EUCLIDES DA CUNHA

LOS SERTONES

PROLOGO

P i d o p e r m i s o al lector hispanoamericano para presentar un libro con­ trovertido de un autor también controvertido. Setenta y tantos años de reflexiones sobre ambos, efectuadas en nuestro país, constituyen un acervo crítico considerable. Mas si, por un lado, las reflexiones aportaron importantes contribuciones para su comprensión, por otro lado suscitaron nuevos problemas. Tampoco se puede dejar de recordar que este libro tiene el don de alinear opiniones radicales, no siempre sensatas, a favor o en contra. A lo largo de estos decenios, casi siempre el comentarista ama o detesta a este libro, apasionadamente. Ese amor y ese odio pasan fácilmente del libro a su autor. Su enigmática personalidad, su vida signada por tragedias increíbles, pueden interpo­ nerse, inadvertidamente, entre el lector y la lectura. Por eso se ha caído en otra tentación, la de tratar de ignorar al autor para obtener — se pretende— una visión objetiva de la obra. Aquí el peligro estriba en que se trate de conocer bien la obra, para caer después de las nubes, cuando se entran a conocer los lances de la vida del autor. El lector puede, entonces, considerarse engañado a propósito. Por lo tanto, vamos a limpiar el área y a contar todo. Pasado el susto, y ya más acostumbrados a los enredados episodios de la vida, podremos detenernos en los comentarios a la obra. No se trata de que lo que sucedió con Euclides da Cunha haya sido tan extraordinario. En los cuadros habituales de la familia patriarcal brasi­ leña, los hechos son perfectamente comprensibles y hasta corrientes. Quizá se vuelvan chocantes al constatar cómo en un autor de postura tan científica la vida haya sido inversamente tan poco científica, y que su acción personal haya sido tan irracional. Si hubiese sido un ciudadano común, habría actuado sin desacuerdo alguno, del modo convencional que considera la defensa de la honra, de la familia y de la propiedad. Pero, siendo como era, un ciudadano célebre, una persona pública, una

gloría nacional, la repercusión fue enorme. Por eso mismo, y sin que ello significase trazar excepciones para las personas públicas y los ciudadanos célebres, se intentó y se intenta, cubrir con un púdico velo su vida priva­ da, aunque sus propios actos la hicieron pública. Finalmente, no hay nada de extraordinario en tratar de matar a una esposa adúltera y al rival. Las costumbres fuerzan al hombre traicionado a hacerlo, para mantener su integridad y su respeto. Y podrá contar con un jurado benevolente que lo absolverá, puesto que se rige por los mismos valores consuetudinarios que él. Hasta hoy las cosas son así. Y Euclides, excepcionalmente, se comportó de manera civilizada durante cierto tiem­ po, pues aceptó un hijo de otro padre entre sus propios hijos. El hecho es que había estado un año lejos de su mujer, que vivía en Río de Janeiro mientras él dirigía la Comisión de Reconocimiento del Alto Purus, en la Amazonia. Había viajado en diciembre de 1904, regre­ sando a Río en enero de 1906. De vuelta al hogar encontró a su esposa grávida. Meses después nació un niño, de nombre Mauro, que vivió ape­ nas siete días y fue reconocido legalmente por Euclides. A fines del año siguiente nació otro hijo adulterino. Y, en paz o no, vivieron todos juntos, inclusive los dos hijos mayores de la pareja, Solon y Euclides da Cunha (h ijo), durante un tiempo más. Consta que Euclides solía decir de la rubia criatura ajena entre sus hijos morenos que era una espiga de maíz en medio del cafetal. El desenlace sólo ocurrió cuando la esposa, llevándose a los hijos, aban­ donó el hogar y fue a vivir a la casa de Dilermando de Assis, el otro hombre de su vida. El 15 de agosto de 1909, Euclides entra en esa casa, armado, y empieza a disparar. Dilermando y su hermano Dinorah se adelantan para enfrentar a Euclides, mientras doña Saninha y los niños se refugiaban en una habitación de los fondos. Los dos hermanos eran militares, Dilermando cadete del Ejército y Dinorah aspirante de Marina. Euclides baleó a Dinorah en la espina dorsal, a consecuencia de lo cual quedó inválido, viendo su carrera interrumpida y suicidándose años des­ pués. Pero Dilermando tiró certeramente, matando a Euclides. Más tarde, después de juzgado y absuelto como autor de la muerte en legítima de­ fensa, Dilermando de Assis se casó con doña Saninha y tuvieron otros hijos. Parece que su carrera se vio dificultada, pues siempre se lo envió a destinos lejanos y fue postergado en las promociones. Lo cierto es que en todo momento y durante su vida entera, se vio obligado a defenderse públicamente de las calumnias que continuamente le inferían, habiendo llegado, incluso, a escribir libros para justificarse. Ahora bien, este fue todo un affaire entre militares, ya que Euclides era teniente retirado del Ejército y su esposa era hija de un general. Los poderes constituidos y la opinión pública deseaban con tal ardor la sangre del homicida que la menor duda sobre su inocencia hubiera afec­ tado el veredicto. Si en esas condiciones altamente desfavorables no fue

posible declarar a Dilermando culpable, es porque realmente no se encon­ tró fundamentación legal. Euclides fue velado en la Academia Brasileña de Letras y enterrado con todas las honras públicas. La nación se puso luto. Pocos años después volvería a producirse la misma situación de enfren­ tamiento. El segundo hijo de Euclides, que tenía su mismo nombre y también se encaminaba a la carrera de las armas, pues era aspirante de Marina, probablemente había sido criado para convertirse en el vengador del padre y de la honra, de la familia y de la propiedad. En 1916, dentro del Forum de Río de Janeiro, agrede al mismo Dilermando de Assis. Este, que más tarde sería campeón nacional de tiro al blanco, nuevamente es alcanzado por varios disparos y con un tiro certero mata a Euclides da Cunha, hijo. Nuevo proceso y nueva absolución por legítima defensa. Varias décadas después, Dilermando le confiaba al escritor Francisco de Assis Barbosa que tenía en el cuerpo cuatro balas que no se habían podido extraer, dos del padre y dos del hijo Ese lado, digamos oscuro, de la vida de Euclides no debe oscurecer su actividad personal de hombre público. Era hombre público porque era periodista, era hombre público porque participó de la agitación que preparaba la caída del Imperio, era hombre público porque era militar, era hombre público porque era escritor, era hombre público porque era ingeniero. Hay que pensar cómo era el Brasil en el último cuarto de siglo pasado, un país colonial que empezaba a sentir el impacto de la Revolución Industrial. La máquina, el ferrocarril, la carretera, el sanea­ miento, la navegación fluvial, el proceso de industrialización en el campo y la ciudad, fueron temas a los que Euclides dedicó su pluma y su acción personal como ingeniero. Y no sólo él, hubo una generación o mejor dos, a las cuales la profesión de la ingeniería les parecía una de las más importantes para quien deseaba ponerse al servicio de la nación. El mismo Euclides fue profesionalmente ingeniero, el resto eran actividades paralelas que le permitían equilibrar el presupuesto; e ingeniero-funcio­ nario público, como es tradicional en un país donde la capa letrada siem­ pre mamó y hasta hoy mama en las gordas tetas del Estado. En este aspecto, habían empezado a surgir las escuelas de ingeniería que eran (al revés de lo que pasa ahora), focos de modernidad. Las viejas Facultades de Derecho y de Medicina, donde los hijos de la clase dominante se convertían en abogados y médicos, trampolín para la carrera política, eran sucedidas por las escuelas técnicas. En la capital del país, Río de Janeiro, había dos, la Politécnica o Escuela Central, y la Escuela Militar. Aunque había ingresado a la primera, Euclides hizo su curso en la segunda, que es gratuita e integra la carrera militar, por lo que era frecuentada por los miembros sin fortuna de esa misma clase dominante.
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1 Autores varios, Reportagens que Abalaram o Brasil, 1973, Río, Ediciones Bloch,

Allí ocurre el incidente con el cual, por primera vez, Euclides llama la atención pública, cuando, en señal de protesta contra la monarquía, arroja al suelo su sable en el momento en que el Ministro de Guerra visitaba la Escuela Militar. Abandona los estudios y sólo los retoma después de la proclamación de la República, y acaba por egresar como oficial-ingenieromilitar de la Escuela Superior de Guerra. En tal calidad presta algunos servicios, para su formación, en el Ferro­ carril Central del Brasil, en las fortificaciones de los Muelles Nacionales en Río y en la Dirección de Obras Militares del Estado de Minas Gerais. Desde su graduación en 1891 hasta 1896 en que se retira como Te­ niente Primero, pasa cinco años de ingeniería militar. En adelante será ingeniero civil, pero continuará como funcionario público. En esta fun­ ción que ejercerá en varios lugares, la obra que quedó para la posteridad es el puente sobre el río Pardo, en Sao José do Rio Pardo, en el estado de Sao Paulo. Ya famoso, después de la publicación de Os Sertóes, y miembro de la Academia Brasileña de Letras, poco antes de morir, se presenta al concurso por la cátedra de Lógica del Colegio Pedro II, en Río. Situado en un segundo lugar, después de algunos vaivenes, es nom­ brado para el cargo, aunque el primer lugar lo había obtenido Farias Brito, quizá el filósofo brasileño más importante. En su formación académica habían predominado las tendencias que marcan a la Escuela Militar en esa época y que, aunque en ella se centralizan, se muestran también en otros sectores de la vida letrada brasileña. Las dos grandes causas de la época son la abolición de la escla­ vitud y la implantación de la República. La ciencia, las matemáticas, el positivismo, el determinismo, el evolucionismo son privilegiados; Comte, Darwin y Spencer son los nombres clave. Nunca sobra recordar que el lema de la bandera brasileña en la República pacíficamente procla­ mada por los militares en 1889 (un año después de la abolición de la esclavitud), es Orden y Progreso, directamente copiada de las lecciones de Augusto Comte. En este sentido, la formación de Euclides no difiere de la formación de sus contemporáneos. O, para mayor precisión, no difiere de la forma­ ción del pequeño sector ilustrado que era parte de la clase dominante y por así decir, su vanguardia intelectual. Las dos grandes causas de la época, el abolicionismo y el republicanis­ mo, muestran al Brasil un poco descolocado en el contexto de naciones latinoamericanas. Cuando la mayoría de las colonias "al sur del río Grande” adquiere su independencia de las naciones europeas en los ini­ cios del siglo xix, el movimiento general hace que se transformen simul­ táneamente en repúblicas de hombres libres. En el Brasil, la indepen­ dencia que se consigue en 1822, es sólo un trasplante de la metrópoli a la colonia. Cuidadosamente preparado desde que Don Joáo VI, el rey por­ tugués, había venido al Brasil en 1808, huyendo de las tropas de Napo­

león, ese trasplante, en verdad, fue una elección que hizo la corona por­ tuguesa: entre una metrópoli pobre y una colonia rica, prefirió a esta última 1. Así, es el hijo heredero del rey portugués quien proclama la independencia, y la colonia pasa a ser una nación independiente, conti­ nuando esclavócrata y monárquica, teniendo como rey un portugués, igual­ mente heredero del trono de Portugal. Sólo mucho después serían libe­ rados los esclavos, en 1888, y un año más tarde, en 1889, se adoptaría la forma republicana de gobierno. En ese mismo descompás con relación al contexto latinoamericano deben buscarse las razones por las cuales el Brasil siguió siendo un país de inmenso territorio y no se dividió en varias naciones menores. Con un solo rey a su frente, y un rey que recibía a la colonia intacta y la conservaba intacta independiente, la centralización estaba garanti­ zada; aún más, esta centralización se había hecho a sangre y fuego en la época colonial y después tuvo que ser, como ocurrió en varias oca­ siones, preservada también a sangre y fuego. Antes de la independencia de 1882, varios movimientos habían aspirado a liberarse del dominio portugués. Y, como regla, eran republicanos y localistas. Si independen­ cia al mismo tiempo significaba república, por otro lado no significaba gran nación. Eran siempre pedazos del país que estaban en el horizonte de esos movimientos para ser sustraídos a la condición colonial. Ni es preciso decir que todos fueron duramente reprimidos. Los ideales de la Revolución Francesa y de la guerra de independencia norteamericana habían alimentado los anhelos de liberación en toda Amé­ rica Latina. Las palabras de orden provenían del léxico de esos dos eventos. Por eso, no debe admirar, aunque no tenga ningún fundamento histórico, y se encuentra notablemente desfasado en cuanto a los avances socioeconómicos y políticos, que Euclides da Cunha (y no sólo él en el Brasil) trate de asimilar la proclamación de la República a la Revolu­ ción Francesa. En sus poemas juveniles figuran cuatro sonetos dedicados a los líderes de la Revolución Francesa, titulados Dantón, Marat, Robespierre y Saint-Just. De tal manera, cualquier cosa que pareciese amena­ zar remotamente la consolidación del nuevo régimen republicano era tildada en seguida de reaccionaria y restauradora. Así les parecía a los contemporáneos cualquier perturbación del orden. Fue necesario que pasasen varias décadas antes de que se dejase de aplicar el mote de mo­ nárquico al mínimo signo de descontento. Toda la obra de Euclides da Cunha está profundamente comprome­ tida con ese encuadre de ideales. Además de Os Sertóes, donde analizó una rebelión rural, trató temas variados de política nacional e internacio­ nal, cuestiones sociales, literatura, geografía y geopolítica, proyectos eco­ nómicos. Esos temas fueron objeto de artículos y después se reunieron
1 María Odila Silva Dias, “A internalizado da metrópole”, en 1822 - Dimensóes, org. por Carlos Guilherme Mota, 1972, Sao Paulo, Ed. Perspectiva.

en libros. Dos de esas colecciones fueron publicadas aún en vida del autor, en 1907, con los títulos de Contrastes e Confrontos y Perú versus Bolivia. Pero escribió muchos otros, sea de periodismo militante, sea informes oficiales, discursos públicos y conferencias, que fueron reco­ gidos en la edición de la Obra Completa que la compañía José Aguilar Editora publicó en Río, en 1966. Aunque no era Euclides un debutante en el periodismo, pues antes había escrito no sólo en periódicos escolares sino también en los diarios más renombrados de Río y de Sao Paulo1, fue en 1897 que publicó dos artículos que se vinculan con el libro que lo haría célebre. Con el título de "A nossa Vendéia”, ambos aparecieron con el intervalo de algunos meses, en el diario O Estado de Sao Paulo. En esos artículos, por primera vez, Euclides examina los sucesos que se están produciendo desde hace algún tiempo allá lejos, en el sertón de Bahía. El primer artículo, evidentemente, fue provocado por la flagrante derrota de la tercera expedición militar enviada contra la aldea de Canudos. El 3 de marzo de 1897, el comandante de la expedición, coronel Moreira César, es herido en combate, muere, y las tropas se baten en retirada. El artículo, publicado diez días después, sorprendentemente, casi no se refiere al aspecto guerrero del episodio, haciendo más bien un análisis del medio geográfico. Se detiene en las características del suelo, en el sistema de vientos, en el clima, en la vegetación, construye una teoría sobre la sequía endémica de esa región, examina la hidrografía, destaca el relie­ ve y la topografía. Parece que estos factores habían sido muy importantes en las tomas de decisión en la guerra y en las dificultades que las fuerzas armadas oficiales encontraron. Sólo al final alude a los hombres que viven en ese medio, para considerarlos frutos obvios de él, trazando una rápida analogía entre esa revuelta y la de los campesinos de la Vendée. En ese artículo está el embrión de Os Sertoes. Se advierte la preocu­ pación por estudiar cuidadosa y "científicamente” el medio ambiente, de establecer la determinación del medio ambiente sobre el hombre y sus acciones, de enfrentar el enigma de la formación étnica de esos hombres. El paralelo con la Vendée se debe a que, considerando la instauración de la República en el Brasil en pie de igualdad con la Re­ volución Francesa en Francia, un movimiento insurreccional en el sertón sólo puede ser contrarrevolucionario. La Revolución Francesa tuvo su po­ tencial innovador desafiado, dentro del mismo territorio de la nación, por los campesinos de la provincia de la Vendée, que en 1793 se levan­ taron en armas exigiendo la restauración del Anden Régime con rey y todo. Lo que sucedía ahora en el Brasil, aunque un siglo después, debía ser la misma cosa. Un grupo de gente desconocida, perdida en el seno
1 Buena investigación hecha por Olimpio de Souza Andrade, que figura en la citada Obra Completa de Aguilar. Ver también, del mismo autor, Historia e Interpretagáo de "Os Sertoes”, 1966, Sao Paulo, Ed. EDART, 3^ ed.

del sertón, estaba enfrentando y derrotando a las fuerzas del Ejército Nacional, movida por razones ignoradas. No podía dejar de ser un peli­ groso intento de restauración monárquica contra el régimen republicano nuevo (ni siquiera diez años de existencia) que, a su vez, encarnaba los ideales revolucionarios franceses de 1789. Por eso, Canudos era "A nossa Vendéia”. Dígase por anticipado que Euclides superó esa propo­ sición y que cuando escribió Os Sertóes ya no creía en ella. Convocada la cuarta y poderosa expedición a comienzos de abril, no por eso su curso caminó más de prisa. Dificultades de toda índole com­ plican la victoria que parece a la vista, dado el volumen de los medios movilizados para conquistarla. Y entonces, a mediados de julio, Euclides publica su segundo artículo bajo el mismo título. Vuelve a insistir en las ásperas condiciones de la naturaleza y del adversario que los soldados deben enfrentar. Esta vez se detiene en la acción militar, tejiendo al­ gunos comentarios, todos favorables y justificatorios, sobre las razones que hacían demorar el desenlace de la campaña. Aquí aparece otro rasgo de Os Sertóes donde estará presente un minucioso análisis de cada paso del Ejército en guerra, los aciertos y equivocaciones, las posibles alternativas, las responsabilidades asumidas o no. En fin, una postura de estratega del Ejército. En Os Sertóes, Euclides, aunque deplora la suerte de los insurrec­ tos y la crueldad con que fueron tratados, al mismo tiempo, como si no hubiese ninguna contradicción en eso, señala la estrategia que habría vuelto más eficiente la acción del ejército. Pero el tiempo de revisión todavía no había llegado; en este segundo artículo de "A nossa Vendéia”, el sertanejo aún es una incógnita a la cual se le aplica un reconfortante estereotipo — es "el enemigo”— y el soldado brasileño aún es el héroe. La publicación de esos dos artículos debe de haber influido para que se produjera en el destino de Euclides un cambio importante. Pues esa campaña, en la cual a esta altura convergían tropas del país entero bajo el mando de tres generales, no se decidía. Esperábase de ella que fuese fulminante, ya que no había posibilidad alguna de comparación entre las fuerzas en choque. De un lado estaba el Ejército, equipado con el más moderno armamento, incluyendo armas de repetición y cañones, coman­ dado por una oficialidad de carrera ya veterana de otras represiones, dotado del entusiasmo guerrero de quien va a defender una causa justa, ardiente de animación republicana. Además, muchas de las fuerzas que operaban en esta guerra ya habían tomado parte en otras campañas pacificadoras, pues lo que no faltaba en esa época eran rebeliones y levantamientos internos. Del otro lado había unos pobres diablos analfa­ betos, que disponían de armas muy primitivas, cuchillos, hoces, fusiles obsoletos que funcionaban con pólvora improvisada y balas de piedra. El volumen de la campaña era respetable; y, debido a su interminable arrastrarse, el mismo Ministro de Guerra terminó por dejar su oficina en Río de Janeiro, por entonces capital del país, para mudarse al sertón,

instalando su cuartel general en Monte Santo, cerca de Canudos. En su comitiva va Euclides da Cunha, oficialmente agregado al Estado Ma­ yor. Iba en una posición privilegiada, ya que, si su misión era sólo hacer reportajes para el diario O Estado de Sao Paulo, tenía una situación mejor que la mayoría de sus colegas. Para ser considerado un repórter, Euclides acumulaba calificaciones. Ya había escrito extensamente en varios diarios y desde hacía varios años; era autor de dos artículos que trataban precisa­ mente sobre esa guerra; y, calificación no menos valiosa que las otras, era militar. ¿Por qué ese súbito interés de la prensa por esa lejana rebelión? Pocos temas — y casi siempre fueron temas relacionados con la seguridad na­ cional— habían obtenido de la prensa brasileña tal unanimidad de opi­ nión y de exploración. En 1897, y especialmente a partir de la derrota de la Expedición Moreira César en marzo, es imposible abrir un diario brasileño sin que ese tema ocupe sus más importantes espacios. Aquello que anteriormente era noticia esparcida se vuelve sección fija, con título propio y en la primera página. E impregna todas las categorías en que se dividen las notas del diario. La Guerra de Canudos invade el edito­ rial, la crónica, el reportaje, el anuncio y hasta el humor. Como fuerte vehículo de manipulación, antes de la era de la comunicación electrónica, el diario, al servicio de corrientes políticas a quienes interesaba crear pánico y concentrar las opiniones alrededor de un solo enemigo, prestó servicios inestimables. Como no era una invasión, no se podía contar con un enemigo externo; estaba aquí, bien a mano, y tan marginado que ni siquiera podría protestar contra el papel que le atribuían, de un enemigo interno. La función de la prensa fue ser portavoz de las refe­ ridas corrientes, lanzando un grito de alerta y de convocatoria del cuerpo nacional amenazado por la subversión interna. No fue la primera ni será la última vez que la prensa se presta a eso; basta abrir el ejemplar de hoy. Mas ciertamente, en el caso del Brasil, fue de un pionerismo, extraordinario. Y cuando ese pionerismo sirve más para avergonzar que para honrar, la eficacia del vehículo, como sucedió en tal momento, es enorme. Los diarios de la época son pólvora pura. Cuando llegó a Río y a Sao Paulo la noticia de la derrota de la Expedición Moreira César, la agitación de la calle — que, claro está, no es espontánea, tiene sus líderes que la conducen hacia objetivos específicos— ¿contra quién se dirigió? ¿Se invadió el palacio de la presidencia de la República, se arrojaron bombas en embajadas, se atacaron cuarteles, se agredió la ban­ cada bahiana en el Congreso? No: se empastelaron cuatro diarios monár­ quicos, tres en Río y uno en Sao Paulo. El saldo de muertos ese día registra sólo uno, un periodista llamado Gentil de Castro, abiertamente filiado a grupos monárquicos, abatido en un atentado en una plaza en la capital del país.

Cuando la nación atravesaba una época de gran inestabilidad econó­ mica y política, la conocida táctica de atribuir la culpa a un enemigo que es enemigo de todos fue utilizada con felicidad. Recordemos a los judíos en la Alemania de Hitler. El fantasma de la época era la monar­ quía. Pero los monárquicos eran pocos y demasiado conocidos; se trataba de algunos figurones del Imperio que aún sobrevivían, pues la mayoría de ellos se había adherido al nuevo régimen. La joven República que a esta altura no había cumplido su primera década, ya había tenido que enfrentar dos guerras civiles, la Revolución Federalista, que había mantenido al extremo sur en pie de guerra durante algunos años, y la Revuelta de la Armada. Y aunque fueron rebeliones confusas y no se sabe muy bien qué pretendían — probablemente, esto sólo se sabe con certeza cuando ganan y no cuando abortan— fueron inmediatamente calificadas de monárquicas. Pero, en ambos casos, se trata de revueltas institucionales, la primera con jefes políticos conocidos y la segunda abar­ cando una parte de la Marina. En el caso de Canudos hubo una feliz coincidencia. De hecho, aquel conglomerado de gente perdida en los confines del sertón sólo tenía, cuando la tenía, una vaga idea sobre lo que significaba vivir bajo un régimen republicano y ya no bajo un régimen monárquico. Se sabe, por ejemplo, que Antonio Conselheiro encontraba inmoral que los republi­ canos hubiesen expulsado del Brasil a la familia real, en la cual figuraba la Princesa Isabel que había firmado la ley de liberación de los esclavos. Muchos de éstos se contaban entre los seguidores de Antonio Conselheiro. Otra restricción que hacía era la institución del casamiento civil, que le quitaba al matrimonio su carácter de sacramento y lo transformaba en un contrato como cualquier otro. Estas dos objeciones se encuentran documentadas en un manuscrito atribuido a Antonio Conselheiro, que reúne sermones y prédicas, recientemente publicado 1. Lo que bastaba para que el poblado de Canudos fuese transformado en foco de una cons­ piración restauradora con ramificaciones nacionales e internacionales. Una vasta red monárquica, con sede en París, Nueva York, Londres y Buenos Aires, munida de recursos financieros infinitos, enviando conti­ nuamente armamento modernísimo a través de sus eficientes canales secretos, providenciando especialistas extranjeros que venían a entrenar a los rebeldes, se ponía en movimiento para tomar el poder en el Brasilz. De todo ese movimiento, Canudos era apenas el foco provocador, abier­ tamente insurgente, que aglutinaría al Ejército mientras el resto del país quedaría desguarnecido y sería presa fácil de las fuerzas conspiradoras.
1 Ataliba Nogueira, Antonio Conselheiro y Canudos, 1974, Sao Paulo, Comp. Editora Nacional. 2 Ver, por ejemplo, en los números del 2 de agosto de 1897 y del 7 de agosto de 1897, del diario carioca Folha da Tarde, los telegramas enviados por los corres­ ponsales en el Exterior.

y Canudos e Inéditos. 1939. en una conferencia pronunciada en la capital de Bahía y que fue publicada en quince partes por el diario O Comércio de Sao Paulo (ediciones del 9 de junio al 7 ele julio de 1897). hombres públicos dedicados a la defensa del liberalismo. . S. 1967. cualquier cosa que los despojase de su obstinada humanidad. la designación está incorporada a la norma del discurso. La concepción subyacente es de un embate entre civilización y salvajismo. toda especie de miedo. tanto como en los reportajes que hace como enviado especial de O Estado de Sao Paulo. 1 Con dos ediciones: Canudos . pero las analogías que le acuden son todas racistas. que no era un esclavo negro. por ejem­ plo. Nadie sabía quién era. Euclides lo llama sertanejo y tobaréu. otro pueblo. En ese segundo artículo. de él se sirven políticos destacados. como Rui Barbosa. Era otra gente. Editora Melhoramentos. en nombre de qué luchaba. qué pretendía. En su primer artículo de la dupla "A nossa Vendéia”. Seguramente no lo hace a propósito. Con seguridad no era brasileño. califica a los canudenses de "horda de mentecatos y galeotes” y los considera un caso de policía. José Olympio Editora. por qué resistía. Tanto más fácil para proyectar en él lo que se quisiese. Las comparaciones históricas que Euclides hace en aquel segundo artículo no son de las más lisonjeras para el enemigo. Más tarde. O bien el Ejército brasileño enfrentando a los sertane­ jos se compara a los romanos enfrentando a los bárbaros. en su irresponsabilidad. organizada por Olimpio de Souza Andrade. qué lo motivaba. Paulo. Tenga en consideración el lector que él no era un ex político del Imperio ni su hijo o primo. mons­ truos.Diario de urna Expedigáo. organizada por Simoes dos Reis. o bien a europeos modernos enfrentando negros en el Africa. que no era un militar en rebelión. hasta otra raza. el subrayado desaparece. seres imaginarios. qué lo hacía apegarse con tanta furia a ese desierto de piedra y cactos tan alejado del alcance de cualquier camino.El único problema es que nada de eso existía ni Antonio Conselheiro estaba informado. se encargaban de divulgar toda especie de repre­ sentación en que los sertanejos aparecían con epítetos de animales. entre raza superior y raza inferior. la palabra aparece subrayada denotando su extrañeza. que no era un ciudadano. Los diarios de la época. A la acusación de monárquico vino a sumarse otro elemento formador de la feliz coincidencia: el desconocido rostro del enemigo. jefes militares. Ya en el segundo artículo utiliza el vocablo que estaba en boga en los periódicos para desig­ narlo: jagungo. que no era indio. sinónimos de habitante del interior. Debe de haberse producido un alivio general cuando se pudo nombrar al enemigo. de horror. de repulsa. Río. conjunto que más tarde reúne en libro bajo el título de Diario de urna Expedigüo *. en Os Sertóes. Este último. Tal vocabulario no es privilegio de los periodistas.

como se tituló el conjunto de repor­ tajes que Euclides escribió como enviado especial del O Estado de Sao Paulo. Alagoas. La trayectoria que el pensamiento de Euclides recorrió en relación con lo que pensaba sobre esa guerra es pasible de ser acompañada en las sucesivas páginas de ese Diario.El término jagungo. menos de un mes de la guerra. como Sergipe. hombre violento que anda armado sin ser parte del aparato del estado o de las fuerzas armadas regulares. ver José Calasans. En cuanto al origen de estos términos. Colección de los Cahiers du Monde Hispanique et Luso-Brésilien editados por la Universidad de Toulouse. “Os jagungos de Canudos”. 1970. significa guardaespaldas a sueldo. a todos e indiscrimina­ damente. De cualquier manera. Rio Grande do Norte y Ceará. tiene un campo semántico fluctuante. dos mochilas colgadas de los hom­ bros y llevadas debajo de los brazos. la denominación de jagungo referíase a la especificidad del enemigo por un lado y por el otro se usaba con todas sus connotaciones peyorativas. siendo cangago el conjunto típico de armas que usa — dos cartucheras cruzados al pecho. De inmediato se advierte que los periodistas se dirigían a Canudos sabiendo de antemano lo que iban a informar. Los primeros materiales enviados son siempre una serie de 1 Para un estudio del origen de la palabra jagungo y de sus usos. Sólo que jagungo es más usado en los sertones del norte de Minas Gerais y de Bahía. puñal. Pernambuco. quede aquí la información. que terminaría el 5 de octubre. Euclides envió su primer repor­ taje de los vivaques que constituían el cerco de Canudos fechado el 12 de setiembre. el conocido sombrero de cuero con sus adornos. en consecuencia. desde entonces incorporado a las letras patrias sin subrayado. Llamar a los canudenses jagungos era lo mismo que llamarlos. N 9 15. habiendo presenciado. en Revista Caravelle. Como se ve. Además. se percibe cuán poco asistió Euclides a la guerra. jagungo se usó y se usa hasta hoy para designar bandido. Paraíba. Toulouse. pistola y rifle. corre mucha agua. y apenas el tercio restante es narrado por testimonio ocular. el lector no sabe con qué tipo de fuente está luchan­ do. . por su importancia emblemática. En el Diario de urna Expedigáo. no es muy diferente de lo que ocurrió a los demás periodistas. Cerca de dos tercios de los reportajes relatan el viaje para llegar allá. Por eso. De ahí hasta la ampliación e utilización que el término tuvo y tiene. No se debe olvidar. bandidos. mientras cangaceiro es más corriente en los estados del nordeste. Una de las dificultades de la lectura de Os Sertóes reside exactamente en eso: dada la elección del foco narrativo. Usado alternada­ mente con el de cangaceiro. cangaceiro es el que vive debajo del cangago. pues es el mismo nombre de la vara con punta de hierro que se usa para conducir ganado. instrumento de trabajo obligatorio para el habitan­ te pobre de las zonas pecuarias extensivas que componen el sertón 1. La palabra jagungo se debe a un traslado por metonimia. El cotejo entre los reportajes mues­ tra algunas constantes reveladoras.

del capitán Manuel Benício. Los soldados son patrióticos. O País. del coronel Favila Nunes. Los rebeldes son monárquicos. Diario de No­ ticias y Jornal de Noticias de Bahía. Jornal do Bra­ sil. pero lamentablemente sin la fuerza de las notas periodísticas. Más tarde. y del mayor Constantino Néri. disciplinados. así como el desper­ tar del conflicto de conciencia. Así. el período decisivo y final de la campaña. y en algunos casos el periodista era también un combatiente. del mismo modo que en los reportajes de los demás. En fin. Quien perdió fue el registro histórico. urge salvarla a cualquier precio. herejes.fórmulas. publicaron reportajes en serie los siguientes diarios: Gazeta de Noticias. República. La República está en peligro. describe la desorganización y el hambre que él mismo y los soldados están pasando. A Noticia. fanáticos. Los periodistas empiezan a des­ confiar de que no están tan bien informados y empiezan a registrar sus dudas. un incidente que empañó el brillo triunfal de la partida del Ministro de Guerra y que ocurrió en el mismo navio en que él viajaba — un voluntario reclutado a la fuerza se arrojó al mar para . Como periodista. bandidos. Todos los grandes diarios brasileños mandaron enviados especiales al escenario de la guerra. Entre los periodistas figuran los nombres de Lelis Piedade. Manuel Benício escribirá un libro sobre la guerra. Emplea menos fórmulas que los demás. Aún no estaba de moda hablar de un baño de san­ gre y el genocidio aún no era calificado como una estrategia moderna. eficientes. la cobertura que hace es bruscamente interrumpida y él se retira a Río de Janeiro después de enviar un último reportaje fechado el 24 de julio. Cuando la guerra termina. no son brasileños. de Alfredo Silva. titulado O Rei dos Jagunqos. sin cubrir. sirven a intereses reaccionarios e ideologías exóticas. cuenta la mala localización del campamento responsabilizándola por el hecho de que los combatientes sean alcanzados y muertos dentro de las tiendas. Sin duda. baja a minucias como el precio de la comida y del jabón para lavar la ropa. Este libro sale en 1899. el mejor reportaje es el de Manuel Benício para el Jornal do Comercio. perversos. por lo tanto. Y casi todos empiezan a escandalizarse con las prácticas que pre­ sencian. Las fórmulas están presentes. tres años antes que Os Sertdes. Euclides tiene una postura peculiar que se podría definir como altanera. Mas a cierta altura de los reportajes se advierte que la observación comienza a hacer peligrar las fórmulas. del teniente coronel Siqueira de Menezes (con el seudónimo de Hoche). del mayor Manuel de Figueiredo. y de la manera como terminó. civilizados. Jornal do Comercio. Mas él se rehúsa a ver todo lo que no sea grandioso y heroico. Fuera de O Estado de Sao Paulo. animalescos. heroi­ cos. abnegados. sublimes en su entrega a la causa republicana. traicioneros. su relato es tan vivido que. todos de Río. naturalmente. están todos contrariados y a disgusto.

La práctica de atroci­ dades. El final de la guerra y la manera como ese final fue conseguido cau­ saron un trauma en el sector ilustrado de la sociedad brasileña. no existe en sus notas. no es. 55. se arrojó kerosene encima de los ranchos. también los militares participantes de la campaña se dirigían unos a los otros con el epíteto de Ciudadano. tales como el degüello sistemático de los prisioneros y que él mismo denunciará apasionadamente cinco años más tarde en su libro. y a veces termina sus telegramas con un "¡Viva la República!”. Euclides también consiguió uno. pero fue pescado. ante los cuales no consigue esconder su admiración. Sao Paulo. Hasta generales de la guerra lo hicieron conforme cuentan los periodistas. después de lo cual se tiraban bombas de dinamita. el Comité Patriótico de Bahía intervino en eso con energía. ya en Bahía. Como el poblado no se rendía.huir. El comercio de mujeres y niños comprados por los vencedores tampoco existe. o "¡La República es inmortal!”. para redimirlos del mal e integrarlos a los valores de la sociedad bur­ guesa occidental. ni de lejos. Alfredo Silva relata el episodio en su primera nota para A Noticia. p. fue ocupado de a poco en sangrientas batallas y la solución final fue lograda por la utilización de una forma primitiva de napalm. mas no menciona el hecho en sus reportajes. . Si ahora se adoptan huerfanitos vietnamitas en un gesto de caridad cristiana pública. La férrea censura que los periodistas afrontaban y contra la cual protestaban. a medida que progresa. de vuelta— encuentra registro en otros reportajes pero no en el suyo. 1975. INL. va tornándose oscilante en lo que dice respecto de las convicciones iniciales del perio­ dista. por Olimpo de Souza Andrade. el pobre. perturbado por la resistencia sorprendente de los insurrectos. org. Sistemáticamente. sólo ahora publicada: "Noto con tristeza que el jaguncinho que me fue dado por el general continúa enfermo y quizá no resista el viaje hasta Monte Santo” \ El Diario de urna Expedieao. siquiera en la más vaga de las alusiones. Mas a cada rato recae en consideraciones sobre la existencia de algún misterio detrás de ese fenómeno. como todos se creían en plena Revolución Francesa. pero Lelis Piedade y Favila Nunes lo informan. Ed. también cuenta que el inmediato estaba con cólico. Cultrix. Y no era sólo él. Periodistas y soldados vieron a los habitan­ 1 Euclides da Cunha. mencionada por Euclides. a punto de pasar informaciones veladas sobre ella a los lectores. está la anotación en su libreta de campo. cuya explosión provo­ caba incendios generalizados. inclusive en O Comercio de Sao Paido. con fecha de publicación del 10/11 de agosto y fecha de escritura el 4 de agosto. Caderneta de Campo. rescatando a los nuevos esclavos en la medida en que pudo hacerlo y publicando su información con la firma de tres de sus miem­ bros. Mientras tanto. Y aunque no lo registra en los reportajes. en la época era costumbre adoptar jaguncinhos. en los diarios.

Historia e Interpretagño de “Os Sertóes”. para los muertos. pasan cinco años. EDART. E incluso el recelo manifestado por Euclides ante la publicación demostró ser in­ fundado. entidades públicas y privadas rehúsan participar en las conmemoraciones de la victoria. 2 Antonio Cándido. y la hacían los estudiantes. Literatura e Sociedade. los términos peyorativos aplicados a los canudenses son sustituidos por las palabras "brasileños” y "hermanos”. p. una gloria nacional. Muertos. Pasado el peligro. que antes los había calificado de "horda de mentecatos y galeo­ tes” los llama ahora "mis clientes” y declara que va a pedir hdbeas corpus para ellos. muy comprado y poco leído. Aún hoy. En el momento en que el exterminio era efectivo. el 5 de octubre de 1897 y la publicación de Os Sertóes el 1*? de octubre de 1902. Como todo gran libro. Entre el fin de la guerra. Sao Paulo. en libros y diarios. “O escritor e o público”. pero publicamos nuestra confesión y arrepentimiento. pero sabe que debe enorgullecerse de él. 1965.tes de Canudos incinerados. se vuelven humanos y compatriotas. La mayoría de sus poseedores ni sabe qué hay dentro del libro. es irrelevante. Que eso no resucite a los injustamente muertos ni abra los ojos para que se modifique la situación de los que viven en injusticia. tanto como a estudiar teorías que lo auxiliasen a com­ prender lo que había pasado. Parece como si el proceso de expiación de la culpa colectiva hubiese alcanzado su punto más alto en este libro. Ed. figura obligatoriamente en los estantes de los hogares brasi­ leños medianamente cultivados. Nos equivocamos. Es el conmovedor esfuerzo de un intelectual 1 Estas afirmaciones se encuentran en forma de notas para un discurso público que Rui Barbosa finalmente no pronunció. los periodistas. un pueblo capaz de tal esfuerzo de autocrítica es un gran pueblo. viene el remordimiento. El proceso arriba descrito explica en gran medida el inmediato y extraordinario éxito de Os Sertóes y la elevación de su autor a la celebridad. Si en el inicio del conflicto la reclamación general pedía el exterminio. Manifestaciones de pro­ testa surgían por todo el país. vieron cuerpos en llamas. expresándolas de manera simbólica. Editora Nacional. también éste organiza. 144. es claro1. los diputados y senadores. tenemos en nuestro acervo cultural nacional un libro como Os Sertóes. La vergüenza nacional es general. estructura y da forma a tendencias profundas del medio social. Por otro lado. Los libros sobre la guerra en tono de denuncia empiezan a aparecer y culminan con Os Sertóes. En cambio. Rui Barbosa. todo el mundo se escanda­ lizaba. Son los años en que Euclides se dedica a recoger información sobre la campaña. En el nivel del discurso. entonces el viraje era completo. los intelectuales. 1966. pues los poderes constituidos y el mismo Ejército recibieron el libro con inmenso alivio 2. vieron mujeres con sus hijos en brazos arrojándose al fuego. Hay un proceso generalizado de mea culpa. Sao Paulo. Ver Olimpio de Souza Andrade. los militares. El Ejército queda cubierto de oprobio. Comp. este libro difícil. .

resistentes. saldrían a flote las características de las razas inferiores que habían entrado en la mezcla y que se realizan en el misticismo. inventivos. In­ fluido por los teóricos del comportamiento anormal de las multitudes — tema que había marcado el nacimiento de las ciencias sociales en el siglo xix. Euclides las admira y registra. sin advertir la contra­ dicción en que cae. éste afe­ rrado a la tierra. La repetición incesante de afirmaciones contradictorias ofrece la posi­ bilidad de que se lean dos libros en uno solo. Segundo. “Euclides da Cunha sociólogo”. Euclides. La visión por cierto es determinista. superiores. . De los cruzamientos raciales entre indios V blancos. por extensión. que desarrollan sofisticadas tácticas de guerrilla para enfrentar una guerra de tipo convencional. lo que ya se evidencia en las tres partes en que se divide el libro. presa fácil de todo tipo de supersticiones e incapaz de construir una cultura. critica ásperamente la ineficiencia del Ejército. atributos que impregnan también. y a la misma aldea donde vivieron. dado el medio ambiente natural y dado el medio ambiente social que incluye la raza. movilizando sus conocimientos de militar y asumiendo su postura de estratega. mientras la raza determina el tipo psicológico V el comportamiento colectivo 1. incluso después que el mundo conoció las proezas de los vietcongs en este campo. racialmente inferiores. degenerados. En mo­ mentos de crisis. 1 Antonio Cándido. la diferencia entre el sertanejo brasileño y el campesino europeo. tener que lidiar con un movimiento religioso a partir de una formación científica y positivista. diplomado como profesional liberal en los mayores centros ur­ banos del país. (pocos negros en su opinión). impávidos.honesto. con honda tradición y costumbres bien conocidas. esa es la explicación que encuentra para el fenómeno. Como esas afirmaciones surgen entrelazadas. al mismo tiempo que se emocio­ na con sus grandes arrebatos o con actos de heroísmo individual de los soldados. O Estado de Sao Paulo. estando el pensamiento europeo aún confundido por los hechos de las turbas desenfrenadas de la Revolución Francesa— Euclides se ve frecuentemente en dificultades para explicar el desempeño innovador de esos mestizos degenerados. En el otro son ignorantes. nú­ mero del 13 de diciembre de 1952. geografía y clima determinan la constitución de los agrupamientos humanos. a su líder. Primero. En uno de ellos los rebeldes son heroicos. Al mismo tiempo que afirma y reafirma su teoría racial. anormales. Para él. Grosso modo. sólo podía ocurrir lo que ocurrió. que trata de entender a su propio pueblo. el resultado lite­ rario es la presencia constante de la figura de la antítesis y del oxímoron. tituladas "A Terra”. "O homem” y "A luta”. Euclides intenta demostrar que. Dos factores lo atrapan seriamente. va mostrando la inventiva increíble de los canudenses. el resultado sería el mestizo. Antonio Conselheiro. de temperamento inestable. en el aislamiento del desierto. fuertes. Y aún provocan la admiración del lector actual.

Esa exasperada manera de escribir. cómo entenderlos. tan brasileños como nosotros? ¿Cómo comprenderlos. y estaban si­ tuados en los morros que circundan la ciudad de Río de Janeiro. una síntesis entre lo que fue aprendido en los libros y en la convivencia urbana. Cultrix. donde los ex soldados que regresaban de su servicio prestado a la Patria en la Guerra de Canudos construyeron sus precarias casitas. . Incluso en las dos primeras partes. Sao Paulo. La antítesis incluye también el contacto dramático del intelectual con el pueblo al que pertenece. tratando de reunir en un solo plumazo dos extremos. 1970. con­ fiere una enorme tensión dramática al texto. Cuando. Los elementos naturales actúan como fuerzas vivas. Y el nombre que espontáneamente se dio a esos conjuntos habitacionales. las tinieblas saltan. si fue allí que se descubrió el Brasil. después de terminada la guerra. ¿Cómo obtener una combinación armoniosa. reaccio­ nan y contraatacan. si por vez primera se fue al encuentro de la plebe miserable que hasta hoy constituye la mayoría de la población brasileña. el morro donde se situó una parte importante del campamento militar que tendió un cerco sobre la aldea. Historia Concisa da Literatura Brasileira. Pero ellos tampoco aceptan pasi­ vamente esto. ¿Cómo no admirarlos? ¿Cómo no quedar traumatizados para siempre. si son tan diferentes de nosotros. el coronel Moreira César podría recibir la ca­ misa de fuerza o la púrpura. La fascinación por el heroísmo que demuestra Euclides no sólo por el Ejército sino también por los canudenses. si no aceptan nuestra revolución? ¿Cómo pueden no admitir que nosotros estamos en lo cierto y ellos están equivocados? ¿Por qué nos odian? Es verdad que los métodos de contacto que estamos usando son exterminadores: trata­ mos de destruir lo que no entendemos. se llama Morro de la Favela. los inferiores. el suelo se retuerce y estalla. Hoy. las aguas se precipitan. los fanáticos. Antonio Conselheiro podría tanto haber ido a parar al hospicio como a la Historia. Por casualidad. tendemos a olvidar los hilos que vinculan la actual situación con la guerra de Canudos. los retardatarios. esos terrenos tenían escaso valor inmobiliario.El sertanejo es un Hércules-Quasimodo. las plantas agreden con sus es­ pinos ardientes. tuvieron como premio la concesión de terrenos en la capital del país. cómo confraternizar con ellos. Ed. antes de entrar propiamente en su tema de historiador de la guerra. y una plebe cuyas acciones son de naturaleza incomprensible? Esa plebe rebelada no señaló el fin sino la continuidad de un proceso histórico. Por ejemplo. ellos. el sertón es el paraíso. la descripción del medio geográfico y del hombre que vive en él es concebi­ da con recursos de ficción dramática. topónimo debido a una especie vegetal que por ahí abundaba. el día fulmina 1. con el desarrollo dominante. cierta región del país es una Siberia canicular. si no aceptan nuestra ciencia. fue el de Morro 1 Alfredo Bosi. volvieron a la vida civil los soldados rasos que no eran militares de carrera y que también eran miembros de la plebe. es palpable. con esos extraños peligrosos.

sin servicios de infraestructura urbanística. su lenguaje es rebuscado. por el kerosene y por la dinamita molestaban. y con los mejores argumentos tecnocráticos.000 habitantes. Después de eso. . las antítesis buscan efectos de resultado confuso. La fisura entre la cien­ cia exhibida y los terribles hechos narrados impide una síntesis explica­ tiva. lo que.200 casas. La pre­ gunta que queda es si. Según el cálculo oficial hecho por el Ejército en 1897. cada vez en mayor can­ tidad. Había miles de kilómetros a disposición para construir esa reserva de agua tan necesaria. Este libro no nos deja olvidar lo que pasó y continúa pasando. al libro de Euclides. Canudos tenía 5. N . La perturbación que la Guerra de Canudos causó en la conciencia na­ cional. con todo el esfuerzo hecho para borrar tan ejemplar episodio de la memoria nacional. las ruinas reposan escondidas debajo de muchas toneladas de agua. su posición incierta y oscilante cuando no abiertamente contradictoria. se decidió que el lugar ideal era aquél que comprendía las ruinas carbonizadas de la aldea de Canudos. se pensó construir un dique. Os Sertóes es un elemento instigador de la memoria brasileña que nos hace recordar lo que ya hicimos y continuamos haciendo con la mayoría de nuestros compatriotas. w. en donde esa numerosa plebe del subdesarrollo viene al encuentro del mercado de trabajo. Con la aceleración del éxodo rural. el apelativo favela volvió a ser un sustantivo común.de la Favela. hecho en terrenos sin valor vendible. en una estimación modesta de cinco habitantes por casa. cantegriles en otros. El libro de Euclides es un libro irritante. La postura de estratega del Ejército entra en contradicción con la simpatía por los rebeldes. Barriadas o callampas en algunos países de América Latina. hoy una megalópolis de doce millones. No es necesario decir que hoy no puede hacerse una investigación de campo en Canudos. designando todos los agrupamientos urbanos margi­ nales de las ciudades grandes y ricas del Brasil. ¿Cómo erradicar esa memoria desagradable y perturbadora? Hace poco más de diez años. G. En medio de la aridez desértica del sertón. no nos habríamos también olvidado. a su vez. había gente en la región que recordaba y perpetuaba la memoria del hecho. Por coincidencia. en una época en que Sao Paulo. se hizo una obra benéfica en la región. Los restos dejados por el cañoneo. La figura de la antítesis y del oxímoron sólo exhiben la incapacidad de pensar la especificidad del fenómeno. a pesar de ser apenas una dentro de las incontables insurrecciones que se produjeron en nuestra historia. de no existir el libro de Euclides para irritarnos y obligarnos a pensar en un problema hasta hoy presente bajo otras formas. debe mucho. pone en jaque la ideología oficial que postula la índole pacífica del pueblo brasileño. apenas llegaba a doscientos mil personas. la favela es un rancherío provisorio. los habitantes del interior del país fueron ocupando los morros y llanos adyacentes. da el total de 26.

y en 1905. También fue indispen­ sable la edición de la Obra Completa hecha por la Compañía José Aguilar Editora en 1966. político. Corre­ gidas por el autor. geográfico. este último con la intención de incorporar escritos anteriores del autor sobre el mismo tema. la segunda que contiene un grupo de notas al final del volumen. . La presente edición se basa en un ejemplar de la vigesimoséptima edición que es la más reciente hecha por aquella editorial (1 9 6 8 ). ya después de la muerte del autor. que sirvió para preparar la quinta edición. Las notas aquí introducidas se atuvieron a un criterio informativo múltiple. de 1914. Igualmente. de Río de Janeiro. en la misma ciudad. La Editora Francisco Alves. respondiendo a críticas. publicada por los Editores Laemmert y Cía. vio la luz la primera edición de Os Sertóes.). considerada por eso la definitiva. habiendo sacado la cuarta edición en 1911. la tercera. no todos son citados. hechos por Fernando Nery para la doceava edición de 1933. siempre que fue posible. biográfico y bibliográfico. se hizo el cotejo con otras fuentes contemporáneas sobre la Guerra de Canudos. Este trabajo sigue a los efectuados por José Calasans y Olimpio de Souza Andrade. especialmente por su Cronología y por el Diccionario Euclidiano. el primero sobre la Guerra de Canudos y el segundo sobre la vida y la obra de Euclides da Cunha.. organizada bajo la dirección de Afránio Coutinho. especialmente para esta edición de la Biblioteca Ayacucho. y la moderni­ zación de la ortografía. ocurrida en 1909. Se tuvieron en cuenta aclaraciones de carácter histórico. Ambos son los mayores especialistas del tema. Después se encontró un ejemplar de la tercera nueva­ mente corregido por el autor. Las notas preparadas por Walnice Nogueira Galvao. están numeradas y aparecen al final del volumen. Desde entonces no hubo más alteraciones.CRITERIO DE ESTA EDICION Entre los días primero y dos de diciembre de 1902. literario. Las notas marcadas con un asterisco y que aparecen al pie de página son del autor. mas todos fueron leídos y aprovechados. partes que lamentablemente no consignan el nombre de su autor para que lo pudiéramos registrar aquí. a no ser los subtítulos de los capí­ tulos. aparecieron en 1903. salvo en el caso que lleven la mención (N . de T . en la vigesimosexta edición de 1963. lingüístico. se ocupó de editar desde entonces el libro.

— Los Sertones (español). sin fecha. — Traducciones chinas: hay mención. Suecia. — Markerna Brinna (sueco). — Les Terres de Canudos (francés). 1945. por Samuel Putnam. 1944. y la Casa de Euclides tiene conoci­ miento por lo menos de una. 1938. por Forsta Delen. En algunos casos. Moráes. las fuentes son la misma Obra Completa y los archivos de la Casa de Cultura Euclides da Cunha en Sao José do Rio Pardo. — Oproret Paa Hojsletten (dinamarqués). Belo Hori­ zonte. Phoenix Books . por Cornelio Biseleo. W. — De Binnenlanden (holandés). Holanda. 1948. por Richard Wagner Hansen. como se verá en la lista que a continuación ofrecemos: — Brasile Ignoto (italiano). Difusión Panamericana del Libro. 1947.The University of Chicago Press. N . por Benjamín de Garay. de traducciones a veinticinco diferentes len­ guas chinas. Buenos Aires. Língua e Linguagem.En cuanto a las traducciones. Ediciones Caravela. G. . G. 1968. Italia. Bi­ blioteca de Autores Brasileños. W . Río de Janeiro. sin fecha. G. — Rebellion in the Backlands (inglés). por Sereth Neu. las indicaciones bibliográficas son escasas. cf. Chicago. Westermann. Copenhague.

LOS SERTONES .

superior a Hobbes 5 . de un primer ataque en una lucha acaso larga. hijos del mismo suelo. aliada con las vicisitudes históricas y la deplorable situación mental en que se encuentran. La civilización avanzará por los sertones arrastrada por esa implacable fuerza motriz de la historia que Gumplowicz. y la velocidad adquirida por la marcha de los pueblos en este siglo ya no les permite alcanzarlo. Por eso le damos otra forma 3 . El jagimgo temerario. las vuelven tal vez efímeras. en breve tiempo serán tipos relegados a leyendas desvanecidas o ya muertas. destinadas a una próxima desaparición ante las crecientes exi­ gencias de la civilización y a la intensificación de las corrientes inmigra­ torias que comienzan a invadir profundamente nuestra tierra. Detenidos en su evolución. en la destrucción inevitable de las razas débiles por las razas fuertes. este libro que comenzó siendo un resumen de la Campaña de Canudos. les faltó el equilibrio necesario.NOTA PRELIMINAR Escrito en los raros intervalos de ocio de una actividad fatigosa1 . en la que el tema que motivó su escritura se convierte en sólo una variante del asunto general. Hoy son retarda­ tarios. los trazos actualmente más expresivos de las subrazas sertanejas del Brasil. ante los futuros historia­ dores. Por eso. había perdido todo interés2 al verse demorada su publicación por causas que nos excusamos de señalar. mañana estarán totalmente extinguidos. por­ que. en­ trevio. aunque sea pálidamente. con visión genial. No debilita esta afirmación el hecho de haber sido realizado por nosotros. Intentamos esbozar. etnológicamente indefinidos. sin tradiciones nacionales uniformes. Lo hacemos porque su inestabilidad. Pro­ ducto de variados cruces. el tabaréu ingenuo y el caipira simple 4 . sin duda. quizá estaban destinados a ser los principios inmediatos de la formación de una gran raza. la Campaña de Canudos tiene el significado. debida a factores múl­ tiples y diversamente combinados. .

Taine. il veut sentir en barbare. que respetan los contornos de los hechos pero le cambian el color. de T . . debe sentirse un bárbaro entre los bárbaros y entre los antiguos. parmi les barbares. il s’irrite contre les demi-vérités que sont des demi-faussetés contre les auteurs qui n’altèrent ni une date. Lo denunciamos. parmi les anciens. y armados por la industria alemana.viviendo parasitariamente a orillas del Atlántico de los principios civili­ zadores elaborados en Europa. * Cita de H. . en el verdadero significado de la palabra. Y fue. en ancien” *. un antiguo” . .). que copian los acon­ tecimientos y desfiguran el alma. pero desnaturalizan los sentimientos y las costumbres. E u c l id e s d a C u n h a . . mal enlazados con esos patriotas extraordinarios por una tierra en parte desconocida. tuvi­ mos en la acción él singular papel de mercenarios inconscientes. qui copient les faits et défigurent l’âme. nos separa de ellos tina coordenada histórica: el tiempoG . un crimen. hagamos justicia al admirable concepto de Taine 7 sobre el narrador sincero que encara la historia como ella merece: . Y en tanto lo permita la firmeza de nuestro espíritu. ni une généalogie. 1901. (N . en francés en el original: " . et. Sâo Paulo. contra los autores que no alteran ni una fecha. se irrita contra las semiverdades que son las semi-falsedades. ni una genealogía. qui gardent le dessin des événements et en changent la couleur. mais dénaturent les sentiments et les moeurs. Además. Aquella campaña parece un reflejo del pasado.

libre de los impedimentos de las sierras que hasta allí la rechazaban o acortaban. se atenúan todos los accidentes. Ca­ mino a Monte Santo. hundiéndose en las honduras de la tierra amplísima que len­ tamente emerge en ondas extensas y llanas. acompañando la cuenca del Sao Francisco 1S. un litoral revuelto. Cómo se extingue un desierto. dividiéndose en islas. las serranías se redondean y se suavizan las líneas de los taludes. Y -U n a categoría geográfica que Hegel no citó. extendidas desde Río Grande hasta Minas 9. la mirada. rizado en cumbres y corroído de ensenadas. en seguida. ya en plena faja costera de Bahía “ . De hecho. Reina sobre los mares y se desarrolla en llanuras niveladas por las figuras de las cordilleras marítimas. des­ pués. 12. Pero al derivar hacia las tierras septen­ trionales. dando lugar a la variedad fisionómica de . Higrómetros singulares. Cómo se hace un desierto. se dilata en el occidente.— La sequía. disminuye gradualmente de altura. Esta caracterización geográfica resume la morfogenia del gran macizo continental. Lo demuestra un análisis más profundo hecho por un corte meridiano cualquiera. al mismo tiempo que des­ ciende hacia la costa oriental en escalones o pisos que le quitan la pri­ mitiva grandeza y la alejan considerablemente hacia el interior. con el vigor desarticulado de las sierras. . hasta que. quien la rodea. II. que se sustituyen o se entrelazan en estratificaciones discordantes. andando hacia el norte. Desde lo alto de la Favela. Un sueño de geólogo. IV.LA TIERRA L— Preliminares. observa notables cambios de relieve. La entrada del sertón. De tal modo. tras­ puesto el paralelo 15. sujetándola y destacándola sobre la línea de las playas.— Desde lo alto de Monte Santo. III. . fraccionándose en morros de laderas indistintas en el horizonte que se amplía. I PRELIMINARES La alta planicie central del Brasil desciende hacia el litoral sureño en caídas escarpadas y abruptas.— El clima. Al principio el trazo continuo y dominante de las montañas. Primeras impresiones. El mar­ tirio secular de la tierra. a manera de escombros del conflicto secular que allí libran los mares y la tierra. Hipótesis sobre sus causas. en el trecho marítimo que va de Río de Janeiro a Espíritu Santo 1 0 . repartiéndose en arrecifes desnudos. Tierra ignota. Las caatingas. se comprueba que hay tres formaciones geognósticas dis­ pares de edades mal determinadas. abriéndose en bahías.

deri­ vando en lechos retorcidos y venciendo. al mismo tiempo explica la sin par exuberancia como las vastas áreas planas. Primero surgen las masas gneisgraníticas. se nota. La tierra domina al océano desde la altura de las quebradas. intercaladas de capas calcáreas o diques de rocas eruptivas básicas. y guiados por el meridiano se abren ante los hondos valles erosionados por los ríos de As Velhas 2 3 y Sao Francisco. sin formaciones lateráles. la sierra de la Canastra22. contrahechos. Sin embargo. al entrar en este Estado. con predominio de una o la combinación de todas. después de apuntar las alturas de los picos centralizados por el Itatiaia 1 9. superpuestas las irrupciones que van de Barbacena a Ouro Preto24. a pesar de las tumultuosas serranías. progresan en sucesivas cadenas. las formaciones primitivas desa­ parecen. el lento descenso hacia el norte. y quien la alcanza. trazando una originalísima red hidrográfica. encuentra justificación para todas las exageraciones descriptivas — desde el gongorismo de Rocha Pita a las extravagancias geniales de Buckle1 4— que convierten a este país en región privilegiada. Al principio pegadas al mar. llevan hasta el centro de Minas los paisajes alpestres del litoral. La tierra atrae irresistiblemente al hombre. como si nacieran en los mares y canali­ zaran sus eternas energías hacia recónditos sitios de vegetación opulenta.la tierra. formando los admirados paisajes que tanto encantan y engañan la mirada inexperta de los forasteros. convertido en un dilatado muro de apoyo para las formaciones sedimentarias del interior. Rasgan esos estratos en trazados uniformes. dándole al conjunto de las tierras. donde se encaja el Paraíba 1 8 . Como en las altas planicies de Sao Paulo2 0 y de Paraná. la fisonomía de anchos planos ondulados y desmesurados. Se dibuja duramente en las placas rígidas de los afloramientos gnéisicos. corren desde la costa hacia los sertones. topográfico y geológico. llevándolo con la misma corriente de los ríos que. rasgando con la fuerza viva de la corriente. y el talud de las planicies altas se dobla en los escalones de la Mantiqueira 1 7 . nin­ guna parece tan preparada para la Vida. Traspasadas las sierras. hasta el litoral paulista. o se deshace en brotes que. bajo la línea fulgurante del trópico. que partiendo del extremo sur se curvan en un desmedido anfiteatro. incluso las de mayor altura. el antagonismo permanente de las montañas: el río Grande2 1 rompe. sin líneas sinuosas. Al este la naturaleza es diferente. todos los caudales revelan esta pendiente insensible. inmensos llanos cuya trama de capas horizontales de greda arcillosa. Es que bajo el triple aspecto astronómico. donde la naturaleza compuso su más portentoso la­ boratorio. desde el Iguazú al Tieté 1S. y yacen sepultas por las complejas . como quien sube a la rampa de un majestuoso escenario. se apre­ cian. Al mismo tiempo. extendidos hacia el norte occidental. más allá del Paraná 1 6 .

desde la de Cabrai. salpicadas de lagos de arroyos subterráneos. se caracteriza por su notable significación orogràfica. por los poderosos estratos más recientes que las circundan. Las capas anteriores que vimos superpuestas a las rocas graníticas. apenas sobresale entre aquellas lomas definidoras de una situación do­ minante. donde se abren las cavernas del hombre prehistórico de Lund 3 0. es la primera muestra de esas espléndidas planicies imitadoras de cordilleras. y ésta. más modernas. infiltradas de abundantes filones. porque las cordilleras dominantes del sur se extinguen allí. El carácter de las rocas. decaen a su vez. expuesto en las bases de los cerros de cuarzo o en las cumbres donde se encuentran las placas de itacolomito avasallando las alturas. que tanto perturban a los geógrafos descuidados. todos los ríos que desde el Jequitinhanha al Doce2 8 buscan las terrazas inferiores de la planicie arrimados a la sierra de los Aimorés2 9. El cambio estructural origina cuadros naturales más imponentes que los de la costa marítima. se acen­ túan otras transiciones en la contextura superficial del suelo. sucediéndose a partir de la base. desnudas. hacia el levante.series de pizarras metamórficas. mas con los dorsos extendidos en llanos inscriptos en un horizonte de nivel. en una tumba estupenda. cayendo en cataratas o saltando obstáculos sucesivos. Se verifica así la tendencia hacia un aplanamiento general. De allí descienden. las mismas rocas que vimos sustituir en . en los parajes legendarios del oro. Pero la tierra permanece elevada. aviva los accidentes. y las que la rodean. alargán­ dose en planos amplios. sobreponiéndose a otras. que descienden en declives fuertes. Ostentan en plano vertical. están modeladas de la misma forma. o levantándose en falsas montañas. después de recorridas por el sur las interesantes formaciones cal­ cáreas del río de As Velhas. Mal estudiado aún. hasta la de Mata da Corda que se prolonga hacia Goiás 3 2 . Porque en este coincidir de las tierras altas del interior y de la depre­ sión de las formaciones azoicas. y vuelven en aguas mansas hacia el poniente los que tienen su meta en la cuenca de captación del Sáo Francisco. la región montañosa de Minas se va comunicando. desde los macizos que van de Ouro Branco a Sabará2 5. subterráneas. Los surcos erosivos que las marcan son cortes geológicos expresivos. sin sobresalir. La sierra del Gráo-Mogol3 1 que toca los límites de Bahía. en cuyo valle. a pesar de la sugestiva denominación de Eschwege27. más cercana. de espesos estratos de greda. Un nuevo horizonte geológico repunta con un trazo original e inte­ resante. La región sigue siendo alpestre. con la extensa zona de los llanos arenosos del norte. nivelándose en las cumbres de la sierra del Espinado2 6. apenas apuntando al este por los vértices de los albardones distantes que prolongan la costa. hasta la zona diamantina que se expande hacia el nordeste en los llanos que se extienden.

restos de la monstruosa bóveda decaída de la antigua cordillera. más caprichosos. a duelas desproporcionadas. partiendo de Monte Alto33. porque es la misma formación minera que rasga al fin las sábanas de greda y se . se escalonan en alineamientos incorrectos de menhires colosales. siguiendo las líneas de los cerros tallados en diaclasa. Repunta la región diamantina. Las montañas se desentierran. tan bien expresados en el perfil fantástico del Bom Jesús da Lapa 35. a centenares de metros. una prolongación. o también. . por la moldura golpeante del régimen torrencial sobre los suelos permeables y móviles. Lo atravesamos. que derivando primero en líneas divagantes de drenaje. Desde hace siglos caen por ahí fuertes corrientes de agua. o en círculos enormes. las placas de pizarra más recientes. la serie de los suelos gredosos que progresa hasta la meseta arenosa del A<juaruá3 4. por el aspecto de escalinatas. tallándose en quebradas. en Bahía. a los costados. . va­ riaron sus aspectos. grandes tablados donde impera la ruda sociedad de los vaqueros. desbarran­ cado. al antiquísimo Himalaya brasileño. Es el hermosísimo paraje de los campos gerais. por su altura. Pero desaparecen del todo en varios puntos. predominantes y ofreciendo a los agentes meteóricos una plasticidad admirable ante los más caprichosos modelos. desnudándose en peñascos que mal recuerdan. por todo el curso del tiempo. Trepando por las taludes que los levantan dándoles apariencia de tableros suspendidos. extensas áreas rodeadas por los cuadrantes. estas formaciones naturales se dividen con rumbo firme al norte. como un desdoblamiento o. ex­ tendido en lomadas ondulantes. más bien. Y de acuerdo con la resistencia de los materiales trabajados.prolongado camino por la superficie: abajo los frutos graníticos decaídos por la hondura de los valles. en lo alto. oblicuas y gobernando los llanos que ladean interpuestos. mientras hacia el nordeste. y la disposición de los grandes bloques superpuestos en escalas recuerda las paredes desmanteladas de ciclópeos coliseos en ruinas. asociándose con el cal­ cáreo que activa los paisajes a orillas del gran río. que se hicieron valles en declive. Se extienden vastos llanos. las sábanas de greda. condensándolos en aguaceros de diluvio) se desnudan resurgiendo las formaciones antiguas. aquí apuntan sobre las áreas de nivel los últimos fragmentos de las rocas enterradas. en desintegración continua. hasta orlar de despeñaderos y escarpas aquellos erguidos planos. en una prolongación indefinida de mares. reviviendo por entero a la de Minas. las serranías más altas no son más que llanos extensos que terminan de pronto en bordes abrup­ tos. gracias a las intensas degradaciones (porque la Serra Geral sigue por ahí como reparo de los alisios. poco a poco se fueron profundizando. adelante. se topan. sobrepujándolas o rodeando sus flancos en valles monoclínicos. en esparcidos peldaños. Sin línea de cumbres. Adelante.

se cruza embarulladamente. el Irapiranga de los tapidas. . poco elevadas pero innú­ meras. indefinido. la de Itiúba le reúne algunas ramas indecisas. no hay situación de equilibrio para una red hidrográfica normal. cuyo trecho de Jeremoabo4 6 hacia las nacientes es una fantasía de cartógrafo. Los muestra el Sao Fran­ cisco en el vivo influjo con que tuerce hacia el este. al norte. en su normal dirección primitiva. fundiendo las expansiones septentrionales de las de Furna. Cocais y Sincorá39. incohe­ rentemente dispersos.levanta con los mismos contornos alpestres y perturbados. y por la otra. en contrastes bellísimos. Se levanta un momento. . Se deshace. El observador que siguiendo este itinerario deja los parajes en que se alternan. las nacientes del Paraguacú 3 8. Cambia su carácter topográfico. Lo limita por una orilla. hasta descubrir el salto prodigioso de Paulo Afonso42. al llegar a este punto queda sorprendido. el curso sinuoso del Itapicuruagu 44. abarcando dos cuadrantes. Allí reina el drenaje caótico de los torrentes que le presta a ese rincón de Bahía un rostro excepcional y salvaje. corriendo casi paralelo entre aquéllos. y un dédalo de serranías tortuosas. el eje de la Serra G eral3 7 se fragmenta. en despeñaderos hacia el levante. con el mismo desagotar expresivo hacia la costa. pasando bajo las lomas de Jeremoabo. entre un tumulto de morros. hacia el sur. . De hecho. entre montañas derruidas. y hacia el este. pero en seguida decae hacia todos los rumbos: hacia el norte. y la caída hasta entonces graduada de las antiplani­ cies comienza a tener desniveles considerables. retratando el desaforado combate de los elementos que luchan allí desde hace milenios. cubriéndolos a lo ancho de los campos gerais. el Vaza-Barris4 5. en los picachos que irradian de la Tromba o resaltan hacia el norte en los esquistos huronianos de las cadenas paralelas de Sincorá 36. Esta es más deprimida y más revuelta. señalando al mismo tiempo la transformación general de la región. de allí saltan. en segmentos dispersos que van hasta más allá del Monte Santo41. originando el corre­ dor de cuatrocientos kilómetros en el reflujo del Sobradinho40. en semicírculo. Por el medio. curvada también hacia el sudeste. se ve el trazo de otro río. Cae hacia las terrazas inferiores. en estupendo degrado. LA ENTRADA DEL SE R T O N 4 3 Está sobre un escalón del macizo continental. La cordillera se eriza de contrafuertes y tallas. por donde descienden hacia el mar o hacia el declive de Paulo Afonso las rampas en barranca de la alta planicie. Ultimo brote de la sierra principal. el río Sao Francisco. Desde este punto en adelante. la amplitud de los campos gerais y el fasto de las montañas.

La vegetación circundante se transforma.J. los cuatrocientos años de nuestra his­ toria. reuniendo informes escasos. se separan . se comprende cómo hasta hoy escasean sobre tan grande porción de territorio. aunque se buscara el camino más breve. cada vez más escasos. los más avanzados grupos de pobladores se asentaron en aldeas minúsculas — Ma^acará. entre Capim Grosso y Santo Antonio da Gloria48. con las emersiones calcáreas de Inhambupe 52. Ninguno se quedó allí. después de lanzar brotes dispersos por las serranías. a partir de Camacari. noticias exactas o detalladas. huyendo. Porque cuando las bandeiras del sur 4 9 pasaban por sus límites y viraban por los flancos de la Itiúba. e incluso éstos. Y lo dejaban en medio. se marchaban hacia Pernambuco y Piauí hasta el Maranhao 5 0. evitados siempre por los tropeles humanos que venían del litoral bahiano en busca del interior. lo salteaban por su impresionante as­ pecto de tierra extraña que repuntaba en transiciones imprevistas. ignoto. por el lado sur. alternando con exiguas hondonadas cretáceas revestidas por el terreno arenoso de Alagoinhas que apenas engarzan. Nues­ tros mejores mapas. hacia el levante. pasada la Itiúba. No podían quedarse. al norte y al este pararon en las márgenes del Sao Francisco. a menos de cuarenta leguas de la antigua metrópoli.Al abordarlo. o por los escasos establecimientos de ganado. Jeremoabo. muestran ahí un claro expresivo. realizando el máximo esfuerzo de penetración en tales lugares. Se rarifican los montes o se empobrecen. tratando de encontrar por el Paraguagú y los ríos que lo demoran en el sur. Uno que otro lo sortearon.). se terminaba la atracción de las entradas aventureras y moría la vista del litoral opulento. traspuesto el Itapicuru. un hiato. acompañando los insigni­ ficantes cursos de agua.R . hechas pocas leguas. copiando estas alternativas con la precisión de un calco. Es que. rechazadas por la barrera infranqueable de Paulo Afonso. que casi abarcaría a Holanda ( 9 o 11'— 10° 20' de latitud y 4 o— 3o de longitud O . rápidos. El extraño territorio. al sudoeste. Sólo en este último rumbo se aventajó una aldea secular. absolutamente olvidado. líneas de acceso más practicables 51. Tierra ignota donde se aventura el garabato de un río problemático o se imagina una cadena de sierras. sin dejar rastros. Luego. aquí y allá. las for­ maciones antiguas se cubren de escasas manchas terciarias. superados todos por una tapera oscura: Uauá. Dejando la orla marítima y siguiendo por tierra hacia occidente. Cumbe o Bom Conselho47— entre las cuales el decaído Monte Santo tiene rasgos de ciudad. al este. inabordable. estaba predestinado a cruzar. los pobladores se desparramaron por las aldeas que la bordean. Es que siguiendo las huellas de la última de aquellas rutas. Se extinguen al fin.

partiendo de su trecho medio. no se sorprende al principio. apenas remueve el suelo engarzándolo en la tenue capa de arena que lo reviste. Tampoco la cambió más tarde la civilización. De modo que aquellas dos vías de penetración que se encuentran con el Sao Francisco en puntos lejanos — Juázeiro y Santo Antonio da Gloria 56— formaban desde aquellos tiempos los límites de un desierto 57. según sus varios rumbos. exhumando la osamenta partida de las montañas. Los morros del Lopes y del Lajedo se elevan a manera de deformes pirámides de bloques redondeados y lisos. Desde este sitio en adelante reaparecen los suelos terciarios esteriliza­ dores sobre los más antiguos que. mal dominada por la vegetación vigo­ rosa irradiante de la Pojuca 5 3 sobre el massapé fértil de las capas cretáceas descompuestas. el Itapicuru alienta una vegetación vivaz y las barrancas pedregosas del Jacurici5 9 se adornan de pequeños bosques. CAMINO A MONTE SANTO Sin embargo.o avanzan en promontorios por los llanos desnudos. unos y otros rodeaban siempre. donde una flora característica — arbustos flexibles mezclados con rubias bromelias— pre­ domina exclusiva en anchas áreas. jamás significó. partiendo de Queimadas hacia el nordeste58. . Maranhao y Pará. Pisa un camino tres veces secular. en cambio. quien se anima a atravesarlo. La piedra. el paraje siniestro y desolado. Pernambuco. No la modificaron nunca. Andándolo en marcha hacia Piauí. El observador tiene la impresión de andar por el corte mal graduado del borde de una planicie. por el camino real del Bom Conselho que. aflorando en lajas horizontales. y los que se suceden. yuxtaponiendo sobre los rastros de los bandeirantes las líneas de una vía férrea. dominan en toda la zona centralizada en Serrinha. una variante apreciable para el este o para el norte. hasta Vila Nova da Rainha y Juázeiro 54. bordeando a uno y otro lado las alas de las sierras de la Saúde y de la Itiúba. los pobladores. histórica ruta por donde avanzaban los rudos sertanistas en sus excursiones hacia el interior. desde el siglo xvn los llevaba a Santo Antonio da Gloria y Pernambuco5S. se dividían en Serrinha. El suelo arenoso y chato permite una travesía desahogada y rápida. evitándolo. les copian los mismos contornos de laderas fracturadas. se entrecruzan numerosísimos desvíos hacia el oeste y hacia el sur. desde Bahía a Juazeiro. Porque el camino en cuya longitud de cien leguas. A los lados del camino se ondulan lomas rasas. sustrayéndose a una travesía torturante. Curvándose en meandros. Y avan­ zando hacia Juázeiro o volviendo hacia la derecha.

como en el minúsculo poblado de Cansangáo 60. porque el sertanejo. Se le presentan. Despuntan pobres viviendas. un aspecto lúgubre. . el pardo requemado de las caatingas. o en los desfiladeros que se recortan en el suelo polvoriento y pardo gracias a la placa verde negra de las algas unicelulares que las cubren. . Patrimonio común de los que por ahí se agitan en las aflicciones del clima feroz. erguidos como represas entre las laderas. En las cercanías de Quirinquinquá61. Los delinearon los que primero se atrevieron a penetrar por aquellos sitios. pasados estos puntos — imperfecta copia de las murallas roma­ nas que aún se aprecian en Túnez— se entra de nuevo en los arenales. a lo lejos. son el único recurso en un viaje penoso. Y marchando rápidamente. como dicen expresivamente los matutos: arbustos que casi no tienen raíces sobre la tierra. Superada la estrecha faja de matorrales que prolonga aquel último río. Algunas muestran los esfuerzos de los hijos del sertón. Mas. sin embargo. sin un trazo de color diverso. originando algunas manchas ar­ cillosas. que son como espectros de árboles. se lo descubre o se lo adivina. Si se traspone cualquier ondulación. algunas desiertas por la retirada de los vaqueros que la sequía expulsó. El pequeño sitio allí erigido se levanta sobre una alta . dándole al con­ junto la apariencia de un desierto. lenta e impresionantemente. . aunque vaya desnudo de equipaje. empieza a dinamizarse la tierra. se adorna de verde vegetación. señalan una escala obli­ gatoria para el caminante. uniforme. Se encuentran. enredados en ramas de las que irrumpen solitarios cereos. los mismos cuadros. Estas lagunas muertas. las copas verdes de los ouricurizeiros rodean — breves paréntesis abiertos en la aridez general— las orillas de las ipueiras. jamás deja de llevar una piedra que calce en sus junturas vacilantes. del remoto pasado. vienen. localizadas en depresiones. rígidos y silenciosos. Pocas veces. y el aspecto paupérrimo de todas agrava los rasgos melancólicos del paisaje. Parecen monumentos de una sociedad oscura. .Después se ven sitios que van mostrando una creciente aridez. ancho emergente de tierra fértil. toscos muros de piedra seca. Verdaderos oasis. Asociándose a las ollas y cuevas en que se abre la piedra. Y el rostro de ese sertón inhóspito se va esbozando. tienen sin embargo. en el cuadro triste de un horizonte monótono en el que se retrata. se está en pleno agreste. sobre todo en los trechos en que se suceden pequeñas ondulaciones. en un horizonte invariable que se aleja a medida que se avanza. en general. siguiendo la bella etimología indígena. Y persisten indestructibles. ornamentándolas. uniformes. otras en ruinas. Aún aparecen parajes menos estériles y en los lugares donde se operó una descomposición in situ del granito. todas de la misma forma y dispuestas del mismo modo. el viajero más dinámico tiene la sensación de la inmovilidad.

Centraliza un vasto hori­ zonte. y mirando hacia el norte se divisa una región distinta. . las lluvias que cierran de improviso los ciclos sofocantes de las sequías. Termina en una cresta altísima. El régimen torrencial de los climas excesivos sobreviene de pronto. en un fuerte dique de cuarzo blanco. su enorme paredón. llevándoles a la distancia todos los elementos degradados. parece una muralla monumental. en los retorcidos lechos de los arroyos efímeros. des­ pués de las insolaciones demoradas. Caldeiráo 6 3 . por fin. y de ahí. De un lado. . de tonos azulados. brutalmente golpeada por los ele­ mentos variables distribuidos por todas las modalidades climáticas. con la línea de cumbres casi rectilínea. en relieve sobre la masa gnéisica que constituye toda la base del suelo. atenuados hacia el sur o hacia el este. disponiéndose en escena­ rios en los que resalta. y alcanzándolo y trasponiéndolo. predominante.expansión granítica. en las estrechas gargantas y la casi convulsiva flora enmarañada. a caballo sobre la villa que se erige a su pie. Dominante sobre la planicie que se extiende hacia el sudeste. en lo reseco del suelo. de frente. repuntando duramente a cada paso. imponiéndoles la alternativa de subidas y caídas termométricas repentinas. PRIMERAS IMPRESIONES Es un paraje impresionante. precipitando estas demoradas reacciones. y golpeando en aquellas pendientes. tres leguas adelante. Porque lo que éste denuncia. se empina. mal cubiertos por una flora obstaculizante. rajado por las líneas de los estratos expuestas a la erosión eòlica. un juego de dilataciones y contraccio­ nes que las raja. que facilita por la irradiación nocturna la pérdida instantánea del calor absorbido por las rocas expuestas al sol. se yergue al margen de esa suble­ vación metamòrfica. en los desmante­ lados cerros casi desnudos. expone desde hace mucho las series más antiguas de aquellos últimos brotes de las montañas: todas las variedades cristalinas. abriéndolas según los planos de menor resistencia. La sierra de Monte Santo con un perfil totalmente opuesto a los redondos contornos que le diseñó el ilustre M artius6 2 . Del otro lado. extremándole el desarrollo en el rumbo de 130 NE. el aspecto atormentado del paisaje. Entonces se observa que. se entra de lleno. la extrema sequedad del aire. . en el verano. a pique. los accidentes predominantes de la tierra progresan avasallando los cua­ drantes del norte. Las condiciones estructurales de la tierra se vincularon a la violencia máxima de los agentes exteriores para el dibujo de relieves estupendos. es de algún modo el martirio de la tierra. y los cuarzos ásperos y los calcáreos sustituyéndose o entrelazándose. en el sertón adusto. perdiéndose a lo lejos en escalas fugitivas. rizada de valles y serranías.

agitándose absurdamente. . Atenuándolas en parte. Van del desequilibrio molecular. Estas últimas formaciones. y sobre ellos. (N . Se unen y se complementan. Las aristas de los fragmentos. ora esparcidos al azar— espesos lastres de lajas y piedras fracturadas. se degradan en los inviernos torrenciales. cubren completamente a las demás a medida que se marcha hacia el NE y se asimilan a contornos más co­ rrectos. se tienen líneas incisivas de extrema rudeza. aparecen tramos deprimidos. donde persisten todavía. * Oueds: en francés en el original: cursos de agua que corren por el desierto. o el entrelazamiento de ambas. despedazando las rocas. son una reproducción completa de los oueds * que marginan el Sahara. que surgen en numerosos puntos. sedes de antiguos lagos. en aquellos yermos vacíos. sin intervalos en su acción demoledora. dan. como grandes desmoronamientos de dólmenes. fuera de las súbitas corrientes. los lechos generalmente secos de arroyos que sólo se llenan en las breves estaciones de las lluvias. Despuntan en general estratos de un talcoesquisto azul oscuro. en placas bruñidas que reverberan a la luz en fulgores metálicos. en las dos estaciones únicas de la región. Por las faldas de los cerros en tumultuosa ronda. son nuevos testimonios de esos efectos físicos y mecánicos que.Las fuerzas que atacan la tierra en su contextura íntima y en su super­ ficie.). y más allá desaparecen entre los bloques. restos de antiquísimas lomas corroídas se derraman — ora en alineamientos que asemejan viejos cami­ nos de hielo. La mayoría obstruidos por piedras entre las cua­ les. a manera de colmenas. Se disocian en los veranos quemantes. Se recortan. mal asentadas sobre sus bases estrechas. Las mismas capas gnéisicas. pierden unidad. cementados en el cuarzo. ante majestuosas ruinas de castillos. a veces. hasta Jeremoabo. cubiertos de una vegetación resistente. convertidos ahora en esteros que marcan los asentamientos de los vaqueros. a cada paso y en todos los puntos. silúricas quizá. se sustituyen. caprichosamente escindidas en planos casi geométricos. la repentina ilusión de hallarse. delatando idénticas violencias. abiertos en cajón. de T . De este modo. se adelantaron a la acción de los elementos químicos en función de los datos meteorológicos normales. más adelante se rodean de cadenas de rocas. Y según sea la preponderancia de una o de otra. Esclarecen la génesis de los llanos rasos que se desatan. se modifican los aspectos naturales. cubriendo extensas áreas. dando la imagen perfecta de esos mares de piedra tan característicos de los lugares donde imperan regímenes excesivos. en inestables ángulos de caída. capas menos resistentes de arcillas coloradas escindidas de cuarzo e interceptadas por discordantes planos estratigráficos. a la dinámica portentosa de las tormentas. los cristales de feldes­ pato. corren tenues hilos de agua. de mangábeiras. sin que se descompongan sus elementos formadores. con intercadencia invariable.

Y por inexperto que sea el observador. las mismas infiltraciones de cuarzo. Porque. UN SUEÑO DE GEOLOGO Es una sugestión que atrapa. destacadas en láminas. que recuerdan falaises * * . los alinea­ mientos notables en que yacen los materiales fracturados. tiene la persis­ tente impresión de pisar el fondo recién elevado de un mar seco. despojadas de todo ante la acidez corrosiva de los aguaceros tem­ pestuosos. alineadas en filas. capaz de esbozar la situación de aquella zona en edades remotas. planas. tangenciándose en esquinas de rebor­ des cortantes. y su fulgor ardiente ofusca. A la cruda luz de los días sertanejos. .Hacia el norte. donde encu­ bren torrentes periódicos. en el decir elegante de Huxley 6 S . las capas se inclinan más fuertemente. que todavía arrastra en esas formaciones rígidas. Liáis 65. El aspecto ruinoso de éstas armoniza con los otros accidentes. y hasta cierto punto. las escalas de las altiplanicies terminando en taludes a plomo. en quebradas. . . por largo tiempo. y en sus topes se divisan. se criban en escoriadas cavidades circulares y acanaladas. . en puntas durísimas que imposibilitan la marcha. Encaja a gusto con un naturalista algo romántico *. Se suceden cúmulos despojados. por los cuales dan vueltas los caminos cuando se yuxtaponen. a despecho de la escasez de datos que permitan una de esas profecías retrospectivas. orlando en verdaderas curvas de nivel los flancos de las serranías. todos los caracteres que podemos sumar refuerzan la concepción aventurada. imaginándose que por allí armaron torbellino. de sus vorágines muertas. * * Falaise: en francés en el original: acantilado. . expuestas por la descomposición de los esquistos en que se embeben. Las erosiones constantes quiebran la continuidad de estos estratos. pro­ fundas. Pero el con­ junto apenas se transforma. que convierten a las ollas en enormes osarios de mastodontes. de caídas resbaladizas. en la edad terciaria. a lo largo de muchas leguas. De este modo. diminutas. las olas y las corrientes. al dejar las perspectivas majestuosas que se desdoblan al sur. a los lechos vacíos de los arroyos agotados. cambiándolas por los emocionantes escenarios de aquella naturaleza torturada. al extraño despojamiento de la tierra. llenos de vértebras desconyun* Em. esos cerros paupérrimos brillan de modo estentóreo. la estereotipada agitación de sus olas. innumerables. Aún la alientan. que en otros puntos desaparecen bajo las formaciones calcáreas. por cualquier camino se suceden los accidentes poco elevados pero profundos. Y en los trechos en que ellas se estiran por el suelo. los restos de la fauna pliocena.

golpeada y muerta por las energías revueltas de un cataclismo. Existe también una presunción derivada de la situación anterior. Entonces. el de Minas y parte de la planicie paulista. se abultan. las separaba. en la soledad inmensa de las aguas. derramadas bajo las aguas. Las investigaciones de Fred H artt6 6. uniendo el Atlántico con el Pacífico. Cubría así gran parte de los estados septentrionales brasileños. entre los llanos de Barbacena y Bolivia. donde fulguraba en plena actividad el volcán de Caldas. nuevas tierras afloran de las aguas. y contemporáneos a los que Agassiz6 7 descubrió en Panamá. hasta que emergió siguiendo el movimiento general de las tierras. Liáis. las aislaba. al co­ menzar la época terciaria. se produjo el hecho prodigioso del elevamiento de los Andes. remolineándola hacia el oeste y arrebatándole todos los materiales desprendibles. destacándose de las grandes islas emergentes. ex­ puesta en datos positivos. la existencia de innegables lagos cretáceos y siendo los fósiles que las definen idénticos a los encontrados en el Perú y en México. de súbito. . Y golpeándola largamente. todos estos elementos se reúnen en la deducción de que un vasto océano cretáceo expandió sus olas sobre las tierras de las dos márgenes americanas. yendo a golpear contra las terrazas superiores de las altiplanicies. y el Amazonas. constituían el núcleo del continente futuro. mientras el resto del país. la sujetaba. donde extensos depósitos sedimentarios denuncian la edad más antigua. . y lentamente. las tierras del extremo septentrional de Bahía que se resu­ mían en las piedras de cuarzo de Monte Santo y de la Itiúba. Amé­ rica se integra. de la cual es forma decaída la actual de nuestra costa. Hacia el sur. al sur. se operaba una sublevación general: las masas graníticas se levantaban al norte arrastrando al conjunto general de las tierras. Entonces. se salpicaban de la­ gos. hundiéndose. . se levantaba ya conformado. en una lenta rotación alrededor de un eje. Simultáneamente.tadas y partidas. Porque lentamente. en un ascenso continuo. se am­ plían los archipiélagos dispersos y se hinchan en istmos. imaginado por Em. como si allí la vida fuese. en informe amontonamiento de montañas derruidas. En ese lento subir. recién descubiertas. el macizo de Goiás — el más antiguo del mundo— según la her­ mosa deducción de Gerber6 8. permanecía inmersa. agrandándose los contornos de las costas. se modelaba aquel rin­ cón de Bahía. Una corriente impetuosa. toda la parte media. el paleozoico medio. se redondean. establecieron en las tierras circundantes a Paulo Afonso. y triturándola. mientras las regiones más altas. en un extremo se cierra el canal amazónico convirtiéndose en el mayor de los ríos. de hecho. escarpada. ancho canal entre las altipla­ nicies de las Guianas y las del continente. los picos más altos de nuestras cordilleras apuntaban al norte. No existían los Andes.

se juntan con las de Caraibas y Lopes. en los grandes descampados. lanzándose al NO. les forman el divortium aquarum que progresa hacia el norte. en los largos veranos. II DESDE LO ALTO DE MONTE SANTO Desde lo alto de la sierra de Monte Santo. en lugar de alargarse hacia el naciente. Unificadas. enfila hacia el poniente. que los torrentes arre­ baten todos los principios disueltos — acumulándolos poco a poco en la conquista del paraje desolado cuyos contornos suaviza— sin impedir. . de nuevo se embeben. y hacia el noroeste. y desde allí hacia el norte. como en un mapa en relieve. el de la Favela. de donde irradian las pequeñas cadenas del Coxomongó y Calumbi. Obedeciendo a la misma tendencia. su conformación orogràfica. avanza discontinua en aquel rumbo y después de ser entallada por el Vaza-Barris en Cocorobó. que la prolongan. De ahí la impresión dolorosa que nos domina al atravesar aquel ignoto pedazo del sertón — casi un desierto— que se abre entre las serranías desnudas y se estira.El régimen desértico allí se afirmó. Y se ve cómo las cadenas de sierras. . la del Aracati. mirando hacia la región ex­ tendida en torno de un radio de quince leguas. de nuevo se dispersan hasta acabar en los llanos altos a orillas del Sao Francisco 70. De tal manera. repartiéndose en las de Canabrava y Po^o de Cima. donde afloran los manantiales interminentes del Bendegó y sus tributarios efímeros. con todo. en flagrante antagonismo con las disposiciones geográficas: sobre laderas escarpadas donde nada recuerda las depresiones sin escurrimientos de los desiertos clásicos. en parte. impidiendo. se nota. subiendo hacia el norte en busca de la llanura que el Paranaíba excava. fundiéndose en el Acaru. perturbando toda el área de drenaje del Sao Francisco abajo de la con­ . monótonamente. corriendo y al prin­ cipio diferenciadas. Se piensa que la región incipiente aún se está preparando para la Vida: el liquen todavía ataca a la piedra fecundando la tierra6 9. una flora de rara resistencia entre­ teje la trama de las raíces. los picos del Caipá. Nos muestran las sierras Grande y del Atanásio. a orillas de las lomas de Jeremoabo. y en éstas. el talud de las altiplanicies parece doblarse en relieve. Todas trazan al fin una elíptica curva cerrada al sur por un morro. mediando en los tra­ zados del Vaza-Barris y el Itapicuru. Y luchando tenazmente con el flagelo del clima. alrededor del ancho llano ondulante donde se erigía el poblado de Canudos. formando las masas del Cambaio. las insolaciones inclementes y las aguas salvajes que degradan el suelo. una hacia el NO y la otra hacia el N.

no tendría el trazado actual si una corriente perenne le asegurase un perfil de equilibrio. a través de un esfuerzo con­ tinuo y extenso. Su función como agente geológico es revolucionaria. Generalmente cortado. o seco. Le falta conformidad con el declive de la tierra. y lomas que al ser recorridas muestran los accidentes caóticos de las grandes cuevas talladas en bruto. abarrotándose en las inundaciones. Es una ola que cae de las vertientes de la Itiúba. fraccionado en ganglios endurecidos. Son ríos que se exceden. no muestran las depresiones del suelo. y no es raro. al dirigirse hacia la costa71. Nada más de los bellos efectos de los descubri­ mientos lentos. inapre­ ciables en la escala más favorable e imponiendo al Vaza-Barris un curso tortuoso del cual se libera en Jeremoabo. y desapa­ recen. en desarmonía con las disposiciones orográficas generales. se deslizan por algunos días hacia el río principal. y corre veloz entre barrancos o estalla entre las sierras. en un trazado de torrentes sin nombre. que multiplica la energía de la corriente en la estrechez de los desfiladeros. abiertos al azar por las aguas o corrientes veloces que. Son más bien. trae durante algunas semanas aguas revueltas y barrosas y en seguida se extingue en un agotamiento completo. Este es un río sin afluentes. profundizan sus lechos anulando el obstáculo del declive general del suelo. adscriptas a los relieves topográficos más cercanos. morros que en contraste con los llanos parecen de gran altura y apenas están a pocas decenas de metros del suelo. se desbor­ dan. en cuyo lecho crecen las gra­ míneas y pastan los rebaños. sin los escenarios opulentos de las sierras y de los planaltos o de los interminables llanos— y lo convierte en una mixtura en la que esas disposiciones naturales se embarullan en confusión pasmosa: planicies que en seguida muestran series de pisos tallados de barrancas. El mismo Vaza-Barris. . el Bendegó y el Caraibas que le traen aguas transitorias dentro de sus lechos rudamente excavados. Vimos cómo la naturaleza a su alrededor le limita el régimen brutal — encerrándolo en tierras escabrosas. dando a los cuadros naturales la encantadora grandeza de perspectivas en las que el cielo y la tierra se funden en una difusión lejana y de sorprendentes colores. como una amplia calle polvorienta y tortuosa. cuando crece. volviendo a su primitivo aspecto de valles sinuosos y secos. hasta Jeremoabo. río sin nacientes. Tienen la existencia fugitiva de las estaciones lluviosas. llenos de piedras. captando las aguas salvajes que vienen desde las cum­ bres. están. lodoso como lo indica el nombre portugués que le sustituyó con ventaja la antigua denominación indí­ gena 72. Sus pequeños tributarios. canales de agotamiento. en el remodelar de las cumbres. De pronto se llenan.fluencia del Patamoté. en el despertar de los horizontes y en el desatar — amplísimos— de los campos gerais por las cimas de las cordilleras.

allá abajo. . y al norte. un inesperado cuadro esperaba al viajero que subía las ondulaciones más próximas a Canudos. Volvía la vista atrás para abarcar con una mirada el conjunto de la tierra. Observando a lo lejos. uniformes. cerrándole el horizonte. La Canabrava al nordeste. de por medio la distancia suavizándole las laderas y aplanándolas. casi a nivel. . la del Pogo de Cima. . ondulando en depresiones y dispersa en esperones. pero escarpada y alta. . divagando. resulta que los caracteres geológicos y topográficos. El poblado. . . cercana. la de Cocorobó. meseta. le ofrecía una perspectiva totalmente nueva. serpenteantes. DESDE LO ALTO DE LA FAVELA Saltaba la cima de la Favela73. a la par de los otros agentes físicos. III EL CLIMA De las breves anotaciones señaladas. surcados de barrancos y socavados por despeñaderos. Pero visto desde aquel punto. . en revoltijo. Sólo se distinguía el Vaza-Barris que la atravesaba torciéndose en meandros. de perfil convexo y simple. intercambian en * Vlateau: en francés en el original: planicie. abajo y adelante. Enfrente tenía la antítesis de lo que había visto. mal se veían los pequeños cursos de agua.Mientras tanto. bajo el ropaje áspero de los padregales y las caatingas. Allí estaban los mismos accidentes y el mismo suelo. . En la meseta abrupta. . . todas las serranías breves e innúmeras proyectán­ dose en un plano inferior y extendiéndose. incomparable páramo que reposa sobre las sierras. las vertientes rectilí­ neas del Calumbi al sur. Prisionera en una de esas vueltas se veía una depresión mayor. los contornos agitados del Caipá que se ligan y articulan trazando y cerrando una curva desmedida 7 4 . circundada de colinas. esas cum­ bres altaneras dan la impresión alentadora de encontrarse sobre un platean * elevadísimo. . hacia el levante. . dan la ilusión de una planicie ondulada y enorme. se erigía en el mismo suelo perturbado. una cantidad de casuchas. Y casi comprendía cómo los matutos ingenuos creían que "ahí estaba el cielo” . llenándola toda de confusos techos incontables. abajo. Y aplastándola. las cumbres del Cambaio corriendo hacia el po­ niente. Alrededor una elipse majestuosa de montañas. Pero la reunión de tantos trazos incorrectos y duros. después de esta travesía en la que creía estar pisando escombros de terremotos. Y nada de lo que divisaba le recordaba los escenarios contemplados.

La proximidad de las masas montañosas lo vuelve estable. sin la continuidad que era lícito prever de su situación inter­ media. Los que lo antecedieron y sucedieron. Escasean las observaciones más comunes. por ejemplo. desertas austral como la bautizó. con una inercia cómoda de mendigos hartos. agravan a aquéllas y todas persisten en influencias recíprocas. las condiciones genéticas gobiernan fuertemente sobre las topográficas. el aire se vacía y los vientos ruedan desorientados. Agregando que los datos de un solo termómetro y de un barómetro aneroide. a las madrugadas frías. en su latín alarmado. con la misma rapidez de quien huye. ya en octubre. Al mismo tiempo se refleja el régimen excesivo: el termómetro oscila en grados disparatados. Mornay y a Wollaston75. El clima de Monte Santo. pasando. misérrimo arsenal científico con que allí lidiamos. lo será todavía por mucho tiempo. no nos podrán dar ni siquiera vagos lincamientos de climas que divergen según las menores disposiciones topográficas. a su vez. lo vimos bajo el peor aspecto 76. un firmamente donde la transparencia de los aires es completa y la limpidez inalterable. hasta hoy desconocido. gracias a F. Pero está aislado. creando aspectos dispares entre lugares limítrofes. éstas. el SE en el invierno y el NE en el verano se alternan con extraño rigor. Atento sólo a la región salvaje. siempre evitado. gracias a la indiferencia con que tomamos las cosas de esta tierra. en primera comparación. Ningún pionero de la ciencia soportó aún los rigores de aquel rincón sertanejo el tiempo suficiente como para definirlo. que es. Lo que sigue son vagas conjeturas. con el propósito esencial de observar el aerolito que había caído a orillas del Bendegó y ya era conocido desde 1810 en las academias europeas. mal pudo ver la tierra recamada de una flora extravagante. el viajero lo pierde en un día. diverge con los de los lugares que lo prolongan al norte. . ante el intenso tiraje de las tierras desprotegidas que se extienden de ahí en adelante. Lo que escribimos tiene el defecto de esa impresión desolada. No es posible abar­ carla en todas sus modalidades. Lo atravesamos en el preludio de un verano ardiente y observándolo sólo desde ese punto de vista. se intensifica el azul del cielo. De suerte que. Por ahí pasó Martius. se comportaron. acuciados por la canícula. ese sertón. desfavorecida además por un medio contrario a la serenidad del pensar y conmovido por las emociones de la guerra. muy superior al de Queimadas. de los días con 35° a la sombra. resalta la significación mesológica local. silva hórrida. Hacia cualquiera de sus direcciones. los vientos reinantes.aquellos lugares las influencias características de tal modo que no se puede afirmar cuál es la preponderante. desde todas direcciones. De este conflicto perenne vuelto círculo vicioso indefinido. recuerda un régimen marítimo en pleno continente: la escala térmica oscila en amplitudes insignificantes. Si por un lado. Si va hacia el norte lo asaltan fuertes transiciones: la tempera­ tura aumenta.

Y en los meses en que se acentúa el nordeste. el desequilibrio se acentúa. a la noche sobreviene un fuego. aires inmóviles bajo la placidez luminosa de los días torpes.A medida que el verano asciende. sube. la efervescencia de los aires. esbozando el preludio triste de la sequía. Crecen las máximas y las mínimas. o con preferencia. entonces reinan calmas pesadas. En 24 horas se insola y se congela. la atmós­ fera vibra junto con el suelo. asombrosa. espesas nubes navegan al atardecer sobre las arenas encendidas. en la quietud de un largo espasmo. en la plenitud de la sequía. fulmina a la naturaleza silenciosa en cuyo seno se abaten. en remoli­ nos. de golpe — un salto de tinieblas por encima de la raya roja del poniente— y todo este calor se pierde en el espacio de una irradiación intensísima. inmóviles. por las costas embarrancadas. en la expansión de las columnas calientes. las horas transcurren en una intermitencia antinatural de días quemantes y de noches heladas. incomparable en su fulgor. quitándole a la tierra su humedad exigua y cuando se prolongan. llegan en turbión. Estas agitaciones de los aires desaparecen por largos meses. brillando en una trama vibrátil de centellas. descendiendo la temperatura de súbito. la aridez de la atmósfera alcanza grados muy anor­ males. en una ondulación vivísima de bocas de horno en las que se presiente visible. hasta que. se encienden en luces del sílice fracturado. . en los que prevalece la intercadencia de los días quemantes y las noches frígidas. Empujadas por el nordeste. . La tierra desnuda presenta en permanente conflicto las capacidades de absorción y expulsión de los materiales que la forman. . y el día. a un mismo tiempo almacena los ardores de los soles y de ellos se desembaraza de improviso. Los vapores calientes suben imperceptibles. agravando todas las angustias de los martirizados sertanejos. todo el ardor traído por las nubes refluye sobre la tierra. El sol desapa­ rece y la columna mercurial permanece inmóvil. La noche desciende sin crepúsculo. Todavía hay más cambios crueles. graba en todas las cosas señales que recuerdan su rumbo. este hecho jamás ocurre en los paroxismos estivales de las sequías. las ramas sin hojas de la flora caída. los vientos. El barómetro cae como en las proximidades de las tormentas y apenas se respira en el bochorno porque todo el calor vomitado por el sol se concentra en una hora única de la noche. en general. en una caída única. Por un contraste explicable. revueltos. Brilla el sol y la tierra absorbe rayos y los multiplica en reflejos y los refracta en reverbero atroz: por los picos de los cerros. porque se siente una dolorosa impresión de fauces invisibles. la tierra irradia como un sol oscuro. Copiando el mismo singular desequilibrio de las fuerzas que trabajan la tierra.

al descender una cuesta. no lo vieron. el uniforme hecho jirones. en una fatiga imperceptible. de tiros espaciados. sino gracias a higrómetros generosos e inesperados. El sol poniente dejaba. desde hacía tres meses. por última vez juntos. la cara vuelta hacia los cielos. con las patas delanteras firmes en un relieve . hacia los soles ardientes. se encajonó entre las rocas. le había hecho al fin una concesión: lo libró de la promiscuidad lúgubre de una fosa repugnante: lo había dejado allí. hacia las lunas claras. Cuando días después fueron enterrados los muertos. Era como un apa­ rato que revelaba de manera absoluta. mal herido. los compañeros abatidos en la batalla. Por eso no compartía la fosa común de menos de 50 centímetros de profundidad en la que eran arrojados. Se momificaba conservando los ras­ gos fisonómicos. le daban al lugar la exacta apariencia de un viejo jardín abandonado. El destino que lo había sacado sin protección de su hogar. El pescuezo un poco más alargado y fino. el alférez Wanderley. reinaba sobre la vege­ tación achaparrada. cuando encontramos. un anfiteatro irregular. en Canudos. uno de ellos se destacaba sobre todos de manera impresionante. decían que había sucumbido en lucha cuerpo a cuerpo con un adversario fuerte. icozeiros verdes creciendo en ramas entremezcladas con palmas de flores rutilantes. A la entrada del campamento. Y estaba intacto. recorríamos las cercanías de Canudos. huyendo de la monotonía de un cañoneo flojo. Cierta vez. de manera que creaba la ilusión de un luchador cansado. Descansaba. Quedó casi de pie. manchada con una costra negra. había caído gracias a un violento golpe que le surcó la frente. larga. Pequeños ar­ bustos. su sombra por el suelo y protegido por ella — los brazos abiertos. Un solo árbol. a fines de setiembre. la sequedad extrema del aire. Había muerto en el asalto del 18 de julio. Por cierto. los brazos muy abiertos. . . . Pero al resbalar. Volvía del torbellino de la vida sin des­ composición repugnante. Los caballos muertos ese mismo día parecían especímenes desparrama­ dos de un museo. Apenas marchito. por la abrupta rampa. hacia las estrellas fulgurantes. y había caído muerto junto con su jinete.HIGROMETROS SINGULARES No hicimos las observaciones con el rigor de los métodos científicos. las patas resecas y el armazón arrugado y duro. desde hacía tres meses. a la sombra de aquel árbol único. el cinturón y la gorra echados a un lado. Ni un gusano — el más vulgar de los trágicos analistas de la ma­ teria— le mancillaba los tejidos. una quixdbeira alta. pero sugestiva. la cara hacia el cielo— descansaba un soldado. La culata de la mannlicher 7 7 rota. donde las colinas se disponían en círculo frente a un valle húmedo. Había sido montura de un va­ liente. reparando fuerzas en un tranquilo sueño. .

se veía una ondulación que atontaba: un extraño palpitar de olas lejanas. Entonces. en las largas calmas. en una última arremetida de la carga. Fuera de eso. a lo lejos no se distinguía el suelo. mayor. de súbito. . . en una enorme expansión de los alti­ planos perturbados. reflejándose y resaltando. vertical sobre la ladera. es natural que las características climáticas de aquéllos se muestren en él con la misma intensidad. cada partícula de arena suspendida del suelo agrietado y duro. Nos excusamos de estudiarla largamente. IV LA SEQUIA El sertón del Canudos es un índice que resume la fisiografía de los sertones del norte. con todas las apariencias de la vida. al norte del Canabrava. la sorda combustión de la tierra. hace que hacia él converjan los límites interiores de seis estados: Sergipe. De ese modo. si a plomo lastimaba el sol y la atmós­ fera inmovilizaba a la naturaleza en torno. Pernambuco. la ilusión maravillosa de un fondo de mar. que lo tocan o prolongan a pocas leguas de distancia. especialmente cuando al pasar los soplos rispidos del nordeste. juntando sus aspectos predominantes en una escala reducida. aquellos vientos se formaban en columnas ascen­ dentes. definida con una palabra que es el terror máximo de los rudos habitantes del lugar: la sequía. 7 8.de piedra. Paraíba. una zona central común. esta inexorable fatalidad. se agitaban sus largas crines ondulantes. la excitación del rudo ambiente. La mirada fascinada se perturbaba en el desequilibrio de capas desi­ gualmente calientes. tanteando oscuramente un sinnúmero de agentes complejos y fugitivos. en cierto modo. sobre el que cayese. Cuando. Desde la cumbre de la Favela. Ceará y Piauí. El es. había fenómenos ópticos esplén­ didos. irisa­ do. La inflexión peninsular. . Los resume. . como un foco calorífico. Y allí se detuvo. se sentía. la luz dispersa en cen­ telleos enceguecedores. extremada por el cabo de Sao Roque 7 9 . Alagoas. a manera de minúsculos ciclones. como si estuvieran suspendidas. especialmente su manifesta­ ción más incisiva. vuelto un animal fantástico. . Apenas osamos inscribir. en la realidad inflexible de los números. . en remolinos y torbellinos. como a través de un prisma desmedido e intáctil y no se distinguía la base de las montañas. asumiendo el empequeñeci­ miento de los más robustos espíritus cuando tratan de profundizar en su génesis. irradiaba en todos los sentidos. .

HIPOTESIS SOBRE SUS CAUSAS Impresionado por la razón de esta progresión. tan característicos por los períodos inviolables en que se suceden. se destacan nuevos datos fijos y positivos. 1844-45. de modo de permitir previsiones seguras sobre su irrupción. salta a la simple observación una coincidencia su­ ficientemente repetida como para que se dude del azar. 1824-25. 1736-37. De todas maneras. como si surgiera de la copia de una sobre la otra. 1835-37. dibujando un cuadro elocuente en sí mismo. Pero. 1877-78 del siglo actual. a pesar de esta simplicidad extrema en los resultados inmedia­ tos. y fiján­ dola un tanto forzadamente en once años. 1723-27. inter­ calado por lapsos de entre 9 y 12 años. entre el máximo y el mínimo de intensidad. intermitentemente. las sequías de 1710-11. el problema que puede traducirse en una fórmula aritmética sencilla. algunos más vastos que la Tierra. Lo reveló por primera vez el senador Tomás Pompeu8 0 . en el cual las apariciones de las sequías. y sucediéndose. negreando dentro del círculo fulgurante de las fáculas. derivando lentamente según la rotación del Sol. un naturalista. Se observa una cadencia en la marcha del flagelo. el barón de Capanema8 2 . pusieron una tregua a los estragos. en el nuestro hubo otro absolutamente igual y lo que es notable. Y como desde hace mucho la intuición genial de Herschel8 3 les descu­ . tuvo la idea de rastrear su remoto origen en los hechos extraterrestres. tanto en el siglo pasado como en el actual8 1 . 1777-78 del siglo x v i i i se yuxtaponen con las de 1808-09. las manchas de la fotosfe­ ra solar. Continuando con un examen más profundo del cuadro. Esta coincidencia. tienen un período que puede variar entre 9 y 12 años. citando sólo las mayores. permanece insoluble. Y encontró un símil completo en la regularidad con que aparecen y se extinguen. que en ambos siglos. Siendo en el siglo pasado el interregno mayor de 32 años (1 7 4 5 -7 7 ). con co­ rrespondencia exacta de fechas (1 8 4 5 -7 7 ). Sabemos que aquellos núcleos oscuros.Sus dos ciclos — porque lo son en el rigorismo técnico de la palabra— se abren y se cierran con un ritmo tan notable que hace pensar en una ley natural todavía ignorada. rara vez alterada. Así. se enfrentan en paralelismo singular aunque puedan presumirse ligeras discrepancias que indican de­ fectos de observación o errores en la tradición oral que las registró. se acentúa todavía en la identidad de las épocas extensas y quietas. 1744-45. que aparecen con el rigor de incógnitas que se despejan. en reflejo casi invariable.

irradiando intensamente. sobre los manantiales de los grandes ríos. oriundo de la fuerte aspiración de las altiplanicies interiores que. No le pone barreras. . pese a su forma atractiva. la correlación surgía firme. en vasta superficie extendida hasta el Mato Grosso8 5. el penoso régimen de los Estados del N orte8 4 existe en función de agentes desordenados y fugitivos. Lo canaliza. como se sabe. Quedaba por comparar el mínimo de las manchas. con el flagelo de las sequías en el planeta torturado. apoyada en datos geométricos y físicos unidos en un efecto único. intacta. Porque la cuestión. en mo­ dalidades que van avanzando desde la naturaleza del suelo a la disposi­ ción geográfica. que el exclusivismo de observar una causa única. sujetas a las perturbaciones locales. En este punto. falló la teoría: pocas veces coinciden las fechas del paroxismo estival en el norte con las de aquél. con la complejidad inmanente a los hechos concretos. sede de grandes depresiones barométricas en el verano. defensa ante la irradicación del gran astro. sólo serán definitivamente sistematizadas cuando una extensa serie de observaciones permita la definición de los agentes pre­ ponderantes del clima sertanejo. la disposición orogràfica de los sertones. toda la humedad absorbida en la travesía de los mares. elevan su punto de saturación disminuyendo las probabilidades de las lluvias y lo rechazan. se atiene preferente­ mente a razones secundarias pero cercanas y enérgicas. en su pasaje veloz sobre los llanos desnudos que. sin leyes defini­ das. De ahí las corrientes aéreas que lo desequilibran y varían. haciéndolo subir y provocándole enfriamientos y la condensación en lluvias. son. derivadas de la naturaleza de la tierra y las reacciones más amplias. El fracaso de esta tentativa denuncia menos lo desvalido de una apro­ ximación impuesta rigurosamente por circunstancias tan notables. Atraído por ellas. al entrar de diciembre a marzo por las costas septentrionales. emanadas de las disposiciones geográficas. Por lo tanto. Lo determina en gran medida y quizá de manera preponderante. de modo de equiparar los períodos de unas y otras. es singularmente favorecido por la propia conformación de la tierra. aparte las peque­ ñas variantes — cadenas de sierras que se alinean hacia el nordeste para­ lelamente al monzón reinante— facilita el paso de éste. el monzón del nordeste. Del hecho. uno de los motivos de las sequías responde a la disposi­ ción topográfica. Como quiera que sea. de modo que le permiten llevar hacia los puntos remotos del continente. y éstas.brió el influjo apreciable en el dosaje de calor emitido hacia la Tierra. el nordeste vivo.

para el caso. los primeros golpes de lluvias despe­ ñadas de lo alto no tocan la tierra. como lo bautizaron— equivale a la permanencia de una situa­ ción irremediablemente cruel. fortalecido por la intuición de los sertanejos para quienes la persistencia del nordeste — el viento de la sequía. vuelven a las nubes para. Según numerosos testimonios. Si los atraviesan. Las épocas benéficas llegan de improviso. . Un hecho natural de otro orden esclarece esta hipótesis. como de 1877 a 1879. navega en el cénit de aquellos Estados. Después de dos o tres años. Se eleva más y se define mejor la barrera de las corrientes ascendentes de los aires calientes antepuestas a las que entran por el lito­ ral. se interpone al monzón y lo detiene. que es resolver el destino de una gran parte de nuestro país. del 12 de diciembre al 19 de marzo. ¿no podremos considerarla. Entonces parece volverse visible la protección de las columnas ascen­ dentes que determinan el fenómeno. en cierta forma. su propia intensidad origina una reacción inevitable. condensarse y precipitarse y otra vez revertir el proceso. hasta * Dinamic colding: en inglés en el original: dinámica fría. en un desencadenamiento de ciclo­ nes violentos. d e T .A las flageladas tierras del Norte les falta una serranía alta que corriendo en dirección perpendicular a aquel viento. corriendo del este al oeste y corrigiendo momentáneamente la la­ mentable disposición orogràfica. Fuera de tales límites no hay un solo ejemplo de extinción de las sequías. Las sequías aparecen siempre entre dos fechas fijadas hace mucho tiempo por la práctica de los sertanejos. en minutos nublan todo el firmamento deshaciéndose luego en aguaceros fuertes sobre los desiertos resecos. determine el dynamic colding * para decirlo de una manera expresiva.). Decae de modo considerable la presión atmosférica. estallan. en que la inso­ lación calienta intensamente los llanos desnudos. en la formidable colisión con el nordeste. Reduce por eso a segundo plano el influjo hasta hoy inútilmente agitado de los alisios y es. con el consiguiente enfriamiento y la inmediata condensación en aguaceros diluvianos que se descargan de súbito sobre los sertones? Este desfile de conjeturas tiene como único valor el indicarnos cuán­ tos remotos factores pueden incidir en esta cuestión que nos interesa por dos razones: por su significado científico y por su significado más pro­ fundo. llegando hasta los extremos de Bahía. provocando el ascenso de las corrientes. de nuevo. Y se entrechocan unas con otras. A mitad de camino se evaporan entre las capas calientes que suben y rechazadas. (N . crecen. cumpliendo la función de una montaña ideal que. Siendo así y recordando que es precisamente dentro de este intervalo que la faja de las calmas ecua­ toriales. se prolongan fatalmente a lo largo del año hasta que se reabre otra vez el período. en su lento oscilar en torno del ecuador.

como si hubiesen caído sobre chapas incandescentes. la misma apariencia de vegetales en trance de muerte. Mientras que la caatinga lo ahoga. los sertones se transforman y reviven. determinados por los declives. revueltas. penosamente se envuelven en estrechos círculos las mismas plantas que tanto se diversifican en los matorrales y allí se manejan con un molde único. finalmente. reabriendo el ciclo inflexible de las sequías. los primeros torrentes despeñándose por las faldas. . LAS CAATINGAS Por eso. se asemejan a una sola familia de pocos géneros. lo seca y marea. de flora que agoniza. van absorbiendo la humedad exigua de la tierra. Hasta que. sus hojas pinchantes. volviendo a las alturas con mayor rapidez. . Y pene­ trando en la atmósfera ardiente. reducida casi a una especie invariable. para bajar una vez más. los vientos duplican la capacidad higrométrica y día a día. sus árboles. al menos. casi en una evaporización. el viajero tiene el desahogo de un horizonte lejano y la perspectiva de las planicies abiertas.que tocan el suelo que al principio ni humedecen. llevan­ do velozmente las ramas de los árboles arrancados. descubre ante su vista leguas y leguas. le achica el horizonte. deshechos en gajos que apenas irrumpen por el suelo. tortuoso. de ramas retorcidas y secas. en idas y vueltas rápidas y continuas. las vuelve de nuevo desoladas y áridas. por un efecto explicable de adaptación a las estrechas condiciones del ingrato medio. lo atrapa en una trama espinosa sin atraerlo. revueltos en el mismo caos de aguas turbulentas y oscuras. con­ centrándose tumultuosamente en riachuelos correntosos que se adensan en ríos barrosos de lechos azarosos. de ciclón. casi sin troncos. apuntando filosamente en el aire y estirándose por el suelo. Si al asalto repentino se suceden las lluvias regulares. En ésta. . rodando todos en una misma ola. Cambian en lenta metamorfosis. fluyendo en arroyos que crecen entre las quebradas. Aunque la caatinga no tiene las especies reducidas de los desiertos — mimosas retorcidas o euforbiáceas ásperas sobre las gramíneas marchi­ tas— y parece repleta de diferente vegetación. . lo repele con sus espinos. No es raro que cambien en un giro veloz. la travesía de las veredas sertanejas es más cansadora que la de una estepa desnuda. se forman los primeros hilos de agua corriendo por las piedras. Es que. que sólo se diferencia en el tamaño: todas con la misma conformación. inmutables en su desolado as­ pecto: árboles sin hojas. El drenaje rápido de las tierras y la evaporización que se hace en seguida más viva. . entre­ cruzadas. con los brotes crecidos en puntas de lanza. vistos en con­ junto. haciendo recordar un bracear inútil.

numerosos. Así preparado. . que en las selvas se traduce por una tendencia irreprimible hacia la luz. sujetos más a los rayos del sol que a los troncos seculares. Pero reducidas todas sus funciones. Las leguminosas. el suelo se vuelve piedra. Esta se impone. a veces como estróbilos. altas en otros sitios.tendiendo a un limitadísimo número de tipos caracterizados por los atri­ butos de los que poseen mayor capacidad de resistencia. allí es total­ mente opuesta: más oscura. ensanchando la superficie de contacto con el aire. huyendo del ahogo de las sombras y elevándose. Y todas. Y para evitarlo. Con dehiscencia perefecta. marcadas todas por los estigmas de esta batalla sorda. sin excepción. . eludir o combatir. que muestran una floración riente en medio de la desolación general. ruge el nordeste y. como un cilicio. en los duros pastizales. los típicos anacardia hu* Véase la bella inducción de T yndall86. . tiendas invisibles y encantadoras que las resguardan. . Rijo­ sas. los tallos se entierran en el suelo. Algunos árboles. Son los cajueiros anuales. Revisten con un indumento protector a los frutos. aislados. tienen en el perfume suavísimo de las flores *. La lucha por la vida. se esteriliza el aire. Pero éste. estivando. para absorber los escasos elementos en él difundidos. admi­ rables aparatos para la propagación de las simientes. tenaz e inflexible. Se ven. cortado por el drenaje de los picos o esterilizado por la succión de los estratos que completan las insolaciones. estallando como si tuvieran palancas de acción. duras como carbones. . El sol es un enemigo que hay que evitar. eluden aún mejor las intemperies. se alimenta de las reservas que almacena en las épocas serenas y pasa los veranos pronta a transfigurarse en los deslumbramientos de la primavera. Entre los dos caminos desfavorables — aires calientes y tierras áridas— las plantas más fuertes presentan un aspecto muy anor­ mal. aglomerados en bosquecitos o salpicando. se elige la inhumación de la flora moribunda. Se empequeñecen las hojas. más original y más conmovedora. en tierras más favorables y en singular disposición. a su vez. la caatinga extiende sobre la tierra las ramas de los espinos. el árbol se dispone a reaccionar contra el régimen brutal. en las noches frías. la planta. Al mismo tiem­ po amplían su ámbito frontal. Atro­ fian las raíces maestras golpeando contra el subsuelo impenetrable y las sustituyen por la expansión irradiante de las radículas secundarias. desparramándolas profusamente por el suelo. es áspero y duro. allí son enanas. rígidos. las vainas se abren. de anchas rojas espesas. Se vuelca sobre el sertón la tortura de la sequía. surgen en la punta de los gajos para disminuir el campo de la insolación. cre­ ciendo en tubérculos húmedos de savia. una protección intáctil que. arbustos de poco más de un metro de altura. sobre ellas se levanta y se arquea evitando que sufran de golpe las caídas de temperatura. en vida latente.

como las de la mayor parte de los vegetales sertanejos. nativos de la región. Avanza tierra adentro hasta llegar. Parece que el fuego de los desiertos estimula mejor la cir­ culación de la savia entre sus tallos húmedos. todos igualmente resistentes. tienen en las hojas de células alargadas en vello­ sidades. Golpeado por el calor. El eje descendente es más grueso a medida que se excava. cuando marchitan a su lado. al enfriarse. todavía anónimas para la ciencia —ignoradas de los sabios. Las favelas. en demasía conocidas por los taharéus— quizá un futuro género cauterium de las leguminosas. dispersos o apareciendo en grupos. toca una chapa incandescente de ardor increíble. que resulta de la evaporación por las hojas. fulmi­ nados. para vencer el peligro máximo de la vida vegetativa. una planta de macambira es para el matuto se­ diento como un vaso de agua cristalina y pura. o entre las capas inclinadas de pizarra. bajo nuevos aprestos. por otro lado. provoca.). la mano que la toca.milis de los llanos áridos. aferrado a un suelo sobre el que apenas asoman los brotes más altos en su fronda majestuosa. son un árbol solo. por la noche. los gravatás y los ananás salvajes. a despecho de la sequedad de éste. fustigado por los soles. No son raíces sino ramas. abrazando a veces amplias áreas. roído por los torrentes. por abajo. No es posible desenraizarlos. el vegetal parece esconderse del embate de los elementos antagónicos y abroquelarse de ese modo. quedan retenidas por largo tiempo en las membranas de las bromeliáceas. agotando la absorción hecha por las raíces. enorme. Finalmente se des­ cubre que se va repartiendo en divisiones dicotómicas. Los caroás verdosos. Por un lado. muy por debajo de la tem­ peratura del aire. a un tronco único y vigoroso. cerrados en tortuosidades impenetrables. Otros. absorción y defensa. entran en la categoría de las fuentes vegetales de Saint-Hilaire 87. invisible. * En el pináculo del verano. les repelan los climas benignos que los debilitan. se comprueba la sorpren­ dente profundidad de sus raíces. copian las mismas formas. . (N . Sus hojas lisas y lustrosas. que no tienen esta conformación. Se suceden otros ejemplares. se preparan de otra manera. facilitan la condensación de los escasos vapores traídos por los vientos. notables aprestos de condensación. totalmente enterrado. los cajuis de los indígenas. Tipos clásicos de la flora desér­ tica. Cuando se hacen zanjas alrededor de estos extraños vegetales. de flores triunfales y elevadas. persisten inalterables o quizá más vividos. Los nopales y cactos. Y los arbustos más pequeños. hechas adrede para esos parajes estériles. Las aguas que huyen en el correr salvaje de los torrentes. todos los árboles. torturado por los vientos. breves precipitaciones de rocío. su epidermis. Se hicieron para los regímenes bárbaros. más resistentes que los demás. de T . avivándolas *.

salpicando el desierto con sus flores doradas. . encumbrando los troncos circulares repartidos en columnas poliédricas y uniformes. por la capilaridad del inextricable tejido de radículas enredadas en numerosas mallas. ajenos a las estaciones. heliotropos arbustivos de tronco hueco. la succión insaciable de los estratos y de las arenas. La vista . un rasgo superior a la pasivi­ dad de la evolución vegetativa. Pero. Y estrechamente solidarias a sus raíces. Viven es el término. retienen las tierras que se disgregan y finalmente. . pocas veces aparecen en grupos. las especies no se pre­ sentan tan bien armadas para la reacción victoriosa. forman el suelo arable en que nacen. adrede modeladas por las reacciones vigorosas de la luz. se observan dispo­ sitivos todavía más interesantes: se unen. se arraciman. Allí se asocian. Se encumbran triunfalmente mientras toda la flora se deprime. ellos dan la emocionante ilusión de cirios fijados al azar por el suelo. pintados de blanco y de flores en espigas. cuando al revés de las antedichas. y es posible que en otros climas sean individuales. Actúan por contraste. en que las inso­ laciones se agravan a veces con los incendios espontáneos que prenden los vientos en las ramas secas. . con­ virtiéndose en plantas sociales. Tienen el mismo carácter los juázeiros. los viejos rastros de las boyadas. ellos agitan sus ramajes verdes. retienen las aguas. . desparramados por las llanos y encendidos. Caracterizan a la flora caprichosa de la plenitud del verano. el sesenta por ciento de las caatingas. . Sobre la naturaleza muerta. Se empobrece com­ pletamente el suelo áspero. que pocas veces pierden las hojas de un verde intenso. destinados a dar su nombre a la más legendaria de las aldeas. íntimamente abrazadas. Y viven. cuando se cierran sus grandes frutos colorados destacándose nítidos en la media luz de los cre­ púsculos. y los canudos de pito. constituyendo en los trechos en que aparecen. por sobre la paupérrima vida. siempre florecidos. en el subsuelo. . porque hay. No pudiendo vivir aisladas. asoman individualmente por encima de la vege­ tación caótica. apenas se elevan los cereos silenciosos. disciplinada­ mente se congregan. también los romeros de los campos. en un esfuerzo enorme. como moldes. alcanzando notable altura. en esas épocas crueles. Y al caer las breves tardes sobre aquellos desiertos. venciendo. Son novedad atrayente al principio. De esta clase son todas las plantas cesalpíneas y las caatingueiras. con la simetría impecable de enormes candelabros. No están en el cuadro de las plantas sociales brasileñas de Humboldt. La dureza de los elementos crece en ciertas épocas al punto de des­ nudarlos. Los mandacarus (cereus jaramacarú). en apretadas tramas. de hecho. entonces ya hace mucho que desaparecieron los fondos de los ojos de agua y los lechos endurecidos de los arroyos muestran. Se suceden los meses y los años ardientes.Ahora bien. como oasis verdeantes y festivos. El sertón entero es impropio para la vida.

al azar. va decayendo poco a poco. a igual distancia. Los xiquexiques (cactus peruvianas) son una variante de proporciones inferiores. Toda la flora se mezcla en una promiscuidad indescriptible. flexibles como víboras verdes por el suelo. la imagen singular de cabe­ zas guillotinadas y sanguinolentas. curvas y rastreras. a los cabegas de frade. Tienen como socios inseparables en este habitat. libres de evaporación. Marcan la totalidad con su monotonía anormal. abriendo en el seno iluminado de la naturaleza tropical. huyendo del suelo bárbaro en busca del remanso de la copa de la palmera. las ramas serpeantes. con el vivo carmín de las cochinillas que alimentan. amigándose con los frágiles ouricuriseiros. palmas diminutas diabólicamente erizadas de espinas. Entonces se comprende la verdad de la paradoja de Augusto de SaintHilaire: "¡Se encuentra allí toda la melancolía del invierno con un sol ardiente y el calor del verano!”. mata en­ ferma en la etimología indígena. recamadas de flores blanquísimas. Al cabo de poco tiempo se vuelven una obsesión afligente. . Buscan los sitios ásperos y calientes. de gemas espinosas que convergen en el vér­ tice superior formando una flor única. intensamente roja. la sylva hórrida de Martius. . orladas de flores rutilantes. monstruosos melocactos de forma elipsoidal. horribles. Es la caatanduva. doliente e informe. en los días claros. se observa el mismo desolador escenario: vegetación agonizante. que se fracciona en ramas inquietantes de espinas. sucediéndose constantes. espinosos. Se observan en el lecho abrasante de los riachos graníticos heridos por los soles. Es que una estrechísima rajadura les permitió continuar. Aquí y allí hay otras modalidades: las palmatorias-do-inferno. Son los vegetales de los médanos quemantes. exhausta. todos del mismo porte. Poco más puede descifrar quien anda. donde acaso existan. quebrando alegre­ mente la tristeza solemne del paisaje. Aparecen de modo inexplicable sobre la piedra desnuda.fatigada por tener que acomodarse a la contemplación penosa de los agres­ tes remajes contorsionados. entre árboles sin hojas y sin flores. uniformes. Es la sylva oestu aphyla. en un desorden trágico. Y la vasta familia capaz de adquirir todos los aspectos. dando por el tamaño. idénticos todos. la raíz larga y capilar hasta la porción inferior. aferrados a la tierra como fibras de una alfombra humillada. . unos restos de humedad. por aquellos agrestes campos. humildísimos. por la forma y por el modo como se desparraman. acanalada. que las mismas orquí­ deas evitan. hasta los quipás reptantes. Subiendo un escalón al azar y mirando en torno. distribuidos con un orden singular por el desierto. a través de la roca. vuelve a la normalidad y descansa recorriendo sus troncos derechos y correctos. tiradas por ahí. un vacío desértico. en un estertor doloroso. dolorosamente volcada sobre su terrible lecho de espinas.

las umburanas perfuman los aires. les proporciona púrpura de sus flores sin esperar a las hojas. en un blanqueo de bloques de hielo. mientras los vientos barren las planicies sacudiendo las ramas. las estrellas. que surcan la hoja negra de la tormenta. . el firmamento se ilumina con relámpagos su­ cesivos. dán­ dole al conjunto el aspecto de un paisaje glacial. asoman vivaces. espaciadas. desordenadamente esparcidos por el desierto. en medio de hielos. de troncos finos y flexibles. irradiando en círculo. se mueven dando vida al paisaje. . Las juremas. sobre el suelo. convirtiéndose en seguida en un aguacero de diluvio. como flecos de nieve. prontamente ahogadas en la noche. las motas flo­ ridas del romero del campo. Nubes voluminosas ponen una barrera en el horizonte. se adensan los icozeiros bajo el ondular festivo de las copas de los ouricuris. Cargándose en minutos.A la luz cruda de los interminables días se erizan llamas sobre la tierra inmóvil y no la animan. Las gotas de lluvia caen gruesas. Sobre el suelo alfombrado de azucenas resurge triunfalmente la flora tropical. y oscilando en la punta de las ramas secas de los árboles hirsutos penden las tilas albas. . Restallan ruidosamente los truenos. echadas sobre los llanos. los umbuzeiros elevados a dos metros del suelo. Es una transformación de apoteosis. no ya por la altura sino por el gracioso porte. sus numerosas ramas. . las caraibas y baraúnas altas se recrean en las márgenes de los arroyos. Reverberan las infiltraciones de cuarzo por los cerros calcáreos. sin crepúsculos. echan brotes los mariseiros cuyas ramas resuenan al paso de la brisa. disimulando los tajos de las quebradas. dan lentas y desmesuradas vueltas en las alturas. redondeando las colinas. recortándolo en relieves imponentes de negras montañas. filtrándolos entre la fronda y dominando el renacer general. de vegetación invernal. tardes rápidas. Y cuando el viajero vuelve ya no encuentra el desierto. Se mueven lentamente. . las quixabeiras de hojas pequeñísimas y frutos que recuerdan cuentas de ónix. predilectas de los caboclos — es su hachís. Mas en el oscurecer de una tarde cualquiera de marzo. más verdes. se hinchan. por primera vez titilan vivamente.

pero todavía. formando un plano perfecto sobre el suelo. por fin. Representa el más señalable ejem­ plo de adaptación de la flora sertaneja. sustentándose en los tiempos de miseria gracias a la energía vital que economiza en las esta­ ciones benéficas. . estallando en flores blanquísimas. Le abre el seno afectuoso y amigo. como una bebida mágica— se extienden formando tapias. aquel pe­ dazo de sertón. estaría despoblado. desparramados por los llanos. a la manera de una planta ornamental cuidada por la solicitud de un práctico jardinero. impenetrables muros disfrazados en dimi­ nutas hojas. hasta en los días de bonanza. involucionando hasta prepararse para la resistencia. Y el sertón es un paraíso. algunas gotas de agua. poco a poco. reverdecen los angicos. gracias a las abundantes reservas guardadas en las raíces. continúan siendo la nota más feliz del deslumbrante escenario. Fiel amigo en las rápidas horas felices y largos días amargos de los vaqueros. tuvo un tallo más vigoroso y alto y fue decayendo. trepan por los escasos mariseiros.Es el árbol sagrado del sertón. . pues sus ramas curvas y entrelazadas parecen hechas a propósito para armar redes. Por entonces realza su porte. . Dominan la flora sertaneja en las épocas felices como los cereos melancólicos en los paroxismos estivales. El ganado. términos con que los matutos denominan las épocas de llu­ vias y de sequía. los araticuns a la orilla de los charcos. tan estéril que en él escasean los carnaubais tan provi­ dencialmente dispersos hasta las vecindades de Ceará. levanta en firme recorte la copa circular. El umbu es para el pobre matuto que allí vive lo mismo que la mauritia para los garaúnas de los llanos. codicia el zumo ácido de sus hojas. o salpicando los morros. y las baraúnas con sus flores en cascada. . destacándose. transpiran en la cáscara reseca de los árboles. en la intercalación de veranos fla­ mígeros e inviernos torrenciales. * Verde y magrem. reaccionando. se enrubian en motas los juás. modificándose según las exigencias del medio. . en hojas que pasan de un verde pálido a un rosa vivo en los brotes nuevos. Lo alimenta y mitiga su sed. — misteriosos árboles que presagian la vuelta de las lluvias y de las anheladas épocas del verde o el término de la magrem * — cuando el flagelo de la sequía está en su ple­ nitud. para desafiar las sequías interminables. les proporciona gratuitamente un inestimable brebaje que les da vigor para las largas caminatas y les quita la fatiga en instantes. los umbuzeiros. atrayendo la mirada. Las júrenlas. Si no existiese el umbuzeiro. predilectas de los caboclos — es su hachís. Y las reparte con el hombre. Así podados parecen grandes cascos esféricos. Tal vez. Y cuando llegan las épocas felices le da los frutos de exquisito sabor para preparar la umbuzada tradicional. sólo alcanzado por los bueyes más altos.

En un tumulto de vuelos desencontrados pa­ san. Los llanos de Venezuela. dos. las sabanas que continúan el valle del Mississipi. Se suceden mañanas sin par en las que la irradiación del levante en­ cendido tiñe de púrpura las eritrinas y destaca los festones multicolores de las begonias. . preparadas para los venados ariscos o los novillos escapados. seis meses de ventura. Es que pese a los largos veranos. extendido sobre los Andes — vasta terraza de dunas— se inscriben rigurosamente entre las primeras. no son incompatibles con la vida.Al mismo tiempo surge la fauna resistente de las caatingas. adornando con guirnaldas las umburanas de roja cor­ teza. disparan por las cuestas húmedas los caititus esquivos. aterrando a los mocos que hacen pareja para anidar en las cuevas de piedra. . . Hegel señaló tres categorías geográficas como elementos fundamentales que en unión con otros. feliz. el campesino anda por la huella conduciendo a los bueyes hartos y entonando su canción predilecta. las pampas inconmensurables y el mismo Atacama. saltan alegres en los altos pastos. las palomas silvestres que emigran. y las seriemas de voces quejosas y las sericóias vibrantes cantando en la arboleda. Pero no fijan al hombre a la tierra. los litorales y las islas. las flores y las hojas se despegan poco a poco y caen y la sequía se disbuja de nuevo en las ramas muertas de los árboles marchitos. . hasta que. imperceptiblemente. V UNA CATEGORIA GEOGRAFICA QUE HEGEL NO C IT O 8 9 Resumamos. y ruedan las turbas turbulentas de las maritacas estridentes. olvi­ dado de tristezas. y a las súbitas inundaciones. en bandadas. Así se van los días. en­ suciándose en los charcos los avestruces velocísimos. sordamente. corren por las mesetas altas. juntemos estas páginas dispersas. antes de caer en las trampas traicioneras. derribando árboles por la caatinga . Pasan uno. . . y las suguaranas. los valles fértiles profusamente irrigados. . . inflexiblemente rectilíneo. pasan en manadas por las tigüeras con el estruendoso estrépito de maxilares que se mueven. actúan sobre el hombre creando las diferencias étnicas: las estepas de vegetación raquítica o las vastas planicies áridas. mientras. Los surcan las notas de extraños clarines. . a las tormentas de arena. con un ritmo maldito. a la orilla de los bañados donde van a beber y el tapir deteniéndose un instante en su trote brutal. en bandadas. Los aires se animan en una palpitación de alas. a causa de la exuberancia de la tierra. los jabalíes de rubia canela.

disfraza la dureza de los barrancos. desunen. se los toma por parte esencial de la segunda. con la única variante del color. de una monotonía abrumadora. holladas en corridas locas por las catervas turbulentas de los tártaros errabundos. que se vigoriza en las épocas lluviosas. repelen. No atraen. se unen en curvas suaves a las lomas altas. Después. En la plenitud de las sequías son positivamente desiertos. como vimos. de pronto verdeantes. ahogado en la soledad de las planicies. Se aíslan las cumbres excavadas. La vege­ tación florece. como los árboles. Pero a los sertones del Norte. Es un monte frutal vastísimo y sin dueño. Con la desaparición de los solazos se anula la sequedad anormal del aire. la naturaleza no los abandona del todo. todo esto se termina. terriblemente oscuro. como las cordilleras y el mar. Si se los cruza en el verano. rápidas y dispersas ante los primeros fulgores del verano. Muestran siempre el mismo escenario. Al llegar las lluvias. la tierra se transfigura en mutaciones que contrastan con la desolación anterior. como un océano inmóvil. por esas planicies. de gramíneas y ciperáceas. aunque a primera vista se les equiparan. No se pueden atar a la humanidad por el vínculo nupcial del surco del arado. dispersan. la pedregosidad del suelo. Los vados secos se convierten en ríos. la atmós­ fera asfixiante. Tienen la fuerza centrífuga del desierto. sin olas y sin playas. el hombre. re­ dondea en colinas los rispidos bloques de piedra. lucha con las reservas almacenadas en los días de abundencia y en este combate feroz. cubre las grutas. anónimo. . Después todo esto se acaba. Vuelven los días torturados. la desnudez vegetal. Bárbaramente estériles. de tal manera que los grandes llanos surcados por ríos. o las estepas de Mongolia.Su flora rudimentaria. Pero cuando éstas no se prolongan al punto de originar penosos éxodos. para las so­ ciedades errantes de los pastores en continua movilidad. pero si se los cruza en invierno. En el paisaje hay nuevos tonos: la transpa­ rencia espacial resalta en las más ligeras líneas y en todas las variantes de forma y de color. y en las ocasiones en que los veranos se suceden sin la intermitencia de las llu­ vias. es un incentivo para la vida pastoril. Los ampara mucho más allá de las horas de desesperanza que acompañan el agotamiento de los últimos ojos de agua. el espasmo asombroso de la sequía. les falta un lugar en el cuadro del pensador germánico. maravillosamente exuberantes. La temperatura cae. se cree entrar exactamente en aquella primera división. Son un aislante étnico. en un constante armar y desarmar de tiendas. Y el sertón es un valle fértil. la atmósfera de los desiertos se levanta más profunda ante la expansión renacida de la tierra. Vuelven los días torturantes.

Los expresa el clásico Sahara — nombre genérico de la árida región dilatada desde el Atlántico al Indico. pasando de los desiertos a las florestas. (N . puesta en el medio. la Hiléia * portentosa del Amazonas 90. cosa inexplicable. Es que la morfología de la Tierra violenta las leyes generales de los climas. . entrando por Egipto y por Siria y asumiendo todos los aspectos de la enorme depresión africana al plateau arábigo quemante de Nedjed y avanzando desde allí hacia las arenas de las bejabans en Persia— y son tan ilógicos. de T . En lucha sorda. Por ellas pasa. sintetiza todos los climas del mundo. apenas se advierte en los parajes donde una montaña única. atados directamente a las variaciones del medio. La más interesante y expresiva de todas. los rechaza. Acabada la preponderancia del calor central y normalizados los climas. cuyo trazo está perturbado por inflexiones que van desde los singulares puntos donde la vida es imposible. Relegando a otras páginas su significación como factor de diferencia­ ción étnica. del extremo norte al extremo sur. La naturaleza no crea normalmente los desiertos. tiene un significado superior. .La naturaleza se complace en un juego de antítesis. una irrupción del Atlántico precipitándose. que el mayor de los naturalistas pensó que su génesis podía ser la acción tumultuosa de un cataclismo. . del pie a las cumbres. sobre el norte del Africa y desnudándola furiosamente. interfiriendo la frontera ideal de los hemisferios. entre los valles intensamente fértiles y las estepas más áridas. veremos su papel en la economía de la tierra. lo que de­ termina uniformidad favorable para la evolución de los organismos sim­ ples. la naturaleza reacciona. Los combate. los sertones imponen una división especial en aquel cuadro. a partir de los polos inhabitables. aunque se presente como una brillante hipótesis. que coloca a la Tierra en condi­ ciones biológicas inferiores a las de otros planetas. la existencia vegetativa progresa hacia la línea equinoccial. Bajo ella quedan las zonas exuberantes por excelencia. La fatalidad astro­ nómica de la inclinación de la elíptica. Pero siempre que el aspecto geográfico lo permite. Esta explicación de Humboldt. Aparecen a veces. donde los arbustos de otras zonas se hacen árboles y el régimen oscila en dos estaciones únicas. después de tocar la punta meridional de la paupérrima Arabia. en un terrible remolino de corrientes. De la extrema aridez a la exuberancia extrema. a la India opu­ lenta. el ecuador termal. bajo las líneas astronómicas que definen la exuberancia máxima de la vida. del Sahara que lo empuja hacia el norte. Por eso. cuyos efectos escapan a la razón de los ciclos * Hiléia: nombre que Humboldt dio a la gran región botánica que ocupa la mayor parte de la Amazonia brasileña y territorios limítrofes. bordeando el Pacífico por un extenso tramo — contrahecho collar de islas desiertas y excavadas— y buscando después en lento desemboque hacia el sur.).

surgen. como las de Australia. de un agente geológico notable. en sucesivas fases de transfiguraciones maravillosas. contra­ puestos a este criterio natural. a despecho de una esterilidad menor. emergiendo. las sabanas y las estepas más vivaces del Asia central. por ahora. tal vez pertenecen al punto singular de una evolución regresiva. Esto comenzó con un desastroso legado indígena. de un vasto mar terciario. Olvidémonos. por . quedando en adelante irremediablemente estéril porque. en otros pun­ tos los desiertos se anulan. se lo abandonaba. los llanos y las pampas de escasa vegetación. incoercible. y por fin. Cer­ caban con troncos el área en cenizas donde hubo una mata exuberante. por ejemplo. pero emocionantes para quien consigue entreverla a través de los siglos sin cuento. En la agricultura primitiva de los silvícolas. Aparte de esa tesis absolutamente inestable. COMO SE HACE UN DESIERTO Los sertones del Norte. crecen. lo cierto es que un com­ plejo de circunstancias les ha dificultado el régimen continuo. Imaginémoslos hace poco. geológicamente modernos. Anteriormente esbozamos algunas. que por largo tiempo negaron a la planta más humilde su apego a la tierra. el instrumento funda­ mental era el fuego. se inmovilizan poco a poco aprisionadas por las radículas de las gramíneas.históricos. en una retrospección en la que la fantasía se levanta sobre la gravedad de la ciencia. lleva­ das por los vientos. totalmente exhausto ese pedazo de tierra. la tierra como un organismo. La misma temperatura abrasadora acaba por darles un mínimo de presión atrayendo la afluencia de las lluvias. Renovaban el mismo proceso en la siguiente estación hasta que. las ramas después de secas se encendían en volcanes de fuego acrecidos por el viento. éste actúa brutalmente sobre la tierra y en todo el decurso histórico. De modo que si las extensas depresiones eternamente condenadas. indiferente a los elementos que provocan tumultos en su su­ perficie. pero tenaz. favore­ ciendo una flora más vivaz. y las arenas móviles. las planicies. De hecho. La cultivaban. Cortados los árboles por las filosas hoces de granito. asumió el terrible papel de hacedor de desiertos. el suelo árido y la roca estéril caen bajo la acción de los liqúenes que preparan la llegada de los frágiles lecitos. el hombre. va cambiando por asi­ milación. ya inútil. entorpecida siempre por los agentes adversos. vuelto caapuera — matorral muerto— como lo señala la etimo­ logía tupí. permanecen estériles.

según el testimonio de los viejos habitantes de las poblaciones aledañas del Sao Francisco. tierras de cultivo. abriéndoles los caminos y devastando la tierra. eran siempre de tipo arbustivo. la hirió a puntazos de pico. aquí y allí. va derribando a su paso y quemando. Durante meses seguidos se vie­ ron en el poniente. y dejó. vacías y tristes. fuera de la estrecha faja de los cañaverales de la costa. con nuevos árboles derribados y nuevas quemazones. donde no prospera la planta más exigua. que una vez más dejaba para formar otras en diferentes puntos. las grandes catas. enrojeciendo con el intenso colorido de las arcillas. Atacó a fondo la tierra.una circunstancia digna de destacar. los rigo­ res del clima la flagelaban. Al mismo tiempo. tenían al frente. destruidas. Del mismo modo se abren los fuegos. se le unió el sertanista ambicioso y bravo en busca de indígenas o de oro. Después vino el colonizador y copió el mismo proceder. en los sertones abusivamente divididos se abren extensísimos campos. el régimen francamente pastoril. Incluso a me­ diados de este siglo. con su extraño aspecto de inmensas ciudades muertas. Imaginen los resultados de semejante proceso aplicado sin variantes en el curso de los siglos. Desde los albores del siglo xvxi. entrando por las noches. libremente encendidos. espejando aquí y allá la figura doliente de la caatanduva siniestra. Lo agravó to­ davía al adoptar en forma exclusiva para el centro del país. El aborigen seguía abrien­ do campos. dejando la huella destructora en la marcha de las bandeiras. el incendio. totalmente distintas de la de la selva primitiva. pastizales sin límites. Ahogada por una flora que le oscurecía el horizonte y dificultaba peligrosamente las trampas tendidas al indio. y más allá la caatinga bravia. avasallando extensidades. sueltos en los soplos violentos del nordeste. Estas brutalidades atravesaron toda nuestra historia. removiéndola en las exploraciones a cielo abierto. sin fosos de contención. quedando estériles e ineptas para reaccionar con los elementos exteriores que se agravaban a medida que se ampliaban: la tierra se volvía piedra. la esterilizó con las escorias del oro. extendiendo el círculo de los estragos en nuevas caapueras. el mismo instrumento siniestro. la degradó corroyéndola con las aguas salvajes de los torrentes. se ahogaba en duros pastizales. iluminándoles la ruta. para siempre estériles. . el reflejo rubio de las que­ mazones. los exploradores que en 1830 avanzaron partiendo de la margen izquierda de ese río. las familias vegetales que surgían subsidiariamente en el suelo calcinado. cargando en vasijas de cuero las indispensables medidas de agua. necesitado de ver claramente las montañas que lo guiaban.

como se ve. la gran sequía. con la succión de los estratos. Pero aún puede extinguirlo. entre Beja y Bizerta.”. con las canículas. lo transformó y lo agravó. Lo demuestran las car­ tas reales del 17 de marzo de 1796. el hombre agregó un elemento más nefasto. Casi todos pasaban por la orilla del sertón de Canudos. que tanto abundaban y hoy quedan a distancias considerables. Allí están esos documentos preciados en relación directa con la región que pálidamente intentamos describir. Colaborando con los elementos meteorológi­ cos. Ya en esa época. la misma que tienen hoy para nuestros sertanejos. atribuyéndola a esas costumbres apuntadas. Si bien no lo creó. Hay otros de comparable elocuencia. Deletreando los antiguos mapas de ruta de los sertanistas del norte. las plantas tenían una función proverbial. en el desemboque de los valles. que arruinó al norte entero. Lo demuestra una comparación histórica. la quemazón fue suplemento de la insolación. intrépidos caatingueiros que pleiteaban con los bandeirantes del sur. Y al terminar la sequía legendaria de 1791-1792. Es que el mal es antiguo. Y hablan de los "campos fríos (ciertamente a la noche por la irradiación intensa del suelo desprotegido) cortando leguas de caatinga sin agua ni caravatá que la tuviese y remediando a la gente sólo con raíces de umbu y mandacaru” en la penosa apertura de las picadas *. el gobierno de la metrópoli. estableció como correctivo único. la severa prohibición de cortar las florestas. El hacha del caatingueiro auxilió a la degradación de las tormentas.El gobierno colonial lo había previsto. desde Bahía a Ceará. con la erosión eólica. como dicen todavía los viejos sertanejos. con parada en Monte Santo. en busca de las "minas de plata” de Melchior Moreia 91. con las repentinas tempestades. nombrando un juez conservador de bosques. . corrigiendo el pasado. Quizá hizo el desierto. y la del 11 de junio de 1799 por la que se decreta que "se prohíba la indiscreta y desordenada ambición de los habitantes (de Bahía y Pernambuco) que tienen asolados a hierro y fuego preciosos bosques. con sucesivos decretos intentaron ponerle coto. etc. atravesando normalmente el caprichoso curso lleno de vericuetos de los * Carta de Pedro Barbosa Leal al Conde de Sabugosa 92. entonces llamado Pico-Aragá por los tapuias. todavía encuentra. . . Desde 1713. La tarea no es imposible. con el nordeste. que intervino en la correlación de fuerzas de ese clima demoledor. a cada paso se descubre alguna alusión relativa a la rudeza de los parajes que atravesaban. COMO SE EXTINGUE UN DESIERTO Quien atraviesa las planicies elevadas de Túnez. Por mucho tiempo dominó esta preocupación. al borde del Sahara.

Después de la destrucción de Cartago. expuestas a la evaporación. era como en los sertones de nues­ tro país. los romanos habían tomado sobre sus hombros la empresa incomparablemente más seria de vencer el antagonismo de la naturaleza. Fue el granero de Italia. Caía sobre la tierra desnuda. además de inútil. Viejos muros derruidos. Al sur parecía avanzar el desierto. dejando el suelo. durante algunas semanas inundaba las planicies y luego desaparecía por el norte y por el levante. la abastecedora casi exclusiva del trigo de los romanos. terminaron por actuar sobre el clima mejorándolo. cubiertos en parte por los detritos de veinte siglos. Finalmente. Advirtieron con seguridad el defecto original de la región. los franceses les copian los procedimientos sin nece­ sidad de levantar murallas monumentales y dispendiosas. o las transbordaban por canales laterales a los sitios más bajos donde se abrían en acequias que irradiaban hacia todas partes embebiendo el suelo. Y ahí dejaron el bellísimo rasgo de su expansión histórica. esos legados de los grandes colonizadores delatan al mismo tiempo su actividad inteligente y el abandono bárbaro de los árabes que los sustituyeron. De modo que este sistema de represas. hacia el Mediterráneo. restos de antiguas construcciones romanas. pero que hasta entonces se reducía a un litoral poblado por traficantes o nómadas con sus tiendas de techos curvos blanqueando los arenales como quillas hundidas. El régimen torrencial que es intensí­ simo en ciertas épocas. cedió ante una red de barreras. donde habían anclado los hijos predilectos de los fenicios. se vio transfi­ gurada en la tierra clásica de la agricultura antigua. con revestimientos de piedra lisa. Túnez. desa­ rraigando la poca vegetación apenas aferrada a un suelo endurecido. después de una revitalización transitoria. creó un esbozo de irrigación general. además de otras ventajas. nivelando los últimos acci­ dentes que no doblegaba la fuerza del simún. a manera de . determinando alturas pluviométricas mayores que las de otros países fértiles y exuberantes. aquellas superficies líquidas esparcidas en innumerables ríos y no resumidas en un Quixadá único 9S. Encadenaron los torrentes. Los torrentes se dividieron en distintas corrientes por las barreras de las murallas que cerraban los valles y los oueds detenidos entre las sierras conservaban por largo tiempo las grandes masas líquidas hasta entonces perdidas. tenazmente comba­ tido y bloqueado. entre muros de piedras y tierra. dominando todo el paisaje. estéril menos por la escasez de lluvias que por su pésima distribución adscrita a los relieves topográficos. Lo corrigieron. Los romanos lo hicieron retroceder.oueds. Represas con empalizadas de estacas. Excluido el arbitrio de las irrigaciones sistemáticas tan difíciles. monumental e inútil. Por otra parte. repre­ saron las fuertes correntadas y aquel régimen brutal. consiguieron que las aguas permanecieran durante mayor tiempo sobre la tierra. En la actualidad. nefasto. más despojado y árido.

que perduró. la estructura y la conformación del suelo. del bello espíritu del consejero Beaurepaire-Rohan9 4 . mal protegida por una vegetación marchita que las . y finalmente. la influencia de aquéllas es manifiesta desde que se considere que la capacidad absorbente y emulsiva de las tierras expuestas. En aquella oportunidad. hacen canales que derivan hacia las tierras circundantes. . diques inmensos formando Caspios artificiales. como para caracterizar bien el fracaso completo de la inge­ niería ante la enormidad del problema. De las discusiones entonces celebradas. en millares de válvulas de escape. por las derivaciones cruzadas. se idearon lujosas cisternas de piedras. factible. cuando se dibuja sin gran precisión todavía. en las que fueran sepultadas las teorías de los mejores científicos del momento — desde la sólida experiencia de Capanema hasta la singular mentalidad de André Rebougas9 5 — fue la única teoría práctica. las aguas salvajes se detienen. efecto de la enseñanza his­ tórica. . la inclinación de los estratos y la rudeza de los relieves topográficos. sin tomar la fuerza de las inundaciones violentas. De modo que. los oueds mejor dispuestos y en lo alto de sus bordes y a todo lo largo de las serranías que los rodean. los superó. volviendo a su fisonomía antigua. miría­ das de pozos artesianos perforando las planicies. sin embargo. el mapa hipométrico de los sertones del Norte. evidentemente era la más lógica.palancas. verdaderamente útil. Es que. De esta manera. Y el histórico paraje. se aquietan. La propuesta más modesta. entre los agentes determinantes de la sequía se intercalan apreciablemente. Surgió hace mucho tiempo. Ahora bien. la tierra. liberado de la apatía del musulmán inerte. Sea cual fuere la intensidad de las complejas y remotas causas que anteriormente esboza­ mos. en memorables sesiones del Instituto Politécnico de Río. pasando de las insolaciones interminables a las inundaciones súbitas. después de una declinación de siglos. se aprecia que se adaptan a una tentativa idéntica. quizá sugestionado por la misma com­ paración que acabamos de hacer nosotros. Francia salva los restos de la opulenta herencia de la civilización romana. formando redes de irrigación. aman­ sadas. depósitos colosales para las reservas acumuladas. diseminándose finalmente. ¡estupendos alambiques para la destilación de las aguas del Atlántico!. La idea no es nueva. además de práctica. E L MARTIRIO SECULAR DE LA TIERRA Realmente. en 1877. que hablaba por el más elemental de sus ejemplos. de resultados igualmente seguros. se trans­ forma. agravan al mismo tiempo los topes de calor y la degradación intensiva de los torrentes.

Francia los utiliza hoy sin variantes. . Apenas cae una lluvia en esos pedre­ gosos campos. . fecundas áreas de cultivo. porque los numerosos y pequeños diques uniformemente distribuidos.primeras queman y las segundas erradican. El proceso que señalamos en esta breve recordación histórica. nos dispensa de mayores pormenores técnicos. por su misma simplicidad. produciendo verdaderas avalanchas que destruyen todo a su paso. a los veranos siguientes. la golpean y esterilizan. La desnudan brutalmente. de escasa vegetación. preparan de alguna manera a la región para mayores tragedias. . la surcan con canales de rispidos contornos. . se formarían. donde corren sus ríos. a pesar de la revitalización que traen. reviviendo el trazado de cons­ trucciones antiquísimas. * “ . pero lo que hay que combatir y vencer en los sertones del Norte es el desierto. Las cisternas. y se fijaría una situación de equilibrio en la inestabilidad del clima. Nace del martirio secular de la Tierra. se deja invadir poco a poco por el régimen francamente desértico. la influencia moderadora de un mar interior de fun­ damental importancia. exponiéndola cada vez más desprotegida. con el correr del tiempo. pozos artesianos y los inmensos lagos como el de Quixadá. . Notas sobre a Varaíba 96. El martirio del hombre allí es reflejo de una tortura mayor que abarca la economía general de la Vida. son aquéllas las únicas pasibles de modificaciones apreciables. De esta manera. Las fuertes tempestades que apagan el incendio sordo de las sequías. Amuralladas las cuencas inteligentemente seleccionadas y a cortas distancias. originados en la fatalidad de las leyes astronómicas o geográficas inaccesibles a la intervención humana. la última de las consecuencias de la sequía: la sed. Yoffiley. por toda la extensión del territorio sertanejo. en las proximi­ dades de la red de derivaciones de las aguas. sobrevendrían tres consecuencias inevitables: se atenuaría considerablemente el drenaje del suelo con sus lamentables consecuencias. . la dejan aún más desnuda ante los adustos rayos del sol. El régimen recorre con deplorable intermitencia un círculo vicioso de catástrofes *. ejercerían. las aguas siguen incontinenti por los surcos y arroyos. y cuando desaparecen. I. es digno de mencionarse el fuerte declive hacia el mar que existe en las tierras del sertón. tienen un inapreciable valor local. al constituir una dilatada superficie de evaporación. la única medida que se debe tomar es corregir estas disposiciones naturales. de modo general. No hay que arbitrar otro recurso. pues buscan atenuar. . . Dejando de lado los factores determinantes del flagelo.

Maldición sobre la Jerusalén de barro. Las oraciones. Régimen de la urbs. Hombre grande para el mal. El rodeo. La sequía. Función histórica del río Sao Francisco. El vaquero. Un heresiarca del siglo II en plena Edad moderna. Monte Santo. Gru­ pos de valientes. Religión mestiza. mediador entre el bandeirante y el sacerdote. Tradiciones. Los . Causas favorables para la formación mestiza de los sertones. IV — Antonio Conselheiro. Ais­ lamiento del desierto.— Canudos: antecedentes. Profecías. la génesis de las razas mestizas del Brasil es un pro­ blema que por mucho o tiempo aún desafiará el esfuerzo de los mejores espíritus. II. Una raza fuerte. Varia­ bilidad del medio físico y su reflexión en la historia. Los vaqueros. Un gnóstico rudo. distinguiéndola de los cruzamientos en el litoral. Camino al cielo. Fundaciones jesuítas en Bahía. Tentativas de reacción legal. Hégira hacia el sertón. Cómo se forma un monstruo. ¿Por qué no predicar contra la República? Una misión abortada. documento vivo de atavismo. La formación brasileña del norte. Crecimiento vertigino­ so. Factores históricos de la religión mestiza. Antecedentes de fa­ milia: los Maciéis. Población multiforme.— Génesis del jagun50 : colaterales probables de los paulistas. El arreo. Leyendas. Carácter variable de la religiosidad sertaneja.— Complejidad del problema etnológico del Brasil. Acción del medio en la fase inicial de la formación de las razas. Servidumbre inconsciente: vida pri­ mitiva. En el dominio de las investigaciones antropológicas brasileñas se encuentran nombres muy dignos de nuestro movimiento intelectual. Represen­ tante natural del medio en que nació.EL HOMBRE 1. Las misiones actua­ les. I COMPLEJIDAD DEL PROBLEMA ETNOLOGICO DEL BRASIL Adscripta a influencias que intercambian en grados variables tres ele­ mentos étnicos. Tipos dispares: el jagunco y el gaúcho. Pedra Bonita. El templo. I I I — El sertanejo. La caída. Peregri­ naciones y martirios. Preceptos de ultramontano. Las prédicas. Policía de bandidos. Una vida con buenos auspicios. V. Primeros reveses. Apenas está esbozado.

no originaron idénti­ cas tentativas. nos desvia­ ría demasiado de nuestro objetivo. fue. parece definiti­ vamente afirmado. Así es que conocemos los tres elementos esenciales y. externos. Autónomo entre las razas se erige el homo americanus 97. se realiza por el ejercicio intensivo de la ferocidad y de la fuerza. el autoctonismo de las razas americanas. más que en cualquier otra parte. La parte primordial de la cuestión quedó aclarada. tan numerosos en la época del descu­ brimiento. se puede afirmar que poco avanzamos. la rara lucidez de Trajano de Moura. Nina Rodrigues9 8. Sea que resulten del "hombre de Lagoa Santa” cruzado con el precolombino de los "sambaquis”.estudios sobre la prehistoria indígena muestran modelos de observación sutil y brillantes conceptos críticos. Pero si no consideramos las alternativas y todos los pasos inter­ medios de ese entrelazamiento de tipos antropológicos de grados dispares en sus atributos físicos y psíquicos bajo los influjos de un medio variable. totalmente caracterizado. que nos une a la vibrátil estructura del celta. El negro bantú o cafre. Además de faltarnos competencia. a América como un centro de creación desligado del gran vivero del Asia Central. ciertamente. con discordantes aspectos y opuestas condi­ ciones de vida. No vamos a repetirlas. con grandes modificaciones por ulteriores cru­ zamientos y por el medio. En cuanto al factor aristocrático de nuestra gens. Escribimos todas . hijo de tierras adustas y bárbaras. contrariando el pensamiento de los caprichosos cons­ tructores del puente Aléutico. Ahora bien. analizó cuidadosa­ mente su religiosidad tan original e interesante. está a su vez. gracias a los cuales. trajo los atributos preponderantes del homo afer. se destacan el nombre de Morton. En este gran esfuerzo. nuestro eterno desprotegido. completado por la profunda elaboración pa­ leontológica de Wilhelm Lund. las inves­ tigaciones convergieron hacia la definición de su psicología especial y consiguieron trazar algunas conclusiones seguras. a pesar del com­ plicado entrecruzamiento de donde emerge. hasta en este punto. bajo sus diferentes formas. con sus exactos caracteres antropológicos. Sólo en los últimos tiempos. con sus varias modalidades. aunque imper­ fectamente. Esclarecido de este modo el origen del elemento indígena. un tenaz investigador. la intuición genial de Frederico Hartt. la organización científica de Meyer. Los otros dos elementos formadores. capaz de cambiantes climas. pueden ser considerados tipos en vías de desaparición de viejas razas au­ tóctonas de nuestra tierra. sea que deriven. y muchos otros cuyos trabajos refuerzan los de Nott y Gordon en el definir. donde la selección natural. de una manera más com­ pleta. de alguna raza invasora del norte. de la que se supone son oriundos los tupís. el portugués. cualquiera fuere el ramal africano aquí trasplantado. las condiciones históricas adversas o favorables que sobre ellos actuaron. nuestros indígenas. el medio físico diferenciador y aún.

al negro bantú. vemos que en esta hipótesis favorable no resulta de ellos el producto único inmanente a las combinaciones binarias. del curiboca y del cafuz. en un mestizaje embarullado donde se destacan como productos más característicos el mulato. la combi­ nación ternaria determina. a su vez. Se puede modificar como se modifican todas las leyes ante la presión de los datos objetivos. El tipo abstracto de brasileño que se busca. substituyéndose por los derivados. mamaluco. Por el contrario. en una fusión inmediata en la que se yuxtaponen o se resumen sus caracteres. por extravagante indisciplina mental. Es fácil demostrarlo. para el caso no basta que pongamos uno de­ lante del otro. productos del negro y del blanco. unifi­ cados y convergentes en un tipo intermedio. * Respectivamente. . con las capacidades que les son propias. en el caso más simple. Los propósitos primeros de las investigaciones se desubican y perturban ante estas reacciones que no expresan una re­ ducción sino un desdoblamiento. sin reducción alguna. mostrando el serio problema. no se unifican. Teóricamente sería el pardo. del tupí y del negro. sólo puede surgir de un entrelazamiento considera­ blemente complejo. si se mira que aquéllas conllevan. el mameluco o curiboca y el cafuz *. Hay una regla que nos orienta cuando salimos a indagar la verdad. cuando en lugar de la combinación binaria que la ley presupone. intactas. se desdoblan y originan un número igual de subformaciones. Pero aunque. aunque preferentemente aplicado al segundo. al indio guaraní y al blanco. del blanco y del tupí (cari-boc: que procede del blanco). pero no develamos todas las incógnitas. Esta es abstracta e irreduc­ tible. agravándose y dificultándose. Los elementos iniciales no se resumen. De mamá: mezclar y ruca: sacar. evidentemente. alguien intentase aplicarla desprendida de la intervención de esos datos. incluso en el caso favora­ ble arriba afirmado. Por lo pronto. aplicando al conjunto la ley antropológica de Broca99. Los abarca como término genérico. la palabra mameluco o mejor. Es que. innumerables modalidades de acuer­ do con el variable dosaje de sangres.las variables de una fórmula intrincada. Dejemos de lado innumerables causas perturbadoras y consideremos sólo los tres elementos constituyentes de nuestra raza en sí mismos. No nos dice cuáles son los factores que pueden atenuar el influjo de una raza más numerosa o más fuerte. se da una combinación de tres factores diversos adscriptos a las vicisitudes de la historia y de los climas. ni qué causas pueden atenuar o matar ese influjo. en el que convergen los sucesivos cruces del mulato. Mamá-ruca: sacado de la mezcla. no simplificaría el problema. binarias. otras tres. Y el estudio de estas subcategorías sus­ tituye al de las razas formadoras.

Y estructuran fantasías que caen al más leve choque de la crítica. cuando. Como quiera que sea. Surge el mulato.Pero si se consideran las condiciones históricas que actuaron de modo diferente en los distintos territorios del país. con discutible autoridad. Otros van demasiado pegados a la tierra. en efecto. los rasgos caracte­ rísticos del aborigen. hacia lo cual tienden tanto el mulato. Porque no tenemos unidad racial. los mate­ riales objetivos ofrecidos por las circunstancias mesológicas e históricas. la función se­ cundaria del medio físico y decretan la extinción casi completa del indígena y la influencia decreciente del africano después de la abolición del tráfico negrero y así prevén la victoria final del blanco. El tema se va volviendo multiforme y dudoso. Ahora bien. Otros alargan más el devaneo. Comienzan por excluir. Exageran la influencia del africano. como el caboclo. Pensamos que esto sucede porque la meta esencial de estas investiga­ ciones se reduce a la búsqueda de un tipo étnico único. Sometidos a la penosa tarea de subordinar sus investigaciones a condiciones tan com­ plejas. . estas rápidas consideraciones explican los dis­ pares puntos de vista que reinan entre nuestros antropólogos. de reaccionar en muchos puntos contra la ab­ sorción de la raza superior. y atendiendo aun a la introducción de otros pueblos — por las armas en la época colonial y por las inmigraciones en nuestros días— hecho que a su vez. Y de esta metaquímica extraen algunos precipitados ficticios. Algunos afirman a priori. En sus devaneos no faltan el metro y la rima. Existe un exceso de subjetivismo entre quienes. en los últimos tiempos. la mayor o menor densidad con que éstas se cruzaron en variados puntos del país. por cierto. meditan sobre cosas tan serias con una volubilidad algo escandalosa si se miran las proporciones del tema. difundida en medio de extravagantes fantasías que. se ve bien que aquella formación es realmente dudosa cuando no absurda. más nume­ roso y más fuerte. son estériles. las disparidades climáticas que ocasionan reacciones diversas diversamente soportadas por las razas constituyentes. como término general de una serie. Lo proclaman el tipo más característico de nuestra subcategoría étnica. provocando la irrupción de una cuasi ciencia. capaz. entrelazan y funden a las tres razas según los caprichos que los empujan en el momento. se los exageró. Después arrojan. Amplían la influencia del último. se han dedicado con preferencia a la preponderancia de los facto­ res étnicos. entre nosotros. en gran parte. porque invaden la ciencia en la vibración rítmica de los versos de Goncalves Dias 100. en quien se apagan más rápidamente aún. forma cada vez más diluida del negro. a más de osadas. hay muchos. no fue y no es uniforme. dejando de lado la gran influencia que éstos han tenido y que no negamos.

deter­ . por su misma estructura. Lo demuestran los resultados más recientes y son los únicos dignos de fe. Sobre este propósito debemos hacer algunas consideraciones. creando climas ecuatoriales en altas latitudes o regímenes templados entre los trópicos. el astronómico y el geográfico. Nuestra evolución biológica exige la garantía de la evolución social. VARIABILIDAD DEL MEDIO FISICO Contrariando la opinión de los que limitan los países calientes a un desa­ rrollo de 30° de latitud. Además de sobrepasar la demarcación teórica común. Estamos destinados a la formación de una raza histórica en un futuro remoto.Quizá no la tendremos nunca. La afirmativa es segura. y como transi­ ción. las causas naturales más próximas y particulares. Un clima es como la traducción fisiológica de una condición geográfica. otra templada de Sao Paulo a Río Grande pasando por Paraná y Santa Catarina. Toda la climatología. La re­ fuerza otro elemento igualmente ponderable: un medio físico amplio y variable. con una temperatura media de 2 6 °. otra subtropical que se extiende por el centro y norte de algunos estados. muestra con preferencia y en cual­ quier parte adicta. ese límite es exage­ rado. Estamos condenados a la civilización. Las indicamos en rápidos trazos. el Brasil está lejos de incluirse en esa categoría. O progresamos o desaparecemos. Bajo este aspecto invertimos el orden natural de los hechos. Estas lo subdividen en tres zonas claramente distintas: una francamente tropical que se extiende por los estados del norte hasta el sur de Bahía. excluye los relieves naturales que atenúan o refuerzan los agentes meteorológicos. completado por la variación de las situaciones históricas que en gran medida. aparecen modalidades que todavía los diversifican. No la sugiere sólo esa heterogeneidad de elementos ancestrales. Y definiéndolo de este modo concluimos que nuestro país. Ahora bien. Así quedan claramente delimitados tres habitat distintos. proyectada en un dilatado tiempo. de él dependieron. igualmente entre las líneas más o menos seguras de éstos. desde Minas a Paraná. no se adecúa a un régimen uniforme. de las investigaciones meteorológicas. Bajo un doble aspecto. inscripta en los amplios lincamientos de las leyes cosmológicas generales. entre las isotermas 15° y 2 0 °. si lo permite una vida nacional autónoma. La disposición orográfica brasileña. de fuertes masas elevadas que se orientan prolongando el litoral perpendicularmente al rumbo SE.

A partir de los trópicos. en la travesía de las caatingas ralas y marchitas. que siguiendo este rumbo son imperceptibles. creando anomalías climatológicas muy expresivas. transformándose en sertones bárbaros por los que corren ríos efímeros. hacia el ecuador. abarcando extensas superficies hacia el interior. Extendida hasta los parajes septentrionales se ve la misma naturaleza exuberante en los grandes montes que hay por la costa. A una distancia menor de cincuenta leguas. en llanos desnudos que se suceden. El contraste es abrumador. Sorpresivamente se entra en el desierto. que había precedido a la paulista en el penetrar hacia los misterios de tierra adentro. se señalan claramente en el primero.mina las primeras distinciones en amplias zonas de territorio que están situadas al oriente. obstáculos más serios que la agitada ruta marítima o montañosa. De hecho. por lo que la observación rápida del extranjero se imagina una dilatada región vivaz y fértil. matriz de su interesante morfogenia. persiste inalterable. los grupos humanos que en los dos primeros siglos de poblamiento golpearon las playas del norte. su caracterización astronómica. las florestas enmascaran vastos territorios áridos que retratan en las áreas desnudas las inclemencias de un clima en el que los grados termométricos e higrométricos progre­ san en relación inversa. cede a las causas secundarias perturbadoras. Lo revela un corto viaje hacia el occidente partiendo de un punto cualquiera de la costa. indefinidamente. tuvieron en su traslado hacia el oeste en busca del interior. En la extensa faja de la costa que va desde Bahía a Paraíba. aparecen dos regiones totalmente opuestas. Entonces el encanto de la bella ilusión se quiebra. Y por cierto. se esteriliza y deprime. la misma flora. viola las leyes generales que lo regulan. Lo que no ocurre de los trópicos hacia el sur. Es un hecho conocido. decae la grandeza de las montañas. un clima altamente mejorado por la altitud y la misma imagen animadora de los aspectos naturales. dadoras de opuestas condiciones de vida. a partir del paralelo 13°. el clima totalmente subordinado al aspecto geográfico. formando un escenario desmesurado adecuado para los cuadros dolorosos de las sequías. desaparecen los grandes montes. Allí. Las diferencias en el régimen y en los aspectos naturales. La naturaleza se empobrece. la urdimbre geológica de la Tierra. los meridianos van hacia el norte. . Pero. Se define anormalmente por las lon­ gitudes. El fracaso de la expansión bahiana. se ven transiciones más acentuadas: mientras los para­ lelos acompañan el rumbo a occidente. por las latitudes. creando las mismas condiciones favorables. extremándose exageradamente. es el ejemplo saliente.

). desafía en benignidad al admirable régimen de la Europa meridional. (N . absolutamente distintos por el régimen meteorológico. Toda la imponencia salvaje. Ninguna se le asemeja. éstos desaparecen en el corazón de las altiplanicies frente al SO que. como sucede más hacia el norte. de un suelo que germina en fantástica vegetación. aparecen allí. La tierra mues­ tra esa manageability of nature * de que nos habla Buckle y el clima tem­ plado caliente. toda la exuberancia inconcebible. unidas a la brutalidad máxima de los elementos. agravando la inesta­ bilidad del clima continental y sometiendo a las tierras centrales a un régimen brutal. ideó para el Brasil. sin los rasgos exageradamente dominantes de las montañas. Ahora bien. En páginas anteriores vimos que el SE. que el gran pensador.El ancho muro de la cordillera granítica que cae a plomo sobre el mar. de T . ya muestran una diferencia esencial entre el sur y el norte. estas amplias divisiones. Ninguno se le equipara en el juego de las antítesis. Su imagen apa­ rente es de una benignidad extrema: de tierra aficionada a la vida. es sustituido en los estados del sur por el NO y en los extremos septentrionales por el NE. el paisaje se revela más opulento y amplio. por las faldas interiores decae suavemente en vastos planos ondu­ lados. esconde el germen de cata* Manageability of nature: en inglés en el original: flexibilidad de la naturaleza. Es la escarpa abrupta y viva de las altiplanicies. francas y portentosas. Contemplándolas. la naturaleza equilibra las exageraciones de Buckle. origi­ nando desproporcionadas amplitudes termométricas. A su vez. Tomaremos los casos más expresivos. se lanza hacia el Mato Grosso. apenas esbozadas. en el Mato Grosso. paradojalmente. por la disposición de la tierra y por la transición variable entre el sertón y la costa. como un hálito fuerte de los pamperos. que es el regulador predomi­ nante del clima de la costa oriental. en precipitada generalización. . Soplando desde las altas planicies del interior. evitando explayarnos extensa­ mente sobre el tema. Sobre estos escenarios. Haciendo un análisis más profundo descubriremos aspectos particulares más agudos todavía. el NO prepondera en toda la extensa zona que va desde las tierras elevadas de Minas y de Río hasta Paraná pasando por Sao Paulo. de naturaleza fecunda erguida en la apoteosis triunfal de los días deslum­ brantes y serenos. incluso con la frialdad de las observaciones de los naturalistas poco ave­ zados en los aspectos descriptivos. Pero esta placidez opulenta. harto irrigado por ríos que irradian hacia los cuatro puntos cardinales. En efecto. No lo regula con exclusividad el SE. se ve que aquel régimen climatológico anómalo es el rasgo más hondo de nuestra variabilidad mesológica. Es excepcional. distinto de los que vimos rápidamente delineados.

negrea el horizonte. el vendaval sacude violen­ tamente la tierra. Se desploman las casas. la presión dismi­ nuye y crece sin cesar el malestar hasta que se forma en los aires inmo­ vilizados el componente formidable del pampero y resurge estruen­ dosa la tormenta. quedan aislados los morros. hacia el sur. uniendo todas las nacientes de los ríos y embarullando los lechos en mares indefinidos. las chozas destruidas. hacia el éste. si se vuelve a mirar el cielo. las últimas olas barrosas de los arroyos desbordados. ni las ramas de los árboles se mueven. ahogando la vida. en una inundación única. y el hombre. La tem­ peratura cae en minutos y en pocos instantes. de eclipse. Los troncos y las ramas de los árboles partidos por los rayos. Desde ese punto sopla después una brisa cuya velocidad va creciendo rápidamente hasta convertirse en fuerte ventarrón. No podemos describirlos. el divortium aquarum impreciso que las atra­ viesa. encuadrada por el mismo lúgu­ bre escenario.clismos que irrumpiendo siempre con un ritmo inquebrantable. Después de soplar algunos días las bocanadas calientes y húmedas del NE. dan testimonio de la embestida fulminante del flagelo. ¡ni una nube! El firmamento lím­ pido se arquea iluminado por un sol oscuro. asustada. ¡Y una hora después el Sol irradia triunfalmente en el cielo purísimo! Los inquietos pájaros cantan por las frondas chorreantes. el clima de Pará. Entonces. Días después los vientos soplan suavemente otra vez. Fulguran los relámpagos. La presión decae lentamente. los techos por tierra. Las aves se acogen a sus nidos suspendiendo sus vuelos y allí se esconden *. Joáo Severiano da Fonseca. el aire es sua­ vizado por soplos acariciantes. las planicies se vuelven lagos. se desencadenan con el rigor implacable de una ley. la temperatura empieza a subir de nuevo. El cataclismo irrumpe como un arrebato en la espiral vibrante de un ciclón. en el verano. desparramados por los vientos. en rodeos turbulentos. el mismo círculo vicioso de las catástrofes. * Dr. incluso a través de las lúcidas observaciones de Bates 10a. . Los brasileños de otras latitudes apenas lo comprenden. . reviviendo el mismo ciclo. Pero. los montes en una quietud que da miedo. se doblan y su­ cumben los carandas seculares. Es un asalto súbito. Ahora bien. Vamos a esbozarlos. estallan en truenos los cielos y un aguacero torrencial cae sobre esas vastas superficies destrozando. los aires se inmovilizan por cierto tiempo. en un descenso continuado. Viagetn ao redor do B ra sil 101. . despunta en contraste con esas manifestaciones. poco a poco. la vegetación volcada por los campos como si sobre ella hubiesen pasado búfalos en tropel. avanzando hacia el norte. contempla los estragos en medio del renacer universal. Por momentos. un cúmulo compacto de bordes de cobre oscuro. "la naturaleza parece quedar extática. dejando los refugios donde tuvo que buscar protección para su vida. parecen cuerpos sólidos.

muertos. La creciente detiene la vida. hacia el oeste. . gajos apenas cubiertos por hojas quemadas y marchitas. el hom­ bre. Allí. sobre la tierra inmóvil bajo el espasmo enervante de un bochorno de 35° a la sombra. El Amazonas salta fuera de madre y en pocos días se levanta a diecisiete metros sobre su nivel. se expanden soplos fríos del sur. no puede negarse. "A la mañana siguiente el Sol se levanta sin nubes y de este modo se completa el ciclo.Madrugadas templadas de 23° centígrados. Y en seguida. los igapós verdeantes. en el círculo estrecho de veinticuatro horas. dentro de la atmósfera ardiente del Amazonas. * Draenert. sin embargo. Tal régimen provoca un parasitismo franco. se presentan. O clima do B rasil 10s. No bastan las intermitencias de las crecientes y las bajantes. espera la terminación de ese invierno parado jal. suceden inesperadamente a noches lluviosas. días que irrumpen como apoteosis fulgurantes revelan­ do transformaciones inopinadas. tornando imposible la continuidad de cualquier esfuerzo. con raro estoicismo ante la fatalidad. árboles. Es la revitalización de la actividad rudimentaria de los que allí viven. apare­ cen cubiertos de flores. pantanos convertidos en prados. Mientras tanto. La constancia de tal clima hace que no se adviertan las estaciones que. La temperatura tiene durante todo el año una oscilación no mayor de I o o 1. Muchas veces. en el Alto Amazonas. Preso en las mallas de los igarapés. en el transcurso de un día sereno y claro. ramas viudas de las flores recién abiertas. cuando muertos en el aire quieto se diluyen los últimos soplos del este. en paranamirins entrecruzados en una red complicadísima de mediterráneo cortado por fuertes corrientes. de altas temperaturas. entre las cuales emergen.5°. el termómetro es sus­ tituido por el higrómetro en la definición del clima. Y todavía. en la plenitud de los calientes veranos. rítmicas. mutaciones completas: flo­ restas silenciosas. del único modo compatible con una naturaleza que se desborda en dispares manifestaciones. primavera. en furos. Así la vida se equilibra en una constancia imperturbable. aislados. Estos crecen siempre de manera asombrosa. Todo depende de una alternativa dolorosa de las bajantes y las crecidas de los grandes ríos. se extiende en vastos mares. Otros hechos hacen que sean inútiles para el forastero todas las tentativas de aclimatación. en abril o mayo. verano y otoño en un solo día tropical” *. se destacan otras anomalías que lo agravan aún más. como el sístole y el diástole de la arteria mayor de la Tierra. La bajante es el verano. manifestaciones diversas caracterizan un nuevo habitat que. cuyos pétalos se desprenden y caen. impone una aclimatización penosa a todos los hijos de los territorios limítrofes. abreviadas en las horas de un solo día. en este clima singular. en plena creciente. en la víspera desnudos. El hombre bebe la leche de la vida chupando los vasos húmedos de las sifónias.

se muestran tal vez más duramente. y aquella naturaleza maravi­ llosa del ecuador. quedan vacíos los nidos. ésta se ejercita. Sin duda. . Y por algunos días se establece una situación insólita. Acabemos estos rápidos diseños. al estudiar nuestra fisiología. Se despueblan esas grandes soledades inundadas. bajo otras formas. ya lo vimos. helados. mueren las aves en los bosques silenciosos o emigran. pero aparecen todos. con el aspecto periódico inmanente de las leyes naturales inviolables. reflejan a su vez. la selección natural se opera a costa de compromisos graves con las funciones centrales del cerebro. Ahora bien. De ahí los errores en que incurren los que generalizan. enervaciones peligrosas pese a la acuidad de los sentidos y mal cuidadas por la sangre empobrecida de las hematosis in­ completas. sobre el cual cae pesadamente la sobrecarga de la vida: organizaciones enfermas por la alternativa persistente de exaltaciones impulsivas y apatías enervadoras. Los sertones del Norte. hasta el Mato Grosso. En tal medio. de pronto. la acción exclusiva de un clima tropical. El calor húmedo de los parajes amazónicos deprime y agota. entre el desarrollo intelectual y el físico. Se produce un hiato en las actividades. sin la vibratibilidad. nuevos regí­ menes. muestra un simulacro cruel de la desolación polar y lúgubre. afirmando inexorablemente la victoria de las expansiones instintivas y . en casi toda la costa marítima del Norte y en gran parte de los Estados que le corres­ ponden. mueren los peces en los ríos. Los aventureros expertos que espoleados por la ganancia se arriesgan hasta allí y los mismos nativos endurecidos por la adaptación. sin el tono muscular enérgico de los temperamentos robustos y sanguíneos.Es como un hálito helado del polo. nuevas exigencias biológicas. convendremos en que hay en nuestro medio físico una variabilidad completa. en una progresión inversa perjudicial. si consideramos que estos varios aspectos climáticos no expresan casos excepcionales. por el hígado. Es el tiempo del frío. las mismas fieras desaparecen. . Modela organismos endebles en las que toda la acti­ vidad cede ante el permanente desequilibrio entre las energías impulsi­ vas de las funciones periféricas fuertemente excitadas y la apatía de las funciones centrales: inteligencias en marasmo. desde las tormentas del Mato Grosso hasta los ciclos de las sequías del Norte. . totalmente remodelada por la espléndida reacción de los soles. es­ condiéndose en las cuevas más profundas. originando una patología sui generis. . en una caída instantá­ nea y brutal. se recogen tiritando cerca de las hogueras. La misma intercalación de épocas serenas y dolorosas. Entonces el termómetro desciende. Nadie trabaja. adormecidas por la ex­ plosión de las pasiones. De ahí todas las idiosincrasias de una fisiología excepcional: el pul­ món que se reduce por la deficiencia de la función y es sustituido en la eliminación obligatoria del carbono.

La aclimatización traduce una evolución regresiva. que miraba aún hacia los últimos milagros de la "India portentosa”. 1 0 5 . bajo la misma indife­ rencia de la metrópoli. el salvaje rudo. lo domina. aliado al medio. el portugués en el Amazonas. Una temperatura anual media que oscila entre los 17° y 2 0 °. el calor seco. . hasta el temperamento que se debilita con la pérdida de sus cualidades primitivas. el territorio que va del norte de Minas hacia el sudeste. . ofrece condiciones incomparable­ mente superiores. Y SU REFLEXION EN LA HISTORIA Nuestra historia traduce notablemente estas modalidades mesológicas. ve alterados sus caracteres físicos y morales de una manera profunda. se impuso una separación radical entre el sur y el norte. se hielan las lagunas y las heladas blan­ quean los campos. al cabo de pocas generaciones de cruzamiento. la nieve golpea en los cristales. e iniciado el poblamiento del país con idénticos elementos. altamente corregido por los fuertes movimientos aéreos provenientes de los cuadrantes del este. dividido por los felices beneficiarios. Esto no ocurre en gran parte del Brasil central y en todas las re­ giones sureñas. ya en la fase colonial se esbozan situaciones diversas. excluyendo la acción per­ turbadora de acciones irrelevantes. desde la tez que se oscurece por los soles y por la eliminación incompleta del carbono. la máxima energía orgánica. Considerándola en sus aspectos generales. en Tasmania o en Aus­ tralia. en un juego armónico de estaciones. lo vence. Incluso en la mayor parte de los sertones septentrionales.conduciendo al ideal de una adaptación que tiene. lo anula con la concu­ rrencia formidable del paludismo. Como el inglés en las Barbadas. En cuanto al invierno. como consecuencias únicas. las fiebres agotadoras. Y volviendo al sur. la impresión es de un clima europeo: sopla el SO muy frío sacudiendo lloviznas finas y garúas. lo arruina. Poseído el territorio. . avanzando hasta Río Grande. las canículas abrasadoras y los pantanos que producen la malaria 1 0 4 . las enfermedades hepáticas. la mínima fortaleza moral. La raza inferior. El tipo perece en un desvanecimiento continuo que se transmite a la descendencia hasta la extinción total. un régimen más fijo de lluvias que prepon­ deran en verano y se distribuyen en otoño y primavera de modo favo­ rable para los cultivos. origina disposiciones más animadoras y tiene una benéfica acción estimulante.

entre el sertón inabordable y los mares. un amplio movimiento progresista en suma. Mal unidos en la guerra. por un medio menos adverso. en función de los mandatos de la corte remota. delineando la epopeya inédita de las Bandeiras . insurrecto. felizmente. realizando la anomalía de trasladar a una tierra nueva el ambiente moral de una sociedad vieja.No necesitamos recordar los hechos decisivos de las dos regiones. Aprisionado en el litoral. libérri­ mo. de la tutela lejana. vician la transitoria convergencia contra el holandés. Allí. en las que crecen movimientos y tendencias opues­ tas. los mamelucos audaces. sin objetivo cierto y en las que colaboran. . Minas. No había ninguna distinción entre los colonizadores de uno y otro lado. Sao Paulo y regiones del sur— se convirtió en un tipo autónomo. más práctico y aventurero. los negros de Henrique Dias. El drama de Palmares 1 0 6 . con el aspecto perfecto de un dominador de la tierra. la ola impetuosa del sur. con sus capitanías dispersas e incoherentes. Este admirable movimiento refleja la influencia de las condiciones mesológicas. . se amancipó. inmutable. surgieron los cruzados de las conquistas sertanejas. Surgen héroes. los indios de Camaráo y los lusitanos de Vieira. se lanzó sobre los sertones desconocidos. De la absorción de las primeras tribus. totalmente divorciadas entre sí. una del todo indiferente al modo de ser de la otra. mayor subdivisión de las actividades. las correrías de los indígenas. ambas desarro­ llándose bajo los influjos de una administración única. la aclimatización más rápida. La historia es allí más teatral aunque menos elocuente. bellas páginas vibrantes pero truncas. . las tres razas formadoras. más vivaz. aventurero. acampan en diferentes tiendas de campaña. los conflictos en los límites de los sertones. Incluso en el período culminante de la lucha contra los holandeses. En todos prevalecían los mismos elementos que constituían la desesperación de Diogo Coelho. . se distancian en la paz. rebelde. "Biores qua na térra que peste . Mientras en el sur se dibujaban nuevas tendencias. a veces más brillantes pero siempre menos fecundas. pero sus estaturas se engrandecen en contraste con el medio. Dos sociedades en formación. en rudo con­ traste con las agitaciones del norte. Lo venció. el viejo colono imperial trataba de llegar hasta nuestro tiempo. amorfas e inmóviles. Son dos historias distintas. unidas por la misma rutina. El paulista — y la significación histórica de este nombre abarca a los hijos de Río de Janeiro. vueltas extrañas por dos destinos riva­ les. obcecado con una centralización estúpida. mayor vigor en un pueblo más heterogéneo. y apartándose del mar y de los galeones de la metrópoli. claramente diferenciados. posi­ bilitó tempranamente el mayor vigor de los forasteros.

el teatro de los grandes acon­ tecimientos podía volverse hacia el sertón con la misma audacia con que se había echado sobre las tierras africanas.Es que en el sur. directriz preponderante en ese dominio del suelo. se reducía la estrecha faja de algunas y pantanos ante la cual morían todas las codicias. Según estas líneas de menor resistencia que definen las rutas más claras de la expan­ sión colonial. el acceso al interior seguía a las corrientes. metiéndose de lleno en los sertones. la atracción misteriosa de las minas. volviendo la mirada hacia las planicies. lo llama hacia su seno fecundo. hacia el Paraná y el Para­ naíba. en Río Grande do Sul. en Santa Catarina. Aunque un poco cambiado. En cuanto al Sao Francisco. Corren las aguas en un sentido opuesto a la costa. Estaba sobre almenas infranqueables que lo ponían al mismo tiempo a distancia del invasor y de la metrópoli. Aulaba el irreprimible apego por el litoral que se ejercía en el norte. Ahí está el trazado elocuente del Tieté. el forastero se sentía seguro. se abre como el telón de un enorme baluarte. llevando a los sertanistas. . al precipitar la evaporación oceánica. al Ama­ zonas y a todos los cursos de agua de la ribera oriental. ni la esterilidad de la tierra. A pique sobre el Atlántico. al Paranaíba. intangible tras los bosques. . La sierra del Mar tiene un notable perfil en nuestra historia. en Mato Grosso. en todo el Brasil. Además de esto — subrayemos este punto aunque escandalicemos a nuestros minúsculos historiógrafos— la disposición orogràfica los libraba de la preocupación de defender el litoral donde desembarcaba la codicia del extranjero. la fuerza viva restante en el temperamento de los que venían de vencer el mar ignoto. no se dis­ persaba en adaptaciones difíciles. y asomaba por encima de las flotas. hacia el río Grande y de ahí. no se diluía en un clima enervante. al paso de las bandeiras. Se entrañan en el interior. lo encanta con su hermoso aspecto. ni la barrera intangible de los descampados abruptos. En lo alto. Era la penetración en Minas. sin un solo golpe de remo. . Todavía más. o golpeaba en las cataratas que caen desde los escalones de las altiplanicies. lo arrastra finalmente de manera irresistible en la corriente de los ríos. Traspuesta la montaña — arqueada como el precinto de piedra de un continente— actuaba de aislador étnico y de aislador histórico. Se alteraba pero mejorando. no se oponían. Los ríos que derivan por sus vertientes nacen de algún modo en el mar. en Goiás. El hombre se sentía fuerte. La tierra atrae al hombre. Frente a sus escarpadas faldas golpeaba el ansia guerrera de los Cavendish y de los Festón 1 0 7 . como en el norte. tenía un nuevo componente en la propia fuerza de la tierra. su especial relieve lo vuelve un condensador de primer orden. Le dan al forastero la sugestión irresistible de las entradas.

el sureño. parecían de otra raza en el arrojo temerario y en la resistencia a los contratiempos. Las grandes caravanas guerreras eran muchedumbres desencadenadas hacia todas direcciones. Llegan a los límites extremos del ecuador. reaccionaban tenaces contra los jesuítas. en demanda de otros rumbos. los sureños destacaban aún más esta separación de destinos aprovechando el mismo hecho para establecer la autonomía franca. buscando otros destinos. congregando de nuevo a los exhaustos combatientes. con la fatalidad de una ley. Las seguían incansables. abriendo el seno rutilante de las minas. eufemismo casuístico que disfrazaba el monopolio del brazo indígena. Hasta los últimos años del siglo xvn. En él se descubren sus rasgos verdaderamente nacionales. influía por toda la costa oriental. invadiendo la propia tierra. aplastaban al enemigo común nuestras tres razas formadoras. donde reinaba la Compañía de Jesús con el privilegio de conquistar las almas. un completo divorcio con aquellos luchadores. se dirigen con Ruy de Montoya a Madrid y con Dias Taño a Roma 1 0 8 . Cuando las correrías del bárbaro amenazaban Bahía o Pernambuco o Paraíba y los quilombos desperdigados por los bosques constituían los últimos refugios del rebelde africano. centralizado en Pernambuco. Y cuando la restauración en Portugal vino a alen­ tar en toda la línea el repudio al invasor. Un pueblo extraño de mestizos levantis­ cos. De hecho. llevado por otras tendencias. Los hombres del sur se desparraman por el país entero. en el reinado efímero de Amador Bueno 111. apenas los vislum­ bramos en las cortes espectaculares de los gobernadores en Bahía. lo dice la grosera odisea . descubriéndola des­ pués del descubrimiento. en Sao Paulo se estructuraba el drama sombrío de Guaira 1 1 0 . En cuanto el dominio holandés. donde se reflejaba la decadencia de la metrópoli y todos los vicios de una nacionalidad en descomposición. sobre todo en el período agudo de la crisis colonial. Estos. No tenemos un contraste mayor en nuestra historia. bulas y órdenes reales. olvidados del holandés. revelaba en su rechazo de los decretos de la metrópoli. aquellos sertanistas que extendían los límites de Pernambuco hasta el Amazonas. Fuera del litoral. Parecía casi un enemigo tan peligroso como el holandés. desde Bahía a Maranháo. solidarios. el sureño. porque ofrecían potencialidades. mientras en Pernambuco las tropas de von Schoppe prepa­ raban el gobierno de N assau1 0 9 . absolutamente alejado de aque­ lla agitación. En la plenitiud del siglo xvn el contraste se acentúa. Fuera de esto.Así es fácil mostrar cómo esta distinción de orden físico aclara las anomalías y contrastes entre los sucesos en las dos partes del país. pisoteando. el poblamiento sigue las huellas embarulladas de las bandeiras. En lucha abierta con la corte portuguesa. en el siglo xvn. y se producían en­ cuentros memorables en los que. señalándolo como el enemigo más serio. resuelto.

son un pálido remedo de las embestidas del Anhangüera o de un Pascoal de Araújo 1 1 2 . en seguida se encontraba con la naturaleza adversa y prestamente volvía al litoral. perdieron todo el arrojo y el espíritu de revuelta que ruge con elocuencia en todas las páginas de la historia del sur. en las capacidades de las razas que se cruzan. en nuestro caso especial. Convenido que el medio no forma las razas. se deduce la que ejerció sobre nuestra formación étnica. Las exploraciones allí iniciadas. Pero el colono norteño. ACCION DEL MEDIO EN LA FASE INICIAL DE LA FORMACION DE LAS RAZAS Volvamos al punto de partida. protegidas por una civilización que es como el plasma sanguíneo de esos grandes organismos colectivos. ¿qué no diremos de nuestra situación tan dife­ rente? En este caso. elevando el valor relativo de . en el río Doce. aun­ que remediadas por los recursos de una cultura superior. Si tal cosa hubiese sucedido. es evidente que la yuxtaposición de los caracteres coincide con la íntima transfusión de tendencias y la larga fase de trans­ formación correspondiente se erige como un período de debilidad. el hace­ dor predilecto de las grandes hecatombes. Lo que preparó el advenimiento de subrazas diferentes por la propia diversidad de las condiciones de adaptación. aunque después tuvieron los estímulos enérgicos de las Minas de Prata de Belchior Dias. surgía como el vencedor clásico de esos peligros. las dosis de los tres elementos esenciales. sin la osadía de los dominadores. entre el mar y el desierto.de "Palmares”. por Sebastiáo Tourinho. sin la audacia que brota de la atracción ejer­ cida por los parajes opulentos y accesibles. Es que el hijo del Norte no tenía un medio físico que lo blindara con igual suma de energías. Apretados entre los cañaverales costeros y el sertón. las bandeiras hubiesen salido también del este y del norte y atrapado por un movimien­ to convergente. el elemento indígena hubiera desaparecido sin dejar ras­ tros. en sus entradas hacia el oeste y hacia el sur. de los que se sienten bien en una tierra amiga. Si esto se verifica en las razas totalmente definidas que afrontan otros climas. en la segunda mitad del siglo xvi. Ade­ más de esto (es hoy dato innegable) las condiciones externas actúan sobre las sociedades constituidas que sufren migraciones seculares. en un bloqueo agravado por la acción del clima. Delineada de este modo la influencia mesológica en nuestro movimien­ to histórico. variaron en demasía en los diversos puntos del territorio. Bastiao Alvares en el Sao Francisco y Gabriel Soares por el norte de Bahía hasta las nacientes del Paraguacú. no se basa en causas étnicas primordiales. Ese contraste. por cierto.

son claras al respecto. .la influencia del medio. éste graba mejor sus trazos característicos en el cuerpo en fusión. la ilusión de una subraza. Todavía los deslumbraba el Oriente. No hay un tipo antropológico brasileño. sin el empuje viril de los conquistadores. Así es que en las primeras épocas. las modalidades del clima y esa acción de presencia innegable. El documento afirma "que las tierras del Brasil no están despobladas porque en ellas existen más de tres mil portugueses”. Al calor y a la luz que se ejercitan en ambos. Las instrucciones dadas en 1615 al capitán Fragoso de Albuquerque. LA FORMACION BRASILEÑA DEL NORTE Tratemos de tener en este intrincado entrecruzamiento una ilusión. En esas circunstancias. todas las cualidades adquiridas en el largo aprendizaje his­ tórico. Ineptos para discriminar entre nuestras razas formadoras. Sin arriesgarnos mucho en un paralelo osado. . El Brasil era tierra de exilio. Vimos cómo entre nosotros. originando un mestizaje disímil. de las grandes masas invasoras. Definamos rápida­ mente los antecedentes históricos del jagungo. Esta cifra abarcaba todo el Brasil y habían pasado más de cien años desde el descubrimiento. podemos decir que para esas reacciones biológicas complejas. Fue lento. Los portugueses no abordaron el litoral norteño robusteci­ dos por la fuerza viva de las migraciones compactas. prolongándolas hasta nuestro tiempo. todos los pasibles del morra per ello de la sombría justicia de aquellos tiempos. tal vez efímera. el medio tiene agentes más enérgicos que para las reacciones químicas de la materia. aun separadas del suelo nativo. el número reducido de pobladores contrasta con la vastedad de la tierra y la cantidad de población indígena. Vimos que la formación brasileña del Norte es muy diferente a la del Sur. un vasto presidio con el que se atemo­ rizaba a los heréticos y a los relapsos. se adicionan la dispo­ sición de la tierra. Venían dispersos. Las circunstancias históricas. capaces de conservar por el número. en gran medida a causa de las circunstancias físicas. originaron diferencias iniciales en la mezcla racial. la intensidad de estos últimos está lejos de la uniformidad proclamada. acojámonos a este tema. parcelados en pequeñas levas de desterrados o colonos arruinados. . El desarrollo poblacional desde Maranhao a Bahía lo revela. Nuestras capas étnicas se distribuyeron de modo diverso. esa especie de fuerza catalítica misteriosa que difunden los variados aspectos de la naturaleza. a fin de regularizar con el embajador español en Francia el tratado de tregua con La Ravardiére 113.

eran de molde para esa mezcla en gran escala. El padre Nóbrega 119 lo definió bien en la célebre carta al rey (1 5 4 9 ) en la que. dice aquel narrador sincero. Es visible durante mucho tiempo el predominio del elemento autóctono. desde 1570 a 1758 — en que pese "a una serie nunca interrumpida de hesitaciones y contradicciones”— * * dis* Corografía Brasílica. Hombres de guerra. allí existían dos mil blancos. fuera de la isla de Itamaracá 116 cuyos vecinos andaban en las 2 0 0 personas. 195. todos tenían por meta el aforismo de Barleus 1 1 8 . se puede afirmar que la extinción del indígena del Norte provino. siendo innumerables los naturales blancos del país con casta tupiniquina”. Por otro lado. Cuando algunos años más tarde. declara que el interior del país está lleno de hijos de cristianos que se multiplican según los hábitos gen­ tilicios. en el primer siglo tuvieron una función inferior. desterrados o aventureros corompidos. gente de buena índole. p. incluso en el reino. captando la simpatía de los nativos. más de los sucesivos cruzamientos que de un verdadero exterminio. . El primer mestizaje se hizo pues en los primeros tiempos. Los forasteros que llegaban a esas playas. sin hogar. En muchos lugares escaseaban. * * Joáo Francisco Lisboa m . cuatro mil negros y seis mil indios. intensamente. "Desde temprano — dice Casal— los tupiniquinos. Bahía estuvo más poblada. El amancebamiento con las caboclas cayó pronto en una franca degra­ dación de la que ni el clero se salvaba. hechos a la vida libre del campamento. la des­ proporción entre el elemento europeo y los otros dos continuó siendo desfavorable en perfecta progresión aritmética. Estas afirmaciones son expresivas. Este proceder obedecía a los fines de la metrópoli. según el pensamiento de Varnhagen 1 2 0 . Lo que tiene que haber influido mucho en los primeros cruzados. aunque existían en abundancia. Eran pocos. "la población crecía tan lentamente que en la época de la pérdida del Señor Don Sebastiáo ( 1 5 8 0 )1 1 5 toda­ vía no había un establecimiento. Según Fernáo Cardim 1 1 7 . con tres ingenios de azúcar” *. pintando con ingenuo realismo la disolución de las costumbres. Se sabe que en el ánimo de los beneficiarios existía la preocupación de aprovechar lo mejor posible la mezcla. Lo demuestran las sucesivas cartas reales que. por ser la tierra amplia y vasta. Pensaba que era conveniente que le enviasen huérfanas o aun mujeres que fuesen erradas. entre el europeo y el indígena. que todas hallarían maridos. los africanos. además. Ultra equinotialem non peccavi. se hicieron cristianos y se emparentaron con los europeos. en Río Grande do Norte "donde los indios hace tiempo que fueron reducidos a pesar de su ferocidad y cuyos descendientes por medio del mestizaje con los europeos y africanos han aumentado las clases de los blancos y de los pardos”.Según observa Aires de Casal 1 1 4 . Sin ninguna idea preconcebida.

por lo menos hasta la intervención de Pombalm. Ex­ cluyendo las posibles intenciones condenables. En el combate estúpido de la perversidad contra la barbarie esos eternos condenados cumplieron una digna función. demuestra sobre todo. en toda la región que va del Maranháo hasta Bahía. con los azeneguas y los jalofos de Gil Eanes y Antao Goncalves. Estas difundían ampliamente la san­ gre de las tres razas en los nuevos parajes descubiertos. proporcionan un documento125: "Vemos no rey no meter. Las aldeas. centros de fuerza atractiva del apostolado. Es cierto que el consorcio afro-lusitano era antiguo. a su vez. Aunque la tentativa de elevar el estado mental del aborigen hasta las abstracciones del mono­ teísmo fuera quimérica. tuvo el valor de atraerlo durante mucho tiempo. servían para uni­ ficar tribus y para convertir. García de Rezende. como la de 1680. Eran los únicos hombres disciplinados de su tiempo. desde las faldas de la Ibiapaba 123 hasta las de la Itiúba. Incluso algunas. . extendían la protección a punto de decretar que se concediese tierras a los nativos "hasta las ya dadas a otros” puesto que debían tener preferencia los indios "naturales señores de la tierra”. gracias a un esfuerzo secular. El curso de las misiones en el Norte. los misioneros salvaron este factor de nuestras razas. Por lo menos fueron rivales del colono que sólo buscaba ganancias. Tantos captivos crescer. un lento esfuerzo de pene­ tración en el centro mismo de las tierras sertanejas. los jesuítas realizaron allí una tarea noble. anterior al des­ cubrimiento porque se había consumado desde el siglo xv. dominaba en el Norte. es discutible que haya penetrado profundamente en los sertones. generalmente le dan una influencia exagerada en la formación del sertanejo del Norte. Hicieron mucho. Sorpren­ didos los historiadores por la venida. Penetrando hasta lo hondo de los sertones. la Compañía de Jesús que. del africano. tan oportuna para nuestra historia. provocando un entrelazamiento general.minuyen las posibilidades de ganancia de los colonos en la explotación de los salvajes como esclavos. obligada a transigir en el Sur. en aldeas a los rancheríos misera­ bles. Pese a que esta invasión de vencidos e infelices tuvo una rara fecundidad y óptimas cualidades de adaptación puestas a prueba en el Africa. a despecho de las perturbaciones que provocaban. en gran escala. En Evora eran mayoría sobre los blancos. Contribuyó a esta persistente tentativa de incorporación. que iniciada a fines del siglo xvi no paró hasta el nuestro (1 8 5 0 ) 1 2 4 y con­ siderando que él fue el mejor aliado del portugués en la época colonial. En 1530 andaban por las calles de Lisboa más de diez mil negros y lo mismo sucedía en otros sitios. que de algún modo completa el movimiento febril de las bandeiras. Los versos de un contemporáneo.

Era la bestia de carga que asumía todos los trabajos sin descanso alguno. Los sertanistas que llegaban hasta aquellos parajes ya habían perdido su combatividad. determinó el olvido de los sertones. Allí campeaba el indio inepto para el trabajo y además rebelde. En efecto. el mulato es el resultado principal del último y el curiboca del primero 1 2 9 . el negro tuvo sobre sus hombros toda la presión de la vida colonial. (N . seráo mais Eles que nós. El cultivo extensivo de la caña. a meu ver” *. . * “Vemos en el reino meter / tantos esclavos crecer. desde Río Grande do Norte a Bahía había ciento sesenta ingenios. terminaban su vida aventurera. * * Diogo Campos. La raza dominada tuvo aquí posibilidades de desarrollo. El primer mestizaje se hizo en la metrópoli.Irem-se os naturaes. Que. distaba pocas leguas de la costa. Algunos. y determinando cruces raciales diferentes de los que se hacían en el interior de las capitanías. Las viejas ordenanzas que establecían "cómo se podían abandonar los esclavos y las bestias que se hallaren enfermas o mancas” denuncia la brutalidad de la época. el indio apenas retenido en las aldeas por la tenacidad de los misioneros. Naturalmente. Ya antes de la invasión holandesa * *. o si no. La esclavitud negra. Y esta explotación en gran escala progresó des­ pués rápidamente.). Palmares. El elemento africano se quedó en los vastos parajes costeros. Además —insistamos en un punto incontroverti­ ble— las numerosas importaciones de esclavos se acumulaban en el litoral. sin las rebeldías del indio1 2 6 . a mi ver” . importada de Madeira m. admitiendo en ambos como denominador común el elemento blanco. entre nosotros creció. La gran faja negra iba de Bahía a Maranháo. serán más. La genesis del mulato tuvo su sede fuera de nuestro país. Incluso los que se alzaban en franca rebeldía arma­ ban sus quilombos evitando el centro del país. dejaba más libertad que en el Sur para los esfuerzos de la catequesis. de T . Como organis­ mos potentes hechos a la humildad extrema. mira del egoísmo de los colonos. En la costa. / y si así sigue. / los naturales se van. Así se establecieron límites precisos entre los cruzamientos realizados en el sertón y los del litoral. abiertas en aquellos in­ mensos latifundios. atraídos por el lucro de las fazendas de criagao. la fertilidad de la tierra fijaba a los dos elementos simul­ táneamente. pero apenas pene­ traba en el interior. como Domingos Sertáo1 2 8 . libertando al indígena. con sus treinta mil habitantes. / ellos que nosotros. se assim for. Razáo do Estado do Brasil. amarrado a la tierra.

derivando. apretado por un corredor único de centenares de kilómetros. casi todos son efímeros. se vuelve pobre de tributarios. sobresalga y obtenga el lugar que merece en la formación de nuestro pueblo. Bravo y temerario como el bandeirante. Ya vimos en páginas anteriores que él atraviesa las regiones más dis­ pares. Las bandeiras. en la zona de las montañas y de las florestas. bajo los dos aspectos que muestran. resignado y tenaz como el jesuíta. nos apartaremos un poco del teatro en que se desarrolló el drama histórico de Canudos. totalmente olvidado aún. saliendo a la búsqueda de la tierra o del hombre. Amplio en las nacientes. Historia do B ra sil 131. Si en el futuro. pasando rápidas sobre las miserables aldeas indígenas. en su dilatado recorrido recoge numerosos afluentes por la mitad de Minas. hasta Paulo Afonso y cor­ tando la región estéril de las caatingas.GENESIS DEL JAGUNgO La demostración es positiva. Balancea la influencia del Tieté. el único compatible con la situación económica y social de la colonia. constreñido entre las cumbres que lo desnivelan hacia el mar. En cuanto a éste. pasando en la parte media por el hermoso paraje de los campos gerais. . en sus nacientes. sea destacadamente. de trazado incomparablemente más apropiado para la penetración colonizadora. y en la región media. Golpearon sus fronteras por igual el bandeirante. se volvió el camino predilecto de los sertanistas. descubrían inmensos parajes que no poblaban y abandonaban para seguir hacia zonas todavía más desiertas. Después se estrecha. con miras sobre todo a la esclavización y al abatimiento de los nativos. la abundancia de documentación permite la recons­ trucción de la vida colonial. el jesuíta y el va­ quero. Ahora bien. esta triple disposición es un diagrama de nuestra marcha histórica que refleja paralelamente sus variables modalidades. a la busca del oro o del esclavo. el lugar de la agitación minera. el teatro de las misiones. En el curso inferior. desde el siglo xvn hasta fines del siglo xvm . no diremos del Norte sino del Brasil subtropical. en la cuenca de Juázeiro. el Sao Francisco fue. * Joáo Ribeiro. en el curso inferior. recorriendo rápidamente el río Sao Francisco "el gran camino de la civilización brasileña” según el acertado decir de un historiador *. Lo esbozaremos y para no alargarnos en demasía. la tierra clásica del régimen pastoril. Hay un notable rasgo de originalidad en la génesis de la población sertaneja. tenía la ventaja de un atributo supletorio que le faltó a ambos: la fijación al suelo. sea de modo confuso. es posible que el vaquero.

acabada con la expedición de Glimmer (1 6 0 1 ).Su historia. su función realmente útil. después de un agotamiento casi secular. la naciente y la desembocadura. alentadas por el oro de Arzáo siguiendo en 1693 las mismas huellas de Tourinho y de Adorno y al cabo. se explayaron de nuevo. hacia los flancos del Espinhaco. durante este período en que. centralizados en la figura brutalmente heroica de Antonio Raposo. en la región que corta por su curso medio el Sao Francisco. Em prol da integridade do territorio de Pernambuco. En el comienzo. lo determinaron las entradas que buscaban las minas de Moreia que. el descubrimiento de lo desconocido. parecen haberse prolongado hasta el gobierno de Lancastro 1 3 S . renova­ das por las investigaciones indecisas de Pais Leme. que abría ante los exploradores dos vías únicas. llevando hasta las serranías de Macaúbas. sólo se daba en el litoral la lucha contra el holandés y en el interior de las altiplanicies el asombroso ondular de las bandeiras 1 3 2 . resurgiendo francamente con Bartolomeu Bueno. como consecuencia inevitable. los caminos de Glimmer. Como el acceso más corto y normal por los caminos de la costa estaba vedado porque lo interrumpían los muros de las sierras o lo obstaculizaban los bosques. la entrada se hacía por el Sao Francisco. que no se toma­ ba en cuenta. aunque anónimas y sin brillo. aparecía como incidente obligado. sucesivos grupos de pobladores *. Es que se habían apagado casi al mismo tiempo los milagros de la misteriosa "Sabará-bugu” y los de las "Minas de Plata”. la visión engañadora de la "Sierra de las Esmeraldas” que desde mediados del siglo xvi atrajera. como los documentos adrede oscuros de los ruteros. Dias Adorno y Martins Carvalho. FUNCION HISTORICA DEL RIO SAN FRANCISCO Se formó oscuramente. gran parte del siglo xvn está dominada por las sombrías leyendas de los cazadores de esclavos. que avivó. traduce la sucesión y el enlace de estos únicos estímulos. más fuertes. uno tras otro. . en el Ribeiráo do Carmo. aparentemente. Pereira da Costa. a veces inextricable. las entradas sertanejas volvieron al anhelo primitivo e irradiando desde Ouro Préto. y Pedro Taques. y desapa­ recido al norte el país encantado que había idealizado la imaginación romántica de Gabriel Soares. Nóbiliarquia Paulista. en Itaberaba y Miguel Garcia. Véase F. * Carta del coronel Pedro Barbosa Leal al conde de Sabugosa. revelándose como aventura pura o como empresas de mayor o menor practicabilidad. hasta que. A. Así es que. más allá del Paramirim 1 3 4 . eternamente inalcanzables. a Bruzzo Spinosa. se había desarrollado un notable poblamiento cuyos resultados aparecerían mucho después. por el país entero 1 3 1 . Sebastiáo Tourinho. En este permanente oscilar entre los dos designios. 1725. Ahora bien.

todas de agua más o menos salobre. dando una sal blanca como el armiño. con el pasto tierno de las altiplanicies y el pasto duro de los llanos. Se pobló y creció autónoma y fuerte. tienen el atenuante de los vastos llanos. . su flora compleja y variable. Su estructura geológica original da lugar a forma­ ciones topográficas en las que las sierras. Corografía Brasílica. en la que se entrelazan florestas sin la grandeza y el cierre impenetrable de las del litoral. no sólo los mamíferos. últimos espolones y contra­ fuertes de la cordillera marítima. Tratándose de los lugares situados hacia las nacientes del Río Grande. La tierra. o fuesen los portugueses de Manuel Nunes Viana que partió de su fazenda de "Escuro” en Carinhanha para conducir a los emboabas en el Río das Mortes. fuesen los paulistas de Domingos Sertáo. su especial conformación hidrográfica de afluentes que se ajustan. olvidada. desahogados todos en los grandes claros de las caatingas. sino también las aves y reptiles.llevando a los hombres del Sur al encuentro con los hombres del Norte. declara Aires de Casal: “Hay varias pequeñas lagunas a mayor o menor distancia del río. El régimen pastoril se esbozó allí como una sugestión dominadora de los campos gerais. gratuita en las salobres bajadas de los barreiros *. con sus pequeños ejércitos de taba)aras aliados. a los extremos del Maranháo y Ceará por el noreste y las serranías mineras de Bahía. indiferente para los cronistas de la época. II. El gran río se erige desde el principio como un elemento unificador étnico. atrayéndolos y entrelazándolos. un elemento esencial. o los pernambucanos de Francisco Caldas. no sólo por la metrópoli lejana sino por los mismos go­ bernadores y virreyes. pero oscura. Y contrapuesta a la turbulencia del litoral y a las aventuras mineras. Casi toda esa sal sube hacia el centro de Minas Gerais. casi simétricos. Escragnolle Taunay 136. sobre la rara fecundidad del suelo cubierto de pasturas naturales. se constituyó una extensa zona de cría de ganado que ya al alborear el siglo x v m iba de las fronteras septentrio­ nales de Minas a Goiás. cristaliza. 169. les compensaba la ilusión deshecha de las minas codiciadas. No faltaba para ello. Porque provenientes de los más diversos puntos y orígenes. exuberante y accesible. El agua de esos lagos (también la dulce) filtrada en vasijas de madera o de cuero finamente agujereadas y expuestas en tablas alrededor de ocho días. Favorecida de este modo. fuesen los bahianos de Garcia d’Avila. la sal. los forasteros que llegaban al centro de aquel sertón rara vez volvían 1 3 5 . No producía impuestos o rentas que despertasen el interés egoísta de la corona. al Piauí. El ganado lame el suelo embarrándose en las aguadas y bebe con delicia esa agua y come el barro. extenso tramo de unión entre dos sociedades que no se conocían. hacia el occidente y el oriente uniéndola de un lado a la costa y del otro al centro de las altiplanicies. presentaba el "casi único aspecto tranquilo de * Todos los animales buscan con ansia esos lugares. p. en cuyas márgenes el calor del sol hace apa­ recer sal congelada". todos fueron lazos preciosos para la fusión de esos elementos esparcidos. al este.

en las ruidosas y turbulentas bandadas de inmigrantes que rodaban desde los flancos orientales de la sierra del Espinhago hasta el thalweg del Río das Velhas. pasaran más fuertes quizá. ciertamente desde el este. renaciera allí y. Porque allí se quedaron completamente divorciados del resto del Brasil y del mundo. Y no arriesgamos una hipótesis desmedida si admitimos que este tipo extraordinario de paulista. amurallados al este por la Serra Geral. detenidos al occi* Joao Ribeiro. trasponiendo la sierra de Paraná. buscaron aquellos lejanos rincones y se cree. Notas genealógicas. y que al reabrirse en 1697 el ciclo más notable de las búsquedas del oro. es de presumir que fueron hechos por mineros de Ouro Préto.nuestra cultura” *. vea sorprendido señales de­ jadas por sus predecesores. en una degeneración completa hasta el punto de declinar en el territorio mismo que le dio nombre. y eran los mismos enérgicos y entusiastas integrantes de las bandeiras. prolongando intacta hasta hoy. anónimos pioneros que habían llegado allí. venía del sur. cuando descubre Goiás. en continuas migraciones. se conservara. desde el siglo x v m se convirtió casi exclusivamente en una colonia de ellos” Es natural entonces que Bartolomeu Bueno. la mayoría de los productores opulentos que allí se formaron. los descubrimientos en la región de Caeté fueron anteriores a los del Río das Velhas o de Sabará. o tal vez. ya entonces muy poblado de paulistas y sus descendientes. término que como el de "Paulista” se volvía genérico. Aparte de los escasos contingentes de pobladores pernambucanos y bahianos. por bahianos venidos del norte. EL VAQUERO Ya se formaba en el valle medio del gran río una raza de cruzados idén­ ticos a aquellos mamelucos enérgicos que habían nacido en Sao Paulo. tal vez precediendo a los demás en el descubrimiento de las minas de Caeté 137 y cruzándolas de parte a parte. * * Nobiliarquia Paulista. * * * * Dice el profesor Orville Derby: “Según Antonil138. surgiendo y decayendo en seguida en el Sur. los grupos de "Bahianos”. Según lo recogido en preciosas páginas por Pedro Taques * * . . Joao Mendes de Almeida. aceptando el concepto de un historiógrafo perspicaz que el "valle del Sao Francisco. la índole varonil y aventurera de sus abuelos. favorecen esta última hipótesis”. y en este caso. fueron numerosas las familias de Sao Paulo que. y avanzando en dirección contraria como un reflujo del norte. etc. * * * Dr. La importancia que tuvieron ciertos bahianos en los acontecimientos de 1709 y la referencia de Antonil al capitán Luis do Couto que fue de Bahía a ese paraje con tres hermanos “buenos mineros”. pasando al oeste de las nacientes del Santa Bárbara. sin los peligros de las migra­ ciones y los cruzamientos. Os primeiros descobrimentos de ouro em Minas Gerals. abarcando a los pobladores septentrionales * * * * .

En consecuencia. o en las serranías de flancos destrozados por la búsqueda del mineral superficial. que animan hoy su superficie. Expandiéndose por los sertones limítrofes o próximos. les dieron esa derivación a la faena de los rodeos. era ya nuestra nacionalidad en ciernes. de Goiás. tienen un origen . Nos ligaban en el espacio y en el tiempo. Raza fuerte y antigua. fácilmente denun­ ciada hoy por el tipo normal de aquellos sertanejos. con su exagerado sentido de la honra. Los primeros sertanistas que la crearon. vino el inevitable cruzamiento. con su sentimiento religioso llevado hasta el fanatismo. y tuvieron.dente por los amplios campos gerais que se abren hacia el Piauí y que todavía hoy el sertanejo considera infinitos. Estableciendo en el interior la continuidad del poblamiento que aún faltaba en la costa y surgiendo entre los norteños que luchaban por la autonomía de la patria naciente y los sureños que le ampliaban el área. una ruda escuela de fuerza y coraje en aquellos campos gerais tan amplios. por el aislamiento. Maranháo. Se criaban en una sociedad revoltosa y aventurera. La índole aventurera del colono y la impulsividad del indígena se amalgamaron y el propio medio les permitió. más bien facilitaban el entrelazamiento de los extremos del país. Piauí. El medio los atraía y los protegía. pues después de dominarlo con la esclavitud lo apro­ vecharon para la nueva industria que practicaban. de caracteres definidos e inmutables. Las entradas de uno y otro lado del meridiano. tienen un carácter de total originalidad expresado en las fundaciones que erigió. Todos los po­ blados. ampliando sus atributos ancestrales. con su extraño aferrarse a las tradiciones más remotas. cuando las minas bahianas. incluso en las mayores crisis — cuando la ropa de cuero del vaquero se convierte en la armadura flexible del jagungo— oriunda de elementos convergentes de todos los puntos. . Nacían del abrazo feroz de vencedores y vencidos. no aptas para la dis­ persión. más tarde. incomprendida y olvidada. . sobre una tierra fértil. villas y ciudades. Y allí están. con los mismos hábitos de sus abuelos. habían suplantado en toda la línea al salvaje. Ceará y Pernambuco. aquella ruda sociedad. Sería largo hablar de la evolución del carácter. la conservación de los atributos y hábitos antiguos ligeramente modificados por las exigencias de la nueva vida. ella es innegablemente un ejemplo expresivo de cuánto importan las reacciones del medio. abasteciendo por igual con los enormes arreos que subían hasta el valle del Río das Velhas y bajaban hasta las nacientes del Parnaíba. donde todavía hoy surge impune el jaguar y se desplaza veloz el avestruz. con sus ropas características. Y despuntó una raza de curibocas puros. pero diferente de las otras razas del país. casi sin mezcla de sangre africana. con su bellísimo folklore de rimas que ya cumplieron tres siglos.

Nos dicen que mientras el negro se agitaba en los afanes del litoral. completando estos ligeros apuntes. libérrima y fuerte de los vaqueros. FUNDACIONES JESUITAS EN BAHIA En efecto. Nos excusamos de apuntar ejemplos que son tan numerosos. aquí surgieron todos de los antiguos establecimientos de ganado. llega a los parajes poco apetecidos. son elocuentes respecto del caso que conside­ ramos. En esa superficie otorgada por abusivas concesiones al poder de una sola familia. sin embargo. del poder de los sacerdotes por la severa política de Pombal. en el territorio que hemos demarcado. próximas o alrededor del sitio donde existía hace cinco años la Troya de barro 139 de los jagungos. se asiste a la sucesión de los tres casos señalados. preferidos por el caminar lento y penoso de las misiones. arrebatadas en 1758. La calculada solicitud del jesuita y la excepcional abnegación de los capu­ chinos y franciscanos incorporaron las tribus a nuestra vida nacional. siguiendo la dilatada línea entre la Itiúba e Ibiapaba. El río deja las regiones alpestres.uniforme bien diferenciado de los otros que se encuentran al norte o al sur. los mejores ejemplos. se encontraron sorprendidos con las parroquias que ya . y finalmente. inconmensurables arenas hechas a la sociedad ruda. el indio se fijaba en aldeas que se convertirían en ciudades. Mientras las del sur se levantaron en las cercanías de las minas o al lado mismo de las excavaciones. avanzaron en el siglo xvn las misiones en su lento andar que continuaría hasta nuestro tiempo. . con ciudades encaramadas sobre sierras. acompañando al Sao Francisco hasta los sertones de Rodelas y Cabrobó1 4 1 . la de García d’Avila (Casa de la Torre) 1 4 0 . se formaron sobre las viejas aldeas indígenas. La extraordinaria empresa apenas se rastrea actualmente en escasos do­ cumentos que poco dicen para conocer la continuidad de la historia. se encuentran poblaciones antiquísimas. totalmente diversos en su origen. y en el norte. y cuando alboreaba el siglo xvm y los paulistas irrumpen en Pambu y en Jacobina 1 4 2 . Si nos limitamos a las que todavía perduran. los actuales poblados sertanejos. No tuvieron un historiador. Los que existen. vemos. Es lo que indican. que reflejan el arrojo incomparable de las bandeiras. Desde Itapicuru de Cima hasta Jeremoabo y desde allí. se construyeron sobre las antiguas aldeas de las misiones. después atraviesa los grandes campos gerais. . los trazados de las fundaciones jesuíticas. incluso en un área tan pequeña. estériles de tanta sequía. Si se consideran las poblaciones del Sao Francisco desde las nacientes hasta la desembocadura.

fl. donde. En éstos preponderaba el elemento indígena de la antiquísima misión del Sai. princi­ palmente cuando se exacerbaban las rivalidades de los jefes indios.700 catecúmenos * * . del Ceará. Allí el elemento indígena se mezclaba ligeramente con el africano. levantada por los jesuítas. El primero de aquellos sitios. Más hacia el sur resaltaban otras: Natuba. directamente favore­ cido por la metrópoli. Es singular la identidad de forma. Se armonizaron las tribus y el aflujo de silvícolas adoptados por la iglesia fue tal que en un solo día el vicario de Itapicuru bautizó a 3. * * Os orizes conquistados de José Freire de Monteiro Mascarenhas. en 1687. . Domingos Sertáo centralizó en su establecimiento del Sobrado el círculo más animado de la vida sertaneja. Itapicuru (1 6 3 9 ) 143 fundada por los fran­ ciscanos. próximo al mismo tiempo del Piauí. Más hacia el norte. tenía el opulento Garcia d’Avila una compañía de su regi­ miento * * *. Un capuchino los conducía. interviniendo en las disensiones tribales y asimismo imperaba. desti­ nadas ambas a caracterizar la misma desdicha de dos razas tan apartadas en su origen. la primera misión de franciscanos disciplinó aquellas zonas de modo más eficaz que las amenazas del gobierno. aldea también bastante antigua. la segunda en el Africa y la primera en el Brasil. el humilde lugarejo llamaba sobre sí la atención de Joáo de Lancastro. 272. sobre los mansos morubixábas. ostentaba un feudalismo grosero — que lo llevaba a convertir en vasallos a los tributarios pobres y en siervos a los tapuias mansos— . que se refu­ gia en los quilombos. Quilomboia: negro huido. La acción de ese rudo sertanista en aquella región no ha tenido el relieve que merece. también antigua. pero habiendo alcanzado su ideal de riqueza y poder. de Pernambuco y de Bahía.centralizaban cabildas. a veintidós leguas de Paulo Afonso. Cerca se levantaba. el canhemborá y el quilomboia *. gobernador general del Brasil. el poblamiento continuó con mayor intensidad y con los mismos elementos. que cuando se elevó a parroquia originó una amplia controversia entre los sacerdotes y el rico propietario mencionado. estaba incorporado a la administración metropolitana desde 1682. humildísimo. Casi en la confluencia de las capitanías septentrionales. significación y sonido de estas palabras surgidas. gov. la misión de Magacará. lo que permite suponerle un origen mucho más remoto. * * * Libro pat. Incompa­ rablemente más animado que hoy. Jeremoabo es sede de juzgado. En 1702. Ya en 1698. * Canhemborá ( cánybora) : indio huido. Inhambupe. Como los otros dominadores del suelo. mu­ nidos con los títulos perfectamente legales de capitanes. al comenzar el siglo xvm . el rústico landlord colonial aplicó en el trato de sus cincuenta estableci­ mientos de cría la índole aventurera e inquieta de los curibocas. En la segunda mitad del siglo x v i i surgió en el sertón de Rodelas la vanguardia de las bandeiras del Sur.

se aliaba con los sacerdotes en la misma función integradora. Es que la metrópoli secundaba en el norte los esfuerzos de los sacerdotes. Se había afirmado desde hacía mucho tiempo el principio de combatir al indio con el indio, de modo que cada aldea de catecúmenos era un reducto frente a las incursiones de los indios libres e indomables. Al terminar el siglo xvn, Lancastro fundó con el indio catequizado la aldea de la Barra 144 para atenuar las depredaciones de los Acaroazes y Mocoazes. Y desde aquel punto, a lo largo del Sao Francisco, se suceden los poblados y las misiones en N. S. do Pilar, Sorobabé, Pambu, Arocapá, Pontal, Pajeú, e tc.1 4 5 . Es evidente que, precisamente en el trecho de sertón bahiano más ligado con los otros Estados del Norte — en todo el circuito del sertón de Canudos— se estableció desde el alborear de nues­ tra historia un poblamiento abundante, en el que sobresalía el indio amalgamado con el blanco y con el negro, sin que éstos resaltaran a punto de dirimir su innegable influencia. Las fundaciones posteriores a la expulsión de los jesuítas copiaron el mismo método. Desde fines del siglo x v i i i hasta el nuestro, en Pombal, en Cumbe, en Bom Conselho y Monte Santo, etc., perseverantes misio­ neros, de los que es modelo bellísimo Apólonio de T o d i1 4 6 , continuaron hasta nuestros días el penoso apostolado. Toda esa población perdida en un rincón de los sertones, permaneció así hasta ahora, reproduciéndose libre de elementos extraños, aislada, y por eso mismo, realizando con la máxima intensidad un cruzamiento uni­ forme, capaz de justificar la aparición de un tipo mestizo bien definido. Mientras tanto, mil causas perturbadoras complicaban el mestizaje en el litoral revuelto por las inmigraciones y por la guerra; y en otros puntos centrales, otros intentos irrumpían en el rastro de las bandeiras, allí, la población indígena, aliada con unos pocos mocambeiros foragidos, blancos que escapaban de la justicia o audaces aventureros, persistió dominante.

CAUSAS FAVORABLES PARA LA FORMACION MESTIZA DE LOS SERTONES , DISTINGUIENDOLA DE LOS CRUZAMIENTOS EN EL LITORAL No hagamos sofismas. Enérgicas causas determinaron el aislamiento y conservación de lo autóctono. Las destacaremos. Primero fueron las grandes concesiones de tierras que definen la ima­ gen más duradera de nuestro tacaño feudalismo. Los patrones del suelo, de los que son modelos clásicos los herederos de Antonio Guedes de Brito 1 4 7 , eran celosos de sus dilatados latifundios que sin líneas demarcatorias, avasallaban la tierra. Apenas toleraban la intervención de la metrópoli. La erección de capillas o de parroquias en sus tierras siempre se hacía a partir de controversias con los curas, y

aunque éstos finalmente ganaban la partida, caían de algún modo bajo el dominio de los grandes potentados. Estos dificultaban la entrada de nuevos pobladores y hacían de los establecimientos de cría, dispersos alrededor de aldeas recién formadas, poderosos centros de atracción para la raza mestiza que de ellas provenía. Así se desarrolló ésta, alejada del influjo de otros elementos. Y en­ tregados a la vida pastoril a la que por su misma índole eran afectos, los curibocas o cafuzos oscuros, antecedentes directos de los actuales vaque­ ros, divorciados completamente de los habitantes del Sur y de la intensa colonización del litoral, vivieron adquiriendo una fisonomía original. Como que se criaban en un país diferente. La carta real del 7 de febrero de 1701, constituyó después una me­ dida supletoria de ese aislamiento. Imponiendo severas penas a los infrac­ tores, prohibía cualquier comunicación de aquella zona sertaneja con el Sur, con las minas de Sao Paulo. Ni siquiera las relaciones comerciales fueron toleradas, quedaron interdictos los más simples trueques de pro­ ductos. Ahora bien, más allá de estas razones, considerando la génesis del sertanejo del extremo norte, sobresale otra: el medio físico de los sertones en el vasto territorio que se extiende desde el lecho del Vaza-Barris hasta el Parnaíba, en el oeste. Vimos su fisonomía original: la flora agresiva, el clima implacable, las sequías periódicas, el suelo estéril erizado de serranías desnudas, aislado entre los esplendores del majestuoso araxá * del centro de las altiplanicies y los grandes bosques, que acompañan y orlan las curvas de las costas. Esta ingrata región para la cual el tupí tenía un término sugestivo, pora-pora-eima * * , que permanece aún en una de las serranías que la tapan por el levante (Borborema) fue el asilo del tapuia. Vencidos por el portugués, por el negro y por el tupí coaligados, los indómitos Cariris 148 encontraron protección singular en aquel rincón árido, escabroso por la osamenta rígida de las piedras, sacudido por las tormentas, reseco por el sol, erizado de espinos y caatingas. Allí se ador­ mecían, cayendo en la vacuidad de los llanos donde no había asomos de la apetecida riqueza mineral, los ímpetus de las bandeiras. La tapuiretama * * * misteriosa se ataviaba para el estoicismo del misionero. Sus múltiples caminos estrechos y largos retratan las marchas lentas, tortu­ radas y dolorosas de los apóstoles. Las bandeiras que hasta ahí llegaban se marchaban rápidas, huyendo, en busca de otros parajes. Los asombraba esa tierra modelada para las grandes batallas silenciosas de la Fe. La dejaban sin que nada los obligase a volver y de paso, dejaban a su gente en paz.
* Según Couto de Magalháes, esta palabra se descompone en ara: día y echa: ver, avistar. Araxá es el lugar de donde se ve primero el sol y por extensión, las tierras altas de las planicies del interior. * * Lugar despoblado, estéril. * * * T apui-retama: región del Tapuia.

De ahí la circunstancia, revelada por una observación feliz, de que aún hoy predominan en las denominaciones geográficas de esos lugares, términos de origen tapuia resistentes a las absorciones del portugués y del tupí, que se impusieron en otros sitios. Sin que nos explayemos de­ masiado, podemos resumir las tierras que circundan a Canudos como ejemplificaciones de este fenómeno lingüístico que tan bien traduce un acontecer histórico. "Traspuesto el Sao Francisco en dirección al sur, se penetra en una región ingrata por la inclemencia del cielo y se va atravesando la elevada desembocadura del Vaza-Barris, antes de ganar las zonas más deprimidas de las planicies bahianas que, después del salto de Paulo Afonso, después de Canudos y de Monte Santo, llevan a Itiúba, al Tombador y al Aguruá. Ahí, en ese lugar del patrio territorio, uno de los más ingratos, donde otrora se refugiaban los perseguidos restos de los Orizes, Procás y Cariris, aparecen de nuevo, designando los lugares, los nombres bárbaros de pro­ cedencia tapuia que ni el portugués ni el tupí lograron suplantar. "Entonces se leen en el mapa de la región con la misma frecuencia de los accidentes topográficos, los nombres de Pambu, Patamoté, Uauá, Bendegó, Cumbe, Magacará, Cocorobó, Jeremoabo, Tragagó, Canché, Chorrochorró, Quincuncá, Conchó, Centocé, Aguruá, Xiquexique, Jequié, Sincorá, Caculé o Catolé, Orobó, Mocujé y otros igualmente bárbaros y extraños” * 1 4 9 . Es natural que grandes poblaciones sertanejas parejas con las que se insinuaban en el Sao Francisco medio, se constituyesen allí con predo­ minio de sangre tapuia. Y allí permanecieron olvidadas, en un círculo estrecho, durante tres siglos, hasta nuestros días, en un abandono com­ pleto, ajenas por completo a nuestros destinos, guardando intactas las tradiciones del pasado. De modo que, ahora, quien atraviesa por esos lugares, observa una uniformidad notable entre quienes los pueblan: rostros y tallas apenas varían en torno de un modelo único, dando la impresión de un tipo antropológico invariable, a primera vista diferente del mestizo proteiforme del litoral. Porque mientras éste muestra todos los tonos y ofrece un tipo indefinido, según el predominio variable de sus agentes, el hombre del sertón parece copia de un modelo único, con las mismas características físicas, la misma tez, apenas variando del mameluco bronceado al cafuz oscuro; cabellos lacios y duros o levemente ondulados. La misma envergadura atlética, y los mismos rasgos morales que se traducen en las mismas supersticiones, los mismos vicios y las mismas virtudes. La uniformidad es impresionante. El sertanejo del Norte es, indudable­ mente, el tipo de una subcategoría étnica ya constituida 1 5 °.

* Teodoro Sampaio, Da expangáo da lingua tupi e do seu predominio na lingua nacional.

Abramos un paréntesis. . . La mezcla de razas muy diferentes, en la mayoría de los casos, es perjudicial. Ante las conclusiones del evolucionismo, aunque actúe sobre el producto el influjo de una raza superior, despuntan vivos estigmas de la inferior. El mestizaje extremado es un retroceso. El indoeuropeo, el negro y el brasileño guaraní o el tapuia, expresan estados evolutivos que se enfrentan y el cruzamiento, sobre anular las cualidades prominentes del primero, es un estimulante al recocimiento de los atributos primitivos de los últimos. De modo que el mestizo — rasgo de unión entre razas, breve existencia individual en la que se comprimen esfuerzos seculares— casi siempre es un desequilibrado. Foville 151 los compara, en general, con los histéricos. Pero el desequilibrio nervioso en tal caso es incurable: no hay terapéutica que pueda doblegar las tendencias antagónicas de razas sorpresivamente arrimadas, fundidas en un organismo aislado. No se comprende que después de diferenciarse extremadamente, a través de extensos períodos entre los cuales la historia es un momento, puedan dos o tres pueblos converger, combinando constituciones mentales diver­ sas, anulando en poco tiempo distinciones resultantes de un lento trabajo selectivo. Como en las sumas algebraicas, las cualidades de los elementos que se yuxtaponen, no se suman; se sustraen o se destruyen, según se esté en presencia de los caracteres positivos o negativos. Y el mestizo — mulato, mameluco o cafuz— menos que un intermediario es un de­ caído, sin la energía física de sus ascendientes salvajes, sin la altura in­ telectual de sus ancestros superiores. Contrastando con la fecundidad que acaso posea, revela casos de hibridez moral extraordinarios: espíritus ful­ gurantes, a veces, pero frágiles, inquietos, inconstantes, que deslumbran por un instante y en seguida se apagan, heridos por la fatalidad de las leyes biológicas, empujados hacia el plano inferior de la raza menos favorecida. Impotentes para lograr alguna solidaridad entre las generacio­ nes opuestas, de las que son producto, se mueven en un juego permanente de antítesis. Y cuando sobresalen — no son raros los casos— capaces de grandes realizaciones o de asociar las más complejas relaciones abstractas, todo ese vigor mental reposa (salvo los casos excepcionales que justifican el concepto) sobre una moralidad rudimentaria, en la que se observa el automatismo impulsivo de las razas inferiores. Es que en esa concurrencia admirable de los pueblos, envueltos en una lucha sin tregua, en la cual la selección capitaliza atributos que se con­ servan por herencia, el mestizo es un intruso. No luchó, no es una inte­ gridad de esfuerzos, es una cosa dispersa y disolvente, surge de repente, sin caracteres propios, oscilando entre influjos opuestos de legados dis­ cordantes. La tendencia a la regresión de las razas matrices caracteriza su inestabilidad. Es la tendencia instintiva de una situación de equilibrio. Las leyes naturales, por su propio juego, parecen extinguir, poco a poco, el producto anómalo que las viola, ahogando sus fuentes generatrices.

El mulato desprecia irresistiblemente al negro y trata con tenacidad ansiosa de realizar cruzamientos que apaguen en su prole el estigma del color; el mameluco se hace bandeirante inexorable, precipitándose feroz sobre las tribus aterradas. . . Esta tendencia habla claro. De algún modo, vuelve a anudar la serie continua de la evolución que el mestizaje cortó. La raza superior se vuelve objetivo remoto hacia donde tienden los mestizos deprimidos y éstos, en su búsqueda, obedecen al propio instinto de conservación y de defensa. Es que las leyes del desarrollo de las especies son inviolables y si la sutileza de los misioneros fue impotente para que el espíritu del salvaje comprendiera las más simples concepciones de un estado mental superior, si no hay esfuerzo que logre que el africano, a pesar de la solicitud de los mejores maestros, se aproxime al nivel intelectual medio del indo­ europeo — porque todo hombre es más que nada una integración de es­ fuerzos de la raza a la que pertenece y su cerebro es una herencia— ¿cómo puede entenderse la normalidad del tipo antropológico que aparece, de pronto, uniendo tendencias tan opuestas? 152

UNA RAZA FUERTE La observación cuidadosa del sertanejo del norte muestra de modo ate­ nuado este antagonismo de tendencias y está casi fijo en los caracteres fisiológicos del tipo emergente. Este hecho, que parece contradecir los párrafos anteriores, es una contraprueba apabullante. En efecto, es innegable que para la imagen anormal de los mestizos de razas muy diferentes contribuye bastante el hecho de arrastrar el elemento étnico más elevado, condiciones de vida superiores, de donde surge una acomodación penosa y difícil para aquéllos. Y como sobre ellos cae una sobrecarga intelectual y moral, el desequilibrio es inevitable. La índole incoherente, desigual y revuelta del mestizo, denota un íntimo e intenso esfuerzo de eliminación de los atributos que le impiden la vida en un medio más adelantado y complejo. En un círculo pe­ queño, se refleja ese combate sordo que es la misma lucha por la vida de las razas. Lucha conmovedora y eterna, caracterizada por el bello axioma de Gumplowicz 153 como la fuerza motriz de la historia. El gran profesor de Gratz 154 no la consideró bajo este aspecto, sin embargo, la verdad es que si todo elemento étnico fuerte "tiende a subordinar a su destino al elemento más débil ante el cual se encuentra” tenemos en el mestizaje un caso perturbador. La expansión irresistible de su círculo singenético, aunque eludido de tal manera, apenas se retarda. No se extingue. La lucha se transforma, volviéndose más grave. Va del exter­ minio franco de la raza inferior por la guerra, a su eliminación lenta,

a su absorción ambigua, a su dilución en el cruzamiento. Y durante el curso de este proceso reductor, los mestizos emergentes, variables, con todos los matices del color, de la forma y del carácter, sin rasgos defi­ nidos, sin vigor, y la mayor parte de las veces, inútiles, en último análisis, no son más que los mutilados inevitables del conflicto que perdura, im­ perceptible, en el correr de los años. En estos casos, la raza fuerte no destruye a la débil con las armas, sino que la arruina con la civilización. Ahora bien, los rudos patricios de los sertones del Norte se libraron de esta última. El abandono en que quedaron tuvo una función benéfica. Los liberó de la adaptación penosísima a un estado social superior y simul­ táneamente, les evitó caer en las aberraciones y los vicios de los medio adaptados. Entre ellos, la fusión se operó en circunstancias más compatibles con los elementos inferiores. El factor étnico prominente les transmitió las tendencias civilizadoras pero no les impuso su civilización. Este hecho destaca fundamentalmente el mestizaje de los sertones del mestizaje del litoral. Son formaciones diferentes, no por los elementos sino por las condiciones del medio. El contraste entre ambas resalta ante el paralelo más simple. El sertanejo toma del salvaje su intimidad con el medio físico que en vez de debilitarlo lo fortalece, y su potente organismo refleja en la índole de su carácter y de sus costumbres, de las otras razas formadoras, sólo aquellos atributos más ajustables a su fase social inci­ piente. Es un retrógrado, no un degenerado. Porque las vicisitudes históricas lo liberaron, en la fase delicada de su formación, de las exigencias des­ proporcionadas de una cultura prestada, preparándolo para conquistarla un día. Su evolución psíquica, por lenta que sea, tiene actualmente la garantía de un tipo físicamente constituido y fuerte. Aquella raza cruzada surge autónoma y de algún modo, original, transfigurando por la combinación, los atributos heredados, de modo que, libre por fin de la existencia sal­ vaje, puede alcanzar la vida civilizada por lo mismo que no la alcanzó de golpe. Es lógico. Al revés de la inversión extravagante que se observa en las ciudades del litoral, donde funciones altamente complejas se imponen a órganos mal constituidos, oprimiéndolos y atrofiándolos antes del pleno desa­ rrollo; en los sertones, la integridad orgánica del mestizo aparece entera y robusta, inmune a mezclas extrañas, capaz de evolucionar, diferen­ ciándose, acomodándose a nuevos y más altos destinos, porque tiene una base física sólida para un posterior desarrollo m oral1 5 5 .

Dejemos estas divagaciones poco atrayentes. Prosigamos considerando directamente la figura original de nuestros patricios retardatarios. Esto sin método, sin pretensiones, evitando los garbosos neologismos etnológicos. Nos faltan, igualmente, tiempo y competencia para enredarnos en fantasías psíquico-geométricas, que hoy se exageran con un materialismo filosófico, midiendo el ángulo facial o dibujando la norma verticalis de los jagungos 1 5 6 . Si nos embarazáramos en las imaginativas líneas de esa especie de topografía psíquica de la que tanto se ha abusado, ni siquiera lo com­ prenderíamos mejor. Seríamos simples imitadores. Sólo reproducimos todas las impresiones, verdaderas o ilusorias que tuvimos cuando, de pronto, acompañando la dinámica de una campaña militar, nos enfrentamos, en una vuelta del sertón, con aquellos singulares desconocidos que viven allí, abandonados, desde hace tres siglos 1 5 7 ,

III EL SERTANEJO 15 8 Ante todo, el sertanejo es fuerte. No tiene el raquitismo de los mestizos neurasténicos del litoral. Aunque al primer golpe de vista su apariencia muestra lo contrario. Le falta la plástica impecable, el diseño, la estructura correcta de los organismos atléticos. Es desgarbado, desarticulado, torpe. Hércules-Quasimodo refleja en su aspecto la fealdad típica de los flacos. Camina sin firmeza, sin aplomo, casi zigzagueante, sinuoso, con un movimiento de miembros descoyun­ tados. Le agrava la postura normalmente abatida, una manifestación de displicencia que le da un carácter de humildad deprimida. Si está de pie, invariablemente se recuesta en el primer poste o pared que encuentra, si anda a caballo y para al animal para cambiar dos palabras con un desconocido, en seguida cae sobre uno de los estribos, descansando sobre el costado de la silla. Si camina, aunque sea a paso rápido, no sigue un trayecto rectilíneo y firme: avanza velozmente, con un bamboleo carac­ terístico que se parece al trazado geométrico de los meandros sertanejos. Y si durante la marcha se detiene por cualquier motivo, sea para enrollar un cigarro, encender el yesquero o conversar con un amigo, inmediata­ mente cae — cae es el término— en cuclillas, pasando largo tiempo en una posición de equilibrio inestable, en la que todo el cuerpo queda sostenido por los dedos grandes de los pies, sentado sobre los talones, con una simplicidad que es a la vez ridicula y encantadora. Es un hombre permanentemente fatigado.

Muestra una pereza invencible, una atonía muscular perenne, en todo: en la palabra lenta, en el gesto contrariado, en el andar desgarbado, en la cadencia lánguida de las modinhas, en la tendencia constante a la in­ movilidad y a la quietud. Pero esa apariencia de cansancio engaña 1 5 9 . No hay nada más sorprendente que verla desaparecer de improviso. En ese organismo abatido se operan de pronto cambios totales. Basta con que se produzca un incidente cualquiera exigiéndole la demostración de energías adormecidas. Este hombre se transfigura. Se yergue midiendo nuevas dimensiones, en la estatura y en el gesto, la cabeza se afirma, alta sobre los hombros fuertes, aclarada por la mirada firme y segura, se corrigen, prontos, en una descarga nerviosa repentina, todos los efectos del relajamiento habitual de los órganos, y de la figura vulgar del tabaréu contrahecho, despunta inesperadamente el aspecto dominador de un titán cobrizo y potente, en un desarrollo sorprendente de fuerza y agilidad extraordinarias. Este contraste se impone al más leve examen. Se muestra en todo momento, en todos los pormenores de la vida sertaneja, siempre aparece el intercambio impresionante entre los impulsos extremados y las apatías prolongadas. Es imposible idear un jinete más rudo y desaliñado, sin elegancia, las piernas colgantes, el cuerpo echado hacia adelante y oscilando según los vaivenes del andar de los pequeños caballos del sertón, sin herraduras y maltratados, resistentes y rápidos como pocos. En esta actitud indolente, acompañando con morosidad el paso tardo de los bueyes, el vaquero perezoso se parece al caballo tropero que cabalga casi dos tercios de su existencia en una red adormecedora siguiendo al ganado. Pero si una res se rebela y huye a través de la caatinga o si una punta de ganado se atropella a lo lejos, lo vemos transformado, clavando las espuelas en los ijares de su montura y partiendo como un dardo, atrave­ sando velozmente los dédalos inextricables de las juremas. Lo vimos en este steeple-chase * bárbaro. Nadie lo contiene en su ímpetu. Aunque lo obstaculicen quebradas, piedras, cuevas, montes espinosos o barrancos de arroyos, nadie le impide cazar al novillo huido, porque por donde pasa el buey pasa el vaquero con su caballo. . . Pegado al lomo del caballo, confundido con él, gracias a la presión de las piernas firmes, realiza la acción de un centauro bronco: emerge inopinadamente en los claros, desaparece en los matorrales altos, supe­ rando vallas y pantanos, venciendo cumbres elevadas, superando veloz los espinos mordientes, precipitándose a todo lazo a lo largo de lás planicies. . .
* Steeple-chase: en inglés en el original: carrera de obstáculos. (N . d e T .).

Su robusta complexión aparece en total plenitud. Es el jinete fuerte que da vigor al caballo pequeño y frágil, sosteniéndolo con las riendas improvisadas de caroá, frenándolo con las espuelas, arrojándolo a la ca­ rrera — estribando corto, las piernas encogidas, las rodillas levantadas hacia adelante, el cuerpo pegado al arzón— desatado en el rastro del novillo esquivo; aquí se dobla ágil bajo un matorral que le llega casi hasta la silla, allá desmonta de repente, como un acróbata, agarrado a las crines del animal para salvarse de un tronco advertido a último momento y vuelve a montarlo de un salto apenas supera el obstáculo, y galopando siempre, a través de todos los impedimentos, sosteniendo con la diestra, sin perderla nunca, sin dejarla en los montes inextricables, la enorme aguijada forrada en cuero que, por sí sola, ofrecería en otras manos serios impedimentos para la travesía. . . Terminado el embate, restituida al rebaño la res dominada, lo vemos otra vez caído sobre la silla, de nuevo desgraciado e inerte, oscilando al compás de la lenta andadura, con la triste apariencia de un pobre in­ válido.

TIPOS DISPARES: EL JAGUNgO Y EL GAUCHO Si el gaucho del Sur lo encontrara en ese instante, lo miraría con conmi­ seración. Porque el vaquero del Norte es su antítesis. En la postura, en el gesto, en la palabra, en la índole y en los hábitos no es posible equipararlos. El gaucho, hijo de las llanuras sin fin, hecho a las carreras fáciles por las pampas, formado por una naturaleza amable, muestra una imagen de caballero gentil. La lucha por la vida no tiene el carácter salvaje de los sertones del Norte. No conoce los horrores de las sequías y los com­ bates cruentos con una tierra árida. No lo entristecen las periódicas escenas de devastación y de miseria, el cuadro de absoluta pobreza del suelo calcinado, exhausto por los soles bravios del ecuador. En sus tran­ quilas y felices horas no siente la preocupación del futuro. Despierta a la vida amando a la naturaleza deslumbrante que lo alimenta y pasa por ella aventurero, jovial, valiente y fanfarrón, despreocupado, considerando al trabajo una diversión que le permite hacer carreras, domando distan­ cias, por las llanuras verdes, llevando sobre el cuerpo, flameando, alegre, al viento, el inseparable poncho. Al lado de la vestimenta rústica del vaquero, su ropa es un traje de fiesta. Las amplias bombachas especial­ mente hechas para el movimiento libre sobre los baguales, en el galope cerrado o en el corcovear furioso, no se rompen en los espinos lacerantes de ninguna caatinga. Su vistoso poncho jamás queda prendido ni se desgarra entre las ramas de árboles retorcidos. Botas altas, en las que tintinean las rosetas de las espuelas de plata, pañuelo de seda encarnado

al cuello, sombrero de grandes alas flexibles y en el cinturón de cuero, brillando, la pistola y el facón; es el aspecto de un vencedor jovial y fuerte el que asoma por las cuchillas, airoso en su redomón. Es un hombre hecho a las victorias, jovial y fuerte. El caballo, socio inseparable de esta vida algo novelesca, es casi un objeto de lujo. Lo demuestra su arreo complicado y espectacular. Un gaúcho andrajoso montado sobre un pingo de buen apero, está correcto. Puede cruzar, sin sufrir vejamen alguno, las aldeas en días de fiesta.

LOS VAQUEROS En cambio, el vaquero se crió en condiciones opuestas, en un intercam­ bio continuo de momentos felices y momentos crueles, de abundancia y miseria; sobre su cabeza, el sol es una amenaza permanente que en la vuelta de las estaciones le trae períodos de sucesivas devastaciones y desgracias. Atravesó la mocedad en medio de periódicas catástrofes. Se hizo hom­ bre, casi sin haber sido niño. Dejó de serlo muy pronto, porque en el sertón, las sequías interrumpieron las alegrías de la infancia. Temprano tuvo que encarar la vida desde el lado tormentoso. Es un condenado en vida. Se vio envuelto en una batalla sin treguas, que le exige impe­ riosamente el mantenimiento de todas sus energías. Se hizo fuerte, experto, resignado y práctico. Se preparó para la lucha. A primera vista, su aspecto evoca vagamente al guerrero antiguo ex­ hausto por la refriega. Las ropas son su armadura. Envuelto en su casaca de cuero curtido, grueso o fino, apretado en su chaleco, también de cuero, calzando las perneras de cuero, asimismo curtido, que suben hasta las ingles, muy justas, cosidas a las piernas, articuladas con rodi­ lleras de suela, resguarda los pies y las manos con envolturas de piel de venado. Presenta la figura grosera de un campeador medieval tras­ plantado a nuestro tiempo. Esta armadura de un marrón rojizo, como si fuese de bronce flexible, no centellea, no brilla al sol. Es hosca y polvorienta. Envuelve al guerre­ ro de una batalla sin victorias. . . La silla de la montura hecha por él mismo, imita a la riograndense pero es más corta y cavada, sin los aparejos lujosos de aquélla. Sus accesorios son una piel de buey, un cuero resistente que cubre las ancas del animal, pectorales que le resguardan el pecho y las rodilleras sujetas a las cintas. Este equipamiento del hombre y del caballo está hecho a hechura del medio. Vestidos de otra manera no podrían pasar incólumes las caatingas y los pedregales.

impetuoso. Ahora bien. Busca al ad­ versario con el firme propósito de destruirlo. sin una tira de otro tono. en una extraña manifes­ tación de desgano y cansancio extraordinarios. .Pero nada hay más monótono y feo que esta original vestimenta. pasa de la red perezosa y cómoda a la montura áspera. es más duro. Y es natural que lo sea. es completamente explicable ese contraste permanente entre las manifestaciones de fuerza y agilidad y los prolongados lapsos de apatía. Son una perfecta versión moral de los agentes físicos de su tierra. en las escasas fiestas en que el matuto olvida sus pesares escuchando la guitarra surge una novedad. derribándolos en la lucha en la que entra con total despreocupación por la vida. Vivir es adaptarse. con aliento desa­ forado en los entreveros. . por cierto. es más fuerte. es más peligroso. firme en los estribos. es más resis­ tente. Es improbable que tome un aspecto novelesco y glorioso. o una bromelia rubia y fresca prendida en el som­ brero de cuero. de tanto en tanto. En estos aspectos que se enfrentan refleja la natu­ raleza misma del medio que lo rodea. es inimitable en una carga guerrera. pasiva ante el juego de los elementos y sometida de una estación a otra. desde la mayor exuberancia a la penuria de los desiertos encendidos bajo la reverberación de los estíos abrasadores. pasa de la máxima quietud a la máxima agitación. Es un luchador permanentemente exhausto. Como el sertanejo del Norte tuvo un arduo aprendizaje de reveses se acostum­ bró pronto a su encuentro y a la correspondiente reacción. el tañido de las espuelas y la caja del pandero. desaparece con un grito triunfal en la vorágine del combate cuando centellean las espadas. desaliñado. abrupto. permanentemente audaz y fuerte. . el valiente enlazador. convierte al caballo en pro­ yectil y va rompiendo formaciones de adversarios. Apenas. por las pampas. está siempre preparándose para un obstáculo al que no vence y por el que no se deja vencer. el sertanejo pierde el aire alegre. Acabadas las horas de esparcimiento. con el pelo del lado de afuera. con la lanza en ristre. y enton­ ces cae en la postura habitual. acompa­ ñan la cadencia de las guitarras en la vibración de los rasgados. El gaucho. El jagungo es menos teatralmente heroico. sea como fuere. de un solo color — el pardo rojizo del cuero curtido— sin una variante. un chaleco vistoso de gato salvaje o de suguarana. Ella lo talló a su imagen: bárbaro. expandido en los zapateados en los que el golpe seco de las alpargatas sobre el suelo. Atraviesa la vida entre celadas y sorpresas de naturaleza incompren­ sible y no pierde un minuto. tosco. Es inconstante como esa naturaleza. Pero esto es un incidente pasajero y raro. es más tenaz. se precipita al sonar de los vibrantes clarines.

Cuando apunta con el liviano fusil o el pesado trabuco no yerra la puntería. Es un tanteo demoníaco. Su vida es una conquista duramente hecha. Calcula fríamente la pelea. la cría de ganado es allí el trabajo más apropiado para el hombre y para la tierra. lejos de los dilatados dominios que muchas . enlazando al potro bravio. El jagunco no. Al revés del estanciero. en la más leve vibración nerviosa. . sin tener la certeza del resultado. Retrocede. Parar el rodeo es para el gaúcho una fiesta diaria de las que las caba­ lladas espectaculares son sólo una muestra. Pero al retroceder es todavía más cuidadoso. . . o le curan las heridas. La cuida como un precioso capital. en las evoluciones rápidas de las carreras. Si la reacción fulminante es ineficaz. tumbándo o volteando con las fulminantes bolas al toro alzado. o hacen apartes de novillos para el tambo o escogen a los baguales condenados a las espuelas del domador. SERVIDUMBRE INCONSCIENTE: VIDA PRIMITIVA Eso no sucede en el norte. Cuando maneja el cuchillo no da un solo golpe en falso. juntando el ganado desparramado o embretando a los bueyes esquivos por zanjones y bañados. .Está acostumbrado a los sitios oscuros y estrechos. en faenas codidianas. Aparte de la agricultura rudimen­ taria de las plantaciones de bajante a orillas de los ríos. capa­ taces y peones viven en el grito alegre de una diversión tumultuosa. el mismo fuego que encienden las marcas sirve para los rudos ágapes de asado con cuero y para calentar el agua para beber el cimarrón amargo. Entonces todo sertanejo es vaquero. un odio total. cuando en los rodeos marcan el ganado. el hacendado de los sertones vive en el litoral. No la desperdicia en la más ligera contracción muscular. el gaúcho es frágil y se deja apretar por una situación indecisa. Llevan una vida variada y llena de aconteceres. En el estrecho ámbito de las mangueiras o en pleno campo. No hay que esperar en los establecimientos del sertón las fiestas de las estancias del sur. sin espacios abier­ tos. desde ese momento. los pialadores. obser­ vándolo por el caño de la espingarda. En los trabajos más calmos. si el adversario no cae rápida­ mente vencido. El adversario tiene. oculto en las som­ bras de las trampas. para obtener los cereales de primera necesidad. Esta oposición de caracteres se acentúa en las épocas normales.

De esta manera. también aprende las de los demás. Lleva indeleble la indicación que lo devolverá a su lugar de origen. fielmente. los nombres y las edades. etcétera. completados por cortes de pequeños ángulos en las orejas. Como los opulentos propietarios de la colonia. Gracias a un contrato por el cual reciben cierto porcentaje de los productos. Puede romper tranqueras y esca­ par. llega a conocer. Todos tienen el mismo trato de aparcería con el vaquero que se resume en una cláusula única: darle a cambio de los cuidados y de todos los trabajos. una a una. Es su paga. Pero no lo lleva a la feria anual ni le hace desempe­ ñar ningún trabajo. rápidamente. Porque el vaquero no se conforma con saber las marcas de su hacienda de memoria. . Esas marcas son dibujos o letras o diseños caprichosos que se imprimen sobre las ancas del animal. Marcado el ganado queda garantizado. sabe de su fidelidad sin par. los rebaños que no les pertenecen. Lo primero que hacen es aprender el abecé y terminan aprendiendo todas las exigencias del arte en el que son eméritos: conocer las marcas de sus haciendas y de las vecinas. sin jueces ni testigos. En caso que no la conozca. Heredan un viejo vicio histórico. Si es una vaca y da cría. el extra­ ño contrato que nadie escribió. Lo señalamos como rasgo particular de la probidad de los matutos. incluyendo la genealogía y las carac­ terísticas. No los fis­ caliza. ahí se quedan. cui­ dando la vida entera. Nos parece mentira esto que es tan común en los sertones. lo devuelve en seguida. los sertanejos de cuero levantan sus ranchos de paloa-pique al borde de las aguadas. marca a la cría con la misma señal desco­ nocida que reproduce con admirable perfección y así sigue con toda la descendencia de la primera. ausente. Entonces. lo deja morir de viejo. no sólo las reses que cuida sino las de los vecinos. Cuando mucho. cuando aparece un animal extraño en su reducto y conoce la marca. con sus trajes típicos. por tatuaje a fuego. Cada cuatro becerros separa uno para sí. El dueño legítimo. y abnegadamente. Establece con el patrón desconocido el mismo convenio que tiene con el suyo. anónimos — nacen.veces ni siquiera conoce. sabe sus nombres. se entregan a una servidumbre que no comprenden. conserva al intruso y lo trata como a los demás. como si armasen tiendas. No le pertenece. viven y mueren en el mis­ mo pedazo de tierra— perdidos entre las piedras y los matorrales. Los vaqueros son sus siervos sumisos. Los grandes propietarios de la tierra y de los rebaños lo conocen. Y cumple estrictamente. en un extraordi­ nario esfuerzo de memoria. A veces. Muchas veces ocurre que después de años puede descifrar una marca y el dueño original recibe no sólo la vaca cuya pérdida ya había olvidado sino la cantidad de ganado que aquélla produjo. usufructúan parasitariamente las rentas de sus tierras sin límites fijos.

EL RODEO Esta solidaridad de esfuerzos se evidencia mejor en el rodeo. Restringen las acti­ vidades. A veces. rápidos. Si el mal devasta el ganado conocen un remedio más eficaz que el mercurio: el rezo. los animales de los dife­ rentes establecimientos convecinos que por los campos viven en común. Y así viven en una perpetua adversidad. para informar sobre un desastre. de a veinte. lo que es más habitual. Y saben que nunca violarán el porcentaje. No necesitan ver al animal enfermo. Graba sobre éstas su marca particular y las conserva o las vende. El ganado vive y se multiplica al azar. trabajo que consiste en reunir y discriminar después. el extravío del rebaño por ejemplo. Marcados en junio.un cuarto de los productos de la hacienda. Se vuelven hacia la dirección en la que aquél se encuentra y rezan. El vaquero separa escrupulosamente la mayoría de las nuevas cabezas que pertenecen al patrón (en las cuales imprime la marca de la hacienda) de las pocas. amigos. . Los vaqueros apenas tratan de atenuarlas. se auxilian incondicionalmente en todos los menesteres. frase característica para llamar a los vaqueros vecinos y allá van todos. Sólo cuatro bueyes dieron su cuero. “su seguro servidor” . * Al firmar las cartas no utiliza la fórmula común. Pocas veces un incidente o una variante alegre quiebra la monotonía de sus vidas. ¡El resto tronó en el mundo!” . verdadera caballería rústica. aunque fatigantes en algunas ocasiones. Allí los ralean epizootias intensas en las que sobresalen el rengue y el mal triste. No existe en el Norte una industria pastoril. los animales nuevos se pierden en las caatingas con el resto de las manadas. un cuarto. lo curan por el rastro. toma su picana y sale a ras­ trearlo y si no lo encuentra pide campo. ingenuamente. Cuando un animal se escapa. se hace sin que esté presente la parte más interesada. que le pertenecen a él. de a diez. ruidosos. son también lo más rudimentario que se pueda concebir. por ésta: su amigo y vaquero. utiliza una alarmante con­ cisión: “Patrón y amigo: le participo que su rebaño está en el despotismo. dibujando en el suelo inextricables líneas cabalísticas. mezclados. Solidarios unos con otros. campeando. Le escribe al patrón * dándole cuenta minuciosa de todo el movimiento del establecimiento. escrudiñando las caatingas hasta que el animal caiga atado por los cuernos que le sujetan unas manos poderosas. El ajuste de cuentas se hace al finalizar el invierno y generalmente. Es una formalidad que se pasa por alto. O si no. Estas. reparando hasta en los mínimos detalles y después continúa con sus faenas interrumpidas. la sustituye. sin cercos ni vallados.

por los aires nubes de polvo. Un toro que otro vuelve a escapar a la caatinga. . *. . un estrépito de ramas que estallan. Trae una exigua parte del rebaño. Lo entrega a los compañeros que allí se quedan y vuelve al galope en renovada búsqueda. . . Sobre el final del día. . Distribuyen las tareas que corresponden a cada uno en la lid. y súbitamente aparece el ganado y detrás. con una mano se agarra a las crines del caballo mientras con la otra alcanza el rabo del animal en disparada y con un tirón formidable lo voltea en tierra. Juvenal Galeno. Y luego el aparte. un entrechocar de cuernos que gol­ pean. Eligen un lugar más o menos central. los recalcitrantes. Arreglan los dispositivos de la empresa. Y por fin. Va con él hasta el escondrijo más hondo. Lendas e Cangoes. una tonada poco variada y triste que sirve para pacificar a las reses y guiarlas. suspendido de un estribo. El va­ quero lo sigue. EL ARREO La manada sigue lentamente la cadencia de ese canto triste y perezoso. cada uno va para su re­ ducto llevando por delante las reses propias. el recuento de las cabezas reu­ nidas. la última tarea. Y después irradian los atletas de cuero hacia las caatingas que los rodean. . hasta que surja el instante adecuado para un acto definitivo: alcanzar repentinamente al fugitivo. Pero a esta penosa tarea siguen otras de mayor calibre. se convierte en un tumulto de bueyes y caballos confundidos en un vibrante rumor de terremoto. Después le pone una máscara de cuero y lo vuelve a conducir al rodeo. El cuadro tiene el movimiento salvaje y asombroso de una corrida de tártaros. resuenan melancólicamente las notas del aboiado .Lo realizan de junio a julio. El vaquero se vuelca sobre la montura. Así van apa­ reciendo otros por todo el ámbito del rodeo que se anima. Torcido desaliñadamente sobre la montura el vaquero rumia sobre las * Aboiar: cantar mientras se conduce el ganado. . sobre el caballo que arremete. Y por los campos. Le va pisando el rastro. entonces el rodeador congrega a los vaqueros de los sitios próximos. . se separan. . se cambian impresiones con adjetivos ad hoc que van en aumento desde los más rispidos hasta los más trémulos de asombro. En minutos los sertanejos desaparecen. Les cuenta la hazaña. se oye un estruendoso tropel de cascos sobre las piedras. Los compañeros lo reciben ruidosamente. De repente. generalmente un campo expla­ nado y limpio. El rodeo permanece desierto durante un lapso de tiempo. En los extremos se agitan los animales que no se resignan. No lo larga. el vaquero tenso sobre los es­ tribos. Le retrucan con otras idénticas.

. de­ saparecen las ipueiras rasas. con estrépitos de cuernos. soberbio. se inclinan. tal vez con más intensidad. en los sertones del Norte. Nadie puede explicar qué pasó. reproducen. envidia de toda la manada. un pormenor de su existencia primitiva y simple. De súbito algo pasa. según el trato hecho. revueltos. Y sobre este tumulto. en estallidos de ramas y gajos. Hay una detención instantánea. se clavan y entrecruzan millares de cuernos. que resuena nostálgica por los descampados silenciosos. al son de la tonada que parece hama­ carlos con su refrán monótono: E cou mansaó. observando vivamente el espacio y se encogen. acometiendo impetuoso sobre los destrozos que * Estourar. Millares de cuerpos forman un cuerpo único. caen pisoteados los ranchos o quedan vacíos. monstruoso. informe. Este acontecimiento. . . En minutos. más acá. . de ancho cogote. quedan destrozadas tierras penosamente cultivadas. común por de­ más. Se meten en las caatingas rompiendo árboles. las disparadas (estampidas) de las pampas. y por aquí y por allá. *. con la cabeza alta y desafiante. . sigue la huella guiado por la compresión de los otros cuerpos contra el suyo. . Allí mismo va contando los animales destinados a la feria. considera el caso de un viejo buey que ya tiene diez años y nunca fue llevado a la feria gracias a una antigua amistad. las piedras caen. más allá. de cuernos romos y llenos de tierra. el toro vigoroso. el enmascarado. más lejos. una descarga nerviosa lleva el espanto a la manada entera. un becerro claudicante muge porque se hunde en un desnivel y hay que sacarlo. precipitado en una carrera loca. Ya nadie los puede contener ni alcanzar. de golpe. desbordan por las pendientes. . torrentes de pe­ zuñas resuenan en el espacio como roncos y extensos truenos lejanos. rodeándolo. E cou. . es la desesperación de los vaqueros. é cao. . . Y en un obstáculo único. lentos. abandonados por sus habitantes despavoridos que huyen hacia los costa­ dos evitando el rumbo rectilíneo en que se despeña la estampida. se yerguen. in­ descriptible. Se origina en el incidente más trivial. Y marchan en orden. Una res se espanta y el contagio es instantáneo.probables ganancias: lo que le toca al patrón y lo que le toca a él. salen dispara­ dos aquellos cuerpos macizos que normalmente son tan tardos y morosos. . un temblor. arrancar o arribar la manada de bovinos son sinónimos del mismo hecho que. se anudan. guampudo. envergadura de búfalo. de animal fantástico. . un estremecimiento corre por todos esos cuerpos. cada animal es un conocido. . asombroso. cada uno encierra un incidente. Se enredan. El suelo vibra en un estré­ pito horrendo y la manada sale en estampida. caminando con holgura porque los demás lo respetan y le abren un claro alrededor. puede ser el paso de una araña o la corrida de una rata de campo.

Entonces vuelven a encauzarla por el camino del establecimiento y otra vez resuenan por los campos. Figueiredo. nuevas hazañas. como disfraz. en animales extrañamente enjaeza­ dos. tristemente. Escasos de recursos para alejarse de los ranchos. improvisando vibraciones de choradinho o de baiao. C. poco a poco afloja y se para. La lid se renueva. o a la manera musulmana. y totalmente olvidada en la tierra que le dio origen. esta diversión hecha a la luz de linternas y antorchas. largado en una disparada sobre barran­ cos y valles. la exótica encamisada * que es el más curioso ejemplo del modo como están aferados a las más remotas tradiciones. hasta que la manada. nuevas acometidas. donde su misma significación es actualmente un inu­ sitado arcaísmo. y otros a caballo. estirado sobre la montura. mientras los casados cumplen con la obliga* Encamisada: asalto nocturno en que las tropas vestían. agarrado a las crines del caballo. nuevos esfuerzos. camisones. las notas melancólicas del áboiado. los vaqueros descansan en las redes colgantes. el vaquero. Viejísima copia de las vetustas épocas de los ataques nocturnos contra los caudillos árabes en la Península. con sus largos cortejos de hombres a pie. entre ellas. Y entre ellos. Pero no todos la comparten. Novo dicionário da Lingua Portuguesa. el ocio llena de pereza los brazos del vaquero. les proporciona escaramuzas y encuentros simulados que hacen el encanto de los matutos ociosos.deja detrás de sí esa avalancha viva. matando las horas. vestidos de blanco. Va a las aldeas donde se hacen fiestas de caba­ lladas y morerías. no tanto por el trabajo de los que la golpean por los flancos sino por el cansancio. juegos anacrónicos que las aldeas sertanejas reprodu­ cen intactos con los mismos programas de hace tres siglos 1 6 °. las riendas sueltas. se entregan a las diversiones habituales. TRADICIONES De vuelta al rancho. completa­ mente estupidizada. en la significación total del término. la aguijada en ristre. sueltos los estribos. Si la época es propicia y prosperan las plantaciones hechas en las bajantes y nada revela la aparición de la sequía. tranquilizándose con la umbuzada sabrosa o comiendo el manjar incomparable de jerimum con leche. nuevos riesgos y nuevos peligros que hay que afrontar y vencer. sobre morros y quebradas. sosteniendo las pequeñas guitarras. el baile. Vestidos con cueros nuevos. mien­ tras relatan las peripecias del rodeo o las famosas aventuras de las ferias. Ya se le han unido los compañeros que a lo lejos oyeron la estampida. . los solteros se agitan en sambas y cateretés ruidosos.

testaruda) dado a la cachaga. iluminado por la luna y las estrellas. / acepta tu desafío / el “fama” de este sertón” . Se mueven en lentos meneos las caboclas bonitas. nunca realizado. En los intervalos se arman los desafíos. Un cabra destacado rasga la guitarra. es de una filosofía adorable. nao! Desafio o mundo inteiro Pra cantar nesta fungao! El adversario en seguida retruca tomando el último verso de la es­ trofa : Pra cantar nesta fungao. de evitarla. Amigo. vastos planaltos en los que las desembocaduras de aquel río y del * Famanaz del desafío: gran improvisador. Choradinho y baiáo: (lloradito y baión) danzas comunes en el norte. amén. los vaqueros vuelven a la ruda tarea o a la pe­ rezosa red. “Cantar en esta función. amém. etc. golpeando nerviosamente la guitarrita. Serenar en el baile: bailar muy vagarosamente. la tierra bien barrida. (N . meu camarada. Cruzan el Sao Francisco. en los ranchos en fiesta los bailes se arman afuera. Se entreveran como adversarios dos rudos cantores.). hábil. bajo una avalancha de risas que saludan la derrota. Terminada la fiesta.ción de cuidar a su familia. algunos salen de los tranquilos ranchos hacia tierras remotas. * * “A la hora de Dios. mi camarada. Nada expresa mejor la atracción que la bebida ejerce sobre esos valientes y el deseo que tienen. Y la noche se va deslizando rápida en el jolgorio que se generaliza hasta que el canto de las sericóias en las ipueiras da la señal del desbande. el mo­ biliario hecho de troncos y algunos taburetes. / desafío al mundo entero / cantar en esta función” . destabocado y otros: son palabras comunes que denotan a todo hombre fuerte. de T . Ralhar (rallar o rascar) en la guitarra: tocar ruidosamente con habilidad. Como en general hay poco espacio. no. . sin hacer ruido con los pies. bala e onga. Destalado . porfiada. brabo e corado. Fuerte y hábil las revolotea el sertanejo joven. De año en año. / amigo. se meten en los campos gerais del oeste. Aceita teu desafio O "fama” diste sertüo! * * Es el comienzo de la lucha que sólo termina cuando uno de los bardos se enreda en una rima difícil y titubea. Las rimas les salen en versos a veces muy bellos * : Ñas horas de Deus. El nombre de “teimosa” (empecinada. / no es burla. Despuntar el día: el primer trago de alguna bebida al comienzo de la función. Nao é zombaria. Comienza la función con largos tragos de aguardiente mientras rompen estruendosos los vivos zapateados.

Con los escasos recursos de sus propias observaciones y de las de sus mayores. ha tratado de estudiar el mal para conocerlo y soportarlo. Dos o tres meses antes del solsticio de verano empieza a fortalecer los muros de los pozos y limpia los desaguaderos. Son los autócratas de las ferias.Tocantins 161 se confunden en lagunas de donde salen. a todo trance alimenta esperanzas en una resistencia que parece imposible. Buckle señala la anomalía de que el hombre nunca se adapta a las calamidades naturales que lo rodean 1 6 3 . . ríos hacia el levante o el poniente. Es un complemento de su vida tormentosa y la enfrenta con estoicismo. Mira a las alturas. La sequía no lo asusta. Van a comprar ganado. En unas páginas notables. lentamente baja el nivel de los pozos de agua. . Pero nuestro sertanejo es una excepción a la regla. Los síntomas del flagelo aparecen encadenados en serie. una variante trágica. En su armadura de cuero. . el suelo se agrieta. se animan entonces pasa­ jeramente con la romería de los bahianos. reanudan su vida monótona y primitiva. rápidas. con lloviznas suspendidas en los aires ardientes. . los árboles marchitan. Aquellas lejanas tierras. examina los rasgos más fugitivos del paisaje. A pesar de las dolorosas tradiciones que conoce a través de un sinnúmero de terribles episodios. sin dejar rastros. Al . gallardos. Prepara la tierra arable a orillas de los arroyos para las plantaciones ligeras de las primeras lluvias. montados en sus ariscos caballos. que colorean las caatingas. Se acerca la sequía. . Y al volver. blandiendo la aguijada. yendo más ha­ cia el norte. Pasan las "lluvias del cajú” en octubre. donde se mezclan enseñanzas prácticas con extravagantes su­ persticiones. pobres y oscuras villas que el Puerto Nacional 162 hace más extremas. inflexibles. Ningún pueblo tiene más temor a los terremotos que el peruano. y penetran en Goiás o. recordando las cenizas por una combustión sin llamas. Trata de adivinar el futuro. y en el Perú las vibraciones de la tierra hamacan la cuna de los recién nacidos. Pero no se escapa abandonando la tierra poco a poco invadida por el aire caliente que viene de Ceará. por todas partes. LA SEQUIA De repente. entran en esos villarejos con aire de triunfadores. como señales conmemorativas de un mal cíclico. . observa atentamente el horizonte. El sertanejo la adivina y prevé gracias al singular ritmo con que se desencadena el flagelo. indistintamente. si es que no se pierden para siempre en la peligrosa travesía. en las sierras del Piauí. Se prepara para la lucha con singular serenidad.

los seis meses venideros. si la mayoría o todos. en línea. aunque tradicional.mismo tiempo. . Al alba del día 13 los observa. al anochecer. Le retrata. el día 13 de ese mes. . hasta diciembre. Esta prueba. Esta experiencia es hermosa. el último. las ma­ yores o menores probabilidades de depresiones barométricas capaces de atraer la afluencia de lluvias. No es más el indolente o el impulsivo violento. Ese día es el índice de los meses siguientes. Ni ante sus peores vaticinios se desanima. . busca un nuevo augurio. Es el preludio de la desgracia. se nota que apenas clarea. pasa revista al ganado. Se ve venir. el invierno será lluvioso. en orden sucesivo. La atmósfera absorbe con avidez de esponja el sudor de la frente y la ropa de cuero pierde su flexibilidad primitiva para volverse dura en los hombros. de izquierda a derecha. El día 1 2 . si sucede lo contrario y el sol atra­ viesa abrasadoramente el firmamento claro. crecer. interrogar a la Providencia. 19 de marzo. no convence al sertanejo. Silvio Romero. día a día más rápido y sin crepúsculos. si el primer grano se diluyó un poco. . Si durante ese día llueve. Toma precauciones. habrá una lluvia en enero. Atraviesa tres largos meses de expectativa ansiosa y el día de San José. una costumbre antigua le permite in­ terrogar el futuro. expone al relente. Porque en esa fecha. Recorre lugares en procura de alimento para los animales. tiene una base positiva y es aceptable si se considera que de ella se toma el mayor o menor dosaje de vapor de agua en el aire y deductivamente. La sequía es inevitable. AISLAMIENTO DEL DESIERTO Se transfigura. con la implacable señal * “Se cuenta que en Ceará hicieron esta experiencia ante el naturalista George Gardner y que el sabio que había observaciones meteorológicas y había llegado a un resultado diferente al de la santa. entonces todas sus esperanzas se pierden. en febrero. Pacientemente aguarda el equinoccio de la primavera para hacer una consulta definitiva a los elementos. rígida. El caer de las tardes. si están intactos presagian sequía. exclamó en su portugués retorcido ¡No! ¡No! Lucía mintió. Y espera. Trasciende su situación rudimentaria. contempla las bandadas de aves que emigran hacia otros climas. abreviadas en doce horas. todas las alternativas climáticas que vendrán. seis granos de sal que representan. aprensivo. el invierno será benigno *. Resignado y tenaz. Pese al estigma supersticioso. A poesía popular no B ra sil164. como una coraza de bronce. Es la experiencia tradicional de Santa Lucía. los días se hacen abrasantes mientras las noches se vuelven cada vez más frías. de enero a junio. resignado. si el segundo.

El heroísmo tiene en los sertones tragedias espantosas para siempre perdidas. Al principio éste reza. A veces la encuentra. Pero como su extrema frugalidad le permite pasar los días con poco alimento. Brillan en las noches las velas encendidas de los penitentes. Allí está. que le hincha el vientre en una hartura ilusoria. No hay quien las describa. buscando el agua. y reacciona. y sin que se le adormezca la creencia. sin dudar de la providencia que lo golpea. golpea contra lajas que anulan todo el esfuerzo hecho y otras. Las víboras de cascabel se multiplican tanto más cuanto mayor es el ardor del estío. murmurando los rezos acostum­ brados.de los fuertes. Busca con la azada. no decae tan pronto su ánimo. Corta en pedazos los mandacarus o las ramas verdes de los juázeiros que alimentan a los magros animales hambrientos. los enfermos. en los estratos infe­ riores de la tierra. los amasa y los cocina haciendo un pan. el sol ful­ mina la tierra. arranca las raíces húmedas de los umbuzeiros que mastican los hijos. después de grandes fatigas. exhausto. El matuto observa a su prole asustada. con mugidos de llanto. pasan lentas y resuenan en los largos días monótonos las letanías tristes. y se desgasta en trabajos. su agreste proveedor de cereales. defendiéndose y defendiendo a la prole abatida y al ganado confiado con su energía sobrehumana. a su alrededor. se apresta al sacrificio. la caatinga. . después de descubrir un tenue líquido subterráneo. con los cogotes doblados. Su primer amparo es la fe religiosa. encara de frente a la fatalidad. Lo acompaña tenazmente. altares. progresa el espasmo asombroso de la sequía. La escudriña. casi como un desenterrado. cruces. y es lo más corriente. evaporado o tragado por el suelo. en busca del tesoro fugitivo y vuelve al fin. a todos los recursos. infatigable. Pero los cielos persisten siniestramente claros. empachando al hambriento. . otras. Alzando santos mila­ grosos. En contraste con la fuga de las seriemas que emigran. contempla entristecido a los animales echados bajo las ipueiras o errando lentos. no sólo los fuertes sino también los viejos. con los ojos puestos en la altura. dejando para sí el zumo de los xiquexique que enronquece o acaba con la voz de quien lo bebe. y de las jandaias que huyen hacia el remoto litoral. puebla ese desierto con una fauna cruel. cargando sobre los hombros y la cabeza las piedras de los caminos. lo ve desaparecer en pocos días. apelando. llevando las imágenes de unos lugares a otros. los lisiados. el agua que huyó de la superficie. diezmándolo. Pero esos esfuerzos no bastan. Las lentas proce­ siones propiciatorias. profundizando la mina. derriba los troncos de los ouricuris y los ralla. el bró. al borde de la se­ pultura que excavó. banderas de lo Divino 165 van por los campos fami­ lias enteras. La naturaleza no lo combate sólo con el desierto. Miríadas de mur­ ciélagos se abaten sobre el ganado. . Surgen de una lucha que significa la insurrección de la tierra contra el hombre.

Es un enemigo más. pero no a tiros. con­ fiados. Es una plétora del mirar. ya se comieron las últimas ramas verdes de los juás. agobiado por tantos reveses. No hay probabili­ dad alguna de lluvias. mugiendo en un largo llamado triste que se parece al llanto. obligándola a saltar para. . finalmente se doblega. es provocada por las reacciones de la luz. Está ciega. Cuando el sol se oculta la víctima no ve más nada. impenetrables. La noche lo envuelve antes de envolver la tierra. Pero no siempre puede aventurarse a la arriesgada hazaña. Todavía no se da por vencido. Le que­ dan para alimentar a sus hijos los tallos tiernos. aparecen corriendo de todas partes. reverberando en el firmamento claro. la asalta. porque sabe que el animal provocado por un poco eficaz chumbo. Recurre al combate. en dolorosa intermitencia. Bueyes espec­ trales. se asoma a su pobre rancho. mal soste­ niendo el esqueleto sobre las patas secas. con el primer claror del levante. irrita y desafía a la fiera. Nace de los días claros y calientes. bueyes muertos hace días e intactos. A su vera se cierran. la suguarana traicionera y ladrona que le roba los be­ cerros y los novillos. marchando tambaleantes. Los engaña con esos manjares bárbaros. ahora a pie. que los mismos caranchos rechazan porque no pueden romper con sus picos las pieles endurecidas. se le viene encima y es invencible. de los firmamentos fulgurantes. Lo ahuyenta con un tizón encendido y si no retrocede. La cáscara de los mariseiros no trasuda anuncián­ dolas. los flacos animales hambrientos en busca del último pasto. llevando la horquilla en la mano izquierda y el cuchillo en la derecha. Una mo­ lestia extravagante completa su desdicha: la hemeralopia. atajándola en el aire. El nordeste persiste intenso. a la tarde. porque se le parte el corazón sólo de mirar a su caballo. y lo que más le duele.Por las noches. y el sol. Marcha. en un tropel trabajoso de enfermos. caídos bajo los árboles muertos. bueyes enterrados en el sitio donde estaba su aguada predilecta. para apagarse otra vez. los mangarás de las bromelias salvajes. El atleta debilitado. Y a la mañana siguiente la visión muerta revive. Y ni un cereo en torno. hacia los sitios donde se encuentra la hacienda. animales que todavía no están completamente exhaustos y buscan. soplando por las planicies. Esta falsa ceguera. las filas de macambiras. Las incendia para que en la combustión se desprendan las espinas. Y cuando las nubes de humo se esparcen en el aire puro. . atravesarla de un golpe. paradojalmente. Con la vista renace su energía. El sertanejo. Finalmente todo se agota y la situación no cambia. vivos no se sabe cómo. alienta el incendio inextinguible de la canícula. Todavía son un recurso. . del vivo ondular del aire en fuego sobre la tierra desnuda.

el sertanejo no tiene. Es un índice de la vida de tres pueblos. de gorro colorado. que asaltan a los viajeros retrasados en las aciagas noches de los viernes. buscando las horas pasajeras de ventura. Es innecesario describirlas. crédulo. lo es también de las cualidades morales. por así decirlo. en el que se unen el fetichismo del indio y del africano. pero al mismo tiempo. o para terminar con las fiebres palúdicas. audaz y fuerte. Resumen de caracteres físicos y fisiológicos de las razas de las que surge. hacia cualquier lugar donde no lo mate el elemento primordial de la vida. los rezos dirigidos a San Campeiro. El sertón se vacía. Se salva. en un éxodo penoso. en las misteriosas noches de luna llena. capacidad orgánica para ambicionar una situación mejor. al cual se le encienden velas por los campos para que favorezca el descubrimiento de objetos perdidos. que se deja arrebatar fácilmente por las supersticiones más absurdas. Y vuelve feliz. Y al día siguiente otra. hacia las costas. Un análisis de éstas revelaría la fusión de estadios emocionales distintos. El círculo estrecho de su actividad le demoró el desarrollo psíquico. en lucha abierta con el medio que parece haberle estampado en la organización y en el tem­ peramento su extraordinaria rudeza. todas las apariciones fantásticas. Los ve desaparecer dejando una nube de polvo. Se arrima a una de esas bandadas y se va camino afuera. revigorizado. unido a un misticismo extravagante. El flagelo termina. Y sus singulares creencias traducen esa violenta aproxi­ mación de tendencias diferentes. de aparcería con los lobizones y las muías sin cabeza y del mismo diablo. Lo vence la nostalgia del sertón. Es el hombre primitivo. Los alcanza. en una curva del camino. Está en la fase religiosa de un monoteísmo incomprensible. RELIGION MESTIZA 166 Aislado de esta manera en el país que no lo conoce. hacia las sierras distantes. canonizado in partibus. . Su religión es como él: mestiza. nómada o mal fijado a la tierra.Cierto día ve pasar por su puerta la primera turba de "retirantes”. olvidado de los infortunios pasados. las planicies desiertas. las bendiciones cabalísticas para curar a los animales. . Y ahí está de vuelta. ese trágico emisario de los rencores celestes en comisión terrestre. cantando. los mis­ mos días largos de trances y pruebas inacabables. Pasan meses. No resiste más. . Las leyendas escalofriantes del caapora maldito que atraviesa veloz. Y otras. montado en un caititu arisco. todas las visiones. los sacis diabólicos.

errantes por las faldas de las sierras. en la misma locura. el rey de la Ericeira 1 7 2 . Esto es un notable caso de atavismo en la historia. dominan y enloquecen. el más interesante de los pueblos cayó. en una descompo­ sición rápida. buscaba. arrastran. .todas las profecías de los mesías locos. . . y las penitencias. El poblamiento del Brasil se realiza intensamente con Don Joáo I I I 1 6 8 . que prendieron in­ tensas en la península. el aspecto emocional de la raza superior. a multitudes de creyentes. Eran parcelas del mismo pueblo que. Venían llenas de aquel misticismo feroz. las figuras de los profetas peninsulares de otrora: el rey de Penamacor. que afluyeron a nuestra tierra después que se deshizo en el Oriente el sueño milagroso de la India 1 6 9 . Allí se muestran al desnudo el antropismo del salvaje. la fórmula superior de las esperanzas mesiánicas. y las romerías piadosas. Considerando los desórdenes sertanejos de hoy y los mesías insanos que los provocan. pueden explicarse. como única sal­ vación. veía bajo el palacio real ataúdes agoreros. ante la ruina inminente. Una gran herencia de supersticiones extravagantes. Todas las manifestaciones complejas de una religiosidad indefinida. quedó intacta en el sertón. paliadas en el li­ toral por el influjo modificador de otras razas y de otras creencias. en Lisboa. Considerando las agitaciones religiosas del sertón y los singulares evangelizadores y mesías que intermitentemente lo atraviesan. rodeados por numerosos secuaces a los que fanatizan. cuando "todos los terrores de la Edad Media habían cristalizado en el catolicismo pe­ ninsular”. apenas disfrazada por la corte oriental de Don M anuel167. a partir del final del siglo xvi. en plena "caquexia nacional” al decir vigoroso de Oliveira Martins m. espontáneamente re­ cordamos la fase más crítica del alma portuguesa. FACTORES HISTORICOS DE LA RELIGION MESTIZA No sería difícil caracterizarlas como un mestizaje de creencias. La trajeron gentes impresionables. destinados al martirio. después de haber centralizado por momentos la histo­ ria. irresistiblemente nos asaltan al galope. Y de la misma gente que después de Alcácer-Quibir 1 7 0 . en el mismo sueño enfermo. lenguas de llamas mis­ teriosas. precisamente en el momento de total desequilibrio moral. ascetas mortificados por flagelaciones. en el que el fervor religioso reverberaba en las hogueras inquisitoriales. cuando. catervas de moros de albornoz blanco pasando en procesión y combates de paladines en las alturas. y las misiones. de pronto. arrastrando en la misma idealización. bajo la obsesión dolorosa de los milagros y asaltado por súbitas alucina­ ciones. en la época del descubrimiento y de la colonización. el animismo del africano y sobresaliendo.

para completar el símil. No asombra que su indefinida religiosidad presente estas sorprendentes antinomias. Por eso. Los entierran lejos de las poblaciones. respira todavía la misma atmósfera moral de los iluminados que guiaban. completa. pero al costado de los caminos. incluso en los períodos normales. Quien observa a la familia sertaneja. en los sertones del Norte 1 7 4 . orando por las almas de los muertos queridos o pidiendo aliento para su vida tormentosa. realizan el hecho anómalo pero corriente en la capital de Bahía. locos. Inmóvil el tiempo sobre la rústica sociedad sertaneja. El culto de los muertos es impresionante. adaptando el ritual jorubano 1 7 5 . salen de las misas consagradas hacia los ágapes salvajes de los candomblés africanos o los poraces del tupí. la necesidad de una tutela sobrenatural no hubiera sido tan imperiosa. para que no queden en total abandono. Miguelinho o Bandarra 17 S. de ir a las solemnidades de la Iglesia por orden de sus fetiches. Del entrelazamiento entre las tendencias individuales y las vicisitudes exteriores resulta la indife­ rencia fatalista por el futuro y la exaltación religiosa. determinando una psicología especial. para que reciban siempre las preces de los viajeros. revelando todos los estigmas del estadio inferior. su religión es indefinida y variada. el misticismo político del Sébastianismo. herederos desgraciados de vicios seculares. la conciencia imperfecta de los matutos aparece en los momentos de crisis a través de los ideales tan bellos del catolicismo incomprendido. recorda­ . ante el oratorio paupérrimo. al caer la noche. Es que.Esta yuxtaposición histórica se retrata sobre tres siglos. para que éstos pongan sobre los ángulos de la cruz una flor o un ramo. sin tapujos. Ni siquiera les falta. CARACTER VARIABLE DE LA RELIGIOSIDAD SERTANEJA Estos estigmas atávicos tuvieron entre nosotros las reacciones favorables del medio. El hombre del sertón vive en función de la tierra más que cualquier otro. La conciencia de su debilidad para develarlos hace que sea más fuerte este apelar constante a lo maravilloso. Pero es exacta. esta condición inferior de pupilo idiota de la divinidad. De la misma forma que los negros Haúgas. Pero no nos anticipemos. persiste actualmente de modo singularmente impresionante. a la media luz de las lámparas de aceite. como un palimpsesto. Con una naturaleza más benéfica. los sertanejos. Es una variable dependiente en el juego de los elementos. La enseñanza de los misioneros no hubiera podido ir más allá de las tendencias generales de su época. queda admirado. Acabado en Portugal. echada fuera del movimiento general de la evolución humana.

no por los golpes del pico sino por la acción milagrosa de la sangre de los niños esparcida sobre ella en holocausto. En los límites de Pajeú. entre dos velas de carnauba. la Pedra Bonita.ción fugaz pero permanentemente renovada. las últimas formaciones gra­ níticas de la costa se levantan en formas caprichosas. congregó allí a toda la población de las vecindades y tre­ pado a la piedra. de un enemigo quizá. . El vaquero que anda pre­ suroso por los caminos. desde Maranhao a Bahía. reza por la salvación de quien. castigando inexorablemente a los hombres ingratos. pero llenando de riquezas a los que hubiesen contribuido a obtener su desencantamiento. como un púlpito gigantesco. peleando para tener la primacía en el sacrificio. La tierra es un exilio insoportable. resuena el samba turbulento. El trastornado encontró un medio adecuado para su locura. en Pernambuco. el muerto es un bienaventurado. Por el sertón sopló un hálito de neurosis. el próximo advenimiento del reino encantado del rey Don Sebastiáo. PEDRA BONITA Los acontecimientos sertanejos. todavía no han tenido un historiador. La sangre cho­ rreaba por la roca formando charcos y según afirman los diarios de la . entre muchos. a la felicidad eterna. . un iluminado. La muerte de una criatura es un día de fiesta. aberraciones brutales que la llenan de mácula. coronado de flores. vibran en el aire las coplas de los desafíos. Nosotros vamos a esbozarlos. . Este lugar fue. nunca vio. Resuenan las guitarras en el rancho de los pobres padres. que es la preocupación dominante de esas almas ingenuas y primitivas. detiene su caballo ante el humilde monumento — una cruz sobre varias piedras amontonadas— y con la cabeza descu­ bierta. anunció. en 1837. en la sierra Talhada. . teatro de hechos que recuerdan las siniestras solemnidades religiosas de los Achantis1 7 8 . Tomaremos. un acontecimiento. En ese ámbito. Pero también hay rasgos repulsivos en esta religiosidad de aspectos tan interesantes. tal vez. el angelito expone en su última sonrisa endurecida la felicidad suprema de volver al cielo. jubilosos entre lágrimas. dominando majestuosa toda la región y convergiendo en un amplio anfiteatro al que sólo se puede acceder por una estrecha gar­ ganta entre murallas a pique. convencido. entonces el gran rey aparecería envuelto en un aura fulgurante. Alrededor del monstruoso altar se arrastraban las madres levantando sus pequeños hijos. La piedra a la que estaba subido sería quebrada. Un mameluco o cafuz. y a un costado. se yergue un bloque solitario.

puede ir de la extrema brutalidad a la máxima devoción. el sermón de la penitencia. en abundancia tal que. los atraía por sí misma de manera irresistible. . El alma de un matuto queda inerte ante las influencias que la sa­ cuden. era imposible permanecer en el lugar. entre el silbar del viento violento que en lo alto de las planicies les apagaba las antorchas y finalmente. . cuando el descubrimiento de las minas determinó la atracción del interior sobre el litoral. que venía de la misión de Macará. Su marcha hacia las sierras de la Jacobina. . De acuerdo con ellas. después de desbaratada esa lúgubre farsa.época. hacia fines del siglo pasado. entusiasmados con el milagro de las minas de plata. El sacerdote describe el comienzo y el curso de los trabajos y el franco auxilio que le dieron los pobladores de los sitios próximos. Ya que la vimos pervertida por el fanatismo. Por otro lado. Finalmente. hacia el occidente o hacia el sur. los aventureros que venían del norte se topaban con el sertón y allí se quedaban largo tiempo. con grandes piedras. En el siglo x v i i . escritas en caligrafía ciclópea. La escudriñaron en vano los émulos del Muribeca 177 astuto. Iba a ser la primera del más tosco y más imponente templo de fe religiosa. el dorado apetecido. Apolonio de Todi. aparecían unas letras singulares — una A. hechos de tamaña grandeza contradicen esas aberra­ ciones. la descubrió un misionero. véamosla transfigurada por la fe. La sierra solitaria —la Piquarafá de los aventureros— dominaba los horizontes y les seña­ laba el norte. Además. Es que en uno de sus flancos. ya que vivía en tan grande desamparo de las cosas espirituales”. siguiendo por fin hacia otros rumbos. "Y aquí — finaliza— sin pensar en nada más. MONTE SANTO Monte Santo es un lugar legendario. con sus tropas de cotiguaras mansos y foras­ teros armados. La sierra desapareció de nuevo entre las planicies que domina. una L y una S— ladeadas por una cruz. que les hacía creer que allí estaba y no más adelante. digo que de ahora en adelante no llamarán a esta sierra de Piquaragá sino de Monte Santo”. Describe la procesión majestuosa y lenta ascendiendo la montaña. seguía la huella enigmática de Belchior Dias. con la exhortación al pueblo para "que en los días santos venga a visitar los santos lugares. El más grande apóstol del Norte se impresionó tanto con el aspecto de la montaña "encontrándola semejante al calvario de Jerusalén” que pensó en seguida en erigir una capilla.

de cuarzo. esa calle blanca. más alto que las más altas catedrales de la Tierra. A medida que se asciende. . el espacio infinito. teniendo como piso la roca viva tallada en escalones o en rampas. después las lejanas serranías agrupadas en todo el horizonte. dobla a la izquierda y sube menos abruptamente. y mirando a lo alto. en una rampa de cerca de veinte escalones. LAS MISIONES ACTUALES Lamentablemente. las enseñanzas de los primeros evangelizadores. para la Semana Santa. Amparada por muros revestidos de lajas. Cuando. monumento erguido por la naturaleza y por la fe. arremetiendo con el vértice puntiagudo del monte. parando en los pasos. Destruye. Actualmente. donde resuenan desde hace cien años. la emoción extraña de una altura inmensa. de los cuales no tiene ni el talento ni el . a partir de la capilla mayor — interesantísima ermita levantada en una saliente de piedra. siguiendo la línea del máximo de­ clive. Más adelante. Salvo raras excep­ ciones. en la que se erigen. allá abajo. bien en lo alto. Sin la grandeza de los antecesores. descubriendo el dorado maravilloso. en otros. exhibiendo paneles de los pasos. a espacios regulares. veinticinco capillas de albañilería. las letanías de las procesiones de cuaresma y por donde han pasado legiones de penitentes. Comienza chocando con la montaña. en ciertos trechos. La población sertaneja completó la empresa del misionero. a caballo del abismo— vuelve a la derecha. más hábil que Muribeca. Continúa por éstas si­ guiendo una pequeña depresión y después se levanta de improviso. recti­ línea. el obser­ vador advierte perspectivas que van creciendo en grandeza: primero los planos de las vastas planicies. con cal­ zada hecha. realzada por el aspecto de la pequeña aldea. . En la cuarta o quinta capillita. valora la constancia y la tenacidad del esfuerzo realizado. dismi­ nuyendo el declive hasta la línea de las cumbres. descifró el secreto de las grandes letras de piedra. se ve que Apolónio de Todi. el apóstol no tuvo continuadores. su acción es negativa. que apenas se ve en la caótica confusión de los tejados. convergen allí las familias de los alre­ dedores y los creyentes pasan por los mismos flancos donde otrora. el que sube la extensa vía sacra de tres kilómetros de largo. hasta el Cal­ vario. el misionero moderno es un agente perjudicial que agrava los desequilibrios del estado emocional de los tabaréus. la mina opulenta que ocultaba el desierto. es un prodigio de ingeniería ruda y audaz. con el ansia de la ambición andaban los aventureros. apaga y pervierte lo que inculcaron de bueno en aquellos espíritus ingenuos. sin aliento.Y se hizo el templo prodigioso.

sino que brama en todos los tonos contra el pecado. no ora. se agrupaban. . aquellos enloquecidos. los sertones de Cariri estuvieron alborotados por las depre­ daciones de los Serenos. . . abriendo indistintamente la caja de rapé y la de Pandora. Sobre la Pedra Bonita. salieron de la matriz del Crato 1 7 9 y se dispersaron — mujeres llorosas. aterra y maldice. que ejercitaban el robo en gran escala. alternando los estornudos con las catástrofes. formando una banda deprimente. acabaron robando. Dios había dicho — en mal por­ tugués. habían profetizado el próximo fin del mundo. en mal italiano y en mal latín— que estaba harto de los desmanes de la Tierra. no aconseja ni consuela. im­ poniéndose el cilicio de las espinas. echa bravatas. muestra groseros cuadros de torturas. * La Memoria sobre o Estado da Bahía. el último. No presenta ante los matutos simples las imágenes de una vida honesta y superior. véase el libro de Araripe Júnior. . y como la caridad pública no los podía satisfacer a todos. niños temblequeantes— por los sertones en busca de mayores flagelos. Era fatal. 1 7 8 Y alucina al sertanejo crédulo. por­ menoriza la fundación de Monte Santo. pidien­ do limosna. con palabrerío interminable. en torno de cruces misteriosas. como enloquecidos. en las encrucijadas solitarias. donde el acontecimiento brillantemente nove­ lado. describe el infierno truculento y flamígero con palabras encendidas que completa con gestos de loco y muecas de truhán. hombres miedosos. Es ridículo y aterrador. Los maestros del mal se fueron a ejercer su equivocada do­ cencia a otros sitios y la justicia reprimió dificultosamente el bandidismo incipiente *.arte sorprendente de transfigurar las almas. lo alucina. Tiene el extraño privilegio de las bufonerías melodramáticas. rezando. . publicación oficial hecha en 1893. Demos un ejemplo único. Y esos desvariados salieron por los sertones. Sale de las dobleces del oscuro hábito como de la sombra de una emboscada armada para la credulidad incondicional de los que lo escuchan. En 1850. La denominación se refería a las compañías de penitentes que por las noches. llorando. pues no la conoce. Un día. se muestra con todos sus emocionantes ribetes. repentinamente. En la iglesia. en acciones macabras de flagelantes. Los disparates salen de su boca envueltos en tragedia. Es brutal y traicionero. unos misioneros recién llegados. Sube al púlpito de las iglesias del sertón y no mues­ tra la imagen de los cielos. de las ortigas y de otros duros ele­ mentos de penitencia. larga sobre el auditorio avalanchas de penitencias. O Reino Encantado. lo deprime y lo pervierte. Generalmente sigue el proceso inverso.

como brotadas de su conciencia delirante. Es difícil trazar la línea divisoria entre las tendencias personales y las tendencias colectivas. La imagen es correcta. todas las tendencias impulsivas de las razas infe­ riores. que por sí mismo nada valía considerando la psicología de la sociedad que lo crió. Las singulares fases de su existencia no presentan quizá los períodos sucesivos de una grave enfermedad. Aparecen como la integración de diferentes caracteres. La multitud lo aclamaba como representante natural de sus más altas aspiraciones. Aislado. pero enérgicos y definidos cuando se resumen en un individuo. seguirlas juntas. . Del mismo modo que el geólogo. sobre el mismo medio de donde habían partido. se condensaron en su misticismo feroz y extravagante. pero sí son. Por eso. Considerando al falso apóstol se ve que el exceso de subjetividad lo predispuso a la rebelión contra el orden natural porque siguió la fórmula del delirio propio. No era un incomprendido. asombra. No por eso fue . el elemento activo y pasivo del movimiento del que surgió. imprecisos. el desgraciado. por la gran receptividad mórbida de su espíritu torturado por los reveses y ellas refluyeron después. DOCUMENTO VIVO DE ATAVISMO Es natural que estas capas profundas de nuestra estratificación étnica se sublevaran en una anticlinal extraordinaria: Antonio Conselheiro 1 8 0 . Pero situado en función del medio. esboza el perfil de una montaña desaparecida. casi pasivamente. destinado a la solicitud de los médicos. fuertemente. desde el fetichismo bárbaro hasta las aberraciones católicas. Acompañar la primera es seguir paralelamente y con mayor rapidez. yendo a parar a la historia como podía haber ido a parar al hospicio. es observar la más completa mutualidad de influjos. Se lo puede incluir en cualquier modalidad de la psicosis pro­ gresiva 1 S 1 . libremente ejercitadas en la indisciplina de la vida sertaneja. la vida resumida del hombre es un capítulo ins­ tantáneo de la vida de su sociedad. vagos. . el resumen de los aspectos predominantes de un mal social gravísimo. la segunda. confusos cuando se hallan dispersos en la multitud. Todas las creencias ingenuas. Fue simultáneamente. se pierde en la turba de los neuróticos vulgares. el historiador puede apreciar la grandeza de ese hombre. interpretando la inclinación y la orientación de los estratos de antiguas formaciones. El tempera­ mento impresionable le hizo absorber las creencias del ambiente. llevado por una potencia superior. Porque para el historiador no es un desequilibrado.ANTONIO CONSELHEIRO. Es una desloca­ ción y es una síntesis. vino a golpear a una civilización. con seguridad.

el medio. Los rasgos más típicos de su misticismo. Enganchaban bien en todas las tendencias de la época en que las extra­ . todas las sectas en que se fraccionaba la religión naciente. el antropólogo lo describiría como fe­ nómeno de incompatibilidad con las exigencias superiores de la civili­ zación. lo vimos hace poco de relieve. los montañistas de Frigia. los discípulos de Marcos. cuando el gnosticismo universal se erigía como transición obligatoria entre el paganismo y el cristianismo. vibró de manera exclu­ siva. ya eran. la grandeza y la resignación soberana de un apóstol antiguo. los encratitas abstinentes que se maceraban y flagelaban. la literatura latina occidental declinó de pronto. en la última fase del mundo romano. En efecto.más allá. lo que se tradujo fundamentalmente. el antropólogo lo encontraría normal. en una regresión a un estadio mental de los tipos ancestrales de la especie. los ofiólatras. alterándole las relaciones con el mundo exterior. una coherencia indestructible en todos sus actos y una rara disciplina en todas sus pasiones. Lo que el médico caracterizaría como un caso de delirio sistematizado. parecerían actualmente casos repugnantes de insania. limitándolo. con sus doctores histéricos y sus exégesis hiperbólicas. precediendo el asalto de los bárbaros. lo amparó. mal sustituida por los sofistas y letrados mezquinos de Bizancio. en la fase persecutoria o de grandezas. que lo fijaría en una fase remota de la evolución. el sertón sublevado tuvo en la actitud. UN GNOSTICO RUDO Evitada la intrusión dispensable del médico. Su contribución mórbida lo llevó a interpretar caprichosamente las condiciones objetivas. como un anacronismo. Pero en su desvío vibró siempre. de manera que al andar por largos años en sus prácticas ascéticas. aspectos religiosos comunes. en un retro­ ceso en el tiempo. dentro de nuestra era. Basta con que volvamos los ojos a los primeros días de la Iglesia. Fue un extraño caso de atavismo. En el constante peligro de caer en un oscurecimiento completo de la razón. extraño pero natural para nosotros. Dejando de lado el influjo de las razas inferiores. reaccionando a su vez. los maniqueos bifrontes entre el ideal cristiano emergente y el bu­ dismo antiguo. cuando. y lo obligó a adoptar un cierto orden en el desvarío. en la palabra y en el gesto. como un revivir de atributos psíquicos remotos. en un período angustioso de la vida portuguesa. la serenidad. No se deslizó hasta la demencia. mejor dicho. Como enfermo grave sólo le puede ser aplicado el concepto de la pa­ ranoia de Tanzi y Riva 1 8 2 . Y fueron normales. los adamitas infames. Podríamos encuadrarlos en un escenario más amplio. señalando cierto nivel de la mentalidad humana. la nota étnica.

1 8 3 . con sus procesiones fantásticas. fue ciertamente un notable caso de degeneración intelectual. en una armonía salvadora. desequilibrado. No fue más allá. Su frágil conciencia oscilaba en esa posición media. Era el profeta. pero de algún modo. retrógrado. Ahí estuvo detenido. su neurosis estallaría y su misticismo oprimido destruiría su razón. lúcido en todos sus actos. Por el contrario. Cristalizó en un ambiente propicio al error y a las su­ persticiones. Era un siervo ungido para una dura tarea y allá marchó. arre­ batado por aquella idea fija. . La historia se repite. sus misterios y sus sacrificios tremendos de leones lanzados vivos al Danubio con solemnidades impo­ nentes presididas por el emperador filósofo. pasible del sufrimiento y de la muerte. por largo tiempo. lo limitó sin oprimirlo. su neurosis vibraba con un sentimiento ambiental y su mis­ ticismo estaba difundido por todas las almas que a su alrededor se con­ gregaban. HOMBRE GRANDE PARA E L MAL Paranoico indiferente. impresionante en su firmeza y siguiendo su objetivo fijo con fina­ lidad irresistible. expresada por esa línea ideal que Maudsley lamenta que no se pueda trazar entre el buen sentido y la locura. y con una función exclusiva: mostrar a los pecadores el camino de la salvación. camino de los sertones bravios. Antonio Conselheiro fue un rudo gnóstico 1 8 4 .vagancias de Alexandre Abnótico impresionaban a la Roma de Marco Aurelio. . No la pasó. Allí. los grandes reformadores y los pobres enfermos. rebelde— en el me­ dio en que se movía. Lastimado por la disciplina vigorosa de una so­ ciedad culta. Veremos más detenidamente la exactitud de la comparación. De manera que el espíritu predispuesto a la rebeldía franca contra el orden natural. . La regresión que lo caracterizó y determinó su temperamento vesánico. en las oscilantes fronteras de la locura. donde se dan el brazo genios y degenerados. quizá esta calificación no le cuadre completamente. transfigurado por ilapso estupendo. el emisario de las alturas. lo fortaleció. cedió a la única reacción posible. Así ambos resultaron normales. arrastrando su débil esqueleto. en esa zona mental donde se confunden los facinerosos y los héroes. REPRESENTANTE NATURAL DEL MEDIO EN QUE NACIO El factor sociológico que cultiva la psicosis mística del individuo. pero adscripto a todas las contin­ gencias humanas. Siempre se satisfizo con ese papel de delegado del cielo. pero no lo aisló —incomprendido.

que constituían una familia rica. "Los Maciéis que formaban. acostumbrados a hacer justicia por mano propia. teniendo como sede principal la aldea de Boa Viagem que queda a unas diez leguas de Quixeramobim. la trabada entre estos dos grupos de hombres. Os Araújos e Maciéis. Parecidos a otros mil que muestran con evidencia la prepotencia sin freno de los patrones de las aldeas y la pecaminosa explotación a que someten a la bravura instintiva del sertanejo. Los hechos criminales que refiere no son más que episodios casi per­ manentes de la vida turbulenta de los sertones. . creando casi una predis­ posición fisiológica hereditaria al rencor y a las venganzas.ANTECEDENTES DE FAMILIA: LOS MACIEIS Su biografía resume la existencia de la sociedad sertaneja 1 8 5 . en los sertones entre Quixeramobim y Tamboril. Sus adversarios fueron los Araújos. Eran "hombres vigorosos. Así comienza el narrador escrupuloso * su breve noticia sobre la ge­ nealogía de Antonio Conselheiro. emparentada con otras de antigua raigambre en el norte de la Provincia. "Vivían en la misma región. por ley fatal de los tiempos. una familia numerosa de hombres sanos. Y como éstos eran bravos hasta la temeridad. Así preparados. cayeron. Surgió de un incidente mínimo: pretendidos robos cometidos por los Maciéis en una propiedad de los Araújo. en una guerra de familias. marcharon en expedición criminal hacia Quixera­ mobim. sin asentarla en vastos latifundios y cantidades de ga­ nado. señores de látigo y cuchillo. pero embrutecidos ambos en la práctica de la violencia e igualmente numerosos”. inteligentes y bravos. Hacendados opulentos. Araujo da Costa y un pariente suyo. serviciales” y gozaban en los alrededores de una reputación envidiable. bien presentados. ágiles. * Coronel Joáo Brígido dos Santos186. Esclarece el concepto etiológico de la enfermedad que lo abatió. Las luchas de familias no son más que una variante de las otras y se caracterizan por ser interminables. simpáticos. se concertaron para un ejemplar castigo a los delincuentes. Silvestre Rodrigues Veras. conformando uno de los grandes hechos criminales de Ceará. Todo indicaba que aquéllos eran víctimas de una acusación indebida. desiguales en su fortuna y posición oficial. "Fue una de las luchas más sangrientas de los sertones de Ceará. no vieron con buenos ojos que una familia pobre tuviera una reputación como la de ellos. que vivían como vaqueros y pequeños hacendados. La delinearemos bre­ vemente. Crimes célebres do Ceará. llamaron en su ayuda a la guardia pretoriana de los capangas. comprometiendo a la des­ cendencia en las desavenencias de los abuelos.

sabiendo que no podrían resistir durante mucho tiempo. Consiguieron a dos de los mejores: José Joaquim de Meneses. reunida toda la parentela. Pero un tío de éste. los agresores retrocedieron lo suficiente como para que el sitiado pudiese cerrar la puerta. dice que nunca habían hablado mal de ellos ni siquiera los enemigos que acusaron a sus hijos y pone en duda la participación de éstos en los robos aludidos. Hacían bajo escolta el camino a la cárcel de Sobral. la garantía de la vida. exhausto. en un rancho abandonado cubierto de ramas de oiticica. Sin embargo. como no faltan hoy. El hecho ocurrió en 1833. aceptaron. Los Maciéis. hablando de estos dos infortunados en sus memorias. rabiando y encolerizados. apelaron a recursos más enér­ gicos. El sertanejo temerario. Memorias. los que le seguían el rastro. Lo persiguieron. La palabra de honor de los bandidos tuvo el valor que debía tener. los potentados cuya imbécil prepotencia había recibido tan duro trato. Corría el primer día de viaje. gran conocedor de los montes. Muerto el jefe. siguieron sus rastros como si fueran los de una suguarana bravia. cerca de Quixeramobim se ocultó. poco después volvieron de­ rrotados. . bajo palabra. Ahí llegaron. el rancho se * Manuel Ximenes. Los Maciéis. a poco tiempo. Había hecho blanco el mismo Pedro Veras quien pagó en seguida su hazaña recibiendo a quemarropa una descarga de plomo. Vicente Lopes. Este cayó transversalmente ante la puerta impidiendo que se pudiera cerrar. el jefe de la familia. y la habían re­ chazado. los sicarios — aunque eran más numerosos— temieron la resistencia. En esta ocasión mueren. facinerosos afamados que vendían su valentía. pudo eludir durante algún tiempo la persecución comandada por Pedro Martins Veras. la afirma el cronista escrupuloso * * . haciéndola huir. los Araújos habían dejado escapar a su peor enemigo. Derrotados. entre otros. Pero el forajido. Bien armados. cuando fueron asesinados. célebre por su rivalidad sangrienta con los Mouróes famosos y un terrible cangaceiro. su fuga es inexplicable. enfrentó a la horda abatiendo pronto a un tal Teotonio. habían enfrentado a la banda asalariada. No faltaban entonces. En el sitio de "Passagem”. que se había adelantado a los demás. Al acercarse a la vivienda de los Maciéis. Maniatado y con las piernas atadas por abajo a la barriga del caballo que montaba. Les pidieron que se entregaran ofreciéndoles. Miguel Carlos. seguido en su fuga por una hermana. muchachos sin miedo y corajudos. Eran las nueve de la mañana. A ellos se unieron los hijos y yernos de Silvestre y acometieron su cri­ minal empresa. pernambucano. bien montados.Pero. La hermana de Miguel Carlos trató de sacarlo de allí y cayó atravesada por una bala. Libraron una refriega tremenda y desigual. Antonio Maciel y un abuelo de Antonio Conselheiro *. consigue escapar. de Aracatiagu. Ahora bien. Hecho esto. en cacería bárbara. * * Manuel Ximenes. contrariando la expectativa general. Se rindieron. aunque herido y con un pie lujado.

Los bandidos no se atrevieron al asalto pero fueron de una cobardía atroz. Tiempo después. cayó muerto de un balazo entre la alarma de los parientes y la desesperación de la desdichada novia. Fue en Quixeramobim. le dijo que lo iba a matar y como el dueño de casa lo detuvo. Su vida transcurría en peligrosos lances. Lo cierto es que. Manuel Francisco da Costa. La venganza del sertanejo velaba inextinguible. Tanto los pa­ rientes de Miguel Carlos como los extraños tomaron sus ropas de la arena y a medio vestir emprendieron la fuga. más que sabidos. Helena Maciel. Arrojaron fuego sobre el techo de ramas. "Una mañana. En esa casa vivía. . Rompe el círculo y gana la caatinga. la carabina bajo el brazo y el cuchillo listo al ataque. Por las rendijas de las paredes estallaba a cada minuto un tiro de espingarda. muchos de los cuales. acostumbraba parar en la aldea. Miguel Carlos resuelve salir. . En calzoncillos y empu­ ñando el cuchillo. La desem­ bocadura del riacho de la Palha daba a los fondos de la casa indicada. Miguel Carlos llegó a abrir . El efecto fue instantáneo. un día cayó bajo su cuchillo un espía incauto que lo rastreaba. en 1845. la "Némesis de la familia”. también él corrió hacia el fondo de una casa que casi se enfrentaba con la desembocadura del riacho de la Palha. Este riacho con su forma circular rodeaba la plaza y en invierno constituía una linda cinta de aguas tranquilas. . burlando todas las trampas que le ten­ dieron. Lo cierto es que más allá de la protección que le dieran. vio entrar a un individuo que quería comprar aguardiente. encima de los asaltantes. No pudiendo respirar ahí adentro. "Una noche. v fue a bañarse al río que corre detrás de esa casa situada casi en el límite de la plaza principal de la aldea. se hizo acompañar por el sospechoso hasta las afueras del poblado y en el riacho de la Palha lo mató con su cuchillo. La narración a la que nos remitimos dice: "Parece que Miguel Carlos tenía allí protectores que le daban garan­ tías. uno de los Araújos trató casamiento con la hija de un rico ganadero de Tapaiara y el día de las nupcias. según el decir del cronista ya citado. ya cerca de la iglesia. . cuando apareció un grupo de enemigos que lo esperaban escondidos entre los pastos.convirtió en una fortaleza. Con­ siderando que era un espía. son inventados por la fecunda imaginación de los matutos. por fin. Miguel Carlos ya estaba desnudo y en compañía de muchos compañeros. casado con una parienta suya. salió de la casa de Antonio Caetano de Oliveira. estando a la puerta del negocio de Manuel Procópio de Freitas. junto a la garganta que conduce a la pequeña plaza Cotovelo. Arroja toda el agua de un balde sobre el fondo del rancho apagando moentáneamente el fuego y saltando sobre el ca­ dáver de su hermana se arroja. su otra her­ mana. Ahora tenía una socia en el rencor justificado y hondo.

de la familia de Araújo. hermano de Miguel Carlos. corrió hecha una furia hasta el lugar y pisando la cara del asesino de su hermano decía satisfecha que le ale­ graba lo sucedido por el fin que había tenido el enemigo. como osó confesar muchos años después. cayó abatido por un tiro que había partido del séquito que lo perseguía. cuando Manuel de Araújo. agarrándolo por una pierna. agente del correo de la aldea. . id. Miguel Carlos le respondió al instante con otra cuchillada en la carótida. le clavó su cuchillo. muerto en Boa Viagem. quien mandó golpear bárbaramente a André Ja­ cinto de Sousa Pimentel. muriendo los dos instantáneamente. No sigamos. Fue ella. hombre insolente. Moribundo. UNA VIDA CON BUENOS AUSPICIOS Por cierto. inmoló un enemigo a los manes de su hermano. a quien atribuía los avisos que éstos habían recibido en Boa Viagem. Durante mucho tiempo fue célebre la valentía de Miguel Carlos y por él y sus parientes era intensa la estimación y el respeto de sus contemporáneos. padre de Antonio Vicente Mendes Maciel (el Conselheiro) en esta deplorable contienda.el portal de la quinta. de bajo origen y educación. Némesis de la familia. "El hecho de que la acción fuera perpetrada por soldados del destaca­ mento de línea. hermano del novio asesinado. De esos golpes resultó una lesión cardíaca que dio una muerte horrorosa al infeliz cul­ pado de esa última agresión de los Araújos. al mando del alférez Francisco Gregorio Pinto. "Innumerables víctimas anónimas se cobró esta lucha sertaneja. diezmadora de los secuaces de las dos familias. testimonios de la energía de esa familia que había dado tantos hombres bravos para una lucha con poderosos tales como los de Boa Viagem y Tamboril” *. emparentado con los Araújos. jefe de la banda. Agonizaba caído con el cuchillo en la mano. uno de­ bajo del otro. nada se sabe con certeza sobre el papel que le cupo a Vicente Mendes Maciel. de las venidas de Miguel Carlos. Sus coetáneos lo pintan como un * Coronel Joáo Brígido. "Helena permanecía quieta y silenciosa. Venían a título de prender a los Maciéis. "Dicen que los sicarios habían pasado la noche en casa de Inácio Mendes Guerreiro. pero cuando quiso cerrarlo. siendo el último de los Maciéis. pero el propósito era matarlos. "Helena no se abatió con esta desgracia. Helena Maciel. Antonio Maciel. hizo creer durante mucho tiempo que ese oficial de mala fama había sido el autor del crimen. mozo de una familia importante de la aldea. con quien Pimentel estaba ene­ mistado.

. Todas las historias o leyendas entretejidas con exageraciones. según la costumbre de los narradores del sertón. o. a despecho de los desórdenes del hogar.hombre "irascible pero de excelente carácter. dejaba pasar la etapa triunfal de los veinte años. Bajo la disciplina de un padre de honradez proverbial. La sugestión de estos relatos tenía el correctivo enérgico de la severidad del viejo Mendes Maciel. al llegar a cada nueva residencia. el hijo tuvo una educación que. Se queda poco tiempo allí. medio visionario y descon­ fiado. incompatibilidades de carácter con la esposa. sin tener escritas ni las deudas ni los créditos”. pero de tanta capacidad que. de las que muchas veces eran protagonistas sus propios parientes. le eran contadas mostrándole siempre el coraje singular y tradicional. que no permitía tomar alas al ánimo del muchacho. Antonio Maciel busca un empleo. de algún modo. A partir de 1858 todos sus actos denotan una transformación del carácter. Testi­ monios de conocidos lo señalan como adolescente tímido y tranquilo. La mujer fue la sobrecarga adicio­ nada a su tremenda tara hereditaria. En 1859. lo aisló de la turbulencia familiar. retraído. pero honesto. enemigo de las fiestas. en espera de con­ diciones favorables para expandirse. De ahí a poco tiempo se muda a Ipu. Debiendo afrontar el trabajo de velar por tres hermanas solteras. Adopta dis­ tintas profesiones. Lo cierto es que. En pocos años se muda a diferentes aldeas y poblaciones. PRIMEROS REVESES De allí data su dramática existencia. En estos cambios se advierte la lucha de un carácter que no se deja abatir. negociaba en ha­ ciendas llevando las cuentas de memoria. Sigue hacia Campo Grande donde se desempeña en las modestas funciones de escribiente del Juez de Paz. de ganarse la vida. la pésima índole de ésta. en esta etapa prepa­ ratoria de su vida. lo que es más verosímil. Habiendo quedado sin bienes de fortuna. Tal vez quedaba latente. se muda a Sobral y se emplea como vendedor. Pierde sus hábitos sedentarios. veinte años después de los trágicos hechos que recordamos. totalmente entregado a los menesteres del negocio. reveló una rara abnegación. un medio cual­ quiera. vuelven inestable su situación. Sólo después de haberlas casado buscó para sí un enlace que le fue nefasto. Antonio Maciel proseguía su vida correcta y serena. la que desequilibraría una vida iniciada bajo los mejores auspicios. Trabaja de solicitador en el foro. siendo analfabeto. sin el entusiasmo feliz de los que se inician en las primicias de la vida. falleciendo aquél en 1855.

para lo que le servía el prestigio tradicional de su familia. la barba descuidada y larga. El infeliz muchacho de Quixeramobim queda com­ pletamente olvidado. Pero siempre lo evitó. Pasan diez años. Este período de su vida todavía lo muestra imbuido de sentimientos dignos. . Podía decirse que había muerto. lugares desconocidos. monstruoso en su hábito azul de brin americano. . Sigue des­ pués hacia el sur. Y en Bahía surgía el sombrío anacoreta. LA CAIDA De pronto aparece su contracara violenta. busca el abrigo de la absoluta os­ curidad. dejadas de lado porque la víctima reconoce que el agresor no es culpable. sos­ teniéndose en el clásico bastón en que se apoya el paso tardo de los peregrinos. Al mismo tiempo iba perdiendo la antigua serenidad. Va perdiendo la antigua disciplina. un sargento de policía. en camino hacia Crato. quedaron en sus parajes natales breves vestigios de su recuerdo. . A su alrededor. Se va con un policía. En Ipu. Gracias a este incidente algo ridículo. ligándose a los seguidores de cualquier conquistador de urnas. la cara como una calavera. las permanentes luchas partidarias le abrían la carrera aventurera de la política. En su descenso continuo. se advierte la voluntad de alguien que va perdiendo terreno pero reacciona cada vez con un doloroso esfuerzo. con menores exigencias de esfuerzo. Se realizan algunas averiguaciones policiales. Se salva de la prisión.Se advierte en todos estos cambios una tendencia hacia profesiones menos trabajosas. . de noche. donde no lo conocían ni de nombre. . azarosamente. en el que era magna pars un Lovelace de tragediam. su mujer lo abandona. los cabellos crecidos hasta los hombros. la mirada fulgurante. en la que podía entrar como tantos otros. hiere con furia de alucinado. El plano inclinado de esa vida en declive acaba de golpe en una caída formidable. . Baja hacia el sur de Ceará. a un pariente que lo había hospedado. el infeliz busca el escondite de los sertones. Fue el punto final. Sólo de vez en cuando se recordaba su nombre y el fin escandaloso de su existencia. en dirección a Crato. Fulminado de ver­ güenza. con una tendencia acentuada hacia actividades cada vez más estériles hasta desembocar en el ocio franco. Al pasar por Paus Brancos. COMO SE FORMA UN MONSTRUO . . Y desaparece.

Todas las conjeturas y las leyendas que lo rodeaban for­ maron el ambiente propicio para la germinación de su propio desvarío. el dominio que. como un espectro. Como dominador fue un títere. La admiración intensa y el respeto absoluto de la gente lo convirtieron en poco tiempo en árbitro incondi­ cional de todas las divergencias y problemas. su vida misteriosa lo había rodeado de un prestigio nada vulgar que tal vez agravó su temperamento delirante. Aparecía por aquellos sitios sin destino fijo. Necesitaban a alguien que personificase su indefnida idealización y los guiase por los caminos misteriosos de los cielos. Lo había conocido en los sertones de Pernambuco. Un viejo cáboclo. Y creció tanto que se proyectó en la Historia. . me dijo algo al respecto. hecho prisionero en Canudos en los últimos días de la campaña. sin precisar fechas. durmiendo a la intemperie. . Esta sombra condensaba el oscurantismo de tres razas. Sin querer. en el consejero predilecto de todas las decisiones. de un rancho a otro. Nada decía de su pasado. ejercía a su alrededor. Actuaba como ente pasivo. el esfuerzo de una introspección delirante con la que la locura envuelve a los cerebros deprimidos. . Hablaba en frases breves o con mono­ sílabos. se reflejó sobre él mismo. ya los dominaba. Su insania estaba allí. Poco a poco. Era natural.Su existencia es desconocida durante tan largo período. Andaba sin rumbo cierto. El evangelizador nació. impresionó vivamente la imagi­ nación de los sertanejos. uno o dos años después de la partida hacia Crato. indiferente a la vida y a los peligros. . monstruoso autómata. En el seno de una sociedad primitiva que por sus cualidades étnicas y por el influjo de las santas misiones malévolas comprendía mejor la vida por los incomprensibles milagros. . en una penitencia ruda. como una sombra. La multitud le ahorraba el indagar torturante acerca de su propio estado emotivo. sin porme­ nores característicos. aún joven. a orilla de los caminos. De este testimonio concluí que Antonio Maciel. La multitud lo remodelaba a su imagen. exteriorizada. sin cálculo. como una sombra surgida de las planicies pobladas de duendes. Aparecía — escuálido y macerado— dentro de su hábito caído. pero vagamente. Lo creaba. cesaban las charlas y las guitarras festivas. alimentándose mal y ocasionalmente. apa­ recía por los ranchos de los troperos. Cuando aquel viejo singular de poco más de treinta años. Pasaba y seguía en busca de otros lugares dejando absortos a los matulos supersticiosos. Se volvió algo fantástico. . mudo. para aquellas simples gentes. errante. Le ensanchaba el pano­ rama de su vida lanzándole adentro los errores de dos mil años. .

pre­ gonando y dando consejos a las multitudes que reúne donde le permiten los párrocos. Acompañado de dos profesas. actores en la farándula de los vencidos de la vida. sirviéndose de su aspecto misterioso y ropas ascéticas. con los que se impone a la ignorancia y la simplicidad. . impresio­ nando por la rareza de la ropa: bata azul. Cuando paraban en los caminos lo colgaban en la rama de un árbol y de rodillas le rezaban. felices por padecer junto con él privaciones y miserias.De los sertones de Pernambuco pasó a los de Sergipe. que dice llamarse Antonio Conselheiro y que ejerce gran influencia en el espíritu de las clases populares. sombrero de alas anchas y caídas. y moviendo los sentimientos religiosos. entraban a las aldeas y poblaciones. En general. en un coro de letanías. lapicera y tinta. vive rezando. sandalias. Con él triunfalmente erguido. Así se presentó el Conselheiro en 1876. Así vagó durante largo tiempo hasta aparecer en los sertones al norte de Bahía. de 1877. No los había llamado. Se le acercaban espontáneamente. por entonces. sólo una tabla desnuda o si no el suelo duro. Ya no andaba solo. avezada en el robo. pero rechazaba cualquier exceso. de un anuario impreso a cen­ tenares de leguas de distancia. tosco. un individuo. Lo seguían en su ruta sin norte algunos fieles. era gente ínfima y sospechosa. Su prestigio iba creciendo. Allí llegó. Revela ser hombre inteligente pero sin cultura” *. delatan bien la fama que ya había ganado. en la aldea del Itapicuru de Cima. sin cinturón. Vivía de limosnas. Dejó crecer sus barbas y sus cabellos. Sobre la espalda una bolsa de cuero en la que traía papel. Dice un documento publicado aquel año en la Capital del Imperio: "Apareció en el sertón del Norte. Ya tenía gran renombre. como a todas partes. Estas palabras. contraria al trabajo. viste una túnica de algodón y se alimenta tan poco que casi es una momia. Buscaba los ranchos solitarios. No aceptaba lecho. aceptando sólo lo que necesitaba para el sustento del día. de la reli­ gión naciente: un oratorio de cedro. la Misión abreviada y las Horas ma­ ñanas 1 8 8 . va juntando al pue­ blo y guiándolo a su gusto. apareciendo en la ciudad de Itabaiana en 1874. * Folhinha Laemmert. que encerraba la imagen de Cristo. desconocido y sospechoso. rigurosamente verídicas. Uno de los adeptos cargaba el templo único.

la había golpeado con las piedras de los caminos. abandonando todo y desde ese momento recorría los sertones. Entonces había escapado. Lo abatió de un tiro. le exigió pruebas. de la sed. con un ascetismo que hubiera sorprendido a Tertuliano 1 9 °. ese sombrío . la imaginación popular comenzaba a novelarle la vida con rasgos vigorosos de originalidad trágica 1 8 9 . Decían que había matado a su esposa y a su propia madre. por la noche. lo metieron inopina­ damente preso. Allí y ese mismo año. se propuso presentárselas. sorprendido. Venía del hambre. Lo vio acercarse cautelosamente y saltar por una ventana. . Volvió después para reconocer al hombre que había matado. el infeliz se alejó a caballo cerca de media legua y luego volvió por caminos no frecuentados. así vería cómo. No había dolor que le fuera desconocido. despavorido. Su piel seca se arrugaba como un cuero pegado a la carne muerta. imaginó cómo arrui­ narla. No le dio tiempo a entrar. la había endurecido en la fría intemperie. escondiéndose en un lugar desde donde podía observar y actuar con rapidez. en cierto modo justificaban. su casa era visitada por el seductor. enloquecido. Era una leyenda terrible. El asceta despuntaba tras la ruda disciplina de quince años de penitencia. tal como lo preconizan los apóstoles de la Iglesia. Lo cierto es que la represión legal de 1876 lo encontró ya de lleno metido en el sueño del cual no despertaría. El dolor se la había anestesiado. no queriendo a la nuera. Allí permaneció varias horas hasta que. ante el asombro de los fieles. de las angustias y de las miserias. Como se ve. Para eso le dijo al hijo que su mujer lo engañaba y como éste. . Acep­ tado el consejo. de las fatigas. Contaban que la madre. En seguida entró en la casa y con otra descarga fulminó a la esposa infiel que estaba durmiendo. bien alta la noche. Le aconsejó que inventara un viaje cualquiera y que permaneciera en los alrededores. vio un bulto que se aproximaba a su casa. . Muchas veces había bordeado la muerte por los prolongados ayunos.LEYENDAS En la aldea de Itapicuru se produjo el cierre de esa carrera extraordinaria. Y con horror vio que era su propia madre que se había disfrazado para realizar su diabólico propósito. al acaso. Lo acusaban de una falsedad que su vida excepcional y el desorden de su antigua vida doméstica. la había macerado y marcado con los cilicios más duros. . la había secado en el rescoldo de las sequías. Había seguido el apren­ dizaje del martirio. la había adormecido en los transitorios descansos sobre los lechos dilace­ rantes de las caatingas .

rígida como una máscara.propagandista de la eliminación lenta de la materia: "descargándose de su sangre. tomó rasgos de milagro. Los jueces estupefactos lo interrogaron. tal vez. plantado a la entrada de la aldea. ojeras profundas. enmarañándose en los pelos duros de la barba descuidada que le llegaba hasta la cintura. A su sombra se curaban los enfermos crédulos y sus hojas eran la panacea infalible. Y el mismo año reaparece en Bahía entre sus discípulos que lo habían aguardado. Escuchó el interrogatorio y las acusaciones y no contestó ni con un murmullo. con el día que había pre­ fijado cuando lo tomaron preso. . Llegado a la tierra natal. sin mirada y sin sonrisa. porque a su sombra descansaba el peregrino. llegando hasta el litoral. Redobló su influencia. Una elegante capilla señala actual­ mente el lugar de su morada. Permaneció en la serena indiferencia superior de un estoico. * De Jejuum. Prohibió a los fieles que lo defen­ dieran. Apenas — este pormenor curioso lo escuchamos de una persona insos­ pechable— el día que lo embarcaron para Ceará pidió a las autoridades que lo libraran de la curiosidad pública. . fue puesto en libertad 1 9 1 . que coincidió. cometidos en el lugar natal. Lo llevaron a la capital de Bahía. y la ropa tan singular. y su aspecto repugnante. revestido de impasibilidad marmórea. la única cosa que lo vejaba. Y un pequeño árbol. De 1877 a 1887 anda por aquellos sertones. que durante mucho tiempo fue objeto de una fitolatría extraordinaria. cuya feria congrega a la mayoría de los pobladores de aquel trecho del río Sao Francisco. Pasó por las calles entre ovaciones. como una mortaja negra. lugarejo de pocas centenas de habitantes. y los largos cabellos lacios cayendo sobre los hombros. dentro de la túnica tan ancha. el infeliz ni se enteraba. El pueblo comenzaba la gran serie de milagros de los que. . per­ maneciendo con preferencia en Chorrochó 1 9 2 (1 8 7 7 ). fardo pesado e inoportuno del alma impaciente por huir Para quien vivía de esta manera. la orden de prisión sólo era un inci­ dente mínimo. reconocida la improcedencia de la denuncia. a Vila do Conde (1 8 8 7 ). La recibió indiferente. Entonces anda durante algún tiempo por los sertones de Curará. Lo acusaban de viejos crímenes. Allí despertó la curiosidad general con su extraña fisonomía: cara muerta. exorcismos y señales de la cruz de los creyentes asustados y de las beatas transidas de miedo. en todos los sentidos. de desenterrado. Se entregó. Era un árbol sagrado. No formuló una sola queja. Esta vuelta. Después se supo que los custodios que lo habían traído le habían pe­ gado cobardemente en el camino. según afirman. párpados caídos.

se convertía en única autoridad. eclipsando a las autoridades locales. .En toda esa área no hay quizá una ciudad o un pueblo por donde no haya pasado. hablaba largamente. . en el centro mismo de la aldea. siempre elegante. preceptos comunes de la moral cristiana y profecías extravagantes. sin encarar a la multitud abatida por la melopea fatigante. Releyendo . llena de trozos truncados de las Horas mañanas. allá una iglesia que se renueva. lo vieron llegar. levan­ taba la cabeza. Imaginemos a un bufón arrebatado en una visión del Apocalipsis. Era asombroso. Negocios y campos quedaban vacíos. donde en compensación. Bom Conselho. La multitud sucumbía. ostentaba un sistema religioso incongruente. Y durante algunos días. Inhambupe. Era truhanesco y era pavoroso. errante y humilde. Jeremoabo. en las que competía con los capuchinos vagabundos de las misiones. Pombal. . Alagoinhas. La población convergía en la aldea. Monte Santo. Magacará. abstrusa 1 9 3 . Nadie osaba contemplarlo. se le veían entonces extremada­ mente negros y vivos y la mirada era de un centelleo ofuscante. fascinada bajo el extraño hipnotismo de aquella terrible locura. se improvisaba un palco al lado de la feria. LAS PREDICAS Allí subía y hablaba. Cumbe. a veces agravada por la osadía de las citas latinas. Mucambo. inconexa. Las ocupaciones normales se paralizaban. Tucano y otros. . Aquí un cementerio arruinado al que se le re­ construyen los muros. Quienes los oyeron no evitan las sugestivas aproximaciones históricas. Su entrada en las poblaciones. En estas prédicas. monopolizaba el mando. levantando imágenes. afirman testimonios existentes. los ojos fijos en el suelo. . abría de golpe los ojos. para que la palabra del profeta pudiese irradiar a todos los puntos y edificar a todos los creyentes. Cuando la pronunciaba quedaba callado. Una oratoria bárbara y estremecedora. los devotos hacían rezos y letanías y cuando la concurrencia era mayor. . . Parece que tenía la preocupación del efecto producido por alguna palabra o frase decisivas. seguido siempre por la multitud con­ trita. En casi todas dejaba alguna señal de su paso. cruces y banderas divinas. se agitaba el movimiento de las ferias. En la plaza. bajaba los ojos. en silencio. era solemne e impresionante. más adelante una capilla que se levanta. acompañado por la farándula de sus fieles. mezcla inextricable y confusa de con­ sejos dogmáticos. el penitente. por la tarde. Parco en los gestos. Y el gran desventurado conseguía entonces su único milagro: no parecer ridículo. con frases sacudidas. .

las páginas memorables * en las que Renán hace resurgir. Como los ultramontanos surgió en un extremo de la tierra. las concepciones absurdas del desmañado apóstol sertanejo asombran por su semejanza. insisten especialmente contra el lujo de los tocados y — lo que es muy singular— imponen a estos delitos el mismo castigo: sacar el demonio por los cabellos peinando a las vanidosas con peines de espinas. Nunca más miró a una mujer.). El retrógrado del sertón repro­ duce los caracteres de los místicos del pasado. exagerada hasta el máximo horror por la mujer. esgrime el mismo argumento que aquél: la Iglesia perdió su gloria y obedece a Satanás. tal vez como el cearense. . el mismo fin del mundo próximo. . por los resultados amargos de sus desdichas conyugales. Se rebela contra la Iglesia romana. . El frigio predicaba. de plus en plus en retard * * 1 9 4 . * Marc-Auréle. á des coureurs sur le champ de la civilisation. se advierte el renacimiento integral de aquellas aberraciones muer­ tas. PROFECIAS 1 9 5 Cuando se comparan sus profecías con las del pasado. La belleza tentaba a Satanás. propiciando casi la extinción del matrimonio. el mismo pavor al Anticristo. . de las mismas imágenes. Está por entero entre esos retardatarios que Fouillée compara. Al considerarlo. Expresa una moral que es la traducción fiel de la de Montano: la castidad. galvanizados por su bello estilo. Incluso a las beatas viejas hechas para amansar sátiros les hablaba de espaldas. PRECEPTOS DE ULTRAMONTANOS Es un disidente de la hechura exacta de Themison. de las mismas fórmulas hiperbólicas. Ambos prohíben severamente que las jóvenes se adornen. braman contra las ropas elegantes. Es un hermoso ejemplo de la identidad de los estados evolutivos entre los pueblos. El mismo milenarismo extravagante. vibra en censuras. a los desvariados jefes de las sectas de los primeros siglos. de T . . Está fuera de nuestro tiempo. en feliz imagen. en contraste con la licencia absoluta hacia el amor libre. casi de las mismas palabras. No puede buscarse una reproducción más completa del mismo sistema. (N . * * En francés en el original: a los que corren por el campo de la civilización cada vez con más retraso. El Conselheiro mostraba por ella inven­ cible horror. se siente el efecto maravilloso de una perspectiva a través de los siglos.

En 1896 han de rebaños mil correr de la playa al sertón. "En 1898 habrá muchos sombreros y pocas cabezas. . Que aban­ donasen las fugaces venturas e hiciesen de su vida un duro purgatorio. Todas las fortunas se perderían en la catástrofe inminente y era una temeridad inútil conservarlas. en la hora nona. El mismo Cristo había presagiado su venida cuando: . que no se manchasen con el sacrilegio de una sonrisa. Como los antiguos. El Juicio Final se acercaba inflexible.Que los fieles abandonasen todos sus bienes. . Ha de aparecer un Angel mandado por mi Padre Eterno. en el Sol y en las Es­ trellas. levantando poblaciones en los desiertos. "Ha de llover una gran lluvia de estrellas y ahí será el fin del mundo. en­ tonces el sertón se volverá playa y la playa sertón. . el predestinado llegaba a la tierra por la voluntad divina. Dios dijo en el Evangelio: yo tengo un rebaño que anda fuera del corral y es preciso que se reúnan porque hay un solo pastor y un solo rebaño”. de uno de ellos. "En 1897 habrá mucho pasto y poco rastro y un solo pastor y un solo rebaño. uno de sus apóstoles le preguntó: Señor. Preanunciaba años sucesivos de desgracias * : . . perteneciente al Secretario del Comandante en Jefe de la Campaña. que la rama se confrontará en la tierra y la tierra en algún lugar se confrontará en el cielo. descansando en el monte de los Olivos. En 1900 se apagarán las luces. todo cuanto los marcaba con un leve rasgo de vanidad. Las que aquí anotamos fueron copiadas allí mismo. di­ ciendo sermones por las puertas. "En 1899 las aguas se harán sangre y el planeta va a aparecer en el naciente con el rayo del sol. haciendo iglesias y capillitas y dando sus consejos * Estas profecías estaban escritas en gran número de pequeños cuadernos encon­ trados en Canudos. ¿para el fin de esta edad qué señales darás? "Y El respondió: muchas señales en la Luna.

la misma exploración de lo sobre­ natural y la misma ansia por el cielo. ¿No habrá en esto un rasgo superior del judaismo? No lo voy a encubrir. la ruina del mundo profano. el reino de mil años y sus delicias. cuando las naciones pelean con las naciones. desde las aguas del mar Don Sebastiáo saldrá con todo su ejército. "Y cuando quedó encantado clavó la espada en la piedra. El fin de esta guerra se acabará en la Santa Casa de Roma y la sangre irá hasta la gran junta UN HERESIARCA D EL SIGLO II EN PLENA EDAD MODERNA Como se ve. la Prusia con la Prusia. Como sus cofrades del pasado. saliendo del mesianismo reli­ gioso al mesianismo racial. . el profetismo tenía en su boca el mismo tono que tuvo en Frigia. Montano se re­ produce en toda la historia. el Brasil con el Brasil. ella se hundió hasta la empuñadura y él dijo: ¡Adiós mundo! "¡Hasta el mil y tantos. En ellos se delata el viejo aspecto soñador de la religión primitiva. alza la insurrección contra la forma repu­ blicana : "En verdad os digo. a dos mil no llegarás! "Y en este día al salir con su ejército saca a todos con el filo de la espada de este papel de la República. Andaba al borde de un catolicismo mal comprendido. Antonio Conselheiro era un pietista que ansiaba el reino de Dios. reviviendo vetustas ilusiones. más o menos con los mismos caracteres. De modo idéntico enunciaba el juicio de Dios.Y en medio de esas estrafalarias palabras. no es una novedad. "Desde el principio del mundo que lo encantó con todo su ejército y lo restituyó en guerra. Es un per­ manente reflujo del cristianismo hacia su cuna judaica. antes que la deformasen los sofistas canonizados de los concilios. Este volver a la edad de oro de los apóstoles y sibilistas. con las variantes de la modalidad de los pueblos. la Inglaterra con la Inglaterra. pero siempre con la misma rebeldía contra la jerarquía eclesiástica. prometido pero siempre postergado y final­ mente olvidado completamente por la Iglesia ortodoxa del siglo n. la desgracia de los poderosos.

de barbas y cabellos negros y crecidos.. por lo que ordenamos a Vuestra Reverendísima que no con­ sienta en su feligresía semejante abuso. por el contrario. El pueblo acostumbra concurrir en masa a los actos del Censelheiro. da señales de haber advertido esa tolerancia o protección mal disfrazada y emite una circular a todos sus párrocos: "Ha llegado a nuestro conocimiento que por las feligresías del centro de este arzobispado. con lo que perturba las conciencias y debilita en mucho la autoridad de los párrocos de esos lugares. Y terminada la empresa. en general. el pueblo cargaba piedras. . en 1882. fiestas y novenas. se erigían construcciones nuevas y bonitas. pero no lo contrariaba. moreno. El arzobispo de Bahía. a cuyas órdenes obedece ciegamente y por él resistirá cualquier orden legal. visto que compete sólo a la Iglesia católica y a sus ministros de religión. en 1887). Tenía un adversario peligroso. el sacerdote. en concordancia con la misión que se había señalado. Se reconstruían templos ruinosos. no tiene autoridad para ejercer ese menester. Durante días y días. . preceptos. por cuya razón los vicarios lo dejan pasar por santo impunemente. Los albañiles y carpinteros trabajaban gratis. sea quien fuere. aunque tenga mucha instrucción y virtud. * * ¡Una moral excesivamente r íg id a !. anda un individuo denominado Antonio Conselheiro. ordenaba penitencias que ordinariamente redundaban en bene­ ficio de las localidades.. que vivía solo en una casa sin mue­ bles. los párrocos le per­ mitían esas prácticas de las cuales sacaban beneficio porque promovía ios actos de los que salen los rendimientos del clero: bautismos. tomaba el primer camino sertón afuera.TENTATIVAS DE REACCION LEGAL Después de sus homilías. Los sacerdotes toleraban los despropósitos del santo endemoniado por­ que acrecía sus reducidos haberes. ¿Adonde? Al azar. se hallaba en la pobla­ ción un célebre Conselheiro. . en fiesta piadosa. casamientos. la misión santa de adoctrinar a los pueblos y un secular. . Si se da crédito a un valioso testimonio *. junto a la cual se apiñaban las beatas y afluían los regalos con los cuales se alimentaba. los fabricantes proporcionaban gratis los materiales indispensables. se renovaban cementerios abandonados. * “Cuando por allí pasamos (por Cumbe. sujeto bajo. Descrigoes práticas da Pro­ vincia da Bahia. . obligaciones. acaboclado. sin mirar siquiera a los que lo seguían. vestido de camisón azul. . el predestinado se marchaba. se movían incansables. “ . Teniente Coronel Durval Vieira de Aguiar. sermoneando al pueblo que se reúne para escucharlo. haciendo saber a los fieles que les prohibimos en absoluto reunirse para escuchar esos sermones. tanto más cuando él nada gana. fiestas y novenas y todo aquello en que consisten los vastos rendimientos de la Iglesia” . promueve los bautismos. los obreros cuyos salarios se pagaban en el cielo. con doctrinas su­ persticiosas y una moral excesivamente rígida * * . .

sin hablar de los montos recau­ dados que han sido enviados para otras obras en Chorrochó. no fue atendida. vuelve constantemente a Itapicuru. cuya autoridad policial. Antonio Conselheiro continuó sin inconvenientes su azaroso apostolado recorriendo los sertones. la multitud sube de mil personas. cuando la diócesis de Bahía intervino de nuevo."Sirva esto para despertar cada vez más el celo de Vuestra Reverencia. "El fanatismo no tiene límites y así es que. suficientemente instruidos. Y después de contar la última tropelía de los fanáticos: "Habiendo desinteligencias entre el grupo de Antonio Conselheiro y el vicario de Inhambupe. pidiendo el Arzobispo al * Circular dirigida al clero bahiano por el Arzobispo D. "Aunque esta obra sea de algún merecimiento. . está aquél armado como si fuera a emprender una batalla campal. puedo decir que lo adoran como si fuese un Dios vivo. Parece que esta denuncia hecha en términos tan alarmantes. venden lo poco que tienen y hasta roban para que no haya ninguna falta. el 16 de febrero de 1882. los excesos y sacrificios no compensan este bien. en el ejercicio del ministerio de la predicación a fin de que sus parro­ quianos. después de historiar ligeramente los antecedentes del agitador. no se dejen llevar por otros vientos La intervención de la Iglesia fue inútil. y consta que están a la espera de que el vicario vaya a un lugar llamado Junco para asesinarlo. rezos y letanías. "Los días de sermón. lugar de Capim Grosso”. dice * * : " . Da miedo a los transeúntes pasar por allá viendo a esos malvados munidos de cuchillos. . Hizo en este sitio su campamento y al presente está construyendo una capilla a expensas del pueblo en el referido lugar. que lo escuchan y cumplen sus órdenes de preferencia a las del cura de la parroquia. apeló a los poderes constituidos. cuyo costo semanal es de casi cien mil réis. facas y carabinas y pobre del que es sospechado de ser desafecto a Antonio Conselheiro”. en oficio donde. además de no trabajar. tolerando y disimu­ lando los atentados que cometen. Y como si desease revivir siempre el recuerdo de la primera persecución sufrida. basta decir que anda acompañado por centenares de personas. están trabajando cearenses a los cuales Antonio Conselheiro presta una protección ciega. sin miedo al error y afir­ mado en hechos. En la construcción de esta capilla. y por el modo como están los ánimos. * * Oficio dirigido en noviembre de 1888 al jefe de policía de Bahía por el dele­ gado de Itapicuru. Luis. . es justo y fundado el recelo de grandes desgracias. décuplo de lo que debía ser. por fin. dagas. y ese dinero sale de los crédulos y los ignorantes que. aparte que dispensable. "Para que vuestra Excelencia sepa quién es Antonio Conselheiro. No se tomó ninguna providencia hasta mediados de 1887.

iba adelante. En otra ocasión — escuché este extraño caso a personas que no se habían dejado arrastrar por el fanatismo— llegó a Monte Santo y ordenó que se hiciera una procesión por la cumbre de la montaña hasta la última capillita que está en lo alto. El Conselheiro continuó sin tropiezos su misión perturbadora. la cabeza baja. la mirada perdida en las estrellas. con la respiración agitada. buscando convencerlos de ser el Espíritu Santo. La mul­ titud anduvo lentamente por el difícil camino. se esforzaban en balde diez obreros para levantar una pesada armazón. de rodillas sobre la áspera roca. Se le notaba el cansancio. predicando doctrinas subversivas. entonces el predestinado se subió a ella y ordenó que sólo dos hombres la levantaran y lo que no habían conseguido tantos. Entre la gente respetuosa penetra en la capilla. . La primera oleada de fieles llena la pequeña capilla y los otros per­ manecen afuera. El ministro respondió que no había en ese estable­ cimiento ninguna vacante y el presidente volvió a dirigirse al prelado para ponerlo en conocimiento de la admirable resolución del gobierno. No vamos a referirlas todas. con contrición. Al llegar al altar mayor. sin sombrero. hacía un gran mal a la religión y al estado distrayendo al pueblo de sus obligaciones y arrastrándolo detrás de sí. Entonces. apoyado en su inseparable bastón. cuando se construía la bellísima iglesia que ahí está. se sienta en el primer escalón de la tosca escala de piedra y se queda extático. entonando cánticos y de­ teniéndose a rezar en los pasos. extendida por la línea de cum­ bres dibujó un camino luminoso en la montaña.Presidente de la Provincia. El. A la tarde se inició la ceremonia. grave y siniestro. Surgías leyendas. contemplando los cielos. Los penitentes encendieron las antorchas y la procesión. Ante tal reclamación. . . . Así se abrió y se cerró el ciclo de las medidas legales que se tomaron durante el Imperio. en lo alto. levanta el rostro pá- . Cayó la noche. lo realizaron rápidamente dos sin ningún esfuerzo. el contemplativo se levanta. providencias que contuviesen al "individuo Antonio Vicente Mendes Maciel que. . creciendo en la imaginación popular. el presidente de esa provincia se dirigió al mi­ nistro del Imperio. sin aliento. abatido. Fundó el pueblo de Bom Jesús y cuentan las gentes que en cierta ocasión. pidiendo una vacante para el demente en el hospicio de alienados de Río. con la larga cabellera agitada por el fuerte viento. Antonio Conselheiro. Al llegar a la Santa Cruz.

prefiere una tabla sobre la que se echa sin mantas. comenzó a irritarse ante la menor contrariedad.lido orlado por los cabellos desaliñados. Era la clásica protesta. Especie de gran hombre al revés. Entonces el peregrino lo miró durante un rato y sin decirle una palabra. estando ausente el párroco. Al otro día. — No puedo. Se sacudió el polvo de las sandalias. Dos lágrimas ensangrentadas ruedan por el rostro inmaculado de la Virgen Santísima. vestido. El sacerdote llegó y vio la invasión de sus dominios. sacó debajo de su túnica un pañuelo. evidenciaba en todos sus actos la implacabilidad de un gran evangelista. . le pide al cura que le conceda predicar en la fiesta que se va a realizar en la iglesia. — Déjame entonces hacer el vía crucis. sin sacarse siquiera las sandalias. cierto vicario de una parroquia sertaneja ve llegar a su puerta a un hombre extremadamente delgado y abatido. — Hermano. Estas y otras leyendas son todavía corrientes en el sertón. el absurdo de ser útil. con quien se llevaba mal. inofensiva y serena de los apóstoles. una vieja figura de peregrino a la que no faltaba el tradicional crucifijo colgado a un costado de la cintura y el manto polvoriento y gastado y el bidón de agua y el gran bastón. El medio lo favorecía y él realizaba. en Natuba. no tienes órdenes. yo debo hacerlo — le contestó de nuevo el sacerdote. El párroco le da alimento. apareció y ordenó cargar piedras para hacer reparaciones a la igle­ sia. largas barbas bajando por el pecho. Se irritó y para enfrentar la situación. . No arrastraba al pueblo sertanejo porque lo dominaba. largos cabellos despei­ nados por los hombros. sino porque era dominado por las aberra­ ciones populares. HEG1RA HACIA EL SERTON Sin embargo. Dominador incondicional. el singular huésped que hasta ese momento apenas ha dicho palabra. Un día. Y la multitud se estremece de asombro. Y partió. apenas le acepta un pedazo de pan. la Iglesia no te permite predicar. la reacción fue creciendo y le agrió el ánimo. Es natural. apeló al egoísmo humano. a veces. Una inexplicable placidez le había amortecido la neurosis. le ofrece un lecho. Obedecía a la finalidad de los viejos impulsos ancestrales y subyugado por ella. Antonio Conselheiro reunía en su en­ fermo misticismo todos los errores y las supersticiones que forman el coeficiente de reducción de nuestra nacionalidad. . Cierta vez. como hombre práctico que era.

Los treinta policías. la feligresía era pobre. las autoridades habían impuesto a los propietarios la cons­ trucción de aceras frente a sus casas. Dieron de frente con los jagunqos temerarios. . Realizada la hazaña. la afrenta recibida. dándose a la fuga que fue encabezada por el propio comandante. sitio abrupto y estéril entre Tucano y Cumbe. donde se fijaba la cobranza de los im­ puestos. seguros de des­ truirlos con la primera descarga. Ahora buscaban el desierto. Después tomó conciencia de la gravedad de lo hecho y dejando la aldea. Decretada la autonomía de los municipios. Reunió al pueblo en un día feriado y entre gritos de sedición y estallidos de cohetes. Lo iban volviendo malo. En efecto. El apóstol no acep­ tó la invitación. Estos no superaban en aquella época los doscientos hombres. No buscaron más los poblados como antes. El acontecimiento había tenido repercusión en la Capital de donde partió una fuerza policial para prender al rebelde y diezmar a los sedi­ ciosos. Sólo podía renovar esas cosas el hombre que convencía a los matutos crédulos. contaban con la victo­ ria encerrando entre las caatingas a los nuevos contendores. tomó por el camino de Monte Santo hacia el norte. Pero lo hizo con palabras discriminatorias. en las cercanías de las sierras del Ovó. Antonio Conselheiro se encontraba en Bom Conselho. bien arma­ dos. Contempló a la República con malos ojos y predicó la rebeldía contra las nuevas leyes. Y al aparecer esta vieja novedad. Esta minúscula batalla tendría más adelante muchas copias ampliadas. un político influyente del mismo lugar lo llamó. el cura cedió las pie­ dras acumuladas ante la iglesia. recordando. El templo estaba en ruinas. las autoridades de las loca­ lidades de Bahía habían mandado colocar las tradicionales tablas. que sustituían a los edictos impresos. atacaron impetuosamente a la turba de penitentes. etcétera. Tiempo después. El Conselheiro esta vez no se limitó a sacudir sus sandalias. La tropa los alcanzó en Maceté.Días antes. los pastos habían invadido el cementerio. La originó un suceso de poca monta. para ese fin. Fueron totalmente desbaratados. ordenó que se quitaran las tablas y se quemaran en una hoguera en el centro del lugar. El derrocamiento de la tropa les preanunciaba persecuciones más vigo­ rosas y seguros del amparo de la naturaleza salvaje. con altanería que chocaba con su antigua humildad. los creyentes acompañaron la hégira del profeta. Le salió de la boca la primera maldición y partió de la ciudad ingrata. Desde 1895 adoptó una posición combatiente comple­ tamente nueva. a pedido del mismo párroco. La imposición lo irritó. Habló en esa especie de auto de fe que la debilidad de las auto­ ridades no impidió y predicó abiertamente la rebelión contra las nue­ vas leyes.

Arrastró a la muchedumbre de fieles. Informaciones manuscritas (1 8 9 8 ) 197. . muchos gérmenes de desorden y crimen. Conocía el sertón. donde no penetraría la mano del gobierno maldito. sin pérdida de tiempo. la antigua residencia señorial. Conocía lugares ignotos de donde no lo sacarían. . La aldea efí­ mera de los matutos ociosos. circundado por montañas. Ya en 1876. en 1890 era una tapera de cerca de cincuenta ranchos de palo-a-pique 1 9 G . Antonio Conselheiro. Cuando aquél llegó. viejo establecimiento de ganado a orillas del Vaza-Barris.P. . siguiendo un rumbo prefijado. planicies estériles y por largos días. a la que se juntaban cada día decenas de prosélitos. ampliándose en poco tiempo. como la mayoría de los que yacen desconocidos por nuestros sertones. Era el lugar sagrado. el oscuro lugarejo ya tenía. una población sospechosa y ociosa "armada hasta los dientes” y "cuya ocupación casi exclusiva consistía en beber aguardiente y pitar unos ex­ quisitos cigarros de un metro de extensión” * de tabaco naturalmente provisto por las solanáceas (canudos-de-pito) exuberantes y abundantes a orillas del río.F. V CANUDOS: ANTECEDENTES Canudos. en la Troya de la banda de jagungos. por los caminos sertanejos. desde Bahía. Tal vez ya los había señalado previendo futuras vicisitudes. lentamente. No preguntaron adonde iban. centralizada por la vieja iglesia que ya exis­ tía. allí se aglomeraban como agregados al establecimiento por entonces floreciente. estaba en plena decadencia: los campos abandonados. había sido nombrado por el vicario de Cumbe para hacer una visi­ ta espiritual a esas gentes completamente aisladas del mundo. . en ruinas. * Padre V. Así es que antes de la llegada del Conselheiro. destejada.éstos partieron. y en lo alto de una explanada del cerro. los ranchos vacíos. Atrave­ saron serranías abruptas. . Siguió el rumbo del norte. Los creyentes lo acompañaron. reducida a sus paredes externas. vicario de Itu. Pero no siguieron más allá de Serrinha. la marcha era guiada por las letanías y el paso tardo del profeta. sin embargo. en 1895. no se hizo ilusiones con la inexplicable huida que lo había salvado. de donde re­ tornaron sin aventurarse por el sertón. Lo había recorrido entero en una romería ininte­ rrumpida de veinte años. De ese año data su renacimiento y rápido crecimiento. iba a convertirse. en número de ochen­ ta plazas de línea. según el testimonio de un sacerdote que como tantos otros.

. por precios irrisorios. cortado por las quebradas. tenía el aspecto de una ciudad que hubiese sido sacudida por un terremoto y brutalmente revuelta 1 9 9 . hacia el lugar elegido. La población crecía vigorosamente.Su interesante topografía se amoldaba para la imaginación de aquellas simples gentes al primer escalón. extraordinarias cantidades de ganado vacuno. lugar escogido por Anto­ nio Conselheiro como su centro de operaciones. Era la objetivación de aquella inmensa locura. . hasta casas y terrenos. sucesivos grupos de pobladores oriundos de las aldeas y villas más re­ motas . proveían constantes contingentes. de su subida a los cielos. además de otros objetos. Macacará. Mundo Novo. . CRECIMIENTO VERTIGINOSO No sorprende que hacia allá convergieran. ya en ruinas. esos grupos se unían en los caminos y llegaban al fin juntos a Canudos. Uauá y otros lugares cercanos. Monte Santo. Tucano. El anhelo era vender. llevando en canastas sus toscos mobiliarios y sus oratorios. Bom Conselho. . Itabaiana y otros lugares lejanos. Las sustituía un dédalo desesperante de caminitos estrechísimos. de a pedazos entre los cerros. Así cambiaban las comarcas. definía bien la civitas siniestra del equí­ voco. caprino. Cumbe. partiendo de todos los puntos. cuerpo del delito que tes­ timoniaba acerca de las rebeliones de un pueblo. tal fue el aluvión de familias que subían hasta Canudos. demencialmente. Entre Ríos. Visto de lejos. Causaba dolor ver pues­ tos a remate. No se distinguían calles. La edificación era tan rudimentaria que se hacían hasta doce casas por día y a medida que se extendía. en el lapso de semanas. que apenas separaban la barahúnda caótica de los ranchos construidos al azar. . * Baráo de Jeremoabo. agachado y cubriendo un área enorme. La urbs monstruosa. Itapicuru. Dice un testimonio * 198: "Algunos sitios de esta comarca y de otras ve­ cinas y hasta del Estado de Sergipe. Nacía viejo. Aquello se construía al azar. Inhambupe. caballar. esa tapera colosal parecía dibujar el aspecto moral de la sociedad que allí moraba. Documento ineludible. de barro. con los frentes vueltos hacia cualquier punto. Jacobina. subiendo por las colinas. conseguir algún dinero e ir a compartirlo con el Santo Conselheiro. amplio y alto. Los pocos viajeros que se arriesgaban por aquel sertón se topaban con grupos sucesivos de fieles que marchaban cargados de fardos. quedaron deshabitadas. Jeremoabo. El poblado nacía. Solitarios al principio. Natuba. revuelto entre las cumbres. en las ferias. etcétera.

Entre éstas. A cierta distancia era invisible. en sus modalidades evolutivas. extendida por las colinas y destinada a abrigar por poco tiempo al tumultoso clan de Antonio Conselheiro. . las plazas que aparte la de las iglesias no eran nada más que el fondo común de las casas y los ranchos pegados unos a otros. Eran una fase transitoria entre la caverna primitiva y la casa. la aguijada de tres metros de largo.orientados hacia todos los rumbos. En éste. como si todo hubiese sido construido en una noche por una multitud de locos. Hechas de palo-a-pique y divididas en tres habitaciones minúsculas. las casas eran una parodia grosera de la antigua morada romana: un vestíbulo exiguo. dos o tres banquitos con forma de butacas. igual número de cajas o ca­ nastas. en cierto modo. un atrio que al mismo tiempo servía de cocina. . Por fin. Arrimados a los ángulos se veían insignificantes acce­ sorios: el bogó. comedor y recepción y lateralmente. Al fondo del único dormitorio. un par de cestas de cipó y la bolsa de caza hecha con fibras de caraoá. advertía algunos trastos escasos y groseros: un tosco banco. como fetiches. más que la miseria del hombre la decrepitud de la raza. imitando el mismo aspecto burdo del conjunto. amplísima. Si las edificaciones. objetivan la persona­ lidad humana. en gradaciones completas. una alcoba oscurísima. traducía. Aparecía de golpe. recordaban las cabañas de los galos de César. el rancho de techo de barro de los jagungos equiparado a los wigwan de los pieles rojas. porras huecas y llenas hasta la mitad de plomo. con el suelo. una bolsa colgada del techo y las redes. Nada más. por su falta de cal. Era todo el mobiliario. la pobreza a niveles repugnantes. Cuando la mirada se acostumbraba a la penumbra de esas habitacio­ nes exiguas. Y nada más necesitaba esa gente. capaz de destrozar piedras. en una vuelta cualquiera del Vaza-Barris que la limitaba por el este y el sur. un tosco oratorio. imá­ genes de líneas duras. sin la elegancia de las lanzas. Ni camas ni mesas. Se confundía. especie de balde de cuero para el transporte del agua. hasta la de caño fino y pequeño calibre. unos santos mal confeccionados. Cubiertas de capas espesas de veinte cen­ tímetros de barro sobre ramas de icó. desde las de caño fino hasta la "legítima de Braga” cebada con plomo. desde el trabuco mortal. pesadas. . La au­ sencia de calles. las armas que evocaban estadios remotos en el tiempo: el facón jacaré de hoja larga v fuerte. sugería un paralelo deplorable. que sólo se descubría por una puerta estrecha y baja. Canudos surgió con un aspecto entre campamento de guerrilleros y vasto kraal africano. y las espingardas. la lanza de los cangaceiros larga como una espada. que mostraban la religión mestiza: San Antonios proteiformes y africanizados. como formando una vivienda única. reproduciendo los piques antiguos. La inco­ modidad y sobre todo. Marías Santísimas feas como Megeras.

estrangulado entre las cumbres del Caipá. esparcidas.La rodeaba una naturaleza muerta: paisajes tristes. la Canaan sagrada que el buen Jesús aislara del resto del mundo con un cinturón de sierras. Estaban a salvo de la pavorosa hecatombe que vaticinaban las profecías del evangelizador. cuando divisaban el campanario humilde de la antigua capilla. algunas quixabeiras se agrupaban formando un huerto salvaje. pero felices. en ruinas. abiertas por las erosiones intensas y por las cuales. junto a las laderas del Calumbi. se abrían. sin una sola mata. caían de rodillas sobre el áspero suelo. Al principio. Por un lado. Ceará. insinuándose en los desfiladeros de Cocorobó. uniformes. Al sur. terminado de golpe en barranca a plomo sobre el río y éste. ensanchándose. un contrafuerte. . abarcando todo el poblado con un lecho exca­ vado y hondo como un foso. en declive. que suecesos posteriores denominarían de la Provi­ dencia. Venían de todas partes. Habían llegado al término de su romería. cerca y dominante. A la noche se encendían las hogueras en los ranchos de los peregrinos. Por estos caminos y estas entradas. Acampaban a gusto en lo alto de las cumbres. el morro de los Pela­ dos. Las lejanas montañas la encerraban en una elipse de ejes dilatados. llegaban al pueblo naciente al fon­ do de los sertones de Piauí. al sesgo. éstas se apiñaban próximas a la depresión en que estaba erigida la primitiva iglesia y descendían desnivaladas. . Por fin pisa­ ban la tierra de promisión. y otros. careando sus haberes. hasta la costa del río. Pernambuco y Sergipe. hasta las distantes serranías. hacia el este se abría en planicies onduladas. colinas desnudas. Cuando clareaba la mañana. solitaria. se entregaban a la tarea de construir sus cabañas. golpeado al sur por las laderas de la Favela y dominado al oeste por las lomas más altas de faldas escarpadas. Allí aparecen quebradas de bordes a pique. estrechísimos. y tras­ puestas las últimas vueltas del camino. se veía la antigua casa del establecimiento ganadero. rasgadas por lajas apenas revestidas en pocos lugares por un montón de bromelias y en algunos otros por cactos erguidos y solitarios. . después comenzaron a salpicar. el monte de la Favela se levantaba a mayor altura y a sus pies. Una faja fulgurante rodeaba la aldea v al unísono resonaban las voces de la multitud de penitentes en la me­ lopea plañidera de los benditos. ondulando. rodeada casi por entero por el Vaza-Barris. A mitad de la ladera. cada vez más lejos. de ahí en más. el terre­ no escabroso. y el del Rosario. que se prolongaban. los pasos o gargantes de los caminos: el de Uauá. Llegaban cansados de su larga jornada. . el de Jeremoabo. el Umbiranas. en invierno. Canudos. el del Cambaio. . ruedan afluentes efímeros que tienen falsos nombres de ríos: el Mucuím. sucesivas cara­ vanas de fieles. Como pos­ tigos de un baluarte inmenso.

al contrario. al oeste y al norte por las laderas de las tierras más elevadas que desde allí se dirigen a los contrafuertes extremos del Cambaio y del Caipá. enfilando hacia todos los caminos. Se desparramaban por los cerros que se sucedían innumemrables siguiendo el rumbo de Uauá. rodando impetuosas con la fuerza viva de la caída. Sin embargo. 200. subiendo más esparcidas por las faldas del este y salpicando los altos de los morros minados de trin­ cheras. refugio de vaqueros inofensivos. cerrando toda la bajada. quedaba sorprendido como ante una trampa. Se disponían formando líneas iregulares de ba­ luartes. . Desde allí. se expandía. la depresión en que se erigía el poblado que que­ daba cerrado al este por las colinas. Su curso rodeaba. por el Rosario o Calumbi. La plaza de la iglesia. Las habría com­ prendido algún Vauban inculto. subiendo poco a poco en un plano inclinado semejando un extenso valle en declive. tenía condiciones tácticas excelentes. La aldea parecía dispuesta para el choque de cargas fulminantes. La revoltosa grey no buscaba los horizontes. una muralla y un valle. siguiendo un eje orientado hacia el norte. Cuando se acercaba. Si se venía del sur. junto al río. circundaba. planos de fuego rasantes al suelo vueltos hacia todos los rumbos. se encar­ .Construcciones ligeras. la guardaban al oeste. Canudos era una tapera dentro de una urna. no se revelaban a la distancia. Marginaban el de Jeremoabo. un formidable círculo de trincheras cavadas en todas las cumbres. Allá adentro se apre­ taban las casas. . bor­ deando los caminos. El enemigo. el Vaza-Barris. Cubiertos por lajas de piedra y ramajes de macambiras. y al sur por la montaña. saltando el alto de la Favela o las laderas que caen sobre el río Sargento. torcía hacia el norte convertido en un hondo cañón. puntilleaban el del Rosario. Cerrada al sur por el morro. al encontrarse de pronto ante un caserío compacto. que parecían obedecer a un plan de defensa. Porque la ciudad salvaje tuvo desde el principio. pensaría en ranchos solitarios. oprimido entre las últimas casas y los escalones a pique de los morros más altos. el viajero que las observara. de modo que con un golpe de vista se aquilataban las condiciones de la defensa. bajando escalonadamente hasta el río. libre de las faldas escarpadas. por los abruptos declives. el caserío aparecía expuesto. esparcidas por los cerros a manera de garitas. demarcaba su área más baja. Se sucedían escalonadas. distantes del núcleo compacto del caserío. Viniendo del este. trasponiendo el río y contorneando la Favela. De hecho. En apariencia eran deplorables. en un plano inferior. acompañando su rápido crecimiento. se erigían en una y otra margen del Vaza-Barris. Cada una era una casa y un reducto. podía asediarlos golpeándolos en todas las calles con una única batería.

El sertanejo simple se transformaba en el fanático temerario y bruto. Aceptaban a ciegas todo cuanto les enseñaba. Canudos era el cosmos. se convirtió en una comunidad homogénea y uniforme. donde las líneas de las cumbres se resuel­ ven en las altiplanicies. intactas. el último descanso en la travesía de un desierto: la Tierra. un trecho que recordaba un vallado enorme. Lo absorbía la psicosis colectiva y adoptaba el nombre que hasta entonces estaba consagrado a los turbulentos y a los valentones de las refriegas elec­ torales y saqueadores de ciudades: jagungos201. la población tenía agravadas todas las con­ diciones de su estadio social inferior. sólo por la yuxtaposición mecánica de las sucesivas levas. . sin órganos y sin funciones espe­ cíficas. en el cual las leyes las dictaba el arbitrio del jefe y la justicia derivaba de sus irrevocables decisiones. de bonzo claudicante— estaba adrede tallada para revivir los estigmas degenerativos de las tres razas 202. todas las tendencias del hombre extraordinario en el cual la apariencia proteica — de santo exiliado en la tierra. un punto de paso. Y éste era transitorio y breve. Subyugada por su prestigio. POBLACION MULTIFORME Así fue que en poco tiempo. a la manera de un grupo de pólipos humanos. REGIMEN DE LA URBS Allí se estableció un régimen modelado por la religiosidad del apóstol extravagante. una escala terminal de donde saldrían sin tardanza. la consanguinidad moral les daba la forma exacta de un clan. en la romería milagrosa hacia los cielos. sus tiendas. habían escogido precisamente. desde el creyente fervoroso que abandonaba las comodi­ dades de la vida en otros lugares. A falta de hermandad sanguínea. de fetiche de carne y hueso. . . la población constituida por los más dispa­ res elementos. hasta el bandido suelto que llegaba con su carabina al hombro en busca de campo nuevo para sus hazañas. inmersas en un sueño religioso. No les servirían. que crecía sin desarrollarse.celaba. limi­ taban el mundo a la línea de serranías que los ceñían y no pensaban en instituciones que les garantizaran destino en la tierra 203. . por última vez. Los jagungos errantes armaban allí. En esa hermosa región. . Es natural que absorbiese. vivían bajo la enfermante preocupación de la otra vida. Canudos era una estereotipia de los primeros agrupamientos bárbaros. masa inconscien­ te y bruta.

Voluntarios de la miseria y del dolor. Al enterarse del caso escandaloso en el que la lubricidad de un des­ variado había maculado a una incauta doncella. Se sentían felices con las migajas restantes. El extremo dolor era la extrema unción. Su deprimido sentido moral sólo comprendía la posesión de éste por el contraste de las amarguras soportadas. eran venturosos en la medida de las privaciones sufridas. Casi una impiedad. tuvo una frase feroz­ mente cínica que los sertanejos repetían. la comunidad absoluta de la tierra. No es de admirar que se diese en Canudos una promiscuidad sin freno. por el vertedero de las lá­ grimas. Les sobraban. de alguna manera. Los recién venidos le entregaban al Conselheiro el noventa y nueve por ciento de lo que traían. . Marc-Aurèle.No querían nada de esta vida. La tentativa de ennoblecer la existencia en la tierra. La porte se trouvait aussi ouverte à la débauche. Renán. impli­ caba. pasó por debajo del árbol del bien y del mal”. Este desprendimento llevado hasta las últimas con­ secuencias. de los pastos. du moment que l’humanité en était à son dernier soir. Para Anto­ nio Conselheiro — y también en este punto copia viejos modelos histó­ ricos— la virtud era como el reflejo superior de la vanidad. de los rebaños y de los escasos pro­ ductos de los cultivos. incluyendo los santos que se destinaban al santuario común. la terapia infalible contra la ponzoña de los ma­ yores vicios. El sufrimiento duro era la absolución plenaria. * Montanus ne prenait même pas la peine d’interdire un acte devenu absolument insignifiant. Se veían bien viéndose en andrajos. De todas las páginas de los catecismos que había deletreado le queda­ ba un precepto único: Bienaventurados los que sufren . El profeta les había enseñado a temer el pecado mortal del bienestar más fugaz. el olvido del más allá maravilloso. . Eran legión. 215. . Los hijos espurios no llevaban en la frente la señal infamante de su origen. gota a gota. sólo de los objetos muebles y de las casas. los hacía despojarse de las bellas cualidades morales larga­ mente aprendidas en la existencia patriarcal de los sertones. cuyos dueños recibían una exigua parte quedando el resto para la compañía. Por eso la propiedad se les volvió una forma exagerada del colectivismo tribal de los beduinos 204: la apropia­ ción personal. p. la situación dehonrosa de los bancklings entre los germanos. No le importaba que errasen si todas las impurezas de una vida infame salían finalmente. la indiferencia por la felicidad sobrenatural inminente. Que los hombres se comportaran mal o bien era una cuestión sin im­ portancia *. sin aquilatar su torpeza: "Siguió el destino de todas.

. la justicia era. Lo que urgía era anticiparlo. a dispersar los hogares y a confundir en el mismo vórtice todas las virtudes y todas las abominaciones. capaces de cargar las cara­ binas homicidas con las cuentas del rosario. Inexorable para las culpas pequeñas. sobre las faltas más tenues. cuando el cataclismo inminente vendría en breve a apagar para siempre las uniones más íntimas. Antonio Conselheiro dominaba la aldea. toleraba el amor libre 205. implantando penas severísimas. Y era lógico. eran sus mejores discípulos. las garantías de su auto­ ridad inviolable. los preparaba para las estrecheces de los asedios. . Estando en los últimos días del mundo no iba a perder el tiempo agitando preceptos vanos. En los consejos diarios no hablaba de la vida conyugal ni ponía normas a las parejas. Por natural contraste. los más queridos del singular hombre. que pasaba días alimentándose sólo con un platito de harina. siniestros héroes de faca y cuchillo. como todo lo demás. co­ rrigiendo a los que salían de las huellas trazadas. nula para los grandes atentados. por las privaciones y por el martirio. aunque no lo estimulaba. Este régimen severo tenía un doble efecto: por la debilidad volvía más vibrátil la inervación enfermiza de los creyentes y al mismo tiempo. quizá previstos. No de otro modo se comprende que permitiese la permanencia en la aldea de indi­ viduos cuya índole se contraponía a su placidez humilde. Canudos era la muerte de afamados facinerosos. Y fueron éstos.Porque el dominador. se veían diariamente presos por los que habían cometido la leve falta de algún homicidio. repleto. antinómica en el clan policial de los facinerosos. Llegaban allí entre­ mezclados con los matutos crédulos y los vaqueros ilusionados. a los que habían perpetrado el abominable crimen de faltar a los rezos. Repartió con él su escasa refacción y éste — milagro que impresionó a la aldea entera— salió del minúsculo banquete. POLICIA DE BANDIDOS Gracias a su mano fuerte. Se cuenta que cierto día lo fue a visitar un creyente rico de las cercanías. las agonías del hambre. . como si volviese de un festín. la lenta extinción de la vida. La extraordinaria secta — caso de simbiosis moral en la que el ideal cristiano surgía monstruoso dentro de aberraciones fetichistas— tenía sus mejores representantes en los Bautistas truculentos. Daba el ejemplo haciendo saber por los fieles más íntimos. más adelante. Predicaba entonces los ayunos pro­ longados. sus ayudantes predilectos. Es posible que fuera la intención recóndita de Antonio Conselheiro. Se creaba una delincuencia especial traducida por una inversión completa del concepto de crimen. Se ejercía. En la cárcel paradojalmente establecida.

donde nadie les tomaba cuenta de sus desmanes. venidos de Juázeiro. por invadir con su profesión las atribuciones sagradas del vicario. ¡Ay del dipsó­ mano incorregible que se atreviera a romper la interdicción impuesta! Se cuenta que.El uso de aguardiente. originándose una calurosa e inútil discusión en la Asamblea Estatal de Bahía. Partían de allá bandas turbu­ lentas que atropellaban los alrededores. transforman la fantasía del sufragio universal en la maza de Hércules de nuestra dignidad. No estaba interdicto por ser un vicio sino para prevenir desórdenes. Cualquier tropelía era permitida si aumentaba el patrimonio de la grey 206. Pero fuera del poblado podían armarse desórdenes. era un delito serio. El caso es revelador. apelaban al Conselheiro. amargos panes con que los había obsequiado esa ingrata gente. echó a las autoridades comen­ zando por el juez del lugar 20 7 y como entreacto hilarante de la razzia escandalosa. torturó al escribano de los casamientos que se vio en figu­ rillas para impedir que los sarcásticos creyentes le abrieran una amplia y tosca coronilla. En Bom Conselho. tuvieron una sorpresa. las expediciones eran sugeridas por indicaciones locales. Y se volvieron llevando en las manos. El contrabando sacrilego fue inutilizado. fueron a Canudos llevando algunos barriles del líquido prohibido. siguiendo rumbos preciosos. se conquistaban ciudades. cierta vez. para reforzar a palos y a tiros. Los grandes conquistadores de urnas que. Los asaltantes volvían con los despojos a la aldea. provisoriamente. unos troperos inexpertos. en lugar de la ganancia apetecida. en el cuartel de las guardias pretorianas de los capangas que de allí salían. el bandidismo sertanejo. Llevaban el eterno cómplice de las horas ociosas de los matutos. Llegaba la época de las elecciones. Pero cuando descargaron en la plaza la valiosa carga. Nuestra civilización alimentaba. dice el testimonio unánime de la población sertaneja. se asaltaban lugarejos. abiertos los barriles a fuerza de hachazos. En 1894. por ejemplo. Y llegaron a des­ pertar la atención de los poderes constituidos. a ejemplo de miles de comparsas diseminados en este país. para realizar las "mazorcas” periódicas que la ley llama "elecciones”. Los atraía el lucro resultante. el dolor de las docenas de latigazos recibidos. En un dilatado radio alrededor de Canudos se saqueaban haciendas. Algunos fieles ricos tenían veleidades políticas. como siempre lo hizo. la sitió. la soberanía popular. eufemismo que entre nosotros es el más vivo rasgo de las osadías del lenguaje. Una sólida experiencia le había enseñado al Conselheiro todos los peligros que derivan de este hachís nacional. . Canudos se convertía entonces. para des­ trozar las actas. Muchas veces. las tropelías coman­ dadas por valentones de nota se volvieron alarmantes. una horda tomó posesión de la villa.

bienaventurados porque el paso tardo. El escritor transcribía esas cuartetas en 1879. sambenitos de alguna penitencia que era su propia vida. del T . por ventura. ¡Ya en 1879!. Eran los elegidos. / Quien oye y no aprende. de la solicitud del jefe que era para ellos un santo protector y al cual saludaban entonando versos que hace veintitantos años corren por los sertones: Do céu veio urna luz Que ] esus-Cristo mandou. felices de tener sobre los hombros harapos inmundos. Quizá así lo entendía el Conselheiro. Pero en la aldea. * Silvio Romero. un misionero. Vivían parasitariamente. allí los aguardaba al final de la jornada. Traducción de los versos populares: “Del cielo vino una luz / que Jesucristo mandó. en el camino hacia la felicidad eterna. Comprendía que aquella masa. era la savia vigorosa de la aldea. sus mejores creyentes: mujeres. . . Santo Antonio Aparecido Dos castigos nos livroul Quern ouvir e nao aprender Quern souber e nao ensinar No dia do Juízo A sua alma penará! * Estas viejas cuartetas que guarda la tradición. recordaban al infeliz los primeros días de su vida atormentada y le avivaban. San Antonio Aparecido / del castigo nos libró. Lo cierto es que abría a los desventurados las despensas repletas por las limosnas y por el trabajo comunitario. precediéndolas con el siguiente comentario: “Era. niños. dificultoso por las muletas o las anquilosidades. Allí per­ manecían. digamos a falta de otro término — porque no hay pala­ bra que signifique tumulto disciplinado— un orden inalterable. Eran ejercicios prácticos indispensables para la preparación de batallas más peligrosas. los últimos rasgos de vanidad en la comparación ventajosa con el santo milagrero por excelencia 2 0 8 . inofensivos en tanto inválidos. a su manera. E L TEMPLO Además de esto. A poesía Popular no Brasil. la última peni­ tencia: la construcción del templo. Con tan pocos recursos fanatizó a las poblaciones que visitó. Y las toleraba. / el Día del Juicio / su alma perderá” . . (N .Ahora bien. viejos. donde lo tenían por San Antonio Aparecido” . significaba la celeridad máxima.). exigía. en apariencia inútil. esos asaltos constituían una enseñanza. enfermos. / quien sabe y no enseña. Eran útiles.

209. Debía ser como fue. Le sentaba la forma ambigua de santuario y de antro. mientras unos se entregaban al cultivo de las tierras o conducían los rebaños de cabras. sin reglas. El pueblo. Retrataba de­ masiado en su modesto aspecto. No se asombraban los recién llegados de los cuadros que se les pre­ sentaban. her­ manando en el mismo ámbito. muy altas. Los tomaban como prueba obligatoria que les desafiaba la fe. el resto del pueblo trabajaba en la misión sagrada. Feira de Sant’Ana y Santa Luzia partían toda clase de auxilios. sin módulos. y otros. informe y brutal. Bom Conselho y Simáo Dias hubo gran abastecimiento de ganado. Era necesario que le contrapusieran la arx monstruosa. . Enfrentado al antiguo. vasto y pesado. . la pureza de la religión antigua. de estilo indescifrable. mascarada de frisos grose­ ros y volutas imposibles. No escasearon refuerzos y recursos para la sociedad acampada en el desierto. mole formidable y bruta. dispersos en pique­ tes vigilantes. impasible. de fortaleza y de templo. . el desorden mismo del espíritu delirante210. Viejo arquitecto de iglesias. Comenzó a levantarse la iglesia nueva. Debía surgir. La mitad. el nuevo templo se levantaba al otro lado de la plaza. en el transporte de los mate­ riales. levantada por los músculos gastados de los viejos. con la osadía de un gótico rudo e imperfecto. Allí pasaba los días. De Jeremoabo. Las paredes gruesas recordaban murallas de reductos. de la extrema debilidad humana. sin un temblor en el rostro bronceado y rígido. encabrioladas en un delirio de curvas incorrec­ tas: rasgada de ojivas horrorosas. por decir así. sin pro­ porciones. Era su gran obra. con su fachada estupenda. de la población de Tucano y de Itapicuru hacia allá se marchó. Era rectangular. guardaban la comarca. De Alagoinhas. donde resonarían más tarde las letanías y las balas. como si quisiera objetivar. la suprema piedad y los supremos rencores. antes que las dos torres. por los brazos leves de las mujeres y los niños. a piedra y cal. vuelto una cariátide errante sobre el edificio monstruoso. muchas veces se estremecía al verlo pasar lentamente sobre los tablones oscilantes. la construyó como el monumento que cerraría su carrera. sobre los andamios altos y bam­ boleantes. La levantaba vuelta hacia el levante. . Era frágil y pequeña.La antigua capilla no bastaba. hormigueando abajo. lo transfigurase. o metían a saco las aldeas próximas. No faltaban brazos para la tarea. . La había delineado el mismo Conselheiro. Durante mucho tiempo tendría ese aspecto anó­ malo. Es que la catedral admirable de los jagungos tenía la elocuencia silen­ ciosa de los edificios de que nos habla Bossuet. erigida como si fuese el molde monumental de la secta combatiente. Desde la madrugada.

Fulguraban las hogueras que por costumbre se encendían alrededor de la plaza. pero no se despedían de su misticismo la­ mentable. la multitud se dividía en dos grandes grupos según el sexo. . pobre vestíbulo del cielo. Y en cada uno de ellos una mezcla enorme de contrastes. mal anunciada por el crepúsculo sertanejo. corrompi­ das de pecados viejos tardíamente penitenciados. por capricho del Conselheiro. . fugitivo y breve como el de los desiertos. rápida. Llegaban. Muchos habían ido alentando esperanzas singulares. entre los flancos como torres de las colinas. Cesaban los trabajos. . . y se les desva­ necía el milagro feliz. debía ser así: repugnante. término que en los sertones tiene el peor de los significados. "Los secuaces de la secta se ocupan de persuadir al pueblo de que todo el que se quiera salvar debe ir a Canudos. Joáo Evangelista de Monte-Marciano. . LAS ORACIONES Al caer la tarde. la voz de la campana llamaba a los fieles para la ora­ ción. sueltas en un ocio sin frenos. horrendo. vestidas con sus capo­ tes negros semejantes a la holandilla fúnebre de la Inquisición. desenvueltas y despejadas. . porque en los otros lugares todo está contaminado y perdido por la República. o mejor. Llegaba la noche. Resonaba en los aires el coro del primer rezo. GRUPOS DE VALIENTES Allí estaban las bestias. en cambio. Canudos. émulas de las brujas de las iglesias. es la tierra de promisión donde corre un río de leche y las barrancas son de maíz” *. inmunda antesala del paraíso. Se arro­ dillaba. De acuerdo con una antigua práctica. Miraban el Vaza-Barris seco o arastrando las aguas barrosas de las crecientes. aterrador. las muchachas * Véase el resumen de Fr. .CAMINO AL CIELO Los ingenuos cuentos sertanejos les habían revelado desde hacía mucho tiempo los caminos fascinantes y traicioneros que llevaban al infierno. no es nece­ sario trabajar. las solteras. Y sus resplandores encuadraban la escena medio ahogada en las sombras. El pueblo se derramaba en la plaza. Allí.

A veces. todas se mezclaban en el extraño conjunto. se olvida de las diecio­ cho muertes cometidas y de los procesos en rebeldía. están al frente del conjunto. todos los tipos. únicos atavíos que perdo­ naba el asceta exigente. y en menor número. de cruces. Pero no se los distingue en esos momentos por la altivez del gesto o la actitud provocadora de los velentones. de dientes de animales. residuos de todos los delitos. Las ropas de algodón o percal. En la mortecina claridad de los braseros se destacan sus variados per­ files. lisas y sin elegancia. Caras marchitas de viejas. madejas castañas y rubias de las blancas legítimas.doncellas o las muchachas damas. de benditos. de verónicas. el grupo varonil. recatadas y tímidas. De rodillas. Todas las edades. hacendados otrora ricos. o de nóminas que encerraban cartas santas. que cambiaron como héroes en desgracia. Acá y allá. armados. Greñas maltratadas de criollas retintas. todos los colores. echando nubes de humo. la mirada traicionera y malvada se les desvanece en una vaga contemplación. . Los prestigia el renombre de arriesgadas aventuras que la imaginación popular novela y ensancha. sin una flor. más compacto. un rostro hermoso en el que surgían las líneas de esa belleza inmortal que el tipo judaico conserva inmutable a través de los tiempos. mostrando idénticos contrastes: vaqueros rudos y fuertes. motas escandalosas de las africanas. las manos enlazadas sobre el pecho. Entonces se destacaba. Lugartenientes del humilde dictador. cabellos lacios y duros de las caboclas. felices por el abandono de los ganados. o tocado o cofia modesta. flacos marimachos en cuyas bocas debe ser pecado mortal el rezo. de amuletos. todas niveladas por los mismos rezos. un chal de lana. llamando la atención en esos mon­ tones de trapos. . José Venancio. el terror de la Volta Grande. sin una hebilla. frentes adorables mal tapadas por los pelos despeinados. una mantilla o un pañuelo de color apenas atenuaba la monotonía de los vestidos mal lavados. no aparentaban la mínima pretensión de gustar. crepi­ taban. rostros austeros de matronas simples. pero más destacados. se enmarañaban sin una cinta. la armadura de cuero por el uniforme de brin americano. Algunos ya son famosos. las hogueras casi apagadas. gandules de todos los matices. doblando contrito la cabeza. parecían una profanación cruel ahogándose en ese mestizaje repugnante que salmoneaba benditos lúgubres. . bellos ojos profundos en cuyas ne­ gruras refulgía el desvarío místico. reviviendo al soplo de la brisa nocturna y echaban chorros de luz sobre la turba. y las honestas madres de familia. fisonomías ingenuas de muchachas crédulas. casi reducidos a sayas y camisas destrozadas que dejaban expuestos los pechos cubiertos de rosarios. Madonas unidas a furias.

abraza en su mirada dominadora a la turba genuflexa. Se le antepone por el aspecto. que raramente abandonaba el santuario. en los intervalos de los kyries de sílabas increíbles. . muy de la intimidad del Conselheiro. Ajeno a la credulidad general. que había logrado vengar centenares de conflictos gracias a su rara invulnerabilidad. un creyente abnegado que alcanzaría la primera victoria sobre la tropa oficial. el . medio sacristán. cafuz bruto que con treinta hombres escogidos guardaba las vertientes de la Canabrava. está de bruces en el suelo. La masa restante de los fieles los mira intermitentemente. dos hermanos encargados del mando de los piquetes de vigilancia en las entradas de Cocorobó y Uauá. José Gamo. inquieto y temerario. pero de espíritu infernal en la prepara­ ción de trampas increíbles. Extático. el tragicómico Raimundo Boca-torta. flaquísimo. aparece junto a un cabecilla de primera línea. especie de funámbulo patibulario. como si fuera una prolongación. En seguida. con miradas cariñosas. incan­ sable reclutador de prosélitos. las novedades. el astuto Joáo Abade. apartado. Norberto. especie de Imanus 2 1 1 decrépito. Antonio Beato. de rodillas sobre el trabuco cargado. rostro de bronce anguloso y duro. escudriñando todos los rincones de la aldea y transmitiendo a cada instante al jefe supremo. poco aficionado a la lucha. medio soldado. apenas se distingue. adelgazado por los ayunos. En medio de estos perfiles trágicos. Y al frente de todos. a quien se había confiado la columna volante de espías. la cara contraída en una mueca felina. que vigi­ laba en Angico. corriendo crédulos las cuentas del mismo rosario. según el decir de los matutos.A su lado. vigía sin lugar fijo. una figura ridicula. próximo a un digno émulo de sus tropelías. El viejo Macambira. observando. llenas de esperanzas. del Itapicuru. las manos caídas. tallado para los arranques súbitos y osados. otro espécimen de guerrillero sañudo. teniendo a su lado al hijo. el audaz Pajeú. que figuraría en un hecho de heroísmo. hombro a hombro con el Mayor Sariema. de estatura más elegante. misionero de escopeta. su ayudante inseparable. Joaquim. como un traumatismo hediondo. de corazón débil. . el comandante de la plaza. el jefe del pueblo. un explorador solitario. el mirar absorto en los cielos. Era el guardián del Cambaio. niño arrojado e impávido. Pedráo. negro fuerte y deforme. Vila Nova. Lalau. Fabricio de Cocorobó. Lo completa. mulato espigado. pero peligroso todavía. espiando. igualmente humil­ de. Esteváo. finge que reza. indagando. predes­ tinado a la jefatura suprema en los últimos días de Canudos. aparecen unidos. Chiquinho y Joáo da Mota. José Félix. más tarde. Quinquim de Coiqui. Antonio Fogueteiro. de Pau Ferro. insinuándose por las casas. de cuerpo tatuado a bala y facón. Joaquim Tranca-pés. incli­ nando el tórax atlético. El ágil Chico Erna.

postrándose profundamente y le imprimía un prolongado beso. au­ mentando por el contagio irreprimible de la misma fiebre. todavía quedaba la ceremonia última del culto. Pero el misticismo de cada uno iba. que tenía bajo sus órdenes a las beatas de vestidos azules ajustados con cuerdas de lino. innumera­ bles y en aumento. mayordomo del Conselheiro. el grupo varonil de los luchadores. además de encender diariamente las hogueras para los rezos. En general. desequilibrándolas en violentos estremeci­ mientos. ajeno al desorden. Y se acumu­ laba la embriaguez y el atontamiento de aquellas almas simples. aún reprimidas. el encargado del altar. tomaba un crucifijo. Y un tipo increíble. encargadas de la ropa y de la exigua refacción de aquél. Se oían los besos chirriantes. la agitación aumentaba. Después levantaba una virgen santa reeditando las mismas acciones. poco a poco. A cada rato. asaltaba a la multitud un desvarío irreprimible. que vivía investigando el valor medicinal de las plantas. rimados todos los benditos. el vocear indis­ tinto de las prédicas balbuceadas a media voz. y como si las fuerzas sobrenaturales que el animismo ingenuo daba a las imágenes. Antonio Beatinho. todas las cuentas de los rosarios. todos los santos. penetrase en las conciencias. Era el besado de las imágenes. el remate obligado. como si un tumulto invadiese la asamblea a medida que pasaban las sagradas reliquias. entonces lo entregaba al fiel más próximo que repetía sin variantes la misma escena. lentamente entregados a la multitud ávida. que miraba todo eso con indi­ ferencia nobiliaria. cuando las primeras ya alcanzaban las últimas filas de creyentes. Apretando contra el pecho las imágenes babeadas de saliva. para no perturbar la solemnidad. lo mi­ raba con la mirada de un faquir en éxtasis. lanzaban gritos lancinantes. lo apretaba contra su pecho. los tañidos y el golpeteo de las . se desmayaban. Las emociones aisladas se desbordaban. que pasaban una por una. Era el curandero: el médico. En esa multitud. Manuel Quadrado.Taramela. después un buen Jesús. de iluminados. salían las últimas entregadas por el Beato. invadido por la misma aura de locura. apagándoles la resonancia sorda. confundiéndose en la neurosis colectiva. mujeres alucinadas caían en las contorsiones violentas de la histeria y criaturas asustadas se desa­ taban en llanto. los rezos se prolongaban. por todas las manos. confundiéndose repentinamente. Lo había establecido el Conselheiro. Y detrás venían en sucesión. completando en el ritual fetichista la transmutación del cristianismo incomprendido. entre el estrépito. hacían movimientos compulsivos. la naturaleza tenía un devoto. por todas las bocas y por todos los pechos. registros. Por fin. Estallaban ex­ clamaciones entre piadosas y coléricas. verónicas y cruces. de los mea culpas ansio­ samente susurrados por las gargantas ahogadas y de las primeras excla­ maciones sofocadas. guardián de las iglesias. Recorridas todas las escalas de las letanías.

tuvimos resucitada y en armas frente a nosotros. impulsados por el caudal de las ideas modernas. . del mismo modo que los iluminados de la Edad Media se sentirían a gusto en este siglo. relevantes sobre todo. en el centro mismo del país. una sociedad muerta. Viviendo cuatrocientos años en el litoral vasto en el que palidecen los reflejos de la vida civilizada. a un tercio de nuestra gente. Pero. galvanizada por un loco 213. Inopinadamente. Insistimos sobre esta verdad: la guerra de Canudos fue un retroceso en nuestra historia. No podíamos conocerla. Derivaba de la misma exacerbación mística. No la conocíamos. a la República. Los aventu­ reros del siglo xvn. Este subía a una pequeña mesa y predicaba. Los perfeccionistas exagerados irrumpen entonces. de pronto.armas al chocar. dentro del industrialismo triunfante de América del Norte. vibraba en el mismo rictus misterioso en que explo­ taba el misticismo bárbaro. . . era una variante del delirio religioso. comparte la cuna del renacimiento alemán215. Porque esas psicosis epidémicas aparecen en todos los tiempos y en todos los lugares como anacronismos. Pero no traslucía el más pálido tinte político. Es cierto212. Quedaban todos sin aliento. Las dos son abstracciones inaccesibles para él. entre los demonópatas de Varzenis 21 4 o entre los stundistas de Rusia. ascendimos. seguramente. Espontáneamente es adversario de ambas. El antagonismo era inevitable. huyendo de la mínima transigencia con las exigencias de nuestra propia naciona­ . y la sombría Sturmisch. todo I9 mejor que existe en los códigos orgánicos de otras naciones. en faena ciega de copistas. Ilusionados por una civilización prestada. encontrarían en ella relaciones anti­ guas. tuvimos de improviso. cuando un gran movimiento civilizador impulsa vigorosamente a las capas superiores. contrastes inevi­ tables en la desigual evolución de los pueblos. ¿POR QUE NO PREDICAR CONTRA LA REPUBLICA P Predicaba contra la República. a una sociedad vieja. el tumulto cesaba. junto a la puerta del Santuario abierta y encuadrando la figura singular de Antonio Conselheiro. inexplicablemente inspirada por el genio de Klopstock. como inesperada he­ rencia. espigando. los ojos puestos en el límite de la plaza. ilógicos. . Entre nosotros el fenómeno fue todavía más explicable. El jagungo es tan inepto para comprender la forma republicana como la monárquica institucional. dejando en la penumbra secular. Está en la fase evolutiva en la que sólo se concibe un imperio comandado por un jefe sacerdotal o guerrero. De golpe.

El rebelde arremetía contra el orden establecido porque se le figuraba inminente el reino prometido de Dios. y con arrojo digno de mejor causa. más extranjeros en esta tierra que los inmigrantes de Europa. Registraban las prédicas de Anto­ nio Conselheiro y al leerlas se pone de manifiesto cuán inocuas eran. en una entrada sin gloria. La victoria duramente alcanzada les daba derecho al saqueo de las casas en ruinas. lo que más estimulaba la codicia de los vencedores. las huellas apagadas de las bandeiras. . Denunciaba a la República — pecado mortal de un pueblo— como una herejía. reabriendo en esos sitios desgraciados. en todas sus líneas. . no vimos los rasgos salientes del acon­ tecimiento. dejamos que entre ellos se formase un núcleo de maníacos. dejaron vivos documentos en los versos disparatados. los separan tres siglos. donde los despojos más valiosos fueron imágenes mutiladas y rosarios de cocos. para el cual la rebelión era un aspecto de su propia reacción contra el orden natural. cualquier papel escrito y principalmente. revolucionariamente. con muy poca significación política. Cuando en los últimos días de la aldea estuvo permitido el ingreso al caserío destrozado. Pobres papeles. los destro­ zamos a carga de bayonetas. asaltó el ánimo de los triunfadores una decepción dolorosa. los versos encontrados. un adversario serio. suprema indicadora del triunfo efímero del Anti Cristo. Y cuando. cómo reflejaban la turbación intelectual de un infeliz. volvemos. más hondo el contraste entre nues­ tro modo de vivir y el de aquellos rudos patricios.lidad. eran las cartas. Los rudos poetas. . reeditando por nuestra cuenta el pasado. Achicamos su espíritu al concepto estrecho de una preocu­ pación partidaria. Nada quedó exento de la curiosidad insaciable. que transcribimos pensando como Renán que esos balbuceos rudos y elocuentes son la segunda Biblia del género humano. Ahora bien. 218. . en los que la ortografía bárbara corría pareja con los más ingenuos absurdos y la escritura irregular y fea parecía una foto­ grafía de los pesamientos torturados. Copiamos algunos al azar: "Sahiu Don Pedro segundo para e reino de Lisboa . por nuestra falta de previsión. Porque no los separa un mar. es la misma religiosidad difusa e incongruente. pala­ dín del antiguo régimen. Valían todo porque nada valían. Vimos en el agitador sertanejo. sin la espontaneidad de los improvisadores sertanejos. Ellos resumían la psicología de la lucha. capaz de destruir las nuevas instituciones. en el más pobre de los saqueos que registra la historia. Tuvimos un espanto comprometedor ante aquellas aberraciones monstruosas. Porque lo que en ellas vibra. Y Canudos era la Vendée. rimando los desvarios en estrofas sin color.

/ para engañar sólo al pueblo. / ellos tienen la ley del can. “Casamientos van haciendo. / Se acabó la monar­ quía. / Brasil a la deriva” . / suspendiendo la ley del can” . Traducción de los versos populares: “Salió don Pedro segundo / hacia el reino de Lisboa. “Protegidos por la ley / esos malvados están. / abatiendo la ley de Dios. . / Bien desgraciados son ésos / para hacer la elección.acábosse la monarquía o Brasil ficou atoa” La república era la impiedad: "Garantidos pela lei aquelles malvados estño nos temos a lei de Deus elles tem a lei do cao! "Bem desgragados sao elles pra fazerem a eleigáo abatendo a lei de Deus suspendendo a lei do cáol "Casamento vao fazendo só para o povo illudir vao casar o povo todo no casamento civil! Pero el gobierno demoníaco desaparecerá en poco tiempo: "Dom Sebatiao já chegou e traz muito regimentó acabando como o civil e fazendo o casamento! "O Anti-Cristo nasceu para o Brazil gobernar mas ahi está o Conhelheiro para delle nos livrarl "Visita nos vam fazer nosso rei Dom Sebastiáo coitado daquelle pobre que estiver no lei do cao * 2 1 7 * Conservamos los originales de estas cuartetas cuya ortografía alteramos en parte. / van a casarlos a todos / en casamiento civil” . / nosotros tenemos la ley de Dios.

la extraña figura de un misio­ nero capuchino. Ese era el apotegma más elevado de la secta.” y tiene la impresión de haber caído. / pero ahí está el Conselheiro /’ para librarnos de él” . en lo alto de un contrafuerte de la Favela. cruza el río y se acerca a las primeras casas. denun­ ciando conciencias perturbadoras e intenciones hostiles”. etc. “Visita nos viene hacer. Pasa impasible por delante de la capilla a cuya puerta se adensan compactos grupos. No se desanima pues está blindado por la tranquila fortaleza de los após­ toles. en medio de un campamento de beduinos. . "el aire inquiero v la mirada al mismo tiempo indagadora y siniestra. / pobres de los que están / en la ley del can” . cierta mañana de mayo. de pronto. (N . incisivo. Fray Joáo Evangelista de Monte-Marciano.). Descendió lenta­ mente la ladera. Alcanza la plaza desbordante de pueblo "cerca de mil hom­ bres armados de carabinas. apareció. “El Anticristo nació / para el Brasil gobernar. debida al dolor por el desacato sufrido) y tratan de superar la jornada pgo*adora. Eran realmente muy frágiles aquellos pobres rebeldes. UNA MISION ABORTADA2 1 9 En 1895. garrochas. Observó por unos instantes la aldea extendida abajo.a: ocho redes bajo las que sudaban cargadores sin aliento pasando. Daniel va a penetrar a la jaula de los leones. Pero antes se intentó una empresa más noble y más práctica. del T . Nosotros les enviamos el legislador Comblain 2 1 8 y ese argumento único. Resumía su programa. Nos obligaban a otra lucha. pues a tanto remontaba su ausencia. La gente sale a verlos. Lo atraviesa se­ guido por sus dos compañeros de apostolado. Seguido de Fray Caetano de Sao Léu y del vicario del Cumbe. supremo y moralizador: la bala.La ley del can. Les conmovía el espectáculo de los infelices que acababan de encon^ar armados hasta los dientes y el cuadro emocionante de esa Te­ baida 2 2 1 turbulenta. Y nos dispensa de todo comentario. A poca distancia de la puerta pasan ocho difuntos llevados sin señal religiosa alguna hacia el cementerio que quedaba al fondo de la iglesia vie. Luego toma por un atajo tortuoso. / nuestro rey don Sebastián. "Don Sebastián ya llegó / y trae un gran regimiento. Requerían otra reacción. Acompañémoslo. flanqueada por otras dos. / acabando con el civil / y haciendo el casamiento” . facones. Llegan por fin a la casa del viejo vicario del Cumbe 22 0 (que estaba cebada desde hacía más de un año.

El Conselheiro parece alegrarse de la visita. doblado sobre el bastón. Los cabellos crecidos y descuidados le caían sobre los hombros. asistiendo a los trabajos de construcción de la capilla. El fracaso sobrevino de inmediato. el rostro alargado. los invita a observarlos. No se le podían pedir mejores preliminares a la misión. y por orden del señor Arzobispo. Al llegar al coro. Aquel agasajo era una media victoria. "los grupos de hombres cierran filas junto a la puerta de la Capilla” y les abren espacios para el paso. Entran a la plaza. tenía la cabeza descubierta y empu­ ñaba un bastón. ansiosos por desprenderse de ellas. sacudiéndose a cada rato con accesos de tos. Monte-Marciano. . en un abandono y una miseria tales que se daban diariamente de ocho a nueve muertes. Entran en el pequeño templo y se hallan frente a Antonio Conselheiro quien los recibe de buen grado y les dirige la misma salutación. De nuevo toman por el callejón sinuoso. Entonces los frailes lo fueron a buscar. iba a abrir una santa misión para aconsejar al pueblo que se dispersara y volviera a sus tierras a tra­ bajar en los intereses de cada uno y para el bien de todos”. Por eso. lentamente. La cordial recepción los reanima. . Del grupo temeroso parte la salutación de paz: "Loado sea Nuestro Señor Jesucristo” y la respuesta de práctica: "Para siempre sea loado!”. los ojos hondos pocas veces levantados para mirar a alguien.rápidos. Pero le cupo al misionero anu­ larla desgraciadamente. . le parece llegada la ocasión para hacer la interpelación decisiva. aproveché la ocasión de estar casi a solas y le dije que el fin de mi visita era pacífico y que por eso me extrañaba ver allí hombres arma­ dos y que no podía dejar de condenar el que se reuniesen tantas fami­ lias en un lugar tan pobre para entregarse al ocio. el porte grave y aires de penitente” impresionan enormemente a los recién llegados *. guiados por el viejo solitario que roza­ ba por ese tiempo los sesenta años y cuyo cuerpo. de una palidez cadavérica. Permanecía indi­ ferente. las largas barbas grises más que blancas. La atraviesan sin que ninguna hostilidad los perturbe y llegan a la sede de los trabajos. " . Mientras tanto. había corrido la nueva de la llegada. como estaban un poco alejados de los fieles que los seguían a distancia. Quiebra su habitual reserva y mutismo. Dejan la casa. como si en la siniestra ciudad el muerto fuese un desertor del martirio. se presta a servirles de guía por el edi­ ficio. sin que el Conselheiro fuese al encuentro de los emisarios de la iglesia. "Vestía una túnica de brin azul. * Seguimos el Relatório de Fr. indigno de la más breve atención. avanzaba tardo. Les informa de los trabajos. Fue una precipitación inútil e improcedente. Y allá van todos.

faltándole solamente tener bajo los pliegues del hábito la escopeta del cura de Santa Cruz: "Nosotros mismos. porque Vuestra Reverencia ha de saber que la policía me atacó y me quiso matar en un lugar llamado Maceté m. y fue un desafío imprudente. en ese remover de nulas consideraciones polí­ ticas. En tiempos de la monarquía me dejé prender. . si eres católico debes considerar que la Iglesia condena las rebeliones y aceptando todas las formas de gobierno. Desde la multitud partió rá­ pida la réplica arrogante: — "La doctrina de Vuestra Reverencia es falsa. por cierto. La frase final vibró como un apostrofe. exclamaban: "Quere­ mos acompañar a nuestro Conselheiro”. reconocemos al gobierno actual. a una sola voz. y todo el pueblo. la figura del pro­ pagandista. casi sin variantes. "Mientras decía esto. esta mal sopesada irritación. la mansedumbre — ¿por qué no decir cristiana?— de Antonio Conselheiro. la frase de San Pablo en pleno reinado de Nerón 225. dice: — Es para mi guarda que tengo conmigo a estos hombres armados.Esta intransigencia. parafraseando la Prima-Petri22 4: — "Señor. la vuestra es una doctrina errada!”. entera. dice por sí mismo las causas del fracaso. el Grande 2 2 2 . pero desde hace más de veinte años está la república. Que el mismo misionero hable: "Este los hace callar y volviéndose hacia mí. en Francia. Lo con­ tradijo. la capilla y el coro se llenaban de gente y no había terminado de hablar cuando. enseña que los poderes constituidos rigen a los pueblos en nombre de Dios”. Descubrió. a quien no escandalizaban los ritos bárbaros de los sajonios. Los detuvo la placidez admirable. obedecen a las autoridades y a las leyes del gobierno”. sin excepción de los monárquicos de allá. porque no reconozco a la Re­ pública”. Esta explicación respetuosa y clara. aquí en el Brasil. no satisfizo al capuchino que te­ nía el coraje de un creyente pero no el tacto fino de un apóstol. quebrando la finura diplomática en las aristas rígidas del dogma. donde se produjeron muertes de uno y otro lado. por­ que reconocía al gobierno. no tendría. ¿sola­ mente vosotros no os queréis sujetar? ¡Ese es un pensamiento malo. Signo de desorden inminente. que es una de las principales nacio­ nes de Europa. la aprobación de San Gregorio. inconsciente del significado real del levantamiento sertanejo. Fray Monte-Marciano. hubo monarquía durante muchos siglos. comenzando por el obispo y si­ guiendo hasta el último católico. no la de nuestro Conselheiro!”. ahora no. Era. Y continuó: "Y así en todas partes.

negativo. séptimo día de la misión. en la actitud de quienes van a la guerra”. con la cartuchera colgada a la cintura y el gorro en la cabeza. más bien. cuyo silbato. También asistía el Conselheiro. y siempre con gran concurrencia. como un fiscal severo. violando un viejo privilegio. "emi­ sario del gobierno y que de entendimiento con éste iba a abrirle el camino a la tropa que vendría de sorpresa a prender al Conselheiro y a exterminarlos a todos”. sin reparar en los peligros de su tesis. Estaba la misión en su cuarto día. vivando al Buen Jesús y al Divino Espíritu Santo. Fue así que predicando el fraile sobre el ayuno. Comenzó una intensa propagan­ da contra "la prédica del padre masón protestante y republicano”. Sucedió un 20 de mayo. interrumpió el ser­ món la réplica irónica e irreverente: — "¡Mírenlo! ¡Eso no es ayuno. . porque "se puede ayunar muchas veces comiendo carne en la cena y tomando por la mañana una taza de café”. Exceptuando "55 casamientos. Se reunieron y marcharon. Pero la iniciativa comenzaba bajo malos auspicios. eso es comer y hartarse!”. hacia la casa donde residían los visitantes y les hicieron saber que no los necesitaban para la salvación eterna. espingardas. como medio de mor­ tificar la materia y refrenar las pasiones. La comandaba Joáo Abade. pero tampoco estorbo a la santa misión”. con sobriedad pero sin exigir angustias. hablando de la cuerda en casa del ahorcado. . No tuvo temor de la rebelión emergente. Sólo alguno que otro exal­ tado. Escogió como tema de la prédica siguiente el homicidio y. volviéndose hacia el misionero. cuando reincidió el capuchino en el tema político para empeorar las cosas.Esta vez. el tumulto dispuesto a explotar sé retrajo por un gesto del Conselheiro que. vibrando en la plaza. le dijo: — "Yo no desarmo a mi gente. garrotes. La misión había muerto. cargando carabinas. La reacción fue inmediata. Pero las protestas no tuvieron gravedad. al lado del altar. aún. se explayó en alusiones imprudentes que excusamos registrar. atento e impasible. cerca de cinco mil asistentes. 102 bautis­ mos y más de 400 confesiones” el resultado había sido nulo o. congregó a todos los fieles. actuó en paz hasta el cuarto día. La afrontó temerariamente. entre los cuales estaban todos los hombres sanos: " . A pesar de ello. pistolas y facones. . "dejando escapar cada tanto algún gesto de desa­ probación que los líderes de la grey confirmaban con protestas incisivas”. se permitía interrumpir la oratoria sagrada.

Se equipara al "Divino Maestro de­ lante de Jerusalén”. sacudió el polvo de sus sandalias” apelando al vere­ dicto tremendo de la justicia divina. .MALDICION SOBRE LA JERUSALEN DE BARRO El misionero "como otrora los apóstoles ante las puertas de las ciudades que los rechazaban. Se detiene un momento. . . acompa­ ñado de sus dos socios de reveses. escondiéndose seguramente por los vericuetos. Llega a lo alto de la montaña. Pero maldijo. . Y lo invade una ola de tristeza. . allá abajo. Y se marchó. Observa por última vez el poblado. . . Salta el cruce entre los declives de la Favela.

La porción de territorio recortada por las laderas del Sincorá. donde por muchos años el oro en polvo o el diamante bruto eran moneda corriente. antiguos constructores de desiertos. aquella región no mostraba su opulencia. cuyas incursiones llegaban hasta las Lavras Diamantinas. Y como. I I — Causas inmediatas de la lucha. la misma vida desenvuelta e inútil. el gobierno de Bahía enfrentaba otras insurrecciones. y en Jequié se cometían toda clase de atentados 226. I PRELIMINARES Cuando se volvió urgente pacificar el sertón de Canudos. esterilizaron la tierra con las excavaciones mineras y la áspera vestimenta pedregosa. I V — Autonomía dudosa.LA LUCHA I. la habían examinado afanosamente por las serranías y por las nacientes de los ríos e hicieron algo más. La habían buscado hacía doscientos años los aventureros picaneados por el ansia de riquezas.— Preliminares. libremente expandida por la región fecunda. se fueron acabando las piedras mezcladas con dia­ mantes. conservaron en su ocio turbulento la índole aventurera de los abuelos. La ciudad de Len^óis había sido atropellada por una banda de facinerosos. Antecedentes. desde hacía mucho tiempo era dilatado teatro de tropelías de los indisciplinados habitantes del sertón. Rica en espléndidas minas.— Preparativos de la reacción. Uauá. La guerra de las caatingas. hasta las márgenes del Sao Francisco. 111. tuvieron que recurrir al bandidismo franco. ANTECEDENTES El mal era antiguo. De modo que sin necesidad de utilizar los cultivos para despertar las energías de un suelo en el que no se afincaban y recorrían en el trabajo sin rumbo de la búsqueda del oro. . el poblado de Brito Mendes había caído en manos de otros insurrectos. le legaron a la prole errabunda y por contagio. poco a poco. a los rudos vaqueros que la siguieron.

La transición es. había brotado. lo tenían en las ruinas de las aldeas indígenas. Realizaron una deplorable empresa. Aquellos hombres. tuvieron peligrosos conductores que no les quitaron el varonil carácter pero los condujeron hacia lamentables destinos. al contacto con los sertanistas ambiciosos se transformaron. Es un producto histórico revelador. de súbito. la vibración del bandeirante. En efecto. por la combatividad y por una ociosidad singular surcada de tropelías. Y la tierra. Vamos a ponerla de relieve.El jagungo. nuevos parajes opulentos que los atraían hacia el centro de las tierras 228. empavoreciendo al salvaje a látigo y fuego y fundando poblados que. que en carta dirigida a la reina María II (1 7 9 4 ) 22 9 el oidor de Jacobina afirmaba: "que sus minas eran la cosa más rica que jamás se descubrió en los dominios de Su Majestad” . Al frente tenían aquel maravilloso valle del río das Eguas y tan aurífero se les apareció. Por los campos de cría aparecían los montones de arcilla revuelta de las catas. antes que nada. en lugar de tener. El mandón político sustituyó al capanga en decadencia. Imaginemos que dentro de la armazón del vaquero estalle. adquiría uno de sus más sombríos actores. Nace del cruce tardío entre cola­ terales que el medio físico diversificara. su germen en un esta­ blecimiento de ganado. después de esbozar quizá el único aspecto útil de nuestra actividad en aquellos tiempos. un claro caso de reacción mesológica. entre el torbellino de las bandeiras y el curso de las misiones. Por mucho tiempo recorrieron la región. el saqueador de la tierra. de las vaquerías trabajosas a las incursiones de los bandoleros. temerario. saqueador de ciudades. sucedió al buscador de diamantes y oro. y de la envergadura atlética del vaquero. Las devastaron hasta alcanzar una nueva barrera en el río Sao Fran­ cisco. deteniéndose ante la barrera de sierras que van de Caetité al norte y cuando las minas agotadas les exigían aparatos para la extracción intensiva. Ya vimos cómo se formaron allí los mamelucos bravos y activos. una y otra caracterizada por el nomadismo. Nuestra historia tan vapuleada por héroes sin disciplina. para formar nuestra nacionalidad naciente y crear una situación de equilibrio entre el desvarío de las exploraciones mineras y las utopías románticas de los misioneros 227. el jagungo. Pero no dieron un paso más. inter­ puestos tan a propósito en la época colonial. resumen de atributos esenciales de unos y de otros. aquella . Aquéllos venían del este. desde el comienzo del siglo x v m . en la actividad bifronte que oscila. Se metamorfosea la situación anterior y esta nueva se empareja con la sociedad ruda y tranquila de los cam­ peros. cuando se descubrieron las minas del Río de Contas hasta Jacobina. Y tendremos al jagungo 230. tuvieron entre los bosques que van de Macaúbas a Aguruá. En ese punto se acercaban a los límites de Goiás. como un elemento conservador. Lo traspusieron. como los ya existentes. actualmente.

No se puede describir en media docena de páginas. refiriéndose a esos lugares que “en ninguna parte de los dominios portugueses la vida humana tiene menos seguridad” . lo vuelven lugar predilecto de las romerías piadosas provenientes de los sitios más lejanos. en 1879. a su vez. lujosos proyectiles hechos de plomo y plata. cargados de despojos. pasó por la Barra del río Grande y en el relato que hace al Visconde de Anadia. denuncian la génesis remota que estamos exponiendo. más la leyenda del monje que allí vivió en compañía de una onqa.incomparable tierra que incluso desnuda y empobrecida por las sequías. legen­ daria en las campañas electorales del imperio231. de Sergipe. Su conformación original. en todo el valle del gran río. De esta villa hasta el norte. Todo el valle del río das Eguas y hacia el norte. yendo. El rifle con la munición es el precio. Entre las dádivas que yacen en considerable cantidad por el suelo y las paredes del extraño templo. junto a las imágenes y las reliquias. id. 1804-1809). a la ciudad minera de Januária. ostentando en los techos candelabros de estalactitas y por los corredores osarios dilu­ vianos. el visitante observa. de Goiás. los desórdenes que surgían. que culminan siempre con el incendio y el saqueo de villas y ciudades. lo demás se consigue fácilmente. sustentaba a los rebaños en las bajadas salinas de los barreiros. da Córte. sus grutas de ámbito caprichoso que se abren como las naves de una iglesia. en cuanto a las balas. Le da gratis el salitre para la composición de la pólvora. . los hace contratar en ese gran vivero. 16. Lo vamos a ejemplificar. por otro aspecto. . en 1804. forman la patria originaria de los hombres más bravos y más inútiles de nuestra tierra * * *. Uno de ellos se destaca. de Cuiabá hacia Recife. * Ver Descrigóes práticas da Provincia da Bahia. que conquistaron. (Liv. de donde habían partido. El más oscuro de aquellos poblados tiene su tradición especial y siniestra. un rasgo sombrío de religiosidad: facas y espingardas. en los lugares donde más viva era la actividad minera. Es natural que desde los comienzos del siglo pasado la historia dra­ mática de los poblados del Sao Francisco empezara a mostrar una situa­ ción anómala * '*. alquilada su bravura por los potentados. . allá están. precisamente. las rivalidades partidarias y los desmanes de la intolerable política de los potentados locales. *. incontables. andando 670 leguas. Teniente coronel Durval. Con. la his­ toria de las depredaciones es cada vez mayor. por el teniente coronel Durval Vieira de Aguiar. de Piauí. lo ampara de igual modo ante las exigencias de la vida combatiente. ya habían llegado. con sus sierras de cumbres altaneras que resuenan como campanas. ante todo. en la galería argentífera del Aguruá. volviendo a Carinhanha. De allí salen en aventuras. * * * “Quien necesita jagungos en el río Sao Francisco. conforme el valor de la impunidad que la influencia del patrón ejerce”. dice. el del río Préto. Es La Meca de los sertanejos. hasta Xique-xique. el de Bom Jesús da Lapa. * * Caetano Pinto de Miranda Montenegro. Y a pesar de los ribetes emocionantes de algunos hechos y de que se destaquen. Avanzando contra la corriente.

Trae el sombrero de cuero en la mano y el arma en bandolera. Reanuda su vida temeraria. Macaúbas. . feliz por el trributo que rindió. erecta entre montañas e inaccesible hasta hoy. la vida y la fortuna del viajero. los absuelve la historia entera. . un viajero de paso por ahí. a tajos. pues los consideran una mancha para su honra. otrora floreciente y hoy desierta. Ordinariamente. Lo saluda. Vuelve a su banda.El bandido entra allí. con los bolsillos repletos de diamantes y pepitas de oro. con sus animales renguean­ do por el peso de las cargas preciosas. ajeno a las luchas partidarias. a todas las diligencias policiales. Xique-xique. la ciudad de Santo Inácio. Son innumerables los casos de este tenor que revelan la notable nobleza de esos valientes desgarrados 232. Pero en seguida pierde el miedo. El carabinero jefe se le aproxima. El concepto es paradojal pero cierto. en la última fase de una decadencia que comenzó en 1856. contrito. puede pasar con la misma inmunidad. y todos los establecimientos agropecuarios dentro de sus límites. ese viejo régimen de desmanes. donde durante dé­ cadas se combatieron liberales y conservadores. Lo enciende con un solo golpe en el yesquero y deja pasar. Es como una acción diplomática entre potencias. para que le fuese favorable el último combate afrontado y entrega al buen Jesús el trabuco que tiene grabado. éstas consiguen pacificar los lugares conflictuados. Piláo Arcado. a un grupo de jagungos. No le faltará uno solo al término de su viaje. le dirige la palabra gentilmente y se ríe de su temor. Vanidosos de su papel de bravos disciplinados. aquellos campos y montes. Monte Santo y otras. de hecho. No pocas veces. Fuera de esto. La justicia ar­ mada parlamenta con los bandoleros. la cabeza doblada y los ojos puestos en el suelo húmedo del calcáreo trasudante. Cerca de diez u ocho leguas de Xique-xique está la capital. son raros los casos de robo. el número de muertes cometidas. balancea las condiciones de uno . Y reza. la cabeza descubierta. las viejas culpas. Confiesa. El saqueo de las poblaciones que conquistan es su derecho de guerra y en este punto. Sale sin remordimientos. se detiene temeroso al ver aparecer por el camino. existe un orden notable entre los jagungos. en camino hacia el litoral. El más frágil camarada puede atravesar inerme e indemne. delatan en las viviendas destrozadas a fuerza de bala. Son lugares en donde el desorden estaba establecido y sostenido por un bandolerismo disciplinado. golpeándose el pecho. intactas. Cae de rodillas. Después le exige un tributo: un cigarrillo. inesperadamente. asumiendo el papel de interventores neutros entre las facciones comba­ tientes. devotamente. restringen sus desórdenes a las mi­ núsculas batallas a las que entran militarmente regimentados. Porque. Al cabo cumple la promesa que hiciera. El forastero.

De hecho. Sabía que el adversario reaccionaría ante la provocación más ligera. Las dos sociedades hermanas tuvieron una prolongada separación que las aisló a una de la otra. derivado de cangago. II CAUSAS INMEDIATAS DE LA LUCHA La determinó un incidente minúsculo. Todo indica que el hecho fue adrede. siendo juez de Bom Conselho. Esto sucedió en octubre de 1896. “El asesino fue a la feria debajo de su cangago. dicen los habitantes del sertón” . se daban las espaldas separados por la valla en declive de Paulo Afonso. desde la época en que. Porque el cangaceiro *. discute. Lo historiamos según los documentos oficiales: * Cangaceiro. desde Paraíba a Pernambuco. fuera obligado a abandonar la comarca precipita­ damente por el asalto de los adeptos del religioso. evita los ultimatos y acaba ratificando verdaderos tratados de paz. El principal representante de la justicia de Juázeiro 234 tenía una vieja deuda que saldar con el agitador sertanejo. O Cabeleira. Antonio Conselheiro había adquirido en Juázeiro cierta cantidad de madera que no le podían proveer las caatingas paupérrimas de Canudos. La campaña de Canudos nació de la convergencia espontánea de todas esas fuerzas perdidas por los sertones. los estigmas hereditarios de la población mestiza se han fortalecido con la transigencia de las leyes. No sorprende que hayan crecido hasta avasallar todo el valle del Sao Francisco y desbordado hacia el norte. complejo de armas que traen los bandoleros. las maderas serían tomadas a la fuerza. . Entonces aprovechó la situación para cobrarse la afrenta.y otro bando. sancionando la soberanía de los bandidos impunes. Hizo el negocio con uno de los representantes 23 3 de las autoridades de aquella ciudad. que su­ planta la fama tradicional de la carabina de boca de campana. Pero había terminado el plazo de entrega del material y no lo había recibido. Se distingue del jagungo por la minúscula variante del arma que usa: la parnatba. de hoja rígida y larga. ante la violación del trato hablado. es un producto idéntico con nombre diferente. con vistas a provocar un rompimiento. Los cangaceiros en sus incursiones por el sur. y los jagungos en sus incursiones por el norte. aquél retrucó con la amenaza de una em­ bestida contra la población del Sao Francisco. La insurrección de la comarca de Monte Santo iba a unirlos. Franklin Távora. Así.

por todos los rincones sertanejos donde había dejado como enormes señales. requerí del señor General comandante del distrito2 3 5 ."Esta era la situación * cuando recibí del Dr. osadamente. "Este distinguido oficial. hasta las que llegaban. hizo salir un tren expreso y bajo el mando del teniente Pires Ferreira. contra el nuevo orden político y había pisado. avisasen por telegrama. El fragmento transcripto ilustra claramente. por lo que solicitaba providencias que dieran garantías a la población y evitaran el éxodo que ya se estaba iniciando. en virtud de las diligencias a que anteriormente me referí. por oscuro que fuese. "Reducida la fuerza policial acuartelada en esta Capital. casi de un cuarto de siglo. un telegrama urgente comunicándome que corrían rumores. que no contase con adeptos fervorosos del apóstol y que no le debiese la reconstrucción de un cementerio. Día a día iba ampliando su dominio sobre la gente del sertón. Pocos días después recibí de aquel magistrado un telegrama en el que me afirmaba que los secuaces de Antonio Conselheiro estaban a poco más de dos días de Juázeiro. Juez de Derecho de Juázeiro. punteando su paso. sobre las cenizas de los edictos de las autoridades de las ciudades que había invadido: había * Mensaje del gobernador de Bahía (D r. apenas llegado a Juázeiro. la erección de un templo o la dádiva providencial de un dique. Había fundado la aldea de Bom Jesús. en las ciudades del litoral. de Chorrochó a Vila do Conde. de que aquella floreciente ciudad sería asaltada en esos días por la gente de Antonio Conselheiro. no le dio la impor­ tancia merecida. impune. No se podrían imaginar móviles más insignificantes para hechos tan graves. las torres de decenas de iglesias que había construido. 100 plazas de línea con el fin de que salieran para Juázeiro apenas me llegase el aviso del juez de Derecho de aquella comarca. no había una sola aldea o lugarejo. la cual debía proceder allá de acuerdo con el Juez de Derecho. casi una ciudad. Luíz Viana) al Presidente de la República. pues el gobierno quedaba prevenido para enviar por tren expreso la fuerza necesaria para defender la ciudad. desde 1874. entretejidas de exageraciones casi legendarias. Le respondí que el gobierno no podía mover fuerzas por simples rumores y le recomendé que se vigilasen los caminos a cierta distancia y. Arlindo Leóni. que era famoso en todo el interior del Norte e igualmente. Antonio Conselheiro hacía veintidós años. a la fuerza preparada. combinó con la autoridad salir al encuentro de los bandidos a fin de evitar que invadiesen la ciudad”. Se había levantado desde hacía mucho. 1897. venía de un peregrinaje intenso. cómo el gobierno de Bahía. los episodios más interesantes de su novelesca vida. satisfaciendo mi pedido. de Itapicuru a Jeremoabo. desdeñando los antecedentes de la cuestión. más o menos fundados. Puse en conocimiento del hecho al señor general quien. . verificado el movimiento de los bandidos.

no vacilé. porque la lealtad de sus secuaces era incondicional y fuera del círculo de los fieles que lo rodeaban había en todas partes la complicidad obligatoria de aquellos que le temían. que los había en todos los alrededores. La aumentó. comandante del Tercer distrito mi­ litar : "El 4 de noviembre del año pasado (1 8 9 6 ) en obediencia a la orden ya referida. el cual. el envío de una fuerza de cien soldados. se regocijaron imponiéndola. una expedición policial. salió el 7 de dicho mes para Juázeiro. se sabía que dominaba una extensa zona dificultando el acceso a la ciudadela donde se guarecía. lo presentaron como un benemérito cuyos consejos se moldeaban según la ortodoxia cristiana más rígida.derrotado. en el cual. Mientras los partidarios encubiertos del Conselheiro. había hecho abortar. en 1895. haciendo salir después a un médico 23 6 con algunos recursos para el ejercicio de su profesión. para cumplirlas. . en 1894 había provocado un caluroso debate en el Congreso Estatal de Bahía. por fin. prontamente cumplí con la formación de una fuerza de cien plazas de la guarnición para ir a combatir a los fanáticos de la aldea de Canudos. aseverándome que para tal fin ese número era suficiente. la misión apostólica preparada por el arzobispo bahiano y en el informe escrito en esa ocasión por Fray Joáo Evangelista se afirmaba sobre la existencia en Canudos — excluidas las mujeres. comandando 3 oficiales y 104 plazas a jornal de aquel cuerpo. Conociendo la situación. del 9 9 ba­ tallón de infantería. en la margen derecha del río Sao Francisco. haciendo comparecer sin demora al bravo teniente Manuel da Silva Pires Ferreira. Relata el general Frederico Sólon. . . conduciendo apenas una pequeña ambulancia. Imaginaron la derrota inevitable. un sacerdote. Lo demás corrió por el Estado”. Y se encontró suficiente. No impidió la fuga de gran parte de la población que quería escapar al asalto inminente. la población previo que un contingente tan pequeño tendría el valor negativo de ejercer mayor atracción sobre la horda invasora. a fin de darle órdenes e instrucciones. Aquel puñado de soldados fue recibido con sorpresa en Juázeiro adonde llegaron el 7 de noviembre por la mañana. que lo había perseguido hasta Serrinha. algunos hombres honestos le pidieron al comandante ex­ pedicionario que no siguieran adelante. las criaturas. contra la posición de un diputado que lla­ maba la atención de los poderes públicos sobre las áreas "de los sertones perturbados por el individuo Antonio Conselheiro” otros representantes del pueblo y entre ellos. para acabar con tal situación. en 1893. "Confiando plenamente en el conocimiento que él debía tener de todo cuanto ocurría en el interior de su Estado. punto terminal del ferrocarril. en Maceté y había hecho volverse a otra. de 80 plazas de línea. los viejos y los enfermos— de mil hombres robustos y temerarios "armados hasta los dientes”.

De ahí en más. y bajo el influjo de esas altas tempe­ raturas. Dicionário de vocábulos brasileños. E iban a combatir el fanatismo. por cierto. ya había llegado a Canudos la novedad de su venida *. Algunos estaban abandonados. esos lugares se cuentan entre los más desconocidos de nuestra tierra. * * Gaatanduva. es imposible la marcha de hombres equipados con mochilas después de las diez de la mañana. las tierras fecundas cen­ tralizadas en Vila Nova da Rainha. Encuadran el desierto. desorientados por la uniformidad de las planicies indefinidas. agravados por una flora pavorosa. en terreno árido y despoblado. prolongando la margen derecha del Sao Francisco. Es forzoso avanzar a despecho del sol fuerte hasta los pozos de agua de los vaqueros. escasas vi­ viendas desparramadas. sin sombras. Por las planicies. las funciones vitales se aceleran de modo súbito provocando golpes repentinos de cansancio. Beaurepaire Rohán.Las dificultades para la adquisición de elementos esenciales para la marcha retuvieron a la fuerza en Juázeiro hasta el día 12 en que partió al anochecer. marchó por el desierto con escalas en Caraibinhas. lo atraviesa. El Vaza-Barris. después de reposar en vivac a dos leguas de Juázeiro. desde las vertientes orientales de Itiúba hasta Jeremoabo. en leguas y leguas. al oeste. el comandante reconoció imposible darle a la marcha un compás que permitiera economizar fuerzas. lo rodean parajes exuberantes: al norte. el sertón de Curagá y las tierras fértiles extendidas por el este hasta Santo Antonio da Gloria. . el día se expande abrasador. mostrando los más salvajes modelos. Además. multiplicándolos. Mucambo. Por sobre todo esto. la tierra desnuda reverbera los ardores de la canícula. presentando. raramente es posible hacer el camino en horas de la madrugada o de la noche. casi siempre seco. Por un contraste explicable. Rancharía y otros puestos solitarios. monte malo (caá: monte. . Una mejor caracterización de la flora sertaneja. Pocos han visto el paupérrimo valle del Vaza-Barris que. anduvo cuarenta kilómetros de camino desértico hasta una ipueira minúscula. . Ya desde el principio. orientados por dos guías contratados en Juázeiro. ahiva: m alo). como un oued tortuoso y largo. El verano anunciaba la sequía. dadas sus disposiciones orográficas. En el sertón. Mari. de cahiva. La misma caatinga toma un aspecto nuevo. cuando. solitario. tal vez la definiese con más acierto. los paisajes se suceden uniformes y melancólicos. * Pormenor curioso: la fuerza salió el 12 al anochecer para no salir el 13. Partieron sin los recursos indispensables para una tra­ vesía de 2 0 0 kilómetros. día aciago. al segundo día de viaje. incluso antes del verano. Peores que los campos gerais donde se han perdido muchos viajeros. La pequeña expedición. la laguna del Boi. como el paraje clásico de las caatanduvas * * que avanzan hacia el este y el sur hasta las cercanías de Monte Santo. donde había unos restos de agua. Es el trecho de Bahía más asolado por la sequía. se pro­ longa inhóspito.

es una especie de transición entre la maloca y la aldea. aterrados por las novedades o para evitar todo contacto con la fuerza militar. Allí. los pobladores miraban a los soldados — polvo­ rientos. que les parecen valiosos especímenes. * Térras grandes: vaga denominación con que los matutos designan el litoral que no conocen. como si fuese una opulenta ciudad de las térras grandes *. de aspecto deprimido y triste. Entró por la calle principal y se acantonó en la plaza. despertó sorprendida por un vibrar de cornetines. Son los que no tienen recursos para viajes más lejanos a lugares más prósperos y ahí van. Uauá parece un lugar abando­ nado. desde Juázeiro y desde Patamoté y por ellos llegan muchos tobaréus a su feria de los sábados. UAUÁ La tropa llegó exhausta a Uauá. desde Jeremoabo pasando por Canudos. el oscuro villarejo era nada más que escala provisoria. . habían huido hacia el norte. Vuelto plaza de guerra. En los restantes días. al alba del día siguiente. Y en uno de esos días fue que la población recogida por el ardor del sol. el 2 0 . Entre curiosos y tímidos. No lo hizo. se ponen sus mejores ropas o sus cueros nuevos. Era la tropa. La tropa se estacionó y designó una vigilancia. Esta aldea — dos calles desembocando en una plaza irregular— es el lugar más animado de aquella área del sertón. las informaciones eran dispares.Los escasos pobladores. hay uno que otro negocio abierto y la plaza queda desierta. la expedición debía salir hacia Canudos. con las bayonetas fulgurantes— como si viesen un brillante ejército. desde Monte Santo. impidiendo formar un juicio sobre las cosas. Se llega por cuatro caminos. Como la mayor parte de los villarejos pomposamente marcados en nuestros mapas. se quedan contemplando las dos o tres casas de negocio o mirando en un barracón de feria los productos de una industria pobre. únicos animales afectados a aquel clima y aquel suelo. en desorden. cueros curtidos o redes de caroá. en ocasión de las fiestas. Es el resto del mundo. Los centinelas se situaron a la salida de los cuatro caminos y se nombró personal para hacer las rondas. el día 19. después de una travesía muy penosa. conjunto de cerca de cien casas mal hechas y ranchos pobres. Roma y Jerusalén. Con ella abarcan Río de Janeiro y Bahía. como en todas partes. la civilización entera que temen y evitan. que imaginan muy cerca unas de otras y muy lejos del sertón. Fue un suceso. Después de un breve descanso. llevando por delante sus rebaños de cabras.

dejaron el campo libre a los combatientes. El caso es original y es verídico. Los expedicionarios no le dieron mayor importancia al suceso. de picanas. Se habían ido hasta los enfermos. estaba bajo el dominio de Canudos. Al primer golpe de vista no presentaban apariencia guerrera. como si buscasen pruebas para sus almas religiosas. acantonada la fuerza en la plaza. Los guia­ ban símbolos de paz. previ­ niendo a los pobladores del contraataque resuelto por los hombres de Canudos. Evitando las ventajas de una sorpresa nocturna. Los combatientes estaban armados de viejas espingardas. tras esa demora perjudicial. enarbolando imágenes de sus santos predilectos y palmas retiradas de los altares. casi en su totalidad. los sertanejos llegaban con el día y anunciándose desde lejos. despavoridos. había aban­ donado sus viviendas en grupos pequeños. Pero al caer la noche. resolviéndose marchar al día siguiente. Tres mil. Parecía una procesión de penitencia. alta como un crucero. la bandera de lo Divino y a su lado. de modo que. hubo avisos precipitados a la aldea amenazada. deslizándose. de esas que practican los matutos creyentes cuando quieren ablandar al cielo en los veranos abrasados por la sequía. De ese modo. noche adentro. Un pelotón escaso de . entre los vigilantes apostados. ocurrió un incidente explicado a la mañana siguiente: la po­ blación. La fuga en masa de la población delataba que los emisarios habían ido y habían vuelto. dijeron después exagerados informantes. Al­ gunos. entonando kyries. había huido. Eran muchos.Aquel día se gastó inútilmente en recoger informaciones. Sus habitantes eran adeptos de Antonio Conselheiro. unos fuertes brazos sosteniendo una gran cruz de madera. pero se perdían en el grueso de los fieles inermes. Uauá. Este incidente fue un aviso. Despertaban a los adversarios para la lucha. Sin ser advertida. En la mudez de la tierra todavía dormida avanzaba la multitud gue­ rrera. al acaso. familias enteras. Se apres­ taron para continuar la marcha al día siguiente y descansaron tran­ quilamente. como los otros lugares vecinos. facones y hoces. furtivamente. Equiparaban los flagelos naturales que conocían a la venida de los soldados. como en las romerías piadosas. Pero avanzaban sin orden. En la madrugada del 21 apareció en los límites del sitio el grupo de jagungos 237. llevaban a la cabeza las piedras de los caminos y deslizaban por sus dedos rosarios de cocos. Los despertó el enemigo que imaginaban iban a sorprender. quizá triplicando el número. Iban a la batalla rezando y cantando. rezando.

Fue un desorden de fiesta turbulenta. marchando tras el curiboca que llevaba medio inclinada. Y los despertó. todo lo indica. golpes de garrotes y filos de facones y sables. colocaban en éste los ingredientes como si rellenasen una mina. dejando en poder de los agresores a un soldado herido a cuchillo. y al cabo dispa­ raban. volvieron a la defensiva franca. La multitud se aproximó. No se formaron. casi desnudo. revueltos con los fugitivos. Dieron la alarma y en­ tonces los soldados corrieron tontamente por las calles. protegidos en su mayoría por las casas. De allí en más. Fue su salvación. una incorrecta formación de tiradores. . . . renunciaron a la inútil operación y cayeron sobre los contrarios con la faca desenvainada. . Sorprendidos. sobre la frágil línea de de­ fensa. Los soldados. Los matutos agrupados alrededor de los símbolos sagrados. los hubiese podido dispersar en contados minutos. saltaron por las ventanas. los adversarios entrelazados en disparos de revólveres. no hay descripción de los protagonistas. salieron medio desnudos por las puertas. la picana en ristre y las hoces relucientes. la gran cruz de madera. todos adelante. echaron varios tiros al azar y escaparon hacia la plaza que quedaba a retaguardia. Caían en gran número y la lucha se les volvió desigual a pesar de la ventaja numérica. Transcurrido algún tiempo. ondeando la bandera de lo Divino. entre vivas al "Bom Jesús” y al "Conselheiro” y silbidos estridentes con silbatos de tacuara. andando a las carreras y chocando entre ellos. un alférez experto. hasta la línea de centinelas más avanzados. Batidos por las armas de repetición. En una de ellas. Sólo pudo alinearse bajo la dirección de un sargento. Que cedió en seguida. las metían después en el largo caño de su trabuco.infantería que los aguardase. Este movimiento fue espontáneo y fue la única maniobra advertida por los que testimonian sobre la acción. vistiéndose y armán­ dose. atravesó la plaza triunfalmente. Esta arremetida demente les fue todavía más nefasta. después la ponían a punto. levantando por los aires los santos y las armas. oponían un disparo de carabina a cien tiros de Comblain. empezaron a caer baleados en masa. Pero la aldea no mostraba soldados en sus puestos. Y la turba fanatizada. Los jagunqos ya estaban allí. en ariete. los jagungos tenían que sacar la pólvora y las balas en un lento proceso de carga de su armamento grosero. distribuido por las caatingas. luego apuntaban. se batió largo tiempo apoyando la carabina contra el pecho . Y el encuentro se desencadenó brutalmente. Sus filas enfren­ taban adversarios resguardados o que se aparecían de golpe tras las ven­ tanas que se abrían en explosiones. Mientras los soldados hacían blanco en descargas nutridas. cuerpo a cuerpo. Dormían. Todo eso les llevaba unos dos minutos en medio del estentóreo tiroteo.

según las circunstancias. . fueron abandonando la acción y dispersándose por las cercanías. el comandante se atenía a la única misión compatible con el desorden. las calles y la plaza donde brillaba el sol. Y en esos giros. la bandera sagrada que volvían a llevar a Canudos había desaparecido en la lejanía. Había visto de cerca el arrojo de los matutos. si cabe tal nombre a lo sucedido. Que­ . Como quiera que fuese. ávidamente sacados de los cajones abiertos a hachazos. cada uno se batía por cuenta propia. envueltos en trapos. heridos. Lo había desesperado el curso de la pelea y se quedaba inútil ante los heridos. En la casa donde se había refugiado. A pesar de eso. Entre éstos. algunos de gravedad. un sargento. La población alarmada reanudó el éxodo. La resolvieron en seguida. Mal inhumados en la capilla de Uauá los compañeros muertos. Fue como una fuga. con setenta hombres sanos. se largaron bajo un sol ardiente. pues sus consecuencias lo desanimaban. Sobre los primeros pisos y balcones ensangrentados.de los asaltantes sin errar un solo tiro. Había incendios en varios si­ tios. La batalla continuó con la misma ferocidad durante cuatro horas. rodeaban la aldea. agujereada de balas y roja como un pendón de guerra. habían abandonado el campo de batalla y en poco tiempo. Estaban exhaustos. Estaba asombrado por la batalla. el comandante. Parecía que les venían siguiendo el rastro los jagungos. antes de la noche. sin episodios dignos de destacar y sin vislumbrarse un solo movimiento táctico. distribuía cartuchos tirándolos a manos llenas por sobre la cerca. la retirada se imponía con urgencia. idea que llenaba de temor a los triunfadores. La travesía hacia Juázeiro se hizo a marchas forzadas. Reconocían la inutilidad de los esfuerzos hechos o pensaban atraer a los adversarios hacia el plano desahogado del campo. Los soldados no los siguieron. Reunidos siempre alrededor de la bandera de lo Divino. se contorsionaban los heridos y yacían los muertos. Uauá mostraba un cuadro lamentable. número increíble en comparación con los diez muer­ tos — un alférez. daban la imagen de la derrota. El médico de la fuerza había enloquecido. los jagungos andaban por las calles. las puertas. hasta que cayó muerto sobre el lecho en que había dormido y no había tenido tiempo de abandonar. Lo asustaba su propia victoria. Y cuando llegaron los expedicionarios. antes de un reencuentro. lentamente. decenas de sertanejos — ciento cincuenta— según el parte oficial del combate. renunció a proseguir la empresa. Por todo esto. . volvían a la plaza voceando imprecaciones y vivas en ronda veloz y sin rumbo. lisiados. en cuatro días. seis plazas y los dos guías— y dieciséis heridos de la expedición23s.

oscilando entre las disímiles informaciones. Y las líneas del telégrafo transmitieron al país entero. ésta se preparó bajo la extemporánea disparidad de cri­ terios entre el jefe de la fuerza federal de Bahía y el gobernador del Estado*39. considerándola más seria y capaz de determinar verdaderas operaciones de guerra. . No nos detendremos en esas menudencias. Esta expedición llevaba un plan de campaña. aunque los telégrafos vibraban desde los sertones hacia el Brasil entero y permanecía expectante. a través de explicaciones recíprocas entre las dos autoridades independientes e iguales. a veces lleno de esperanzas en alcanzar el fin propuesto. sin responsabilidades definidas. el jefe de la nueva expedición al frente de 243 plazas jornalizados. de allí salió solamente en diciembre para Monte Santo. que día a día realzaban la gravedad de las cosas. III PREPARATIVOS DE LA REACCION El revés de Uauá aseguraba la reacción. salió el 25 de noviembre hacia Queimadas. Aparte de las exagera­ ciones se podía colegir el gran número de rebeldes y los serios preparativos inherentes a la región salvaje en que vivían. más 100 plazas y 3 oficiales de la fuerza estatal140. al tiempo en que le enviaban de Bahía un refuerzo de 100 plazas. agravadas por los inconfesables intereses de una falsa política sobre la cual nos dispensamos de hablar. que reducía la agitación sertaneja a un desorden vulgar que debían manejar las diligencias policiales. en ese agitar estéril. Se preparaban todos los hombres válidos para el combate. a veces desalentado. Así constituida. se contra­ ponía aquél. Al principio se compuso de 100 plazas y 8 oficiales de línea. en el que tanto tiempo se perdió. Llegaban informaciones alarmantes. el preludio de la guerra sertaneja. Al optimismo de éste.daron las locomotoras encendidas en la estación. Falto de recursos y enfrentando todo tipo de dificultades. más 250 soldados: 100 del 269 batallón de Aracaju y 150 del 33*? de Alagoas. bajo el comando de un mayor del 9? batallón de infantería. el comandante del distrito requería al gobierno fe­ deral 4 ametralladoras Nordenfeldt. . Todas estas informaciones se mezclaban con innumerables versiones contradictorias. Sin embargo. pensando que la empresa era insuperable. 2 cañones Krupp de campaña. en Queimadas. Febrónio de Brito. Así fue que la segunda expedición se organizó sin un plan fijo. Simultáneamente. Todo este aparato era justificable. .

de ofensiva y defensiva. de T . Veamos. tenían una organización militar correlativa * con vistas a la formación sistemática de tropas irre­ gulares que. han de­ finido el papel de las florestas como agente táctico precioso. iban a adaptarse mejor a las escabrosidades del terreno y aunque el método combativo de los matutos era de lo más original — guerreaban marchando o fugando— no tendrían escapatoria en este círculo único. en Europa. En un trance igual. dos columnas bajo la dirección general del coronel del 99 de infantería.El comandante del distrito había comprendido la situación. * Véase la Revista do Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro: “As instrugoes régias de 14 de fevreiro de 1775 ao Capitáo general das Urinas” . invaden escandalosamente la ciencia. No se desarrollaba en un plan fijado y permitía a los grupos dispersos luchar según las circuns­ tancias. Estas. Pedro Nunes Tamarinho. Se reirían los sabios feldmarechais * * — guerreros en cuyas manos cayó el frankisk heroico en trueque por la regla de cálculo— si oyesen a alguien que las caatingas pobres tienen una función más definida y grave que las grandes selvas vírgenes. haciendo avanzar hacia el objetivo único. Planeó atacar por dos puntos. sin el embarazo de las unidades tácticas inalterables. Era un plan compatible con las circunstancias de la lucha: establecer ante todo un cerco a distancia. Prácticos en las luchas sertanejas. en batallas feroces y sin nombre. hace cien años. teniendo como centro unificador un objetivo prefijado. Ese método fue pensado hace mucho. De ahí las hazañas que marcan nuestra historia en los siglos x v n y x v m y el sinnúmero de revueltas abatidas y quilombos disueltos por aquellos minúsculos ejércitos de capitanes del mato. Imitando el sistema del africano y del indio.). actua­ sen holgadamente dentro de lo intrincado de los montes y lo abrupto del suelo. reforzando y esclareciendo la acción de las tropas regulares. debíamos adoptarla. . liberadas de la morosidad de las grandes masas. golpear a los insurrectos por partes y apretarlos en movimientos envolventes de fuerzas poco nu­ merosas y bien adiestradas. Porque si 110 lo impusiera el jagungo lo imponía la naturaleza excepcional que lo defendía. * * Feld-marechais. era un recurso inevitable para una guerra primitiva. (N . Sin duda. Atacarlos atrayéndolos hacia diferentes puntos y vencerlos. perturbándola con un espoleo insolente y formulando leyes para la guerra y ecuaciones para las batallas. mariscal de campo. los sertanistas los dominaban gracias a la misma norma que se traduce en una fórmula paradojal: dividir para fortalecer. por nuestros patricios. LA GUERRA DE LAS CAATINGAS Los doctores en el arte de matar que actualmente. auxiliando.

dificultando por igual las maniobras o todos los movimientos que marca la estrategia. una columna en marcha no se sorprende. ante el forastero. doscientos ojos. inhallable. Entonces. Las caatingas no sólo lo esconden. Y el jagungo se vuelve el guerrillero thug. Y los soldados no piensan en el enemigo. Son una variable en las fórmulas del tenebroso problema de la guerra. a pesar de su importancia para la defensa del territorio — cerrando las fronteras y debilitando el embate de las invasiones. muerto. Se cierran. pausadas. largamente distanciados. De pronto. mil ojos escrutadores se vuelven impacientes. Mientras que las caatingas son un aliado incorruptible del sertanejo rebelde. Se oye una voz de mando y un torbellino de balas rueda estrepi­ tosamente por los ramajes. . Sigue por los caminos sinuosos. . Un hálito de espanto recorre las filas de una a otra punta. La fuerza de bayonetas caladas . por un flanco. a un hombre. agreden. Cien. . impenetrables. indiferentemente. un tiro. Y los tiros continúan. pero se abren en multitud de caminos para el matuto que allí nació y creció. capaz de opuestos valores. Las ramas se volverían astillas en un breve choque de espadas y no es creíble que los secos arbustos impidan las maniobras prontas. . . Es la primera sorpresa. Nada los puede asustar. Pero constantes. por la izquierda por la derecha. a los dos beligerantes. otras. escalonadas a todo lo largo del camino. Se arman para el combate. Por la canícula y por el desaliño natural de las marchas. Se su­ ceden. En cierta manera. impi­ diendo movilizaciones rápidas e imposibilitando la traslación de las ar­ tillerías— se comportan de cierta manera neutra en el curso de las cam­ pañas. Pasan sobre la tropa en silbidos largos. Porque si los enfrentaran adversarios impru­ dentes serían barridos en pocos minutos. La bala pasa rechinante o deja tendido. Entonces marchan tranquilos y he­ roicos. . lo amparan. La situación se agrava rápidamente exigiendo resoluciones enérgicas. en verano. zumban los proyectiles de los tiradores invisibles golpeando de lleno en las filas.Porque éstas. Nada ven. mal elegida de la masa de soldados apretujados en el estrecho camino. cercano. estalla. . . ofre­ ciendo a ambos la misma penumbra para las emboscadas. por todas partes. entran también en la lucha. observan alrededor. se entregan a conversaciones desenfadadas y risas joviales. una extraña ansiedad invade a los valientes más probados ante ese antagonista que no se ve. prontas a la primera voz y el comandante resuelve cargar contra el desconocido. Aceleradamente se forma una línea de tiradores. Al avistarlos. esporádicos pero insistentes. por el frente ahora. Carga contra duendes. Se destacan otras unidades combatientes. Pueden favorecer.

las armas en desaliño o perdidas. rítmicos. cansados. en una indisciplina de fuego que provoca víctimas entre sus propios compañeros. terribles. a lo lejos. . mal reprimiendo el dolor infernal de las hojas urticantes. Se ve como un rastro de arbustos quemados. El enemigo que nadie vio desaparece. imprecan y desatan su rabia en agitaciones furiosas e inútiles. cinco. Las secciones vuelven a la columna después de inútiles exploraciones por el matorral. Los soldados andan al azar por un laberinto de ramas. sin puntería. mientras en torno. bien apuntados. unidos. las ropas hechas tiras. La fuerza marcha ahora con más cautela. diez. En el lugar de la refriega aparecen. De repente cesan. Tiran al azar.irrumpe impetuosamente contra el matorral seco. seguros. que les quitan las armas de las manos. Se debaten desesperadamente hasta dejar entre las garras felinas de las macambiras pedazos de sus ropas. circundándolos. caminando en silencio. El comandante trata de resguardarlos. Los mismos trances se reproducen. Y en ese momento des­ cubren al formidable adversario que es la caatinga. La marcha se reanuda. La columna de a dos en fondo camina coloreando el ceniza del paisaje con los uniformes azu­ les listados de rojo y el brillo intenso de las bayonetas. . a doscientos metros del . se aleja. por los flancos los protegen compañías dispersas. . No pueden traspasarlos. Una línea de bayonetas enfila por los restos secos. en silencio entre los arbustos ralos. pinchados por las espinas. Siguen refuerzos. Se deslizan rápidos. está torturado por el imperio angustioso del enemigo desconocido y la expectativa atroz de los asaltos imprevistos. sopesando las espingardas todavía calientes. . Los rodean. . Se enredan en los cipos que los engrillan. acreciendo la con­ fusión y el desorden. Caen enlazados por las cintas corredizas de los quipás reptantes o se traban las piernas entre fuertes tentáculos. estropeados. desde las matas dispersas. el orden disperso del combate se con­ vierte en la dispersión del tumulto. veinte hombres a lo máximo. Las secciones se precipitan hacia los puntos donde estallan las balas y se encuentran con una barrera flexible pero impenetrable de juremas. se encaminan por las veredas de los ranchos ignotos. Se agrupan en el camino. Pasan unos minutos. Brilla por momentos entre los rayos del sol cernidos por los ramajes sin hojas y se dispersa golpeando contra troncos de Xique-xique. caen inflexiblemente los pro­ yectiles del adversario. . Y vuelven como si saliesen del encuentro mano a mano con los salvajes. La columna se alarga. desaparece. Observan a la tropa. Impotentes se detienen. El ánimo de los combatientes. Finalmente. fulmi­ nantes. como falanges intrasponibles de espinas. abrazados. La tropa se reorganiza.

Resuena una bala. queriendo huir ante el desierto estéril y amenazador. lenta­ mente. La disciplina contiene las filas. Felizmente. y como antes. La lucha es desigual. Vibran los clarines. vence al pánico. serpenteando en las vueltas del estrecho valle. un choque convulsivo la detiene de súbito. Lentamente marchan detrás las brigadas. Y cuando las últimas armas desaparecen. Y cuando el sertón hierve en el bochorno de los estíos. retrocede hacia la retaguardia. sangrado por el enemigo que lo ataca y huye. siente la garganta seca de sed y ante los primeros síntomas de hambre. rastreando la dirección de los estampidos. impo­ tente y fuerte. de un solo punto. en las épocas indecisas entre la sequía y el florecimiento. rudo y vestido de cuero. Mientras el minotauro. La fuerza militar decae. después un torso de atleta. las barrancas están limpias. temerarios. Pero los ecos numerosos la vuelven variable y los tiros no descubiertos. Es entonces. esa flora agresiva se muestra cariñosa y amiga con el sertanejo. El ejército tiene en su propia fuerza su propia flaqueza. Sigue su camino por los páramos. en la última ondulación del suelo. Abajo.frente de la columna. Los soldados esparcidos por las cumbres exploran inútilmente. sale de un montón de rocas — cariátide siniestra en ruinas ciclópeas— el rostro bronceado y duro. a lo lejos. Finalmente cesan. La tropa reanuda su marcha con algunos plazas menos. y trasponiendo veloz­ mente las laderas desaparece. desde lo alto. porque el humo no se condensa en aquellos aires ardientes. cuesta arriba. Esta vez. cuando se encuentran los últimos hilos de agua en el lodo de las ipueiras y en las últimas hojas amarillentas en las ramas de las baraúnas. Y un estremecimiento. inerme con su envergadura de acero y caños de bayo­ netas. escasas gramíneas. los guía un escuadrón de plazas escogidos. La vencen el hombre y la tierra. no es difícil prever a quién le tocará la victoria. en instantes. algunos cactos. hasta los viejos luchadores sienten mie­ do como niños. Estas siguen. los tiros parten. ya está toda la vanguardia. . . seguros. Por allí descienden los guardianes de la vanguardia. el trágico cazador de bri­ gadas. Por la agreste cuesta les cierra el paso una quebrada que es preciso trasponer. lentos. las armas fulgurantes. ramas secas de umbuzeiros blanquean por la sequía. como un torrente oscuro que trasuda rayos. continúan lentos. A cada vuelta del camino se estremecen. como hechos por un tirador solitario. más allá de la vanguardia. heridas por el sol. y el . De ahí en más. una sección se destaca y va. Vuelven exhaustos. atormentado por las celadas. Los siguen los primeros batallones.

Las medidas planeadas por el General Sólon mostraban una exacta previsión de sucesos semejantes. espantando a las suguaranas deslum­ bradas con antorcha fulgurante. y la mirada ahogada en la oscuridad. Toda la naturaleza proteje al sertanejo. IV AUTONOMIA DUDOSA Iba a demostrarlo la campaña emergente. permitiendo aquilatar de antemano las dificultades. El chouan y los desiertos la emparejan bien con el jagungo y las caatingas. el ouricuri verde. colgando de las ramas como guirnal­ das fantásticas. los rincones del inmenso hogar sin techo. firme en la ruta. . El mismo misticismo.forastero se asusta y huye ante el flagelo inminente. . socios de los mismos días tranquilos. las mismas osadías servidas por las mismas astucias. el araticum. Es un titán bronceado que hace vacilar la marcha de los ejércitos. Está rodeado de relaciones antiguas. Lo talla como un Anteo indo­ mable 241. que se extingan los pozos de agua y en las bajadas desa­ parezcan los abrigos transitorios donde hacen sus siestas los vaqueros fatigados. las palmatorias desnudas en combustión rápida de sus numerosas espinas. . que aquél continúa feliz en sus largas travesías. porque invertía hasta los preceptos más comunes del arte militar. luchando con las mismas negruras. y la misma natura­ leza adversa. le basta con partir y encender una rama verde de candombá y agitarla por los caminos. por los desvíos de los caminos. copia más amplia de otras que han aparecido en todo el Norte. la quixába de frutos pequeñitos. Todos aquellos árboles son sus viejos compañeros. como quien conoce. permitía recordar aquel legendario rincón de la Bretaña . en la lucha excepcional para la cual ningún Jomini2 4 2 delineara reglas. No le importa que la jornada se alargue. . los mandacarus tallados a facón o las hojas de los juás sustentan a su caballo. los caroás fibrosos le dan cuerdas flexibles y resistentes. Canudos era nuestra Vendée. Y si es necesario avanzar a despecho de la noche. apenas descubre la fosfo­ rescencia azulada de las cumanás. a través de las mismas dificultades. A pesar de los defectos de la confrontación. palmo a palmo. Conoce a cada uno. génesis de la misma aspiración política. la mari elegante. lo alimentaban hasta el hartazgo. El umbu le da la escasa sombra de sus últimas hojas. que los refu­ gios escaseen. estos últimos le dan cobertura para el rancho provisorio. crecieron her­ manados. . Nacieron juntos. . asimismo.

Resultaba tardío hablar de la soberanía pisoteada por los turbulentos impunes. poco numerosas pero veloces. va poco más allá de los quinientos hombres”. la intervención que al mismo tiempo quería encubrir. No se miró la enseñanza histórica. la soberanía del estado. De modo que la inter­ vención federal se atenía al significado superior de los principios federa­ tivos: era la colaboración de los estados en una cuestión que interesaba. pues las medidas tomadas por el comandante del distrito significan más prevención que recelo” y agregaba "no es tan numeroso el grupo de Antonio Conselheiro. del Río Grande al Amazonas. justificaba naturalmente. . había toda una sociedad de retar­ datarios. El gobierno bahiano afirmó "son más que suficientes las medidas to­ madas para derrotar y extinguir al grupo de fanáticos y no hay necesi­ dad de reforzar la fuerza federal para tal diligencia. no ya a Bahía. Además. superado el orden policial. milagrosamente erguida por los exégetas constitucionales. hasta encerrarlos en un círculo de dieciséis campos atrincherados. Es que se creía preestablecida la victoria inevitable sobre la insig­ nificante rebeldía sertaneja. después de hacer retroceder ejércitos destinados a un paseo militar por toda Europa.donde una revuelta. Fue lo que sucedió. El gobierno estatal. del extremo norte al extremo sur. Toda la nación intervino. Pero sobre las banderas venidas de todos los puntos. se mantuvo siempre. la columna del mayor Febrónio — hasta entonces osci­ . Por sobre el desequilibrado que la dirigía. El desorden. imitando la misma fugacidad de los nati­ vos. además de "extirpar el móvil de descomposición moral que se observara en la aldea de Canudos en manifiesto desprestigio para la autoridad y las instituciones” agregando que la fuerza federal debería seguir forta­ leciéndose para evitar la contingencia de "retiradas perjudiciales e inde­ corosas”. sólo cedió ante las divisiones volantes de un general sin fama. Lo contradecía el jefe militar al entender que la represión legal y el prendimiento de los criminales. "las columnas infernales” del General Turreau 243. les competía. . según la ley. Se olvidaba de que en un documento público se había confesado desarmado para vencer la revuelta y que al apelar a los recursos de la Unión. Y sólo después de esto. cerró la controversia levantanto el espantajo de una amenaza a la soberanía del Estado 2 4 4 y repeliendo la intervención que significaba su incompetencia para mantener el orden en sus propios dominios. moviéndose dentro del elástico artículo 6? de la Constitución del 24 de febrero. Para resguardarla mejor fue removido de Bahía el jefe de la fuerza militar que había actuado de manera rectilínea. nadie se ilusionaba ante la situación sertaneja. El ambiente moral de los sertones favorecía el contagio y la expansión de la neurosis. sino al país entero. podía ser núcleo de una conflagración en todo el interior norteño. todavía local.

Hacia todos los rumbos y por todos los caminos y en todos los lugares. Se había perdido el tiempo estérilmente. los escom­ bros carbonizados de los establecimientos rurales resaltaban.lando entre Monte Santo y Queimadas y objetivando en sus contramar­ chas las vacilaciones del gobierno— siguió reforzada por la tropa policial y adscrita a las deliberaciones del gobierno bahiano. . En un radio de tres leguas alrededor de Canudos se hizo el desierto. Estaba pronto el escena­ rio donde se desarrollaría un emocionante drama de nuestra historia. aislando a la aldea en un gran círculo desolado de ruinas. mientras el adversario lo había aprovechado preparándose para un desquite enérgico.

Sin embargo. el estoico Anchieta del Nor­ te 2 4 5 había aquilatado las condiciones privilegiadas del lugar. permitía rápidas comunicaciones con el litoral. a dos pasos de los sertones estériles hacia donde ruedan.— El cambaio. La recortan pequeños cursos de agua resistentes a las sequías. El poblado — erecto al pie de la serranía— contrasta. originando un régimen climatológico más soportable. gracias al enfriamiento de la ascensión repentina por las laderas de las serranías. al norte y al este. A esos requisitos se unieron otros. Triunfos anticipados. mientras alrededor se extienden desoladas áreas. El poblado de Fray Apolónio de Todi.TRAVESIA DEL CAMBAIO I. De manera que. III. no se agota completa­ mente durante las sequías más grandes. aunque efímeros como los otros de las cercanías. La elevación de rocas primitivas que se levantan a los lados. partiendo de Monte Santo. Baluartes sini caldi linimenti. IV. cortándose en arroyos reducidos e imperceptibles hilos que se deslizan entre las piedras. se fracciona. con sus tributarios minúsculos. Deriva de su situación topográfica. se advierten rudimentos de florestas. a partir de esa fecha. por intermedio de la estación de Queimadas. Primer encuentro. los vientos después de la travesía. le pone reparos a los vientos regulares que hasta allí llegan y se vuelve condensador admirable de los escasos vapores que todavía los impreg­ nan. en un radio de algunos kilómetros. En marcha hacia Canudos. V I — Procesión de parihuelas. y per­ miten a los habitantes resistir el flagelo. Episodio dramático. iba a volverse célebre como base de las operaciones de todas las arremetidas contra Canudos. variando las caatingas en montes de verdor. Los vimos en las páginas anteriores referidas a la génesis. Por las bajadas. se encuentra una región incomparablemente vivaz. más secos. V — Retirada. aislado. La Legio Fulminata de Joño Abade. El río de Cariacá. no dijimos que al crearlo. Nuevo milagro de An­ tonio Conselheiro. Caen entonces en lluvias casi regulares. hacia donde caen los morros.— En los Tabuleirinhos. I I — Incomprensión de la campaña. con la esterilidad ambiente. Era el que se adelantaba más en dirección al objetivo de la campaña y además.— Monte Santo. . I MONTE SANTO El día 29 de diciembre entraron los expedicionarios en Monte Santo. Segundo encuentro.

pero teniendo todos la afinidad de los mismos rencores y de las mismas reaccio­ nes violentas. habían pasado por allí guiados por otros designios. Esta se recuesta. Pasaron los tiempos. por ventura más temerarios y con seguridad. la vía sacra de los sertones. al pie de la ensoberbecida montaña. Allí había parado el padre de Robério Dias. la sede de El Dorado apetecido. que se detuvo por muchos días en la montaña donde marcas indescifrables denotaban el paso de antecesores igualmente audaces. aquella calle . continuaron otras. tan propia de las arquitecturas monumentales de la Tierra. a pique. en miles de escalones. Por ella hasta el vértice se prolonga. por la que han pasado multitudes sin cuento en un siglo de romerías. entre el firmamento claro y las planicies amplias. rectilínea. el antiguo nombre de la sierra — Piquaragá— se lee siempre como demarcación de un paraje bendito en aquellos terrenos amargos. Con todo. acompañando las huellas de Moreia. el que sigue por el camino de Queimadas. entre los devastadores de los sertones. sobre la villa. Mucho antes de los que ahora lo busca­ ron. orientadas por los aventureros confundidos. predilecto de los que se aventuran por el sertón bravio. en su atrevida ruta "desde el río Real hacia las sierras de Jacobina por el río Itapicuru arriba. más interesantes. el lugar se convertía en escala transitoria y breve. diferenciados por búsquedas opuestas y separados por tres siglos. la línea de las cumbres. rastreando un suelo erizado de cactos y piedras. en los cuales. buscando los sertones de Magacará”. Belchior Moreia. Y hoy. otros expedicionarios. hasta que Apolónio de Todi la transformó en templo majestuoso y rudo. No surgía por primera vez en la historia. en caracol. vuelve los ojos deslumbrados al levante y cree que el aire caliente y la fascinación de la luz le pre­ sentan allá. un sitio sereno. Quedó perdida en el sertón la serranía misterio­ sa donde muchos imaginaban. se levanta a los lejos. al divisarla. Y alrededor de esa entrada. Lanza. no deja de ser interesante su función histórica. Pero. hasta el tenaz Pedro Barbosa Leal. La religiosidad ingenua de los matutos talló en ella. nunca brilló con acontecimientos de mayor monta. La sierra de cuarzo. sea para los bandeirantes del siglo xvn. de algún modo centralizó la primera actividad en torno de las legendarias "Minas de Plata” desde las exploraciones inútiles del Muribeca que hasta ahí llegó y no siguió adelante "con poco efecto y poca diligencia”. a unas dos leguas desde las cercanías de Quirinquinquá. humilde. tal vez. por las laderas sucesivas. sea para los soldados de estos tiempos.Es natural que Monte Santo sea. un pano­ rama perturbador y grandioso. la más bella de sus calles. como una muralla. hecha con cuarzo blan­ quísimo. coleando. La vertiente oriental cae. se detiene. iniciada en la plaza. crecida por la depresión de las tierras vecinas. Por eso. todavía. desde hace mucho.

de tierra y guija­ rros. La campaña incipiente iba a agravar su aspecto. cardos agarrados a las piedras a mane­ ra de tentáculos. el desaliento de una raza que muere. a un lado. bromelias abriéndose en floración sanguinolenta— avanza rápidamente. desconocida por la historia. Se ven las capillitas blancas. rectangular. cada vez menores. El perfil regular que ofrece a distancia. tan blancas a lo lejos. las copian línea a línea. . contra la sierra. sin salida. con la ansiedad del paraje que lo arrebata. Nada recuer­ da el encanto de las aldeas clásicas. diluidas poco a poco en el azul purísimo de los aires hasta la última. . se achica en escalones tortuosos. una en bajada desde las laderas. . derivando después en vueltas. Esta ilusión es impresionante. . larga — de más de dos kilómetros— como si construyera su subida al cielo. ésta pierde parte de su encanto. Las casas viejas unidas unas contra otras. El que sigue por el camino de Queimadas. un edificio único que haría más tarde de cuartel general. tienen todas la misma forma — techos deprimidos sobre cuatro muros de barro— ese estilo brutal­ mente chato al que eran tan aficionados los primitivos colonizadores. arraigada a la piedra. brotando de las grietas quietas de los estratos y viviendo solo de las reacciones maravillosas de la luz. y al otro el único ornamento de la villa: tamarindo quizá secular. nacen viejas. en declive. erectas sobre los despeñaderos. Monte Santo surge sin gracia dentro de una naturaleza que le crea alrededor — como un paréntesis en el áspero sertón— una situación apacible y sonriente. Llega. De este modo. allá en lo alto. son exiguas y oscuras. tiene de cerca una flora de vivacidad inexplicable. entre paredes de barro. y la entrada ciclópea de los muros laterales. siguiendo los accidentes del suelo. subiendo siempre. como puntilleando el espacio. Algunas deben de tener cien años. rodeado de cabañas.blanca. Las más nuevas. Las capillitas. de piedra. atravesando un esbozo de desierto donde agoniza una flora de gravetos — arbustos cuyos gajos retratan contorsiones de espasmos. perdiéndose en las alturas. y no sofrena una dolorosa decepción. como los de una enorme escalinata en ruinas. En el centro. Parece de menor altura. la pequeña iglesia. En torno de las casas bajas y viejas. Allí desembocan pequeñas calles. De cerca. otras golpeando. otras hacia el campo. subiendo al principio en rampa vertical. . el eterno barracón de feria tiene. la transforma en un gran cuartel agazapado. Menos que villa oscura. El camino va hasta la plaza. El poblado triste y decadente muestra el mismo abandono. Monte Santo se resume en ese camino. y sobresaliendo.

el 26*? y el 33?. Nadie los observaba. El profeta no podía equivocarse. golpeando por las calles. curtidos por los duros climas. después de pasar sorprendidos por las calles repletas de soldados. nunca tuvieron tal brillo. Merced al optimismo oficial. y el vibrar de los clarines. y en las que las palabras mágicas: Gloria. Otros se quedaban allí. yendo a Canudos. En la alegría de los festejos. los invasores no verían siquiera las torres de las iglesias sacrosantas. penetraban en las casas y turbaban. Se largaban después de la villa. los rezos ahogados de los fieles arrodillados. dichás en todos los tonos. tanto más expresiva cuanto más ruda. La primera expedición regular contra Canudos. en la plaza. La misión más concurrida. Todo eso significaba una estupenda novedad. se estremecían dentor de sus ropas de cuero al considerar las armas portentosas de la civilización. poco más de un batallón completo. hacia la aldea sagrada. Menos de una brigada. son la única materia prima de los párrafos retumbantes. examinando todo el aparato de guerra y desapareciendo después. el sertón entero. dos cañones Krupp de 7 y Vz y dos ametralladoras Nordenfeldt. encubiertos. transidos de miedo. 14 oficiales y 3 médicos. observando. . el 99. . Algunos volvían a toda brida hacia el norte. El pobre lugarejo se engalanó con banderas y ramajes. en busca de la caatinga. las ruedas de los cañones Krupp. las autoridades recibieron a los soldados en son de triunfo antes de la batalla. preparado en la mejor vivienda. rodando por las . . como las voces de mando. la feria más ani­ mada. más fuerte que el de mil carabinas. al mismo tiempo se lucía el más simple y emocionante género de oratoria. más el ornamento supletorio de los vivos colores de los uniformes y el brillo de las armas. su victoria era fatal. . e iban a observar por largo tiempo. las piezas de artillería de las que tanto habían oído hablar y nunca había visto. y los vivas entusiastas retumbando en las paredes. ciertos del preludio hilarante de un drama espantoso. Lo había dicho. contando el número de soldados. con más de doscientas plazas de poli­ cía y una pequeña división de artillería. inda­ gando. Patria. esa singular elocuencia del soldado.TRIUNFOS ANTICIPADOS Allí acontonaron los 543 plazas. Era una masa heterogénea de tres batallones. Llegados del camino fatigoso. rápidos. Los rebeldes serían destruidos a sangre y fuego. no se distinguían los emisarios solitarios de Antonio Conselheiro. Y fue un día de fiesta. hecha de frases golpeantes y breves. Y la risa de los soldados y el estrépito de las botas. contemplando todo aquello con ironía cruel. allá adentro. capaces de desmoronar las montañas y abatir con un solo tiro. los vaqueros amarraban su caballo a la sombra del tamarindo. espiando. En el banquete. Como las ruedas de los carros de Shiva 246. Libertad. Y aquellos titanes. la elocuencia mili­ tar. Se encendían recónditos altares.

En su modo actual es una organización técnica superior. y toda esa fiesta -—allí— en vísperas del combate. Curiosos. al caer la noche. los habitan­ tes preestablecieron el triunfo. la tropa. . Ahora bien. Aparte de eso. grupos ruidosos andaban por la plaza. examinaban los registros y estampas que pendían de las paredes y los toscos altares. Pero la oscurecen todos los estigmas del bandidismo original. Se detenían en los pasos. la preocupación de la derrota. aunque sea paradojal. y la alegría ruidosa y vibrante de los oficiales y de los soldados. Lo decía la despreo­ cupación feliz de toda la población. Era necesario que salieran finalmente de la barbarie con que escandalizaban a nuestro tiempo y entraran a la civilización a golpes. Está en ella el mejor estímulo de los que vencen. requerían un correctivo enérgico. El ejemplo sería dado. . Por encima del rigorismo de la estrategia. la campaña empezaba con buenos auspicios. de los preceptos de la táctica. Bajo la sugestión de un aparato bélico y de una parada. que tenían la gravísima culpa de un apego estúpido a las más antiguas tradiciones. Los rudos impenitentes. la guerra es una cosa monstruosa y totalmente iló­ gica. Allí estaba el sertón. otros subían la montaña por la sinuosa ladera orlada de capillitas blancas. pero pronto desaparecía. La historia militar está hecha de contrastes singu­ lares.amplias planicies. Una opresión asaltaba a los más tímidos. Monte Santo les anticipaba las honras de la victoria. En lo alto de la Santa Cruz. los criminales retar­ datarios. Era la convicción general. para retomar fuerzas. a dos pasos del sertón repleto de emboscadas. dejarían surcos sanguinolentos. la seguridad de los aparatos militares y toda la grandeza de un arte sombrío que pone . en los hechos guerreros entra como elemento. Era necesario dar un gran ejemplo y una lección. II INCOMPRENSION DE LA CAMPAÑA Fue un mal. compartió las esperanzas. Atraídos por la novedad de un exótico panorama. observaban los alrededores. se desparramaban por las callejuelas y por las cercanías. De antemano se afirmaba la derrota de los fanáticos. invadida por el contagio de esta creencia espontánea. Y subían. Por la tarde. Volvían tranquilos a la villa donde ya se encendían las primeras luces. Decididamente. a su vez. sacudidos por el soplo fuerte del nordeste.

Esta solamente se justificaría sí.en la frialdad de una fórmula matemática la destrucción de un schrapnell2 4 7 y subordina a parábolas inviolables el curso violento de las balas. estaban dentro de la villa dándose codo con codo con los expedicionarios. Todavía más. En el dislate de las opiniones. Ahora bien. lo sustituiría una operación más lenta y segura. Analicemos el caso. como se verificó después. De modo que la partida rápida de una localidad condenó a la demora inconsecuente en la otra. Mientras tanto. las vis a tergo de los combates. según la opinión de todo el mundo. llegaban constantes informaciones sobre el número de recursos de los fanáticos. quince días antes. No se hizo esto. muchos de los cuales. se esbozaba la hipótesis de una traición. al avanzar. ponderando mejor la seriedad de las cosas. iba a vencer. la expedición. resumido en una embestida y en un asalto. eran razonable aceptar un promedio. Por las dificultades habidas. La certeza de la victoria las de­ prime. Se hizo lo contrario: después de larga inactividad en Monte Santo. contrariando el modo de ver de los propagandistas de una victoria fácil. todavía. aban­ donando todavía parte de los restos de un tren de guerra muy reducido. El comandante expedicionario había deiado en Queimadas gran parte de las municiones para no postergar ñor más tiem­ po la marcha e impedir que el enemigo se rebusíeciera aún más. había resuelto ir Taradamente al escondriio de los rebeldes llevando apenas la munición que los soldados pudiesen cargar en sus mochilas. entre las que llevaban a aquéllos a un máximo de quinientos y las que afirmaban el mínimo en por lo menos cinco mil. sería precedida y acompañada por los espías expertos del enemigo. A la aventura de un plan temerario. Pero esto no se realizó. La certeza del peligro las estimula. Se ganaría en fuerza lo perdido en velocidad. Además. se hubiese aprovechado el tiempo para reunir mejores elementos. entre las cuales abultaba una casi completa carencia de ele­ mentos de transporte. Después de tantos días perdidos y en tales . se sabía que la tropa. proveyén­ dolo de recursos e instruyéndolo en los menores movimiento de la expe­ dición. la expedición partió aún peor aparejada que cuando ahí llegó. Tuvo la intención de hacer una arremetida fulminante. Los inconvenientes de una pausa prolongada se justificarían si se hubiesen adquirido algunas ventajas. La conciencia del peligro determinaría una movilización rápida y un atropellar sorpresivo contra el adversario. La certeza del triunfo la inmo­ vilizó durante quince días en Monte Santo. haciendo venir de Queimadas el resto de los equipos de guerra. Había influyentes caudillos locales cuyas viejas relaciones con el Conselheiro sugerían vehementemen­ te la presunción de que lo estuvieran auxiliando a escondidas. Y éstas son. permanecen intactas todas las brutalidades del hombre primitivo. en el susurrar de cautelosas denuncias y malhadados avisos.

Porque a tales deslices se agregaron otros. Según el axacto concepto de Von der Goltz 248. el jefe expedicionario. no había la mínima posibilidad de extender una línea de combate. teniendo como único amparo para la debilidad armada. dividido en tres columnas. digamos con mayor acierto. En Canudos sabrían la ruta escogida para la línea de operaciones con anticipación suficiente como para que se fortificasen en los trechos más difíciles. Nada más. a súbitas refriegas. una caza de hombres. de acuerdo con las características del enemigo y del terreno. Adscrito a unos rudimentos de táctica prusiana trasplantados a nuestras ordenanzas. Abandonando de nuevo parte de las municiones. A medida que se eproximaba al enemigo se desarmaba. Pero estos eran inadaptables para el momento. reedi­ tando el caso de Uauá. refuerzo y apoyo. La expedición marchaba hacia su objetivo como si volviese de una campaña. no puede rastrearse en ella la más fugaz indicación sobre las formaciones. Lo revela la orden del día para organizar las fuerzas atacantes. Nada sobre la distribución de las uni­ dades. seguía como si. denunciando la más com­ pleta ignorancia de la guerra. la partida de la base de operaciones del modo como se hizo fue un error de oficio. aparte de ese subordinarse a unos cuantos moldes rígidos de viejos dictámenes clásicos de guerra. Escueta como una orden cualquiera que distribuye contingentes. Eran por igual inútiles las cargas y las descargas. una sorpresa era inadmisible. pobre de recursos en Queimadas y paupérrima de recursos en Monte Santo. como si llevase un pequeño cuerpo de ejército hacia algún campo devastado de Bélgica. Contra tales antagonistas y en un terreno de tal clase. en la fuga sistemática. una batida brutal contra la cueva mons­ truosa de Canudos. alcanzar la aldea significaría establecer un com­ bate preliminar en el camino. dispersos en el seno de la naturaleza protectora. No había ni siquiera la posibilidad de hacer un com­ bate en el sentido estricto del término. La lucha. fuera a abastecerse en Canudos. de modo que. a instantáneos encuentros en los que es absurdo pensar que pudieran desarrollarse las fases principales de un combate. iba a reducirse a ataques feroces. La derrota era inevitable. sobre las maniobras de las unidades combatientes y ni una palabra sobre los inevitables asaltos repentinos. nuestra bravura impulsiva. teníamos la esgrima peligrosa con los guerrilleros esquivos cuya fuerza estaba en su propia flaqueza. Se enfrentaba con lo desconocido al azar. Así. parecía disponerlo de antemano para encuentros en los que podría entrar repartido en tiradores. Entre la tác­ tica prusiana donde todo es precisión mecánica y la nerviosa táctica latina donde todo es el arrojo caballeresco de la espada. a esperas astutas. . cualquier organiza­ ción militar debe reflejar algo del temperamento nacional. en un ir y venir de avances y retrocesos.circunstancias.

entre los dos extremos de fuego que lo inician hasta el epílogo delirante de las cargas de bayoneta. la de la marcha y la del combate. Para atenuarlas. la del reposo. del único modo como ésta podía alcanzarse. Era natural que estas coyunturas inevitables fueran previstas. sacudidas por el mismo espanto. aquella guerra debía impulsarse a galopes de mano de un estratega revolucionario e innovador. única capaz de amortecer las causas del fracaso. se desordenaban. Aunque la dirección de los variados movimientos escapase a la autoridad de un comando único. sin aparecer. Este dispositivo. siguiéndolo paralelamente. ellas despiertan a cada instante. como suma de sucesivos ataques. Un jefe militar debe tener algo de psicólogo. sin nervios. sustituida por la iniciativa más eficaz de los comandantes de las pequeñas unidades. Y en la marcha por los sertones. En ella iban a surgir tumultuosamente confundidas todas las situaciones naturalmente distintas. actuando como un autómata según la vibración de los clarines. tendiendo a ser un siniestro ideal de homúnculo. en trazados más firmes y opo­ niéndole la misma dispersión. actuando autó­ nomas. pronto a encontrar al enemigo en todas las vueltas de los caminos. en estas circuns­ tancias anormales es un peligro. vuelto un montón de huesos amarrados por un montón de músculos. por la certeza de un rápido auxilio de las fuerzas que quedaban fuera de la acción del enemigo. Así. En función del hombre y de la tierra. . de anular el efecto de repentinas emboscadas. se imponía un gran fraccionamiento de las columnas. de acuerdo con las circunstancias del momento. Casi siempre las secciones se embaru­ llaban. las diversas unidades debían seguir con el máximo distanciamiento. y de conseguir finalmente. hombres inermes cargando armas magníficas. o a verlo aparecer dentro de sus propias filas soprendidas. que es valiente frente al enemigo. si un tiroteo en la vanguardia en una campaña. en que se puede encontrar una fuerza en operaciones. energías inconscientes sobre palancas rígidas. El coman­ dante se limitó a formar tres columnas y a ir hacia adelante. las emociones de la guerra lo transfiguran. Surcando caminos des­ conocidos. incluso completamente aisladas. la victoria. sin tempera­ mento. rodeado por una naturaleza salvaje y pobre. Por mecanizado que quede el sol­ dado por la disciplina. evitaba el pánico y per­ mitía un desahogo. nuestro soldado. se acobarda y se llena de temores siempre que aquél. sin arbitrio. además de levantarles el ánimo. debía reposar en alineación de batalla. Nada se deliberó en cuanto a condiciones tan imperiosas. Era parodiar la norma guerrera del enemigo. se constituye en una advertencia saludable para el resto de la columna. tendiendo ins­ tintivamente a quedar en la retaguardia. El ejército en marcha. de crear mejores recursos de reacción. poniendo ante la astucia sutil de los jaguncos la perezosa potencia de sus tres com­ pactas falanges. se revela invisible en las emboscadas.

Entonces la travesía se vuel­ ve más seria. centralizaría los fuegos del enemigo. que empeoraba. el camino baja. Fue una temeridad. cruzando la serranía por tres laderas sucesivas. mientras los zapadores preparaban la calle abriéndola. quedaba paralizada por la traba de esas maasas me­ tálicas. sin sombras. las fuerzas dispersas en la marcha. hasta saltar el sitio llamado "Lajem de Dentro”. salvada de una posición muy difícil. cayendo en grutas. en Canudos. a partir de la base de operaciones. Al comienzo. debían ir apretando a los fanáticos. EN MARCHA HACIA CANUDOS Fue en estas condiciones desfavorables que partieron el 12 de enero de 1897. si éste apareciese en lo alto de los morros. El desaguadero de captación de éste une las bases de tres sierras. Demoraron dos días en alcanzar este punto.En síntesis. Avanzaban pegadas por los ca­ minos. la Grande y la del Atanásio. dentro de la estructura maciza de las brigadas. Y la tropa. que tenía sus condiciones de triunfo en la movilidad. la de Acaru. El campamento rodeado de piedras. Tenían hecho medio camino. alzándose en rampas. hasta Penedo. . poco a poco. Hechos algunos kilómetros. parece una faja de tierras fértiles sombreadas por ver­ daderos montes. Iban a dispersarse. La expedición entró por aquel valle hondo como en un cajón hasta que en otro sitio. Es el más corto y el más accidentado. empieza a accidentarse. a una altura de trescientos metros sobre el valle. . De modo que a la mañana siguiente la tropa prosiguió con rumbo firme al norte. Traspuesta la "Lajem de Dentro” y la divisoria de las vertientes del Itapicuru y del Vaza-Barris. prolongando el valle del Cariacá. . limpiándola o buscando desvíos que evi­ taran grandes declives. . empiezan los accidentados contrafuertes de donde fluyen los tributarios efímeros del Bendegó. serpenteando morros. acampó. hacién­ dolos concentrarse en Canudos. se perturba en rastros pedregosos y se vuelve casi impracticable a medida que se acerca al pie de la sierra del Acaru. que se articulan en una gran curva. De ahí en adelante se curva hacia el este. repentinamente. Feliz­ mente no llegaron hasta ahí los jagungos. Tomaron por el camino del Cambaio. sin abrigos. Ascendían penosamente los Krupv. Partían unidas en columnas. Ipueiras. . La artillería les demoraba la marcha. Se hizo siempre lo contrario 249.

Seguir hacia Canudos a pocas leguas de distancia. El cam­ pamento se alarmó. Se habían acabado los alimentos. Y al amanecer del 17. Habían distinguido. dispuestas de manera caprichosa. luciendo y extinguiéndose intermitentes. En Mulungu. Para completar el cuadro. ori­ ginaron investigaciones que es impropio recordar ahora *. un observador que desde el campamento mirase hacia el norte. clavada en las montañas. rodeados de sombras. Brasileiro. Fueron abatidas las últimas vacas para quinientos y tantos combatientes. .Hasta Mulungu. e Geog. se mostraron imponentes. tal vez. que hacen pensar en baluartes derruidos. Alguien salvó la lealtad sertaneja: el guía Domingos Jesuíno. algunas hices vacilantes. la expedición. los zapadores hicieron calle para los cañones y la jornada se demoró por el paso tardo de la división que los guarnecía. el comisario de esa aldea se largó del lugar v no volvió. Los soldados durmieron armados. Señalaban las posiciones enemigas. Deben de haber salido de la fantasía de los matutos y completadas por las indagaciones de hombres estudiosos. era la salvación. Y bajo el pretexto de ir en busca de una remesa urgente de provisiones. esa noche desaparecieron la mayor parte de los peones de carga contratados en Monte Santo. Restos de hogueras en las márgenes del camino y viviendas incendiadas daban se­ ñales del enemigo. * Ver el tomo 10 y otros de la Revista do Inst. muy altas. Condujo a las tropas de vanguardia hasta el "rancho das Pedras” donde acamparon. recortadas en gargantas largas y circundantes. Las leyendas sobre "ciudades encantadas” en Bahía no tienen otro origen. como fosos. antes de haberse disparado un tiro. de titanes. La imagen es perfecta. dos leguas después de Penedo. Esto valía por un combate perdido. próximos. III EL CAMBAIO Las masas del Cambaio se amontonan al frente. o levantándose en escalones sucesivos. la máxima velocidad era indispensable. Era luchar por la vida. ya eran evidentes. distinguiría. Son comunes en ese trozo de sertón los aspectos originales de la tierra. muy lejos todavía de su objetivo que solo podía alcanzarse en tres días de marcha. Estaban a dos leguas de Canudos. El aspecto de la lucha se agravaba en plena marcha. como estrellas rubias entre nubes. comenzó a ser terriblemente torturada. Mientras tanto. los bultos fugaces de los espías. Al aclarar. Hist. a la noche. Por la noche.

Son de este tipo las "casitas” que se ven hacia el lado de Aracati. A esa hora matinal la montaña deslumbraba. asaltos sobre asaltos hasta desmantelarlos. rom­ piéndose bajo el periódico embate de tormentas súbitas e insolaciones intensas. y otras que aparecen por aquellos lugares dándole un rasgo misterioso a esos melancólicos paisajes. . deforme. como si en rápidas ma­ niobras. . Pegados al suelo. Descrigóes práticas da Provincia da Bahía. el conjunto de la sierra da al observador la impresión de toparse con las barbacanas de antiquísimos castillos donde hubiesen golpeado otrora. Por cierto. . en bloques rimados. La tropa enfiló por ahí. medroso.Y no se crea que la imaginación popular exageró engañando la expec­ tativa de los investigadores que por allí anduvieron. a lo lejos. se preparasen para el combate. constreñida por escalones sumergiéndose en la angostura de un desfiladero como un túnel. numerosas fuerzas. Le ajusta. . semejantes a grandes ciudades muertas ante las cuales el matuto pasa. cerca del camino de Jeremoabo a Bom Conselho. abultando a lo lejos. Porque aquellos reductos bárbaros eran peores. estallando en un desmoronamiento secular y lento. Los morros. A la distancia. rectilínea. BALUARTES SINE CALCII LIN IM E N T I2 5 0 La sierra del Cambaio es uno de esos rudos monumentos. metidos en las quebraduras del terreno. Porque el Cambaio es una montaña en ruinas. nadie le puede divisar geométricas líneas de parapetos cir­ cundados de fosos. El enemigo solo presentaba el rasgo amenazador de la tierra. El camino hacia Canudos no la contornea. Fríos observadores que atravesaron el extraño valle del Vaza-Barris quedaron asombrados al enfrentar: "Sierras de piedra naturalmente sobrepuestas formando fortalezas y reductos inexpugnables con tal perfección que parecen obras de arte” *. Los binóculos recorrían inútilmente las rocas desiertas. los costados y sube en declives. Surge. con el aspecto de grandes columnas derruidas. inmóviles. reduciéndolos a mon­ tones de piedras en desorden y torres y pilastras truncadas. capri­ chosamente repartidos. llevando el ansioso anhelo de sabias sociedades e institutos donde se debatió el interesante caso. Estaba acantonado. esparcidos. cuya estructura aparece en apó­ fisis punteagudos. * Teniente coronel Durval de Aguiar. . Los rayos del sol se reflejaban en las aristas de las lajas en pedazos dando la ilusión de movimientos febriles y fulgores vivos de armas. Surgen vastas necrópolis. en alineamientos de rocas. A veces esta ilusión se agranda. imaginando allá adentro una población silenciosa y trágica de "almas de otro mundo” . sin sacar las espuelas de los ijares del caballo en disparada.

se desbandaron instantáneamente. los acostumbrados vivas al Buen Jesús y al Conselheiro se mezclaban con apostrofes insolentes y palabrotas escandalosas y entre otras.expectantes. Una voz la detuvo. Llegaban a las primeras laderas cortadas a media subida. PRIMER ENCUENTRO El encuentro fue con un gran vocerío. los combatientes arrementían en tumulto. desde lo alto de las rudas murallas. tortuosa y ondulante. de brillos de aceros. Aprovechando ese reflujo. despavoridos por las balas. las líneas se rompieron ante los obstáculos del terreno. una frase desafiadora que en el curso de la campaña sonaría invariablemente como un estribillo irónico: "¡Avanza! ¡Debilidad del gobierno!” . Desde los escondrijos. se hizo la primera embestida encabezada por los cientos y tantos plazas del 33? de infantería. tenien­ do a la derecha al 9? y a la izquierda al 16° y la policía bahiana. El combate se generalizó en minutos y como era de prever. El mayor Febrónio se metió entre las filas alarmadas y centralizó la resistencia. de punta a punta. aparecieron los jagungos en el un repentino deflagrar de tiros. allá abajo. desde los despeñaderos y las vertientes. El avance fue desordenado. los cañones bombardearon a los matutos a quema ropa y estos. desde las matas esparcidas. en un barullo de cuerpos. auxiliando a las máquinas impotentes a vencer esos declives. Abajo. Las tropas caminaban lentamente. la línea de asalto se dispuso. los animales de tracción y los cargueros. sin el mínimo simulacro de formación. debajo de las trincheras del Cambaio. La vanguardia se paró y pareció retroceder. con las armas en bandolera. de estam­ pidos que pasaban sobre los sones de los clarines llamando a la carga. viendo por primera vez esas armas poderosas. los sertanejos se mantenían en silencio. marchando detrás de los exploradores que escudriña­ ban cautelosamente las cercanías. Dispuestos rápidamente. Y en esta situación los sorpendió el enemigo. en la ladera donde había quedado la artillería. atendiendo las desventajosas condiciones en que se realizó. tras­ poniéndolas a saltos. Toda la línea vaciló. Tropezando. en réplica fulminante y admirable. empujadas por los cañones sostenidos a su vez por soldados sin aliento. tirando al azar hacia el frente. de descargas. montones humanos golpeando contra los morros. confundidos los bata­ llones y las compañías. los ojos fijos en las columnas aún dis­ tantes. los dedos presos en los gatillos de las carabinas. cayendo entre las lajas. los plazas arreme­ tieron y luego. Seguían sin aplomo. Fraccionados. que decuplicaban el efecto des­ pedazando piedras. Toda la expedición cayó. rompiendo las .

por las manos del cual pasaban. cuyos nombres alabaron los partes oficiales pero no los comentarios de sus compañeros. bajando. las armas cargadas por los compañeros invisibles. sucesivamente. atacando. La fugacidad del enemigo y el terreno le daban a la tropa una distribución táctica propia. Estos superaban de modo ingenioso la carencia de armas y el lento proceso de carga de las que poseían. en un vaivén de avanzadas y retrocesos. Las secciones avanzadas ascendían más rápidas por las barrancas conquistando el terreno hasta que otra irrupción repen­ tina del adversario las tomaba de frente y tenían que parar o retroceder. sin que las animasen los oficiales acobardados. aliada al pequeño alcance de las armas sertanejas. Los únicos tropiezos eran las asperezas del suelo. . huyendo. de bru­ ces. ora dispersos. Hacían blanco de nuevo. los saltos. Comandaba las maniobras. Los acompañó el resto de los troperos que huían. las carreras. Los sertanejos le imitaban los movimientos. reaparecieron lós sertanejos. más lejos. por el techo de la sierra. utilizando trampas de facineroso viejo en las correrías del sertón. desaparecían al galope por los taludes agrestes. a las carreras. A veces desaparecían por completo. volvió a la expedición casi indemne. veloces. en seguida lo sustituía otro. sacudiéndose de encima canastas y cajones. Las cargas morían en los escarpados. surgiendo y desapareciendo. subiendo. rodeando a un tirador único. agravando el tumulto. Evitaban la pelea franca. apuntándoles con su espingarda. La mayor parte reaccionaba. terrible. Otra vez lo veían caer. baleado y otra vez resurgía. Los jagunqos no las esperaban. por las cumbres. Joáo Grande. sentados en lo hondo de la trinchera. Los proyectiles de las mannlichers estallaban azarosamente en la osa­ menta rígida de la sierra. Parecían dispuestos en dos clases de luchadores. sordos a la intimación hecha con los revólveres gatillados. Entre ellos se veía a un negro corpulento y ágil. como quedaron la mayor parte de las balas destinadas a Canudos. y los que per­ manecían firmes en sus posiciones. ora agrupados. invulnerable. o repartiéndose en pequeño número. los que se mo­ vían. cayéndose y levan­ tándose el tirador fantástico. De modo que si alguna bala mataba al tirador. Con la certeza de su inferioridad en armas. empujándolos en grandes corre­ rías por los cerros. apare­ cían y desaparecían. En lo alto. rodando traspasados de balas. llenas de espanto. Los soldados lo veían caer y prontamente reaparecer. parecían desear que allí quedasen.ataduras. era el jefe. cayendo mal heridos hasta en medio de los plazas que los remataban a golpes. Para esto se disponían de a tres o cuatro. ora desfilando en filas sucesivas. Este ardid fue en seguida descubierto por las diminutas fracciones atacantes que se aventajaron hasta las cañoneras más altas. circunstancia que. Descargaba sus armas a quema ropa sobre los fanáticos diseminándolos.

* Dr. . En él se recostaron muchos sertanejos — cerca de cuarenta. Contingentes mezclados de todos los cuerpos saltaban finalmente sobre las últimas trincheras. . era resultado del coraje ciego junto a la más com­ pleta indisciplina de fuego y se comprende que. Los jagungos se les escapaban. Abrieron sobre sus perseguidores un tiroteo escaso y los hicieron pararse un momento. . sepultándolos. En movimiento heroico. mez­ clados ahora con las avanzadas de la tropa. Venceslau Leal. Después de tres horas de lucha.Por fin. mano a mano. Lo aprovecharon. . Sus cabos de guerra fueron los cabos de escuadra. . presa entre otras dos. La granada partió levemente des­ viada del blanco y fue a golpear en una de las junturas en que se engas­ taba la piedra. más tarde. sobre los desgraciados. la orden del día diese preeminencia a los plazas graduados. oblicua y mal sostenida por uno de sus puntos al suelo. en golpe sordo. a lo que parece. Frente al desperdicio de municiones. Albertazzi. Culminó con un episodio trágico. Y el bloque despegado cayó pesadamente. La cosa estaba hecha. . un muro de roca viva. una piedra inmensa. empujada a pulso. avanzaron contra la artillería. per­ diendo al oficial que hasta allí los había llevado. disparando al azar en una fanfarria irritante y una alacridad feroz de montoneros. . sobre la barranca agreste. Sobre los jagungos en fuga arrojaron car­ gas en desorden: soldados en grupos. EPISODIO DRAMATICO Había sido una hecatombe. La brió de arriba abajo. La tierra protectora les daba a los vencidos el último reducto. La dilató. según un espectador del cuadro * — probable­ mente los que hicieron las últimas cargas con sus trabucos. En cambio. Allí. las pér­ didas eran pocas: cuatro muertos y veintitantos heridos. médico de la expedición. Y su perfil de gorila se destacó. sin embargo. Abajo. La victoria. la artillería empezó a moverse. frente a una banda súbitamente congregada. Este lugar cubierto tenía a su frente. Los perseguían. se levantaba. El bombardeo se redujo a un tiro. obligando a la preparación de la artillería dispuesta a bombardear al pequeño grupo temerario. Fue al volver de los últimos picos de la sierra. el rudo cabecilla dispuso el encuentro defi­ nitivo. Les cortó el paso la explosión del cañón destrozando a los primeros y haciendo huir al resto a sus primitivas posiciones. semejantes a un dolmen abatido. los sertanejos dejaron ciento quince cadáveres. la montaña estaba conquistada. temerario. La algarabía tumultuosa tuvo un final teatral. turbas sin comando. rigurosamente contados.

. IV EN LOS "TABULEIRINHOS” Las columnas llegaron a la tarde a Tabuleirinhos. . y formadas temprano. Por fin. hasta entonces esquivos. Se metieron por las caatingas y se aproxima­ ron al campamento. Sobrevino un pequeño contratiempo. Porque la nueva de la batalla había llegado a la aldea con los huidos y para quebrar el ímpetu del invasor. se advertía por lo raleado de los tiros. como si el disparo hubiese sido una señal para ellos. De modo que no advirtieron a su alrededor la ronda de los jagungos. afectos a las correrías veloces por las montañas. Lo hicieron con las fatigas acumuladas y con la ilusión engañadora del reciente triunfo. El tiro partió. apenas paliaron su sed en el agua impura de la minúscula laguna del Cipó. . después de un cuarto de hora de ejercicios sobre el terreno que es allí despejado. Un shrapnell atascaba uno de los cañones y no había forma de extraerlo. los expedicionarios estaban en orden de marcha y tenían las armas prontas para la réplica que se realizó en descargas nutridas. Pero los jagungos no retrocedieron. al amanecer nada lo reveló. desaparecieron. y no siguieron aprovechando el ímpetu de su marcha persecutoria. gran número de luchadores partían de allí. los sertanejos surgieron gritando. por las hoces. La arremetida los llevó hasta las separaciones de cada pelotón. los últimos defensores del Cambaio se iban hacia Canudos. por los fierros de los carros. Abandonando las espingardas por las aguijadas. anunciando la estrepitosa visita. Sería un aldabonazo sobre las puertas de la aldea. La tropa dormía bajo la guardia terrible del enemigo. Y la tropa fue asaltada por todas partes. cada vez más cansados.La marcha se reanudó. por las horquillas. Adelante. Se adoptó entonces el mejor de los arbitrios. Se reeditó el episodio de Uauá. las columnas dispusieron el avance sobre la aldea. . Cansados por la refriega y hambrientos desde la víspera. casi al borde de la aldea. todos a un tiempo. . . por los facones de hoja larga. Felizmente. disparar el Krupp en dirección de Canudos. A la noche lo rodearon. . SEGUNDO ENCUENTRO Sin embargo. los soldados veían de cerca las caras trigueñas de sus antagonistas. Y por primera vez. Acamparon.

Pero en la marcha de tres kilómetros. lo que es tener coraje!”. El cañón retomado volvió a su posición primitiva. que sobresalía del tumulto. en un retroceso que no era fuga. Nuevamente esparcidos e intocables. se arrojó sobre el grupo. atacaban a los contrarios con proyectiles groseros — puntas de cuernos. sin peripecias. clavos— de su vieja herramentería de la muerte. sin armas. La ola asaltante pasó sobre los dos cadáveres. Este terrible campeador quedó desconocido para la historia. Reno­ vaban el duelo a distancia. brutal. dándole un carácter más serio que el anterior ataque violento. las fuerzas perdidas en arre­ metidas locas contra el vacío. Murió matando. desde hacía mucho en desuso *. Pero las cosas no mejoraron. de donde salían estertores de estrangulados. haciéndola volverse cruelmente monótona. estertores de muertos. las municiones pródigamente gastadas en la hazaña perjudicial del * Los incidentes de esta jornada los debo a la Comunicación fidedigna del Dr. como si quisiese estrangular al monstruo: "¡Miren. al saltar sobre el cañón que abarcó con sus brazos musculosos. Animó valientemente a sus compañeros atónitos y dándoles el ejemplo. canallas. quedó traspasado por su bayoneta. a puñetazos. Apenas repelidos los jagungos. un torbellino de cuerpos enlazados. El desastre parecía inminente. La lucha fue cuerpo a cuerpo. en una inter­ acción fatigante de los mismos incidentes hasta el agotamiento completo del adversario que.La primavera víctima fue un cabo del 9°. con los guerrilleros a la espalda y quizá otros refuerzos saliéndoles al paso. Lo detuvo el comandante. La situación parecía insuperable. Vol­ vían a su habitual sistema guerrero que era prolongar indefinidamente la acción. piedras. a golpes. Pero no la imprecación altiva que arrojó sobre el vocerío de los otros. volvían a sus tácticas de aparecer y desaparecer en los claros de las matas. El jagungo que lo mató con su picana de vaquero. caería finalmente vencido por el cansancio de las minúsculas victorias. . con los puños adormecidos y flojos por la multiplicación de los golpes. que parece haber sido el mejor soldado de su propia expedición. ronquidos de pechos aplastados. Albertazzi. relativamente incólume. asaltandos y asaltantes mezclados. Le quedaba a los invasores un recurso final salido de su desespera­ ción: avanzar cambiando el campo de lucha y caer sobre la aldea. Su nombre se perdió. Los guardias de la pieza retrocedieron despavoridos mientras él rodaba con el cañón arrastrándolo a mano. anteponiendo las espingardas que cargan piedras y los trabucos de caño ancho a las Mannlichers fulminantes. Al frente iba un mameluco fuerte — cara de bronce afeada por la pá­ tina de la viruela— de envergadura de gladiador.

Reunida en plena refriega la oficialidad. en la mayor parte de los casos. Y las balas bajaban. . Como en la víspera. A mitad de camino la columna fue inopinadamente alcanzada por las balas. excluidos treinta y tantos heridos. Los jagungos. perplejos. cerca de seiscientos. el comandante definió la situación optando por uno de las dos puntas del dilema: proseguir la lucha hasta el sacrificio completo o su inmediato abandono. para salir en refuerzo de los compa­ ñeros. los soldados apuntaban al azar. impresiona­ dos por la intensidad de los tiroteos. mientras los contrarios fueron diezmados. pues solo quedaban veinte tiros de artillería. dando de lleno en su superficie. partiendo en trayectorias altas. pun* E l Dr. allí. . Algún tiempo después de haberse traba­ do el combate de Tabuleirinhos. por el centro de la legión sorprendida. a los que se sumaba la carga de setenta heridos que se movían en total desorden. Tirando contra los primeros agresores en el lugar del en­ cuentro. los habitantes de Canudos. aquí.Cambaio. se habían alarmado. de costado. los tiros. los cerros más próximos se veían desnudos. de frente. las pérdidas de uno y otro bando estaban fuera de todo paralelo. . Estos proyectiles perdidos pasa­ ban sobre los combatientes e iban a caer más adelante. Uno de los médicos * había contado rápidamente trescientos cadá­ veres 251. estaba excluida la hipótesis de un bombardeo preliminar. Se había coloreado el agua impura de la laguna del Cipo y el sol. De modo que. advertían el silbido tenue de las balas y no divisaban al enemigo. Everard Albertazzi. LA LEGIO FULMINATA 2 5 2 DE JOAO ABADE La retirada fue la salvación. en medio de la gente de Joáo Abade. un solo herido y un solo cadáver sin sepultura. tal vez se terminasen y no podía ultimarse la empresa con choques de armas blancas con la atonía muscular de los soldados ham­ brientos y fatigados. Alrededor. Descubramos — siguiendo las deposiciones testimoniales— uno de los casos originales de esa campaña. se lanzaban según el alcance máximo de las armas. veían caer fulminados a sus compañeros. ya previendo las consecuencias que tendría la llegada de los soldados cayendo de golpe sobre la beatería miedosa. Joáo Abade había reunido el resto de los hom­ bres válidos. Esta retirada era totalmente contrapuesta a los resultados directos del combate. mostraba siniestramente en el pardo oscuro de la tierra requemada las manchas de la sangre. tal vez hubiese sido la victoria. La última fue aceptada bajo la condición de no dejar una sola arma. desiertos. Además. Pero el atacar la aldea arrostrando todo. La retirada se imponía urgente e inevitable. La tropa había perdido cuatro hombres. los arbustos ralos no permitían refugio.

Enloquecido de miedo. Subió con media doce­ na de fieles hasta los andamiajes altos de la nueva iglesia e hizo retirar la escalera. atravesando rápidos las callejuelas. Atónitos. Fue un milagro. implorando la presencia del evangelizador. observó el poblado revuelto. en esos momentos estableció una separación total. en busca de las caatingas.tilleándola de muertos. sin que los contuviesen los cabecillas más prestigiosos. originaron una gran alarma. le restaba al infeliz ejército el recurso de oscilar entre la derrota y la victoria. La retirada del mayor Febrónio. rezando. que en los días corrientes evitaba encararlas. No había engaño posible. NUEVO MILAGRO DE ANTONIO CONSELHEIRO Pero Antonio Conselheiro. V RETIRADA Había comenzado la retirada. . rezando. poseedor de engendros de tal especie. . pisando indomable el territorio del enemigo y conquistando a gol­ pes de armas cada una de las vueltas del camino. Se precipitaron desaforadamente hacia Canudos donde. al llegar. agitando sus relicarios. el enemigo. el pueblo ingenuo perdió en momentos las creencias que le habían inculcado. Terminadas las esperanzas del triunfo. llorando. si por lo restringido del campo en que se realizó no se puede equiparar a otros hechos memorables. por las circunstancias que le encuadran es uno de los episodios más emocionan­ . se agrupaban ante las puertas del Santuario. clamando. volvieron los ojos hacia el cielo cruzado por las parábolas invisibles y nadie los pudo con­ tener. el apóstol esquivo. En ese momento sobrevino la nueva de que la fuerza se retiraba. El desorden terminaba en prodigio. como una lluvia de rayos. En cuanto a las mujeres. siguiendo el rastro de los últimos defenso­ res de la aldea. . imprecando. se daban a la fuga. Los grupos quedaron abajo. estaría allí en breve. a gritos. Bandas de fugitivos. cargando sus pocas cosas. en una lucha sin éxito en la que el vencido vence en cada paso que consigue avanzar el ven­ cedor. Ni los miró siquiera. a sollozos. en el que se atropellaban prófugos los desertores de la fe y se preparó para el martirio inevitable. El encanto del Conselheiro se quebró. . Un asombro supers­ ticioso ensombreció las caras más enérgicas.

. como una turba vengadora de demonios salidos de entre una multitud de espectros. con el mismo arrojo con que. los jagungos los siguieron. Allí estaban los bloques de piedra amontonados en pilas vacilantes. abierto al sesgo de los contrafuertes. Les bastaba. poblado de trampas. en desafío a las últimas gra­ nadas. Los capitaneaba ahora un mestizo de bravura increíble. mien­ tras los capitanes y oficiales subalternos se precipitaban. cuyo ánimo no aflojaba. mezclados con los soldados. valiente por instinto. Se marchaba luchando. las víctimas de la víspera. Producido el último choque que partió del círculo atacante. . . El coman­ dante. No arremetían en chusma sobre la fila. Legí­ timo cafuz. en su temperamento impulsivo se reunían todas las tenden­ cias de las razas inferiores que lo formaron. La expedición había perdido totalmente su estructura militar. Este bárbaro distribuyó a sus compañeros por las caatingas. oficiales y plazas jornalizados estaban nivelados por el mismo sacrificio. sin alimento alguno. héroe sin saberlo. gran número de lastimados apenas podían cargar sus armas. contra todas las prácticas dirigía la vanguardia. ladeando a las columnas. simple y malo. un sargento. Los sobrevivientes les pasaban ahora de por medio. forma retardataria de troglodita sañudo levantándose allí. feroz y temerario. volvieron a entrar en las gargantas del Cambaio. . . Los soldados se habían batido durante dos días. corrían flanqueándola. brutal e infantil. un singular caso de retroceso atávico. ingenuo. Allí estaba el mismo camino peligroso. De esta manera. acerca de setenta heridos debilita­ ban las filas. el más serio de las guerras. Era el tipo completo del luchador primitivo. comenzó a desfilar por las veredas de las laderas sin que se advirtiera en este movimiento tan grave. los más robustos dejaban la línea de fuego para arrastrar los cañones o transportaban a los mal heridos y agonizantes y al frente de esta mul­ titud. el más leve resquicio de los preceptos tácticos donde sobresale la clásica formación escalonada permitiendo que las unidades cobatientes se alternarasen en la réplica. entre los cuales mediaba el armisticio engañador de una noche de alarmas. dejando actuar solamente a su formidable arma: la tierra. se extendía un camino de cien kilómetros. entre los abismos.tes de nuestra historia militar. en las antiguas edades enarbolaba el hacha en la puerta de la caverna. se veían los jagungos. buscaba los puntos más arriesgados. Una sola variante: de bruces sobre las piedras. El curiboca que había partido su carabina o perdido su aguijada en el torbellino. en cargas hechas sin voces de mando. Pajeú. miraba en torno y la montaña era un arsenal. Al advertir el movimiento. . alzado en rocas puntiagudas. por el sertón estéril. prontos a largarse en violentas caídas por los declives. Cam­ . esparcidos entre las rocas.

Al final de tres horas de marcha. más rápidas. inmundos. Gomo simios amotinados habían convertido todo eso en un pasatiempo doloroso y en un apedreamiento. rodaron por las bajadas perdiéndose en la noche. La travesía de las trincheras fue lenta. abajo. largos silbidos y burlas ruidosas como si los siguiese una barahunda de muchachos incorregibles. abajo. sobre las sierras. breve planicie unida al camino. Fue una diversión feliz. . dejando veinte muertos. sacándoles pedazos. . a la media luz de los rápidos crepúsculos del sertón. La agitación de dos días sucesivos de combates y provocaciones se deshacía. no había ecos en los aires enrarecidos. irrespirables. Pasaban por lo alto en grupos turbu­ lentos y ruidosos. Prefiguraban los regalos de un banquete después de dos días de ayu­ no forzado y una hora después — andrajosos. seguían como actores desgra­ ciados en el epílogo de un drama mal representado. Los estampidos estallaban secos. El sol estaba en su culminación y la luz cruda del día tropical cayendo en la región quemante y desnuda. La admirable posición de ese lugar. . flameaba. Un rebaño de cabras ariscas fustigado tal vez por las balas. Pero las fati­ gas de la marcha la abatían más que el mismo enemigo. Los jagungos dieron la última embestida con la artillería que trataron de quitarle a la tropa. bajo el espasmo de la canícula. caliente. Un incidente providencial completó el suceso. bajo una avalancha de bloques. des­ pués. La hora de las provocaciones había terminado. invadió el campamento casi al mismo tiempo que los sertanejos huían. en una asonada siniestra. Los mismos tiros apenas quebraban el silen­ cio. Peores que las descargas. Toda la naturaleza quedaba inmóvil en aquel deslumbramiento. iluminados por la claridad del fue­ go. repugnantes— en cuclillas alrededor de las hogueras. rodaban al principio con rumbo incierto entre las escabrosidades del terreno. no resonaban y la brutalidad humana rodaba sorda­ mente dentro de la quietud universal de las cosas.biaba la espingarda inútil por esas armas que oscilaban. El último encuentro se hizo al caer la noche. caían. Los luchadores. llegaron a Bendegó de Baixo. les permitió recursos defensivos más eficaces. de pronto. por el medio de la ladera. . pasaban como balas monstruo­ sas sobre la tropa despavorida. oían dichos irónicos e irritantes. se salvaba a cubierto del ángulo muerto del mismo camino. Hombres totalmente exhaustos corrieron delirantes de alegría a los veloces anima­ les. Fue breve pero temerario. despeñándose al fin en saltos espantosos y golpeando contra otras piedras. . dilaceraban carnes apenas cocidas como una banda de caníbales hambrientos. Esta. Los sertanejos no los agredían. Pero las ametralladoras los rechazaron y barridos por la metralla.

ya encendidos. había cambiado por las letanías melancólicas. . . volvieron a animarse las cuestas del Cambaio. todas las grutas. el sol caía lentamente. sus ropas prendidas a los picos puntiagudos. Muy bajo en el horizonte. los cadáveres de los mártires de la fe. Se habían escudriñado todas las anfractuosida­ des. Los que cargaban a los compañeros heridos claudicaban a cada paso. Rutilando en la altura. No había un hombre sano. a caballo de las sombras que ya se acostaban en las bajadas. . éstas reful­ gieron como enormes cirios. Bajando a las grutas profundas y subiendo a los vértices más abruptos. Brillaban las primeras estrellas. vencidos por los soles bravios. . A la tarde había finalizado la piadosa tarea. .La expedición partió al día siguiente. cargando en los hombros. Muchos luchadores. Se deslizó insensiblemente subien­ do. Por instantes. habían caído por los ba­ rrancos. Iluminó. a medida que lentamente ascendían las sombras. . algunos trágicamente ridículos. ya apagados. . fugaz. a la tarde. tapando sus desnu­ deces con los capotes despedazados. cortados por las piedras y las espinas. cubiertos con groseros sombreros de paja. huyendo de la desolación y la miseria. caminando hacia Canudos. los que la tropa había quemado. El fragor de los combates. Los creyentes había sustituido a los comba­ tientes y volvían a la aldea. hasta lo alto. El día había sido dedicado a la lúgubre exploración a la que se dedicó la población entera. El fúnebre cortejo seguía ahora hacia Canudos. . la enorme procesión cubría las sierras. temprano. la cruz res­ plandeciente de Orion 2 5 4 se levantaba sobre los sertones. Las ropas convertidas en harapos. en tocas parihuelas de palos atados con cipos. entraron en la villa como una turba de vencidos. Faltaban pocos. tocando con su halo rutilante los confines de las planicies lejanas y su última claridad. los recogían los compañeros compasivos. el corte­ jo que seguía la cadencia de los rezos. todos los dédalos. donde los últimos rayos centelleaban en las cumbres. oscilando en la media luz del crepúsculo. . otros se balanceaban sobre los abismos. VI PROCESION DE PARIHUELAS Aquel mismo día. Por momentos lo aclaró. con los pies sangrando. caía sobre el dorso de la montaña. La población los recibió en silencio 25S. todas las cavernas. Lentamente. para Monte Santo. al morir en las laderas. sin embargo.

fuga. imprevisto para todo el mundo. repelía por igual los recursos extremos de la fuerza y de la influencia serena de las leyes. En lo alto de la Vavéla. precipitando a la República por un declive donde los desastres aparecían con un ritmo que delataba la marcha cíclica de una enfermedad. Dos tarjetas de visita a Antonio Conselheiro. parecía reflejar el contraste entre su imperfecta organización intelectual y su incomprendida organi­ zación política. Ciudadela trampa. IV — El orden de batalla y el terreno. hacia 1897. la sociedad brasileña ofrecía un alto grado de receptividad para la intrusión de elementos revolucionarios y de dispersión. V — Sobre lo alto del Mario. Había encontrado al país dividido en vencedores y vencidos. iniciado en 1894. tuviese. Retroceso.— Partida de Monte Santo.— El primer encuentro. Primera expedición regular. Y fue impotente para corregir una situación que no siendo francamente revolucionaria ni tampoco normal. Sufriendo aún las lamentables consecuencias de la sangrienta guerra civil que había culminado una ininterrumpida serie de sediciones y re­ vueltas desde los primeros días del nuevo régimen 2 5 5 . 11. la intere­ sante psicología de aquella época. un intenso espíritu de desorden. Se estaba frente a una sociedad que. coincidía con un momento crítico de nuestra historia. por aventajarse en demasía al curso de una evolución lenta. Psicología del soldado. "¡Acelerando!”. alguien se ponga a definir a la luz de expresivos documentos. desde las conspiracio­ nes incesantes a los repetidos estados de sitio. El gobierno civil. propagar sobre el país. como si éste. . más adelante. Nuevo camino. Cómo la aguardaban los jagungos. Ataques. demostrará la inadaptación del pueblo a la legislación superior del sistema político recién inaugurado. como efecto predominante. Al golpear del Ave María.EXPEDICION MOREIRA CESAR I— El Coronel Moreira César y el medio que lo hizo célebre. Cuando. V I— Re­ tirada. no había tenido la base esencial de una opinión pública organizada. marchando a los saltos. Pitombas. I MOREIRA CESAR Y EL MEDIO QUE LO HIZO CELEBRE El nuevo fracaso de las armas legales. Un arsenal al aire libre y una diversión cruel. que se había aquietado en el marasmo monárquico. Primeros errores. Saqueos antes del triunfo. III. desbandada. desde la máxima flojedad a la máxima rigurosidad. Una mirada sobre Ca­ nudos.

De manera que siéndole imposible sustituir el lento trabajo de la evo­ lución para levantar la primera al nivel de la segunda. Así es que. surgieron en la . a todos los medios y a todos los adeptos. Traían el irreprimi­ ble movimiento de una carrera fácil y vertiginosa como para detenerse de súbito: se infiltraron en la nueva situación. Entonces se pudo observar un caso común de psicología colectiva: tomada de sorpresa. en los últimos días de su gobierno. se constituyó en vehículo propicio de transmisión de todos los elementos condenables que cada ciudadano. Al dejar el poder no se llevó a todos los que lo habían acompañado en los difíciles trances de su gobierno. habiendo nacido de una reacción contra un golpe de estado violador de las garantías constitucionales. violando flagrantemente un programa preestablecidos. los gérmenes de los levantamientos más peligrosos. tan bien expresada en el "mimetismo psíquico” de que nos habla Scipio Sighele 2 5 8 . Venció al desorden con el desorden. en la esfera social evoca la herencia de una remota predisposición biológica. evitan las imposiciones severas de un medio social más culto. extendida a la consagración de todos los crímenes. en latencia. abra­ zado tenazmente a la Constitución. vuelta un sofisma. salvando pocas excepciones. que había reunido todas las rebeldías y todos los tumultos de los años anteriores. En los momentos de crisis apelaba incondicionalmente a todos los recursos. inerte absolutamente y neutral. se transformaba en la fórmula antinómica de una tierra sin leyes. actuaba totalmente alejado de la amplitud de la opinión nacional. del Mariscal Floriano Peixoto. porque su figura aún hoy es un intrincado enigma. había tenido una función combativa y demoledora. había agravado la inestabilidad social y se había vuelto en cierta manera contraproducente. robus­ tecidos por un intenso aprendizaje de tropelías que se sentían incómodos en el plano secundario al que naturalmente volvían. Y al vencer. Se­ gún el proceso instintivo que. quizá involuntariamente. por las especiales circunstancias que lo rodearon. saliesen de donde fuere. congregaba a todos los mediocres ambiciosos que. El gobierno anterior. De manera que el inflexible Mariscal de Hierro 2 5 6 . creó el proceso de la suspensión de las garantías. Se quedaron muchos agitadores. prontos a explotar. deshizo la misión a la cual estaba dedicado. la ahogaba. deploraba. entre las pasiones e intereses de un partido que. la mayor parte del país. aisladamente. tomaban en parte la misma imagen moral de los medio­ cres atrevidos que se les ponían al frente. la Revuelta de Setiembre 2 5 7 . Entonces. Destruyó y creó revoltosos. haciendo de la legalidad la síntesis de sus designios. esa palabra. por instinto natural de defensa. anulada. invertida. Pero al vencer la indisci­ plina resultante de las sucesivas sediciones. Nada podía detener esa decadencia. dejaba que se diese el fenómeno contrario: la significación superior de los principios demo­ cráticos decaía. aunó. las mayorías conscientes pero tímidas.

tribuna. y en medio de la indiferencia general. enlazados en un círculo estrecho de ideas en donde el dudoso entusiasmo por la Repú­ blica se aliaba con un nacionalismo extemporáneo y la grosera copia de un jacobinismo poco lisonjero para la historia. en esa fogosa expansión de nuestra sospechosa sentimentalidad. era quien parecía haber heredado la tenacidad del gran vencedor de revueltas. lo atraían afanosa e imprudentemente. indi­ vidualidades que en las situaciones normales caerían bajo el peso de su ridiculez. tenía un excep­ cional renombre. las mediocridades irritativas consiguieron imprimir a esa época. Recién llegado de Santa Catarina. Entre dos extremos. ilógicamente. La retracción criminal de la mayoría pensante del país permitía todos los excesos. y en esa inestabilidad. No les bastaban las divisiones per­ manentes ni los asustaba una situación económica desesperada. La tumba del Mariscal Floriano Peixoto se convirtió en la prenda de alianza de los rebeldes y el nombre del gran hombre fue la palabra de orden del desorden. Lo eligieron como nuevo ídolo. que aumentaba la gravedad de la lucha en los sertones. lo cortejaban. donde había sido el principal actor en el epílogo de la campaña federalista del Río Grande. hecho de aclamaciones y apodos. el rasgo más vivo que la caracteriza. . por la Revuelta de la Escuadra. en ese barajar. Lo escogió como jefe de la expedición ven­ gadora. Sin ideas. según el modo extre­ mista e incoherente de juzgar de la época. Alrededor del nombrado se había urdido una leyenda de valentía. querían aumentar aquéllas y volver a esta última insoluble. en elemento moderador de las agitaciones nacio­ nales. lo que de hecho se hacía en todos los tonos. el gobierno no encontró nadie mejor que pudiese equili­ brar las graves exigencias. el arrojo de Gumercindo Saraiva y la abnegación de Gomes Carneiro 259. El fetichismo político exigía muñecos de uniforme. desde el movimiento abolicionista hasta la procla­ mación de la República. en la imprenta y en las calles. Ante la noticia del desastre. un coronel de infantería. la opinión pública nacional oscilaba manejando los conceptos más dispares para aquilatar a vencedores y vencidos. sobre todo en las calles. sin orientación ennoblecedora. aquellos agitadores comenzaron a vivir de la explotación pecaminosa de un cadáver. Y como el ejército se erigía. De todo el ejército. Antonio Moreira César. felizmente transitoria y breve. en que permanecían vivos los mínimos incidentes de la guerra civil extendida desde la bahía de Río de Janeiro hasta el sur.

viviese el campeador brillante. Eran legión. leal. sin que se pudiese saber si eran bandidos o santos. entraban de repente. absolutamente nada. o del marcial platonismo de Itararé 260. el Mariscal Floriano Peixoto. En esa individualidad singular chocaban antinómicas. Nada. Lo aprovechó en la ocasión oportuna. de los pedregales del Pico do Diabo. Irrumpían a granel. Su aspecto le reducía la fama. Apretado en el uniforme que raramente abandonaba. impasible. estaban velados por una reserva cau­ telosa y sistemática. Quizá porque era las dos cosas al mismo tiempo. son las bases físicas del coraje. a los empujones. Entre ellos. destinados a la suprema consagración de una placa en la esquina de una calle. Le faltaban el aplomo y la complexión que. dedicado. Se justificaban tanto los aplausos como las invectivas. Era tenaz. del cerco memorable de La Lapa. y mal iluminado por una mirada mor­ tecina. De figura diminuta — un tórax raquítico sobre dos piernas arqueadas en paréntesis— era orgánicamente inepto para la carrera que había abrazado. la chaqueta con­ feccionada para hombros de adolescente frágil. velada de permanente tristeza. apareciendo entre fervientes ditirambos. adentro de la historia. revelaba la energía sorprendente y la temible entereza de que diera pruebas. A los que lo veían por primera vez les costaba admitir que en ese hombre de gesto lento y frío. envueltos en panegíricos y afrentas. era la caricatura del heroísmo. sin embargo. el coronel Moreira César era una figura aparte. como Luis XI hubiese . tendencias monstruosas y cualidades su­ periores. como un molde de cera. pa­ ciente. ironías diabólicas e invectivas despiadadas. maneras corteces y algo tímidas. de la carnicería de Campo Osorio. maldecidos todos. en aquel rostro de convalesciente sin una línea original y firme: pálido. cruel. en la lasitud de los tejidos. vengativo. dejándola siempre fijamente inmóvil. rígida. le estropeaba más la postura. No tenía los rasgos característicos del uno ni del otro. Era una cara inmóvil. debían morir allí inadvertidos. con la impenetrabilidad derivada de su atonía muscular. Todos queridos. como intrusos sor­ prendidos. unas y otras en el grado máximo de intensidad. Al verlo se sorprendían por igual admiradores y adversarios. de la sangría de Inhanduí. Tenía con él la afinidad de inclinaciones idénticas. alargado por la calva en que se prolongaba la frente abombada. Los grandes paroxismos de la cólera y la alegría más fuerte. Era un alma pro teiforme encerrada en un organismo frágil. en el soldado.con todos los colores y bajo variados aspectos. Una fisonomía inexpresiva y mórbida completaba su ingrato y exiguo porte. Aquellos atributos. Sólo un hombre los percibió o los descifró bien. ambicioso. o el demonio cruel que idealizaban. Los héroes inmortales de un cuarto de hora.

un alucinado. como si la evolución prodigiosa del predes­ tinado se hubiese detenido antes de la selección final de los raras carac­ terísticas con que lo equipara. Entre sus compañeros de armas eran conocidos esos significativos episodios que. aparte de los casos dudosos. la calma soberana en rabias repentinas y la bravura caballeresca en la bárbara rebeldía. la dedicación extrema desaparecía ante el extremo odio. desde el último de los ciudadanos al monarca. Tenía el temperamento desigual y bizarro de un epiléptico compro­ bado que encubría la inestabilidad nerviosa del enfermo con una placidez engañosa. de tiempo en tiempo. Si pudiéramos seguir su vida. interferían en la línea de una carrera correcta como pocas. además del peligro de contribuir al arsenal de versiones exageradas o falsas. se develó completamente en las manifestaciones físicas de los ataques. o mejor dicho. y constituyen las señales de la curva inflexible hasta que lo arrebataba la fatalidad biológica. como supremo recurso. había creado un escándalo permanente de insultos intolerables en la Corte del Antiguo Imperio.aprovechado a Bayard. Sin embargo. con ritmo regular. como a otros compañeros de desdicha. a causa de conmociones violentas. si pudiese encajar en la bravura novelesca del Ca­ ballero Sin Mácula las astucias de Fra Diábolo 2 6 \ Moreira César estaba lejos de la nobleza del primero y más lejos aún de la decadencia moral del último. . Fue en 1884. contra un oficial argentino por cierta palabra mal entendida— destacamos los más conocidos. allá el ataque a cuchillo. lamentablemente. Un periodista 262. no es una imper­ donable exageración considerarlo una mezcla reducida de ambos. algunos oficiales. en Río de Janeiro. Pero. Sería largo enumerarlos. un aspecto original e interesante. decidieron la justicia fulminante y de­ sesperada del linchamiento. A veces. habiendo rozado al Ejército con algunas de las indecorosas alusiones que abarcaban por igual a todas las clases. definido por una sucesión elocuente de acciones que aparecen punteando períodos de calma cada vez más redu­ cidos. por suerte detenido a tiempo. actuando libremente gracias a la laxitud de las leyes repre­ sivas. su serenidad se quebraba por los movimientos impulsivos de la enfermedad que sólo más tarde. precisamente en la fase crítica en que debía definirse como héroe o como malhechor. En su alma. Uno sobre todo puso de relieve su energía salvaje. definidos siempre por el rasgo preponderante de vías de hecho muy violentas — aquí el ultraje a reben­ cazos de un médico militar. Era un desequilibrado. asistiríamos al desdoblamiento continuo del mal que le imprimió. Una cosa grande e incompleta.

sin una explicación. sólo volvió después de la proclamación de la República. . turbulenta. el primero quizá en acuchillar a la víctima por la espalda. en los últimos años de su existencia. Por singular contraste. Y fue el más decidido. el más cruel. Los fusilamientos que allí se realizaron. el Mariscal Floriano Peixoto lo envió. sin la mínima deferencia. a Santa Catarina. el guante del estado de sitio. atrevido y cor­ tante. Un "no” simple. como una barrera para detener el conflicto que se había reanimado en el sur y amenazaba a los estados limítrofes. se había acogido a la protección inmediata de la ley. en la que no raras veces. Esta salió de la vaina. el capitán Moreira César. acerca de los cuales era completamente muda la fe de oficio del burócrata inofensivo y tímido. y teniendo en su hoja de servicios elogios merecidos por varias comisiones ejemplarmente cumplidas. el hombre para las crisis peligrosas y para las grandes teme­ ridades. figuraba. hablan a las claras. terminada la revuelta. En los días aún vacilantes del nuevo régimen. el gobierno parecía desear tener cerca de sí a aquel firme sostén. porque había saltado velozmente tres grados en dos años. exacta­ mente en el momento en que ella. por fin. Lo vimos en esa época. en un carruaje. de esa Siberia canicular de nuestro ejército. La respuesta por telégrafo fue rápida. delante de la justicia resguardada por los Comblains de toda la fuerza policial en armas. Meses después lo llamaron a Río de Janeiro. alrededor de los treinta años. Todavía era capitán y aunque nunca había desenvainado su espada en un combate. Y entre los subalternos encargados de ejecutar la senten­ cia en plena calle. todavía joven. sin un rodeo. armado de poderes discrecionales. en un comentario lisonjero de los grandes lances de su vida. el gobierno civil recién inaugurado pidió cuenta de tales sucesos al principal responsable. El crimen le trajo la transferencia hacia Mato Grosso y. en los documentos de la profesión guerrera aparecía lo implacable de una existencia accidentada. sentado al lado de la autoridad superior del propio ejército. Impresionaron tanto a la opi­ nión pública nacional que. con un triste aparato de imperdonable maldad. Resultado: en ningún lugar de nues­ tro territorio pesó tan firme y tan estrangulador. alabado por el desempeño de misiones pacíficas.Así se hizo. En 1893. relampaguaba el cuchillo al lado de la espada total­ mente virgen. al declararse la Revuelta de la Armada. un dardo que dio de lleno en la curiosidad imprudente de los poderes constituidos. Su figura de niño atravesaba los cuarteles y las calles envuelta en un murmullo simpático y elogioso. semejaba un triunfador. ya gra­ duado. seco. en pleno día.

sin exagerar. había decenas de niños que no podían cargar las armas. escondida sorda­ mente en las conciencias. y su identidad está en que objetivaron la misma neurosis. lo abasteció con un personal que sobrepasaba en mucho el número regular de plazas. ex abrupto 26 S. Estos últimos hechos. De modo que. más repetidos y ostentosos en un creci­ miento inflexible. De ahí esos actos inesperados. en contraste con los inter­ mitentes momentos de exaltación y paroxismo. extremados por dos ímpetus impulsi­ vos: la partida caprichosa de Monte Santo. Lo había asaltado. de un desvío en la ruta. . cuando todavía está larvada. se puede decir que muchas veces. eran señales significativas que indicaban un diagnóstico único y se­ guro . organizó el mejor cuerpo del ejército. por fin. Sin embargo. . La acción sería absolutamente inexplicable si no la caracterizáramos como un aspecto particular de la desorganización psíquica de que era víctima. y tres días más tarde. dispuesto adrede para hacerlo prisionero a él y a sus soldados.Se embarca con su batallón. parece tener en la libre manifestación de aquéllas una derivación salvadora que atenúa sus efectos. se entregó a una serie de desatinos que culminaron en una catástrofe. Habremos de verlos en seguida. el ataque contra la aldea. es el equivalente mecánico de un ataque. el 7*?. Con un imperio incondicional. tuvieron la intermitencia de los ataques. sin que para eso hubiese el mínimo pretexto. buscando el crimen muchas veces como vía de escape de la locura. porque en sus extensos períodos de lucidez. en una nave mercante y en pleno mar. de improviso. en lo que la víctima trata de eludir instintivamente al propio mal. de mil y tantos hombres exhaustos por una carrera de leguas. o se traduce en una alienación apenas efectiva. un crimen o un acto de heroísmo. el enfermo puede aparecer. entre los cuales. ante la sorpresa de sus mismos compañeros. eso no disminuía su prestigio. en manifiesta violación de la ley. incomprensibles o brutales. la sos­ pecha de una traición. Se vio que todos los accidentes singulares de su inconexa existencia. . Se hizo dueño del batallón que comandaba. Contenido el brazo homicida o inmovilizado de golpe el héroe en su arremetida glo­ riosa. Nombrado para la expedición contra Canudos. prende al comandante. con estupor de su mismo estado mayor. Realmente. pero. precisamente en la víspera del día fijado en detalle para la marcha. demostraba cualidades eminentes y excepcionales de jefe disciplinado e inteligente. la epilepsia se alimenta de pasiones. precisa­ mente en la víspera del día señalado para el asalto. Fueron una revelación. sucumbiendo al acceso. crece cuando se ex­ panden las emociones súbitas y fuertes. Estos se volvieron.

con el . sintiendo crecer la inestabilidad de su vida. bajo el mando del capitán José Agostinho Salomáo da Rocha. y condensa en su cerebro. a la gloria. El enfermo. Los intervalos lúcidos le sirven de punto de apoyo para la vacilante conciencia en su búsqueda de motivos inhibitorios. deformándose. En esta ocasión le cabe a la sociedad darle la púrpura o el chaleco de fuerza. con 28 oficiales y 290 pla­ zas. Es temprano todavía para que se defina su altura. . pronto a desatarse en acciones violentas que lo pueden llevar al crimen o accidentalmente. Entre nosotros. Y lucha tenazmente. Las tres armas formaban el núcleo de la brigada constituida con la celeridad que las circunstancias imponían. entonces. en una eva­ luación cada vez más penosa de las condiciones normales del ambiente. . en una serie de delirios fugaces. perturbándose. y un escuadrón del 9? de caballería. poco a poco. Despuntaban efímeras individualidades y entre ellas. cae en un estado crepuscular.Durante mucho tiempo está sumido en una semiconciencia de su estado. Doblemos esta peligrosa página. no capta las condiciones exteriores o las relaciona mal y va decayendo. bajo la dirección del mayor Rafael Augusto da Cunha Matos. que ni ella advierte a veces. relativa a la bajeza del medio en que surgió. La inteligencia. finalmente. se debilita. En la apreciación de los hechos el tiempo sus­ tituye al espacio para formalizar las imágenes: el historiador necesita cierto alejamiento de las épocas que observa. un potencial de locura inestable. PRIMERA EXPEDICION REGULAR De conformidad con la invitación que le fuera hecha. uniéndose partes de otros tres cuerpos: el 16? que estaba en San Joao d’El-Rei 2 6 5 . según una acertada expresión. con el capitán Pedreira Franco. como si la nulidad de su pasado hiciera sobresalir mejor la energía feroz desdoblada en los últimos años. llevando su batallón. el coronel Moreira César salió el 3 de febrero hacia Bahía. Pero la lucidez. una batería del 2? regimiento de artillería. de donde salió dirigido por el coronel Sousa Meneses. Porque el principio general de la relatividad abraza las mismas pasiones colectivas. como si fuese la suma de todos los delirios anteriores. el 7? de infantería. Si un gran hombre puede imponerse a un gran pueblo por la influencia deslumbrante del genio. el coronel César se destacaba con fuerte relieve. se había ejercitado el dominio del caput mortuum2 6 4 de las sociedades. que nadie advierte. cerca de 140 soldados del 33? y el 9? de infantería. los degenerados peli­ grosos fascinan con igual vigor a las multitudes estúpidas.

que los cinco médicos del cuerpo sanitario previeron una repetición de lastimosas con­ secuencias. Estos se guiaban preguntando a los escasos habitantes de los lugares recorridos. Pero había llegado bajo malos auspicios. Reunidas todas las fuerzas que allí lo esperaban. Un día antes. tenientes del estado mayor de primera clase. Siguió con la misma velocidad. de inmediato salió para Queimadas. La movilización había sido un prodigio de rapidez. bajo el comando de un teniente. En la exigüidad de tal plazo. sin embargo. señales ambiguas según la disposición de determi­ nadas sierras. El jefe expedicionario no se detuvo en Bahía. La misma vertiginosidad de los levantamientos militares estaba más acá de esa misión precipitada. fuertemente provistos con quince millones de cartuchos y setenta tiros de artillería. Dejando en Queimadas. casi 1. Nada se resolvió de acuerdo con las circuns­ tancias especiales de la empresa. donde sólo cinco días después de haber partido de la Capital de la República el 8 de febrero. la enfemedad del comandante había estallado en una convulsión epileptoide en plena calle. se negaron a la menor deliberación al respecto. la legua. agregados a la brigada. Los ingenieros militares Domingos Alves Leite y Alfredo do Nascimento. Los principales jefes de cuerpos. tuvieron una semana para reco­ nocer un terreno desconocido y áspero. el grueso de la tropa siguió hacia la "2^ base de operaciones”. estaba toda la expedición congregada. no les era posible elegir los puntos estratégicos para afirmar una línea de operaciones. de estimativa . adscrita a reglas fantásticas. propio de un comisario policial enérgico: lanzar a paso redoblado mil y tantas bayonetas contra Canudos. donde el 20 ya estaba pronta para el ataque. Monte Santo. bases medidas a ojo. anotaban así extensiones en base a una unidad traicionera. aunque cono­ cían el diagnóstico que afectaba seriamente la firmeza y las responsa­ bilidades del comando general ante las severas condiciones de la lucha. Es natural que las operaciones no fuesen concertadas con la indis­ pensable lucidez y que las deformasen desde el primer paso todos los errores y explicables descuidos e inexplicables olvidos de preceptos rudi­ mentarios.300 hom­ bres. Todas las decisiones quedaron domina­ das por un plan único.coronel Pedro Nunes Tamarinho y pequeños contingentes de la fuerza estadal bahiana. El coronel Moreira César llegaba al objetivo de la campaña condenado por los mismos médicos que estaban bajo su mando. y había sido de tal carácter. "1^ base de operaciones”. cerca de Quirinquinquá. cautelosos y tímidos. Esto en el menor tiempo posible. una platónica guarnición de 80 enfer­ mos y 70 niños que no soportaban el peso de las mochilas. distancias registradas en los punteros de los podómetros metidos en las botas de los apresurados operadores. ya rudamente corregidos o expuestos con la mayor claridad en los desastres anteriores.

a poco rumbeando al NNO. informes sobre acciden­ tes. y hubiese entre los expediciona­ rios algún rabdomante capaz de señalar con una varita mágica el punto exacto en que existiese la capa líquida necesaria. que valían por una extensión diez veces mayor. pero bastaba la mirada perspicaz del guía. por sendas no frecuentadas. se encontrarían en el Rosario. en el rumbo ESE y al llegar aquí. el de Bom Conselho a Jeremoabo. escogiéndose dos o tres puntos de defensa con guarniciones que. se eligió el nuevo camino. Monte Santo. como si conociesen las capas profundas de la tierra cuando ignoraban su misma superficie. que se debía pasar un arenal de cuarenta kiló­ metros que en esa época. porque todas las travesías por allí se limitan a un camino secular.exagerada por el amor propio del matulo acostumbrado a largas cami­ natas. el capitán Jesuíno. Veremos más adelante qué función cumplió. porque absor­ ben con succión de esponja. por lo despoblado y árido de la tierra. Se iba a marchar hacia lo desconocido. la plenitud del verano. de apartarse de la zona montañosa. como hacían las legiones romanas en Túnez. los más impetuosos aguaceros. Era natural que se garantizase por lo menos la pretendida base de operaciones para que la tropa no quedase completamente aislada en el desierto. De acuerdo con él. no se podía emprender el viaje sin que los combatientes llevaran provisión de agua. un mínimo de veinticinco leguas. llevaron una bomba artesiana. con sus pésimas condiciones de defensa. faldeando la sierra de Aracati. pero tenía la ventaja. para aclarar los problemas de la ruta. Saliendo de Monte Santo. grandes arenales sin el más leve hilo de agua. aunque fuesen mínimas. se tomaría la ruta hacia el norte. Para obviar este inconveniente. y aguadas de existencia problemática y dudosa. Elegido este camino no se pensó en convertirlo en una línea de operaciones. Se sabía que ésta atravesaba largos trechos de caatingas que exigían la apertura de picadas. pudiesen ofrecer resis­ tencia en caso de una derota. rodeando y evitando por el este los agres­ tes campos que lo detienen al norte o insensiblemente descienden hacia el Vaza-Barris formando en el ligero divortiun aquarum. A pesar de eso. Sin mayor examen fue aprobado. entre éste y el Itapicuru. La explo­ ración realizada se había hecho por un ajustarse a esas antiguallas de la estrategia. con el antiguo camino de Magacará. Subordinaron al comandante el relevamiento hecho. Eran 150 kiló­ metros. doblando. Envolvía al del Cambaio por el este y era más extenso en nueve o diez leguas. rumbos totalmente embarullados o líneas de ensayo en las que un error de cinco grados era un primor de rigor. dominada . La travesía se presuponía larga y llena de tropiezos. contextura del suelo. las fuerzas se encaminarían hacia la aldea del Cumbe. al parecer. en marcha que la contorneaba. Nadie pensaba en la más remota posibilidad de un revés. un retroceso o una retirada.

En el correr del día. trayendo todos sus haberes. solos. siguiéndolos pero sin mezclarse con los fieles. No lo hicieron. paralíticos. novelada ya con numerosos episodios. Muchos cargaban en redes a sus familiares enfermos. Tenían abastecimientos y un gran entusiasmo. sin compartir el coro de letanías. a bandidos sueltos. moribundos ansiosos de tener su último sueño en ese lugar sacrosanto. En tres semanas. de Magacará. ingenuas madres de familia hermanadas con tramposas mujeres de la vida. Pero se podía presumir que lo iban a hacer cuando todas las informaciones que llegaban aseguraban de modo concordante que los sertanejos se preparaban fuertemente para la lucha. los había de sobra. fácilmente. Alagoinhas. hacia los varios . aumentada por los que la divulgaban. convergiendo de todos los puntos. Canudos había crecido extraordinariamente. la cura inmediata ante un simple ademán del tau­ maturgo venerado. aparceros en un mismo montón con los variados tipos de la marginalidad sertaneja. podrían tomarla apenas el resto de la tropa saliese para Canudos. en todo momento. desde lo alto de las colinas.por la serranía a plomo. al mando de un jefe de confianza. vaqueros crédulos y fuertes. por las calles de Calumbi. de Jeremoabo y de Uauá. podía atacarla. Llegaba toda suerte de gente: pequeños hacendados. en Vila Nova da Rainha. Se destacaban piquetes de guardias. había des­ truido las últimas vacilaciones de los creyentes que hasta entonces habían sido renuentes en ir hasta el falansterio de Antonio Conselheiro. COMO LA AGUARDABAN LOS JAGUNCOS Apenas despuntaba la mañana se distribuían los trabajos. desde donde media docena de enemigos sin arriesgarse. La nueva del último triunfo sobre la expedición Febrónio. en demanda del paraje legandario. buscando el milagro. Brazos no fal­ taban. en todas partes. o ciegos. quedaría bajo la autoridad del coronel Meneses con una guarnición deficiente de pocas decenas de plazas. aparecían grupos de peregrinos. En el curso de esas pro­ cesiones se veían invariablemente. de veinte hombres cada uno. llegaban cargueros repletos de toda suerte de provisiones directamente enviados a Canudos por los adeptos que desde lejos los mantenían. y leprosos. buscando un teatro de mayor enver­ gadura para su índole aventurera y su valentía impulsiva. Las noticias eran ciertas. capangas en disponibilidad. De modo que los jagungos. Como en los primeros tiempos de la fundación. extraños.

indagando acerca de los nuevos invasores. se volvería hacia los lados.puntos de acceso: en Cocorobó. En el ánimo de muchos asomaba la esperanza de que los dejarían. Otros se dirigían a las obras de la iglesia. les cortaban las ramas interiores sin deshacerles la fronda. Por los caminos pasaban en pequeños grupos. abriendo la tierra a pico y pala en una faena incesante. ocultos en el . Escogían los arbustos más altos y frondosos. Cons­ truían trincheras. cautelosamente. car­ gando armas o herramientas de trabajo. por cuyos intersticios se podían meter el caño de las espin­ gardas. espiando todo. sobre todo en los largos trechos en que el camino sigue el lecho seco de los riachos. y los más despiertos. Pero los jefes no se ilusionaban. cantando. Preparaban la urgente defensa. capaz de soportar cómodamente uno o dos tiradores invisibles. se veía a los sertanejos esparcidos por lo alto de los cerros o al borde de los caminos. La tierra era un modelo admirable: sierras empinándose en reductos. inquiriendo sobre todo. a dos metros sobre el suelo. Los que en la víspera ya habían pagado su tributo al servicio común se iban hacia las insignificantes plantaciones. el sistema era un ideal de fortificación pasajera: abierta una cavidad circular o elíptica. cargando o amontonando piedras. Así es que siguiesen el camino o lo aban­ donasen. En los días ardientes. en la quietud de la simple existencia del sertón. confa­ bulando con los fieles de aquellas localidades para vigilar a las autori­ dades. tratando de escapar de los pasajes peligrosos. asaltando y conquis­ tando las trincheras que los bordeaban. Los bloques de pizarra. Es que los rebeldes no necesitaban enseñanzas para estos preparativos. hacieron otras próximas. Por su rapidez. iban más lejos. Explican el extraordinario número de esos tremendos hoyos que a intervalos regulares y hacia todos los rumbos. crivaban la tierra en todos los alrededores de Canudos. junto a la confluencia del Macambiras. adquirir armamentos. de modo de for­ mar. con el fin de renovar a los que habían pasado allí la noche de vigías. fácilmente extraídos en todas las formas deseadas. facilitaban la tarea. Estaban situados de modo tal que. extendidas a ambas márgenes del río. y otras más distantes e igualmente dispuestas. arreglar contrabandos que se hacían con facilidad. los combatientes estarían siempre atrapados en una red de balas. las caatingas cerradas en trincheras naturales. como incontables cañoneras de una monstruosa fortaleza sin muros. Olvidados de las matanzas anteriores. en la que se pudiese ocultar o moverse a gusto el tirador. Y como preveían que éstas. finalmente. hacia Monte Santo o hacia Cumbe o hacia Queimadas. en la bajada de las Umburanas y en lo alto de la Favela. sacando. un pequeño escudo colgante. la rodeaban de pequeños respaldos de piedras yuxtapuestas. en lo alto de las barrancas. ríos excavándose en fosos y por todas partes. en delicadas comisiones. volverían difícil la marcha de la tropa más robusta y ligera. Y partían felices. de modo de seguir el combate.

Respondían a una usanza antigua. la caza. las abrían como estrechos postigos. aguzando y acerando las aguijadas. No era suficiente la pólvora adquirida en las aldeas próximas. no sólo a los bahianos sino a los hijos de todos los estados limítrofes. Día a día llegaban a la aldea singulares recién venidos. Entraban por el camino principal sin que nadie les preguntara la procedencia. al par que el ins­ tinto de desorden. temperando las láminas de las facas largas como espadas. los valen­ tones tradicionales de los conflictos sertanejos. Entre el jagungo de Sao Francisco y el cangaceiro de los Cariris. enmarcados por espesas hileras de gravatás. No terminaban aquí los preparativos. de los "calangros” de los "balaios” o de los "cabanos”. esti­ rando los arcos que parecen una transición entre las armas de los salvajes y la antigua ballesta de polea. Nada más. en su dosis justa. Venían "debaixo do cangago” : la alforja atestada de balas y el tarro de pólvora lleno. no les fattaban luchadores de fama cuya aventuras que causaban asombro. Finalmente. concertando las piezas de las viejas espin­ gardas y pistolas. variando hasta entonces sólo en los nombres.follaje. aparecían bajo todos los matices. Porque la universalidad del sentimiento religioso. puntas de cuernos. en bandolera. Y de las tiendas calientes salía un resonar metálico de activos arsenales. como entre corredores del monstruoso bloque dominante sobre tierras y caminos y de donde podían. el sulfuro. limpiaban después la parte de atrás. Se reparaban las armas. absoluta­ mente desconocidos. Los reci­ bía el astuto Joáo Abade que. más hacia el norte. Descubrían un cerro coronado por cantidades de grandes bloques redondos. Tenían otros dispositivos más serios. libraban las junturas y brechas donde vegetaban cardos y bromelias. esos tiradores singulares desde los cuales trampeaban a los cangagus bravios. la carabina. corrían por todo el sertón. pedazos de clavos. la hacían: tenían el carbón. sin riesgos. los superaba por una rara argucia y unos grados de superioridad * Muta: especie de palenque sobre el cual se espera. y se movían por ahí. como si fuesen viejos conocidos. la cadencia de los martillos y las mazas: maleando las hoces. pleiteándoles la paridad en calidad de bandido. cómodamente. El explosivo salía perfecto. Los mutas * de los indí­ genas se intercalaban así completando el alineamiento de las trincheras. esquirlas de piedras. tenían el salitre. allí había reunido. al acecho. en las sediciones parceladas. El caño ancho de los bacamartes aceptaba todo: canto rodado. rivalizando bien con los que usaban en las partidas de caza. sacado a flor de tierra. . divisar los más remotos puntos. En la aldea se oía la orquesta estridente de las bigornias. junto al Sao Francisco y tenían desde hacía mucho. la pistola de dos caños atravesada a la cintura de donde colgaba el facón inseparable. Por el sertón había corrido un toque de atención. No les faltaba balas.

fue cuando los emisarios que habían ido a averi­ guar sobre la marcha invasora trajeron información sobre el armamento de los soldados y el renombre del nuevo comandante. La gran mayoría de los creyentes verdaderos permaneció resignada. ya no pasaron por los caminos . Canudos des­ hecho a bala. hubo una detención súbita de los preparativos guerreros. Lo cierto es que los domi­ naba y disciplinaba. por un radio de cinco leguas a la redonda. se había establecido un raro estrechamiento de esfuerzos y la más perfecta conformidad de puntos de vista vueltos hacia un objetivo único: parar la invasión inminente. Le pusieron un apodo lúgubre: "Corta-cabezas” 267. los días de torturas sin nombre. no bajo el estímulo de una creencia sino con el anhelo de desmanes y en­ frentamientos. Se exageraba con extravagantes fantasías la temeridad del comandante. Y no era raro que. Pero ese movimiento de temor había redundado en una selección. Se lo dibujaba como el Anti-Cristo que venía a tomar la última prueba a los infelices penitentes. "Comandante da rúa” 2 6 6 . de donde había escapado después de haber asesinado a su novia. un sobresalto que llenó de estupor a la grey de revoltosos y los puso en peligro de disolución. El pueblo se había vuelto hacia la fe religiosa. Según después se supo. En aquella dispersión de oficios. la aldea entera saliese en largas procesiones penitenciales por los descampados. El temor inmovilizó la febril actividad de los jagungos. de los adventicios peligrosos que iban allá. recorridas continuamente por las veloces rondas de los piquetes. Lo obedecían incondicionalmente. fuego y espada. Hubo algunas deserciones que ralearon las filas de los que debían ser más fuertes. donde se codeaban el tdbaréu crédulo y el bandido despierto. y prefiguraban la devastación de sus casas. Cesó la febril activi­ dad de los preparativos bélicos. gracias quizá a la circunstancia de haber estudiado en el liceo de una de las capitales del norte. los durísimos tratos que recibirían.mental. Los piquetes que. ninguna expedición fue aguardada con tal ansiedad. según lo revelaron algunos prisioneros al término de la campaña. Sin embargo. Cuando los piquetes volvían de recorrer los alrededores les faltaba alguno de esos siniestros compañeros. Cesaron de golpe los contingentes de peregrinos. catorces. sin abandonar el poblado ejercía un abso­ luto dominio que se extendía por los alrededores. título inexplicable en aquel laberinto de callejuelas. múltiples y variables. diariamente. dejando de lado las armas. Lo imaginaban un héroe de grandes batallas. Echó de la aldea a los incrédulos y temerosos. espe­ cificaba un rudo poeta sertanejo en el canto que más tarde consagró a la campaña. salían hacia diversos puntos. al clarear el alba. su primer crimen.

ligeramente disminuido. el torso doblado. encendidas las hogueras. Eran en total 1. inmóvil y mudo. teniendo cada uno 220 cartuchos. la batería de cuatro Krupps del 2? regimiento. . se metían cautos por las breñas y ahí se quedaban largas horas. ante la silenciosa multitud. .281 hombres. aparte de la reserva de 60.entonando sus cánticos festivos. la multitud. formaron en orden de marcha para que les examinaran el equipo y las armas. tenía al medio. Al ano­ checer. una pequeña mesa de pino cubierta con un mantel blanco. Lo determinaba la "orden de detalle”.000 del convoy general. Se exceptuaban setenta plazas del 169 que se quedarían con el coronel Sousa Meneses guardando la aldea. frente a la puerta del Santuario. Antonio Conselheiro aparecía. prolongaba sus rezos más allá del tiempo consagrado. alentando a los combatien­ tes más temerosos. Levantaba la cara macilenta. Ferreira Nina. de pron­ to iluminada por una mirada fulgurante y fija. el cuerpo de sanidad comandado por el Dr. Quedaba largo tiempo. la frente y los ojos bajos. prolongándose a lo largo de la calle principal de Monte Santo. bajo el mando del coronel Pedro Nunes Tamarinho. silenciosos. En esta afligente situación. bajo el mando interino del mayor Rafael Augusto da Cunha Matos. Allí estaban: el 7? con efectivo superior al normal. Al finalizar los rezos se le arrimaba una extraña figura. y la comisión de ingenieros. en la tarde de la víspera. En consonancia. II PARTIDA DE MONTE SANTO Las tropas iban a partir el 22 de febrero. salió a terciar. fracciones del 339 y del 169 dirigidas por el capitán Joaquim Quirino Vilarim. al mando del capitán Pedreira Franco. la frágil pero numerosa legión de la beatería. Y predicaba. el 9? que por tercera vez se aprestaba a la lucha. . de rodillas en el cercado. Vestido con una larga túnica de brin azul que se deslizaba sin cin­ turón y sin gracia por el cuerpo. La noche caía completamente y la aldea reposaba bajo el imperio del humilde y formidable evangelista. Los batallones se alistaron en un cuadrado. un escuadrón de cincuenta plazas del 99 de caballería. contingentes de la policía bahiana. vigilantes. La partida debía hacerse al día siguiente. en el que abundaban las ramas aromáticas de las caatingas. El cercado. bajo el mando del capitán José Salomáo Agostinho da Rocha.

En la plenitud del verano. rodaron los convoyes. Pero no hubo en las filas la más leve murmuración. se fue­ ron colocando sucesivamente las secciones. hacia Serra Branca. oculta obstáculos quizá más serios. sin un poblado por donde pasen algunos viajeros. sin depre­ siones que mantengan aguadas salvadoras. al penetrar por el camino estrecho. de Santo Antonio da Gloria al norte. Esta parte del sertón. Los tambores retumbaban en la vanguardia. Un cuarto de hora después. Y como al caer las mayores lluvias. de Jeremoabo al este y de Monte Santo al oeste. en la última curva del camino. los habitantes de Monte Santo veían desa­ parecer a lo lejos. la cubre una flora rala que transforma a las caatingas en caatanduvas. a dos leguas y media del Cumbe. Se iniciaba al caer de la noche la marcha hacia Canudos. Quien por allí se aventure tiene la impresión de andar por un campo de gajos secos y rotos. desapareciendo con rapidez. cuando el nordeste sopla sobre las ramas. Se completa así la acción esterilizadora del clima. sin embargo. La sorpresa se retrataba en todos pero no perturbaba el rigor de la marcha. se puso al frente de la columna. donde el hálito de un yesquero basta para encender súbitas hogueras. Este aspecto de la tierra. la desolación es total. En la madrugada del 26. de noviembre a marzo. se convierte lentamente en un desierto. en los mediodías calientes. es muy distinta de las que hemos bosquejado rápidamente. PRIMEROS ERRORES La vanguardia llegó en tres días al Cumbe sin el resto de la fuerza. de modo tal que ese trecho de los sertones. a más de tres leguas al frente. El hecho fue inesperado. Pero en contra de la expectativa general. largamente intercaladas. El suelo arenoso y chato. enderezaron rumbo al norte. . dejando al galope el lugar donde había per­ manecido. desfilando de a dos en fondo. en vez de ordenarse rompan filas. habiendo alcanzado en la víspera el sitio de Cajázeiras.Se hizo la revista. se sacudió la artillería. El coronel Moreira César. es absolutamente estéril. sorbidas por las arenas. la tercera expedición a Canudos. apenas lo embeben. resonó la corneta al lado del comando en jefe dando la voz de "columna en marcha”. inscripto en el vasto e irregular círculo que tiene como puntos determinantes los poblados del Cumbe al sur. que se había retrasado algunas horas con el comandante retenido en una finca próxima por otro ataque de epilepsia. si acaso éstas no se arman espontánea­ mente en la plenitud de las sequías. Es menos abrupta y más árida. al borde de las planicies que se dilatan hasta Jeremoabo.

hasta el punto pre­ fijado. Y debía caminar bajo una temperatura altísima que agotaba a los soldados y no los insolaba gracias a la sequedad extrema del aire. levan­ taba pesos. Se calcula que esa jornada fue de ocho o diez leguas sin descanso. llega­ ron a Serra Blanca. algunos litros de agua. Pero la operación resultó inútil. Andaban imprudentemente. Nadie se fijaba en ellos. a pesar de la distancia recorrida. la pesadez de la canícula. Ya vimos que la situación había sido prevista. la tropa estaba exhausta.. que era forzoso deshacer a cuchillo. entregados por completo al tino y la lealtad de los guías. . Mil y tantos hombres torturados de sed. oponía cada tanto. y los más robustos apenas si podían ca­ . se ven arbustos de mangábeiras. Había caminado ocho horas sin parar. olvidados de la lucha. cubrir de hojas y de flores sus troncos car­ bonizados. La travesía fue penosa. doblados sobre sus armas. hacia el Rosario. Se trató de clavar el tubo de la bomba artesiana. El terreno inconsistente y móvil huía bajo los pasos de los caminantes. Y sedienta. cuando vuelven las estaciones propicias. barreras de espinos. y duplicaba en el reverberar intenso de la arena.Los árboles escasean. a la tarde. Ante el singular contratiempo. seis leguas más adelante. Flanqueaban a la tropa los espías de los )agunqos. en la retaguardia. gracias al látex protector que le permite. Al final. Para saciar la sed que provenía de una casi completa deshidratación a causa del sudor. NUEVO CAMINO La expedición marchaba por ahí en la época menos propicia. distanciados. Dominando la vegetación. sólo cabía determinar la partida inme­ diata. Al paso de las filas. después de los soles y los incendios. el estrépito de las armas estallaba en la soledad del erial y ese ruido rompiendo el silen­ cio ahogaba imperceptibles rumores en la caatinga. a pleno ardor del sol del verano. demoraba la tracción de las carretas hundiendo las ruedas hasta la mitad de los rayos. se detuvieron en pleno camino. casi exclusivos en cier­ tos tramos. donde la existencia de un pozo de agua justificaba el alto. Abatidos por un día entero de viaje. Los lastimados se perdían. único vegetal que puede medrar allí sin morir. Cuando. se encontraban allí. en las profundidad de un pozo. los expe­ dicionarios. La noche cayó sobre la marcha oscilante por el camino repleto de espinos. Es que en lugar de llevar un instrumento que facilitara la penetración de la sonda había llevado uno de función opuesta. sólo pensaban en el agua apetecida. pene­ trando en pleno territorio enemigo.

precisamente a la hora en que otra lluvia pasajera v fuerte caía sobre la tropa desguarnecida. armándose a los apu­ rones. Felizmente. Fue quien había aconsejado «se camino a la expedición. ajustándose los cinturones. con un terreno limpio. parece que la vanguardia los había sorprendido ocasionando un pricipitado desbande. Junto a la hoguera habían que­ dado una pistola de dos caños y una aguijada de vaquero. A duras penas lo alcanzó el ingeniero militar Domingos Leite. Fue un alto breve. En la Porteira Velha. reconocieron que estaban en la zona peligrosa. apareció de golpe un jinete solitario. El Rosario fue alcanzado antes del mediodía. el día pasó en completa paz. Allí acampó la expedición. resbalando por el terreno encharcado. cenizas de hogueras. disparando sus armas entre el fragor de los truenos que impresionaban desde lo alto. un descanso ilusorio: plazas caídos a lo largo del camino. dueño de dos campos en Caimbé y Olhos d’Agua. sin pisos. El día 1? de mayo. oficiales y plazas buscaban una formación imposible. Y reanudaba la marcha en la madru­ gada. sordos a las discordes voces de mando. con las riendas de los caballos enredadas en las manos. habiendo llegado a la tarde un correo de Monte Santo y caballos para el escuadrón que hasta allí había viajado en muías inservibles. el pozo de agua o la ipueira que determinó la elección del lugar. la invadió la aprensión de la guerra. vistiéndose. Corriendo y cayendo. . se oyeron las notas de la alarma. por primera vez. rodeándolos. José Américo de Sousa Velho. en rondas cautelosas. Salvo ese incidente. rostros frescos en la arena que seguían tortuosamente en las caatingas. con arbustos escasos y a poca distancia.minar. * El coronel de la Guardia Nacional. Era el coronel Moreira César. emba­ rrándose en carreras cruzadas. Estaba en el centro del teritorio enemigo y parece ser que. Y en medio de aquel enredo de filas. Lo revela un incidente. todo decía que los sertanejos habían pasado allí la noche. el enemigo imaginario a quien iba a entregarse. como los que suelen sobrevenir por esa época en los sertones. oficiales durmiendo. El enemigo aprovechaba el furor de los elementos y surgía entre esa lluvia. en un tumulto. A cada paso encon­ traban restos de asados. mientras caía un vio­ lento y transitorio aguacero. era como los otros de las cercanías: una o dos casas pequeñas de teja hueca. precipitándose al galope entre los dos soldados atontados y lanzándose en dirección probable al enemigo. era un convoy de mercaderías enviado por un hacendado amigo de las cercanías *. destinado a la celebridad en el correr de la campaña. los que dormían. rodeados por una cerca de palos. Aquel sitio. invisibles. buscán­ dolo en esa arremetida inútil. de improviso. alineándose secciones y compañías al acaso.

Contra lo que era de esperar. adonde llegaron a las once de la mañana. si por cualquier causa se verificasen grandes recursos de parte del adversario. A la retaguardia. Estaba firme el plan definitivo de ruta. bajo el mando de Salomáo da Rocha. contingente del 16? del capi­ tán Quirino Vilarim. un guía. Como estaban en pleno territorio enemigo. el ala derecha del 99 bajo el mando del coronel Tamarinho. adonde mandó armar su barraca. Al marchar hacia Angico se salió con el mismo orden de partida del Cumbe: al frente un piquete de exploradores montados. Sugería la división en dos de la columna hasta entonces unida. La tropa avanzaría el 3.Y en la madrugada del día 2. Habían partido a las cinco de la mañana. Le presentaron varias ideas para rodear de mayor seguridad al ataque. iba entre la compañía de tiradores y el ala derecha del 7?. marchando de costado llevaba al centro al respectivo convoy de municiones. la caballería. adrede concebido para dismi­ nuir la fatiga de las marchas forzadas anteriores. Ma­ nuel Rosendo. y el convoy general cuidado por la policía bahiana. a la madrugada. en la vanguardia. Por último. separada de la izquierda comandada por el capitán Felipe Simoe con su respectivo convoy. con el capitán Alberto Gaviao Pradel de Azambuja. el ala derecha del 79. el jefe expedicionario no desoyó la opinión. riachos derivados por tierras . tomaron dispositivos para dar garantías al campa­ mento rodeándolo de centinelas. El coronel César. los batallones marcharon hacia Angico. El coronel César se internó en la caatinga próxima. experimentado y bravo y la comisión de ingenieros. Llegaron a la región carac­ terística de los alrededores de Canudos: serranías cubiertas de una vegetación raquítica de cardos y bromelias. una de las cuales. Descansar el resto del día y levantar el campamento a las cuatro. sostenida por el comandante del 7*?. imponía la modificación preliminar de la orden hasta entonces adop­ tada sobre la marcha. la 1^ división del 29 regimiento. con el mayor Cunha Matos. Allí no ocultó a los jefes de los cuerpos su seguridad absoluta en la victoria. siguiendo un plan lúcidamente elaborado. ir directmente sobre Canudos después de caminar poco más de legua y media. una compañía de tiradores del 7$. acampando dentro de un gran corral abandonado. De esa manera. el ala izquierda del 79. era factible una retirada en orden hacia Monte Santo donde se reorganizarían y se aumentarían las fuerzas. destinando una fuerte vanguardia para el reconocimiento y el primer combate y la entrada en acción de la otra como refuerzo. al mando del teniente Figueira. el cuerpo de sanidad.

vimos a algunos valientes echar a broma sus sufrimientos y reírse de las miserias pasadas. en los ejercicios extenuantes de la marcha y del combate. El atributo prominente de nuestros soldados en esa alegría jovial con que se acercan al enemigo. las últimas serranías que ro­ dean Canudos. . Adelante y próximos se veían. habían pasado sin dejar rastros. sin garbo. El suelo quemado las absorbía y seguía reseco y agreste. la inconsciencia ante el peligro. Las lloviznas de la víspera. siempre el mismo tono en los paisajes. En la paz son muelles. seguridad en el paso. lo que nunca adquirieron en los cuarteles: altivez en el porte. asumían con preferencia los instintos guerreros y la falta de previsión de los salvajes. por las piedras. Después de angustiosos trances. son inimitables en su capacidad para caminar días y días por los peores caminos. De la extensa fila de la brigada salía un murmullo de millares de sílabas emitidas a media voz. No sucumben a la provocación. aquí. por una misteriosa ley de la psicología colectiva. por las que la reciente llegada de las lluvias todavía no había extendido las vestiduras efímeras de la flora renacida. Esos hombres de todos los colores. parece que ante lances peligrosos o emocio­ nes fuertes. estirada en una línea de tres kilómetros. Alrededor. allí. . La columna en marcha. llevan las armas sin estilo. sin que acercarse al objetivo de la lucha turbase el ánimo de los soldados. amalgamas de diversas razas.cada vez más abruptas. la guerra es su mejor campo de ins­ trucción y el enemigo es su instructor predilecto. los transforma en pocos días. decaída. precisión en el tiro. repentinamente cortadas por risas joviales. hacia donde se extendiera la vista. la recortaba con un largo dibujo negro y sinuoso. se relajan. sin una flor sobre las ramas desnudas. pasando días "comiendo aire”. . doblados. Van a la batalla como hacia una fiesta turbulenta. como sucede en la plenitud del verano. a un mismo tiempo impresionante y monótono: la naturaleza inmóvil. por los cerros. cubriéndole las piedras. PSICOLOGIA DEL SOLDADO Seguían tranquilamente a paso común y seguros. los endurece. al norte. según el dicho de su lenguaje pintoresco. en los altos del camino quedan sin aplomo. celeridad en las cargas. les da en poco tiempo. por los campos. No ensayan la menor protesta ante las peores estrecheces y nadie se les empareja en el resistir el hambre. los disciplina. el desapego a la vida y el impulso fatalista hacia la muerte. sin un batir de alas en el aire quieto.

es un muchacho heroico y terrible. Y hacían planes. en la tapera monstruosa. De modo que la mínima vacilación de aquéllos detiene de golpe todas las osadías y cae en un abatimiento ins­ tantáneo unido a un desánimo invencible. Ahora bien. La obligación de combatir adscrito al ritmo de las cornetas lo tortura. arriesgándose locamente. El hermoso firmamento de los sertones se arqueaba sobre la tierra. transformaba la campaña en un paseo militar penoso. Entonces se bate sin rencor pero estrepitosamente. pasando por transiciones suaves del cénit azul al púrpura deslumbrante del oriente. ”. El adversario que hasta ese momento les había dejado libre el camino. . y la vuelta sin gloria. III PITOMBAS Iban a estas admirables condiciones cuando llegaron a Pitombas. Por eso no se adapta a las grandes maniobras de las campañas clásicas. despreciando el valor. Con tal jefe no podía pensarse en reveses. la palabra irónica o burlona. escenas jocosas y trágicas. sin haber disparado un cartucho. la irisaba. Esa probabilidad los asustaba. interrumpiéndolo . allá adentro. cuando la tuvieran a tiro. ninguno es capaz de entrar y de salir como un prusiano. Imaginaban anticipadamente sus hazañas: cosas para el asombro de los oyentes crédulos. y de buen grado obediente a los amplios movimientos de la estrategia. . desdeñando las oportunidades de cortárselo. Vendían escanda­ losamente la piel del oso sertanejo. Las for­ maciones correctas lo maniatan. en aquella ocasión todo vaticinaba la victoria. avanzando impasible hacia los puntos más difíciles. a veces va al lado del camino y otras veces lo cruza. Es desordenado. junto con la bala. es tur­ bulento. proyectos prematuros. cuando toca al enemigo con la punta de su sable. Pero lo hace con los ojos puestos en sus jefes de cuya energía parece vivir exclusivamente. El pequeño riacho que por allí corre surcando profundamente el suelo. todos iniciados por una frase ingenua: "Cuando yo vuelva. . arrojando contra el adversario. algunos salían con un pensamiento extravagante y en el alboroto confuso pasaban las risas apenas contenidas. fanfarrón. El mecanismo de la maniobra compleja lo atonta. con su podómetro sujeto a la bota. Y marchaban firmes al frente. . quiere guerrear a su manera. es desprolijo. los amenazaba con un solo obstáculo serio: que encontraran vacío el poblado sedicioso.En la batalla. es cierto. aquella mañana resplandeciente los alentaba. Además. riendo entre las cuchilladas y las balas. impa­ cientes por irse de manos sobre el adversario esquivo. A veces.

con sincera alegría. tanta gente. — dijo tranquilamente. mientras el toque de la victoria sonaba en altas vibraciones. En seguida. Por fin. el ala derecha del 7<? se lanzó en dirección del enemigo. — Esta gente está desarmada. rastreando a los espías que por acaso hubiese. El coronel César. Descargaron sus armas y huyeron a tiempo para escapar a la réplica que fue rápida. casi un semicírculo del cual el camino es la cuerda. El comandante en jefe abrazó. los soldados encontraron una espingarda pica-pau de caño fino. disparó al aire. a caballo. El grueso de los combatientes se perdió adelante. ahora más rápida. al oficial feliz que diera ese valiente rechazo al antagonista y consideró auspicioso el encuentro. Y cuando la vanguardia llegó a la mitad. EL PRIMER ENCUENTRO Por ésta tomó la tropa. a pasos redoblados. Y reanudaron la marcha. Se había roto el encanto del ene­ migo. saliendo del grueso de la columna. . Como despojo. lo deja antes de llegar al lugar al que da su nombre. Las armas de los jagungos eran ridiculas. el ala volvió a la fila entre aclamaciones. Por fin. bajo la barranca. El enemigo se hurtaba al encuentro. para matar pajaritos. Estaba cargada. En los aires resonaban todavía los estampidos. . que­ dando en Pitombas los médicos y heridos. hacían el camino me­ tiéndose en las caatingas. cayeron como ante un huracán. bajo la protección del contin­ gente policial y del resto de la caballería. Fue como una diversión gloriosa y rápida. Los arbustos se doblaron. hiriendo de soslayo y refugiándose en seguida en la vegeta­ ción de las riberas. . en rápido avance. a la vanguardia. Un tiro insignificante. que aprovechaba la conformación favorable del terreno para un ataque instantáneo. hundiéndose en la caatinga a paso redoblado.serpenteante. tan lujosa escena en una campaña destinada a terminar con media docena de disparos. A los pocos minutos. los cañones de la división Salomáo explotaron metralla sobre la vegetación rastrera. Era para llorar ver tanto aparato bélico. doblándose en una vuelta larga. el alférez Poli. Los barrieron. volteándola a bayoneta. Habían tirado con firmeza: abatieron mortalmente a uno de los subalternos de la compañía de tiradores. cuando corrió triun­ falmente el ritmo de una carga y destacándose. el enemigo. Los tiradores y sus flancos. Era algún piquete que espiaba a la expedición y allí la aguardaba. además de siete soldados. estalló una descarga de media docena de tiros.

Es que un ejército es antes que nada una multitud "conjunto de elemen­ tos heterogéneos donde basta introducir una centella de pasión para determinar una súbita metamorfosis. iba a ampliarla. El pánico y la valentía loca. Sobrevino una ocasión para normalizar la situación. el extremo pavor y la audacia extrema. una directriz que rectifique el tumulto. Levantarían campamento a la mañana siguiente y caerían sobre Canudos unas dos horas después. lo indispensable para reunir a los oficiales y presentarles. . Los grandes estra­ tegas han comprendido que la primera victoria a alcanzar en las guerras está en sujetar ese contagio de emociones violentas y esa inestabilidad de sentimientos que. Pero estaban lejos de ese ideal siniestro los soldados del coronel Moreira César y éste. Fiera anónima y monstruosa caminando hacia el obje­ tivo con finalidad irresistible”. la idea de seguir esa arremetida hasta la aldea: — ¡Camaradas! como ustedes saben estoy enfermo. olvidando el axioma de que nada se puede intentar con soldados fatigados. Un plan de guerra arriesgado a una sola carta. Lo obsesionaba el ansia de verse frente al adversario. Pero el ímpetu que traía la tropa dio un componente favorable a las tenden­ cias envalentonadas del jefe. imponiendo. Se había establecido que allí descansarían. pero Canudos está muy cerca. El mismo aton­ tamiento y el mismo andar precipitado entre los mayores obstáculos y el mismo vértigo. con la misma intensidad. se confunden en el mismo espectro. en lugar de reprimir la agitación. Pararon en Angico un cuarto de hora. Porque un ejército que persigue tiene el mismo automatismo impulsivo que los ejércitos que huyen. en esa ebriedad mental peligrosa que atonta al solda­ do doblemente fortalecido por la seguridad de su fuerza y la absoluta licencia para la máxima brutalidad. y la misma neurosis torturante impresionando a las filas y la misma ansiedad dolorosa. . lúcida e infle­ xiblemente. Hace muchos días que no me alimento. estimulan y alucinan con idéntico vigor al hombre que huye de la muerte y al hombre que quiere matar. punto predeterminado de la última parada. ¡vamos a tomarlo! La propuesta fue aceptada. Iba a ser el exponente de la neurosis.deshaciendo las probables trampas o buscando alcanzar a los fugitivos que enderezaban hacia Canudos. Llegaron a Angico. Solamente la fortaleza moral de un jefe puede impedir esa transformación deplorable. exige almas inertes — máquinas de matar— firmemente enca­ rriladas en las líneas preestablecidas. El encuentro los había galvanizado. . La tropa iba bajo la atracción irre­ sistible de la lucha. lanzan al combatiente a los mayores peligros y a la fuga. en una especie de generación es­ pontánea en virtud de la cual millares de individuos diferentes se vuelven un animal único.

consultado. Dispersa al frente. UNA MIRADA SOBRE CANUDOS Allí estaba. . La fuerza hizo un alto. Avanzando de ese modo desaforado saltaron la breve planicie en lo alto de las Umburanas. con el humorismo superior de un valiente. iría recogiendo todo a medida que lo encontrara. . Moreira César puso en pie de guerra a la división Pradel y graduando la alzada de mira a tres kilómetros. Estaban en lo alto de la Favela. Canudos debía estar muy cerca. Jesuíno. exceptuando los cartuchos y las armas. Aclamaciones. se permitió que los plazas arrojaran las mochilas. apuntó con seguridad la dirección de la aldea. la compañía de tiradores revolvía las matas desde las cuales. . los sorprendió la vista de Canudos. Buena estrategia que tenía el fin de hacerlos marchar hasta la aldea en condiciones desfavorables. los batallones avanzaron dentro de una pesada nube de polvo. "¡ACELERANDO!” Hay una prueba que no puede eludirse en esta marcha enloquecida que cortaba el aliento de los soldados antes de la batalla: para no demorarse y apurar el paso de carga de la infantería. La marcha continuó. Traspuestos los últimos accidentes fuertes del terreno. los sacos de provisiones y todas las piezas del equipo. La caballería. cansándolos en un camino de seis horas. Eran las once de la mañana. raros. El sol ilumina a plomo. como si tuviesen el único fin de atraerlos lo mismo que el resto de la tropa.— ¡Vamos a almorzar a Canudos!— dijo bien alto. ordenó dar dos tiros en el rumbo indicado. De súbito. La frase se repitió entre las filas. ” — dijo casi jovial. al alcance de la artillería. finalmente. . La embestida se re­ novó febrilmente. DOS TARJETAS DE VISITA A ANTONIO CONSELHEIRO El guía. sonaban algunos tiros de los adversarios en fuga. distantes. — "Allá van dos tarjetas de visita para el Conselheiro. Le respondió una ovación de la soldadesca. . a retaguar­ dia. la enorme tapera que las expediciones anteriores no habían logrado tocar.

Parecía un formidable baluarte. . una pequeña área plana contras­ taba con el ondear de las colinas estériles: algunos árboles. grandes bloques dis­ puestos en un conjunto perfecto. sin que una pared blanca o un tejado encalado quebrase la monotonía de aquel conjunto asombroso de cinco mil casuchas asentadas en una arruga de la tierra. Estas últimas formaciones de la serranía tenían el nombre muy apropiado de "Pelados” por lo desnudo de sus faldas. Acompañando el espigón en la ladera. Y en la cumbre de la montaña. la enfren­ taba la iglesia vieja. rectangular. dentro de un cerco tosco salpicado de cruces pequeñas y mal hechas. Hu­ milde. mostraba en los anchos muros. presas en una red inextricable de callejones estrechísimos. se veía a medio camino. Y más a la derecha. Allí caía en esporón la falda del morro de la Favela. echando por los aires techos de barro y vigas en astillas. construida según el molde de las capillas sertanejas. Enfrentándolas. se erguía dominante sobre las otras construcciones. avanzando hasta el río. la tropa. aparecía el cementerio de sepulturas rasas. explotando en las casas y destrozándolas. Las dos iglesias se destacaban. una cueva triste. una casa en ruinas. Los efectos de las primeras balas se vieron en varios puntos. y amplia. llevando lentamente las primeras aguas de la crecida. al mismo tiempo que llegaban los primeros pelotones sin aliento y abrieron el caño­ neo disparando todos a la vez en tiros rasantes. pulverizando las paredes de adobe. el Alto do Mário. . como garitas dispersas. el observador tenía la impresión de toparse. Los cañones se alinearon en batalla. se ampliaba y se extendía avasa­ llando los cerros al este y al norte. nítidas. un escalón fuerte. a la izquierda del observador. prendiendo los primeros incendios. envuel­ tas aún en andamios. inesperadamente. como una cumbre de la extensa planicie. con una vasta ciudad. Y en el primer momento. Como un gran foso excavado. antes que la mirada pudiese acomo­ darse a aquel montón de casuchas. del otro lado del río.Aparecía de improviso en una depresión más amplia de la ondulada planicie. una flor. donde terminaba en un corte abrupto. todavía incompleta tenía levantadas las altas y gruesas paredes maestras. . una pequeña hilera de rutilantes palmatorias y las ramas verdes de las quixabeiras le daban el aspecto de un jardín agreste. y a la gran plaza donde se enfrentaban las iglesias. un arbusto. a la izquierda. No se podía errar el blanco. El compacto caserío alrededor de la plaza. la Fa­ zenda Velha. mascarada de un maderaje confuso de vigas. hasta las últimas viviendas aisladas. el Vaza-Barris la abarcaba. La nueva. sin un cantero. firmemente asen­ tada sobre el suelo. Sobre ella. repeliendo un violento ataque por la derecha. mientras el resto de la infantería saltaba las últimas laderas. distantes. La primera en llegar fue la vanguardia del 7? de artillería. al pie de las colinas más altas. doblando después hacia el este. tablas y postes.

Era una colmena alarma­ da. Era un desa­ fío irritante. . corriendo. Ochocientas espingardas en tiros rasantes se inclinaban sobre el morro. Deslumbraba la irradiación de centenares de bayonetas. o a las iglesias. Todavía no se había entablado. . Y el sertanejo no apresuraba su paso. iban corriendo hacia las barrancas del río. dispersos. Las fuerzas se extendieron por la ladera sin que una sola descarga turbase su alinea­ miento y la fusilería en descargas nutridas. observando a lo lejos. saltaban por los techos. De la aldea no venía ni un tiro. sosteniendo sus armas. nítidas en medio de la vibración de los estampidos. El resto de los combatientes ya no lo divisó. a paso lento cru­ zaban la plaza. en dirección de la iglesia. A lo lejos. cargando o arrastrando por el brazo algunos niños. A veces se paraba. se veían algunos perdiéndose por las caatingas. sobre el caserío fulminado. La campana de la iglesia vieja. Otros aparentaban una increíble tranquilidad. La agitación de la plaza había dis­ minuido. al lado de las vertientes. . IV EL ORDEN DE BATALLA Por fin la campana enmudeció. . . convocaba a los fieles para la batalla. resonaba largamente por el ámbito de esas soledades con la asonancia ensordecedora de los ecos golpeando en las montañas. La cruzaban los últimos retrasados. Toda la compañía del 7*?. hizo puntería. Pasados algunos minutos empezaron a oírse. Se veían pasar. de los callejones. hizo fuego sobre un jagunqo que venía por el camino de Uauá. los sertanejos no habían opuesto ninguna resistencia. La tropa empezó a descender. . En cierto momento se sentó a un costado del camino y parecía que le daba al yesquero y encendía el cigarro. salían. los soldados tiraban nerviosamente sobre ese ser excepcional que parecía complacido en ser blanco del ejército. precipitadas voces argentinas. extendida por las faldas.En seguida. Entre los claros del humo se veía la aldea. El hombre se levantó y se dirigió lentamente hacia las primeras casas. El tronar solemne de la artillería estallaba en el aire. en ese momento. . entrecruzándose por la calle princi­ pal. Se veía su rostro impasible. buscando el reparo de sus anchos muros. Sorprendidos. a las últimas mujeres. como si fugaran. para apreciar a la tropa y seguía después la marcha. ajenos al tumulto y a las balas que caían desde la montaña. se adensó una nube compacta de polvo y humo. Innumerables grupos. Aparte del ligero ataque hecho por algunos guerrilleros contra la arti­ llería. Los soldados se rieron.

. No había otras sorpresas en esa lucha y en caso de que el adversario mostrase de pronto. según las eventualidades emergentes. eran un elemento táctico de primer orden para estacionar allí una reserva destinada a intervenir oportunamente. cuando la superioridad del número y del coraje excluye maniobras más complejas. en maniobras decisivas. tirando a poco más de cien metros del enemigo. la infantería se extendió. además de raso. La artillería en el centro. actuando fuera del círculo tumultuoso del combate. sería fulminante. según las modalidades ulteriores del encuentro. unas al lado de otras. . simple o reforzada una de las alas y. imprevistos recursos de defensa. firmemente apoyado por la artillería. ¡A la bayo­ neta! Era la una de la tarde. el frente de batalla tenía. Era la más rudimentaria orden de batalla. fronterizo y al nivel del tejado de la iglesia nueva. EL TERRENO. buscando objetivos firmes. parecía contar menos con el coraje del soldado y la competencia de una oficialidad leal que con una dudosa hipótesis: el pavor y el . El coronel Moreira César. De este modo. CRITICA Allí era inconcebible. la tierra es más abrupta. en un terreno uniforme. podrían moverse más desahogadas. una breve área de nivel. formas topo­ gráficas opuestas: a la derecha. cuyo efecto. corre entre bordes deprimidos. la formación simple para los casos excepcionales de batallas campales. al revés del ataque simultáneo. La observa­ ción más rápida mostraba que estas disposiciones de la izquierda eran desfavorables para los que debiesen recorrerlas con rapidez para ir al asalto. pero en cambio. permitiendo. en ese punto. Hecha la bajada. el jefe expedicionario le dijo al comandante de una de las compañías del 79 junto al cual se encontraba: — ¡Vamos a tomar la aldea sin disparar un solo tiro!. cumplía el papel de eje de esa tenaza dispuesta a cerrarse. facultaba una embestida fácil porque el río. había desdeñado esas condiciones y arojando a la batalla a toda su gente. sin em­ bargo. apretando los flancos de la aldea. la acción simultánea e igual de todas las unidades combatientes. Centralizado por la elevación donde estaban los cañones. el relieve gene­ ral del suelo enseñaba por sí mismo el orden oblicuo. cae en escollos resbaladizos y separados de la aldea por un profundo foso. las tropas de refuer­ zo. el ataque parcial por la derecha. en parte. mal disperso en terreno inapropiado. sobre el último esporón de los morros que avanzaba a plomo sobre el río.Considerándolo. por el valle de las quixábeiras a la derecha del 7? que se había alineado siguiendo el tra­ zado del Vaza-Barris y a la izquierda del 99 y del 169. a la izquierda.

convergiendo sobre un objetivo único. En seguida. algunos cayeron al agua y fueron arrastrados por la corriente que se pintaba de sangre. indistinguibles de los adver­ sarios en aquel enredo de casuchas. hasta enfrentarse en el campo. CIUDADELA TRAMPA Esta fue iniciada heroicamente. para no afrontar el peligro de tirar sobre los propios compañeros. batida de flanco y de costado. se vieron a la entrada de la plaza los primeros soldados. intercambiando entre sí las balas destinadas a los jagungos. en grupos. La previsión de tales inconvenientes no exigía la vista aquilina de un estratega emérito. El combate se desarrolló luego en toda su plenitud. Canudos. al mismo tiempo que vibraba de nuevo la campana de la vieja iglesia.espanto de los sertanejos en fuga. hasta perderlo completamente. a medida que los soldados avanzaban. sin gloria. cerrados. Una fusilería intensa partía de las paredes y techos de las viviendas más próximas al río y explotaban las escopetas de los guerrilleros metidos en la iglesia nueva. Así planeó la más desastrosa de las disposiciones de asalto. mientras el 16? y el ala derecha del 7? atacaban por el centro. Se revelaba claramente este injustificable pensamiento en el que se juntaban la inconsciencia de principios rudimentarios de su arte con el olvido de acontecimientos recientes. Empezó a fraccionarse en conflictos peligrosos e inútiles. En la extrema izquierda. Allí mismo. La mayoría avanzó. En cuanto a la artillería. porque no tuvo después. Era peor que una ciudadela diseñada en polígonos o blindada de casamatas. los batallones cargando. Era inevitable. tomó posición a la retaguardia de la iglesia nueva. el 7° batallón marchó aceleradamente bajo una salva de plomo y canto rodado. atrapados de improviso por centenares de bayonetas. impresionando a toda la tropa con el sonido de las cornetas de los cuerpos. pudiendo al principio bombardear las iglesias y el centro del poblado. cru­ zados en todos los sentidos. tenía una engañosa fragilidad en los muros de barro que lo formaban. sin cosa alguna que recordarse la formación de com­ bate. Se puede resumir en el avance temerario. hasta la orilla del río. saltando la barranca. Favorecido por el terreno. obligada a enmudecer en la fase aguda de la pelea generalizada. Se revelaban en los primeros minutos de acción. Abierta a los agresores que podían des­ . entre­ tejido de callejones de menos de dos metros de extensión. Acometiendo a un tiempo por los dos lados. venciendo las difi­ cultades de la marcha llena de tropiezos. poco a poco iba restringiendo su ámbito de acción. del valor individual. en una disi­ pación. la más simple evolución o movimiento combinado que revelase la presencia de un jefe. un ala del 9?.

Y en esa persecución tumultuosa comenzó a esbozarse el peligro grave y único: los pelotones se disolvían. que­ daba maniatada. De lejos se tenía el espectáculo extraño de un encarcelamiento de bata­ llones ahondándose en el caserío indescifrable. Atraía el ataque. contornearon ese núcleo rebelde que resistía y se lanzaron contra las primeras casas junto al río. agujereando los techos. a despecho de algunas bajas. destruirla. dispersos y ralea­ dos. En la sombría historia de las ciudades vencidas. Los perseguían. perdieron dos oficiales y algunos plazas. de dos en fondo. era difícil dejarla. do­ minarla. Intacto. a la manera de una suquarana inexperta agitándose. . en cuyos techos se levan­ taba el humo de los primeros incendios. deshaciéndose finalmente en combates aislados. era tan frágil. Porque la envergadura de un ejército. sin que rindiera ningún efecto su arrojo. No oponía la aspe­ reza de un ladrillo a la explosión de las granadas que caían sin explotar. había ido atrevidamente sobre la iglesia nueva. hecho escombros. quizá. la increí­ ble creación de una ciudadela trampa. con las armas sueltas o tirando al acaso hacia adelante. Estas eran tumultuosamente atacadas. Era fácil atacarla. Se metían por los vericuetos callejeros. apenas traspuesto el río. dividiéndose éstas a su turno en grupos más pequeños. o golpes de arma. No hacía titubear a la más reducida sección asaltante que podía atacarlo por cualquier lado. aparecía de golpe ante el conquistador sor­ prendido. se diseminaban. divididos por los varicuetos de sus calles y se encontraban con el recurso de una defensa sorprendente. a la entrada o dentro de las casas. embriagados por la victoria fácil. tenía la flexibilidad traicionera de una gran red. Los conflictos se libraban en las esquinas. Un grupo. El ataque asumió un carácter lo menos militar posible. Traspuesto el Vaza-Barris. La práctica de caza de los jagunqos les había inspirado. Otros. y poco a poco se divi­ dían en secciones perdidas por toda la aldea. Dobla­ ban centenares de esquinas que se sucedían de casa en casa. aprisionada entre los tabiques vacilantes de palo-a-pique y cipo. los invasores. en ruinas pero inexpugnable. cada vez más aturdidos. en las mallas de una trampa bien hecha. era temible porque no resistía. después de destruir todo. el ataque parecía fácil. mandado por subalternos valientes. atropelladamente. atraía el ímpetu de las cargas violentas y en la arre­ metida. Las incendiaron mientras sus habitantes huían en busca de otro refugio. ¡era formidable! Se rendía para vencer. No oponían el menor tropiezo.truir las paredes y los techos de barro a puñetazos. Las tropas del coronel Moreira César la hacían caer sobre sí mismas. el humilde villarejo se iba a retratar con una originalidad trágica. Se complementaba la peligrosa táctica del sertanejo. vigorosa e inútil.

finalmente. una vasija húmeda de agua fresca y cristalina. Se enredaban en una pelea cuerpo a cuerpo. aquel alarido. mujeres desatinadas rompían en llanto o rodaban por los rincones. una carga de plomo. . pisado por la dura alpargata. el luchador temerario. hasta que los soldados. En un rincón. Atropelladamente hacía su refac­ ción en un minuto. golpeándole encima sus miserables trastos. Y luchaba solo. el morador les descar­ gaba el último tiro y escapaba. Buscaba en los ganchos colgados. los intrusos se encontraban de golpe con un caño de espin­ garda contra el pecho o caían volteados de un tiro a quema ropa. terrible. donde los esperaban nuevos agresores. con un cerrado grupo de enemigos. SAQUEOS ANTES DEL TRIUNFO Casi siempre. que se reflejaba en aquel desorden. aquel espanto. aquel pavor del poblado revuelto y miserable. más numerosos. Muchas estaban vacías. inerme. A veces recibía como postre cruel. alarmado. bolsas repletas de ouricuris sabrosos. . pisoteado. cosido a bayoneta. arrojándose por fin él mismo. al doblar una esquina. el luchador imprudente. desesperadamente. Los valientes temerarios que aparecían en variados . Y los papeles se invertían. Corriendo tras un sertanejo en fuga. Había carne seca al sol. metiéndose dentro de las casas. sacos llenos de harina. se topaban de golpe. Animados todos por la ilusión de la victoria vertiginosamente alcanzada. O esperaba a pie firme defendiendo tenazmente su paupérrimo hogar. a tiros. lograban entrar en la casucha y allá adentro. Por lo demás no se encontraban con obstáculos insuperables que les enfriasen el ánimo. revi­ viendo el conflicto. Ese tipo de escenas se sucedían. cosido a cuchilladas. Alrededor de este tumulto. que estallaba desde las grietas de las paredes. La completaba con un trago de agua. vibrando con la hoz. Los jagungos lo asaltaban a la puerta. después de vencer una casa. El fin se daba cuando caía sobre el piso. apenas el tiempo nece­ sario para hacer una descarga mal apuntada y después retrocedían.Las abrían de un golpe tanto contra las puertas como contra las pare­ des a las que abrían boquetes por cualquier lado. buscando estran­ gular al primero que le cayese entre las manos vigorosas. Muchos se perdían en los inextricables callejones. En otras. escondido en un rincón oscuro. hasta que caía al suelo. el soldado hambriento no vencía su ansia de almorzar. un corral invadido por ongas bravias y hambrientas. Quedaban atónitos. brutal. en porfía con­ tra el grupo victorioso al cual repelía con todas sus armas: a cuchillo. o se arrojaban atrevidamente sobre el grupo dispersándolo. No podía resistir. Acudían entonces los compa­ ñeros más cercanos. en Canudos. molido a golpes.

Se extendía por una loma que permitía la defensa a caballo del enemigo. De modo que en esas correrías. lisiados de toda especie. . obligándolo a subidas muy penosas. se oían más altas las cam­ panadas de la iglesia nueva. A la derecha. facilitando a un solo tira­ dor apuntar hacia todos los rumbos sin abandonar una esquina. porque la artillería evitaba hacer blanco sobre ella por temor de balear a los compañeros encubiertos y estallando en medio del ruido de la refriega. compuesta por la policía y el escuadrón de caballería. secciones en desaliño. la acción apenas abarcaba la mitad de la aldea. acerca del cual no podía ciertamente formular una sola hipótesis. muchos se extraviaban en el laberinto de los callejones y que­ riendo volver junto a sus compañeros. aunque se les quitara el torbellino de los callejones.puntos. Y al llegar la retaguardia. en un resonar de estampidos. inopinadamente. viejos temblequeantes. Grupos dispersos. Si se consideraba el otro lado de la aldea. embarullados. el jefe expe­ dicionario observaba el asalto. en la margen derecha del río. abatidos y mancos. en disposición tal que recordaban un tablero de ajedrez. mirando hacia todos los puntos casi impunemente. tenían el contrapeso del mujerío acobar­ dado. La tropa había desaparecido en los mil calle­ jones de Canudos. doblando miles de esquinas. decidió que siguiesen hacia . permitían un extraordinario cruce de fuegos. arremeterían sin fuerzas con aquel costado separado de la plaza por el foso natural de una zanja profunda. de cargas sordas. Era muy grave. aquélla quedaría imponiendo. La situación finalmente era inquietante. la situación se aclaraba. de imprecaciones. quizá mayores fatigas. El coro­ nel Moreira César lo entendió. Los tiradores de la iglesia nueva permanecían firmes. defendiendo sus casas. los soldados triunfantes pero cansados. clamando y rezan­ do. en una lucha cuerpo a cuerpo. de gritos. perdidos en el poblado inmenso y convulsionado. se alejaban más y más. grupos diminutos de jagungos. o por la legión armada de muletas. De manera que. Además de esto. Nada preanunciaba desánimo entre los sertanejos. las casas aisladas. apenas entrevistos entre el humo. que salía de las casas y andaba por todos lados. Nada más. . Allá adentro rodaba ruidosamente el desorden. Realmente. era inexpugnable. enfermos. por la plaza y luego desaparecían. Al frente de su estado mayor. aunque la parte atacada fuese conquistada. Menos compacta. Aun contando con el éxito franco en la parte atacada. la otra mitad permanecía indemne. aparecían a veces. aprisionados por el vértigo de la per­ secución.

vol­ vieron en desorden a la posición primitiva. Era un hombre simple. hacia el lugar que había dejado. . . No se advertía en el desorden el más leve trazo de combinación táctica y tampoco se la podía imaginar. Se inclinó sobre la silla abandonando las riendas. El estado mayor en seguida lo rodeó. A su turno. Volvía cuidado por el teniente Avila. una herida leve — dijo. Pero aquél nada podía pensar al recibir el coman­ do. entre la artillería y el plano de las quixábeiras: — ¡Voy a darle bríos a esa gente. A mitad de camino refrenó el caballo. cuando desanimaba de salvar su propio batallón en la otra margen del río. El arma clásica de las planicies. . tranquilizando a los compa­ ñeros. . Y aunque tuviese envergadura para enfrentar esa crisis. finalmente estaba copiando el modo de actuar de los otros. surgiendo de pronto en la punta de la dis­ parada veloz. Había llegado a los sesenta años candidato a un retiro tranquilo. — No fue nada. golpeados con la espada. Estaba fuera de combate. Lastimados con las espuelas.! Y bajó. separando al resto de la aldea del suburbio que debía atacar. recu­ laban. la policía. ametrallaba casas y prendía fuego. entre las iglesias. en su ataque. Debía sustituirlo el coronel Tamarinho a quien le fue comunicado el desastroso incidente. El movimiento complementario se quebraba en sus primeros pasos. Además. . bueno y jovial. lo habían incluido en la empresa contra su voluntad. escupiendo de la silla a los jinetes. cargando mientras desfilaba entre corredores. no había cómo remediarla. después de cruzar el río con el agua hasta las rodillas. La policía. cuando fue nuevamente alcanzado por otro pro­ yectil. Había sido alcanzado en el vientre por una bala. aficionado a relatar hazañas. rengueando sobre sus patas va­ lientes— se largó al galope corto hasta la orilla del río. a media cuesta de los Pelados. Estaba mortalmente herido.la extrema derecha. El jefe expedicionario dejó el lugar donde se había mantenido. vacilaba en alcanzar el fondo hondo y resbaladizo de la zanja que en aquel punto corre de norte a sur. cuya fuerza es la arremetida del choque. en una curva en bajada. cuyas aguas respingaban a tiros y no siguió adelante. los fre­ nos agarrados con los dientes. apenas llegaron a la mitad de la corriente y empinándose y curvándose. El escuadrón — caballos atontados. Era una excentricidad. La caballería tuvo orden de atacar por el centro. Los animales asustados. atacando el sitio todavía indemne y completando así la acción que se había desarrollado totalmente hacia la izquierda. allí apretada entre paredes. Una carga de caballería en Canudos. No bajó del caballo.

. Además. rebatida a las posiciones primitivas. entontecidos. porque bajo los escombros que cerraban las calles. derrumbándolos. Era un golpeteo de cuerpos sudados. en fuga. los pri­ meros puñados de hombres llegaron a la margen derecha. bajo la hipnosis del pánico. vociferando. En la claridad muerta del crepúsculo sonó armoniosa­ mente la primera nota del Ave M aría. los pelotones. borboteando. Aparecieron sobre la ribera izquierda. dis­ parando sus espingardas al acaso. Todavía se destacaban pequeños grupos que quemaban las casas próximas o se trababan en breves tiroteos.Aquello no era un asalto. el mayor contratiempo. corriendo. Repentinamente. Allí. Sin mandos. . . RETROCESO Pero antes de que llegase la noche empezó el retroceso. se agarraban a las escasas gramíneas. los uniformes hechos jirones. sin armas y heridos. estallando. Otros. soldados y oficiales mezclados. toda la línea de combate rodó despedazada a tiros por la orilla del río. Caía la noche. Este reflujo que había empezado a la izquierda se propagó luego a la derecha. Pronto se les juntaron otros. se asomaba. saliendo del portal de las iglesias o de las casuchas marginales. apartando bru­ talmente a los grupos extenuados. estaban a salvo. sosteniéndose a las piernas de los que ya habían subido. pisando a los mal heridos que caían. cada uno luchaba a su manera. dispersos. en una barahúnda infernal. los sertanejos emboscados. alarmados. se confundían de nuevo en ruidoso vocerío. ansiando subirla. AL GOLPEAR DEL AVE MARIA En ese momento el campanero de la iglesia vieja interrumpió la alarma. estorbándose con las armas. De suerte que. o tenían escondrijos más inviolables. la noche dis­ puesta a confundir a los combatientes exhaustos después de cinco horas de pelea. bajo los techos caídos. chamuscados y polvorientos. de voces discordantes que daban la ilusión de una crecida repentina. largando las últimas posiciones. se deslizaban mejor. en el mismo descuido. mez­ clados. ahogándolos. . Era el desenlace. Atropellándose. como si el Vaza-Barris se hubiese salido de madre. . empezaron a cruzar el río de vuelta. titubeantes. se metían en la corriente. Era un combate temerario contra una barri­ cada monstruosa que cada vez se volvía más impenetrable a medida que destruían y carbonizaban. inevitable. los primeros grupos repelidos.

Algunos braseros sin llamas. hombres atónitos e inútiles que ahora tenían. El cerro donde se reunieron estaba demasiado cerca de aquél y era pasible de algún ataque nocturno. Sin orden. donde cada estrella. evitar al adversario que con tanta ansiedad habían buscado. anima­ les. uno de los cuales — muerto. como exclusiva preocupa­ ción. o luces dispersas de linternas mortecinas buscando en las sombras. Ciento y tantos heridos y lastimados se agitaban por allí. la Fazenda Velha y dentro de ella.Descubriéndose. Nada más. en un repliegue de la montaña. lentamente. El desorden del campamento contrastaba con la placidez del ambiente. los soldados se apiñaron junto a la artillería. se arrastraban. cuatrocientos metros hacia arriba. un castillo en ruinas. Sólo la difusa luz de las estrellas dibujando los perfiles imponentes de las iglesias. Pero los tiros habían cesado y ni una voz llegaba de allí. La noche había caído. para rodear a la oficialidad. de maderas ardiendo bajo el barro de las paredes y los techos. no alcanzaba el número de médicos. En el centro. . Forzosamente debían abandonarlo. los jagungos disparaban su última descarga. sin nubes. indicaban allá abajo que también el enemigo estaba despierto. No se podía curarlos en la oscu­ ridad donde sería una temeridad hasta la rápida luz de un fósforo. uniformes y espingardas. El compacto caserío. se marcharon hacia las alturas del Mário. arrastrando los cañones. sin centellear. se iluminan. el tren de artillería y los cargueros. minuto a minuto. . * El Dr. Ade­ más. torturados de dolor o de sed. como en exploraciones lúbugres. . Allí improvisaron un cuadrado incorrec­ to. las lejanas mon­ tañas. una de esas noches ardientes. desaparecían en la noche. quedando. comunes en el sertón. tirando a los pies los sombreros de cuero o los gorros de brin y murmurando el rezo habitual. irradia como un foco de calor y los horizontes. como si reflejasen relámpagos de lejanas tempestades. el comandante en jefe moribundo. las ambulancias. extraviado o preso— había desaparecido a la tarde sin volver nunca más *. como elementos irreductibles. Formaban una multitud alborotada sin nada que recordara la fuerza militar que se había deshecho. los heridos. No se veía la aldea. . fija. La expedición había quedado en eso: un montón de hombres. casi pisados por los caballos que relinchaban atascados entre las carretas y los fardos. de filas desunidas y bamboleantes. las colinas circundantes. Fortunato Raimundo de Oliveira. . V SOBRE LAS ALTURAS DEL MARIO Habiendo cruzado el río.

. vencida. allí. organizaban ambulancias y camillas. No se podía arbitrar otro recurso. Por el espíritu de muchos pasaba el intento reanimante de un nuevo asalto al despuntar la mañana. presentando los motivos inflexibles del deber . . Un capitán de infantería fue comisionado para comunicar la resolución al coronel Moreira César. la retirada.Faltaba un comando firme. en los grupos dominados por emocio­ nes violentas. Pensaban: en los cuatro lados de ese cuadrado irregular esta­ ban inscriptos los destinos de la República. en medio de cañones modernos. oficiales incansables daban por su cuenta las providencias más urgentes. senta­ dos sobre cajones repletos de cartuchos y acorralados por una turba de matutos turbulentos. Sentado en la caja de un tambor. con el estoicismo enfermo del propio desaliento. Allí había. bajando con toda la fuerza. No se ilusionaban. Porque la victoria debía alcanzarse a despecho de los mayores sacrificios. Una rápida observación de la tropa que había llegado horas antes. Así. intuía que un ayuntamiento en tales circunstancias no significaba la suma de las energías aisladas y estimaba todos los elementos que. A las once de la noche. sin embargo. El nuevo jefe no soportaba las responsa­ bilidades que lo oprimían. reducen siempre las cualidades personales más brillantes. dolorosamente sor­ prendido. Y se quedaba impasible. le había respondido con triste humorismo. Les repugnaba. cargando armas primorosas. El viejo comandante. respondía con el silencio o con monosílabos. rimando un dicho popular del Norte: "E tempo de murici cada um cuide de si. A un oficial que ansiosamente lo interpeló sobre ese trance. abdicando la misión de ordenar la turba o hacer el milagro de subdividirla en nuevas unidades de combate. Este la impugnó. entu­ siasta y confiada en la victoria y que estaba allí. por cierto. reanimaban los ánimos abatidos. al principio calmo. a todas las consultas. los oficiales reunidos lo adoptan por unani­ midad. Quizá maldecía mentalmente al extravagante destino que lo convertía en heredero forzado de una catástrofe. Era necesario vencer. los humillaba angustiosamente esa ridicula y grave situación. en violenta arremetida sobre los fanáticos. el coronel Tamarinho. No deli­ berada. pasando tácitamente el comando a todo el mundo. Y concertaban planes buscando corregir el revés con un lance osado. hombres de valor y una oficialidad pronta al sacrificio. ajeno a la ansiedad general. chu­ pando su cigarro. después de haberse realizado un bombardeo mayor que el anterior. ni siquiera demorarlo. . mostraba una sola solución. Fue su única orden del día. Pero la mayoría consideraba fríamente las cosas. rectificaban el pretendido cua­ drado donde se mezclaban plazas de todos los cuerpos.

se refirió a la mancha que caería sobre su nombre para siempre. El jagungo. no pu­ dieron ver a uno solo. . atravesando incólumes los braseros de las casuchas en llamas. que agravaban con extravagantes comentarios. perfectamente válidos aún. La rodeaban. A pesar de eso se mantuvo la resolución. abatidos de contragolpe por el inex­ plicable revés en que había caído el jefe considerado invencible. estaban bajo la sugestión de lo maravilloso. disponía de dos tercios de las municiones y estaba en posición dominante sobre el enemigo. brutal y familiar. Es que gran parte de los soldados eran del Norte y se habían criado oyendo a su alrededor el nombre de Antonio Conselheiro como el de los héroes de los cuentos infantiles. . sus milagros. súbitamente despertaron conteniendo gritos de alarma. después. casi sin distinguirlos. para los más incrédulos también.militar y demostrando que todavía había elementos para otra tentativa. invadidos de un temor sobrenatural. Un indefinible rumor subía por las cuestas. se le aparecían como reales. haber visto resucitados. . con más de dos tercios de la tropa apta para el combate y con las muni­ ciones suficientes. desparramados y di­ minutos. centenares de soldados. El enemigo. Era peor. sus hazañas de hechicero sin par. se diluía en un duende intangible. Los soldados. casi invisibles. ante los cuales habían golpeado impotentes. Pero la lucha ser tañeja había empezado a tomar la imagen misteriosa que conservaría hasta el fin. Los combatientes. No era el sordo tropel del asalto. rezaba. hechos con la misma masa que los matutos. apareciendo temerosos entre las ruinas. Dio su última orden: que levantaran un acta dejándolo al margen para una protesta en la que incluiría el abandono de su carrera militar. Los de la expedición anterior afirmaban. Significaba completar la agonía del valiente infeliz. abajo. terribles en la contraprueba de la catástrofe presente. atónitos y absortos. en la aldea invisible. dos o tres cabecillas que. Por la mitad de la noche todas las aprensiones se agrandaron. comenzó a despuntar algo de anormal en esos luchadores fantasmas. habían sido muertos en el Cambaio y para todos. decían convencidos. Final­ mente explotó: que no lo sacrificaran a esa cobardía inmensa. ante el milagro estupendo. ocho­ cientos tal vez. en su mayoría mestizos. en general. Los centinelas que cabeceaban en las filas flojas del cuadrado. incluso algunos heridos en el combate. La dolorosa reprimenda del jefe herido por dos balazos no contuvo a la oficialidad incólume. fue montando en cólera y con angustia. Y su leyenda extravagante. verosímiles.

largos. hacia el ca­ mino. De manera que. sin formación. hasta donde alcanzaba la mirada. re­ tirándose. La última división de artillería replicó por momentos y después. Acometió ruidosamente. Adelante. nada indicaba la seria operación de guerra que iba a realizarse. una nueva emocionante la volvió urgente. despierto. iba flanqueada de punta a punta por los jagungos. Entre la soldadesca pasmada. dándole al trágico lance la nota festiva e irritante de miles de silbidos estridentes. parecía confiarse sólo en la velocidad de la retirada para librarse. entre vivas entusiastas. La retirada se imponía. . El enemigo tenía en la ocasión el aliento para el ataque y la seguridad de su misma temibilidad. los kyries dolientes entraban peor que intimaciones enérgicas. no lo perturbaba todavía. La retirada era una fuga. en un ataque envolvente. Era el último golpe en el desánimo general. característica de esos momentos críticos de la guerra. allá abajo. Se precipitaban al acaso. sobre las ronqueras varoniles. las letanías tristes. los heridos y las camillas. marchó por el declive del espigón. Más de una vez el drama tenebroso de la guerra sertaneja tuvo el desenlace de un pataleo lúgubre. Decían de modo elocuente. Avanzando por el espigón del morro rumbo a la Favela y derivando de allí por las vertientes opuestas. No se dividían en escalones dispuestos a la defensa ofen­ siva. a su vez. huían. No se retiraban. como una barrera antepuesta a la persecución inevitable. cuando el primer reflejo de la mañana mostró una fuerza constituida por plazas de todos los cuerpos precipitada a la vanguardia. había permanecido firme en lo alto del Mário. toda la población de Canudos contemplaba la escena. la iglesia nueva explotaba en descargas y condensada en la calle principal o corriendo hacia las colinas. Los aprestos de partida se hicieron en un atropello indescriptible.Y en aquella serenidad extraordinaria. Era tarde. que no había reacción posible contra adversarios transfigurados por la fe religiosa. la expedición desparramada por los caminos. en las que predominaban. ladeada por las ambulan­ cias. por todos lados. Abajo empezó a sonar la cam­ pana. implacables. las voces de las mujeres. resultaban a esa hora impresionante. En este volver las espaldas al enemigo que. . Actuaban por contrastes. bajo el mando de un subalterno de valor y fortale­ cida por un contingente de infantería. entre las cuales iba el cuerpo del comandante malogrado. Sólo una divi­ sión de dos Krupps. los cargueros. Había muerto el coronel Moreira César. El rechazo fue rápido. Al moverse finalmente esta fracción abnegada fue rudamente atacada. por los caminos afuera. A la madrugada. . la expedición se desparramaba por las laderas sin orden.

corriendo en grupos. galvanizada por la fuerza moral de un valiente. en bandas. Al poco tiempo. corriendo. disparando sus trabucos y pistolas. idiotizados. alrededor de ella se adensaron los atacantes. . como el de una caza. desarmándose. corriendo por los caminos y por los rastros que los recortan. saltando de los escondrijos en llamas. lenta y unida. asombrados ante esa resistencia inexplicable. se escondía. la onda rugidora de los jagunqos atacaba y se detenía. aterrados. Se reducían. Heridas o espantadas. donde la ferocidad y la cobardía revoloteaban confundidas bajo el mismo aspecto. . de súbito. el cadáver del comandante. Contenidos al principio a la distancia. había quedado. Las granadas explotaban entre los ramajes secos incendiándolos. en la extrema retaguardia. los sertanejos en chusma. se oían allá adentro. Aquella batería la liber­ taba. parando de cuando en cuando para barrer a disparos las caatingas traicioneras. las muías de tracción se resistían. dejando las camillas donde se retorcían los heridos. sucedió de pronto un hecho épico. Uno a uno iban cayendo los soldados de la guarnición estoica. Al encuentro con los cuatro Krupps de Salomáo da Rocha. No hubo ni un simulacro de rechazo contra el ene­ migo. en la marcha habitual de una revista. apenas se desencadenó el pánico. corriendo al acaso. torcían el rumbo. como al encuentro de un obstáculo. No lo defendieron. El resto de la expedición podía escapar a salvo. La disolución de la tropa se detenía en el acero de esos cañones cuya guarnición diminuta se destacaba maravillosamente impávida. y atontados por el humo. Entre los fardos tirados a la orilla del camino. alineándose en batalla y largando cargas fulminantes. gritos de dolor y de cólera. FUGA Y fue una desbandada. junto con el crepitar del fuego en llamaradas. vacilantes en asaltar a cuchillo al pequeño grupo de indomables. Ochocientos hombres desaparecían en fuga. Estos apenas podían seguir. saliendo de la caatinga al camino. casi solemne. corriendo hacia las caatingas. los sertanejos estrechaban de a poco el círculo del ataque alrededor de las dos divisiones que los enfrentaban. siguiendo a paso tardo o. sólo adivinaban por la estridencia de los gritos de desafío y por los estampidos de un tiroteo irregular y ralo. lentamente. al que no veían. y prosiguiendo después. Sólo la artillería. inabordable. retrocedía y volvía al ataque. sin jefes. tirando afuera las piezas del equipo. . y corriendo. gritando. triste pormenor. desabrochándose los cinturones para la carrera.DESBANDADA. imposibilitaban la marcha. abandonando las espingar­ das. En esa corrida siniestra. terrible. seguía. los batallones se disolvían. A los primeros tiros.

. Los cañones se inmovilizaron en una vuelta del camino. Era el fin. espingardas. que había vuelto a la retaguardia. En vano algunos oficiales indignados gatillaban sus revólveres contra el pecho de los fugitivos. piezas del equipo. Pasaban. corrían de los oficiales. Los mismos heridos y enfermos allá se iban. había desaparecido. al morir. junto a los cañones que no abandonó.Por fin. dispersa. El coronel Tamarinho. . no encontró entre los que mandaba un brazo que lo sostuviera. el coronel Tamarinho cayó de su caballo herido por un balazo. Las notas de las cornetas. La catástrofe se consumó. Las notas de las cornetas vibraban encima de ese tumulto. rengueando. arrastrándose penosamente. Era una orden difícil de ser cumplida. convulsas. en desparramo. el viejo comandante murmuró su última orden: — Busque a Cunha Matos. inútiles. cinturones y sables. corrían. Por fin pararon. personalmente. El capitán Salomáo tenía a su alrededor apenas una media docena de leales. sin un subordinado. O mejor. ahora de­ sierto. y al ver a aquéllos caer mal heridos. tallado a golpes de hoz. como cosas inútiles. UN ARSENAL AL AIRE LIBRE La tercera expedición. tirados al azar. corrían de los jagungos. a la vanguardia. . Los jagungos entonces se lanzaron sobre ella. . emitidas por los cometeros sin aliento. Completamente solo. . La infantería había de­ saparecido. imprecando a los compañeros más ágiles. El capitán Vilarim se había batido casi solo y al agonizar. como si buscase todavía. la batería se detuvo. No tenían a quién llamar. se desparramaron sin . El ingeniero militar Alfredo do Nascimento lo alcanzó con vida. no se conmovían. el coronel Tamarinho se lanzó desesperadamente. co­ rrían enloquecidos. anulada. Más adelante. A orillas del camino sólo se veían. al encontrarse con ese cuadro terrible. En aquel desorden sólo cabía una determinación posible: "¡Desbande!”. Y como la mayor parte de los fugitivos evitaban el camino. mochilas. Caído sobre la orilla. mientras trasponía al galope el arroyo del Angico. pues eran blancos de preferencia de los últimos. vibraban sin respuesta. . condenándose heroicamente a la hora de la catástrofe. buscó inú­ tilmente socorrer a los últimos soldados que habían ido a Canudos. alto!”. . moviéndose sin temor ni fatiga entre los fugitivos. No podían contenerlos. Y la artillería quedó en completo abandono antes de llegar a Angico. Así ordenó repetidos toques de "¡media vuelta. . Cayeron los golpes encima de todos y cayó. aceleraban la fuga. el caballo al galope por el camino.

rumbo. Se había roto el prestigio del soldado y los broncos cabecillas se olvidaban de las mínimas peripecias de los hechos. errando al azar por el desierto. vigorizada por la brutalidad de los combates. todo cuanto había tocado el cuerpo maldito de los plazas. La complejidad de los hechos los perturbaba y no tenían más que una interpretación: visiblemente. . se largó hacia Queimadas hasta donde se prolongó esa disparada. El resto llegó al día siguiente a Monte Santo. se perdieron para siempre. lograron llegar al Cumbe o a otros puntos más lejanos. donde muchos. asaltarla. . La expedición Moreira César parecía haber tenido un solo objetivo: entregarles todo aquello. y el abandono por los caminos de las armas y los equipos. Mientras sucedía esto. Algunos. desviándose de la ruta. y los jagungos tenían para abastecerse con holgura. Y la creencia. comandante de la plaza. Por los caminos y por los sitios más próximos estaban diseminadas armas y muni­ ciones. Al conocer el desastre. También se había desnudado. aumentaba. La fuerza del gobierno era ahora realmente la debilidad del gobierno. UNA DIVERSION CRUEL Se llevaron a la aldea los cuatro Krupps. sacos y pantalones de vivo carmesí. mancharía el cuerpo de los luchadores sagrados. invadirla. El coronel Sousa Meneses. Así es que en la distancia que media entre el Rosario y Canudos. cargando armas ante las cuales eran juegos de niños sus carabinas. crecía. no los esperó. Los éxitos les habían exacerbado a un tiempo el misticismo y la rudeza. junto con piezas del equipo. y después de estos ataques temerarios. los aprovecharon de un modo cruelmente lúgubre. Sin duda era un milagro. la potencia su­ perior de la divinidad los amparaba. sustituyeron en las manos de los combatientes de primera línea las viejas espingardas de carga morosa por las Mannlichers y Comblains fulminantes y como los uniformes. había un arsenal diseminado al aire libre. . agonizando y muriendo en completo abandono. la habían visto caer terriblemente sobre la aldea. les hacía revivir todos los bárbaros instintos. que denunciaban en el pardo de la caatinga a los fugitivos. presenciaron el retroceso y la fuga y la disparada enloquecida. De modo que la mayor parte de la tropa no sólo se había desarmado delante del adversario. denominación irónica desti­ nada a permanecer durante todo el curso de la campaña. cin­ turones y gorras. empeorándoles la índole. entre ellos los heridos. imponente y terrible. La habían visto llegar. arruinarla de punta a punta. quemarla. los sertanejos recogían los despojos. darles de gracia todo ese arma­ mento moderno y aprovisionarlos suficientemente.

pantalones y chaquetas multicolores. . el cuerpo del coronel Tamarinho. . . . . Cuando. el azul de las chaquetas y los brillos vivaces de las chapas de los estribos. capotes. brazos y piernas colgantes. los jaguncos reunieron los cadáveres que estaban desparramados por todas partes. . Después alinearon las cabezas a los dos costados del camino. Encima. nuevos expedicionarios marcharon hacia Canudos. tres meses más tarde. Concluidas las exploraciones por los alrededores. . Allí permaneció durante largo tiempo. Quemaron los cuerpos. el cadáver. cinturones. en los arbustos marginales más altos. Era asombroso. oscilando según el viento movía la rama flexi­ ble. rodeadas de trapos viejos. Como un maniquí terrible y lúgubre. mantas y mochilas. colgaron los restos de los uniformes.Lo testimonia el hecho extraño. y a un costado —mudo protagonista de un drama te­ rrible— el espectro del viejo comandante. esmirriada y desnuda. prendidos a las ramas de los arbustos. . que recuerda la religiosidad trágica de los Achantis. que remató estos sucesos. Los decapitaron. con las caras de frente al camino. apareció repentinamente adornada por una florescencia extravagante y colorida. por el colorado fuerte de las divisas. y recogidas las armas y municiones de guerra. observaron todavía el mismo escenario: calaveras blanqueadas a los bordes del camino. . gorras. erguido en una rama seca de angico. Un pormenor doloroso completó esta escenificación cruel: a un costado sobresalía. a espacios regulares. empalado. especie de diversión siniestra. . parecía una visión demoníaca en el desierto. La caatinga. .

se levantó luego. Inesperado emisario. V I— Por los caminos. hacía mucho tiempo. Se destruye un plan de campaña. el encuentro. Colaboradores demasiado prosaicos. Paso por Pitombas. Primeras noticias ciertas. Una división aprisionada. Los heridos. contemplativos y man­ sos. un intenso agitar de conjeturas para explicar lo inconcebible del hecho y hallar una razón cualquiera en aquella destrucción de una fuerza numerosa. La cuarta expedición se organizó en medio de una gran conmoción nacional que se traducía en actos contrapuestos a la gravedad de los hechos. El alto de la Favela. Una tropa de bárbaros. condensada después en total certeza. I DESASTRES La nueva de este revés fue un desastre mayor. bien equipada y con un jefe de tal valía. Cazas peligrosas. Macambira y Trabubu. . I I — Movilización de tropas. I I I — Colum­ na Savaget. Excepcional carga de bayonetas. Al principio fue el asombro. Planes. federal y estatales. IV. En los flancos de Canudos. tal circunstancia fue el punto de partida para la más imprudente de las reacciones. La comisión de ingenieros. V III— Nuevos refuerzos.— Victoria singular. Y como en las capitales. Ante las trincheras. después un desvarío general de la opinión. Extraño heroísmo. Se organiza la expedición. Mentiras heroicas. Versiones disparatadas. El camino del Ouvidor y las caatingas. No hay un plan de campaña. La travesía. En la completa desorientación de los espíritus. por todas partes. Demoras. Eran la vanguardia de ignotas falanges prontas a irrumpir. V. El mariscal Carlos Ma­ chado Bittencourt. El cabo Roque.— El asalto: preparativos. En viaje hacia Canudos. La acti­ tud del comando en jefe. Desánimo. Concentración en Queimadas. había una media docena de revolucionarios platónicos.CUARTA EXPEDICION L— Desastres. Triunfos por el telégrafo. Levantamiento en masa. Canudos: una diátesis. VIL— La Brigada Girard. El comienzo de una batalla crónica. agitando estérilmente la propaganda de la restauración monárquica. la idea de que los tabaréus turbulentos no actuaban solos. La marcha. Incidentes. Versiones y leyendas. primero dispersa en vagos comentarios. Cocorobó. Aventuras del asedio. Un guía temeroso: Pajeú. Nueva victoria desastrosa. sobre el nuevo régimen.

Joáo Abade. en su tradición y en su fuerza. El mal es grande. aplaudiendo todos los actos de energía cívica que se hacen para lavar la afrenta del ejército y de la Patria. Y así todos. se conspira. no siendo lícito a nadie ilusionarse más sobre el pleito en el que. * * * O Estado de Sao Paulo. Algunos ciudadanos activos congregaban al pueblo de la capital de la República y le resumían su ansiedad patriótica en una noción incisiva: "El pueblo de Río de Janeiro reunido en mitin y consciente del doloroso revés de las armas legales en los sertones de Bahía. con audacia. . Y Antonio Conselheiro — un Mesías de feria— había tomado en sus manos temblorosas los destinos de un pueblo. con la República. Se concluía: "No hay quien en esta hora no comprenda que la monar­ quía revolucionaria quiere destruir. * Gazcta de Noticias. y gracias a su involuntario aliento” * *.CANUDOS: UNA DIATESIS Sucesos de tanta monta requerían una explicación. la unidad del Brasil” *. La dinastía en disponibilidad. . ¿Exageramos? Tomamos al azar un diario cualquiera de aquellos días. Se afirmaba: "Se trata de la Restauración. que el remedio corra parejo con el mal. Ese era el grito dominante en la conmoción general. Se explicaba: "La tragedia del 3 de marzo en la que juntamente con Moreira César perdieron la vida el ilustre coronel Tamarinho y tantos otros oficiales valientes de nuestro ejército. fue la confirmación de cuánto ha crecido en audacia y en fuerza el partido monárquico a la sombra de la tolerancia del poder público. ha­ bía encontrado por fin un Monck271. . a la sombra del fanatismo religioso. entraban los nostálgicos del im­ perio. Por detrás de la envergadura raquítica de Pajeú se diseñaba el hidalgo perfil de un Brunswick 2 6 9 . La opinión nacional se debatía de tal modo en la prensa. . francamente en armas”. marchaba acelerada­ mente contra las instituciones. En la prensa y en las calles. la sofocación de la revuelta”. Se adoctrinaba: "Lo que de un golpe conmovía el prestigio de la auto­ ridad constituida y abatía la representación del brío de nuestra patria en su renombre. La República estaba en peligro. la casa Braganzaa70. se forma el ejército imperialista. * * O País. . había que salvar a la República. Canudos era una Coblentz 2 8 8 en ruinas. La encontraron: los disturbios sertanejos eran signos de una vasta conspiración contra las instituciones nuevas. ¿La monarquía se arma? Que el Presidente llame a los republi­ canos a las armas” * * *. aguarda. y congregado alrededor del gobierno. era el movimiento armado que. ansioso. tomadas por el caudi­ llaje monárquico.

en un ímpetu de desahogo. La guerra de Canudos no era más que un síntoma. Pero estamos preparados. arrastra a los medios más adelantados — enguantados y cubiertos por el tenue barniz de la cultura— a trogloditas enteros. El hombre del sertón. esquivamos el detallado análisis de acontecimientos que escapan a la escala superior de la historia. trabaja la po­ lítica. condenándolos a la penumbra * Jornal do Brasil. donde formaron una gran hoguera. Más de una vez. Aparecía en las capitales del litoral. Las líneas anteriores tienen un solo objetivo: poner de relieve semejanzas que se emparejan en un mismo salvajismo.El mismo son en todas partes. se acordaron de los diarios monárquicos. "Entonces comenzaron a romper y a inutilizar lo que encontraban. y a pesar de que la policía corrió para evitar un asalto a esos diarios. aquí como en todas partes y en todos los tiempos. EL CAMINO DEL OUVIDOR Y LAS CAATINGAS Interrumpamos este espigar entre ruinas. ¿Valdrá la pena definirlos? La fuerza portentosa de la herencia. bruto y vestido de cuero. utensilios. pues la multitud. a la calle. Copiamos: "Ya era tarde y la excitación del pueblo aumentaba en proporción a su masa siempre creciente. no llegó a tiempo para evitarlo. sea como fuere y contra quien fuere”. No estaba confinado en ese rincón de Bahía. y todos a una. quedando otros en montón en la misma Rúa do Ouvidor” * 27S. a los gritos de viva la República y la memoria de Floriano Peixoto. por detrás de los fanáticos de Canudos. Si el curso normal de la civilización. idealistas y temerosos. El Presidente de la República quebró su habitual serenidad: "Sabemos que. tenemos todos los medios para vencer. en general.. Las correrías del sertón entraban impetuosamente en la civilización. La Rúa do Ouvidor era un desvío de las caatingas. así. papeles. tirando después los objetos. los contiene y los domina y los inutiliza y poco a poco los destruye. en el decurso de los hechos que nos propusimos narrar. tenía socios quizá más peligrosos. de donde fueron luego conducidos a la plaza de Sao Fran­ cisco de Paula. invadió esos establecimientos y los destruyó por com­ pleto. Libertade y Apóstolo 2 7 2 . fueron a las redacciones y a las imprentas de los diarios Gazeta da Tarde. Al final intervino la multitud. El mal era mayor. libros. Se extendía. . convirtiendo en legiones — cohorte misteriosa que marchaba sordamente en las sombras— a media docena de reaccionarios. en esta indignación. etc. quemando todo”. la obsesión del espantajo mo­ nárquico. muebles. En todos. cuadros.

Actuar significaba esto: juntar batallones. Traía datos entre los cuales nada valían los sonámbulos errabundos. El caso. Era natural. surgen e invaden escandalosamente la historia. Aislados en el espacio y en el tiempo. La misma curiosidad del arqueólogo al encontrar los palafitos de una aldea lacustre junto a una ciudad industrial de Suiza. Son el reverso fatal de los acontecimientos. después de abandonarlos cerca de tres siglos. era un buen consejo para estudiarlas. vencer terriblemente a la nacionalidad que. un anacro­ nismo étnico. los jagungos. Antes. Entre nosotros despertó rencores. expresaba un gran descono­ cimiento de las condiciones naturales de nuestra raza. la estra­ tificación moral de los pueblos también se embarulla y se invierte y la ola de los sinclinales abruptos estalla en flaults 2 7 5 por donde irrumpen viejos estadios hace mucho recorridos. aparecía como una página truncada y sin número en nuestras tradiciones. Bajo tal aspecto. de donde. Canudos era una tapera miserable. inmersos en el sueño de la restauración imperial. Reveló qué poco nos aventajábamos de los rudos patricios retardatarios. siem­ pre que una conmoción profunda afloja a su alrededor la cohesión de las leyes. invertidos. que mostraba todas las fallas de nuestra evolución. Considerándolos. el claroscuro indispensable de los hechos de mayor volumen. imá­ genes fulgurantes. Sólo sugería un concepto y es que. Y esta inconsciencia ocasionó desastres mayores que los de las expediciones derrotadas. ante todo. era una enseñanza y podría haber desper­ tado gran curiosidad. so­ breponiendo una formación moderna a una formación antigua. sin embargo. quería arrastrarlos a los deslumbramientos de nuestra edad dentro de un corral de bayonetas. insistiremos en una proposición única: atribuir a una conjuración política la crisis sertaneja. . No vimos el rasgo superior del acon­ tecimiento. para corregirlas y así anularlas. así como los estratos geológicos no pocas veces se perturban. los arranca la curiosidad de los sociólogos extravagantes. En la primera ciudad de la República. ni otro valor. sólo podían hacer lo que hicieron. perdida en el desierto. No entendimos la elocuente lección. Sigamos. Lo que sorprende es la sorpresa que pro­ vocó tal hecho. el espíritu más robusto permanece inerte ante el ejem­ plo de una lente de flintglass 2 7 4 . éstos eran lógicos. ampliadas. mostrándoles el brillo de la civilización a través de la claridad de las descargas. pero sin tamaño si se focalizan a la sombra. Pero no tienen otra función. Vamos a dejarlo. ya lo vimos. era más complejo y más interesante. fuera de nuestros mapas. No hay que analizarlos. los patriotas se dieron por satis­ fechos con el auto de fe de algunos diarios adversos y el gobierno comenzó a actuar. Reaccionaron.de una existencia inútil. Al menos. a veces. admirable al refractar. o las investigaciones de la psiquiatría. Aquel original afloramiento del pasado.

Después una afirmación lúgubre: el infeliz militar había sido efecti­ vamente muerto. tenía la elocuencia del alboroto con que había sido escrito. Y así de corrido. Algunos de los nuestros y entre ellos el capitán Vilarim. medrosamente comentada en las casas. mal indicando las fases capitales de la acción. De modo que la alarma fue creciendo. El parte de combate del mayor Cunha Matos 276. adonde había llegado agonizante. la leyenda del cabo Roque. Se agitaban ideas alarmantes: los sertanejos no eran "una banda de beatos fanáticos”. No se sabía nada positivo. . . la verdad aparecía a veces bajo una forma heroica. Se contradecían: se había salvado pero estaba gravemente herido en Macacará. tenían además artillería y la mane­ jaban con firmeza. habían sido despedazados por esquirlas de granadas. EL CABO ROQUE En esa incertidumbre. se les daban visos de realidad y prontamente eran sustituidos por otros que dominaban durante un día o durante una hora la atención de todos y se extinguían a su vez. MENTIRAS HEROICAS Se afirmaba: el coronel Tamarinho no había muerto. Impresionaba a quien lo leía con una hecatombe. En la inconsciencia de la exageración. disciplinado”. impresionando emocionadamente el . Nada sabían tampoco los que habían vivido ese revés. eran un "ejército instruido. Se le agregó después. se había salvado valerosamente junto con un puñado de compañeros leales y estaba en camino a Queimadas. ante la aparición de otras versiones igualmente efímeras. manteniendo en crecimiento la conmoción y la curiosidad públicas. La muerte trágica de Salomáo da Rocha fue una satisfacción para el amor propio nacional. Se inventaban los hechos. Y éstas. Era una permanente tortura de dudas cruciales. cribado de errores singulares. admirable­ mente armado de carabinas màuser. la información adoptaba las más cam­ biantes formas. deficiente. aumentando las aprensiones y los miedos. es­ candalosamente divulgada por las calles.Las primeras noticias del desastre prolongaron por muchos días la agi­ tación en todo el país. despertaban en los espíritus in­ quietos un hilar de interminables conjeturas. posteriormente agravada por otras informaciones. Era imposible acertar con la más leve noción de la realidad entre esas opiniones abstrusas. para hacerla más emocio­ nante.

Poco a poco se reducía por un lado y se agravaba por el otro. esos guarismos inexorables. monótono por la cadencia de los mismos períodos retumbantes. Igual que el pueblo de la Capital Federal. la destrucción de los enemigos de la República armados por el caudillaje monárquico. La escena maravillosa. el fervor de las adhesiones entusiastas. Y dándole a la tristeza general la nota supletoria de la sanción religiosa. sacrificándose por un muerto. las corporaciones muni­ cipales continuaron vibrando en el anhelo de la venganza. los arzobispos dieron orden a los sacer­ dotes de sus jurisdicciones para que dijeran en las misas la oración Pro pace. Se abrieron sus­ cripciones patrióticas. Y en todos los mensajes. . allí se encontraban salvos. Era subordinado de Moreira César. tres días apenas. el soldado leal había permanecido a su lado. . Se decretó luto nacional. Los trescientos y tantos muertos de las informaciones ofi­ ciales. Resurgie­ . Un cabo humilde. fuertemente coloreada por la imaginación po­ pular. De rodillas junto al cuerpo del jefe. los Congresos. guardando la reliquia que el ejército había abandonado. y en un coro triun­ fal de artículos vibrantes y odas fervientes. la tropa se había desbaratado y el cadáver del coman­ dante había quedado abandonado al margen del camino. ya se encontraba en Queimadas. Dos semanas más tarde. A esta revelación se agregaron otras a medida que la situación se aclaraba. Se hicieron notas de pésame en las actas de las sesiones municipales de los sitios más remotos. Una semana después se verificaba allí la existencia de 74 oficiales. gran parte de la expedición. Ellos no disminuirán. en Queimadas. volvían a la vida.alma popular. variantes de un dictado único. apareció con los últimos retra­ sados sobrevivientes. el día 19 de marzo. Vimos cuántos entraron en acción. 1. registrados. se volvió como una compensación ante el revés. el oscuro soldado trascendía a la historia cuando — víctima de la desgracia de no haber muerto— cambiando la inmortalidad por la vida. Dejemos ahí. LEVANTAMIENTO EN MASA Los gobernadores de los Estados. Se hacían misas por los muertos en todas las iglesias. transfigurado por un singular rapto de coraje. Tres días después del encuentro. esa tragedia. el de las demás ciudades creía estar a la altura de la grave situación apoyando todos los actos de energía cívica que practicaba el gobierno por la afrenta al Ejér­ cito y (esta conjunción valía por cien páginas elocuentes) a la Patria. persistió como aspiración exclusiva. No hagamos la resta. Se congregaban para acuartelarse ciudadanos altivos. ornaba la peripecia culminante de la pelea. con su singular significación negativa. a doscientos kilómetros de Canudos.081 combatientes. se había batido hasta su último cartucho para caer finalmente. se planearon homenajes cívicos.

se llamaría a las armas a los mismos diputados del Congreso Federal. Jeremoabo. . . avanzando sobre la capital de Bahía. El Presidente de la República declaró que. Las gentes alucinadas oían el sordo tropel de los bárbaros. ya endurecidos en el fuego de la revuelta anterior. incomparables. después de saquear esas aldeas. . hecho en treinta días. acrecidas por nuevos contingentes. de donde. Allí existían hombres de excepcional valor. Las hordas invasoras. en caso extremo. . . ideas raras. Y sucesivamente. el Moreira César. . No bastaba. el vicepresidente le escribió al Club Militar proponiéndose valientemente para ceñir el sable ven­ gador. Se daban sorprendentes informes. sin piedad. sólo se notó la falta muchos días después. Es que en Canudos estaba en juego la suerte de la República. triunfalmente.ron batallones de veteranos: el Tiradentes. con el coro estri­ dente de las locomotoras en pleno sertón bravio. PLANES En el cuartel general del ejército se abrió la inscripción para cubrir los claros de diversos cuerpos. se encaminarían hacia el lito­ ral. Los rodeaban en su fuga. habiendo desertado cerca de setecientos. la de la Armada. Ya estaban tomadas por los jagunqos Monte Santo. se acumulaban nuevas noticias que aumentaban el fardo extenuador de aprensiones que oprimían a las almas conmovidas. Ingenieros ilustres hicieron el trazado de un milagro de ingeniería: un ferrocarril de Vila Nova a Monte Santo. Se exponían extraordinarios detalles: en la aldea había tanta gente que. fugitivos desde la Revuelta de Setiembre. marchaban hacia el sur. . entre los cuales se nombraban conocidos oficiales del Ejército y de la Armada. mientras se creaban otros con patriotas de todos los matices: el Deodoro. el Académico y el Vrei Caneca. el Silva Jardim. Los batallones de Moreira César eran las legiones de Varo 278. que el Conselheiro había con­ vocado. Cumbe. que irrumpiría de golpe. UNA TROPA DE BARBAROS Se afirmaba que uno de los jefes del reducto era un ingeniero italiano. adiestrado quizá en los polígonos bravios de Abisinia 277. Surgían planes geniales. y en un ímpetu de patriótico lirismo. . muy hábil. catervas formidables. el Benjamín Constant. pasando por encima de la Itiúba. aquello no era una aldea de trucu­ lentos bandidos. . Magacará y tal vez. reorganizándose en Tucano.

Esta medida. habiendo definido antes en una proclama por telégrafo. deshacía escoltas y escondido en el alto sertón del Sao Francisco. aquella vanguardia de retardatarios y de maníacos. José Guedes. sorpren­ día a las autoridades que lo interrogaban con la altanería estoica de un profeta. 31? y 329 de Río Grande do Sul. firme y respetada”. el Monje del Paraná. un maníaco. por su parte. en Ceará. el 5? y narte del 9? de caballería. el 9? y el 16? de Bahía. el padre Cicero. el 2 ? de Ceará. asaltaba cargueros repletos de espingardas. aceptó. 30?. el 26? de Sergipe. el 7?. convertida en base de operaciones provisorias. el 5? de Maranháo. para legar a las generaciones futuras una República honrada. ade­ más de corresponder a la urgencia de una organización pronta en esa aldea. El comandante del 2 ? distrito militar. se manifestaba. . En Minas. precipitando en las primeras escaramuzas. asomaba en esa concurrencia extravagante para la historia y para los hospicios 279. por fin. . 25?. nosotros estamos convocados al sacrificio del cual no huimos. . Joáo Brandáo. general Artur Oscar de Andrade Guimaraes. El gobierno debía actuar rápidamente. el 33? y 35? de Piauí. En Juázeiro. se imponía por otro motivo igualmente serio. congregaba multitudes de nuevos cismáticos en pro del Conselheiro. La reacción monárquica. En todo se repetía la misma afirmación: había que salvar a la Re­ pública. CONCENTRACION EN QUEM ADAS Las tropas convergían en Bahía. su pensamiento sobre las cosas: "Todas las grandes ideas tienen sus mártires. coronados del mejor de los éxitos. tomaba la actitud batalladora. el 14? y 5? de Pernambuco. La aureola de la locura soplaba también por el sur. eran hechos de una conjuración que desde hacía mucho tiempo actuaba solapadamente contra las instituciones.Y no eran sólo los jagungos. Llegaban a esa capital en batallones des­ tacados y seguían inmediatamente hacia Queimadas. el 4? de Pará. un ladrón cabal. un heresiarca si­ niestro. Y todo esto. el 24? de Río Grande do Norte. II MOVILIZACION DE TROPAS Se trajeron batallones de todos los Estados: el 12 ?. el 27*? de Paraíba. En Pernambuco. invitado a asumir la dirección de la lucha. regimiento de artillería de la Capital Federal.

Y no los con­ movía. la 2 ^ brigada bajo el mando del coronel . Por su parte. torciéndose por la mon­ taña. y con sus calles estrechas y embarulladas por las cuales pasaría hoy Fernáo Cardim o Gabriel Soares sin notar diferencias notables. traduciéndose finalmente en desacatos y desmanes. a despecho del tiempo. Citamos sólo un hecho: los oficiales de un batallón. la soldadesca. Allí entraban con la altanería provocadora de los triunfadores en una plaza conquistada. La pasión patriótica rozaba la locura. llevaron su dedicación a la República a abusos iconoclastas. se les aparecía como una ampliación de la tapera sertaneja.Es que. De modo que en poco tiempo allí estaban estacionados todos los cuerpos destinados a la marcha hacia Monte Santo y el comandante general de las fuerzas. enuncia­ dos con una fanfarronería continua. en la orden del día del 5 de abril. to­ maban los vagones del ferrocarril central v seguían prontamente para Oueimadas. había en el ánimo de los nuevos expedicionarios una sospecha extravagante respecto de las creen­ cias monárquicas de Bahía. La vieja capital con su antiguo aspecto. erigida para la defensa con sus viejos fuertes separados. La prensa y la juventud del Norte. como acrópolis desmanteladas. conservando. los batallones llegaban. finalmente protestaron y más elocuentes que los mensajes resultó el descontento popular pronto a estallar. las líneas tradicionales de antigua metrópoli del Océano. colocado en el portón de una vieja repartición pública. Era como si hubiesen esta­ blecido que aquello era un Canudos grande. generalizándose un concepto falso. así ejemplificada. 149 y 3 O 9 batallones de infantería constituyen la 1^ brigada bajo el mando del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. SE ORGANIZA LA CUARTA EXPEDICION "En esta fecha quedan así definitivamente organizadas las fuerzas bajo mi comando: "Los 7?. los irritaba. con sus laderas a plomo. asaltada tantas veces por las chusmas marítimas de los normandos y los holandeses. un escudo en el que se apreciaban las armas imperiales. Eran cosacos en las calles de Varsovia. pudo organizar la expedición. desembarcaban. como cañoneras abiertas hacia el mar. trataron de despedazar. Esa provocación gratuita aumentaba día a día. el 309. En los sitios públicos la población sorprendida oía los comentarios adversos. levantada sobre la montaña. Como medida preventiva. destacada por el agudo tintineo de las espuelas y de las espadas. En pleno día. los 169. 259 y 279 batallones de la misma arma. siguiendo el mismo trazado de las trincheras de barro de Tomé de Sousa2S0. disemi­ nados por las cumbres. a hachazos. se ejercitaba en diversos con­ flictos y correrías.

Y si. era fácil verificar que la plena consecución de los itinerarios establecidos. En vez de un cerco a distancia. en las trampas de la guerra seríaneja. los 12 ?. tal vez. y 6 $ brigadas formarán otra columna. Desde estas aldeas convergirían sobre Canudos. para lo que eran suficientes aquellos dieciséis cuerpos articulándose en puntos estratégicos y avanzando poco a poco. desde hacía mucho conocido. tomando la hipótesis más favorable. combatidos en una sola dirección. Los jagungos. se planeaba atacar a los fanáticos por dos puntos. se cortaban fuera del poblado. alrededor de la aldea. copia ampliada de los errores anteriores. atravesaría Sergipe hasta Jeremorabo. mientras la se­ gunda. del Uauá y de la Várzea da Erna. la 4^ brigada bajo el mando del coronel Carlos María da Silva Teles. 35 9 y 409. todo el vasto sertón del Sao Francisco. después de reunirse en Aracaju. la 3^ brigada bajo el mando del coronel Olimpio da Silveira. hasta inclu­ yendo la posibilidad extrema y dolorosa de la batalla. el 59 regimiento de artillería de campaña. la 6 ^ brigada bajo el mando del coronel Donaciano de Araújo Pantoja. aunque se realizara. los 5 9 y 9 9 batallones de infantería. los caminos del Cambaio. eran dos las masas compactas de soldados que irían a caer. siendo responsable de la misma hasta la respectiva presentación de aquel general. La simple obser­ vación de un mapa mostraba que la convergencia establecida. los 349. bajo el mando del general Joáo da Silva Barbosa. La orden del día nada decía en cuanto al desdoblamiento de las ope­ raciones. los 269 y 329 de infantería y una división de artillería. en el caso de que fueran desbaratados. con una sola variante: en lugar de una. 319 y 33 9 de la misma arma y una división de artillería. del Rosario y de Jeremoabo. Los caminos escogidos. Se resumía en la división en columna. esto no sucediese. bajo el mando del general Cláudio Do Amaral Savaget” . las 4^. todos a un tiempo. "Las P . en un punto de su amplia periferia y resultaban ineptos para el asedio. poco se desviaba del modelo anterior. la primera columna saldría por Monte Santo. La expedición estaba constituida. 2? y 3? brigadas formarán una columna. no determinaría el aplastamiento de la rebelión. incluso problematizaban un desenlace satisfactorio de la campaña. Páginas ya escritas me dispensan de volver a insistir sobre semejante plan. asilo impenetrable en el . la 5^ brigada bajo el mando del coronel Juliáo Augusto de Serra Martins. el coronel comandante de la 1? brigada. tenían francos hacia el norte y el oeste. por el sudeste. porque éste.Inácio Henrique Gouveia.

había sido una ilusión. ante todo. para Aracaju. llegaban a la oscura estación del ferro­ carril de Sao Francisco y quedaban impotentes para la partida. o . en Queimadas. no venían de los polígonos de tiro o de los campos de maniobras. definida por un estado mayor que conozca todos los servicios. señalaban una sola corrección: una tercera columna que. Era preciso marchar y vencer. en los primeros días de abril. No había un servicio de abastecimiento organizado. las operaciones militares. Los com­ batientes. . Ahora bien. fue imposible conseguir un depósito de víveres.que se se acogerían a salvo y desde donde se aprestarían para la réplica. una dirección administrativa. El general Savaget salió en seguida. No había un servicio de transporte suficiente para cerca de cien toneladas de mu­ niciones de guerra. No había tiempo para pensar. Los batallones llegaban. No teníamos ejército en la significación real del término. de modo que en una base de operaciones provisoria. . algunos disminuidos. Finalmente. Los días comenzaron a correr monótonos en evoluciones y maniobras. y el comandante en jefe. vestirlos. El país entero ansiaba lavar la afrenta hecha al Ejército y a la Patria. dispuso todo para el ataque. DEMORAS Pero éste sólo se realizaría dos meses después. darles municio­ nes. a fines de julio. partiendo de Juázeiro o de Vila Nova y venciendo una distancia equiparada a las recorridas por las otras dos. desde el transporte de las provisiones hasta los lincamientos superiores de la estrategia. técnica y táctica. órgano que prepara. mil puertas abiertas por los otros. soldados y patricios. unida al litoral por un ferrocarril. afrontando los asaltos hechos por un solo flanco. rayaba en el optimismo más exagerado. no había soldados: los cargadores de armas que por allí desembarcaban. que les permitirían comunicarse con las cercanías y abastecerse. Era necesario armarlos. cerrando aquellos caminos y origi­ nando finalmente un bloqueo efectivo. Los sertanejos resistirían como resistieron. Pero no se pensó en esta división suplementaria. con el armamento arruinado y careciendo de las nociones tácticas más simples. Faltaba todo. convergiese con ellas. en la que se incluye. El gran movimiento de armas en marzo. tendrían como tuvieron. menores que compañías. Eran circunstancias fáciles de deducir. adiestrarlos e instruirlos. la consideración de un abandono en masa de la aldea. más valiosa que la existencia de algunos millares de hombres y espingar­ das. Y al prevenirse. Queimadas se volvió un vivero de reclutas y un campo de instrucción.

solo. con dificultades. recién formada con el 59 y el 9 9 batallones de artillería. . doblegado en la insipidez de esa Capua invertida 2 8 1 donde voci­ feraban. sin carretas para el transporte de las municiones. hacia el centro de la lucha. apenas contenido por la oficialidad. la línea telegrá­ fica de Oueimadas. se acercaba a Jeremoabo. Continuaron hasta mediados de junio los mismos ejercicios y la misma existencia aleatoria de más de tres mil hombres en armas. pero de inquieto temperamento para aquella apatía. Al llegar a Magacará. donde la situación no varió. cuando llegó el mes de julio y la 2 ^ columna atravesando Sergipe. hacia Monte Santo. El diputado del Cuartel Maestre General 2 8 2 no había conseguido siquiera un servicio regular de convoyes. dos brigadas salieron en reconocimiento hasta el Cumbe y Ma^acará. . Fue el único movimiento militar realizado y no tuvo el valor de aplacar la impaciencia de los expedicionarios. de modo de almacenar reservas capaces de sustentar a la tropa por ocho días. Por lo que. La comisión de ingenieros militares dirigida por el teniente coronel Siqueira de Meneses había terminado. centenares de valientes marcando el paso delante del enemigo. estuvo por salir.ejercicios de fuego en una línea improvisada en un surco abierto en la caatinga próxima. El coronel Thompson Flores planeaba ese movimiento indisciplinado y temerario. viviendo a costa de los recursos de un municipio pobre y talado por las expediciones anteriores. la situación moral de los combatientes. Y fue la única cosa apreciable en tanto tiempo. en lugar de volver a la base de operaciones. desprovisto de los recursos más elementales. no había en Monte Santo una sola bolsa de harina en depósito. El comandante en jefe. porque esta brigada se había reconstituido con el agregado de una batería de tiro rápido y con el 79 destacado de la 1^. descansando. dispuestos para el combate pero impotentes para la partida y. registremos esta singular circunstancia. abastecieran a la base de operaciones. que partiendo de Oueimadas. por el camino del Rosario. Y el entusiasmo marcial de los primeros tiempos aflo­ jaba. se quedaba delante de la tropa acampada y mal alimentada por algunos bueyes magros y hambrien­ tos desparramados por los campos de los alrededores. De allí salieron. estaba bajo el mando de un oficial incomparable en el combate. Una de esas brigadas. la 3?. Como un entretenimiento o un pretexto para sacar de Monte Santo por algunos días a mil y tantos consumidores de los escasos recursos de la columna. . Esta detención desalentaba a los soldados y alarmaba al país.de infantería. La penuria y ciertos anuncios de posible hambruna condenaban a la inmovilidad a la división en la que se encontraba el principal jefe de la campaña. revelando. aunque exagerándola con su fuerte temperamento nervioso. después de apresar en el camino algunos cargueros que iban a la aldea sediciosa. batallón por batallón.

Avanzarían en brigadas cuyos batallones. Muchos se estremecían imaginando el sobresalto al recibir de impro­ viso. de cuatro en fondo. estipulando que las características del terreno imponían tres condiciones para un favorable accionar de la campaña: fuerzas bien abastecidas. después de augurar una inevitable victoria sobre la gente de Antonio Conselheiro "el enemigo de la República”. podemos encontrar en las páginas de Vial 2 8 3 . sin líneas de operaciones. Lo demuestran las ins­ trucciones entregadas. consistía solamente en el aprovecha­ miento del terreno y en una movilidad vertiginosa. tenían escasos intervalos de pocos metros. sorpresas de toda índole y de todo lo más odioso de la guerra”. Pese a la literatura alarmante. que no acudiesen a los recursos del terreno tan pobre. alentado por tres victorias. movilidad máxima. El jefe expedicionario sólo se ocupó de la distribución de las formacio­ nes. Eran tres requisitos esenciales y complementarios. señala a las tropas el peligro que las asal­ tará al entrar en el sertón donde "el enemigo las atacará por la retaguar­ dia y los flancos” en medio de esas "matas infelices” cribadas de "caminos obstruidos. No se preocupó del aspecto esencial de una campaña que. Esta consideración era capital. reducida al dominio estricto de la táctica. legos en la materia. lo que ese docu­ mento muestra es la obsesión en imaginar a las guerrillas habilidosas de los jagungos dentro de trazados gráficos. sujeta a los ligeros . Persistía la obsesión de una campaña clásica. el general. Sin el laconismo propio de tales documentos. trincheras. la nueva de la toma de Canudos por el general Savaget. Irían recargadas por las toneladas de un cañón de sitio. estos datos eran verdaderos. Calculaban los efectos de esa dilación ante la opinión pública ansiosa de un desen­ lace y consideraban cuán útil sería para el adversario. y flexibilidad para adaptarse al terreno abrupto. Porque su tropa iba a salir hacia lo desconocido. a los comandantes de los cuerpos. aquel armisticio de tres meses. Pero ninguno fue satisfecho. NO HAY UN PLAN DE CAMPAÑA El general Artur Oscar decidió entrar en acción fijando en la orden del día del 19 de junio la partida en la cual "deja a la imparcialidad de la historia la justificación de tal demora”.A todos fastidiaba la inmovilidad en que habían caído tras el arranque marcial de los primeros días. Las tropas partirían de la base de operaciones a media ración. días antes. La comi­ sión de ingeniería había realizado reconocimientos acordes. Resumen de unos viejos preceptos que cada uno de nosotros.

pudiese. Marcharían en desdoblamientos que. cortando las bromelias y los espinos. se deberían mover con las distancias regulares. de los guarda-pechos para troteger el tórax. En compensa­ ción. apenas iban a arriesgar unos pasos para dejar por allí enganchados sus uniformes en jirones. Los que las acompañaban no valían nada. iba a iniciarse enredada en una compleja red jerárquica. No imaginó que el frío estratega invocado. para pasar indemne por medio de los xique-xiques. delante de ad­ versarios fugitivos y valientes. a media ración. La lucha que sólo pedía un jefe esforzado y media docena de sargentos atrevidos.700 kilos. a propósito. geométricamente — cordones de tiradores. que pesaba 1. Como si fuera poco. un genio que para la ocasión no valía como los ardides de un capitán del monte. citó a Ther Brun. y de los sombreros de cuero firmemente atados al mentón. guerras de trampas. de flan­ cos capaces de evitarle sorpresas. Hubieran podido avanzar si se les salvara de tales inconvenientes. se le prendió a las espaldas la mole de acero de un Withworth de 32 2 8 4 . habilitándolo para arremeter impunemente por allí adentro. Ejemplifiquemos: las columnas partirían de la base de operaciones en situación absolutamente inverosímil. Soldados de ropas de paño. en las guerras sertanejas. sin reglas. con algunos batallones macizos perdiéndose en caminos desconocidos. de los guarda-pies. Bas­ taba con que fuesen apropiadamente vestidos. Uno o dos cuerpos así dispuestos . no las guardaban de los asaltos. Quiso dibujar lo imprevisto. no tenían la garantía de una vanguardia eficaz. Por fin. de las perneras. un obstáculo para cualquier maniobra rápida. aban­ donaría esos dispositivos de los preceptos idealizados sin nombre. hecha para la quietud de las fortalezas ribereñas. sin programación rígida. significaba la reducción de la marcha y la perturbación de los transportes. en la emer­ gencia de una batalla. No quiso innovar. líneas de apoyo y reservas— actuar con la seguridad mecánica establecida por las luminarias de la guerra. rodeadas de hechos súbitos y de encuentros fortuitos en las vueltas de los caminos o celadas en todas partes. Copió instrucciones sin valor. extendiéndose por el campo raso. con la garantía de las fuertes alpargatas. como veremos en breve. El flanqueador debía meterse en la caatinga vestido con las ropas de cuero del sertanejo.reconocimientos hechos anteriormente o a los datos recogidos por oficiales de otras expediciones. de modo que cada brigada. Tenían que marchar a los costados del grueso de la tropa por dentro de las caatingas y éstas les obstaculizarían el paso. y nada hay de práctico en esas instrucciones sobre servicios de seguridad en la vanguardia y en los flancos. La ropa de los vaqueros enseñaba. los cuerpos. aunque se dejasen de lado medidas imprescindibles. La tremenda máquina. muestra la preocupación del orden mixto. Y el jefe de la expedición. Es que había que impresionar al sertón con el monstruoso espantajo de acero.

Más extravagante resultan las cha­ quetas europeas de listas vivas y botones brillantes entre las ramas de la caatinga marchita 2 8 5 . Marcha bajo una lluvia violenta y no tirita. Cuando suena la alarma. acabarían por copiar las evoluciones de los jagungos. y debía rectificarlos. Se encargaba de una ardua tarea: adecuar la marcha a los rastros sertanejos. el luchador tiene sus ropas intactas y puede descansar sobre un montón de espinas. a pesar de su rudo material es capaz de entallar elegantemente y robustece. la comi­ sión de ingenieros. La conocía entera. se le aparece un arroyo correntoso y lo cruza metido en su ropa impermeable. en cuyos cuerpos los bárbaros uniformes no se ajustarían por primera vez. Es buena para las intem­ peries. hijos del Norte. amor­ tigua las repentinas variaciones de la temperatura. normaliza la economía fisiológica y produce atletas. ese campeador que se había formado fuera de la vida de los cuarteles. Ese camino fue hecho. alejado de todo temor. algunos cañones de tiro rápido y el aterrador 32. En primer lugar. el día 14. cortados por barrancos y torcidos por los morros. Después de un largo combate. de modo que por tales caminos. La expedición debía marchar correctamente. Pero esto sería una innovación rara. Nadie hasta entonces había entendido con igual lucidez la naturaleza de la campaña o estaba mejor preparado para ella. atenúa el frío en el invierno. a lo largo de quince leguas. alargarlos o nivelarlos. con esfuerzo y tenacidad. . La había recorrido casi solo. las baterías Krupp. lo convirtieron en el guía exclusivo de aquellos miles de hombres al tanteo en una región desconocida y bárbara. Además. se encuentra con pastos en llamas y puede cruzarlos sin hesitar. se levanta de golpe y su flexible coraza no tiene una sola arruga. e infatigable.y convenientemente adiestrados. Se temía contagiar la piel dura del jagungo a la epidermis del soldado. en todos los sentidos. partió la comisión de ingenieros protegida por una brigada. en todos los bata­ llones. Porque no se gasta ni se rompe. Lo abrió. Se armoniza con la guerra. pudiesen transitar la artillería pesada. Y esto no sería una originalidad. LA COMISION DE INGENIEROS Para este notable trabajo hubo un jefe: el teniente coronel Siqueira de Meneses. Una firme educación teórica y un espíritu observador. desarrollándolo hasta lo alto de la Favela. que por sí solo requería un camino consolidado y firme. acompañado por uno o dos ayudantes. Con corrección y fragilidad. sobre todo considerando que allí había. Atenúa el calor en el verano. nuestros admirables patricios del sertón atestiguan que esa bizarra vestidura.

y muchas veces. En este presu­ puesto. en reconocimientos peligrosos y resurgía en el Caipá.sorprendía a los combatientes más rudos. Y le dio un trazado que sorprendió a los mismos sertanejos. LA MARCHA PARA CANUDOS Por allí avanzaban. Se largaba por las amplias pla­ nicies. hechos diez kilómetros. Los vaqueros amigos de las cercanías lo conocían y lo conocieron por fin los jagungos. mucho antes de llegar a la aldea. convirtiéndose en un pensador contem­ plativo. El plan esbozado por la comisión de ingenieros lo evitó. El comandante en jefe había apreciado su valor. Esos atributos hacían pensar que sería escogido. La de artillería que levantó el campamento de Monte Santo el 17. bordeando los contrafuertes de Aracati. ineptos para un medio galope corto. subía por los cerros abruptos. el cáliz de una flor o un accidente del suelo. de aspecto débil. más corto y en muchos puntos menos impracticable. los sertanejos lo fortificaron de tal manera que la marcha de la expedición por allí hubiera acarreado un desastre completo. en Calumbi o en el Cambaio. lo saca­ ban de las preocupaciones de la guerra para llevarlo a la región serena de la ciencia. el obstruyente 32 . el del Cambaio y el de Magacará. se le antojaban escritas en una página de la tierra que todavía nadie había leído. era la mejor garantía de una marcha se­ gura. estu­ diando. habían sido utilizados por las expediciones anteriores. Esa naturaleza original lo atraía. se perdía en el desierto repleto de emboscadas. sin las trincheras soberbias del primero y sin las vastas planicies estériles del último. haciendo un camino más hacia el este. Cabalgaba animales arruinados. al Río Pequeño. ese jagungo rubio. observando. Una roca. que andando por todas partes con una carabina en bandolera y un podómetro agarrado a la bota. El teniente coronel Meneses era el ojo de la expedición. más preocu­ pado por sus notas y sus croquis que por su vida. los vedeaba. les desafiaba la astucia y no sentía temor de las emboscadas y no se equivocaba en la lectura de su brújula portátil entre los estampidos de las carabinas. en­ contró dificultades en los primeros pasos. distanciadas. Y el expedicionario sin miedo lo hacía. Les llamaba la atención aquel hombre frágil. Quedaba el del Calumbi. su estructura geognóstica aún no estudiada. Mientras los cañones más lige­ ros llegaban. en todas partes. Proveniente de una familia sertaneja del Norte y teniendo hasta familiares próximos entre los fanáticos de Canudos. Su flora tan extraña. su topografía atormentada. luchando. se hundía en los pantanos. de fiso­ nomía nazarena. las brigadas. Entre los caminos que llegan a Canudos. dos. física y moralmente bru­ ñido por la cultura moderna.

en el aislamiento de las planicies. bajo el mando directo del diputado del Cuartel Maestre General. imprimían el rasgo original de la vieja bravura. totalmente nuevo. de los primeros mestizos. Recién formado con sertanejos enrolados en las regiones ribereñas del Sao Fran­ cisco. caballeresca y despiadada. unos y otros poco afectos a esa clase de transportes. en los días angustiosos del asedio a Canudos cantarían al son de las guitarritas. Toda la expedición en camino. Solamente el 19 a la tarde. en contraste permanente entre la marcha ligera de la vanguar­ dia y el lento andar de la artillería. con la misma marcha fatigosa y de­ morada. coronel Campelo Franca. avanzó hasta el Aracati. por las curvas del camino o por los desniveles repentinos que detenían a la pesada máquina. y formado por 432 plazas. tres días ocupados en hacer tres leguas. cuarenta y seis kilómetros más allá de Monte Santo. El 59 cuerpo y el convoy. constituían un batallón de jagungos. guiados por conductores inexpertos. salvaje y heroica. aparecían con un aspecto original. Entre las fuerzas regulares de uno y otro matiz. distante ocho kilómetros de la estación anterior. una lealtad llevada hasta el sacrificio y un heroísmo extendido hasta la barbarie. fuera de la intrusión de otros elementos y de golpe.933 soldados. habiendo partido los últimos de Monte Santo. en la emergen­ . a veces demasiado dis­ tanciadas. modinhas festivas. el único entre todos que se amoldara a las condiciones de la campaña. seguían al cabo completamente aislados. Tenían el temperamento pri­ mitivo de una raza. Y lo mismo le sucedía a los demás batallones. vencedores de bandeiras. a la cola de la tropa. unos tres mil combatientes. mezcla interesante de atributos contrarios a la lógica. teniendo a la vanguardia al 2 59 batallón del teniente coronel Dantas Barreto. en seguida se verificó la imposibilidad de una concentración inmediata. cuando debían estar en el centro. con un efectivo de 1. permitiendo que se reor­ ganizara la brigada de artillería que. no era un batallón de línea ni era un batallón de policía. Los veremos más adelante. a un tiempo novelesca y brutal. Por el camino tiraban penosamente las veinte yuntas de bueyes que lo arrastraban. guardado intacto. joviales y aficionados a las bravatas que. siempre con la misma formación: las grandes divisiones avanzando aisla­ das o concentrándose y dispersándose en seguida. llegó el cañón retrasado al Caldeirao Grande.había quedado distanciado una legua. Ese mismo día había salido de Monte Santo el comandante general y el grueso de la columna constituido por las brigadas 1^ y 3^. con una ingenuidad sorprendente. juntamente con la 2 ^ de infantería. rezagados de la expedición. A despecho de la formación establecida. el 59 cuerpo de la policía bahiana. Más alejado todavía. proseguirían a la mañana siguiente hacia Gitirana. más tarde. debajo del relampagueo de la fusilería. en el que surgían inconvenientes a cada paso. Esos cáboclos rudos y bravos. iba el gran convoy general de municiones.

7. el cañón 32. mientras el comandante general andaba rápidamente y en ese día llegaba con la vanguardia a Juá. Las brigadas se reunieron por fin. el 259 de la 2^. Si consideramos que el convoy general dirigido por el coronel Campelo Franca y protegido por el 59 de policía había quedado a la reta­ guardia. éstas quedaban divididas. protegida por los del coro­ nel Medeiros. porque no estaban dispuestas para distancias tan grandes entre sí. en la noche de ese día. llegó el resto de la columna compuesto por los 59. Se exceptuaba el convoy retrasado en algún lugar del camino. ofreciendo con­ diciones desventajosas en la emergencia de un asalto. el ala de caballería del mayor Carlos de Alencar y la artillería. las que debieron haber sido establecidas de antemano como un requisito táctico indispensable. como una obstruc­ ción entre la vanguardia y el convoy general. se ve que la tropa estaba desparramada por una longitud de casi cuatro leguas. llevando el dispositivo fijado: al frente el 149 y el 39 batallones. el 9 9 y el 259. aquí estaba inmovilizada la artillería aguardando que la comisión de ingenieros terminase la apertura de picas y trabajos de zapa.800 metros de distancia. protegido por la brigada Medeiros. hacia Aracati. De ese punto salieron los dos generales en la mañana del 23. Adscrito al trabajo de los zapadores. en lugares escogidos. más aventajada. ya de esa parada había salido a la retagurdia de la artillería. En el amanecer del día 2 2 . a poco más de una legua de Monte Santo y llegaba. después que los ingenieros. En la misma ocasión. en el centro la caballería y la artillería. la brigada Gouveia tocaba Gitirana a la noche. . a las nueve de la mañana al Caldeiráo Grande. levantaba campa­ mento hacia Gitirana. Mientras el grueso de la columna levantaba campamento del Río Pequeño al alborear del 2 1 . seguido de un piquete de veinte plazas de caballería y el 9 9 de infantería. más de una vez. 79.cia de la batalla. el 9 9 batallón de la 3^. en Juá. el auxilio de la columna quedaría trabado por el obs­ táculo de las baterías que cubrían el camino estrecho. De manera que si los jagungos dieran. Des­ pués de la artillería. violando completamente las instrucciones establecidas. apoyados por la brigada Flores. donde ya se encontraban la comisión de ingenieros y el general Artur Oscar que hasta allí había llegado. 159 169 y 279 cuerpos de infantería. Pero la artillería. sólo se movió al mediodía. haciendo la vanguardia los bata­ llones del coronel Gouveia. sin equipo. y como el grueso de las fuerzas aún venía por el camino del Caldeiráo. el tren de la arti­ llería quedaba muy separado del resto de la columna. de ahí partía el comandante general con la primera brigada. después de caminar dos leguas. después otros dos cuerpos. Pero. a las seis. algún golpe de mano audaz contra el convoy general. cuando el general Barbosa que había permanecido el resto del día anterior en Caldeiráo.600 metros más allá de Gitirana. Lo muestra la ruta pormenorizada de la marcha. a 12. realizaron penosos trabajos de repa­ raciones.

Tomás Vila-Nova. lo cerrado de la caatinga. Ese día. a una distancia de 13. en Lagoa da Laje. guiado por un alférez.800 metros. Tomados de sorpresa. tenía mejores condiciones de viabilidad. Sólo uno quedó. "Tales eran el gran movimiento de tierras a hacerse. se encaminó hacia Jueté. buscando la estancia del "Sitio” de un sertanejo aliado. Reaccio­ nó a pesar de estar herido. Más a la retaguardia todavía estaba el 32. Era la primera hazaña. totalmente entregado a nuestra causa. se enfrentó con el adversario más próximo. . el de los Pereiras. Lo vencieron. a dos kilómetros de Aracati. un cabo. Estaba sobre el tejado y al bajar se vio rodeado. que por lo cerrado de la noche no se pudo pasar. Lo mataron. y otra vez se dividió.Nos detenemos en los menores incidentes de esta marcha para mostrar las excepcionales condiciones en que se realizó. Después se recostó a la pared de la casucha e hizo frente a los soldados agitando el arma sobre sus cabezas. Se entraba en zona peligrosa. Ya iban lejos. a la tarde se inició un nuevo camino que. espinal. además de los trabajos de zapa. además de los accidentes del terreno para la subida y bajada de los vehículos” 286. junto con la 3^ brigada al borde de un arroyo. Otras la sucederían. donde ya estaba desde hacía mucho la columna. Y fue a acampar a la medianoche en la Lagoa da Laje. Después de la partida de Juá y llegados a la vieja estancia del "Pogo” totalmente en ruinas. después de unas horas de camino. ya unida. se buscó el campo de Vila-Nova. sorprendió a algunos rebel­ des que sacaban el tejado de una casa allí existente2S7. el piquete del comando general. Los caminos empeoraban. La artillería sólo avan­ zó al caer la tarde. El encuentro fue rápido. El día 24 la marcha se hizo más pesada. los pesados bloques de piedra a removerse. sobrevino un incidente que muestra cuánto cono­ cían el terreno por el que avanzaban. los zapadores hicieron un desvío a la izquierda. La columna que levantó cam­ pamento de Aracati al mediodía porque tuvo que esperar la llegada de los retrasados de la víspera. por extensión. por demás exigua para tanta gente. aunque era más largo. lo desmontó y le arrancó la carabina de las manos. pasando por el sitio de los Pereiras. abrir más de una legua de pica a través de una caatinga feroz que en ese lugar justifica bien el significado de la denominación indígena del lugar *. Aban­ donando todo el trabajo hecho. INCIDENTES En lugar de seguir rumbo a la derecha. Acon­ sejado por éste. los sertanejos huyeron sin replicar. golpeándolo con la culata. Se hizo necesario. cuando el teniente coronel Siqueira de Meneses reconoció la imposibilidad de adecuar el camino con la rapidez necesaria. * Ju-eté: espino grande.

la comisión de ingenieros tuvo que abrir. enmarañándose en una trama impenetrable. malestar y fastidio. especie de cipo de aspecto arborescente.El jefe de ese trabajo memorable relata * : "Al xique-xique. cuyas hojas son cilindricas. de tanto en tanto. caroás. se unió el muy conocido y temido cumana. deno­ minado por el pueblo lugareño Queimadas. el cansancio y el sueño se apoderasen de nuestros resistentes y trabajadores soldados. cola de zorro. pues el capitán Coriolano y el teniente Domingos Ribeiro se encontraban más atrás. empeñados en esta pesada labor. el tercero auxiliar y el cuarto comandante del con­ tingente de ingenieros. Extiende sus franjas de hojas cilindricas con ocho canaletas e igual número de filos cortantes y poco salientes. favela. Virgilio y Melquíades. representada en esta ocasión por el jefe. bajo lluvias torrenciales que se prolongaron hasta el día siguiente. La hoz más afilada de nues­ tros soldados del contingente de ingenieros y de la policía. bajo el pseudónimo de Hoche. "Poco después de las 9 horas estaba la comisión reunida y acampada en el claro. que causaba a todos contrariedad. con un grupo de chinos en el empeño de llevarlo a Canudos. A pocos centímetros del suelo. culumbi. los dos últimos de la policía. En ese laberinto de nueva especie. quixaba y la respetabilísima macarnbira. Antes que el desánimo. tomó la decisión de encender. tenientes Nascimento y Crisanto. no impidió que la noche los sorprendiera antes de llegar a esa especie de claro. no pudiendo vencer los obstáculos derrumbados por la noche. que trabajaba desde el Río Pequeño. El esfuerzo desplegado por los distinguidos y patriotas republicanos. en otros trabajos. El cañón 32. Domingos Leite. palmatoria. artículos publicados en El País. el tronco se divide en muchos gajos que se multiplican en una profusión admirable. "Así se concluyó con alegría general entre las ocho y las nueve de la noche el último trecho en el que el cumana desapareció dando paso a una vegetación más benigna al salir de Queimadas. cabega de frade. . alférez Ponciano. cansangao. formando una gran copa que se mantiene en el espacio por sus propios esfuerzos o favorecido por algunas plantas que vegetan por allí. a su luz. pues ofrecían una resistencia inespe­ rada al empeño que teníamos por ir adelante. mandacarus. Allí también acampó la brigada de artillería. el 169 y el 259 batallones de * Teniente coronel Siqueira de Meneses. el Dr. grandes hogueras para se­ guir los trabajos en pro de la buena causa de la Patria. quedó dentro de la pica hasta el día siguiente y con él. como un gran pólipo de millones de antenas. de lo que ya habla­ mos. ya noche oscura. que cubren muchas veces una considerable superficie del suelo. difícilmente las cortaba a los primeros golpes. en pocas horas. más de seis kilómetros de camino teniendo sobre sus talones a la artillería que atropellaba impaciente. la citada comisión. donde esta vegetación trai­ cionera desaparece como temerosa. parecido a una planta cultivada en los jardines.

Al paso que el general Bar­ bosa. encendidas en el desierto. por entre las fantásticas claridades de las grandes hogueras. En seguida reapareció. después de una corta parada en las Baixas. Fue magnífico. desaparecie­ ron. UN GUIA TEMEROSO: PAJEU El enemigo apareció otra vez. hasta espléndido. el espectáculo que nos impresionó vivamente. siendo necesario todavía hacer una rampa sobre las riberas del río Rosario para que lo cruzara la artillería. acompañado por unos pocos tiradores. atravesar imponente. más adelante. Ahí llegó a la madrugada el comandante general. Pasó como en relieve. traía un objetivo mayor: renovar el delirio de las cargas y un paso redoblado enloquecido que tanto había perjudicado a la expedición anterior. marchando hacia el "Rancho do Vigário”. Desapareció. reiterándole el compromiso de encontrarse el 27 en las cercanías de Canudos. de la honra y de la gloria”.700 metros más adelante. con las brigadas P y 3^. Cayó en un ataque vivo y fugaz sobre la van­ guardia que ese día estaba constituida por el 9 9 de infantería. El famoso bandido hizo un reconocimiento. el resto de la división. Pero veloz y fugitivo. acompa­ ñándola velozmente por dentro de las caatingas. quedando a cargo de la guardia del 32 el 279 que durmió en la pica. altiva de su gran fuerza. Pero de hecho. Era algún piquete que espiaba a la tropa. Levantaron campamento el 26. Cambiadas algunas balas.infantería. que no reveló nada en el interrogatorio a que lo sometieron. 18 kilómetros más lejos. para mostrarle el camino del deber. viendo a la artillería con sus metales pulidos. . enderezaba hacia la estancia del "Rosario” a 4. y más tarde. como lo denunciaron los sucesos pos­ teriores. como reina del mundo. salvo la 3^ bri­ gada que se aventajó hasta las Baixas. Quedó prisionero y herido un curiboca de 12 o 14 años. El comandante en jefe envió entonces un emisario al general Savaget. donde pernoctó. Lo dirigía Pajeú. Los combatientes se reunieron seis kilómetros adelante. como por el genio de la libertad. La tropa acampó sin otras novedades en ese sitio. el general Oscar con el estado mayor y el piquete de caballería. Mientras tanto llegaba a Jueté. No fue posible distinguirlo bien. de flanco. Sorprendió a la tropa con un tiroteo rápido. en el camino adelante.

For­ mados temprano. en tales condiciones. de flancos duros y vegetación rala. derivaron después en la bajada por la garganta que la separa del "Rancho do Vigário”. inútilmente. . Rompía la marcha el 259 batallón. podrían ser fácilmente desbaratados por las guerrillas enemigas. a medida que los trabajos de zapa le abrían camino en las laderas. la artillería ligera que con los ingenieros había aban­ donado al pesado 32. El intercambio de balas de la víspera presuponía combates even­ tuales. los jagungos se dispusieron a refriegas más serias. Las brigadas siguieron: al frente la del coronel Gouveia con dos bocas de fuego. Habían aflojado a los animales de tiro y toda la carga de 53 carretas y 7 grandes carros pasó subdividida a las espaldas fuertes de los sertanejos del 59 batallón de la policía. Y se extendieron por el camino en una línea de diez kilómetros. Y en la alegría surcada de impaciencia. tenían dispuesta otra posición. Al día siguiente. con sus soldados arqueados bajo los grandes fardos. como veremos. los batallones marcharon hasta el pie de la serranía. La columna se dividió aún más. Las cornetas no sonaban más. Mientras la vanguardia. Los ayudaba. nadie pensó en los compañeros retrasados. En plena zona peli­ grosa. La noche. viejas conocedoras del terreno. establecido para el encuentro de las dos columnas sobre los escombros de la aldea atacada. y después. Seguían cautelosos su ruta.Estaban a unos 80 kilómetros de Monte Santo. a golpes de facón el ramaje. La noche transcurrió pacífica. sucesivamente. Sobre dos puentecitos atravesaron el riacho del Angico. como siempre. perdido en la retaguardia. apenas auxiliados por los pocas muías que todavía soportaban las cargas. la conformación del terreno que desde allí en adelante se accidenta. hasta las Baixas donde aparecen los despeñaderos de la sierra del Rosario. venía por los primeros tramos de la vertiente y aquél ascendía lentamente. También dejaron en paz al convoy que. en las condiciones más impropias para librar el más ligero encuentro. al atardecer llegaba al rancho. del otro lado. se eriza en picos escarpados. Las brigadas se olvidaron totalmente del convoy desguarnecido. al centro la del coronel Olimpio da Silveira y la caba­ llería. tratando de abatir. y con la noche una lluvia torrencial con vientos muy fuertes. de aprensiones y vibrante entusiasmo. cayó sobre los expedicionarios que. Tal vez esclarecidos por el reconocimiento hecho. allá a lo lejos. todos se pusieron en movimiento para la última jornada. ladeado de dos pelotones de flanqueadores. que antecede a la batalla. el 27. La subieron. Es que. No lo hicieron. Las tropas iban a escalar por el sur la fortaleza que circunscribe Canudos. andaba por el camino de Jueté. las de los coroneles Thompson Flores y Medeiros.

Los jagungos los asaltaron, de sorpresa, antes de la llegada, al mediodía, en el Angico. El ataque, aunque no merecía el nombre de combate que después le dieron, fue serio. Pajeú congregaba a los piquetes que se sucedían desde ese punto hasta Canudos y se echó de costado sobre la fuerza. Esta, sobre una rampa sin refugios, quedó como blanco de los tiros por elevación de los sertanejos que apenas se distinguían en la orla del matorral, abajo; pero replicó con firmeza, perdiendo sólo dos soldados, uno muerto y el otro herido, y continuó el avance en orden, a paso ordi­ nario, hasta el sitio memorable de Pitombas, donde ocurrió el primer encuentro de Moreira César con los fanáticos.

El lugar era lúgubre. Por todas partes aparecían recuerdos crueles: peda­ zos ya incoloros de uniformes, oscilando en la punta de las ramas secas; pedazos de mantas y harapos de capotes desparramados por el suelo en un revoltijo con fragmentos de osamentas. A la margen izquierda del camino, erguido en un tronco — como una percha de la que colgase un viejo uniforme— el esqueleto del coronel Tamarinho, decapitado, los brazos colgados, las manos de hueso calzando guantes negros. . . A sus pies estaban el cráneo y las botas. Y yendo desde el borde del camino hacia la profundidad de las caatingas, otros camaradas de infortunio: esqueletos vestidos con uniformes rotos y polvorientos, tirados por el suelo, de supino, alineados en forma­ ción trágica, o simplemente arrimados a los arbustos que oscilando según el viento, les daban singulares movimientos de espectros. Toda una de­ moníaca escenografía pensada adrede por los jagungos. No les habían quitado nada, salvo las armas y las municiones. Un plaza del 259 encontró en el género que envolvía la tibia descarnada de uno, un montón de bi­ lletes que sumaban cuatro contos de réis. El adversario lo había desdeñado como otras cosas de valor para ellos degradadas. Los soldados, asombrados, apenas observaron ese escenario porque el enemigo continuaba siguiéndolos de costado. Repelido en el encuentro anterior, después que lo rodeara una compañía del 2 59 dirigida por el capitán Trogílio de Oliveira, retrocedía atacando. El 259 y después el 279 del mayor Henrique Severiano da Silva, si­ guieron repeliéndolo hasta el Angico. La batalla parecía inminente. En varios puntos, partiendo de los flan­ cos y del frente, estallaban tiros. El comandante general tomó las dispo­ siciones más convenientes para repeler al adversario que parecía iba a aparecer, rodeándolos. Un piquete de caballería dirigido por el alférez

Marques da Rocha, de su estado mayor, enviado a reconocer la caatinga a la izquierda, lo hizo inútilmente. Continuaron avanzando. Dos horas después, al trasponer el general una colina, el ataque re­ crudeció de pronto. Se hicieron algunos disparos de Krupp. Un sargento de caballería y algunos plazas se metieron temerariamente en la caatinga. Hicieron una batida. Continuó la marcha. Al frente, el 2 59 formando la vanguardia con una compañía de exploradores y sucesivamente, el 279 y el 169, replicando los tiros escasos y acelerando la embestida. La noche se acercaba. La vanguardia avanzó por las últimas laderas del camino, en las Umburanas. Las subió, sin aliento y sin vacilar. Más de una vez tuvo que replicar serios ataques hechos por el flanco. Y llegó a la montaña. El último paso del ascenso le pareció un plano levemente inclinado, entre dos ondulaciones, cerrado adelante por algunos cerros desnudos. Eran los altos de la Favela.

EL ALTO DE LA FAVELA En ese punto este legendario morro es un valle. Cuando se lo sube se tiene la impresión imprevista de llegar a una bajada. Parece que se desciende. Toda la fatiga de la difícil subida se vuelve un penoso desasosiego para el viajero. La vista queda cerrada por todo tipo de accidentes. En lugar de una línea de cumbres, muestra un thalweg, un surco extenso, cerrado a los trescientos metros por la barrera de un cerro. Llegando a éste, a los lados, se ven corroyéndolo, hondos surcos por donde drena la montaña. Por uno de ellos, el de la derecha, se observa un paso estrecho de rampas altas, casi verticales, como restos de antiguos túneles y el camino del Rosario bajando en fuertes desniveles. A la iz­ quierda, otra depresión que termina en la cuesta suave de un morro, el del Mário, se dilata de norte a sur cerrándose en ese primer tramo ante otro cerro que oculta el poblado y cae de golpe en una garganta pro­ funda hasta el lecho del Umburanas. Adelante, en nivel inferior, la Fazenda Velha. El pequeño cerro de los Pelados viene en seguida, en declive, hasta el Vaza-Barris, allá abajo. Y hacia todos los rumbos, hacia el este, buscando el valle del Macambira, más acá de las cumbres del Cocorobó y el camino de Jeremoabo que lo atraviesa; hacia el norte deri­ vando por la vasta planicie ondulada; hacia el oeste buscando los lechos de los pequeños ríos, el Umburanas y el Mucuim cerca de la entrada del Cambaio; y hacia todos los lados, el terreno se presenta con el aspecto que le dan las cumbres sobresaliendo en una confusión de picos y despe­ ñaderos. Se tiene la imagen de una montaña que se desmorona, arruinada por las tormentas, abriéndose en gargantas que las lluvias torrenciales

profundizan año a año, sin el abrigo de la vegetación que amengüe la ferocidad de los veranos y las erosiones de los torrentes. Porque el morro de la Favela como los otros de esa zona del sertón, no tiene el revestimiento bárbaro de la caatinga. Es desnudo y áspero. Pocos arbustos, esmirriados y sin hojas, raros cereos o bromelias espar­ cidas despuntan sobre el suelo duro, entre las junturas de los bloques yuxtapuestos en planos estratigráficos, exponiendo sin el disfraz de la más leve capa superficial, la estructura interior del suelo. Los que ascienden por el sur no ven en seguida la aldea que está al norte. Tienen que bajar en suave declive la ancha plegadura en que se arquea la montaña, como una trampa entre lomas paralelas. Por allí enderezó al anochecer la cabeza de la columna y una batería de Krupp, seguidas por el resto de la 2 $ brigada y de la 3^, quedando la P y el grueso de la tropa retrasados a retaguardia. Pero dieron pocos pasos, porque el tiroteo, hasta entonces espaciado, progresó en continuo aumento, a medida que realizaban la subida, convirtiéndose al cabo en una fusilería furiosa. Y se desencadenó una refriega original y cruenta. El enemigo no se veía, metido en socavones, en sus trincheras-refugio que minaban las laderas laterales y tapado por las primeras sombras de la noche que caía. Las dos compañías del batallón 2 59 soportaron valientemente el choque. Mientras disparaban al azar sus armas, las dos brigadas se abrieron para dar paso a la batería. Esta, llevada al frente, arrastrada más a mano que por las muías cansadas y asustadas, pasó ruidosamente. Subió a la cumbre más cercana y se alineó en batalla allá arriba. Elevaron la bandera na­ cional y una salva de veintiún tiros de granadas atronó sobre Canudos. El general Artur Oscar, a caballo junto a los cañones, observó por primera vez, abajo, iluminada por la claridad de una luna deslumbrante, la misteriosa ciudad sertaneja y tuvo el más fugaz de los triunfos en la cumbre golpeada por los tiros donde se expuso temerariamente. Porque la situación era desesperada. Su tropa, batida por todos los flan­ cos, envuelta por el enemigo a caballo, estaba apretada en una estrecha franja que le impedía maniobrar. Si estuviese toda junta cabía una solución, seguir por la peligrosa travesía hasta juntarse con el general Savaget que, después de una marcha entrecortada por combates, había hecho alto a tres kilómetros más ade­ lante. Pero no había llegado la P brigada que se había quedado prote­ giendo a la batería de tiro rápido y al 329 y más lento todavía, el convoy parado en Angico, a dos leguas de distancia. Aquel plan de campaña daba el único resultado que podía dar. La expedición homogénea que por su dispositivo inicial no podía fraccionar­ se, porque tenía una sola dirección y un solo convoy, se encontraba divi­ dida precisamente al llegar al objetivo de lucha. De modo que la arreme­

tida coronada con una salva de balas sobre Canudos era la más impru­ dente de las victorias. El jefe expedicionario la definió después como un combate de brillante éxito, merced al cual el enemigo había huido aban­ donándole la posición tomada. Mientras todos los sucesos posteriores revelaron el ansia de la tropa por abandonarla y el empeño persistente de los jagungos por impedirles la salida. Aquello era una trampa singular. Quien recorriera más tarde las cues­ tas de la Favela lo puede testimoniar. Estaban minadas. A cada paso una cueva circular y rasa, protegida por piedras, señalaba una trinchera. Eran innúmeras y como todas miraban hacia el camino y hacían fuego casi a ras del suelo, adrede estaban dispuestas para un cruzamiento sobre aquél. Así se explican los ataques ligeros e insistentes hechos durante el ca­ mino a partir de Angico, el inofensivo tiroteo en el que los sertanejos, saltando y corriendo, daban evidencia de querer atraer a la expedición hacia ese rumbo, impidiéndole la elección de cualquier atajo de los tantos que llevaban a la aldea. Su ardid había triunfado. Los expedicionarios, bajo el estímulo de la persecución del enemigo disperso sobre el frente y en fuga, habían to­ mado, sin una exploración preparatoria, por un lugar desconocido, si­ guiendo, sin saberlo, a un guía terrible: Pajeú. Y con su aire de triunfadores cayeron en la trampa. En respuesta al bombardeo de un extremo al otro, de arriba abajo, por las laderas, estalló un relampagueo de descargas terribles y fulminantes saliendo de cen­ tenares de trincheras, explotando debajo del suelo como fogatas.

Era un fusilamiento en masa. . . Los batallones sorprendidos se volvieron una multitud atónita, in­ quieta, asombrada, centenares de hombres desorientados, tropezando con sus compañeros que caían, atontados por los estampidos, deslumbrados por las claridades de los tiros, sin poder arriesgar un paso en la región ignota sobre la que había caído la noche. La réplica haciendo blanco en las laderas era inútil. Los jagungos tiraban sin riesgos, en cuclillas o echados en el fondo de los fosos, a cuyos bordes sostenían los caños de las espingardas. Excluyendo la posi­ bilidad de desalojarlos con cargas de bayoneta, lanzándose desesperada­ mente por los morros o de seguir, aventurándose a asaltos peores y aban­ donando a la retaguardia, sólo les quedaba a los combatientes el aguantarse a pie firme en la peligrosa posición, aguardando el amanecer. Esta única posibilidad fue favorecida por el adversario. El ataque se atemperó después de una hora y finalmente cesó. Las brigadas acam­ paron en formación de batalla. La 2 ^ se situó en líneas avanzadas, del

centro hacia la derecha, teniendo a la retaguardia a la P ; la artillería se situó cerca, teniendo a la derecha a la batería de tiro rápido, en el centro el Withworth 32 que se confiaba al 39 del teniente coronel Tupi Caldas. El general que comandaba este batallón cuando era coronel lo colocó personalmente en ese puesto peligroso: "A la honra del 3O9 entrego la artillería y quedo tranquilo”. El resto del 59 regimiento del mayor Barbelo se colocó más a la iz­ quierda, próximo al ala de caballería del mayor Carlos Alencar. Cerca de la depresión, junto al alto del Mário, punto flaco de la posición, a la que posteriores sucesos darían el nombre de "Valle de la muerte” se adensaron los batallones del coronel Flores. En una zanja menos alcanzada por el fuego se improvisó un hospital. Hacia allá se arrastraron los 55 heridos que con 20 muertos por allí desparramados, porque no había con qué recogerlos, hacían ascender a 75 las bajas del día en poco más de una hora de combate. Alrededor se extendió un cordón de centinelas y la tropa, comandan­ tes y plazas echados por el suelo en la más niveladora promiscuidad, reposaron en paz. La inopinada quietud del enemigo les dio la ilusión de la victoria. La saludaron anticipadamente las bandas de música de la 3^ brigada ago­ tando hasta deshoras su repertorio de marchas y una luna admirable se levantó sobre los batallones adormecidos. Pero era una tranquilidad engañadora. Los sertanejos habían conse­ guido lo que querían. Habiendo arrastrado hasta allí a la expedición que­ daba totalmente desprotegido en la retaguardia, el convoy de municiones y provisiones. Al día siguiente asaltarían simultáneamente por dos puntos, en la Favela y en el Angico y cuando, victoriosas en el primer lugar, las fuerzas arremetieran contra la aldea, iban a encontrarse sin armas.

Sin embargo, esta circunstancia no pesó en el ánimo de los que se habían acercado tan precipitadamente al centro de operaciones. Al clarear la mañana del 28, reunidos en la posición dominante de la artillería, los oficiales y plazas contemplaron por fin, la "caverna de los bandidos” según el decir pintoresco de las órdenes del día del comandante en jefe. Canudos había crecido aunque su amplitud apenas había aumentado: el mismo caserío colorado de techos de arcilla, extendiéndose cada vez más en desparramo por las colinas, alrededor del núcleo compacto abra­ zado por el río. Circundada al sudoeste y al noroeste por él, abrazada al norte y al este por las líneas onduladas de los cerros, emergía lentamente en la claridad de esa hora de la mañana con el aspecto de una ciudadela

de difícil dominio. Se advertía que un cuerpo de ejército, al caer en ese dédalo de zanjas que la envuelven entera, marcharía como entre estrechas galerías de una plaza de armas colosal. No presentaba un punto de acceso viable. El camino de Jeremoabo que entraba doscientos metros antes, por el lecho seco del Vaza-Barris, se metía entre dos trincheras que le orlaban una y otra margen, disimuladas de setos de gravatás bravios. El camino "sagrado” de Magacará — por donde salía el Conselheiro en sus peregrina­ ciones hacia el sur— cayendo por los morros entre los cuales se encaja el Umburanas, era igualmente impracticable. Los caminos del Uauá y de la Várzea da Erna, al norte, estaban libres, pero exigían una marcha peligrosa y extensa antes de alcanzarlos. La iglesia nueva, casi lista, levantaba sus dos altas torres encumbrando el caserío humilde y completaba la defensa. Daba hacia todos los caminos, enfrentaba los altos de todos los morros, miraba hacia el fondo de todos los valles. La espingarda del tirador colocado en sus cimas no ofrecía un solo ángulo muerto y sólo le faltaban cañoneras o recortes de almenas. El terreno que delante de la Favela, al norte, deriva hasta el río, se abre hacia la izquierda como vimos, en una ancha depresión que da en­ trada al morro del Mário y a la línea de cumbres en declive que se dirige hacia la Fazenda Velha. Allí estaba la 3?- brigada desde temprano, formada en columnas. Más a la derecha, dominante, la artillería. Sucesivamente, la 2 ^ y la 1^ brigadas. La tropa amaneció en formación de batalla. Atendiendo las ventajas tácticas de la posición, ésta debía empezar y en gran parte sus­ tentarse, con la artillería, cuyos efectos, atacando la aldea distante mil doscientos metros, la mostraba capaz de alcanzar en poco tiempo la victoria. Las esperanzas se concentraron, en el primer momento, en las baterías del coronel Olimpio da Silveira. Eran tan grandes que poco antes de hacerse el primer disparo, a las seis de la mañana, numerosos combatientes de otras armas, aglomerados alrededor de los cañones, representaban el papel neutral de espectadores que ansian contemplar un cuadro terrible: Canudos ardiendo bajo la túnica molesta del cañoneo, ¡una población fulminada dentro de cinco mil casuchas en ruinas! Era otra ilusión que sería duramente deshecha. El primer tiro salió disparado por el Krupp de la extrema derecha. Y determinó un arrebatador lance teatral. Los jagungos habían dormido al lado de la tropa, en todas esas laderas cubiertas de trincheras y sin aparecer, la rodearon de descargas. Más tarde, relatando el hecho, el jefe expedicionario se confesó im­ potente para describir la inmensa "lluvia de balas que caían sobre los morros y subían de las planicies con un silbido horrible” que los aturdía.

A su vez, el comandante de la P columna, afirmó en la orden del día, que durante cinco años, en la guerra del Paraguay, jamás había pre­ senciado una cosa semejante. Realmente, los sertanejos demostraban una firmeza de tiro sorpren­ dente. Las descargas, nutridas, violentas, deflagraban por los cerros como si los encendiese un fulminante único y después de topar contra la tropa desprotegida, golpeaban sobre la artillería. La diezmaron. Cayeron la mi­ tad de los oficiales y decenas de soldados. Sobre el cerro, barrido en mi­ nutos, permaneció firme la guarnición y en medio de ella, cruzándose por las baterías, impasible como si estuviese dando instrucciones en un polígono de tiro, un viejo de valentía serena, un héroe tranquilo, el coronel Olimpio da Silveira. Fue la salvación. En tal emergencia el aban­ dono de los cañones hubiera sido el desbande. . . La alarma vibraba en todos los cuerpos. Instintivamente, sin dirección fija y sin orden de comando, tres mil espingardas dispararon a un tiempo haciendo blanco en los morros. Estos hechos sucedieron en minutos y en minutos, en el área estrecha en donde se movía la expedición, se armó la más lamentable confusión. Nadie pensaba. Todos actuaban. Al azar, tontamente, sin campo para hacer cargas o para maniobrar, los pelotones tiraban al acaso haciendo puntería hacia lo alto, para no matarse entre ellos, contra un enemigo siniestro que lo rodeaba desde todas partes sin mostrarse. En este tumulto, la 3?- brigada, en el flanco izquierdo, dispuesta en columnas de batallones y llevando a la vanguardia el 79, comenzó a avanzar hacia la Fazenda Velha, de donde irrumpían con más fuerza las descargas. Ese batallón, que cuatro meses antes había subido por ese mismo camino en desban­ dada, huyendo y dejando abandonado el cadáver del coronel Moreira César, iba a pagar por aquel desastre. Acompañándolo en esta circuns­ tancia iba su socio de reveses, el 99. El mayor Cunha Matos comandaba la vanguardia. Los vencidos de la expedición anterior daban una lección extraña para lavar la afrenta y tenían un jefe que, bajo muchos aspectos, se comparaba con el comandante infeliz que allí había caído, el coronel Thompson Flores. Era un luchador de primer orden. Aunque le faltaban atributos esenciales para el mando y principalmente, la serenidad de ánimo que permite la concepción fría de las maniobras, le sobraba coraje a toda prueba y un casi desprecio por el antagonista por más temible y fuerte que fuese, lo que hacía de él un soldado incomparable en la acción. Lo demostró en el ataque temerario que realizó. Lo hizo con autonomía indisciplinada sin determinación superior y con el intento de atacar, en una sola carga, hasta la plaza de las iglesias, haciendo llegar victoriosos a los mismos soldados que allí se habían desbandado y habían sido ven­ cidos cuatro meses atrás. Su brigada, batida de lleno por el fuego del ene­ migo atrincherado, embistió y casi a cien metros de la posición primi­ tiva, colocó en la vanguardia a los tiradores. El coronel Flores que iba

al frente, a caballo, descabalgó a fin de ordenar personalmente la línea de fuego. Por un prurito de bravura no se había arrancado los galones que lo volvían blanco predilecto de los jagungos. Y al marchar hacia la avanzada, cayó herido en pleno pecho, muerto. Lo sustituyó el mayor Cunha Matos quien dignamente prosiguió el movimiento imprudentemente planeado, porque el 79 batallón entre los demás cuerpos, era el único que no podía retroceder en ese terreno. Su comando fue muy breve. Desmontado por un proyectil certero, lo pasó al mayor Carlos Frederico de Mesquita. Poco después, éste fue alcanzado por una bala, asumiendo la dirección de la brigada el capitán Pereira Pinto. Era asombroso: el 79 batallón tuvo en media hora ciento catorce plazas y nueve oficiales fuera de combate. Se redujo en un tercio. Se deshacía a bala. Idéntica destrucción se operaba en otros puntos. Rápidamente, con un ritmo atroz, minuto a minuto, las graduaciones de jefes caían. El 14 de infantería, al avanzar en refuerzo de las líneas del flanco derecho, apenas hechos unos metros, perdió a su comandante, el mayor Pereira de Meló. Lo reemplazó el capitán Martiniano de Oliveira, que a poco fue retirado de la línea por un bahiano. El capitán Sousa Campos que lo sucedió, sólo dio unos pasos y cayó muerto. El 149 prosiguió bajo el mando de un teniente. La mortandad los abatía de ese modo por toda la línea y, como agra­ vante, al fin de horas de un combate hecho sin la mínima combinación táctica, se notó que las municiones se agotaban. La artillería, diseminada en la eminencia donde había hecho su último tiro, callando el cañoneo. Había perdido la mitad de sus oficiales y entre éstos al capitán fiscal del 5? regimiento, Néstor Vilar Barreto Coutinho. Comenzaron a llegar al cuartel general reclamos insistentes para que proveyera de municiones a los batallones. Entonces se hizo marchar a la retaguardia al capitán Costa e Silva, asistente del diputado del Cuartel Maestre General, a fin de apresurar la llegada del convoy. Resolución tardía. Dos ayudantes enviados inmedia­ tamente después que aquél, se volvieron apenas recorrido un kilómetro. No podían vencer la fusilería que cerraba el paso. Se había cortado la retaguardia. Si se detuviese el tumulto, el estrépito de las armas, el alarido confuso y los estampidos insistentes que desgarraban los aires alrededor de los combatientes, en los altos de la Favela, advertirían el tiroteo lejano del 5 9 de policía, en lucha con los jaguncos a dos leguas de distancia.

UNA DIVISION APRISIONADA Toda la primera columna estaba aprisionada. Por más extraño que pa­ rezca el caso, los triunfadores no tenían manera de salir de la posición

que habían conquistado. Lo confiesa el general en jefe: "Atacado el con­ voy e interdicta la salida de cualquier soldado, como lo demuestran los casos precedentes, tuve que mandar una fuerza de caballería al general Cláudio do Amaral Savaget con la intención de recibir socorro de muni­ ciones lo que una vez más contrarió mi propósito, porque el piquete no pudo atravesar la línea de fuego del enemigo que tiroteaba sobre el flan­ co derecho” *. De esa manera, atacada en el flanco derecho de donde había vuelto, rechazado, el piquete de caballería, atacada por la reta­ guardia que dos auxiliares temerarios no habían logrado pasar, atacada por el flanco izquierdo, donde se sacrificara gloriosamente y se detuviera la 3^ brigada, atacada por la vanguardia donde la artillería, diezmada, había perdido a casi toda la oficialidad y había enmudecido, la expedición es­ taba completamente superada por el enemigo. Le quedaba un recurso problemático y arriesgado: saltar fuera de ese siniestro valle de la Favela que era como una valla inmensa, a punta de bayoneta y a golpes de espada. Se hizo una última tentativa. Un emisario salió furtivamente, metién­ dose por las caatingas, en busca de la 2 ^ columna que estaba estacionada a menos de media legua, al norte. . .

III COLUMNA SAVAGET La tropa del general Cláudio do Amaral Savaget había partido de Aracaju 288. Hizo alto en las cercanías de Canudos después de una marcha de setenta leguas. Vino por el interior de Sergipe en brigadas aisladas hasta Jeremoabo, donde se organizó el 8 de junio, prosiguiendo el 16, unida, hacia el objetivo de las operaciones. Compuesta de 2.350 hombres, incluidas las guarniciones de dos Krupps ligeros, había caminado a paso firme y holgado, para lo que con­ tribuyó un dispositivo más bien dispuesto para las circunstancias. Ese general, sin tomar sobre sí una autoridad que bajo tal forma sería contraproducente, la repartió sin deslices de la disciplina militar, con sus tres auxiliares inmediatos, coroneles Carlos Maria da Silva Teles, Juliáo Augusto da Serra Martins y Donaciano de Araújo Pantoja, comandantes de las 4^, 5^ y 6 ^ brigadas. Y éstos realizaron, hasta las primeras casas de la aldea, una marcha que se destaca de las otras. No había instrucciones prescriptas. No se había pensado yuxtaponer al áspero teatro de la guerra la rigidez de las formaciones o de los planes preconcebidos. La campaña, lo comprendieron, era impropia para las opulencias de las teorías guerreras ejercitadas a través de un formalismo
* Orden del día N9 118.

sin experiencia. Comprendieron que debía usarse una táctica estrecha y salvaje, hecha según las determinaciones del momento. Por primera vez, los combatientes actuaban según una actitud com­ patible con la índole: subdivididos en brigadas autónomas pero sin dis­ persarse; bastante móviles para adecuarse a la rapidez máxima de las maniobras o movimientos que los preparasen para aguardar la única cosa que en esa guerra sin reglas les era dado esperar: lo inesperado. Las tres brigadas, ágiles, elásticas y firmes, abastecidas por convoyes parciales que no les trababan los movimientos, hechas para enfrentar con fuerza la agilidad de las guerrillas y las asperezas del terreno, repartida la masa de la división de modo de sustituir la importancia del número por la velo­ cidad y el vigor de evoluciones aptas a realizarse en las más circunscriptas áreas de combate, sin la traba de los elefantes de Pirro 28 9 de una artillería imponente e inútil. Al frente venía la 4^ compuesta de los batallones 129 y 319, bajo el mando del teniente coronel Sucupira de Alencar Araripe y del mayor Joáo Pacheco de Assis. La dirigía el coronel Carlos Teles, la más completa organización mi­ litar de nuestro ejército en los últimos tiempos. Perfecto espécimen de esos extraordinarios lidiadores riograndenses —bravos, joviales, fuertes— estaba como ellos hecho por el molde de Andrade Neves, un jefe y un soldado; arrojado y reflexivo, impávido y prudente, mezcla de arrojo temerario y valentía serena; no desdeñaba luchar al lado de un plaza a jornal en el encuentro más feroz pero des­ pués de haberlo planeado fríamente. La campaña federalista del sur le había dado una envidiable aureola. Su figura de campeador — porte dominante, alto, envergadura titánica, mirada firme y leal— se había completado con un episodio heroico, el sitio de Bagé 290. La campaña de Canudos iba a aumentar su renombre. Lo comprendió como pocos. Tenía la intuición guerrera de los gaúchos. Al mando de su brigada y andando con ella, aislado, hacia Simáo Dias 2 9 1 , adonde llegó el 4 de mayo, la había modelado como un pequeño cuerpo de ejército adaptado a las exigencias de la lucha. La preparó, la adiestró, y como era imposible cambiar la instrucción práctica de los soldados que venían de un severo ejercicio guerrero en los campos de Río Grande, trató, a pesar de lo diferente del terreno, de darle la misma celeridad, el mismo vértigo en las cargas. Entre las compañías del 319, eligió a 60 hombres, jinetes aidestrados, otrora "reyes de las cuchillas”, ineptos para el paso tardo de los pelotones de infantería. Con ellos constituyó un escuadrón de lanceros, poniéndole bajo el mando de un alférez. Era una innovación y parecía un error. El arma "fría y silen­ ciosa” de Damiroff 2 9 2 , hecha para los choques y los ataques en las estepas

una tropa expedicionaria de los sertones no se dejaba sorprender. Y más adelante. Brejinho.y en las pampas. pasando sucesivamente por Passagem. cuando las columnas se reunie­ ron en la Favela. Los improvisados lanceros tenían la práctica de las corridas. parecen ruinas de un dique roto por las crecientes. las serranías cortadas en angosturas. muestra la potencia de los elementos que hace . el núcleo del suelo aflora a medida que la ablación de los torrentes remueve las formaciones sedimentarias más modernas. Pero más tarde se verificó el alcance de la innovación. en los cuadrantes de SO y NO y de este último. usaron su lanza como la aguijada de los vaqueros para conseguir el ganado disperso por las cercanías. La columna marchó a razón de dos leguas por día. En efecto. explayándose por el NE. COCOROBO Cocorobó. recuerda valles de erosión o quebradas. llegando a este lugar el 25 de junio con la certeza de encontrar al enemigo. Mauari. Hicieron reconoci­ mientos de importancia. nacía quizá del gran lago que cubría la planicie abrupta de Canudos. era inapropiada para ese territorio quebrado y orlado de espinos. Se levantan sobre las planicies y a despecho de los incorrectos contornos. fraccionadas en sierras de vivos declives. nombre que no caracteriza a una sola sierra sino a un sinnú­ mero de ellas. Constituyen una montaña fósil. a primera vista. cuando incomparablemente mayor. Definido por las mismas capas silurianas que vimos en otros trechos. único sustento con que contó la tropa. Días antes. Y esta doble función se mostró muy valiosa. contenidas por acci­ dentes fuertes como los que van de la Favela al Caipá. saltando las "covas de touro” de las llanuras sureñas. abiertas por el Vaza-Barris en remotas edades. La masa de aguas corría hacia el este por gargantas estrechas. Estrada Velha y Serra Vermelha. se encaminaba hacia el este por escotaduras estrechas. permiten vislumbrar su aspecto primitivo. Canché. ante las barreras que le ponían las serranías de P050 de Cima y Canabrava. apenas partió la división del general Savaget de Jeremoabo hacia Canudos. Su conformación topográfica invita a esta retrospección geológica. veinte soldados del escuadrón habían rastreado hasta las cercanías del poblado y del reconocimiento había resultado que el camino estaba franco hasta la Serra Vermelha. Canabrava. bordeando el VazaBarris. Por primera vez. donde el terreno se accidenta con los primeros cerros de Cocorobó. De igual modo vencieron los barrancos del sertón. Y al exhumarse así la sierra primitiva.

se encuentra también con la bifurcación que la divide. en un terreno vasto que el camino de Jeremoabo corta por el medio. Entonces hay que pasar por ese camino constituido por el lecho vacío y hechos unos cuantos metros. en pálido resumen. y éstos se muestran. repartidos en sucesivos planos a la manera de galerías en un coliseo mons­ truoso. Mácambira. Pero libre ya de la garganta de múlti­ ples salidas. Estas dos gargantas de variable anchura. estirándose hacia el este. antes de este cruce. la brecha profunda por donde corre el Vaza-Barris. arqueándose por delante. el terreno continúa siendo abrupto: se levantan otros cerros más bajos que lo centralizan y el primitivo camino se bifurca. aunque en menor escala. ya pesados de piedra. De modo que quien va en sentido opuesto. a veces se acer­ can. . Las abruptas rampas que lo forman se alejan. Desde allí continúa hasta Canudos a unas dos leguas más adelante. otras avanzan. hasta unirse otra vez. El camino que lo faldea o acompaña su lecho. torneando innume­ rables laderas. Si se sigue de Canudos hacia Jeremoabo. ese rasgón de tierra de extremos aguzados que se subdividen a uno y otro lado de la horquilla de otros dos todavía menos practicables. Allí adentro. al cual dio su nombre uno de los cabecillas sertanejos que allí vivía. ondulante. ya cayendo a plomo a manera de muros en cuyas junturas apenas vegetan unas orquídeas raquíticas. no ya en la forma. se tiene un paisaje único. contor­ sionado en meandros. en contraste con los terrenos achatados de los alrededores. encajándose por la derecha. La traspone. la caatinga resis­ tente muere a sus pies. A ambos lados. El desfiladero de Cocorobó es. se choca con un postigo estrecho. hasta salir. sino en la estructu­ ra misma. El camino se desdobla en la falsa encrucijada de dos desvíos que el Vaza-Barris recorre por igual cuando las crecientes. derecho o izquierdo. El Vaza-Barris. unidos sus dos brazos. El suelo sigue abrupto.largos siglos la combaten. convergiendo. sin embargo. se curvan poco a poco según el trazado de dos salien­ tes de la sierra y acompañándolas. hasta llegar a la otra salida única. formando un paso único sobre el camino de Jeremoabo. le deja desnudos los flancos. se alarga entre cerros. la evita. y va hasta el valle de un arroyo efímero. se perturba en atajos. La atraviesa metiéndose por uno de los caminos. las recorren los taludes de los cerros centrales con sus dos vertientes late­ rales erizadas de peñascos acumulados al azar o agrupados en escalones. o se vuelve acantilado en repentinos saltos rotos en picos hasta lo alto. contrapuestas a las concavidades de un arco de anfiteatro muy amplio. enfilando hacia el este. o sea de la aldea hacia el oeste. no encuentra un terreno explanado como el de la otra orilla. El desfiladero se termina. como en la Favela. aislando los picos centrales. donde se agrupan en cumbres dentadas. el Vaza-Barris. después del primitivo alejamiento. Porque. en curva. se aproximan.

más de ochocientos hombres al mando del coronel Serra Martins. desde lo alto de aquellos parapetos desmantelados. Tiraban sobre seguro. aceptaron y sostuvieron con fir­ meza y energía el ataque. "Audaces y tena­ ces” dice el parte de combate del comando general. golpeando con una nutrida fusilería a los nues­ tros que comenzaron a tener algunas bajas entre muertos y heridos”. Los tiros altos se expandían dominantes sobre toda la expedición. Y sus proyectiles comenzaron a ralear las filas más próximas. "cualidades éstas que al parecer eran reforzadas por las excelentes posiciones que ocupaban. como se puede apreciar. Al galope se habían acercado hasta las groseras trincheras y los vieron. pasando cierto tiempo. las cuales dominaban la planicie en toda su extensión y gran trecho del camino. tratando de no perder uno solo. comenzó a volverse funesto. Se detuvo a cuatrocientos metros de la vanguardia para aguardar a la 6 % la división de artillería y los convoyes que marchaban a una distancia de tres kilómetros a retaguardia. se adelantó acompañando a la 4^ brigada. que contaban los cartuchos uno a uno. Se advertía que estaban disparando tiradores avaros. La calidad del tiro sustituía la cantidad. Los sertanejos revivían en idéntico escenario todas las peripecias del dramón siniestro y monótono del que eran protagonistas invisibles. al contrario. respondiendo vigorosamente a las balas de los antagonistas. no requería ni correcciones ni agregados.ANTE LAS TRINCHERAS La vanguardia de las fuerzas marchando en este sentido hizo alto unos quinientos metros antes de aquella barrera. Recibidos a tiros. el 34 9 y 359. sobre una tropa convertida en blanco. mientras los otros dos. Mientras tanto. Pero no insistían en descargas cerradas. el tiroteo calculado. los cuerpos avanzados. allá abajo. se disponían como refuerzo. cayendo entonces sobre los cuerpos que los apoyaban y llegando todavía más lejos. inicia­ ban el ataque con un tiroteo nutrido en el cual los fuegos irregulares de la línea de tiradores se intercambiaban con las cargas de los pelotones de refuerzo más cercanos. Era. el 409 del mayor Nonato de Seixas. prevenido del encuentro. De modo que. Una mejor enseñanza guerrera no les hubiera variado el sistema porque éste. El general Savaget. la reproducción de los episodios del Cambaio y de la Favela. en la llanura desnuda y rasa. no retrocedieron. volvieron las riendas perdiendo dos plazas heridos. ante el cual atronaban terriblemente ochocientas mannlichers. hasta la van­ guardia de la 5^ brigada que dispuso como tiradores a los soldados de uno de sus batallones. hasta las últimas secciones de la retaguardia. el 25 de junio. poco antes del mediodía. afir­ mados en una puntería cuidadosa. El escuadrón de lanceros había descubierto al enemigo. Estos aguantaron el choque valientemente. . derribando a los tiradores. por su excelencia.

como murallas que se destruyen. Por otro lado. las piedras rompiéndose y cayendo desde las alturas abajo. las caroás y macambiras. Pero fueron contra­ producentes. Tanto a derecha como a izquierda se sucedían montes erizados de contrafuertes y buscar entre ellos un desvío suponía una marcha de flanco. Los cerros más altos. mostrando los mínimos accidentes de su estructura. no habían descubierto a uno solo. improvisaciones de una estrate­ gia rápida y práctica. las granadas golpeaban de lleno los flancos y los aires se confundían con las balas y el áspero barrido de las laderas. admirable en su disciplina. Pasadas tres horas de fuego. francamente metidos en la acción. los atacantes no habían avanzado un palmo de terreno. afirmada por eficaces explora­ ciones que habían predeterminado el lugar del encuentro. un desfile de secciones diminutas. sacrificados bajo las espingardas im­ punes de un grupo de matutos. Era casi un revés. quizá dilatada. rectilíneas y largas. oscilantes y prontos a caer algunos. maniatados. retirada en columnas a lo largo de dos kilómetros a retaguardia. millares de ojos puestos sobre las desnudas laderas. Presionados por el dilema expuesto. resguardada entre los escasos arbustos que las pueblan. Porque estimularon réplicas violentísimas desde las trinche­ ras. estaban allí. y se . brillando a la luz como espadas. No podían calcular su número. a nadie se le ocurría una salida ejecutable. El estrépito. A quinientos metros de los adversarios. y ante el contraste que sufrían. durante el asalto. y se distinguían las bromelias resistentes. Las bajas aumentaban. la lucha era de­ sigual. otros acumulados en montones imponentes. Pese a sus ocho batallones. parecían desen­ mascarar completamente las posiciones contrarías. El general Savaget aquilató con firmeza la grave situación. La decisión del momento fue arrostrar la situación reforzando la vanguardia. No avanzó en todo ese tiempo un solo paso. desparramados al azar. El trance exigía decisiones concretas. A un simple golpe de vista se ponían de manifiesto los riesgos de un ataque frente a las dos angosturas que se le abrían delante e imponían. mal equilibrados sobre bases estrechas. a orillas del VazaBarris. no podía evitarlas haciendo un rodeo. formando como una espuela sobre el terreno. Después de una marcha segura. El resto de la expedición. lo afrontó por dos horas en la misma posición en que se había detenido. precisamente en la fase decisiva. lo que volvía problemático el éxito. El sol ardiente los bañaba. desde hacía dos horas. Los dos batallones de refuerzo. magníficamente armados. permanecía inmóvil. Arrojadas de cerca. parecían desiertos. uno a uno se podían contar sus grandes bloques.La brigada. capaz de anular el vigor. se sacri­ ficaban inútilmente. Los tiradores las soportaron con gran costo. bajo la vigilancia del enemigo. Bombardearon la montaña. Había llegado la división de artillería y uno de los Krupps fue ubicado junto a las líneas avanzadas.

Esta idea era la más heroica y la más simple. Ante los expedicionarios. se des­ doblaba en línea la brigada Teles. conquistándolas. y más lejos. en movimiento envolvente y azaroso. EXCEPCIONAL CARGA DE BAYONETAS Los jagungos podían ser doscientos o dos mil. sólo les quedaban decisiones extremas: o retrocedían lentamente y luchando. Según confiesa en el documento oficial donde define con penoso desprecio el temible adversario que lo había detenido en su camino. la izquierda. Nunca se supo su número con certeza. el escuadrón de lanceros cargaría por el centro. Este era el plan: "La 5^ brigada que se mantenía desde el principio en sus posiciones por entre las caatingas. . La brigada permanecería como refuerzo y resguardo de los convoyes a retaguardia. de esa soledad absoluta e impresionante. se hubiesen mezclado desde el inicio en las dos entradas del desfiladero. teniendo en su flanco izquierdo al escuadrón de lanceros. o rodeaban el trecho inabordable. debía cargar por el flanco iz­ quierdo y por el lecho del río.veían los cactos desolados. hasta sustraerse del alcance de las balas. un tumulto de picos. Así. irrumpía "una fusilería cerrada e ininterrumpida como si allí se encontrara una división entera de infantería!” *. irrealizable por cierto si todos los batallones en un ataque único. Impedido de tal manera el paso. * Orden del día del general Savaget. que desembocaría en algo inevitable: el ataque de lleno a las colinas. a fin de desalojar al enemigo de los cerros centrales y de las colinas que quedan de ese lado. Como empeñó en la acción poco más de un tercio de las tropas. Entre ambas. la campaña se mostraba una vez más enigmática y para siempre indescifrable. y la 4^ por el flanco derecho. buscando un atajo más accesible. Y de esa desolación. El general la adoptó. debiendo previamente formarse en línea al salir del camino hacia el terreno”. no podía admitir "que dos o tres centenares de bandidos detuvieran la marcha de la segunda columna por tanto tiempo”. en el cual los cuerpos avanzados del coronel Serra Martins formaban en columnas suce­ sivas. esta circunstancia lo salvó. La sugirió el coronel Carlos Teles. mientras cuatrocientos metros más atrás y hacia la derecha. los cinco batallones destinados al ataque se disponían en orden perpendicular. El conjunto de la formación se proyectaba sobre la superficie del terreno con la forma exacta de un gran martillo. reforzando una de las alas. tornando factible una maniobra arrojada. igualmente desiertos.

La 4^ brigada lo evitó. Una línea luminosa de centenares de metros onduló sobre los cerros. Al pie de la serranía. Al principio avanzó correctamente. algunos hasta el fondo de la garganta. Después tomó por varios puntos. . Este notable oficial — que recordaba a Osório 2 9 3 en la apostura y a Turenne 2 9 4 en el arrojo varonil— sin desenvainar la espada. por donde habían entrado los sesenta hombres del escuadrón de lanceros y la división de artillería. como una repre­ . retroce­ diendo. Empezó a subirlos. las anfractuosidades del suelo la dividían. . perdió el caballo que montaba atravesado por una bala y debió sustituirlo. quebrándose ambos. se fragmentó y se desarticuló. pero cada una tenía en el fondo decenas de cartuchos detonados y todavía calientes. a despecho de la difícil ascensión.Y la carga que en seguida se ejecutó — episodio culminante de la refrie­ ga— asemejó a un golpe único de mil seiscientas bayonetas contra una montaña. Reunió las fracciones dispersas de combatientes en las que se mezclaban soldados de sus dos cuerpos. Fue un lance admirable. hábito que conservó durante toda la campaña. La línea de asalto. las armas prontas y sin tirar. Los arrojó valientemente sobre las trincheras más cercanas. se veía a la 4^ brigada escalándolas. imponiéndoles las fatigas de una persecución infecunda. A su frente. Avanzaron al unísono: los pelotones de adelante enfrentando los cerros y enfilando por la boca del pasaje izquierdo. atravesó con su gente el trecho de campo barrido por las balas. los jagungos se les deslizaban adelante. vencía velozmente la dis­ tancia que la separaba del enemigo. sobre las vertientes que presionan el desfiladero en ese punto. contra las posiciones que ocupa­ ban. Los animó. rota en todas partes. guiándola por el flanco derecho del 319 de infantería. La 4^ brigada. el escuadrón de lanceros. corriendo. Los muer­ tos y los heridos caían. por una ladera abrupta. moviendo el área del combate. Por primera vez se dejaron sorprender por la inesperada táctica que los obligaba a descolocar hacia otros puntos a los tiradores destinados de antemano a cerrar los dos pasajes por donde debía pasar la tropa. Los jagungos no habían contado con este temerario movimiento. mientras la 4$ brigada. Las encontraron vacías. directamente encami­ nado. Dominadas las primeras posiciones. venciendo los obstáculos. se curvó por las vueltas y poco a poco. en la bifurcación. Los sertanejos la golpeaban. frente a la fuerte trinchera puesta sobre las dos márgenes del río. el coronel Carlos Teles. a la izquierda. Atacó por las laderas. a paso redoblado. realizando la más original carga de bayonetas. por donde se metió osadamente. se abría el desfiladero de la derecha. El coronel Teles. subdividida en pelotones que avanzaban aturdidamente. se desparramó por las cumbres de la sierra. Siguiendo su táctica acostumbrada. iba a decidir el pleito. apoyándose en todos los accidentes del terreno. abajo.

dilatado por tres horas de tiroteos ineficaces y finalizado con una carga de bayonetas fulminante.sa. entraba a la garganta de la derecha y ya se oían a lo lejos. relinchan­ do de pavor. Habían sufrido un serio revés y la denominación de "batallón talentoso” que dieron después a la columna que se los infli­ gió. En las filas predominaba el soldado riograndense. con tiros espaciados. entre los muertos allí yacentes. no se dejaban vencer. en ímpetu incomparable de valor. rodando y resbalando por los declives. los sertanejos volvían incompleto el éxito. era una fuga. la 5* brigada. Y el gaucho teme­ . No era el habitual retroceso. Por las laderas de la izquierda. después de cuatro horas de lucha. las dos brigadas. resurgiendo inexplicablemente entre los estragos de un combate perdido. en el valle estrecho. sin ventaja alguna. derrotados y golpeando. Abandonando las posiciones y fran­ queando la peligrosa travesía. se veía los caballos del escuadrón de lanceros que chocaba con arrojo contra la trinchera del río. fue un golpe de audacia sólo justi­ ficable por el dispositivo de las tropas que lo libraron. corriendo. La acción era increíble. Minutos después. Porque el combate de Cocorobó. se confundían por el paso del desfiladero. como los partos 295. vol­ vieron inexplicablemente a resistir. igualmente perdida la formación. las aclamaciones triun­ fales de la vanguardia. se propagó hasta la extrema izquierda. algunos pelotones del 319 de infantería asal­ taron por fin. en un movimiento único hacia adelante. de relieve. Los soldados trataron de cercarlos y vigorizada en todas partes la em­ bestida. Abajo. después del primer intento de fuga. Desajados de todos los puntos. disparando en todos los sentidos. desaparecien­ do. a retaguardia de la columna. Vencidos. . de naturaleza espe­ cial. . lo denota. Cinco batallones se debatían entre los morros. Los jagungos. LA TRAVESIA En esta enorme confusión. las abandonaron inesperada­ mente. El general Savaget fue alcanzado y desmontado junto con un ayudante y parte de su piquete cuando. por primera vez. Había aumentado el número de heridos que en el alboroto de las cargas. Y allí. Era la victoria. indeciso. al principio vacilante. recibían de lejos a los triunfadores. las trincheras más altas de la vertiente derecha. en desorden. en un gran alboroto de batallones a paso redoblado. huyendo y matando. caían errantes por las faldas. se abroquelaban en otros. Como siempre. vieron a sus adversarios: desparramados por la altura de los cerros. Y cortadas así las guarniciones que se sucedían a espacios regulares por la línea de cumbres. luchaba de manera tumultuosa. al acaso.

cuando todavía quedaba en el campamento el grueso de los combatientes. la marcha fue un combate continuo. las cabañas de disposición ya descrita: surgían entre trincheras o fosos enmascarados por bromelias. se divisaba Canudos. entraron en un serio combate. tenían otras centenares que vencer. Lenta. 33? y 39?. . Pocos kilómetros más adelante. Todo el día 26 se perdió en una corta travesía hasta la confluencia del Macambira. . convergentes las seis brigadas. De pronto. A la tarde. Pero en los encuentros a arma blanca. La infantería del sur es un arma de choque. esos cen­ tauros a pie arremeten con los adversarios como si copiasen la carrera de los jinetes sin freno de las pampas. fue encargada de enterrar a los muertos y acampó a retaguardia de las otras dos que ocupaban una extensa planicie más arriba del camino. si es frágil para soportar las lentas provocaciones de la guerra. Y apenas recorridos dos kilómetros. no tiene par en el desempeño de rápidos lances osados. a un mismo tiempo hogares y reductos. adrede modelado por las trampas del enemigo: vencida una cumbre. se contaron las pérdidas: ciento setenta y ocho hombres fuera de combate. Hecha una bajada. desparrama­ das por los picos de las colinas. se echarían uni­ das sobre la aldea. Y la ocasión les permitió lucirse desarrollando una empresa estupenda. Ya se veían. MACAMBIRA Después de esto. batidos por todos los flancos. los batallones del coronel Pantoja. Que debía estar muy cerca. acampadas las fuerzas más allá del paso. El campo de batalla se volvió amplísimo. La 6 ^ brigada que no había tomado parte en la acción. bajo el aspecto triste de una enorme boca de mina abandonada. el 27. se caía en un dédalo de zanjas. . El general Savaget comunicó entonces a las tropas que al día siguiente. a pocos kilómetros de Cocorobó.rario. . sobre el final de ese día y teniendo a vanguardia a la 6 ? brigada con el 33° de infantería. tocaba los suburbios de la terrible ciudadela. cala­ ron las bayonetas y se lanzaron impetuosamente por las colinas. Otras tropas la pueden suplantar en la precisión y en la disciplina del fuego y en el juego com­ plejo de las maniobras. según había decidido el comando en jefe. debían estar en el borde de Canudos. Los batallones 26?. En la cifra se incluyen dos oficiales muertos y diez heridos. La 2^ columna. desdoblándose en línea. se adoptó la misma decisión que en la víspera había tenido tanto éxito. Y por todas partes. irrumpiendo de las cabañas. . de los cuales veintisiete estaban muertos. Iban en tropel. La embestida se convertía en un revolverse fatigoso por las líneas sinuosas de los decli­ ves. desde donde. convergían des­ cargas.

los pelotones alcanzaban los picos sin encontrar al enemigo. Y muchos otros se sacrificaron en ese mortí­ fero combate de Macambira. El del 33?. fue­ ron avanzando. El comandante del 12 ?. partían. teniente coronel Tristáo Sucupira. La noche los detuvo. empe­ ñadas en la batalla. las torres de la iglesia nueva. partían descargas furiosas. altas. los batallones 12?. fiscal del mismo cuerpo. Arrojados contra los cerros. desalojados de una posición aparecían en otra. Estas se extendían por más de tres kilómetros. de todas las trincheras diseminadas por los cerros.La pelea fue reñidísima. bajaban en grupos precipitados buscando los ángulos de las bajadas. Deflagraban por las colinas. Las cargas de bayoneta no tuvieron el brillo de las de Cocorobó. para reproducir más lejos. 35 9 y 409. al mando de un sargento. porque al impo­ sibilitar el terreno cualquier combinación táctica capaz de balancear los engaños vertiginosos del enemigo. resonaban en las bajadas y rodaban hacia Canudos. fue reforzada con otras dos. . casi toda la columna. como el capitán ayudante del 32?. la misma escalada sin aliento y la misma exposición peligrosa a las balas. cayó moribundo cuando se esforzaba por seguir a la vanguardia. heridos de consideración. Los jaguncos. todas las garantías de éxito quedaban reducidas al coraje personal. enviados en refuerzo. sordos a la intimación de sus comandantes para retirarse de las línetas de fuego. a oficiales de alta graduación. también debió ser retirado de la acción al ser herido. Había asaltado la colina y en lo alto se topó con un foso amplio. a que­ marropa. . Ante la imprevista resistencia. . 319. lejos. Atacados desde las posiciones ya superadas. como el capitán Joaquim de Aguiar. Suce­ sivamente. La expedición estaba a un cuarto de legua de la aldea. de colina en colina. Se veían. Una compañía del 39?. Eran más de mil bayonetas. . por las rajas de los muros. Cayó el comandante. Empezaron a perder. entonces. teniente coronel Virgilio Napoleáo Ramos. cre­ pitaban. convergían. nombre del sitio adyacente. en seguida dos subalternos que lo habían suplantado y conquistó finalmente la posición después de grandes bajas. retrocedieron lentamente. esa brigada. se obstinaban en la batalla. . Volvían a su táctica invariable. Algunos oficiales. El campo de batalla comenzó a desapa­ recer debajo de los pies de los asaltantes. fusilerías que diezmaban a la tropa. inepta para abarcar un área demasiado extensa de combate. además de gran número de plazas. luego del comienzo de la acción. Los tres batallones de la vanguardia se vieron impotentes para sopor­ tarla : de las cabañas de combatientes. al tiempo que de la cabaña que el foso rodeaba. fue literal­ mente destruida cuando trataba de vencer uno de esos reductos salvajes. obligan­ do a los enemigos a un continuo subir y bajar por las laderas como si quisieran arrastrarlos hacia la aldea. blanqueando la oscuridad del crepúsculo. exhaustos y torturados por el tiroteo.

y el movimiento irreprimible de la carga que iniciara en Cocorobó y prolongara ininterrumpidamente hasta ese punto. las ocho de la mañana. ex­ ploró el terreno por el flanco izquierdo. corteses y humildes palabras: "Campamento en el campo de batalla de Cocorobó. 26 de junio de 1897. podía arrastrarla. Se había impuesto al enemigo. El itinerario preestablecido se había realizado. A despecho de las pérdidas que tuvo. a dos kilómetros de la aldea. La orden del día del 26 por la cual el comandante comunica el próximo asalto en compañía de la 1* columna. a través de un asalto convergente. hasta la Favela. El día 28. habiendo avanzado temprano y tomado posición en una pequeña meseta. Sumadas las pérdidas anteriores hacían trescientas veintisiete bajas. . Tanto había costado la travesía de menos de tres leguas. fuera del centro de la campaña. Un piquete de caballería dirigido por un valiente destinado a una muerte heroica. sobre el flanco izquierdo. Fue dada en Trabubu. INESPERADO EMISARIO Con sorpresa general de los combatientes de la 2 ^ columna que. se había adaptado al carácter excep­ cional de la lucha. comenzó a bombardearla a su vez. esperaban ver bajando por las laderas del norte. puntualmente: minutos después de haber acampado las tropas del general Savaget. se haría sin embargo. La concentración deseada. triunfante. los ojos puestos en la Favela. el cañoneo abierto a esa hora por la vanguardia de la 1^ columna. En ellos había seis oficiales muertos y ocho heridos. el alférez Wanderley. Por lo tanto. usa pocas. y en su laco­ nismo dice mucho. no podemos faltar a la honrosa invitación que es para nosotros motivo de justo orgullo y de total alegría”. la segunda columna estaba pronta para el asalto.Por fin habían llegado al término de la marcha por Jeremoabo. Llegaba allí tras una travesía de setenta leguas con un combate de tres días. hasta el centro de Canudos. Pero todo hablaba de un éxito compensador. en el cruce de los desfiladeros. en plena plaza de las iglesias. donde a esa hora. mientras los dos batallones de la brigada Carlos Teles. oyeron destrozando el silencio de la noche sertaneja y retumbando fuertemente por los contrafuertes de la Favela. venía con esperanzas y fuerza. Mis camaradas: acabo de recibir del señor general comandante en jefe. La se­ gunda columna lo había pagado duramente: ese día tuvo ciento cuarenta y ocho hombres fuera de combate. se ade­ lantaban en rápido reconocimiento. es expresiva al respecto. La nueva. recibida con gran entusiasmo. de Cocorobó hasta ese lugar. A dos pasos del comando en jefe. un telegrama comunicándome que mañana nos abrazaremos en Canudos. entre los cuales cuarenta estaban muertos. había recrudecido con intensidad el cañoneo.

Pero en seguida co­ menzó un desesperante circuito de contrariedades de todo tipo. quedando el resto en la posición con­ quistada. hasta las Umburanas. IV VICTORIA SINGULAR La orden del día relativa al suceso del 28 de junio lo caracteriza como "una página marcada de horrores pero perfumada de gloria”. Alcanzó para superar el trance. a tiempo para liberar a la tropa asediada. El general en jefe solicitaba el concurso de la otra columna. que al principio pensaba enviar sólo una brigada con municiones. A las once llegó a lo alto de la Favela. No engañó a la historia el fantaseo del vencido. La nueva resultó inverosímil y en el primer momento se la creyó una trampa del enemigo. presentaba la noche de ese día la imagen perfecta de una aglomeración de fugitivos. Reunidas las columnas. Triunfadores que no podían dar un paso fuera de la posición conquistada. El hombre quedó detenido hasta que un nuevo emisario confirmase la noticia. la situación en que se en­ contraba aquélla. el general Savaget. se encaminó con toda su gente. según el brillante eufemismo de los partes oficiales preparados para ocul­ tar esa derrota. lo que exigía inmediato socorro. apareció en el campamento un sertanejo notifi­ cándoles. La misión fue cumplida por el coronel Serra Martins que rápidamente salió detrás de la expedición llevando a la brigada. apocadas las fuerzas y el ánimo. en medio de dos combates. El revés fue franco. habían caído en un período crítico de la guerra: perdido el aliento en encuentros estériles o en dudosas victorias que valían como derrotas. fue posible destacar un contingente para en­ contrar el convoy retenido a retaguardia. hacia la izquierda. se sentían . sin embargo. Ante el nuevo reclamo y las informaciones que lo aclaraban. SE DESTRUYE UN PLAN DE CAMPAÑA Quedaba postergado el plan de campaña y al mismo tiempo se anulaba el esfuerzo realizado en las marchas por el Rosario y Jeremoabo. adonde llegó con el tiempo justo para impedir la destrucción del 59 de policía y salvar parte de los ciento ochenta cargueros que. Un alférez honorario29 6 agregado a la comisión de ingenieros fue el segundo emisario en poco tiempo. apenas atenuó las estrechas condi­ ciones de la tropa. por orden del comandante en jefe.a los batallones de la 1^. habían sufrido grandes daños de los jagunqos. Este feliz movimiento. dispersos por los caminos. El ejército victorioso.

Triunfantes . sumaban 599 bajas. Tristáo de Alencar Sucupira que había llegado agonizante con la 2 ^ columna. configuraban un compromiso serio con el terror. La tenacidad feroz del jagunco transfiguró a los batallones del general Artur Oscar. 926 víctimas. que comandó por un minuto el 149 y tantos otros. La primera columna tuvo ese día 524 hombres fuera de combate que. era la imagen material del golpe que había reci­ bido la expedición. Aquel surco del suelo. muerto en el comando fatídico del 7? de infantería. Porque. De modo que aunque no tuvieran valor. los hambrientos y los pusilánimes bajo la emoción de las muertes recientes. Allí que­ daron unidos. . porque los ataba el cinturón de piedra de las trincheras. Sousa Campos. insepultos. la bravura teme­ raria. El ansia persecutoria del persa hizo la resignación heroica de los "Diez mil” 297. arrojados por todas partes. cerraban todas las puertas de la deserción. Néstor Vilar. En el fondo de la garganta. centenares de cargueros— sin flancos. Ahora el heroísmo les era obligatorio. cosidos a bala en un pañuelo de tierra. está llena de grandes glorificaciones del miedo. La tropa — cinco mil soldados. Considerándolo. idéntico. Estaban rodeados por el más original de los vencidos: carentes de piedad. nada compensaba tales pérdidas ni explicaba semejante estado frente a planes de campaña tan pensados. por la paridad del contraste.mal unidos por la presión del adversario que habían creído fácil de vencer. No se armaron barracas que quitarían espacio al área tan estrecha. acorralados. totalmente desorganizada. corría un sumidero largo. nuestros soldados no podían sustraerse a la grave emergencia en la que héroes y pusilánimes se em­ parejaban. Nada revelaba siquiera alguna sombra de campamento en el centro de las brigadas. a compañeros que esa mañana estaban vivos y entusiastas: Thompson Flores. mil y tantos animales de montar y de tracción. Entre las dos. la furia brutal de los cosacos inmortalizó al mariscal Ney 298. capitán fiscal del 2? regimiento que había caído con más de dos tercios de la oficialidad de artillería. sin vanguardia. un artista que había ido hasta allí atraído por la sombría estética de las batallas. de todas las graduaciones. viendo por allí. más de novecientos heridos y muertos. oficial honorario. Dentro de él. un capítulo emocionante. con 75 del día anterior. de urdimbre tan dramática. El coraje. los ahogados por las marchas. si no por la amplitud del cuadro. Gutierrez. recamada a veces por las singulares antítesis. Vamos a agregarle. donde se improvisó un hospital de campaña. . porque el retroceso era imposible. La segunda se le unió con 327 bajas. se enfriaban los más fuertes. sin retaguardia. No podían con­ tarse los lastimados. abriéndola por la mitad. más de ochocientos baleados ponían sobre el tumulto la nota lancinante del sufrimiento irreparable. Forzosamente heroicos. La historia militar. apretándolos en un asedio indefinido y convertidos en fiscales incorruptibles.

Habían arrojado por los aires más de un millón de balas. en provocaciones feroces. La noche cayó sin que amenguase la lucha. Desde esa fecha hasta el fin de la campaña. sin una sola línea estratégica que la vinculara con la base de operaciones. repleto de emboscadas. Dándoles municiones com­ pletaron el destino singular de la expedición anterior que les dejó sus espingardas. El 59 de policía perdió cuarenta y cinco. caídos entre los fardos desparra­ mados. en Monte Santo. lo que era peor. . se quedaban inútiles. Se apagaban las órdenes del día retumbantes. era un verdadero asedio. La 5^ brigada había perdido catorce hombres en un movimiento que hizo a retaguardia. Y como el convoy reconquistado había llegado muy reducido. Comenzó un régimen terrible de torturas. Estaban en el centro de operaciones y no podían dar un paso al frente o. Realmente. Fueron y volvieron en un tiroteo incesante por los caminos atrincherados. las dos columnas se detuvieron impotentes ante la realidad. ya abatidos por una semana de alimentación reducida. Atronaban ahora el aire por encima del campamento. la mitad de la carga había quedado en poder de los sertanejos o inutilizada. . En pleno territorio rebelde. * . EL COMIENZO DE UNA BATALLA CRONICA En la noche del 28 de junio se inició una batalla crónica. la tropa viviría en una alarma permanente. sin que el más breve ar­ misticio permitiera una corrección de las filas. que los tontos victoriosos no replicaban. la expedición estaba aislada. a no ser que se considerase como tal el peligroso camino del Rosario. Una luna fulgurante las desnudaba ante la puntería de los jagungos que. abrazados a sus espingardas. habían rechazado al adversario en todos los encuentros y lo sentían más amenazador a su alrededor. presionándolos. no podían dar un paso atrás. Uno que otro soldado replicaba. golpeándolas con tiros largamente espaciados. y al mismo tiempo. cortándoles el paso para la retirada después de haberlos paralizado para el ataque. Los vencidos restituían así las balas. al azar.y unidas. la tropa había perdido municiones de inesti­ mable valor para la emergencia. revelaban su vigilancia en torno. Los demás. suficientes para prolongar indefinidamente la resistencia. vencidos por la fatiga. Al amanecer del 29 se verificó la insuficiencia de alimentos para la ración completa de los plazas de la 1^ columna. había abastecido al enemigo con cerca de cuatrocientos cincuenta mil cartuchos. disparando su arma hacia el aire. tirados sobre el duro suelo.

hasta ese momento en relativa calma. aunque mejor aprovisionada. Las granadas. . fue de pronto barrido por descargas y. reconstituir las brigadas. significaban malbaratar las escasas municiones. como el día ante­ rior. partiendo hacia el amplio círculo del ataque. encajados en una hondura del morro. De modo que apenas comenzada esta fase excepcional de la lucha. de los mismos subalternos. De modo que en sus espíritus resurgió el pensamiento consolador del próximo de­ senlace. arrastra­ ban fardos y cadáveres. no sopesaron suficientemente la eficacia feroz de los sertanejos. Al mismo tiempo se les presentaba una tarea penosa: hacer de ese montón de hombres y equipos un ejército. El primer tiro partió y golpeó sobre Canudos como una piedra en una colmena. y estallaban sin ampliar el radio de su acción. ante un bombardeo vigoroso que propiciaban las ventajosas po­ siciones de la artillería. de todas partes. sin que se reventaran las espoletas. no tenía tampoco garantía de sustento por más de tres días después de repartir con la otra. el blanco predilecto fue la iglesia nueva. Pensaban que una villa abierta no podría soportar por muchas horas las balas de diecinueve cañones modernos. Estos trabajos indispensables se realizaban sin método. . Allí se alineaban los jagungos. curar centenares de heridos. Todavía no los dominaba completamente la desesperanza. o a ras del suelo. les perforaban los techos y las paredes. a caballo de la aldea. en la sugerencia de un sinnúmero de medidas urgentes. enterrar a los muertos y extender el área reducida por los fardos y las cargas. más de una vez. El campamento. se echó mano a los últimos recursos. los efectos del cañoneo fueron fran­ camente nulos. se agrupaban al azar en simulacros de formaciones. explotando sobre las casas. De modo que toda esa gente se movía a los encontronazos y en todos los sentidos. Al amanecer les volvió el valor y a despecho de tantos acontecimientos. retiraban las muías cuyas patas eran una ame­ naza permanente para los heridos que se arrastraban a sus pies. sin la dirección de una voluntad firme. estrechos como troneras. Pero no hubo esfuerzos convergentes y útiles. Por otro lado. escondidos en las torres o más abajo. nuestras descargas. . siendo ese día muertos dos bueyes mansos que hasta allí habían conducido el pesado cañón 32. cayendo mu­ chas veces intactas. La colaboración justificable de los comandantes de cuer­ pos. en las ventanas abiertas en ojivas. destacándose sobre el caserío como un baluarte imponente. los combatientes comprendieron que era casi imposible la réplica en tiros divergentes. pero se amortecían entre las frágiles resistencias de la arcilla. surgía espontánea.La 2 ?. Además. por detrás de las paredes maestras. ordenar los batallones disuel­ tos. sobre inocuas. como el día anterior. Por eso. sobre la base cortada por respiraderos. improvisaban trincheras. tirando por elevación y sin hacer blanco.

El cañoneo del 29 no los impresionó. una eterna reproducción de los mismos hechos. para relajarse de nuevo. como no sabían de esas exquisiteces de la civilización. estruendoso e inofensivo. pero cuando creían haber vencido y levantaban sus ban­ deras y llenaban la soledad con los toques de los clarines. Se apuntaron otra victo­ . principalmente. aunque fuese con trayectorias desviadas. ansiosos. eran materialmente los más fuertes y brutales. retráctil. rugió sobre ella ese día sin tocarla. arrojando por la boca de sus cañones toneladas de acero encima de los rebeldes que les anteponían la esgrima magistral de sus artimañas. Esa mala estrella del coloso derivó. Una brigada. Hasta un médico. Las balas pasaban silbando sobre su techo. una salva imponente al coraje de los matutos. Era una nerviosidad loca. El incidente es una muestra de cómo se luchaba. Aquel duelo a distancia demostró ser imprudente. . cada uno quería disparar con él. después lo apretaba. matándolo y que­ mándolo. ma­ neándolo. El escape de gases de la pieza mal obturada. aunque disfrazado por la escasez de las líneas enemigas que tiraban flojamente en radios indefinidos por las laderas del morro. Al alba del 30 el campamento fue atacado. Era la lucha de la sucuri con el toro fuerte. . acompañaban los himnos triun­ fales con las balas de sus trabucos. un sobresalto instantáneo. Allí había una inversión de los papeles. le permitía el cansancio del movimiento y de la carrera. lo rodeaban. se sentiría de nuevo el asedio. Es natural que la refriega resultase inútil. volviéndose el bombardeo. incluso una compañía. Sólo una cayó sobre el atrio. circulares. Cayó herido. un batallón. . Enlazada la presa. las otras se perdieron. como si brotasen del suelo. arras­ trándolo hasta el ahogo completo. mientras que las descargas circulantes seña­ laban de modo ineludible el asedio que sufrían. Cayó la noche y no se había adelantado nada. las balas desde todos los flancos. apoyada en todos los accidentes del terreno protector. podría quebrarlas con una carga de bayonetas pero cuando parasen. encendió un barril de pólvora que estaba cerca. del apresuramiento con que lo manejaban.Para ella se preparaba el Withworth 32 que vino precisamente para derribar sus muros. distendía los anillos. De buen grado otorgaban a sus adversarios el goce de vic­ torias inútiles. La táctica invariable del jagungo se mostraba en ese resistir con retrocesos. Sin embargo. . lo hizo explotar. Era un sitio en regla. Alfredo Gama. . fue un choque. perdiéndose en las casuchas pegadas. no pudo reprimir el ansia de apuntar. Jadeantes. . Como siempre. Los hombres equipados por los recursos bélicos de la industria moderna. como al segundo teniente Odilon Coriolano y a algunos plazas. otra vez le permitía agotarse escar­ bando con las pezuñas el suelo y nuevamente lo ajustaba. La gran pieza — el mayor cañón de fila— se había convertido en un monstruoso fetiche que desafiaba el despertar de las viejas ilusiones.

Intermitentes. brigadas y cuerpos y de los oficiales subalternos y de los soldados. de una licencia. en una posición estática. como el flujo y re­ flujo de las olas. el 30 de junio las fuerzas estaban bien dispuestas. sin capacidad para dos. sin la formalidad. allá abajo. se mancillaba su renombre y en breve tiempo. La artillería. llegaría un convoy de alimentos como le había asegurado el diputado del Cuartel Maestre General y sólo entonces. De motu proprio. Y una fusilería floja. CAZAS PELIGROSAS Se vivía a la aventura. Pero el general en jefe rechazó la idea: "pensando que de Monte Santo. .ria. en los flancos de la montaña. Abandonarla era dejar las contingencias de un cerco más peligrosas que las alternativas de una batalla franca. AVENTURAS DEL ASEDIO. la brigada del coronel Medeiros. . Algunos oficiales superiores suge­ rían la única salida — forzada y urgente— que podía asumirse: el asalto inmediato a la aldea. quedaría agotada por la falta total de provisiones. como el día anterior. golpeando. diseminó algunas balas sobre los te­ chos. entró en un período de privaciones indescriptibles. Se afirmó definitivamente un régimen insostenible. El enemigo fue rechazado por todas partes. cayendo todo el día sobre la tropa. "Sea como fuere. que a su partida ya sufría los primeros aguijones del hambre. en breve. se desmoralizaba la expedición. para esperarlo en las Baixas y desde allí escoltarlo hasta el campamento. cuya aspiración predominante era cruzar el Vaza-Barris que les representaba la abun­ dancia de que estaban privados. como el día anterior. Para ello existía la mejor disposición de los comandantes de las columnas. el 30. cuanto más para cerca de seis mil hombres” *. además de acumularse bajas diariamente. después de tres días de ración completa. golpeaba desde los cerros vecinos. rítmicos. los soldados realizaban. sin variante alguna. en seguida se podía realizar el ataque a la ciudadela. la artillería podía continuar con el bombardeo de Canudos durante algunas horas más. y retornaron pasado un intervalo y fueron de nuevo repelidos. La estadía en la Favela era demasiado inconveniente porque. dispensable en la emergencia. monótonas. Pero volvieron horas después y volvieron a ser rechazados. no encontraron nada y prosiguieron hasta Monte Santo donde tampoco existía nada. Y el ejército. atacaría el baluarte del Conselheiro”. separados en * Coronel Dantas Barreto. Ultima expedigáo a Canudos. Enviada a su encuentro. . Pero ese convoy no existía.

perdidos por esos campos o muertos en alguna lucha feroz para siempre ignorada. . Así es que. . inexperto. perseveraba en su exploración a través de la maraña. No se podía evitar ni tampoco prohibir. presagio de caza. A partir del 2 de julio sólo hubo harina y sal para los enfermos. asombrados. No se pueden individualizar los episodios parciales de esta fase oscura y terrible de la campaña. . nítida y clara. avanzando sobre los rastros. no sabían evitarlas. llena de balas la car­ tuchera. se echaban sobre los bueyes. Era una trampa sutilmente preparada. . o robando ganado. A la noche volvía al campamento con las manos vacías. Y éste. Era el último recurso. El soldado hambriento. porque es costumbre en el sertón que las cabras lleven cencerro. la espingarda pronta. generalmente caía ante un tiro seguro si no tiraba primero. después de muchas horas de inútil esfuerzo. A veces resultaba un esfuerzo vano. apenas miraban los alrededores para saltar sobre la cerca. abandonados desde el comienzo de la guerra. Otros. y se sentía feliz y aun­ que volviera a oírla lejana. Por un momento se recobraba de las fatigas. al jagungo sinies­ tro y traicionero que a su vez andaba buscándolo. resguardándose como si fuese a cazar leones. advertido del bulto a último momento. Los ojos y oídos aguzados para captar los mínimos movimientos y los mínimos rumores. oía un sonar de cencerros. silencioso de movimientos pero haciendo sonar cada vez el cencerro sujeto a su cuello. no volvían más. se perdía por las planicies. Controlando su andar cauteloso para no espantar a la presa huidiza. cazando cabritos casi sal­ vajes por allí sueltos. pasaba largas horas en su exploración exhaustiva. la marcha cautelosa. refugiándose en todos los acci­ dentes del terreno— pasaban por trances temerarios. peligrosas excursiones por las cercanías. talando los escasos cultivos de maíz o mandioca que había. guia­ do por la música de la campanilla que. y en­ tonces se reanimaba esperanzado. La caza cazaba al cazador. salía de las huellas descu­ biertas para entrar en los pastizales. en lugar de la cabra aparecía el cabrero feroz. en lugar del animal arisco. Otras veces. abatiéndolos de un tiro o matándolos con el cuchillo y a su vez caían. ante un grupo de hambrientos. Porque los jagungos ponían trampas imprevistas a los bisoños cazadores que. bajo las descargas que partían de las emboscadas laterales no vistas. muy disparejos en la habilidad. Y los que a ellas se arrojaban — vestidos como los jagungos. Seguía deslizándose lentamente. Las salidas de caza se hicieron entonces obligadas. Hasta que la escuchaba cerca. rompía el silencio de las planicies.pequeños grupos. a despecho de los riesgos. co­ piándoles la astucia. No imaginaba los riesgos que corría. el valiente hambriento. . más infelices. aparecían en un corral cerrado unos bueyes. en cualquier abertura de la caatinga podía encontrar. Pero los hambrientos. Pegado al suelo. finalmente.

Las pequeñas zonas con cultivos de maíz. Cada día aumentaban esos hechos. les faltaba el agua. Y en estos encuentros rápidos y violentos. en prodigios de equitación y coraje. se habían terminado prontamente. El día anterior se dis­ ponían los batallones para la caza. Finalmente. Los cuerpos en misión exploratoria se escurrían por los claros. cuidaban el fondo. . sin ningún ingrediente. Montaban los caballos estro­ peados. Se hizo necesario buscar otros recursos. de sor­ presa caían en una trampa al trasponer una bajada. Volvían vencidos y cansados. arremetían para adelante. defendían los flancos. A partir del 7 de julio cesó la dis­ tribución de alimentos a los enfermos. El enemigo les perturbaba el trabajo. y al enemigo que los baleaba. rengueantes bajo las espuelas. se reglamentaron esas aventuras. era casi intragable.Desde el campamento muchas veces se escuchaban tiroteos nutridos y prolongados. invisibles. Sin medir distancias ni peligros se largaban por la desconocida región. al principio. En los hilos rasantes del valle de las Umburanas. como ecos de esos desconocidos combates. Algunos murieron envenenados por la mandioca brava y otras raíces que no conocían. los lanzaban en tropel todas las tardes hasta un corral al costado del cam­ pamento. Las líneas enemigas se extendían adelante. Sin glorias. Pero este recurso no bastaba. Eran verdaderas partidas de plazas armados. Sólo el escuadrón de lanceros actuaba con cierta eficacia. Se alimentaban de cactos que les engañaban a un mismo tiempo el hambre y la sed. poroto y mandioca que. Triste avanzar sin banderas y sin clarines por la aridez de los campos. traidoras. deseosos de escapar. Diariamente salía a hacer batidas por los alrededores. hacían batidas palmo a palmo por esas tierras de flora ya marchita porque había entrado la estación sin lluvias. Además la carne cocida sin sal. Cavaban alrededor de los umhuzeiros para arrancarles los tubérculos. pero igualmente los gauchos reali­ zaban hazañas de pialadores. y encontrados en la carrera los bueyes esquivos. los soldados apelaron a la flora providen­ cial. muerto por un tiro. un soldado sediento. Finalmente. El ganado diariamente conseguido — ocho o diez cabezas— era un paliativo insuficiente para el minotauro de seis mil estómagos. Como los nativos infelices. atenuaron esa alimentación de fieras. o chamuscada en clavas de hierro. tomaban los cocos de los ouricuris y cortaban los troncos blandos de los inandacarus. Para los inex­ pertos era incluso peligroso. conteniendo al mismo tiempo a los bueyes alborotados. Recibían media docena de tiros de sus incorpóreos adversarios. Además de reunir a las reses debían evitar que se las dispersaran con súbitos ataques. pero nunca aban­ donaban la inquieta presa conseguida. no pocas veces quedaba de bruces. Repugnaba hasta al hambre. en agua salobre y sospechosa.

delirantes de fiebre. la insistencia de los ataques era superior a sus fuer­ zas anímicas. Nuestros soldados no la tenían. Se volvía a la paz anterior. Al principio reaccionaron bien. desde lo alto de un cerro remoto. a punto de aprovechar apenas las municiones de los convoyes asaltados. los rudos campeones que en las épocas felices pasaban el día con un poco de mandioca y un trago de agua. DESANIMO A medida que esto se agravaba surgían nuevos hechos. finalmente. señalando los caminos casi hasta las proximidades del Angico. consecuencia de los anteriores. Era la señal de la altivez salvaje con que se echaban a la guerra los jagunqos. Por un contraste irritante. Le dieron un nombre humorístico al hambre. . cierta vez. café y azúcar mezcladas con las cenizas de las hogueras que las habían consumido.Y los infelices. Después flaquearon. un círculo de espanto. . recorría todas las líneas. otras sobre uno de los flancos. formaba. como borborigmos de estómagos vacíos. volvían a las líneas de fuego sin que el ayuno disminuyera su arrojo. no tenían tantas provisiones como para justificar esas acciones. No tenían una hora de tregua. hacía un giro largo y torturado. harina. Estaban allí en función de la espera de una brigada. Sobre el aniquilamiento físico. encontró en los alrededores. otras. los adversarios vencidos en todos los en­ cuentros. La disciplina se relajaba. se sumaba lo incierto del futuro. La 5^ brigada. Sufrían ataques súbitos de noche. inevitables. iba y venía. tuviese el compromiso bárbaro de ser el verdugo de . sobre todos. velando junto a los triunfadores. El ataque había terminado. Las aventuras de la caza los distraían y cuando sonaba la alarma. como si un tirador solitario. pero minuto a minuto. la 1^. Pero el enemigo seguía allí. de mañana. a lo lejos. la tropa se formaba en filas torcidas. Murmullos de protesta ante los cuales la oficialidad fingía sor­ dera. bala a bala. Acostumbrados a la frugalidad. No podían tenerla. comenzaron a vivir de la incierta limosna de sus propios compañeros. El blanco variaba. parecían bien abastecidos. iba de uno a otro flanco. aparecían irreprimibles. pues. a dos pasos. impotente para hacerlos callar. más serias. al ir hasta Baixas. inciertos. en las que apenas se distinguían las subdivisiones tácticas y se batían nerviosamente durante cierto tiempo. caía una bala entre los batallones. Además. Cada día que pasaba sin noticias sobre su llegada aumentaba el desaliento. la resignación de los soldados los agotaba. habían refinado su abstinencia disciplinada hasta una capacidad de resistencia increíble. siempre imprevistos. con precisión inflexible. mutilados. en el transcurso del día. a veces cargaban sobre la artillería. Sonaban los clarines. bolsas de carne seca. que había salido en busca del convoy de ayuda y de la cual no se sabía nada. Los asaltantes eran rechaza­ dos. lentamente. baleados.

A veces. reconstruidas por las noches. el Withworth 32. Él ascendiente de los matutos crecía día a día. y largas reticencias de calma. hijo del viejo cabecilla de igual nombre. tomaban todas las líneas y adquirían color de batallas. La tropa tuvo otra victoria poco lisonjera y aumentó el respeto por la temeridad del adversario. misión no sólo lúgubre sino peligrosa. La misma artillería. Pero ante el diminuto grupo se formaron bata­ llones enteros. las trincheras amenazadoras. Los cuerpos destacados para tomarlas y destruirlas las tomaban y las destruían fácilmente. el ánimo estuviera decaído. Mientras se empleaban de tal modo los días. los llevó a la hazaña invero­ símil de capturar o destruir al mayor de ellos. según la llamaban. Y al día siguiente. verificando la ineficacia del cañoneo y la necesidad de cuidar la reducida munición. . salvo uno. Se descubrían las trin­ cheras circulares: por la izquierda. en esa intermitencia de refriegas furiosas y rápi­ das. Valientes. En un aumento aterrador. Es natural que una semana después de la ocupación del morro. Volvían con pocas bajas o completamente indemnes. como si fuese una legión. cada vez más cercanas. ciertos días. . Se hicieron cargas cerradas de bayonetas. los asaltos no cesaban pronto. volvían a la misma tarea. En uno de ellos. una víctima singular entre miles de hombres. contra las expectactivas. El odio a los cañones que diariamente les destruían los templos. todavía jadeantes por los encuentros guerreros. el 19 de julio. los sertanejos penetraron de lleno en el campamento hasta el centro de las baterías. que escapó milagrosamente. cayendo baleado dentro de la fosa común que con sus manos había abierto. Y así se iban los días. a toques de corneta. Apenas once. apenas tiraba dos o tres tiros espaciados. Fueron pocos los que se arrojaron a la em­ presa. . y por la retaguardia. aproximándose por el camino del Rosario. amenazando el puesto de carnes y reduciendo el área de pasto donde se encontraban los animales de tracción y de mon­ tura. buscando al azar un blanco. la "ma­ tadora”. por la derecha. Hasta que murieron todos. guiados por Joaquim Macambira. porque no pocas veces. las noches se reservaban para enterrar a los muertos. festoneadas de balas. Y lo era.un ejército. cerrando el paso hacia la Fazenda Velha. el enterrador aumentaba el entierro. huyendo entre las filas feroces 2 ". se estremecían ante el silbar de esos proyectiles espaciados.

debía hacerlo. fuera como fuese. le hubiesen cortado la marcha en las cer­ canías del Rosario o del Angico. Inflexiblemente inmóvil delante del adversario. y con asom­ bro de los que lo conocen. según la opinión de sus mejores auxiliares. ahora se justificaba en la total imposibilidad de moverse. la expedición estaría perdida. ilusionado al principio con el milagro de un convoy de apoyo. Desde el comienzo se dedicó a su fase final.LA ACTITUD DEL COMANDO EN JEFE Se esperaba a la brigada salvadora. dejando de lado todas las circunstancias intermedias. tal general. Finalmente estaban las dos columnas reunidas y la aldea se extendía a la distancia de un tiro de männlicher. Quedó colocado en una situación insostenible . que se había obstinado en permanecer allí. Guiando a la expedición. Solamente el prestigio de algunos jefes de cuerpos la sal­ vaban de la desorganización completa. mostrando continuamente todas las impacien­ cias y todos los arrojos de un temperamento nervioso y fuerte. le opone la fuerza obstinada de la inercia. El general Artur Oscar. No lo hizo. y realizando una embestida original. Llevando seis mil bayonetas hasta las orillas del Vaza-Barris ganaría la partida. Tenía un solo plan: ir a Canudos. a veces valiente. un trazo vigoroso de jovialidad heroica que las remarcara. Era la convicción general. que el enemigo podía y no supo dar. el error tardíamente corregido del abandono del convoy le impedía atacar. perduraba el peso de la disciplina. No lo vence. Se afirmó en su única cualidad militar sobresaliente: la tendencia a enraizarse en las posiciones conquistadas. Todo lo demás era secundario. Este atributo contrasta con cua­ lidades personales opuestas. el día 30. sólo adopta una táctica: la inmovilidad. de cualquier modo. No retrocedería. sin bases y sin líneas de operaciones. Inquieto y ruidosamente franco. incom­ parable para idear encuentros sorprendentes. no lo turba con ata­ ques bien combinados y con cargas furiosas. lo agota. buen relator de hazañas asombrosas. se concentró completamente en el objetivo de la lucha. Llegó. no previo la eventualidad de un fracaso. Si por un golpe de mano. casi fanfarrón. encarando la profesión de las armas por el lado de lo caballeresco y tumultuoso. El estado de la fuerza facultaba todavía una defensa floja de esa posición pero imposibilitaba prolongar el esfuerzo por más de ocho días. No lo combate. se transforma. Resiste. En algunas brigadas. Completó así el primer error con otro. en un medio tan exigente. hallando en las coyunturas más críticas siempre una frase explosiva. Cambió un verbo en la afirmación clásica del romano y siguió 3 0 0 . la necesidad de un retroceso. en una campaña. vio y se quedó. lo cansa. Si el día 28. por la dedi­ cación personal de sus comandantes. no delibera.

permanecía. estéril. vacilante sobre las patas secas— una arroba de carne para seis mil hambrientos. No podían. volvían sin rastrear ni una señal de su existencia por los caminos vacíos. encontró como suprema irrisión. . No había noticias de la P brigada. restando.de la que. La sucesión inva­ riable de las mismas escenas sobre el mismo escenario pobre. ese funcionario tenía. el 15?. la tropa no resistiría. No se pensaba que la ilógica acusación recaía por entero sobre el comando en jefe. . toda su confianza. Aflo­ jaba. . poniendo el hambre en ecuaciones. discutiendo estupendas soluciones sobre cargueros fantásticos. Compartía el destino común con resig­ nación. . un punto cualquiera que pudiera servir de re­ fugio. cuya absolución presumía una culpa mayor: el olvido de su autonomía incondicional de jefe. quizá no pudiese salir. Los bata­ llones. Y enarbolando febrilmente el lápiz de los cálculos. transido de hambre. despuntan­ do las mismas horas de la misma manera. en los pocos momentos en que se atenuaban los asaltos. por la permanencia en el cargo. un solo buey — flaco. de T . diariamente mandados hasta las Baixas. fue. multiplicando y dividiendo. . prisionera de un asedio cuyas líneas se distendían elás­ ticas ante las cargas y se apretaban en seguida. a la distancia. Ya aparecían. estructurando fórmulas admirablemente abstractas con sacos de harina y bolsas de carne seca. con el que quería distraer la impaciencia general. un buey. en la Favela: sumando. al volver de la inútil diligencia. una economía embrutecedora. la víctima expiatoria de todas las crí­ ticas. . co­ mandado por el capitán Gomes Carneiro. el día 10. Era todo su esfuerzo. El ojo se embarullaba en la maraña de las casuchas. La vista buscaba. no se desanimaba. (N . acobardarse. algunos se distraían contemplando la aldea intocable. estoico. . sintiendo la gravedad de su precaria situación. . * No aflojarle el garrón. Y por encima de todo.). fatigada de hacer retroceder al adversario sin destruirlo nunca. El diputado del Cuartel Maestre General. en alusiones agrias. si no lo socorriese el curso caprichoso de los acontecimientos. sordos rencores contra los ima­ ginarios responsables de esas desventuras. Uno de ellos. . "¡Nao Ihe afrouxara o garrüol. despedazaba el filo de los comen­ tarios más desanimados o las conjeturas más desalentadoras. les daba a los combatientes la indefinible impresión de la inmovilidad del tiempo. entonces y después. De hecho. recomponiendo todos sus puntos. Era el único culpable. Sin embargo. inflexible. ” * su frase predilecta que largaba violentamente. inmóvil. A la tarde o durante el día. Sin embargo. como un golpe de sable. idealizando convoyes.

de allá ascendía. Alrededor. desapareciendo después. Quince o veinte mil almas metidas en esa tapera babilónica. convertido en camino polvoriento y largo. Estallaban por encima y alrededor. fuera lo que fuese. Era una predestinación. . la cuerda ondulada de las sie­ rras igualmente desiertas. cruzaba. el mismo instrumento doblaba sacudiendo las vibraciones de la alarma. . allí estaba. Nada más. torneándolas. en ondas sonoras que se esparcían por la quietud total y refluían en las montañas lejanas. Cumplida la misión religiosa. cinco mil. recordando un rincón de Idumea.Y contaban: una. más lejos. esterilizada para todo y para siempre por la maldi­ ción de los profetas y por el reverbero de las planicies del Yemen. corriendo. tres. Las mismas balas que usaban revelaban efectos extraños. indistinto y fugitivo. No perdía una sola nota. ése era el cuadro de aquel extraño escenario. E invisibles. Los soldados escuchaban entonces. La cam­ pana impasible no claudicaba un segundo en el intervalo consagrado. Ese estoicismo singular los impresionaba y los dominaba. El silencio descendía mortecino sobre los dos campos. cuatro mil. apenas extinguidos los ecos de la última campanada. Cruzaban sobre el humilde campanario las trayectorias de las granadas. colada entre las espesas paredes del templo casi en ruinas. los toques del Ave María. aliado de la Providencia. Y como en el alma llevaban las mismas supersticiones y la misma religiosidad inge­ nua. . Los cañones de la Favela bramaban despiertos por esas voces serenas. la gran plaza vacía. misteriosa y vaga. Un río sin agua. rápido. vacilaban frente al enemigo. E intercaladas en los ruidos del ata­ que. Al caer la noche. Caía como un fulminante sobre la aldea. Como si la tierra se ataviase en ciertos trechos para idénticos dramas. sin árboles. 801. Pasaba por la plaza y deflagraba por las faldas del morro. La aldea — compacta como las ciudades del Evangelio— completaba la ilusión. las voces suaves se esparcían sobre la resonancia del ataque. . un bulto. el dibujo misterioso de un paisaje bíblico y la infinita tristeza de las colinas des­ nudas. en el paraje legendario que prolonga la banda meri­ dional del Asfaltites. Hacía callar el bombardeo. agrestes. cortaba un callejón estrecho. Crepitaban en los aires con estallidos . Imaginaban que tenía recursos extraordinarios. la cadencia melancólica de los rezos. dos. ¡Cinco mil casas o más! ¡Seis mil casas! tal vez. Corría una guarnición de llamas por las cumbreras de las iglesias. Una réplica violenta estallaba sobre la tropa. . . En la lejanía. recortadas nítidamente sobre el horizonte claro. resonando largamente en el de­ sierto.

insidioso. Envidiaban los peligros. A veces se hablaba de la retirada. La bala penetraba los cuerpos dejando visible el círculo del diminuto calibre y salía por un rumbo ancho de tejidos y huesos lasti­ mados. . Pero la retirada era im­ posible. bajo la fiscali­ zación incorruptible del enemigo. veinte plazas del 33° dejaron a sus compañeros. las embos­ cadas. esmeraba en los estallidos su salvajismo sin piedad. Una brigada ligera podía. las líneas de fuego de los soldados completamente exhaustos. ni este recurso quedaría. Pero si la P brigada demoraba más de ocho días su llegada. Tales hechos arraigaban en la soldadesca. Empezaron las deserciones. con el tardo movimiento que le imponía la artillería. por fin. las cosas más vulgares adquirían connotaciones fantásti­ cas. Un cigarrillo era un ideal epicúreo. Entonces se creó la leyenda. otros los imitaron. insistentemente propalada después. diariamente. . Deserciones heroicas. las ambulancias y el contrapeso de mil y tantos heridos. inepta para el cono­ cimiento de la ley física que los explicaba. Los batallones que salían en diligencias hacia variados puntos desper­ taban envidia en los que quedaban. Por cierto tiempo quedaban fuera del cuadro miserable del campamento. incomprensibles casi. El día 9. . barrer los alrededores y volver.secos y fuertes. de las balas explosivas de los jagungos. Si lo intentase. en consulta vacilante a los compañeros. se consumaría una catástrofe. en las que el soldado se aventuraba a los mayores riesgos. y que a eso se debía la naturaleza excepcional de las heridas. despertando apostrofes y protestas violentas tanto como un silencio comprometedor y sospechoso. expandiéndose el núcleo de plomo más rápidamente que la camisa de acero. anónimo. impunemente. En todos los espíritus permanecía el deseo de dejar ese sitio siniestro de la Favela. Los jagungos romperían. Todavía se acepta la hipótesis de que los estallidos pro­ venían del desigual coeficiente de dilatación entre los metales que cons­ tituían el proyectil. terriblemente equipado. la convicción de que el adver­ sario. penetraba entre los batallones. Al menos tenían la esperanza de las presas acaso conquistadas. Quedarse a despecho de todo era el recurso supremo y único. los combates. Como en los malos días de los sitios legendarios rememorados en an­ tiguas crónicas. El ejército no. El rumor sordo. en un asalto. hundiéndose en el desierto. silenciado de miedo. prefiriendo el tiro de misericordia del jagungo a esa lenta agonía. una raíz de umbú o una rapadura valían como manjares suntuarios. Y uno a uno. como si reventasen en innumerables astillas.

. vibrando largamente por los des­ campados. Caía la noche. El día era propicio: la fecha de una fiesta nacional3 0v Por la mañana. Se encontraba total­ mente desprovista y había tenido que organizar con dificultad el convoy . El soplo del Nordeste hinchaba las banderas y arrastraba hasta la aldea. escoltado por tres plazas de caballería. en gritos. enfermo por una herida recibida en Cocorobó. planearon el ataque. El ataque contra la aldea era urgente. en abrazos. Su corpulencia de atleta contrastaba con los cuerpos esmirriados que se amontonaban alrededor. ■ ■■ ' V ’ ■■■■ EL ASALTO: PREPARATIVOS El convoy llegó a lo alto de la Favela el 13 de julio y al día siguiente. se formaron las bandas de todos los cuer­ pos. El rudo vaquero. se cruzaron en todos los sentidos. Fue un choque galvánico sobre la expedición abatida. Traía un oficio del coronel Medeiros notificando su llegada y requiriendo fuer­ zas para la protección del gran convoy que conducía.. mezcladas. . De una a otra punta de las alas. . un vaquero. Estallaron h im n o s.. No puede describirse. moviendo febrilmente en inmensa alacridad a los soldados. en estrepitosas exclamaciones. vestido de cuero. el toque del Ave M aría. corrió la nueva auspiciosa y. en un ondular sonoro que vagaroso avasallaba el silencio de los campos y se extinguía poco a poco en ecos por las montañas lejanas. sin embargo. El torrente ruidoso de las exclamaciones rodó hasta la zanja del hos­ pital de sangre. Los matutos fueron sorprendidos temprano porque hacía poco más de cien años un grupo de soñadores había hablado sobre los derechos del hombre y había peleado por la utopía maravillosa de la fraternidad humana. em­ puñando a modo de lanza su picana. transfigurando los rostros abatidos. resonaron los clarines. montando en caballo montaraz. convocados los comandantes de las brigadas a la tienda del general Savaget. apareció inesperadamente en el campamento. Se enarbolaron las ban­ deras. embarulladas. . una salva de veintiún tiros de bala la conmemoró. las notas metálicas de las marchas marciales y miles de gritos de triunfo. miraba sorprendido todo eso. . Parecía un gladiador pujante entre bosquimanos inquietos. El comandante de la P brigada había comunicado al volver que en la pretendida base de operaciones no existía nada.La tarde del 11 de julio. . Los enfermos y los moribundos silenciaron sus gemidos transformándolos en vivas. De Canudos ascendía.

mientras la artillería. a dos pasos de la 2 ^ columna. los expedicionarios. que se preestableció realizada sin que la perturbase el enemigo. los jagungos. satisfechos y alentados de nuevo por la esperanza de la victoria próxima. sin que los reconquistara el 3 O 9 de infantería que fue inmediatamente destacado para esa diligencia. El 25? batallón. El ataque por dos puntos. avanzando por el lado derecho del campamento. El movimiento. La travesía de uno a otro grupo significaba la muerte. Desde allí. Las dos columnas. se pusieron de acuerdo en la idea del ataque en grandes masas por un solo flanco. atacarían de lleno hasta la misma plaza de las iglesias. que surgía de la más ligera observación del teatro de la lucha. Lo demostraban los hechos recientes. vol­ viendo aun a la izquierda. bombardearía el centro. fueron vistos en grupos que incluían mujeres y niños. desde donde renovarían la resistencia. Persistía en los ánimos el intento de no realizar lo que la campaña reclamaba desde el comienzo: la división de los cuerpos combatientes. Los revigorizaba. el que en poco tiempo se agotaría para reproducirse la misma situación anterior. después de una marcha de flanco de casi dos kilómetros hacia la derecha del campamento. hacia el Vaza-Barris. fortalecidos por el voto favorable de los tres generales. frente a su agilidad. Los comandantes de la 3^. Fue asaltado el sitio de los animales. 4^ y 5^ brigadas optaron por el abandono preli­ minar de la Favela hacia una posición más cercana de donde partiese el ataque. tendrían franca la retirada hacia tres ángulos del cuadrante. no les había disminuido el ánimo. una vez más. la potencia pesada de las brigadas. doblarían a la izquierda. Podrían trasladarse a salvo hacia las inaccesibles posiciones del Caipá. por el camino de Jeremoabo y por la extrema izquierda. El plan confirmado era el más simple. Dos semanas de cañoneo y el refuerzo de municiones en el campo adversario. El enemigo iba a tener. se haría rectilíneo al final y si fuese logrado con éxito. El día 16 mostraron el mismo atrevimiento desafiante con el adversario abaste­ . sin dejar su posición. derivando por los contrafuertes de la Fazenda Velha. Habían caído baleados el sargento ayudante del 9 9 y varios plazas.que trajo. y capturados algunos animales de remonta y de tracción. no tuvieron autorización para andar según su voluntad por el lugar en que acampa­ ban. Se reincidía en un error. como si ideasen una osada parodia a la reciente llegada del convoy. no los había alcanzado. tuvieron una opinión diferente: permanecer en la Favela con el hospital de sangre. Los demás. Esta posición que poco difería de la otra. Ese era el único plan. llevando hacia la aldea numerosas reses. la artillería y dos brigadas como reaseguro. imperioso e intuitivo. incluso en el caso de quedar desbaratados. Las opiniones. Pero no se observó el teatro de la lucha. al principio contorneante. Deliberaron. El día 15. Ese mismo día. o hacia cualquier otra. enviado al ataque. Esta era cierta y se preveía que a todo trance. con disensiones minúsculas. prevaleció.

meterlos dentro de la cueva de Canudos a coces de armas. de la inercia absoluta a los movimientos impulsivos. Era preciso hacer retroceder a los tontos bandidos de una sola vez. La comisión de ingenieros. el coman­ dante en jefe. El coman­ dante general oscilaba entre extremos. Dejó la vaci­ lación inhibitoria que lo mantuvo en lo alto de la Favela para pasar a la obsesión delirante de las cargas. El rencor largamente acumulado por los anteriores fracasos exigía desquites fulminantes. lo que además era inapropiado para la zona de combate. por el lecho seco del Vaza-Barris. sería gradualmente seguida por las otras que la reforzarían en los puntos más convenientes. ellas son la nota predominante. Todos los dispositivos quedaban supedi­ tados a esa preocupación absorbente de los choques violentos: tres mil y tantas bayonetas cayendo como un caudal de hierro y llamas. a golpes. sugería un orden disperso. A pesar de ello. Esta actitud mostraba que el enemigo iba a reaccionar con vigor y como no se conocían los recursos con que contaba. la batalla tuviese una demostración preliminar o recono­ cimiento enérgico.cido. La orden del 17 de julio señalando el ataque para el día siguiente. Mas esto sólo sería posible si. el suelo ondeado en colinas y surcado por zanjas. imposibilitaba el desen­ volvimiento rápido de las columnas. cada soldado busca a su compañía. daba vuelta a la página futura poniendo ante los combatientes el milagro de la victoria. . adrede elaboradas para las condiciones excepcionales del medio y del adversario. Iba a hacerse lo contrario. Saltaba de la quietud al ataque total. concen­ trando a todas dentro de la aldea. cada compañía a su batallón y así todos”. Después de cada carga. En las disposiciones dadas el día 16. el 7? y el 59. libremente extendida y actuando fuera de la compresión de las filas compactas e inútiles. hecho por una sola brigada. llevando la formidable escolta de dos batallones. hasta que fi­ nalmente se operase en el terreno el retroceso del antagonista. Vista desde lo alto de la Favela. en una deducción osada. . fue recibida con delirio. Estas instrucciones concordaban con las tendencias generales. excluyendo las cargas de pelotones masivos precipitándose por los cerros. no las satisfa­ cían. el ataque debía ate­ nerse a la condición esencial de no comprometer en él a toda la fuerza. . permitía prever las dificultades de un ataque en masa y por sí mismo. Las se­ sudas combinaciones concretas de un combate. "Dada la señal de carga nadie más trata de evitar la acción del fuego del enemigo. tuvo que hacerlos combatiendo. para hacer unos ligeros reconocimientos por las cercanías. ésta parecía ser de fácil acceso. a medida que progresara barriendo las trinche­ ras abiertas en los altos y en los flancos. Atacaron sobre todas las líneas. Esta vanguardia combatiente. Apoyándose en las hazañas anteriores. Se carga sin vacilar con la mayor impetuosidad.

Trabubu. La 1? columna dirigida por el general Barbosa. ha sufrido pérdidas considerables. Canudos caería al día siguiente. Esa tarde. Lo atestiguan los combates de Cocorobó. iremos a descan­ sar y la Patria sabrá agradecer vuestros sacrificios”. ."¡Valientes oficiales y soldados de las fuerzas expedicionarias en el interior del Estado de Bahía! Desde Cocorobó hasta aquí. Villar Coutinho. Antonio Nunes de Sales. la 5^ del coronel Juliáo Augusto da Serra Martins que sustituía al general Savaget en la dirección de la 2 ^ columna. compuesta de dos batallo­ nes. la 3? del teniente coronel Émídio Dantas Barreto. El 5 9 de . Está desmoralizado y si. Macambira. así como la de artillería que secundaría el ataque con un bombardeo firme. Ante ella. la 4^ del coronel Carlos Maria da Silva Teles. si tuvierais constancia. se formaba con el 12 9 y el 319 bajo el mando de los capitanes José Luis Buchelle y José Lauriano da Costa. Era fatal. leída con aplausos el 17. El enemigo mismo parecía conocer la resolución heroica: sus irritantes tiroteos habían cesado. estaba bajo el mando del mayor Nonato Seixas y se formaba con el 35 9 y el 4O9 batallones del mayor Olegário Sampaio y el capitán J. Alberto Gaviáo Pereira Pinto. El ene­ migo traicionero que no se presenta de frente. Canudos estará en vuestro poder mañana. La patria tiene los ojos puestos sobre vosotros. Costa y el mayor Colatino Góis. todo lo espera de vuestro coraje. que combate sin ser visto. marcharía al frente de combate rodeada por un ala de caballería y una división de dos Krupps de 7 1 / i . las fanfarrias de los cuerpos vibraron hasta la caída de la noche. el enemigo no ha podido resistir vuestra bravura. reunía el 59. debía haber sido cambiada al caer la noche del 18. temeroso y callado. vencido de antemano. la 6 * del coronel Donaeiano de Araújo Pantoja. Nos detenemos ante una oración condicional comprometedora. Se refugiaba allá abajo. esta última recién formada. En la Favela quedaban cerca de 1. Angico. guardando la posición: las brigadas 2? y 7^ de los coroneles Inácio Henrique de Gouveia y Antonio Néri. Mañana vamos a batirlo en su ciudadela de Canudos. . todos comandados por capitanes. 9 9 y 25?. otros dos en lo alto de la Favela y dos asaltos que el enemigo hizo a la artillería. el 149 y el 309. respectivamente comandados por el capitán Joáo Antunes Leite y el teniente coronel Antonio Tupi Ferreira Caldas. El campa­ mento no fue molestado. Carlos Augusto de Sousa y José Xavier dos Anjos. Entrarían en acción 3. ".500 hombres bajo el mando del general Savaget.349 hombres repartidos en cinco brigadas: la 1? del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. si una vez más fuerais los bravos de todos los tiempos. y finalmente. Se delineó el ataque. La 2? la acompañaría cerrando la retaguardia. cqn el 26° y el 329 comandados por el capitán M. 79. la orden del día.

los combatientes recomendaron a los que permanecían en la Favela que tuviesen pronto el almuerzo para cuando volviesen de la fatigosa empresa. El teniente coronel Siqueira de Meneses. a paso ordinario. contra los federalistas del sur. nervioso. los muros de la iglesia nueva. desti­ nado a caer heroicamente en el último paso de una carga temeraria. Entre los de menor graduación. bajando hacia el camino de Jeremoabo. Solo los Krupps. . con­ tinua. Al poco tiempo volvieron hacia la izquierda. Vieira Pacheco. Eran tropiezos cortos y rápidamente solu­ cionados. Definidos los luchadores. turbulenta. acompañaba autónomo. amenazadora. la perturbaban a veces. todavía alta la madrugada. cara bronceada marca­ da de líneas inmóviles. inquieto. recordaba el bello episodio del cerco de Bajé.la policía bahiana. sin la menor mo­ lestia del enemigo. La tropa del ataque rodaba sordamente. ávida de renombre. impa­ sible ante la gloria y ante el enemigo. Tupi Caldas. La marcha. se realizaba tranquilamente. . a la 2 ^ columna. siguieron con la vista puesta hacia el este. Carlos de Alencar. piedra por piedra. Toda esa gente esperaba con impaciencia el combate. una altivez sin par sangrando bajo el cilicio del unifor­ me. como obedeciendo a una fatalidad. rumbo al Vaza-Barris. temeraria: Salvador Pires. se veía que allí se encontraban algunos para los cuales el sertón de Canudos era un campo muy estrecho. Olimpio da Silveira. con su aspecto de estatua. bajo la jefatura del capitán de ejército Salvador Pires de Carvalho Aragao. Según el viejo hábito. mientras el grueso de la expedición atacaba. debía realizar ligeras opera­ ciones de distracción a la derecha. sobre los contrafuertes de la Fazenda Velha. Garlos Teles. anhelando peligros. Contramarchando a la derecha del campamento. coman­ dante del 5? de la policía que él mismo había formado con los tabaréus robustos escogidos en los poblados del Sao Francisco. EL ENCUENTRO Las columnas se movieron el día 18. como si este movimiento contorneante fuese a sor­ prenderlo. Wanderley. Porque el com­ bate era la victoria decisiva. pasando ruidosamente por el camino mal pre­ parado. traía la envidiable reputación de su coraje de la refriega mortí­ fera de Inhanduí3 0 3 . parecía la imagen de un luchador modesto. una oficialidad joven. siempre bajando. que desarticularían. el gaucho intrépido que mandaba el escuadrón de lan­ ceros. Frutuoso Mendes y Duque Estrada. cuyo comando se extinguiría por la muerte de todos los soldados del ala de caballería que dirigía. jovial. . con un contingente reducido. y otros. el jefe de la artillería. siguiendo rectilíneamente por la vida entre el tumulto de las batallas.

acelerando el paso. El terreno próximo se levantaba en un cerro donde se veían. mil quinientos metros al frente. recortado y flexible. mien­ . Las aves habían abandonado esos aires barridos desde hacía casi un mes por las balas. después de tras­ puesta la bajada. ya en julio mostraban en grandes manchas pardo oscuro el avance lento de la sequía. la 3^ en el mismo orden. recortadas. en una de sus curvas. . nítidas. entera. pasados unos pocos centenares de metros. La planicie ondulada. Porque la dirección de aquél lo interfería normalmente. una compañía del 3 O9 replicó sin detenerse. irregulares atrincheramientos de piedras. . alargándose por el cuadrante del NE. golpeando por el sur contra la Favela. caatingas marchitas. tuerce abruptamente hacia el sur y vuelve. hacia la izquierda. después de correr derecho hacia occidente. bastaba a los que la defendían extenderse uniendo las dos ramas paralelas y próximas del río. invirtiendo el sentido de la corriente y formando una península imperfecta que tiene al final la aldea. hasta el pie de la Canabrava. pisaba ya la arena del combate. revistiéndolo hacia arriba. Los exploradores recibieron los primeros tiros al saltar la barranca izquierda del río. para cortar todo el frente de batalla. La columna 1^. los asaltantes atravesarían. pero hacia la izquierda. el general Barbosa pudo trazar una línea de combate: la 1^ brigada extendiéndose hacia la derecha con sus tiradores. siguiendo ese círculo extenso de circunvalación. cargarían de frente. el Vaza-Barris y volviéndose una vez más. en la claridad que nacía. La aldea. De manera que.La tierra tenía un triste despertar. La vanguardia atacada. los vértices de las dos torres de la iglesia. Así. subiendo hasta los amplios escalones del Cambaio. Eran las siete de la mañana. cortas explanadas. desaparecía en una depresión más fuerte. Los breves tropiezos en el traslado de los dos Krupps habían retardado a la retaguardia. sin mojarse. como la flexión del enorme semicírculo. hacia el este. El Vaza-Barris. La mañana aparecía rutilante y muda. atenuándose en parte el grave incon­ veniente de una acumulación de batallones. se ensoberbecía hacia el oeste en macizos cada vez más altos. Dos cruces amenazadoras y altas. al mismo tiempo que el grueso de la 1^ brigada y cuatro batallones de la 3^ llegaban compactos hasta la orilla del río y lo cruzaban. la última. Pero antes de completar esta operación el enemigo les salió al paso. divisándose apenas al mirar rasando por la cresta de los cerros. indefinido hacia el norte. más acá de Trabubu. como muros de piedra derruidos. Poco a poco se descubría la región silenciosa y desierta: cumbres desnudas.

forzadamente asu­ mida por todas las unidades combatientes. Lo revelarían los resultados inmediatos de la acción. había caído en el valle del Vaza-Barris por donde comenzó a avanzar. Era imposible extender la formación dispersa debajo de las balas en semejante lugar. Pero todo sin la firmeza y la velocidad que exigía la táctica pensada. no pocas veces se daban de pronto con otras secciones. delataban la confusión de las filas. era impracticable. en la extrema izquierda. que marchaban en sentido contrario. El mismo general que los había arrojado a semejantes horcas caudinas 3 0 4 . En contraposición al orden primitivo. Retrocediendo a veces.tras el ala de caballería. . abarcaba todo el frente de ataque en una fusilería impenetrable. formán­ dose en líneas de tiradores. debía evitar que lo rodeasen. herido de descargas que irradiaban desde las dos orillas. única banda apropiada a los alineamientos. y en breve trecho. sin ver el resto de los compañeros y sin poder distinguir siquiera los toques de las cornetas. pero que desde un principio. se sentían perdidos. enfi­ lando por un laberinto de zanjas. estaba lo inapropiado del terreno. Impracticable y peligrosa. para que no se desarticularan y dieran el flanco al enemigo hasta una nueva posición de combate. La línea ideada. y desde que no podía trazarse con velocidad tal que convirtiese en pasajera una situación de desequilibrio y debilidad. . Las secciones. Pero. las compañías. este movimiento general de la tropa fue mal hecho. el 59 y el ala derecha del 79 centralizaban mal la lucha. la alteraron en pormenores. aturdidos por las revueltas de la marcha. Los soldados —bayonetas arreme­ tiendo contra los morros— golpeaban en él vertiginosamente. Además de no conseguir ejecutarla de esa manera. los batallones. en la orden del día relativa al hecho. mientras que el 259. se desta­ caban hacia la derecha. según las cotas máximas de los cerros y la hondura de las bajadas. más tarde. . Se enredaban. aventajándose a toda rienda. quizá insigni­ ficante. lo que era esencial. El 9 9 batallón. aventuró un gauchismo bárbaro: las fuerzas se trenzaban. hacia el flanco derecho. no encontrando en el opulento léxico de nuestra lengua un término ajus­ tado para caracterizar el desorden de la refriega. desorientados. como era de prever. Faltaba la base física esencial para la táctica. desde la áspera topografía del suelo al extraordinario vigor de pronto de­ mostrado por el adversario que desde los primeros minutos. hecha por un rápido desdoblamiento de bri­ gadas en una longitud de dos kilómetros. Sobre que era una maniobra bajo la mirada del enemigo. la 3^ brigada comenzó a luchar por el flanco derecho del 3 O 9 que era de la primera. Lo decían todas las condiciones concretas. otras compañías y otros batallones. iba a partirse en planos verticales. suponiendo que avanzaban.

. estrepitosas. También venían dos brigadas. Avanzaban y cargaban. variando por todos los rum­ . en tropel. ampliándolas. ya era sensible el número de bajas. además de tomar toda la delantera al enemigo. "No obstante. Eran las ocho de la mañana. la envergadura de hierro de la batalla. no fue realizada. lo que. revigorizándolas. para otra vez atacar. frente a los rudos antagonistas. Pero al fin de cierto tiempo. el deber único de la ocasión era avanzar y cargar. . prendiéndose a las alas extremas. articulán­ dose con las que las habían precedido. tal vez con­ centrándose. Nada podía conjeturarse. La réplica de los adversarios. no podían adaptarse a las líneas de cualquier plan. Saltaron sobre las laderas que las aprietan. de modo de extenderse. A cada momento pisaban trincheras y desde el fondo de éstas los cartuchos detonados y ardientes delataban la reciente huida del enemigo. según el plan impuesto por las circunstancias. . obstaculizándole cualquier acción contorneante. Pero esta concepción táctica. la 4^ y la 5^. facultaría después el ataque final en una concentración única que el mismo campo de combate indicaba.De modo que cuando. ruidosamente. Se embarullaron en las bajadas. retrocediendo tal vez. fuertes y vibrá­ tiles. Los jaguncos alrededor. conteniéndose en las quebradas. juntándose tumultuosos en los declives. con las for­ maciones que le son propias. además de rudimentaria. invisibles. Diez batallones mezclados se echaron por los cerros abajo. a su vez. desnudamente. De modo que si la tropa expusiese sobre ese resplandor brillante. quedando sólo la reserva. definiéndose como un sector amplísimo de rayos convergentes en la plaza de las iglesias. Hermosa y caliente mañana sertaneja que en esa zona irradia siempre un bello resplandor de centellas reflejadas por la tierra desnuda y llena de cuarzos. tal vez rodeándolas . o aun. Pero fue lúgubre. como se había planeado. Las brigadas auxiliares. rezagada. subieron hasta el tope de las colinas y de nuevo bajaron. llegó la 2 ^ columna. el escenario se volvería singu­ larmente majestuoso. Sucesivamente vencían los morros. o completándoles los movimientos. . revueltas. Los soldados. ”. en un ondear de muche­ dumbres humanas. al llegar debajo de una fusilería atronadora y observar el tumulto. no sabían la dirección real del ataque que realiza­ ban. estallando en los flancos. ex­ playándose en las cortas llanuras. pasada media hora. comenzaron a con­ quistar corajudamente el terreno. la 6 ^. por cierto. bajo las órdenes inmedia­ tas del comando en jefe. que al llegar había observado que no hallaban las fuerzas en él comprometidas. Los recién llegados debían marchar hacia la derecha. reforzándolas en sus puntos flacos. el fulgor metálico de las tres mil bayonetas. El coronel Carlos Teles en su parte de combate — documento que no fue contestado— afirmó después.

ofrecían a los combatientes un área plana y sin obstáculos. El escua­ drón. claros pronunciados. la 3? y la 4^ por el centro y la 6 ?. Las primeras casas. Habían llegado hasta allí en grupos desordenados. en descargas continuas. cuyo . Se hizo necesario detener batallones enteros — en plena batalla y situados en un terreno que los convertía en blanco— para abrir a golpes de martillo los cajones de mu­ niciones y distribuirlas. En ese instante. Lo mostró el escuadrón de lanceros en un reconocimiento teme­ rario. convergió sobre ella una tremenda fusilería. sin la uniformidad de la marcha. aunque pocos. a unos tres­ cientos metros de las iglesias. inevitablemente lanzaría a los sertanejos. Precipitándose velozmente en aquella dirección. en su persecución. Encima. que entró también en la refriega. Las brigadas aún avanzaron pero sin la rectitud de un plan. Fue en el último ímpetu del ataque. triunfalmente. los golpeaban por el flanco derecho. por la izquierda. Lo demuestra un episodio sugestivo. a nivel de la parte más alta de la aldea que sube hacia el norte. En el torbellino de las filas sobrevinieron súbitas parálisis. la aldea. osados guerrilleros se enfrentaban con los asaltantes y les tiraban a quemarropa. en el caso de impulsarse con energía. Lo espaciado de los estampidos por ese lado denunciaba que había francotiradores. Y desde este punto hasta el extremo de la plaza. Además. Pero se observó que aquéllos sólo hacían una ligera demostración. completando los nutridos tiroteos que irrumpían desde la aldea. donde cada pared se abría en rajas que eran bocas de tiro. Los dispersaron con una carga violenta a puntazos de lanza y patas de caballos. bordeando el río. por el rigor de su puntería. parecía adrede dispuesta a desorientarlos. Estaban dentro de un corral desde donde tiraban de costado sobre la tropa. impedían el paso de batallones enteros. . Se mostró en seguida por la extrema derecha. como si la intención fuera un vigoroso ataque de flanco que. .bos. Pero éstos. subió al galope por una ladera poco abrupta y de pronto tuvo delante. dentro de los batallones desmantelados. donde no era dable pensarla. disipando de manera improductiva el valor y las balas. Cada soldado había llevado consigo ciento cincuenta cartuchos y ya los había gastado. la 5^ marchando por la derecha. a menos de trescientos metros. La tropa. abriéndoles. Era el momento agudo del combate. también llegaban atropelladamente algunos pelotones de infantería. dejando escapar la oportunidad de un ataque serio. dio de golpe con cerca de ochenta jgungos. sobre todo la situada desde el centro hacia la derecha. abarcando todo el cuadrante a lo largo de dos kilómetros. construidas en un rincón extremo. La fuerza. al bajar por una cuesta. fortalecida en la oca­ sión por la 4? brigada que tenía como jefe al coronel Carlos Teles. al oeste. La situación entraba en su momento culminante. estaba totalmente expuesta.

sobre la aldea. El suelo explotaba bajo los pies de la tropa. hacia la izquierda. Se detuvieron. Y estando a pocos pasos. poco a poco. por delante. hasta el Vaza-Barris. La retaguardia. daba la emocionante impresión de una derrota. yendo en direc­ ción de un umbuzeiro todavía frondoso. rechazando a adversarios que no veían. El 59 de policía. iniciaron un firme cañoneo. sobre la margen del río. mientras desde lo alto de la Favela coronada de humo. En el fondo de la trinchera. los mismos restos de municiones revelaban la presencia reciente de un tira­ dor. más de trescientos cartuchos vacíos demostraban que el foroz cazador había estado largo tiempo emboscado y a la espera. En parte. Habían conquistado un diminuto suburbio de la ciudad bárbara y se sentían impotentes para ultimar la acción. estallaban las baterías del coro­ nel Olimpio de Oliveira. la aldea recrudeció su réplica. otros se arrojaron temerariamente sobre la posición. más altos que las iglesias. a ras del suelo descubrieron una cueva redonda por donde asomaba un rostro bronceado y duro. concentrándose. Saltando del hoyo y sin largar el arma. fulminaba a la 6 ^ brigada. Muchos quedaron atónitos por lo inconcebible de un fusilamiento en pleno des­ campado. como hechos por un solo hombre. los dos Krupps. salpicando el terreno. La iglesia nueva. que decaía suavemente hacia la plaza de las iglesias. se metían en otros y las nuevas trincheras en seguida retomaban las vivas descargas hasta el abandono y la posterior ida a otra. Tiros rápidos pero sucesivos. rudamente . Arremetía al azar. Y en todas. fulminada en un círculo de descar­ gas. uno a uno iban cayendo. por la planicie desnuda y chata. apareciendo por el lecho seco del río. rudamente golpeadas. aparecían alrededor. Los sertanejos desalojados de esos escondrijos. los soldados pudieron refugiarse en las casuchas abandonadas. La mayoría. trasponía la última ladera. les dieron de frente. Era el único árbol que por allí había. Eran tierras minadas. avanzó aún. La fuerza llegó hasta esa situación dominante cubriendo una línea discontinua y torcida que se prolongaba. conver­ gían aceleradamente hacia la derecha. hasta los fondos de la iglesia vieja. mien­ tras las secciones extremas de ese flanco. repleta de muertos y heridos. Ya no dieron un paso más. Las bajas abultaban.estado mayor casi había desaparecido. retrocediendo. sin embargo. Por entre ellos pasaron todavía. La 6 ^ brigada y el 59 de policía. Cubrían una extensa loma. Las balas incon­ tables golpeaban los tabiques de las casas donde se habían refugiado muchos soldados y los mataban ahí adentro. completaron el ataque que consti­ tuyó la última arremetida de la tropa. al este. idénticas. Puestos en seguida en posición de batalla. cuyas primeras casas fueron finalmente alcanzadas a las diez de la mañana. el jagungo se escapó entre las grutas de la ladera. Otras. Golpeado por las granadas que de allí venían y por la fusilería del este. im­ pulsada por los oficiales que en la coyuntura se revelaron dignos de las más gloriosas hazañas. llevados a pulso.

la expedición se veía obligada a detenerse en una situación sin solución. reclamaron la pre­ sencia del general Artur Oscar. . caían a veces a mano de frágiles mujeres. se vestía de heroísmo. de voces de comando. el comandante del 59 de línea y al capitán Antonio Sales. A su alrededor el desorden: vibraciones de tiros. formados con plazas de todos los cuerpos. junto a la iglesia nueva. Perdidas todas las esperanzas. el instinto animal de conservación. de cornetas. Una vez más. tiradas en el suelo y pateadas por los tacones de las botas. NUEVA VICTORIA DESASTROSA En medio de esta desastrosa confusión. mostrando brutalmente la forma primitiva del coraje. el sol alcanzó el cénit. En medio de esta situación grave y dudosa. Ajenas al destino de los otros. cara marchita. arrastradas por los pelos. las fracciones combatientes actuaban por cuenta propia. como suele acon­ tecer en esos epílogos sombríos de las batallas. En esa situación. cada uno luchaba por la vida. reduciendo la batalla al área en que se jugaban la vida. mal protegido por las casuchas esparcidas por la vertiente. escupiéndoles encima una trágica maldición. de gritos de dolor. dentro de un rancho. Eran igual­ mente imposibles el avance y el retroceso. Resolución que se imponía por sí sola. de gritos de cólera. ojos llameantes. el comandante en jefe resolvió que se mantuviera la posición conquistada. Soldados fuertes que venían jadeando por una lucha de cuatro horas. casi estranguladas por las potentes manos. La batalla iniciada a dos kilómetros continuaba más reñida al borde del caserío. Y cuando se doblaban bajo el puño de aquéllos.combatido. Hambrientos y muer­ tos de sed. al coronel Carlos Teles. cabellos greñosos y sueltos. al final de un violento ataque. Y no pocas veces caían por un disparo hecho a quemarropa. nada distinguían en la penumbra de las habi­ taciones estrechas y sin ventanas. Desorganizados los batallones. dentro de las cuales. en los primeros instantes. al penetrar en las pequeñas viviendas. encontró ya gravemente heridos. Tanteaban los bultos en busca de agua y harina. atacaban a los invasores en un delirio de furia. Este apareció después de hacer a pie. no flaqueaban. Algunas eran como hombres. Viejas de tez oscura. se olvidaban del morador. En los grupos combatientes reunidos al acaso. El tumulto. morían con un estertor de fieras. se había hecho una selección natural de valientes. cayó por fin en una estrecha gruta que lo libró de un fusi­ lamiento en masa. de carreras. los jefes de las brigadas y 4^ que habían avan­ zado hasta el cementerio. Al llegar. Realizaron una rápida conferencia. un camino que fue un lance de coraje. imprecaciones y gemidos.

enfrente. La ciudadela propiamente dicha no había sido tocada. Y todavía se despreciaba al adversario que sólo se conocía de lejos. seguían el 259. En cada abertura de pared asomaba una espingarda y un ojo indagador. el 4 O9 y el 3O9. protegido por el ala de caballería y los batallones 149. La zona se extendía a lo largo. formada por los batallones 12 9. Desde este punto hacia la retaguardia. Sucesivamente. No se podía pasar más allá del temerario esfuerzo hecho. se ubicó el cuartel general. y descendía en declive hacia la plaza. resonaba la melancolía de los rezos. No lo atemorizaba la proximidad de sus enemigos. indomable. adentrados en un dédalo de casuchas hacia el norte. Canudos. Allí estaba el jagungo. La fusilería había aflojado pero para recaer en la prác­ tica acostumbrada de las emboscadas. en los fondos de la iglesia vieja. Al menos. amenazadora. se emplearon en la construc­ ción de los atrincheramientos. Porque el enemigo vigi­ laba implacable. Comenzó a hacerse sentir el imperio de una situación más incómoda que la anterior. éste se unía al 59 de línea por la margen opuesta. Pero no le habían modificado siquiera el antiguo régimen. desafiando un choque mano a mano. era la muerte. apartándose del caserío y cuidando el flanco derecho del campamento. la línea se curvaba. A su vez. Cada paso de soldado fuera del án­ gulo de una esquina. extendiéndose hasta la orilla derecha del Vaza-Barris donde tomaba contacto con el 269 de infantería. refugiados bajo los mismos techos y aumentando en tres mil almas la población del lugarejo sagrado. junto al cemen­ terio. En una gruta profunda que drenaba los flancos de la Favela. allá tenían la esperanza del ataque y de la victoria. Las casas del lugar eran nuevas. de norte a sur. profesionales de la guerra. La tropa ocupó uno de los suburbios. en su sorprendente crecimiento. sin muros. a la extrema izquier­ da. a su lado. se atrincheró el 59 de policía. del seno amplio de la otra. El resto del día y gran parte de la noche. paralelo a la cara oriental de la plaza. en la Favela. invitando a penetrar en la red inextricable de sus callejones tortuosos. Lo tenían a dos pasos. La línea avanzada de los cuerpos que más se habían adelantado se afirmó. Al atardecer. poniendo delante de la invasión millares de puertas. millares de entradas abiertas. pero inexpugnable. En el flanco izquierdo. 33 9 y 349. una quinta parte de ésta que limitaba al este. desbor­ daba de la depresión original hacia las colinas que la rodeaban. 3 19 y 389. blindándose con piedras y tablas las pare­ des de las casas y eligiéndose puntos menos expuestos a los proyectiles. Ahora no quedaba ninguno de estos engaños. cerca. y después el 259. 329. Allí estaba. . Estos trabajos imponían los máximos cuidados. el 79. la campana de la iglesia vieja batía calmosamente el Ave María y en seguida.Al caer la tarde quedó inmovilizada en un área estrecha de la aldea. que le enviaron las gentes de las tierras grandes.

gravemente heridos. con el mismo delirio entusiasta y la misma dedicación y la misma aberración fanática con que los jagungos juraban por el Buen Jesús misericordioso y milagroso. sobre todo en la juventud militar. era una cruzada. la efigie del mariscal Floriano Peixoto fijada en medallas de bronce colgadas a la izquierda del pecho y morían saludando su memoria. algunos sin poder sos­ tener ya la espada. que­ daron hipnotizados por el coraje personal de sus jefes y dominados por el prestigio de oficiales que. al desorganizarse de esa manera hubiera estado perdida. Además. Wanderley. Los que morían de tal manera a la entrada de Canudos. reviviendo el desprendimiento demencial de los guerreros místicos de la Edad Media. los revueltos días de la República habían impreso. . que herido en el pecho durante una carga de lanceros concentró su último aliento en el último ataque. la reducían considerablemente. Había tenido cerca de mil hombres: 947. Una tropa cuya fortaleza pesara exclusivamente sobre la disciplina. Después se contaron las hazañas de algunos: Cunha Lima. estudiante de la escuela militar de Porto Alegre. combatían con la misma fe inagotable. aunque no llevaban la armadura bajo el hábito ni la cruz grabada en la empañadura de la espada. un lirismo patriótico que les desequilibraba el estado emocional. como un titán fulminado en caída prodigiosa. El paralelo es perfecto. Alféreces y tenientes habían desbaratado sus vidas de manera increíble. entre vivas a la República. En cierto modo. y entre nosotros. entre muertos y heridos y éstos. La expedición atravesaba una terrible crisis. seguían avanzando tambaleantes por las líneas de fuego. arrebatándolos en idealiza­ ciones de iluminados. quedaron sitiados entre la oficialidad y los jagungos. sobresalían las bajas de los oficiales de menor graduación y de los plazas. Ahora bien. En las sociedades hay retrocesos atávicos notables. Los modernos templarios. que precipitándose al galope por la cuesta de la última colina.Toda la agitación diurna había sido como un incidente vulgar y esperado. sin excluir a uno. aparte de las precipitaciones desas­ trosas que produjo. ca­ yendo sobre el enemigo como un dardo. Pero los rudos soldados en cuyo ánimo moraban el desaliento y la incertidumbre. con los caídos en los encuentros anteriores. y otros. ese entusiasmo febril. Serra Martins y Antonio Néri que vino a la tarde con el 7?. La lucha por la República y contra sus imaginarios enemigos. Tres co­ mandantes de brigadas fuera de combate: Carlos Teles. fue abatido junto con el caballo en la cumbre y rodó hacia abajo. dándole a la refriega rasgos singulares de heroicidad antigua. fue la salvación del 18 de julio. tenían. En una escala ascendente. muertos todos valientemente. los resultados inmediatos del suceso la impresionaban demasiado. desafiando a la muerte.

Al sur. Pero. se abría el desierto impenetrable. podían ser rodeadas. el doctor Tolentino. su radio de acción había aumentado. Dos campamentos distintos parecían señalar una movi­ lidad mayor. Como después de otros triunfos. mal cerrada por el este. y un médico. quedó grave­ mente herido a orillas del río. contra la expectativa general. Pero una expedición reducida a poco más de tres mil hombres válidos. estaban en la torturante situación de no poder arriesgar ni un paso atrás ni uno adelante. Los cerros barridos a cargas de bayonetas hacía pocas horas. Atravesar el campo conquistado se les . Pero la situación fue resuelta por la inercia del adver­ sario. los altos de la Favela llenos de heridos y enfermos la encerraban. se veía un gran espacio libre. Por ese lado quedaba abierta la extrema derecha. no desembocar en la derrota. doblara luego hacia el oeste. aunque no pudiesen ser rotas. entre las vertientes de la Favela y los primeros surcos del arroyo de la Providencia donde estaba el cuerpo policial. Pero esa ilusión se apagó el mismo día del asalto. Para cerrar la circunferencia se hacía necesario un trazado que. Un circuito de seis kilómetros aproximadamente. Aparentemente. centenares de los cuales estaban resguardan­ do la Favela. la estorbaba la aldea. Al norte y al este. una línea de mantas cosidas demarcaba un seg­ mento del diminuto cerco: un quinto de la enorme periferia de la aldea.EN LOS FLANCOS DE CANUDOS La noche del 18 de julio. Pidió un cuerpo auxiliar de cinco mil hombres y armó los dispositivos que ga­ rantizaran a la fuerza triunfadora de modo tan singular. saltando las ondulaciones mayores del suelo en el primer escalón de las sierras del Calumbi y del Cambaio. volviendo finalmente al este por la espuela de los Pelados. liberada del cerco atrincherado. Caían otra vez baleados los heridos que para allá se arrastraban. no podía sostener un sitio tan amplio. prolongándose a la derecha y hacia el norte. Las frágiles líneas de defensa. Oficial­ mente. Al oeste. de hecho. parecían de nuevo poblados. y colocadas entre dos fuegos y contenidas de adelante por la aldea impenetrable. bordeando el río y siguiéndolo en su curvatura hacia el sur. Los sertanejos también claudicaban. que en la tarde del combate había bajado por allí. como había sucedido siempre desde el 27 de junio. Las comunicaciones con la Favela se volvieron de inmediato muy difíciles. Sobre el ánimo del jefe expedicionario había pesado el temor de un asalto nocturno ante el cual no habrían podido reaccionar. pasó en relativa calma. aunque el adversa­ rio se lo permitiese. Al día siguiente. del mismo modo que a la izquierda. hubieran sido fácil­ mente destruidas. era la expedición la que estaba sitiada. la orden del día decretaba el comienzo del sitio. El general Artur Oscar apreció seguramente el estado de cosas. La temporaria paralización de las operaciones parecía inevitable para atenerse a la defensa de la posición ocupada hasta que mayores refuerzos permitiesen nuevos esfuerzos.

observando el caserío y disparando las espingardas todas a un tiempo: ¡cien. después de cruzar con su brigada la zona peligrosa y abierta del combate. Los jagungos sabían que podían matar dentro de las casuchas — frági­ les muros de barro— a los moradores intrusos. Esta preocupación por una catástrofe inminente no se le ocultaba a nadie. Hasta es una exage­ ración llamarlo enemigo. en las líneas avanzadas. pasaban gran parte del día de bruces sobre las aberturas. Por la noche. por cierto. los que habían invadido el corto trecho de la aldea. "Un enemigo habituado a la lucha irregular que supiese sacar partido de nuestras desventajas tácticas. El sertanejo defendía su hogar invadido. los proyectiles pasaban inofensivos. repe­ lidos por el ángulo muerto de la colina. a lo lejos. ese momento en que la venganza revanchista tendría las características del mayor salvajismo”. de piedra o de tablas. trescientos tiros! contra un bulto. un fósforo encendido despertaba las descargas. término extemporáneo. Distribuida la última ración — un kilo de harina para siete plazas y un buey para un batallón— restos del convoy salvador. al reverberar los mediodías calientes. Pero el jagungo no era afecto a la lucha regular. Como ellos. se apiñaban en los ranchos ardientes como hornos y dejaban pasar las horas. . un trapo cualquiera. Y así. indistinto y fugitivo. estaban todavía a un paso del desastre. los ojos fijos en los techos de los ranchos. en la vertiente opuesta. vencedores llenos de miedo emboscando a los vencidos. no habría dejado pasar. en el laberinto de los ca­ llejones. los rodeaban con trampas que . ca­ yendo escandalosamente en la misma guerrilla de emboscadas. tenientes coro­ neles Tupi Caldas y Dante Barreto. Mientras los que lo amenazaban permanecían alejados. . visto de relieve. Resultaba de la secuencia de los hechos. y comprendían "que un paso a retaguardia en cualquier punto de la línea central significaría la perdición total”. nada más. temerarios ambos. los dedos clavados en el cerrojo de la espingarda. El coronel Antonio Néri fue herido justamente cuando. se oían allí los tiroteos librados del otro lado. copiaban línea a línea la reclusión que antes observaban a los jagungos. eufemismo que suplanta a "bandido famoso” empleado por la literatura marcial de las órdenes del día. Y durante el correr de la noche que cerraba la trabajada jornada. Les espesaron las paredes con muros interiores. Se imponía. Entonces se las convirtió en casamatas.volvió un problema serio a los conquistadores. Por otro lado. Sobre el cuartel general. más seguros. Los comandantes de éstas. Y durante muchos días dominó todos los espíritus. los ojos fijos en las rajas de las paredes. se refugió en una de ellas. dos­ cientos. centralizado por la barraca del comandante en jefe. Un hilo de humo blanquean­ do en el techo de barro era una atracción para las balas. no podían pre­ parar convenientemente la escasa refacción.

Otras veces. Terminó el ataque pero la batalla continuó. repentinos combates de cuartos de hora. El comandante de la P columna. quemarían sus últimos cartuchos contra seis mil hombres. La expedición iba a gastar tres meses para hacer el camino de cien metros que la separaba del ábside de la iglesia nueva. A las dos de la tarde. para vigorizar el rechazo. A la tarde. Esa defensa pertinaz y formidable comenzó el día 10 y no flaqueó más. prolongados en largas horas de rela­ tivo reposo. aterradora. con la pérdida de varias cabe­ . Y el último día de su resistencia increíble. murió. interminable. Los bueyes. sólo para definir una situación que desde ese día en adelante no cambió. el comandante de la 7^ brigada. rápidamente trabados y rápidamente terminados. cabeceando abrazados a sus carabinas. Y a su luz fugaz se descubrían las torres de las iglesias. Lo mostramos hasta el día 24 de julio. monótona. los jagunqos acometían con osadía.obstaculizaban el paso. el afrontarlos cara a cara. o tiroteos furiosos por todas las líneas. atravesado por una bala. revela su carácter anormalmente bárbaro. dentro de una casucha donde descansaba. como pocas en la historia. Esos asaltos súbitos. a veces quebrando un armisticio de minutos que los soldados de la vanguardia aprovechaban para hacer un descanso ilu­ sorio. Avanzada la noche. NOTAS DE UN DIARIO Un diario minucioso 3 0 5 de la lucha de aquellos primeros días. se dispersan al cruzar el VazaBarris. antes de que acabasen las notas emocionantes de las alarmas. bajan con dificultad de la Favela. determina que se traigan otros dos cañones Krupps que estaban en la retaguardia. Día 19— La fusilería enemiga comienza a las cinco de la mañana. A las doce y media fue herido en el campamento. Los asaltantes eran los asalta­ dos. El enemigo marcaba el momento angustioso de las refriegas y las provocaban siempre de sorpresa. tres o cuatro titanes hambrientos y an­ drajosos. Continúa por la noche. fustigados por los tiros. sus últimos defensores. siempre invertían los papeles. con preocupación por la defensa y el compro­ miso del desquite. algunas reses para alimentar a la tropa. les quedó como único expediente la resistencia a pie firme. Pero cuando les golpearon las puertas y a golpes los sitiaron. Canudos sólo podría conquistarse casa a casa. en plena mañana esplendorosa y ardiente. los fuegos ascendían ilumi­ nando ásperamente el firmamento oscuro. súbitos. con la misma continuidad vista en la Favela: tiros que sur­ caban el espacio minuto a minuto. después de apuntar y disparar con el cañón de la derecha a una de las torres de la iglesia nueva. contra lo que era de esperar. tres o cuatro hombres anónimos. costando mucho volver a reunirlos. el teniente Tomás Braga. Prosigue durante todo el día.

rechazados. Los jagungos. Repentinamente. A las nueve de la noche. los jagungos. se oyen algunos estampidos por la derecha y en seguida son asaltados los cañones de ese flanco. declara que el enemigo está muy fuerte y que muy pocas casas de Canudos están en nuestro poder en comparación con el número de las que componen la población. Si la cortaban caerían sobre el cuartel general y pondrían a los sitiadores entre dos fuegos. Resultado: un comandante superior herido. contra su costumbre. Tiroteos durante el día entero. Al toque de queda los jagungos atacan las líneas. tiroteos cerrados. El ataque parecía querer cortar la retaguardia de la línea del frente. Era un plan de Pajeú que había asumido la dirección de la lucha después de deponer a otros cabecillas. Durante largo tiempo el impune cañoneo hace su matanza. Toda la tropa se forma para la batalla. Día 24—-Comenzó el bombardeo al salir el sol. provocando una réplica rápida y viru­ lenta de los tiradores protegidos por los muros de las iglesias.zas. Día 2 2 — Sin aguardar la iniciativa del adversario. Se con­ sigue ajustar uno de los cañones trasladados. las cara­ binas pegadas a los pechos y se va generalizando de manera terrible. Día 21 — Madrugada tranquila. Un movimiento temerario. lo soportó sin réplicas. una cabocla prisionera y una bolsa de harina. una hora después. Los ca­ ñones de la Favela bombardearon hasta la entrada de la noche. Pero a las ocho. lo que fue imposible hacer de día por la vigilancia de los antagonistas. Pocas bajas. volvieron unos minutos después. Sólo por la noche se pueden distribuir las parcas raciones de comida a los soldados de la línea del frente. Día rela­ tivamente calmo. El poblado. caen impetuosamente sobre la retaguardia del campo de ba­ talla. la artillería abre el cañoneo a las cinco de la mañana. Los schrapnells de la Favela caen allá adentro y estallan como si golpeasen en una tapera vacía. De punta a punta vibran decenas de cornetas. Día 2 3 — Amanecer tranquilo. diez o doce plazas fuera de combate. un subalterno muerto. Son repelidos por el 34 9 batallón y el cuerpo policial. El teniente coronel Siqueira de Meneses sigue en reconocimiento por las cercanías. Resultado: 25 hombres fuera de combate. dejando un saldo de quince muertos. Los tres cañones sólo hicieron nueve disparos por falta de municiones. después de un movimiento envolvente inadvertido. asalto vio­ lento por los dos flancos. Pocos ataques durante el día. Al volver. durando el ataque hasta las nueve y media y siguiendo en adelante flojamente. El mismo número de bajas de la víspera: un soldado muerto. Los últimos heridos son penosamente conducidos desde el campo de acción hasta el campamento de la Favela. El asalto duró media hora. Día 2 0 — El campamento es súbitamente atacado cuando las cornetas de todos los cuerpos tocan diana. Por la noche. atacando otra vez con mayor rigor sobre . Se entabla la batalla cuerpo a cuerpo. a las seis de la mañana.

como los otros. Toda la fuerza descarga sus armas contra la aldea. A la una. las mismas escenas. El día 2 5 . . Si los mismos combatientes. Desde el principio se habló de la victoria. El nuevo ataque repercutió en las líneas del flanco derecho. retroceden hasta las primeras casas no conquistadas de donde reanudan el tiroteo cerrado y continuo. De modo que mientras la expedición se deshacía en la Favela y caía agotada por una sangría increíble en un pedazo de Canu­ dos. De nuestro lado también hay muchas bajas. el co­ mandante en jefe decide que tiren los cuerpos del flanco izquierdo que no fueron atacados. es natural que los que observaban desde lejos el drama desarrollado en la profundidad de los sertones. La travesía de Cocorobó. la opinión nacional tejía extravagancias balanceando las más aventu­ radas hipótesis que atiborraban los periódicos. Se veía una vez más que los jagungos habían roto el círculo de las bayonetas. se comprobó la inanidad de los esfuerzos por inventar triunfos. Las trincheras de la línea sitiadora se hacían en esas intermitencias y sólo por la noche se podían distribuir las raciones insuficientes para los hambrientos solda­ dos y podían éstos llevar cantimploras y marmitas hasta los pozos de agua del Vaza-Barris. Se forman todos los batallones. muere el teniente Figueira de Taubaté 3 0 6 . Ese día. TRIUNFOS POR EL TELEGRAFO Estos hechos llegaban a las capitales de los Estados y de la República completamente deformados. . Un tiroteo constante durante la noche y hasta la madrugada. poco desta­ cadas. Costosamente repelidos. Un repentino silencio desciende sobre los dos campos. . y a muchos oficiales y plazas. evitaban cual­ quier juicio sobre su situación. sabida de antemano. dándole a la campaña una monotonía dolorosa. es herido el comandante del 33?. buscando el agua que les aplacase una sed larga­ mente soportada. el capitán Joaquim Pereira Lobo y otros oficiales. elabora­ sen conjeturas inestables y además falsas. . . un nuevo asalto todavía más impetuoso. De lo expuesto se puede inferir que esto era inevitable. Se rechaza al enemigo. en los contrastes y sucesos. Antonio Nunes Sales. Al mediodía cesa la lucha.la derecha. . Noticias disper­ sas provenientes del campo de lucha o algunos telegramas le señalaban al combate un desenlace en tres días. . Para distraer al enemigo. El impetuoso Pajeú cayó mortalmente herido. Así se iban los días. Pasados quince. Hieren al comandante del 33?. Es como la oscilación de un ariete. entre otros. presagiaba que el ejército derrotaría en un solo asalto a los rebeldes. Desde lo alto atruenan todas las baterías de la Favela.

VI POR LOS CAMINOS. la ansiedad general creció. quemando la tierra. irrum­ piendo de golpe en las mañanas doradas. Salían casi sin recursos. por donde tenues hilos de agua afluían impercepti­ blemente.El espantajo de la restauración monárquica oscurecía de nuevo el ho­ rizonte político. comenzaron a salir hacia el litoral. otros cabalgando penosamente sobre animales rengos y temblorosos. o apiñados en carros lerdos. perdiendo día a día sus hojas y flores. LOS HERIDOS El traslado de los enfermos y heridos a Monte Santo era urgente. Se ceñían a una sola norma: ¡Bandidos acorralados! ¡Victoria cierta! ¡Dentro de dos días estará en nuestro poder la ciudadela de Canudos! ¡Fanáticos visiblemente derrotados1 . y en la atmósfera ardiente. Diaria­ mente. Joáo Abade era un Charrete de sombrero de cuero 3 0 7 . Desde la zona de operaciones llegaban telegramas paradojales y deplorables. Se miraba hacia la historia con una visión invertida: el bronceo Pajeú emergía con el aspecto dominador de Chatelineau. A despecho de las órdenes del día que cantaban victorias. en busca de la capital de Bahía. Se agotaban los arroyos efímeros de lechos llenos de piedras. desde el cielo sin nubes. cansados de privaciones. apagándose de repente a la noche. Los vomitaba el morro de la Favela. La gran mayoría a pie. arrastrándose por el suelo. El sertón empezaba a mostrar un aspecto triste de desierto. como en los oueds africanos 3 0 8 . . los documentos vivos de la catástrofe. los sertanejos aparecían como los ckouans después de Fontenay. Después del día 18. deslumbrante e implacable. Los árboles se doblaban marchitos. Entonces comenzaron a andar lastimosamente por los caminos los desechos de la campaña. desde el 27 de julio. con resignación en la región asolada por la guerra. sin auroras y sin crepúsculos. Era la entrada del verano. en sucesivas levas. Juá. sin embargo. salían de allí los agonizantes y los lisiados. hundiéndose. La luz cruda de los días claros y calientes caía. se iba llenando de dudas hasta adquirir casi la convicción de una derrota. La noticia del ataque empezaba entonando cánticos triunfales y poco a poco. en redes de caroá o camillas hechas con palos. los enfermos más graves. Más verídicos. las gramíneas pardo oscuras reflejaban ya la acción del incendio sordo de la sequía. Así partieron los primeros grupos protegidos por plazas de infantería hasta el extremo sur de la zona peligrosa. sin cambios.

disueltos por los caminos. mientras otros. Salían unidos de la Favela. transidos de fati­ gas. mal recompuestas las fuerzas. junto a los tanques todavía llenos de los corrales abandonados. Los más fuertes o los mejor montados. la tortuosa ruta del Rosario se había llenado de fu­ gitivos. los oficiales heridos. contorneaba montañas. Ahora parecía más áspera y difícil. La gran mayoría no los seguía. caracoleaba en curvas sucesivas. Se olvidaban del enemigo. a la sombra de ipueiras rasas que salpicaban pequeños sitios sombreados por las ramas verdes de los icozeiros. fragmentándose en grupos más pequeños. sacudidos por el ritmo de las cargas. impávidos ante cualquier encuentro con el adversario esquivo.en el suelo agrietado y polvoriento. torcían el rumbo y se metían por las caatingas en busca de la flora singular abundante de frutos y espinos. A los pocos días. alejándose de sus compañeros lentos. A partir de las diez de la mañana. cortando camino hacia Monte Santo. Los acompaña­ ban conducidos en redes a hombros de soldados fuertes. cuando encontraban algún rancho. Algunos. la caravana se detenía en los sitios más adecuados para el descanso. aguijoneados por la sed. a la sombra de los arbustos marchitos. todo su ardor parecía paralizar el ambiente purísimo y reflejado por el suelo. Acampaban. a la orilla de algún curso de agua invisible pero donde la humedad remanente todavía alimentaba el follaje de las caraibas y baraúnas altas. reflejándose en todas las quebraduras de la tierra. Y arancando tubérculos de umbuzeiros. se presentía la invasión periódica del régimen desértico sobre esos parajes desgraciados. al atardecer. fascinados por sus cuatro mil bayonetas. aumentaba su intensidad. reanuda­ ban su ruta. mal saciada por las aguas impuras del sertón y arrastrados por el hambre. Ahí estaba la huella que habían recorrido hacía un mes. y según el vigor de cada uno. apenas protegido por una vegetación rala. las noches frías. o a falta de éstos. Al mismo tiempo. Apenas arreciaba el sol había que interrumpirlas. quietos. se empinaba en cerros. se dejaban estar. bajando los últimos frutos de los árboles deshojados. andaban lentamente. disueltos al fin en cami­ nantes solitarios. El clima caía en variaciones extremas: los días quemantes. Las marchas sólo podían hacerse a las primeras horas de la mañana o al caer la tarde. se aventajaban. . caía en laderas resbaladizas. avanzando sin orden. Ese mismo día. La ferocidad del jagungo cedía ante el sal­ vajismo de la tierra. chupando los tallos húmedos de los cardos espinosos. sus rayos brillaban ofuscantes sobre las serranías y por el aire irres­ pirable y caliente pasaban como fulguraciones de quemazones intensas extendidas por la planicie. dispersos. se separaban del camino. en grupos que poco a poco se dividían por los cami­ nos.

metiéndose a todo correr por los pastizales. surgían acá y allá. y centenares de murciélagos volando tambaleantes en los techos oscuros. colorados y azules. levantando el dique de acero de sus divisiones de artillería. el esqueleto íntimo de la tierra en apófisis rígidas. se extendían por las cercas capotes. formas desvanecidas de montañas roídas por las fuertes lluvias. en el fondo de las bajadas húmedas. la misma naturaleza bárbara. Morros hundidos. mantas y uniformes hechos pedazos. se ataban las muías en las estacas del corral desierto. donde. corra­ les roídos por los incendios. indelebles. el rastro de las expedicio­ nes anteriores. Y un resonar casi festivo de voces. pesado. Y alrededor. reptando por el suelo. planicies desnudas y chatas como llanos inmensos. porque los había abandonado el vaquero que huía de la guerra o el fanático que había marchado hacia Canudos. durante semanas o meses. los jagunqos habían cubierto de fantástica floración la vegetación raquítica y marchita: de los gajos torcidos de los angicos pendían restos de unifor­ mes. el caserío donde los sertanejos pre­ pararon la emboscada del gran convoy de la expedición Artur Oscar. mostrando al pie. en las cercanías de Aracati y Jueté. ya muerto. más allá de las Baixas. el arroyo seco y la ladera a pique por la que había caído de su caballo. Cerca del Rancho do Vigário. Ranchos paupérrimos. los bordes del camino mostraban los huesos blancos. Los más fuertes enderezaban en seguida hacia el pozo de agua poco distante. en la sala sin piso. brotada en una maraña de ramas retorcidas. El rancho desolado se animaba durante algunas horas. recordaba por unos instantes la época feliz en que los matutos pasaban allí sus horas tranquilas en la paz del sertón. que tendrían que hacer la . Inmediatamente eran invadidos mientras otros huéspedes los dejaban: las zorras ariscas y miedosas. más allá. el punto en que Salomáo da Rocha había subido por unos minutos delante de la ola rugiente que se venía encima de la columna Moreira César. rompientes. en trazos violentos de cataclismos. resistiendo la atrofia. asombrados. saltando de las ventanas. y por todos lados. En las cercanías de Umburanas. pedazos de mantas. y afuera. pantalones carmesí o negros. antiguos cultivos abandonados. de puertas abiertas al camino. el coronel Tamarinho.Y volvían a ver. una vegetación agonizante y raquítica. Se armaban redes en los cuartos exiguos. desarticulándose en bloques amontonados. dibujando. los ojos llameantes y el pelo erizado. subiendo por el aire como brazos torturados. sin variantes en su triste aspecto. como si el ramaje muerto se desarrollara en flores sangrientas. con su rasgo de lúgubre ironía. en los troncos de los árboles del patio. en una vuelta antes del Angico. vacíos. cercas invadidas por el matorral. recordando la matanza de marzo. adrede dispuestos en una escenografía cruel. olvidados de los retrasados y de los que ven­ drían después. los trechos memorables. ranchos derruidos.

Desaparecían. afinando el oído para percibir los rumores vagos y lejanos de las planicies. al pasar. . Entonces. los compañeros liberados a su vez por la muerte. Allá quedaban. . . hacia allá marchaban. . . miserables. . quedaban exhaustos en una curva del camino. casi felices por el contraste de antiguas penurias. La turba hambrienta los rodeaba en tumulto. semanas y meses sucesivos los viajeros. algunos bueyes — perdidos de las grandes manadas diezmadas por la guerra— al advertir de lejos el alboroto en el paraje de su querencia. Dejaban el lugar temido. agonizando en un abandono absoluto. veloces. el rancho donde habían sufrido su primera yerra. los cuerpos enfermos arremetían enloquecidos con los animales sorpren­ didos que escapaban en seguida a esconderse en el matorral bravio. a lo lejos. rígidamente quietos. con gritos discordantes. lavaban a sus caballos sudados y polvorientos y limpiaban sus heridas en el líquido que sólo se renueva de año en año. . con las lluvias pasajeras. Irrumpían al trote en el campo circundante. El suelo duro des­ pedazaría los picos oponiéndoles su consistencia de piedra. avaramente desbordantes. los asaltaba una idea estremecedora: ¡un ataque de los jagungos! Inermes. Cualquier estallido en la vege­ tación les parecía la percusión de gatillos haciéndoles pensar en súbitas descargas. Morían. se bañaban. mientras las guirnaldas fosforescentes de los cumanas irradia­ ban en las sombras. irritando en los espinos las heridas y agravando la fiebre. Por días. echados en el desierto como trastos inútiles. Volvían con las cantimploras y marmitas llenas. esperando el amanecer para reanudar el éxodo. . Y la noche caía repleta de amenazas. Los carneaban. Y recibían una recepción cruel. eternamente olvidados. No pocas veces. No los enterraban. mu­ giendo. Los torturaban alucinaciones crueles. como restos de fogatas alrededor de las cuales podían aguardarlos numerosas emboscadas. en algún rincón. La mañana los liberaba. Nadie se fijaba en su falta. en tiroteos que parecían propios de combates. Algunos. hasta repul­ sivos.misma parada obligatoria. a despecho de las fatigas. Venían en una alegría ruidosa y fuerte. No tenían tiempo. Valientes endurecidos en el régimen brutal de las batallas tenían sobre­ saltos de pavor ante las cosas más comunes y velaban cautos. . Reanimados. dos o tres animales. andrajosos. Y después de fatigarse en correrías. Y después de esos incidentes providenciales. alimentaban temores infantiles. en esa quietud breve. los veían en la misma postura: extendidos a la . . mataban al fin uno. des­ pués de pocos pasos. quedaban hartos. Atronaban las espingardas. Buscaban al vaquero amigo que antes los campeaba y los traía de vuelta al son de los cantos conocidos y lo sabía llevar a los buenos pastos y a las aguadas frescas. El adversario que se había enfrentado con las brigadas ague­ rridas los podía matar cruelmente en pocos minutos.

sin descomponer. y ves­ tían camisas de algodón. Calzaban duras alpargatas. a los seres que sobre ella viven. Apenas marchitaban. los bueyes flacos. transformando en pocos días a esos desiertos en prados. prontas a explotar de golpe. Los apu­ raba el pensamiento exclusivo de dejar. huyendo de la sequía. . Algunas mujeres. en el menor tiempo posible. muertos desde hace tres o más meses. Quien se aventura en los veranos ca­ lientes a hacer la travesía de los sertones del Norte. Finalmente. las garras fijas al suelo como en un salto paralizado y a la orilla de los pozos de agua secos. Los primeros aguaceros barren de golpe esos espantajos siniestros. originando resurrecciones sorpren­ dentes. retorcidas. con la llegada de las primeras lluvias se cubren de exuberantes flores. No se descomponían. la piel se arrugaba y permanecían largo tiempo al borde de los caminos como momias aterradoras vestidas de uniformes andrajosos. caídos sobre las patas resecas. completaban el espejismo. Permanecen intactos. Es la succión formidable de la tierra. en busca del litoral. despojada de toda humedad. . En­ tonces la descomposición es vertiginosa. Y como los árboles desnudos. El terror y la imagen de su propia miseria vencían el cansancio de las caminatas hechas. inmovilizando. sin que los insectos les alteren los tejidos. La atmósfera reseca y ardiente les conservaba los cuerpos. el brazo derecho arqueado sobre la frente como para resguardarse del sol. agrupados en manadas inmóviles. el sertón seco y brutal. . La tierra. la fauna resistente de las caatingas que queda aniquilada. apenas aparezcan las condiciones exteriores favorables. amantes de soldados. las aves que caen muertas de los aires quietos. y el hombre que sucumbe a la fulminante insolación. habían copiado los hábitos del sertanejo. Los fortalecía. por adaptación. . como si los cuerpos fueran devo­ rados por llamas voraces. parece caer en una vida latente. se acostumbra a cua­ dros singulares. Parecen reflejar singulares apariencias de vida: las suQuaranas que no pudieron escapar hacia otros parajes. el pescuezo estirado en busca de un líquido que no existe. de energías adormecidas. Entre ellos no quedaba ningún resabio de organización militar. no impresionaban.sombra de las ramas secas. imperceptible y sorda. se cubrían con sombreros de cuero. La mayor parte. . los lanzaba deses­ peradamente camino afuera. con la apariencia exacta de un comba­ tiente fatigado que descansa. parecían familias en éxodo. parecen esperar también la vuelta de las épocas buenas. ni el uniforme en jirones los distinguía. cuarteleras de rostro de cala­ vera. Realiza en alta escala. Los fugitivos avanzaban observando esos escenarios lúgubres. el hecho fisiológico de una existencia virtual. arreba­ tándoles todos los principios elementales para la resurrección triunfal de la flora. al derivar hacia el ciclo de las sequías.

Una guarnición exigua había tomado la plaza y pasaba allí sus días. No recibían respetos. en cuyo vértice. Estaban a la entrada de lo que se llamaba "base de operaciones” de la campaña. Al día siguiente proseguían hacia Monte Santo. purificado por el sol y barrido por el viento. disputándose la sombra del viejo tamarindo. con las aguas represadas de un riacho al pie. Después de cuatro días de marcha. se destacaba nítida.Oficiales ilustres. nada más. vacío. . huyendo de la amistad molesta de los mur­ ciélagos en las casas abandonadas. era un desierto metido entre paredes y ahogado en la trama de algunos callejones llenos de detritos y de los desperdicios repugnantes de los bata­ llones que allí había acampado. En un caserón oscuro habían fantaseado un hospital militar. Aparecía riente en las lomadas amplias. por la cual baja el campo sombreado de juázeiros altos. a la distancia de una legua. Todavía era el desierto. apenas lo protegía por un día. Eran otras dieciséis leguas extenuantes. la aparición de la pequeña aldea. casas ex­ tendidas por un escalón suavemente inclinado de la abrupta montaña. De suerte que la aldea. Se creían a salvo. más deplorable que el desierto franco. la capilla blanca. calle Capitán Salomáo— agravaba la ingrata región. Pero era el pavor de todos los heridos y enfermos. cada uno se largaba hacia Queimadas. Y recibían por la espalda miradas amenazadoras de los que les envidia­ ban los caballos ligeros. la naturaleza es otra. bajo el cauterio de los calores insoportables. la mejor estancia de esos parajes. Allí. el general Savaget. huyendo amedrentada tanto del jagungo como del soldado. Se transfigura en pequeñas serranías orladas de viva vegetación y los viajeros. volvían heridos o enfermos. los coroneles Teles y Néri y otros. los más dicho­ sos llegaban a la trifurcación de los caminos del Rosario. desprovisto de todo. Al día siguiente. acampaban en la única plaza grande. La población lo había abandonado. al lado del barracón de feria. levantada sobre un cerro amplio. por un radio de pocos kilómetros. reanu­ dando la travesía. con sus callejas torcidas condecoradas con nombres sonoros — calle Moreira César. cayendo en la caatinga según el dicho de los matutos. en una monotonía más insoportable que las marchas y las batallas. pasando por medio de esas bandas con indi­ ferencia demente. de aspecto casi señorial. Eran compañeros menos infelices. Y después de dos horas de camino. Monte Santo y Calumbi. Pero al alcanzarla volvía la desesperanza. durante algunas horas. compuesto por otra tapera de barro en la ladera de una loma. levantando nubes de polvo. otros seis u ocho días de amarguras. como si proyectara en el firmamento una señal azul cariñosa y amiga. los reanimaba. Al llegar. el sitio de Juá. Pero les faltaba otro día de camino para llegar al Caldeiráo Grande. los caminantes. Pasaban y desaparecían velozmente. pierden la obsesión embrutecedora de las planicies estériles y de las sierras desnudas. El poblado muerto. inútil. temprano.

Por fin iban a llegar las primeras víctimas de la lucha que había mantenido en vilo la atención del país entero. Prolongaban por las calles de la ciudad la ola repulsiva de sus trapos y lastimaduras. en irresistibles conatos de destrucción. Se sacudían en temblores de emociones nunca sentidas. llevadas por el viento. las trasponían. dos casas tristes. donde pasaba la vida de los matutos. lugarejo minúsculo. rodeadas de mandacarus. al mismo tiempo miserables y malvados. Y llegaban a Queimadas dispersos y exhaustos. refinando sus tropelías. PRIMERAS NOTICIAS CIERTAS Los aguardaban con ansiosa curiosidad. les escandalizaba ver el cuadro tranquilo de esos hogares pobres. que parecía una ranchería de troperos. se acercaban a los ranchos apelando a la hospitalidad in­ condicional de los tabaréus. bajo la sombra de los ouricurizeiros. rodaban por las quebradas. por Cansando. las llamas en­ vueltas en rollos de humo. levantadas sobre una ancha base de granito. y la que­ mazón se derramaba por muchas leguas a la redonda. Tomaban los trenes y bajaban en Bahía. por Serra Branca. algunos casi moribundos. Las soldadescas iban causando estragos. Después. . Y nunca había podido imaginar que tuviera un aspecto tan dramático. inspi­ rando piedad y odio. de aspecto festivo. en marcha hacia el litoral. enton­ ces tan poblado.sujetos a las paradas inevitables en los pozos de agua. a salvo. impulsivamente. Enfermos y heridos. La multitud desbordaba la estación terminal de la línea férrea. se desoló. subían a los morros repentinamente encendidos como cráteres. tomando unos tizones llegaban al colmo de la maldad. rudamente víctimas. Incendiaban los ranchos. como si fueran restos de una caravana de bárbaros. Entonces. en grupos que trasudaban alaridos. ampliando el círculo de ruinas de la guerra. irritando más que intimidando. por Jacurici. por Quirinquinquá. Los heridos llegaban en estado miserable. y se derramaba por las calles próximas hasta el fuerte de Jequitaia. Les revolvía el alma. como era necesario inventar una diversión estúpidamente dra­ mática que los distrajera por algunos instantes de sus profundas agonías. por todos los receptáculos de aguas verdosas y sospechosas. Los fugitivos. El viento del nordeste se encargaba de esparcir el fuego por la caatinga seca. que venían . todos los días. En poco tiempo. en Calcada 3 0 9 . una decena de casuchas. imprecaciones y frases estremecedoras de angustias. brutalmente victimarios. con­ templando el paso del triunfal heroísmo. Y aquel camino. Primero pidieron con cólera. . Después hicieron francos asaltos. hacían saltar las puertas a golpes de sus armas. soportaban los últimos tramos de su penoso éxodo. mientras las familias sertanejas escapaban a esconderse en los pastizales.

interrumpida por llantos. arruinados a golpes. Era un desfile cruel. Los días transcurrían entre multitudes ruidosas. Los mártires recibían ovaciones de triunfadores. sobre esa conmiseración profunda y general. Que surgían al azar. el 14 fueron 270. fueron 150. en una ala­ cridad singular. Se acercaban los visitantes a los lechos como si en ellos tuvieran a viejos conocidos. Cojeando. Todos los días llegaban centenares: el 6 de agosto fueron 216 plazas y 26 oficiales. camisas destrozadas. jamás habían tenido tan bella consagración del futuro. en camillas. Los heridos eran como una dolorosa revelación. silencioso. se improvisaron enfermerías. Aventajándose al gobierno. por contraste inevitable. sin combinaciones previas. con los que estaban en mejores condiciones conversa­ ban sobre las pruebas sufridas y los arriesgados lances sucedidos y al dejar esos trágicos exponentes de la guerra se llevaban un juicio sobre la lucha más brutal de nuestros tiempos. por medio de los cuales se hacía la sombría conmemoración del heroísmo. La vasta ciudad se convirtió en un hogar. abriéndoles sus casas. andrajos de capotes en tiras. vibraba un entusiasmo intenso. Se organizaron comisiones patrió­ ticas para recibir donativos que espontáneamente surgían numerosos y constantes. . en la Facultad de Medicina. el 18 fueron 53 y así en más. todas las individualidades se apagaban en el anonimato ennoblecedor de la multitud piadosa que pocas veces apareció tan digna en la historia. en los conventos. Esta desnudaba por primera vez su realidad. el pueblo se constituyó en tutor natural de los enfermos. traían en las caras cadavéricas y en los cuerpos doblados la imagen más conmovedora de la campaña. espontáneas. Pero. el 8 . Como siempre sucede. animándolos. apareciendo y desa­ pareciendo en cuartos de hora. Claude Bernard. en medio de expansiones discordantes. el 12 fueron 260. auxiliándolos en las calles. Oficiales y soldados. uniformados por la miseria. presas en el mismo contagio y sugestionadas por las mismas imágenes. En el Arsenal de Guerra. ampa­ rándolos. rápidas. dándole al conjunto los rasgos de una miseria trágica. el sentimiento colectivo ampliaba las impresiones individuales.rodando por los caminos sertanejos como reflujo repugnante de la campaña. el 11 fueron 400. se vuelve exponente del sentir de cada uno y vibrando al unísono todas las almas. revestidos por el mismo uniforme inclasificable: pan­ talones en harapos que apenas los tapaban. ciertamente. jirones de chaquetas sobre los hombros. La población de la capital los recibía conmovida. religiosa­ mente. en los cuerpos heridos de bala y espinas. en los hospitales. como si se desencadenaran por movimien­ tos impulsivos. pero de algún modo daban aliento. arrastrándose pe­ nosamente. en las calles y en las plazas. Un gran número de personas identificadas por la misma conmoción. Duplay. En cada uno de estos lugares los gloriosos mutilados fueron puestos bajo el patrocinio de algún nombre ilustre: Esmarck. Pasteur 3 1 0 . venían indistintos. Los días de visita invadía los hospitales en masa.

En aquellas crueldades se retrataba la energía de una raza. Aquellos hombres que llegaban dilacerados por las garras del jagungo y de la ve­ getación reflejaban el vigor de un pueblo puesto a prueba, a prueba de fuego, a prueba de hambre. Impresionadas por el cataclismo de la guerra, las capas superficiales de una nacionalidad sacaban a luz sus elementos profundos en esos titanes resignados y estoicos. Y por sobre todo, un pen­ samiento no esbozado siquiera pero igualmente dominante, latente en todos los espíritus: la admiración por la osadía de los sertanejos incultos, hombres de la misma raza, enfrentados a los cuales se despedazaban de ese modo batallones enteros. . . Y un largo temblor tonificante vibraba en las almas. Se hacían rome­ rías hacia el cuartel de la Palma, donde estaba herido el coronel Carlos Teles; a Jequitaia, donde convalecía el general Savaget; y cuando este último pudo arriesgar algunos pasos por las calles, paralizó completa­ mente toda la algarabía comercial de la ciudad Baixa, en una ovación espontánea e inmensa que, irradiando de repente y congregando a la población alrededor del heroico jefe de la 2 ^ columna, transformó un día común de trabajo en día de fiesta nacional3n.

Sobre esta agitación llegaban diariamente pormenores que la aumentaban. Por fin, positivamente, con rigor matemático, se conocía la extensión del desastre. Era sorprendente. Desde el 25 de junio en que había cambiado los primeros tiros con el enemigo hasta el 10 de agosto, la expedición había tenido 2.049 bajas. En el total entraba la 1^ columna con 1.171 hombres y la 2^ con 878. Discriminadamente los guarismos eran éstos: " P columna. Artillería: 9 oficiales y 47 plazas heridos; 2 oficiales y 12 plazas muertos. Ala de caballería: 4 oficiales y 46 plazas heridos; 30 oficiales y 16 plazas muertos. Ingenieros: 1 oficial y 3 plazas heridos; 1 plaza muerto. Cuerpo de policía: 6 oficiales y 46 plazas heridos; 3 oficiales y 24 plazas muertos. 5 9 de infantería: 4 oficiales y 66 plazas heridos; 1 oficial y 25 plazas muertos. 79: 8 oficiales y 95 plazas he­ ridos; 5 oficiales y 52 plazas muertos. 99: 6 oficiales y 59 plazas heridos; 2 oficiales y 22 plazas muertos. 149: 8 oficiales y 119 plazas heridos; 5 oficiales y 22 plazas muertos. 159: 5 oficiales y 30 plazas heridos; 10 plazas muertos. 169: 5 oficiales y 24 plazas heridos; 10 plazas muer­ tos. 259: 9 oficiales y 134 plazas heridos; 3 oficiales y 55 plazas muer­ tos. 27? : 6 oficiales y 45 plazas heridos; 24 plazas muertos. 309: 10 oficiales y 120 plazas heridos; 4 oficiales y 35 plazas muertos. " 2 ^ columna. 1 general herido. Artillería: 1 oficial muerto. 12 ? de infantería: 6 oficiales y 120 plazas heridos; 1 oficial y 50 plazas muer­

tos. 269: 6 oficiales y 36 plazas heridos; 2 oficiales y 22 plazas muertos. 319: 7 oficiales y 99 plazas heridos; 4 oficiales y 48 plazas muertos. 32°: 6 oficiales y 62 plazas heridos; 4 oficiales y 31 plazas muertos. 33? : 10 oficiales y 65 plazas heridos; 1 oficial y 15 plazas muertos. 349: 4 oficiales y 18 plazas heridos; 7 plazas muertos. 35°: 4 oficiales y 91 plazas heridos; 1 oficial y 22 plazas muertos. 409: 9 oficiales y 75 plazas heridos; 2 oficiales y 30 plazas muertos”. Y la hecatombe progresaba con una media diaria de ocho hombres fuera de combate. Por otro lado, los adversarios parecían disponer de extraordinarios recursos.

VERSIONES Y LEYENDAS Todo se transfiguraba en dimensiones exageradas por imaginaciones superexcitadas. Un reciente mensaje del Senado Federal donde había gol­ peado también la ola general de conmoción, requiriendo en vehementes declaraciones que se esclarecieran denuncias sobre si se habían despa­ chado desde Buenos Aires con destino a los puertos de Santos y de Bahía, armas que parecían destinadas a los amigos del Conselheiro, de­ muestra cómo las fantasías ampliadas por el nerviosismo general adqui­ rían visos de realidad. Completaban el mensaje las noticias aparecidas en los órganos más serios 3 1 2 de la prensa de los países americanos, lo que al mismo paso, reflejaba el modo de pensar de esas repúblicas. Quizá el de mayor peso de América del Sur * después de referirse a los curiosos sucesos de la campaña, le agregaba pormenores de un simbolismo extraño: "Se trata de dos misivas que, con intervalo de dos días, recibimos de la Sección Buenos Aires de la unión internacional de los amigos del imperio del Brasil comunicándonos que por orden de la sección ejecutiva, en Nueva York, la referida Unión tiene todavía una reserva de no menos de 15.000 hombres — sólo en el estado de Bahía— para reforzar, en caso de nece­ sidad, el ejército de fanáticos; además de 100.000 en varios estados del norte del Brasil y más de 67.000 en ciertos puntos de los Estados Unidos de América del Norte, prontos a salir en cualquier momento hacia las costas del ex imperio, todos bien armados y preparados para la guerra. También tenemos, agregan las misivas, armas de los sistemas más mo­ dernos, municiones y dinero en abundancia. "De una redacción, caligrafía y ortografía correctas, estas enigmáticas comunicaciones traen en el encabezamiento la misma inscripción que las suscribe, escritas con tinta que hace recordar la violácea coloración de los muertos, destacándose las mayúsculas con rojo, el rojo color de la sangre.
* La Nación de Buenos Aires, 30 de julio.

"Ante el cuadro formidable de hombres y armas que nos presentan los misteriosos amigos del imperio, de forma no menos misteriosa, no podemos menos que pensar en una de aquellas terribles asociaciones que forjan en las cuevas sus planes de destrucción o en algunos caballeros dados a la mistificación. "Mientras tanto, por lo que pueda haber de verdad en el fondo de todo esto, es que lo hacemos constar y acusamos recibo de las repetidas mi­ sivas”. Se creía. La cuarta expedición había sucumbido en el territorio de la guerra. Lo decían insospechados informes. Sólo del municipio de Itapicuru, se afirmaba, habían partido 3.000 fanáticos hacia Canudos condu­ cidos por un cura que rechazando los principios ortodoxos iba allá a co­ mulgar con las tonterías abstrusas del cismático. Por Barroca pasaban cen­ tenares de bandoleros armados siguiendo el mismo rumbo. Se citaban los nombres de los nuevos cabecillas. Apelativos funambulescos como los de los chouans: Pedro el Invisible, José Gamo, Caco de Ouro, y otros. Agravando estas conjeturas, venían noticias verdaderas. Los sertanejos andaban por el sertón en expediciones atrevidas: atacaron el puesto de Mirandela, guiados por Antonio Fogueteiro; atacaron, tomaron y saquea­ ron la Vila de Santa Ana de Brejo; andaban así por todas partes. Se ex­ tendían por los campos mostrando rasgos de una estrategia segura. Ade­ más de la aldea, tenían dos nuevas posiciones de primer orden: las ver­ tientes caóticas del Caipá y las cuerdas de cerros alrededor de la Várzea da Erna. Desbordando de Canudos, la insurrección se explavaba por los lados de un triángulo enorme en el que podían inscribirse cincuenta mil bayonetas. Los convoyes que partían de Monte Santo, aunque reforzados, no por batallones sino por brigadas, hacían un viaje accidentado, obstaculizado por constantes asaltos. Alcanzado el Aracati, era indispensable que vinie­ sen de Canudos dos o tres batallones para protegerlos. El siniestro tramo de camino entre el Rancho do Vigário y las Baixas, era el pavor de los más probados valientes. Era el sitio clásico de parada de los bueyes v de la dispersión de los cargueros espantados por los tiroteos vivos, atrope­ llando pelotones enteros en su retroceso feroz de fuga. En esos encuentros sucesivos, adrede hechos para perturbar las mar­ chas, comenzó a observarse una variante del jagungo, aue lo auxiliaba indirectamente. Entre los claros de las ramas pasaban veloces, en el ver­ tiginoso vagar de las guerrillas, brillos de botones de uniformes, vivos de pantalones. El desertor hambriento atacaba a los antiguos compañeros. Era un lamentable síntoma que se sumaba a otros de la campaña, cuya imagen, día a día, se ensombrecía con episodios y sucesos triviales. Los soldados enfermos, en perenne contacto con el pueblo que les ha­ blaba, se habían constituido en rudos cronistas de los hechos y nos los

confirmaban de forma imaginativa, porque su misma ingenuidad les dic­ taba los casos que narraban, verídicos en su esencia, pero deformados por exageraciones. Urdían extraños episodios. El jagungo comenzó a aparecer como un ente aparte, monstruoso, medio hombre y medio duen­ de, violando las leyes biológicas con su resistencia inconcebible, arroján­ dose de manera nunca vista sobre el adversario, deslizándose invisible por la caatinga, como las víboras, cayendo por los despeñaderos más hon­ dos como un espectro, más débil que la espingarda que cargaba, flaco, seco, fantástico, de peso menor que el de un niño, sólo piel bronceada sobre los huesos, áspera como la epidermis de las momias 313. La imaginación popular de allí en más, deliraba la embriaguez de los casos estupendos, cosidos de fantasías. Algunos eran rápidos, reflejando incisivamente la energía invencible de esos cazadores de ejércitos.

En una de las refriegas siguientes al asalto, había quedado prisionero un curiboca joven que a todas las preguntas respondía automáticamente con altiva indiferencia: — ¡No sé! Por fin le preguntaron cómo quería morir: — ¡De tiro! — ¡Pues va a ser a cuchillo! — lo contradijo el soldado. Así fue. Y cuando el filo le abría la garganta, la primera ola de sangre espumante no apagó el último grito que brotó de la boca ensangrentada: — ¡Viva el Buen Jesús!

Otros mostraban líneas épicas: El l 9 de julio, el hijo mayor de Joaquim Macambira, muchacho de dieciocho años, se acercó al mañero cabecilla: — Padre, quiero destruir a la matadora. El astuto guerrillero, especie grosera de Imanus, cobrizo y bronco, lo encaró impasible: — Consulta al Conselheiro y anda. El valiente marchó seguido de once compañeros dispuestos. Traspu­ sieron el Vaza-Barris, atacaron la cuesta ondulante de la Favela. Se me­ tieron, deslizándose como víboras, por las caatingas ralas. Era el mediodía. El sol golpeaba la tierra a pico, sin hacer sombra, en rayos verticales y ardientes. . .

En esos lugares, el mediodía es más silencioso y lúgubre que la me­ dianoche. Reverbera en las rocas, se refleja en las planicies desnudas, es repelido por el suelo reseco y todo el calor emitido sobre la tierra se revierte hacia el espacio en columnas ascendentes por el aire irrespirable. La naturaleza queda enervada, en quietud absoluta. No sopla la brisa más leve. Ni un ala agita el aire cuya transparencia, junto al suelo, se perturba en ondulaciones rápidas y ardientes. La fauna de las caatingas reposa. Las ramas marchitas de los árboles penden sin movimiento. . . En lo alto de la montaña, abatido por la canícula, descansaba el ejér­ cito. Echados al azar por las laderas, las gorras caídas sobre la cara para taparse, dormitando o pensando en el hogar distante, los plazas aprove­ chaban los breves momentos de tregua para rehacer sus fuerzas. Enfrente, extendida sobre colinas, minúsculas casas en desorden, sin calles ni pla­ zas, grupo incoherente de ranchos, aparecía Canudos, desierto y mudo como una antigua tapera. Todo el ejército reposaba. . . En eso despuntan, cautos, aparecen a orillas de las matas rastreras y cerradas, en lo alto, donde está situada la artillería, doce caras inquie­ tas, miradas felinas, rápidas, recorriendo todos los puntos. Doce caras solamente, de hombres todavía agachados, en medio de las bromelias. Aparecen lentamente. Nadie los ve. Les dan las espaldas con indiferencia soberana veinte batallones en paz. Delante divisan la presa codiciada. Como un animal fantástico, el cañón Withworth, la matadora, se empina sólido. Vuelto hacia Belo Monte, la boca rugidora y truculenta que tantas granadas había arrojado sobre las iglesias sacrosantas. Le caen sobre el dorso negro los rayos del sol, brillando. Los fanáticos lo contemplan. Se levantan después. Se arrojan sobre el monstruo. Lo asaltan, lo aferran, uno trae una palanca. La levanta amenazador y rápido. . . Y el golpe cae, estalla tañendo. Es un grito de alarma que estalla en la mudez universal de las cosas, se multiplica en las quebradas, llena todo el espacio, detona en ecos que atruenan los valles y los morros con una vibración triunfal, sacu­ diendo violentamente al campamento entero. . . Aceleradamente se formaron las divisiones. En un segundo, los asal­ tantes se ven rodeados por un círculo de espingardas y sables, bajo una descarga de golpes y de tiros. Sólo uno se salva, golpeado y herido, co­ rriendo, saltando, rodando, entre los soldados, entre las balas, entre la cerca de bayonetas, cayendo en medio de las caatingas, despeñándose finalmente sobre abismos desde las cumbres de la montaña. . . Estos y otros casos — exagerado novelar de los hechos más triviales— le daban a la campaña un tono impresionante y legendario que impresicr naba a la opinión pública de la vieja capital y a todo el país. . .

Era urgente una intervención más enérgica del gobierno. La imponía por sobre las aprehensiones crecientes, las últimas peripecias de la lucha y la ignorancia sobre el curso real de las operaciones. Las opiniones, como siempre, eran disparatadas y discordes. Para la mayoría, los rebeldes con­ taban con elementos serios. Era evidente. No se comprendía que venci­ dos en todas las órdenes del día —heroicamente escritas— teniendo to­ davía franca la fuga hacia los sertones del Sao Francisco, donde no se los podía descubrir, esperasen pertinaces en la aldea, que se les cerraran, mediante el cerco, las últimas puertas de salida. Con lógica, deducían corolarios graves. Aparte de la hipótesis sobre la devoción sobrehumana que los hacía sucumbir en masa bajo los escombros de los templos, se imaginaban preparativos guerreros formidables, capaces de desbaratar la estrategia regular. El número que se decía diminuto, de los que perma­ necían en Canudos arrostrando todo, por cierto, era un engaño armado para arrastrar hasta allí al ejército, desgastándolo en combates estériles, hasta que en otros lugares se congregasen fuertes contingentes para el asalto final sobre los sitiadores, poniéndolos entre dos fuegos. Contrariaban juicios más alentadores. El coronel Carlos Teles, en carta dirigida a la prensa 3 1 4 , afirmó de manera clara el número reducido de los jagungos — doscientos hombres válidos, quizá sin ningún recurso— sólo abastecidos y equipados con lo que habían tomado de las anteriores expe­ diciones. El optimismo del valiente, de hecho exagerado, fue ahogado por la incredulidad general. La estimulaban todos los hechos y sobre todo, las apariciones diarias de heridos, acreciendo la conmoción nacional.

LA BRIGADA GIRARD Sobrevinieron otros hechos igualmente desastrosos. Atendiendo a los pri­ meros reclamos del general Artur Oscar, el gobierno había organizado rápidamente una brigada auxiliar que, al revés de las otras, no entraba en la guerra distinguida por el número. Según una loable práctica, sin tradición entre nosotros, merced a la cual se extiende a los comandados la gloria del comandante, tenía un nombre: Brigada Girard. La dirigía el general Miguel Maria Girard y la formaban tres cuerpos salidos de la guarnición de la Capital Federal: el 2 2 ? del coronel Bento Tomás Gongalves, el 249 del teniente coronel Rafael Tobías y el 38*? del coronel Filomeno José da Cunha. Eran 1.040 plazas y 68 oficiales, perfectamente armados y llevando a la lucha insaciable el regalo esplén­ dido de 850.000 cartuchos Máuser. Pero, por una serie de circunstancias que sería largo enumerar, en lugar de auxiliar, esta tropa se convirtió en un agente debilitante. Salió

de Río de Janeiro bajo el mando de su jefe y llegaron a Queimadas el 31 de julio. Partió de allí el 3 de agosto dirigida por un coronel, hasta Monte Santo. Marchó hacia Canudos el 10 de agosto bajo el comando de un mayor 3 1 S . Había dejado en Bahía a un coronel y algunos oficiales enfermos. En Queimadas dejó un general, un teniente coronel y algunos otros oficiales también enfermos. En Monte Santo dejó un coronel y otros oficiales más enfermos.

EXTRAÑO HEROISMO Se descomponía por el camino. Partían de ella pedidos de reforma más alarmantes que el aniquilamiento de una brigada. Un beriberi excepcional exigía, no ya la pericia de sabios médicos, sino el examen de psicólogos agudos. Porque el miedo tuvo allí a sus grandes héroes que mostraron el estupendo coraje de decirle a un país entero que eran cobardes. Al salir de Queimadas hacia el sertón, aquella fuerza encontró los primeros grupos de heridos y fue marcada por el estupor de la guerra. Por medio de su campamento en Contendas, pasaron el general Savaget, el coronel Néri, el mayor Cunha Matos, el capitán Chachá Pereira y otros oficiales. Los recibió con entusiasmo: oficiales y plazas formados al lado del camino saludándolos. Pero después se les apagó el fervor. A los tres días de viaje comenzó a sufrir privaciones, viendo disminuidos los víveres que llevaban y repartían con los sucesivos grupos de heridos que encontraban por el camino, llegando cansados y hambrientos a Monte Santo.

EN VIAJE HACIA CANUDOS Tomó hacia Canudos donde era ansiosamente esperada el 10 de agosto, totalmente despojada del espléndido aparato jerárquico con que había nacido. La dirigía el fiscal del 24?, Henrique de Magalháes, estando los cuerpos bajo el mundo del mayor Lidio Porto y los capitanes Afonso de Oliveira y Tito Escobar. La marcha fue difícil y lenta. Desde Queimadas se luchaba con serias dificultades de transporte. Los cargueros, animales viejos y cansados, muías escapadas de las carrozas de Bahía y troperos improvisados, rengueaban, tropezaban por los caminos, inmovilizaban a los batallones y demoraban el avance. De ese modo llegaron a Aracati, donde les entregaron un convoy que debían proteger hasta Canudos. En ese momento los diezmaba la viruela. Todos los días salían dos o tres enfermos de las filas y volvían al hospital de Monte Santo. Otros, lastimados por esa repentina transición de las calles asfaltadas de la Capi­

tal Federal hacia esos ásperos caminos, se distanciaban, se perdían en la retaguardia, se confundían con los heridos que venían en dirección opuesta. De modo que al pasar por Jueté, el 14 de agosto, le fue providencial encontrarse con el 159 batallón de infantería, ya endurecido en la lucha y que había venido de Canudos. Porque al día siguiente, después de acampar en las Baixas, donde pararon el día anterior para aguardar la llegada de gran número de plazas retrasados, fue violentamente atacada en el Rancho do Vigário. Los jagungos la sorprendieron de flanco, por la derecha, desde lo alto de un cerro dominante, y casi de frente, desde una trinchera marginal. La abarcaron entera en una descarga única. Cayeron muertos, en el frente, un alférez del 24*? y en la retaguardia, otro del 38?. Cayeron algunos plazas en las filas interiores. Algunos pelo­ tones se embarullaron sorprendidos, bisoños todavía ante los ataques fe­ roces de los guerrilleros. La mayoría disparó desesperadamente sus armas. Estallaron voces trémulas, cornetas, gritos desencontrados de mando. Despavoridos se escaparon los cargueros. Los bueyes se metieron por la caatinga. . . Tomando la vanguardia, el batallón 159, guió a los vacilantes comba­ tientes. No se repelió al enemigo. La retaguardia, al pasar por ese mismo punto, fue a su vez atacada. Después de este revés, porque lo fue, basta decir que de ciento dos bueyes que arrastraban el convoy sólo quedaron once, la brigada de nova­ tos fue nuevamente embestida en el Angico. Dio una carga todavía pla­ tónica de bayonetas en la que no perdió un solo soldado, y finalmente, entró en Canudos donde los rudos campeadores que allí permanecían bajo la disciplina tiránica de los tiroteos diurnos los acogieron con el nombre de la Mimosa. Nombre que sus bravos oficiales hicieron olvidar.

VIII NUEVOS REFUERZOS Este ataque llegó a Bahía con las proporciones de una batalla perdida, poniendo un punto más al desequilibrio general, y el gobierno comenzó a actuar con la agilidad requerida por la situación. Reconocida la inefi­ cacia de los refuerzos recién enviados, se trató de formar una nueva división, juntando los últimos batallones dispersos por los Estados capaces de una movilización rápida. Y para evaluar de cerca la situación, resolvió enviar a la base de operaciones a uno de sus miembros, el Secretario de Estado de los Negocios de la Guerra, mariscal Carlos Machado de Bittencourt.

Partió éste en agosto hacia Bahía al tiempo que de todos los rincones del país salían nuevos luchadores. El movimiento armado, repentina­ mente, se había generalizado, asumiendo la forma de un levantamiento en masa. Las tropas afluían desde el extremo norte y desde el extremo sur, aumentadas por los cuerpos policiales de Sao Paulo, Pará y Amazonas. En esa convergencia en el seno de la antigua metrópolis, el paulista, descendiente del bandeirante aventurero; el riograndense, jinete bravo; el curiboca norteño, resistente como pocos, índoles dispares, hombres de climas opuestos, de contrastados usos y tendencias étnicas, desde el mes­ tizo oscuro al caboclo trigueño y al blanco, allí se reunían bajo el lazo de una aspiración uniforme. La antigua capital los agasajaba en el recinto de sus viejos baluartes, rodeando en un mismo agasajo fraterno y calu­ roso a la inmensa prole dispersada desde hacía tres siglos. Después de estar largamente desparramados, los varios factores de nuestra raza volvían repentinamente al punto de donde habían partido, en vista de un entre­ lazamiento hermoso. Bahía se atavió para recibirlos. Aquel reflujo de la campaña la había transfigurado — mártires que llegaban, combatientes que salían— y rota la habitual apatía, se revestía con el aspecto guerrero del pasado. Las inútiles fortalezas que tiene intercaladas, decadentes en su aparcería con las casas burguesas, fueron prontamente reparadas, corta­ dos los árboles que les tapaban las murallas, y resurgían a la luz, recor­ dando las épocas en que aquellas almenas rugían sus largas culebrinas de bronce 3 1 8 . En ellas se acuartelaban los contingentes recién llegados: el l 9 batallón de policía de Sao Paulo con 458 plazas y 21 oficiales, bajo el mando del teniente coronel Joaquim Elesbáo dos Reis; los 299, 39 9 379, 289 y 4 9 dirigidos por el coronel Joáo César de Sampaio, tenientes coroneles José da Cruz, Firmino Lopes Regó y Antonio Bernardo de Figueiredo y mayor Frederico Mara, con los siguientes efectivos: 240 plazas y 27 oficiales; 250 plazas y 40 oficiales; 332 plazas y 51 oficiales; 250 plazas y 11 oficiales, además de 36 alféreces agregados; y el 4 9 con 219 plazas y 11 alféreces que eran toda la oficialidad, pues no tenían ni capitanes ni tenientes. Por fin, dos cuerpos, el regimiento policial de Pará, solamente 640 hombres comandados por el coronel José Sotero de Meneses y uno de la policía del Amazonas, bajo el mando del teniente Cándido José Mariano con 328 soldados. Estos refuerzos, que llegaban a 2.914 hombres, incluidos cerca de trescientos oficiales, fueron repartidos en dos brigadas, la de línea, bajo el mando del coronel Sampaio y los de la policía — excluida la de Sao Paulo que había salido sola hacia el frente bajo el mando del coronel Sotero— constituían una división que fue entregada al general de brigada Carlos Eugenio de Andrade Guimaráesm.

Todo el mes de agosto se gastó en la movilización. Llegaban a Bahía, se aprovisionaban de municiones y embarcaban hacia Queimadas. De allí a Monte Santo, donde debían concentrarse en los primeros días de setiembre. Los batallones de línea, además de disminuidos, como lo indican los números citados arriba, reducidos casi a dos compañías, venían desprovis­ tos de todo, sin los más elementales pertrechos bélicos, aparte de viejas espingardas y uniformes gastados que habían utilizado en la reciente campaña federalista del sur.

EL MARISCAL BITTENCOURT El mariscal Carlos Machado de Bittencourt, principal árbitro de la situa­ ción, desarrolló una notable actividad. Venía a propósito para las dificultades del momento. Era un hombre frío, un escéptico tranquilo e inofensivo. En su sim­ plicidad perfectamente plebeya, morían las expansiones generosas. Mili­ tar hecho, era capaz — y lo demostró más tarde acabando trágicamente su vida 3 1 8 — de echarse sobre los mayores riesgos. Pero fríamente, equi­ libradamente, siguiendo las líneas del deber. No era un bravo ni era un pusilánime. Nadie podía sorprenderlo en un lance de arrebatado heroísmo. Nadie podía imaginarlo sustrayéndose tortuosamente a una situación peligrosa. Sin ser una organización militar completa se había formado en un auto­ matismo típico de esas máquinas de nervios y músculos hechas para actuar mecánicamente, según la presión inflexible de las leyes. Pero esto, menos por educación disciplinada y sólida que por tempe­ ramento, inerte, pasivo, cómodamente engarzado en los reglamentos. Fuera de eso era nulo. Tenía el fetichismo de las determinaciones escri­ tas. No las interpretaba ni las criticaba: las cumplía. Buenas o pésimas, absurdas, extravagantes, anacrónicas, estúpidas o útiles, fecundas, gene­ rosas y dignas, lo volvían proteiforme, reflejándola bueno o detestable, extravagante o generoso y digno. Estaba escrito. Por eso, siempre que los acontecimientos políticos las embarullaban, cauteloso, se retraía en el olvido. El mariscal Floriano Peixoto — profundo conocedor de los hombres de su tiempo— en los períodos críticos de su gobierno, cuando la índole personal de sus adeptos o adversarios influía, sistemáticamente lo dejó de lado. No lo llamó, no lo apartó, no lo prendió. Le era igualmente insig­ nificante como partidario que como adversario. Sabía que el hombre cuya carrera seguía una línea recta, seca, inexpresiva, no daría un paso a favor o en contra del cerrojo del estado de sitio.

oradores explosivos le pasaron por delante. crepitaron en palmas y aplausos. . deflagraron en sus oídos. pechos agujereados a bala y tajeados a cuchillo. todos los trauma­ tismos y todas las miserias. todo cuanto salía del orden rutinario de la vida no lo conmovía. emergiendo entre las mantas. Los escuchó indiferente. pidiéndole una transferencia o una licen­ cia. leyendo maquinalmente la papeleta prendida a la cabecera y seguía. Cabezas envueltas en vendas sanguinolentas. Tenía la palabra difícil y pobre. El aspecto del amplio salón era impresionante. obviando la formalidad de un certificado médico. piernas rígidamente extendidas entre tablillas. de bruces o encogidos contra los barrotes en contorsiones de dolor. no porque cambiaba los destinos de un pueblo sino porque alteraba unas ordenanzas y unos decretos y unas fórmulas. Al salir hacia Bahía enfrió los entusiasmos. o acurrucados o sacudidos en gemidos. Además. Quien se acercaba a él buscando aliento. brazos sostenidos en cabestrillos. Manifestaciones ruidosas. El mariscal se aproximaba a uno y otro lecho. intermi­ nables minucias sobre las distribuciones de alimentos y remontas de caba­ lladas. nada ganaban si. un cabo de escuadra. Llegó a aquella capital cuando estaba en la plenitud de su fervor patriótico y en cierto modo lo debilitó. lo desorientaba y contrariaba. Había reconocido al ministro . que hasta allá lo llevaba. Pero tuvo que detenerse un momento. hombres de toda condición — entró silenciosamente. Fue en una visita a uno de los hospitales. rígidos debajo de las sábanas corridas como mortajas. pies deformes por la hin­ chazón. la cara abatida de un viejo. Enfrente. Una vida golpeada desde los esteros del Paraguay hasta las caatingas de Canudos. periodistas. Recién llegados de la lucha. . versos llameantes. Le pareció siempre una novedad irritante. No sabía responderles. con intermi­ nables frivolidades cruelmente enfadosas sobre paradas de tropas. y la historia una variante de la escritura de los sargentos. una intuición feliz. Cierta vez. No la quiso nunca. sentados. viejos preceptos que sabía leer de memoria. cuatrocientos enfermos. un rasgo varonil. Imaginen dos extensas filas de lechos blancos y sobre ellos.La República fue un accidente inesperado al final de su vida. veterano de treinta y cinco años de filas. esa insensibilidad lastimosa calló profundamente. estallaron a su alrededor. Eran cosas banales. Lo saben cuantos con él lidiaron. Comenzó la lúgubre visita. propias del oficio. le mostraban el agujero de un tiro de trabuco o una cicatriz sanguinolenta o un rostro cadavérico. se encontraba sorprendido con la esterilidad de unos conceptos triviales. como si este mundo fuese una inmensa Casa de Ordenes. buscando una situación emocionante y grave. en todas las actitudes. sobrecogida de temor. La comitiva que acompañaba al ministro — autoridades del estado y militares.

entreabierta la camisa de algodón que dejaba ver la marca de una antigua cicatriz. La escena era desgarrante. Y lo consiguió. un cuerpo regu­ lar de convoyes que corrían continuamente los caminos y ligaban efecti­ vamente. en las marchas fatigantes. No lo distraía. . la lectura maquinal de las papeletas. intacta. blindado de la frialdad que lo libraba de cualquier perturbación. realizando espectaculares movimientos policiales sin los mínimos recaudos estratégicos. lo demostraron las expediciones anteriores. Es que su buen sentido sólido. perdidos en una región estéril. Este resultado presagiaba el desenlace próximo de la contienda. del serio problema a resolver. alejamiento para los grupos interminables de heridos— su espíritu les superponía siempre aquel objetivo capital. En los últimos días de agosto se organizó. abdicando todas las regabas de su posición. le reducirían los escasos recursos. y el mariscal Bittencourt prose­ guía. finalmente. sacando el cuer­ po esmirriado y los brazos flacos y temblorosos. tranquilamente. . Se volvía imprescindible darle a la campaña lo que no había tenido: una línea y una base de operaciones. compartirían las mismas privaciones. haciendo fuerza para levantarse. hizo que comprendiese las exigencias reales de la lucha. venciendo. Ocupado durante su estadía en Bahía por un sinnúmero de cuestiones menores — equipamiento de los batallones que llegaban.del cual fuera ordenanza en los buenos tiempos de la mocedad. agitado. Comprendió que lo menos valioso era la acumulación de un mayor número de combatientes. Enviando más gente a la zona de guerra se agravaba el estado de los que allá estaban. En ese negarse a sí mismo. Por­ que desde el comienzo. en una alegría dolorosa. en el aislamiento en que se enclavaban los expedicionarios. . cuando lo acompañaba en la batalla. Y con voz temblorosa y ronca. las causas del fracaso reposaban en gran medida. delineada rectamente en el tumulto de la crisis. en un delirio de frases rudas y sinceras. . en la auténtica significación del término. solos ante el enemigo. El gobierno no encontraría a nadie mejor para transmitir la acción. Los ojos se empañaban en lágrimas. Lo que era necesario com­ batir y vencer no era el jagungo sino el desierto. los ojos brillantes de felicidad y de fiebre. se hizo. condición pre­ ponderante. quizá única. hablaba. el Cuartel Maestre Ge­ neral 8 1 9 de una campaña en la que era jefe supremo un inferior jerár­ quico suyo 3 2 °. al ejército en operaciones con Monte Santo. Y esa empresa fue impulsada por el ministro. . Es que todo eso — fuertes emociones o cuadros lancinantes— estaba fuera de programa. Se terminaba por donde se debió comenzar. numerosas dificultades. en los acantonamientos. con tenacidad. Los pechos oprimidos respiraban agitados. con breves intervalos de días. Era realmente el hombre adecuado para la emergencia.

excluía los ata­ ques de las brigadas. Y eso se prolongaría hasta que la aldea siniestra absorbiera uno a uno. el desierto. Después. sólo ellos podían darle a las operaciones la celeridad exigida por las circunstancias. COLABORADORES DEMASIADO PROSAICOS Un estratega superior. parecía un epigrama malévolo de la historia. desdeñaba el genio militar. Esta manera chocaba con el lirismo patriótico y dolía. En la emergencia. con su cortejo de combates sangrientos. indiferente a todo esto — impasible dentro de la impaciencia general— organizaba convoyes y compraba muías. esa campaña cruel y en verdad dramática. En noviembre. cuando los caudales se extinguiesen — porque el torbellino de las aguas derivando hacia el Sao Francisco y hacia el mar. pero tendrían a su alrededor las líneas de otro cerco. De hecho. el abandono de cuanto se había hecho. El más calumniado de los animales 3 2 1 iba a asentar sus patas en la cumbre de una crisis e iba a resolverla. las caatingas poniéndolos en medio de la presión creciente del hambre. Además. atraído por la forma técnica de la cuestión. le taparían todas las salidas. a sus sitiadores. por lo menos hizo eso: convirtió un conflicto enorme en una campaña regular. había que utilizar la intrusión de tales colaboradores en nuestros destinos. deplorablemente prosaica. sólo tenía una solución y era singularmente humorística. sólo hubo un desplie­ gue pródigo de bravura cristalizado en un asedio platónico y dudoso. dibu­ jaría rasgos tácticos que no resolverían nada. Dispensaba el heroísmo. La simple sustitución de los que caían. Cerrarían la aldea. el gran número de asaltantes era un factor agravante. Más de tres meses sería la derrota. El caso es que la guerra sólo podía prolongarse por un máximo de dos meses. El mariscal Bittencourt lo previo. La lucha. sólo quería troperos y muías. se agota con la misma celeridad con que se forma— aparecerían obstáculos más . Hasta entonces. la parálisis obligada. Por fuerza. recortado en fusilerías inútiles en las que se jugaba noble y estúpida­ mente la vida. la zona entraría en el régimen torrencial y eso traería consecuencias incurables. Además. Uun luchador brillante idearía nuevos ataque que abatieran a los rebeldes e iría a estrellarse a paso redoblado por las caatingas. lo convertía en un círculo vicioso muy cruel. en un plan oscuro. de ocho a diez por día. mil burros valían por diez mil héroes. caía. Por los lechos entonces secos de los arroyos correrían ríos de aguas barrosas y el Vaza-Barris se convertiría en un torrente enorme y dilatado que cortaría todas las comunicaciones.El mariscal Bittencourt. El mariscal Bittencourt.

Era necesario liquidar la guerra antes de esa época peligrosa. ya ruidosos y largos.graves. releando las filas y privándolas de oficiales prestigiosos. . . El Ministro de la Guerra lo consiguió. como un gran peligro. a la manera de los encuentros entre los mercenarios en la Edad Media. cada bañado. Iban a tiempo para reanimar a la expedición que hasta esa fecha. retroceder ante el enemigo invencible y eterno. cada laguna efímera. dispo­ niendo las cosas para un cerco real y firme que determinara la rendición inmediata. ascendiendo en número infinito de cada punto donde toca un rayo de sol y descendiendo sobre las tropas. apri­ sionada por los flancos de la aldea. dividiéndose un buey y un kilo de harina por escuadra y. agotándose en un dispendio de millares de balas. violentos. Los convoyes eran inciertos. dejando parte de sus cargas por los caminos. las diligencias diarias. es un laboratorio infernal que destila la fiebre que irradia latente los gérmenes del paludismo. instantáneos. Los mismos tiroteos improvisados. cada cueva excavada entre piedras. Llegaban a duras penas. hacia Queimadas — dejaba dispuestos todos los elementos para el próximo desenlace— lo esperaban concentrados en Monte Santo. millares de organismos a los que el cansancio creaba una receptividad mórbida funesta. . Bajo la atmósfera de los días ardientes. sin un herido. cada pozo de agua. Combates diarios. La mostramos al transcribir el diario que no prolongamos para evitar la repetición dolorosa de episodios que se sucedían sin variantes apreciables. la misma apatía recortada de alarmas. como en los malos días de la Favela. Por fin. profusamente diseminado por los aires. la misma calma extraña y lastimosa. Delante de los expedicionarios se levantó de nuevo. ya mortíferos. los mismos armisticios engañadores. había pasado cuarenta y tantos días en situación peligrosa e inútil. las brigadas de la División Au­ xiliar 3 2 2 y aunque todavía escasos. la existencia aleatoria. Y vencido el enemigo que podía ser vencido. la tierra desolada y estéril. De modo que al partir. con raciones escasas cuando las había. tanto de uno como del otro lado. el hambre. en horas inciertas. intermitentemente rota con descargas. sin un solo escoriado siquiera. salían los primeros convoyes regulares para Canudos. Para ello era indispensable garantizar la subsistencia del ejército que con los últi­ mos refuerzos alcanzaba cerca de ocho mil hombres. en las que se preparaban cuerpos para juntar ganado. a comienzos de setiembre.

casi no temían al jagungo. el tejado destruido en gran parte. caía atravesado por una bala que partía de afuera de la aldea. el 59 de línea. rondando de lejos a los batallones. Estos incidentes demostraban el valor de los rebeldes. incendiando y arruinando completamente la iglesia vieja. Los rudos adversarios los dejaban bajar tranquilos las últimas faldas de la montaña. junto al río. a pesar de estar bajo la protección de un batallón aguerrido. Porque por las cercanías. Las dos torres de la iglesia nueva seguían sobresaliendo en la altura como dos amenazas siniestras sobre el ejército. bombardeaban noche y día. No pocas veces. en el área de pasto que tenían por las márgenes del río. desde las líneas intangibles de aquel otro asedio sobre la tropa. No se comprendía cómo el campanero subía todavía hasta lo alto para tocar las notas sagradas del Ave María. 20 muías de la artillería fueron capturadas. en el punto en que salía el camino. . a tiros invaria­ blemente acompañados por estridentes silbidos terriblemente irónicos. cuyo maderamen estaba por entero al desnudo. y cierto día de agosto. reducida a 892 plazas y 56 oficiales. un soldado inexperto. sobre el cual cargaron de acuerdo con la impor­ tancia de la presa deseada. el día 23 el batallón paulista con 424 plazas y 21 oficiales. En ese punto recibían el bautismo de fuego los refuerzos que llegaban: el 15 de agosto. desde donde se observaba el panorama de la plaza. Los tres Krupps que desde el 19 de julio colocaron sobre la colina teniendo al pie la van­ guardia del 259. Y parecían más disciplinados. convoyes que entraban por el camino de la Várzea da Erna sin que la tropa sitiadora los capturase para no desguarnecer las posiciones ocupadas o. de las cuales había señales evidentes. Se arrojaban más ordenados y seguros en los asaltos. Los peligros consistían exclusivamente en salir de los refugios y caer de un tiro. para hacerles en el paso final. al mirar hacia un cerro. haciéndose necesario estacionar una guardia a la margen del río. Permanecían en la misma actitud desafiadora.Metidos en las casuchas o en tiendas por detrás de los morros. una recepción triunfante y teatral. Recibían. a su vez. consideración más seria. Es que los nuevos antagonistas no los asustaban. la brigada Girard. Y nada escapaba a la puntería de los que allí se emboscaban y que no la abandonaban ni en el mayor fragor de los cañoneos. o en las trincheras por las gradas de piedra. La travesía hacia la Favela continuaba siendo peligrosa. A pesar de que sus sitiadores no les daban tregua. bajo el mando del te­ niente coronel Firmino Lopes Regó. con 205 plazas y 16 oficiales. para evitar celadas peligrosas. deri­ vando invisibles por las colinas del norte y desde allí hacia Canabrava y Cocorobó. y el 37? de infantería que había precedido a la División Auxiliar. para evitar que soldados imprudentes saliesen por ahí. andaban rápidas columnas volantes de jagungos. Los animales de montar y de tracción muchas veces eran asustados a tiros.

como si aún vibrase en la alarma. comandada por el capitán del l 9 de posición Antonio Afonso de Carvalho. elevaron las pérdidas de ese día a 10. habían impuesto una reorganización de las fuerzas raleadas. 169 bajo el mando del capitán del 24?. Esta se realizó al amanecer del día siguiente. Joaquim Manuel de Medeiros. 17 de agosto de 1897. Reorganización de las fuerzas en ope­ raciones en el interior del Estado. constituyendo la 3^ brigada. bajo el mando del coronel del 279. derrumbó los restos del campanario hacién­ dolo saltar por el aire. la expedición estaba debilitada *. bajo el mando del teniente coronel del 259. 159 bajo el mando del capitán del 389. De modo que la llegada del monstruoso cañón daba posibilidad de una revancha inmediata. 259 bajo el comando del mayor Henrique Severiano da Silva. todos del arma de infantería. se advertía que a pesar de los refuerzos. 79 bajo el comando del capitán del mismo cuerpo. 59 regimiento de artillería. La gran pieza detonó: se vio reventar con estruendo el enorme schrapnell entre las paredes de la iglesia. Tito Pedro Escobar. 339 bajo el mando del capitán José Soares de Meló. comandado por el capitán del mismo. sonando. sumándose diariamente en parcelas poco dispares. con los claros abiertos en todas las filas por los combates anteriores. ya desde mediados de agosto. batería del 29 regimiento bajo el mando del l 9 teniente del 59 batallón de posición Afrodísio Borba y batería de tiro rápido. bajo el mando del coronel del 149. 349 comandado por el capitán Pedro de Barros Falcáo. 59 comandado por el capitán Leopoldo Barros e Vasconcelos del mismo cuerpo. Ese día fue herido el general Barbosa cuando inspeccionaba la batería del centro. incompara­ ble. Emídio Dantas Barreto. próxima al cuartel general de la P columna. victimando a otros cuatro soldados que con seis del 26? que aprovechando el tumulto habían desertado. Se reanudó durante el día. . . Y fue formidable. constituyendo la 1^ brigada. Campo de combate en Canudos. José Xavier de Figueiredo Brito. le deshizo el techo. 279 bajo el mando del capitán del 249. Se continuó el día 26 con la baja de cinco plazas. en el descenso de graduaciones en los mandos. “En esta fecha pasa a tener la siguiente organización la fuerza bajo mi co­ mando: 149 batallón de infantería bajo el mando del capitán del 32?. marcó la noche hasta entrado el amanecer. el Withworth 32.Como si no bastase aquel bombardeo a quemarropa. cuatro el 28. con la misma monotonía mortífera que exasperaba a la tropa. Orden del día NQ 102. * “Cuartel General del Comando en jefe. Fuera de este incidente. 389 bajo el mando del capitán del mismo cuerpo Afonso Pinto de Oliveira. Inácio Henrique de Gouveia. Las bajas. cuyas brigadas quedan formando parte . En las líneas de fuego cayeron ocho soldados y una fusilería cerrada. el 29 también fueron cuatro y se les agregó un oficial y así de seguido. En la disminución del número de brigadas que pasaron de siete a cinco. constituyendo la 2“ brigada. murieron cuatro el 27. Napoleáo Felipe Aché. la vieja campana que al atardecer llamaba a los combatientes para rezar. Alberto Gaviáo Pereira Pinto. Antonio da Silva Paraguagu: 22° bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Lidio Porto. después de un ligero armisticio. el día fue perdido: se rompió una pieza del aparato obturador del cañón haciéndolo enmudecer para siempre. 249 bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Henrique José de Magalháes. constituyendo la brigada de artillería. bajo el mando del coronel del 59 regimiento Antonio Olimpio da Silveira. Joáo Carlos Pereira Ibiapina. el 23 de agosto bajó de lo alto de la Favela.

Artur Oscar de Andrade Guimaraes. 359 comandado por el capitán Fortunato de Sena Dias. bajo el mando del coronel del 329. Se agrega: 59 regimiento de artillería. . 2 de Para. 379. 1 de Sao Paulo. 179. Aristides Rodríguez Vaz. Canudos tendría a su alre­ dedor. Donaciano de Araújo Pantoja. 309 comandado por el capitán Altino Dias Ribeiro. el 59 de la policía bahiana. 32t? bajo el comando del mayor del mismo cuerpo Florismundo Colatino dos Reis Araújo Góis. 329. las cuales formarán la 29 columna bajo el comando interino del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. formará parte de la l 9 brigada y a disposición de este comando con el contingente de ingeniería y el 59 cuerpo de policía. Por los caminos avanzaba la división salvadora. El contingente de caballería comandado por el alférez del l 9 de caballería Joáo Batista Pires de Almeida. el 49 cuerpo de policía bahiana y el batallón patriótico “Moreira César” de los convoyes. Pero en poco tiempo la situación cambiaría. Antonio Tupi Ferreira Caldas. general de brigada” . batería del 29 regimiento de la misma arma. 309. pasando a mandar interinamente la 1^ brigada el mayor del 16p. una batería de tiro rápido. 229. 5? de Bahía. José Lauriano da Costa. 169. 239. una batería de tiro rápido y un escuadrón de caballería— quince eran comandados por capitanes y dos de las brigadas por tenientes coroneles.De los veinte batallones de infantería — aparte del 59 regimiento de artillería. 249. 59. 4O 9 bajo el mando del mayor Manuel Nonato Neves de Seixas. excluidos los cuerpos de otras armas *. 319. 149. 349. 129. no bajando el mando de las com­ pañías a los sargentos por ser mayor el número de alféreces que de sargentos. 289. 259. 389 409 de línea. 99. 359. Joaquim Gomes da Silva. 339. un escuadrón de caballería. 1 del Amazonas. * 4P. 299. 12° de infantería del comando del capitán del 31*?. constituyendo la 49 brigada. bajo el mando del general de brigada Joáo da Silva Barbosa. de la P columna. en números rigurosamente exactos. 99 batallón de infantería. 319 bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Joáo Pacheco de Assis. 269 del comando del capitán del 40*? Francisco de Moura Costa. bajo el mando del capitán del 31°. En total 30. 26«?. constituyendo la 5? brigada bajo el comando del teniente coronel del 309. 79. treinta batallones.

cantimploras desfon­ dadas. El caserío pobre. arrastraba recuerdos penosos. Traspuesta una accesible lomada. todos los restos de los equipos diseminados por un área extensa en la que blanqueaban las cenizas de las hogueras.NUEVA FASE DE LA LUCHA I. como un barracón cerrado. delataban el paso de los combatientes que por allí habían armado sus tiendas a partir de la expedición Febrónio. Una burla entusiasta. la capilla pequeña y chata. El charlatanismo del coraje III. I NUEVA FASE DE LA LUCHA QUEM ADAS Queimadas. hondamente arado por los desagües — un claro en los pastizales bravios que lo rodeaban— y principalmente. de hojas quemadas. de trapos multicolores e inmundos. le dan un aire triste que completa su aspecto de villarejo muerto en franco camino de convertirse en una tapera en ruinas. se veía un área amplia de cultivos. birretes y gorras. cuyos tonos pardos y cenicientos. esperanzas. des­ parramado sin gracia a los lados de la plaza irregular. Fuera de la patria.— Embajada al cielo. Y en sus paredes. . en el mismo camino que se abría hacia la caatinga. Camino de Calumbi. había temblado con el vocerío de los vivaques: pasiones. desalientos indescriptibles. poblado fundado a comienzos del siglo pero en plena deca­ dencia se convirtió en un campamento ruidoso. Montones de harapos. para grabar sus impresiones del momento. Miedo glorioso. Trincheras Sete dé Setembro. Nuevas animadoras. la línea de tiro donde se había ejercitado la división Artur Oscar. Aquel suelo pisado por los rastros de diez mil hom­ bres. Complemento del asedio. sugerían la denominación del poblado. la caligrafía manca y la literatura ruda del soldado. de uniformes viejos. la monotonía de las planicies que se abren a su alre­ dedor. Todos los batallones habían colaborado en las mismas páginas. ansiedades. . cabriolando locamente. Además. Buscando una media ración de glo­ ria. botines rotos. Eran páginas demoníacas esos muros sacrosantos: períodos . I I — Marcha de la división auxiliar. con un blanco al fondo. Una ficción geográfica. Cerca y al costado. escribiéndolas a punta de sable o tiznándolas con carbón. Aspecto del campamento. Delante de un niño.— Queimadas. En el camino de Monte Santo. Allí habían parado las fuerzas anteriores. rectilínea y larga. entre los morros desnudos.

escondido en las planicies. De ahí hacia abajo. Discordancia absoluta y radical entre las ciudades de la costa y las aldeas de tejas del interior. al toparse con el sertón. las rayaban en todos los sentidos. creaba la sensación nostálgica de un largo apartamiento de la patria. UNA FICCION GEOGRAFICA La línea férrea corre por el lado opuesto. incisivos. impre­ caciones y mueras y vivas calurosos. La separación social completa dilataba la distancia geográ­ fica. Vadeado el Jacurici. desconociéndola. Otra gente. no habiéndola visto nunca. . FUERA DE LA PATRIA Los nuevos expedicionarios. sor­ . Era terriblemente paradojal una patria cuyos hijos la transitaban ar­ mados hasta los dientes. articulada en giros originales y pintorescos. totalmente ajenas una a la otra. pasa por el caserío y detiene su caballo junto a las vías por las que pasan vertiginosamente los patricios del litoral que no lo conocen. Otra lengua. Además. Se está en el punto de tangencia de dos sociedades. Los invadía el sentimiento de ir a una guerra exterior. a lo lejos. . las disfrazaban con caracteres negros ceñidos por puntos de admiración largos como lanzas 323. Esa señal de progreso pasa por allí. . hacia el este y hacia el norte. hacía más hondo el antago­ nismo. Otros hábitos. que daban escalofríos. el camino enfilaba campo afuera llevando a su vera los postes de la línea telegráfica recién inaugurada. apenas termina la plaza. despedazando sus entrañas a disparos de Krupps. la misión que allí los llevaba. El enemigo estaba allí. Otras épocas. sin siquiera atenuar el carácter genuinamente rupestre del poblado. y en el fondo de ellas. se cruzan unas centenas de metros entre casas chatas y se choca en seguida. Se sentían fuera del Brasil. en son de guerra. . se desarrollaba un drama formidable. de aguas rasas y mansas. Se veían en tierra extraña. lo que desequilibra tanto el ritmo de nuestro desarrollo evolutivo y perturba lastimosamente la unidad nacional. blasfemias fulminantes. Se sale del tren. bandas miserables de fugitivos. por donde habían salido esperanzadas tres expediciones sucesivas y de donde llegaban también sucesivamente. en una poco pronunciada caída. advirtieron esa transición violenta. un camino estrecho y mal construido. inútil. las profanaban. con el sertón.cortos. el camino de Monte Santo. El vaquero vestido de cuero emerge de la caatinga.

voces. en un borbotar de interjecciones vivas. La realidad tangible encua­ drada por estos hechos. Un espectáculo triste. como las tropas anteriores. . Los vencidos. había caído. andrajosas. al llegar. los primeros que aparecían. con espinos. que entre ellos no había ningún hombre hecho. planicies. Todo lo indicaba. . Iban a una invasión. de seis a diez años. se conservaban las posiciones conquistadas. varonilmente rodeados por escoltas. día a día. después de tantos meses de guerra. Eran como animales raros en una diversión de feria. Se obser­ vó. . No había sucedido ningún otro desastre. camisas entre cuyos agujeros se metían ojos insaciables. disponiéndose al martirio. por el intento que había manifestado de entregarse. como estepas. era esa. por territorio extran­ jero. habían cesado los ataques osados a las líneas. A pesar de los tiroteos. montañas derruidas. .prendidos ante su tierra árida y abrupta y brutal. grutas. Los nuevos campeadores la sentían de modo dominante. Con ese refuerzo coincidieron los primeros síntomas de desánimo de los rebel­ des: no tocaba más con su serenidad gloriosa la campana de la iglesia vieja. sin que se detuvieran en lo singular del hecho. a los compañeros que meses antes habían avanzado robustos y altaneros. pedrega­ les. Por fin. las seguían. mutilados y enfer­ mos. entre compactos grupos de curiosos for­ mados por uniformes de todas las armas. a la rastra. no había ánimo varonil que mirase impasible hacia ese sertón misterioso y árido. Las infelices. sin una luz. Y como aquel desconocido pueblo de matutos les devolvía. Los nuevos combatientes la creían finalizada antes de llegar a Canudos. comentarios de toda suerte. no se oían más las letanías melancólicas entre los inter­ valos de la fusilería. eran débiles. mientras los mayores. Y se enumeraban pormenores que revelaban el rápido aflojamiento de la guerra. Resonaban en todos los tonos. de espanto. tuvieron noticias animadoras recién venidas del campo de operaciones. y por la noche. el poblado quedaba silencioso y hundido en las sombras. entraban por el camino conduciendo a sus hijos de la mano. media docena de mujeres llevando en brazos algu­ nos hijos muy pequeños. los mismos prisioneros que llegaban y eran. Felizmente. El grupo miserable fue . La Brigada Girard y el batallón paulista habían llegado a tiempo para cubrir los claros de las filas. Todo eso era una ficción geográfica. resaltando a la observación más simple. esa patria extendida en lomadas desnudas. Pasaron por la aldea. Se decía que el Conselheiro estaba ahora prisionero de sus propios secuaces en rebelión.

las infelices fueron víctimas de preguntas inter­ minables 3 2 4 . la manejó con pericia de soldado ante el asombro general. en busca de la sinceridad e ingenuidad infantiles. casi todas falsas. rodeadas por grupos de curiosidad insistentes. menor de nueve años. traía a la cabeza. un viejo capote conseguido en el camino. ojos grandes y negros. Y las informaciones caían. sin impresionar los corazones. oscilaba grotescamente a cada paso. sobre el cuerpo esmirriado. figurita de atleta en embrión. observó que no tenía fuerza. Ubicadas en una casucha junto a la plaza. Respondía entre bocanadas de humo de un cigarro que chu­ paba con la satisfacción de un viejo enviciado. torcidas. Las risas se extinguieron: la boca era una llaga abierta de lado a lado por un tiro. Y algunos espectadores tuvieron el coraje de reírse. Finalmente se ensañaron con los niños. sin destruir su mocedad. ancho y grande por demás. al entrar un soldado con la Comblain. cara bronceada y ojos oscuros y vivos. Hablaba un niño. En un momento dado. indiferentes. El niño levantó la cabeza tratando de verlos. Tuvo una sonrisa de superioridad adorable: . llenos de una tristeza profunda y soberana. La miseria le había enflaquecido el rostro. Caras rispidas. Le levantó el cerrojo como si eso fuese su juego infantil predilecto. cubriéndole todo el cuerpo. en Canudos.por algún tiempo una variante feliz que aligeró las horas fastidiosas del campamento. Le preguntaron si había tirado con ella. Uno de ellos. La mayoría de las mujeres era repugnante. Un drama segura­ mente trivial. denunciando astucias de un combatiente consumado. Entonces le dieron una mannlicher. Pero se destacaba una. que era inútil y confesó al cabo que él prefería una carabina. La tomó. con el invariable epílogo de una bala o de un estallido de granada. raquítico y tambaleante. acaso perturbado por las angulosidades de los huesos asomando duramente bajo la piel ennegrecida y pálida. Los inquisidores las anotaban religiosamente. DELANTE DE UN NIÑO Uno de los niños. sorprendió por el donaire y justeza precoces. Se la pidió. Golpeó en la curiosidad general. Esta mujer satisfizo el ansia curiosa de la gente contando una historia simple. Una tragedia en media docena de palabras. El capote. ojos malos. Una belleza olímpica salía del molde firme de un perfil judaico. el niño paró su algarabía.

cuando los cabras sambaban enfrentando a los plazas? Ese niño era un luchador experto. en medio de los gajos finos del romero y de los cereus melancólicos. en caminos libres. por las huellas ásperas del sertón. los hombres agachados junto al fuego y tiri­ tando de fiebre. Era el mejor y era insoportable: un sitio medio destruido. como un tonto. salió hacia Mon­ te Santo. montones de hombres macilentos. paralizados en la quietud del cansancio total. las torturas que asaltarían a los caminantes que salían a pie. el Tanquinho. después de demorarse cuatro días en Queimadas resolviendo los últimos obstáculos para la movilización de las fuerzas. en silencio. hacían su siesta decenas de heridos y acampaban los convoyes. Nueve años de vida que arrastraban tres siglos de barbarie. a cada vuelta del camino se les aparecía un resto lúgubre de la guerra. Al borde de esas aguas que el suelo no succiona. inmóviles. Ofi­ . Sobre todo por las noches. ¿Me iba a quedar ahí. . llevaba sobre sus débiles hombros un legado formidable de errores. como compañeros de la tierra calcinada y estéril. En esa travesía fácil. Decididamente. Pero sin la algarabía característica y ruidosa de los grupos. EN EL CAMINO DE MONTE SA N T O 3 2 5 Acompañado por los estados mayores. El primer rancho en que se detuvieron. arrastrándose otros y proyectando sobre el manto de agua sus sombras deformes. encendidas las hogueras que brillaban en la superficie del agua oscura. continua y persistente. El Ministro de la Guerra. no había lugar para esas visiones de futuro. suyo y del general Carlos Eugenio. parecían un conjunto trágico y emocionante. La guerra lo había convertido en un bandido hecho y derecho. Toda esa campaña sería un crimen inútil y bárbaro si no se aprovechaban los caminos abiertos por la artillería para una propaganda tenaz. hecha en tres días. Pero bajo la presión de dificultades que exigían solución inmediata y segura. . tra­ tando de traer a nuestro tiempo e incorporar a nuestra vida a esos rudos compatriotas retrasados. El tanque que lo bautiza pro­ viene de un crecimiento granítico que forma una reducida mancha de suelo impermeable sobre el que se quedan a flor las aguas. acentuado paso a paso. dos casas abandonadas.— ¡Y cómo no! ¡Si habré tirado!. aquilatando por las fatigas que soportó su comitiva bien montada y abas­ tecida. Había un enemigo más serio que debía ser combatido en una guerra más lenta y digna. prefiguraba los demás. era indispensable que la campaña de Canudos tuviese un objetivo superior a la función estúpida y bien poco gloriosa de destruir un poblado de los sertones. iba a la base de operaciones atravesando la región cuajada de heridos.

el cinturón y el largo facón. los mismos cuadros. que dejaba ver la cabeza trigueña y franca. desviándose. al borde del camino. inmóviles. Como contraste permanente. se topaba con un vaquero amigo. la nota superior de la fuerza y de la ro­ bustez era dada. los mismos grupos miserables. ese sitio minúsculo. A una vuelta del camino. Tuvieron dos horas de remanso consolador. al mo­ narca según gritaba convencido. en el terrible y estúpido escenario de la guerra. que se empleaba en los servicios de transporte. sordos al tropel de la cabalgáta. A ca­ ballo. era también una revelación. atraída como estaba por las bandas de fugitivos: soldados en marcha lenta. oficiales cargados sobre redes. en medio de las caravanas de guerreros desastrados.cíales que se acercaban sedientos a la orilla de la laguna. por hombres más tranquilos e inofen­ sivos. en una actitud respetuosa y altiva. En adelante. allí acogía a los romeros cansados que iban hacia Queimadas. tributó una ruidosa ovación al mariscal. la no­ bleza orgánica completada con un alma sin vueltas. tan característica de los matutos. amplias manchas negras en la caatinga. La comitiva avanzaba y se olvidaba en seguida de la imagen del sertanejo robusto. Su jefe. Por eso. Cansangáo era un paréntesis feliz en esa desolación. . La antítesis del bandido precoz de Queimadas. especie de armadura de bronce. presentándoles un hijo de cabellos blan­ cos v nietos casi canosos. es el único que en las narraciones de la campaña no despierta recuerdos dolorosos. sombrero amplio levantado. en una alegría ingenua v sana. de valiente disciplinado. revelaba la robustez maravillosa. se enfrentaban de golpe con espectros tambaleantes que intentaban hacerles la venia mi­ litar y se volvían entristecidos. rastros de los incendios entre los que repuntaban escom­ bros de casuchas quemadas. un aliado. los sombreros caídos sobre los ojos. al ministro sorprendido. Y el robusto viejo que lo gobernaba. orlados de algas. y aquí y allí. intermitentemente. vestido de cuero. entregado a la solicitud de dos franciscanos. por los caminos los mismos heridos y a orillas de los pantanos verde-negruscos. En Cansancáo se atenuaron estas impresiones crueles. congregando a su alrededor hijos. dejando libre el curso de la cabalgata. Un pequeño hospital. a veces. La única zona tranquila en esa barahúnda. a la derecha la aguijada. apoyados en las espingardas. levantan­ do en los brazos cansados de un trabajo de ochenta años. cuando no se desbarrancan en el fanatismo o el crimen. que aparecían aislados. Esa parada fue providencial. El villareio era un clan. y quedaba el matuto inmóvil. genuino patriarca. una docena de casas. como un campeador robusto cubierto aún por el polvo de las batallas. lleno de satisfacción ante hombres que nunca había visto. rígidos como cadáveres. nietos y bisnietos. Pertenecía a una sola familia. fijando puntos salientes en la urdimbre de las ruinas. muy firme en su coraza pardo-colorada.

reposaba envuelta por un coro silencioso de imprecaciones y maldiciones. que rara vez aparecía entre las casuchas de barro y paja. en los que se casaban pornografías con desesperanzas hondas. en desvíos. Versos rengos. estáticas. infamándolos. Cada herido. La comitiva. . libre. sin altura. Allí se abría la mano de hierro del ejército. sin fantasías engañadoras. los viajeros volvían a las amarguras de la huella polvorienta. el aspecto real del mayor escándalo de nuestra historia —brutalmente. al pasar. un barrio nuevo y mayor que ella. chocando discordes alusiones atrevidas. entraba por las casas. improperios revoloteando por los rincones en una danza fantástica de letras tumultuosas. la villa se amplía. dejaba en ellas. destacándose sobre el suelo limpio en seis grupos sobre los que ondean banderas y de donde irrumpen. dejando en caracteres enormes la urdimbre del drama. en pasquines increíbles— libelos en bruto. orlada de ranchos destruidos y pespunteada de punta a punta por los sucesivos grupos de fugitivos. en las que caían violen­ tamente puntos de admiración rígidos como estocadas de sable. . esos cro­ nistas rudos dejaban allí. teniendo al fondo. Pero se reanimaban al entrar en la base de operaciones. al entrar. donde surgía flagrante el sentir de los grabadores. dichos lóbregos de cuartel. cubierto por el anonimato. Sin la preocupación de la forma. donde desde hace cien años no se construye una casa. Quitándose en pocos días la apariencia común de las aldeas sertanejas. indeleble. a carbón. en una grafía bronca. ferozmente. Y la campaña perdía repentinamente su aspecto heroico. Y en todas partes — a partir de Contendas— en cada pared de cual­ quier vivienda más presentable. . ahogaba las paredes hasta el techo. con rimas duras. desesperadamente retorcida en vueltas infinitas. se abría una página de protestas infernales. sin una frase varonil y digna. I os nuevos combatientes llegaban a Monte Santo sin el menor anhelo de desenfundar las espadas. La ola oscura del rencor que rodaba por el camino golpeaba esos muros. indestructibles. esos palimpsestos ultrajantes. Los narradores futuros tratarían en vano de hacer descripciones gloriosas. vivas v mueras encima de nombres ilustres. torpezas increíbles en moldes pavorosos. . fotografiando en esas grandes placas la cara tremenda de la lucha en ins­ cripciones lapidarias.Al dejarlo. sin brillo. un reflejo de las negruras que alimen­ taba su alma. En cada página aparecerían. . dos mil barracas alineadas en avenidas extensas.

Oficiales de todas las graduaciones y armas. Cayó junto a las iglesias. pasando los días en convivencia ruda con los troperos en Monte Santor entre los cuales aparecía de pronto. Ponía en los combatientes alientos de victoria y poco a poco. que hasta llegar a la base de operaciones no se había quitado el paletó de alpaca con el que burguesamente recibía el saludo de las brigadas. y en un inquirir incesante. El mes de setiembre había empezado bien. perfec­ tamente abastecido y dirigido por cirujanos a los que se unían los es­ fuerzos desinteresados de algunos alumnos de la facultad de Bahía 326. una bala de carabina había abatido en la aldea a un cabecilla de importancia. Era una batalla ganada. a los encontronazos por la plaza.a cada instante. con el reloj en la mano. la cuestión primordial que hasta allí lo había conducido. vibraciones metálicas de clarines y el sonar cadencioso dé los tambores. gracias a su dedicación. Por fin. Casi diariamente llegaban y volvían convoyes de y hacia Canudos. demostraba su prestigio. para dar la orden de partida. por la calle y contemplándolos se veía un montón heterogéneo donde chocaban todas las posiciones sociales. Y ese hombre sin entusiasmo. Los resultados de ese esfuerzo fueron inmediatos. sin balancear opiniones estratégicas. Con todo eso se consiguió una correcta disciplina. grupos de estudiantes. El mariscal Bittencourt adoptó una reglamentación rigurosa y se ocupó de adoptar medidas acordes con las complejas exigen­ cias de la situación. Porque cada convoy que salía valía por batallones. acordes todas en indicar un mayor aliento entre los sitiadores que realizaban movimientos tácticos decisivos. heridos y convalecientes. sin alardes. Apenas comenzado. Es lo que se deducía de las últimas noticias. se puso a punto. periodistas sedientos de noticíasele daban un tono de plaza concurrida en día de parada. mujeres de la vida. el servicio de transporte. se había convertido en el director supremo de la lucha. Lo decían las noti­ cias provenientes de la sede de operaciones. carreros polvorientos de largos viajes. el día 4. . Una multitud de habitantes adventicios había llenado de pronto la aldea. A dieciséis leguas del centro operacional dirigía. La pron­ titud con que los habitantes del poblado se precipitaron sobre el cadáver y lo llevaron. vencía la parálisis en que había quedado el asedio. El hospital militar se convirtió en realidad. soldados doblados bajo los equipos.

Por fin habían caído. tuve la satisfacción de ver en seis horas consecutivas la destrucción de las torres. acrecentando más el mérito por haberse presentado el segundo teniente Manuel Félix estando con parte de enfermo. ”. Orden del día N p 13. desarticulándose en bloques. Las fuerzas recién llegadas. consiguiendo derri' baria. y a salvo de nuestra puntería. prorrumpiendo en esa ocasión la línea de seguridad y fuerzas en apoyo. . porque las dos torres dominaban las líneas del cerco y reducían los ángulos muertos de las trincheras. Y al verlas abatidas. El comandante de la P columna caracterizó bien en la orden del día lo sucedido: " . . Entonces se resolvió gas­ tarlas sobre las iglesias hasta que se acabaran. debido a los certeros tiros dirigidos por los segundos tenientes Manuel Félix de Meneses. también habían recibido desde allí la primera salutación feroz del enemigo. Y el resultado fue sorprendente. etcétera.El 6 hubo un suceso de mayor importancia: una detrás de la otra. . cayeron las torres de la iglesia nueva. prorrumpiendo en esa ocasión la línea de seguridad y las fuerzas de apoyo en una violenta y entusiasta burla de los jagunqos” *. el batallón paulista y el 379 de infantería. habiendo tirado el alférez Duque Estrada el último disparo sobre la izquierda. Frutuoso Mendes y el alférez H. El caso ocurrió después de seis horas consecutivas de bombardeo. Canudos. en el campamento. . Duque Estrada Macedo Soares. debido al entusiasmo que le produjo no sólo a él sino a todo el ejército que observava con interés el efecto de la artillería. “Para conocimiento de las fuerzas bajo mi mando publico lo siguiente: “Habiéndose ordenado hoy a los comandantes de las bocas de fuego que bom­ bardeasen las torres de la iglesia nueva. echando abajo su carga de tiradores y golpeando pesadamente en el suelo de la plaza. arrastrando grandes trozos de pared. una entusiasta y violenta burla de los jagungos. Lo determinó una circunstancia desagradable: una equivocación en el envío de municiones hizo que se llevaran balas rasas de Krupp. entre nubes de polvo y cal. el ejército entero hizo callar la fusilería para atronar el aire con alaridos retumbantes. en lugar de granadas. * "Cuartel General del comando de la 1^ columna. los convoyes recibían de allí descargas violentas. impo­ nentes. si bien el primero se encontraba con parte de enfermo. Desde el 18 de julio las ocuparon tiradores de gran pericia a cuyos ojos y puntería no se escapaba el menor bulto que salía de la protección de las casas. una detrás de la otra. Y fue totalmente imprevisto. Al dar su último paso transponiendo el río. poco eficaces para el cañoneo. “Elogio por lo tanto a esos bravos oficiales que dieron una prueba más de su pericia en la dirección de los cañones que comandan. 6 de setiembre de 1897. la brigada auxiliar. produciéndonos muchas bajas entre muertos y heridos. y por haber sido ese oficial el primero en iniciar el bombardeo y el último en tirar sobre la torre de la derecha. El ejército había quedado finalmente libre de esos puestos de tiro altísimos desde donde se fulminaba a los sitiadores. puntos elegidos por el enemigo para tirotearnos con mayor eficacia. .

hundida. obedeciendo a la determinación del comando de la 1* columna. el coronel armó su barraca en el lugar donde hacía seis meses había muerto el jefe de la 3^ expedición. . . Los hizo bajar en silencio por los primeros tramos de las colinas. Todo el resto de la noche se empleó en esa . entre los altos del Mário anteriormente ocupados y el Vaza-Barris. De pronto. Expugnada la posición. a las diez de la noche. El coronel Olimpio dispuso el resto de su pequeña fuerza en tiradores por los dos flancos. transpusieron el río y se metieron en Canudos. Después se arrojaron como una avalancha por el morro abajo. atacó con una fuerza compuesta del 279 bajo el mando del capitán Tito Esco­ bar. el hecho era de mal agüero. . . la aldea se había achicado. Los adversarios desparramados y perseguidos hasta el cerro de los Pelados por la vanguardia. aquel coronel. algunas decenas de guerrilleros escarnecían los cañones del coro­ nel Olimpio que se asentaban en lo alto. con la metralla en el centro fulminándolos a quemarropa. una burla lúgubre. La fuerza sólo tuvo dos plazas fuera de combate. Impulsados por los sucesos de la víspera. las alcanzaban de punta a punta. contribuyendo en mucho a las bajas diarias que las raleaban y emparejándose con las torres en barrer los parapetos mejor elegidos. sin esas dos balizas blancas que la señalaban a los pastores. chocando con el firmamento azul. golpeados por trescientas bayonetas repartidas en dos cargas laterales. ancho declive sobre la vertiente del morro. Al día siguiente sobrevino un desastre mayor. siendo desalojados de las trincheras de piedra que tenían alrededor de la vivienda destruida de la Fazenda Velha. un contingente de la 4^ batería del 29 regimiento. estaba achatada. fueron vencidos de improviso. Una entusiasta burla. Sorprendidos. Al frente y a la retaguardia iban ex alumnos de las escuelas militares. blanqueando las noches estrelladas. tan altas y esbeltas. du­ rante más de dos meses habían obstaculizado el cerco de ese sitio. objetivando el misticismo ingenuo y poniendo en el cielo les rezos propicitarios de los sertanejos rudos y crédulos. Atrincherados desde hacía mucho tiempo en la Fazenda Velha. El día 7. Desde el comienzo al final. En una situación domi­ nante sobre el grueso de las líneas ajustadas a orillas del poblado. A dos pasos de la artillería y de los contingentes que la reforzaban. en un reborde de la Favela. a des­ pecho de la tormenta de disparos que recibían. TRINCHERAS SETE DE SETEMBRO Además. diluyéndose miste­ riosamente en la altura.La campaña era eso mismo. El encanto del enemigo se había terminado. otro contingente del 59 regimiento y una boca de fuego. los jagungos no pudieron resis­ tir. La refriega había durado cinco minutos.

Realizó la empresa en tres días. donde se bifur­ caba con el del Rosario. feliz y de extraordinarios resultados para el desenlace de la guerra. Ahora bien. y más corto que ellos dos. caería en otra peor. bajo el inmediato mando del mayor Lidio Porto. el mejor preparado para la invasión. Y se propuso explorarlo afrontando los mayores riesgos. al frente de quinientos hombres. que a tanto montaban los batallones 229. que corriendo entre los caminos del Rosário y del Cambaio. un ejército daría todo un flanco al adversario que se escondiese en sus laderas. Desde ahí hasta el frente. facilita la travesía rápida hacia Monte Santo en un trazado casi rectilíneo. doblando a partir del punto conquistado hacia el oeste. prolongándose por muchos kilómetros junto al arroyo de las Caraibas y cortándolo en sus meandros interminables. Y al otro día. fuerte reducto de cerca de un metro de alto. Pasó por el nuevo cami­ no descubierto volviendo el 7 por el del Cambaio en un movimiento rá­ pido. hecho con las piedras de las trincheras enemigas. entre todos. cerca de la confluencia del Mucuim. La había pensado y ejecutado el teniente coronel Siqueira de Meneses. hasta la entrada del Cambaio. CAMINO DE CALUMBI Se había realizado una operación seria. quizá la acción más estratégica de la campaña. . Partía de Juá. Salió de Canudos el 4. Era. Trasponiéndolo. ese oficial supo de las ventajas del otro camino. ese mismo día. Es una muralla de mármol silicoso poco más alta que el suelo. bien temprano. Avan­ zaba con rumbo invariable hasta otro riacho de vida efímera. acortaba en más de un día el viaje hasta Monte Santo.construcción. aún desco­ nocido. en dirección al sur. el de Calumbi. cerrando completamente los dos cuadrantes del este. el Caxomongó. el cerco se extendería aún más. La periferia del asedio había aumentado unos quinientos metros hacia la izquierda. Yendo en dirección sudeste. en rumbo hacia el norte. 99 y 349. Nada denuncia el desfiladero oculto por la ramazón tortuosa de las umburanas que se levantan por ahí cerca. a la tarde. después de saltar una gran lomada. derivando hacia la izquierda y desde ésta. osado. a una distancia de menos de trescientos me­ tros. la Trinchera Sete de setembro gobernaba la aldea. a la derecha. se con­ vierte de golpe en una angostura estrecha. pues seguía firmemente la línea nortesur. Con base en informaciones de algunos vaqueros leales. El nuevo camino abierto para el traslado de tropas y convoyes y cerrado a los jagungos que lo usaban de preferencia en sus excursiones hacia el sur. Y al dejar esa situación grave. la serranía de Calumbi lo flanquea por ancho trecho. porque el camino. constituía un camino estratégico in­ comparable.

exca­ vadas en quebradas anchas. Se habían evitado por azar dificultades tan serias en la más completa ignorancia sobre ellas. la agitación de las tormentas. allá abajo. aún tendrían más adelante. La marcha por el Rosario había sido la salvación. Un desastre mayor agravaría la campaña. con fragmentos de sílex y rodeada de caatingas espesas. las capas superpuestas de esquistos. el suelo cae en declive hacia la Várzea. inmóvil y sufriente. entre­ cruzadas por vetas blancas de cuarzo. creando otros impedimentos. muy áspera. habían hecho creer a los sertanejos que la última. cruzando sus fuegos. De modo que al llegar ahí. en cuyas orillas se rompen en grandes placas lucientes de color azul oscuro. pues caminantes tranquilos apenas consiguen avanzar de uno en fondo por una huella intermedia que lleva a la Várzea. pasado un kilómetro. La corroen. Y si éstas intentaran vencerlo. Pisando esos lugares no habría bota que resistiera ni cuidados que evitaran caídas peligrosas. caerían sorprendidos a los primeros pasos en un terreno casi impracticable. cae dentro del río Sargento. lo que suponía una difícil empresa contra antago­ nistas de tal manera guarecidos. Las espingardas colocadas en la cres­ ta de ese muro natural podrían barrer columnas enteras. siguiendo la costumbre. De una margen a la otra. Si hubiese sucedido ni un soldado habría llegado a Canudos. muestran de manera impresionante el accio­ nar secular de elementos enérgicos que por tiempos la trabajan. como láminas de dagas. sustituye al camino en una exten­ sión de media legua. mostrando una travesía aparentemente fácil pero realmente difícil para una tropa en la dinámica del combate. duras y rugosas en todos sus puntos. En semejante sitio el combate sería imposible. Infinitas cavidades de bordes cor­ tantes. por el Cambaio. tomarría por el camino del Calumbi que todavía no se había usado. Y en el caso que pudiesen avanzar. variando siempre la ruta elegida. . la minan las lluvias de las tempestades después de las sequías. Este foso extenso que como los otros de las cercanías no es un río sino un drenaje transitorio de las aguas que se canalizan hacia el Vaza-Barris. un obstáculo inevitable. surcos hondos de aristas rígidas y finas. erizadas en puntas punzantes. y lo lograran.a manera de grosera barbacana cerrada por un postigo estrecho. los invasores serían abatidos a tiros. Traspuesto el pasaje. de lecho sinuoso y hondo. Una capa calcárea. No eran necesarias. se veían las trincheras de los jaguncos. Y ella refleja. muestra un notable fenó­ meno de descomposición atmosférica. El camino desaparece. poco espaciadas. por Macacará y por el Rosario. Los tres mil hombres de la columna Artur Oscar no lograrían atrave­ sarlo. Un hecho geológico común en los sertones del Norte reemplazaba en seguida estos accidentes. Allí no había trincheras. amplia hon­ dura pesada. la perforan. siguiendo sucesivamente por Uauá. Las anteriores expediciones.

partió la brigada de los cuerpos policiales del norte y tal precedencia originada exclusivamente en ra­ zones administrativas. Por cierto. En primer lugar. Quedó abierto para la movilización de la fuerza un camino seguro y rápido. el 13 de septiembre. porque los jagungos huyendo hacia el poblado habían aban­ donado aquellas posiciones. a causa de múl­ tiples reveses. fue poniendo guardias en los principales puntos del camino hasta Juá. tomando de sorpresa dos trincheras allí existentes. iban a encontrar todo liquidado y se sentían escandalosamente atraídos por los acontecimientos. Canudos estaba ahora sitiada desde el extremo norte al sur.El teniente coronel Siqueira de Meneses. donde se veían algunas calaveras y esque­ letos de los muertos de la expedición Febrónio. De ahí enderezó hacia el Cambaio. llevaban un temor singular: el miedo cruelmente an­ sioso de no encontrar ya a ningún jagungo para luchar. El fin de la campaña parecía próximo. un extenso semicírculo. había dolido hondo en el ánimo de los que com­ ponían la brigada de línea que marcharía algunos días más tarde con el general Carlos Eugenio. sorprendió allí a unos piquetes enemigos. pasó por la Lagoa do Cipó. MIEDO GLORIOSO Los rebeldes disminuían sus posibilidades todos los días. 16? y 289 de la 2^ brigada y un ala del batallón paulista. pasando por la Várzea y Caxomongó. en la punta del camino del Cambaio. El cerco se había ampliado. eran rechazados de sus mejores puntos de apoyo y apresa­ dos por las mallas del cerco. Su trecho principal desde el río Sar­ gento hasta Suguarana. en la Fazenda Velha. La brigada norteña avanzaba vertiginosamente trotando por los caminos desde el primer atisbo de la mañana. II MARCHA DE LA DIVISION AUXILIAR Los nuevos expedicionarios. detenién­ . tomándoles trece cargueros y fue a salir por la con­ fluencia del Mucuim. en su ruta admirable y hecha con ventajas. y desde allí hacia el oeste. saliendo de Monte Santo por el camino recién descubierto. A los jagungos sólo les quedaban por el noroeste los caminos del Uauá y la Várzea da Erna. fue en segui­ da custodiado por los batallones 339. Atra­ vesó las trincheras abandonadas que dejó ocupadas por un ala del 229.

rodeada de pintorescas serranías. si el viento era propicio. se reanimaron. La brigada del coronel Sotero había llegado al sitio de Caxomongó. El paraje muerto se animó de pronto. en su marcha vertiginosa. entrando a la zona peli­ grosa. el 15 de setiembre. Los ambiciosos luchadores. Al alcanzar el sitio de la Suguarana. que parecía la boca de una mina. devorada por los incendios y defendida por una sola guarnición.dose solamente cuando el sol quemante agotaba a los soldados. pasando por sitios destruidos. agravando la dureza de la caatinga. al borde de una ipueira fértil. presenta un lecho completamente seco que desa­ parece en seguida entre colinas desnudas. como encontraron agua suficiente en un pozo profundo y oscuro. en su tercer día de camino. apuestos y sanos— allá iban en demanda de la ciudadela de barro. se distinguía hasta el crepitar de los tiroteos. se alzaban altas ingaranas . tenía estratos exageradamente inclinados en 45° y en virtud de esa disposición. Por las márgenes del río. La lucha sertaneja no había perdido completamente los rasgos misteriosos que conservó hasta el fin. carpas. . como para los que llegaban desde Suguarana. La parada era estéril y lúgubre. a medida que se alejaban por el sertón. El sitio. lleno de tiendas. Pero en esa alegría guerrera aún despuntaban algunos sobresaltos. seis leguas distante de Canudos. aguijoneada por el anhelo enfermo de medirse al menos en un encuentro fugitivo con aquellos po­ bres adversarios. de gres colo­ rada y grosera. está al borde del río y éste. Era la última parada. los campeadores — bien nutridos. totalmente cubiertas por piedras de todos los tamaños. Fui testigo de uno de ellos. Al día siguiente alcanzarían la aldea. un rancho miserable. Desde allá se oían los estampidos de la artillería. El terreno. En Caxomongó. La tropa llegó allí en plena mañana. . con el uniforme característico que adoptaron desde su llegada: grandes sombreros de paja de carnaùba. que les daba un aspecto de hombres del monte. acamparon. gol­ peada desde hacía tres meses por los cañoneos. entre las planicies yermas. junto a la­ deras a plomo de tres metros de altura. A pesar de la hora. armas y la animación ruidosa de 968 combatientes. Y arrojándose por los caminos. Los dos cuerpos de Pará. disci­ plinados como los mejores de la línea y el del Amazonas. destrozada por los asaltos. tanto para quien viniera de Boa Esperanza. absorbían las escasas lluvias que por allí se producen. sentían irrefrenables temblores de espanto. La brigada de línea la alcanzó.

órdenes de comando. . buscando su puesto en la maraña de la formación. . un bulto sospechoso deslizándose en la sombra y disparó su espingarda. preguntas ansiosas. Cayó la noche. Y la tropa se adormeció temprano y en paz. gritos de alarma. sin torres. Si aparecieran. el bombardeo de Canudos. Tanto la noche como el día transcurrieron en completa placidez.que cruzaban con su ramaje. allá abajo y allá adelante. Iban rápidos. presos de una emoción jamás imaginada. Era un desahogo. los jagunqos vendrían al encuentro de un anhelo todavía no satisfecho. de sorpresa. a la distancia de dos kilómetros. ofi­ ciales sorprendidos saltando de las hamacas caían sobre el lecho del río. en la lejanía. divisó o creyó divisar. La conocían de cerca. esperaban el asalto. todavía con hojas. . Sal­ taron el morro desnudo cuyas vertientes opuestas caían abruptamente sobre el valle de Umburanas. . pasó la visión misteriosa de la campaña. Allá estaban las dos iglesias derruidas enfrentándose en la plaza legendaria. Un centinela del cordón de seguridad extendido alrededor de las carpas. No había nada que temer. Era el enemigo anhelado. atrevidamente. pelotones y compañías con parte de los combatientes corriendo. la nueva. Los batallones fueron dominados por la hipnosis de un espanto indescriptible. Volvía la impaciencia heroica. secciones de armas prontas a cargar contra el vacío. Los soldados armaron decenas de hamacas en las ramas. para despertar a las diez de la noche. En el flanco izquierdo había detonado un tiro. La brigada aparecía como una larga estera bajo la onda luminosa de la luna. El enemigo allí cercado ya no tenía aliento para aventuras por los caminos. Canudos. rodando sordo en el silencio. cuadrados a la espera de una carga de caballería. sonaron cornetas. sobre los que tanto ansiaban medirse con ellos. Había sido una falsa alarma. buscando a ciegas la orilla. Y el día pasó tranquilamente. Hacia el norte. Transcurridos unos minutos. tranquila y enorme. las filas se alinearon — espadas desenvainadas. con sus paredes maestras . sobresaltada. . Pelotones y compañías formándose al azar. los combatientes. revólveres en alto— en un crepitar de estallidos de bayonetas. . Y de pronto. por encima del lecho del río. Venía como había venido sobre los otros expe­ dicionarios. Entonces. se oía. súbito y veloz. Irrumpían sin miedo por el valle sinuoso del río Sargento que desbordaba en una creciente repentina de uniformes. Era un tumulto. que abra­ zaba a la naturaleza adormecida y quieta. BUSCANDO UNA MEDIA RACION DE GLORIA Al amanecer se habían extinguido los temores.

descalzos o calzando alpargatas y cada tanto. la línea negra. Alrededor.derrumbadas. numerosas y desparramadas. Se estaba sobre la falda en cuya base se desarrollaba el trecho más peligroso del sitio. y a poca distancia. nada denunciaba la estadía de un ejército. se veía a sólo cien metros. ASPECTO DEL CAMPAMENTO El campamento había cambiado. Ya no les faltaría la media ración de gloria disputada. se pasaba por el cuartel general de la 1^ columna. estaba el de la 2^. con el bello aplomo de los candidatos a la historia. a la derecha. en busca de una guerra sangrienta y fácil. Se veían dentro de un nuevo poblado. en otra casa miserable. Se había reconstruido el barrio conquistado. se llegaba. Se llegaba a la repartición del Cuartel Maestre General . en el asalto del 18 de julio. Habían llegado a tiempo. había perdido la apariencia revuelta de los primeros días. Entraban jubilosos al campamento. en la cumbre. sin frente. Pasado el cerro a cuyo pie se asentaba. A uno y otro lado del camino. rotas de arriba abajo. mal arreglados. mujeres mal encaradas cosiendo tranquilamente en las puertas. los recién llegados tomaron por una zanja retorcida. o dispuestas por los valles diminutos. hasta que tropezaba con la tienda del general. Se tenía la impresión de llegar a un villarejo sospechoso del sertón. Volviendo a la izquierda. levantando un pedazo del campanario derruido desde donde el fantástico compañero tantas veces había llamado a los fieles para la oración y para el combate. centralizada por el batallón 259. La canícula abrasadora que convertía a las carpas en hornos había inspirado esa arquitectura bucólica y primitiva. un vasto albergue cubierto de cuero: el hospital de sangre. el caserío. dispuesta en una casa que no fue destruida y al mirar por las rajas de las paredes espesadas con lajas de piedra. en ruinas y renegrida. la plaza de las iglesias. la vieja. erigidas al sesgo de las colinas. Y al encon­ trarse con los pobladores se afianzaba la ilusión: hombres vestidos a lo paisano. de forma singularmente inadecuada para vivir en ellas. Por ese lado es donde se había penetrado más profundamente en la aldea. a la comisión de ingenieros. la mayoría cubiertos con sombreros de cuero. Bajando por la pendiente sur. techos y paredes de ramas de juázeiros. a mitad de camino. Ya era como otra aldea a un costado de Canudos. se sucedían pequeñas ca­ sas de aspecto original y festivo: hechas de follaje. arrastrando espadas y espingardas. A primera vista. El extraño entraba a desconfiar de una equivocación en la ruta que lo hubiera llevado hasta un poblado de jagungos. a la calle. la tienda del comandante general. Atra­ vesando el lecho vacío del Vaza-Barris. pero eran las únicas ajustables al medio.

. Porque los jagungos. no lograba distinguir un solo bulto. Bastaba que un disparo cualquiera. La perspectiva impresionaba. Lo mostraban los escombros en donde se ocultaban. abajo. Recorriendo así el cerco atrincherado. los nuevos expedicionarios tenían una imagen nítida de la situación que diluía en parte su optimismo. Había mujeres y niños sobre los que durante tres meses estallaron masas de hierro y fuego que muchas veces. un schrapnell arrojado desde la Favela reventó dentro del caserío anexo al sitio donde se hacían las oraciones. aunque no tenían más la iniciativa de los ataques. Esta los sorprendió. después de cruzar el lecho de aquél. Canudos tenía por ese tiempo — fueron contadas una a una después— cinco mil doscientas viviendas3 2 T . se alcanzaba el cierre extremo del cerco prolongado por el 59 de Bahía extendido por el canal hondo del río de la Providencia. en el que hacía de dique el 269. mirando hacia la izquierda. seguían replicando con el mismo vigor de antes.y campamento del batallón paulista. apenas se levantaban en relieve desde el suelo y la vista. se contemplaba en lo alto. . raquíticas y minúsculas. en el fragor de la lucha. Ese pedazo de sitio era todavía escaso frente a la amplitud de la aldea. la sombra fugitiva de algún hombre y no se oía el rumor más fugaz. se hacía la ilusión de un volumen desproporcionado. La observación más concen­ trada. Siguiendo la ruta. la trinchera Sete de Setembro. durante algún transitorio armisticio. una mina enterrada y enorme. el rumor doloroso de clamores de angustia haciendo que el cañoneo cesara a la voz austera y conmovida del comandante. o. Días antes. revelaban la existencia de gente emboscada. La aumentaba el misterio del lugar. a cualquier hora. De allí a doscientos metros. los llenaba de asombro esa Babilonia de casuchas que se extendía por las colinas. Resulta que como estaban cubiertas de techos de arcilla colorada. confundidos todos esos techos y pare­ des en el mismo desmoronamiento. esta­ llase en lo alto del morro para que de allí surgiera la réplica inmediata. roída de erosiones. Y desde allí salió inmediatamente una réplica cruel que turbó a los artilleros del coronel Olimpio: un largo e indefinible llanto. . Pero que el observador no hiciese demasiado bulto sobre su parapeto porque las balas disparadas de allá abajo. en una tierra llana arenosa que el Vaza-Barris inunda en el tiempo de las crecientes. pusieron la nota conmovedora del llanto. Caían sin perder su altivez. Pero éste era completo. a manera de un baluarte junto a la Fazenda Velha. Además. acomodada al principio al conjunto compacto del caserío alre­ dedor de la plaza. Parecía una antigua necrópolis. Repug­ naba admitir que hubiese allí tantas vidas. tratando de disfrazar cualquier síntoma de debilitamiento. Acostumbrados a las proporciones exiguas de las aldeas sertanejas. allí no sólo existía una guarnición de valientes indomables.

centralizaba largas charlas. juzgaban inútil gastar más vidas para apresurar la rendición inevitable. Un alférez del 25?. días después. Era fatal. anécdotas hilarantes o discusiones sobre política general. los soldados de la línea negra. como tampoco impresio­ naban los tiroteos fuertes que todavía surgían. Ya nadie las advertía. Discurría sobre temas varios. golpeaban en las paredes de las barracas. Nada que recordase la campaña feroz. Ocurrían cosas ex­ travagantes. totalmente opuestos a la guerra. caían en su preocupación primera: que el enemigo in extremis 3 2 9 tuviese todavía aliento para poder lucir su temeridad y su fuerza. La seguridad de ganar el pleito ya había dado lugar a grandes temeridades. de follajes salpicados de flores marchitas de juázeiros. con envidiable apego a la ciencia. Mientras tanto. durante la noche. con la atracción irresistible de un tem­ peramento franco y jovial. Se quedaban en una pasividad irritante. imitándole el arrojo. hasta la plaza. La vida se había normalizado en esa anormalidad. El campamento. Las balas que pasaban. el general Artur Oscar. fuera de los intervalos de los ataques que cada vez eran mayores. escasas. entre lágrimas y balas— los re­ beldes se rendirían de un momento a otro. La musculatura de hierro de las brigadas nuevas ansiaba medirse con los estertores de los insurrectos. en trayectorias bajas. reían ruidosa­ mente y recitaban versos y por las paredes ralas de todos los ranchos rientes. En la farmacia militar. gracias a los convoyes diarios. Su precisión rítmica indicaba que en Canudos había tiradores apostados que querían recordarle a los sitiadores que el sertanejo velaba. inopinadamente. hora a hora. aunque algunas. doblemente bloqueados. repelidas por las crestas de los cerros en trayectorias altas. penetrando en el templo en ruinas. tirando allá adentro dos bom­ bas de dinamita que no explotaron. Hartos. presiones y temperaturas. Pero no impresionaban. hacía al azar un llamado cual­ . casos felices de antaño. llenos de triunfos y ahora.Así. Los que allí estaban ya tenían demasiada gloria. inscribían invariablemente un cero en la nubosidad del cielo y consultaban muy gravemente el higrómetro. Un sargento del 59 de artillería se había aventurado dos veces. lanzó fuego sobre los restos de la iglesia vieja que ardió completa 3 2 8 . iniciándose en esta pelea de­ sigual. observadores tenaces. De manera que los combatientes nuevos. mantenían largas conversa­ ciones con los jagunqos. registraban. estudiantes en días festivos forzados. eran inofensivas. salían voces y risas de los que allí adentro no tenían temores que les ennegrecieran las horas ligeras y tranquilas. tenía la serenidad de un pequeño poblado bien vigilado. A veces. siendo noche cerrada. En la sede de la comisión de inge­ nieros. entre millares de soldados y millares de mujeres — entre lamentos y bramidos. con la subsistencia segura. en el lugar más avanzado del cerco. a la noche. El interlocutor de nuestro lado subía al borde de la trinchera y volviéndose a la plaza.

en figuras cómicas. a pesar del ilusorio abrigo que les daba el muro de tierra. se largaban media docena de insultos rispidos en una jerga enérgica. lugar de nacimiento. encogidos. diciendo un nombre común. tres o cuatro moribundos. las balas. silbando con un silbido suave por el aire. sesteando. en el suelo. Al llegar a los sitios más expuestos esquivaban el paso de los proyectiles que caían en seguida. Algunos morían cantando. corriendo. No pocas veces la singular conversación derivaba a cosas jocosas y por las líneas cercanas. En las narraciones a los nuevos compañeros . dos. E L CHARLATANISMO DEL CORAJE Todo el mundo se había adaptado a la situación. le respondían en seguida.quiera. las rimas de sus canciones prefe­ ridas. casi de rodillas. se batían como demonios. desde el centro del caserío o más cerca. como si todo eso fuese un rancherío de troperos felices. Entonces. Se reían de los recién llegados inexpertos. el primero que le acudía a la mente. Los antiguos comba­ tientes andaban por fin por el campamento entero. nombres de bautis­ mo. como si nombrase a un viejo compañero e in­ variablemente. . que cruzaban por esos puntos transidos de miedo. Los soldados del 59 de policía. iban rodando las risas ahogadas. mataban el tiempo cantando para mitigar las nostalgias de sus pueblos del Sao Francisco. Entablaban un coloquio original a través de las sombras. de lado a lado. disparando sus carabinas y seguían teniendo en las bocas. Algunos alardeaban su charlatanería del coraje. Y como punto final. volvían a la alegría sertaneja. los botones de la chaqueta brillantes— se ponían en una abertura cualquiera o se paraban en la cumbre desguarnecida de un cerro distante a dos kilómetros de la aldea. Si la fusilería apretaba. con la misma manera dolorosa­ mente irónica. a los rasgados en las guitarritas. o de los que no refrenaban sobresaltos ante la bala que golpeaba cerca. familia y condiciones de vida. o de los que no largaban interjecciones vivas ante incidentes triviales. saltaban a los planos de fuego. y aplacada la refriega. frenéticamente. diariamente removidos de los puntos avanzados. Uniformados —los galones irradiantes al sol. lo hacía con voz amistosa. resonantes. para sopesar el rigor de mira de los jagungos en su alcance máximo. rispidos. a la entonación lánguida de las tiranas. La guerra los había endurecido. cadenciosas. en la oscuridad. terriblemente. como un psizz insidiosamente acariciador. Un snobismo lúgubre. de la extrema derecha a la extrema izquierda. al son de los estampidos. intercambiando informaciones sobre tópicos variados. rebotando. sin las primitivas cautelas. El diálogo se prolongaba hasta la primera divergencia de opiniones. El espectáculo diario de la muerte les dio la despreocupación por la vida. desde las ruinas de las iglesias. . de muerte.

Macambira. En último caso. subdividiéndose en múltiples vías por los campos. Los largos días de privaciones que victimaron a los mismos ofi­ ciales. sin embargo. Todos los incidentes. La población. Los episodios sombríos de la Favela con su cortejo de combates y sufri­ mientos. porque el antagonista estaba en los estertores de la muerte. en los últimos combates de julio. en las privaciones sufridas. Las lides afanosas de la caza de los cabritos ariscos o la búsqueda de los frutos de los arbustos muertos. en agosto. Los caminos hacia la Várzea da Erna y el Uauá estaban francos. cediendo poco a poco a ese estrangulamiento lento. sin el movi­ miento febril y convulsivo de una batalla. desde Bahía a Piauí. no podía aceptar un papel tan se­ cundario: hacer treinta leguas de sertón sólo para contemplar — espec­ tadora inofensiva y armada de los pies a la cabeza— la derrota de la aldea. escaseaban las provisiones y cada vez más se acen­ tuaba el desequilibrio entre el número de combatientes válidos. Como figuras principales quedaban Pedráo. Habían desaparecido los principales cabecillas: Pajeú. un alférez por ejemplo. Aquello ahora era un pasatiempo ruidoso y nada más. III EMBAJADA AL CIELO Pero el bloqueo. después el desierto sería su abrigo seguro. que murió empachado de harina después de tres días de hambre. continua­ . atravesando rincones totalmente desconocidos. a voluntad. llevándolos a la matriz donde se habían gestado todos los elementos de la revuelta. . hasta alcanzar los insignificantes lugarejos mar­ ginales de aquel río. Por allí llegaban pequeños abastecimientos y podrían entrar. incompleto y con un extenso claro al norte. Y concluían con que quedaba muy poco por hacer. Sin embargo no lo hicieron. La División Auxiliar. Porque se dirigían precisamente por los rumbos más favorables. terrible defensor de Cocorobó y Joaquim Norberto que guiaban a las fuerzas por la carencia de otros mejores. Por otro lado. entre Chorrochorró y Santo Antonio da Gloria.insistían mucho en los pormenores dramáticos. era el escape salvador. rastreándolos. apenas sería perseguida en las primeras leguas. Todas las minucias. recientemente. no había reducido al enemigo a sus últimos recursos. atravesando un vasto trecho de territorio que es el núcleo donde se ligan y se confunden los fondos de los sertones de seis estados. nue­ vos refuerzos de combatientes. . el siniestro Joáo Abade. hacia la extensa faja del Sao Francisco. aunque sentían su fuerza decaída mien­ tras aumentaba la del adversario. De ese modo dejaban a los sertanejos la mejor salida. José Venancio y otros.

en el lugar mismo de sus crímenes. Así es que los soldados. los altares caídos. si más tarde. Motu proprio. y se divul­ gase la extraordinaria noticia. todos los seres frágiles y abatidos. Ni tampoco irse afuera como otras veces. Llevó su abstinencia de costumbre a un ayuno total. llevaba al pecho un crucifijo de plata. Este acontecimiento. Los vencidos lo relataron después. la frente pegada al suelo. Estaban pegados a las trincheras. Pero no los dejaron. lo que también se puede creer. contra lo que era de es­ perar. nacida espontáneamente de la hipnosis colectiva. entre millones de arcángeles. y que pa­ recía debía producir su terminación inmediata. . herido de violentas emociones. Y un día quedó inmóvil. las reliquias desprendidas de las paredes y. avivó la insurrección. Era menester que allí se quedasen para la expiación suprema. el Bom Jesús caer del altar mayor y dar en tierra. Había dejado todo prevenido. filtrarse poco a poco en grupos diminutos por los caminos que les restaban. dejando a aquéllos desahogados y evitándose el último sacrificio. aunque en los últimos tiempos pocas veces lo veían. no podían salir del lugar donde se encontraban. lisiados y enfermos. se adaptaron a un ayuno casi total. destruido el santuario. El fantástico embajador estaba ahora junto a Dios. El 22 de agosto había fallecido Antonio Conselheiro 330. Y se quedaron para todo y para siempre. Estaba rígido y frío. los mismos que las atravesaron no hubieran revelado el origen de ese admirable estoi­ cismo. Comenzó a morir. alucinadora visión. Tan simple. bajando en un vuelo olímpico. Al ver muertos a sus principales ayudantes y a tan grande número de soldados.mente disminuido y el de mujeres y niños. Al ver caer las iglesias. ingenuamente: Antonio Conselheiro había seguido viaje hacia el cielo. La vida de la aldea se volvió entonces atroz. el completo abatimiento y la espantosa flacura de seiscientas prisioneras. resolvió dirigirse directamente a la Providencia. Porque el profeta vendría en breve. su organismo debilitado se quebró. Allí lo encontró una mañana Antonio Beatinho. los santos hechos asti­ llas. aunque sufrieran las mayores privaciones. en pro de los defensores. capital en la historia de la campaña. conocedores de su desamparo. de modo inexplicable. continuamente creciente. Días de angustias indescriptibles fueron soportados ante las últimas puertas abiertas a la libertad y a la vida. dentro del templo en ruinas. despe­ dazado por una granada. Lo revelaron después la miseria. luego que la beatería impresionada notara la falta del apóstol. Podían huir. Esta mayoría obstaculizaba el movimiento de los primeros y reducía los recursos. No lo quisieron. viejos. Tal vez arrastrada por el espíritu ambicioso de algún cabecilla que prefigurase las consecuencias desastrosas del he­ cho o.

los creyentes se dispusieron para los peores momentos de la penitencia que los salvaría. marchó hacia la parte todavía desguarnecida del cerco. asaltando los pequeños contingentes que lo guardaban dentro de las últimas viviendas que estaban diseminadas por aquel lugar. estaban repletas de mujeres y niños. llevando el 249 a la vanguardia. cubiertas algunas con tejas. la resistencia estupenda de alguno que se jugaba cara la vida. y ninguno notó que poco después. reeditaban episodios inevitables. La fuerza. se tiró rudamente sobre la entrada y mató. COMPLEMENTO DEL ASEDIO Al alba. abrazado a su mujer e hija. Pero no cedieron en seguida la posición. fulminándolos y comenzando el Día del Juicio. 389 y 32? bajo el mando del mayor Henrique de Magalháes. hacia adentro. Tomando la ofensiva. por ser las más distantes. Como en general les sucedía. capitán Afonso Pinto de Oliveira y teniente Joaquim Potengi.cayendo sobre los sitiadores. y un contingente de caballería al mando del alférez Pires de Almeida. seguido por los batallo­ nes de líneas 249. Los jagungos no contaban con que fuesen hasta allá. . en el momento en que la puerta de la choza se abrió. les cayó encima por sorpresa. erigido después del fracaso de la 3? expedición y en él. los soldados fueron metiéndose por las calles. circunstancia desastrosa en la emergencia para los rebeldes. en desquite terrible. Uno de ellos. tiraban fósforos encendidos. retrocedían resistiendo y acom­ pañándolos. a golpes. la situación cambió. bajo pretextos varios. el teniente coronel Siqueira de Meneses. las destrozaban después a culatazos y sobre el montón de trapos y muebles miserables. Cada tanto salía alguno. disparándolas al azar. algunos incrédulos y entre ellos Vila-Nova. Se veía un suburbio nuevo. abandonaban el poblado. Era el punto de Canudos diametralmente opuesto a la Fazenda Velha y más distante del primitivo frente del asalto. Se aliviaron todas las almas. los guerrilleros quedaron obstruidos por la barahúnda del mujerío miedoso. tomando por caminos ignorados. atrayendo hacia aquel lado la atención del enemigo. edificaciones más correctas. Adelante retro­ cedía el sertanejo metiéndose en los ranchos y aquí y allí. todas las viviendas. el del Amazonas. y. Eran los últimos que salían porque el día 24. Colocaban la boca de las espingardas sobre los tabiques de barro. las "Casas vermelhas”. y marchando por el lecho del río. No estaba convenientemente guarnecido. Le faltaban las trincheras que eran tan numerosas en otros puntos. mientras la izquierda de la línea y de los cañones de la Favela iniciaban un reñido ataque. el ala derecha del de Sao Paulo guiada por el mayor José Pedro de Oliveira.

Sin fuerzas para levantarla. separado apenas por algunos centímetros de pared. se divisaba un pedazo de la aldea. En esos intervalos. Se quedaba adelante. en un círculo de soldados que lo abatieron a sablazos. la aldea desaparecía. Desaparecían totalmente las casas. entre los escombros. grupos de mujeres y niños corriendo hacia el sur. resonaba en el campamento ponién­ dolo en alarma. compactos. fustigados por la fusilería. rodando por los techos. tuvo una frase lúgubre: "Al menos maté a uno. con su humo amarillento. repelidos por el cañoneo. Fue un episodio truhanesco y funesto. Era la sombra del cuadro. indistinguibles entre el humo. adelgazado hasta la flacura extrema. . terminó por cortarles el paso. Para no perder el avance se detuvieron y formaron barrera con los muebles y destrozos de las casas. a dos pasos. El jagungo se quedaba. Adelante no había terreno neutral. en la misma vivienda. La escena. En poco tiempo tuvieron trece bajas. el adversario retrocedía pero no huía. disolviéndose ante un trecho de­ sierto del río. Esta refriega. Lo recortaba. el alférez Pedro Simóes Pinto. Pero esta resistencia a todo trance en la que entraban los mismos mo­ ribundos. . real. Atestadas de curiosos. De pronto. Estallaban "bravos”. perdiéndose alargadas sobre las cumbres de las colinas. un curiboca viejo. vigilante. del otro lado de la barrera. Además. abarcándolo de extremo a extremo y ocultándolo. con algunas llamaradas fugaces. adensándose o deshacién­ dose según la acción de los vientos. medio desnudo. caído de costado. Murió en seguida. Estos avanzaban empujados por el soplo del nordeste. desapa­ recían al fin. torcía la cara en una mueca de cólera impotente. dejándola luego al descubierto. En un rincón de la salita invadida. en ese escenario revuelto. en tumulto. cubierto de harapos. O los escondían las nubes de humo de los fuegos de lenta combustión. casi sin fuerzas para sentarse. entre los dos fuegos. Las baterías de la Favela golpeaban de frente. en la pieza de al lado. todas las casitas adyacentes a la comisión de ingenieros formaban una platea enorme para contemplar el drama.al primer agresor que encontró. chocando con el frente de la iglesia nueva. Aplaudían. ” 3 3 \ Otro distrajo a los soldados. como el telón que cae sobre un acto de tragedia. una llamarada. Los grupos miserables. apenas lo hacía se le caía de los brazos flojos. atronando al norte. Por su gran rasgón abierto de arriba abajo. se les aparecía como una ficción estupenda. al fondo del santuario. del 249. . trataba de disparar una lazarina antigua. Era el proceso usual y obligatorio. pateaban. en el esplendor siniestro de los incendios. a veces completamente. Los plazas lo rodearon por un instante y en seguida estallaron en un coro estrepitoso de carcajadas. indomable. Delante de los espectadores se extendía un lienzo de humo. rubio y sin brillo — una chapa circular en brasas— un sol de eclipse. Se detuvieron. concre­ ta. extendiéndose por el suelo. Y al expirar. ajustando su puntería. desesperado.

Toda la periferia del poblado estaba cerrada. al norte. Además. el ala derecha del batallón paulista y el 32? de infantería. dando la idea de un ataque del enemigo en una revancha repentina. efectivo. Se corría de nuevo a los binóculos. por su lejanía. de actuar en el drama. A lo lejos se oían igualmente el coro de insultos y vivas. a veces. el ánimo de los que escuchaban ansiosos. los ecos de los estam­ pidos a veces sonaban a la derecha y a retaguardia. como espectadores frenéticos agitando sus bi­ nóculos inútiles. tratando de adivinar el enredo inopinadamente encu­ bierto. ladeando el puesto artillado en el ex­ tremo del camino del Cambaio. Los jagungos re­ trocedían. guarnecidas por el 319. las posiciones recién expugnadas. Se cruzaban pre­ guntas conmovidas. el ala izquierda del 249. al sur. Al este. Ya no se podía escapar un solo habitante. el 38?. la retaguardia de la línea negra cubierta por la 3* brigada. la Favela y el baluarte dominante de la trinchera Sete de Setembro. Se formaban los cuerpos de reserva. cortando los caminos del Uauá y de la Várzea da Ema. sin la intervención de descargas o de tiroteos cerrados. Se prolongaba anormalmente. Canudos estaba bloqueado. . La nueva llegó en seguida al campamento y de allí salieron correos hacia Monte Santo desde donde el telégrafo la desparramaría por el país entero. . liberados. de modo que. se había dibujado la curva cerrada del asedio. En el desahogo estallaban aclamaciones y aplausos. Aunque fragmentada. una línea de banderolas coloradas. Se intercambiaban ór­ denes precipitadas. En todo el cuadrante del noroeste. La insurrección estaba muerta.Los curiosos espectadores. Porque la acción se prolongaba. cuando las nubes de humo se adensaban estallaban en groseros clamores de contrariedad. Una claridad abría otra vez el escenario tallándolo de medio a medio. decaía pensando en una salida de los sertanejos por las rutas del norte. real. Por fin se vio llegando hasta el camino del Cambaio. guarniciones espaciadas. el centro del campamento. .

indomable para repeler las cargas más valientes. se retraía de ese lugar hacia el centro de la plaza. lo endurecieron y de nuevo le dieron la iniciativa en los combates. saltaba de nuevo hacia el este. refluía en descargas en direc­ ción del Cambaio. . con engaños y emboscadas. insistentes como nunca. como el remolino impa­ rable de un ciclón. Los sitiadores dejaron la formación de combate. no lo reconocían. era recha­ zada. Alrededor de los pozos de agua. V. IV. lo estimularon. El enemigo revivió con vigor increíble. Estos comenzaron desde el 23. totalmente imprevisto.— Paseo dentro de Canudos. . una vez más y volviendo a los mismos puntos. Los prisioneros.— Testimonio de un testigo. serpenteando. se agitaba. estrepitosamente golpeaba la izquierda del 59 de Bahía. Comenzaron a verlo heroico. Notas de un diario.— El asalto. era repelida. V il-D o s líneas.ULTIMOS DIAS l— Las convulsiones de los vencidos. I I I — Titanes contra mori­ bundos. volvía vertiginosamente al sur. II. Sobre los muros de la iglesia nueva. siempre rechazada y atacando siempre. La presión de millares de bayonetas que lo cercaban. reventaba en las cuestas que por allí bajan hacia el río. para quebrarse un minuto des­ pués contra la línea negra. I ULTIMOS DIAS LAS CONVULSIONES DE LOS VENCIDOS Ocurrió entonces un hecho extraordinario. desde todos los puntos. Hasta ese momento lo habían visto con astucias. Rechazada por el cierre del este. . borbotaba dentro del Vaza-Barris hasta despedazarse en el encuentro de las empalizadas que lo cerraban. Pero descansaron breves minutos. Se detuvo. recibía encima y de lleno. gigantes. El cráneo del Conselheiro. golpeando trinchera por trinchera todo el cerco. veloz. Los combatientes que lo en­ frentaban desde el comienzo. Una súbita quietud suplantó el tor­ bellino furioso. atravesándola. desencadenada en un tumulto de vorágine. caía sobre la barrera del 26?. apenas se la veía entre la claridad fugaz de la fusilería. un silencio absoluto bajó sobre los campos. sin par en la fugacidad con que sabía sustraerse a los ataques más imprevistos. por la aldea. Era como una ola embravecida. V I— El fin. la réplica de las guarniciones que estaban arriba y rotaba hacia el norte. para ir a caer ante los espolones de la Favela. corriendo hacia el norte.

se acogían a la cautela. Y no la economizaban. corriendo en una ronda enloquecida. de mannlicher y máuser con sus silbidos finos. En ciertas oca­ siones. combatientes fatigados. enloquecidos. sobre todos los morros. dando como piedras duras sobre las paredes espesas de las casillas de la comisión de ingenieros y el cuartel general de la columna. de las tiendas. sobre el lecho largo y tortuoso del río y sobre las depresiones más escondidas. repiques duros de trabucos. Caían como simios despeñados. todavía con más intensidad. Las comunicaciones volvieron a ser difíciles. reapareció el espanto. y fuera de las carpas. despedazando frascos en la farmacia militar anexa. Desde que aso­ maban por el sur en la cresta de los morros. La situación se volvió imposible. Terminaron los desafíos imprudentes. rijosos como los de cañones revólveres. en lo más agudo de los tiroteos. Pero reaparecían en un punto cualquiera de la línea. Se perdían en las proximidades del santuario. Los cerros se despoblaron. rozando. hasta el trecho resguardado de la Favela donde paraban los cargueros y los heridos. sobre todas las huellas. res­ balando con estruendos por el toldo de cuero de hospital de sangre y despertando a los enfermos transidos de espanto. golpeando. andando curvados por los pasajes. sobre los ranchos de follaje a un palmo de las redes de donde saltaban. percutiendo en los flancos de las colinas. los jagungos aún tuvieran munición de guerra. Atacaban y eran recha­ zados. La artillería los alcanzaba con sus balas. No se entendía cómo. Como en los malos días del pasado. Terminaron de fanfarronear los que por allí andaban. Proyectiles de toda especie. en una profusión terrible de metrallas. . de las casas. sobre toda la línea. bajaban precipitándose y algunos cargueros caían heridos al dar el último paso. estallando. los convoyes comenzaban a ser baleados. a la entrada del cam­ pamento. Los que el día anterior desdeñaban al adversario encubierto por esas casuchas quedaban asombrados. por el camino del Calumbi. de Comblain con zumbidos llenos y sonoros. des­ prendiendo astillas. sobre las carpas próximas a los cuarteles generales. sorprendidos. sobre las placas recosas. Valientes de fama. en la rotación de los ataques. sin que se pudiese explicar una trayectoria tan baja. trasponiendo a saltos los lugares descubiertos. después de tantos meses de lucha. caían sobre las que se sucedían y seguían en un giro enorme. . Sólo había un toque posible — el de alarma— y lo daba elo­ cuentemente el enemigo.Un estampido atronó en la iglesia nueva y se veían bultos errantes. Se decidió que no sonasen las cornetas. haciendo equilibrios sobre los escombros. disparaban tan tupido que ase­ mejaban los aullidos de un viento fuerte. de los toldos. atacaban otras trincheras y eran repelidos. . desde todas partes. cruzándose. quebrándolas. desafiando tiros.

Puesto a la sombra de una carpa continuó su agonía prolongada desde hacía tres meses. No lo interrogaron. Lo habían hecho prisionero en plena refriega. Levantó la cabeza y la mirada singular que salía de sus ojos — uno lleno de brillo. quizá uno de los guerrilleros acróbatas que se largaban ágilmente por la estruc­ tura derruida de la iglesia nueva. entró a la tienda del comandante de la 1^ columna. tenía la cara tostada y marcada de viruela. LOS PRISIONEROS 3 3 2 El día 24 llegaron los primeros prisioneros. Primitivamente blanco. mostraba dos agujeros de bordes oscuros y cicatrizados por donde salían los intestinos. Algunas mujeres hicieron revelaciones: Vila-Nova había salido en la víspera hacia la Várzea da Erna.La lucha se acercaba febrilmente al desenlace de la batalla decisiva que la remataría. un luchador de primera línea. de cuatro a ocho años. Volvía triunfante la tropa que al principio había hecho prisioneros por el camino a media docena de niños. era. Allí lo largaron. Revelación más grave: el Conselheiro hacía mucho que no aparecía. Fuerte. Sólo uno no mostraba en su físico las priva­ ciones sufridas por los demás. Otro. Desde hacía tiempo se sentía el hambre en la aldea y casi todos los alimentos se destinaban a los combatientes. Más aún. de estatura mediana y de buena envergadura. Tartamudeó algunas frases. parecía un desenterrado. todo lo revelaba. Había logrado derribar a tres o cuatro plazas y hubiera escapado si no lo hubiera alcanzado una bala en la órbita izquierda. con astillas de granada en el vientre. había comenzado ahí adentro el suplicio creciente de la sed. Uno venía sostenido de las axilas por dos plazas y sobre el pecho desnudo. Pero ese paroxismo estupendo acobardaba a los ven­ cedores. disper­ sos por allí y llenos de miedo. Las informaciones no iban más allá. el viejo curiboca desfalleciente que no había podido disparar contra los soldados. harapientos. casi sin movimiento. . Estos eran muy pocos y estaban en un estado deplorable. Se sacó el sombrero de cuero e ingenuamente. Los que las hacían apenas podían responder a las preguntas. La respiración entrecortada revelaba el cansancio de la lucha. el otro lleno de sangre— asustaba. Herido desde hacía meses. La voz se le moría en la garganta sin poder salir. diagonalmente. había encontrado a algunas mujeres y hombres heridos. Sofocado. De la cintura le pendía la vaina vacía de una faca larga. se veía la herida del sable que lo había aba­ tido. Era la suprema petulancia del bandido. como si fuera una fiera. cansados. cerradas todas las salidas. hizo ademán de sentarse. y que escudriñando mejor en las casas conquistadas.

el infeliz se perdió con sus siniestros acompañantes en el seno misterioso de la caatinga. minúscula. un tirón desde atrás haría que el lazo se anticipase al facón y el estrangulamiento al degüello. Un destripamiento rápido. Era el invariable prólogo de una escena cruel. sin que protestara. Tenemos valientes que estaban llenos de ansiedad por realizar esos cobardes procedimientos. Era una redundancia sorprendente. terminó siendo práctica habitual. tácita y expresamente aprobados por los jefes militares. y llegados ahí. Se lo degollaba. como vimos. No pocas veces. rodó hasta la otra puerta. le pasaron una cuerda por la garganta y llevado a los empellones hacia el flanco izquierdo del campamento. Agarrándolo por los cabellos le doblaban la cabeza. Como se sabía. II TESTIMONIO DEL AUTOR Mostrémoslas rudamente.Brutalmente repelido. Testimoniemos. se lo destripaba. Se había convertido en un pormenor insigni­ ficante. El hecho era común. imponían un viva a la República que pocas veces era satisfecho por la víctima. no se gastaba un segundo en consultas inútiles. Que. La dispensaba el soldado dedicado a la tarea. A pesar de tres siglos de atraso. Al llegar a la primera cañada ocurre una escena común. llevarla hacia adelante. los sertanejos no les llevaban ventaja en la realización de idénticas barbaries. Uno u otro comandante se tomaba el trabajo de hacer un gesto expresivo. surgían ligeras variantes. y sin temor de que la víctima se escapase porque a la mínima señal de resistencia o de fuga. Avanzar hasta la primera depresión profunda era un requi­ sito formalista. invariablemente. Un solo golpe que entraba por el bajo vientre. Comenzó con la espuela irritativa de los primeros reveses. Ya afuera. matarla. el supremo . según el humor de los verdugos. atravesar las carpas sin que nadie se sorprendiera. Prisionero el jagungo sano y capaz de aguantar el peso de la espingarda. le descubrían la gar­ ganta y lo degollaban. Entonces el proceso era más expeditivo: lo mataban rápidos con el facón. la impaciencia del asesino obviaba esos preparativos lúgubres. Enlazar al cuello de la víctima una tira de cuero con un cabestro. golpeado por puños fuertes. equiparada con las últimas exigen­ cias de la guerra. Los sol