideas tienen sus mártires. congregaba multitudes de nuevos cismáticos en pro del Conselheiro. regimiento de artillería de la Capital Federal. invitado a asumir la dirección de la lucha. precipitando en las primeras escaramuzas. ade­ más de corresponder a la urgencia de una organización pronta en esa aldea. por fin. se imponía por otro motivo igualmente serio. el padre Cicero. firme y respetada”. el 2 ? de Ceará. . II MOVILIZACION DE TROPAS Se trajeron batallones de todos los Estados: el 12 ?. el 7?. un heresiarca si­ niestro. En Juázeiro. el Monje del Paraná. Joáo Brandáo. un ladrón cabal. el 14? y 5? de Pernambuco. nosotros estamos convocados al sacrificio del cual no huimos. aquella vanguardia de retardatarios y de maníacos. Llegaban a esa capital en batallones des­ tacados y seguían inmediatamente hacia Queimadas. eran hechos de una conjuración que desde hacía mucho tiempo actuaba solapadamente contra las instituciones. el 5? de Maranháo. sorpren­ día a las autoridades que lo interrogaban con la altanería estoica de un profeta. En todo se repetía la misma afirmación: había que salvar a la Re­ pública. tomaba la actitud batalladora. 25?. Esta medida. se manifestaba. el 27*? de Paraíba. deshacía escoltas y escondido en el alto sertón del Sao Francisco. En Minas. el 4? de Pará. el 9? y el 16? de Bahía. asaltaba cargueros repletos de espingardas. aceptó. José Guedes. 30?. el 26? de Sergipe. el 5? y narte del 9? de caballería. habiendo definido antes en una proclama por telégrafo. convertida en base de operaciones provisorias. el 33? y 35? de Piauí. La aureola de la locura soplaba también por el sur. En Pernambuco.

Es que. como acrópolis desmanteladas. conservando. enuncia­ dos con una fanfarronería continua. Como medida preventiva. a despecho del tiempo. como cañoneras abiertas hacia el mar. con sus laderas a plomo. to­ maban los vagones del ferrocarril central v seguían prontamente para Oueimadas. finalmente protestaron y más elocuentes que los mensajes resultó el descontento popular pronto a estallar. erigida para la defensa con sus viejos fuertes separados. 259 y 279 batallones de la misma arma. se ejercitaba en diversos con­ flictos y correrías. el 309. Esa provocación gratuita aumentaba día a día. desembarcaban. a hachazos. Citamos sólo un hecho: los oficiales de un batallón. En los sitios públicos la población sorprendida oía los comentarios adversos. La vieja capital con su antiguo aspecto. y con sus calles estrechas y embarulladas por las cuales pasaría hoy Fernáo Cardim o Gabriel Soares sin notar diferencias notables. en la orden del día del 5 de abril. Y no los con­ movía. se les aparecía como una ampliación de la tapera sertaneja. asaltada tantas veces por las chusmas marítimas de los normandos y los holandeses. destacada por el agudo tintineo de las espuelas y de las espadas. generalizándose un concepto falso. trataron de despedazar. Eran cosacos en las calles de Varsovia. La prensa y la juventud del Norte. las líneas tradicionales de antigua metrópoli del Océano. De modo que en poco tiempo allí estaban estacionados todos los cuerpos destinados a la marcha hacia Monte Santo y el comandante general de las fuerzas. los batallones llegaban. la soldadesca. pudo organizar la expedición. un escudo en el que se apreciaban las armas imperiales. siguiendo el mismo trazado de las trincheras de barro de Tomé de Sousa2S0. así ejemplificada. SE ORGANIZA LA CUARTA EXPEDICION "En esta fecha quedan así definitivamente organizadas las fuerzas bajo mi comando: "Los 7?. En pleno día. Allí entraban con la altanería provocadora de los triunfadores en una plaza conquistada. los irritaba. disemi­ nados por las cumbres. Por su parte. llevaron su dedicación a la República a abusos iconoclastas. torciéndose por la mon­ taña. había en el ánimo de los nuevos expedicionarios una sospecha extravagante respecto de las creen­ cias monárquicas de Bahía. traduciéndose finalmente en desacatos y desmanes. la 2 ^ brigada bajo el mando del coronel . Era como si hubiesen esta­ blecido que aquello era un Canudos grande. los 169. 149 y 3 O 9 batallones de infantería constituyen la 1^ brigada bajo el mando del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. levantada sobre la montaña. La pasión patriótica rozaba la locura. colocado en el portón de una vieja repartición pública.

tenían francos hacia el norte y el oeste. en las trampas de la guerra seríaneja. "Las P . 319 y 33 9 de la misma arma y una división de artillería. Se resumía en la división en columna. y 6 $ brigadas formarán otra columna. los 5 9 y 9 9 batallones de infantería. 35 9 y 409. La simple obser­ vación de un mapa mostraba que la convergencia establecida. los caminos del Cambaio. copia ampliada de los errores anteriores. Los caminos escogidos. el coronel comandante de la 1? brigada. los 349. La orden del día nada decía en cuanto al desdoblamiento de las ope­ raciones. se cortaban fuera del poblado. bajo el mando del general Joáo da Silva Barbosa. se planeaba atacar a los fanáticos por dos puntos. en un punto de su amplia periferia y resultaban ineptos para el asedio. después de reunirse en Aracaju. siendo responsable de la misma hasta la respectiva presentación de aquel general. eran dos las masas compactas de soldados que irían a caer. Desde estas aldeas convergirían sobre Canudos. combatidos en una sola dirección. Los jagungos. alrededor de la aldea. aunque se realizara. las 4^. todos a un tiempo. con una sola variante: en lugar de una. bajo el mando del general Cláudio Do Amaral Savaget” . la 5^ brigada bajo el mando del coronel Juliáo Augusto de Serra Martins. era fácil verificar que la plena consecución de los itinerarios establecidos. la 6 ^ brigada bajo el mando del coronel Donaciano de Araújo Pantoja. Y si. atravesaría Sergipe hasta Jeremorabo. del Rosario y de Jeremoabo. hasta inclu­ yendo la posibilidad extrema y dolorosa de la batalla. desde hacía mucho conocido. todo el vasto sertón del Sao Francisco. 2? y 3? brigadas formarán una columna. esto no sucediese. del Uauá y de la Várzea da Erna. La expedición estaba constituida. la 3^ brigada bajo el mando del coronel Olimpio da Silveira. para lo que eran suficientes aquellos dieciséis cuerpos articulándose en puntos estratégicos y avanzando poco a poco. el 59 regimiento de artillería de campaña. incluso problematizaban un desenlace satisfactorio de la campaña. la 4^ brigada bajo el mando del coronel Carlos María da Silva Teles. por el sudeste. En vez de un cerco a distancia. en el caso de que fueran desbaratados. los 12 ?. no determinaría el aplastamiento de la rebelión. porque éste. asilo impenetrable en el . tal vez. mientras la se­ gunda. la primera columna saldría por Monte Santo. poco se desviaba del modelo anterior.Inácio Henrique Gouveia. Páginas ya escritas me dispensan de volver a insistir sobre semejante plan. los 269 y 329 de infantería y una división de artillería. tomando la hipótesis más favorable.

fue imposible conseguir un depósito de víveres. definida por un estado mayor que conozca todos los servicios. Pero no se pensó en esta división suplementaria. mil puertas abiertas por los otros. dispuso todo para el ataque. algunos disminuidos. darles municio­ nes. vestirlos. Era preciso marchar y vencer. . que les permitirían comunicarse con las cercanías y abastecerse. DEMORAS Pero éste sólo se realizaría dos meses después. No había un servicio de transporte suficiente para cerca de cien toneladas de mu­ niciones de guerra. . en la que se incluye. adiestrarlos e instruirlos. ante todo. Los sertanejos resistirían como resistieron. de modo que en una base de operaciones provisoria. una dirección administrativa. a fines de julio. Eran circunstancias fáciles de deducir. Faltaba todo. partiendo de Juázeiro o de Vila Nova y venciendo una distancia equiparada a las recorridas por las otras dos. soldados y patricios. menores que compañías. Los batallones llegaban. El país entero ansiaba lavar la afrenta hecha al Ejército y a la Patria. El general Savaget salió en seguida. convergiese con ellas. desde el transporte de las provisiones hasta los lincamientos superiores de la estrategia. Finalmente. en Queimadas. no venían de los polígonos de tiro o de los campos de maniobras. con el armamento arruinado y careciendo de las nociones tácticas más simples. Y al prevenirse. no había soldados: los cargadores de armas que por allí desembarcaban. las operaciones militares. No teníamos ejército en la significación real del término. y el comandante en jefe. había sido una ilusión. órgano que prepara. cerrando aquellos caminos y origi­ nando finalmente un bloqueo efectivo. Los días comenzaron a correr monótonos en evoluciones y maniobras. Los com­ batientes. técnica y táctica. más valiosa que la existencia de algunos millares de hombres y espingar­ das. señalaban una sola corrección: una tercera columna que. rayaba en el optimismo más exagerado. tendrían como tuvieron. la consideración de un abandono en masa de la aldea. El gran movimiento de armas en marzo. Era necesario armarlos. No había un servicio de abastecimiento organizado.que se se acogerían a salvo y desde donde se aprestarían para la réplica. en los primeros días de abril. para Aracaju. o . No había tiempo para pensar. Ahora bien. llegaban a la oscura estación del ferro­ carril de Sao Francisco y quedaban impotentes para la partida. unida al litoral por un ferrocarril. afrontando los asaltos hechos por un solo flanco. Queimadas se volvió un vivero de reclutas y un campo de instrucción.

Una de esas brigadas. estuvo por salir. la situación moral de los combatientes. por el camino del Rosario. se quedaba delante de la tropa acampada y mal alimentada por algunos bueyes magros y hambrien­ tos desparramados por los campos de los alrededores. Por lo que. . recién formada con el 59 y el 9 9 batallones de artillería. El comandante en jefe.ejercicios de fuego en una línea improvisada en un surco abierto en la caatinga próxima. pero de inquieto temperamento para aquella apatía. Y el entusiasmo marcial de los primeros tiempos aflo­ jaba. batallón por batallón. no había en Monte Santo una sola bolsa de harina en depósito. La penuria y ciertos anuncios de posible hambruna condenaban a la inmovilidad a la división en la que se encontraba el principal jefe de la campaña. donde la situación no varió. con dificultades. dispuestos para el combate pero impotentes para la partida y. después de apresar en el camino algunos cargueros que iban a la aldea sediciosa. . El diputado del Cuartel Maestre General 2 8 2 no había conseguido siquiera un servicio regular de convoyes. abastecieran a la base de operaciones. La comisión de ingenieros militares dirigida por el teniente coronel Siqueira de Meneses había terminado. dos brigadas salieron en reconocimiento hasta el Cumbe y Ma^acará. sin carretas para el transporte de las municiones. registremos esta singular circunstancia. desprovisto de los recursos más elementales. la línea telegrá­ fica de Oueimadas. El coronel Thompson Flores planeaba ese movimiento indisciplinado y temerario. hacia Monte Santo. aunque exagerándola con su fuerte temperamento nervioso. hacia el centro de la lucha. apenas contenido por la oficialidad. . la 3?. revelando. solo. porque esta brigada se había reconstituido con el agregado de una batería de tiro rápido y con el 79 destacado de la 1^. Continuaron hasta mediados de junio los mismos ejercicios y la misma existencia aleatoria de más de tres mil hombres en armas. Al llegar a Magacará. en lugar de volver a la base de operaciones. centenares de valientes marcando el paso delante del enemigo. Como un entretenimiento o un pretexto para sacar de Monte Santo por algunos días a mil y tantos consumidores de los escasos recursos de la columna. de modo de almacenar reservas capaces de sustentar a la tropa por ocho días. estaba bajo el mando de un oficial incomparable en el combate. descansando. se acercaba a Jeremoabo. viviendo a costa de los recursos de un municipio pobre y talado por las expediciones anteriores. De allí salieron. cuando llegó el mes de julio y la 2 ^ columna atravesando Sergipe. doblegado en la insipidez de esa Capua invertida 2 8 1 donde voci­ feraban. Esta detención desalentaba a los soldados y alarmaba al país. que partiendo de Oueimadas.de infantería. Fue el único movimiento militar realizado y no tuvo el valor de aplacar la impaciencia de los expedicionarios. Y fue la única cosa apreciable en tanto tiempo.

Sin el laconismo propio de tales documentos. La comi­ sión de ingeniería había realizado reconocimientos acordes.A todos fastidiaba la inmovilidad en que habían caído tras el arranque marcial de los primeros días. Persistía la obsesión de una campaña clásica. El jefe expedicionario sólo se ocupó de la distribución de las formacio­ nes. Avanzarían en brigadas cuyos batallones. sorpresas de toda índole y de todo lo más odioso de la guerra”. consistía solamente en el aprovecha­ miento del terreno y en una movilidad vertiginosa. Las tropas partirían de la base de operaciones a media ración. Eran tres requisitos esenciales y complementarios. reducida al dominio estricto de la táctica. Pero ninguno fue satisfecho. trincheras. estipulando que las características del terreno imponían tres condiciones para un favorable accionar de la campaña: fuerzas bien abastecidas. Pese a la literatura alarmante. movilidad máxima. después de augurar una inevitable victoria sobre la gente de Antonio Conselheiro "el enemigo de la República”. NO HAY UN PLAN DE CAMPAÑA El general Artur Oscar decidió entrar en acción fijando en la orden del día del 19 de junio la partida en la cual "deja a la imparcialidad de la historia la justificación de tal demora”. Muchos se estremecían imaginando el sobresalto al recibir de impro­ viso. señala a las tropas el peligro que las asal­ tará al entrar en el sertón donde "el enemigo las atacará por la retaguar­ dia y los flancos” en medio de esas "matas infelices” cribadas de "caminos obstruidos. Porque su tropa iba a salir hacia lo desconocido. lo que ese docu­ mento muestra es la obsesión en imaginar a las guerrillas habilidosas de los jagungos dentro de trazados gráficos. el general. la nueva de la toma de Canudos por el general Savaget. estos datos eran verdaderos. Esta consideración era capital. podemos encontrar en las páginas de Vial 2 8 3 . a los comandantes de los cuerpos. Resumen de unos viejos preceptos que cada uno de nosotros. tenían escasos intervalos de pocos metros. legos en la materia. sin líneas de operaciones. alentado por tres victorias. Irían recargadas por las toneladas de un cañón de sitio. sujeta a los ligeros . Lo demuestran las ins­ trucciones entregadas. días antes. aquel armisticio de tres meses. de cuatro en fondo. que no acudiesen a los recursos del terreno tan pobre. No se preocupó del aspecto esencial de una campaña que. y flexibilidad para adaptarse al terreno abrupto. Calculaban los efectos de esa dilación ante la opinión pública ansiosa de un desen­ lace y consideraban cuán útil sería para el adversario.

En compensa­ ción.700 kilos. Por fin. en la emer­ gencia de una batalla. se le prendió a las espaldas la mole de acero de un Withworth de 32 2 8 4 . citó a Ther Brun. Hubieran podido avanzar si se les salvara de tales inconvenientes. cortando las bromelias y los espinos. Ejemplifiquemos: las columnas partirían de la base de operaciones en situación absolutamente inverosímil. pudiese. de los guarda-pechos para troteger el tórax. extendiéndose por el campo raso. un genio que para la ocasión no valía como los ardides de un capitán del monte. No quiso innovar. no las guardaban de los asaltos. Bas­ taba con que fuesen apropiadamente vestidos. significaba la reducción de la marcha y la perturbación de los transportes. aban­ donaría esos dispositivos de los preceptos idealizados sin nombre. sin programación rígida. a media ración. un obstáculo para cualquier maniobra rápida. La tremenda máquina. delante de ad­ versarios fugitivos y valientes. Como si fuera poco. iba a iniciarse enredada en una compleja red jerárquica. No imaginó que el frío estratega invocado. Los que las acompañaban no valían nada. aunque se dejasen de lado medidas imprescindibles. y de los sombreros de cuero firmemente atados al mentón. Es que había que impresionar al sertón con el monstruoso espantajo de acero. Y el jefe de la expedición. de los guarda-pies. no tenían la garantía de una vanguardia eficaz. Tenían que marchar a los costados del grueso de la tropa por dentro de las caatingas y éstas les obstaculizarían el paso. sin reglas. Copió instrucciones sin valor. La ropa de los vaqueros enseñaba. con algunos batallones macizos perdiéndose en caminos desconocidos. geométricamente — cordones de tiradores. Uno o dos cuerpos así dispuestos . para pasar indemne por medio de los xique-xiques. habilitándolo para arremeter impunemente por allí adentro. en las guerras sertanejas. Marcharían en desdoblamientos que. se deberían mover con las distancias regulares. como veremos en breve. guerras de trampas. líneas de apoyo y reservas— actuar con la seguridad mecánica establecida por las luminarias de la guerra. los cuerpos. con la garantía de las fuertes alpargatas. muestra la preocupación del orden mixto. rodeadas de hechos súbitos y de encuentros fortuitos en las vueltas de los caminos o celadas en todas partes. a propósito.reconocimientos hechos anteriormente o a los datos recogidos por oficiales de otras expediciones. La lucha que sólo pedía un jefe esforzado y media docena de sargentos atrevidos. apenas iban a arriesgar unos pasos para dejar por allí enganchados sus uniformes en jirones. y nada hay de práctico en esas instrucciones sobre servicios de seguridad en la vanguardia y en los flancos. Soldados de ropas de paño. de las perneras. de modo que cada brigada. que pesaba 1. de flan­ cos capaces de evitarle sorpresas. Quiso dibujar lo imprevisto. El flanqueador debía meterse en la caatinga vestido con las ropas de cuero del sertanejo. hecha para la quietud de las fortalezas ribereñas.

que por sí solo requería un camino consolidado y firme. atenúa el frío en el invierno. acabarían por copiar las evoluciones de los jagungos. Marcha bajo una lluvia violenta y no tirita. cortados por barrancos y torcidos por los morros. sobre todo considerando que allí había. Es buena para las intem­ peries. normaliza la economía fisiológica y produce atletas. a lo largo de quince leguas. . la comi­ sión de ingenieros. pudiesen transitar la artillería pesada. Además. Nadie hasta entonces había entendido con igual lucidez la naturaleza de la campaña o estaba mejor preparado para ella. ese campeador que se había formado fuera de la vida de los cuarteles.y convenientemente adiestrados. de modo que por tales caminos. Lo abrió. partió la comisión de ingenieros protegida por una brigada. Ese camino fue hecho. La conocía entera. a pesar de su rudo material es capaz de entallar elegantemente y robustece. lo convirtieron en el guía exclusivo de aquellos miles de hombres al tanteo en una región desconocida y bárbara. e infatigable. La había recorrido casi solo. alejado de todo temor. alargarlos o nivelarlos. Cuando suena la alarma. Más extravagante resultan las cha­ quetas europeas de listas vivas y botones brillantes entre las ramas de la caatinga marchita 2 8 5 . nuestros admirables patricios del sertón atestiguan que esa bizarra vestidura. desarrollándolo hasta lo alto de la Favela. en cuyos cuerpos los bárbaros uniformes no se ajustarían por primera vez. las baterías Krupp. acompañado por uno o dos ayudantes. con esfuerzo y tenacidad. se levanta de golpe y su flexible coraza no tiene una sola arruga. En primer lugar. se le aparece un arroyo correntoso y lo cruza metido en su ropa impermeable. se encuentra con pastos en llamas y puede cruzarlos sin hesitar. Una firme educación teórica y un espíritu observador. y debía rectificarlos. LA COMISION DE INGENIEROS Para este notable trabajo hubo un jefe: el teniente coronel Siqueira de Meneses. amor­ tigua las repentinas variaciones de la temperatura. Se encargaba de una ardua tarea: adecuar la marcha a los rastros sertanejos. el día 14. La expedición debía marchar correctamente. Pero esto sería una innovación rara. Después de un largo combate. en todos los bata­ llones. el luchador tiene sus ropas intactas y puede descansar sobre un montón de espinas. Y esto no sería una originalidad. Porque no se gasta ni se rompe. hijos del Norte. Atenúa el calor en el verano. Se armoniza con la guerra. algunos cañones de tiro rápido y el aterrador 32. Se temía contagiar la piel dura del jagungo a la epidermis del soldado. Con corrección y fragilidad. en todos los sentidos.

en todas partes. se le antojaban escritas en una página de la tierra que todavía nadie había leído. el obstruyente 32 . Se largaba por las amplias pla­ nicies. los vedeaba. habían sido utilizados por las expediciones anteriores. física y moralmente bru­ ñido por la cultura moderna. En este presu­ puesto. Mientras los cañones más lige­ ros llegaban. les desafiaba la astucia y no sentía temor de las emboscadas y no se equivocaba en la lectura de su brújula portátil entre los estampidos de las carabinas. en Calumbi o en el Cambaio. ese jagungo rubio. subía por los cerros abruptos.sorprendía a los combatientes más rudos. el cáliz de una flor o un accidente del suelo. El plan esbozado por la comisión de ingenieros lo evitó. se perdía en el desierto repleto de emboscadas. Esos atributos hacían pensar que sería escogido. LA MARCHA PARA CANUDOS Por allí avanzaban. y muchas veces. Proveniente de una familia sertaneja del Norte y teniendo hasta familiares próximos entre los fanáticos de Canudos. el del Cambaio y el de Magacará. más corto y en muchos puntos menos impracticable. haciendo un camino más hacia el este. de aspecto débil. Los vaqueros amigos de las cercanías lo conocían y lo conocieron por fin los jagungos. lo saca­ ban de las preocupaciones de la guerra para llevarlo a la región serena de la ciencia. El teniente coronel Meneses era el ojo de la expedición. más preocu­ pado por sus notas y sus croquis que por su vida. que andando por todas partes con una carabina en bandolera y un podómetro agarrado a la bota. Quedaba el del Calumbi. luchando. los sertanejos lo fortificaron de tal manera que la marcha de la expedición por allí hubiera acarreado un desastre completo. se hundía en los pantanos. hechos diez kilómetros. estu­ diando. distanciadas. en­ contró dificultades en los primeros pasos. El comandante en jefe había apreciado su valor. en reconocimientos peligrosos y resurgía en el Caipá. sin las trincheras soberbias del primero y sin las vastas planicies estériles del último. Cabalgaba animales arruinados. era la mejor garantía de una marcha se­ gura. las brigadas. su estructura geognóstica aún no estudiada. ineptos para un medio galope corto. bordeando los contrafuertes de Aracati. Su flora tan extraña. Y le dio un trazado que sorprendió a los mismos sertanejos. convirtiéndose en un pensador contem­ plativo. su topografía atormentada. Les llamaba la atención aquel hombre frágil. mucho antes de llegar a la aldea. dos. observando. La de artillería que levantó el campamento de Monte Santo el 17. Entre los caminos que llegan a Canudos. al Río Pequeño. de fiso­ nomía nazarena. Esa naturaleza original lo atraía. Y el expedicionario sin miedo lo hacía. Una roca.

no era un batallón de línea ni era un batallón de policía. en seguida se verificó la imposibilidad de una concentración inmediata. vencedores de bandeiras. debajo del relampagueo de la fusilería. el único entre todos que se amoldara a las condiciones de la campaña. A despecho de la formación establecida. Recién formado con sertanejos enrolados en las regiones ribereñas del Sao Fran­ cisco. proseguirían a la mañana siguiente hacia Gitirana. cuando debían estar en el centro. seguían al cabo completamente aislados.933 soldados.había quedado distanciado una legua. juntamente con la 2 ^ de infantería. a un tiempo novelesca y brutal. Por el camino tiraban penosamente las veinte yuntas de bueyes que lo arrastraban. Y lo mismo le sucedía a los demás batallones. mezcla interesante de atributos contrarios a la lógica. iba el gran convoy general de municiones. en el que surgían inconvenientes a cada paso. Entre las fuerzas regulares de uno y otro matiz. totalmente nuevo. de los primeros mestizos. en contraste permanente entre la marcha ligera de la vanguar­ dia y el lento andar de la artillería. guardado intacto. Ese mismo día había salido de Monte Santo el comandante general y el grueso de la columna constituido por las brigadas 1^ y 3^. en los días angustiosos del asedio a Canudos cantarían al son de las guitarritas. con la misma marcha fatigosa y de­ morada. aparecían con un aspecto original. en la emergen­ . teniendo a la vanguardia al 2 59 batallón del teniente coronel Dantas Barreto. Solamente el 19 a la tarde. con un efectivo de 1. El 59 cuerpo y el convoy. Toda la expedición en camino. constituían un batallón de jagungos. a veces demasiado dis­ tanciadas. unos y otros poco afectos a esa clase de transportes. permitiendo que se reor­ ganizara la brigada de artillería que. caballeresca y despiadada. cuarenta y seis kilómetros más allá de Monte Santo. salvaje y heroica. con una ingenuidad sorprendente. en el aislamiento de las planicies. Los veremos más adelante. guiados por conductores inexpertos. Esos cáboclos rudos y bravos. una lealtad llevada hasta el sacrificio y un heroísmo extendido hasta la barbarie. fuera de la intrusión de otros elementos y de golpe. llegó el cañón retrasado al Caldeirao Grande. habiendo partido los últimos de Monte Santo. Más alejado todavía. más tarde. a la cola de la tropa. por las curvas del camino o por los desniveles repentinos que detenían a la pesada máquina. joviales y aficionados a las bravatas que. imprimían el rasgo original de la vieja bravura. coronel Campelo Franca. modinhas festivas. avanzó hasta el Aracati. el 59 cuerpo de la policía bahiana. distante ocho kilómetros de la estación anterior. unos tres mil combatientes. bajo el mando directo del diputado del Cuartel Maestre General. tres días ocupados en hacer tres leguas. siempre con la misma formación: las grandes divisiones avanzando aisla­ das o concentrándose y dispersándose en seguida. rezagados de la expedición. Tenían el temperamento pri­ mitivo de una raza. y formado por 432 plazas.

levantaba campa­ mento hacia Gitirana. mientras el comandante general andaba rápidamente y en ese día llegaba con la vanguardia a Juá. llevando el dispositivo fijado: al frente el 149 y el 39 batallones. 159 169 y 279 cuerpos de infantería. Mientras el grueso de la columna levantaba campamento del Río Pequeño al alborear del 2 1 . hacia Aracati. más de una vez. Pero. la brigada Gouveia tocaba Gitirana a la noche. sólo se movió al mediodía. Las brigadas se reunieron por fin. como una obstruc­ ción entre la vanguardia y el convoy general. donde ya se encontraban la comisión de ingenieros y el general Artur Oscar que hasta allí había llegado. el auxilio de la columna quedaría trabado por el obs­ táculo de las baterías que cubrían el camino estrecho. Se exceptuaba el convoy retrasado en algún lugar del camino. llegó el resto de la columna compuesto por los 59.600 metros más allá de Gitirana. Adscrito al trabajo de los zapadores. después otros dos cuerpos. De manera que si los jagungos dieran. éstas quedaban divididas. el cañón 32. Si consideramos que el convoy general dirigido por el coronel Campelo Franca y protegido por el 59 de policía había quedado a la reta­ guardia. el 9 9 y el 259. a poco más de una legua de Monte Santo y llegaba. seguido de un piquete de veinte plazas de caballería y el 9 9 de infantería. en Juá.800 metros de distancia. 79. se ve que la tropa estaba desparramada por una longitud de casi cuatro leguas. más aventajada. de ahí partía el comandante general con la primera brigada. protegido por la brigada Medeiros. después que los ingenieros. Pero la artillería. el ala de caballería del mayor Carlos de Alencar y la artillería. ofreciendo con­ diciones desventajosas en la emergencia de un asalto. cuando el general Barbosa que había permanecido el resto del día anterior en Caldeiráo. 7. . Lo muestra la ruta pormenorizada de la marcha. apoyados por la brigada Flores. algún golpe de mano audaz contra el convoy general. Des­ pués de la artillería. y como el grueso de las fuerzas aún venía por el camino del Caldeiráo. las que debieron haber sido establecidas de antemano como un requisito táctico indispensable. ya de esa parada había salido a la retagurdia de la artillería. en lugares escogidos. aquí estaba inmovilizada la artillería aguardando que la comisión de ingenieros terminase la apertura de picas y trabajos de zapa. el 9 9 batallón de la 3^. En la misma ocasión. realizaron penosos trabajos de repa­ raciones.cia de la batalla. De ese punto salieron los dos generales en la mañana del 23. a las nueve de la mañana al Caldeiráo Grande. protegida por los del coro­ nel Medeiros. porque no estaban dispuestas para distancias tan grandes entre sí. en la noche de ese día. En el amanecer del día 2 2 . a las seis. violando completamente las instrucciones establecidas. a 12. haciendo la vanguardia los bata­ llones del coronel Gouveia. sin equipo. el tren de la arti­ llería quedaba muy separado del resto de la columna. el 259 de la 2^. en el centro la caballería y la artillería. después de caminar dos leguas.

se enfrentó con el adversario más próximo.800 metros. cuando el teniente coronel Siqueira de Meneses reconoció la imposibilidad de adecuar el camino con la rapidez necesaria. aunque era más largo. golpeándolo con la culata. Se hizo necesario. junto con la 3^ brigada al borde de un arroyo. Los caminos empeoraban. un cabo. y otra vez se dividió. que por lo cerrado de la noche no se pudo pasar. el de los Pereiras. en Lagoa da Laje. abrir más de una legua de pica a través de una caatinga feroz que en ese lugar justifica bien el significado de la denominación indígena del lugar *. los sertanejos huyeron sin replicar. ya unida. a la tarde se inició un nuevo camino que. Después de la partida de Juá y llegados a la vieja estancia del "Pogo” totalmente en ruinas. donde ya estaba desde hacía mucho la columna. Y fue a acampar a la medianoche en la Lagoa da Laje. el piquete del comando general. La artillería sólo avan­ zó al caer la tarde. además de los accidentes del terreno para la subida y bajada de los vehículos” 286. El día 24 la marcha se hizo más pesada. . Se entraba en zona peligrosa. pasando por el sitio de los Pereiras. Lo mataron. Reaccio­ nó a pesar de estar herido. El encuentro fue rápido. Aban­ donando todo el trabajo hecho. Sólo uno quedó. por demás exigua para tanta gente. después de unas horas de camino. * Ju-eté: espino grande. guiado por un alférez. Tomados de sorpresa.Nos detenemos en los menores incidentes de esta marcha para mostrar las excepcionales condiciones en que se realizó. Después se recostó a la pared de la casucha e hizo frente a los soldados agitando el arma sobre sus cabezas. por extensión. sorprendió a algunos rebel­ des que sacaban el tejado de una casa allí existente2S7. INCIDENTES En lugar de seguir rumbo a la derecha. espinal. los zapadores hicieron un desvío a la izquierda. además de los trabajos de zapa. a dos kilómetros de Aracati. tenía mejores condiciones de viabilidad. lo desmontó y le arrancó la carabina de las manos. los pesados bloques de piedra a removerse. Lo vencieron. buscando la estancia del "Sitio” de un sertanejo aliado. "Tales eran el gran movimiento de tierras a hacerse. Estaba sobre el tejado y al bajar se vio rodeado. totalmente entregado a nuestra causa. Otras la sucederían. a una distancia de 13. Ese día. lo cerrado de la caatinga. Era la primera hazaña. Más a la retaguardia todavía estaba el 32. La columna que levantó cam­ pamento de Aracati al mediodía porque tuvo que esperar la llegada de los retrasados de la víspera. se encaminó hacia Jueté. se buscó el campo de Vila-Nova. Acon­ sejado por éste. Ya iban lejos. sobrevino un incidente que muestra cuánto cono­ cían el terreno por el que avanzaban. Tomás Vila-Nova.

A pocos centímetros del suelo. el tercero auxiliar y el cuarto comandante del con­ tingente de ingenieros. Antes que el desánimo. pues el capitán Coriolano y el teniente Domingos Ribeiro se encontraban más atrás. tomó la decisión de encender.El jefe de ese trabajo memorable relata * : "Al xique-xique. palmatoria. de tanto en tanto. con un grupo de chinos en el empeño de llevarlo a Canudos. el tronco se divide en muchos gajos que se multiplican en una profusión admirable. formando una gran copa que se mantiene en el espacio por sus propios esfuerzos o favorecido por algunas plantas que vegetan por allí. El esfuerzo desplegado por los distinguidos y patriotas republicanos. cabega de frade. en otros trabajos. no impidió que la noche los sorprendiera antes de llegar a esa especie de claro. mandacarus. el Dr. cansangao. más de seis kilómetros de camino teniendo sobre sus talones a la artillería que atropellaba impaciente. El cañón 32. Domingos Leite. pues ofrecían una resistencia inespe­ rada al empeño que teníamos por ir adelante. enmarañándose en una trama impenetrable. que trabajaba desde el Río Pequeño. ya noche oscura. de lo que ya habla­ mos. bajo lluvias torrenciales que se prolongaron hasta el día siguiente. alférez Ponciano. Extiende sus franjas de hojas cilindricas con ocho canaletas e igual número de filos cortantes y poco salientes. favela. Allí también acampó la brigada de artillería. cola de zorro. deno­ minado por el pueblo lugareño Queimadas. difícilmente las cortaba a los primeros golpes. que causaba a todos contrariedad. en pocas horas. quixaba y la respetabilísima macarnbira. empeñados en esta pesada labor. caroás. quedó dentro de la pica hasta el día siguiente y con él. se unió el muy conocido y temido cumana. artículos publicados en El País. "Así se concluyó con alegría general entre las ocho y las nueve de la noche el último trecho en el que el cumana desapareció dando paso a una vegetación más benigna al salir de Queimadas. el cansancio y el sueño se apoderasen de nuestros resistentes y trabajadores soldados. el 169 y el 259 batallones de * Teniente coronel Siqueira de Meneses. Virgilio y Melquíades. donde esta vegetación trai­ cionera desaparece como temerosa. grandes hogueras para se­ guir los trabajos en pro de la buena causa de la Patria. La hoz más afilada de nues­ tros soldados del contingente de ingenieros y de la policía. "Poco después de las 9 horas estaba la comisión reunida y acampada en el claro. representada en esta ocasión por el jefe. tenientes Nascimento y Crisanto. como un gran pólipo de millones de antenas. culumbi. los dos últimos de la policía. no pudiendo vencer los obstáculos derrumbados por la noche. cuyas hojas son cilindricas. . especie de cipo de aspecto arborescente. bajo el pseudónimo de Hoche. a su luz. la citada comisión. En ese laberinto de nueva especie. malestar y fastidio. la comisión de ingenieros tuvo que abrir. parecido a una planta cultivada en los jardines. que cubren muchas veces una considerable superficie del suelo.

Al paso que el general Bar­ bosa. Ahí llegó a la madrugada el comandante general. desaparecie­ ron. Pasó como en relieve. de flanco.700 metros más adelante. que no reveló nada en el interrogatorio a que lo sometieron. siendo necesario todavía hacer una rampa sobre las riberas del río Rosario para que lo cruzara la artillería. El comandante en jefe envió entonces un emisario al general Savaget. como reina del mundo. el resto de la división. Mientras tanto llegaba a Jueté. más adelante. El famoso bandido hizo un reconocimiento. No fue posible distinguirlo bien. hasta espléndido. En seguida reapareció. y más tarde. Cayó en un ataque vivo y fugaz sobre la van­ guardia que ese día estaba constituida por el 9 9 de infantería. atravesar imponente. salvo la 3^ bri­ gada que se aventajó hasta las Baixas. enderezaba hacia la estancia del "Rosario” a 4. acompa­ ñándola velozmente por dentro de las caatingas. Era algún piquete que espiaba a la tropa. Quedó prisionero y herido un curiboca de 12 o 14 años. quedando a cargo de la guardia del 32 el 279 que durmió en la pica. viendo a la artillería con sus metales pulidos. el general Oscar con el estado mayor y el piquete de caballería. Fue magnífico. Desapareció. en el camino adelante. reiterándole el compromiso de encontrarse el 27 en las cercanías de Canudos. Sorprendió a la tropa con un tiroteo rápido. de la honra y de la gloria”. acompañado por unos pocos tiradores. con las brigadas P y 3^. como por el genio de la libertad. 18 kilómetros más lejos. Pero de hecho. Lo dirigía Pajeú. Cambiadas algunas balas. Pero veloz y fugitivo. después de una corta parada en las Baixas. para mostrarle el camino del deber. por entre las fantásticas claridades de las grandes hogueras. La tropa acampó sin otras novedades en ese sitio. como lo denunciaron los sucesos pos­ teriores.infantería. el espectáculo que nos impresionó vivamente. Los combatientes se reunieron seis kilómetros adelante. UN GUIA TEMEROSO: PAJEU El enemigo apareció otra vez. encendidas en el desierto. . traía un objetivo mayor: renovar el delirio de las cargas y un paso redoblado enloquecido que tanto había perjudicado a la expedición anterior. marchando hacia el "Rancho do Vigário”. donde pernoctó. altiva de su gran fuerza. Levantaron campamento el 26.

los jagungos se dispusieron a refriegas más serias. Es que. apenas auxiliados por los pocas muías que todavía soportaban las cargas. andaba por el camino de Jueté. La columna se dividió aún más. en tales condiciones. La noche. los batallones marcharon hasta el pie de la serranía. como veremos. Rompía la marcha el 259 batallón. Tal vez esclarecidos por el reconocimiento hecho. a medida que los trabajos de zapa le abrían camino en las laderas. Sobre dos puentecitos atravesaron el riacho del Angico. Las brigadas siguieron: al frente la del coronel Gouveia con dos bocas de fuego. hasta las Baixas donde aparecen los despeñaderos de la sierra del Rosario. de aprensiones y vibrante entusiasmo. del otro lado. establecido para el encuentro de las dos columnas sobre los escombros de la aldea atacada.Estaban a unos 80 kilómetros de Monte Santo. Seguían cautelosos su ruta. sucesivamente. en las condiciones más impropias para librar el más ligero encuentro. La noche transcurrió pacífica. y con la noche una lluvia torrencial con vientos muy fuertes. que antecede a la batalla. Y en la alegría surcada de impaciencia. la conformación del terreno que desde allí en adelante se accidenta. a golpes de facón el ramaje. Habían aflojado a los animales de tiro y toda la carga de 53 carretas y 7 grandes carros pasó subdividida a las espaldas fuertes de los sertanejos del 59 batallón de la policía. La subieron. como siempre. No lo hicieron. se eriza en picos escarpados. todos se pusieron en movimiento para la última jornada. Al día siguiente. Las brigadas se olvidaron totalmente del convoy desguarnecido. El intercambio de balas de la víspera presuponía combates even­ tuales. allá a lo lejos. perdido en la retaguardia. Y se extendieron por el camino en una línea de diez kilómetros. viejas conocedoras del terreno. de flancos duros y vegetación rala. También dejaron en paz al convoy que. derivaron después en la bajada por la garganta que la separa del "Rancho do Vigário”. la artillería ligera que con los ingenieros había aban­ donado al pesado 32. y después. cayó sobre los expedicionarios que. el 27. nadie pensó en los compañeros retrasados. tenían dispuesta otra posición. For­ mados temprano. Mientras la vanguardia. inútilmente. venía por los primeros tramos de la vertiente y aquél ascendía lentamente. En plena zona peli­ grosa. al atardecer llegaba al rancho. Las tropas iban a escalar por el sur la fortaleza que circunscribe Canudos. Las cornetas no sonaban más. ladeado de dos pelotones de flanqueadores. Los ayudaba. podrían ser fácilmente desbaratados por las guerrillas enemigas. tratando de abatir. con sus soldados arqueados bajo los grandes fardos. . al centro la del coronel Olimpio da Silveira y la caba­ llería. las de los coroneles Thompson Flores y Medeiros.

Los jagungos los asaltaron, de sorpresa, antes de la llegada, al mediodía, en el Angico. El ataque, aunque no merecía el nombre de combate que después le dieron, fue serio. Pajeú congregaba a los piquetes que se sucedían desde ese punto hasta Canudos y se echó de costado sobre la fuerza. Esta, sobre una rampa sin refugios, quedó como blanco de los tiros por elevación de los sertanejos que apenas se distinguían en la orla del matorral, abajo; pero replicó con firmeza, perdiendo sólo dos soldados, uno muerto y el otro herido, y continuó el avance en orden, a paso ordi­ nario, hasta el sitio memorable de Pitombas, donde ocurrió el primer encuentro de Moreira César con los fanáticos.

El lugar era lúgubre. Por todas partes aparecían recuerdos crueles: peda­ zos ya incoloros de uniformes, oscilando en la punta de las ramas secas; pedazos de mantas y harapos de capotes desparramados por el suelo en un revoltijo con fragmentos de osamentas. A la margen izquierda del camino, erguido en un tronco — como una percha de la que colgase un viejo uniforme— el esqueleto del coronel Tamarinho, decapitado, los brazos colgados, las manos de hueso calzando guantes negros. . . A sus pies estaban el cráneo y las botas. Y yendo desde el borde del camino hacia la profundidad de las caatingas, otros camaradas de infortunio: esqueletos vestidos con uniformes rotos y polvorientos, tirados por el suelo, de supino, alineados en forma­ ción trágica, o simplemente arrimados a los arbustos que oscilando según el viento, les daban singulares movimientos de espectros. Toda una de­ moníaca escenografía pensada adrede por los jagungos. No les habían quitado nada, salvo las armas y las municiones. Un plaza del 259 encontró en el género que envolvía la tibia descarnada de uno, un montón de bi­ lletes que sumaban cuatro contos de réis. El adversario lo había desdeñado como otras cosas de valor para ellos degradadas. Los soldados, asombrados, apenas observaron ese escenario porque el enemigo continuaba siguiéndolos de costado. Repelido en el encuentro anterior, después que lo rodeara una compañía del 2 59 dirigida por el capitán Trogílio de Oliveira, retrocedía atacando. El 259 y después el 279 del mayor Henrique Severiano da Silva, si­ guieron repeliéndolo hasta el Angico. La batalla parecía inminente. En varios puntos, partiendo de los flan­ cos y del frente, estallaban tiros. El comandante general tomó las dispo­ siciones más convenientes para repeler al adversario que parecía iba a aparecer, rodeándolos. Un piquete de caballería dirigido por el alférez

Marques da Rocha, de su estado mayor, enviado a reconocer la caatinga a la izquierda, lo hizo inútilmente. Continuaron avanzando. Dos horas después, al trasponer el general una colina, el ataque re­ crudeció de pronto. Se hicieron algunos disparos de Krupp. Un sargento de caballería y algunos plazas se metieron temerariamente en la caatinga. Hicieron una batida. Continuó la marcha. Al frente, el 2 59 formando la vanguardia con una compañía de exploradores y sucesivamente, el 279 y el 169, replicando los tiros escasos y acelerando la embestida. La noche se acercaba. La vanguardia avanzó por las últimas laderas del camino, en las Umburanas. Las subió, sin aliento y sin vacilar. Más de una vez tuvo que replicar serios ataques hechos por el flanco. Y llegó a la montaña. El último paso del ascenso le pareció un plano levemente inclinado, entre dos ondulaciones, cerrado adelante por algunos cerros desnudos. Eran los altos de la Favela.

EL ALTO DE LA FAVELA En ese punto este legendario morro es un valle. Cuando se lo sube se tiene la impresión imprevista de llegar a una bajada. Parece que se desciende. Toda la fatiga de la difícil subida se vuelve un penoso desasosiego para el viajero. La vista queda cerrada por todo tipo de accidentes. En lugar de una línea de cumbres, muestra un thalweg, un surco extenso, cerrado a los trescientos metros por la barrera de un cerro. Llegando a éste, a los lados, se ven corroyéndolo, hondos surcos por donde drena la montaña. Por uno de ellos, el de la derecha, se observa un paso estrecho de rampas altas, casi verticales, como restos de antiguos túneles y el camino del Rosario bajando en fuertes desniveles. A la iz­ quierda, otra depresión que termina en la cuesta suave de un morro, el del Mário, se dilata de norte a sur cerrándose en ese primer tramo ante otro cerro que oculta el poblado y cae de golpe en una garganta pro­ funda hasta el lecho del Umburanas. Adelante, en nivel inferior, la Fazenda Velha. El pequeño cerro de los Pelados viene en seguida, en declive, hasta el Vaza-Barris, allá abajo. Y hacia todos los rumbos, hacia el este, buscando el valle del Macambira, más acá de las cumbres del Cocorobó y el camino de Jeremoabo que lo atraviesa; hacia el norte deri­ vando por la vasta planicie ondulada; hacia el oeste buscando los lechos de los pequeños ríos, el Umburanas y el Mucuim cerca de la entrada del Cambaio; y hacia todos los lados, el terreno se presenta con el aspecto que le dan las cumbres sobresaliendo en una confusión de picos y despe­ ñaderos. Se tiene la imagen de una montaña que se desmorona, arruinada por las tormentas, abriéndose en gargantas que las lluvias torrenciales

profundizan año a año, sin el abrigo de la vegetación que amengüe la ferocidad de los veranos y las erosiones de los torrentes. Porque el morro de la Favela como los otros de esa zona del sertón, no tiene el revestimiento bárbaro de la caatinga. Es desnudo y áspero. Pocos arbustos, esmirriados y sin hojas, raros cereos o bromelias espar­ cidas despuntan sobre el suelo duro, entre las junturas de los bloques yuxtapuestos en planos estratigráficos, exponiendo sin el disfraz de la más leve capa superficial, la estructura interior del suelo. Los que ascienden por el sur no ven en seguida la aldea que está al norte. Tienen que bajar en suave declive la ancha plegadura en que se arquea la montaña, como una trampa entre lomas paralelas. Por allí enderezó al anochecer la cabeza de la columna y una batería de Krupp, seguidas por el resto de la 2 $ brigada y de la 3^, quedando la P y el grueso de la tropa retrasados a retaguardia. Pero dieron pocos pasos, porque el tiroteo, hasta entonces espaciado, progresó en continuo aumento, a medida que realizaban la subida, convirtiéndose al cabo en una fusilería furiosa. Y se desencadenó una refriega original y cruenta. El enemigo no se veía, metido en socavones, en sus trincheras-refugio que minaban las laderas laterales y tapado por las primeras sombras de la noche que caía. Las dos compañías del batallón 2 59 soportaron valientemente el choque. Mientras disparaban al azar sus armas, las dos brigadas se abrieron para dar paso a la batería. Esta, llevada al frente, arrastrada más a mano que por las muías cansadas y asustadas, pasó ruidosamente. Subió a la cumbre más cercana y se alineó en batalla allá arriba. Elevaron la bandera na­ cional y una salva de veintiún tiros de granadas atronó sobre Canudos. El general Artur Oscar, a caballo junto a los cañones, observó por primera vez, abajo, iluminada por la claridad de una luna deslumbrante, la misteriosa ciudad sertaneja y tuvo el más fugaz de los triunfos en la cumbre golpeada por los tiros donde se expuso temerariamente. Porque la situación era desesperada. Su tropa, batida por todos los flan­ cos, envuelta por el enemigo a caballo, estaba apretada en una estrecha franja que le impedía maniobrar. Si estuviese toda junta cabía una solución, seguir por la peligrosa travesía hasta juntarse con el general Savaget que, después de una marcha entrecortada por combates, había hecho alto a tres kilómetros más ade­ lante. Pero no había llegado la P brigada que se había quedado prote­ giendo a la batería de tiro rápido y al 329 y más lento todavía, el convoy parado en Angico, a dos leguas de distancia. Aquel plan de campaña daba el único resultado que podía dar. La expedición homogénea que por su dispositivo inicial no podía fraccionar­ se, porque tenía una sola dirección y un solo convoy, se encontraba divi­ dida precisamente al llegar al objetivo de lucha. De modo que la arreme­

tida coronada con una salva de balas sobre Canudos era la más impru­ dente de las victorias. El jefe expedicionario la definió después como un combate de brillante éxito, merced al cual el enemigo había huido aban­ donándole la posición tomada. Mientras todos los sucesos posteriores revelaron el ansia de la tropa por abandonarla y el empeño persistente de los jagungos por impedirles la salida. Aquello era una trampa singular. Quien recorriera más tarde las cues­ tas de la Favela lo puede testimoniar. Estaban minadas. A cada paso una cueva circular y rasa, protegida por piedras, señalaba una trinchera. Eran innúmeras y como todas miraban hacia el camino y hacían fuego casi a ras del suelo, adrede estaban dispuestas para un cruzamiento sobre aquél. Así se explican los ataques ligeros e insistentes hechos durante el ca­ mino a partir de Angico, el inofensivo tiroteo en el que los sertanejos, saltando y corriendo, daban evidencia de querer atraer a la expedición hacia ese rumbo, impidiéndole la elección de cualquier atajo de los tantos que llevaban a la aldea. Su ardid había triunfado. Los expedicionarios, bajo el estímulo de la persecución del enemigo disperso sobre el frente y en fuga, habían to­ mado, sin una exploración preparatoria, por un lugar desconocido, si­ guiendo, sin saberlo, a un guía terrible: Pajeú. Y con su aire de triunfadores cayeron en la trampa. En respuesta al bombardeo de un extremo al otro, de arriba abajo, por las laderas, estalló un relampagueo de descargas terribles y fulminantes saliendo de cen­ tenares de trincheras, explotando debajo del suelo como fogatas.

Era un fusilamiento en masa. . . Los batallones sorprendidos se volvieron una multitud atónita, in­ quieta, asombrada, centenares de hombres desorientados, tropezando con sus compañeros que caían, atontados por los estampidos, deslumbrados por las claridades de los tiros, sin poder arriesgar un paso en la región ignota sobre la que había caído la noche. La réplica haciendo blanco en las laderas era inútil. Los jagungos tiraban sin riesgos, en cuclillas o echados en el fondo de los fosos, a cuyos bordes sostenían los caños de las espingardas. Excluyendo la posi­ bilidad de desalojarlos con cargas de bayoneta, lanzándose desesperada­ mente por los morros o de seguir, aventurándose a asaltos peores y aban­ donando a la retaguardia, sólo les quedaba a los combatientes el aguantarse a pie firme en la peligrosa posición, aguardando el amanecer. Esta única posibilidad fue favorecida por el adversario. El ataque se atemperó después de una hora y finalmente cesó. Las brigadas acam­ paron en formación de batalla. La 2 ^ se situó en líneas avanzadas, del

centro hacia la derecha, teniendo a la retaguardia a la P ; la artillería se situó cerca, teniendo a la derecha a la batería de tiro rápido, en el centro el Withworth 32 que se confiaba al 39 del teniente coronel Tupi Caldas. El general que comandaba este batallón cuando era coronel lo colocó personalmente en ese puesto peligroso: "A la honra del 3O9 entrego la artillería y quedo tranquilo”. El resto del 59 regimiento del mayor Barbelo se colocó más a la iz­ quierda, próximo al ala de caballería del mayor Carlos Alencar. Cerca de la depresión, junto al alto del Mário, punto flaco de la posición, a la que posteriores sucesos darían el nombre de "Valle de la muerte” se adensaron los batallones del coronel Flores. En una zanja menos alcanzada por el fuego se improvisó un hospital. Hacia allá se arrastraron los 55 heridos que con 20 muertos por allí desparramados, porque no había con qué recogerlos, hacían ascender a 75 las bajas del día en poco más de una hora de combate. Alrededor se extendió un cordón de centinelas y la tropa, comandan­ tes y plazas echados por el suelo en la más niveladora promiscuidad, reposaron en paz. La inopinada quietud del enemigo les dio la ilusión de la victoria. La saludaron anticipadamente las bandas de música de la 3^ brigada ago­ tando hasta deshoras su repertorio de marchas y una luna admirable se levantó sobre los batallones adormecidos. Pero era una tranquilidad engañadora. Los sertanejos habían conse­ guido lo que querían. Habiendo arrastrado hasta allí a la expedición que­ daba totalmente desprotegido en la retaguardia, el convoy de municiones y provisiones. Al día siguiente asaltarían simultáneamente por dos puntos, en la Favela y en el Angico y cuando, victoriosas en el primer lugar, las fuerzas arremetieran contra la aldea, iban a encontrarse sin armas.

Sin embargo, esta circunstancia no pesó en el ánimo de los que se habían acercado tan precipitadamente al centro de operaciones. Al clarear la mañana del 28, reunidos en la posición dominante de la artillería, los oficiales y plazas contemplaron por fin, la "caverna de los bandidos” según el decir pintoresco de las órdenes del día del comandante en jefe. Canudos había crecido aunque su amplitud apenas había aumentado: el mismo caserío colorado de techos de arcilla, extendiéndose cada vez más en desparramo por las colinas, alrededor del núcleo compacto abra­ zado por el río. Circundada al sudoeste y al noroeste por él, abrazada al norte y al este por las líneas onduladas de los cerros, emergía lentamente en la claridad de esa hora de la mañana con el aspecto de una ciudadela

de difícil dominio. Se advertía que un cuerpo de ejército, al caer en ese dédalo de zanjas que la envuelven entera, marcharía como entre estrechas galerías de una plaza de armas colosal. No presentaba un punto de acceso viable. El camino de Jeremoabo que entraba doscientos metros antes, por el lecho seco del Vaza-Barris, se metía entre dos trincheras que le orlaban una y otra margen, disimuladas de setos de gravatás bravios. El camino "sagrado” de Magacará — por donde salía el Conselheiro en sus peregrina­ ciones hacia el sur— cayendo por los morros entre los cuales se encaja el Umburanas, era igualmente impracticable. Los caminos del Uauá y de la Várzea da Erna, al norte, estaban libres, pero exigían una marcha peligrosa y extensa antes de alcanzarlos. La iglesia nueva, casi lista, levantaba sus dos altas torres encumbrando el caserío humilde y completaba la defensa. Daba hacia todos los caminos, enfrentaba los altos de todos los morros, miraba hacia el fondo de todos los valles. La espingarda del tirador colocado en sus cimas no ofrecía un solo ángulo muerto y sólo le faltaban cañoneras o recortes de almenas. El terreno que delante de la Favela, al norte, deriva hasta el río, se abre hacia la izquierda como vimos, en una ancha depresión que da en­ trada al morro del Mário y a la línea de cumbres en declive que se dirige hacia la Fazenda Velha. Allí estaba la 3?- brigada desde temprano, formada en columnas. Más a la derecha, dominante, la artillería. Sucesivamente, la 2 ^ y la 1^ brigadas. La tropa amaneció en formación de batalla. Atendiendo las ventajas tácticas de la posición, ésta debía empezar y en gran parte sus­ tentarse, con la artillería, cuyos efectos, atacando la aldea distante mil doscientos metros, la mostraba capaz de alcanzar en poco tiempo la victoria. Las esperanzas se concentraron, en el primer momento, en las baterías del coronel Olimpio da Silveira. Eran tan grandes que poco antes de hacerse el primer disparo, a las seis de la mañana, numerosos combatientes de otras armas, aglomerados alrededor de los cañones, representaban el papel neutral de espectadores que ansian contemplar un cuadro terrible: Canudos ardiendo bajo la túnica molesta del cañoneo, ¡una población fulminada dentro de cinco mil casuchas en ruinas! Era otra ilusión que sería duramente deshecha. El primer tiro salió disparado por el Krupp de la extrema derecha. Y determinó un arrebatador lance teatral. Los jagungos habían dormido al lado de la tropa, en todas esas laderas cubiertas de trincheras y sin aparecer, la rodearon de descargas. Más tarde, relatando el hecho, el jefe expedicionario se confesó im­ potente para describir la inmensa "lluvia de balas que caían sobre los morros y subían de las planicies con un silbido horrible” que los aturdía.

A su vez, el comandante de la P columna, afirmó en la orden del día, que durante cinco años, en la guerra del Paraguay, jamás había pre­ senciado una cosa semejante. Realmente, los sertanejos demostraban una firmeza de tiro sorpren­ dente. Las descargas, nutridas, violentas, deflagraban por los cerros como si los encendiese un fulminante único y después de topar contra la tropa desprotegida, golpeaban sobre la artillería. La diezmaron. Cayeron la mi­ tad de los oficiales y decenas de soldados. Sobre el cerro, barrido en mi­ nutos, permaneció firme la guarnición y en medio de ella, cruzándose por las baterías, impasible como si estuviese dando instrucciones en un polígono de tiro, un viejo de valentía serena, un héroe tranquilo, el coronel Olimpio da Silveira. Fue la salvación. En tal emergencia el aban­ dono de los cañones hubiera sido el desbande. . . La alarma vibraba en todos los cuerpos. Instintivamente, sin dirección fija y sin orden de comando, tres mil espingardas dispararon a un tiempo haciendo blanco en los morros. Estos hechos sucedieron en minutos y en minutos, en el área estrecha en donde se movía la expedición, se armó la más lamentable confusión. Nadie pensaba. Todos actuaban. Al azar, tontamente, sin campo para hacer cargas o para maniobrar, los pelotones tiraban al acaso haciendo puntería hacia lo alto, para no matarse entre ellos, contra un enemigo siniestro que lo rodeaba desde todas partes sin mostrarse. En este tumulto, la 3?- brigada, en el flanco izquierdo, dispuesta en columnas de batallones y llevando a la vanguardia el 79, comenzó a avanzar hacia la Fazenda Velha, de donde irrumpían con más fuerza las descargas. Ese batallón, que cuatro meses antes había subido por ese mismo camino en desban­ dada, huyendo y dejando abandonado el cadáver del coronel Moreira César, iba a pagar por aquel desastre. Acompañándolo en esta circuns­ tancia iba su socio de reveses, el 99. El mayor Cunha Matos comandaba la vanguardia. Los vencidos de la expedición anterior daban una lección extraña para lavar la afrenta y tenían un jefe que, bajo muchos aspectos, se comparaba con el comandante infeliz que allí había caído, el coronel Thompson Flores. Era un luchador de primer orden. Aunque le faltaban atributos esenciales para el mando y principalmente, la serenidad de ánimo que permite la concepción fría de las maniobras, le sobraba coraje a toda prueba y un casi desprecio por el antagonista por más temible y fuerte que fuese, lo que hacía de él un soldado incomparable en la acción. Lo demostró en el ataque temerario que realizó. Lo hizo con autonomía indisciplinada sin determinación superior y con el intento de atacar, en una sola carga, hasta la plaza de las iglesias, haciendo llegar victoriosos a los mismos soldados que allí se habían desbandado y habían sido ven­ cidos cuatro meses atrás. Su brigada, batida de lleno por el fuego del ene­ migo atrincherado, embistió y casi a cien metros de la posición primi­ tiva, colocó en la vanguardia a los tiradores. El coronel Flores que iba

al frente, a caballo, descabalgó a fin de ordenar personalmente la línea de fuego. Por un prurito de bravura no se había arrancado los galones que lo volvían blanco predilecto de los jagungos. Y al marchar hacia la avanzada, cayó herido en pleno pecho, muerto. Lo sustituyó el mayor Cunha Matos quien dignamente prosiguió el movimiento imprudentemente planeado, porque el 79 batallón entre los demás cuerpos, era el único que no podía retroceder en ese terreno. Su comando fue muy breve. Desmontado por un proyectil certero, lo pasó al mayor Carlos Frederico de Mesquita. Poco después, éste fue alcanzado por una bala, asumiendo la dirección de la brigada el capitán Pereira Pinto. Era asombroso: el 79 batallón tuvo en media hora ciento catorce plazas y nueve oficiales fuera de combate. Se redujo en un tercio. Se deshacía a bala. Idéntica destrucción se operaba en otros puntos. Rápidamente, con un ritmo atroz, minuto a minuto, las graduaciones de jefes caían. El 14 de infantería, al avanzar en refuerzo de las líneas del flanco derecho, apenas hechos unos metros, perdió a su comandante, el mayor Pereira de Meló. Lo reemplazó el capitán Martiniano de Oliveira, que a poco fue retirado de la línea por un bahiano. El capitán Sousa Campos que lo sucedió, sólo dio unos pasos y cayó muerto. El 149 prosiguió bajo el mando de un teniente. La mortandad los abatía de ese modo por toda la línea y, como agra­ vante, al fin de horas de un combate hecho sin la mínima combinación táctica, se notó que las municiones se agotaban. La artillería, diseminada en la eminencia donde había hecho su último tiro, callando el cañoneo. Había perdido la mitad de sus oficiales y entre éstos al capitán fiscal del 5? regimiento, Néstor Vilar Barreto Coutinho. Comenzaron a llegar al cuartel general reclamos insistentes para que proveyera de municiones a los batallones. Entonces se hizo marchar a la retaguardia al capitán Costa e Silva, asistente del diputado del Cuartel Maestre General, a fin de apresurar la llegada del convoy. Resolución tardía. Dos ayudantes enviados inmedia­ tamente después que aquél, se volvieron apenas recorrido un kilómetro. No podían vencer la fusilería que cerraba el paso. Se había cortado la retaguardia. Si se detuviese el tumulto, el estrépito de las armas, el alarido confuso y los estampidos insistentes que desgarraban los aires alrededor de los combatientes, en los altos de la Favela, advertirían el tiroteo lejano del 5 9 de policía, en lucha con los jaguncos a dos leguas de distancia.

UNA DIVISION APRISIONADA Toda la primera columna estaba aprisionada. Por más extraño que pa­ rezca el caso, los triunfadores no tenían manera de salir de la posición

que habían conquistado. Lo confiesa el general en jefe: "Atacado el con­ voy e interdicta la salida de cualquier soldado, como lo demuestran los casos precedentes, tuve que mandar una fuerza de caballería al general Cláudio do Amaral Savaget con la intención de recibir socorro de muni­ ciones lo que una vez más contrarió mi propósito, porque el piquete no pudo atravesar la línea de fuego del enemigo que tiroteaba sobre el flan­ co derecho” *. De esa manera, atacada en el flanco derecho de donde había vuelto, rechazado, el piquete de caballería, atacada por la reta­ guardia que dos auxiliares temerarios no habían logrado pasar, atacada por el flanco izquierdo, donde se sacrificara gloriosamente y se detuviera la 3^ brigada, atacada por la vanguardia donde la artillería, diezmada, había perdido a casi toda la oficialidad y había enmudecido, la expedición es­ taba completamente superada por el enemigo. Le quedaba un recurso problemático y arriesgado: saltar fuera de ese siniestro valle de la Favela que era como una valla inmensa, a punta de bayoneta y a golpes de espada. Se hizo una última tentativa. Un emisario salió furtivamente, metién­ dose por las caatingas, en busca de la 2 ^ columna que estaba estacionada a menos de media legua, al norte. . .

III COLUMNA SAVAGET La tropa del general Cláudio do Amaral Savaget había partido de Aracaju 288. Hizo alto en las cercanías de Canudos después de una marcha de setenta leguas. Vino por el interior de Sergipe en brigadas aisladas hasta Jeremoabo, donde se organizó el 8 de junio, prosiguiendo el 16, unida, hacia el objetivo de las operaciones. Compuesta de 2.350 hombres, incluidas las guarniciones de dos Krupps ligeros, había caminado a paso firme y holgado, para lo que con­ tribuyó un dispositivo más bien dispuesto para las circunstancias. Ese general, sin tomar sobre sí una autoridad que bajo tal forma sería contraproducente, la repartió sin deslices de la disciplina militar, con sus tres auxiliares inmediatos, coroneles Carlos Maria da Silva Teles, Juliáo Augusto da Serra Martins y Donaciano de Araújo Pantoja, comandantes de las 4^, 5^ y 6 ^ brigadas. Y éstos realizaron, hasta las primeras casas de la aldea, una marcha que se destaca de las otras. No había instrucciones prescriptas. No se había pensado yuxtaponer al áspero teatro de la guerra la rigidez de las formaciones o de los planes preconcebidos. La campaña, lo comprendieron, era impropia para las opulencias de las teorías guerreras ejercitadas a través de un formalismo
* Orden del día N9 118.

sin experiencia. Comprendieron que debía usarse una táctica estrecha y salvaje, hecha según las determinaciones del momento. Por primera vez, los combatientes actuaban según una actitud com­ patible con la índole: subdivididos en brigadas autónomas pero sin dis­ persarse; bastante móviles para adecuarse a la rapidez máxima de las maniobras o movimientos que los preparasen para aguardar la única cosa que en esa guerra sin reglas les era dado esperar: lo inesperado. Las tres brigadas, ágiles, elásticas y firmes, abastecidas por convoyes parciales que no les trababan los movimientos, hechas para enfrentar con fuerza la agilidad de las guerrillas y las asperezas del terreno, repartida la masa de la división de modo de sustituir la importancia del número por la velo­ cidad y el vigor de evoluciones aptas a realizarse en las más circunscriptas áreas de combate, sin la traba de los elefantes de Pirro 28 9 de una artillería imponente e inútil. Al frente venía la 4^ compuesta de los batallones 129 y 319, bajo el mando del teniente coronel Sucupira de Alencar Araripe y del mayor Joáo Pacheco de Assis. La dirigía el coronel Carlos Teles, la más completa organización mi­ litar de nuestro ejército en los últimos tiempos. Perfecto espécimen de esos extraordinarios lidiadores riograndenses —bravos, joviales, fuertes— estaba como ellos hecho por el molde de Andrade Neves, un jefe y un soldado; arrojado y reflexivo, impávido y prudente, mezcla de arrojo temerario y valentía serena; no desdeñaba luchar al lado de un plaza a jornal en el encuentro más feroz pero des­ pués de haberlo planeado fríamente. La campaña federalista del sur le había dado una envidiable aureola. Su figura de campeador — porte dominante, alto, envergadura titánica, mirada firme y leal— se había completado con un episodio heroico, el sitio de Bagé 290. La campaña de Canudos iba a aumentar su renombre. Lo comprendió como pocos. Tenía la intuición guerrera de los gaúchos. Al mando de su brigada y andando con ella, aislado, hacia Simáo Dias 2 9 1 , adonde llegó el 4 de mayo, la había modelado como un pequeño cuerpo de ejército adaptado a las exigencias de la lucha. La preparó, la adiestró, y como era imposible cambiar la instrucción práctica de los soldados que venían de un severo ejercicio guerrero en los campos de Río Grande, trató, a pesar de lo diferente del terreno, de darle la misma celeridad, el mismo vértigo en las cargas. Entre las compañías del 319, eligió a 60 hombres, jinetes aidestrados, otrora "reyes de las cuchillas”, ineptos para el paso tardo de los pelotones de infantería. Con ellos constituyó un escuadrón de lanceros, poniéndole bajo el mando de un alférez. Era una innovación y parecía un error. El arma "fría y silen­ ciosa” de Damiroff 2 9 2 , hecha para los choques y los ataques en las estepas

La columna marchó a razón de dos leguas por día. nacía quizá del gran lago que cubría la planicie abrupta de Canudos. Y más adelante. a primera vista. Canché. usaron su lanza como la aguijada de los vaqueros para conseguir el ganado disperso por las cercanías. Pero más tarde se verificó el alcance de la innovación. cuando incomparablemente mayor. una tropa expedicionaria de los sertones no se dejaba sorprender. llegando a este lugar el 25 de junio con la certeza de encontrar al enemigo. Y al exhumarse así la sierra primitiva. En efecto. explayándose por el NE. Hicieron reconoci­ mientos de importancia. ante las barreras que le ponían las serranías de P050 de Cima y Canabrava. único sustento con que contó la tropa. parecen ruinas de un dique roto por las crecientes. Su conformación topográfica invita a esta retrospección geológica. donde el terreno se accidenta con los primeros cerros de Cocorobó. muestra la potencia de los elementos que hace . permiten vislumbrar su aspecto primitivo. Y esta doble función se mostró muy valiosa. La masa de aguas corría hacia el este por gargantas estrechas. Canabrava. Se levantan sobre las planicies y a despecho de los incorrectos contornos. en los cuadrantes de SO y NO y de este último. Los improvisados lanceros tenían la práctica de las corridas. Constituyen una montaña fósil. se encaminaba hacia el este por escotaduras estrechas. bordeando el VazaBarris. las serranías cortadas en angosturas. abiertas por el Vaza-Barris en remotas edades. el núcleo del suelo aflora a medida que la ablación de los torrentes remueve las formaciones sedimentarias más modernas. pasando sucesivamente por Passagem. Definido por las mismas capas silurianas que vimos en otros trechos. De igual modo vencieron los barrancos del sertón. saltando las "covas de touro” de las llanuras sureñas. Brejinho. Mauari. apenas partió la división del general Savaget de Jeremoabo hacia Canudos. veinte soldados del escuadrón habían rastreado hasta las cercanías del poblado y del reconocimiento había resultado que el camino estaba franco hasta la Serra Vermelha. COCOROBO Cocorobó. fraccionadas en sierras de vivos declives. era inapropiada para ese territorio quebrado y orlado de espinos. contenidas por acci­ dentes fuertes como los que van de la Favela al Caipá.y en las pampas. Por primera vez. recuerda valles de erosión o quebradas. nombre que no caracteriza a una sola sierra sino a un sinnú­ mero de ellas. cuando las columnas se reunie­ ron en la Favela. Días antes. Estrada Velha y Serra Vermelha.

La atraviesa metiéndose por uno de los caminos. otras avanzan. aislando los picos centrales. hasta llegar a la otra salida única. la brecha profunda por donde corre el Vaza-Barris. se choca con un postigo estrecho. Estas dos gargantas de variable anchura. El desfiladero de Cocorobó es. después del primitivo alejamiento. se tiene un paisaje único. El camino se desdobla en la falsa encrucijada de dos desvíos que el Vaza-Barris recorre por igual cuando las crecientes. Si se sigue de Canudos hacia Jeremoabo. enfilando hacia el este. ya pesados de piedra. antes de este cruce. en curva. donde se agrupan en cumbres dentadas. se perturba en atajos. La traspone. El suelo sigue abrupto. y éstos se muestran. Pero libre ya de la garganta de múlti­ ples salidas. en un terreno vasto que el camino de Jeremoabo corta por el medio. ya cayendo a plomo a manera de muros en cuyas junturas apenas vegetan unas orquídeas raquíticas. se curvan poco a poco según el trazado de dos salien­ tes de la sierra y acompañándolas. o se vuelve acantilado en repentinos saltos rotos en picos hasta lo alto. unidos sus dos brazos. Desde allí continúa hasta Canudos a unas dos leguas más adelante. encajándose por la derecha. arqueándose por delante. derecho o izquierdo. torneando innume­ rables laderas. De modo que quien va en sentido opuesto. sino en la estructu­ ra misma. se aproximan. .largos siglos la combaten. hasta salir. aunque en menor escala. convergiendo. le deja desnudos los flancos. hasta unirse otra vez. contrapuestas a las concavidades de un arco de anfiteatro muy amplio. no encuentra un terreno explanado como el de la otra orilla. como en la Favela. o sea de la aldea hacia el oeste. en contraste con los terrenos achatados de los alrededores. Allí adentro. ese rasgón de tierra de extremos aguzados que se subdividen a uno y otro lado de la horquilla de otros dos todavía menos practicables. El Vaza-Barris. sin embargo. formando un paso único sobre el camino de Jeremoabo. Porque. la evita. no ya en la forma. Mácambira. Las abruptas rampas que lo forman se alejan. contor­ sionado en meandros. Entonces hay que pasar por ese camino constituido por el lecho vacío y hechos unos cuantos metros. se encuentra también con la bifurcación que la divide. las recorren los taludes de los cerros centrales con sus dos vertientes late­ rales erizadas de peñascos acumulados al azar o agrupados en escalones. a veces se acer­ can. y va hasta el valle de un arroyo efímero. se alarga entre cerros. El desfiladero se termina. A ambos lados. el terreno continúa siendo abrupto: se levantan otros cerros más bajos que lo centralizan y el primitivo camino se bifurca. repartidos en sucesivos planos a la manera de galerías en un coliseo mons­ truoso. el Vaza-Barris. estirándose hacia el este. ondulante. en pálido resumen. al cual dio su nombre uno de los cabecillas sertanejos que allí vivía. El camino que lo faldea o acompaña su lecho. la caatinga resis­ tente muere a sus pies.

inicia­ ban el ataque con un tiroteo nutrido en el cual los fuegos irregulares de la línea de tiradores se intercambiaban con las cargas de los pelotones de refuerzo más cercanos. no retrocedieron. la reproducción de los episodios del Cambaio y de la Favela. las cuales dominaban la planicie en toda su extensión y gran trecho del camino.ANTE LAS TRINCHERAS La vanguardia de las fuerzas marchando en este sentido hizo alto unos quinientos metros antes de aquella barrera. ante el cual atronaban terriblemente ochocientas mannlichers. Era. pasando cierto tiempo. el tiroteo calculado. en la llanura desnuda y rasa. los cuerpos avanzados. sobre una tropa convertida en blanco. hasta la van­ guardia de la 5^ brigada que dispuso como tiradores a los soldados de uno de sus batallones. afir­ mados en una puntería cuidadosa. Estos aguantaron el choque valientemente. Se advertía que estaban disparando tiradores avaros. tratando de no perder uno solo. hasta las últimas secciones de la retaguardia. Los sertanejos revivían en idéntico escenario todas las peripecias del dramón siniestro y monótono del que eran protagonistas invisibles. como se puede apreciar. volvieron las riendas perdiendo dos plazas heridos. "cualidades éstas que al parecer eran reforzadas por las excelentes posiciones que ocupaban. Y sus proyectiles comenzaron a ralear las filas más próximas. Al galope se habían acercado hasta las groseras trincheras y los vieron. Los tiros altos se expandían dominantes sobre toda la expedición. se adelantó acompañando a la 4^ brigada. allá abajo. "Audaces y tena­ ces” dice el parte de combate del comando general. . más de ochocientos hombres al mando del coronel Serra Martins. El escuadrón de lanceros había descubierto al enemigo. no requería ni correcciones ni agregados. cayendo entonces sobre los cuerpos que los apoyaban y llegando todavía más lejos. Tiraban sobre seguro. comenzó a volverse funesto. respondiendo vigorosamente a las balas de los antagonistas. El general Savaget. desde lo alto de aquellos parapetos desmantelados. mientras los otros dos. Recibidos a tiros. el 34 9 y 359. Pero no insistían en descargas cerradas. se disponían como refuerzo. De modo que. al contrario. el 25 de junio. golpeando con una nutrida fusilería a los nues­ tros que comenzaron a tener algunas bajas entre muertos y heridos”. prevenido del encuentro. Se detuvo a cuatrocientos metros de la vanguardia para aguardar a la 6 % la división de artillería y los convoyes que marchaban a una distancia de tres kilómetros a retaguardia. que contaban los cartuchos uno a uno. aceptaron y sostuvieron con fir­ meza y energía el ataque. derribando a los tiradores. poco antes del mediodía. por su excelencia. el 409 del mayor Nonato de Seixas. La calidad del tiro sustituía la cantidad. Una mejor enseñanza guerrera no les hubiera variado el sistema porque éste. Mientras tanto.

improvisaciones de una estrate­ gia rápida y práctica. Pasadas tres horas de fuego. parecían desen­ mascarar completamente las posiciones contrarías. El sol ardiente los bañaba. lo afrontó por dos horas en la misma posición en que se había detenido. El estrépito. capaz de anular el vigor. afirmada por eficaces explora­ ciones que habían predeterminado el lugar del encuentro. y ante el contraste que sufrían. oscilantes y prontos a caer algunos. admirable en su disciplina. La decisión del momento fue arrostrar la situación reforzando la vanguardia. bajo la vigilancia del enemigo. no habían descubierto a uno solo. un desfile de secciones diminutas. no podía evitarlas haciendo un rodeo. Bombardearon la montaña. mal equilibrados sobre bases estrechas. retirada en columnas a lo largo de dos kilómetros a retaguardia. lo que volvía problemático el éxito. precisamente en la fase decisiva. permanecía inmóvil. No avanzó en todo ese tiempo un solo paso. Pese a sus ocho batallones. rectilíneas y largas. sacrificados bajo las espingardas im­ punes de un grupo de matutos. El trance exigía decisiones concretas. brillando a la luz como espadas. estaban allí. A un simple golpe de vista se ponían de manifiesto los riesgos de un ataque frente a las dos angosturas que se le abrían delante e imponían. El resto de la expedición. quizá dilatada. Pero fueron contra­ producentes. a nadie se le ocurría una salida ejecutable. y se . Los tiradores las soportaron con gran costo. los atacantes no habían avanzado un palmo de terreno. las caroás y macambiras. las granadas golpeaban de lleno los flancos y los aires se confundían con las balas y el áspero barrido de las laderas. Por otro lado. uno a uno se podían contar sus grandes bloques.La brigada. Los dos batallones de refuerzo. las piedras rompiéndose y cayendo desde las alturas abajo. mostrando los mínimos accidentes de su estructura. Tanto a derecha como a izquierda se sucedían montes erizados de contrafuertes y buscar entre ellos un desvío suponía una marcha de flanco. Las bajas aumentaban. No podían calcular su número. como murallas que se destruyen. durante el asalto. formando como una espuela sobre el terreno. y se distinguían las bromelias resistentes. la lucha era de­ sigual. A quinientos metros de los adversarios. desde hacía dos horas. maniatados. resguardada entre los escasos arbustos que las pueblan. francamente metidos en la acción. Después de una marcha segura. Arrojadas de cerca. Los cerros más altos. se sacri­ ficaban inútilmente. magníficamente armados. Había llegado la división de artillería y uno de los Krupps fue ubicado junto a las líneas avanzadas. Era casi un revés. desparramados al azar. Porque estimularon réplicas violentísimas desde las trinche­ ras. Presionados por el dilema expuesto. parecían desiertos. El general Savaget aquilató con firmeza la grave situación. otros acumulados en montones imponentes. millares de ojos puestos sobre las desnudas laderas. a orillas del VazaBarris.

sólo les quedaban decisiones extremas: o retrocedían lentamente y luchando. mientras cuatrocientos metros más atrás y hacia la derecha. en el cual los cuerpos avanzados del coronel Serra Martins formaban en columnas suce­ sivas. igualmente desiertos. irrumpía "una fusilería cerrada e ininterrumpida como si allí se encontrara una división entera de infantería!” *. y la 4^ por el flanco derecho. * Orden del día del general Savaget. o rodeaban el trecho inabordable. y más lejos. los cinco batallones destinados al ataque se disponían en orden perpendicular. reforzando una de las alas. La brigada permanecería como refuerzo y resguardo de los convoyes a retaguardia. buscando un atajo más accesible. Impedido de tal manera el paso. Según confiesa en el documento oficial donde define con penoso desprecio el temible adversario que lo había detenido en su camino. que desembocaría en algo inevitable: el ataque de lleno a las colinas. Esta idea era la más heroica y la más simple. teniendo en su flanco izquierdo al escuadrón de lanceros. se hubiesen mezclado desde el inicio en las dos entradas del desfiladero. Como empeñó en la acción poco más de un tercio de las tropas. no podía admitir "que dos o tres centenares de bandidos detuvieran la marcha de la segunda columna por tanto tiempo”. Este era el plan: "La 5^ brigada que se mantenía desde el principio en sus posiciones por entre las caatingas. Y de esa desolación. Entre ambas. hasta sustraerse del alcance de las balas. Así. esta circunstancia lo salvó. un tumulto de picos. en movimiento envolvente y azaroso. la campaña se mostraba una vez más enigmática y para siempre indescifrable. debía cargar por el flanco iz­ quierdo y por el lecho del río. Ante los expedicionarios. La sugirió el coronel Carlos Teles. EXCEPCIONAL CARGA DE BAYONETAS Los jagungos podían ser doscientos o dos mil. El general la adoptó. a fin de desalojar al enemigo de los cerros centrales y de las colinas que quedan de ese lado. debiendo previamente formarse en línea al salir del camino hacia el terreno”. conquistándolas. irrealizable por cierto si todos los batallones en un ataque único. El conjunto de la formación se proyectaba sobre la superficie del terreno con la forma exacta de un gran martillo. el escuadrón de lanceros cargaría por el centro. tornando factible una maniobra arrojada. Nunca se supo su número con certeza.veían los cactos desolados. . se des­ doblaba en línea la brigada Teles. la izquierda. de esa soledad absoluta e impresionante.

imponiéndoles las fatigas de una persecución infecunda. La 4^ brigada lo evitó. Al pie de la serranía.Y la carga que en seguida se ejecutó — episodio culminante de la refrie­ ga— asemejó a un golpe único de mil seiscientas bayonetas contra una montaña. Los arrojó valientemente sobre las trincheras más cercanas. se abría el desfiladero de la derecha. venciendo los obstáculos. por donde se metió osadamente. Los muer­ tos y los heridos caían. Los animó. Este notable oficial — que recordaba a Osório 2 9 3 en la apostura y a Turenne 2 9 4 en el arrojo varonil— sin desenvainar la espada. el escuadrón de lanceros. iba a decidir el pleito. Siguiendo su táctica acostumbrada. se veía a la 4^ brigada escalándolas. El coronel Teles. contra las posiciones que ocupa­ ban. Avanzaron al unísono: los pelotones de adelante enfrentando los cerros y enfilando por la boca del pasaje izquierdo. Reunió las fracciones dispersas de combatientes en las que se mezclaban soldados de sus dos cuerpos. La línea de asalto. realizando la más original carga de bayonetas. hábito que conservó durante toda la campaña. abajo. a paso redoblado. Las encontraron vacías. vencía velozmente la dis­ tancia que la separaba del enemigo. las armas prontas y sin tirar. Por primera vez se dejaron sorprender por la inesperada táctica que los obligaba a descolocar hacia otros puntos a los tiradores destinados de antemano a cerrar los dos pasajes por donde debía pasar la tropa. el coronel Carlos Teles. los jagungos se les deslizaban adelante. frente a la fuerte trinchera puesta sobre las dos márgenes del río. retroce­ diendo. Al principio avanzó correctamente. por una ladera abrupta. apoyándose en todos los accidentes del terreno. a despecho de la difícil ascensión. pero cada una tenía en el fondo decenas de cartuchos detonados y todavía calientes. Los sertanejos la golpeaban. algunos hasta el fondo de la garganta. corriendo. sobre las vertientes que presionan el desfiladero en ese punto. a la izquierda. Fue un lance admirable. Una línea luminosa de centenares de metros onduló sobre los cerros. Después tomó por varios puntos. . mientras la 4$ brigada. se desparramó por las cumbres de la sierra. Los jagungos no habían contado con este temerario movimiento. quebrándose ambos. en la bifurcación. Atacó por las laderas. como una repre­ . La 4^ brigada. guiándola por el flanco derecho del 319 de infantería. por donde habían entrado los sesenta hombres del escuadrón de lanceros y la división de artillería. atravesó con su gente el trecho de campo barrido por las balas. directamente encami­ nado. . Empezó a subirlos. se curvó por las vueltas y poco a poco. A su frente. subdividida en pelotones que avanzaban aturdidamente. Dominadas las primeras posiciones. moviendo el área del combate. las anfractuosidades del suelo la dividían. rota en todas partes. se fragmentó y se desarticuló. perdió el caballo que montaba atravesado por una bala y debió sustituirlo.

Cinco batallones se debatían entre los morros. al principio vacilante. corriendo. de relieve. . derrotados y golpeando. las trincheras más altas de la vertiente derecha. Y el gaucho teme­ . en ímpetu incomparable de valor. Desajados de todos los puntos. caían errantes por las faldas. se propagó hasta la extrema izquierda. en el valle estrecho. Habían sufrido un serio revés y la denominación de "batallón talentoso” que dieron después a la columna que se los infli­ gió. Como siempre. desaparecien­ do. al acaso. entre los muertos allí yacentes. resurgiendo inexplicablemente entre los estragos de un combate perdido. recibían de lejos a los triunfadores. la 5* brigada. era una fuga. Porque el combate de Cocorobó. igualmente perdida la formación. en desorden. relinchan­ do de pavor. Y allí. después de cuatro horas de lucha. luchaba de manera tumultuosa. de naturaleza espe­ cial. en un gran alboroto de batallones a paso redoblado. entraba a la garganta de la derecha y ya se oían a lo lejos. las abandonaron inesperada­ mente. huyendo y matando. después del primer intento de fuga. LA TRAVESIA En esta enorme confusión. las dos brigadas. no se dejaban vencer. Minutos después. con tiros espaciados. por primera vez.sa. fue un golpe de audacia sólo justi­ ficable por el dispositivo de las tropas que lo libraron. . en un movimiento único hacia adelante. Por las laderas de la izquierda. las aclamaciones triun­ fales de la vanguardia. los sertanejos volvían incompleto el éxito. Y cortadas así las guarniciones que se sucedían a espacios regulares por la línea de cumbres. rodando y resbalando por los declives. vieron a sus adversarios: desparramados por la altura de los cerros. como los partos 295. Era la victoria. disparando en todos los sentidos. algunos pelotones del 319 de infantería asal­ taron por fin. La acción era increíble. Abandonando las posiciones y fran­ queando la peligrosa travesía. Vencidos. En las filas predominaba el soldado riograndense. Los jagungos. sin ventaja alguna. indeciso. El general Savaget fue alcanzado y desmontado junto con un ayudante y parte de su piquete cuando. a retaguardia de la columna. se veía los caballos del escuadrón de lanceros que chocaba con arrojo contra la trinchera del río. se confundían por el paso del desfiladero. Había aumentado el número de heridos que en el alboroto de las cargas. lo denota. Los soldados trataron de cercarlos y vigorizada en todas partes la em­ bestida. dilatado por tres horas de tiroteos ineficaces y finalizado con una carga de bayonetas fulminante. No era el habitual retroceso. Abajo. se abroquelaban en otros. vol­ vieron inexplicablemente a resistir.

Los batallones 26?. de los cuales veintisiete estaban muertos. . Y por todas partes. Ya se veían. MACAMBIRA Después de esto. cuando todavía quedaba en el campamento el grueso de los combatientes. entraron en un serio combate. . De pronto. acampadas las fuerzas más allá del paso. Pocos kilómetros más adelante.rario. desdoblándose en línea. a pocos kilómetros de Cocorobó. Y la ocasión les permitió lucirse desarrollando una empresa estupenda. según había decidido el comando en jefe. Lenta. tocaba los suburbios de la terrible ciudadela. batidos por todos los flancos. La embestida se convertía en un revolverse fatigoso por las líneas sinuosas de los decli­ ves. fue encargada de enterrar a los muertos y acampó a retaguardia de las otras dos que ocupaban una extensa planicie más arriba del camino. bajo el aspecto triste de una enorme boca de mina abandonada. tenían otras centenares que vencer. desparrama­ das por los picos de las colinas. . esos cen­ tauros a pie arremeten con los adversarios como si copiasen la carrera de los jinetes sin freno de las pampas. sobre el final de ese día y teniendo a vanguardia a la 6 ? brigada con el 33° de infantería. Hecha una bajada. Otras tropas la pueden suplantar en la precisión y en la disciplina del fuego y en el juego com­ plejo de las maniobras. Pero en los encuentros a arma blanca. El general Savaget comunicó entonces a las tropas que al día siguiente. La 2^ columna. convergían des­ cargas. . desde donde. los batallones del coronel Pantoja. se caía en un dédalo de zanjas. se contaron las pérdidas: ciento setenta y ocho hombres fuera de combate. cala­ ron las bayonetas y se lanzaron impetuosamente por las colinas. se echarían uni­ das sobre la aldea. En la cifra se incluyen dos oficiales muertos y diez heridos. Iban en tropel. La 6 ^ brigada que no había tomado parte en la acción. Que debía estar muy cerca. se adoptó la misma decisión que en la víspera había tenido tanto éxito. el 27. 33? y 39?. si es frágil para soportar las lentas provocaciones de la guerra. A la tarde. Y apenas recorridos dos kilómetros. a un mismo tiempo hogares y reductos. La infantería del sur es un arma de choque. se divisaba Canudos. . Todo el día 26 se perdió en una corta travesía hasta la confluencia del Macambira. irrumpiendo de las cabañas. no tiene par en el desempeño de rápidos lances osados. la marcha fue un combate continuo. El campo de batalla se volvió amplísimo. convergentes las seis brigadas. adrede modelado por las trampas del enemigo: vencida una cumbre. debían estar en el borde de Canudos. las cabañas de disposición ya descrita: surgían entre trincheras o fosos enmascarados por bromelias.

fusilerías que diezmaban a la tropa. Las cargas de bayoneta no tuvieron el brillo de las de Cocorobó. lejos. para reproducir más lejos.La pelea fue reñidísima. empe­ ñadas en la batalla. Suce­ sivamente. también debió ser retirado de la acción al ser herido. todas las garantías de éxito quedaban reducidas al coraje personal. Había asaltado la colina y en lo alto se topó con un foso amplio. por las rajas de los muros. desalojados de una posición aparecían en otra. como el capitán Joaquim de Aguiar. porque al impo­ sibilitar el terreno cualquier combinación táctica capaz de balancear los engaños vertiginosos del enemigo. se obstinaban en la batalla. cayó moribundo cuando se esforzaba por seguir a la vanguardia. Cayó el comandante. a que­ marropa. partían. La noche los detuvo. blanqueando la oscuridad del crepúsculo. como el capitán ayudante del 32?. heridos de consideración. teniente coronel Virgilio Napoleáo Ramos. además de gran número de plazas. Empezaron a perder. resonaban en las bajadas y rodaban hacia Canudos. los batallones 12?. Arrojados contra los cerros. enviados en refuerzo. convergían. exhaustos y torturados por el tiroteo. Ante la imprevista resistencia. fiscal del mismo cuerpo. los pelotones alcanzaban los picos sin encontrar al enemigo. El campo de batalla comenzó a desapa­ recer debajo de los pies de los asaltantes. al mando de un sargento. . teniente coronel Tristáo Sucupira. Eran más de mil bayonetas. El del 33?. . en seguida dos subalternos que lo habían suplantado y conquistó finalmente la posición después de grandes bajas. bajaban en grupos precipitados buscando los ángulos de las bajadas. Los jaguncos. Estas se extendían por más de tres kilómetros. Y muchos otros se sacrificaron en ese mortí­ fero combate de Macambira. Los tres batallones de la vanguardia se vieron impotentes para sopor­ tarla : de las cabañas de combatientes. sordos a la intimación de sus comandantes para retirarse de las línetas de fuego. luego del comienzo de la acción. Una compañía del 39?. La expedición estaba a un cuarto de legua de la aldea. entonces. fue­ ron avanzando. casi toda la columna. cre­ pitaban. obligan­ do a los enemigos a un continuo subir y bajar por las laderas como si quisieran arrastrarlos hacia la aldea. . . de todas las trincheras diseminadas por los cerros. 35 9 y 409. fue literal­ mente destruida cuando trataba de vencer uno de esos reductos salvajes. Volvían a su táctica invariable. esa brigada. inepta para abarcar un área demasiado extensa de combate. . El comandante del 12 ?. Algunos oficiales. 319. al tiempo que de la cabaña que el foso rodeaba. de colina en colina. la misma escalada sin aliento y la misma exposición peligrosa a las balas. partían descargas furiosas. Se veían. Atacados desde las posiciones ya superadas. las torres de la iglesia nueva. a oficiales de alta graduación. altas. fue reforzada con otras dos. retrocedieron lentamente. Deflagraban por las colinas. nombre del sitio adyacente.

usa pocas. A despecho de las pérdidas que tuvo. triunfante. el cañoneo abierto a esa hora por la vanguardia de la 1^ columna. Sumadas las pérdidas anteriores hacían trescientas veintisiete bajas. La se­ gunda columna lo había pagado duramente: ese día tuvo ciento cuarenta y ocho hombres fuera de combate. ex­ ploró el terreno por el flanco izquierdo. donde a esa hora. sobre el flanco izquierdo. es expresiva al respecto. las ocho de la mañana. de Cocorobó hasta ese lugar. . un telegrama comunicándome que mañana nos abrazaremos en Canudos. recibida con gran entusiasmo. La nueva. esperaban ver bajando por las laderas del norte. se haría sin embargo. el alférez Wanderley. El día 28. hasta el centro de Canudos. la segunda columna estaba pronta para el asalto. En ellos había seis oficiales muertos y ocho heridos. podía arrastrarla. INESPERADO EMISARIO Con sorpresa general de los combatientes de la 2 ^ columna que. A dos pasos del comando en jefe. y el movimiento irreprimible de la carga que iniciara en Cocorobó y prolongara ininterrumpidamente hasta ese punto. Tanto había costado la travesía de menos de tres leguas. Mis camaradas: acabo de recibir del señor general comandante en jefe. Se había impuesto al enemigo. los ojos puestos en la Favela. La orden del día del 26 por la cual el comandante comunica el próximo asalto en compañía de la 1* columna. mientras los dos batallones de la brigada Carlos Teles. hasta la Favela. oyeron destrozando el silencio de la noche sertaneja y retumbando fuertemente por los contrafuertes de la Favela. 26 de junio de 1897. corteses y humildes palabras: "Campamento en el campo de batalla de Cocorobó. se ade­ lantaban en rápido reconocimiento. se había adaptado al carácter excep­ cional de la lucha. habiendo avanzado temprano y tomado posición en una pequeña meseta. puntualmente: minutos después de haber acampado las tropas del general Savaget. comenzó a bombardearla a su vez. El itinerario preestablecido se había realizado. La concentración deseada. Un piquete de caballería dirigido por un valiente destinado a una muerte heroica. entre los cuales cuarenta estaban muertos.Por fin habían llegado al término de la marcha por Jeremoabo. en el cruce de los desfiladeros. Por lo tanto. fuera del centro de la campaña. a través de un asalto convergente. y en su laco­ nismo dice mucho. había recrudecido con intensidad el cañoneo. venía con esperanzas y fuerza. Fue dada en Trabubu. a dos kilómetros de la aldea. en plena plaza de las iglesias. Llegaba allí tras una travesía de setenta leguas con un combate de tres días. no podemos faltar a la honrosa invitación que es para nosotros motivo de justo orgullo y de total alegría”. Pero todo hablaba de un éxito compensador.

El ejército victorioso. hasta las Umburanas. No engañó a la historia el fantaseo del vencido. la situación en que se en­ contraba aquélla. SE DESTRUYE UN PLAN DE CAMPAÑA Quedaba postergado el plan de campaña y al mismo tiempo se anulaba el esfuerzo realizado en las marchas por el Rosario y Jeremoabo. habían sufrido grandes daños de los jagunqos. Pero en seguida co­ menzó un desesperante circuito de contrariedades de todo tipo. presentaba la noche de ese día la imagen perfecta de una aglomeración de fugitivos. el general Savaget. habían caído en un período crítico de la guerra: perdido el aliento en encuentros estériles o en dudosas victorias que valían como derrotas. IV VICTORIA SINGULAR La orden del día relativa al suceso del 28 de junio lo caracteriza como "una página marcada de horrores pero perfumada de gloria”. adonde llegó con el tiempo justo para impedir la destrucción del 59 de policía y salvar parte de los ciento ochenta cargueros que. se encaminó con toda su gente. apenas atenuó las estrechas condi­ ciones de la tropa. quedando el resto en la posición con­ quistada. apocadas las fuerzas y el ánimo. Alcanzó para superar el trance. hacia la izquierda. apareció en el campamento un sertanejo notifi­ cándoles. La nueva resultó inverosímil y en el primer momento se la creyó una trampa del enemigo.a los batallones de la 1^. a tiempo para liberar a la tropa asediada. Ante el nuevo reclamo y las informaciones que lo aclaraban. El general en jefe solicitaba el concurso de la otra columna. Este feliz movimiento. dispersos por los caminos. que al principio pensaba enviar sólo una brigada con municiones. por orden del comandante en jefe. lo que exigía inmediato socorro. se sentían . fue posible destacar un contingente para en­ contrar el convoy retenido a retaguardia. según el brillante eufemismo de los partes oficiales preparados para ocul­ tar esa derrota. Un alférez honorario29 6 agregado a la comisión de ingenieros fue el segundo emisario en poco tiempo. Reunidas las columnas. A las once llegó a lo alto de la Favela. El revés fue franco. El hombre quedó detenido hasta que un nuevo emisario confirmase la noticia. Triunfadores que no podían dar un paso fuera de la posición conquistada. La misión fue cumplida por el coronel Serra Martins que rápidamente salió detrás de la expedición llevando a la brigada. sin embargo. en medio de dos combates.

En el fondo de la garganta. Entre las dos. la bravura teme­ raria. a compañeros que esa mañana estaban vivos y entusiastas: Thompson Flores. Gutierrez. Sousa Campos. que comandó por un minuto el 149 y tantos otros. nuestros soldados no podían sustraerse a la grave emergencia en la que héroes y pusilánimes se em­ parejaban. sumaban 599 bajas. configuraban un compromiso serio con el terror. Tristáo de Alencar Sucupira que había llegado agonizante con la 2 ^ columna. recamada a veces por las singulares antítesis. Ahora el heroísmo les era obligatorio. mil y tantos animales de montar y de tracción. arrojados por todas partes. la furia brutal de los cosacos inmortalizó al mariscal Ney 298. porque los ataba el cinturón de piedra de las trincheras. Porque. 926 víctimas. de todas las graduaciones. Allí que­ daron unidos. Néstor Vilar. El coraje. No se armaron barracas que quitarían espacio al área tan estrecha. con 75 del día anterior. los ahogados por las marchas. nada compensaba tales pérdidas ni explicaba semejante estado frente a planes de campaña tan pensados. Nada revelaba siquiera alguna sombra de campamento en el centro de las brigadas. La primera columna tuvo ese día 524 hombres fuera de combate que. Vamos a agregarle. Triunfantes . No podían con­ tarse los lastimados. insepultos. oficial honorario. un capítulo emocionante. centenares de cargueros— sin flancos. viendo por allí. totalmente desorganizada. abriéndola por la mitad.mal unidos por la presión del adversario que habían creído fácil de vencer. donde se improvisó un hospital de campaña. los hambrientos y los pusilánimes bajo la emoción de las muertes recientes. idéntico. Considerándolo. porque el retroceso era imposible. cosidos a bala en un pañuelo de tierra. La historia militar. Forzosamente heroicos. corría un sumidero largo. Estaban rodeados por el más original de los vencidos: carentes de piedad. El ansia persecutoria del persa hizo la resignación heroica de los "Diez mil” 297. Aquel surco del suelo. por la paridad del contraste. capitán fiscal del 2? regimiento que había caído con más de dos tercios de la oficialidad de artillería. si no por la amplitud del cuadro. era la imagen material del golpe que había reci­ bido la expedición. . sin retaguardia. La segunda se le unió con 327 bajas. La tenacidad feroz del jagunco transfiguró a los batallones del general Artur Oscar. apretándolos en un asedio indefinido y convertidos en fiscales incorruptibles. cerraban todas las puertas de la deserción. De modo que aunque no tuvieran valor. más de novecientos heridos y muertos. La tropa — cinco mil soldados. está llena de grandes glorificaciones del miedo. un artista que había ido hasta allí atraído por la sombría estética de las batallas. más de ochocientos baleados ponían sobre el tumulto la nota lancinante del sufrimiento irreparable. Dentro de él. . muerto en el comando fatídico del 7? de infantería. acorralados. se enfriaban los más fuertes. sin vanguardia. de urdimbre tan dramática.

Habían arrojado por los aires más de un millón de balas. Atronaban ahora el aire por encima del campamento. se quedaban inútiles. Y como el convoy reconquistado había llegado muy reducido. que los tontos victoriosos no replicaban. la tropa había perdido municiones de inesti­ mable valor para la emergencia. La 5^ brigada había perdido catorce hombres en un movimiento que hizo a retaguardia. Uno que otro soldado replicaba. Los demás. era un verdadero asedio. vencidos por la fatiga. La noche cayó sin que amenguase la lucha. Dándoles municiones com­ pletaron el destino singular de la expedición anterior que les dejó sus espingardas. Se apagaban las órdenes del día retumbantes. sin una sola línea estratégica que la vinculara con la base de operaciones. y al mismo tiempo. abrazados a sus espingardas. suficientes para prolongar indefinidamente la resistencia. golpeándolas con tiros largamente espaciados.y unidas. El 59 de policía perdió cuarenta y cinco. la mitad de la carga había quedado en poder de los sertanejos o inutilizada. caídos entre los fardos desparra­ mados. a no ser que se considerase como tal el peligroso camino del Rosario. Comenzó un régimen terrible de torturas. revelaban su vigilancia en torno. ya abatidos por una semana de alimentación reducida. Una luna fulgurante las desnudaba ante la puntería de los jagungos que. Estaban en el centro de operaciones y no podían dar un paso al frente o. . Fueron y volvieron en un tiroteo incesante por los caminos atrincherados. cortándoles el paso para la retirada después de haberlos paralizado para el ataque. Realmente. al azar. repleto de emboscadas. la tropa viviría en una alarma permanente. habían rechazado al adversario en todos los encuentros y lo sentían más amenazador a su alrededor. Al amanecer del 29 se verificó la insuficiencia de alimentos para la ración completa de los plazas de la 1^ columna. En pleno territorio rebelde. Desde esa fecha hasta el fin de la campaña. lo que era peor. EL COMIENZO DE UNA BATALLA CRONICA En la noche del 28 de junio se inició una batalla crónica. en Monte Santo. no podían dar un paso atrás. Los vencidos restituían así las balas. la expedición estaba aislada. en provocaciones feroces. * . sin que el más breve ar­ misticio permitiera una corrección de las filas. . disparando su arma hacia el aire. había abastecido al enemigo con cerca de cuatrocientos cincuenta mil cartuchos. presionándolos. tirados sobre el duro suelo. las dos columnas se detuvieron impotentes ante la realidad.

de los mismos subalternos. cayendo mu­ chas veces intactas. como el día ante­ rior. nuestras descargas. les perforaban los techos y las paredes. tirando por elevación y sin hacer blanco. y estallaban sin ampliar el radio de su acción. De modo que toda esa gente se movía a los encontronazos y en todos los sentidos. de todas partes. sin que se reventaran las espoletas. los combatientes comprendieron que era casi imposible la réplica en tiros divergentes. siendo ese día muertos dos bueyes mansos que hasta allí habían conducido el pesado cañón 32. en las ventanas abiertas en ojivas. el blanco predilecto fue la iglesia nueva. hasta ese momento en relativa calma. Por otro lado. no sopesaron suficientemente la eficacia feroz de los sertanejos. . Al amanecer les volvió el valor y a despecho de tantos acontecimientos. sin la dirección de una voluntad firme. pero se amortecían entre las frágiles resistencias de la arcilla. El primer tiro partió y golpeó sobre Canudos como una piedra en una colmena. a caballo de la aldea. De modo que en sus espíritus resurgió el pensamiento consolador del próximo de­ senlace. no tenía tampoco garantía de sustento por más de tres días después de repartir con la otra. los efectos del cañoneo fueron fran­ camente nulos. curar centenares de heridos. Allí se alineaban los jagungos. estrechos como troneras. reconstituir las brigadas. ordenar los batallones disuel­ tos. arrastra­ ban fardos y cadáveres. se agrupaban al azar en simulacros de formaciones. Estos trabajos indispensables se realizaban sin método. partiendo hacia el amplio círculo del ataque. Además. significaban malbaratar las escasas municiones. . ante un bombardeo vigoroso que propiciaban las ventajosas po­ siciones de la artillería. por detrás de las paredes maestras. Las granadas. Pero no hubo esfuerzos convergentes y útiles. surgía espontánea. Al mismo tiempo se les presentaba una tarea penosa: hacer de ese montón de hombres y equipos un ejército. . retiraban las muías cuyas patas eran una ame­ naza permanente para los heridos que se arrastraban a sus pies. se echó mano a los últimos recursos. El campamento. o a ras del suelo. De modo que apenas comenzada esta fase excepcional de la lucha. La colaboración justificable de los comandantes de cuer­ pos.La 2 ?. más de una vez. Por eso. Todavía no los dominaba completamente la desesperanza. aunque mejor aprovisionada. fue de pronto barrido por descargas y. enterrar a los muertos y extender el área reducida por los fardos y las cargas. Pensaban que una villa abierta no podría soportar por muchas horas las balas de diecinueve cañones modernos. destacándose sobre el caserío como un baluarte imponente. escondidos en las torres o más abajo. explotando sobre las casas. encajados en una hondura del morro. como el día anterior. improvisaban trincheras. sobre la base cortada por respiraderos. en la sugerencia de un sinnúmero de medidas urgentes. sobre inocuas.

como no sabían de esas exquisiteces de la civilización. un sobresalto instantáneo. Enlazada la presa. como si brotasen del suelo. como al segundo teniente Odilon Coriolano y a algunos plazas. estruendoso e inofensivo. Sin embargo. lo rodeaban. Hasta un médico. después lo apretaba. pero cuando creían haber vencido y levantaban sus ban­ deras y llenaban la soledad con los toques de los clarines. no pudo reprimir el ansia de apuntar. El escape de gases de la pieza mal obturada. . incluso una compañía. aunque fuese con trayectorias desviadas. De buen grado otorgaban a sus adversarios el goce de vic­ torias inútiles. apoyada en todos los accidentes del terreno protector. Cayó herido. . una eterna reproducción de los mismos hechos. las otras se perdieron. retráctil. Era la lucha de la sucuri con el toro fuerte. . lo hizo explotar. principalmente. Aquel duelo a distancia demostró ser imprudente. para relajarse de nuevo.Para ella se preparaba el Withworth 32 que vino precisamente para derribar sus muros. cada uno quería disparar con él. Era un sitio en regla. Sólo una cayó sobre el atrio. del apresuramiento con que lo manejaban. La gran pieza — el mayor cañón de fila— se había convertido en un monstruoso fetiche que desafiaba el despertar de las viejas ilusiones. Cayó la noche y no se había adelantado nada. El incidente es una muestra de cómo se luchaba. Jadeantes. las balas desde todos los flancos. se sentiría de nuevo el asedio. Los hombres equipados por los recursos bélicos de la industria moderna. rugió sobre ella ese día sin tocarla. Al alba del 30 el campamento fue atacado. Una brigada. Se apuntaron otra victo­ . arrojando por la boca de sus cañones toneladas de acero encima de los rebeldes que les anteponían la esgrima magistral de sus artimañas. . volviéndose el bombardeo. . eran materialmente los más fuertes y brutales. . Allí había una inversión de los papeles. le permitía el cansancio del movimiento y de la carrera. matándolo y que­ mándolo. mientras que las descargas circulantes seña­ laban de modo ineludible el asedio que sufrían. La táctica invariable del jagungo se mostraba en ese resistir con retrocesos. Como siempre. aunque disfrazado por la escasez de las líneas enemigas que tiraban flojamente en radios indefinidos por las laderas del morro. fue un choque. un batallón. ma­ neándolo. Alfredo Gama. otra vez le permitía agotarse escar­ bando con las pezuñas el suelo y nuevamente lo ajustaba. una salva imponente al coraje de los matutos. podría quebrarlas con una carga de bayonetas pero cuando parasen. Esa mala estrella del coloso derivó. Las balas pasaban silbando sobre su techo. Era una nerviosidad loca. distendía los anillos. ansiosos. encendió un barril de pólvora que estaba cerca. El cañoneo del 29 no los impresionó. Es natural que la refriega resultase inútil. perdiéndose en las casuchas pegadas. arras­ trándolo hasta el ahogo completo. acompañaban los himnos triun­ fales con las balas de sus trabucos. circulares.

golpeaba desde los cerros vecinos. Ultima expedigáo a Canudos. el 30 de junio las fuerzas estaban bien dispuestas. el 30. Y el ejército. se mancillaba su renombre y en breve tiempo. Pero el general en jefe rechazó la idea: "pensando que de Monte Santo. monótonas. en los flancos de la montaña. "Sea como fuere. como el día anterior. como el día anterior. Se afirmó definitivamente un régimen insostenible. allá abajo. de una licencia. entró en un período de privaciones indescriptibles. El enemigo fue rechazado por todas partes. De motu proprio. además de acumularse bajas diariamente. golpeando. quedaría agotada por la falta total de provisiones. Algunos oficiales superiores suge­ rían la única salida — forzada y urgente— que podía asumirse: el asalto inmediato a la aldea. los soldados realizaban. cuya aspiración predominante era cruzar el Vaza-Barris que les representaba la abun­ dancia de que estaban privados.ria. cayendo todo el día sobre la tropa. en seguida se podía realizar el ataque a la ciudadela. llegaría un convoy de alimentos como le había asegurado el diputado del Cuartel Maestre General y sólo entonces. sin variante alguna. Intermitentes. Para ello existía la mejor disposición de los comandantes de las columnas. Pero volvieron horas después y volvieron a ser rechazados. La artillería. Pero ese convoy no existía. sin la formalidad. AVENTURAS DEL ASEDIO. sin capacidad para dos. que a su partida ya sufría los primeros aguijones del hambre. Abandonarla era dejar las contingencias de un cerco más peligrosas que las alternativas de una batalla franca. en una posición estática. separados en * Coronel Dantas Barreto. . diseminó algunas balas sobre los te­ chos. Y una fusilería floja. para esperarlo en las Baixas y desde allí escoltarlo hasta el campamento. La estadía en la Favela era demasiado inconveniente porque. se desmoralizaba la expedición. la brigada del coronel Medeiros. y retornaron pasado un intervalo y fueron de nuevo repelidos. después de tres días de ración completa. dispensable en la emergencia. . brigadas y cuerpos y de los oficiales subalternos y de los soldados. no encontraron nada y prosiguieron hasta Monte Santo donde tampoco existía nada. . en breve. CAZAS PELIGROSAS Se vivía a la aventura. Enviada a su encuentro. la artillería podía continuar con el bombardeo de Canudos durante algunas horas más. como el flujo y re­ flujo de las olas. cuanto más para cerca de seis mil hombres” *. atacaría el baluarte del Conselheiro”. rítmicos.

se perdía por las planicies. después de muchas horas de inútil esfuerzo. perdidos por esos campos o muertos en alguna lucha feroz para siempre ignorada. . Seguía deslizándose lentamente. se echaban sobre los bueyes. . advertido del bulto a último momento. oía un sonar de cencerros. rompía el silencio de las planicies. co­ piándoles la astucia. Porque los jagungos ponían trampas imprevistas a los bisoños cazadores que. La caza cazaba al cazador. refugiándose en todos los acci­ dentes del terreno— pasaban por trances temerarios. no volvían más. Y éste. aparecían en un corral cerrado unos bueyes. avanzando sobre los rastros. Pegado al suelo. y en­ tonces se reanimaba esperanzado. Otros. nítida y clara. abandonados desde el comienzo de la guerra. muy disparejos en la habilidad. llena de balas la car­ tuchera. generalmente caía ante un tiro seguro si no tiraba primero. o robando ganado. A la noche volvía al campamento con las manos vacías. . peligrosas excursiones por las cercanías. presagio de caza. a despecho de los riesgos. Por un momento se recobraba de las fatigas. la marcha cautelosa. Otras veces. en cualquier abertura de la caatinga podía encontrar. Era una trampa sutilmente preparada. salía de las huellas descu­ biertas para entrar en los pastizales. no sabían evitarlas. la espingarda pronta. asombrados. El soldado hambriento. talando los escasos cultivos de maíz o mandioca que había. porque es costumbre en el sertón que las cabras lleven cencerro. Los ojos y oídos aguzados para captar los mínimos movimientos y los mínimos rumores. abatiéndolos de un tiro o matándolos con el cuchillo y a su vez caían. perseveraba en su exploración a través de la maraña. . ante un grupo de hambrientos. silencioso de movimientos pero haciendo sonar cada vez el cencerro sujeto a su cuello. y se sentía feliz y aun­ que volviera a oírla lejana. Era el último recurso. Controlando su andar cauteloso para no espantar a la presa huidiza. en lugar de la cabra aparecía el cabrero feroz. bajo las descargas que partían de las emboscadas laterales no vistas. el valiente hambriento. guia­ do por la música de la campanilla que. en lugar del animal arisco. Y los que a ellas se arrojaban — vestidos como los jagungos. No se pueden individualizar los episodios parciales de esta fase oscura y terrible de la campaña. apenas miraban los alrededores para saltar sobre la cerca. No imaginaba los riesgos que corría. pasaba largas horas en su exploración exhaustiva. inexperto. .pequeños grupos. No se podía evitar ni tampoco prohibir. Pero los hambrientos. Así es que. A veces resultaba un esfuerzo vano. finalmente. Las salidas de caza se hicieron entonces obligadas. Hasta que la escuchaba cerca. A partir del 2 de julio sólo hubo harina y sal para los enfermos. resguardándose como si fuese a cazar leones. cazando cabritos casi sal­ vajes por allí sueltos. más infelices. al jagungo sinies­ tro y traicionero que a su vez andaba buscándolo.

Recibían media docena de tiros de sus incorpóreos adversarios. Los cuerpos en misión exploratoria se escurrían por los claros. Algunos murieron envenenados por la mandioca brava y otras raíces que no conocían. Sin glorias. Finalmente. los lanzaban en tropel todas las tardes hasta un corral al costado del cam­ pamento. pero nunca aban­ donaban la inquieta presa conseguida. al principio. rengueantes bajo las espuelas. en prodigios de equitación y coraje. traidoras. conteniendo al mismo tiempo a los bueyes alborotados. tomaban los cocos de los ouricuris y cortaban los troncos blandos de los inandacarus. atenuaron esa alimentación de fieras. Como los nativos infelices. Para los inex­ pertos era incluso peligroso. los soldados apelaron a la flora providen­ cial. A partir del 7 de julio cesó la dis­ tribución de alimentos a los enfermos. como ecos de esos desconocidos combates. El día anterior se dis­ ponían los batallones para la caza. poroto y mandioca que.Desde el campamento muchas veces se escuchaban tiroteos nutridos y prolongados. Se hizo necesario buscar otros recursos. El ganado diariamente conseguido — ocho o diez cabezas— era un paliativo insuficiente para el minotauro de seis mil estómagos. Pero este recurso no bastaba. les faltaba el agua. y al enemigo que los baleaba. Triste avanzar sin banderas y sin clarines por la aridez de los campos. cuidaban el fondo. Y en estos encuentros rápidos y violentos. Cada día aumentaban esos hechos. en agua salobre y sospechosa. de sor­ presa caían en una trampa al trasponer una bajada. hacían batidas palmo a palmo por esas tierras de flora ya marchita porque había entrado la estación sin lluvias. Volvían vencidos y cansados. Se alimentaban de cactos que les engañaban a un mismo tiempo el hambre y la sed. defendían los flancos. Cavaban alrededor de los umhuzeiros para arrancarles los tubérculos. Además la carne cocida sin sal. Sin medir distancias ni peligros se largaban por la desconocida región. Finalmente. se habían terminado prontamente. invisibles. Sólo el escuadrón de lanceros actuaba con cierta eficacia. era casi intragable. Repugnaba hasta al hambre. sin ningún ingrediente. El enemigo les perturbaba el trabajo. arremetían para adelante. se reglamentaron esas aventuras. Diariamente salía a hacer batidas por los alrededores. Además de reunir a las reses debían evitar que se las dispersaran con súbitos ataques. o chamuscada en clavas de hierro. muerto por un tiro. . y encontrados en la carrera los bueyes esquivos. Montaban los caballos estro­ peados. Eran verdaderas partidas de plazas armados. no pocas veces quedaba de bruces. Las pequeñas zonas con cultivos de maíz. un soldado sediento. Las líneas enemigas se extendían adelante. En los hilos rasantes del valle de las Umburanas. pero igualmente los gauchos reali­ zaban hazañas de pialadores. deseosos de escapar.

Acostumbrados a la frugalidad. en el transcurso del día. hacía un giro largo y torturado. Al principio reaccionaron bien. la insistencia de los ataques era superior a sus fuer­ zas anímicas. Cada día que pasaba sin noticias sobre su llegada aumentaba el desaliento. El ataque había terminado. Además. No podían tenerla. lentamente. tuviese el compromiso bárbaro de ser el verdugo de . No tenían una hora de tregua. mutilados. . Sufrían ataques súbitos de noche. formaba. . iba y venía. Después flaquearon. a veces cargaban sobre la artillería. velando junto a los triunfadores. harina. a dos pasos. los rudos campeones que en las épocas felices pasaban el día con un poco de mandioca y un trago de agua. sobre todos. bolsas de carne seca. los adversarios vencidos en todos los en­ cuentros. pues. a lo lejos. cierta vez. de mañana. más serias. Le dieron un nombre humorístico al hambre. La 5^ brigada. delirantes de fiebre. Pero el enemigo seguía allí. Era la señal de la altivez salvaje con que se echaban a la guerra los jagunqos. en las que apenas se distinguían las subdivisiones tácticas y se batían nerviosamente durante cierto tiempo. caía una bala entre los batallones. siempre imprevistos. La disciplina se relajaba. volvían a las líneas de fuego sin que el ayuno disminuyera su arrojo. Nuestros soldados no la tenían. El blanco variaba. Las aventuras de la caza los distraían y cuando sonaba la alarma. café y azúcar mezcladas con las cenizas de las hogueras que las habían consumido. inciertos. a punto de aprovechar apenas las municiones de los convoyes asaltados. otras sobre uno de los flancos. aparecían irreprimibles. como si un tirador solitario. encontró en los alrededores. parecían bien abastecidos. comenzaron a vivir de la incierta limosna de sus propios compañeros. habían refinado su abstinencia disciplinada hasta una capacidad de resistencia increíble. que había salido en busca del convoy de ayuda y de la cual no se sabía nada. al ir hasta Baixas. bala a bala. como borborigmos de estómagos vacíos. se sumaba lo incierto del futuro. Por un contraste irritante. Se volvía a la paz anterior. consecuencia de los anteriores. baleados. la resignación de los soldados los agotaba. no tenían tantas provisiones como para justificar esas acciones. señalando los caminos casi hasta las proximidades del Angico. DESANIMO A medida que esto se agravaba surgían nuevos hechos. iba de uno a otro flanco. Los asaltantes eran rechaza­ dos. Sobre el aniquilamiento físico. finalmente. pero minuto a minuto. inevitables. un círculo de espanto. impotente para hacerlos callar. recorría todas las líneas. Murmullos de protesta ante los cuales la oficialidad fingía sor­ dera. Estaban allí en función de la espera de una brigada. otras. con precisión inflexible. desde lo alto de un cerro remoto. la 1^.Y los infelices. la tropa se formaba en filas torcidas. Sonaban los clarines.

contra las expectactivas. en esa intermitencia de refriegas furiosas y rápi­ das. Se descubrían las trin­ cheras circulares: por la izquierda. porque no pocas veces. Hasta que murieron todos. como si fuese una legión. apenas tiraba dos o tres tiros espaciados. Mientras se empleaban de tal modo los días. La misma artillería. Él ascendiente de los matutos crecía día a día. . Se hicieron cargas cerradas de bayonetas. huyendo entre las filas feroces 2 ". según la llamaban. el ánimo estuviera decaído. volvían a la misma tarea. El odio a los cañones que diariamente les destruían los templos. los sertanejos penetraron de lleno en el campamento hasta el centro de las baterías. aproximándose por el camino del Rosario. se estremecían ante el silbar de esos proyectiles espaciados. amenazando el puesto de carnes y reduciendo el área de pasto donde se encontraban los animales de tracción y de mon­ tura. las noches se reservaban para enterrar a los muertos. . la "ma­ tadora”. el 19 de julio. Fueron pocos los que se arrojaron a la em­ presa. y por la retaguardia. . La tropa tuvo otra victoria poco lisonjera y aumentó el respeto por la temeridad del adversario. buscando al azar un blanco. guiados por Joaquim Macambira. Y al día siguiente. misión no sólo lúgubre sino peligrosa. Volvían con pocas bajas o completamente indemnes. cayendo baleado dentro de la fosa común que con sus manos había abierto. el enterrador aumentaba el entierro.un ejército. A veces. los asaltos no cesaban pronto. ciertos días. hijo del viejo cabecilla de igual nombre. Es natural que una semana después de la ocupación del morro. En un aumento aterrador. Y lo era. cada vez más cercanas. Y así se iban los días. a toques de corneta. todavía jadeantes por los encuentros guerreros. y largas reticencias de calma. una víctima singular entre miles de hombres. Los cuerpos destacados para tomarlas y destruirlas las tomaban y las destruían fácilmente. las trincheras amenazadoras. tomaban todas las líneas y adquirían color de batallas. salvo uno. por la derecha. Valientes. los llevó a la hazaña invero­ símil de capturar o destruir al mayor de ellos. festoneadas de balas. Apenas once. En uno de ellos. Pero ante el diminuto grupo se formaron bata­ llones enteros. que escapó milagrosamente. cerrando el paso hacia la Fazenda Velha. reconstruidas por las noches. el Withworth 32. verificando la ineficacia del cañoneo y la necesidad de cuidar la reducida munición.

No retrocedería. vio y se quedó. fuera como fuese. debía hacerlo. Llegó. hallando en las coyunturas más críticas siempre una frase explosiva. que se había obstinado en permanecer allí. y realizando una embestida original. Solamente el prestigio de algunos jefes de cuerpos la sal­ vaban de la desorganización completa. le opone la fuerza obstinada de la inercia. según la opinión de sus mejores auxiliares. sin bases y sin líneas de operaciones. lo agota.LA ACTITUD DEL COMANDO EN JEFE Se esperaba a la brigada salvadora. Guiando a la expedición. Si por un golpe de mano. Inflexiblemente inmóvil delante del adversario. Era la convicción general. la expedición estaría perdida. El estado de la fuerza facultaba todavía una defensa floja de esa posición pero imposibilitaba prolongar el esfuerzo por más de ocho días. Se afirmó en su única cualidad militar sobresaliente: la tendencia a enraizarse en las posiciones conquistadas. Finalmente estaban las dos columnas reunidas y la aldea se extendía a la distancia de un tiro de männlicher. No lo hizo. buen relator de hazañas asombrosas. se transforma. ilusionado al principio con el milagro de un convoy de apoyo. en una campaña. el error tardíamente corregido del abandono del convoy le impedía atacar. no delibera. No lo vence. perduraba el peso de la disciplina. que el enemigo podía y no supo dar. incom­ parable para idear encuentros sorprendentes. sólo adopta una táctica: la inmovilidad. Quedó colocado en una situación insostenible . En algunas brigadas. le hubiesen cortado la marcha en las cer­ canías del Rosario o del Angico. dejando de lado todas las circunstancias intermedias. Inquieto y ruidosamente franco. en un medio tan exigente. Llevando seis mil bayonetas hasta las orillas del Vaza-Barris ganaría la partida. Resiste. de cualquier modo. y con asom­ bro de los que lo conocen. casi fanfarrón. no previo la eventualidad de un fracaso. Completó así el primer error con otro. encarando la profesión de las armas por el lado de lo caballeresco y tumultuoso. se concentró completamente en el objetivo de la lucha. un trazo vigoroso de jovialidad heroica que las remarcara. Cambió un verbo en la afirmación clásica del romano y siguió 3 0 0 . lo cansa. Si el día 28. tal general. No lo combate. Todo lo demás era secundario. mostrando continuamente todas las impacien­ cias y todos los arrojos de un temperamento nervioso y fuerte. ahora se justificaba en la total imposibilidad de moverse. la necesidad de un retroceso. Tenía un solo plan: ir a Canudos. por la dedi­ cación personal de sus comandantes. El general Artur Oscar. no lo turba con ata­ ques bien combinados y con cargas furiosas. a veces valiente. el día 30. Desde el comienzo se dedicó a su fase final. Este atributo contrasta con cua­ lidades personales opuestas.

Era el único culpable. un solo buey — flaco. No podían. la tropa no resistiría. al volver de la inútil diligencia. La vista buscaba. si no lo socorriese el curso caprichoso de los acontecimientos. . "¡Nao Ihe afrouxara o garrüol. despuntan­ do las mismas horas de la misma manera. inflexible. prisionera de un asedio cuyas líneas se distendían elás­ ticas ante las cargas y se apretaban en seguida. algunos se distraían contemplando la aldea intocable. . Y enarbolando febrilmente el lápiz de los cálculos. Aflo­ jaba. estructurando fórmulas admirablemente abstractas con sacos de harina y bolsas de carne seca.de la que. De hecho. inmóvil. estoico. Ya aparecían. fue. restando. cuya absolución presumía una culpa mayor: el olvido de su autonomía incondicional de jefe. * No aflojarle el garrón. . quizá no pudiese salir. co­ mandado por el capitán Gomes Carneiro. recomponiendo todos sus puntos. transido de hambre. volvían sin rastrear ni una señal de su existencia por los caminos vacíos. . No se pensaba que la ilógica acusación recaía por entero sobre el comando en jefe. (N . el 15?. despedazaba el filo de los comen­ tarios más desanimados o las conjeturas más desalentadoras. . sintiendo la gravedad de su precaria situación. Los bata­ llones. el día 10. ese funcionario tenía. El diputado del Cuartel Maestre General. en los pocos momentos en que se atenuaban los asaltos. . . no se desanimaba. les daba a los combatientes la indefinible impresión de la inmovilidad del tiempo. en alusiones agrias. idealizando convoyes. poniendo el hambre en ecuaciones. Sin embargo. la víctima expiatoria de todas las crí­ ticas. una economía embrutecedora. sordos rencores contra los ima­ ginarios responsables de esas desventuras. Era todo su esfuerzo. La sucesión inva­ riable de las mismas escenas sobre el mismo escenario pobre. Sin embargo. un buey. en la Favela: sumando. como un golpe de sable. . Uno de ellos. a la distancia. fatigada de hacer retroceder al adversario sin destruirlo nunca. por la permanencia en el cargo. diariamente mandados hasta las Baixas. un punto cualquiera que pudiera servir de re­ fugio. Y por encima de todo. . Compartía el destino común con resig­ nación. encontró como suprema irrisión. discutiendo estupendas soluciones sobre cargueros fantásticos. estéril. de T . multiplicando y dividiendo. A la tarde o durante el día. acobardarse. entonces y después.). ” * su frase predilecta que largaba violentamente. No había noticias de la P brigada. vacilante sobre las patas secas— una arroba de carne para seis mil hambrientos. con el que quería distraer la impaciencia general. El ojo se embarullaba en la maraña de las casuchas. toda su confianza. permanecía.

Hacía callar el bombardeo. tres. . cinco mil. cuatro mil. Los soldados escuchaban entonces. En la lejanía. el dibujo misterioso de un paisaje bíblico y la infinita tristeza de las colinas des­ nudas. . aliado de la Providencia. Un río sin agua. recordando un rincón de Idumea.Y contaban: una. desapareciendo después. el mismo instrumento doblaba sacudiendo las vibraciones de la alarma. E intercaladas en los ruidos del ata­ que. No perdía una sola nota. esterilizada para todo y para siempre por la maldi­ ción de los profetas y por el reverbero de las planicies del Yemen. Quince o veinte mil almas metidas en esa tapera babilónica. Estallaban por encima y alrededor. más lejos. fuera lo que fuese. colada entre las espesas paredes del templo casi en ruinas. la gran plaza vacía. la cadencia melancólica de los rezos. Corría una guarnición de llamas por las cumbreras de las iglesias. . convertido en camino polvoriento y largo. rápido. las voces suaves se esparcían sobre la resonancia del ataque. allí estaba. Nada más. Una réplica violenta estallaba sobre la tropa. . Al caer la noche. los toques del Ave María. misteriosa y vaga. Los cañones de la Favela bramaban despiertos por esas voces serenas. agrestes. 801. vacilaban frente al enemigo. ése era el cuadro de aquel extraño escenario. Ese estoicismo singular los impresionaba y los dominaba. la cuerda ondulada de las sie­ rras igualmente desiertas. La aldea — compacta como las ciudades del Evangelio— completaba la ilusión. Las mismas balas que usaban revelaban efectos extraños. ¡Cinco mil casas o más! ¡Seis mil casas! tal vez. de allá ascendía. en ondas sonoras que se esparcían por la quietud total y refluían en las montañas lejanas. El silencio descendía mortecino sobre los dos campos. un bulto. en el paraje legendario que prolonga la banda meri­ dional del Asfaltites. . sin árboles. Alrededor. Pasaba por la plaza y deflagraba por las faldas del morro. . apenas extinguidos los ecos de la última campanada. indistinto y fugitivo. Imaginaban que tenía recursos extraordinarios. torneándolas. cruzaba. E invisibles. resonando largamente en el de­ sierto. Como si la tierra se ataviase en ciertos trechos para idénticos dramas. Crepitaban en los aires con estallidos . Caía como un fulminante sobre la aldea. dos. cortaba un callejón estrecho. La cam­ pana impasible no claudicaba un segundo en el intervalo consagrado. Y como en el alma llevaban las mismas supersticiones y la misma religiosidad inge­ nua. corriendo. Era una predestinación. Cruzaban sobre el humilde campanario las trayectorias de las granadas. Cumplida la misión religiosa. recortadas nítidamente sobre el horizonte claro.

Tales hechos arraigaban en la soldadesca. Por cierto tiempo quedaban fuera del cuadro miserable del campamento. insistentemente propalada después. las ambulancias y el contrapeso de mil y tantos heridos. silenciado de miedo. Como en los malos días de los sitios legendarios rememorados en an­ tiguas crónicas. en las que el soldado se aventuraba a los mayores riesgos. inepta para el cono­ cimiento de la ley física que los explicaba. Un cigarrillo era un ideal epicúreo. . bajo la fiscali­ zación incorruptible del enemigo. Los jagungos romperían. Envidiaban los peligros. Si lo intentase. la convicción de que el adver­ sario. Pero la retirada era im­ posible. anónimo. veinte plazas del 33° dejaron a sus compañeros. las líneas de fuego de los soldados completamente exhaustos. como si reventasen en innumerables astillas. esmeraba en los estallidos su salvajismo sin piedad. . Empezaron las deserciones. en consulta vacilante a los compañeros. En todos los espíritus permanecía el deseo de dejar ese sitio siniestro de la Favela. las embos­ cadas. Entonces se creó la leyenda. El día 9. Pero si la P brigada demoraba más de ocho días su llegada. Deserciones heroicas. las cosas más vulgares adquirían connotaciones fantásti­ cas. en un asalto. prefiriendo el tiro de misericordia del jagungo a esa lenta agonía.secos y fuertes. insidioso. Una brigada ligera podía. impunemente. Y uno a uno. incomprensibles casi. Al menos tenían la esperanza de las presas acaso conquistadas. Todavía se acepta la hipótesis de que los estallidos pro­ venían del desigual coeficiente de dilatación entre los metales que cons­ tituían el proyectil. barrer los alrededores y volver. terriblemente equipado. y que a eso se debía la naturaleza excepcional de las heridas. penetraba entre los batallones. por fin. con el tardo movimiento que le imponía la artillería. de las balas explosivas de los jagungos. . ni este recurso quedaría. expandiéndose el núcleo de plomo más rápidamente que la camisa de acero. hundiéndose en el desierto. A veces se hablaba de la retirada. los combates. El ejército no. una raíz de umbú o una rapadura valían como manjares suntuarios. Quedarse a despecho de todo era el recurso supremo y único. diariamente. La bala penetraba los cuerpos dejando visible el círculo del diminuto calibre y salía por un rumbo ancho de tejidos y huesos lasti­ mados. otros los imitaron. despertando apostrofes y protestas violentas tanto como un silencio comprometedor y sospechoso. Los batallones que salían en diligencias hacia variados puntos desper­ taban envidia en los que quedaban. se consumaría una catástrofe. El rumor sordo.

transfigurando los rostros abatidos. se cruzaron en todos los sentidos. una salva de veintiún tiros de bala la conmemoró. Caía la noche. apareció inesperadamente en el campamento. vibrando largamente por los des­ campados. Los matutos fueron sorprendidos temprano porque hacía poco más de cien años un grupo de soñadores había hablado sobre los derechos del hombre y había peleado por la utopía maravillosa de la fraternidad humana. El ataque contra la aldea era urgente. Traía un oficio del coronel Medeiros notificando su llegada y requiriendo fuer­ zas para la protección del gran convoy que conducía. El día era propicio: la fecha de una fiesta nacional3 0v Por la mañana. resonaron los clarines. El comandante de la P brigada había comunicado al volver que en la pretendida base de operaciones no existía nada. No puede describirse. Parecía un gladiador pujante entre bosquimanos inquietos. El rudo vaquero. em­ puñando a modo de lanza su picana. Se encontraba total­ mente desprovista y había tenido que organizar con dificultad el convoy . en abrazos. . se formaron las bandas de todos los cuer­ pos. un vaquero. ■ ■■ ' V ’ ■■■■ EL ASALTO: PREPARATIVOS El convoy llegó a lo alto de la Favela el 13 de julio y al día siguiente. montando en caballo montaraz. . en gritos. corrió la nueva auspiciosa y. en estrepitosas exclamaciones. El torrente ruidoso de las exclamaciones rodó hasta la zanja del hos­ pital de sangre. el toque del Ave M aría. sin embargo. Los enfermos y los moribundos silenciaron sus gemidos transformándolos en vivas. planearon el ataque. De Canudos ascendía. miraba sorprendido todo eso..La tarde del 11 de julio. De una a otra punta de las alas. . embarulladas. las notas metálicas de las marchas marciales y miles de gritos de triunfo. Estallaron h im n o s. . mezcladas. Fue un choque galvánico sobre la expedición abatida. convocados los comandantes de las brigadas a la tienda del general Savaget. vestido de cuero. escoltado por tres plazas de caballería. Su corpulencia de atleta contrastaba con los cuerpos esmirriados que se amontonaban alrededor. enfermo por una herida recibida en Cocorobó. . moviendo febrilmente en inmensa alacridad a los soldados. El soplo del Nordeste hinchaba las banderas y arrastraba hasta la aldea. Se enarbolaron las ban­ deras. . en un ondular sonoro que vagaroso avasallaba el silencio de los campos y se extinguía poco a poco en ecos por las montañas lejanas..

Los demás. con disensiones minúsculas. fueron vistos en grupos que incluían mujeres y niños. El ataque por dos puntos. que se preestableció realizada sin que la perturbase el enemigo. El día 16 mostraron el mismo atrevimiento desafiante con el adversario abaste­ . Ese mismo día. mientras la artillería. Las opiniones. Persistía en los ánimos el intento de no realizar lo que la campaña reclamaba desde el comienzo: la división de los cuerpos combatientes. no tuvieron autorización para andar según su voluntad por el lugar en que acampa­ ban. la potencia pesada de las brigadas. El movimiento. derivando por los contrafuertes de la Fazenda Velha. El día 15. se haría rectilíneo al final y si fuese logrado con éxito. Pero no se observó el teatro de la lucha. sin que los reconquistara el 3 O 9 de infantería que fue inmediatamente destacado para esa diligencia. incluso en el caso de quedar desbaratados. sin dejar su posición. fortalecidos por el voto favorable de los tres generales. y capturados algunos animales de remonta y de tracción. la artillería y dos brigadas como reaseguro. se pusieron de acuerdo en la idea del ataque en grandes masas por un solo flanco. Lo demostraban los hechos recientes. los jagungos. imperioso e intuitivo. Ese era el único plan. después de una marcha de flanco de casi dos kilómetros hacia la derecha del campamento. hacia el Vaza-Barris. no los había alcanzado. Dos semanas de cañoneo y el refuerzo de municiones en el campo adversario. una vez más. por el camino de Jeremoabo y por la extrema izquierda. avanzando por el lado derecho del campamento. los expedicionarios. bombardearía el centro. La travesía de uno a otro grupo significaba la muerte. Los revigorizaba. frente a su agilidad. no les había disminuido el ánimo. doblarían a la izquierda. Los comandantes de la 3^. prevaleció. Esta era cierta y se preveía que a todo trance. El plan confirmado era el más simple. a dos pasos de la 2 ^ columna. al principio contorneante.que trajo. Podrían trasladarse a salvo hacia las inaccesibles posiciones del Caipá. 4^ y 5^ brigadas optaron por el abandono preli­ minar de la Favela hacia una posición más cercana de donde partiese el ataque. Habían caído baleados el sargento ayudante del 9 9 y varios plazas. Deliberaron. El 25? batallón. o hacia cualquier otra. atacarían de lleno hasta la misma plaza de las iglesias. El enemigo iba a tener. llevando hacia la aldea numerosas reses. satisfechos y alentados de nuevo por la esperanza de la victoria próxima. Fue asaltado el sitio de los animales. enviado al ataque. desde donde renovarían la resistencia. el que en poco tiempo se agotaría para reproducirse la misma situación anterior. vol­ viendo aun a la izquierda. Se reincidía en un error. tendrían franca la retirada hacia tres ángulos del cuadrante. Desde allí. que surgía de la más ligera observación del teatro de la lucha. Esta posición que poco difería de la otra. como si ideasen una osada parodia a la reciente llegada del convoy. Las dos columnas. tuvieron una opinión diferente: permanecer en la Favela con el hospital de sangre.

lo que además era inapropiado para la zona de combate. Mas esto sólo sería posible si. el suelo ondeado en colinas y surcado por zanjas. llevando la formidable escolta de dos batallones. El coman­ dante general oscilaba entre extremos. fue recibida con delirio. el ataque debía ate­ nerse a la condición esencial de no comprometer en él a toda la fuerza. tuvo que hacerlos combatiendo. no las satisfa­ cían. Vista desde lo alto de la Favela. adrede elaboradas para las condiciones excepcionales del medio y del adversario. cada soldado busca a su compañía. a golpes. Dejó la vaci­ lación inhibitoria que lo mantuvo en lo alto de la Favela para pasar a la obsesión delirante de las cargas. a medida que progresara barriendo las trinche­ ras abiertas en los altos y en los flancos. hasta que fi­ nalmente se operase en el terreno el retroceso del antagonista. el coman­ dante en jefe. Después de cada carga. hecho por una sola brigada. . La comisión de ingenieros. para hacer unos ligeros reconocimientos por las cercanías. sugería un orden disperso. en una deducción osada. sería gradualmente seguida por las otras que la reforzarían en los puntos más convenientes. Esta actitud mostraba que el enemigo iba a reaccionar con vigor y como no se conocían los recursos con que contaba.cido. concen­ trando a todas dentro de la aldea. . daba vuelta a la página futura poniendo ante los combatientes el milagro de la victoria. "Dada la señal de carga nadie más trata de evitar la acción del fuego del enemigo. Esta vanguardia combatiente. Era preciso hacer retroceder a los tontos bandidos de una sola vez. de la inercia absoluta a los movimientos impulsivos. ésta parecía ser de fácil acceso. por el lecho seco del Vaza-Barris. Apoyándose en las hazañas anteriores. Las se­ sudas combinaciones concretas de un combate. Saltaba de la quietud al ataque total. imposibilitaba el desen­ volvimiento rápido de las columnas. A pesar de ello. libremente extendida y actuando fuera de la compresión de las filas compactas e inútiles. permitía prever las dificultades de un ataque en masa y por sí mismo. cada compañía a su batallón y así todos”. Se carga sin vacilar con la mayor impetuosidad. Iba a hacerse lo contrario. Estas instrucciones concordaban con las tendencias generales. la batalla tuviese una demostración preliminar o recono­ cimiento enérgico. El rencor largamente acumulado por los anteriores fracasos exigía desquites fulminantes. ellas son la nota predominante. Atacaron sobre todas las líneas. Todos los dispositivos quedaban supedi­ tados a esa preocupación absorbente de los choques violentos: tres mil y tantas bayonetas cayendo como un caudal de hierro y llamas. La orden del 17 de julio señalando el ataque para el día siguiente. el 7? y el 59. En las disposiciones dadas el día 16. meterlos dentro de la cueva de Canudos a coces de armas. . excluyendo las cargas de pelotones masivos precipitándose por los cerros.

Carlos Augusto de Sousa y José Xavier dos Anjos. todo lo espera de vuestro coraje. La 2? la acompañaría cerrando la retaguardia. otros dos en lo alto de la Favela y dos asaltos que el enemigo hizo a la artillería. todos comandados por capitanes. Alberto Gaviáo Pereira Pinto. que combate sin ser visto. Se refugiaba allá abajo. temeroso y callado. se formaba con el 12 9 y el 319 bajo el mando de los capitanes José Luis Buchelle y José Lauriano da Costa. Entrarían en acción 3. la 6 * del coronel Donaeiano de Araújo Pantoja. leída con aplausos el 17. ha sufrido pérdidas considerables. el enemigo no ha podido resistir vuestra bravura.349 hombres repartidos en cinco brigadas: la 1? del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. En la Favela quedaban cerca de 1. Ante ella. . reunía el 59. Villar Coutinho. compuesta de dos batallo­ nes. esta última recién formada. Era fatal. las fanfarrias de los cuerpos vibraron hasta la caída de la noche. El 5 9 de . El campa­ mento no fue molestado. guardando la posición: las brigadas 2? y 7^ de los coroneles Inácio Henrique de Gouveia y Antonio Néri. estaba bajo el mando del mayor Nonato Seixas y se formaba con el 35 9 y el 4O9 batallones del mayor Olegário Sampaio y el capitán J. El ene­ migo traicionero que no se presenta de frente. Esa tarde. Angico. Canudos caería al día siguiente. . si tuvierais constancia. la 4^ del coronel Carlos Maria da Silva Teles. Canudos estará en vuestro poder mañana."¡Valientes oficiales y soldados de las fuerzas expedicionarias en el interior del Estado de Bahía! Desde Cocorobó hasta aquí. marcharía al frente de combate rodeada por un ala de caballería y una división de dos Krupps de 7 1 / i . respectivamente comandados por el capitán Joáo Antunes Leite y el teniente coronel Antonio Tupi Ferreira Caldas.500 hombres bajo el mando del general Savaget. la 3? del teniente coronel Émídio Dantas Barreto. Está desmoralizado y si. Macambira. 79. La patria tiene los ojos puestos sobre vosotros. ". la orden del día. si una vez más fuerais los bravos de todos los tiempos. y finalmente. La 1? columna dirigida por el general Barbosa. Mañana vamos a batirlo en su ciudadela de Canudos. iremos a descan­ sar y la Patria sabrá agradecer vuestros sacrificios”. El enemigo mismo parecía conocer la resolución heroica: sus irritantes tiroteos habían cesado. Trabubu. Lo atestiguan los combates de Cocorobó. la 5^ del coronel Juliáo Augusto da Serra Martins que sustituía al general Savaget en la dirección de la 2 ^ columna. 9 9 y 25?. así como la de artillería que secundaría el ataque con un bombardeo firme. cqn el 26° y el 329 comandados por el capitán M. Costa y el mayor Colatino Góis. vencido de antemano. debía haber sido cambiada al caer la noche del 18. Nos detenemos ante una oración condicional comprometedora. Antonio Nunes de Sales. el 149 y el 309. Se delineó el ataque.

como obedeciendo a una fatalidad. EL ENCUENTRO Las columnas se movieron el día 18. cuyo comando se extinguiría por la muerte de todos los soldados del ala de caballería que dirigía. a la 2 ^ columna. anhelando peligros. a paso ordinario. Carlos de Alencar. Al poco tiempo volvieron hacia la izquierda. . traía la envidiable reputación de su coraje de la refriega mortí­ fera de Inhanduí3 0 3 . con su aspecto de estatua. El teniente coronel Siqueira de Meneses. Frutuoso Mendes y Duque Estrada. ávida de renombre. Wanderley. siempre bajando. Eran tropiezos cortos y rápidamente solu­ cionados. parecía la imagen de un luchador modesto. los muros de la iglesia nueva. nervioso. Garlos Teles. La tropa del ataque rodaba sordamente. con­ tinua. contra los federalistas del sur. piedra por piedra. que desarticularían. bajo la jefatura del capitán de ejército Salvador Pires de Carvalho Aragao. pasando ruidosamente por el camino mal pre­ parado. y otros. rumbo al Vaza-Barris. Tupi Caldas. mientras el grueso de la expedición atacaba. acompañaba autónomo. Olimpio da Silveira. los combatientes recomendaron a los que permanecían en la Favela que tuviesen pronto el almuerzo para cuando volviesen de la fatigosa empresa. sobre los contrafuertes de la Fazenda Velha. desti­ nado a caer heroicamente en el último paso de una carga temeraria. cara bronceada marca­ da de líneas inmóviles. . una oficialidad joven. como si este movimiento contorneante fuese a sor­ prenderlo. todavía alta la madrugada. el gaucho intrépido que mandaba el escuadrón de lan­ ceros.la policía bahiana. con un contingente reducido. turbulenta. la perturbaban a veces. se veía que allí se encontraban algunos para los cuales el sertón de Canudos era un campo muy estrecho. Toda esa gente esperaba con impaciencia el combate. bajando hacia el camino de Jeremoabo. sin la menor mo­ lestia del enemigo. Porque el com­ bate era la victoria decisiva. Vieira Pacheco. amenazadora. impa­ sible ante la gloria y ante el enemigo. Contramarchando a la derecha del campamento. Entre los de menor graduación. se realizaba tranquilamente. coman­ dante del 5? de la policía que él mismo había formado con los tabaréus robustos escogidos en los poblados del Sao Francisco. inquieto. Según el viejo hábito. una altivez sin par sangrando bajo el cilicio del unifor­ me. Definidos los luchadores. . temeraria: Salvador Pires. debía realizar ligeras opera­ ciones de distracción a la derecha. siguieron con la vista puesta hacia el este. recordaba el bello episodio del cerco de Bajé. jovial. La marcha. Solo los Krupps. siguiendo rectilíneamente por la vida entre el tumulto de las batallas. el jefe de la artillería.

más acá de Trabubu. los vértices de las dos torres de la iglesia. después de tras­ puesta la bajada. en una de sus curvas. tuerce abruptamente hacia el sur y vuelve. pero hacia la izquierda. hasta el pie de la Canabrava. invirtiendo el sentido de la corriente y formando una península imperfecta que tiene al final la aldea. La aldea.La tierra tenía un triste despertar. desaparecía en una depresión más fuerte. siguiendo ese círculo extenso de circunvalación. Así. divisándose apenas al mirar rasando por la cresta de los cerros. De manera que. una compañía del 3 O9 replicó sin detenerse. subiendo hasta los amplios escalones del Cambaio. al mismo tiempo que el grueso de la 1^ brigada y cuatro batallones de la 3^ llegaban compactos hasta la orilla del río y lo cruzaban. Porque la dirección de aquél lo interfería normalmente. atenuándose en parte el grave incon­ veniente de una acumulación de batallones. los asaltantes atravesarían. bastaba a los que la defendían extenderse uniendo las dos ramas paralelas y próximas del río. revistiéndolo hacia arriba. La mañana aparecía rutilante y muda. recortadas. alargándose por el cuadrante del NE. . hacia el este. acelerando el paso. el Vaza-Barris y volviéndose una vez más. La columna 1^. pasados unos pocos centenares de metros. El terreno próximo se levantaba en un cerro donde se veían. entera. . Pero antes de completar esta operación el enemigo les salió al paso. hacia la izquierda. recortado y flexible. indefinido hacia el norte. para cortar todo el frente de batalla. Los exploradores recibieron los primeros tiros al saltar la barranca izquierda del río. mil quinientos metros al frente. Dos cruces amenazadoras y altas. Las aves habían abandonado esos aires barridos desde hacía casi un mes por las balas. La vanguardia atacada. se ensoberbecía hacia el oeste en macizos cada vez más altos. La planicie ondulada. Poco a poco se descubría la región silenciosa y desierta: cumbres desnudas. en la claridad que nacía. mien­ . caatingas marchitas. ya en julio mostraban en grandes manchas pardo oscuro el avance lento de la sequía. Los breves tropiezos en el traslado de los dos Krupps habían retardado a la retaguardia. Eran las siete de la mañana. irregulares atrincheramientos de piedras. la última. cargarían de frente. el general Barbosa pudo trazar una línea de combate: la 1^ brigada extendiéndose hacia la derecha con sus tiradores. cortas explanadas. nítidas. golpeando por el sur contra la Favela. como muros de piedra derruidos. como la flexión del enorme semicírculo. pisaba ya la arena del combate. sin mojarse. después de correr derecho hacia occidente. la 3^ en el mismo orden. El Vaza-Barris.

que marchaban en sentido contrario. se sentían perdidos. la alteraron en pormenores. Retrocediendo a veces. se desta­ caban hacia la derecha. herido de descargas que irradiaban desde las dos orillas. mientras que el 259. era impracticable. Era imposible extender la formación dispersa debajo de las balas en semejante lugar. Pero. . El 9 9 batallón. no pocas veces se daban de pronto con otras secciones. formán­ dose en líneas de tiradores. Las secciones. para que no se desarticularan y dieran el flanco al enemigo hasta una nueva posición de combate. y en breve trecho. como era de prever. Además de no conseguir ejecutarla de esa manera. desde la áspera topografía del suelo al extraordinario vigor de pronto de­ mostrado por el adversario que desde los primeros minutos. lo que era esencial. el 59 y el ala derecha del 79 centralizaban mal la lucha. Lo revelarían los resultados inmediatos de la acción. forzadamente asu­ mida por todas las unidades combatientes. iba a partirse en planos verticales. aventuró un gauchismo bárbaro: las fuerzas se trenzaban. no encontrando en el opulento léxico de nuestra lengua un término ajus­ tado para caracterizar el desorden de la refriega. sin ver el resto de los compañeros y sin poder distinguir siquiera los toques de las cornetas. Sobre que era una maniobra bajo la mirada del enemigo. Lo decían todas las condiciones concretas. y desde que no podía trazarse con velocidad tal que convirtiese en pasajera una situación de desequilibrio y debilidad. quizá insigni­ ficante. en la extrema izquierda. aventajándose a toda rienda. otras compañías y otros batallones. delataban la confusión de las filas. En contraposición al orden primitivo. . hacia el flanco derecho. las compañías. El mismo general que los había arrojado a semejantes horcas caudinas 3 0 4 .tras el ala de caballería. había caído en el valle del Vaza-Barris por donde comenzó a avanzar. Pero todo sin la firmeza y la velocidad que exigía la táctica pensada. la 3^ brigada comenzó a luchar por el flanco derecho del 3 O 9 que era de la primera. suponiendo que avanzaban. este movimiento general de la tropa fue mal hecho. única banda apropiada a los alineamientos. Impracticable y peligrosa. aturdidos por las revueltas de la marcha. más tarde. en la orden del día relativa al hecho. los batallones. según las cotas máximas de los cerros y la hondura de las bajadas. Faltaba la base física esencial para la táctica. abarcaba todo el frente de ataque en una fusilería impenetrable. pero que desde un principio. hecha por un rápido desdoblamiento de bri­ gadas en una longitud de dos kilómetros. . enfi­ lando por un laberinto de zanjas. desorientados. La línea ideada. debía evitar que lo rodeasen. Los soldados —bayonetas arreme­ tiendo contra los morros— golpeaban en él vertiginosamente. Se enredaban. estaba lo inapropiado del terreno.

juntándose tumultuosos en los declives. o completándoles los movimientos. comenzaron a con­ quistar corajudamente el terreno. no sabían la dirección real del ataque que realiza­ ban. no fue realizada. por cierto. el escenario se volvería singu­ larmente majestuoso. o aun. El coronel Carlos Teles en su parte de combate — documento que no fue contestado— afirmó después. A cada momento pisaban trincheras y desde el fondo de éstas los cartuchos detonados y ardientes delataban la reciente huida del enemigo. estallando en los flancos. . También venían dos brigadas. rezagada. Sucesivamente vencían los morros. el fulgor metálico de las tres mil bayonetas. Pero esta concepción táctica. Los soldados. bajo las órdenes inmedia­ tas del comando en jefe. variando por todos los rum­ . Los recién llegados debían marchar hacia la derecha. lo que. fuertes y vibrá­ tiles. subieron hasta el tope de las colinas y de nuevo bajaron. La réplica de los adversarios. ampliándolas. no podían adaptarse a las líneas de cualquier plan. Pero fue lúgubre. Las brigadas auxiliares. a su vez. la 4^ y la 5^. Saltaron sobre las laderas que las aprietan. reforzándolas en sus puntos flacos. como se había planeado. desnudamente. prendiéndose a las alas extremas. Se embarullaron en las bajadas. Nada podía conjeturarse. de modo de extenderse. conteniéndose en las quebradas. . Los jaguncos alrededor. Eran las ocho de la mañana. tal vez con­ centrándose. Hermosa y caliente mañana sertaneja que en esa zona irradia siempre un bello resplandor de centellas reflejadas por la tierra desnuda y llena de cuarzos. ”. facultaría después el ataque final en una concentración única que el mismo campo de combate indicaba. Pero al fin de cierto tiempo. que al llegar había observado que no hallaban las fuerzas en él comprometidas. tal vez rodeándolas . la 6 ^. para otra vez atacar. De modo que si la tropa expusiese sobre ese resplandor brillante. ya era sensible el número de bajas. "No obstante. la envergadura de hierro de la batalla. revueltas. definiéndose como un sector amplísimo de rayos convergentes en la plaza de las iglesias. en tropel. al llegar debajo de una fusilería atronadora y observar el tumulto. retrocediendo tal vez. con las for­ maciones que le son propias. Diez batallones mezclados se echaron por los cerros abajo. pasada media hora. . llegó la 2 ^ columna. el deber único de la ocasión era avanzar y cargar. Avanzaban y cargaban. además de tomar toda la delantera al enemigo. además de rudimentaria. ex­ playándose en las cortas llanuras. ruidosamente. en un ondear de muche­ dumbres humanas. frente a los rudos antagonistas. . según el plan impuesto por las circunstancias. obstaculizándole cualquier acción contorneante. quedando sólo la reserva.De modo que cuando. revigorizándolas. estrepitosas. articulán­ dose con las que las habían precedido. invisibles.

también llegaban atropelladamente algunos pelotones de infantería. parecía adrede dispuesta a desorientarlos. aunque pocos. en el caso de impulsarse con energía. que entró también en la refriega. Se hizo necesario detener batallones enteros — en plena batalla y situados en un terreno que los convertía en blanco— para abrir a golpes de martillo los cajones de mu­ niciones y distribuirlas. construidas en un rincón extremo. fortalecida en la oca­ sión por la 4? brigada que tenía como jefe al coronel Carlos Teles. en su persecución. Las brigadas aún avanzaron pero sin la rectitud de un plan. Las primeras casas. La fuerza. En ese instante. dejando escapar la oportunidad de un ataque serio. abriéndoles. En el torbellino de las filas sobrevinieron súbitas parálisis. a unos tres­ cientos metros de las iglesias. como si la intención fuera un vigoroso ataque de flanco que. completando los nutridos tiroteos que irrumpían desde la aldea. impedían el paso de batallones enteros. . inevitablemente lanzaría a los sertanejos. al oeste. La tropa. bordeando el río. claros pronunciados. por la izquierda. sin la uniformidad de la marcha. osados guerrilleros se enfrentaban con los asaltantes y les tiraban a quemarropa. ofrecían a los combatientes un área plana y sin obstáculos. Los dispersaron con una carga violenta a puntazos de lanza y patas de caballos. El escua­ drón. los golpeaban por el flanco derecho. Estaban dentro de un corral desde donde tiraban de costado sobre la tropa. triunfalmente. subió al galope por una ladera poco abrupta y de pronto tuvo delante. a nivel de la parte más alta de la aldea que sube hacia el norte. Lo mostró el escuadrón de lanceros en un reconocimiento teme­ rario. donde cada pared se abría en rajas que eran bocas de tiro. convergió sobre ella una tremenda fusilería.bos. sobre todo la situada desde el centro hacia la derecha. Se mostró en seguida por la extrema derecha. Lo demuestra un episodio sugestivo. al bajar por una cuesta. Pero éstos. Y desde este punto hasta el extremo de la plaza. Cada soldado había llevado consigo ciento cincuenta cartuchos y ya los había gastado. Encima. Lo espaciado de los estampidos por ese lado denunciaba que había francotiradores. dio de golpe con cerca de ochenta jgungos. en descargas continuas. estaba totalmente expuesta. La situación entraba en su momento culminante. abarcando todo el cuadrante a lo largo de dos kilómetros. Además. Fue en el último ímpetu del ataque. Precipitándose velozmente en aquella dirección. la aldea. la 3? y la 4^ por el centro y la 6 ?. Pero se observó que aquéllos sólo hacían una ligera demostración. . a menos de trescientos metros. Habían llegado hasta allí en grupos desordenados. dentro de los batallones desmantelados. disipando de manera improductiva el valor y las balas. por el rigor de su puntería. cuyo . la 5^ marchando por la derecha. donde no era dable pensarla. Era el momento agudo del combate.

al este. los mismos restos de municiones revelaban la presencia reciente de un tira­ dor. idénticas. conver­ gían aceleradamente hacia la derecha. completaron el ataque que consti­ tuyó la última arremetida de la tropa. estallaban las baterías del coro­ nel Olimpio de Oliveira. El 59 de policía. Por entre ellos pasaron todavía. se metían en otros y las nuevas trincheras en seguida retomaban las vivas descargas hasta el abandono y la posterior ida a otra. hacia la izquierda. La retaguardia. retrocediendo. mientras desde lo alto de la Favela coronada de humo. avanzó aún. iniciaron un firme cañoneo. Saltando del hoyo y sin largar el arma. La fuerza llegó hasta esa situación dominante cubriendo una línea discontinua y torcida que se prolongaba. Golpeado por las granadas que de allí venían y por la fusilería del este. otros se arrojaron temerariamente sobre la posición. En parte. cuyas primeras casas fueron finalmente alcanzadas a las diez de la mañana. Los sertanejos desalojados de esos escondrijos. Puestos en seguida en posición de batalla. Arremetía al azar. Y en todas. repleta de muertos y heridos. hasta los fondos de la iglesia vieja. uno a uno iban cayendo. los soldados pudieron refugiarse en las casuchas abandonadas. a ras del suelo descubrieron una cueva redonda por donde asomaba un rostro bronceado y duro. mien­ tras las secciones extremas de ese flanco. El suelo explotaba bajo los pies de la tropa. llevados a pulso. más altos que las iglesias. les dieron de frente. rudamente golpeadas. el jagungo se escapó entre las grutas de la ladera. Muchos quedaron atónitos por lo inconcebible de un fusilamiento en pleno des­ campado. sobre la margen del río. como hechos por un solo hombre. Las balas incon­ tables golpeaban los tabiques de las casas donde se habían refugiado muchos soldados y los mataban ahí adentro. La 6 ^ brigada y el 59 de policía. Ya no dieron un paso más. La mayoría. Tiros rápidos pero sucesivos. que decaía suavemente hacia la plaza de las iglesias. sin embargo. sobre la aldea. más de trescientos cartuchos vacíos demostraban que el foroz cazador había estado largo tiempo emboscado y a la espera. poco a poco. concentrándose. daba la emocionante impresión de una derrota. hasta el Vaza-Barris. rechazando a adversarios que no veían. fulminada en un círculo de descar­ gas.estado mayor casi había desaparecido. por la planicie desnuda y chata. Y estando a pocos pasos. Cubrían una extensa loma. los dos Krupps. Era el único árbol que por allí había. Se detuvieron. salpicando el terreno. Habían conquistado un diminuto suburbio de la ciudad bárbara y se sentían impotentes para ultimar la acción. por delante. la aldea recrudeció su réplica. En el fondo de la trinchera. La iglesia nueva. rudamente . aparecían alrededor. trasponía la última ladera. im­ pulsada por los oficiales que en la coyuntura se revelaron dignos de las más gloriosas hazañas. fulminaba a la 6 ^ brigada. Las bajas abultaban. Otras. Eran tierras minadas. apareciendo por el lecho seco del río. yendo en direc­ ción de un umbuzeiro todavía frondoso.

Viejas de tez oscura. tiradas en el suelo y pateadas por los tacones de las botas. Realizaron una rápida conferencia. reduciendo la batalla al área en que se jugaban la vida. no flaqueaban. El tumulto. formados con plazas de todos los cuerpos. los jefes de las brigadas y 4^ que habían avan­ zado hasta el cementerio. Resolución que se imponía por sí sola. Algunas eran como hombres. cara marchita. Soldados fuertes que venían jadeando por una lucha de cuatro horas. junto a la iglesia nueva. Tanteaban los bultos en busca de agua y harina. un camino que fue un lance de coraje. morían con un estertor de fieras. atacaban a los invasores en un delirio de furia. las fracciones combatientes actuaban por cuenta propia. Eran igual­ mente imposibles el avance y el retroceso. Desorganizados los batallones. de gritos de dolor. de gritos de cólera. En medio de esta situación grave y dudosa. A su alrededor el desorden: vibraciones de tiros. Una vez más. encontró ya gravemente heridos. mal protegido por las casuchas esparcidas por la vertiente. casi estranguladas por las potentes manos.combatido. NUEVA VICTORIA DESASTROSA En medio de esta desastrosa confusión. Y no pocas veces caían por un disparo hecho a quemarropa. el instinto animal de conservación. mostrando brutalmente la forma primitiva del coraje. la expedición se veía obligada a detenerse en una situación sin solución. En los grupos combatientes reunidos al acaso. se olvidaban del morador. se vestía de heroísmo. al final de un violento ataque. La batalla iniciada a dos kilómetros continuaba más reñida al borde del caserío. el comandante en jefe resolvió que se mantuviera la posición conquistada. reclamaron la pre­ sencia del general Artur Oscar. Al llegar. Y cuando se doblaban bajo el puño de aquéllos. se había hecho una selección natural de valientes. cabellos greñosos y sueltos. de carreras. el sol alcanzó el cénit. dentro de las cuales. caían a veces a mano de frágiles mujeres. escupiéndoles encima una trágica maldición. de cornetas. Hambrientos y muer­ tos de sed. imprecaciones y gemidos. como suele acon­ tecer en esos epílogos sombríos de las batallas. Perdidas todas las esperanzas. el comandante del 59 de línea y al capitán Antonio Sales. dentro de un rancho. cayó por fin en una estrecha gruta que lo libró de un fusi­ lamiento en masa. al coronel Carlos Teles. arrastradas por los pelos. al penetrar en las pequeñas viviendas. En esa situación. ojos llameantes. . cada uno luchaba por la vida. de voces de comando. Ajenas al destino de los otros. en los primeros instantes. nada distinguían en la penumbra de las habi­ taciones estrechas y sin ventanas. Este apareció después de hacer a pie.

el 79. La tropa ocupó uno de los suburbios. Pero no le habían modificado siquiera el antiguo régimen. resonaba la melancolía de los rezos. refugiados bajo los mismos techos y aumentando en tres mil almas la población del lugarejo sagrado. el 4 O9 y el 3O9. sin muros. No lo atemorizaba la proximidad de sus enemigos. millares de entradas abiertas. Lo tenían a dos pasos. En una gruta profunda que drenaba los flancos de la Favela. poniendo delante de la invasión millares de puertas. desbor­ daba de la depresión original hacia las colinas que la rodeaban. en los fondos de la iglesia vieja. y después el 259. amenazadora. formada por los batallones 12 9. que le enviaron las gentes de las tierras grandes. 3 19 y 389. de norte a sur. cerca. allá tenían la esperanza del ataque y de la victoria. protegido por el ala de caballería y los batallones 149. A su vez. invitando a penetrar en la red inextricable de sus callejones tortuosos. adentrados en un dédalo de casuchas hacia el norte. 329. pero inexpugnable. en su sorprendente crecimiento. paralelo a la cara oriental de la plaza. se atrincheró el 59 de policía. éste se unía al 59 de línea por la margen opuesta. Estos trabajos imponían los máximos cuidados. Cada paso de soldado fuera del án­ gulo de una esquina. Ahora no quedaba ninguno de estos engaños. a la extrema izquier­ da. del seno amplio de la otra. se emplearon en la construc­ ción de los atrincheramientos. Al atardecer. Porque el enemigo vigi­ laba implacable. indomable. era la muerte. la línea se curvaba. Allí estaba. a su lado. junto al cemen­ terio. enfrente. Al menos. profesionales de la guerra. Sucesivamente. se ubicó el cuartel general. Las casas del lugar eran nuevas. extendiéndose hasta la orilla derecha del Vaza-Barris donde tomaba contacto con el 269 de infantería.Al caer la tarde quedó inmovilizada en un área estrecha de la aldea. y descendía en declive hacia la plaza. No se podía pasar más allá del temerario esfuerzo hecho. Canudos. La línea avanzada de los cuerpos que más se habían adelantado se afirmó. Desde este punto hacia la retaguardia. desafiando un choque mano a mano. una quinta parte de ésta que limitaba al este. apartándose del caserío y cuidando el flanco derecho del campamento. La ciudadela propiamente dicha no había sido tocada. seguían el 259. En cada abertura de pared asomaba una espingarda y un ojo indagador. Y todavía se despreciaba al adversario que sólo se conocía de lejos. blindándose con piedras y tablas las pare­ des de las casas y eligiéndose puntos menos expuestos a los proyectiles. La zona se extendía a lo largo. 33 9 y 349. Comenzó a hacerse sentir el imperio de una situación más incómoda que la anterior. en la Favela. . La fusilería había aflojado pero para recaer en la prác­ tica acostumbrada de las emboscadas. la campana de la iglesia vieja batía calmosamente el Ave María y en seguida. El resto del día y gran parte de la noche. Allí estaba el jagungo. En el flanco izquierdo.

Tres co­ mandantes de brigadas fuera de combate: Carlos Teles. dándole a la refriega rasgos singulares de heroicidad antigua. Serra Martins y Antonio Néri que vino a la tarde con el 7?. Había tenido cerca de mil hombres: 947. . arrebatándolos en idealiza­ ciones de iluminados. algunos sin poder sos­ tener ya la espada. La lucha por la República y contra sus imaginarios enemigos. Ahora bien. los revueltos días de la República habían impreso. En cierto modo. quedaron sitiados entre la oficialidad y los jagungos. con el mismo delirio entusiasta y la misma dedicación y la misma aberración fanática con que los jagungos juraban por el Buen Jesús misericordioso y milagroso. sobresalían las bajas de los oficiales de menor graduación y de los plazas. ese entusiasmo febril. Después se contaron las hazañas de algunos: Cunha Lima. En una escala ascendente. entre vivas a la República. como un titán fulminado en caída prodigiosa. Los modernos templarios. con los caídos en los encuentros anteriores. En las sociedades hay retrocesos atávicos notables. al desorganizarse de esa manera hubiera estado perdida. seguían avanzando tambaleantes por las líneas de fuego. ca­ yendo sobre el enemigo como un dardo. El paralelo es perfecto. La expedición atravesaba una terrible crisis. Los que morían de tal manera a la entrada de Canudos. Además. estudiante de la escuela militar de Porto Alegre. entre muertos y heridos y éstos. muertos todos valientemente. Una tropa cuya fortaleza pesara exclusivamente sobre la disciplina. un lirismo patriótico que les desequilibraba el estado emocional. desafiando a la muerte. combatían con la misma fe inagotable. Pero los rudos soldados en cuyo ánimo moraban el desaliento y la incertidumbre. y entre nosotros. fue la salvación del 18 de julio. que precipitándose al galope por la cuesta de la última colina. era una cruzada. que­ daron hipnotizados por el coraje personal de sus jefes y dominados por el prestigio de oficiales que. la reducían considerablemente. Wanderley. tenían. sin excluir a uno. y otros. reviviendo el desprendimiento demencial de los guerreros místicos de la Edad Media. gravemente heridos. Alféreces y tenientes habían desbaratado sus vidas de manera increíble. aparte de las precipitaciones desas­ trosas que produjo.Toda la agitación diurna había sido como un incidente vulgar y esperado. que herido en el pecho durante una carga de lanceros concentró su último aliento en el último ataque. la efigie del mariscal Floriano Peixoto fijada en medallas de bronce colgadas a la izquierda del pecho y morían saludando su memoria. los resultados inmediatos del suceso la impresionaban demasiado. fue abatido junto con el caballo en la cumbre y rodó hacia abajo. sobre todo en la juventud militar. aunque no llevaban la armadura bajo el hábito ni la cruz grabada en la empañadura de la espada.

y un médico. Pero la situación fue resuelta por la inercia del adver­ sario. Dos campamentos distintos parecían señalar una movi­ lidad mayor. Por ese lado quedaba abierta la extrema derecha. Al día siguiente. Pero esa ilusión se apagó el mismo día del asalto. Caían otra vez baleados los heridos que para allá se arrastraban. Los cerros barridos a cargas de bayonetas hacía pocas horas. se veía un gran espacio libre. Aparentemente. como había sucedido siempre desde el 27 de junio. aunque el adversa­ rio se lo permitiese. no desembocar en la derrota. Las comunicaciones con la Favela se volvieron de inmediato muy difíciles. el doctor Tolentino. mal cerrada por el este. del mismo modo que a la izquierda. podían ser rodeadas. su radio de acción había aumentado. volviendo finalmente al este por la espuela de los Pelados. Al sur. contra la expectativa general. parecían de nuevo poblados. Para cerrar la circunferencia se hacía necesario un trazado que.EN LOS FLANCOS DE CANUDOS La noche del 18 de julio. Los sertanejos también claudicaban. liberada del cerco atrincherado. prolongándose a la derecha y hacia el norte. que en la tarde del combate había bajado por allí. La temporaria paralización de las operaciones parecía inevitable para atenerse a la defensa de la posición ocupada hasta que mayores refuerzos permitiesen nuevos esfuerzos. Pidió un cuerpo auxiliar de cinco mil hombres y armó los dispositivos que ga­ rantizaran a la fuerza triunfadora de modo tan singular. estaban en la torturante situación de no poder arriesgar ni un paso atrás ni uno adelante. la orden del día decretaba el comienzo del sitio. los altos de la Favela llenos de heridos y enfermos la encerraban. una línea de mantas cosidas demarcaba un seg­ mento del diminuto cerco: un quinto de la enorme periferia de la aldea. Sobre el ánimo del jefe expedicionario había pesado el temor de un asalto nocturno ante el cual no habrían podido reaccionar. hubieran sido fácil­ mente destruidas. Al norte y al este. entre las vertientes de la Favela y los primeros surcos del arroyo de la Providencia donde estaba el cuerpo policial. Las frágiles líneas de defensa. era la expedición la que estaba sitiada. Un circuito de seis kilómetros aproximadamente. la estorbaba la aldea. de hecho. doblara luego hacia el oeste. no podía sostener un sitio tan amplio. saltando las ondulaciones mayores del suelo en el primer escalón de las sierras del Calumbi y del Cambaio. pasó en relativa calma. y colocadas entre dos fuegos y contenidas de adelante por la aldea impenetrable. Atravesar el campo conquistado se les . se abría el desierto impenetrable. Como después de otros triunfos. aunque no pudiesen ser rotas. Oficial­ mente. El general Artur Oscar apreció seguramente el estado de cosas. centenares de los cuales estaban resguardan­ do la Favela. Al oeste. Pero. bordeando el río y siguiéndolo en su curvatura hacia el sur. Pero una expedición reducida a poco más de tres mil hombres válidos. quedó grave­ mente herido a orillas del río.

después de cruzar con su brigada la zona peligrosa y abierta del combate. visto de relieve. copiaban línea a línea la reclusión que antes observaban a los jagungos. temerarios ambos. Por otro lado. un trapo cualquiera. a lo lejos. Hasta es una exage­ ración llamarlo enemigo. en la vertiente opuesta. más seguros. los ojos fijos en las rajas de las paredes. los proyectiles pasaban inofensivos. los dedos clavados en el cerrojo de la espingarda. ese momento en que la venganza revanchista tendría las características del mayor salvajismo”. Sobre el cuartel general. y comprendían "que un paso a retaguardia en cualquier punto de la línea central significaría la perdición total”. Y así. Como ellos. de piedra o de tablas. ca­ yendo escandalosamente en la misma guerrilla de emboscadas. no podían pre­ parar convenientemente la escasa refacción. se apiñaban en los ranchos ardientes como hornos y dejaban pasar las horas. Un hilo de humo blanquean­ do en el techo de barro era una atracción para las balas. Los comandantes de éstas. pasaban gran parte del día de bruces sobre las aberturas. al reverberar los mediodías calientes. Y durante el correr de la noche que cerraba la trabajada jornada. Por la noche. Mientras los que lo amenazaban permanecían alejados. centralizado por la barraca del comandante en jefe. Pero el jagungo no era afecto a la lucha regular. . repe­ lidos por el ángulo muerto de la colina. Distribuida la última ración — un kilo de harina para siete plazas y un buey para un batallón— restos del convoy salvador. El coronel Antonio Néri fue herido justamente cuando. se refugió en una de ellas. indistinto y fugitivo. en el laberinto de los ca­ llejones.volvió un problema serio a los conquistadores. trescientos tiros! contra un bulto. Esta preocupación por una catástrofe inminente no se le ocultaba a nadie. por cierto. los rodeaban con trampas que . nada más. en las líneas avanzadas. un fósforo encendido despertaba las descargas. término extemporáneo. se oían allí los tiroteos librados del otro lado. los ojos fijos en los techos de los ranchos. El sertanejo defendía su hogar invadido. no habría dejado pasar. eufemismo que suplanta a "bandido famoso” empleado por la literatura marcial de las órdenes del día. dos­ cientos. vencedores llenos de miedo emboscando a los vencidos. Y durante muchos días dominó todos los espíritus. Los jagungos sabían que podían matar dentro de las casuchas — frági­ les muros de barro— a los moradores intrusos. Les espesaron las paredes con muros interiores. Resultaba de la secuencia de los hechos. estaban todavía a un paso del desastre. tenientes coro­ neles Tupi Caldas y Dante Barreto. Se imponía. observando el caserío y disparando las espingardas todas a un tiempo: ¡cien. Entonces se las convirtió en casamatas. los que habían invadido el corto trecho de la aldea. . "Un enemigo habituado a la lucha irregular que supiese sacar partido de nuestras desventajas tácticas.

La expedición iba a gastar tres meses para hacer el camino de cien metros que la separaba del ábside de la iglesia nueva. murió. El comandante de la P columna. El enemigo marcaba el momento angustioso de las refriegas y las provocaban siempre de sorpresa. tres o cuatro titanes hambrientos y an­ drajosos. tres o cuatro hombres anónimos. antes de que acabasen las notas emocionantes de las alarmas. Día 19— La fusilería enemiga comienza a las cinco de la mañana. A las dos de la tarde. con preocupación por la defensa y el compro­ miso del desquite. cabeceando abrazados a sus carabinas. contra lo que era de esperar. Canudos sólo podría conquistarse casa a casa. costando mucho volver a reunirlos. sólo para definir una situación que desde ese día en adelante no cambió. Terminó el ataque pero la batalla continuó. con la pérdida de varias cabe­ . atravesado por una bala. quemarían sus últimos cartuchos contra seis mil hombres. Los bueyes. Esos asaltos súbitos. siempre invertían los papeles. con la misma continuidad vista en la Favela: tiros que sur­ caban el espacio minuto a minuto. dentro de una casucha donde descansaba. en plena mañana esplendorosa y ardiente. Pero cuando les golpearon las puertas y a golpes los sitiaron. A la tarde. después de apuntar y disparar con el cañón de la derecha a una de las torres de la iglesia nueva. a veces quebrando un armisticio de minutos que los soldados de la vanguardia aprovechaban para hacer un descanso ilu­ sorio. Lo mostramos hasta el día 24 de julio. fustigados por los tiros. rápidamente trabados y rápidamente terminados. les quedó como único expediente la resistencia a pie firme. los fuegos ascendían ilumi­ nando ásperamente el firmamento oscuro. NOTAS DE UN DIARIO Un diario minucioso 3 0 5 de la lucha de aquellos primeros días.obstaculizaban el paso. interminable. Avanzada la noche. Y el último día de su resistencia increíble. aterradora. Los asaltantes eran los asalta­ dos. repentinos combates de cuartos de hora. A las doce y media fue herido en el campamento. los jagunqos acometían con osadía. prolongados en largas horas de rela­ tivo reposo. Prosigue durante todo el día. Otras veces. Esa defensa pertinaz y formidable comenzó el día 10 y no flaqueó más. súbitos. determina que se traigan otros dos cañones Krupps que estaban en la retaguardia. bajan con dificultad de la Favela. el comandante de la 7^ brigada. Continúa por la noche. Y a su luz fugaz se descubrían las torres de las iglesias. se dispersan al cruzar el VazaBarris. o tiroteos furiosos por todas las líneas. para vigorizar el rechazo. como pocas en la historia. el teniente Tomás Braga. monótona. sus últimos defensores. algunas reses para alimentar a la tropa. el afrontarlos cara a cara. revela su carácter anormalmente bárbaro.

durando el ataque hasta las nueve y media y siguiendo en adelante flojamente. los jagungos. Los ca­ ñones de la Favela bombardearon hasta la entrada de la noche. contra su costumbre. Resultado: 25 hombres fuera de combate. Día rela­ tivamente calmo. Era un plan de Pajeú que había asumido la dirección de la lucha después de deponer a otros cabecillas. El poblado. Sólo por la noche se pueden distribuir las parcas raciones de comida a los soldados de la línea del frente. De punta a punta vibran decenas de cornetas. Día 2 2 — Sin aguardar la iniciativa del adversario. El teniente coronel Siqueira de Meneses sigue en reconocimiento por las cercanías. lo soportó sin réplicas. Pocas bajas. una hora después. Día 21 — Madrugada tranquila. Al toque de queda los jagungos atacan las líneas. Un movimiento temerario. Por la noche. Repentinamente. A las nueve de la noche. tiroteos cerrados. se oyen algunos estampidos por la derecha y en seguida son asaltados los cañones de ese flanco. Día 2 3 — Amanecer tranquilo. asalto vio­ lento por los dos flancos. rechazados. dejando un saldo de quince muertos. Toda la tropa se forma para la batalla. Son repelidos por el 34 9 batallón y el cuerpo policial. volvieron unos minutos después. lo que fue imposible hacer de día por la vigilancia de los antagonistas. atacando otra vez con mayor rigor sobre .zas. Pocos ataques durante el día. un subalterno muerto. Al volver. las cara­ binas pegadas a los pechos y se va generalizando de manera terrible. Los schrapnells de la Favela caen allá adentro y estallan como si golpeasen en una tapera vacía. Los tres cañones sólo hicieron nueve disparos por falta de municiones. El asalto duró media hora. Día 2 0 — El campamento es súbitamente atacado cuando las cornetas de todos los cuerpos tocan diana. Los últimos heridos son penosamente conducidos desde el campo de acción hasta el campamento de la Favela. la artillería abre el cañoneo a las cinco de la mañana. provocando una réplica rápida y viru­ lenta de los tiradores protegidos por los muros de las iglesias. Durante largo tiempo el impune cañoneo hace su matanza. diez o doce plazas fuera de combate. Tiroteos durante el día entero. Resultado: un comandante superior herido. Día 24—-Comenzó el bombardeo al salir el sol. Pero a las ocho. declara que el enemigo está muy fuerte y que muy pocas casas de Canudos están en nuestro poder en comparación con el número de las que componen la población. Se con­ sigue ajustar uno de los cañones trasladados. después de un movimiento envolvente inadvertido. a las seis de la mañana. El mismo número de bajas de la víspera: un soldado muerto. Se entabla la batalla cuerpo a cuerpo. Los jagungos. una cabocla prisionera y una bolsa de harina. Si la cortaban caerían sobre el cuartel general y pondrían a los sitiadores entre dos fuegos. El ataque parecía querer cortar la retaguardia de la línea del frente. caen impetuosamente sobre la retaguardia del campo de ba­ talla.

. en los contrastes y sucesos. Un tiroteo constante durante la noche y hasta la madrugada. El nuevo ataque repercutió en las líneas del flanco derecho. Noticias disper­ sas provenientes del campo de lucha o algunos telegramas le señalaban al combate un desenlace en tres días. Antonio Nunes Sales. Es como la oscilación de un ariete. sabida de antemano. poco desta­ cadas. Las trincheras de la línea sitiadora se hacían en esas intermitencias y sólo por la noche se podían distribuir las raciones insuficientes para los hambrientos solda­ dos y podían éstos llevar cantimploras y marmitas hasta los pozos de agua del Vaza-Barris. De lo expuesto se puede inferir que esto era inevitable. es herido el comandante del 33?. retroceden hasta las primeras casas no conquistadas de donde reanudan el tiroteo cerrado y continuo. Se veía una vez más que los jagungos habían roto el círculo de las bayonetas. Desde lo alto atruenan todas las baterías de la Favela. El impetuoso Pajeú cayó mortalmente herido. y a muchos oficiales y plazas. TRIUNFOS POR EL TELEGRAFO Estos hechos llegaban a las capitales de los Estados y de la República completamente deformados. Costosamente repelidos. El día 2 5 . La travesía de Cocorobó. A la una. Pasados quince. Así se iban los días. entre otros. como los otros. es natural que los que observaban desde lejos el drama desarrollado en la profundidad de los sertones. . muere el teniente Figueira de Taubaté 3 0 6 . Ese día. De nuestro lado también hay muchas bajas. Un repentino silencio desciende sobre los dos campos. las mismas escenas. . . evitaban cual­ quier juicio sobre su situación. se comprobó la inanidad de los esfuerzos por inventar triunfos. elabora­ sen conjeturas inestables y además falsas. un nuevo asalto todavía más impetuoso. Se rechaza al enemigo. Al mediodía cesa la lucha. el capitán Joaquim Pereira Lobo y otros oficiales. . De modo que mientras la expedición se deshacía en la Favela y caía agotada por una sangría increíble en un pedazo de Canu­ dos. Para distraer al enemigo. la opinión nacional tejía extravagancias balanceando las más aventu­ radas hipótesis que atiborraban los periódicos. dándole a la campaña una monotonía dolorosa. Desde el principio se habló de la victoria. Si los mismos combatientes. Toda la fuerza descarga sus armas contra la aldea. el co­ mandante en jefe decide que tiren los cuerpos del flanco izquierdo que no fueron atacados. buscando el agua que les aplacase una sed larga­ mente soportada. . presagiaba que el ejército derrotaría en un solo asalto a los rebeldes. Se forman todos los batallones. . Hieren al comandante del 33?.la derecha.

. LOS HERIDOS El traslado de los enfermos y heridos a Monte Santo era urgente. La luz cruda de los días claros y calientes caía. irrum­ piendo de golpe en las mañanas doradas. otros cabalgando penosamente sobre animales rengos y temblorosos. desde el cielo sin nubes. los enfermos más graves. en redes de caroá o camillas hechas con palos. Después del día 18. Más verídicos. como en los oueds africanos 3 0 8 . Los árboles se doblaban marchitos. salían de allí los agonizantes y los lisiados. Era la entrada del verano. se iba llenando de dudas hasta adquirir casi la convicción de una derrota. los documentos vivos de la catástrofe. sin cambios. La gran mayoría a pie. A despecho de las órdenes del día que cantaban victorias. hundiéndose. El sertón empezaba a mostrar un aspecto triste de desierto. o apiñados en carros lerdos. las gramíneas pardo oscuras reflejaban ya la acción del incendio sordo de la sequía. y en la atmósfera ardiente. perdiendo día a día sus hojas y flores. la ansiedad general creció. cansados de privaciones. Los vomitaba el morro de la Favela. en busca de la capital de Bahía. con resignación en la región asolada por la guerra. comenzaron a salir hacia el litoral. Se agotaban los arroyos efímeros de lechos llenos de piedras. Salían casi sin recursos. deslumbrante e implacable. en sucesivas levas. VI POR LOS CAMINOS.El espantajo de la restauración monárquica oscurecía de nuevo el ho­ rizonte político. Se ceñían a una sola norma: ¡Bandidos acorralados! ¡Victoria cierta! ¡Dentro de dos días estará en nuestro poder la ciudadela de Canudos! ¡Fanáticos visiblemente derrotados1 . arrastrándose por el suelo. sin auroras y sin crepúsculos. por donde tenues hilos de agua afluían impercepti­ blemente. La noticia del ataque empezaba entonando cánticos triunfales y poco a poco. los sertanejos aparecían como los ckouans después de Fontenay. Entonces comenzaron a andar lastimosamente por los caminos los desechos de la campaña. desde el 27 de julio. Joáo Abade era un Charrete de sombrero de cuero 3 0 7 . quemando la tierra. sin embargo. Diaria­ mente. Se miraba hacia la historia con una visión invertida: el bronceo Pajeú emergía con el aspecto dominador de Chatelineau. Así partieron los primeros grupos protegidos por plazas de infantería hasta el extremo sur de la zona peligrosa. Desde la zona de operaciones llegaban telegramas paradojales y deplorables. Juá. apagándose de repente a la noche.

chupando los tallos húmedos de los cardos espinosos. a la orilla de algún curso de agua invisible pero donde la humedad remanente todavía alimentaba el follaje de las caraibas y baraúnas altas. Ahí estaba la huella que habían recorrido hacía un mes. Apenas arreciaba el sol había que interrumpirlas. contorneaba montañas. A partir de las diez de la mañana. fragmentándose en grupos más pequeños. Y arancando tubérculos de umbuzeiros. reanuda­ ban su ruta. Al mismo tiempo. se empinaba en cerros. A los pocos días. o a falta de éstos. torcían el rumbo y se metían por las caatingas en busca de la flora singular abundante de frutos y espinos. los oficiales heridos. disueltos por los caminos. se dejaban estar. y según el vigor de cada uno. se presentía la invasión periódica del régimen desértico sobre esos parajes desgraciados. Se olvidaban del enemigo. reflejándose en todas las quebraduras de la tierra. impávidos ante cualquier encuentro con el adversario esquivo. mal saciada por las aguas impuras del sertón y arrastrados por el hambre. apenas protegido por una vegetación rala. se separaban del camino. Ese mismo día. en grupos que poco a poco se dividían por los cami­ nos. disueltos al fin en cami­ nantes solitarios. Ahora parecía más áspera y difícil. Las marchas sólo podían hacerse a las primeras horas de la mañana o al caer la tarde. La gran mayoría no los seguía. aumentaba su intensidad. a la sombra de ipueiras rasas que salpicaban pequeños sitios sombreados por las ramas verdes de los icozeiros. Los más fuertes o los mejor montados. Acampaban. dispersos. a la sombra de los arbustos marchitos. avanzando sin orden. se aventajaban. El clima caía en variaciones extremas: los días quemantes. Los acompaña­ ban conducidos en redes a hombros de soldados fuertes. . Algunos. Salían unidos de la Favela. sus rayos brillaban ofuscantes sobre las serranías y por el aire irres­ pirable y caliente pasaban como fulguraciones de quemazones intensas extendidas por la planicie. la caravana se detenía en los sitios más adecuados para el descanso. alejándose de sus compañeros lentos. mal recompuestas las fuerzas.en el suelo agrietado y polvoriento. junto a los tanques todavía llenos de los corrales abandonados. sacudidos por el ritmo de las cargas. aguijoneados por la sed. quietos. andaban lentamente. las noches frías. cortando camino hacia Monte Santo. caracoleaba en curvas sucesivas. todo su ardor parecía paralizar el ambiente purísimo y reflejado por el suelo. transidos de fati­ gas. La ferocidad del jagungo cedía ante el sal­ vajismo de la tierra. caía en laderas resbaladizas. al atardecer. la tortuosa ruta del Rosario se había llenado de fu­ gitivos. fascinados por sus cuatro mil bayonetas. cuando encontraban algún rancho. bajando los últimos frutos de los árboles deshojados. mientras otros.

desarticulándose en bloques amontonados. en los troncos de los árboles del patio. que tendrían que hacer la . Ranchos paupérrimos. en trazos violentos de cataclismos. los jagunqos habían cubierto de fantástica floración la vegetación raquítica y marchita: de los gajos torcidos de los angicos pendían restos de unifor­ mes. surgían acá y allá. mostrando al pie. y por todos lados. pantalones carmesí o negros. dibujando. resistiendo la atrofia. Cerca del Rancho do Vigário. en las cercanías de Aracati y Jueté. rompientes. reptando por el suelo. colorados y azules. porque los había abandonado el vaquero que huía de la guerra o el fanático que había marchado hacia Canudos. con su rasgo de lúgubre ironía.Y volvían a ver. El rancho desolado se animaba durante algunas horas. pesado. los ojos llameantes y el pelo erizado. recordaba por unos instantes la época feliz en que los matutos pasaban allí sus horas tranquilas en la paz del sertón. donde. los trechos memorables. subiendo por el aire como brazos torturados. pedazos de mantas. durante semanas o meses. antiguos cultivos abandonados. En las cercanías de Umburanas. metiéndose a todo correr por los pastizales. y centenares de murciélagos volando tambaleantes en los techos oscuros. Morros hundidos. planicies desnudas y chatas como llanos inmensos. recordando la matanza de marzo. en una vuelta antes del Angico. Se armaban redes en los cuartos exiguos. olvidados de los retrasados y de los que ven­ drían después. brotada en una maraña de ramas retorcidas. Y alrededor. vacíos. el arroyo seco y la ladera a pique por la que había caído de su caballo. como si el ramaje muerto se desarrollara en flores sangrientas. el coronel Tamarinho. el punto en que Salomáo da Rocha había subido por unos minutos delante de la ola rugiente que se venía encima de la columna Moreira César. levantando el dique de acero de sus divisiones de artillería. corra­ les roídos por los incendios. Inmediatamente eran invadidos mientras otros huéspedes los dejaban: las zorras ariscas y miedosas. de puertas abiertas al camino. en el fondo de las bajadas húmedas. los bordes del camino mostraban los huesos blancos. el rastro de las expedicio­ nes anteriores. ya muerto. formas desvanecidas de montañas roídas por las fuertes lluvias. una vegetación agonizante y raquítica. se ataban las muías en las estacas del corral desierto. el caserío donde los sertanejos pre­ pararon la emboscada del gran convoy de la expedición Artur Oscar. Los más fuertes enderezaban en seguida hacia el pozo de agua poco distante. mantas y uniformes hechos pedazos. en la sala sin piso. más allá. y afuera. adrede dispuestos en una escenografía cruel. el esqueleto íntimo de la tierra en apófisis rígidas. asombrados. sin variantes en su triste aspecto. cercas invadidas por el matorral. la misma naturaleza bárbara. Y un resonar casi festivo de voces. ranchos derruidos. saltando de las ventanas. se extendían por las cercas capotes. indelebles. más allá de las Baixas.

Valientes endurecidos en el régimen brutal de las batallas tenían sobre­ saltos de pavor ante las cosas más comunes y velaban cautos. lavaban a sus caballos sudados y polvorientos y limpiaban sus heridas en el líquido que sólo se renueva de año en año. Los torturaban alucinaciones crueles. Y después de esos incidentes providenciales. Allá quedaban. Reanimados. Entonces. alimentaban temores infantiles. mientras las guirnaldas fosforescentes de los cumanas irradia­ ban en las sombras. los compañeros liberados a su vez por la muerte. . irritando en los espinos las heridas y agravando la fiebre. No tenían tiempo. los veían en la misma postura: extendidos a la . El suelo duro des­ pedazaría los picos oponiéndoles su consistencia de piedra. andrajosos. el rancho donde habían sufrido su primera yerra. a lo lejos. como restos de fogatas alrededor de las cuales podían aguardarlos numerosas emboscadas. No los enterraban. a despecho de las fatigas. Dejaban el lugar temido. casi felices por el contraste de antiguas penurias. rígidamente quietos. . Cualquier estallido en la vege­ tación les parecía la percusión de gatillos haciéndoles pensar en súbitas descargas. No pocas veces. mu­ giendo. Buscaban al vaquero amigo que antes los campeaba y los traía de vuelta al son de los cantos conocidos y lo sabía llevar a los buenos pastos y a las aguadas frescas. dos o tres animales. . se bañaban. . semanas y meses sucesivos los viajeros. echados en el desierto como trastos inútiles. eternamente olvidados. Venían en una alegría ruidosa y fuerte. en tiroteos que parecían propios de combates. . . Morían. mataban al fin uno. . Y la noche caía repleta de amenazas. al pasar. La mañana los liberaba. La turba hambrienta los rodeaba en tumulto. miserables. Por días.misma parada obligatoria. El adversario que se había enfrentado con las brigadas ague­ rridas los podía matar cruelmente en pocos minutos. Y recibían una recepción cruel. Nadie se fijaba en su falta. afinando el oído para percibir los rumores vagos y lejanos de las planicies. Desaparecían. los asaltaba una idea estremecedora: ¡un ataque de los jagungos! Inermes. avaramente desbordantes. quedaban hartos. quedaban exhaustos en una curva del camino. hasta repul­ sivos. veloces. los cuerpos enfermos arremetían enloquecidos con los animales sorpren­ didos que escapaban en seguida a esconderse en el matorral bravio. . con gritos discordantes. Irrumpían al trote en el campo circundante. en algún rincón. Los carneaban. Atronaban las espingardas. Y después de fatigarse en correrías. esperando el amanecer para reanudar el éxodo. des­ pués de pocos pasos. agonizando en un abandono absoluto. hacia allá marchaban. . en esa quietud breve. . algunos bueyes — perdidos de las grandes manadas diezmadas por la guerra— al advertir de lejos el alboroto en el paraje de su querencia. con las lluvias pasajeras. Volvían con las cantimploras y marmitas llenas. Algunos.

Y como los árboles desnudos. Quien se aventura en los veranos ca­ lientes a hacer la travesía de los sertones del Norte. parecían familias en éxodo. no impresionaban. se cubrían con sombreros de cuero. arreba­ tándoles todos los principios elementales para la resurrección triunfal de la flora. la piel se arrugaba y permanecían largo tiempo al borde de los caminos como momias aterradoras vestidas de uniformes andrajosos. parece caer en una vida latente. caídos sobre las patas resecas. con la llegada de las primeras lluvias se cubren de exuberantes flores. La atmósfera reseca y ardiente les conservaba los cuerpos. retorcidas. Calzaban duras alpargatas. habían copiado los hábitos del sertanejo. No se descomponían. en el menor tiempo posible. Es la succión formidable de la tierra. las garras fijas al suelo como en un salto paralizado y a la orilla de los pozos de agua secos. cuarteleras de rostro de cala­ vera. con la apariencia exacta de un comba­ tiente fatigado que descansa. sin descomponer. por adaptación. completaban el espejismo. Entre ellos no quedaba ningún resabio de organización militar. La mayor parte. la fauna resistente de las caatingas que queda aniquilada. Apenas marchitaban. prontas a explotar de golpe. Los apu­ raba el pensamiento exclusivo de dejar. . . sin que los insectos les alteren los tejidos. el brazo derecho arqueado sobre la frente como para resguardarse del sol. Algunas mujeres. agrupados en manadas inmóviles. Finalmente. Permanecen intactos. y el hombre que sucumbe a la fulminante insolación. y ves­ tían camisas de algodón. se acostumbra a cua­ dros singulares. amantes de soldados. En­ tonces la descomposición es vertiginosa. en busca del litoral. . ni el uniforme en jirones los distinguía. a los seres que sobre ella viven. muertos desde hace tres o más meses. Los fortalecía. El terror y la imagen de su propia miseria vencían el cansancio de las caminatas hechas. Los primeros aguaceros barren de golpe esos espantajos siniestros. apenas aparezcan las condiciones exteriores favorables. inmovilizando. . de energías adormecidas. las aves que caen muertas de los aires quietos. al derivar hacia el ciclo de las sequías. el hecho fisiológico de una existencia virtual. . Realiza en alta escala. los bueyes flacos. el sertón seco y brutal. transformando en pocos días a esos desiertos en prados. como si los cuerpos fueran devo­ rados por llamas voraces. Los fugitivos avanzaban observando esos escenarios lúgubres. La tierra.sombra de las ramas secas. Parecen reflejar singulares apariencias de vida: las suQuaranas que no pudieron escapar hacia otros parajes. el pescuezo estirado en busca de un líquido que no existe. los lanzaba deses­ peradamente camino afuera. originando resurrecciones sorpren­ dentes. huyendo de la sequía. imperceptible y sorda. parecen esperar también la vuelta de las épocas buenas. despojada de toda humedad.

Y después de dos horas de camino. de aspecto casi señorial. más deplorable que el desierto franco. bajo el cauterio de los calores insoportables. Estaban a la entrada de lo que se llamaba "base de operaciones” de la campaña. en una monotonía más insoportable que las marchas y las batallas. se destacaba nítida. Allí. Pero les faltaba otro día de camino para llegar al Caldeiráo Grande. cayendo en la caatinga según el dicho de los matutos. huyendo amedrentada tanto del jagungo como del soldado. .Oficiales ilustres. como si proyectara en el firmamento una señal azul cariñosa y amiga. nada más. los coroneles Teles y Néri y otros. Se transfigura en pequeñas serranías orladas de viva vegetación y los viajeros. Y recibían por la espalda miradas amenazadoras de los que les envidia­ ban los caballos ligeros. en cuyo vértice. volvían heridos o enfermos. temprano. por un radio de pocos kilómetros. compuesto por otra tapera de barro en la ladera de una loma. Eran compañeros menos infelices. durante algunas horas. los caminantes. la naturaleza es otra. por la cual baja el campo sombreado de juázeiros altos. Pero al alcanzarla volvía la desesperanza. Aparecía riente en las lomadas amplias. levantando nubes de polvo. el general Savaget. la aparición de la pequeña aldea. pierden la obsesión embrutecedora de las planicies estériles y de las sierras desnudas. los más dicho­ sos llegaban a la trifurcación de los caminos del Rosario. desprovisto de todo. inútil. acampaban en la única plaza grande. Pero era el pavor de todos los heridos y enfermos. vacío. purificado por el sol y barrido por el viento. otros seis u ocho días de amarguras. No recibían respetos. reanu­ dando la travesía. pasando por medio de esas bandas con indi­ ferencia demente. la mejor estancia de esos parajes. casas ex­ tendidas por un escalón suavemente inclinado de la abrupta montaña. con las aguas represadas de un riacho al pie. apenas lo protegía por un día. La población lo había abandonado. los reanimaba. De suerte que la aldea. Eran otras dieciséis leguas extenuantes. el sitio de Juá. disputándose la sombra del viejo tamarindo. al lado del barracón de feria. la capilla blanca. Pasaban y desaparecían velozmente. huyendo de la amistad molesta de los mur­ ciélagos en las casas abandonadas. Al día siguiente proseguían hacia Monte Santo. Al día siguiente. calle Capitán Salomáo— agravaba la ingrata región. cada uno se largaba hacia Queimadas. Una guarnición exigua había tomado la plaza y pasaba allí sus días. Monte Santo y Calumbi. El poblado muerto. Se creían a salvo. era un desierto metido entre paredes y ahogado en la trama de algunos callejones llenos de detritos y de los desperdicios repugnantes de los bata­ llones que allí había acampado. Todavía era el desierto. a la distancia de una legua. Después de cuatro días de marcha. Al llegar. En un caserón oscuro habían fantaseado un hospital militar. levantada sobre un cerro amplio. con sus callejas torcidas condecoradas con nombres sonoros — calle Moreira César.

por Jacurici. les escandalizaba ver el cuadro tranquilo de esos hogares pobres. refinando sus tropelías. tomando unos tizones llegaban al colmo de la maldad. las trasponían. a salvo. rodeadas de mandacarus. rudamente víctimas. donde pasaba la vida de los matutos. en grupos que trasudaban alaridos. con­ templando el paso del triunfal heroísmo. una decena de casuchas. impulsivamente. Tomaban los trenes y bajaban en Bahía. y la que­ mazón se derramaba por muchas leguas a la redonda. mientras las familias sertanejas escapaban a esconderse en los pastizales. en marcha hacia el litoral. enton­ ces tan poblado. se acercaban a los ranchos apelando a la hospitalidad in­ condicional de los tabaréus. todos los días. Las soldadescas iban causando estragos. Incendiaban los ranchos. que venían . por Cansando. .sujetos a las paradas inevitables en los pozos de agua. rodaban por las quebradas. El viento del nordeste se encargaba de esparcir el fuego por la caatinga seca. Los fugitivos. . por todos los receptáculos de aguas verdosas y sospechosas. de aspecto festivo. que parecía una ranchería de troperos. En poco tiempo. irritando más que intimidando. Y nunca había podido imaginar que tuviera un aspecto tan dramático. Y llegaban a Queimadas dispersos y exhaustos. como si fueran restos de una caravana de bárbaros. Les revolvía el alma. en irresistibles conatos de destrucción. PRIMERAS NOTICIAS CIERTAS Los aguardaban con ansiosa curiosidad. La multitud desbordaba la estación terminal de la línea férrea. algunos casi moribundos. como era necesario inventar una diversión estúpidamente dra­ mática que los distrajera por algunos instantes de sus profundas agonías. subían a los morros repentinamente encendidos como cráteres. Por fin iban a llegar las primeras víctimas de la lucha que había mantenido en vilo la atención del país entero. las llamas en­ vueltas en rollos de humo. Y aquel camino. por Quirinquinquá. dos casas tristes. ampliando el círculo de ruinas de la guerra. Se sacudían en temblores de emociones nunca sentidas. bajo la sombra de los ouricurizeiros. imprecaciones y frases estremecedoras de angustias. inspi­ rando piedad y odio. Primero pidieron con cólera. Los heridos llegaban en estado miserable. por Serra Branca. Prolongaban por las calles de la ciudad la ola repulsiva de sus trapos y lastimaduras. levantadas sobre una ancha base de granito. lugarejo minúsculo. Después. Entonces. Enfermos y heridos. Después hicieron francos asaltos. llevadas por el viento. al mismo tiempo miserables y malvados. brutalmente victimarios. en Calcada 3 0 9 . hacían saltar las puertas a golpes de sus armas. y se derramaba por las calles próximas hasta el fuerte de Jequitaia. se desoló. soportaban los últimos tramos de su penoso éxodo.

el 8 . La población de la capital los recibía conmovida. por medio de los cuales se hacía la sombría conmemoración del heroísmo. espontáneas. sobre esa conmiseración profunda y general. Los días transcurrían entre multitudes ruidosas. Pasteur 3 1 0 . auxiliándolos en las calles. presas en el mismo contagio y sugestionadas por las mismas imágenes. en una ala­ cridad singular. Pero. Como siempre sucede. Se organizaron comisiones patrió­ ticas para recibir donativos que espontáneamente surgían numerosos y constantes. en los conventos. Claude Bernard. ciertamente. Un gran número de personas identificadas por la misma conmoción. el pueblo se constituyó en tutor natural de los enfermos. sin combinaciones previas. La vasta ciudad se convirtió en un hogar. fueron 150. en medio de expansiones discordantes. interrumpida por llantos. religiosa­ mente. arruinados a golpes. Los mártires recibían ovaciones de triunfadores. con los que estaban en mejores condiciones conversa­ ban sobre las pruebas sufridas y los arriesgados lances sucedidos y al dejar esos trágicos exponentes de la guerra se llevaban un juicio sobre la lucha más brutal de nuestros tiempos. en las calles y en las plazas. el 11 fueron 400. se improvisaron enfermerías. En cada uno de estos lugares los gloriosos mutilados fueron puestos bajo el patrocinio de algún nombre ilustre: Esmarck. traían en las caras cadavéricas y en los cuerpos doblados la imagen más conmovedora de la campaña. Duplay. jirones de chaquetas sobre los hombros. Que surgían al azar. se vuelve exponente del sentir de cada uno y vibrando al unísono todas las almas. Aventajándose al gobierno. camisas destrozadas. todas las individualidades se apagaban en el anonimato ennoblecedor de la multitud piadosa que pocas veces apareció tan digna en la historia. el 18 fueron 53 y así en más. pero de algún modo daban aliento. el sentimiento colectivo ampliaba las impresiones individuales. silencioso. Los días de visita invadía los hospitales en masa. Esta desnudaba por primera vez su realidad. arrastrándose pe­ nosamente. Se acercaban los visitantes a los lechos como si en ellos tuvieran a viejos conocidos. en los cuerpos heridos de bala y espinas. Oficiales y soldados. animándolos. en los hospitales. abriéndoles sus casas. por contraste inevitable. revestidos por el mismo uniforme inclasificable: pan­ talones en harapos que apenas los tapaban.rodando por los caminos sertanejos como reflujo repugnante de la campaña. apareciendo y desa­ pareciendo en cuartos de hora. Los heridos eran como una dolorosa revelación. Todos los días llegaban centenares: el 6 de agosto fueron 216 plazas y 26 oficiales. uniformados por la miseria. Era un desfile cruel. el 12 fueron 260. En el Arsenal de Guerra. Cojeando. andrajos de capotes en tiras. venían indistintos. en camillas. en la Facultad de Medicina. ampa­ rándolos. el 14 fueron 270. jamás habían tenido tan bella consagración del futuro. rápidas. dándole al conjunto los rasgos de una miseria trágica. como si se desencadenaran por movimien­ tos impulsivos. . vibraba un entusiasmo intenso.

En aquellas crueldades se retrataba la energía de una raza. Aquellos hombres que llegaban dilacerados por las garras del jagungo y de la ve­ getación reflejaban el vigor de un pueblo puesto a prueba, a prueba de fuego, a prueba de hambre. Impresionadas por el cataclismo de la guerra, las capas superficiales de una nacionalidad sacaban a luz sus elementos profundos en esos titanes resignados y estoicos. Y por sobre todo, un pen­ samiento no esbozado siquiera pero igualmente dominante, latente en todos los espíritus: la admiración por la osadía de los sertanejos incultos, hombres de la misma raza, enfrentados a los cuales se despedazaban de ese modo batallones enteros. . . Y un largo temblor tonificante vibraba en las almas. Se hacían rome­ rías hacia el cuartel de la Palma, donde estaba herido el coronel Carlos Teles; a Jequitaia, donde convalecía el general Savaget; y cuando este último pudo arriesgar algunos pasos por las calles, paralizó completa­ mente toda la algarabía comercial de la ciudad Baixa, en una ovación espontánea e inmensa que, irradiando de repente y congregando a la población alrededor del heroico jefe de la 2 ^ columna, transformó un día común de trabajo en día de fiesta nacional3n.

Sobre esta agitación llegaban diariamente pormenores que la aumentaban. Por fin, positivamente, con rigor matemático, se conocía la extensión del desastre. Era sorprendente. Desde el 25 de junio en que había cambiado los primeros tiros con el enemigo hasta el 10 de agosto, la expedición había tenido 2.049 bajas. En el total entraba la 1^ columna con 1.171 hombres y la 2^ con 878. Discriminadamente los guarismos eran éstos: " P columna. Artillería: 9 oficiales y 47 plazas heridos; 2 oficiales y 12 plazas muertos. Ala de caballería: 4 oficiales y 46 plazas heridos; 30 oficiales y 16 plazas muertos. Ingenieros: 1 oficial y 3 plazas heridos; 1 plaza muerto. Cuerpo de policía: 6 oficiales y 46 plazas heridos; 3 oficiales y 24 plazas muertos. 5 9 de infantería: 4 oficiales y 66 plazas heridos; 1 oficial y 25 plazas muertos. 79: 8 oficiales y 95 plazas he­ ridos; 5 oficiales y 52 plazas muertos. 99: 6 oficiales y 59 plazas heridos; 2 oficiales y 22 plazas muertos. 149: 8 oficiales y 119 plazas heridos; 5 oficiales y 22 plazas muertos. 159: 5 oficiales y 30 plazas heridos; 10 plazas muertos. 169: 5 oficiales y 24 plazas heridos; 10 plazas muer­ tos. 259: 9 oficiales y 134 plazas heridos; 3 oficiales y 55 plazas muer­ tos. 27? : 6 oficiales y 45 plazas heridos; 24 plazas muertos. 309: 10 oficiales y 120 plazas heridos; 4 oficiales y 35 plazas muertos. " 2 ^ columna. 1 general herido. Artillería: 1 oficial muerto. 12 ? de infantería: 6 oficiales y 120 plazas heridos; 1 oficial y 50 plazas muer­

tos. 269: 6 oficiales y 36 plazas heridos; 2 oficiales y 22 plazas muertos. 319: 7 oficiales y 99 plazas heridos; 4 oficiales y 48 plazas muertos. 32°: 6 oficiales y 62 plazas heridos; 4 oficiales y 31 plazas muertos. 33? : 10 oficiales y 65 plazas heridos; 1 oficial y 15 plazas muertos. 349: 4 oficiales y 18 plazas heridos; 7 plazas muertos. 35°: 4 oficiales y 91 plazas heridos; 1 oficial y 22 plazas muertos. 409: 9 oficiales y 75 plazas heridos; 2 oficiales y 30 plazas muertos”. Y la hecatombe progresaba con una media diaria de ocho hombres fuera de combate. Por otro lado, los adversarios parecían disponer de extraordinarios recursos.

VERSIONES Y LEYENDAS Todo se transfiguraba en dimensiones exageradas por imaginaciones superexcitadas. Un reciente mensaje del Senado Federal donde había gol­ peado también la ola general de conmoción, requiriendo en vehementes declaraciones que se esclarecieran denuncias sobre si se habían despa­ chado desde Buenos Aires con destino a los puertos de Santos y de Bahía, armas que parecían destinadas a los amigos del Conselheiro, de­ muestra cómo las fantasías ampliadas por el nerviosismo general adqui­ rían visos de realidad. Completaban el mensaje las noticias aparecidas en los órganos más serios 3 1 2 de la prensa de los países americanos, lo que al mismo paso, reflejaba el modo de pensar de esas repúblicas. Quizá el de mayor peso de América del Sur * después de referirse a los curiosos sucesos de la campaña, le agregaba pormenores de un simbolismo extraño: "Se trata de dos misivas que, con intervalo de dos días, recibimos de la Sección Buenos Aires de la unión internacional de los amigos del imperio del Brasil comunicándonos que por orden de la sección ejecutiva, en Nueva York, la referida Unión tiene todavía una reserva de no menos de 15.000 hombres — sólo en el estado de Bahía— para reforzar, en caso de nece­ sidad, el ejército de fanáticos; además de 100.000 en varios estados del norte del Brasil y más de 67.000 en ciertos puntos de los Estados Unidos de América del Norte, prontos a salir en cualquier momento hacia las costas del ex imperio, todos bien armados y preparados para la guerra. También tenemos, agregan las misivas, armas de los sistemas más mo­ dernos, municiones y dinero en abundancia. "De una redacción, caligrafía y ortografía correctas, estas enigmáticas comunicaciones traen en el encabezamiento la misma inscripción que las suscribe, escritas con tinta que hace recordar la violácea coloración de los muertos, destacándose las mayúsculas con rojo, el rojo color de la sangre.
* La Nación de Buenos Aires, 30 de julio.

"Ante el cuadro formidable de hombres y armas que nos presentan los misteriosos amigos del imperio, de forma no menos misteriosa, no podemos menos que pensar en una de aquellas terribles asociaciones que forjan en las cuevas sus planes de destrucción o en algunos caballeros dados a la mistificación. "Mientras tanto, por lo que pueda haber de verdad en el fondo de todo esto, es que lo hacemos constar y acusamos recibo de las repetidas mi­ sivas”. Se creía. La cuarta expedición había sucumbido en el territorio de la guerra. Lo decían insospechados informes. Sólo del municipio de Itapicuru, se afirmaba, habían partido 3.000 fanáticos hacia Canudos condu­ cidos por un cura que rechazando los principios ortodoxos iba allá a co­ mulgar con las tonterías abstrusas del cismático. Por Barroca pasaban cen­ tenares de bandoleros armados siguiendo el mismo rumbo. Se citaban los nombres de los nuevos cabecillas. Apelativos funambulescos como los de los chouans: Pedro el Invisible, José Gamo, Caco de Ouro, y otros. Agravando estas conjeturas, venían noticias verdaderas. Los sertanejos andaban por el sertón en expediciones atrevidas: atacaron el puesto de Mirandela, guiados por Antonio Fogueteiro; atacaron, tomaron y saquea­ ron la Vila de Santa Ana de Brejo; andaban así por todas partes. Se ex­ tendían por los campos mostrando rasgos de una estrategia segura. Ade­ más de la aldea, tenían dos nuevas posiciones de primer orden: las ver­ tientes caóticas del Caipá y las cuerdas de cerros alrededor de la Várzea da Erna. Desbordando de Canudos, la insurrección se explavaba por los lados de un triángulo enorme en el que podían inscribirse cincuenta mil bayonetas. Los convoyes que partían de Monte Santo, aunque reforzados, no por batallones sino por brigadas, hacían un viaje accidentado, obstaculizado por constantes asaltos. Alcanzado el Aracati, era indispensable que vinie­ sen de Canudos dos o tres batallones para protegerlos. El siniestro tramo de camino entre el Rancho do Vigário y las Baixas, era el pavor de los más probados valientes. Era el sitio clásico de parada de los bueyes v de la dispersión de los cargueros espantados por los tiroteos vivos, atrope­ llando pelotones enteros en su retroceso feroz de fuga. En esos encuentros sucesivos, adrede hechos para perturbar las mar­ chas, comenzó a observarse una variante del jagungo, aue lo auxiliaba indirectamente. Entre los claros de las ramas pasaban veloces, en el ver­ tiginoso vagar de las guerrillas, brillos de botones de uniformes, vivos de pantalones. El desertor hambriento atacaba a los antiguos compañeros. Era un lamentable síntoma que se sumaba a otros de la campaña, cuya imagen, día a día, se ensombrecía con episodios y sucesos triviales. Los soldados enfermos, en perenne contacto con el pueblo que les ha­ blaba, se habían constituido en rudos cronistas de los hechos y nos los

confirmaban de forma imaginativa, porque su misma ingenuidad les dic­ taba los casos que narraban, verídicos en su esencia, pero deformados por exageraciones. Urdían extraños episodios. El jagungo comenzó a aparecer como un ente aparte, monstruoso, medio hombre y medio duen­ de, violando las leyes biológicas con su resistencia inconcebible, arroján­ dose de manera nunca vista sobre el adversario, deslizándose invisible por la caatinga, como las víboras, cayendo por los despeñaderos más hon­ dos como un espectro, más débil que la espingarda que cargaba, flaco, seco, fantástico, de peso menor que el de un niño, sólo piel bronceada sobre los huesos, áspera como la epidermis de las momias 313. La imaginación popular de allí en más, deliraba la embriaguez de los casos estupendos, cosidos de fantasías. Algunos eran rápidos, reflejando incisivamente la energía invencible de esos cazadores de ejércitos.

En una de las refriegas siguientes al asalto, había quedado prisionero un curiboca joven que a todas las preguntas respondía automáticamente con altiva indiferencia: — ¡No sé! Por fin le preguntaron cómo quería morir: — ¡De tiro! — ¡Pues va a ser a cuchillo! — lo contradijo el soldado. Así fue. Y cuando el filo le abría la garganta, la primera ola de sangre espumante no apagó el último grito que brotó de la boca ensangrentada: — ¡Viva el Buen Jesús!

Otros mostraban líneas épicas: El l 9 de julio, el hijo mayor de Joaquim Macambira, muchacho de dieciocho años, se acercó al mañero cabecilla: — Padre, quiero destruir a la matadora. El astuto guerrillero, especie grosera de Imanus, cobrizo y bronco, lo encaró impasible: — Consulta al Conselheiro y anda. El valiente marchó seguido de once compañeros dispuestos. Traspu­ sieron el Vaza-Barris, atacaron la cuesta ondulante de la Favela. Se me­ tieron, deslizándose como víboras, por las caatingas ralas. Era el mediodía. El sol golpeaba la tierra a pico, sin hacer sombra, en rayos verticales y ardientes. . .

En esos lugares, el mediodía es más silencioso y lúgubre que la me­ dianoche. Reverbera en las rocas, se refleja en las planicies desnudas, es repelido por el suelo reseco y todo el calor emitido sobre la tierra se revierte hacia el espacio en columnas ascendentes por el aire irrespirable. La naturaleza queda enervada, en quietud absoluta. No sopla la brisa más leve. Ni un ala agita el aire cuya transparencia, junto al suelo, se perturba en ondulaciones rápidas y ardientes. La fauna de las caatingas reposa. Las ramas marchitas de los árboles penden sin movimiento. . . En lo alto de la montaña, abatido por la canícula, descansaba el ejér­ cito. Echados al azar por las laderas, las gorras caídas sobre la cara para taparse, dormitando o pensando en el hogar distante, los plazas aprove­ chaban los breves momentos de tregua para rehacer sus fuerzas. Enfrente, extendida sobre colinas, minúsculas casas en desorden, sin calles ni pla­ zas, grupo incoherente de ranchos, aparecía Canudos, desierto y mudo como una antigua tapera. Todo el ejército reposaba. . . En eso despuntan, cautos, aparecen a orillas de las matas rastreras y cerradas, en lo alto, donde está situada la artillería, doce caras inquie­ tas, miradas felinas, rápidas, recorriendo todos los puntos. Doce caras solamente, de hombres todavía agachados, en medio de las bromelias. Aparecen lentamente. Nadie los ve. Les dan las espaldas con indiferencia soberana veinte batallones en paz. Delante divisan la presa codiciada. Como un animal fantástico, el cañón Withworth, la matadora, se empina sólido. Vuelto hacia Belo Monte, la boca rugidora y truculenta que tantas granadas había arrojado sobre las iglesias sacrosantas. Le caen sobre el dorso negro los rayos del sol, brillando. Los fanáticos lo contemplan. Se levantan después. Se arrojan sobre el monstruo. Lo asaltan, lo aferran, uno trae una palanca. La levanta amenazador y rápido. . . Y el golpe cae, estalla tañendo. Es un grito de alarma que estalla en la mudez universal de las cosas, se multiplica en las quebradas, llena todo el espacio, detona en ecos que atruenan los valles y los morros con una vibración triunfal, sacu­ diendo violentamente al campamento entero. . . Aceleradamente se formaron las divisiones. En un segundo, los asal­ tantes se ven rodeados por un círculo de espingardas y sables, bajo una descarga de golpes y de tiros. Sólo uno se salva, golpeado y herido, co­ rriendo, saltando, rodando, entre los soldados, entre las balas, entre la cerca de bayonetas, cayendo en medio de las caatingas, despeñándose finalmente sobre abismos desde las cumbres de la montaña. . . Estos y otros casos — exagerado novelar de los hechos más triviales— le daban a la campaña un tono impresionante y legendario que impresicr naba a la opinión pública de la vieja capital y a todo el país. . .

Era urgente una intervención más enérgica del gobierno. La imponía por sobre las aprehensiones crecientes, las últimas peripecias de la lucha y la ignorancia sobre el curso real de las operaciones. Las opiniones, como siempre, eran disparatadas y discordes. Para la mayoría, los rebeldes con­ taban con elementos serios. Era evidente. No se comprendía que venci­ dos en todas las órdenes del día —heroicamente escritas— teniendo to­ davía franca la fuga hacia los sertones del Sao Francisco, donde no se los podía descubrir, esperasen pertinaces en la aldea, que se les cerraran, mediante el cerco, las últimas puertas de salida. Con lógica, deducían corolarios graves. Aparte de la hipótesis sobre la devoción sobrehumana que los hacía sucumbir en masa bajo los escombros de los templos, se imaginaban preparativos guerreros formidables, capaces de desbaratar la estrategia regular. El número que se decía diminuto, de los que perma­ necían en Canudos arrostrando todo, por cierto, era un engaño armado para arrastrar hasta allí al ejército, desgastándolo en combates estériles, hasta que en otros lugares se congregasen fuertes contingentes para el asalto final sobre los sitiadores, poniéndolos entre dos fuegos. Contrariaban juicios más alentadores. El coronel Carlos Teles, en carta dirigida a la prensa 3 1 4 , afirmó de manera clara el número reducido de los jagungos — doscientos hombres válidos, quizá sin ningún recurso— sólo abastecidos y equipados con lo que habían tomado de las anteriores expe­ diciones. El optimismo del valiente, de hecho exagerado, fue ahogado por la incredulidad general. La estimulaban todos los hechos y sobre todo, las apariciones diarias de heridos, acreciendo la conmoción nacional.

LA BRIGADA GIRARD Sobrevinieron otros hechos igualmente desastrosos. Atendiendo a los pri­ meros reclamos del general Artur Oscar, el gobierno había organizado rápidamente una brigada auxiliar que, al revés de las otras, no entraba en la guerra distinguida por el número. Según una loable práctica, sin tradición entre nosotros, merced a la cual se extiende a los comandados la gloria del comandante, tenía un nombre: Brigada Girard. La dirigía el general Miguel Maria Girard y la formaban tres cuerpos salidos de la guarnición de la Capital Federal: el 2 2 ? del coronel Bento Tomás Gongalves, el 249 del teniente coronel Rafael Tobías y el 38*? del coronel Filomeno José da Cunha. Eran 1.040 plazas y 68 oficiales, perfectamente armados y llevando a la lucha insaciable el regalo esplén­ dido de 850.000 cartuchos Máuser. Pero, por una serie de circunstancias que sería largo enumerar, en lugar de auxiliar, esta tropa se convirtió en un agente debilitante. Salió

de Río de Janeiro bajo el mando de su jefe y llegaron a Queimadas el 31 de julio. Partió de allí el 3 de agosto dirigida por un coronel, hasta Monte Santo. Marchó hacia Canudos el 10 de agosto bajo el comando de un mayor 3 1 S . Había dejado en Bahía a un coronel y algunos oficiales enfermos. En Queimadas dejó un general, un teniente coronel y algunos otros oficiales también enfermos. En Monte Santo dejó un coronel y otros oficiales más enfermos.

EXTRAÑO HEROISMO Se descomponía por el camino. Partían de ella pedidos de reforma más alarmantes que el aniquilamiento de una brigada. Un beriberi excepcional exigía, no ya la pericia de sabios médicos, sino el examen de psicólogos agudos. Porque el miedo tuvo allí a sus grandes héroes que mostraron el estupendo coraje de decirle a un país entero que eran cobardes. Al salir de Queimadas hacia el sertón, aquella fuerza encontró los primeros grupos de heridos y fue marcada por el estupor de la guerra. Por medio de su campamento en Contendas, pasaron el general Savaget, el coronel Néri, el mayor Cunha Matos, el capitán Chachá Pereira y otros oficiales. Los recibió con entusiasmo: oficiales y plazas formados al lado del camino saludándolos. Pero después se les apagó el fervor. A los tres días de viaje comenzó a sufrir privaciones, viendo disminuidos los víveres que llevaban y repartían con los sucesivos grupos de heridos que encontraban por el camino, llegando cansados y hambrientos a Monte Santo.

EN VIAJE HACIA CANUDOS Tomó hacia Canudos donde era ansiosamente esperada el 10 de agosto, totalmente despojada del espléndido aparato jerárquico con que había nacido. La dirigía el fiscal del 24?, Henrique de Magalháes, estando los cuerpos bajo el mundo del mayor Lidio Porto y los capitanes Afonso de Oliveira y Tito Escobar. La marcha fue difícil y lenta. Desde Queimadas se luchaba con serias dificultades de transporte. Los cargueros, animales viejos y cansados, muías escapadas de las carrozas de Bahía y troperos improvisados, rengueaban, tropezaban por los caminos, inmovilizaban a los batallones y demoraban el avance. De ese modo llegaron a Aracati, donde les entregaron un convoy que debían proteger hasta Canudos. En ese momento los diezmaba la viruela. Todos los días salían dos o tres enfermos de las filas y volvían al hospital de Monte Santo. Otros, lastimados por esa repentina transición de las calles asfaltadas de la Capi­

tal Federal hacia esos ásperos caminos, se distanciaban, se perdían en la retaguardia, se confundían con los heridos que venían en dirección opuesta. De modo que al pasar por Jueté, el 14 de agosto, le fue providencial encontrarse con el 159 batallón de infantería, ya endurecido en la lucha y que había venido de Canudos. Porque al día siguiente, después de acampar en las Baixas, donde pararon el día anterior para aguardar la llegada de gran número de plazas retrasados, fue violentamente atacada en el Rancho do Vigário. Los jagungos la sorprendieron de flanco, por la derecha, desde lo alto de un cerro dominante, y casi de frente, desde una trinchera marginal. La abarcaron entera en una descarga única. Cayeron muertos, en el frente, un alférez del 24*? y en la retaguardia, otro del 38?. Cayeron algunos plazas en las filas interiores. Algunos pelo­ tones se embarullaron sorprendidos, bisoños todavía ante los ataques fe­ roces de los guerrilleros. La mayoría disparó desesperadamente sus armas. Estallaron voces trémulas, cornetas, gritos desencontrados de mando. Despavoridos se escaparon los cargueros. Los bueyes se metieron por la caatinga. . . Tomando la vanguardia, el batallón 159, guió a los vacilantes comba­ tientes. No se repelió al enemigo. La retaguardia, al pasar por ese mismo punto, fue a su vez atacada. Después de este revés, porque lo fue, basta decir que de ciento dos bueyes que arrastraban el convoy sólo quedaron once, la brigada de nova­ tos fue nuevamente embestida en el Angico. Dio una carga todavía pla­ tónica de bayonetas en la que no perdió un solo soldado, y finalmente, entró en Canudos donde los rudos campeadores que allí permanecían bajo la disciplina tiránica de los tiroteos diurnos los acogieron con el nombre de la Mimosa. Nombre que sus bravos oficiales hicieron olvidar.

VIII NUEVOS REFUERZOS Este ataque llegó a Bahía con las proporciones de una batalla perdida, poniendo un punto más al desequilibrio general, y el gobierno comenzó a actuar con la agilidad requerida por la situación. Reconocida la inefi­ cacia de los refuerzos recién enviados, se trató de formar una nueva división, juntando los últimos batallones dispersos por los Estados capaces de una movilización rápida. Y para evaluar de cerca la situación, resolvió enviar a la base de operaciones a uno de sus miembros, el Secretario de Estado de los Negocios de la Guerra, mariscal Carlos Machado de Bittencourt.

Partió éste en agosto hacia Bahía al tiempo que de todos los rincones del país salían nuevos luchadores. El movimiento armado, repentina­ mente, se había generalizado, asumiendo la forma de un levantamiento en masa. Las tropas afluían desde el extremo norte y desde el extremo sur, aumentadas por los cuerpos policiales de Sao Paulo, Pará y Amazonas. En esa convergencia en el seno de la antigua metrópolis, el paulista, descendiente del bandeirante aventurero; el riograndense, jinete bravo; el curiboca norteño, resistente como pocos, índoles dispares, hombres de climas opuestos, de contrastados usos y tendencias étnicas, desde el mes­ tizo oscuro al caboclo trigueño y al blanco, allí se reunían bajo el lazo de una aspiración uniforme. La antigua capital los agasajaba en el recinto de sus viejos baluartes, rodeando en un mismo agasajo fraterno y calu­ roso a la inmensa prole dispersada desde hacía tres siglos. Después de estar largamente desparramados, los varios factores de nuestra raza volvían repentinamente al punto de donde habían partido, en vista de un entre­ lazamiento hermoso. Bahía se atavió para recibirlos. Aquel reflujo de la campaña la había transfigurado — mártires que llegaban, combatientes que salían— y rota la habitual apatía, se revestía con el aspecto guerrero del pasado. Las inútiles fortalezas que tiene intercaladas, decadentes en su aparcería con las casas burguesas, fueron prontamente reparadas, corta­ dos los árboles que les tapaban las murallas, y resurgían a la luz, recor­ dando las épocas en que aquellas almenas rugían sus largas culebrinas de bronce 3 1 8 . En ellas se acuartelaban los contingentes recién llegados: el l 9 batallón de policía de Sao Paulo con 458 plazas y 21 oficiales, bajo el mando del teniente coronel Joaquim Elesbáo dos Reis; los 299, 39 9 379, 289 y 4 9 dirigidos por el coronel Joáo César de Sampaio, tenientes coroneles José da Cruz, Firmino Lopes Regó y Antonio Bernardo de Figueiredo y mayor Frederico Mara, con los siguientes efectivos: 240 plazas y 27 oficiales; 250 plazas y 40 oficiales; 332 plazas y 51 oficiales; 250 plazas y 11 oficiales, además de 36 alféreces agregados; y el 4 9 con 219 plazas y 11 alféreces que eran toda la oficialidad, pues no tenían ni capitanes ni tenientes. Por fin, dos cuerpos, el regimiento policial de Pará, solamente 640 hombres comandados por el coronel José Sotero de Meneses y uno de la policía del Amazonas, bajo el mando del teniente Cándido José Mariano con 328 soldados. Estos refuerzos, que llegaban a 2.914 hombres, incluidos cerca de trescientos oficiales, fueron repartidos en dos brigadas, la de línea, bajo el mando del coronel Sampaio y los de la policía — excluida la de Sao Paulo que había salido sola hacia el frente bajo el mando del coronel Sotero— constituían una división que fue entregada al general de brigada Carlos Eugenio de Andrade Guimaráesm.

Todo el mes de agosto se gastó en la movilización. Llegaban a Bahía, se aprovisionaban de municiones y embarcaban hacia Queimadas. De allí a Monte Santo, donde debían concentrarse en los primeros días de setiembre. Los batallones de línea, además de disminuidos, como lo indican los números citados arriba, reducidos casi a dos compañías, venían desprovis­ tos de todo, sin los más elementales pertrechos bélicos, aparte de viejas espingardas y uniformes gastados que habían utilizado en la reciente campaña federalista del sur.

EL MARISCAL BITTENCOURT El mariscal Carlos Machado de Bittencourt, principal árbitro de la situa­ ción, desarrolló una notable actividad. Venía a propósito para las dificultades del momento. Era un hombre frío, un escéptico tranquilo e inofensivo. En su sim­ plicidad perfectamente plebeya, morían las expansiones generosas. Mili­ tar hecho, era capaz — y lo demostró más tarde acabando trágicamente su vida 3 1 8 — de echarse sobre los mayores riesgos. Pero fríamente, equi­ libradamente, siguiendo las líneas del deber. No era un bravo ni era un pusilánime. Nadie podía sorprenderlo en un lance de arrebatado heroísmo. Nadie podía imaginarlo sustrayéndose tortuosamente a una situación peligrosa. Sin ser una organización militar completa se había formado en un auto­ matismo típico de esas máquinas de nervios y músculos hechas para actuar mecánicamente, según la presión inflexible de las leyes. Pero esto, menos por educación disciplinada y sólida que por tempe­ ramento, inerte, pasivo, cómodamente engarzado en los reglamentos. Fuera de eso era nulo. Tenía el fetichismo de las determinaciones escri­ tas. No las interpretaba ni las criticaba: las cumplía. Buenas o pésimas, absurdas, extravagantes, anacrónicas, estúpidas o útiles, fecundas, gene­ rosas y dignas, lo volvían proteiforme, reflejándola bueno o detestable, extravagante o generoso y digno. Estaba escrito. Por eso, siempre que los acontecimientos políticos las embarullaban, cauteloso, se retraía en el olvido. El mariscal Floriano Peixoto — profundo conocedor de los hombres de su tiempo— en los períodos críticos de su gobierno, cuando la índole personal de sus adeptos o adversarios influía, sistemáticamente lo dejó de lado. No lo llamó, no lo apartó, no lo prendió. Le era igualmente insig­ nificante como partidario que como adversario. Sabía que el hombre cuya carrera seguía una línea recta, seca, inexpresiva, no daría un paso a favor o en contra del cerrojo del estado de sitio.

la cara abatida de un viejo. buscando una situación emocionante y grave. Al salir hacia Bahía enfrió los entusiasmos. Cierta vez. pechos agujereados a bala y tajeados a cuchillo. Recién llegados de la lucha. deflagraron en sus oídos. sentados. Cabezas envueltas en vendas sanguinolentas. Había reconocido al ministro . pies deformes por la hin­ chazón. crepitaron en palmas y aplausos. . estallaron a su alrededor. Tenía la palabra difícil y pobre. Quien se acercaba a él buscando aliento. no porque cambiaba los destinos de un pueblo sino porque alteraba unas ordenanzas y unos decretos y unas fórmulas. versos llameantes. se encontraba sorprendido con la esterilidad de unos conceptos triviales. Manifestaciones ruidosas. Los escuchó indiferente. Una vida golpeada desde los esteros del Paraguay hasta las caatingas de Canudos. con intermi­ nables frivolidades cruelmente enfadosas sobre paradas de tropas. Le pareció siempre una novedad irritante. Imaginen dos extensas filas de lechos blancos y sobre ellos. sobrecogida de temor. No la quiso nunca. todos los trauma­ tismos y todas las miserias. de bruces o encogidos contra los barrotes en contorsiones de dolor. un cabo de escuadra. Pero tuvo que detenerse un momento. El aspecto del amplio salón era impresionante. propias del oficio. esa insensibilidad lastimosa calló profundamente. en todas las actitudes. Enfrente. emergiendo entre las mantas. intermi­ nables minucias sobre las distribuciones de alimentos y remontas de caba­ lladas. viejos preceptos que sabía leer de memoria. como si este mundo fuese una inmensa Casa de Ordenes. Eran cosas banales. La comitiva que acompañaba al ministro — autoridades del estado y militares. lo desorientaba y contrariaba. o acurrucados o sacudidos en gemidos. le mostraban el agujero de un tiro de trabuco o una cicatriz sanguinolenta o un rostro cadavérico. pidiéndole una transferencia o una licen­ cia. Llegó a aquella capital cuando estaba en la plenitud de su fervor patriótico y en cierto modo lo debilitó. veterano de treinta y cinco años de filas. y la historia una variante de la escritura de los sargentos. todo cuanto salía del orden rutinario de la vida no lo conmovía. leyendo maquinalmente la papeleta prendida a la cabecera y seguía. El mariscal se aproximaba a uno y otro lecho. que hasta allá lo llevaba. Comenzó la lúgubre visita. No sabía responderles. obviando la formalidad de un certificado médico. Fue en una visita a uno de los hospitales. periodistas. nada ganaban si. rígidos debajo de las sábanas corridas como mortajas. hombres de toda condición — entró silenciosamente.La República fue un accidente inesperado al final de su vida. un rasgo varonil. piernas rígidamente extendidas entre tablillas. brazos sostenidos en cabestrillos. una intuición feliz. oradores explosivos le pasaron por delante. cuatrocientos enfermos. . Además. Lo saben cuantos con él lidiaron.

alejamiento para los grupos interminables de heridos— su espíritu les superponía siempre aquel objetivo capital. en un delirio de frases rudas y sinceras. . Es que todo eso — fuertes emociones o cuadros lancinantes— estaba fuera de programa. Se volvía imprescindible darle a la campaña lo que no había tenido: una línea y una base de operaciones. con breves intervalos de días. abdicando todas las regabas de su posición. haciendo fuerza para levantarse. Y con voz temblorosa y ronca. perdidos en una región estéril. blindado de la frialdad que lo libraba de cualquier perturbación. un cuerpo regu­ lar de convoyes que corrían continuamente los caminos y ligaban efecti­ vamente. sacando el cuer­ po esmirriado y los brazos flacos y temblorosos. en el aislamiento en que se enclavaban los expedicionarios. en la auténtica significación del término. lo demostraron las expediciones anteriores. en las marchas fatigantes. . venciendo. Y lo consiguió. con tenacidad. Comprendió que lo menos valioso era la acumulación de un mayor número de combatientes. el Cuartel Maestre Ge­ neral 8 1 9 de una campaña en la que era jefe supremo un inferior jerár­ quico suyo 3 2 °. Es que su buen sentido sólido. en una alegría dolorosa. los ojos brillantes de felicidad y de fiebre. Lo que era necesario com­ batir y vencer no era el jagungo sino el desierto. Este resultado presagiaba el desenlace próximo de la contienda. . Los ojos se empañaban en lágrimas. Era realmente el hombre adecuado para la emergencia. al ejército en operaciones con Monte Santo.del cual fuera ordenanza en los buenos tiempos de la mocedad. En ese negarse a sí mismo. del serio problema a resolver. . la lectura maquinal de las papeletas. en los acantonamientos. tranquilamente. condición pre­ ponderante. hablaba. Enviando más gente a la zona de guerra se agravaba el estado de los que allá estaban. intacta. finalmente. . delineada rectamente en el tumulto de la crisis. hizo que comprendiese las exigencias reales de la lucha. realizando espectaculares movimientos policiales sin los mínimos recaudos estratégicos. Por­ que desde el comienzo. cuando lo acompañaba en la batalla. No lo distraía. le reducirían los escasos recursos. Ocupado durante su estadía en Bahía por un sinnúmero de cuestiones menores — equipamiento de los batallones que llegaban. solos ante el enemigo. El gobierno no encontraría a nadie mejor para transmitir la acción. numerosas dificultades. compartirían las mismas privaciones. En los últimos días de agosto se organizó. las causas del fracaso reposaban en gran medida. agitado. Los pechos oprimidos respiraban agitados. La escena era desgarrante. se hizo. y el mariscal Bittencourt prose­ guía. quizá única. Se terminaba por donde se debió comenzar. Y esa empresa fue impulsada por el ministro. entreabierta la camisa de algodón que dejaba ver la marca de una antigua cicatriz.

indiferente a todo esto — impasible dentro de la impaciencia general— organizaba convoyes y compraba muías. caía. a sus sitiadores. En la emergencia. esa campaña cruel y en verdad dramática. parecía un epigrama malévolo de la historia.El mariscal Bittencourt. Y eso se prolongaría hasta que la aldea siniestra absorbiera uno a uno. el desierto. la zona entraría en el régimen torrencial y eso traería consecuencias incurables. excluía los ata­ ques de las brigadas. deplorablemente prosaica. el abandono de cuanto se había hecho. Cerrarían la aldea. desdeñaba el genio militar. La simple sustitución de los que caían. había que utilizar la intrusión de tales colaboradores en nuestros destinos. sólo hubo un desplie­ gue pródigo de bravura cristalizado en un asedio platónico y dudoso. Además. la parálisis obligada. con su cortejo de combates sangrientos. Después. de ocho a diez por día. sólo ellos podían darle a las operaciones la celeridad exigida por las circunstancias. Más de tres meses sería la derrota. atraído por la forma técnica de la cuestión. pero tendrían a su alrededor las líneas de otro cerco. Por fuerza. En noviembre. COLABORADORES DEMASIADO PROSAICOS Un estratega superior. Además. se agota con la misma celeridad con que se forma— aparecerían obstáculos más . cuando los caudales se extinguiesen — porque el torbellino de las aguas derivando hacia el Sao Francisco y hacia el mar. Esta manera chocaba con el lirismo patriótico y dolía. mil burros valían por diez mil héroes. El mariscal Bittencourt lo previo. El mariscal Bittencourt. sólo tenía una solución y era singularmente humorística. en un plan oscuro. lo convertía en un círculo vicioso muy cruel. Dispensaba el heroísmo. El caso es que la guerra sólo podía prolongarse por un máximo de dos meses. dibu­ jaría rasgos tácticos que no resolverían nada. La lucha. recortado en fusilerías inútiles en las que se jugaba noble y estúpida­ mente la vida. El más calumniado de los animales 3 2 1 iba a asentar sus patas en la cumbre de una crisis e iba a resolverla. Uun luchador brillante idearía nuevos ataque que abatieran a los rebeldes e iría a estrellarse a paso redoblado por las caatingas. Hasta entonces. sólo quería troperos y muías. De hecho. el gran número de asaltantes era un factor agravante. las caatingas poniéndolos en medio de la presión creciente del hambre. por lo menos hizo eso: convirtió un conflicto enorme en una campaña regular. Por los lechos entonces secos de los arroyos correrían ríos de aguas barrosas y el Vaza-Barris se convertiría en un torrente enorme y dilatado que cortaría todas las comunicaciones. le taparían todas las salidas.

sin un solo escoriado siquiera. ascendiendo en número infinito de cada punto donde toca un rayo de sol y descendiendo sobre las tropas. dispo­ niendo las cosas para un cerco real y firme que determinara la rendición inmediata. salían los primeros convoyes regulares para Canudos. Los mismos tiroteos improvisados. cada pozo de agua. Y vencido el enemigo que podía ser vencido. intermitentemente rota con descargas. violentos. releando las filas y privándolas de oficiales prestigiosos.graves. había pasado cuarenta y tantos días en situación peligrosa e inútil. a la manera de los encuentros entre los mercenarios en la Edad Media. Combates diarios. la misma calma extraña y lastimosa. millares de organismos a los que el cansancio creaba una receptividad mórbida funesta. el hambre. la existencia aleatoria. Iban a tiempo para reanimar a la expedición que hasta esa fecha. Por fin. ya mortíferos. ya ruidosos y largos. . cada bañado. la misma apatía recortada de alarmas. . en las que se preparaban cuerpos para juntar ganado. en horas inciertas. Era necesario liquidar la guerra antes de esa época peligrosa. tanto de uno como del otro lado. cada laguna efímera. Para ello era indispensable garantizar la subsistencia del ejército que con los últi­ mos refuerzos alcanzaba cerca de ocho mil hombres. como un gran peligro. Llegaban a duras penas. a comienzos de setiembre. como en los malos días de la Favela. agotándose en un dispendio de millares de balas. hacia Queimadas — dejaba dispuestos todos los elementos para el próximo desenlace— lo esperaban concentrados en Monte Santo. instantáneos. dividiéndose un buey y un kilo de harina por escuadra y. sin un herido. De modo que al partir. Los convoyes eran inciertos. las diligencias diarias. La mostramos al transcribir el diario que no prolongamos para evitar la repetición dolorosa de episodios que se sucedían sin variantes apreciables. Delante de los expedicionarios se levantó de nuevo. apri­ sionada por los flancos de la aldea. las brigadas de la División Au­ xiliar 3 2 2 y aunque todavía escasos. profusamente diseminado por los aires. la tierra desolada y estéril. es un laboratorio infernal que destila la fiebre que irradia latente los gérmenes del paludismo. con raciones escasas cuando las había. Bajo la atmósfera de los días ardientes. los mismos armisticios engañadores. cada cueva excavada entre piedras. dejando parte de sus cargas por los caminos. retroceder ante el enemigo invencible y eterno. . El Ministro de la Guerra lo consiguió.

casi no temían al jagungo. y cierto día de agosto. En ese punto recibían el bautismo de fuego los refuerzos que llegaban: el 15 de agosto. incendiando y arruinando completamente la iglesia vieja. Es que los nuevos antagonistas no los asustaban. sobre el cual cargaron de acuerdo con la impor­ tancia de la presa deseada. con 205 plazas y 16 oficiales. Y parecían más disciplinados. la brigada Girard. el tejado destruido en gran parte. una recepción triunfante y teatral. desde las líneas intangibles de aquel otro asedio sobre la tropa. No pocas veces. a tiros invaria­ blemente acompañados por estridentes silbidos terriblemente irónicos. para evitar que soldados imprudentes saliesen por ahí. en el punto en que salía el camino. andaban rápidas columnas volantes de jagungos. Los animales de montar y de tracción muchas veces eran asustados a tiros. deri­ vando invisibles por las colinas del norte y desde allí hacia Canabrava y Cocorobó. consideración más seria. Los tres Krupps que desde el 19 de julio colocaron sobre la colina teniendo al pie la van­ guardia del 259.Metidos en las casuchas o en tiendas por detrás de los morros. a su vez. y el 37? de infantería que había precedido a la División Auxiliar. o en las trincheras por las gradas de piedra. . Se arrojaban más ordenados y seguros en los asaltos. La travesía hacia la Favela continuaba siendo peligrosa. Recibían. Y nada escapaba a la puntería de los que allí se emboscaban y que no la abandonaban ni en el mayor fragor de los cañoneos. caía atravesado por una bala que partía de afuera de la aldea. de las cuales había señales evidentes. al mirar hacia un cerro. Las dos torres de la iglesia nueva seguían sobresaliendo en la altura como dos amenazas siniestras sobre el ejército. el día 23 el batallón paulista con 424 plazas y 21 oficiales. Los rudos adversarios los dejaban bajar tranquilos las últimas faldas de la montaña. Los peligros consistían exclusivamente en salir de los refugios y caer de un tiro. 20 muías de la artillería fueron capturadas. reducida a 892 plazas y 56 oficiales. rondando de lejos a los batallones. haciéndose necesario estacionar una guardia a la margen del río. convoyes que entraban por el camino de la Várzea da Erna sin que la tropa sitiadora los capturase para no desguarnecer las posiciones ocupadas o. cuyo maderamen estaba por entero al desnudo. Permanecían en la misma actitud desafiadora. A pesar de que sus sitiadores no les daban tregua. Estos incidentes demostraban el valor de los rebeldes. para evitar celadas peligrosas. a pesar de estar bajo la protección de un batallón aguerrido. junto al río. desde donde se observaba el panorama de la plaza. en el área de pasto que tenían por las márgenes del río. para hacerles en el paso final. bajo el mando del te­ niente coronel Firmino Lopes Regó. No se comprendía cómo el campanero subía todavía hasta lo alto para tocar las notas sagradas del Ave María. bombardeaban noche y día. el 59 de línea. Porque por las cercanías. un soldado inexperto.

la expedición estaba debilitada *. En la disminución del número de brigadas que pasaron de siete a cinco. Antonio da Silva Paraguagu: 22° bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Lidio Porto. Y fue formidable. ya desde mediados de agosto. 169 bajo el mando del capitán del 24?. con la misma monotonía mortífera que exasperaba a la tropa. el 29 también fueron cuatro y se les agregó un oficial y así de seguido. se advertía que a pesar de los refuerzos. Ese día fue herido el general Barbosa cuando inspeccionaba la batería del centro. 17 de agosto de 1897. habían impuesto una reorganización de las fuerzas raleadas. 339 bajo el mando del capitán José Soares de Meló. derrumbó los restos del campanario hacién­ dolo saltar por el aire. todos del arma de infantería. con los claros abiertos en todas las filas por los combates anteriores. Tito Pedro Escobar. La gran pieza detonó: se vio reventar con estruendo el enorme schrapnell entre las paredes de la iglesia. “En esta fecha pasa a tener la siguiente organización la fuerza bajo mi co­ mando: 149 batallón de infantería bajo el mando del capitán del 32?. bajo el mando del coronel del 149. Campo de combate en Canudos. * “Cuartel General del Comando en jefe. 349 comandado por el capitán Pedro de Barros Falcáo. 259 bajo el comando del mayor Henrique Severiano da Silva. comandado por el capitán del mismo. 249 bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Henrique José de Magalháes. Se reanudó durante el día. como si aún vibrase en la alarma. . en el descenso de graduaciones en los mandos. le deshizo el techo. incompara­ ble. el Withworth 32. próxima al cuartel general de la P columna. En las líneas de fuego cayeron ocho soldados y una fusilería cerrada. . Joaquim Manuel de Medeiros. la vieja campana que al atardecer llamaba a los combatientes para rezar. constituyendo la 1^ brigada. Inácio Henrique de Gouveia. Esta se realizó al amanecer del día siguiente. constituyendo la brigada de artillería. sonando. Las bajas. Napoleáo Felipe Aché. bajo el mando del coronel del 279. marcó la noche hasta entrado el amanecer. elevaron las pérdidas de ese día a 10. comandada por el capitán del l 9 de posición Antonio Afonso de Carvalho.Como si no bastase aquel bombardeo a quemarropa. cuatro el 28. cuyas brigadas quedan formando parte . victimando a otros cuatro soldados que con seis del 26? que aprovechando el tumulto habían desertado. el día fue perdido: se rompió una pieza del aparato obturador del cañón haciéndolo enmudecer para siempre. 159 bajo el mando del capitán del 389. constituyendo la 3^ brigada. José Xavier de Figueiredo Brito. Reorganización de las fuerzas en ope­ raciones en el interior del Estado. 79 bajo el comando del capitán del mismo cuerpo. Joáo Carlos Pereira Ibiapina. Fuera de este incidente. sumándose diariamente en parcelas poco dispares. 59 comandado por el capitán Leopoldo Barros e Vasconcelos del mismo cuerpo. Se continuó el día 26 con la baja de cinco plazas. bajo el mando del coronel del 59 regimiento Antonio Olimpio da Silveira. Emídio Dantas Barreto. 59 regimiento de artillería. murieron cuatro el 27. batería del 29 regimiento bajo el mando del l 9 teniente del 59 batallón de posición Afrodísio Borba y batería de tiro rápido. el 23 de agosto bajó de lo alto de la Favela. De modo que la llegada del monstruoso cañón daba posibilidad de una revancha inmediata. 279 bajo el mando del capitán del 249. constituyendo la 2“ brigada. 389 bajo el mando del capitán del mismo cuerpo Afonso Pinto de Oliveira. después de un ligero armisticio. Alberto Gaviáo Pereira Pinto. Orden del día NQ 102. bajo el mando del teniente coronel del 259.

El contingente de caballería comandado por el alférez del l 9 de caballería Joáo Batista Pires de Almeida.De los veinte batallones de infantería — aparte del 59 regimiento de artillería. constituyendo la 5? brigada bajo el comando del teniente coronel del 309. 329. 149. 26«?. 2 de Para. 229. 259. 319. En total 30. Antonio Tupi Ferreira Caldas. 319 bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Joáo Pacheco de Assis. 339. constituyendo la 49 brigada. 269 del comando del capitán del 40*? Francisco de Moura Costa. 4O 9 bajo el mando del mayor Manuel Nonato Neves de Seixas. * 4P. excluidos los cuerpos de otras armas *. un escuadrón de caballería. 129. 59. . Joaquim Gomes da Silva. en números rigurosamente exactos. Artur Oscar de Andrade Guimaraes. 249. 179. Se agrega: 59 regimiento de artillería. 289. 32t? bajo el comando del mayor del mismo cuerpo Florismundo Colatino dos Reis Araújo Góis. 99. 99 batallón de infantería. Donaciano de Araújo Pantoja. una batería de tiro rápido. 239. pasando a mandar interinamente la 1^ brigada el mayor del 16p. 12° de infantería del comando del capitán del 31*?. Pero en poco tiempo la situación cambiaría. 169. bajo el mando del general de brigada Joáo da Silva Barbosa. 1 de Sao Paulo. 5? de Bahía. una batería de tiro rápido y un escuadrón de caballería— quince eran comandados por capitanes y dos de las brigadas por tenientes coroneles. Por los caminos avanzaba la división salvadora. 309 comandado por el capitán Altino Dias Ribeiro. formará parte de la l 9 brigada y a disposición de este comando con el contingente de ingeniería y el 59 cuerpo de policía. bajo el mando del capitán del 31°. 79. 379. Canudos tendría a su alre­ dedor. 309. bajo el mando del coronel del 329. las cuales formarán la 29 columna bajo el comando interino del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. el 59 de la policía bahiana. 359 comandado por el capitán Fortunato de Sena Dias. Aristides Rodríguez Vaz. batería del 29 regimiento de la misma arma. 1 del Amazonas. 349. 299. 359. general de brigada” . José Lauriano da Costa. treinta batallones. el 49 cuerpo de policía bahiana y el batallón patriótico “Moreira César” de los convoyes. de la P columna. no bajando el mando de las com­ pañías a los sargentos por ser mayor el número de alféreces que de sargentos. 389 409 de línea.

escribiéndolas a punta de sable o tiznándolas con carbón. como un barracón cerrado. birretes y gorras. Eran páginas demoníacas esos muros sacrosantos: períodos . Allí habían parado las fuerzas anteriores. Camino de Calumbi. Buscando una media ración de glo­ ria. Montones de harapos. Fuera de la patria. En el camino de Monte Santo. delataban el paso de los combatientes que por allí habían armado sus tiendas a partir de la expedición Febrónio. ansiedades. . de trapos multicolores e inmundos. arrastraba recuerdos penosos. des­ parramado sin gracia a los lados de la plaza irregular. de hojas quemadas. Cerca y al costado.— Embajada al cielo. Delante de un niño. poblado fundado a comienzos del siglo pero en plena deca­ dencia se convirtió en un campamento ruidoso. Una ficción geográfica. sugerían la denominación del poblado. Además. hondamente arado por los desagües — un claro en los pastizales bravios que lo rodeaban— y principalmente. Una burla entusiasta. I NUEVA FASE DE LA LUCHA QUEM ADAS Queimadas. Y en sus paredes. cuyos tonos pardos y cenicientos. cantimploras desfon­ dadas. Trincheras Sete dé Setembro. la línea de tiro donde se había ejercitado la división Artur Oscar. El caserío pobre. Miedo glorioso. Traspuesta una accesible lomada. para grabar sus impresiones del momento. en el mismo camino que se abría hacia la caatinga.— Queimadas. con un blanco al fondo. la caligrafía manca y la literatura ruda del soldado. Todos los batallones habían colaborado en las mismas páginas. la monotonía de las planicies que se abren a su alre­ dedor.NUEVA FASE DE LA LUCHA I. había temblado con el vocerío de los vivaques: pasiones. rectilínea y larga. El charlatanismo del coraje III. Nuevas animadoras. se veía un área amplia de cultivos. botines rotos. Aspecto del campamento. cabriolando locamente. entre los morros desnudos. de uniformes viejos. desalientos indescriptibles. la capilla pequeña y chata. . Aquel suelo pisado por los rastros de diez mil hom­ bres. le dan un aire triste que completa su aspecto de villarejo muerto en franco camino de convertirse en una tapera en ruinas. I I — Marcha de la división auxiliar. todos los restos de los equipos diseminados por un área extensa en la que blanqueaban las cenizas de las hogueras. esperanzas. Complemento del asedio.

creaba la sensación nostálgica de un largo apartamiento de la patria. Discordancia absoluta y radical entre las ciudades de la costa y las aldeas de tejas del interior. De ahí hacia abajo. UNA FICCION GEOGRAFICA La línea férrea corre por el lado opuesto. Se veían en tierra extraña. La separación social completa dilataba la distancia geográ­ fica. Otros hábitos. las disfrazaban con caracteres negros ceñidos por puntos de admiración largos como lanzas 323. escondido en las planicies. totalmente ajenas una a la otra. despedazando sus entrañas a disparos de Krupps. se cruzan unas centenas de metros entre casas chatas y se choca en seguida. apenas termina la plaza. Además. incisivos. bandas miserables de fugitivos. hacia el este y hacia el norte. por donde habían salido esperanzadas tres expediciones sucesivas y de donde llegaban también sucesivamente. pasa por el caserío y detiene su caballo junto a las vías por las que pasan vertiginosamente los patricios del litoral que no lo conocen. el camino de Monte Santo. Esa señal de progreso pasa por allí. hacía más hondo el antago­ nismo. articulada en giros originales y pintorescos. que daban escalofríos. Vadeado el Jacurici. El enemigo estaba allí. impre­ caciones y mueras y vivas calurosos. FUERA DE LA PATRIA Los nuevos expedicionarios. sin siquiera atenuar el carácter genuinamente rupestre del poblado. Se está en el punto de tangencia de dos sociedades. Otras épocas. de aguas rasas y mansas. . lo que desequilibra tanto el ritmo de nuestro desarrollo evolutivo y perturba lastimosamente la unidad nacional. el camino enfilaba campo afuera llevando a su vera los postes de la línea telegráfica recién inaugurada. las profanaban. . la misión que allí los llevaba. a lo lejos. inútil. no habiéndola visto nunca. desconociéndola. se desarrollaba un drama formidable. Se sentían fuera del Brasil. advirtieron esa transición violenta. Se sale del tren. Era terriblemente paradojal una patria cuyos hijos la transitaban ar­ mados hasta los dientes. en una poco pronunciada caída. al toparse con el sertón. . Los invadía el sentimiento de ir a una guerra exterior. blasfemias fulminantes. las rayaban en todos los sentidos. con el sertón. y en el fondo de ellas. Otra lengua. sor­ . Otra gente. . El vaquero vestido de cuero emerge de la caatinga. en son de guerra. un camino estrecho y mal construido.cortos.

Iban a una invasión. pedrega­ les. mutilados y enfer­ mos. . A pesar de los tiroteos. por el intento que había manifestado de entregarse. y por la noche. Todo lo indicaba. había caído. Se obser­ vó. Resonaban en todos los tonos. después de tantos meses de guerra. Felizmente. no había ánimo varonil que mirase impasible hacia ese sertón misterioso y árido. resaltando a la observación más simple. que entre ellos no había ningún hombre hecho. de espanto. Eran como animales raros en una diversión de feria. Los nuevos combatientes la creían finalizada antes de llegar a Canudos. sin una luz. Los vencidos. a la rastra. en un borbotar de interjecciones vivas. mientras los mayores. comentarios de toda suerte. a los compañeros que meses antes habían avanzado robustos y altaneros. los mismos prisioneros que llegaban y eran. El grupo miserable fue . planicies. los primeros que aparecían. como las tropas anteriores. Se decía que el Conselheiro estaba ahora prisionero de sus propios secuaces en rebelión. tuvieron noticias animadoras recién venidas del campo de operaciones. Y se enumeraban pormenores que revelaban el rápido aflojamiento de la guerra. varonilmente rodeados por escoltas. entraban por el camino conduciendo a sus hijos de la mano. La Brigada Girard y el batallón paulista habían llegado a tiempo para cubrir los claros de las filas. Y como aquel desconocido pueblo de matutos les devolvía. Un espectáculo triste. Pasaron por la aldea. montañas derruidas. las seguían. esa patria extendida en lomadas desnudas. día a día. no se oían más las letanías melancólicas entre los inter­ valos de la fusilería. No había sucedido ningún otro desastre. . como estepas. Las infelices. de seis a diez años. . La realidad tangible encua­ drada por estos hechos.prendidos ante su tierra árida y abrupta y brutal. Los nuevos campeadores la sentían de modo dominante. al llegar. Todo eso era una ficción geográfica. con espinos. entre compactos grupos de curiosos for­ mados por uniformes de todas las armas. andrajosas. voces. era esa. el poblado quedaba silencioso y hundido en las sombras. . disponiéndose al martirio. por territorio extran­ jero. Por fin. Con ese refuerzo coincidieron los primeros síntomas de desánimo de los rebel­ des: no tocaba más con su serenidad gloriosa la campana de la iglesia vieja. sin que se detuvieran en lo singular del hecho. se conservaban las posiciones conquistadas. habían cesado los ataques osados a las líneas. grutas. media docena de mujeres llevando en brazos algu­ nos hijos muy pequeños. eran débiles. camisas entre cuyos agujeros se metían ojos insaciables.

cubriéndole todo el cuerpo. En un momento dado. Caras rispidas. Y algunos espectadores tuvieron el coraje de reírse. Tuvo una sonrisa de superioridad adorable: . las infelices fueron víctimas de preguntas inter­ minables 3 2 4 . indiferentes. Uno de ellos. Le preguntaron si había tirado con ella. denunciando astucias de un combatiente consumado. DELANTE DE UN NIÑO Uno de los niños. que era inútil y confesó al cabo que él prefería una carabina. raquítico y tambaleante. sobre el cuerpo esmirriado. ojos grandes y negros. Los inquisidores las anotaban religiosamente. El capote. traía a la cabeza. sin impresionar los corazones. Pero se destacaba una. acaso perturbado por las angulosidades de los huesos asomando duramente bajo la piel ennegrecida y pálida.por algún tiempo una variante feliz que aligeró las horas fastidiosas del campamento. en Canudos. Esta mujer satisfizo el ansia curiosa de la gente contando una historia simple. casi todas falsas. con el invariable epílogo de una bala o de un estallido de granada. menor de nueve años. Una belleza olímpica salía del molde firme de un perfil judaico. llenos de una tristeza profunda y soberana. Se la pidió. Una tragedia en media docena de palabras. Hablaba un niño. sin destruir su mocedad. Finalmente se ensañaron con los niños. Las risas se extinguieron: la boca era una llaga abierta de lado a lado por un tiro. Le levantó el cerrojo como si eso fuese su juego infantil predilecto. Y las informaciones caían. ancho y grande por demás. la manejó con pericia de soldado ante el asombro general. Respondía entre bocanadas de humo de un cigarro que chu­ paba con la satisfacción de un viejo enviciado. La mayoría de las mujeres era repugnante. al entrar un soldado con la Comblain. torcidas. Ubicadas en una casucha junto a la plaza. La tomó. Un drama segura­ mente trivial. El niño levantó la cabeza tratando de verlos. sorprendió por el donaire y justeza precoces. en busca de la sinceridad e ingenuidad infantiles. cara bronceada y ojos oscuros y vivos. figurita de atleta en embrión. oscilaba grotescamente a cada paso. ojos malos. el niño paró su algarabía. un viejo capote conseguido en el camino. Golpeó en la curiosidad general. Entonces le dieron una mannlicher. observó que no tenía fuerza. rodeadas por grupos de curiosidad insistentes. La miseria le había enflaquecido el rostro.

acentuado paso a paso. como compañeros de la tierra calcinada y estéril. paralizados en la quietud del cansancio total. era indispensable que la campaña de Canudos tuviese un objetivo superior a la función estúpida y bien poco gloriosa de destruir un poblado de los sertones. .— ¡Y cómo no! ¡Si habré tirado!. el Tanquinho. en caminos libres. La guerra lo había convertido en un bandido hecho y derecho. Sobre todo por las noches. prefiguraba los demás. arrastrándose otros y proyectando sobre el manto de agua sus sombras deformes. salió hacia Mon­ te Santo. ¿Me iba a quedar ahí. Nueve años de vida que arrastraban tres siglos de barbarie. El tanque que lo bautiza pro­ viene de un crecimiento granítico que forma una reducida mancha de suelo impermeable sobre el que se quedan a flor las aguas. Toda esa campaña sería un crimen inútil y bárbaro si no se aprovechaban los caminos abiertos por la artillería para una propaganda tenaz. parecían un conjunto trágico y emocionante. las torturas que asaltarían a los caminantes que salían a pie. iba a la base de operaciones atravesando la región cuajada de heridos. no había lugar para esas visiones de futuro. en silencio. en medio de los gajos finos del romero y de los cereus melancólicos. Era el mejor y era insoportable: un sitio medio destruido. Ofi­ . tra­ tando de traer a nuestro tiempo e incorporar a nuestra vida a esos rudos compatriotas retrasados. por las huellas ásperas del sertón. inmóviles. hacían su siesta decenas de heridos y acampaban los convoyes. continua y persistente. El Ministro de la Guerra. En esa travesía fácil. suyo y del general Carlos Eugenio. a cada vuelta del camino se les aparecía un resto lúgubre de la guerra. cuando los cabras sambaban enfrentando a los plazas? Ese niño era un luchador experto. aquilatando por las fatigas que soportó su comitiva bien montada y abas­ tecida. Pero bajo la presión de dificultades que exigían solución inmediata y segura. Al borde de esas aguas que el suelo no succiona. como un tonto. los hombres agachados junto al fuego y tiri­ tando de fiebre. hecha en tres días. El primer rancho en que se detuvieron. encendidas las hogueras que brillaban en la superficie del agua oscura. EN EL CAMINO DE MONTE SA N T O 3 2 5 Acompañado por los estados mayores. después de demorarse cuatro días en Queimadas resolviendo los últimos obstáculos para la movilización de las fuerzas. llevaba sobre sus débiles hombros un legado formidable de errores. Decididamente. Pero sin la algarabía característica y ruidosa de los grupos. dos casas abandonadas. montones de hombres macilentos. . Había un enemigo más serio que debía ser combatido en una guerra más lenta y digna.

fijando puntos salientes en la urdimbre de las ruinas. a la derecha la aguijada. como un campeador robusto cubierto aún por el polvo de las batallas. una docena de casas. en el terrible y estúpido escenario de la guerra. por los caminos los mismos heridos y a orillas de los pantanos verde-negruscos. La única zona tranquila en esa barahúnda. rastros de los incendios entre los que repuntaban escom­ bros de casuchas quemadas. al ministro sorprendido. . era también una revelación. especie de armadura de bronce. cuando no se desbarrancan en el fanatismo o el crimen. que se empleaba en los servicios de transporte. por hombres más tranquilos e inofen­ sivos. En Cansancáo se atenuaron estas impresiones crueles. A ca­ ballo. nietos y bisnietos. lleno de satisfacción ante hombres que nunca había visto. En adelante. Su jefe. un aliado. dejando libre el curso de la cabalgata. apoyados en las espingardas. y quedaba el matuto inmóvil. a veces. que dejaba ver la cabeza trigueña y franca. los sombreros caídos sobre los ojos. el cinturón y el largo facón. revelaba la robustez maravillosa. es el único que en las narraciones de la campaña no despierta recuerdos dolorosos. Como contraste permanente. se enfrentaban de golpe con espectros tambaleantes que intentaban hacerles la venia mi­ litar y se volvían entristecidos. oficiales cargados sobre redes. en una alegría ingenua v sana.cíales que se acercaban sedientos a la orilla de la laguna. muy firme en su coraza pardo-colorada. Un pequeño hospital. vestido de cuero. presentándoles un hijo de cabellos blan­ cos v nietos casi canosos. de valiente disciplinado. genuino patriarca. ese sitio minúsculo. intermitentemente. Por eso. sombrero amplio levantado. al mo­ narca según gritaba convencido. tan característica de los matutos. orlados de algas. tributó una ruidosa ovación al mariscal. A una vuelta del camino. amplias manchas negras en la caatinga. inmóviles. atraída como estaba por las bandas de fugitivos: soldados en marcha lenta. los mismos cuadros. al borde del camino. desviándose. La antítesis del bandido precoz de Queimadas. levantan­ do en los brazos cansados de un trabajo de ochenta años. Tuvieron dos horas de remanso consolador. en una actitud respetuosa y altiva. en medio de las caravanas de guerreros desastrados. que aparecían aislados. y aquí y allí. la no­ bleza orgánica completada con un alma sin vueltas. Cansangáo era un paréntesis feliz en esa desolación. Pertenecía a una sola familia. El villareio era un clan. Esa parada fue providencial. rígidos como cadáveres. allí acogía a los romeros cansados que iban hacia Queimadas. se topaba con un vaquero amigo. los mismos grupos miserables. La comitiva avanzaba y se olvidaba en seguida de la imagen del sertanejo robusto. la nota superior de la fuerza y de la ro­ bustez era dada. congregando a su alrededor hijos. sordos al tropel de la cabalgáta. Y el robusto viejo que lo gobernaba. entregado a la solicitud de dos franciscanos.

los viajeros volvían a las amarguras de la huella polvorienta. . el aspecto real del mayor escándalo de nuestra historia —brutalmente. entraba por las casas. al entrar. Cada herido. . a carbón. En cada página aparecerían. sin altura. chocando discordes alusiones atrevidas. I os nuevos combatientes llegaban a Monte Santo sin el menor anhelo de desenfundar las espadas. destacándose sobre el suelo limpio en seis grupos sobre los que ondean banderas y de donde irrumpen. sin una frase varonil y digna. en las que caían violen­ tamente puntos de admiración rígidos como estocadas de sable. dichos lóbregos de cuartel. Pero se reanimaban al entrar en la base de operaciones. indestructibles. orlada de ranchos destruidos y pespunteada de punta a punta por los sucesivos grupos de fugitivos. Versos rengos. en los que se casaban pornografías con desesperanzas hondas. torpezas increíbles en moldes pavorosos. desesperadamente retorcida en vueltas infinitas. esos palimpsestos ultrajantes.Al dejarlo. en desvíos. sin brillo. vivas v mueras encima de nombres ilustres. sin fantasías engañadoras. Sin la preocupación de la forma. se abría una página de protestas infernales. un reflejo de las negruras que alimen­ taba su alma. en una grafía bronca. un barrio nuevo y mayor que ella. estáticas. fotografiando en esas grandes placas la cara tremenda de la lucha en ins­ cripciones lapidarias. teniendo al fondo. indeleble. ferozmente. . Allí se abría la mano de hierro del ejército. ahogaba las paredes hasta el techo. dos mil barracas alineadas en avenidas extensas. . al pasar. reposaba envuelta por un coro silencioso de imprecaciones y maldiciones. esos cro­ nistas rudos dejaban allí. . que rara vez aparecía entre las casuchas de barro y paja. Los narradores futuros tratarían en vano de hacer descripciones gloriosas. improperios revoloteando por los rincones en una danza fantástica de letras tumultuosas. dejaba en ellas. en pasquines increíbles— libelos en bruto. donde desde hace cien años no se construye una casa. libre. Quitándose en pocos días la apariencia común de las aldeas sertanejas. cubierto por el anonimato. Y la campaña perdía repentinamente su aspecto heroico. dejando en caracteres enormes la urdimbre del drama. donde surgía flagrante el sentir de los grabadores. La ola oscura del rencor que rodaba por el camino golpeaba esos muros. con rimas duras. Y en todas partes — a partir de Contendas— en cada pared de cual­ quier vivienda más presentable. infamándolos. La comitiva. la villa se amplía.

El hospital militar se convirtió en realidad. acordes todas en indicar un mayor aliento entre los sitiadores que realizaban movimientos tácticos decisivos. gracias a su dedicación. y en un inquirir incesante. demostraba su prestigio. se había convertido en el director supremo de la lucha. mujeres de la vida.a cada instante. sin balancear opiniones estratégicas. Por fin. Una multitud de habitantes adventicios había llenado de pronto la aldea. para dar la orden de partida. heridos y convalecientes. vencía la parálisis en que había quedado el asedio. Cayó junto a las iglesias. a los encontronazos por la plaza. pasando los días en convivencia ruda con los troperos en Monte Santor entre los cuales aparecía de pronto. Y ese hombre sin entusiasmo. Los resultados de ese esfuerzo fueron inmediatos. que hasta llegar a la base de operaciones no se había quitado el paletó de alpaca con el que burguesamente recibía el saludo de las brigadas. vibraciones metálicas de clarines y el sonar cadencioso dé los tambores. el servicio de transporte. A dieciséis leguas del centro operacional dirigía. grupos de estudiantes. Lo decían las noti­ cias provenientes de la sede de operaciones. Ponía en los combatientes alientos de victoria y poco a poco. sin alardes. por la calle y contemplándolos se veía un montón heterogéneo donde chocaban todas las posiciones sociales. con el reloj en la mano. Oficiales de todas las graduaciones y armas. Casi diariamente llegaban y volvían convoyes de y hacia Canudos. la cuestión primordial que hasta allí lo había conducido. soldados doblados bajo los equipos. El mariscal Bittencourt adoptó una reglamentación rigurosa y se ocupó de adoptar medidas acordes con las complejas exigen­ cias de la situación. . Era una batalla ganada. La pron­ titud con que los habitantes del poblado se precipitaron sobre el cadáver y lo llevaron. Porque cada convoy que salía valía por batallones. se puso a punto. el día 4. El mes de setiembre había empezado bien. una bala de carabina había abatido en la aldea a un cabecilla de importancia. Apenas comenzado. carreros polvorientos de largos viajes. Es lo que se deducía de las últimas noticias. perfec­ tamente abastecido y dirigido por cirujanos a los que se unían los es­ fuerzos desinteresados de algunos alumnos de la facultad de Bahía 326. periodistas sedientos de noticíasele daban un tono de plaza concurrida en día de parada. Con todo eso se consiguió una correcta disciplina.

Orden del día N p 13. la brigada auxiliar. “Para conocimiento de las fuerzas bajo mi mando publico lo siguiente: “Habiéndose ordenado hoy a los comandantes de las bocas de fuego que bom­ bardeasen las torres de la iglesia nueva. el ejército entero hizo callar la fusilería para atronar el aire con alaridos retumbantes. ”. arrastrando grandes trozos de pared. habiendo tirado el alférez Duque Estrada el último disparo sobre la izquierda. consiguiendo derri' baria. Duque Estrada Macedo Soares. . . acrecentando más el mérito por haberse presentado el segundo teniente Manuel Félix estando con parte de enfermo. El ejército había quedado finalmente libre de esos puestos de tiro altísimos desde donde se fulminaba a los sitiadores. una detrás de la otra. también habían recibido desde allí la primera salutación feroz del enemigo. poco eficaces para el cañoneo. Canudos. Y el resultado fue sorprendente. “Elogio por lo tanto a esos bravos oficiales que dieron una prueba más de su pericia en la dirección de los cañones que comandan. cayeron las torres de la iglesia nueva. El caso ocurrió después de seis horas consecutivas de bombardeo. en el campamento. . Por fin habían caído. y a salvo de nuestra puntería. * "Cuartel General del comando de la 1^ columna. produciéndonos muchas bajas entre muertos y heridos. . echando abajo su carga de tiradores y golpeando pesadamente en el suelo de la plaza. los convoyes recibían de allí descargas violentas. prorrumpiendo en esa ocasión la línea de seguridad y fuerzas en apoyo. Lo determinó una circunstancia desagradable: una equivocación en el envío de municiones hizo que se llevaran balas rasas de Krupp. si bien el primero se encontraba con parte de enfermo. desarticulándose en bloques. . entre nubes de polvo y cal. 6 de setiembre de 1897. etcétera. debido al entusiasmo que le produjo no sólo a él sino a todo el ejército que observava con interés el efecto de la artillería. prorrumpiendo en esa ocasión la línea de seguridad y las fuerzas de apoyo en una violenta y entusiasta burla de los jagunqos” *. Entonces se resolvió gas­ tarlas sobre las iglesias hasta que se acabaran. en lugar de granadas. debido a los certeros tiros dirigidos por los segundos tenientes Manuel Félix de Meneses. Y fue totalmente imprevisto. Desde el 18 de julio las ocuparon tiradores de gran pericia a cuyos ojos y puntería no se escapaba el menor bulto que salía de la protección de las casas. Frutuoso Mendes y el alférez H. porque las dos torres dominaban las líneas del cerco y reducían los ángulos muertos de las trincheras. y por haber sido ese oficial el primero en iniciar el bombardeo y el último en tirar sobre la torre de la derecha. Al dar su último paso transponiendo el río. una entusiasta y violenta burla de los jagungos. puntos elegidos por el enemigo para tirotearnos con mayor eficacia.El 6 hubo un suceso de mayor importancia: una detrás de la otra. tuve la satisfacción de ver en seis horas consecutivas la destrucción de las torres. Las fuerzas recién llegadas. el batallón paulista y el 379 de infantería. El comandante de la P columna caracterizó bien en la orden del día lo sucedido: " . Y al verlas abatidas. impo­ nentes.

aquel coronel. du­ rante más de dos meses habían obstaculizado el cerco de ese sitio. Desde el comienzo al final. . El día 7. atacó con una fuerza compuesta del 279 bajo el mando del capitán Tito Esco­ bar. otro contingente del 59 regimiento y una boca de fuego. transpusieron el río y se metieron en Canudos. a des­ pecho de la tormenta de disparos que recibían. . golpeados por trescientas bayonetas repartidas en dos cargas laterales. en un reborde de la Favela. A dos pasos de la artillería y de los contingentes que la reforzaban. obedeciendo a la determinación del comando de la 1* columna. el coronel armó su barraca en el lugar donde hacía seis meses había muerto el jefe de la 3^ expedición. la aldea se había achicado. un contingente de la 4^ batería del 29 regimiento. Los hizo bajar en silencio por los primeros tramos de las colinas. La refriega había durado cinco minutos. las alcanzaban de punta a punta. Atrincherados desde hacía mucho tiempo en la Fazenda Velha. a las diez de la noche. el hecho era de mal agüero. El encanto del enemigo se había terminado. ancho declive sobre la vertiente del morro. siendo desalojados de las trincheras de piedra que tenían alrededor de la vivienda destruida de la Fazenda Velha. Los adversarios desparramados y perseguidos hasta el cerro de los Pelados por la vanguardia. objetivando el misticismo ingenuo y poniendo en el cielo les rezos propicitarios de los sertanejos rudos y crédulos. blanqueando las noches estrelladas. La fuerza sólo tuvo dos plazas fuera de combate. los jagungos no pudieron resis­ tir. Impulsados por los sucesos de la víspera. De pronto. Una entusiasta burla. entre los altos del Mário anteriormente ocupados y el Vaza-Barris. hundida. algunas decenas de guerrilleros escarnecían los cañones del coro­ nel Olimpio que se asentaban en lo alto. tan altas y esbeltas. sin esas dos balizas blancas que la señalaban a los pastores. una burla lúgubre. Expugnada la posición. Al frente y a la retaguardia iban ex alumnos de las escuelas militares. TRINCHERAS SETE DE SETEMBRO Además. chocando con el firmamento azul. contribuyendo en mucho a las bajas diarias que las raleaban y emparejándose con las torres en barrer los parapetos mejor elegidos. El coronel Olimpio dispuso el resto de su pequeña fuerza en tiradores por los dos flancos. fueron vencidos de improviso. Sorprendidos. En una situación domi­ nante sobre el grueso de las líneas ajustadas a orillas del poblado. con la metralla en el centro fulminándolos a quemarropa. estaba achatada. Todo el resto de la noche se empleó en esa . . Después se arrojaron como una avalancha por el morro abajo. . diluyéndose miste­ riosamente en la altura.La campaña era eso mismo. Al día siguiente sobrevino un desastre mayor.

a una distancia de menos de trescientos me­ tros. a la tarde. acortaba en más de un día el viaje hasta Monte Santo. el Caxomongó. Nada denuncia el desfiladero oculto por la ramazón tortuosa de las umburanas que se levantan por ahí cerca. aún desco­ nocido. La periferia del asedio había aumentado unos quinientos metros hacia la izquierda.construcción. que a tanto montaban los batallones 229. la serranía de Calumbi lo flanquea por ancho trecho. hecho con las piedras de las trincheras enemigas. el mejor preparado para la invasión. cerca de la confluencia del Mucuim. entre todos. Realizó la empresa en tres días. Partía de Juá. hasta la entrada del Cambaio. derivando hacia la izquierda y desde ésta. se con­ vierte de golpe en una angostura estrecha. . Yendo en dirección sudeste. Y al dejar esa situación grave. el cerco se extendería aún más. Era. Pasó por el nuevo cami­ no descubierto volviendo el 7 por el del Cambaio en un movimiento rá­ pido. Ahora bien. Salió de Canudos el 4. Es una muralla de mármol silicoso poco más alta que el suelo. La había pensado y ejecutado el teniente coronel Siqueira de Meneses. Y al otro día. en rumbo hacia el norte. facilita la travesía rápida hacia Monte Santo en un trazado casi rectilíneo. 99 y 349. caería en otra peor. cerrando completamente los dos cuadrantes del este. ese mismo día. a la derecha. que corriendo entre los caminos del Rosário y del Cambaio. pues seguía firmemente la línea nortesur. después de saltar una gran lomada. y más corto que ellos dos. fuerte reducto de cerca de un metro de alto. Trasponiéndolo. El nuevo camino abierto para el traslado de tropas y convoyes y cerrado a los jagungos que lo usaban de preferencia en sus excursiones hacia el sur. porque el camino. Con base en informaciones de algunos vaqueros leales. bien temprano. Y se propuso explorarlo afrontando los mayores riesgos. Avan­ zaba con rumbo invariable hasta otro riacho de vida efímera. un ejército daría todo un flanco al adversario que se escondiese en sus laderas. el de Calumbi. la Trinchera Sete de setembro gobernaba la aldea. osado. donde se bifur­ caba con el del Rosario. prolongándose por muchos kilómetros junto al arroyo de las Caraibas y cortándolo en sus meandros interminables. feliz y de extraordinarios resultados para el desenlace de la guerra. Desde ahí hasta el frente. CAMINO DE CALUMBI Se había realizado una operación seria. ese oficial supo de las ventajas del otro camino. en dirección al sur. doblando a partir del punto conquistado hacia el oeste. al frente de quinientos hombres. constituía un camino estratégico in­ comparable. quizá la acción más estratégica de la campaña. bajo el inmediato mando del mayor Lidio Porto.

Los tres mil hombres de la columna Artur Oscar no lograrían atrave­ sarlo. como láminas de dagas. con fragmentos de sílex y rodeada de caatingas espesas. cae dentro del río Sargento. creando otros impedimentos. sustituye al camino en una exten­ sión de media legua. las capas superpuestas de esquistos. Traspuesto el pasaje. duras y rugosas en todos sus puntos. muy áspera. pasado un kilómetro. Las anteriores expediciones. Este foso extenso que como los otros de las cercanías no es un río sino un drenaje transitorio de las aguas que se canalizan hacia el Vaza-Barris. tomarría por el camino del Calumbi que todavía no se había usado. El camino desaparece. siguiendo sucesivamente por Uauá. Y ella refleja. De modo que al llegar ahí. el suelo cae en declive hacia la Várzea. Un desastre mayor agravaría la campaña. . Se habían evitado por azar dificultades tan serias en la más completa ignorancia sobre ellas. lo que suponía una difícil empresa contra antago­ nistas de tal manera guarecidos. muestra un notable fenó­ meno de descomposición atmosférica. se veían las trincheras de los jaguncos. la minan las lluvias de las tempestades después de las sequías. Y en el caso que pudiesen avanzar. Una capa calcárea. aún tendrían más adelante. pues caminantes tranquilos apenas consiguen avanzar de uno en fondo por una huella intermedia que lleva a la Várzea. Si hubiese sucedido ni un soldado habría llegado a Canudos. mostrando una travesía aparentemente fácil pero realmente difícil para una tropa en la dinámica del combate. caerían sorprendidos a los primeros pasos en un terreno casi impracticable. inmóvil y sufriente. Un hecho geológico común en los sertones del Norte reemplazaba en seguida estos accidentes. Las espingardas colocadas en la cres­ ta de ese muro natural podrían barrer columnas enteras. de lecho sinuoso y hondo. De una margen a la otra. cruzando sus fuegos. por el Cambaio. Y si éstas intentaran vencerlo. variando siempre la ruta elegida. Allí no había trincheras.a manera de grosera barbacana cerrada por un postigo estrecho. siguiendo la costumbre. allá abajo. en cuyas orillas se rompen en grandes placas lucientes de color azul oscuro. muestran de manera impresionante el accio­ nar secular de elementos enérgicos que por tiempos la trabajan. La corroen. Pisando esos lugares no habría bota que resistiera ni cuidados que evitaran caídas peligrosas. un obstáculo inevitable. erizadas en puntas punzantes. No eran necesarias. habían hecho creer a los sertanejos que la última. exca­ vadas en quebradas anchas. los invasores serían abatidos a tiros. La marcha por el Rosario había sido la salvación. la agitación de las tormentas. poco espaciadas. Infinitas cavidades de bordes cor­ tantes. amplia hon­ dura pesada. la perforan. surcos hondos de aristas rígidas y finas. por Macacará y por el Rosario. entre­ cruzadas por vetas blancas de cuarzo. y lo lograran. En semejante sitio el combate sería imposible.

y desde allí hacia el oeste. La brigada norteña avanzaba vertiginosamente trotando por los caminos desde el primer atisbo de la mañana. saliendo de Monte Santo por el camino recién descubierto. llevaban un temor singular: el miedo cruelmente an­ sioso de no encontrar ya a ningún jagungo para luchar. tomándoles trece cargueros y fue a salir por la con­ fluencia del Mucuim. partió la brigada de los cuerpos policiales del norte y tal precedencia originada exclusivamente en ra­ zones administrativas. El fin de la campaña parecía próximo. Por cierto. Quedó abierto para la movilización de la fuerza un camino seguro y rápido. sorprendió allí a unos piquetes enemigos. De ahí enderezó hacia el Cambaio. Canudos estaba ahora sitiada desde el extremo norte al sur. donde se veían algunas calaveras y esque­ letos de los muertos de la expedición Febrónio. pasando por la Várzea y Caxomongó. Su trecho principal desde el río Sar­ gento hasta Suguarana. el 13 de septiembre. fue en segui­ da custodiado por los batallones 339. 16? y 289 de la 2^ brigada y un ala del batallón paulista. iban a encontrar todo liquidado y se sentían escandalosamente atraídos por los acontecimientos. a causa de múl­ tiples reveses. El cerco se había ampliado. en la Fazenda Velha. MIEDO GLORIOSO Los rebeldes disminuían sus posibilidades todos los días.El teniente coronel Siqueira de Meneses. había dolido hondo en el ánimo de los que com­ ponían la brigada de línea que marcharía algunos días más tarde con el general Carlos Eugenio. En primer lugar. en su ruta admirable y hecha con ventajas. II MARCHA DE LA DIVISION AUXILIAR Los nuevos expedicionarios. detenién­ . porque los jagungos huyendo hacia el poblado habían aban­ donado aquellas posiciones. tomando de sorpresa dos trincheras allí existentes. Atra­ vesó las trincheras abandonadas que dejó ocupadas por un ala del 229. un extenso semicírculo. fue poniendo guardias en los principales puntos del camino hasta Juá. eran rechazados de sus mejores puntos de apoyo y apresa­ dos por las mallas del cerco. en la punta del camino del Cambaio. pasó por la Lagoa do Cipó. A los jagungos sólo les quedaban por el noroeste los caminos del Uauá y la Várzea da Erna.

La parada era estéril y lúgubre. destrozada por los asaltos. se distinguía hasta el crepitar de los tiroteos.dose solamente cuando el sol quemante agotaba a los soldados. El paraje muerto se animó de pronto. en su marcha vertiginosa. aguijoneada por el anhelo enfermo de medirse al menos en un encuentro fugitivo con aquellos po­ bres adversarios. disci­ plinados como los mejores de la línea y el del Amazonas. al borde de una ipueira fértil. se alzaban altas ingaranas . Fui testigo de uno de ellos. a medida que se alejaban por el sertón. presenta un lecho completamente seco que desa­ parece en seguida entre colinas desnudas. armas y la animación ruidosa de 968 combatientes. está al borde del río y éste. en su tercer día de camino. Los dos cuerpos de Pará. Al día siguiente alcanzarían la aldea. Desde allá se oían los estampidos de la artillería. Por las márgenes del río. totalmente cubiertas por piedras de todos los tamaños. . En Caxomongó. los campeadores — bien nutridos. tenía estratos exageradamente inclinados en 45° y en virtud de esa disposición. se reanimaron. sentían irrefrenables temblores de espanto. entre las planicies yermas. Los ambiciosos luchadores. como encontraron agua suficiente en un pozo profundo y oscuro. absorbían las escasas lluvias que por allí se producen. La lucha sertaneja no había perdido completamente los rasgos misteriosos que conservó hasta el fin. Pero en esa alegría guerrera aún despuntaban algunos sobresaltos. pasando por sitios destruidos. Era la última parada. Y arrojándose por los caminos. rodeada de pintorescas serranías. tanto para quien viniera de Boa Esperanza. El terreno. junto a la­ deras a plomo de tres metros de altura. lleno de tiendas. carpas. entrando a la zona peli­ grosa. devorada por los incendios y defendida por una sola guarnición. apuestos y sanos— allá iban en demanda de la ciudadela de barro. el 15 de setiembre. seis leguas distante de Canudos. . El sitio. gol­ peada desde hacía tres meses por los cañoneos. La tropa llegó allí en plena mañana. La brigada de línea la alcanzó. acamparon. que les daba un aspecto de hombres del monte. A pesar de la hora. como para los que llegaban desde Suguarana. que parecía la boca de una mina. agravando la dureza de la caatinga. con el uniforme característico que adoptaron desde su llegada: grandes sombreros de paja de carnaùba. La brigada del coronel Sotero había llegado al sitio de Caxomongó. un rancho miserable. de gres colo­ rada y grosera. Al alcanzar el sitio de la Suguarana. si el viento era propicio.

Los soldados armaron decenas de hamacas en las ramas. El enemigo allí cercado ya no tenía aliento para aventuras por los caminos. a la distancia de dos kilómetros. todavía con hojas. un bulto sospechoso deslizándose en la sombra y disparó su espingarda. esperaban el asalto. cuadrados a la espera de una carga de caballería. . Y la tropa se adormeció temprano y en paz. En el flanco izquierdo había detonado un tiro. la nueva. Era un desahogo. . en la lejanía. Un centinela del cordón de seguridad extendido alrededor de las carpas. No había nada que temer. se oía. por encima del lecho del río. BUSCANDO UNA MEDIA RACION DE GLORIA Al amanecer se habían extinguido los temores. . órdenes de comando. La conocían de cerca. divisó o creyó divisar. La brigada aparecía como una larga estera bajo la onda luminosa de la luna. presos de una emoción jamás imaginada. revólveres en alto— en un crepitar de estallidos de bayonetas. allá abajo y allá adelante. Y el día pasó tranquilamente. pasó la visión misteriosa de la campaña. para despertar a las diez de la noche. preguntas ansiosas. que abra­ zaba a la naturaleza adormecida y quieta. Iban rápidos. tranquila y enorme.que cruzaban con su ramaje. Entonces. secciones de armas prontas a cargar contra el vacío. Sal­ taron el morro desnudo cuyas vertientes opuestas caían abruptamente sobre el valle de Umburanas. Era el enemigo anhelado. de sorpresa. atrevidamente. . súbito y veloz. Canudos. sobre los que tanto ansiaban medirse con ellos. Había sido una falsa alarma. buscando su puesto en la maraña de la formación. . Si aparecieran. Transcurridos unos minutos. Irrumpían sin miedo por el valle sinuoso del río Sargento que desbordaba en una creciente repentina de uniformes. . rodando sordo en el silencio. Volvía la impaciencia heroica. los combatientes. Hacia el norte. el bombardeo de Canudos. Cayó la noche. Pelotones y compañías formándose al azar. las filas se alinearon — espadas desenvainadas. con sus paredes maestras . sonaron cornetas. buscando a ciegas la orilla. ofi­ ciales sorprendidos saltando de las hamacas caían sobre el lecho del río. los jagunqos vendrían al encuentro de un anhelo todavía no satisfecho. Los batallones fueron dominados por la hipnosis de un espanto indescriptible. Era un tumulto. Y de pronto. Tanto la noche como el día transcurrieron en completa placidez. sin torres. pelotones y compañías con parte de los combatientes corriendo. Venía como había venido sobre los otros expe­ dicionarios. Allá estaban las dos iglesias derruidas enfrentándose en la plaza legendaria. gritos de alarma. sobresaltada.

sin frente. descalzos o calzando alpargatas y cada tanto. a la calle. El extraño entraba a desconfiar de una equivocación en la ruta que lo hubiera llevado hasta un poblado de jagungos. de forma singularmente inadecuada para vivir en ellas. Bajando por la pendiente sur. levantando un pedazo del campanario derruido desde donde el fantástico compañero tantas veces había llamado a los fieles para la oración y para el combate. Se había reconstruido el barrio conquistado. se llegaba. o dispuestas por los valles diminutos. La canícula abrasadora que convertía a las carpas en hornos había inspirado esa arquitectura bucólica y primitiva. A primera vista. ASPECTO DEL CAMPAMENTO El campamento había cambiado. mujeres mal encaradas cosiendo tranquilamente en las puertas. los recién llegados tomaron por una zanja retorcida. techos y paredes de ramas de juázeiros. la vieja. a la comisión de ingenieros. se veía a sólo cien metros. dispuesta en una casa que no fue destruida y al mirar por las rajas de las paredes espesadas con lajas de piedra. un vasto albergue cubierto de cuero: el hospital de sangre. la tienda del comandante general. erigidas al sesgo de las colinas. nada denunciaba la estadía de un ejército. Se llegaba a la repartición del Cuartel Maestre General . se pasaba por el cuartel general de la 1^ columna. Por ese lado es donde se había penetrado más profundamente en la aldea. rotas de arriba abajo. Se tenía la impresión de llegar a un villarejo sospechoso del sertón. mal arreglados. la línea negra. Se estaba sobre la falda en cuya base se desarrollaba el trecho más peligroso del sitio. la mayoría cubiertos con sombreros de cuero. el caserío. en otra casa miserable. en busca de una guerra sangrienta y fácil. y a poca distancia. Se veían dentro de un nuevo poblado. con el bello aplomo de los candidatos a la historia. pero eran las únicas ajustables al medio. A uno y otro lado del camino. en la cumbre. Volviendo a la izquierda. Entraban jubilosos al campamento. la plaza de las iglesias. arrastrando espadas y espingardas. había perdido la apariencia revuelta de los primeros días. Alrededor. Y al encon­ trarse con los pobladores se afianzaba la ilusión: hombres vestidos a lo paisano. numerosas y desparramadas. se sucedían pequeñas ca­ sas de aspecto original y festivo: hechas de follaje. a mitad de camino. Pasado el cerro a cuyo pie se asentaba. en el asalto del 18 de julio. centralizada por el batallón 259. hasta que tropezaba con la tienda del general.derrumbadas. Ya era como otra aldea a un costado de Canudos. Ya no les faltaría la media ración de gloria disputada. Atra­ vesando el lecho vacío del Vaza-Barris. estaba el de la 2^. en ruinas y renegrida. a la derecha. Habían llegado a tiempo.

y campamento del batallón paulista. en el que hacía de dique el 269. allí no sólo existía una guarnición de valientes indomables. Lo mostraban los escombros en donde se ocultaban. Caían sin perder su altivez. seguían replicando con el mismo vigor de antes. pusieron la nota conmovedora del llanto. no lograba distinguir un solo bulto. mirando hacia la izquierda. Ese pedazo de sitio era todavía escaso frente a la amplitud de la aldea. los nuevos expedicionarios tenían una imagen nítida de la situación que diluía en parte su optimismo. Además. Recorriendo así el cerco atrincherado. La aumentaba el misterio del lugar. acomodada al principio al conjunto compacto del caserío alre­ dedor de la plaza. apenas se levantaban en relieve desde el suelo y la vista. la trinchera Sete de Setembro. Días antes. una mina enterrada y enorme. en una tierra llana arenosa que el Vaza-Barris inunda en el tiempo de las crecientes. Y desde allí salió inmediatamente una réplica cruel que turbó a los artilleros del coronel Olimpio: un largo e indefinible llanto. Pero éste era completo. se hacía la ilusión de un volumen desproporcionado. la sombra fugitiva de algún hombre y no se oía el rumor más fugaz. raquíticas y minúsculas. Bastaba que un disparo cualquiera. . Había mujeres y niños sobre los que durante tres meses estallaron masas de hierro y fuego que muchas veces. Pero que el observador no hiciese demasiado bulto sobre su parapeto porque las balas disparadas de allá abajo. Esta los sorprendió. esta­ llase en lo alto del morro para que de allí surgiera la réplica inmediata. tratando de disfrazar cualquier síntoma de debilitamiento. en el fragor de la lucha. Repug­ naba admitir que hubiese allí tantas vidas. . Porque los jagungos. o. Parecía una antigua necrópolis. el rumor doloroso de clamores de angustia haciendo que el cañoneo cesara a la voz austera y conmovida del comandante. a manera de un baluarte junto a la Fazenda Velha. se alcanzaba el cierre extremo del cerco prolongado por el 59 de Bahía extendido por el canal hondo del río de la Providencia. La observación más concen­ trada. los llenaba de asombro esa Babilonia de casuchas que se extendía por las colinas. De allí a doscientos metros. después de cruzar el lecho de aquél. La perspectiva impresionaba. Canudos tenía por ese tiempo — fueron contadas una a una después— cinco mil doscientas viviendas3 2 T . un schrapnell arrojado desde la Favela reventó dentro del caserío anexo al sitio donde se hacían las oraciones. . Acostumbrados a las proporciones exiguas de las aldeas sertanejas. durante algún transitorio armisticio. abajo. se contemplaba en lo alto. roída de erosiones. confundidos todos esos techos y pare­ des en el mismo desmoronamiento. aunque no tenían más la iniciativa de los ataques. a cualquier hora. Resulta que como estaban cubiertas de techos de arcilla colorada. revelaban la existencia de gente emboscada. Siguiendo la ruta.

registraban. inopinadamente. golpeaban en las paredes de las barracas. penetrando en el templo en ruinas. Mientras tanto. Los que allí estaban ya tenían demasiada gloria. caían en su preocupación primera: que el enemigo in extremis 3 2 9 tuviese todavía aliento para poder lucir su temeridad y su fuerza. hora a hora. El interlocutor de nuestro lado subía al borde de la trinchera y volviéndose a la plaza. reían ruidosa­ mente y recitaban versos y por las paredes ralas de todos los ranchos rientes. totalmente opuestos a la guerra. La seguridad de ganar el pleito ya había dado lugar a grandes temeridades. Ya nadie las advertía. En la sede de la comisión de inge­ nieros. durante la noche. En la farmacia militar. casos felices de antaño. llenos de triunfos y ahora. lanzó fuego sobre los restos de la iglesia vieja que ardió completa 3 2 8 . doblemente bloqueados. inscribían invariablemente un cero en la nubosidad del cielo y consultaban muy gravemente el higrómetro. Pero no impresionaban. fuera de los intervalos de los ataques que cada vez eran mayores. observadores tenaces. escasas. juzgaban inútil gastar más vidas para apresurar la rendición inevitable. de follajes salpicados de flores marchitas de juázeiros. repelidas por las crestas de los cerros en trayectorias altas. gracias a los convoyes diarios. en el lugar más avanzado del cerco. Las balas que pasaban. en trayectorias bajas. hasta la plaza. Hartos. a la noche. Era fatal. Nada que recordase la campaña feroz. siendo noche cerrada. Se quedaban en una pasividad irritante. imitándole el arrojo. con la atracción irresistible de un tem­ peramento franco y jovial. Discurría sobre temas varios. los soldados de la línea negra. entre millares de soldados y millares de mujeres — entre lamentos y bramidos. con envidiable apego a la ciencia. Un alférez del 25?. El campamento. días después.Así. tenía la serenidad de un pequeño poblado bien vigilado. como tampoco impresio­ naban los tiroteos fuertes que todavía surgían. el general Artur Oscar. aunque algunas. Ocurrían cosas ex­ travagantes. Su precisión rítmica indicaba que en Canudos había tiradores apostados que querían recordarle a los sitiadores que el sertanejo velaba. estudiantes en días festivos forzados. tirando allá adentro dos bom­ bas de dinamita que no explotaron. hacía al azar un llamado cual­ . iniciándose en esta pelea de­ sigual. centralizaba largas charlas. con la subsistencia segura. De manera que los combatientes nuevos. Un sargento del 59 de artillería se había aventurado dos veces. entre lágrimas y balas— los re­ beldes se rendirían de un momento a otro. salían voces y risas de los que allí adentro no tenían temores que les ennegrecieran las horas ligeras y tranquilas. La vida se había normalizado en esa anormalidad. A veces. La musculatura de hierro de las brigadas nuevas ansiaba medirse con los estertores de los insurrectos. presiones y temperaturas. anécdotas hilarantes o discusiones sobre política general. eran inofensivas. mantenían largas conversa­ ciones con los jagunqos.

disparando sus carabinas y seguían teniendo en las bocas. familia y condiciones de vida. intercambiando informaciones sobre tópicos variados. le respondían en seguida. El espectáculo diario de la muerte les dio la despreocupación por la vida. silbando con un silbido suave por el aire. desde las ruinas de las iglesias. se largaban media docena de insultos rispidos en una jerga enérgica. sesteando. diciendo un nombre común. nombres de bautis­ mo. sin las primitivas cautelas. Un snobismo lúgubre. frenéticamente. volvían a la alegría sertaneja. Y como punto final. para sopesar el rigor de mira de los jagungos en su alcance máximo. y aplacada la refriega. el primero que le acudía a la mente. a pesar del ilusorio abrigo que les daba el muro de tierra. Algunos morían cantando. . Entonces. diariamente removidos de los puntos avanzados. como si nombrase a un viejo compañero e in­ variablemente. encogidos. a la entonación lánguida de las tiranas. . corriendo. tres o cuatro moribundos. desde el centro del caserío o más cerca. No pocas veces la singular conversación derivaba a cosas jocosas y por las líneas cercanas. de la extrema derecha a la extrema izquierda. casi de rodillas. dos. con la misma manera dolorosa­ mente irónica. o de los que no refrenaban sobresaltos ante la bala que golpeaba cerca. saltaban a los planos de fuego. Uniformados —los galones irradiantes al sol. lugar de nacimiento. en el suelo.quiera. a los rasgados en las guitarritas. como un psizz insidiosamente acariciador. cadenciosas. Se reían de los recién llegados inexpertos. en la oscuridad. Los soldados del 59 de policía. E L CHARLATANISMO DEL CORAJE Todo el mundo se había adaptado a la situación. mataban el tiempo cantando para mitigar las nostalgias de sus pueblos del Sao Francisco. rebotando. se batían como demonios. las balas. los botones de la chaqueta brillantes— se ponían en una abertura cualquiera o se paraban en la cumbre desguarnecida de un cerro distante a dos kilómetros de la aldea. resonantes. las rimas de sus canciones prefe­ ridas. lo hacía con voz amistosa. terriblemente. en figuras cómicas. que cruzaban por esos puntos transidos de miedo. iban rodando las risas ahogadas. como si todo eso fuese un rancherío de troperos felices. al son de los estampidos. En las narraciones a los nuevos compañeros . La guerra los había endurecido. rispidos. de muerte. Algunos alardeaban su charlatanería del coraje. El diálogo se prolongaba hasta la primera divergencia de opiniones. o de los que no largaban interjecciones vivas ante incidentes triviales. de lado a lado. Entablaban un coloquio original a través de las sombras. Los antiguos comba­ tientes andaban por fin por el campamento entero. Al llegar a los sitios más expuestos esquivaban el paso de los proyectiles que caían en seguida. Si la fusilería apretaba.

porque el antagonista estaba en los estertores de la muerte. Los caminos hacia la Várzea da Erna y el Uauá estaban francos. aunque sentían su fuerza decaída mien­ tras aumentaba la del adversario. . era el escape salvador. Porque se dirigían precisamente por los rumbos más favorables. En último caso. rastreándolos. José Venancio y otros. Todas las minucias. Por otro lado. no había reducido al enemigo a sus últimos recursos. el siniestro Joáo Abade. Los episodios sombríos de la Favela con su cortejo de combates y sufri­ mientos. cediendo poco a poco a ese estrangulamiento lento. Las lides afanosas de la caza de los cabritos ariscos o la búsqueda de los frutos de los arbustos muertos. sin embargo. Macambira. escaseaban las provisiones y cada vez más se acen­ tuaba el desequilibrio entre el número de combatientes válidos. subdividiéndose en múltiples vías por los campos. a voluntad. Todos los incidentes. Sin embargo no lo hicieron. nue­ vos refuerzos de combatientes. Como figuras principales quedaban Pedráo. hasta alcanzar los insignificantes lugarejos mar­ ginales de aquel río. atravesando rincones totalmente desconocidos. después el desierto sería su abrigo seguro. Aquello ahora era un pasatiempo ruidoso y nada más. en los últimos combates de julio. Y concluían con que quedaba muy poco por hacer. Habían desaparecido los principales cabecillas: Pajeú. en agosto. De ese modo dejaban a los sertanejos la mejor salida. hacia la extensa faja del Sao Francisco. sin el movi­ miento febril y convulsivo de una batalla. entre Chorrochorró y Santo Antonio da Gloria.insistían mucho en los pormenores dramáticos. en las privaciones sufridas. incompleto y con un extenso claro al norte. recientemente. continua­ . llevándolos a la matriz donde se habían gestado todos los elementos de la revuelta. un alférez por ejemplo. no podía aceptar un papel tan se­ cundario: hacer treinta leguas de sertón sólo para contemplar — espec­ tadora inofensiva y armada de los pies a la cabeza— la derrota de la aldea. La población. desde Bahía a Piauí. terrible defensor de Cocorobó y Joaquim Norberto que guiaban a las fuerzas por la carencia de otros mejores. III EMBAJADA AL CIELO Pero el bloqueo. que murió empachado de harina después de tres días de hambre. atravesando un vasto trecho de territorio que es el núcleo donde se ligan y se confunden los fondos de los sertones de seis estados. . Por allí llegaban pequeños abastecimientos y podrían entrar. La División Auxiliar. Los largos días de privaciones que victimaron a los mismos ofi­ ciales. apenas sería perseguida en las primeras leguas.

Los vencidos lo relataron después. el Bom Jesús caer del altar mayor y dar en tierra. la frente pegada al suelo. Era menester que allí se quedasen para la expiación suprema. si más tarde. dejando a aquéllos desahogados y evitándose el último sacrificio. alucinadora visión. nacida espontáneamente de la hipnosis colectiva. Allí lo encontró una mañana Antonio Beatinho. entre millones de arcángeles. Pero no los dejaron. ingenuamente: Antonio Conselheiro había seguido viaje hacia el cielo. en pro de los defensores. avivó la insurrección. y que pa­ recía debía producir su terminación inmediata. Así es que los soldados. Al ver caer las iglesias. lo que también se puede creer. su organismo debilitado se quebró. Estaba rígido y frío. Llevó su abstinencia de costumbre a un ayuno total. contra lo que era de es­ perar. de modo inexplicable. Podían huir. Días de angustias indescriptibles fueron soportados ante las últimas puertas abiertas a la libertad y a la vida. viejos. las reliquias desprendidas de las paredes y. se adaptaron a un ayuno casi total. en el lugar mismo de sus crímenes. luego que la beatería impresionada notara la falta del apóstol. El 22 de agosto había fallecido Antonio Conselheiro 330. capital en la historia de la campaña. Motu proprio. conocedores de su desamparo. Al ver muertos a sus principales ayudantes y a tan grande número de soldados. dentro del templo en ruinas. No lo quisieron. Tal vez arrastrada por el espíritu ambicioso de algún cabecilla que prefigurase las consecuencias desastrosas del he­ cho o. destruido el santuario. Porque el profeta vendría en breve. . Y se quedaron para todo y para siempre. Este acontecimiento. aunque sufrieran las mayores privaciones. llevaba al pecho un crucifijo de plata. Lo revelaron después la miseria. no podían salir del lugar donde se encontraban. los mismos que las atravesaron no hubieran revelado el origen de ese admirable estoi­ cismo. todos los seres frágiles y abatidos. Tan simple. el completo abatimiento y la espantosa flacura de seiscientas prisioneras. herido de violentas emociones. y se divul­ gase la extraordinaria noticia. Ni tampoco irse afuera como otras veces. Estaban pegados a las trincheras. Comenzó a morir. los altares caídos. resolvió dirigirse directamente a la Providencia. bajando en un vuelo olímpico. Y un día quedó inmóvil. aunque en los últimos tiempos pocas veces lo veían. despe­ dazado por una granada. Había dejado todo prevenido.mente disminuido y el de mujeres y niños. El fantástico embajador estaba ahora junto a Dios. los santos hechos asti­ llas. lisiados y enfermos. Esta mayoría obstaculizaba el movimiento de los primeros y reducía los recursos. filtrarse poco a poco en grupos diminutos por los caminos que les restaban. La vida de la aldea se volvió entonces atroz. continuamente creciente.

asaltando los pequeños contingentes que lo guardaban dentro de las últimas viviendas que estaban diseminadas por aquel lugar. y. cubiertas algunas con tejas. en el momento en que la puerta de la choza se abrió. las "Casas vermelhas”. Se aliviaron todas las almas. y ninguno notó que poco después. No estaba convenientemente guarnecido. se tiró rudamente sobre la entrada y mató. marchó hacia la parte todavía desguarnecida del cerco. abandonaban el poblado. el teniente coronel Siqueira de Meneses. los guerrilleros quedaron obstruidos por la barahúnda del mujerío miedoso. tiraban fósforos encendidos. edificaciones más correctas. circunstancia desastrosa en la emergencia para los rebeldes. Uno de ellos. . Cada tanto salía alguno. por ser las más distantes. Como en general les sucedía. hacia adentro. los creyentes se dispusieron para los peores momentos de la penitencia que los salvaría. Los jagungos no contaban con que fuesen hasta allá. Eran los últimos que salían porque el día 24. capitán Afonso Pinto de Oliveira y teniente Joaquim Potengi. seguido por los batallo­ nes de líneas 249. las destrozaban después a culatazos y sobre el montón de trapos y muebles miserables. COMPLEMENTO DEL ASEDIO Al alba. Adelante retro­ cedía el sertanejo metiéndose en los ranchos y aquí y allí. Le faltaban las trincheras que eran tan numerosas en otros puntos. 389 y 32? bajo el mando del mayor Henrique de Magalháes. la resistencia estupenda de alguno que se jugaba cara la vida. mientras la izquierda de la línea y de los cañones de la Favela iniciaban un reñido ataque. erigido después del fracaso de la 3? expedición y en él. y un contingente de caballería al mando del alférez Pires de Almeida. tomando por caminos ignorados. todas las viviendas. Era el punto de Canudos diametralmente opuesto a la Fazenda Velha y más distante del primitivo frente del asalto. Tomando la ofensiva. bajo pretextos varios. disparándolas al azar. llevando el 249 a la vanguardia. atrayendo hacia aquel lado la atención del enemigo.cayendo sobre los sitiadores. el ala derecha del de Sao Paulo guiada por el mayor José Pedro de Oliveira. La fuerza. les cayó encima por sorpresa. algunos incrédulos y entre ellos Vila-Nova. los soldados fueron metiéndose por las calles. a golpes. y marchando por el lecho del río. Colocaban la boca de las espingardas sobre los tabiques de barro. reeditaban episodios inevitables. fulminándolos y comenzando el Día del Juicio. en desquite terrible. el del Amazonas. estaban repletas de mujeres y niños. la situación cambió. abrazado a su mujer e hija. Pero no cedieron en seguida la posición. Se veía un suburbio nuevo. retrocedían resistiendo y acom­ pañándolos.

medio desnudo. en el esplendor siniestro de los incendios. adelgazado hasta la flacura extrema. Pero esta resistencia a todo trance en la que entraban los mismos mo­ ribundos. atronando al norte. al fondo del santuario. Estallaban "bravos”. la aldea desaparecía. Era la sombra del cuadro. una llamarada. a veces completamente. con su humo amarillento. . el adversario retrocedía pero no huía. apenas lo hacía se le caía de los brazos flojos. cubierto de harapos. un curiboca viejo. del otro lado de la barrera. en ese escenario revuelto. Era el proceso usual y obligatorio. compactos. indistinguibles entre el humo. real. vigilante. Estos avanzaban empujados por el soplo del nordeste. Los grupos miserables. extendiéndose por el suelo. De pronto. Atestadas de curiosos. tuvo una frase lúgubre: "Al menos maté a uno. en la pieza de al lado.al primer agresor que encontró. torcía la cara en una mueca de cólera impotente. en tumulto. separado apenas por algunos centímetros de pared. abarcándolo de extremo a extremo y ocultándolo. En esos intervalos. Esta refriega. Se detuvieron. con algunas llamaradas fugaces. desapa­ recían al fin. en la misma vivienda. Sin fuerzas para levantarla. se divisaba un pedazo de la aldea. La escena. rubio y sin brillo — una chapa circular en brasas— un sol de eclipse. Y al expirar. adensándose o deshacién­ dose según la acción de los vientos. Aplaudían. Para no perder el avance se detuvieron y formaron barrera con los muebles y destrozos de las casas. El jagungo se quedaba. disolviéndose ante un trecho de­ sierto del río. fustigados por la fusilería. O los escondían las nubes de humo de los fuegos de lenta combustión. Delante de los espectadores se extendía un lienzo de humo. En poco tiempo tuvieron trece bajas. se les aparecía como una ficción estupenda. todas las casitas adyacentes a la comisión de ingenieros formaban una platea enorme para contemplar el drama. rodando por los techos. chocando con el frente de la iglesia nueva. trataba de disparar una lazarina antigua. Murió en seguida. Fue un episodio truhanesco y funesto. casi sin fuerzas para sentarse. perdiéndose alargadas sobre las cumbres de las colinas. Se quedaba adelante. pateaban. grupos de mujeres y niños corriendo hacia el sur. el alférez Pedro Simóes Pinto. entre los dos fuegos. entre los escombros. ajustando su puntería. repelidos por el cañoneo. . en un círculo de soldados que lo abatieron a sablazos. Además. caído de costado. En un rincón de la salita invadida. dejándola luego al descubierto. Las baterías de la Favela golpeaban de frente. . desesperado. Lo recortaba. concre­ ta. terminó por cortarles el paso. indomable. Los plazas lo rodearon por un instante y en seguida estallaron en un coro estrepitoso de carcajadas. como el telón que cae sobre un acto de tragedia. Desaparecían totalmente las casas. Adelante no había terreno neutral. del 249. Por su gran rasgón abierto de arriba abajo. ” 3 3 \ Otro distrajo a los soldados. a dos pasos. resonaba en el campamento ponién­ dolo en alarma.

Canudos estaba bloqueado. al sur. Por fin se vio llegando hasta el camino del Cambaio. cuando las nubes de humo se adensaban estallaban en groseros clamores de contrariedad. como espectadores frenéticos agitando sus bi­ nóculos inútiles. Ya no se podía escapar un solo habitante. A lo lejos se oían igualmente el coro de insultos y vivas. Los jagungos re­ trocedían. Una claridad abría otra vez el escenario tallándolo de medio a medio. real. Se formaban los cuerpos de reserva. una línea de banderolas coloradas. Se intercambiaban ór­ denes precipitadas. Porque la acción se prolongaba. Se prolongaba anormalmente. efectivo. sin la intervención de descargas o de tiroteos cerrados. guarniciones espaciadas. La insurrección estaba muerta. ladeando el puesto artillado en el ex­ tremo del camino del Cambaio. La nueva llegó en seguida al campamento y de allí salieron correos hacia Monte Santo desde donde el telégrafo la desparramaría por el país entero. Aunque fragmentada. el centro del campamento. el ala derecha del batallón paulista y el 32? de infantería. se había dibujado la curva cerrada del asedio. el ala izquierda del 249. el ánimo de los que escuchaban ansiosos. Se corría de nuevo a los binóculos. de actuar en el drama. de modo que. Además. Se cruzaban pre­ guntas conmovidas. liberados. la retaguardia de la línea negra cubierta por la 3* brigada. guarnecidas por el 319. a veces. decaía pensando en una salida de los sertanejos por las rutas del norte. . tratando de adivinar el enredo inopinadamente encu­ bierto.Los curiosos espectadores. el 38?. dando la idea de un ataque del enemigo en una revancha repentina. En todo el cuadrante del noroeste. Al este. . al norte. Toda la periferia del poblado estaba cerrada. la Favela y el baluarte dominante de la trinchera Sete de Setembro. En el desahogo estallaban aclamaciones y aplausos. las posiciones recién expugnadas. por su lejanía. . los ecos de los estam­ pidos a veces sonaban a la derecha y a retaguardia. cortando los caminos del Uauá y de la Várzea da Ema.

IV. V I— El fin.— El asalto. V il-D o s líneas. indomable para repeler las cargas más valientes. desencadenada en un tumulto de vorágine. como el remolino impa­ rable de un ciclón. desde todos los puntos. la réplica de las guarniciones que estaban arriba y rotaba hacia el norte. se retraía de ese lugar hacia el centro de la plaza. insistentes como nunca. Los combatientes que lo en­ frentaban desde el comienzo. Sobre los muros de la iglesia nueva. recibía encima y de lleno. I ULTIMOS DIAS LAS CONVULSIONES DE LOS VENCIDOS Ocurrió entonces un hecho extraordinario. sin par en la fugacidad con que sabía sustraerse a los ataques más imprevistos. Notas de un diario. veloz. Comenzaron a verlo heroico. Alrededor de los pozos de agua. Una súbita quietud suplantó el tor­ bellino furioso.— Testimonio de un testigo. Los prisioneros. El cráneo del Conselheiro. siempre rechazada y atacando siempre. era recha­ zada. para ir a caer ante los espolones de la Favela. borbotaba dentro del Vaza-Barris hasta despedazarse en el encuentro de las empalizadas que lo cerraban. El enemigo revivió con vigor increíble. . Pero descansaron breves minutos. reventaba en las cuestas que por allí bajan hacia el río. Los sitiadores dejaron la formación de combate. II. Se detuvo. refluía en descargas en direc­ ción del Cambaio. gigantes. con engaños y emboscadas. lo endurecieron y de nuevo le dieron la iniciativa en los combates. Rechazada por el cierre del este. lo estimularon. era repelida. volvía vertiginosamente al sur. . un silencio absoluto bajó sobre los campos. saltaba de nuevo hacia el este. Estos comenzaron desde el 23. estrepitosamente golpeaba la izquierda del 59 de Bahía. Era como una ola embravecida. golpeando trinchera por trinchera todo el cerco. I I I — Titanes contra mori­ bundos. Hasta ese momento lo habían visto con astucias.ULTIMOS DIAS l— Las convulsiones de los vencidos. se agitaba. caía sobre la barrera del 26?. La presión de millares de bayonetas que lo cercaban. totalmente imprevisto. para quebrarse un minuto des­ pués contra la línea negra. por la aldea. no lo reconocían.— Paseo dentro de Canudos. corriendo hacia el norte. . V. serpenteando. atravesándola. una vez más y volviendo a los mismos puntos. apenas se la veía entre la claridad fugaz de la fusilería.

Terminaron los desafíos imprudentes. sobre toda la línea. en una profusión terrible de metrallas. La artillería los alcanzaba con sus balas. Desde que aso­ maban por el sur en la cresta de los morros. des­ prendiendo astillas. corriendo en una ronda enloquecida. repiques duros de trabucos. los jagungos aún tuvieran munición de guerra. reapareció el espanto. Atacaban y eran recha­ zados. enloquecidos. golpeando. Las comunicaciones volvieron a ser difíciles. atacaban otras trincheras y eran repelidos. sorprendidos. de las casas. No se entendía cómo. sobre el lecho largo y tortuoso del río y sobre las depresiones más escondidas. sobre las carpas próximas a los cuarteles generales. quebrándolas. rijosos como los de cañones revólveres. Pero reaparecían en un punto cualquiera de la línea. percutiendo en los flancos de las colinas. de Comblain con zumbidos llenos y sonoros. en lo más agudo de los tiroteos. Sólo había un toque posible — el de alarma— y lo daba elo­ cuentemente el enemigo. caían sobre las que se sucedían y seguían en un giro enorme. en la rotación de los ataques. los convoyes comenzaban a ser baleados. dando como piedras duras sobre las paredes espesas de las casillas de la comisión de ingenieros y el cuartel general de la columna. andando curvados por los pasajes. sobre los ranchos de follaje a un palmo de las redes de donde saltaban. Caían como simios despeñados. res­ balando con estruendos por el toldo de cuero de hospital de sangre y despertando a los enfermos transidos de espanto. trasponiendo a saltos los lugares descubiertos. de las tiendas. Como en los malos días del pasado. haciendo equilibrios sobre los escombros. sobre todas las huellas. por el camino del Calumbi. Los cerros se despoblaron. Y no la economizaban. sin que se pudiese explicar una trayectoria tan baja. todavía con más intensidad. de mannlicher y máuser con sus silbidos finos. combatientes fatigados. sobre las placas recosas. La situación se volvió imposible. despedazando frascos en la farmacia militar anexa. hasta el trecho resguardado de la Favela donde paraban los cargueros y los heridos. Se decidió que no sonasen las cornetas. se acogían a la cautela. cruzándose. rozando. Los que el día anterior desdeñaban al adversario encubierto por esas casuchas quedaban asombrados. disparaban tan tupido que ase­ mejaban los aullidos de un viento fuerte. Terminaron de fanfarronear los que por allí andaban. Valientes de fama. de los toldos. a la entrada del cam­ pamento.Un estampido atronó en la iglesia nueva y se veían bultos errantes. En ciertas oca­ siones. . después de tantos meses de lucha. desafiando tiros. estallando. desde todas partes. y fuera de las carpas. . sobre todos los morros. bajaban precipitándose y algunos cargueros caían heridos al dar el último paso. Proyectiles de toda especie. Se perdían en las proximidades del santuario. .

y que escudriñando mejor en las casas conquistadas. Era la suprema petulancia del bandido. Puesto a la sombra de una carpa continuó su agonía prolongada desde hacía tres meses. tenía la cara tostada y marcada de viruela. disper­ sos por allí y llenos de miedo. La voz se le moría en la garganta sin poder salir. parecía un desenterrado. casi sin movimiento. como si fuera una fiera. mostraba dos agujeros de bordes oscuros y cicatrizados por donde salían los intestinos. Primitivamente blanco. cansados. Estos eran muy pocos y estaban en un estado deplorable. Volvía triunfante la tropa que al principio había hecho prisioneros por el camino a media docena de niños. No lo interrogaron. entró a la tienda del comandante de la 1^ columna. con astillas de granada en el vientre. Fuerte. todo lo revelaba. cerradas todas las salidas. Desde hacía tiempo se sentía el hambre en la aldea y casi todos los alimentos se destinaban a los combatientes. un luchador de primera línea. Tartamudeó algunas frases. el viejo curiboca desfalleciente que no había podido disparar contra los soldados. Uno venía sostenido de las axilas por dos plazas y sobre el pecho desnudo. LOS PRISIONEROS 3 3 2 El día 24 llegaron los primeros prisioneros. Más aún. Los que las hacían apenas podían responder a las preguntas. Pero ese paroxismo estupendo acobardaba a los ven­ cedores. había comenzado ahí adentro el suplicio creciente de la sed. quizá uno de los guerrilleros acróbatas que se largaban ágilmente por la estruc­ tura derruida de la iglesia nueva. Sólo uno no mostraba en su físico las priva­ ciones sufridas por los demás. de estatura mediana y de buena envergadura. Revelación más grave: el Conselheiro hacía mucho que no aparecía. de cuatro a ocho años. Las informaciones no iban más allá. Allí lo largaron. Había logrado derribar a tres o cuatro plazas y hubiera escapado si no lo hubiera alcanzado una bala en la órbita izquierda. Sofocado. . era. Herido desde hacía meses. De la cintura le pendía la vaina vacía de una faca larga. Levantó la cabeza y la mirada singular que salía de sus ojos — uno lleno de brillo.La lucha se acercaba febrilmente al desenlace de la batalla decisiva que la remataría. Se sacó el sombrero de cuero e ingenuamente. La respiración entrecortada revelaba el cansancio de la lucha. Otro. se veía la herida del sable que lo había aba­ tido. hizo ademán de sentarse. diagonalmente. Lo habían hecho prisionero en plena refriega. había encontrado a algunas mujeres y hombres heridos. el otro lleno de sangre— asustaba. harapientos. Algunas mujeres hicieron revelaciones: Vila-Nova había salido en la víspera hacia la Várzea da Erna.

atravesar las carpas sin que nadie se sorprendiera. no se gastaba un segundo en consultas inútiles. matarla. imponían un viva a la República que pocas veces era satisfecho por la víctima. llevarla hacia adelante. Se lo degollaba. Enlazar al cuello de la víctima una tira de cuero con un cabestro. y llegados ahí. Agarrándolo por los cabellos le doblaban la cabeza. Ya afuera. según el humor de los verdugos. surgían ligeras variantes. un tirón desde atrás haría que el lazo se anticipase al facón y el estrangulamiento al degüello. Tenemos valientes que estaban llenos de ansiedad por realizar esos cobardes procedimientos. Que. era simple. minúscula. Se había convertido en un pormenor insigni­ ficante. La dispensaba el soldado dedicado a la tarea. El hecho era común. Un solo golpe que entraba por el bajo vientre. equiparada con las últimas exigen­ cias de la guerra. Los soldados. Era una redundancia sorprendente. tácita y expresamente aprobados por los jefes militares. le descubrían la gar­ ganta y lo degollaban. En ese momento. sin que protestara. el supremo . Prisionero el jagungo sano y capaz de aguantar el peso de la espingarda. los sertanejos no les llevaban ventaja en la realización de idénticas barbaries. No pocas veces. II TESTIMONIO DEL AUTOR Mostrémoslas rudamente. Uno u otro comandante se tomaba el trabajo de hacer un gesto expresivo. rodó hasta la otra puerta. se lo destripaba. Un destripamiento rápido. Era el invariable prólogo de una escena cruel. Entonces el proceso era más expeditivo: lo mataban rápidos con el facón. Avanzar hasta la primera depresión profunda era un requi­ sito formalista.Brutalmente repelido. el infeliz se perdió con sus siniestros acompañantes en el seno misterioso de la caatinga. y sin temor de que la víctima se escapase porque a la mínima señal de resistencia o de fuga. Como se sabía. la impaciencia del asesino obviaba esos preparativos lúgubres. como vimos. Testimoniemos. Al llegar a la primera cañada ocurre una escena común. invariablemente. golpeado por puños fuertes. terminó siendo práctica habitual. A pesar de tres siglos de atraso. Comenzó con la espuela irritativa de los primeros reveses. le pasaron una cuerda por la garganta y llevado a los empellones hacia el flanco izquierdo del campamento.

El paso claudicante. Parec