EUCLIDES DA CUNHA

LOS SERTONES

PROLOGO

P i d o p e r m i s o al lector hispanoamericano para presentar un libro con­ trovertido de un autor también controvertido. Setenta y tantos años de reflexiones sobre ambos, efectuadas en nuestro país, constituyen un acervo crítico considerable. Mas si, por un lado, las reflexiones aportaron importantes contribuciones para su comprensión, por otro lado suscitaron nuevos problemas. Tampoco se puede dejar de recordar que este libro tiene el don de alinear opiniones radicales, no siempre sensatas, a favor o en contra. A lo largo de estos decenios, casi siempre el comentarista ama o detesta a este libro, apasionadamente. Ese amor y ese odio pasan fácilmente del libro a su autor. Su enigmática personalidad, su vida signada por tragedias increíbles, pueden interpo­ nerse, inadvertidamente, entre el lector y la lectura. Por eso se ha caído en otra tentación, la de tratar de ignorar al autor para obtener — se pretende— una visión objetiva de la obra. Aquí el peligro estriba en que se trate de conocer bien la obra, para caer después de las nubes, cuando se entran a conocer los lances de la vida del autor. El lector puede, entonces, considerarse engañado a propósito. Por lo tanto, vamos a limpiar el área y a contar todo. Pasado el susto, y ya más acostumbrados a los enredados episodios de la vida, podremos detenernos en los comentarios a la obra. No se trata de que lo que sucedió con Euclides da Cunha haya sido tan extraordinario. En los cuadros habituales de la familia patriarcal brasi­ leña, los hechos son perfectamente comprensibles y hasta corrientes. Quizá se vuelvan chocantes al constatar cómo en un autor de postura tan científica la vida haya sido inversamente tan poco científica, y que su acción personal haya sido tan irracional. Si hubiese sido un ciudadano común, habría actuado sin desacuerdo alguno, del modo convencional que considera la defensa de la honra, de la familia y de la propiedad. Pero, siendo como era, un ciudadano célebre, una persona pública, una

gloría nacional, la repercusión fue enorme. Por eso mismo, y sin que ello significase trazar excepciones para las personas públicas y los ciudadanos célebres, se intentó y se intenta, cubrir con un púdico velo su vida priva­ da, aunque sus propios actos la hicieron pública. Finalmente, no hay nada de extraordinario en tratar de matar a una esposa adúltera y al rival. Las costumbres fuerzan al hombre traicionado a hacerlo, para mantener su integridad y su respeto. Y podrá contar con un jurado benevolente que lo absolverá, puesto que se rige por los mismos valores consuetudinarios que él. Hasta hoy las cosas son así. Y Euclides, excepcionalmente, se comportó de manera civilizada durante cierto tiem­ po, pues aceptó un hijo de otro padre entre sus propios hijos. El hecho es que había estado un año lejos de su mujer, que vivía en Río de Janeiro mientras él dirigía la Comisión de Reconocimiento del Alto Purus, en la Amazonia. Había viajado en diciembre de 1904, regre­ sando a Río en enero de 1906. De vuelta al hogar encontró a su esposa grávida. Meses después nació un niño, de nombre Mauro, que vivió ape­ nas siete días y fue reconocido legalmente por Euclides. A fines del año siguiente nació otro hijo adulterino. Y, en paz o no, vivieron todos juntos, inclusive los dos hijos mayores de la pareja, Solon y Euclides da Cunha (h ijo), durante un tiempo más. Consta que Euclides solía decir de la rubia criatura ajena entre sus hijos morenos que era una espiga de maíz en medio del cafetal. El desenlace sólo ocurrió cuando la esposa, llevándose a los hijos, aban­ donó el hogar y fue a vivir a la casa de Dilermando de Assis, el otro hombre de su vida. El 15 de agosto de 1909, Euclides entra en esa casa, armado, y empieza a disparar. Dilermando y su hermano Dinorah se adelantan para enfrentar a Euclides, mientras doña Saninha y los niños se refugiaban en una habitación de los fondos. Los dos hermanos eran militares, Dilermando cadete del Ejército y Dinorah aspirante de Marina. Euclides baleó a Dinorah en la espina dorsal, a consecuencia de lo cual quedó inválido, viendo su carrera interrumpida y suicidándose años des­ pués. Pero Dilermando tiró certeramente, matando a Euclides. Más tarde, después de juzgado y absuelto como autor de la muerte en legítima de­ fensa, Dilermando de Assis se casó con doña Saninha y tuvieron otros hijos. Parece que su carrera se vio dificultada, pues siempre se lo envió a destinos lejanos y fue postergado en las promociones. Lo cierto es que en todo momento y durante su vida entera, se vio obligado a defenderse públicamente de las calumnias que continuamente le inferían, habiendo llegado, incluso, a escribir libros para justificarse. Ahora bien, este fue todo un affaire entre militares, ya que Euclides era teniente retirado del Ejército y su esposa era hija de un general. Los poderes constituidos y la opinión pública deseaban con tal ardor la sangre del homicida que la menor duda sobre su inocencia hubiera afec­ tado el veredicto. Si en esas condiciones altamente desfavorables no fue

posible declarar a Dilermando culpable, es porque realmente no se encon­ tró fundamentación legal. Euclides fue velado en la Academia Brasileña de Letras y enterrado con todas las honras públicas. La nación se puso luto. Pocos años después volvería a producirse la misma situación de enfren­ tamiento. El segundo hijo de Euclides, que tenía su mismo nombre y también se encaminaba a la carrera de las armas, pues era aspirante de Marina, probablemente había sido criado para convertirse en el vengador del padre y de la honra, de la familia y de la propiedad. En 1916, dentro del Forum de Río de Janeiro, agrede al mismo Dilermando de Assis. Este, que más tarde sería campeón nacional de tiro al blanco, nuevamente es alcanzado por varios disparos y con un tiro certero mata a Euclides da Cunha, hijo. Nuevo proceso y nueva absolución por legítima defensa. Varias décadas después, Dilermando le confiaba al escritor Francisco de Assis Barbosa que tenía en el cuerpo cuatro balas que no se habían podido extraer, dos del padre y dos del hijo Ese lado, digamos oscuro, de la vida de Euclides no debe oscurecer su actividad personal de hombre público. Era hombre público porque era periodista, era hombre público porque participó de la agitación que preparaba la caída del Imperio, era hombre público porque era militar, era hombre público porque era escritor, era hombre público porque era ingeniero. Hay que pensar cómo era el Brasil en el último cuarto de siglo pasado, un país colonial que empezaba a sentir el impacto de la Revolución Industrial. La máquina, el ferrocarril, la carretera, el sanea­ miento, la navegación fluvial, el proceso de industrialización en el campo y la ciudad, fueron temas a los que Euclides dedicó su pluma y su acción personal como ingeniero. Y no sólo él, hubo una generación o mejor dos, a las cuales la profesión de la ingeniería les parecía una de las más importantes para quien deseaba ponerse al servicio de la nación. El mismo Euclides fue profesionalmente ingeniero, el resto eran actividades paralelas que le permitían equilibrar el presupuesto; e ingeniero-funcio­ nario público, como es tradicional en un país donde la capa letrada siem­ pre mamó y hasta hoy mama en las gordas tetas del Estado. En este aspecto, habían empezado a surgir las escuelas de ingeniería que eran (al revés de lo que pasa ahora), focos de modernidad. Las viejas Facultades de Derecho y de Medicina, donde los hijos de la clase dominante se convertían en abogados y médicos, trampolín para la carrera política, eran sucedidas por las escuelas técnicas. En la capital del país, Río de Janeiro, había dos, la Politécnica o Escuela Central, y la Escuela Militar. Aunque había ingresado a la primera, Euclides hizo su curso en la segunda, que es gratuita e integra la carrera militar, por lo que era frecuentada por los miembros sin fortuna de esa misma clase dominante.
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1 Autores varios, Reportagens que Abalaram o Brasil, 1973, Río, Ediciones Bloch,

Allí ocurre el incidente con el cual, por primera vez, Euclides llama la atención pública, cuando, en señal de protesta contra la monarquía, arroja al suelo su sable en el momento en que el Ministro de Guerra visitaba la Escuela Militar. Abandona los estudios y sólo los retoma después de la proclamación de la República, y acaba por egresar como oficial-ingenieromilitar de la Escuela Superior de Guerra. En tal calidad presta algunos servicios, para su formación, en el Ferro­ carril Central del Brasil, en las fortificaciones de los Muelles Nacionales en Río y en la Dirección de Obras Militares del Estado de Minas Gerais. Desde su graduación en 1891 hasta 1896 en que se retira como Te­ niente Primero, pasa cinco años de ingeniería militar. En adelante será ingeniero civil, pero continuará como funcionario público. En esta fun­ ción que ejercerá en varios lugares, la obra que quedó para la posteridad es el puente sobre el río Pardo, en Sao José do Rio Pardo, en el estado de Sao Paulo. Ya famoso, después de la publicación de Os Sertóes, y miembro de la Academia Brasileña de Letras, poco antes de morir, se presenta al concurso por la cátedra de Lógica del Colegio Pedro II, en Río. Situado en un segundo lugar, después de algunos vaivenes, es nom­ brado para el cargo, aunque el primer lugar lo había obtenido Farias Brito, quizá el filósofo brasileño más importante. En su formación académica habían predominado las tendencias que marcan a la Escuela Militar en esa época y que, aunque en ella se centralizan, se muestran también en otros sectores de la vida letrada brasileña. Las dos grandes causas de la época son la abolición de la escla­ vitud y la implantación de la República. La ciencia, las matemáticas, el positivismo, el determinismo, el evolucionismo son privilegiados; Comte, Darwin y Spencer son los nombres clave. Nunca sobra recordar que el lema de la bandera brasileña en la República pacíficamente procla­ mada por los militares en 1889 (un año después de la abolición de la esclavitud), es Orden y Progreso, directamente copiada de las lecciones de Augusto Comte. En este sentido, la formación de Euclides no difiere de la formación de sus contemporáneos. O, para mayor precisión, no difiere de la forma­ ción del pequeño sector ilustrado que era parte de la clase dominante y por así decir, su vanguardia intelectual. Las dos grandes causas de la época, el abolicionismo y el republicanis­ mo, muestran al Brasil un poco descolocado en el contexto de naciones latinoamericanas. Cuando la mayoría de las colonias "al sur del río Grande” adquiere su independencia de las naciones europeas en los ini­ cios del siglo xix, el movimiento general hace que se transformen simul­ táneamente en repúblicas de hombres libres. En el Brasil, la indepen­ dencia que se consigue en 1822, es sólo un trasplante de la metrópoli a la colonia. Cuidadosamente preparado desde que Don Joáo VI, el rey por­ tugués, había venido al Brasil en 1808, huyendo de las tropas de Napo­

león, ese trasplante, en verdad, fue una elección que hizo la corona por­ tuguesa: entre una metrópoli pobre y una colonia rica, prefirió a esta última 1. Así, es el hijo heredero del rey portugués quien proclama la independencia, y la colonia pasa a ser una nación independiente, conti­ nuando esclavócrata y monárquica, teniendo como rey un portugués, igual­ mente heredero del trono de Portugal. Sólo mucho después serían libe­ rados los esclavos, en 1888, y un año más tarde, en 1889, se adoptaría la forma republicana de gobierno. En ese mismo descompás con relación al contexto latinoamericano deben buscarse las razones por las cuales el Brasil siguió siendo un país de inmenso territorio y no se dividió en varias naciones menores. Con un solo rey a su frente, y un rey que recibía a la colonia intacta y la conservaba intacta independiente, la centralización estaba garanti­ zada; aún más, esta centralización se había hecho a sangre y fuego en la época colonial y después tuvo que ser, como ocurrió en varias oca­ siones, preservada también a sangre y fuego. Antes de la independencia de 1882, varios movimientos habían aspirado a liberarse del dominio portugués. Y, como regla, eran republicanos y localistas. Si independen­ cia al mismo tiempo significaba república, por otro lado no significaba gran nación. Eran siempre pedazos del país que estaban en el horizonte de esos movimientos para ser sustraídos a la condición colonial. Ni es preciso decir que todos fueron duramente reprimidos. Los ideales de la Revolución Francesa y de la guerra de independencia norteamericana habían alimentado los anhelos de liberación en toda Amé­ rica Latina. Las palabras de orden provenían del léxico de esos dos eventos. Por eso, no debe admirar, aunque no tenga ningún fundamento histórico, y se encuentra notablemente desfasado en cuanto a los avances socioeconómicos y políticos, que Euclides da Cunha (y no sólo él en el Brasil) trate de asimilar la proclamación de la República a la Revolu­ ción Francesa. En sus poemas juveniles figuran cuatro sonetos dedicados a los líderes de la Revolución Francesa, titulados Dantón, Marat, Robespierre y Saint-Just. De tal manera, cualquier cosa que pareciese amena­ zar remotamente la consolidación del nuevo régimen republicano era tildada en seguida de reaccionaria y restauradora. Así les parecía a los contemporáneos cualquier perturbación del orden. Fue necesario que pasasen varias décadas antes de que se dejase de aplicar el mote de mo­ nárquico al mínimo signo de descontento. Toda la obra de Euclides da Cunha está profundamente comprome­ tida con ese encuadre de ideales. Además de Os Sertóes, donde analizó una rebelión rural, trató temas variados de política nacional e internacio­ nal, cuestiones sociales, literatura, geografía y geopolítica, proyectos eco­ nómicos. Esos temas fueron objeto de artículos y después se reunieron
1 María Odila Silva Dias, “A internalizado da metrópole”, en 1822 - Dimensóes, org. por Carlos Guilherme Mota, 1972, Sao Paulo, Ed. Perspectiva.

en libros. Dos de esas colecciones fueron publicadas aún en vida del autor, en 1907, con los títulos de Contrastes e Confrontos y Perú versus Bolivia. Pero escribió muchos otros, sea de periodismo militante, sea informes oficiales, discursos públicos y conferencias, que fueron reco­ gidos en la edición de la Obra Completa que la compañía José Aguilar Editora publicó en Río, en 1966. Aunque no era Euclides un debutante en el periodismo, pues antes había escrito no sólo en periódicos escolares sino también en los diarios más renombrados de Río y de Sao Paulo1, fue en 1897 que publicó dos artículos que se vinculan con el libro que lo haría célebre. Con el título de "A nossa Vendéia”, ambos aparecieron con el intervalo de algunos meses, en el diario O Estado de Sao Paulo. En esos artículos, por primera vez, Euclides examina los sucesos que se están produciendo desde hace algún tiempo allá lejos, en el sertón de Bahía. El primer artículo, evidentemente, fue provocado por la flagrante derrota de la tercera expedición militar enviada contra la aldea de Canudos. El 3 de marzo de 1897, el comandante de la expedición, coronel Moreira César, es herido en combate, muere, y las tropas se baten en retirada. El artículo, publicado diez días después, sorprendentemente, casi no se refiere al aspecto guerrero del episodio, haciendo más bien un análisis del medio geográfico. Se detiene en las características del suelo, en el sistema de vientos, en el clima, en la vegetación, construye una teoría sobre la sequía endémica de esa región, examina la hidrografía, destaca el relie­ ve y la topografía. Parece que estos factores habían sido muy importantes en las tomas de decisión en la guerra y en las dificultades que las fuerzas armadas oficiales encontraron. Sólo al final alude a los hombres que viven en ese medio, para considerarlos frutos obvios de él, trazando una rápida analogía entre esa revuelta y la de los campesinos de la Vendée. En ese artículo está el embrión de Os Sertoes. Se advierte la preocu­ pación por estudiar cuidadosa y "científicamente” el medio ambiente, de establecer la determinación del medio ambiente sobre el hombre y sus acciones, de enfrentar el enigma de la formación étnica de esos hombres. El paralelo con la Vendée se debe a que, considerando la instauración de la República en el Brasil en pie de igualdad con la Re­ volución Francesa en Francia, un movimiento insurreccional en el sertón sólo puede ser contrarrevolucionario. La Revolución Francesa tuvo su po­ tencial innovador desafiado, dentro del mismo territorio de la nación, por los campesinos de la provincia de la Vendée, que en 1793 se levan­ taron en armas exigiendo la restauración del Anden Régime con rey y todo. Lo que sucedía ahora en el Brasil, aunque un siglo después, debía ser la misma cosa. Un grupo de gente desconocida, perdida en el seno
1 Buena investigación hecha por Olimpio de Souza Andrade, que figura en la citada Obra Completa de Aguilar. Ver también, del mismo autor, Historia e Interpretagáo de "Os Sertoes”, 1966, Sao Paulo, Ed. EDART, 3^ ed.

del sertón, estaba enfrentando y derrotando a las fuerzas del Ejército Nacional, movida por razones ignoradas. No podía dejar de ser un peli­ groso intento de restauración monárquica contra el régimen republicano nuevo (ni siquiera diez años de existencia) que, a su vez, encarnaba los ideales revolucionarios franceses de 1789. Por eso, Canudos era "A nossa Vendéia”. Dígase por anticipado que Euclides superó esa propo­ sición y que cuando escribió Os Sertóes ya no creía en ella. Convocada la cuarta y poderosa expedición a comienzos de abril, no por eso su curso caminó más de prisa. Dificultades de toda índole com­ plican la victoria que parece a la vista, dado el volumen de los medios movilizados para conquistarla. Y entonces, a mediados de julio, Euclides publica su segundo artículo bajo el mismo título. Vuelve a insistir en las ásperas condiciones de la naturaleza y del adversario que los soldados deben enfrentar. Esta vez se detiene en la acción militar, tejiendo al­ gunos comentarios, todos favorables y justificatorios, sobre las razones que hacían demorar el desenlace de la campaña. Aquí aparece otro rasgo de Os Sertóes donde estará presente un minucioso análisis de cada paso del Ejército en guerra, los aciertos y equivocaciones, las posibles alternativas, las responsabilidades asumidas o no. En fin, una postura de estratega del Ejército. En Os Sertóes, Euclides, aunque deplora la suerte de los insurrec­ tos y la crueldad con que fueron tratados, al mismo tiempo, como si no hubiese ninguna contradicción en eso, señala la estrategia que habría vuelto más eficiente la acción del ejército. Pero el tiempo de revisión todavía no había llegado; en este segundo artículo de "A nossa Vendéia”, el sertanejo aún es una incógnita a la cual se le aplica un reconfortante estereotipo — es "el enemigo”— y el soldado brasileño aún es el héroe. La publicación de esos dos artículos debe de haber influido para que se produjera en el destino de Euclides un cambio importante. Pues esa campaña, en la cual a esta altura convergían tropas del país entero bajo el mando de tres generales, no se decidía. Esperábase de ella que fuese fulminante, ya que no había posibilidad alguna de comparación entre las fuerzas en choque. De un lado estaba el Ejército, equipado con el más moderno armamento, incluyendo armas de repetición y cañones, coman­ dado por una oficialidad de carrera ya veterana de otras represiones, dotado del entusiasmo guerrero de quien va a defender una causa justa, ardiente de animación republicana. Además, muchas de las fuerzas que operaban en esta guerra ya habían tomado parte en otras campañas pacificadoras, pues lo que no faltaba en esa época eran rebeliones y levantamientos internos. Del otro lado había unos pobres diablos analfa­ betos, que disponían de armas muy primitivas, cuchillos, hoces, fusiles obsoletos que funcionaban con pólvora improvisada y balas de piedra. El volumen de la campaña era respetable; y, debido a su interminable arrastrarse, el mismo Ministro de Guerra terminó por dejar su oficina en Río de Janeiro, por entonces capital del país, para mudarse al sertón,

instalando su cuartel general en Monte Santo, cerca de Canudos. En su comitiva va Euclides da Cunha, oficialmente agregado al Estado Ma­ yor. Iba en una posición privilegiada, ya que, si su misión era sólo hacer reportajes para el diario O Estado de Sao Paulo, tenía una situación mejor que la mayoría de sus colegas. Para ser considerado un repórter, Euclides acumulaba calificaciones. Ya había escrito extensamente en varios diarios y desde hacía varios años; era autor de dos artículos que trataban precisa­ mente sobre esa guerra; y, calificación no menos valiosa que las otras, era militar. ¿Por qué ese súbito interés de la prensa por esa lejana rebelión? Pocos temas — y casi siempre fueron temas relacionados con la seguridad na­ cional— habían obtenido de la prensa brasileña tal unanimidad de opi­ nión y de exploración. En 1897, y especialmente a partir de la derrota de la Expedición Moreira César en marzo, es imposible abrir un diario brasileño sin que ese tema ocupe sus más importantes espacios. Aquello que anteriormente era noticia esparcida se vuelve sección fija, con título propio y en la primera página. E impregna todas las categorías en que se dividen las notas del diario. La Guerra de Canudos invade el edito­ rial, la crónica, el reportaje, el anuncio y hasta el humor. Como fuerte vehículo de manipulación, antes de la era de la comunicación electrónica, el diario, al servicio de corrientes políticas a quienes interesaba crear pánico y concentrar las opiniones alrededor de un solo enemigo, prestó servicios inestimables. Como no era una invasión, no se podía contar con un enemigo externo; estaba aquí, bien a mano, y tan marginado que ni siquiera podría protestar contra el papel que le atribuían, de un enemigo interno. La función de la prensa fue ser portavoz de las refe­ ridas corrientes, lanzando un grito de alerta y de convocatoria del cuerpo nacional amenazado por la subversión interna. No fue la primera ni será la última vez que la prensa se presta a eso; basta abrir el ejemplar de hoy. Mas ciertamente, en el caso del Brasil, fue de un pionerismo, extraordinario. Y cuando ese pionerismo sirve más para avergonzar que para honrar, la eficacia del vehículo, como sucedió en tal momento, es enorme. Los diarios de la época son pólvora pura. Cuando llegó a Río y a Sao Paulo la noticia de la derrota de la Expedición Moreira César, la agitación de la calle — que, claro está, no es espontánea, tiene sus líderes que la conducen hacia objetivos específicos— ¿contra quién se dirigió? ¿Se invadió el palacio de la presidencia de la República, se arrojaron bombas en embajadas, se atacaron cuarteles, se agredió la ban­ cada bahiana en el Congreso? No: se empastelaron cuatro diarios monár­ quicos, tres en Río y uno en Sao Paulo. El saldo de muertos ese día registra sólo uno, un periodista llamado Gentil de Castro, abiertamente filiado a grupos monárquicos, abatido en un atentado en una plaza en la capital del país.

Cuando la nación atravesaba una época de gran inestabilidad econó­ mica y política, la conocida táctica de atribuir la culpa a un enemigo que es enemigo de todos fue utilizada con felicidad. Recordemos a los judíos en la Alemania de Hitler. El fantasma de la época era la monar­ quía. Pero los monárquicos eran pocos y demasiado conocidos; se trataba de algunos figurones del Imperio que aún sobrevivían, pues la mayoría de ellos se había adherido al nuevo régimen. La joven República que a esta altura no había cumplido su primera década, ya había tenido que enfrentar dos guerras civiles, la Revolución Federalista, que había mantenido al extremo sur en pie de guerra durante algunos años, y la Revuelta de la Armada. Y aunque fueron rebeliones confusas y no se sabe muy bien qué pretendían — probablemente, esto sólo se sabe con certeza cuando ganan y no cuando abortan— fueron inmediatamente calificadas de monárquicas. Pero, en ambos casos, se trata de revueltas institucionales, la primera con jefes políticos conocidos y la segunda abar­ cando una parte de la Marina. En el caso de Canudos hubo una feliz coincidencia. De hecho, aquel conglomerado de gente perdida en los confines del sertón sólo tenía, cuando la tenía, una vaga idea sobre lo que significaba vivir bajo un régimen republicano y ya no bajo un régimen monárquico. Se sabe, por ejemplo, que Antonio Conselheiro encontraba inmoral que los republi­ canos hubiesen expulsado del Brasil a la familia real, en la cual figuraba la Princesa Isabel que había firmado la ley de liberación de los esclavos. Muchos de éstos se contaban entre los seguidores de Antonio Conselheiro. Otra restricción que hacía era la institución del casamiento civil, que le quitaba al matrimonio su carácter de sacramento y lo transformaba en un contrato como cualquier otro. Estas dos objeciones se encuentran documentadas en un manuscrito atribuido a Antonio Conselheiro, que reúne sermones y prédicas, recientemente publicado 1. Lo que bastaba para que el poblado de Canudos fuese transformado en foco de una cons­ piración restauradora con ramificaciones nacionales e internacionales. Una vasta red monárquica, con sede en París, Nueva York, Londres y Buenos Aires, munida de recursos financieros infinitos, enviando conti­ nuamente armamento modernísimo a través de sus eficientes canales secretos, providenciando especialistas extranjeros que venían a entrenar a los rebeldes, se ponía en movimiento para tomar el poder en el Brasilz. De todo ese movimiento, Canudos era apenas el foco provocador, abier­ tamente insurgente, que aglutinaría al Ejército mientras el resto del país quedaría desguarnecido y sería presa fácil de las fuerzas conspiradoras.
1 Ataliba Nogueira, Antonio Conselheiro y Canudos, 1974, Sao Paulo, Comp. Editora Nacional. 2 Ver, por ejemplo, en los números del 2 de agosto de 1897 y del 7 de agosto de 1897, del diario carioca Folha da Tarde, los telegramas enviados por los corres­ ponsales en el Exterior.

Los diarios de la época. la designación está incorporada a la norma del discurso. O bien el Ejército brasileño enfrentando a los sertane­ jos se compara a los romanos enfrentando a los bárbaros. A la acusación de monárquico vino a sumarse otro elemento formador de la feliz coincidencia: el desconocido rostro del enemigo. 1939. qué lo motivaba. Tal vocabulario no es privilegio de los periodistas. de él se sirven políticos destacados. de repulsa. Ya en el segundo artículo utiliza el vocablo que estaba en boga en los periódicos para desig­ narlo: jagungo. seres imaginarios. toda especie de miedo. que no era un ciudadano. Seguramente no lo hace a propósito. tanto como en los reportajes que hace como enviado especial de O Estado de Sao Paulo. o bien a europeos modernos enfrentando negros en el Africa. que no era indio. y Canudos e Inéditos. S. Río. qué pretendía. de horror. Euclides lo llama sertanejo y tobaréu. en su irresponsabilidad. por ejem­ plo. Nadie sabía quién era. la palabra aparece subrayada denotando su extrañeza. José Olympio Editora. en nombre de qué luchaba. se encargaban de divulgar toda especie de repre­ sentación en que los sertanejos aparecían con epítetos de animales. En ese segundo artículo. cualquier cosa que los despojase de su obstinada humanidad. en Os Sertóes. Más tarde. Editora Melhoramentos. Las comparaciones históricas que Euclides hace en aquel segundo artículo no son de las más lisonjeras para el enemigo. organizada por Olimpio de Souza Andrade. el subrayado desaparece.Diario de urna Expedigáo. que no era un esclavo negro. hombres públicos dedicados a la defensa del liberalismo. 1 Con dos ediciones: Canudos . pero las analogías que le acuden son todas racistas. mons­ truos. hasta otra raza.El único problema es que nada de eso existía ni Antonio Conselheiro estaba informado. jefes militares. Tenga en consideración el lector que él no era un ex político del Imperio ni su hijo o primo. califica a los canudenses de "horda de mentecatos y galeotes” y los considera un caso de policía. Tanto más fácil para proyectar en él lo que se quisiese. En su primer artículo de la dupla "A nossa Vendéia”. 1967. qué lo hacía apegarse con tanta furia a ese desierto de piedra y cactos tan alejado del alcance de cualquier camino. organizada por Simoes dos Reis. Debe de haberse producido un alivio general cuando se pudo nombrar al enemigo. Paulo. por qué resistía. Era otra gente. La concepción subyacente es de un embate entre civilización y salvajismo. sinónimos de habitante del interior. que no era un militar en rebelión. en una conferencia pronunciada en la capital de Bahía y que fue publicada en quince partes por el diario O Comércio de Sao Paulo (ediciones del 9 de junio al 7 ele julio de 1897). Este último. otro pueblo. . como Rui Barbosa. Con seguridad no era brasileño. conjunto que más tarde reúne en libro bajo el título de Diario de urna Expedigüo *. entre raza superior y raza inferior.

por su importancia emblemática. Llamar a los canudenses jagungos era lo mismo que llamarlos. El cotejo entre los reportajes mues­ tra algunas constantes reveladoras. habiendo presenciado. el lector no sabe con qué tipo de fuente está luchan­ do. bandidos. puñal. mientras cangaceiro es más corriente en los estados del nordeste. corre mucha agua. Toulouse. Pernambuco. Cerca de dos tercios de los reportajes relatan el viaje para llegar allá. De cualquier manera.El término jagungo. jagungo se usó y se usa hasta hoy para designar bandido. quede aquí la información. como se tituló el conjunto de repor­ tajes que Euclides escribió como enviado especial del O Estado de Sao Paulo. la denominación de jagungo referíase a la especificidad del enemigo por un lado y por el otro se usaba con todas sus connotaciones peyorativas. ver José Calasans. No se debe olvidar. significa guardaespaldas a sueldo. pues es el mismo nombre de la vara con punta de hierro que se usa para conducir ganado. no es muy diferente de lo que ocurrió a los demás periodistas. tiene un campo semántico fluctuante. N 9 15. se percibe cuán poco asistió Euclides a la guerra. Una de las dificultades de la lectura de Os Sertóes reside exactamente en eso: dada la elección del foco narrativo. Paraíba. en Revista Caravelle. Sólo que jagungo es más usado en los sertones del norte de Minas Gerais y de Bahía. siendo cangago el conjunto típico de armas que usa — dos cartucheras cruzados al pecho. De ahí hasta la ampliación e utilización que el término tuvo y tiene. De inmediato se advierte que los periodistas se dirigían a Canudos sabiendo de antemano lo que iban a informar. menos de un mes de la guerra. y apenas el tercio restante es narrado por testimonio ocular. desde entonces incorporado a las letras patrias sin subrayado. dos mochilas colgadas de los hom­ bros y llevadas debajo de los brazos. Rio Grande do Norte y Ceará. en consecuencia. cangaceiro es el que vive debajo del cangago. En cuanto al origen de estos términos. . hombre violento que anda armado sin ser parte del aparato del estado o de las fuerzas armadas regulares. Como se ve. Por eso. 1970. Además. Usado alternada­ mente con el de cangaceiro. instrumento de trabajo obligatorio para el habitan­ te pobre de las zonas pecuarias extensivas que componen el sertón 1. La palabra jagungo se debe a un traslado por metonimia. a todos e indiscrimina­ damente. que terminaría el 5 de octubre. Los primeros materiales enviados son siempre una serie de 1 Para un estudio del origen de la palabra jagungo y de sus usos. Colección de los Cahiers du Monde Hispanique et Luso-Brésilien editados por la Universidad de Toulouse. La trayectoria que el pensamiento de Euclides recorrió en relación con lo que pensaba sobre esa guerra es pasible de ser acompañada en las sucesivas páginas de ese Diario. pistola y rifle. como Sergipe. En el Diario de urna Expedigáo. el conocido sombrero de cuero con sus adornos. “Os jagungos de Canudos”. Euclides envió su primer repor­ taje de los vivaques que constituían el cerco de Canudos fechado el 12 de setiembre. Alagoas.

y del mayor Constantino Néri.fórmulas. publicaron reportajes en serie los siguientes diarios: Gazeta de Noticias. un incidente que empañó el brillo triunfal de la partida del Ministro de Guerra y que ocurrió en el mismo navio en que él viajaba — un voluntario reclutado a la fuerza se arrojó al mar para . del capitán Manuel Benício. y en algunos casos el periodista era también un combatiente. y de la manera como terminó. heroi­ cos. así como el desper­ tar del conflicto de conciencia. describe la desorganización y el hambre que él mismo y los soldados están pasando. baja a minucias como el precio de la comida y del jabón para lavar la ropa. La República está en peligro. del mismo modo que en los reportajes de los demás. naturalmente. sublimes en su entrega a la causa republicana. urge salvarla a cualquier precio. herejes. Fuera de O Estado de Sao Paulo. Mas a cierta altura de los reportajes se advierte que la observación comienza a hacer peligrar las fórmulas. Todos los grandes diarios brasileños mandaron enviados especiales al escenario de la guerra. civilizados. Quien perdió fue el registro histórico. titulado O Rei dos Jagunqos. Emplea menos fórmulas que los demás. fanáticos. Sin duda. Este libro sale en 1899. Diario de No­ ticias y Jornal de Noticias de Bahía. tres años antes que Os Sertdes. pero lamentablemente sin la fuerza de las notas periodísticas. todos de Río. O País. A Noticia. Los rebeldes son monárquicos. sirven a intereses reaccionarios e ideologías exóticas. traicioneros. del mayor Manuel de Figueiredo. Entre los periodistas figuran los nombres de Lelis Piedade. cuenta la mala localización del campamento responsabilizándola por el hecho de que los combatientes sean alcanzados y muertos dentro de las tiendas. Jornal do Bra­ sil. Aún no estaba de moda hablar de un baño de san­ gre y el genocidio aún no era calificado como una estrategia moderna. sin cubrir. no son brasileños. el mejor reportaje es el de Manuel Benício para el Jornal do Comercio. perversos. Los periodistas empiezan a des­ confiar de que no están tan bien informados y empiezan a registrar sus dudas. Mas él se rehúsa a ver todo lo que no sea grandioso y heroico. En fin. disciplinados. el período decisivo y final de la campaña. abnegados. por lo tanto. del teniente coronel Siqueira de Menezes (con el seudónimo de Hoche). Como periodista. eficientes. del coronel Favila Nunes. Euclides tiene una postura peculiar que se podría definir como altanera. la cobertura que hace es bruscamente interrumpida y él se retira a Río de Janeiro después de enviar un último reportaje fechado el 24 de julio. de Alfredo Silva. su relato es tan vivido que. Manuel Benício escribirá un libro sobre la guerra. Y casi todos empiezan a escandalizarse con las prácticas que pre­ sencian. Así. República. están todos contrariados y a disgusto. Las fórmulas están presentes. bandidos. Jornal do Comercio. Cuando la guerra termina. animalescos. Más tarde. Los soldados son patrióticos.

ya en Bahía. se arrojó kerosene encima de los ranchos. Y aunque no lo registra en los reportajes. como todos se creían en plena Revolución Francesa. Mientras tanto. a punto de pasar informaciones veladas sobre ella a los lectores. el pobre. ante los cuales no consigue esconder su admiración. sólo ahora publicada: "Noto con tristeza que el jaguncinho que me fue dado por el general continúa enfermo y quizá no resista el viaje hasta Monte Santo” \ El Diario de urna Expedieao. el Comité Patriótico de Bahía intervino en eso con energía. ni de lejos. por Olimpo de Souza Andrade. Periodistas y soldados vieron a los habitan­ 1 Euclides da Cunha. p. después de lo cual se tiraban bombas de dinamita. con fecha de publicación del 10/11 de agosto y fecha de escritura el 4 de agosto. 1975. Alfredo Silva relata el episodio en su primera nota para A Noticia. Ed. Mas a cada rato recae en consideraciones sobre la existencia de algún misterio detrás de ese fenómeno. pero fue pescado. también cuenta que el inmediato estaba con cólico. Sistemáticamente. org. inclusive en O Comercio de Sao Paido. Hasta generales de la guerra lo hicieron conforme cuentan los periodistas. no existe en sus notas. siquiera en la más vaga de las alusiones. tales como el degüello sistemático de los prisioneros y que él mismo denunciará apasionadamente cinco años más tarde en su libro. va tornándose oscilante en lo que dice respecto de las convicciones iniciales del perio­ dista. Sao Paulo. cuya explosión provo­ caba incendios generalizados. y a veces termina sus telegramas con un "¡Viva la República!”. INL. Caderneta de Campo.huir. El final de la guerra y la manera como ese final fue conseguido cau­ saron un trauma en el sector ilustrado de la sociedad brasileña. La práctica de atroci­ dades. La férrea censura que los periodistas afrontaban y contra la cual protestaban. de vuelta— encuentra registro en otros reportajes pero no en el suyo. para redimirlos del mal e integrarlos a los valores de la sociedad bur­ guesa occidental. 55. fue ocupado de a poco en sangrientas batallas y la solución final fue lograda por la utilización de una forma primitiva de napalm. en la época era costumbre adoptar jaguncinhos. Si ahora se adoptan huerfanitos vietnamitas en un gesto de caridad cristiana pública. El comercio de mujeres y niños comprados por los vencedores tampoco existe. no es. Cultrix. está la anotación en su libreta de campo. . también los militares participantes de la campaña se dirigían unos a los otros con el epíteto de Ciudadano. pero Lelis Piedade y Favila Nunes lo informan. Euclides también consiguió uno. o "¡La República es inmortal!”. Y no era sólo él. mencionada por Euclides. perturbado por la resistencia sorprendente de los insurrectos. en los diarios. Como el poblado no se rendía. mas no menciona el hecho en sus reportajes. a medida que progresa. rescatando a los nuevos esclavos en la medida en que pudo hacerlo y publicando su información con la firma de tres de sus miem­ bros.

en libros y diarios. un pueblo capaz de tal esfuerzo de autocrítica es un gran pueblo. los intelectuales. Manifestaciones de pro­ testa surgían por todo el país. Sao Paulo. el 5 de octubre de 1897 y la publicación de Os Sertóes el 1*? de octubre de 1902. todo el mundo se escanda­ lizaba. este libro difícil. Literatura e Sociedade. Hay un proceso generalizado de mea culpa. vieron cuerpos en llamas. expresándolas de manera simbólica. 1965. para los muertos. La vergüenza nacional es general. que antes los había calificado de "horda de mentecatos y galeo­ tes” los llama ahora "mis clientes” y declara que va a pedir hdbeas corpus para ellos. Rui Barbosa. es irrelevante. pasan cinco años. Si en el inicio del conflicto la reclamación general pedía el exterminio. también éste organiza. Aún hoy. EDART. En el nivel del discurso. Sao Paulo. es claro1. los periodistas. se vuelven humanos y compatriotas. Entre el fin de la guerra. Son los años en que Euclides se dedica a recoger información sobre la campaña. E incluso el recelo manifestado por Euclides ante la publicación demostró ser in­ fundado. El proceso arriba descrito explica en gran medida el inmediato y extraordinario éxito de Os Sertóes y la elevación de su autor a la celebridad. tenemos en nuestro acervo cultural nacional un libro como Os Sertóes. 2 Antonio Cándido. . En cambio. 1966. Nos equivocamos. los militares. entonces el viraje era completo. Historia e Interpretagño de “Os Sertóes”. 144. p. Parece como si el proceso de expiación de la culpa colectiva hubiese alcanzado su punto más alto en este libro. los diputados y senadores. Los libros sobre la guerra en tono de denuncia empiezan a aparecer y culminan con Os Sertóes. Comp. Muertos. La mayoría de sus poseedores ni sabe qué hay dentro del libro. pues los poderes constituidos y el mismo Ejército recibieron el libro con inmenso alivio 2. Editora Nacional. estructura y da forma a tendencias profundas del medio social. entidades públicas y privadas rehúsan participar en las conmemoraciones de la victoria. El Ejército queda cubierto de oprobio. Por otro lado. tanto como a estudiar teorías que lo auxiliasen a com­ prender lo que había pasado. “O escritor e o público”. Pasado el peligro. y la hacían los estudiantes. pero publicamos nuestra confesión y arrepentimiento. pero sabe que debe enorgullecerse de él. Es el conmovedor esfuerzo de un intelectual 1 Estas afirmaciones se encuentran en forma de notas para un discurso público que Rui Barbosa finalmente no pronunció. Como todo gran libro. Que eso no resucite a los injustamente muertos ni abra los ojos para que se modifique la situación de los que viven en injusticia. figura obligatoriamente en los estantes de los hogares brasi­ leños medianamente cultivados. muy comprado y poco leído. En el momento en que el exterminio era efectivo. viene el remordimiento.tes de Canudos incinerados. una gloria nacional. Ver Olimpio de Souza Andrade. los términos peyorativos aplicados a los canudenses son sustituidos por las palabras "brasileños” y "hermanos”. Ed. vieron mujeres con sus hijos en brazos arrojándose al fuego.

sólo podía ocurrir lo que ocurrió. la diferencia entre el sertanejo brasileño y el campesino europeo. La visión por cierto es determinista. en el aislamiento del desierto.honesto. degenerados. incluso después que el mundo conoció las proezas de los vietcongs en este campo. inventivos. tener que lidiar con un movimiento religioso a partir de una formación científica y positivista. . geografía y clima determinan la constitución de los agrupamientos humanos. Euclides las admira y registra. lo que ya se evidencia en las tres partes en que se divide el libro. por extensión. Primero. Grosso modo. va mostrando la inventiva increíble de los canudenses. En mo­ mentos de crisis. movilizando sus conocimientos de militar y asumiendo su postura de estratega. racialmente inferiores. De los cruzamientos raciales entre indios V blancos. saldrían a flote las características de las razas inferiores que habían entrado en la mezcla y que se realizan en el misticismo. fuertes. "O homem” y "A luta”. In­ fluido por los teóricos del comportamiento anormal de las multitudes — tema que había marcado el nacimiento de las ciencias sociales en el siglo xix. presa fácil de todo tipo de supersticiones e incapaz de construir una cultura. dado el medio ambiente natural y dado el medio ambiente social que incluye la raza. al mismo tiempo que se emocio­ na con sus grandes arrebatos o con actos de heroísmo individual de los soldados. resistentes. Antonio Conselheiro. sin advertir la contra­ dicción en que cae. Como esas afirmaciones surgen entrelazadas. O Estado de Sao Paulo. de temperamento inestable. Al mismo tiempo que afirma y reafirma su teoría racial. “Euclides da Cunha sociólogo”. que desarrollan sofisticadas tácticas de guerrilla para enfrentar una guerra de tipo convencional. (pocos negros en su opinión). éste afe­ rrado a la tierra. En uno de ellos los rebeldes son heroicos. nú­ mero del 13 de diciembre de 1952. anormales. Y aún provocan la admiración del lector actual. y a la misma aldea donde vivieron. estando el pensamiento europeo aún confundido por los hechos de las turbas desenfrenadas de la Revolución Francesa— Euclides se ve frecuentemente en dificultades para explicar el desempeño innovador de esos mestizos degenerados. Segundo. atributos que impregnan también. esa es la explicación que encuentra para el fenómeno. impávidos. que trata de entender a su propio pueblo. con honda tradición y costumbres bien conocidas. diplomado como profesional liberal en los mayores centros ur­ banos del país. el resultado sería el mestizo. En el otro son ignorantes. 1 Antonio Cándido. La repetición incesante de afirmaciones contradictorias ofrece la posi­ bilidad de que se lean dos libros en uno solo. Euclides. a su líder. Dos factores lo atrapan seriamente. Para él. Euclides intenta demostrar que. critica ásperamente la ineficiencia del Ejército. tituladas "A Terra”. mientras la raza determina el tipo psicológico V el comportamiento colectivo 1. el resultado lite­ rario es la presencia constante de la figura de la antítesis y del oxímoron. superiores.

tuvieron como premio la concesión de terrenos en la capital del país. si por vez primera se fue al encuentro de la plebe miserable que hasta hoy constituye la mayoría de la población brasileña. con esos extraños peligrosos. las plantas agreden con sus es­ pinos ardientes. ellos. Por ejemplo. cierta región del país es una Siberia canicular. los fanáticos. después de terminada la guerra. topónimo debido a una especie vegetal que por ahí abundaba. si fue allí que se descubrió el Brasil. el día fulmina 1. 1970. volvieron a la vida civil los soldados rasos que no eran militares de carrera y que también eran miembros de la plebe. las aguas se precipitan. cómo entenderlos. Antonio Conselheiro podría tanto haber ido a parar al hospicio como a la Historia. Los elementos naturales actúan como fuerzas vivas. ¿Cómo no admirarlos? ¿Cómo no quedar traumatizados para siempre. reaccio­ nan y contraatacan. Cuando. donde los ex soldados que regresaban de su servicio prestado a la Patria en la Guerra de Canudos construyeron sus precarias casitas. es palpable. La antítesis incluye también el contacto dramático del intelectual con el pueblo al que pertenece. tendemos a olvidar los hilos que vinculan la actual situación con la guerra de Canudos. con el desarrollo dominante. Por casualidad. esos terrenos tenían escaso valor inmobiliario. tratando de reunir en un solo plumazo dos extremos. fue el de Morro 1 Alfredo Bosi. Sao Paulo. ¿Cómo obtener una combinación armoniosa. Pero ellos tampoco aceptan pasi­ vamente esto. una síntesis entre lo que fue aprendido en los libros y en la convivencia urbana. . los retardatarios. tan brasileños como nosotros? ¿Cómo comprenderlos. si no aceptan nuestra revolución? ¿Cómo pueden no admitir que nosotros estamos en lo cierto y ellos están equivocados? ¿Por qué nos odian? Es verdad que los métodos de contacto que estamos usando son exterminadores: trata­ mos de destruir lo que no entendemos. la descripción del medio geográfico y del hombre que vive en él es concebi­ da con recursos de ficción dramática. los inferiores. y estaban si­ tuados en los morros que circundan la ciudad de Río de Janeiro. Incluso en las dos primeras partes. las tinieblas saltan. el sertón es el paraíso. si no aceptan nuestra ciencia. si son tan diferentes de nosotros. y una plebe cuyas acciones son de naturaleza incomprensible? Esa plebe rebelada no señaló el fin sino la continuidad de un proceso histórico. el coronel Moreira César podría recibir la ca­ misa de fuerza o la púrpura. Y el nombre que espontáneamente se dio a esos conjuntos habitacionales.El sertanejo es un Hércules-Quasimodo. se llama Morro de la Favela. Ed. cómo confraternizar con ellos. con­ fiere una enorme tensión dramática al texto. Cultrix. Esa exasperada manera de escribir. el morro donde se situó una parte importante del campamento militar que tendió un cerco sobre la aldea. La fascinación por el heroísmo que demuestra Euclides no sólo por el Ejército sino también por los canudenses. Hoy. el suelo se retuerce y estalla. antes de entrar propiamente en su tema de historiador de la guerra. Historia Concisa da Literatura Brasileira.

Había miles de kilómetros a disposición para construir esa reserva de agua tan necesaria. Según el cálculo oficial hecho por el Ejército en 1897. La figura de la antítesis y del oxímoron sólo exhiben la incapacidad de pensar la especificidad del fenómeno. en una época en que Sao Paulo. sin servicios de infraestructura urbanística. debe mucho. La fisura entre la cien­ cia exhibida y los terribles hechos narrados impide una síntesis explica­ tiva. Los restos dejados por el cañoneo. a su vez. lo que. La pre­ gunta que queda es si. Canudos tenía 5. el apelativo favela volvió a ser un sustantivo común. N . Barriadas o callampas en algunos países de América Latina. Este libro no nos deja olvidar lo que pasó y continúa pasando. ¿Cómo erradicar esa memoria desagradable y perturbadora? Hace poco más de diez años. en donde esa numerosa plebe del subdesarrollo viene al encuentro del mercado de trabajo. a pesar de ser apenas una dentro de las incontables insurrecciones que se produjeron en nuestra historia. se hizo una obra benéfica en la región. designando todos los agrupamientos urbanos margi­ nales de las ciudades grandes y ricas del Brasil. al libro de Euclides. La postura de estratega del Ejército entra en contradicción con la simpatía por los rebeldes. w. . El libro de Euclides es un libro irritante. en una estimación modesta de cinco habitantes por casa. se decidió que el lugar ideal era aquél que comprendía las ruinas carbonizadas de la aldea de Canudos. hecho en terrenos sin valor vendible. cada vez en mayor can­ tidad. Por coincidencia. da el total de 26. se pensó construir un dique. con todo el esfuerzo hecho para borrar tan ejemplar episodio de la memoria nacional. En medio de la aridez desértica del sertón. por el kerosene y por la dinamita molestaban. Os Sertóes es un elemento instigador de la memoria brasileña que nos hace recordar lo que ya hicimos y continuamos haciendo con la mayoría de nuestros compatriotas. apenas llegaba a doscientos mil personas. su lenguaje es rebuscado. las antítesis buscan efectos de resultado confuso. No es necesario decir que hoy no puede hacerse una investigación de campo en Canudos. había gente en la región que recordaba y perpetuaba la memoria del hecho. no nos habríamos también olvidado. Después de eso. la favela es un rancherío provisorio. de no existir el libro de Euclides para irritarnos y obligarnos a pensar en un problema hasta hoy presente bajo otras formas. las ruinas reposan escondidas debajo de muchas toneladas de agua. su posición incierta y oscilante cuando no abiertamente contradictoria. cantegriles en otros. G. pone en jaque la ideología oficial que postula la índole pacífica del pueblo brasileño. y con los mejores argumentos tecnocráticos.000 habitantes. hoy una megalópolis de doce millones.de la Favela. los habitantes del interior del país fueron ocupando los morros y llanos adyacentes.200 casas. La perturbación que la Guerra de Canudos causó en la conciencia na­ cional. Con la aceleración del éxodo rural.

de T . ya después de la muerte del autor. de 1914. especialmente para esta edición de la Biblioteca Ayacucho. respondiendo a críticas. este último con la intención de incorporar escritos anteriores del autor sobre el mismo tema. publicada por los Editores Laemmert y Cía. Se tuvieron en cuenta aclaraciones de carácter histórico. lingüístico. También fue indispen­ sable la edición de la Obra Completa hecha por la Compañía José Aguilar Editora en 1966.. Este trabajo sigue a los efectuados por José Calasans y Olimpio de Souza Andrade. aparecieron en 1903. considerada por eso la definitiva. salvo en el caso que lleven la mención (N . ocurrida en 1909. político. La Editora Francisco Alves.CRITERIO DE ESTA EDICION Entre los días primero y dos de diciembre de 1902. especialmente por su Cronología y por el Diccionario Euclidiano. Las notas aquí introducidas se atuvieron a un criterio informativo múltiple. Desde entonces no hubo más alteraciones. geográfico. hechos por Fernando Nery para la doceava edición de 1933. que sirvió para preparar la quinta edición. Las notas marcadas con un asterisco y que aparecen al pie de página son del autor. Después se encontró un ejemplar de la tercera nueva­ mente corregido por el autor. y la moderni­ zación de la ortografía. Igualmente. en la misma ciudad. el primero sobre la Guerra de Canudos y el segundo sobre la vida y la obra de Euclides da Cunha. biográfico y bibliográfico. se ocupó de editar desde entonces el libro. la segunda que contiene un grupo de notas al final del volumen. vio la luz la primera edición de Os Sertóes. no todos son citados. literario. se hizo el cotejo con otras fuentes contemporáneas sobre la Guerra de Canudos. . mas todos fueron leídos y aprovechados. Corre­ gidas por el autor. habiendo sacado la cuarta edición en 1911. en la vigesimosexta edición de 1963. La presente edición se basa en un ejemplar de la vigesimoséptima edición que es la más reciente hecha por aquella editorial (1 9 6 8 ). están numeradas y aparecen al final del volumen. organizada bajo la dirección de Afránio Coutinho. y en 1905. Ambos son los mayores especialistas del tema. la tercera. Las notas preparadas por Walnice Nogueira Galvao. partes que lamentablemente no consignan el nombre de su autor para que lo pudiéramos registrar aquí. de Río de Janeiro.). siempre que fue posible. a no ser los subtítulos de los capí­ tulos.

sin fecha. Chicago. por Sereth Neu. por Samuel Putnam. por Benjamín de Garay. Holanda. Italia. . por Richard Wagner Hansen. — Markerna Brinna (sueco). G. G. — De Binnenlanden (holandés). 1968. 1945. Copenhague. 1938. Buenos Aires. G. — Traducciones chinas: hay mención. Phoenix Books .En cuanto a las traducciones. las fuentes son la misma Obra Completa y los archivos de la Casa de Cultura Euclides da Cunha en Sao José do Rio Pardo.The University of Chicago Press. cf. Difusión Panamericana del Libro. Ediciones Caravela. Bi­ blioteca de Autores Brasileños. — Les Terres de Canudos (francés). de traducciones a veinticinco diferentes len­ guas chinas. sin fecha. — Oproret Paa Hojsletten (dinamarqués). — Rebellion in the Backlands (inglés). Moráes. — Los Sertones (español). En algunos casos. N . Belo Hori­ zonte. 1947. W. las indicaciones bibliográficas son escasas. Río de Janeiro. 1944. como se verá en la lista que a continuación ofrecemos: — Brasile Ignoto (italiano). W . 1948. Suecia. por Cornelio Biseleo. por Forsta Delen. y la Casa de Euclides tiene conoci­ miento por lo menos de una. Língua e Linguagem. Westermann.

LOS SERTONES .

la Campaña de Canudos tiene el significado. No debilita esta afirmación el hecho de haber sido realizado por nosotros. en la destrucción inevitable de las razas débiles por las razas fuertes. sin duda. aunque sea pálidamente. ante los futuros historia­ dores. con visión genial. Lo hacemos porque su inestabilidad. las vuelven tal vez efímeras. por­ que. les faltó el equilibrio necesario. superior a Hobbes 5 . y la velocidad adquirida por la marcha de los pueblos en este siglo ya no les permite alcanzarlo. La civilización avanzará por los sertones arrastrada por esa implacable fuerza motriz de la historia que Gumplowicz. había perdido todo interés2 al verse demorada su publicación por causas que nos excusamos de señalar. destinadas a una próxima desaparición ante las crecientes exi­ gencias de la civilización y a la intensificación de las corrientes inmigra­ torias que comienzan a invadir profundamente nuestra tierra. el tabaréu ingenuo y el caipira simple 4 . debida a factores múl­ tiples y diversamente combinados. los trazos actualmente más expresivos de las subrazas sertanejas del Brasil. hijos del mismo suelo. Intentamos esbozar. Detenidos en su evolución. Por eso le damos otra forma 3 . Pro­ ducto de variados cruces.NOTA PRELIMINAR Escrito en los raros intervalos de ocio de una actividad fatigosa1 . quizá estaban destinados a ser los principios inmediatos de la formación de una gran raza. en breve tiempo serán tipos relegados a leyendas desvanecidas o ya muertas. este libro que comenzó siendo un resumen de la Campaña de Canudos. Por eso. . en­ trevio. etnológicamente indefinidos. El jagimgo temerario. Hoy son retarda­ tarios. mañana estarán totalmente extinguidos. aliada con las vicisitudes históricas y la deplorable situación mental en que se encuentran. en la que el tema que motivó su escritura se convierte en sólo una variante del asunto general. sin tradiciones nacionales uniformes. de un primer ataque en una lucha acaso larga.

se irrita contra las semiverdades que son las semi-falsedades. E u c l id e s d a C u n h a . * Cita de H. ni una genealogía. qui copient les faits et défigurent l’âme. de T . (N . Y en tanto lo permita la firmeza de nuestro espíritu. y armados por la industria alemana. Sâo Paulo. un crimen. parmi les barbares. il s’irrite contre les demi-vérités que sont des demi-faussetés contre les auteurs qui n’altèrent ni une date. mais dénaturent les sentiments et les moeurs. Además. nos separa de ellos tina coordenada histórica: el tiempoG . . il veut sentir en barbare. pero desnaturalizan los sentimientos y las costumbres. Y fue. . et. parmi les anciens. qui gardent le dessin des événements et en changent la couleur. Taine. que respetan los contornos de los hechos pero le cambian el color. debe sentirse un bárbaro entre los bárbaros y entre los antiguos.). en el verdadero significado de la palabra. en ancien” *. en francés en el original: " . mal enlazados con esos patriotas extraordinarios por una tierra en parte desconocida. 1901. ni une généalogie. . un antiguo” . Aquella campaña parece un reflejo del pasado. tuvi­ mos en la acción él singular papel de mercenarios inconscientes. . contra los autores que no alteran ni una fecha. hagamos justicia al admirable concepto de Taine 7 sobre el narrador sincero que encara la historia como ella merece: . Lo denunciamos. que copian los acon­ tecimientos y desfiguran el alma.viviendo parasitariamente a orillas del Atlántico de los principios civili­ zadores elaborados en Europa.

hasta que. 12. Un sueño de geólogo. . se atenúan todos los accidentes.— La sequía. abriéndose en bahías. repartiéndose en arrecifes desnudos.LA TIERRA L— Preliminares. quien la rodea.— Desde lo alto de Monte Santo. Desde lo alto de la Favela. se comprueba que hay tres formaciones geognósticas dis­ pares de edades mal determinadas. libre de los impedimentos de las sierras que hasta allí la rechazaban o acortaban. La entrada del sertón. El mar­ tirio secular de la tierra. ya en plena faja costera de Bahía “ . acompañando la cuenca del Sao Francisco 1S. con el vigor desarticulado de las sierras. des­ pués. Hipótesis sobre sus causas. en seguida. De tal modo. III. Lo demuestra un análisis más profundo hecho por un corte meridiano cualquiera. II. IV. Cómo se hace un desierto. andando hacia el norte. Ca­ mino a Monte Santo. se dilata en el occidente. hundiéndose en las honduras de la tierra amplísima que len­ tamente emerge en ondas extensas y llanas. al mismo tiempo que des­ ciende hacia la costa oriental en escalones o pisos que le quitan la pri­ mitiva grandeza y la alejan considerablemente hacia el interior. a manera de escombros del conflicto secular que allí libran los mares y la tierra. Esta caracterización geográfica resume la morfogenia del gran macizo continental. Primeras impresiones. observa notables cambios de relieve. disminuye gradualmente de altura. extendidas desde Río Grande hasta Minas 9. Y -U n a categoría geográfica que Hegel no citó. Pero al derivar hacia las tierras septen­ trionales. un litoral revuelto. dividiéndose en islas. I PRELIMINARES La alta planicie central del Brasil desciende hacia el litoral sureño en caídas escarpadas y abruptas. en el trecho marítimo que va de Río de Janeiro a Espíritu Santo 1 0 . Reina sobre los mares y se desarrolla en llanuras niveladas por las figuras de las cordilleras marítimas. Higrómetros singulares. Al principio el trazo continuo y dominante de las montañas. sujetándola y destacándola sobre la línea de las playas. rizado en cumbres y corroído de ensenadas. dando lugar a la variedad fisionómica de . . fraccionándose en morros de laderas indistintas en el horizonte que se amplía. Las caatingas. tras­ puesto el paralelo 15.— El clima. Cómo se extingue un desierto. Tierra ignota. De hecho. que se sustituyen o se entrelazan en estratificaciones discordantes. las serranías se redondean y se suavizan las líneas de los taludes. la mirada.

y el talud de las planicies altas se dobla en los escalones de la Mantiqueira 1 7 . todos los caudales revelan esta pendiente insensible. deri­ vando en lechos retorcidos y venciendo. las formaciones primitivas desa­ parecen. superpuestas las irrupciones que van de Barbacena a Ouro Preto24. donde se encaja el Paraíba 1 8 . incluso las de mayor altura. trazando una originalísima red hidrográfica. Como en las altas planicies de Sao Paulo2 0 y de Paraná. Se dibuja duramente en las placas rígidas de los afloramientos gnéisicos. corren desde la costa hacia los sertones. o se deshace en brotes que. Al este la naturaleza es diferente. donde la naturaleza compuso su más portentoso la­ boratorio. la fisonomía de anchos planos ondulados y desmesurados. y yacen sepultas por las complejas . después de apuntar las alturas de los picos centralizados por el Itatiaia 1 9. encuentra justificación para todas las exageraciones descriptivas — desde el gongorismo de Rocha Pita a las extravagancias geniales de Buckle1 4— que convierten a este país en región privilegiada. la sierra de la Canastra22. Al principio pegadas al mar. Al mismo tiempo. contrahechos. el antagonismo permanente de las montañas: el río Grande2 1 rompe. hasta el litoral paulista. y guiados por el meridiano se abren ante los hondos valles erosionados por los ríos de As Velhas 2 3 y Sao Francisco. nin­ guna parece tan preparada para la Vida. rasgando con la fuerza viva de la corriente. dándole al conjunto de las tierras. como si nacieran en los mares y canali­ zaran sus eternas energías hacia recónditos sitios de vegetación opulenta. desde el Iguazú al Tieté 1S. inmensos llanos cuya trama de capas horizontales de greda arcillosa. Es que bajo el triple aspecto astronómico. más allá del Paraná 1 6 . llevándolo con la misma corriente de los ríos que. se apre­ cian. Rasgan esos estratos en trazados uniformes. a pesar de las tumultuosas serranías. Traspasadas las sierras. con predominio de una o la combinación de todas. Sin embargo. Primero surgen las masas gneisgraníticas. La tierra domina al océano desde la altura de las quebradas. que partiendo del extremo sur se curvan en un desmedido anfiteatro. al entrar en este Estado. el lento descenso hacia el norte. convertido en un dilatado muro de apoyo para las formaciones sedimentarias del interior. progresan en sucesivas cadenas. al mismo tiempo explica la sin par exuberancia como las vastas áreas planas. La tierra atrae irresistiblemente al hombre. se nota. sin líneas sinuosas. extendidos hacia el norte occidental. formando los admirados paisajes que tanto encantan y engañan la mirada inexperta de los forasteros. y quien la alcanza. intercaladas de capas calcáreas o diques de rocas eruptivas básicas. bajo la línea fulgurante del trópico. llevan hasta el centro de Minas los paisajes alpestres del litoral. como quien sube a la rampa de un majestuoso escenario. topográfico y geológico. sin formaciones lateráles.la tierra.

salpicadas de lagos de arroyos subterráneos. apenas sobresale entre aquellas lomas definidoras de una situación do­ minante. que descienden en declives fuertes. Porque en este coincidir de las tierras altas del interior y de la depre­ sión de las formaciones azoicas. de espesos estratos de greda. en los parajes legendarios del oro. más modernas. apenas apuntando al este por los vértices de los albardones distantes que prolongan la costa. y ésta. El carácter de las rocas. desde la de Cabrai. con la extensa zona de los llanos arenosos del norte. desde los macizos que van de Ouro Branco a Sabará2 5. por los poderosos estratos más recientes que las circundan. decaen a su vez. sobreponiéndose a otras. sin sobresalir. más cercana. mas con los dorsos extendidos en llanos inscriptos en un horizonte de nivel. porque las cordilleras dominantes del sur se extinguen allí. cayendo en cataratas o saltando obstáculos sucesivos. Un nuevo horizonte geológico repunta con un trazo original e inte­ resante. en cuyo valle. se acen­ túan otras transiciones en la contextura superficial del suelo. todos los ríos que desde el Jequitinhanha al Doce2 8 buscan las terrazas inferiores de la planicie arrimados a la sierra de los Aimorés2 9. nivelándose en las cumbres de la sierra del Espinado2 6. hasta la de Mata da Corda que se prolonga hacia Goiás 3 2 . es la primera muestra de esas espléndidas planicies imitadoras de cordilleras. Mal estudiado aún. infiltradas de abundantes filones. Se verifica así la tendencia hacia un aplanamiento general. alargán­ dose en planos amplios. hasta la zona diamantina que se expande hacia el nordeste en los llanos que se extienden. desnudas. a pesar de la sugestiva denominación de Eschwege27. Pero la tierra permanece elevada. aviva los accidentes. o levantándose en falsas montañas. y las que la rodean. subterráneas. que tanto perturban a los geógrafos descuidados.series de pizarras metamórficas. Las capas anteriores que vimos superpuestas a las rocas graníticas. Los surcos erosivos que las marcan son cortes geológicos expresivos. El cambio estructural origina cuadros naturales más imponentes que los de la costa marítima. después de recorridas por el sur las interesantes formaciones cal­ cáreas del río de As Velhas. expuesto en las bases de los cerros de cuarzo o en las cumbres donde se encuentran las placas de itacolomito avasallando las alturas. La región sigue siendo alpestre. la región montañosa de Minas se va comunicando. hacia el levante. La sierra del Gráo-Mogol3 1 que toca los límites de Bahía. De allí descienden. las mismas rocas que vimos sustituir en . están modeladas de la misma forma. y vuelven en aguas mansas hacia el poniente los que tienen su meta en la cuenca de captación del Sáo Francisco. en una tumba estupenda. sucediéndose a partir de la base. Ostentan en plano vertical. se caracteriza por su notable significación orogràfica. donde se abren las cavernas del hombre prehistórico de Lund 3 0.

asociándose con el cal­ cáreo que activa los paisajes a orillas del gran río. que se hicieron valles en declive. Se extienden vastos llanos. las serranías más altas no son más que llanos extensos que terminan de pronto en bordes abrup­ tos. por su altura. al antiquísimo Himalaya brasileño. y la disposición de los grandes bloques superpuestos en escalas recuerda las paredes desmanteladas de ciclópeos coliseos en ruinas. grandes tablados donde impera la ruda sociedad de los vaqueros. las sábanas de greda. tallándose en quebradas. Es el hermosísimo paraje de los campos gerais. en Bahía. Trepando por las taludes que los levantan dándoles apariencia de tableros suspendidos. que derivando primero en líneas divagantes de drenaje. . Y de acuerdo con la resistencia de los materiales trabajados. más caprichosos. aquí apuntan sobre las áreas de nivel los últimos fragmentos de las rocas enterradas. Pero desaparecen del todo en varios puntos. va­ riaron sus aspectos. poco a poco se fueron profundizando. o también. por todo el curso del tiempo. como un desdoblamiento o. oblicuas y gobernando los llanos que ladean interpuestos. la serie de los suelos gredosos que progresa hasta la meseta arenosa del A<juaruá3 4. a los costados. restos de la monstruosa bóveda decaída de la antigua cordillera. condensándolos en aguaceros de diluvio) se desnudan resurgiendo las formaciones antiguas. a duelas desproporcionadas. desbarran­ cado. ex­ tendido en lomadas ondulantes. se topan. partiendo de Monte Alto33. Desde hace siglos caen por ahí fuertes corrientes de agua. Lo atravesamos. . por la moldura golpeante del régimen torrencial sobre los suelos permeables y móviles. gracias a las intensas degradaciones (porque la Serra Geral sigue por ahí como reparo de los alisios.prolongado camino por la superficie: abajo los frutos graníticos decaídos por la hondura de los valles. en lo alto. una prolongación. mientras hacia el nordeste. desnudándose en peñascos que mal recuerdan. tan bien expresados en el perfil fantástico del Bom Jesús da Lapa 35. reviviendo por entero a la de Minas. por el aspecto de escalinatas. más bien. a centenares de metros. adelante. Sin línea de cumbres. Adelante. o en círculos enormes. en una prolongación indefinida de mares. estas formaciones naturales se dividen con rumbo firme al norte. Repunta la región diamantina. predominantes y ofreciendo a los agentes meteóricos una plasticidad admirable ante los más caprichosos modelos. porque es la misma formación minera que rasga al fin las sábanas de greda y se . extensas áreas rodeadas por los cuadrantes. se escalonan en alineamientos incorrectos de menhires colosales. Las montañas se desentierran. en esparcidos peldaños. las placas de pizarra más recientes. en desintegración continua. siguiendo las líneas de los cerros tallados en diaclasa. sobrepujándolas o rodeando sus flancos en valles monoclínicos. hasta orlar de despeñaderos y escarpas aquellos erguidos planos.

Cocais y Sincorá39. Cae hacia las terrazas inferiores. el curso sinuoso del Itapicuruagu 44. hasta descubrir el salto prodigioso de Paulo Afonso42. indefinido. entre montañas derruidas. en despeñaderos hacia el levante. las nacientes del Paraguacú 3 8. poco elevadas pero innú­ meras. Por el medio. Ultimo brote de la sierra principal. pasando bajo las lomas de Jeremoabo. y por la otra. fundiendo las expansiones septentrionales de las de Furna. por donde descienden hacia el mar o hacia el declive de Paulo Afonso las rampas en barranca de la alta planicie. el Irapiranga de los tapidas. se ve el trazo de otro río. en contrastes bellísimos. Los muestra el Sao Fran­ cisco en el vivo influjo con que tuerce hacia el este. incohe­ rentemente dispersos. en los picachos que irradian de la Tromba o resaltan hacia el norte en los esquistos huronianos de las cadenas paralelas de Sincorá 36. . no hay situación de equilibrio para una red hidrográfica normal. en segmentos dispersos que van hasta más allá del Monte Santo41. El observador que siguiendo este itinerario deja los parajes en que se alternan. cuyo trecho de Jeremoabo4 6 hacia las nacientes es una fantasía de cartógrafo. el eje de la Serra G eral3 7 se fragmenta. y hacia el este. originando el corre­ dor de cuatrocientos kilómetros en el reflujo del Sobradinho40.levanta con los mismos contornos alpestres y perturbados. Desde este punto en adelante. Cambia su carácter topográfico. al llegar a este punto queda sorprendido. con el mismo desagotar expresivo hacia la costa. el río Sao Francisco. entre un tumulto de morros. corriendo casi paralelo entre aquéllos. la amplitud de los campos gerais y el fasto de las montañas. Se deshace. y la caída hasta entonces graduada de las antiplani­ cies comienza a tener desniveles considerables. LA ENTRADA DEL SE R T O N 4 3 Está sobre un escalón del macizo continental. en su normal dirección primitiva. Se levanta un momento. en estupendo degrado. abarcando dos cuadrantes. y un dédalo de serranías tortuosas. cubriéndolos a lo ancho de los campos gerais. Lo limita por una orilla. hacia el sur. señalando al mismo tiempo la transformación general de la región. retratando el desaforado combate de los elementos que luchan allí desde hace milenios. en semicírculo. pero en seguida decae hacia todos los rumbos: hacia el norte. . La cordillera se eriza de contrafuertes y tallas. la de Itiúba le reúne algunas ramas indecisas. . Allí reina el drenaje caótico de los torrentes que le presta a ese rincón de Bahía un rostro excepcional y salvaje. curvada también hacia el sudeste. se cruza embarulladamente. Esta es más deprimida y más revuelta. al norte. el Vaza-Barris4 5. De hecho. de allí saltan.

por el lado sur. Sólo en este último rumbo se aventajó una aldea secular. los pobladores se desparramaron por las aldeas que la bordean. acompañando los insigni­ ficantes cursos de agua. e incluso éstos. rápidos. ignoto. Luego. o por los escasos establecimientos de ganado. absolutamente olvidado. a partir de Camacari. rechazadas por la barrera infranqueable de Paulo Afonso.Al abordarlo.J. Tierra ignota donde se aventura el garabato de un río problemático o se imagina una cadena de sierras. muestran ahí un claro expresivo. estaba predestinado a cruzar. copiando estas alternativas con la precisión de un calco. Jeremoabo. Porque cuando las bandeiras del sur 4 9 pasaban por sus límites y viraban por los flancos de la Itiúba. reuniendo informes escasos. Se extinguen al fin. al este.R . noticias exactas o detalladas. líneas de acceso más practicables 51. Y lo dejaban en medio. aunque se buscara el camino más breve. lo salteaban por su impresionante as­ pecto de tierra extraña que repuntaba en transiciones imprevistas. alternando con exiguas hondonadas cretáceas revestidas por el terreno arenoso de Alagoinhas que apenas engarzan. Cumbe o Bom Conselho47— entre las cuales el decaído Monte Santo tiene rasgos de ciudad. hacia el levante. realizando el máximo esfuerzo de penetración en tales lugares. Uno que otro lo sortearon. El extraño territorio. traspuesto el Itapicuru. aquí y allá. al sudoeste. al norte y al este pararon en las márgenes del Sao Francisco. cada vez más escasos. Ninguno se quedó allí. a menos de cuarenta leguas de la antigua metrópoli. los más avanzados grupos de pobladores se asentaron en aldeas minúsculas — Ma^acará. entre Capim Grosso y Santo Antonio da Gloria48. La vegetación circundante se transforma. se marchaban hacia Pernambuco y Piauí hasta el Maranhao 5 0. con las emersiones calcáreas de Inhambupe 52. tratando de encontrar por el Paraguagú y los ríos que lo demoran en el sur. que casi abarcaría a Holanda ( 9 o 11'— 10° 20' de latitud y 4 o— 3o de longitud O . las for­ maciones antiguas se cubren de escasas manchas terciarias. Es que siguiendo las huellas de la última de aquellas rutas. superados todos por una tapera oscura: Uauá. sin dejar rastros. inabordable. huyendo. Es que. Se rarifican los montes o se empobrecen. evitados siempre por los tropeles humanos que venían del litoral bahiano en busca del interior. se comprende cómo hasta hoy escasean sobre tan grande porción de territorio.). los cuatrocientos años de nuestra his­ toria. se separan . pasada la Itiúba. Nues­ tros mejores mapas. hechas pocas leguas. después de lanzar brotes dispersos por las serranías. se terminaba la atracción de las entradas aventureras y moría la vista del litoral opulento. un hiato. No podían quedarse. Dejando la orla marítima y siguiendo por tierra hacia occidente.

el Itapicuru alienta una vegetación vivaz y las barrancas pedregosas del Jacurici5 9 se adornan de pequeños bosques. No la modificaron nunca. mal dominada por la vegetación vigo­ rosa irradiante de la Pojuca 5 3 sobre el massapé fértil de las capas cretáceas descompuestas. histórica ruta por donde avanzaban los rudos sertanistas en sus excursiones hacia el interior. Los morros del Lopes y del Lajedo se elevan a manera de deformes pirámides de bloques redondeados y lisos. Curvándose en meandros. desde Bahía a Juazeiro. según sus varios rumbos. Maranhao y Pará. Andándolo en marcha hacia Piauí. no se sorprende al principio. evitándolo. . Y avan­ zando hacia Juázeiro o volviendo hacia la derecha. La piedra. se entrecruzan numerosísimos desvíos hacia el oeste y hacia el sur. el paraje siniestro y desolado. El suelo arenoso y chato permite una travesía desahogada y rápida. quien se anima a atravesarlo. donde una flora característica — arbustos flexibles mezclados con rubias bromelias— pre­ domina exclusiva en anchas áreas. por el camino real del Bom Conselho que. yuxtaponiendo sobre los rastros de los bandeirantes las líneas de una vía férrea. los pobladores. y los que se suceden. Tampoco la cambió más tarde la civilización. De modo que aquellas dos vías de penetración que se encuentran con el Sao Francisco en puntos lejanos — Juázeiro y Santo Antonio da Gloria 56— formaban desde aquellos tiempos los límites de un desierto 57. les copian los mismos contornos de laderas fracturadas. CAMINO A MONTE SANTO Sin embargo. exhumando la osamenta partida de las montañas. El observador tiene la impresión de andar por el corte mal graduado del borde de una planicie. Desde este sitio en adelante reaparecen los suelos terciarios esteriliza­ dores sobre los más antiguos que. A los lados del camino se ondulan lomas rasas. aflorando en lajas horizontales. partiendo de su trecho medio. apenas remueve el suelo engarzándolo en la tenue capa de arena que lo reviste. unos y otros rodeaban siempre. jamás significó. hasta Vila Nova da Rainha y Juázeiro 54. se dividían en Serrinha. una variante apreciable para el este o para el norte. sustrayéndose a una travesía torturante. bordeando a uno y otro lado las alas de las sierras de la Saúde y de la Itiúba. dominan en toda la zona centralizada en Serrinha. desde el siglo xvn los llevaba a Santo Antonio da Gloria y Pernambuco5S. Porque el camino en cuya longitud de cien leguas. partiendo de Queimadas hacia el nordeste58. en cambio.o avanzan en promontorios por los llanos desnudos. Pisa un camino tres veces secular. Pernambuco.

tienen sin embargo. del remoto pasado. uniforme. empieza a dinamizarse la tierra. lenta e impresionantemente. se lo descubre o se lo adivina. . Si se traspone cualquier ondulación. Asociándose a las ollas y cuevas en que se abre la piedra.Después se ven sitios que van mostrando una creciente aridez. siguiendo la bella etimología indígena. Se le presentan. Los delinearon los que primero se atrevieron a penetrar por aquellos sitios. Aún aparecen parajes menos estériles y en los lugares donde se operó una descomposición in situ del granito. todas de la misma forma y dispuestas del mismo modo. otras en ruinas. sin un trazo de color diverso. localizadas en depresiones. uniformes. Patrimonio común de los que por ahí se agitan en las aflicciones del clima feroz. las copas verdes de los ouricurizeiros rodean — breves paréntesis abiertos en la aridez general— las orillas de las ipueiras. se adorna de verde vegetación. y el aspecto paupérrimo de todas agrava los rasgos melancólicos del paisaje. aunque vaya desnudo de equipaje. como en el minúsculo poblado de Cansangáo 60. . los mismos cuadros. Y el rostro de ese sertón inhóspito se va esbozando. ancho emergente de tierra fértil. toscos muros de piedra seca. pasados estos puntos — imperfecta copia de las murallas roma­ nas que aún se aprecian en Túnez— se entra de nuevo en los arenales. el viajero más dinámico tiene la sensación de la inmovilidad. se está en pleno agreste. El pequeño sitio allí erigido se levanta sobre una alta . porque el sertanejo. Mas. erguidos como represas entre las laderas. enredados en ramas de las que irrumpen solitarios cereos. . un aspecto lúgubre. el pardo requemado de las caatingas. sobre todo en los trechos en que se suceden pequeñas ondulaciones. vienen. Algunas muestran los esfuerzos de los hijos del sertón. rígidos y silenciosos. Y persisten indestructibles. o en los desfiladeros que se recortan en el suelo polvoriento y pardo gracias a la placa verde negra de las algas unicelulares que las cubren. Despuntan pobres viviendas. sin embargo. en general. son el único recurso en un viaje penoso. jamás deja de llevar una piedra que calce en sus junturas vacilantes. en un horizonte invariable que se aleja a medida que se avanza. . en el cuadro triste de un horizonte monótono en el que se retrata. ornamentándolas. Verdaderos oasis. señalan una escala obli­ gatoria para el caminante. Parecen monumentos de una sociedad oscura. algunas desiertas por la retirada de los vaqueros que la sequía expulsó. como dicen expresivamente los matutos: arbustos que casi no tienen raíces sobre la tierra. Se encuentran. originando algunas manchas ar­ cillosas. Estas lagunas muertas. Pocas veces. Superada la estrecha faja de matorrales que prolonga aquel último río. Y marchando rápidamente. que son como espectros de árboles. dándole al con­ junto la apariencia de un desierto. a lo lejos. En las cercanías de Quirinquinquá61.

se empina. la extrema sequedad del aire. mal cubiertos por una flora obstaculizante. . y los cuarzos ásperos y los calcáreos sustituyéndose o entrelazándose. Entonces se observa que. a caballo sobre la villa que se erige a su pie. un juego de dilataciones y contraccio­ nes que las raja. parece una muralla monumental. . disponiéndose en escena­ rios en los que resalta. . Centraliza un vasto hori­ zonte. abriéndolas según los planos de menor resistencia. expone desde hace mucho las series más antiguas de aquellos últimos brotes de las montañas: todas las variedades cristalinas. predominante. Porque lo que éste denuncia. el aspecto atormentado del paisaje. con la línea de cumbres casi rectilínea. en las estrechas gargantas y la casi convulsiva flora enmarañada. Termina en una cresta altísima. en los desmante­ lados cerros casi desnudos. perdiéndose a lo lejos en escalas fugitivas. a pique. en relieve sobre la masa gnéisica que constituye toda la base del suelo. las lluvias que cierran de improviso los ciclos sofocantes de las sequías. se entra de lleno. es de algún modo el martirio de la tierra. brutalmente golpeada por los ele­ mentos variables distribuidos por todas las modalidades climáticas. Caldeiráo 6 3 . atenuados hacia el sur o hacia el este. de frente. De un lado. tres leguas adelante. La sierra de Monte Santo con un perfil totalmente opuesto a los redondos contornos que le diseñó el ilustre M artius6 2 . PRIMERAS IMPRESIONES Es un paraje impresionante. Del otro lado. Las condiciones estructurales de la tierra se vincularon a la violencia máxima de los agentes exteriores para el dibujo de relieves estupendos. en el sertón adusto. extremándole el desarrollo en el rumbo de 130 NE. y golpeando en aquellas pendientes. se yergue al margen de esa suble­ vación metamòrfica. Dominante sobre la planicie que se extiende hacia el sudeste. de tonos azulados.expansión granítica. en lo reseco del suelo. rizada de valles y serranías. en el verano. que facilita por la irradiación nocturna la pérdida instantánea del calor absorbido por las rocas expuestas al sol. El régimen torrencial de los climas excesivos sobreviene de pronto. y de ahí. y mirando hacia el norte se divisa una región distinta. en un fuerte dique de cuarzo blanco. por fin. precipitando estas demoradas reacciones. imponiéndoles la alternativa de subidas y caídas termométricas repentinas. y alcanzándolo y trasponiéndolo. des­ pués de las insolaciones demoradas. rajado por las líneas de los estratos expuestas a la erosión eòlica. en los retorcidos lechos de los arroyos efímeros. repuntando duramente a cada paso. su enorme paredón. los accidentes predominantes de la tierra progresan avasallando los cua­ drantes del norte. llevándoles a la distancia todos los elementos degradados.

Van del desequilibrio molecular. más adelante se rodean de cadenas de rocas. capas menos resistentes de arcillas coloradas escindidas de cuarzo e interceptadas por discordantes planos estratigráficos. cubren completamente a las demás a medida que se marcha hacia el NE y se asimilan a contornos más co­ rrectos. son nuevos testimonios de esos efectos físicos y mecánicos que. o el entrelazamiento de ambas. se modifican los aspectos naturales. Las aristas de los fragmentos. Atenuándolas en parte. sin intervalos en su acción demoledora. Esclarecen la génesis de los llanos rasos que se desatan. pierden unidad. Se recortan. delatando idénticas violencias. Despuntan en general estratos de un talcoesquisto azul oscuro. de T . y más allá desaparecen entre los bloques. abiertos en cajón. dando la imagen perfecta de esos mares de piedra tan característicos de los lugares donde imperan regímenes excesivos. cementados en el cuarzo. (N . Estas últimas formaciones. a veces. cubiertos de una vegetación resistente. aparecen tramos deprimidos.Las fuerzas que atacan la tierra en su contextura íntima y en su super­ ficie. Se disocian en los veranos quemantes. . convertidos ahora en esteros que marcan los asentamientos de los vaqueros. a manera de colmenas. sedes de antiguos lagos. con intercadencia invariable. ora esparcidos al azar— espesos lastres de lajas y piedras fracturadas. los lechos generalmente secos de arroyos que sólo se llenan en las breves estaciones de las lluvias. en aquellos yermos vacíos.). De este modo. * Oueds: en francés en el original: cursos de agua que corren por el desierto. a la dinámica portentosa de las tormentas. a cada paso y en todos los puntos. se adelantaron a la acción de los elementos químicos en función de los datos meteorológicos normales. son una reproducción completa de los oueds * que marginan el Sahara. silúricas quizá. corren tenues hilos de agua. sin que se descompongan sus elementos formadores. y sobre ellos. que surgen en numerosos puntos. la repentina ilusión de hallarse. hasta Jeremoabo. los cristales de feldes­ pato. en las dos estaciones únicas de la región. agitándose absurdamente. cubriendo extensas áreas. fuera de las súbitas corrientes. dan. Por las faldas de los cerros en tumultuosa ronda. mal asentadas sobre sus bases estrechas. ante majestuosas ruinas de castillos. de mangábeiras. Las mismas capas gnéisicas. despedazando las rocas. donde persisten todavía. caprichosamente escindidas en planos casi geométricos. Se unen y se complementan. se sustituyen. restos de antiquísimas lomas corroídas se derraman — ora en alineamientos que asemejan viejos cami­ nos de hielo. en placas bruñidas que reverberan a la luz en fulgores metálicos. Y según sea la preponderancia de una o de otra. en inestables ángulos de caída. como grandes desmoronamientos de dólmenes. se degradan en los inviernos torrenciales. La mayoría obstruidos por piedras entre las cua­ les. se tienen líneas incisivas de extrema rudeza.

. al extraño despojamiento de la tierra. en el decir elegante de Huxley 6 S . A la cruda luz de los días sertanejos. las capas se inclinan más fuertemente. alineadas en filas. y su fulgor ardiente ofusca. UN SUEÑO DE GEOLOGO Es una sugestión que atrapa. . las mismas infiltraciones de cuarzo. destacadas en láminas. la estereotipada agitación de sus olas. despojadas de todo ante la acidez corrosiva de los aguaceros tem­ pestuosos. esos cerros paupérrimos brillan de modo estentóreo. al dejar las perspectivas majestuosas que se desdoblan al sur. De este modo. de sus vorágines muertas. en puntas durísimas que imposibilitan la marcha. por los cuales dan vueltas los caminos cuando se yuxtaponen. que todavía arrastra en esas formaciones rígidas. planas. Porque. Y en los trechos en que ellas se estiran por el suelo. tiene la persis­ tente impresión de pisar el fondo recién elevado de un mar seco. Encaja a gusto con un naturalista algo romántico *. tangenciándose en esquinas de rebor­ des cortantes. Las erosiones constantes quiebran la continuidad de estos estratos. diminutas. donde encu­ bren torrentes periódicos. Pero el con­ junto apenas se transforma. a despecho de la escasez de datos que permitan una de esas profecías retrospectivas. los alinea­ mientos notables en que yacen los materiales fracturados. Y por inexperto que sea el observador. los restos de la fauna pliocena. Se suceden cúmulos despojados. que convierten a las ollas en enormes osarios de mastodontes. en la edad terciaria. que recuerdan falaises * * . se criban en escoriadas cavidades circulares y acanaladas. las olas y las corrientes. Liáis 65. pro­ fundas. por largo tiempo. a lo largo de muchas leguas. por cualquier camino se suceden los accidentes poco elevados pero profundos. Aún la alientan. de caídas resbaladizas. orlando en verdaderas curvas de nivel los flancos de las serranías. y en sus topes se divisan.Hacia el norte. * * Falaise: en francés en el original: acantilado. que en otros puntos desaparecen bajo las formaciones calcáreas. todos los caracteres que podemos sumar refuerzan la concepción aventurada. . a los lechos vacíos de los arroyos agotados. El aspecto ruinoso de éstas armoniza con los otros accidentes. expuestas por la descomposición de los esquistos en que se embeben. . llenos de vértebras desconyun* Em. imaginándose que por allí armaron torbellino. innumerables. capaz de esbozar la situación de aquella zona en edades remotas. las escalas de las altiplanicies terminando en taludes a plomo. y hasta cierto punto. cambiándolas por los emocionantes escenarios de aquella naturaleza torturada. . en quebradas.

. y lentamente. el paleozoico medio. todos estos elementos se reúnen en la deducción de que un vasto océano cretáceo expandió sus olas sobre las tierras de las dos márgenes americanas. constituían el núcleo del continente futuro. se redondean. nuevas tierras afloran de las aguas. se operaba una sublevación general: las masas graníticas se levantaban al norte arrastrando al conjunto general de las tierras. se abultan. Hacia el sur. No existían los Andes. se am­ plían los archipiélagos dispersos y se hinchan en istmos. de la cual es forma decaída la actual de nuestra costa. Entonces. al co­ menzar la época terciaria. se levantaba ya conformado. el macizo de Goiás — el más antiguo del mundo— según la her­ mosa deducción de Gerber6 8. recién descubiertas. . se produjo el hecho prodigioso del elevamiento de los Andes. ex­ puesta en datos positivos. las separaba. uniendo el Atlántico con el Pacífico. Una corriente impetuosa. escarpada. donde extensos depósitos sedimentarios denuncian la edad más antigua. se modelaba aquel rin­ cón de Bahía. en la soledad inmensa de las aguas. de hecho. al sur. agrandándose los contornos de las costas. y el Amazonas. de súbito. Existe también una presunción derivada de la situación anterior. en una lenta rotación alrededor de un eje. Amé­ rica se integra. y triturándola. toda la parte media. Las investigaciones de Fred H artt6 6. las aislaba. destacándose de las grandes islas emergentes. permanecía inmersa. y contemporáneos a los que Agassiz6 7 descubrió en Panamá.tadas y partidas. los picos más altos de nuestras cordilleras apuntaban al norte. golpeada y muerta por las energías revueltas de un cataclismo. las tierras del extremo septentrional de Bahía que se resu­ mían en las piedras de cuarzo de Monte Santo y de la Itiúba. entre los llanos de Barbacena y Bolivia. Simultáneamente. hundiéndose. en un ascenso continuo. hasta que emergió siguiendo el movimiento general de las tierras. establecieron en las tierras circundantes a Paulo Afonso. remolineándola hacia el oeste y arrebatándole todos los materiales desprendibles. . se salpicaban de la­ gos. derramadas bajo las aguas. En ese lento subir. como si allí la vida fuese. Y golpeándola largamente. imaginado por Em. donde fulguraba en plena actividad el volcán de Caldas. en informe amontonamiento de montañas derruidas. en un extremo se cierra el canal amazónico convirtiéndose en el mayor de los ríos. ancho canal entre las altipla­ nicies de las Guianas y las del continente. la existencia de innegables lagos cretáceos y siendo los fósiles que las definen idénticos a los encontrados en el Perú y en México. el de Minas y parte de la planicie paulista. mientras el resto del país. Entonces. yendo a golpear contra las terrazas superiores de las altiplanicies. Porque lentamente. Cubría así gran parte de los estados septentrionales brasileños. Liáis. la sujetaba. mientras las regiones más altas.

se nota. y hacia el noroeste. Y se ve cómo las cadenas de sierras. Obedeciendo a la misma tendencia. alrededor del ancho llano ondulante donde se erigía el poblado de Canudos. De ahí la impresión dolorosa que nos domina al atravesar aquel ignoto pedazo del sertón — casi un desierto— que se abre entre las serranías desnudas y se estira. lanzándose al NO. en los largos veranos. como en un mapa en relieve. en lugar de alargarse hacia el naciente. Unificadas. avanza discontinua en aquel rumbo y después de ser entallada por el Vaza-Barris en Cocorobó. formando las masas del Cambaio. en los grandes descampados. las insolaciones inclementes y las aguas salvajes que degradan el suelo. una hacia el NO y la otra hacia el N. con todo. y desde allí hacia el norte. su conformación orogràfica. Se piensa que la región incipiente aún se está preparando para la Vida: el liquen todavía ataca a la piedra fecundando la tierra6 9. en flagrante antagonismo con las disposiciones geográficas: sobre laderas escarpadas donde nada recuerda las depresiones sin escurrimientos de los desiertos clásicos. corriendo y al prin­ cipio diferenciadas. de nuevo se embeben. en parte. se juntan con las de Caraibas y Lopes. subiendo hacia el norte en busca de la llanura que el Paranaíba excava. Y luchando tenazmente con el flagelo del clima. . . repartiéndose en las de Canabrava y Po^o de Cima. enfila hacia el poniente. una flora de rara resistencia entre­ teje la trama de las raíces. monótonamente. el talud de las altiplanicies parece doblarse en relieve. el de la Favela. les forman el divortium aquarum que progresa hacia el norte. mirando hacia la región ex­ tendida en torno de un radio de quince leguas. donde afloran los manantiales interminentes del Bendegó y sus tributarios efímeros. a orillas de las lomas de Jeremoabo. que los torrentes arre­ baten todos los principios disueltos — acumulándolos poco a poco en la conquista del paraje desolado cuyos contornos suaviza— sin impedir. de nuevo se dispersan hasta acabar en los llanos altos a orillas del Sao Francisco 70.El régimen desértico allí se afirmó. la del Aracati. y en éstas. mediando en los tra­ zados del Vaza-Barris y el Itapicuru. Todas trazan al fin una elíptica curva cerrada al sur por un morro. de donde irradian las pequeñas cadenas del Coxomongó y Calumbi. De tal manera. perturbando toda el área de drenaje del Sao Francisco abajo de la con­ . los picos del Caipá. que la prolongan. fundiéndose en el Acaru. Nos muestran las sierras Grande y del Atanásio. II DESDE LO ALTO DE MONTE SANTO Desde lo alto de la sierra de Monte Santo. impidiendo.

inapre­ ciables en la escala más favorable e imponiendo al Vaza-Barris un curso tortuoso del cual se libera en Jeremoabo. se deslizan por algunos días hacia el río principal. a través de un esfuerzo con­ tinuo y extenso. hasta Jeremoabo. dando a los cuadros naturales la encantadora grandeza de perspectivas en las que el cielo y la tierra se funden en una difusión lejana y de sorprendentes colores.fluencia del Patamoté. en el despertar de los horizontes y en el desatar — amplísimos— de los campos gerais por las cimas de las cordilleras. y lomas que al ser recorridas muestran los accidentes caóticos de las grandes cuevas talladas en bruto. Este es un río sin afluentes. están. no tendría el trazado actual si una corriente perenne le asegurase un perfil de equilibrio. fraccionado en ganglios endurecidos. y corre veloz entre barrancos o estalla entre las sierras. y no es raro. como una amplia calle polvorienta y tortuosa. el Bendegó y el Caraibas que le traen aguas transitorias dentro de sus lechos rudamente excavados. Son más bien. Tienen la existencia fugitiva de las estaciones lluviosas. abiertos al azar por las aguas o corrientes veloces que. profundizan sus lechos anulando el obstáculo del declive general del suelo. en el remodelar de las cumbres. Es una ola que cae de las vertientes de la Itiúba. Son ríos que se exceden. morros que en contraste con los llanos parecen de gran altura y apenas están a pocas decenas de metros del suelo. canales de agotamiento. sin los escenarios opulentos de las sierras y de los planaltos o de los interminables llanos— y lo convierte en una mixtura en la que esas disposiciones naturales se embarullan en confusión pasmosa: planicies que en seguida muestran series de pisos tallados de barrancas. en desarmonía con las disposiciones orográficas generales. en cuyo lecho crecen las gra­ míneas y pastan los rebaños. Le falta conformidad con el declive de la tierra. se desbor­ dan. lodoso como lo indica el nombre portugués que le sustituyó con ventaja la antigua denominación indí­ gena 72. abarrotándose en las inundaciones. río sin nacientes. cuando crece. que multiplica la energía de la corriente en la estrechez de los desfiladeros. Sus pequeños tributarios. Generalmente cortado. Nada más de los bellos efectos de los descubri­ mientos lentos. al dirigirse hacia la costa71. De pronto se llenan. llenos de piedras. volviendo a su primitivo aspecto de valles sinuosos y secos. y desapa­ recen. Su función como agente geológico es revolucionaria. adscriptas a los relieves topográficos más cercanos. o seco. captando las aguas salvajes que vienen desde las cum­ bres. no muestran las depresiones del suelo. trae durante algunas semanas aguas revueltas y barrosas y en seguida se extingue en un agotamiento completo. . Vimos cómo la naturaleza a su alrededor le limita el régimen brutal — encerrándolo en tierras escabrosas. El mismo Vaza-Barris. en un trazado de torrentes sin nombre.

En la meseta abrupta. las vertientes rectilí­ neas del Calumbi al sur. una cantidad de casuchas. Volvía la vista atrás para abarcar con una mirada el conjunto de la tierra. incomparable páramo que reposa sobre las sierras. . casi a nivel. se erigía en el mismo suelo perturbado. . Y nada de lo que divisaba le recordaba los escenarios contemplados. . llenándola toda de confusos techos incontables. abajo. pero escarpada y alta. . divagando. meseta. allá abajo. dan la ilusión de una planicie ondulada y enorme. III EL CLIMA De las breves anotaciones señaladas. cerrándole el horizonte. la del Pogo de Cima. Allí estaban los mismos accidentes y el mismo suelo. . la de Cocorobó. todas las serranías breves e innúmeras proyectán­ dose en un plano inferior y extendiéndose. cercana. . . Enfrente tenía la antítesis de lo que había visto. Pero la reunión de tantos trazos incorrectos y duros. . circundada de colinas. bajo el ropaje áspero de los padregales y las caatingas. Alrededor una elipse majestuosa de montañas. las cumbres del Cambaio corriendo hacia el po­ niente. Observando a lo lejos. y al norte. serpenteantes. resulta que los caracteres geológicos y topográficos. . Prisionera en una de esas vueltas se veía una depresión mayor. Y aplastándola. Sólo se distinguía el Vaza-Barris que la atravesaba torciéndose en meandros. de perfil convexo y simple. DESDE LO ALTO DE LA FAVELA Saltaba la cima de la Favela73. intercambian en * Vlateau: en francés en el original: planicie. El poblado. uniformes. de por medio la distancia suavizándole las laderas y aplanándolas. esas cum­ bres altaneras dan la impresión alentadora de encontrarse sobre un platean * elevadísimo. los contornos agitados del Caipá que se ligan y articulan trazando y cerrando una curva desmedida 7 4 .Mientras tanto. . después de esta travesía en la que creía estar pisando escombros de terremotos. abajo y adelante. . . surcados de barrancos y socavados por despeñaderos. un inesperado cuadro esperaba al viajero que subía las ondulaciones más próximas a Canudos. mal se veían los pequeños cursos de agua. le ofrecía una perspectiva totalmente nueva. La Canabrava al nordeste. hacia el levante. Y casi comprendía cómo los matutos ingenuos creían que "ahí estaba el cielo” . a la par de los otros agentes físicos. Pero visto desde aquel punto. en revoltijo. ondulando en depresiones y dispersa en esperones.

El clima de Monte Santo. Si va hacia el norte lo asaltan fuertes transiciones: la tempera­ tura aumenta. pasando. los vientos reinantes. no nos podrán dar ni siquiera vagos lincamientos de climas que divergen según las menores disposiciones topográficas. Pero está aislado. Lo que escribimos tiene el defecto de esa impresión desolada. por ejemplo. se comportaron. Hacia cualquiera de sus direcciones. De suerte que. La proximidad de las masas montañosas lo vuelve estable. éstas. de los días con 35° a la sombra. a las madrugadas frías. De este conflicto perenne vuelto círculo vicioso indefinido. ya en octubre. misérrimo arsenal científico con que allí lidiamos. . Lo que sigue son vagas conjeturas. No es posible abar­ carla en todas sus modalidades. diverge con los de los lugares que lo prolongan al norte. el aire se vacía y los vientos ruedan desorientados. hasta hoy desconocido. ante el intenso tiraje de las tierras desprotegidas que se extienden de ahí en adelante. resalta la significación mesológica local. desde todas direcciones. lo vimos bajo el peor aspecto 76. el viajero lo pierde en un día. mal pudo ver la tierra recamada de una flora extravagante. Mornay y a Wollaston75. en primera comparación. Ningún pionero de la ciencia soportó aún los rigores de aquel rincón sertanejo el tiempo suficiente como para definirlo. con la misma rapidez de quien huye.aquellos lugares las influencias características de tal modo que no se puede afirmar cuál es la preponderante. Si por un lado. con una inercia cómoda de mendigos hartos. silva hórrida. desfavorecida además por un medio contrario a la serenidad del pensar y conmovido por las emociones de la guerra. Los que lo antecedieron y sucedieron. agravan a aquéllas y todas persisten en influencias recíprocas. a su vez. se intensifica el azul del cielo. Por ahí pasó Martius. gracias a la indiferencia con que tomamos las cosas de esta tierra. siempre evitado. lo será todavía por mucho tiempo. Lo atravesamos en el preludio de un verano ardiente y observándolo sólo desde ese punto de vista. las condiciones genéticas gobiernan fuertemente sobre las topográficas. con el propósito esencial de observar el aerolito que había caído a orillas del Bendegó y ya era conocido desde 1810 en las academias europeas. el SE en el invierno y el NE en el verano se alternan con extraño rigor. que es. en su latín alarmado. Atento sólo a la región salvaje. sin la continuidad que era lícito prever de su situación inter­ media. Escasean las observaciones más comunes. gracias a F. muy superior al de Queimadas. creando aspectos dispares entre lugares limítrofes. recuerda un régimen marítimo en pleno continente: la escala térmica oscila en amplitudes insignificantes. Al mismo tiempo se refleja el régimen excesivo: el termómetro oscila en grados disparatados. ese sertón. acuciados por la canícula. un firmamente donde la transparencia de los aires es completa y la limpidez inalterable. desertas austral como la bautizó. Agregando que los datos de un solo termómetro y de un barómetro aneroide.

Copiando el mismo singular desequilibrio de las fuerzas que trabajan la tierra. en la plenitud de la sequía. las ramas sin hojas de la flora caída. y el día. agravando todas las angustias de los martirizados sertanejos. revueltos. o con preferencia. entonces reinan calmas pesadas. En 24 horas se insola y se congela. llegan en turbión. Los vapores calientes suben imperceptibles. El sol desapa­ rece y la columna mercurial permanece inmóvil. en una caída única. La tierra desnuda presenta en permanente conflicto las capacidades de absorción y expulsión de los materiales que la forman. Y en los meses en que se acentúa el nordeste. en la expansión de las columnas calientes. la efervescencia de los aires. Empujadas por el nordeste. la atmós­ fera vibra junto con el suelo. sube. en los que prevalece la intercadencia de los días quemantes y las noches frígidas. de golpe — un salto de tinieblas por encima de la raya roja del poniente— y todo este calor se pierde en el espacio de una irradiación intensísima. fulmina a la naturaleza silenciosa en cuyo seno se abaten. quitándole a la tierra su humedad exigua y cuando se prolongan. por las costas embarrancadas. graba en todas las cosas señales que recuerdan su rumbo. espesas nubes navegan al atardecer sobre las arenas encendidas. en general. Estas agitaciones de los aires desaparecen por largos meses. porque se siente una dolorosa impresión de fauces invisibles. brillando en una trama vibrátil de centellas. el desequilibrio se acentúa. Crecen las máximas y las mínimas. en remoli­ nos. la tierra irradia como un sol oscuro. en la quietud de un largo espasmo. se encienden en luces del sílice fracturado. esbozando el preludio triste de la sequía. este hecho jamás ocurre en los paroxismos estivales de las sequías. incomparable en su fulgor. a la noche sobreviene un fuego. descendiendo la temperatura de súbito.A medida que el verano asciende. la aridez de la atmósfera alcanza grados muy anor­ males. Por un contraste explicable. inmóviles. los vientos. . Todavía hay más cambios crueles. La noche desciende sin crepúsculo. las horas transcurren en una intermitencia antinatural de días quemantes y de noches heladas. en una ondulación vivísima de bocas de horno en las que se presiente visible. todo el ardor traído por las nubes refluye sobre la tierra. Brilla el sol y la tierra absorbe rayos y los multiplica en reflejos y los refracta en reverbero atroz: por los picos de los cerros. asombrosa. aires inmóviles bajo la placidez luminosa de los días torpes. . . a un mismo tiempo almacena los ardores de los soles y de ellos se desembaraza de improviso. hasta que. El barómetro cae como en las proximidades de las tormentas y apenas se respira en el bochorno porque todo el calor vomitado por el sol se concentra en una hora única de la noche.

Era como un apa­ rato que revelaba de manera absoluta. . Había sido montura de un va­ liente. Los caballos muertos ese mismo día parecían especímenes desparrama­ dos de un museo. Por eso no compartía la fosa común de menos de 50 centímetros de profundidad en la que eran arrojados. Por cierto. la cara hacia el cielo— descansaba un soldado. al descender una cuesta. Había muerto en el asalto del 18 de julio. Un solo árbol. desde hacía tres meses. con las patas delanteras firmes en un relieve . decían que había sucumbido en lucha cuerpo a cuerpo con un adversario fuerte. las patas resecas y el armazón arrugado y duro. recorríamos las cercanías de Canudos. en una fatiga imperceptible. larga. una quixdbeira alta. los brazos muy abiertos. los compañeros abatidos en la batalla. de tiros espaciados. había caído gracias a un violento golpe que le surcó la frente. donde las colinas se disponían en círculo frente a un valle húmedo. en Canudos. el alférez Wanderley. A la entrada del campamento. la cara vuelta hacia los cielos. la sequedad extrema del aire. un anfiteatro irregular.HIGROMETROS SINGULARES No hicimos las observaciones con el rigor de los métodos científicos. de manera que creaba la ilusión de un luchador cansado. Volvía del torbellino de la vida sin des­ composición repugnante. . Ni un gusano — el más vulgar de los trágicos analistas de la ma­ teria— le mancillaba los tejidos. sino gracias a higrómetros generosos e inesperados. el cinturón y la gorra echados a un lado. Descansaba. no lo vieron. desde hacía tres meses. reinaba sobre la vege­ tación achaparrada. el uniforme hecho jirones. Cuando días después fueron enterrados los muertos. huyendo de la monotonía de un cañoneo flojo. hacia las estrellas fulgurantes. Pequeños ar­ bustos. mal herido. a fines de setiembre. Quedó casi de pie. le había hecho al fin una concesión: lo libró de la promiscuidad lúgubre de una fosa repugnante: lo había dejado allí. El sol poniente dejaba. Apenas marchito. por última vez juntos. manchada con una costra negra. Cierta vez. hacia las lunas claras. por la abrupta rampa. uno de ellos se destacaba sobre todos de manera impresionante. y había caído muerto junto con su jinete. El destino que lo había sacado sin protección de su hogar. se encajonó entre las rocas. El pescuezo un poco más alargado y fino. icozeiros verdes creciendo en ramas entremezcladas con palmas de flores rutilantes. La culata de la mannlicher 7 7 rota. a la sombra de aquel árbol único. . . cuando encontramos. Se momificaba conservando los ras­ gos fisonómicos. le daban al lugar la exacta apariencia de un viejo jardín abandonado. Y estaba intacto. hacia los soles ardientes. pero sugestiva. Pero al resbalar. su sombra por el suelo y protegido por ella — los brazos abiertos. reparando fuerzas en un tranquilo sueño.

había fenómenos ópticos esplén­ didos. irradiaba en todos los sentidos. como si estuvieran suspendidas. como un foco calorífico. Alagoas. La mirada fascinada se perturbaba en el desequilibrio de capas desi­ gualmente calientes. irisa­ do. Y allí se detuvo. Entonces. especialmente cuando al pasar los soplos rispidos del nordeste. Ceará y Piauí. es natural que las características climáticas de aquéllos se muestren en él con la misma intensidad. con todas las apariencias de la vida. . si a plomo lastimaba el sol y la atmós­ fera inmovilizaba a la naturaleza en torno. Apenas osamos inscribir. aquellos vientos se formaban en columnas ascen­ dentes. la luz dispersa en cen­ telleos enceguecedores. . se sentía. especialmente su manifesta­ ción más incisiva. como a través de un prisma desmedido e intáctil y no se distinguía la base de las montañas. reflejándose y resaltando. Los resume. Pernambuco. la sorda combustión de la tierra. . Paraíba. 7 8. Cuando. que lo tocan o prolongan a pocas leguas de distancia. mayor. Nos excusamos de estudiarla largamente. en cierto modo. juntando sus aspectos predominantes en una escala reducida. . El es. Fuera de eso. De ese modo. . Desde la cumbre de la Favela. la ilusión maravillosa de un fondo de mar. cada partícula de arena suspendida del suelo agrietado y duro. definida con una palabra que es el terror máximo de los rudos habitantes del lugar: la sequía. en las largas calmas. . esta inexorable fatalidad. la excitación del rudo ambiente. a manera de minúsculos ciclones. vuelto un animal fantástico. al norte del Canabrava. de súbito. en remolinos y torbellinos. en una enorme expansión de los alti­ planos perturbados. a lo lejos no se distinguía el suelo.de piedra. tanteando oscuramente un sinnúmero de agentes complejos y fugitivos. asumiendo el empequeñeci­ miento de los más robustos espíritus cuando tratan de profundizar en su génesis. extremada por el cabo de Sao Roque 7 9 . en la realidad inflexible de los números. La inflexión peninsular. en una última arremetida de la carga. se veía una ondulación que atontaba: un extraño palpitar de olas lejanas. vertical sobre la ladera. IV LA SEQUIA El sertón del Canudos es un índice que resume la fisiografía de los sertones del norte. hace que hacia él converjan los límites interiores de seis estados: Sergipe. una zona central común. sobre el que cayese. . se agitaban sus largas crines ondulantes.

tuvo la idea de rastrear su remoto origen en los hechos extraterrestres. algunos más vastos que la Tierra. con co­ rrespondencia exacta de fechas (1 8 4 5 -7 7 ). dibujando un cuadro elocuente en sí mismo. intermitentemente. tan característicos por los períodos inviolables en que se suceden. se destacan nuevos datos fijos y positivos. que aparecen con el rigor de incógnitas que se despejan.Sus dos ciclos — porque lo son en el rigorismo técnico de la palabra— se abren y se cierran con un ritmo tan notable que hace pensar en una ley natural todavía ignorada. las sequías de 1710-11. 1723-27. pusieron una tregua a los estragos. Pero. entre el máximo y el mínimo de intensidad. las manchas de la fotosfe­ ra solar. Continuando con un examen más profundo del cuadro. salta a la simple observación una coincidencia su­ ficientemente repetida como para que se dude del azar. De todas maneras. en el nuestro hubo otro absolutamente igual y lo que es notable. Esta coincidencia. a pesar de esta simplicidad extrema en los resultados inmedia­ tos. se acentúa todavía en la identidad de las épocas extensas y quietas. permanece insoluble. Se observa una cadencia en la marcha del flagelo. y fiján­ dola un tanto forzadamente en once años. 1736-37. tanto en el siglo pasado como en el actual8 1 . 1835-37. derivando lentamente según la rotación del Sol. Y encontró un símil completo en la regularidad con que aparecen y se extinguen. el barón de Capanema8 2 . en reflejo casi invariable. Y como desde hace mucho la intuición genial de Herschel8 3 les descu­ . se enfrentan en paralelismo singular aunque puedan presumirse ligeras discrepancias que indican de­ fectos de observación o errores en la tradición oral que las registró. rara vez alterada. de modo de permitir previsiones seguras sobre su irrupción. el problema que puede traducirse en una fórmula aritmética sencilla. 1744-45. como si surgiera de la copia de una sobre la otra. citando sólo las mayores. en el cual las apariciones de las sequías. HIPOTESIS SOBRE SUS CAUSAS Impresionado por la razón de esta progresión. Lo reveló por primera vez el senador Tomás Pompeu8 0 . 1844-45. 1877-78 del siglo actual. tienen un período que puede variar entre 9 y 12 años. que en ambos siglos. Así. Siendo en el siglo pasado el interregno mayor de 32 años (1 7 4 5 -7 7 ). y sucediéndose. un naturalista. 1824-25. Sabemos que aquellos núcleos oscuros. 1777-78 del siglo x v i i i se yuxtaponen con las de 1808-09. inter­ calado por lapsos de entre 9 y 12 años. negreando dentro del círculo fulgurante de las fáculas.

son. derivadas de la naturaleza de la tierra y las reacciones más amplias. sobre los manantiales de los grandes ríos. en vasta superficie extendida hasta el Mato Grosso8 5. y éstas. haciéndolo subir y provocándole enfriamientos y la condensación en lluvias. el monzón del nordeste. que el exclusivismo de observar una causa única. toda la humedad absorbida en la travesía de los mares. Por lo tanto. Como quiera que sea. No le pone barreras. Lo canaliza. De ahí las corrientes aéreas que lo desequilibran y varían. emanadas de las disposiciones geográficas. oriundo de la fuerte aspiración de las altiplanicies interiores que. sin leyes defini­ das. la disposición orogràfica de los sertones. Porque la cuestión. con el flagelo de las sequías en el planeta torturado. sujetas a las perturbaciones locales. en su pasaje veloz sobre los llanos desnudos que. defensa ante la irradicación del gran astro. El fracaso de esta tentativa denuncia menos lo desvalido de una apro­ ximación impuesta rigurosamente por circunstancias tan notables. elevan su punto de saturación disminuyendo las probabilidades de las lluvias y lo rechazan. Del hecho. uno de los motivos de las sequías responde a la disposi­ ción topográfica. la correlación surgía firme. con la complejidad inmanente a los hechos concretos. falló la teoría: pocas veces coinciden las fechas del paroxismo estival en el norte con las de aquél. de modo que le permiten llevar hacia los puntos remotos del continente. Lo determina en gran medida y quizá de manera preponderante. apoyada en datos geométricos y físicos unidos en un efecto único. en mo­ dalidades que van avanzando desde la naturaleza del suelo a la disposi­ ción geográfica.brió el influjo apreciable en el dosaje de calor emitido hacia la Tierra. . sede de grandes depresiones barométricas en el verano. al entrar de diciembre a marzo por las costas septentrionales. En este punto. es singularmente favorecido por la propia conformación de la tierra. Atraído por ellas. se atiene preferente­ mente a razones secundarias pero cercanas y enérgicas. pese a su forma atractiva. intacta. como se sabe. sólo serán definitivamente sistematizadas cuando una extensa serie de observaciones permita la definición de los agentes pre­ ponderantes del clima sertanejo. el penoso régimen de los Estados del N orte8 4 existe en función de agentes desordenados y fugitivos. de modo de equiparar los períodos de unas y otras. irradiando intensamente. Quedaba por comparar el mínimo de las manchas. aparte las peque­ ñas variantes — cadenas de sierras que se alinean hacia el nordeste para­ lelamente al monzón reinante— facilita el paso de éste. el nordeste vivo.

en cierta forma. d e T . (N . Se eleva más y se define mejor la barrera de las corrientes ascendentes de los aires calientes antepuestas a las que entran por el lito­ ral. vuelven a las nubes para. Entonces parece volverse visible la protección de las columnas ascen­ dentes que determinan el fenómeno. como de 1877 a 1879. en que la inso­ lación calienta intensamente los llanos desnudos.). se prolongan fatalmente a lo largo del año hasta que se reabre otra vez el período. estallan. determine el dynamic colding * para decirlo de una manera expresiva. Fuera de tales límites no hay un solo ejemplo de extinción de las sequías. con el consiguiente enfriamiento y la inmediata condensación en aguaceros diluvianos que se descargan de súbito sobre los sertones? Este desfile de conjeturas tiene como único valor el indicarnos cuán­ tos remotos factores pueden incidir en esta cuestión que nos interesa por dos razones: por su significado científico y por su significado más pro­ fundo. su propia intensidad origina una reacción inevitable. navega en el cénit de aquellos Estados. Y se entrechocan unas con otras. condensarse y precipitarse y otra vez revertir el proceso. que es resolver el destino de una gran parte de nuestro país. Un hecho natural de otro orden esclarece esta hipótesis. Las épocas benéficas llegan de improviso. fortalecido por la intuición de los sertanejos para quienes la persistencia del nordeste — el viento de la sequía. de nuevo. en la formidable colisión con el nordeste. los primeros golpes de lluvias despe­ ñadas de lo alto no tocan la tierra. se interpone al monzón y lo detiene. Siendo así y recordando que es precisamente dentro de este intervalo que la faja de las calmas ecua­ toriales. crecen. hasta * Dinamic colding: en inglés en el original: dinámica fría. cumpliendo la función de una montaña ideal que. Decae de modo considerable la presión atmosférica. como lo bautizaron— equivale a la permanencia de una situa­ ción irremediablemente cruel. Según numerosos testimonios.A las flageladas tierras del Norte les falta una serranía alta que corriendo en dirección perpendicular a aquel viento. en minutos nublan todo el firmamento deshaciéndose luego en aguaceros fuertes sobre los desiertos resecos. para el caso. Si los atraviesan. Las sequías aparecen siempre entre dos fechas fijadas hace mucho tiempo por la práctica de los sertanejos. A mitad de camino se evaporan entre las capas calientes que suben y rechazadas. en un desencadenamiento de ciclo­ nes violentos. Después de dos o tres años. corriendo del este al oeste y corrigiendo momentáneamente la la­ mentable disposición orogràfica. ¿no podremos considerarla. Reduce por eso a segundo plano el influjo hasta hoy inútilmente agitado de los alisios y es. en su lento oscilar en torno del ecuador. . del 12 de diciembre al 19 de marzo. provocando el ascenso de las corrientes. llegando hasta los extremos de Bahía.

la misma apariencia de vegetales en trance de muerte. le achica el horizonte. Cambian en lenta metamorfosis. con los brotes crecidos en puntas de lanza. casi en una evaporización. deshechos en gajos que apenas irrumpen por el suelo. apuntando filosamente en el aire y estirándose por el suelo.que tocan el suelo que al principio ni humedecen. determinados por los declives. penosamente se envuelven en estrechos círculos las mismas plantas que tanto se diversifican en los matorrales y allí se manejan con un molde único. . con­ centrándose tumultuosamente en riachuelos correntosos que se adensan en ríos barrosos de lechos azarosos. Hasta que. se forman los primeros hilos de agua corriendo por las piedras. el viajero tiene el desahogo de un horizonte lejano y la perspectiva de las planicies abiertas. . llevan­ do velozmente las ramas de los árboles arrancados. rodando todos en una misma ola. casi sin troncos. por un efecto explicable de adaptación a las estrechas condiciones del ingrato medio. de ciclón. Si al asalto repentino se suceden las lluvias regulares. sus hojas pinchantes. revueltas. reabriendo el ciclo inflexible de las sequías. como si hubiesen caído sobre chapas incandescentes. se asemejan a una sola familia de pocos géneros. haciendo recordar un bracear inútil. volviendo a las alturas con mayor rapidez. tortuoso. lo atrapa en una trama espinosa sin atraerlo. de flora que agoniza. Aunque la caatinga no tiene las especies reducidas de los desiertos — mimosas retorcidas o euforbiáceas ásperas sobre las gramíneas marchi­ tas— y parece repleta de diferente vegetación. lo repele con sus espinos. No es raro que cambien en un giro veloz. inmutables en su desolado as­ pecto: árboles sin hojas. fluyendo en arroyos que crecen entre las quebradas. LAS CAATINGAS Por eso. En ésta. . lo seca y marea. Mientras que la caatinga lo ahoga. la travesía de las veredas sertanejas es más cansadora que la de una estepa desnuda. . finalmente. que sólo se diferencia en el tamaño: todas con la misma conformación. descubre ante su vista leguas y leguas. vistos en con­ junto. de ramas retorcidas y secas. El drenaje rápido de las tierras y la evaporización que se hace en seguida más viva. sus árboles. los sertones se transforman y reviven. al menos. los vientos duplican la capacidad higrométrica y día a día. . Es que. Y pene­ trando en la atmósfera ardiente. revueltos en el mismo caos de aguas turbulentas y oscuras. entre­ cruzadas. en idas y vueltas rápidas y continuas. para bajar una vez más. las vuelve de nuevo desoladas y áridas. los primeros torrentes despeñándose por las faldas. van absorbiendo la humedad exigua de la tierra. reducida casi a una especie invariable.

los típicos anacardia hu* Véase la bella inducción de T yndall86. allí es total­ mente opuesta: más oscura. se esteriliza el aire. Y para evitarlo. cre­ ciendo en tubérculos húmedos de savia. Algunos árboles. sin excepción. se alimenta de las reservas que almacena en las épocas serenas y pasa los veranos pronta a transfigurarse en los deslumbramientos de la primavera. duras como carbones. . Se vuelca sobre el sertón la tortura de la sequía. las vainas se abren. desparramándolas profusamente por el suelo. rígidos. aglomerados en bosquecitos o salpicando. Rijo­ sas. los tallos se entierran en el suelo. tenaz e inflexible. cortado por el drenaje de los picos o esterilizado por la succión de los estratos que completan las insolaciones. El sol es un enemigo que hay que evitar. Al mismo tiem­ po amplían su ámbito frontal. eluden aún mejor las intemperies. tiendas invisibles y encantadoras que las resguardan. . la caatinga extiende sobre la tierra las ramas de los espinos. Se ven. es áspero y duro. una protección intáctil que. Se empequeñecen las hojas. Atro­ fian las raíces maestras golpeando contra el subsuelo impenetrable y las sustituyen por la expansión irradiante de las radículas secundarias. de anchas rojas espesas. altas en otros sitios. ensanchando la superficie de contacto con el aire. que muestran una floración riente en medio de la desolación general. eludir o combatir. numerosos. se elige la inhumación de la flora moribunda. Son los cajueiros anuales. aislados. que en las selvas se traduce por una tendencia irreprimible hacia la luz. Entre los dos caminos desfavorables — aires calientes y tierras áridas— las plantas más fuertes presentan un aspecto muy anor­ mal. más original y más conmovedora. Y todas. a su vez. ruge el nordeste y. allí son enanas. en tierras más favorables y en singular disposición. La lucha por la vida. para absorber los escasos elementos en él difundidos. huyendo del ahogo de las sombras y elevándose. el suelo se vuelve piedra. . tienen en el perfume suavísimo de las flores *. Pero reducidas todas sus funciones. Esta se impone. admi­ rables aparatos para la propagación de las simientes. surgen en la punta de los gajos para disminuir el campo de la insolación. estivando. Con dehiscencia perefecta. Así preparado. Pero éste. sujetos más a los rayos del sol que a los troncos seculares. la planta. sobre ellas se levanta y se arquea evitando que sufran de golpe las caídas de temperatura. . estallando como si tuvieran palancas de acción. Revisten con un indumento protector a los frutos. Las leguminosas. en los duros pastizales. a veces como estróbilos. arbustos de poco más de un metro de altura. . en las noches frías. como un cilicio. el árbol se dispone a reaccionar contra el régimen brutal. marcadas todas por los estigmas de esta batalla sorda.tendiendo a un limitadísimo número de tipos caracterizados por los atri­ butos de los que poseen mayor capacidad de resistencia. en vida latente.

invisible. Otros. avivándolas *. absorción y defensa. se preparan de otra manera. más resistentes que los demás. (N . aferrado a un suelo sobre el que apenas asoman los brotes más altos en su fronda majestuosa. entran en la categoría de las fuentes vegetales de Saint-Hilaire 87. Finalmente se des­ cubre que se va repartiendo en divisiones dicotómicas. enorme. hechas adrede para esos parajes estériles. el vegetal parece esconderse del embate de los elementos antagónicos y abroquelarse de ese modo. los cajuis de los indígenas. que no tienen esta conformación. totalmente enterrado. . su epidermis. Y los arbustos más pequeños. como las de la mayor parte de los vegetales sertanejos. tienen en las hojas de células alargadas en vello­ sidades. El eje descendente es más grueso a medida que se excava. Por un lado. * En el pináculo del verano. Se hicieron para los regímenes bárbaros. al enfriarse. Cuando se hacen zanjas alrededor de estos extraños vegetales. una planta de macambira es para el matuto se­ diento como un vaso de agua cristalina y pura.). todos igualmente resistentes. cerrados en tortuosidades impenetrables. de T . o entre las capas inclinadas de pizarra. cuando marchitan a su lado. breves precipitaciones de rocío. en demasía conocidas por los taharéus— quizá un futuro género cauterium de las leguminosas. nativos de la región. Golpeado por el calor. Los caroás verdosos. se comprueba la sorpren­ dente profundidad de sus raíces. que resulta de la evaporación por las hojas. Sus hojas lisas y lustrosas. todavía anónimas para la ciencia —ignoradas de los sabios. agotando la absorción hecha por las raíces. quedan retenidas por largo tiempo en las membranas de las bromeliáceas. notables aprestos de condensación. Parece que el fuego de los desiertos estimula mejor la cir­ culación de la savia entre sus tallos húmedos. persisten inalterables o quizá más vividos. son un árbol solo. la mano que la toca. a despecho de la sequedad de éste. No es posible desenraizarlos. fulmi­ nados. por abajo. toca una chapa incandescente de ardor increíble. muy por debajo de la tem­ peratura del aire. a un tronco único y vigoroso. copian las mismas formas. Las favelas. provoca.milis de los llanos áridos. Avanza tierra adentro hasta llegar. bajo nuevos aprestos. les repelan los climas benignos que los debilitan. Tipos clásicos de la flora desér­ tica. de flores triunfales y elevadas. abrazando a veces amplias áreas. No son raíces sino ramas. por la noche. Los nopales y cactos. por otro lado. los gravatás y los ananás salvajes. facilitan la condensación de los escasos vapores traídos por los vientos. todos los árboles. roído por los torrentes. para vencer el peligro máximo de la vida vegetativa. Las aguas que huyen en el correr salvaje de los torrentes. torturado por los vientos. Se suceden otros ejemplares. fustigado por los soles. dispersos o apareciendo en grupos.

entonces ya hace mucho que desaparecieron los fondos de los ojos de agua y los lechos endurecidos de los arroyos muestran. porque hay. La vista . pocas veces aparecen en grupos. encumbrando los troncos circulares repartidos en columnas poliédricas y uniformes. Caracterizan a la flora caprichosa de la plenitud del verano. se observan dispo­ sitivos todavía más interesantes: se unen. cuando al revés de las antedichas. ajenos a las estaciones. El sertón entero es impropio para la vida. retienen las aguas. disciplinada­ mente se congregan. . por la capilaridad del inextricable tejido de radículas enredadas en numerosas mallas. y los canudos de pito. las especies no se pre­ sentan tan bien armadas para la reacción victoriosa. Se suceden los meses y los años ardientes. adrede modeladas por las reacciones vigorosas de la luz. ellos agitan sus ramajes verdes. con la simetría impecable de enormes candelabros. Se empobrece com­ pletamente el suelo áspero. forman el suelo arable en que nacen. Se encumbran triunfalmente mientras toda la flora se deprime. . Son novedad atrayente al principio. cuando se cierran sus grandes frutos colorados destacándose nítidos en la media luz de los cre­ púsculos. . un rasgo superior a la pasivi­ dad de la evolución vegetativa. . en que las inso­ laciones se agravan a veces con los incendios espontáneos que prenden los vientos en las ramas secas. Los mandacarus (cereus jaramacarú). venciendo. Allí se asocian.Ahora bien. en esas épocas crueles. Tienen el mismo carácter los juázeiros. constituyendo en los trechos en que aparecen. con­ virtiéndose en plantas sociales. los viejos rastros de las boyadas. como moldes. destinados a dar su nombre a la más legendaria de las aldeas. heliotropos arbustivos de tronco hueco. asoman individualmente por encima de la vege­ tación caótica. apenas se elevan los cereos silenciosos. como oasis verdeantes y festivos. ellos dan la emocionante ilusión de cirios fijados al azar por el suelo. en apretadas tramas. de hecho. desparramados por las llanos y encendidos. y es posible que en otros climas sean individuales. por sobre la paupérrima vida. Viven es el término. la succión insaciable de los estratos y de las arenas. el sesenta por ciento de las caatingas. que pocas veces pierden las hojas de un verde intenso. Y viven. pintados de blanco y de flores en espigas. salpicando el desierto con sus flores doradas. No pudiendo vivir aisladas. íntimamente abrazadas. Pero. alcanzando notable altura. Sobre la naturaleza muerta. De esta clase son todas las plantas cesalpíneas y las caatingueiras. Y estrechamente solidarias a sus raíces. retienen las tierras que se disgregan y finalmente. también los romeros de los campos. No están en el cuadro de las plantas sociales brasileñas de Humboldt. en el subsuelo. Actúan por contraste. en un esfuerzo enorme. . siempre florecidos. Y al caer las breves tardes sobre aquellos desiertos. . La dureza de los elementos crece en ciertas épocas al punto de des­ nudarlos. se arraciman.

Los xiquexiques (cactus peruvianas) son una variante de proporciones inferiores. donde acaso existan. acanalada. Toda la flora se mezcla en una promiscuidad indescriptible. intensamente roja. a través de la roca. Tienen como socios inseparables en este habitat. horribles. recamadas de flores blanquísimas. en un desorden trágico. que se fracciona en ramas inquietantes de espinas. mata en­ ferma en la etimología indígena. un vacío desértico. al azar. monstruosos melocactos de forma elipsoidal. Entonces se comprende la verdad de la paradoja de Augusto de SaintHilaire: "¡Se encuentra allí toda la melancolía del invierno con un sol ardiente y el calor del verano!”. con el vivo carmín de las cochinillas que alimentan. huyendo del suelo bárbaro en busca del remanso de la copa de la palmera. Es que una estrechísima rajadura les permitió continuar. Se observan en el lecho abrasante de los riachos graníticos heridos por los soles. Al cabo de poco tiempo se vuelven una obsesión afligente. hasta los quipás reptantes. espinosos. por aquellos agrestes campos. vuelve a la normalidad y descansa recorriendo sus troncos derechos y correctos. humildísimos. distribuidos con un orden singular por el desierto. Aquí y allí hay otras modalidades: las palmatorias-do-inferno. a igual distancia. palmas diminutas diabólicamente erizadas de espinas. va decayendo poco a poco. Subiendo un escalón al azar y mirando en torno. a los cabegas de frade. quebrando alegre­ mente la tristeza solemne del paisaje. Son los vegetales de los médanos quemantes. en un estertor doloroso. . . entre árboles sin hojas y sin flores. libres de evaporación. Es la sylva oestu aphyla. todos del mismo porte. Buscan los sitios ásperos y calientes. idénticos todos. las ramas serpeantes. orladas de flores rutilantes. la sylva hórrida de Martius. la imagen singular de cabe­ zas guillotinadas y sanguinolentas. la raíz larga y capilar hasta la porción inferior. flexibles como víboras verdes por el suelo. unos restos de humedad. doliente e informe. aferrados a la tierra como fibras de una alfombra humillada. en los días claros. curvas y rastreras. se observa el mismo desolador escenario: vegetación agonizante. Es la caatanduva. sucediéndose constantes. . por la forma y por el modo como se desparraman. dolorosamente volcada sobre su terrible lecho de espinas. amigándose con los frágiles ouricuriseiros.fatigada por tener que acomodarse a la contemplación penosa de los agres­ tes remajes contorsionados. Poco más puede descifrar quien anda. Marcan la totalidad con su monotonía anormal. dando por el tamaño. Y la vasta familia capaz de adquirir todos los aspectos. de gemas espinosas que convergen en el vér­ tice superior formando una flor única. que las mismas orquí­ deas evitan. Aparecen de modo inexplicable sobre la piedra desnuda. tiradas por ahí. exhausta. abriendo en el seno iluminado de la naturaleza tropical. uniformes.

predilectas de los caboclos — es su hachís. las caraibas y baraúnas altas se recrean en las márgenes de los arroyos. Se mueven lentamente. Y cuando el viajero vuelve ya no encuentra el desierto. no ya por la altura sino por el gracioso porte. y oscilando en la punta de las ramas secas de los árboles hirsutos penden las tilas albas. Sobre el suelo alfombrado de azucenas resurge triunfalmente la flora tropical. Las gotas de lluvia caen gruesas. disimulando los tajos de las quebradas. en medio de hielos. convirtiéndose en seguida en un aguacero de diluvio. se hinchan. se adensan los icozeiros bajo el ondular festivo de las copas de los ouricuris. que surcan la hoja negra de la tormenta. mientras los vientos barren las planicies sacudiendo las ramas. irradiando en círculo. . desordenadamente esparcidos por el desierto. Restallan ruidosamente los truenos. por primera vez titilan vivamente. les proporciona púrpura de sus flores sin esperar a las hojas. el firmamento se ilumina con relámpagos su­ cesivos. . las umburanas perfuman los aires. de vegetación invernal. las motas flo­ ridas del romero del campo. los umbuzeiros elevados a dos metros del suelo. las quixabeiras de hojas pequeñísimas y frutos que recuerdan cuentas de ónix. dan lentas y desmesuradas vueltas en las alturas. como flecos de nieve. Nubes voluminosas ponen una barrera en el horizonte. Cargándose en minutos. Las juremas.A la luz cruda de los interminables días se erizan llamas sobre la tierra inmóvil y no la animan. espaciadas. las estrellas. más verdes. dán­ dole al conjunto el aspecto de un paisaje glacial. sus numerosas ramas. sin crepúsculos. Mas en el oscurecer de una tarde cualquiera de marzo. . echadas sobre los llanos. tardes rápidas. filtrándolos entre la fronda y dominando el renacer general. . asoman vivaces. redondeando las colinas. en un blanqueo de bloques de hielo. Es una transformación de apoteosis. prontamente ahogadas en la noche. Reverberan las infiltraciones de cuarzo por los cerros calcáreos. sobre el suelo. de troncos finos y flexibles. se mueven dando vida al paisaje. echan brotes los mariseiros cuyas ramas resuenan al paso de la brisa. . recortándolo en relieves imponentes de negras montañas.

impenetrables muros disfrazados en dimi­ nutas hojas. codicia el zumo ácido de sus hojas. a la manera de una planta ornamental cuidada por la solicitud de un práctico jardinero. formando un plano perfecto sobre el suelo. o salpicando los morros. trepan por los escasos mariseiros. predilectas de los caboclos — es su hachís. pero todavía. los araticuns a la orilla de los charcos. Dominan la flora sertaneja en las épocas felices como los cereos melancólicos en los paroxismos estivales. aquel pe­ dazo de sertón. por fin. Tal vez. y las baraúnas con sus flores en cascada. Le abre el seno afectuoso y amigo. desparramados por los llanos. poco a poco. — misteriosos árboles que presagian la vuelta de las lluvias y de las anheladas épocas del verde o el término de la magrem * — cuando el flagelo de la sequía está en su ple­ nitud. transpiran en la cáscara reseca de los árboles. Por entonces realza su porte. pues sus ramas curvas y entrelazadas parecen hechas a propósito para armar redes. tuvo un tallo más vigoroso y alto y fue decayendo. involucionando hasta prepararse para la resistencia. . en hojas que pasan de un verde pálido a un rosa vivo en los brotes nuevos. tan estéril que en él escasean los carnaubais tan provi­ dencialmente dispersos hasta las vecindades de Ceará. términos con que los matutos denominan las épocas de llu­ vias y de sequía. modificándose según las exigencias del medio. * Verde y magrem. los umbuzeiros. Y el sertón es un paraíso. atrayendo la mirada. sustentándose en los tiempos de miseria gracias a la energía vital que economiza en las esta­ ciones benéficas. algunas gotas de agua.Es el árbol sagrado del sertón. Fiel amigo en las rápidas horas felices y largos días amargos de los vaqueros. Si no existiese el umbuzeiro. El umbu es para el pobre matuto que allí vive lo mismo que la mauritia para los garaúnas de los llanos. estallando en flores blanquísimas. Así podados parecen grandes cascos esféricos. para desafiar las sequías interminables. reverdecen los angicos. les proporciona gratuitamente un inestimable brebaje que les da vigor para las largas caminatas y les quita la fatiga en instantes. . sólo alcanzado por los bueyes más altos. levanta en firme recorte la copa circular. en la intercalación de veranos fla­ mígeros e inviernos torrenciales. . destacándose. continúan siendo la nota más feliz del deslumbrante escenario. reaccionando. Y las reparte con el hombre. gracias a las abundantes reservas guardadas en las raíces. . hasta en los días de bonanza. El ganado. estaría despoblado. como una bebida mágica— se extienden formando tapias. Y cuando llegan las épocas felices le da los frutos de exquisito sabor para preparar la umbuzada tradicional. . Lo alimenta y mitiga su sed. se enrubian en motas los juás. Las júrenlas. Representa el más señalable ejem­ plo de adaptación de la flora sertaneja.

sordamente. en bandadas. los litorales y las islas. preparadas para los venados ariscos o los novillos escapados. las pampas inconmensurables y el mismo Atacama. . Los aires se animan en una palpitación de alas. V UNA CATEGORIA GEOGRAFICA QUE HEGEL NO C IT O 8 9 Resumamos. dos. inflexiblemente rectilíneo. los jabalíes de rubia canela. Pero no fijan al hombre a la tierra. Pasan uno. corren por las mesetas altas. Es que pese a los largos veranos. . Hegel señaló tres categorías geográficas como elementos fundamentales que en unión con otros. pasan en manadas por las tigüeras con el estruendoso estrépito de maxilares que se mueven. . juntemos estas páginas dispersas. a la orilla de los bañados donde van a beber y el tapir deteniéndose un instante en su trote brutal. y ruedan las turbas turbulentas de las maritacas estridentes. . las sabanas que continúan el valle del Mississipi. seis meses de ventura. en­ suciándose en los charcos los avestruces velocísimos. . derribando árboles por la caatinga . Los surcan las notas de extraños clarines. . imperceptiblemente. las flores y las hojas se despegan poco a poco y caen y la sequía se disbuja de nuevo en las ramas muertas de los árboles marchitos. adornando con guirnaldas las umburanas de roja cor­ teza. En un tumulto de vuelos desencontrados pa­ san. aterrando a los mocos que hacen pareja para anidar en las cuevas de piedra. olvi­ dado de tristezas. y a las súbitas inundaciones. . . el campesino anda por la huella conduciendo a los bueyes hartos y entonando su canción predilecta. antes de caer en las trampas traicioneras. hasta que. disparan por las cuestas húmedas los caititus esquivos. las palomas silvestres que emigran. con un ritmo maldito. . Los llanos de Venezuela. a las tormentas de arena.Al mismo tiempo surge la fauna resistente de las caatingas. y las suguaranas. los valles fértiles profusamente irrigados. feliz. no son incompatibles con la vida. y las seriemas de voces quejosas y las sericóias vibrantes cantando en la arboleda. extendido sobre los Andes — vasta terraza de dunas— se inscriben rigurosamente entre las primeras. mientras. actúan sobre el hombre creando las diferencias étnicas: las estepas de vegetación raquítica o las vastas planicies áridas. Así se van los días. en bandadas. Se suceden mañanas sin par en las que la irradiación del levante en­ cendido tiñe de púrpura las eritrinas y destaca los festones multicolores de las begonias. a causa de la exuberancia de la tierra. saltan alegres en los altos pastos.

Después. La temperatura cae. No atraen. aunque a primera vista se les equiparan. el espasmo asombroso de la sequía. para las so­ ciedades errantes de los pastores en continua movilidad. con la única variante del color. cubre las grutas. se cree entrar exactamente en aquella primera división. Pero cuando éstas no se prolongan al punto de originar penosos éxodos. de tal manera que los grandes llanos surcados por ríos. que se vigoriza en las épocas lluviosas. terriblemente oscuro. la atmós­ fera asfixiante. Es un monte frutal vastísimo y sin dueño. es un incentivo para la vida pastoril. como las cordilleras y el mar. Se aíslan las cumbres excavadas. Si se los cruza en el verano. el hombre. de gramíneas y ciperáceas. por esas planicies.Su flora rudimentaria. dispersan. o las estepas de Mongolia. Son un aislante étnico. Los ampara mucho más allá de las horas de desesperanza que acompañan el agotamiento de los últimos ojos de agua. holladas en corridas locas por las catervas turbulentas de los tártaros errabundos. En la plenitud de las sequías son positivamente desiertos. lucha con las reservas almacenadas en los días de abundencia y en este combate feroz. Vuelven los días torturados. la atmósfera de los desiertos se levanta más profunda ante la expansión renacida de la tierra. anónimo. Con la desaparición de los solazos se anula la sequedad anormal del aire. Y el sertón es un valle fértil. Al llegar las lluvias. desunen. les falta un lugar en el cuadro del pensador germánico. ahogado en la soledad de las planicies. Pero a los sertones del Norte. En el paisaje hay nuevos tonos: la transpa­ rencia espacial resalta en las más ligeras líneas y en todas las variantes de forma y de color. repelen. se unen en curvas suaves a las lomas altas. rápidas y dispersas ante los primeros fulgores del verano. la tierra se transfigura en mutaciones que contrastan con la desolación anterior. sin olas y sin playas. La vege­ tación florece. se los toma por parte esencial de la segunda. maravillosamente exuberantes. re­ dondea en colinas los rispidos bloques de piedra. de pronto verdeantes. como un océano inmóvil. Vuelven los días torturantes. Los vados secos se convierten en ríos. y en las ocasiones en que los veranos se suceden sin la intermitencia de las llu­ vias. en un constante armar y desarmar de tiendas. disfraza la dureza de los barrancos. de una monotonía abrumadora. la naturaleza no los abandona del todo. No se pueden atar a la humanidad por el vínculo nupcial del surco del arado. . como vimos. Bárbaramente estériles. como los árboles. pero si se los cruza en invierno. la desnudez vegetal. la pedregosidad del suelo. todo esto se termina. Después todo esto se acaba. Muestran siempre el mismo escenario. Tienen la fuerza centrífuga del desierto.

después de tocar la punta meridional de la paupérrima Arabia. cosa inexplicable. Acabada la preponderancia del calor central y normalizados los climas. la existencia vegetativa progresa hacia la línea equinoccial. tiene un significado superior. del extremo norte al extremo sur. . que coloca a la Tierra en condi­ ciones biológicas inferiores a las de otros planetas. entre los valles intensamente fértiles y las estepas más áridas. lo que de­ termina uniformidad favorable para la evolución de los organismos sim­ ples. cuyo trazo está perturbado por inflexiones que van desde los singulares puntos donde la vida es imposible. Bajo ella quedan las zonas exuberantes por excelencia. veremos su papel en la economía de la tierra. Los expresa el clásico Sahara — nombre genérico de la árida región dilatada desde el Atlántico al Indico. Relegando a otras páginas su significación como factor de diferencia­ ción étnica. que el mayor de los naturalistas pensó que su génesis podía ser la acción tumultuosa de un cataclismo. del pie a las cumbres. Por ellas pasa. . puesta en el medio. Es que la morfología de la Tierra violenta las leyes generales de los climas. La fatalidad astro­ nómica de la inclinación de la elíptica.La naturaleza se complace en un juego de antítesis. De la extrema aridez a la exuberancia extrema. aunque se presente como una brillante hipótesis. del Sahara que lo empuja hacia el norte. Esta explicación de Humboldt. (N .). La naturaleza no crea normalmente los desiertos. el ecuador termal. los rechaza. interfiriendo la frontera ideal de los hemisferios. sobre el norte del Africa y desnudándola furiosamente. . la Hiléia * portentosa del Amazonas 90. bajo las líneas astronómicas que definen la exuberancia máxima de la vida. La más interesante y expresiva de todas. apenas se advierte en los parajes donde una montaña única. pasando de los desiertos a las florestas. cuyos efectos escapan a la razón de los ciclos * Hiléia: nombre que Humboldt dio a la gran región botánica que ocupa la mayor parte de la Amazonia brasileña y territorios limítrofes. sintetiza todos los climas del mundo. donde los arbustos de otras zonas se hacen árboles y el régimen oscila en dos estaciones únicas. una irrupción del Atlántico precipitándose. la naturaleza reacciona. Los combate. a partir de los polos inhabitables. bordeando el Pacífico por un extenso tramo — contrahecho collar de islas desiertas y excavadas— y buscando después en lento desemboque hacia el sur. a la India opu­ lenta. los sertones imponen una división especial en aquel cuadro. Pero siempre que el aspecto geográfico lo permite. Por eso. de T . en un terrible remolino de corrientes. En lucha sorda. Aparecen a veces. entrando por Egipto y por Siria y asumiendo todos los aspectos de la enorme depresión africana al plateau arábigo quemante de Nedjed y avanzando desde allí hacia las arenas de las bejabans en Persia— y son tan ilógicos. atados directamente a las variaciones del medio.

y las arenas móviles. a despecho de una esterilidad menor. La misma temperatura abrasadora acaba por darles un mínimo de presión atrayendo la afluencia de las lluvias. COMO SE HACE UN DESIERTO Los sertones del Norte. los llanos y las pampas de escasa vegetación. Anteriormente esbozamos algunas. las ramas después de secas se encendían en volcanes de fuego acrecidos por el viento. por . Esto comenzó con un desastroso legado indígena. se inmovilizan poco a poco aprisionadas por las radículas de las gramíneas. de un agente geológico notable. y por fin. por ejemplo. va cambiando por asi­ milación. quedando en adelante irremediablemente estéril porque. Aparte de esa tesis absolutamente inestable. De hecho. crecen. el instrumento funda­ mental era el fuego. que por largo tiempo negaron a la planta más humilde su apego a la tierra. las sabanas y las estepas más vivaces del Asia central. por ahora. vuelto caapuera — matorral muerto— como lo señala la etimo­ logía tupí. La cultivaban. las planicies. éste actúa brutalmente sobre la tierra y en todo el decurso histórico. Olvidémonos. De modo que si las extensas depresiones eternamente condenadas. lleva­ das por los vientos. En la agricultura primitiva de los silvícolas. en otros pun­ tos los desiertos se anulan. en una retrospección en la que la fantasía se levanta sobre la gravedad de la ciencia. emergiendo. lo cierto es que un com­ plejo de circunstancias les ha dificultado el régimen continuo. la tierra como un organismo. surgen. Renovaban el mismo proceso en la siguiente estación hasta que. favore­ ciendo una flora más vivaz. asumió el terrible papel de hacedor de desiertos. incoercible. pero emocionantes para quien consigue entreverla a través de los siglos sin cuento. indiferente a los elementos que provocan tumultos en su su­ perficie. en sucesivas fases de transfiguraciones maravillosas. geológicamente modernos. Cortados los árboles por las filosas hoces de granito. totalmente exhausto ese pedazo de tierra. tal vez pertenecen al punto singular de una evolución regresiva. permanecen estériles. se lo abandonaba. Cer­ caban con troncos el área en cenizas donde hubo una mata exuberante.históricos. Imaginémoslos hace poco. el hombre. pero tenaz. el suelo árido y la roca estéril caen bajo la acción de los liqúenes que preparan la llegada de los frágiles lecitos. entorpecida siempre por los agentes adversos. ya inútil. como las de Australia. contra­ puestos a este criterio natural. de un vasto mar terciario.

en los sertones abusivamente divididos se abren extensísimos campos. libremente encendidos. Después vino el colonizador y copió el mismo proceder. eran siempre de tipo arbustivo. tenían al frente. Durante meses seguidos se vie­ ron en el poniente. cargando en vasijas de cuero las indispensables medidas de agua. el incendio. tierras de cultivo. sueltos en los soplos violentos del nordeste. la esterilizó con las escorias del oro. los exploradores que en 1830 avanzaron partiendo de la margen izquierda de ese río. enrojeciendo con el intenso colorido de las arcillas. para siempre estériles. totalmente distintas de la de la selva primitiva. y más allá la caatinga bravia. avasallando extensidades. Desde los albores del siglo xvxi. con su extraño aspecto de inmensas ciudades muertas. el reflejo rubio de las que­ mazones. el régimen francamente pastoril. el mismo instrumento siniestro. las familias vegetales que surgían subsidiariamente en el suelo calcinado. espejando aquí y allá la figura doliente de la caatanduva siniestra. donde no prospera la planta más exigua. Estas brutalidades atravesaron toda nuestra historia. aquí y allí. la degradó corroyéndola con las aguas salvajes de los torrentes. con nuevos árboles derribados y nuevas quemazones. pastizales sin límites. sin fosos de contención. Lo agravó to­ davía al adoptar en forma exclusiva para el centro del país. removiéndola en las exploraciones a cielo abierto. dejando la huella destructora en la marcha de las bandeiras. que una vez más dejaba para formar otras en diferentes puntos. abriéndoles los caminos y devastando la tierra. destruidas. la hirió a puntazos de pico. se ahogaba en duros pastizales. Al mismo tiempo. va derribando a su paso y quemando. Ahogada por una flora que le oscurecía el horizonte y dificultaba peligrosamente las trampas tendidas al indio. Imaginen los resultados de semejante proceso aplicado sin variantes en el curso de los siglos. El aborigen seguía abrien­ do campos. Del mismo modo se abren los fuegos. Incluso a me­ diados de este siglo. según el testimonio de los viejos habitantes de las poblaciones aledañas del Sao Francisco.una circunstancia digna de destacar. Atacó a fondo la tierra. necesitado de ver claramente las montañas que lo guiaban. entrando por las noches. las grandes catas. y dejó. los rigo­ res del clima la flagelaban. se le unió el sertanista ambicioso y bravo en busca de indígenas o de oro. quedando estériles e ineptas para reaccionar con los elementos exteriores que se agravaban a medida que se ampliaban: la tierra se volvía piedra. vacías y tristes. iluminándoles la ruta. fuera de la estrecha faja de los cañaverales de la costa. . extendiendo el círculo de los estragos en nuevas caapueras.

la misma que tienen hoy para nuestros sertanejos. Si bien no lo creó. COMO SE EXTINGUE UN DESIERTO Quien atraviesa las planicies elevadas de Túnez. Quizá hizo el desierto. Lo demuestran las car­ tas reales del 17 de marzo de 1796. y la del 11 de junio de 1799 por la que se decreta que "se prohíba la indiscreta y desordenada ambición de los habitantes (de Bahía y Pernambuco) que tienen asolados a hierro y fuego preciosos bosques. Casi todos pasaban por la orilla del sertón de Canudos. con sucesivos decretos intentaron ponerle coto. que intervino en la correlación de fuerzas de ese clima demoledor. que tanto abundaban y hoy quedan a distancias considerables. Y hablan de los "campos fríos (ciertamente a la noche por la irradiación intensa del suelo desprotegido) cortando leguas de caatinga sin agua ni caravatá que la tuviese y remediando a la gente sólo con raíces de umbu y mandacaru” en la penosa apertura de las picadas *. La tarea no es imposible. Pero aún puede extinguirlo. etc. todavía encuentra. Lo demuestra una comparación histórica. estableció como correctivo único. nombrando un juez conservador de bosques.”. Y al terminar la sequía legendaria de 1791-1792. con las repentinas tempestades. Allí están esos documentos preciados en relación directa con la región que pálidamente intentamos describir. las plantas tenían una función proverbial. atravesando normalmente el caprichoso curso lleno de vericuetos de los * Carta de Pedro Barbosa Leal al Conde de Sabugosa 92. la quemazón fue suplemento de la insolación. intrépidos caatingueiros que pleiteaban con los bandeirantes del sur. Desde 1713. . con las canículas. al borde del Sahara. atribuyéndola a esas costumbres apuntadas. Colaborando con los elementos meteorológi­ cos. como se ve. en el desemboque de los valles. como dicen todavía los viejos sertanejos. el gobierno de la metrópoli. Hay otros de comparable elocuencia. la gran sequía. . Ya en esa época. con la erosión eólica. entonces llamado Pico-Aragá por los tapuias. que arruinó al norte entero. lo transformó y lo agravó. en busca de las "minas de plata” de Melchior Moreia 91. con parada en Monte Santo. Es que el mal es antiguo. desde Bahía a Ceará. Por mucho tiempo dominó esta preocupación. corrigiendo el pasado.El gobierno colonial lo había previsto. con la succión de los estratos. Deletreando los antiguos mapas de ruta de los sertanistas del norte. el hombre agregó un elemento más nefasto. la severa prohibición de cortar las florestas. . entre Beja y Bizerta. El hacha del caatingueiro auxilió a la degradación de las tormentas. con el nordeste. a cada paso se descubre alguna alusión relativa a la rudeza de los parajes que atravesaban.

Represas con empalizadas de estacas. o las transbordaban por canales laterales a los sitios más bajos donde se abrían en acequias que irradiaban hacia todas partes embebiendo el suelo. nivelando los últimos acci­ dentes que no doblegaba la fuerza del simún. consiguieron que las aguas permanecieran durante mayor tiempo sobre la tierra. expuestas a la evaporación. Fue el granero de Italia. además de otras ventajas. restos de antiguas construcciones romanas. tenazmente comba­ tido y bloqueado. estéril menos por la escasez de lluvias que por su pésima distribución adscrita a los relieves topográficos. a manera de . dejando el suelo. entre muros de piedras y tierra. aquellas superficies líquidas esparcidas en innumerables ríos y no resumidas en un Quixadá único 9S. hacia el Mediterráneo. durante algunas semanas inundaba las planicies y luego desaparecía por el norte y por el levante. Y ahí dejaron el bellísimo rasgo de su expansión histórica. Encadenaron los torrentes. monumental e inútil. pero que hasta entonces se reducía a un litoral poblado por traficantes o nómadas con sus tiendas de techos curvos blanqueando los arenales como quillas hundidas. Viejos muros derruidos. Por otra parte. cubiertos en parte por los detritos de veinte siglos. Lo corrigieron. determinando alturas pluviométricas mayores que las de otros países fértiles y exuberantes. repre­ saron las fuertes correntadas y aquel régimen brutal. Caía sobre la tierra desnuda. era como en los sertones de nues­ tro país. dominando todo el paisaje. Finalmente. El régimen torrencial que es intensí­ simo en ciertas épocas. Al sur parecía avanzar el desierto. después de una revitalización transitoria. más despojado y árido. creó un esbozo de irrigación general. Los romanos lo hicieron retroceder.oueds. cedió ante una red de barreras. donde habían anclado los hijos predilectos de los fenicios. los romanos habían tomado sobre sus hombros la empresa incomparablemente más seria de vencer el antagonismo de la naturaleza. se vio transfi­ gurada en la tierra clásica de la agricultura antigua. Advirtieron con seguridad el defecto original de la región. nefasto. esos legados de los grandes colonizadores delatan al mismo tiempo su actividad inteligente y el abandono bárbaro de los árabes que los sustituyeron. los franceses les copian los procedimientos sin nece­ sidad de levantar murallas monumentales y dispendiosas. De modo que este sistema de represas. Túnez. desa­ rraigando la poca vegetación apenas aferrada a un suelo endurecido. Excluido el arbitrio de las irrigaciones sistemáticas tan difíciles. En la actualidad. Los torrentes se dividieron en distintas corrientes por las barreras de las murallas que cerraban los valles y los oueds detenidos entre las sierras conservaban por largo tiempo las grandes masas líquidas hasta entonces perdidas. la abastecedora casi exclusiva del trigo de los romanos. con revestimientos de piedra lisa. además de inútil. Después de la destrucción de Cartago. terminaron por actuar sobre el clima mejorándolo.

mal protegida por una vegetación marchita que las . la influencia de aquéllas es manifiesta desde que se considere que la capacidad absorbente y emulsiva de las tierras expuestas. agravan al mismo tiempo los topes de calor y la degradación intensiva de los torrentes. y finalmente. en memorables sesiones del Instituto Politécnico de Río. del bello espíritu del consejero Beaurepaire-Rohan9 4 . volviendo a su fisonomía antigua. la inclinación de los estratos y la rudeza de los relieves topográficos. el mapa hipométrico de los sertones del Norte. E L MARTIRIO SECULAR DE LA TIERRA Realmente. además de práctica. liberado de la apatía del musulmán inerte. hacen canales que derivan hacia las tierras circundantes. Ahora bien. . sin embargo. en las que fueran sepultadas las teorías de los mejores científicos del momento — desde la sólida experiencia de Capanema hasta la singular mentalidad de André Rebougas9 5 — fue la única teoría práctica. aman­ sadas. ¡estupendos alambiques para la destilación de las aguas del Atlántico!. diques inmensos formando Caspios artificiales. se aprecia que se adaptan a una tentativa idéntica. en millares de válvulas de escape. formando redes de irrigación. la estructura y la conformación del suelo. evidentemente era la más lógica. se aquietan. que perduró. La idea no es nueva. diseminándose finalmente.palancas. quizá sugestionado por la misma com­ paración que acabamos de hacer nosotros. los oueds mejor dispuestos y en lo alto de sus bordes y a todo lo largo de las serranías que los rodean. De modo que. efecto de la enseñanza his­ tórica. se trans­ forma. pasando de las insolaciones interminables a las inundaciones súbitas. Francia salva los restos de la opulenta herencia de la civilización romana. entre los agentes determinantes de la sequía se intercalan apreciablemente. De esta manera. Y el histórico paraje. De las discusiones entonces celebradas. Surgió hace mucho tiempo. se idearon lujosas cisternas de piedras. verdaderamente útil. La propuesta más modesta. Es que. en 1877. la tierra. Sea cual fuere la intensidad de las complejas y remotas causas que anteriormente esboza­ mos. factible. depósitos colosales para las reservas acumuladas. que hablaba por el más elemental de sus ejemplos. miría­ das de pozos artesianos perforando las planicies. por las derivaciones cruzadas. como para caracterizar bien el fracaso completo de la inge­ niería ante la enormidad del problema. sin tomar la fuerza de las inundaciones violentas. En aquella oportunidad. las aguas salvajes se detienen. cuando se dibuja sin gran precisión todavía. después de una declinación de siglos. de resultados igualmente seguros. . los superó.

la surcan con canales de rispidos contornos. es digno de mencionarse el fuerte declive hacia el mar que existe en las tierras del sertón. nos dispensa de mayores pormenores técnicos. porque los numerosos y pequeños diques uniformemente distribuidos. las aguas siguen incontinenti por los surcos y arroyos. la influencia moderadora de un mar interior de fun­ damental importancia.primeras queman y las segundas erradican. de modo general. De esta manera. con el correr del tiempo. . por toda la extensión del territorio sertanejo. pero lo que hay que combatir y vencer en los sertones del Norte es el desierto. donde corren sus ríos. en las proximi­ dades de la red de derivaciones de las aguas. Yoffiley. de escasa vegetación. . . reviviendo el trazado de cons­ trucciones antiquísimas. El régimen recorre con deplorable intermitencia un círculo vicioso de catástrofes *. sobrevendrían tres consecuencias inevitables: se atenuaría considerablemente el drenaje del suelo con sus lamentables consecuencias. tienen un inapreciable valor local. originados en la fatalidad de las leyes astronómicas o geográficas inaccesibles a la intervención humana. . se deja invadir poco a poco por el régimen francamente desértico. . Francia los utiliza hoy sin variantes. I. al constituir una dilatada superficie de evaporación. Las fuertes tempestades que apagan el incendio sordo de las sequías. Apenas cae una lluvia en esos pedre­ gosos campos. * “ . a pesar de la revitalización que traen. . Amuralladas las cuencas inteligentemente seleccionadas y a cortas distancias. se formarían. . exponiéndola cada vez más desprotegida. pozos artesianos y los inmensos lagos como el de Quixadá. Dejando de lado los factores determinantes del flagelo. No hay que arbitrar otro recurso. y cuando desaparecen. Notas sobre a Varaíba 96. Nace del martirio secular de la Tierra. fecundas áreas de cultivo. son aquéllas las únicas pasibles de modificaciones apreciables. La desnudan brutalmente. la única medida que se debe tomar es corregir estas disposiciones naturales. la dejan aún más desnuda ante los adustos rayos del sol. la última de las consecuencias de la sequía: la sed. produciendo verdaderas avalanchas que destruyen todo a su paso. pues buscan atenuar. la golpean y esterilizan. El martirio del hombre allí es reflejo de una tortura mayor que abarca la economía general de la Vida. preparan de alguna manera a la región para mayores tragedias. por su misma simplicidad. Las cisternas. El proceso que señalamos en esta breve recordación histórica. ejercerían. . a los veranos siguientes. y se fijaría una situación de equilibrio en la inestabilidad del clima.

Profecías. Varia­ bilidad del medio físico y su reflexión en la historia. II. La caída. Leyendas. Ais­ lamiento del desierto. Una raza fuerte. Las prédicas. Los vaqueros.— Canudos: antecedentes. Acción del medio en la fase inicial de la formación de las razas. Servidumbre inconsciente: vida pri­ mitiva. Población multiforme. Las misiones actua­ les. Carácter variable de la religiosidad sertaneja. Represen­ tante natural del medio en que nació. Un gnóstico rudo. Policía de bandidos. Un heresiarca del siglo II en plena Edad moderna. Maldición sobre la Jerusalén de barro. Crecimiento vertigino­ so. La formación brasileña del norte.— Génesis del jagun50 : colaterales probables de los paulistas. Una vida con buenos auspicios. ¿Por qué no predicar contra la República? Una misión abortada. Cómo se forma un monstruo. Tipos dispares: el jagunco y el gaúcho. Camino al cielo. Factores históricos de la religión mestiza. Causas favorables para la formación mestiza de los sertones. mediador entre el bandeirante y el sacerdote. Primeros reveses. Los . Gru­ pos de valientes. El vaquero. distinguiéndola de los cruzamientos en el litoral. IV — Antonio Conselheiro. Función histórica del río Sao Francisco.— Complejidad del problema etnológico del Brasil. Preceptos de ultramontano. Fundaciones jesuítas en Bahía. Tradiciones. Régimen de la urbs. Monte Santo. I I I — El sertanejo. Religión mestiza. El arreo.EL HOMBRE 1. Pedra Bonita. Tentativas de reacción legal. Las oraciones. Apenas está esbozado. Antecedentes de fa­ milia: los Maciéis. la génesis de las razas mestizas del Brasil es un pro­ blema que por mucho o tiempo aún desafiará el esfuerzo de los mejores espíritus. Hégira hacia el sertón. Hombre grande para el mal. El templo. documento vivo de atavismo. La sequía. En el dominio de las investigaciones antropológicas brasileñas se encuentran nombres muy dignos de nuestro movimiento intelectual. I COMPLEJIDAD DEL PROBLEMA ETNOLOGICO DEL BRASIL Adscripta a influencias que intercambian en grados variables tres ele­ mentos étnicos. El rodeo. V. Peregri­ naciones y martirios.

completado por la profunda elaboración pa­ leontológica de Wilhelm Lund. está a su vez. cualquiera fuere el ramal africano aquí trasplantado. el autoctonismo de las razas americanas. bajo sus diferentes formas. de alguna raza invasora del norte. hasta en este punto. nuestro eterno desprotegido. pueden ser considerados tipos en vías de desaparición de viejas razas au­ tóctonas de nuestra tierra. Además de faltarnos competencia. La parte primordial de la cuestión quedó aclarada. la rara lucidez de Trajano de Moura. ciertamente. gracias a los cuales. No vamos a repetirlas. a América como un centro de creación desligado del gran vivero del Asia Central. En este gran esfuerzo. tan numerosos en la época del descu­ brimiento. hijo de tierras adustas y bárbaras. Ahora bien. se realiza por el ejercicio intensivo de la ferocidad y de la fuerza. Escribimos todas . con discordantes aspectos y opuestas condi­ ciones de vida. el portugués. Autónomo entre las razas se erige el homo americanus 97. externos.estudios sobre la prehistoria indígena muestran modelos de observación sutil y brillantes conceptos críticos. Sólo en los últimos tiempos. Los otros dos elementos formadores. más que en cualquier otra parte. totalmente caracterizado. El negro bantú o cafre. parece definiti­ vamente afirmado. con sus exactos caracteres antropológicos. se puede afirmar que poco avanzamos. capaz de cambiantes climas. aunque imper­ fectamente. contrariando el pensamiento de los caprichosos cons­ tructores del puente Aléutico. que nos une a la vibrátil estructura del celta. la organización científica de Meyer. la intuición genial de Frederico Hartt. donde la selección natural. nos desvia­ ría demasiado de nuestro objetivo. Esclarecido de este modo el origen del elemento indígena. nuestros indígenas. las inves­ tigaciones convergieron hacia la definición de su psicología especial y consiguieron trazar algunas conclusiones seguras. de la que se supone son oriundos los tupís. Pero si no consideramos las alternativas y todos los pasos inter­ medios de ese entrelazamiento de tipos antropológicos de grados dispares en sus atributos físicos y psíquicos bajo los influjos de un medio variable. fue. trajo los atributos preponderantes del homo afer. Sea que resulten del "hombre de Lagoa Santa” cruzado con el precolombino de los "sambaquis”. y muchos otros cuyos trabajos refuerzan los de Nott y Gordon en el definir. no originaron idénti­ cas tentativas. Nina Rodrigues9 8. se destacan el nombre de Morton. analizó cuidadosa­ mente su religiosidad tan original e interesante. un tenaz investigador. con sus varias modalidades. a pesar del com­ plicado entrecruzamiento de donde emerge. de una manera más com­ pleta. con grandes modificaciones por ulteriores cru­ zamientos y por el medio. sea que deriven. En cuanto al factor aristocrático de nuestra gens. las condiciones históricas adversas o favorables que sobre ellos actuaron. el medio físico diferenciador y aún. Así es que conocemos los tres elementos esenciales y.

unifi­ cados y convergentes en un tipo intermedio. se desdoblan y originan un número igual de subformaciones. con las capacidades que les son propias. Los elementos iniciales no se resumen. sin reducción alguna. el mameluco o curiboca y el cafuz *. otras tres. . agravándose y dificultándose. cuando en lugar de la combinación binaria que la ley presupone. ni qué causas pueden atenuar o matar ese influjo. mamaluco. la palabra mameluco o mejor. Por lo pronto. * Respectivamente. Los propósitos primeros de las investigaciones se desubican y perturban ante estas reacciones que no expresan una re­ ducción sino un desdoblamiento. Es fácil demostrarlo. Esta es abstracta e irreduc­ tible. pero no develamos todas las incógnitas. en una fusión inmediata en la que se yuxtaponen o se resumen sus caracteres. aunque preferentemente aplicado al segundo. en el que convergen los sucesivos cruces del mulato. Pero aunque. a su vez. del blanco y del tupí (cari-boc: que procede del blanco). para el caso no basta que pongamos uno de­ lante del otro. si se mira que aquéllas conllevan. Hay una regla que nos orienta cuando salimos a indagar la verdad. productos del negro y del blanco. Y el estudio de estas subcategorías sus­ tituye al de las razas formadoras. al negro bantú. Dejemos de lado innumerables causas perturbadoras y consideremos sólo los tres elementos constituyentes de nuestra raza en sí mismos. no se unifican. Los abarca como término genérico. binarias. alguien intentase aplicarla desprendida de la intervención de esos datos. Se puede modificar como se modifican todas las leyes ante la presión de los datos objetivos. sólo puede surgir de un entrelazamiento considera­ blemente complejo. del tupí y del negro. El tipo abstracto de brasileño que se busca. mostrando el serio problema. vemos que en esta hipótesis favorable no resulta de ellos el producto único inmanente a las combinaciones binarias. Es que. No nos dice cuáles son los factores que pueden atenuar el influjo de una raza más numerosa o más fuerte. por extravagante indisciplina mental. aplicando al conjunto la ley antropológica de Broca99.las variables de una fórmula intrincada. evidentemente. en un mestizaje embarullado donde se destacan como productos más característicos el mulato. Por el contrario. se da una combinación de tres factores diversos adscriptos a las vicisitudes de la historia y de los climas. la combi­ nación ternaria determina. al indio guaraní y al blanco. De mamá: mezclar y ruca: sacar. innumerables modalidades de acuer­ do con el variable dosaje de sangres. substituyéndose por los derivados. en el caso más simple. Mamá-ruca: sacado de la mezcla. del curiboca y del cafuz. intactas. incluso en el caso favora­ ble arriba afirmado. Teóricamente sería el pardo. no simplificaría el problema.

Pero si se consideran las condiciones históricas que actuaron de modo diferente en los distintos territorios del país. Como quiera que sea. Y estructuran fantasías que caen al más leve choque de la crítica. la mayor o menor densidad con que éstas se cruzaron en variados puntos del país. Sometidos a la penosa tarea de subordinar sus investigaciones a condiciones tan com­ plejas. de reaccionar en muchos puntos contra la ab­ sorción de la raza superior. difundida en medio de extravagantes fantasías que. hacia lo cual tienden tanto el mulato. Surge el mulato. se los exageró. en quien se apagan más rápidamente aún. Otros van demasiado pegados a la tierra. En sus devaneos no faltan el metro y la rima. Comienzan por excluir. Después arrojan. se han dedicado con preferencia a la preponderancia de los facto­ res étnicos. la función se­ cundaria del medio físico y decretan la extinción casi completa del indígena y la influencia decreciente del africano después de la abolición del tráfico negrero y así prevén la victoria final del blanco. Existe un exceso de subjetivismo entre quienes. Y de esta metaquímica extraen algunos precipitados ficticios. más nume­ roso y más fuerte. los mate­ riales objetivos ofrecidos por las circunstancias mesológicas e históricas. por cierto. Exageran la influencia del africano. y atendiendo aun a la introducción de otros pueblos — por las armas en la época colonial y por las inmigraciones en nuestros días— hecho que a su vez. como el caboclo. Amplían la influencia del último. Porque no tenemos unidad racial. Otros alargan más el devaneo. Lo proclaman el tipo más característico de nuestra subcategoría étnica. forma cada vez más diluida del negro. como término general de una serie. entre nosotros. con discutible autoridad. hay muchos. meditan sobre cosas tan serias con una volubilidad algo escandalosa si se miran las proporciones del tema. Ahora bien. capaz. El tema se va volviendo multiforme y dudoso. provocando la irrupción de una cuasi ciencia. en efecto. entrelazan y funden a las tres razas según los caprichos que los empujan en el momento. dejando de lado la gran influencia que éstos han tenido y que no negamos. los rasgos caracte­ rísticos del aborigen. Algunos afirman a priori. cuando. en los últimos tiempos. se ve bien que aquella formación es realmente dudosa cuando no absurda. a más de osadas. son estériles. en gran parte. estas rápidas consideraciones explican los dis­ pares puntos de vista que reinan entre nuestros antropólogos. Pensamos que esto sucede porque la meta esencial de estas investiga­ ciones se reduce a la búsqueda de un tipo étnico único. no fue y no es uniforme. . las disparidades climáticas que ocasionan reacciones diversas diversamente soportadas por las razas constituyentes. porque invaden la ciencia en la vibración rítmica de los versos de Goncalves Dias 100.

No la sugiere sólo esa heterogeneidad de elementos ancestrales. el astronómico y el geográfico. completado por la variación de las situaciones históricas que en gran medida. inscripta en los amplios lincamientos de las leyes cosmológicas generales. otra templada de Sao Paulo a Río Grande pasando por Paraná y Santa Catarina. Estamos condenados a la civilización. Las indicamos en rápidos trazos. La re­ fuerza otro elemento igualmente ponderable: un medio físico amplio y variable. Además de sobrepasar la demarcación teórica común. Sobre este propósito debemos hacer algunas consideraciones. otra subtropical que se extiende por el centro y norte de algunos estados. La disposición orográfica brasileña. con una temperatura media de 2 6 °. creando climas ecuatoriales en altas latitudes o regímenes templados entre los trópicos.Quizá no la tendremos nunca. Toda la climatología. desde Minas a Paraná. si lo permite una vida nacional autónoma. Lo demuestran los resultados más recientes y son los únicos dignos de fe. La afirmativa es segura. ese límite es exage­ rado. Estamos destinados a la formación de una raza histórica en un futuro remoto. las causas naturales más próximas y particulares. Ahora bien. de fuertes masas elevadas que se orientan prolongando el litoral perpendicularmente al rumbo SE. aparecen modalidades que todavía los diversifican. igualmente entre las líneas más o menos seguras de éstos. por su misma estructura. Bajo un doble aspecto. y como transi­ ción. VARIABILIDAD DEL MEDIO FISICO Contrariando la opinión de los que limitan los países calientes a un desa­ rrollo de 30° de latitud. el Brasil está lejos de incluirse en esa categoría. no se adecúa a un régimen uniforme. de las investigaciones meteorológicas. muestra con preferencia y en cual­ quier parte adicta. de él dependieron. O progresamos o desaparecemos. Bajo este aspecto invertimos el orden natural de los hechos. deter­ . Un clima es como la traducción fisiológica de una condición geográfica. excluye los relieves naturales que atenúan o refuerzan los agentes meteorológicos. Así quedan claramente delimitados tres habitat distintos. Estas lo subdividen en tres zonas claramente distintas: una francamente tropical que se extiende por los estados del norte hasta el sur de Bahía. Nuestra evolución biológica exige la garantía de la evolución social. proyectada en un dilatado tiempo. Y definiéndolo de este modo concluimos que nuestro país. entre las isotermas 15° y 2 0 °.

a partir del paralelo 13°. persiste inalterable. obstáculos más serios que la agitada ruta marítima o montañosa. se ven transiciones más acentuadas: mientras los para­ lelos acompañan el rumbo a occidente. En la extensa faja de la costa que va desde Bahía a Paraíba. viola las leyes generales que lo regulan. es el ejemplo saliente. A partir de los trópicos. que siguiendo este rumbo son imperceptibles. Sorpresivamente se entra en el desierto. Extendida hasta los parajes septentrionales se ve la misma naturaleza exuberante en los grandes montes que hay por la costa. creando las mismas condiciones favorables. indefinidamente. Lo que no ocurre de los trópicos hacia el sur. hacia el ecuador. el clima totalmente subordinado al aspecto geográfico. aparecen dos regiones totalmente opuestas. su caracterización astronómica. los grupos humanos que en los dos primeros siglos de poblamiento golpearon las playas del norte. La naturaleza se empobrece.mina las primeras distinciones en amplias zonas de territorio que están situadas al oriente. Pero. decae la grandeza de las montañas. la misma flora. por las latitudes. De hecho. los meridianos van hacia el norte. . Las diferencias en el régimen y en los aspectos naturales. A una distancia menor de cincuenta leguas. se esteriliza y deprime. que había precedido a la paulista en el penetrar hacia los misterios de tierra adentro. El fracaso de la expansión bahiana. El contraste es abrumador. transformándose en sertones bárbaros por los que corren ríos efímeros. formando un escenario desmesurado adecuado para los cuadros dolorosos de las sequías. por lo que la observación rápida del extranjero se imagina una dilatada región vivaz y fértil. Es un hecho conocido. la urdimbre geológica de la Tierra. tuvieron en su traslado hacia el oeste en busca del interior. abarcando extensas superficies hacia el interior. Se define anormalmente por las lon­ gitudes. en llanos desnudos que se suceden. desaparecen los grandes montes. Lo revela un corto viaje hacia el occidente partiendo de un punto cualquiera de la costa. creando anomalías climatológicas muy expresivas. Allí. se señalan claramente en el primero. las florestas enmascaran vastos territorios áridos que retratan en las áreas desnudas las inclemencias de un clima en el que los grados termométricos e higrométricos progre­ san en relación inversa. un clima altamente mejorado por la altitud y la misma imagen animadora de los aspectos naturales. extremándose exageradamente. matriz de su interesante morfogenia. dadoras de opuestas condiciones de vida. Y por cierto. Entonces el encanto de la bella ilusión se quiebra. en la travesía de las caatingas ralas y marchitas. cede a las causas secundarias perturbadoras.

Ninguna se le asemeja. toda la exuberancia inconcebible. La tierra mues­ tra esa manageability of nature * de que nos habla Buckle y el clima tem­ plado caliente. Su imagen apa­ rente es de una benignidad extrema: de tierra aficionada a la vida. Tomaremos los casos más expresivos. agravando la inesta­ bilidad del clima continental y sometiendo a las tierras centrales a un régimen brutal. la naturaleza equilibra las exageraciones de Buckle. Pero esta placidez opulenta. Contemplándolas. de naturaleza fecunda erguida en la apoteosis triunfal de los días deslum­ brantes y serenos. evitando explayarnos extensa­ mente sobre el tema. es sustituido en los estados del sur por el NO y en los extremos septentrionales por el NE. unidas a la brutalidad máxima de los elementos. el paisaje se revela más opulento y amplio. Sobre estos escenarios. En páginas anteriores vimos que el SE. Es la escarpa abrupta y viva de las altiplanicies. por la disposición de la tierra y por la transición variable entre el sertón y la costa. se lanza hacia el Mato Grosso. incluso con la frialdad de las observaciones de los naturalistas poco ave­ zados en los aspectos descriptivos. . A su vez. que es el regulador predomi­ nante del clima de la costa oriental. absolutamente distintos por el régimen meteorológico. en precipitada generalización. distinto de los que vimos rápidamente delineados. ya muestran una diferencia esencial entre el sur y el norte. francas y portentosas. Ninguno se le equipara en el juego de las antítesis. origi­ nando desproporcionadas amplitudes termométricas. por las faldas interiores decae suavemente en vastos planos ondu­ lados. como sucede más hacia el norte. Es excepcional. No lo regula con exclusividad el SE. esconde el germen de cata* Manageability of nature: en inglés en el original: flexibilidad de la naturaleza. apenas esbozadas. éstos desaparecen en el corazón de las altiplanicies frente al SO que. sin los rasgos exageradamente dominantes de las montañas. Soplando desde las altas planicies del interior.). el NO prepondera en toda la extensa zona que va desde las tierras elevadas de Minas y de Río hasta Paraná pasando por Sao Paulo. en el Mato Grosso. se ve que aquel régimen climatológico anómalo es el rasgo más hondo de nuestra variabilidad mesológica. estas amplias divisiones. harto irrigado por ríos que irradian hacia los cuatro puntos cardinales. desafía en benignidad al admirable régimen de la Europa meridional. paradojalmente. Ahora bien. aparecen allí. ideó para el Brasil. que el gran pensador. de un suelo que germina en fantástica vegetación.El ancho muro de la cordillera granítica que cae a plomo sobre el mar. En efecto. Haciendo un análisis más profundo descubriremos aspectos particulares más agudos todavía. de T . como un hálito fuerte de los pamperos. Toda la imponencia salvaje. (N .

Los troncos y las ramas de los árboles partidos por los rayos. ni las ramas de los árboles se mueven. avanzando hacia el norte. los techos por tierra. Entonces. de eclipse. ahogando la vida. los montes en una quietud que da miedo. dan testimonio de la embestida fulminante del flagelo. La tem­ peratura cae en minutos y en pocos instantes. ¡Y una hora después el Sol irradia triunfalmente en el cielo purísimo! Los inquietos pájaros cantan por las frondas chorreantes. se doblan y su­ cumben los carandas seculares. * Dr. hacia el éste. en una inundación única. el aire es sua­ vizado por soplos acariciantes. en rodeos turbulentos. reviviendo el mismo ciclo. negrea el horizonte. Es un asalto súbito. encuadrada por el mismo lúgu­ bre escenario. y el hombre. los aires se inmovilizan por cierto tiempo. Vamos a esbozarlos. Ahora bien. dejando los refugios donde tuvo que buscar protección para su vida. se desencadenan con el rigor implacable de una ley. Desde ese punto sopla después una brisa cuya velocidad va creciendo rápidamente hasta convertirse en fuerte ventarrón. El cataclismo irrumpe como un arrebato en la espiral vibrante de un ciclón. poco a poco. la temperatura empieza a subir de nuevo. despunta en contraste con esas manifestaciones. Viagetn ao redor do B ra sil 101. la presión dismi­ nuye y crece sin cesar el malestar hasta que se forma en los aires inmo­ vilizados el componente formidable del pampero y resurge estruen­ dosa la tormenta. en un descenso continuado. desparramados por los vientos. asustada. La presión decae lentamente. un cúmulo compacto de bordes de cobre oscuro. uniendo todas las nacientes de los ríos y embarullando los lechos en mares indefinidos. ¡ni una nube! El firmamento lím­ pido se arquea iluminado por un sol oscuro. si se vuelve a mirar el cielo. hacia el sur. la vegetación volcada por los campos como si sobre ella hubiesen pasado búfalos en tropel. Se desploman las casas. estallan en truenos los cielos y un aguacero torrencial cae sobre esas vastas superficies destrozando. contempla los estragos en medio del renacer universal. . las planicies se vuelven lagos. el divortium aquarum impreciso que las atra­ viesa. las chozas destruidas. Por momentos. Pero. las últimas olas barrosas de los arroyos desbordados. . el vendaval sacude violen­ tamente la tierra. Las aves se acogen a sus nidos suspendiendo sus vuelos y allí se esconden *. en el verano. "la naturaleza parece quedar extática. .clismos que irrumpiendo siempre con un ritmo inquebrantable. Joáo Severiano da Fonseca. incluso a través de las lúcidas observaciones de Bates 10a. No podemos describirlos. Después de soplar algunos días las bocanadas calientes y húmedas del NE. Días después los vientos soplan suavemente otra vez. el clima de Pará. quedan aislados los morros. Fulguran los relámpagos. parecen cuerpos sólidos. el mismo círculo vicioso de las catástrofes. Los brasileños de otras latitudes apenas lo comprenden.

verano y otoño en un solo día tropical” *. espera la terminación de ese invierno parado jal. Muchas veces. Así la vida se equilibra en una constancia imperturbable. en plena creciente. manifestaciones diversas caracterizan un nuevo habitat que. como el sístole y el diástole de la arteria mayor de la Tierra. con raro estoicismo ante la fatalidad. hacia el oeste. La constancia de tal clima hace que no se adviertan las estaciones que. cuyos pétalos se desprenden y caen. La temperatura tiene durante todo el año una oscilación no mayor de I o o 1. del único modo compatible con una naturaleza que se desborda en dispares manifestaciones. La bajante es el verano. Mientras tanto.Madrugadas templadas de 23° centígrados. * Draenert. apare­ cen cubiertos de flores. primavera. en la plenitud de los calientes veranos. Preso en las mallas de los igarapés. en paranamirins entrecruzados en una red complicadísima de mediterráneo cortado por fuertes corrientes. El Amazonas salta fuera de madre y en pocos días se levanta a diecisiete metros sobre su nivel. Todo depende de una alternativa dolorosa de las bajantes y las crecidas de los grandes ríos. en el Alto Amazonas. días que irrumpen como apoteosis fulgurantes revelan­ do transformaciones inopinadas. Y en seguida. en la víspera desnudos. Allí. Es la revitalización de la actividad rudimentaria de los que allí viven. dentro de la atmósfera ardiente del Amazonas. de altas temperaturas. se destacan otras anomalías que lo agravan aún más. muertos. . árboles. La creciente detiene la vida. aislados. sin embargo. en abril o mayo. No bastan las intermitencias de las crecientes y las bajantes. rítmicas. pantanos convertidos en prados. Otros hechos hacen que sean inútiles para el forastero todas las tentativas de aclimatación. Y todavía. no puede negarse. en el círculo estrecho de veinticuatro horas. tornando imposible la continuidad de cualquier esfuerzo. los igapós verdeantes. se expanden soplos fríos del sur. El hombre bebe la leche de la vida chupando los vasos húmedos de las sifónias. abreviadas en las horas de un solo día. suceden inesperadamente a noches lluviosas. en el transcurso de un día sereno y claro. Tal régimen provoca un parasitismo franco. gajos apenas cubiertos por hojas quemadas y marchitas.5°. se extiende en vastos mares. impone una aclimatización penosa a todos los hijos de los territorios limítrofes. se presentan. cuando muertos en el aire quieto se diluyen los últimos soplos del este. ramas viudas de las flores recién abiertas. "A la mañana siguiente el Sol se levanta sin nubes y de este modo se completa el ciclo. O clima do B rasil 10s. entre las cuales emergen. en furos. sobre la tierra inmóvil bajo el espasmo enervante de un bochorno de 35° a la sombra. mutaciones completas: flo­ restas silenciosas. el hom­ bre. el termómetro es sus­ tituido por el higrómetro en la definición del clima. en este clima singular. Estos crecen siempre de manera asombrosa.

desde las tormentas del Mato Grosso hasta los ciclos de las sequías del Norte. la selección natural se opera a costa de compromisos graves con las funciones centrales del cerebro. Sin duda. al estudiar nuestra fisiología. Acabemos estos rápidos diseños. se recogen tiritando cerca de las hogueras. El calor húmedo de los parajes amazónicos deprime y agota. adormecidas por la ex­ plosión de las pasiones. quedan vacíos los nidos. ésta se ejercita. convendremos en que hay en nuestro medio físico una variabilidad completa. sin la vibratibilidad. helados. afirmando inexorablemente la victoria de las expansiones instintivas y . Se produce un hiato en las actividades. muestra un simulacro cruel de la desolación polar y lúgubre.Es como un hálito helado del polo. Entonces el termómetro desciende. si consideramos que estos varios aspectos climáticos no expresan casos excepcionales. Los sertones del Norte. sin el tono muscular enérgico de los temperamentos robustos y sanguíneos. y aquella naturaleza maravi­ llosa del ecuador. reflejan a su vez. de pronto. en una progresión inversa perjudicial. Modela organismos endebles en las que toda la acti­ vidad cede ante el permanente desequilibrio entre las energías impulsi­ vas de las funciones periféricas fuertemente excitadas y la apatía de las funciones centrales: inteligencias en marasmo. De ahí los errores en que incurren los que generalizan. La misma intercalación de épocas serenas y dolorosas. Es el tiempo del frío. mueren los peces en los ríos. se muestran tal vez más duramente. . entre el desarrollo intelectual y el físico. . Se despueblan esas grandes soledades inundadas. nuevos regí­ menes. . pero aparecen todos. hasta el Mato Grosso. mueren las aves en los bosques silenciosos o emigran. por el hígado. sobre el cual cae pesadamente la sobrecarga de la vida: organizaciones enfermas por la alternativa persistente de exaltaciones impulsivas y apatías enervadoras. en una caída instantá­ nea y brutal. es­ condiéndose en las cuevas más profundas. bajo otras formas. originando una patología sui generis. en casi toda la costa marítima del Norte y en gran parte de los Estados que le corres­ ponden. con el aspecto periódico inmanente de las leyes naturales inviolables. Y por algunos días se establece una situación insólita. las mismas fieras desaparecen. totalmente remodelada por la espléndida reacción de los soles. En tal medio. Los aventureros expertos que espoleados por la ganancia se arriesgan hasta allí y los mismos nativos endurecidos por la adaptación. Ahora bien. ya lo vimos. nuevas exigencias biológicas. Nadie trabaja. la acción exclusiva de un clima tropical. enervaciones peligrosas pese a la acuidad de los sentidos y mal cuidadas por la sangre empobrecida de las hematosis in­ completas. De ahí todas las idiosincrasias de una fisiología excepcional: el pul­ món que se reduce por la deficiencia de la función y es sustituido en la eliminación obligatoria del carbono. .

. Y volviendo al sur. un régimen más fijo de lluvias que prepon­ deran en verano y se distribuyen en otoño y primavera de modo favo­ rable para los cultivos. Y SU REFLEXION EN LA HISTORIA Nuestra historia traduce notablemente estas modalidades mesológicas. lo domina. . lo anula con la concu­ rrencia formidable del paludismo. origina disposiciones más animadoras y tiene una benéfica acción estimulante. se hielan las lagunas y las heladas blan­ quean los campos. La aclimatización traduce una evolución regresiva. aliado al medio. la nieve golpea en los cristales. Considerándola en sus aspectos generales. en un juego armónico de estaciones. la máxima energía orgánica. las enfermedades hepáticas. como consecuencias únicas. lo arruina. Esto no ocurre en gran parte del Brasil central y en todas las re­ giones sureñas. e iniciado el poblamiento del país con idénticos elementos. las canículas abrasadoras y los pantanos que producen la malaria 1 0 4 . altamente corregido por los fuertes movimientos aéreos provenientes de los cuadrantes del este. las fiebres agotadoras. Poseído el territorio. la impresión es de un clima europeo: sopla el SO muy frío sacudiendo lloviznas finas y garúas. el salvaje rudo. ofrece condiciones incomparable­ mente superiores. avanzando hasta Río Grande. El tipo perece en un desvanecimiento continuo que se transmite a la descendencia hasta la extinción total. la mínima fortaleza moral. Incluso en la mayor parte de los sertones septentrionales. Una temperatura anual media que oscila entre los 17° y 2 0 °. en Tasmania o en Aus­ tralia. La raza inferior. hasta el temperamento que se debilita con la pérdida de sus cualidades primitivas.conduciendo al ideal de una adaptación que tiene. el territorio que va del norte de Minas hacia el sudeste. dividido por los felices beneficiarios. Como el inglés en las Barbadas. ve alterados sus caracteres físicos y morales de una manera profunda. se impuso una separación radical entre el sur y el norte. 1 0 5 . lo vence. el portugués en el Amazonas. desde la tez que se oscurece por los soles y por la eliminación incompleta del carbono. el calor seco. . ya en la fase colonial se esbozan situaciones diversas. al cabo de pocas generaciones de cruzamiento. que miraba aún hacia los últimos milagros de la "India portentosa”. excluyendo la acción per­ turbadora de acciones irrelevantes. bajo la misma indife­ rencia de la metrópoli. En cuanto al invierno.

acampan en diferentes tiendas de campaña. Minas.No necesitamos recordar los hechos decisivos de las dos regiones. Este admirable movimiento refleja la influencia de las condiciones mesológicas. Aprisionado en el litoral. Dos sociedades en formación. se amancipó. No había ninguna distinción entre los colonizadores de uno y otro lado. delineando la epopeya inédita de las Bandeiras . posi­ bilitó tempranamente el mayor vigor de los forasteros. Mal unidos en la guerra. totalmente divorciadas entre sí. Lo venció. "Biores qua na térra que peste . La historia es allí más teatral aunque menos elocuente. el viejo colono imperial trataba de llegar hasta nuestro tiempo. los negros de Henrique Dias. insurrecto. entre el sertón inabordable y los mares. . con el aspecto perfecto de un dominador de la tierra. por un medio menos adverso. la ola impetuosa del sur. Incluso en el período culminante de la lucha contra los holandeses. y apartándose del mar y de los galeones de la metrópoli. amorfas e inmóviles. los conflictos en los límites de los sertones. surgieron los cruzados de las conquistas sertanejas. en las que crecen movimientos y tendencias opues­ tas. mayor subdivisión de las actividades. vueltas extrañas por dos destinos riva­ les. más práctico y aventurero. las tres razas formadoras. se lanzó sobre los sertones desconocidos. un amplio movimiento progresista en suma. De la absorción de las primeras tribus. una del todo indiferente al modo de ser de la otra. bellas páginas vibrantes pero truncas. las correrías de los indígenas. El paulista — y la significación histórica de este nombre abarca a los hijos de Río de Janeiro. Sao Paulo y regiones del sur— se convirtió en un tipo autónomo. aventurero. . Surgen héroes. claramente diferenciados. en rudo con­ traste con las agitaciones del norte. a veces más brillantes pero siempre menos fecundas. En todos prevalecían los mismos elementos que constituían la desesperación de Diogo Coelho. en función de los mandatos de la corte remota. . unidas por la misma rutina. Allí. sin objetivo cierto y en las que colaboran. mayor vigor en un pueblo más heterogéneo. con sus capitanías dispersas e incoherentes. la aclimatización más rápida. más vivaz. Son dos historias distintas. se distancian en la paz. los mamelucos audaces. libérri­ mo. rebelde. . vician la transitoria convergencia contra el holandés. obcecado con una centralización estúpida. Mientras en el sur se dibujaban nuevas tendencias. pero sus estaturas se engrandecen en contraste con el medio. realizando la anomalía de trasladar a una tierra nueva el ambiente moral de una sociedad vieja. de la tutela lejana. El drama de Palmares 1 0 6 . los indios de Camaráo y los lusitanos de Vieira. ambas desarro­ llándose bajo los influjos de una administración única. felizmente. inmutable.

Se alteraba pero mejorando. como en el norte. no se dis­ persaba en adaptaciones difíciles. . en todo el Brasil. Según estas líneas de menor resistencia que definen las rutas más claras de la expan­ sión colonial. su especial relieve lo vuelve un condensador de primer orden. al Paranaíba. lo llama hacia su seno fecundo. Estaba sobre almenas infranqueables que lo ponían al mismo tiempo a distancia del invasor y de la metrópoli. . La sierra del Mar tiene un notable perfil en nuestra historia. llevando a los sertanistas. se reducía la estrecha faja de algunas y pantanos ante la cual morían todas las codicias. al paso de las bandeiras. el teatro de los grandes acon­ tecimientos podía volverse hacia el sertón con la misma audacia con que se había echado sobre las tierras africanas. la atracción misteriosa de las minas. volviendo la mirada hacia las planicies. A pique sobre el Atlántico. Corren las aguas en un sentido opuesto a la costa. tenía un nuevo componente en la propia fuerza de la tierra. Frente a sus escarpadas faldas golpeaba el ansia guerrera de los Cavendish y de los Festón 1 0 7 . Aulaba el irreprimible apego por el litoral que se ejercía en el norte. En lo alto. en Río Grande do Sul. o golpeaba en las cataratas que caen desde los escalones de las altiplanicies. la fuerza viva restante en el temperamento de los que venían de vencer el mar ignoto. y asomaba por encima de las flotas. La tierra atrae al hombre. no se oponían. El hombre se sentía fuerte. hacia el río Grande y de ahí. . en Goiás. en Mato Grosso. Traspuesta la montaña — arqueada como el precinto de piedra de un continente— actuaba de aislador étnico y de aislador histórico. sin un solo golpe de remo. ni la esterilidad de la tierra. lo encanta con su hermoso aspecto. metiéndose de lleno en los sertones. Todavía más. Los ríos que derivan por sus vertientes nacen de algún modo en el mar. al Ama­ zonas y a todos los cursos de agua de la ribera oriental. en Santa Catarina. lo arrastra finalmente de manera irresistible en la corriente de los ríos. el forastero se sentía seguro. Le dan al forastero la sugestión irresistible de las entradas. Además de esto — subrayemos este punto aunque escandalicemos a nuestros minúsculos historiógrafos— la disposición orogràfica los libraba de la preocupación de defender el litoral donde desembarcaba la codicia del extranjero. ni la barrera intangible de los descampados abruptos. intangible tras los bosques. el acceso al interior seguía a las corrientes. se abre como el telón de un enorme baluarte. no se diluía en un clima enervante. directriz preponderante en ese dominio del suelo.Es que en el sur. Aunque un poco cambiado. Se entrañan en el interior. al precipitar la evaporación oceánica. Ahí está el trazado elocuente del Tieté. hacia el Paraná y el Para­ naíba. Era la penetración en Minas. En cuanto al Sao Francisco.

Un pueblo extraño de mestizos levantis­ cos. con la fatalidad de una ley.Así es fácil mostrar cómo esta distinción de orden físico aclara las anomalías y contrastes entre los sucesos en las dos partes del país. porque ofrecían potencialidades. el poblamiento sigue las huellas embarulladas de las bandeiras. Los hombres del sur se desparraman por el país entero. resuelto. centralizado en Pernambuco. se dirigen con Ruy de Montoya a Madrid y con Dias Taño a Roma 1 0 8 . No tenemos un contraste mayor en nuestra historia. y se producían en­ cuentros memorables en los que. el sureño. En la plenitiud del siglo xvn el contraste se acentúa. apenas los vislum­ bramos en las cortes espectaculares de los gobernadores en Bahía. aquellos sertanistas que extendían los límites de Pernambuco hasta el Amazonas. en Sao Paulo se estructuraba el drama sombrío de Guaira 1 1 0 . reaccionaban tenaces contra los jesuítas. pisoteando. descubriéndola des­ pués del descubrimiento. un completo divorcio con aquellos luchadores. absolutamente alejado de aque­ lla agitación. En cuanto el dominio holandés. señalándolo como el enemigo más serio. donde se reflejaba la decadencia de la metrópoli y todos los vicios de una nacionalidad en descomposición. revelaba en su rechazo de los decretos de la metrópoli. Hasta los últimos años del siglo xvn. eufemismo casuístico que disfrazaba el monopolio del brazo indígena. bulas y órdenes reales. Las seguían incansables. Las grandes caravanas guerreras eran muchedumbres desencadenadas hacia todas direcciones. Llegan a los límites extremos del ecuador. Fuera del litoral. En lucha abierta con la corte portuguesa. olvidados del holandés. Y cuando la restauración en Portugal vino a alen­ tar en toda la línea el repudio al invasor. en el reinado efímero de Amador Bueno 111. influía por toda la costa oriental. mientras en Pernambuco las tropas de von Schoppe prepa­ raban el gobierno de N assau1 0 9 . sobre todo en el período agudo de la crisis colonial. llevado por otras tendencias. buscando otros destinos. parecían de otra raza en el arrojo temerario y en la resistencia a los contratiempos. En él se descubren sus rasgos verdaderamente nacionales. los sureños destacaban aún más esta separación de destinos aprovechando el mismo hecho para establecer la autonomía franca. Cuando las correrías del bárbaro amenazaban Bahía o Pernambuco o Paraíba y los quilombos desperdigados por los bosques constituían los últimos refugios del rebelde africano. en demanda de otros rumbos. Fuera de esto. donde reinaba la Compañía de Jesús con el privilegio de conquistar las almas. solidarios. congregando de nuevo a los exhaustos combatientes. De hecho. desde Bahía a Maranháo. aplastaban al enemigo común nuestras tres razas formadoras. abriendo el seno rutilante de las minas. lo dice la grosera odisea . en el siglo xvn. Estos. Parecía casi un enemigo tan peligroso como el holandés. invadiendo la propia tierra. el sureño.

de los que se sienten bien en una tierra amiga. en seguida se encontraba con la naturaleza adversa y prestamente volvía al litoral. Lo que preparó el advenimiento de subrazas diferentes por la propia diversidad de las condiciones de adaptación. surgía como el vencedor clásico de esos peligros. Si esto se verifica en las razas totalmente definidas que afrontan otros climas. en un bloqueo agravado por la acción del clima. sin la osadía de los dominadores. por cierto. Apretados entre los cañaverales costeros y el sertón. elevando el valor relativo de . Pero el colono norteño. en sus entradas hacia el oeste y hacia el sur. entre el mar y el desierto. el elemento indígena hubiera desaparecido sin dejar ras­ tros. el hace­ dor predilecto de las grandes hecatombes. Bastiao Alvares en el Sao Francisco y Gabriel Soares por el norte de Bahía hasta las nacientes del Paraguacú. Delineada de este modo la influencia mesológica en nuestro movimien­ to histórico. Ese contraste. Ade­ más de esto (es hoy dato innegable) las condiciones externas actúan sobre las sociedades constituidas que sufren migraciones seculares. se deduce la que ejerció sobre nuestra formación étnica. en el río Doce. en la segunda mitad del siglo xvi. Las exploraciones allí iniciadas. son un pálido remedo de las embestidas del Anhangüera o de un Pascoal de Araújo 1 1 2 . ACCION DEL MEDIO EN LA FASE INICIAL DE LA FORMACION DE LAS RAZAS Volvamos al punto de partida. Convenido que el medio no forma las razas. aun­ que remediadas por los recursos de una cultura superior. las dosis de los tres elementos esenciales. es evidente que la yuxtaposición de los caracteres coincide con la íntima transfusión de tendencias y la larga fase de trans­ formación correspondiente se erige como un período de debilidad. las bandeiras hubiesen salido también del este y del norte y atrapado por un movimien­ to convergente. sin la audacia que brota de la atracción ejer­ cida por los parajes opulentos y accesibles. protegidas por una civilización que es como el plasma sanguíneo de esos grandes organismos colectivos. en las capacidades de las razas que se cruzan. perdieron todo el arrojo y el espíritu de revuelta que ruge con elocuencia en todas las páginas de la historia del sur. Si tal cosa hubiese sucedido. ¿qué no diremos de nuestra situación tan dife­ rente? En este caso. aunque después tuvieron los estímulos enérgicos de las Minas de Prata de Belchior Dias. en nuestro caso especial.de "Palmares”. variaron en demasía en los diversos puntos del territorio. por Sebastiáo Tourinho. no se basa en causas étnicas primordiales. Es que el hijo del Norte no tenía un medio físico que lo blindara con igual suma de energías.

Todavía los deslumbraba el Oriente. se adicionan la dispo­ sición de la tierra. No hay un tipo antropológico brasileño. Las instrucciones dadas en 1615 al capitán Fragoso de Albuquerque. de las grandes masas invasoras. en gran medida a causa de las circunstancias físicas. Sin arriesgarnos mucho en un paralelo osado. todas las cualidades adquiridas en el largo aprendizaje his­ tórico. El Brasil era tierra de exilio. el medio tiene agentes más enérgicos que para las reacciones químicas de la materia. Definamos rápida­ mente los antecedentes históricos del jagungo. Vimos cómo entre nosotros. podemos decir que para esas reacciones biológicas complejas. . aun separadas del suelo nativo. acojámonos a este tema. esa especie de fuerza catalítica misteriosa que difunden los variados aspectos de la naturaleza. El desarrollo poblacional desde Maranhao a Bahía lo revela. Fue lento. el número reducido de pobladores contrasta con la vastedad de la tierra y la cantidad de población indígena. éste graba mejor sus trazos característicos en el cuerpo en fusión. la intensidad de estos últimos está lejos de la uniformidad proclamada. En esas circunstancias.la influencia del medio. tal vez efímera. Venían dispersos. capaces de conservar por el número. Vimos que la formación brasileña del Norte es muy diferente a la del Sur. la ilusión de una subraza. Al calor y a la luz que se ejercitan en ambos. originando un mestizaje disímil. las modalidades del clima y esa acción de presencia innegable. Las circunstancias históricas. Los portugueses no abordaron el litoral norteño robusteci­ dos por la fuerza viva de las migraciones compactas. El documento afirma "que las tierras del Brasil no están despobladas porque en ellas existen más de tres mil portugueses”. Nuestras capas étnicas se distribuyeron de modo diverso. LA FORMACION BRASILEÑA DEL NORTE Tratemos de tener en este intrincado entrecruzamiento una ilusión. Así es que en las primeras épocas. son claras al respecto. . Ineptos para discriminar entre nuestras razas formadoras. originaron diferencias iniciales en la mezcla racial. a fin de regularizar con el embajador español en Francia el tratado de tregua con La Ravardiére 113. sin el empuje viril de los conquistadores. parcelados en pequeñas levas de desterrados o colonos arruinados. un vasto presidio con el que se atemo­ rizaba a los heréticos y a los relapsos. todos los pasibles del morra per ello de la sombría justicia de aquellos tiempos. prolongándolas hasta nuestro tiempo. . Esta cifra abarcaba todo el Brasil y habían pasado más de cien años desde el descubrimiento.

El primer mestizaje se hizo pues en los primeros tiempos. Este proceder obedecía a los fines de la metrópoli. Es visible durante mucho tiempo el predominio del elemento autóctono. siendo innumerables los naturales blancos del país con casta tupiniquina”. fuera de la isla de Itamaracá 116 cuyos vecinos andaban en las 2 0 0 personas. 195.Según observa Aires de Casal 1 1 4 . que todas hallarían maridos. Eran pocos. Por otro lado. desde 1570 a 1758 — en que pese "a una serie nunca interrumpida de hesitaciones y contradicciones”— * * dis* Corografía Brasílica. Estas afirmaciones son expresivas. Se sabe que en el ánimo de los beneficiarios existía la preocupación de aprovechar lo mejor posible la mezcla. El amancebamiento con las caboclas cayó pronto en una franca degra­ dación de la que ni el clero se salvaba. pintando con ingenuo realismo la disolución de las costumbres. . con tres ingenios de azúcar” *. la des­ proporción entre el elemento europeo y los otros dos continuó siendo desfavorable en perfecta progresión aritmética. "Desde temprano — dice Casal— los tupiniquinos. entre el europeo y el indígena. p. según el pensamiento de Varnhagen 1 2 0 . además. se puede afirmar que la extinción del indígena del Norte provino. por ser la tierra amplia y vasta. dice aquel narrador sincero. se hicieron cristianos y se emparentaron con los europeos. más de los sucesivos cruzamientos que de un verdadero exterminio. En muchos lugares escaseaban. Sin ninguna idea preconcebida. desterrados o aventureros corompidos. Ultra equinotialem non peccavi. Hombres de guerra. captando la simpatía de los nativos. aunque existían en abundancia. hechos a la vida libre del campamento. incluso en el reino. "la población crecía tan lentamente que en la época de la pérdida del Señor Don Sebastiáo ( 1 5 8 0 )1 1 5 toda­ vía no había un establecimiento. en el primer siglo tuvieron una función inferior. todos tenían por meta el aforismo de Barleus 1 1 8 . intensamente. eran de molde para esa mezcla en gran escala. en Río Grande do Norte "donde los indios hace tiempo que fueron reducidos a pesar de su ferocidad y cuyos descendientes por medio del mestizaje con los europeos y africanos han aumentado las clases de los blancos y de los pardos”. allí existían dos mil blancos. sin hogar. Lo demuestran las sucesivas cartas reales que. * * Joáo Francisco Lisboa m . gente de buena índole. cuatro mil negros y seis mil indios. Bahía estuvo más poblada. Los forasteros que llegaban a esas playas. El padre Nóbrega 119 lo definió bien en la célebre carta al rey (1 5 4 9 ) en la que. declara que el interior del país está lleno de hijos de cristianos que se multiplican según los hábitos gen­ tilicios. Cuando algunos años más tarde. Lo que tiene que haber influido mucho en los primeros cruzados. los africanos. Según Fernáo Cardim 1 1 7 . Pensaba que era conveniente que le enviasen huérfanas o aun mujeres que fuesen erradas.

En el combate estúpido de la perversidad contra la barbarie esos eternos condenados cumplieron una digna función. servían para uni­ ficar tribus y para convertir. Penetrando hasta lo hondo de los sertones. gracias a un esfuerzo secular. los jesuítas realizaron allí una tarea noble. El curso de las misiones en el Norte. Por lo menos fueron rivales del colono que sólo buscaba ganancias. un lento esfuerzo de pene­ tración en el centro mismo de las tierras sertanejas. que de algún modo completa el movimiento febril de las bandeiras. . Eran los únicos hombres disciplinados de su tiempo. a su vez. en aldeas a los rancheríos misera­ bles. los misioneros salvaron este factor de nuestras razas. Pese a que esta invasión de vencidos e infelices tuvo una rara fecundidad y óptimas cualidades de adaptación puestas a prueba en el Africa. Ex­ cluyendo las posibles intenciones condenables. García de Rezende. Aunque la tentativa de elevar el estado mental del aborigen hasta las abstracciones del mono­ teísmo fuera quimérica. a despecho de las perturbaciones que provocaban. es discutible que haya penetrado profundamente en los sertones. En Evora eran mayoría sobre los blancos. con los azeneguas y los jalofos de Gil Eanes y Antao Goncalves. Sorpren­ didos los historiadores por la venida.minuyen las posibilidades de ganancia de los colonos en la explotación de los salvajes como esclavos. En 1530 andaban por las calles de Lisboa más de diez mil negros y lo mismo sucedía en otros sitios. tan oportuna para nuestra historia. dominaba en el Norte. proporcionan un documento125: "Vemos no rey no meter. provocando un entrelazamiento general. Los versos de un contemporáneo. Estas difundían ampliamente la san­ gre de las tres razas en los nuevos parajes descubiertos. Es cierto que el consorcio afro-lusitano era antiguo. Tantos captivos crescer. generalmente le dan una influencia exagerada en la formación del sertanejo del Norte. en toda la región que va del Maranháo hasta Bahía. en gran escala. Las aldeas. centros de fuerza atractiva del apostolado. Hicieron mucho. Incluso algunas. extendían la protección a punto de decretar que se concediese tierras a los nativos "hasta las ya dadas a otros” puesto que debían tener preferencia los indios "naturales señores de la tierra”. como la de 1680. del africano. demuestra sobre todo. la Compañía de Jesús que. por lo menos hasta la intervención de Pombalm. obligada a transigir en el Sur. desde las faldas de la Ibiapaba 123 hasta las de la Itiúba. tuvo el valor de atraerlo durante mucho tiempo. Contribuyó a esta persistente tentativa de incorporación. que iniciada a fines del siglo xvi no paró hasta el nuestro (1 8 5 0 ) 1 2 4 y con­ siderando que él fue el mejor aliado del portugués en la época colonial. anterior al des­ cubrimiento porque se había consumado desde el siglo xv.

La raza dominada tuvo aquí posibilidades de desarrollo. / y si así sigue. El cultivo extensivo de la caña. Era la bestia de carga que asumía todos los trabajos sin descanso alguno. La genesis del mulato tuvo su sede fuera de nuestro país. / ellos que nosotros. El primer mestizaje se hizo en la metrópoli.Irem-se os naturaes. / los naturales se van. . * * Diogo Campos. Allí campeaba el indio inepto para el trabajo y además rebelde. importada de Madeira m. Las viejas ordenanzas que establecían "cómo se podían abandonar los esclavos y las bestias que se hallaren enfermas o mancas” denuncia la brutalidad de la época. abiertas en aquellos in­ mensos latifundios. sin las rebeldías del indio1 2 6 . entre nosotros creció. se assim for. Y esta explotación en gran escala progresó des­ pués rápidamente. con sus treinta mil habitantes. La esclavitud negra. En la costa. Así se establecieron límites precisos entre los cruzamientos realizados en el sertón y los del litoral. seráo mais Eles que nós. de T . * “Vemos en el reino meter / tantos esclavos crecer. Incluso los que se alzaban en franca rebeldía arma­ ban sus quilombos evitando el centro del país. determinó el olvido de los sertones. o si no. a meu ver” *. libertando al indígena.). atraídos por el lucro de las fazendas de criagao. serán más. Algunos. Naturalmente. Como organis­ mos potentes hechos a la humildad extrema. La gran faja negra iba de Bahía a Maranháo. Razáo do Estado do Brasil. como Domingos Sertáo1 2 8 . admitiendo en ambos como denominador común el elemento blanco. Que. el mulato es el resultado principal del último y el curiboca del primero 1 2 9 . desde Río Grande do Norte a Bahía había ciento sesenta ingenios. amarrado a la tierra. Palmares. dejaba más libertad que en el Sur para los esfuerzos de la catequesis. a mi ver” . el indio apenas retenido en las aldeas por la tenacidad de los misioneros. Ya antes de la invasión holandesa * *. terminaban su vida aventurera. la fertilidad de la tierra fijaba a los dos elementos simul­ táneamente. Además —insistamos en un punto incontroverti­ ble— las numerosas importaciones de esclavos se acumulaban en el litoral. (N . el negro tuvo sobre sus hombros toda la presión de la vida colonial. Los sertanistas que llegaban hasta aquellos parajes ya habían perdido su combatividad. y determinando cruces raciales diferentes de los que se hacían en el interior de las capitanías. distaba pocas leguas de la costa. El elemento africano se quedó en los vastos parajes costeros. pero apenas pene­ traba en el interior. En efecto. mira del egoísmo de los colonos.

Hay un notable rasgo de originalidad en la génesis de la población sertaneja. sea de modo confuso. en su dilatado recorrido recoge numerosos afluentes por la mitad de Minas. . constreñido entre las cumbres que lo desnivelan hacia el mar. no diremos del Norte sino del Brasil subtropical. Si en el futuro. en sus nacientes. el teatro de las misiones. en la zona de las montañas y de las florestas. totalmente olvidado aún. Lo esbozaremos y para no alargarnos en demasía. resignado y tenaz como el jesuíta. desde el siglo xvn hasta fines del siglo xvm . En cuanto a éste. sea destacadamente. casi todos son efímeros. pasando en la parte media por el hermoso paraje de los campos gerais. la tierra clásica del régimen pastoril. es posible que el vaquero. el lugar de la agitación minera. derivando. el único compatible con la situación económica y social de la colonia. se volvió el camino predilecto de los sertanistas.GENESIS DEL JAGUNgO La demostración es positiva. descubrían inmensos parajes que no poblaban y abandonaban para seguir hacia zonas todavía más desiertas. nos apartaremos un poco del teatro en que se desarrolló el drama histórico de Canudos. se vuelve pobre de tributarios. tenía la ventaja de un atributo supletorio que le faltó a ambos: la fijación al suelo. con miras sobre todo a la esclavización y al abatimiento de los nativos. en la cuenca de Juázeiro. el Sao Francisco fue. sobresalga y obtenga el lugar que merece en la formación de nuestro pueblo. Amplio en las nacientes. Las bandeiras. bajo los dos aspectos que muestran. Ahora bien. Bravo y temerario como el bandeirante. Ya vimos en páginas anteriores que él atraviesa las regiones más dis­ pares. el jesuíta y el va­ quero. a la busca del oro o del esclavo. * Joáo Ribeiro. Balancea la influencia del Tieté. Después se estrecha. en el curso inferior. y en la región media. de trazado incomparablemente más apropiado para la penetración colonizadora. En el curso inferior. Historia do B ra sil 131. apretado por un corredor único de centenares de kilómetros. pasando rápidas sobre las miserables aldeas indígenas. la abundancia de documentación permite la recons­ trucción de la vida colonial. Golpearon sus fronteras por igual el bandeirante. saliendo a la búsqueda de la tierra o del hombre. recorriendo rápidamente el río Sao Francisco "el gran camino de la civilización brasileña” según el acertado decir de un historiador *. esta triple disposición es un diagrama de nuestra marcha histórica que refleja paralelamente sus variables modalidades. hasta Paulo Afonso y cor­ tando la región estéril de las caatingas.

en Itaberaba y Miguel Garcia. sucesivos grupos de pobladores *. Véase F. uno tras otro. como los documentos adrede oscuros de los ruteros. Pereira da Costa. traduce la sucesión y el enlace de estos únicos estímulos. que abría ante los exploradores dos vías únicas. llevando hasta las serranías de Macaúbas. FUNCION HISTORICA DEL RIO SAN FRANCISCO Se formó oscuramente. A. En el comienzo. durante este período en que. se explayaron de nuevo. se había desarrollado un notable poblamiento cuyos resultados aparecerían mucho después. los caminos de Glimmer. después de un agotamiento casi secular. centralizados en la figura brutalmente heroica de Antonio Raposo. a Bruzzo Spinosa. el descubrimiento de lo desconocido. sólo se daba en el litoral la lucha contra el holandés y en el interior de las altiplanicies el asombroso ondular de las bandeiras 1 3 2 . las entradas sertanejas volvieron al anhelo primitivo e irradiando desde Ouro Préto. . la naciente y la desembocadura. a veces inextricable. y Pedro Taques. en la región que corta por su curso medio el Sao Francisco. su función realmente útil. más fuertes. lo determinaron las entradas que buscaban las minas de Moreia que. En este permanente oscilar entre los dos designios. y desapa­ recido al norte el país encantado que había idealizado la imaginación romántica de Gabriel Soares. Ahora bien. en el Ribeiráo do Carmo. más allá del Paramirim 1 3 4 . revelándose como aventura pura o como empresas de mayor o menor practicabilidad. la entrada se hacía por el Sao Francisco. Como el acceso más corto y normal por los caminos de la costa estaba vedado porque lo interrumpían los muros de las sierras o lo obstaculizaban los bosques. Así es que. hasta que. que avivó. parecen haberse prolongado hasta el gobierno de Lancastro 1 3 S . * Carta del coronel Pedro Barbosa Leal al conde de Sabugosa. aunque anónimas y sin brillo. la visión engañadora de la "Sierra de las Esmeraldas” que desde mediados del siglo xvi atrajera. eternamente inalcanzables. resurgiendo francamente con Bartolomeu Bueno. por el país entero 1 3 1 . Nóbiliarquia Paulista. aparecía como incidente obligado. Em prol da integridade do territorio de Pernambuco. como consecuencia inevitable. gran parte del siglo xvn está dominada por las sombrías leyendas de los cazadores de esclavos. Dias Adorno y Martins Carvalho.Su historia. renova­ das por las investigaciones indecisas de Pais Leme. aparentemente. Sebastiáo Tourinho. 1725. acabada con la expedición de Glimmer (1 6 0 1 ). que no se toma­ ba en cuenta. hacia los flancos del Espinhaco. alentadas por el oro de Arzáo siguiendo en 1693 las mismas huellas de Tourinho y de Adorno y al cabo. Es que se habían apagado casi al mismo tiempo los milagros de la misteriosa "Sabará-bugu” y los de las "Minas de Plata”.

al este. gratuita en las salobres bajadas de los barreiros *. 169. Favorecida de este modo. los forasteros que llegaban al centro de aquel sertón rara vez volvían 1 3 5 . a los extremos del Maranháo y Ceará por el noreste y las serranías mineras de Bahía. No faltaba para ello. Se pobló y creció autónoma y fuerte. en la que se entrelazan florestas sin la grandeza y el cierre impenetrable de las del litoral. todas de agua más o menos salobre. al Piauí. sino también las aves y reptiles. . fuesen los paulistas de Domingos Sertáo. Escragnolle Taunay 136. El régimen pastoril se esbozó allí como una sugestión dominadora de los campos gerais. un elemento esencial. su especial conformación hidrográfica de afluentes que se ajustan. cristaliza. no sólo por la metrópoli lejana sino por los mismos go­ bernadores y virreyes.llevando a los hombres del Sur al encuentro con los hombres del Norte. Casi toda esa sal sube hacia el centro de Minas Gerais. Y contrapuesta a la turbulencia del litoral y a las aventuras mineras. todos fueron lazos preciosos para la fusión de esos elementos esparcidos. su flora compleja y variable. tienen el atenuante de los vastos llanos. El ganado lame el suelo embarrándose en las aguadas y bebe con delicia esa agua y come el barro. olvidada. la sal. fuesen los bahianos de Garcia d’Avila. No producía impuestos o rentas que despertasen el interés egoísta de la corona. Corografía Brasílica. atrayéndolos y entrelazándolos. casi simétricos. se constituyó una extensa zona de cría de ganado que ya al alborear el siglo x v m iba de las fronteras septentrio­ nales de Minas a Goiás. exuberante y accesible. declara Aires de Casal: “Hay varias pequeñas lagunas a mayor o menor distancia del río. sobre la rara fecundidad del suelo cubierto de pasturas naturales. no sólo los mamíferos. o fuesen los portugueses de Manuel Nunes Viana que partió de su fazenda de "Escuro” en Carinhanha para conducir a los emboabas en el Río das Mortes. Tratándose de los lugares situados hacia las nacientes del Río Grande. dando una sal blanca como el armiño. con sus pequeños ejércitos de taba)aras aliados. II. hacia el occidente y el oriente uniéndola de un lado a la costa y del otro al centro de las altiplanicies. Porque provenientes de los más diversos puntos y orígenes. últimos espolones y contra­ fuertes de la cordillera marítima. extenso tramo de unión entre dos sociedades que no se conocían. con el pasto tierno de las altiplanicies y el pasto duro de los llanos. o los pernambucanos de Francisco Caldas. en cuyas márgenes el calor del sol hace apa­ recer sal congelada". El gran río se erige desde el principio como un elemento unificador étnico. desahogados todos en los grandes claros de las caatingas. p. presentaba el "casi único aspecto tranquilo de * Todos los animales buscan con ansia esos lugares. les compensaba la ilusión deshecha de las minas codiciadas. La tierra. pero oscura. Su estructura geológica original da lugar a forma­ ciones topográficas en las que las sierras. El agua de esos lagos (también la dulce) filtrada en vasijas de madera o de cuero finamente agujereadas y expuestas en tablas alrededor de ocho días. indiferente para los cronistas de la época.

los grupos de "Bahianos”. desde el siglo x v m se convirtió casi exclusivamente en una colonia de ellos” Es natural entonces que Bartolomeu Bueno. cuando descubre Goiás. aceptando el concepto de un historiógrafo perspicaz que el "valle del Sao Francisco. surgiendo y decayendo en seguida en el Sur. los descubrimientos en la región de Caeté fueron anteriores a los del Río das Velhas o de Sabará. en continuas migraciones. y en este caso. pasando al oeste de las nacientes del Santa Bárbara. venía del sur. por bahianos venidos del norte. Notas genealógicas. * * * Dr. La importancia que tuvieron ciertos bahianos en los acontecimientos de 1709 y la referencia de Antonil al capitán Luis do Couto que fue de Bahía a ese paraje con tres hermanos “buenos mineros”. Según lo recogido en preciosas páginas por Pedro Taques * * . la mayoría de los productores opulentos que allí se formaron. pasaran más fuertes quizá. buscaron aquellos lejanos rincones y se cree. sin los peligros de las migra­ ciones y los cruzamientos. detenidos al occi* Joao Ribeiro. * * Nobiliarquia Paulista.nuestra cultura” *. se conservara. o tal vez. EL VAQUERO Ya se formaba en el valle medio del gran río una raza de cruzados idén­ ticos a aquellos mamelucos enérgicos que habían nacido en Sao Paulo. Y no arriesgamos una hipótesis desmedida si admitimos que este tipo extraordinario de paulista. renaciera allí y. . fueron numerosas las familias de Sao Paulo que. y que al reabrirse en 1697 el ciclo más notable de las búsquedas del oro. Porque allí se quedaron completamente divorciados del resto del Brasil y del mundo. término que como el de "Paulista” se volvía genérico. y avanzando en dirección contraria como un reflujo del norte. vea sorprendido señales de­ jadas por sus predecesores. tal vez precediendo a los demás en el descubrimiento de las minas de Caeté 137 y cruzándolas de parte a parte. Aparte de los escasos contingentes de pobladores pernambucanos y bahianos. favorecen esta última hipótesis”. en las ruidosas y turbulentas bandadas de inmigrantes que rodaban desde los flancos orientales de la sierra del Espinhago hasta el thalweg del Río das Velhas. prolongando intacta hasta hoy. ciertamente desde el este. Joao Mendes de Almeida. ya entonces muy poblado de paulistas y sus descendientes. en una degeneración completa hasta el punto de declinar en el territorio mismo que le dio nombre. y eran los mismos enérgicos y entusiastas integrantes de las bandeiras. etc. es de presumir que fueron hechos por mineros de Ouro Préto. trasponiendo la sierra de Paraná. anónimos pioneros que habían llegado allí. Os primeiros descobrimentos de ouro em Minas Gerals. abarcando a los pobladores septentrionales * * * * . amurallados al este por la Serra Geral. * * * * Dice el profesor Orville Derby: “Según Antonil138. la índole varonil y aventurera de sus abuelos.

Piauí. sobre una tierra fértil. de caracteres definidos e inmutables. con su bellísimo folklore de rimas que ya cumplieron tres siglos. aquella ruda sociedad. Y despuntó una raza de curibocas puros. Las entradas de uno y otro lado del meridiano. por el aislamiento.dente por los amplios campos gerais que se abren hacia el Piauí y que todavía hoy el sertanejo considera infinitos. incluso en las mayores crisis — cuando la ropa de cuero del vaquero se convierte en la armadura flexible del jagungo— oriunda de elementos convergentes de todos los puntos. tienen un carácter de total originalidad expresado en las fundaciones que erigió. con su sentimiento religioso llevado hasta el fanatismo. habían suplantado en toda la línea al salvaje. incomprendida y olvidada. ampliando sus atributos ancestrales. ella es innegablemente un ejemplo expresivo de cuánto importan las reacciones del medio. más bien facilitaban el entrelazamiento de los extremos del país. El medio los atraía y los protegía. con su extraño aferrarse a las tradiciones más remotas. donde todavía hoy surge impune el jaguar y se desplaza veloz el avestruz. la conservación de los atributos y hábitos antiguos ligeramente modificados por las exigencias de la nueva vida. y tuvieron. o en las serranías de flancos destrozados por la búsqueda del mineral superficial. de Goiás. . pero diferente de las otras razas del país. Nacían del abrazo feroz de vencedores y vencidos. . les dieron esa derivación a la faena de los rodeos. Sería largo hablar de la evolución del carácter. una ruda escuela de fuerza y coraje en aquellos campos gerais tan amplios. abasteciendo por igual con los enormes arreos que subían hasta el valle del Río das Velhas y bajaban hasta las nacientes del Parnaíba. era ya nuestra nacionalidad en ciernes. con su exagerado sentido de la honra. Maranháo. Raza fuerte y antigua. Y allí están. Ceará y Pernambuco. que animan hoy su superficie. con los mismos hábitos de sus abuelos. cuando las minas bahianas. Expandiéndose por los sertones limítrofes o próximos. Se criaban en una sociedad revoltosa y aventurera. En consecuencia. vino el inevitable cruzamiento. no aptas para la dis­ persión. casi sin mezcla de sangre africana. Todos los po­ blados. con sus ropas características. tienen un origen . Los primeros sertanistas que la crearon. villas y ciudades. más tarde. fácilmente denun­ ciada hoy por el tipo normal de aquellos sertanejos. Estableciendo en el interior la continuidad del poblamiento que aún faltaba en la costa y surgiendo entre los norteños que luchaban por la autonomía de la patria naciente y los sureños que le ampliaban el área. Nos ligaban en el espacio y en el tiempo. La índole aventurera del colono y la impulsividad del indígena se amalgamaron y el propio medio les permitió. pues después de dominarlo con la esclavitud lo apro­ vecharon para la nueva industria que practicaban.

próximas o alrededor del sitio donde existía hace cinco años la Troya de barro 139 de los jagungos. que reflejan el arrojo incomparable de las bandeiras. arrebatadas en 1758. Si se consideran las poblaciones del Sao Francisco desde las nacientes hasta la desembocadura. avanzaron en el siglo xvn las misiones en su lento andar que continuaría hasta nuestro tiempo. sin embargo. del poder de los sacerdotes por la severa política de Pombal. se formaron sobre las viejas aldeas indígenas. se encuentran poblaciones antiquísimas. La calculada solicitud del jesuita y la excepcional abnegación de los capu­ chinos y franciscanos incorporaron las tribus a nuestra vida nacional. los mejores ejemplos.uniforme bien diferenciado de los otros que se encuentran al norte o al sur. los trazados de las fundaciones jesuíticas. acompañando al Sao Francisco hasta los sertones de Rodelas y Cabrobó1 4 1 . y cuando alboreaba el siglo xvm y los paulistas irrumpen en Pambu y en Jacobina 1 4 2 . Los que existen. en el territorio que hemos demarcado. son elocuentes respecto del caso que conside­ ramos. En esa superficie otorgada por abusivas concesiones al poder de una sola familia. incluso en un área tan pequeña. completando estos ligeros apuntes. y finalmente. y en el norte. inconmensurables arenas hechas a la sociedad ruda. se encontraron sorprendidos con las parroquias que ya . Es lo que indican. libérrima y fuerte de los vaqueros. los actuales poblados sertanejos. siguiendo la dilatada línea entre la Itiúba e Ibiapaba. . llega a los parajes poco apetecidos. Si nos limitamos a las que todavía perduran. El río deja las regiones alpestres. Desde Itapicuru de Cima hasta Jeremoabo y desde allí. . la de García d’Avila (Casa de la Torre) 1 4 0 . se asiste a la sucesión de los tres casos señalados. aquí surgieron todos de los antiguos establecimientos de ganado. Mientras las del sur se levantaron en las cercanías de las minas o al lado mismo de las excavaciones. el indio se fijaba en aldeas que se convertirían en ciudades. No tuvieron un historiador. con ciudades encaramadas sobre sierras. FUNDACIONES JESUITAS EN BAHIA En efecto. La extraordinaria empresa apenas se rastrea actualmente en escasos do­ cumentos que poco dicen para conocer la continuidad de la historia. Nos dicen que mientras el negro se agitaba en los afanes del litoral. preferidos por el caminar lento y penoso de las misiones. se construyeron sobre las antiguas aldeas de las misiones. estériles de tanta sequía. totalmente diversos en su origen. Nos excusamos de apuntar ejemplos que son tan numerosos. vemos. después atraviesa los grandes campos gerais.

levantada por los jesuítas. el canhemborá y el quilomboia *. próximo al mismo tiempo del Piauí. Casi en la confluencia de las capitanías septentrionales. significación y sonido de estas palabras surgidas. el poblamiento continuó con mayor intensidad y con los mismos elementos. estaba incorporado a la administración metropolitana desde 1682. mu­ nidos con los títulos perfectamente legales de capitanes. también antigua. aldea también bastante antigua. * Canhemborá ( cánybora) : indio huido. * * Os orizes conquistados de José Freire de Monteiro Mascarenhas. Allí el elemento indígena se mezclaba ligeramente con el africano. directamente favore­ cido por la metrópoli. 272. Se armonizaron las tribus y el aflujo de silvícolas adoptados por la iglesia fue tal que en un solo día el vicario de Itapicuru bautizó a 3. de Pernambuco y de Bahía. la primera misión de franciscanos disciplinó aquellas zonas de modo más eficaz que las amenazas del gobierno. al comenzar el siglo xvm . humildísimo. la misión de Magacará. Como los otros dominadores del suelo. gobernador general del Brasil. ostentaba un feudalismo grosero — que lo llevaba a convertir en vasallos a los tributarios pobres y en siervos a los tapuias mansos— . interviniendo en las disensiones tribales y asimismo imperaba. * * * Libro pat. En la segunda mitad del siglo x v i i surgió en el sertón de Rodelas la vanguardia de las bandeiras del Sur. Quilomboia: negro huido. Más hacia el norte.700 catecúmenos * * . lo que permite suponerle un origen mucho más remoto. princi­ palmente cuando se exacerbaban las rivalidades de los jefes indios. Jeremoabo es sede de juzgado. que cuando se elevó a parroquia originó una amplia controversia entre los sacerdotes y el rico propietario mencionado. . En éstos preponderaba el elemento indígena de la antiquísima misión del Sai.centralizaban cabildas. a veintidós leguas de Paulo Afonso. en 1687. pero habiendo alcanzado su ideal de riqueza y poder. Más hacia el sur resaltaban otras: Natuba. En 1702. la segunda en el Africa y la primera en el Brasil. donde. Itapicuru (1 6 3 9 ) 143 fundada por los fran­ ciscanos. tenía el opulento Garcia d’Avila una compañía de su regi­ miento * * *. Es singular la identidad de forma. Cerca se levantaba. gov. Domingos Sertáo centralizó en su establecimiento del Sobrado el círculo más animado de la vida sertaneja. Un capuchino los conducía. el rústico landlord colonial aplicó en el trato de sus cincuenta estableci­ mientos de cría la índole aventurera e inquieta de los curibocas. Ya en 1698. el humilde lugarejo llamaba sobre sí la atención de Joáo de Lancastro. fl. Incompa­ rablemente más animado que hoy. La acción de ese rudo sertanista en aquella región no ha tenido el relieve que merece. desti­ nadas ambas a caracterizar la misma desdicha de dos razas tan apartadas en su origen. que se refu­ gia en los quilombos. sobre los mansos morubixábas. Inhambupe. El primero de aquellos sitios. del Ceará.

se aliaba con los sacerdotes en la misma función integradora. Es que la metrópoli secundaba en el norte los esfuerzos de los sacerdotes. Se había afirmado desde hacía mucho tiempo el principio de combatir al indio con el indio, de modo que cada aldea de catecúmenos era un reducto frente a las incursiones de los indios libres e indomables. Al terminar el siglo xvn, Lancastro fundó con el indio catequizado la aldea de la Barra 144 para atenuar las depredaciones de los Acaroazes y Mocoazes. Y desde aquel punto, a lo largo del Sao Francisco, se suceden los poblados y las misiones en N. S. do Pilar, Sorobabé, Pambu, Arocapá, Pontal, Pajeú, e tc.1 4 5 . Es evidente que, precisamente en el trecho de sertón bahiano más ligado con los otros Estados del Norte — en todo el circuito del sertón de Canudos— se estableció desde el alborear de nues­ tra historia un poblamiento abundante, en el que sobresalía el indio amalgamado con el blanco y con el negro, sin que éstos resaltaran a punto de dirimir su innegable influencia. Las fundaciones posteriores a la expulsión de los jesuítas copiaron el mismo método. Desde fines del siglo x v i i i hasta el nuestro, en Pombal, en Cumbe, en Bom Conselho y Monte Santo, etc., perseverantes misio­ neros, de los que es modelo bellísimo Apólonio de T o d i1 4 6 , continuaron hasta nuestros días el penoso apostolado. Toda esa población perdida en un rincón de los sertones, permaneció así hasta ahora, reproduciéndose libre de elementos extraños, aislada, y por eso mismo, realizando con la máxima intensidad un cruzamiento uni­ forme, capaz de justificar la aparición de un tipo mestizo bien definido. Mientras tanto, mil causas perturbadoras complicaban el mestizaje en el litoral revuelto por las inmigraciones y por la guerra; y en otros puntos centrales, otros intentos irrumpían en el rastro de las bandeiras, allí, la población indígena, aliada con unos pocos mocambeiros foragidos, blancos que escapaban de la justicia o audaces aventureros, persistió dominante.

CAUSAS FAVORABLES PARA LA FORMACION MESTIZA DE LOS SERTONES , DISTINGUIENDOLA DE LOS CRUZAMIENTOS EN EL LITORAL No hagamos sofismas. Enérgicas causas determinaron el aislamiento y conservación de lo autóctono. Las destacaremos. Primero fueron las grandes concesiones de tierras que definen la ima­ gen más duradera de nuestro tacaño feudalismo. Los patrones del suelo, de los que son modelos clásicos los herederos de Antonio Guedes de Brito 1 4 7 , eran celosos de sus dilatados latifundios que sin líneas demarcatorias, avasallaban la tierra. Apenas toleraban la intervención de la metrópoli. La erección de capillas o de parroquias en sus tierras siempre se hacía a partir de controversias con los curas, y

aunque éstos finalmente ganaban la partida, caían de algún modo bajo el dominio de los grandes potentados. Estos dificultaban la entrada de nuevos pobladores y hacían de los establecimientos de cría, dispersos alrededor de aldeas recién formadas, poderosos centros de atracción para la raza mestiza que de ellas provenía. Así se desarrolló ésta, alejada del influjo de otros elementos. Y en­ tregados a la vida pastoril a la que por su misma índole eran afectos, los curibocas o cafuzos oscuros, antecedentes directos de los actuales vaque­ ros, divorciados completamente de los habitantes del Sur y de la intensa colonización del litoral, vivieron adquiriendo una fisonomía original. Como que se criaban en un país diferente. La carta real del 7 de febrero de 1701, constituyó después una me­ dida supletoria de ese aislamiento. Imponiendo severas penas a los infrac­ tores, prohibía cualquier comunicación de aquella zona sertaneja con el Sur, con las minas de Sao Paulo. Ni siquiera las relaciones comerciales fueron toleradas, quedaron interdictos los más simples trueques de pro­ ductos. Ahora bien, más allá de estas razones, considerando la génesis del sertanejo del extremo norte, sobresale otra: el medio físico de los sertones en el vasto territorio que se extiende desde el lecho del Vaza-Barris hasta el Parnaíba, en el oeste. Vimos su fisonomía original: la flora agresiva, el clima implacable, las sequías periódicas, el suelo estéril erizado de serranías desnudas, aislado entre los esplendores del majestuoso araxá * del centro de las altiplanicies y los grandes bosques, que acompañan y orlan las curvas de las costas. Esta ingrata región para la cual el tupí tenía un término sugestivo, pora-pora-eima * * , que permanece aún en una de las serranías que la tapan por el levante (Borborema) fue el asilo del tapuia. Vencidos por el portugués, por el negro y por el tupí coaligados, los indómitos Cariris 148 encontraron protección singular en aquel rincón árido, escabroso por la osamenta rígida de las piedras, sacudido por las tormentas, reseco por el sol, erizado de espinos y caatingas. Allí se ador­ mecían, cayendo en la vacuidad de los llanos donde no había asomos de la apetecida riqueza mineral, los ímpetus de las bandeiras. La tapuiretama * * * misteriosa se ataviaba para el estoicismo del misionero. Sus múltiples caminos estrechos y largos retratan las marchas lentas, tortu­ radas y dolorosas de los apóstoles. Las bandeiras que hasta ahí llegaban se marchaban rápidas, huyendo, en busca de otros parajes. Los asombraba esa tierra modelada para las grandes batallas silenciosas de la Fe. La dejaban sin que nada los obligase a volver y de paso, dejaban a su gente en paz.
* Según Couto de Magalháes, esta palabra se descompone en ara: día y echa: ver, avistar. Araxá es el lugar de donde se ve primero el sol y por extensión, las tierras altas de las planicies del interior. * * Lugar despoblado, estéril. * * * T apui-retama: región del Tapuia.

De ahí la circunstancia, revelada por una observación feliz, de que aún hoy predominan en las denominaciones geográficas de esos lugares, términos de origen tapuia resistentes a las absorciones del portugués y del tupí, que se impusieron en otros sitios. Sin que nos explayemos de­ masiado, podemos resumir las tierras que circundan a Canudos como ejemplificaciones de este fenómeno lingüístico que tan bien traduce un acontecer histórico. "Traspuesto el Sao Francisco en dirección al sur, se penetra en una región ingrata por la inclemencia del cielo y se va atravesando la elevada desembocadura del Vaza-Barris, antes de ganar las zonas más deprimidas de las planicies bahianas que, después del salto de Paulo Afonso, después de Canudos y de Monte Santo, llevan a Itiúba, al Tombador y al Aguruá. Ahí, en ese lugar del patrio territorio, uno de los más ingratos, donde otrora se refugiaban los perseguidos restos de los Orizes, Procás y Cariris, aparecen de nuevo, designando los lugares, los nombres bárbaros de pro­ cedencia tapuia que ni el portugués ni el tupí lograron suplantar. "Entonces se leen en el mapa de la región con la misma frecuencia de los accidentes topográficos, los nombres de Pambu, Patamoté, Uauá, Bendegó, Cumbe, Magacará, Cocorobó, Jeremoabo, Tragagó, Canché, Chorrochorró, Quincuncá, Conchó, Centocé, Aguruá, Xiquexique, Jequié, Sincorá, Caculé o Catolé, Orobó, Mocujé y otros igualmente bárbaros y extraños” * 1 4 9 . Es natural que grandes poblaciones sertanejas parejas con las que se insinuaban en el Sao Francisco medio, se constituyesen allí con predo­ minio de sangre tapuia. Y allí permanecieron olvidadas, en un círculo estrecho, durante tres siglos, hasta nuestros días, en un abandono com­ pleto, ajenas por completo a nuestros destinos, guardando intactas las tradiciones del pasado. De modo que, ahora, quien atraviesa por esos lugares, observa una uniformidad notable entre quienes los pueblan: rostros y tallas apenas varían en torno de un modelo único, dando la impresión de un tipo antropológico invariable, a primera vista diferente del mestizo proteiforme del litoral. Porque mientras éste muestra todos los tonos y ofrece un tipo indefinido, según el predominio variable de sus agentes, el hombre del sertón parece copia de un modelo único, con las mismas características físicas, la misma tez, apenas variando del mameluco bronceado al cafuz oscuro; cabellos lacios y duros o levemente ondulados. La misma envergadura atlética, y los mismos rasgos morales que se traducen en las mismas supersticiones, los mismos vicios y las mismas virtudes. La uniformidad es impresionante. El sertanejo del Norte es, indudable­ mente, el tipo de una subcategoría étnica ya constituida 1 5 °.

* Teodoro Sampaio, Da expangáo da lingua tupi e do seu predominio na lingua nacional.

Abramos un paréntesis. . . La mezcla de razas muy diferentes, en la mayoría de los casos, es perjudicial. Ante las conclusiones del evolucionismo, aunque actúe sobre el producto el influjo de una raza superior, despuntan vivos estigmas de la inferior. El mestizaje extremado es un retroceso. El indoeuropeo, el negro y el brasileño guaraní o el tapuia, expresan estados evolutivos que se enfrentan y el cruzamiento, sobre anular las cualidades prominentes del primero, es un estimulante al recocimiento de los atributos primitivos de los últimos. De modo que el mestizo — rasgo de unión entre razas, breve existencia individual en la que se comprimen esfuerzos seculares— casi siempre es un desequilibrado. Foville 151 los compara, en general, con los histéricos. Pero el desequilibrio nervioso en tal caso es incurable: no hay terapéutica que pueda doblegar las tendencias antagónicas de razas sorpresivamente arrimadas, fundidas en un organismo aislado. No se comprende que después de diferenciarse extremadamente, a través de extensos períodos entre los cuales la historia es un momento, puedan dos o tres pueblos converger, combinando constituciones mentales diver­ sas, anulando en poco tiempo distinciones resultantes de un lento trabajo selectivo. Como en las sumas algebraicas, las cualidades de los elementos que se yuxtaponen, no se suman; se sustraen o se destruyen, según se esté en presencia de los caracteres positivos o negativos. Y el mestizo — mulato, mameluco o cafuz— menos que un intermediario es un de­ caído, sin la energía física de sus ascendientes salvajes, sin la altura in­ telectual de sus ancestros superiores. Contrastando con la fecundidad que acaso posea, revela casos de hibridez moral extraordinarios: espíritus ful­ gurantes, a veces, pero frágiles, inquietos, inconstantes, que deslumbran por un instante y en seguida se apagan, heridos por la fatalidad de las leyes biológicas, empujados hacia el plano inferior de la raza menos favorecida. Impotentes para lograr alguna solidaridad entre las generacio­ nes opuestas, de las que son producto, se mueven en un juego permanente de antítesis. Y cuando sobresalen — no son raros los casos— capaces de grandes realizaciones o de asociar las más complejas relaciones abstractas, todo ese vigor mental reposa (salvo los casos excepcionales que justifican el concepto) sobre una moralidad rudimentaria, en la que se observa el automatismo impulsivo de las razas inferiores. Es que en esa concurrencia admirable de los pueblos, envueltos en una lucha sin tregua, en la cual la selección capitaliza atributos que se con­ servan por herencia, el mestizo es un intruso. No luchó, no es una inte­ gridad de esfuerzos, es una cosa dispersa y disolvente, surge de repente, sin caracteres propios, oscilando entre influjos opuestos de legados dis­ cordantes. La tendencia a la regresión de las razas matrices caracteriza su inestabilidad. Es la tendencia instintiva de una situación de equilibrio. Las leyes naturales, por su propio juego, parecen extinguir, poco a poco, el producto anómalo que las viola, ahogando sus fuentes generatrices.

El mulato desprecia irresistiblemente al negro y trata con tenacidad ansiosa de realizar cruzamientos que apaguen en su prole el estigma del color; el mameluco se hace bandeirante inexorable, precipitándose feroz sobre las tribus aterradas. . . Esta tendencia habla claro. De algún modo, vuelve a anudar la serie continua de la evolución que el mestizaje cortó. La raza superior se vuelve objetivo remoto hacia donde tienden los mestizos deprimidos y éstos, en su búsqueda, obedecen al propio instinto de conservación y de defensa. Es que las leyes del desarrollo de las especies son inviolables y si la sutileza de los misioneros fue impotente para que el espíritu del salvaje comprendiera las más simples concepciones de un estado mental superior, si no hay esfuerzo que logre que el africano, a pesar de la solicitud de los mejores maestros, se aproxime al nivel intelectual medio del indo­ europeo — porque todo hombre es más que nada una integración de es­ fuerzos de la raza a la que pertenece y su cerebro es una herencia— ¿cómo puede entenderse la normalidad del tipo antropológico que aparece, de pronto, uniendo tendencias tan opuestas? 152

UNA RAZA FUERTE La observación cuidadosa del sertanejo del norte muestra de modo ate­ nuado este antagonismo de tendencias y está casi fijo en los caracteres fisiológicos del tipo emergente. Este hecho, que parece contradecir los párrafos anteriores, es una contraprueba apabullante. En efecto, es innegable que para la imagen anormal de los mestizos de razas muy diferentes contribuye bastante el hecho de arrastrar el elemento étnico más elevado, condiciones de vida superiores, de donde surge una acomodación penosa y difícil para aquéllos. Y como sobre ellos cae una sobrecarga intelectual y moral, el desequilibrio es inevitable. La índole incoherente, desigual y revuelta del mestizo, denota un íntimo e intenso esfuerzo de eliminación de los atributos que le impiden la vida en un medio más adelantado y complejo. En un círculo pe­ queño, se refleja ese combate sordo que es la misma lucha por la vida de las razas. Lucha conmovedora y eterna, caracterizada por el bello axioma de Gumplowicz 153 como la fuerza motriz de la historia. El gran profesor de Gratz 154 no la consideró bajo este aspecto, sin embargo, la verdad es que si todo elemento étnico fuerte "tiende a subordinar a su destino al elemento más débil ante el cual se encuentra” tenemos en el mestizaje un caso perturbador. La expansión irresistible de su círculo singenético, aunque eludido de tal manera, apenas se retarda. No se extingue. La lucha se transforma, volviéndose más grave. Va del exter­ minio franco de la raza inferior por la guerra, a su eliminación lenta,

a su absorción ambigua, a su dilución en el cruzamiento. Y durante el curso de este proceso reductor, los mestizos emergentes, variables, con todos los matices del color, de la forma y del carácter, sin rasgos defi­ nidos, sin vigor, y la mayor parte de las veces, inútiles, en último análisis, no son más que los mutilados inevitables del conflicto que perdura, im­ perceptible, en el correr de los años. En estos casos, la raza fuerte no destruye a la débil con las armas, sino que la arruina con la civilización. Ahora bien, los rudos patricios de los sertones del Norte se libraron de esta última. El abandono en que quedaron tuvo una función benéfica. Los liberó de la adaptación penosísima a un estado social superior y simul­ táneamente, les evitó caer en las aberraciones y los vicios de los medio adaptados. Entre ellos, la fusión se operó en circunstancias más compatibles con los elementos inferiores. El factor étnico prominente les transmitió las tendencias civilizadoras pero no les impuso su civilización. Este hecho destaca fundamentalmente el mestizaje de los sertones del mestizaje del litoral. Son formaciones diferentes, no por los elementos sino por las condiciones del medio. El contraste entre ambas resalta ante el paralelo más simple. El sertanejo toma del salvaje su intimidad con el medio físico que en vez de debilitarlo lo fortalece, y su potente organismo refleja en la índole de su carácter y de sus costumbres, de las otras razas formadoras, sólo aquellos atributos más ajustables a su fase social inci­ piente. Es un retrógrado, no un degenerado. Porque las vicisitudes históricas lo liberaron, en la fase delicada de su formación, de las exigencias des­ proporcionadas de una cultura prestada, preparándolo para conquistarla un día. Su evolución psíquica, por lenta que sea, tiene actualmente la garantía de un tipo físicamente constituido y fuerte. Aquella raza cruzada surge autónoma y de algún modo, original, transfigurando por la combinación, los atributos heredados, de modo que, libre por fin de la existencia sal­ vaje, puede alcanzar la vida civilizada por lo mismo que no la alcanzó de golpe. Es lógico. Al revés de la inversión extravagante que se observa en las ciudades del litoral, donde funciones altamente complejas se imponen a órganos mal constituidos, oprimiéndolos y atrofiándolos antes del pleno desa­ rrollo; en los sertones, la integridad orgánica del mestizo aparece entera y robusta, inmune a mezclas extrañas, capaz de evolucionar, diferen­ ciándose, acomodándose a nuevos y más altos destinos, porque tiene una base física sólida para un posterior desarrollo m oral1 5 5 .

Dejemos estas divagaciones poco atrayentes. Prosigamos considerando directamente la figura original de nuestros patricios retardatarios. Esto sin método, sin pretensiones, evitando los garbosos neologismos etnológicos. Nos faltan, igualmente, tiempo y competencia para enredarnos en fantasías psíquico-geométricas, que hoy se exageran con un materialismo filosófico, midiendo el ángulo facial o dibujando la norma verticalis de los jagungos 1 5 6 . Si nos embarazáramos en las imaginativas líneas de esa especie de topografía psíquica de la que tanto se ha abusado, ni siquiera lo com­ prenderíamos mejor. Seríamos simples imitadores. Sólo reproducimos todas las impresiones, verdaderas o ilusorias que tuvimos cuando, de pronto, acompañando la dinámica de una campaña militar, nos enfrentamos, en una vuelta del sertón, con aquellos singulares desconocidos que viven allí, abandonados, desde hace tres siglos 1 5 7 ,

III EL SERTANEJO 15 8 Ante todo, el sertanejo es fuerte. No tiene el raquitismo de los mestizos neurasténicos del litoral. Aunque al primer golpe de vista su apariencia muestra lo contrario. Le falta la plástica impecable, el diseño, la estructura correcta de los organismos atléticos. Es desgarbado, desarticulado, torpe. Hércules-Quasimodo refleja en su aspecto la fealdad típica de los flacos. Camina sin firmeza, sin aplomo, casi zigzagueante, sinuoso, con un movimiento de miembros descoyun­ tados. Le agrava la postura normalmente abatida, una manifestación de displicencia que le da un carácter de humildad deprimida. Si está de pie, invariablemente se recuesta en el primer poste o pared que encuentra, si anda a caballo y para al animal para cambiar dos palabras con un desconocido, en seguida cae sobre uno de los estribos, descansando sobre el costado de la silla. Si camina, aunque sea a paso rápido, no sigue un trayecto rectilíneo y firme: avanza velozmente, con un bamboleo carac­ terístico que se parece al trazado geométrico de los meandros sertanejos. Y si durante la marcha se detiene por cualquier motivo, sea para enrollar un cigarro, encender el yesquero o conversar con un amigo, inmediata­ mente cae — cae es el término— en cuclillas, pasando largo tiempo en una posición de equilibrio inestable, en la que todo el cuerpo queda sostenido por los dedos grandes de los pies, sentado sobre los talones, con una simplicidad que es a la vez ridicula y encantadora. Es un hombre permanentemente fatigado.

Muestra una pereza invencible, una atonía muscular perenne, en todo: en la palabra lenta, en el gesto contrariado, en el andar desgarbado, en la cadencia lánguida de las modinhas, en la tendencia constante a la in­ movilidad y a la quietud. Pero esa apariencia de cansancio engaña 1 5 9 . No hay nada más sorprendente que verla desaparecer de improviso. En ese organismo abatido se operan de pronto cambios totales. Basta con que se produzca un incidente cualquiera exigiéndole la demostración de energías adormecidas. Este hombre se transfigura. Se yergue midiendo nuevas dimensiones, en la estatura y en el gesto, la cabeza se afirma, alta sobre los hombros fuertes, aclarada por la mirada firme y segura, se corrigen, prontos, en una descarga nerviosa repentina, todos los efectos del relajamiento habitual de los órganos, y de la figura vulgar del tabaréu contrahecho, despunta inesperadamente el aspecto dominador de un titán cobrizo y potente, en un desarrollo sorprendente de fuerza y agilidad extraordinarias. Este contraste se impone al más leve examen. Se muestra en todo momento, en todos los pormenores de la vida sertaneja, siempre aparece el intercambio impresionante entre los impulsos extremados y las apatías prolongadas. Es imposible idear un jinete más rudo y desaliñado, sin elegancia, las piernas colgantes, el cuerpo echado hacia adelante y oscilando según los vaivenes del andar de los pequeños caballos del sertón, sin herraduras y maltratados, resistentes y rápidos como pocos. En esta actitud indolente, acompañando con morosidad el paso tardo de los bueyes, el vaquero perezoso se parece al caballo tropero que cabalga casi dos tercios de su existencia en una red adormecedora siguiendo al ganado. Pero si una res se rebela y huye a través de la caatinga o si una punta de ganado se atropella a lo lejos, lo vemos transformado, clavando las espuelas en los ijares de su montura y partiendo como un dardo, atrave­ sando velozmente los dédalos inextricables de las juremas. Lo vimos en este steeple-chase * bárbaro. Nadie lo contiene en su ímpetu. Aunque lo obstaculicen quebradas, piedras, cuevas, montes espinosos o barrancos de arroyos, nadie le impide cazar al novillo huido, porque por donde pasa el buey pasa el vaquero con su caballo. . . Pegado al lomo del caballo, confundido con él, gracias a la presión de las piernas firmes, realiza la acción de un centauro bronco: emerge inopinadamente en los claros, desaparece en los matorrales altos, supe­ rando vallas y pantanos, venciendo cumbres elevadas, superando veloz los espinos mordientes, precipitándose a todo lazo a lo largo de lás planicies. . .
* Steeple-chase: en inglés en el original: carrera de obstáculos. (N . d e T .).

Su robusta complexión aparece en total plenitud. Es el jinete fuerte que da vigor al caballo pequeño y frágil, sosteniéndolo con las riendas improvisadas de caroá, frenándolo con las espuelas, arrojándolo a la ca­ rrera — estribando corto, las piernas encogidas, las rodillas levantadas hacia adelante, el cuerpo pegado al arzón— desatado en el rastro del novillo esquivo; aquí se dobla ágil bajo un matorral que le llega casi hasta la silla, allá desmonta de repente, como un acróbata, agarrado a las crines del animal para salvarse de un tronco advertido a último momento y vuelve a montarlo de un salto apenas supera el obstáculo, y galopando siempre, a través de todos los impedimentos, sosteniendo con la diestra, sin perderla nunca, sin dejarla en los montes inextricables, la enorme aguijada forrada en cuero que, por sí sola, ofrecería en otras manos serios impedimentos para la travesía. . . Terminado el embate, restituida al rebaño la res dominada, lo vemos otra vez caído sobre la silla, de nuevo desgraciado e inerte, oscilando al compás de la lenta andadura, con la triste apariencia de un pobre in­ válido.

TIPOS DISPARES: EL JAGUNgO Y EL GAUCHO Si el gaucho del Sur lo encontrara en ese instante, lo miraría con conmi­ seración. Porque el vaquero del Norte es su antítesis. En la postura, en el gesto, en la palabra, en la índole y en los hábitos no es posible equipararlos. El gaucho, hijo de las llanuras sin fin, hecho a las carreras fáciles por las pampas, formado por una naturaleza amable, muestra una imagen de caballero gentil. La lucha por la vida no tiene el carácter salvaje de los sertones del Norte. No conoce los horrores de las sequías y los com­ bates cruentos con una tierra árida. No lo entristecen las periódicas escenas de devastación y de miseria, el cuadro de absoluta pobreza del suelo calcinado, exhausto por los soles bravios del ecuador. En sus tran­ quilas y felices horas no siente la preocupación del futuro. Despierta a la vida amando a la naturaleza deslumbrante que lo alimenta y pasa por ella aventurero, jovial, valiente y fanfarrón, despreocupado, considerando al trabajo una diversión que le permite hacer carreras, domando distan­ cias, por las llanuras verdes, llevando sobre el cuerpo, flameando, alegre, al viento, el inseparable poncho. Al lado de la vestimenta rústica del vaquero, su ropa es un traje de fiesta. Las amplias bombachas especial­ mente hechas para el movimiento libre sobre los baguales, en el galope cerrado o en el corcovear furioso, no se rompen en los espinos lacerantes de ninguna caatinga. Su vistoso poncho jamás queda prendido ni se desgarra entre las ramas de árboles retorcidos. Botas altas, en las que tintinean las rosetas de las espuelas de plata, pañuelo de seda encarnado

al cuello, sombrero de grandes alas flexibles y en el cinturón de cuero, brillando, la pistola y el facón; es el aspecto de un vencedor jovial y fuerte el que asoma por las cuchillas, airoso en su redomón. Es un hombre hecho a las victorias, jovial y fuerte. El caballo, socio inseparable de esta vida algo novelesca, es casi un objeto de lujo. Lo demuestra su arreo complicado y espectacular. Un gaúcho andrajoso montado sobre un pingo de buen apero, está correcto. Puede cruzar, sin sufrir vejamen alguno, las aldeas en días de fiesta.

LOS VAQUEROS En cambio, el vaquero se crió en condiciones opuestas, en un intercam­ bio continuo de momentos felices y momentos crueles, de abundancia y miseria; sobre su cabeza, el sol es una amenaza permanente que en la vuelta de las estaciones le trae períodos de sucesivas devastaciones y desgracias. Atravesó la mocedad en medio de periódicas catástrofes. Se hizo hom­ bre, casi sin haber sido niño. Dejó de serlo muy pronto, porque en el sertón, las sequías interrumpieron las alegrías de la infancia. Temprano tuvo que encarar la vida desde el lado tormentoso. Es un condenado en vida. Se vio envuelto en una batalla sin treguas, que le exige impe­ riosamente el mantenimiento de todas sus energías. Se hizo fuerte, experto, resignado y práctico. Se preparó para la lucha. A primera vista, su aspecto evoca vagamente al guerrero antiguo ex­ hausto por la refriega. Las ropas son su armadura. Envuelto en su casaca de cuero curtido, grueso o fino, apretado en su chaleco, también de cuero, calzando las perneras de cuero, asimismo curtido, que suben hasta las ingles, muy justas, cosidas a las piernas, articuladas con rodi­ lleras de suela, resguarda los pies y las manos con envolturas de piel de venado. Presenta la figura grosera de un campeador medieval tras­ plantado a nuestro tiempo. Esta armadura de un marrón rojizo, como si fuese de bronce flexible, no centellea, no brilla al sol. Es hosca y polvorienta. Envuelve al guerre­ ro de una batalla sin victorias. . . La silla de la montura hecha por él mismo, imita a la riograndense pero es más corta y cavada, sin los aparejos lujosos de aquélla. Sus accesorios son una piel de buey, un cuero resistente que cubre las ancas del animal, pectorales que le resguardan el pecho y las rodilleras sujetas a las cintas. Este equipamiento del hombre y del caballo está hecho a hechura del medio. Vestidos de otra manera no podrían pasar incólumes las caatingas y los pedregales.

es más peligroso. con el pelo del lado de afuera. Es improbable que tome un aspecto novelesco y glorioso. desde la mayor exuberancia a la penuria de los desiertos encendidos bajo la reverberación de los estíos abrasadores. firme en los estribos. Es un luchador permanentemente exhausto. Apenas. es inimitable en una carga guerrera. Son una perfecta versión moral de los agentes físicos de su tierra. el sertanejo pierde el aire alegre. impetuoso. El gaucho. el tañido de las espuelas y la caja del pandero. de un solo color — el pardo rojizo del cuero curtido— sin una variante. Es inconstante como esa naturaleza. Ahora bien. Ella lo talló a su imagen: bárbaro. es más resis­ tente. . acompa­ ñan la cadencia de las guitarras en la vibración de los rasgados. es más tenaz. de tanto en tanto. sin una tira de otro tono. Acabadas las horas de esparcimiento. desaparece con un grito triunfal en la vorágine del combate cuando centellean las espadas. . Pero esto es un incidente pasajero y raro. convierte al caballo en pro­ yectil y va rompiendo formaciones de adversarios. Como el sertanejo del Norte tuvo un arduo aprendizaje de reveses se acostum­ bró pronto a su encuentro y a la correspondiente reacción. en una extraña manifes­ tación de desgano y cansancio extraordinarios. es más duro. permanentemente audaz y fuerte.Pero nada hay más monótono y feo que esta original vestimenta. desaliñado. El jagungo es menos teatralmente heroico. se precipita al sonar de los vibrantes clarines. abrupto. y enton­ ces cae en la postura habitual. pasiva ante el juego de los elementos y sometida de una estación a otra. sea como fuere. o una bromelia rubia y fresca prendida en el som­ brero de cuero. por cierto. está siempre preparándose para un obstáculo al que no vence y por el que no se deja vencer. tosco. expandido en los zapateados en los que el golpe seco de las alpargatas sobre el suelo. . derribándolos en la lucha en la que entra con total despreocupación por la vida. el valiente enlazador. con la lanza en ristre. pasa de la red perezosa y cómoda a la montura áspera. Busca al ad­ versario con el firme propósito de destruirlo. Y es natural que lo sea. en las escasas fiestas en que el matuto olvida sus pesares escuchando la guitarra surge una novedad. Vivir es adaptarse. es completamente explicable ese contraste permanente entre las manifestaciones de fuerza y agilidad y los prolongados lapsos de apatía. pasa de la máxima quietud a la máxima agitación. un chaleco vistoso de gato salvaje o de suguarana. En estos aspectos que se enfrentan refleja la natu­ raleza misma del medio que lo rodea. Atraviesa la vida entre celadas y sorpresas de naturaleza incompren­ sible y no pierde un minuto. con aliento desa­ forado en los entreveros. es más fuerte. por las pampas.

para obtener los cereales de primera necesidad. Pero al retroceder es todavía más cuidadoso. No la desperdicia en la más ligera contracción muscular. sin tener la certeza del resultado. Cuando maneja el cuchillo no da un solo golpe en falso. el hacendado de los sertones vive en el litoral. . El jagunco no. el mismo fuego que encienden las marcas sirve para los rudos ágapes de asado con cuero y para calentar el agua para beber el cimarrón amargo. en la más leve vibración nerviosa. Aparte de la agricultura rudimen­ taria de las plantaciones de bajante a orillas de los ríos. en las evoluciones rápidas de las carreras. Es un tanteo demoníaco. o le curan las heridas.Está acostumbrado a los sitios oscuros y estrechos. En el estrecho ámbito de las mangueiras o en pleno campo. tumbándo o volteando con las fulminantes bolas al toro alzado. El adversario tiene. Esta oposición de caracteres se acentúa en las épocas normales. Calcula fríamente la pelea. enlazando al potro bravio. . Al revés del estanciero. SERVIDUMBRE INCONSCIENTE: VIDA PRIMITIVA Eso no sucede en el norte. Si la reacción fulminante es ineficaz. Entonces todo sertanejo es vaquero. . . los pialadores. un odio total. la cría de ganado es allí el trabajo más apropiado para el hombre y para la tierra. oculto en las som­ bras de las trampas. Su vida es una conquista duramente hecha. cuando en los rodeos marcan el ganado. obser­ vándolo por el caño de la espingarda. el gaúcho es frágil y se deja apretar por una situación indecisa. capa­ taces y peones viven en el grito alegre de una diversión tumultuosa. En los trabajos más calmos. lejos de los dilatados dominios que muchas . sin espacios abier­ tos. Parar el rodeo es para el gaúcho una fiesta diaria de las que las caba­ lladas espectaculares son sólo una muestra. desde ese momento. juntando el ganado desparramado o embretando a los bueyes esquivos por zanjones y bañados. en faenas codidianas. si el adversario no cae rápida­ mente vencido. Cuando apunta con el liviano fusil o el pesado trabuco no yerra la puntería. No hay que esperar en los establecimientos del sertón las fiestas de las estancias del sur. Llevan una vida variada y llena de aconteceres. Retrocede. o hacen apartes de novillos para el tambo o escogen a los baguales condenados a las espuelas del domador. La cuida como un precioso capital.

rápidamente. No le pertenece. Muchas veces ocurre que después de años puede descifrar una marca y el dueño original recibe no sólo la vaca cuya pérdida ya había olvidado sino la cantidad de ganado que aquélla produjo. en un extraordi­ nario esfuerzo de memoria. Lo señalamos como rasgo particular de la probidad de los matutos. los rebaños que no les pertenecen. llega a conocer. Porque el vaquero no se conforma con saber las marcas de su hacienda de memoria. Establece con el patrón desconocido el mismo convenio que tiene con el suyo. Lleva indeleble la indicación que lo devolverá a su lugar de origen. ausente. incluyendo la genealogía y las carac­ terísticas. . sin jueces ni testigos. como si armasen tiendas. etcétera. el extra­ ño contrato que nadie escribió. los sertanejos de cuero levantan sus ranchos de paloa-pique al borde de las aguadas. Los grandes propietarios de la tierra y de los rebaños lo conocen. Cuando mucho. completados por cortes de pequeños ángulos en las orejas. lo deja morir de viejo. viven y mueren en el mis­ mo pedazo de tierra— perdidos entre las piedras y los matorrales. De esta manera. sabe sus nombres. Como los opulentos propietarios de la colonia. por tatuaje a fuego. marca a la cría con la misma señal desco­ nocida que reproduce con admirable perfección y así sigue con toda la descendencia de la primera. con sus trajes típicos. Heredan un viejo vicio histórico. Pero no lo lleva a la feria anual ni le hace desempe­ ñar ningún trabajo. Esas marcas son dibujos o letras o diseños caprichosos que se imprimen sobre las ancas del animal. Si es una vaca y da cría. fielmente. Todos tienen el mismo trato de aparcería con el vaquero que se resume en una cláusula única: darle a cambio de los cuidados y de todos los trabajos. y abnegadamente. Lo primero que hacen es aprender el abecé y terminan aprendiendo todas las exigencias del arte en el que son eméritos: conocer las marcas de sus haciendas y de las vecinas. lo devuelve en seguida. también aprende las de los demás. El dueño legítimo. anónimos — nacen. ahí se quedan. cuando aparece un animal extraño en su reducto y conoce la marca. una a una. los nombres y las edades. Gracias a un contrato por el cual reciben cierto porcentaje de los productos. sabe de su fidelidad sin par. Y cumple estrictamente. Marcado el ganado queda garantizado. no sólo las reses que cuida sino las de los vecinos. usufructúan parasitariamente las rentas de sus tierras sin límites fijos. Puede romper tranqueras y esca­ par. En caso que no la conozca. A veces.veces ni siquiera conoce. Es su paga. Los vaqueros son sus siervos sumisos. Entonces. Cada cuatro becerros separa uno para sí. conserva al intruso y lo trata como a los demás. Nos parece mentira esto que es tan común en los sertones. No los fis­ caliza. se entregan a una servidumbre que no comprenden. cui­ dando la vida entera.

un cuarto de los productos de la hacienda. rápidos. por ésta: su amigo y vaquero. Graba sobre éstas su marca particular y las conserva o las vende. son también lo más rudimentario que se pueda concebir. ruidosos. El ganado vive y se multiplica al azar. los animales de los dife­ rentes establecimientos convecinos que por los campos viven en común. aunque fatigantes en algunas ocasiones. dibujando en el suelo inextricables líneas cabalísticas. escrudiñando las caatingas hasta que el animal caiga atado por los cuernos que le sujetan unas manos poderosas. campeando. Restringen las acti­ vidades. toma su picana y sale a ras­ trearlo y si no lo encuentra pide campo. lo que es más habitual. lo curan por el rastro. Y así viven en una perpetua adversidad. Allí los ralean epizootias intensas en las que sobresalen el rengue y el mal triste. EL RODEO Esta solidaridad de esfuerzos se evidencia mejor en el rodeo. No existe en el Norte una industria pastoril. O si no. de a diez. No necesitan ver al animal enfermo. “su seguro servidor” . frase característica para llamar a los vaqueros vecinos y allá van todos. sin cercos ni vallados. * Al firmar las cartas no utiliza la fórmula común. mezclados. el extravío del rebaño por ejemplo. Pocas veces un incidente o una variante alegre quiebra la monotonía de sus vidas. Y saben que nunca violarán el porcentaje. Cuando un animal se escapa. utiliza una alarmante con­ cisión: “Patrón y amigo: le participo que su rebaño está en el despotismo. un cuarto. trabajo que consiste en reunir y discriminar después. ¡El resto tronó en el mundo!” . El vaquero separa escrupulosamente la mayoría de las nuevas cabezas que pertenecen al patrón (en las cuales imprime la marca de la hacienda) de las pocas. verdadera caballería rústica. Se vuelven hacia la dirección en la que aquél se encuentra y rezan. amigos. para informar sobre un desastre. de a veinte. Si el mal devasta el ganado conocen un remedio más eficaz que el mercurio: el rezo. se hace sin que esté presente la parte más interesada. Le escribe al patrón * dándole cuenta minuciosa de todo el movimiento del establecimiento. Solidarios unos con otros. Estas. . Los vaqueros apenas tratan de atenuarlas. reparando hasta en los mínimos detalles y después continúa con sus faenas interrumpidas. ingenuamente. que le pertenecen a él. El ajuste de cuentas se hace al finalizar el invierno y generalmente. Marcados en junio. A veces. Es una formalidad que se pasa por alto. la sustituye. los animales nuevos se pierden en las caatingas con el resto de las manadas. Sólo cuatro bueyes dieron su cuero. se auxilian incondicionalmente en todos los menesteres.

El va­ quero lo sigue. Distribuyen las tareas que corresponden a cada uno en la lid. No lo larga. se cambian impresiones con adjetivos ad hoc que van en aumento desde los más rispidos hasta los más trémulos de asombro. resuenan melancólicamente las notas del aboiado . el recuento de las cabezas reu­ nidas. El cuadro tiene el movimiento salvaje y asombroso de una corrida de tártaros.Lo realizan de junio a julio. un estrépito de ramas que estallan. Lendas e Cangoes. Le va pisando el rastro. Los compañeros lo reciben ruidosamente. El vaquero se vuelca sobre la montura. Y por los campos. generalmente un campo expla­ nado y limpio. . En minutos los sertanejos desaparecen. EL ARREO La manada sigue lentamente la cadencia de ese canto triste y perezoso. con una mano se agarra a las crines del caballo mientras con la otra alcanza el rabo del animal en disparada y con un tirón formidable lo voltea en tierra. *. por los aires nubes de polvo. cada uno va para su re­ ducto llevando por delante las reses propias. De repente. Pero a esta penosa tarea siguen otras de mayor calibre. la última tarea. . Trae una exigua parte del rebaño. Arreglan los dispositivos de la empresa. un entrechocar de cuernos que gol­ pean. . Y por fin. se oye un estruendoso tropel de cascos sobre las piedras. Lo entrega a los compañeros que allí se quedan y vuelve al galope en renovada búsqueda. Va con él hasta el escondrijo más hondo. se separan. Y después irradian los atletas de cuero hacia las caatingas que los rodean. Juvenal Galeno. En los extremos se agitan los animales que no se resignan. Sobre el final del día. Después le pone una máscara de cuero y lo vuelve a conducir al rodeo. una tonada poco variada y triste que sirve para pacificar a las reses y guiarlas. . hasta que surja el instante adecuado para un acto definitivo: alcanzar repentinamente al fugitivo. suspendido de un estribo. Le retrucan con otras idénticas. Les cuenta la hazaña. . y súbitamente aparece el ganado y detrás. . . . entonces el rodeador congrega a los vaqueros de los sitios próximos. sobre el caballo que arremete. se convierte en un tumulto de bueyes y caballos confundidos en un vibrante rumor de terremoto. el vaquero tenso sobre los es­ tribos. Y luego el aparte. Un toro que otro vuelve a escapar a la caatinga. Torcido desaliñadamente sobre la montura el vaquero rumia sobre las * Aboiar: cantar mientras se conduce el ganado. los recalcitrantes. El rodeo permanece desierto durante un lapso de tiempo. . Así van apa­ reciendo otros por todo el ámbito del rodeo que se anima. Eligen un lugar más o menos central.

revueltos. De súbito algo pasa. en los sertones del Norte. Nadie puede explicar qué pasó. con estrépitos de cuernos. in­ descriptible. Se origina en el incidente más trivial. se inclinan. más lejos. Allí mismo va contando los animales destinados a la feria. sigue la huella guiado por la compresión de los otros cuerpos contra el suyo. Millares de cuerpos forman un cuerpo único. Este acontecimiento. de golpe. guampudo. en estallidos de ramas y gajos. lentos. quedan destrozadas tierras penosamente cultivadas. desbordan por las pendientes. En minutos. puede ser el paso de una araña o la corrida de una rata de campo. E cou. un pormenor de su existencia primitiva y simple. asombroso. . de animal fantástico. un becerro claudicante muge porque se hunde en un desnivel y hay que sacarlo. que resuena nostálgica por los descampados silenciosos. se yerguen. acometiendo impetuoso sobre los destrozos que * Estourar. considera el caso de un viejo buey que ya tiene diez años y nunca fue llevado a la feria gracias a una antigua amistad. observando vivamente el espacio y se encogen. . más acá. caen pisoteados los ranchos o quedan vacíos. las piedras caen. envidia de toda la manada. más allá. Ya nadie los puede contener ni alcanzar. informe. .probables ganancias: lo que le toca al patrón y lo que le toca a él. abandonados por sus habitantes despavoridos que huyen hacia los costa­ dos evitando el rumbo rectilíneo en que se despeña la estampida. soberbio. Se enredan. Hay una detención instantánea. salen dispara­ dos aquellos cuerpos macizos que normalmente son tan tardos y morosos. reproducen. rodeándolo. torrentes de pe­ zuñas resuenan en el espacio como roncos y extensos truenos lejanos. monstruoso. un estremecimiento corre por todos esos cuerpos. cada animal es un conocido. de­ saparecen las ipueiras rasas. de ancho cogote. Y en un obstáculo único. . Una res se espanta y el contagio es instantáneo. caminando con holgura porque los demás lo respetan y le abren un claro alrededor. . se clavan y entrecruzan millares de cuernos. . . una descarga nerviosa lleva el espanto a la manada entera. . al son de la tonada que parece hama­ carlos con su refrán monótono: E cou mansaó. tal vez con más intensidad. el enmascarado. arrancar o arribar la manada de bovinos son sinónimos del mismo hecho que. . Y marchan en orden. es la desesperación de los vaqueros. envergadura de búfalo. é cao. de cuernos romos y llenos de tierra. con la cabeza alta y desafiante. . . según el trato hecho. las disparadas (estampidas) de las pampas. y por aquí y por allá. precipitado en una carrera loca. *. un temblor. cada uno encierra un incidente. Se meten en las caatingas rompiendo árboles. el toro vigoroso. . Y sobre este tumulto. se anudan. común por de­ más. . El suelo vibra en un estré­ pito horrendo y la manada sale en estampida.

Va a las aldeas donde se hacen fiestas de caba­ lladas y morerías. entre ellas. en la significación total del término. sosteniendo las pequeñas guitarras. nuevas acometidas. C. largado en una disparada sobre barran­ cos y valles. los vaqueros descansan en las redes colgantes. Vestidos con cueros nuevos. nuevas hazañas. tranquilizándose con la umbuzada sabrosa o comiendo el manjar incomparable de jerimum con leche.deja detrás de sí esa avalancha viva. el ocio llena de pereza los brazos del vaquero. Y entre ellos. las riendas sueltas. poco a poco afloja y se para. Figueiredo. esta diversión hecha a la luz de linternas y antorchas. Si la época es propicia y prosperan las plantaciones hechas en las bajantes y nada revela la aparición de la sequía. hasta que la manada. y totalmente olvidada en la tierra que le dio origen. sobre morros y quebradas. juegos anacrónicos que las aldeas sertanejas reprodu­ cen intactos con los mismos programas de hace tres siglos 1 6 °. el vaquero. mien­ tras relatan las peripecias del rodeo o las famosas aventuras de las ferias. matando las horas. el baile. y otros a caballo. Pero no todos la comparten. improvisando vibraciones de choradinho o de baiao. les proporciona escaramuzas y encuentros simulados que hacen el encanto de los matutos ociosos. en animales extrañamente enjaeza­ dos. completa­ mente estupidizada. se entregan a las diversiones habituales. tristemente. Novo dicionário da Lingua Portuguesa. la aguijada en ristre. . La lid se renueva. Ya se le han unido los compañeros que a lo lejos oyeron la estampida. estirado sobre la montura. con sus largos cortejos de hombres a pie. o a la manera musulmana. Viejísima copia de las vetustas épocas de los ataques nocturnos contra los caudillos árabes en la Península. las notas melancólicas del áboiado. Entonces vuelven a encauzarla por el camino del establecimiento y otra vez resuenan por los campos. donde su misma significación es actualmente un inu­ sitado arcaísmo. camisones. nuevos esfuerzos. no tanto por el trabajo de los que la golpean por los flancos sino por el cansancio. la exótica encamisada * que es el más curioso ejemplo del modo como están aferados a las más remotas tradiciones. nuevos riesgos y nuevos peligros que hay que afrontar y vencer. mientras los casados cumplen con la obliga* Encamisada: asalto nocturno en que las tropas vestían. Escasos de recursos para alejarse de los ranchos. sueltos los estribos. vestidos de blanco. agarrado a las crines del caballo. los solteros se agitan en sambas y cateretés ruidosos. TRADICIONES De vuelta al rancho. como disfraz.

Y la noche se va deslizando rápida en el jolgorio que se generaliza hasta que el canto de las sericóias en las ipueiras da la señal del desbande. Ralhar (rallar o rascar) en la guitarra: tocar ruidosamente con habilidad. nunca realizado. amém. Comienza la función con largos tragos de aguardiente mientras rompen estruendosos los vivos zapateados. Nada expresa mejor la atracción que la bebida ejerce sobre esos valientes y el deseo que tienen. algunos salen de los tranquilos ranchos hacia tierras remotas. Se entreveran como adversarios dos rudos cantores. los vaqueros vuelven a la ruda tarea o a la pe­ rezosa red. no. Despuntar el día: el primer trago de alguna bebida al comienzo de la función. golpeando nerviosamente la guitarrita. bajo una avalancha de risas que saludan la derrota. Terminada la fiesta. Cruzan el Sao Francisco. . porfiada. Fuerte y hábil las revolotea el sertanejo joven. / amigo. el mo­ biliario hecho de troncos y algunos taburetes. En los intervalos se arman los desafíos. El nombre de “teimosa” (empecinada. Las rimas les salen en versos a veces muy bellos * : Ñas horas de Deus. vastos planaltos en los que las desembocaduras de aquel río y del * Famanaz del desafío: gran improvisador. hábil.). * * “A la hora de Dios. “Cantar en esta función. / desafío al mundo entero / cantar en esta función” . iluminado por la luna y las estrellas. en los ranchos en fiesta los bailes se arman afuera. testaruda) dado a la cachaga. meu camarada. es de una filosofía adorable. Nao é zombaria. Un cabra destacado rasga la guitarra. sin hacer ruido con los pies. De año en año. se meten en los campos gerais del oeste. amén. destabocado y otros: son palabras comunes que denotan a todo hombre fuerte. / no es burla. etc. Como en general hay poco espacio. la tierra bien barrida. nao! Desafio o mundo inteiro Pra cantar nesta fungao! El adversario en seguida retruca tomando el último verso de la es­ trofa : Pra cantar nesta fungao. Amigo. Serenar en el baile: bailar muy vagarosamente. (N . / acepta tu desafío / el “fama” de este sertón” . Choradinho y baiáo: (lloradito y baión) danzas comunes en el norte. de evitarla. mi camarada. bala e onga.ción de cuidar a su familia. Destalado . brabo e corado. de T . Se mueven en lentos meneos las caboclas bonitas. Aceita teu desafio O "fama” diste sertüo! * * Es el comienzo de la lucha que sólo termina cuando uno de los bardos se enreda en una rima difícil y titubea.

recordando las cenizas por una combustión sin llamas. Prepara la tierra arable a orillas de los arroyos para las plantaciones ligeras de las primeras lluvias. . examina los rasgos más fugitivos del paisaje. en las sierras del Piauí. Pero nuestro sertanejo es una excepción a la regla. inflexibles. Los síntomas del flagelo aparecen encadenados en serie. montados en sus ariscos caballos. Se prepara para la lucha con singular serenidad. Ningún pueblo tiene más temor a los terremotos que el peruano. En su armadura de cuero. Mira a las alturas. se animan entonces pasa­ jeramente con la romería de los bahianos. Van a comprar ganado.Tocantins 161 se confunden en lagunas de donde salen. LA SEQUIA De repente. por todas partes. Aquellas lejanas tierras. lentamente baja el nivel de los pozos de agua. que colorean las caatingas. una variante trágica. Con los escasos recursos de sus propias observaciones y de las de sus mayores. blandiendo la aguijada. reanudan su vida monótona y primitiva. observa atentamente el horizonte. como señales conmemorativas de un mal cíclico. si es que no se pierden para siempre en la peligrosa travesía. donde se mezclan enseñanzas prácticas con extravagantes su­ persticiones. A pesar de las dolorosas tradiciones que conoce a través de un sinnúmero de terribles episodios. Pasan las "lluvias del cajú” en octubre. sin dejar rastros. En unas páginas notables. Dos o tres meses antes del solsticio de verano empieza a fortalecer los muros de los pozos y limpia los desaguaderos. Se acerca la sequía. y en el Perú las vibraciones de la tierra hamacan la cuna de los recién nacidos. ha tratado de estudiar el mal para conocerlo y soportarlo. La sequía no lo asusta. Son los autócratas de las ferias. pobres y oscuras villas que el Puerto Nacional 162 hace más extremas. El sertanejo la adivina y prevé gracias al singular ritmo con que se desencadena el flagelo. el suelo se agrieta. yendo más ha­ cia el norte. y penetran en Goiás o. Al . a todo trance alimenta esperanzas en una resistencia que parece imposible. los árboles marchitan. con lloviznas suspendidas en los aires ardientes. Buckle señala la anomalía de que el hombre nunca se adapta a las calamidades naturales que lo rodean 1 6 3 . Y al volver. rápidas. entran en esos villarejos con aire de triunfadores. . . Pero no se escapa abandonando la tierra poco a poco invadida por el aire caliente que viene de Ceará. . ríos hacia el levante o el poniente. Es un complemento de su vida tormentosa y la enfrenta con estoicismo. gallardos. Trata de adivinar el futuro. . . indistintamente.

El caer de las tardes. A poesía popular no B ra sil164. Al alba del día 13 los observa. 19 de marzo. Pacientemente aguarda el equinoccio de la primavera para hacer una consulta definitiva a los elementos. de izquierda a derecha. . abreviadas en doce horas. como una coraza de bronce. No es más el indolente o el impulsivo violento. una costumbre antigua le permite in­ terrogar el futuro. exclamó en su portugués retorcido ¡No! ¡No! Lucía mintió.mismo tiempo. aprensivo. si la mayoría o todos. Ni ante sus peores vaticinios se desanima. en febrero. Esta experiencia es hermosa. busca un nuevo augurio. habrá una lluvia en enero. si el primer grano se diluyó un poco. con la implacable señal * “Se cuenta que en Ceará hicieron esta experiencia ante el naturalista George Gardner y que el sabio que había observaciones meteorológicas y había llegado a un resultado diferente al de la santa. el invierno será benigno *. Y espera. se nota que apenas clarea. Porque en esa fecha. rígida. Resignado y tenaz. día a día más rápido y sin crepúsculos. Silvio Romero. Le retrata. La atmósfera absorbe con avidez de esponja el sudor de la frente y la ropa de cuero pierde su flexibilidad primitiva para volverse dura en los hombros. Se ve venir. los días se hacen abrasantes mientras las noches se vuelven cada vez más frías. no convence al sertanejo. al anochecer. resignado. si el segundo. si están intactos presagian sequía. Pese al estigma supersticioso. . contempla las bandadas de aves que emigran hacia otros climas. Trasciende su situación rudimentaria. en línea. El día 1 2 . Es la experiencia tradicional de Santa Lucía. pasa revista al ganado. Si durante ese día llueve. el día 13 de ese mes. . expone al relente. AISLAMIENTO DEL DESIERTO Se transfigura. entonces todas sus esperanzas se pierden. Esta prueba. las ma­ yores o menores probabilidades de depresiones barométricas capaces de atraer la afluencia de lluvias. hasta diciembre. Ese día es el índice de los meses siguientes. el invierno será lluvioso. de enero a junio. Recorre lugares en procura de alimento para los animales. interrogar a la Providencia. Atraviesa tres largos meses de expectativa ansiosa y el día de San José. Toma precauciones. tiene una base positiva y es aceptable si se considera que de ella se toma el mayor o menor dosaje de vapor de agua en el aire y deductivamente. La sequía es inevitable. en orden sucesivo. todas las alternativas climáticas que vendrán. crecer. seis granos de sal que representan. si sucede lo contrario y el sol atra­ viesa abrasadoramente el firmamento claro. . aunque tradicional. el último. Es el preludio de la desgracia. los seis meses venideros.

Lo acompaña tenazmente. la caatinga. Pero esos esfuerzos no bastan. Miríadas de mur­ ciélagos se abaten sobre el ganado. derriba los troncos de los ouricuris y los ralla. exhausto. los amasa y los cocina haciendo un pan. a su alrededor. y reacciona. con los cogotes doblados. golpea contra lajas que anulan todo el esfuerzo hecho y otras. Corta en pedazos los mandacarus o las ramas verdes de los juázeiros que alimentan a los magros animales hambrientos. en busca del tesoro fugitivo y vuelve al fin. los lisiados. No hay quien las describa. después de grandes fatigas. y se desgasta en trabajos. Surgen de una lucha que significa la insurrección de la tierra contra el hombre. su agreste proveedor de cereales. diezmándolo. . los enfermos. Su primer amparo es la fe religiosa. otras. evaporado o tragado por el suelo. el bró.de los fuertes. a todos los recursos. encara de frente a la fatalidad. A veces la encuentra. buscando el agua. progresa el espasmo asombroso de la sequía. Al principio éste reza. no sólo los fuertes sino también los viejos. con los ojos puestos en la altura. cargando sobre los hombros y la cabeza las piedras de los caminos. no decae tan pronto su ánimo. sin dudar de la providencia que lo golpea. al borde de la se­ pultura que excavó. en los estratos infe­ riores de la tierra. defendiéndose y defendiendo a la prole abatida y al ganado confiado con su energía sobrehumana. llevando las imágenes de unos lugares a otros. apelando. En contraste con la fuga de las seriemas que emigran. El matuto observa a su prole asustada. con mugidos de llanto. y sin que se le adormezca la creencia. el sol ful­ mina la tierra. Alzando santos mila­ grosos. se apresta al sacrificio. . después de descubrir un tenue líquido subterráneo. y es lo más corriente. dejando para sí el zumo de los xiquexique que enronquece o acaba con la voz de quien lo bebe. que le hincha el vientre en una hartura ilusoria. Las lentas proce­ siones propiciatorias. profundizando la mina. el agua que huyó de la superficie. infatigable. Brillan en las noches las velas encendidas de los penitentes. La naturaleza no lo combate sólo con el desierto. Pero los cielos persisten siniestramente claros. arranca las raíces húmedas de los umbuzeiros que mastican los hijos. empachando al hambriento. El heroísmo tiene en los sertones tragedias espantosas para siempre perdidas. La escudriña. Las víboras de cascabel se multiplican tanto más cuanto mayor es el ardor del estío. cruces. banderas de lo Divino 165 van por los campos fami­ lias enteras. contempla entristecido a los animales echados bajo las ipueiras o errando lentos. Allí está. . casi como un desenterrado. Busca con la azada. murmurando los rezos acostum­ brados. y de las jandaias que huyen hacia el remoto litoral. altares. puebla ese desierto con una fauna cruel. Pero como su extrema frugalidad le permite pasar los días con poco alimento. lo ve desaparecer en pocos días. pasan lentas y resuenan en los largos días monótonos las letanías tristes.

en un tropel trabajoso de enfermos. la asalta. y el sol. atravesarla de un golpe. llevando la horquilla en la mano izquierda y el cuchillo en la derecha. irrita y desafía a la fiera. Y a la mañana siguiente la visión muerta revive. Pero no siempre puede aventurarse a la arriesgada hazaña. con el primer claror del levante. de los firmamentos fulgurantes. Las incendia para que en la combustión se desprendan las espinas. Le que­ dan para alimentar a sus hijos los tallos tiernos. El atleta debilitado. las filas de macambiras. El nordeste persiste intenso. soplando por las planicies. impenetrables. Y ni un cereo en torno. . Esta falsa ceguera. . agobiado por tantos reveses. para apagarse otra vez. Recurre al combate. que los mismos caranchos rechazan porque no pueden romper con sus picos las pieles endurecidas. alienta el incendio inextinguible de la canícula. animales que todavía no están completamente exhaustos y buscan. Lo ahuyenta con un tizón encendido y si no retrocede. vivos no se sabe cómo. hacia los sitios donde se encuentra la hacienda. a la tarde. Con la vista renace su energía. Cuando el sol se oculta la víctima no ve más nada. bueyes enterrados en el sitio donde estaba su aguada predilecta. ya se comieron las últimas ramas verdes de los juás. ahora a pie. reverberando en el firmamento claro. Es un enemigo más. finalmente se doblega. atajándola en el aire. del vivo ondular del aire en fuego sobre la tierra desnuda. se asoma a su pobre rancho.Por las noches. Una mo­ lestia extravagante completa su desdicha: la hemeralopia. se le viene encima y es invencible. Todavía son un recurso. Todavía no se da por vencido. caídos bajo los árboles muertos. la suguarana traicionera y ladrona que le roba los be­ cerros y los novillos. El sertanejo. Y cuando las nubes de humo se esparcen en el aire puro. marchando tambaleantes. bueyes muertos hace días e intactos. . mal soste­ niendo el esqueleto sobre las patas secas. A su vera se cierran. Bueyes espec­ trales. No hay probabili­ dad alguna de lluvias. La cáscara de los mariseiros no trasuda anuncián­ dolas. Es una plétora del mirar. Marcha. mugiendo en un largo llamado triste que se parece al llanto. los flacos animales hambrientos en busca del último pasto. Finalmente todo se agota y la situación no cambia. pero no a tiros. Está ciega. y lo que más le duele. porque sabe que el animal provocado por un poco eficaz chumbo. porque se le parte el corazón sólo de mirar a su caballo. aparecen corriendo de todas partes. con­ fiados. es provocada por las reacciones de la luz. Los engaña con esos manjares bárbaros. obligándola a saltar para. Nace de los días claros y calientes. paradojalmente. La noche lo envuelve antes de envolver la tierra. los mangarás de las bromelias salvajes. en dolorosa intermitencia.

las bendiciones cabalísticas para curar a los animales. capacidad orgánica para ambicionar una situación mejor. los rezos dirigidos a San Campeiro. Es un índice de la vida de tres pueblos. todas las visiones. hacia cualquier lugar donde no lo mate el elemento primordial de la vida. que asaltan a los viajeros retrasados en las aciagas noches de los viernes. . . Se salva. El sertón se vacía. RELIGION MESTIZA 166 Aislado de esta manera en el país que no lo conoce. No resiste más. Lo vence la nostalgia del sertón. en el que se unen el fetichismo del indio y del africano. en lucha abierta con el medio que parece haberle estampado en la organización y en el tem­ peramento su extraordinaria rudeza. que se deja arrebatar fácilmente por las supersticiones más absurdas. El flagelo termina. crédulo.Cierto día ve pasar por su puerta la primera turba de "retirantes”. Los ve desaparecer dejando una nube de polvo. o para terminar con las fiebres palúdicas. cantando. el sertanejo no tiene. Está en la fase religiosa de un monoteísmo incomprensible. por así decirlo. Y al día siguiente otra. lo es también de las cualidades morales. Resumen de caracteres físicos y fisiológicos de las razas de las que surge. audaz y fuerte. Y sus singulares creencias traducen esa violenta aproxi­ mación de tendencias diferentes. en las misteriosas noches de luna llena. de aparcería con los lobizones y las muías sin cabeza y del mismo diablo. los sacis diabólicos. Los alcanza. Es innecesario describirlas. nómada o mal fijado a la tierra. ese trágico emisario de los rencores celestes en comisión terrestre. las planicies desiertas. de gorro colorado. Su religión es como él: mestiza. pero al mismo tiempo. en un éxodo penoso. al cual se le encienden velas por los campos para que favorezca el descubrimiento de objetos perdidos. canonizado in partibus. Y vuelve feliz. El círculo estrecho de su actividad le demoró el desarrollo psíquico. todas las apariciones fantásticas. buscando las horas pasajeras de ventura. montado en un caititu arisco. en una curva del camino. revigorizado. Un análisis de éstas revelaría la fusión de estadios emocionales distintos. Y otras. Es el hombre primitivo. Y ahí está de vuelta. unido a un misticismo extravagante. hacia las costas. Se arrima a una de esas bandadas y se va camino afuera. . Las leyendas escalofriantes del caapora maldito que atraviesa veloz. hacia las sierras distantes. los mis­ mos días largos de trances y pruebas inacabables. olvidado de los infortunios pasados. Pasan meses.

el más interesante de los pueblos cayó. en el que el fervor religioso reverberaba en las hogueras inquisitoriales. y las misiones. pueden explicarse. arrastrando en la misma idealización. apenas disfrazada por la corte oriental de Don M anuel167. el aspecto emocional de la raza superior. Eran parcelas del mismo pueblo que. en Lisboa. lenguas de llamas mis­ teriosas. buscaba. Una gran herencia de supersticiones extravagantes. dominan y enloquecen. y las penitencias. la fórmula superior de las esperanzas mesiánicas. rodeados por numerosos secuaces a los que fanatizan. en plena "caquexia nacional” al decir vigoroso de Oliveira Martins m. cuando. irresistiblemente nos asaltan al galope. en la época del descubrimiento y de la colonización. paliadas en el li­ toral por el influjo modificador de otras razas y de otras creencias. como única sal­ vación. Allí se muestran al desnudo el antropismo del salvaje. después de haber centralizado por momentos la histo­ ria. quedó intacta en el sertón. que afluyeron a nuestra tierra después que se deshizo en el Oriente el sueño milagroso de la India 1 6 9 . cuando "todos los terrores de la Edad Media habían cristalizado en el catolicismo pe­ ninsular”. .todas las profecías de los mesías locos. FACTORES HISTORICOS DE LA RELIGION MESTIZA No sería difícil caracterizarlas como un mestizaje de creencias. a multitudes de creyentes. Esto es un notable caso de atavismo en la historia. el animismo del africano y sobresaliendo. ascetas mortificados por flagelaciones. arrastran. a partir del final del siglo xvi. La trajeron gentes impresionables. veía bajo el palacio real ataúdes agoreros. . Considerando los desórdenes sertanejos de hoy y los mesías insanos que los provocan. catervas de moros de albornoz blanco pasando en procesión y combates de paladines en las alturas. bajo la obsesión dolorosa de los milagros y asaltado por súbitas alucina­ ciones. el rey de la Ericeira 1 7 2 . de pronto. destinados al martirio. ante la ruina inminente. El poblamiento del Brasil se realiza intensamente con Don Joáo I I I 1 6 8 . en la misma locura. y las romerías piadosas. las figuras de los profetas peninsulares de otrora: el rey de Penamacor. Considerando las agitaciones religiosas del sertón y los singulares evangelizadores y mesías que intermitentemente lo atraviesan. precisamente en el momento de total desequilibrio moral. Venían llenas de aquel misticismo feroz. errantes por las faldas de las sierras. Todas las manifestaciones complejas de una religiosidad indefinida. que prendieron in­ tensas en la península. . en el mismo sueño enfermo. Y de la misma gente que después de Alcácer-Quibir 1 7 0 . en una descompo­ sición rápida. espontáneamente re­ cordamos la fase más crítica del alma portuguesa.

la necesidad de una tutela sobrenatural no hubiera sido tan imperiosa. como un palimpsesto. revelando todos los estigmas del estadio inferior. La conciencia de su debilidad para develarlos hace que sea más fuerte este apelar constante a lo maravilloso. para completar el símil. esta condición inferior de pupilo idiota de la divinidad. locos. CARACTER VARIABLE DE LA RELIGIOSIDAD SERTANEJA Estos estigmas atávicos tuvieron entre nosotros las reacciones favorables del medio. respira todavía la misma atmósfera moral de los iluminados que guiaban. Quien observa a la familia sertaneja. la conciencia imperfecta de los matutos aparece en los momentos de crisis a través de los ideales tan bellos del catolicismo incomprendido. Los entierran lejos de las poblaciones. Pero es exacta. ante el oratorio paupérrimo. Acabado en Portugal. El culto de los muertos es impresionante. Por eso. Ni siquiera les falta. Con una naturaleza más benéfica. La enseñanza de los misioneros no hubiera podido ir más allá de las tendencias generales de su época. herederos desgraciados de vicios seculares. su religión es indefinida y variada. para que no queden en total abandono. recorda­ . Inmóvil el tiempo sobre la rústica sociedad sertaneja. a la media luz de las lámparas de aceite. adaptando el ritual jorubano 1 7 5 . Del entrelazamiento entre las tendencias individuales y las vicisitudes exteriores resulta la indife­ rencia fatalista por el futuro y la exaltación religiosa. persiste actualmente de modo singularmente impresionante. queda admirado. el misticismo político del Sébastianismo. De la misma forma que los negros Haúgas. para que reciban siempre las preces de los viajeros. echada fuera del movimiento general de la evolución humana. completa. para que éstos pongan sobre los ángulos de la cruz una flor o un ramo. determinando una psicología especial. Es una variable dependiente en el juego de los elementos. los sertanejos. incluso en los períodos normales. No asombra que su indefinida religiosidad presente estas sorprendentes antinomias. al caer la noche. El hombre del sertón vive en función de la tierra más que cualquier otro. Es que. sin tapujos. realizan el hecho anómalo pero corriente en la capital de Bahía. pero al costado de los caminos. de ir a las solemnidades de la Iglesia por orden de sus fetiches. salen de las misas consagradas hacia los ágapes salvajes de los candomblés africanos o los poraces del tupí. en los sertones del Norte 1 7 4 . orando por las almas de los muertos queridos o pidiendo aliento para su vida tormentosa.Esta yuxtaposición histórica se retrata sobre tres siglos. Pero no nos anticipemos. Miguelinho o Bandarra 17 S.

detiene su caballo ante el humilde monumento — una cruz sobre varias piedras amontonadas— y con la cabeza descu­ bierta. PEDRA BONITA Los acontecimientos sertanejos. La muerte de una criatura es un día de fiesta. El trastornado encontró un medio adecuado para su locura. el próximo advenimiento del reino encantado del rey Don Sebastiáo. y a un costado. En ese ámbito. el angelito expone en su última sonrisa endurecida la felicidad suprema de volver al cielo. todavía no han tenido un historiador. entonces el gran rey aparecería envuelto en un aura fulgurante. Pero también hay rasgos repulsivos en esta religiosidad de aspectos tan interesantes. . teatro de hechos que recuerdan las siniestras solemnidades religiosas de los Achantis1 7 8 . tal vez. desde Maranhao a Bahía. La piedra a la que estaba subido sería quebrada. se yergue un bloque solitario. . las últimas formaciones gra­ níticas de la costa se levantan en formas caprichosas. la Pedra Bonita. Por el sertón sopló un hálito de neurosis. no por los golpes del pico sino por la acción milagrosa de la sangre de los niños esparcida sobre ella en holocausto. dominando majestuosa toda la región y convergiendo en un amplio anfiteatro al que sólo se puede acceder por una estrecha gar­ ganta entre murallas a pique. convencido. como un púlpito gigantesco. peleando para tener la primacía en el sacrificio. . . Este lugar fue. en 1837. nunca vio. La sangre cho­ rreaba por la roca formando charcos y según afirman los diarios de la . resuena el samba turbulento. anunció. entre dos velas de carnauba. pero llenando de riquezas a los que hubiesen contribuido a obtener su desencantamiento. vibran en el aire las coplas de los desafíos. de un enemigo quizá. a la felicidad eterna. Nosotros vamos a esbozarlos. que es la preocupación dominante de esas almas ingenuas y primitivas. La tierra es un exilio insoportable. castigando inexorablemente a los hombres ingratos. congregó allí a toda la población de las vecindades y tre­ pado a la piedra. jubilosos entre lágrimas. en la sierra Talhada. El vaquero que anda pre­ suroso por los caminos. En los límites de Pajeú. entre muchos. aberraciones brutales que la llenan de mácula. Alrededor del monstruoso altar se arrastraban las madres levantando sus pequeños hijos. el muerto es un bienaventurado. un acontecimiento. coronado de flores. reza por la salvación de quien. Un mameluco o cafuz. Resuenan las guitarras en el rancho de los pobres padres. en Pernambuco.ción fugaz pero permanentemente renovada. Tomaremos. un iluminado.

entusiasmados con el milagro de las minas de plata. El sacerdote describe el comienzo y el curso de los trabajos y el franco auxilio que le dieron los pobladores de los sitios próximos. puede ir de la extrema brutalidad a la máxima devoción. . que venía de la misión de Macará. después de desbaratada esa lúgubre farsa. La sierra desapareció de nuevo entre las planicies que domina. con la exhortación al pueblo para "que en los días santos venga a visitar los santos lugares. digo que de ahora en adelante no llamarán a esta sierra de Piquaragá sino de Monte Santo”. los aventureros que venían del norte se topaban con el sertón y allí se quedaban largo tiempo. el sermón de la penitencia. la descubrió un misionero. Iba a ser la primera del más tosco y más imponente templo de fe religiosa. seguía la huella enigmática de Belchior Dias. MONTE SANTO Monte Santo es un lugar legendario. con grandes piedras. aparecían unas letras singulares — una A. El alma de un matuto queda inerte ante las influencias que la sa­ cuden. siguiendo por fin hacia otros rumbos. . hacia fines del siglo pasado. En el siglo x v i i . escritas en caligrafía ciclópea. cuando el descubrimiento de las minas determinó la atracción del interior sobre el litoral. El más grande apóstol del Norte se impresionó tanto con el aspecto de la montaña "encontrándola semejante al calvario de Jerusalén” que pensó en seguida en erigir una capilla. "Y aquí — finaliza— sin pensar en nada más. Finalmente. una L y una S— ladeadas por una cruz. que les hacía creer que allí estaba y no más adelante. Ya que la vimos pervertida por el fanatismo. hacia el occidente o hacia el sur. era imposible permanecer en el lugar.época. véamosla transfigurada por la fe. con sus tropas de cotiguaras mansos y foras­ teros armados. hechos de tamaña grandeza contradicen esas aberra­ ciones. entre el silbar del viento violento que en lo alto de las planicies les apagaba las antorchas y finalmente. . Describe la procesión majestuosa y lenta ascendiendo la montaña. ya que vivía en tan grande desamparo de las cosas espirituales”. De acuerdo con ellas. los atraía por sí misma de manera irresistible. en abundancia tal que. el dorado apetecido. La sierra solitaria —la Piquarafá de los aventureros— dominaba los horizontes y les seña­ laba el norte. Su marcha hacia las sierras de la Jacobina. La escudriñaron en vano los émulos del Muribeca 177 astuto. Es que en uno de sus flancos. Por otro lado. Apolonio de Todi. Además.

veinticinco capillas de albañilería. monumento erguido por la naturaleza y por la fe. el que sube la extensa vía sacra de tres kilómetros de largo. parando en los pasos. la emoción extraña de una altura inmensa. Continúa por éstas si­ guiendo una pequeña depresión y después se levanta de improviso. Amparada por muros revestidos de lajas. de los cuales no tiene ni el talento ni el . en otros. Comienza chocando con la montaña. con cal­ zada hecha. dismi­ nuyendo el declive hasta la línea de las cumbres. Cuando. arremetiendo con el vértice puntiagudo del monte. en ciertos trechos. a caballo del abismo— vuelve a la derecha. esa calle blanca. para la Semana Santa. la mina opulenta que ocultaba el desierto. Actualmente. más alto que las más altas catedrales de la Tierra. hasta el Cal­ vario. descubriendo el dorado maravilloso. las enseñanzas de los primeros evangelizadores.Y se hizo el templo prodigioso. La población sertaneja completó la empresa del misionero. . LAS MISIONES ACTUALES Lamentablemente. el obser­ vador advierte perspectivas que van creciendo en grandeza: primero los planos de las vastas planicies. de cuarzo. a partir de la capilla mayor — interesantísima ermita levantada en una saliente de piedra. En la cuarta o quinta capillita. . es un prodigio de ingeniería ruda y audaz. descifró el secreto de las grandes letras de piedra. apaga y pervierte lo que inculcaron de bueno en aquellos espíritus ingenuos. Más adelante. en la que se erigen. que apenas se ve en la caótica confusión de los tejados. el apóstol no tuvo continuadores. más hábil que Muribeca. exhibiendo paneles de los pasos. y mirando a lo alto. teniendo como piso la roca viva tallada en escalones o en rampas. las letanías de las procesiones de cuaresma y por donde han pasado legiones de penitentes. donde resuenan desde hace cien años. con el ansia de la ambición andaban los aventureros. recti­ línea. Destruye. bien en lo alto. el misionero moderno es un agente perjudicial que agrava los desequilibrios del estado emocional de los tabaréus. su acción es negativa. a espacios regulares. después las lejanas serranías agrupadas en todo el horizonte. realzada por el aspecto de la pequeña aldea. en una rampa de cerca de veinte escalones. allá abajo. Salvo raras excep­ ciones. Sin la grandeza de los antecesores. sin aliento. se ve que Apolónio de Todi. A medida que se asciende. convergen allí las familias de los alre­ dedores y los creyentes pasan por los mismos flancos donde otrora. dobla a la izquierda y sube menos abruptamente. siguiendo la línea del máximo de­ clive. el espacio infinito. valora la constancia y la tenacidad del esfuerzo realizado.

muestra groseros cuadros de torturas. Es brutal y traicionero. el último. unos misioneros recién llegados. publicación oficial hecha en 1893. * La Memoria sobre o Estado da Bahía. . aquellos enloquecidos. lo alucina. Es ridículo y aterrador. Sale de las dobleces del oscuro hábito como de la sombra de una emboscada armada para la credulidad incondicional de los que lo escuchan. Dios había dicho — en mal por­ tugués. Sobre la Pedra Bonita. Y esos desvariados salieron por los sertones. rezando. En 1850. echa bravatas. no aconseja ni consuela. y como la caridad pública no los podía satisfacer a todos. los sertones de Cariri estuvieron alborotados por las depre­ daciones de los Serenos. No presenta ante los matutos simples las imágenes de una vida honesta y superior. que ejercitaban el robo en gran escala. hombres miedosos. salieron de la matriz del Crato 1 7 9 y se dispersaron — mujeres llorosas. 1 7 8 Y alucina al sertanejo crédulo. pidien­ do limosna. acabaron robando. Tiene el extraño privilegio de las bufonerías melodramáticas. niños temblequeantes— por los sertones en busca de mayores flagelos. im­ poniéndose el cilicio de las espinas. por­ menoriza la fundación de Monte Santo. Los disparates salen de su boca envueltos en tragedia. alternando los estornudos con las catástrofes. de las ortigas y de otros duros ele­ mentos de penitencia. . formando una banda deprimente. . O Reino Encantado. La denominación se refería a las compañías de penitentes que por las noches. Generalmente sigue el proceso inverso. se agrupaban. en mal italiano y en mal latín— que estaba harto de los desmanes de la Tierra. habían profetizado el próximo fin del mundo. Era fatal. . pues no la conoce. . con palabrerío interminable. no ora. en torno de cruces misteriosas. Demos un ejemplo único. en las encrucijadas solitarias. repentinamente. larga sobre el auditorio avalanchas de penitencias. Sube al púlpito de las iglesias del sertón y no mues­ tra la imagen de los cielos. se muestra con todos sus emocionantes ribetes. lo deprime y lo pervierte. llorando. donde el acontecimiento brillantemente nove­ lado.arte sorprendente de transfigurar las almas. aterra y maldice. describe el infierno truculento y flamígero con palabras encendidas que completa con gestos de loco y muecas de truhán. como enloquecidos. sino que brama en todos los tonos contra el pecado. Los maestros del mal se fueron a ejercer su equivocada do­ cencia a otros sitios y la justicia reprimió dificultosamente el bandidismo incipiente *. en acciones macabras de flagelantes. véase el libro de Araripe Júnior. Un día. En la iglesia. abriendo indistintamente la caja de rapé y la de Pandora.

confusos cuando se hallan dispersos en la multitud. Pero situado en función del medio. vino a golpear a una civilización. imprecisos. llevado por una potencia superior. No por eso fue . el desgraciado. pero sí son. Aparecen como la integración de diferentes caracteres. vagos. La multitud lo aclamaba como representante natural de sus más altas aspiraciones. esboza el perfil de una montaña desaparecida. DOCUMENTO VIVO DE ATAVISMO Es natural que estas capas profundas de nuestra estratificación étnica se sublevaran en una anticlinal extraordinaria: Antonio Conselheiro 1 8 0 . Fue simultáneamente. . Porque para el historiador no es un desequilibrado. Del mismo modo que el geólogo. Se lo puede incluir en cualquier modalidad de la psicosis pro­ gresiva 1 S 1 . seguirlas juntas. casi pasivamente. pero enérgicos y definidos cuando se resumen en un individuo. Todas las creencias ingenuas. La imagen es correcta. desde el fetichismo bárbaro hasta las aberraciones católicas. Aislado. la vida resumida del hombre es un capítulo ins­ tantáneo de la vida de su sociedad. .ANTONIO CONSELHEIRO. se condensaron en su misticismo feroz y extravagante. que por sí mismo nada valía considerando la psicología de la sociedad que lo crió. El tempera­ mento impresionable le hizo absorber las creencias del ambiente. Por eso. Considerando al falso apóstol se ve que el exceso de subjetividad lo predispuso a la rebelión contra el orden natural porque siguió la fórmula del delirio propio. libremente ejercitadas en la indisciplina de la vida sertaneja. Acompañar la primera es seguir paralelamente y con mayor rapidez. como brotadas de su conciencia delirante. con seguridad. interpretando la inclinación y la orientación de los estratos de antiguas formaciones. fuertemente. No era un incomprendido. la segunda. el resumen de los aspectos predominantes de un mal social gravísimo. Las singulares fases de su existencia no presentan quizá los períodos sucesivos de una grave enfermedad. se pierde en la turba de los neuróticos vulgares. Es una desloca­ ción y es una síntesis. todas las tendencias impulsivas de las razas infe­ riores. yendo a parar a la historia como podía haber ido a parar al hospicio. destinado a la solicitud de los médicos. el elemento activo y pasivo del movimiento del que surgió. por la gran receptividad mórbida de su espíritu torturado por los reveses y ellas refluyeron después. el historiador puede apreciar la grandeza de ese hombre. es observar la más completa mutualidad de influjos. sobre el mismo medio de donde habían partido. asombra. Es difícil trazar la línea divisoria entre las tendencias personales y las tendencias colectivas.

los discípulos de Marcos. dentro de nuestra era. Podríamos encuadrarlos en un escenario más amplio. vibró de manera exclu­ siva. lo que se tradujo fundamentalmente. los montañistas de Frigia. la serenidad. aspectos religiosos comunes. extraño pero natural para nosotros. en la última fase del mundo romano. en un período angustioso de la vida portuguesa. Los rasgos más típicos de su misticismo. mal sustituida por los sofistas y letrados mezquinos de Bizancio. el sertón sublevado tuvo en la actitud. mejor dicho. lo amparó. Fue un extraño caso de atavismo. No se deslizó hasta la demencia. UN GNOSTICO RUDO Evitada la intrusión dispensable del médico. en una regresión a un estadio mental de los tipos ancestrales de la especie. Dejando de lado el influjo de las razas inferiores. lo vimos hace poco de relieve. los encratitas abstinentes que se maceraban y flagelaban. cuando el gnosticismo universal se erigía como transición obligatoria entre el paganismo y el cristianismo. la grandeza y la resignación soberana de un apóstol antiguo. que lo fijaría en una fase remota de la evolución. los maniqueos bifrontes entre el ideal cristiano emergente y el bu­ dismo antiguo. Enganchaban bien en todas las tendencias de la época en que las extra­ . el antropólogo lo describiría como fe­ nómeno de incompatibilidad con las exigencias superiores de la civili­ zación. precediendo el asalto de los bárbaros. como un revivir de atributos psíquicos remotos. los ofiólatras. Como enfermo grave sólo le puede ser aplicado el concepto de la pa­ ranoia de Tanzi y Riva 1 8 2 . cuando. Lo que el médico caracterizaría como un caso de delirio sistematizado. en la fase persecutoria o de grandezas. la nota étnica. en la palabra y en el gesto.más allá. limitándolo. alterándole las relaciones con el mundo exterior. Pero en su desvío vibró siempre. En el constante peligro de caer en un oscurecimiento completo de la razón. los adamitas infames. señalando cierto nivel de la mentalidad humana. todas las sectas en que se fraccionaba la religión naciente. Y fueron normales. en un retro­ ceso en el tiempo. Basta con que volvamos los ojos a los primeros días de la Iglesia. el medio. como un anacronismo. En efecto. con sus doctores histéricos y sus exégesis hiperbólicas. y lo obligó a adoptar un cierto orden en el desvarío. ya eran. de manera que al andar por largos años en sus prácticas ascéticas. el antropólogo lo encontraría normal. Su contribución mórbida lo llevó a interpretar caprichosamente las condiciones objetivas. la literatura latina occidental declinó de pronto. una coherencia indestructible en todos sus actos y una rara disciplina en todas sus pasiones. reaccionando a su vez. parecerían actualmente casos repugnantes de insania.

lo fortaleció. camino de los sertones bravios. Cristalizó en un ambiente propicio al error y a las su­ persticiones. . el emisario de las alturas. pero de algún modo. Era el profeta. lo limitó sin oprimirlo. Por el contrario. arrastrando su débil esqueleto. cedió a la única reacción posible. La regresión que lo caracterizó y determinó su temperamento vesánico. lúcido en todos sus actos. La historia se repite. . pero no lo aisló —incomprendido. . Ahí estuvo detenido. fue ciertamente un notable caso de degeneración intelectual. su neurosis estallaría y su misticismo oprimido destruiría su razón. pero adscripto a todas las contin­ gencias humanas. sus misterios y sus sacrificios tremendos de leones lanzados vivos al Danubio con solemnidades impo­ nentes presididas por el emperador filósofo. No fue más allá. en una armonía salvadora. Siempre se satisfizo con ese papel de delegado del cielo. por largo tiempo. REPRESENTANTE NATURAL DEL MEDIO EN QUE NACIO El factor sociológico que cultiva la psicosis mística del individuo. Veremos más detenidamente la exactitud de la comparación. donde se dan el brazo genios y degenerados. HOMBRE GRANDE PARA E L MAL Paranoico indiferente. No la pasó. expresada por esa línea ideal que Maudsley lamenta que no se pueda trazar entre el buen sentido y la locura. pasible del sufrimiento y de la muerte. Allí. en las oscilantes fronteras de la locura. impresionante en su firmeza y siguiendo su objetivo fijo con fina­ lidad irresistible. De manera que el espíritu predispuesto a la rebeldía franca contra el orden natural. su neurosis vibraba con un sentimiento ambiental y su mis­ ticismo estaba difundido por todas las almas que a su alrededor se con­ gregaban. Su frágil conciencia oscilaba en esa posición media. quizá esta calificación no le cuadre completamente. transfigurado por ilapso estupendo. retrógrado. en esa zona mental donde se confunden los facinerosos y los héroes. y con una función exclusiva: mostrar a los pecadores el camino de la salvación.vagancias de Alexandre Abnótico impresionaban a la Roma de Marco Aurelio. Lastimado por la disciplina vigorosa de una so­ ciedad culta. 1 8 3 . rebelde— en el me­ dio en que se movía. con sus procesiones fantásticas. Antonio Conselheiro fue un rudo gnóstico 1 8 4 . Así ambos resultaron normales. desequilibrado. los grandes reformadores y los pobres enfermos. Era un siervo ungido para una dura tarea y allá marchó. arre­ batado por aquella idea fija.

la trabada entre estos dos grupos de hombres. Los hechos criminales que refiere no son más que episodios casi per­ manentes de la vida turbulenta de los sertones. inteligentes y bravos. pero embrutecidos ambos en la práctica de la violencia e igualmente numerosos”. en los sertones entre Quixeramobim y Tamboril. que constituían una familia rica. Eran "hombres vigorosos. "Los Maciéis que formaban. Crimes célebres do Ceará. acostumbrados a hacer justicia por mano propia. Sus adversarios fueron los Araújos. . Todo indicaba que aquéllos eran víctimas de una acusación indebida. cayeron. creando casi una predis­ posición fisiológica hereditaria al rencor y a las venganzas. desiguales en su fortuna y posición oficial. emparentada con otras de antigua raigambre en el norte de la Provincia. Parecidos a otros mil que muestran con evidencia la prepotencia sin freno de los patrones de las aldeas y la pecaminosa explotación a que someten a la bravura instintiva del sertanejo. bien presentados. que vivían como vaqueros y pequeños hacendados. simpáticos. "Vivían en la misma región. Y como éstos eran bravos hasta la temeridad. "Fue una de las luchas más sangrientas de los sertones de Ceará. La delinearemos bre­ vemente. Surgió de un incidente mínimo: pretendidos robos cometidos por los Maciéis en una propiedad de los Araújo. ágiles. Hacendados opulentos. Así preparados. Las luchas de familias no son más que una variante de las otras y se caracterizan por ser interminables. no vieron con buenos ojos que una familia pobre tuviera una reputación como la de ellos. Os Araújos e Maciéis. Araujo da Costa y un pariente suyo. serviciales” y gozaban en los alrededores de una reputación envidiable. se concertaron para un ejemplar castigo a los delincuentes. comprometiendo a la des­ cendencia en las desavenencias de los abuelos. sin asentarla en vastos latifundios y cantidades de ga­ nado. señores de látigo y cuchillo. Esclarece el concepto etiológico de la enfermedad que lo abatió. * Coronel Joáo Brígido dos Santos186. marcharon en expedición criminal hacia Quixera­ mobim. por ley fatal de los tiempos. Silvestre Rodrigues Veras. una familia numerosa de hombres sanos.ANTECEDENTES DE FAMILIA: LOS MACIEIS Su biografía resume la existencia de la sociedad sertaneja 1 8 5 . conformando uno de los grandes hechos criminales de Ceará. Así comienza el narrador escrupuloso * su breve noticia sobre la ge­ nealogía de Antonio Conselheiro. teniendo como sede principal la aldea de Boa Viagem que queda a unas diez leguas de Quixeramobim. en una guerra de familias. llamaron en su ayuda a la guardia pretoriana de los capangas.

los agresores retrocedieron lo suficiente como para que el sitiado pudiese cerrar la puerta. en un rancho abandonado cubierto de ramas de oiticica. a poco tiempo. los Araújos habían dejado escapar a su peor enemigo. cuando fueron asesinados.Pero. hablando de estos dos infortunados en sus memorias. haciéndola huir. En esta ocasión mueren. Antonio Maciel y un abuelo de Antonio Conselheiro *. cerca de Quixeramobim se ocultó. Pero un tío de éste. Memorias. Muerto el jefe. que se había adelantado a los demás. El hecho ocurrió en 1833. Lo persiguieron. Eran las nueve de la mañana. siguieron sus rastros como si fueran los de una suguarana bravia. bien montados. No faltaban entonces. contrariando la expectativa general. pernambucano. célebre por su rivalidad sangrienta con los Mouróes famosos y un terrible cangaceiro. Hecho esto. los sicarios — aunque eran más numerosos— temieron la resistencia. Hacían bajo escolta el camino a la cárcel de Sobral. rabiando y encolerizados. La palabra de honor de los bandidos tuvo el valor que debía tener. Sin embargo. Ahora bien. Libraron una refriega tremenda y desigual. como no faltan hoy. poco después volvieron de­ rrotados. de Aracatiagu. enfrentó a la horda abatiendo pronto a un tal Teotonio. El sertanejo temerario. Los Maciéis. la garantía de la vida. En el sitio de "Passagem”. exhausto. Este cayó transversalmente ante la puerta impidiendo que se pudiera cerrar. Los Maciéis. Maniatado y con las piernas atadas por abajo a la barriga del caballo que montaba. habían enfrentado a la banda asalariada. gran conocedor de los montes. La hermana de Miguel Carlos trató de sacarlo de allí y cayó atravesada por una bala. sabiendo que no podrían resistir durante mucho tiempo. Vicente Lopes. consigue escapar. . el rancho se * Manuel Ximenes. y la habían re­ chazado. los que le seguían el rastro. facinerosos afamados que vendían su valentía. aceptaron. apelaron a recursos más enér­ gicos. A ellos se unieron los hijos y yernos de Silvestre y acometieron su cri­ minal empresa. entre otros. Derrotados. Pero el forajido. Había hecho blanco el mismo Pedro Veras quien pagó en seguida su hazaña recibiendo a quemarropa una descarga de plomo. Al acercarse a la vivienda de los Maciéis. seguido en su fuga por una hermana. Consiguieron a dos de los mejores: José Joaquim de Meneses. la afirma el cronista escrupuloso * * . en cacería bárbara. muchachos sin miedo y corajudos. reunida toda la parentela. * * Manuel Ximenes. Se rindieron. dice que nunca habían hablado mal de ellos ni siquiera los enemigos que acusaron a sus hijos y pone en duda la participación de éstos en los robos aludidos. su fuga es inexplicable. bajo palabra. Les pidieron que se entregaran ofreciéndoles. Corría el primer día de viaje. Ahí llegaron. aunque herido y con un pie lujado. Miguel Carlos. pudo eludir durante algún tiempo la persecución comandada por Pedro Martins Veras. Bien armados. los potentados cuya imbécil prepotencia había recibido tan duro trato. el jefe de la familia.

Miguel Carlos llegó a abrir . . Arrojaron fuego sobre el techo de ramas. acostumbraba parar en la aldea. No pudiendo respirar ahí adentro. En calzoncillos y empu­ ñando el cuchillo. Arroja toda el agua de un balde sobre el fondo del rancho apagando moentáneamente el fuego y saltando sobre el ca­ dáver de su hermana se arroja. cayó muerto de un balazo entre la alarma de los parientes y la desesperación de la desdichada novia. burlando todas las trampas que le ten­ dieron. "Una mañana. Lo cierto es que. más que sabidos. La narración a la que nos remitimos dice: "Parece que Miguel Carlos tenía allí protectores que le daban garan­ tías. Manuel Francisco da Costa. El efecto fue instantáneo. . encima de los asaltantes. la carabina bajo el brazo y el cuchillo listo al ataque. Ahora tenía una socia en el rencor justificado y hondo. Por las rendijas de las paredes estallaba a cada minuto un tiro de espingarda. Este riacho con su forma circular rodeaba la plaza y en invierno constituía una linda cinta de aguas tranquilas. Tanto los pa­ rientes de Miguel Carlos como los extraños tomaron sus ropas de la arena y a medio vestir emprendieron la fuga. junto a la garganta que conduce a la pequeña plaza Cotovelo. casado con una parienta suya. v fue a bañarse al río que corre detrás de esa casa situada casi en el límite de la plaza principal de la aldea. . cuando apareció un grupo de enemigos que lo esperaban escondidos entre los pastos. Helena Maciel. Rompe el círculo y gana la caatinga. también él corrió hacia el fondo de una casa que casi se enfrentaba con la desembocadura del riacho de la Palha. La venganza del sertanejo velaba inextinguible. Miguel Carlos resuelve salir. En esa casa vivía. son inventados por la fecunda imaginación de los matutos. "Una noche. Su vida transcurría en peligrosos lances. le dijo que lo iba a matar y como el dueño de casa lo detuvo. estando a la puerta del negocio de Manuel Procópio de Freitas. ya cerca de la iglesia. por fin. se hizo acompañar por el sospechoso hasta las afueras del poblado y en el riacho de la Palha lo mató con su cuchillo. uno de los Araújos trató casamiento con la hija de un rico ganadero de Tapaiara y el día de las nupcias. salió de la casa de Antonio Caetano de Oliveira. Tiempo después. en 1845. Lo cierto es que más allá de la protección que le dieran. .convirtió en una fortaleza. Miguel Carlos ya estaba desnudo y en compañía de muchos compañeros. muchos de los cuales. según el decir del cronista ya citado. Fue en Quixeramobim. Los bandidos no se atrevieron al asalto pero fueron de una cobardía atroz. La desem­ bocadura del riacho de la Palha daba a los fondos de la casa indicada. la "Némesis de la familia”. Con­ siderando que era un espía. un día cayó bajo su cuchillo un espía incauto que lo rastreaba. vio entrar a un individuo que quería comprar aguardiente. su otra her­ mana.

cayó abatido por un tiro que había partido del séquito que lo perseguía. agente del correo de la aldea. al mando del alférez Francisco Gregorio Pinto. Antonio Maciel. "Innumerables víctimas anónimas se cobró esta lucha sertaneja. cuando Manuel de Araújo. pero el propósito era matarlos. de la familia de Araújo. Fue ella. "Helena no se abatió con esta desgracia. testimonios de la energía de esa familia que había dado tantos hombres bravos para una lucha con poderosos tales como los de Boa Viagem y Tamboril” *. . padre de Antonio Vicente Mendes Maciel (el Conselheiro) en esta deplorable contienda. uno de­ bajo del otro. quien mandó golpear bárbaramente a André Ja­ cinto de Sousa Pimentel. emparentado con los Araújos. corrió hecha una furia hasta el lugar y pisando la cara del asesino de su hermano decía satisfecha que le ale­ graba lo sucedido por el fin que había tenido el enemigo. hermano del novio asesinado. muerto en Boa Viagem. Némesis de la familia. de bajo origen y educación. id. jefe de la banda. pero cuando quiso cerrarlo. hermano de Miguel Carlos. Moribundo. "El hecho de que la acción fuera perpetrada por soldados del destaca­ mento de línea. muriendo los dos instantáneamente. Helena Maciel. siendo el último de los Maciéis. mozo de una familia importante de la aldea. diezmadora de los secuaces de las dos familias. No sigamos. con quien Pimentel estaba ene­ mistado. a quien atribuía los avisos que éstos habían recibido en Boa Viagem. UNA VIDA CON BUENOS AUSPICIOS Por cierto. nada se sabe con certeza sobre el papel que le cupo a Vicente Mendes Maciel. como osó confesar muchos años después. Venían a título de prender a los Maciéis. Sus coetáneos lo pintan como un * Coronel Joáo Brígido. Durante mucho tiempo fue célebre la valentía de Miguel Carlos y por él y sus parientes era intensa la estimación y el respeto de sus contemporáneos.el portal de la quinta. "Helena permanecía quieta y silenciosa. le clavó su cuchillo. inmoló un enemigo a los manes de su hermano. "Dicen que los sicarios habían pasado la noche en casa de Inácio Mendes Guerreiro. hombre insolente. de las venidas de Miguel Carlos. agarrándolo por una pierna. De esos golpes resultó una lesión cardíaca que dio una muerte horrorosa al infeliz cul­ pado de esa última agresión de los Araújos. Miguel Carlos le respondió al instante con otra cuchillada en la carótida. Agonizaba caído con el cuchillo en la mano. hizo creer durante mucho tiempo que ese oficial de mala fama había sido el autor del crimen.

lo que es más verosímil. sin el entusiasmo feliz de los que se inician en las primicias de la vida. Testi­ monios de conocidos lo señalan como adolescente tímido y tranquilo. incompatibilidades de carácter con la esposa. al llegar a cada nueva residencia. Habiendo quedado sin bienes de fortuna. sin tener escritas ni las deudas ni los créditos”. De ahí a poco tiempo se muda a Ipu. La mujer fue la sobrecarga adicio­ nada a su tremenda tara hereditaria. de las que muchas veces eran protagonistas sus propios parientes. pero de tanta capacidad que. A partir de 1858 todos sus actos denotan una transformación del carácter. un medio cual­ quiera. Pierde sus hábitos sedentarios. dejaba pasar la etapa triunfal de los veinte años. Debiendo afrontar el trabajo de velar por tres hermanas solteras. que no permitía tomar alas al ánimo del muchacho. Bajo la disciplina de un padre de honradez proverbial. enemigo de las fiestas. . a despecho de los desórdenes del hogar. se muda a Sobral y se emplea como vendedor. Adopta dis­ tintas profesiones. Todas las historias o leyendas entretejidas con exageraciones.hombre "irascible pero de excelente carácter. le eran contadas mostrándole siempre el coraje singular y tradicional. de algún modo. La sugestión de estos relatos tenía el correctivo enérgico de la severidad del viejo Mendes Maciel. medio visionario y descon­ fiado. Tal vez quedaba latente. el hijo tuvo una educación que. siendo analfabeto. Trabaja de solicitador en el foro. En estos cambios se advierte la lucha de un carácter que no se deja abatir. vuelven inestable su situación. en esta etapa prepa­ ratoria de su vida. la que desequilibraría una vida iniciada bajo los mejores auspicios. Antonio Maciel busca un empleo. la pésima índole de ésta. reveló una rara abnegación. totalmente entregado a los menesteres del negocio. veinte años después de los trágicos hechos que recordamos. PRIMEROS REVESES De allí data su dramática existencia. en espera de con­ diciones favorables para expandirse. Sólo después de haberlas casado buscó para sí un enlace que le fue nefasto. Lo cierto es que. En 1859. de ganarse la vida. Se queda poco tiempo allí. En pocos años se muda a diferentes aldeas y poblaciones. falleciendo aquél en 1855. pero honesto. Antonio Maciel proseguía su vida correcta y serena. negociaba en ha­ ciendas llevando las cuentas de memoria. Sigue hacia Campo Grande donde se desempeña en las modestas funciones de escribiente del Juez de Paz. o. lo aisló de la turbulencia familiar. retraído. según la costumbre de los narradores del sertón.

. los cabellos crecidos hasta los hombros. Se va con un policía. Pero siempre lo evitó. Sólo de vez en cuando se recordaba su nombre y el fin escandaloso de su existencia. . En su descenso continuo. en la que podía entrar como tantos otros. . la cara como una calavera. . quedaron en sus parajes natales breves vestigios de su recuerdo. COMO SE FORMA UN MONSTRUO . la barba descuidada y larga. busca el abrigo de la absoluta os­ curidad. a un pariente que lo había hospedado. se advierte la voluntad de alguien que va perdiendo terreno pero reacciona cada vez con un doloroso esfuerzo. Pasan diez años. Podía decirse que había muerto. azarosamente. Gracias a este incidente algo ridículo. A su alrededor.Se advierte en todos estos cambios una tendencia hacia profesiones menos trabajosas. . la mirada fulgurante. sos­ teniéndose en el clásico bastón en que se apoya el paso tardo de los peregrinos. dejadas de lado porque la víctima reconoce que el agresor no es culpable. el infeliz busca el escondite de los sertones. de noche. su mujer lo abandona. Y desaparece. Al pasar por Paus Brancos. Al mismo tiempo iba perdiendo la antigua serenidad. Se salva de la prisión. Baja hacia el sur de Ceará. para lo que le servía el prestigio tradicional de su familia. hiere con furia de alucinado. Fue el punto final. Sigue des­ pués hacia el sur. en dirección a Crato. un sargento de policía. . con menores exigencias de esfuerzo. con una tendencia acentuada hacia actividades cada vez más estériles hasta desembocar en el ocio franco. Va perdiendo la antigua disciplina. donde no lo conocían ni de nombre. monstruoso en su hábito azul de brin americano. El infeliz muchacho de Quixeramobim queda com­ pletamente olvidado. Y en Bahía surgía el sombrío anacoreta. en el que era magna pars un Lovelace de tragediam. Se realizan algunas averiguaciones policiales. . en camino hacia Crato. LA CAIDA De pronto aparece su contracara violenta. ligándose a los seguidores de cualquier conquistador de urnas. las permanentes luchas partidarias le abrían la carrera aventurera de la política. lugares desconocidos. Este período de su vida todavía lo muestra imbuido de sentimientos dignos. El plano inclinado de esa vida en declive acaba de golpe en una caída formidable. En Ipu. Fulminado de ver­ güenza.

me dijo algo al respecto. . Como dominador fue un títere. ejercía a su alrededor. Aparecía por aquellos sitios sin destino fijo. se reflejó sobre él mismo. apa­ recía por los ranchos de los troperos. pero vagamente. . Le ensanchaba el pano­ rama de su vida lanzándole adentro los errores de dos mil años. en una penitencia ruda. aún joven. su vida misteriosa lo había rodeado de un prestigio nada vulgar que tal vez agravó su temperamento delirante. . a orilla de los caminos. El evangelizador nació. Un viejo cáboclo. Todas las conjeturas y las leyendas que lo rodeaban for­ maron el ambiente propicio para la germinación de su propio desvarío. Esta sombra condensaba el oscurantismo de tres razas. Lo había conocido en los sertones de Pernambuco. el esfuerzo de una introspección delirante con la que la locura envuelve a los cerebros deprimidos. exteriorizada. ya los dominaba. Actuaba como ente pasivo. Andaba sin rumbo cierto. como un espectro. mudo. en el consejero predilecto de todas las decisiones. Era natural. Necesitaban a alguien que personificase su indefnida idealización y los guiase por los caminos misteriosos de los cielos. Aparecía — escuálido y macerado— dentro de su hábito caído. Se volvió algo fantástico. alimentándose mal y ocasionalmente. hecho prisionero en Canudos en los últimos días de la campaña. . sin cálculo. sin porme­ nores característicos. cesaban las charlas y las guitarras festivas. sin precisar fechas. Hablaba en frases breves o con mono­ sílabos. monstruoso autómata. Su insania estaba allí. La multitud le ahorraba el indagar torturante acerca de su propio estado emotivo. como una sombra surgida de las planicies pobladas de duendes. errante. Poco a poco. Lo creaba. Cuando aquel viejo singular de poco más de treinta años. . el dominio que. Y creció tanto que se proyectó en la Historia. como una sombra. indiferente a la vida y a los peligros. Sin querer. durmiendo a la intemperie. La admiración intensa y el respeto absoluto de la gente lo convirtieron en poco tiempo en árbitro incondi­ cional de todas las divergencias y problemas. Pasaba y seguía en busca de otros lugares dejando absortos a los matulos supersticiosos. impresionó vivamente la imagi­ nación de los sertanejos. La multitud lo remodelaba a su imagen.Su existencia es desconocida durante tan largo período. para aquellas simples gentes. Nada decía de su pasado. uno o dos años después de la partida hacia Crato. De este testimonio concluí que Antonio Maciel. de un rancho a otro. . . En el seno de una sociedad primitiva que por sus cualidades étnicas y por el influjo de las santas misiones malévolas comprendía mejor la vida por los incomprensibles milagros.

de la reli­ gión naciente: un oratorio de cedro. apareciendo en la ciudad de Itabaiana en 1874. con los que se impone a la ignorancia y la simplicidad. Uno de los adeptos cargaba el templo único. Lo seguían en su ruta sin norte algunos fieles. Ya no andaba solo. entraban a las aldeas y poblaciones. actores en la farándula de los vencidos de la vida. contraria al trabajo. Así se presentó el Conselheiro en 1876. impresio­ nando por la rareza de la ropa: bata azul. por entonces. y moviendo los sentimientos religiosos. * Folhinha Laemmert. tosco. Su prestigio iba creciendo. sombrero de alas anchas y caídas. sirviéndose de su aspecto misterioso y ropas ascéticas. aceptando sólo lo que necesitaba para el sustento del día. No aceptaba lecho.De los sertones de Pernambuco pasó a los de Sergipe. vive rezando. Se le acercaban espontáneamente. que encerraba la imagen de Cristo. lapicera y tinta. Estas palabras. viste una túnica de algodón y se alimenta tan poco que casi es una momia. sin cinturón. Buscaba los ranchos solitarios. No los había llamado. de un anuario impreso a cen­ tenares de leguas de distancia. pero rechazaba cualquier exceso. desconocido y sospechoso. felices por padecer junto con él privaciones y miserias. Acompañado de dos profesas. Revela ser hombre inteligente pero sin cultura” *. sandalias. que dice llamarse Antonio Conselheiro y que ejerce gran influencia en el espíritu de las clases populares. . un individuo. Así vagó durante largo tiempo hasta aparecer en los sertones al norte de Bahía. Ya tenía gran renombre. avezada en el robo. Con él triunfalmente erguido. pre­ gonando y dando consejos a las multitudes que reúne donde le permiten los párrocos. delatan bien la fama que ya había ganado. rigurosamente verídicas. en la aldea del Itapicuru de Cima. en un coro de letanías. va juntando al pue­ blo y guiándolo a su gusto. Allí llegó. Dice un documento publicado aquel año en la Capital del Imperio: "Apareció en el sertón del Norte. Vivía de limosnas. En general. sólo una tabla desnuda o si no el suelo duro. como a todas partes. la Misión abreviada y las Horas ma­ ñanas 1 8 8 . de 1877. Cuando paraban en los caminos lo colgaban en la rama de un árbol y de rodillas le rezaban. Sobre la espalda una bolsa de cuero en la que traía papel. Dejó crecer sus barbas y sus cabellos. era gente ínfima y sospechosa.

con un ascetismo que hubiera sorprendido a Tertuliano 1 9 °. Allí permaneció varias horas hasta que. No había dolor que le fuera desconocido. la imaginación popular comenzaba a novelarle la vida con rasgos vigorosos de originalidad trágica 1 8 9 . la había macerado y marcado con los cilicios más duros. Le aconsejó que inventara un viaje cualquiera y que permaneciera en los alrededores. Entonces había escapado. . El asceta despuntaba tras la ruda disciplina de quince años de penitencia. por la noche. su casa era visitada por el seductor. ante el asombro de los fieles. el infeliz se alejó a caballo cerca de media legua y luego volvió por caminos no frecuentados. Y con horror vio que era su propia madre que se había disfrazado para realizar su diabólico propósito. Para eso le dijo al hijo que su mujer lo engañaba y como éste. Como se ve. Lo abatió de un tiro. ese sombrío . al acaso. Su piel seca se arrugaba como un cuero pegado a la carne muerta. tal como lo preconizan los apóstoles de la Iglesia. En seguida entró en la casa y con otra descarga fulminó a la esposa infiel que estaba durmiendo. no queriendo a la nuera. Era una leyenda terrible. en cierto modo justificaban. Lo acusaban de una falsedad que su vida excepcional y el desorden de su antigua vida doméstica. Acep­ tado el consejo. la había adormecido en los transitorios descansos sobre los lechos dilace­ rantes de las caatingas . . Allí y ese mismo año. se propuso presentárselas. Había seguido el apren­ dizaje del martirio. de la sed. Muchas veces había bordeado la muerte por los prolongados ayunos. abandonando todo y desde ese momento recorría los sertones. Lo cierto es que la represión legal de 1876 lo encontró ya de lleno metido en el sueño del cual no despertaría. enloquecido. Decían que había matado a su esposa y a su propia madre. lo metieron inopina­ damente preso. despavorido. bien alta la noche. vio un bulto que se aproximaba a su casa. la había endurecido en la fría intemperie. Lo vio acercarse cautelosamente y saltar por una ventana. de las angustias y de las miserias. la había golpeado con las piedras de los caminos. Volvió después para reconocer al hombre que había matado. Venía del hambre. de las fatigas. le exigió pruebas. escondiéndose en un lugar desde donde podía observar y actuar con rapidez. .LEYENDAS En la aldea de Itapicuru se produjo el cierre de esa carrera extraordinaria. Contaban que la madre. imaginó cómo arrui­ narla. sorprendido. No le dio tiempo a entrar. así vería cómo. la había secado en el rescoldo de las sequías. . El dolor se la había anestesiado.

Pasó por las calles entre ovaciones. La recibió indiferente. y los largos cabellos lacios cayendo sobre los hombros. reconocida la improcedencia de la denuncia. Llegado a la tierra natal. lugarejo de pocas centenas de habitantes. De 1877 a 1887 anda por aquellos sertones. Era un árbol sagrado. y la ropa tan singular. llegando hasta el litoral. No formuló una sola queja. según afirman. tal vez. la única cosa que lo vejaba. que durante mucho tiempo fue objeto de una fitolatría extraordinaria. fardo pesado e inoportuno del alma impaciente por huir Para quien vivía de esta manera. dentro de la túnica tan ancha. Los jueces estupefactos lo interrogaron. El pueblo comenzaba la gran serie de milagros de los que. Una elegante capilla señala actual­ mente el lugar de su morada. sin mirada y sin sonrisa. Allí despertó la curiosidad general con su extraña fisonomía: cara muerta. Escuchó el interrogatorio y las acusaciones y no contestó ni con un murmullo. a Vila do Conde (1 8 8 7 ). que coincidió. exorcismos y señales de la cruz de los creyentes asustados y de las beatas transidas de miedo. enmarañándose en los pelos duros de la barba descuidada que le llegaba hasta la cintura. . Redobló su influencia. Y un pequeño árbol. . Esta vuelta.propagandista de la eliminación lenta de la materia: "descargándose de su sangre. . la orden de prisión sólo era un inci­ dente mínimo. ojeras profundas. fue puesto en libertad 1 9 1 . Se entregó. plantado a la entrada de la aldea. y su aspecto repugnante. Apenas — este pormenor curioso lo escuchamos de una persona insos­ pechable— el día que lo embarcaron para Ceará pidió a las autoridades que lo libraran de la curiosidad pública. Después se supo que los custodios que lo habían traído le habían pe­ gado cobardemente en el camino. Prohibió a los fieles que lo defen­ dieran. Lo llevaron a la capital de Bahía. cuya feria congrega a la mayoría de los pobladores de aquel trecho del río Sao Francisco. per­ maneciendo con preferencia en Chorrochó 1 9 2 (1 8 7 7 ). * De Jejuum. párpados caídos. Lo acusaban de viejos crímenes. de desenterrado. rígida como una máscara. porque a su sombra descansaba el peregrino. como una mortaja negra. A su sombra se curaban los enfermos crédulos y sus hojas eran la panacea infalible. Y el mismo año reaparece en Bahía entre sus discípulos que lo habían aguardado. el infeliz ni se enteraba. con el día que había pre­ fijado cuando lo tomaron preso. cometidos en el lugar natal. Permaneció en la serena indiferencia superior de un estoico. revestido de impasibilidad marmórea. Entonces anda durante algún tiempo por los sertones de Curará. tomó rasgos de milagro. en todos los sentidos.

. Parco en los gestos. Quienes los oyeron no evitan las sugestivas aproximaciones históricas. en silencio. se agitaba el movimiento de las ferias. llena de trozos truncados de las Horas mañanas. cruces y banderas divinas. En estas prédicas. Aquí un cementerio arruinado al que se le re­ construyen los muros.En toda esa área no hay quizá una ciudad o un pueblo por donde no haya pasado. Alagoinhas. mezcla inextricable y confusa de con­ sejos dogmáticos. La multitud sucumbía. Imaginemos a un bufón arrebatado en una visión del Apocalipsis. los devotos hacían rezos y letanías y cuando la concurrencia era mayor. Su entrada en las poblaciones. . más adelante una capilla que se levanta. Era truhanesco y era pavoroso. Mucambo. el penitente. . abría de golpe los ojos. seguido siempre por la multitud con­ trita. donde en compensación. se le veían entonces extremada­ mente negros y vivos y la mirada era de un centelleo ofuscante. . Y durante algunos días. Cuando la pronunciaba quedaba callado. hablaba largamente. en las que competía con los capuchinos vagabundos de las misiones. por la tarde. Una oratoria bárbara y estremecedora. afirman testimonios existentes. se convertía en única autoridad. La población convergía en la aldea. En la plaza. abstrusa 1 9 3 . inconexa. Jeremoabo. En casi todas dejaba alguna señal de su paso. Pombal. Inhambupe. acompañado por la farándula de sus fieles. LAS PREDICAS Allí subía y hablaba. Bom Conselho. Magacará. Parece que tenía la preocupación del efecto producido por alguna palabra o frase decisivas. . a veces agravada por la osadía de las citas latinas. ostentaba un sistema religioso incongruente. lo vieron llegar. errante y humilde. Nadie osaba contemplarlo. para que la palabra del profeta pudiese irradiar a todos los puntos y edificar a todos los creyentes. Las ocupaciones normales se paralizaban. Era asombroso. . levan­ taba la cabeza. Y el gran desventurado conseguía entonces su único milagro: no parecer ridículo. eclipsando a las autoridades locales. con frases sacudidas. Tucano y otros. se improvisaba un palco al lado de la feria. los ojos fijos en el suelo. era solemne e impresionante. . sin encarar a la multitud abatida por la melopea fatigante. Releyendo . Monte Santo. allá una iglesia que se renueva. monopolizaba el mando. levantando imágenes. Negocios y campos quedaban vacíos. bajaba los ojos. en el centro mismo de la aldea. . Cumbe. preceptos comunes de la moral cristiana y profecías extravagantes. fascinada bajo el extraño hipnotismo de aquella terrible locura. siempre elegante.

Nunca más miró a una mujer. braman contra las ropas elegantes. Está fuera de nuestro tiempo. en feliz imagen. vibra en censuras. tal vez como el cearense. esgrime el mismo argumento que aquél: la Iglesia perdió su gloria y obedece a Satanás. Es un hermoso ejemplo de la identidad de los estados evolutivos entre los pueblos. Está por entero entre esos retardatarios que Fouillée compara.las páginas memorables * en las que Renán hace resurgir. se advierte el renacimiento integral de aquellas aberraciones muer­ tas. El frigio predicaba. . Como los ultramontanos surgió en un extremo de la tierra. PRECEPTOS DE ULTRAMONTANOS Es un disidente de la hechura exacta de Themison. El mismo milenarismo extravagante. exagerada hasta el máximo horror por la mujer. Incluso a las beatas viejas hechas para amansar sátiros les hablaba de espaldas. en contraste con la licencia absoluta hacia el amor libre. . se siente el efecto maravilloso de una perspectiva a través de los siglos. a los desvariados jefes de las sectas de los primeros siglos. de las mismas fórmulas hiperbólicas. de T . PROFECIAS 1 9 5 Cuando se comparan sus profecías con las del pasado. Se rebela contra la Iglesia romana. .). galvanizados por su bello estilo. El Conselheiro mostraba por ella inven­ cible horror. de las mismas imágenes. . * * En francés en el original: a los que corren por el campo de la civilización cada vez con más retraso. La belleza tentaba a Satanás. (N . el mismo fin del mundo próximo. insisten especialmente contra el lujo de los tocados y — lo que es muy singular— imponen a estos delitos el mismo castigo: sacar el demonio por los cabellos peinando a las vanidosas con peines de espinas. por los resultados amargos de sus desdichas conyugales. * Marc-Auréle. á des coureurs sur le champ de la civilisation. El retrógrado del sertón repro­ duce los caracteres de los místicos del pasado. de plus en plus en retard * * 1 9 4 . Ambos prohíben severamente que las jóvenes se adornen. propiciando casi la extinción del matrimonio. casi de las mismas palabras. las concepciones absurdas del desmañado apóstol sertanejo asombran por su semejanza. Expresa una moral que es la traducción fiel de la de Montano: la castidad. el mismo pavor al Anticristo. Al considerarlo. . No puede buscarse una reproducción más completa del mismo sistema.

En 1896 han de rebaños mil correr de la playa al sertón. "En 1898 habrá muchos sombreros y pocas cabezas. Las que aquí anotamos fueron copiadas allí mismo. todo cuanto los marcaba con un leve rasgo de vanidad. . Que aban­ donasen las fugaces venturas e hiciesen de su vida un duro purgatorio. ¿para el fin de esta edad qué señales darás? "Y El respondió: muchas señales en la Luna. di­ ciendo sermones por las puertas. que la rama se confrontará en la tierra y la tierra en algún lugar se confrontará en el cielo. "En 1897 habrá mucho pasto y poco rastro y un solo pastor y un solo rebaño. que no se manchasen con el sacrilegio de una sonrisa. . en el Sol y en las Es­ trellas. "En 1899 las aguas se harán sangre y el planeta va a aparecer en el naciente con el rayo del sol. levantando poblaciones en los desiertos. uno de sus apóstoles le preguntó: Señor.Que los fieles abandonasen todos sus bienes. Dios dijo en el Evangelio: yo tengo un rebaño que anda fuera del corral y es preciso que se reúnan porque hay un solo pastor y un solo rebaño”. haciendo iglesias y capillitas y dando sus consejos * Estas profecías estaban escritas en gran número de pequeños cuadernos encon­ trados en Canudos. Todas las fortunas se perderían en la catástrofe inminente y era una temeridad inútil conservarlas. "Ha de llover una gran lluvia de estrellas y ahí será el fin del mundo. en la hora nona. en­ tonces el sertón se volverá playa y la playa sertón. de uno de ellos. Preanunciaba años sucesivos de desgracias * : . Ha de aparecer un Angel mandado por mi Padre Eterno. En 1900 se apagarán las luces. . el predestinado llegaba a la tierra por la voluntad divina. El mismo Cristo había presagiado su venida cuando: . El Juicio Final se acercaba inflexible. perteneciente al Secretario del Comandante en Jefe de la Campaña. descansando en el monte de los Olivos. Como los antiguos. .

"Desde el principio del mundo que lo encantó con todo su ejército y lo restituyó en guerra. el Brasil con el Brasil. reviviendo vetustas ilusiones. desde las aguas del mar Don Sebastiáo saldrá con todo su ejército. la Prusia con la Prusia. "Y cuando quedó encantado clavó la espada en la piedra. prometido pero siempre postergado y final­ mente olvidado completamente por la Iglesia ortodoxa del siglo n. Como sus cofrades del pasado. Antonio Conselheiro era un pietista que ansiaba el reino de Dios. la Inglaterra con la Inglaterra. En ellos se delata el viejo aspecto soñador de la religión primitiva. el profetismo tenía en su boca el mismo tono que tuvo en Frigia. pero siempre con la misma rebeldía contra la jerarquía eclesiástica. cuando las naciones pelean con las naciones. con las variantes de la modalidad de los pueblos. a dos mil no llegarás! "Y en este día al salir con su ejército saca a todos con el filo de la espada de este papel de la República. el reino de mil años y sus delicias. . saliendo del mesianismo reli­ gioso al mesianismo racial. la misma exploración de lo sobre­ natural y la misma ansia por el cielo. la ruina del mundo profano. la desgracia de los poderosos. no es una novedad. antes que la deformasen los sofistas canonizados de los concilios. El fin de esta guerra se acabará en la Santa Casa de Roma y la sangre irá hasta la gran junta UN HERESIARCA D EL SIGLO II EN PLENA EDAD MODERNA Como se ve. alza la insurrección contra la forma repu­ blicana : "En verdad os digo. Andaba al borde de un catolicismo mal comprendido. ella se hundió hasta la empuñadura y él dijo: ¡Adiós mundo! "¡Hasta el mil y tantos. Este volver a la edad de oro de los apóstoles y sibilistas.Y en medio de esas estrafalarias palabras. ¿No habrá en esto un rasgo superior del judaismo? No lo voy a encubrir. más o menos con los mismos caracteres. Montano se re­ produce en toda la historia. De modo idéntico enunciaba el juicio de Dios. Es un per­ manente reflujo del cristianismo hacia su cuna judaica.

que vivía solo en una casa sin mue­ bles. se erigían construcciones nuevas y bonitas. en concordancia con la misión que se había señalado. Se reconstruían templos ruinosos. “ . sujeto bajo. se renovaban cementerios abandonados. el pueblo cargaba piedras. . ordenaba penitencias que ordinariamente redundaban en bene­ ficio de las localidades. los obreros cuyos salarios se pagaban en el cielo. Durante días y días. en 1882. junto a la cual se apiñaban las beatas y afluían los regalos con los cuales se alimentaba. sin mirar siquiera a los que lo seguían. . Los sacerdotes toleraban los despropósitos del santo endemoniado por­ que acrecía sus reducidos haberes. haciendo saber a los fieles que les prohibimos en absoluto reunirse para escuchar esos sermones. Y terminada la empresa. vestido de camisón azul. con doctrinas su­ persticiosas y una moral excesivamente rígida * * . los fabricantes proporcionaban gratis los materiales indispensables. la misión santa de adoctrinar a los pueblos y un secular. tomaba el primer camino sertón afuera. a cuyas órdenes obedece ciegamente y por él resistirá cualquier orden legal. . tanto más cuando él nada gana. El arzobispo de Bahía. en 1887). promueve los bautismos. pero no lo contrariaba. * “Cuando por allí pasamos (por Cumbe. da señales de haber advertido esa tolerancia o protección mal disfrazada y emite una circular a todos sus párrocos: "Ha llegado a nuestro conocimiento que por las feligresías del centro de este arzobispado. los párrocos le per­ mitían esas prácticas de las cuales sacaban beneficio porque promovía ios actos de los que salen los rendimientos del clero: bautismos. Teniente Coronel Durval Vieira de Aguiar. Tenía un adversario peligroso. no tiene autoridad para ejercer ese menester. aunque tenga mucha instrucción y virtud. con lo que perturba las conciencias y debilita en mucho la autoridad de los párrocos de esos lugares. acaboclado. . el sacerdote.TENTATIVAS DE REACCION LEGAL Después de sus homilías. Si se da crédito a un valioso testimonio *. anda un individuo denominado Antonio Conselheiro. visto que compete sólo a la Iglesia católica y a sus ministros de religión. por el contrario. casamientos. de barbas y cabellos negros y crecidos. sermoneando al pueblo que se reúne para escucharlo. fiestas y novenas. en fiesta piadosa. sea quien fuere. . Descrigoes práticas da Pro­ vincia da Bahia. en general. fiestas y novenas y todo aquello en que consisten los vastos rendimientos de la Iglesia” .. El pueblo acostumbra concurrir en masa a los actos del Censelheiro. .. preceptos. obligaciones. moreno. . por cuya razón los vicarios lo dejan pasar por santo impunemente. por lo que ordenamos a Vuestra Reverendísima que no con­ sienta en su feligresía semejante abuso. se hallaba en la pobla­ ción un célebre Conselheiro. * * ¡Una moral excesivamente r íg id a !. Los albañiles y carpinteros trabajaban gratis. ¿Adonde? Al azar. el predestinado se marchaba. se movían incansables.

Antonio Conselheiro continuó sin inconvenientes su azaroso apostolado recorriendo los sertones. No se tomó ninguna providencia hasta mediados de 1887. después de historiar ligeramente los antecedentes del agitador. Y después de contar la última tropelía de los fanáticos: "Habiendo desinteligencias entre el grupo de Antonio Conselheiro y el vicario de Inhambupe. Hizo en este sitio su campamento y al presente está construyendo una capilla a expensas del pueblo en el referido lugar. "Aunque esta obra sea de algún merecimiento. aparte que dispensable. suficientemente instruidos. está aquél armado como si fuera a emprender una batalla campal. "El fanatismo no tiene límites y así es que. lugar de Capim Grosso”. pidiendo el Arzobispo al * Circular dirigida al clero bahiano por el Arzobispo D. tolerando y disimu­ lando los atentados que cometen. y por el modo como están los ánimos."Sirva esto para despertar cada vez más el celo de Vuestra Reverencia. que lo escuchan y cumplen sus órdenes de preferencia a las del cura de la parroquia. cuyo costo semanal es de casi cien mil réis. . no fue atendida. no se dejen llevar por otros vientos La intervención de la Iglesia fue inútil. Luis. apeló a los poderes constituidos. venden lo poco que tienen y hasta roban para que no haya ninguna falta. sin miedo al error y afir­ mado en hechos. Parece que esta denuncia hecha en términos tan alarmantes. décuplo de lo que debía ser. además de no trabajar. y consta que están a la espera de que el vicario vaya a un lugar llamado Junco para asesinarlo. dagas. . cuando la diócesis de Bahía intervino de nuevo. en el ejercicio del ministerio de la predicación a fin de que sus parro­ quianos. "Para que vuestra Excelencia sepa quién es Antonio Conselheiro. están trabajando cearenses a los cuales Antonio Conselheiro presta una protección ciega. facas y carabinas y pobre del que es sospechado de ser desafecto a Antonio Conselheiro”. la multitud sube de mil personas. En la construcción de esta capilla. * * Oficio dirigido en noviembre de 1888 al jefe de policía de Bahía por el dele­ gado de Itapicuru. Y como si desease revivir siempre el recuerdo de la primera persecución sufrida. sin hablar de los montos recau­ dados que han sido enviados para otras obras en Chorrochó. es justo y fundado el recelo de grandes desgracias. el 16 de febrero de 1882. vuelve constantemente a Itapicuru. dice * * : " . basta decir que anda acompañado por centenares de personas. . "Los días de sermón. cuya autoridad policial. Da miedo a los transeúntes pasar por allá viendo a esos malvados munidos de cuchillos. rezos y letanías. puedo decir que lo adoran como si fuese un Dios vivo. los excesos y sacrificios no compensan este bien. en oficio donde. por fin. y ese dinero sale de los crédulos y los ignorantes que.

se esforzaban en balde diez obreros para levantar una pesada armazón. con contrición. cuando se construía la bellísima iglesia que ahí está. providencias que contuviesen al "individuo Antonio Vicente Mendes Maciel que. con la larga cabellera agitada por el fuerte viento. La primera oleada de fieles llena la pequeña capilla y los otros per­ manecen afuera. hacía un gran mal a la religión y al estado distrayendo al pueblo de sus obligaciones y arrastrándolo detrás de sí. En otra ocasión — escuché este extraño caso a personas que no se habían dejado arrastrar por el fanatismo— llegó a Monte Santo y ordenó que se hiciera una procesión por la cumbre de la montaña hasta la última capillita que está en lo alto. entonces el predestinado se subió a ella y ordenó que sólo dos hombres la levantaran y lo que no habían conseguido tantos. extendida por la línea de cum­ bres dibujó un camino luminoso en la montaña. . . apoyado en su inseparable bastón. Entre la gente respetuosa penetra en la capilla. A la tarde se inició la ceremonia. Antonio Conselheiro. pidiendo una vacante para el demente en el hospicio de alienados de Río. se sienta en el primer escalón de la tosca escala de piedra y se queda extático. entonando cánticos y de­ teniéndose a rezar en los pasos. abatido. buscando convencerlos de ser el Espíritu Santo.Presidente de la Provincia. . El ministro respondió que no había en ese estable­ cimiento ninguna vacante y el presidente volvió a dirigirse al prelado para ponerlo en conocimiento de la admirable resolución del gobierno. Surgías leyendas. Así se abrió y se cerró el ciclo de las medidas legales que se tomaron durante el Imperio. el contemplativo se levanta. No vamos a referirlas todas. . La mul­ titud anduvo lentamente por el difícil camino. con la respiración agitada. Al llegar al altar mayor. creciendo en la imaginación popular. lo realizaron rápidamente dos sin ningún esfuerzo. . grave y siniestro. Entonces. sin sombrero. iba adelante. predicando doctrinas subversivas. levanta el rostro pá- . de rodillas sobre la áspera roca. El. el presidente de esa provincia se dirigió al mi­ nistro del Imperio. sin aliento. la mirada perdida en las estrellas. Fundó el pueblo de Bom Jesús y cuentan las gentes que en cierta ocasión. la cabeza baja. Cayó la noche. El Conselheiro continuó sin tropiezos su misión perturbadora. Ante tal reclamación. en lo alto. contemplando los cielos. Se le notaba el cansancio. Al llegar a la Santa Cruz. Los penitentes encendieron las antorchas y la procesión.

Y la multitud se estremece de asombro. Estas y otras leyendas son todavía corrientes en el sertón. El medio lo favorecía y él realizaba. apeló al egoísmo humano. en Natuba. Dos lágrimas ensangrentadas ruedan por el rostro inmaculado de la Virgen Santísima. a veces. le ofrece un lecho. con quien se llevaba mal. vestido. apareció y ordenó cargar piedras para hacer reparaciones a la igle­ sia. Dominador incondicional. — No puedo. la Iglesia no te permite predicar. inofensiva y serena de los apóstoles. una vieja figura de peregrino a la que no faltaba el tradicional crucifijo colgado a un costado de la cintura y el manto polvoriento y gastado y el bidón de agua y el gran bastón. Obedecía a la finalidad de los viejos impulsos ancestrales y subyugado por ella. le pide al cura que le conceda predicar en la fiesta que se va a realizar en la iglesia. — Hermano. como hombre práctico que era. el singular huésped que hasta ese momento apenas ha dicho palabra. estando ausente el párroco. cierto vicario de una parroquia sertaneja ve llegar a su puerta a un hombre extremadamente delgado y abatido. No arrastraba al pueblo sertanejo porque lo dominaba. comenzó a irritarse ante la menor contrariedad. Y partió. Entonces el peregrino lo miró durante un rato y sin decirle una palabra. la reacción fue creciendo y le agrió el ánimo. largos cabellos despei­ nados por los hombros. Se sacudió el polvo de las sandalias. Cierta vez.lido orlado por los cabellos desaliñados. no tienes órdenes. Era la clásica protesta. . HEG1RA HACIA EL SERTON Sin embargo. prefiere una tabla sobre la que se echa sin mantas. Una inexplicable placidez le había amortecido la neurosis. yo debo hacerlo — le contestó de nuevo el sacerdote. Antonio Conselheiro reunía en su en­ fermo misticismo todos los errores y las supersticiones que forman el coeficiente de reducción de nuestra nacionalidad. apenas le acepta un pedazo de pan. sin sacarse siquiera las sandalias. . Se irritó y para enfrentar la situación. sino porque era dominado por las aberra­ ciones populares. Es natural. — Déjame entonces hacer el vía crucis. el absurdo de ser útil. El sacerdote llegó y vio la invasión de sus dominios. El párroco le da alimento. Al otro día. Un día. largas barbas bajando por el pecho. evidenciaba en todos sus actos la implacabilidad de un gran evangelista. sacó debajo de su túnica un pañuelo. Especie de gran hombre al revés. .

Decretada la autonomía de los municipios. Sólo podía renovar esas cosas el hombre que convencía a los matutos crédulos. El apóstol no acep­ tó la invitación. seguros de des­ truirlos con la primera descarga. con altanería que chocaba con su antigua humildad. un político influyente del mismo lugar lo llamó. Antonio Conselheiro se encontraba en Bom Conselho. Esta minúscula batalla tendría más adelante muchas copias ampliadas. contaban con la victo­ ria encerrando entre las caatingas a los nuevos contendores. las autoridades habían impuesto a los propietarios la cons­ trucción de aceras frente a sus casas. Después tomó conciencia de la gravedad de lo hecho y dejando la aldea. la afrenta recibida. La imposición lo irritó. a pedido del mismo párroco. Los treinta policías. dándose a la fuga que fue encabezada por el propio comandante. Contempló a la República con malos ojos y predicó la rebeldía contra las nuevas leyes.Días antes. . los pastos habían invadido el cementerio. donde se fijaba la cobranza de los im­ puestos. Pero lo hizo con palabras discriminatorias. los creyentes acompañaron la hégira del profeta. Estos no superaban en aquella época los doscientos hombres. La tropa los alcanzó en Maceté. para ese fin. ordenó que se quitaran las tablas y se quemaran en una hoguera en el centro del lugar. Le salió de la boca la primera maldición y partió de la ciudad ingrata. recordando. Y al aparecer esta vieja novedad. atacaron impetuosamente a la turba de penitentes. que sustituían a los edictos impresos. El Conselheiro esta vez no se limitó a sacudir sus sandalias. Desde 1895 adoptó una posición combatiente comple­ tamente nueva. El acontecimiento había tenido repercusión en la Capital de donde partió una fuerza policial para prender al rebelde y diezmar a los sedi­ ciosos. bien arma­ dos. en las cercanías de las sierras del Ovó. Realizada la hazaña. Reunió al pueblo en un día feriado y entre gritos de sedición y estallidos de cohetes. Ahora buscaban el desierto. Tiempo después. Dieron de frente con los jagunqos temerarios. La originó un suceso de poca monta. la feligresía era pobre. etcétera. No buscaron más los poblados como antes. sitio abrupto y estéril entre Tucano y Cumbe. Lo iban volviendo malo. tomó por el camino de Monte Santo hacia el norte. el cura cedió las pie­ dras acumuladas ante la iglesia. En efecto. Habló en esa especie de auto de fe que la debilidad de las auto­ ridades no impidió y predicó abiertamente la rebelión contra las nue­ vas leyes. El derrocamiento de la tropa les preanunciaba persecuciones más vigo­ rosas y seguros del amparo de la naturaleza salvaje. Fueron totalmente desbaratados. El templo estaba en ruinas. las autoridades de las loca­ lidades de Bahía habían mandado colocar las tradicionales tablas.

no se hizo ilusiones con la inexplicable huida que lo había salvado. centralizada por la vieja iglesia que ya exis­ tía. . Pero no siguieron más allá de Serrinha. y en lo alto de una explanada del cerro. la marcha era guiada por las letanías y el paso tardo del profeta.P. siguiendo un rumbo prefijado. sin pérdida de tiempo. en 1895. allí se aglomeraban como agregados al establecimiento por entonces floreciente. iba a convertirse. estaba en plena decadencia: los campos abandonados. como la mayoría de los que yacen desconocidos por nuestros sertones. en ruinas. en 1890 era una tapera de cerca de cincuenta ranchos de palo-a-pique 1 9 G . . No preguntaron adonde iban. circundado por montañas. V CANUDOS: ANTECEDENTES Canudos. Ya en 1876. a la que se juntaban cada día decenas de prosélitos. el oscuro lugarejo ya tenía.F. . una población sospechosa y ociosa "armada hasta los dientes” y "cuya ocupación casi exclusiva consistía en beber aguardiente y pitar unos ex­ quisitos cigarros de un metro de extensión” * de tabaco naturalmente provisto por las solanáceas (canudos-de-pito) exuberantes y abundantes a orillas del río. según el testimonio de un sacerdote que como tantos otros. en número de ochen­ ta plazas de línea. De ese año data su renacimiento y rápido crecimiento. . vicario de Itu. . * Padre V. de donde re­ tornaron sin aventurarse por el sertón. Así es que antes de la llegada del Conselheiro. sin embargo. la antigua residencia señorial. Conocía el sertón. Cuando aquél llegó. reducida a sus paredes externas. los ranchos vacíos. desde Bahía. planicies estériles y por largos días. Conocía lugares ignotos de donde no lo sacarían. viejo establecimiento de ganado a orillas del Vaza-Barris. donde no penetraría la mano del gobierno maldito. por los caminos sertanejos. Informaciones manuscritas (1 8 9 8 ) 197. ampliándose en poco tiempo. lentamente. Los creyentes lo acompañaron. La aldea efí­ mera de los matutos ociosos. Atrave­ saron serranías abruptas. Siguió el rumbo del norte. Tal vez ya los había señalado previendo futuras vicisitudes. Arrastró a la muchedumbre de fieles.éstos partieron. en la Troya de la banda de jagungos. destejada. Antonio Conselheiro. había sido nombrado por el vicario de Cumbe para hacer una visi­ ta espiritual a esas gentes completamente aisladas del mundo. muchos gérmenes de desorden y crimen. Lo había recorrido entero en una romería ininte­ rrumpida de veinte años. Era el lugar sagrado.

esa tapera colosal parecía dibujar el aspecto moral de la sociedad que allí moraba. Así cambiaban las comarcas. Entre Ríos. Era la objetivación de aquella inmensa locura. en el lapso de semanas. que apenas separaban la barahúnda caótica de los ranchos construidos al azar. Itabaiana y otros lugares lejanos. conseguir algún dinero e ir a compartirlo con el Santo Conselheiro. Aquello se construía al azar. llevando en canastas sus toscos mobiliarios y sus oratorios. amplio y alto. Macacará. etcétera. CRECIMIENTO VERTIGINOSO No sorprende que hacia allá convergieran. . La edificación era tan rudimentaria que se hacían hasta doce casas por día y a medida que se extendía. Uauá y otros lugares cercanos. partiendo de todos los puntos. hasta casas y terrenos. proveían constantes contingentes. Visto de lejos. La población crecía vigorosamente. No se distinguían calles. revuelto entre las cumbres. Itapicuru. lugar escogido por Anto­ nio Conselheiro como su centro de operaciones. subiendo por las colinas. . Bom Conselho. Dice un testimonio * 198: "Algunos sitios de esta comarca y de otras ve­ cinas y hasta del Estado de Sergipe. en las ferias. * Baráo de Jeremoabo. esos grupos se unían en los caminos y llegaban al fin juntos a Canudos. Nacía viejo. tal fue el aluvión de familias que subían hasta Canudos. definía bien la civitas siniestra del equí­ voco. demencialmente. La urbs monstruosa. Natuba. extraordinarias cantidades de ganado vacuno. tenía el aspecto de una ciudad que hubiese sido sacudida por un terremoto y brutalmente revuelta 1 9 9 . Jeremoabo. . Monte Santo. Inhambupe. Cumbe. caballar. Las sustituía un dédalo desesperante de caminitos estrechísimos. con los frentes vueltos hacia cualquier punto. El poblado nacía. quedaron deshabitadas. por precios irrisorios. agachado y cubriendo un área enorme. Los pocos viajeros que se arriesgaban por aquel sertón se topaban con grupos sucesivos de fieles que marchaban cargados de fardos. cuerpo del delito que tes­ timoniaba acerca de las rebeliones de un pueblo. sucesivos grupos de pobladores oriundos de las aldeas y villas más re­ motas . Mundo Novo. Tucano. Documento ineludible. . Solitarios al principio. . hacia el lugar elegido. caprino. ya en ruinas. Jacobina.Su interesante topografía se amoldaba para la imaginación de aquellas simples gentes al primer escalón. de a pedazos entre los cerros. El anhelo era vender. además de otros objetos. de barro. cortado por las quebradas. Causaba dolor ver pues­ tos a remate. de su subida a los cielos.

Aparecía de golpe. Se confundía. como formando una vivienda única. como fetiches. comedor y recepción y lateralmente. amplísima. la lanza de los cangaceiros larga como una espada. en cierto modo. advertía algunos trastos escasos y groseros: un tosco banco. Y nada más necesitaba esa gente. una alcoba oscurísima. Hechas de palo-a-pique y divididas en tres habitaciones minúsculas. traducía. Al fondo del único dormitorio. en gradaciones completas. y las espingardas. desde las de caño fino hasta la "legítima de Braga” cebada con plomo. Canudos surgió con un aspecto entre campamento de guerrilleros y vasto kraal africano. dos o tres banquitos con forma de butacas. imitando el mismo aspecto burdo del conjunto. Si las edificaciones. Era todo el mobiliario. un par de cestas de cipó y la bolsa de caza hecha con fibras de caraoá. por su falta de cal. capaz de destrozar piedras. el rancho de techo de barro de los jagungos equiparado a los wigwan de los pieles rojas. un tosco oratorio. imá­ genes de líneas duras. sugería un paralelo deplorable. que sólo se descubría por una puerta estrecha y baja. con el suelo. recordaban las cabañas de los galos de César. La au­ sencia de calles. en una vuelta cualquiera del Vaza-Barris que la limitaba por el este y el sur. reproduciendo los piques antiguos. en sus modalidades evolutivas. un atrio que al mismo tiempo servía de cocina. Entre éstas. . Cubiertas de capas espesas de veinte cen­ tímetros de barro sobre ramas de icó. objetivan la persona­ lidad humana. A cierta distancia era invisible. que mostraban la religión mestiza: San Antonios proteiformes y africanizados. las armas que evocaban estadios remotos en el tiempo: el facón jacaré de hoja larga v fuerte. hasta la de caño fino y pequeño calibre. las plazas que aparte la de las iglesias no eran nada más que el fondo común de las casas y los ranchos pegados unos a otros. como si todo hubiese sido construido en una noche por una multitud de locos. . unos santos mal confeccionados. extendida por las colinas y destinada a abrigar por poco tiempo al tumultoso clan de Antonio Conselheiro. igual número de cajas o ca­ nastas. especie de balde de cuero para el transporte del agua. Cuando la mirada se acostumbraba a la penumbra de esas habitacio­ nes exiguas. Marías Santísimas feas como Megeras. la pobreza a niveles repugnantes. más que la miseria del hombre la decrepitud de la raza. En éste. Eran una fase transitoria entre la caverna primitiva y la casa.orientados hacia todos los rumbos. Por fin. Ni camas ni mesas. sin la elegancia de las lanzas. una bolsa colgada del techo y las redes. desde el trabuco mortal. porras huecas y llenas hasta la mitad de plomo. pesadas. . La inco­ modidad y sobre todo. Nada más. la aguijada de tres metros de largo. Arrimados a los ángulos se veían insignificantes acce­ sorios: el bogó. las casas eran una parodia grosera de la antigua morada romana: un vestíbulo exiguo.

se veía la antigua casa del establecimiento ganadero. rasgadas por lajas apenas revestidas en pocos lugares por un montón de bromelias y en algunos otros por cactos erguidos y solitarios. cada vez más lejos. algunas quixabeiras se agrupaban formando un huerto salvaje. Al sur. estrechísimos. Una faja fulgurante rodeaba la aldea v al unísono resonaban las voces de la multitud de penitentes en la me­ lopea plañidera de los benditos. cerca y dominante. el morro de los Pela­ dos. . Allí aparecen quebradas de bordes a pique. éstas se apiñaban próximas a la depresión en que estaba erigida la primitiva iglesia y descendían desnivaladas. ruedan afluentes efímeros que tienen falsos nombres de ríos: el Mucuím. colinas desnudas. el monte de la Favela se levantaba a mayor altura y a sus pies. Por fin pisa­ ban la tierra de promisión. terminado de golpe en barranca a plomo sobre el río y éste. . Ceará. pero felices. de ahí en más. Las lejanas montañas la encerraban en una elipse de ejes dilatados. A mitad de la ladera. estrangulado entre las cumbres del Caipá. Como pos­ tigos de un baluarte inmenso. Al principio. después comenzaron a salpicar. Venían de todas partes.La rodeaba una naturaleza muerta: paisajes tristes. que se prolongaban. el Umbiranas. en ruinas. en invierno. Cuando clareaba la mañana. . que suecesos posteriores denominarían de la Provi­ dencia. rodeada casi por entero por el Vaza-Barris. insinuándose en los desfiladeros de Cocorobó. un contrafuerte. la Canaan sagrada que el buen Jesús aislara del resto del mundo con un cinturón de sierras. el del Cambaio. y tras­ puestas las últimas vueltas del camino. Por un lado. y otros. golpeado al sur por las laderas de la Favela y dominado al oeste por las lomas más altas de faldas escarpadas. el de Jeremoabo. se abrían. . los pasos o gargantes de los caminos: el de Uauá. solitaria. abarcando todo el poblado con un lecho exca­ vado y hondo como un foso. abiertas por las erosiones intensas y por las cuales. A la noche se encendían las hogueras en los ranchos de los peregrinos. junto a las laderas del Calumbi. hasta la costa del río. Pernambuco y Sergipe. Llegaban cansados de su larga jornada. hasta las distantes serranías. sucesivas cara­ vanas de fieles. Habían llegado al término de su romería. sin una sola mata. y el del Rosario. Estaban a salvo de la pavorosa hecatombe que vaticinaban las profecías del evangelizador. Canudos. caían de rodillas sobre el áspero suelo. en declive. Acampaban a gusto en lo alto de las cumbres. hacia el este se abría en planicies onduladas. ondulando. al sesgo. careando sus haberes. el terre­ no escabroso. . cuando divisaban el campanario humilde de la antigua capilla. esparcidas. se entregaban a la tarea de construir sus cabañas. uniformes. Por estos caminos y estas entradas. ensanchándose. llegaban al pueblo naciente al fon­ do de los sertones de Piauí.

la guardaban al oeste. al oeste y al norte por las laderas de las tierras más elevadas que desde allí se dirigen a los contrafuertes extremos del Cambaio y del Caipá. . La revoltosa grey no buscaba los horizontes. esparcidas por los cerros a manera de garitas. Marginaban el de Jeremoabo. demarcaba su área más baja. Las habría com­ prendido algún Vauban inculto. siguiendo un eje orientado hacia el norte. Su curso rodeaba.Construcciones ligeras. Se sucedían escalonadas. Cerrada al sur por el morro. se erigían en una y otra margen del Vaza-Barris. se expandía. Sin embargo. torcía hacia el norte convertido en un hondo cañón. . Canudos era una tapera dentro de una urna. cerrando toda la bajada. subiendo poco a poco en un plano inclinado semejando un extenso valle en declive. una muralla y un valle. por el Rosario o Calumbi. oprimido entre las últimas casas y los escalones a pique de los morros más altos. De hecho. Porque la ciudad salvaje tuvo desde el principio. La plaza de la iglesia. bor­ deando los caminos. y al sur por la montaña. Viniendo del este. al encontrarse de pronto ante un caserío compacto. refugio de vaqueros inofensivos. Cada una era una casa y un reducto. no se revelaban a la distancia. quedaba sorprendido como ante una trampa. libre de las faldas escarpadas. saltando el alto de la Favela o las laderas que caen sobre el río Sargento. Desde allí. que parecían obedecer a un plan de defensa. distantes del núcleo compacto del caserío. rodando impetuosas con la fuerza viva de la caída. Se desparramaban por los cerros que se sucedían innumemrables siguiendo el rumbo de Uauá. se encar­ . puntilleaban el del Rosario. planos de fuego rasantes al suelo vueltos hacia todos los rumbos. bajando escalonadamente hasta el río. junto al río. 200. enfilando hacia todos los caminos. Si se venía del sur. el Vaza-Barris. el viajero que las observara. el caserío aparecía expuesto. en un plano inferior. tenía condiciones tácticas excelentes. Se disponían formando líneas iregulares de ba­ luartes. acompañando su rápido crecimiento. pensaría en ranchos solitarios. al contrario. Allá adentro se apre­ taban las casas. circundaba. subiendo más esparcidas por las faldas del este y salpicando los altos de los morros minados de trin­ cheras. de modo que con un golpe de vista se aquilataban las condiciones de la defensa. trasponiendo el río y contorneando la Favela. En apariencia eran deplorables. La aldea parecía dispuesta para el choque de cargas fulminantes. podía asediarlos golpeándolos en todas las calles con una única batería. El enemigo. Cubiertos por lajas de piedra y ramajes de macambiras. Cuando se acercaba. un formidable círculo de trincheras cavadas en todas las cumbres. la depresión en que se erigía el poblado que que­ daba cerrado al este por las colinas. por los abruptos declives.

hasta el bandido suelto que llegaba con su carabina al hombro en busca de campo nuevo para sus hazañas. habían escogido precisamente. vivían bajo la enfermante preocupación de la otra vida. un trecho que recordaba un vallado enorme. REGIMEN DE LA URBS Allí se estableció un régimen modelado por la religiosidad del apóstol extravagante. El sertanejo simple se transformaba en el fanático temerario y bruto. Subyugada por su prestigio. Y éste era transitorio y breve. . limi­ taban el mundo a la línea de serranías que los ceñían y no pensaban en instituciones que les garantizaran destino en la tierra 203. la población tenía agravadas todas las con­ diciones de su estadio social inferior. sólo por la yuxtaposición mecánica de las sucesivas levas. sus tiendas. inmersas en un sueño religioso. de fetiche de carne y hueso. . la consanguinidad moral les daba la forma exacta de un clan. intactas. una escala terminal de donde saldrían sin tardanza. donde las líneas de las cumbres se resuel­ ven en las altiplanicies.celaba. sin órganos y sin funciones espe­ cíficas. Canudos era el cosmos. por última vez. Los jagungos errantes armaban allí. masa inconscien­ te y bruta. a la manera de un grupo de pólipos humanos. todas las tendencias del hombre extraordinario en el cual la apariencia proteica — de santo exiliado en la tierra. POBLACION MULTIFORME Así fue que en poco tiempo. Canudos era una estereotipia de los primeros agrupamientos bárbaros. A falta de hermandad sanguínea. de bonzo claudicante— estaba adrede tallada para revivir los estigmas degenerativos de las tres razas 202. un punto de paso. . . desde el creyente fervoroso que abandonaba las comodi­ dades de la vida en otros lugares. Es natural que absorbiese. . en el cual las leyes las dictaba el arbitrio del jefe y la justicia derivaba de sus irrevocables decisiones. Aceptaban a ciegas todo cuanto les enseñaba. No les servirían. que crecía sin desarrollarse. En esa hermosa región. la población constituida por los más dispa­ res elementos. el último descanso en la travesía de un desierto: la Tierra. Lo absorbía la psicosis colectiva y adoptaba el nombre que hasta entonces estaba consagrado a los turbulentos y a los valentones de las refriegas elec­ torales y saqueadores de ciudades: jagungos201. se convirtió en una comunidad homogénea y uniforme. en la romería milagrosa hacia los cielos.

Al enterarse del caso escandaloso en el que la lubricidad de un des­ variado había maculado a una incauta doncella. * Montanus ne prenait même pas la peine d’interdire un acte devenu absolument insignifiant. la situación dehonrosa de los bancklings entre los germanos. p. el olvido del más allá maravilloso.No querían nada de esta vida. impli­ caba. la indiferencia por la felicidad sobrenatural inminente. Su deprimido sentido moral sólo comprendía la posesión de éste por el contraste de las amarguras soportadas. . por el vertedero de las lá­ grimas. Casi una impiedad. tuvo una frase feroz­ mente cínica que los sertanejos repetían. El profeta les había enseñado a temer el pecado mortal del bienestar más fugaz. la terapia infalible contra la ponzoña de los ma­ yores vicios. Les sobraban. Voluntarios de la miseria y del dolor. No le importaba que errasen si todas las impurezas de una vida infame salían finalmente. Se veían bien viéndose en andrajos. de los pastos. No es de admirar que se diese en Canudos una promiscuidad sin freno. Marc-Aurèle. de los rebaños y de los escasos pro­ ductos de los cultivos. Eran legión. La tentativa de ennoblecer la existencia en la tierra. sin aquilatar su torpeza: "Siguió el destino de todas. . Este desprendimento llevado hasta las últimas con­ secuencias. Por eso la propiedad se les volvió una forma exagerada del colectivismo tribal de los beduinos 204: la apropia­ ción personal. El extremo dolor era la extrema unción. de alguna manera. los hacía despojarse de las bellas cualidades morales larga­ mente aprendidas en la existencia patriarcal de los sertones. Para Anto­ nio Conselheiro — y también en este punto copia viejos modelos histó­ ricos— la virtud era como el reflejo superior de la vanidad. eran venturosos en la medida de las privaciones sufridas. Los hijos espurios no llevaban en la frente la señal infamante de su origen. pasó por debajo del árbol del bien y del mal”. cuyos dueños recibían una exigua parte quedando el resto para la compañía. De todas las páginas de los catecismos que había deletreado le queda­ ba un precepto único: Bienaventurados los que sufren . 215. Renán. la comunidad absoluta de la tierra. La porte se trouvait aussi ouverte à la débauche. El sufrimiento duro era la absolución plenaria. sólo de los objetos muebles y de las casas. Los recién venidos le entregaban al Conselheiro el noventa y nueve por ciento de lo que traían. gota a gota. . Que los hombres se comportaran mal o bien era una cuestión sin im­ portancia *. du moment que l’humanité en était à son dernier soir. incluyendo los santos que se destinaban al santuario común. Se sentían felices con las migajas restantes.

los preparaba para las estrecheces de los asedios. Se ejercía. Por natural contraste. se veían diariamente presos por los que habían cometido la leve falta de algún homicidio. a dispersar los hogares y a confundir en el mismo vórtice todas las virtudes y todas las abominaciones. Predicaba entonces los ayunos pro­ longados.Porque el dominador. siniestros héroes de faca y cuchillo. toleraba el amor libre 205. En los consejos diarios no hablaba de la vida conyugal ni ponía normas a las parejas. Lo que urgía era anticiparlo. quizá previstos. aunque no lo estimulaba. Y fueron éstos. como todo lo demás. como si volviese de un festín. No de otro modo se comprende que permitiese la permanencia en la aldea de indi­ viduos cuya índole se contraponía a su placidez humilde. la justicia era. En la cárcel paradojalmente establecida. nula para los grandes atentados. Se cuenta que cierto día lo fue a visitar un creyente rico de las cercanías. . antinómica en el clan policial de los facinerosos. La extraordinaria secta — caso de simbiosis moral en la que el ideal cristiano surgía monstruoso dentro de aberraciones fetichistas— tenía sus mejores representantes en los Bautistas truculentos. capaces de cargar las cara­ binas homicidas con las cuentas del rosario. Y era lógico. cuando el cataclismo inminente vendría en breve a apagar para siempre las uniones más íntimas. más adelante. por las privaciones y por el martirio. Estando en los últimos días del mundo no iba a perder el tiempo agitando preceptos vanos. eran sus mejores discípulos. las garantías de su auto­ ridad inviolable. Daba el ejemplo haciendo saber por los fieles más íntimos. Antonio Conselheiro dominaba la aldea. a los que habían perpetrado el abominable crimen de faltar a los rezos. . co­ rrigiendo a los que salían de las huellas trazadas. Este régimen severo tenía un doble efecto: por la debilidad volvía más vibrátil la inervación enfermiza de los creyentes y al mismo tiempo. Llegaban allí entre­ mezclados con los matutos crédulos y los vaqueros ilusionados. sobre las faltas más tenues. Inexorable para las culpas pequeñas. Repartió con él su escasa refacción y éste — milagro que impresionó a la aldea entera— salió del minúsculo banquete. POLICIA DE BANDIDOS Gracias a su mano fuerte. Es posible que fuera la intención recóndita de Antonio Conselheiro. implantando penas severísimas. que pasaba días alimentándose sólo con un platito de harina. los más queridos del singular hombre. la lenta extinción de la vida. . Se creaba una delincuencia especial traducida por una inversión completa del concepto de crimen. repleto. Canudos era la muerte de afamados facinerosos. sus ayudantes predilectos. las agonías del hambre.

En 1894. Partían de allá bandas turbu­ lentas que atropellaban los alrededores. como siempre lo hizo. la sitió. cierta vez. unos troperos inexpertos. transforman la fantasía del sufragio universal en la maza de Hércules de nuestra dignidad. Los atraía el lucro resultante. Pero cuando descargaron en la plaza la valiosa carga. Algunos fieles ricos tenían veleidades políticas. Los asaltantes volvían con los despojos a la aldea. por ejemplo. El contrabando sacrilego fue inutilizado. . Llevaban el eterno cómplice de las horas ociosas de los matutos. Muchas veces. originándose una calurosa e inútil discusión en la Asamblea Estatal de Bahía. En un dilatado radio alrededor de Canudos se saqueaban haciendas. Pero fuera del poblado podían armarse desórdenes. Una sólida experiencia le había enseñado al Conselheiro todos los peligros que derivan de este hachís nacional. Canudos se convertía entonces. tuvieron una sorpresa. En Bom Conselho. se conquistaban ciudades. en el cuartel de las guardias pretorianas de los capangas que de allí salían. Cualquier tropelía era permitida si aumentaba el patrimonio de la grey 206. donde nadie les tomaba cuenta de sus desmanes. El caso es revelador. provisoriamente. ¡Ay del dipsó­ mano incorregible que se atreviera a romper la interdicción impuesta! Se cuenta que.El uso de aguardiente. fueron a Canudos llevando algunos barriles del líquido prohibido. amargos panes con que los había obsequiado esa ingrata gente. dice el testimonio unánime de la población sertaneja. apelaban al Conselheiro. era un delito serio. No estaba interdicto por ser un vicio sino para prevenir desórdenes. Nuestra civilización alimentaba. torturó al escribano de los casamientos que se vio en figu­ rillas para impedir que los sarcásticos creyentes le abrieran una amplia y tosca coronilla. siguiendo rumbos preciosos. echó a las autoridades comen­ zando por el juez del lugar 20 7 y como entreacto hilarante de la razzia escandalosa. para reforzar a palos y a tiros. una horda tomó posesión de la villa. a ejemplo de miles de comparsas diseminados en este país. abiertos los barriles a fuerza de hachazos. en lugar de la ganancia apetecida. el bandidismo sertanejo. la soberanía popular. para realizar las "mazorcas” periódicas que la ley llama "elecciones”. por invadir con su profesión las atribuciones sagradas del vicario. Y llegaron a des­ pertar la atención de los poderes constituidos. las expediciones eran sugeridas por indicaciones locales. se asaltaban lugarejos. para des­ trozar las actas. Y se volvieron llevando en las manos. el dolor de las docenas de latigazos recibidos. las tropelías coman­ dadas por valentones de nota se volvieron alarmantes. venidos de Juázeiro. Los grandes conquistadores de urnas que. eufemismo que entre nosotros es el más vivo rasgo de las osadías del lenguaje. Llegaba la época de las elecciones.

). por ventura. niños. recordaban al infeliz los primeros días de su vida atormentada y le avivaban. era la savia vigorosa de la aldea. los últimos rasgos de vanidad en la comparación ventajosa con el santo milagrero por excelencia 2 0 8 . Eran ejercicios prácticos indispensables para la preparación de batallas más peligrosas. de la solicitud del jefe que era para ellos un santo protector y al cual saludaban entonando versos que hace veintitantos años corren por los sertones: Do céu veio urna luz Que ] esus-Cristo mandou. Vivían parasitariamente. Traducción de los versos populares: “Del cielo vino una luz / que Jesucristo mandó. allí los aguardaba al final de la jornada. . E L TEMPLO Además de esto. Allí per­ manecían. Comprendía que aquella masa. exigía. ¡Ya en 1879!. en apariencia inútil.Ahora bien. Santo Antonio Aparecido Dos castigos nos livroul Quern ouvir e nao aprender Quern souber e nao ensinar No dia do Juízo A sua alma penará! * Estas viejas cuartetas que guarda la tradición. enfermos. en el camino hacia la felicidad eterna. Con tan pocos recursos fanatizó a las poblaciones que visitó. (N . sus mejores creyentes: mujeres. El escritor transcribía esas cuartetas en 1879. la última peni­ tencia: la construcción del templo. . / el Día del Juicio / su alma perderá” . felices de tener sobre los hombros harapos inmundos. inofensivos en tanto inválidos. * Silvio Romero. precediéndolas con el siguiente comentario: “Era. Quizá así lo entendía el Conselheiro. Eran los elegidos. / Quien oye y no aprende. San Antonio Aparecido / del castigo nos libró. digamos a falta de otro término — porque no hay pala­ bra que signifique tumulto disciplinado— un orden inalterable. Lo cierto es que abría a los desventurados las despensas repletas por las limosnas y por el trabajo comunitario. donde lo tenían por San Antonio Aparecido” . significaba la celeridad máxima. A poesía Popular no Brasil. / quien sabe y no enseña. del T . a su manera. viejos. esos asaltos constituían una enseñanza. Y las toleraba. bienaventurados porque el paso tardo. . un misionero. Pero en la aldea. Eran útiles. sambenitos de alguna penitencia que era su propia vida. dificultoso por las muletas o las anquilosidades.

. Desde la madrugada. de fortaleza y de templo. con su fachada estupenda. de estilo indescifrable. la construyó como el monumento que cerraría su carrera. levantada por los músculos gastados de los viejos. La levantaba vuelta hacia el levante. Le sentaba la forma ambigua de santuario y de antro. sobre los andamios altos y bam­ boleantes. lo transfigurase. Enfrentado al antiguo. guardaban la comarca. . el resto del pueblo trabajaba en la misión sagrada. La mitad. Es que la catedral admirable de los jagungos tenía la elocuencia silen­ ciosa de los edificios de que nos habla Bossuet. sin pro­ porciones. dispersos en pique­ tes vigilantes. vuelto una cariátide errante sobre el edificio monstruoso. . El pueblo. informe y brutal. muy altas. 209. muchas veces se estremecía al verlo pasar lentamente sobre los tablones oscilantes. Era rectangular. el nuevo templo se levantaba al otro lado de la plaza. Retrataba de­ masiado en su modesto aspecto. No se asombraban los recién llegados de los cuadros que se les pre­ sentaban. mascarada de frisos grose­ ros y volutas imposibles. el desorden mismo del espíritu delirante210. Durante mucho tiempo tendría ese aspecto anó­ malo. vasto y pesado. De Alagoinhas. antes que las dos torres. de la población de Tucano y de Itapicuru hacia allá se marchó. donde resonarían más tarde las letanías y las balas. o metían a saco las aldeas próximas. La había delineado el mismo Conselheiro. . Era su gran obra. her­ manando en el mismo ámbito. No escasearon refuerzos y recursos para la sociedad acampada en el desierto. Los tomaban como prueba obligatoria que les desafiaba la fe. Comenzó a levantarse la iglesia nueva. Era frágil y pequeña. la suprema piedad y los supremos rencores. Las paredes gruesas recordaban murallas de reductos. Feira de Sant’Ana y Santa Luzia partían toda clase de auxilios. en el transporte de los mate­ riales. mientras unos se entregaban al cultivo de las tierras o conducían los rebaños de cabras. con la osadía de un gótico rudo e imperfecto. de la extrema debilidad humana. sin módulos. hormigueando abajo.La antigua capilla no bastaba. y otros. . Bom Conselho y Simáo Dias hubo gran abastecimiento de ganado. Debía ser como fue. impasible. como si quisiera objetivar. sin reglas. por decir así. por los brazos leves de las mujeres y los niños. No faltaban brazos para la tarea. erigida como si fuese el molde monumental de la secta combatiente. Viejo arquitecto de iglesias. Era necesario que le contrapusieran la arx monstruosa. a piedra y cal. De Jeremoabo. Allí pasaba los días. sin un temblor en el rostro bronceado y rígido. Debía surgir. mole formidable y bruta. la pureza de la religión antigua. encabrioladas en un delirio de curvas incorrec­ tas: rasgada de ojivas horrorosas.

Llegaba la noche. término que en los sertones tiene el peor de los significados. . entre los flancos como torres de las colinas. corrompi­ das de pecados viejos tardíamente penitenciados. sueltas en un ocio sin frenos. . GRUPOS DE VALIENTES Allí estaban las bestias. Y en cada uno de ellos una mezcla enorme de contrastes. la multitud se dividía en dos grandes grupos según el sexo. pobre vestíbulo del cielo. en cambio. . desenvueltas y despejadas. Miraban el Vaza-Barris seco o arastrando las aguas barrosas de las crecientes. El pueblo se derramaba en la plaza. las solteras. Se arro­ dillaba. por capricho del Conselheiro. fugitivo y breve como el de los desiertos. y se les desva­ necía el milagro feliz. Canudos. . mal anunciada por el crepúsculo sertanejo. LAS ORACIONES Al caer la tarde. .CAMINO AL CIELO Los ingenuos cuentos sertanejos les habían revelado desde hacía mucho tiempo los caminos fascinantes y traicioneros que llevaban al infierno. Y sus resplandores encuadraban la escena medio ahogada en las sombras. horrendo. Joáo Evangelista de Monte-Marciano. debía ser así: repugnante. Llegaban. "Los secuaces de la secta se ocupan de persuadir al pueblo de que todo el que se quiera salvar debe ir a Canudos. aterrador. rápida. vestidas con sus capo­ tes negros semejantes a la holandilla fúnebre de la Inquisición. Allí. Fulguraban las hogueras que por costumbre se encendían alrededor de la plaza. émulas de las brujas de las iglesias. Resonaba en los aires el coro del primer rezo. . . Cesaban los trabajos. las muchachas * Véase el resumen de Fr. inmunda antesala del paraíso. la voz de la campana llamaba a los fieles para la ora­ ción. es la tierra de promisión donde corre un río de leche y las barrancas son de maíz” *. pero no se despedían de su misticismo la­ mentable. o mejor. porque en los otros lugares todo está contaminado y perdido por la República. Muchos habían ido alentando esperanzas singulares. no es nece­ sario trabajar. De acuerdo con una antigua práctica.

llamando la atención en esos mon­ tones de trapos. Las ropas de algodón o percal. residuos de todos los delitos. . Acá y allá. no aparentaban la mínima pretensión de gustar. Algunos ya son famosos. Todas las edades. una mantilla o un pañuelo de color apenas atenuaba la monotonía de los vestidos mal lavados. reviviendo al soplo de la brisa nocturna y echaban chorros de luz sobre la turba. todas se mezclaban en el extraño conjunto. las hogueras casi apagadas. o tocado o cofia modesta. gandules de todos los matices. que cambiaron como héroes en desgracia. la mirada traicionera y malvada se les desvanece en una vaga contemplación. . se enmarañaban sin una cinta. de dientes de animales. o de nóminas que encerraban cartas santas. cabellos lacios y duros de las caboclas. Pero no se los distingue en esos momentos por la altivez del gesto o la actitud provocadora de los velentones. únicos atavíos que perdo­ naba el asceta exigente. de amuletos. y en menor número. se olvida de las diecio­ cho muertes cometidas y de los procesos en rebeldía. Madonas unidas a furias. y las honestas madres de familia. fisonomías ingenuas de muchachas crédulas. doblando contrito la cabeza. de cruces.doncellas o las muchachas damas. Entonces se destacaba. un chal de lana. Caras marchitas de viejas. sin una flor. José Venancio. parecían una profanación cruel ahogándose en ese mestizaje repugnante que salmoneaba benditos lúgubres. Greñas maltratadas de criollas retintas. madejas castañas y rubias de las blancas legítimas. de verónicas. recatadas y tímidas. . más compacto. están al frente del conjunto. motas escandalosas de las africanas. sin una hebilla. todos los colores. A veces. todos los tipos. pero más destacados. echando nubes de humo. todas niveladas por los mismos rezos. frentes adorables mal tapadas por los pelos despeinados. crepi­ taban. bellos ojos profundos en cuyas ne­ gruras refulgía el desvarío místico. rostros austeros de matronas simples. el grupo varonil. la armadura de cuero por el uniforme de brin americano. de benditos. felices por el abandono de los ganados. casi reducidos a sayas y camisas destrozadas que dejaban expuestos los pechos cubiertos de rosarios. En la mortecina claridad de los braseros se destacan sus variados per­ files. Lugartenientes del humilde dictador. lisas y sin elegancia. Los prestigia el renombre de arriesgadas aventuras que la imaginación popular novela y ensancha. mostrando idénticos contrastes: vaqueros rudos y fuertes. hacendados otrora ricos. el terror de la Volta Grande. armados. De rodillas. flacos marimachos en cuyas bocas debe ser pecado mortal el rezo. las manos enlazadas sobre el pecho. un rostro hermoso en el que surgían las líneas de esa belleza inmortal que el tipo judaico conserva inmutable a través de los tiempos.

. que había logrado vengar centenares de conflictos gracias a su rara invulnerabilidad. En medio de estos perfiles trágicos. el tragicómico Raimundo Boca-torta. poco aficionado a la lucha. observando. a quien se había confiado la columna volante de espías. un explorador solitario. Ajeno a la credulidad general. corriendo crédulos las cuentas del mismo rosario. rostro de bronce anguloso y duro. que figuraría en un hecho de heroísmo. de corazón débil. inquieto y temerario. apenas se distingue. de Pau Ferro. su ayudante inseparable. está de bruces en el suelo. el mirar absorto en los cielos. Se le antepone por el aspecto. incan­ sable reclutador de prosélitos. llenas de esperanzas. aparecen unidos. medio sacristán. pero peligroso todavía. finge que reza. igualmente humil­ de. Pedráo. el jefe del pueblo. otro espécimen de guerrillero sañudo. una figura ridicula. el astuto Joáo Abade. vigía sin lugar fijo. como un traumatismo hediondo. José Gamo. espiando. de estatura más elegante. apartado. Joaquim Tranca-pés. próximo a un digno émulo de sus tropelías. en los intervalos de los kyries de sílabas increíbles. mulato espigado. negro fuerte y deforme. El viejo Macambira. Antonio Beato. la cara contraída en una mueca felina. Antonio Fogueteiro. teniendo a su lado al hijo. pero de espíritu infernal en la prepara­ ción de trampas increíbles. especie de funámbulo patibulario. las novedades. del Itapicuru. dos hermanos encargados del mando de los piquetes de vigilancia en las entradas de Cocorobó y Uauá. José Félix. incli­ nando el tórax atlético. especie de Imanus 2 1 1 decrépito. las manos caídas. como si fuera una prolongación. El ágil Chico Erna. aparece junto a un cabecilla de primera línea. predes­ tinado a la jefatura suprema en los últimos días de Canudos. cafuz bruto que con treinta hombres escogidos guardaba las vertientes de la Canabrava. el audaz Pajeú. Esteváo. Y al frente de todos. de rodillas sobre el trabuco cargado. La masa restante de los fieles los mira intermitentemente. Era el guardián del Cambaio. Norberto. más tarde. misionero de escopeta. Fabricio de Cocorobó. que vigi­ laba en Angico. En seguida. niño arrojado e impávido. Lo completa. Joaquim. . que raramente abandonaba el santuario. Vila Nova. Extático. con miradas cariñosas. adelgazado por los ayunos. Chiquinho y Joáo da Mota. escudriñando todos los rincones de la aldea y transmitiendo a cada instante al jefe supremo. abraza en su mirada dominadora a la turba genuflexa. flaquísimo. de cuerpo tatuado a bala y facón.A su lado. medio soldado. un creyente abnegado que alcanzaría la primera victoria sobre la tropa oficial. Quinquim de Coiqui. Lalau. hombro a hombro con el Mayor Sariema. indagando. el . tallado para los arranques súbitos y osados. según el decir de los matutos. el comandante de la plaza. muy de la intimidad del Conselheiro. insinuándose por las casas.

el encargado del altar. encargadas de la ropa y de la exigua refacción de aquél. Pero el misticismo de cada uno iba. Y detrás venían en sucesión. En general. el grupo varonil de los luchadores. Por fin. los rezos se prolongaban. el remate obligado. después un buen Jesús. que pasaban una por una. Después levantaba una virgen santa reeditando las mismas acciones. todos los santos. penetrase en las conciencias. Antonio Beatinho. asaltaba a la multitud un desvarío irreprimible. invadido por la misma aura de locura. entre el estrépito. desequilibrándolas en violentos estremeci­ mientos. ajeno al desorden. A cada rato. En esa multitud. que vivía investigando el valor medicinal de las plantas. registros. todavía quedaba la ceremonia última del culto. Las emociones aisladas se desbordaban. entonces lo entregaba al fiel más próximo que repetía sin variantes la misma escena. la naturaleza tenía un devoto. todas las cuentas de los rosarios. para no perturbar la solemnidad. hacían movimientos compulsivos. lentamente entregados a la multitud ávida. que miraba todo eso con indi­ ferencia nobiliaria. aún reprimidas. apagándoles la resonancia sorda. se desmayaban. confundiéndose repentinamente. de los mea culpas ansio­ samente susurrados por las gargantas ahogadas y de las primeras excla­ maciones sofocadas. Se oían los besos chirriantes. Era el besado de las imágenes. confundiéndose en la neurosis colectiva. Y se acumu­ laba la embriaguez y el atontamiento de aquellas almas simples. innumera­ bles y en aumento. la agitación aumentaba. lo apretaba contra su pecho. completando en el ritual fetichista la transmutación del cristianismo incomprendido. Apretando contra el pecho las imágenes babeadas de saliva. au­ mentando por el contagio irreprimible de la misma fiebre. Estallaban ex­ clamaciones entre piadosas y coléricas. los tañidos y el golpeteo de las . mujeres alucinadas caían en las contorsiones violentas de la histeria y criaturas asustadas se desa­ taban en llanto. por todas las bocas y por todos los pechos. verónicas y cruces. lo mi­ raba con la mirada de un faquir en éxtasis. lanzaban gritos lancinantes. Lo había establecido el Conselheiro. además de encender diariamente las hogueras para los rezos. Manuel Quadrado. rimados todos los benditos. Recorridas todas las escalas de las letanías. salían las últimas entregadas por el Beato. tomaba un crucifijo.Taramela. por todas las manos. Y un tipo increíble. Era el curandero: el médico. el vocear indis­ tinto de las prédicas balbuceadas a media voz. guardián de las iglesias. de iluminados. cuando las primeras ya alcanzaban las últimas filas de creyentes. poco a poco. que tenía bajo sus órdenes a las beatas de vestidos azules ajustados con cuerdas de lino. como si un tumulto invadiese la asamblea a medida que pasaban las sagradas reliquias. y como si las fuerzas sobrenaturales que el animismo ingenuo daba a las imágenes. mayordomo del Conselheiro. postrándose profundamente y le imprimía un prolongado beso.

Pero. vibraba en el mismo rictus misterioso en que explo­ taba el misticismo bárbaro. espigando. Entre nosotros el fenómeno fue todavía más explicable. a una sociedad vieja. a un tercio de nuestra gente. Quedaban todos sin aliento. era una variante del delirio religioso. seguramente. en el centro mismo del país. . Los perfeccionistas exagerados irrumpen entonces. entre los demonópatas de Varzenis 21 4 o entre los stundistas de Rusia. y la sombría Sturmisch. en faena ciega de copistas. Espontáneamente es adversario de ambas. El antagonismo era inevitable. ascendimos. galvanizada por un loco 213. Las dos son abstracciones inaccesibles para él. Insistimos sobre esta verdad: la guerra de Canudos fue un retroceso en nuestra historia. los ojos puestos en el límite de la plaza. impulsados por el caudal de las ideas modernas. contrastes inevi­ tables en la desigual evolución de los pueblos. de pronto. tuvimos resucitada y en armas frente a nosotros. inexplicablemente inspirada por el genio de Klopstock. junto a la puerta del Santuario abierta y encuadrando la figura singular de Antonio Conselheiro. comparte la cuna del renacimiento alemán215. ¿POR QUE NO PREDICAR CONTRA LA REPUBLICA P Predicaba contra la República. cuando un gran movimiento civilizador impulsa vigorosamente a las capas superiores. . No podíamos conocerla.armas al chocar. relevantes sobre todo. El jagungo es tan inepto para comprender la forma republicana como la monárquica institucional. a la República. una sociedad muerta. el tumulto cesaba. Derivaba de la misma exacerbación mística. No la conocíamos. Este subía a una pequeña mesa y predicaba. dejando en la penumbra secular. como inesperada he­ rencia. . . del mismo modo que los iluminados de la Edad Media se sentirían a gusto en este siglo. Inopinadamente. Los aventu­ reros del siglo xvn. Porque esas psicosis epidémicas aparecen en todos los tiempos y en todos los lugares como anacronismos. ilógicos. Pero no traslucía el más pálido tinte político. encontrarían en ella relaciones anti­ guas. huyendo de la mínima transigencia con las exigencias de nuestra propia naciona­ . Es cierto212. Viviendo cuatrocientos años en el litoral vasto en el que palidecen los reflejos de la vida civilizada. todo I9 mejor que existe en los códigos orgánicos de otras naciones. Está en la fase evolutiva en la que sólo se concibe un imperio comandado por un jefe sacerdotal o guerrero. tuvimos de improviso. Ilusionados por una civilización prestada. De golpe. dentro del industrialismo triunfante de América del Norte.

Los rudos poetas. para el cual la rebelión era un aspecto de su propia reacción contra el orden natural. Copiamos algunos al azar: "Sahiu Don Pedro segundo para e reino de Lisboa . capaz de destruir las nuevas instituciones. El rebelde arremetía contra el orden establecido porque se le figuraba inminente el reino prometido de Dios. es la misma religiosidad difusa e incongruente. asaltó el ánimo de los triunfadores una decepción dolorosa. 218. La victoria duramente alcanzada les daba derecho al saqueo de las casas en ruinas. volvemos. más hondo el contraste entre nues­ tro modo de vivir y el de aquellos rudos patricios. más extranjeros en esta tierra que los inmigrantes de Europa. Registraban las prédicas de Anto­ nio Conselheiro y al leerlas se pone de manifiesto cuán inocuas eran. Ahora bien. reeditando por nuestra cuenta el pasado. las huellas apagadas de las bandeiras. los destro­ zamos a carga de bayonetas. dejamos que entre ellos se formase un núcleo de maníacos. . Nada quedó exento de la curiosidad insaciable. un adversario serio. con muy poca significación política. Y Canudos era la Vendée. reabriendo en esos sitios desgraciados. cualquier papel escrito y principalmente. suprema indicadora del triunfo efímero del Anti Cristo. Vimos en el agitador sertanejo. Porque lo que en ellas vibra. Pobres papeles. Cuando en los últimos días de la aldea estuvo permitido el ingreso al caserío destrozado. . sin la espontaneidad de los improvisadores sertanejos. en una entrada sin gloria. Achicamos su espíritu al concepto estrecho de una preocu­ pación partidaria. lo que más estimulaba la codicia de los vencedores. pala­ dín del antiguo régimen. Valían todo porque nada valían. que transcribimos pensando como Renán que esos balbuceos rudos y elocuentes son la segunda Biblia del género humano. los versos encontrados. en todas sus líneas. revolucionariamente. Y cuando. . . donde los despojos más valiosos fueron imágenes mutiladas y rosarios de cocos. cómo reflejaban la turbación intelectual de un infeliz. los separan tres siglos. en los que la ortografía bárbara corría pareja con los más ingenuos absurdos y la escritura irregular y fea parecía una foto­ grafía de los pesamientos torturados. y con arrojo digno de mejor causa. no vimos los rasgos salientes del acon­ tecimiento. Ellos resumían la psicología de la lucha. por nuestra falta de previsión. en el más pobre de los saqueos que registra la historia. Denunciaba a la República — pecado mortal de un pueblo— como una herejía. eran las cartas. rimando los desvarios en estrofas sin color.lidad. dejaron vivos documentos en los versos disparatados. Porque no los separa un mar. Tuvimos un espanto comprometedor ante aquellas aberraciones monstruosas.

/ van a casarlos a todos / en casamiento civil” . / Se acabó la monar­ quía.acábosse la monarquía o Brasil ficou atoa” La república era la impiedad: "Garantidos pela lei aquelles malvados estño nos temos a lei de Deus elles tem a lei do cao! "Bem desgragados sao elles pra fazerem a eleigáo abatendo a lei de Deus suspendendo a lei do cáol "Casamento vao fazendo só para o povo illudir vao casar o povo todo no casamento civil! Pero el gobierno demoníaco desaparecerá en poco tiempo: "Dom Sebatiao já chegou e traz muito regimentó acabando como o civil e fazendo o casamento! "O Anti-Cristo nasceu para o Brazil gobernar mas ahi está o Conhelheiro para delle nos livrarl "Visita nos vam fazer nosso rei Dom Sebastiáo coitado daquelle pobre que estiver no lei do cao * 2 1 7 * Conservamos los originales de estas cuartetas cuya ortografía alteramos en parte. / nosotros tenemos la ley de Dios. Traducción de los versos populares: “Salió don Pedro segundo / hacia el reino de Lisboa. / para engañar sólo al pueblo. “Protegidos por la ley / esos malvados están. . / Bien desgraciados son ésos / para hacer la elección. / suspendiendo la ley del can” . / Brasil a la deriva” . “Casamientos van haciendo. / abatiendo la ley de Dios. / ellos tienen la ley del can.

/ nuestro rey don Sebastián. Eran realmente muy frágiles aquellos pobres rebeldes. cierta mañana de mayo. Y nos dispensa de todo comentario. Nos obligaban a otra lucha. de pronto. Observó por unos instantes la aldea extendida abajo. del T . en medio de un campamento de beduinos. / pero ahí está el Conselheiro /’ para librarnos de él” . / pobres de los que están / en la ley del can” . Fray Joáo Evangelista de Monte-Marciano. Seguido de Fray Caetano de Sao Léu y del vicario del Cumbe. etc. la extraña figura de un misio­ nero capuchino. / acabando con el civil / y haciendo el casamiento” .). flanqueada por otras dos. apareció. facones. Requerían otra reacción. . Pasa impasible por delante de la capilla a cuya puerta se adensan compactos grupos. (N . No se desanima pues está blindado por la tranquila fortaleza de los após­ toles. “El Anticristo nació / para el Brasil gobernar.La ley del can. La gente sale a verlos. Ese era el apotegma más elevado de la secta. Nosotros les enviamos el legislador Comblain 2 1 8 y ese argumento único. Acompañémoslo. Llegan por fin a la casa del viejo vicario del Cumbe 22 0 (que estaba cebada desde hacía más de un año. UNA MISION ABORTADA2 1 9 En 1895. denun­ ciando conciencias perturbadoras e intenciones hostiles”. cruza el río y se acerca a las primeras casas. Les conmovía el espectáculo de los infelices que acababan de encon^ar armados hasta los dientes y el cuadro emocionante de esa Te­ baida 2 2 1 turbulenta. Alcanza la plaza desbordante de pueblo "cerca de mil hom­ bres armados de carabinas. supremo y moralizador: la bala.” y tiene la impresión de haber caído. Descendió lenta­ mente la ladera. Daniel va a penetrar a la jaula de los leones. Luego toma por un atajo tortuoso. garrochas. debida al dolor por el desacato sufrido) y tratan de superar la jornada pgo*adora. Lo atraviesa se­ guido por sus dos compañeros de apostolado. pues a tanto remontaba su ausencia. "Don Sebastián ya llegó / y trae un gran regimiento. "el aire inquiero v la mirada al mismo tiempo indagadora y siniestra. incisivo. A poca distancia de la puerta pasan ocho difuntos llevados sin señal religiosa alguna hacia el cementerio que quedaba al fondo de la iglesia vie. “Visita nos viene hacer.a: ocho redes bajo las que sudaban cargadores sin aliento pasando. en lo alto de un contrafuerte de la Favela. Resumía su programa. Pero antes se intentó una empresa más noble y más práctica.

como estaban un poco alejados de los fieles que los seguían a distancia. como si en la siniestra ciudad el muerto fuese un desertor del martirio. Entran en el pequeño templo y se hallan frente a Antonio Conselheiro quien los recibe de buen grado y les dirige la misma salutación. Dejan la casa. . los ojos hondos pocas veces levantados para mirar a alguien. en un abandono y una miseria tales que se daban diariamente de ocho a nueve muertes. La cordial recepción los reanima. "los grupos de hombres cierran filas junto a la puerta de la Capilla” y les abren espacios para el paso. La atraviesan sin que ninguna hostilidad los perturbe y llegan a la sede de los trabajos. El fracaso sobrevino de inmediato. los invita a observarlos. * Seguimos el Relatório de Fr. Entran a la plaza. Monte-Marciano. aproveché la ocasión de estar casi a solas y le dije que el fin de mi visita era pacífico y que por eso me extrañaba ver allí hombres arma­ dos y que no podía dejar de condenar el que se reuniesen tantas fami­ lias en un lugar tan pobre para entregarse al ocio. Fue una precipitación inútil e improcedente. ansiosos por desprenderse de ellas. se presta a servirles de guía por el edi­ ficio. El Conselheiro parece alegrarse de la visita. De nuevo toman por el callejón sinuoso.rápidos. asistiendo a los trabajos de construcción de la capilla. las largas barbas grises más que blancas. Del grupo temeroso parte la salutación de paz: "Loado sea Nuestro Señor Jesucristo” y la respuesta de práctica: "Para siempre sea loado!”. Aquel agasajo era una media victoria. sin que el Conselheiro fuese al encuentro de los emisarios de la iglesia. le parece llegada la ocasión para hacer la interpelación decisiva. lentamente. y por orden del señor Arzobispo. de una palidez cadavérica. Mientras tanto. No se le podían pedir mejores preliminares a la misión. . guiados por el viejo solitario que roza­ ba por ese tiempo los sesenta años y cuyo cuerpo. Entonces los frailes lo fueron a buscar. Quiebra su habitual reserva y mutismo. iba a abrir una santa misión para aconsejar al pueblo que se dispersara y volviera a sus tierras a tra­ bajar en los intereses de cada uno y para el bien de todos”. Por eso. Los cabellos crecidos y descuidados le caían sobre los hombros. Permanecía indi­ ferente. doblado sobre el bastón. Les informa de los trabajos. tenía la cabeza descubierta y empu­ ñaba un bastón. sacudiéndose a cada rato con accesos de tos. avanzaba tardo. " . había corrido la nueva de la llegada. . "Vestía una túnica de brin azul. indigno de la más breve atención. el rostro alargado. el porte grave y aires de penitente” impresionan enormemente a los recién llegados *. Y allá van todos. Al llegar al coro. Pero le cupo al misionero anu­ larla desgraciadamente.

obedecen a las autoridades y a las leyes del gobierno”. dice por sí mismo las causas del fracaso. y todo el pueblo. la figura del pro­ pagandista. quebrando la finura diplomática en las aristas rígidas del dogma. porque no reconozco a la Re­ pública”. parafraseando la Prima-Petri22 4: — "Señor. Los detuvo la placidez admirable. enseña que los poderes constituidos rigen a los pueblos en nombre de Dios”. Era. esta mal sopesada irritación. Fray Monte-Marciano. sin excepción de los monárquicos de allá. faltándole solamente tener bajo los pliegues del hábito la escopeta del cura de Santa Cruz: "Nosotros mismos. no tendría. Descubrió. comenzando por el obispo y si­ guiendo hasta el último católico. el Grande 2 2 2 . Desde la multitud partió rá­ pida la réplica arrogante: — "La doctrina de Vuestra Reverencia es falsa. la vuestra es una doctrina errada!”. exclamaban: "Quere­ mos acompañar a nuestro Conselheiro”. En tiempos de la monarquía me dejé prender. entera. a quien no escandalizaban los ritos bárbaros de los sajonios. por cierto. hubo monarquía durante muchos siglos. dice: — Es para mi guarda que tengo conmigo a estos hombres armados. ¿sola­ mente vosotros no os queréis sujetar? ¡Ese es un pensamiento malo. Signo de desorden inminente. si eres católico debes considerar que la Iglesia condena las rebeliones y aceptando todas las formas de gobierno. la mansedumbre — ¿por qué no decir cristiana?— de Antonio Conselheiro. pero desde hace más de veinte años está la república. en ese remover de nulas consideraciones polí­ ticas. en Francia. por­ que reconocía al gobierno. aquí en el Brasil. no la de nuestro Conselheiro!”. a una sola voz. la capilla y el coro se llenaban de gente y no había terminado de hablar cuando. Lo con­ tradijo. y fue un desafío imprudente. donde se produjeron muertes de uno y otro lado. la frase de San Pablo en pleno reinado de Nerón 225. inconsciente del significado real del levantamiento sertanejo. ahora no. Que el mismo misionero hable: "Este los hace callar y volviéndose hacia mí.Esta intransigencia. La frase final vibró como un apostrofe. . Esta explicación respetuosa y clara. Y continuó: "Y así en todas partes. la aprobación de San Gregorio. que es una de las principales nacio­ nes de Europa. casi sin variantes. porque Vuestra Reverencia ha de saber que la policía me atacó y me quiso matar en un lugar llamado Maceté m. "Mientras decía esto. reconocemos al gobierno actual. no satisfizo al capuchino que te­ nía el coraje de un creyente pero no el tacto fino de un apóstol.

como medio de mor­ tificar la materia y refrenar las pasiones. pistolas y facones. cuyo silbato. vibrando en la plaza. La afrontó temerariamente. Pero la iniciativa comenzaba bajo malos auspicios. le dijo: — "Yo no desarmo a mi gente. y siempre con gran concurrencia. espingardas. interrumpió el ser­ món la réplica irónica e irreverente: — "¡Mírenlo! ¡Eso no es ayuno. con sobriedad pero sin exigir angustias. Fue así que predicando el fraile sobre el ayuno. . congregó a todos los fieles. violando un viejo privilegio. La comandaba Joáo Abade. . No tuvo temor de la rebelión emergente. cargando carabinas. con la cartuchera colgada a la cintura y el gorro en la cabeza. cuando reincidió el capuchino en el tema político para empeorar las cosas. Exceptuando "55 casamientos. en la actitud de quienes van a la guerra”. el tumulto dispuesto a explotar sé retrajo por un gesto del Conselheiro que. se permitía interrumpir la oratoria sagrada. se explayó en alusiones imprudentes que excusamos registrar. Sucedió un 20 de mayo. A pesar de ello. séptimo día de la misión. porque "se puede ayunar muchas veces comiendo carne en la cena y tomando por la mañana una taza de café”. eso es comer y hartarse!”. volviéndose hacia el misionero. Escogió como tema de la prédica siguiente el homicidio y. pero tampoco estorbo a la santa misión”. "dejando escapar cada tanto algún gesto de desa­ probación que los líderes de la grey confirmaban con protestas incisivas”. vivando al Buen Jesús y al Divino Espíritu Santo. cerca de cinco mil asistentes. entre los cuales estaban todos los hombres sanos: " . hablando de la cuerda en casa del ahorcado. Comenzó una intensa propagan­ da contra "la prédica del padre masón protestante y republicano”. También asistía el Conselheiro. La misión había muerto. al lado del altar. Se reunieron y marcharon. atento e impasible. sin reparar en los peligros de su tesis. garrotes. "emi­ sario del gobierno y que de entendimiento con éste iba a abrirle el camino a la tropa que vendría de sorpresa a prender al Conselheiro y a exterminarlos a todos”. negativo. La reacción fue inmediata. más bien. Pero las protestas no tuvieron gravedad. actuó en paz hasta el cuarto día.Esta vez. 102 bautis­ mos y más de 400 confesiones” el resultado había sido nulo o. aún. . Estaba la misión en su cuarto día. como un fiscal severo. hacia la casa donde residían los visitantes y les hicieron saber que no los necesitaban para la salvación eterna. Sólo alguno que otro exal­ tado.

Salta el cruce entre los declives de la Favela. . Y lo invade una ola de tristeza. . allá abajo. . Se equipara al "Divino Maestro de­ lante de Jerusalén”. Llega a lo alto de la montaña. Y se marchó. Observa por última vez el poblado. .MALDICION SOBRE LA JERUSALEN DE BARRO El misionero "como otrora los apóstoles ante las puertas de las ciudades que los rechazaban. escondiéndose seguramente por los vericuetos. . . Se detiene un momento. Pero maldijo. . acompa­ ñado de sus dos socios de reveses. sacudió el polvo de sus sandalias” apelando al vere­ dicto tremendo de la justicia divina.

Y como. . donde por muchos años el oro en polvo o el diamante bruto eran moneda corriente. esterilizaron la tierra con las excavaciones mineras y la áspera vestimenta pedregosa. la misma vida desenvuelta e inútil.— Preliminares. el gobierno de Bahía enfrentaba otras insurrecciones. I I — Causas inmediatas de la lucha. Uauá. Rica en espléndidas minas. y en Jequié se cometían toda clase de atentados 226. I PRELIMINARES Cuando se volvió urgente pacificar el sertón de Canudos. Antecedentes. aquella región no mostraba su opulencia. poco a poco. conservaron en su ocio turbulento la índole aventurera de los abuelos.— Preparativos de la reacción. desde hacía mucho tiempo era dilatado teatro de tropelías de los indisciplinados habitantes del sertón. el poblado de Brito Mendes había caído en manos de otros insurrectos. libremente expandida por la región fecunda. antiguos constructores de desiertos. La porción de territorio recortada por las laderas del Sincorá. la habían examinado afanosamente por las serranías y por las nacientes de los ríos e hicieron algo más. La habían buscado hacía doscientos años los aventureros picaneados por el ansia de riquezas. 111.LA LUCHA I. se fueron acabando las piedras mezcladas con dia­ mantes. De modo que sin necesidad de utilizar los cultivos para despertar las energías de un suelo en el que no se afincaban y recorrían en el trabajo sin rumbo de la búsqueda del oro. le legaron a la prole errabunda y por contagio. I V — Autonomía dudosa. hasta las márgenes del Sao Francisco. tuvieron que recurrir al bandidismo franco. cuyas incursiones llegaban hasta las Lavras Diamantinas. ANTECEDENTES El mal era antiguo. La ciudad de Len^óis había sido atropellada por una banda de facinerosos. a los rudos vaqueros que la siguieron. La guerra de las caatingas.

adquiría uno de sus más sombríos actores. para formar nuestra nacionalidad naciente y crear una situación de equilibrio entre el desvarío de las exploraciones mineras y las utopías románticas de los misioneros 227. Realizaron una deplorable empresa. aquella . el jagungo. lo tenían en las ruinas de las aldeas indígenas. después de esbozar quizá el único aspecto útil de nuestra actividad en aquellos tiempos. y de la envergadura atlética del vaquero. Aquellos hombres. Nace del cruce tardío entre cola­ terales que el medio físico diversificara. una y otra caracterizada por el nomadismo. de las vaquerías trabajosas a las incursiones de los bandoleros. por la combatividad y por una ociosidad singular surcada de tropelías. desde el comienzo del siglo x v m . Por mucho tiempo recorrieron la región. Se metamorfosea la situación anterior y esta nueva se empareja con la sociedad ruda y tranquila de los cam­ peros. Ya vimos cómo se formaron allí los mamelucos bravos y activos. entre el torbellino de las bandeiras y el curso de las misiones. Nuestra historia tan vapuleada por héroes sin disciplina. Al frente tenían aquel maravilloso valle del río das Eguas y tan aurífero se les apareció. tuvieron entre los bosques que van de Macaúbas a Aguruá. un claro caso de reacción mesológica. Vamos a ponerla de relieve. El mandón político sustituyó al capanga en decadencia. la vibración del bandeirante. temerario. Pero no dieron un paso más. La transición es. Las devastaron hasta alcanzar una nueva barrera en el río Sao Fran­ cisco. Aquéllos venían del este. Imaginemos que dentro de la armazón del vaquero estalle. como los ya existentes. Lo traspusieron. empavoreciendo al salvaje a látigo y fuego y fundando poblados que. en lugar de tener. Por los campos de cría aparecían los montones de arcilla revuelta de las catas. al contacto con los sertanistas ambiciosos se transformaron. antes que nada. Y la tierra. en la actividad bifronte que oscila. nuevos parajes opulentos que los atraían hacia el centro de las tierras 228. actualmente. sucedió al buscador de diamantes y oro. inter­ puestos tan a propósito en la época colonial. había brotado. de súbito. Y tendremos al jagungo 230. deteniéndose ante la barrera de sierras que van de Caetité al norte y cuando las minas agotadas les exigían aparatos para la extracción intensiva. que en carta dirigida a la reina María II (1 7 9 4 ) 22 9 el oidor de Jacobina afirmaba: "que sus minas eran la cosa más rica que jamás se descubrió en los dominios de Su Majestad” . su germen en un esta­ blecimiento de ganado. En ese punto se acercaban a los límites de Goiás. resumen de atributos esenciales de unos y de otros. saqueador de ciudades. cuando se descubrieron las minas del Río de Contas hasta Jacobina. Es un producto histórico revelador. En efecto. el saqueador de la tierra. tuvieron peligrosos conductores que no les quitaron el varonil carácter pero los condujeron hacia lamentables destinos. como un elemento conservador.El jagungo.

Entre las dádivas que yacen en considerable cantidad por el suelo y las paredes del extraño templo. sustentaba a los rebaños en las bajadas salinas de los barreiros. refiriéndose a esos lugares que “en ninguna parte de los dominios portugueses la vida humana tiene menos seguridad” . con sus sierras de cumbres altaneras que resuenan como campanas. lo ampara de igual modo ante las exigencias de la vida combatiente. volviendo a Carinhanha. de donde habían partido. a la ciudad minera de Januária. por el teniente coronel Durval Vieira de Aguiar. Su conformación original. alquilada su bravura por los potentados. . que conquistaron. lujosos proyectiles hechos de plomo y plata. en todo el valle del gran río. lo vuelven lugar predilecto de las romerías piadosas provenientes de los sitios más lejanos. 16. El más oscuro de aquellos poblados tiene su tradición especial y siniestra. de Cuiabá hacia Recife. id. ostentando en los techos candelabros de estalactitas y por los corredores osarios dilu­ vianos. Uno de ellos se destaca. de Piauí. en los lugares donde más viva era la actividad minera. los desórdenes que surgían. el de Bom Jesús da Lapa. Le da gratis el salitre para la composición de la pólvora. De esta villa hasta el norte. el del río Préto. . Teniente coronel Durval. Y a pesar de los ribetes emocionantes de algunos hechos y de que se destaquen. en la galería argentífera del Aguruá. *. incontables. en cuanto a las balas. andando 670 leguas. de Goiás. dice. No se puede describir en media docena de páginas. * * * “Quien necesita jagungos en el río Sao Francisco.incomparable tierra que incluso desnuda y empobrecida por las sequías. * * Caetano Pinto de Miranda Montenegro. ya habían llegado. legen­ daria en las campañas electorales del imperio231. la his­ toria de las depredaciones es cada vez mayor. junto a las imágenes y las reliquias. ante todo. De allí salen en aventuras. los hace contratar en ese gran vivero. Lo vamos a ejemplificar. denuncian la génesis remota que estamos exponiendo. cargados de despojos. . sus grutas de ámbito caprichoso que se abren como las naves de una iglesia. da Córte. el visitante observa. Todo el valle del río das Eguas y hacia el norte. las rivalidades partidarias y los desmanes de la intolerable política de los potentados locales. Avanzando contra la corriente. un rasgo sombrío de religiosidad: facas y espingardas. yendo. * Ver Descrigóes práticas da Provincia da Bahia. por otro aspecto. El rifle con la munición es el precio. Con. de Sergipe. en 1804. precisamente. 1804-1809). pasó por la Barra del río Grande y en el relato que hace al Visconde de Anadia. a su vez. más la leyenda del monje que allí vivió en compañía de una onqa. forman la patria originaria de los hombres más bravos y más inútiles de nuestra tierra * * *. Es La Meca de los sertanejos. Es natural que desde los comienzos del siglo pasado la historia dra­ mática de los poblados del Sao Francisco empezara a mostrar una situa­ ción anómala * '*. en 1879. que culminan siempre con el incendio y el saqueo de villas y ciudades. allá están. hasta Xique-xique. conforme el valor de la impunidad que la influencia del patrón ejerce”. lo demás se consigue fácilmente. (Liv.

Vanidosos de su papel de bravos disciplinados. a tajos. Piláo Arcado. Confiesa. restringen sus desórdenes a las mi­ núsculas batallas a las que entran militarmente regimentados. para que le fuese favorable el último combate afrontado y entrega al buen Jesús el trabuco que tiene grabado. ajeno a las luchas partidarias. Reanuda su vida temeraria. la cabeza doblada y los ojos puestos en el suelo húmedo del calcáreo trasudante. las viejas culpas. No le faltará uno solo al término de su viaje. Pero en seguida pierde el miedo. Trae el sombrero de cuero en la mano y el arma en bandolera. se detiene temeroso al ver aparecer por el camino. Son lugares en donde el desorden estaba establecido y sostenido por un bandolerismo disciplinado. Ordinariamente. en camino hacia el litoral. Fuera de esto. la cabeza descubierta. en la última fase de una decadencia que comenzó en 1856. éstas consiguen pacificar los lugares conflictuados. donde durante dé­ cadas se combatieron liberales y conservadores. Y reza. El forastero. Es como una acción diplomática entre potencias. los absuelve la historia entera. El concepto es paradojal pero cierto. un viajero de paso por ahí.El bandido entra allí. Monte Santo y otras. Xique-xique. El carabinero jefe se le aproxima. delatan en las viviendas destrozadas a fuerza de bala. Vuelve a su banda. la ciudad de Santo Inácio. ese viejo régimen de desmanes. el número de muertes cometidas. balancea las condiciones de uno . Macaúbas. devotamente. le dirige la palabra gentilmente y se ríe de su temor. Cae de rodillas. . contrito. la vida y la fortuna del viajero. Lo enciende con un solo golpe en el yesquero y deja pasar. a todas las diligencias policiales. a un grupo de jagungos. golpeándose el pecho. otrora floreciente y hoy desierta. asumiendo el papel de interventores neutros entre las facciones comba­ tientes. intactas. aquellos campos y montes. feliz por el trributo que rindió. inesperadamente. con los bolsillos repletos de diamantes y pepitas de oro. existe un orden notable entre los jagungos. Después le exige un tributo: un cigarrillo. Son innumerables los casos de este tenor que revelan la notable nobleza de esos valientes desgarrados 232. erecta entre montañas e inaccesible hasta hoy. El saqueo de las poblaciones que conquistan es su derecho de guerra y en este punto. y todos los establecimientos agropecuarios dentro de sus límites. . No pocas veces. de hecho. con sus animales renguean­ do por el peso de las cargas preciosas. son raros los casos de robo. Lo saluda. Porque. Cerca de diez u ocho leguas de Xique-xique está la capital. Sale sin remordimientos. Al cabo cumple la promesa que hiciera. El más frágil camarada puede atravesar inerme e indemne. puede pasar con la misma inmunidad. La justicia ar­ mada parlamenta con los bandoleros. pues los consideran una mancha para su honra.

La insurrección de la comarca de Monte Santo iba a unirlos. De hecho. Pero había terminado el plazo de entrega del material y no lo había recibido. dicen los habitantes del sertón” . fuera obligado a abandonar la comarca precipita­ damente por el asalto de los adeptos del religioso. aquél retrucó con la amenaza de una em­ bestida contra la población del Sao Francisco. Hizo el negocio con uno de los representantes 23 3 de las autoridades de aquella ciudad. La campaña de Canudos nació de la convergencia espontánea de todas esas fuerzas perdidas por los sertones. se daban las espaldas separados por la valla en declive de Paulo Afonso. Antonio Conselheiro había adquirido en Juázeiro cierta cantidad de madera que no le podían proveer las caatingas paupérrimas de Canudos. es un producto idéntico con nombre diferente. y los jagungos en sus incursiones por el norte. Sabía que el adversario reaccionaría ante la provocación más ligera. las maderas serían tomadas a la fuerza. Se distingue del jagungo por la minúscula variante del arma que usa: la parnatba. O Cabeleira. Franklin Távora. siendo juez de Bom Conselho. “El asesino fue a la feria debajo de su cangago. Entonces aprovechó la situación para cobrarse la afrenta. complejo de armas que traen los bandoleros.y otro bando. Todo indica que el hecho fue adrede. los estigmas hereditarios de la población mestiza se han fortalecido con la transigencia de las leyes. sancionando la soberanía de los bandidos impunes. desde la época en que. que su­ planta la fama tradicional de la carabina de boca de campana. Así. . con vistas a provocar un rompimiento. de hoja rígida y larga. Los cangaceiros en sus incursiones por el sur. No sorprende que hayan crecido hasta avasallar todo el valle del Sao Francisco y desbordado hacia el norte. ante la violación del trato hablado. El principal representante de la justicia de Juázeiro 234 tenía una vieja deuda que saldar con el agitador sertanejo. evita los ultimatos y acaba ratificando verdaderos tratados de paz. Las dos sociedades hermanas tuvieron una prolongada separación que las aisló a una de la otra. Esto sucedió en octubre de 1896. discute. II CAUSAS INMEDIATAS DE LA LUCHA La determinó un incidente minúsculo. Porque el cangaceiro *. Lo historiamos según los documentos oficiales: * Cangaceiro. derivado de cangago. desde Paraíba a Pernambuco.

venía de un peregrinaje intenso. No se podrían imaginar móviles más insignificantes para hechos tan graves. que era famoso en todo el interior del Norte e igualmente. satisfaciendo mi pedido. de que aquella floreciente ciudad sería asaltada en esos días por la gente de Antonio Conselheiro. casi una ciudad. en virtud de las diligencias a que anteriormente me referí. que no contase con adeptos fervorosos del apóstol y que no le debiese la reconstrucción de un cementerio. por oscuro que fuese. cómo el gobierno de Bahía. apenas llegado a Juázeiro. requerí del señor General comandante del distrito2 3 5 . Había fundado la aldea de Bom Jesús. 1897. los episodios más interesantes de su novelesca vida. Luíz Viana) al Presidente de la República. por lo que solicitaba providencias que dieran garantías a la población y evitaran el éxodo que ya se estaba iniciando. por todos los rincones sertanejos donde había dejado como enormes señales."Esta era la situación * cuando recibí del Dr. "Este distinguido oficial. Antonio Conselheiro hacía veintidós años. de Chorrochó a Vila do Conde. la cual debía proceder allá de acuerdo con el Juez de Derecho. más o menos fundados. 100 plazas de línea con el fin de que salieran para Juázeiro apenas me llegase el aviso del juez de Derecho de aquella comarca. a la fuerza preparada. sobre las cenizas de los edictos de las autoridades de las ciudades que había invadido: había * Mensaje del gobernador de Bahía (D r. osadamente. la erección de un templo o la dádiva providencial de un dique. desde 1874. Le respondí que el gobierno no podía mover fuerzas por simples rumores y le recomendé que se vigilasen los caminos a cierta distancia y. no había una sola aldea o lugarejo. desdeñando los antecedentes de la cuestión. Se había levantado desde hacía mucho. un telegrama urgente comunicándome que corrían rumores. "Reducida la fuerza policial acuartelada en esta Capital. combinó con la autoridad salir al encuentro de los bandidos a fin de evitar que invadiesen la ciudad”. casi de un cuarto de siglo. El fragmento transcripto ilustra claramente. en las ciudades del litoral. no le dio la impor­ tancia merecida. de Itapicuru a Jeremoabo. punteando su paso. hasta las que llegaban. Pocos días después recibí de aquel magistrado un telegrama en el que me afirmaba que los secuaces de Antonio Conselheiro estaban a poco más de dos días de Juázeiro. entretejidas de exageraciones casi legendarias. Día a día iba ampliando su dominio sobre la gente del sertón. impune. las torres de decenas de iglesias que había construido. Puse en conocimiento del hecho al señor general quien. . Arlindo Leóni. verificado el movimiento de los bandidos. Juez de Derecho de Juázeiro. hizo salir un tren expreso y bajo el mando del teniente Pires Ferreira. contra el nuevo orden político y había pisado. avisasen por telegrama. pues el gobierno quedaba prevenido para enviar por tren expreso la fuerza necesaria para defender la ciudad.

Aquel puñado de soldados fue recibido con sorpresa en Juázeiro adonde llegaron el 7 de noviembre por la mañana. porque la lealtad de sus secuaces era incondicional y fuera del círculo de los fieles que lo rodeaban había en todas partes la complicidad obligatoria de aquellos que le temían. Conociendo la situación. para acabar con tal situación. Lo demás corrió por el Estado”. haciendo comparecer sin demora al bravo teniente Manuel da Silva Pires Ferreira. en el cual. conduciendo apenas una pequeña ambulancia. que lo había perseguido hasta Serrinha. aseverándome que para tal fin ese número era suficiente. para cumplirlas. . en Maceté y había hecho volverse a otra. . no vacilé. se regocijaron imponiéndola. se sabía que dominaba una extensa zona dificultando el acceso a la ciudadela donde se guarecía. prontamente cumplí con la formación de una fuerza de cien plazas de la guarnición para ir a combatir a los fanáticos de la aldea de Canudos. La aumentó. el cual. en la margen derecha del río Sao Francisco. comandante del Tercer distrito mi­ litar : "El 4 de noviembre del año pasado (1 8 9 6 ) en obediencia a la orden ya referida. un sacerdote. por fin. lo presentaron como un benemérito cuyos consejos se moldeaban según la ortodoxia cristiana más rígida. No impidió la fuga de gran parte de la población que quería escapar al asalto inminente. los viejos y los enfermos— de mil hombres robustos y temerarios "armados hasta los dientes”. la población previo que un contingente tan pequeño tendría el valor negativo de ejercer mayor atracción sobre la horda invasora. Mientras los partidarios encubiertos del Conselheiro. había hecho abortar. "Confiando plenamente en el conocimiento que él debía tener de todo cuanto ocurría en el interior de su Estado. salió el 7 de dicho mes para Juázeiro. . en 1893. algunos hombres honestos le pidieron al comandante ex­ pedicionario que no siguieran adelante. contra la posición de un diputado que lla­ maba la atención de los poderes públicos sobre las áreas "de los sertones perturbados por el individuo Antonio Conselheiro” otros representantes del pueblo y entre ellos. haciendo salir después a un médico 23 6 con algunos recursos para el ejercicio de su profesión. a fin de darle órdenes e instrucciones. comandando 3 oficiales y 104 plazas a jornal de aquel cuerpo.derrotado. Imaginaron la derrota inevitable. las criaturas. una expedición policial. de 80 plazas de línea. Relata el general Frederico Sólon. la misión apostólica preparada por el arzobispo bahiano y en el informe escrito en esa ocasión por Fray Joáo Evangelista se afirmaba sobre la existencia en Canudos — excluidas las mujeres. punto terminal del ferrocarril. del 9 9 ba­ tallón de infantería. en 1894 había provocado un caluroso debate en el Congreso Estatal de Bahía. Y se encontró suficiente. en 1895. el envío de una fuerza de cien soldados. que los había en todos los alrededores.

tal vez la definiese con más acierto. La misma caatinga toma un aspecto nuevo. Pocos han visto el paupérrimo valle del Vaza-Barris que. . Por sobre todo esto. por cierto. Algunos estaban abandonados. La pequeña expedición. El Vaza-Barris. después de reposar en vivac a dos leguas de Juázeiro. agravados por una flora pavorosa. lo atraviesa. desde las vertientes orientales de Itiúba hasta Jeremoabo.Las dificultades para la adquisición de elementos esenciales para la marcha retuvieron a la fuerza en Juázeiro hasta el día 12 en que partió al anochecer. . Dicionário de vocábulos brasileños. solitario. anduvo cuarenta kilómetros de camino desértico hasta una ipueira minúscula. las tierras fecundas cen­ tralizadas en Vila Nova da Rainha. El verano anunciaba la sequía. Ya desde el principio. el comandante reconoció imposible darle a la marcha un compás que permitiera economizar fuerzas. monte malo (caá: monte. * * Gaatanduva. los paisajes se suceden uniformes y melancólicos. la laguna del Boi. dadas sus disposiciones orográficas. y bajo el influjo de esas altas tempe­ raturas. Beaurepaire Rohán. Peores que los campos gerais donde se han perdido muchos viajeros. E iban a combatir el fanatismo. donde había unos restos de agua. escasas vi­ viendas desparramadas. Rancharía y otros puestos solitarios. lo rodean parajes exuberantes: al norte. sin sombras. Por un contraste explicable. día aciago. incluso antes del verano. de cahiva. la tierra desnuda reverbera los ardores de la canícula. Por las planicies. Además. mostrando los más salvajes modelos. Mucambo. Mari. desorientados por la uniformidad de las planicies indefinidas. casi siempre seco. prolongando la margen derecha del Sao Francisco. Es el trecho de Bahía más asolado por la sequía. se pro­ longa inhóspito. es imposible la marcha de hombres equipados con mochilas después de las diez de la mañana. . al oeste. esos lugares se cuentan entre los más desconocidos de nuestra tierra. * Pormenor curioso: la fuerza salió el 12 al anochecer para no salir el 13. Partieron sin los recursos indispensables para una tra­ vesía de 2 0 0 kilómetros. De ahí en más. el día se expande abrasador. el sertón de Curagá y las tierras fértiles extendidas por el este hasta Santo Antonio da Gloria. ahiva: m alo). En el sertón. en terreno árido y despoblado. como el paraje clásico de las caatanduvas * * que avanzan hacia el este y el sur hasta las cercanías de Monte Santo. marchó por el desierto con escalas en Caraibinhas. como un oued tortuoso y largo. cuando. ya había llegado a Canudos la novedad de su venida *. raramente es posible hacer el camino en horas de la madrugada o de la noche. multiplicándolos. Es forzoso avanzar a despecho del sol fuerte hasta los pozos de agua de los vaqueros. las funciones vitales se aceleran de modo súbito provocando golpes repentinos de cansancio. presentando. Encuadran el desierto. Una mejor caracterización de la flora sertaneja. orientados por dos guías contratados en Juázeiro. al segundo día de viaje. en leguas y leguas.

se ponen sus mejores ropas o sus cueros nuevos. únicos animales afectados a aquel clima y aquel suelo. con las bayonetas fulgurantes— como si viesen un brillante ejército. La tropa se estacionó y designó una vigilancia. que imaginan muy cerca unas de otras y muy lejos del sertón. la civilización entera que temen y evitan.Los escasos pobladores. cueros curtidos o redes de caroá. desde Juázeiro y desde Patamoté y por ellos llegan muchos tobaréus a su feria de los sábados. Después de un breve descanso. Uauá parece un lugar abando­ nado. llevando por delante sus rebaños de cabras. * Térras grandes: vaga denominación con que los matutos designan el litoral que no conocen. después de una travesía muy penosa. desde Monte Santo. como en todas partes. Esta aldea — dos calles desembocando en una plaza irregular— es el lugar más animado de aquella área del sertón. despertó sorprendida por un vibrar de cornetines. Y en uno de esos días fue que la población recogida por el ardor del sol. habían huido hacia el norte. hay uno que otro negocio abierto y la plaza queda desierta. Se llega por cuatro caminos. UAUÁ La tropa llegó exhausta a Uauá. Los centinelas se situaron a la salida de los cuatro caminos y se nombró personal para hacer las rondas. es una especie de transición entre la maloca y la aldea. desde Jeremoabo pasando por Canudos. las informaciones eran dispares. Como la mayor parte de los villarejos pomposamente marcados en nuestros mapas. el oscuro villarejo era nada más que escala provisoria. No lo hizo. el día 19. Era la tropa. al alba del día siguiente. Vuelto plaza de guerra. Allí. conjunto de cerca de cien casas mal hechas y ranchos pobres. en ocasión de las fiestas. Con ella abarcan Río de Janeiro y Bahía. en desorden. Roma y Jerusalén. Entró por la calle principal y se acantonó en la plaza. impidiendo formar un juicio sobre las cosas. aterrados por las novedades o para evitar todo contacto con la fuerza militar. se quedan contemplando las dos o tres casas de negocio o mirando en un barracón de feria los productos de una industria pobre. la expedición debía salir hacia Canudos. como si fuese una opulenta ciudad de las térras grandes *. Es el resto del mundo. Entre curiosos y tímidos. el 2 0 . que les parecen valiosos especímenes. de aspecto deprimido y triste. . Son los que no tienen recursos para viajes más lejanos a lugares más prósperos y ahí van. Fue un suceso. En los restantes días. los pobladores miraban a los soldados — polvo­ rientos.

La fuga en masa de la población delataba que los emisarios habían ido y habían vuelto. acantonada la fuerza en la plaza. Uauá. entre los vigilantes apostados. quizá triplicando el número. alta como un crucero. Pero al caer la noche. Sin ser advertida. resolviéndose marchar al día siguiente. Al primer golpe de vista no presentaban apariencia guerrera. De ese modo. dijeron después exagerados informantes. como los otros lugares vecinos. unos fuertes brazos sosteniendo una gran cruz de madera. estaba bajo el dominio de Canudos. previ­ niendo a los pobladores del contraataque resuelto por los hombres de Canudos. furtivamente. enarbolando imágenes de sus santos predilectos y palmas retiradas de los altares. rezando. El caso es original y es verídico. Se habían ido hasta los enfermos. entonando kyries. En la mudez de la tierra todavía dormida avanzaba la multitud gue­ rrera. Se apres­ taron para continuar la marcha al día siguiente y descansaron tran­ quilamente. había huido. de modo que. Tres mil. Sus habitantes eran adeptos de Antonio Conselheiro. facones y hoces. familias enteras. Este incidente fue un aviso. Evitando las ventajas de una sorpresa nocturna. la bandera de lo Divino y a su lado. Al­ gunos. casi en su totalidad. Despertaban a los adversarios para la lucha. Los guia­ ban símbolos de paz. Los expedicionarios no le dieron mayor importancia al suceso. al acaso. En la madrugada del 21 apareció en los límites del sitio el grupo de jagungos 237. Iban a la batalla rezando y cantando. de esas que practican los matutos creyentes cuando quieren ablandar al cielo en los veranos abrasados por la sequía. los sertanejos llegaban con el día y anunciándose desde lejos. noche adentro. deslizándose. había aban­ donado sus viviendas en grupos pequeños. tras esa demora perjudicial. Pero avanzaban sin orden. Los despertó el enemigo que imaginaban iban a sorprender. Parecía una procesión de penitencia. hubo avisos precipitados a la aldea amenazada. dejaron el campo libre a los combatientes. despavoridos. Eran muchos. como en las romerías piadosas. ocurrió un incidente explicado a la mañana siguiente: la po­ blación.Aquel día se gastó inútilmente en recoger informaciones. Los combatientes estaban armados de viejas espingardas. pero se perdían en el grueso de los fieles inermes. llevaban a la cabeza las piedras de los caminos y deslizaban por sus dedos rosarios de cocos. de picanas. Un pelotón escaso de . Equiparaban los flagelos naturales que conocían a la venida de los soldados. como si buscasen pruebas para sus almas religiosas.

una incorrecta formación de tiradores. Que cedió en seguida. Caían en gran número y la lucha se les volvió desigual a pesar de la ventaja numérica. echaron varios tiros al azar y escaparon hacia la plaza que quedaba a retaguardia. La multitud se aproximó. De allí en más. salieron medio desnudos por las puertas. las metían después en el largo caño de su trabuco. después la ponían a punto. dejando en poder de los agresores a un soldado herido a cuchillo. levantando por los aires los santos y las armas. . ondeando la bandera de lo Divino. en ariete. saltaron por las ventanas. Sólo pudo alinearse bajo la dirección de un sargento. Esta arremetida demente les fue todavía más nefasta. . empezaron a caer baleados en masa. andando a las carreras y chocando entre ellos. Dormían. Y la turba fanatizada. Los soldados. Mientras los soldados hacían blanco en descargas nutridas. un alférez experto. la picana en ristre y las hoces relucientes. atravesó la plaza triunfalmente. cuerpo a cuerpo. no hay descripción de los protagonistas. Todo eso les llevaba unos dos minutos en medio del estentóreo tiroteo. Fue un desorden de fiesta turbulenta. sobre la frágil línea de de­ fensa. distribuido por las caatingas. revueltos con los fugitivos. . los jagungos tenían que sacar la pólvora y las balas en un lento proceso de carga de su armamento grosero. Transcurrido algún tiempo. . No se formaron. Este movimiento fue espontáneo y fue la única maniobra advertida por los que testimonian sobre la acción. En una de ellas. Batidos por las armas de repetición. volvieron a la defensiva franca. Sorprendidos. casi desnudo. Los matutos agrupados alrededor de los símbolos sagrados. Y el encuentro se desencadenó brutalmente. Dieron la alarma y en­ tonces los soldados corrieron tontamente por las calles. los adversarios entrelazados en disparos de revólveres. protegidos en su mayoría por las casas. todo lo indica. Y los despertó. se batió largo tiempo apoyando la carabina contra el pecho . y al cabo dispa­ raban. todos adelante. hasta la línea de centinelas más avanzados. luego apuntaban. colocaban en éste los ingredientes como si rellenasen una mina. la gran cruz de madera. vistiéndose y armán­ dose. renunciaron a la inútil operación y cayeron sobre los contrarios con la faca desenvainada. entre vivas al "Bom Jesús” y al "Conselheiro” y silbidos estridentes con silbatos de tacuara. oponían un disparo de carabina a cien tiros de Comblain. Fue su salvación. Pero la aldea no mostraba soldados en sus puestos. los hubiese podido dispersar en contados minutos.infantería que los aguardase. Los jagunqos ya estaban allí. golpes de garrotes y filos de facones y sables. marchando tras el curiboca que llevaba medio inclinada. Sus filas enfren­ taban adversarios resguardados o que se aparecían de golpe tras las ven­ tanas que se abrían en explosiones.

Uauá mostraba un cuadro lamentable. Estaban exhaustos. El médico de la fuerza había enloquecido. Lo asustaba su propia victoria. fueron abandonando la acción y dispersándose por las cercanías. Como quiera que fuese. Había visto de cerca el arrojo de los matutos. habían abandonado el campo de batalla y en poco tiempo. las calles y la plaza donde brillaba el sol. volvían a la plaza voceando imprecaciones y vivas en ronda veloz y sin rumbo. según las circunstancias. Que­ . un sargento. el comandante se atenía a la única misión compatible con el desorden. envueltos en trapos. sin episodios dignos de destacar y sin vislumbrarse un solo movimiento táctico. La batalla continuó con la misma ferocidad durante cuatro horas. en cuatro días. pues sus consecuencias lo desanimaban. la bandera sagrada que volvían a llevar a Canudos había desaparecido en la lejanía. Reconocían la inutilidad de los esfuerzos hechos o pensaban atraer a los adversarios hacia el plano desahogado del campo. Fue como una fuga. . Mal inhumados en la capilla de Uauá los compañeros muertos. distribuía cartuchos tirándolos a manos llenas por sobre la cerca. Estaba asombrado por la batalla. algunos de gravedad. con setenta hombres sanos. A pesar de eso. daban la imagen de la derrota. La población alarmada reanudó el éxodo. antes de un reencuentro. seis plazas y los dos guías— y dieciséis heridos de la expedición23s. heridos. decenas de sertanejos — ciento cincuenta— según el parte oficial del combate. hasta que cayó muerto sobre el lecho en que había dormido y no había tenido tiempo de abandonar. Sobre los primeros pisos y balcones ensangrentados. las puertas. lisiados. . si cabe tal nombre a lo sucedido.de los asaltantes sin errar un solo tiro. número increíble en comparación con los diez muer­ tos — un alférez. agujereada de balas y roja como un pendón de guerra. se largaron bajo un sol ardiente. En la casa donde se había refugiado. La resolvieron en seguida. Por todo esto. renunció a proseguir la empresa. los jagungos andaban por las calles. Reunidos siempre alrededor de la bandera de lo Divino. Los soldados no los siguieron. la retirada se imponía con urgencia. se contorsionaban los heridos y yacían los muertos. antes de la noche. el comandante. cada uno se batía por cuenta propia. La travesía hacia Juázeiro se hizo a marchas forzadas. ávidamente sacados de los cajones abiertos a hachazos. rodeaban la aldea. idea que llenaba de temor a los triunfadores. Lo había desesperado el curso de la pelea y se quedaba inútil ante los heridos. Había incendios en varios si­ tios. Entre éstos. Y en esos giros. Y cuando llegaron los expedicionarios. Parecía que les venían siguiendo el rastro los jagungos. lentamente.

el preludio de la guerra sertaneja. que día a día realzaban la gravedad de las cosas. más 100 plazas y 3 oficiales de la fuerza estatal140. agravadas por los inconfesables intereses de una falsa política sobre la cual nos dispensamos de hablar. Todas estas informaciones se mezclaban con innumerables versiones contradictorias. . en el que tanto tiempo se perdió. III PREPARATIVOS DE LA REACCION El revés de Uauá aseguraba la reacción. Sin embargo. Todo este aparato era justificable. más 250 soldados: 100 del 269 batallón de Aracaju y 150 del 33*? de Alagoas. a veces desalentado. bajo el comando de un mayor del 9? batallón de infantería. salió el 25 de noviembre hacia Queimadas. Así constituida. en ese agitar estéril.daron las locomotoras encendidas en la estación. el jefe de la nueva expedición al frente de 243 plazas jornalizados. Al principio se compuso de 100 plazas y 8 oficiales de línea. Esta expedición llevaba un plan de campaña. en Queimadas. Falto de recursos y enfrentando todo tipo de dificultades. a través de explicaciones recíprocas entre las dos autoridades independientes e iguales. Febrónio de Brito. Simultáneamente. al tiempo en que le enviaban de Bahía un refuerzo de 100 plazas. de allí salió solamente en diciembre para Monte Santo. sin responsabilidades definidas. que reducía la agitación sertaneja a un desorden vulgar que debían manejar las diligencias policiales. . el comandante del distrito requería al gobierno fe­ deral 4 ametralladoras Nordenfeldt. Así fue que la segunda expedición se organizó sin un plan fijo. considerándola más seria y capaz de determinar verdaderas operaciones de guerra. aunque los telégrafos vibraban desde los sertones hacia el Brasil entero y permanecía expectante. a veces lleno de esperanzas en alcanzar el fin propuesto. se contra­ ponía aquél. pensando que la empresa era insuperable. . oscilando entre las disímiles informaciones. Y las líneas del telégrafo transmitieron al país entero. Se preparaban todos los hombres válidos para el combate. 2 cañones Krupp de campaña. Aparte de las exagera­ ciones se podía colegir el gran número de rebeldes y los serios preparativos inherentes a la región salvaje en que vivían. Llegaban informaciones alarmantes. No nos detendremos en esas menudencias. ésta se preparó bajo la extemporánea disparidad de cri­ terios entre el jefe de la fuerza federal de Bahía y el gobernador del Estado*39. Al optimismo de éste.

dos columnas bajo la dirección general del coronel del 99 de infantería.). hace cien años. Imitando el sistema del africano y del indio. en batallas feroces y sin nombre. perturbándola con un espoleo insolente y formulando leyes para la guerra y ecuaciones para las batallas. mariscal de campo. tenían una organización militar correlativa * con vistas a la formación sistemática de tropas irre­ gulares que. han de­ finido el papel de las florestas como agente táctico precioso. teniendo como centro unificador un objetivo prefijado. Sin duda. invaden escandalosamente la ciencia. actua­ sen holgadamente dentro de lo intrincado de los montes y lo abrupto del suelo. iban a adaptarse mejor a las escabrosidades del terreno y aunque el método combativo de los matutos era de lo más original — guerreaban marchando o fugando— no tendrían escapatoria en este círculo único. debíamos adoptarla. Prácticos en las luchas sertanejas. Ese método fue pensado hace mucho. de T . golpear a los insurrectos por partes y apretarlos en movimientos envolventes de fuerzas poco nu­ merosas y bien adiestradas. en Europa. (N . Estas. * * Feld-marechais. liberadas de la morosidad de las grandes masas. Planeó atacar por dos puntos. haciendo avanzar hacia el objetivo único. LA GUERRA DE LAS CAATINGAS Los doctores en el arte de matar que actualmente. Veamos. los sertanistas los dominaban gracias a la misma norma que se traduce en una fórmula paradojal: dividir para fortalecer. En un trance igual. por nuestros patricios. Pedro Nunes Tamarinho. auxiliando. No se desarrollaba en un plan fijado y permitía a los grupos dispersos luchar según las circuns­ tancias. * Véase la Revista do Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro: “As instrugoes régias de 14 de fevreiro de 1775 ao Capitáo general das Urinas” . Atacarlos atrayéndolos hacia diferentes puntos y vencerlos. sin el embarazo de las unidades tácticas inalterables. . Se reirían los sabios feldmarechais * * — guerreros en cuyas manos cayó el frankisk heroico en trueque por la regla de cálculo— si oyesen a alguien que las caatingas pobres tienen una función más definida y grave que las grandes selvas vírgenes. De ahí las hazañas que marcan nuestra historia en los siglos x v n y x v m y el sinnúmero de revueltas abatidas y quilombos disueltos por aquellos minúsculos ejércitos de capitanes del mato.El comandante del distrito había comprendido la situación. Era un plan compatible con las circunstancias de la lucha: establecer ante todo un cerco a distancia. Porque si 110 lo impusiera el jagungo lo imponía la naturaleza excepcional que lo defendía. de ofensiva y defensiva. era un recurso inevitable para una guerra primitiva. reforzando y esclareciendo la acción de las tropas regulares.

. . prontas a la primera voz y el comandante resuelve cargar contra el desconocido. impenetrables. Pasan sobre la tropa en silbidos largos. La situación se agrava rápidamente exigiendo resoluciones enérgicas. por un flanco. Aceleradamente se forma una línea de tiradores. ante el forastero. Porque si los enfrentaran adversarios impru­ dentes serían barridos en pocos minutos. Cien. esporádicos pero insistentes. escalonadas a todo lo largo del camino. entran también en la lucha. Se arman para el combate. por todas partes. Carga contra duendes. pausadas. capaz de opuestos valores. en verano. Entonces. dificultando por igual las maniobras o todos los movimientos que marca la estrategia. Y los soldados no piensan en el enemigo. a un hombre. largamente distanciados. una extraña ansiedad invade a los valientes más probados ante ese antagonista que no se ve. estalla. . indiferentemente. Las ramas se volverían astillas en un breve choque de espadas y no es creíble que los secos arbustos impidan las maniobras prontas. Y los tiros continúan. pero se abren en multitud de caminos para el matuto que allí nació y creció. por la izquierda por la derecha. Al avistarlos. Son una variable en las fórmulas del tenebroso problema de la guerra. . a pesar de su importancia para la defensa del territorio — cerrando las fronteras y debilitando el embate de las invasiones. Se cierran. Nada ven. La fuerza de bayonetas caladas . Pueden favorecer. Por la canícula y por el desaliño natural de las marchas. En cierta manera. Mientras que las caatingas son un aliado incorruptible del sertanejo rebelde. por el frente ahora. un tiro. La bala pasa rechinante o deja tendido. una columna en marcha no se sorprende. inhallable. cercano. mil ojos escrutadores se vuelven impacientes. impi­ diendo movilizaciones rápidas e imposibilitando la traslación de las ar­ tillerías— se comportan de cierta manera neutra en el curso de las cam­ pañas. Las caatingas no sólo lo esconden. observan alrededor. Se destacan otras unidades combatientes. agreden. Y el jagungo se vuelve el guerrillero thug. De pronto. muerto.Porque éstas. zumban los proyectiles de los tiradores invisibles golpeando de lleno en las filas. Un hálito de espanto recorre las filas de una a otra punta. ofre­ ciendo a ambos la misma penumbra para las emboscadas. mal elegida de la masa de soldados apretujados en el estrecho camino. . Se su­ ceden. Entonces marchan tranquilos y he­ roicos. . otras. doscientos ojos. lo amparan. Es la primera sorpresa. . Se oye una voz de mando y un torbellino de balas rueda estrepi­ tosamente por los ramajes. Nada los puede asustar. Sigue por los caminos sinuosos. se entregan a conversaciones desenfadadas y risas joviales. Pero constantes. a los dos beligerantes. .

Las secciones se precipitan hacia los puntos donde estallan las balas y se encuentran con una barrera flexible pero impenetrable de juremas. imprecan y desatan su rabia en agitaciones furiosas e inútiles. La marcha se reanuda. Se agrupan en el camino. . caen inflexiblemente los pro­ yectiles del adversario. abrazados. veinte hombres a lo máximo. Y en ese momento des­ cubren al formidable adversario que es la caatinga. circundándolos. No pueden traspasarlos. Los rodean. La columna de a dos en fondo camina coloreando el ceniza del paisaje con los uniformes azu­ les listados de rojo y el brillo intenso de las bayonetas. unidos. Tiran al azar. desde las matas dispersas. las armas en desaliño o perdidas. . Los mismos trances se reproducen. rítmicos. está torturado por el imperio angustioso del enemigo desconocido y la expectativa atroz de los asaltos imprevistos. Los soldados andan al azar por un laberinto de ramas. a lo lejos. La fuerza marcha ahora con más cautela.irrumpe impetuosamente contra el matorral seco. como falanges intrasponibles de espinas. . sin puntería. Brilla por momentos entre los rayos del sol cernidos por los ramajes sin hojas y se dispersa golpeando contra troncos de Xique-xique. se aleja. Finalmente. mal reprimiendo el dolor infernal de las hojas urticantes. fulmi­ nantes. mientras en torno. las ropas hechas tiras. cinco. De repente cesan. a doscientos metros del . El ánimo de los combatientes. Las secciones vuelven a la columna después de inútiles exploraciones por el matorral. El comandante trata de resguardarlos. se encaminan por las veredas de los ranchos ignotos. Se debaten desesperadamente hasta dejar entre las garras felinas de las macambiras pedazos de sus ropas. . diez. cansados. que les quitan las armas de las manos. en una indisciplina de fuego que provoca víctimas entre sus propios compañeros. pinchados por las espinas. Se enredan en los cipos que los engrillan. . Se ve como un rastro de arbustos quemados. La columna se alarga. Observan a la tropa. terribles. caminando en silencio. En el lugar de la refriega aparecen. Impotentes se detienen. en silencio entre los arbustos ralos. Se deslizan rápidos. La tropa se reorganiza. acreciendo la con­ fusión y el desorden. el orden disperso del combate se con­ vierte en la dispersión del tumulto. bien apuntados. El enemigo que nadie vio desaparece. Una línea de bayonetas enfila por los restos secos. seguros. . Caen enlazados por las cintas corredizas de los quipás reptantes o se traban las piernas entre fuertes tentáculos. Pasan unos minutos. estropeados. Y vuelven como si saliesen del encuentro mano a mano con los salvajes. Siguen refuerzos. por los flancos los protegen compañías dispersas. sopesando las espingardas todavía calientes. desaparece.

y como antes. siente la garganta seca de sed y ante los primeros síntomas de hambre. . lentos. los guía un escuadrón de plazas escogidos. Es entonces. serpenteando en las vueltas del estrecho valle. A cada vuelta del camino se estremecen. más allá de la vanguardia. impo­ tente y fuerte. sangrado por el enemigo que lo ataca y huye. La disciplina contiene las filas. Abajo. ramas secas de umbuzeiros blanquean por la sequía. Los soldados esparcidos por las cumbres exploran inútilmente. retrocede hacia la retaguardia. seguros. Vuelven exhaustos. Felizmente. vence al pánico. La tropa reanuda su marcha con algunos plazas menos. Y cuando el sertón hierve en el bochorno de los estíos. el trágico cazador de bri­ gadas. rudo y vestido de cuero. heridas por el sol. los tiros parten. no es difícil prever a quién le tocará la victoria. Pero los ecos numerosos la vuelven variable y los tiros no descubiertos. Sigue su camino por los páramos. como hechos por un tirador solitario. en la última ondulación del suelo. . las armas fulgurantes. un choque convulsivo la detiene de súbito. Finalmente cesan. las barrancas están limpias. en instantes. hasta los viejos luchadores sienten mie­ do como niños. queriendo huir ante el desierto estéril y amenazador. algunos cactos. y el . en las épocas indecisas entre la sequía y el florecimiento. escasas gramíneas. como un torrente oscuro que trasuda rayos. cuesta arriba. La vencen el hombre y la tierra. El ejército tiene en su propia fuerza su propia flaqueza. Mientras el minotauro. continúan lentos. porque el humo no se condensa en aquellos aires ardientes. Y cuando las últimas armas desaparecen. ya está toda la vanguardia. Estas siguen. Y un estremecimiento. La fuerza militar decae. rastreando la dirección de los estampidos. atormentado por las celadas. Los siguen los primeros batallones. después un torso de atleta. desde lo alto. cuando se encuentran los últimos hilos de agua en el lodo de las ipueiras y en las últimas hojas amarillentas en las ramas de las baraúnas. sale de un montón de rocas — cariátide siniestra en ruinas ciclópeas— el rostro bronceado y duro. Esta vez. Por la agreste cuesta les cierra el paso una quebrada que es preciso trasponer. de un solo punto. Por allí descienden los guardianes de la vanguardia. Lentamente marchan detrás las brigadas. Vibran los clarines. lenta­ mente. a lo lejos. La lucha es desigual. Resuena una bala. temerarios. De ahí en más. y trasponiendo veloz­ mente las laderas desaparece. una sección se destaca y va. inerme con su envergadura de acero y caños de bayo­ netas. esa flora agresiva se muestra cariñosa y amiga con el sertanejo.frente de la columna.

las palmatorias desnudas en combustión rápida de sus numerosas espinas. los caroás fibrosos le dan cuerdas flexibles y resistentes. la quixába de frutos pequeñitos. El umbu le da la escasa sombra de sus últimas hojas. espantando a las suguaranas deslum­ bradas con antorcha fulgurante. palmo a palmo.forastero se asusta y huye ante el flagelo inminente. crecieron her­ manados. porque invertía hasta los preceptos más comunes del arte militar. Conoce a cada uno. Lo talla como un Anteo indo­ mable 241. que los refu­ gios escaseen. El chouan y los desiertos la emparejan bien con el jagungo y las caatingas. permitía recordar aquel legendario rincón de la Bretaña . firme en la ruta. Y si es necesario avanzar a despecho de la noche. lo alimentaban hasta el hartazgo. permitiendo aquilatar de antemano las dificultades. . . Nacieron juntos. por los desvíos de los caminos. el ouricuri verde. que aquél continúa feliz en sus largas travesías. estos últimos le dan cobertura para el rancho provisorio. los rincones del inmenso hogar sin techo. asimismo. el araticum. IV AUTONOMIA DUDOSA Iba a demostrarlo la campaña emergente. apenas descubre la fosfo­ rescencia azulada de las cumanás. y la mirada ahogada en la oscuridad. colgando de las ramas como guirnal­ das fantásticas. . . . El mismo misticismo. génesis de la misma aspiración política. que se extingan los pozos de agua y en las bajadas desa­ parezcan los abrigos transitorios donde hacen sus siestas los vaqueros fatigados. . Todos aquellos árboles son sus viejos compañeros. a través de las mismas dificultades. las mismas osadías servidas por las mismas astucias. como quien conoce. Las medidas planeadas por el General Sólon mostraban una exacta previsión de sucesos semejantes. los mandacarus tallados a facón o las hojas de los juás sustentan a su caballo. A pesar de los defectos de la confrontación. Toda la naturaleza proteje al sertanejo. Canudos era nuestra Vendée. copia más amplia de otras que han aparecido en todo el Norte. No le importa que la jornada se alargue. le basta con partir y encender una rama verde de candombá y agitarla por los caminos. la mari elegante. luchando con las mismas negruras. Está rodeado de relaciones antiguas. socios de los mismos días tranquilos. en la lucha excepcional para la cual ningún Jomini2 4 2 delineara reglas. y la misma natura­ leza adversa. Es un titán bronceado que hace vacilar la marcha de los ejércitos.

poco numerosas pero veloces. Se olvidaba de que en un documento público se había confesado desarmado para vencer la revuelta y que al apelar a los recursos de la Unión. se mantuvo siempre. además de "extirpar el móvil de descomposición moral que se observara en la aldea de Canudos en manifiesto desprestigio para la autoridad y las instituciones” agregando que la fuerza federal debería seguir forta­ leciéndose para evitar la contingencia de "retiradas perjudiciales e inde­ corosas”. . va poco más allá de los quinientos hombres”. les competía. milagrosamente erguida por los exégetas constitucionales. Pero sobre las banderas venidas de todos los puntos. Para resguardarla mejor fue removido de Bahía el jefe de la fuerza militar que había actuado de manera rectilínea. El gobierno estatal. Lo contradecía el jefe militar al entender que la represión legal y el prendimiento de los criminales. El desorden. moviéndose dentro del elástico artículo 6? de la Constitución del 24 de febrero. sólo cedió ante las divisiones volantes de un general sin fama. Además. cerró la controversia levantanto el espantajo de una amenaza a la soberanía del Estado 2 4 4 y repeliendo la intervención que significaba su incompetencia para mantener el orden en sus propios dominios. sino al país entero. El ambiente moral de los sertones favorecía el contagio y la expansión de la neurosis. todavía local. según la ley. Resultaba tardío hablar de la soberanía pisoteada por los turbulentos impunes. Toda la nación intervino. No se miró la enseñanza histórica. De modo que la inter­ vención federal se atenía al significado superior de los principios federa­ tivos: era la colaboración de los estados en una cuestión que interesaba. . podía ser núcleo de una conflagración en todo el interior norteño. después de hacer retroceder ejércitos destinados a un paseo militar por toda Europa. El gobierno bahiano afirmó "son más que suficientes las medidas to­ madas para derrotar y extinguir al grupo de fanáticos y no hay necesi­ dad de reforzar la fuerza federal para tal diligencia. Fue lo que sucedió. "las columnas infernales” del General Turreau 243. Por sobre el desequilibrado que la dirigía. superado el orden policial. hasta encerrarlos en un círculo de dieciséis campos atrincherados. imitando la misma fugacidad de los nati­ vos. justificaba naturalmente. la soberanía del estado. había toda una sociedad de retar­ datarios. no ya a Bahía. del Río Grande al Amazonas. del extremo norte al extremo sur. Es que se creía preestablecida la victoria inevitable sobre la insig­ nificante rebeldía sertaneja. Y sólo después de esto. la columna del mayor Febrónio — hasta entonces osci­ . la intervención que al mismo tiempo quería encubrir.donde una revuelta. pues las medidas tomadas por el comandante del distrito significan más prevención que recelo” y agregaba "no es tan numeroso el grupo de Antonio Conselheiro. nadie se ilusionaba ante la situación sertaneja.

. Hacia todos los rumbos y por todos los caminos y en todos los lugares. aislando a la aldea en un gran círculo desolado de ruinas. mientras el adversario lo había aprovechado preparándose para un desquite enérgico. En un radio de tres leguas alrededor de Canudos se hizo el desierto. Estaba pronto el escena­ rio donde se desarrollaría un emocionante drama de nuestra historia.lando entre Monte Santo y Queimadas y objetivando en sus contramar­ chas las vacilaciones del gobierno— siguió reforzada por la tropa policial y adscrita a las deliberaciones del gobierno bahiano. los escom­ bros carbonizados de los establecimientos rurales resaltaban. Se había perdido el tiempo estérilmente.

se advierten rudimentos de florestas. gracias al enfriamiento de la ascensión repentina por las laderas de las serranías. Triunfos anticipados. y per­ miten a los habitantes resistir el flagelo. más secos. Segundo encuentro. por intermedio de la estación de Queimadas. iba a volverse célebre como base de las operaciones de todas las arremetidas contra Canudos. cortándose en arroyos reducidos e imperceptibles hilos que se deslizan entre las piedras. V I — Procesión de parihuelas. los vientos después de la travesía. el estoico Anchieta del Nor­ te 2 4 5 había aquilatado las condiciones privilegiadas del lugar. A esos requisitos se unieron otros. Baluartes sini caldi linimenti. no se agota completa­ mente durante las sequías más grandes. aunque efímeros como los otros de las cercanías. con sus tributarios minúsculos. no dijimos que al crearlo. Primer encuentro. La elevación de rocas primitivas que se levantan a los lados. aislado. I I — Incomprensión de la campaña. Por las bajadas. III. se fracciona. partiendo de Monte Santo. El río de Cariacá.TRAVESIA DEL CAMBAIO I. El poblado — erecto al pie de la serranía— contrasta. I MONTE SANTO El día 29 de diciembre entraron los expedicionarios en Monte Santo. variando las caatingas en montes de verdor. a partir de esa fecha. Era el que se adelantaba más en dirección al objetivo de la campaña y además. se encuentra una región incomparablemente vivaz. con la esterilidad ambiente. Episodio dramático. Los vimos en las páginas anteriores referidas a la génesis. hacia donde caen los morros. Deriva de su situación topográfica. IV. La recortan pequeños cursos de agua resistentes a las sequías. permitía rápidas comunicaciones con el litoral. mientras alrededor se extienden desoladas áreas. Sin embargo. a dos pasos de los sertones estériles hacia donde ruedan.— En los Tabuleirinhos. Caen entonces en lluvias casi regulares. V — Retirada. La Legio Fulminata de Joño Abade. le pone reparos a los vientos regulares que hasta allí llegan y se vuelve condensador admirable de los escasos vapores que todavía los impreg­ nan. El poblado de Fray Apolónio de Todi. Nuevo milagro de An­ tonio Conselheiro. al norte y al este. En marcha hacia Canudos. originando un régimen climatológico más soportable. De manera que.— El cambaio.— Monte Santo. en un radio de algunos kilómetros. .

diferenciados por búsquedas opuestas y separados por tres siglos. sea para los bandeirantes del siglo xvn. Con todo. en miles de escalones. la sede de El Dorado apetecido. al pie de la ensoberbecida montaña. acompañando las huellas de Moreia. buscando los sertones de Magacará”. humilde. sea para los soldados de estos tiempos. sobre la villa. por ventura más temerarios y con seguridad. continuaron otras.Es natural que Monte Santo sea. tan propia de las arquitecturas monumentales de la Tierra. La vertiente oriental cae. en caracol. la línea de las cumbres. por las laderas sucesivas. hasta que Apolónio de Todi la transformó en templo majestuoso y rudo. la vía sacra de los sertones. hasta el tenaz Pedro Barbosa Leal. el que sigue por el camino de Queimadas. en su atrevida ruta "desde el río Real hacia las sierras de Jacobina por el río Itapicuru arriba. orientadas por los aventureros confundidos. el antiguo nombre de la sierra — Piquaragá— se lee siempre como demarcación de un paraje bendito en aquellos terrenos amargos. Belchior Moreia. como una muralla. entre los devastadores de los sertones. hecha con cuarzo blan­ quísimo. por la que han pasado multitudes sin cuento en un siglo de romerías. predilecto de los que se aventuran por el sertón bravio. La sierra de cuarzo. nunca brilló con acontecimientos de mayor monta. Pero. pero teniendo todos la afinidad de los mismos rencores y de las mismas reaccio­ nes violentas. No surgía por primera vez en la historia. desde hace mucho. Quedó perdida en el sertón la serranía misterio­ sa donde muchos imaginaban. crecida por la depresión de las tierras vecinas. Por ella hasta el vértice se prolonga. aquella calle . Lanza. que se detuvo por muchos días en la montaña donde marcas indescifrables denotaban el paso de antecesores igualmente audaces. La religiosidad ingenua de los matutos talló en ella. de algún modo centralizó la primera actividad en torno de las legendarias "Minas de Plata” desde las exploraciones inútiles del Muribeca que hasta ahí llegó y no siguió adelante "con poco efecto y poca diligencia”. iniciada en la plaza. al divisarla. Mucho antes de los que ahora lo busca­ ron. se detiene. en los cuales. Pasaron los tiempos. coleando. tal vez. Y alrededor de esa entrada. rastreando un suelo erizado de cactos y piedras. a unas dos leguas desde las cercanías de Quirinquinquá. la más bella de sus calles. Esta se recuesta. no deja de ser interesante su función histórica. Y hoy. más interesantes. se levanta a los lejos. un sitio sereno. otros expedicionarios. Allí había parado el padre de Robério Dias. a pique. Por eso. el lugar se convertía en escala transitoria y breve. un pano­ rama perturbador y grandioso. entre el firmamento claro y las planicies amplias. vuelve los ojos deslumbrados al levante y cree que el aire caliente y la fascinación de la luz le pre­ sentan allá. rectilínea. todavía. habían pasado por allí guiados por otros designios.

tan blancas a lo lejos. bromelias abriéndose en floración sanguinolenta— avanza rápidamente. El perfil regular que ofrece a distancia. derivando después en vueltas. diluidas poco a poco en el azul purísimo de los aires hasta la última. siguiendo los accidentes del suelo. como puntilleando el espacio. brotando de las grietas quietas de los estratos y viviendo solo de las reacciones maravillosas de la luz. otras golpeando. la pequeña iglesia. De este modo. desconocida por la historia. arraigada a la piedra. Nada recuer­ da el encanto de las aldeas clásicas. con la ansiedad del paraje que lo arrebata. Allí desembocan pequeñas calles. subiendo siempre. Menos que villa oscura. Se ven las capillitas blancas. una en bajada desde las laderas. se achica en escalones tortuosos. perdiéndose en las alturas. Monte Santo se resume en ese camino. De cerca. En el centro. contra la sierra. Llega. cada vez menores. sin salida. erectas sobre los despeñaderos. La campaña incipiente iba a agravar su aspecto. nacen viejas. y sobresaliendo. de tierra y guija­ rros. El que sigue por el camino de Queimadas. el desaliento de una raza que muere. El poblado triste y decadente muestra el mismo abandono. Parece de menor altura. y no sofrena una dolorosa decepción. rodeado de cabañas. El camino va hasta la plaza. ésta pierde parte de su encanto. el eterno barracón de feria tiene. cardos agarrados a las piedras a mane­ ra de tentáculos. Las más nuevas. allá en lo alto. y la entrada ciclópea de los muros laterales. entre paredes de barro. rectangular. y al otro el único ornamento de la villa: tamarindo quizá secular. Las casas viejas unidas unas contra otras. en declive. a un lado. . tienen todas la misma forma — techos deprimidos sobre cuatro muros de barro— ese estilo brutal­ mente chato al que eran tan aficionados los primitivos colonizadores. Esta ilusión es impresionante. son exiguas y oscuras. un edificio único que haría más tarde de cuartel general. . . otras hacia el campo. Monte Santo surge sin gracia dentro de una naturaleza que le crea alrededor — como un paréntesis en el áspero sertón— una situación apacible y sonriente. tiene de cerca una flora de vivacidad inexplicable. Algunas deben de tener cien años. . . subiendo al principio en rampa vertical. larga — de más de dos kilómetros— como si construyera su subida al cielo. atravesando un esbozo de desierto donde agoniza una flora de gravetos — arbustos cuyos gajos retratan contorsiones de espasmos. En torno de las casas bajas y viejas.blanca. la transforma en un gran cuartel agazapado. como los de una enorme escalinata en ruinas. las copian línea a línea. Las capillitas. de piedra.

dichás en todos los tonos. En el banquete. 14 oficiales y 3 médicos. Como las ruedas de los carros de Shiva 246. la feria más ani­ mada. Y aquellos titanes. poco más de un batallón completo. esa singular elocuencia del soldado. La primera expedición regular contra Canudos. el 99. Nadie los observaba. golpeando por las calles. el 26*? y el 33?. en busca de la caatinga. en la plaza. la elocuencia mili­ tar. . el sertón entero. los rezos ahogados de los fieles arrodillados. transidos de miedo. tanto más expresiva cuanto más ruda. Llegados del camino fatigoso. se estremecían dentor de sus ropas de cuero al considerar las armas portentosas de la civilización. más el ornamento supletorio de los vivos colores de los uniformes y el brillo de las armas. En la alegría de los festejos. Merced al optimismo oficial. Lo había dicho. las ruedas de los cañones Krupp. las autoridades recibieron a los soldados en son de triunfo antes de la batalla. capaces de desmoronar las montañas y abatir con un solo tiro.TRIUNFOS ANTICIPADOS Allí acontonaron los 543 plazas. La misión más concurrida. espiando. Libertad. hecha de frases golpeantes y breves. Se largaban después de la villa. y los vivas entusiastas retumbando en las paredes. inda­ gando. dos cañones Krupp de 7 y Vz y dos ametralladoras Nordenfeldt. Menos de una brigada. El profeta no podía equivocarse. . El pobre lugarejo se engalanó con banderas y ramajes. Algunos volvían a toda brida hacia el norte. más fuerte que el de mil carabinas. y en las que las palabras mágicas: Gloria. hacia la aldea sagrada. como las voces de mando. y el vibrar de los clarines. Los rebeldes serían destruidos a sangre y fuego. encubiertos. al mismo tiempo se lucía el más simple y emocionante género de oratoria. contando el número de soldados. Era una masa heterogénea de tres batallones. . e iban a observar por largo tiempo. rápidos. Y fue un día de fiesta. después de pasar sorprendidos por las calles repletas de soldados. penetraban en las casas y turbaban. rodando por las . curtidos por los duros climas. son la única materia prima de los párrafos retumbantes. Todo eso significaba una estupenda novedad. nunca tuvieron tal brillo. Y la risa de los soldados y el estrépito de las botas. los vaqueros amarraban su caballo a la sombra del tamarindo. su victoria era fatal. ciertos del preludio hilarante de un drama espantoso. con más de doscientas plazas de poli­ cía y una pequeña división de artillería. no se distinguían los emisarios solitarios de Antonio Conselheiro. preparado en la mejor vivienda. Se encendían recónditos altares. las piezas de artillería de las que tanto habían oído hablar y nunca había visto. Patria. examinando todo el aparato de guerra y desapareciendo después. contemplando todo aquello con ironía cruel. yendo a Canudos. allá adentro. observando. . Otros se quedaban allí. los invasores no verían siquiera las torres de las iglesias sacrosantas.

Ahora bien. Pero la oscurecen todos los estigmas del bandidismo original. Y subían. se desparramaban por las callejuelas y por las cercanías. compartió las esperanzas. la seguridad de los aparatos militares y toda la grandeza de un arte sombrío que pone . y toda esa fiesta -—allí— en vísperas del combate. dejarían surcos sanguinolentos. Era necesario dar un gran ejemplo y una lección. Decididamente. Bajo la sugestión de un aparato bélico y de una parada. requerían un correctivo enérgico. Por la tarde. Una opresión asaltaba a los más tímidos. Era la convicción general. la tropa. . Allí estaba el sertón. Aparte de eso. Los rudos impenitentes. Era necesario que salieran finalmente de la barbarie con que escandalizaban a nuestro tiempo y entraran a la civilización a golpes. Atraídos por la novedad de un exótico panorama.amplias planicies. examinaban los registros y estampas que pendían de las paredes y los toscos altares. aunque sea paradojal. Curiosos. Por encima del rigorismo de la estrategia. Monte Santo les anticipaba las honras de la victoria. . Se detenían en los pasos. grupos ruidosos andaban por la plaza. a dos pasos del sertón repleto de emboscadas. los habitan­ tes preestablecieron el triunfo. observaban los alrededores. y la alegría ruidosa y vibrante de los oficiales y de los soldados. De antemano se afirmaba la derrota de los fanáticos. invadida por el contagio de esta creencia espontánea. los criminales retar­ datarios. La historia militar está hecha de contrastes singu­ lares. en los hechos guerreros entra como elemento. otros subían la montaña por la sinuosa ladera orlada de capillitas blancas. En su modo actual es una organización técnica superior. a su vez. Está en ella el mejor estímulo de los que vencen. Lo decía la despreo­ cupación feliz de toda la población. En lo alto de la Santa Cruz. que tenían la gravísima culpa de un apego estúpido a las más antiguas tradiciones. Volvían tranquilos a la villa donde ya se encendían las primeras luces. la campaña empezaba con buenos auspicios. de los preceptos de la táctica. El ejemplo sería dado. pero pronto desaparecía. la preocupación de la derrota. la guerra es una cosa monstruosa y totalmente iló­ gica. para retomar fuerzas. sacudidos por el soplo fuerte del nordeste. al caer la noche. II INCOMPRENSION DE LA CAMPAÑA Fue un mal.

Después de tantos días perdidos y en tales . ponderando mejor la seriedad de las cosas. A la aventura de un plan temerario. Pero esto no se realizó. Además. Tuvo la intención de hacer una arremetida fulminante. El comandante expedicionario había deiado en Queimadas gran parte de las municiones para no postergar ñor más tiem­ po la marcha e impedir que el enemigo se rebusíeciera aún más. Todavía más. Por las dificultades habidas. eran razonable aceptar un promedio. iba a vencer. todavía. según la opinión de todo el mundo.en la frialdad de una fórmula matemática la destrucción de un schrapnell2 4 7 y subordina a parábolas inviolables el curso violento de las balas. en el susurrar de cautelosas denuncias y malhadados avisos. Esta solamente se justificaría sí. muchos de los cuales. las vis a tergo de los combates. permanecen intactas todas las brutalidades del hombre primitivo. se hubiese aprovechado el tiempo para reunir mejores elementos. aban­ donando todavía parte de los restos de un tren de guerra muy reducido. Y éstas son. se sabía que la tropa. como se verificó después. había resuelto ir Taradamente al escondriio de los rebeldes llevando apenas la munición que los soldados pudiesen cargar en sus mochilas. En el dislate de las opiniones. Mientras tanto. resumido en una embestida y en un asalto. Los inconvenientes de una pausa prolongada se justificarían si se hubiesen adquirido algunas ventajas. Se hizo lo contrario: después de larga inactividad en Monte Santo. Analicemos el caso. contrariando el modo de ver de los propagandistas de una victoria fácil. La conciencia del peligro determinaría una movilización rápida y un atropellar sorpresivo contra el adversario. haciendo venir de Queimadas el resto de los equipos de guerra. proveyén­ dolo de recursos e instruyéndolo en los menores movimiento de la expe­ dición. entre las cuales abultaba una casi completa carencia de ele­ mentos de transporte. entre las que llevaban a aquéllos a un máximo de quinientos y las que afirmaban el mínimo en por lo menos cinco mil. Se ganaría en fuerza lo perdido en velocidad. se esbozaba la hipótesis de una traición. La certeza de la victoria las de­ prime. La certeza del peligro las estimula. lo sustituiría una operación más lenta y segura. De modo que la partida rápida de una localidad condenó a la demora inconsecuente en la otra. quince días antes. estaban dentro de la villa dándose codo con codo con los expedicionarios. la expedición. llegaban constantes informaciones sobre el número de recursos de los fanáticos. la expedición partió aún peor aparejada que cuando ahí llegó. Había influyentes caudillos locales cuyas viejas relaciones con el Conselheiro sugerían vehementemen­ te la presunción de que lo estuvieran auxiliando a escondidas. sería precedida y acompañada por los espías expertos del enemigo. No se hizo esto. La certeza del triunfo la inmo­ vilizó durante quince días en Monte Santo. al avanzar. Ahora bien.

aparte de ese subordinarse a unos cuantos moldes rígidos de viejos dictámenes clásicos de guerra. en la fuga sistemática. no había la mínima posibilidad de extender una línea de combate. teniendo como único amparo para la debilidad armada. La lucha. Contra tales antagonistas y en un terreno de tal clase. La derrota era inevitable. Pero estos eran inadaptables para el momento. . no puede rastrearse en ella la más fugaz indicación sobre las formaciones. fuera a abastecerse en Canudos. Escueta como una orden cualquiera que distribuye contingentes. iba a reducirse a ataques feroces. a súbitas refriegas. dispersos en el seno de la naturaleza protectora. Así. reedi­ tando el caso de Uauá. No había ni siquiera la posibilidad de hacer un com­ bate en el sentido estricto del término. digamos con mayor acierto. En Canudos sabrían la ruta escogida para la línea de operaciones con anticipación suficiente como para que se fortificasen en los trechos más difíciles. a instantáneos encuentros en los que es absurdo pensar que pudieran desarrollarse las fases principales de un combate. sobre las maniobras de las unidades combatientes y ni una palabra sobre los inevitables asaltos repentinos. nuestra bravura impulsiva. Porque a tales deslices se agregaron otros. La expedición marchaba hacia su objetivo como si volviese de una campaña. alcanzar la aldea significaría establecer un com­ bate preliminar en el camino. Se enfrentaba con lo desconocido al azar. seguía como si. Lo revela la orden del día para organizar las fuerzas atacantes. en un ir y venir de avances y retrocesos. cualquier organiza­ ción militar debe reflejar algo del temperamento nacional. refuerzo y apoyo. el jefe expedicionario. parecía disponerlo de antemano para encuentros en los que podría entrar repartido en tiradores. Abandonando de nuevo parte de las municiones.circunstancias. la partida de la base de operaciones del modo como se hizo fue un error de oficio. una batida brutal contra la cueva mons­ truosa de Canudos. Entre la tác­ tica prusiana donde todo es precisión mecánica y la nerviosa táctica latina donde todo es el arrojo caballeresco de la espada. dividido en tres columnas. de modo que. Nada más. de acuerdo con las características del enemigo y del terreno. como si llevase un pequeño cuerpo de ejército hacia algún campo devastado de Bélgica. teníamos la esgrima peligrosa con los guerrilleros esquivos cuya fuerza estaba en su propia flaqueza. una caza de hombres. Según el axacto concepto de Von der Goltz 248. Eran por igual inútiles las cargas y las descargas. a esperas astutas. pobre de recursos en Queimadas y paupérrima de recursos en Monte Santo. Nada sobre la distribución de las uni­ dades. A medida que se eproximaba al enemigo se desarmaba. denunciando la más com­ pleta ignorancia de la guerra. una sorpresa era inadmisible. Adscrito a unos rudimentos de táctica prusiana trasplantados a nuestras ordenanzas.

la del reposo. incluso completamente aisladas. Nada se deliberó en cuanto a condiciones tan imperiosas. . o a verlo aparecer dentro de sus propias filas soprendidas. se imponía un gran fraccionamiento de las columnas. la de la marcha y la del combate. Surcando caminos des­ conocidos. Aunque la dirección de los variados movimientos escapase a la autoridad de un comando único. vuelto un montón de huesos amarrados por un montón de músculos.entre los dos extremos de fuego que lo inician hasta el epílogo delirante de las cargas de bayoneta. sin aparecer. Este dispositivo. las emociones de la guerra lo transfiguran. pronto a encontrar al enemigo en todas las vueltas de los caminos. debía reposar en alineación de batalla. la victoria. Para atenuarlas. sin nervios. Era parodiar la norma guerrera del enemigo. sustituida por la iniciativa más eficaz de los comandantes de las pequeñas unidades. por la certeza de un rápido auxilio de las fuerzas que quedaban fuera de la acción del enemigo. actuando autó­ nomas. si un tiroteo en la vanguardia en una campaña. sin arbitrio. en que se puede encontrar una fuerza en operaciones. Por mecanizado que quede el sol­ dado por la disciplina. ellas despiertan a cada instante. que es valiente frente al enemigo. las diversas unidades debían seguir con el máximo distanciamiento. evitaba el pánico y per­ mitía un desahogo. además de levantarles el ánimo. de acuerdo con las circunstancias del momento. se constituye en una advertencia saludable para el resto de la columna. de anular el efecto de repentinas emboscadas. como suma de sucesivos ataques. El ejército en marcha. siguiéndolo paralelamente. de crear mejores recursos de reacción. sin tempera­ mento. tendiendo a ser un siniestro ideal de homúnculo. sacudidas por el mismo espanto. nuestro soldado. En función del hombre y de la tierra. rodeado por una naturaleza salvaje y pobre. en trazados más firmes y opo­ niéndole la misma dispersión. Casi siempre las secciones se embaru­ llaban. Y en la marcha por los sertones. El coman­ dante se limitó a formar tres columnas y a ir hacia adelante. aquella guerra debía impulsarse a galopes de mano de un estratega revolucionario e innovador. Era natural que estas coyunturas inevitables fueran previstas. tendiendo ins­ tintivamente a quedar en la retaguardia. energías inconscientes sobre palancas rígidas. se revela invisible en las emboscadas. se acobarda y se llena de temores siempre que aquél. Así. Un jefe militar debe tener algo de psicólogo. hombres inermes cargando armas magníficas. En ella iban a surgir tumultuosamente confundidas todas las situaciones naturalmente distintas. en estas circuns­ tancias anormales es un peligro. y de conseguir finalmente. actuando como un autómata según la vibración de los clarines. poniendo ante la astucia sutil de los jaguncos la perezosa potencia de sus tres com­ pactas falanges. se desordenaban. del único modo como ésta podía alcanzarse. única capaz de amortecer las causas del fracaso.

a partir de la base de operaciones. Se hizo siempre lo contrario 249. Demoraron dos días en alcanzar este punto. la Grande y la del Atanásio. El campamento rodeado de piedras. Partían unidas en columnas. Fue una temeridad. Avanzaban pegadas por los ca­ minos. parece una faja de tierras fértiles sombreadas por ver­ daderos montes. . Entonces la travesía se vuel­ ve más seria. Ipueiras. empieza a accidentarse. De modo que a la mañana siguiente la tropa prosiguió con rumbo firme al norte. Y la tropa.En síntesis. . sin sombras. mientras los zapadores preparaban la calle abriéndola. La expedición entró por aquel valle hondo como en un cajón hasta que en otro sitio. EN MARCHA HACIA CANUDOS Fue en estas condiciones desfavorables que partieron el 12 de enero de 1897. Es el más corto y el más accidentado. Al comienzo. cayendo en grutas. quedaba paralizada por la traba de esas maasas me­ tálicas. hasta Penedo. Iban a dispersarse. salvada de una posición muy difícil. De ahí en adelante se curva hacia el este. las fuerzas dispersas en la marcha. repentinamente. cruzando la serranía por tres laderas sucesivas. si éste apareciese en lo alto de los morros. hacién­ dolos concentrarse en Canudos. Tenían hecho medio camino. dentro de la estructura maciza de las brigadas. Hechos algunos kilómetros. sin abrigos. a una altura de trescientos metros sobre el valle. La artillería les demoraba la marcha. serpenteando morros. centralizaría los fuegos del enemigo. Feliz­ mente no llegaron hasta ahí los jagungos. debían ir apretando a los fanáticos. limpiándola o buscando desvíos que evi­ taran grandes declives. que empeoraba. . hasta saltar el sitio llamado "Lajem de Dentro”. . Tomaron por el camino del Cambaio. que tenía sus condiciones de triunfo en la movilidad. . la de Acaru. que se articulan en una gran curva. el camino baja. poco a poco. Traspuesta la "Lajem de Dentro” y la divisoria de las vertientes del Itapicuru y del Vaza-Barris. acampó. se perturba en rastros pedregosos y se vuelve casi impracticable a medida que se acerca al pie de la sierra del Acaru. Ascendían penosamente los Krupv. en Canudos. prolongando el valle del Cariacá. empiezan los accidentados contrafuertes de donde fluyen los tributarios efímeros del Bendegó. El desaguadero de captación de éste une las bases de tres sierras. alzándose en rampas.

a la noche. como estrellas rubias entre nubes. Deben de haber salido de la fantasía de los matutos y completadas por las indagaciones de hombres estudiosos. La imagen es perfecta. la máxima velocidad era indispensable. Hist.Hasta Mulungu. algunas hices vacilantes. III EL CAMBAIO Las masas del Cambaio se amontonan al frente. muy altas. Para completar el cuadro. los zapadores hicieron calle para los cañones y la jornada se demoró por el paso tardo de la división que los guarnecía. Señalaban las posiciones enemigas. Y al amanecer del 17. que hacen pensar en baluartes derruidos. un observador que desde el campamento mirase hacia el norte. los bultos fugaces de los espías. el comisario de esa aldea se largó del lugar v no volvió. e Geog. era la salvación. la expedición. dispuestas de manera caprichosa. rodeados de sombras. Fueron abatidas las últimas vacas para quinientos y tantos combatientes. . Alguien salvó la lealtad sertaneja: el guía Domingos Jesuíno. luciendo y extinguiéndose intermitentes. Seguir hacia Canudos a pocas leguas de distancia. Era luchar por la vida. esa noche desaparecieron la mayor parte de los peones de carga contratados en Monte Santo. El aspecto de la lucha se agravaba en plena marcha. En Mulungu. Las leyendas sobre "ciudades encantadas” en Bahía no tienen otro origen. comenzó a ser terriblemente torturada. muy lejos todavía de su objetivo que solo podía alcanzarse en tres días de marcha. o levantándose en escalones sucesivos. antes de haberse disparado un tiro. Brasileiro. El cam­ pamento se alarmó. Se habían acabado los alimentos. Estaban a dos leguas de Canudos. distinguiría. recortadas en gargantas largas y circundantes. Los soldados durmieron armados. Habían distinguido. Mientras tanto. se mostraron imponentes. Condujo a las tropas de vanguardia hasta el "rancho das Pedras” donde acamparon. dos leguas después de Penedo. Por la noche. ya eran evidentes. como fosos. Restos de hogueras en las márgenes del camino y viviendas incendiadas daban se­ ñales del enemigo. tal vez. de titanes. próximos. clavada en las montañas. ori­ ginaron investigaciones que es impropio recordar ahora *. Son comunes en ese trozo de sertón los aspectos originales de la tierra. * Ver el tomo 10 y otros de la Revista do Inst. Esto valía por un combate perdido. Al aclarar. Y bajo el pretexto de ir en busca de una remesa urgente de provisiones.

rom­ piéndose bajo el periódico embate de tormentas súbitas e insolaciones intensas. Descrigóes práticas da Provincia da Bahía. Porque el Cambaio es una montaña en ruinas. como si en rápidas ma­ niobras. semejantes a grandes ciudades muertas ante las cuales el matuto pasa. abultando a lo lejos. asaltos sobre asaltos hasta desmantelarlos. numerosas fuerzas. Los morros. BALUARTES SINE CALCII LIN IM E N T I2 5 0 La sierra del Cambaio es uno de esos rudos monumentos. Pegados al suelo. Son de este tipo las "casitas” que se ven hacia el lado de Aracati. A veces esta ilusión se agranda. metidos en las quebraduras del terreno. . Los binóculos recorrían inútilmente las rocas desiertas. Fríos observadores que atravesaron el extraño valle del Vaza-Barris quedaron asombrados al enfrentar: "Sierras de piedra naturalmente sobrepuestas formando fortalezas y reductos inexpugnables con tal perfección que parecen obras de arte” *. inmóviles. cuya estructura aparece en apó­ fisis punteagudos. Le ajusta. Surgen vastas necrópolis. imaginando allá adentro una población silenciosa y trágica de "almas de otro mundo” . . El camino hacia Canudos no la contornea. estallando en un desmoronamiento secular y lento. . A esa hora matinal la montaña deslumbraba. reduciéndolos a mon­ tones de piedras en desorden y torres y pilastras truncadas. cerca del camino de Jeremoabo a Bom Conselho. con el aspecto de grandes columnas derruidas. llevando el ansioso anhelo de sabias sociedades e institutos donde se debatió el interesante caso. rectilínea. El enemigo solo presentaba el rasgo amenazador de la tierra. Por cierto. a lo lejos. constreñida por escalones sumergiéndose en la angostura de un desfiladero como un túnel. el conjunto de la sierra da al observador la impresión de toparse con las barbacanas de antiquísimos castillos donde hubiesen golpeado otrora. capri­ chosamente repartidos. se preparasen para el combate. en alineamientos de rocas.Y no se crea que la imaginación popular exageró engañando la expec­ tativa de los investigadores que por allí anduvieron. Porque aquellos reductos bárbaros eran peores. . sin sacar las espuelas de los ijares del caballo en disparada. nadie le puede divisar geométricas líneas de parapetos cir­ cundados de fosos. . esparcidos. La tropa enfiló por ahí. A la distancia. y otras que aparecen por aquellos lugares dándole un rasgo misterioso a esos melancólicos paisajes. Estaba acantonado. deforme. Los rayos del sol se reflejaban en las aristas de las lajas en pedazos dando la ilusión de movimientos febriles y fulgores vivos de armas. los costados y sube en declives. medroso. Surge. en bloques rimados. * Teniente coronel Durval de Aguiar.

debajo de las trincheras del Cambaio. desde lo alto de las rudas murallas. empujadas por los cañones sostenidos a su vez por soldados sin aliento. los cañones bombardearon a los matutos a quema ropa y estos. El avance fue desordenado. Abajo. aparecieron los jagungos en el un repentino deflagrar de tiros. se hizo la primera embestida encabezada por los cientos y tantos plazas del 33? de infantería. los ojos fijos en las columnas aún dis­ tantes. Aprovechando ese reflujo. Llegaban a las primeras laderas cortadas a media subida. Las tropas caminaban lentamente. de estam­ pidos que pasaban sobre los sones de los clarines llamando a la carga. en la ladera donde había quedado la artillería. atendiendo las desventajosas condiciones en que se realizó. los sertanejos se mantenían en silencio. desde las matas esparcidas. de punta a punta. las líneas se rompieron ante los obstáculos del terreno. despavoridos por las balas. los acostumbrados vivas al Buen Jesús y al Conselheiro se mezclaban con apostrofes insolentes y palabrotas escandalosas y entre otras. los combatientes arrementían en tumulto. de descargas. Y en esta situación los sorpendió el enemigo. sin el mínimo simulacro de formación. con las armas en bandolera. PRIMER ENCUENTRO El encuentro fue con un gran vocerío. en réplica fulminante y admirable. rompiendo las . los animales de tracción y los cargueros. en un barullo de cuerpos.expectantes. de brillos de aceros. El combate se generalizó en minutos y como era de prever. auxiliando a las máquinas impotentes a vencer esos declives. tras­ poniéndolas a saltos. Fraccionados. marchando detrás de los exploradores que escudriña­ ban cautelosamente las cercanías. Tropezando. tirando al azar hacia el frente. que decuplicaban el efecto des­ pedazando piedras. una frase desafiadora que en el curso de la campaña sonaría invariablemente como un estribillo irónico: "¡Avanza! ¡Debilidad del gobierno!” . cayendo entre las lajas. Dispuestos rápidamente. La vanguardia se paró y pareció retroceder. Toda la expedición cayó. tenien­ do a la derecha al 9? y a la izquierda al 16° y la policía bahiana. Seguían sin aplomo. viendo por primera vez esas armas poderosas. los plazas arreme­ tieron y luego. confundidos los bata­ llones y las compañías. El mayor Febrónio se metió entre las filas alarmadas y centralizó la resistencia. la línea de asalto se dispuso. montones humanos golpeando contra los morros. Toda la línea vaciló. los dedos presos en los gatillos de las carabinas. tortuosa y ondulante. desde los despeñaderos y las vertientes. se desbandaron instantáneamente. Una voz la detuvo. Desde los escondrijos. allá abajo.

surgiendo y desapareciendo. Entre ellos se veía a un negro corpulento y ágil. y los que per­ manecían firmes en sus posiciones. las armas cargadas por los compañeros invisibles. Los únicos tropiezos eran las asperezas del suelo. volvió a la expedición casi indemne. veloces. apare­ cían y desaparecían. atacando. Comandaba las maniobras. a las carreras. por el techo de la sierra. ora agrupados. de bru­ ces. agravando el tumulto. sucesivamente. en un vaivén de avanzadas y retrocesos. era el jefe. o repartiéndose en pequeño número. cuyos nombres alabaron los partes oficiales pero no los comentarios de sus compañeros. apuntándoles con su espingarda. Las cargas morían en los escarpados. Este ardid fue en seguida descubierto por las diminutas fracciones atacantes que se aventajaron hasta las cañoneras más altas. terrible. . desaparecían al galope por los taludes agrestes. circunstancia que. Evitaban la pelea franca. como quedaron la mayor parte de las balas destinadas a Canudos. aliada al pequeño alcance de las armas sertanejas. cayéndose y levan­ tándose el tirador fantástico. Descargaba sus armas a quema ropa sobre los fanáticos diseminándolos.ataduras. Para esto se disponían de a tres o cuatro. invulnerable. por las manos del cual pasaban. empujándolos en grandes corre­ rías por los cerros. utilizando trampas de facineroso viejo en las correrías del sertón. Los soldados lo veían caer y prontamente reaparecer. llenas de espanto. los que se mo­ vían. Las secciones avanzadas ascendían más rápidas por las barrancas conquistando el terreno hasta que otra irrupción repen­ tina del adversario las tomaba de frente y tenían que parar o retroceder. sin que las animasen los oficiales acobardados. Joáo Grande. Hacían blanco de nuevo. En lo alto. Los sertanejos le imitaban los movimientos. Los proyectiles de las mannlichers estallaban azarosamente en la osa­ menta rígida de la sierra. Con la certeza de su inferioridad en armas. cayendo mal heridos hasta en medio de los plazas que los remataban a golpes. ora dispersos. A veces desaparecían por completo. las carreras. los saltos. La mayor parte reaccionaba. sentados en lo hondo de la trinchera. Parecían dispuestos en dos clases de luchadores. sordos a la intimación hecha con los revólveres gatillados. reaparecieron lós sertanejos. en seguida lo sustituía otro. Los jagunqos no las esperaban. subiendo. sacudiéndose de encima canastas y cajones. Estos superaban de modo ingenioso la carencia de armas y el lento proceso de carga de las que poseían. bajando. por las cumbres. De modo que si alguna bala mataba al tirador. parecían desear que allí quedasen. ora desfilando en filas sucesivas. rodando traspasados de balas. Otra vez lo veían caer. baleado y otra vez resurgía. más lejos. Los acompañó el resto de los troperos que huían. La fugacidad del enemigo y el terreno le daban a la tropa una distribución táctica propia. rodeando a un tirador único. huyendo.

Los perseguían. Sobre los jagungos en fuga arrojaron car­ gas en desorden: soldados en grupos. mano a mano. . La cosa estaba hecha. la orden del día diese preeminencia a los plazas graduados. sin embargo. En movimiento heroico. EPISODIO DRAMATICO Había sido una hecatombe. semejantes a un dolmen abatido. a lo que parece. presa entre otras dos. . El bombardeo se redujo a un tiro. Albertazzi. . rigurosamente contados. obligando a la preparación de la artillería dispuesta a bombardear al pequeño grupo temerario. La dilató. empujada a pulso. Y su perfil de gorila se destacó. los sertanejos dejaron ciento quince cadáveres. Allí. oblicua y mal sostenida por uno de sus puntos al suelo. Abajo. * Dr. En cambio. Lo aprovecharon. La victoria. Y el bloque despegado cayó pesadamente. . la montaña estaba conquistada. el rudo cabecilla dispuso el encuentro defi­ nitivo. una piedra inmensa. Culminó con un episodio trágico. per­ diendo al oficial que hasta allí los había llevado. la artillería empezó a moverse. . sobre la barranca agreste. temerario. según un espectador del cuadro * — probable­ mente los que hicieron las últimas cargas con sus trabucos. La brió de arriba abajo. Sus cabos de guerra fueron los cabos de escuadra. más tarde. turbas sin comando. La granada partió levemente des­ viada del blanco y fue a golpear en una de las junturas en que se engas­ taba la piedra. Frente al desperdicio de municiones. Abrieron sobre sus perseguidores un tiroteo escaso y los hicieron pararse un momento. se levantaba. un muro de roca viva. Este lugar cubierto tenía a su frente. La tierra protectora les daba a los vencidos el último reducto. Les cortó el paso la explosión del cañón destrozando a los primeros y haciendo huir al resto a sus primitivas posiciones.Por fin. las pér­ didas eran pocas: cuatro muertos y veintitantos heridos. Contingentes mezclados de todos los cuerpos saltaban finalmente sobre las últimas trincheras. en golpe sordo. médico de la expedición. La algarabía tumultuosa tuvo un final teatral. avanzaron contra la artillería. mez­ clados ahora con las avanzadas de la tropa. frente a una banda súbitamente congregada. sepultándolos. Venceslau Leal. . En él se recostaron muchos sertanejos — cerca de cuarenta. sobre los desgraciados. Los jagungos se les escapaban. disparando al azar en una fanfarria irritante y una alacridad feroz de montoneros. era resultado del coraje ciego junto a la más com­ pleta indisciplina de fuego y se comprende que. . Después de tres horas de lucha. Fue al volver de los últimos picos de la sierra.

todos a un tiempo. La tropa dormía bajo la guardia terrible del enemigo. Lo hicieron con las fatigas acumuladas y con la ilusión engañadora del reciente triunfo. . Adelante. disparar el Krupp en dirección de Canudos. Se reeditó el episodio de Uauá. Porque la nueva de la batalla había llegado a la aldea con los huidos y para quebrar el ímpetu del invasor. los últimos defensores del Cambaio se iban hacia Canudos. los sertanejos surgieron gritando. por las horquillas. IV EN LOS "TABULEIRINHOS” Las columnas llegaron a la tarde a Tabuleirinhos. como si el disparo hubiese sido una señal para ellos.La marcha se reanudó. Felizmente. Sería un aldabonazo sobre las puertas de la aldea. Cansados por la refriega y hambrientos desde la víspera. Pero los jagungos no retrocedieron. apenas paliaron su sed en el agua impura de la minúscula laguna del Cipó. . gran número de luchadores partían de allí. hasta entonces esquivos. . . por los facones de hoja larga. A la noche lo rodearon. Y la tropa fue asaltada por todas partes. SEGUNDO ENCUENTRO Sin embargo. y no siguieron aprovechando el ímpetu de su marcha persecutoria. Se adoptó entonces el mejor de los arbitrios. El tiro partió. anunciando la estrepitosa visita. después de un cuarto de hora de ejercicios sobre el terreno que es allí despejado. los soldados veían de cerca las caras trigueñas de sus antagonistas. La arremetida los llevó hasta las separaciones de cada pelotón. De modo que no advirtieron a su alrededor la ronda de los jagungos. afectos a las correrías veloces por las montañas. casi al borde de la aldea. . Y por primera vez. . los expedicionarios estaban en orden de marcha y tenían las armas prontas para la réplica que se realizó en descargas nutridas. Sobrevino un pequeño contratiempo. se advertía por lo raleado de los tiros. las columnas dispusieron el avance sobre la aldea. . Un shrapnell atascaba uno de los cañones y no había forma de extraerlo. desaparecieron. Abandonando las espingardas por las aguijadas. cada vez más cansados. al amanecer nada lo reveló. por los fierros de los carros. y formadas temprano. Acamparon. Se metieron por las caatingas y se aproxima­ ron al campamento. por las hoces. Por fin.

que sobresalía del tumulto. Su nombre se perdió. las fuerzas perdidas en arre­ metidas locas contra el vacío. sin armas. como si quisiese estrangular al monstruo: "¡Miren. clavos— de su vieja herramentería de la muerte. Nuevamente esparcidos e intocables. La lucha fue cuerpo a cuerpo. las municiones pródigamente gastadas en la hazaña perjudicial del * Los incidentes de esta jornada los debo a la Comunicación fidedigna del Dr. Pero las cosas no mejoraron. se arrojó sobre el grupo. con los puños adormecidos y flojos por la multiplicación de los golpes. de donde salían estertores de estrangulados. un torbellino de cuerpos enlazados. sin peripecias. piedras. relativamente incólume. Le quedaba a los invasores un recurso final salido de su desespera­ ción: avanzar cambiando el campo de lucha y caer sobre la aldea. Vol­ vían a su habitual sistema guerrero que era prolongar indefinidamente la acción. haciéndola volverse cruelmente monótona. desde hacía mucho en desuso *. anteponiendo las espingardas que cargan piedras y los trabucos de caño ancho a las Mannlichers fulminantes. canallas. La situación parecía insuperable. Al frente iba un mameluco fuerte — cara de bronce afeada por la pá­ tina de la viruela— de envergadura de gladiador. brutal. a golpes. que parece haber sido el mejor soldado de su propia expedición. Albertazzi. Apenas repelidos los jagungos. con los guerrilleros a la espalda y quizá otros refuerzos saliéndoles al paso. dándole un carácter más serio que el anterior ataque violento. ronquidos de pechos aplastados. Pero no la imprecación altiva que arrojó sobre el vocerío de los otros. volvían a sus tácticas de aparecer y desaparecer en los claros de las matas. en un retroceso que no era fuga. Los guardias de la pieza retrocedieron despavoridos mientras él rodaba con el cañón arrastrándolo a mano. . caería finalmente vencido por el cansancio de las minúsculas victorias. en una inter­ acción fatigante de los mismos incidentes hasta el agotamiento completo del adversario que. La ola asaltante pasó sobre los dos cadáveres. Animó valientemente a sus compañeros atónitos y dándoles el ejemplo.La primavera víctima fue un cabo del 9°. El desastre parecía inminente. Reno­ vaban el duelo a distancia. Murió matando. Lo detuvo el comandante. a puñetazos. atacaban a los contrarios con proyectiles groseros — puntas de cuernos. al saltar sobre el cañón que abarcó con sus brazos musculosos. quedó traspasado por su bayoneta. Este terrible campeador quedó desconocido para la historia. El jagungo que lo mató con su picana de vaquero. lo que es tener coraje!”. asaltandos y asaltantes mezclados. El cañón retomado volvió a su posición primitiva. Pero en la marcha de tres kilómetros. estertores de muertos.

Joáo Abade había reunido el resto de los hom­ bres válidos. impresiona­ dos por la intensidad de los tiroteos. de costado. Alrededor. . Además. de frente. perplejos. Everard Albertazzi. mientras los contrarios fueron diezmados. La última fue aceptada bajo la condición de no dejar una sola arma. por el centro de la legión sorprendida. Los jagungos. en medio de la gente de Joáo Abade. De modo que. los tiros. pun* E l Dr. La tropa había perdido cuatro hombres. las pérdidas de uno y otro bando estaban fuera de todo paralelo. excluidos treinta y tantos heridos. . aquí. un solo herido y un solo cadáver sin sepultura. Esta retirada era totalmente contrapuesta a los resultados directos del combate.Cambaio. a los que se sumaba la carga de setenta heridos que se movían en total desorden. . cerca de seiscientos. Tirando contra los primeros agresores en el lugar del en­ cuentro. desiertos. estaba excluida la hipótesis de un bombardeo preliminar. veían caer fulminados a sus compañeros. La retirada se imponía urgente e inevitable. para salir en refuerzo de los compa­ ñeros. se habían alarmado. partiendo en trayectorias altas. Algún tiempo después de haberse traba­ do el combate de Tabuleirinhos. A mitad de camino la columna fue inopinadamente alcanzada por las balas. tal vez se terminasen y no podía ultimarse la empresa con choques de armas blancas con la atonía muscular de los soldados ham­ brientos y fatigados. tal vez hubiese sido la victoria. pues solo quedaban veinte tiros de artillería. Y las balas bajaban. Estos proyectiles perdidos pasa­ ban sobre los combatientes e iban a caer más adelante. en la mayor parte de los casos. los arbustos ralos no permitían refugio. Reunida en plena refriega la oficialidad. el comandante definió la situación optando por uno de las dos puntas del dilema: proseguir la lucha hasta el sacrificio completo o su inmediato abandono. Pero el atacar la aldea arrostrando todo. LA LEGIO FULMINATA 2 5 2 DE JOAO ABADE La retirada fue la salvación. los habitantes de Canudos. allí. dando de lleno en su superficie. ya previendo las consecuencias que tendría la llegada de los soldados cayendo de golpe sobre la beatería miedosa. mostraba siniestramente en el pardo oscuro de la tierra requemada las manchas de la sangre. Se había coloreado el agua impura de la laguna del Cipo y el sol. se lanzaban según el alcance máximo de las armas. Como en la víspera. los soldados apuntaban al azar. los cerros más próximos se veían desnudos. Descubramos — siguiendo las deposiciones testimoniales— uno de los casos originales de esa campaña. advertían el silbido tenue de las balas y no divisaban al enemigo. Uno de los médicos * había contado rápidamente trescientos cadá­ veres 251.

El encanto del Conselheiro se quebró. Subió con media doce­ na de fieles hasta los andamiajes altos de la nueva iglesia e hizo retirar la escalera. Se precipitaron desaforadamente hacia Canudos donde. Fue un milagro. Atónitos. En cuanto a las mujeres. . rezando. La retirada del mayor Febrónio. llorando. atravesando rápidos las callejuelas. No había engaño posible.tilleándola de muertos. volvieron los ojos hacia el cielo cruzado por las parábolas invisibles y nadie los pudo con­ tener. si por lo restringido del campo en que se realizó no se puede equiparar a otros hechos memorables. siguiendo el rastro de los últimos defenso­ res de la aldea. Un asombro supers­ ticioso ensombreció las caras más enérgicas. el apóstol esquivo. . se agrupaban ante las puertas del Santuario. agitando sus relicarios. Los grupos quedaron abajo. implorando la presencia del evangelizador. Bandas de fugitivos. en esos momentos estableció una separación total. rezando. por las circunstancias que le encuadran es uno de los episodios más emocionan­ . como una lluvia de rayos. al llegar. a sollozos. el enemigo. en el que se atropellaban prófugos los desertores de la fe y se preparó para el martirio inevitable. El desorden terminaba en prodigio. le restaba al infeliz ejército el recurso de oscilar entre la derrota y la victoria. se daban a la fuga. . En ese momento sobrevino la nueva de que la fuerza se retiraba. cargando sus pocas cosas. . Enloquecido de miedo. imprecando. NUEVO MILAGRO DE ANTONIO CONSELHEIRO Pero Antonio Conselheiro. en busca de las caatingas. poseedor de engendros de tal especie. en una lucha sin éxito en la que el vencido vence en cada paso que consigue avanzar el ven­ cedor. pisando indomable el territorio del enemigo y conquistando a gol­ pes de armas cada una de las vueltas del camino. clamando. Ni los miró siquiera. el pueblo ingenuo perdió en momentos las creencias que le habían inculcado. originaron una gran alarma. Terminadas las esperanzas del triunfo. sin que los contuviesen los cabecillas más prestigiosos. que en los días corrientes evitaba encararlas. V RETIRADA Había comenzado la retirada. observó el poblado revuelto. a gritos. estaría allí en breve.

se veían los jagungos. Allí estaban los bloques de piedra amontonados en pilas vacilantes. como una turba vengadora de demonios salidos de entre una multitud de espectros. dejando actuar solamente a su formidable arma: la tierra. los jagungos los siguieron. El coman­ dante. miraba en torno y la montaña era un arsenal. en cargas hechas sin voces de mando. mien­ tras los capitanes y oficiales subalternos se precipitaban. Los sobrevivientes les pasaban ahora de por medio. feroz y temerario. De esta manera. La expedición había perdido totalmente su estructura militar. entre los abismos. buscaba los puntos más arriesgados. Al advertir el movimiento. Producido el último choque que partió del círculo atacante. un singular caso de retroceso atávico. entre los cuales mediaba el armisticio engañador de una noche de alarmas. en su temperamento impulsivo se reunían todas las tenden­ cias de las razas inferiores que lo formaron. valiente por instinto.tes de nuestra historia militar. poblado de trampas. Una sola variante: de bruces sobre las piedras. oficiales y plazas jornalizados estaban nivelados por el mismo sacrificio. Era el tipo completo del luchador primitivo. Los soldados se habían batido durante dos días. Legí­ timo cafuz. en las antiguas edades enarbolaba el hacha en la puerta de la caverna. ladeando a las columnas. corrían flanqueándola. . contra todas las prácticas dirigía la vanguardia. mezclados con los soldados. sin alimento alguno. Se marchaba luchando. brutal e infantil. Pajeú. . acerca de setenta heridos debilita­ ban las filas. . un sargento. el más leve resquicio de los preceptos tácticos donde sobresale la clásica formación escalonada permitiendo que las unidades cobatientes se alternarasen en la réplica. prontos a largarse en violentas caídas por los declives. cuyo ánimo no aflojaba. Allí estaba el mismo camino peligroso. ingenuo. por el sertón estéril. . esparcidos entre las rocas. en desafío a las últimas gra­ nadas. comenzó a desfilar por las veredas de las laderas sin que se advirtiera en este movimiento tan grave. No arremetían en chusma sobre la fila. las víctimas de la víspera. con el mismo arrojo con que. Cam­ . simple y malo. héroe sin saberlo. . Les bastaba. los más robustos dejaban la línea de fuego para arrastrar los cañones o transportaban a los mal heridos y agonizantes y al frente de esta mul­ titud. abierto al sesgo de los contrafuertes. el más serio de las guerras. gran número de lastimados apenas podían cargar sus armas. . forma retardataria de troglodita sañudo levantándose allí. se extendía un camino de cien kilómetros. alzado en rocas puntiagudas. Los capitaneaba ahora un mestizo de bravura increíble. volvieron a entrar en las gargantas del Cambaio. Este bárbaro distribuyó a sus compañeros por las caatingas. El curiboca que había partido su carabina o perdido su aguijada en el torbellino.

en una asonada siniestra. bajo el espasmo de la canícula. Pero las ametralladoras los rechazaron y barridos por la metralla. abajo. La hora de las provocaciones había terminado. Peores que las descargas. La agitación de dos días sucesivos de combates y provocaciones se deshacía. les permitió recursos defensivos más eficaces. Hombres totalmente exhaustos corrieron delirantes de alegría a los veloces anima­ les. pasaban como balas monstruo­ sas sobre la tropa despavorida. La travesía de las trincheras fue lenta. oían dichos irónicos e irritantes. caliente. caían. . flameaba. La admirable posición de ese lugar. seguían como actores desgra­ ciados en el epílogo de un drama mal representado. Los jagungos dieron la última embestida con la artillería que trataron de quitarle a la tropa. Los luchadores. iluminados por la claridad del fue­ go. Un incidente providencial completó el suceso. de pronto. Fue breve pero temerario. rodaron por las bajadas perdiéndose en la noche. sacándoles pedazos. breve planicie unida al camino. Fue una diversión feliz. irrespirables.biaba la espingarda inútil por esas armas que oscilaban. no resonaban y la brutalidad humana rodaba sorda­ mente dentro de la quietud universal de las cosas. despeñándose al fin en saltos espantosos y golpeando contra otras piedras. no había ecos en los aires enrarecidos. abajo. sobre las sierras. Toda la naturaleza quedaba inmóvil en aquel deslumbramiento. Los mismos tiros apenas quebraban el silen­ cio. más rápidas. El sol estaba en su culminación y la luz cruda del día tropical cayendo en la región quemante y desnuda. Prefiguraban los regalos de un banquete después de dos días de ayu­ no forzado y una hora después — andrajosos. Pero las fati­ gas de la marcha la abatían más que el mismo enemigo. inmundos. llegaron a Bendegó de Baixo. dejando veinte muertos. se salvaba a cubierto del ángulo muerto del mismo camino. por el medio de la ladera. rodaban al principio con rumbo incierto entre las escabrosidades del terreno. . largos silbidos y burlas ruidosas como si los siguiese una barahunda de muchachos incorregibles. bajo una avalancha de bloques. Un rebaño de cabras ariscas fustigado tal vez por las balas. . Pasaban por lo alto en grupos turbu­ lentos y ruidosos. des­ pués. Los sertanejos no los agredían. El último encuentro se hizo al caer la noche. . Gomo simios amotinados habían convertido todo eso en un pasatiempo doloroso y en un apedreamiento. Al final de tres horas de marcha. repugnantes— en cuclillas alrededor de las hogueras. Esta. a la media luz de los rápidos crepúsculos del sertón. invadió el campamento casi al mismo tiempo que los sertanejos huían. . Los estampidos estallaban secos. dilaceraban carnes apenas cocidas como una banda de caníbales hambrientos.

al morir en las laderas. Lentamente. huyendo de la desolación y la miseria. los cadáveres de los mártires de la fe. a la tarde. caía sobre el dorso de la montaña. caminando hacia Canudos. . Se habían escudriñado todas las anfractuosida­ des. los que la tropa había quemado. . vencidos por los soles bravios. entraron en la villa como una turba de vencidos.La expedición partió al día siguiente. ya encendidos. Se deslizó insensiblemente subien­ do. el corte­ jo que seguía la cadencia de los rezos. Por momentos lo aclaró. El día había sido dedicado a la lúgubre exploración a la que se dedicó la población entera. oscilando en la media luz del crepúsculo. volvieron a animarse las cuestas del Cambaio. todas las grutas. . Rutilando en la altura. Bajando a las grutas profundas y subiendo a los vértices más abruptos. los recogían los compañeros compasivos. . Los que cargaban a los compañeros heridos claudicaban a cada paso. donde los últimos rayos centelleaban en las cumbres. El fragor de los combates. sin embargo. cubiertos con groseros sombreros de paja. Faltaban pocos. cortados por las piedras y las espinas. Muy bajo en el horizonte. temprano. la enorme procesión cubría las sierras. en tocas parihuelas de palos atados con cipos. . todas las cavernas. Los creyentes había sustituido a los comba­ tientes y volvían a la aldea. otros se balanceaban sobre los abismos. No había un hombre sano. el sol caía lentamente. El fúnebre cortejo seguía ahora hacia Canudos. a medida que lentamente ascendían las sombras. ya apagados. Brillaban las primeras estrellas. la cruz res­ plandeciente de Orion 2 5 4 se levantaba sobre los sertones. tapando sus desnu­ deces con los capotes despedazados. La población los recibió en silencio 25S. a caballo de las sombras que ya se acostaban en las bajadas. hasta lo alto. fugaz. A la tarde había finalizado la piadosa tarea. algunos trágicamente ridículos. VI PROCESION DE PARIHUELAS Aquel mismo día. sus ropas prendidas a los picos puntiagudos. . para Monte Santo. . . Por instantes. con los pies sangrando. habían caído por los ba­ rrancos. había cambiado por las letanías melancólicas. cargando en los hombros. éstas reful­ gieron como enormes cirios. Iluminó. todos los dédalos. Las ropas convertidas en harapos. . tocando con su halo rutilante los confines de las planicies lejanas y su última claridad. Muchos luchadores.

Se estaba frente a una sociedad que. V I— Re­ tirada. Y fue impotente para corregir una situación que no siendo francamente revolucionaria ni tampoco normal. marchando a los saltos. IV — El orden de batalla y el terreno. imprevisto para todo el mundo.EXPEDICION MOREIRA CESAR I— El Coronel Moreira César y el medio que lo hizo célebre. Al golpear del Ave María. la sociedad brasileña ofrecía un alto grado de receptividad para la intrusión de elementos revolucionarios y de dispersión. Psicología del soldado. Primera expedición regular.— El primer encuentro. más adelante. Sufriendo aún las lamentables consecuencias de la sangrienta guerra civil que había culminado una ininterrumpida serie de sediciones y re­ vueltas desde los primeros días del nuevo régimen 2 5 5 . Pitombas. hacia 1897. Primeros errores. como si éste. que se había aquietado en el marasmo monárquico. Una mirada sobre Ca­ nudos. desde las conspiracio­ nes incesantes a los repetidos estados de sitio. "¡Acelerando!”. El gobierno civil. . por aventajarse en demasía al curso de una evolución lenta. Ciudadela trampa. Había encontrado al país dividido en vencedores y vencidos. como efecto predominante. En lo alto de la Vavéla. tuviese. I MOREIRA CESAR Y EL MEDIO QUE LO HIZO CELEBRE El nuevo fracaso de las armas legales. desbandada. Saqueos antes del triunfo.— Partida de Monte Santo. repelía por igual los recursos extremos de la fuerza y de la influencia serena de las leyes. propagar sobre el país. parecía reflejar el contraste entre su imperfecta organización intelectual y su incomprendida organi­ zación política. Cuando. iniciado en 1894. Ataques. un intenso espíritu de desorden. alguien se ponga a definir a la luz de expresivos documentos. 11. fuga. no había tenido la base esencial de una opinión pública organizada. demostrará la inadaptación del pueblo a la legislación superior del sistema político recién inaugurado. Nuevo camino. III. Dos tarjetas de visita a Antonio Conselheiro. V — Sobre lo alto del Mario. Un arsenal al aire libre y una diversión cruel. Cómo la aguardaban los jagungos. precipitando a la República por un declive donde los desastres aparecían con un ritmo que delataba la marcha cíclica de una enfermedad. desde la máxima flojedad a la máxima rigurosidad. Retroceso. coincidía con un momento crítico de nuestra historia. la intere­ sante psicología de aquella época.

por instinto natural de defensa. surgieron en la . creó el proceso de la suspensión de las garantías. Destruyó y creó revoltosos. haciendo de la legalidad la síntesis de sus designios. tomaban en parte la misma imagen moral de los medio­ cres atrevidos que se les ponían al frente. se constituyó en vehículo propicio de transmisión de todos los elementos condenables que cada ciudadano. Entonces se pudo observar un caso común de psicología colectiva: tomada de sorpresa. que había reunido todas las rebeldías y todos los tumultos de los años anteriores. había tenido una función combativa y demoledora. De manera que el inflexible Mariscal de Hierro 2 5 6 . El gobierno anterior. robus­ tecidos por un intenso aprendizaje de tropelías que se sentían incómodos en el plano secundario al que naturalmente volvían. habiendo nacido de una reacción contra un golpe de estado violador de las garantías constitucionales. del Mariscal Floriano Peixoto. salvando pocas excepciones. evitan las imposiciones severas de un medio social más culto. por las especiales circunstancias que lo rodearon.De manera que siéndole imposible sustituir el lento trabajo de la evo­ lución para levantar la primera al nivel de la segunda. esa palabra. entre las pasiones e intereses de un partido que. la ahogaba. en la esfera social evoca la herencia de una remota predisposición biológica. porque su figura aún hoy es un intrincado enigma. tan bien expresada en el "mimetismo psíquico” de que nos habla Scipio Sighele 2 5 8 . Traían el irreprimi­ ble movimiento de una carrera fácil y vertiginosa como para detenerse de súbito: se infiltraron en la nueva situación. actuaba totalmente alejado de la amplitud de la opinión nacional. anulada. En los momentos de crisis apelaba incondicionalmente a todos los recursos. deploraba. a todos los medios y a todos los adeptos. Y al vencer. Así es que. invertida. Se quedaron muchos agitadores. en latencia. Al dejar el poder no se llevó a todos los que lo habían acompañado en los difíciles trances de su gobierno. en los últimos días de su gobierno. deshizo la misión a la cual estaba dedicado. los gérmenes de los levantamientos más peligrosos. Entonces. las mayorías conscientes pero tímidas. extendida a la consagración de todos los crímenes. prontos a explotar. congregaba a todos los mediocres ambiciosos que. vuelta un sofisma. Venció al desorden con el desorden. violando flagrantemente un programa preestablecidos. aunó. dejaba que se diese el fenómeno contrario: la significación superior de los principios demo­ cráticos decaía. había agravado la inestabilidad social y se había vuelto en cierta manera contraproducente. Nada podía detener esa decadencia. Pero al vencer la indisci­ plina resultante de las sucesivas sediciones. abra­ zado tenazmente a la Constitución. quizá involuntariamente. aisladamente. la Revuelta de Setiembre 2 5 7 . saliesen de donde fuere. Se­ gún el proceso instintivo que. se transformaba en la fórmula antinómica de una tierra sin leyes. inerte absolutamente y neutral. la mayor parte del país.

Lo escogió como jefe de la expedición ven­ gadora. No les bastaban las divisiones per­ manentes ni los asustaba una situación económica desesperada. la opinión pública nacional oscilaba manejando los conceptos más dispares para aquilatar a vencedores y vencidos. en que permanecían vivos los mínimos incidentes de la guerra civil extendida desde la bahía de Río de Janeiro hasta el sur. el gobierno no encontró nadie mejor que pudiese equili­ brar las graves exigencias. El fetichismo político exigía muñecos de uniforme. ilógicamente. Alrededor del nombrado se había urdido una leyenda de valentía. lo cortejaban. enlazados en un círculo estrecho de ideas en donde el dudoso entusiasmo por la Repú­ blica se aliaba con un nacionalismo extemporáneo y la grosera copia de un jacobinismo poco lisonjero para la historia. Recién llegado de Santa Catarina. Antonio Moreira César. hecho de aclamaciones y apodos. tenía un excep­ cional renombre. querían aumentar aquéllas y volver a esta última insoluble. desde el movimiento abolicionista hasta la procla­ mación de la República. La tumba del Mariscal Floriano Peixoto se convirtió en la prenda de alianza de los rebeldes y el nombre del gran hombre fue la palabra de orden del desorden. según el modo extre­ mista e incoherente de juzgar de la época. por la Revuelta de la Escuadra. sin orientación ennoblecedora. en ese barajar. indi­ vidualidades que en las situaciones normales caerían bajo el peso de su ridiculez. en la imprenta y en las calles. un coronel de infantería. Lo eligieron como nuevo ídolo. el rasgo más vivo que la caracteriza.tribuna. aquellos agitadores comenzaron a vivir de la explotación pecaminosa de un cadáver. La retracción criminal de la mayoría pensante del país permitía todos los excesos. y en esa inestabilidad. donde había sido el principal actor en el epílogo de la campaña federalista del Río Grande. felizmente transitoria y breve. y en medio de la indiferencia general. que aumentaba la gravedad de la lucha en los sertones. el arrojo de Gumercindo Saraiva y la abnegación de Gomes Carneiro 259. sobre todo en las calles. lo atraían afanosa e imprudentemente. Y como el ejército se erigía. Sin ideas. en elemento moderador de las agitaciones nacio­ nales. Entre dos extremos. Ante la noticia del desastre. lo que de hecho se hacía en todos los tonos. en esa fogosa expansión de nuestra sospechosa sentimentalidad. las mediocridades irritativas consiguieron imprimir a esa época. era quien parecía haber heredado la tenacidad del gran vencedor de revueltas. . De todo el ejército.

vengativo. Era una cara inmóvil. Entre ellos. debían morir allí inadvertidos. rígida. Nada. Quizá porque era las dos cosas al mismo tiempo. o el demonio cruel que idealizaban. maneras corteces y algo tímidas. destinados a la suprema consagración de una placa en la esquina de una calle. sin embargo. velada de permanente tristeza. Una fisonomía inexpresiva y mórbida completaba su ingrato y exiguo porte. Todos queridos. pa­ ciente. Los grandes paroxismos de la cólera y la alegría más fuerte. el coronel Moreira César era una figura aparte. sin que se pudiese saber si eran bandidos o santos. ambicioso. Apretado en el uniforme que raramente abandonaba. Tenía con él la afinidad de inclinaciones idénticas. ironías diabólicas e invectivas despiadadas. la chaqueta con­ feccionada para hombros de adolescente frágil. son las bases físicas del coraje. como Luis XI hubiese .con todos los colores y bajo variados aspectos. en aquel rostro de convalesciente sin una línea original y firme: pálido. alargado por la calva en que se prolongaba la frente abombada. con la impenetrabilidad derivada de su atonía muscular. Sólo un hombre los percibió o los descifró bien. de la carnicería de Campo Osorio. entraban de repente. Lo aprovechó en la ocasión oportuna. No tenía los rasgos característicos del uno ni del otro. unas y otras en el grado máximo de intensidad. De figura diminuta — un tórax raquítico sobre dos piernas arqueadas en paréntesis— era orgánicamente inepto para la carrera que había abrazado. Se justificaban tanto los aplausos como las invectivas. maldecidos todos. Al verlo se sorprendían por igual admiradores y adversarios. Era un alma pro teiforme encerrada en un organismo frágil. apareciendo entre fervientes ditirambos. era la caricatura del heroísmo. tendencias monstruosas y cualidades su­ periores. en el soldado. y mal iluminado por una mirada mor­ tecina. Los héroes inmortales de un cuarto de hora. el Mariscal Floriano Peixoto. como un molde de cera. le estropeaba más la postura. A los que lo veían por primera vez les costaba admitir que en ese hombre de gesto lento y frío. Le faltaban el aplomo y la complexión que. en la lasitud de los tejidos. Era tenaz. o del marcial platonismo de Itararé 260. En esa individualidad singular chocaban antinómicas. Aquellos atributos. impasible. estaban velados por una reserva cau­ telosa y sistemática. del cerco memorable de La Lapa. como intrusos sor­ prendidos. revelaba la energía sorprendente y la temible entereza de que diera pruebas. Eran legión. a los empujones. envueltos en panegíricos y afrentas. cruel. absolutamente nada. viviese el campeador brillante. dejándola siempre fijamente inmóvil. adentro de la historia. Su aspecto le reducía la fama. dedicado. de la sangría de Inhanduí. Irrumpían a granel. de los pedregales del Pico do Diabo. leal.

Sin embargo. algunos oficiales. actuando libremente gracias a la laxitud de las leyes repre­ sivas. contra un oficial argentino por cierta palabra mal entendida— destacamos los más conocidos. En su alma. habiendo rozado al Ejército con algunas de las indecorosas alusiones que abarcaban por igual a todas las clases. A veces. Uno sobre todo puso de relieve su energía salvaje. con ritmo regular. a causa de conmociones violentas. definidos siempre por el rasgo preponderante de vías de hecho muy violentas — aquí el ultraje a reben­ cazos de un médico militar. Era un desequilibrado. definido por una sucesión elocuente de acciones que aparecen punteando períodos de calma cada vez más redu­ cidos. asistiríamos al desdoblamiento continuo del mal que le imprimió. como si la evolución prodigiosa del predes­ tinado se hubiese detenido antes de la selección final de los raras carac­ terísticas con que lo equipara. precisamente en la fase crítica en que debía definirse como héroe o como malhechor. no es una imper­ donable exageración considerarlo una mezcla reducida de ambos. un alucinado. Tenía el temperamento desigual y bizarro de un epiléptico compro­ bado que encubría la inestabilidad nerviosa del enfermo con una placidez engañosa. Sería largo enumerarlos. si pudiese encajar en la bravura novelesca del Ca­ ballero Sin Mácula las astucias de Fra Diábolo 2 6 \ Moreira César estaba lejos de la nobleza del primero y más lejos aún de la decadencia moral del último. su serenidad se quebraba por los movimientos impulsivos de la enfermedad que sólo más tarde. interferían en la línea de una carrera correcta como pocas. decidieron la justicia fulminante y de­ sesperada del linchamiento. Fue en 1884. allá el ataque a cuchillo. además del peligro de contribuir al arsenal de versiones exageradas o falsas. la dedicación extrema desaparecía ante el extremo odio. y constituyen las señales de la curva inflexible hasta que lo arrebataba la fatalidad biológica. por suerte detenido a tiempo. de tiempo en tiempo. lamentablemente. se develó completamente en las manifestaciones físicas de los ataques. había creado un escándalo permanente de insultos intolerables en la Corte del Antiguo Imperio. . Entre sus compañeros de armas eran conocidos esos significativos episodios que. Una cosa grande e incompleta. la calma soberana en rabias repentinas y la bravura caballeresca en la bárbara rebeldía. un aspecto original e interesante.aprovechado a Bayard. como a otros compañeros de desdicha. como supremo recurso. Un periodista 262. aparte de los casos dudosos. desde el último de los ciudadanos al monarca. Pero. o mejor dicho. en Río de Janeiro. Si pudiéramos seguir su vida.

armado de poderes discrecionales. en pleno día. el más cruel. atrevido y cor­ tante. sin una explicación. acerca de los cuales era completamente muda la fe de oficio del burócrata inofensivo y tímido. relampaguaba el cuchillo al lado de la espada total­ mente virgen. . en la que no raras veces. el gobierno parecía desear tener cerca de sí a aquel firme sostén. en un carruaje. alrededor de los treinta años. Todavía era capitán y aunque nunca había desenvainado su espada en un combate. con un triste aparato de imperdonable maldad. En 1893. ya gra­ duado. Meses después lo llamaron a Río de Janeiro. al declararse la Revuelta de la Armada. en los documentos de la profesión guerrera aparecía lo implacable de una existencia accidentada. Y fue el más decidido. en un comentario lisonjero de los grandes lances de su vida. turbulenta.Así se hizo. de esa Siberia canicular de nuestro ejército. hablan a las claras. Su figura de niño atravesaba los cuarteles y las calles envuelta en un murmullo simpático y elogioso. a Santa Catarina. delante de la justicia resguardada por los Comblains de toda la fuerza policial en armas. sin la mínima deferencia. como una barrera para detener el conflicto que se había reanimado en el sur y amenazaba a los estados limítrofes. seco. exacta­ mente en el momento en que ella. porque había saltado velozmente tres grados en dos años. semejaba un triunfador. terminada la revuelta. el Mariscal Floriano Peixoto lo envió. todavía joven. sentado al lado de la autoridad superior del propio ejército. Y entre los subalternos encargados de ejecutar la senten­ cia en plena calle. Por singular contraste. Impresionaron tanto a la opi­ nión pública nacional que. Un "no” simple. el primero quizá en acuchillar a la víctima por la espalda. Lo vimos en esa época. Resultado: en ningún lugar de nues­ tro territorio pesó tan firme y tan estrangulador. El crimen le trajo la transferencia hacia Mato Grosso y. se había acogido a la protección inmediata de la ley. en los últimos años de su existencia. alabado por el desempeño de misiones pacíficas. Los fusilamientos que allí se realizaron. el guante del estado de sitio. sólo volvió después de la proclamación de la República. sin un rodeo. el hombre para las crisis peligrosas y para las grandes teme­ ridades. En los días aún vacilantes del nuevo régimen. por fin. un dardo que dio de lleno en la curiosidad imprudente de los poderes constituidos. figuraba. Esta salió de la vaina. el capitán Moreira César. La respuesta por telégrafo fue rápida. el gobierno civil recién inaugurado pidió cuenta de tales sucesos al principal responsable. y teniendo en su hoja de servicios elogios merecidos por varias comisiones ejemplarmente cumplidas.

Contenido el brazo homicida o inmovilizado de golpe el héroe en su arremetida glo­ riosa. La acción sería absolutamente inexplicable si no la caracterizáramos como un aspecto particular de la desorganización psíquica de que era víctima. en lo que la víctima trata de eludir instintivamente al propio mal. Realmente. ante la sorpresa de sus mismos compañeros. en una nave mercante y en pleno mar. en manifiesta violación de la ley. precisa­ mente en la víspera del día señalado para el asalto. la epilepsia se alimenta de pasiones. o se traduce en una alienación apenas efectiva. precisamente en la víspera del día fijado en detalle para la marcha. Con un imperio incondicional. Estos últimos hechos. crece cuando se ex­ panden las emociones súbitas y fuertes. tuvieron la intermitencia de los ataques. Lo había asaltado. eran señales significativas que indicaban un diagnóstico único y se­ guro . es el equivalente mecánico de un ataque. cuando todavía está larvada. . eso no disminuía su prestigio. se entregó a una serie de desatinos que culminaron en una catástrofe. .Se embarca con su batallón. el 7*?. se puede decir que muchas veces. pero. sucumbiendo al acceso. Nombrado para la expedición contra Canudos. con estupor de su mismo estado mayor. Sin embargo. y su identidad está en que objetivaron la misma neurosis. Estos se volvieron. incomprensibles o brutales. había decenas de niños que no podían cargar las armas. de mil y tantos hombres exhaustos por una carrera de leguas. sin que para eso hubiese el mínimo pretexto. lo abasteció con un personal que sobrepasaba en mucho el número regular de plazas. Fueron una revelación. organizó el mejor cuerpo del ejército. Se vio que todos los accidentes singulares de su inconexa existencia. porque en sus extensos períodos de lucidez. extremados por dos ímpetus impulsi­ vos: la partida caprichosa de Monte Santo. el enfermo puede aparecer. Habremos de verlos en seguida. escondida sorda­ mente en las conciencias. de improviso. más repetidos y ostentosos en un creci­ miento inflexible. buscando el crimen muchas veces como vía de escape de la locura. la sos­ pecha de una traición. parece tener en la libre manifestación de aquéllas una derivación salvadora que atenúa sus efectos. el ataque contra la aldea. Se hizo dueño del batallón que comandaba. por fin. prende al comandante. sin exagerar. dispuesto adrede para hacerlo prisionero a él y a sus soldados. De modo que. y tres días más tarde. entre los cuales. de un desvío en la ruta. De ahí esos actos inesperados. un crimen o un acto de heroísmo. en contraste con los inter­ mitentes momentos de exaltación y paroxismo. ex abrupto 26 S. demostraba cualidades eminentes y excepcionales de jefe disciplinado e inteligente. .

en una eva­ luación cada vez más penosa de las condiciones normales del ambiente. . bajo la dirección del mayor Rafael Augusto da Cunha Matos. con el . Pero la lucidez. relativa a la bajeza del medio en que surgió. el 7? de infantería. y condensa en su cerebro. Si un gran hombre puede imponerse a un gran pueblo por la influencia deslumbrante del genio. . finalmente. cerca de 140 soldados del 33? y el 9? de infantería. En esta ocasión le cabe a la sociedad darle la púrpura o el chaleco de fuerza. y un escuadrón del 9? de caballería. Y lucha tenazmente. En la apreciación de los hechos el tiempo sus­ tituye al espacio para formalizar las imágenes: el historiador necesita cierto alejamiento de las épocas que observa. Entre nosotros. de donde salió dirigido por el coronel Sousa Meneses. deformándose. cae en un estado crepuscular. no capta las condiciones exteriores o las relaciona mal y va decayendo. uniéndose partes de otros tres cuerpos: el 16? que estaba en San Joao d’El-Rei 2 6 5 . se debilita. según una acertada expresión. Porque el principio general de la relatividad abraza las mismas pasiones colectivas. entonces. La inteligencia. Es temprano todavía para que se defina su altura.Durante mucho tiempo está sumido en una semiconciencia de su estado. una batería del 2? regimiento de artillería. que ni ella advierte a veces. el coronel César se destacaba con fuerte relieve. poco a poco. en una serie de delirios fugaces. Despuntaban efímeras individualidades y entre ellas. los degenerados peli­ grosos fascinan con igual vigor a las multitudes estúpidas. sintiendo crecer la inestabilidad de su vida. a la gloria. como si fuese la suma de todos los delirios anteriores. con 28 oficiales y 290 pla­ zas. PRIMERA EXPEDICION REGULAR De conformidad con la invitación que le fuera hecha. un potencial de locura inestable. se había ejercitado el dominio del caput mortuum2 6 4 de las sociedades. como si la nulidad de su pasado hiciera sobresalir mejor la energía feroz desdoblada en los últimos años. El enfermo. llevando su batallón. el coronel Moreira César salió el 3 de febrero hacia Bahía. Los intervalos lúcidos le sirven de punto de apoyo para la vacilante conciencia en su búsqueda de motivos inhibitorios. con el capitán Pedreira Franco. Las tres armas formaban el núcleo de la brigada constituida con la celeridad que las circunstancias imponían. bajo el mando del capitán José Agostinho Salomáo da Rocha. perturbándose. pronto a desatarse en acciones violentas que lo pueden llevar al crimen o accidentalmente. que nadie advierte. Doblemos esta peligrosa página.

agregados a la brigada. la enfemedad del comandante había estallado en una convulsión epileptoide en plena calle. El jefe expedicionario no se detuvo en Bahía. una platónica guarnición de 80 enfer­ mos y 70 niños que no soportaban el peso de las mochilas. El coronel Moreira César llegaba al objetivo de la campaña condenado por los mismos médicos que estaban bajo su mando. Siguió con la misma velocidad. Nada se resolvió de acuerdo con las circuns­ tancias especiales de la empresa. La misma vertiginosidad de los levantamientos militares estaba más acá de esa misión precipitada. y había sido de tal carácter. Pero había llegado bajo malos auspicios. distancias registradas en los punteros de los podómetros metidos en las botas de los apresurados operadores. bases medidas a ojo. Todas las decisiones quedaron domina­ das por un plan único. el grueso de la tropa siguió hacia la "2^ base de operaciones”. tuvieron una semana para reco­ nocer un terreno desconocido y áspero. Reunidas todas las fuerzas que allí lo esperaban. Monte Santo. donde sólo cinco días después de haber partido de la Capital de la República el 8 de febrero. anotaban así extensiones en base a una unidad traicionera. Los principales jefes de cuerpos. Dejando en Queimadas.coronel Pedro Nunes Tamarinho y pequeños contingentes de la fuerza estadal bahiana. En la exigüidad de tal plazo. la legua. Esto en el menor tiempo posible. señales ambiguas según la disposición de determi­ nadas sierras. cautelosos y tímidos. no les era posible elegir los puntos estratégicos para afirmar una línea de operaciones. de estimativa . donde el 20 ya estaba pronta para el ataque. Un día antes. fuertemente provistos con quince millones de cartuchos y setenta tiros de artillería. sin embargo.300 hom­ bres. propio de un comisario policial enérgico: lanzar a paso redoblado mil y tantas bayonetas contra Canudos. bajo el comando de un teniente. cerca de Quirinquinquá. Es natural que las operaciones no fuesen concertadas con la indis­ pensable lucidez y que las deformasen desde el primer paso todos los errores y explicables descuidos e inexplicables olvidos de preceptos rudi­ mentarios. Los ingenieros militares Domingos Alves Leite y Alfredo do Nascimento. "1^ base de operaciones”. tenientes del estado mayor de primera clase. estaba toda la expedición congregada. casi 1. Estos se guiaban preguntando a los escasos habitantes de los lugares recorridos. aunque cono­ cían el diagnóstico que afectaba seriamente la firmeza y las responsa­ bilidades del comando general ante las severas condiciones de la lucha. ya rudamente corregidos o expuestos con la mayor claridad en los desastres anteriores. se negaron a la menor deliberación al respecto. de inmediato salió para Queimadas. adscrita a reglas fantásticas. que los cinco médicos del cuerpo sanitario previeron una repetición de lastimosas con­ secuencias. La movilización había sido un prodigio de rapidez.

Monte Santo. que valían por una extensión diez veces mayor. pudiesen ofrecer resis­ tencia en caso de una derota. a poco rumbeando al NNO. la plenitud del verano. con el antiguo camino de Magacará. en el rumbo ESE y al llegar aquí. en marcha que la contorneaba. pero tenía la ventaja. doblando. contextura del suelo. por lo despoblado y árido de la tierra. Subordinaron al comandante el relevamiento hecho. Saliendo de Monte Santo. Eran 150 kiló­ metros. un mínimo de veinticinco leguas. Nadie pensaba en la más remota posibilidad de un revés. aunque fuesen mínimas. pero bastaba la mirada perspicaz del guía.exagerada por el amor propio del matulo acostumbrado a largas cami­ natas. como hacían las legiones romanas en Túnez. porque todas las travesías por allí se limitan a un camino secular. al parecer. La explo­ ración realizada se había hecho por un ajustarse a esas antiguallas de la estrategia. como si conociesen las capas profundas de la tierra cuando ignoraban su misma superficie. y aguadas de existencia problemática y dudosa. Envolvía al del Cambaio por el este y era más extenso en nueve o diez leguas. Veremos más adelante qué función cumplió. rumbos totalmente embarullados o líneas de ensayo en las que un error de cinco grados era un primor de rigor. porque absor­ ben con succión de esponja. A pesar de eso. las fuerzas se encaminarían hacia la aldea del Cumbe. informes sobre acciden­ tes. el capitán Jesuíno. los más impetuosos aguaceros. se tomaría la ruta hacia el norte. Para obviar este inconveniente. rodeando y evitando por el este los agres­ tes campos que lo detienen al norte o insensiblemente descienden hacia el Vaza-Barris formando en el ligero divortiun aquarum. grandes arenales sin el más leve hilo de agua. no se podía emprender el viaje sin que los combatientes llevaran provisión de agua. faldeando la sierra de Aracati. Se iba a marchar hacia lo desconocido. para aclarar los problemas de la ruta. por sendas no frecuentadas. de apartarse de la zona montañosa. con sus pésimas condiciones de defensa. Se sabía que ésta atravesaba largos trechos de caatingas que exigían la apertura de picadas. La travesía se presuponía larga y llena de tropiezos. entre éste y el Itapicuru. un retroceso o una retirada. Era natural que se garantizase por lo menos la pretendida base de operaciones para que la tropa no quedase completamente aislada en el desierto. se eligió el nuevo camino. el de Bom Conselho a Jeremoabo. dominada . y hubiese entre los expediciona­ rios algún rabdomante capaz de señalar con una varita mágica el punto exacto en que existiese la capa líquida necesaria. escogiéndose dos o tres puntos de defensa con guarniciones que. Sin mayor examen fue aprobado. se encontrarían en el Rosario. que se debía pasar un arenal de cuarenta kiló­ metros que en esa época. llevaron una bomba artesiana. De acuerdo con él. Elegido este camino no se pensó en convertirlo en una línea de operaciones.

En el correr del día. o ciegos. en todas partes. En el curso de esas pro­ cesiones se veían invariablemente. Como en los primeros tiempos de la fundación. Tenían abastecimientos y un gran entusiasmo. había des­ truido las últimas vacilaciones de los creyentes que hasta entonces habían sido renuentes en ir hasta el falansterio de Antonio Conselheiro. No lo hicieron. de veinte hombres cada uno. aumentada por los que la divulgaban. Pero se podía presumir que lo iban a hacer cuando todas las informaciones que llegaban aseguraban de modo concordante que los sertanejos se preparaban fuertemente para la lucha. quedaría bajo la autoridad del coronel Meneses con una guarnición deficiente de pocas decenas de plazas. la cura inmediata ante un simple ademán del tau­ maturgo venerado. La nueva del último triunfo sobre la expedición Febrónio. Se destacaban piquetes de guardias. sin compartir el coro de letanías.por la serranía a plomo. vaqueros crédulos y fuertes. podrían tomarla apenas el resto de la tropa saliese para Canudos. Canudos había crecido extraordinariamente. en demanda del paraje legandario. solos. de Jeremoabo y de Uauá. En tres semanas. Muchos cargaban en redes a sus familiares enfermos. ingenuas madres de familia hermanadas con tramposas mujeres de la vida. COMO LA AGUARDABAN LOS JAGUNCOS Apenas despuntaba la mañana se distribuían los trabajos. moribundos ansiosos de tener su último sueño en ese lugar sacrosanto. paralíticos. por las calles de Calumbi. hacia los varios . siguiéndolos pero sin mezclarse con los fieles. en todo momento. convergiendo de todos los puntos. al mando de un jefe de confianza. podía atacarla. extraños. buscando un teatro de mayor enver­ gadura para su índole aventurera y su valentía impulsiva. desde donde media docena de enemigos sin arriesgarse. novelada ya con numerosos episodios. trayendo todos sus haberes. fácilmente. De modo que los jagungos. capangas en disponibilidad. desde lo alto de las colinas. los había de sobra. Brazos no fal­ taban. Las noticias eran ciertas. y leprosos. a bandidos sueltos. llegaban cargueros repletos de toda suerte de provisiones directamente enviados a Canudos por los adeptos que desde lejos los mantenían. en Vila Nova da Rainha. de Magacará. buscando el milagro. aparecían grupos de peregrinos. Llegaba toda suerte de gente: pequeños hacendados. Alagoinhas. aparceros en un mismo montón con los variados tipos de la marginalidad sertaneja.

crivaban la tierra en todos los alrededores de Canudos. Por su rapidez. Así es que siguiesen el camino o lo aban­ donasen. los combatientes estarían siempre atrapados en una red de balas. se veía a los sertanejos esparcidos por lo alto de los cerros o al borde de los caminos. Olvidados de las matanzas anteriores. en delicadas comisiones. el sistema era un ideal de fortificación pasajera: abierta una cavidad circular o elíptica. en la que se pudiese ocultar o moverse a gusto el tirador. Es que los rebeldes no necesitaban enseñanzas para estos preparativos. Pero los jefes no se ilusionaban. Y como preveían que éstas. como incontables cañoneras de una monstruosa fortaleza sin muros. Por los caminos pasaban en pequeños grupos.puntos de acceso: en Cocorobó. Cons­ truían trincheras. En los días ardientes. en lo alto de las barrancas. un pequeño escudo colgante. ocultos en el . fácilmente extraídos en todas las formas deseadas. arreglar contrabandos que se hacían con facilidad. en la quietud de la simple existencia del sertón. y otras más distantes e igualmente dispuestas. de modo de for­ mar. facilitaban la tarea. Los bloques de pizarra. por cuyos intersticios se podían meter el caño de las espin­ gardas. hacieron otras próximas. hacia Monte Santo o hacia Cumbe o hacia Queimadas. cantando. de modo de seguir el combate. les cortaban las ramas interiores sin deshacerles la fronda. sobre todo en los largos trechos en que el camino sigue el lecho seco de los riachos. sacando. iban más lejos. adquirir armamentos. inquiriendo sobre todo. En el ánimo de muchos asomaba la esperanza de que los dejarían. car­ gando armas o herramientas de trabajo. Estaban situados de modo tal que. confa­ bulando con los fieles de aquellas localidades para vigilar a las autori­ dades. extendidas a ambas márgenes del río. la rodeaban de pequeños respaldos de piedras yuxtapuestas. a dos metros sobre el suelo. junto a la confluencia del Macambiras. se volvería hacia los lados. asaltando y conquis­ tando las trincheras que los bordeaban. indagando acerca de los nuevos invasores. espiando todo. ríos excavándose en fosos y por todas partes. La tierra era un modelo admirable: sierras empinándose en reductos. Escogían los arbustos más altos y frondosos. Otros se dirigían a las obras de la iglesia. tratando de escapar de los pasajes peligrosos. Preparaban la urgente defensa. volverían difícil la marcha de la tropa más robusta y ligera. cargando o amontonando piedras. cautelosamente. y los más despiertos. finalmente. en la bajada de las Umburanas y en lo alto de la Favela. las caatingas cerradas en trincheras naturales. capaz de soportar cómodamente uno o dos tiradores invisibles. Explican el extraordinario número de esos tremendos hoyos que a intervalos regulares y hacia todos los rumbos. con el fin de renovar a los que habían pasado allí la noche de vigías. Y partían felices. Los que en la víspera ya habían pagado su tributo al servicio común se iban hacia las insignificantes plantaciones. abriendo la tierra a pico y pala en una faena incesante.

Los reci­ bía el astuto Joáo Abade que. como si fuesen viejos conocidos. Respondían a una usanza antigua. no sólo a los bahianos sino a los hijos de todos los estados limítrofes. en bandolera. al par que el ins­ tinto de desorden. más hacia el norte. enmarcados por espesas hileras de gravatás. de los "calangros” de los "balaios” o de los "cabanos”. No era suficiente la pólvora adquirida en las aldeas próximas. . esti­ rando los arcos que parecen una transición entre las armas de los salvajes y la antigua ballesta de polea.follaje. limpiaban después la parte de atrás. Día a día llegaban a la aldea singulares recién venidos. los superaba por una rara argucia y unos grados de superioridad * Muta: especie de palenque sobre el cual se espera. absoluta­ mente desconocidos. en las sediciones parceladas. sacado a flor de tierra. la hacían: tenían el carbón. temperando las láminas de las facas largas como espadas. la carabina. y se movían por ahí. Se reparaban las armas. cómodamente. Entraban por el camino principal sin que nadie les preguntara la procedencia. variando hasta entonces sólo en los nombres. esos tiradores singulares desde los cuales trampeaban a los cangagus bravios. puntas de cuernos. la caza. No terminaban aquí los preparativos. concertando las piezas de las viejas espin­ gardas y pistolas. los valen­ tones tradicionales de los conflictos sertanejos. aparecían bajo todos los matices. pleiteándoles la paridad en calidad de bandido. No les faltaba balas. en su dosis justa. libraban las junturas y brechas donde vegetaban cardos y bromelias. corrían por todo el sertón. Porque la universalidad del sentimiento religioso. Y de las tiendas calientes salía un resonar metálico de activos arsenales. divisar los más remotos puntos. como entre corredores del monstruoso bloque dominante sobre tierras y caminos y de donde podían. Venían "debaixo do cangago” : la alforja atestada de balas y el tarro de pólvora lleno. sin riesgos. no les fattaban luchadores de fama cuya aventuras que causaban asombro. rivalizando bien con los que usaban en las partidas de caza. Descubrían un cerro coronado por cantidades de grandes bloques redondos. Entre el jagungo de Sao Francisco y el cangaceiro de los Cariris. El explosivo salía perfecto. esquirlas de piedras. Por el sertón había corrido un toque de atención. En la aldea se oía la orquesta estridente de las bigornias. Tenían otros dispositivos más serios. tenían el salitre. la pistola de dos caños atravesada a la cintura de donde colgaba el facón inseparable. El caño ancho de los bacamartes aceptaba todo: canto rodado. al acecho. Los mutas * de los indí­ genas se intercalaban así completando el alineamiento de las trincheras. junto al Sao Francisco y tenían desde hacía mucho. Nada más. Finalmente. la cadencia de los martillos y las mazas: maleando las hoces. aguzando y acerando las aguijadas. allí había reunido. pedazos de clavos. las abrían como estrechos postigos. el sulfuro.

El temor inmovilizó la febril actividad de los jagungos. según lo revelaron algunos prisioneros al término de la campaña. título inexplicable en aquel laberinto de callejuelas. fuego y espada. Se exageraba con extravagantes fantasías la temeridad del comandante. Hubo algunas deserciones que ralearon las filas de los que debían ser más fuertes. no bajo el estímulo de una creencia sino con el anhelo de desmanes y en­ frentamientos. diariamente. por un radio de cinco leguas a la redonda. los días de torturas sin nombre. catorces. su primer crimen. múltiples y variables. La gran mayoría de los creyentes verdaderos permaneció resignada. un sobresalto que llenó de estupor a la grey de revoltosos y los puso en peligro de disolución. El pueblo se había vuelto hacia la fe religiosa. dejando de lado las armas. gracias quizá a la circunstancia de haber estudiado en el liceo de una de las capitales del norte. de los adventicios peligrosos que iban allá. Lo obedecían incondicionalmente. y prefiguraban la devastación de sus casas. Cesó la febril activi­ dad de los preparativos bélicos. se había establecido un raro estrechamiento de esfuerzos y la más perfecta conformidad de puntos de vista vueltos hacia un objetivo único: parar la invasión inminente. Según después se supo. Lo imaginaban un héroe de grandes batallas. "Comandante da rúa” 2 6 6 . Lo cierto es que los domi­ naba y disciplinaba. Sin embargo. ya no pasaron por los caminos . salían hacia diversos puntos. En aquella dispersión de oficios. Cesaron de golpe los contingentes de peregrinos. fue cuando los emisarios que habían ido a averi­ guar sobre la marcha invasora trajeron información sobre el armamento de los soldados y el renombre del nuevo comandante. al clarear el alba. de donde había escapado después de haber asesinado a su novia. donde se codeaban el tdbaréu crédulo y el bandido despierto. espe­ cificaba un rudo poeta sertanejo en el canto que más tarde consagró a la campaña. Pero ese movimiento de temor había redundado en una selección. Y no era raro que. la aldea entera saliese en largas procesiones penitenciales por los descampados. Se lo dibujaba como el Anti-Cristo que venía a tomar la última prueba a los infelices penitentes. Cuando los piquetes volvían de recorrer los alrededores les faltaba alguno de esos siniestros compañeros. ninguna expedición fue aguardada con tal ansiedad. Los piquetes que. Le pusieron un apodo lúgubre: "Corta-cabezas” 267. Echó de la aldea a los incrédulos y temerosos. sin abandonar el poblado ejercía un abso­ luto dominio que se extendía por los alrededores. hubo una detención súbita de los preparativos guerreros. Canudos des­ hecho a bala. los durísimos tratos que recibirían. recorridas continuamente por las veloces rondas de los piquetes.mental.

La noche caía completamente y la aldea reposaba bajo el imperio del humilde y formidable evangelista. fracciones del 339 y del 169 dirigidas por el capitán Joaquim Quirino Vilarim. en la tarde de la víspera. salió a terciar. Ferreira Nina. silenciosos. . encendidas las hogueras. de pron­ to iluminada por una mirada fulgurante y fija. Se exceptuaban setenta plazas del 169 que se quedarían con el coronel Sousa Meneses guardando la aldea. Quedaba largo tiempo. bajo el mando del coronel Pedro Nunes Tamarinho. . ante la silenciosa multitud. teniendo cada uno 220 cartuchos. tenía al medio. el cuerpo de sanidad comandado por el Dr. II PARTIDA DE MONTE SANTO Las tropas iban a partir el 22 de febrero. la multitud. inmóvil y mudo. la frágil pero numerosa legión de la beatería. Lo determinaba la "orden de detalle”. Y predicaba. Antonio Conselheiro aparecía. el 9? que por tercera vez se aprestaba a la lucha. prolongaba sus rezos más allá del tiempo consagrado. en el que abundaban las ramas aromáticas de las caatingas. Levantaba la cara macilenta. de rodillas en el cercado. Los batallones se alistaron en un cuadrado. bajo el mando interino del mayor Rafael Augusto da Cunha Matos. vigilantes. Al ano­ checer. bajo el mando del capitán José Salomáo Agostinho da Rocha. la frente y los ojos bajos. Vestido con una larga túnica de brin azul que se deslizaba sin cin­ turón y sin gracia por el cuerpo.281 hombres. contingentes de la policía bahiana. prolongándose a lo largo de la calle principal de Monte Santo. el torso doblado. se metían cautos por las breñas y ahí se quedaban largas horas. formaron en orden de marcha para que les examinaran el equipo y las armas. un escuadrón de cincuenta plazas del 99 de caballería.000 del convoy general. . la batería de cuatro Krupps del 2? regimiento. En consonancia. Al finalizar los rezos se le arrimaba una extraña figura. frente a la puerta del Santuario. La partida debía hacerse al día siguiente. una pequeña mesa de pino cubierta con un mantel blanco.entonando sus cánticos festivos. aparte de la reserva de 60. y la comisión de ingenieros. Eran en total 1. ligeramente disminuido. al mando del capitán Pedreira Franco. El cercado. En esta afligente situación. alentando a los combatien­ tes más temerosos. Allí estaban: el 7? con efectivo superior al normal.

PRIMEROS ERRORES La vanguardia llegó en tres días al Cumbe sin el resto de la fuerza. en la última curva del camino. hacia Serra Branca. . de Jeremoabo al este y de Monte Santo al oeste. al borde de las planicies que se dilatan hasta Jeremoabo. El coronel Moreira César. Se iniciaba al caer de la noche la marcha hacia Canudos. Esta parte del sertón. es muy distinta de las que hemos bosquejado rápidamente. El suelo arenoso y chato. Es menos abrupta y más árida. rodaron los convoyes. a dos leguas y media del Cumbe. de Santo Antonio da Gloria al norte. la tercera expedición a Canudos. a más de tres leguas al frente. sin depre­ siones que mantengan aguadas salvadoras. sin un poblado por donde pasen algunos viajeros. se fue­ ron colocando sucesivamente las secciones. sorbidas por las arenas. enderezaron rumbo al norte. largamente intercaladas. se puso al frente de la columna. en vez de ordenarse rompan filas. la cubre una flora rala que transforma a las caatingas en caatanduvas. donde el hálito de un yesquero basta para encender súbitas hogueras. En la plenitud del verano. Este aspecto de la tierra. la desolación es total. que se había retrasado algunas horas con el comandante retenido en una finca próxima por otro ataque de epilepsia. desfilando de a dos en fondo. desapareciendo con rapidez. apenas lo embeben. Un cuarto de hora después. El hecho fue inesperado. La sorpresa se retrataba en todos pero no perturbaba el rigor de la marcha. de modo tal que ese trecho de los sertones. resonó la corneta al lado del comando en jefe dando la voz de "columna en marcha”. en los mediodías calientes. sin embargo. habiendo alcanzado en la víspera el sitio de Cajázeiras. los habitantes de Monte Santo veían desa­ parecer a lo lejos. Se completa así la acción esterilizadora del clima. cuando el nordeste sopla sobre las ramas. se convierte lentamente en un desierto. al penetrar por el camino estrecho. de noviembre a marzo. si acaso éstas no se arman espontánea­ mente en la plenitud de las sequías. oculta obstáculos quizá más serios. Quien por allí se aventure tiene la impresión de andar por un campo de gajos secos y rotos. Los tambores retumbaban en la vanguardia.Se hizo la revista. En la madrugada del 26. Pero no hubo en las filas la más leve murmuración. dejando al galope el lugar donde había per­ manecido. Pero en contra de la expectativa general. se sacudió la artillería. es absolutamente estéril. Y como al caer las mayores lluvias. inscripto en el vasto e irregular círculo que tiene como puntos determinantes los poblados del Cumbe al sur.

Ya vimos que la situación había sido prevista. a la tarde. después de los soles y los incendios. NUEVO CAMINO La expedición marchaba por ahí en la época menos propicia. cubrir de hojas y de flores sus troncos car­ bonizados. Es que en lugar de llevar un instrumento que facilitara la penetración de la sonda había llevado uno de función opuesta. oponía cada tanto.Los árboles escasean. Se trató de clavar el tubo de la bomba artesiana. que era forzoso deshacer a cuchillo. Pero la operación resultó inútil. La noche cayó sobre la marcha oscilante por el camino repleto de espinos. en la retaguardia. gracias al látex protector que le permite. se encontraban allí. Al paso de las filas. Cuando. Al final. a pleno ardor del sol del verano. demoraba la tracción de las carretas hundiendo las ruedas hasta la mitad de los rayos. Andaban imprudentemente. Nadie se fijaba en ellos. Dominando la vegetación. Los lastimados se perdían. se ven arbustos de mangábeiras. hasta el punto pre­ fijado. olvidados de la lucha. la pesadez de la canícula. se detuvieron en pleno camino. y los más robustos apenas si podían ca­ . único vegetal que puede medrar allí sin morir. casi exclusivos en cier­ tos tramos.. Y debía caminar bajo una temperatura altísima que agotaba a los soldados y no los insolaba gracias a la sequedad extrema del aire. en las profundidad de un pozo. Ante el singular contratiempo. donde la existencia de un pozo de agua justificaba el alto. pene­ trando en pleno territorio enemigo. doblados sobre sus armas. . Para saciar la sed que provenía de una casi completa deshidratación a causa del sudor. La travesía fue penosa. barreras de espinos. seis leguas más adelante. Y sedienta. Se calcula que esa jornada fue de ocho o diez leguas sin descanso. entregados por completo al tino y la lealtad de los guías. Flanqueaban a la tropa los espías de los )agunqos. la tropa estaba exhausta. algunos litros de agua. levan­ taba pesos. hacia el Rosario. llega­ ron a Serra Blanca. cuando vuelven las estaciones propicias. a pesar de la distancia recorrida. los expe­ dicionarios. Había caminado ocho horas sin parar. distanciados. El terreno inconsistente y móvil huía bajo los pasos de los caminantes. y duplicaba en el reverberar intenso de la arena. Abatidos por un día entero de viaje. Mil y tantos hombres torturados de sed. sólo cabía determinar la partida inme­ diata. sólo pensaban en el agua apetecida. el estrépito de las armas estallaba en la soledad del erial y ese ruido rompiendo el silen­ cio ahogaba imperceptibles rumores en la caatinga.

reconocieron que estaban en la zona peligrosa. era un convoy de mercaderías enviado por un hacendado amigo de las cercanías *. Fue quien había aconsejado «se camino a la expedición.minar. . disparando sus armas entre el fragor de los truenos que impresionaban desde lo alto. vistiéndose. dueño de dos campos en Caimbé y Olhos d’Agua. rodeados por una cerca de palos. en un tumulto. rodeándolos. oficiales y plazas buscaban una formación imposible. oficiales durmiendo. Junto a la hoguera habían que­ dado una pistola de dos caños y una aguijada de vaquero. Y reanudaba la marcha en la madru­ gada. Lo revela un incidente. cenizas de hogueras. era como los otros de las cercanías: una o dos casas pequeñas de teja hueca. un descanso ilusorio: plazas caídos a lo largo del camino. con arbustos escasos y a poca distancia. invisibles. precisamente a la hora en que otra lluvia pasajera v fuerte caía sobre la tropa desguarnecida. el día pasó en completa paz. por primera vez. sin pisos. emba­ rrándose en carreras cruzadas. habiendo llegado a la tarde un correo de Monte Santo y caballos para el escuadrón que hasta allí había viajado en muías inservibles. precipitándose al galope entre los dos soldados atontados y lanzándose en dirección probable al enemigo. sordos a las discordes voces de mando. los que dormían. parece que la vanguardia los había sorprendido ocasionando un pricipitado desbande. A duras penas lo alcanzó el ingeniero militar Domingos Leite. Aquel sitio. Era el coronel Moreira César. El día 1? de mayo. Y en medio de aquel enredo de filas. resbalando por el terreno encharcado. la invadió la aprensión de la guerra. buscán­ dolo en esa arremetida inútil. de improviso. ajustándose los cinturones. Estaba en el centro del teritorio enemigo y parece ser que. todo decía que los sertanejos habían pasado allí la noche. armándose a los apu­ rones. con las riendas de los caballos enredadas en las manos. el enemigo imaginario a quien iba a entregarse. el pozo de agua o la ipueira que determinó la elección del lugar. en rondas cautelosas. En la Porteira Velha. alineándose secciones y compañías al acaso. José Américo de Sousa Velho. Fue un alto breve. Corriendo y cayendo. El Rosario fue alcanzado antes del mediodía. * El coronel de la Guardia Nacional. apareció de golpe un jinete solitario. con un terreno limpio. Salvo ese incidente. Allí acampó la expedición. rostros frescos en la arena que seguían tortuosamente en las caatingas. Felizmente. mientras caía un vio­ lento y transitorio aguacero. A cada paso encon­ traban restos de asados. destinado a la celebridad en el correr de la campaña. como los que suelen sobrevenir por esa época en los sertones. El enemigo aprovechaba el furor de los elementos y surgía entre esa lluvia. se oyeron las notas de la alarma.

iba entre la compañía de tiradores y el ala derecha del 7?. ir directmente sobre Canudos después de caminar poco más de legua y media. acampando dentro de un gran corral abandonado. la caballería. Habían partido a las cinco de la mañana. Estaba firme el plan definitivo de ruta. Ma­ nuel Rosendo. el cuerpo de sanidad. riachos derivados por tierras . imponía la modificación preliminar de la orden hasta entonces adop­ tada sobre la marcha. De esa manera. A la retaguardia. el ala derecha del 79. el jefe expedicionario no desoyó la opinión. separada de la izquierda comandada por el capitán Felipe Simoe con su respectivo convoy. sostenida por el comandante del 7*?. con el capitán Alberto Gaviao Pradel de Azambuja. destinando una fuerte vanguardia para el reconocimiento y el primer combate y la entrada en acción de la otra como refuerzo. al mando del teniente Figueira. Allí no ocultó a los jefes de los cuerpos su seguridad absoluta en la victoria. y el convoy general cuidado por la policía bahiana. una compañía de tiradores del 7$. el ala derecha del 99 bajo el mando del coronel Tamarinho. Descansar el resto del día y levantar el campamento a las cuatro. la 1^ división del 29 regimiento. adrede concebido para dismi­ nuir la fatiga de las marchas forzadas anteriores. una de las cuales. La tropa avanzaría el 3. a la madrugada. Contra lo que era de esperar. Llegaron a la región carac­ terística de los alrededores de Canudos: serranías cubiertas de una vegetación raquítica de cardos y bromelias. contingente del 16? del capi­ tán Quirino Vilarim. en la vanguardia. si por cualquier causa se verificasen grandes recursos de parte del adversario. siguiendo un plan lúcidamente elaborado. Le presentaron varias ideas para rodear de mayor seguridad al ataque. El coronel César. tomaron dispositivos para dar garantías al campa­ mento rodeándolo de centinelas. experimentado y bravo y la comisión de ingenieros. con el mayor Cunha Matos. El coronel César se internó en la caatinga próxima.Y en la madrugada del día 2. marchando de costado llevaba al centro al respectivo convoy de municiones. adonde llegaron a las once de la mañana. era factible una retirada en orden hacia Monte Santo donde se reorganizarían y se aumentarían las fuerzas. Sugería la división en dos de la columna hasta entonces unida. los batallones marcharon hacia Angico. bajo el mando de Salomáo da Rocha. adonde mandó armar su barraca. Como estaban en pleno territorio enemigo. un guía. Al marchar hacia Angico se salió con el mismo orden de partida del Cumbe: al frente un piquete de exploradores montados. Por último. el ala izquierda del 79.

habían pasado sin dejar rastros. los disciplina. se relajan. por los campos. El suelo quemado las absorbía y seguía reseco y agreste. Después de angustiosos trances. PSICOLOGIA DEL SOLDADO Seguían tranquilamente a paso común y seguros. . En la paz son muelles. El atributo prominente de nuestros soldados en esa alegría jovial con que se acercan al enemigo. sin una flor sobre las ramas desnudas. seguridad en el paso. en los ejercicios extenuantes de la marcha y del combate. Las lloviznas de la víspera. Esos hombres de todos los colores. doblados. decaída. a un mismo tiempo impresionante y monótono: la naturaleza inmóvil. celeridad en las cargas. La columna en marcha. . lo que nunca adquirieron en los cuarteles: altivez en el porte. al norte. No sucumben a la provocación. allí. cubriéndole las piedras. De la extensa fila de la brigada salía un murmullo de millares de sílabas emitidas a media voz. llevan las armas sin estilo. las últimas serranías que ro­ dean Canudos. estirada en una línea de tres kilómetros. les da en poco tiempo. como sucede en la plenitud del verano. Van a la batalla como hacia una fiesta turbulenta. por una misteriosa ley de la psicología colectiva. en los altos del camino quedan sin aplomo. pasando días "comiendo aire”. la inconsciencia ante el peligro. por las que la reciente llegada de las lluvias todavía no había extendido las vestiduras efímeras de la flora renacida. el desapego a la vida y el impulso fatalista hacia la muerte. precisión en el tiro. los transforma en pocos días. la guerra es su mejor campo de ins­ trucción y el enemigo es su instructor predilecto. repentinamente cortadas por risas joviales. según el dicho de su lenguaje pintoresco. vimos a algunos valientes echar a broma sus sufrimientos y reírse de las miserias pasadas. Alrededor. hacia donde se extendiera la vista. los endurece. sin un batir de alas en el aire quieto. . sin que acercarse al objetivo de la lucha turbase el ánimo de los soldados. asumían con preferencia los instintos guerreros y la falta de previsión de los salvajes. por los cerros. sin garbo. amalgamas de diversas razas. son inimitables en su capacidad para caminar días y días por los peores caminos. por las piedras. No ensayan la menor protesta ante las peores estrecheces y nadie se les empareja en el resistir el hambre.cada vez más abruptas. aquí. Adelante y próximos se veían. parece que ante lances peligrosos o emocio­ nes fuertes. la recortaba con un largo dibujo negro y sinuoso. siempre el mismo tono en los paisajes.

Imaginaban anticipadamente sus hazañas: cosas para el asombro de los oyentes crédulos. transformaba la campaña en un paseo militar penoso. Esa probabilidad los asustaba. cuando la tuvieran a tiro. ”. . es un muchacho heroico y terrible. Ahora bien. a veces va al lado del camino y otras veces lo cruza. El mecanismo de la maniobra compleja lo atonta. y la vuelta sin gloria. la irisaba. Entonces se bate sin rencor pero estrepitosamente. Y hacían planes. pasando por transiciones suaves del cénit azul al púrpura deslumbrante del oriente. Es desordenado. El pequeño riacho que por allí corre surcando profundamente el suelo. despreciando el valor. aquella mañana resplandeciente los alentaba. escenas jocosas y trágicas. es tur­ bulento. III PITOMBAS Iban a estas admirables condiciones cuando llegaron a Pitombas. Por eso no se adapta a las grandes maniobras de las campañas clásicas. La obligación de combatir adscrito al ritmo de las cornetas lo tortura. El adversario que hasta ese momento les había dejado libre el camino. impa­ cientes por irse de manos sobre el adversario esquivo. proyectos prematuros. . Además. es cierto. junto con la bala. riendo entre las cuchilladas y las balas. Con tal jefe no podía pensarse en reveses. la palabra irónica o burlona. interrumpiéndolo . De modo que la mínima vacilación de aquéllos detiene de golpe todas las osadías y cae en un abatimiento ins­ tantáneo unido a un desánimo invencible. Y marchaban firmes al frente. arrojando contra el adversario. avanzando impasible hacia los puntos más difíciles. desdeñando las oportunidades de cortárselo. quiere guerrear a su manera. ninguno es capaz de entrar y de salir como un prusiano. Vendían escanda­ losamente la piel del oso sertanejo. todos iniciados por una frase ingenua: "Cuando yo vuelva. Pero lo hace con los ojos puestos en sus jefes de cuya energía parece vivir exclusivamente. y de buen grado obediente a los amplios movimientos de la estrategia. con su podómetro sujeto a la bota. en la tapera monstruosa. . en aquella ocasión todo vaticinaba la victoria. allá adentro. A veces. cuando toca al enemigo con la punta de su sable. . arriesgándose locamente. algunos salían con un pensamiento extravagante y en el alboroto confuso pasaban las risas apenas contenidas. El hermoso firmamento de los sertones se arqueaba sobre la tierra. fanfarrón. Las for­ maciones correctas lo maniatan.En la batalla. sin haber disparado un cartucho. los amenazaba con un solo obstáculo serio: que encontraran vacío el poblado sedicioso. es desprolijo.

tan lujosa escena en una campaña destinada a terminar con media docena de disparos. a caballo. a la vanguardia. mientras el toque de la victoria sonaba en altas vibraciones. hundiéndose en la caatinga a paso redoblado. volteándola a bayoneta. bajo la barranca. Por fin. Era algún piquete que espiaba a la expedición y allí la aguardaba. . El comandante en jefe abrazó. Habían tirado con firmeza: abatieron mortalmente a uno de los subalternos de la compañía de tiradores. . Y reanudaron la marcha. que­ dando en Pitombas los médicos y heridos. cuando corrió triun­ falmente el ritmo de una carga y destacándose. Y cuando la vanguardia llegó a la mitad. Como despojo. Se había roto el encanto del ene­ migo. rastreando a los espías que por acaso hubiese. EL PRIMER ENCUENTRO Por ésta tomó la tropa. Las armas de los jagungos eran ridiculas. El grueso de los combatientes se perdió adelante. — dijo tranquilamente. Por fin. además de siete soldados. Los arbustos se doblaron. el ala volvió a la fila entre aclamaciones. lo deja antes de llegar al lugar al que da su nombre. A los pocos minutos. El enemigo se hurtaba al encuentro. para matar pajaritos. el ala derecha del 7<? se lanzó en dirección del enemigo. Los tiradores y sus flancos. bajo la protección del contin­ gente policial y del resto de la caballería. el alférez Poli. El coronel César. hiriendo de soslayo y refugiándose en seguida en la vegeta­ ción de las riberas. saliendo del grueso de la columna. los soldados encontraron una espingarda pica-pau de caño fino. estalló una descarga de media docena de tiros. los cañones de la división Salomáo explotaron metralla sobre la vegetación rastrera.serpenteante. — Esta gente está desarmada. Estaba cargada. con sincera alegría. Un tiro insignificante. En los aires resonaban todavía los estampidos. En seguida. el enemigo. doblándose en una vuelta larga. . a pasos redoblados. que aprovechaba la conformación favorable del terreno para un ataque instantáneo. tanta gente. disparó al aire. cayeron como ante un huracán. Era para llorar ver tanto aparato bélico. Fue como una diversión gloriosa y rápida. casi un semicírculo del cual el camino es la cuerda. en rápido avance. ahora más rápida. Los barrieron. al oficial feliz que diera ese valiente rechazo al antagonista y consideró auspicioso el encuentro. Descargaron sus armas y huyeron a tiempo para escapar a la réplica que fue rápida. hacían el camino me­ tiéndose en las caatingas.

Fiera anónima y monstruosa caminando hacia el obje­ tivo con finalidad irresistible”. . Pararon en Angico un cuarto de hora. se confunden en el mismo espectro. olvidando el axioma de que nada se puede intentar con soldados fatigados. Porque un ejército que persigue tiene el mismo automatismo impulsivo que los ejércitos que huyen. El mismo aton­ tamiento y el mismo andar precipitado entre los mayores obstáculos y el mismo vértigo. Llegaron a Angico. y la misma neurosis torturante impresionando a las filas y la misma ansiedad dolorosa. punto predeterminado de la última parada. Pero estaban lejos de ese ideal siniestro los soldados del coronel Moreira César y éste. con la misma intensidad. estimulan y alucinan con idéntico vigor al hombre que huye de la muerte y al hombre que quiere matar. Levantarían campamento a la mañana siguiente y caerían sobre Canudos unas dos horas después. en esa ebriedad mental peligrosa que atonta al solda­ do doblemente fortalecido por la seguridad de su fuerza y la absoluta licencia para la máxima brutalidad. pero Canudos está muy cerca. . lo indispensable para reunir a los oficiales y presentarles. Sobrevino una ocasión para normalizar la situación. . Un plan de guerra arriesgado a una sola carta. El pánico y la valentía loca. el extremo pavor y la audacia extrema. El encuentro los había galvanizado. una directriz que rectifique el tumulto. la idea de seguir esa arremetida hasta la aldea: — ¡Camaradas! como ustedes saben estoy enfermo. iba a ampliarla. imponiendo. Se había establecido que allí descansarían. exige almas inertes — máquinas de matar— firmemente enca­ rriladas en las líneas preestablecidas. en lugar de reprimir la agitación. Solamente la fortaleza moral de un jefe puede impedir esa transformación deplorable. La tropa iba bajo la atracción irre­ sistible de la lucha. Los grandes estra­ tegas han comprendido que la primera victoria a alcanzar en las guerras está en sujetar ese contagio de emociones violentas y esa inestabilidad de sentimientos que. en una especie de generación es­ pontánea en virtud de la cual millares de individuos diferentes se vuelven un animal único. Iba a ser el exponente de la neurosis. Lo obsesionaba el ansia de verse frente al adversario. Es que un ejército es antes que nada una multitud "conjunto de elemen­ tos heterogéneos donde basta introducir una centella de pasión para determinar una súbita metamorfosis.deshaciendo las probables trampas o buscando alcanzar a los fugitivos que enderezaban hacia Canudos. Hace muchos días que no me alimento. Pero el ímpetu que traía la tropa dio un componente favorable a las tenden­ cias envalentonadas del jefe. lúcida e infle­ xiblemente. lanzan al combatiente a los mayores peligros y a la fuga. ¡vamos a tomarlo! La propuesta fue aceptada.

los sacos de provisiones y todas las piezas del equipo. iría recogiendo todo a medida que lo encontrara. Avanzando de ese modo desaforado saltaron la breve planicie en lo alto de las Umburanas. consultado. La embestida se re­ novó febrilmente. Aclamaciones. La caballería. se permitió que los plazas arrojaran las mochilas.— ¡Vamos a almorzar a Canudos!— dijo bien alto. La frase se repitió entre las filas. distantes. raros. . "¡ACELERANDO!” Hay una prueba que no puede eludirse en esta marcha enloquecida que cortaba el aliento de los soldados antes de la batalla: para no demorarse y apurar el paso de carga de la infantería. De súbito. ordenó dar dos tiros en el rumbo indicado. la compañía de tiradores revolvía las matas desde las cuales. Moreira César puso en pie de guerra a la división Pradel y graduando la alzada de mira a tres kilómetros. Le respondió una ovación de la soldadesca. Jesuíno. Traspuestos los últimos accidentes fuertes del terreno. DOS TARJETAS DE VISITA A ANTONIO CONSELHEIRO El guía. La fuerza hizo un alto. Eran las once de la mañana. la enorme tapera que las expediciones anteriores no habían logrado tocar. La marcha continuó. Buena estrategia que tenía el fin de hacerlos marchar hasta la aldea en condiciones desfavorables. ” — dijo casi jovial. . con el humorismo superior de un valiente. Estaban en lo alto de la Favela. Canudos debía estar muy cerca. apuntó con seguridad la dirección de la aldea. a retaguar­ dia. — "Allá van dos tarjetas de visita para el Conselheiro. Dispersa al frente. . finalmente. al alcance de la artillería. sonaban algunos tiros de los adversarios en fuga. UNA MIRADA SOBRE CANUDOS Allí estaba. los sorprendió la vista de Canudos. como si tuviesen el único fin de atraerlos lo mismo que el resto de la tropa. los batallones avanzaron dentro de una pesada nube de polvo. cansándolos en un camino de seis horas. El sol ilumina a plomo. . . exceptuando los cartuchos y las armas.

. llevando lentamente las primeras aguas de la crecida. Acompañando el espigón en la ladera. como una cumbre de la extensa planicie. doblando después hacia el este. grandes bloques dis­ puestos en un conjunto perfecto. nítidas. construida según el molde de las capillas sertanejas. dentro de un cerco tosco salpicado de cruces pequeñas y mal hechas. se veía a medio camino. La nueva. y a la gran plaza donde se enfrentaban las iglesias. tablas y postes. un arbusto. sin que una pared blanca o un tejado encalado quebrase la monotonía de aquel conjunto asombroso de cinco mil casuchas asentadas en una arruga de la tierra. prendiendo los primeros incendios. una casa en ruinas. Como un gran foso excavado. distantes. la tropa. Enfrentándolas. avanzando hasta el río. El compacto caserío alrededor de la plaza. del otro lado del río. echando por los aires techos de barro y vigas en astillas. Los efectos de las primeras balas se vieron en varios puntos.Aparecía de improviso en una depresión más amplia de la ondulada planicie. con una vasta ciudad. una cueva triste. el observador tenía la impresión de toparse. repeliendo un violento ataque por la derecha. el Vaza-Barris la abarcaba. Los cañones se alinearon en batalla. donde terminaba en un corte abrupto. pulverizando las paredes de adobe. Y en el primer momento. Estas últimas formaciones de la serranía tenían el nombre muy apropiado de "Pelados” por lo desnudo de sus faldas. antes que la mirada pudiese acomo­ darse a aquel montón de casuchas. mascarada de un maderaje confuso de vigas. aparecía el cementerio de sepulturas rasas. Parecía un formidable baluarte. la Fa­ zenda Velha. explotando en las casas y destrozándolas. No se podía errar el blanco. Y en la cumbre de la montaña. Sobre ella. una flor. hasta las últimas viviendas aisladas. Hu­ milde. el Alto do Mário. sin un cantero. al mismo tiempo que llegaban los primeros pelotones sin aliento y abrieron el caño­ neo disparando todos a la vez en tiros rasantes. Y más a la derecha. presas en una red inextricable de callejones estrechísimos. un escalón fuerte. una pequeña área plana contras­ taba con el ondear de las colinas estériles: algunos árboles. rectangular. . a la izquierda. la enfren­ taba la iglesia vieja. y amplia. mostraba en los anchos muros. inesperadamente. todavía incompleta tenía levantadas las altas y gruesas paredes maestras. al pie de las colinas más altas. mientras el resto de la infantería saltaba las últimas laderas. se erguía dominante sobre las otras construcciones. a la izquierda del observador. La primera en llegar fue la vanguardia del 7? de artillería. una pequeña hilera de rutilantes palmatorias y las ramas verdes de las quixabeiras le daban el aspecto de un jardín agreste. como garitas dispersas. Allí caía en esporón la falda del morro de la Favela. envuel­ tas aún en andamios. firmemente asen­ tada sobre el suelo. . se ampliaba y se extendía avasa­ llando los cerros al este y al norte. Las dos iglesias se destacaban.

extendida por las faldas. los soldados tiraban nerviosamente sobre ese ser excepcional que parecía complacido en ser blanco del ejército. entrecruzándose por la calle princi­ pal. Los soldados se rieron. hizo puntería. observando a lo lejos. Y el sertanejo no apresuraba su paso. Pasados algunos minutos empezaron a oírse. A veces se paraba. a las últimas mujeres. al lado de las vertientes. . . Ochocientas espingardas en tiros rasantes se inclinaban sobre el morro. se veían algunos perdiéndose por las caatingas. . Era una colmena alarma­ da. nítidas en medio de la vibración de los estampidos. Aparte del ligero ataque hecho por algunos guerrilleros contra la arti­ llería. El resto de los combatientes ya no lo divisó. . convocaba a los fieles para la batalla. Las fuerzas se extendieron por la ladera sin que una sola descarga turbase su alinea­ miento y la fusilería en descargas nutridas. La tropa empezó a descender. . El hombre se levantó y se dirigió lentamente hacia las primeras casas. ajenos al tumulto y a las balas que caían desde la montaña. para apreciar a la tropa y seguía después la marcha. hizo fuego sobre un jagunqo que venía por el camino de Uauá. sobre el caserío fulminado. precipitadas voces argentinas. Entre los claros del humo se veía la aldea. en ese momento. cargando o arrastrando por el brazo algunos niños. dispersos.En seguida. Toda la compañía del 7*?. saltaban por los techos. o a las iglesias. A lo lejos. buscando el reparo de sus anchos muros. sosteniendo sus armas. Todavía no se había entablado. salían. De la aldea no venía ni un tiro. como si fugaran. de los callejones. Sorprendidos. Se veían pasar. a paso lento cru­ zaban la plaza. La cruzaban los últimos retrasados. se adensó una nube compacta de polvo y humo. . corriendo. En cierto momento se sentó a un costado del camino y parecía que le daba al yesquero y encendía el cigarro. IV EL ORDEN DE BATALLA Por fin la campana enmudeció. en dirección de la iglesia. los sertanejos no habían opuesto ninguna resistencia. Deslumbraba la irradiación de centenares de bayonetas. iban corriendo hacia las barrancas del río. Otros aparentaban una increíble tranquilidad. Se veía su rostro impasible. El tronar solemne de la artillería estallaba en el aire. La campana de la iglesia vieja. resonaba largamente por el ámbito de esas soledades con la asonancia ensordecedora de los ecos golpeando en las montañas. La agitación de la plaza había dis­ minuido. Innumerables grupos. . Era un desa­ fío irritante.

fronterizo y al nivel del tejado de la iglesia nueva. simple o reforzada una de las alas y. buscando objetivos firmes. según las modalidades ulteriores del encuentro. en maniobras decisivas. apretando los flancos de la aldea. firmemente apoyado por la artillería. podrían moverse más desahogadas. la acción simultánea e igual de todas las unidades combatientes. parecía contar menos con el coraje del soldado y la competencia de una oficialidad leal que con una dudosa hipótesis: el pavor y el . ¡A la bayo­ neta! Era la una de la tarde. Centralizado por la elevación donde estaban los cañones. a la izquierda.Considerándolo. el relieve gene­ ral del suelo enseñaba por sí mismo el orden oblicuo. La observa­ ción más rápida mostraba que estas disposiciones de la izquierda eran desfavorables para los que debiesen recorrerlas con rapidez para ir al asalto. cuyo efecto. las tropas de refuer­ zo. al revés del ataque simultáneo. el ataque parcial por la derecha. pero en cambio. había desdeñado esas condiciones y arojando a la batalla a toda su gente. cuando la superioridad del número y del coraje excluye maniobras más complejas. El coronel Moreira César. la tierra es más abrupta. una breve área de nivel. mal disperso en terreno inapropiado. formas topo­ gráficas opuestas: a la derecha. tirando a poco más de cien metros del enemigo. en parte. Hecha la bajada. el jefe expedicionario le dijo al comandante de una de las compañías del 79 junto al cual se encontraba: — ¡Vamos a tomar la aldea sin disparar un solo tiro!. el frente de batalla tenía. en un terreno uniforme. permitiendo. además de raso. . sería fulminante. actuando fuera del círculo tumultuoso del combate. eran un elemento táctico de primer orden para estacionar allí una reserva destinada a intervenir oportunamente. la formación simple para los casos excepcionales de batallas campales. Era la más rudimentaria orden de batalla. corre entre bordes deprimidos. cumplía el papel de eje de esa tenaza dispuesta a cerrarse. sin em­ bargo. unas al lado de otras. . No había otras sorpresas en esa lucha y en caso de que el adversario mostrase de pronto. la infantería se extendió. por el valle de las quixábeiras a la derecha del 7? que se había alineado siguiendo el tra­ zado del Vaza-Barris y a la izquierda del 99 y del 169. La artillería en el centro. cae en escollos resbaladizos y separados de la aldea por un profundo foso. CRITICA Allí era inconcebible. facultaba una embestida fácil porque el río. en ese punto. De este modo. sobre el último esporón de los morros que avanzaba a plomo sobre el río. EL TERRENO. imprevistos recursos de defensa. según las eventualidades emergentes.

para no afrontar el peligro de tirar sobre los propios compañeros. Así planeó la más desastrosa de las disposiciones de asalto. en grupos. Allí mismo. poco a poco iba restringiendo su ámbito de acción. convergiendo sobre un objetivo único. En cuanto a la artillería. obligada a enmudecer en la fase aguda de la pelea generalizada. a medida que los soldados avanzaban. saltando la barranca. Se revelaban en los primeros minutos de acción. tomó posición a la retaguardia de la iglesia nueva. del valor individual. batida de flanco y de costado. hasta la orilla del río. Empezó a fraccionarse en conflictos peligrosos e inútiles. intercambiando entre sí las balas destinadas a los jagungos. venciendo las difi­ cultades de la marcha llena de tropiezos. hasta enfrentarse en el campo. La mayoría avanzó. Acometiendo a un tiempo por los dos lados. mientras el 16? y el ala derecha del 7? atacaban por el centro. En la extrema izquierda. en una disi­ pación. Una fusilería intensa partía de las paredes y techos de las viviendas más próximas al río y explotaban las escopetas de los guerrilleros metidos en la iglesia nueva. entre­ tejido de callejones de menos de dos metros de extensión. se vieron a la entrada de la plaza los primeros soldados. Favorecido por el terreno. Abierta a los agresores que podían des­ . los batallones cargando. pudiendo al principio bombardear las iglesias y el centro del poblado. tenía una engañosa fragilidad en los muros de barro que lo formaban.espanto de los sertanejos en fuga. un ala del 9?. Se puede resumir en el avance temerario. porque no tuvo después. La previsión de tales inconvenientes no exigía la vista aquilina de un estratega emérito. El combate se desarrolló luego en toda su plenitud. atrapados de improviso por centenares de bayonetas. cerrados. Era peor que una ciudadela diseñada en polígonos o blindada de casamatas. Canudos. Era inevitable. Se revelaba claramente este injustificable pensamiento en el que se juntaban la inconsciencia de principios rudimentarios de su arte con el olvido de acontecimientos recientes. la más simple evolución o movimiento combinado que revelase la presencia de un jefe. algunos cayeron al agua y fueron arrastrados por la corriente que se pintaba de sangre. cru­ zados en todos los sentidos. indistinguibles de los adver­ sarios en aquel enredo de casuchas. sin gloria. el 7° batallón marchó aceleradamente bajo una salva de plomo y canto rodado. impresionando a toda la tropa con el sonido de las cornetas de los cuerpos. hasta perderlo completamente. al mismo tiempo que vibraba de nuevo la campana de la vieja iglesia. En seguida. sin cosa alguna que recordarse la formación de com­ bate. CIUDADELA TRAMPA Esta fue iniciada heroicamente.

Los conflictos se libraban en las esquinas. Era fácil atacarla. do­ minarla. y poco a poco se divi­ dían en secciones perdidas por toda la aldea. Las tropas del coronel Moreira César la hacían caer sobre sí mismas. atropelladamente. hecho escombros. No oponían el menor tropiezo. en las mallas de una trampa bien hecha. Dobla­ ban centenares de esquinas que se sucedían de casa en casa. Se metían por los vericuetos callejeros. ¡era formidable! Se rendía para vencer. Los perseguían. En la sombría historia de las ciudades vencidas. Intacto. a la entrada o dentro de las casas. el humilde villarejo se iba a retratar con una originalidad trágica. No oponía la aspe­ reza de un ladrillo a la explosión de las granadas que caían sin explotar. Porque la envergadura de un ejército. embriagados por la victoria fácil. los invasores. en ruinas pero inexpugnable.truir las paredes y los techos de barro a puñetazos. a la manera de una suquarana inexperta agitándose. De lejos se tenía el espectáculo extraño de un encarcelamiento de bata­ llones ahondándose en el caserío indescifrable. Traspuesto el Vaza-Barris. tenía la flexibilidad traicionera de una gran red. atraía el ímpetu de las cargas violentas y en la arre­ metida. la increí­ ble creación de una ciudadela trampa. dividiéndose éstas a su turno en grupos más pequeños. deshaciéndose finalmente en combates aislados. se diseminaban. divididos por los varicuetos de sus calles y se encontraban con el recurso de una defensa sorprendente. de dos en fondo. en cuyos techos se levan­ taba el humo de los primeros incendios. era temible porque no resistía. aparecía de golpe ante el conquistador sor­ prendido. el ataque parecía fácil. era difícil dejarla. con las armas sueltas o tirando al acaso hacia adelante. Atraía el ataque. perdieron dos oficiales y algunos plazas. o golpes de arma. . sin que rindiera ningún efecto su arrojo. La práctica de caza de los jagunqos les había inspirado. Un grupo. era tan frágil. a despecho de algunas bajas. apenas traspuesto el río. que­ daba maniatada. mandado por subalternos valientes. había ido atrevidamente sobre la iglesia nueva. quizá. Y en esa persecución tumultuosa comenzó a esbozarse el peligro grave y único: los pelotones se disolvían. No hacía titubear a la más reducida sección asaltante que podía atacarlo por cualquier lado. aprisionada entre los tabiques vacilantes de palo-a-pique y cipo. Otros. después de destruir todo. cada vez más aturdidos. destruirla. Las incendiaron mientras sus habitantes huían en busca de otro refugio. agujereando los techos. Se complementaba la peligrosa táctica del sertanejo. El ataque asumió un carácter lo menos militar posible. vigorosa e inútil. Estas eran tumultuosamente atacadas. dispersos y ralea­ dos. contornearon ese núcleo rebelde que resistía y se lanzaron contra las primeras casas junto al río.

lograban entrar en la casucha y allá adentro. al doblar una esquina. terrible. después de vencer una casa. con un cerrado grupo de enemigos. finalmente. apenas el tiempo nece­ sario para hacer una descarga mal apuntada y después retrocedían. brutal. arrojándose por fin él mismo. el morador les descar­ gaba el último tiro y escapaba. El fin se daba cuando caía sobre el piso. Corriendo tras un sertanejo en fuga. Animados todos por la ilusión de la victoria vertiginosamente alcanzada.Las abrían de un golpe tanto contra las puertas como contra las pare­ des a las que abrían boquetes por cualquier lado. Había carne seca al sol. Por lo demás no se encontraban con obstáculos insuperables que les enfriasen el ánimo. un corral invadido por ongas bravias y hambrientas. los intrusos se encontraban de golpe con un caño de espin­ garda contra el pecho o caían volteados de un tiro a quema ropa. sacos llenos de harina. vibrando con la hoz. En un rincón. donde los esperaban nuevos agresores. Y luchaba solo. mujeres desatinadas rompían en llanto o rodaban por los rincones. bolsas repletas de ouricuris sabrosos. A veces recibía como postre cruel. inerme. metiéndose dentro de las casas. alarmado. el luchador imprudente. a tiros. pisoteado. Quedaban atónitos. La completaba con un trago de agua. golpeándole encima sus miserables trastos. escondido en un rincón oscuro. cosido a bayoneta. . en porfía con­ tra el grupo victorioso al cual repelía con todas sus armas: a cuchillo. que se reflejaba en aquel desorden. Buscaba en los ganchos colgados. el luchador temerario. Se enredaban en una pelea cuerpo a cuerpo. revi­ viendo el conflicto. molido a golpes. . Los jagungos lo asaltaban a la puerta. Ese tipo de escenas se sucedían. Y los papeles se invertían. una vasija húmeda de agua fresca y cristalina. se topaban de golpe. Muchas estaban vacías. buscando estran­ gular al primero que le cayese entre las manos vigorosas. aquel pavor del poblado revuelto y miserable. Acudían entonces los compa­ ñeros más cercanos. Muchos se perdían en los inextricables callejones. más numerosos. aquel alarido. una carga de plomo. aquel espanto. o se arrojaban atrevidamente sobre el grupo dispersándolo. hasta que caía al suelo. hasta que los soldados. que estallaba desde las grietas de las paredes. Alrededor de este tumulto. en Canudos. desesperadamente. O esperaba a pie firme defendiendo tenazmente su paupérrimo hogar. No podía resistir. pisado por la dura alpargata. cosido a cuchilladas. Atropelladamente hacía su refac­ ción en un minuto. En otras. SAQUEOS ANTES DEL TRIUNFO Casi siempre. el soldado hambriento no vencía su ansia de almorzar. Los valientes temerarios que aparecían en variados .

en una lucha cuerpo a cuerpo. en un resonar de estampidos. quizá mayores fatigas. aquélla quedaría imponiendo. la acción apenas abarcaba la mitad de la aldea. Los tiradores de la iglesia nueva permanecían firmes. era inexpugnable. enfermos. . A la derecha. Si se consideraba el otro lado de la aldea. Era muy grave. aunque la parte atacada fuese conquistada. aprisionados por el vértigo de la per­ secución. Grupos dispersos. las casas aisladas. tenían el contrapeso del mujerío acobar­ dado. Nada preanunciaba desánimo entre los sertanejos. La tropa había desaparecido en los mil calle­ jones de Canudos. o por la legión armada de muletas. Allá adentro rodaba ruidosamente el desorden. Además de esto. De modo que en esas correrías. abatidos y mancos. permitían un extraordinario cruce de fuegos. doblando miles de esquinas. . que salía de las casas y andaba por todos lados. perdidos en el poblado inmenso y convulsionado. defendiendo sus casas. La situación finalmente era inquietante. la otra mitad permanecía indemne. clamando y rezan­ do. Aun contando con el éxito franco en la parte atacada. aunque se les quitara el torbellino de los callejones. Y al llegar la retaguardia. grupos diminutos de jagungos. Se extendía por una loma que permitía la defensa a caballo del enemigo. Realmente. Menos compacta. apenas entrevistos entre el humo. inopinadamente. viejos temblequeantes. Al frente de su estado mayor. arremeterían sin fuerzas con aquel costado separado de la plaza por el foso natural de una zanja profunda. compuesta por la policía y el escuadrón de caballería. mirando hacia todos los puntos casi impunemente. obligándolo a subidas muy penosas. De manera que. embarullados. se oían más altas las cam­ panadas de la iglesia nueva. de gritos. de cargas sordas. en la margen derecha del río. por la plaza y luego desaparecían. de imprecaciones. facilitando a un solo tira­ dor apuntar hacia todos los rumbos sin abandonar una esquina. secciones en desaliño. muchos se extraviaban en el laberinto de los callejones y que­ riendo volver junto a sus compañeros. en disposición tal que recordaban un tablero de ajedrez. aparecían a veces. Nada más. lisiados de toda especie. acerca del cual no podía ciertamente formular una sola hipótesis. se alejaban más y más. El coro­ nel Moreira César lo entendió. el jefe expe­ dicionario observaba el asalto. los soldados triunfantes pero cansados.puntos. la situación se aclaraba. decidió que siguiesen hacia . porque la artillería evitaba hacer blanco sobre ella por temor de balear a los compañeros encubiertos y estallando en medio del ruido de la refriega.

los fre­ nos agarrados con los dientes. Además. — No fue nada. . . finalmente estaba copiando el modo de actuar de los otros. no había cómo remediarla. Lastimados con las espuelas. A mitad de camino refrenó el caballo. ametrallaba casas y prendía fuego. Estaba mortalmente herido. vacilaba en alcanzar el fondo hondo y resbaladizo de la zanja que en aquel punto corre de norte a sur. El arma clásica de las planicies. en su ataque. Debía sustituirlo el coronel Tamarinho a quien le fue comunicado el desastroso incidente. surgiendo de pronto en la punta de la dis­ parada veloz. La policía. Y aunque tuviese envergadura para enfrentar esa crisis. cuando desanimaba de salvar su propio batallón en la otra margen del río. aficionado a relatar hazañas. rengueando sobre sus patas va­ lientes— se largó al galope corto hasta la orilla del río. entre la artillería y el plano de las quixábeiras: — ¡Voy a darle bríos a esa gente. entre las iglesias. en una curva en bajada. cargando mientras desfilaba entre corredores. No bajó del caballo. El movimiento complementario se quebraba en sus primeros pasos. bueno y jovial. escupiendo de la silla a los jinetes. separando al resto de la aldea del suburbio que debía atacar. allí apretada entre paredes. El estado mayor en seguida lo rodeó. No se advertía en el desorden el más leve trazo de combinación táctica y tampoco se la podía imaginar. . A su turno. Estaba fuera de combate. cuya fuerza es la arremetida del choque. Pero aquél nada podía pensar al recibir el coman­ do. Era un hombre simple.la extrema derecha. cuyas aguas respingaban a tiros y no siguió adelante. Se inclinó sobre la silla abandonando las riendas. . La caballería tuvo orden de atacar por el centro. la policía. golpeados con la espada. a media cuesta de los Pelados. Volvía cuidado por el teniente Avila. hacia el lugar que había dejado. atacando el sitio todavía indemne y completando así la acción que se había desarrollado totalmente hacia la izquierda. El jefe expedicionario dejó el lugar donde se había mantenido. cuando fue nuevamente alcanzado por otro pro­ yectil.! Y bajó. . recu­ laban. apenas llegaron a la mitad de la corriente y empinándose y curvándose. una herida leve — dijo. Una carga de caballería en Canudos. Había llegado a los sesenta años candidato a un retiro tranquilo. lo habían incluido en la empresa contra su voluntad. Los animales asustados. después de cruzar el río con el agua hasta las rodillas. vol­ vieron en desorden a la posición primitiva. Había sido alcanzado en el vientre por una bala. tranquilizando a los compa­ ñeros. El escuadrón — caballos atontados. Era una excentricidad.

titubeantes. largando las últimas posiciones. se asomaba. En la claridad muerta del crepúsculo sonó armoniosa­ mente la primera nota del Ave M aría. Además. de voces discordantes que daban la ilusión de una crecida repentina. se confundían de nuevo en ruidoso vocerío. bajo la hipnosis del pánico. toda la línea de combate rodó despedazada a tiros por la orilla del río. estorbándose con las armas. como si el Vaza-Barris se hubiese salido de madre. estaban a salvo. porque bajo los escombros que cerraban las calles. Este reflujo que había empezado a la izquierda se propagó luego a la derecha. mez­ clados. los uniformes hechos jirones. en fuga. en una barahúnda infernal. en el mismo descuido. . empezaron a cruzar el río de vuelta. ahogándolos. cada uno luchaba a su manera. pisando a los mal heridos que caían. borboteando. se deslizaban mejor. . la noche dis­ puesta a confundir a los combatientes exhaustos después de cinco horas de pelea. RETROCESO Pero antes de que llegase la noche empezó el retroceso. Allí. Era un golpeteo de cuerpos sudados. inevitable. entontecidos. los primeros grupos repelidos. Atropellándose. Era el desenlace. rebatida a las posiciones primitivas. derrumbándolos. apartando bru­ talmente a los grupos extenuados. saliendo del portal de las iglesias o de las casuchas marginales. alarmados. Caía la noche. . dis­ parando sus espingardas al acaso. Repentinamente. . Otros. dispersos. los sertanejos emboscados. los pelotones. chamuscados y polvorientos. . sin armas y heridos. soldados y oficiales mezclados. estallando. Sin mandos. o tenían escondrijos más inviolables. ansiando subirla. vociferando. corriendo. Aparecieron sobre la ribera izquierda. bajo los techos caídos. sosteniéndose a las piernas de los que ya habían subido. se agarraban a las escasas gramíneas. Era un combate temerario contra una barri­ cada monstruosa que cada vez se volvía más impenetrable a medida que destruían y carbonizaban. el mayor contratiempo. AL GOLPEAR DEL AVE MARIA En ese momento el campanero de la iglesia vieja interrumpió la alarma. se metían en la corriente. Pronto se les juntaron otros.Aquello no era un asalto. De suerte que. los pri­ meros puñados de hombres llegaron a la margen derecha. Todavía se destacaban pequeños grupos que quemaban las casas próximas o se trababan en breves tiroteos.

El compacto caserío. no alcanzaba el número de médicos. . Sólo la difusa luz de las estrellas dibujando los perfiles imponentes de las iglesias. en un repliegue de la montaña. Ade­ más. fija. sin nubes. de filas desunidas y bamboleantes. .Descubriéndose. para rodear a la oficialidad. Fortunato Raimundo de Oliveira. El cerro donde se reunieron estaba demasiado cerca de aquél y era pasible de algún ataque nocturno. tirando a los pies los sombreros de cuero o los gorros de brin y murmurando el rezo habitual. V SOBRE LAS ALTURAS DEL MARIO Habiendo cruzado el río. como si reflejasen relámpagos de lejanas tempestades. Ciento y tantos heridos y lastimados se agitaban por allí. indicaban allá abajo que también el enemigo estaba despierto. quedando. . Formaban una multitud alborotada sin nada que recordara la fuerza militar que se había deshecho. . como en exploraciones lúbugres. los soldados se apiñaron junto a la artillería. las colinas circundantes. como elementos irreductibles. sin centellear. cuatrocientos metros hacia arriba. se marcharon hacia las alturas del Mário. se iluminan. Allí improvisaron un cuadrado incorrec­ to. minuto a minuto. Nada más. los jagungos disparaban su última descarga. de maderas ardiendo bajo el barro de las paredes y los techos. Forzosamente debían abandonarlo. torturados de dolor o de sed. anima­ les. el tren de artillería y los cargueros. una de esas noches ardientes. Sin orden. El desorden del campamento contrastaba con la placidez del ambiente. hombres atónitos e inútiles que ahora tenían. La noche había caído. los heridos. Pero los tiros habían cesado y ni una voz llegaba de allí. como exclusiva preocupa­ ción. uno de los cuales — muerto. En el centro. arrastrando los cañones. casi pisados por los caballos que relinchaban atascados entre las carretas y los fardos. uniformes y espingardas. . las ambulancias. * El Dr. No se podía curarlos en la oscu­ ridad donde sería una temeridad hasta la rápida luz de un fósforo. evitar al adversario que con tanta ansiedad habían buscado. un castillo en ruinas. Algunos braseros sin llamas. el comandante en jefe moribundo. comunes en el sertón. extraviado o preso— había desaparecido a la tarde sin volver nunca más *. La expedición había quedado en eso: un montón de hombres. No se veía la aldea. donde cada estrella. desaparecían en la noche. la Fazenda Velha y dentro de ella. lentamente. las lejanas mon­ tañas. o luces dispersas de linternas mortecinas buscando en las sombras. se arrastraban. irradia como un foco de calor y los horizontes.

El nuevo jefe no soportaba las responsa­ bilidades que lo oprimían.Faltaba un comando firme. Por el espíritu de muchos pasaba el intento reanimante de un nuevo asalto al despuntar la mañana. . ni siquiera demorarlo. organizaban ambulancias y camillas. vencida. bajando con toda la fuerza. Y concertaban planes buscando corregir el revés con un lance osado. Pero la mayoría consideraba fríamente las cosas. por cierto. El viejo comandante. cargando armas primorosas. después de haberse realizado un bombardeo mayor que el anterior. Porque la victoria debía alcanzarse a despecho de los mayores sacrificios. Así. Un capitán de infantería fue comisionado para comunicar la resolución al coronel Moreira César. A un oficial que ansiosamente lo interpeló sobre ese trance. Este la impugnó. reanimaban los ánimos abatidos. respondía con el silencio o con monosílabos. sin embargo. Era necesario vencer. hombres de valor y una oficialidad pronta al sacrificio. rimando un dicho popular del Norte: "E tempo de murici cada um cuide de si. Quizá maldecía mentalmente al extravagante destino que lo convertía en heredero forzado de una catástrofe. entu­ siasta y confiada en la victoria y que estaba allí. allí. le había respondido con triste humorismo. la retirada. al principio calmo. el coronel Tamarinho. oficiales incansables daban por su cuenta las providencias más urgentes. A las once de la noche. pasando tácitamente el comando a todo el mundo. senta­ dos sobre cajones repletos de cartuchos y acorralados por una turba de matutos turbulentos. Fue su única orden del día. los humillaba angustiosamente esa ridicula y grave situación. Sentado en la caja de un tambor. abdicando la misión de ordenar la turba o hacer el milagro de subdividirla en nuevas unidades de combate. . ajeno a la ansiedad general. Y se quedaba impasible. Les repugnaba. en los grupos dominados por emocio­ nes violentas. en medio de cañones modernos. No se podía arbitrar otro recurso. . en violenta arremetida sobre los fanáticos. a todas las consultas. los oficiales reunidos lo adoptan por unani­ midad. reducen siempre las cualidades personales más brillantes. chu­ pando su cigarro. Pensaban: en los cuatro lados de ese cuadrado irregular esta­ ban inscriptos los destinos de la República. presentando los motivos inflexibles del deber . Allí había. No deli­ berada. mostraba una sola solución. intuía que un ayuntamiento en tales circunstancias no significaba la suma de las energías aisladas y estimaba todos los elementos que. Una rápida observación de la tropa que había llegado horas antes. rectificaban el pretendido cua­ drado donde se mezclaban plazas de todos los cuerpos. No se ilusionaban. con el estoicismo enfermo del propio desaliento. dolorosamente sor­ prendido.

para los más incrédulos también. se le aparecían como reales. decían convencidos. no pu­ dieron ver a uno solo. comenzó a despuntar algo de anormal en esos luchadores fantasmas. apareciendo temerosos entre las ruinas. hechos con la misma masa que los matutos. con más de dos tercios de la tropa apta para el combate y con las muni­ ciones suficientes. Por la mitad de la noche todas las aprensiones se agrandaron. Un indefinible rumor subía por las cuestas. después. Y su leyenda extravagante. atravesando incólumes los braseros de las casuchas en llamas. verosímiles. casi invisibles. terribles en la contraprueba de la catástrofe presente. invadidos de un temor sobrenatural. rezaba. ocho­ cientos tal vez. disponía de dos tercios de las municiones y estaba en posición dominante sobre el enemigo. . Los de la expedición anterior afirmaban. se diluía en un duende intangible. abajo. A pesar de eso se mantuvo la resolución. perfectamente válidos aún. sus milagros. brutal y familiar. La dolorosa reprimenda del jefe herido por dos balazos no contuvo a la oficialidad incólume. atónitos y absortos. Es que gran parte de los soldados eran del Norte y se habían criado oyendo a su alrededor el nombre de Antonio Conselheiro como el de los héroes de los cuentos infantiles. Los centinelas que cabeceaban en las filas flojas del cuadrado. La rodeaban. . No era el sordo tropel del asalto. dos o tres cabecillas que. en general. .militar y demostrando que todavía había elementos para otra tentativa. El jagungo. El enemigo. abatidos de contragolpe por el inex­ plicable revés en que había caído el jefe considerado invencible. estaban bajo la sugestión de lo maravilloso. Dio su última orden: que levantaran un acta dejándolo al margen para una protesta en la que incluiría el abandono de su carrera militar. habían sido muertos en el Cambaio y para todos. Significaba completar la agonía del valiente infeliz. casi sin distinguirlos. se refirió a la mancha que caería sobre su nombre para siempre. en la aldea invisible. Los soldados. Era peor. Los combatientes. centenares de soldados. desparramados y di­ minutos. sus hazañas de hechicero sin par. incluso algunos heridos en el combate. que agravaban con extravagantes comentarios. Pero la lucha ser tañeja había empezado a tomar la imagen misteriosa que conservaría hasta el fin. ante el milagro estupendo. fue montando en cólera y con angustia. haber visto resucitados. ante los cuales habían golpeado impotentes. en su mayoría mestizos. súbitamente despertaron conteniendo gritos de alarma. Final­ mente explotó: que no lo sacrificaran a esa cobardía inmensa.

Al moverse finalmente esta fracción abnegada fue rudamente atacada. sobre las ronqueras varoniles. . característica de esos momentos críticos de la guerra. El rechazo fue rápido. despierto. Decían de modo elocuente. parecía confiarse sólo en la velocidad de la retirada para librarse. hacia el ca­ mino. Los aprestos de partida se hicieron en un atropello indescriptible. toda la población de Canudos contemplaba la escena. los heridos y las camillas. huían. La retirada se imponía. No se dividían en escalones dispuestos a la defensa ofen­ siva. los kyries dolientes entraban peor que intimaciones enérgicas. había permanecido firme en lo alto del Mário. largos. Entre la soldadesca pasmada. por los caminos afuera. Acometió ruidosamente. . re­ tirándose. El enemigo tenía en la ocasión el aliento para el ataque y la seguridad de su misma temibilidad. A la madrugada. entre las cuales iba el cuerpo del comandante malogrado. dándole al trágico lance la nota festiva e irritante de miles de silbidos estridentes.Y en aquella serenidad extraordinaria. En este volver las espaldas al enemigo que. Era el último golpe en el desánimo general. como una barrera antepuesta a la persecución inevitable. Más de una vez el drama tenebroso de la guerra sertaneja tuvo el desenlace de un pataleo lúgubre. la iglesia nueva explotaba en descargas y condensada en la calle principal o corriendo hacia las colinas. por todos lados. que no había reacción posible contra adversarios transfigurados por la fe religiosa. cuando el primer reflejo de la mañana mostró una fuerza constituida por plazas de todos los cuerpos precipitada a la vanguardia. La última división de artillería replicó por momentos y después. hasta donde alcanzaba la mirada. resultaban a esa hora impresionante. No se retiraban. en un ataque envolvente. bajo el mando de un subalterno de valor y fortale­ cida por un contingente de infantería. Sólo una divi­ sión de dos Krupps. no lo perturbaba todavía. entre vivas entusiastas. Era tarde. De manera que. implacables. ladeada por las ambulan­ cias. Adelante. marchó por el declive del espigón. Actuaban por contrastes. La retirada era una fuga. las voces de las mujeres. a su vez. la expedición se desparramaba por las laderas sin orden. nada indicaba la seria operación de guerra que iba a realizarse. Había muerto el coronel Moreira César. sin formación. la expedición desparramada por los caminos. Se precipitaban al acaso. Avanzando por el espigón del morro rumbo a la Favela y derivando de allí por las vertientes opuestas. iba flanqueada de punta a punta por los jagungos. allá abajo. una nueva emocionante la volvió urgente. los cargueros. Abajo empezó a sonar la cam­ pana. en las que predominaban. . las letanías tristes.

parando de cuando en cuando para barrer a disparos las caatingas traicioneras. asombrados ante esa resistencia inexplicable. los batallones se disolvían. Estos apenas podían seguir. Las granadas explotaban entre los ramajes secos incendiándolos. en la marcha habitual de una revista. alineándose en batalla y largando cargas fulminantes. las muías de tracción se resistían. No hubo ni un simulacro de rechazo contra el ene­ migo. el cadáver del comandante. FUGA Y fue una desbandada. . corriendo por los caminos y por los rastros que los recortan. en bandas. de súbito. galvanizada por la fuerza moral de un valiente. aterrados. lentamente. desabrochándose los cinturones para la carrera. dejando las camillas donde se retorcían los heridos. lenta y unida. Ochocientos hombres desaparecían en fuga. . idiotizados. gritos de dolor y de cólera. casi solemne. había quedado. A los primeros tiros. triste pormenor. La disolución de la tropa se detenía en el acero de esos cañones cuya guarnición diminuta se destacaba maravillosamente impávida. En esa corrida siniestra. los sertanejos en chusma. al que no veían. Contenidos al principio a la distancia. vacilantes en asaltar a cuchillo al pequeño grupo de indomables. saliendo de la caatinga al camino. donde la ferocidad y la cobardía revoloteaban confundidas bajo el mismo aspecto. corriendo. corriendo en grupos. sin jefes. en la extrema retaguardia. como el de una caza. Se reducían. disparando sus trabucos y pistolas. como al encuentro de un obstáculo. El resto de la expedición podía escapar a salvo. junto con el crepitar del fuego en llamaradas. siguiendo a paso tardo o. Uno a uno iban cayendo los soldados de la guarnición estoica. inabordable.DESBANDADA. apenas se desencadenó el pánico. Heridas o espantadas. se oían allá adentro. retrocedía y volvía al ataque. sólo adivinaban por la estridencia de los gritos de desafío y por los estampidos de un tiroteo irregular y ralo. se escondía. Al encuentro con los cuatro Krupps de Salomáo da Rocha. Sólo la artillería. tirando afuera las piezas del equipo. Entre los fardos tirados a la orilla del camino. y corriendo. corriendo hacia las caatingas. gritando. No lo defendieron. desarmándose. saltando de los escondrijos en llamas. la onda rugidora de los jagunqos atacaba y se detenía. Al poco tiempo. torcían el rumbo. abandonando las espingar­ das. los sertanejos estrechaban de a poco el círculo del ataque alrededor de las dos divisiones que los enfrentaban. sucedió de pronto un hecho épico. alrededor de ella se adensaron los atacantes. y atontados por el humo. imposibilitaban la marcha. . terrible. y prosiguiendo después. corriendo al acaso. seguía. Aquella batería la liber­ taba.

corrían de los jagungos. El capitán Vilarim se había batido casi solo y al agonizar. junto a los cañones que no abandonó. mochilas. en desparramo. no se conmovían. espingardas. En aquel desorden sólo cabía una determinación posible: "¡Desbande!”. como cosas inútiles. No tenían a quién llamar. al encontrarse con ese cuadro terrible. el coronel Tamarinho se lanzó desesperadamente. Los mismos heridos y enfermos allá se iban. Y como la mayor parte de los fugitivos evitaban el camino. el coronel Tamarinho cayó de su caballo herido por un balazo.Por fin. aceleraban la fuga. personalmente. Pasaban. . se desparramaron sin . arrastrándose penosamente. Era una orden difícil de ser cumplida. inútiles. había desaparecido. Los cañones se inmovilizaron en una vuelta del camino. la batería se detuvo. corrían de los oficiales. mientras trasponía al galope el arroyo del Angico. piezas del equipo. Era el fin. como si buscase todavía. . co­ rrían enloquecidos. moviéndose sin temor ni fatiga entre los fugitivos. no encontró entre los que mandaba un brazo que lo sostuviera. el caballo al galope por el camino. anulada. pues eran blancos de preferencia de los últimos. tallado a golpes de hoz. . dispersa. el viejo comandante murmuró su última orden: — Busque a Cunha Matos. Cayeron los golpes encima de todos y cayó. Completamente solo. que había vuelto a la retaguardia. imprecando a los compañeros más ágiles. tirados al azar. . UN ARSENAL AL AIRE LIBRE La tercera expedición. . vibraban sin respuesta. y al ver a aquéllos caer mal heridos. buscó inú­ tilmente socorrer a los últimos soldados que habían ido a Canudos. ahora de­ sierto. El coronel Tamarinho. O mejor. No podían contenerlos. En vano algunos oficiales indignados gatillaban sus revólveres contra el pecho de los fugitivos. . La infantería había de­ saparecido. sin un subordinado. rengueando. Por fin pararon. convulsas. emitidas por los cometeros sin aliento. El ingeniero militar Alfredo do Nascimento lo alcanzó con vida. condenándose heroicamente a la hora de la catástrofe. A orillas del camino sólo se veían. alto!”. Los jagungos entonces se lanzaron sobre ella. Las notas de las cornetas. . a la vanguardia. al morir. . La catástrofe se consumó. Más adelante. Así ordenó repetidos toques de "¡media vuelta. Caído sobre la orilla. Las notas de las cornetas vibraban encima de ese tumulto. cinturones y sables. corrían. Y la artillería quedó en completo abandono antes de llegar a Angico. El capitán Salomáo tenía a su alrededor apenas una media docena de leales.

cargando armas ante las cuales eran juegos de niños sus carabinas. aumentaba. . había un arsenal diseminado al aire libre. los sertanejos recogían los despojos. . donde muchos. Se había roto el prestigio del soldado y los broncos cabecillas se olvidaban de las mínimas peripecias de los hechos. darles de gracia todo ese arma­ mento moderno y aprovisionarlos suficientemente. les hacía revivir todos los bárbaros instintos. denominación irónica desti­ nada a permanecer durante todo el curso de la campaña.rumbo. mancharía el cuerpo de los luchadores sagrados. Mientras sucedía esto. Por los caminos y por los sitios más próximos estaban diseminadas armas y muni­ ciones. imponente y terrible. También se había desnudado. Algunos. lograron llegar al Cumbe o a otros puntos más lejanos. errando al azar por el desierto. arruinarla de punta a punta. cin­ turones y gorras. entre ellos los heridos. los aprovecharon de un modo cruelmente lúgubre. presenciaron el retroceso y la fuga y la disparada enloquecida. El resto llegó al día siguiente a Monte Santo. y los jagungos tenían para abastecerse con holgura. El coronel Sousa Meneses. y el abandono por los caminos de las armas y los equipos. no los esperó. sacos y pantalones de vivo carmesí. Y la creencia. Los éxitos les habían exacerbado a un tiempo el misticismo y la rudeza. y después de estos ataques temerarios. la potencia su­ perior de la divinidad los amparaba. La fuerza del gobierno era ahora realmente la debilidad del gobierno. De modo que la mayor parte de la tropa no sólo se había desarmado delante del adversario. Sin duda era un milagro. La habían visto llegar. junto con piezas del equipo. . todo cuanto había tocado el cuerpo maldito de los plazas. invadirla. vigorizada por la brutalidad de los combates. agonizando y muriendo en completo abandono. desviándose de la ruta. asaltarla. empeorándoles la índole. crecía. Al conocer el desastre. sustituyeron en las manos de los combatientes de primera línea las viejas espingardas de carga morosa por las Mannlichers y Comblains fulminantes y como los uniformes. Así es que en la distancia que media entre el Rosario y Canudos. comandante de la plaza. UNA DIVERSION CRUEL Se llevaron a la aldea los cuatro Krupps. La expedición Moreira César parecía haber tenido un solo objetivo: entregarles todo aquello. la habían visto caer terriblemente sobre la aldea. se largó hacia Queimadas hasta donde se prolongó esa disparada. La complejidad de los hechos los perturbaba y no tenían más que una interpretación: visiblemente. quemarla. que denunciaban en el pardo de la caatinga a los fugitivos. se perdieron para siempre.

Los decapitaron. Concluidas las exploraciones por los alrededores. por el colorado fuerte de las divisas. y a un costado —mudo protagonista de un drama te­ rrible— el espectro del viejo comandante. nuevos expedicionarios marcharon hacia Canudos. parecía una visión demoníaca en el desierto. erguido en una rama seca de angico. . tres meses más tarde. Encima. pantalones y chaquetas multicolores. . observaron todavía el mismo escenario: calaveras blanqueadas a los bordes del camino. el cuerpo del coronel Tamarinho. brazos y piernas colgantes. apareció repentinamente adornada por una florescencia extravagante y colorida. Quemaron los cuerpos. Un pormenor doloroso completó esta escenificación cruel: a un costado sobresalía. que recuerda la religiosidad trágica de los Achantis. colgaron los restos de los uniformes. mantas y mochilas. con las caras de frente al camino. empalado. . esmirriada y desnuda. . capotes. . los jaguncos reunieron los cadáveres que estaban desparramados por todas partes. Como un maniquí terrible y lúgubre. . . cinturones. y recogidas las armas y municiones de guerra.Lo testimonia el hecho extraño. en los arbustos marginales más altos. Cuando. especie de diversión siniestra. el cadáver. La caatinga. . . . Era asombroso. rodeadas de trapos viejos. gorras. Después alinearon las cabezas a los dos costados del camino. prendidos a las ramas de los arbustos. a espacios regulares. oscilando según el viento movía la rama flexi­ ble. que remató estos sucesos. . Allí permaneció durante largo tiempo. el azul de las chaquetas y los brillos vivaces de las chapas de los estribos.

agitando estérilmente la propaganda de la restauración monárquica. IV. el encuentro. contemplativos y man­ sos. La travesía. No hay un plan de campaña. Concentración en Queimadas. después un desvarío general de la opinión. El comienzo de una batalla crónica. Se organiza la expedición. Colaboradores demasiado prosaicos. Se destruye un plan de campaña. Versiones disparatadas. Excepcional carga de bayonetas. V I— Por los caminos. Cazas peligrosas. Inesperado emisario. Demoras. Aventuras del asedio. . Una división aprisionada. un intenso agitar de conjeturas para explicar lo inconcebible del hecho y hallar una razón cualquiera en aquella destrucción de una fuerza numerosa. Primeras noticias ciertas. Canudos: una diátesis. El camino del Ouvidor y las caatingas. V. I DESASTRES La nueva de este revés fue un desastre mayor. I I — Movilización de tropas. condensada después en total certeza. Levantamiento en masa. La marcha. Nueva victoria desastrosa.CUARTA EXPEDICION L— Desastres. Planes. Paso por Pitombas. primero dispersa en vagos comentarios. federal y estatales. Triunfos por el telégrafo. Ante las trincheras. Extraño heroísmo.— Victoria singular. Macambira y Trabubu. El cabo Roque. En viaje hacia Canudos. tal circunstancia fue el punto de partida para la más imprudente de las reacciones. Cocorobó. La comisión de ingenieros. sobre el nuevo régimen. Al principio fue el asombro. Y como en las capitales. se levantó luego. Incidentes. V III— Nuevos refuerzos. Eran la vanguardia de ignotas falanges prontas a irrumpir. El alto de la Favela. I I I — Colum­ na Savaget. Un guía temeroso: Pajeú. El mariscal Carlos Ma­ chado Bittencourt. La acti­ tud del comando en jefe. La cuarta expedición se organizó en medio de una gran conmoción nacional que se traducía en actos contrapuestos a la gravedad de los hechos. por todas partes.— El asalto: preparativos. Versiones y leyendas. Mentiras heroicas. bien equipada y con un jefe de tal valía. la idea de que los tabaréus turbulentos no actuaban solos. VIL— La Brigada Girard. En la completa desorientación de los espíritus. Desánimo. había una media docena de revolucionarios platónicos. Los heridos. En los flancos de Canudos. Una tropa de bárbaros. hacía mucho tiempo.

Y así todos. ¿Exageramos? Tomamos al azar un diario cualquiera de aquellos días. tomadas por el caudi­ llaje monárquico. . La encontraron: los disturbios sertanejos eran signos de una vasta conspiración contra las instituciones nuevas. la unidad del Brasil” *. ¿La monarquía se arma? Que el Presidente llame a los republi­ canos a las armas” * * *. entraban los nostálgicos del im­ perio.CANUDOS: UNA DIATESIS Sucesos de tanta monta requerían una explicación. La opinión nacional se debatía de tal modo en la prensa. marchaba acelerada­ mente contra las instituciones. ha­ bía encontrado por fin un Monck271. Joáo Abade. * Gazcta de Noticias. y congregado alrededor del gobierno. * * O País. Se adoctrinaba: "Lo que de un golpe conmovía el prestigio de la auto­ ridad constituida y abatía la representación del brío de nuestra patria en su renombre. Se concluía: "No hay quien en esta hora no comprenda que la monar­ quía revolucionaria quiere destruir. Ese era el grito dominante en la conmoción general. que el remedio corra parejo con el mal. se conspira. con la República. Y Antonio Conselheiro — un Mesías de feria— había tomado en sus manos temblorosas los destinos de un pueblo. * * * O Estado de Sao Paulo. la sofocación de la revuelta”. era el movimiento armado que. a la sombra del fanatismo religioso. se forma el ejército imperialista. El mal es grande. Se explicaba: "La tragedia del 3 de marzo en la que juntamente con Moreira César perdieron la vida el ilustre coronel Tamarinho y tantos otros oficiales valientes de nuestro ejército. Se afirmaba: "Se trata de la Restauración. ansioso. francamente en armas”. la casa Braganzaa70. La República estaba en peligro. En la prensa y en las calles. . en su tradición y en su fuerza. con audacia. Por detrás de la envergadura raquítica de Pajeú se diseñaba el hidalgo perfil de un Brunswick 2 6 9 . La dinastía en disponibilidad. no siendo lícito a nadie ilusionarse más sobre el pleito en el que. . Algunos ciudadanos activos congregaban al pueblo de la capital de la República y le resumían su ansiedad patriótica en una noción incisiva: "El pueblo de Río de Janeiro reunido en mitin y consciente del doloroso revés de las armas legales en los sertones de Bahía. . . había que salvar a la República. fue la confirmación de cuánto ha crecido en audacia y en fuerza el partido monárquico a la sombra de la tolerancia del poder público. aplaudiendo todos los actos de energía cívica que se hacen para lavar la afrenta del ejército y de la Patria. aguarda. Canudos era una Coblentz 2 8 8 en ruinas. y gracias a su involuntario aliento” * *.

de donde fueron luego conducidos a la plaza de Sao Fran­ cisco de Paula. No estaba confinado en ese rincón de Bahía. El mal era mayor. tenía socios quizá más peligrosos. condenándolos a la penumbra * Jornal do Brasil. En todos. Aparecía en las capitales del litoral.. "Entonces comenzaron a romper y a inutilizar lo que encontraban. a la calle. etc. ¿Valdrá la pena definirlos? La fuerza portentosa de la herencia. fueron a las redacciones y a las imprentas de los diarios Gazeta da Tarde. Libertade y Apóstolo 2 7 2 . La guerra de Canudos no era más que un síntoma. no llegó a tiempo para evitarlo. pues la multitud. en esta indignación. aquí como en todas partes y en todos los tiempos. papeles. la obsesión del espantajo mo­ nárquico. Más de una vez. Si el curso normal de la civilización. y a pesar de que la policía corrió para evitar un asalto a esos diarios. cuadros. por detrás de los fanáticos de Canudos. EL CAMINO DEL OUVIDOR Y LAS CAATINGAS Interrumpamos este espigar entre ruinas. Copiamos: "Ya era tarde y la excitación del pueblo aumentaba en proporción a su masa siempre creciente. en el decurso de los hechos que nos propusimos narrar. idealistas y temerosos. tirando después los objetos. se acordaron de los diarios monárquicos. . en un ímpetu de desahogo. arrastra a los medios más adelantados — enguantados y cubiertos por el tenue barniz de la cultura— a trogloditas enteros. muebles. Pero estamos preparados. Al final intervino la multitud. donde formaron una gran hoguera. El Presidente de la República quebró su habitual serenidad: "Sabemos que. convirtiendo en legiones — cohorte misteriosa que marchaba sordamente en las sombras— a media docena de reaccionarios. a los gritos de viva la República y la memoria de Floriano Peixoto. Las correrías del sertón entraban impetuosamente en la civilización.El mismo son en todas partes. Las líneas anteriores tienen un solo objetivo: poner de relieve semejanzas que se emparejan en un mismo salvajismo. invadió esos establecimientos y los destruyó por com­ pleto. y todos a una. esquivamos el detallado análisis de acontecimientos que escapan a la escala superior de la historia. trabaja la po­ lítica. en general. La Rúa do Ouvidor era un desvío de las caatingas. sea como fuere y contra quien fuere”. libros. así. bruto y vestido de cuero. los contiene y los domina y los inutiliza y poco a poco los destruye. El hombre del sertón. utensilios. tenemos todos los medios para vencer. Se extendía. quemando todo”. quedando otros en montón en la misma Rúa do Ouvidor” * 27S.

fuera de nuestros mapas. Al menos. que mostraba todas las fallas de nuestra evolución. inmersos en el sueño de la restauración imperial. pero sin tamaño si se focalizan a la sombra. después de abandonarlos cerca de tres siglos. el espíritu más robusto permanece inerte ante el ejem­ plo de una lente de flintglass 2 7 4 . los patriotas se dieron por satis­ fechos con el auto de fe de algunos diarios adversos y el gobierno comenzó a actuar. En la primera ciudad de la República. so­ breponiendo una formación moderna a una formación antigua. Entre nosotros despertó rencores. La misma curiosidad del arqueólogo al encontrar los palafitos de una aldea lacustre junto a una ciudad industrial de Suiza. a veces. El caso. Era natural. era un buen consejo para estudiarlas. Sólo sugería un concepto y es que. No entendimos la elocuente lección. insistiremos en una proposición única: atribuir a una conjuración política la crisis sertaneja. No hay que analizarlos. imá­ genes fulgurantes. Traía datos entre los cuales nada valían los sonámbulos errabundos. sin embargo.de una existencia inútil. ni otro valor. sólo podían hacer lo que hicieron. Son el reverso fatal de los acontecimientos. Lo que sorprende es la sorpresa que pro­ vocó tal hecho. aparecía como una página truncada y sin número en nuestras tradiciones. Bajo tal aspecto. los jagungos. un anacro­ nismo étnico. o las investigaciones de la psiquiatría. perdida en el desierto. ampliadas. Reveló qué poco nos aventajábamos de los rudos patricios retardatarios. surgen e invaden escandalosamente la historia. ante todo. vencer terriblemente a la nacionalidad que. Actuar significaba esto: juntar batallones. admirable al refractar. así como los estratos geológicos no pocas veces se perturban. la estra­ tificación moral de los pueblos también se embarulla y se invierte y la ola de los sinclinales abruptos estalla en flaults 2 7 5 por donde irrumpen viejos estadios hace mucho recorridos. ya lo vimos. Considerándolos. de donde. el claroscuro indispensable de los hechos de mayor volumen. Aislados en el espacio y en el tiempo. para corregirlas y así anularlas. Canudos era una tapera miserable. Vamos a dejarlo. invertidos. expresaba un gran descono­ cimiento de las condiciones naturales de nuestra raza. Antes. Y esta inconsciencia ocasionó desastres mayores que los de las expediciones derrotadas. era una enseñanza y podría haber desper­ tado gran curiosidad. Aquel original afloramiento del pasado. No vimos el rasgo superior del acon­ tecimiento. mostrándoles el brillo de la civilización a través de la claridad de las descargas. Sigamos. quería arrastrarlos a los deslumbramientos de nuestra edad dentro de un corral de bayonetas. siem­ pre que una conmoción profunda afloja a su alrededor la cohesión de las leyes. Reaccionaron. era más complejo y más interesante. éstos eran lógicos. los arranca la curiosidad de los sociólogos extravagantes. . Pero no tienen otra función.

Era una permanente tortura de dudas cruciales. disciplinado”. En la inconsciencia de la exageración. Y así de corrido. es­ candalosamente divulgada por las calles. Se agitaban ideas alarmantes: los sertanejos no eran "una banda de beatos fanáticos”. tenía la elocuencia del alboroto con que había sido escrito. la verdad aparecía a veces bajo una forma heroica. la información adoptaba las más cam­ biantes formas.Las primeras noticias del desastre prolongaron por muchos días la agi­ tación en todo el país. Se inventaban los hechos. adonde había llegado agonizante. medrosamente comentada en las casas. eran un "ejército instruido. admirable­ mente armado de carabinas màuser. No se sabía nada positivo. posteriormente agravada por otras informaciones. se había salvado valerosamente junto con un puñado de compañeros leales y estaba en camino a Queimadas. De modo que la alarma fue creciendo. . El parte de combate del mayor Cunha Matos 276. despertaban en los espíritus in­ quietos un hilar de interminables conjeturas. Era imposible acertar con la más leve noción de la realidad entre esas opiniones abstrusas. Se le agregó después. se les daban visos de realidad y prontamente eran sustituidos por otros que dominaban durante un día o durante una hora la atención de todos y se extinguían a su vez. Algunos de los nuestros y entre ellos el capitán Vilarim. cribado de errores singulares. . Después una afirmación lúgubre: el infeliz militar había sido efecti­ vamente muerto. ante la aparición de otras versiones igualmente efímeras. aumentando las aprensiones y los miedos. EL CABO ROQUE En esa incertidumbre. habían sido despedazados por esquirlas de granadas. Y éstas. La muerte trágica de Salomáo da Rocha fue una satisfacción para el amor propio nacional. tenían además artillería y la mane­ jaban con firmeza. Impresionaba a quien lo leía con una hecatombe. Nada sabían tampoco los que habían vivido ese revés. mal indicando las fases capitales de la acción. la leyenda del cabo Roque. Se contradecían: se había salvado pero estaba gravemente herido en Macacará. manteniendo en crecimiento la conmoción y la curiosidad públicas. MENTIRAS HEROICAS Se afirmaba: el coronel Tamarinho no había muerto. impresionando emocionadamente el . deficiente. para hacerla más emocio­ nante.

fuertemente coloreada por la imaginación po­ pular. se había batido hasta su último cartucho para caer finalmente. la tropa se había desbaratado y el cadáver del coman­ dante había quedado abandonado al margen del camino. Vimos cuántos entraron en acción. las corporaciones muni­ cipales continuaron vibrando en el anhelo de la venganza. Tres días después del encuentro. Se decretó luto nacional. y en un coro triun­ fal de artículos vibrantes y odas fervientes. Era subordinado de Moreira César. los Congresos. De rodillas junto al cuerpo del jefe. apareció con los últimos retra­ sados sobrevivientes. Dos semanas más tarde. el fervor de las adhesiones entusiastas. transfigurado por un singular rapto de coraje. persistió como aspiración exclusiva. el oscuro soldado trascendía a la historia cuando — víctima de la desgracia de no haber muerto— cambiando la inmortalidad por la vida.alma popular. monótono por la cadencia de los mismos períodos retumbantes. Los trescientos y tantos muertos de las informaciones ofi­ ciales. Dejemos ahí. LEVANTAMIENTO EN MASA Los gobernadores de los Estados. esos guarismos inexorables. la destrucción de los enemigos de la República armados por el caudillaje monárquico. los arzobispos dieron orden a los sacer­ dotes de sus jurisdicciones para que dijeran en las misas la oración Pro pace. La escena maravillosa. Se hacían misas por los muertos en todas las iglesias. Se congregaban para acuartelarse ciudadanos altivos. Y en todos los mensajes.081 combatientes. a doscientos kilómetros de Canudos. volvían a la vida. 1. ya se encontraba en Queimadas. ornaba la peripecia culminante de la pelea. Poco a poco se reducía por un lado y se agravaba por el otro. Y dándole a la tristeza general la nota supletoria de la sanción religiosa. Ellos no disminuirán. en Queimadas. registrados. el soldado leal había permanecido a su lado. . con su singular significación negativa. A esta revelación se agregaron otras a medida que la situación se aclaraba. gran parte de la expedición. guardando la reliquia que el ejército había abandonado. Igual que el pueblo de la Capital Federal. Se hicieron notas de pésame en las actas de las sesiones municipales de los sitios más remotos. Un cabo humilde. Se abrieron sus­ cripciones patrióticas. variantes de un dictado único. tres días apenas. se volvió como una compensación ante el revés. Resurgie­ . el día 19 de marzo. el de las demás ciudades creía estar a la altura de la grave situación apoyando todos los actos de energía cívica que practicaba el gobierno por la afrenta al Ejér­ cito y (esta conjunción valía por cien páginas elocuentes) a la Patria. sacrificándose por un muerto. allí se encontraban salvos. Una semana después se verificaba allí la existencia de 74 oficiales. esa tragedia. se planearon homenajes cívicos. . No hagamos la resta.

muy hábil. . . reorganizándose en Tucano. marchaban hacia el sur. con el coro estri­ dente de las locomotoras en pleno sertón bravio. hecho en treinta días. El Presidente de la República declaró que. Magacará y tal vez. se acumulaban nuevas noticias que aumentaban el fardo extenuador de aprensiones que oprimían a las almas conmovidas. . . Ingenieros ilustres hicieron el trazado de un milagro de ingeniería: un ferrocarril de Vila Nova a Monte Santo. en caso extremo. . Surgían planes geniales. después de saquear esas aldeas. de donde. . Cumbe. se encaminarían hacia el lito­ ral. incomparables. fugitivos desde la Revuelta de Setiembre. el Moreira César. Es que en Canudos estaba en juego la suerte de la República. acrecidas por nuevos contingentes. que el Conselheiro había con­ vocado. aquello no era una aldea de trucu­ lentos bandidos. sólo se notó la falta muchos días después. entre los cuales se nombraban conocidos oficiales del Ejército y de la Armada. adiestrado quizá en los polígonos bravios de Abisinia 277. . el Benjamín Constant. el vicepresidente le escribió al Club Militar proponiéndose valientemente para ceñir el sable ven­ gador. ideas raras. pasando por encima de la Itiúba. habiendo desertado cerca de setecientos. avanzando sobre la capital de Bahía. Las gentes alucinadas oían el sordo tropel de los bárbaros. . que irrumpiría de golpe. Se daban sorprendentes informes. Los rodeaban en su fuga. Se exponían extraordinarios detalles: en la aldea había tanta gente que. No bastaba. Y sucesivamente. y en un ímpetu de patriótico lirismo. Jeremoabo. Los batallones de Moreira César eran las legiones de Varo 278. Las hordas invasoras. Allí existían hombres de excepcional valor. catervas formidables. UNA TROPA DE BARBAROS Se afirmaba que uno de los jefes del reducto era un ingeniero italiano. ya endurecidos en el fuego de la revuelta anterior. sin piedad. mientras se creaban otros con patriotas de todos los matices: el Deodoro. triunfalmente. el Silva Jardim. PLANES En el cuartel general del ejército se abrió la inscripción para cubrir los claros de diversos cuerpos. el Académico y el Vrei Caneca. la de la Armada. se llamaría a las armas a los mismos diputados del Congreso Federal. Ya estaban tomadas por los jagunqos Monte Santo.ron batallones de veteranos: el Tiradentes. .

Y todo esto. el 7?. el 33? y 35? de Piauí. El gobierno debía actuar rápidamente. . un maníaco. su pensamiento sobre las cosas: "Todas las grandes ideas tienen sus mártires. 30?. CONCENTRACION EN QUEM ADAS Las tropas convergían en Bahía. coronados del mejor de los éxitos. regimiento de artillería de la Capital Federal. por su parte. En Pernambuco. convertida en base de operaciones provisorias. aceptó. un ladrón cabal. congregaba multitudes de nuevos cismáticos en pro del Conselheiro. La reacción monárquica. deshacía escoltas y escondido en el alto sertón del Sao Francisco. Esta medida. tomaba la actitud batalladora. el 24? de Río Grande do Norte. sorpren­ día a las autoridades que lo interrogaban con la altanería estoica de un profeta. Joáo Brandáo.Y no eran sólo los jagungos. el 5? de Maranháo. el 5? y narte del 9? de caballería. se manifestaba. el 27*? de Paraíba. nosotros estamos convocados al sacrificio del cual no huimos. . La aureola de la locura soplaba también por el sur. el 26? de Sergipe. un heresiarca si­ niestro. En todo se repetía la misma afirmación: había que salvar a la Re­ pública. En Juázeiro. habiendo definido antes en una proclama por telégrafo. . el padre Cicero. Llegaban a esa capital en batallones des­ tacados y seguían inmediatamente hacia Queimadas. el 14? y 5? de Pernambuco. eran hechos de una conjuración que desde hacía mucho tiempo actuaba solapadamente contra las instituciones. ade­ más de corresponder a la urgencia de una organización pronta en esa aldea. José Guedes. 25?. En Minas. firme y respetada”. asaltaba cargueros repletos de espingardas. el 2 ? de Ceará. en Ceará. por fin. para legar a las generaciones futuras una República honrada. precipitando en las primeras escaramuzas. aquella vanguardia de retardatarios y de maníacos. el 4? de Pará. el Monje del Paraná. el 9? y el 16? de Bahía. asomaba en esa concurrencia extravagante para la historia y para los hospicios 279. El comandante del 2 ? distrito militar. invitado a asumir la dirección de la lucha. se imponía por otro motivo igualmente serio. general Artur Oscar de Andrade Guimaraes. 31? y 329 de Río Grande do Sul. II MOVILIZACION DE TROPAS Se trajeron batallones de todos los Estados: el 12 ?.

La pasión patriótica rozaba la locura. La prensa y la juventud del Norte. SE ORGANIZA LA CUARTA EXPEDICION "En esta fecha quedan así definitivamente organizadas las fuerzas bajo mi comando: "Los 7?. los batallones llegaban. se ejercitaba en diversos con­ flictos y correrías. Era como si hubiesen esta­ blecido que aquello era un Canudos grande. pudo organizar la expedición. los 169. como acrópolis desmanteladas. llevaron su dedicación a la República a abusos iconoclastas. 259 y 279 batallones de la misma arma. De modo que en poco tiempo allí estaban estacionados todos los cuerpos destinados a la marcha hacia Monte Santo y el comandante general de las fuerzas. traduciéndose finalmente en desacatos y desmanes. colocado en el portón de una vieja repartición pública. Por su parte. En pleno día. La vieja capital con su antiguo aspecto. en la orden del día del 5 de abril. Esa provocación gratuita aumentaba día a día. y con sus calles estrechas y embarulladas por las cuales pasaría hoy Fernáo Cardim o Gabriel Soares sin notar diferencias notables.Es que. la 2 ^ brigada bajo el mando del coronel . levantada sobre la montaña. Y no los con­ movía. En los sitios públicos la población sorprendida oía los comentarios adversos. un escudo en el que se apreciaban las armas imperiales. así ejemplificada. 149 y 3 O 9 batallones de infantería constituyen la 1^ brigada bajo el mando del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. las líneas tradicionales de antigua metrópoli del Océano. desembarcaban. a hachazos. Como medida preventiva. como cañoneras abiertas hacia el mar. había en el ánimo de los nuevos expedicionarios una sospecha extravagante respecto de las creen­ cias monárquicas de Bahía. conservando. generalizándose un concepto falso. Allí entraban con la altanería provocadora de los triunfadores en una plaza conquistada. disemi­ nados por las cumbres. enuncia­ dos con una fanfarronería continua. asaltada tantas veces por las chusmas marítimas de los normandos y los holandeses. los irritaba. el 309. a despecho del tiempo. se les aparecía como una ampliación de la tapera sertaneja. trataron de despedazar. destacada por el agudo tintineo de las espuelas y de las espadas. siguiendo el mismo trazado de las trincheras de barro de Tomé de Sousa2S0. torciéndose por la mon­ taña. Citamos sólo un hecho: los oficiales de un batallón. to­ maban los vagones del ferrocarril central v seguían prontamente para Oueimadas. con sus laderas a plomo. erigida para la defensa con sus viejos fuertes separados. la soldadesca. finalmente protestaron y más elocuentes que los mensajes resultó el descontento popular pronto a estallar. Eran cosacos en las calles de Varsovia.

del Uauá y de la Várzea da Erna. el 59 regimiento de artillería de campaña. después de reunirse en Aracaju. bajo el mando del general Joáo da Silva Barbosa. para lo que eran suficientes aquellos dieciséis cuerpos articulándose en puntos estratégicos y avanzando poco a poco.Inácio Henrique Gouveia. la 6 ^ brigada bajo el mando del coronel Donaciano de Araújo Pantoja. hasta inclu­ yendo la posibilidad extrema y dolorosa de la batalla. desde hacía mucho conocido. alrededor de la aldea. bajo el mando del general Cláudio Do Amaral Savaget” . esto no sucediese. La orden del día nada decía en cuanto al desdoblamiento de las ope­ raciones. la 5^ brigada bajo el mando del coronel Juliáo Augusto de Serra Martins. la 4^ brigada bajo el mando del coronel Carlos María da Silva Teles. asilo impenetrable en el . los 5 9 y 9 9 batallones de infantería. del Rosario y de Jeremoabo. todo el vasto sertón del Sao Francisco. mientras la se­ gunda. los 12 ?. Los jagungos. en las trampas de la guerra seríaneja. Desde estas aldeas convergirían sobre Canudos. porque éste. 319 y 33 9 de la misma arma y una división de artillería. combatidos en una sola dirección. la 3^ brigada bajo el mando del coronel Olimpio da Silveira. en un punto de su amplia periferia y resultaban ineptos para el asedio. eran dos las masas compactas de soldados que irían a caer. tenían francos hacia el norte y el oeste. por el sudeste. y 6 $ brigadas formarán otra columna. no determinaría el aplastamiento de la rebelión. 2? y 3? brigadas formarán una columna. Páginas ya escritas me dispensan de volver a insistir sobre semejante plan. "Las P . las 4^. era fácil verificar que la plena consecución de los itinerarios establecidos. En vez de un cerco a distancia. Se resumía en la división en columna. La expedición estaba constituida. se cortaban fuera del poblado. tal vez. se planeaba atacar a los fanáticos por dos puntos. tomando la hipótesis más favorable. en el caso de que fueran desbaratados. los caminos del Cambaio. siendo responsable de la misma hasta la respectiva presentación de aquel general. aunque se realizara. Y si. incluso problematizaban un desenlace satisfactorio de la campaña. todos a un tiempo. La simple obser­ vación de un mapa mostraba que la convergencia establecida. poco se desviaba del modelo anterior. los 269 y 329 de infantería y una división de artillería. Los caminos escogidos. la primera columna saldría por Monte Santo. con una sola variante: en lugar de una. el coronel comandante de la 1? brigada. 35 9 y 409. los 349. atravesaría Sergipe hasta Jeremorabo. copia ampliada de los errores anteriores.

había sido una ilusión. Era necesario armarlos. desde el transporte de las provisiones hasta los lincamientos superiores de la estrategia. dispuso todo para el ataque. algunos disminuidos. Era preciso marchar y vencer. unida al litoral por un ferrocarril. una dirección administrativa. convergiese con ellas. con el armamento arruinado y careciendo de las nociones tácticas más simples. tendrían como tuvieron. más valiosa que la existencia de algunos millares de hombres y espingar­ das. rayaba en el optimismo más exagerado. para Aracaju. las operaciones militares. llegaban a la oscura estación del ferro­ carril de Sao Francisco y quedaban impotentes para la partida. El gran movimiento de armas en marzo. en Queimadas. Pero no se pensó en esta división suplementaria. Los com­ batientes. órgano que prepara. no había soldados: los cargadores de armas que por allí desembarcaban. No había un servicio de abastecimiento organizado. Los días comenzaron a correr monótonos en evoluciones y maniobras. en los primeros días de abril. No había tiempo para pensar. Queimadas se volvió un vivero de reclutas y un campo de instrucción. darles municio­ nes. técnica y táctica. y el comandante en jefe. partiendo de Juázeiro o de Vila Nova y venciendo una distancia equiparada a las recorridas por las otras dos. Faltaba todo. No teníamos ejército en la significación real del término. El país entero ansiaba lavar la afrenta hecha al Ejército y a la Patria. afrontando los asaltos hechos por un solo flanco. Los sertanejos resistirían como resistieron. no venían de los polígonos de tiro o de los campos de maniobras. soldados y patricios. menores que compañías. mil puertas abiertas por los otros. El general Savaget salió en seguida. adiestrarlos e instruirlos.que se se acogerían a salvo y desde donde se aprestarían para la réplica. a fines de julio. DEMORAS Pero éste sólo se realizaría dos meses después. vestirlos. Finalmente. que les permitirían comunicarse con las cercanías y abastecerse. en la que se incluye. señalaban una sola corrección: una tercera columna que. . No había un servicio de transporte suficiente para cerca de cien toneladas de mu­ niciones de guerra. Eran circunstancias fáciles de deducir. . de modo que en una base de operaciones provisoria. ante todo. definida por un estado mayor que conozca todos los servicios. fue imposible conseguir un depósito de víveres. cerrando aquellos caminos y origi­ nando finalmente un bloqueo efectivo. Ahora bien. la consideración de un abandono en masa de la aldea. Y al prevenirse. o . Los batallones llegaban.

se acercaba a Jeremoabo. revelando. Por lo que. El coronel Thompson Flores planeaba ese movimiento indisciplinado y temerario. pero de inquieto temperamento para aquella apatía. la línea telegrá­ fica de Oueimadas. sin carretas para el transporte de las municiones. no había en Monte Santo una sola bolsa de harina en depósito.ejercicios de fuego en una línea improvisada en un surco abierto en la caatinga próxima. La comisión de ingenieros militares dirigida por el teniente coronel Siqueira de Meneses había terminado. dispuestos para el combate pero impotentes para la partida y. dos brigadas salieron en reconocimiento hasta el Cumbe y Ma^acará. De allí salieron. viviendo a costa de los recursos de un municipio pobre y talado por las expediciones anteriores. doblegado en la insipidez de esa Capua invertida 2 8 1 donde voci­ feraban. Una de esas brigadas. porque esta brigada se había reconstituido con el agregado de una batería de tiro rápido y con el 79 destacado de la 1^.de infantería. aunque exagerándola con su fuerte temperamento nervioso. cuando llegó el mes de julio y la 2 ^ columna atravesando Sergipe. Y fue la única cosa apreciable en tanto tiempo. desprovisto de los recursos más elementales. se quedaba delante de la tropa acampada y mal alimentada por algunos bueyes magros y hambrien­ tos desparramados por los campos de los alrededores. hacia el centro de la lucha. Fue el único movimiento militar realizado y no tuvo el valor de aplacar la impaciencia de los expedicionarios. Y el entusiasmo marcial de los primeros tiempos aflo­ jaba. de modo de almacenar reservas capaces de sustentar a la tropa por ocho días. Esta detención desalentaba a los soldados y alarmaba al país. batallón por batallón. centenares de valientes marcando el paso delante del enemigo. . por el camino del Rosario. abastecieran a la base de operaciones. El diputado del Cuartel Maestre General 2 8 2 no había conseguido siquiera un servicio regular de convoyes. después de apresar en el camino algunos cargueros que iban a la aldea sediciosa. la situación moral de los combatientes. La penuria y ciertos anuncios de posible hambruna condenaban a la inmovilidad a la división en la que se encontraba el principal jefe de la campaña. estuvo por salir. recién formada con el 59 y el 9 9 batallones de artillería. Como un entretenimiento o un pretexto para sacar de Monte Santo por algunos días a mil y tantos consumidores de los escasos recursos de la columna. . hacia Monte Santo. donde la situación no varió. descansando. la 3?. con dificultades. . apenas contenido por la oficialidad. estaba bajo el mando de un oficial incomparable en el combate. solo. Al llegar a Magacará. registremos esta singular circunstancia. El comandante en jefe. Continuaron hasta mediados de junio los mismos ejercicios y la misma existencia aleatoria de más de tres mil hombres en armas. que partiendo de Oueimadas. en lugar de volver a la base de operaciones.

que no acudiesen a los recursos del terreno tan pobre. Muchos se estremecían imaginando el sobresalto al recibir de impro­ viso. estipulando que las características del terreno imponían tres condiciones para un favorable accionar de la campaña: fuerzas bien abastecidas. consistía solamente en el aprovecha­ miento del terreno y en una movilidad vertiginosa. Pese a la literatura alarmante. La comi­ sión de ingeniería había realizado reconocimientos acordes. lo que ese docu­ mento muestra es la obsesión en imaginar a las guerrillas habilidosas de los jagungos dentro de trazados gráficos. NO HAY UN PLAN DE CAMPAÑA El general Artur Oscar decidió entrar en acción fijando en la orden del día del 19 de junio la partida en la cual "deja a la imparcialidad de la historia la justificación de tal demora”. aquel armisticio de tres meses. reducida al dominio estricto de la táctica. Irían recargadas por las toneladas de un cañón de sitio. El jefe expedicionario sólo se ocupó de la distribución de las formacio­ nes. movilidad máxima. Sin el laconismo propio de tales documentos. Persistía la obsesión de una campaña clásica. estos datos eran verdaderos. el general. sorpresas de toda índole y de todo lo más odioso de la guerra”. sin líneas de operaciones. trincheras. la nueva de la toma de Canudos por el general Savaget. Lo demuestran las ins­ trucciones entregadas. Esta consideración era capital. Resumen de unos viejos preceptos que cada uno de nosotros. Calculaban los efectos de esa dilación ante la opinión pública ansiosa de un desen­ lace y consideraban cuán útil sería para el adversario. sujeta a los ligeros . Eran tres requisitos esenciales y complementarios. después de augurar una inevitable victoria sobre la gente de Antonio Conselheiro "el enemigo de la República”. legos en la materia. Las tropas partirían de la base de operaciones a media ración. y flexibilidad para adaptarse al terreno abrupto. días antes. a los comandantes de los cuerpos. alentado por tres victorias. de cuatro en fondo. Pero ninguno fue satisfecho. podemos encontrar en las páginas de Vial 2 8 3 . Avanzarían en brigadas cuyos batallones.A todos fastidiaba la inmovilidad en que habían caído tras el arranque marcial de los primeros días. tenían escasos intervalos de pocos metros. No se preocupó del aspecto esencial de una campaña que. Porque su tropa iba a salir hacia lo desconocido. señala a las tropas el peligro que las asal­ tará al entrar en el sertón donde "el enemigo las atacará por la retaguar­ dia y los flancos” en medio de esas "matas infelices” cribadas de "caminos obstruidos.

El flanqueador debía meterse en la caatinga vestido con las ropas de cuero del sertanejo. los cuerpos. Soldados de ropas de paño. con la garantía de las fuertes alpargatas. Uno o dos cuerpos así dispuestos . de modo que cada brigada. En compensa­ ción. aunque se dejasen de lado medidas imprescindibles. Marcharían en desdoblamientos que. de flan­ cos capaces de evitarle sorpresas. Ejemplifiquemos: las columnas partirían de la base de operaciones en situación absolutamente inverosímil. iba a iniciarse enredada en una compleja red jerárquica. Tenían que marchar a los costados del grueso de la tropa por dentro de las caatingas y éstas les obstaculizarían el paso. Por fin. La lucha que sólo pedía un jefe esforzado y media docena de sargentos atrevidos. significaba la reducción de la marcha y la perturbación de los transportes. extendiéndose por el campo raso. habilitándolo para arremeter impunemente por allí adentro. No imaginó que el frío estratega invocado. de los guarda-pies.reconocimientos hechos anteriormente o a los datos recogidos por oficiales de otras expediciones. Bas­ taba con que fuesen apropiadamente vestidos. hecha para la quietud de las fortalezas ribereñas. no tenían la garantía de una vanguardia eficaz. se deberían mover con las distancias regulares. apenas iban a arriesgar unos pasos para dejar por allí enganchados sus uniformes en jirones. con algunos batallones macizos perdiéndose en caminos desconocidos. en las guerras sertanejas. que pesaba 1.700 kilos. de los guarda-pechos para troteger el tórax. se le prendió a las espaldas la mole de acero de un Withworth de 32 2 8 4 . en la emer­ gencia de una batalla. aban­ donaría esos dispositivos de los preceptos idealizados sin nombre. sin programación rígida. de las perneras. No quiso innovar. pudiese. sin reglas. Los que las acompañaban no valían nada. delante de ad­ versarios fugitivos y valientes. y nada hay de práctico en esas instrucciones sobre servicios de seguridad en la vanguardia y en los flancos. Es que había que impresionar al sertón con el monstruoso espantajo de acero. citó a Ther Brun. cortando las bromelias y los espinos. geométricamente — cordones de tiradores. líneas de apoyo y reservas— actuar con la seguridad mecánica establecida por las luminarias de la guerra. Como si fuera poco. y de los sombreros de cuero firmemente atados al mentón. Hubieran podido avanzar si se les salvara de tales inconvenientes. rodeadas de hechos súbitos y de encuentros fortuitos en las vueltas de los caminos o celadas en todas partes. La tremenda máquina. a propósito. como veremos en breve. no las guardaban de los asaltos. un obstáculo para cualquier maniobra rápida. a media ración. Y el jefe de la expedición. un genio que para la ocasión no valía como los ardides de un capitán del monte. para pasar indemne por medio de los xique-xiques. guerras de trampas. Copió instrucciones sin valor. La ropa de los vaqueros enseñaba. Quiso dibujar lo imprevisto. muestra la preocupación del orden mixto.

se levanta de golpe y su flexible coraza no tiene una sola arruga. . atenúa el frío en el invierno. el luchador tiene sus ropas intactas y puede descansar sobre un montón de espinas.y convenientemente adiestrados. Se encargaba de una ardua tarea: adecuar la marcha a los rastros sertanejos. a pesar de su rudo material es capaz de entallar elegantemente y robustece. La había recorrido casi solo. Lo abrió. y debía rectificarlos. algunos cañones de tiro rápido y el aterrador 32. Atenúa el calor en el verano. Con corrección y fragilidad. la comi­ sión de ingenieros. pudiesen transitar la artillería pesada. se encuentra con pastos en llamas y puede cruzarlos sin hesitar. nuestros admirables patricios del sertón atestiguan que esa bizarra vestidura. a lo largo de quince leguas. con esfuerzo y tenacidad. cortados por barrancos y torcidos por los morros. hijos del Norte. Nadie hasta entonces había entendido con igual lucidez la naturaleza de la campaña o estaba mejor preparado para ella. Marcha bajo una lluvia violenta y no tirita. de modo que por tales caminos. que por sí solo requería un camino consolidado y firme. Después de un largo combate. el día 14. Es buena para las intem­ peries. las baterías Krupp. amor­ tigua las repentinas variaciones de la temperatura. en cuyos cuerpos los bárbaros uniformes no se ajustarían por primera vez. LA COMISION DE INGENIEROS Para este notable trabajo hubo un jefe: el teniente coronel Siqueira de Meneses. en todos los bata­ llones. Ese camino fue hecho. Una firme educación teórica y un espíritu observador. Y esto no sería una originalidad. sobre todo considerando que allí había. normaliza la economía fisiológica y produce atletas. La expedición debía marchar correctamente. acompañado por uno o dos ayudantes. En primer lugar. Se temía contagiar la piel dura del jagungo a la epidermis del soldado. se le aparece un arroyo correntoso y lo cruza metido en su ropa impermeable. e infatigable. alejado de todo temor. partió la comisión de ingenieros protegida por una brigada. lo convirtieron en el guía exclusivo de aquellos miles de hombres al tanteo en una región desconocida y bárbara. Porque no se gasta ni se rompe. Se armoniza con la guerra. en todos los sentidos. Pero esto sería una innovación rara. Cuando suena la alarma. alargarlos o nivelarlos. Más extravagante resultan las cha­ quetas europeas de listas vivas y botones brillantes entre las ramas de la caatinga marchita 2 8 5 . acabarían por copiar las evoluciones de los jagungos. ese campeador que se había formado fuera de la vida de los cuarteles. desarrollándolo hasta lo alto de la Favela. Además. La conocía entera.

El comandante en jefe había apreciado su valor. ineptos para un medio galope corto. subía por los cerros abruptos. luchando. estu­ diando. hechos diez kilómetros. Y el expedicionario sin miedo lo hacía. de fiso­ nomía nazarena. las brigadas. Esa naturaleza original lo atraía. En este presu­ puesto. Quedaba el del Calumbi. física y moralmente bru­ ñido por la cultura moderna. Y le dio un trazado que sorprendió a los mismos sertanejos. Les llamaba la atención aquel hombre frágil. se perdía en el desierto repleto de emboscadas. convirtiéndose en un pensador contem­ plativo. observando. ese jagungo rubio. era la mejor garantía de una marcha se­ gura. Se largaba por las amplias pla­ nicies. en­ contró dificultades en los primeros pasos. Su flora tan extraña. les desafiaba la astucia y no sentía temor de las emboscadas y no se equivocaba en la lectura de su brújula portátil entre los estampidos de las carabinas. al Río Pequeño. habían sido utilizados por las expediciones anteriores. más corto y en muchos puntos menos impracticable. distanciadas. Los vaqueros amigos de las cercanías lo conocían y lo conocieron por fin los jagungos. se hundía en los pantanos. en reconocimientos peligrosos y resurgía en el Caipá. sin las trincheras soberbias del primero y sin las vastas planicies estériles del último. dos. y muchas veces. Entre los caminos que llegan a Canudos. su estructura geognóstica aún no estudiada. lo saca­ ban de las preocupaciones de la guerra para llevarlo a la región serena de la ciencia. LA MARCHA PARA CANUDOS Por allí avanzaban.sorprendía a los combatientes más rudos. los sertanejos lo fortificaron de tal manera que la marcha de la expedición por allí hubiera acarreado un desastre completo. mucho antes de llegar a la aldea. los vedeaba. el del Cambaio y el de Magacará. en Calumbi o en el Cambaio. Una roca. Proveniente de una familia sertaneja del Norte y teniendo hasta familiares próximos entre los fanáticos de Canudos. el cáliz de una flor o un accidente del suelo. su topografía atormentada. El teniente coronel Meneses era el ojo de la expedición. en todas partes. El plan esbozado por la comisión de ingenieros lo evitó. que andando por todas partes con una carabina en bandolera y un podómetro agarrado a la bota. el obstruyente 32 . haciendo un camino más hacia el este. La de artillería que levantó el campamento de Monte Santo el 17. más preocu­ pado por sus notas y sus croquis que por su vida. se le antojaban escritas en una página de la tierra que todavía nadie había leído. de aspecto débil. Mientras los cañones más lige­ ros llegaban. Esos atributos hacían pensar que sería escogido. Cabalgaba animales arruinados. bordeando los contrafuertes de Aracati.

en el que surgían inconvenientes a cada paso. totalmente nuevo. no era un batallón de línea ni era un batallón de policía. en la emergen­ . debajo del relampagueo de la fusilería. constituían un batallón de jagungos. Recién formado con sertanejos enrolados en las regiones ribereñas del Sao Fran­ cisco. de los primeros mestizos. aparecían con un aspecto original. más tarde.933 soldados. en contraste permanente entre la marcha ligera de la vanguar­ dia y el lento andar de la artillería. el único entre todos que se amoldara a las condiciones de la campaña. con un efectivo de 1. Toda la expedición en camino. Ese mismo día había salido de Monte Santo el comandante general y el grueso de la columna constituido por las brigadas 1^ y 3^. A despecho de la formación establecida. con la misma marcha fatigosa y de­ morada. imprimían el rasgo original de la vieja bravura. Por el camino tiraban penosamente las veinte yuntas de bueyes que lo arrastraban. distante ocho kilómetros de la estación anterior. en los días angustiosos del asedio a Canudos cantarían al son de las guitarritas. por las curvas del camino o por los desniveles repentinos que detenían a la pesada máquina. permitiendo que se reor­ ganizara la brigada de artillería que. salvaje y heroica. y formado por 432 plazas. habiendo partido los últimos de Monte Santo. fuera de la intrusión de otros elementos y de golpe. guiados por conductores inexpertos. con una ingenuidad sorprendente. el 59 cuerpo de la policía bahiana. guardado intacto. avanzó hasta el Aracati. unos tres mil combatientes. cuando debían estar en el centro. coronel Campelo Franca. bajo el mando directo del diputado del Cuartel Maestre General. caballeresca y despiadada. juntamente con la 2 ^ de infantería. joviales y aficionados a las bravatas que. Más alejado todavía. Solamente el 19 a la tarde. seguían al cabo completamente aislados.había quedado distanciado una legua. unos y otros poco afectos a esa clase de transportes. en seguida se verificó la imposibilidad de una concentración inmediata. en el aislamiento de las planicies. vencedores de bandeiras. iba el gran convoy general de municiones. teniendo a la vanguardia al 2 59 batallón del teniente coronel Dantas Barreto. Los veremos más adelante. llegó el cañón retrasado al Caldeirao Grande. cuarenta y seis kilómetros más allá de Monte Santo. Entre las fuerzas regulares de uno y otro matiz. modinhas festivas. proseguirían a la mañana siguiente hacia Gitirana. a veces demasiado dis­ tanciadas. Tenían el temperamento pri­ mitivo de una raza. tres días ocupados en hacer tres leguas. a un tiempo novelesca y brutal. siempre con la misma formación: las grandes divisiones avanzando aisla­ das o concentrándose y dispersándose en seguida. rezagados de la expedición. Esos cáboclos rudos y bravos. Y lo mismo le sucedía a los demás batallones. una lealtad llevada hasta el sacrificio y un heroísmo extendido hasta la barbarie. El 59 cuerpo y el convoy. mezcla interesante de atributos contrarios a la lógica. a la cola de la tropa.

Se exceptuaba el convoy retrasado en algún lugar del camino. el 9 9 batallón de la 3^. a las seis. donde ya se encontraban la comisión de ingenieros y el general Artur Oscar que hasta allí había llegado. De manera que si los jagungos dieran. protegido por la brigada Medeiros. Des­ pués de la artillería. se ve que la tropa estaba desparramada por una longitud de casi cuatro leguas.cia de la batalla. ya de esa parada había salido a la retagurdia de la artillería. violando completamente las instrucciones establecidas. éstas quedaban divididas. ofreciendo con­ diciones desventajosas en la emergencia de un asalto. En la misma ocasión. Lo muestra la ruta pormenorizada de la marcha. algún golpe de mano audaz contra el convoy general.800 metros de distancia. en la noche de ese día. En el amanecer del día 2 2 . a poco más de una legua de Monte Santo y llegaba. el 259 de la 2^. Si consideramos que el convoy general dirigido por el coronel Campelo Franca y protegido por el 59 de policía había quedado a la reta­ guardia. Mientras el grueso de la columna levantaba campamento del Río Pequeño al alborear del 2 1 . el ala de caballería del mayor Carlos de Alencar y la artillería. después de caminar dos leguas. en lugares escogidos. llevando el dispositivo fijado: al frente el 149 y el 39 batallones. aquí estaba inmovilizada la artillería aguardando que la comisión de ingenieros terminase la apertura de picas y trabajos de zapa. el cañón 32. 79. Pero la artillería. realizaron penosos trabajos de repa­ raciones. Las brigadas se reunieron por fin. levantaba campa­ mento hacia Gitirana. la brigada Gouveia tocaba Gitirana a la noche. llegó el resto de la columna compuesto por los 59. Pero. seguido de un piquete de veinte plazas de caballería y el 9 9 de infantería. a 12. 159 169 y 279 cuerpos de infantería. haciendo la vanguardia los bata­ llones del coronel Gouveia. hacia Aracati. en Juá. sólo se movió al mediodía. Adscrito al trabajo de los zapadores. cuando el general Barbosa que había permanecido el resto del día anterior en Caldeiráo. De ese punto salieron los dos generales en la mañana del 23. el tren de la arti­ llería quedaba muy separado del resto de la columna. a las nueve de la mañana al Caldeiráo Grande. mientras el comandante general andaba rápidamente y en ese día llegaba con la vanguardia a Juá. y como el grueso de las fuerzas aún venía por el camino del Caldeiráo. como una obstruc­ ción entre la vanguardia y el convoy general. más aventajada. las que debieron haber sido establecidas de antemano como un requisito táctico indispensable. protegida por los del coro­ nel Medeiros. de ahí partía el comandante general con la primera brigada.600 metros más allá de Gitirana. porque no estaban dispuestas para distancias tan grandes entre sí. el 9 9 y el 259. más de una vez. apoyados por la brigada Flores. después que los ingenieros. 7. . después otros dos cuerpos. en el centro la caballería y la artillería. el auxilio de la columna quedaría trabado por el obs­ táculo de las baterías que cubrían el camino estrecho. sin equipo.

el piquete del comando general. un cabo.Nos detenemos en los menores incidentes de esta marcha para mostrar las excepcionales condiciones en que se realizó. Y fue a acampar a la medianoche en la Lagoa da Laje. aunque era más largo. Otras la sucederían. pasando por el sitio de los Pereiras. se enfrentó con el adversario más próximo. cuando el teniente coronel Siqueira de Meneses reconoció la imposibilidad de adecuar el camino con la rapidez necesaria. Era la primera hazaña. Más a la retaguardia todavía estaba el 32. Ese día. los zapadores hicieron un desvío a la izquierda. los sertanejos huyeron sin replicar. a una distancia de 13. donde ya estaba desde hacía mucho la columna. Se hizo necesario. El encuentro fue rápido. además de los accidentes del terreno para la subida y bajada de los vehículos” 286. junto con la 3^ brigada al borde de un arroyo. los pesados bloques de piedra a removerse. La artillería sólo avan­ zó al caer la tarde. INCIDENTES En lugar de seguir rumbo a la derecha. sorprendió a algunos rebel­ des que sacaban el tejado de una casa allí existente2S7. "Tales eran el gran movimiento de tierras a hacerse. Lo mataron. golpeándolo con la culata. sobrevino un incidente que muestra cuánto cono­ cían el terreno por el que avanzaban. El día 24 la marcha se hizo más pesada. Después se recostó a la pared de la casucha e hizo frente a los soldados agitando el arma sobre sus cabezas. . lo cerrado de la caatinga. en Lagoa da Laje. Se entraba en zona peligrosa. espinal. buscando la estancia del "Sitio” de un sertanejo aliado. totalmente entregado a nuestra causa. se encaminó hacia Jueté. y otra vez se dividió. además de los trabajos de zapa. Aban­ donando todo el trabajo hecho. Acon­ sejado por éste. lo desmontó y le arrancó la carabina de las manos. ya unida. por demás exigua para tanta gente. Lo vencieron. a la tarde se inició un nuevo camino que. el de los Pereiras. Los caminos empeoraban. a dos kilómetros de Aracati. guiado por un alférez. se buscó el campo de Vila-Nova. Reaccio­ nó a pesar de estar herido. * Ju-eté: espino grande. Sólo uno quedó.800 metros. Ya iban lejos. tenía mejores condiciones de viabilidad. Tomás Vila-Nova. después de unas horas de camino. por extensión. Tomados de sorpresa. que por lo cerrado de la noche no se pudo pasar. Después de la partida de Juá y llegados a la vieja estancia del "Pogo” totalmente en ruinas. La columna que levantó cam­ pamento de Aracati al mediodía porque tuvo que esperar la llegada de los retrasados de la víspera. Estaba sobre el tejado y al bajar se vio rodeado. abrir más de una legua de pica a través de una caatinga feroz que en ese lugar justifica bien el significado de la denominación indígena del lugar *.

favela. parecido a una planta cultivada en los jardines. con un grupo de chinos en el empeño de llevarlo a Canudos.El jefe de ese trabajo memorable relata * : "Al xique-xique. cabega de frade. A pocos centímetros del suelo. . como un gran pólipo de millones de antenas. "Así se concluyó con alegría general entre las ocho y las nueve de la noche el último trecho en el que el cumana desapareció dando paso a una vegetación más benigna al salir de Queimadas. Allí también acampó la brigada de artillería. representada en esta ocasión por el jefe. de tanto en tanto. En ese laberinto de nueva especie. en otros trabajos. no pudiendo vencer los obstáculos derrumbados por la noche. culumbi. Domingos Leite. el 169 y el 259 batallones de * Teniente coronel Siqueira de Meneses. tomó la decisión de encender. ya noche oscura. los dos últimos de la policía. quedó dentro de la pica hasta el día siguiente y con él. caroás. El esfuerzo desplegado por los distinguidos y patriotas republicanos. a su luz. especie de cipo de aspecto arborescente. El cañón 32. de lo que ya habla­ mos. alférez Ponciano. que cubren muchas veces una considerable superficie del suelo. pues el capitán Coriolano y el teniente Domingos Ribeiro se encontraban más atrás. no impidió que la noche los sorprendiera antes de llegar a esa especie de claro. deno­ minado por el pueblo lugareño Queimadas. difícilmente las cortaba a los primeros golpes. mandacarus. artículos publicados en El País. que causaba a todos contrariedad. más de seis kilómetros de camino teniendo sobre sus talones a la artillería que atropellaba impaciente. empeñados en esta pesada labor. el tercero auxiliar y el cuarto comandante del con­ tingente de ingenieros. tenientes Nascimento y Crisanto. La hoz más afilada de nues­ tros soldados del contingente de ingenieros y de la policía. se unió el muy conocido y temido cumana. el tronco se divide en muchos gajos que se multiplican en una profusión admirable. Extiende sus franjas de hojas cilindricas con ocho canaletas e igual número de filos cortantes y poco salientes. el Dr. el cansancio y el sueño se apoderasen de nuestros resistentes y trabajadores soldados. grandes hogueras para se­ guir los trabajos en pro de la buena causa de la Patria. cola de zorro. enmarañándose en una trama impenetrable. cansangao. en pocas horas. la comisión de ingenieros tuvo que abrir. palmatoria. cuyas hojas son cilindricas. Virgilio y Melquíades. pues ofrecían una resistencia inespe­ rada al empeño que teníamos por ir adelante. la citada comisión. formando una gran copa que se mantiene en el espacio por sus propios esfuerzos o favorecido por algunas plantas que vegetan por allí. Antes que el desánimo. donde esta vegetación trai­ cionera desaparece como temerosa. que trabajaba desde el Río Pequeño. bajo lluvias torrenciales que se prolongaron hasta el día siguiente. malestar y fastidio. quixaba y la respetabilísima macarnbira. "Poco después de las 9 horas estaba la comisión reunida y acampada en el claro. bajo el pseudónimo de Hoche.

infantería. altiva de su gran fuerza. de la honra y de la gloria”. el resto de la división. Levantaron campamento el 26. Lo dirigía Pajeú. El comandante en jefe envió entonces un emisario al general Savaget. en el camino adelante. más adelante. Era algún piquete que espiaba a la tropa. Cayó en un ataque vivo y fugaz sobre la van­ guardia que ese día estaba constituida por el 9 9 de infantería. Pasó como en relieve. acompa­ ñándola velozmente por dentro de las caatingas. viendo a la artillería con sus metales pulidos. Pero de hecho. La tropa acampó sin otras novedades en ese sitio. Cambiadas algunas balas. para mostrarle el camino del deber. el espectáculo que nos impresionó vivamente. el general Oscar con el estado mayor y el piquete de caballería. acompañado por unos pocos tiradores. hasta espléndido. como por el genio de la libertad. En seguida reapareció. desaparecie­ ron. Sorprendió a la tropa con un tiroteo rápido. después de una corta parada en las Baixas. reiterándole el compromiso de encontrarse el 27 en las cercanías de Canudos. como lo denunciaron los sucesos pos­ teriores. Quedó prisionero y herido un curiboca de 12 o 14 años. No fue posible distinguirlo bien. y más tarde. . donde pernoctó. enderezaba hacia la estancia del "Rosario” a 4. como reina del mundo. traía un objetivo mayor: renovar el delirio de las cargas y un paso redoblado enloquecido que tanto había perjudicado a la expedición anterior. Fue magnífico. 18 kilómetros más lejos. UN GUIA TEMEROSO: PAJEU El enemigo apareció otra vez. quedando a cargo de la guardia del 32 el 279 que durmió en la pica. Desapareció. salvo la 3^ bri­ gada que se aventajó hasta las Baixas. encendidas en el desierto. Mientras tanto llegaba a Jueté. Los combatientes se reunieron seis kilómetros adelante. siendo necesario todavía hacer una rampa sobre las riberas del río Rosario para que lo cruzara la artillería. con las brigadas P y 3^. El famoso bandido hizo un reconocimiento. Al paso que el general Bar­ bosa. Pero veloz y fugitivo. Ahí llegó a la madrugada el comandante general. atravesar imponente. de flanco.700 metros más adelante. por entre las fantásticas claridades de las grandes hogueras. que no reveló nada en el interrogatorio a que lo sometieron. marchando hacia el "Rancho do Vigário”.

Las cornetas no sonaban más. sucesivamente. establecido para el encuentro de las dos columnas sobre los escombros de la aldea atacada. con sus soldados arqueados bajo los grandes fardos. For­ mados temprano. Las brigadas siguieron: al frente la del coronel Gouveia con dos bocas de fuego. como veremos. Seguían cautelosos su ruta. el 27. en las condiciones más impropias para librar el más ligero encuentro. en tales condiciones. cayó sobre los expedicionarios que. andaba por el camino de Jueté. apenas auxiliados por los pocas muías que todavía soportaban las cargas. perdido en la retaguardia. La columna se dividió aún más. inútilmente. derivaron después en la bajada por la garganta que la separa del "Rancho do Vigário”. nadie pensó en los compañeros retrasados. tratando de abatir. ladeado de dos pelotones de flanqueadores. la conformación del terreno que desde allí en adelante se accidenta. Los ayudaba. de flancos duros y vegetación rala. En plena zona peli­ grosa. y con la noche una lluvia torrencial con vientos muy fuertes. tenían dispuesta otra posición. allá a lo lejos. Tal vez esclarecidos por el reconocimiento hecho. Al día siguiente. Es que. Sobre dos puentecitos atravesaron el riacho del Angico. venía por los primeros tramos de la vertiente y aquél ascendía lentamente. No lo hicieron.Estaban a unos 80 kilómetros de Monte Santo. podrían ser fácilmente desbaratados por las guerrillas enemigas. que antecede a la batalla. La noche transcurrió pacífica. Las brigadas se olvidaron totalmente del convoy desguarnecido. viejas conocedoras del terreno. Y en la alegría surcada de impaciencia. Rompía la marcha el 259 batallón. al atardecer llegaba al rancho. los jagungos se dispusieron a refriegas más serias. El intercambio de balas de la víspera presuponía combates even­ tuales. hasta las Baixas donde aparecen los despeñaderos de la sierra del Rosario. se eriza en picos escarpados. y después. del otro lado. como siempre. La noche. a golpes de facón el ramaje. Y se extendieron por el camino en una línea de diez kilómetros. Mientras la vanguardia. la artillería ligera que con los ingenieros había aban­ donado al pesado 32. de aprensiones y vibrante entusiasmo. los batallones marcharon hasta el pie de la serranía. al centro la del coronel Olimpio da Silveira y la caba­ llería. a medida que los trabajos de zapa le abrían camino en las laderas. . Habían aflojado a los animales de tiro y toda la carga de 53 carretas y 7 grandes carros pasó subdividida a las espaldas fuertes de los sertanejos del 59 batallón de la policía. La subieron. todos se pusieron en movimiento para la última jornada. También dejaron en paz al convoy que. las de los coroneles Thompson Flores y Medeiros. Las tropas iban a escalar por el sur la fortaleza que circunscribe Canudos.

Los jagungos los asaltaron, de sorpresa, antes de la llegada, al mediodía, en el Angico. El ataque, aunque no merecía el nombre de combate que después le dieron, fue serio. Pajeú congregaba a los piquetes que se sucedían desde ese punto hasta Canudos y se echó de costado sobre la fuerza. Esta, sobre una rampa sin refugios, quedó como blanco de los tiros por elevación de los sertanejos que apenas se distinguían en la orla del matorral, abajo; pero replicó con firmeza, perdiendo sólo dos soldados, uno muerto y el otro herido, y continuó el avance en orden, a paso ordi­ nario, hasta el sitio memorable de Pitombas, donde ocurrió el primer encuentro de Moreira César con los fanáticos.

El lugar era lúgubre. Por todas partes aparecían recuerdos crueles: peda­ zos ya incoloros de uniformes, oscilando en la punta de las ramas secas; pedazos de mantas y harapos de capotes desparramados por el suelo en un revoltijo con fragmentos de osamentas. A la margen izquierda del camino, erguido en un tronco — como una percha de la que colgase un viejo uniforme— el esqueleto del coronel Tamarinho, decapitado, los brazos colgados, las manos de hueso calzando guantes negros. . . A sus pies estaban el cráneo y las botas. Y yendo desde el borde del camino hacia la profundidad de las caatingas, otros camaradas de infortunio: esqueletos vestidos con uniformes rotos y polvorientos, tirados por el suelo, de supino, alineados en forma­ ción trágica, o simplemente arrimados a los arbustos que oscilando según el viento, les daban singulares movimientos de espectros. Toda una de­ moníaca escenografía pensada adrede por los jagungos. No les habían quitado nada, salvo las armas y las municiones. Un plaza del 259 encontró en el género que envolvía la tibia descarnada de uno, un montón de bi­ lletes que sumaban cuatro contos de réis. El adversario lo había desdeñado como otras cosas de valor para ellos degradadas. Los soldados, asombrados, apenas observaron ese escenario porque el enemigo continuaba siguiéndolos de costado. Repelido en el encuentro anterior, después que lo rodeara una compañía del 2 59 dirigida por el capitán Trogílio de Oliveira, retrocedía atacando. El 259 y después el 279 del mayor Henrique Severiano da Silva, si­ guieron repeliéndolo hasta el Angico. La batalla parecía inminente. En varios puntos, partiendo de los flan­ cos y del frente, estallaban tiros. El comandante general tomó las dispo­ siciones más convenientes para repeler al adversario que parecía iba a aparecer, rodeándolos. Un piquete de caballería dirigido por el alférez

Marques da Rocha, de su estado mayor, enviado a reconocer la caatinga a la izquierda, lo hizo inútilmente. Continuaron avanzando. Dos horas después, al trasponer el general una colina, el ataque re­ crudeció de pronto. Se hicieron algunos disparos de Krupp. Un sargento de caballería y algunos plazas se metieron temerariamente en la caatinga. Hicieron una batida. Continuó la marcha. Al frente, el 2 59 formando la vanguardia con una compañía de exploradores y sucesivamente, el 279 y el 169, replicando los tiros escasos y acelerando la embestida. La noche se acercaba. La vanguardia avanzó por las últimas laderas del camino, en las Umburanas. Las subió, sin aliento y sin vacilar. Más de una vez tuvo que replicar serios ataques hechos por el flanco. Y llegó a la montaña. El último paso del ascenso le pareció un plano levemente inclinado, entre dos ondulaciones, cerrado adelante por algunos cerros desnudos. Eran los altos de la Favela.

EL ALTO DE LA FAVELA En ese punto este legendario morro es un valle. Cuando se lo sube se tiene la impresión imprevista de llegar a una bajada. Parece que se desciende. Toda la fatiga de la difícil subida se vuelve un penoso desasosiego para el viajero. La vista queda cerrada por todo tipo de accidentes. En lugar de una línea de cumbres, muestra un thalweg, un surco extenso, cerrado a los trescientos metros por la barrera de un cerro. Llegando a éste, a los lados, se ven corroyéndolo, hondos surcos por donde drena la montaña. Por uno de ellos, el de la derecha, se observa un paso estrecho de rampas altas, casi verticales, como restos de antiguos túneles y el camino del Rosario bajando en fuertes desniveles. A la iz­ quierda, otra depresión que termina en la cuesta suave de un morro, el del Mário, se dilata de norte a sur cerrándose en ese primer tramo ante otro cerro que oculta el poblado y cae de golpe en una garganta pro­ funda hasta el lecho del Umburanas. Adelante, en nivel inferior, la Fazenda Velha. El pequeño cerro de los Pelados viene en seguida, en declive, hasta el Vaza-Barris, allá abajo. Y hacia todos los rumbos, hacia el este, buscando el valle del Macambira, más acá de las cumbres del Cocorobó y el camino de Jeremoabo que lo atraviesa; hacia el norte deri­ vando por la vasta planicie ondulada; hacia el oeste buscando los lechos de los pequeños ríos, el Umburanas y el Mucuim cerca de la entrada del Cambaio; y hacia todos los lados, el terreno se presenta con el aspecto que le dan las cumbres sobresaliendo en una confusión de picos y despe­ ñaderos. Se tiene la imagen de una montaña que se desmorona, arruinada por las tormentas, abriéndose en gargantas que las lluvias torrenciales

profundizan año a año, sin el abrigo de la vegetación que amengüe la ferocidad de los veranos y las erosiones de los torrentes. Porque el morro de la Favela como los otros de esa zona del sertón, no tiene el revestimiento bárbaro de la caatinga. Es desnudo y áspero. Pocos arbustos, esmirriados y sin hojas, raros cereos o bromelias espar­ cidas despuntan sobre el suelo duro, entre las junturas de los bloques yuxtapuestos en planos estratigráficos, exponiendo sin el disfraz de la más leve capa superficial, la estructura interior del suelo. Los que ascienden por el sur no ven en seguida la aldea que está al norte. Tienen que bajar en suave declive la ancha plegadura en que se arquea la montaña, como una trampa entre lomas paralelas. Por allí enderezó al anochecer la cabeza de la columna y una batería de Krupp, seguidas por el resto de la 2 $ brigada y de la 3^, quedando la P y el grueso de la tropa retrasados a retaguardia. Pero dieron pocos pasos, porque el tiroteo, hasta entonces espaciado, progresó en continuo aumento, a medida que realizaban la subida, convirtiéndose al cabo en una fusilería furiosa. Y se desencadenó una refriega original y cruenta. El enemigo no se veía, metido en socavones, en sus trincheras-refugio que minaban las laderas laterales y tapado por las primeras sombras de la noche que caía. Las dos compañías del batallón 2 59 soportaron valientemente el choque. Mientras disparaban al azar sus armas, las dos brigadas se abrieron para dar paso a la batería. Esta, llevada al frente, arrastrada más a mano que por las muías cansadas y asustadas, pasó ruidosamente. Subió a la cumbre más cercana y se alineó en batalla allá arriba. Elevaron la bandera na­ cional y una salva de veintiún tiros de granadas atronó sobre Canudos. El general Artur Oscar, a caballo junto a los cañones, observó por primera vez, abajo, iluminada por la claridad de una luna deslumbrante, la misteriosa ciudad sertaneja y tuvo el más fugaz de los triunfos en la cumbre golpeada por los tiros donde se expuso temerariamente. Porque la situación era desesperada. Su tropa, batida por todos los flan­ cos, envuelta por el enemigo a caballo, estaba apretada en una estrecha franja que le impedía maniobrar. Si estuviese toda junta cabía una solución, seguir por la peligrosa travesía hasta juntarse con el general Savaget que, después de una marcha entrecortada por combates, había hecho alto a tres kilómetros más ade­ lante. Pero no había llegado la P brigada que se había quedado prote­ giendo a la batería de tiro rápido y al 329 y más lento todavía, el convoy parado en Angico, a dos leguas de distancia. Aquel plan de campaña daba el único resultado que podía dar. La expedición homogénea que por su dispositivo inicial no podía fraccionar­ se, porque tenía una sola dirección y un solo convoy, se encontraba divi­ dida precisamente al llegar al objetivo de lucha. De modo que la arreme­

tida coronada con una salva de balas sobre Canudos era la más impru­ dente de las victorias. El jefe expedicionario la definió después como un combate de brillante éxito, merced al cual el enemigo había huido aban­ donándole la posición tomada. Mientras todos los sucesos posteriores revelaron el ansia de la tropa por abandonarla y el empeño persistente de los jagungos por impedirles la salida. Aquello era una trampa singular. Quien recorriera más tarde las cues­ tas de la Favela lo puede testimoniar. Estaban minadas. A cada paso una cueva circular y rasa, protegida por piedras, señalaba una trinchera. Eran innúmeras y como todas miraban hacia el camino y hacían fuego casi a ras del suelo, adrede estaban dispuestas para un cruzamiento sobre aquél. Así se explican los ataques ligeros e insistentes hechos durante el ca­ mino a partir de Angico, el inofensivo tiroteo en el que los sertanejos, saltando y corriendo, daban evidencia de querer atraer a la expedición hacia ese rumbo, impidiéndole la elección de cualquier atajo de los tantos que llevaban a la aldea. Su ardid había triunfado. Los expedicionarios, bajo el estímulo de la persecución del enemigo disperso sobre el frente y en fuga, habían to­ mado, sin una exploración preparatoria, por un lugar desconocido, si­ guiendo, sin saberlo, a un guía terrible: Pajeú. Y con su aire de triunfadores cayeron en la trampa. En respuesta al bombardeo de un extremo al otro, de arriba abajo, por las laderas, estalló un relampagueo de descargas terribles y fulminantes saliendo de cen­ tenares de trincheras, explotando debajo del suelo como fogatas.

Era un fusilamiento en masa. . . Los batallones sorprendidos se volvieron una multitud atónita, in­ quieta, asombrada, centenares de hombres desorientados, tropezando con sus compañeros que caían, atontados por los estampidos, deslumbrados por las claridades de los tiros, sin poder arriesgar un paso en la región ignota sobre la que había caído la noche. La réplica haciendo blanco en las laderas era inútil. Los jagungos tiraban sin riesgos, en cuclillas o echados en el fondo de los fosos, a cuyos bordes sostenían los caños de las espingardas. Excluyendo la posi­ bilidad de desalojarlos con cargas de bayoneta, lanzándose desesperada­ mente por los morros o de seguir, aventurándose a asaltos peores y aban­ donando a la retaguardia, sólo les quedaba a los combatientes el aguantarse a pie firme en la peligrosa posición, aguardando el amanecer. Esta única posibilidad fue favorecida por el adversario. El ataque se atemperó después de una hora y finalmente cesó. Las brigadas acam­ paron en formación de batalla. La 2 ^ se situó en líneas avanzadas, del

centro hacia la derecha, teniendo a la retaguardia a la P ; la artillería se situó cerca, teniendo a la derecha a la batería de tiro rápido, en el centro el Withworth 32 que se confiaba al 39 del teniente coronel Tupi Caldas. El general que comandaba este batallón cuando era coronel lo colocó personalmente en ese puesto peligroso: "A la honra del 3O9 entrego la artillería y quedo tranquilo”. El resto del 59 regimiento del mayor Barbelo se colocó más a la iz­ quierda, próximo al ala de caballería del mayor Carlos Alencar. Cerca de la depresión, junto al alto del Mário, punto flaco de la posición, a la que posteriores sucesos darían el nombre de "Valle de la muerte” se adensaron los batallones del coronel Flores. En una zanja menos alcanzada por el fuego se improvisó un hospital. Hacia allá se arrastraron los 55 heridos que con 20 muertos por allí desparramados, porque no había con qué recogerlos, hacían ascender a 75 las bajas del día en poco más de una hora de combate. Alrededor se extendió un cordón de centinelas y la tropa, comandan­ tes y plazas echados por el suelo en la más niveladora promiscuidad, reposaron en paz. La inopinada quietud del enemigo les dio la ilusión de la victoria. La saludaron anticipadamente las bandas de música de la 3^ brigada ago­ tando hasta deshoras su repertorio de marchas y una luna admirable se levantó sobre los batallones adormecidos. Pero era una tranquilidad engañadora. Los sertanejos habían conse­ guido lo que querían. Habiendo arrastrado hasta allí a la expedición que­ daba totalmente desprotegido en la retaguardia, el convoy de municiones y provisiones. Al día siguiente asaltarían simultáneamente por dos puntos, en la Favela y en el Angico y cuando, victoriosas en el primer lugar, las fuerzas arremetieran contra la aldea, iban a encontrarse sin armas.

Sin embargo, esta circunstancia no pesó en el ánimo de los que se habían acercado tan precipitadamente al centro de operaciones. Al clarear la mañana del 28, reunidos en la posición dominante de la artillería, los oficiales y plazas contemplaron por fin, la "caverna de los bandidos” según el decir pintoresco de las órdenes del día del comandante en jefe. Canudos había crecido aunque su amplitud apenas había aumentado: el mismo caserío colorado de techos de arcilla, extendiéndose cada vez más en desparramo por las colinas, alrededor del núcleo compacto abra­ zado por el río. Circundada al sudoeste y al noroeste por él, abrazada al norte y al este por las líneas onduladas de los cerros, emergía lentamente en la claridad de esa hora de la mañana con el aspecto de una ciudadela

de difícil dominio. Se advertía que un cuerpo de ejército, al caer en ese dédalo de zanjas que la envuelven entera, marcharía como entre estrechas galerías de una plaza de armas colosal. No presentaba un punto de acceso viable. El camino de Jeremoabo que entraba doscientos metros antes, por el lecho seco del Vaza-Barris, se metía entre dos trincheras que le orlaban una y otra margen, disimuladas de setos de gravatás bravios. El camino "sagrado” de Magacará — por donde salía el Conselheiro en sus peregrina­ ciones hacia el sur— cayendo por los morros entre los cuales se encaja el Umburanas, era igualmente impracticable. Los caminos del Uauá y de la Várzea da Erna, al norte, estaban libres, pero exigían una marcha peligrosa y extensa antes de alcanzarlos. La iglesia nueva, casi lista, levantaba sus dos altas torres encumbrando el caserío humilde y completaba la defensa. Daba hacia todos los caminos, enfrentaba los altos de todos los morros, miraba hacia el fondo de todos los valles. La espingarda del tirador colocado en sus cimas no ofrecía un solo ángulo muerto y sólo le faltaban cañoneras o recortes de almenas. El terreno que delante de la Favela, al norte, deriva hasta el río, se abre hacia la izquierda como vimos, en una ancha depresión que da en­ trada al morro del Mário y a la línea de cumbres en declive que se dirige hacia la Fazenda Velha. Allí estaba la 3?- brigada desde temprano, formada en columnas. Más a la derecha, dominante, la artillería. Sucesivamente, la 2 ^ y la 1^ brigadas. La tropa amaneció en formación de batalla. Atendiendo las ventajas tácticas de la posición, ésta debía empezar y en gran parte sus­ tentarse, con la artillería, cuyos efectos, atacando la aldea distante mil doscientos metros, la mostraba capaz de alcanzar en poco tiempo la victoria. Las esperanzas se concentraron, en el primer momento, en las baterías del coronel Olimpio da Silveira. Eran tan grandes que poco antes de hacerse el primer disparo, a las seis de la mañana, numerosos combatientes de otras armas, aglomerados alrededor de los cañones, representaban el papel neutral de espectadores que ansian contemplar un cuadro terrible: Canudos ardiendo bajo la túnica molesta del cañoneo, ¡una población fulminada dentro de cinco mil casuchas en ruinas! Era otra ilusión que sería duramente deshecha. El primer tiro salió disparado por el Krupp de la extrema derecha. Y determinó un arrebatador lance teatral. Los jagungos habían dormido al lado de la tropa, en todas esas laderas cubiertas de trincheras y sin aparecer, la rodearon de descargas. Más tarde, relatando el hecho, el jefe expedicionario se confesó im­ potente para describir la inmensa "lluvia de balas que caían sobre los morros y subían de las planicies con un silbido horrible” que los aturdía.

A su vez, el comandante de la P columna, afirmó en la orden del día, que durante cinco años, en la guerra del Paraguay, jamás había pre­ senciado una cosa semejante. Realmente, los sertanejos demostraban una firmeza de tiro sorpren­ dente. Las descargas, nutridas, violentas, deflagraban por los cerros como si los encendiese un fulminante único y después de topar contra la tropa desprotegida, golpeaban sobre la artillería. La diezmaron. Cayeron la mi­ tad de los oficiales y decenas de soldados. Sobre el cerro, barrido en mi­ nutos, permaneció firme la guarnición y en medio de ella, cruzándose por las baterías, impasible como si estuviese dando instrucciones en un polígono de tiro, un viejo de valentía serena, un héroe tranquilo, el coronel Olimpio da Silveira. Fue la salvación. En tal emergencia el aban­ dono de los cañones hubiera sido el desbande. . . La alarma vibraba en todos los cuerpos. Instintivamente, sin dirección fija y sin orden de comando, tres mil espingardas dispararon a un tiempo haciendo blanco en los morros. Estos hechos sucedieron en minutos y en minutos, en el área estrecha en donde se movía la expedición, se armó la más lamentable confusión. Nadie pensaba. Todos actuaban. Al azar, tontamente, sin campo para hacer cargas o para maniobrar, los pelotones tiraban al acaso haciendo puntería hacia lo alto, para no matarse entre ellos, contra un enemigo siniestro que lo rodeaba desde todas partes sin mostrarse. En este tumulto, la 3?- brigada, en el flanco izquierdo, dispuesta en columnas de batallones y llevando a la vanguardia el 79, comenzó a avanzar hacia la Fazenda Velha, de donde irrumpían con más fuerza las descargas. Ese batallón, que cuatro meses antes había subido por ese mismo camino en desban­ dada, huyendo y dejando abandonado el cadáver del coronel Moreira César, iba a pagar por aquel desastre. Acompañándolo en esta circuns­ tancia iba su socio de reveses, el 99. El mayor Cunha Matos comandaba la vanguardia. Los vencidos de la expedición anterior daban una lección extraña para lavar la afrenta y tenían un jefe que, bajo muchos aspectos, se comparaba con el comandante infeliz que allí había caído, el coronel Thompson Flores. Era un luchador de primer orden. Aunque le faltaban atributos esenciales para el mando y principalmente, la serenidad de ánimo que permite la concepción fría de las maniobras, le sobraba coraje a toda prueba y un casi desprecio por el antagonista por más temible y fuerte que fuese, lo que hacía de él un soldado incomparable en la acción. Lo demostró en el ataque temerario que realizó. Lo hizo con autonomía indisciplinada sin determinación superior y con el intento de atacar, en una sola carga, hasta la plaza de las iglesias, haciendo llegar victoriosos a los mismos soldados que allí se habían desbandado y habían sido ven­ cidos cuatro meses atrás. Su brigada, batida de lleno por el fuego del ene­ migo atrincherado, embistió y casi a cien metros de la posición primi­ tiva, colocó en la vanguardia a los tiradores. El coronel Flores que iba

al frente, a caballo, descabalgó a fin de ordenar personalmente la línea de fuego. Por un prurito de bravura no se había arrancado los galones que lo volvían blanco predilecto de los jagungos. Y al marchar hacia la avanzada, cayó herido en pleno pecho, muerto. Lo sustituyó el mayor Cunha Matos quien dignamente prosiguió el movimiento imprudentemente planeado, porque el 79 batallón entre los demás cuerpos, era el único que no podía retroceder en ese terreno. Su comando fue muy breve. Desmontado por un proyectil certero, lo pasó al mayor Carlos Frederico de Mesquita. Poco después, éste fue alcanzado por una bala, asumiendo la dirección de la brigada el capitán Pereira Pinto. Era asombroso: el 79 batallón tuvo en media hora ciento catorce plazas y nueve oficiales fuera de combate. Se redujo en un tercio. Se deshacía a bala. Idéntica destrucción se operaba en otros puntos. Rápidamente, con un ritmo atroz, minuto a minuto, las graduaciones de jefes caían. El 14 de infantería, al avanzar en refuerzo de las líneas del flanco derecho, apenas hechos unos metros, perdió a su comandante, el mayor Pereira de Meló. Lo reemplazó el capitán Martiniano de Oliveira, que a poco fue retirado de la línea por un bahiano. El capitán Sousa Campos que lo sucedió, sólo dio unos pasos y cayó muerto. El 149 prosiguió bajo el mando de un teniente. La mortandad los abatía de ese modo por toda la línea y, como agra­ vante, al fin de horas de un combate hecho sin la mínima combinación táctica, se notó que las municiones se agotaban. La artillería, diseminada en la eminencia donde había hecho su último tiro, callando el cañoneo. Había perdido la mitad de sus oficiales y entre éstos al capitán fiscal del 5? regimiento, Néstor Vilar Barreto Coutinho. Comenzaron a llegar al cuartel general reclamos insistentes para que proveyera de municiones a los batallones. Entonces se hizo marchar a la retaguardia al capitán Costa e Silva, asistente del diputado del Cuartel Maestre General, a fin de apresurar la llegada del convoy. Resolución tardía. Dos ayudantes enviados inmedia­ tamente después que aquél, se volvieron apenas recorrido un kilómetro. No podían vencer la fusilería que cerraba el paso. Se había cortado la retaguardia. Si se detuviese el tumulto, el estrépito de las armas, el alarido confuso y los estampidos insistentes que desgarraban los aires alrededor de los combatientes, en los altos de la Favela, advertirían el tiroteo lejano del 5 9 de policía, en lucha con los jaguncos a dos leguas de distancia.

UNA DIVISION APRISIONADA Toda la primera columna estaba aprisionada. Por más extraño que pa­ rezca el caso, los triunfadores no tenían manera de salir de la posición

que habían conquistado. Lo confiesa el general en jefe: "Atacado el con­ voy e interdicta la salida de cualquier soldado, como lo demuestran los casos precedentes, tuve que mandar una fuerza de caballería al general Cláudio do Amaral Savaget con la intención de recibir socorro de muni­ ciones lo que una vez más contrarió mi propósito, porque el piquete no pudo atravesar la línea de fuego del enemigo que tiroteaba sobre el flan­ co derecho” *. De esa manera, atacada en el flanco derecho de donde había vuelto, rechazado, el piquete de caballería, atacada por la reta­ guardia que dos auxiliares temerarios no habían logrado pasar, atacada por el flanco izquierdo, donde se sacrificara gloriosamente y se detuviera la 3^ brigada, atacada por la vanguardia donde la artillería, diezmada, había perdido a casi toda la oficialidad y había enmudecido, la expedición es­ taba completamente superada por el enemigo. Le quedaba un recurso problemático y arriesgado: saltar fuera de ese siniestro valle de la Favela que era como una valla inmensa, a punta de bayoneta y a golpes de espada. Se hizo una última tentativa. Un emisario salió furtivamente, metién­ dose por las caatingas, en busca de la 2 ^ columna que estaba estacionada a menos de media legua, al norte. . .

III COLUMNA SAVAGET La tropa del general Cláudio do Amaral Savaget había partido de Aracaju 288. Hizo alto en las cercanías de Canudos después de una marcha de setenta leguas. Vino por el interior de Sergipe en brigadas aisladas hasta Jeremoabo, donde se organizó el 8 de junio, prosiguiendo el 16, unida, hacia el objetivo de las operaciones. Compuesta de 2.350 hombres, incluidas las guarniciones de dos Krupps ligeros, había caminado a paso firme y holgado, para lo que con­ tribuyó un dispositivo más bien dispuesto para las circunstancias. Ese general, sin tomar sobre sí una autoridad que bajo tal forma sería contraproducente, la repartió sin deslices de la disciplina militar, con sus tres auxiliares inmediatos, coroneles Carlos Maria da Silva Teles, Juliáo Augusto da Serra Martins y Donaciano de Araújo Pantoja, comandantes de las 4^, 5^ y 6 ^ brigadas. Y éstos realizaron, hasta las primeras casas de la aldea, una marcha que se destaca de las otras. No había instrucciones prescriptas. No se había pensado yuxtaponer al áspero teatro de la guerra la rigidez de las formaciones o de los planes preconcebidos. La campaña, lo comprendieron, era impropia para las opulencias de las teorías guerreras ejercitadas a través de un formalismo
* Orden del día N9 118.

sin experiencia. Comprendieron que debía usarse una táctica estrecha y salvaje, hecha según las determinaciones del momento. Por primera vez, los combatientes actuaban según una actitud com­ patible con la índole: subdivididos en brigadas autónomas pero sin dis­ persarse; bastante móviles para adecuarse a la rapidez máxima de las maniobras o movimientos que los preparasen para aguardar la única cosa que en esa guerra sin reglas les era dado esperar: lo inesperado. Las tres brigadas, ágiles, elásticas y firmes, abastecidas por convoyes parciales que no les trababan los movimientos, hechas para enfrentar con fuerza la agilidad de las guerrillas y las asperezas del terreno, repartida la masa de la división de modo de sustituir la importancia del número por la velo­ cidad y el vigor de evoluciones aptas a realizarse en las más circunscriptas áreas de combate, sin la traba de los elefantes de Pirro 28 9 de una artillería imponente e inútil. Al frente venía la 4^ compuesta de los batallones 129 y 319, bajo el mando del teniente coronel Sucupira de Alencar Araripe y del mayor Joáo Pacheco de Assis. La dirigía el coronel Carlos Teles, la más completa organización mi­ litar de nuestro ejército en los últimos tiempos. Perfecto espécimen de esos extraordinarios lidiadores riograndenses —bravos, joviales, fuertes— estaba como ellos hecho por el molde de Andrade Neves, un jefe y un soldado; arrojado y reflexivo, impávido y prudente, mezcla de arrojo temerario y valentía serena; no desdeñaba luchar al lado de un plaza a jornal en el encuentro más feroz pero des­ pués de haberlo planeado fríamente. La campaña federalista del sur le había dado una envidiable aureola. Su figura de campeador — porte dominante, alto, envergadura titánica, mirada firme y leal— se había completado con un episodio heroico, el sitio de Bagé 290. La campaña de Canudos iba a aumentar su renombre. Lo comprendió como pocos. Tenía la intuición guerrera de los gaúchos. Al mando de su brigada y andando con ella, aislado, hacia Simáo Dias 2 9 1 , adonde llegó el 4 de mayo, la había modelado como un pequeño cuerpo de ejército adaptado a las exigencias de la lucha. La preparó, la adiestró, y como era imposible cambiar la instrucción práctica de los soldados que venían de un severo ejercicio guerrero en los campos de Río Grande, trató, a pesar de lo diferente del terreno, de darle la misma celeridad, el mismo vértigo en las cargas. Entre las compañías del 319, eligió a 60 hombres, jinetes aidestrados, otrora "reyes de las cuchillas”, ineptos para el paso tardo de los pelotones de infantería. Con ellos constituyó un escuadrón de lanceros, poniéndole bajo el mando de un alférez. Era una innovación y parecía un error. El arma "fría y silen­ ciosa” de Damiroff 2 9 2 , hecha para los choques y los ataques en las estepas

recuerda valles de erosión o quebradas. Días antes. Canabrava. La masa de aguas corría hacia el este por gargantas estrechas. usaron su lanza como la aguijada de los vaqueros para conseguir el ganado disperso por las cercanías. fraccionadas en sierras de vivos declives. contenidas por acci­ dentes fuertes como los que van de la Favela al Caipá. en los cuadrantes de SO y NO y de este último. veinte soldados del escuadrón habían rastreado hasta las cercanías del poblado y del reconocimiento había resultado que el camino estaba franco hasta la Serra Vermelha. Definido por las mismas capas silurianas que vimos en otros trechos. las serranías cortadas en angosturas. COCOROBO Cocorobó. cuando incomparablemente mayor. muestra la potencia de los elementos que hace . saltando las "covas de touro” de las llanuras sureñas. nacía quizá del gran lago que cubría la planicie abrupta de Canudos. se encaminaba hacia el este por escotaduras estrechas. Y más adelante. Por primera vez. a primera vista. Pero más tarde se verificó el alcance de la innovación. nombre que no caracteriza a una sola sierra sino a un sinnú­ mero de ellas. Hicieron reconoci­ mientos de importancia. Estrada Velha y Serra Vermelha. donde el terreno se accidenta con los primeros cerros de Cocorobó. era inapropiada para ese territorio quebrado y orlado de espinos. pasando sucesivamente por Passagem. permiten vislumbrar su aspecto primitivo. Y esta doble función se mostró muy valiosa. explayándose por el NE. parecen ruinas de un dique roto por las crecientes. Constituyen una montaña fósil. el núcleo del suelo aflora a medida que la ablación de los torrentes remueve las formaciones sedimentarias más modernas. La columna marchó a razón de dos leguas por día. abiertas por el Vaza-Barris en remotas edades. En efecto. una tropa expedicionaria de los sertones no se dejaba sorprender. Brejinho. De igual modo vencieron los barrancos del sertón. Se levantan sobre las planicies y a despecho de los incorrectos contornos. Los improvisados lanceros tenían la práctica de las corridas. Mauari. apenas partió la división del general Savaget de Jeremoabo hacia Canudos. Canché. cuando las columnas se reunie­ ron en la Favela. ante las barreras que le ponían las serranías de P050 de Cima y Canabrava. llegando a este lugar el 25 de junio con la certeza de encontrar al enemigo. Y al exhumarse así la sierra primitiva. Su conformación topográfica invita a esta retrospección geológica. único sustento con que contó la tropa. bordeando el VazaBarris.y en las pampas.

El suelo sigue abrupto. el Vaza-Barris. ya pesados de piedra. y éstos se muestran. Entonces hay que pasar por ese camino constituido por el lecho vacío y hechos unos cuantos metros. Allí adentro. Si se sigue de Canudos hacia Jeremoabo. hasta unirse otra vez. se alarga entre cerros. contrapuestas a las concavidades de un arco de anfiteatro muy amplio. hasta llegar a la otra salida única. ese rasgón de tierra de extremos aguzados que se subdividen a uno y otro lado de la horquilla de otros dos todavía menos practicables. contor­ sionado en meandros. no ya en la forma. . Pero libre ya de la garganta de múlti­ ples salidas. a veces se acer­ can. en contraste con los terrenos achatados de los alrededores. o se vuelve acantilado en repentinos saltos rotos en picos hasta lo alto. en un terreno vasto que el camino de Jeremoabo corta por el medio. De modo que quien va en sentido opuesto. se perturba en atajos. aunque en menor escala. no encuentra un terreno explanado como el de la otra orilla. derecho o izquierdo. La atraviesa metiéndose por uno de los caminos. o sea de la aldea hacia el oeste. El Vaza-Barris. El desfiladero de Cocorobó es. se tiene un paisaje único. aislando los picos centrales. enfilando hacia el este.largos siglos la combaten. Estas dos gargantas de variable anchura. en curva. ya cayendo a plomo a manera de muros en cuyas junturas apenas vegetan unas orquídeas raquíticas. la evita. antes de este cruce. encajándose por la derecha. Desde allí continúa hasta Canudos a unas dos leguas más adelante. Porque. el terreno continúa siendo abrupto: se levantan otros cerros más bajos que lo centralizan y el primitivo camino se bifurca. se aproximan. otras avanzan. repartidos en sucesivos planos a la manera de galerías en un coliseo mons­ truoso. unidos sus dos brazos. formando un paso único sobre el camino de Jeremoabo. se curvan poco a poco según el trazado de dos salien­ tes de la sierra y acompañándolas. ondulante. la caatinga resis­ tente muere a sus pies. las recorren los taludes de los cerros centrales con sus dos vertientes late­ rales erizadas de peñascos acumulados al azar o agrupados en escalones. El camino se desdobla en la falsa encrucijada de dos desvíos que el Vaza-Barris recorre por igual cuando las crecientes. se choca con un postigo estrecho. arqueándose por delante. y va hasta el valle de un arroyo efímero. Las abruptas rampas que lo forman se alejan. donde se agrupan en cumbres dentadas. convergiendo. sino en la estructu­ ra misma. La traspone. torneando innume­ rables laderas. se encuentra también con la bifurcación que la divide. en pálido resumen. A ambos lados. El camino que lo faldea o acompaña su lecho. Mácambira. estirándose hacia el este. El desfiladero se termina. como en la Favela. hasta salir. sin embargo. al cual dio su nombre uno de los cabecillas sertanejos que allí vivía. le deja desnudos los flancos. la brecha profunda por donde corre el Vaza-Barris. después del primitivo alejamiento.

el 25 de junio. golpeando con una nutrida fusilería a los nues­ tros que comenzaron a tener algunas bajas entre muertos y heridos”. El escuadrón de lanceros había descubierto al enemigo. hasta las últimas secciones de la retaguardia. desde lo alto de aquellos parapetos desmantelados. Se advertía que estaban disparando tiradores avaros. Los sertanejos revivían en idéntico escenario todas las peripecias del dramón siniestro y monótono del que eran protagonistas invisibles. por su excelencia. la reproducción de los episodios del Cambaio y de la Favela. no requería ni correcciones ni agregados. en la llanura desnuda y rasa. Pero no insistían en descargas cerradas. se disponían como refuerzo. tratando de no perder uno solo. Y sus proyectiles comenzaron a ralear las filas más próximas. más de ochocientos hombres al mando del coronel Serra Martins. "cualidades éstas que al parecer eran reforzadas por las excelentes posiciones que ocupaban. no retrocedieron. La calidad del tiro sustituía la cantidad. las cuales dominaban la planicie en toda su extensión y gran trecho del camino. prevenido del encuentro. respondiendo vigorosamente a las balas de los antagonistas. poco antes del mediodía. el tiroteo calculado. derribando a los tiradores. allá abajo. Era. Una mejor enseñanza guerrera no les hubiera variado el sistema porque éste. mientras los otros dos. que contaban los cartuchos uno a uno.ANTE LAS TRINCHERAS La vanguardia de las fuerzas marchando en este sentido hizo alto unos quinientos metros antes de aquella barrera. volvieron las riendas perdiendo dos plazas heridos. Al galope se habían acercado hasta las groseras trincheras y los vieron. afir­ mados en una puntería cuidadosa. Se detuvo a cuatrocientos metros de la vanguardia para aguardar a la 6 % la división de artillería y los convoyes que marchaban a una distancia de tres kilómetros a retaguardia. el 409 del mayor Nonato de Seixas. De modo que. el 34 9 y 359. los cuerpos avanzados. se adelantó acompañando a la 4^ brigada. comenzó a volverse funesto. Estos aguantaron el choque valientemente. Mientras tanto. aceptaron y sostuvieron con fir­ meza y energía el ataque. Recibidos a tiros. pasando cierto tiempo. . cayendo entonces sobre los cuerpos que los apoyaban y llegando todavía más lejos. "Audaces y tena­ ces” dice el parte de combate del comando general. Tiraban sobre seguro. como se puede apreciar. El general Savaget. ante el cual atronaban terriblemente ochocientas mannlichers. inicia­ ban el ataque con un tiroteo nutrido en el cual los fuegos irregulares de la línea de tiradores se intercambiaban con las cargas de los pelotones de refuerzo más cercanos. sobre una tropa convertida en blanco. hasta la van­ guardia de la 5^ brigada que dispuso como tiradores a los soldados de uno de sus batallones. Los tiros altos se expandían dominantes sobre toda la expedición. al contrario.

formando como una espuela sobre el terreno. quizá dilatada. sacrificados bajo las espingardas im­ punes de un grupo de matutos.La brigada. las caroás y macambiras. la lucha era de­ sigual. El resto de la expedición. oscilantes y prontos a caer algunos. Las bajas aumentaban. El estrépito. admirable en su disciplina. se sacri­ ficaban inútilmente. El sol ardiente los bañaba. no podía evitarlas haciendo un rodeo. durante el asalto. Los dos batallones de refuerzo. a orillas del VazaBarris. improvisaciones de una estrate­ gia rápida y práctica. parecían desiertos. mal equilibrados sobre bases estrechas. Tanto a derecha como a izquierda se sucedían montes erizados de contrafuertes y buscar entre ellos un desvío suponía una marcha de flanco. brillando a la luz como espadas. A quinientos metros de los adversarios. Pasadas tres horas de fuego. El trance exigía decisiones concretas. y se distinguían las bromelias resistentes. y ante el contraste que sufrían. desparramados al azar. retirada en columnas a lo largo de dos kilómetros a retaguardia. permanecía inmóvil. Los tiradores las soportaron con gran costo. La decisión del momento fue arrostrar la situación reforzando la vanguardia. A un simple golpe de vista se ponían de manifiesto los riesgos de un ataque frente a las dos angosturas que se le abrían delante e imponían. lo que volvía problemático el éxito. millares de ojos puestos sobre las desnudas laderas. Bombardearon la montaña. Arrojadas de cerca. No podían calcular su número. las granadas golpeaban de lleno los flancos y los aires se confundían con las balas y el áspero barrido de las laderas. Pero fueron contra­ producentes. Porque estimularon réplicas violentísimas desde las trinche­ ras. otros acumulados en montones imponentes. bajo la vigilancia del enemigo. capaz de anular el vigor. Presionados por el dilema expuesto. El general Savaget aquilató con firmeza la grave situación. Era casi un revés. Había llegado la división de artillería y uno de los Krupps fue ubicado junto a las líneas avanzadas. parecían desen­ mascarar completamente las posiciones contrarías. a nadie se le ocurría una salida ejecutable. y se . francamente metidos en la acción. resguardada entre los escasos arbustos que las pueblan. maniatados. Después de una marcha segura. estaban allí. rectilíneas y largas. las piedras rompiéndose y cayendo desde las alturas abajo. no habían descubierto a uno solo. Los cerros más altos. mostrando los mínimos accidentes de su estructura. Pese a sus ocho batallones. un desfile de secciones diminutas. lo afrontó por dos horas en la misma posición en que se había detenido. Por otro lado. afirmada por eficaces explora­ ciones que habían predeterminado el lugar del encuentro. precisamente en la fase decisiva. No avanzó en todo ese tiempo un solo paso. los atacantes no habían avanzado un palmo de terreno. desde hacía dos horas. uno a uno se podían contar sus grandes bloques. como murallas que se destruyen. magníficamente armados.

la campaña se mostraba una vez más enigmática y para siempre indescifrable. de esa soledad absoluta e impresionante.veían los cactos desolados. hasta sustraerse del alcance de las balas. y la 4^ por el flanco derecho. La sugirió el coronel Carlos Teles. reforzando una de las alas. EXCEPCIONAL CARGA DE BAYONETAS Los jagungos podían ser doscientos o dos mil. o rodeaban el trecho inabordable. debiendo previamente formarse en línea al salir del camino hacia el terreno”. teniendo en su flanco izquierdo al escuadrón de lanceros. el escuadrón de lanceros cargaría por el centro. Como empeñó en la acción poco más de un tercio de las tropas. Según confiesa en el documento oficial donde define con penoso desprecio el temible adversario que lo había detenido en su camino. El general la adoptó. La brigada permanecería como refuerzo y resguardo de los convoyes a retaguardia. buscando un atajo más accesible. esta circunstancia lo salvó. Esta idea era la más heroica y la más simple. Así. debía cargar por el flanco iz­ quierdo y por el lecho del río. se des­ doblaba en línea la brigada Teles. que desembocaría en algo inevitable: el ataque de lleno a las colinas. El conjunto de la formación se proyectaba sobre la superficie del terreno con la forma exacta de un gran martillo. tornando factible una maniobra arrojada. igualmente desiertos. mientras cuatrocientos metros más atrás y hacia la derecha. un tumulto de picos. en movimiento envolvente y azaroso. Entre ambas. y más lejos. Nunca se supo su número con certeza. Impedido de tal manera el paso. irrumpía "una fusilería cerrada e ininterrumpida como si allí se encontrara una división entera de infantería!” *. la izquierda. a fin de desalojar al enemigo de los cerros centrales y de las colinas que quedan de ese lado. Este era el plan: "La 5^ brigada que se mantenía desde el principio en sus posiciones por entre las caatingas. irrealizable por cierto si todos los batallones en un ataque único. los cinco batallones destinados al ataque se disponían en orden perpendicular. Y de esa desolación. conquistándolas. en el cual los cuerpos avanzados del coronel Serra Martins formaban en columnas suce­ sivas. * Orden del día del general Savaget. se hubiesen mezclado desde el inicio en las dos entradas del desfiladero. . sólo les quedaban decisiones extremas: o retrocedían lentamente y luchando. Ante los expedicionarios. no podía admitir "que dos o tres centenares de bandidos detuvieran la marcha de la segunda columna por tanto tiempo”.

iba a decidir el pleito.Y la carga que en seguida se ejecutó — episodio culminante de la refrie­ ga— asemejó a un golpe único de mil seiscientas bayonetas contra una montaña. Por primera vez se dejaron sorprender por la inesperada táctica que los obligaba a descolocar hacia otros puntos a los tiradores destinados de antemano a cerrar los dos pasajes por donde debía pasar la tropa. guiándola por el flanco derecho del 319 de infantería. Las encontraron vacías. Fue un lance admirable. . por una ladera abrupta. venciendo los obstáculos. el coronel Carlos Teles. se abría el desfiladero de la derecha. . subdividida en pelotones que avanzaban aturdidamente. directamente encami­ nado. realizando la más original carga de bayonetas. Los jagungos no habían contado con este temerario movimiento. Dominadas las primeras posiciones. La 4^ brigada lo evitó. Los muer­ tos y los heridos caían. algunos hasta el fondo de la garganta. Atacó por las laderas. se desparramó por las cumbres de la sierra. Al pie de la serranía. Este notable oficial — que recordaba a Osório 2 9 3 en la apostura y a Turenne 2 9 4 en el arrojo varonil— sin desenvainar la espada. rota en todas partes. por donde habían entrado los sesenta hombres del escuadrón de lanceros y la división de artillería. las anfractuosidades del suelo la dividían. hábito que conservó durante toda la campaña. Avanzaron al unísono: los pelotones de adelante enfrentando los cerros y enfilando por la boca del pasaje izquierdo. perdió el caballo que montaba atravesado por una bala y debió sustituirlo. sobre las vertientes que presionan el desfiladero en ese punto. como una repre­ . a la izquierda. La 4^ brigada. La línea de asalto. pero cada una tenía en el fondo decenas de cartuchos detonados y todavía calientes. el escuadrón de lanceros. quebrándose ambos. a paso redoblado. se fragmentó y se desarticuló. las armas prontas y sin tirar. mientras la 4$ brigada. Los sertanejos la golpeaban. los jagungos se les deslizaban adelante. se curvó por las vueltas y poco a poco. atravesó con su gente el trecho de campo barrido por las balas. en la bifurcación. retroce­ diendo. Los arrojó valientemente sobre las trincheras más cercanas. apoyándose en todos los accidentes del terreno. A su frente. se veía a la 4^ brigada escalándolas. Reunió las fracciones dispersas de combatientes en las que se mezclaban soldados de sus dos cuerpos. abajo. Al principio avanzó correctamente. imponiéndoles las fatigas de una persecución infecunda. Una línea luminosa de centenares de metros onduló sobre los cerros. Empezó a subirlos. vencía velozmente la dis­ tancia que la separaba del enemigo. Después tomó por varios puntos. contra las posiciones que ocupa­ ban. El coronel Teles. Siguiendo su táctica acostumbrada. a despecho de la difícil ascensión. Los animó. por donde se metió osadamente. corriendo. frente a la fuerte trinchera puesta sobre las dos márgenes del río. moviendo el área del combate.

El general Savaget fue alcanzado y desmontado junto con un ayudante y parte de su piquete cuando. Abandonando las posiciones y fran­ queando la peligrosa travesía. Por las laderas de la izquierda. en desorden. . Cinco batallones se debatían entre los morros. vieron a sus adversarios: desparramados por la altura de los cerros. igualmente perdida la formación. entre los muertos allí yacentes. con tiros espaciados. las aclamaciones triun­ fales de la vanguardia. disparando en todos los sentidos. La acción era increíble. Abajo. a retaguardia de la columna. resurgiendo inexplicablemente entre los estragos de un combate perdido. luchaba de manera tumultuosa.sa. No era el habitual retroceso. lo denota. Los jagungos. Como siempre. vol­ vieron inexplicablemente a resistir. Vencidos. se abroquelaban en otros. Había aumentado el número de heridos que en el alboroto de las cargas. Los soldados trataron de cercarlos y vigorizada en todas partes la em­ bestida. En las filas predominaba el soldado riograndense. la 5* brigada. en un gran alboroto de batallones a paso redoblado. Y el gaucho teme­ . era una fuga. huyendo y matando. algunos pelotones del 319 de infantería asal­ taron por fin. indeciso. las dos brigadas. los sertanejos volvían incompleto el éxito. LA TRAVESIA En esta enorme confusión. Porque el combate de Cocorobó. en ímpetu incomparable de valor. Habían sufrido un serio revés y la denominación de "batallón talentoso” que dieron después a la columna que se los infli­ gió. de naturaleza espe­ cial. se propagó hasta la extrema izquierda. relinchan­ do de pavor. Minutos después. corriendo. en un movimiento único hacia adelante. fue un golpe de audacia sólo justi­ ficable por el dispositivo de las tropas que lo libraron. las abandonaron inesperada­ mente. después del primer intento de fuga. caían errantes por las faldas. entraba a la garganta de la derecha y ya se oían a lo lejos. como los partos 295. después de cuatro horas de lucha. Desajados de todos los puntos. de relieve. . sin ventaja alguna. dilatado por tres horas de tiroteos ineficaces y finalizado con una carga de bayonetas fulminante. Y allí. derrotados y golpeando. desaparecien­ do. Y cortadas así las guarniciones que se sucedían a espacios regulares por la línea de cumbres. rodando y resbalando por los declives. al principio vacilante. recibían de lejos a los triunfadores. por primera vez. en el valle estrecho. Era la victoria. las trincheras más altas de la vertiente derecha. al acaso. se confundían por el paso del desfiladero. se veía los caballos del escuadrón de lanceros que chocaba con arrojo contra la trinchera del río. no se dejaban vencer.

la marcha fue un combate continuo. Lenta. cuando todavía quedaba en el campamento el grueso de los combatientes. La embestida se convertía en un revolverse fatigoso por las líneas sinuosas de los decli­ ves. Y por todas partes. Otras tropas la pueden suplantar en la precisión y en la disciplina del fuego y en el juego com­ plejo de las maniobras. a pocos kilómetros de Cocorobó. cala­ ron las bayonetas y se lanzaron impetuosamente por las colinas. De pronto. . En la cifra se incluyen dos oficiales muertos y diez heridos. Iban en tropel. esos cen­ tauros a pie arremeten con los adversarios como si copiasen la carrera de los jinetes sin freno de las pampas. Ya se veían. El campo de batalla se volvió amplísimo. Todo el día 26 se perdió en una corta travesía hasta la confluencia del Macambira. debían estar en el borde de Canudos. Pocos kilómetros más adelante. Que debía estar muy cerca.rario. si es frágil para soportar las lentas provocaciones de la guerra. 33? y 39?. . La 6 ^ brigada que no había tomado parte en la acción. convergentes las seis brigadas. . desde donde. MACAMBIRA Después de esto. irrumpiendo de las cabañas. no tiene par en el desempeño de rápidos lances osados. Pero en los encuentros a arma blanca. sobre el final de ese día y teniendo a vanguardia a la 6 ? brigada con el 33° de infantería. convergían des­ cargas. adrede modelado por las trampas del enemigo: vencida una cumbre. Y apenas recorridos dos kilómetros. La infantería del sur es un arma de choque. se adoptó la misma decisión que en la víspera había tenido tanto éxito. según había decidido el comando en jefe. se divisaba Canudos. el 27. Y la ocasión les permitió lucirse desarrollando una empresa estupenda. desdoblándose en línea. tocaba los suburbios de la terrible ciudadela. se echarían uni­ das sobre la aldea. de los cuales veintisiete estaban muertos. tenían otras centenares que vencer. batidos por todos los flancos. Hecha una bajada. La 2^ columna. las cabañas de disposición ya descrita: surgían entre trincheras o fosos enmascarados por bromelias. acampadas las fuerzas más allá del paso. El general Savaget comunicó entonces a las tropas que al día siguiente. entraron en un serio combate. desparrama­ das por los picos de las colinas. los batallones del coronel Pantoja. A la tarde. . se contaron las pérdidas: ciento setenta y ocho hombres fuera de combate. . bajo el aspecto triste de una enorme boca de mina abandonada. fue encargada de enterrar a los muertos y acampó a retaguardia de las otras dos que ocupaban una extensa planicie más arriba del camino. a un mismo tiempo hogares y reductos. Los batallones 26?. se caía en un dédalo de zanjas.

la misma escalada sin aliento y la misma exposición peligrosa a las balas. . El del 33?. de colina en colina. de todas las trincheras diseminadas por los cerros. . Las cargas de bayoneta no tuvieron el brillo de las de Cocorobó. por las rajas de los muros. blanqueando la oscuridad del crepúsculo. fusilerías que diezmaban a la tropa. luego del comienzo de la acción. como el capitán ayudante del 32?. las torres de la iglesia nueva. fue literal­ mente destruida cuando trataba de vencer uno de esos reductos salvajes. resonaban en las bajadas y rodaban hacia Canudos. Algunos oficiales. Empezaron a perder. partían descargas furiosas. obligan­ do a los enemigos a un continuo subir y bajar por las laderas como si quisieran arrastrarlos hacia la aldea. para reproducir más lejos. 35 9 y 409. los batallones 12?. Ante la imprevista resistencia. El comandante del 12 ?. en seguida dos subalternos que lo habían suplantado y conquistó finalmente la posición después de grandes bajas. altas. Volvían a su táctica invariable. Los tres batallones de la vanguardia se vieron impotentes para sopor­ tarla : de las cabañas de combatientes. fue­ ron avanzando. fiscal del mismo cuerpo. Arrojados contra los cerros. fue reforzada con otras dos. también debió ser retirado de la acción al ser herido. además de gran número de plazas. convergían. Y muchos otros se sacrificaron en ese mortí­ fero combate de Macambira. Los jaguncos. Deflagraban por las colinas. inepta para abarcar un área demasiado extensa de combate. a oficiales de alta graduación. al tiempo que de la cabaña que el foso rodeaba.La pelea fue reñidísima. Estas se extendían por más de tres kilómetros. . Se veían. Cayó el comandante. Había asaltado la colina y en lo alto se topó con un foso amplio. los pelotones alcanzaban los picos sin encontrar al enemigo. teniente coronel Tristáo Sucupira. al mando de un sargento. lejos. enviados en refuerzo. partían. heridos de consideración. Eran más de mil bayonetas. cre­ pitaban. El campo de batalla comenzó a desapa­ recer debajo de los pies de los asaltantes. empe­ ñadas en la batalla. desalojados de una posición aparecían en otra. nombre del sitio adyacente. Atacados desde las posiciones ya superadas. La noche los detuvo. como el capitán Joaquim de Aguiar. casi toda la columna. esa brigada. teniente coronel Virgilio Napoleáo Ramos. Una compañía del 39?. La expedición estaba a un cuarto de legua de la aldea. . . cayó moribundo cuando se esforzaba por seguir a la vanguardia. todas las garantías de éxito quedaban reducidas al coraje personal. bajaban en grupos precipitados buscando los ángulos de las bajadas. 319. Suce­ sivamente. entonces. se obstinaban en la batalla. porque al impo­ sibilitar el terreno cualquier combinación táctica capaz de balancear los engaños vertiginosos del enemigo. a que­ marropa. exhaustos y torturados por el tiroteo. sordos a la intimación de sus comandantes para retirarse de las línetas de fuego. retrocedieron lentamente.

Por fin habían llegado al término de la marcha por Jeremoabo. sobre el flanco izquierdo. triunfante. El día 28. y en su laco­ nismo dice mucho. Fue dada en Trabubu. En ellos había seis oficiales muertos y ocho heridos. Por lo tanto. A dos pasos del comando en jefe. . Tanto había costado la travesía de menos de tres leguas. a través de un asalto convergente. Un piquete de caballería dirigido por un valiente destinado a una muerte heroica. venía con esperanzas y fuerza. recibida con gran entusiasmo. El itinerario preestablecido se había realizado. Llegaba allí tras una travesía de setenta leguas con un combate de tres días. se ade­ lantaban en rápido reconocimiento. en el cruce de los desfiladeros. había recrudecido con intensidad el cañoneo. un telegrama comunicándome que mañana nos abrazaremos en Canudos. corteses y humildes palabras: "Campamento en el campo de batalla de Cocorobó. Se había impuesto al enemigo. INESPERADO EMISARIO Con sorpresa general de los combatientes de la 2 ^ columna que. a dos kilómetros de la aldea. es expresiva al respecto. el alférez Wanderley. ex­ ploró el terreno por el flanco izquierdo. podía arrastrarla. donde a esa hora. la segunda columna estaba pronta para el asalto. comenzó a bombardearla a su vez. puntualmente: minutos después de haber acampado las tropas del general Savaget. se haría sin embargo. Mis camaradas: acabo de recibir del señor general comandante en jefe. Pero todo hablaba de un éxito compensador. oyeron destrozando el silencio de la noche sertaneja y retumbando fuertemente por los contrafuertes de la Favela. de Cocorobó hasta ese lugar. hasta el centro de Canudos. el cañoneo abierto a esa hora por la vanguardia de la 1^ columna. usa pocas. La orden del día del 26 por la cual el comandante comunica el próximo asalto en compañía de la 1* columna. La nueva. La concentración deseada. mientras los dos batallones de la brigada Carlos Teles. no podemos faltar a la honrosa invitación que es para nosotros motivo de justo orgullo y de total alegría”. habiendo avanzado temprano y tomado posición en una pequeña meseta. se había adaptado al carácter excep­ cional de la lucha. fuera del centro de la campaña. entre los cuales cuarenta estaban muertos. 26 de junio de 1897. los ojos puestos en la Favela. las ocho de la mañana. A despecho de las pérdidas que tuvo. en plena plaza de las iglesias. La se­ gunda columna lo había pagado duramente: ese día tuvo ciento cuarenta y ocho hombres fuera de combate. Sumadas las pérdidas anteriores hacían trescientas veintisiete bajas. hasta la Favela. y el movimiento irreprimible de la carga que iniciara en Cocorobó y prolongara ininterrumpidamente hasta ese punto. esperaban ver bajando por las laderas del norte.

Ante el nuevo reclamo y las informaciones que lo aclaraban. Reunidas las columnas. fue posible destacar un contingente para en­ contrar el convoy retenido a retaguardia. habían sufrido grandes daños de los jagunqos. lo que exigía inmediato socorro. Triunfadores que no podían dar un paso fuera de la posición conquistada. apenas atenuó las estrechas condi­ ciones de la tropa. la situación en que se en­ contraba aquélla. que al principio pensaba enviar sólo una brigada con municiones. según el brillante eufemismo de los partes oficiales preparados para ocul­ tar esa derrota. dispersos por los caminos. hasta las Umburanas. Alcanzó para superar el trance.a los batallones de la 1^. se sentían . IV VICTORIA SINGULAR La orden del día relativa al suceso del 28 de junio lo caracteriza como "una página marcada de horrores pero perfumada de gloria”. apocadas las fuerzas y el ánimo. La misión fue cumplida por el coronel Serra Martins que rápidamente salió detrás de la expedición llevando a la brigada. el general Savaget. El hombre quedó detenido hasta que un nuevo emisario confirmase la noticia. presentaba la noche de ese día la imagen perfecta de una aglomeración de fugitivos. Un alférez honorario29 6 agregado a la comisión de ingenieros fue el segundo emisario en poco tiempo. Pero en seguida co­ menzó un desesperante circuito de contrariedades de todo tipo. se encaminó con toda su gente. sin embargo. La nueva resultó inverosímil y en el primer momento se la creyó una trampa del enemigo. No engañó a la historia el fantaseo del vencido. El revés fue franco. El general en jefe solicitaba el concurso de la otra columna. adonde llegó con el tiempo justo para impedir la destrucción del 59 de policía y salvar parte de los ciento ochenta cargueros que. Este feliz movimiento. A las once llegó a lo alto de la Favela. SE DESTRUYE UN PLAN DE CAMPAÑA Quedaba postergado el plan de campaña y al mismo tiempo se anulaba el esfuerzo realizado en las marchas por el Rosario y Jeremoabo. hacia la izquierda. El ejército victorioso. quedando el resto en la posición con­ quistada. apareció en el campamento un sertanejo notifi­ cándoles. por orden del comandante en jefe. habían caído en un período crítico de la guerra: perdido el aliento en encuentros estériles o en dudosas victorias que valían como derrotas. en medio de dos combates. a tiempo para liberar a la tropa asediada.

La primera columna tuvo ese día 524 hombres fuera de combate que. se enfriaban los más fuertes. . más de novecientos heridos y muertos. corría un sumidero largo. era la imagen material del golpe que había reci­ bido la expedición. El coraje. mil y tantos animales de montar y de tracción. Ahora el heroísmo les era obligatorio. la bravura teme­ raria. Considerándolo. Dentro de él. capitán fiscal del 2? regimiento que había caído con más de dos tercios de la oficialidad de artillería. Entre las dos. Nada revelaba siquiera alguna sombra de campamento en el centro de las brigadas. oficial honorario. Tristáo de Alencar Sucupira que había llegado agonizante con la 2 ^ columna. sumaban 599 bajas. Sousa Campos. porque el retroceso era imposible. Aquel surco del suelo. arrojados por todas partes. La segunda se le unió con 327 bajas. La tropa — cinco mil soldados. Néstor Vilar. recamada a veces por las singulares antítesis. un capítulo emocionante. más de ochocientos baleados ponían sobre el tumulto la nota lancinante del sufrimiento irreparable. acorralados. La tenacidad feroz del jagunco transfiguró a los batallones del general Artur Oscar. De modo que aunque no tuvieran valor. No podían con­ tarse los lastimados. con 75 del día anterior. está llena de grandes glorificaciones del miedo. de urdimbre tan dramática. cerraban todas las puertas de la deserción. La historia militar. de todas las graduaciones. Vamos a agregarle. viendo por allí. Triunfantes . un artista que había ido hasta allí atraído por la sombría estética de las batallas. configuraban un compromiso serio con el terror. abriéndola por la mitad. los hambrientos y los pusilánimes bajo la emoción de las muertes recientes. Forzosamente heroicos. muerto en el comando fatídico del 7? de infantería. sin retaguardia. idéntico. Allí que­ daron unidos. cosidos a bala en un pañuelo de tierra. sin vanguardia. apretándolos en un asedio indefinido y convertidos en fiscales incorruptibles. nada compensaba tales pérdidas ni explicaba semejante estado frente a planes de campaña tan pensados. El ansia persecutoria del persa hizo la resignación heroica de los "Diez mil” 297. donde se improvisó un hospital de campaña. que comandó por un minuto el 149 y tantos otros. 926 víctimas. nuestros soldados no podían sustraerse a la grave emergencia en la que héroes y pusilánimes se em­ parejaban. insepultos. . totalmente desorganizada. los ahogados por las marchas. a compañeros que esa mañana estaban vivos y entusiastas: Thompson Flores.mal unidos por la presión del adversario que habían creído fácil de vencer. En el fondo de la garganta. Porque. porque los ataba el cinturón de piedra de las trincheras. Estaban rodeados por el más original de los vencidos: carentes de piedad. No se armaron barracas que quitarían espacio al área tan estrecha. la furia brutal de los cosacos inmortalizó al mariscal Ney 298. por la paridad del contraste. si no por la amplitud del cuadro. centenares de cargueros— sin flancos. Gutierrez.

que los tontos victoriosos no replicaban. la tropa viviría en una alarma permanente. había abastecido al enemigo con cerca de cuatrocientos cincuenta mil cartuchos. era un verdadero asedio. Realmente. Una luna fulgurante las desnudaba ante la puntería de los jagungos que. ya abatidos por una semana de alimentación reducida. las dos columnas se detuvieron impotentes ante la realidad. Los vencidos restituían así las balas. presionándolos. sin una sola línea estratégica que la vinculara con la base de operaciones. y al mismo tiempo. se quedaban inútiles. a no ser que se considerase como tal el peligroso camino del Rosario. En pleno territorio rebelde. disparando su arma hacia el aire. . Los demás.y unidas. Dándoles municiones com­ pletaron el destino singular de la expedición anterior que les dejó sus espingardas. repleto de emboscadas. la tropa había perdido municiones de inesti­ mable valor para la emergencia. en provocaciones feroces. Desde esa fecha hasta el fin de la campaña. la mitad de la carga había quedado en poder de los sertanejos o inutilizada. EL COMIENZO DE UNA BATALLA CRONICA En la noche del 28 de junio se inició una batalla crónica. golpeándolas con tiros largamente espaciados. sin que el más breve ar­ misticio permitiera una corrección de las filas. . Uno que otro soldado replicaba. revelaban su vigilancia en torno. Habían arrojado por los aires más de un millón de balas. al azar. lo que era peor. Atronaban ahora el aire por encima del campamento. Comenzó un régimen terrible de torturas. La noche cayó sin que amenguase la lucha. * . vencidos por la fatiga. Y como el convoy reconquistado había llegado muy reducido. tirados sobre el duro suelo. habían rechazado al adversario en todos los encuentros y lo sentían más amenazador a su alrededor. la expedición estaba aislada. Al amanecer del 29 se verificó la insuficiencia de alimentos para la ración completa de los plazas de la 1^ columna. Se apagaban las órdenes del día retumbantes. Estaban en el centro de operaciones y no podían dar un paso al frente o. La 5^ brigada había perdido catorce hombres en un movimiento que hizo a retaguardia. no podían dar un paso atrás. El 59 de policía perdió cuarenta y cinco. en Monte Santo. Fueron y volvieron en un tiroteo incesante por los caminos atrincherados. suficientes para prolongar indefinidamente la resistencia. cortándoles el paso para la retirada después de haberlos paralizado para el ataque. caídos entre los fardos desparra­ mados. abrazados a sus espingardas.

De modo que toda esa gente se movía a los encontronazos y en todos los sentidos. los efectos del cañoneo fueron fran­ camente nulos. no sopesaron suficientemente la eficacia feroz de los sertanejos. estrechos como troneras. como el día ante­ rior. y estallaban sin ampliar el radio de su acción. escondidos en las torres o más abajo. se agrupaban al azar en simulacros de formaciones. curar centenares de heridos. aunque mejor aprovisionada. Las granadas. improvisaban trincheras. pero se amortecían entre las frágiles resistencias de la arcilla. . Por otro lado. ante un bombardeo vigoroso que propiciaban las ventajosas po­ siciones de la artillería. en la sugerencia de un sinnúmero de medidas urgentes. más de una vez. en las ventanas abiertas en ojivas. El primer tiro partió y golpeó sobre Canudos como una piedra en una colmena. tirando por elevación y sin hacer blanco. a caballo de la aldea. arrastra­ ban fardos y cadáveres. cayendo mu­ chas veces intactas. los combatientes comprendieron que era casi imposible la réplica en tiros divergentes. de los mismos subalternos. sobre la base cortada por respiraderos. surgía espontánea. Pero no hubo esfuerzos convergentes y útiles. les perforaban los techos y las paredes. sin la dirección de una voluntad firme. Al mismo tiempo se les presentaba una tarea penosa: hacer de ese montón de hombres y equipos un ejército. como el día anterior. significaban malbaratar las escasas municiones. El campamento. enterrar a los muertos y extender el área reducida por los fardos y las cargas. explotando sobre las casas. se echó mano a los últimos recursos. o a ras del suelo. no tenía tampoco garantía de sustento por más de tres días después de repartir con la otra. sin que se reventaran las espoletas. Por eso. Estos trabajos indispensables se realizaban sin método. sobre inocuas. el blanco predilecto fue la iglesia nueva. por detrás de las paredes maestras. . retiraban las muías cuyas patas eran una ame­ naza permanente para los heridos que se arrastraban a sus pies. fue de pronto barrido por descargas y. De modo que apenas comenzada esta fase excepcional de la lucha. Todavía no los dominaba completamente la desesperanza. De modo que en sus espíritus resurgió el pensamiento consolador del próximo de­ senlace. destacándose sobre el caserío como un baluarte imponente. Pensaban que una villa abierta no podría soportar por muchas horas las balas de diecinueve cañones modernos. ordenar los batallones disuel­ tos. siendo ese día muertos dos bueyes mansos que hasta allí habían conducido el pesado cañón 32. hasta ese momento en relativa calma. Allí se alineaban los jagungos. partiendo hacia el amplio círculo del ataque. de todas partes. encajados en una hondura del morro. reconstituir las brigadas. . Al amanecer les volvió el valor y a despecho de tantos acontecimientos.La 2 ?. La colaboración justificable de los comandantes de cuer­ pos. nuestras descargas. Además.

Para ella se preparaba el Withworth 32 que vino precisamente para derribar sus muros. Enlazada la presa. podría quebrarlas con una carga de bayonetas pero cuando parasen. El incidente es una muestra de cómo se luchaba. fue un choque. Como siempre. retráctil. Alfredo Gama. El cañoneo del 29 no los impresionó. Jadeantes. para relajarse de nuevo. las balas desde todos los flancos. . Era un sitio en regla. circulares. De buen grado otorgaban a sus adversarios el goce de vic­ torias inútiles. un batallón. cada uno quería disparar con él. apoyada en todos los accidentes del terreno protector. . La táctica invariable del jagungo se mostraba en ese resistir con retrocesos. . . Allí había una inversión de los papeles. . se sentiría de nuevo el asedio. Era una nerviosidad loca. encendió un barril de pólvora que estaba cerca. Al alba del 30 el campamento fue atacado. El escape de gases de la pieza mal obturada. Se apuntaron otra victo­ . eran materialmente los más fuertes y brutales. una salva imponente al coraje de los matutos. Esa mala estrella del coloso derivó. una eterna reproducción de los mismos hechos. ma­ neándolo. matándolo y que­ mándolo. volviéndose el bombardeo. aunque disfrazado por la escasez de las líneas enemigas que tiraban flojamente en radios indefinidos por las laderas del morro. Hasta un médico. distendía los anillos. después lo apretaba. mientras que las descargas circulantes seña­ laban de modo ineludible el asedio que sufrían. principalmente. no pudo reprimir el ansia de apuntar. . otra vez le permitía agotarse escar­ bando con las pezuñas el suelo y nuevamente lo ajustaba. del apresuramiento con que lo manejaban. como si brotasen del suelo. le permitía el cansancio del movimiento y de la carrera. ansiosos. estruendoso e inofensivo. arrojando por la boca de sus cañones toneladas de acero encima de los rebeldes que les anteponían la esgrima magistral de sus artimañas. Cayó la noche y no se había adelantado nada. perdiéndose en las casuchas pegadas. un sobresalto instantáneo. incluso una compañía. como no sabían de esas exquisiteces de la civilización. Aquel duelo a distancia demostró ser imprudente. como al segundo teniente Odilon Coriolano y a algunos plazas. Es natural que la refriega resultase inútil. Era la lucha de la sucuri con el toro fuerte. rugió sobre ella ese día sin tocarla. acompañaban los himnos triun­ fales con las balas de sus trabucos. Los hombres equipados por los recursos bélicos de la industria moderna. arras­ trándolo hasta el ahogo completo. lo rodeaban. las otras se perdieron. La gran pieza — el mayor cañón de fila— se había convertido en un monstruoso fetiche que desafiaba el despertar de las viejas ilusiones. Sólo una cayó sobre el atrio. pero cuando creían haber vencido y levantaban sus ban­ deras y llenaban la soledad con los toques de los clarines. Sin embargo. Una brigada. Las balas pasaban silbando sobre su techo. aunque fuese con trayectorias desviadas. Cayó herido. lo hizo explotar.

además de acumularse bajas diariamente. los soldados realizaban. sin capacidad para dos. en breve. y retornaron pasado un intervalo y fueron de nuevo repelidos. Se afirmó definitivamente un régimen insostenible. allá abajo. entró en un período de privaciones indescriptibles. el 30 de junio las fuerzas estaban bien dispuestas. El enemigo fue rechazado por todas partes. . AVENTURAS DEL ASEDIO. Ultima expedigáo a Canudos. de una licencia. "Sea como fuere. se mancillaba su renombre y en breve tiempo. cuanto más para cerca de seis mil hombres” *. Y el ejército. la brigada del coronel Medeiros. sin la formalidad. separados en * Coronel Dantas Barreto. Para ello existía la mejor disposición de los comandantes de las columnas. que a su partida ya sufría los primeros aguijones del hambre. sin variante alguna. golpeaba desde los cerros vecinos. Abandonarla era dejar las contingencias de un cerco más peligrosas que las alternativas de una batalla franca. cayendo todo el día sobre la tropa. no encontraron nada y prosiguieron hasta Monte Santo donde tampoco existía nada. quedaría agotada por la falta total de provisiones. CAZAS PELIGROSAS Se vivía a la aventura. . llegaría un convoy de alimentos como le había asegurado el diputado del Cuartel Maestre General y sólo entonces. en los flancos de la montaña. Algunos oficiales superiores suge­ rían la única salida — forzada y urgente— que podía asumirse: el asalto inmediato a la aldea. la artillería podía continuar con el bombardeo de Canudos durante algunas horas más. brigadas y cuerpos y de los oficiales subalternos y de los soldados. como el día anterior. en seguida se podía realizar el ataque a la ciudadela. en una posición estática. se desmoralizaba la expedición. . Pero el general en jefe rechazó la idea: "pensando que de Monte Santo. el 30. Enviada a su encuentro. después de tres días de ración completa. La estadía en la Favela era demasiado inconveniente porque. diseminó algunas balas sobre los te­ chos. atacaría el baluarte del Conselheiro”. como el día anterior. Pero volvieron horas después y volvieron a ser rechazados. Y una fusilería floja. De motu proprio. para esperarlo en las Baixas y desde allí escoltarlo hasta el campamento. Intermitentes. monótonas. golpeando. Pero ese convoy no existía. como el flujo y re­ flujo de las olas. cuya aspiración predominante era cruzar el Vaza-Barris que les representaba la abun­ dancia de que estaban privados. dispensable en la emergencia. rítmicos.ria. La artillería.

. La caza cazaba al cazador. la marcha cautelosa. . Así es que.pequeños grupos. Era el último recurso. perdidos por esos campos o muertos en alguna lucha feroz para siempre ignorada. inexperto. A la noche volvía al campamento con las manos vacías. al jagungo sinies­ tro y traicionero que a su vez andaba buscándolo. Otras veces. el valiente hambriento. Otros. refugiándose en todos los acci­ dentes del terreno— pasaban por trances temerarios. asombrados. talando los escasos cultivos de maíz o mandioca que había. aparecían en un corral cerrado unos bueyes. bajo las descargas que partían de las emboscadas laterales no vistas. finalmente. Pero los hambrientos. avanzando sobre los rastros. . a despecho de los riesgos. la espingarda pronta. No imaginaba los riesgos que corría. en lugar del animal arisco. se perdía por las planicies. Hasta que la escuchaba cerca. Pegado al suelo. No se pueden individualizar los episodios parciales de esta fase oscura y terrible de la campaña. se echaban sobre los bueyes. presagio de caza. co­ piándoles la astucia. cazando cabritos casi sal­ vajes por allí sueltos. No se podía evitar ni tampoco prohibir. Porque los jagungos ponían trampas imprevistas a los bisoños cazadores que. salía de las huellas descu­ biertas para entrar en los pastizales. Los ojos y oídos aguzados para captar los mínimos movimientos y los mínimos rumores. abandonados desde el comienzo de la guerra. no sabían evitarlas. Controlando su andar cauteloso para no espantar a la presa huidiza. abatiéndolos de un tiro o matándolos con el cuchillo y a su vez caían. A partir del 2 de julio sólo hubo harina y sal para los enfermos. advertido del bulto a último momento. Y los que a ellas se arrojaban — vestidos como los jagungos. rompía el silencio de las planicies. resguardándose como si fuese a cazar leones. o robando ganado. . guia­ do por la música de la campanilla que. oía un sonar de cencerros. porque es costumbre en el sertón que las cabras lleven cencerro. perseveraba en su exploración a través de la maraña. Por un momento se recobraba de las fatigas. y en­ tonces se reanimaba esperanzado. El soldado hambriento. Era una trampa sutilmente preparada. A veces resultaba un esfuerzo vano. Las salidas de caza se hicieron entonces obligadas. nítida y clara. apenas miraban los alrededores para saltar sobre la cerca. muy disparejos en la habilidad. . más infelices. Y éste. en lugar de la cabra aparecía el cabrero feroz. silencioso de movimientos pero haciendo sonar cada vez el cencerro sujeto a su cuello. no volvían más. en cualquier abertura de la caatinga podía encontrar. ante un grupo de hambrientos. generalmente caía ante un tiro seguro si no tiraba primero. después de muchas horas de inútil esfuerzo. Seguía deslizándose lentamente. llena de balas la car­ tuchera. y se sentía feliz y aun­ que volviera a oírla lejana. peligrosas excursiones por las cercanías. pasaba largas horas en su exploración exhaustiva.

y al enemigo que los baleaba. Montaban los caballos estro­ peados. o chamuscada en clavas de hierro. tomaban los cocos de los ouricuris y cortaban los troncos blandos de los inandacarus. Y en estos encuentros rápidos y violentos. conteniendo al mismo tiempo a los bueyes alborotados. se reglamentaron esas aventuras. los lanzaban en tropel todas las tardes hasta un corral al costado del cam­ pamento. no pocas veces quedaba de bruces. Algunos murieron envenenados por la mandioca brava y otras raíces que no conocían. Además de reunir a las reses debían evitar que se las dispersaran con súbitos ataques. El día anterior se dis­ ponían los batallones para la caza. Diariamente salía a hacer batidas por los alrededores. Recibían media docena de tiros de sus incorpóreos adversarios. invisibles. traidoras. los soldados apelaron a la flora providen­ cial. al principio. les faltaba el agua. y encontrados en la carrera los bueyes esquivos. Eran verdaderas partidas de plazas armados. Volvían vencidos y cansados. . arremetían para adelante. El ganado diariamente conseguido — ocho o diez cabezas— era un paliativo insuficiente para el minotauro de seis mil estómagos. Sólo el escuadrón de lanceros actuaba con cierta eficacia. Finalmente. pero igualmente los gauchos reali­ zaban hazañas de pialadores. Sin medir distancias ni peligros se largaban por la desconocida región. A partir del 7 de julio cesó la dis­ tribución de alimentos a los enfermos. Cada día aumentaban esos hechos. defendían los flancos. Las líneas enemigas se extendían adelante. pero nunca aban­ donaban la inquieta presa conseguida.Desde el campamento muchas veces se escuchaban tiroteos nutridos y prolongados. rengueantes bajo las espuelas. En los hilos rasantes del valle de las Umburanas. poroto y mandioca que. cuidaban el fondo. era casi intragable. Se hizo necesario buscar otros recursos. en agua salobre y sospechosa. atenuaron esa alimentación de fieras. Triste avanzar sin banderas y sin clarines por la aridez de los campos. como ecos de esos desconocidos combates. Repugnaba hasta al hambre. hacían batidas palmo a palmo por esas tierras de flora ya marchita porque había entrado la estación sin lluvias. Cavaban alrededor de los umhuzeiros para arrancarles los tubérculos. El enemigo les perturbaba el trabajo. Como los nativos infelices. en prodigios de equitación y coraje. muerto por un tiro. Pero este recurso no bastaba. Finalmente. Se alimentaban de cactos que les engañaban a un mismo tiempo el hambre y la sed. un soldado sediento. Para los inex­ pertos era incluso peligroso. de sor­ presa caían en una trampa al trasponer una bajada. sin ningún ingrediente. Además la carne cocida sin sal. Las pequeñas zonas con cultivos de maíz. se habían terminado prontamente. Los cuerpos en misión exploratoria se escurrían por los claros. Sin glorias. deseosos de escapar.

Además. parecían bien abastecidos. iba de uno a otro flanco. pues. inciertos. . bala a bala. como borborigmos de estómagos vacíos. volvían a las líneas de fuego sin que el ayuno disminuyera su arrojo. Por un contraste irritante. Cada día que pasaba sin noticias sobre su llegada aumentaba el desaliento. recorría todas las líneas. los adversarios vencidos en todos los en­ cuentros. Sobre el aniquilamiento físico. formaba. hacía un giro largo y torturado. de mañana. Era la señal de la altivez salvaje con que se echaban a la guerra los jagunqos. harina. . bolsas de carne seca. lentamente. Sufrían ataques súbitos de noche. desde lo alto de un cerro remoto. La 5^ brigada. velando junto a los triunfadores. cierta vez. otras sobre uno de los flancos. Se volvía a la paz anterior. Pero el enemigo seguía allí. se sumaba lo incierto del futuro. finalmente. tuviese el compromiso bárbaro de ser el verdugo de . Estaban allí en función de la espera de una brigada. al ir hasta Baixas. aparecían irreprimibles. más serias. iba y venía. inevitables. Le dieron un nombre humorístico al hambre. a lo lejos. Sonaban los clarines. caía una bala entre los batallones. Las aventuras de la caza los distraían y cuando sonaba la alarma. Acostumbrados a la frugalidad. café y azúcar mezcladas con las cenizas de las hogueras que las habían consumido. con precisión inflexible. consecuencia de los anteriores. a veces cargaban sobre la artillería. La disciplina se relajaba. baleados. en el transcurso del día. comenzaron a vivir de la incierta limosna de sus propios compañeros. No podían tenerla. El blanco variaba. un círculo de espanto. en las que apenas se distinguían las subdivisiones tácticas y se batían nerviosamente durante cierto tiempo. encontró en los alrededores. No tenían una hora de tregua. Al principio reaccionaron bien. como si un tirador solitario. a dos pasos. DESANIMO A medida que esto se agravaba surgían nuevos hechos. a punto de aprovechar apenas las municiones de los convoyes asaltados. delirantes de fiebre. El ataque había terminado. la 1^. habían refinado su abstinencia disciplinada hasta una capacidad de resistencia increíble. siempre imprevistos. otras. sobre todos. impotente para hacerlos callar. no tenían tantas provisiones como para justificar esas acciones. la tropa se formaba en filas torcidas. la resignación de los soldados los agotaba. mutilados. Nuestros soldados no la tenían. que había salido en busca del convoy de ayuda y de la cual no se sabía nada. señalando los caminos casi hasta las proximidades del Angico. la insistencia de los ataques era superior a sus fuer­ zas anímicas. Murmullos de protesta ante los cuales la oficialidad fingía sor­ dera.Y los infelices. Después flaquearon. Los asaltantes eran rechaza­ dos. pero minuto a minuto. los rudos campeones que en las épocas felices pasaban el día con un poco de mandioca y un trago de agua.

. los asaltos no cesaban pronto. reconstruidas por las noches. y por la retaguardia. Él ascendiente de los matutos crecía día a día. se estremecían ante el silbar de esos proyectiles espaciados. el ánimo estuviera decaído. . En uno de ellos. cerrando el paso hacia la Fazenda Velha. Los cuerpos destacados para tomarlas y destruirlas las tomaban y las destruían fácilmente. Apenas once. Y al día siguiente. apenas tiraba dos o tres tiros espaciados. y largas reticencias de calma. Mientras se empleaban de tal modo los días. el enterrador aumentaba el entierro. huyendo entre las filas feroces 2 ". hijo del viejo cabecilla de igual nombre. salvo uno. volvían a la misma tarea. Hasta que murieron todos. En un aumento aterrador. Pero ante el diminuto grupo se formaron bata­ llones enteros. A veces. El odio a los cañones que diariamente les destruían los templos. Es natural que una semana después de la ocupación del morro. misión no sólo lúgubre sino peligrosa. por la derecha. buscando al azar un blanco. Valientes. ciertos días. cayendo baleado dentro de la fosa común que con sus manos había abierto. tomaban todas las líneas y adquirían color de batallas. amenazando el puesto de carnes y reduciendo el área de pasto donde se encontraban los animales de tracción y de mon­ tura. Volvían con pocas bajas o completamente indemnes. según la llamaban. todavía jadeantes por los encuentros guerreros. Y así se iban los días. Se descubrían las trin­ cheras circulares: por la izquierda. .un ejército. las noches se reservaban para enterrar a los muertos. como si fuese una legión. aproximándose por el camino del Rosario. la "ma­ tadora”. que escapó milagrosamente. festoneadas de balas. a toques de corneta. los llevó a la hazaña invero­ símil de capturar o destruir al mayor de ellos. en esa intermitencia de refriegas furiosas y rápi­ das. una víctima singular entre miles de hombres. los sertanejos penetraron de lleno en el campamento hasta el centro de las baterías. La tropa tuvo otra victoria poco lisonjera y aumentó el respeto por la temeridad del adversario. el 19 de julio. guiados por Joaquim Macambira. cada vez más cercanas. Fueron pocos los que se arrojaron a la em­ presa. el Withworth 32. La misma artillería. verificando la ineficacia del cañoneo y la necesidad de cuidar la reducida munición. las trincheras amenazadoras. Se hicieron cargas cerradas de bayonetas. contra las expectactivas. Y lo era. porque no pocas veces.

no lo turba con ata­ ques bien combinados y con cargas furiosas. hallando en las coyunturas más críticas siempre una frase explosiva. que el enemigo podía y no supo dar. se transforma. Tenía un solo plan: ir a Canudos. Inquieto y ruidosamente franco. Era la convicción general. mostrando continuamente todas las impacien­ cias y todos los arrojos de un temperamento nervioso y fuerte. encarando la profesión de las armas por el lado de lo caballeresco y tumultuoso. Quedó colocado en una situación insostenible . Si por un golpe de mano. Llevando seis mil bayonetas hasta las orillas del Vaza-Barris ganaría la partida. tal general. no delibera. la expedición estaría perdida. casi fanfarrón. buen relator de hazañas asombrosas. le opone la fuerza obstinada de la inercia.LA ACTITUD DEL COMANDO EN JEFE Se esperaba a la brigada salvadora. Solamente el prestigio de algunos jefes de cuerpos la sal­ vaban de la desorganización completa. incom­ parable para idear encuentros sorprendentes. se concentró completamente en el objetivo de la lucha. Cambió un verbo en la afirmación clásica del romano y siguió 3 0 0 . lo cansa. Completó así el primer error con otro. un trazo vigoroso de jovialidad heroica que las remarcara. Si el día 28. No lo vence. por la dedi­ cación personal de sus comandantes. En algunas brigadas. que se había obstinado en permanecer allí. y realizando una embestida original. lo agota. no previo la eventualidad de un fracaso. debía hacerlo. Se afirmó en su única cualidad militar sobresaliente: la tendencia a enraizarse en las posiciones conquistadas. ahora se justificaba en la total imposibilidad de moverse. El general Artur Oscar. la necesidad de un retroceso. sin bases y sin líneas de operaciones. No lo combate. Finalmente estaban las dos columnas reunidas y la aldea se extendía a la distancia de un tiro de männlicher. Inflexiblemente inmóvil delante del adversario. vio y se quedó. el día 30. Llegó. Desde el comienzo se dedicó a su fase final. Resiste. ilusionado al principio con el milagro de un convoy de apoyo. dejando de lado todas las circunstancias intermedias. en una campaña. No retrocedería. El estado de la fuerza facultaba todavía una defensa floja de esa posición pero imposibilitaba prolongar el esfuerzo por más de ocho días. perduraba el peso de la disciplina. fuera como fuese. según la opinión de sus mejores auxiliares. Todo lo demás era secundario. el error tardíamente corregido del abandono del convoy le impedía atacar. Guiando a la expedición. y con asom­ bro de los que lo conocen. a veces valiente. le hubiesen cortado la marcha en las cer­ canías del Rosario o del Angico. sólo adopta una táctica: la inmovilidad. No lo hizo. de cualquier modo. en un medio tan exigente. Este atributo contrasta con cua­ lidades personales opuestas.

el día 10. estoico. permanecía. les daba a los combatientes la indefinible impresión de la inmovilidad del tiempo. toda su confianza. "¡Nao Ihe afrouxara o garrüol. Era todo su esfuerzo. A la tarde o durante el día. Uno de ellos. inflexible. restando. Sin embargo. inmóvil. acobardarse. algunos se distraían contemplando la aldea intocable. . diariamente mandados hasta las Baixas. fue. en alusiones agrias. no se desanimaba. La sucesión inva­ riable de las mismas escenas sobre el mismo escenario pobre. No había noticias de la P brigada. . una economía embrutecedora.de la que. De hecho. quizá no pudiese salir. cuya absolución presumía una culpa mayor: el olvido de su autonomía incondicional de jefe. Y enarbolando febrilmente el lápiz de los cálculos. recomponiendo todos sus puntos. . al volver de la inútil diligencia. multiplicando y dividiendo. estructurando fórmulas admirablemente abstractas con sacos de harina y bolsas de carne seca. Y por encima de todo. El ojo se embarullaba en la maraña de las casuchas. transido de hambre. despedazaba el filo de los comen­ tarios más desanimados o las conjeturas más desalentadoras. Ya aparecían. fatigada de hacer retroceder al adversario sin destruirlo nunca. la tropa no resistiría. No se pensaba que la ilógica acusación recaía por entero sobre el comando en jefe. poniendo el hambre en ecuaciones. . Aflo­ jaba. un buey. a la distancia.). (N . . un punto cualquiera que pudiera servir de re­ fugio. si no lo socorriese el curso caprichoso de los acontecimientos. sintiendo la gravedad de su precaria situación. despuntan­ do las mismas horas de la misma manera. Los bata­ llones. entonces y después. . . ” * su frase predilecta que largaba violentamente. . estéril. El diputado del Cuartel Maestre General. en la Favela: sumando. Era el único culpable. prisionera de un asedio cuyas líneas se distendían elás­ ticas ante las cargas y se apretaban en seguida. vacilante sobre las patas secas— una arroba de carne para seis mil hambrientos. Compartía el destino común con resig­ nación. en los pocos momentos en que se atenuaban los asaltos. la víctima expiatoria de todas las crí­ ticas. idealizando convoyes. encontró como suprema irrisión. . No podían. volvían sin rastrear ni una señal de su existencia por los caminos vacíos. con el que quería distraer la impaciencia general. por la permanencia en el cargo. discutiendo estupendas soluciones sobre cargueros fantásticos. como un golpe de sable. de T . * No aflojarle el garrón. La vista buscaba. un solo buey — flaco. ese funcionario tenía. Sin embargo. sordos rencores contra los ima­ ginarios responsables de esas desventuras. co­ mandado por el capitán Gomes Carneiro. el 15?.

Estallaban por encima y alrededor. la gran plaza vacía. allí estaba. Y como en el alma llevaban las mismas supersticiones y la misma religiosidad inge­ nua. Cruzaban sobre el humilde campanario las trayectorias de las granadas.Y contaban: una. tres. apenas extinguidos los ecos de la última campanada. indistinto y fugitivo. Hacía callar el bombardeo. cuatro mil. de allá ascendía. En la lejanía. dos. desapareciendo después. los toques del Ave María. el mismo instrumento doblaba sacudiendo las vibraciones de la alarma. recordando un rincón de Idumea. en el paraje legendario que prolonga la banda meri­ dional del Asfaltites. No perdía una sola nota. Un río sin agua. Nada más. esterilizada para todo y para siempre por la maldi­ ción de los profetas y por el reverbero de las planicies del Yemen. cruzaba. . ¡Cinco mil casas o más! ¡Seis mil casas! tal vez. recortadas nítidamente sobre el horizonte claro. Imaginaban que tenía recursos extraordinarios. E invisibles. cinco mil. . Las mismas balas que usaban revelaban efectos extraños. Cumplida la misión religiosa. Ese estoicismo singular los impresionaba y los dominaba. Al caer la noche. más lejos. un bulto. convertido en camino polvoriento y largo. . misteriosa y vaga. E intercaladas en los ruidos del ata­ que. sin árboles. ése era el cuadro de aquel extraño escenario. la cuerda ondulada de las sie­ rras igualmente desiertas. colada entre las espesas paredes del templo casi en ruinas. 801. . Quince o veinte mil almas metidas en esa tapera babilónica. . Corría una guarnición de llamas por las cumbreras de las iglesias. en ondas sonoras que se esparcían por la quietud total y refluían en las montañas lejanas. cortaba un callejón estrecho. torneándolas. El silencio descendía mortecino sobre los dos campos. aliado de la Providencia. Alrededor. La cam­ pana impasible no claudicaba un segundo en el intervalo consagrado. Como si la tierra se ataviase en ciertos trechos para idénticos dramas. vacilaban frente al enemigo. corriendo. Pasaba por la plaza y deflagraba por las faldas del morro. Caía como un fulminante sobre la aldea. Los cañones de la Favela bramaban despiertos por esas voces serenas. Una réplica violenta estallaba sobre la tropa. . Era una predestinación. las voces suaves se esparcían sobre la resonancia del ataque. el dibujo misterioso de un paisaje bíblico y la infinita tristeza de las colinas des­ nudas. La aldea — compacta como las ciudades del Evangelio— completaba la ilusión. fuera lo que fuese. la cadencia melancólica de los rezos. rápido. Crepitaban en los aires con estallidos . agrestes. resonando largamente en el de­ sierto. Los soldados escuchaban entonces.

se consumaría una catástrofe. Envidiaban los peligros. A veces se hablaba de la retirada. incomprensibles casi. prefiriendo el tiro de misericordia del jagungo a esa lenta agonía. en un asalto. En todos los espíritus permanecía el deseo de dejar ese sitio siniestro de la Favela. Como en los malos días de los sitios legendarios rememorados en an­ tiguas crónicas. esmeraba en los estallidos su salvajismo sin piedad. Un cigarrillo era un ideal epicúreo. Y uno a uno. Por cierto tiempo quedaban fuera del cuadro miserable del campamento. Si lo intentase. por fin. anónimo. silenciado de miedo. las embos­ cadas. insistentemente propalada después. expandiéndose el núcleo de plomo más rápidamente que la camisa de acero. insidioso. hundiéndose en el desierto. y que a eso se debía la naturaleza excepcional de las heridas. la convicción de que el adver­ sario. de las balas explosivas de los jagungos. veinte plazas del 33° dejaron a sus compañeros. impunemente. bajo la fiscali­ zación incorruptible del enemigo. La bala penetraba los cuerpos dejando visible el círculo del diminuto calibre y salía por un rumbo ancho de tejidos y huesos lasti­ mados. inepta para el cono­ cimiento de la ley física que los explicaba. Pero si la P brigada demoraba más de ocho días su llegada. terriblemente equipado. las cosas más vulgares adquirían connotaciones fantásti­ cas. Empezaron las deserciones. en las que el soldado se aventuraba a los mayores riesgos. otros los imitaron. Todavía se acepta la hipótesis de que los estallidos pro­ venían del desigual coeficiente de dilatación entre los metales que cons­ tituían el proyectil. ni este recurso quedaría. Quedarse a despecho de todo era el recurso supremo y único. los combates. penetraba entre los batallones. El rumor sordo. diariamente. las líneas de fuego de los soldados completamente exhaustos. El ejército no. Entonces se creó la leyenda. . Una brigada ligera podía. Los jagungos romperían. El día 9. como si reventasen en innumerables astillas. las ambulancias y el contrapeso de mil y tantos heridos. Pero la retirada era im­ posible.secos y fuertes. barrer los alrededores y volver. Los batallones que salían en diligencias hacia variados puntos desper­ taban envidia en los que quedaban. Tales hechos arraigaban en la soldadesca. . Deserciones heroicas. . en consulta vacilante a los compañeros. Al menos tenían la esperanza de las presas acaso conquistadas. despertando apostrofes y protestas violentas tanto como un silencio comprometedor y sospechoso. una raíz de umbú o una rapadura valían como manjares suntuarios. con el tardo movimiento que le imponía la artillería.

De Canudos ascendía. las notas metálicas de las marchas marciales y miles de gritos de triunfo. . Caía la noche. vestido de cuero. en abrazos.. se formaron las bandas de todos los cuer­ pos. miraba sorprendido todo eso. De una a otra punta de las alas. El día era propicio: la fecha de una fiesta nacional3 0v Por la mañana. una salva de veintiún tiros de bala la conmemoró. ■ ■■ ' V ’ ■■■■ EL ASALTO: PREPARATIVOS El convoy llegó a lo alto de la Favela el 13 de julio y al día siguiente. El ataque contra la aldea era urgente. convocados los comandantes de las brigadas a la tienda del general Savaget. . montando en caballo montaraz. Se enarbolaron las ban­ deras. Traía un oficio del coronel Medeiros notificando su llegada y requiriendo fuer­ zas para la protección del gran convoy que conducía.. . Fue un choque galvánico sobre la expedición abatida. en estrepitosas exclamaciones. escoltado por tres plazas de caballería. Los matutos fueron sorprendidos temprano porque hacía poco más de cien años un grupo de soñadores había hablado sobre los derechos del hombre y había peleado por la utopía maravillosa de la fraternidad humana. Los enfermos y los moribundos silenciaron sus gemidos transformándolos en vivas. Estallaron h im n o s. El soplo del Nordeste hinchaba las banderas y arrastraba hasta la aldea. . . . mezcladas. enfermo por una herida recibida en Cocorobó. em­ puñando a modo de lanza su picana. embarulladas. resonaron los clarines. El torrente ruidoso de las exclamaciones rodó hasta la zanja del hos­ pital de sangre. el toque del Ave M aría. un vaquero. sin embargo. corrió la nueva auspiciosa y. en un ondular sonoro que vagaroso avasallaba el silencio de los campos y se extinguía poco a poco en ecos por las montañas lejanas. transfigurando los rostros abatidos. apareció inesperadamente en el campamento. Su corpulencia de atleta contrastaba con los cuerpos esmirriados que se amontonaban alrededor. No puede describirse. moviendo febrilmente en inmensa alacridad a los soldados. El rudo vaquero. vibrando largamente por los des­ campados. planearon el ataque. El comandante de la P brigada había comunicado al volver que en la pretendida base de operaciones no existía nada. Parecía un gladiador pujante entre bosquimanos inquietos. se cruzaron en todos los sentidos. en gritos.La tarde del 11 de julio. Se encontraba total­ mente desprovista y había tenido que organizar con dificultad el convoy .

El ataque por dos puntos. al principio contorneante. sin que los reconquistara el 3 O 9 de infantería que fue inmediatamente destacado para esa diligencia. Fue asaltado el sitio de los animales. imperioso e intuitivo. no tuvieron autorización para andar según su voluntad por el lugar en que acampa­ ban. Esta posición que poco difería de la otra. por el camino de Jeremoabo y por la extrema izquierda. Las opiniones. El día 16 mostraron el mismo atrevimiento desafiante con el adversario abaste­ . Ese era el único plan. Los demás. se pusieron de acuerdo en la idea del ataque en grandes masas por un solo flanco. bombardearía el centro. la potencia pesada de las brigadas. fueron vistos en grupos que incluían mujeres y niños. Persistía en los ánimos el intento de no realizar lo que la campaña reclamaba desde el comienzo: la división de los cuerpos combatientes. Las dos columnas. fortalecidos por el voto favorable de los tres generales. Dos semanas de cañoneo y el refuerzo de municiones en el campo adversario. prevaleció. El movimiento. La travesía de uno a otro grupo significaba la muerte. los jagungos. o hacia cualquier otra. Desde allí. Habían caído baleados el sargento ayudante del 9 9 y varios plazas. desde donde renovarían la resistencia. Podrían trasladarse a salvo hacia las inaccesibles posiciones del Caipá. no los había alcanzado. como si ideasen una osada parodia a la reciente llegada del convoy. atacarían de lleno hasta la misma plaza de las iglesias. con disensiones minúsculas. tendrían franca la retirada hacia tres ángulos del cuadrante. El 25? batallón. Los revigorizaba. tuvieron una opinión diferente: permanecer en la Favela con el hospital de sangre. los expedicionarios. Se reincidía en un error. que surgía de la más ligera observación del teatro de la lucha. Lo demostraban los hechos recientes.que trajo. Esta era cierta y se preveía que a todo trance. Pero no se observó el teatro de la lucha. que se preestableció realizada sin que la perturbase el enemigo. satisfechos y alentados de nuevo por la esperanza de la victoria próxima. la artillería y dos brigadas como reaseguro. frente a su agilidad. mientras la artillería. a dos pasos de la 2 ^ columna. el que en poco tiempo se agotaría para reproducirse la misma situación anterior. después de una marcha de flanco de casi dos kilómetros hacia la derecha del campamento. llevando hacia la aldea numerosas reses. una vez más. derivando por los contrafuertes de la Fazenda Velha. no les había disminuido el ánimo. doblarían a la izquierda. enviado al ataque. se haría rectilíneo al final y si fuese logrado con éxito. sin dejar su posición. El plan confirmado era el más simple. Ese mismo día. El día 15. vol­ viendo aun a la izquierda. Deliberaron. 4^ y 5^ brigadas optaron por el abandono preli­ minar de la Favela hacia una posición más cercana de donde partiese el ataque. hacia el Vaza-Barris. incluso en el caso de quedar desbaratados. El enemigo iba a tener. avanzando por el lado derecho del campamento. Los comandantes de la 3^. y capturados algunos animales de remonta y de tracción.

. de la inercia absoluta a los movimientos impulsivos. tuvo que hacerlos combatiendo. imposibilitaba el desen­ volvimiento rápido de las columnas. concen­ trando a todas dentro de la aldea. hecho por una sola brigada. Mas esto sólo sería posible si. el coman­ dante en jefe. fue recibida con delirio. ellas son la nota predominante. "Dada la señal de carga nadie más trata de evitar la acción del fuego del enemigo. Todos los dispositivos quedaban supedi­ tados a esa preocupación absorbente de los choques violentos: tres mil y tantas bayonetas cayendo como un caudal de hierro y llamas. Esta vanguardia combatiente. adrede elaboradas para las condiciones excepcionales del medio y del adversario. La comisión de ingenieros. ésta parecía ser de fácil acceso. Saltaba de la quietud al ataque total. Atacaron sobre todas las líneas. hasta que fi­ nalmente se operase en el terreno el retroceso del antagonista. En las disposiciones dadas el día 16. El coman­ dante general oscilaba entre extremos. Iba a hacerse lo contrario. . Estas instrucciones concordaban con las tendencias generales. La orden del 17 de julio señalando el ataque para el día siguiente. excluyendo las cargas de pelotones masivos precipitándose por los cerros. cada soldado busca a su compañía. A pesar de ello. Vista desde lo alto de la Favela. en una deducción osada. Las se­ sudas combinaciones concretas de un combate. daba vuelta a la página futura poniendo ante los combatientes el milagro de la victoria. para hacer unos ligeros reconocimientos por las cercanías. la batalla tuviese una demostración preliminar o recono­ cimiento enérgico. a golpes. llevando la formidable escolta de dos batallones. Esta actitud mostraba que el enemigo iba a reaccionar con vigor y como no se conocían los recursos con que contaba. Después de cada carga. el 7? y el 59. no las satisfa­ cían. cada compañía a su batallón y así todos”. meterlos dentro de la cueva de Canudos a coces de armas. permitía prever las dificultades de un ataque en masa y por sí mismo. . Apoyándose en las hazañas anteriores. Era preciso hacer retroceder a los tontos bandidos de una sola vez. a medida que progresara barriendo las trinche­ ras abiertas en los altos y en los flancos. sugería un orden disperso. El rencor largamente acumulado por los anteriores fracasos exigía desquites fulminantes. Dejó la vaci­ lación inhibitoria que lo mantuvo en lo alto de la Favela para pasar a la obsesión delirante de las cargas. el suelo ondeado en colinas y surcado por zanjas. por el lecho seco del Vaza-Barris. libremente extendida y actuando fuera de la compresión de las filas compactas e inútiles. sería gradualmente seguida por las otras que la reforzarían en los puntos más convenientes. lo que además era inapropiado para la zona de combate.cido. el ataque debía ate­ nerse a la condición esencial de no comprometer en él a toda la fuerza. Se carga sin vacilar con la mayor impetuosidad.

Está desmoralizado y si. la 5^ del coronel Juliáo Augusto da Serra Martins que sustituía al general Savaget en la dirección de la 2 ^ columna. La 1? columna dirigida por el general Barbosa. El campa­ mento no fue molestado. Alberto Gaviáo Pereira Pinto. Entrarían en acción 3. el 149 y el 309. Canudos estará en vuestro poder mañana. Lo atestiguan los combates de Cocorobó. respectivamente comandados por el capitán Joáo Antunes Leite y el teniente coronel Antonio Tupi Ferreira Caldas. Canudos caería al día siguiente. si una vez más fuerais los bravos de todos los tiempos. Carlos Augusto de Sousa y José Xavier dos Anjos.500 hombres bajo el mando del general Savaget. Antonio Nunes de Sales."¡Valientes oficiales y soldados de las fuerzas expedicionarias en el interior del Estado de Bahía! Desde Cocorobó hasta aquí. la 3? del teniente coronel Émídio Dantas Barreto. así como la de artillería que secundaría el ataque con un bombardeo firme.349 hombres repartidos en cinco brigadas: la 1? del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. iremos a descan­ sar y la Patria sabrá agradecer vuestros sacrificios”. Macambira. la 6 * del coronel Donaeiano de Araújo Pantoja. Trabubu. la 4^ del coronel Carlos Maria da Silva Teles. esta última recién formada. compuesta de dos batallo­ nes. ". Mañana vamos a batirlo en su ciudadela de Canudos. El enemigo mismo parecía conocer la resolución heroica: sus irritantes tiroteos habían cesado. El 5 9 de . y finalmente. el enemigo no ha podido resistir vuestra bravura. 79. vencido de antemano. La 2? la acompañaría cerrando la retaguardia. la orden del día. La patria tiene los ojos puestos sobre vosotros. guardando la posición: las brigadas 2? y 7^ de los coroneles Inácio Henrique de Gouveia y Antonio Néri. todo lo espera de vuestro coraje. leída con aplausos el 17. temeroso y callado. se formaba con el 12 9 y el 319 bajo el mando de los capitanes José Luis Buchelle y José Lauriano da Costa. ha sufrido pérdidas considerables. todos comandados por capitanes. reunía el 59. cqn el 26° y el 329 comandados por el capitán M. otros dos en lo alto de la Favela y dos asaltos que el enemigo hizo a la artillería. si tuvierais constancia. Se delineó el ataque. El ene­ migo traicionero que no se presenta de frente. Se refugiaba allá abajo. Angico. que combate sin ser visto. . las fanfarrias de los cuerpos vibraron hasta la caída de la noche. Nos detenemos ante una oración condicional comprometedora. Era fatal. estaba bajo el mando del mayor Nonato Seixas y se formaba con el 35 9 y el 4O9 batallones del mayor Olegário Sampaio y el capitán J. marcharía al frente de combate rodeada por un ala de caballería y una división de dos Krupps de 7 1 / i . Ante ella. . 9 9 y 25?. Villar Coutinho. debía haber sido cambiada al caer la noche del 18. Esa tarde. En la Favela quedaban cerca de 1. Costa y el mayor Colatino Góis.

Olimpio da Silveira.la policía bahiana. jovial. Al poco tiempo volvieron hacia la izquierda. se realizaba tranquilamente. con­ tinua. se veía que allí se encontraban algunos para los cuales el sertón de Canudos era un campo muy estrecho. traía la envidiable reputación de su coraje de la refriega mortí­ fera de Inhanduí3 0 3 . Eran tropiezos cortos y rápidamente solu­ cionados. Frutuoso Mendes y Duque Estrada. a paso ordinario. piedra por piedra. el jefe de la artillería. Porque el com­ bate era la victoria decisiva. pasando ruidosamente por el camino mal pre­ parado. mientras el grueso de la expedición atacaba. ávida de renombre. anhelando peligros. una altivez sin par sangrando bajo el cilicio del unifor­ me. contra los federalistas del sur. bajo la jefatura del capitán de ejército Salvador Pires de Carvalho Aragao. coman­ dante del 5? de la policía que él mismo había formado con los tabaréus robustos escogidos en los poblados del Sao Francisco. impa­ sible ante la gloria y ante el enemigo. Carlos de Alencar. amenazadora. con un contingente reducido. los muros de la iglesia nueva. y otros. como obedeciendo a una fatalidad. siguieron con la vista puesta hacia el este. recordaba el bello episodio del cerco de Bajé. siguiendo rectilíneamente por la vida entre el tumulto de las batallas. nervioso. acompañaba autónomo. siempre bajando. . todavía alta la madrugada. desti­ nado a caer heroicamente en el último paso de una carga temeraria. bajando hacia el camino de Jeremoabo. sin la menor mo­ lestia del enemigo. Toda esa gente esperaba con impaciencia el combate. cara bronceada marca­ da de líneas inmóviles. La marcha. a la 2 ^ columna. turbulenta. Wanderley. que desarticularían. como si este movimiento contorneante fuese a sor­ prenderlo. EL ENCUENTRO Las columnas se movieron el día 18. la perturbaban a veces. Vieira Pacheco. los combatientes recomendaron a los que permanecían en la Favela que tuviesen pronto el almuerzo para cuando volviesen de la fatigosa empresa. cuyo comando se extinguiría por la muerte de todos los soldados del ala de caballería que dirigía. Definidos los luchadores. Entre los de menor graduación. sobre los contrafuertes de la Fazenda Velha. Solo los Krupps. temeraria: Salvador Pires. parecía la imagen de un luchador modesto. el gaucho intrépido que mandaba el escuadrón de lan­ ceros. Según el viejo hábito. con su aspecto de estatua. rumbo al Vaza-Barris. El teniente coronel Siqueira de Meneses. La tropa del ataque rodaba sordamente. inquieto. Contramarchando a la derecha del campamento. . Garlos Teles. una oficialidad joven. Tupi Caldas. . debía realizar ligeras opera­ ciones de distracción a la derecha.

caatingas marchitas. para cortar todo el frente de batalla. acelerando el paso. sin mojarse. mil quinientos metros al frente. Los breves tropiezos en el traslado de los dos Krupps habían retardado a la retaguardia. Eran las siete de la mañana. una compañía del 3 O9 replicó sin detenerse. Las aves habían abandonado esos aires barridos desde hacía casi un mes por las balas. la 3^ en el mismo orden. siguiendo ese círculo extenso de circunvalación. divisándose apenas al mirar rasando por la cresta de los cerros. el general Barbosa pudo trazar una línea de combate: la 1^ brigada extendiéndose hacia la derecha con sus tiradores. mien­ . La planicie ondulada. nítidas. . como la flexión del enorme semicírculo. El terreno próximo se levantaba en un cerro donde se veían. pisaba ya la arena del combate. indefinido hacia el norte. después de correr derecho hacia occidente. subiendo hasta los amplios escalones del Cambaio. revistiéndolo hacia arriba. Dos cruces amenazadoras y altas. De manera que. Poco a poco se descubría la región silenciosa y desierta: cumbres desnudas. atenuándose en parte el grave incon­ veniente de una acumulación de batallones. pero hacia la izquierda. en la claridad que nacía. los asaltantes atravesarían. . la última.La tierra tenía un triste despertar. después de tras­ puesta la bajada. en una de sus curvas. recortadas. golpeando por el sur contra la Favela. recortado y flexible. los vértices de las dos torres de la iglesia. cortas explanadas. La mañana aparecía rutilante y muda. hacia la izquierda. pasados unos pocos centenares de metros. La columna 1^. La aldea. desaparecía en una depresión más fuerte. La vanguardia atacada. El Vaza-Barris. se ensoberbecía hacia el oeste en macizos cada vez más altos. Los exploradores recibieron los primeros tiros al saltar la barranca izquierda del río. bastaba a los que la defendían extenderse uniendo las dos ramas paralelas y próximas del río. Así. alargándose por el cuadrante del NE. cargarían de frente. hacia el este. invirtiendo el sentido de la corriente y formando una península imperfecta que tiene al final la aldea. como muros de piedra derruidos. ya en julio mostraban en grandes manchas pardo oscuro el avance lento de la sequía. irregulares atrincheramientos de piedras. Porque la dirección de aquél lo interfería normalmente. más acá de Trabubu. el Vaza-Barris y volviéndose una vez más. al mismo tiempo que el grueso de la 1^ brigada y cuatro batallones de la 3^ llegaban compactos hasta la orilla del río y lo cruzaban. Pero antes de completar esta operación el enemigo les salió al paso. tuerce abruptamente hacia el sur y vuelve. entera. hasta el pie de la Canabrava.

Sobre que era una maniobra bajo la mirada del enemigo. desorientados. otras compañías y otros batallones. como era de prever. formán­ dose en líneas de tiradores. Los soldados —bayonetas arreme­ tiendo contra los morros— golpeaban en él vertiginosamente. para que no se desarticularan y dieran el flanco al enemigo hasta una nueva posición de combate. las compañías. sin ver el resto de los compañeros y sin poder distinguir siquiera los toques de las cornetas. Lo decían todas las condiciones concretas. según las cotas máximas de los cerros y la hondura de las bajadas. Se enredaban. Faltaba la base física esencial para la táctica. la alteraron en pormenores. forzadamente asu­ mida por todas las unidades combatientes. iba a partirse en planos verticales. El mismo general que los había arrojado a semejantes horcas caudinas 3 0 4 . la 3^ brigada comenzó a luchar por el flanco derecho del 3 O 9 que era de la primera. . aventajándose a toda rienda. aturdidos por las revueltas de la marcha. no pocas veces se daban de pronto con otras secciones. había caído en el valle del Vaza-Barris por donde comenzó a avanzar. aventuró un gauchismo bárbaro: las fuerzas se trenzaban. estaba lo inapropiado del terreno. mientras que el 259. suponiendo que avanzaban. Las secciones. debía evitar que lo rodeasen. se desta­ caban hacia la derecha. se sentían perdidos. enfi­ lando por un laberinto de zanjas. este movimiento general de la tropa fue mal hecho. desde la áspera topografía del suelo al extraordinario vigor de pronto de­ mostrado por el adversario que desde los primeros minutos. quizá insigni­ ficante. Retrocediendo a veces. El 9 9 batallón. no encontrando en el opulento léxico de nuestra lengua un término ajus­ tado para caracterizar el desorden de la refriega. abarcaba todo el frente de ataque en una fusilería impenetrable. lo que era esencial. La línea ideada.tras el ala de caballería. en la orden del día relativa al hecho. delataban la confusión de las filas. Pero. en la extrema izquierda. y en breve trecho. era impracticable. que marchaban en sentido contrario. y desde que no podía trazarse con velocidad tal que convirtiese en pasajera una situación de desequilibrio y debilidad. Pero todo sin la firmeza y la velocidad que exigía la táctica pensada. los batallones. hecha por un rápido desdoblamiento de bri­ gadas en una longitud de dos kilómetros. hacia el flanco derecho. herido de descargas que irradiaban desde las dos orillas. Era imposible extender la formación dispersa debajo de las balas en semejante lugar. única banda apropiada a los alineamientos. En contraposición al orden primitivo. el 59 y el ala derecha del 79 centralizaban mal la lucha. Lo revelarían los resultados inmediatos de la acción. . Impracticable y peligrosa. . más tarde. Además de no conseguir ejecutarla de esa manera. pero que desde un principio.

llegó la 2 ^ columna. el escenario se volvería singu­ larmente majestuoso. Avanzaban y cargaban. ampliándolas. no podían adaptarse a las líneas de cualquier plan. definiéndose como un sector amplísimo de rayos convergentes en la plaza de las iglesias. subieron hasta el tope de las colinas y de nuevo bajaron. . Nada podía conjeturarse. ex­ playándose en las cortas llanuras. que al llegar había observado que no hallaban las fuerzas en él comprometidas. tal vez con­ centrándose. El coronel Carlos Teles en su parte de combate — documento que no fue contestado— afirmó después. por cierto. Pero esta concepción táctica. el fulgor metálico de las tres mil bayonetas. juntándose tumultuosos en los declives. según el plan impuesto por las circunstancias. la 4^ y la 5^. Los jaguncos alrededor. . . Pero fue lúgubre. variando por todos los rum­ . De modo que si la tropa expusiese sobre ese resplandor brillante. estallando en los flancos. la envergadura de hierro de la batalla. quedando sólo la reserva. tal vez rodeándolas . Diez batallones mezclados se echaron por los cerros abajo.De modo que cuando. Hermosa y caliente mañana sertaneja que en esa zona irradia siempre un bello resplandor de centellas reflejadas por la tierra desnuda y llena de cuarzos. la 6 ^. frente a los rudos antagonistas. invisibles. reforzándolas en sus puntos flacos. bajo las órdenes inmedia­ tas del comando en jefe. revueltas. Saltaron sobre las laderas que las aprietan. no fue realizada. no sabían la dirección real del ataque que realiza­ ban. o aun. A cada momento pisaban trincheras y desde el fondo de éstas los cartuchos detonados y ardientes delataban la reciente huida del enemigo. además de tomar toda la delantera al enemigo. o completándoles los movimientos. Las brigadas auxiliares. Los recién llegados debían marchar hacia la derecha. articulán­ dose con las que las habían precedido. como se había planeado. además de rudimentaria. fuertes y vibrá­ tiles. Los soldados. revigorizándolas. a su vez. Se embarullaron en las bajadas. comenzaron a con­ quistar corajudamente el terreno. para otra vez atacar. pasada media hora. Pero al fin de cierto tiempo. "No obstante. obstaculizándole cualquier acción contorneante. ruidosamente. conteniéndose en las quebradas. . de modo de extenderse. Eran las ocho de la mañana. en tropel. el deber único de la ocasión era avanzar y cargar. con las for­ maciones que le son propias. ya era sensible el número de bajas. prendiéndose a las alas extremas. Sucesivamente vencían los morros. al llegar debajo de una fusilería atronadora y observar el tumulto. La réplica de los adversarios. desnudamente. facultaría después el ataque final en una concentración única que el mismo campo de combate indicaba. lo que. estrepitosas. retrocediendo tal vez. rezagada. También venían dos brigadas. en un ondear de muche­ dumbres humanas. ”.

Precipitándose velozmente en aquella dirección. fortalecida en la oca­ sión por la 4? brigada que tenía como jefe al coronel Carlos Teles. dejando escapar la oportunidad de un ataque serio. Encima. al bajar por una cuesta. Los dispersaron con una carga violenta a puntazos de lanza y patas de caballos. Fue en el último ímpetu del ataque. osados guerrilleros se enfrentaban con los asaltantes y les tiraban a quemarropa. Se mostró en seguida por la extrema derecha. la aldea. Cada soldado había llevado consigo ciento cincuenta cartuchos y ya los había gastado. subió al galope por una ladera poco abrupta y de pronto tuvo delante. construidas en un rincón extremo. convergió sobre ella una tremenda fusilería. por el rigor de su puntería. disipando de manera improductiva el valor y las balas. parecía adrede dispuesta a desorientarlos. donde no era dable pensarla. La tropa. los golpeaban por el flanco derecho. como si la intención fuera un vigoroso ataque de flanco que. también llegaban atropelladamente algunos pelotones de infantería. en su persecución. la 5^ marchando por la derecha. cuyo . a unos tres­ cientos metros de las iglesias.bos. impedían el paso de batallones enteros. En ese instante. Pero éstos. abriéndoles. dio de golpe con cerca de ochenta jgungos. Se hizo necesario detener batallones enteros — en plena batalla y situados en un terreno que los convertía en blanco— para abrir a golpes de martillo los cajones de mu­ niciones y distribuirlas. Pero se observó que aquéllos sólo hacían una ligera demostración. donde cada pared se abría en rajas que eran bocas de tiro. la 3? y la 4^ por el centro y la 6 ?. a menos de trescientos metros. Lo demuestra un episodio sugestivo. claros pronunciados. por la izquierda. Las primeras casas. Estaban dentro de un corral desde donde tiraban de costado sobre la tropa. El escua­ drón. Habían llegado hasta allí en grupos desordenados. que entró también en la refriega. ofrecían a los combatientes un área plana y sin obstáculos. . dentro de los batallones desmantelados. abarcando todo el cuadrante a lo largo de dos kilómetros. aunque pocos. completando los nutridos tiroteos que irrumpían desde la aldea. En el torbellino de las filas sobrevinieron súbitas parálisis. en descargas continuas. La fuerza. Era el momento agudo del combate. Y desde este punto hasta el extremo de la plaza. estaba totalmente expuesta. Lo espaciado de los estampidos por ese lado denunciaba que había francotiradores. triunfalmente. bordeando el río. Las brigadas aún avanzaron pero sin la rectitud de un plan. a nivel de la parte más alta de la aldea que sube hacia el norte. Lo mostró el escuadrón de lanceros en un reconocimiento teme­ rario. en el caso de impulsarse con energía. Además. sobre todo la situada desde el centro hacia la derecha. La situación entraba en su momento culminante. inevitablemente lanzaría a los sertanejos. al oeste. . sin la uniformidad de la marcha.

los mismos restos de municiones revelaban la presencia reciente de un tira­ dor. salpicando el terreno. que decaía suavemente hacia la plaza de las iglesias. Saltando del hoyo y sin largar el arma. se metían en otros y las nuevas trincheras en seguida retomaban las vivas descargas hasta el abandono y la posterior ida a otra. mientras desde lo alto de la Favela coronada de humo. Muchos quedaron atónitos por lo inconcebible de un fusilamiento en pleno des­ campado. avanzó aún. concentrándose. El suelo explotaba bajo los pies de la tropa. otros se arrojaron temerariamente sobre la posición. los soldados pudieron refugiarse en las casuchas abandonadas. La fuerza llegó hasta esa situación dominante cubriendo una línea discontinua y torcida que se prolongaba. idénticas. im­ pulsada por los oficiales que en la coyuntura se revelaron dignos de las más gloriosas hazañas. Y estando a pocos pasos. a ras del suelo descubrieron una cueva redonda por donde asomaba un rostro bronceado y duro. más altos que las iglesias. uno a uno iban cayendo. por delante. Las balas incon­ tables golpeaban los tabiques de las casas donde se habían refugiado muchos soldados y los mataban ahí adentro. Las bajas abultaban. sobre la margen del río. La mayoría. El 59 de policía. Otras. Golpeado por las granadas que de allí venían y por la fusilería del este. les dieron de frente. hacia la izquierda. aparecían alrededor. completaron el ataque que consti­ tuyó la última arremetida de la tropa. cuyas primeras casas fueron finalmente alcanzadas a las diez de la mañana. hasta el Vaza-Barris. por la planicie desnuda y chata. al este. Por entre ellos pasaron todavía. Se detuvieron. La 6 ^ brigada y el 59 de policía. hasta los fondos de la iglesia vieja. La retaguardia. conver­ gían aceleradamente hacia la derecha. trasponía la última ladera. el jagungo se escapó entre las grutas de la ladera. repleta de muertos y heridos. La iglesia nueva. rechazando a adversarios que no veían. retrocediendo. rudamente golpeadas. Habían conquistado un diminuto suburbio de la ciudad bárbara y se sentían impotentes para ultimar la acción. mien­ tras las secciones extremas de ese flanco. Cubrían una extensa loma. sin embargo. En el fondo de la trinchera.estado mayor casi había desaparecido. Arremetía al azar. Era el único árbol que por allí había. daba la emocionante impresión de una derrota. fulminada en un círculo de descar­ gas. En parte. iniciaron un firme cañoneo. apareciendo por el lecho seco del río. más de trescientos cartuchos vacíos demostraban que el foroz cazador había estado largo tiempo emboscado y a la espera. yendo en direc­ ción de un umbuzeiro todavía frondoso. poco a poco. Los sertanejos desalojados de esos escondrijos. los dos Krupps. rudamente . sobre la aldea. estallaban las baterías del coro­ nel Olimpio de Oliveira. Puestos en seguida en posición de batalla. Eran tierras minadas. Tiros rápidos pero sucesivos. llevados a pulso. como hechos por un solo hombre. la aldea recrudeció su réplica. Ya no dieron un paso más. Y en todas. fulminaba a la 6 ^ brigada.

NUEVA VICTORIA DESASTROSA En medio de esta desastrosa confusión. la expedición se veía obligada a detenerse en una situación sin solución. caían a veces a mano de frágiles mujeres. no flaqueaban. al penetrar en las pequeñas viviendas. cada uno luchaba por la vida. cayó por fin en una estrecha gruta que lo libró de un fusi­ lamiento en masa. Al llegar. ojos llameantes. .combatido. se vestía de heroísmo. se olvidaban del morador. mal protegido por las casuchas esparcidas por la vertiente. de carreras. mostrando brutalmente la forma primitiva del coraje. En medio de esta situación grave y dudosa. los jefes de las brigadas y 4^ que habían avan­ zado hasta el cementerio. Este apareció después de hacer a pie. en los primeros instantes. casi estranguladas por las potentes manos. de cornetas. Soldados fuertes que venían jadeando por una lucha de cuatro horas. escupiéndoles encima una trágica maldición. morían con un estertor de fieras. cara marchita. Y no pocas veces caían por un disparo hecho a quemarropa. En esa situación. como suele acon­ tecer en esos epílogos sombríos de las batallas. La batalla iniciada a dos kilómetros continuaba más reñida al borde del caserío. Eran igual­ mente imposibles el avance y el retroceso. junto a la iglesia nueva. al final de un violento ataque. Desorganizados los batallones. Algunas eran como hombres. el comandante del 59 de línea y al capitán Antonio Sales. dentro de un rancho. Una vez más. las fracciones combatientes actuaban por cuenta propia. se había hecho una selección natural de valientes. formados con plazas de todos los cuerpos. reduciendo la batalla al área en que se jugaban la vida. El tumulto. el comandante en jefe resolvió que se mantuviera la posición conquistada. al coronel Carlos Teles. Tanteaban los bultos en busca de agua y harina. de gritos de cólera. cabellos greñosos y sueltos. encontró ya gravemente heridos. nada distinguían en la penumbra de las habi­ taciones estrechas y sin ventanas. el instinto animal de conservación. de voces de comando. reclamaron la pre­ sencia del general Artur Oscar. dentro de las cuales. arrastradas por los pelos. el sol alcanzó el cénit. Hambrientos y muer­ tos de sed. Ajenas al destino de los otros. imprecaciones y gemidos. Resolución que se imponía por sí sola. Viejas de tez oscura. tiradas en el suelo y pateadas por los tacones de las botas. Y cuando se doblaban bajo el puño de aquéllos. atacaban a los invasores en un delirio de furia. de gritos de dolor. Realizaron una rápida conferencia. Perdidas todas las esperanzas. A su alrededor el desorden: vibraciones de tiros. En los grupos combatientes reunidos al acaso. un camino que fue un lance de coraje.

Canudos. adentrados en un dédalo de casuchas hacia el norte. formada por los batallones 12 9. indomable. junto al cemen­ terio. Lo tenían a dos pasos. enfrente. protegido por el ala de caballería y los batallones 149. Porque el enemigo vigi­ laba implacable. cerca. millares de entradas abiertas. se emplearon en la construc­ ción de los atrincheramientos. se ubicó el cuartel general. Sucesivamente. Cada paso de soldado fuera del án­ gulo de una esquina. que le enviaron las gentes de las tierras grandes. En una gruta profunda que drenaba los flancos de la Favela. en su sorprendente crecimiento. en los fondos de la iglesia vieja. allá tenían la esperanza del ataque y de la victoria. blindándose con piedras y tablas las pare­ des de las casas y eligiéndose puntos menos expuestos a los proyectiles. Allí estaba el jagungo. Comenzó a hacerse sentir el imperio de una situación más incómoda que la anterior. Estos trabajos imponían los máximos cuidados. a su lado. refugiados bajo los mismos techos y aumentando en tres mil almas la población del lugarejo sagrado. paralelo a la cara oriental de la plaza. A su vez. en la Favela. desbor­ daba de la depresión original hacia las colinas que la rodeaban. la campana de la iglesia vieja batía calmosamente el Ave María y en seguida. Allí estaba. invitando a penetrar en la red inextricable de sus callejones tortuosos. . profesionales de la guerra. del seno amplio de la otra. La línea avanzada de los cuerpos que más se habían adelantado se afirmó. El resto del día y gran parte de la noche. seguían el 259. poniendo delante de la invasión millares de puertas. amenazadora. se atrincheró el 59 de policía. 3 19 y 389. una quinta parte de ésta que limitaba al este.Al caer la tarde quedó inmovilizada en un área estrecha de la aldea. y descendía en declive hacia la plaza. Desde este punto hacia la retaguardia. La ciudadela propiamente dicha no había sido tocada. Al menos. Las casas del lugar eran nuevas. Ahora no quedaba ninguno de estos engaños. desafiando un choque mano a mano. el 4 O9 y el 3O9. el 79. éste se unía al 59 de línea por la margen opuesta. No lo atemorizaba la proximidad de sus enemigos. 33 9 y 349. de norte a sur. En cada abertura de pared asomaba una espingarda y un ojo indagador. era la muerte. sin muros. resonaba la melancolía de los rezos. En el flanco izquierdo. La zona se extendía a lo largo. la línea se curvaba. apartándose del caserío y cuidando el flanco derecho del campamento. La tropa ocupó uno de los suburbios. pero inexpugnable. La fusilería había aflojado pero para recaer en la prác­ tica acostumbrada de las emboscadas. 329. y después el 259. extendiéndose hasta la orilla derecha del Vaza-Barris donde tomaba contacto con el 269 de infantería. Y todavía se despreciaba al adversario que sólo se conocía de lejos. Pero no le habían modificado siquiera el antiguo régimen. a la extrema izquier­ da. Al atardecer. No se podía pasar más allá del temerario esfuerzo hecho.

fue abatido junto con el caballo en la cumbre y rodó hacia abajo. al desorganizarse de esa manera hubiera estado perdida. Ahora bien. desafiando a la muerte. la efigie del mariscal Floriano Peixoto fijada en medallas de bronce colgadas a la izquierda del pecho y morían saludando su memoria. ese entusiasmo febril. sin excluir a uno. muertos todos valientemente. Después se contaron las hazañas de algunos: Cunha Lima. entre muertos y heridos y éstos. era una cruzada. combatían con la misma fe inagotable. En las sociedades hay retrocesos atávicos notables. quedaron sitiados entre la oficialidad y los jagungos. La lucha por la República y contra sus imaginarios enemigos. Pero los rudos soldados en cuyo ánimo moraban el desaliento y la incertidumbre. . seguían avanzando tambaleantes por las líneas de fuego. los resultados inmediatos del suceso la impresionaban demasiado. y otros. Alféreces y tenientes habían desbaratado sus vidas de manera increíble. dándole a la refriega rasgos singulares de heroicidad antigua. Serra Martins y Antonio Néri que vino a la tarde con el 7?. sobre todo en la juventud militar. tenían. Había tenido cerca de mil hombres: 947. Los modernos templarios. entre vivas a la República. Los que morían de tal manera a la entrada de Canudos. Una tropa cuya fortaleza pesara exclusivamente sobre la disciplina. como un titán fulminado en caída prodigiosa. reviviendo el desprendimiento demencial de los guerreros místicos de la Edad Media. con los caídos en los encuentros anteriores. que precipitándose al galope por la cuesta de la última colina. aunque no llevaban la armadura bajo el hábito ni la cruz grabada en la empañadura de la espada.Toda la agitación diurna había sido como un incidente vulgar y esperado. arrebatándolos en idealiza­ ciones de iluminados. un lirismo patriótico que les desequilibraba el estado emocional. aparte de las precipitaciones desas­ trosas que produjo. fue la salvación del 18 de julio. En una escala ascendente. Tres co­ mandantes de brigadas fuera de combate: Carlos Teles. que herido en el pecho durante una carga de lanceros concentró su último aliento en el último ataque. Además. y entre nosotros. En cierto modo. estudiante de la escuela militar de Porto Alegre. los revueltos días de la República habían impreso. El paralelo es perfecto. sobresalían las bajas de los oficiales de menor graduación y de los plazas. ca­ yendo sobre el enemigo como un dardo. con el mismo delirio entusiasta y la misma dedicación y la misma aberración fanática con que los jagungos juraban por el Buen Jesús misericordioso y milagroso. que­ daron hipnotizados por el coraje personal de sus jefes y dominados por el prestigio de oficiales que. gravemente heridos. algunos sin poder sos­ tener ya la espada. Wanderley. la reducían considerablemente. La expedición atravesaba una terrible crisis.

prolongándose a la derecha y hacia el norte. centenares de los cuales estaban resguardan­ do la Favela. Por ese lado quedaba abierta la extrema derecha. la estorbaba la aldea. doblara luego hacia el oeste. Pero una expedición reducida a poco más de tres mil hombres válidos. saltando las ondulaciones mayores del suelo en el primer escalón de las sierras del Calumbi y del Cambaio. El general Artur Oscar apreció seguramente el estado de cosas. era la expedición la que estaba sitiada. entre las vertientes de la Favela y los primeros surcos del arroyo de la Providencia donde estaba el cuerpo policial. no desembocar en la derrota. pasó en relativa calma. Caían otra vez baleados los heridos que para allá se arrastraban. aunque no pudiesen ser rotas. bordeando el río y siguiéndolo en su curvatura hacia el sur. aunque el adversa­ rio se lo permitiese. contra la expectativa general. Pidió un cuerpo auxiliar de cinco mil hombres y armó los dispositivos que ga­ rantizaran a la fuerza triunfadora de modo tan singular. Dos campamentos distintos parecían señalar una movi­ lidad mayor. Al sur. podían ser rodeadas. Como después de otros triunfos. mal cerrada por el este. su radio de acción había aumentado. Las frágiles líneas de defensa. se veía un gran espacio libre. Pero la situación fue resuelta por la inercia del adver­ sario. el doctor Tolentino. no podía sostener un sitio tan amplio. hubieran sido fácil­ mente destruidas. Los cerros barridos a cargas de bayonetas hacía pocas horas. Para cerrar la circunferencia se hacía necesario un trazado que. del mismo modo que a la izquierda. Los sertanejos también claudicaban. liberada del cerco atrincherado. como había sucedido siempre desde el 27 de junio. parecían de nuevo poblados. Atravesar el campo conquistado se les . Aparentemente. que en la tarde del combate había bajado por allí. estaban en la torturante situación de no poder arriesgar ni un paso atrás ni uno adelante. Pero. Al día siguiente. Las comunicaciones con la Favela se volvieron de inmediato muy difíciles. La temporaria paralización de las operaciones parecía inevitable para atenerse a la defensa de la posición ocupada hasta que mayores refuerzos permitiesen nuevos esfuerzos. volviendo finalmente al este por la espuela de los Pelados. los altos de la Favela llenos de heridos y enfermos la encerraban. Pero esa ilusión se apagó el mismo día del asalto.EN LOS FLANCOS DE CANUDOS La noche del 18 de julio. quedó grave­ mente herido a orillas del río. Al norte y al este. Oficial­ mente. la orden del día decretaba el comienzo del sitio. una línea de mantas cosidas demarcaba un seg­ mento del diminuto cerco: un quinto de la enorme periferia de la aldea. Sobre el ánimo del jefe expedicionario había pesado el temor de un asalto nocturno ante el cual no habrían podido reaccionar. Al oeste. y un médico. de hecho. y colocadas entre dos fuegos y contenidas de adelante por la aldea impenetrable. Un circuito de seis kilómetros aproximadamente. se abría el desierto impenetrable.

Por la noche. visto de relieve. al reverberar los mediodías calientes. Y así. observando el caserío y disparando las espingardas todas a un tiempo: ¡cien. término extemporáneo. eufemismo que suplanta a "bandido famoso” empleado por la literatura marcial de las órdenes del día. indistinto y fugitivo. Les espesaron las paredes con muros interiores. vencedores llenos de miedo emboscando a los vencidos. un fósforo encendido despertaba las descargas. por cierto. se refugió en una de ellas. ese momento en que la venganza revanchista tendría las características del mayor salvajismo”. en la vertiente opuesta. trescientos tiros! contra un bulto. los rodeaban con trampas que . Mientras los que lo amenazaban permanecían alejados.volvió un problema serio a los conquistadores. El sertanejo defendía su hogar invadido. repe­ lidos por el ángulo muerto de la colina. dos­ cientos. los proyectiles pasaban inofensivos. en las líneas avanzadas. un trapo cualquiera. "Un enemigo habituado a la lucha irregular que supiese sacar partido de nuestras desventajas tácticas. nada más. tenientes coro­ neles Tupi Caldas y Dante Barreto. los dedos clavados en el cerrojo de la espingarda. copiaban línea a línea la reclusión que antes observaban a los jagungos. no habría dejado pasar. estaban todavía a un paso del desastre. Los jagungos sabían que podían matar dentro de las casuchas — frági­ les muros de barro— a los moradores intrusos. Pero el jagungo no era afecto a la lucha regular. Por otro lado. no podían pre­ parar convenientemente la escasa refacción. en el laberinto de los ca­ llejones. Hasta es una exage­ ración llamarlo enemigo. y comprendían "que un paso a retaguardia en cualquier punto de la línea central significaría la perdición total”. los que habían invadido el corto trecho de la aldea. . temerarios ambos. Entonces se las convirtió en casamatas. Esta preocupación por una catástrofe inminente no se le ocultaba a nadie. Sobre el cuartel general. Los comandantes de éstas. se oían allí los tiroteos librados del otro lado. ca­ yendo escandalosamente en la misma guerrilla de emboscadas. los ojos fijos en las rajas de las paredes. . El coronel Antonio Néri fue herido justamente cuando. Resultaba de la secuencia de los hechos. Un hilo de humo blanquean­ do en el techo de barro era una atracción para las balas. los ojos fijos en los techos de los ranchos. centralizado por la barraca del comandante en jefe. Y durante muchos días dominó todos los espíritus. Como ellos. Y durante el correr de la noche que cerraba la trabajada jornada. Se imponía. pasaban gran parte del día de bruces sobre las aberturas. de piedra o de tablas. se apiñaban en los ranchos ardientes como hornos y dejaban pasar las horas. después de cruzar con su brigada la zona peligrosa y abierta del combate. a lo lejos. más seguros. Distribuida la última ración — un kilo de harina para siete plazas y un buey para un batallón— restos del convoy salvador.

El enemigo marcaba el momento angustioso de las refriegas y las provocaban siempre de sorpresa. Otras veces. contra lo que era de esperar. Avanzada la noche. Lo mostramos hasta el día 24 de julio. rápidamente trabados y rápidamente terminados. cabeceando abrazados a sus carabinas. Esa defensa pertinaz y formidable comenzó el día 10 y no flaqueó más.obstaculizaban el paso. monótona. Esos asaltos súbitos. Día 19— La fusilería enemiga comienza a las cinco de la mañana. Y a su luz fugaz se descubrían las torres de las iglesias. algunas reses para alimentar a la tropa. los fuegos ascendían ilumi­ nando ásperamente el firmamento oscuro. Terminó el ataque pero la batalla continuó. fustigados por los tiros. el comandante de la 7^ brigada. tres o cuatro titanes hambrientos y an­ drajosos. con la pérdida de varias cabe­ . Y el último día de su resistencia increíble. les quedó como único expediente la resistencia a pie firme. con la misma continuidad vista en la Favela: tiros que sur­ caban el espacio minuto a minuto. sólo para definir una situación que desde ese día en adelante no cambió. A las doce y media fue herido en el campamento. El comandante de la P columna. siempre invertían los papeles. Los asaltantes eran los asalta­ dos. A la tarde. dentro de una casucha donde descansaba. aterradora. los jagunqos acometían con osadía. atravesado por una bala. en plena mañana esplendorosa y ardiente. Canudos sólo podría conquistarse casa a casa. revela su carácter anormalmente bárbaro. Continúa por la noche. NOTAS DE UN DIARIO Un diario minucioso 3 0 5 de la lucha de aquellos primeros días. antes de que acabasen las notas emocionantes de las alarmas. el teniente Tomás Braga. sus últimos defensores. a veces quebrando un armisticio de minutos que los soldados de la vanguardia aprovechaban para hacer un descanso ilu­ sorio. murió. costando mucho volver a reunirlos. Pero cuando les golpearon las puertas y a golpes los sitiaron. el afrontarlos cara a cara. interminable. o tiroteos furiosos por todas las líneas. quemarían sus últimos cartuchos contra seis mil hombres. A las dos de la tarde. se dispersan al cruzar el VazaBarris. determina que se traigan otros dos cañones Krupps que estaban en la retaguardia. súbitos. bajan con dificultad de la Favela. tres o cuatro hombres anónimos. prolongados en largas horas de rela­ tivo reposo. La expedición iba a gastar tres meses para hacer el camino de cien metros que la separaba del ábside de la iglesia nueva. como pocas en la historia. con preocupación por la defensa y el compro­ miso del desquite. después de apuntar y disparar con el cañón de la derecha a una de las torres de la iglesia nueva. Los bueyes. repentinos combates de cuartos de hora. Prosigue durante todo el día. para vigorizar el rechazo.

Pocas bajas. atacando otra vez con mayor rigor sobre . Resultado: 25 hombres fuera de combate. rechazados. Si la cortaban caerían sobre el cuartel general y pondrían a los sitiadores entre dos fuegos. Los jagungos. dejando un saldo de quince muertos. Se con­ sigue ajustar uno de los cañones trasladados. Resultado: un comandante superior herido. lo que fue imposible hacer de día por la vigilancia de los antagonistas. Toda la tropa se forma para la batalla. Los últimos heridos son penosamente conducidos desde el campo de acción hasta el campamento de la Favela. El ataque parecía querer cortar la retaguardia de la línea del frente. las cara­ binas pegadas a los pechos y se va generalizando de manera terrible. Tiroteos durante el día entero. El mismo número de bajas de la víspera: un soldado muerto. contra su costumbre. Día rela­ tivamente calmo. la artillería abre el cañoneo a las cinco de la mañana. Día 2 2 — Sin aguardar la iniciativa del adversario. una hora después. Sólo por la noche se pueden distribuir las parcas raciones de comida a los soldados de la línea del frente. Día 2 0 — El campamento es súbitamente atacado cuando las cornetas de todos los cuerpos tocan diana. A las nueve de la noche. Los tres cañones sólo hicieron nueve disparos por falta de municiones. El poblado. De punta a punta vibran decenas de cornetas. caen impetuosamente sobre la retaguardia del campo de ba­ talla. volvieron unos minutos después. Un movimiento temerario. Día 24—-Comenzó el bombardeo al salir el sol. Son repelidos por el 34 9 batallón y el cuerpo policial. provocando una réplica rápida y viru­ lenta de los tiradores protegidos por los muros de las iglesias. lo soportó sin réplicas.zas. una cabocla prisionera y una bolsa de harina. tiroteos cerrados. Se entabla la batalla cuerpo a cuerpo. un subalterno muerto. Día 21 — Madrugada tranquila. se oyen algunos estampidos por la derecha y en seguida son asaltados los cañones de ese flanco. El teniente coronel Siqueira de Meneses sigue en reconocimiento por las cercanías. Los ca­ ñones de la Favela bombardearon hasta la entrada de la noche. declara que el enemigo está muy fuerte y que muy pocas casas de Canudos están en nuestro poder en comparación con el número de las que componen la población. Pero a las ocho. Por la noche. después de un movimiento envolvente inadvertido. los jagungos. diez o doce plazas fuera de combate. asalto vio­ lento por los dos flancos. Era un plan de Pajeú que había asumido la dirección de la lucha después de deponer a otros cabecillas. a las seis de la mañana. durando el ataque hasta las nueve y media y siguiendo en adelante flojamente. Repentinamente. Los schrapnells de la Favela caen allá adentro y estallan como si golpeasen en una tapera vacía. Durante largo tiempo el impune cañoneo hace su matanza. Día 2 3 — Amanecer tranquilo. El asalto duró media hora. Pocos ataques durante el día. Al toque de queda los jagungos atacan las líneas. Al volver.

evitaban cual­ quier juicio sobre su situación. presagiaba que el ejército derrotaría en un solo asalto a los rebeldes. Un tiroteo constante durante la noche y hasta la madrugada.la derecha. poco desta­ cadas. se comprobó la inanidad de los esfuerzos por inventar triunfos. Desde lo alto atruenan todas las baterías de la Favela. en los contrastes y sucesos. Las trincheras de la línea sitiadora se hacían en esas intermitencias y sólo por la noche se podían distribuir las raciones insuficientes para los hambrientos solda­ dos y podían éstos llevar cantimploras y marmitas hasta los pozos de agua del Vaza-Barris. Noticias disper­ sas provenientes del campo de lucha o algunos telegramas le señalaban al combate un desenlace en tres días. como los otros. De lo expuesto se puede inferir que esto era inevitable. un nuevo asalto todavía más impetuoso. . Hieren al comandante del 33?. es natural que los que observaban desde lejos el drama desarrollado en la profundidad de los sertones. Toda la fuerza descarga sus armas contra la aldea. retroceden hasta las primeras casas no conquistadas de donde reanudan el tiroteo cerrado y continuo. Un repentino silencio desciende sobre los dos campos. Es como la oscilación de un ariete. Pasados quince. dándole a la campaña una monotonía dolorosa. El impetuoso Pajeú cayó mortalmente herido. Ese día. . Se forman todos los batallones. . muere el teniente Figueira de Taubaté 3 0 6 . Se veía una vez más que los jagungos habían roto el círculo de las bayonetas. Al mediodía cesa la lucha. entre otros. . Antonio Nunes Sales. . La travesía de Cocorobó. Se rechaza al enemigo. . el capitán Joaquim Pereira Lobo y otros oficiales. es herido el comandante del 33?. y a muchos oficiales y plazas. elabora­ sen conjeturas inestables y además falsas. El día 2 5 . la opinión nacional tejía extravagancias balanceando las más aventu­ radas hipótesis que atiborraban los periódicos. De nuestro lado también hay muchas bajas. Así se iban los días. sabida de antemano. De modo que mientras la expedición se deshacía en la Favela y caía agotada por una sangría increíble en un pedazo de Canu­ dos. Si los mismos combatientes. Desde el principio se habló de la victoria. las mismas escenas. Costosamente repelidos. A la una. . el co­ mandante en jefe decide que tiren los cuerpos del flanco izquierdo que no fueron atacados. buscando el agua que les aplacase una sed larga­ mente soportada. TRIUNFOS POR EL TELEGRAFO Estos hechos llegaban a las capitales de los Estados y de la República completamente deformados. El nuevo ataque repercutió en las líneas del flanco derecho. Para distraer al enemigo.

Era la entrada del verano. Después del día 18. sin embargo. Más verídicos. arrastrándose por el suelo. sin auroras y sin crepúsculos. Salían casi sin recursos. las gramíneas pardo oscuras reflejaban ya la acción del incendio sordo de la sequía. El sertón empezaba a mostrar un aspecto triste de desierto. los sertanejos aparecían como los ckouans después de Fontenay. desde el 27 de julio. Joáo Abade era un Charrete de sombrero de cuero 3 0 7 . los documentos vivos de la catástrofe. irrum­ piendo de golpe en las mañanas doradas. . apagándose de repente a la noche. la ansiedad general creció. cansados de privaciones. con resignación en la región asolada por la guerra. Entonces comenzaron a andar lastimosamente por los caminos los desechos de la campaña. Se agotaban los arroyos efímeros de lechos llenos de piedras. sin cambios. Los árboles se doblaban marchitos. Juá. LOS HERIDOS El traslado de los enfermos y heridos a Monte Santo era urgente. desde el cielo sin nubes. La gran mayoría a pie. en redes de caroá o camillas hechas con palos. Así partieron los primeros grupos protegidos por plazas de infantería hasta el extremo sur de la zona peligrosa. hundiéndose. perdiendo día a día sus hojas y flores. en busca de la capital de Bahía. quemando la tierra. A despecho de las órdenes del día que cantaban victorias. deslumbrante e implacable. se iba llenando de dudas hasta adquirir casi la convicción de una derrota.El espantajo de la restauración monárquica oscurecía de nuevo el ho­ rizonte político. por donde tenues hilos de agua afluían impercepti­ blemente. y en la atmósfera ardiente. los enfermos más graves. Se ceñían a una sola norma: ¡Bandidos acorralados! ¡Victoria cierta! ¡Dentro de dos días estará en nuestro poder la ciudadela de Canudos! ¡Fanáticos visiblemente derrotados1 . VI POR LOS CAMINOS. comenzaron a salir hacia el litoral. en sucesivas levas. Diaria­ mente. Los vomitaba el morro de la Favela. otros cabalgando penosamente sobre animales rengos y temblorosos. La noticia del ataque empezaba entonando cánticos triunfales y poco a poco. La luz cruda de los días claros y calientes caía. como en los oueds africanos 3 0 8 . Desde la zona de operaciones llegaban telegramas paradojales y deplorables. Se miraba hacia la historia con una visión invertida: el bronceo Pajeú emergía con el aspecto dominador de Chatelineau. o apiñados en carros lerdos. salían de allí los agonizantes y los lisiados.

La ferocidad del jagungo cedía ante el sal­ vajismo de la tierra. disueltos al fin en cami­ nantes solitarios. mal recompuestas las fuerzas. La gran mayoría no los seguía. Ahí estaba la huella que habían recorrido hacía un mes. Algunos. a la sombra de ipueiras rasas que salpicaban pequeños sitios sombreados por las ramas verdes de los icozeiros. se dejaban estar. mal saciada por las aguas impuras del sertón y arrastrados por el hambre. sacudidos por el ritmo de las cargas. chupando los tallos húmedos de los cardos espinosos. Acampaban. avanzando sin orden. contorneaba montañas. alejándose de sus compañeros lentos. fragmentándose en grupos más pequeños. Apenas arreciaba el sol había que interrumpirlas. Los más fuertes o los mejor montados. reflejándose en todas las quebraduras de la tierra. bajando los últimos frutos de los árboles deshojados. transidos de fati­ gas. se empinaba en cerros. la caravana se detenía en los sitios más adecuados para el descanso. a la orilla de algún curso de agua invisible pero donde la humedad remanente todavía alimentaba el follaje de las caraibas y baraúnas altas. Ahora parecía más áspera y difícil. andaban lentamente. Salían unidos de la Favela. Se olvidaban del enemigo. los oficiales heridos. torcían el rumbo y se metían por las caatingas en busca de la flora singular abundante de frutos y espinos. . caracoleaba en curvas sucesivas. cortando camino hacia Monte Santo. A partir de las diez de la mañana. las noches frías. o a falta de éstos. mientras otros. El clima caía en variaciones extremas: los días quemantes. Y arancando tubérculos de umbuzeiros. dispersos. impávidos ante cualquier encuentro con el adversario esquivo. a la sombra de los arbustos marchitos. quietos. todo su ardor parecía paralizar el ambiente purísimo y reflejado por el suelo. y según el vigor de cada uno. caía en laderas resbaladizas. se aventajaban. apenas protegido por una vegetación rala. aguijoneados por la sed. reanuda­ ban su ruta. disueltos por los caminos. fascinados por sus cuatro mil bayonetas. la tortuosa ruta del Rosario se había llenado de fu­ gitivos. se separaban del camino. Las marchas sólo podían hacerse a las primeras horas de la mañana o al caer la tarde. aumentaba su intensidad. Ese mismo día. Los acompaña­ ban conducidos en redes a hombros de soldados fuertes. A los pocos días. sus rayos brillaban ofuscantes sobre las serranías y por el aire irres­ pirable y caliente pasaban como fulguraciones de quemazones intensas extendidas por la planicie.en el suelo agrietado y polvoriento. en grupos que poco a poco se dividían por los cami­ nos. Al mismo tiempo. se presentía la invasión periódica del régimen desértico sobre esos parajes desgraciados. cuando encontraban algún rancho. junto a los tanques todavía llenos de los corrales abandonados. al atardecer.

desarticulándose en bloques amontonados. porque los había abandonado el vaquero que huía de la guerra o el fanático que había marchado hacia Canudos. una vegetación agonizante y raquítica. Cerca del Rancho do Vigário. ya muerto. pedazos de mantas. y centenares de murciélagos volando tambaleantes en los techos oscuros. en el fondo de las bajadas húmedas. el coronel Tamarinho. recordando la matanza de marzo. antiguos cultivos abandonados. y por todos lados. los trechos memorables. formas desvanecidas de montañas roídas por las fuertes lluvias. Morros hundidos. Y alrededor. que tendrían que hacer la . Los más fuertes enderezaban en seguida hacia el pozo de agua poco distante. en trazos violentos de cataclismos. metiéndose a todo correr por los pastizales. brotada en una maraña de ramas retorcidas. corra­ les roídos por los incendios. el rastro de las expedicio­ nes anteriores. planicies desnudas y chatas como llanos inmensos. el esqueleto íntimo de la tierra en apófisis rígidas. más allá. los bordes del camino mostraban los huesos blancos. pantalones carmesí o negros. y afuera. se ataban las muías en las estacas del corral desierto. Se armaban redes en los cuartos exiguos. los jagunqos habían cubierto de fantástica floración la vegetación raquítica y marchita: de los gajos torcidos de los angicos pendían restos de unifor­ mes. asombrados. mostrando al pie. resistiendo la atrofia. más allá de las Baixas. saltando de las ventanas. rompientes. levantando el dique de acero de sus divisiones de artillería. dibujando. el punto en que Salomáo da Rocha había subido por unos minutos delante de la ola rugiente que se venía encima de la columna Moreira César. el arroyo seco y la ladera a pique por la que había caído de su caballo.Y volvían a ver. indelebles. subiendo por el aire como brazos torturados. en los troncos de los árboles del patio. Ranchos paupérrimos. la misma naturaleza bárbara. durante semanas o meses. Inmediatamente eran invadidos mientras otros huéspedes los dejaban: las zorras ariscas y miedosas. donde. de puertas abiertas al camino. En las cercanías de Umburanas. con su rasgo de lúgubre ironía. como si el ramaje muerto se desarrollara en flores sangrientas. sin variantes en su triste aspecto. pesado. olvidados de los retrasados y de los que ven­ drían después. reptando por el suelo. en las cercanías de Aracati y Jueté. los ojos llameantes y el pelo erizado. en la sala sin piso. ranchos derruidos. vacíos. surgían acá y allá. El rancho desolado se animaba durante algunas horas. Y un resonar casi festivo de voces. el caserío donde los sertanejos pre­ pararon la emboscada del gran convoy de la expedición Artur Oscar. adrede dispuestos en una escenografía cruel. en una vuelta antes del Angico. recordaba por unos instantes la época feliz en que los matutos pasaban allí sus horas tranquilas en la paz del sertón. cercas invadidas por el matorral. colorados y azules. se extendían por las cercas capotes. mantas y uniformes hechos pedazos.

. No los enterraban. Algunos. Morían. Atronaban las espingardas. los veían en la misma postura: extendidos a la . quedaban exhaustos en una curva del camino. los compañeros liberados a su vez por la muerte. Volvían con las cantimploras y marmitas llenas. esperando el amanecer para reanudar el éxodo. en esa quietud breve. a lo lejos. como restos de fogatas alrededor de las cuales podían aguardarlos numerosas emboscadas. rígidamente quietos. quedaban hartos. veloces. andrajosos. Los torturaban alucinaciones crueles. Nadie se fijaba en su falta. lavaban a sus caballos sudados y polvorientos y limpiaban sus heridas en el líquido que sólo se renueva de año en año. afinando el oído para percibir los rumores vagos y lejanos de las planicies. Allá quedaban. La turba hambrienta los rodeaba en tumulto. los asaltaba una idea estremecedora: ¡un ataque de los jagungos! Inermes. miserables. . irritando en los espinos las heridas y agravando la fiebre. Y después de esos incidentes providenciales. en tiroteos que parecían propios de combates. El suelo duro des­ pedazaría los picos oponiéndoles su consistencia de piedra. . mu­ giendo. . Entonces. eternamente olvidados. . . . Reanimados. hasta repul­ sivos. echados en el desierto como trastos inútiles. Los carneaban. Buscaban al vaquero amigo que antes los campeaba y los traía de vuelta al son de los cantos conocidos y lo sabía llevar a los buenos pastos y a las aguadas frescas. semanas y meses sucesivos los viajeros. en algún rincón. Y después de fatigarse en correrías. La mañana los liberaba. El adversario que se había enfrentado con las brigadas ague­ rridas los podía matar cruelmente en pocos minutos. al pasar. Y recibían una recepción cruel. hacia allá marchaban. des­ pués de pocos pasos. No pocas veces. Irrumpían al trote en el campo circundante. Valientes endurecidos en el régimen brutal de las batallas tenían sobre­ saltos de pavor ante las cosas más comunes y velaban cautos.misma parada obligatoria. . No tenían tiempo. casi felices por el contraste de antiguas penurias. avaramente desbordantes. se bañaban. Venían en una alegría ruidosa y fuerte. agonizando en un abandono absoluto. Y la noche caía repleta de amenazas. con gritos discordantes. alimentaban temores infantiles. los cuerpos enfermos arremetían enloquecidos con los animales sorpren­ didos que escapaban en seguida a esconderse en el matorral bravio. mientras las guirnaldas fosforescentes de los cumanas irradia­ ban en las sombras. Cualquier estallido en la vege­ tación les parecía la percusión de gatillos haciéndoles pensar en súbitas descargas. el rancho donde habían sufrido su primera yerra. Por días. a despecho de las fatigas. Desaparecían. con las lluvias pasajeras. mataban al fin uno. . dos o tres animales. Dejaban el lugar temido. . algunos bueyes — perdidos de las grandes manadas diezmadas por la guerra— al advertir de lejos el alboroto en el paraje de su querencia.

. transformando en pocos días a esos desiertos en prados. y el hombre que sucumbe a la fulminante insolación. no impresionaban. prontas a explotar de golpe. imperceptible y sorda.sombra de las ramas secas. las garras fijas al suelo como en un salto paralizado y a la orilla de los pozos de agua secos. los bueyes flacos. la piel se arrugaba y permanecían largo tiempo al borde de los caminos como momias aterradoras vestidas de uniformes andrajosos. se acostumbra a cua­ dros singulares. Finalmente. Calzaban duras alpargatas. . Es la succión formidable de la tierra. parecían familias en éxodo. agrupados en manadas inmóviles. Quien se aventura en los veranos ca­ lientes a hacer la travesía de los sertones del Norte. a los seres que sobre ella viven. La mayor parte. parecen esperar también la vuelta de las épocas buenas. en busca del litoral. caídos sobre las patas resecas. La atmósfera reseca y ardiente les conservaba los cuerpos. parece caer en una vida latente. cuarteleras de rostro de cala­ vera. . originando resurrecciones sorpren­ dentes. el pescuezo estirado en busca de un líquido que no existe. ni el uniforme en jirones los distinguía. con la apariencia exacta de un comba­ tiente fatigado que descansa. el brazo derecho arqueado sobre la frente como para resguardarse del sol. En­ tonces la descomposición es vertiginosa. retorcidas. El terror y la imagen de su propia miseria vencían el cansancio de las caminatas hechas. despojada de toda humedad. la fauna resistente de las caatingas que queda aniquilada. inmovilizando. Parecen reflejar singulares apariencias de vida: las suQuaranas que no pudieron escapar hacia otros parajes. La tierra. se cubrían con sombreros de cuero. los lanzaba deses­ peradamente camino afuera. al derivar hacia el ciclo de las sequías. y ves­ tían camisas de algodón. . con la llegada de las primeras lluvias se cubren de exuberantes flores. Apenas marchitaban. arreba­ tándoles todos los principios elementales para la resurrección triunfal de la flora. Los apu­ raba el pensamiento exclusivo de dejar. habían copiado los hábitos del sertanejo. el hecho fisiológico de una existencia virtual. sin descomponer. en el menor tiempo posible. Algunas mujeres. Permanecen intactos. completaban el espejismo. Los fugitivos avanzaban observando esos escenarios lúgubres. el sertón seco y brutal. amantes de soldados. de energías adormecidas. sin que los insectos les alteren los tejidos. las aves que caen muertas de los aires quietos. por adaptación. huyendo de la sequía. Entre ellos no quedaba ningún resabio de organización militar. apenas aparezcan las condiciones exteriores favorables. muertos desde hace tres o más meses. . como si los cuerpos fueran devo­ rados por llamas voraces. No se descomponían. Y como los árboles desnudos. Los primeros aguaceros barren de golpe esos espantajos siniestros. Realiza en alta escala. Los fortalecía.

casas ex­ tendidas por un escalón suavemente inclinado de la abrupta montaña. Al día siguiente proseguían hacia Monte Santo. Al día siguiente. calle Capitán Salomáo— agravaba la ingrata región. levantada sobre un cerro amplio. Pero les faltaba otro día de camino para llegar al Caldeiráo Grande. los reanimaba. De suerte que la aldea. volvían heridos o enfermos. En un caserón oscuro habían fantaseado un hospital militar. compuesto por otra tapera de barro en la ladera de una loma. inútil. huyendo de la amistad molesta de los mur­ ciélagos en las casas abandonadas. otros seis u ocho días de amarguras. más deplorable que el desierto franco. vacío. disputándose la sombra del viejo tamarindo. pierden la obsesión embrutecedora de las planicies estériles y de las sierras desnudas. Al llegar. cada uno se largaba hacia Queimadas. el sitio de Juá. acampaban en la única plaza grande. a la distancia de una legua. la naturaleza es otra. con sus callejas torcidas condecoradas con nombres sonoros — calle Moreira César. No recibían respetos. como si proyectara en el firmamento una señal azul cariñosa y amiga. . Allí. de aspecto casi señorial. Se transfigura en pequeñas serranías orladas de viva vegetación y los viajeros. por un radio de pocos kilómetros. levantando nubes de polvo. Eran compañeros menos infelices. purificado por el sol y barrido por el viento. Después de cuatro días de marcha. nada más. al lado del barracón de feria. Monte Santo y Calumbi. el general Savaget. pasando por medio de esas bandas con indi­ ferencia demente. los caminantes. durante algunas horas. Pero era el pavor de todos los heridos y enfermos. los más dicho­ sos llegaban a la trifurcación de los caminos del Rosario. Estaban a la entrada de lo que se llamaba "base de operaciones” de la campaña. bajo el cauterio de los calores insoportables. Y recibían por la espalda miradas amenazadoras de los que les envidia­ ban los caballos ligeros. la mejor estancia de esos parajes. Aparecía riente en las lomadas amplias. Y después de dos horas de camino. desprovisto de todo. la capilla blanca. Pasaban y desaparecían velozmente. temprano. con las aguas represadas de un riacho al pie. la aparición de la pequeña aldea.Oficiales ilustres. Eran otras dieciséis leguas extenuantes. Una guarnición exigua había tomado la plaza y pasaba allí sus días. El poblado muerto. La población lo había abandonado. Se creían a salvo. reanu­ dando la travesía. en cuyo vértice. por la cual baja el campo sombreado de juázeiros altos. huyendo amedrentada tanto del jagungo como del soldado. Pero al alcanzarla volvía la desesperanza. era un desierto metido entre paredes y ahogado en la trama de algunos callejones llenos de detritos y de los desperdicios repugnantes de los bata­ llones que allí había acampado. cayendo en la caatinga según el dicho de los matutos. en una monotonía más insoportable que las marchas y las batallas. los coroneles Teles y Néri y otros. se destacaba nítida. Todavía era el desierto. apenas lo protegía por un día.

las trasponían. se acercaban a los ranchos apelando a la hospitalidad in­ condicional de los tabaréus. soportaban los últimos tramos de su penoso éxodo. todos los días. Incendiaban los ranchos. refinando sus tropelías. Enfermos y heridos. rodeadas de mandacarus. Prolongaban por las calles de la ciudad la ola repulsiva de sus trapos y lastimaduras. tomando unos tizones llegaban al colmo de la maldad. enton­ ces tan poblado. hacían saltar las puertas a golpes de sus armas. que venían . les escandalizaba ver el cuadro tranquilo de esos hogares pobres. PRIMERAS NOTICIAS CIERTAS Los aguardaban con ansiosa curiosidad. En poco tiempo. levantadas sobre una ancha base de granito. El viento del nordeste se encargaba de esparcir el fuego por la caatinga seca. a salvo. al mismo tiempo miserables y malvados. las llamas en­ vueltas en rollos de humo. Y nunca había podido imaginar que tuviera un aspecto tan dramático. en grupos que trasudaban alaridos. como era necesario inventar una diversión estúpidamente dra­ mática que los distrajera por algunos instantes de sus profundas agonías. por Serra Branca. Por fin iban a llegar las primeras víctimas de la lucha que había mantenido en vilo la atención del país entero. irritando más que intimidando. Los heridos llegaban en estado miserable. con­ templando el paso del triunfal heroísmo. llevadas por el viento. . se desoló. por Cansando. bajo la sombra de los ouricurizeiros. y se derramaba por las calles próximas hasta el fuerte de Jequitaia. y la que­ mazón se derramaba por muchas leguas a la redonda. rudamente víctimas. Las soldadescas iban causando estragos. imprecaciones y frases estremecedoras de angustias. en marcha hacia el litoral. por Quirinquinquá. algunos casi moribundos. La multitud desbordaba la estación terminal de la línea férrea. Entonces. Los fugitivos. rodaban por las quebradas. Y aquel camino. Primero pidieron con cólera. inspi­ rando piedad y odio. una decena de casuchas. como si fueran restos de una caravana de bárbaros. Tomaban los trenes y bajaban en Bahía. en irresistibles conatos de destrucción. dos casas tristes. Y llegaban a Queimadas dispersos y exhaustos. subían a los morros repentinamente encendidos como cráteres. Les revolvía el alma. Después. . que parecía una ranchería de troperos. donde pasaba la vida de los matutos. en Calcada 3 0 9 . brutalmente victimarios. de aspecto festivo.sujetos a las paradas inevitables en los pozos de agua. Después hicieron francos asaltos. lugarejo minúsculo. por todos los receptáculos de aguas verdosas y sospechosas. mientras las familias sertanejas escapaban a esconderse en los pastizales. impulsivamente. por Jacurici. Se sacudían en temblores de emociones nunca sentidas. ampliando el círculo de ruinas de la guerra.

Duplay. espontáneas. revestidos por el mismo uniforme inclasificable: pan­ talones en harapos que apenas los tapaban. Era un desfile cruel. Claude Bernard. Se acercaban los visitantes a los lechos como si en ellos tuvieran a viejos conocidos. Oficiales y soldados. el 11 fueron 400. vibraba un entusiasmo intenso. ciertamente. animándolos. en los conventos. auxiliándolos en las calles. jamás habían tenido tan bella consagración del futuro. pero de algún modo daban aliento. Que surgían al azar. andrajos de capotes en tiras. el 12 fueron 260. Aventajándose al gobierno. Pero. el 14 fueron 270. sin combinaciones previas. La población de la capital los recibía conmovida. Los días transcurrían entre multitudes ruidosas. todas las individualidades se apagaban en el anonimato ennoblecedor de la multitud piadosa que pocas veces apareció tan digna en la historia. en la Facultad de Medicina. En el Arsenal de Guerra. arrastrándose pe­ nosamente. Se organizaron comisiones patrió­ ticas para recibir donativos que espontáneamente surgían numerosos y constantes. dándole al conjunto los rasgos de una miseria trágica. abriéndoles sus casas. en los cuerpos heridos de bala y espinas. Cojeando. En cada uno de estos lugares los gloriosos mutilados fueron puestos bajo el patrocinio de algún nombre ilustre: Esmarck. camisas destrozadas. en las calles y en las plazas.rodando por los caminos sertanejos como reflujo repugnante de la campaña. sobre esa conmiseración profunda y general. en camillas. el 8 . se vuelve exponente del sentir de cada uno y vibrando al unísono todas las almas. silencioso. Esta desnudaba por primera vez su realidad. La vasta ciudad se convirtió en un hogar. en medio de expansiones discordantes. el sentimiento colectivo ampliaba las impresiones individuales. Los días de visita invadía los hospitales en masa. con los que estaban en mejores condiciones conversa­ ban sobre las pruebas sufridas y los arriesgados lances sucedidos y al dejar esos trágicos exponentes de la guerra se llevaban un juicio sobre la lucha más brutal de nuestros tiempos. por contraste inevitable. venían indistintos. interrumpida por llantos. apareciendo y desa­ pareciendo en cuartos de hora. traían en las caras cadavéricas y en los cuerpos doblados la imagen más conmovedora de la campaña. Pasteur 3 1 0 . presas en el mismo contagio y sugestionadas por las mismas imágenes. en una ala­ cridad singular. Un gran número de personas identificadas por la misma conmoción. ampa­ rándolos. uniformados por la miseria. religiosa­ mente. Los heridos eran como una dolorosa revelación. Como siempre sucede. como si se desencadenaran por movimien­ tos impulsivos. jirones de chaquetas sobre los hombros. por medio de los cuales se hacía la sombría conmemoración del heroísmo. Los mártires recibían ovaciones de triunfadores. se improvisaron enfermerías. en los hospitales. . el 18 fueron 53 y así en más. rápidas. Todos los días llegaban centenares: el 6 de agosto fueron 216 plazas y 26 oficiales. fueron 150. el pueblo se constituyó en tutor natural de los enfermos. arruinados a golpes.

En aquellas crueldades se retrataba la energía de una raza. Aquellos hombres que llegaban dilacerados por las garras del jagungo y de la ve­ getación reflejaban el vigor de un pueblo puesto a prueba, a prueba de fuego, a prueba de hambre. Impresionadas por el cataclismo de la guerra, las capas superficiales de una nacionalidad sacaban a luz sus elementos profundos en esos titanes resignados y estoicos. Y por sobre todo, un pen­ samiento no esbozado siquiera pero igualmente dominante, latente en todos los espíritus: la admiración por la osadía de los sertanejos incultos, hombres de la misma raza, enfrentados a los cuales se despedazaban de ese modo batallones enteros. . . Y un largo temblor tonificante vibraba en las almas. Se hacían rome­ rías hacia el cuartel de la Palma, donde estaba herido el coronel Carlos Teles; a Jequitaia, donde convalecía el general Savaget; y cuando este último pudo arriesgar algunos pasos por las calles, paralizó completa­ mente toda la algarabía comercial de la ciudad Baixa, en una ovación espontánea e inmensa que, irradiando de repente y congregando a la población alrededor del heroico jefe de la 2 ^ columna, transformó un día común de trabajo en día de fiesta nacional3n.

Sobre esta agitación llegaban diariamente pormenores que la aumentaban. Por fin, positivamente, con rigor matemático, se conocía la extensión del desastre. Era sorprendente. Desde el 25 de junio en que había cambiado los primeros tiros con el enemigo hasta el 10 de agosto, la expedición había tenido 2.049 bajas. En el total entraba la 1^ columna con 1.171 hombres y la 2^ con 878. Discriminadamente los guarismos eran éstos: " P columna. Artillería: 9 oficiales y 47 plazas heridos; 2 oficiales y 12 plazas muertos. Ala de caballería: 4 oficiales y 46 plazas heridos; 30 oficiales y 16 plazas muertos. Ingenieros: 1 oficial y 3 plazas heridos; 1 plaza muerto. Cuerpo de policía: 6 oficiales y 46 plazas heridos; 3 oficiales y 24 plazas muertos. 5 9 de infantería: 4 oficiales y 66 plazas heridos; 1 oficial y 25 plazas muertos. 79: 8 oficiales y 95 plazas he­ ridos; 5 oficiales y 52 plazas muertos. 99: 6 oficiales y 59 plazas heridos; 2 oficiales y 22 plazas muertos. 149: 8 oficiales y 119 plazas heridos; 5 oficiales y 22 plazas muertos. 159: 5 oficiales y 30 plazas heridos; 10 plazas muertos. 169: 5 oficiales y 24 plazas heridos; 10 plazas muer­ tos. 259: 9 oficiales y 134 plazas heridos; 3 oficiales y 55 plazas muer­ tos. 27? : 6 oficiales y 45 plazas heridos; 24 plazas muertos. 309: 10 oficiales y 120 plazas heridos; 4 oficiales y 35 plazas muertos. " 2 ^ columna. 1 general herido. Artillería: 1 oficial muerto. 12 ? de infantería: 6 oficiales y 120 plazas heridos; 1 oficial y 50 plazas muer­

tos. 269: 6 oficiales y 36 plazas heridos; 2 oficiales y 22 plazas muertos. 319: 7 oficiales y 99 plazas heridos; 4 oficiales y 48 plazas muertos. 32°: 6 oficiales y 62 plazas heridos; 4 oficiales y 31 plazas muertos. 33? : 10 oficiales y 65 plazas heridos; 1 oficial y 15 plazas muertos. 349: 4 oficiales y 18 plazas heridos; 7 plazas muertos. 35°: 4 oficiales y 91 plazas heridos; 1 oficial y 22 plazas muertos. 409: 9 oficiales y 75 plazas heridos; 2 oficiales y 30 plazas muertos”. Y la hecatombe progresaba con una media diaria de ocho hombres fuera de combate. Por otro lado, los adversarios parecían disponer de extraordinarios recursos.

VERSIONES Y LEYENDAS Todo se transfiguraba en dimensiones exageradas por imaginaciones superexcitadas. Un reciente mensaje del Senado Federal donde había gol­ peado también la ola general de conmoción, requiriendo en vehementes declaraciones que se esclarecieran denuncias sobre si se habían despa­ chado desde Buenos Aires con destino a los puertos de Santos y de Bahía, armas que parecían destinadas a los amigos del Conselheiro, de­ muestra cómo las fantasías ampliadas por el nerviosismo general adqui­ rían visos de realidad. Completaban el mensaje las noticias aparecidas en los órganos más serios 3 1 2 de la prensa de los países americanos, lo que al mismo paso, reflejaba el modo de pensar de esas repúblicas. Quizá el de mayor peso de América del Sur * después de referirse a los curiosos sucesos de la campaña, le agregaba pormenores de un simbolismo extraño: "Se trata de dos misivas que, con intervalo de dos días, recibimos de la Sección Buenos Aires de la unión internacional de los amigos del imperio del Brasil comunicándonos que por orden de la sección ejecutiva, en Nueva York, la referida Unión tiene todavía una reserva de no menos de 15.000 hombres — sólo en el estado de Bahía— para reforzar, en caso de nece­ sidad, el ejército de fanáticos; además de 100.000 en varios estados del norte del Brasil y más de 67.000 en ciertos puntos de los Estados Unidos de América del Norte, prontos a salir en cualquier momento hacia las costas del ex imperio, todos bien armados y preparados para la guerra. También tenemos, agregan las misivas, armas de los sistemas más mo­ dernos, municiones y dinero en abundancia. "De una redacción, caligrafía y ortografía correctas, estas enigmáticas comunicaciones traen en el encabezamiento la misma inscripción que las suscribe, escritas con tinta que hace recordar la violácea coloración de los muertos, destacándose las mayúsculas con rojo, el rojo color de la sangre.
* La Nación de Buenos Aires, 30 de julio.

"Ante el cuadro formidable de hombres y armas que nos presentan los misteriosos amigos del imperio, de forma no menos misteriosa, no podemos menos que pensar en una de aquellas terribles asociaciones que forjan en las cuevas sus planes de destrucción o en algunos caballeros dados a la mistificación. "Mientras tanto, por lo que pueda haber de verdad en el fondo de todo esto, es que lo hacemos constar y acusamos recibo de las repetidas mi­ sivas”. Se creía. La cuarta expedición había sucumbido en el territorio de la guerra. Lo decían insospechados informes. Sólo del municipio de Itapicuru, se afirmaba, habían partido 3.000 fanáticos hacia Canudos condu­ cidos por un cura que rechazando los principios ortodoxos iba allá a co­ mulgar con las tonterías abstrusas del cismático. Por Barroca pasaban cen­ tenares de bandoleros armados siguiendo el mismo rumbo. Se citaban los nombres de los nuevos cabecillas. Apelativos funambulescos como los de los chouans: Pedro el Invisible, José Gamo, Caco de Ouro, y otros. Agravando estas conjeturas, venían noticias verdaderas. Los sertanejos andaban por el sertón en expediciones atrevidas: atacaron el puesto de Mirandela, guiados por Antonio Fogueteiro; atacaron, tomaron y saquea­ ron la Vila de Santa Ana de Brejo; andaban así por todas partes. Se ex­ tendían por los campos mostrando rasgos de una estrategia segura. Ade­ más de la aldea, tenían dos nuevas posiciones de primer orden: las ver­ tientes caóticas del Caipá y las cuerdas de cerros alrededor de la Várzea da Erna. Desbordando de Canudos, la insurrección se explavaba por los lados de un triángulo enorme en el que podían inscribirse cincuenta mil bayonetas. Los convoyes que partían de Monte Santo, aunque reforzados, no por batallones sino por brigadas, hacían un viaje accidentado, obstaculizado por constantes asaltos. Alcanzado el Aracati, era indispensable que vinie­ sen de Canudos dos o tres batallones para protegerlos. El siniestro tramo de camino entre el Rancho do Vigário y las Baixas, era el pavor de los más probados valientes. Era el sitio clásico de parada de los bueyes v de la dispersión de los cargueros espantados por los tiroteos vivos, atrope­ llando pelotones enteros en su retroceso feroz de fuga. En esos encuentros sucesivos, adrede hechos para perturbar las mar­ chas, comenzó a observarse una variante del jagungo, aue lo auxiliaba indirectamente. Entre los claros de las ramas pasaban veloces, en el ver­ tiginoso vagar de las guerrillas, brillos de botones de uniformes, vivos de pantalones. El desertor hambriento atacaba a los antiguos compañeros. Era un lamentable síntoma que se sumaba a otros de la campaña, cuya imagen, día a día, se ensombrecía con episodios y sucesos triviales. Los soldados enfermos, en perenne contacto con el pueblo que les ha­ blaba, se habían constituido en rudos cronistas de los hechos y nos los

confirmaban de forma imaginativa, porque su misma ingenuidad les dic­ taba los casos que narraban, verídicos en su esencia, pero deformados por exageraciones. Urdían extraños episodios. El jagungo comenzó a aparecer como un ente aparte, monstruoso, medio hombre y medio duen­ de, violando las leyes biológicas con su resistencia inconcebible, arroján­ dose de manera nunca vista sobre el adversario, deslizándose invisible por la caatinga, como las víboras, cayendo por los despeñaderos más hon­ dos como un espectro, más débil que la espingarda que cargaba, flaco, seco, fantástico, de peso menor que el de un niño, sólo piel bronceada sobre los huesos, áspera como la epidermis de las momias 313. La imaginación popular de allí en más, deliraba la embriaguez de los casos estupendos, cosidos de fantasías. Algunos eran rápidos, reflejando incisivamente la energía invencible de esos cazadores de ejércitos.

En una de las refriegas siguientes al asalto, había quedado prisionero un curiboca joven que a todas las preguntas respondía automáticamente con altiva indiferencia: — ¡No sé! Por fin le preguntaron cómo quería morir: — ¡De tiro! — ¡Pues va a ser a cuchillo! — lo contradijo el soldado. Así fue. Y cuando el filo le abría la garganta, la primera ola de sangre espumante no apagó el último grito que brotó de la boca ensangrentada: — ¡Viva el Buen Jesús!

Otros mostraban líneas épicas: El l 9 de julio, el hijo mayor de Joaquim Macambira, muchacho de dieciocho años, se acercó al mañero cabecilla: — Padre, quiero destruir a la matadora. El astuto guerrillero, especie grosera de Imanus, cobrizo y bronco, lo encaró impasible: — Consulta al Conselheiro y anda. El valiente marchó seguido de once compañeros dispuestos. Traspu­ sieron el Vaza-Barris, atacaron la cuesta ondulante de la Favela. Se me­ tieron, deslizándose como víboras, por las caatingas ralas. Era el mediodía. El sol golpeaba la tierra a pico, sin hacer sombra, en rayos verticales y ardientes. . .

En esos lugares, el mediodía es más silencioso y lúgubre que la me­ dianoche. Reverbera en las rocas, se refleja en las planicies desnudas, es repelido por el suelo reseco y todo el calor emitido sobre la tierra se revierte hacia el espacio en columnas ascendentes por el aire irrespirable. La naturaleza queda enervada, en quietud absoluta. No sopla la brisa más leve. Ni un ala agita el aire cuya transparencia, junto al suelo, se perturba en ondulaciones rápidas y ardientes. La fauna de las caatingas reposa. Las ramas marchitas de los árboles penden sin movimiento. . . En lo alto de la montaña, abatido por la canícula, descansaba el ejér­ cito. Echados al azar por las laderas, las gorras caídas sobre la cara para taparse, dormitando o pensando en el hogar distante, los plazas aprove­ chaban los breves momentos de tregua para rehacer sus fuerzas. Enfrente, extendida sobre colinas, minúsculas casas en desorden, sin calles ni pla­ zas, grupo incoherente de ranchos, aparecía Canudos, desierto y mudo como una antigua tapera. Todo el ejército reposaba. . . En eso despuntan, cautos, aparecen a orillas de las matas rastreras y cerradas, en lo alto, donde está situada la artillería, doce caras inquie­ tas, miradas felinas, rápidas, recorriendo todos los puntos. Doce caras solamente, de hombres todavía agachados, en medio de las bromelias. Aparecen lentamente. Nadie los ve. Les dan las espaldas con indiferencia soberana veinte batallones en paz. Delante divisan la presa codiciada. Como un animal fantástico, el cañón Withworth, la matadora, se empina sólido. Vuelto hacia Belo Monte, la boca rugidora y truculenta que tantas granadas había arrojado sobre las iglesias sacrosantas. Le caen sobre el dorso negro los rayos del sol, brillando. Los fanáticos lo contemplan. Se levantan después. Se arrojan sobre el monstruo. Lo asaltan, lo aferran, uno trae una palanca. La levanta amenazador y rápido. . . Y el golpe cae, estalla tañendo. Es un grito de alarma que estalla en la mudez universal de las cosas, se multiplica en las quebradas, llena todo el espacio, detona en ecos que atruenan los valles y los morros con una vibración triunfal, sacu­ diendo violentamente al campamento entero. . . Aceleradamente se formaron las divisiones. En un segundo, los asal­ tantes se ven rodeados por un círculo de espingardas y sables, bajo una descarga de golpes y de tiros. Sólo uno se salva, golpeado y herido, co­ rriendo, saltando, rodando, entre los soldados, entre las balas, entre la cerca de bayonetas, cayendo en medio de las caatingas, despeñándose finalmente sobre abismos desde las cumbres de la montaña. . . Estos y otros casos — exagerado novelar de los hechos más triviales— le daban a la campaña un tono impresionante y legendario que impresicr naba a la opinión pública de la vieja capital y a todo el país. . .

Era urgente una intervención más enérgica del gobierno. La imponía por sobre las aprehensiones crecientes, las últimas peripecias de la lucha y la ignorancia sobre el curso real de las operaciones. Las opiniones, como siempre, eran disparatadas y discordes. Para la mayoría, los rebeldes con­ taban con elementos serios. Era evidente. No se comprendía que venci­ dos en todas las órdenes del día —heroicamente escritas— teniendo to­ davía franca la fuga hacia los sertones del Sao Francisco, donde no se los podía descubrir, esperasen pertinaces en la aldea, que se les cerraran, mediante el cerco, las últimas puertas de salida. Con lógica, deducían corolarios graves. Aparte de la hipótesis sobre la devoción sobrehumana que los hacía sucumbir en masa bajo los escombros de los templos, se imaginaban preparativos guerreros formidables, capaces de desbaratar la estrategia regular. El número que se decía diminuto, de los que perma­ necían en Canudos arrostrando todo, por cierto, era un engaño armado para arrastrar hasta allí al ejército, desgastándolo en combates estériles, hasta que en otros lugares se congregasen fuertes contingentes para el asalto final sobre los sitiadores, poniéndolos entre dos fuegos. Contrariaban juicios más alentadores. El coronel Carlos Teles, en carta dirigida a la prensa 3 1 4 , afirmó de manera clara el número reducido de los jagungos — doscientos hombres válidos, quizá sin ningún recurso— sólo abastecidos y equipados con lo que habían tomado de las anteriores expe­ diciones. El optimismo del valiente, de hecho exagerado, fue ahogado por la incredulidad general. La estimulaban todos los hechos y sobre todo, las apariciones diarias de heridos, acreciendo la conmoción nacional.

LA BRIGADA GIRARD Sobrevinieron otros hechos igualmente desastrosos. Atendiendo a los pri­ meros reclamos del general Artur Oscar, el gobierno había organizado rápidamente una brigada auxiliar que, al revés de las otras, no entraba en la guerra distinguida por el número. Según una loable práctica, sin tradición entre nosotros, merced a la cual se extiende a los comandados la gloria del comandante, tenía un nombre: Brigada Girard. La dirigía el general Miguel Maria Girard y la formaban tres cuerpos salidos de la guarnición de la Capital Federal: el 2 2 ? del coronel Bento Tomás Gongalves, el 249 del teniente coronel Rafael Tobías y el 38*? del coronel Filomeno José da Cunha. Eran 1.040 plazas y 68 oficiales, perfectamente armados y llevando a la lucha insaciable el regalo esplén­ dido de 850.000 cartuchos Máuser. Pero, por una serie de circunstancias que sería largo enumerar, en lugar de auxiliar, esta tropa se convirtió en un agente debilitante. Salió

de Río de Janeiro bajo el mando de su jefe y llegaron a Queimadas el 31 de julio. Partió de allí el 3 de agosto dirigida por un coronel, hasta Monte Santo. Marchó hacia Canudos el 10 de agosto bajo el comando de un mayor 3 1 S . Había dejado en Bahía a un coronel y algunos oficiales enfermos. En Queimadas dejó un general, un teniente coronel y algunos otros oficiales también enfermos. En Monte Santo dejó un coronel y otros oficiales más enfermos.

EXTRAÑO HEROISMO Se descomponía por el camino. Partían de ella pedidos de reforma más alarmantes que el aniquilamiento de una brigada. Un beriberi excepcional exigía, no ya la pericia de sabios médicos, sino el examen de psicólogos agudos. Porque el miedo tuvo allí a sus grandes héroes que mostraron el estupendo coraje de decirle a un país entero que eran cobardes. Al salir de Queimadas hacia el sertón, aquella fuerza encontró los primeros grupos de heridos y fue marcada por el estupor de la guerra. Por medio de su campamento en Contendas, pasaron el general Savaget, el coronel Néri, el mayor Cunha Matos, el capitán Chachá Pereira y otros oficiales. Los recibió con entusiasmo: oficiales y plazas formados al lado del camino saludándolos. Pero después se les apagó el fervor. A los tres días de viaje comenzó a sufrir privaciones, viendo disminuidos los víveres que llevaban y repartían con los sucesivos grupos de heridos que encontraban por el camino, llegando cansados y hambrientos a Monte Santo.

EN VIAJE HACIA CANUDOS Tomó hacia Canudos donde era ansiosamente esperada el 10 de agosto, totalmente despojada del espléndido aparato jerárquico con que había nacido. La dirigía el fiscal del 24?, Henrique de Magalháes, estando los cuerpos bajo el mundo del mayor Lidio Porto y los capitanes Afonso de Oliveira y Tito Escobar. La marcha fue difícil y lenta. Desde Queimadas se luchaba con serias dificultades de transporte. Los cargueros, animales viejos y cansados, muías escapadas de las carrozas de Bahía y troperos improvisados, rengueaban, tropezaban por los caminos, inmovilizaban a los batallones y demoraban el avance. De ese modo llegaron a Aracati, donde les entregaron un convoy que debían proteger hasta Canudos. En ese momento los diezmaba la viruela. Todos los días salían dos o tres enfermos de las filas y volvían al hospital de Monte Santo. Otros, lastimados por esa repentina transición de las calles asfaltadas de la Capi­

tal Federal hacia esos ásperos caminos, se distanciaban, se perdían en la retaguardia, se confundían con los heridos que venían en dirección opuesta. De modo que al pasar por Jueté, el 14 de agosto, le fue providencial encontrarse con el 159 batallón de infantería, ya endurecido en la lucha y que había venido de Canudos. Porque al día siguiente, después de acampar en las Baixas, donde pararon el día anterior para aguardar la llegada de gran número de plazas retrasados, fue violentamente atacada en el Rancho do Vigário. Los jagungos la sorprendieron de flanco, por la derecha, desde lo alto de un cerro dominante, y casi de frente, desde una trinchera marginal. La abarcaron entera en una descarga única. Cayeron muertos, en el frente, un alférez del 24*? y en la retaguardia, otro del 38?. Cayeron algunos plazas en las filas interiores. Algunos pelo­ tones se embarullaron sorprendidos, bisoños todavía ante los ataques fe­ roces de los guerrilleros. La mayoría disparó desesperadamente sus armas. Estallaron voces trémulas, cornetas, gritos desencontrados de mando. Despavoridos se escaparon los cargueros. Los bueyes se metieron por la caatinga. . . Tomando la vanguardia, el batallón 159, guió a los vacilantes comba­ tientes. No se repelió al enemigo. La retaguardia, al pasar por ese mismo punto, fue a su vez atacada. Después de este revés, porque lo fue, basta decir que de ciento dos bueyes que arrastraban el convoy sólo quedaron once, la brigada de nova­ tos fue nuevamente embestida en el Angico. Dio una carga todavía pla­ tónica de bayonetas en la que no perdió un solo soldado, y finalmente, entró en Canudos donde los rudos campeadores que allí permanecían bajo la disciplina tiránica de los tiroteos diurnos los acogieron con el nombre de la Mimosa. Nombre que sus bravos oficiales hicieron olvidar.

VIII NUEVOS REFUERZOS Este ataque llegó a Bahía con las proporciones de una batalla perdida, poniendo un punto más al desequilibrio general, y el gobierno comenzó a actuar con la agilidad requerida por la situación. Reconocida la inefi­ cacia de los refuerzos recién enviados, se trató de formar una nueva división, juntando los últimos batallones dispersos por los Estados capaces de una movilización rápida. Y para evaluar de cerca la situación, resolvió enviar a la base de operaciones a uno de sus miembros, el Secretario de Estado de los Negocios de la Guerra, mariscal Carlos Machado de Bittencourt.

Partió éste en agosto hacia Bahía al tiempo que de todos los rincones del país salían nuevos luchadores. El movimiento armado, repentina­ mente, se había generalizado, asumiendo la forma de un levantamiento en masa. Las tropas afluían desde el extremo norte y desde el extremo sur, aumentadas por los cuerpos policiales de Sao Paulo, Pará y Amazonas. En esa convergencia en el seno de la antigua metrópolis, el paulista, descendiente del bandeirante aventurero; el riograndense, jinete bravo; el curiboca norteño, resistente como pocos, índoles dispares, hombres de climas opuestos, de contrastados usos y tendencias étnicas, desde el mes­ tizo oscuro al caboclo trigueño y al blanco, allí se reunían bajo el lazo de una aspiración uniforme. La antigua capital los agasajaba en el recinto de sus viejos baluartes, rodeando en un mismo agasajo fraterno y calu­ roso a la inmensa prole dispersada desde hacía tres siglos. Después de estar largamente desparramados, los varios factores de nuestra raza volvían repentinamente al punto de donde habían partido, en vista de un entre­ lazamiento hermoso. Bahía se atavió para recibirlos. Aquel reflujo de la campaña la había transfigurado — mártires que llegaban, combatientes que salían— y rota la habitual apatía, se revestía con el aspecto guerrero del pasado. Las inútiles fortalezas que tiene intercaladas, decadentes en su aparcería con las casas burguesas, fueron prontamente reparadas, corta­ dos los árboles que les tapaban las murallas, y resurgían a la luz, recor­ dando las épocas en que aquellas almenas rugían sus largas culebrinas de bronce 3 1 8 . En ellas se acuartelaban los contingentes recién llegados: el l 9 batallón de policía de Sao Paulo con 458 plazas y 21 oficiales, bajo el mando del teniente coronel Joaquim Elesbáo dos Reis; los 299, 39 9 379, 289 y 4 9 dirigidos por el coronel Joáo César de Sampaio, tenientes coroneles José da Cruz, Firmino Lopes Regó y Antonio Bernardo de Figueiredo y mayor Frederico Mara, con los siguientes efectivos: 240 plazas y 27 oficiales; 250 plazas y 40 oficiales; 332 plazas y 51 oficiales; 250 plazas y 11 oficiales, además de 36 alféreces agregados; y el 4 9 con 219 plazas y 11 alféreces que eran toda la oficialidad, pues no tenían ni capitanes ni tenientes. Por fin, dos cuerpos, el regimiento policial de Pará, solamente 640 hombres comandados por el coronel José Sotero de Meneses y uno de la policía del Amazonas, bajo el mando del teniente Cándido José Mariano con 328 soldados. Estos refuerzos, que llegaban a 2.914 hombres, incluidos cerca de trescientos oficiales, fueron repartidos en dos brigadas, la de línea, bajo el mando del coronel Sampaio y los de la policía — excluida la de Sao Paulo que había salido sola hacia el frente bajo el mando del coronel Sotero— constituían una división que fue entregada al general de brigada Carlos Eugenio de Andrade Guimaráesm.

Todo el mes de agosto se gastó en la movilización. Llegaban a Bahía, se aprovisionaban de municiones y embarcaban hacia Queimadas. De allí a Monte Santo, donde debían concentrarse en los primeros días de setiembre. Los batallones de línea, además de disminuidos, como lo indican los números citados arriba, reducidos casi a dos compañías, venían desprovis­ tos de todo, sin los más elementales pertrechos bélicos, aparte de viejas espingardas y uniformes gastados que habían utilizado en la reciente campaña federalista del sur.

EL MARISCAL BITTENCOURT El mariscal Carlos Machado de Bittencourt, principal árbitro de la situa­ ción, desarrolló una notable actividad. Venía a propósito para las dificultades del momento. Era un hombre frío, un escéptico tranquilo e inofensivo. En su sim­ plicidad perfectamente plebeya, morían las expansiones generosas. Mili­ tar hecho, era capaz — y lo demostró más tarde acabando trágicamente su vida 3 1 8 — de echarse sobre los mayores riesgos. Pero fríamente, equi­ libradamente, siguiendo las líneas del deber. No era un bravo ni era un pusilánime. Nadie podía sorprenderlo en un lance de arrebatado heroísmo. Nadie podía imaginarlo sustrayéndose tortuosamente a una situación peligrosa. Sin ser una organización militar completa se había formado en un auto­ matismo típico de esas máquinas de nervios y músculos hechas para actuar mecánicamente, según la presión inflexible de las leyes. Pero esto, menos por educación disciplinada y sólida que por tempe­ ramento, inerte, pasivo, cómodamente engarzado en los reglamentos. Fuera de eso era nulo. Tenía el fetichismo de las determinaciones escri­ tas. No las interpretaba ni las criticaba: las cumplía. Buenas o pésimas, absurdas, extravagantes, anacrónicas, estúpidas o útiles, fecundas, gene­ rosas y dignas, lo volvían proteiforme, reflejándola bueno o detestable, extravagante o generoso y digno. Estaba escrito. Por eso, siempre que los acontecimientos políticos las embarullaban, cauteloso, se retraía en el olvido. El mariscal Floriano Peixoto — profundo conocedor de los hombres de su tiempo— en los períodos críticos de su gobierno, cuando la índole personal de sus adeptos o adversarios influía, sistemáticamente lo dejó de lado. No lo llamó, no lo apartó, no lo prendió. Le era igualmente insig­ nificante como partidario que como adversario. Sabía que el hombre cuya carrera seguía una línea recta, seca, inexpresiva, no daría un paso a favor o en contra del cerrojo del estado de sitio.

Recién llegados de la lucha. le mostraban el agujero de un tiro de trabuco o una cicatriz sanguinolenta o un rostro cadavérico. Una vida golpeada desde los esteros del Paraguay hasta las caatingas de Canudos. Además. con intermi­ nables frivolidades cruelmente enfadosas sobre paradas de tropas. pechos agujereados a bala y tajeados a cuchillo. se encontraba sorprendido con la esterilidad de unos conceptos triviales. El mariscal se aproximaba a uno y otro lecho. Llegó a aquella capital cuando estaba en la plenitud de su fervor patriótico y en cierto modo lo debilitó. como si este mundo fuese una inmensa Casa de Ordenes. oradores explosivos le pasaron por delante. viejos preceptos que sabía leer de memoria. sobrecogida de temor. propias del oficio. cuatrocientos enfermos. Comenzó la lúgubre visita. piernas rígidamente extendidas entre tablillas. todo cuanto salía del orden rutinario de la vida no lo conmovía. Enfrente. Al salir hacia Bahía enfrió los entusiasmos. nada ganaban si. Manifestaciones ruidosas. Le pareció siempre una novedad irritante. la cara abatida de un viejo. hombres de toda condición — entró silenciosamente. Cierta vez. pidiéndole una transferencia o una licen­ cia. un rasgo varonil. Imaginen dos extensas filas de lechos blancos y sobre ellos. una intuición feliz. Lo saben cuantos con él lidiaron. El aspecto del amplio salón era impresionante. Los escuchó indiferente. de bruces o encogidos contra los barrotes en contorsiones de dolor. que hasta allá lo llevaba. Cabezas envueltas en vendas sanguinolentas. intermi­ nables minucias sobre las distribuciones de alimentos y remontas de caba­ lladas. buscando una situación emocionante y grave. Quien se acercaba a él buscando aliento. crepitaron en palmas y aplausos. Pero tuvo que detenerse un momento. versos llameantes. todos los trauma­ tismos y todas las miserias. sentados. rígidos debajo de las sábanas corridas como mortajas. No la quiso nunca. esa insensibilidad lastimosa calló profundamente. No sabía responderles. pies deformes por la hin­ chazón. . veterano de treinta y cinco años de filas.La República fue un accidente inesperado al final de su vida. leyendo maquinalmente la papeleta prendida a la cabecera y seguía. estallaron a su alrededor. Había reconocido al ministro . Fue en una visita a uno de los hospitales. no porque cambiaba los destinos de un pueblo sino porque alteraba unas ordenanzas y unos decretos y unas fórmulas. deflagraron en sus oídos. o acurrucados o sacudidos en gemidos. obviando la formalidad de un certificado médico. . emergiendo entre las mantas. brazos sostenidos en cabestrillos. La comitiva que acompañaba al ministro — autoridades del estado y militares. y la historia una variante de la escritura de los sargentos. un cabo de escuadra. Eran cosas banales. Tenía la palabra difícil y pobre. periodistas. lo desorientaba y contrariaba. en todas las actitudes.

condición pre­ ponderante. . Y lo consiguió. . y el mariscal Bittencourt prose­ guía. numerosas dificultades. Y esa empresa fue impulsada por el ministro. en las marchas fatigantes. venciendo. alejamiento para los grupos interminables de heridos— su espíritu les superponía siempre aquel objetivo capital. un cuerpo regu­ lar de convoyes que corrían continuamente los caminos y ligaban efecti­ vamente. La escena era desgarrante. Es que todo eso — fuertes emociones o cuadros lancinantes— estaba fuera de programa. haciendo fuerza para levantarse. . solos ante el enemigo. abdicando todas las regabas de su posición. la lectura maquinal de las papeletas. el Cuartel Maestre Ge­ neral 8 1 9 de una campaña en la que era jefe supremo un inferior jerár­ quico suyo 3 2 °. agitado. Comprendió que lo menos valioso era la acumulación de un mayor número de combatientes. realizando espectaculares movimientos policiales sin los mínimos recaudos estratégicos. No lo distraía. delineada rectamente en el tumulto de la crisis. en el aislamiento en que se enclavaban los expedicionarios. En los últimos días de agosto se organizó. Ocupado durante su estadía en Bahía por un sinnúmero de cuestiones menores — equipamiento de los batallones que llegaban. Por­ que desde el comienzo. quizá única. se hizo. sacando el cuer­ po esmirriado y los brazos flacos y temblorosos. tranquilamente. Es que su buen sentido sólido. . las causas del fracaso reposaban en gran medida. Lo que era necesario com­ batir y vencer no era el jagungo sino el desierto. en la auténtica significación del término. en una alegría dolorosa. perdidos en una región estéril. Enviando más gente a la zona de guerra se agravaba el estado de los que allá estaban. al ejército en operaciones con Monte Santo. . hablaba. del serio problema a resolver. Este resultado presagiaba el desenlace próximo de la contienda. hizo que comprendiese las exigencias reales de la lucha. Y con voz temblorosa y ronca. blindado de la frialdad que lo libraba de cualquier perturbación.del cual fuera ordenanza en los buenos tiempos de la mocedad. En ese negarse a sí mismo. en un delirio de frases rudas y sinceras. lo demostraron las expediciones anteriores. le reducirían los escasos recursos. con tenacidad. Se volvía imprescindible darle a la campaña lo que no había tenido: una línea y una base de operaciones. cuando lo acompañaba en la batalla. finalmente. intacta. El gobierno no encontraría a nadie mejor para transmitir la acción. compartirían las mismas privaciones. entreabierta la camisa de algodón que dejaba ver la marca de una antigua cicatriz. Los pechos oprimidos respiraban agitados. los ojos brillantes de felicidad y de fiebre. en los acantonamientos. con breves intervalos de días. Era realmente el hombre adecuado para la emergencia. Se terminaba por donde se debió comenzar. Los ojos se empañaban en lágrimas.

esa campaña cruel y en verdad dramática. se agota con la misma celeridad con que se forma— aparecerían obstáculos más . Además. a sus sitiadores. En noviembre. indiferente a todo esto — impasible dentro de la impaciencia general— organizaba convoyes y compraba muías. cuando los caudales se extinguiesen — porque el torbellino de las aguas derivando hacia el Sao Francisco y hacia el mar. atraído por la forma técnica de la cuestión. pero tendrían a su alrededor las líneas de otro cerco. parecía un epigrama malévolo de la historia. el gran número de asaltantes era un factor agravante. sólo quería troperos y muías. Por fuerza. El caso es que la guerra sólo podía prolongarse por un máximo de dos meses. Cerrarían la aldea. caía. Por los lechos entonces secos de los arroyos correrían ríos de aguas barrosas y el Vaza-Barris se convertiría en un torrente enorme y dilatado que cortaría todas las comunicaciones. La simple sustitución de los que caían. con su cortejo de combates sangrientos. En la emergencia. por lo menos hizo eso: convirtió un conflicto enorme en una campaña regular. el abandono de cuanto se había hecho. El más calumniado de los animales 3 2 1 iba a asentar sus patas en la cumbre de una crisis e iba a resolverla. de ocho a diez por día. excluía los ata­ ques de las brigadas. El mariscal Bittencourt lo previo. Más de tres meses sería la derrota. la parálisis obligada. COLABORADORES DEMASIADO PROSAICOS Un estratega superior. mil burros valían por diez mil héroes. Además. lo convertía en un círculo vicioso muy cruel. las caatingas poniéndolos en medio de la presión creciente del hambre. había que utilizar la intrusión de tales colaboradores en nuestros destinos. La lucha. Uun luchador brillante idearía nuevos ataque que abatieran a los rebeldes e iría a estrellarse a paso redoblado por las caatingas. Esta manera chocaba con el lirismo patriótico y dolía. en un plan oscuro. Hasta entonces.El mariscal Bittencourt. deplorablemente prosaica. sólo hubo un desplie­ gue pródigo de bravura cristalizado en un asedio platónico y dudoso. le taparían todas las salidas. el desierto. sólo tenía una solución y era singularmente humorística. De hecho. Dispensaba el heroísmo. El mariscal Bittencourt. desdeñaba el genio militar. recortado en fusilerías inútiles en las que se jugaba noble y estúpida­ mente la vida. Después. dibu­ jaría rasgos tácticos que no resolverían nada. la zona entraría en el régimen torrencial y eso traería consecuencias incurables. Y eso se prolongaría hasta que la aldea siniestra absorbiera uno a uno. sólo ellos podían darle a las operaciones la celeridad exigida por las circunstancias.

. profusamente diseminado por los aires. a la manera de los encuentros entre los mercenarios en la Edad Media. apri­ sionada por los flancos de la aldea. Por fin. dejando parte de sus cargas por los caminos. cada laguna efímera. agotándose en un dispendio de millares de balas. ya ruidosos y largos. dispo­ niendo las cosas para un cerco real y firme que determinara la rendición inmediata. intermitentemente rota con descargas. Iban a tiempo para reanimar a la expedición que hasta esa fecha. como en los malos días de la Favela. cada pozo de agua. la misma apatía recortada de alarmas. ascendiendo en número infinito de cada punto donde toca un rayo de sol y descendiendo sobre las tropas. Y vencido el enemigo que podía ser vencido. dividiéndose un buey y un kilo de harina por escuadra y. La mostramos al transcribir el diario que no prolongamos para evitar la repetición dolorosa de episodios que se sucedían sin variantes apreciables. sin un herido. cada cueva excavada entre piedras. Bajo la atmósfera de los días ardientes. a comienzos de setiembre. tanto de uno como del otro lado. Los mismos tiroteos improvisados. la tierra desolada y estéril. es un laboratorio infernal que destila la fiebre que irradia latente los gérmenes del paludismo.graves. había pasado cuarenta y tantos días en situación peligrosa e inútil. Combates diarios. en las que se preparaban cuerpos para juntar ganado. las diligencias diarias. sin un solo escoriado siquiera. cada bañado. Llegaban a duras penas. Delante de los expedicionarios se levantó de nuevo. . Era necesario liquidar la guerra antes de esa época peligrosa. Para ello era indispensable garantizar la subsistencia del ejército que con los últi­ mos refuerzos alcanzaba cerca de ocho mil hombres. la existencia aleatoria. las brigadas de la División Au­ xiliar 3 2 2 y aunque todavía escasos. violentos. El Ministro de la Guerra lo consiguió. el hambre. la misma calma extraña y lastimosa. con raciones escasas cuando las había. hacia Queimadas — dejaba dispuestos todos los elementos para el próximo desenlace— lo esperaban concentrados en Monte Santo. en horas inciertas. salían los primeros convoyes regulares para Canudos. millares de organismos a los que el cansancio creaba una receptividad mórbida funesta. como un gran peligro. . ya mortíferos. De modo que al partir. instantáneos. los mismos armisticios engañadores. Los convoyes eran inciertos. retroceder ante el enemigo invencible y eterno. releando las filas y privándolas de oficiales prestigiosos.

para evitar celadas peligrosas. a tiros invaria­ blemente acompañados por estridentes silbidos terriblemente irónicos. incendiando y arruinando completamente la iglesia vieja. y el 37? de infantería que había precedido a la División Auxiliar. junto al río. Y nada escapaba a la puntería de los que allí se emboscaban y que no la abandonaban ni en el mayor fragor de los cañoneos. bombardeaban noche y día. bajo el mando del te­ niente coronel Firmino Lopes Regó. a su vez. reducida a 892 plazas y 56 oficiales. o en las trincheras por las gradas de piedra. Estos incidentes demostraban el valor de los rebeldes. A pesar de que sus sitiadores no les daban tregua. 20 muías de la artillería fueron capturadas. Porque por las cercanías. Los rudos adversarios los dejaban bajar tranquilos las últimas faldas de la montaña. sobre el cual cargaron de acuerdo con la impor­ tancia de la presa deseada. casi no temían al jagungo. deri­ vando invisibles por las colinas del norte y desde allí hacia Canabrava y Cocorobó. Los peligros consistían exclusivamente en salir de los refugios y caer de un tiro. La travesía hacia la Favela continuaba siendo peligrosa. de las cuales había señales evidentes. rondando de lejos a los batallones. Recibían. . el 59 de línea. el día 23 el batallón paulista con 424 plazas y 21 oficiales. Se arrojaban más ordenados y seguros en los asaltos. y cierto día de agosto. a pesar de estar bajo la protección de un batallón aguerrido. convoyes que entraban por el camino de la Várzea da Erna sin que la tropa sitiadora los capturase para no desguarnecer las posiciones ocupadas o. al mirar hacia un cerro. Es que los nuevos antagonistas no los asustaban. desde las líneas intangibles de aquel otro asedio sobre la tropa. en el área de pasto que tenían por las márgenes del río. No se comprendía cómo el campanero subía todavía hasta lo alto para tocar las notas sagradas del Ave María. En ese punto recibían el bautismo de fuego los refuerzos que llegaban: el 15 de agosto. el tejado destruido en gran parte. cuyo maderamen estaba por entero al desnudo. Y parecían más disciplinados. consideración más seria. para hacerles en el paso final. haciéndose necesario estacionar una guardia a la margen del río.Metidos en las casuchas o en tiendas por detrás de los morros. para evitar que soldados imprudentes saliesen por ahí. Las dos torres de la iglesia nueva seguían sobresaliendo en la altura como dos amenazas siniestras sobre el ejército. No pocas veces. con 205 plazas y 16 oficiales. andaban rápidas columnas volantes de jagungos. Permanecían en la misma actitud desafiadora. Los tres Krupps que desde el 19 de julio colocaron sobre la colina teniendo al pie la van­ guardia del 259. caía atravesado por una bala que partía de afuera de la aldea. en el punto en que salía el camino. desde donde se observaba el panorama de la plaza. Los animales de montar y de tracción muchas veces eran asustados a tiros. un soldado inexperto. una recepción triunfante y teatral. la brigada Girard.

marcó la noche hasta entrado el amanecer. De modo que la llegada del monstruoso cañón daba posibilidad de una revancha inmediata. Antonio da Silva Paraguagu: 22° bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Lidio Porto. bajo el mando del teniente coronel del 259. victimando a otros cuatro soldados que con seis del 26? que aprovechando el tumulto habían desertado. la expedición estaba debilitada *. con los claros abiertos en todas las filas por los combates anteriores. el 29 también fueron cuatro y se les agregó un oficial y así de seguido. ya desde mediados de agosto. . todos del arma de infantería. batería del 29 regimiento bajo el mando del l 9 teniente del 59 batallón de posición Afrodísio Borba y batería de tiro rápido. 17 de agosto de 1897. el 23 de agosto bajó de lo alto de la Favela. murieron cuatro el 27. Inácio Henrique de Gouveia. constituyendo la 3^ brigada. el día fue perdido: se rompió una pieza del aparato obturador del cañón haciéndolo enmudecer para siempre. Joáo Carlos Pereira Ibiapina. bajo el mando del coronel del 59 regimiento Antonio Olimpio da Silveira. * “Cuartel General del Comando en jefe. 249 bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Henrique José de Magalháes. incompara­ ble. sumándose diariamente en parcelas poco dispares. con la misma monotonía mortífera que exasperaba a la tropa. Reorganización de las fuerzas en ope­ raciones en el interior del Estado. 259 bajo el comando del mayor Henrique Severiano da Silva. cuatro el 28. En las líneas de fuego cayeron ocho soldados y una fusilería cerrada. el Withworth 32. se advertía que a pesar de los refuerzos. Emídio Dantas Barreto. Ese día fue herido el general Barbosa cuando inspeccionaba la batería del centro. Esta se realizó al amanecer del día siguiente. cuyas brigadas quedan formando parte . bajo el mando del coronel del 279. 169 bajo el mando del capitán del 24?. Fuera de este incidente. elevaron las pérdidas de ese día a 10. Se reanudó durante el día. Campo de combate en Canudos. le deshizo el techo. Orden del día NQ 102. Se continuó el día 26 con la baja de cinco plazas. Las bajas. comandado por el capitán del mismo. la vieja campana que al atardecer llamaba a los combatientes para rezar. 339 bajo el mando del capitán José Soares de Meló. Alberto Gaviáo Pereira Pinto. 159 bajo el mando del capitán del 389. “En esta fecha pasa a tener la siguiente organización la fuerza bajo mi co­ mando: 149 batallón de infantería bajo el mando del capitán del 32?. constituyendo la 1^ brigada. Napoleáo Felipe Aché. Tito Pedro Escobar. como si aún vibrase en la alarma. En la disminución del número de brigadas que pasaron de siete a cinco. después de un ligero armisticio. próxima al cuartel general de la P columna. Joaquim Manuel de Medeiros. . en el descenso de graduaciones en los mandos. 389 bajo el mando del capitán del mismo cuerpo Afonso Pinto de Oliveira. 79 bajo el comando del capitán del mismo cuerpo. 59 regimiento de artillería. La gran pieza detonó: se vio reventar con estruendo el enorme schrapnell entre las paredes de la iglesia. habían impuesto una reorganización de las fuerzas raleadas. bajo el mando del coronel del 149. comandada por el capitán del l 9 de posición Antonio Afonso de Carvalho. constituyendo la 2“ brigada. derrumbó los restos del campanario hacién­ dolo saltar por el aire. sonando. José Xavier de Figueiredo Brito. constituyendo la brigada de artillería. Y fue formidable. 279 bajo el mando del capitán del 249.Como si no bastase aquel bombardeo a quemarropa. 59 comandado por el capitán Leopoldo Barros e Vasconcelos del mismo cuerpo. 349 comandado por el capitán Pedro de Barros Falcáo.

99. constituyendo la 5? brigada bajo el comando del teniente coronel del 309. Joaquim Gomes da Silva. En total 30. treinta batallones. 379. 1 de Sao Paulo. 149. de la P columna. 12° de infantería del comando del capitán del 31*?. Se agrega: 59 regimiento de artillería. 349. 339. José Lauriano da Costa. 269 del comando del capitán del 40*? Francisco de Moura Costa. en números rigurosamente exactos. 32t? bajo el comando del mayor del mismo cuerpo Florismundo Colatino dos Reis Araújo Góis. 319 bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Joáo Pacheco de Assis. * 4P. formará parte de la l 9 brigada y a disposición de este comando con el contingente de ingeniería y el 59 cuerpo de policía. Antonio Tupi Ferreira Caldas. El contingente de caballería comandado por el alférez del l 9 de caballería Joáo Batista Pires de Almeida. 79. 99 batallón de infantería. 1 del Amazonas. 329. 249. un escuadrón de caballería. 229. 26«?. Canudos tendría a su alre­ dedor. 5? de Bahía. bajo el mando del coronel del 329. 299. 289. 179. 2 de Para. 129. 389 409 de línea. el 59 de la policía bahiana. excluidos los cuerpos de otras armas *. el 49 cuerpo de policía bahiana y el batallón patriótico “Moreira César” de los convoyes. Pero en poco tiempo la situación cambiaría. 239. 59. constituyendo la 49 brigada. bajo el mando del general de brigada Joáo da Silva Barbosa. Donaciano de Araújo Pantoja. una batería de tiro rápido. 359 comandado por el capitán Fortunato de Sena Dias. 309. 319. . 359.De los veinte batallones de infantería — aparte del 59 regimiento de artillería. 259. Aristides Rodríguez Vaz. pasando a mandar interinamente la 1^ brigada el mayor del 16p. una batería de tiro rápido y un escuadrón de caballería— quince eran comandados por capitanes y dos de las brigadas por tenientes coroneles. Artur Oscar de Andrade Guimaraes. bajo el mando del capitán del 31°. las cuales formarán la 29 columna bajo el comando interino del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. no bajando el mando de las com­ pañías a los sargentos por ser mayor el número de alféreces que de sargentos. Por los caminos avanzaba la división salvadora. 169. 309 comandado por el capitán Altino Dias Ribeiro. 4O 9 bajo el mando del mayor Manuel Nonato Neves de Seixas. general de brigada” . batería del 29 regimiento de la misma arma.

escribiéndolas a punta de sable o tiznándolas con carbón. des­ parramado sin gracia a los lados de la plaza irregular. Fuera de la patria. El charlatanismo del coraje III. la capilla pequeña y chata. Traspuesta una accesible lomada. poblado fundado a comienzos del siglo pero en plena deca­ dencia se convirtió en un campamento ruidoso. en el mismo camino que se abría hacia la caatinga. se veía un área amplia de cultivos. de trapos multicolores e inmundos. Cerca y al costado. I NUEVA FASE DE LA LUCHA QUEM ADAS Queimadas. Aspecto del campamento. arrastraba recuerdos penosos. Una ficción geográfica. Además. botines rotos. Nuevas animadoras. hondamente arado por los desagües — un claro en los pastizales bravios que lo rodeaban— y principalmente. Buscando una media ración de glo­ ria. sugerían la denominación del poblado.— Embajada al cielo. Montones de harapos. ansiedades. de hojas quemadas. desalientos indescriptibles. cabriolando locamente. Allí habían parado las fuerzas anteriores. Miedo glorioso. En el camino de Monte Santo. Todos los batallones habían colaborado en las mismas páginas. Delante de un niño. cuyos tonos pardos y cenicientos. con un blanco al fondo. delataban el paso de los combatientes que por allí habían armado sus tiendas a partir de la expedición Febrónio. le dan un aire triste que completa su aspecto de villarejo muerto en franco camino de convertirse en una tapera en ruinas. cantimploras desfon­ dadas. Y en sus paredes. Complemento del asedio. birretes y gorras. Trincheras Sete dé Setembro. la línea de tiro donde se había ejercitado la división Artur Oscar. Una burla entusiasta. la caligrafía manca y la literatura ruda del soldado. El caserío pobre. Eran páginas demoníacas esos muros sacrosantos: períodos . .NUEVA FASE DE LA LUCHA I. entre los morros desnudos. esperanzas. había temblado con el vocerío de los vivaques: pasiones. rectilínea y larga. como un barracón cerrado.— Queimadas. de uniformes viejos. Aquel suelo pisado por los rastros de diez mil hom­ bres. la monotonía de las planicies que se abren a su alre­ dedor. . para grabar sus impresiones del momento. I I — Marcha de la división auxiliar. todos los restos de los equipos diseminados por un área extensa en la que blanqueaban las cenizas de las hogueras. Camino de Calumbi.

Otra lengua. El enemigo estaba allí. blasfemias fulminantes. en una poco pronunciada caída. Era terriblemente paradojal una patria cuyos hijos la transitaban ar­ mados hasta los dientes. que daban escalofríos. el camino enfilaba campo afuera llevando a su vera los postes de la línea telegráfica recién inaugurada. pasa por el caserío y detiene su caballo junto a las vías por las que pasan vertiginosamente los patricios del litoral que no lo conocen. despedazando sus entrañas a disparos de Krupps. . la misión que allí los llevaba. inútil. y en el fondo de ellas. sin siquiera atenuar el carácter genuinamente rupestre del poblado. escondido en las planicies. El vaquero vestido de cuero emerge de la caatinga. Los invadía el sentimiento de ir a una guerra exterior. se cruzan unas centenas de metros entre casas chatas y se choca en seguida. de aguas rasas y mansas. Además. articulada en giros originales y pintorescos. Se sale del tren. el camino de Monte Santo. Se veían en tierra extraña. por donde habían salido esperanzadas tres expediciones sucesivas y de donde llegaban también sucesivamente. impre­ caciones y mueras y vivas calurosos. creaba la sensación nostálgica de un largo apartamiento de la patria. Se sentían fuera del Brasil. al toparse con el sertón. Vadeado el Jacurici. en son de guerra. UNA FICCION GEOGRAFICA La línea férrea corre por el lado opuesto. Otra gente. incisivos. se desarrollaba un drama formidable. Se está en el punto de tangencia de dos sociedades. Otras épocas. las disfrazaban con caracteres negros ceñidos por puntos de admiración largos como lanzas 323. apenas termina la plaza. un camino estrecho y mal construido. FUERA DE LA PATRIA Los nuevos expedicionarios. De ahí hacia abajo. Esa señal de progreso pasa por allí. con el sertón. Discordancia absoluta y radical entre las ciudades de la costa y las aldeas de tejas del interior. no habiéndola visto nunca. totalmente ajenas una a la otra. sor­ . La separación social completa dilataba la distancia geográ­ fica. las profanaban. . hacia el este y hacia el norte. bandas miserables de fugitivos. Otros hábitos. . desconociéndola. advirtieron esa transición violenta.cortos. . a lo lejos. lo que desequilibra tanto el ritmo de nuestro desarrollo evolutivo y perturba lastimosamente la unidad nacional. las rayaban en todos los sentidos. hacía más hondo el antago­ nismo.

había caído. disponiéndose al martirio. camisas entre cuyos agujeros se metían ojos insaciables. Un espectáculo triste. resaltando a la observación más simple. a la rastra. día a día. en un borbotar de interjecciones vivas. Iban a una invasión. y por la noche. Se decía que el Conselheiro estaba ahora prisionero de sus propios secuaces en rebelión. Todo eso era una ficción geográfica. a los compañeros que meses antes habían avanzado robustos y altaneros. Y como aquel desconocido pueblo de matutos les devolvía. Y se enumeraban pormenores que revelaban el rápido aflojamiento de la guerra. por el intento que había manifestado de entregarse. El grupo miserable fue . de seis a diez años. voces. andrajosas. Felizmente. no se oían más las letanías melancólicas entre los inter­ valos de la fusilería. Eran como animales raros en una diversión de feria. de espanto. como las tropas anteriores. . Los nuevos combatientes la creían finalizada antes de llegar a Canudos. que entre ellos no había ningún hombre hecho. Se obser­ vó. comentarios de toda suerte. No había sucedido ningún otro desastre. . después de tantos meses de guerra. . . entre compactos grupos de curiosos for­ mados por uniformes de todas las armas. entraban por el camino conduciendo a sus hijos de la mano. Las infelices. Con ese refuerzo coincidieron los primeros síntomas de desánimo de los rebel­ des: no tocaba más con su serenidad gloriosa la campana de la iglesia vieja.prendidos ante su tierra árida y abrupta y brutal. eran débiles. montañas derruidas. por territorio extran­ jero. varonilmente rodeados por escoltas. Todo lo indicaba. las seguían. La Brigada Girard y el batallón paulista habían llegado a tiempo para cubrir los claros de las filas. el poblado quedaba silencioso y hundido en las sombras. era esa. Resonaban en todos los tonos. mientras los mayores. A pesar de los tiroteos. Por fin. Los vencidos. planicies. grutas. sin que se detuvieran en lo singular del hecho. al llegar. no había ánimo varonil que mirase impasible hacia ese sertón misterioso y árido. como estepas. con espinos. los mismos prisioneros que llegaban y eran. La realidad tangible encua­ drada por estos hechos. los primeros que aparecían. tuvieron noticias animadoras recién venidas del campo de operaciones. pedrega­ les. esa patria extendida en lomadas desnudas. sin una luz. Los nuevos campeadores la sentían de modo dominante. habían cesado los ataques osados a las líneas. Pasaron por la aldea. mutilados y enfer­ mos. se conservaban las posiciones conquistadas. media docena de mujeres llevando en brazos algu­ nos hijos muy pequeños.

Tuvo una sonrisa de superioridad adorable: . Una belleza olímpica salía del molde firme de un perfil judaico. denunciando astucias de un combatiente consumado. la manejó con pericia de soldado ante el asombro general. La mayoría de las mujeres era repugnante. Y las informaciones caían. Golpeó en la curiosidad general. rodeadas por grupos de curiosidad insistentes. raquítico y tambaleante. ojos malos. el niño paró su algarabía. Una tragedia en media docena de palabras. DELANTE DE UN NIÑO Uno de los niños. sin impresionar los corazones. Ubicadas en una casucha junto a la plaza. al entrar un soldado con la Comblain. Pero se destacaba una. las infelices fueron víctimas de preguntas inter­ minables 3 2 4 . El capote. ojos grandes y negros. llenos de una tristeza profunda y soberana. La miseria le había enflaquecido el rostro. acaso perturbado por las angulosidades de los huesos asomando duramente bajo la piel ennegrecida y pálida. En un momento dado. Y algunos espectadores tuvieron el coraje de reírse. indiferentes. con el invariable epílogo de una bala o de un estallido de granada. La tomó. torcidas. Caras rispidas. que era inútil y confesó al cabo que él prefería una carabina. cubriéndole todo el cuerpo. Respondía entre bocanadas de humo de un cigarro que chu­ paba con la satisfacción de un viejo enviciado. Se la pidió. Un drama segura­ mente trivial. sin destruir su mocedad. observó que no tenía fuerza. casi todas falsas.por algún tiempo una variante feliz que aligeró las horas fastidiosas del campamento. El niño levantó la cabeza tratando de verlos. figurita de atleta en embrión. un viejo capote conseguido en el camino. Uno de ellos. sobre el cuerpo esmirriado. en busca de la sinceridad e ingenuidad infantiles. en Canudos. Esta mujer satisfizo el ansia curiosa de la gente contando una historia simple. sorprendió por el donaire y justeza precoces. menor de nueve años. oscilaba grotescamente a cada paso. Hablaba un niño. Le levantó el cerrojo como si eso fuese su juego infantil predilecto. traía a la cabeza. Le preguntaron si había tirado con ella. Entonces le dieron una mannlicher. Finalmente se ensañaron con los niños. cara bronceada y ojos oscuros y vivos. Los inquisidores las anotaban religiosamente. ancho y grande por demás. Las risas se extinguieron: la boca era una llaga abierta de lado a lado por un tiro.

los hombres agachados junto al fuego y tiri­ tando de fiebre. arrastrándose otros y proyectando sobre el manto de agua sus sombras deformes. Toda esa campaña sería un crimen inútil y bárbaro si no se aprovechaban los caminos abiertos por la artillería para una propaganda tenaz. en caminos libres. Había un enemigo más serio que debía ser combatido en una guerra más lenta y digna. por las huellas ásperas del sertón. acentuado paso a paso. ¿Me iba a quedar ahí. Ofi­ . parecían un conjunto trágico y emocionante. El tanque que lo bautiza pro­ viene de un crecimiento granítico que forma una reducida mancha de suelo impermeable sobre el que se quedan a flor las aguas. EN EL CAMINO DE MONTE SA N T O 3 2 5 Acompañado por los estados mayores. como compañeros de la tierra calcinada y estéril. Decididamente. después de demorarse cuatro días en Queimadas resolviendo los últimos obstáculos para la movilización de las fuerzas. paralizados en la quietud del cansancio total. suyo y del general Carlos Eugenio. hacían su siesta decenas de heridos y acampaban los convoyes. las torturas que asaltarían a los caminantes que salían a pie. Pero bajo la presión de dificultades que exigían solución inmediata y segura. el Tanquinho. Al borde de esas aguas que el suelo no succiona. montones de hombres macilentos. Pero sin la algarabía característica y ruidosa de los grupos. tra­ tando de traer a nuestro tiempo e incorporar a nuestra vida a esos rudos compatriotas retrasados. continua y persistente. no había lugar para esas visiones de futuro. en medio de los gajos finos del romero y de los cereus melancólicos. prefiguraba los demás. dos casas abandonadas. cuando los cabras sambaban enfrentando a los plazas? Ese niño era un luchador experto. Sobre todo por las noches. El primer rancho en que se detuvieron. encendidas las hogueras que brillaban en la superficie del agua oscura. En esa travesía fácil. iba a la base de operaciones atravesando la región cuajada de heridos. El Ministro de la Guerra. . .— ¡Y cómo no! ¡Si habré tirado!. Era el mejor y era insoportable: un sitio medio destruido. a cada vuelta del camino se les aparecía un resto lúgubre de la guerra. inmóviles. aquilatando por las fatigas que soportó su comitiva bien montada y abas­ tecida. llevaba sobre sus débiles hombros un legado formidable de errores. Nueve años de vida que arrastraban tres siglos de barbarie. era indispensable que la campaña de Canudos tuviese un objetivo superior a la función estúpida y bien poco gloriosa de destruir un poblado de los sertones. hecha en tres días. La guerra lo había convertido en un bandido hecho y derecho. como un tonto. salió hacia Mon­ te Santo. en silencio.

desviándose. La comitiva avanzaba y se olvidaba en seguida de la imagen del sertanejo robusto. por hombres más tranquilos e inofen­ sivos. los sombreros caídos sobre los ojos. apoyados en las espingardas. Su jefe. de valiente disciplinado. rastros de los incendios entre los que repuntaban escom­ bros de casuchas quemadas. ese sitio minúsculo. los mismos cuadros. que se empleaba en los servicios de transporte. un aliado. Como contraste permanente. a veces. sordos al tropel de la cabalgáta. que aparecían aislados. vestido de cuero. A ca­ ballo. los mismos grupos miserables. al borde del camino. lleno de satisfacción ante hombres que nunca había visto. fijando puntos salientes en la urdimbre de las ruinas. A una vuelta del camino. Esa parada fue providencial. se topaba con un vaquero amigo. la no­ bleza orgánica completada con un alma sin vueltas. y aquí y allí. intermitentemente. era también una revelación. El villareio era un clan. inmóviles. orlados de algas. revelaba la robustez maravillosa. rígidos como cadáveres. cuando no se desbarrancan en el fanatismo o el crimen. tributó una ruidosa ovación al mariscal. en medio de las caravanas de guerreros desastrados. al ministro sorprendido. tan característica de los matutos. muy firme en su coraza pardo-colorada. entregado a la solicitud de dos franciscanos. genuino patriarca. en el terrible y estúpido escenario de la guerra. presentándoles un hijo de cabellos blan­ cos v nietos casi canosos. especie de armadura de bronce. por los caminos los mismos heridos y a orillas de los pantanos verde-negruscos. dejando libre el curso de la cabalgata. amplias manchas negras en la caatinga.cíales que se acercaban sedientos a la orilla de la laguna. La única zona tranquila en esa barahúnda. atraída como estaba por las bandas de fugitivos: soldados en marcha lenta. y quedaba el matuto inmóvil. Pertenecía a una sola familia. el cinturón y el largo facón. en una actitud respetuosa y altiva. sombrero amplio levantado. oficiales cargados sobre redes. la nota superior de la fuerza y de la ro­ bustez era dada. al mo­ narca según gritaba convencido. Y el robusto viejo que lo gobernaba. que dejaba ver la cabeza trigueña y franca. una docena de casas. Cansangáo era un paréntesis feliz en esa desolación. allí acogía a los romeros cansados que iban hacia Queimadas. Tuvieron dos horas de remanso consolador. Por eso. Un pequeño hospital. En adelante. La antítesis del bandido precoz de Queimadas. En Cansancáo se atenuaron estas impresiones crueles. . congregando a su alrededor hijos. levantan­ do en los brazos cansados de un trabajo de ochenta años. en una alegría ingenua v sana. se enfrentaban de golpe con espectros tambaleantes que intentaban hacerles la venia mi­ litar y se volvían entristecidos. nietos y bisnietos. es el único que en las narraciones de la campaña no despierta recuerdos dolorosos. como un campeador robusto cubierto aún por el polvo de las batallas. a la derecha la aguijada.

desesperadamente retorcida en vueltas infinitas. ahogaba las paredes hasta el techo. chocando discordes alusiones atrevidas. en una grafía bronca. Los narradores futuros tratarían en vano de hacer descripciones gloriosas. reposaba envuelta por un coro silencioso de imprecaciones y maldiciones. en pasquines increíbles— libelos en bruto. en las que caían violen­ tamente puntos de admiración rígidos como estocadas de sable. ferozmente. Sin la preocupación de la forma. indestructibles. entraba por las casas. se abría una página de protestas infernales. al pasar. la villa se amplía. torpezas increíbles en moldes pavorosos. con rimas duras. Allí se abría la mano de hierro del ejército. un reflejo de las negruras que alimen­ taba su alma. . esos palimpsestos ultrajantes. infamándolos. el aspecto real del mayor escándalo de nuestra historia —brutalmente. Y la campaña perdía repentinamente su aspecto heroico. Quitándose en pocos días la apariencia común de las aldeas sertanejas. los viajeros volvían a las amarguras de la huella polvorienta. dos mil barracas alineadas en avenidas extensas. dichos lóbregos de cuartel. libre. fotografiando en esas grandes placas la cara tremenda de la lucha en ins­ cripciones lapidarias. La comitiva. dejando en caracteres enormes la urdimbre del drama. orlada de ranchos destruidos y pespunteada de punta a punta por los sucesivos grupos de fugitivos. en desvíos. . dejaba en ellas. destacándose sobre el suelo limpio en seis grupos sobre los que ondean banderas y de donde irrumpen. al entrar. indeleble. La ola oscura del rencor que rodaba por el camino golpeaba esos muros. estáticas. esos cro­ nistas rudos dejaban allí. . I os nuevos combatientes llegaban a Monte Santo sin el menor anhelo de desenfundar las espadas. sin una frase varonil y digna. improperios revoloteando por los rincones en una danza fantástica de letras tumultuosas. Y en todas partes — a partir de Contendas— en cada pared de cual­ quier vivienda más presentable. Cada herido. Versos rengos. cubierto por el anonimato. donde surgía flagrante el sentir de los grabadores. sin altura. . teniendo al fondo. En cada página aparecerían. a carbón. . Pero se reanimaban al entrar en la base de operaciones.Al dejarlo. sin fantasías engañadoras. en los que se casaban pornografías con desesperanzas hondas. donde desde hace cien años no se construye una casa. sin brillo. un barrio nuevo y mayor que ella. que rara vez aparecía entre las casuchas de barro y paja. vivas v mueras encima de nombres ilustres.

Ponía en los combatientes alientos de victoria y poco a poco. pasando los días en convivencia ruda con los troperos en Monte Santor entre los cuales aparecía de pronto. soldados doblados bajo los equipos. el día 4. periodistas sedientos de noticíasele daban un tono de plaza concurrida en día de parada. Lo decían las noti­ cias provenientes de la sede de operaciones. Una multitud de habitantes adventicios había llenado de pronto la aldea. Y ese hombre sin entusiasmo. heridos y convalecientes. Porque cada convoy que salía valía por batallones. a los encontronazos por la plaza. la cuestión primordial que hasta allí lo había conducido. Casi diariamente llegaban y volvían convoyes de y hacia Canudos. se había convertido en el director supremo de la lucha. Apenas comenzado. Cayó junto a las iglesias. se puso a punto. Era una batalla ganada. . Es lo que se deducía de las últimas noticias. sin balancear opiniones estratégicas. por la calle y contemplándolos se veía un montón heterogéneo donde chocaban todas las posiciones sociales. gracias a su dedicación. una bala de carabina había abatido en la aldea a un cabecilla de importancia. y en un inquirir incesante. Oficiales de todas las graduaciones y armas. grupos de estudiantes. que hasta llegar a la base de operaciones no se había quitado el paletó de alpaca con el que burguesamente recibía el saludo de las brigadas. con el reloj en la mano. carreros polvorientos de largos viajes. mujeres de la vida.a cada instante. perfec­ tamente abastecido y dirigido por cirujanos a los que se unían los es­ fuerzos desinteresados de algunos alumnos de la facultad de Bahía 326. sin alardes. Los resultados de ese esfuerzo fueron inmediatos. demostraba su prestigio. vencía la parálisis en que había quedado el asedio. el servicio de transporte. El mariscal Bittencourt adoptó una reglamentación rigurosa y se ocupó de adoptar medidas acordes con las complejas exigen­ cias de la situación. El mes de setiembre había empezado bien. La pron­ titud con que los habitantes del poblado se precipitaron sobre el cadáver y lo llevaron. El hospital militar se convirtió en realidad. para dar la orden de partida. vibraciones metálicas de clarines y el sonar cadencioso dé los tambores. Con todo eso se consiguió una correcta disciplina. Por fin. acordes todas en indicar un mayor aliento entre los sitiadores que realizaban movimientos tácticos decisivos. A dieciséis leguas del centro operacional dirigía.

y a salvo de nuestra puntería. en lugar de granadas. . prorrumpiendo en esa ocasión la línea de seguridad y fuerzas en apoyo. desarticulándose en bloques. Orden del día N p 13. Duque Estrada Macedo Soares. una detrás de la otra. . El ejército había quedado finalmente libre de esos puestos de tiro altísimos desde donde se fulminaba a los sitiadores. El caso ocurrió después de seis horas consecutivas de bombardeo. etcétera. habiendo tirado el alférez Duque Estrada el último disparo sobre la izquierda. Lo determinó una circunstancia desagradable: una equivocación en el envío de municiones hizo que se llevaran balas rasas de Krupp. echando abajo su carga de tiradores y golpeando pesadamente en el suelo de la plaza. cayeron las torres de la iglesia nueva. tuve la satisfacción de ver en seis horas consecutivas la destrucción de las torres. porque las dos torres dominaban las líneas del cerco y reducían los ángulos muertos de las trincheras. ”. entre nubes de polvo y cal. El comandante de la P columna caracterizó bien en la orden del día lo sucedido: " . una entusiasta y violenta burla de los jagungos. “Elogio por lo tanto a esos bravos oficiales que dieron una prueba más de su pericia en la dirección de los cañones que comandan. puntos elegidos por el enemigo para tirotearnos con mayor eficacia. Desde el 18 de julio las ocuparon tiradores de gran pericia a cuyos ojos y puntería no se escapaba el menor bulto que salía de la protección de las casas. * "Cuartel General del comando de la 1^ columna. Y fue totalmente imprevisto. debido al entusiasmo que le produjo no sólo a él sino a todo el ejército que observava con interés el efecto de la artillería. si bien el primero se encontraba con parte de enfermo. Las fuerzas recién llegadas. Por fin habían caído. también habían recibido desde allí la primera salutación feroz del enemigo. en el campamento. 6 de setiembre de 1897. . . la brigada auxiliar. el batallón paulista y el 379 de infantería. “Para conocimiento de las fuerzas bajo mi mando publico lo siguiente: “Habiéndose ordenado hoy a los comandantes de las bocas de fuego que bom­ bardeasen las torres de la iglesia nueva. arrastrando grandes trozos de pared. y por haber sido ese oficial el primero en iniciar el bombardeo y el último en tirar sobre la torre de la derecha. Y el resultado fue sorprendente. acrecentando más el mérito por haberse presentado el segundo teniente Manuel Félix estando con parte de enfermo. los convoyes recibían de allí descargas violentas. Al dar su último paso transponiendo el río.El 6 hubo un suceso de mayor importancia: una detrás de la otra. Entonces se resolvió gas­ tarlas sobre las iglesias hasta que se acabaran. poco eficaces para el cañoneo. impo­ nentes. Frutuoso Mendes y el alférez H. produciéndonos muchas bajas entre muertos y heridos. debido a los certeros tiros dirigidos por los segundos tenientes Manuel Félix de Meneses. Canudos. Y al verlas abatidas. consiguiendo derri' baria. prorrumpiendo en esa ocasión la línea de seguridad y las fuerzas de apoyo en una violenta y entusiasta burla de los jagunqos” *. . el ejército entero hizo callar la fusilería para atronar el aire con alaridos retumbantes.

De pronto. chocando con el firmamento azul. El día 7. TRINCHERAS SETE DE SETEMBRO Además. . estaba achatada. Al frente y a la retaguardia iban ex alumnos de las escuelas militares. tan altas y esbeltas. Atrincherados desde hacía mucho tiempo en la Fazenda Velha. Una entusiasta burla. un contingente de la 4^ batería del 29 regimiento. el coronel armó su barraca en el lugar donde hacía seis meses había muerto el jefe de la 3^ expedición. las alcanzaban de punta a punta. El encanto del enemigo se había terminado. A dos pasos de la artillería y de los contingentes que la reforzaban. Sorprendidos. diluyéndose miste­ riosamente en la altura. una burla lúgubre. con la metralla en el centro fulminándolos a quemarropa. ancho declive sobre la vertiente del morro. los jagungos no pudieron resis­ tir. aquel coronel. entre los altos del Mário anteriormente ocupados y el Vaza-Barris. el hecho era de mal agüero. otro contingente del 59 regimiento y una boca de fuego. Expugnada la posición.La campaña era eso mismo. sin esas dos balizas blancas que la señalaban a los pastores. obedeciendo a la determinación del comando de la 1* columna. Al día siguiente sobrevino un desastre mayor. La refriega había durado cinco minutos. siendo desalojados de las trincheras de piedra que tenían alrededor de la vivienda destruida de la Fazenda Velha. La fuerza sólo tuvo dos plazas fuera de combate. golpeados por trescientas bayonetas repartidas en dos cargas laterales. blanqueando las noches estrelladas. . hundida. objetivando el misticismo ingenuo y poniendo en el cielo les rezos propicitarios de los sertanejos rudos y crédulos. contribuyendo en mucho a las bajas diarias que las raleaban y emparejándose con las torres en barrer los parapetos mejor elegidos. El coronel Olimpio dispuso el resto de su pequeña fuerza en tiradores por los dos flancos. a las diez de la noche. en un reborde de la Favela. a des­ pecho de la tormenta de disparos que recibían. Los adversarios desparramados y perseguidos hasta el cerro de los Pelados por la vanguardia. fueron vencidos de improviso. du­ rante más de dos meses habían obstaculizado el cerco de ese sitio. Desde el comienzo al final. la aldea se había achicado. atacó con una fuerza compuesta del 279 bajo el mando del capitán Tito Esco­ bar. . transpusieron el río y se metieron en Canudos. Los hizo bajar en silencio por los primeros tramos de las colinas. En una situación domi­ nante sobre el grueso de las líneas ajustadas a orillas del poblado. Todo el resto de la noche se empleó en esa . Después se arrojaron como una avalancha por el morro abajo. . algunas decenas de guerrilleros escarnecían los cañones del coro­ nel Olimpio que se asentaban en lo alto. Impulsados por los sucesos de la víspera.

cerca de la confluencia del Mucuim.construcción. Trasponiéndolo. que corriendo entre los caminos del Rosário y del Cambaio. donde se bifur­ caba con el del Rosario. después de saltar una gran lomada. caería en otra peor. derivando hacia la izquierda y desde ésta. pues seguía firmemente la línea nortesur. Ahora bien. quizá la acción más estratégica de la campaña. CAMINO DE CALUMBI Se había realizado una operación seria. La periferia del asedio había aumentado unos quinientos metros hacia la izquierda. facilita la travesía rápida hacia Monte Santo en un trazado casi rectilíneo. un ejército daría todo un flanco al adversario que se escondiese en sus laderas. se con­ vierte de golpe en una angostura estrecha. al frente de quinientos hombres. . a una distancia de menos de trescientos me­ tros. Yendo en dirección sudeste. Realizó la empresa en tres días. Avan­ zaba con rumbo invariable hasta otro riacho de vida efímera. aún desco­ nocido. y más corto que ellos dos. bien temprano. en rumbo hacia el norte. la Trinchera Sete de setembro gobernaba la aldea. La había pensado y ejecutado el teniente coronel Siqueira de Meneses. ese oficial supo de las ventajas del otro camino. Salió de Canudos el 4. porque el camino. 99 y 349. cerrando completamente los dos cuadrantes del este. El nuevo camino abierto para el traslado de tropas y convoyes y cerrado a los jagungos que lo usaban de preferencia en sus excursiones hacia el sur. ese mismo día. Y se propuso explorarlo afrontando los mayores riesgos. doblando a partir del punto conquistado hacia el oeste. el cerco se extendería aún más. el de Calumbi. el Caxomongó. Y al dejar esa situación grave. bajo el inmediato mando del mayor Lidio Porto. Nada denuncia el desfiladero oculto por la ramazón tortuosa de las umburanas que se levantan por ahí cerca. fuerte reducto de cerca de un metro de alto. entre todos. Partía de Juá. Es una muralla de mármol silicoso poco más alta que el suelo. Era. a la tarde. hasta la entrada del Cambaio. constituía un camino estratégico in­ comparable. Desde ahí hasta el frente. Pasó por el nuevo cami­ no descubierto volviendo el 7 por el del Cambaio en un movimiento rá­ pido. Y al otro día. acortaba en más de un día el viaje hasta Monte Santo. el mejor preparado para la invasión. osado. Con base en informaciones de algunos vaqueros leales. prolongándose por muchos kilómetros junto al arroyo de las Caraibas y cortándolo en sus meandros interminables. a la derecha. hecho con las piedras de las trincheras enemigas. que a tanto montaban los batallones 229. feliz y de extraordinarios resultados para el desenlace de la guerra. la serranía de Calumbi lo flanquea por ancho trecho. en dirección al sur.

duras y rugosas en todos sus puntos. inmóvil y sufriente. Una capa calcárea. pasado un kilómetro. de lecho sinuoso y hondo. muestran de manera impresionante el accio­ nar secular de elementos enérgicos que por tiempos la trabajan. No eran necesarias. creando otros impedimentos. por el Cambaio. erizadas en puntas punzantes. se veían las trincheras de los jaguncos. un obstáculo inevitable. las capas superpuestas de esquistos. variando siempre la ruta elegida.a manera de grosera barbacana cerrada por un postigo estrecho. La marcha por el Rosario había sido la salvación. Los tres mil hombres de la columna Artur Oscar no lograrían atrave­ sarlo. Si hubiese sucedido ni un soldado habría llegado a Canudos. surcos hondos de aristas rígidas y finas. el suelo cae en declive hacia la Várzea. sustituye al camino en una exten­ sión de media legua. allá abajo. aún tendrían más adelante. entre­ cruzadas por vetas blancas de cuarzo. como láminas de dagas. Pisando esos lugares no habría bota que resistiera ni cuidados que evitaran caídas peligrosas. la agitación de las tormentas. muestra un notable fenó­ meno de descomposición atmosférica. Un desastre mayor agravaría la campaña. La corroen. cae dentro del río Sargento. en cuyas orillas se rompen en grandes placas lucientes de color azul oscuro. lo que suponía una difícil empresa contra antago­ nistas de tal manera guarecidos. Un hecho geológico común en los sertones del Norte reemplazaba en seguida estos accidentes. Traspuesto el pasaje. Y si éstas intentaran vencerlo. y lo lograran. Las anteriores expediciones. De modo que al llegar ahí. Se habían evitado por azar dificultades tan serias en la más completa ignorancia sobre ellas. muy áspera. . siguiendo sucesivamente por Uauá. mostrando una travesía aparentemente fácil pero realmente difícil para una tropa en la dinámica del combate. la perforan. con fragmentos de sílex y rodeada de caatingas espesas. Infinitas cavidades de bordes cor­ tantes. los invasores serían abatidos a tiros. caerían sorprendidos a los primeros pasos en un terreno casi impracticable. siguiendo la costumbre. pues caminantes tranquilos apenas consiguen avanzar de uno en fondo por una huella intermedia que lleva a la Várzea. poco espaciadas. habían hecho creer a los sertanejos que la última. En semejante sitio el combate sería imposible. la minan las lluvias de las tempestades después de las sequías. exca­ vadas en quebradas anchas. Y ella refleja. por Macacará y por el Rosario. Este foso extenso que como los otros de las cercanías no es un río sino un drenaje transitorio de las aguas que se canalizan hacia el Vaza-Barris. El camino desaparece. tomarría por el camino del Calumbi que todavía no se había usado. amplia hon­ dura pesada. De una margen a la otra. Y en el caso que pudiesen avanzar. Allí no había trincheras. cruzando sus fuegos. Las espingardas colocadas en la cres­ ta de ese muro natural podrían barrer columnas enteras.

a causa de múl­ tiples reveses. en su ruta admirable y hecha con ventajas. eran rechazados de sus mejores puntos de apoyo y apresa­ dos por las mallas del cerco. sorprendió allí a unos piquetes enemigos. llevaban un temor singular: el miedo cruelmente an­ sioso de no encontrar ya a ningún jagungo para luchar. Canudos estaba ahora sitiada desde el extremo norte al sur. en la punta del camino del Cambaio. Atra­ vesó las trincheras abandonadas que dejó ocupadas por un ala del 229. MIEDO GLORIOSO Los rebeldes disminuían sus posibilidades todos los días.El teniente coronel Siqueira de Meneses. II MARCHA DE LA DIVISION AUXILIAR Los nuevos expedicionarios. y desde allí hacia el oeste. detenién­ . donde se veían algunas calaveras y esque­ letos de los muertos de la expedición Febrónio. partió la brigada de los cuerpos policiales del norte y tal precedencia originada exclusivamente en ra­ zones administrativas. De ahí enderezó hacia el Cambaio. pasó por la Lagoa do Cipó. tomando de sorpresa dos trincheras allí existentes. El fin de la campaña parecía próximo. A los jagungos sólo les quedaban por el noroeste los caminos del Uauá y la Várzea da Erna. Su trecho principal desde el río Sar­ gento hasta Suguarana. pasando por la Várzea y Caxomongó. fue en segui­ da custodiado por los batallones 339. en la Fazenda Velha. porque los jagungos huyendo hacia el poblado habían aban­ donado aquellas posiciones. La brigada norteña avanzaba vertiginosamente trotando por los caminos desde el primer atisbo de la mañana. Por cierto. un extenso semicírculo. Quedó abierto para la movilización de la fuerza un camino seguro y rápido. 16? y 289 de la 2^ brigada y un ala del batallón paulista. En primer lugar. iban a encontrar todo liquidado y se sentían escandalosamente atraídos por los acontecimientos. fue poniendo guardias en los principales puntos del camino hasta Juá. tomándoles trece cargueros y fue a salir por la con­ fluencia del Mucuim. había dolido hondo en el ánimo de los que com­ ponían la brigada de línea que marcharía algunos días más tarde con el general Carlos Eugenio. El cerco se había ampliado. saliendo de Monte Santo por el camino recién descubierto. el 13 de septiembre.

Fui testigo de uno de ellos. El sitio. gol­ peada desde hacía tres meses por los cañoneos. Por las márgenes del río. junto a la­ deras a plomo de tres metros de altura. La brigada de línea la alcanzó. tanto para quien viniera de Boa Esperanza. como encontraron agua suficiente en un pozo profundo y oscuro. Los dos cuerpos de Pará. pasando por sitios destruidos. acamparon. La brigada del coronel Sotero había llegado al sitio de Caxomongó. Desde allá se oían los estampidos de la artillería. Pero en esa alegría guerrera aún despuntaban algunos sobresaltos. tenía estratos exageradamente inclinados en 45° y en virtud de esa disposición. el 15 de setiembre. disci­ plinados como los mejores de la línea y el del Amazonas. Era la última parada. totalmente cubiertas por piedras de todos los tamaños. entrando a la zona peli­ grosa. Al día siguiente alcanzarían la aldea. como para los que llegaban desde Suguarana. devorada por los incendios y defendida por una sola guarnición. en su marcha vertiginosa. un rancho miserable. entre las planicies yermas. . los campeadores — bien nutridos. destrozada por los asaltos. que parecía la boca de una mina. a medida que se alejaban por el sertón. El terreno. que les daba un aspecto de hombres del monte. al borde de una ipueira fértil. armas y la animación ruidosa de 968 combatientes. con el uniforme característico que adoptaron desde su llegada: grandes sombreros de paja de carnaùba. . Y arrojándose por los caminos. se reanimaron. absorbían las escasas lluvias que por allí se producen. en su tercer día de camino. Al alcanzar el sitio de la Suguarana. carpas.dose solamente cuando el sol quemante agotaba a los soldados. de gres colo­ rada y grosera. Los ambiciosos luchadores. El paraje muerto se animó de pronto. La tropa llegó allí en plena mañana. apuestos y sanos— allá iban en demanda de la ciudadela de barro. La lucha sertaneja no había perdido completamente los rasgos misteriosos que conservó hasta el fin. sentían irrefrenables temblores de espanto. si el viento era propicio. rodeada de pintorescas serranías. se distinguía hasta el crepitar de los tiroteos. está al borde del río y éste. La parada era estéril y lúgubre. presenta un lecho completamente seco que desa­ parece en seguida entre colinas desnudas. seis leguas distante de Canudos. En Caxomongó. agravando la dureza de la caatinga. lleno de tiendas. A pesar de la hora. se alzaban altas ingaranas . aguijoneada por el anhelo enfermo de medirse al menos en un encuentro fugitivo con aquellos po­ bres adversarios.

Era el enemigo anhelado. . cuadrados a la espera de una carga de caballería. divisó o creyó divisar. . de sorpresa. . Los soldados armaron decenas de hamacas en las ramas. el bombardeo de Canudos. allá abajo y allá adelante. preguntas ansiosas. para despertar a las diez de la noche. Y la tropa se adormeció temprano y en paz. súbito y veloz. un bulto sospechoso deslizándose en la sombra y disparó su espingarda. todavía con hojas. . Iban rápidos. tranquila y enorme. secciones de armas prontas a cargar contra el vacío. a la distancia de dos kilómetros. órdenes de comando. esperaban el asalto. Había sido una falsa alarma. Y de pronto. sin torres. sonaron cornetas. La brigada aparecía como una larga estera bajo la onda luminosa de la luna. Era un desahogo. Allá estaban las dos iglesias derruidas enfrentándose en la plaza legendaria. pasó la visión misteriosa de la campaña. . las filas se alinearon — espadas desenvainadas. Y el día pasó tranquilamente. Sal­ taron el morro desnudo cuyas vertientes opuestas caían abruptamente sobre el valle de Umburanas. Volvía la impaciencia heroica. Cayó la noche. atrevidamente. revólveres en alto— en un crepitar de estallidos de bayonetas. rodando sordo en el silencio. la nueva. Los batallones fueron dominados por la hipnosis de un espanto indescriptible. Canudos. gritos de alarma. buscando a ciegas la orilla. Hacia el norte. sobre los que tanto ansiaban medirse con ellos. que abra­ zaba a la naturaleza adormecida y quieta. por encima del lecho del río. El enemigo allí cercado ya no tenía aliento para aventuras por los caminos. los combatientes. Venía como había venido sobre los otros expe­ dicionarios. Entonces. Un centinela del cordón de seguridad extendido alrededor de las carpas. presos de una emoción jamás imaginada. Si aparecieran.que cruzaban con su ramaje. No había nada que temer. se oía. En el flanco izquierdo había detonado un tiro. La conocían de cerca. Era un tumulto. con sus paredes maestras . en la lejanía. sobresaltada. Tanto la noche como el día transcurrieron en completa placidez. BUSCANDO UNA MEDIA RACION DE GLORIA Al amanecer se habían extinguido los temores. Irrumpían sin miedo por el valle sinuoso del río Sargento que desbordaba en una creciente repentina de uniformes. ofi­ ciales sorprendidos saltando de las hamacas caían sobre el lecho del río. Pelotones y compañías formándose al azar. los jagunqos vendrían al encuentro de un anhelo todavía no satisfecho. . buscando su puesto en la maraña de la formación. pelotones y compañías con parte de los combatientes corriendo. Transcurridos unos minutos.

Se estaba sobre la falda en cuya base se desarrollaba el trecho más peligroso del sitio. Atra­ vesando el lecho vacío del Vaza-Barris. pero eran las únicas ajustables al medio. en ruinas y renegrida. a mitad de camino. centralizada por el batallón 259. mal arreglados. en la cumbre. ASPECTO DEL CAMPAMENTO El campamento había cambiado. estaba el de la 2^. un vasto albergue cubierto de cuero: el hospital de sangre. descalzos o calzando alpargatas y cada tanto. el caserío. Se llegaba a la repartición del Cuartel Maestre General . Volviendo a la izquierda. con el bello aplomo de los candidatos a la historia. sin frente. dispuesta en una casa que no fue destruida y al mirar por las rajas de las paredes espesadas con lajas de piedra. A uno y otro lado del camino. Se tenía la impresión de llegar a un villarejo sospechoso del sertón. Por ese lado es donde se había penetrado más profundamente en la aldea. techos y paredes de ramas de juázeiros. Entraban jubilosos al campamento. Pasado el cerro a cuyo pie se asentaba. de forma singularmente inadecuada para vivir en ellas. había perdido la apariencia revuelta de los primeros días. o dispuestas por los valles diminutos. en otra casa miserable. mujeres mal encaradas cosiendo tranquilamente en las puertas. Se había reconstruido el barrio conquistado. a la calle. Ya era como otra aldea a un costado de Canudos. rotas de arriba abajo. se sucedían pequeñas ca­ sas de aspecto original y festivo: hechas de follaje. se veía a sólo cien metros. Ya no les faltaría la media ración de gloria disputada. se llegaba. se pasaba por el cuartel general de la 1^ columna. numerosas y desparramadas. Y al encon­ trarse con los pobladores se afianzaba la ilusión: hombres vestidos a lo paisano. a la derecha. levantando un pedazo del campanario derruido desde donde el fantástico compañero tantas veces había llamado a los fieles para la oración y para el combate. erigidas al sesgo de las colinas. y a poca distancia. la vieja. nada denunciaba la estadía de un ejército. El extraño entraba a desconfiar de una equivocación en la ruta que lo hubiera llevado hasta un poblado de jagungos. en busca de una guerra sangrienta y fácil. Se veían dentro de un nuevo poblado. los recién llegados tomaron por una zanja retorcida. a la comisión de ingenieros.derrumbadas. hasta que tropezaba con la tienda del general. Bajando por la pendiente sur. la mayoría cubiertos con sombreros de cuero. la plaza de las iglesias. La canícula abrasadora que convertía a las carpas en hornos había inspirado esa arquitectura bucólica y primitiva. la tienda del comandante general. en el asalto del 18 de julio. arrastrando espadas y espingardas. Habían llegado a tiempo. A primera vista. la línea negra. Alrededor.

los nuevos expedicionarios tenían una imagen nítida de la situación que diluía en parte su optimismo. a manera de un baluarte junto a la Fazenda Velha. un schrapnell arrojado desde la Favela reventó dentro del caserío anexo al sitio donde se hacían las oraciones. Pero éste era completo. pusieron la nota conmovedora del llanto. se hacía la ilusión de un volumen desproporcionado. Acostumbrados a las proporciones exiguas de las aldeas sertanejas. a cualquier hora. La aumentaba el misterio del lugar. La perspectiva impresionaba. en el que hacía de dique el 269. esta­ llase en lo alto del morro para que de allí surgiera la réplica inmediata. Días antes. roída de erosiones. apenas se levantaban en relieve desde el suelo y la vista. Pero que el observador no hiciese demasiado bulto sobre su parapeto porque las balas disparadas de allá abajo. aunque no tenían más la iniciativa de los ataques. Parecía una antigua necrópolis. Lo mostraban los escombros en donde se ocultaban. la sombra fugitiva de algún hombre y no se oía el rumor más fugaz. Esta los sorprendió. Ese pedazo de sitio era todavía escaso frente a la amplitud de la aldea. tratando de disfrazar cualquier síntoma de debilitamiento. Resulta que como estaban cubiertas de techos de arcilla colorada. allí no sólo existía una guarnición de valientes indomables. . . el rumor doloroso de clamores de angustia haciendo que el cañoneo cesara a la voz austera y conmovida del comandante. una mina enterrada y enorme. De allí a doscientos metros. Siguiendo la ruta. La observación más concen­ trada. o. revelaban la existencia de gente emboscada. Además. después de cruzar el lecho de aquél. Repug­ naba admitir que hubiese allí tantas vidas. Había mujeres y niños sobre los que durante tres meses estallaron masas de hierro y fuego que muchas veces. en el fragor de la lucha. . abajo. Bastaba que un disparo cualquiera. Canudos tenía por ese tiempo — fueron contadas una a una después— cinco mil doscientas viviendas3 2 T . mirando hacia la izquierda. raquíticas y minúsculas.y campamento del batallón paulista. Porque los jagungos. la trinchera Sete de Setembro. en una tierra llana arenosa que el Vaza-Barris inunda en el tiempo de las crecientes. no lograba distinguir un solo bulto. Caían sin perder su altivez. Y desde allí salió inmediatamente una réplica cruel que turbó a los artilleros del coronel Olimpio: un largo e indefinible llanto. se contemplaba en lo alto. seguían replicando con el mismo vigor de antes. confundidos todos esos techos y pare­ des en el mismo desmoronamiento. acomodada al principio al conjunto compacto del caserío alre­ dedor de la plaza. los llenaba de asombro esa Babilonia de casuchas que se extendía por las colinas. durante algún transitorio armisticio. se alcanzaba el cierre extremo del cerco prolongado por el 59 de Bahía extendido por el canal hondo del río de la Providencia. Recorriendo así el cerco atrincherado.

el general Artur Oscar. entre millares de soldados y millares de mujeres — entre lamentos y bramidos. Ya nadie las advertía.Así. La seguridad de ganar el pleito ya había dado lugar a grandes temeridades. anécdotas hilarantes o discusiones sobre política general. juzgaban inútil gastar más vidas para apresurar la rendición inevitable. hacía al azar un llamado cual­ . totalmente opuestos a la guerra. salían voces y risas de los que allí adentro no tenían temores que les ennegrecieran las horas ligeras y tranquilas. siendo noche cerrada. en el lugar más avanzado del cerco. hasta la plaza. La vida se había normalizado en esa anormalidad. doblemente bloqueados. con la subsistencia segura. Nada que recordase la campaña feroz. días después. De manera que los combatientes nuevos. gracias a los convoyes diarios. durante la noche. centralizaba largas charlas. Un sargento del 59 de artillería se había aventurado dos veces. observadores tenaces. imitándole el arrojo. aunque algunas. Ocurrían cosas ex­ travagantes. presiones y temperaturas. de follajes salpicados de flores marchitas de juázeiros. golpeaban en las paredes de las barracas. reían ruidosa­ mente y recitaban versos y por las paredes ralas de todos los ranchos rientes. escasas. Un alférez del 25?. En la farmacia militar. como tampoco impresio­ naban los tiroteos fuertes que todavía surgían. tenía la serenidad de un pequeño poblado bien vigilado. El interlocutor de nuestro lado subía al borde de la trinchera y volviéndose a la plaza. en trayectorias bajas. inopinadamente. con envidiable apego a la ciencia. casos felices de antaño. Se quedaban en una pasividad irritante. a la noche. hora a hora. Los que allí estaban ya tenían demasiada gloria. estudiantes en días festivos forzados. Las balas que pasaban. Discurría sobre temas varios. Pero no impresionaban. A veces. tirando allá adentro dos bom­ bas de dinamita que no explotaron. llenos de triunfos y ahora. registraban. Hartos. mantenían largas conversa­ ciones con los jagunqos. caían en su preocupación primera: que el enemigo in extremis 3 2 9 tuviese todavía aliento para poder lucir su temeridad y su fuerza. inscribían invariablemente un cero en la nubosidad del cielo y consultaban muy gravemente el higrómetro. El campamento. Era fatal. En la sede de la comisión de inge­ nieros. iniciándose en esta pelea de­ sigual. entre lágrimas y balas— los re­ beldes se rendirían de un momento a otro. penetrando en el templo en ruinas. eran inofensivas. lanzó fuego sobre los restos de la iglesia vieja que ardió completa 3 2 8 . fuera de los intervalos de los ataques que cada vez eran mayores. repelidas por las crestas de los cerros en trayectorias altas. los soldados de la línea negra. con la atracción irresistible de un tem­ peramento franco y jovial. La musculatura de hierro de las brigadas nuevas ansiaba medirse con los estertores de los insurrectos. Mientras tanto. Su precisión rítmica indicaba que en Canudos había tiradores apostados que querían recordarle a los sitiadores que el sertanejo velaba.

E L CHARLATANISMO DEL CORAJE Todo el mundo se había adaptado a la situación. corriendo. en la oscuridad. desde el centro del caserío o más cerca. iban rodando las risas ahogadas. Entonces. de lado a lado. tres o cuatro moribundos. Algunos alardeaban su charlatanería del coraje. o de los que no refrenaban sobresaltos ante la bala que golpeaba cerca. las rimas de sus canciones prefe­ ridas. disparando sus carabinas y seguían teniendo en las bocas. Entablaban un coloquio original a través de las sombras. se batían como demonios. en figuras cómicas. . nombres de bautis­ mo. o de los que no largaban interjecciones vivas ante incidentes triviales. lo hacía con voz amistosa. a la entonación lánguida de las tiranas. que cruzaban por esos puntos transidos de miedo. Los soldados del 59 de policía. resonantes. frenéticamente. sin las primitivas cautelas. dos. familia y condiciones de vida. las balas. en el suelo. el primero que le acudía a la mente. sesteando. El espectáculo diario de la muerte les dio la despreocupación por la vida. Y como punto final. de muerte. de la extrema derecha a la extrema izquierda. con la misma manera dolorosa­ mente irónica. al son de los estampidos. saltaban a los planos de fuego. terriblemente. diciendo un nombre común.quiera. como si todo eso fuese un rancherío de troperos felices. para sopesar el rigor de mira de los jagungos en su alcance máximo. intercambiando informaciones sobre tópicos variados. Se reían de los recién llegados inexpertos. los botones de la chaqueta brillantes— se ponían en una abertura cualquiera o se paraban en la cumbre desguarnecida de un cerro distante a dos kilómetros de la aldea. lugar de nacimiento. Si la fusilería apretaba. volvían a la alegría sertaneja. silbando con un silbido suave por el aire. encogidos. En las narraciones a los nuevos compañeros . Un snobismo lúgubre. como un psizz insidiosamente acariciador. se largaban media docena de insultos rispidos en una jerga enérgica. Uniformados —los galones irradiantes al sol. a pesar del ilusorio abrigo que les daba el muro de tierra. Al llegar a los sitios más expuestos esquivaban el paso de los proyectiles que caían en seguida. diariamente removidos de los puntos avanzados. como si nombrase a un viejo compañero e in­ variablemente. y aplacada la refriega. desde las ruinas de las iglesias. No pocas veces la singular conversación derivaba a cosas jocosas y por las líneas cercanas. Algunos morían cantando. mataban el tiempo cantando para mitigar las nostalgias de sus pueblos del Sao Francisco. . cadenciosas. La guerra los había endurecido. a los rasgados en las guitarritas. rispidos. rebotando. Los antiguos comba­ tientes andaban por fin por el campamento entero. casi de rodillas. El diálogo se prolongaba hasta la primera divergencia de opiniones. le respondían en seguida.

atravesando rincones totalmente desconocidos. III EMBAJADA AL CIELO Pero el bloqueo. nue­ vos refuerzos de combatientes. no podía aceptar un papel tan se­ cundario: hacer treinta leguas de sertón sólo para contemplar — espec­ tadora inofensiva y armada de los pies a la cabeza— la derrota de la aldea. el siniestro Joáo Abade. llevándolos a la matriz donde se habían gestado todos los elementos de la revuelta. cediendo poco a poco a ese estrangulamiento lento. Todos los incidentes. desde Bahía a Piauí. era el escape salvador. aunque sentían su fuerza decaída mien­ tras aumentaba la del adversario. después el desierto sería su abrigo seguro. sin embargo. sin el movi­ miento febril y convulsivo de una batalla. . en agosto. subdividiéndose en múltiples vías por los campos. Todas las minucias. rastreándolos. escaseaban las provisiones y cada vez más se acen­ tuaba el desequilibrio entre el número de combatientes válidos. . Los episodios sombríos de la Favela con su cortejo de combates y sufri­ mientos. José Venancio y otros. a voluntad. Habían desaparecido los principales cabecillas: Pajeú. continua­ . La población. Macambira. que murió empachado de harina después de tres días de hambre. Las lides afanosas de la caza de los cabritos ariscos o la búsqueda de los frutos de los arbustos muertos. Aquello ahora era un pasatiempo ruidoso y nada más. no había reducido al enemigo a sus últimos recursos. hasta alcanzar los insignificantes lugarejos mar­ ginales de aquel río. Por otro lado. Por allí llegaban pequeños abastecimientos y podrían entrar. atravesando un vasto trecho de territorio que es el núcleo donde se ligan y se confunden los fondos de los sertones de seis estados. en las privaciones sufridas.insistían mucho en los pormenores dramáticos. Los caminos hacia la Várzea da Erna y el Uauá estaban francos. La División Auxiliar. en los últimos combates de julio. entre Chorrochorró y Santo Antonio da Gloria. apenas sería perseguida en las primeras leguas. Como figuras principales quedaban Pedráo. un alférez por ejemplo. Y concluían con que quedaba muy poco por hacer. En último caso. hacia la extensa faja del Sao Francisco. porque el antagonista estaba en los estertores de la muerte. Porque se dirigían precisamente por los rumbos más favorables. recientemente. Sin embargo no lo hicieron. De ese modo dejaban a los sertanejos la mejor salida. Los largos días de privaciones que victimaron a los mismos ofi­ ciales. terrible defensor de Cocorobó y Joaquim Norberto que guiaban a las fuerzas por la carencia de otros mejores. incompleto y con un extenso claro al norte.

capital en la historia de la campaña. las reliquias desprendidas de las paredes y. Así es que los soldados. el completo abatimiento y la espantosa flacura de seiscientas prisioneras. filtrarse poco a poco en grupos diminutos por los caminos que les restaban. no podían salir del lugar donde se encontraban. El fantástico embajador estaba ahora junto a Dios. Los vencidos lo relataron después. resolvió dirigirse directamente a la Providencia. alucinadora visión. Lo revelaron después la miseria. Tal vez arrastrada por el espíritu ambicioso de algún cabecilla que prefigurase las consecuencias desastrosas del he­ cho o. en pro de los defensores.mente disminuido y el de mujeres y niños. Y se quedaron para todo y para siempre. la frente pegada al suelo. Estaban pegados a las trincheras. Era menester que allí se quedasen para la expiación suprema. llevaba al pecho un crucifijo de plata. Porque el profeta vendría en breve. destruido el santuario. conocedores de su desamparo. Estaba rígido y frío. dejando a aquéllos desahogados y evitándose el último sacrificio. avivó la insurrección. Podían huir. todos los seres frágiles y abatidos. ingenuamente: Antonio Conselheiro había seguido viaje hacia el cielo. luego que la beatería impresionada notara la falta del apóstol. y se divul­ gase la extraordinaria noticia. los santos hechos asti­ llas. Motu proprio. de modo inexplicable. aunque en los últimos tiempos pocas veces lo veían. y que pa­ recía debía producir su terminación inmediata. Al ver caer las iglesias. Allí lo encontró una mañana Antonio Beatinho. Había dejado todo prevenido. Al ver muertos a sus principales ayudantes y a tan grande número de soldados. Comenzó a morir. bajando en un vuelo olímpico. contra lo que era de es­ perar. los mismos que las atravesaron no hubieran revelado el origen de ese admirable estoi­ cismo. el Bom Jesús caer del altar mayor y dar en tierra. lisiados y enfermos. Tan simple. Ni tampoco irse afuera como otras veces. Esta mayoría obstaculizaba el movimiento de los primeros y reducía los recursos. en el lugar mismo de sus crímenes. Pero no los dejaron. aunque sufrieran las mayores privaciones. . No lo quisieron. Días de angustias indescriptibles fueron soportados ante las últimas puertas abiertas a la libertad y a la vida. continuamente creciente. si más tarde. El 22 de agosto había fallecido Antonio Conselheiro 330. viejos. Llevó su abstinencia de costumbre a un ayuno total. Y un día quedó inmóvil. los altares caídos. despe­ dazado por una granada. La vida de la aldea se volvió entonces atroz. se adaptaron a un ayuno casi total. dentro del templo en ruinas. su organismo debilitado se quebró. nacida espontáneamente de la hipnosis colectiva. lo que también se puede creer. entre millones de arcángeles. herido de violentas emociones. Este acontecimiento.

reeditaban episodios inevitables. COMPLEMENTO DEL ASEDIO Al alba. las destrozaban después a culatazos y sobre el montón de trapos y muebles miserables. los soldados fueron metiéndose por las calles. las "Casas vermelhas”. llevando el 249 a la vanguardia. capitán Afonso Pinto de Oliveira y teniente Joaquim Potengi. Adelante retro­ cedía el sertanejo metiéndose en los ranchos y aquí y allí. se tiró rudamente sobre la entrada y mató. circunstancia desastrosa en la emergencia para los rebeldes. atrayendo hacia aquel lado la atención del enemigo. No estaba convenientemente guarnecido. y. el teniente coronel Siqueira de Meneses. Tomando la ofensiva. erigido después del fracaso de la 3? expedición y en él. marchó hacia la parte todavía desguarnecida del cerco. Uno de ellos. Cada tanto salía alguno. en el momento en que la puerta de la choza se abrió. bajo pretextos varios. Le faltaban las trincheras que eran tan numerosas en otros puntos. tiraban fósforos encendidos.cayendo sobre los sitiadores. por ser las más distantes. estaban repletas de mujeres y niños. el ala derecha del de Sao Paulo guiada por el mayor José Pedro de Oliveira. los guerrilleros quedaron obstruidos por la barahúnda del mujerío miedoso. Se aliviaron todas las almas. edificaciones más correctas. 389 y 32? bajo el mando del mayor Henrique de Magalháes. a golpes. abandonaban el poblado. y marchando por el lecho del río. disparándolas al azar. Colocaban la boca de las espingardas sobre los tabiques de barro. Era el punto de Canudos diametralmente opuesto a la Fazenda Velha y más distante del primitivo frente del asalto. mientras la izquierda de la línea y de los cañones de la Favela iniciaban un reñido ataque. fulminándolos y comenzando el Día del Juicio. en desquite terrible. tomando por caminos ignorados. la resistencia estupenda de alguno que se jugaba cara la vida. cubiertas algunas con tejas. todas las viviendas. abrazado a su mujer e hija. . Eran los últimos que salían porque el día 24. algunos incrédulos y entre ellos Vila-Nova. Pero no cedieron en seguida la posición. los creyentes se dispusieron para los peores momentos de la penitencia que los salvaría. la situación cambió. Se veía un suburbio nuevo. y ninguno notó que poco después. asaltando los pequeños contingentes que lo guardaban dentro de las últimas viviendas que estaban diseminadas por aquel lugar. les cayó encima por sorpresa. seguido por los batallo­ nes de líneas 249. retrocedían resistiendo y acom­ pañándolos. La fuerza. hacia adentro. el del Amazonas. Los jagungos no contaban con que fuesen hasta allá. y un contingente de caballería al mando del alférez Pires de Almeida. Como en general les sucedía.

Adelante no había terreno neutral. Lo recortaba. fustigados por la fusilería. En un rincón de la salita invadida. a dos pasos. apenas lo hacía se le caía de los brazos flojos. adensándose o deshacién­ dose según la acción de los vientos. desapa­ recían al fin. entre los dos fuegos. a veces completamente. concre­ ta. Se detuvieron. caído de costado. el adversario retrocedía pero no huía. Los plazas lo rodearon por un instante y en seguida estallaron en un coro estrepitoso de carcajadas. real. Sin fuerzas para levantarla. extendiéndose por el suelo. compactos. terminó por cortarles el paso. desesperado. resonaba en el campamento ponién­ dolo en alarma. En esos intervalos. Se quedaba adelante. ” 3 3 \ Otro distrajo a los soldados. Y al expirar. Fue un episodio truhanesco y funesto. perdiéndose alargadas sobre las cumbres de las colinas. . Delante de los espectadores se extendía un lienzo de humo. Aplaudían. en el esplendor siniestro de los incendios. ajustando su puntería. adelgazado hasta la flacura extrema. dejándola luego al descubierto. con su humo amarillento. Estos avanzaban empujados por el soplo del nordeste. entre los escombros. chocando con el frente de la iglesia nueva. Murió en seguida. atronando al norte. rubio y sin brillo — una chapa circular en brasas— un sol de eclipse. del otro lado de la barrera. Estallaban "bravos”. tuvo una frase lúgubre: "Al menos maté a uno. Las baterías de la Favela golpeaban de frente. el alférez Pedro Simóes Pinto. rodando por los techos. El jagungo se quedaba. Era la sombra del cuadro. en la misma vivienda. un curiboca viejo. indomable. separado apenas por algunos centímetros de pared. La escena. cubierto de harapos. en un círculo de soldados que lo abatieron a sablazos. al fondo del santuario. Esta refriega. En poco tiempo tuvieron trece bajas. Atestadas de curiosos. se les aparecía como una ficción estupenda.al primer agresor que encontró. medio desnudo. Para no perder el avance se detuvieron y formaron barrera con los muebles y destrozos de las casas. del 249. De pronto. Los grupos miserables. todas las casitas adyacentes a la comisión de ingenieros formaban una platea enorme para contemplar el drama. indistinguibles entre el humo. . Por su gran rasgón abierto de arriba abajo. disolviéndose ante un trecho de­ sierto del río. repelidos por el cañoneo. grupos de mujeres y niños corriendo hacia el sur. se divisaba un pedazo de la aldea. abarcándolo de extremo a extremo y ocultándolo. torcía la cara en una mueca de cólera impotente. con algunas llamaradas fugaces. . Desaparecían totalmente las casas. una llamarada. en la pieza de al lado. casi sin fuerzas para sentarse. trataba de disparar una lazarina antigua. O los escondían las nubes de humo de los fuegos de lenta combustión. Pero esta resistencia a todo trance en la que entraban los mismos mo­ ribundos. Era el proceso usual y obligatorio. pateaban. en ese escenario revuelto. vigilante. la aldea desaparecía. en tumulto. Además. como el telón que cae sobre un acto de tragedia.

por su lejanía. Una claridad abría otra vez el escenario tallándolo de medio a medio. Canudos estaba bloqueado. Ya no se podía escapar un solo habitante. los ecos de los estam­ pidos a veces sonaban a la derecha y a retaguardia. En todo el cuadrante del noroeste. Los jagungos re­ trocedían. Se intercambiaban ór­ denes precipitadas. Además. dando la idea de un ataque del enemigo en una revancha repentina. Toda la periferia del poblado estaba cerrada. . el 38?. real. a veces. se había dibujado la curva cerrada del asedio. el ala derecha del batallón paulista y el 32? de infantería. tratando de adivinar el enredo inopinadamente encu­ bierto. sin la intervención de descargas o de tiroteos cerrados. En el desahogo estallaban aclamaciones y aplausos. la Favela y el baluarte dominante de la trinchera Sete de Setembro. Se corría de nuevo a los binóculos. como espectadores frenéticos agitando sus bi­ nóculos inútiles. decaía pensando en una salida de los sertanejos por las rutas del norte. A lo lejos se oían igualmente el coro de insultos y vivas. el ánimo de los que escuchaban ansiosos. al norte. guarniciones espaciadas. . Se cruzaban pre­ guntas conmovidas. Al este. el centro del campamento. . Se formaban los cuerpos de reserva. cortando los caminos del Uauá y de la Várzea da Ema. Aunque fragmentada.Los curiosos espectadores. de modo que. al sur. la retaguardia de la línea negra cubierta por la 3* brigada. el ala izquierda del 249. La nueva llegó en seguida al campamento y de allí salieron correos hacia Monte Santo desde donde el telégrafo la desparramaría por el país entero. Se prolongaba anormalmente. liberados. Porque la acción se prolongaba. una línea de banderolas coloradas. Por fin se vio llegando hasta el camino del Cambaio. efectivo. guarnecidas por el 319. La insurrección estaba muerta. ladeando el puesto artillado en el ex­ tremo del camino del Cambaio. cuando las nubes de humo se adensaban estallaban en groseros clamores de contrariedad. las posiciones recién expugnadas. de actuar en el drama.

era recha­ zada. no lo reconocían. gigantes. Se detuvo.— Testimonio de un testigo. Una súbita quietud suplantó el tor­ bellino furioso. I ULTIMOS DIAS LAS CONVULSIONES DE LOS VENCIDOS Ocurrió entonces un hecho extraordinario. V il-D o s líneas. un silencio absoluto bajó sobre los campos. atravesándola.— Paseo dentro de Canudos. la réplica de las guarniciones que estaban arriba y rotaba hacia el norte. desde todos los puntos. se retraía de ese lugar hacia el centro de la plaza. . sin par en la fugacidad con que sabía sustraerse a los ataques más imprevistos. se agitaba. Alrededor de los pozos de agua. Los prisioneros. una vez más y volviendo a los mismos puntos. con engaños y emboscadas. borbotaba dentro del Vaza-Barris hasta despedazarse en el encuentro de las empalizadas que lo cerraban. Notas de un diario. refluía en descargas en direc­ ción del Cambaio. volvía vertiginosamente al sur. indomable para repeler las cargas más valientes. . V I— El fin. golpeando trinchera por trinchera todo el cerco. La presión de millares de bayonetas que lo cercaban. lo estimularon. para ir a caer ante los espolones de la Favela. veloz. Comenzaron a verlo heroico. . recibía encima y de lleno. reventaba en las cuestas que por allí bajan hacia el río. por la aldea. Era como una ola embravecida. IV. El enemigo revivió con vigor increíble. serpenteando. I I I — Titanes contra mori­ bundos. apenas se la veía entre la claridad fugaz de la fusilería. para quebrarse un minuto des­ pués contra la línea negra. insistentes como nunca. como el remolino impa­ rable de un ciclón. Los sitiadores dejaron la formación de combate. saltaba de nuevo hacia el este. totalmente imprevisto. corriendo hacia el norte. Sobre los muros de la iglesia nueva.— El asalto. V. II. siempre rechazada y atacando siempre. Los combatientes que lo en­ frentaban desde el comienzo. Rechazada por el cierre del este. Estos comenzaron desde el 23. lo endurecieron y de nuevo le dieron la iniciativa en los combates.ULTIMOS DIAS l— Las convulsiones de los vencidos. Hasta ese momento lo habían visto con astucias. desencadenada en un tumulto de vorágine. era repelida. El cráneo del Conselheiro. Pero descansaron breves minutos. estrepitosamente golpeaba la izquierda del 59 de Bahía. caía sobre la barrera del 26?.

rozando. desafiando tiros. a la entrada del cam­ pamento. Y no la economizaban. combatientes fatigados. bajaban precipitándose y algunos cargueros caían heridos al dar el último paso. estallando. Como en los malos días del pasado. sobre el lecho largo y tortuoso del río y sobre las depresiones más escondidas. sorprendidos. todavía con más intensidad. Atacaban y eran recha­ zados. Terminaron de fanfarronear los que por allí andaban. Pero reaparecían en un punto cualquiera de la línea. sobre todas las huellas. y fuera de las carpas. de los toldos. La artillería los alcanzaba con sus balas. quebrándolas. sobre toda la línea. reapareció el espanto. de Comblain con zumbidos llenos y sonoros. de las tiendas. haciendo equilibrios sobre los escombros. trasponiendo a saltos los lugares descubiertos. sin que se pudiese explicar una trayectoria tan baja. sobre todos los morros. Los que el día anterior desdeñaban al adversario encubierto por esas casuchas quedaban asombrados. rijosos como los de cañones revólveres. La situación se volvió imposible. des­ prendiendo astillas. Se perdían en las proximidades del santuario. en lo más agudo de los tiroteos. Proyectiles de toda especie. sobre las placas recosas. en la rotación de los ataques. de mannlicher y máuser con sus silbidos finos. dando como piedras duras sobre las paredes espesas de las casillas de la comisión de ingenieros y el cuartel general de la columna. . percutiendo en los flancos de las colinas. Los cerros se despoblaron. Se decidió que no sonasen las cornetas. hasta el trecho resguardado de la Favela donde paraban los cargueros y los heridos. atacaban otras trincheras y eran repelidos. despedazando frascos en la farmacia militar anexa. repiques duros de trabucos. en una profusión terrible de metrallas. Desde que aso­ maban por el sur en la cresta de los morros. sobre los ranchos de follaje a un palmo de las redes de donde saltaban. corriendo en una ronda enloquecida. No se entendía cómo. después de tantos meses de lucha. caían sobre las que se sucedían y seguían en un giro enorme. En ciertas oca­ siones. de las casas. Sólo había un toque posible — el de alarma— y lo daba elo­ cuentemente el enemigo. .Un estampido atronó en la iglesia nueva y se veían bultos errantes. Las comunicaciones volvieron a ser difíciles. res­ balando con estruendos por el toldo de cuero de hospital de sangre y despertando a los enfermos transidos de espanto. los jagungos aún tuvieran munición de guerra. Terminaron los desafíos imprudentes. se acogían a la cautela. cruzándose. golpeando. disparaban tan tupido que ase­ mejaban los aullidos de un viento fuerte. . enloquecidos. por el camino del Calumbi. sobre las carpas próximas a los cuarteles generales. Valientes de fama. andando curvados por los pasajes. Caían como simios despeñados. desde todas partes. los convoyes comenzaban a ser baleados.

No lo interrogaron. cerradas todas las salidas. Lo habían hecho prisionero en plena refriega. y que escudriñando mejor en las casas conquistadas. se veía la herida del sable que lo había aba­ tido. Algunas mujeres hicieron revelaciones: Vila-Nova había salido en la víspera hacia la Várzea da Erna. Sofocado. harapientos. Revelación más grave: el Conselheiro hacía mucho que no aparecía. era. LOS PRISIONEROS 3 3 2 El día 24 llegaron los primeros prisioneros. Puesto a la sombra de una carpa continuó su agonía prolongada desde hacía tres meses. Allí lo largaron. Desde hacía tiempo se sentía el hambre en la aldea y casi todos los alimentos se destinaban a los combatientes. Volvía triunfante la tropa que al principio había hecho prisioneros por el camino a media docena de niños. Más aún. el otro lleno de sangre— asustaba. un luchador de primera línea. Era la suprema petulancia del bandido. Primitivamente blanco. Estos eran muy pocos y estaban en un estado deplorable. Herido desde hacía meses. Levantó la cabeza y la mirada singular que salía de sus ojos — uno lleno de brillo.La lucha se acercaba febrilmente al desenlace de la batalla decisiva que la remataría. como si fuera una fiera. había comenzado ahí adentro el suplicio creciente de la sed. Las informaciones no iban más allá. La respiración entrecortada revelaba el cansancio de la lucha. cansados. todo lo revelaba. había encontrado a algunas mujeres y hombres heridos. Tartamudeó algunas frases. hizo ademán de sentarse. de cuatro a ocho años. De la cintura le pendía la vaina vacía de una faca larga. Otro. Pero ese paroxismo estupendo acobardaba a los ven­ cedores. con astillas de granada en el vientre. Se sacó el sombrero de cuero e ingenuamente. el viejo curiboca desfalleciente que no había podido disparar contra los soldados. mostraba dos agujeros de bordes oscuros y cicatrizados por donde salían los intestinos. quizá uno de los guerrilleros acróbatas que se largaban ágilmente por la estruc­ tura derruida de la iglesia nueva. La voz se le moría en la garganta sin poder salir. parecía un desenterrado. . disper­ sos por allí y llenos de miedo. Sólo uno no mostraba en su físico las priva­ ciones sufridas por los demás. casi sin movimiento. Los que las hacían apenas podían responder a las preguntas. tenía la cara tostada y marcada de viruela. Fuerte. Uno venía sostenido de las axilas por dos plazas y sobre el pecho desnudo. entró a la tienda del comandante de la 1^ columna. diagonalmente. de estatura mediana y de buena envergadura. Había logrado derribar a tres o cuatro plazas y hubiera escapado si no lo hubiera alcanzado una bala en la órbita izquierda.

equiparada con las últimas exigen­ cias de la guerra. el supremo . era simple. como vimos. Tenemos valientes que estaban llenos de ansiedad por realizar esos cobardes procedimientos. llevarla hacia adelante. un tirón desde atrás haría que el lazo se anticipase al facón y el estrangulamiento al degüello. golpeado por puños fuertes. A pesar de tres siglos de atraso. la impaciencia del asesino obviaba esos preparativos lúgubres. Uno u otro comandante se tomaba el trabajo de hacer un gesto expresivo. Se había convertido en un pormenor insigni­ ficante. Prisionero el jagungo sano y capaz de aguantar el peso de la espingarda. Los soldados. Un solo golpe que entraba por el bajo vientre. imponían un viva a la República que pocas veces era satisfecho por la víctima. no se gastaba un segundo en consultas inútiles. y llegados ahí. invariablemente. Era el invariable prólogo de una escena cruel. La dispensaba el soldado dedicado a la tarea. según el humor de los verdugos. le pasaron una cuerda por la garganta y llevado a los empellones hacia el flanco izquierdo del campamento. Al llegar a la primera cañada ocurre una escena común. los sertanejos no les llevaban ventaja en la realización de idénticas barbaries. Un destripamiento rápido. y sin temor de que la víctima se escapase porque a la mínima señal de resistencia o de fuga. El hecho era común.Brutalmente repelido. Avanzar hasta la primera depresión profunda era un requi­ sito formalista. Que. Se lo degollaba. le descubrían la gar­ ganta y lo degollaban. Comenzó con la espuela irritativa de los primeros reveses. Era una redundancia sorprendente. Entonces el proceso era más expeditivo: lo mataban rápidos con el facón. rodó hasta la otra puerta. sin que protestara. Agarrándolo por los cabellos le doblaban la cabeza. Ya afuera. No pocas veces. atravesar las carpas sin que nadie se sorprendiera. minúscula. matarla. se lo destripaba. Testimoniemos. Como se sabía. II TESTIMONIO DEL AUTOR Mostrémoslas rudamente. tácita y expresamente aprobados por los jefes militares. Enlazar al cuello de la víctima una tira de cuero con un cabestro. el infeliz se perdió con sus siniestros acompañantes en el seno misterioso de la ca