EUCLIDES DA CUNHA

LOS SERTONES

PROLOGO

P i d o p e r m i s o al lector hispanoamericano para presentar un libro con­ trovertido de un autor también controvertido. Setenta y tantos años de reflexiones sobre ambos, efectuadas en nuestro país, constituyen un acervo crítico considerable. Mas si, por un lado, las reflexiones aportaron importantes contribuciones para su comprensión, por otro lado suscitaron nuevos problemas. Tampoco se puede dejar de recordar que este libro tiene el don de alinear opiniones radicales, no siempre sensatas, a favor o en contra. A lo largo de estos decenios, casi siempre el comentarista ama o detesta a este libro, apasionadamente. Ese amor y ese odio pasan fácilmente del libro a su autor. Su enigmática personalidad, su vida signada por tragedias increíbles, pueden interpo­ nerse, inadvertidamente, entre el lector y la lectura. Por eso se ha caído en otra tentación, la de tratar de ignorar al autor para obtener — se pretende— una visión objetiva de la obra. Aquí el peligro estriba en que se trate de conocer bien la obra, para caer después de las nubes, cuando se entran a conocer los lances de la vida del autor. El lector puede, entonces, considerarse engañado a propósito. Por lo tanto, vamos a limpiar el área y a contar todo. Pasado el susto, y ya más acostumbrados a los enredados episodios de la vida, podremos detenernos en los comentarios a la obra. No se trata de que lo que sucedió con Euclides da Cunha haya sido tan extraordinario. En los cuadros habituales de la familia patriarcal brasi­ leña, los hechos son perfectamente comprensibles y hasta corrientes. Quizá se vuelvan chocantes al constatar cómo en un autor de postura tan científica la vida haya sido inversamente tan poco científica, y que su acción personal haya sido tan irracional. Si hubiese sido un ciudadano común, habría actuado sin desacuerdo alguno, del modo convencional que considera la defensa de la honra, de la familia y de la propiedad. Pero, siendo como era, un ciudadano célebre, una persona pública, una

gloría nacional, la repercusión fue enorme. Por eso mismo, y sin que ello significase trazar excepciones para las personas públicas y los ciudadanos célebres, se intentó y se intenta, cubrir con un púdico velo su vida priva­ da, aunque sus propios actos la hicieron pública. Finalmente, no hay nada de extraordinario en tratar de matar a una esposa adúltera y al rival. Las costumbres fuerzan al hombre traicionado a hacerlo, para mantener su integridad y su respeto. Y podrá contar con un jurado benevolente que lo absolverá, puesto que se rige por los mismos valores consuetudinarios que él. Hasta hoy las cosas son así. Y Euclides, excepcionalmente, se comportó de manera civilizada durante cierto tiem­ po, pues aceptó un hijo de otro padre entre sus propios hijos. El hecho es que había estado un año lejos de su mujer, que vivía en Río de Janeiro mientras él dirigía la Comisión de Reconocimiento del Alto Purus, en la Amazonia. Había viajado en diciembre de 1904, regre­ sando a Río en enero de 1906. De vuelta al hogar encontró a su esposa grávida. Meses después nació un niño, de nombre Mauro, que vivió ape­ nas siete días y fue reconocido legalmente por Euclides. A fines del año siguiente nació otro hijo adulterino. Y, en paz o no, vivieron todos juntos, inclusive los dos hijos mayores de la pareja, Solon y Euclides da Cunha (h ijo), durante un tiempo más. Consta que Euclides solía decir de la rubia criatura ajena entre sus hijos morenos que era una espiga de maíz en medio del cafetal. El desenlace sólo ocurrió cuando la esposa, llevándose a los hijos, aban­ donó el hogar y fue a vivir a la casa de Dilermando de Assis, el otro hombre de su vida. El 15 de agosto de 1909, Euclides entra en esa casa, armado, y empieza a disparar. Dilermando y su hermano Dinorah se adelantan para enfrentar a Euclides, mientras doña Saninha y los niños se refugiaban en una habitación de los fondos. Los dos hermanos eran militares, Dilermando cadete del Ejército y Dinorah aspirante de Marina. Euclides baleó a Dinorah en la espina dorsal, a consecuencia de lo cual quedó inválido, viendo su carrera interrumpida y suicidándose años des­ pués. Pero Dilermando tiró certeramente, matando a Euclides. Más tarde, después de juzgado y absuelto como autor de la muerte en legítima de­ fensa, Dilermando de Assis se casó con doña Saninha y tuvieron otros hijos. Parece que su carrera se vio dificultada, pues siempre se lo envió a destinos lejanos y fue postergado en las promociones. Lo cierto es que en todo momento y durante su vida entera, se vio obligado a defenderse públicamente de las calumnias que continuamente le inferían, habiendo llegado, incluso, a escribir libros para justificarse. Ahora bien, este fue todo un affaire entre militares, ya que Euclides era teniente retirado del Ejército y su esposa era hija de un general. Los poderes constituidos y la opinión pública deseaban con tal ardor la sangre del homicida que la menor duda sobre su inocencia hubiera afec­ tado el veredicto. Si en esas condiciones altamente desfavorables no fue

posible declarar a Dilermando culpable, es porque realmente no se encon­ tró fundamentación legal. Euclides fue velado en la Academia Brasileña de Letras y enterrado con todas las honras públicas. La nación se puso luto. Pocos años después volvería a producirse la misma situación de enfren­ tamiento. El segundo hijo de Euclides, que tenía su mismo nombre y también se encaminaba a la carrera de las armas, pues era aspirante de Marina, probablemente había sido criado para convertirse en el vengador del padre y de la honra, de la familia y de la propiedad. En 1916, dentro del Forum de Río de Janeiro, agrede al mismo Dilermando de Assis. Este, que más tarde sería campeón nacional de tiro al blanco, nuevamente es alcanzado por varios disparos y con un tiro certero mata a Euclides da Cunha, hijo. Nuevo proceso y nueva absolución por legítima defensa. Varias décadas después, Dilermando le confiaba al escritor Francisco de Assis Barbosa que tenía en el cuerpo cuatro balas que no se habían podido extraer, dos del padre y dos del hijo Ese lado, digamos oscuro, de la vida de Euclides no debe oscurecer su actividad personal de hombre público. Era hombre público porque era periodista, era hombre público porque participó de la agitación que preparaba la caída del Imperio, era hombre público porque era militar, era hombre público porque era escritor, era hombre público porque era ingeniero. Hay que pensar cómo era el Brasil en el último cuarto de siglo pasado, un país colonial que empezaba a sentir el impacto de la Revolución Industrial. La máquina, el ferrocarril, la carretera, el sanea­ miento, la navegación fluvial, el proceso de industrialización en el campo y la ciudad, fueron temas a los que Euclides dedicó su pluma y su acción personal como ingeniero. Y no sólo él, hubo una generación o mejor dos, a las cuales la profesión de la ingeniería les parecía una de las más importantes para quien deseaba ponerse al servicio de la nación. El mismo Euclides fue profesionalmente ingeniero, el resto eran actividades paralelas que le permitían equilibrar el presupuesto; e ingeniero-funcio­ nario público, como es tradicional en un país donde la capa letrada siem­ pre mamó y hasta hoy mama en las gordas tetas del Estado. En este aspecto, habían empezado a surgir las escuelas de ingeniería que eran (al revés de lo que pasa ahora), focos de modernidad. Las viejas Facultades de Derecho y de Medicina, donde los hijos de la clase dominante se convertían en abogados y médicos, trampolín para la carrera política, eran sucedidas por las escuelas técnicas. En la capital del país, Río de Janeiro, había dos, la Politécnica o Escuela Central, y la Escuela Militar. Aunque había ingresado a la primera, Euclides hizo su curso en la segunda, que es gratuita e integra la carrera militar, por lo que era frecuentada por los miembros sin fortuna de esa misma clase dominante.
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1 Autores varios, Reportagens que Abalaram o Brasil, 1973, Río, Ediciones Bloch,

Allí ocurre el incidente con el cual, por primera vez, Euclides llama la atención pública, cuando, en señal de protesta contra la monarquía, arroja al suelo su sable en el momento en que el Ministro de Guerra visitaba la Escuela Militar. Abandona los estudios y sólo los retoma después de la proclamación de la República, y acaba por egresar como oficial-ingenieromilitar de la Escuela Superior de Guerra. En tal calidad presta algunos servicios, para su formación, en el Ferro­ carril Central del Brasil, en las fortificaciones de los Muelles Nacionales en Río y en la Dirección de Obras Militares del Estado de Minas Gerais. Desde su graduación en 1891 hasta 1896 en que se retira como Te­ niente Primero, pasa cinco años de ingeniería militar. En adelante será ingeniero civil, pero continuará como funcionario público. En esta fun­ ción que ejercerá en varios lugares, la obra que quedó para la posteridad es el puente sobre el río Pardo, en Sao José do Rio Pardo, en el estado de Sao Paulo. Ya famoso, después de la publicación de Os Sertóes, y miembro de la Academia Brasileña de Letras, poco antes de morir, se presenta al concurso por la cátedra de Lógica del Colegio Pedro II, en Río. Situado en un segundo lugar, después de algunos vaivenes, es nom­ brado para el cargo, aunque el primer lugar lo había obtenido Farias Brito, quizá el filósofo brasileño más importante. En su formación académica habían predominado las tendencias que marcan a la Escuela Militar en esa época y que, aunque en ella se centralizan, se muestran también en otros sectores de la vida letrada brasileña. Las dos grandes causas de la época son la abolición de la escla­ vitud y la implantación de la República. La ciencia, las matemáticas, el positivismo, el determinismo, el evolucionismo son privilegiados; Comte, Darwin y Spencer son los nombres clave. Nunca sobra recordar que el lema de la bandera brasileña en la República pacíficamente procla­ mada por los militares en 1889 (un año después de la abolición de la esclavitud), es Orden y Progreso, directamente copiada de las lecciones de Augusto Comte. En este sentido, la formación de Euclides no difiere de la formación de sus contemporáneos. O, para mayor precisión, no difiere de la forma­ ción del pequeño sector ilustrado que era parte de la clase dominante y por así decir, su vanguardia intelectual. Las dos grandes causas de la época, el abolicionismo y el republicanis­ mo, muestran al Brasil un poco descolocado en el contexto de naciones latinoamericanas. Cuando la mayoría de las colonias "al sur del río Grande” adquiere su independencia de las naciones europeas en los ini­ cios del siglo xix, el movimiento general hace que se transformen simul­ táneamente en repúblicas de hombres libres. En el Brasil, la indepen­ dencia que se consigue en 1822, es sólo un trasplante de la metrópoli a la colonia. Cuidadosamente preparado desde que Don Joáo VI, el rey por­ tugués, había venido al Brasil en 1808, huyendo de las tropas de Napo­

león, ese trasplante, en verdad, fue una elección que hizo la corona por­ tuguesa: entre una metrópoli pobre y una colonia rica, prefirió a esta última 1. Así, es el hijo heredero del rey portugués quien proclama la independencia, y la colonia pasa a ser una nación independiente, conti­ nuando esclavócrata y monárquica, teniendo como rey un portugués, igual­ mente heredero del trono de Portugal. Sólo mucho después serían libe­ rados los esclavos, en 1888, y un año más tarde, en 1889, se adoptaría la forma republicana de gobierno. En ese mismo descompás con relación al contexto latinoamericano deben buscarse las razones por las cuales el Brasil siguió siendo un país de inmenso territorio y no se dividió en varias naciones menores. Con un solo rey a su frente, y un rey que recibía a la colonia intacta y la conservaba intacta independiente, la centralización estaba garanti­ zada; aún más, esta centralización se había hecho a sangre y fuego en la época colonial y después tuvo que ser, como ocurrió en varias oca­ siones, preservada también a sangre y fuego. Antes de la independencia de 1882, varios movimientos habían aspirado a liberarse del dominio portugués. Y, como regla, eran republicanos y localistas. Si independen­ cia al mismo tiempo significaba república, por otro lado no significaba gran nación. Eran siempre pedazos del país que estaban en el horizonte de esos movimientos para ser sustraídos a la condición colonial. Ni es preciso decir que todos fueron duramente reprimidos. Los ideales de la Revolución Francesa y de la guerra de independencia norteamericana habían alimentado los anhelos de liberación en toda Amé­ rica Latina. Las palabras de orden provenían del léxico de esos dos eventos. Por eso, no debe admirar, aunque no tenga ningún fundamento histórico, y se encuentra notablemente desfasado en cuanto a los avances socioeconómicos y políticos, que Euclides da Cunha (y no sólo él en el Brasil) trate de asimilar la proclamación de la República a la Revolu­ ción Francesa. En sus poemas juveniles figuran cuatro sonetos dedicados a los líderes de la Revolución Francesa, titulados Dantón, Marat, Robespierre y Saint-Just. De tal manera, cualquier cosa que pareciese amena­ zar remotamente la consolidación del nuevo régimen republicano era tildada en seguida de reaccionaria y restauradora. Así les parecía a los contemporáneos cualquier perturbación del orden. Fue necesario que pasasen varias décadas antes de que se dejase de aplicar el mote de mo­ nárquico al mínimo signo de descontento. Toda la obra de Euclides da Cunha está profundamente comprome­ tida con ese encuadre de ideales. Además de Os Sertóes, donde analizó una rebelión rural, trató temas variados de política nacional e internacio­ nal, cuestiones sociales, literatura, geografía y geopolítica, proyectos eco­ nómicos. Esos temas fueron objeto de artículos y después se reunieron
1 María Odila Silva Dias, “A internalizado da metrópole”, en 1822 - Dimensóes, org. por Carlos Guilherme Mota, 1972, Sao Paulo, Ed. Perspectiva.

en libros. Dos de esas colecciones fueron publicadas aún en vida del autor, en 1907, con los títulos de Contrastes e Confrontos y Perú versus Bolivia. Pero escribió muchos otros, sea de periodismo militante, sea informes oficiales, discursos públicos y conferencias, que fueron reco­ gidos en la edición de la Obra Completa que la compañía José Aguilar Editora publicó en Río, en 1966. Aunque no era Euclides un debutante en el periodismo, pues antes había escrito no sólo en periódicos escolares sino también en los diarios más renombrados de Río y de Sao Paulo1, fue en 1897 que publicó dos artículos que se vinculan con el libro que lo haría célebre. Con el título de "A nossa Vendéia”, ambos aparecieron con el intervalo de algunos meses, en el diario O Estado de Sao Paulo. En esos artículos, por primera vez, Euclides examina los sucesos que se están produciendo desde hace algún tiempo allá lejos, en el sertón de Bahía. El primer artículo, evidentemente, fue provocado por la flagrante derrota de la tercera expedición militar enviada contra la aldea de Canudos. El 3 de marzo de 1897, el comandante de la expedición, coronel Moreira César, es herido en combate, muere, y las tropas se baten en retirada. El artículo, publicado diez días después, sorprendentemente, casi no se refiere al aspecto guerrero del episodio, haciendo más bien un análisis del medio geográfico. Se detiene en las características del suelo, en el sistema de vientos, en el clima, en la vegetación, construye una teoría sobre la sequía endémica de esa región, examina la hidrografía, destaca el relie­ ve y la topografía. Parece que estos factores habían sido muy importantes en las tomas de decisión en la guerra y en las dificultades que las fuerzas armadas oficiales encontraron. Sólo al final alude a los hombres que viven en ese medio, para considerarlos frutos obvios de él, trazando una rápida analogía entre esa revuelta y la de los campesinos de la Vendée. En ese artículo está el embrión de Os Sertoes. Se advierte la preocu­ pación por estudiar cuidadosa y "científicamente” el medio ambiente, de establecer la determinación del medio ambiente sobre el hombre y sus acciones, de enfrentar el enigma de la formación étnica de esos hombres. El paralelo con la Vendée se debe a que, considerando la instauración de la República en el Brasil en pie de igualdad con la Re­ volución Francesa en Francia, un movimiento insurreccional en el sertón sólo puede ser contrarrevolucionario. La Revolución Francesa tuvo su po­ tencial innovador desafiado, dentro del mismo territorio de la nación, por los campesinos de la provincia de la Vendée, que en 1793 se levan­ taron en armas exigiendo la restauración del Anden Régime con rey y todo. Lo que sucedía ahora en el Brasil, aunque un siglo después, debía ser la misma cosa. Un grupo de gente desconocida, perdida en el seno
1 Buena investigación hecha por Olimpio de Souza Andrade, que figura en la citada Obra Completa de Aguilar. Ver también, del mismo autor, Historia e Interpretagáo de "Os Sertoes”, 1966, Sao Paulo, Ed. EDART, 3^ ed.

del sertón, estaba enfrentando y derrotando a las fuerzas del Ejército Nacional, movida por razones ignoradas. No podía dejar de ser un peli­ groso intento de restauración monárquica contra el régimen republicano nuevo (ni siquiera diez años de existencia) que, a su vez, encarnaba los ideales revolucionarios franceses de 1789. Por eso, Canudos era "A nossa Vendéia”. Dígase por anticipado que Euclides superó esa propo­ sición y que cuando escribió Os Sertóes ya no creía en ella. Convocada la cuarta y poderosa expedición a comienzos de abril, no por eso su curso caminó más de prisa. Dificultades de toda índole com­ plican la victoria que parece a la vista, dado el volumen de los medios movilizados para conquistarla. Y entonces, a mediados de julio, Euclides publica su segundo artículo bajo el mismo título. Vuelve a insistir en las ásperas condiciones de la naturaleza y del adversario que los soldados deben enfrentar. Esta vez se detiene en la acción militar, tejiendo al­ gunos comentarios, todos favorables y justificatorios, sobre las razones que hacían demorar el desenlace de la campaña. Aquí aparece otro rasgo de Os Sertóes donde estará presente un minucioso análisis de cada paso del Ejército en guerra, los aciertos y equivocaciones, las posibles alternativas, las responsabilidades asumidas o no. En fin, una postura de estratega del Ejército. En Os Sertóes, Euclides, aunque deplora la suerte de los insurrec­ tos y la crueldad con que fueron tratados, al mismo tiempo, como si no hubiese ninguna contradicción en eso, señala la estrategia que habría vuelto más eficiente la acción del ejército. Pero el tiempo de revisión todavía no había llegado; en este segundo artículo de "A nossa Vendéia”, el sertanejo aún es una incógnita a la cual se le aplica un reconfortante estereotipo — es "el enemigo”— y el soldado brasileño aún es el héroe. La publicación de esos dos artículos debe de haber influido para que se produjera en el destino de Euclides un cambio importante. Pues esa campaña, en la cual a esta altura convergían tropas del país entero bajo el mando de tres generales, no se decidía. Esperábase de ella que fuese fulminante, ya que no había posibilidad alguna de comparación entre las fuerzas en choque. De un lado estaba el Ejército, equipado con el más moderno armamento, incluyendo armas de repetición y cañones, coman­ dado por una oficialidad de carrera ya veterana de otras represiones, dotado del entusiasmo guerrero de quien va a defender una causa justa, ardiente de animación republicana. Además, muchas de las fuerzas que operaban en esta guerra ya habían tomado parte en otras campañas pacificadoras, pues lo que no faltaba en esa época eran rebeliones y levantamientos internos. Del otro lado había unos pobres diablos analfa­ betos, que disponían de armas muy primitivas, cuchillos, hoces, fusiles obsoletos que funcionaban con pólvora improvisada y balas de piedra. El volumen de la campaña era respetable; y, debido a su interminable arrastrarse, el mismo Ministro de Guerra terminó por dejar su oficina en Río de Janeiro, por entonces capital del país, para mudarse al sertón,

instalando su cuartel general en Monte Santo, cerca de Canudos. En su comitiva va Euclides da Cunha, oficialmente agregado al Estado Ma­ yor. Iba en una posición privilegiada, ya que, si su misión era sólo hacer reportajes para el diario O Estado de Sao Paulo, tenía una situación mejor que la mayoría de sus colegas. Para ser considerado un repórter, Euclides acumulaba calificaciones. Ya había escrito extensamente en varios diarios y desde hacía varios años; era autor de dos artículos que trataban precisa­ mente sobre esa guerra; y, calificación no menos valiosa que las otras, era militar. ¿Por qué ese súbito interés de la prensa por esa lejana rebelión? Pocos temas — y casi siempre fueron temas relacionados con la seguridad na­ cional— habían obtenido de la prensa brasileña tal unanimidad de opi­ nión y de exploración. En 1897, y especialmente a partir de la derrota de la Expedición Moreira César en marzo, es imposible abrir un diario brasileño sin que ese tema ocupe sus más importantes espacios. Aquello que anteriormente era noticia esparcida se vuelve sección fija, con título propio y en la primera página. E impregna todas las categorías en que se dividen las notas del diario. La Guerra de Canudos invade el edito­ rial, la crónica, el reportaje, el anuncio y hasta el humor. Como fuerte vehículo de manipulación, antes de la era de la comunicación electrónica, el diario, al servicio de corrientes políticas a quienes interesaba crear pánico y concentrar las opiniones alrededor de un solo enemigo, prestó servicios inestimables. Como no era una invasión, no se podía contar con un enemigo externo; estaba aquí, bien a mano, y tan marginado que ni siquiera podría protestar contra el papel que le atribuían, de un enemigo interno. La función de la prensa fue ser portavoz de las refe­ ridas corrientes, lanzando un grito de alerta y de convocatoria del cuerpo nacional amenazado por la subversión interna. No fue la primera ni será la última vez que la prensa se presta a eso; basta abrir el ejemplar de hoy. Mas ciertamente, en el caso del Brasil, fue de un pionerismo, extraordinario. Y cuando ese pionerismo sirve más para avergonzar que para honrar, la eficacia del vehículo, como sucedió en tal momento, es enorme. Los diarios de la época son pólvora pura. Cuando llegó a Río y a Sao Paulo la noticia de la derrota de la Expedición Moreira César, la agitación de la calle — que, claro está, no es espontánea, tiene sus líderes que la conducen hacia objetivos específicos— ¿contra quién se dirigió? ¿Se invadió el palacio de la presidencia de la República, se arrojaron bombas en embajadas, se atacaron cuarteles, se agredió la ban­ cada bahiana en el Congreso? No: se empastelaron cuatro diarios monár­ quicos, tres en Río y uno en Sao Paulo. El saldo de muertos ese día registra sólo uno, un periodista llamado Gentil de Castro, abiertamente filiado a grupos monárquicos, abatido en un atentado en una plaza en la capital del país.

Cuando la nación atravesaba una época de gran inestabilidad econó­ mica y política, la conocida táctica de atribuir la culpa a un enemigo que es enemigo de todos fue utilizada con felicidad. Recordemos a los judíos en la Alemania de Hitler. El fantasma de la época era la monar­ quía. Pero los monárquicos eran pocos y demasiado conocidos; se trataba de algunos figurones del Imperio que aún sobrevivían, pues la mayoría de ellos se había adherido al nuevo régimen. La joven República que a esta altura no había cumplido su primera década, ya había tenido que enfrentar dos guerras civiles, la Revolución Federalista, que había mantenido al extremo sur en pie de guerra durante algunos años, y la Revuelta de la Armada. Y aunque fueron rebeliones confusas y no se sabe muy bien qué pretendían — probablemente, esto sólo se sabe con certeza cuando ganan y no cuando abortan— fueron inmediatamente calificadas de monárquicas. Pero, en ambos casos, se trata de revueltas institucionales, la primera con jefes políticos conocidos y la segunda abar­ cando una parte de la Marina. En el caso de Canudos hubo una feliz coincidencia. De hecho, aquel conglomerado de gente perdida en los confines del sertón sólo tenía, cuando la tenía, una vaga idea sobre lo que significaba vivir bajo un régimen republicano y ya no bajo un régimen monárquico. Se sabe, por ejemplo, que Antonio Conselheiro encontraba inmoral que los republi­ canos hubiesen expulsado del Brasil a la familia real, en la cual figuraba la Princesa Isabel que había firmado la ley de liberación de los esclavos. Muchos de éstos se contaban entre los seguidores de Antonio Conselheiro. Otra restricción que hacía era la institución del casamiento civil, que le quitaba al matrimonio su carácter de sacramento y lo transformaba en un contrato como cualquier otro. Estas dos objeciones se encuentran documentadas en un manuscrito atribuido a Antonio Conselheiro, que reúne sermones y prédicas, recientemente publicado 1. Lo que bastaba para que el poblado de Canudos fuese transformado en foco de una cons­ piración restauradora con ramificaciones nacionales e internacionales. Una vasta red monárquica, con sede en París, Nueva York, Londres y Buenos Aires, munida de recursos financieros infinitos, enviando conti­ nuamente armamento modernísimo a través de sus eficientes canales secretos, providenciando especialistas extranjeros que venían a entrenar a los rebeldes, se ponía en movimiento para tomar el poder en el Brasilz. De todo ese movimiento, Canudos era apenas el foco provocador, abier­ tamente insurgente, que aglutinaría al Ejército mientras el resto del país quedaría desguarnecido y sería presa fácil de las fuerzas conspiradoras.
1 Ataliba Nogueira, Antonio Conselheiro y Canudos, 1974, Sao Paulo, Comp. Editora Nacional. 2 Ver, por ejemplo, en los números del 2 de agosto de 1897 y del 7 de agosto de 1897, del diario carioca Folha da Tarde, los telegramas enviados por los corres­ ponsales en el Exterior.

qué lo motivaba. Ya en el segundo artículo utiliza el vocablo que estaba en boga en los periódicos para desig­ narlo: jagungo. Más tarde. de él se sirven políticos destacados. En ese segundo artículo. se encargaban de divulgar toda especie de repre­ sentación en que los sertanejos aparecían con epítetos de animales. José Olympio Editora. jefes militares. Nadie sabía quién era. toda especie de miedo. el subrayado desaparece.El único problema es que nada de eso existía ni Antonio Conselheiro estaba informado. de horror. califica a los canudenses de "horda de mentecatos y galeotes” y los considera un caso de policía. Tal vocabulario no es privilegio de los periodistas. qué lo hacía apegarse con tanta furia a ese desierto de piedra y cactos tan alejado del alcance de cualquier camino. Con seguridad no era brasileño. qué pretendía. 1 Con dos ediciones: Canudos . organizada por Olimpio de Souza Andrade. hasta otra raza. 1939. en Os Sertóes.Diario de urna Expedigáo. en una conferencia pronunciada en la capital de Bahía y que fue publicada en quince partes por el diario O Comércio de Sao Paulo (ediciones del 9 de junio al 7 ele julio de 1897). como Rui Barbosa. conjunto que más tarde reúne en libro bajo el título de Diario de urna Expedigüo *. tanto como en los reportajes que hace como enviado especial de O Estado de Sao Paulo. pero las analogías que le acuden son todas racistas. por qué resistía. . Los diarios de la época. Debe de haberse producido un alivio general cuando se pudo nombrar al enemigo. Tenga en consideración el lector que él no era un ex político del Imperio ni su hijo o primo. mons­ truos. en su irresponsabilidad. Seguramente no lo hace a propósito. En su primer artículo de la dupla "A nossa Vendéia”. y Canudos e Inéditos. sinónimos de habitante del interior. Editora Melhoramentos. seres imaginarios. la palabra aparece subrayada denotando su extrañeza. S. O bien el Ejército brasileño enfrentando a los sertane­ jos se compara a los romanos enfrentando a los bárbaros. cualquier cosa que los despojase de su obstinada humanidad. que no era un esclavo negro. Río. organizada por Simoes dos Reis. que no era un militar en rebelión. Las comparaciones históricas que Euclides hace en aquel segundo artículo no son de las más lisonjeras para el enemigo. La concepción subyacente es de un embate entre civilización y salvajismo. Euclides lo llama sertanejo y tobaréu. hombres públicos dedicados a la defensa del liberalismo. 1967. entre raza superior y raza inferior. A la acusación de monárquico vino a sumarse otro elemento formador de la feliz coincidencia: el desconocido rostro del enemigo. de repulsa. otro pueblo. que no era un ciudadano. Paulo. por ejem­ plo. la designación está incorporada a la norma del discurso. en nombre de qué luchaba. Era otra gente. Este último. Tanto más fácil para proyectar en él lo que se quisiese. o bien a europeos modernos enfrentando negros en el Africa. que no era indio.

Por eso. Los primeros materiales enviados son siempre una serie de 1 Para un estudio del origen de la palabra jagungo y de sus usos. Pernambuco. pues es el mismo nombre de la vara con punta de hierro que se usa para conducir ganado. Paraíba. como se tituló el conjunto de repor­ tajes que Euclides escribió como enviado especial del O Estado de Sao Paulo. bandidos. en consecuencia. siendo cangago el conjunto típico de armas que usa — dos cartucheras cruzados al pecho. no es muy diferente de lo que ocurrió a los demás periodistas. instrumento de trabajo obligatorio para el habitan­ te pobre de las zonas pecuarias extensivas que componen el sertón 1. Alagoas. En cuanto al origen de estos términos. La trayectoria que el pensamiento de Euclides recorrió en relación con lo que pensaba sobre esa guerra es pasible de ser acompañada en las sucesivas páginas de ese Diario. por su importancia emblemática. Como se ve. pistola y rifle. Sólo que jagungo es más usado en los sertones del norte de Minas Gerais y de Bahía. 1970. De inmediato se advierte que los periodistas se dirigían a Canudos sabiendo de antemano lo que iban a informar. Usado alternada­ mente con el de cangaceiro. el lector no sabe con qué tipo de fuente está luchan­ do. Euclides envió su primer repor­ taje de los vivaques que constituían el cerco de Canudos fechado el 12 de setiembre. La palabra jagungo se debe a un traslado por metonimia. Colección de los Cahiers du Monde Hispanique et Luso-Brésilien editados por la Universidad de Toulouse. No se debe olvidar. Cerca de dos tercios de los reportajes relatan el viaje para llegar allá. dos mochilas colgadas de los hom­ bros y llevadas debajo de los brazos. Llamar a los canudenses jagungos era lo mismo que llamarlos. y apenas el tercio restante es narrado por testimonio ocular. menos de un mes de la guerra. jagungo se usó y se usa hasta hoy para designar bandido. corre mucha agua. significa guardaespaldas a sueldo. tiene un campo semántico fluctuante. cangaceiro es el que vive debajo del cangago. ver José Calasans. puñal. De ahí hasta la ampliación e utilización que el término tuvo y tiene. En el Diario de urna Expedigáo. habiendo presenciado. quede aquí la información. desde entonces incorporado a las letras patrias sin subrayado. a todos e indiscrimina­ damente. como Sergipe. en Revista Caravelle. hombre violento que anda armado sin ser parte del aparato del estado o de las fuerzas armadas regulares. N 9 15. Una de las dificultades de la lectura de Os Sertóes reside exactamente en eso: dada la elección del foco narrativo.El término jagungo. Rio Grande do Norte y Ceará. De cualquier manera. El cotejo entre los reportajes mues­ tra algunas constantes reveladoras. Además. se percibe cuán poco asistió Euclides a la guerra. el conocido sombrero de cuero con sus adornos. Toulouse. “Os jagungos de Canudos”. . que terminaría el 5 de octubre. mientras cangaceiro es más corriente en los estados del nordeste. la denominación de jagungo referíase a la especificidad del enemigo por un lado y por el otro se usaba con todas sus connotaciones peyorativas.

fanáticos. Los soldados son patrióticos. sublimes en su entrega a la causa republicana. tres años antes que Os Sertdes. Todos los grandes diarios brasileños mandaron enviados especiales al escenario de la guerra. por lo tanto. Entre los periodistas figuran los nombres de Lelis Piedade. Euclides tiene una postura peculiar que se podría definir como altanera. sin cubrir. Como periodista. Fuera de O Estado de Sao Paulo. O País. del teniente coronel Siqueira de Menezes (con el seudónimo de Hoche). así como el desper­ tar del conflicto de conciencia. Quien perdió fue el registro histórico. civilizados. un incidente que empañó el brillo triunfal de la partida del Ministro de Guerra y que ocurrió en el mismo navio en que él viajaba — un voluntario reclutado a la fuerza se arrojó al mar para . no son brasileños. animalescos. Este libro sale en 1899. heroi­ cos. A Noticia. baja a minucias como el precio de la comida y del jabón para lavar la ropa. Aún no estaba de moda hablar de un baño de san­ gre y el genocidio aún no era calificado como una estrategia moderna. Los periodistas empiezan a des­ confiar de que no están tan bien informados y empiezan a registrar sus dudas. la cobertura que hace es bruscamente interrumpida y él se retira a Río de Janeiro después de enviar un último reportaje fechado el 24 de julio. todos de Río. eficientes. describe la desorganización y el hambre que él mismo y los soldados están pasando. su relato es tan vivido que. Los rebeldes son monárquicos. Mas él se rehúsa a ver todo lo que no sea grandioso y heroico. Mas a cierta altura de los reportajes se advierte que la observación comienza a hacer peligrar las fórmulas. naturalmente. urge salvarla a cualquier precio. Más tarde. y del mayor Constantino Néri. disciplinados. herejes. Y casi todos empiezan a escandalizarse con las prácticas que pre­ sencian. titulado O Rei dos Jagunqos. La República está en peligro. Emplea menos fórmulas que los demás. Cuando la guerra termina. Jornal do Bra­ sil. perversos. Manuel Benício escribirá un libro sobre la guerra. el período decisivo y final de la campaña. del capitán Manuel Benício. Así. cuenta la mala localización del campamento responsabilizándola por el hecho de que los combatientes sean alcanzados y muertos dentro de las tiendas. del mayor Manuel de Figueiredo. publicaron reportajes en serie los siguientes diarios: Gazeta de Noticias. y de la manera como terminó. traicioneros. bandidos. abnegados. de Alfredo Silva. Las fórmulas están presentes. Jornal do Comercio. y en algunos casos el periodista era también un combatiente. En fin. Sin duda. están todos contrariados y a disgusto. Diario de No­ ticias y Jornal de Noticias de Bahía. del mismo modo que en los reportajes de los demás. del coronel Favila Nunes. el mejor reportaje es el de Manuel Benício para el Jornal do Comercio. República. pero lamentablemente sin la fuerza de las notas periodísticas. sirven a intereses reaccionarios e ideologías exóticas.fórmulas.

rescatando a los nuevos esclavos en la medida en que pudo hacerlo y publicando su información con la firma de tres de sus miem­ bros. Como el poblado no se rendía. El comercio de mujeres y niños comprados por los vencedores tampoco existe. perturbado por la resistencia sorprendente de los insurrectos. Sao Paulo. también los militares participantes de la campaña se dirigían unos a los otros con el epíteto de Ciudadano. cuya explosión provo­ caba incendios generalizados. ni de lejos. Y aunque no lo registra en los reportajes. siquiera en la más vaga de las alusiones. INL. inclusive en O Comercio de Sao Paido. 55. a medida que progresa. 1975. por Olimpo de Souza Andrade. como todos se creían en plena Revolución Francesa. en los diarios. Hasta generales de la guerra lo hicieron conforme cuentan los periodistas. Periodistas y soldados vieron a los habitan­ 1 Euclides da Cunha. Ed. va tornándose oscilante en lo que dice respecto de las convicciones iniciales del perio­ dista. p. La férrea censura que los periodistas afrontaban y contra la cual protestaban. a punto de pasar informaciones veladas sobre ella a los lectores. Si ahora se adoptan huerfanitos vietnamitas en un gesto de caridad cristiana pública. ya en Bahía. tales como el degüello sistemático de los prisioneros y que él mismo denunciará apasionadamente cinco años más tarde en su libro. . Y no era sólo él.huir. org. pero Lelis Piedade y Favila Nunes lo informan. Caderneta de Campo. mas no menciona el hecho en sus reportajes. Mas a cada rato recae en consideraciones sobre la existencia de algún misterio detrás de ese fenómeno. en la época era costumbre adoptar jaguncinhos. mencionada por Euclides. y a veces termina sus telegramas con un "¡Viva la República!”. fue ocupado de a poco en sangrientas batallas y la solución final fue lograda por la utilización de una forma primitiva de napalm. para redimirlos del mal e integrarlos a los valores de la sociedad bur­ guesa occidental. está la anotación en su libreta de campo. el pobre. con fecha de publicación del 10/11 de agosto y fecha de escritura el 4 de agosto. o "¡La República es inmortal!”. pero fue pescado. Alfredo Silva relata el episodio en su primera nota para A Noticia. no es. Sistemáticamente. sólo ahora publicada: "Noto con tristeza que el jaguncinho que me fue dado por el general continúa enfermo y quizá no resista el viaje hasta Monte Santo” \ El Diario de urna Expedieao. El final de la guerra y la manera como ese final fue conseguido cau­ saron un trauma en el sector ilustrado de la sociedad brasileña. ante los cuales no consigue esconder su admiración. se arrojó kerosene encima de los ranchos. no existe en sus notas. también cuenta que el inmediato estaba con cólico. Cultrix. Mientras tanto. La práctica de atroci­ dades. de vuelta— encuentra registro en otros reportajes pero no en el suyo. Euclides también consiguió uno. el Comité Patriótico de Bahía intervino en eso con energía. después de lo cual se tiraban bombas de dinamita.

este libro difícil. vieron mujeres con sus hijos en brazos arrojándose al fuego. tenemos en nuestro acervo cultural nacional un libro como Os Sertóes. Como todo gran libro. 2 Antonio Cándido. para los muertos. pasan cinco años. Ver Olimpio de Souza Andrade. p. En el momento en que el exterminio era efectivo. Nos equivocamos. pero publicamos nuestra confesión y arrepentimiento. vieron cuerpos en llamas. figura obligatoriamente en los estantes de los hogares brasi­ leños medianamente cultivados. muy comprado y poco leído. pero sabe que debe enorgullecerse de él. y la hacían los estudiantes. tanto como a estudiar teorías que lo auxiliasen a com­ prender lo que había pasado. entidades públicas y privadas rehúsan participar en las conmemoraciones de la victoria. Si en el inicio del conflicto la reclamación general pedía el exterminio. Muertos. viene el remordimiento. es irrelevante. Aún hoy. los diputados y senadores. En cambio. los intelectuales. también éste organiza. EDART. 1966. E incluso el recelo manifestado por Euclides ante la publicación demostró ser in­ fundado. el 5 de octubre de 1897 y la publicación de Os Sertóes el 1*? de octubre de 1902. en libros y diarios. estructura y da forma a tendencias profundas del medio social. todo el mundo se escanda­ lizaba. Pasado el peligro. expresándolas de manera simbólica. Sao Paulo. Son los años en que Euclides se dedica a recoger información sobre la campaña. La mayoría de sus poseedores ni sabe qué hay dentro del libro. Literatura e Sociedade. Rui Barbosa. Los libros sobre la guerra en tono de denuncia empiezan a aparecer y culminan con Os Sertóes. los militares. El Ejército queda cubierto de oprobio. Por otro lado. Entre el fin de la guerra. El proceso arriba descrito explica en gran medida el inmediato y extraordinario éxito de Os Sertóes y la elevación de su autor a la celebridad. es claro1. Comp. Hay un proceso generalizado de mea culpa. La vergüenza nacional es general. Parece como si el proceso de expiación de la culpa colectiva hubiese alcanzado su punto más alto en este libro. Historia e Interpretagño de “Os Sertóes”.tes de Canudos incinerados. 1965. Que eso no resucite a los injustamente muertos ni abra los ojos para que se modifique la situación de los que viven en injusticia. que antes los había calificado de "horda de mentecatos y galeo­ tes” los llama ahora "mis clientes” y declara que va a pedir hdbeas corpus para ellos. Ed. Manifestaciones de pro­ testa surgían por todo el país. 144. . Editora Nacional. un pueblo capaz de tal esfuerzo de autocrítica es un gran pueblo. Es el conmovedor esfuerzo de un intelectual 1 Estas afirmaciones se encuentran en forma de notas para un discurso público que Rui Barbosa finalmente no pronunció. entonces el viraje era completo. los periodistas. los términos peyorativos aplicados a los canudenses son sustituidos por las palabras "brasileños” y "hermanos”. se vuelven humanos y compatriotas. pues los poderes constituidos y el mismo Ejército recibieron el libro con inmenso alivio 2. Sao Paulo. una gloria nacional. En el nivel del discurso. “O escritor e o público”.

saldrían a flote las características de las razas inferiores que habían entrado en la mezcla y que se realizan en el misticismo. geografía y clima determinan la constitución de los agrupamientos humanos. mientras la raza determina el tipo psicológico V el comportamiento colectivo 1. lo que ya se evidencia en las tres partes en que se divide el libro. y a la misma aldea donde vivieron. inventivos. O Estado de Sao Paulo. Antonio Conselheiro. de temperamento inestable. presa fácil de todo tipo de supersticiones e incapaz de construir una cultura. va mostrando la inventiva increíble de los canudenses. Para él. que desarrollan sofisticadas tácticas de guerrilla para enfrentar una guerra de tipo convencional. dado el medio ambiente natural y dado el medio ambiente social que incluye la raza. movilizando sus conocimientos de militar y asumiendo su postura de estratega. Grosso modo. En uno de ellos los rebeldes son heroicos. (pocos negros en su opinión). degenerados. . 1 Antonio Cándido. en el aislamiento del desierto. éste afe­ rrado a la tierra. con honda tradición y costumbres bien conocidas. el resultado lite­ rario es la presencia constante de la figura de la antítesis y del oxímoron. atributos que impregnan también. resistentes. esa es la explicación que encuentra para el fenómeno. por extensión. que trata de entender a su propio pueblo. sólo podía ocurrir lo que ocurrió. Euclides. fuertes. anormales. incluso después que el mundo conoció las proezas de los vietcongs en este campo. La repetición incesante de afirmaciones contradictorias ofrece la posi­ bilidad de que se lean dos libros en uno solo. Euclides intenta demostrar que. Como esas afirmaciones surgen entrelazadas. Euclides las admira y registra.honesto. "O homem” y "A luta”. In­ fluido por los teóricos del comportamiento anormal de las multitudes — tema que había marcado el nacimiento de las ciencias sociales en el siglo xix. al mismo tiempo que se emocio­ na con sus grandes arrebatos o con actos de heroísmo individual de los soldados. critica ásperamente la ineficiencia del Ejército. Primero. De los cruzamientos raciales entre indios V blancos. Segundo. superiores. la diferencia entre el sertanejo brasileño y el campesino europeo. En el otro son ignorantes. impávidos. Y aún provocan la admiración del lector actual. La visión por cierto es determinista. el resultado sería el mestizo. sin advertir la contra­ dicción en que cae. Al mismo tiempo que afirma y reafirma su teoría racial. En mo­ mentos de crisis. nú­ mero del 13 de diciembre de 1952. estando el pensamiento europeo aún confundido por los hechos de las turbas desenfrenadas de la Revolución Francesa— Euclides se ve frecuentemente en dificultades para explicar el desempeño innovador de esos mestizos degenerados. a su líder. “Euclides da Cunha sociólogo”. racialmente inferiores. tituladas "A Terra”. Dos factores lo atrapan seriamente. tener que lidiar con un movimiento religioso a partir de una formación científica y positivista. diplomado como profesional liberal en los mayores centros ur­ banos del país.

los inferiores. el suelo se retuerce y estalla. la descripción del medio geográfico y del hombre que vive en él es concebi­ da con recursos de ficción dramática. tratando de reunir en un solo plumazo dos extremos. ellos.El sertanejo es un Hércules-Quasimodo. Y el nombre que espontáneamente se dio a esos conjuntos habitacionales. 1970. Cuando. con el desarrollo dominante. tan brasileños como nosotros? ¿Cómo comprenderlos. si fue allí que se descubrió el Brasil. el sertón es el paraíso. La antítesis incluye también el contacto dramático del intelectual con el pueblo al que pertenece. fue el de Morro 1 Alfredo Bosi. . cómo confraternizar con ellos. Sao Paulo. el día fulmina 1. Ed. volvieron a la vida civil los soldados rasos que no eran militares de carrera y que también eran miembros de la plebe. topónimo debido a una especie vegetal que por ahí abundaba. ¿Cómo no admirarlos? ¿Cómo no quedar traumatizados para siempre. es palpable. después de terminada la guerra. y una plebe cuyas acciones son de naturaleza incomprensible? Esa plebe rebelada no señaló el fin sino la continuidad de un proceso histórico. antes de entrar propiamente en su tema de historiador de la guerra. Por casualidad. las plantas agreden con sus es­ pinos ardientes. y estaban si­ tuados en los morros que circundan la ciudad de Río de Janeiro. ¿Cómo obtener una combinación armoniosa. Antonio Conselheiro podría tanto haber ido a parar al hospicio como a la Historia. con­ fiere una enorme tensión dramática al texto. si por vez primera se fue al encuentro de la plebe miserable que hasta hoy constituye la mayoría de la población brasileña. las aguas se precipitan. el coronel Moreira César podría recibir la ca­ misa de fuerza o la púrpura. Los elementos naturales actúan como fuerzas vivas. si no aceptan nuestra ciencia. tendemos a olvidar los hilos que vinculan la actual situación con la guerra de Canudos. Historia Concisa da Literatura Brasileira. las tinieblas saltan. los retardatarios. tuvieron como premio la concesión de terrenos en la capital del país. reaccio­ nan y contraatacan. Incluso en las dos primeras partes. Esa exasperada manera de escribir. esos terrenos tenían escaso valor inmobiliario. donde los ex soldados que regresaban de su servicio prestado a la Patria en la Guerra de Canudos construyeron sus precarias casitas. los fanáticos. Cultrix. si no aceptan nuestra revolución? ¿Cómo pueden no admitir que nosotros estamos en lo cierto y ellos están equivocados? ¿Por qué nos odian? Es verdad que los métodos de contacto que estamos usando son exterminadores: trata­ mos de destruir lo que no entendemos. si son tan diferentes de nosotros. cómo entenderlos. una síntesis entre lo que fue aprendido en los libros y en la convivencia urbana. Por ejemplo. se llama Morro de la Favela. Hoy. el morro donde se situó una parte importante del campamento militar que tendió un cerco sobre la aldea. con esos extraños peligrosos. cierta región del país es una Siberia canicular. La fascinación por el heroísmo que demuestra Euclides no sólo por el Ejército sino también por los canudenses. Pero ellos tampoco aceptan pasi­ vamente esto.

200 casas. sin servicios de infraestructura urbanística. y con los mejores argumentos tecnocráticos. hecho en terrenos sin valor vendible. la favela es un rancherío provisorio. N . designando todos los agrupamientos urbanos margi­ nales de las ciudades grandes y ricas del Brasil. cada vez en mayor can­ tidad. en donde esa numerosa plebe del subdesarrollo viene al encuentro del mercado de trabajo. a su vez. se hizo una obra benéfica en la región. por el kerosene y por la dinamita molestaban. Este libro no nos deja olvidar lo que pasó y continúa pasando. La fisura entre la cien­ cia exhibida y los terribles hechos narrados impide una síntesis explica­ tiva. Canudos tenía 5. apenas llegaba a doscientos mil personas. Os Sertóes es un elemento instigador de la memoria brasileña que nos hace recordar lo que ya hicimos y continuamos haciendo con la mayoría de nuestros compatriotas. debe mucho. pone en jaque la ideología oficial que postula la índole pacífica del pueblo brasileño. Por coincidencia. Los restos dejados por el cañoneo. las ruinas reposan escondidas debajo de muchas toneladas de agua. w. su posición incierta y oscilante cuando no abiertamente contradictoria. La figura de la antítesis y del oxímoron sólo exhiben la incapacidad de pensar la especificidad del fenómeno. ¿Cómo erradicar esa memoria desagradable y perturbadora? Hace poco más de diez años. La postura de estratega del Ejército entra en contradicción con la simpatía por los rebeldes. con todo el esfuerzo hecho para borrar tan ejemplar episodio de la memoria nacional. a pesar de ser apenas una dentro de las incontables insurrecciones que se produjeron en nuestra historia. los habitantes del interior del país fueron ocupando los morros y llanos adyacentes. en una época en que Sao Paulo. su lenguaje es rebuscado. Había miles de kilómetros a disposición para construir esa reserva de agua tan necesaria. Después de eso. G. El libro de Euclides es un libro irritante. cantegriles en otros. el apelativo favela volvió a ser un sustantivo común. se decidió que el lugar ideal era aquél que comprendía las ruinas carbonizadas de la aldea de Canudos. Barriadas o callampas en algunos países de América Latina. al libro de Euclides. de no existir el libro de Euclides para irritarnos y obligarnos a pensar en un problema hasta hoy presente bajo otras formas. da el total de 26.de la Favela. en una estimación modesta de cinco habitantes por casa. . había gente en la región que recordaba y perpetuaba la memoria del hecho. En medio de la aridez desértica del sertón. La pre­ gunta que queda es si. las antítesis buscan efectos de resultado confuso. Según el cálculo oficial hecho por el Ejército en 1897. La perturbación que la Guerra de Canudos causó en la conciencia na­ cional. hoy una megalópolis de doce millones.000 habitantes. no nos habríamos también olvidado. se pensó construir un dique. Con la aceleración del éxodo rural. lo que. No es necesario decir que hoy no puede hacerse una investigación de campo en Canudos.

se hizo el cotejo con otras fuentes contemporáneas sobre la Guerra de Canudos. habiendo sacado la cuarta edición en 1911. ocurrida en 1909. También fue indispen­ sable la edición de la Obra Completa hecha por la Compañía José Aguilar Editora en 1966. Igualmente. no todos son citados. biográfico y bibliográfico.). Ambos son los mayores especialistas del tema. la segunda que contiene un grupo de notas al final del volumen. de T . este último con la intención de incorporar escritos anteriores del autor sobre el mismo tema. partes que lamentablemente no consignan el nombre de su autor para que lo pudiéramos registrar aquí. están numeradas y aparecen al final del volumen. Las notas marcadas con un asterisco y que aparecen al pie de página son del autor. el primero sobre la Guerra de Canudos y el segundo sobre la vida y la obra de Euclides da Cunha. ya después de la muerte del autor. La presente edición se basa en un ejemplar de la vigesimoséptima edición que es la más reciente hecha por aquella editorial (1 9 6 8 ). político. Corre­ gidas por el autor. la tercera.. se ocupó de editar desde entonces el libro. en la vigesimosexta edición de 1963. especialmente para esta edición de la Biblioteca Ayacucho. aparecieron en 1903. de 1914. vio la luz la primera edición de Os Sertóes. geográfico. a no ser los subtítulos de los capí­ tulos. Desde entonces no hubo más alteraciones. mas todos fueron leídos y aprovechados. organizada bajo la dirección de Afránio Coutinho. siempre que fue posible. Después se encontró un ejemplar de la tercera nueva­ mente corregido por el autor. de Río de Janeiro. publicada por los Editores Laemmert y Cía. Las notas preparadas por Walnice Nogueira Galvao. respondiendo a críticas. salvo en el caso que lleven la mención (N . . Se tuvieron en cuenta aclaraciones de carácter histórico. lingüístico. Las notas aquí introducidas se atuvieron a un criterio informativo múltiple. y la moderni­ zación de la ortografía. en la misma ciudad. y en 1905. especialmente por su Cronología y por el Diccionario Euclidiano. literario. hechos por Fernando Nery para la doceava edición de 1933.CRITERIO DE ESTA EDICION Entre los días primero y dos de diciembre de 1902. considerada por eso la definitiva. Este trabajo sigue a los efectuados por José Calasans y Olimpio de Souza Andrade. que sirvió para preparar la quinta edición. La Editora Francisco Alves.

En algunos casos. por Cornelio Biseleo. Chicago. G. Río de Janeiro. Ediciones Caravela. Phoenix Books . — De Binnenlanden (holandés). W . W. Belo Hori­ zonte.En cuanto a las traducciones. Língua e Linguagem. de traducciones a veinticinco diferentes len­ guas chinas. N . y la Casa de Euclides tiene conoci­ miento por lo menos de una. Italia. como se verá en la lista que a continuación ofrecemos: — Brasile Ignoto (italiano). Suecia. Buenos Aires. Moráes. cf. 1947. Bi­ blioteca de Autores Brasileños. — Rebellion in the Backlands (inglés). Westermann. — Les Terres de Canudos (francés). — Oproret Paa Hojsletten (dinamarqués). 1944. las fuentes son la misma Obra Completa y los archivos de la Casa de Cultura Euclides da Cunha en Sao José do Rio Pardo. 1968. 1945. G. por Samuel Putnam. por Benjamín de Garay. — Markerna Brinna (sueco). G. Copenhague. por Sereth Neu. . por Forsta Delen. sin fecha.The University of Chicago Press. las indicaciones bibliográficas son escasas. por Richard Wagner Hansen. 1938. Holanda. Difusión Panamericana del Libro. — Los Sertones (español). — Traducciones chinas: hay mención. 1948. sin fecha.

LOS SERTONES .

Pro­ ducto de variados cruces. ante los futuros historia­ dores. este libro que comenzó siendo un resumen de la Campaña de Canudos. El jagimgo temerario. en la destrucción inevitable de las razas débiles por las razas fuertes. y la velocidad adquirida por la marcha de los pueblos en este siglo ya no les permite alcanzarlo. por­ que. debida a factores múl­ tiples y diversamente combinados. les faltó el equilibrio necesario. en breve tiempo serán tipos relegados a leyendas desvanecidas o ya muertas.NOTA PRELIMINAR Escrito en los raros intervalos de ocio de una actividad fatigosa1 . Hoy son retarda­ tarios. Por eso. los trazos actualmente más expresivos de las subrazas sertanejas del Brasil. las vuelven tal vez efímeras. Lo hacemos porque su inestabilidad. de un primer ataque en una lucha acaso larga. aunque sea pálidamente. Detenidos en su evolución. mañana estarán totalmente extinguidos. Intentamos esbozar. en la que el tema que motivó su escritura se convierte en sólo una variante del asunto general. etnológicamente indefinidos. había perdido todo interés2 al verse demorada su publicación por causas que nos excusamos de señalar. sin tradiciones nacionales uniformes. con visión genial. Por eso le damos otra forma 3 . hijos del mismo suelo. destinadas a una próxima desaparición ante las crecientes exi­ gencias de la civilización y a la intensificación de las corrientes inmigra­ torias que comienzan a invadir profundamente nuestra tierra. superior a Hobbes 5 . . quizá estaban destinados a ser los principios inmediatos de la formación de una gran raza. No debilita esta afirmación el hecho de haber sido realizado por nosotros. el tabaréu ingenuo y el caipira simple 4 . sin duda. La civilización avanzará por los sertones arrastrada por esa implacable fuerza motriz de la historia que Gumplowicz. la Campaña de Canudos tiene el significado. en­ trevio. aliada con las vicisitudes históricas y la deplorable situación mental en que se encuentran.

nos separa de ellos tina coordenada histórica: el tiempoG . Lo denunciamos.). de T .viviendo parasitariamente a orillas del Atlántico de los principios civili­ zadores elaborados en Europa. en el verdadero significado de la palabra. hagamos justicia al admirable concepto de Taine 7 sobre el narrador sincero que encara la historia como ella merece: . parmi les anciens. contra los autores que no alteran ni una fecha. en ancien” *. pero desnaturalizan los sentimientos y las costumbres. mais dénaturent les sentiments et les moeurs. en francés en el original: " . parmi les barbares. 1901. qui gardent le dessin des événements et en changent la couleur. Además. Aquella campaña parece un reflejo del pasado. qui copient les faits et défigurent l’âme. ni une généalogie. . debe sentirse un bárbaro entre los bárbaros y entre los antiguos. il veut sentir en barbare. Y en tanto lo permita la firmeza de nuestro espíritu. . E u c l id e s d a C u n h a . . un antiguo” . mal enlazados con esos patriotas extraordinarios por una tierra en parte desconocida. et. y armados por la industria alemana. il s’irrite contre les demi-vérités que sont des demi-faussetés contre les auteurs qui n’altèrent ni une date. tuvi­ mos en la acción él singular papel de mercenarios inconscientes. que respetan los contornos de los hechos pero le cambian el color. (N . ni una genealogía. un crimen. Y fue. * Cita de H. . Taine. Sâo Paulo. se irrita contra las semiverdades que son las semi-falsedades. que copian los acon­ tecimientos y desfiguran el alma.

las serranías se redondean y se suavizan las líneas de los taludes. en el trecho marítimo que va de Río de Janeiro a Espíritu Santo 1 0 . Tierra ignota. . IV. ya en plena faja costera de Bahía “ . acompañando la cuenca del Sao Francisco 1S. dando lugar a la variedad fisionómica de . . disminuye gradualmente de altura. III. la mirada. que se sustituyen o se entrelazan en estratificaciones discordantes. des­ pués. hasta que. repartiéndose en arrecifes desnudos. se dilata en el occidente. Desde lo alto de la Favela. rizado en cumbres y corroído de ensenadas. fraccionándose en morros de laderas indistintas en el horizonte que se amplía. un litoral revuelto. dividiéndose en islas.LA TIERRA L— Preliminares. II. De tal modo. se comprueba que hay tres formaciones geognósticas dis­ pares de edades mal determinadas. I PRELIMINARES La alta planicie central del Brasil desciende hacia el litoral sureño en caídas escarpadas y abruptas. 12. Cómo se hace un desierto.— La sequía. La entrada del sertón. a manera de escombros del conflicto secular que allí libran los mares y la tierra. El mar­ tirio secular de la tierra. extendidas desde Río Grande hasta Minas 9. Reina sobre los mares y se desarrolla en llanuras niveladas por las figuras de las cordilleras marítimas. Un sueño de geólogo. abriéndose en bahías. Al principio el trazo continuo y dominante de las montañas. andando hacia el norte. con el vigor desarticulado de las sierras. Hipótesis sobre sus causas. Y -U n a categoría geográfica que Hegel no citó. Lo demuestra un análisis más profundo hecho por un corte meridiano cualquiera. De hecho. Ca­ mino a Monte Santo. Pero al derivar hacia las tierras septen­ trionales.— El clima. Las caatingas. Esta caracterización geográfica resume la morfogenia del gran macizo continental. observa notables cambios de relieve. Cómo se extingue un desierto. sujetándola y destacándola sobre la línea de las playas. tras­ puesto el paralelo 15. en seguida.— Desde lo alto de Monte Santo. hundiéndose en las honduras de la tierra amplísima que len­ tamente emerge en ondas extensas y llanas. Primeras impresiones. libre de los impedimentos de las sierras que hasta allí la rechazaban o acortaban. al mismo tiempo que des­ ciende hacia la costa oriental en escalones o pisos que le quitan la pri­ mitiva grandeza y la alejan considerablemente hacia el interior. Higrómetros singulares. se atenúan todos los accidentes. quien la rodea.

y el talud de las planicies altas se dobla en los escalones de la Mantiqueira 1 7 . contrahechos. bajo la línea fulgurante del trópico. al mismo tiempo explica la sin par exuberancia como las vastas áreas planas. Traspasadas las sierras. progresan en sucesivas cadenas. encuentra justificación para todas las exageraciones descriptivas — desde el gongorismo de Rocha Pita a las extravagancias geniales de Buckle1 4— que convierten a este país en región privilegiada. Se dibuja duramente en las placas rígidas de los afloramientos gnéisicos. Como en las altas planicies de Sao Paulo2 0 y de Paraná. sin líneas sinuosas. llevan hasta el centro de Minas los paisajes alpestres del litoral. después de apuntar las alturas de los picos centralizados por el Itatiaia 1 9. y yacen sepultas por las complejas . Sin embargo. superpuestas las irrupciones que van de Barbacena a Ouro Preto24. se apre­ cian. que partiendo del extremo sur se curvan en un desmedido anfiteatro.la tierra. convertido en un dilatado muro de apoyo para las formaciones sedimentarias del interior. La tierra atrae irresistiblemente al hombre. como si nacieran en los mares y canali­ zaran sus eternas energías hacia recónditos sitios de vegetación opulenta. donde se encaja el Paraíba 1 8 . desde el Iguazú al Tieté 1S. con predominio de una o la combinación de todas. la sierra de la Canastra22. deri­ vando en lechos retorcidos y venciendo. el lento descenso hacia el norte. Rasgan esos estratos en trazados uniformes. al entrar en este Estado. corren desde la costa hacia los sertones. hasta el litoral paulista. a pesar de las tumultuosas serranías. trazando una originalísima red hidrográfica. Al este la naturaleza es diferente. rasgando con la fuerza viva de la corriente. el antagonismo permanente de las montañas: el río Grande2 1 rompe. donde la naturaleza compuso su más portentoso la­ boratorio. la fisonomía de anchos planos ondulados y desmesurados. Primero surgen las masas gneisgraníticas. dándole al conjunto de las tierras. formando los admirados paisajes que tanto encantan y engañan la mirada inexperta de los forasteros. llevándolo con la misma corriente de los ríos que. como quien sube a la rampa de un majestuoso escenario. las formaciones primitivas desa­ parecen. La tierra domina al océano desde la altura de las quebradas. Al mismo tiempo. sin formaciones lateráles. Es que bajo el triple aspecto astronómico. y guiados por el meridiano se abren ante los hondos valles erosionados por los ríos de As Velhas 2 3 y Sao Francisco. todos los caudales revelan esta pendiente insensible. incluso las de mayor altura. más allá del Paraná 1 6 . inmensos llanos cuya trama de capas horizontales de greda arcillosa. nin­ guna parece tan preparada para la Vida. topográfico y geológico. o se deshace en brotes que. y quien la alcanza. Al principio pegadas al mar. extendidos hacia el norte occidental. se nota. intercaladas de capas calcáreas o diques de rocas eruptivas básicas.

apenas sobresale entre aquellas lomas definidoras de una situación do­ minante. desde los macizos que van de Ouro Branco a Sabará2 5. Las capas anteriores que vimos superpuestas a las rocas graníticas. nivelándose en las cumbres de la sierra del Espinado2 6. hasta la de Mata da Corda que se prolonga hacia Goiás 3 2 . apenas apuntando al este por los vértices de los albardones distantes que prolongan la costa. donde se abren las cavernas del hombre prehistórico de Lund 3 0. hasta la zona diamantina que se expande hacia el nordeste en los llanos que se extienden. alargán­ dose en planos amplios. sobreponiéndose a otras. más modernas. Pero la tierra permanece elevada. en los parajes legendarios del oro. las mismas rocas que vimos sustituir en . expuesto en las bases de los cerros de cuarzo o en las cumbres donde se encuentran las placas de itacolomito avasallando las alturas. es la primera muestra de esas espléndidas planicies imitadoras de cordilleras. decaen a su vez. Los surcos erosivos que las marcan son cortes geológicos expresivos. se acen­ túan otras transiciones en la contextura superficial del suelo. con la extensa zona de los llanos arenosos del norte. El carácter de las rocas. se caracteriza por su notable significación orogràfica. Mal estudiado aún. Ostentan en plano vertical. Se verifica así la tendencia hacia un aplanamiento general. en una tumba estupenda. después de recorridas por el sur las interesantes formaciones cal­ cáreas del río de As Velhas. infiltradas de abundantes filones. Un nuevo horizonte geológico repunta con un trazo original e inte­ resante. cayendo en cataratas o saltando obstáculos sucesivos. De allí descienden. en cuyo valle. Porque en este coincidir de las tierras altas del interior y de la depre­ sión de las formaciones azoicas. a pesar de la sugestiva denominación de Eschwege27. que tanto perturban a los geógrafos descuidados. hacia el levante. mas con los dorsos extendidos en llanos inscriptos en un horizonte de nivel. y vuelven en aguas mansas hacia el poniente los que tienen su meta en la cuenca de captación del Sáo Francisco. y las que la rodean. desde la de Cabrai. o levantándose en falsas montañas. aviva los accidentes. de espesos estratos de greda. La sierra del Gráo-Mogol3 1 que toca los límites de Bahía. por los poderosos estratos más recientes que las circundan. que descienden en declives fuertes. están modeladas de la misma forma. más cercana. porque las cordilleras dominantes del sur se extinguen allí. subterráneas.series de pizarras metamórficas. la región montañosa de Minas se va comunicando. y ésta. sucediéndose a partir de la base. La región sigue siendo alpestre. sin sobresalir. desnudas. El cambio estructural origina cuadros naturales más imponentes que los de la costa marítima. salpicadas de lagos de arroyos subterráneos. todos los ríos que desde el Jequitinhanha al Doce2 8 buscan las terrazas inferiores de la planicie arrimados a la sierra de los Aimorés2 9.

ex­ tendido en lomadas ondulantes. Se extienden vastos llanos. que se hicieron valles en declive. en Bahía. predominantes y ofreciendo a los agentes meteóricos una plasticidad admirable ante los más caprichosos modelos. por el aspecto de escalinatas. Sin línea de cumbres. o también. por su altura. reviviendo por entero a la de Minas. condensándolos en aguaceros de diluvio) se desnudan resurgiendo las formaciones antiguas. las serranías más altas no son más que llanos extensos que terminan de pronto en bordes abrup­ tos. partiendo de Monte Alto33. Pero desaparecen del todo en varios puntos. que derivando primero en líneas divagantes de drenaje. más caprichosos. restos de la monstruosa bóveda decaída de la antigua cordillera. porque es la misma formación minera que rasga al fin las sábanas de greda y se . aquí apuntan sobre las áreas de nivel los últimos fragmentos de las rocas enterradas. gracias a las intensas degradaciones (porque la Serra Geral sigue por ahí como reparo de los alisios. desnudándose en peñascos que mal recuerdan. sobrepujándolas o rodeando sus flancos en valles monoclínicos. en lo alto. . en desintegración continua. Repunta la región diamantina. la serie de los suelos gredosos que progresa hasta la meseta arenosa del A<juaruá3 4. oblicuas y gobernando los llanos que ladean interpuestos. Es el hermosísimo paraje de los campos gerais. al antiquísimo Himalaya brasileño. más bien. va­ riaron sus aspectos. Adelante. en una prolongación indefinida de mares.prolongado camino por la superficie: abajo los frutos graníticos decaídos por la hondura de los valles. hasta orlar de despeñaderos y escarpas aquellos erguidos planos. o en círculos enormes. adelante. a centenares de metros. en esparcidos peldaños. se topan. Desde hace siglos caen por ahí fuertes corrientes de agua. una prolongación. las placas de pizarra más recientes. por la moldura golpeante del régimen torrencial sobre los suelos permeables y móviles. a los costados. siguiendo las líneas de los cerros tallados en diaclasa. y la disposición de los grandes bloques superpuestos en escalas recuerda las paredes desmanteladas de ciclópeos coliseos en ruinas. estas formaciones naturales se dividen con rumbo firme al norte. Y de acuerdo con la resistencia de los materiales trabajados. a duelas desproporcionadas. tallándose en quebradas. desbarran­ cado. mientras hacia el nordeste. como un desdoblamiento o. las sábanas de greda. Las montañas se desentierran. por todo el curso del tiempo. Lo atravesamos. Trepando por las taludes que los levantan dándoles apariencia de tableros suspendidos. asociándose con el cal­ cáreo que activa los paisajes a orillas del gran río. extensas áreas rodeadas por los cuadrantes. . grandes tablados donde impera la ruda sociedad de los vaqueros. se escalonan en alineamientos incorrectos de menhires colosales. tan bien expresados en el perfil fantástico del Bom Jesús da Lapa 35. poco a poco se fueron profundizando.

De hecho. Desde este punto en adelante. incohe­ rentemente dispersos. al norte. en estupendo degrado. en despeñaderos hacia el levante. El observador que siguiendo este itinerario deja los parajes en que se alternan. Esta es más deprimida y más revuelta. Se levanta un momento. el Irapiranga de los tapidas. no hay situación de equilibrio para una red hidrográfica normal. se ve el trazo de otro río. el eje de la Serra G eral3 7 se fragmenta. y por la otra. el río Sao Francisco. originando el corre­ dor de cuatrocientos kilómetros en el reflujo del Sobradinho40. con el mismo desagotar expresivo hacia la costa. abarcando dos cuadrantes. entre montañas derruidas. y un dédalo de serranías tortuosas. Cae hacia las terrazas inferiores. el Vaza-Barris4 5. la amplitud de los campos gerais y el fasto de las montañas. en segmentos dispersos que van hasta más allá del Monte Santo41. Cocais y Sincorá39. de allí saltan. Allí reina el drenaje caótico de los torrentes que le presta a ese rincón de Bahía un rostro excepcional y salvaje. LA ENTRADA DEL SE R T O N 4 3 Está sobre un escalón del macizo continental. Se deshace. La cordillera se eriza de contrafuertes y tallas. en contrastes bellísimos. indefinido. corriendo casi paralelo entre aquéllos. pasando bajo las lomas de Jeremoabo. cubriéndolos a lo ancho de los campos gerais. hacia el sur. Lo limita por una orilla. las nacientes del Paraguacú 3 8.levanta con los mismos contornos alpestres y perturbados. . Cambia su carácter topográfico. en los picachos que irradian de la Tromba o resaltan hacia el norte en los esquistos huronianos de las cadenas paralelas de Sincorá 36. pero en seguida decae hacia todos los rumbos: hacia el norte. retratando el desaforado combate de los elementos que luchan allí desde hace milenios. en semicírculo. al llegar a este punto queda sorprendido. señalando al mismo tiempo la transformación general de la región. la de Itiúba le reúne algunas ramas indecisas. hasta descubrir el salto prodigioso de Paulo Afonso42. y hacia el este. cuyo trecho de Jeremoabo4 6 hacia las nacientes es una fantasía de cartógrafo. fundiendo las expansiones septentrionales de las de Furna. se cruza embarulladamente. . el curso sinuoso del Itapicuruagu 44. por donde descienden hacia el mar o hacia el declive de Paulo Afonso las rampas en barranca de la alta planicie. en su normal dirección primitiva. Por el medio. entre un tumulto de morros. y la caída hasta entonces graduada de las antiplani­ cies comienza a tener desniveles considerables. . Los muestra el Sao Fran­ cisco en el vivo influjo con que tuerce hacia el este. curvada también hacia el sudeste. poco elevadas pero innú­ meras. Ultimo brote de la sierra principal.

rápidos.J. Es que siguiendo las huellas de la última de aquellas rutas. a partir de Camacari. copiando estas alternativas con la precisión de un calco. Ninguno se quedó allí. Luego. noticias exactas o detalladas. estaba predestinado a cruzar. los pobladores se desparramaron por las aldeas que la bordean. superados todos por una tapera oscura: Uauá. ignoto. aquí y allá. lo salteaban por su impresionante as­ pecto de tierra extraña que repuntaba en transiciones imprevistas. tratando de encontrar por el Paraguagú y los ríos que lo demoran en el sur. o por los escasos establecimientos de ganado. inabordable. e incluso éstos. los más avanzados grupos de pobladores se asentaron en aldeas minúsculas — Ma^acará. realizando el máximo esfuerzo de penetración en tales lugares.R . sin dejar rastros. se separan . Se extinguen al fin. Es que. alternando con exiguas hondonadas cretáceas revestidas por el terreno arenoso de Alagoinhas que apenas engarzan. La vegetación circundante se transforma. muestran ahí un claro expresivo. Tierra ignota donde se aventura el garabato de un río problemático o se imagina una cadena de sierras. aunque se buscara el camino más breve. las for­ maciones antiguas se cubren de escasas manchas terciarias. pasada la Itiúba. Cumbe o Bom Conselho47— entre las cuales el decaído Monte Santo tiene rasgos de ciudad. cada vez más escasos. por el lado sur. se terminaba la atracción de las entradas aventureras y moría la vista del litoral opulento.). evitados siempre por los tropeles humanos que venían del litoral bahiano en busca del interior. traspuesto el Itapicuru. Jeremoabo. No podían quedarse. El extraño territorio. hechas pocas leguas. huyendo. acompañando los insigni­ ficantes cursos de agua. Sólo en este último rumbo se aventajó una aldea secular. se comprende cómo hasta hoy escasean sobre tan grande porción de territorio. con las emersiones calcáreas de Inhambupe 52. Uno que otro lo sortearon. Y lo dejaban en medio. entre Capim Grosso y Santo Antonio da Gloria48. absolutamente olvidado. líneas de acceso más practicables 51. Porque cuando las bandeiras del sur 4 9 pasaban por sus límites y viraban por los flancos de la Itiúba. que casi abarcaría a Holanda ( 9 o 11'— 10° 20' de latitud y 4 o— 3o de longitud O . un hiato. Dejando la orla marítima y siguiendo por tierra hacia occidente. los cuatrocientos años de nuestra his­ toria. se marchaban hacia Pernambuco y Piauí hasta el Maranhao 5 0. Nues­ tros mejores mapas.Al abordarlo. al norte y al este pararon en las márgenes del Sao Francisco. Se rarifican los montes o se empobrecen. hacia el levante. al sudoeste. al este. rechazadas por la barrera infranqueable de Paulo Afonso. a menos de cuarenta leguas de la antigua metrópoli. reuniendo informes escasos. después de lanzar brotes dispersos por las serranías.

La piedra. Pernambuco. Pisa un camino tres veces secular. por el camino real del Bom Conselho que. exhumando la osamenta partida de las montañas. No la modificaron nunca. el Itapicuru alienta una vegetación vivaz y las barrancas pedregosas del Jacurici5 9 se adornan de pequeños bosques.o avanzan en promontorios por los llanos desnudos. quien se anima a atravesarlo. en cambio. desde Bahía a Juazeiro. los pobladores. El observador tiene la impresión de andar por el corte mal graduado del borde de una planicie. hasta Vila Nova da Rainha y Juázeiro 54. desde el siglo xvn los llevaba a Santo Antonio da Gloria y Pernambuco5S. partiendo de su trecho medio. sustrayéndose a una travesía torturante. evitándolo. bordeando a uno y otro lado las alas de las sierras de la Saúde y de la Itiúba. dominan en toda la zona centralizada en Serrinha. Y avan­ zando hacia Juázeiro o volviendo hacia la derecha. donde una flora característica — arbustos flexibles mezclados con rubias bromelias— pre­ domina exclusiva en anchas áreas. apenas remueve el suelo engarzándolo en la tenue capa de arena que lo reviste. el paraje siniestro y desolado. mal dominada por la vegetación vigo­ rosa irradiante de la Pojuca 5 3 sobre el massapé fértil de las capas cretáceas descompuestas. y los que se suceden. Curvándose en meandros. una variante apreciable para el este o para el norte. De modo que aquellas dos vías de penetración que se encuentran con el Sao Francisco en puntos lejanos — Juázeiro y Santo Antonio da Gloria 56— formaban desde aquellos tiempos los límites de un desierto 57. partiendo de Queimadas hacia el nordeste58. aflorando en lajas horizontales. según sus varios rumbos. A los lados del camino se ondulan lomas rasas. Porque el camino en cuya longitud de cien leguas. CAMINO A MONTE SANTO Sin embargo. Tampoco la cambió más tarde la civilización. no se sorprende al principio. unos y otros rodeaban siempre. . les copian los mismos contornos de laderas fracturadas. Maranhao y Pará. Los morros del Lopes y del Lajedo se elevan a manera de deformes pirámides de bloques redondeados y lisos. Desde este sitio en adelante reaparecen los suelos terciarios esteriliza­ dores sobre los más antiguos que. se entrecruzan numerosísimos desvíos hacia el oeste y hacia el sur. se dividían en Serrinha. jamás significó. El suelo arenoso y chato permite una travesía desahogada y rápida. yuxtaponiendo sobre los rastros de los bandeirantes las líneas de una vía férrea. Andándolo en marcha hacia Piauí. histórica ruta por donde avanzaban los rudos sertanistas en sus excursiones hacia el interior.

aunque vaya desnudo de equipaje. del remoto pasado. . enredados en ramas de las que irrumpen solitarios cereos. erguidos como represas entre las laderas. vienen. Y marchando rápidamente. lenta e impresionantemente. . Patrimonio común de los que por ahí se agitan en las aflicciones del clima feroz. los mismos cuadros. sobre todo en los trechos en que se suceden pequeñas ondulaciones. siguiendo la bella etimología indígena. algunas desiertas por la retirada de los vaqueros que la sequía expulsó. Parecen monumentos de una sociedad oscura. todas de la misma forma y dispuestas del mismo modo. se está en pleno agreste. Si se traspone cualquier ondulación. se lo descubre o se lo adivina. . . Los delinearon los que primero se atrevieron a penetrar por aquellos sitios. El pequeño sitio allí erigido se levanta sobre una alta . dándole al con­ junto la apariencia de un desierto. rígidos y silenciosos. Y persisten indestructibles. Aún aparecen parajes menos estériles y en los lugares donde se operó una descomposición in situ del granito. Mas. Algunas muestran los esfuerzos de los hijos del sertón. Y el rostro de ese sertón inhóspito se va esbozando. o en los desfiladeros que se recortan en el suelo polvoriento y pardo gracias a la placa verde negra de las algas unicelulares que las cubren. que son como espectros de árboles. Pocas veces. Despuntan pobres viviendas. el viajero más dinámico tiene la sensación de la inmovilidad. Se encuentran. como en el minúsculo poblado de Cansangáo 60. son el único recurso en un viaje penoso. como dicen expresivamente los matutos: arbustos que casi no tienen raíces sobre la tierra.Después se ven sitios que van mostrando una creciente aridez. en general. un aspecto lúgubre. Asociándose a las ollas y cuevas en que se abre la piedra. porque el sertanejo. pasados estos puntos — imperfecta copia de las murallas roma­ nas que aún se aprecian en Túnez— se entra de nuevo en los arenales. el pardo requemado de las caatingas. se adorna de verde vegetación. sin un trazo de color diverso. Verdaderos oasis. jamás deja de llevar una piedra que calce en sus junturas vacilantes. toscos muros de piedra seca. en un horizonte invariable que se aleja a medida que se avanza. empieza a dinamizarse la tierra. Superada la estrecha faja de matorrales que prolonga aquel último río. localizadas en depresiones. a lo lejos. Estas lagunas muertas. y el aspecto paupérrimo de todas agrava los rasgos melancólicos del paisaje. uniformes. ornamentándolas. uniforme. Se le presentan. En las cercanías de Quirinquinquá61. ancho emergente de tierra fértil. otras en ruinas. señalan una escala obli­ gatoria para el caminante. tienen sin embargo. en el cuadro triste de un horizonte monótono en el que se retrata. originando algunas manchas ar­ cillosas. sin embargo. las copas verdes de los ouricurizeiros rodean — breves paréntesis abiertos en la aridez general— las orillas de las ipueiras.

y los cuarzos ásperos y los calcáreos sustituyéndose o entrelazándose. la extrema sequedad del aire. des­ pués de las insolaciones demoradas. es de algún modo el martirio de la tierra. Centraliza un vasto hori­ zonte. PRIMERAS IMPRESIONES Es un paraje impresionante.expansión granítica. a caballo sobre la villa que se erige a su pie. rizada de valles y serranías. mal cubiertos por una flora obstaculizante. expone desde hace mucho las series más antiguas de aquellos últimos brotes de las montañas: todas las variedades cristalinas. y alcanzándolo y trasponiéndolo. se entra de lleno. el aspecto atormentado del paisaje. por fin. predominante. abriéndolas según los planos de menor resistencia. de tonos azulados. precipitando estas demoradas reacciones. en las estrechas gargantas y la casi convulsiva flora enmarañada. en lo reseco del suelo. perdiéndose a lo lejos en escalas fugitivas. brutalmente golpeada por los ele­ mentos variables distribuidos por todas las modalidades climáticas. Dominante sobre la planicie que se extiende hacia el sudeste. Porque lo que éste denuncia. se yergue al margen de esa suble­ vación metamòrfica. un juego de dilataciones y contraccio­ nes que las raja. Caldeiráo 6 3 . El régimen torrencial de los climas excesivos sobreviene de pronto. en relieve sobre la masa gnéisica que constituye toda la base del suelo. extremándole el desarrollo en el rumbo de 130 NE. . Las condiciones estructurales de la tierra se vincularon a la violencia máxima de los agentes exteriores para el dibujo de relieves estupendos. en el sertón adusto. en un fuerte dique de cuarzo blanco. La sierra de Monte Santo con un perfil totalmente opuesto a los redondos contornos que le diseñó el ilustre M artius6 2 . y de ahí. disponiéndose en escena­ rios en los que resalta. las lluvias que cierran de improviso los ciclos sofocantes de las sequías. . Termina en una cresta altísima. en los retorcidos lechos de los arroyos efímeros. atenuados hacia el sur o hacia el este. parece una muralla monumental. rajado por las líneas de los estratos expuestas a la erosión eòlica. Entonces se observa que. Del otro lado. imponiéndoles la alternativa de subidas y caídas termométricas repentinas. en los desmante­ lados cerros casi desnudos. su enorme paredón. a pique. que facilita por la irradiación nocturna la pérdida instantánea del calor absorbido por las rocas expuestas al sol. de frente. repuntando duramente a cada paso. y mirando hacia el norte se divisa una región distinta. los accidentes predominantes de la tierra progresan avasallando los cua­ drantes del norte. y golpeando en aquellas pendientes. De un lado. tres leguas adelante. . llevándoles a la distancia todos los elementos degradados. se empina. con la línea de cumbres casi rectilínea. en el verano.

en aquellos yermos vacíos. como grandes desmoronamientos de dólmenes. Las aristas de los fragmentos. Se disocian en los veranos quemantes. en inestables ángulos de caída. sin intervalos en su acción demoledora. abiertos en cajón. corren tenues hilos de agua. a cada paso y en todos los puntos. Se unen y se complementan. o el entrelazamiento de ambas. . delatando idénticas violencias. que surgen en numerosos puntos. Se recortan. mal asentadas sobre sus bases estrechas. caprichosamente escindidas en planos casi geométricos. Estas últimas formaciones. Las mismas capas gnéisicas. cubiertos de una vegetación resistente. restos de antiquísimas lomas corroídas se derraman — ora en alineamientos que asemejan viejos cami­ nos de hielo. cubren completamente a las demás a medida que se marcha hacia el NE y se asimilan a contornos más co­ rrectos. capas menos resistentes de arcillas coloradas escindidas de cuarzo e interceptadas por discordantes planos estratigráficos. Despuntan en general estratos de un talcoesquisto azul oscuro. a la dinámica portentosa de las tormentas. cementados en el cuarzo. a veces. de T . Y según sea la preponderancia de una o de otra. Esclarecen la génesis de los llanos rasos que se desatan. son una reproducción completa de los oueds * que marginan el Sahara. los cristales de feldes­ pato.Las fuerzas que atacan la tierra en su contextura íntima y en su super­ ficie. se adelantaron a la acción de los elementos químicos en función de los datos meteorológicos normales. Por las faldas de los cerros en tumultuosa ronda. de mangábeiras. convertidos ahora en esteros que marcan los asentamientos de los vaqueros. sedes de antiguos lagos. más adelante se rodean de cadenas de rocas. * Oueds: en francés en el original: cursos de agua que corren por el desierto. ante majestuosas ruinas de castillos. y más allá desaparecen entre los bloques. dando la imagen perfecta de esos mares de piedra tan característicos de los lugares donde imperan regímenes excesivos. y sobre ellos. aparecen tramos deprimidos. Van del desequilibrio molecular. despedazando las rocas. Atenuándolas en parte. en placas bruñidas que reverberan a la luz en fulgores metálicos. la repentina ilusión de hallarse. a manera de colmenas. La mayoría obstruidos por piedras entre las cua­ les. con intercadencia invariable. silúricas quizá. sin que se descompongan sus elementos formadores. (N . se degradan en los inviernos torrenciales. se tienen líneas incisivas de extrema rudeza. donde persisten todavía. dan. se sustituyen. se modifican los aspectos naturales. los lechos generalmente secos de arroyos que sólo se llenan en las breves estaciones de las lluvias.). hasta Jeremoabo. agitándose absurdamente. son nuevos testimonios de esos efectos físicos y mecánicos que. ora esparcidos al azar— espesos lastres de lajas y piedras fracturadas. en las dos estaciones únicas de la región. De este modo. fuera de las súbitas corrientes. pierden unidad. cubriendo extensas áreas.

Aún la alientan. en quebradas. por cualquier camino se suceden los accidentes poco elevados pero profundos. las mismas infiltraciones de cuarzo. pro­ fundas. expuestas por la descomposición de los esquistos en que se embeben. y hasta cierto punto. que recuerdan falaises * * . por los cuales dan vueltas los caminos cuando se yuxtaponen. a los lechos vacíos de los arroyos agotados. las capas se inclinan más fuertemente. despojadas de todo ante la acidez corrosiva de los aguaceros tem­ pestuosos. Encaja a gusto con un naturalista algo romántico *. . llenos de vértebras desconyun* Em. innumerables. y en sus topes se divisan. las escalas de las altiplanicies terminando en taludes a plomo. Porque. donde encu­ bren torrentes periódicos. Las erosiones constantes quiebran la continuidad de estos estratos. se criban en escoriadas cavidades circulares y acanaladas. que en otros puntos desaparecen bajo las formaciones calcáreas. orlando en verdaderas curvas de nivel los flancos de las serranías. De este modo. los alinea­ mientos notables en que yacen los materiales fracturados.Hacia el norte. al extraño despojamiento de la tierra. . imaginándose que por allí armaron torbellino. en la edad terciaria. cambiándolas por los emocionantes escenarios de aquella naturaleza torturada. las olas y las corrientes. Y por inexperto que sea el observador. capaz de esbozar la situación de aquella zona en edades remotas. destacadas en láminas. UN SUEÑO DE GEOLOGO Es una sugestión que atrapa. los restos de la fauna pliocena. a despecho de la escasez de datos que permitan una de esas profecías retrospectivas. esos cerros paupérrimos brillan de modo estentóreo. . que convierten a las ollas en enormes osarios de mastodontes. * * Falaise: en francés en el original: acantilado. en el decir elegante de Huxley 6 S . por largo tiempo. Se suceden cúmulos despojados. Liáis 65. . la estereotipada agitación de sus olas. tangenciándose en esquinas de rebor­ des cortantes. que todavía arrastra en esas formaciones rígidas. en puntas durísimas que imposibilitan la marcha. . de sus vorágines muertas. planas. tiene la persis­ tente impresión de pisar el fondo recién elevado de un mar seco. Pero el con­ junto apenas se transforma. todos los caracteres que podemos sumar refuerzan la concepción aventurada. alineadas en filas. diminutas. al dejar las perspectivas majestuosas que se desdoblan al sur. y su fulgor ardiente ofusca. Y en los trechos en que ellas se estiran por el suelo. A la cruda luz de los días sertanejos. de caídas resbaladizas. El aspecto ruinoso de éstas armoniza con los otros accidentes. a lo largo de muchas leguas.

Amé­ rica se integra. Entonces. en la soledad inmensa de las aguas. en un extremo se cierra el canal amazónico convirtiéndose en el mayor de los ríos. y contemporáneos a los que Agassiz6 7 descubrió en Panamá. la existencia de innegables lagos cretáceos y siendo los fósiles que las definen idénticos a los encontrados en el Perú y en México. el macizo de Goiás — el más antiguo del mundo— según la her­ mosa deducción de Gerber6 8. permanecía inmersa. Existe también una presunción derivada de la situación anterior. como si allí la vida fuese. Las investigaciones de Fred H artt6 6. se redondean. al co­ menzar la época terciaria. de súbito. se abultan. Liáis. se salpicaban de la­ gos. uniendo el Atlántico con el Pacífico. al sur. se produjo el hecho prodigioso del elevamiento de los Andes. establecieron en las tierras circundantes a Paulo Afonso. se am­ plían los archipiélagos dispersos y se hinchan en istmos. se operaba una sublevación general: las masas graníticas se levantaban al norte arrastrando al conjunto general de las tierras. ex­ puesta en datos positivos. los picos más altos de nuestras cordilleras apuntaban al norte. recién descubiertas. entre los llanos de Barbacena y Bolivia. agrandándose los contornos de las costas. el paleozoico medio. donde extensos depósitos sedimentarios denuncian la edad más antigua. Entonces. se levantaba ya conformado. donde fulguraba en plena actividad el volcán de Caldas. y triturándola. . toda la parte media. yendo a golpear contra las terrazas superiores de las altiplanicies. de hecho. Y golpeándola largamente. destacándose de las grandes islas emergentes. en un ascenso continuo. constituían el núcleo del continente futuro. nuevas tierras afloran de las aguas. Una corriente impetuosa. imaginado por Em. las separaba. la sujetaba. y lentamente. en una lenta rotación alrededor de un eje. ancho canal entre las altipla­ nicies de las Guianas y las del continente. golpeada y muerta por las energías revueltas de un cataclismo. todos estos elementos se reúnen en la deducción de que un vasto océano cretáceo expandió sus olas sobre las tierras de las dos márgenes americanas. las tierras del extremo septentrional de Bahía que se resu­ mían en las piedras de cuarzo de Monte Santo y de la Itiúba. En ese lento subir. en informe amontonamiento de montañas derruidas.tadas y partidas. derramadas bajo las aguas. hasta que emergió siguiendo el movimiento general de las tierras. las aislaba. Simultáneamente. . se modelaba aquel rin­ cón de Bahía. mientras el resto del país. el de Minas y parte de la planicie paulista. . remolineándola hacia el oeste y arrebatándole todos los materiales desprendibles. y el Amazonas. de la cual es forma decaída la actual de nuestra costa. Porque lentamente. hundiéndose. mientras las regiones más altas. Hacia el sur. Cubría así gran parte de los estados septentrionales brasileños. escarpada. No existían los Andes.

en lugar de alargarse hacia el naciente. en parte. mediando en los tra­ zados del Vaza-Barris y el Itapicuru. Todas trazan al fin una elíptica curva cerrada al sur por un morro. repartiéndose en las de Canabrava y Po^o de Cima. en los grandes descampados. subiendo hacia el norte en busca de la llanura que el Paranaíba excava. avanza discontinua en aquel rumbo y después de ser entallada por el Vaza-Barris en Cocorobó. impidiendo.El régimen desértico allí se afirmó. mirando hacia la región ex­ tendida en torno de un radio de quince leguas. enfila hacia el poniente. una hacia el NO y la otra hacia el N. y hacia el noroeste. Y se ve cómo las cadenas de sierras. de nuevo se embeben. se juntan con las de Caraibas y Lopes. de donde irradian las pequeñas cadenas del Coxomongó y Calumbi. en flagrante antagonismo con las disposiciones geográficas: sobre laderas escarpadas donde nada recuerda las depresiones sin escurrimientos de los desiertos clásicos. se nota. perturbando toda el área de drenaje del Sao Francisco abajo de la con­ . Unificadas. a orillas de las lomas de Jeremoabo. corriendo y al prin­ cipio diferenciadas. la del Aracati. Y luchando tenazmente con el flagelo del clima. de nuevo se dispersan hasta acabar en los llanos altos a orillas del Sao Francisco 70. como en un mapa en relieve. con todo. . fundiéndose en el Acaru. el de la Favela. las insolaciones inclementes y las aguas salvajes que degradan el suelo. el talud de las altiplanicies parece doblarse en relieve. Se piensa que la región incipiente aún se está preparando para la Vida: el liquen todavía ataca a la piedra fecundando la tierra6 9. De tal manera. una flora de rara resistencia entre­ teje la trama de las raíces. en los largos veranos. y desde allí hacia el norte. alrededor del ancho llano ondulante donde se erigía el poblado de Canudos. y en éstas. que la prolongan. Nos muestran las sierras Grande y del Atanásio. su conformación orogràfica. monótonamente. les forman el divortium aquarum que progresa hacia el norte. II DESDE LO ALTO DE MONTE SANTO Desde lo alto de la sierra de Monte Santo. los picos del Caipá. lanzándose al NO. . formando las masas del Cambaio. que los torrentes arre­ baten todos los principios disueltos — acumulándolos poco a poco en la conquista del paraje desolado cuyos contornos suaviza— sin impedir. Obedeciendo a la misma tendencia. De ahí la impresión dolorosa que nos domina al atravesar aquel ignoto pedazo del sertón — casi un desierto— que se abre entre las serranías desnudas y se estira. donde afloran los manantiales interminentes del Bendegó y sus tributarios efímeros.

fluencia del Patamoté. en el despertar de los horizontes y en el desatar — amplísimos— de los campos gerais por las cimas de las cordilleras. El mismo Vaza-Barris. se deslizan por algunos días hacia el río principal. en un trazado de torrentes sin nombre. Su función como agente geológico es revolucionaria. Le falta conformidad con el declive de la tierra. no muestran las depresiones del suelo. y corre veloz entre barrancos o estalla entre las sierras. que multiplica la energía de la corriente en la estrechez de los desfiladeros. a través de un esfuerzo con­ tinuo y extenso. trae durante algunas semanas aguas revueltas y barrosas y en seguida se extingue en un agotamiento completo. De pronto se llenan. canales de agotamiento. en desarmonía con las disposiciones orográficas generales. sin los escenarios opulentos de las sierras y de los planaltos o de los interminables llanos— y lo convierte en una mixtura en la que esas disposiciones naturales se embarullan en confusión pasmosa: planicies que en seguida muestran series de pisos tallados de barrancas. cuando crece. captando las aguas salvajes que vienen desde las cum­ bres. en cuyo lecho crecen las gra­ míneas y pastan los rebaños. Tienen la existencia fugitiva de las estaciones lluviosas. Nada más de los bellos efectos de los descubri­ mientos lentos. Son ríos que se exceden. están. y desapa­ recen. abiertos al azar por las aguas o corrientes veloces que. lodoso como lo indica el nombre portugués que le sustituyó con ventaja la antigua denominación indí­ gena 72. y no es raro. hasta Jeremoabo. se desbor­ dan. Son más bien. no tendría el trazado actual si una corriente perenne le asegurase un perfil de equilibrio. Sus pequeños tributarios. o seco. fraccionado en ganglios endurecidos. como una amplia calle polvorienta y tortuosa. adscriptas a los relieves topográficos más cercanos. Es una ola que cae de las vertientes de la Itiúba. dando a los cuadros naturales la encantadora grandeza de perspectivas en las que el cielo y la tierra se funden en una difusión lejana y de sorprendentes colores. profundizan sus lechos anulando el obstáculo del declive general del suelo. llenos de piedras. y lomas que al ser recorridas muestran los accidentes caóticos de las grandes cuevas talladas en bruto. morros que en contraste con los llanos parecen de gran altura y apenas están a pocas decenas de metros del suelo. Este es un río sin afluentes. Vimos cómo la naturaleza a su alrededor le limita el régimen brutal — encerrándolo en tierras escabrosas. el Bendegó y el Caraibas que le traen aguas transitorias dentro de sus lechos rudamente excavados. Generalmente cortado. . inapre­ ciables en la escala más favorable e imponiendo al Vaza-Barris un curso tortuoso del cual se libera en Jeremoabo. al dirigirse hacia la costa71. río sin nacientes. volviendo a su primitivo aspecto de valles sinuosos y secos. en el remodelar de las cumbres. abarrotándose en las inundaciones.

DESDE LO ALTO DE LA FAVELA Saltaba la cima de la Favela73. surcados de barrancos y socavados por despeñaderos. Alrededor una elipse majestuosa de montañas. . un inesperado cuadro esperaba al viajero que subía las ondulaciones más próximas a Canudos. Observando a lo lejos. . cercana. ondulando en depresiones y dispersa en esperones. una cantidad de casuchas. llenándola toda de confusos techos incontables. serpenteantes. Sólo se distinguía el Vaza-Barris que la atravesaba torciéndose en meandros. Pero visto desde aquel punto. Y nada de lo que divisaba le recordaba los escenarios contemplados. Volvía la vista atrás para abarcar con una mirada el conjunto de la tierra. de por medio la distancia suavizándole las laderas y aplanándolas. El poblado. abajo y adelante. las vertientes rectilí­ neas del Calumbi al sur. casi a nivel. . a la par de los otros agentes físicos. todas las serranías breves e innúmeras proyectán­ dose en un plano inferior y extendiéndose. mal se veían los pequeños cursos de agua. Allí estaban los mismos accidentes y el mismo suelo. pero escarpada y alta. Prisionera en una de esas vueltas se veía una depresión mayor. meseta. circundada de colinas. cerrándole el horizonte.Mientras tanto. allá abajo. intercambian en * Vlateau: en francés en el original: planicie. hacia el levante. la del Pogo de Cima. los contornos agitados del Caipá que se ligan y articulan trazando y cerrando una curva desmedida 7 4 . después de esta travesía en la que creía estar pisando escombros de terremotos. resulta que los caracteres geológicos y topográficos. las cumbres del Cambaio corriendo hacia el po­ niente. uniformes. . . esas cum­ bres altaneras dan la impresión alentadora de encontrarse sobre un platean * elevadísimo. bajo el ropaje áspero de los padregales y las caatingas. . En la meseta abrupta. abajo. incomparable páramo que reposa sobre las sierras. se erigía en el mismo suelo perturbado. Enfrente tenía la antítesis de lo que había visto. la de Cocorobó. . . dan la ilusión de una planicie ondulada y enorme. . III EL CLIMA De las breves anotaciones señaladas. divagando. en revoltijo. Pero la reunión de tantos trazos incorrectos y duros. La Canabrava al nordeste. de perfil convexo y simple. Y aplastándola. y al norte. . . . le ofrecía una perspectiva totalmente nueva. Y casi comprendía cómo los matutos ingenuos creían que "ahí estaba el cielo” .

siempre evitado. diverge con los de los lugares que lo prolongan al norte. no nos podrán dar ni siquiera vagos lincamientos de climas que divergen según las menores disposiciones topográficas. De suerte que. Si por un lado. en primera comparación. Hacia cualquiera de sus direcciones. Mornay y a Wollaston75. éstas. . muy superior al de Queimadas. en su latín alarmado. El clima de Monte Santo. Pero está aislado. Al mismo tiempo se refleja el régimen excesivo: el termómetro oscila en grados disparatados. Si va hacia el norte lo asaltan fuertes transiciones: la tempera­ tura aumenta. el SE en el invierno y el NE en el verano se alternan con extraño rigor. ese sertón. con una inercia cómoda de mendigos hartos. hasta hoy desconocido. con la misma rapidez de quien huye. recuerda un régimen marítimo en pleno continente: la escala térmica oscila en amplitudes insignificantes. a su vez. Lo que sigue son vagas conjeturas. resalta la significación mesológica local. Ningún pionero de la ciencia soportó aún los rigores de aquel rincón sertanejo el tiempo suficiente como para definirlo. con el propósito esencial de observar el aerolito que había caído a orillas del Bendegó y ya era conocido desde 1810 en las academias europeas. lo será todavía por mucho tiempo. gracias a la indiferencia con que tomamos las cosas de esta tierra. de los días con 35° a la sombra. los vientos reinantes. gracias a F. a las madrugadas frías. desde todas direcciones. lo vimos bajo el peor aspecto 76. agravan a aquéllas y todas persisten en influencias recíprocas. De este conflicto perenne vuelto círculo vicioso indefinido. ante el intenso tiraje de las tierras desprotegidas que se extienden de ahí en adelante. mal pudo ver la tierra recamada de una flora extravagante. por ejemplo. se comportaron. Escasean las observaciones más comunes. Atento sólo a la región salvaje. No es posible abar­ carla en todas sus modalidades. silva hórrida. misérrimo arsenal científico con que allí lidiamos. ya en octubre. desfavorecida además por un medio contrario a la serenidad del pensar y conmovido por las emociones de la guerra.aquellos lugares las influencias características de tal modo que no se puede afirmar cuál es la preponderante. La proximidad de las masas montañosas lo vuelve estable. que es. se intensifica el azul del cielo. Lo atravesamos en el preludio de un verano ardiente y observándolo sólo desde ese punto de vista. el aire se vacía y los vientos ruedan desorientados. pasando. acuciados por la canícula. las condiciones genéticas gobiernan fuertemente sobre las topográficas. Lo que escribimos tiene el defecto de esa impresión desolada. desertas austral como la bautizó. sin la continuidad que era lícito prever de su situación inter­ media. creando aspectos dispares entre lugares limítrofes. Agregando que los datos de un solo termómetro y de un barómetro aneroide. el viajero lo pierde en un día. Por ahí pasó Martius. Los que lo antecedieron y sucedieron. un firmamente donde la transparencia de los aires es completa y la limpidez inalterable.

Todavía hay más cambios crueles. la efervescencia de los aires. en la expansión de las columnas calientes. Crecen las máximas y las mínimas. los vientos. Estas agitaciones de los aires desaparecen por largos meses. la atmós­ fera vibra junto con el suelo. brillando en una trama vibrátil de centellas. aires inmóviles bajo la placidez luminosa de los días torpes. Los vapores calientes suben imperceptibles. entonces reinan calmas pesadas. y el día. . el desequilibrio se acentúa. La noche desciende sin crepúsculo. o con preferencia. la tierra irradia como un sol oscuro. Brilla el sol y la tierra absorbe rayos y los multiplica en reflejos y los refracta en reverbero atroz: por los picos de los cerros. la aridez de la atmósfera alcanza grados muy anor­ males. asombrosa. hasta que. en una caída única. sube. este hecho jamás ocurre en los paroxismos estivales de las sequías. La tierra desnuda presenta en permanente conflicto las capacidades de absorción y expulsión de los materiales que la forman. graba en todas las cosas señales que recuerdan su rumbo. espesas nubes navegan al atardecer sobre las arenas encendidas. En 24 horas se insola y se congela. . agravando todas las angustias de los martirizados sertanejos. . en general. todo el ardor traído por las nubes refluye sobre la tierra. incomparable en su fulgor. de golpe — un salto de tinieblas por encima de la raya roja del poniente— y todo este calor se pierde en el espacio de una irradiación intensísima. fulmina a la naturaleza silenciosa en cuyo seno se abaten. Y en los meses en que se acentúa el nordeste. en los que prevalece la intercadencia de los días quemantes y las noches frígidas. en remoli­ nos. El barómetro cae como en las proximidades de las tormentas y apenas se respira en el bochorno porque todo el calor vomitado por el sol se concentra en una hora única de la noche. a un mismo tiempo almacena los ardores de los soles y de ellos se desembaraza de improviso. revueltos. las ramas sin hojas de la flora caída. inmóviles. El sol desapa­ rece y la columna mercurial permanece inmóvil. por las costas embarrancadas. esbozando el preludio triste de la sequía. en una ondulación vivísima de bocas de horno en las que se presiente visible. las horas transcurren en una intermitencia antinatural de días quemantes y de noches heladas. a la noche sobreviene un fuego.A medida que el verano asciende. Por un contraste explicable. en la quietud de un largo espasmo. en la plenitud de la sequía. quitándole a la tierra su humedad exigua y cuando se prolongan. se encienden en luces del sílice fracturado. descendiendo la temperatura de súbito. porque se siente una dolorosa impresión de fauces invisibles. llegan en turbión. Copiando el mismo singular desequilibrio de las fuerzas que trabajan la tierra. Empujadas por el nordeste.

por última vez juntos. su sombra por el suelo y protegido por ella — los brazos abiertos. Descansaba. El pescuezo un poco más alargado y fino. mal herido. El destino que lo había sacado sin protección de su hogar. el uniforme hecho jirones. icozeiros verdes creciendo en ramas entremezcladas con palmas de flores rutilantes. hacia las lunas claras. Cuando días después fueron enterrados los muertos. Por cierto. en Canudos. Y estaba intacto. de manera que creaba la ilusión de un luchador cansado. La culata de la mannlicher 7 7 rota. El sol poniente dejaba. un anfiteatro irregular. Volvía del torbellino de la vida sin des­ composición repugnante. y había caído muerto junto con su jinete. decían que había sucumbido en lucha cuerpo a cuerpo con un adversario fuerte.HIGROMETROS SINGULARES No hicimos las observaciones con el rigor de los métodos científicos. con las patas delanteras firmes en un relieve . Era como un apa­ rato que revelaba de manera absoluta. una quixdbeira alta. cuando encontramos. reparando fuerzas en un tranquilo sueño. Un solo árbol. Había muerto en el asalto del 18 de julio. la sequedad extrema del aire. los brazos muy abiertos. Había sido montura de un va­ liente. Ni un gusano — el más vulgar de los trágicos analistas de la ma­ teria— le mancillaba los tejidos. Los caballos muertos ese mismo día parecían especímenes desparrama­ dos de un museo. Pequeños ar­ bustos. uno de ellos se destacaba sobre todos de manera impresionante. de tiros espaciados. la cara vuelta hacia los cielos. había caído gracias a un violento golpe que le surcó la frente. . sino gracias a higrómetros generosos e inesperados. las patas resecas y el armazón arrugado y duro. hacia las estrellas fulgurantes. desde hacía tres meses. reinaba sobre la vege­ tación achaparrada. al descender una cuesta. a fines de setiembre. le había hecho al fin una concesión: lo libró de la promiscuidad lúgubre de una fosa repugnante: lo había dejado allí. los compañeros abatidos en la batalla. desde hacía tres meses. . manchada con una costra negra. a la sombra de aquel árbol único. en una fatiga imperceptible. Quedó casi de pie. donde las colinas se disponían en círculo frente a un valle húmedo. la cara hacia el cielo— descansaba un soldado. el cinturón y la gorra echados a un lado. hacia los soles ardientes. . Se momificaba conservando los ras­ gos fisonómicos. huyendo de la monotonía de un cañoneo flojo. por la abrupta rampa. larga. Apenas marchito. se encajonó entre las rocas. el alférez Wanderley. le daban al lugar la exacta apariencia de un viejo jardín abandonado. no lo vieron. Pero al resbalar. pero sugestiva. Por eso no compartía la fosa común de menos de 50 centímetros de profundidad en la que eran arrojados. recorríamos las cercanías de Canudos. . Cierta vez. A la entrada del campamento.

una zona central común. La mirada fascinada se perturbaba en el desequilibrio de capas desi­ gualmente calientes. sobre el que cayese. en una última arremetida de la carga. vuelto un animal fantástico. en las largas calmas. . aquellos vientos se formaban en columnas ascen­ dentes. Fuera de eso. . Alagoas. Ceará y Piauí. esta inexorable fatalidad. si a plomo lastimaba el sol y la atmós­ fera inmovilizaba a la naturaleza en torno. tanteando oscuramente un sinnúmero de agentes complejos y fugitivos. Paraíba. había fenómenos ópticos esplén­ didos. asumiendo el empequeñeci­ miento de los más robustos espíritus cuando tratan de profundizar en su génesis. Los resume. especialmente su manifesta­ ción más incisiva. se sentía. Nos excusamos de estudiarla largamente. a lo lejos no se distinguía el suelo. irradiaba en todos los sentidos. reflejándose y resaltando. en la realidad inflexible de los números. irisa­ do. . especialmente cuando al pasar los soplos rispidos del nordeste. como a través de un prisma desmedido e intáctil y no se distinguía la base de las montañas. vertical sobre la ladera. La inflexión peninsular. la excitación del rudo ambiente. De ese modo. se veía una ondulación que atontaba: un extraño palpitar de olas lejanas.de piedra. . Pernambuco. El es. al norte del Canabrava. cada partícula de arena suspendida del suelo agrietado y duro. mayor. la sorda combustión de la tierra. Apenas osamos inscribir. como si estuvieran suspendidas. hace que hacia él converjan los límites interiores de seis estados: Sergipe. es natural que las características climáticas de aquéllos se muestren en él con la misma intensidad. en remolinos y torbellinos. la ilusión maravillosa de un fondo de mar. que lo tocan o prolongan a pocas leguas de distancia. en una enorme expansión de los alti­ planos perturbados. Cuando. se agitaban sus largas crines ondulantes. con todas las apariencias de la vida. Entonces. definida con una palabra que es el terror máximo de los rudos habitantes del lugar: la sequía. . Y allí se detuvo. de súbito. . IV LA SEQUIA El sertón del Canudos es un índice que resume la fisiografía de los sertones del norte. extremada por el cabo de Sao Roque 7 9 . Desde la cumbre de la Favela. a manera de minúsculos ciclones. juntando sus aspectos predominantes en una escala reducida. 7 8. la luz dispersa en cen­ telleos enceguecedores. . como un foco calorífico. en cierto modo.

el problema que puede traducirse en una fórmula aritmética sencilla. las manchas de la fotosfe­ ra solar. con co­ rrespondencia exacta de fechas (1 8 4 5 -7 7 ). a pesar de esta simplicidad extrema en los resultados inmedia­ tos. las sequías de 1710-11. HIPOTESIS SOBRE SUS CAUSAS Impresionado por la razón de esta progresión. tan característicos por los períodos inviolables en que se suceden. 1777-78 del siglo x v i i i se yuxtaponen con las de 1808-09. Y encontró un símil completo en la regularidad con que aparecen y se extinguen. Y como desde hace mucho la intuición genial de Herschel8 3 les descu­ . tanto en el siglo pasado como en el actual8 1 .Sus dos ciclos — porque lo son en el rigorismo técnico de la palabra— se abren y se cierran con un ritmo tan notable que hace pensar en una ley natural todavía ignorada. 1877-78 del siglo actual. Esta coincidencia. pusieron una tregua a los estragos. y sucediéndose. tienen un período que puede variar entre 9 y 12 años. rara vez alterada. en el nuestro hubo otro absolutamente igual y lo que es notable. 1744-45. salta a la simple observación una coincidencia su­ ficientemente repetida como para que se dude del azar. se enfrentan en paralelismo singular aunque puedan presumirse ligeras discrepancias que indican de­ fectos de observación o errores en la tradición oral que las registró. en el cual las apariciones de las sequías. 1824-25. 1723-27. se destacan nuevos datos fijos y positivos. Continuando con un examen más profundo del cuadro. que aparecen con el rigor de incógnitas que se despejan. en reflejo casi invariable. Así. algunos más vastos que la Tierra. 1835-37. citando sólo las mayores. tuvo la idea de rastrear su remoto origen en los hechos extraterrestres. un naturalista. intermitentemente. derivando lentamente según la rotación del Sol. Se observa una cadencia en la marcha del flagelo. Lo reveló por primera vez el senador Tomás Pompeu8 0 . de modo de permitir previsiones seguras sobre su irrupción. 1736-37. 1844-45. De todas maneras. como si surgiera de la copia de una sobre la otra. Siendo en el siglo pasado el interregno mayor de 32 años (1 7 4 5 -7 7 ). negreando dentro del círculo fulgurante de las fáculas. el barón de Capanema8 2 . Sabemos que aquellos núcleos oscuros. entre el máximo y el mínimo de intensidad. que en ambos siglos. y fiján­ dola un tanto forzadamente en once años. inter­ calado por lapsos de entre 9 y 12 años. se acentúa todavía en la identidad de las épocas extensas y quietas. permanece insoluble. dibujando un cuadro elocuente en sí mismo. Pero.

elevan su punto de saturación disminuyendo las probabilidades de las lluvias y lo rechazan. en mo­ dalidades que van avanzando desde la naturaleza del suelo a la disposi­ ción geográfica. la disposición orogràfica de los sertones. apoyada en datos geométricos y físicos unidos en un efecto único. como se sabe. haciéndolo subir y provocándole enfriamientos y la condensación en lluvias. . de modo que le permiten llevar hacia los puntos remotos del continente. sobre los manantiales de los grandes ríos. Como quiera que sea. derivadas de la naturaleza de la tierra y las reacciones más amplias. Lo canaliza. sólo serán definitivamente sistematizadas cuando una extensa serie de observaciones permita la definición de los agentes pre­ ponderantes del clima sertanejo. es singularmente favorecido por la propia conformación de la tierra. sujetas a las perturbaciones locales. Quedaba por comparar el mínimo de las manchas. y éstas. irradiando intensamente. con el flagelo de las sequías en el planeta torturado. la correlación surgía firme. Atraído por ellas. al entrar de diciembre a marzo por las costas septentrionales. intacta. defensa ante la irradicación del gran astro. el nordeste vivo. Del hecho. que el exclusivismo de observar una causa única. toda la humedad absorbida en la travesía de los mares. uno de los motivos de las sequías responde a la disposi­ ción topográfica. en su pasaje veloz sobre los llanos desnudos que. Porque la cuestión. se atiene preferente­ mente a razones secundarias pero cercanas y enérgicas. pese a su forma atractiva.brió el influjo apreciable en el dosaje de calor emitido hacia la Tierra. sede de grandes depresiones barométricas en el verano. Lo determina en gran medida y quizá de manera preponderante. No le pone barreras. Por lo tanto. En este punto. falló la teoría: pocas veces coinciden las fechas del paroxismo estival en el norte con las de aquél. en vasta superficie extendida hasta el Mato Grosso8 5. de modo de equiparar los períodos de unas y otras. sin leyes defini­ das. son. con la complejidad inmanente a los hechos concretos. aparte las peque­ ñas variantes — cadenas de sierras que se alinean hacia el nordeste para­ lelamente al monzón reinante— facilita el paso de éste. De ahí las corrientes aéreas que lo desequilibran y varían. emanadas de las disposiciones geográficas. el penoso régimen de los Estados del N orte8 4 existe en función de agentes desordenados y fugitivos. El fracaso de esta tentativa denuncia menos lo desvalido de una apro­ ximación impuesta rigurosamente por circunstancias tan notables. oriundo de la fuerte aspiración de las altiplanicies interiores que. el monzón del nordeste.

fortalecido por la intuición de los sertanejos para quienes la persistencia del nordeste — el viento de la sequía. Según numerosos testimonios. condensarse y precipitarse y otra vez revertir el proceso. como de 1877 a 1879. Si los atraviesan. de nuevo. Siendo así y recordando que es precisamente dentro de este intervalo que la faja de las calmas ecua­ toriales. su propia intensidad origina una reacción inevitable. Entonces parece volverse visible la protección de las columnas ascen­ dentes que determinan el fenómeno. . para el caso. Las sequías aparecen siempre entre dos fechas fijadas hace mucho tiempo por la práctica de los sertanejos. Después de dos o tres años. Y se entrechocan unas con otras. Reduce por eso a segundo plano el influjo hasta hoy inútilmente agitado de los alisios y es. Decae de modo considerable la presión atmosférica. en minutos nublan todo el firmamento deshaciéndose luego en aguaceros fuertes sobre los desiertos resecos. Fuera de tales límites no hay un solo ejemplo de extinción de las sequías. en su lento oscilar en torno del ecuador. en cierta forma. hasta * Dinamic colding: en inglés en el original: dinámica fría. en la formidable colisión con el nordeste. Las épocas benéficas llegan de improviso. provocando el ascenso de las corrientes.). estallan. d e T . en un desencadenamiento de ciclo­ nes violentos.A las flageladas tierras del Norte les falta una serranía alta que corriendo en dirección perpendicular a aquel viento. A mitad de camino se evaporan entre las capas calientes que suben y rechazadas. crecen. corriendo del este al oeste y corrigiendo momentáneamente la la­ mentable disposición orogràfica. Se eleva más y se define mejor la barrera de las corrientes ascendentes de los aires calientes antepuestas a las que entran por el lito­ ral. determine el dynamic colding * para decirlo de una manera expresiva. ¿no podremos considerarla. Un hecho natural de otro orden esclarece esta hipótesis. con el consiguiente enfriamiento y la inmediata condensación en aguaceros diluvianos que se descargan de súbito sobre los sertones? Este desfile de conjeturas tiene como único valor el indicarnos cuán­ tos remotos factores pueden incidir en esta cuestión que nos interesa por dos razones: por su significado científico y por su significado más pro­ fundo. en que la inso­ lación calienta intensamente los llanos desnudos. del 12 de diciembre al 19 de marzo. vuelven a las nubes para. se prolongan fatalmente a lo largo del año hasta que se reabre otra vez el período. como lo bautizaron— equivale a la permanencia de una situa­ ción irremediablemente cruel. que es resolver el destino de una gran parte de nuestro país. (N . se interpone al monzón y lo detiene. los primeros golpes de lluvias despe­ ñadas de lo alto no tocan la tierra. navega en el cénit de aquellos Estados. llegando hasta los extremos de Bahía. cumpliendo la función de una montaña ideal que.

que tocan el suelo que al principio ni humedecen. de ciclón. se forman los primeros hilos de agua corriendo por las piedras. volviendo a las alturas con mayor rapidez. En ésta. casi sin troncos. los sertones se transforman y reviven. Es que. lo repele con sus espinos. la misma apariencia de vegetales en trance de muerte. . apuntando filosamente en el aire y estirándose por el suelo. reabriendo el ciclo inflexible de las sequías. que sólo se diferencia en el tamaño: todas con la misma conformación. No es raro que cambien en un giro veloz. . rodando todos en una misma ola. por un efecto explicable de adaptación a las estrechas condiciones del ingrato medio. . Si al asalto repentino se suceden las lluvias regulares. Cambian en lenta metamorfosis. el viajero tiene el desahogo de un horizonte lejano y la perspectiva de las planicies abiertas. Hasta que. casi en una evaporización. El drenaje rápido de las tierras y la evaporización que se hace en seguida más viva. los vientos duplican la capacidad higrométrica y día a día. sus hojas pinchantes. llevan­ do velozmente las ramas de los árboles arrancados. Aunque la caatinga no tiene las especies reducidas de los desiertos — mimosas retorcidas o euforbiáceas ásperas sobre las gramíneas marchi­ tas— y parece repleta de diferente vegetación. se asemejan a una sola familia de pocos géneros. sus árboles. finalmente. los primeros torrentes despeñándose por las faldas. de flora que agoniza. fluyendo en arroyos que crecen entre las quebradas. le achica el horizonte. al menos. . tortuoso. entre­ cruzadas. haciendo recordar un bracear inútil. deshechos en gajos que apenas irrumpen por el suelo. las vuelve de nuevo desoladas y áridas. lo atrapa en una trama espinosa sin atraerlo. revueltas. con los brotes crecidos en puntas de lanza. descubre ante su vista leguas y leguas. como si hubiesen caído sobre chapas incandescentes. inmutables en su desolado as­ pecto: árboles sin hojas. Y pene­ trando en la atmósfera ardiente. vistos en con­ junto. para bajar una vez más. reducida casi a una especie invariable. penosamente se envuelven en estrechos círculos las mismas plantas que tanto se diversifican en los matorrales y allí se manejan con un molde único. van absorbiendo la humedad exigua de la tierra. lo seca y marea. LAS CAATINGAS Por eso. con­ centrándose tumultuosamente en riachuelos correntosos que se adensan en ríos barrosos de lechos azarosos. revueltos en el mismo caos de aguas turbulentas y oscuras. determinados por los declives. en idas y vueltas rápidas y continuas. Mientras que la caatinga lo ahoga. la travesía de las veredas sertanejas es más cansadora que la de una estepa desnuda. . de ramas retorcidas y secas.

Y todas. rígidos. estallando como si tuvieran palancas de acción. en tierras más favorables y en singular disposición. . se esteriliza el aire. tenaz e inflexible. es áspero y duro. una protección intáctil que. se alimenta de las reservas que almacena en las épocas serenas y pasa los veranos pronta a transfigurarse en los deslumbramientos de la primavera. Algunos árboles. Se ven. en las noches frías. altas en otros sitios. admi­ rables aparatos para la propagación de las simientes. . el árbol se dispone a reaccionar contra el régimen brutal. allí es total­ mente opuesta: más oscura. ensanchando la superficie de contacto con el aire. desparramándolas profusamente por el suelo. Esta se impone. en vida latente. arbustos de poco más de un metro de altura. que en las selvas se traduce por una tendencia irreprimible hacia la luz.tendiendo a un limitadísimo número de tipos caracterizados por los atri­ butos de los que poseen mayor capacidad de resistencia. Y para evitarlo. los típicos anacardia hu* Véase la bella inducción de T yndall86. cortado por el drenaje de los picos o esterilizado por la succión de los estratos que completan las insolaciones. Se empequeñecen las hojas. surgen en la punta de los gajos para disminuir el campo de la insolación. marcadas todas por los estigmas de esta batalla sorda. a su vez. Entre los dos caminos desfavorables — aires calientes y tierras áridas— las plantas más fuertes presentan un aspecto muy anor­ mal. Son los cajueiros anuales. ruge el nordeste y. . la planta. El sol es un enemigo que hay que evitar. Pero reducidas todas sus funciones. Se vuelca sobre el sertón la tortura de la sequía. sin excepción. para absorber los escasos elementos en él difundidos. eluden aún mejor las intemperies. estivando. los tallos se entierran en el suelo. cre­ ciendo en tubérculos húmedos de savia. tienen en el perfume suavísimo de las flores *. se elige la inhumación de la flora moribunda. Pero éste. aislados. como un cilicio. eludir o combatir. aglomerados en bosquecitos o salpicando. Con dehiscencia perefecta. a veces como estróbilos. el suelo se vuelve piedra. la caatinga extiende sobre la tierra las ramas de los espinos. más original y más conmovedora. Rijo­ sas. La lucha por la vida. tiendas invisibles y encantadoras que las resguardan. duras como carbones. las vainas se abren. Las leguminosas. allí son enanas. huyendo del ahogo de las sombras y elevándose. . de anchas rojas espesas. Revisten con un indumento protector a los frutos. sujetos más a los rayos del sol que a los troncos seculares. sobre ellas se levanta y se arquea evitando que sufran de golpe las caídas de temperatura. numerosos. que muestran una floración riente en medio de la desolación general. . en los duros pastizales. Al mismo tiem­ po amplían su ámbito frontal. Atro­ fian las raíces maestras golpeando contra el subsuelo impenetrable y las sustituyen por la expansión irradiante de las radículas secundarias. Así preparado.

aferrado a un suelo sobre el que apenas asoman los brotes más altos en su fronda majestuosa. la mano que la toca. (N . de flores triunfales y elevadas. notables aprestos de condensación. a despecho de la sequedad de éste. Tipos clásicos de la flora desér­ tica. Los nopales y cactos. todos igualmente resistentes. provoca. totalmente enterrado. que no tienen esta conformación. los cajuis de los indígenas. todavía anónimas para la ciencia —ignoradas de los sabios. que resulta de la evaporación por las hojas. abrazando a veces amplias áreas. por abajo. copian las mismas formas. más resistentes que los demás. quedan retenidas por largo tiempo en las membranas de las bromeliáceas. toca una chapa incandescente de ardor increíble. Sus hojas lisas y lustrosas. como las de la mayor parte de los vegetales sertanejos. enorme. Las aguas que huyen en el correr salvaje de los torrentes. se comprueba la sorpren­ dente profundidad de sus raíces. se preparan de otra manera. Otros. agotando la absorción hecha por las raíces. facilitan la condensación de los escasos vapores traídos por los vientos. El eje descendente es más grueso a medida que se excava. en demasía conocidas por los taharéus— quizá un futuro género cauterium de las leguminosas. No son raíces sino ramas. una planta de macambira es para el matuto se­ diento como un vaso de agua cristalina y pura. los gravatás y los ananás salvajes. al enfriarse. fulmi­ nados. dispersos o apareciendo en grupos. o entre las capas inclinadas de pizarra. Y los arbustos más pequeños. cerrados en tortuosidades impenetrables. breves precipitaciones de rocío. . avivándolas *. No es posible desenraizarlos. muy por debajo de la tem­ peratura del aire. su epidermis. de T . persisten inalterables o quizá más vividos. Los caroás verdosos. tienen en las hojas de células alargadas en vello­ sidades. Parece que el fuego de los desiertos estimula mejor la cir­ culación de la savia entre sus tallos húmedos. el vegetal parece esconderse del embate de los elementos antagónicos y abroquelarse de ese modo. Se hicieron para los regímenes bárbaros. son un árbol solo. todos los árboles. Se suceden otros ejemplares. por la noche. para vencer el peligro máximo de la vida vegetativa. Finalmente se des­ cubre que se va repartiendo en divisiones dicotómicas. por otro lado. absorción y defensa. invisible. * En el pináculo del verano. Avanza tierra adentro hasta llegar. les repelan los climas benignos que los debilitan. a un tronco único y vigoroso. entran en la categoría de las fuentes vegetales de Saint-Hilaire 87. roído por los torrentes.). Golpeado por el calor. fustigado por los soles. hechas adrede para esos parajes estériles. bajo nuevos aprestos. nativos de la región. Las favelas. cuando marchitan a su lado.milis de los llanos áridos. Cuando se hacen zanjas alrededor de estos extraños vegetales. Por un lado. torturado por los vientos.

por la capilaridad del inextricable tejido de radículas enredadas en numerosas mallas. Allí se asocian. No pudiendo vivir aisladas. La vista . El sertón entero es impropio para la vida. Viven es el término. alcanzando notable altura. ajenos a las estaciones. salpicando el desierto con sus flores doradas. que pocas veces pierden las hojas de un verde intenso. retienen las tierras que se disgregan y finalmente. . disciplinada­ mente se congregan. venciendo. con­ virtiéndose en plantas sociales. Se suceden los meses y los años ardientes. . como oasis verdeantes y festivos. en que las inso­ laciones se agravan a veces con los incendios espontáneos que prenden los vientos en las ramas secas. siempre florecidos. de hecho. se observan dispo­ sitivos todavía más interesantes: se unen. La dureza de los elementos crece en ciertas épocas al punto de des­ nudarlos. constituyendo en los trechos en que aparecen. Los mandacarus (cereus jaramacarú). también los romeros de los campos. las especies no se pre­ sentan tan bien armadas para la reacción victoriosa. por sobre la paupérrima vida. . cuando al revés de las antedichas. en el subsuelo. No están en el cuadro de las plantas sociales brasileñas de Humboldt. Tienen el mismo carácter los juázeiros. De esta clase son todas las plantas cesalpíneas y las caatingueiras. cuando se cierran sus grandes frutos colorados destacándose nítidos en la media luz de los cre­ púsculos. en apretadas tramas. en un esfuerzo enorme. se arraciman. Pero. entonces ya hace mucho que desaparecieron los fondos de los ojos de agua y los lechos endurecidos de los arroyos muestran. la succión insaciable de los estratos y de las arenas. y los canudos de pito. forman el suelo arable en que nacen. Y estrechamente solidarias a sus raíces. Actúan por contraste. ellos dan la emocionante ilusión de cirios fijados al azar por el suelo. los viejos rastros de las boyadas.Ahora bien. apenas se elevan los cereos silenciosos. con la simetría impecable de enormes candelabros. Sobre la naturaleza muerta. Y viven. destinados a dar su nombre a la más legendaria de las aldeas. . y es posible que en otros climas sean individuales. Caracterizan a la flora caprichosa de la plenitud del verano. íntimamente abrazadas. asoman individualmente por encima de la vege­ tación caótica. como moldes. encumbrando los troncos circulares repartidos en columnas poliédricas y uniformes. . adrede modeladas por las reacciones vigorosas de la luz. pintados de blanco y de flores en espigas. Se encumbran triunfalmente mientras toda la flora se deprime. un rasgo superior a la pasivi­ dad de la evolución vegetativa. el sesenta por ciento de las caatingas. Son novedad atrayente al principio. Y al caer las breves tardes sobre aquellos desiertos. ellos agitan sus ramajes verdes. Se empobrece com­ pletamente el suelo áspero. heliotropos arbustivos de tronco hueco. porque hay. . pocas veces aparecen en grupos. desparramados por las llanos y encendidos. en esas épocas crueles. retienen las aguas.

aferrados a la tierra como fibras de una alfombra humillada. monstruosos melocactos de forma elipsoidal. en los días claros. por aquellos agrestes campos. en un desorden trágico. mata en­ ferma en la etimología indígena. Es la sylva oestu aphyla. flexibles como víboras verdes por el suelo. Es que una estrechísima rajadura les permitió continuar. sucediéndose constantes. en un estertor doloroso. a igual distancia.fatigada por tener que acomodarse a la contemplación penosa de los agres­ tes remajes contorsionados. donde acaso existan. dolorosamente volcada sobre su terrible lecho de espinas. intensamente roja. huyendo del suelo bárbaro en busca del remanso de la copa de la palmera. va decayendo poco a poco. abriendo en el seno iluminado de la naturaleza tropical. . Poco más puede descifrar quien anda. Es la caatanduva. espinosos. idénticos todos. curvas y rastreras. unos restos de humedad. tiradas por ahí. uniformes. por la forma y por el modo como se desparraman. palmas diminutas diabólicamente erizadas de espinas. Al cabo de poco tiempo se vuelven una obsesión afligente. de gemas espinosas que convergen en el vér­ tice superior formando una flor única. un vacío desértico. vuelve a la normalidad y descansa recorriendo sus troncos derechos y correctos. doliente e informe. que se fracciona en ramas inquietantes de espinas. Toda la flora se mezcla en una promiscuidad indescriptible. Y la vasta familia capaz de adquirir todos los aspectos. Los xiquexiques (cactus peruvianas) son una variante de proporciones inferiores. Aparecen de modo inexplicable sobre la piedra desnuda. con el vivo carmín de las cochinillas que alimentan. Subiendo un escalón al azar y mirando en torno. hasta los quipás reptantes. acanalada. al azar. se observa el mismo desolador escenario: vegetación agonizante. exhausta. Marcan la totalidad con su monotonía anormal. dando por el tamaño. Aquí y allí hay otras modalidades: las palmatorias-do-inferno. la imagen singular de cabe­ zas guillotinadas y sanguinolentas. Buscan los sitios ásperos y calientes. horribles. orladas de flores rutilantes. . todos del mismo porte. entre árboles sin hojas y sin flores. recamadas de flores blanquísimas. las ramas serpeantes. Tienen como socios inseparables en este habitat. amigándose con los frágiles ouricuriseiros. distribuidos con un orden singular por el desierto. la sylva hórrida de Martius. Son los vegetales de los médanos quemantes. Se observan en el lecho abrasante de los riachos graníticos heridos por los soles. a través de la roca. a los cabegas de frade. . la raíz larga y capilar hasta la porción inferior. quebrando alegre­ mente la tristeza solemne del paisaje. que las mismas orquí­ deas evitan. humildísimos. libres de evaporación. Entonces se comprende la verdad de la paradoja de Augusto de SaintHilaire: "¡Se encuentra allí toda la melancolía del invierno con un sol ardiente y el calor del verano!”.

sus numerosas ramas. Las gotas de lluvia caen gruesas. Y cuando el viajero vuelve ya no encuentra el desierto. echan brotes los mariseiros cuyas ramas resuenan al paso de la brisa. las caraibas y baraúnas altas se recrean en las márgenes de los arroyos. recortándolo en relieves imponentes de negras montañas.A la luz cruda de los interminables días se erizan llamas sobre la tierra inmóvil y no la animan. las quixabeiras de hojas pequeñísimas y frutos que recuerdan cuentas de ónix. no ya por la altura sino por el gracioso porte. y oscilando en la punta de las ramas secas de los árboles hirsutos penden las tilas albas. espaciadas. Cargándose en minutos. las motas flo­ ridas del romero del campo. Es una transformación de apoteosis. Las juremas. . echadas sobre los llanos. mientras los vientos barren las planicies sacudiendo las ramas. como flecos de nieve. sin crepúsculos. por primera vez titilan vivamente. de troncos finos y flexibles. . los umbuzeiros elevados a dos metros del suelo. en un blanqueo de bloques de hielo. irradiando en círculo. asoman vivaces. disimulando los tajos de las quebradas. más verdes. Sobre el suelo alfombrado de azucenas resurge triunfalmente la flora tropical. dán­ dole al conjunto el aspecto de un paisaje glacial. Nubes voluminosas ponen una barrera en el horizonte. se hinchan. desordenadamente esparcidos por el desierto. Restallan ruidosamente los truenos. el firmamento se ilumina con relámpagos su­ cesivos. . que surcan la hoja negra de la tormenta. redondeando las colinas. se adensan los icozeiros bajo el ondular festivo de las copas de los ouricuris. en medio de hielos. Reverberan las infiltraciones de cuarzo por los cerros calcáreos. filtrándolos entre la fronda y dominando el renacer general. Se mueven lentamente. predilectas de los caboclos — es su hachís. dan lentas y desmesuradas vueltas en las alturas. se mueven dando vida al paisaje. sobre el suelo. convirtiéndose en seguida en un aguacero de diluvio. de vegetación invernal. prontamente ahogadas en la noche. las umburanas perfuman los aires. les proporciona púrpura de sus flores sin esperar a las hojas. . tardes rápidas. las estrellas. . Mas en el oscurecer de una tarde cualquiera de marzo.

El umbu es para el pobre matuto que allí vive lo mismo que la mauritia para los garaúnas de los llanos. como una bebida mágica— se extienden formando tapias. Y las reparte con el hombre. por fin. Por entonces realza su porte. en la intercalación de veranos fla­ mígeros e inviernos torrenciales. Las júrenlas. estallando en flores blanquísimas. atrayendo la mirada. levanta en firme recorte la copa circular. involucionando hasta prepararse para la resistencia. Le abre el seno afectuoso y amigo. . codicia el zumo ácido de sus hojas. transpiran en la cáscara reseca de los árboles. predilectas de los caboclos — es su hachís. trepan por los escasos mariseiros. tuvo un tallo más vigoroso y alto y fue decayendo. destacándose. . se enrubian en motas los juás. pero todavía. Si no existiese el umbuzeiro. — misteriosos árboles que presagian la vuelta de las lluvias y de las anheladas épocas del verde o el término de la magrem * — cuando el flagelo de la sequía está en su ple­ nitud. algunas gotas de agua. continúan siendo la nota más feliz del deslumbrante escenario. hasta en los días de bonanza. Así podados parecen grandes cascos esféricos. les proporciona gratuitamente un inestimable brebaje que les da vigor para las largas caminatas y les quita la fatiga en instantes. . tan estéril que en él escasean los carnaubais tan provi­ dencialmente dispersos hasta las vecindades de Ceará. poco a poco. o salpicando los morros. Y el sertón es un paraíso. reaccionando. para desafiar las sequías interminables. sólo alcanzado por los bueyes más altos. El ganado. aquel pe­ dazo de sertón. Y cuando llegan las épocas felices le da los frutos de exquisito sabor para preparar la umbuzada tradicional. modificándose según las exigencias del medio.Es el árbol sagrado del sertón. formando un plano perfecto sobre el suelo. términos con que los matutos denominan las épocas de llu­ vias y de sequía. gracias a las abundantes reservas guardadas en las raíces. estaría despoblado. sustentándose en los tiempos de miseria gracias a la energía vital que economiza en las esta­ ciones benéficas. los araticuns a la orilla de los charcos. Representa el más señalable ejem­ plo de adaptación de la flora sertaneja. los umbuzeiros. reverdecen los angicos. . Lo alimenta y mitiga su sed. Tal vez. desparramados por los llanos. . * Verde y magrem. pues sus ramas curvas y entrelazadas parecen hechas a propósito para armar redes. impenetrables muros disfrazados en dimi­ nutas hojas. Dominan la flora sertaneja en las épocas felices como los cereos melancólicos en los paroxismos estivales. Fiel amigo en las rápidas horas felices y largos días amargos de los vaqueros. y las baraúnas con sus flores en cascada. a la manera de una planta ornamental cuidada por la solicitud de un práctico jardinero. en hojas que pasan de un verde pálido a un rosa vivo en los brotes nuevos.

Pero no fijan al hombre a la tierra. preparadas para los venados ariscos o los novillos escapados. no son incompatibles con la vida. Pasan uno. en bandadas. disparan por las cuestas húmedas los caititus esquivos. . las pampas inconmensurables y el mismo Atacama. extendido sobre los Andes — vasta terraza de dunas— se inscriben rigurosamente entre las primeras. y las suguaranas. adornando con guirnaldas las umburanas de roja cor­ teza. . . aterrando a los mocos que hacen pareja para anidar en las cuevas de piedra. . pasan en manadas por las tigüeras con el estruendoso estrépito de maxilares que se mueven. los jabalíes de rubia canela. . Se suceden mañanas sin par en las que la irradiación del levante en­ cendido tiñe de púrpura las eritrinas y destaca los festones multicolores de las begonias. Así se van los días. V UNA CATEGORIA GEOGRAFICA QUE HEGEL NO C IT O 8 9 Resumamos. actúan sobre el hombre creando las diferencias étnicas: las estepas de vegetación raquítica o las vastas planicies áridas. sordamente. los valles fértiles profusamente irrigados. seis meses de ventura. juntemos estas páginas dispersas. Los aires se animan en una palpitación de alas. mientras. en­ suciándose en los charcos los avestruces velocísimos. en bandadas. el campesino anda por la huella conduciendo a los bueyes hartos y entonando su canción predilecta. . derribando árboles por la caatinga . . saltan alegres en los altos pastos. antes de caer en las trampas traicioneras. los litorales y las islas. Hegel señaló tres categorías geográficas como elementos fundamentales que en unión con otros. y las seriemas de voces quejosas y las sericóias vibrantes cantando en la arboleda. imperceptiblemente. Los surcan las notas de extraños clarines. a causa de la exuberancia de la tierra. a las tormentas de arena. a la orilla de los bañados donde van a beber y el tapir deteniéndose un instante en su trote brutal. corren por las mesetas altas. Los llanos de Venezuela. dos. olvi­ dado de tristezas. inflexiblemente rectilíneo. y a las súbitas inundaciones. las flores y las hojas se despegan poco a poco y caen y la sequía se disbuja de nuevo en las ramas muertas de los árboles marchitos.Al mismo tiempo surge la fauna resistente de las caatingas. . con un ritmo maldito. feliz. En un tumulto de vuelos desencontrados pa­ san. las palomas silvestres que emigran. las sabanas que continúan el valle del Mississipi. hasta que. y ruedan las turbas turbulentas de las maritacas estridentes. . Es que pese a los largos veranos.

terriblemente oscuro. o las estepas de Mongolia. la pedregosidad del suelo. dispersan. anónimo. . Si se los cruza en el verano. se unen en curvas suaves a las lomas altas. la tierra se transfigura en mutaciones que contrastan con la desolación anterior. de pronto verdeantes. En la plenitud de las sequías son positivamente desiertos. sin olas y sin playas. con la única variante del color. Bárbaramente estériles. rápidas y dispersas ante los primeros fulgores del verano. la desnudez vegetal. de gramíneas y ciperáceas. Son un aislante étnico. Pero cuando éstas no se prolongan al punto de originar penosos éxodos. Pero a los sertones del Norte. que se vigoriza en las épocas lluviosas. Después. la atmós­ fera asfixiante. como vimos. Muestran siempre el mismo escenario. Se aíslan las cumbres excavadas. No se pueden atar a la humanidad por el vínculo nupcial del surco del arado. aunque a primera vista se les equiparan. maravillosamente exuberantes. la naturaleza no los abandona del todo. como los árboles. Vuelven los días torturados. En el paisaje hay nuevos tonos: la transpa­ rencia espacial resalta en las más ligeras líneas y en todas las variantes de forma y de color. la atmósfera de los desiertos se levanta más profunda ante la expansión renacida de la tierra. re­ dondea en colinas los rispidos bloques de piedra. es un incentivo para la vida pastoril. y en las ocasiones en que los veranos se suceden sin la intermitencia de las llu­ vias. repelen. para las so­ ciedades errantes de los pastores en continua movilidad. La temperatura cae. todo esto se termina. como las cordilleras y el mar. No atraen. Y el sertón es un valle fértil. por esas planicies. Con la desaparición de los solazos se anula la sequedad anormal del aire. Vuelven los días torturantes. se los toma por parte esencial de la segunda. el hombre. se cree entrar exactamente en aquella primera división. desunen. de tal manera que los grandes llanos surcados por ríos. Tienen la fuerza centrífuga del desierto. holladas en corridas locas por las catervas turbulentas de los tártaros errabundos. ahogado en la soledad de las planicies. en un constante armar y desarmar de tiendas. el espasmo asombroso de la sequía. Es un monte frutal vastísimo y sin dueño. cubre las grutas. Los ampara mucho más allá de las horas de desesperanza que acompañan el agotamiento de los últimos ojos de agua. como un océano inmóvil.Su flora rudimentaria. Los vados secos se convierten en ríos. disfraza la dureza de los barrancos. de una monotonía abrumadora. pero si se los cruza en invierno. La vege­ tación florece. Después todo esto se acaba. lucha con las reservas almacenadas en los días de abundencia y en este combate feroz. les falta un lugar en el cuadro del pensador germánico. Al llegar las lluvias.

el ecuador termal. a la India opu­ lenta. veremos su papel en la economía de la tierra. puesta en el medio. La fatalidad astro­ nómica de la inclinación de la elíptica. La más interesante y expresiva de todas. Pero siempre que el aspecto geográfico lo permite. del extremo norte al extremo sur. de T . entre los valles intensamente fértiles y las estepas más áridas. del Sahara que lo empuja hacia el norte. sobre el norte del Africa y desnudándola furiosamente. donde los arbustos de otras zonas se hacen árboles y el régimen oscila en dos estaciones únicas. cuyo trazo está perturbado por inflexiones que van desde los singulares puntos donde la vida es imposible. Los combate. tiene un significado superior. Acabada la preponderancia del calor central y normalizados los climas. la existencia vegetativa progresa hacia la línea equinoccial. Relegando a otras páginas su significación como factor de diferencia­ ción étnica. (N . Por ellas pasa. atados directamente a las variaciones del medio. en un terrible remolino de corrientes. entrando por Egipto y por Siria y asumiendo todos los aspectos de la enorme depresión africana al plateau arábigo quemante de Nedjed y avanzando desde allí hacia las arenas de las bejabans en Persia— y son tan ilógicos. La naturaleza no crea normalmente los desiertos. Aparecen a veces.). lo que de­ termina uniformidad favorable para la evolución de los organismos sim­ ples. .La naturaleza se complace en un juego de antítesis. Los expresa el clásico Sahara — nombre genérico de la árida región dilatada desde el Atlántico al Indico. . En lucha sorda. Bajo ella quedan las zonas exuberantes por excelencia. aunque se presente como una brillante hipótesis. la Hiléia * portentosa del Amazonas 90. . Es que la morfología de la Tierra violenta las leyes generales de los climas. los sertones imponen una división especial en aquel cuadro. pasando de los desiertos a las florestas. después de tocar la punta meridional de la paupérrima Arabia. De la extrema aridez a la exuberancia extrema. interfiriendo la frontera ideal de los hemisferios. a partir de los polos inhabitables. los rechaza. bajo las líneas astronómicas que definen la exuberancia máxima de la vida. que coloca a la Tierra en condi­ ciones biológicas inferiores a las de otros planetas. una irrupción del Atlántico precipitándose. Por eso. del pie a las cumbres. cosa inexplicable. que el mayor de los naturalistas pensó que su génesis podía ser la acción tumultuosa de un cataclismo. apenas se advierte en los parajes donde una montaña única. Esta explicación de Humboldt. bordeando el Pacífico por un extenso tramo — contrahecho collar de islas desiertas y excavadas— y buscando después en lento desemboque hacia el sur. la naturaleza reacciona. sintetiza todos los climas del mundo. cuyos efectos escapan a la razón de los ciclos * Hiléia: nombre que Humboldt dio a la gran región botánica que ocupa la mayor parte de la Amazonia brasileña y territorios limítrofes.

permanecen estériles. el hombre. como las de Australia. y las arenas móviles. se lo abandonaba. lleva­ das por los vientos. Cortados los árboles por las filosas hoces de granito. por ahora. tal vez pertenecen al punto singular de una evolución regresiva. va cambiando por asi­ milación. asumió el terrible papel de hacedor de desiertos. Renovaban el mismo proceso en la siguiente estación hasta que. geológicamente modernos. quedando en adelante irremediablemente estéril porque. y por fin. incoercible. surgen. Aparte de esa tesis absolutamente inestable. a despecho de una esterilidad menor. vuelto caapuera — matorral muerto— como lo señala la etimo­ logía tupí. De hecho. Esto comenzó con un desastroso legado indígena. favore­ ciendo una flora más vivaz. los llanos y las pampas de escasa vegetación. las sabanas y las estepas más vivaces del Asia central. en una retrospección en la que la fantasía se levanta sobre la gravedad de la ciencia. el instrumento funda­ mental era el fuego. ya inútil. el suelo árido y la roca estéril caen bajo la acción de los liqúenes que preparan la llegada de los frágiles lecitos. COMO SE HACE UN DESIERTO Los sertones del Norte. pero emocionantes para quien consigue entreverla a través de los siglos sin cuento. totalmente exhausto ese pedazo de tierra. en otros pun­ tos los desiertos se anulan. de un agente geológico notable. En la agricultura primitiva de los silvícolas. lo cierto es que un com­ plejo de circunstancias les ha dificultado el régimen continuo. Imaginémoslos hace poco. que por largo tiempo negaron a la planta más humilde su apego a la tierra. contra­ puestos a este criterio natural. De modo que si las extensas depresiones eternamente condenadas. por . por ejemplo. las ramas después de secas se encendían en volcanes de fuego acrecidos por el viento. emergiendo. se inmovilizan poco a poco aprisionadas por las radículas de las gramíneas. La cultivaban. Cer­ caban con troncos el área en cenizas donde hubo una mata exuberante. éste actúa brutalmente sobre la tierra y en todo el decurso histórico. la tierra como un organismo. Olvidémonos.históricos. entorpecida siempre por los agentes adversos. de un vasto mar terciario. las planicies. Anteriormente esbozamos algunas. La misma temperatura abrasadora acaba por darles un mínimo de presión atrayendo la afluencia de las lluvias. indiferente a los elementos que provocan tumultos en su su­ perficie. en sucesivas fases de transfiguraciones maravillosas. pero tenaz. crecen.

la degradó corroyéndola con las aguas salvajes de los torrentes. totalmente distintas de la de la selva primitiva. Al mismo tiempo. espejando aquí y allá la figura doliente de la caatanduva siniestra. se ahogaba en duros pastizales. extendiendo el círculo de los estragos en nuevas caapueras. el régimen francamente pastoril. vacías y tristes. iluminándoles la ruta. dejando la huella destructora en la marcha de las bandeiras. abriéndoles los caminos y devastando la tierra. los rigo­ res del clima la flagelaban. necesitado de ver claramente las montañas que lo guiaban. para siempre estériles. el incendio. eran siempre de tipo arbustivo. libremente encendidos. cargando en vasijas de cuero las indispensables medidas de agua. El aborigen seguía abrien­ do campos. Imaginen los resultados de semejante proceso aplicado sin variantes en el curso de los siglos. Atacó a fondo la tierra. la esterilizó con las escorias del oro. los exploradores que en 1830 avanzaron partiendo de la margen izquierda de ese río. removiéndola en las exploraciones a cielo abierto. pastizales sin límites. en los sertones abusivamente divididos se abren extensísimos campos. el mismo instrumento siniestro. Después vino el colonizador y copió el mismo proceder. Durante meses seguidos se vie­ ron en el poniente. con nuevos árboles derribados y nuevas quemazones. quedando estériles e ineptas para reaccionar con los elementos exteriores que se agravaban a medida que se ampliaban: la tierra se volvía piedra.una circunstancia digna de destacar. las familias vegetales que surgían subsidiariamente en el suelo calcinado. Lo agravó to­ davía al adoptar en forma exclusiva para el centro del país. Incluso a me­ diados de este siglo. y dejó. sueltos en los soplos violentos del nordeste. enrojeciendo con el intenso colorido de las arcillas. donde no prospera la planta más exigua. sin fosos de contención. Estas brutalidades atravesaron toda nuestra historia. fuera de la estrecha faja de los cañaverales de la costa. el reflejo rubio de las que­ mazones. Desde los albores del siglo xvxi. tenían al frente. tierras de cultivo. Ahogada por una flora que le oscurecía el horizonte y dificultaba peligrosamente las trampas tendidas al indio. la hirió a puntazos de pico. aquí y allí. Del mismo modo se abren los fuegos. las grandes catas. va derribando a su paso y quemando. según el testimonio de los viejos habitantes de las poblaciones aledañas del Sao Francisco. avasallando extensidades. se le unió el sertanista ambicioso y bravo en busca de indígenas o de oro. y más allá la caatinga bravia. que una vez más dejaba para formar otras en diferentes puntos. entrando por las noches. destruidas. . con su extraño aspecto de inmensas ciudades muertas.

Lo demuestra una comparación histórica.El gobierno colonial lo había previsto. en busca de las "minas de plata” de Melchior Moreia 91. como se ve. El hacha del caatingueiro auxilió a la degradación de las tormentas. y la del 11 de junio de 1799 por la que se decreta que "se prohíba la indiscreta y desordenada ambición de los habitantes (de Bahía y Pernambuco) que tienen asolados a hierro y fuego preciosos bosques. Lo demuestran las car­ tas reales del 17 de marzo de 1796. La tarea no es imposible. que intervino en la correlación de fuerzas de ese clima demoledor. con la succión de los estratos. atravesando normalmente el caprichoso curso lleno de vericuetos de los * Carta de Pedro Barbosa Leal al Conde de Sabugosa 92. Y hablan de los "campos fríos (ciertamente a la noche por la irradiación intensa del suelo desprotegido) cortando leguas de caatinga sin agua ni caravatá que la tuviese y remediando a la gente sólo con raíces de umbu y mandacaru” en la penosa apertura de las picadas *. la misma que tienen hoy para nuestros sertanejos. Pero aún puede extinguirlo. . la severa prohibición de cortar las florestas. Por mucho tiempo dominó esta preocupación. el hombre agregó un elemento más nefasto. estableció como correctivo único. lo transformó y lo agravó. etc. como dicen todavía los viejos sertanejos. a cada paso se descubre alguna alusión relativa a la rudeza de los parajes que atravesaban. nombrando un juez conservador de bosques. intrépidos caatingueiros que pleiteaban con los bandeirantes del sur.”. la gran sequía. la quemazón fue suplemento de la insolación. Quizá hizo el desierto. entre Beja y Bizerta. en el desemboque de los valles. atribuyéndola a esas costumbres apuntadas. Ya en esa época. entonces llamado Pico-Aragá por los tapuias. el gobierno de la metrópoli. con sucesivos decretos intentaron ponerle coto. con el nordeste. al borde del Sahara. Deletreando los antiguos mapas de ruta de los sertanistas del norte. que tanto abundaban y hoy quedan a distancias considerables. con las canículas. Colaborando con los elementos meteorológi­ cos. . Es que el mal es antiguo. Casi todos pasaban por la orilla del sertón de Canudos. con parada en Monte Santo. Desde 1713. con las repentinas tempestades. que arruinó al norte entero. Si bien no lo creó. corrigiendo el pasado. . las plantas tenían una función proverbial. todavía encuentra. Y al terminar la sequía legendaria de 1791-1792. desde Bahía a Ceará. COMO SE EXTINGUE UN DESIERTO Quien atraviesa las planicies elevadas de Túnez. Hay otros de comparable elocuencia. con la erosión eólica. Allí están esos documentos preciados en relación directa con la región que pálidamente intentamos describir.

más despojado y árido. Túnez. Advirtieron con seguridad el defecto original de la región. después de una revitalización transitoria. determinando alturas pluviométricas mayores que las de otros países fértiles y exuberantes. la abastecedora casi exclusiva del trigo de los romanos. cubiertos en parte por los detritos de veinte siglos. además de inútil. De modo que este sistema de represas. los romanos habían tomado sobre sus hombros la empresa incomparablemente más seria de vencer el antagonismo de la naturaleza. dominando todo el paisaje. Viejos muros derruidos. entre muros de piedras y tierra. En la actualidad. desa­ rraigando la poca vegetación apenas aferrada a un suelo endurecido. nefasto. consiguieron que las aguas permanecieran durante mayor tiempo sobre la tierra. o las transbordaban por canales laterales a los sitios más bajos donde se abrían en acequias que irradiaban hacia todas partes embebiendo el suelo. Y ahí dejaron el bellísimo rasgo de su expansión histórica. con revestimientos de piedra lisa. pero que hasta entonces se reducía a un litoral poblado por traficantes o nómadas con sus tiendas de techos curvos blanqueando los arenales como quillas hundidas. Después de la destrucción de Cartago. tenazmente comba­ tido y bloqueado. nivelando los últimos acci­ dentes que no doblegaba la fuerza del simún. hacia el Mediterráneo.oueds. Los torrentes se dividieron en distintas corrientes por las barreras de las murallas que cerraban los valles y los oueds detenidos entre las sierras conservaban por largo tiempo las grandes masas líquidas hasta entonces perdidas. repre­ saron las fuertes correntadas y aquel régimen brutal. terminaron por actuar sobre el clima mejorándolo. El régimen torrencial que es intensí­ simo en ciertas épocas. Lo corrigieron. esos legados de los grandes colonizadores delatan al mismo tiempo su actividad inteligente y el abandono bárbaro de los árabes que los sustituyeron. además de otras ventajas. estéril menos por la escasez de lluvias que por su pésima distribución adscrita a los relieves topográficos. Excluido el arbitrio de las irrigaciones sistemáticas tan difíciles. Encadenaron los torrentes. se vio transfi­ gurada en la tierra clásica de la agricultura antigua. aquellas superficies líquidas esparcidas en innumerables ríos y no resumidas en un Quixadá único 9S. Los romanos lo hicieron retroceder. era como en los sertones de nues­ tro país. Finalmente. Caía sobre la tierra desnuda. durante algunas semanas inundaba las planicies y luego desaparecía por el norte y por el levante. a manera de . Al sur parecía avanzar el desierto. los franceses les copian los procedimientos sin nece­ sidad de levantar murallas monumentales y dispendiosas. restos de antiguas construcciones romanas. expuestas a la evaporación. cedió ante una red de barreras. donde habían anclado los hijos predilectos de los fenicios. creó un esbozo de irrigación general. Fue el granero de Italia. Por otra parte. Represas con empalizadas de estacas. monumental e inútil. dejando el suelo.

entre los agentes determinantes de la sequía se intercalan apreciablemente. volviendo a su fisonomía antigua. hacen canales que derivan hacia las tierras circundantes. quizá sugestionado por la misma com­ paración que acabamos de hacer nosotros. . mal protegida por una vegetación marchita que las . ¡estupendos alambiques para la destilación de las aguas del Atlántico!. pasando de las insolaciones interminables a las inundaciones súbitas. depósitos colosales para las reservas acumuladas. De modo que. liberado de la apatía del musulmán inerte. efecto de la enseñanza his­ tórica. después de una declinación de siglos. la estructura y la conformación del suelo. se trans­ forma. De las discusiones entonces celebradas. del bello espíritu del consejero Beaurepaire-Rohan9 4 . diques inmensos formando Caspios artificiales. en las que fueran sepultadas las teorías de los mejores científicos del momento — desde la sólida experiencia de Capanema hasta la singular mentalidad de André Rebougas9 5 — fue la única teoría práctica.palancas. Francia salva los restos de la opulenta herencia de la civilización romana. diseminándose finalmente. De esta manera. formando redes de irrigación. aman­ sadas. Surgió hace mucho tiempo. sin tomar la fuerza de las inundaciones violentas. La idea no es nueva. Es que. que perduró. cuando se dibuja sin gran precisión todavía. se aquietan. Y el histórico paraje. el mapa hipométrico de los sertones del Norte. por las derivaciones cruzadas. miría­ das de pozos artesianos perforando las planicies. los oueds mejor dispuestos y en lo alto de sus bordes y a todo lo largo de las serranías que los rodean. En aquella oportunidad. E L MARTIRIO SECULAR DE LA TIERRA Realmente. sin embargo. la influencia de aquéllas es manifiesta desde que se considere que la capacidad absorbente y emulsiva de las tierras expuestas. además de práctica. y finalmente. la tierra. las aguas salvajes se detienen. en millares de válvulas de escape. los superó. la inclinación de los estratos y la rudeza de los relieves topográficos. en 1877. verdaderamente útil. . de resultados igualmente seguros. que hablaba por el más elemental de sus ejemplos. La propuesta más modesta. en memorables sesiones del Instituto Politécnico de Río. Ahora bien. evidentemente era la más lógica. se aprecia que se adaptan a una tentativa idéntica. como para caracterizar bien el fracaso completo de la inge­ niería ante la enormidad del problema. factible. Sea cual fuere la intensidad de las complejas y remotas causas que anteriormente esboza­ mos. agravan al mismo tiempo los topes de calor y la degradación intensiva de los torrentes. se idearon lujosas cisternas de piedras.

Francia los utiliza hoy sin variantes. I. a los veranos siguientes. se formarían. en las proximi­ dades de la red de derivaciones de las aguas. . la única medida que se debe tomar es corregir estas disposiciones naturales. pero lo que hay que combatir y vencer en los sertones del Norte es el desierto. la dejan aún más desnuda ante los adustos rayos del sol. El martirio del hombre allí es reflejo de una tortura mayor que abarca la economía general de la Vida. son aquéllas las únicas pasibles de modificaciones apreciables. El régimen recorre con deplorable intermitencia un círculo vicioso de catástrofes *. produciendo verdaderas avalanchas que destruyen todo a su paso. la surcan con canales de rispidos contornos. Apenas cae una lluvia en esos pedre­ gosos campos. y se fijaría una situación de equilibrio en la inestabilidad del clima. pues buscan atenuar. por toda la extensión del territorio sertanejo. al constituir una dilatada superficie de evaporación. Nace del martirio secular de la Tierra. fecundas áreas de cultivo. . donde corren sus ríos. con el correr del tiempo. a pesar de la revitalización que traen. . Yoffiley. . originados en la fatalidad de las leyes astronómicas o geográficas inaccesibles a la intervención humana. Amuralladas las cuencas inteligentemente seleccionadas y a cortas distancias. la última de las consecuencias de la sequía: la sed. por su misma simplicidad. De esta manera. . la golpean y esterilizan. ejercerían. No hay que arbitrar otro recurso. El proceso que señalamos en esta breve recordación histórica. tienen un inapreciable valor local. porque los numerosos y pequeños diques uniformemente distribuidos. las aguas siguen incontinenti por los surcos y arroyos. * “ . exponiéndola cada vez más desprotegida. sobrevendrían tres consecuencias inevitables: se atenuaría considerablemente el drenaje del suelo con sus lamentables consecuencias. reviviendo el trazado de cons­ trucciones antiquísimas. la influencia moderadora de un mar interior de fun­ damental importancia. y cuando desaparecen. . Notas sobre a Varaíba 96. Las fuertes tempestades que apagan el incendio sordo de las sequías. es digno de mencionarse el fuerte declive hacia el mar que existe en las tierras del sertón. . se deja invadir poco a poco por el régimen francamente desértico.primeras queman y las segundas erradican. Las cisternas. de modo general. nos dispensa de mayores pormenores técnicos. de escasa vegetación. preparan de alguna manera a la región para mayores tragedias. La desnudan brutalmente. . pozos artesianos y los inmensos lagos como el de Quixadá. Dejando de lado los factores determinantes del flagelo.

Gru­ pos de valientes. Pedra Bonita. Policía de bandidos. Camino al cielo. Tradiciones. Primeros reveses. Los vaqueros. Función histórica del río Sao Francisco. Cómo se forma un monstruo. La sequía. Monte Santo. Las misiones actua­ les. ¿Por qué no predicar contra la República? Una misión abortada. Leyendas.— Canudos: antecedentes. El arreo. En el dominio de las investigaciones antropológicas brasileñas se encuentran nombres muy dignos de nuestro movimiento intelectual. Factores históricos de la religión mestiza. Antecedentes de fa­ milia: los Maciéis. La formación brasileña del norte. Fundaciones jesuítas en Bahía. Religión mestiza. Una raza fuerte.EL HOMBRE 1. Régimen de la urbs. la génesis de las razas mestizas del Brasil es un pro­ blema que por mucho o tiempo aún desafiará el esfuerzo de los mejores espíritus. II. Preceptos de ultramontano. IV — Antonio Conselheiro. Tipos dispares: el jagunco y el gaúcho. Las oraciones. Hégira hacia el sertón. Peregri­ naciones y martirios. Población multiforme. Maldición sobre la Jerusalén de barro. Una vida con buenos auspicios. documento vivo de atavismo. I I I — El sertanejo. Hombre grande para el mal. La caída. Profecías. Varia­ bilidad del medio físico y su reflexión en la historia. Los . Ais­ lamiento del desierto. Carácter variable de la religiosidad sertaneja. V. Represen­ tante natural del medio en que nació. Crecimiento vertigino­ so. El vaquero. Causas favorables para la formación mestiza de los sertones. distinguiéndola de los cruzamientos en el litoral. Las prédicas. Un heresiarca del siglo II en plena Edad moderna. I COMPLEJIDAD DEL PROBLEMA ETNOLOGICO DEL BRASIL Adscripta a influencias que intercambian en grados variables tres ele­ mentos étnicos. Acción del medio en la fase inicial de la formación de las razas. Tentativas de reacción legal. El templo.— Complejidad del problema etnológico del Brasil. Servidumbre inconsciente: vida pri­ mitiva. mediador entre el bandeirante y el sacerdote. Apenas está esbozado. Un gnóstico rudo.— Génesis del jagun50 : colaterales probables de los paulistas. El rodeo.

Además de faltarnos competencia. y muchos otros cuyos trabajos refuerzan los de Nott y Gordon en el definir. de una manera más com­ pleta. Sólo en los últimos tiempos. sea que deriven. Nina Rodrigues9 8. se destacan el nombre de Morton. gracias a los cuales. hijo de tierras adustas y bárbaras. fue. nuestro eterno desprotegido. El negro bantú o cafre. bajo sus diferentes formas. con grandes modificaciones por ulteriores cru­ zamientos y por el medio. tan numerosos en la época del descu­ brimiento. Ahora bien. La parte primordial de la cuestión quedó aclarada. contrariando el pensamiento de los caprichosos cons­ tructores del puente Aléutico. Esclarecido de este modo el origen del elemento indígena. En este gran esfuerzo. totalmente caracterizado. ciertamente. la rara lucidez de Trajano de Moura. capaz de cambiantes climas. a América como un centro de creación desligado del gran vivero del Asia Central. se realiza por el ejercicio intensivo de la ferocidad y de la fuerza. donde la selección natural. trajo los atributos preponderantes del homo afer.estudios sobre la prehistoria indígena muestran modelos de observación sutil y brillantes conceptos críticos. a pesar del com­ plicado entrecruzamiento de donde emerge. la organización científica de Meyer. Autónomo entre las razas se erige el homo americanus 97. se puede afirmar que poco avanzamos. nuestros indígenas. el autoctonismo de las razas americanas. el medio físico diferenciador y aún. la intuición genial de Frederico Hartt. parece definiti­ vamente afirmado. las inves­ tigaciones convergieron hacia la definición de su psicología especial y consiguieron trazar algunas conclusiones seguras. Así es que conocemos los tres elementos esenciales y. que nos une a la vibrátil estructura del celta. hasta en este punto. analizó cuidadosa­ mente su religiosidad tan original e interesante. externos. de alguna raza invasora del norte. No vamos a repetirlas. no originaron idénti­ cas tentativas. completado por la profunda elaboración pa­ leontológica de Wilhelm Lund. pueden ser considerados tipos en vías de desaparición de viejas razas au­ tóctonas de nuestra tierra. En cuanto al factor aristocrático de nuestra gens. las condiciones históricas adversas o favorables que sobre ellos actuaron. Pero si no consideramos las alternativas y todos los pasos inter­ medios de ese entrelazamiento de tipos antropológicos de grados dispares en sus atributos físicos y psíquicos bajo los influjos de un medio variable. el portugués. nos desvia­ ría demasiado de nuestro objetivo. de la que se supone son oriundos los tupís. Escribimos todas . aunque imper­ fectamente. Los otros dos elementos formadores. Sea que resulten del "hombre de Lagoa Santa” cruzado con el precolombino de los "sambaquis”. con sus exactos caracteres antropológicos. con sus varias modalidades. más que en cualquier otra parte. un tenaz investigador. cualquiera fuere el ramal africano aquí trasplantado. con discordantes aspectos y opuestas condi­ ciones de vida. está a su vez.

otras tres. en el que convergen los sucesivos cruces del mulato. Y el estudio de estas subcategorías sus­ tituye al de las razas formadoras. en un mestizaje embarullado donde se destacan como productos más característicos el mulato. Por el contrario. alguien intentase aplicarla desprendida de la intervención de esos datos. Esta es abstracta e irreduc­ tible. substituyéndose por los derivados. Los propósitos primeros de las investigaciones se desubican y perturban ante estas reacciones que no expresan una re­ ducción sino un desdoblamiento. a su vez. binarias. el mameluco o curiboca y el cafuz *. . Por lo pronto. Mamá-ruca: sacado de la mezcla. no se unifican. en el caso más simple. se da una combinación de tres factores diversos adscriptos a las vicisitudes de la historia y de los climas. agravándose y dificultándose. con las capacidades que les son propias. sin reducción alguna. Es fácil demostrarlo. evidentemente. unifi­ cados y convergentes en un tipo intermedio. del curiboca y del cafuz. cuando en lugar de la combinación binaria que la ley presupone. la combi­ nación ternaria determina. si se mira que aquéllas conllevan. El tipo abstracto de brasileño que se busca. Pero aunque. pero no develamos todas las incógnitas. Teóricamente sería el pardo. Es que. incluso en el caso favora­ ble arriba afirmado. Dejemos de lado innumerables causas perturbadoras y consideremos sólo los tres elementos constituyentes de nuestra raza en sí mismos. vemos que en esta hipótesis favorable no resulta de ellos el producto único inmanente a las combinaciones binarias. Hay una regla que nos orienta cuando salimos a indagar la verdad.las variables de una fórmula intrincada. productos del negro y del blanco. se desdoblan y originan un número igual de subformaciones. Los abarca como término genérico. mostrando el serio problema. al indio guaraní y al blanco. al negro bantú. Los elementos iniciales no se resumen. innumerables modalidades de acuer­ do con el variable dosaje de sangres. No nos dice cuáles son los factores que pueden atenuar el influjo de una raza más numerosa o más fuerte. en una fusión inmediata en la que se yuxtaponen o se resumen sus caracteres. * Respectivamente. aunque preferentemente aplicado al segundo. por extravagante indisciplina mental. ni qué causas pueden atenuar o matar ese influjo. del blanco y del tupí (cari-boc: que procede del blanco). intactas. del tupí y del negro. la palabra mameluco o mejor. aplicando al conjunto la ley antropológica de Broca99. mamaluco. no simplificaría el problema. sólo puede surgir de un entrelazamiento considera­ blemente complejo. para el caso no basta que pongamos uno de­ lante del otro. Se puede modificar como se modifican todas las leyes ante la presión de los datos objetivos. De mamá: mezclar y ruca: sacar.

Lo proclaman el tipo más característico de nuestra subcategoría étnica. estas rápidas consideraciones explican los dis­ pares puntos de vista que reinan entre nuestros antropólogos. la función se­ cundaria del medio físico y decretan la extinción casi completa del indígena y la influencia decreciente del africano después de la abolición del tráfico negrero y así prevén la victoria final del blanco. . y atendiendo aun a la introducción de otros pueblos — por las armas en la época colonial y por las inmigraciones en nuestros días— hecho que a su vez. Surge el mulato. El tema se va volviendo multiforme y dudoso. provocando la irrupción de una cuasi ciencia. difundida en medio de extravagantes fantasías que. en los últimos tiempos. las disparidades climáticas que ocasionan reacciones diversas diversamente soportadas por las razas constituyentes. meditan sobre cosas tan serias con una volubilidad algo escandalosa si se miran las proporciones del tema. Ahora bien. hacia lo cual tienden tanto el mulato. Pensamos que esto sucede porque la meta esencial de estas investiga­ ciones se reduce a la búsqueda de un tipo étnico único. los rasgos caracte­ rísticos del aborigen. Otros van demasiado pegados a la tierra. Y de esta metaquímica extraen algunos precipitados ficticios. Como quiera que sea. Otros alargan más el devaneo. Porque no tenemos unidad racial. por cierto. con discutible autoridad. Sometidos a la penosa tarea de subordinar sus investigaciones a condiciones tan com­ plejas. no fue y no es uniforme. Amplían la influencia del último. a más de osadas. En sus devaneos no faltan el metro y la rima. porque invaden la ciencia en la vibración rítmica de los versos de Goncalves Dias 100. se han dedicado con preferencia a la preponderancia de los facto­ res étnicos. Algunos afirman a priori. capaz. Exageran la influencia del africano. cuando. Comienzan por excluir. forma cada vez más diluida del negro. Después arrojan. son estériles. más nume­ roso y más fuerte. en efecto. Y estructuran fantasías que caen al más leve choque de la crítica. los mate­ riales objetivos ofrecidos por las circunstancias mesológicas e históricas. de reaccionar en muchos puntos contra la ab­ sorción de la raza superior. se ve bien que aquella formación es realmente dudosa cuando no absurda. la mayor o menor densidad con que éstas se cruzaron en variados puntos del país. dejando de lado la gran influencia que éstos han tenido y que no negamos. como el caboclo. en gran parte. entrelazan y funden a las tres razas según los caprichos que los empujan en el momento.Pero si se consideran las condiciones históricas que actuaron de modo diferente en los distintos territorios del país. hay muchos. Existe un exceso de subjetivismo entre quienes. entre nosotros. se los exageró. en quien se apagan más rápidamente aún. como término general de una serie.

de las investigaciones meteorológicas. si lo permite una vida nacional autónoma. La re­ fuerza otro elemento igualmente ponderable: un medio físico amplio y variable. VARIABILIDAD DEL MEDIO FISICO Contrariando la opinión de los que limitan los países calientes a un desa­ rrollo de 30° de latitud. Estamos condenados a la civilización. Estamos destinados a la formación de una raza histórica en un futuro remoto. Toda la climatología. O progresamos o desaparecemos. La disposición orográfica brasileña. proyectada en un dilatado tiempo. Ahora bien. desde Minas a Paraná. completado por la variación de las situaciones históricas que en gran medida. aparecen modalidades que todavía los diversifican. por su misma estructura. inscripta en los amplios lincamientos de las leyes cosmológicas generales. de fuertes masas elevadas que se orientan prolongando el litoral perpendicularmente al rumbo SE. Un clima es como la traducción fisiológica de una condición geográfica. creando climas ecuatoriales en altas latitudes o regímenes templados entre los trópicos. excluye los relieves naturales que atenúan o refuerzan los agentes meteorológicos. No la sugiere sólo esa heterogeneidad de elementos ancestrales. el astronómico y el geográfico. Así quedan claramente delimitados tres habitat distintos. igualmente entre las líneas más o menos seguras de éstos. y como transi­ ción. Además de sobrepasar la demarcación teórica común. Las indicamos en rápidos trazos. otra subtropical que se extiende por el centro y norte de algunos estados. deter­ . de él dependieron. Lo demuestran los resultados más recientes y son los únicos dignos de fe. no se adecúa a un régimen uniforme. con una temperatura media de 2 6 °. Estas lo subdividen en tres zonas claramente distintas: una francamente tropical que se extiende por los estados del norte hasta el sur de Bahía. otra templada de Sao Paulo a Río Grande pasando por Paraná y Santa Catarina. Bajo este aspecto invertimos el orden natural de los hechos. Nuestra evolución biológica exige la garantía de la evolución social. ese límite es exage­ rado. Sobre este propósito debemos hacer algunas consideraciones. entre las isotermas 15° y 2 0 °. La afirmativa es segura.Quizá no la tendremos nunca. el Brasil está lejos de incluirse en esa categoría. las causas naturales más próximas y particulares. muestra con preferencia y en cual­ quier parte adicta. Y definiéndolo de este modo concluimos que nuestro país. Bajo un doble aspecto.

viola las leyes generales que lo regulan. De hecho. que había precedido a la paulista en el penetrar hacia los misterios de tierra adentro. dadoras de opuestas condiciones de vida. En la extensa faja de la costa que va desde Bahía a Paraíba. matriz de su interesante morfogenia. persiste inalterable. hacia el ecuador. decae la grandeza de las montañas. abarcando extensas superficies hacia el interior. los grupos humanos que en los dos primeros siglos de poblamiento golpearon las playas del norte. Allí. cede a las causas secundarias perturbadoras. la misma flora. indefinidamente. un clima altamente mejorado por la altitud y la misma imagen animadora de los aspectos naturales. se ven transiciones más acentuadas: mientras los para­ lelos acompañan el rumbo a occidente. A una distancia menor de cincuenta leguas. El contraste es abrumador. en llanos desnudos que se suceden. por lo que la observación rápida del extranjero se imagina una dilatada región vivaz y fértil. su caracterización astronómica. las florestas enmascaran vastos territorios áridos que retratan en las áreas desnudas las inclemencias de un clima en el que los grados termométricos e higrométricos progre­ san en relación inversa. tuvieron en su traslado hacia el oeste en busca del interior. Pero. el clima totalmente subordinado al aspecto geográfico. formando un escenario desmesurado adecuado para los cuadros dolorosos de las sequías. se señalan claramente en el primero.mina las primeras distinciones en amplias zonas de territorio que están situadas al oriente. en la travesía de las caatingas ralas y marchitas. La naturaleza se empobrece. El fracaso de la expansión bahiana. Sorpresivamente se entra en el desierto. Entonces el encanto de la bella ilusión se quiebra. es el ejemplo saliente. a partir del paralelo 13°. Es un hecho conocido. creando anomalías climatológicas muy expresivas. la urdimbre geológica de la Tierra. obstáculos más serios que la agitada ruta marítima o montañosa. extremándose exageradamente. Las diferencias en el régimen y en los aspectos naturales. Lo revela un corto viaje hacia el occidente partiendo de un punto cualquiera de la costa. . por las latitudes. que siguiendo este rumbo son imperceptibles. creando las mismas condiciones favorables. Extendida hasta los parajes septentrionales se ve la misma naturaleza exuberante en los grandes montes que hay por la costa. aparecen dos regiones totalmente opuestas. Y por cierto. transformándose en sertones bárbaros por los que corren ríos efímeros. los meridianos van hacia el norte. Se define anormalmente por las lon­ gitudes. A partir de los trópicos. se esteriliza y deprime. Lo que no ocurre de los trópicos hacia el sur. desaparecen los grandes montes.

se lanza hacia el Mato Grosso. harto irrigado por ríos que irradian hacia los cuatro puntos cardinales. agravando la inesta­ bilidad del clima continental y sometiendo a las tierras centrales a un régimen brutal. Pero esta placidez opulenta. de T . por la disposición de la tierra y por la transición variable entre el sertón y la costa. Es excepcional. de naturaleza fecunda erguida en la apoteosis triunfal de los días deslum­ brantes y serenos. que el gran pensador. La tierra mues­ tra esa manageability of nature * de que nos habla Buckle y el clima tem­ plado caliente.El ancho muro de la cordillera granítica que cae a plomo sobre el mar. . aparecen allí. Haciendo un análisis más profundo descubriremos aspectos particulares más agudos todavía. ideó para el Brasil. que es el regulador predomi­ nante del clima de la costa oriental. sin los rasgos exageradamente dominantes de las montañas. en precipitada generalización. desafía en benignidad al admirable régimen de la Europa meridional. paradojalmente.). toda la exuberancia inconcebible. Ahora bien. como un hálito fuerte de los pamperos. origi­ nando desproporcionadas amplitudes termométricas. es sustituido en los estados del sur por el NO y en los extremos septentrionales por el NE. de un suelo que germina en fantástica vegetación. la naturaleza equilibra las exageraciones de Buckle. evitando explayarnos extensa­ mente sobre el tema. Ninguno se le equipara en el juego de las antítesis. ya muestran una diferencia esencial entre el sur y el norte. absolutamente distintos por el régimen meteorológico. como sucede más hacia el norte. En efecto. esconde el germen de cata* Manageability of nature: en inglés en el original: flexibilidad de la naturaleza. se ve que aquel régimen climatológico anómalo es el rasgo más hondo de nuestra variabilidad mesológica. el NO prepondera en toda la extensa zona que va desde las tierras elevadas de Minas y de Río hasta Paraná pasando por Sao Paulo. No lo regula con exclusividad el SE. Tomaremos los casos más expresivos. Es la escarpa abrupta y viva de las altiplanicies. francas y portentosas. apenas esbozadas. distinto de los que vimos rápidamente delineados. éstos desaparecen en el corazón de las altiplanicies frente al SO que. Contemplándolas. por las faldas interiores decae suavemente en vastos planos ondu­ lados. Ninguna se le asemeja. Sobre estos escenarios. unidas a la brutalidad máxima de los elementos. Toda la imponencia salvaje. (N . Su imagen apa­ rente es de una benignidad extrema: de tierra aficionada a la vida. Soplando desde las altas planicies del interior. el paisaje se revela más opulento y amplio. estas amplias divisiones. incluso con la frialdad de las observaciones de los naturalistas poco ave­ zados en los aspectos descriptivos. A su vez. en el Mato Grosso. En páginas anteriores vimos que el SE.

Ahora bien. los aires se inmovilizan por cierto tiempo. parecen cuerpos sólidos. incluso a través de las lúcidas observaciones de Bates 10a. dan testimonio de la embestida fulminante del flagelo. el vendaval sacude violen­ tamente la tierra. contempla los estragos en medio del renacer universal. Después de soplar algunos días las bocanadas calientes y húmedas del NE. negrea el horizonte. Joáo Severiano da Fonseca. el clima de Pará. hacia el éste. de eclipse. Se desploman las casas. Viagetn ao redor do B ra sil 101. las últimas olas barrosas de los arroyos desbordados. en un descenso continuado. los techos por tierra. el aire es sua­ vizado por soplos acariciantes. Pero. . Desde ese punto sopla después una brisa cuya velocidad va creciendo rápidamente hasta convertirse en fuerte ventarrón. poco a poco. las planicies se vuelven lagos. hacia el sur. ahogando la vida. dejando los refugios donde tuvo que buscar protección para su vida. ni las ramas de los árboles se mueven. Fulguran los relámpagos. . uniendo todas las nacientes de los ríos y embarullando los lechos en mares indefinidos. Por momentos. la vegetación volcada por los campos como si sobre ella hubiesen pasado búfalos en tropel. ¡ni una nube! El firmamento lím­ pido se arquea iluminado por un sol oscuro. los montes en una quietud que da miedo. ¡Y una hora después el Sol irradia triunfalmente en el cielo purísimo! Los inquietos pájaros cantan por las frondas chorreantes. se doblan y su­ cumben los carandas seculares. estallan en truenos los cielos y un aguacero torrencial cae sobre esas vastas superficies destrozando. Entonces. la temperatura empieza a subir de nuevo. desparramados por los vientos. en una inundación única. encuadrada por el mismo lúgu­ bre escenario. se desencadenan con el rigor implacable de una ley. despunta en contraste con esas manifestaciones. El cataclismo irrumpe como un arrebato en la espiral vibrante de un ciclón. La presión decae lentamente. Las aves se acogen a sus nidos suspendiendo sus vuelos y allí se esconden *. si se vuelve a mirar el cielo. el mismo círculo vicioso de las catástrofes. quedan aislados los morros. Vamos a esbozarlos. y el hombre. avanzando hacia el norte. No podemos describirlos. en el verano. Es un asalto súbito. Los troncos y las ramas de los árboles partidos por los rayos. un cúmulo compacto de bordes de cobre oscuro. reviviendo el mismo ciclo. asustada. en rodeos turbulentos. la presión dismi­ nuye y crece sin cesar el malestar hasta que se forma en los aires inmo­ vilizados el componente formidable del pampero y resurge estruen­ dosa la tormenta. La tem­ peratura cae en minutos y en pocos instantes. . "la naturaleza parece quedar extática.clismos que irrumpiendo siempre con un ritmo inquebrantable. Los brasileños de otras latitudes apenas lo comprenden. * Dr. las chozas destruidas. Días después los vientos soplan suavemente otra vez. el divortium aquarum impreciso que las atra­ viesa.

Y todavía. como el sístole y el diástole de la arteria mayor de la Tierra. La temperatura tiene durante todo el año una oscilación no mayor de I o o 1. en paranamirins entrecruzados en una red complicadísima de mediterráneo cortado por fuertes corrientes. árboles. manifestaciones diversas caracterizan un nuevo habitat que. Mientras tanto. O clima do B rasil 10s. No bastan las intermitencias de las crecientes y las bajantes. en plena creciente. cuyos pétalos se desprenden y caen. del único modo compatible con una naturaleza que se desborda en dispares manifestaciones. se expanden soplos fríos del sur. en furos. sobre la tierra inmóvil bajo el espasmo enervante de un bochorno de 35° a la sombra. en la plenitud de los calientes veranos. muertos. Muchas veces. tornando imposible la continuidad de cualquier esfuerzo. Estos crecen siempre de manera asombrosa. El Amazonas salta fuera de madre y en pocos días se levanta a diecisiete metros sobre su nivel. La creciente detiene la vida. Así la vida se equilibra en una constancia imperturbable. Todo depende de una alternativa dolorosa de las bajantes y las crecidas de los grandes ríos. en el círculo estrecho de veinticuatro horas. El hombre bebe la leche de la vida chupando los vasos húmedos de las sifónias. entre las cuales emergen. en el transcurso de un día sereno y claro. se extiende en vastos mares. suceden inesperadamente a noches lluviosas.Madrugadas templadas de 23° centígrados. en abril o mayo. en el Alto Amazonas. Otros hechos hacen que sean inútiles para el forastero todas las tentativas de aclimatación. con raro estoicismo ante la fatalidad. primavera. dentro de la atmósfera ardiente del Amazonas. los igapós verdeantes. el hom­ bre. Allí. rítmicas. La constancia de tal clima hace que no se adviertan las estaciones que. cuando muertos en el aire quieto se diluyen los últimos soplos del este. mutaciones completas: flo­ restas silenciosas. días que irrumpen como apoteosis fulgurantes revelan­ do transformaciones inopinadas. "A la mañana siguiente el Sol se levanta sin nubes y de este modo se completa el ciclo. impone una aclimatización penosa a todos los hijos de los territorios limítrofes. ramas viudas de las flores recién abiertas. espera la terminación de ese invierno parado jal. Tal régimen provoca un parasitismo franco. . de altas temperaturas. aislados. pantanos convertidos en prados. apare­ cen cubiertos de flores. en este clima singular. se presentan. * Draenert. en la víspera desnudos. La bajante es el verano. Preso en las mallas de los igarapés. se destacan otras anomalías que lo agravan aún más. Y en seguida. gajos apenas cubiertos por hojas quemadas y marchitas. hacia el oeste. no puede negarse.5°. abreviadas en las horas de un solo día. el termómetro es sus­ tituido por el higrómetro en la definición del clima. Es la revitalización de la actividad rudimentaria de los que allí viven. sin embargo. verano y otoño en un solo día tropical” *.

helados. ésta se ejercita. en una caída instantá­ nea y brutal. Entonces el termómetro desciende. en una progresión inversa perjudicial. afirmando inexorablemente la victoria de las expansiones instintivas y . bajo otras formas. en casi toda la costa marítima del Norte y en gran parte de los Estados que le corres­ ponden. reflejan a su vez. De ahí los errores en que incurren los que generalizan. por el hígado. . nuevas exigencias biológicas. se muestran tal vez más duramente. El calor húmedo de los parajes amazónicos deprime y agota.Es como un hálito helado del polo. En tal medio. las mismas fieras desaparecen. convendremos en que hay en nuestro medio físico una variabilidad completa. y aquella naturaleza maravi­ llosa del ecuador. pero aparecen todos. Es el tiempo del frío. es­ condiéndose en las cuevas más profundas. Nadie trabaja. Los aventureros expertos que espoleados por la ganancia se arriesgan hasta allí y los mismos nativos endurecidos por la adaptación. Se despueblan esas grandes soledades inundadas. enervaciones peligrosas pese a la acuidad de los sentidos y mal cuidadas por la sangre empobrecida de las hematosis in­ completas. la acción exclusiva de un clima tropical. se recogen tiritando cerca de las hogueras. Modela organismos endebles en las que toda la acti­ vidad cede ante el permanente desequilibrio entre las energías impulsi­ vas de las funciones periféricas fuertemente excitadas y la apatía de las funciones centrales: inteligencias en marasmo. mueren los peces en los ríos. nuevos regí­ menes. sin el tono muscular enérgico de los temperamentos robustos y sanguíneos. Sin duda. adormecidas por la ex­ plosión de las pasiones. La misma intercalación de épocas serenas y dolorosas. . quedan vacíos los nidos. sin la vibratibilidad. Los sertones del Norte. originando una patología sui generis. desde las tormentas del Mato Grosso hasta los ciclos de las sequías del Norte. de pronto. De ahí todas las idiosincrasias de una fisiología excepcional: el pul­ món que se reduce por la deficiencia de la función y es sustituido en la eliminación obligatoria del carbono. . . Se produce un hiato en las actividades. con el aspecto periódico inmanente de las leyes naturales inviolables. al estudiar nuestra fisiología. Y por algunos días se establece una situación insólita. entre el desarrollo intelectual y el físico. la selección natural se opera a costa de compromisos graves con las funciones centrales del cerebro. si consideramos que estos varios aspectos climáticos no expresan casos excepcionales. ya lo vimos. mueren las aves en los bosques silenciosos o emigran. totalmente remodelada por la espléndida reacción de los soles. Ahora bien. sobre el cual cae pesadamente la sobrecarga de la vida: organizaciones enfermas por la alternativa persistente de exaltaciones impulsivas y apatías enervadoras. muestra un simulacro cruel de la desolación polar y lúgubre. Acabemos estos rápidos diseños. hasta el Mato Grosso.

1 0 5 . .conduciendo al ideal de una adaptación que tiene. la mínima fortaleza moral. se hielan las lagunas y las heladas blan­ quean los campos. e iniciado el poblamiento del país con idénticos elementos. las canículas abrasadoras y los pantanos que producen la malaria 1 0 4 . aliado al medio. La aclimatización traduce una evolución regresiva. se impuso una separación radical entre el sur y el norte. Poseído el territorio. lo domina. ve alterados sus caracteres físicos y morales de una manera profunda. . dividido por los felices beneficiarios. como consecuencias únicas. Una temperatura anual media que oscila entre los 17° y 2 0 °. la nieve golpea en los cristales. el territorio que va del norte de Minas hacia el sudeste. Considerándola en sus aspectos generales. avanzando hasta Río Grande. el salvaje rudo. hasta el temperamento que se debilita con la pérdida de sus cualidades primitivas. las enfermedades hepáticas. altamente corregido por los fuertes movimientos aéreos provenientes de los cuadrantes del este. La raza inferior. que miraba aún hacia los últimos milagros de la "India portentosa”. excluyendo la acción per­ turbadora de acciones irrelevantes. bajo la misma indife­ rencia de la metrópoli. el calor seco. Y volviendo al sur. el portugués en el Amazonas. lo vence. Incluso en la mayor parte de los sertones septentrionales. lo anula con la concu­ rrencia formidable del paludismo. la máxima energía orgánica. desde la tez que se oscurece por los soles y por la eliminación incompleta del carbono. al cabo de pocas generaciones de cruzamiento. un régimen más fijo de lluvias que prepon­ deran en verano y se distribuyen en otoño y primavera de modo favo­ rable para los cultivos. las fiebres agotadoras. origina disposiciones más animadoras y tiene una benéfica acción estimulante. En cuanto al invierno. Y SU REFLEXION EN LA HISTORIA Nuestra historia traduce notablemente estas modalidades mesológicas. El tipo perece en un desvanecimiento continuo que se transmite a la descendencia hasta la extinción total. ya en la fase colonial se esbozan situaciones diversas. ofrece condiciones incomparable­ mente superiores. la impresión es de un clima europeo: sopla el SO muy frío sacudiendo lloviznas finas y garúas. Esto no ocurre en gran parte del Brasil central y en todas las re­ giones sureñas. en un juego armónico de estaciones. . Como el inglés en las Barbadas. lo arruina. en Tasmania o en Aus­ tralia.

las tres razas formadoras. con el aspecto perfecto de un dominador de la tierra. pero sus estaturas se engrandecen en contraste con el medio. a veces más brillantes pero siempre menos fecundas. los conflictos en los límites de los sertones. los indios de Camaráo y los lusitanos de Vieira. Allí. La historia es allí más teatral aunque menos elocuente. sin objetivo cierto y en las que colaboran. Surgen héroes. realizando la anomalía de trasladar a una tierra nueva el ambiente moral de una sociedad vieja. . entre el sertón inabordable y los mares. En todos prevalecían los mismos elementos que constituían la desesperación de Diogo Coelho. de la tutela lejana. y apartándose del mar y de los galeones de la metrópoli. Aprisionado en el litoral. El paulista — y la significación histórica de este nombre abarca a los hijos de Río de Janeiro. claramente diferenciados. en las que crecen movimientos y tendencias opues­ tas. el viejo colono imperial trataba de llegar hasta nuestro tiempo. obcecado con una centralización estúpida. . aventurero. mayor vigor en un pueblo más heterogéneo. en función de los mandatos de la corte remota. las correrías de los indígenas. Este admirable movimiento refleja la influencia de las condiciones mesológicas. se distancian en la paz. acampan en diferentes tiendas de campaña. por un medio menos adverso. la aclimatización más rápida. posi­ bilitó tempranamente el mayor vigor de los forasteros. totalmente divorciadas entre sí. Minas. insurrecto. inmutable. No había ninguna distinción entre los colonizadores de uno y otro lado. ambas desarro­ llándose bajo los influjos de una administración única. vician la transitoria convergencia contra el holandés. Lo venció. Mientras en el sur se dibujaban nuevas tendencias. felizmente. se amancipó. "Biores qua na térra que peste . se lanzó sobre los sertones desconocidos. rebelde. más práctico y aventurero.No necesitamos recordar los hechos decisivos de las dos regiones. un amplio movimiento progresista en suma. De la absorción de las primeras tribus. unidas por la misma rutina. más vivaz. los negros de Henrique Dias. bellas páginas vibrantes pero truncas. libérri­ mo. amorfas e inmóviles. Dos sociedades en formación. Mal unidos en la guerra. la ola impetuosa del sur. delineando la epopeya inédita de las Bandeiras . los mamelucos audaces. Incluso en el período culminante de la lucha contra los holandeses. El drama de Palmares 1 0 6 . . en rudo con­ traste con las agitaciones del norte. Son dos historias distintas. una del todo indiferente al modo de ser de la otra. con sus capitanías dispersas e incoherentes. vueltas extrañas por dos destinos riva­ les. . Sao Paulo y regiones del sur— se convirtió en un tipo autónomo. surgieron los cruzados de las conquistas sertanejas. mayor subdivisión de las actividades.

lo encanta con su hermoso aspecto. La sierra del Mar tiene un notable perfil en nuestra historia. no se oponían. se reducía la estrecha faja de algunas y pantanos ante la cual morían todas las codicias. En cuanto al Sao Francisco. Frente a sus escarpadas faldas golpeaba el ansia guerrera de los Cavendish y de los Festón 1 0 7 . al Paranaíba. . Los ríos que derivan por sus vertientes nacen de algún modo en el mar. A pique sobre el Atlántico. al Ama­ zonas y a todos los cursos de agua de la ribera oriental. hacia el Paraná y el Para­ naíba. metiéndose de lleno en los sertones. se abre como el telón de un enorme baluarte. el acceso al interior seguía a las corrientes. no se diluía en un clima enervante. tenía un nuevo componente en la propia fuerza de la tierra. ni la barrera intangible de los descampados abruptos. Se alteraba pero mejorando. El hombre se sentía fuerte. ni la esterilidad de la tierra. no se dis­ persaba en adaptaciones difíciles. volviendo la mirada hacia las planicies. en todo el Brasil. Ahí está el trazado elocuente del Tieté. al precipitar la evaporación oceánica. lo llama hacia su seno fecundo. en Goiás. Era la penetración en Minas. Además de esto — subrayemos este punto aunque escandalicemos a nuestros minúsculos historiógrafos— la disposición orogràfica los libraba de la preocupación de defender el litoral donde desembarcaba la codicia del extranjero. o golpeaba en las cataratas que caen desde los escalones de las altiplanicies. llevando a los sertanistas. y asomaba por encima de las flotas. como en el norte. Aulaba el irreprimible apego por el litoral que se ejercía en el norte. . directriz preponderante en ese dominio del suelo. sin un solo golpe de remo. Corren las aguas en un sentido opuesto a la costa. en Mato Grosso. Estaba sobre almenas infranqueables que lo ponían al mismo tiempo a distancia del invasor y de la metrópoli. Traspuesta la montaña — arqueada como el precinto de piedra de un continente— actuaba de aislador étnico y de aislador histórico. Según estas líneas de menor resistencia que definen las rutas más claras de la expan­ sión colonial. intangible tras los bosques. La tierra atrae al hombre. la atracción misteriosa de las minas. al paso de las bandeiras. En lo alto. el teatro de los grandes acon­ tecimientos podía volverse hacia el sertón con la misma audacia con que se había echado sobre las tierras africanas. Aunque un poco cambiado. lo arrastra finalmente de manera irresistible en la corriente de los ríos. su especial relieve lo vuelve un condensador de primer orden. en Santa Catarina. Todavía más.Es que en el sur. Se entrañan en el interior. el forastero se sentía seguro. en Río Grande do Sul. . hacia el río Grande y de ahí. la fuerza viva restante en el temperamento de los que venían de vencer el mar ignoto. Le dan al forastero la sugestión irresistible de las entradas.

Fuera de esto. aplastaban al enemigo común nuestras tres razas formadoras. los sureños destacaban aún más esta separación de destinos aprovechando el mismo hecho para establecer la autonomía franca. sobre todo en el período agudo de la crisis colonial. en el siglo xvn. centralizado en Pernambuco. bulas y órdenes reales. Los hombres del sur se desparraman por el país entero. influía por toda la costa oriental. el sureño. y se producían en­ cuentros memorables en los que. Y cuando la restauración en Portugal vino a alen­ tar en toda la línea el repudio al invasor. Cuando las correrías del bárbaro amenazaban Bahía o Pernambuco o Paraíba y los quilombos desperdigados por los bosques constituían los últimos refugios del rebelde africano. descubriéndola des­ pués del descubrimiento. el sureño. Las grandes caravanas guerreras eran muchedumbres desencadenadas hacia todas direcciones. en Sao Paulo se estructuraba el drama sombrío de Guaira 1 1 0 . lo dice la grosera odisea . el poblamiento sigue las huellas embarulladas de las bandeiras. invadiendo la propia tierra. desde Bahía a Maranháo. solidarios. Un pueblo extraño de mestizos levantis­ cos. No tenemos un contraste mayor en nuestra historia. un completo divorcio con aquellos luchadores. porque ofrecían potencialidades. en el reinado efímero de Amador Bueno 111. revelaba en su rechazo de los decretos de la metrópoli. pisoteando. De hecho. en demanda de otros rumbos. señalándolo como el enemigo más serio. con la fatalidad de una ley. reaccionaban tenaces contra los jesuítas. congregando de nuevo a los exhaustos combatientes. En él se descubren sus rasgos verdaderamente nacionales. apenas los vislum­ bramos en las cortes espectaculares de los gobernadores en Bahía. Fuera del litoral. eufemismo casuístico que disfrazaba el monopolio del brazo indígena. parecían de otra raza en el arrojo temerario y en la resistencia a los contratiempos. Las seguían incansables. En la plenitiud del siglo xvn el contraste se acentúa. En cuanto el dominio holandés. donde reinaba la Compañía de Jesús con el privilegio de conquistar las almas.Así es fácil mostrar cómo esta distinción de orden físico aclara las anomalías y contrastes entre los sucesos en las dos partes del país. llevado por otras tendencias. Hasta los últimos años del siglo xvn. absolutamente alejado de aque­ lla agitación. donde se reflejaba la decadencia de la metrópoli y todos los vicios de una nacionalidad en descomposición. mientras en Pernambuco las tropas de von Schoppe prepa­ raban el gobierno de N assau1 0 9 . aquellos sertanistas que extendían los límites de Pernambuco hasta el Amazonas. Parecía casi un enemigo tan peligroso como el holandés. buscando otros destinos. abriendo el seno rutilante de las minas. Estos. olvidados del holandés. En lucha abierta con la corte portuguesa. se dirigen con Ruy de Montoya a Madrid y con Dias Taño a Roma 1 0 8 . Llegan a los límites extremos del ecuador. resuelto.

protegidas por una civilización que es como el plasma sanguíneo de esos grandes organismos colectivos. en las capacidades de las razas que se cruzan. las dosis de los tres elementos esenciales. Apretados entre los cañaverales costeros y el sertón. las bandeiras hubiesen salido también del este y del norte y atrapado por un movimien­ to convergente. es evidente que la yuxtaposición de los caracteres coincide con la íntima transfusión de tendencias y la larga fase de trans­ formación correspondiente se erige como un período de debilidad. Si esto se verifica en las razas totalmente definidas que afrontan otros climas. Lo que preparó el advenimiento de subrazas diferentes por la propia diversidad de las condiciones de adaptación. sin la osadía de los dominadores. Ade­ más de esto (es hoy dato innegable) las condiciones externas actúan sobre las sociedades constituidas que sufren migraciones seculares. Es que el hijo del Norte no tenía un medio físico que lo blindara con igual suma de energías. perdieron todo el arrojo y el espíritu de revuelta que ruge con elocuencia en todas las páginas de la historia del sur. el elemento indígena hubiera desaparecido sin dejar ras­ tros. aun­ que remediadas por los recursos de una cultura superior. variaron en demasía en los diversos puntos del territorio. Si tal cosa hubiese sucedido. en un bloqueo agravado por la acción del clima. por Sebastiáo Tourinho. son un pálido remedo de las embestidas del Anhangüera o de un Pascoal de Araújo 1 1 2 . aunque después tuvieron los estímulos enérgicos de las Minas de Prata de Belchior Dias.de "Palmares”. Las exploraciones allí iniciadas. sin la audacia que brota de la atracción ejer­ cida por los parajes opulentos y accesibles. en nuestro caso especial. Delineada de este modo la influencia mesológica en nuestro movimien­ to histórico. ¿qué no diremos de nuestra situación tan dife­ rente? En este caso. Pero el colono norteño. elevando el valor relativo de . en la segunda mitad del siglo xvi. en seguida se encontraba con la naturaleza adversa y prestamente volvía al litoral. ACCION DEL MEDIO EN LA FASE INICIAL DE LA FORMACION DE LAS RAZAS Volvamos al punto de partida. de los que se sienten bien en una tierra amiga. en sus entradas hacia el oeste y hacia el sur. se deduce la que ejerció sobre nuestra formación étnica. Bastiao Alvares en el Sao Francisco y Gabriel Soares por el norte de Bahía hasta las nacientes del Paraguacú. entre el mar y el desierto. no se basa en causas étnicas primordiales. Ese contraste. por cierto. en el río Doce. el hace­ dor predilecto de las grandes hecatombes. Convenido que el medio no forma las razas. surgía como el vencedor clásico de esos peligros.

aun separadas del suelo nativo. El Brasil era tierra de exilio. Todavía los deslumbraba el Oriente. se adicionan la dispo­ sición de la tierra. podemos decir que para esas reacciones biológicas complejas. en gran medida a causa de las circunstancias físicas. . . Esta cifra abarcaba todo el Brasil y habían pasado más de cien años desde el descubrimiento. esa especie de fuerza catalítica misteriosa que difunden los variados aspectos de la naturaleza. éste graba mejor sus trazos característicos en el cuerpo en fusión. Sin arriesgarnos mucho en un paralelo osado. acojámonos a este tema. El documento afirma "que las tierras del Brasil no están despobladas porque en ellas existen más de tres mil portugueses”. parcelados en pequeñas levas de desterrados o colonos arruinados. Las circunstancias históricas. de las grandes masas invasoras. Venían dispersos. la ilusión de una subraza. No hay un tipo antropológico brasileño. un vasto presidio con el que se atemo­ rizaba a los heréticos y a los relapsos. Ineptos para discriminar entre nuestras razas formadoras. Nuestras capas étnicas se distribuyeron de modo diverso. Los portugueses no abordaron el litoral norteño robusteci­ dos por la fuerza viva de las migraciones compactas. originaron diferencias iniciales en la mezcla racial. originando un mestizaje disímil. la intensidad de estos últimos está lejos de la uniformidad proclamada. Así es que en las primeras épocas. son claras al respecto. las modalidades del clima y esa acción de presencia innegable. LA FORMACION BRASILEÑA DEL NORTE Tratemos de tener en este intrincado entrecruzamiento una ilusión. El desarrollo poblacional desde Maranhao a Bahía lo revela. Al calor y a la luz que se ejercitan en ambos. . Definamos rápida­ mente los antecedentes históricos del jagungo. Vimos cómo entre nosotros. todos los pasibles del morra per ello de la sombría justicia de aquellos tiempos. Fue lento. a fin de regularizar con el embajador español en Francia el tratado de tregua con La Ravardiére 113. En esas circunstancias. capaces de conservar por el número. sin el empuje viril de los conquistadores. todas las cualidades adquiridas en el largo aprendizaje his­ tórico.la influencia del medio. Las instrucciones dadas en 1615 al capitán Fragoso de Albuquerque. Vimos que la formación brasileña del Norte es muy diferente a la del Sur. el medio tiene agentes más enérgicos que para las reacciones químicas de la materia. prolongándolas hasta nuestro tiempo. tal vez efímera. el número reducido de pobladores contrasta con la vastedad de la tierra y la cantidad de población indígena.

El amancebamiento con las caboclas cayó pronto en una franca degra­ dación de la que ni el clero se salvaba. eran de molde para esa mezcla en gran escala. Por otro lado. Lo demuestran las sucesivas cartas reales que. El padre Nóbrega 119 lo definió bien en la célebre carta al rey (1 5 4 9 ) en la que. En muchos lugares escaseaban. pintando con ingenuo realismo la disolución de las costumbres. según el pensamiento de Varnhagen 1 2 0 . captando la simpatía de los nativos. se puede afirmar que la extinción del indígena del Norte provino. sin hogar. se hicieron cristianos y se emparentaron con los europeos. Sin ninguna idea preconcebida.Según observa Aires de Casal 1 1 4 . Se sabe que en el ánimo de los beneficiarios existía la preocupación de aprovechar lo mejor posible la mezcla. Bahía estuvo más poblada. siendo innumerables los naturales blancos del país con casta tupiniquina”. Pensaba que era conveniente que le enviasen huérfanas o aun mujeres que fuesen erradas. por ser la tierra amplia y vasta. además. gente de buena índole. todos tenían por meta el aforismo de Barleus 1 1 8 . El primer mestizaje se hizo pues en los primeros tiempos. intensamente. hechos a la vida libre del campamento. más de los sucesivos cruzamientos que de un verdadero exterminio. Ultra equinotialem non peccavi. dice aquel narrador sincero. con tres ingenios de azúcar” *. Cuando algunos años más tarde. Lo que tiene que haber influido mucho en los primeros cruzados. Eran pocos. cuatro mil negros y seis mil indios. Los forasteros que llegaban a esas playas. que todas hallarían maridos. 195. desterrados o aventureros corompidos. Según Fernáo Cardim 1 1 7 . "Desde temprano — dice Casal— los tupiniquinos. en el primer siglo tuvieron una función inferior. Hombres de guerra. declara que el interior del país está lleno de hijos de cristianos que se multiplican según los hábitos gen­ tilicios. . entre el europeo y el indígena. Es visible durante mucho tiempo el predominio del elemento autóctono. p. los africanos. aunque existían en abundancia. allí existían dos mil blancos. "la población crecía tan lentamente que en la época de la pérdida del Señor Don Sebastiáo ( 1 5 8 0 )1 1 5 toda­ vía no había un establecimiento. incluso en el reino. Este proceder obedecía a los fines de la metrópoli. en Río Grande do Norte "donde los indios hace tiempo que fueron reducidos a pesar de su ferocidad y cuyos descendientes por medio del mestizaje con los europeos y africanos han aumentado las clases de los blancos y de los pardos”. desde 1570 a 1758 — en que pese "a una serie nunca interrumpida de hesitaciones y contradicciones”— * * dis* Corografía Brasílica. fuera de la isla de Itamaracá 116 cuyos vecinos andaban en las 2 0 0 personas. Estas afirmaciones son expresivas. * * Joáo Francisco Lisboa m . la des­ proporción entre el elemento europeo y los otros dos continuó siendo desfavorable en perfecta progresión aritmética.

los misioneros salvaron este factor de nuestras razas. obligada a transigir en el Sur. desde las faldas de la Ibiapaba 123 hasta las de la Itiúba. Tantos captivos crescer. los jesuítas realizaron allí una tarea noble. Incluso algunas. Por lo menos fueron rivales del colono que sólo buscaba ganancias. Aunque la tentativa de elevar el estado mental del aborigen hasta las abstracciones del mono­ teísmo fuera quimérica. En Evora eran mayoría sobre los blancos. por lo menos hasta la intervención de Pombalm. a despecho de las perturbaciones que provocaban. Penetrando hasta lo hondo de los sertones. En el combate estúpido de la perversidad contra la barbarie esos eternos condenados cumplieron una digna función. dominaba en el Norte.minuyen las posibilidades de ganancia de los colonos en la explotación de los salvajes como esclavos. es discutible que haya penetrado profundamente en los sertones. tan oportuna para nuestra historia. que de algún modo completa el movimiento febril de las bandeiras. Contribuyó a esta persistente tentativa de incorporación. un lento esfuerzo de pene­ tración en el centro mismo de las tierras sertanejas. generalmente le dan una influencia exagerada en la formación del sertanejo del Norte. extendían la protección a punto de decretar que se concediese tierras a los nativos "hasta las ya dadas a otros” puesto que debían tener preferencia los indios "naturales señores de la tierra”. la Compañía de Jesús que. en aldeas a los rancheríos misera­ bles. en toda la región que va del Maranháo hasta Bahía. centros de fuerza atractiva del apostolado. anterior al des­ cubrimiento porque se había consumado desde el siglo xv. gracias a un esfuerzo secular. que iniciada a fines del siglo xvi no paró hasta el nuestro (1 8 5 0 ) 1 2 4 y con­ siderando que él fue el mejor aliado del portugués en la época colonial. Estas difundían ampliamente la san­ gre de las tres razas en los nuevos parajes descubiertos. Eran los únicos hombres disciplinados de su tiempo. Es cierto que el consorcio afro-lusitano era antiguo. a su vez. García de Rezende. Sorpren­ didos los historiadores por la venida. tuvo el valor de atraerlo durante mucho tiempo. . provocando un entrelazamiento general. servían para uni­ ficar tribus y para convertir. Los versos de un contemporáneo. con los azeneguas y los jalofos de Gil Eanes y Antao Goncalves. Ex­ cluyendo las posibles intenciones condenables. En 1530 andaban por las calles de Lisboa más de diez mil negros y lo mismo sucedía en otros sitios. como la de 1680. El curso de las misiones en el Norte. Hicieron mucho. Las aldeas. demuestra sobre todo. Pese a que esta invasión de vencidos e infelices tuvo una rara fecundidad y óptimas cualidades de adaptación puestas a prueba en el Africa. en gran escala. proporcionan un documento125: "Vemos no rey no meter. del africano.

mira del egoísmo de los colonos. La genesis del mulato tuvo su sede fuera de nuestro país. sin las rebeldías del indio1 2 6 . Como organis­ mos potentes hechos a la humildad extrema. importada de Madeira m. El primer mestizaje se hizo en la metrópoli. Ya antes de la invasión holandesa * *. el negro tuvo sobre sus hombros toda la presión de la vida colonial. y determinando cruces raciales diferentes de los que se hacían en el interior de las capitanías. o si no. El elemento africano se quedó en los vastos parajes costeros. libertando al indígena. El cultivo extensivo de la caña. como Domingos Sertáo1 2 8 . Además —insistamos en un punto incontroverti­ ble— las numerosas importaciones de esclavos se acumulaban en el litoral. desde Río Grande do Norte a Bahía había ciento sesenta ingenios. el mulato es el resultado principal del último y el curiboca del primero 1 2 9 . el indio apenas retenido en las aldeas por la tenacidad de los misioneros. * “Vemos en el reino meter / tantos esclavos crecer. Naturalmente. Y esta explotación en gran escala progresó des­ pués rápidamente. amarrado a la tierra. * * Diogo Campos.Irem-se os naturaes. entre nosotros creció. serán más. . la fertilidad de la tierra fijaba a los dos elementos simul­ táneamente. distaba pocas leguas de la costa. admitiendo en ambos como denominador común el elemento blanco. Allí campeaba el indio inepto para el trabajo y además rebelde. Algunos. pero apenas pene­ traba en el interior. Así se establecieron límites precisos entre los cruzamientos realizados en el sertón y los del litoral. terminaban su vida aventurera. / ellos que nosotros.). Razáo do Estado do Brasil. abiertas en aquellos in­ mensos latifundios. (N . Incluso los que se alzaban en franca rebeldía arma­ ban sus quilombos evitando el centro del país. de T . La gran faja negra iba de Bahía a Maranháo. atraídos por el lucro de las fazendas de criagao. / y si así sigue. se assim for. Los sertanistas que llegaban hasta aquellos parajes ya habían perdido su combatividad. Las viejas ordenanzas que establecían "cómo se podían abandonar los esclavos y las bestias que se hallaren enfermas o mancas” denuncia la brutalidad de la época. Era la bestia de carga que asumía todos los trabajos sin descanso alguno. En la costa. Palmares. determinó el olvido de los sertones. / los naturales se van. La esclavitud negra. a mi ver” . Que. seráo mais Eles que nós. dejaba más libertad que en el Sur para los esfuerzos de la catequesis. a meu ver” *. En efecto. La raza dominada tuvo aquí posibilidades de desarrollo. con sus treinta mil habitantes.

Golpearon sus fronteras por igual el bandeirante. la abundancia de documentación permite la recons­ trucción de la vida colonial. el teatro de las misiones. casi todos son efímeros. en sus nacientes. * Joáo Ribeiro. pasando rápidas sobre las miserables aldeas indígenas. Después se estrecha. hasta Paulo Afonso y cor­ tando la región estéril de las caatingas. derivando. Amplio en las nacientes. el lugar de la agitación minera. el único compatible con la situación económica y social de la colonia. con miras sobre todo a la esclavización y al abatimiento de los nativos. Las bandeiras. Si en el futuro. en el curso inferior. constreñido entre las cumbres que lo desnivelan hacia el mar. de trazado incomparablemente más apropiado para la penetración colonizadora. es posible que el vaquero. en la cuenca de Juázeiro. sea destacadamente. el Sao Francisco fue. el jesuíta y el va­ quero. totalmente olvidado aún. Hay un notable rasgo de originalidad en la génesis de la población sertaneja. a la busca del oro o del esclavo. pasando en la parte media por el hermoso paraje de los campos gerais. En el curso inferior. apretado por un corredor único de centenares de kilómetros. la tierra clásica del régimen pastoril. Balancea la influencia del Tieté. nos apartaremos un poco del teatro en que se desarrolló el drama histórico de Canudos. y en la región media.GENESIS DEL JAGUNgO La demostración es positiva. desde el siglo xvn hasta fines del siglo xvm . no diremos del Norte sino del Brasil subtropical. se vuelve pobre de tributarios. descubrían inmensos parajes que no poblaban y abandonaban para seguir hacia zonas todavía más desiertas. Bravo y temerario como el bandeirante. sobresalga y obtenga el lugar que merece en la formación de nuestro pueblo. sea de modo confuso. Ahora bien. . en la zona de las montañas y de las florestas. en su dilatado recorrido recoge numerosos afluentes por la mitad de Minas. recorriendo rápidamente el río Sao Francisco "el gran camino de la civilización brasileña” según el acertado decir de un historiador *. Ya vimos en páginas anteriores que él atraviesa las regiones más dis­ pares. En cuanto a éste. bajo los dos aspectos que muestran. se volvió el camino predilecto de los sertanistas. resignado y tenaz como el jesuíta. saliendo a la búsqueda de la tierra o del hombre. tenía la ventaja de un atributo supletorio que le faltó a ambos: la fijación al suelo. esta triple disposición es un diagrama de nuestra marcha histórica que refleja paralelamente sus variables modalidades. Lo esbozaremos y para no alargarnos en demasía. Historia do B ra sil 131.

después de un agotamiento casi secular. FUNCION HISTORICA DEL RIO SAN FRANCISCO Se formó oscuramente. como los documentos adrede oscuros de los ruteros. resurgiendo francamente con Bartolomeu Bueno. a veces inextricable. más fuertes. gran parte del siglo xvn está dominada por las sombrías leyendas de los cazadores de esclavos. aparecía como incidente obligado. Como el acceso más corto y normal por los caminos de la costa estaba vedado porque lo interrumpían los muros de las sierras o lo obstaculizaban los bosques.Su historia. aunque anónimas y sin brillo. Sebastiáo Tourinho. aparentemente. Nóbiliarquia Paulista. la naciente y la desembocadura. En este permanente oscilar entre los dos designios. a Bruzzo Spinosa. en la región que corta por su curso medio el Sao Francisco. llevando hasta las serranías de Macaúbas. en el Ribeiráo do Carmo. Véase F. y desapa­ recido al norte el país encantado que había idealizado la imaginación romántica de Gabriel Soares. que abría ante los exploradores dos vías únicas. se explayaron de nuevo. A. uno tras otro. durante este período en que. revelándose como aventura pura o como empresas de mayor o menor practicabilidad. * Carta del coronel Pedro Barbosa Leal al conde de Sabugosa. más allá del Paramirim 1 3 4 . sucesivos grupos de pobladores *. En el comienzo. el descubrimiento de lo desconocido. la visión engañadora de la "Sierra de las Esmeraldas” que desde mediados del siglo xvi atrajera. sólo se daba en el litoral la lucha contra el holandés y en el interior de las altiplanicies el asombroso ondular de las bandeiras 1 3 2 . alentadas por el oro de Arzáo siguiendo en 1693 las mismas huellas de Tourinho y de Adorno y al cabo. que no se toma­ ba en cuenta. la entrada se hacía por el Sao Francisco. traduce la sucesión y el enlace de estos únicos estímulos. y Pedro Taques. . 1725. por el país entero 1 3 1 . centralizados en la figura brutalmente heroica de Antonio Raposo. hasta que. parecen haberse prolongado hasta el gobierno de Lancastro 1 3 S . Dias Adorno y Martins Carvalho. acabada con la expedición de Glimmer (1 6 0 1 ). eternamente inalcanzables. que avivó. como consecuencia inevitable. en Itaberaba y Miguel Garcia. Ahora bien. Es que se habían apagado casi al mismo tiempo los milagros de la misteriosa "Sabará-bugu” y los de las "Minas de Plata”. se había desarrollado un notable poblamiento cuyos resultados aparecerían mucho después. Así es que. los caminos de Glimmer. renova­ das por las investigaciones indecisas de Pais Leme. hacia los flancos del Espinhaco. lo determinaron las entradas que buscaban las minas de Moreia que. las entradas sertanejas volvieron al anhelo primitivo e irradiando desde Ouro Préto. su función realmente útil. Pereira da Costa. Em prol da integridade do territorio de Pernambuco.

con sus pequeños ejércitos de taba)aras aliados. los forasteros que llegaban al centro de aquel sertón rara vez volvían 1 3 5 . casi simétricos. sino también las aves y reptiles. No faltaba para ello. El gran río se erige desde el principio como un elemento unificador étnico. no sólo los mamíferos. No producía impuestos o rentas que despertasen el interés egoísta de la corona. Porque provenientes de los más diversos puntos y orígenes. . atrayéndolos y entrelazándolos. o los pernambucanos de Francisco Caldas. desahogados todos en los grandes claros de las caatingas. todos fueron lazos preciosos para la fusión de esos elementos esparcidos. su especial conformación hidrográfica de afluentes que se ajustan. sobre la rara fecundidad del suelo cubierto de pasturas naturales. Se pobló y creció autónoma y fuerte. Y contrapuesta a la turbulencia del litoral y a las aventuras mineras. El régimen pastoril se esbozó allí como una sugestión dominadora de los campos gerais. Tratándose de los lugares situados hacia las nacientes del Río Grande. 169. su flora compleja y variable. o fuesen los portugueses de Manuel Nunes Viana que partió de su fazenda de "Escuro” en Carinhanha para conducir a los emboabas en el Río das Mortes. cristaliza. al este. dando una sal blanca como el armiño. en la que se entrelazan florestas sin la grandeza y el cierre impenetrable de las del litoral. a los extremos del Maranháo y Ceará por el noreste y las serranías mineras de Bahía. fuesen los bahianos de Garcia d’Avila.llevando a los hombres del Sur al encuentro con los hombres del Norte. en cuyas márgenes el calor del sol hace apa­ recer sal congelada". se constituyó una extensa zona de cría de ganado que ya al alborear el siglo x v m iba de las fronteras septentrio­ nales de Minas a Goiás. exuberante y accesible. la sal. Su estructura geológica original da lugar a forma­ ciones topográficas en las que las sierras. al Piauí. un elemento esencial. p. todas de agua más o menos salobre. tienen el atenuante de los vastos llanos. II. últimos espolones y contra­ fuertes de la cordillera marítima. Favorecida de este modo. fuesen los paulistas de Domingos Sertáo. declara Aires de Casal: “Hay varias pequeñas lagunas a mayor o menor distancia del río. les compensaba la ilusión deshecha de las minas codiciadas. olvidada. con el pasto tierno de las altiplanicies y el pasto duro de los llanos. no sólo por la metrópoli lejana sino por los mismos go­ bernadores y virreyes. El ganado lame el suelo embarrándose en las aguadas y bebe con delicia esa agua y come el barro. Escragnolle Taunay 136. presentaba el "casi único aspecto tranquilo de * Todos los animales buscan con ansia esos lugares. Corografía Brasílica. La tierra. El agua de esos lagos (también la dulce) filtrada en vasijas de madera o de cuero finamente agujereadas y expuestas en tablas alrededor de ocho días. extenso tramo de unión entre dos sociedades que no se conocían. indiferente para los cronistas de la época. gratuita en las salobres bajadas de los barreiros *. hacia el occidente y el oriente uniéndola de un lado a la costa y del otro al centro de las altiplanicies. Casi toda esa sal sube hacia el centro de Minas Gerais. pero oscura.

y avanzando en dirección contraria como un reflujo del norte. amurallados al este por la Serra Geral. La importancia que tuvieron ciertos bahianos en los acontecimientos de 1709 y la referencia de Antonil al capitán Luis do Couto que fue de Bahía a ese paraje con tres hermanos “buenos mineros”. ya entonces muy poblado de paulistas y sus descendientes. buscaron aquellos lejanos rincones y se cree. cuando descubre Goiás. . fueron numerosas las familias de Sao Paulo que. ciertamente desde el este.nuestra cultura” *. la mayoría de los productores opulentos que allí se formaron. los grupos de "Bahianos”. sin los peligros de las migra­ ciones y los cruzamientos. trasponiendo la sierra de Paraná. favorecen esta última hipótesis”. * * * * Dice el profesor Orville Derby: “Según Antonil138. Y no arriesgamos una hipótesis desmedida si admitimos que este tipo extraordinario de paulista. anónimos pioneros que habían llegado allí. y que al reabrirse en 1697 el ciclo más notable de las búsquedas del oro. en las ruidosas y turbulentas bandadas de inmigrantes que rodaban desde los flancos orientales de la sierra del Espinhago hasta el thalweg del Río das Velhas. pasando al oeste de las nacientes del Santa Bárbara. es de presumir que fueron hechos por mineros de Ouro Préto. por bahianos venidos del norte. EL VAQUERO Ya se formaba en el valle medio del gran río una raza de cruzados idén­ ticos a aquellos mamelucos enérgicos que habían nacido en Sao Paulo. pasaran más fuertes quizá. venía del sur. desde el siglo x v m se convirtió casi exclusivamente en una colonia de ellos” Es natural entonces que Bartolomeu Bueno. o tal vez. abarcando a los pobladores septentrionales * * * * . Joao Mendes de Almeida. surgiendo y decayendo en seguida en el Sur. prolongando intacta hasta hoy. Os primeiros descobrimentos de ouro em Minas Gerals. detenidos al occi* Joao Ribeiro. Según lo recogido en preciosas páginas por Pedro Taques * * . Notas genealógicas. Porque allí se quedaron completamente divorciados del resto del Brasil y del mundo. vea sorprendido señales de­ jadas por sus predecesores. se conservara. * * * Dr. etc. los descubrimientos en la región de Caeté fueron anteriores a los del Río das Velhas o de Sabará. * * Nobiliarquia Paulista. la índole varonil y aventurera de sus abuelos. aceptando el concepto de un historiógrafo perspicaz que el "valle del Sao Francisco. renaciera allí y. término que como el de "Paulista” se volvía genérico. tal vez precediendo a los demás en el descubrimiento de las minas de Caeté 137 y cruzándolas de parte a parte. y eran los mismos enérgicos y entusiastas integrantes de las bandeiras. en una degeneración completa hasta el punto de declinar en el territorio mismo que le dio nombre. Aparte de los escasos contingentes de pobladores pernambucanos y bahianos. en continuas migraciones. y en este caso.

de caracteres definidos e inmutables. Y allí están. incomprendida y olvidada. con su bellísimo folklore de rimas que ya cumplieron tres siglos. Piauí. pero diferente de las otras razas del país. Expandiéndose por los sertones limítrofes o próximos. fácilmente denun­ ciada hoy por el tipo normal de aquellos sertanejos. Las entradas de uno y otro lado del meridiano. o en las serranías de flancos destrozados por la búsqueda del mineral superficial. de Goiás. pues después de dominarlo con la esclavitud lo apro­ vecharon para la nueva industria que practicaban. Sería largo hablar de la evolución del carácter. tienen un origen . cuando las minas bahianas. incluso en las mayores crisis — cuando la ropa de cuero del vaquero se convierte en la armadura flexible del jagungo— oriunda de elementos convergentes de todos los puntos. les dieron esa derivación a la faena de los rodeos. por el aislamiento. casi sin mezcla de sangre africana. vino el inevitable cruzamiento. con su sentimiento religioso llevado hasta el fanatismo. más bien facilitaban el entrelazamiento de los extremos del país. abasteciendo por igual con los enormes arreos que subían hasta el valle del Río das Velhas y bajaban hasta las nacientes del Parnaíba. donde todavía hoy surge impune el jaguar y se desplaza veloz el avestruz. con los mismos hábitos de sus abuelos. una ruda escuela de fuerza y coraje en aquellos campos gerais tan amplios. Maranháo. La índole aventurera del colono y la impulsividad del indígena se amalgamaron y el propio medio les permitió. ella es innegablemente un ejemplo expresivo de cuánto importan las reacciones del medio. sobre una tierra fértil. y tuvieron. Nos ligaban en el espacio y en el tiempo. . En consecuencia. villas y ciudades. Nacían del abrazo feroz de vencedores y vencidos.dente por los amplios campos gerais que se abren hacia el Piauí y que todavía hoy el sertanejo considera infinitos. aquella ruda sociedad. tienen un carácter de total originalidad expresado en las fundaciones que erigió. que animan hoy su superficie. Todos los po­ blados. El medio los atraía y los protegía. Raza fuerte y antigua. Y despuntó una raza de curibocas puros. con su extraño aferrarse a las tradiciones más remotas. con sus ropas características. era ya nuestra nacionalidad en ciernes. más tarde. . la conservación de los atributos y hábitos antiguos ligeramente modificados por las exigencias de la nueva vida. Ceará y Pernambuco. Estableciendo en el interior la continuidad del poblamiento que aún faltaba en la costa y surgiendo entre los norteños que luchaban por la autonomía de la patria naciente y los sureños que le ampliaban el área. Los primeros sertanistas que la crearon. con su exagerado sentido de la honra. ampliando sus atributos ancestrales. no aptas para la dis­ persión. Se criaban en una sociedad revoltosa y aventurera. habían suplantado en toda la línea al salvaje.

FUNDACIONES JESUITAS EN BAHIA En efecto. se encontraron sorprendidos con las parroquias que ya . acompañando al Sao Francisco hasta los sertones de Rodelas y Cabrobó1 4 1 . completando estos ligeros apuntes. libérrima y fuerte de los vaqueros. el indio se fijaba en aldeas que se convertirían en ciudades. totalmente diversos en su origen. . del poder de los sacerdotes por la severa política de Pombal. se formaron sobre las viejas aldeas indígenas. y finalmente. Nos dicen que mientras el negro se agitaba en los afanes del litoral. La extraordinaria empresa apenas se rastrea actualmente en escasos do­ cumentos que poco dicen para conocer la continuidad de la historia. y en el norte. Si nos limitamos a las que todavía perduran. después atraviesa los grandes campos gerais. se construyeron sobre las antiguas aldeas de las misiones. son elocuentes respecto del caso que conside­ ramos. incluso en un área tan pequeña. Los que existen. Mientras las del sur se levantaron en las cercanías de las minas o al lado mismo de las excavaciones. Es lo que indican. llega a los parajes poco apetecidos. preferidos por el caminar lento y penoso de las misiones. que reflejan el arrojo incomparable de las bandeiras. En esa superficie otorgada por abusivas concesiones al poder de una sola familia. se asiste a la sucesión de los tres casos señalados. La calculada solicitud del jesuita y la excepcional abnegación de los capu­ chinos y franciscanos incorporaron las tribus a nuestra vida nacional. los actuales poblados sertanejos. avanzaron en el siglo xvn las misiones en su lento andar que continuaría hasta nuestro tiempo. No tuvieron un historiador. Nos excusamos de apuntar ejemplos que son tan numerosos. arrebatadas en 1758. . la de García d’Avila (Casa de la Torre) 1 4 0 . inconmensurables arenas hechas a la sociedad ruda. siguiendo la dilatada línea entre la Itiúba e Ibiapaba. los mejores ejemplos. El río deja las regiones alpestres. Desde Itapicuru de Cima hasta Jeremoabo y desde allí. con ciudades encaramadas sobre sierras. los trazados de las fundaciones jesuíticas. próximas o alrededor del sitio donde existía hace cinco años la Troya de barro 139 de los jagungos. se encuentran poblaciones antiquísimas. en el territorio que hemos demarcado. sin embargo. Si se consideran las poblaciones del Sao Francisco desde las nacientes hasta la desembocadura. aquí surgieron todos de los antiguos establecimientos de ganado.uniforme bien diferenciado de los otros que se encuentran al norte o al sur. y cuando alboreaba el siglo xvm y los paulistas irrumpen en Pambu y en Jacobina 1 4 2 . estériles de tanta sequía. vemos.

En éstos preponderaba el elemento indígena de la antiquísima misión del Sai. Es singular la identidad de forma. el canhemborá y el quilomboia *. a veintidós leguas de Paulo Afonso. En 1702. de Pernambuco y de Bahía. interviniendo en las disensiones tribales y asimismo imperaba. donde. Inhambupe. al comenzar el siglo xvm . fl. también antigua. * * Os orizes conquistados de José Freire de Monteiro Mascarenhas. En la segunda mitad del siglo x v i i surgió en el sertón de Rodelas la vanguardia de las bandeiras del Sur. Cerca se levantaba. el rústico landlord colonial aplicó en el trato de sus cincuenta estableci­ mientos de cría la índole aventurera e inquieta de los curibocas. en 1687.centralizaban cabildas. lo que permite suponerle un origen mucho más remoto. tenía el opulento Garcia d’Avila una compañía de su regi­ miento * * *. Incompa­ rablemente más animado que hoy. Más hacia el sur resaltaban otras: Natuba. la misión de Magacará. humildísimo. Ya en 1698. El primero de aquellos sitios. Quilomboia: negro huido. gobernador general del Brasil.700 catecúmenos * * . directamente favore­ cido por la metrópoli. el poblamiento continuó con mayor intensidad y con los mismos elementos. Allí el elemento indígena se mezclaba ligeramente con el africano. la primera misión de franciscanos disciplinó aquellas zonas de modo más eficaz que las amenazas del gobierno. gov. * * * Libro pat. Se armonizaron las tribus y el aflujo de silvícolas adoptados por la iglesia fue tal que en un solo día el vicario de Itapicuru bautizó a 3. Más hacia el norte. desti­ nadas ambas a caracterizar la misma desdicha de dos razas tan apartadas en su origen. próximo al mismo tiempo del Piauí. aldea también bastante antigua. Un capuchino los conducía. levantada por los jesuítas. * Canhemborá ( cánybora) : indio huido. ostentaba un feudalismo grosero — que lo llevaba a convertir en vasallos a los tributarios pobres y en siervos a los tapuias mansos— . Domingos Sertáo centralizó en su establecimiento del Sobrado el círculo más animado de la vida sertaneja. el humilde lugarejo llamaba sobre sí la atención de Joáo de Lancastro. que se refu­ gia en los quilombos. sobre los mansos morubixábas. estaba incorporado a la administración metropolitana desde 1682. Casi en la confluencia de las capitanías septentrionales. 272. que cuando se elevó a parroquia originó una amplia controversia entre los sacerdotes y el rico propietario mencionado. significación y sonido de estas palabras surgidas. mu­ nidos con los títulos perfectamente legales de capitanes. Itapicuru (1 6 3 9 ) 143 fundada por los fran­ ciscanos. la segunda en el Africa y la primera en el Brasil. La acción de ese rudo sertanista en aquella región no ha tenido el relieve que merece. princi­ palmente cuando se exacerbaban las rivalidades de los jefes indios. Como los otros dominadores del suelo. pero habiendo alcanzado su ideal de riqueza y poder. Jeremoabo es sede de juzgado. . del Ceará.

se aliaba con los sacerdotes en la misma función integradora. Es que la metrópoli secundaba en el norte los esfuerzos de los sacerdotes. Se había afirmado desde hacía mucho tiempo el principio de combatir al indio con el indio, de modo que cada aldea de catecúmenos era un reducto frente a las incursiones de los indios libres e indomables. Al terminar el siglo xvn, Lancastro fundó con el indio catequizado la aldea de la Barra 144 para atenuar las depredaciones de los Acaroazes y Mocoazes. Y desde aquel punto, a lo largo del Sao Francisco, se suceden los poblados y las misiones en N. S. do Pilar, Sorobabé, Pambu, Arocapá, Pontal, Pajeú, e tc.1 4 5 . Es evidente que, precisamente en el trecho de sertón bahiano más ligado con los otros Estados del Norte — en todo el circuito del sertón de Canudos— se estableció desde el alborear de nues­ tra historia un poblamiento abundante, en el que sobresalía el indio amalgamado con el blanco y con el negro, sin que éstos resaltaran a punto de dirimir su innegable influencia. Las fundaciones posteriores a la expulsión de los jesuítas copiaron el mismo método. Desde fines del siglo x v i i i hasta el nuestro, en Pombal, en Cumbe, en Bom Conselho y Monte Santo, etc., perseverantes misio­ neros, de los que es modelo bellísimo Apólonio de T o d i1 4 6 , continuaron hasta nuestros días el penoso apostolado. Toda esa población perdida en un rincón de los sertones, permaneció así hasta ahora, reproduciéndose libre de elementos extraños, aislada, y por eso mismo, realizando con la máxima intensidad un cruzamiento uni­ forme, capaz de justificar la aparición de un tipo mestizo bien definido. Mientras tanto, mil causas perturbadoras complicaban el mestizaje en el litoral revuelto por las inmigraciones y por la guerra; y en otros puntos centrales, otros intentos irrumpían en el rastro de las bandeiras, allí, la población indígena, aliada con unos pocos mocambeiros foragidos, blancos que escapaban de la justicia o audaces aventureros, persistió dominante.

CAUSAS FAVORABLES PARA LA FORMACION MESTIZA DE LOS SERTONES , DISTINGUIENDOLA DE LOS CRUZAMIENTOS EN EL LITORAL No hagamos sofismas. Enérgicas causas determinaron el aislamiento y conservación de lo autóctono. Las destacaremos. Primero fueron las grandes concesiones de tierras que definen la ima­ gen más duradera de nuestro tacaño feudalismo. Los patrones del suelo, de los que son modelos clásicos los herederos de Antonio Guedes de Brito 1 4 7 , eran celosos de sus dilatados latifundios que sin líneas demarcatorias, avasallaban la tierra. Apenas toleraban la intervención de la metrópoli. La erección de capillas o de parroquias en sus tierras siempre se hacía a partir de controversias con los curas, y

aunque éstos finalmente ganaban la partida, caían de algún modo bajo el dominio de los grandes potentados. Estos dificultaban la entrada de nuevos pobladores y hacían de los establecimientos de cría, dispersos alrededor de aldeas recién formadas, poderosos centros de atracción para la raza mestiza que de ellas provenía. Así se desarrolló ésta, alejada del influjo de otros elementos. Y en­ tregados a la vida pastoril a la que por su misma índole eran afectos, los curibocas o cafuzos oscuros, antecedentes directos de los actuales vaque­ ros, divorciados completamente de los habitantes del Sur y de la intensa colonización del litoral, vivieron adquiriendo una fisonomía original. Como que se criaban en un país diferente. La carta real del 7 de febrero de 1701, constituyó después una me­ dida supletoria de ese aislamiento. Imponiendo severas penas a los infrac­ tores, prohibía cualquier comunicación de aquella zona sertaneja con el Sur, con las minas de Sao Paulo. Ni siquiera las relaciones comerciales fueron toleradas, quedaron interdictos los más simples trueques de pro­ ductos. Ahora bien, más allá de estas razones, considerando la génesis del sertanejo del extremo norte, sobresale otra: el medio físico de los sertones en el vasto territorio que se extiende desde el lecho del Vaza-Barris hasta el Parnaíba, en el oeste. Vimos su fisonomía original: la flora agresiva, el clima implacable, las sequías periódicas, el suelo estéril erizado de serranías desnudas, aislado entre los esplendores del majestuoso araxá * del centro de las altiplanicies y los grandes bosques, que acompañan y orlan las curvas de las costas. Esta ingrata región para la cual el tupí tenía un término sugestivo, pora-pora-eima * * , que permanece aún en una de las serranías que la tapan por el levante (Borborema) fue el asilo del tapuia. Vencidos por el portugués, por el negro y por el tupí coaligados, los indómitos Cariris 148 encontraron protección singular en aquel rincón árido, escabroso por la osamenta rígida de las piedras, sacudido por las tormentas, reseco por el sol, erizado de espinos y caatingas. Allí se ador­ mecían, cayendo en la vacuidad de los llanos donde no había asomos de la apetecida riqueza mineral, los ímpetus de las bandeiras. La tapuiretama * * * misteriosa se ataviaba para el estoicismo del misionero. Sus múltiples caminos estrechos y largos retratan las marchas lentas, tortu­ radas y dolorosas de los apóstoles. Las bandeiras que hasta ahí llegaban se marchaban rápidas, huyendo, en busca de otros parajes. Los asombraba esa tierra modelada para las grandes batallas silenciosas de la Fe. La dejaban sin que nada los obligase a volver y de paso, dejaban a su gente en paz.
* Según Couto de Magalháes, esta palabra se descompone en ara: día y echa: ver, avistar. Araxá es el lugar de donde se ve primero el sol y por extensión, las tierras altas de las planicies del interior. * * Lugar despoblado, estéril. * * * T apui-retama: región del Tapuia.

De ahí la circunstancia, revelada por una observación feliz, de que aún hoy predominan en las denominaciones geográficas de esos lugares, términos de origen tapuia resistentes a las absorciones del portugués y del tupí, que se impusieron en otros sitios. Sin que nos explayemos de­ masiado, podemos resumir las tierras que circundan a Canudos como ejemplificaciones de este fenómeno lingüístico que tan bien traduce un acontecer histórico. "Traspuesto el Sao Francisco en dirección al sur, se penetra en una región ingrata por la inclemencia del cielo y se va atravesando la elevada desembocadura del Vaza-Barris, antes de ganar las zonas más deprimidas de las planicies bahianas que, después del salto de Paulo Afonso, después de Canudos y de Monte Santo, llevan a Itiúba, al Tombador y al Aguruá. Ahí, en ese lugar del patrio territorio, uno de los más ingratos, donde otrora se refugiaban los perseguidos restos de los Orizes, Procás y Cariris, aparecen de nuevo, designando los lugares, los nombres bárbaros de pro­ cedencia tapuia que ni el portugués ni el tupí lograron suplantar. "Entonces se leen en el mapa de la región con la misma frecuencia de los accidentes topográficos, los nombres de Pambu, Patamoté, Uauá, Bendegó, Cumbe, Magacará, Cocorobó, Jeremoabo, Tragagó, Canché, Chorrochorró, Quincuncá, Conchó, Centocé, Aguruá, Xiquexique, Jequié, Sincorá, Caculé o Catolé, Orobó, Mocujé y otros igualmente bárbaros y extraños” * 1 4 9 . Es natural que grandes poblaciones sertanejas parejas con las que se insinuaban en el Sao Francisco medio, se constituyesen allí con predo­ minio de sangre tapuia. Y allí permanecieron olvidadas, en un círculo estrecho, durante tres siglos, hasta nuestros días, en un abandono com­ pleto, ajenas por completo a nuestros destinos, guardando intactas las tradiciones del pasado. De modo que, ahora, quien atraviesa por esos lugares, observa una uniformidad notable entre quienes los pueblan: rostros y tallas apenas varían en torno de un modelo único, dando la impresión de un tipo antropológico invariable, a primera vista diferente del mestizo proteiforme del litoral. Porque mientras éste muestra todos los tonos y ofrece un tipo indefinido, según el predominio variable de sus agentes, el hombre del sertón parece copia de un modelo único, con las mismas características físicas, la misma tez, apenas variando del mameluco bronceado al cafuz oscuro; cabellos lacios y duros o levemente ondulados. La misma envergadura atlética, y los mismos rasgos morales que se traducen en las mismas supersticiones, los mismos vicios y las mismas virtudes. La uniformidad es impresionante. El sertanejo del Norte es, indudable­ mente, el tipo de una subcategoría étnica ya constituida 1 5 °.

* Teodoro Sampaio, Da expangáo da lingua tupi e do seu predominio na lingua nacional.

Abramos un paréntesis. . . La mezcla de razas muy diferentes, en la mayoría de los casos, es perjudicial. Ante las conclusiones del evolucionismo, aunque actúe sobre el producto el influjo de una raza superior, despuntan vivos estigmas de la inferior. El mestizaje extremado es un retroceso. El indoeuropeo, el negro y el brasileño guaraní o el tapuia, expresan estados evolutivos que se enfrentan y el cruzamiento, sobre anular las cualidades prominentes del primero, es un estimulante al recocimiento de los atributos primitivos de los últimos. De modo que el mestizo — rasgo de unión entre razas, breve existencia individual en la que se comprimen esfuerzos seculares— casi siempre es un desequilibrado. Foville 151 los compara, en general, con los histéricos. Pero el desequilibrio nervioso en tal caso es incurable: no hay terapéutica que pueda doblegar las tendencias antagónicas de razas sorpresivamente arrimadas, fundidas en un organismo aislado. No se comprende que después de diferenciarse extremadamente, a través de extensos períodos entre los cuales la historia es un momento, puedan dos o tres pueblos converger, combinando constituciones mentales diver­ sas, anulando en poco tiempo distinciones resultantes de un lento trabajo selectivo. Como en las sumas algebraicas, las cualidades de los elementos que se yuxtaponen, no se suman; se sustraen o se destruyen, según se esté en presencia de los caracteres positivos o negativos. Y el mestizo — mulato, mameluco o cafuz— menos que un intermediario es un de­ caído, sin la energía física de sus ascendientes salvajes, sin la altura in­ telectual de sus ancestros superiores. Contrastando con la fecundidad que acaso posea, revela casos de hibridez moral extraordinarios: espíritus ful­ gurantes, a veces, pero frágiles, inquietos, inconstantes, que deslumbran por un instante y en seguida se apagan, heridos por la fatalidad de las leyes biológicas, empujados hacia el plano inferior de la raza menos favorecida. Impotentes para lograr alguna solidaridad entre las generacio­ nes opuestas, de las que son producto, se mueven en un juego permanente de antítesis. Y cuando sobresalen — no son raros los casos— capaces de grandes realizaciones o de asociar las más complejas relaciones abstractas, todo ese vigor mental reposa (salvo los casos excepcionales que justifican el concepto) sobre una moralidad rudimentaria, en la que se observa el automatismo impulsivo de las razas inferiores. Es que en esa concurrencia admirable de los pueblos, envueltos en una lucha sin tregua, en la cual la selección capitaliza atributos que se con­ servan por herencia, el mestizo es un intruso. No luchó, no es una inte­ gridad de esfuerzos, es una cosa dispersa y disolvente, surge de repente, sin caracteres propios, oscilando entre influjos opuestos de legados dis­ cordantes. La tendencia a la regresión de las razas matrices caracteriza su inestabilidad. Es la tendencia instintiva de una situación de equilibrio. Las leyes naturales, por su propio juego, parecen extinguir, poco a poco, el producto anómalo que las viola, ahogando sus fuentes generatrices.

El mulato desprecia irresistiblemente al negro y trata con tenacidad ansiosa de realizar cruzamientos que apaguen en su prole el estigma del color; el mameluco se hace bandeirante inexorable, precipitándose feroz sobre las tribus aterradas. . . Esta tendencia habla claro. De algún modo, vuelve a anudar la serie continua de la evolución que el mestizaje cortó. La raza superior se vuelve objetivo remoto hacia donde tienden los mestizos deprimidos y éstos, en su búsqueda, obedecen al propio instinto de conservación y de defensa. Es que las leyes del desarrollo de las especies son inviolables y si la sutileza de los misioneros fue impotente para que el espíritu del salvaje comprendiera las más simples concepciones de un estado mental superior, si no hay esfuerzo que logre que el africano, a pesar de la solicitud de los mejores maestros, se aproxime al nivel intelectual medio del indo­ europeo — porque todo hombre es más que nada una integración de es­ fuerzos de la raza a la que pertenece y su cerebro es una herencia— ¿cómo puede entenderse la normalidad del tipo antropológico que aparece, de pronto, uniendo tendencias tan opuestas? 152

UNA RAZA FUERTE La observación cuidadosa del sertanejo del norte muestra de modo ate­ nuado este antagonismo de tendencias y está casi fijo en los caracteres fisiológicos del tipo emergente. Este hecho, que parece contradecir los párrafos anteriores, es una contraprueba apabullante. En efecto, es innegable que para la imagen anormal de los mestizos de razas muy diferentes contribuye bastante el hecho de arrastrar el elemento étnico más elevado, condiciones de vida superiores, de donde surge una acomodación penosa y difícil para aquéllos. Y como sobre ellos cae una sobrecarga intelectual y moral, el desequilibrio es inevitable. La índole incoherente, desigual y revuelta del mestizo, denota un íntimo e intenso esfuerzo de eliminación de los atributos que le impiden la vida en un medio más adelantado y complejo. En un círculo pe­ queño, se refleja ese combate sordo que es la misma lucha por la vida de las razas. Lucha conmovedora y eterna, caracterizada por el bello axioma de Gumplowicz 153 como la fuerza motriz de la historia. El gran profesor de Gratz 154 no la consideró bajo este aspecto, sin embargo, la verdad es que si todo elemento étnico fuerte "tiende a subordinar a su destino al elemento más débil ante el cual se encuentra” tenemos en el mestizaje un caso perturbador. La expansión irresistible de su círculo singenético, aunque eludido de tal manera, apenas se retarda. No se extingue. La lucha se transforma, volviéndose más grave. Va del exter­ minio franco de la raza inferior por la guerra, a su eliminación lenta,

a su absorción ambigua, a su dilución en el cruzamiento. Y durante el curso de este proceso reductor, los mestizos emergentes, variables, con todos los matices del color, de la forma y del carácter, sin rasgos defi­ nidos, sin vigor, y la mayor parte de las veces, inútiles, en último análisis, no son más que los mutilados inevitables del conflicto que perdura, im­ perceptible, en el correr de los años. En estos casos, la raza fuerte no destruye a la débil con las armas, sino que la arruina con la civilización. Ahora bien, los rudos patricios de los sertones del Norte se libraron de esta última. El abandono en que quedaron tuvo una función benéfica. Los liberó de la adaptación penosísima a un estado social superior y simul­ táneamente, les evitó caer en las aberraciones y los vicios de los medio adaptados. Entre ellos, la fusión se operó en circunstancias más compatibles con los elementos inferiores. El factor étnico prominente les transmitió las tendencias civilizadoras pero no les impuso su civilización. Este hecho destaca fundamentalmente el mestizaje de los sertones del mestizaje del litoral. Son formaciones diferentes, no por los elementos sino por las condiciones del medio. El contraste entre ambas resalta ante el paralelo más simple. El sertanejo toma del salvaje su intimidad con el medio físico que en vez de debilitarlo lo fortalece, y su potente organismo refleja en la índole de su carácter y de sus costumbres, de las otras razas formadoras, sólo aquellos atributos más ajustables a su fase social inci­ piente. Es un retrógrado, no un degenerado. Porque las vicisitudes históricas lo liberaron, en la fase delicada de su formación, de las exigencias des­ proporcionadas de una cultura prestada, preparándolo para conquistarla un día. Su evolución psíquica, por lenta que sea, tiene actualmente la garantía de un tipo físicamente constituido y fuerte. Aquella raza cruzada surge autónoma y de algún modo, original, transfigurando por la combinación, los atributos heredados, de modo que, libre por fin de la existencia sal­ vaje, puede alcanzar la vida civilizada por lo mismo que no la alcanzó de golpe. Es lógico. Al revés de la inversión extravagante que se observa en las ciudades del litoral, donde funciones altamente complejas se imponen a órganos mal constituidos, oprimiéndolos y atrofiándolos antes del pleno desa­ rrollo; en los sertones, la integridad orgánica del mestizo aparece entera y robusta, inmune a mezclas extrañas, capaz de evolucionar, diferen­ ciándose, acomodándose a nuevos y más altos destinos, porque tiene una base física sólida para un posterior desarrollo m oral1 5 5 .

Dejemos estas divagaciones poco atrayentes. Prosigamos considerando directamente la figura original de nuestros patricios retardatarios. Esto sin método, sin pretensiones, evitando los garbosos neologismos etnológicos. Nos faltan, igualmente, tiempo y competencia para enredarnos en fantasías psíquico-geométricas, que hoy se exageran con un materialismo filosófico, midiendo el ángulo facial o dibujando la norma verticalis de los jagungos 1 5 6 . Si nos embarazáramos en las imaginativas líneas de esa especie de topografía psíquica de la que tanto se ha abusado, ni siquiera lo com­ prenderíamos mejor. Seríamos simples imitadores. Sólo reproducimos todas las impresiones, verdaderas o ilusorias que tuvimos cuando, de pronto, acompañando la dinámica de una campaña militar, nos enfrentamos, en una vuelta del sertón, con aquellos singulares desconocidos que viven allí, abandonados, desde hace tres siglos 1 5 7 ,

III EL SERTANEJO 15 8 Ante todo, el sertanejo es fuerte. No tiene el raquitismo de los mestizos neurasténicos del litoral. Aunque al primer golpe de vista su apariencia muestra lo contrario. Le falta la plástica impecable, el diseño, la estructura correcta de los organismos atléticos. Es desgarbado, desarticulado, torpe. Hércules-Quasimodo refleja en su aspecto la fealdad típica de los flacos. Camina sin firmeza, sin aplomo, casi zigzagueante, sinuoso, con un movimiento de miembros descoyun­ tados. Le agrava la postura normalmente abatida, una manifestación de displicencia que le da un carácter de humildad deprimida. Si está de pie, invariablemente se recuesta en el primer poste o pared que encuentra, si anda a caballo y para al animal para cambiar dos palabras con un desconocido, en seguida cae sobre uno de los estribos, descansando sobre el costado de la silla. Si camina, aunque sea a paso rápido, no sigue un trayecto rectilíneo y firme: avanza velozmente, con un bamboleo carac­ terístico que se parece al trazado geométrico de los meandros sertanejos. Y si durante la marcha se detiene por cualquier motivo, sea para enrollar un cigarro, encender el yesquero o conversar con un amigo, inmediata­ mente cae — cae es el término— en cuclillas, pasando largo tiempo en una posición de equilibrio inestable, en la que todo el cuerpo queda sostenido por los dedos grandes de los pies, sentado sobre los talones, con una simplicidad que es a la vez ridicula y encantadora. Es un hombre permanentemente fatigado.

Muestra una pereza invencible, una atonía muscular perenne, en todo: en la palabra lenta, en el gesto contrariado, en el andar desgarbado, en la cadencia lánguida de las modinhas, en la tendencia constante a la in­ movilidad y a la quietud. Pero esa apariencia de cansancio engaña 1 5 9 . No hay nada más sorprendente que verla desaparecer de improviso. En ese organismo abatido se operan de pronto cambios totales. Basta con que se produzca un incidente cualquiera exigiéndole la demostración de energías adormecidas. Este hombre se transfigura. Se yergue midiendo nuevas dimensiones, en la estatura y en el gesto, la cabeza se afirma, alta sobre los hombros fuertes, aclarada por la mirada firme y segura, se corrigen, prontos, en una descarga nerviosa repentina, todos los efectos del relajamiento habitual de los órganos, y de la figura vulgar del tabaréu contrahecho, despunta inesperadamente el aspecto dominador de un titán cobrizo y potente, en un desarrollo sorprendente de fuerza y agilidad extraordinarias. Este contraste se impone al más leve examen. Se muestra en todo momento, en todos los pormenores de la vida sertaneja, siempre aparece el intercambio impresionante entre los impulsos extremados y las apatías prolongadas. Es imposible idear un jinete más rudo y desaliñado, sin elegancia, las piernas colgantes, el cuerpo echado hacia adelante y oscilando según los vaivenes del andar de los pequeños caballos del sertón, sin herraduras y maltratados, resistentes y rápidos como pocos. En esta actitud indolente, acompañando con morosidad el paso tardo de los bueyes, el vaquero perezoso se parece al caballo tropero que cabalga casi dos tercios de su existencia en una red adormecedora siguiendo al ganado. Pero si una res se rebela y huye a través de la caatinga o si una punta de ganado se atropella a lo lejos, lo vemos transformado, clavando las espuelas en los ijares de su montura y partiendo como un dardo, atrave­ sando velozmente los dédalos inextricables de las juremas. Lo vimos en este steeple-chase * bárbaro. Nadie lo contiene en su ímpetu. Aunque lo obstaculicen quebradas, piedras, cuevas, montes espinosos o barrancos de arroyos, nadie le impide cazar al novillo huido, porque por donde pasa el buey pasa el vaquero con su caballo. . . Pegado al lomo del caballo, confundido con él, gracias a la presión de las piernas firmes, realiza la acción de un centauro bronco: emerge inopinadamente en los claros, desaparece en los matorrales altos, supe­ rando vallas y pantanos, venciendo cumbres elevadas, superando veloz los espinos mordientes, precipitándose a todo lazo a lo largo de lás planicies. . .
* Steeple-chase: en inglés en el original: carrera de obstáculos. (N . d e T .).

Su robusta complexión aparece en total plenitud. Es el jinete fuerte que da vigor al caballo pequeño y frágil, sosteniéndolo con las riendas improvisadas de caroá, frenándolo con las espuelas, arrojándolo a la ca­ rrera — estribando corto, las piernas encogidas, las rodillas levantadas hacia adelante, el cuerpo pegado al arzón— desatado en el rastro del novillo esquivo; aquí se dobla ágil bajo un matorral que le llega casi hasta la silla, allá desmonta de repente, como un acróbata, agarrado a las crines del animal para salvarse de un tronco advertido a último momento y vuelve a montarlo de un salto apenas supera el obstáculo, y galopando siempre, a través de todos los impedimentos, sosteniendo con la diestra, sin perderla nunca, sin dejarla en los montes inextricables, la enorme aguijada forrada en cuero que, por sí sola, ofrecería en otras manos serios impedimentos para la travesía. . . Terminado el embate, restituida al rebaño la res dominada, lo vemos otra vez caído sobre la silla, de nuevo desgraciado e inerte, oscilando al compás de la lenta andadura, con la triste apariencia de un pobre in­ válido.

TIPOS DISPARES: EL JAGUNgO Y EL GAUCHO Si el gaucho del Sur lo encontrara en ese instante, lo miraría con conmi­ seración. Porque el vaquero del Norte es su antítesis. En la postura, en el gesto, en la palabra, en la índole y en los hábitos no es posible equipararlos. El gaucho, hijo de las llanuras sin fin, hecho a las carreras fáciles por las pampas, formado por una naturaleza amable, muestra una imagen de caballero gentil. La lucha por la vida no tiene el carácter salvaje de los sertones del Norte. No conoce los horrores de las sequías y los com­ bates cruentos con una tierra árida. No lo entristecen las periódicas escenas de devastación y de miseria, el cuadro de absoluta pobreza del suelo calcinado, exhausto por los soles bravios del ecuador. En sus tran­ quilas y felices horas no siente la preocupación del futuro. Despierta a la vida amando a la naturaleza deslumbrante que lo alimenta y pasa por ella aventurero, jovial, valiente y fanfarrón, despreocupado, considerando al trabajo una diversión que le permite hacer carreras, domando distan­ cias, por las llanuras verdes, llevando sobre el cuerpo, flameando, alegre, al viento, el inseparable poncho. Al lado de la vestimenta rústica del vaquero, su ropa es un traje de fiesta. Las amplias bombachas especial­ mente hechas para el movimiento libre sobre los baguales, en el galope cerrado o en el corcovear furioso, no se rompen en los espinos lacerantes de ninguna caatinga. Su vistoso poncho jamás queda prendido ni se desgarra entre las ramas de árboles retorcidos. Botas altas, en las que tintinean las rosetas de las espuelas de plata, pañuelo de seda encarnado

al cuello, sombrero de grandes alas flexibles y en el cinturón de cuero, brillando, la pistola y el facón; es el aspecto de un vencedor jovial y fuerte el que asoma por las cuchillas, airoso en su redomón. Es un hombre hecho a las victorias, jovial y fuerte. El caballo, socio inseparable de esta vida algo novelesca, es casi un objeto de lujo. Lo demuestra su arreo complicado y espectacular. Un gaúcho andrajoso montado sobre un pingo de buen apero, está correcto. Puede cruzar, sin sufrir vejamen alguno, las aldeas en días de fiesta.

LOS VAQUEROS En cambio, el vaquero se crió en condiciones opuestas, en un intercam­ bio continuo de momentos felices y momentos crueles, de abundancia y miseria; sobre su cabeza, el sol es una amenaza permanente que en la vuelta de las estaciones le trae períodos de sucesivas devastaciones y desgracias. Atravesó la mocedad en medio de periódicas catástrofes. Se hizo hom­ bre, casi sin haber sido niño. Dejó de serlo muy pronto, porque en el sertón, las sequías interrumpieron las alegrías de la infancia. Temprano tuvo que encarar la vida desde el lado tormentoso. Es un condenado en vida. Se vio envuelto en una batalla sin treguas, que le exige impe­ riosamente el mantenimiento de todas sus energías. Se hizo fuerte, experto, resignado y práctico. Se preparó para la lucha. A primera vista, su aspecto evoca vagamente al guerrero antiguo ex­ hausto por la refriega. Las ropas son su armadura. Envuelto en su casaca de cuero curtido, grueso o fino, apretado en su chaleco, también de cuero, calzando las perneras de cuero, asimismo curtido, que suben hasta las ingles, muy justas, cosidas a las piernas, articuladas con rodi­ lleras de suela, resguarda los pies y las manos con envolturas de piel de venado. Presenta la figura grosera de un campeador medieval tras­ plantado a nuestro tiempo. Esta armadura de un marrón rojizo, como si fuese de bronce flexible, no centellea, no brilla al sol. Es hosca y polvorienta. Envuelve al guerre­ ro de una batalla sin victorias. . . La silla de la montura hecha por él mismo, imita a la riograndense pero es más corta y cavada, sin los aparejos lujosos de aquélla. Sus accesorios son una piel de buey, un cuero resistente que cubre las ancas del animal, pectorales que le resguardan el pecho y las rodilleras sujetas a las cintas. Este equipamiento del hombre y del caballo está hecho a hechura del medio. Vestidos de otra manera no podrían pasar incólumes las caatingas y los pedregales.

o una bromelia rubia y fresca prendida en el som­ brero de cuero.Pero nada hay más monótono y feo que esta original vestimenta. es completamente explicable ese contraste permanente entre las manifestaciones de fuerza y agilidad y los prolongados lapsos de apatía. el tañido de las espuelas y la caja del pandero. con aliento desa­ forado en los entreveros. Y es natural que lo sea. desaliñado. convierte al caballo en pro­ yectil y va rompiendo formaciones de adversarios. expandido en los zapateados en los que el golpe seco de las alpargatas sobre el suelo. sin una tira de otro tono. y enton­ ces cae en la postura habitual. Es un luchador permanentemente exhausto. desde la mayor exuberancia a la penuria de los desiertos encendidos bajo la reverberación de los estíos abrasadores. firme en los estribos. Atraviesa la vida entre celadas y sorpresas de naturaleza incompren­ sible y no pierde un minuto. por cierto. de tanto en tanto. es más peligroso. en una extraña manifes­ tación de desgano y cansancio extraordinarios. con la lanza en ristre. permanentemente audaz y fuerte. pasa de la red perezosa y cómoda a la montura áspera. el sertanejo pierde el aire alegre. Son una perfecta versión moral de los agentes físicos de su tierra. con el pelo del lado de afuera. es inimitable en una carga guerrera. Pero esto es un incidente pasajero y raro. es más duro. el valiente enlazador. es más resis­ tente. tosco. pasiva ante el juego de los elementos y sometida de una estación a otra. desaparece con un grito triunfal en la vorágine del combate cuando centellean las espadas. Es improbable que tome un aspecto novelesco y glorioso. derribándolos en la lucha en la que entra con total despreocupación por la vida. . es más tenaz. de un solo color — el pardo rojizo del cuero curtido— sin una variante. Ahora bien. Acabadas las horas de esparcimiento. . Como el sertanejo del Norte tuvo un arduo aprendizaje de reveses se acostum­ bró pronto a su encuentro y a la correspondiente reacción. Ella lo talló a su imagen: bárbaro. impetuoso. Es inconstante como esa naturaleza. es más fuerte. se precipita al sonar de los vibrantes clarines. por las pampas. . un chaleco vistoso de gato salvaje o de suguarana. El jagungo es menos teatralmente heroico. pasa de la máxima quietud a la máxima agitación. acompa­ ñan la cadencia de las guitarras en la vibración de los rasgados. Apenas. En estos aspectos que se enfrentan refleja la natu­ raleza misma del medio que lo rodea. Vivir es adaptarse. Busca al ad­ versario con el firme propósito de destruirlo. está siempre preparándose para un obstáculo al que no vence y por el que no se deja vencer. sea como fuere. El gaucho. en las escasas fiestas en que el matuto olvida sus pesares escuchando la guitarra surge una novedad. abrupto.

o hacen apartes de novillos para el tambo o escogen a los baguales condenados a las espuelas del domador. tumbándo o volteando con las fulminantes bolas al toro alzado. El jagunco no. Calcula fríamente la pelea. Entonces todo sertanejo es vaquero. la cría de ganado es allí el trabajo más apropiado para el hombre y para la tierra. Llevan una vida variada y llena de aconteceres. No la desperdicia en la más ligera contracción muscular. No hay que esperar en los establecimientos del sertón las fiestas de las estancias del sur. Parar el rodeo es para el gaúcho una fiesta diaria de las que las caba­ lladas espectaculares son sólo una muestra. obser­ vándolo por el caño de la espingarda. desde ese momento. el mismo fuego que encienden las marcas sirve para los rudos ágapes de asado con cuero y para calentar el agua para beber el cimarrón amargo. si el adversario no cae rápida­ mente vencido. un odio total. La cuida como un precioso capital. En el estrecho ámbito de las mangueiras o en pleno campo. . lejos de los dilatados dominios que muchas . Cuando apunta con el liviano fusil o el pesado trabuco no yerra la puntería. cuando en los rodeos marcan el ganado. Es un tanteo demoníaco. en faenas codidianas. oculto en las som­ bras de las trampas. Pero al retroceder es todavía más cuidadoso. sin espacios abier­ tos. enlazando al potro bravio. . sin tener la certeza del resultado. los pialadores. En los trabajos más calmos. Si la reacción fulminante es ineficaz. Retrocede. . en la más leve vibración nerviosa. Al revés del estanciero. Esta oposición de caracteres se acentúa en las épocas normales. el gaúcho es frágil y se deja apretar por una situación indecisa. capa­ taces y peones viven en el grito alegre de una diversión tumultuosa. El adversario tiene. juntando el ganado desparramado o embretando a los bueyes esquivos por zanjones y bañados. Cuando maneja el cuchillo no da un solo golpe en falso. . Aparte de la agricultura rudimen­ taria de las plantaciones de bajante a orillas de los ríos. SERVIDUMBRE INCONSCIENTE: VIDA PRIMITIVA Eso no sucede en el norte. el hacendado de los sertones vive en el litoral.Está acostumbrado a los sitios oscuros y estrechos. o le curan las heridas. para obtener los cereales de primera necesidad. en las evoluciones rápidas de las carreras. Su vida es una conquista duramente hecha.

sabe sus nombres. etcétera. llega a conocer. rápidamente. Nos parece mentira esto que es tan común en los sertones. y abnegadamente. Cada cuatro becerros separa uno para sí. Establece con el patrón desconocido el mismo convenio que tiene con el suyo. . Los vaqueros son sus siervos sumisos. con sus trajes típicos. Lo señalamos como rasgo particular de la probidad de los matutos. incluyendo la genealogía y las carac­ terísticas. también aprende las de los demás. no sólo las reses que cuida sino las de los vecinos. Pero no lo lleva a la feria anual ni le hace desempe­ ñar ningún trabajo. anónimos — nacen. En caso que no la conozca. Porque el vaquero no se conforma con saber las marcas de su hacienda de memoria. Marcado el ganado queda garantizado. en un extraordi­ nario esfuerzo de memoria. los sertanejos de cuero levantan sus ranchos de paloa-pique al borde de las aguadas. Es su paga. Gracias a un contrato por el cual reciben cierto porcentaje de los productos. como si armasen tiendas. Si es una vaca y da cría. se entregan a una servidumbre que no comprenden. Los grandes propietarios de la tierra y de los rebaños lo conocen. los nombres y las edades. Todos tienen el mismo trato de aparcería con el vaquero que se resume en una cláusula única: darle a cambio de los cuidados y de todos los trabajos. el extra­ ño contrato que nadie escribió. una a una. cuando aparece un animal extraño en su reducto y conoce la marca. A veces.veces ni siquiera conoce. sabe de su fidelidad sin par. Esas marcas son dibujos o letras o diseños caprichosos que se imprimen sobre las ancas del animal. No los fis­ caliza. sin jueces ni testigos. Lleva indeleble la indicación que lo devolverá a su lugar de origen. los rebaños que no les pertenecen. marca a la cría con la misma señal desco­ nocida que reproduce con admirable perfección y así sigue con toda la descendencia de la primera. Como los opulentos propietarios de la colonia. Y cumple estrictamente. ausente. Lo primero que hacen es aprender el abecé y terminan aprendiendo todas las exigencias del arte en el que son eméritos: conocer las marcas de sus haciendas y de las vecinas. conserva al intruso y lo trata como a los demás. fielmente. ahí se quedan. por tatuaje a fuego. lo deja morir de viejo. Puede romper tranqueras y esca­ par. cui­ dando la vida entera. viven y mueren en el mis­ mo pedazo de tierra— perdidos entre las piedras y los matorrales. No le pertenece. Entonces. lo devuelve en seguida. Muchas veces ocurre que después de años puede descifrar una marca y el dueño original recibe no sólo la vaca cuya pérdida ya había olvidado sino la cantidad de ganado que aquélla produjo. De esta manera. Heredan un viejo vicio histórico. completados por cortes de pequeños ángulos en las orejas. Cuando mucho. El dueño legítimo. usufructúan parasitariamente las rentas de sus tierras sin límites fijos.

para informar sobre un desastre. lo que es más habitual. trabajo que consiste en reunir y discriminar después. Marcados en junio. Los vaqueros apenas tratan de atenuarlas. reparando hasta en los mínimos detalles y después continúa con sus faenas interrumpidas. EL RODEO Esta solidaridad de esfuerzos se evidencia mejor en el rodeo. Y saben que nunca violarán el porcentaje. Allí los ralean epizootias intensas en las que sobresalen el rengue y el mal triste. Solidarios unos con otros. son también lo más rudimentario que se pueda concebir. aunque fatigantes en algunas ocasiones. el extravío del rebaño por ejemplo. ruidosos. “su seguro servidor” .un cuarto de los productos de la hacienda. Sólo cuatro bueyes dieron su cuero. Pocas veces un incidente o una variante alegre quiebra la monotonía de sus vidas. Se vuelven hacia la dirección en la que aquél se encuentra y rezan. No existe en el Norte una industria pastoril. A veces. ingenuamente. No necesitan ver al animal enfermo. mezclados. se hace sin que esté presente la parte más interesada. la sustituye. Y así viven en una perpetua adversidad. se auxilian incondicionalmente en todos los menesteres. un cuarto. verdadera caballería rústica. Le escribe al patrón * dándole cuenta minuciosa de todo el movimiento del establecimiento. ¡El resto tronó en el mundo!” . Restringen las acti­ vidades. * Al firmar las cartas no utiliza la fórmula común. O si no. los animales nuevos se pierden en las caatingas con el resto de las manadas. de a diez. lo curan por el rastro. El ganado vive y se multiplica al azar. escrudiñando las caatingas hasta que el animal caiga atado por los cuernos que le sujetan unas manos poderosas. Estas. campeando. utiliza una alarmante con­ cisión: “Patrón y amigo: le participo que su rebaño está en el despotismo. Si el mal devasta el ganado conocen un remedio más eficaz que el mercurio: el rezo. frase característica para llamar a los vaqueros vecinos y allá van todos. dibujando en el suelo inextricables líneas cabalísticas. amigos. de a veinte. Es una formalidad que se pasa por alto. que le pertenecen a él. Graba sobre éstas su marca particular y las conserva o las vende. toma su picana y sale a ras­ trearlo y si no lo encuentra pide campo. . Cuando un animal se escapa. rápidos. por ésta: su amigo y vaquero. los animales de los dife­ rentes establecimientos convecinos que por los campos viven en común. El vaquero separa escrupulosamente la mayoría de las nuevas cabezas que pertenecen al patrón (en las cuales imprime la marca de la hacienda) de las pocas. El ajuste de cuentas se hace al finalizar el invierno y generalmente. sin cercos ni vallados.

con una mano se agarra a las crines del caballo mientras con la otra alcanza el rabo del animal en disparada y con un tirón formidable lo voltea en tierra. El cuadro tiene el movimiento salvaje y asombroso de una corrida de tártaros. por los aires nubes de polvo. Los compañeros lo reciben ruidosamente. Lendas e Cangoes. No lo larga. una tonada poco variada y triste que sirve para pacificar a las reses y guiarlas. Torcido desaliñadamente sobre la montura el vaquero rumia sobre las * Aboiar: cantar mientras se conduce el ganado. un estrépito de ramas que estallan. . Así van apa­ reciendo otros por todo el ámbito del rodeo que se anima. . Va con él hasta el escondrijo más hondo. El va­ quero lo sigue. El rodeo permanece desierto durante un lapso de tiempo. cada uno va para su re­ ducto llevando por delante las reses propias. . el recuento de las cabezas reu­ nidas. se convierte en un tumulto de bueyes y caballos confundidos en un vibrante rumor de terremoto. un entrechocar de cuernos que gol­ pean. . se cambian impresiones con adjetivos ad hoc que van en aumento desde los más rispidos hasta los más trémulos de asombro. Juvenal Galeno. Le va pisando el rastro. Distribuyen las tareas que corresponden a cada uno en la lid. . resuenan melancólicamente las notas del aboiado . *. Eligen un lugar más o menos central.Lo realizan de junio a julio. Y por los campos. Trae una exigua parte del rebaño. sobre el caballo que arremete. y súbitamente aparece el ganado y detrás. De repente. . los recalcitrantes. Sobre el final del día. Y luego el aparte. se separan. hasta que surja el instante adecuado para un acto definitivo: alcanzar repentinamente al fugitivo. . la última tarea. Les cuenta la hazaña. entonces el rodeador congrega a los vaqueros de los sitios próximos. En minutos los sertanejos desaparecen. generalmente un campo expla­ nado y limpio. Después le pone una máscara de cuero y lo vuelve a conducir al rodeo. Le retrucan con otras idénticas. Y por fin. el vaquero tenso sobre los es­ tribos. Pero a esta penosa tarea siguen otras de mayor calibre. se oye un estruendoso tropel de cascos sobre las piedras. En los extremos se agitan los animales que no se resignan. suspendido de un estribo. Un toro que otro vuelve a escapar a la caatinga. Arreglan los dispositivos de la empresa. El vaquero se vuelca sobre la montura. . EL ARREO La manada sigue lentamente la cadencia de ese canto triste y perezoso. . Y después irradian los atletas de cuero hacia las caatingas que los rodean. Lo entrega a los compañeros que allí se quedan y vuelve al galope en renovada búsqueda.

arrancar o arribar la manada de bovinos son sinónimos del mismo hecho que. común por de­ más. En minutos. Se enredan. y por aquí y por allá. abandonados por sus habitantes despavoridos que huyen hacia los costa­ dos evitando el rumbo rectilíneo en que se despeña la estampida. El suelo vibra en un estré­ pito horrendo y la manada sale en estampida. Hay una detención instantánea. las disparadas (estampidas) de las pampas. é cao. es la desesperación de los vaqueros. el enmascarado. monstruoso. Y marchan en orden. Una res se espanta y el contagio es instantáneo. se yerguen. revueltos. rodeándolo. Millares de cuerpos forman un cuerpo único. con estrépitos de cuernos. se inclinan. que resuena nostálgica por los descampados silenciosos. Y en un obstáculo único. caen pisoteados los ranchos o quedan vacíos. informe. de­ saparecen las ipueiras rasas. caminando con holgura porque los demás lo respetan y le abren un claro alrededor. Allí mismo va contando los animales destinados a la feria. más lejos. . lentos. . se anudan. Y sobre este tumulto. de ancho cogote. Se meten en las caatingas rompiendo árboles. *. . .probables ganancias: lo que le toca al patrón y lo que le toca a él. las piedras caen. . de golpe. cada uno encierra un incidente. soberbio. envidia de toda la manada. asombroso. . un becerro claudicante muge porque se hunde en un desnivel y hay que sacarlo. precipitado en una carrera loca. Nadie puede explicar qué pasó. envergadura de búfalo. Este acontecimiento. . con la cabeza alta y desafiante. . salen dispara­ dos aquellos cuerpos macizos que normalmente son tan tardos y morosos. De súbito algo pasa. una descarga nerviosa lleva el espanto a la manada entera. un temblor. sigue la huella guiado por la compresión de los otros cuerpos contra el suyo. de cuernos romos y llenos de tierra. puede ser el paso de una araña o la corrida de una rata de campo. Se origina en el incidente más trivial. un pormenor de su existencia primitiva y simple. in­ descriptible. . tal vez con más intensidad. torrentes de pe­ zuñas resuenan en el espacio como roncos y extensos truenos lejanos. . acometiendo impetuoso sobre los destrozos que * Estourar. más allá. considera el caso de un viejo buey que ya tiene diez años y nunca fue llevado a la feria gracias a una antigua amistad. . E cou. observando vivamente el espacio y se encogen. el toro vigoroso. en estallidos de ramas y gajos. . quedan destrozadas tierras penosamente cultivadas. cada animal es un conocido. al son de la tonada que parece hama­ carlos con su refrán monótono: E cou mansaó. reproducen. según el trato hecho. más acá. en los sertones del Norte. guampudo. Ya nadie los puede contener ni alcanzar. un estremecimiento corre por todos esos cuerpos. de animal fantástico. . se clavan y entrecruzan millares de cuernos. desbordan por las pendientes.

mien­ tras relatan las peripecias del rodeo o las famosas aventuras de las ferias. sosteniendo las pequeñas guitarras. improvisando vibraciones de choradinho o de baiao. la exótica encamisada * que es el más curioso ejemplo del modo como están aferados a las más remotas tradiciones. hasta que la manada. estirado sobre la montura. les proporciona escaramuzas y encuentros simulados que hacen el encanto de los matutos ociosos. Si la época es propicia y prosperan las plantaciones hechas en las bajantes y nada revela la aparición de la sequía. nuevas hazañas. como disfraz. no tanto por el trabajo de los que la golpean por los flancos sino por el cansancio. TRADICIONES De vuelta al rancho. largado en una disparada sobre barran­ cos y valles. camisones. en animales extrañamente enjaeza­ dos. Va a las aldeas donde se hacen fiestas de caba­ lladas y morerías. Viejísima copia de las vetustas épocas de los ataques nocturnos contra los caudillos árabes en la Península. Figueiredo. La lid se renueva. matando las horas. con sus largos cortejos de hombres a pie. agarrado a las crines del caballo. y totalmente olvidada en la tierra que le dio origen. donde su misma significación es actualmente un inu­ sitado arcaísmo. nuevos esfuerzos. el vaquero. Escasos de recursos para alejarse de los ranchos. poco a poco afloja y se para.deja detrás de sí esa avalancha viva. los vaqueros descansan en las redes colgantes. esta diversión hecha a la luz de linternas y antorchas. sueltos los estribos. o a la manera musulmana. Pero no todos la comparten. vestidos de blanco. se entregan a las diversiones habituales. Novo dicionário da Lingua Portuguesa. el ocio llena de pereza los brazos del vaquero. la aguijada en ristre. y otros a caballo. Y entre ellos. . juegos anacrónicos que las aldeas sertanejas reprodu­ cen intactos con los mismos programas de hace tres siglos 1 6 °. Vestidos con cueros nuevos. en la significación total del término. tristemente. completa­ mente estupidizada. nuevos riesgos y nuevos peligros que hay que afrontar y vencer. las notas melancólicas del áboiado. sobre morros y quebradas. nuevas acometidas. tranquilizándose con la umbuzada sabrosa o comiendo el manjar incomparable de jerimum con leche. las riendas sueltas. Entonces vuelven a encauzarla por el camino del establecimiento y otra vez resuenan por los campos. mientras los casados cumplen con la obliga* Encamisada: asalto nocturno en que las tropas vestían. Ya se le han unido los compañeros que a lo lejos oyeron la estampida. los solteros se agitan en sambas y cateretés ruidosos. el baile. C. entre ellas.

amém. / desafío al mundo entero / cantar en esta función” . es de una filosofía adorable. etc. nao! Desafio o mundo inteiro Pra cantar nesta fungao! El adversario en seguida retruca tomando el último verso de la es­ trofa : Pra cantar nesta fungao.). la tierra bien barrida. * * “A la hora de Dios. los vaqueros vuelven a la ruda tarea o a la pe­ rezosa red. / acepta tu desafío / el “fama” de este sertón” . Fuerte y hábil las revolotea el sertanejo joven. en los ranchos en fiesta los bailes se arman afuera. algunos salen de los tranquilos ranchos hacia tierras remotas. se meten en los campos gerais del oeste. testaruda) dado a la cachaga. porfiada. Terminada la fiesta. En los intervalos se arman los desafíos. de T . brabo e corado. Aceita teu desafio O "fama” diste sertüo! * * Es el comienzo de la lucha que sólo termina cuando uno de los bardos se enreda en una rima difícil y titubea. Un cabra destacado rasga la guitarra. / amigo. Destalado . El nombre de “teimosa” (empecinada. mi camarada. Las rimas les salen en versos a veces muy bellos * : Ñas horas de Deus. Nada expresa mejor la atracción que la bebida ejerce sobre esos valientes y el deseo que tienen. de evitarla. no. Nao é zombaria. Se mueven en lentos meneos las caboclas bonitas. bajo una avalancha de risas que saludan la derrota. (N . el mo­ biliario hecho de troncos y algunos taburetes. Comienza la función con largos tragos de aguardiente mientras rompen estruendosos los vivos zapateados. Como en general hay poco espacio. Cruzan el Sao Francisco. . destabocado y otros: son palabras comunes que denotan a todo hombre fuerte. Amigo.ción de cuidar a su familia. Serenar en el baile: bailar muy vagarosamente. Choradinho y baiáo: (lloradito y baión) danzas comunes en el norte. iluminado por la luna y las estrellas. golpeando nerviosamente la guitarrita. “Cantar en esta función. vastos planaltos en los que las desembocaduras de aquel río y del * Famanaz del desafío: gran improvisador. Despuntar el día: el primer trago de alguna bebida al comienzo de la función. bala e onga. Ralhar (rallar o rascar) en la guitarra: tocar ruidosamente con habilidad. sin hacer ruido con los pies. nunca realizado. meu camarada. hábil. Se entreveran como adversarios dos rudos cantores. Y la noche se va deslizando rápida en el jolgorio que se generaliza hasta que el canto de las sericóias en las ipueiras da la señal del desbande. De año en año. amén. / no es burla.

donde se mezclan enseñanzas prácticas con extravagantes su­ persticiones. Ningún pueblo tiene más temor a los terremotos que el peruano. ríos hacia el levante o el poniente. El sertanejo la adivina y prevé gracias al singular ritmo con que se desencadena el flagelo. que colorean las caatingas. Mira a las alturas. el suelo se agrieta. indistintamente. Aquellas lejanas tierras. . ha tratado de estudiar el mal para conocerlo y soportarlo. . los árboles marchitan. Se prepara para la lucha con singular serenidad. Pero no se escapa abandonando la tierra poco a poco invadida por el aire caliente que viene de Ceará. . recordando las cenizas por una combustión sin llamas. blandiendo la aguijada. gallardos. Dos o tres meses antes del solsticio de verano empieza a fortalecer los muros de los pozos y limpia los desaguaderos. con lloviznas suspendidas en los aires ardientes. Van a comprar ganado. reanudan su vida monótona y primitiva. Pasan las "lluvias del cajú” en octubre. . en las sierras del Piauí. Pero nuestro sertanejo es una excepción a la regla. a todo trance alimenta esperanzas en una resistencia que parece imposible. si es que no se pierden para siempre en la peligrosa travesía. La sequía no lo asusta.Tocantins 161 se confunden en lagunas de donde salen. Buckle señala la anomalía de que el hombre nunca se adapta a las calamidades naturales que lo rodean 1 6 3 . por todas partes. rápidas. lentamente baja el nivel de los pozos de agua. yendo más ha­ cia el norte. Prepara la tierra arable a orillas de los arroyos para las plantaciones ligeras de las primeras lluvias. examina los rasgos más fugitivos del paisaje. observa atentamente el horizonte. Se acerca la sequía. LA SEQUIA De repente. entran en esos villarejos con aire de triunfadores. En unas páginas notables. Y al volver. y penetran en Goiás o. Los síntomas del flagelo aparecen encadenados en serie. sin dejar rastros. y en el Perú las vibraciones de la tierra hamacan la cuna de los recién nacidos. . Al . Es un complemento de su vida tormentosa y la enfrenta con estoicismo. como señales conmemorativas de un mal cíclico. una variante trágica. Trata de adivinar el futuro. inflexibles. Son los autócratas de las ferias. A pesar de las dolorosas tradiciones que conoce a través de un sinnúmero de terribles episodios. En su armadura de cuero. montados en sus ariscos caballos. . pobres y oscuras villas que el Puerto Nacional 162 hace más extremas. se animan entonces pasa­ jeramente con la romería de los bahianos. Con los escasos recursos de sus propias observaciones y de las de sus mayores.

interrogar a la Providencia. Al alba del día 13 los observa. La atmósfera absorbe con avidez de esponja el sudor de la frente y la ropa de cuero pierde su flexibilidad primitiva para volverse dura en los hombros. Pese al estigma supersticioso. Es el preludio de la desgracia. habrá una lluvia en enero. Esta prueba. si la mayoría o todos. como una coraza de bronce. hasta diciembre. rígida. Toma precauciones. todas las alternativas climáticas que vendrán. si sucede lo contrario y el sol atra­ viesa abrasadoramente el firmamento claro. con la implacable señal * “Se cuenta que en Ceará hicieron esta experiencia ante el naturalista George Gardner y que el sabio que había observaciones meteorológicas y había llegado a un resultado diferente al de la santa. Le retrata. Atraviesa tres largos meses de expectativa ansiosa y el día de San José. El día 1 2 . Es la experiencia tradicional de Santa Lucía. No es más el indolente o el impulsivo violento. Y espera. los seis meses venideros. seis granos de sal que representan. contempla las bandadas de aves que emigran hacia otros climas. las ma­ yores o menores probabilidades de depresiones barométricas capaces de atraer la afluencia de lluvias. de enero a junio. entonces todas sus esperanzas se pierden. una costumbre antigua le permite in­ terrogar el futuro. expone al relente. Se ve venir. . AISLAMIENTO DEL DESIERTO Se transfigura. crecer. pasa revista al ganado. aunque tradicional. . si están intactos presagian sequía. . Recorre lugares en procura de alimento para los animales. La sequía es inevitable.mismo tiempo. en febrero. Esta experiencia es hermosa. no convence al sertanejo. el día 13 de ese mes. si el segundo. al anochecer. exclamó en su portugués retorcido ¡No! ¡No! Lucía mintió. día a día más rápido y sin crepúsculos. Si durante ese día llueve. los días se hacen abrasantes mientras las noches se vuelven cada vez más frías. el invierno será lluvioso. aprensivo. Ni ante sus peores vaticinios se desanima. en línea. Ese día es el índice de los meses siguientes. busca un nuevo augurio. Resignado y tenaz. tiene una base positiva y es aceptable si se considera que de ella se toma el mayor o menor dosaje de vapor de agua en el aire y deductivamente. de izquierda a derecha. abreviadas en doce horas. 19 de marzo. El caer de las tardes. el último. Pacientemente aguarda el equinoccio de la primavera para hacer una consulta definitiva a los elementos. A poesía popular no B ra sil164. Porque en esa fecha. en orden sucesivo. el invierno será benigno *. resignado. Trasciende su situación rudimentaria. se nota que apenas clarea. Silvio Romero. . si el primer grano se diluyó un poco.

En contraste con la fuga de las seriemas que emigran. defendiéndose y defendiendo a la prole abatida y al ganado confiado con su energía sobrehumana. diezmándolo. y es lo más corriente. lo ve desaparecer en pocos días. al borde de la se­ pultura que excavó. No hay quien las describa. banderas de lo Divino 165 van por los campos fami­ lias enteras. Busca con la azada. y sin que se le adormezca la creencia. progresa el espasmo asombroso de la sequía. y reacciona. los lisiados. Las víboras de cascabel se multiplican tanto más cuanto mayor es el ardor del estío. . en busca del tesoro fugitivo y vuelve al fin. con los ojos puestos en la altura. que le hincha el vientre en una hartura ilusoria. Pero como su extrema frugalidad le permite pasar los días con poco alimento. Pero los cielos persisten siniestramente claros. en los estratos infe­ riores de la tierra. con mugidos de llanto. encara de frente a la fatalidad. Corta en pedazos los mandacarus o las ramas verdes de los juázeiros que alimentan a los magros animales hambrientos. evaporado o tragado por el suelo. después de descubrir un tenue líquido subterráneo. empachando al hambriento. buscando el agua. la caatinga. La naturaleza no lo combate sólo con el desierto. llevando las imágenes de unos lugares a otros. otras. y se desgasta en trabajos. a todos los recursos. los enfermos. apelando. con los cogotes doblados. Surgen de una lucha que significa la insurrección de la tierra contra el hombre. su agreste proveedor de cereales. Al principio éste reza. sin dudar de la providencia que lo golpea. Brillan en las noches las velas encendidas de los penitentes. no decae tan pronto su ánimo.de los fuertes. Su primer amparo es la fe religiosa. exhausto. murmurando los rezos acostum­ brados. los amasa y los cocina haciendo un pan. El matuto observa a su prole asustada. altares. a su alrededor. puebla ese desierto con una fauna cruel. pasan lentas y resuenan en los largos días monótonos las letanías tristes. . no sólo los fuertes sino también los viejos. La escudriña. arranca las raíces húmedas de los umbuzeiros que mastican los hijos. Allí está. dejando para sí el zumo de los xiquexique que enronquece o acaba con la voz de quien lo bebe. Miríadas de mur­ ciélagos se abaten sobre el ganado. Alzando santos mila­ grosos. contempla entristecido a los animales echados bajo las ipueiras o errando lentos. cargando sobre los hombros y la cabeza las piedras de los caminos. cruces. Lo acompaña tenazmente. . infatigable. y de las jandaias que huyen hacia el remoto litoral. el bró. el sol ful­ mina la tierra. Pero esos esfuerzos no bastan. golpea contra lajas que anulan todo el esfuerzo hecho y otras. Las lentas proce­ siones propiciatorias. casi como un desenterrado. se apresta al sacrificio. El heroísmo tiene en los sertones tragedias espantosas para siempre perdidas. derriba los troncos de los ouricuris y los ralla. el agua que huyó de la superficie. A veces la encuentra. profundizando la mina. después de grandes fatigas.

porque sabe que el animal provocado por un poco eficaz chumbo. Y ni un cereo en torno. Le que­ dan para alimentar a sus hijos los tallos tiernos. pero no a tiros.Por las noches. . impenetrables. Las incendia para que en la combustión se desprendan las espinas. A su vera se cierran. Cuando el sol se oculta la víctima no ve más nada. caídos bajo los árboles muertos. Una mo­ lestia extravagante completa su desdicha: la hemeralopia. con­ fiados. en un tropel trabajoso de enfermos. la asalta. los mangarás de las bromelias salvajes. paradojalmente. los flacos animales hambrientos en busca del último pasto. hacia los sitios donde se encuentra la hacienda. alienta el incendio inextinguible de la canícula. aparecen corriendo de todas partes. Todavía son un recurso. mugiendo en un largo llamado triste que se parece al llanto. llevando la horquilla en la mano izquierda y el cuchillo en la derecha. agobiado por tantos reveses. se le viene encima y es invencible. Y a la mañana siguiente la visión muerta revive. Todavía no se da por vencido. soplando por las planicies. No hay probabili­ dad alguna de lluvias. y el sol. . Nace de los días claros y calientes. Lo ahuyenta con un tizón encendido y si no retrocede. finalmente se doblega. las filas de macambiras. Marcha. vivos no se sabe cómo. El sertanejo. y lo que más le duele. . para apagarse otra vez. del vivo ondular del aire en fuego sobre la tierra desnuda. se asoma a su pobre rancho. la suguarana traicionera y ladrona que le roba los be­ cerros y los novillos. bueyes muertos hace días e intactos. que los mismos caranchos rechazan porque no pueden romper con sus picos las pieles endurecidas. El atleta debilitado. Los engaña con esos manjares bárbaros. obligándola a saltar para. Finalmente todo se agota y la situación no cambia. Es una plétora del mirar. atajándola en el aire. es provocada por las reacciones de la luz. porque se le parte el corazón sólo de mirar a su caballo. Bueyes espec­ trales. ahora a pie. con el primer claror del levante. reverberando en el firmamento claro. Con la vista renace su energía. bueyes enterrados en el sitio donde estaba su aguada predilecta. Y cuando las nubes de humo se esparcen en el aire puro. La noche lo envuelve antes de envolver la tierra. irrita y desafía a la fiera. Pero no siempre puede aventurarse a la arriesgada hazaña. Es un enemigo más. ya se comieron las últimas ramas verdes de los juás. en dolorosa intermitencia. Recurre al combate. Esta falsa ceguera. atravesarla de un golpe. El nordeste persiste intenso. marchando tambaleantes. animales que todavía no están completamente exhaustos y buscan. mal soste­ niendo el esqueleto sobre las patas secas. de los firmamentos fulgurantes. La cáscara de los mariseiros no trasuda anuncián­ dolas. a la tarde. Está ciega.

Y otras. Se salva. El sertón se vacía. . Los ve desaparecer dejando una nube de polvo. Y al día siguiente otra. No resiste más. los rezos dirigidos a San Campeiro. las bendiciones cabalísticas para curar a los animales. hacia las costas. Y sus singulares creencias traducen esa violenta aproxi­ mación de tendencias diferentes. Lo vence la nostalgia del sertón. crédulo. Los alcanza. en el que se unen el fetichismo del indio y del africano. Las leyendas escalofriantes del caapora maldito que atraviesa veloz. que se deja arrebatar fácilmente por las supersticiones más absurdas. Su religión es como él: mestiza. al cual se le encienden velas por los campos para que favorezca el descubrimiento de objetos perdidos. olvidado de los infortunios pasados. montado en un caititu arisco. los mis­ mos días largos de trances y pruebas inacabables. o para terminar con las fiebres palúdicas. Resumen de caracteres físicos y fisiológicos de las razas de las que surge. por así decirlo. en una curva del camino. buscando las horas pasajeras de ventura.Cierto día ve pasar por su puerta la primera turba de "retirantes”. hacia las sierras distantes. Está en la fase religiosa de un monoteísmo incomprensible. RELIGION MESTIZA 166 Aislado de esta manera en el país que no lo conoce. canonizado in partibus. Y vuelve feliz. las planicies desiertas. todas las visiones. en las misteriosas noches de luna llena. de aparcería con los lobizones y las muías sin cabeza y del mismo diablo. revigorizado. . El círculo estrecho de su actividad le demoró el desarrollo psíquico. todas las apariciones fantásticas. de gorro colorado. Un análisis de éstas revelaría la fusión de estadios emocionales distintos. El flagelo termina. audaz y fuerte. ese trágico emisario de los rencores celestes en comisión terrestre. en lucha abierta con el medio que parece haberle estampado en la organización y en el tem­ peramento su extraordinaria rudeza. hacia cualquier lugar donde no lo mate el elemento primordial de la vida. . los sacis diabólicos. Es un índice de la vida de tres pueblos. Pasan meses. capacidad orgánica para ambicionar una situación mejor. Es innecesario describirlas. cantando. nómada o mal fijado a la tierra. Y ahí está de vuelta. pero al mismo tiempo. el sertanejo no tiene. lo es también de las cualidades morales. que asaltan a los viajeros retrasados en las aciagas noches de los viernes. Es el hombre primitivo. unido a un misticismo extravagante. en un éxodo penoso. Se arrima a una de esas bandadas y se va camino afuera.

la fórmula superior de las esperanzas mesiánicas. las figuras de los profetas peninsulares de otrora: el rey de Penamacor. y las romerías piadosas. Eran parcelas del mismo pueblo que. cuando. que prendieron in­ tensas en la península. a multitudes de creyentes. lenguas de llamas mis­ teriosas.todas las profecías de los mesías locos. Todas las manifestaciones complejas de una religiosidad indefinida. el aspecto emocional de la raza superior. irresistiblemente nos asaltan al galope. ascetas mortificados por flagelaciones. en la misma locura. el más interesante de los pueblos cayó. dominan y enloquecen. pueden explicarse. La trajeron gentes impresionables. quedó intacta en el sertón. . Allí se muestran al desnudo el antropismo del salvaje. Una gran herencia de supersticiones extravagantes. cuando "todos los terrores de la Edad Media habían cristalizado en el catolicismo pe­ ninsular”. . arrastran. en el que el fervor religioso reverberaba en las hogueras inquisitoriales. bajo la obsesión dolorosa de los milagros y asaltado por súbitas alucina­ ciones. rodeados por numerosos secuaces a los que fanatizan. catervas de moros de albornoz blanco pasando en procesión y combates de paladines en las alturas. después de haber centralizado por momentos la histo­ ria. en plena "caquexia nacional” al decir vigoroso de Oliveira Martins m. paliadas en el li­ toral por el influjo modificador de otras razas y de otras creencias. errantes por las faldas de las sierras. Considerando los desórdenes sertanejos de hoy y los mesías insanos que los provocan. en una descompo­ sición rápida. de pronto. apenas disfrazada por la corte oriental de Don M anuel167. Venían llenas de aquel misticismo feroz. ante la ruina inminente. en Lisboa. y las misiones. el rey de la Ericeira 1 7 2 . como única sal­ vación. Y de la misma gente que después de Alcácer-Quibir 1 7 0 . que afluyeron a nuestra tierra después que se deshizo en el Oriente el sueño milagroso de la India 1 6 9 . veía bajo el palacio real ataúdes agoreros. . arrastrando en la misma idealización. El poblamiento del Brasil se realiza intensamente con Don Joáo I I I 1 6 8 . espontáneamente re­ cordamos la fase más crítica del alma portuguesa. a partir del final del siglo xvi. Esto es un notable caso de atavismo en la historia. en el mismo sueño enfermo. Considerando las agitaciones religiosas del sertón y los singulares evangelizadores y mesías que intermitentemente lo atraviesan. precisamente en el momento de total desequilibrio moral. destinados al martirio. el animismo del africano y sobresaliendo. y las penitencias. en la época del descubrimiento y de la colonización. FACTORES HISTORICOS DE LA RELIGION MESTIZA No sería difícil caracterizarlas como un mestizaje de creencias. buscaba.

locos. Del entrelazamiento entre las tendencias individuales y las vicisitudes exteriores resulta la indife­ rencia fatalista por el futuro y la exaltación religiosa. Pero es exacta. la necesidad de una tutela sobrenatural no hubiera sido tan imperiosa. orando por las almas de los muertos queridos o pidiendo aliento para su vida tormentosa. revelando todos los estigmas del estadio inferior. adaptando el ritual jorubano 1 7 5 . para que no queden en total abandono.Esta yuxtaposición histórica se retrata sobre tres siglos. Por eso. recorda­ . Ni siquiera les falta. ante el oratorio paupérrimo. al caer la noche. respira todavía la misma atmósfera moral de los iluminados que guiaban. los sertanejos. No asombra que su indefinida religiosidad presente estas sorprendentes antinomias. De la misma forma que los negros Haúgas. sin tapujos. para completar el símil. pero al costado de los caminos. para que éstos pongan sobre los ángulos de la cruz una flor o un ramo. persiste actualmente de modo singularmente impresionante. completa. su religión es indefinida y variada. la conciencia imperfecta de los matutos aparece en los momentos de crisis a través de los ideales tan bellos del catolicismo incomprendido. salen de las misas consagradas hacia los ágapes salvajes de los candomblés africanos o los poraces del tupí. incluso en los períodos normales. a la media luz de las lámparas de aceite. Los entierran lejos de las poblaciones. herederos desgraciados de vicios seculares. Con una naturaleza más benéfica. Acabado en Portugal. Miguelinho o Bandarra 17 S. esta condición inferior de pupilo idiota de la divinidad. Quien observa a la familia sertaneja. en los sertones del Norte 1 7 4 . Inmóvil el tiempo sobre la rústica sociedad sertaneja. el misticismo político del Sébastianismo. Pero no nos anticipemos. La enseñanza de los misioneros no hubiera podido ir más allá de las tendencias generales de su época. como un palimpsesto. realizan el hecho anómalo pero corriente en la capital de Bahía. para que reciban siempre las preces de los viajeros. de ir a las solemnidades de la Iglesia por orden de sus fetiches. El hombre del sertón vive en función de la tierra más que cualquier otro. La conciencia de su debilidad para develarlos hace que sea más fuerte este apelar constante a lo maravilloso. echada fuera del movimiento general de la evolución humana. El culto de los muertos es impresionante. CARACTER VARIABLE DE LA RELIGIOSIDAD SERTANEJA Estos estigmas atávicos tuvieron entre nosotros las reacciones favorables del medio. Es que. determinando una psicología especial. Es una variable dependiente en el juego de los elementos. queda admirado.

Este lugar fue. pero llenando de riquezas a los que hubiesen contribuido a obtener su desencantamiento. de un enemigo quizá. dominando majestuosa toda la región y convergiendo en un amplio anfiteatro al que sólo se puede acceder por una estrecha gar­ ganta entre murallas a pique. jubilosos entre lágrimas. el muerto es un bienaventurado. PEDRA BONITA Los acontecimientos sertanejos. La tierra es un exilio insoportable. congregó allí a toda la población de las vecindades y tre­ pado a la piedra. La sangre cho­ rreaba por la roca formando charcos y según afirman los diarios de la . En los límites de Pajeú.ción fugaz pero permanentemente renovada. como un púlpito gigantesco. entre muchos. a la felicidad eterna. y a un costado. las últimas formaciones gra­ níticas de la costa se levantan en formas caprichosas. un acontecimiento. todavía no han tenido un historiador. convencido. vibran en el aire las coplas de los desafíos. aberraciones brutales que la llenan de mácula. Pero también hay rasgos repulsivos en esta religiosidad de aspectos tan interesantes. que es la preocupación dominante de esas almas ingenuas y primitivas. desde Maranhao a Bahía. reza por la salvación de quien. no por los golpes del pico sino por la acción milagrosa de la sangre de los niños esparcida sobre ella en holocausto. En ese ámbito. El trastornado encontró un medio adecuado para su locura. tal vez. detiene su caballo ante el humilde monumento — una cruz sobre varias piedras amontonadas— y con la cabeza descu­ bierta. . nunca vio. . entonces el gran rey aparecería envuelto en un aura fulgurante. resuena el samba turbulento. en la sierra Talhada. en Pernambuco. La muerte de una criatura es un día de fiesta. Un mameluco o cafuz. se yergue un bloque solitario. un iluminado. teatro de hechos que recuerdan las siniestras solemnidades religiosas de los Achantis1 7 8 . anunció. en 1837. El vaquero que anda pre­ suroso por los caminos. coronado de flores. castigando inexorablemente a los hombres ingratos. el angelito expone en su última sonrisa endurecida la felicidad suprema de volver al cielo. entre dos velas de carnauba. Alrededor del monstruoso altar se arrastraban las madres levantando sus pequeños hijos. Por el sertón sopló un hálito de neurosis. Resuenan las guitarras en el rancho de los pobres padres. Nosotros vamos a esbozarlos. la Pedra Bonita. . peleando para tener la primacía en el sacrificio. Tomaremos. La piedra a la que estaba subido sería quebrada. . el próximo advenimiento del reino encantado del rey Don Sebastiáo.

Por otro lado. Iba a ser la primera del más tosco y más imponente templo de fe religiosa. . los aventureros que venían del norte se topaban con el sertón y allí se quedaban largo tiempo. ya que vivía en tan grande desamparo de las cosas espirituales”. MONTE SANTO Monte Santo es un lugar legendario. El sacerdote describe el comienzo y el curso de los trabajos y el franco auxilio que le dieron los pobladores de los sitios próximos. los atraía por sí misma de manera irresistible. aparecían unas letras singulares — una A. El más grande apóstol del Norte se impresionó tanto con el aspecto de la montaña "encontrándola semejante al calvario de Jerusalén” que pensó en seguida en erigir una capilla. Ya que la vimos pervertida por el fanatismo.época. el sermón de la penitencia. Además. la descubrió un misionero. Su marcha hacia las sierras de la Jacobina. entusiasmados con el milagro de las minas de plata. La sierra solitaria —la Piquarafá de los aventureros— dominaba los horizontes y les seña­ laba el norte. hacia el occidente o hacia el sur. puede ir de la extrema brutalidad a la máxima devoción. una L y una S— ladeadas por una cruz. que les hacía creer que allí estaba y no más adelante. . que venía de la misión de Macará. Describe la procesión majestuosa y lenta ascendiendo la montaña. hacia fines del siglo pasado. con sus tropas de cotiguaras mansos y foras­ teros armados. seguía la huella enigmática de Belchior Dias. con la exhortación al pueblo para "que en los días santos venga a visitar los santos lugares. entre el silbar del viento violento que en lo alto de las planicies les apagaba las antorchas y finalmente. La escudriñaron en vano los émulos del Muribeca 177 astuto. siguiendo por fin hacia otros rumbos. véamosla transfigurada por la fe. después de desbaratada esa lúgubre farsa. era imposible permanecer en el lugar. en abundancia tal que. digo que de ahora en adelante no llamarán a esta sierra de Piquaragá sino de Monte Santo”. Apolonio de Todi. La sierra desapareció de nuevo entre las planicies que domina. De acuerdo con ellas. El alma de un matuto queda inerte ante las influencias que la sa­ cuden. Es que en uno de sus flancos. . escritas en caligrafía ciclópea. cuando el descubrimiento de las minas determinó la atracción del interior sobre el litoral. Finalmente. "Y aquí — finaliza— sin pensar en nada más. En el siglo x v i i . hechos de tamaña grandeza contradicen esas aberra­ ciones. con grandes piedras. el dorado apetecido.

el obser­ vador advierte perspectivas que van creciendo en grandeza: primero los planos de las vastas planicies. dismi­ nuyendo el declive hasta la línea de las cumbres. esa calle blanca. Salvo raras excep­ ciones. Comienza chocando con la montaña. el misionero moderno es un agente perjudicial que agrava los desequilibrios del estado emocional de los tabaréus. su acción es negativa. más alto que las más altas catedrales de la Tierra. después las lejanas serranías agrupadas en todo el horizonte. el espacio infinito. en una rampa de cerca de veinte escalones. en ciertos trechos. el que sube la extensa vía sacra de tres kilómetros de largo. parando en los pasos. LAS MISIONES ACTUALES Lamentablemente. que apenas se ve en la caótica confusión de los tejados. más hábil que Muribeca. Actualmente. recti­ línea. Más adelante. sin aliento. Amparada por muros revestidos de lajas. y mirando a lo alto. monumento erguido por la naturaleza y por la fe. donde resuenan desde hace cien años. bien en lo alto. para la Semana Santa. dobla a la izquierda y sube menos abruptamente. las enseñanzas de los primeros evangelizadores. las letanías de las procesiones de cuaresma y por donde han pasado legiones de penitentes. En la cuarta o quinta capillita. es un prodigio de ingeniería ruda y audaz. convergen allí las familias de los alre­ dedores y los creyentes pasan por los mismos flancos donde otrora. teniendo como piso la roca viva tallada en escalones o en rampas. siguiendo la línea del máximo de­ clive. allá abajo. la emoción extraña de una altura inmensa. . veinticinco capillas de albañilería. de los cuales no tiene ni el talento ni el . con el ansia de la ambición andaban los aventureros. Continúa por éstas si­ guiendo una pequeña depresión y después se levanta de improviso. Cuando. se ve que Apolónio de Todi. descifró el secreto de las grandes letras de piedra. exhibiendo paneles de los pasos. La población sertaneja completó la empresa del misionero. Sin la grandeza de los antecesores. . Destruye. la mina opulenta que ocultaba el desierto. a partir de la capilla mayor — interesantísima ermita levantada en una saliente de piedra. en otros. realzada por el aspecto de la pequeña aldea. de cuarzo. descubriendo el dorado maravilloso. hasta el Cal­ vario. en la que se erigen. a espacios regulares. arremetiendo con el vértice puntiagudo del monte. el apóstol no tuvo continuadores.Y se hizo el templo prodigioso. A medida que se asciende. valora la constancia y la tenacidad del esfuerzo realizado. con cal­ zada hecha. a caballo del abismo— vuelve a la derecha. apaga y pervierte lo que inculcaron de bueno en aquellos espíritus ingenuos.

. abriendo indistintamente la caja de rapé y la de Pandora. Es ridículo y aterrador. con palabrerío interminable. formando una banda deprimente. Sale de las dobleces del oscuro hábito como de la sombra de una emboscada armada para la credulidad incondicional de los que lo escuchan. 1 7 8 Y alucina al sertanejo crédulo. pues no la conoce. aquellos enloquecidos. . no ora. aterra y maldice. rezando. el último. hombres miedosos. Sobre la Pedra Bonita. en acciones macabras de flagelantes. donde el acontecimiento brillantemente nove­ lado. se muestra con todos sus emocionantes ribetes. niños temblequeantes— por los sertones en busca de mayores flagelos. en mal italiano y en mal latín— que estaba harto de los desmanes de la Tierra. repentinamente. * La Memoria sobre o Estado da Bahía. . Los maestros del mal se fueron a ejercer su equivocada do­ cencia a otros sitios y la justicia reprimió dificultosamente el bandidismo incipiente *. Tiene el extraño privilegio de las bufonerías melodramáticas. los sertones de Cariri estuvieron alborotados por las depre­ daciones de los Serenos. Es brutal y traicionero.arte sorprendente de transfigurar las almas. como enloquecidos. no aconseja ni consuela. alternando los estornudos con las catástrofes. en las encrucijadas solitarias. pidien­ do limosna. lo alucina. . echa bravatas. Demos un ejemplo único. llorando. y como la caridad pública no los podía satisfacer a todos. publicación oficial hecha en 1893. La denominación se refería a las compañías de penitentes que por las noches. O Reino Encantado. se agrupaban. Dios había dicho — en mal por­ tugués. En 1850. en torno de cruces misteriosas. . Un día. larga sobre el auditorio avalanchas de penitencias. salieron de la matriz del Crato 1 7 9 y se dispersaron — mujeres llorosas. Generalmente sigue el proceso inverso. muestra groseros cuadros de torturas. Era fatal. Los disparates salen de su boca envueltos en tragedia. acabaron robando. sino que brama en todos los tonos contra el pecado. que ejercitaban el robo en gran escala. de las ortigas y de otros duros ele­ mentos de penitencia. habían profetizado el próximo fin del mundo. Y esos desvariados salieron por los sertones. por­ menoriza la fundación de Monte Santo. véase el libro de Araripe Júnior. Sube al púlpito de las iglesias del sertón y no mues­ tra la imagen de los cielos. describe el infierno truculento y flamígero con palabras encendidas que completa con gestos de loco y muecas de truhán. No presenta ante los matutos simples las imágenes de una vida honesta y superior. unos misioneros recién llegados. im­ poniéndose el cilicio de las espinas. En la iglesia. lo deprime y lo pervierte.

como brotadas de su conciencia delirante. . Considerando al falso apóstol se ve que el exceso de subjetividad lo predispuso a la rebelión contra el orden natural porque siguió la fórmula del delirio propio. vino a golpear a una civilización. desde el fetichismo bárbaro hasta las aberraciones católicas. casi pasivamente. esboza el perfil de una montaña desaparecida. vagos. se condensaron en su misticismo feroz y extravagante. sobre el mismo medio de donde habían partido. libremente ejercitadas en la indisciplina de la vida sertaneja. el desgraciado. con seguridad. Del mismo modo que el geólogo. la vida resumida del hombre es un capítulo ins­ tantáneo de la vida de su sociedad. por la gran receptividad mórbida de su espíritu torturado por los reveses y ellas refluyeron después. Pero situado en función del medio. La imagen es correcta. interpretando la inclinación y la orientación de los estratos de antiguas formaciones.ANTONIO CONSELHEIRO. No era un incomprendido. Aparecen como la integración de diferentes caracteres. Acompañar la primera es seguir paralelamente y con mayor rapidez. imprecisos. seguirlas juntas. . es observar la más completa mutualidad de influjos. Por eso. pero sí son. el resumen de los aspectos predominantes de un mal social gravísimo. la segunda. destinado a la solicitud de los médicos. llevado por una potencia superior. No por eso fue . Todas las creencias ingenuas. yendo a parar a la historia como podía haber ido a parar al hospicio. todas las tendencias impulsivas de las razas infe­ riores. El tempera­ mento impresionable le hizo absorber las creencias del ambiente. Se lo puede incluir en cualquier modalidad de la psicosis pro­ gresiva 1 S 1 . asombra. confusos cuando se hallan dispersos en la multitud. se pierde en la turba de los neuróticos vulgares. Es difícil trazar la línea divisoria entre las tendencias personales y las tendencias colectivas. Las singulares fases de su existencia no presentan quizá los períodos sucesivos de una grave enfermedad. La multitud lo aclamaba como representante natural de sus más altas aspiraciones. DOCUMENTO VIVO DE ATAVISMO Es natural que estas capas profundas de nuestra estratificación étnica se sublevaran en una anticlinal extraordinaria: Antonio Conselheiro 1 8 0 . pero enérgicos y definidos cuando se resumen en un individuo. Es una desloca­ ción y es una síntesis. Porque para el historiador no es un desequilibrado. Aislado. el elemento activo y pasivo del movimiento del que surgió. Fue simultáneamente. el historiador puede apreciar la grandeza de ese hombre. fuertemente. que por sí mismo nada valía considerando la psicología de la sociedad que lo crió.

los maniqueos bifrontes entre el ideal cristiano emergente y el bu­ dismo antiguo. Enganchaban bien en todas las tendencias de la época en que las extra­ . En efecto. ya eran. que lo fijaría en una fase remota de la evolución. los discípulos de Marcos. los montañistas de Frigia. como un revivir de atributos psíquicos remotos. mal sustituida por los sofistas y letrados mezquinos de Bizancio. reaccionando a su vez. señalando cierto nivel de la mentalidad humana. la grandeza y la resignación soberana de un apóstol antiguo. lo vimos hace poco de relieve. en una regresión a un estadio mental de los tipos ancestrales de la especie. los ofiólatras. Como enfermo grave sólo le puede ser aplicado el concepto de la pa­ ranoia de Tanzi y Riva 1 8 2 . vibró de manera exclu­ siva. el sertón sublevado tuvo en la actitud. la literatura latina occidental declinó de pronto. y lo obligó a adoptar un cierto orden en el desvarío. Su contribución mórbida lo llevó a interpretar caprichosamente las condiciones objetivas. parecerían actualmente casos repugnantes de insania. una coherencia indestructible en todos sus actos y una rara disciplina en todas sus pasiones. en la fase persecutoria o de grandezas. la serenidad. mejor dicho. cuando el gnosticismo universal se erigía como transición obligatoria entre el paganismo y el cristianismo. aspectos religiosos comunes. alterándole las relaciones con el mundo exterior. limitándolo. en un retro­ ceso en el tiempo. los adamitas infames. Y fueron normales. Los rasgos más típicos de su misticismo. el antropólogo lo describiría como fe­ nómeno de incompatibilidad con las exigencias superiores de la civili­ zación. UN GNOSTICO RUDO Evitada la intrusión dispensable del médico. en un período angustioso de la vida portuguesa. precediendo el asalto de los bárbaros. el antropólogo lo encontraría normal. Basta con que volvamos los ojos a los primeros días de la Iglesia. Lo que el médico caracterizaría como un caso de delirio sistematizado. Podríamos encuadrarlos en un escenario más amplio. lo que se tradujo fundamentalmente. lo amparó. los encratitas abstinentes que se maceraban y flagelaban. el medio. extraño pero natural para nosotros. todas las sectas en que se fraccionaba la religión naciente. Fue un extraño caso de atavismo. en la palabra y en el gesto. En el constante peligro de caer en un oscurecimiento completo de la razón.más allá. de manera que al andar por largos años en sus prácticas ascéticas. Dejando de lado el influjo de las razas inferiores. No se deslizó hasta la demencia. dentro de nuestra era. Pero en su desvío vibró siempre. cuando. con sus doctores histéricos y sus exégesis hiperbólicas. como un anacronismo. la nota étnica. en la última fase del mundo romano.

el emisario de las alturas. No fue más allá. fue ciertamente un notable caso de degeneración intelectual. los grandes reformadores y los pobres enfermos. por largo tiempo. cedió a la única reacción posible. . Antonio Conselheiro fue un rudo gnóstico 1 8 4 . y con una función exclusiva: mostrar a los pecadores el camino de la salvación. su neurosis estallaría y su misticismo oprimido destruiría su razón. rebelde— en el me­ dio en que se movía. su neurosis vibraba con un sentimiento ambiental y su mis­ ticismo estaba difundido por todas las almas que a su alrededor se con­ gregaban. pero de algún modo. en las oscilantes fronteras de la locura. donde se dan el brazo genios y degenerados. Era el profeta. Cristalizó en un ambiente propicio al error y a las su­ persticiones. La historia se repite. pero adscripto a todas las contin­ gencias humanas. en una armonía salvadora. en esa zona mental donde se confunden los facinerosos y los héroes. Lastimado por la disciplina vigorosa de una so­ ciedad culta. No la pasó. pero no lo aisló —incomprendido. quizá esta calificación no le cuadre completamente. HOMBRE GRANDE PARA E L MAL Paranoico indiferente. arrastrando su débil esqueleto. transfigurado por ilapso estupendo. Por el contrario. Veremos más detenidamente la exactitud de la comparación. pasible del sufrimiento y de la muerte. retrógrado. Ahí estuvo detenido. arre­ batado por aquella idea fija. desequilibrado. sus misterios y sus sacrificios tremendos de leones lanzados vivos al Danubio con solemnidades impo­ nentes presididas por el emperador filósofo. expresada por esa línea ideal que Maudsley lamenta que no se pueda trazar entre el buen sentido y la locura. lo fortaleció. . Siempre se satisfizo con ese papel de delegado del cielo. impresionante en su firmeza y siguiendo su objetivo fijo con fina­ lidad irresistible.vagancias de Alexandre Abnótico impresionaban a la Roma de Marco Aurelio. lúcido en todos sus actos. Allí. 1 8 3 . . lo limitó sin oprimirlo. De manera que el espíritu predispuesto a la rebeldía franca contra el orden natural. Así ambos resultaron normales. Su frágil conciencia oscilaba en esa posición media. La regresión que lo caracterizó y determinó su temperamento vesánico. con sus procesiones fantásticas. Era un siervo ungido para una dura tarea y allá marchó. camino de los sertones bravios. REPRESENTANTE NATURAL DEL MEDIO EN QUE NACIO El factor sociológico que cultiva la psicosis mística del individuo.

Sus adversarios fueron los Araújos. en una guerra de familias. se concertaron para un ejemplar castigo a los delincuentes. inteligentes y bravos. serviciales” y gozaban en los alrededores de una reputación envidiable. Y como éstos eran bravos hasta la temeridad. marcharon en expedición criminal hacia Quixera­ mobim. sin asentarla en vastos latifundios y cantidades de ga­ nado. no vieron con buenos ojos que una familia pobre tuviera una reputación como la de ellos. simpáticos. "Fue una de las luchas más sangrientas de los sertones de Ceará. . conformando uno de los grandes hechos criminales de Ceará. "Vivían en la misma región. Os Araújos e Maciéis. que vivían como vaqueros y pequeños hacendados. "Los Maciéis que formaban. La delinearemos bre­ vemente. Los hechos criminales que refiere no son más que episodios casi per­ manentes de la vida turbulenta de los sertones. acostumbrados a hacer justicia por mano propia. Surgió de un incidente mínimo: pretendidos robos cometidos por los Maciéis en una propiedad de los Araújo. la trabada entre estos dos grupos de hombres. Eran "hombres vigorosos. teniendo como sede principal la aldea de Boa Viagem que queda a unas diez leguas de Quixeramobim. bien presentados. en los sertones entre Quixeramobim y Tamboril. llamaron en su ayuda a la guardia pretoriana de los capangas. Araujo da Costa y un pariente suyo. Parecidos a otros mil que muestran con evidencia la prepotencia sin freno de los patrones de las aldeas y la pecaminosa explotación a que someten a la bravura instintiva del sertanejo. que constituían una familia rica. cayeron. Las luchas de familias no son más que una variante de las otras y se caracterizan por ser interminables. emparentada con otras de antigua raigambre en el norte de la Provincia. desiguales en su fortuna y posición oficial. comprometiendo a la des­ cendencia en las desavenencias de los abuelos.ANTECEDENTES DE FAMILIA: LOS MACIEIS Su biografía resume la existencia de la sociedad sertaneja 1 8 5 . Hacendados opulentos. ágiles. Esclarece el concepto etiológico de la enfermedad que lo abatió. pero embrutecidos ambos en la práctica de la violencia e igualmente numerosos”. Así preparados. Así comienza el narrador escrupuloso * su breve noticia sobre la ge­ nealogía de Antonio Conselheiro. por ley fatal de los tiempos. creando casi una predis­ posición fisiológica hereditaria al rencor y a las venganzas. Crimes célebres do Ceará. señores de látigo y cuchillo. Todo indicaba que aquéllos eran víctimas de una acusación indebida. una familia numerosa de hombres sanos. Silvestre Rodrigues Veras. * Coronel Joáo Brígido dos Santos186.

como no faltan hoy. los potentados cuya imbécil prepotencia había recibido tan duro trato. Corría el primer día de viaje. El hecho ocurrió en 1833. Maniatado y con las piernas atadas por abajo a la barriga del caballo que montaba. Había hecho blanco el mismo Pedro Veras quien pagó en seguida su hazaña recibiendo a quemarropa una descarga de plomo. apelaron a recursos más enér­ gicos. Memorias. de Aracatiagu. los Araújos habían dejado escapar a su peor enemigo. aceptaron. No faltaban entonces. facinerosos afamados que vendían su valentía. y la habían re­ chazado. Se rindieron. La hermana de Miguel Carlos trató de sacarlo de allí y cayó atravesada por una bala. haciéndola huir. Antonio Maciel y un abuelo de Antonio Conselheiro *. gran conocedor de los montes. Derrotados. Libraron una refriega tremenda y desigual. enfrentó a la horda abatiendo pronto a un tal Teotonio. reunida toda la parentela. exhausto. en cacería bárbara. dice que nunca habían hablado mal de ellos ni siquiera los enemigos que acusaron a sus hijos y pone en duda la participación de éstos en los robos aludidos. A ellos se unieron los hijos y yernos de Silvestre y acometieron su cri­ minal empresa. seguido en su fuga por una hermana. bien montados. Les pidieron que se entregaran ofreciéndoles. En esta ocasión mueren. La palabra de honor de los bandidos tuvo el valor que debía tener. cuando fueron asesinados. Al acercarse a la vivienda de los Maciéis. siguieron sus rastros como si fueran los de una suguarana bravia. Sin embargo. poco después volvieron de­ rrotados. los agresores retrocedieron lo suficiente como para que el sitiado pudiese cerrar la puerta. Lo persiguieron. Hecho esto. a poco tiempo. entre otros. aunque herido y con un pie lujado. su fuga es inexplicable. rabiando y encolerizados. cerca de Quixeramobim se ocultó. Pero el forajido. muchachos sin miedo y corajudos. habían enfrentado a la banda asalariada. los que le seguían el rastro. Consiguieron a dos de los mejores: José Joaquim de Meneses. Ahí llegaron. pernambucano. Muerto el jefe. Vicente Lopes. Ahora bien. en un rancho abandonado cubierto de ramas de oiticica. consigue escapar. Eran las nueve de la mañana. célebre por su rivalidad sangrienta con los Mouróes famosos y un terrible cangaceiro. * * Manuel Ximenes. los sicarios — aunque eran más numerosos— temieron la resistencia. el jefe de la familia. En el sitio de "Passagem”. el rancho se * Manuel Ximenes. hablando de estos dos infortunados en sus memorias. Miguel Carlos. Este cayó transversalmente ante la puerta impidiendo que se pudiera cerrar. Pero un tío de éste. contrariando la expectativa general. que se había adelantado a los demás.Pero. Hacían bajo escolta el camino a la cárcel de Sobral. bajo palabra. la afirma el cronista escrupuloso * * . la garantía de la vida. Los Maciéis. Los Maciéis. sabiendo que no podrían resistir durante mucho tiempo. El sertanejo temerario. . Bien armados. pudo eludir durante algún tiempo la persecución comandada por Pedro Martins Veras.

según el decir del cronista ya citado. Arrojaron fuego sobre el techo de ramas. cayó muerto de un balazo entre la alarma de los parientes y la desesperación de la desdichada novia. ya cerca de la iglesia. . su otra her­ mana. Los bandidos no se atrevieron al asalto pero fueron de una cobardía atroz. Lo cierto es que más allá de la protección que le dieran. Arroja toda el agua de un balde sobre el fondo del rancho apagando moentáneamente el fuego y saltando sobre el ca­ dáver de su hermana se arroja. le dijo que lo iba a matar y como el dueño de casa lo detuvo. Miguel Carlos resuelve salir. . Ahora tenía una socia en el rencor justificado y hondo. Fue en Quixeramobim. El efecto fue instantáneo. Miguel Carlos llegó a abrir . muchos de los cuales. Helena Maciel. Miguel Carlos ya estaba desnudo y en compañía de muchos compañeros. Su vida transcurría en peligrosos lances. Lo cierto es que. La narración a la que nos remitimos dice: "Parece que Miguel Carlos tenía allí protectores que le daban garan­ tías. se hizo acompañar por el sospechoso hasta las afueras del poblado y en el riacho de la Palha lo mató con su cuchillo. La desem­ bocadura del riacho de la Palha daba a los fondos de la casa indicada. En calzoncillos y empu­ ñando el cuchillo. la carabina bajo el brazo y el cuchillo listo al ataque. Tanto los pa­ rientes de Miguel Carlos como los extraños tomaron sus ropas de la arena y a medio vestir emprendieron la fuga. uno de los Araújos trató casamiento con la hija de un rico ganadero de Tapaiara y el día de las nupcias. más que sabidos. casado con una parienta suya. acostumbraba parar en la aldea. la "Némesis de la familia”. Rompe el círculo y gana la caatinga. La venganza del sertanejo velaba inextinguible. estando a la puerta del negocio de Manuel Procópio de Freitas. un día cayó bajo su cuchillo un espía incauto que lo rastreaba. burlando todas las trampas que le ten­ dieron. . Tiempo después. Por las rendijas de las paredes estallaba a cada minuto un tiro de espingarda. . En esa casa vivía.convirtió en una fortaleza. junto a la garganta que conduce a la pequeña plaza Cotovelo. por fin. cuando apareció un grupo de enemigos que lo esperaban escondidos entre los pastos. "Una noche. v fue a bañarse al río que corre detrás de esa casa situada casi en el límite de la plaza principal de la aldea. No pudiendo respirar ahí adentro. Este riacho con su forma circular rodeaba la plaza y en invierno constituía una linda cinta de aguas tranquilas. son inventados por la fecunda imaginación de los matutos. "Una mañana. vio entrar a un individuo que quería comprar aguardiente. encima de los asaltantes. Con­ siderando que era un espía. en 1845. Manuel Francisco da Costa. salió de la casa de Antonio Caetano de Oliveira. también él corrió hacia el fondo de una casa que casi se enfrentaba con la desembocadura del riacho de la Palha.

Durante mucho tiempo fue célebre la valentía de Miguel Carlos y por él y sus parientes era intensa la estimación y el respeto de sus contemporáneos. corrió hecha una furia hasta el lugar y pisando la cara del asesino de su hermano decía satisfecha que le ale­ graba lo sucedido por el fin que había tenido el enemigo. No sigamos. pero el propósito era matarlos. quien mandó golpear bárbaramente a André Ja­ cinto de Sousa Pimentel. a quien atribuía los avisos que éstos habían recibido en Boa Viagem. como osó confesar muchos años después. de bajo origen y educación. mozo de una familia importante de la aldea. agarrándolo por una pierna. Miguel Carlos le respondió al instante con otra cuchillada en la carótida. De esos golpes resultó una lesión cardíaca que dio una muerte horrorosa al infeliz cul­ pado de esa última agresión de los Araújos. testimonios de la energía de esa familia que había dado tantos hombres bravos para una lucha con poderosos tales como los de Boa Viagem y Tamboril” *. diezmadora de los secuaces de las dos familias. pero cuando quiso cerrarlo. agente del correo de la aldea. emparentado con los Araújos. cuando Manuel de Araújo. nada se sabe con certeza sobre el papel que le cupo a Vicente Mendes Maciel. jefe de la banda. .el portal de la quinta. uno de­ bajo del otro. de la familia de Araújo. hombre insolente. con quien Pimentel estaba ene­ mistado. muriendo los dos instantáneamente. hizo creer durante mucho tiempo que ese oficial de mala fama había sido el autor del crimen. padre de Antonio Vicente Mendes Maciel (el Conselheiro) en esta deplorable contienda. "El hecho de que la acción fuera perpetrada por soldados del destaca­ mento de línea. id. Venían a título de prender a los Maciéis. Antonio Maciel. al mando del alférez Francisco Gregorio Pinto. hermano del novio asesinado. "Dicen que los sicarios habían pasado la noche en casa de Inácio Mendes Guerreiro. de las venidas de Miguel Carlos. "Helena permanecía quieta y silenciosa. Némesis de la familia. Fue ella. inmoló un enemigo a los manes de su hermano. "Innumerables víctimas anónimas se cobró esta lucha sertaneja. Agonizaba caído con el cuchillo en la mano. "Helena no se abatió con esta desgracia. muerto en Boa Viagem. UNA VIDA CON BUENOS AUSPICIOS Por cierto. Moribundo. siendo el último de los Maciéis. le clavó su cuchillo. Helena Maciel. hermano de Miguel Carlos. Sus coetáneos lo pintan como un * Coronel Joáo Brígido. cayó abatido por un tiro que había partido del séquito que lo perseguía.

enemigo de las fiestas. según la costumbre de los narradores del sertón. de ganarse la vida. en espera de con­ diciones favorables para expandirse. dejaba pasar la etapa triunfal de los veinte años. la que desequilibraría una vida iniciada bajo los mejores auspicios. vuelven inestable su situación. a despecho de los desórdenes del hogar. Lo cierto es que. que no permitía tomar alas al ánimo del muchacho. La mujer fue la sobrecarga adicio­ nada a su tremenda tara hereditaria. Debiendo afrontar el trabajo de velar por tres hermanas solteras. veinte años después de los trágicos hechos que recordamos. En estos cambios se advierte la lucha de un carácter que no se deja abatir. reveló una rara abnegación. .hombre "irascible pero de excelente carácter. negociaba en ha­ ciendas llevando las cuentas de memoria. le eran contadas mostrándole siempre el coraje singular y tradicional. la pésima índole de ésta. de las que muchas veces eran protagonistas sus propios parientes. de algún modo. siendo analfabeto. PRIMEROS REVESES De allí data su dramática existencia. A partir de 1858 todos sus actos denotan una transformación del carácter. incompatibilidades de carácter con la esposa. un medio cual­ quiera. De ahí a poco tiempo se muda a Ipu. La sugestión de estos relatos tenía el correctivo enérgico de la severidad del viejo Mendes Maciel. falleciendo aquél en 1855. Pierde sus hábitos sedentarios. Sólo después de haberlas casado buscó para sí un enlace que le fue nefasto. se muda a Sobral y se emplea como vendedor. En 1859. Sigue hacia Campo Grande donde se desempeña en las modestas funciones de escribiente del Juez de Paz. sin tener escritas ni las deudas ni los créditos”. totalmente entregado a los menesteres del negocio. pero de tanta capacidad que. Tal vez quedaba latente. sin el entusiasmo feliz de los que se inician en las primicias de la vida. En pocos años se muda a diferentes aldeas y poblaciones. Antonio Maciel busca un empleo. Trabaja de solicitador en el foro. Todas las historias o leyendas entretejidas con exageraciones. retraído. Adopta dis­ tintas profesiones. lo que es más verosímil. o. en esta etapa prepa­ ratoria de su vida. lo aisló de la turbulencia familiar. Habiendo quedado sin bienes de fortuna. el hijo tuvo una educación que. Se queda poco tiempo allí. Antonio Maciel proseguía su vida correcta y serena. al llegar a cada nueva residencia. Testi­ monios de conocidos lo señalan como adolescente tímido y tranquilo. pero honesto. medio visionario y descon­ fiado. Bajo la disciplina de un padre de honradez proverbial.

monstruoso en su hábito azul de brin americano. En su descenso continuo. . A su alrededor. Baja hacia el sur de Ceará. Pero siempre lo evitó. la mirada fulgurante. el infeliz busca el escondite de los sertones. Al pasar por Paus Brancos. El infeliz muchacho de Quixeramobim queda com­ pletamente olvidado. lugares desconocidos. azarosamente. se advierte la voluntad de alguien que va perdiendo terreno pero reacciona cada vez con un doloroso esfuerzo. sos­ teniéndose en el clásico bastón en que se apoya el paso tardo de los peregrinos. ligándose a los seguidores de cualquier conquistador de urnas. . Este período de su vida todavía lo muestra imbuido de sentimientos dignos. quedaron en sus parajes natales breves vestigios de su recuerdo. para lo que le servía el prestigio tradicional de su familia. su mujer lo abandona. en dirección a Crato. Se realizan algunas averiguaciones policiales. Se salva de la prisión. Sigue des­ pués hacia el sur.Se advierte en todos estos cambios una tendencia hacia profesiones menos trabajosas. con una tendencia acentuada hacia actividades cada vez más estériles hasta desembocar en el ocio franco. . las permanentes luchas partidarias le abrían la carrera aventurera de la política. busca el abrigo de la absoluta os­ curidad. hiere con furia de alucinado. Gracias a este incidente algo ridículo. un sargento de policía. Se va con un policía. Fue el punto final. El plano inclinado de esa vida en declive acaba de golpe en una caída formidable. Y desaparece. En Ipu. Sólo de vez en cuando se recordaba su nombre y el fin escandaloso de su existencia. a un pariente que lo había hospedado. Pasan diez años. Al mismo tiempo iba perdiendo la antigua serenidad. de noche. . con menores exigencias de esfuerzo. . la cara como una calavera. . COMO SE FORMA UN MONSTRUO . los cabellos crecidos hasta los hombros. . dejadas de lado porque la víctima reconoce que el agresor no es culpable. en la que podía entrar como tantos otros. en el que era magna pars un Lovelace de tragediam. Podía decirse que había muerto. donde no lo conocían ni de nombre. en camino hacia Crato. la barba descuidada y larga. Fulminado de ver­ güenza. Y en Bahía surgía el sombrío anacoreta. LA CAIDA De pronto aparece su contracara violenta. Va perdiendo la antigua disciplina.

. ya los dominaba. Pasaba y seguía en busca de otros lugares dejando absortos a los matulos supersticiosos. sin porme­ nores característicos. monstruoso autómata. Lo había conocido en los sertones de Pernambuco. alimentándose mal y ocasionalmente. . Necesitaban a alguien que personificase su indefnida idealización y los guiase por los caminos misteriosos de los cielos. en una penitencia ruda. Cuando aquel viejo singular de poco más de treinta años. aún joven. errante. Lo creaba. . Su insania estaba allí. Un viejo cáboclo.Su existencia es desconocida durante tan largo período. . Actuaba como ente pasivo. indiferente a la vida y a los peligros. apa­ recía por los ranchos de los troperos. Y creció tanto que se proyectó en la Historia. Hablaba en frases breves o con mono­ sílabos. como una sombra. Aparecía por aquellos sitios sin destino fijo. su vida misteriosa lo había rodeado de un prestigio nada vulgar que tal vez agravó su temperamento delirante. . Todas las conjeturas y las leyendas que lo rodeaban for­ maron el ambiente propicio para la germinación de su propio desvarío. el dominio que. a orilla de los caminos. De este testimonio concluí que Antonio Maciel. La multitud lo remodelaba a su imagen. Era natural. . me dijo algo al respecto. En el seno de una sociedad primitiva que por sus cualidades étnicas y por el influjo de las santas misiones malévolas comprendía mejor la vida por los incomprensibles milagros. hecho prisionero en Canudos en los últimos días de la campaña. Le ensanchaba el pano­ rama de su vida lanzándole adentro los errores de dos mil años. en el consejero predilecto de todas las decisiones. como una sombra surgida de las planicies pobladas de duendes. Sin querer. Se volvió algo fantástico. pero vagamente. Esta sombra condensaba el oscurantismo de tres razas. sin cálculo. Nada decía de su pasado. exteriorizada. La multitud le ahorraba el indagar torturante acerca de su propio estado emotivo. mudo. Poco a poco. impresionó vivamente la imagi­ nación de los sertanejos. sin precisar fechas. el esfuerzo de una introspección delirante con la que la locura envuelve a los cerebros deprimidos. durmiendo a la intemperie. . uno o dos años después de la partida hacia Crato. Como dominador fue un títere. Aparecía — escuálido y macerado— dentro de su hábito caído. La admiración intensa y el respeto absoluto de la gente lo convirtieron en poco tiempo en árbitro incondi­ cional de todas las divergencias y problemas. Andaba sin rumbo cierto. de un rancho a otro. El evangelizador nació. se reflejó sobre él mismo. ejercía a su alrededor. como un espectro. para aquellas simples gentes. cesaban las charlas y las guitarras festivas.

. sandalias. sin cinturón. * Folhinha Laemmert. como a todas partes. contraria al trabajo. con los que se impone a la ignorancia y la simplicidad. Acompañado de dos profesas. de la reli­ gión naciente: un oratorio de cedro. Allí llegó. Con él triunfalmente erguido. tosco. sólo una tabla desnuda o si no el suelo duro. No aceptaba lecho. Uno de los adeptos cargaba el templo único. Así se presentó el Conselheiro en 1876. felices por padecer junto con él privaciones y miserias. Dice un documento publicado aquel año en la Capital del Imperio: "Apareció en el sertón del Norte. en la aldea del Itapicuru de Cima. En general. de un anuario impreso a cen­ tenares de leguas de distancia. desconocido y sospechoso. de 1877. Vivía de limosnas.De los sertones de Pernambuco pasó a los de Sergipe. pero rechazaba cualquier exceso. apareciendo en la ciudad de Itabaiana en 1874. y moviendo los sentimientos religiosos. que dice llamarse Antonio Conselheiro y que ejerce gran influencia en el espíritu de las clases populares. Sobre la espalda una bolsa de cuero en la que traía papel. vive rezando. rigurosamente verídicas. Revela ser hombre inteligente pero sin cultura” *. por entonces. Buscaba los ranchos solitarios. Estas palabras. impresio­ nando por la rareza de la ropa: bata azul. sirviéndose de su aspecto misterioso y ropas ascéticas. la Misión abreviada y las Horas ma­ ñanas 1 8 8 . pre­ gonando y dando consejos a las multitudes que reúne donde le permiten los párrocos. sombrero de alas anchas y caídas. en un coro de letanías. lapicera y tinta. viste una túnica de algodón y se alimenta tan poco que casi es una momia. Su prestigio iba creciendo. delatan bien la fama que ya había ganado. Así vagó durante largo tiempo hasta aparecer en los sertones al norte de Bahía. entraban a las aldeas y poblaciones. Dejó crecer sus barbas y sus cabellos. actores en la farándula de los vencidos de la vida. avezada en el robo. Se le acercaban espontáneamente. era gente ínfima y sospechosa. Lo seguían en su ruta sin norte algunos fieles. Cuando paraban en los caminos lo colgaban en la rama de un árbol y de rodillas le rezaban. No los había llamado. Ya no andaba solo. que encerraba la imagen de Cristo. va juntando al pue­ blo y guiándolo a su gusto. un individuo. aceptando sólo lo que necesitaba para el sustento del día. Ya tenía gran renombre.

Muchas veces había bordeado la muerte por los prolongados ayunos. . Acep­ tado el consejo. Allí y ese mismo año. de las fatigas. la imaginación popular comenzaba a novelarle la vida con rasgos vigorosos de originalidad trágica 1 8 9 . su casa era visitada por el seductor. Decían que había matado a su esposa y a su propia madre. sorprendido. El asceta despuntaba tras la ruda disciplina de quince años de penitencia. abandonando todo y desde ese momento recorría los sertones. la había adormecido en los transitorios descansos sobre los lechos dilace­ rantes de las caatingas . la había endurecido en la fría intemperie. Lo abatió de un tiro. Lo vio acercarse cautelosamente y saltar por una ventana. Lo cierto es que la represión legal de 1876 lo encontró ya de lleno metido en el sueño del cual no despertaría. Venía del hambre. tal como lo preconizan los apóstoles de la Iglesia. . Le aconsejó que inventara un viaje cualquiera y que permaneciera en los alrededores. escondiéndose en un lugar desde donde podía observar y actuar con rapidez. ante el asombro de los fieles. en cierto modo justificaban. Entonces había escapado. la había secado en el rescoldo de las sequías. por la noche. no queriendo a la nuera. así vería cómo. imaginó cómo arrui­ narla. enloquecido. Allí permaneció varias horas hasta que. Había seguido el apren­ dizaje del martirio.LEYENDAS En la aldea de Itapicuru se produjo el cierre de esa carrera extraordinaria. Era una leyenda terrible. al acaso. bien alta la noche. No le dio tiempo a entrar. Su piel seca se arrugaba como un cuero pegado a la carne muerta. . . el infeliz se alejó a caballo cerca de media legua y luego volvió por caminos no frecuentados. vio un bulto que se aproximaba a su casa. con un ascetismo que hubiera sorprendido a Tertuliano 1 9 °. No había dolor que le fuera desconocido. la había macerado y marcado con los cilicios más duros. Volvió después para reconocer al hombre que había matado. ese sombrío . de la sed. Lo acusaban de una falsedad que su vida excepcional y el desorden de su antigua vida doméstica. En seguida entró en la casa y con otra descarga fulminó a la esposa infiel que estaba durmiendo. Y con horror vio que era su propia madre que se había disfrazado para realizar su diabólico propósito. Como se ve. El dolor se la había anestesiado. despavorido. de las angustias y de las miserias. le exigió pruebas. Para eso le dijo al hijo que su mujer lo engañaba y como éste. lo metieron inopina­ damente preso. Contaban que la madre. la había golpeado con las piedras de los caminos. se propuso presentárselas.

per­ maneciendo con preferencia en Chorrochó 1 9 2 (1 8 7 7 ). de desenterrado. . y los largos cabellos lacios cayendo sobre los hombros. plantado a la entrada de la aldea. No formuló una sola queja. La recibió indiferente. Y el mismo año reaparece en Bahía entre sus discípulos que lo habían aguardado. A su sombra se curaban los enfermos crédulos y sus hojas eran la panacea infalible. como una mortaja negra. la única cosa que lo vejaba. párpados caídos. . Y un pequeño árbol. Escuchó el interrogatorio y las acusaciones y no contestó ni con un murmullo. rígida como una máscara. que durante mucho tiempo fue objeto de una fitolatría extraordinaria. Llegado a la tierra natal. Los jueces estupefactos lo interrogaron. sin mirada y sin sonrisa. fue puesto en libertad 1 9 1 . Permaneció en la serena indiferencia superior de un estoico. que coincidió. cometidos en el lugar natal. . Era un árbol sagrado. Prohibió a los fieles que lo defen­ dieran. Allí despertó la curiosidad general con su extraña fisonomía: cara muerta. dentro de la túnica tan ancha. De 1877 a 1887 anda por aquellos sertones. Esta vuelta. llegando hasta el litoral. según afirman. Una elegante capilla señala actual­ mente el lugar de su morada. Después se supo que los custodios que lo habían traído le habían pe­ gado cobardemente en el camino. tal vez. Se entregó.propagandista de la eliminación lenta de la materia: "descargándose de su sangre. El pueblo comenzaba la gran serie de milagros de los que. Entonces anda durante algún tiempo por los sertones de Curará. Lo llevaron a la capital de Bahía. ojeras profundas. fardo pesado e inoportuno del alma impaciente por huir Para quien vivía de esta manera. con el día que había pre­ fijado cuando lo tomaron preso. lugarejo de pocas centenas de habitantes. y la ropa tan singular. exorcismos y señales de la cruz de los creyentes asustados y de las beatas transidas de miedo. reconocida la improcedencia de la denuncia. enmarañándose en los pelos duros de la barba descuidada que le llegaba hasta la cintura. Lo acusaban de viejos crímenes. el infeliz ni se enteraba. Apenas — este pormenor curioso lo escuchamos de una persona insos­ pechable— el día que lo embarcaron para Ceará pidió a las autoridades que lo libraran de la curiosidad pública. revestido de impasibilidad marmórea. cuya feria congrega a la mayoría de los pobladores de aquel trecho del río Sao Francisco. en todos los sentidos. Pasó por las calles entre ovaciones. a Vila do Conde (1 8 8 7 ). y su aspecto repugnante. Redobló su influencia. tomó rasgos de milagro. porque a su sombra descansaba el peregrino. * De Jejuum. la orden de prisión sólo era un inci­ dente mínimo.

acompañado por la farándula de sus fieles. Releyendo . ostentaba un sistema religioso incongruente. en silencio. monopolizaba el mando. fascinada bajo el extraño hipnotismo de aquella terrible locura. . inconexa. Mucambo. La población convergía en la aldea. a veces agravada por la osadía de las citas latinas. . abría de golpe los ojos. en el centro mismo de la aldea. . Y el gran desventurado conseguía entonces su único milagro: no parecer ridículo. Monte Santo. . Era truhanesco y era pavoroso. Tucano y otros. eclipsando a las autoridades locales. los devotos hacían rezos y letanías y cuando la concurrencia era mayor. Era asombroso. hablaba largamente. era solemne e impresionante. LAS PREDICAS Allí subía y hablaba. errante y humilde. siempre elegante. Imaginemos a un bufón arrebatado en una visión del Apocalipsis. mezcla inextricable y confusa de con­ sejos dogmáticos. Parco en los gestos. Bom Conselho. Quienes los oyeron no evitan las sugestivas aproximaciones históricas. Su entrada en las poblaciones. se convertía en única autoridad. Jeremoabo. Pombal. en las que competía con los capuchinos vagabundos de las misiones. se le veían entonces extremada­ mente negros y vivos y la mirada era de un centelleo ofuscante. . los ojos fijos en el suelo. . Y durante algunos días. La multitud sucumbía. Cuando la pronunciaba quedaba callado. Una oratoria bárbara y estremecedora. allá una iglesia que se renueva. .En toda esa área no hay quizá una ciudad o un pueblo por donde no haya pasado. para que la palabra del profeta pudiese irradiar a todos los puntos y edificar a todos los creyentes. Negocios y campos quedaban vacíos. llena de trozos truncados de las Horas mañanas. abstrusa 1 9 3 . Cumbe. donde en compensación. En casi todas dejaba alguna señal de su paso. Alagoinhas. el penitente. levan­ taba la cabeza. Magacará. bajaba los ojos. lo vieron llegar. Aquí un cementerio arruinado al que se le re­ construyen los muros. Nadie osaba contemplarlo. levantando imágenes. sin encarar a la multitud abatida por la melopea fatigante. se agitaba el movimiento de las ferias. con frases sacudidas. preceptos comunes de la moral cristiana y profecías extravagantes. se improvisaba un palco al lado de la feria. Inhambupe. por la tarde. Parece que tenía la preocupación del efecto producido por alguna palabra o frase decisivas. seguido siempre por la multitud con­ trita. afirman testimonios existentes. . Las ocupaciones normales se paralizaban. más adelante una capilla que se levanta. En la plaza. En estas prédicas. cruces y banderas divinas.

El retrógrado del sertón repro­ duce los caracteres de los místicos del pasado. * Marc-Auréle. galvanizados por su bello estilo. . esgrime el mismo argumento que aquél: la Iglesia perdió su gloria y obedece a Satanás. Incluso a las beatas viejas hechas para amansar sátiros les hablaba de espaldas. Expresa una moral que es la traducción fiel de la de Montano: la castidad.). (N . El frigio predicaba. Al considerarlo. Como los ultramontanos surgió en un extremo de la tierra. . por los resultados amargos de sus desdichas conyugales. en feliz imagen. en contraste con la licencia absoluta hacia el amor libre. las concepciones absurdas del desmañado apóstol sertanejo asombran por su semejanza. .las páginas memorables * en las que Renán hace resurgir. á des coureurs sur le champ de la civilisation. de las mismas fórmulas hiperbólicas. insisten especialmente contra el lujo de los tocados y — lo que es muy singular— imponen a estos delitos el mismo castigo: sacar el demonio por los cabellos peinando a las vanidosas con peines de espinas. Está por entero entre esos retardatarios que Fouillée compara. a los desvariados jefes de las sectas de los primeros siglos. No puede buscarse una reproducción más completa del mismo sistema. . se advierte el renacimiento integral de aquellas aberraciones muer­ tas. propiciando casi la extinción del matrimonio. El Conselheiro mostraba por ella inven­ cible horror. Se rebela contra la Iglesia romana. braman contra las ropas elegantes. de plus en plus en retard * * 1 9 4 . Ambos prohíben severamente que las jóvenes se adornen. vibra en censuras. Es un hermoso ejemplo de la identidad de los estados evolutivos entre los pueblos. se siente el efecto maravilloso de una perspectiva a través de los siglos. PROFECIAS 1 9 5 Cuando se comparan sus profecías con las del pasado. de las mismas imágenes. de T . el mismo pavor al Anticristo. el mismo fin del mundo próximo. PRECEPTOS DE ULTRAMONTANOS Es un disidente de la hechura exacta de Themison. La belleza tentaba a Satanás. exagerada hasta el máximo horror por la mujer. El mismo milenarismo extravagante. . * * En francés en el original: a los que corren por el campo de la civilización cada vez con más retraso. casi de las mismas palabras. Nunca más miró a una mujer. Está fuera de nuestro tiempo. tal vez como el cearense.

perteneciente al Secretario del Comandante en Jefe de la Campaña. que no se manchasen con el sacrilegio de una sonrisa. levantando poblaciones en los desiertos.Que los fieles abandonasen todos sus bienes. haciendo iglesias y capillitas y dando sus consejos * Estas profecías estaban escritas en gran número de pequeños cuadernos encon­ trados en Canudos. de uno de ellos. que la rama se confrontará en la tierra y la tierra en algún lugar se confrontará en el cielo. Preanunciaba años sucesivos de desgracias * : . En 1896 han de rebaños mil correr de la playa al sertón. "En 1899 las aguas se harán sangre y el planeta va a aparecer en el naciente con el rayo del sol. Que aban­ donasen las fugaces venturas e hiciesen de su vida un duro purgatorio. todo cuanto los marcaba con un leve rasgo de vanidad. en la hora nona. uno de sus apóstoles le preguntó: Señor. El mismo Cristo había presagiado su venida cuando: . "En 1897 habrá mucho pasto y poco rastro y un solo pastor y un solo rebaño. Todas las fortunas se perderían en la catástrofe inminente y era una temeridad inútil conservarlas. ¿para el fin de esta edad qué señales darás? "Y El respondió: muchas señales en la Luna. Dios dijo en el Evangelio: yo tengo un rebaño que anda fuera del corral y es preciso que se reúnan porque hay un solo pastor y un solo rebaño”. en­ tonces el sertón se volverá playa y la playa sertón. . "Ha de llover una gran lluvia de estrellas y ahí será el fin del mundo. el predestinado llegaba a la tierra por la voluntad divina. Las que aquí anotamos fueron copiadas allí mismo. di­ ciendo sermones por las puertas. En 1900 se apagarán las luces. "En 1898 habrá muchos sombreros y pocas cabezas. descansando en el monte de los Olivos. . . El Juicio Final se acercaba inflexible. Ha de aparecer un Angel mandado por mi Padre Eterno. Como los antiguos. en el Sol y en las Es­ trellas. .

la misma exploración de lo sobre­ natural y la misma ansia por el cielo. Como sus cofrades del pasado. alza la insurrección contra la forma repu­ blicana : "En verdad os digo. En ellos se delata el viejo aspecto soñador de la religión primitiva. la Inglaterra con la Inglaterra. "Desde el principio del mundo que lo encantó con todo su ejército y lo restituyó en guerra. Andaba al borde de un catolicismo mal comprendido. el Brasil con el Brasil. el profetismo tenía en su boca el mismo tono que tuvo en Frigia.Y en medio de esas estrafalarias palabras. saliendo del mesianismo reli­ gioso al mesianismo racial. Es un per­ manente reflujo del cristianismo hacia su cuna judaica. desde las aguas del mar Don Sebastiáo saldrá con todo su ejército. Montano se re­ produce en toda la historia. ¿No habrá en esto un rasgo superior del judaismo? No lo voy a encubrir. más o menos con los mismos caracteres. ella se hundió hasta la empuñadura y él dijo: ¡Adiós mundo! "¡Hasta el mil y tantos. la ruina del mundo profano. a dos mil no llegarás! "Y en este día al salir con su ejército saca a todos con el filo de la espada de este papel de la República. El fin de esta guerra se acabará en la Santa Casa de Roma y la sangre irá hasta la gran junta UN HERESIARCA D EL SIGLO II EN PLENA EDAD MODERNA Como se ve. prometido pero siempre postergado y final­ mente olvidado completamente por la Iglesia ortodoxa del siglo n. no es una novedad. De modo idéntico enunciaba el juicio de Dios. Antonio Conselheiro era un pietista que ansiaba el reino de Dios. reviviendo vetustas ilusiones. con las variantes de la modalidad de los pueblos. pero siempre con la misma rebeldía contra la jerarquía eclesiástica. el reino de mil años y sus delicias. "Y cuando quedó encantado clavó la espada en la piedra. . cuando las naciones pelean con las naciones. antes que la deformasen los sofistas canonizados de los concilios. la Prusia con la Prusia. la desgracia de los poderosos. Este volver a la edad de oro de los apóstoles y sibilistas.

los fabricantes proporcionaban gratis los materiales indispensables. Si se da crédito a un valioso testimonio *. tomaba el primer camino sertón afuera. anda un individuo denominado Antonio Conselheiro. Teniente Coronel Durval Vieira de Aguiar. de barbas y cabellos negros y crecidos. El pueblo acostumbra concurrir en masa a los actos del Censelheiro. Tenía un adversario peligroso. . en 1887). moreno. * “Cuando por allí pasamos (por Cumbe. que vivía solo en una casa sin mue­ bles.TENTATIVAS DE REACCION LEGAL Después de sus homilías. el pueblo cargaba piedras. preceptos. fiestas y novenas. .. con doctrinas su­ persticiosas y una moral excesivamente rígida * * . Los sacerdotes toleraban los despropósitos del santo endemoniado por­ que acrecía sus reducidos haberes. se movían incansables. . promueve los bautismos.. a cuyas órdenes obedece ciegamente y por él resistirá cualquier orden legal. sujeto bajo. en concordancia con la misión que se había señalado. ¿Adonde? Al azar. El arzobispo de Bahía. sin mirar siquiera a los que lo seguían. . por cuya razón los vicarios lo dejan pasar por santo impunemente. obligaciones. acaboclado. visto que compete sólo a la Iglesia católica y a sus ministros de religión. aunque tenga mucha instrucción y virtud. en fiesta piadosa. Durante días y días. vestido de camisón azul. los obreros cuyos salarios se pagaban en el cielo. con lo que perturba las conciencias y debilita en mucho la autoridad de los párrocos de esos lugares. en 1882. ordenaba penitencias que ordinariamente redundaban en bene­ ficio de las localidades. pero no lo contrariaba. el sacerdote. “ . . Se reconstruían templos ruinosos. Los albañiles y carpinteros trabajaban gratis. da señales de haber advertido esa tolerancia o protección mal disfrazada y emite una circular a todos sus párrocos: "Ha llegado a nuestro conocimiento que por las feligresías del centro de este arzobispado. en general. los párrocos le per­ mitían esas prácticas de las cuales sacaban beneficio porque promovía ios actos de los que salen los rendimientos del clero: bautismos. se erigían construcciones nuevas y bonitas. por el contrario. sermoneando al pueblo que se reúne para escucharlo. haciendo saber a los fieles que les prohibimos en absoluto reunirse para escuchar esos sermones. . no tiene autoridad para ejercer ese menester. * * ¡Una moral excesivamente r íg id a !. Y terminada la empresa. sea quien fuere. por lo que ordenamos a Vuestra Reverendísima que no con­ sienta en su feligresía semejante abuso. Descrigoes práticas da Pro­ vincia da Bahia. casamientos. . se hallaba en la pobla­ ción un célebre Conselheiro. la misión santa de adoctrinar a los pueblos y un secular. junto a la cual se apiñaban las beatas y afluían los regalos con los cuales se alimentaba. el predestinado se marchaba. tanto más cuando él nada gana. fiestas y novenas y todo aquello en que consisten los vastos rendimientos de la Iglesia” . se renovaban cementerios abandonados.

venden lo poco que tienen y hasta roban para que no haya ninguna falta."Sirva esto para despertar cada vez más el celo de Vuestra Reverencia. * * Oficio dirigido en noviembre de 1888 al jefe de policía de Bahía por el dele­ gado de Itapicuru. está aquél armado como si fuera a emprender una batalla campal. rezos y letanías. el 16 de febrero de 1882. Luis. dice * * : " . . Y después de contar la última tropelía de los fanáticos: "Habiendo desinteligencias entre el grupo de Antonio Conselheiro y el vicario de Inhambupe. no se dejen llevar por otros vientos La intervención de la Iglesia fue inútil. después de historiar ligeramente los antecedentes del agitador. cuya autoridad policial. por fin. puedo decir que lo adoran como si fuese un Dios vivo. además de no trabajar. suficientemente instruidos. sin miedo al error y afir­ mado en hechos. En la construcción de esta capilla. Da miedo a los transeúntes pasar por allá viendo a esos malvados munidos de cuchillos. y ese dinero sale de los crédulos y los ignorantes que. es justo y fundado el recelo de grandes desgracias. "Aunque esta obra sea de algún merecimiento. "Para que vuestra Excelencia sepa quién es Antonio Conselheiro. cuando la diócesis de Bahía intervino de nuevo. Hizo en este sitio su campamento y al presente está construyendo una capilla a expensas del pueblo en el referido lugar. aparte que dispensable. en el ejercicio del ministerio de la predicación a fin de que sus parro­ quianos. en oficio donde. sin hablar de los montos recau­ dados que han sido enviados para otras obras en Chorrochó. Y como si desease revivir siempre el recuerdo de la primera persecución sufrida. facas y carabinas y pobre del que es sospechado de ser desafecto a Antonio Conselheiro”. Parece que esta denuncia hecha en términos tan alarmantes. Antonio Conselheiro continuó sin inconvenientes su azaroso apostolado recorriendo los sertones. y por el modo como están los ánimos. están trabajando cearenses a los cuales Antonio Conselheiro presta una protección ciega. apeló a los poderes constituidos. no fue atendida. basta decir que anda acompañado por centenares de personas. vuelve constantemente a Itapicuru. décuplo de lo que debía ser. cuyo costo semanal es de casi cien mil réis. . dagas. pidiendo el Arzobispo al * Circular dirigida al clero bahiano por el Arzobispo D. que lo escuchan y cumplen sus órdenes de preferencia a las del cura de la parroquia. No se tomó ninguna providencia hasta mediados de 1887. tolerando y disimu­ lando los atentados que cometen. la multitud sube de mil personas. "El fanatismo no tiene límites y así es que. . los excesos y sacrificios no compensan este bien. "Los días de sermón. y consta que están a la espera de que el vicario vaya a un lugar llamado Junco para asesinarlo. lugar de Capim Grosso”.

con la respiración agitada. La mul­ titud anduvo lentamente por el difícil camino. El Conselheiro continuó sin tropiezos su misión perturbadora.Presidente de la Provincia. El. el presidente de esa provincia se dirigió al mi­ nistro del Imperio. . el contemplativo se levanta. Fundó el pueblo de Bom Jesús y cuentan las gentes que en cierta ocasión. Surgías leyendas. El ministro respondió que no había en ese estable­ cimiento ninguna vacante y el presidente volvió a dirigirse al prelado para ponerlo en conocimiento de la admirable resolución del gobierno. iba adelante. . Entre la gente respetuosa penetra en la capilla. Los penitentes encendieron las antorchas y la procesión. extendida por la línea de cum­ bres dibujó un camino luminoso en la montaña. providencias que contuviesen al "individuo Antonio Vicente Mendes Maciel que. Al llegar a la Santa Cruz. sin sombrero. creciendo en la imaginación popular. en lo alto. entonces el predestinado se subió a ella y ordenó que sólo dos hombres la levantaran y lo que no habían conseguido tantos. la cabeza baja. lo realizaron rápidamente dos sin ningún esfuerzo. Ante tal reclamación. apoyado en su inseparable bastón. A la tarde se inició la ceremonia. Antonio Conselheiro. entonando cánticos y de­ teniéndose a rezar en los pasos. hacía un gran mal a la religión y al estado distrayendo al pueblo de sus obligaciones y arrastrándolo detrás de sí. Cayó la noche. sin aliento. En otra ocasión — escuché este extraño caso a personas que no se habían dejado arrastrar por el fanatismo— llegó a Monte Santo y ordenó que se hiciera una procesión por la cumbre de la montaña hasta la última capillita que está en lo alto. cuando se construía la bellísima iglesia que ahí está. abatido. Entonces. Al llegar al altar mayor. la mirada perdida en las estrellas. contemplando los cielos. Así se abrió y se cerró el ciclo de las medidas legales que se tomaron durante el Imperio. . se esforzaban en balde diez obreros para levantar una pesada armazón. grave y siniestro. pidiendo una vacante para el demente en el hospicio de alienados de Río. No vamos a referirlas todas. con contrición. predicando doctrinas subversivas. de rodillas sobre la áspera roca. Se le notaba el cansancio. buscando convencerlos de ser el Espíritu Santo. . La primera oleada de fieles llena la pequeña capilla y los otros per­ manecen afuera. . con la larga cabellera agitada por el fuerte viento. se sienta en el primer escalón de la tosca escala de piedra y se queda extático. levanta el rostro pá- .

comenzó a irritarse ante la menor contrariedad. una vieja figura de peregrino a la que no faltaba el tradicional crucifijo colgado a un costado de la cintura y el manto polvoriento y gastado y el bidón de agua y el gran bastón. Dos lágrimas ensangrentadas ruedan por el rostro inmaculado de la Virgen Santísima. el singular huésped que hasta ese momento apenas ha dicho palabra. evidenciaba en todos sus actos la implacabilidad de un gran evangelista. sin sacarse siquiera las sandalias. Era la clásica protesta. — Déjame entonces hacer el vía crucis. El párroco le da alimento. la reacción fue creciendo y le agrió el ánimo. Una inexplicable placidez le había amortecido la neurosis. apeló al egoísmo humano. como hombre práctico que era. a veces. Obedecía a la finalidad de los viejos impulsos ancestrales y subyugado por ella. Dominador incondicional. largas barbas bajando por el pecho. Al otro día. Un día. HEG1RA HACIA EL SERTON Sin embargo. apareció y ordenó cargar piedras para hacer reparaciones a la igle­ sia. Y partió. Antonio Conselheiro reunía en su en­ fermo misticismo todos los errores y las supersticiones que forman el coeficiente de reducción de nuestra nacionalidad. Especie de gran hombre al revés. largos cabellos despei­ nados por los hombros. Y la multitud se estremece de asombro. El medio lo favorecía y él realizaba. estando ausente el párroco. Entonces el peregrino lo miró durante un rato y sin decirle una palabra. — Hermano. Es natural. sino porque era dominado por las aberra­ ciones populares. — No puedo. el absurdo de ser útil. la Iglesia no te permite predicar. vestido.lido orlado por los cabellos desaliñados. Estas y otras leyendas son todavía corrientes en el sertón. le ofrece un lecho. . en Natuba. . inofensiva y serena de los apóstoles. no tienes órdenes. apenas le acepta un pedazo de pan. cierto vicario de una parroquia sertaneja ve llegar a su puerta a un hombre extremadamente delgado y abatido. El sacerdote llegó y vio la invasión de sus dominios. prefiere una tabla sobre la que se echa sin mantas. Se irritó y para enfrentar la situación. No arrastraba al pueblo sertanejo porque lo dominaba. yo debo hacerlo — le contestó de nuevo el sacerdote. Se sacudió el polvo de las sandalias. . Cierta vez. le pide al cura que le conceda predicar en la fiesta que se va a realizar en la iglesia. sacó debajo de su túnica un pañuelo. con quien se llevaba mal.

La originó un suceso de poca monta. Pero lo hizo con palabras discriminatorias. que sustituían a los edictos impresos. contaban con la victo­ ria encerrando entre las caatingas a los nuevos contendores. Le salió de la boca la primera maldición y partió de la ciudad ingrata. la afrenta recibida. etcétera. El derrocamiento de la tropa les preanunciaba persecuciones más vigo­ rosas y seguros del amparo de la naturaleza salvaje. el cura cedió las pie­ dras acumuladas ante la iglesia. Esta minúscula batalla tendría más adelante muchas copias ampliadas. sitio abrupto y estéril entre Tucano y Cumbe. Y al aparecer esta vieja novedad. Desde 1895 adoptó una posición combatiente comple­ tamente nueva. En efecto. las autoridades habían impuesto a los propietarios la cons­ trucción de aceras frente a sus casas. los pastos habían invadido el cementerio. El Conselheiro esta vez no se limitó a sacudir sus sandalias. en las cercanías de las sierras del Ovó. La tropa los alcanzó en Maceté. la feligresía era pobre. donde se fijaba la cobranza de los im­ puestos. Decretada la autonomía de los municipios. Antonio Conselheiro se encontraba en Bom Conselho. Dieron de frente con los jagunqos temerarios. un político influyente del mismo lugar lo llamó. a pedido del mismo párroco. Ahora buscaban el desierto. . para ese fin. atacaron impetuosamente a la turba de penitentes. Estos no superaban en aquella época los doscientos hombres. Sólo podía renovar esas cosas el hombre que convencía a los matutos crédulos. El apóstol no acep­ tó la invitación. bien arma­ dos. los creyentes acompañaron la hégira del profeta. tomó por el camino de Monte Santo hacia el norte. con altanería que chocaba con su antigua humildad. El acontecimiento había tenido repercusión en la Capital de donde partió una fuerza policial para prender al rebelde y diezmar a los sedi­ ciosos. Los treinta policías. Contempló a la República con malos ojos y predicó la rebeldía contra las nuevas leyes. Reunió al pueblo en un día feriado y entre gritos de sedición y estallidos de cohetes.Días antes. Después tomó conciencia de la gravedad de lo hecho y dejando la aldea. las autoridades de las loca­ lidades de Bahía habían mandado colocar las tradicionales tablas. La imposición lo irritó. Lo iban volviendo malo. recordando. El templo estaba en ruinas. ordenó que se quitaran las tablas y se quemaran en una hoguera en el centro del lugar. Realizada la hazaña. Fueron totalmente desbaratados. Tiempo después. Habló en esa especie de auto de fe que la debilidad de las auto­ ridades no impidió y predicó abiertamente la rebelión contra las nue­ vas leyes. No buscaron más los poblados como antes. seguros de des­ truirlos con la primera descarga. dándose a la fuga que fue encabezada por el propio comandante.

De ese año data su renacimiento y rápido crecimiento. según el testimonio de un sacerdote que como tantos otros. la antigua residencia señorial. Cuando aquél llegó. * Padre V. estaba en plena decadencia: los campos abandonados. Antonio Conselheiro. sin embargo. .F. había sido nombrado por el vicario de Cumbe para hacer una visi­ ta espiritual a esas gentes completamente aisladas del mundo. en 1895. Conocía lugares ignotos de donde no lo sacarían. iba a convertirse. V CANUDOS: ANTECEDENTES Canudos. en ruinas. Así es que antes de la llegada del Conselheiro. viejo establecimiento de ganado a orillas del Vaza-Barris. Tal vez ya los había señalado previendo futuras vicisitudes. reducida a sus paredes externas. centralizada por la vieja iglesia que ya exis­ tía. Era el lugar sagrado. en número de ochen­ ta plazas de línea. . No preguntaron adonde iban. en la Troya de la banda de jagungos. Pero no siguieron más allá de Serrinha. Arrastró a la muchedumbre de fieles. Siguió el rumbo del norte. en 1890 era una tapera de cerca de cincuenta ranchos de palo-a-pique 1 9 G . sin pérdida de tiempo. de donde re­ tornaron sin aventurarse por el sertón. el oscuro lugarejo ya tenía. la marcha era guiada por las letanías y el paso tardo del profeta.éstos partieron. lentamente. desde Bahía. no se hizo ilusiones con la inexplicable huida que lo había salvado. planicies estériles y por largos días. La aldea efí­ mera de los matutos ociosos. a la que se juntaban cada día decenas de prosélitos. Conocía el sertón. como la mayoría de los que yacen desconocidos por nuestros sertones. donde no penetraría la mano del gobierno maldito. y en lo alto de una explanada del cerro. los ranchos vacíos. . ampliándose en poco tiempo. allí se aglomeraban como agregados al establecimiento por entonces floreciente. Los creyentes lo acompañaron. siguiendo un rumbo prefijado. una población sospechosa y ociosa "armada hasta los dientes” y "cuya ocupación casi exclusiva consistía en beber aguardiente y pitar unos ex­ quisitos cigarros de un metro de extensión” * de tabaco naturalmente provisto por las solanáceas (canudos-de-pito) exuberantes y abundantes a orillas del río. Ya en 1876. muchos gérmenes de desorden y crimen. Atrave­ saron serranías abruptas. . circundado por montañas. Lo había recorrido entero en una romería ininte­ rrumpida de veinte años. vicario de Itu. Informaciones manuscritas (1 8 9 8 ) 197. . por los caminos sertanejos.P. destejada.

tenía el aspecto de una ciudad que hubiese sido sacudida por un terremoto y brutalmente revuelta 1 9 9 . . Macacará. La urbs monstruosa. revuelto entre las cumbres. Era la objetivación de aquella inmensa locura. Dice un testimonio * 198: "Algunos sitios de esta comarca y de otras ve­ cinas y hasta del Estado de Sergipe. de su subida a los cielos. * Baráo de Jeremoabo. Itapicuru. El anhelo era vender. de a pedazos entre los cerros. Mundo Novo. esa tapera colosal parecía dibujar el aspecto moral de la sociedad que allí moraba. en el lapso de semanas. Así cambiaban las comarcas. Bom Conselho.Su interesante topografía se amoldaba para la imaginación de aquellas simples gentes al primer escalón. por precios irrisorios. quedaron deshabitadas. Tucano. CRECIMIENTO VERTIGINOSO No sorprende que hacia allá convergieran. conseguir algún dinero e ir a compartirlo con el Santo Conselheiro. de barro. . partiendo de todos los puntos. Natuba. en las ferias. Aquello se construía al azar. tal fue el aluvión de familias que subían hasta Canudos. Uauá y otros lugares cercanos. No se distinguían calles. Inhambupe. El poblado nacía. . ya en ruinas. cortado por las quebradas. Causaba dolor ver pues­ tos a remate. hacia el lugar elegido. Monte Santo. La edificación era tan rudimentaria que se hacían hasta doce casas por día y a medida que se extendía. lugar escogido por Anto­ nio Conselheiro como su centro de operaciones. caballar. etcétera. Documento ineludible. Nacía viejo. Entre Ríos. Cumbe. Jacobina. Visto de lejos. proveían constantes contingentes. . amplio y alto. subiendo por las colinas. Jeremoabo. agachado y cubriendo un área enorme. hasta casas y terrenos. además de otros objetos. Solitarios al principio. que apenas separaban la barahúnda caótica de los ranchos construidos al azar. . La población crecía vigorosamente. definía bien la civitas siniestra del equí­ voco. extraordinarias cantidades de ganado vacuno. esos grupos se unían en los caminos y llegaban al fin juntos a Canudos. llevando en canastas sus toscos mobiliarios y sus oratorios. Itabaiana y otros lugares lejanos. demencialmente. Los pocos viajeros que se arriesgaban por aquel sertón se topaban con grupos sucesivos de fieles que marchaban cargados de fardos. cuerpo del delito que tes­ timoniaba acerca de las rebeliones de un pueblo. con los frentes vueltos hacia cualquier punto. sucesivos grupos de pobladores oriundos de las aldeas y villas más re­ motas . caprino. Las sustituía un dédalo desesperante de caminitos estrechísimos.

Hechas de palo-a-pique y divididas en tres habitaciones minúsculas. como si todo hubiese sido construido en una noche por una multitud de locos. comedor y recepción y lateralmente. igual número de cajas o ca­ nastas. la pobreza a niveles repugnantes. advertía algunos trastos escasos y groseros: un tosco banco. . recordaban las cabañas de los galos de César. por su falta de cal. Por fin. que mostraban la religión mestiza: San Antonios proteiformes y africanizados. capaz de destrozar piedras. Cubiertas de capas espesas de veinte cen­ tímetros de barro sobre ramas de icó. traducía. el rancho de techo de barro de los jagungos equiparado a los wigwan de los pieles rojas. y las espingardas. desde las de caño fino hasta la "legítima de Braga” cebada con plomo. . unos santos mal confeccionados. Era todo el mobiliario. como fetiches. amplísima. porras huecas y llenas hasta la mitad de plomo. un par de cestas de cipó y la bolsa de caza hecha con fibras de caraoá. como formando una vivienda única. dos o tres banquitos con forma de butacas. las casas eran una parodia grosera de la antigua morada romana: un vestíbulo exiguo. Al fondo del único dormitorio. imá­ genes de líneas duras. objetivan la persona­ lidad humana. más que la miseria del hombre la decrepitud de la raza. con el suelo. en gradaciones completas. Canudos surgió con un aspecto entre campamento de guerrilleros y vasto kraal africano. la lanza de los cangaceiros larga como una espada. sin la elegancia de las lanzas. Se confundía. La au­ sencia de calles. extendida por las colinas y destinada a abrigar por poco tiempo al tumultoso clan de Antonio Conselheiro. una alcoba oscurísima. Eran una fase transitoria entre la caverna primitiva y la casa. un atrio que al mismo tiempo servía de cocina. en cierto modo. reproduciendo los piques antiguos. Entre éstas. En éste. pesadas. Y nada más necesitaba esa gente. A cierta distancia era invisible. que sólo se descubría por una puerta estrecha y baja. en sus modalidades evolutivas. hasta la de caño fino y pequeño calibre. sugería un paralelo deplorable. La inco­ modidad y sobre todo. Aparecía de golpe. en una vuelta cualquiera del Vaza-Barris que la limitaba por el este y el sur. Cuando la mirada se acostumbraba a la penumbra de esas habitacio­ nes exiguas. Nada más. . Marías Santísimas feas como Megeras. las plazas que aparte la de las iglesias no eran nada más que el fondo común de las casas y los ranchos pegados unos a otros. Si las edificaciones. especie de balde de cuero para el transporte del agua. Ni camas ni mesas. desde el trabuco mortal. un tosco oratorio. una bolsa colgada del techo y las redes. las armas que evocaban estadios remotos en el tiempo: el facón jacaré de hoja larga v fuerte. Arrimados a los ángulos se veían insignificantes acce­ sorios: el bogó. imitando el mismo aspecto burdo del conjunto.orientados hacia todos los rumbos. la aguijada de tres metros de largo.

hasta las distantes serranías. solitaria. colinas desnudas. se abrían. Cuando clareaba la mañana. en invierno. llegaban al pueblo naciente al fon­ do de los sertones de Piauí. y otros. el morro de los Pela­ dos. . el Umbiranas. se veía la antigua casa del establecimiento ganadero. y tras­ puestas las últimas vueltas del camino. hasta la costa del río. rasgadas por lajas apenas revestidas en pocos lugares por un montón de bromelias y en algunos otros por cactos erguidos y solitarios. Las lejanas montañas la encerraban en una elipse de ejes dilatados. golpeado al sur por las laderas de la Favela y dominado al oeste por las lomas más altas de faldas escarpadas. Una faja fulgurante rodeaba la aldea v al unísono resonaban las voces de la multitud de penitentes en la me­ lopea plañidera de los benditos.La rodeaba una naturaleza muerta: paisajes tristes. el del Cambaio. cerca y dominante. cuando divisaban el campanario humilde de la antigua capilla. Acampaban a gusto en lo alto de las cumbres. Canudos. que suecesos posteriores denominarían de la Provi­ dencia. sucesivas cara­ vanas de fieles. el monte de la Favela se levantaba a mayor altura y a sus pies. Por estos caminos y estas entradas. ruedan afluentes efímeros que tienen falsos nombres de ríos: el Mucuím. Por fin pisa­ ban la tierra de promisión. A la noche se encendían las hogueras en los ranchos de los peregrinos. Habían llegado al término de su romería. en declive. . careando sus haberes. terminado de golpe en barranca a plomo sobre el río y éste. después comenzaron a salpicar. pero felices. . . ensanchándose. el de Jeremoabo. rodeada casi por entero por el Vaza-Barris. cada vez más lejos. caían de rodillas sobre el áspero suelo. que se prolongaban. el terre­ no escabroso. Estaban a salvo de la pavorosa hecatombe que vaticinaban las profecías del evangelizador. abiertas por las erosiones intensas y por las cuales. A mitad de la ladera. al sesgo. un contrafuerte. Al sur. abarcando todo el poblado con un lecho exca­ vado y hondo como un foso. en ruinas. Como pos­ tigos de un baluarte inmenso. . uniformes. estrangulado entre las cumbres del Caipá. esparcidas. Pernambuco y Sergipe. hacia el este se abría en planicies onduladas. se entregaban a la tarea de construir sus cabañas. insinuándose en los desfiladeros de Cocorobó. Por un lado. sin una sola mata. Llegaban cansados de su larga jornada. Al principio. los pasos o gargantes de los caminos: el de Uauá. junto a las laderas del Calumbi. de ahí en más. la Canaan sagrada que el buen Jesús aislara del resto del mundo con un cinturón de sierras. éstas se apiñaban próximas a la depresión en que estaba erigida la primitiva iglesia y descendían desnivaladas. y el del Rosario. estrechísimos. ondulando. Venían de todas partes. algunas quixabeiras se agrupaban formando un huerto salvaje. Ceará. Allí aparecen quebradas de bordes a pique.

que parecían obedecer a un plan de defensa. circundaba. de modo que con un golpe de vista se aquilataban las condiciones de la defensa. Cada una era una casa y un reducto. la depresión en que se erigía el poblado que que­ daba cerrado al este por las colinas. al contrario. Se desparramaban por los cerros que se sucedían innumemrables siguiendo el rumbo de Uauá. planos de fuego rasantes al suelo vueltos hacia todos los rumbos. torcía hacia el norte convertido en un hondo cañón. una muralla y un valle. se encar­ . siguiendo un eje orientado hacia el norte. 200. subiendo más esparcidas por las faldas del este y salpicando los altos de los morros minados de trin­ cheras. En apariencia eran deplorables. Se disponían formando líneas iregulares de ba­ luartes. Canudos era una tapera dentro de una urna. rodando impetuosas con la fuerza viva de la caída. un formidable círculo de trincheras cavadas en todas las cumbres. De hecho. Porque la ciudad salvaje tuvo desde el principio. distantes del núcleo compacto del caserío.Construcciones ligeras. Marginaban el de Jeremoabo. junto al río. La aldea parecía dispuesta para el choque de cargas fulminantes. cerrando toda la bajada. al oeste y al norte por las laderas de las tierras más elevadas que desde allí se dirigen a los contrafuertes extremos del Cambaio y del Caipá. . Viniendo del este. Su curso rodeaba. por los abruptos declives. Cerrada al sur por el morro. Si se venía del sur. . Cubiertos por lajas de piedra y ramajes de macambiras. subiendo poco a poco en un plano inclinado semejando un extenso valle en declive. esparcidas por los cerros a manera de garitas. demarcaba su área más baja. tenía condiciones tácticas excelentes. libre de las faldas escarpadas. y al sur por la montaña. en un plano inferior. La revoltosa grey no buscaba los horizontes. Se sucedían escalonadas. se erigían en una y otra margen del Vaza-Barris. refugio de vaqueros inofensivos. acompañando su rápido crecimiento. saltando el alto de la Favela o las laderas que caen sobre el río Sargento. el caserío aparecía expuesto. podía asediarlos golpeándolos en todas las calles con una única batería. Sin embargo. puntilleaban el del Rosario. Cuando se acercaba. Desde allí. El enemigo. no se revelaban a la distancia. Allá adentro se apre­ taban las casas. bor­ deando los caminos. por el Rosario o Calumbi. se expandía. bajando escalonadamente hasta el río. quedaba sorprendido como ante una trampa. Las habría com­ prendido algún Vauban inculto. al encontrarse de pronto ante un caserío compacto. el Vaza-Barris. pensaría en ranchos solitarios. oprimido entre las últimas casas y los escalones a pique de los morros más altos. trasponiendo el río y contorneando la Favela. el viajero que las observara. la guardaban al oeste. enfilando hacia todos los caminos. La plaza de la iglesia.

de bonzo claudicante— estaba adrede tallada para revivir los estigmas degenerativos de las tres razas 202. Lo absorbía la psicosis colectiva y adoptaba el nombre que hasta entonces estaba consagrado a los turbulentos y a los valentones de las refriegas elec­ torales y saqueadores de ciudades: jagungos201. se convirtió en una comunidad homogénea y uniforme. Y éste era transitorio y breve. . Es natural que absorbiese. el último descanso en la travesía de un desierto: la Tierra. . . la consanguinidad moral les daba la forma exacta de un clan. por última vez. . desde el creyente fervoroso que abandonaba las comodi­ dades de la vida en otros lugares. la población constituida por los más dispa­ res elementos. un trecho que recordaba un vallado enorme. sólo por la yuxtaposición mecánica de las sucesivas levas. En esa hermosa región. Subyugada por su prestigio. a la manera de un grupo de pólipos humanos. POBLACION MULTIFORME Así fue que en poco tiempo. Canudos era una estereotipia de los primeros agrupamientos bárbaros. . REGIMEN DE LA URBS Allí se estableció un régimen modelado por la religiosidad del apóstol extravagante. El sertanejo simple se transformaba en el fanático temerario y bruto. de fetiche de carne y hueso. en la romería milagrosa hacia los cielos. un punto de paso. vivían bajo la enfermante preocupación de la otra vida. hasta el bandido suelto que llegaba con su carabina al hombro en busca de campo nuevo para sus hazañas. Aceptaban a ciegas todo cuanto les enseñaba. No les servirían. A falta de hermandad sanguínea. donde las líneas de las cumbres se resuel­ ven en las altiplanicies. inmersas en un sueño religioso. sus tiendas. sin órganos y sin funciones espe­ cíficas. que crecía sin desarrollarse.celaba. todas las tendencias del hombre extraordinario en el cual la apariencia proteica — de santo exiliado en la tierra. Canudos era el cosmos. limi­ taban el mundo a la línea de serranías que los ceñían y no pensaban en instituciones que les garantizaran destino en la tierra 203. Los jagungos errantes armaban allí. habían escogido precisamente. en el cual las leyes las dictaba el arbitrio del jefe y la justicia derivaba de sus irrevocables decisiones. una escala terminal de donde saldrían sin tardanza. intactas. la población tenía agravadas todas las con­ diciones de su estadio social inferior. masa inconscien­ te y bruta.

Les sobraban. Se sentían felices con las migajas restantes. el olvido del más allá maravilloso. . Marc-Aurèle. Este desprendimento llevado hasta las últimas con­ secuencias. No le importaba que errasen si todas las impurezas de una vida infame salían finalmente. Eran legión. De todas las páginas de los catecismos que había deletreado le queda­ ba un precepto único: Bienaventurados los que sufren . sin aquilatar su torpeza: "Siguió el destino de todas. de los pastos. tuvo una frase feroz­ mente cínica que los sertanejos repetían. la terapia infalible contra la ponzoña de los ma­ yores vicios. por el vertedero de las lá­ grimas. pasó por debajo del árbol del bien y del mal”. Renán. de alguna manera. Los hijos espurios no llevaban en la frente la señal infamante de su origen.No querían nada de esta vida. la situación dehonrosa de los bancklings entre los germanos. de los rebaños y de los escasos pro­ ductos de los cultivos. Se veían bien viéndose en andrajos. El extremo dolor era la extrema unción. . sólo de los objetos muebles y de las casas. cuyos dueños recibían una exigua parte quedando el resto para la compañía. Voluntarios de la miseria y del dolor. La porte se trouvait aussi ouverte à la débauche. Casi una impiedad. la indiferencia por la felicidad sobrenatural inminente. la comunidad absoluta de la tierra. gota a gota. 215. du moment que l’humanité en était à son dernier soir. Por eso la propiedad se les volvió una forma exagerada del colectivismo tribal de los beduinos 204: la apropia­ ción personal. Al enterarse del caso escandaloso en el que la lubricidad de un des­ variado había maculado a una incauta doncella. p. El sufrimiento duro era la absolución plenaria. La tentativa de ennoblecer la existencia en la tierra. Su deprimido sentido moral sólo comprendía la posesión de éste por el contraste de las amarguras soportadas. No es de admirar que se diese en Canudos una promiscuidad sin freno. Para Anto­ nio Conselheiro — y también en este punto copia viejos modelos histó­ ricos— la virtud era como el reflejo superior de la vanidad. incluyendo los santos que se destinaban al santuario común. los hacía despojarse de las bellas cualidades morales larga­ mente aprendidas en la existencia patriarcal de los sertones. impli­ caba. El profeta les había enseñado a temer el pecado mortal del bienestar más fugaz. Los recién venidos le entregaban al Conselheiro el noventa y nueve por ciento de lo que traían. * Montanus ne prenait même pas la peine d’interdire un acte devenu absolument insignifiant. Que los hombres se comportaran mal o bien era una cuestión sin im­ portancia *. . eran venturosos en la medida de las privaciones sufridas.

aunque no lo estimulaba. Es posible que fuera la intención recóndita de Antonio Conselheiro. la lenta extinción de la vida. Repartió con él su escasa refacción y éste — milagro que impresionó a la aldea entera— salió del minúsculo banquete. como si volviese de un festín. POLICIA DE BANDIDOS Gracias a su mano fuerte. los más queridos del singular hombre. . Predicaba entonces los ayunos pro­ longados. sus ayudantes predilectos. cuando el cataclismo inminente vendría en breve a apagar para siempre las uniones más íntimas. Llegaban allí entre­ mezclados con los matutos crédulos y los vaqueros ilusionados. Este régimen severo tenía un doble efecto: por la debilidad volvía más vibrátil la inervación enfermiza de los creyentes y al mismo tiempo. Se creaba una delincuencia especial traducida por una inversión completa del concepto de crimen. a los que habían perpetrado el abominable crimen de faltar a los rezos.Porque el dominador. En la cárcel paradojalmente establecida. Lo que urgía era anticiparlo. Por natural contraste. capaces de cargar las cara­ binas homicidas con las cuentas del rosario. toleraba el amor libre 205. sobre las faltas más tenues. Antonio Conselheiro dominaba la aldea. Canudos era la muerte de afamados facinerosos. la justicia era. nula para los grandes atentados. co­ rrigiendo a los que salían de las huellas trazadas. . las agonías del hambre. Y fueron éstos. En los consejos diarios no hablaba de la vida conyugal ni ponía normas a las parejas. Estando en los últimos días del mundo no iba a perder el tiempo agitando preceptos vanos. por las privaciones y por el martirio. Se ejercía. eran sus mejores discípulos. Daba el ejemplo haciendo saber por los fieles más íntimos. como todo lo demás. No de otro modo se comprende que permitiese la permanencia en la aldea de indi­ viduos cuya índole se contraponía a su placidez humilde. implantando penas severísimas. repleto. Y era lógico. las garantías de su auto­ ridad inviolable. Se cuenta que cierto día lo fue a visitar un creyente rico de las cercanías. a dispersar los hogares y a confundir en el mismo vórtice todas las virtudes y todas las abominaciones. más adelante. los preparaba para las estrecheces de los asedios. que pasaba días alimentándose sólo con un platito de harina. antinómica en el clan policial de los facinerosos. se veían diariamente presos por los que habían cometido la leve falta de algún homicidio. quizá previstos. La extraordinaria secta — caso de simbiosis moral en la que el ideal cristiano surgía monstruoso dentro de aberraciones fetichistas— tenía sus mejores representantes en los Bautistas truculentos. . siniestros héroes de faca y cuchillo. Inexorable para las culpas pequeñas.

el dolor de las docenas de latigazos recibidos. Nuestra civilización alimentaba. Una sólida experiencia le había enseñado al Conselheiro todos los peligros que derivan de este hachís nacional. El caso es revelador. para reforzar a palos y a tiros. la sitió. echó a las autoridades comen­ zando por el juez del lugar 20 7 y como entreacto hilarante de la razzia escandalosa. las expediciones eran sugeridas por indicaciones locales. originándose una calurosa e inútil discusión en la Asamblea Estatal de Bahía. Pero fuera del poblado podían armarse desórdenes. Pero cuando descargaron en la plaza la valiosa carga. amargos panes con que los había obsequiado esa ingrata gente. se conquistaban ciudades. transforman la fantasía del sufragio universal en la maza de Hércules de nuestra dignidad. una horda tomó posesión de la villa.El uso de aguardiente. por ejemplo. tuvieron una sorpresa. Canudos se convertía entonces. Los grandes conquistadores de urnas que. para des­ trozar las actas. Y llegaron a des­ pertar la atención de los poderes constituidos. en lugar de la ganancia apetecida. Llevaban el eterno cómplice de las horas ociosas de los matutos. dice el testimonio unánime de la población sertaneja. En un dilatado radio alrededor de Canudos se saqueaban haciendas. se asaltaban lugarejos. abiertos los barriles a fuerza de hachazos. la soberanía popular. En Bom Conselho. en el cuartel de las guardias pretorianas de los capangas que de allí salían. Los atraía el lucro resultante. venidos de Juázeiro. Cualquier tropelía era permitida si aumentaba el patrimonio de la grey 206. No estaba interdicto por ser un vicio sino para prevenir desórdenes. cierta vez. para realizar las "mazorcas” periódicas que la ley llama "elecciones”. torturó al escribano de los casamientos que se vio en figu­ rillas para impedir que los sarcásticos creyentes le abrieran una amplia y tosca coronilla. como siempre lo hizo. Algunos fieles ricos tenían veleidades políticas. fueron a Canudos llevando algunos barriles del líquido prohibido. a ejemplo de miles de comparsas diseminados en este país. eufemismo que entre nosotros es el más vivo rasgo de las osadías del lenguaje. era un delito serio. por invadir con su profesión las atribuciones sagradas del vicario. apelaban al Conselheiro. las tropelías coman­ dadas por valentones de nota se volvieron alarmantes. unos troperos inexpertos. El contrabando sacrilego fue inutilizado. . Llegaba la época de las elecciones. Partían de allá bandas turbu­ lentas que atropellaban los alrededores. siguiendo rumbos preciosos. Muchas veces. donde nadie les tomaba cuenta de sus desmanes. ¡Ay del dipsó­ mano incorregible que se atreviera a romper la interdicción impuesta! Se cuenta que. el bandidismo sertanejo. En 1894. provisoriamente. Y se volvieron llevando en las manos. Los asaltantes volvían con los despojos a la aldea.

Pero en la aldea. niños. del T . donde lo tenían por San Antonio Aparecido” . enfermos. San Antonio Aparecido / del castigo nos libró. Santo Antonio Aparecido Dos castigos nos livroul Quern ouvir e nao aprender Quern souber e nao ensinar No dia do Juízo A sua alma penará! * Estas viejas cuartetas que guarda la tradición. recordaban al infeliz los primeros días de su vida atormentada y le avivaban. * Silvio Romero. Allí per­ manecían. Eran ejercicios prácticos indispensables para la preparación de batallas más peligrosas. El escritor transcribía esas cuartetas en 1879. inofensivos en tanto inválidos. Con tan pocos recursos fanatizó a las poblaciones que visitó. viejos. Eran los elegidos. por ventura. de la solicitud del jefe que era para ellos un santo protector y al cual saludaban entonando versos que hace veintitantos años corren por los sertones: Do céu veio urna luz Que ] esus-Cristo mandou. Lo cierto es que abría a los desventurados las despensas repletas por las limosnas y por el trabajo comunitario. allí los aguardaba al final de la jornada. (N . ¡Ya en 1879!. en el camino hacia la felicidad eterna. en apariencia inútil. . bienaventurados porque el paso tardo. / quien sabe y no enseña. A poesía Popular no Brasil. Eran útiles. la última peni­ tencia: la construcción del templo. . sambenitos de alguna penitencia que era su propia vida. E L TEMPLO Además de esto.). digamos a falta de otro término — porque no hay pala­ bra que signifique tumulto disciplinado— un orden inalterable. esos asaltos constituían una enseñanza. los últimos rasgos de vanidad en la comparación ventajosa con el santo milagrero por excelencia 2 0 8 . Comprendía que aquella masa. .Ahora bien. a su manera. era la savia vigorosa de la aldea. dificultoso por las muletas o las anquilosidades. precediéndolas con el siguiente comentario: “Era. exigía. / el Día del Juicio / su alma perderá” . Traducción de los versos populares: “Del cielo vino una luz / que Jesucristo mandó. Vivían parasitariamente. felices de tener sobre los hombros harapos inmundos. un misionero. Y las toleraba. significaba la celeridad máxima. sus mejores creyentes: mujeres. Quizá así lo entendía el Conselheiro. / Quien oye y no aprende.

la construyó como el monumento que cerraría su carrera. por decir así. lo transfigurase. Retrataba de­ masiado en su modesto aspecto. Durante mucho tiempo tendría ese aspecto anó­ malo. sin reglas. impasible. sobre los andamios altos y bam­ boleantes. Las paredes gruesas recordaban murallas de reductos. Feira de Sant’Ana y Santa Luzia partían toda clase de auxilios. muchas veces se estremecía al verlo pasar lentamente sobre los tablones oscilantes. con la osadía de un gótico rudo e imperfecto. mientras unos se entregaban al cultivo de las tierras o conducían los rebaños de cabras. levantada por los músculos gastados de los viejos. sin pro­ porciones. dispersos en pique­ tes vigilantes. con su fachada estupenda. encabrioladas en un delirio de curvas incorrec­ tas: rasgada de ojivas horrorosas. . Era frágil y pequeña. . Los tomaban como prueba obligatoria que les desafiaba la fe. el resto del pueblo trabajaba en la misión sagrada. el nuevo templo se levantaba al otro lado de la plaza. La levantaba vuelta hacia el levante. de la extrema debilidad humana. a piedra y cal. Debía surgir. mole formidable y bruta. Le sentaba la forma ambigua de santuario y de antro. Bom Conselho y Simáo Dias hubo gran abastecimiento de ganado. la pureza de la religión antigua. De Jeremoabo. guardaban la comarca. o metían a saco las aldeas próximas. . Comenzó a levantarse la iglesia nueva. Viejo arquitecto de iglesias. por los brazos leves de las mujeres y los niños. sin un temblor en el rostro bronceado y rígido. de estilo indescifrable. Era rectangular. her­ manando en el mismo ámbito. donde resonarían más tarde las letanías y las balas. La había delineado el mismo Conselheiro. Era necesario que le contrapusieran la arx monstruosa. Debía ser como fue. Enfrentado al antiguo. Desde la madrugada. vasto y pesado. el desorden mismo del espíritu delirante210. informe y brutal. sin módulos. Allí pasaba los días. de la población de Tucano y de Itapicuru hacia allá se marchó. Es que la catedral admirable de los jagungos tenía la elocuencia silen­ ciosa de los edificios de que nos habla Bossuet. como si quisiera objetivar. hormigueando abajo. muy altas. La mitad. erigida como si fuese el molde monumental de la secta combatiente. en el transporte de los mate­ riales. vuelto una cariátide errante sobre el edificio monstruoso. No se asombraban los recién llegados de los cuadros que se les pre­ sentaban. No escasearon refuerzos y recursos para la sociedad acampada en el desierto. mascarada de frisos grose­ ros y volutas imposibles. De Alagoinhas.La antigua capilla no bastaba. de fortaleza y de templo. . No faltaban brazos para la tarea. y otros. antes que las dos torres. . 209. Era su gran obra. El pueblo. la suprema piedad y los supremos rencores.

"Los secuaces de la secta se ocupan de persuadir al pueblo de que todo el que se quiera salvar debe ir a Canudos. desenvueltas y despejadas. Y en cada uno de ellos una mezcla enorme de contrastes. sueltas en un ocio sin frenos.CAMINO AL CIELO Los ingenuos cuentos sertanejos les habían revelado desde hacía mucho tiempo los caminos fascinantes y traicioneros que llevaban al infierno. Allí. término que en los sertones tiene el peor de los significados. pero no se despedían de su misticismo la­ mentable. entre los flancos como torres de las colinas. vestidas con sus capo­ tes negros semejantes a la holandilla fúnebre de la Inquisición. y se les desva­ necía el milagro feliz. las muchachas * Véase el resumen de Fr. porque en los otros lugares todo está contaminado y perdido por la República. . émulas de las brujas de las iglesias. es la tierra de promisión donde corre un río de leche y las barrancas son de maíz” *. . debía ser así: repugnante. . Y sus resplandores encuadraban la escena medio ahogada en las sombras. mal anunciada por el crepúsculo sertanejo. Fulguraban las hogueras que por costumbre se encendían alrededor de la plaza. Joáo Evangelista de Monte-Marciano. no es nece­ sario trabajar. LAS ORACIONES Al caer la tarde. De acuerdo con una antigua práctica. las solteras. Muchos habían ido alentando esperanzas singulares. pobre vestíbulo del cielo. corrompi­ das de pecados viejos tardíamente penitenciados. Resonaba en los aires el coro del primer rezo. . la voz de la campana llamaba a los fieles para la ora­ ción. rápida. Cesaban los trabajos. . El pueblo se derramaba en la plaza. la multitud se dividía en dos grandes grupos según el sexo. Se arro­ dillaba. aterrador. por capricho del Conselheiro. . Llegaba la noche. o mejor. GRUPOS DE VALIENTES Allí estaban las bestias. Canudos. en cambio. Llegaban. . Miraban el Vaza-Barris seco o arastrando las aguas barrosas de las crecientes. horrendo. fugitivo y breve como el de los desiertos. inmunda antesala del paraíso.

armados. todas niveladas por los mismos rezos. . el grupo varonil. todas se mezclaban en el extraño conjunto. de amuletos. un chal de lana. frentes adorables mal tapadas por los pelos despeinados. y las honestas madres de familia. parecían una profanación cruel ahogándose en ese mestizaje repugnante que salmoneaba benditos lúgubres. flacos marimachos en cuyas bocas debe ser pecado mortal el rezo. cabellos lacios y duros de las caboclas. recatadas y tímidas. echando nubes de humo. están al frente del conjunto. Madonas unidas a furias. José Venancio. Los prestigia el renombre de arriesgadas aventuras que la imaginación popular novela y ensancha. De rodillas. de verónicas. Lugartenientes del humilde dictador. y en menor número. casi reducidos a sayas y camisas destrozadas que dejaban expuestos los pechos cubiertos de rosarios. hacendados otrora ricos. reviviendo al soplo de la brisa nocturna y echaban chorros de luz sobre la turba. las hogueras casi apagadas. mostrando idénticos contrastes: vaqueros rudos y fuertes. Greñas maltratadas de criollas retintas. que cambiaron como héroes en desgracia. felices por el abandono de los ganados. Las ropas de algodón o percal. todos los tipos. A veces. o de nóminas que encerraban cartas santas. motas escandalosas de las africanas. lisas y sin elegancia. . no aparentaban la mínima pretensión de gustar. rostros austeros de matronas simples. más compacto. únicos atavíos que perdo­ naba el asceta exigente. Algunos ya son famosos. de dientes de animales. de benditos. o tocado o cofia modesta. gandules de todos los matices. el terror de la Volta Grande. doblando contrito la cabeza.doncellas o las muchachas damas. todos los colores. de cruces. fisonomías ingenuas de muchachas crédulas. una mantilla o un pañuelo de color apenas atenuaba la monotonía de los vestidos mal lavados. sin una flor. sin una hebilla. Todas las edades. se olvida de las diecio­ cho muertes cometidas y de los procesos en rebeldía. Acá y allá. crepi­ taban. madejas castañas y rubias de las blancas legítimas. Pero no se los distingue en esos momentos por la altivez del gesto o la actitud provocadora de los velentones. Entonces se destacaba. residuos de todos los delitos. Caras marchitas de viejas. las manos enlazadas sobre el pecho. se enmarañaban sin una cinta. . la armadura de cuero por el uniforme de brin americano. bellos ojos profundos en cuyas ne­ gruras refulgía el desvarío místico. la mirada traicionera y malvada se les desvanece en una vaga contemplación. llamando la atención en esos mon­ tones de trapos. En la mortecina claridad de los braseros se destacan sus variados per­ files. un rostro hermoso en el que surgían las líneas de esa belleza inmortal que el tipo judaico conserva inmutable a través de los tiempos. pero más destacados.

vigía sin lugar fijo. que figuraría en un hecho de heroísmo. medio sacristán. un creyente abnegado que alcanzaría la primera victoria sobre la tropa oficial. de corazón débil. misionero de escopeta. pero peligroso todavía. niño arrojado e impávido. de cuerpo tatuado a bala y facón. de Pau Ferro. insinuándose por las casas. llenas de esperanzas. predes­ tinado a la jefatura suprema en los últimos días de Canudos. Chiquinho y Joáo da Mota. dos hermanos encargados del mando de los piquetes de vigilancia en las entradas de Cocorobó y Uauá. José Gamo. mulato espigado.A su lado. Lalau. de rodillas sobre el trabuco cargado. espiando. un explorador solitario. observando. incan­ sable reclutador de prosélitos. que vigi­ laba en Angico. especie de funámbulo patibulario. las manos caídas. tallado para los arranques súbitos y osados. Antonio Beato. más tarde. corriendo crédulos las cuentas del mismo rosario. está de bruces en el suelo. el jefe del pueblo. que raramente abandonaba el santuario. Lo completa. incli­ nando el tórax atlético. pero de espíritu infernal en la prepara­ ción de trampas increíbles. el comandante de la plaza. hombro a hombro con el Mayor Sariema. abraza en su mirada dominadora a la turba genuflexa. flaquísimo. Quinquim de Coiqui. con miradas cariñosas. La masa restante de los fieles los mira intermitentemente. el . poco aficionado a la lucha. las novedades. . Fabricio de Cocorobó. Esteváo. Ajeno a la credulidad general. como un traumatismo hediondo. aparecen unidos. En medio de estos perfiles trágicos. Extático. del Itapicuru. Norberto. El ágil Chico Erna. muy de la intimidad del Conselheiro. indagando. el tragicómico Raimundo Boca-torta. medio soldado. apenas se distingue. el astuto Joáo Abade. rostro de bronce anguloso y duro. escudriñando todos los rincones de la aldea y transmitiendo a cada instante al jefe supremo. otro espécimen de guerrillero sañudo. finge que reza. . negro fuerte y deforme. Joaquim Tranca-pés. de estatura más elegante. Joaquim. su ayudante inseparable. Pedráo. el audaz Pajeú. Se le antepone por el aspecto. próximo a un digno émulo de sus tropelías. José Félix. el mirar absorto en los cielos. igualmente humil­ de. En seguida. inquieto y temerario. aparece junto a un cabecilla de primera línea. teniendo a su lado al hijo. una figura ridicula. que había logrado vengar centenares de conflictos gracias a su rara invulnerabilidad. apartado. cafuz bruto que con treinta hombres escogidos guardaba las vertientes de la Canabrava. según el decir de los matutos. en los intervalos de los kyries de sílabas increíbles. Era el guardián del Cambaio. adelgazado por los ayunos. a quien se había confiado la columna volante de espías. Vila Nova. Y al frente de todos. El viejo Macambira. la cara contraída en una mueca felina. Antonio Fogueteiro. como si fuera una prolongación. especie de Imanus 2 1 1 decrépito.

como si un tumulto invadiese la asamblea a medida que pasaban las sagradas reliquias. encargadas de la ropa y de la exigua refacción de aquél. En esa multitud. mayordomo del Conselheiro. que pasaban una por una. Manuel Quadrado. confundiéndose en la neurosis colectiva. apagándoles la resonancia sorda. penetrase en las conciencias. lentamente entregados a la multitud ávida. todavía quedaba la ceremonia última del culto. postrándose profundamente y le imprimía un prolongado beso. entonces lo entregaba al fiel más próximo que repetía sin variantes la misma escena. que tenía bajo sus órdenes a las beatas de vestidos azules ajustados con cuerdas de lino. por todas las bocas y por todos los pechos. el remate obligado. Después levantaba una virgen santa reeditando las mismas acciones.Taramela. completando en el ritual fetichista la transmutación del cristianismo incomprendido. lo apretaba contra su pecho. que vivía investigando el valor medicinal de las plantas. la agitación aumentaba. Y detrás venían en sucesión. A cada rato. todas las cuentas de los rosarios. los rezos se prolongaban. los tañidos y el golpeteo de las . Recorridas todas las escalas de las letanías. que miraba todo eso con indi­ ferencia nobiliaria. y como si las fuerzas sobrenaturales que el animismo ingenuo daba a las imágenes. confundiéndose repentinamente. de iluminados. mujeres alucinadas caían en las contorsiones violentas de la histeria y criaturas asustadas se desa­ taban en llanto. verónicas y cruces. au­ mentando por el contagio irreprimible de la misma fiebre. Las emociones aisladas se desbordaban. invadido por la misma aura de locura. todos los santos. además de encender diariamente las hogueras para los rezos. lanzaban gritos lancinantes. después un buen Jesús. Era el besado de las imágenes. el grupo varonil de los luchadores. En general. desequilibrándolas en violentos estremeci­ mientos. de los mea culpas ansio­ samente susurrados por las gargantas ahogadas y de las primeras excla­ maciones sofocadas. guardián de las iglesias. registros. entre el estrépito. el vocear indis­ tinto de las prédicas balbuceadas a media voz. la naturaleza tenía un devoto. se desmayaban. Se oían los besos chirriantes. ajeno al desorden. Pero el misticismo de cada uno iba. asaltaba a la multitud un desvarío irreprimible. Por fin. hacían movimientos compulsivos. poco a poco. cuando las primeras ya alcanzaban las últimas filas de creyentes. Lo había establecido el Conselheiro. Apretando contra el pecho las imágenes babeadas de saliva. lo mi­ raba con la mirada de un faquir en éxtasis. para no perturbar la solemnidad. rimados todos los benditos. por todas las manos. Era el curandero: el médico. Antonio Beatinho. el encargado del altar. innumera­ bles y en aumento. Y un tipo increíble. tomaba un crucifijo. Estallaban ex­ clamaciones entre piadosas y coléricas. Y se acumu­ laba la embriaguez y el atontamiento de aquellas almas simples. aún reprimidas. salían las últimas entregadas por el Beato.

dejando en la penumbra secular. Inopinadamente. Quedaban todos sin aliento. galvanizada por un loco 213. una sociedad muerta. del mismo modo que los iluminados de la Edad Media se sentirían a gusto en este siglo. ascendimos. vibraba en el mismo rictus misterioso en que explo­ taba el misticismo bárbaro. inexplicablemente inspirada por el genio de Klopstock. Los perfeccionistas exagerados irrumpen entonces. a una sociedad vieja. Insistimos sobre esta verdad: la guerra de Canudos fue un retroceso en nuestra historia. Pero no traslucía el más pálido tinte político. como inesperada he­ rencia. en el centro mismo del país. de pronto. a un tercio de nuestra gente. encontrarían en ella relaciones anti­ guas. Ilusionados por una civilización prestada. entre los demonópatas de Varzenis 21 4 o entre los stundistas de Rusia. Derivaba de la misma exacerbación mística. seguramente. . Este subía a una pequeña mesa y predicaba. comparte la cuna del renacimiento alemán215. De golpe. los ojos puestos en el límite de la plaza. el tumulto cesaba. en faena ciega de copistas. Pero. Espontáneamente es adversario de ambas. todo I9 mejor que existe en los códigos orgánicos de otras naciones.armas al chocar. El jagungo es tan inepto para comprender la forma republicana como la monárquica institucional. junto a la puerta del Santuario abierta y encuadrando la figura singular de Antonio Conselheiro. ilógicos. El antagonismo era inevitable. impulsados por el caudal de las ideas modernas. . espigando. tuvimos de improviso. tuvimos resucitada y en armas frente a nosotros. Porque esas psicosis epidémicas aparecen en todos los tiempos y en todos los lugares como anacronismos. . Viviendo cuatrocientos años en el litoral vasto en el que palidecen los reflejos de la vida civilizada. a la República. Las dos son abstracciones inaccesibles para él. huyendo de la mínima transigencia con las exigencias de nuestra propia naciona­ . . contrastes inevi­ tables en la desigual evolución de los pueblos. relevantes sobre todo. cuando un gran movimiento civilizador impulsa vigorosamente a las capas superiores. ¿POR QUE NO PREDICAR CONTRA LA REPUBLICA P Predicaba contra la República. No podíamos conocerla. No la conocíamos. dentro del industrialismo triunfante de América del Norte. y la sombría Sturmisch. era una variante del delirio religioso. Está en la fase evolutiva en la que sólo se concibe un imperio comandado por un jefe sacerdotal o guerrero. Los aventu­ reros del siglo xvn. Es cierto212. Entre nosotros el fenómeno fue todavía más explicable.

pala­ dín del antiguo régimen. que transcribimos pensando como Renán que esos balbuceos rudos y elocuentes son la segunda Biblia del género humano. capaz de destruir las nuevas instituciones. . con muy poca significación política. La victoria duramente alcanzada les daba derecho al saqueo de las casas en ruinas. en los que la ortografía bárbara corría pareja con los más ingenuos absurdos y la escritura irregular y fea parecía una foto­ grafía de los pesamientos torturados. reeditando por nuestra cuenta el pasado. suprema indicadora del triunfo efímero del Anti Cristo. Denunciaba a la República — pecado mortal de un pueblo— como una herejía. por nuestra falta de previsión. Registraban las prédicas de Anto­ nio Conselheiro y al leerlas se pone de manifiesto cuán inocuas eran. Tuvimos un espanto comprometedor ante aquellas aberraciones monstruosas. eran las cartas. cualquier papel escrito y principalmente. Vimos en el agitador sertanejo. para el cual la rebelión era un aspecto de su propia reacción contra el orden natural. lo que más estimulaba la codicia de los vencedores. Los rudos poetas. Valían todo porque nada valían.lidad. Achicamos su espíritu al concepto estrecho de una preocu­ pación partidaria. Y Canudos era la Vendée. . volvemos. los separan tres siglos. un adversario serio. 218. cómo reflejaban la turbación intelectual de un infeliz. es la misma religiosidad difusa e incongruente. . Porque lo que en ellas vibra. en todas sus líneas. en una entrada sin gloria. Ahora bien. más hondo el contraste entre nues­ tro modo de vivir y el de aquellos rudos patricios. los versos encontrados. Nada quedó exento de la curiosidad insaciable. Pobres papeles. las huellas apagadas de las bandeiras. Y cuando. . y con arrojo digno de mejor causa. Cuando en los últimos días de la aldea estuvo permitido el ingreso al caserío destrozado. reabriendo en esos sitios desgraciados. rimando los desvarios en estrofas sin color. El rebelde arremetía contra el orden establecido porque se le figuraba inminente el reino prometido de Dios. sin la espontaneidad de los improvisadores sertanejos. donde los despojos más valiosos fueron imágenes mutiladas y rosarios de cocos. revolucionariamente. en el más pobre de los saqueos que registra la historia. más extranjeros en esta tierra que los inmigrantes de Europa. no vimos los rasgos salientes del acon­ tecimiento. asaltó el ánimo de los triunfadores una decepción dolorosa. dejamos que entre ellos se formase un núcleo de maníacos. Ellos resumían la psicología de la lucha. Copiamos algunos al azar: "Sahiu Don Pedro segundo para e reino de Lisboa . Porque no los separa un mar. dejaron vivos documentos en los versos disparatados. los destro­ zamos a carga de bayonetas.

“Protegidos por la ley / esos malvados están. / para engañar sólo al pueblo. “Casamientos van haciendo. / Se acabó la monar­ quía.acábosse la monarquía o Brasil ficou atoa” La república era la impiedad: "Garantidos pela lei aquelles malvados estño nos temos a lei de Deus elles tem a lei do cao! "Bem desgragados sao elles pra fazerem a eleigáo abatendo a lei de Deus suspendendo a lei do cáol "Casamento vao fazendo só para o povo illudir vao casar o povo todo no casamento civil! Pero el gobierno demoníaco desaparecerá en poco tiempo: "Dom Sebatiao já chegou e traz muito regimentó acabando como o civil e fazendo o casamento! "O Anti-Cristo nasceu para o Brazil gobernar mas ahi está o Conhelheiro para delle nos livrarl "Visita nos vam fazer nosso rei Dom Sebastiáo coitado daquelle pobre que estiver no lei do cao * 2 1 7 * Conservamos los originales de estas cuartetas cuya ortografía alteramos en parte. / Bien desgraciados son ésos / para hacer la elección. Traducción de los versos populares: “Salió don Pedro segundo / hacia el reino de Lisboa. . / nosotros tenemos la ley de Dios. / van a casarlos a todos / en casamiento civil” . / abatiendo la ley de Dios. / Brasil a la deriva” . / suspendiendo la ley del can” . / ellos tienen la ley del can.

debida al dolor por el desacato sufrido) y tratan de superar la jornada pgo*adora. No se desanima pues está blindado por la tranquila fortaleza de los após­ toles. flanqueada por otras dos. Observó por unos instantes la aldea extendida abajo. Alcanza la plaza desbordante de pueblo "cerca de mil hom­ bres armados de carabinas. denun­ ciando conciencias perturbadoras e intenciones hostiles”. la extraña figura de un misio­ nero capuchino. Llegan por fin a la casa del viejo vicario del Cumbe 22 0 (que estaba cebada desde hacía más de un año. Eran realmente muy frágiles aquellos pobres rebeldes. Ese era el apotegma más elevado de la secta. cruza el río y se acerca a las primeras casas. Les conmovía el espectáculo de los infelices que acababan de encon^ar armados hasta los dientes y el cuadro emocionante de esa Te­ baida 2 2 1 turbulenta. La gente sale a verlos. en medio de un campamento de beduinos.a: ocho redes bajo las que sudaban cargadores sin aliento pasando. Nos obligaban a otra lucha. etc.La ley del can. Pasa impasible por delante de la capilla a cuya puerta se adensan compactos grupos. / acabando con el civil / y haciendo el casamiento” . (N . / pobres de los que están / en la ley del can” . "el aire inquiero v la mirada al mismo tiempo indagadora y siniestra. Y nos dispensa de todo comentario.). / pero ahí está el Conselheiro /’ para librarnos de él” . incisivo. . Daniel va a penetrar a la jaula de los leones. cierta mañana de mayo. Luego toma por un atajo tortuoso. Resumía su programa. pues a tanto remontaba su ausencia. Pero antes se intentó una empresa más noble y más práctica. Descendió lenta­ mente la ladera. “El Anticristo nació / para el Brasil gobernar.” y tiene la impresión de haber caído. Acompañémoslo. de pronto. en lo alto de un contrafuerte de la Favela. A poca distancia de la puerta pasan ocho difuntos llevados sin señal religiosa alguna hacia el cementerio que quedaba al fondo de la iglesia vie. supremo y moralizador: la bala. Seguido de Fray Caetano de Sao Léu y del vicario del Cumbe. del T . apareció. UNA MISION ABORTADA2 1 9 En 1895. facones. Fray Joáo Evangelista de Monte-Marciano. Requerían otra reacción. garrochas. "Don Sebastián ya llegó / y trae un gran regimiento. Lo atraviesa se­ guido por sus dos compañeros de apostolado. “Visita nos viene hacer. / nuestro rey don Sebastián. Nosotros les enviamos el legislador Comblain 2 1 8 y ese argumento único.

Dejan la casa. Quiebra su habitual reserva y mutismo. Y allá van todos. de una palidez cadavérica. * Seguimos el Relatório de Fr. lentamente. "los grupos de hombres cierran filas junto a la puerta de la Capilla” y les abren espacios para el paso. Por eso. Mientras tanto. guiados por el viejo solitario que roza­ ba por ese tiempo los sesenta años y cuyo cuerpo. Entran a la plaza. el rostro alargado. las largas barbas grises más que blancas. "Vestía una túnica de brin azul. Los cabellos crecidos y descuidados le caían sobre los hombros. El fracaso sobrevino de inmediato. le parece llegada la ocasión para hacer la interpelación decisiva. La atraviesan sin que ninguna hostilidad los perturbe y llegan a la sede de los trabajos.rápidos. los invita a observarlos. asistiendo a los trabajos de construcción de la capilla. doblado sobre el bastón. se presta a servirles de guía por el edi­ ficio. Monte-Marciano. avanzaba tardo. El Conselheiro parece alegrarse de la visita. había corrido la nueva de la llegada. . Aquel agasajo era una media victoria. los ojos hondos pocas veces levantados para mirar a alguien. como si en la siniestra ciudad el muerto fuese un desertor del martirio. aproveché la ocasión de estar casi a solas y le dije que el fin de mi visita era pacífico y que por eso me extrañaba ver allí hombres arma­ dos y que no podía dejar de condenar el que se reuniesen tantas fami­ lias en un lugar tan pobre para entregarse al ocio. sin que el Conselheiro fuese al encuentro de los emisarios de la iglesia. indigno de la más breve atención. " . Les informa de los trabajos. De nuevo toman por el callejón sinuoso. La cordial recepción los reanima. Permanecía indi­ ferente. Entonces los frailes lo fueron a buscar. ansiosos por desprenderse de ellas. el porte grave y aires de penitente” impresionan enormemente a los recién llegados *. sacudiéndose a cada rato con accesos de tos. en un abandono y una miseria tales que se daban diariamente de ocho a nueve muertes. como estaban un poco alejados de los fieles que los seguían a distancia. iba a abrir una santa misión para aconsejar al pueblo que se dispersara y volviera a sus tierras a tra­ bajar en los intereses de cada uno y para el bien de todos”. Al llegar al coro. y por orden del señor Arzobispo. Fue una precipitación inútil e improcedente. No se le podían pedir mejores preliminares a la misión. Pero le cupo al misionero anu­ larla desgraciadamente. Del grupo temeroso parte la salutación de paz: "Loado sea Nuestro Señor Jesucristo” y la respuesta de práctica: "Para siempre sea loado!”. tenía la cabeza descubierta y empu­ ñaba un bastón. . . Entran en el pequeño templo y se hallan frente a Antonio Conselheiro quien los recibe de buen grado y les dirige la misma salutación.

Los detuvo la placidez admirable. . por­ que reconocía al gobierno. La frase final vibró como un apostrofe. en ese remover de nulas consideraciones polí­ ticas. Signo de desorden inminente. parafraseando la Prima-Petri22 4: — "Señor. reconocemos al gobierno actual. Y continuó: "Y así en todas partes. en Francia. no la de nuestro Conselheiro!”. "Mientras decía esto. ahora no. a quien no escandalizaban los ritos bárbaros de los sajonios. el Grande 2 2 2 . porque no reconozco a la Re­ pública”. dice: — Es para mi guarda que tengo conmigo a estos hombres armados. obedecen a las autoridades y a las leyes del gobierno”. enseña que los poderes constituidos rigen a los pueblos en nombre de Dios”. si eres católico debes considerar que la Iglesia condena las rebeliones y aceptando todas las formas de gobierno. a una sola voz. Descubrió. En tiempos de la monarquía me dejé prender. donde se produjeron muertes de uno y otro lado. comenzando por el obispo y si­ guiendo hasta el último católico.Esta intransigencia. Esta explicación respetuosa y clara. exclamaban: "Quere­ mos acompañar a nuestro Conselheiro”. la vuestra es una doctrina errada!”. faltándole solamente tener bajo los pliegues del hábito la escopeta del cura de Santa Cruz: "Nosotros mismos. que es una de las principales nacio­ nes de Europa. porque Vuestra Reverencia ha de saber que la policía me atacó y me quiso matar en un lugar llamado Maceté m. no satisfizo al capuchino que te­ nía el coraje de un creyente pero no el tacto fino de un apóstol. casi sin variantes. Que el mismo misionero hable: "Este los hace callar y volviéndose hacia mí. no tendría. Era. dice por sí mismo las causas del fracaso. Lo con­ tradijo. entera. quebrando la finura diplomática en las aristas rígidas del dogma. inconsciente del significado real del levantamiento sertanejo. la mansedumbre — ¿por qué no decir cristiana?— de Antonio Conselheiro. ¿sola­ mente vosotros no os queréis sujetar? ¡Ese es un pensamiento malo. la frase de San Pablo en pleno reinado de Nerón 225. la capilla y el coro se llenaban de gente y no había terminado de hablar cuando. sin excepción de los monárquicos de allá. pero desde hace más de veinte años está la república. y todo el pueblo. la figura del pro­ pagandista. la aprobación de San Gregorio. por cierto. Desde la multitud partió rá­ pida la réplica arrogante: — "La doctrina de Vuestra Reverencia es falsa. hubo monarquía durante muchos siglos. y fue un desafío imprudente. aquí en el Brasil. esta mal sopesada irritación. Fray Monte-Marciano.

Exceptuando "55 casamientos. hacia la casa donde residían los visitantes y les hicieron saber que no los necesitaban para la salvación eterna. séptimo día de la misión. se permitía interrumpir la oratoria sagrada. . Escogió como tema de la prédica siguiente el homicidio y. A pesar de ello. atento e impasible. Comenzó una intensa propagan­ da contra "la prédica del padre masón protestante y republicano”. Se reunieron y marcharon. La reacción fue inmediata. se explayó en alusiones imprudentes que excusamos registrar. porque "se puede ayunar muchas veces comiendo carne en la cena y tomando por la mañana una taza de café”.Esta vez. cuando reincidió el capuchino en el tema político para empeorar las cosas. en la actitud de quienes van a la guerra”. eso es comer y hartarse!”. hablando de la cuerda en casa del ahorcado. Fue así que predicando el fraile sobre el ayuno. cuyo silbato. como un fiscal severo. el tumulto dispuesto a explotar sé retrajo por un gesto del Conselheiro que. pistolas y facones. . . vivando al Buen Jesús y al Divino Espíritu Santo. sin reparar en los peligros de su tesis. al lado del altar. le dijo: — "Yo no desarmo a mi gente. También asistía el Conselheiro. congregó a todos los fieles. La misión había muerto. Estaba la misión en su cuarto día. Pero las protestas no tuvieron gravedad. La comandaba Joáo Abade. volviéndose hacia el misionero. como medio de mor­ tificar la materia y refrenar las pasiones. con la cartuchera colgada a la cintura y el gorro en la cabeza. aún. espingardas. más bien. No tuvo temor de la rebelión emergente. "emi­ sario del gobierno y que de entendimiento con éste iba a abrirle el camino a la tropa que vendría de sorpresa a prender al Conselheiro y a exterminarlos a todos”. actuó en paz hasta el cuarto día. violando un viejo privilegio. Sucedió un 20 de mayo. Pero la iniciativa comenzaba bajo malos auspicios. pero tampoco estorbo a la santa misión”. interrumpió el ser­ món la réplica irónica e irreverente: — "¡Mírenlo! ¡Eso no es ayuno. cargando carabinas. "dejando escapar cada tanto algún gesto de desa­ probación que los líderes de la grey confirmaban con protestas incisivas”. La afrontó temerariamente. Sólo alguno que otro exal­ tado. negativo. cerca de cinco mil asistentes. y siempre con gran concurrencia. vibrando en la plaza. garrotes. con sobriedad pero sin exigir angustias. entre los cuales estaban todos los hombres sanos: " . 102 bautis­ mos y más de 400 confesiones” el resultado había sido nulo o.

. Se detiene un momento. . allá abajo. Y se marchó. . acompa­ ñado de sus dos socios de reveses. . Llega a lo alto de la montaña. . Y lo invade una ola de tristeza. sacudió el polvo de sus sandalias” apelando al vere­ dicto tremendo de la justicia divina. Observa por última vez el poblado. . Se equipara al "Divino Maestro de­ lante de Jerusalén”. Salta el cruce entre los declives de la Favela. escondiéndose seguramente por los vericuetos. .MALDICION SOBRE LA JERUSALEN DE BARRO El misionero "como otrora los apóstoles ante las puertas de las ciudades que los rechazaban. Pero maldijo.

I I — Causas inmediatas de la lucha. Rica en espléndidas minas. desde hacía mucho tiempo era dilatado teatro de tropelías de los indisciplinados habitantes del sertón. le legaron a la prole errabunda y por contagio. La habían buscado hacía doscientos años los aventureros picaneados por el ansia de riquezas. La ciudad de Len^óis había sido atropellada por una banda de facinerosos. conservaron en su ocio turbulento la índole aventurera de los abuelos. hasta las márgenes del Sao Francisco. a los rudos vaqueros que la siguieron. y en Jequié se cometían toda clase de atentados 226. el poblado de Brito Mendes había caído en manos de otros insurrectos.LA LUCHA I.— Preparativos de la reacción. donde por muchos años el oro en polvo o el diamante bruto eran moneda corriente. De modo que sin necesidad de utilizar los cultivos para despertar las energías de un suelo en el que no se afincaban y recorrían en el trabajo sin rumbo de la búsqueda del oro. libremente expandida por la región fecunda. la misma vida desenvuelta e inútil. Antecedentes. se fueron acabando las piedras mezcladas con dia­ mantes. 111. La guerra de las caatingas. La porción de territorio recortada por las laderas del Sincorá. poco a poco. ANTECEDENTES El mal era antiguo. Y como. la habían examinado afanosamente por las serranías y por las nacientes de los ríos e hicieron algo más. esterilizaron la tierra con las excavaciones mineras y la áspera vestimenta pedregosa. I V — Autonomía dudosa. antiguos constructores de desiertos. cuyas incursiones llegaban hasta las Lavras Diamantinas. I PRELIMINARES Cuando se volvió urgente pacificar el sertón de Canudos. tuvieron que recurrir al bandidismo franco. aquella región no mostraba su opulencia. el gobierno de Bahía enfrentaba otras insurrecciones.— Preliminares. Uauá. .

Por mucho tiempo recorrieron la región. después de esbozar quizá el único aspecto útil de nuestra actividad en aquellos tiempos. Por los campos de cría aparecían los montones de arcilla revuelta de las catas. nuevos parajes opulentos que los atraían hacia el centro de las tierras 228. una y otra caracterizada por el nomadismo. Al frente tenían aquel maravilloso valle del río das Eguas y tan aurífero se les apareció. su germen en un esta­ blecimiento de ganado. la vibración del bandeirante. adquiría uno de sus más sombríos actores. actualmente. un claro caso de reacción mesológica. Las devastaron hasta alcanzar una nueva barrera en el río Sao Fran­ cisco. para formar nuestra nacionalidad naciente y crear una situación de equilibrio entre el desvarío de las exploraciones mineras y las utopías románticas de los misioneros 227. sucedió al buscador de diamantes y oro. Aquéllos venían del este. al contacto con los sertanistas ambiciosos se transformaron. que en carta dirigida a la reina María II (1 7 9 4 ) 22 9 el oidor de Jacobina afirmaba: "que sus minas eran la cosa más rica que jamás se descubrió en los dominios de Su Majestad” . por la combatividad y por una ociosidad singular surcada de tropelías. de súbito. tuvieron peligrosos conductores que no les quitaron el varonil carácter pero los condujeron hacia lamentables destinos. Pero no dieron un paso más. Imaginemos que dentro de la armazón del vaquero estalle. Lo traspusieron. como los ya existentes. aquella . saqueador de ciudades. Aquellos hombres. Y tendremos al jagungo 230. lo tenían en las ruinas de las aldeas indígenas. en la actividad bifronte que oscila. Ya vimos cómo se formaron allí los mamelucos bravos y activos. inter­ puestos tan a propósito en la época colonial. En ese punto se acercaban a los límites de Goiás. el jagungo. el saqueador de la tierra. antes que nada. Se metamorfosea la situación anterior y esta nueva se empareja con la sociedad ruda y tranquila de los cam­ peros. En efecto. Nace del cruce tardío entre cola­ terales que el medio físico diversificara. resumen de atributos esenciales de unos y de otros. de las vaquerías trabajosas a las incursiones de los bandoleros. Realizaron una deplorable empresa. como un elemento conservador. tuvieron entre los bosques que van de Macaúbas a Aguruá. empavoreciendo al salvaje a látigo y fuego y fundando poblados que. cuando se descubrieron las minas del Río de Contas hasta Jacobina. y de la envergadura atlética del vaquero. desde el comienzo del siglo x v m . Nuestra historia tan vapuleada por héroes sin disciplina. Es un producto histórico revelador. La transición es. Y la tierra. entre el torbellino de las bandeiras y el curso de las misiones. había brotado.El jagungo. en lugar de tener. deteniéndose ante la barrera de sierras que van de Caetité al norte y cuando las minas agotadas les exigían aparatos para la extracción intensiva. temerario. Vamos a ponerla de relieve. El mandón político sustituyó al capanga en decadencia.

allá están. Y a pesar de los ribetes emocionantes de algunos hechos y de que se destaquen. Todo el valle del río das Eguas y hacia el norte. hasta Xique-xique. de donde habían partido. De allí salen en aventuras. el del río Préto. la his­ toria de las depredaciones es cada vez mayor. con sus sierras de cumbres altaneras que resuenan como campanas. Su conformación original. dice. volviendo a Carinhanha. No se puede describir en media docena de páginas. por otro aspecto. ya habían llegado. junto a las imágenes y las reliquias. de Piauí. . legen­ daria en las campañas electorales del imperio231. de Sergipe. el visitante observa. en 1879. sustentaba a los rebaños en las bajadas salinas de los barreiros. incontables. . (Liv. que conquistaron. Es natural que desde los comienzos del siglo pasado la historia dra­ mática de los poblados del Sao Francisco empezara a mostrar una situa­ ción anómala * '*. alquilada su bravura por los potentados. yendo. lo demás se consigue fácilmente. de Cuiabá hacia Recife. * Ver Descrigóes práticas da Provincia da Bahia. de Goiás. el de Bom Jesús da Lapa. * * * “Quien necesita jagungos en el río Sao Francisco. los desórdenes que surgían. precisamente. andando 670 leguas. en 1804. Avanzando contra la corriente. lo ampara de igual modo ante las exigencias de la vida combatiente. El más oscuro de aquellos poblados tiene su tradición especial y siniestra. refiriéndose a esos lugares que “en ninguna parte de los dominios portugueses la vida humana tiene menos seguridad” . ostentando en los techos candelabros de estalactitas y por los corredores osarios dilu­ vianos. id. da Córte. . sus grutas de ámbito caprichoso que se abren como las naves de una iglesia. Uno de ellos se destaca. cargados de despojos. De esta villa hasta el norte. forman la patria originaria de los hombres más bravos y más inútiles de nuestra tierra * * *.incomparable tierra que incluso desnuda y empobrecida por las sequías. a la ciudad minera de Januária. en la galería argentífera del Aguruá. más la leyenda del monje que allí vivió en compañía de una onqa. lujosos proyectiles hechos de plomo y plata. denuncian la génesis remota que estamos exponiendo. Le da gratis el salitre para la composición de la pólvora. que culminan siempre con el incendio y el saqueo de villas y ciudades. en cuanto a las balas. por el teniente coronel Durval Vieira de Aguiar. a su vez. Es La Meca de los sertanejos. lo vuelven lugar predilecto de las romerías piadosas provenientes de los sitios más lejanos. Teniente coronel Durval. en los lugares donde más viva era la actividad minera. Con. Lo vamos a ejemplificar. conforme el valor de la impunidad que la influencia del patrón ejerce”. Entre las dádivas que yacen en considerable cantidad por el suelo y las paredes del extraño templo. 1804-1809). un rasgo sombrío de religiosidad: facas y espingardas. ante todo. 16. * * Caetano Pinto de Miranda Montenegro. los hace contratar en ese gran vivero. *. El rifle con la munición es el precio. pasó por la Barra del río Grande y en el relato que hace al Visconde de Anadia. las rivalidades partidarias y los desmanes de la intolerable política de los potentados locales. en todo el valle del gran río.

con los bolsillos repletos de diamantes y pepitas de oro. el número de muertes cometidas. Después le exige un tributo: un cigarrillo. Macaúbas. a todas las diligencias policiales. El saqueo de las poblaciones que conquistan es su derecho de guerra y en este punto. delatan en las viviendas destrozadas a fuerza de bala.El bandido entra allí. . intactas. Al cabo cumple la promesa que hiciera. asumiendo el papel de interventores neutros entre las facciones comba­ tientes. Vanidosos de su papel de bravos disciplinados. otrora floreciente y hoy desierta. No le faltará uno solo al término de su viaje. contrito. Vuelve a su banda. la ciudad de Santo Inácio. feliz por el trributo que rindió. Confiesa. Reanuda su vida temeraria. se detiene temeroso al ver aparecer por el camino. golpeándose el pecho. Xique-xique. son raros los casos de robo. los absuelve la historia entera. Porque. Fuera de esto. restringen sus desórdenes a las mi­ núsculas batallas a las que entran militarmente regimentados. Lo enciende con un solo golpe en el yesquero y deja pasar. Pero en seguida pierde el miedo. con sus animales renguean­ do por el peso de las cargas preciosas. las viejas culpas. Cae de rodillas. éstas consiguen pacificar los lugares conflictuados. Ordinariamente. a tajos. . existe un orden notable entre los jagungos. donde durante dé­ cadas se combatieron liberales y conservadores. aquellos campos y montes. Monte Santo y otras. y todos los establecimientos agropecuarios dentro de sus límites. de hecho. El más frágil camarada puede atravesar inerme e indemne. en camino hacia el litoral. Son lugares en donde el desorden estaba establecido y sostenido por un bandolerismo disciplinado. Y reza. en la última fase de una decadencia que comenzó en 1856. Es como una acción diplomática entre potencias. La justicia ar­ mada parlamenta con los bandoleros. inesperadamente. la vida y la fortuna del viajero. El carabinero jefe se le aproxima. le dirige la palabra gentilmente y se ríe de su temor. la cabeza descubierta. Lo saluda. erecta entre montañas e inaccesible hasta hoy. Cerca de diez u ocho leguas de Xique-xique está la capital. Son innumerables los casos de este tenor que revelan la notable nobleza de esos valientes desgarrados 232. para que le fuese favorable el último combate afrontado y entrega al buen Jesús el trabuco que tiene grabado. Piláo Arcado. No pocas veces. la cabeza doblada y los ojos puestos en el suelo húmedo del calcáreo trasudante. balancea las condiciones de uno . El concepto es paradojal pero cierto. ajeno a las luchas partidarias. El forastero. un viajero de paso por ahí. ese viejo régimen de desmanes. pues los consideran una mancha para su honra. devotamente. a un grupo de jagungos. Trae el sombrero de cuero en la mano y el arma en bandolera. Sale sin remordimientos. puede pasar con la misma inmunidad.

El principal representante de la justicia de Juázeiro 234 tenía una vieja deuda que saldar con el agitador sertanejo. Entonces aprovechó la situación para cobrarse la afrenta. Pero había terminado el plazo de entrega del material y no lo había recibido. Así. Lo historiamos según los documentos oficiales: * Cangaceiro. Las dos sociedades hermanas tuvieron una prolongada separación que las aisló a una de la otra. se daban las espaldas separados por la valla en declive de Paulo Afonso. O Cabeleira. con vistas a provocar un rompimiento. “El asesino fue a la feria debajo de su cangago. Esto sucedió en octubre de 1896. y los jagungos en sus incursiones por el norte. los estigmas hereditarios de la población mestiza se han fortalecido con la transigencia de las leyes. derivado de cangago. De hecho. . siendo juez de Bom Conselho. Hizo el negocio con uno de los representantes 23 3 de las autoridades de aquella ciudad. ante la violación del trato hablado.y otro bando. Se distingue del jagungo por la minúscula variante del arma que usa: la parnatba. evita los ultimatos y acaba ratificando verdaderos tratados de paz. sancionando la soberanía de los bandidos impunes. No sorprende que hayan crecido hasta avasallar todo el valle del Sao Francisco y desbordado hacia el norte. complejo de armas que traen los bandoleros. dicen los habitantes del sertón” . fuera obligado a abandonar la comarca precipita­ damente por el asalto de los adeptos del religioso. Antonio Conselheiro había adquirido en Juázeiro cierta cantidad de madera que no le podían proveer las caatingas paupérrimas de Canudos. desde la época en que. desde Paraíba a Pernambuco. es un producto idéntico con nombre diferente. de hoja rígida y larga. Sabía que el adversario reaccionaría ante la provocación más ligera. II CAUSAS INMEDIATAS DE LA LUCHA La determinó un incidente minúsculo. Todo indica que el hecho fue adrede. que su­ planta la fama tradicional de la carabina de boca de campana. La campaña de Canudos nació de la convergencia espontánea de todas esas fuerzas perdidas por los sertones. Los cangaceiros en sus incursiones por el sur. discute. Porque el cangaceiro *. La insurrección de la comarca de Monte Santo iba a unirlos. aquél retrucó con la amenaza de una em­ bestida contra la población del Sao Francisco. Franklin Távora. las maderas serían tomadas a la fuerza.

venía de un peregrinaje intenso. las torres de decenas de iglesias que había construido. contra el nuevo orden político y había pisado. los episodios más interesantes de su novelesca vida. desde 1874. no había una sola aldea o lugarejo. que no contase con adeptos fervorosos del apóstol y que no le debiese la reconstrucción de un cementerio. 1897. avisasen por telegrama. Puse en conocimiento del hecho al señor general quien. impune. "Este distinguido oficial. por oscuro que fuese. de Itapicuru a Jeremoabo. "Reducida la fuerza policial acuartelada en esta Capital. Se había levantado desde hacía mucho. desdeñando los antecedentes de la cuestión. punteando su paso. por todos los rincones sertanejos donde había dejado como enormes señales. Había fundado la aldea de Bom Jesús. entretejidas de exageraciones casi legendarias. a la fuerza preparada. . casi una ciudad. en las ciudades del litoral. El fragmento transcripto ilustra claramente. requerí del señor General comandante del distrito2 3 5 . Le respondí que el gobierno no podía mover fuerzas por simples rumores y le recomendé que se vigilasen los caminos a cierta distancia y. que era famoso en todo el interior del Norte e igualmente. más o menos fundados. osadamente. pues el gobierno quedaba prevenido para enviar por tren expreso la fuerza necesaria para defender la ciudad."Esta era la situación * cuando recibí del Dr. casi de un cuarto de siglo. en virtud de las diligencias a que anteriormente me referí. la cual debía proceder allá de acuerdo con el Juez de Derecho. Día a día iba ampliando su dominio sobre la gente del sertón. la erección de un templo o la dádiva providencial de un dique. por lo que solicitaba providencias que dieran garantías a la población y evitaran el éxodo que ya se estaba iniciando. de Chorrochó a Vila do Conde. 100 plazas de línea con el fin de que salieran para Juázeiro apenas me llegase el aviso del juez de Derecho de aquella comarca. No se podrían imaginar móviles más insignificantes para hechos tan graves. de que aquella floreciente ciudad sería asaltada en esos días por la gente de Antonio Conselheiro. satisfaciendo mi pedido. Juez de Derecho de Juázeiro. apenas llegado a Juázeiro. no le dio la impor­ tancia merecida. Pocos días después recibí de aquel magistrado un telegrama en el que me afirmaba que los secuaces de Antonio Conselheiro estaban a poco más de dos días de Juázeiro. hizo salir un tren expreso y bajo el mando del teniente Pires Ferreira. Arlindo Leóni. Antonio Conselheiro hacía veintidós años. cómo el gobierno de Bahía. verificado el movimiento de los bandidos. combinó con la autoridad salir al encuentro de los bandidos a fin de evitar que invadiesen la ciudad”. un telegrama urgente comunicándome que corrían rumores. sobre las cenizas de los edictos de las autoridades de las ciudades que había invadido: había * Mensaje del gobernador de Bahía (D r. hasta las que llegaban. Luíz Viana) al Presidente de la República.

No impidió la fuga de gran parte de la población que quería escapar al asalto inminente. que lo había perseguido hasta Serrinha. en 1895. comandando 3 oficiales y 104 plazas a jornal de aquel cuerpo. de 80 plazas de línea. para cumplirlas.derrotado. se sabía que dominaba una extensa zona dificultando el acceso a la ciudadela donde se guarecía. . para acabar con tal situación. se regocijaron imponiéndola. aseverándome que para tal fin ese número era suficiente. lo presentaron como un benemérito cuyos consejos se moldeaban según la ortodoxia cristiana más rígida. prontamente cumplí con la formación de una fuerza de cien plazas de la guarnición para ir a combatir a los fanáticos de la aldea de Canudos. punto terminal del ferrocarril. el envío de una fuerza de cien soldados. La aumentó. haciendo comparecer sin demora al bravo teniente Manuel da Silva Pires Ferreira. . Imaginaron la derrota inevitable. la misión apostólica preparada por el arzobispo bahiano y en el informe escrito en esa ocasión por Fray Joáo Evangelista se afirmaba sobre la existencia en Canudos — excluidas las mujeres. Relata el general Frederico Sólon. Aquel puñado de soldados fue recibido con sorpresa en Juázeiro adonde llegaron el 7 de noviembre por la mañana. Conociendo la situación. . conduciendo apenas una pequeña ambulancia. salió el 7 de dicho mes para Juázeiro. en el cual. los viejos y los enfermos— de mil hombres robustos y temerarios "armados hasta los dientes”. "Confiando plenamente en el conocimiento que él debía tener de todo cuanto ocurría en el interior de su Estado. en 1894 había provocado un caluroso debate en el Congreso Estatal de Bahía. comandante del Tercer distrito mi­ litar : "El 4 de noviembre del año pasado (1 8 9 6 ) en obediencia a la orden ya referida. había hecho abortar. a fin de darle órdenes e instrucciones. por fin. una expedición policial. en Maceté y había hecho volverse a otra. Y se encontró suficiente. haciendo salir después a un médico 23 6 con algunos recursos para el ejercicio de su profesión. las criaturas. en 1893. contra la posición de un diputado que lla­ maba la atención de los poderes públicos sobre las áreas "de los sertones perturbados por el individuo Antonio Conselheiro” otros representantes del pueblo y entre ellos. no vacilé. del 9 9 ba­ tallón de infantería. la población previo que un contingente tan pequeño tendría el valor negativo de ejercer mayor atracción sobre la horda invasora. un sacerdote. en la margen derecha del río Sao Francisco. algunos hombres honestos le pidieron al comandante ex­ pedicionario que no siguieran adelante. Mientras los partidarios encubiertos del Conselheiro. que los había en todos los alrededores. Lo demás corrió por el Estado”. el cual. porque la lealtad de sus secuaces era incondicional y fuera del círculo de los fieles que lo rodeaban había en todas partes la complicidad obligatoria de aquellos que le temían.

tal vez la definiese con más acierto. Peores que los campos gerais donde se han perdido muchos viajeros. Una mejor caracterización de la flora sertaneja. ahiva: m alo). el día se expande abrasador. la tierra desnuda reverbera los ardores de la canícula. el comandante reconoció imposible darle a la marcha un compás que permitiera economizar fuerzas. Es el trecho de Bahía más asolado por la sequía. los paisajes se suceden uniformes y melancólicos. Rancharía y otros puestos solitarios. como el paraje clásico de las caatanduvas * * que avanzan hacia el este y el sur hasta las cercanías de Monte Santo. en leguas y leguas. las tierras fecundas cen­ tralizadas en Vila Nova da Rainha. en terreno árido y despoblado. La pequeña expedición. marchó por el desierto con escalas en Caraibinhas. lo rodean parajes exuberantes: al norte. presentando. prolongando la margen derecha del Sao Francisco. . desorientados por la uniformidad de las planicies indefinidas. Ya desde el principio. raramente es posible hacer el camino en horas de la madrugada o de la noche. * * Gaatanduva. De ahí en más. dadas sus disposiciones orográficas. donde había unos restos de agua. E iban a combatir el fanatismo. el sertón de Curagá y las tierras fértiles extendidas por el este hasta Santo Antonio da Gloria. día aciago. Mari. Pocos han visto el paupérrimo valle del Vaza-Barris que. Partieron sin los recursos indispensables para una tra­ vesía de 2 0 0 kilómetros. incluso antes del verano. solitario. se pro­ longa inhóspito. después de reposar en vivac a dos leguas de Juázeiro. la laguna del Boi.Las dificultades para la adquisición de elementos esenciales para la marcha retuvieron a la fuerza en Juázeiro hasta el día 12 en que partió al anochecer. Por sobre todo esto. Encuadran el desierto. y bajo el influjo de esas altas tempe­ raturas. mostrando los más salvajes modelos. sin sombras. El verano anunciaba la sequía. al oeste. El Vaza-Barris. Beaurepaire Rohán. Dicionário de vocábulos brasileños. En el sertón. Es forzoso avanzar a despecho del sol fuerte hasta los pozos de agua de los vaqueros. escasas vi­ viendas desparramadas. Además. Por las planicies. La misma caatinga toma un aspecto nuevo. esos lugares se cuentan entre los más desconocidos de nuestra tierra. anduvo cuarenta kilómetros de camino desértico hasta una ipueira minúscula. como un oued tortuoso y largo. Mucambo. . * Pormenor curioso: la fuerza salió el 12 al anochecer para no salir el 13. ya había llegado a Canudos la novedad de su venida *. las funciones vitales se aceleran de modo súbito provocando golpes repentinos de cansancio. al segundo día de viaje. es imposible la marcha de hombres equipados con mochilas después de las diez de la mañana. monte malo (caá: monte. agravados por una flora pavorosa. por cierto. casi siempre seco. . desde las vertientes orientales de Itiúba hasta Jeremoabo. cuando. orientados por dos guías contratados en Juázeiro. Algunos estaban abandonados. lo atraviesa. multiplicándolos. de cahiva. Por un contraste explicable.

como en todas partes. hay uno que otro negocio abierto y la plaza queda desierta. Uauá parece un lugar abando­ nado. se ponen sus mejores ropas o sus cueros nuevos. la civilización entera que temen y evitan. habían huido hacia el norte. Con ella abarcan Río de Janeiro y Bahía. en desorden. el oscuro villarejo era nada más que escala provisoria. Como la mayor parte de los villarejos pomposamente marcados en nuestros mapas. que imaginan muy cerca unas de otras y muy lejos del sertón. llevando por delante sus rebaños de cabras. No lo hizo. Vuelto plaza de guerra. de aspecto deprimido y triste. Entró por la calle principal y se acantonó en la plaza. Y en uno de esos días fue que la población recogida por el ardor del sol. los pobladores miraban a los soldados — polvo­ rientos. Allí. desde Jeremoabo pasando por Canudos. Se llega por cuatro caminos. cueros curtidos o redes de caroá. se quedan contemplando las dos o tres casas de negocio o mirando en un barracón de feria los productos de una industria pobre. despertó sorprendida por un vibrar de cornetines. Son los que no tienen recursos para viajes más lejanos a lugares más prósperos y ahí van. Esta aldea — dos calles desembocando en una plaza irregular— es el lugar más animado de aquella área del sertón. el 2 0 . con las bayonetas fulgurantes— como si viesen un brillante ejército. al alba del día siguiente. Los centinelas se situaron a la salida de los cuatro caminos y se nombró personal para hacer las rondas. La tropa se estacionó y designó una vigilancia. Roma y Jerusalén.Los escasos pobladores. en ocasión de las fiestas. desde Monte Santo. . es una especie de transición entre la maloca y la aldea. después de una travesía muy penosa. las informaciones eran dispares. únicos animales afectados a aquel clima y aquel suelo. Entre curiosos y tímidos. Era la tropa. conjunto de cerca de cien casas mal hechas y ranchos pobres. Es el resto del mundo. la expedición debía salir hacia Canudos. como si fuese una opulenta ciudad de las térras grandes *. Después de un breve descanso. Fue un suceso. impidiendo formar un juicio sobre las cosas. UAUÁ La tropa llegó exhausta a Uauá. el día 19. que les parecen valiosos especímenes. * Térras grandes: vaga denominación con que los matutos designan el litoral que no conocen. En los restantes días. aterrados por las novedades o para evitar todo contacto con la fuerza militar. desde Juázeiro y desde Patamoté y por ellos llegan muchos tobaréus a su feria de los sábados.

llevaban a la cabeza las piedras de los caminos y deslizaban por sus dedos rosarios de cocos. Pero avanzaban sin orden. Tres mil. dejaron el campo libre a los combatientes. En la mudez de la tierra todavía dormida avanzaba la multitud gue­ rrera. Un pelotón escaso de . Evitando las ventajas de una sorpresa nocturna. facones y hoces. al acaso. previ­ niendo a los pobladores del contraataque resuelto por los hombres de Canudos. Se apres­ taron para continuar la marcha al día siguiente y descansaron tran­ quilamente. despavoridos. pero se perdían en el grueso de los fieles inermes. como en las romerías piadosas. entonando kyries. de modo que. Los despertó el enemigo que imaginaban iban a sorprender. entre los vigilantes apostados. enarbolando imágenes de sus santos predilectos y palmas retiradas de los altares. Eran muchos. Uauá. hubo avisos precipitados a la aldea amenazada. Despertaban a los adversarios para la lucha. Al primer golpe de vista no presentaban apariencia guerrera. había huido. El caso es original y es verídico. de esas que practican los matutos creyentes cuando quieren ablandar al cielo en los veranos abrasados por la sequía. familias enteras. En la madrugada del 21 apareció en los límites del sitio el grupo de jagungos 237. estaba bajo el dominio de Canudos. ocurrió un incidente explicado a la mañana siguiente: la po­ blación. Este incidente fue un aviso. noche adentro. furtivamente. alta como un crucero.Aquel día se gastó inútilmente en recoger informaciones. acantonada la fuerza en la plaza. había aban­ donado sus viviendas en grupos pequeños. Los guia­ ban símbolos de paz. Parecía una procesión de penitencia. casi en su totalidad. Al­ gunos. quizá triplicando el número. tras esa demora perjudicial. Sin ser advertida. rezando. los sertanejos llegaban con el día y anunciándose desde lejos. dijeron después exagerados informantes. deslizándose. Sus habitantes eran adeptos de Antonio Conselheiro. De ese modo. unos fuertes brazos sosteniendo una gran cruz de madera. Pero al caer la noche. Iban a la batalla rezando y cantando. Equiparaban los flagelos naturales que conocían a la venida de los soldados. la bandera de lo Divino y a su lado. como los otros lugares vecinos. resolviéndose marchar al día siguiente. Se habían ido hasta los enfermos. La fuga en masa de la población delataba que los emisarios habían ido y habían vuelto. de picanas. Los combatientes estaban armados de viejas espingardas. Los expedicionarios no le dieron mayor importancia al suceso. como si buscasen pruebas para sus almas religiosas.

Dormían. hasta la línea de centinelas más avanzados. las metían después en el largo caño de su trabuco. atravesó la plaza triunfalmente. Esta arremetida demente les fue todavía más nefasta. Caían en gran número y la lucha se les volvió desigual a pesar de la ventaja numérica. protegidos en su mayoría por las casas. Los matutos agrupados alrededor de los símbolos sagrados. colocaban en éste los ingredientes como si rellenasen una mina. .infantería que los aguardase. todos adelante. distribuido por las caatingas. ondeando la bandera de lo Divino. Todo eso les llevaba unos dos minutos en medio del estentóreo tiroteo. en ariete. Y los despertó. renunciaron a la inútil operación y cayeron sobre los contrarios con la faca desenvainada. Dieron la alarma y en­ tonces los soldados corrieron tontamente por las calles. casi desnudo. Este movimiento fue espontáneo y fue la única maniobra advertida por los que testimonian sobre la acción. los jagungos tenían que sacar la pólvora y las balas en un lento proceso de carga de su armamento grosero. un alférez experto. todo lo indica. una incorrecta formación de tiradores. la picana en ristre y las hoces relucientes. no hay descripción de los protagonistas. marchando tras el curiboca que llevaba medio inclinada. Batidos por las armas de repetición. Que cedió en seguida. Fue su salvación. La multitud se aproximó. Sorprendidos. cuerpo a cuerpo. Y la turba fanatizada. levantando por los aires los santos y las armas. Mientras los soldados hacían blanco en descargas nutridas. . Fue un desorden de fiesta turbulenta. Sus filas enfren­ taban adversarios resguardados o que se aparecían de golpe tras las ven­ tanas que se abrían en explosiones. sobre la frágil línea de de­ fensa. salieron medio desnudos por las puertas. entre vivas al "Bom Jesús” y al "Conselheiro” y silbidos estridentes con silbatos de tacuara. saltaron por las ventanas. De allí en más. luego apuntaban. Sólo pudo alinearse bajo la dirección de un sargento. volvieron a la defensiva franca. Los soldados. andando a las carreras y chocando entre ellos. Los jagunqos ya estaban allí. oponían un disparo de carabina a cien tiros de Comblain. revueltos con los fugitivos. los adversarios entrelazados en disparos de revólveres. se batió largo tiempo apoyando la carabina contra el pecho . después la ponían a punto. . En una de ellas. golpes de garrotes y filos de facones y sables. la gran cruz de madera. los hubiese podido dispersar en contados minutos. . dejando en poder de los agresores a un soldado herido a cuchillo. empezaron a caer baleados en masa. Y el encuentro se desencadenó brutalmente. echaron varios tiros al azar y escaparon hacia la plaza que quedaba a retaguardia. y al cabo dispa­ raban. Pero la aldea no mostraba soldados en sus puestos. Transcurrido algún tiempo. No se formaron. vistiéndose y armán­ dose.

. antes de un reencuentro. sin episodios dignos de destacar y sin vislumbrarse un solo movimiento táctico. pues sus consecuencias lo desanimaban. cada uno se batía por cuenta propia. Reunidos siempre alrededor de la bandera de lo Divino. Estaban exhaustos. Había incendios en varios si­ tios. El médico de la fuerza había enloquecido. Los soldados no los siguieron. Como quiera que fuese. Por todo esto. ávidamente sacados de los cajones abiertos a hachazos. un sargento. decenas de sertanejos — ciento cincuenta— según el parte oficial del combate. agujereada de balas y roja como un pendón de guerra. distribuía cartuchos tirándolos a manos llenas por sobre la cerca. lisiados. según las circunstancias. Fue como una fuga. La población alarmada reanudó el éxodo. antes de la noche. Que­ . Y en esos giros. número increíble en comparación con los diez muer­ tos — un alférez. el comandante. rodeaban la aldea. si cabe tal nombre a lo sucedido. La resolvieron en seguida. se contorsionaban los heridos y yacían los muertos. Reconocían la inutilidad de los esfuerzos hechos o pensaban atraer a los adversarios hacia el plano desahogado del campo. algunos de gravedad.de los asaltantes sin errar un solo tiro. idea que llenaba de temor a los triunfadores. con setenta hombres sanos. la retirada se imponía con urgencia. se largaron bajo un sol ardiente. hasta que cayó muerto sobre el lecho en que había dormido y no había tenido tiempo de abandonar. los jagungos andaban por las calles. seis plazas y los dos guías— y dieciséis heridos de la expedición23s. el comandante se atenía a la única misión compatible con el desorden. las calles y la plaza donde brillaba el sol. Había visto de cerca el arrojo de los matutos. Entre éstos. fueron abandonando la acción y dispersándose por las cercanías. la bandera sagrada que volvían a llevar a Canudos había desaparecido en la lejanía. La travesía hacia Juázeiro se hizo a marchas forzadas. envueltos en trapos. volvían a la plaza voceando imprecaciones y vivas en ronda veloz y sin rumbo. Sobre los primeros pisos y balcones ensangrentados. Uauá mostraba un cuadro lamentable. daban la imagen de la derrota. en cuatro días. Lo asustaba su propia victoria. A pesar de eso. Estaba asombrado por la batalla. habían abandonado el campo de batalla y en poco tiempo. La batalla continuó con la misma ferocidad durante cuatro horas. renunció a proseguir la empresa. En la casa donde se había refugiado. Y cuando llegaron los expedicionarios. Lo había desesperado el curso de la pelea y se quedaba inútil ante los heridos. Parecía que les venían siguiendo el rastro los jagungos. las puertas. heridos. lentamente. . Mal inhumados en la capilla de Uauá los compañeros muertos.

Todo este aparato era justificable. que día a día realzaban la gravedad de las cosas. en Queimadas. oscilando entre las disímiles informaciones. más 250 soldados: 100 del 269 batallón de Aracaju y 150 del 33*? de Alagoas. Sin embargo. a veces desalentado. más 100 plazas y 3 oficiales de la fuerza estatal140. que reducía la agitación sertaneja a un desorden vulgar que debían manejar las diligencias policiales.daron las locomotoras encendidas en la estación. No nos detendremos en esas menudencias. Así fue que la segunda expedición se organizó sin un plan fijo. aunque los telégrafos vibraban desde los sertones hacia el Brasil entero y permanecía expectante. sin responsabilidades definidas. se contra­ ponía aquél. . Esta expedición llevaba un plan de campaña. III PREPARATIVOS DE LA REACCION El revés de Uauá aseguraba la reacción. el jefe de la nueva expedición al frente de 243 plazas jornalizados. salió el 25 de noviembre hacia Queimadas. el comandante del distrito requería al gobierno fe­ deral 4 ametralladoras Nordenfeldt. Todas estas informaciones se mezclaban con innumerables versiones contradictorias. considerándola más seria y capaz de determinar verdaderas operaciones de guerra. Así constituida. Y las líneas del telégrafo transmitieron al país entero. a veces lleno de esperanzas en alcanzar el fin propuesto. en el que tanto tiempo se perdió. Febrónio de Brito. agravadas por los inconfesables intereses de una falsa política sobre la cual nos dispensamos de hablar. Llegaban informaciones alarmantes. 2 cañones Krupp de campaña. en ese agitar estéril. Aparte de las exagera­ ciones se podía colegir el gran número de rebeldes y los serios preparativos inherentes a la región salvaje en que vivían. . Simultáneamente. pensando que la empresa era insuperable. a través de explicaciones recíprocas entre las dos autoridades independientes e iguales. bajo el comando de un mayor del 9? batallón de infantería. ésta se preparó bajo la extemporánea disparidad de cri­ terios entre el jefe de la fuerza federal de Bahía y el gobernador del Estado*39. Al principio se compuso de 100 plazas y 8 oficiales de línea. Al optimismo de éste. al tiempo en que le enviaban de Bahía un refuerzo de 100 plazas. Falto de recursos y enfrentando todo tipo de dificultades. de allí salió solamente en diciembre para Monte Santo. Se preparaban todos los hombres válidos para el combate. el preludio de la guerra sertaneja. .

(N . sin el embarazo de las unidades tácticas inalterables. Prácticos en las luchas sertanejas. de T . auxiliando. Imitando el sistema del africano y del indio. * * Feld-marechais. actua­ sen holgadamente dentro de lo intrincado de los montes y lo abrupto del suelo. Era un plan compatible con las circunstancias de la lucha: establecer ante todo un cerco a distancia. No se desarrollaba en un plan fijado y permitía a los grupos dispersos luchar según las circuns­ tancias. reforzando y esclareciendo la acción de las tropas regulares. Veamos. en Europa. iban a adaptarse mejor a las escabrosidades del terreno y aunque el método combativo de los matutos era de lo más original — guerreaban marchando o fugando— no tendrían escapatoria en este círculo único.El comandante del distrito había comprendido la situación. * Véase la Revista do Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro: “As instrugoes régias de 14 de fevreiro de 1775 ao Capitáo general das Urinas” . Ese método fue pensado hace mucho. por nuestros patricios. mariscal de campo. en batallas feroces y sin nombre. los sertanistas los dominaban gracias a la misma norma que se traduce en una fórmula paradojal: dividir para fortalecer. Pedro Nunes Tamarinho. dos columnas bajo la dirección general del coronel del 99 de infantería. Atacarlos atrayéndolos hacia diferentes puntos y vencerlos. Porque si 110 lo impusiera el jagungo lo imponía la naturaleza excepcional que lo defendía. liberadas de la morosidad de las grandes masas. De ahí las hazañas que marcan nuestra historia en los siglos x v n y x v m y el sinnúmero de revueltas abatidas y quilombos disueltos por aquellos minúsculos ejércitos de capitanes del mato. perturbándola con un espoleo insolente y formulando leyes para la guerra y ecuaciones para las batallas. Planeó atacar por dos puntos. . En un trance igual. LA GUERRA DE LAS CAATINGAS Los doctores en el arte de matar que actualmente. Se reirían los sabios feldmarechais * * — guerreros en cuyas manos cayó el frankisk heroico en trueque por la regla de cálculo— si oyesen a alguien que las caatingas pobres tienen una función más definida y grave que las grandes selvas vírgenes.). tenían una organización militar correlativa * con vistas a la formación sistemática de tropas irre­ gulares que. han de­ finido el papel de las florestas como agente táctico precioso. golpear a los insurrectos por partes y apretarlos en movimientos envolventes de fuerzas poco nu­ merosas y bien adiestradas. hace cien años. era un recurso inevitable para una guerra primitiva. de ofensiva y defensiva. Sin duda. teniendo como centro unificador un objetivo prefijado. debíamos adoptarla. haciendo avanzar hacia el objetivo único. invaden escandalosamente la ciencia. Estas.

Aceleradamente se forma una línea de tiradores. mil ojos escrutadores se vuelven impacientes. a pesar de su importancia para la defensa del territorio — cerrando las fronteras y debilitando el embate de las invasiones. en verano. entran también en la lucha. pausadas. Carga contra duendes. Las caatingas no sólo lo esconden. una extraña ansiedad invade a los valientes más probados ante ese antagonista que no se ve. Entonces marchan tranquilos y he­ roicos. a un hombre. Se cierran. ante el forastero. . observan alrededor. impenetrables. Se destacan otras unidades combatientes. mal elegida de la masa de soldados apretujados en el estrecho camino. cercano. doscientos ojos. La situación se agrava rápidamente exigiendo resoluciones enérgicas. Nada los puede asustar. un tiro. . indiferentemente. . pero se abren en multitud de caminos para el matuto que allí nació y creció. De pronto. Pueden favorecer. Las ramas se volverían astillas en un breve choque de espadas y no es creíble que los secos arbustos impidan las maniobras prontas. a los dos beligerantes. muerto. una columna en marcha no se sorprende. Sigue por los caminos sinuosos. capaz de opuestos valores. zumban los proyectiles de los tiradores invisibles golpeando de lleno en las filas. Porque si los enfrentaran adversarios impru­ dentes serían barridos en pocos minutos. La bala pasa rechinante o deja tendido. Y el jagungo se vuelve el guerrillero thug. . inhallable. se entregan a conversaciones desenfadadas y risas joviales. Pasan sobre la tropa en silbidos largos. impi­ diendo movilizaciones rápidas e imposibilitando la traslación de las ar­ tillerías— se comportan de cierta manera neutra en el curso de las cam­ pañas. . Un hálito de espanto recorre las filas de una a otra punta. estalla. agreden. Se su­ ceden. esporádicos pero insistentes. Se arman para el combate. otras. Entonces. escalonadas a todo lo largo del camino. prontas a la primera voz y el comandante resuelve cargar contra el desconocido. lo amparan. dificultando por igual las maniobras o todos los movimientos que marca la estrategia. Es la primera sorpresa. Por la canícula y por el desaliño natural de las marchas. . Pero constantes. Cien. . por todas partes. Nada ven. En cierta manera. Y los soldados no piensan en el enemigo. ofre­ ciendo a ambos la misma penumbra para las emboscadas. Y los tiros continúan. Mientras que las caatingas son un aliado incorruptible del sertanejo rebelde. Son una variable en las fórmulas del tenebroso problema de la guerra. por la izquierda por la derecha. Al avistarlos. Se oye una voz de mando y un torbellino de balas rueda estrepi­ tosamente por los ramajes. . por un flanco. largamente distanciados.Porque éstas. La fuerza de bayonetas caladas . por el frente ahora.

rítmicos. veinte hombres a lo máximo. Se debaten desesperadamente hasta dejar entre las garras felinas de las macambiras pedazos de sus ropas. terribles. Se ve como un rastro de arbustos quemados. unidos. Pasan unos minutos. estropeados. cinco. que les quitan las armas de las manos. se encaminan por las veredas de los ranchos ignotos. Caen enlazados por las cintas corredizas de los quipás reptantes o se traban las piernas entre fuertes tentáculos. Finalmente. Las secciones vuelven a la columna después de inútiles exploraciones por el matorral. está torturado por el imperio angustioso del enemigo desconocido y la expectativa atroz de los asaltos imprevistos. Las secciones se precipitan hacia los puntos donde estallan las balas y se encuentran con una barrera flexible pero impenetrable de juremas. en silencio entre los arbustos ralos. La columna de a dos en fondo camina coloreando el ceniza del paisaje con los uniformes azu­ les listados de rojo y el brillo intenso de las bayonetas. por los flancos los protegen compañías dispersas. La columna se alarga. . se aleja. Observan a la tropa. abrazados. Siguen refuerzos. Y vuelven como si saliesen del encuentro mano a mano con los salvajes. a doscientos metros del . sopesando las espingardas todavía calientes. . mal reprimiendo el dolor infernal de las hojas urticantes. acreciendo la con­ fusión y el desorden. La fuerza marcha ahora con más cautela. Se agrupan en el camino. en una indisciplina de fuego que provoca víctimas entre sus propios compañeros. Se enredan en los cipos que los engrillan. desde las matas dispersas. . No pueden traspasarlos. caminando en silencio. desaparece. La marcha se reanuda. Los soldados andan al azar por un laberinto de ramas. Se deslizan rápidos. Y en ese momento des­ cubren al formidable adversario que es la caatinga. Los rodean. El ánimo de los combatientes. Tiran al azar. . caen inflexiblemente los pro­ yectiles del adversario. cansados. circundándolos.irrumpe impetuosamente contra el matorral seco. En el lugar de la refriega aparecen. seguros. . imprecan y desatan su rabia en agitaciones furiosas e inútiles. el orden disperso del combate se con­ vierte en la dispersión del tumulto. bien apuntados. El enemigo que nadie vio desaparece. diez. De repente cesan. sin puntería. . mientras en torno. Impotentes se detienen. a lo lejos. como falanges intrasponibles de espinas. Los mismos trances se reproducen. Brilla por momentos entre los rayos del sol cernidos por los ramajes sin hojas y se dispersa golpeando contra troncos de Xique-xique. fulmi­ nantes. La tropa se reorganiza. las armas en desaliño o perdidas. Una línea de bayonetas enfila por los restos secos. El comandante trata de resguardarlos. las ropas hechas tiras. pinchados por las espinas.

en instantes. y como antes. inerme con su envergadura de acero y caños de bayo­ netas. un choque convulsivo la detiene de súbito. heridas por el sol. ramas secas de umbuzeiros blanquean por la sequía. Los soldados esparcidos por las cumbres exploran inútilmente. algunos cactos. las barrancas están limpias. Por allí descienden los guardianes de la vanguardia. como hechos por un tirador solitario. Y cuando las últimas armas desaparecen. en la última ondulación del suelo. esa flora agresiva se muestra cariñosa y amiga con el sertanejo. Finalmente cesan. Resuena una bala. . lenta­ mente. rastreando la dirección de los estampidos. cuesta arriba. siente la garganta seca de sed y ante los primeros síntomas de hambre. Sigue su camino por los páramos. La disciplina contiene las filas. escasas gramíneas. Vuelven exhaustos. sale de un montón de rocas — cariátide siniestra en ruinas ciclópeas— el rostro bronceado y duro. sangrado por el enemigo que lo ataca y huye. La fuerza militar decae. los tiros parten. desde lo alto. La tropa reanuda su marcha con algunos plazas menos.frente de la columna. Felizmente. La lucha es desigual. serpenteando en las vueltas del estrecho valle. cuando se encuentran los últimos hilos de agua en el lodo de las ipueiras y en las últimas hojas amarillentas en las ramas de las baraúnas. a lo lejos. hasta los viejos luchadores sienten mie­ do como niños. vence al pánico. los guía un escuadrón de plazas escogidos. ya está toda la vanguardia. . Lentamente marchan detrás las brigadas. La vencen el hombre y la tierra. Es entonces. Abajo. Por la agreste cuesta les cierra el paso una quebrada que es preciso trasponer. una sección se destaca y va. Los siguen los primeros batallones. Y un estremecimiento. rudo y vestido de cuero. Estas siguen. queriendo huir ante el desierto estéril y amenazador. retrocede hacia la retaguardia. más allá de la vanguardia. atormentado por las celadas. y trasponiendo veloz­ mente las laderas desaparece. en las épocas indecisas entre la sequía y el florecimiento. porque el humo no se condensa en aquellos aires ardientes. Pero los ecos numerosos la vuelven variable y los tiros no descubiertos. después un torso de atleta. el trágico cazador de bri­ gadas. Mientras el minotauro. A cada vuelta del camino se estremecen. seguros. Vibran los clarines. las armas fulgurantes. impo­ tente y fuerte. El ejército tiene en su propia fuerza su propia flaqueza. De ahí en más. temerarios. continúan lentos. de un solo punto. y el . no es difícil prever a quién le tocará la victoria. como un torrente oscuro que trasuda rayos. Y cuando el sertón hierve en el bochorno de los estíos. Esta vez. lentos.

El umbu le da la escasa sombra de sus últimas hojas. las palmatorias desnudas en combustión rápida de sus numerosas espinas. . socios de los mismos días tranquilos. por los desvíos de los caminos. apenas descubre la fosfo­ rescencia azulada de las cumanás. copia más amplia de otras que han aparecido en todo el Norte. Conoce a cada uno. espantando a las suguaranas deslum­ bradas con antorcha fulgurante. . colgando de las ramas como guirnal­ das fantásticas. que aquél continúa feliz en sus largas travesías. que se extingan los pozos de agua y en las bajadas desa­ parezcan los abrigos transitorios donde hacen sus siestas los vaqueros fatigados. como quien conoce. las mismas osadías servidas por las mismas astucias. A pesar de los defectos de la confrontación. Y si es necesario avanzar a despecho de la noche. los mandacarus tallados a facón o las hojas de los juás sustentan a su caballo. Nacieron juntos. firme en la ruta. Lo talla como un Anteo indo­ mable 241. y la mirada ahogada en la oscuridad. Es un titán bronceado que hace vacilar la marcha de los ejércitos. . le basta con partir y encender una rama verde de candombá y agitarla por los caminos. IV AUTONOMIA DUDOSA Iba a demostrarlo la campaña emergente. No le importa que la jornada se alargue. asimismo. génesis de la misma aspiración política. Toda la naturaleza proteje al sertanejo. El chouan y los desiertos la emparejan bien con el jagungo y las caatingas. la quixába de frutos pequeñitos. a través de las mismas dificultades. . crecieron her­ manados. porque invertía hasta los preceptos más comunes del arte militar. Las medidas planeadas por el General Sólon mostraban una exacta previsión de sucesos semejantes. estos últimos le dan cobertura para el rancho provisorio. . que los refu­ gios escaseen. en la lucha excepcional para la cual ningún Jomini2 4 2 delineara reglas. permitía recordar aquel legendario rincón de la Bretaña . palmo a palmo. el araticum. los caroás fibrosos le dan cuerdas flexibles y resistentes. permitiendo aquilatar de antemano las dificultades. Todos aquellos árboles son sus viejos compañeros. los rincones del inmenso hogar sin techo.forastero se asusta y huye ante el flagelo inminente. lo alimentaban hasta el hartazgo. Está rodeado de relaciones antiguas. Canudos era nuestra Vendée. El mismo misticismo. la mari elegante. . luchando con las mismas negruras. el ouricuri verde. y la misma natura­ leza adversa.

la intervención que al mismo tiempo quería encubrir. la soberanía del estado. según la ley. "las columnas infernales” del General Turreau 243. después de hacer retroceder ejércitos destinados a un paseo militar por toda Europa. El ambiente moral de los sertones favorecía el contagio y la expansión de la neurosis. imitando la misma fugacidad de los nati­ vos.donde una revuelta. Para resguardarla mejor fue removido de Bahía el jefe de la fuerza militar que había actuado de manera rectilínea. Es que se creía preestablecida la victoria inevitable sobre la insig­ nificante rebeldía sertaneja. No se miró la enseñanza histórica. la columna del mayor Febrónio — hasta entonces osci­ . del extremo norte al extremo sur. todavía local. moviéndose dentro del elástico artículo 6? de la Constitución del 24 de febrero. podía ser núcleo de una conflagración en todo el interior norteño. pues las medidas tomadas por el comandante del distrito significan más prevención que recelo” y agregaba "no es tan numeroso el grupo de Antonio Conselheiro. no ya a Bahía. hasta encerrarlos en un círculo de dieciséis campos atrincherados. cerró la controversia levantanto el espantajo de una amenaza a la soberanía del Estado 2 4 4 y repeliendo la intervención que significaba su incompetencia para mantener el orden en sus propios dominios. El desorden. El gobierno estatal. nadie se ilusionaba ante la situación sertaneja. El gobierno bahiano afirmó "son más que suficientes las medidas to­ madas para derrotar y extinguir al grupo de fanáticos y no hay necesi­ dad de reforzar la fuerza federal para tal diligencia. superado el orden policial. milagrosamente erguida por los exégetas constitucionales. Toda la nación intervino. Además. del Río Grande al Amazonas. Lo contradecía el jefe militar al entender que la represión legal y el prendimiento de los criminales. les competía. Fue lo que sucedió. se mantuvo siempre. Resultaba tardío hablar de la soberanía pisoteada por los turbulentos impunes. justificaba naturalmente. Pero sobre las banderas venidas de todos los puntos. Se olvidaba de que en un documento público se había confesado desarmado para vencer la revuelta y que al apelar a los recursos de la Unión. además de "extirpar el móvil de descomposición moral que se observara en la aldea de Canudos en manifiesto desprestigio para la autoridad y las instituciones” agregando que la fuerza federal debería seguir forta­ leciéndose para evitar la contingencia de "retiradas perjudiciales e inde­ corosas”. va poco más allá de los quinientos hombres”. sólo cedió ante las divisiones volantes de un general sin fama. . Y sólo después de esto. poco numerosas pero veloces. De modo que la inter­ vención federal se atenía al significado superior de los principios federa­ tivos: era la colaboración de los estados en una cuestión que interesaba. había toda una sociedad de retar­ datarios. sino al país entero. . Por sobre el desequilibrado que la dirigía.

Hacia todos los rumbos y por todos los caminos y en todos los lugares. los escom­ bros carbonizados de los establecimientos rurales resaltaban.lando entre Monte Santo y Queimadas y objetivando en sus contramar­ chas las vacilaciones del gobierno— siguió reforzada por la tropa policial y adscrita a las deliberaciones del gobierno bahiano. Se había perdido el tiempo estérilmente. Estaba pronto el escena­ rio donde se desarrollaría un emocionante drama de nuestra historia. aislando a la aldea en un gran círculo desolado de ruinas. En un radio de tres leguas alrededor de Canudos se hizo el desierto. . mientras el adversario lo había aprovechado preparándose para un desquite enérgico.

al norte y al este. La Legio Fulminata de Joño Abade.— En los Tabuleirinhos. iba a volverse célebre como base de las operaciones de todas las arremetidas contra Canudos. Nuevo milagro de An­ tonio Conselheiro. Deriva de su situación topográfica. El poblado de Fray Apolónio de Todi. Sin embargo. se fracciona. partiendo de Monte Santo. Triunfos anticipados. Baluartes sini caldi linimenti. I MONTE SANTO El día 29 de diciembre entraron los expedicionarios en Monte Santo. En marcha hacia Canudos. Primer encuentro. V — Retirada. más secos. Segundo encuentro. cortándose en arroyos reducidos e imperceptibles hilos que se deslizan entre las piedras. se advierten rudimentos de florestas. El poblado — erecto al pie de la serranía— contrasta. IV. en un radio de algunos kilómetros. le pone reparos a los vientos regulares que hasta allí llegan y se vuelve condensador admirable de los escasos vapores que todavía los impreg­ nan.TRAVESIA DEL CAMBAIO I. Episodio dramático. a dos pasos de los sertones estériles hacia donde ruedan. gracias al enfriamiento de la ascensión repentina por las laderas de las serranías. . aunque efímeros como los otros de las cercanías. aislado. originando un régimen climatológico más soportable. Caen entonces en lluvias casi regulares. mientras alrededor se extienden desoladas áreas. variando las caatingas en montes de verdor. Los vimos en las páginas anteriores referidas a la génesis. el estoico Anchieta del Nor­ te 2 4 5 había aquilatado las condiciones privilegiadas del lugar. Era el que se adelantaba más en dirección al objetivo de la campaña y además. se encuentra una región incomparablemente vivaz. no se agota completa­ mente durante las sequías más grandes. hacia donde caen los morros. La recortan pequeños cursos de agua resistentes a las sequías. a partir de esa fecha. V I — Procesión de parihuelas. III. Por las bajadas. I I — Incomprensión de la campaña. y per­ miten a los habitantes resistir el flagelo. El río de Cariacá. De manera que.— El cambaio. los vientos después de la travesía. no dijimos que al crearlo. La elevación de rocas primitivas que se levantan a los lados. por intermedio de la estación de Queimadas. con la esterilidad ambiente. permitía rápidas comunicaciones con el litoral. A esos requisitos se unieron otros.— Monte Santo. con sus tributarios minúsculos.

la línea de las cumbres. se detiene. Lanza. todavía. un pano­ rama perturbador y grandioso. rastreando un suelo erizado de cactos y piedras. humilde. en los cuales. Con todo. se levanta a los lejos. La vertiente oriental cae. la más bella de sus calles. a unas dos leguas desde las cercanías de Quirinquinquá. Belchior Moreia. La religiosidad ingenua de los matutos talló en ella. Pasaron los tiempos. crecida por la depresión de las tierras vecinas. aquella calle . predilecto de los que se aventuran por el sertón bravio. iniciada en la plaza. el lugar se convertía en escala transitoria y breve. Por ella hasta el vértice se prolonga. un sitio sereno. a pique. tal vez. vuelve los ojos deslumbrados al levante y cree que el aire caliente y la fascinación de la luz le pre­ sentan allá. sea para los soldados de estos tiempos. desde hace mucho. hecha con cuarzo blan­ quísimo. Esta se recuesta. Quedó perdida en el sertón la serranía misterio­ sa donde muchos imaginaban. otros expedicionarios. Por eso. en caracol. por la que han pasado multitudes sin cuento en un siglo de romerías. más interesantes. por las laderas sucesivas. no deja de ser interesante su función histórica. hasta el tenaz Pedro Barbosa Leal. tan propia de las arquitecturas monumentales de la Tierra.Es natural que Monte Santo sea. el antiguo nombre de la sierra — Piquaragá— se lee siempre como demarcación de un paraje bendito en aquellos terrenos amargos. acompañando las huellas de Moreia. el que sigue por el camino de Queimadas. buscando los sertones de Magacará”. sea para los bandeirantes del siglo xvn. No surgía por primera vez en la historia. como una muralla. la sede de El Dorado apetecido. la vía sacra de los sertones. que se detuvo por muchos días en la montaña donde marcas indescifrables denotaban el paso de antecesores igualmente audaces. habían pasado por allí guiados por otros designios. diferenciados por búsquedas opuestas y separados por tres siglos. de algún modo centralizó la primera actividad en torno de las legendarias "Minas de Plata” desde las exploraciones inútiles del Muribeca que hasta ahí llegó y no siguió adelante "con poco efecto y poca diligencia”. al pie de la ensoberbecida montaña. al divisarla. sobre la villa. orientadas por los aventureros confundidos. La sierra de cuarzo. hasta que Apolónio de Todi la transformó en templo majestuoso y rudo. entre los devastadores de los sertones. continuaron otras. Y alrededor de esa entrada. en su atrevida ruta "desde el río Real hacia las sierras de Jacobina por el río Itapicuru arriba. Allí había parado el padre de Robério Dias. coleando. nunca brilló con acontecimientos de mayor monta. pero teniendo todos la afinidad de los mismos rencores y de las mismas reaccio­ nes violentas. Pero. Y hoy. entre el firmamento claro y las planicies amplias. en miles de escalones. por ventura más temerarios y con seguridad. Mucho antes de los que ahora lo busca­ ron. rectilínea.

El que sigue por el camino de Queimadas. Parece de menor altura. Allí desembocan pequeñas calles. Las capillitas. De cerca. En torno de las casas bajas y viejas. diluidas poco a poco en el azul purísimo de los aires hasta la última. otras golpeando. El perfil regular que ofrece a distancia. de tierra y guija­ rros.blanca. Las casas viejas unidas unas contra otras. se achica en escalones tortuosos. Monte Santo surge sin gracia dentro de una naturaleza que le crea alrededor — como un paréntesis en el áspero sertón— una situación apacible y sonriente. El poblado triste y decadente muestra el mismo abandono. . bromelias abriéndose en floración sanguinolenta— avanza rápidamente. rectangular. tiene de cerca una flora de vivacidad inexplicable. de piedra. subiendo siempre. tan blancas a lo lejos. y al otro el único ornamento de la villa: tamarindo quizá secular. y la entrada ciclópea de los muros laterales. ésta pierde parte de su encanto. cada vez menores. En el centro. La campaña incipiente iba a agravar su aspecto. atravesando un esbozo de desierto donde agoniza una flora de gravetos — arbustos cuyos gajos retratan contorsiones de espasmos. Llega. cardos agarrados a las piedras a mane­ ra de tentáculos. en declive. Las más nuevas. . un edificio único que haría más tarde de cuartel general. Menos que villa oscura. Se ven las capillitas blancas. De este modo. las copian línea a línea. sin salida. Nada recuer­ da el encanto de las aldeas clásicas. arraigada a la piedra. . desconocida por la historia. tienen todas la misma forma — techos deprimidos sobre cuatro muros de barro— ese estilo brutal­ mente chato al que eran tan aficionados los primitivos colonizadores. Monte Santo se resume en ese camino. otras hacia el campo. la transforma en un gran cuartel agazapado. como puntilleando el espacio. entre paredes de barro. El camino va hasta la plaza. son exiguas y oscuras. derivando después en vueltas. erectas sobre los despeñaderos. subiendo al principio en rampa vertical. siguiendo los accidentes del suelo. nacen viejas. allá en lo alto. brotando de las grietas quietas de los estratos y viviendo solo de las reacciones maravillosas de la luz. rodeado de cabañas. con la ansiedad del paraje que lo arrebata. la pequeña iglesia. a un lado. y no sofrena una dolorosa decepción. contra la sierra. el eterno barracón de feria tiene. . perdiéndose en las alturas. . y sobresaliendo. Esta ilusión es impresionante. como los de una enorme escalinata en ruinas. una en bajada desde las laderas. Algunas deben de tener cien años. el desaliento de una raza que muere. larga — de más de dos kilómetros— como si construyera su subida al cielo.

contando el número de soldados. golpeando por las calles. . el sertón entero. . rápidos. Algunos volvían a toda brida hacia el norte. Menos de una brigada. En el banquete. Como las ruedas de los carros de Shiva 246. como las voces de mando.TRIUNFOS ANTICIPADOS Allí acontonaron los 543 plazas. penetraban en las casas y turbaban. examinando todo el aparato de guerra y desapareciendo después. Otros se quedaban allí. las piezas de artillería de las que tanto habían oído hablar y nunca había visto. Lo había dicho. el 99. con más de doscientas plazas de poli­ cía y una pequeña división de artillería. Los rebeldes serían destruidos a sangre y fuego. al mismo tiempo se lucía el más simple y emocionante género de oratoria. contemplando todo aquello con ironía cruel. la elocuencia mili­ tar. . Merced al optimismo oficial. el 26*? y el 33?. hacia la aldea sagrada. En la alegría de los festejos. Y aquellos titanes. en busca de la caatinga. Se largaban después de la villa. allá adentro. espiando. las ruedas de los cañones Krupp. son la única materia prima de los párrafos retumbantes. se estremecían dentor de sus ropas de cuero al considerar las armas portentosas de la civilización. nunca tuvieron tal brillo. y el vibrar de los clarines. y en las que las palabras mágicas: Gloria. su victoria era fatal. los invasores no verían siquiera las torres de las iglesias sacrosantas. después de pasar sorprendidos por las calles repletas de soldados. transidos de miedo. Patria. curtidos por los duros climas. más el ornamento supletorio de los vivos colores de los uniformes y el brillo de las armas. encubiertos. preparado en la mejor vivienda. El profeta no podía equivocarse. yendo a Canudos. Nadie los observaba. más fuerte que el de mil carabinas. e iban a observar por largo tiempo. inda­ gando. no se distinguían los emisarios solitarios de Antonio Conselheiro. Era una masa heterogénea de tres batallones. y los vivas entusiastas retumbando en las paredes. los rezos ahogados de los fieles arrodillados. Todo eso significaba una estupenda novedad. El pobre lugarejo se engalanó con banderas y ramajes. 14 oficiales y 3 médicos. las autoridades recibieron a los soldados en son de triunfo antes de la batalla. . Y la risa de los soldados y el estrépito de las botas. los vaqueros amarraban su caballo a la sombra del tamarindo. la feria más ani­ mada. capaces de desmoronar las montañas y abatir con un solo tiro. Llegados del camino fatigoso. tanto más expresiva cuanto más ruda. dos cañones Krupp de 7 y Vz y dos ametralladoras Nordenfeldt. poco más de un batallón completo. en la plaza. La misión más concurrida. Libertad. hecha de frases golpeantes y breves. rodando por las . esa singular elocuencia del soldado. ciertos del preludio hilarante de un drama espantoso. La primera expedición regular contra Canudos. observando. Y fue un día de fiesta. Se encendían recónditos altares. dichás en todos los tonos.

Volvían tranquilos a la villa donde ya se encendían las primeras luces. Lo decía la despreo­ cupación feliz de toda la población. Pero la oscurecen todos los estigmas del bandidismo original. Se detenían en los pasos. en los hechos guerreros entra como elemento. . . Está en ella el mejor estímulo de los que vencen. Allí estaba el sertón. La historia militar está hecha de contrastes singu­ lares.amplias planicies. que tenían la gravísima culpa de un apego estúpido a las más antiguas tradiciones. II INCOMPRENSION DE LA CAMPAÑA Fue un mal. la tropa. para retomar fuerzas. Curiosos. invadida por el contagio de esta creencia espontánea. De antemano se afirmaba la derrota de los fanáticos. Por encima del rigorismo de la estrategia. examinaban los registros y estampas que pendían de las paredes y los toscos altares. Una opresión asaltaba a los más tímidos. otros subían la montaña por la sinuosa ladera orlada de capillitas blancas. En lo alto de la Santa Cruz. Bajo la sugestión de un aparato bélico y de una parada. la seguridad de los aparatos militares y toda la grandeza de un arte sombrío que pone . pero pronto desaparecía. grupos ruidosos andaban por la plaza. requerían un correctivo enérgico. El ejemplo sería dado. dejarían surcos sanguinolentos. de los preceptos de la táctica. En su modo actual es una organización técnica superior. a dos pasos del sertón repleto de emboscadas. Por la tarde. y la alegría ruidosa y vibrante de los oficiales y de los soldados. sacudidos por el soplo fuerte del nordeste. observaban los alrededores. Monte Santo les anticipaba las honras de la victoria. Era necesario dar un gran ejemplo y una lección. la guerra es una cosa monstruosa y totalmente iló­ gica. Decididamente. Ahora bien. al caer la noche. los habitan­ tes preestablecieron el triunfo. Era necesario que salieran finalmente de la barbarie con que escandalizaban a nuestro tiempo y entraran a la civilización a golpes. la campaña empezaba con buenos auspicios. los criminales retar­ datarios. compartió las esperanzas. Era la convicción general. Aparte de eso. Y subían. Atraídos por la novedad de un exótico panorama. la preocupación de la derrota. Los rudos impenitentes. y toda esa fiesta -—allí— en vísperas del combate. a su vez. aunque sea paradojal. se desparramaban por las callejuelas y por las cercanías.

permanecen intactas todas las brutalidades del hombre primitivo. entre las que llevaban a aquéllos a un máximo de quinientos y las que afirmaban el mínimo en por lo menos cinco mil. Después de tantos días perdidos y en tales . En el dislate de las opiniones. La certeza del triunfo la inmo­ vilizó durante quince días en Monte Santo.en la frialdad de una fórmula matemática la destrucción de un schrapnell2 4 7 y subordina a parábolas inviolables el curso violento de las balas. Se ganaría en fuerza lo perdido en velocidad. A la aventura de un plan temerario. según la opinión de todo el mundo. sería precedida y acompañada por los espías expertos del enemigo. La certeza de la victoria las de­ prime. iba a vencer. la expedición partió aún peor aparejada que cuando ahí llegó. contrariando el modo de ver de los propagandistas de una victoria fácil. ponderando mejor la seriedad de las cosas. Analicemos el caso. Y éstas son. De modo que la partida rápida de una localidad condenó a la demora inconsecuente en la otra. se sabía que la tropa. proveyén­ dolo de recursos e instruyéndolo en los menores movimiento de la expe­ dición. la expedición. Había influyentes caudillos locales cuyas viejas relaciones con el Conselheiro sugerían vehementemen­ te la presunción de que lo estuvieran auxiliando a escondidas. eran razonable aceptar un promedio. muchos de los cuales. Se hizo lo contrario: después de larga inactividad en Monte Santo. No se hizo esto. haciendo venir de Queimadas el resto de los equipos de guerra. había resuelto ir Taradamente al escondriio de los rebeldes llevando apenas la munición que los soldados pudiesen cargar en sus mochilas. El comandante expedicionario había deiado en Queimadas gran parte de las municiones para no postergar ñor más tiem­ po la marcha e impedir que el enemigo se rebusíeciera aún más. se hubiese aprovechado el tiempo para reunir mejores elementos. Pero esto no se realizó. se esbozaba la hipótesis de una traición. Además. estaban dentro de la villa dándose codo con codo con los expedicionarios. resumido en una embestida y en un asalto. entre las cuales abultaba una casi completa carencia de ele­ mentos de transporte. Por las dificultades habidas. quince días antes. las vis a tergo de los combates. como se verificó después. Tuvo la intención de hacer una arremetida fulminante. al avanzar. La certeza del peligro las estimula. Ahora bien. en el susurrar de cautelosas denuncias y malhadados avisos. Los inconvenientes de una pausa prolongada se justificarían si se hubiesen adquirido algunas ventajas. Mientras tanto. llegaban constantes informaciones sobre el número de recursos de los fanáticos. Todavía más. todavía. Esta solamente se justificaría sí. aban­ donando todavía parte de los restos de un tren de guerra muy reducido. lo sustituiría una operación más lenta y segura. La conciencia del peligro determinaría una movilización rápida y un atropellar sorpresivo contra el adversario.

cualquier organiza­ ción militar debe reflejar algo del temperamento nacional. Porque a tales deslices se agregaron otros. Entre la tác­ tica prusiana donde todo es precisión mecánica y la nerviosa táctica latina donde todo es el arrojo caballeresco de la espada. Se enfrentaba con lo desconocido al azar. una caza de hombres. refuerzo y apoyo. no había la mínima posibilidad de extender una línea de combate. digamos con mayor acierto. A medida que se eproximaba al enemigo se desarmaba. pobre de recursos en Queimadas y paupérrima de recursos en Monte Santo. Adscrito a unos rudimentos de táctica prusiana trasplantados a nuestras ordenanzas. Nada más. a súbitas refriegas. una batida brutal contra la cueva mons­ truosa de Canudos. En Canudos sabrían la ruta escogida para la línea de operaciones con anticipación suficiente como para que se fortificasen en los trechos más difíciles. de modo que. sobre las maniobras de las unidades combatientes y ni una palabra sobre los inevitables asaltos repentinos. denunciando la más com­ pleta ignorancia de la guerra. en la fuga sistemática. Eran por igual inútiles las cargas y las descargas. Contra tales antagonistas y en un terreno de tal clase. el jefe expedicionario. de acuerdo con las características del enemigo y del terreno. reedi­ tando el caso de Uauá. La expedición marchaba hacia su objetivo como si volviese de una campaña. nuestra bravura impulsiva. Nada sobre la distribución de las uni­ dades. la partida de la base de operaciones del modo como se hizo fue un error de oficio. una sorpresa era inadmisible. .circunstancias. Así. fuera a abastecerse en Canudos. a esperas astutas. Según el axacto concepto de Von der Goltz 248. aparte de ese subordinarse a unos cuantos moldes rígidos de viejos dictámenes clásicos de guerra. iba a reducirse a ataques feroces. No había ni siquiera la posibilidad de hacer un com­ bate en el sentido estricto del término. teniendo como único amparo para la debilidad armada. Pero estos eran inadaptables para el momento. a instantáneos encuentros en los que es absurdo pensar que pudieran desarrollarse las fases principales de un combate. La lucha. parecía disponerlo de antemano para encuentros en los que podría entrar repartido en tiradores. Abandonando de nuevo parte de las municiones. como si llevase un pequeño cuerpo de ejército hacia algún campo devastado de Bélgica. dispersos en el seno de la naturaleza protectora. alcanzar la aldea significaría establecer un com­ bate preliminar en el camino. seguía como si. dividido en tres columnas. Escueta como una orden cualquiera que distribuye contingentes. no puede rastrearse en ella la más fugaz indicación sobre las formaciones. teníamos la esgrima peligrosa con los guerrilleros esquivos cuya fuerza estaba en su propia flaqueza. en un ir y venir de avances y retrocesos. La derrota era inevitable. Lo revela la orden del día para organizar las fuerzas atacantes.

ellas despiertan a cada instante. En función del hombre y de la tierra. Era natural que estas coyunturas inevitables fueran previstas.entre los dos extremos de fuego que lo inician hasta el epílogo delirante de las cargas de bayoneta. Por mecanizado que quede el sol­ dado por la disciplina. hombres inermes cargando armas magníficas. Nada se deliberó en cuanto a condiciones tan imperiosas. del único modo como ésta podía alcanzarse. . se acobarda y se llena de temores siempre que aquél. El coman­ dante se limitó a formar tres columnas y a ir hacia adelante. las emociones de la guerra lo transfiguran. energías inconscientes sobre palancas rígidas. sin arbitrio. de anular el efecto de repentinas emboscadas. Casi siempre las secciones se embaru­ llaban. la de la marcha y la del combate. sin tempera­ mento. El ejército en marcha. se desordenaban. Así. si un tiroteo en la vanguardia en una campaña. que es valiente frente al enemigo. en trazados más firmes y opo­ niéndole la misma dispersión. evitaba el pánico y per­ mitía un desahogo. sacudidas por el mismo espanto. se constituye en una advertencia saludable para el resto de la columna. las diversas unidades debían seguir con el máximo distanciamiento. por la certeza de un rápido auxilio de las fuerzas que quedaban fuera de la acción del enemigo. tendiendo ins­ tintivamente a quedar en la retaguardia. sin aparecer. poniendo ante la astucia sutil de los jaguncos la perezosa potencia de sus tres com­ pactas falanges. y de conseguir finalmente. además de levantarles el ánimo. sustituida por la iniciativa más eficaz de los comandantes de las pequeñas unidades. se imponía un gran fraccionamiento de las columnas. En ella iban a surgir tumultuosamente confundidas todas las situaciones naturalmente distintas. o a verlo aparecer dentro de sus propias filas soprendidas. como suma de sucesivos ataques. pronto a encontrar al enemigo en todas las vueltas de los caminos. en estas circuns­ tancias anormales es un peligro. en que se puede encontrar una fuerza en operaciones. Un jefe militar debe tener algo de psicólogo. única capaz de amortecer las causas del fracaso. actuando autó­ nomas. Y en la marcha por los sertones. siguiéndolo paralelamente. de crear mejores recursos de reacción. Surcando caminos des­ conocidos. debía reposar en alineación de batalla. incluso completamente aisladas. actuando como un autómata según la vibración de los clarines. rodeado por una naturaleza salvaje y pobre. sin nervios. Aunque la dirección de los variados movimientos escapase a la autoridad de un comando único. aquella guerra debía impulsarse a galopes de mano de un estratega revolucionario e innovador. Este dispositivo. nuestro soldado. se revela invisible en las emboscadas. Para atenuarlas. Era parodiar la norma guerrera del enemigo. la victoria. vuelto un montón de huesos amarrados por un montón de músculos. la del reposo. de acuerdo con las circunstancias del momento. tendiendo a ser un siniestro ideal de homúnculo.

hasta Penedo. La expedición entró por aquel valle hondo como en un cajón hasta que en otro sitio. hacién­ dolos concentrarse en Canudos. cayendo en grutas. De modo que a la mañana siguiente la tropa prosiguió con rumbo firme al norte. la Grande y la del Atanásio. cruzando la serranía por tres laderas sucesivas. debían ir apretando a los fanáticos. . sin abrigos. Avanzaban pegadas por los ca­ minos. Ascendían penosamente los Krupv. Iban a dispersarse. en Canudos. Traspuesta la "Lajem de Dentro” y la divisoria de las vertientes del Itapicuru y del Vaza-Barris. que tenía sus condiciones de triunfo en la movilidad. Hechos algunos kilómetros. El campamento rodeado de piedras. limpiándola o buscando desvíos que evi­ taran grandes declives. que se articulan en una gran curva. . hasta saltar el sitio llamado "Lajem de Dentro”. la de Acaru.En síntesis. Demoraron dos días en alcanzar este punto. acampó. se perturba en rastros pedregosos y se vuelve casi impracticable a medida que se acerca al pie de la sierra del Acaru. dentro de la estructura maciza de las brigadas. El desaguadero de captación de éste une las bases de tres sierras. sin sombras. a partir de la base de operaciones. EN MARCHA HACIA CANUDOS Fue en estas condiciones desfavorables que partieron el 12 de enero de 1897. Tomaron por el camino del Cambaio. poco a poco. repentinamente. De ahí en adelante se curva hacia el este. quedaba paralizada por la traba de esas maasas me­ tálicas. alzándose en rampas. centralizaría los fuegos del enemigo. . empieza a accidentarse. Al comienzo. Entonces la travesía se vuel­ ve más seria. empiezan los accidentados contrafuertes de donde fluyen los tributarios efímeros del Bendegó. mientras los zapadores preparaban la calle abriéndola. que empeoraba. Fue una temeridad. a una altura de trescientos metros sobre el valle. si éste apareciese en lo alto de los morros. Feliz­ mente no llegaron hasta ahí los jagungos. el camino baja. salvada de una posición muy difícil. . parece una faja de tierras fértiles sombreadas por ver­ daderos montes. Ipueiras. serpenteando morros. Partían unidas en columnas. . Es el más corto y el más accidentado. Tenían hecho medio camino. Y la tropa. Se hizo siempre lo contrario 249. prolongando el valle del Cariacá. La artillería les demoraba la marcha. las fuerzas dispersas en la marcha.

Habían distinguido. la máxima velocidad era indispensable. muy lejos todavía de su objetivo que solo podía alcanzarse en tres días de marcha. distinguiría. Era luchar por la vida. ya eran evidentes. era la salvación. los zapadores hicieron calle para los cañones y la jornada se demoró por el paso tardo de la división que los guarnecía. tal vez. El cam­ pamento se alarmó. muy altas. la expedición. III EL CAMBAIO Las masas del Cambaio se amontonan al frente. o levantándose en escalones sucesivos. Señalaban las posiciones enemigas. próximos. dispuestas de manera caprichosa. e Geog. el comisario de esa aldea se largó del lugar v no volvió. recortadas en gargantas largas y circundantes. Mientras tanto. a la noche. esa noche desaparecieron la mayor parte de los peones de carga contratados en Monte Santo. Y bajo el pretexto de ir en busca de una remesa urgente de provisiones. Brasileiro. Deben de haber salido de la fantasía de los matutos y completadas por las indagaciones de hombres estudiosos. clavada en las montañas. un observador que desde el campamento mirase hacia el norte. comenzó a ser terriblemente torturada. Son comunes en ese trozo de sertón los aspectos originales de la tierra. antes de haberse disparado un tiro. Fueron abatidas las últimas vacas para quinientos y tantos combatientes. El aspecto de la lucha se agravaba en plena marcha. los bultos fugaces de los espías. Esto valía por un combate perdido. ori­ ginaron investigaciones que es impropio recordar ahora *. Las leyendas sobre "ciudades encantadas” en Bahía no tienen otro origen. que hacen pensar en baluartes derruidos. se mostraron imponentes. de titanes. Alguien salvó la lealtad sertaneja: el guía Domingos Jesuíno. En Mulungu. dos leguas después de Penedo. Al aclarar. Estaban a dos leguas de Canudos. La imagen es perfecta. como fosos. Por la noche. Restos de hogueras en las márgenes del camino y viviendas incendiadas daban se­ ñales del enemigo. Los soldados durmieron armados. Hist. Y al amanecer del 17.Hasta Mulungu. * Ver el tomo 10 y otros de la Revista do Inst. como estrellas rubias entre nubes. . Se habían acabado los alimentos. Para completar el cuadro. luciendo y extinguiéndose intermitentes. algunas hices vacilantes. Condujo a las tropas de vanguardia hasta el "rancho das Pedras” donde acamparon. Seguir hacia Canudos a pocas leguas de distancia. rodeados de sombras.

se preparasen para el combate. reduciéndolos a mon­ tones de piedras en desorden y torres y pilastras truncadas. imaginando allá adentro una población silenciosa y trágica de "almas de otro mundo” . asaltos sobre asaltos hasta desmantelarlos. llevando el ansioso anhelo de sabias sociedades e institutos donde se debatió el interesante caso. Los rayos del sol se reflejaban en las aristas de las lajas en pedazos dando la ilusión de movimientos febriles y fulgores vivos de armas. El enemigo solo presentaba el rasgo amenazador de la tierra. estallando en un desmoronamiento secular y lento. . BALUARTES SINE CALCII LIN IM E N T I2 5 0 La sierra del Cambaio es uno de esos rudos monumentos. Le ajusta. con el aspecto de grandes columnas derruidas. esparcidos. Los binóculos recorrían inútilmente las rocas desiertas. rectilínea. metidos en las quebraduras del terreno. . en alineamientos de rocas.Y no se crea que la imaginación popular exageró engañando la expec­ tativa de los investigadores que por allí anduvieron. cerca del camino de Jeremoabo a Bom Conselho. nadie le puede divisar geométricas líneas de parapetos cir­ cundados de fosos. . Pegados al suelo. abultando a lo lejos. y otras que aparecen por aquellos lugares dándole un rasgo misterioso a esos melancólicos paisajes. Surgen vastas necrópolis. numerosas fuerzas. inmóviles. como si en rápidas ma­ niobras. los costados y sube en declives. A esa hora matinal la montaña deslumbraba. rom­ piéndose bajo el periódico embate de tormentas súbitas e insolaciones intensas. . Fríos observadores que atravesaron el extraño valle del Vaza-Barris quedaron asombrados al enfrentar: "Sierras de piedra naturalmente sobrepuestas formando fortalezas y reductos inexpugnables con tal perfección que parecen obras de arte” *. en bloques rimados. medroso. Son de este tipo las "casitas” que se ven hacia el lado de Aracati. deforme. . cuya estructura aparece en apó­ fisis punteagudos. el conjunto de la sierra da al observador la impresión de toparse con las barbacanas de antiquísimos castillos donde hubiesen golpeado otrora. Descrigóes práticas da Provincia da Bahía. semejantes a grandes ciudades muertas ante las cuales el matuto pasa. Por cierto. sin sacar las espuelas de los ijares del caballo en disparada. A la distancia. capri­ chosamente repartidos. a lo lejos. Estaba acantonado. Porque aquellos reductos bárbaros eran peores. A veces esta ilusión se agranda. El camino hacia Canudos no la contornea. constreñida por escalones sumergiéndose en la angostura de un desfiladero como un túnel. La tropa enfiló por ahí. Los morros. * Teniente coronel Durval de Aguiar. Surge. Porque el Cambaio es una montaña en ruinas.

Dispuestos rápidamente. desde las matas esparcidas. tortuosa y ondulante. Llegaban a las primeras laderas cortadas a media subida. se hizo la primera embestida encabezada por los cientos y tantos plazas del 33? de infantería. en un barullo de cuerpos. El mayor Febrónio se metió entre las filas alarmadas y centralizó la resistencia. Toda la línea vaciló. rompiendo las . en réplica fulminante y admirable. Fraccionados. que decuplicaban el efecto des­ pedazando piedras. empujadas por los cañones sostenidos a su vez por soldados sin aliento. de estam­ pidos que pasaban sobre los sones de los clarines llamando a la carga. tras­ poniéndolas a saltos. allá abajo. Una voz la detuvo. El combate se generalizó en minutos y como era de prever. con las armas en bandolera. viendo por primera vez esas armas poderosas. una frase desafiadora que en el curso de la campaña sonaría invariablemente como un estribillo irónico: "¡Avanza! ¡Debilidad del gobierno!” . los combatientes arrementían en tumulto. de brillos de aceros. los sertanejos se mantenían en silencio. los animales de tracción y los cargueros. montones humanos golpeando contra los morros. aparecieron los jagungos en el un repentino deflagrar de tiros. marchando detrás de los exploradores que escudriña­ ban cautelosamente las cercanías. en la ladera donde había quedado la artillería. Y en esta situación los sorpendió el enemigo. tirando al azar hacia el frente. PRIMER ENCUENTRO El encuentro fue con un gran vocerío. debajo de las trincheras del Cambaio. atendiendo las desventajosas condiciones en que se realizó. auxiliando a las máquinas impotentes a vencer esos declives.expectantes. cayendo entre las lajas. de punta a punta. despavoridos por las balas. Las tropas caminaban lentamente. confundidos los bata­ llones y las compañías. Abajo. desde lo alto de las rudas murallas. Aprovechando ese reflujo. la línea de asalto se dispuso. La vanguardia se paró y pareció retroceder. Seguían sin aplomo. Toda la expedición cayó. Desde los escondrijos. Tropezando. de descargas. los acostumbrados vivas al Buen Jesús y al Conselheiro se mezclaban con apostrofes insolentes y palabrotas escandalosas y entre otras. los plazas arreme­ tieron y luego. los cañones bombardearon a los matutos a quema ropa y estos. los ojos fijos en las columnas aún dis­ tantes. las líneas se rompieron ante los obstáculos del terreno. desde los despeñaderos y las vertientes. los dedos presos en los gatillos de las carabinas. El avance fue desordenado. sin el mínimo simulacro de formación. se desbandaron instantáneamente. tenien­ do a la derecha al 9? y a la izquierda al 16° y la policía bahiana.

Para esto se disponían de a tres o cuatro. ora agrupados. o repartiéndose en pequeño número. las carreras. cayéndose y levan­ tándose el tirador fantástico. sentados en lo hondo de la trinchera. en un vaivén de avanzadas y retrocesos. Descargaba sus armas a quema ropa sobre los fanáticos diseminándolos. aliada al pequeño alcance de las armas sertanejas. rodeando a un tirador único. reaparecieron lós sertanejos. cayendo mal heridos hasta en medio de los plazas que los remataban a golpes. veloces. Las secciones avanzadas ascendían más rápidas por las barrancas conquistando el terreno hasta que otra irrupción repen­ tina del adversario las tomaba de frente y tenían que parar o retroceder. . Parecían dispuestos en dos clases de luchadores. los saltos. bajando. por el techo de la sierra. circunstancia que. sucesivamente. a las carreras. apare­ cían y desaparecían. ora desfilando en filas sucesivas. de bru­ ces. era el jefe. agravando el tumulto. Estos superaban de modo ingenioso la carencia de armas y el lento proceso de carga de las que poseían. Comandaba las maniobras. más lejos. baleado y otra vez resurgía.ataduras. utilizando trampas de facineroso viejo en las correrías del sertón. surgiendo y desapareciendo. empujándolos en grandes corre­ rías por los cerros. y los que per­ manecían firmes en sus posiciones. La mayor parte reaccionaba. apuntándoles con su espingarda. sacudiéndose de encima canastas y cajones. En lo alto. Los sertanejos le imitaban los movimientos. sin que las animasen los oficiales acobardados. Los acompañó el resto de los troperos que huían. La fugacidad del enemigo y el terreno le daban a la tropa una distribución táctica propia. rodando traspasados de balas. Los jagunqos no las esperaban. como quedaron la mayor parte de las balas destinadas a Canudos. huyendo. por las cumbres. Joáo Grande. Con la certeza de su inferioridad en armas. Las cargas morían en los escarpados. sordos a la intimación hecha con los revólveres gatillados. Hacían blanco de nuevo. Entre ellos se veía a un negro corpulento y ágil. atacando. invulnerable. Los proyectiles de las mannlichers estallaban azarosamente en la osa­ menta rígida de la sierra. Los únicos tropiezos eran las asperezas del suelo. los que se mo­ vían. por las manos del cual pasaban. cuyos nombres alabaron los partes oficiales pero no los comentarios de sus compañeros. subiendo. Otra vez lo veían caer. volvió a la expedición casi indemne. A veces desaparecían por completo. Este ardid fue en seguida descubierto por las diminutas fracciones atacantes que se aventajaron hasta las cañoneras más altas. terrible. parecían desear que allí quedasen. llenas de espanto. desaparecían al galope por los taludes agrestes. ora dispersos. en seguida lo sustituía otro. Evitaban la pelea franca. las armas cargadas por los compañeros invisibles. De modo que si alguna bala mataba al tirador. Los soldados lo veían caer y prontamente reaparecer.

era resultado del coraje ciego junto a la más com­ pleta indisciplina de fuego y se comprende que. según un espectador del cuadro * — probable­ mente los que hicieron las últimas cargas con sus trabucos. empujada a pulso. sobre los desgraciados. mano a mano. más tarde. mez­ clados ahora con las avanzadas de la tropa. frente a una banda súbitamente congregada. La brió de arriba abajo. sepultándolos. Después de tres horas de lucha. rigurosamente contados. . Les cortó el paso la explosión del cañón destrozando a los primeros y haciendo huir al resto a sus primitivas posiciones. Lo aprovecharon. La tierra protectora les daba a los vencidos el último reducto. La granada partió levemente des­ viada del blanco y fue a golpear en una de las junturas en que se engas­ taba la piedra. en golpe sordo. . avanzaron contra la artillería. Los perseguían. En movimiento heroico. En él se recostaron muchos sertanejos — cerca de cuarenta. Contingentes mezclados de todos los cuerpos saltaban finalmente sobre las últimas trincheras. temerario. * Dr. médico de la expedición. semejantes a un dolmen abatido. per­ diendo al oficial que hasta allí los había llevado. El bombardeo se redujo a un tiro.Por fin. turbas sin comando. En cambio. Sus cabos de guerra fueron los cabos de escuadra. sin embargo. las pér­ didas eran pocas: cuatro muertos y veintitantos heridos. Y su perfil de gorila se destacó. los sertanejos dejaron ciento quince cadáveres. el rudo cabecilla dispuso el encuentro defi­ nitivo. Venceslau Leal. Sobre los jagungos en fuga arrojaron car­ gas en desorden: soldados en grupos. Allí. . una piedra inmensa. se levantaba. La algarabía tumultuosa tuvo un final teatral. a lo que parece. disparando al azar en una fanfarria irritante y una alacridad feroz de montoneros. Abrieron sobre sus perseguidores un tiroteo escaso y los hicieron pararse un momento. La dilató. sobre la barranca agreste. . EPISODIO DRAMATICO Había sido una hecatombe. La cosa estaba hecha. Abajo. Albertazzi. obligando a la preparación de la artillería dispuesta a bombardear al pequeño grupo temerario. un muro de roca viva. la montaña estaba conquistada. Fue al volver de los últimos picos de la sierra. oblicua y mal sostenida por uno de sus puntos al suelo. la orden del día diese preeminencia a los plazas graduados. la artillería empezó a moverse. Los jagungos se les escapaban. . Este lugar cubierto tenía a su frente. Culminó con un episodio trágico. La victoria. Y el bloque despegado cayó pesadamente. . Frente al desperdicio de municiones. . presa entre otras dos.

. Se reeditó el episodio de Uauá. los expedicionarios estaban en orden de marcha y tenían las armas prontas para la réplica que se realizó en descargas nutridas. por las horquillas. por los fierros de los carros. Sería un aldabonazo sobre las puertas de la aldea. afectos a las correrías veloces por las montañas. apenas paliaron su sed en el agua impura de la minúscula laguna del Cipó. las columnas dispusieron el avance sobre la aldea. como si el disparo hubiese sido una señal para ellos. anunciando la estrepitosa visita. Cansados por la refriega y hambrientos desde la víspera. casi al borde de la aldea. hasta entonces esquivos. SEGUNDO ENCUENTRO Sin embargo. El tiro partió. Lo hicieron con las fatigas acumuladas y con la ilusión engañadora del reciente triunfo. Se adoptó entonces el mejor de los arbitrios. . después de un cuarto de hora de ejercicios sobre el terreno que es allí despejado. y formadas temprano. Acamparon. . cada vez más cansados. los últimos defensores del Cambaio se iban hacia Canudos. . los sertanejos surgieron gritando. Abandonando las espingardas por las aguijadas. Y por primera vez. por las hoces.La marcha se reanudó. se advertía por lo raleado de los tiros. Adelante. disparar el Krupp en dirección de Canudos. Felizmente. Un shrapnell atascaba uno de los cañones y no había forma de extraerlo. La arremetida los llevó hasta las separaciones de cada pelotón. Se metieron por las caatingas y se aproxima­ ron al campamento. . Porque la nueva de la batalla había llegado a la aldea con los huidos y para quebrar el ímpetu del invasor. Pero los jagungos no retrocedieron. Y la tropa fue asaltada por todas partes. por los facones de hoja larga. todos a un tiempo. La tropa dormía bajo la guardia terrible del enemigo. y no siguieron aprovechando el ímpetu de su marcha persecutoria. desaparecieron. Por fin. los soldados veían de cerca las caras trigueñas de sus antagonistas. IV EN LOS "TABULEIRINHOS” Las columnas llegaron a la tarde a Tabuleirinhos. al amanecer nada lo reveló. . gran número de luchadores partían de allí. De modo que no advirtieron a su alrededor la ronda de los jagungos. Sobrevino un pequeño contratiempo. . A la noche lo rodearon.

Al frente iba un mameluco fuerte — cara de bronce afeada por la pá­ tina de la viruela— de envergadura de gladiador. atacaban a los contrarios con proyectiles groseros — puntas de cuernos. Vol­ vían a su habitual sistema guerrero que era prolongar indefinidamente la acción. volvían a sus tácticas de aparecer y desaparecer en los claros de las matas. asaltandos y asaltantes mezclados. en un retroceso que no era fuga. anteponiendo las espingardas que cargan piedras y los trabucos de caño ancho a las Mannlichers fulminantes. a golpes. sin armas. las municiones pródigamente gastadas en la hazaña perjudicial del * Los incidentes de esta jornada los debo a la Comunicación fidedigna del Dr. El desastre parecía inminente. . Le quedaba a los invasores un recurso final salido de su desespera­ ción: avanzar cambiando el campo de lucha y caer sobre la aldea. en una inter­ acción fatigante de los mismos incidentes hasta el agotamiento completo del adversario que. caería finalmente vencido por el cansancio de las minúsculas victorias. Murió matando.La primavera víctima fue un cabo del 9°. un torbellino de cuerpos enlazados. La situación parecía insuperable. ronquidos de pechos aplastados. las fuerzas perdidas en arre­ metidas locas contra el vacío. La lucha fue cuerpo a cuerpo. La ola asaltante pasó sobre los dos cadáveres. Lo detuvo el comandante. con los puños adormecidos y flojos por la multiplicación de los golpes. a puñetazos. que parece haber sido el mejor soldado de su propia expedición. El cañón retomado volvió a su posición primitiva. Reno­ vaban el duelo a distancia. brutal. clavos— de su vieja herramentería de la muerte. se arrojó sobre el grupo. Apenas repelidos los jagungos. estertores de muertos. Este terrible campeador quedó desconocido para la historia. sin peripecias. dándole un carácter más serio que el anterior ataque violento. desde hacía mucho en desuso *. El jagungo que lo mató con su picana de vaquero. Pero en la marcha de tres kilómetros. Nuevamente esparcidos e intocables. lo que es tener coraje!”. como si quisiese estrangular al monstruo: "¡Miren. Pero no la imprecación altiva que arrojó sobre el vocerío de los otros. piedras. Animó valientemente a sus compañeros atónitos y dándoles el ejemplo. con los guerrilleros a la espalda y quizá otros refuerzos saliéndoles al paso. de donde salían estertores de estrangulados. relativamente incólume. al saltar sobre el cañón que abarcó con sus brazos musculosos. Albertazzi. Pero las cosas no mejoraron. que sobresalía del tumulto. Su nombre se perdió. haciéndola volverse cruelmente monótona. Los guardias de la pieza retrocedieron despavoridos mientras él rodaba con el cañón arrastrándolo a mano. quedó traspasado por su bayoneta. canallas.

Alrededor. Joáo Abade había reunido el resto de los hom­ bres válidos. advertían el silbido tenue de las balas y no divisaban al enemigo. se habían alarmado. partiendo en trayectorias altas. en medio de la gente de Joáo Abade. aquí. por el centro de la legión sorprendida. Estos proyectiles perdidos pasa­ ban sobre los combatientes e iban a caer más adelante. La tropa había perdido cuatro hombres. ya previendo las consecuencias que tendría la llegada de los soldados cayendo de golpe sobre la beatería miedosa. tal vez hubiese sido la victoria. Algún tiempo después de haberse traba­ do el combate de Tabuleirinhos. pun* E l Dr. De modo que. tal vez se terminasen y no podía ultimarse la empresa con choques de armas blancas con la atonía muscular de los soldados ham­ brientos y fatigados. los cerros más próximos se veían desnudos. dando de lleno en su superficie. Uno de los médicos * había contado rápidamente trescientos cadá­ veres 251. veían caer fulminados a sus compañeros. estaba excluida la hipótesis de un bombardeo preliminar. La retirada se imponía urgente e inevitable. cerca de seiscientos. Pero el atacar la aldea arrostrando todo. los habitantes de Canudos. las pérdidas de uno y otro bando estaban fuera de todo paralelo. excluidos treinta y tantos heridos. en la mayor parte de los casos. los tiros. a los que se sumaba la carga de setenta heridos que se movían en total desorden. desiertos. Reunida en plena refriega la oficialidad. perplejos. LA LEGIO FULMINATA 2 5 2 DE JOAO ABADE La retirada fue la salvación. los soldados apuntaban al azar. Además. . Y las balas bajaban. A mitad de camino la columna fue inopinadamente alcanzada por las balas. mostraba siniestramente en el pardo oscuro de la tierra requemada las manchas de la sangre. Everard Albertazzi. los arbustos ralos no permitían refugio. mientras los contrarios fueron diezmados. de costado. Los jagungos. pues solo quedaban veinte tiros de artillería. Tirando contra los primeros agresores en el lugar del en­ cuentro. La última fue aceptada bajo la condición de no dejar una sola arma. allí. Como en la víspera. Se había coloreado el agua impura de la laguna del Cipo y el sol. Descubramos — siguiendo las deposiciones testimoniales— uno de los casos originales de esa campaña. un solo herido y un solo cadáver sin sepultura. . . el comandante definió la situación optando por uno de las dos puntas del dilema: proseguir la lucha hasta el sacrificio completo o su inmediato abandono. Esta retirada era totalmente contrapuesta a los resultados directos del combate. de frente. para salir en refuerzo de los compa­ ñeros.Cambaio. se lanzaban según el alcance máximo de las armas. impresiona­ dos por la intensidad de los tiroteos.

Se precipitaron desaforadamente hacia Canudos donde. V RETIRADA Había comenzado la retirada. en busca de las caatingas. observó el poblado revuelto.tilleándola de muertos. . sin que los contuviesen los cabecillas más prestigiosos. estaría allí en breve. En ese momento sobrevino la nueva de que la fuerza se retiraba. Ni los miró siquiera. . poseedor de engendros de tal especie. rezando. . NUEVO MILAGRO DE ANTONIO CONSELHEIRO Pero Antonio Conselheiro. en el que se atropellaban prófugos los desertores de la fe y se preparó para el martirio inevitable. rezando. cargando sus pocas cosas. que en los días corrientes evitaba encararlas. Atónitos. siguiendo el rastro de los últimos defenso­ res de la aldea. originaron una gran alarma. llorando. El desorden terminaba en prodigio. pisando indomable el territorio del enemigo y conquistando a gol­ pes de armas cada una de las vueltas del camino. Terminadas las esperanzas del triunfo. Subió con media doce­ na de fieles hasta los andamiajes altos de la nueva iglesia e hizo retirar la escalera. Fue un milagro. implorando la presencia del evangelizador. el pueblo ingenuo perdió en momentos las creencias que le habían inculcado. atravesando rápidos las callejuelas. volvieron los ojos hacia el cielo cruzado por las parábolas invisibles y nadie los pudo con­ tener. por las circunstancias que le encuadran es uno de los episodios más emocionan­ . La retirada del mayor Febrónio. agitando sus relicarios. Bandas de fugitivos. como una lluvia de rayos. le restaba al infeliz ejército el recurso de oscilar entre la derrota y la victoria. el apóstol esquivo. No había engaño posible. En cuanto a las mujeres. clamando. se daban a la fuga. imprecando. Un asombro supers­ ticioso ensombreció las caras más enérgicas. El encanto del Conselheiro se quebró. al llegar. . se agrupaban ante las puertas del Santuario. en una lucha sin éxito en la que el vencido vence en cada paso que consigue avanzar el ven­ cedor. Enloquecido de miedo. el enemigo. a gritos. en esos momentos estableció una separación total. Los grupos quedaron abajo. a sollozos. si por lo restringido del campo en que se realizó no se puede equiparar a otros hechos memorables.

como una turba vengadora de demonios salidos de entre una multitud de espectros. oficiales y plazas jornalizados estaban nivelados por el mismo sacrificio. dejando actuar solamente a su formidable arma: la tierra. gran número de lastimados apenas podían cargar sus armas. . con el mismo arrojo con que. se extendía un camino de cien kilómetros. Allí estaba el mismo camino peligroso. El curiboca que había partido su carabina o perdido su aguijada en el torbellino. . Pajeú. . feroz y temerario. un singular caso de retroceso atávico. mezclados con los soldados. Los soldados se habían batido durante dos días. el más serio de las guerras. Se marchaba luchando. cuyo ánimo no aflojaba. Les bastaba. el más leve resquicio de los preceptos tácticos donde sobresale la clásica formación escalonada permitiendo que las unidades cobatientes se alternarasen en la réplica. las víctimas de la víspera. se veían los jagungos. ingenuo. Una sola variante: de bruces sobre las piedras. en cargas hechas sin voces de mando. sin alimento alguno. los más robustos dejaban la línea de fuego para arrastrar los cañones o transportaban a los mal heridos y agonizantes y al frente de esta mul­ titud. por el sertón estéril. simple y malo. entre los cuales mediaba el armisticio engañador de una noche de alarmas. Era el tipo completo del luchador primitivo. ladeando a las columnas. . Los capitaneaba ahora un mestizo de bravura increíble. volvieron a entrar en las gargantas del Cambaio. miraba en torno y la montaña era un arsenal. un sargento. De esta manera. prontos a largarse en violentas caídas por los declives. forma retardataria de troglodita sañudo levantándose allí. contra todas las prácticas dirigía la vanguardia. alzado en rocas puntiagudas. Allí estaban los bloques de piedra amontonados en pilas vacilantes. valiente por instinto. entre los abismos. esparcidos entre las rocas. héroe sin saberlo. poblado de trampas. El coman­ dante. los jagungos los siguieron. en su temperamento impulsivo se reunían todas las tenden­ cias de las razas inferiores que lo formaron. . . Este bárbaro distribuyó a sus compañeros por las caatingas. en las antiguas edades enarbolaba el hacha en la puerta de la caverna.tes de nuestra historia militar. mien­ tras los capitanes y oficiales subalternos se precipitaban. comenzó a desfilar por las veredas de las laderas sin que se advirtiera en este movimiento tan grave. corrían flanqueándola. Legí­ timo cafuz. Cam­ . abierto al sesgo de los contrafuertes. Producido el último choque que partió del círculo atacante. en desafío a las últimas gra­ nadas. Los sobrevivientes les pasaban ahora de por medio. acerca de setenta heridos debilita­ ban las filas. No arremetían en chusma sobre la fila. Al advertir el movimiento. brutal e infantil. La expedición había perdido totalmente su estructura militar. buscaba los puntos más arriesgados.

no resonaban y la brutalidad humana rodaba sorda­ mente dentro de la quietud universal de las cosas. oían dichos irónicos e irritantes. Fue una diversión feliz. rodaron por las bajadas perdiéndose en la noche. . . les permitió recursos defensivos más eficaces. Toda la naturaleza quedaba inmóvil en aquel deslumbramiento. El último encuentro se hizo al caer la noche. dejando veinte muertos. invadió el campamento casi al mismo tiempo que los sertanejos huían. Esta. pasaban como balas monstruo­ sas sobre la tropa despavorida. Peores que las descargas. La admirable posición de ese lugar. La agitación de dos días sucesivos de combates y provocaciones se deshacía. Hombres totalmente exhaustos corrieron delirantes de alegría a los veloces anima­ les. breve planicie unida al camino.biaba la espingarda inútil por esas armas que oscilaban. Pero las fati­ gas de la marcha la abatían más que el mismo enemigo. abajo. El sol estaba en su culminación y la luz cruda del día tropical cayendo en la región quemante y desnuda. Los luchadores. seguían como actores desgra­ ciados en el epílogo de un drama mal representado. caliente. repugnantes— en cuclillas alrededor de las hogueras. a la media luz de los rápidos crepúsculos del sertón. en una asonada siniestra. bajo una avalancha de bloques. largos silbidos y burlas ruidosas como si los siguiese una barahunda de muchachos incorregibles. no había ecos en los aires enrarecidos. La hora de las provocaciones había terminado. de pronto. . despeñándose al fin en saltos espantosos y golpeando contra otras piedras. inmundos. Prefiguraban los regalos de un banquete después de dos días de ayu­ no forzado y una hora después — andrajosos. llegaron a Bendegó de Baixo. sacándoles pedazos. Gomo simios amotinados habían convertido todo eso en un pasatiempo doloroso y en un apedreamiento. irrespirables. iluminados por la claridad del fue­ go. Al final de tres horas de marcha. dilaceraban carnes apenas cocidas como una banda de caníbales hambrientos. se salvaba a cubierto del ángulo muerto del mismo camino. flameaba. Los estampidos estallaban secos. Los jagungos dieron la última embestida con la artillería que trataron de quitarle a la tropa. abajo. Un incidente providencial completó el suceso. Fue breve pero temerario. más rápidas. Pasaban por lo alto en grupos turbu­ lentos y ruidosos. Los sertanejos no los agredían. La travesía de las trincheras fue lenta. Los mismos tiros apenas quebraban el silen­ cio. bajo el espasmo de la canícula. caían. sobre las sierras. . Un rebaño de cabras ariscas fustigado tal vez por las balas. rodaban al principio con rumbo incierto entre las escabrosidades del terreno. por el medio de la ladera. des­ pués. . Pero las ametralladoras los rechazaron y barridos por la metralla.

la enorme procesión cubría las sierras. Iluminó. Muy bajo en el horizonte.La expedición partió al día siguiente. Lentamente. ya apagados. . El fragor de los combates. volvieron a animarse las cuestas del Cambaio. todas las cavernas. Se deslizó insensiblemente subien­ do. el corte­ jo que seguía la cadencia de los rezos. la cruz res­ plandeciente de Orion 2 5 4 se levantaba sobre los sertones. Muchos luchadores. cubiertos con groseros sombreros de paja. No había un hombre sano. en tocas parihuelas de palos atados con cipos. . cargando en los hombros. Bajando a las grutas profundas y subiendo a los vértices más abruptos. oscilando en la media luz del crepúsculo. tocando con su halo rutilante los confines de las planicies lejanas y su última claridad. VI PROCESION DE PARIHUELAS Aquel mismo día. los cadáveres de los mártires de la fe. La población los recibió en silencio 25S. a medida que lentamente ascendían las sombras. todas las grutas. a la tarde. Brillaban las primeras estrellas. donde los últimos rayos centelleaban en las cumbres. a caballo de las sombras que ya se acostaban en las bajadas. Se habían escudriñado todas las anfractuosida­ des. . caminando hacia Canudos. hasta lo alto. el sol caía lentamente. vencidos por los soles bravios. El día había sido dedicado a la lúgubre exploración a la que se dedicó la población entera. . con los pies sangrando. sus ropas prendidas a los picos puntiagudos. para Monte Santo. cortados por las piedras y las espinas. A la tarde había finalizado la piadosa tarea. los recogían los compañeros compasivos. Los que cargaban a los compañeros heridos claudicaban a cada paso. temprano. otros se balanceaban sobre los abismos. El fúnebre cortejo seguía ahora hacia Canudos. éstas reful­ gieron como enormes cirios. Faltaban pocos. huyendo de la desolación y la miseria. . caía sobre el dorso de la montaña. al morir en las laderas. los que la tropa había quemado. sin embargo. algunos trágicamente ridículos. Los creyentes había sustituido a los comba­ tientes y volvían a la aldea. había cambiado por las letanías melancólicas. Las ropas convertidas en harapos. entraron en la villa como una turba de vencidos. Por instantes. ya encendidos. . todos los dédalos. fugaz. Por momentos lo aclaró. . tapando sus desnu­ deces con los capotes despedazados. . . Rutilando en la altura. habían caído por los ba­ rrancos.

. un intenso espíritu de desorden. por aventajarse en demasía al curso de una evolución lenta. hacia 1897. Y fue impotente para corregir una situación que no siendo francamente revolucionaria ni tampoco normal. Se estaba frente a una sociedad que. V — Sobre lo alto del Mario. la sociedad brasileña ofrecía un alto grado de receptividad para la intrusión de elementos revolucionarios y de dispersión. Al golpear del Ave María. Había encontrado al país dividido en vencedores y vencidos. En lo alto de la Vavéla. más adelante. Saqueos antes del triunfo. Sufriendo aún las lamentables consecuencias de la sangrienta guerra civil que había culminado una ininterrumpida serie de sediciones y re­ vueltas desde los primeros días del nuevo régimen 2 5 5 . Primeros errores. no había tenido la base esencial de una opinión pública organizada.EXPEDICION MOREIRA CESAR I— El Coronel Moreira César y el medio que lo hizo célebre. "¡Acelerando!”. El gobierno civil. coincidía con un momento crítico de nuestra historia. Ataques. desde las conspiracio­ nes incesantes a los repetidos estados de sitio. como efecto predominante. desde la máxima flojedad a la máxima rigurosidad. Nuevo camino. parecía reflejar el contraste entre su imperfecta organización intelectual y su incomprendida organi­ zación política. como si éste. propagar sobre el país. Una mirada sobre Ca­ nudos. que se había aquietado en el marasmo monárquico. Ciudadela trampa. Pitombas. alguien se ponga a definir a la luz de expresivos documentos. iniciado en 1894. repelía por igual los recursos extremos de la fuerza y de la influencia serena de las leyes. marchando a los saltos. V I— Re­ tirada. imprevisto para todo el mundo. Psicología del soldado. Primera expedición regular. III. precipitando a la República por un declive donde los desastres aparecían con un ritmo que delataba la marcha cíclica de una enfermedad. desbandada. Retroceso. Dos tarjetas de visita a Antonio Conselheiro. la intere­ sante psicología de aquella época. I MOREIRA CESAR Y EL MEDIO QUE LO HIZO CELEBRE El nuevo fracaso de las armas legales. Cuando.— Partida de Monte Santo. Un arsenal al aire libre y una diversión cruel. Cómo la aguardaban los jagungos. demostrará la inadaptación del pueblo a la legislación superior del sistema político recién inaugurado.— El primer encuentro. IV — El orden de batalla y el terreno. tuviese. 11. fuga.

la ahogaba. había agravado la inestabilidad social y se había vuelto en cierta manera contraproducente. Pero al vencer la indisci­ plina resultante de las sucesivas sediciones. actuaba totalmente alejado de la amplitud de la opinión nacional. del Mariscal Floriano Peixoto. porque su figura aún hoy es un intrincado enigma. En los momentos de crisis apelaba incondicionalmente a todos los recursos. vuelta un sofisma. a todos los medios y a todos los adeptos. haciendo de la legalidad la síntesis de sus designios. El gobierno anterior. se constituyó en vehículo propicio de transmisión de todos los elementos condenables que cada ciudadano. Nada podía detener esa decadencia. las mayorías conscientes pero tímidas. salvando pocas excepciones. Traían el irreprimi­ ble movimiento de una carrera fácil y vertiginosa como para detenerse de súbito: se infiltraron en la nueva situación. tan bien expresada en el "mimetismo psíquico” de que nos habla Scipio Sighele 2 5 8 . prontos a explotar. Venció al desorden con el desorden. tomaban en parte la misma imagen moral de los medio­ cres atrevidos que se les ponían al frente. Destruyó y creó revoltosos. habiendo nacido de una reacción contra un golpe de estado violador de las garantías constitucionales. había tenido una función combativa y demoledora. aisladamente. surgieron en la . por instinto natural de defensa. creó el proceso de la suspensión de las garantías. robus­ tecidos por un intenso aprendizaje de tropelías que se sentían incómodos en el plano secundario al que naturalmente volvían. Al dejar el poder no se llevó a todos los que lo habían acompañado en los difíciles trances de su gobierno. la Revuelta de Setiembre 2 5 7 . congregaba a todos los mediocres ambiciosos que. extendida a la consagración de todos los crímenes. abra­ zado tenazmente a la Constitución. Se­ gún el proceso instintivo que. en latencia. evitan las imposiciones severas de un medio social más culto. por las especiales circunstancias que lo rodearon. Entonces se pudo observar un caso común de psicología colectiva: tomada de sorpresa. la mayor parte del país. inerte absolutamente y neutral. De manera que el inflexible Mariscal de Hierro 2 5 6 . Así es que. que había reunido todas las rebeldías y todos los tumultos de los años anteriores. Se quedaron muchos agitadores. entre las pasiones e intereses de un partido que. Y al vencer. aunó. invertida. se transformaba en la fórmula antinómica de una tierra sin leyes. en la esfera social evoca la herencia de una remota predisposición biológica. esa palabra. deploraba. anulada. Entonces. saliesen de donde fuere. dejaba que se diese el fenómeno contrario: la significación superior de los principios demo­ cráticos decaía. quizá involuntariamente. en los últimos días de su gobierno. los gérmenes de los levantamientos más peligrosos.De manera que siéndole imposible sustituir el lento trabajo de la evo­ lución para levantar la primera al nivel de la segunda. deshizo la misión a la cual estaba dedicado. violando flagrantemente un programa preestablecidos.

según el modo extre­ mista e incoherente de juzgar de la época. que aumentaba la gravedad de la lucha en los sertones. indi­ vidualidades que en las situaciones normales caerían bajo el peso de su ridiculez. el gobierno no encontró nadie mejor que pudiese equili­ brar las graves exigencias. No les bastaban las divisiones per­ manentes ni los asustaba una situación económica desesperada. La retracción criminal de la mayoría pensante del país permitía todos los excesos. era quien parecía haber heredado la tenacidad del gran vencedor de revueltas. desde el movimiento abolicionista hasta la procla­ mación de la República. en que permanecían vivos los mínimos incidentes de la guerra civil extendida desde la bahía de Río de Janeiro hasta el sur. hecho de aclamaciones y apodos. donde había sido el principal actor en el epílogo de la campaña federalista del Río Grande. De todo el ejército. ilógicamente. en ese barajar. Ante la noticia del desastre. tenía un excep­ cional renombre. querían aumentar aquéllas y volver a esta última insoluble. y en esa inestabilidad. lo que de hecho se hacía en todos los tonos. felizmente transitoria y breve. Recién llegado de Santa Catarina. Sin ideas. Antonio Moreira César. sin orientación ennoblecedora. La tumba del Mariscal Floriano Peixoto se convirtió en la prenda de alianza de los rebeldes y el nombre del gran hombre fue la palabra de orden del desorden. sobre todo en las calles. Entre dos extremos. en la imprenta y en las calles. lo cortejaban. la opinión pública nacional oscilaba manejando los conceptos más dispares para aquilatar a vencedores y vencidos. Y como el ejército se erigía. . aquellos agitadores comenzaron a vivir de la explotación pecaminosa de un cadáver. Lo eligieron como nuevo ídolo. Alrededor del nombrado se había urdido una leyenda de valentía. las mediocridades irritativas consiguieron imprimir a esa época. y en medio de la indiferencia general. El fetichismo político exigía muñecos de uniforme. en elemento moderador de las agitaciones nacio­ nales. el arrojo de Gumercindo Saraiva y la abnegación de Gomes Carneiro 259. Lo escogió como jefe de la expedición ven­ gadora. el rasgo más vivo que la caracteriza. por la Revuelta de la Escuadra. en esa fogosa expansión de nuestra sospechosa sentimentalidad.tribuna. lo atraían afanosa e imprudentemente. enlazados en un círculo estrecho de ideas en donde el dudoso entusiasmo por la Repú­ blica se aliaba con un nacionalismo extemporáneo y la grosera copia de un jacobinismo poco lisonjero para la historia. un coronel de infantería.

estaban velados por una reserva cau­ telosa y sistemática. ambicioso. como intrusos sor­ prendidos. envueltos en panegíricos y afrentas. Apretado en el uniforme que raramente abandonaba. y mal iluminado por una mirada mor­ tecina. maneras corteces y algo tímidas. cruel. vengativo. velada de permanente tristeza. dedicado. entraban de repente. el Mariscal Floriano Peixoto. unas y otras en el grado máximo de intensidad. rígida. del cerco memorable de La Lapa. en el soldado. Era un alma pro teiforme encerrada en un organismo frágil. como un molde de cera. son las bases físicas del coraje. destinados a la suprema consagración de una placa en la esquina de una calle. Tenía con él la afinidad de inclinaciones idénticas. Entre ellos. apareciendo entre fervientes ditirambos. de la sangría de Inhanduí. Era tenaz. a los empujones. adentro de la historia. Los héroes inmortales de un cuarto de hora. Al verlo se sorprendían por igual admiradores y adversarios. en la lasitud de los tejidos. la chaqueta con­ feccionada para hombros de adolescente frágil. le estropeaba más la postura. En esa individualidad singular chocaban antinómicas.con todos los colores y bajo variados aspectos. impasible. sin embargo. Nada. de los pedregales del Pico do Diabo. Aquellos atributos. Irrumpían a granel. Su aspecto le reducía la fama. pa­ ciente. era la caricatura del heroísmo. viviese el campeador brillante. sin que se pudiese saber si eran bandidos o santos. el coronel Moreira César era una figura aparte. maldecidos todos. Le faltaban el aplomo y la complexión que. como Luis XI hubiese . Sólo un hombre los percibió o los descifró bien. revelaba la energía sorprendente y la temible entereza de que diera pruebas. Lo aprovechó en la ocasión oportuna. leal. tendencias monstruosas y cualidades su­ periores. Los grandes paroxismos de la cólera y la alegría más fuerte. De figura diminuta — un tórax raquítico sobre dos piernas arqueadas en paréntesis— era orgánicamente inepto para la carrera que había abrazado. ironías diabólicas e invectivas despiadadas. Quizá porque era las dos cosas al mismo tiempo. Una fisonomía inexpresiva y mórbida completaba su ingrato y exiguo porte. Era una cara inmóvil. absolutamente nada. Se justificaban tanto los aplausos como las invectivas. en aquel rostro de convalesciente sin una línea original y firme: pálido. debían morir allí inadvertidos. o del marcial platonismo de Itararé 260. No tenía los rasgos característicos del uno ni del otro. A los que lo veían por primera vez les costaba admitir que en ese hombre de gesto lento y frío. Eran legión. dejándola siempre fijamente inmóvil. o el demonio cruel que idealizaban. alargado por la calva en que se prolongaba la frente abombada. de la carnicería de Campo Osorio. con la impenetrabilidad derivada de su atonía muscular. Todos queridos.

decidieron la justicia fulminante y de­ sesperada del linchamiento. por suerte detenido a tiempo. la dedicación extrema desaparecía ante el extremo odio. de tiempo en tiempo. habiendo rozado al Ejército con algunas de las indecorosas alusiones que abarcaban por igual a todas las clases. desde el último de los ciudadanos al monarca. si pudiese encajar en la bravura novelesca del Ca­ ballero Sin Mácula las astucias de Fra Diábolo 2 6 \ Moreira César estaba lejos de la nobleza del primero y más lejos aún de la decadencia moral del último. su serenidad se quebraba por los movimientos impulsivos de la enfermedad que sólo más tarde. un aspecto original e interesante. contra un oficial argentino por cierta palabra mal entendida— destacamos los más conocidos. definido por una sucesión elocuente de acciones que aparecen punteando períodos de calma cada vez más redu­ cidos. Si pudiéramos seguir su vida. la calma soberana en rabias repentinas y la bravura caballeresca en la bárbara rebeldía. no es una imper­ donable exageración considerarlo una mezcla reducida de ambos. algunos oficiales. Pero. Sería largo enumerarlos. además del peligro de contribuir al arsenal de versiones exageradas o falsas. En su alma. lamentablemente. y constituyen las señales de la curva inflexible hasta que lo arrebataba la fatalidad biológica. Entre sus compañeros de armas eran conocidos esos significativos episodios que.aprovechado a Bayard. Un periodista 262. Tenía el temperamento desigual y bizarro de un epiléptico compro­ bado que encubría la inestabilidad nerviosa del enfermo con una placidez engañosa. allá el ataque a cuchillo. aparte de los casos dudosos. se develó completamente en las manifestaciones físicas de los ataques. en Río de Janeiro. Sin embargo. asistiríamos al desdoblamiento continuo del mal que le imprimió. o mejor dicho. Fue en 1884. Una cosa grande e incompleta. un alucinado. actuando libremente gracias a la laxitud de las leyes repre­ sivas. había creado un escándalo permanente de insultos intolerables en la Corte del Antiguo Imperio. como supremo recurso. Uno sobre todo puso de relieve su energía salvaje. . definidos siempre por el rasgo preponderante de vías de hecho muy violentas — aquí el ultraje a reben­ cazos de un médico militar. interferían en la línea de una carrera correcta como pocas. a causa de conmociones violentas. A veces. precisamente en la fase crítica en que debía definirse como héroe o como malhechor. como si la evolución prodigiosa del predes­ tinado se hubiese detenido antes de la selección final de los raras carac­ terísticas con que lo equipara. Era un desequilibrado. con ritmo regular. como a otros compañeros de desdicha.

por fin. acerca de los cuales era completamente muda la fe de oficio del burócrata inofensivo y tímido. sin la mínima deferencia. alabado por el desempeño de misiones pacíficas. el primero quizá en acuchillar a la víctima por la espalda. semejaba un triunfador. Impresionaron tanto a la opi­ nión pública nacional que. Y fue el más decidido. el hombre para las crisis peligrosas y para las grandes teme­ ridades. ya gra­ duado. Resultado: en ningún lugar de nues­ tro territorio pesó tan firme y tan estrangulador. y teniendo en su hoja de servicios elogios merecidos por varias comisiones ejemplarmente cumplidas. La respuesta por telégrafo fue rápida. Su figura de niño atravesaba los cuarteles y las calles envuelta en un murmullo simpático y elogioso. todavía joven. Esta salió de la vaina. como una barrera para detener el conflicto que se había reanimado en el sur y amenazaba a los estados limítrofes. En los días aún vacilantes del nuevo régimen. el capitán Moreira César. en un comentario lisonjero de los grandes lances de su vida. a Santa Catarina. el Mariscal Floriano Peixoto lo envió. un dardo que dio de lleno en la curiosidad imprudente de los poderes constituidos. de esa Siberia canicular de nuestro ejército. delante de la justicia resguardada por los Comblains de toda la fuerza policial en armas. Un "no” simple. sin una explicación. seco. En 1893. armado de poderes discrecionales. exacta­ mente en el momento en que ella. sentado al lado de la autoridad superior del propio ejército. Los fusilamientos que allí se realizaron. el más cruel. porque había saltado velozmente tres grados en dos años. en los últimos años de su existencia. con un triste aparato de imperdonable maldad. turbulenta. figuraba. terminada la revuelta. se había acogido a la protección inmediata de la ley.Así se hizo. atrevido y cor­ tante. sin un rodeo. en los documentos de la profesión guerrera aparecía lo implacable de una existencia accidentada. Lo vimos en esa época. al declararse la Revuelta de la Armada. en un carruaje. . sólo volvió después de la proclamación de la República. en la que no raras veces. el gobierno civil recién inaugurado pidió cuenta de tales sucesos al principal responsable. Meses después lo llamaron a Río de Janeiro. Por singular contraste. Y entre los subalternos encargados de ejecutar la senten­ cia en plena calle. alrededor de los treinta años. el gobierno parecía desear tener cerca de sí a aquel firme sostén. el guante del estado de sitio. El crimen le trajo la transferencia hacia Mato Grosso y. relampaguaba el cuchillo al lado de la espada total­ mente virgen. en pleno día. Todavía era capitán y aunque nunca había desenvainado su espada en un combate. hablan a las claras.

ante la sorpresa de sus mismos compañeros. De modo que. Realmente. la epilepsia se alimenta de pasiones. el 7*?. y su identidad está en que objetivaron la misma neurosis. eso no disminuía su prestigio. en manifiesta violación de la ley. en lo que la víctima trata de eludir instintivamente al propio mal. organizó el mejor cuerpo del ejército. precisamente en la víspera del día fijado en detalle para la marcha. Contenido el brazo homicida o inmovilizado de golpe el héroe en su arremetida glo­ riosa. . prende al comandante. más repetidos y ostentosos en un creci­ miento inflexible. en una nave mercante y en pleno mar. y tres días más tarde. extremados por dos ímpetus impulsi­ vos: la partida caprichosa de Monte Santo. La acción sería absolutamente inexplicable si no la caracterizáramos como un aspecto particular de la desorganización psíquica de que era víctima. o se traduce en una alienación apenas efectiva. la sos­ pecha de una traición. sin que para eso hubiese el mínimo pretexto. entre los cuales. . precisa­ mente en la víspera del día señalado para el asalto. demostraba cualidades eminentes y excepcionales de jefe disciplinado e inteligente. Habremos de verlos en seguida. buscando el crimen muchas veces como vía de escape de la locura. el enfermo puede aparecer. Sin embargo.Se embarca con su batallón. cuando todavía está larvada. escondida sorda­ mente en las conciencias. parece tener en la libre manifestación de aquéllas una derivación salvadora que atenúa sus efectos. . porque en sus extensos períodos de lucidez. de un desvío en la ruta. con estupor de su mismo estado mayor. Se hizo dueño del batallón que comandaba. se entregó a una serie de desatinos que culminaron en una catástrofe. se puede decir que muchas veces. de mil y tantos hombres exhaustos por una carrera de leguas. por fin. sucumbiendo al acceso. crece cuando se ex­ panden las emociones súbitas y fuertes. dispuesto adrede para hacerlo prisionero a él y a sus soldados. Fueron una revelación. Con un imperio incondicional. lo abasteció con un personal que sobrepasaba en mucho el número regular de plazas. es el equivalente mecánico de un ataque. había decenas de niños que no podían cargar las armas. Estos últimos hechos. sin exagerar. tuvieron la intermitencia de los ataques. el ataque contra la aldea. De ahí esos actos inesperados. Estos se volvieron. Se vio que todos los accidentes singulares de su inconexa existencia. un crimen o un acto de heroísmo. en contraste con los inter­ mitentes momentos de exaltación y paroxismo. eran señales significativas que indicaban un diagnóstico único y se­ guro . incomprensibles o brutales. de improviso. ex abrupto 26 S. Lo había asaltado. Nombrado para la expedición contra Canudos. pero.

un potencial de locura inestable. el coronel César se destacaba con fuerte relieve. con el . La inteligencia. Doblemos esta peligrosa página. pronto a desatarse en acciones violentas que lo pueden llevar al crimen o accidentalmente. entonces. Pero la lucidez. con 28 oficiales y 290 pla­ zas. Y lucha tenazmente. Es temprano todavía para que se defina su altura. cerca de 140 soldados del 33? y el 9? de infantería. una batería del 2? regimiento de artillería. que nadie advierte. el 7? de infantería. El enfermo. los degenerados peli­ grosos fascinan con igual vigor a las multitudes estúpidas. Los intervalos lúcidos le sirven de punto de apoyo para la vacilante conciencia en su búsqueda de motivos inhibitorios. se había ejercitado el dominio del caput mortuum2 6 4 de las sociedades. el coronel Moreira César salió el 3 de febrero hacia Bahía. como si la nulidad de su pasado hiciera sobresalir mejor la energía feroz desdoblada en los últimos años. . deformándose. Despuntaban efímeras individualidades y entre ellas. cae en un estado crepuscular. Entre nosotros. relativa a la bajeza del medio en que surgió. como si fuese la suma de todos los delirios anteriores. En esta ocasión le cabe a la sociedad darle la púrpura o el chaleco de fuerza. que ni ella advierte a veces. a la gloria. Porque el principio general de la relatividad abraza las mismas pasiones colectivas. PRIMERA EXPEDICION REGULAR De conformidad con la invitación que le fuera hecha. En la apreciación de los hechos el tiempo sus­ tituye al espacio para formalizar las imágenes: el historiador necesita cierto alejamiento de las épocas que observa. y un escuadrón del 9? de caballería. . no capta las condiciones exteriores o las relaciona mal y va decayendo. finalmente. llevando su batallón. bajo el mando del capitán José Agostinho Salomáo da Rocha. uniéndose partes de otros tres cuerpos: el 16? que estaba en San Joao d’El-Rei 2 6 5 . Si un gran hombre puede imponerse a un gran pueblo por la influencia deslumbrante del genio. en una serie de delirios fugaces. bajo la dirección del mayor Rafael Augusto da Cunha Matos. se debilita. perturbándose. Las tres armas formaban el núcleo de la brigada constituida con la celeridad que las circunstancias imponían. y condensa en su cerebro.Durante mucho tiempo está sumido en una semiconciencia de su estado. poco a poco. según una acertada expresión. de donde salió dirigido por el coronel Sousa Meneses. sintiendo crecer la inestabilidad de su vida. en una eva­ luación cada vez más penosa de las condiciones normales del ambiente. con el capitán Pedreira Franco.

fuertemente provistos con quince millones de cartuchos y setenta tiros de artillería. El jefe expedicionario no se detuvo en Bahía. Siguió con la misma velocidad. La misma vertiginosidad de los levantamientos militares estaba más acá de esa misión precipitada. bases medidas a ojo. no les era posible elegir los puntos estratégicos para afirmar una línea de operaciones.coronel Pedro Nunes Tamarinho y pequeños contingentes de la fuerza estadal bahiana. "1^ base de operaciones”. Dejando en Queimadas. Pero había llegado bajo malos auspicios. donde el 20 ya estaba pronta para el ataque. la legua. aunque cono­ cían el diagnóstico que afectaba seriamente la firmeza y las responsa­ bilidades del comando general ante las severas condiciones de la lucha. cerca de Quirinquinquá. adscrita a reglas fantásticas. estaba toda la expedición congregada. señales ambiguas según la disposición de determi­ nadas sierras. Los ingenieros militares Domingos Alves Leite y Alfredo do Nascimento. Reunidas todas las fuerzas que allí lo esperaban. tuvieron una semana para reco­ nocer un terreno desconocido y áspero. Esto en el menor tiempo posible. propio de un comisario policial enérgico: lanzar a paso redoblado mil y tantas bayonetas contra Canudos. de estimativa . En la exigüidad de tal plazo. anotaban así extensiones en base a una unidad traicionera. Monte Santo. una platónica guarnición de 80 enfer­ mos y 70 niños que no soportaban el peso de las mochilas. y había sido de tal carácter. distancias registradas en los punteros de los podómetros metidos en las botas de los apresurados operadores. Es natural que las operaciones no fuesen concertadas con la indis­ pensable lucidez y que las deformasen desde el primer paso todos los errores y explicables descuidos e inexplicables olvidos de preceptos rudi­ mentarios. agregados a la brigada. donde sólo cinco días después de haber partido de la Capital de la República el 8 de febrero. casi 1. se negaron a la menor deliberación al respecto. tenientes del estado mayor de primera clase. de inmediato salió para Queimadas. Estos se guiaban preguntando a los escasos habitantes de los lugares recorridos. Los principales jefes de cuerpos. La movilización había sido un prodigio de rapidez. Un día antes. cautelosos y tímidos. El coronel Moreira César llegaba al objetivo de la campaña condenado por los mismos médicos que estaban bajo su mando. bajo el comando de un teniente. ya rudamente corregidos o expuestos con la mayor claridad en los desastres anteriores. que los cinco médicos del cuerpo sanitario previeron una repetición de lastimosas con­ secuencias. sin embargo. la enfemedad del comandante había estallado en una convulsión epileptoide en plena calle. Todas las decisiones quedaron domina­ das por un plan único. Nada se resolvió de acuerdo con las circuns­ tancias especiales de la empresa.300 hom­ bres. el grueso de la tropa siguió hacia la "2^ base de operaciones”.

dominada . de apartarse de la zona montañosa. los más impetuosos aguaceros. las fuerzas se encaminarían hacia la aldea del Cumbe. rodeando y evitando por el este los agres­ tes campos que lo detienen al norte o insensiblemente descienden hacia el Vaza-Barris formando en el ligero divortiun aquarum. al parecer. Veremos más adelante qué función cumplió. se encontrarían en el Rosario. y aguadas de existencia problemática y dudosa. Elegido este camino no se pensó en convertirlo en una línea de operaciones. Sin mayor examen fue aprobado. que se debía pasar un arenal de cuarenta kiló­ metros que en esa época. Eran 150 kiló­ metros.exagerada por el amor propio del matulo acostumbrado a largas cami­ natas. Para obviar este inconveniente. escogiéndose dos o tres puntos de defensa con guarniciones que. rumbos totalmente embarullados o líneas de ensayo en las que un error de cinco grados era un primor de rigor. faldeando la sierra de Aracati. entre éste y el Itapicuru. un mínimo de veinticinco leguas. Se iba a marchar hacia lo desconocido. porque todas las travesías por allí se limitan a un camino secular. la plenitud del verano. Nadie pensaba en la más remota posibilidad de un revés. un retroceso o una retirada. como si conociesen las capas profundas de la tierra cuando ignoraban su misma superficie. que valían por una extensión diez veces mayor. aunque fuesen mínimas. por sendas no frecuentadas. Era natural que se garantizase por lo menos la pretendida base de operaciones para que la tropa no quedase completamente aislada en el desierto. el de Bom Conselho a Jeremoabo. Envolvía al del Cambaio por el este y era más extenso en nueve o diez leguas. La travesía se presuponía larga y llena de tropiezos. Subordinaron al comandante el relevamiento hecho. y hubiese entre los expediciona­ rios algún rabdomante capaz de señalar con una varita mágica el punto exacto en que existiese la capa líquida necesaria. pero tenía la ventaja. con el antiguo camino de Magacará. Monte Santo. se eligió el nuevo camino. doblando. De acuerdo con él. Saliendo de Monte Santo. Se sabía que ésta atravesaba largos trechos de caatingas que exigían la apertura de picadas. en marcha que la contorneaba. grandes arenales sin el más leve hilo de agua. por lo despoblado y árido de la tierra. porque absor­ ben con succión de esponja. La explo­ ración realizada se había hecho por un ajustarse a esas antiguallas de la estrategia. contextura del suelo. llevaron una bomba artesiana. se tomaría la ruta hacia el norte. pero bastaba la mirada perspicaz del guía. A pesar de eso. para aclarar los problemas de la ruta. a poco rumbeando al NNO. el capitán Jesuíno. no se podía emprender el viaje sin que los combatientes llevaran provisión de agua. informes sobre acciden­ tes. en el rumbo ESE y al llegar aquí. pudiesen ofrecer resis­ tencia en caso de una derota. con sus pésimas condiciones de defensa. como hacían las legiones romanas en Túnez.

por la serranía a plomo. De modo que los jagungos. Las noticias eran ciertas. en todas partes. siguiéndolos pero sin mezclarse con los fieles. solos. desde donde media docena de enemigos sin arriesgarse. desde lo alto de las colinas. al mando de un jefe de confianza. buscando el milagro. paralíticos. y leprosos. Tenían abastecimientos y un gran entusiasmo. aumentada por los que la divulgaban. los había de sobra. moribundos ansiosos de tener su último sueño en ese lugar sacrosanto. Pero se podía presumir que lo iban a hacer cuando todas las informaciones que llegaban aseguraban de modo concordante que los sertanejos se preparaban fuertemente para la lucha. Muchos cargaban en redes a sus familiares enfermos. o ciegos. podía atacarla. trayendo todos sus haberes. la cura inmediata ante un simple ademán del tau­ maturgo venerado. de Magacará. COMO LA AGUARDABAN LOS JAGUNCOS Apenas despuntaba la mañana se distribuían los trabajos. No lo hicieron. buscando un teatro de mayor enver­ gadura para su índole aventurera y su valentía impulsiva. En tres semanas. En el correr del día. de veinte hombres cada uno. en Vila Nova da Rainha. en todo momento. hacia los varios . quedaría bajo la autoridad del coronel Meneses con una guarnición deficiente de pocas decenas de plazas. aparceros en un mismo montón con los variados tipos de la marginalidad sertaneja. podrían tomarla apenas el resto de la tropa saliese para Canudos. Llegaba toda suerte de gente: pequeños hacendados. había des­ truido las últimas vacilaciones de los creyentes que hasta entonces habían sido renuentes en ir hasta el falansterio de Antonio Conselheiro. Como en los primeros tiempos de la fundación. en demanda del paraje legandario. Se destacaban piquetes de guardias. llegaban cargueros repletos de toda suerte de provisiones directamente enviados a Canudos por los adeptos que desde lejos los mantenían. En el curso de esas pro­ cesiones se veían invariablemente. extraños. ingenuas madres de familia hermanadas con tramposas mujeres de la vida. convergiendo de todos los puntos. Brazos no fal­ taban. a bandidos sueltos. novelada ya con numerosos episodios. fácilmente. Canudos había crecido extraordinariamente. por las calles de Calumbi. Alagoinhas. La nueva del último triunfo sobre la expedición Febrónio. sin compartir el coro de letanías. de Jeremoabo y de Uauá. vaqueros crédulos y fuertes. capangas en disponibilidad. aparecían grupos de peregrinos.

Pero los jefes no se ilusionaban. finalmente. y los más despiertos. Es que los rebeldes no necesitaban enseñanzas para estos preparativos. crivaban la tierra en todos los alrededores de Canudos. de modo de for­ mar. En el ánimo de muchos asomaba la esperanza de que los dejarían. abriendo la tierra a pico y pala en una faena incesante. capaz de soportar cómodamente uno o dos tiradores invisibles. se volvería hacia los lados. en la bajada de las Umburanas y en lo alto de la Favela. extendidas a ambas márgenes del río. la rodeaban de pequeños respaldos de piedras yuxtapuestas. Escogían los arbustos más altos y frondosos. les cortaban las ramas interiores sin deshacerles la fronda. sobre todo en los largos trechos en que el camino sigue el lecho seco de los riachos. cantando. por cuyos intersticios se podían meter el caño de las espin­ gardas. de modo de seguir el combate. en lo alto de las barrancas. Y partían felices. Otros se dirigían a las obras de la iglesia. en la que se pudiese ocultar o moverse a gusto el tirador. facilitaban la tarea. Por su rapidez. hacieron otras próximas. los combatientes estarían siempre atrapados en una red de balas. cargando o amontonando piedras. ocultos en el . en la quietud de la simple existencia del sertón. Los bloques de pizarra. car­ gando armas o herramientas de trabajo. y otras más distantes e igualmente dispuestas. asaltando y conquis­ tando las trincheras que los bordeaban. Cons­ truían trincheras. Y como preveían que éstas. Así es que siguiesen el camino o lo aban­ donasen. cautelosamente. tratando de escapar de los pasajes peligrosos. como incontables cañoneras de una monstruosa fortaleza sin muros. junto a la confluencia del Macambiras. ríos excavándose en fosos y por todas partes. indagando acerca de los nuevos invasores. Olvidados de las matanzas anteriores. en delicadas comisiones. se veía a los sertanejos esparcidos por lo alto de los cerros o al borde de los caminos. un pequeño escudo colgante. En los días ardientes. Explican el extraordinario número de esos tremendos hoyos que a intervalos regulares y hacia todos los rumbos. La tierra era un modelo admirable: sierras empinándose en reductos. sacando. Preparaban la urgente defensa. Estaban situados de modo tal que. Los que en la víspera ya habían pagado su tributo al servicio común se iban hacia las insignificantes plantaciones. Por los caminos pasaban en pequeños grupos. arreglar contrabandos que se hacían con facilidad. volverían difícil la marcha de la tropa más robusta y ligera. hacia Monte Santo o hacia Cumbe o hacia Queimadas. las caatingas cerradas en trincheras naturales.puntos de acceso: en Cocorobó. confa­ bulando con los fieles de aquellas localidades para vigilar a las autori­ dades. inquiriendo sobre todo. fácilmente extraídos en todas las formas deseadas. el sistema era un ideal de fortificación pasajera: abierta una cavidad circular o elíptica. iban más lejos. a dos metros sobre el suelo. con el fin de renovar a los que habían pasado allí la noche de vigías. espiando todo. adquirir armamentos.

No terminaban aquí los preparativos. Nada más. al acecho. Entre el jagungo de Sao Francisco y el cangaceiro de los Cariris. la hacían: tenían el carbón. más hacia el norte. Respondían a una usanza antigua. concertando las piezas de las viejas espin­ gardas y pistolas. sacado a flor de tierra. Entraban por el camino principal sin que nadie les preguntara la procedencia. en bandolera. absoluta­ mente desconocidos. Día a día llegaban a la aldea singulares recién venidos. . aparecían bajo todos los matices. temperando las láminas de las facas largas como espadas. la carabina. Tenían otros dispositivos más serios.follaje. variando hasta entonces sólo en los nombres. Descubrían un cerro coronado por cantidades de grandes bloques redondos. Los reci­ bía el astuto Joáo Abade que. las abrían como estrechos postigos. No les faltaba balas. y se movían por ahí. los valen­ tones tradicionales de los conflictos sertanejos. pedazos de clavos. en las sediciones parceladas. puntas de cuernos. no sólo a los bahianos sino a los hijos de todos los estados limítrofes. allí había reunido. Los mutas * de los indí­ genas se intercalaban así completando el alineamiento de las trincheras. Y de las tiendas calientes salía un resonar metálico de activos arsenales. limpiaban después la parte de atrás. la pistola de dos caños atravesada a la cintura de donde colgaba el facón inseparable. aguzando y acerando las aguijadas. esquirlas de piedras. Venían "debaixo do cangago” : la alforja atestada de balas y el tarro de pólvora lleno. divisar los más remotos puntos. El explosivo salía perfecto. sin riesgos. no les fattaban luchadores de fama cuya aventuras que causaban asombro. en su dosis justa. libraban las junturas y brechas donde vegetaban cardos y bromelias. al par que el ins­ tinto de desorden. Por el sertón había corrido un toque de atención. cómodamente. tenían el salitre. Finalmente. No era suficiente la pólvora adquirida en las aldeas próximas. pleiteándoles la paridad en calidad de bandido. El caño ancho de los bacamartes aceptaba todo: canto rodado. la caza. En la aldea se oía la orquesta estridente de las bigornias. enmarcados por espesas hileras de gravatás. como entre corredores del monstruoso bloque dominante sobre tierras y caminos y de donde podían. como si fuesen viejos conocidos. junto al Sao Francisco y tenían desde hacía mucho. esti­ rando los arcos que parecen una transición entre las armas de los salvajes y la antigua ballesta de polea. el sulfuro. corrían por todo el sertón. la cadencia de los martillos y las mazas: maleando las hoces. esos tiradores singulares desde los cuales trampeaban a los cangagus bravios. los superaba por una rara argucia y unos grados de superioridad * Muta: especie de palenque sobre el cual se espera. Porque la universalidad del sentimiento religioso. de los "calangros” de los "balaios” o de los "cabanos”. rivalizando bien con los que usaban en las partidas de caza. Se reparaban las armas.

Echó de la aldea a los incrédulos y temerosos. Lo imaginaban un héroe de grandes batallas. El pueblo se había vuelto hacia la fe religiosa. La gran mayoría de los creyentes verdaderos permaneció resignada.mental. Se exageraba con extravagantes fantasías la temeridad del comandante. la aldea entera saliese en largas procesiones penitenciales por los descampados. En aquella dispersión de oficios. por un radio de cinco leguas a la redonda. los días de torturas sin nombre. su primer crimen. múltiples y variables. gracias quizá a la circunstancia de haber estudiado en el liceo de una de las capitales del norte. Cuando los piquetes volvían de recorrer los alrededores les faltaba alguno de esos siniestros compañeros. Según después se supo. los durísimos tratos que recibirían. Pero ese movimiento de temor había redundado en una selección. según lo revelaron algunos prisioneros al término de la campaña. donde se codeaban el tdbaréu crédulo y el bandido despierto. salían hacia diversos puntos. no bajo el estímulo de una creencia sino con el anhelo de desmanes y en­ frentamientos. "Comandante da rúa” 2 6 6 . Lo obedecían incondicionalmente. sin abandonar el poblado ejercía un abso­ luto dominio que se extendía por los alrededores. dejando de lado las armas. se había establecido un raro estrechamiento de esfuerzos y la más perfecta conformidad de puntos de vista vueltos hacia un objetivo único: parar la invasión inminente. Los piquetes que. ninguna expedición fue aguardada con tal ansiedad. Hubo algunas deserciones que ralearon las filas de los que debían ser más fuertes. y prefiguraban la devastación de sus casas. de donde había escapado después de haber asesinado a su novia. fue cuando los emisarios que habían ido a averi­ guar sobre la marcha invasora trajeron información sobre el armamento de los soldados y el renombre del nuevo comandante. Cesó la febril activi­ dad de los preparativos bélicos. un sobresalto que llenó de estupor a la grey de revoltosos y los puso en peligro de disolución. ya no pasaron por los caminos . espe­ cificaba un rudo poeta sertanejo en el canto que más tarde consagró a la campaña. Sin embargo. fuego y espada. título inexplicable en aquel laberinto de callejuelas. catorces. de los adventicios peligrosos que iban allá. diariamente. Cesaron de golpe los contingentes de peregrinos. Se lo dibujaba como el Anti-Cristo que venía a tomar la última prueba a los infelices penitentes. El temor inmovilizó la febril actividad de los jagungos. Y no era raro que. recorridas continuamente por las veloces rondas de los piquetes. al clarear el alba. Canudos des­ hecho a bala. Lo cierto es que los domi­ naba y disciplinaba. Le pusieron un apodo lúgubre: "Corta-cabezas” 267. hubo una detención súbita de los preparativos guerreros.

tenía al medio.281 hombres. Eran en total 1. En consonancia. ligeramente disminuido. frente a la puerta del Santuario. teniendo cada uno 220 cartuchos. de rodillas en el cercado. vigilantes. una pequeña mesa de pino cubierta con un mantel blanco. Y predicaba. fracciones del 339 y del 169 dirigidas por el capitán Joaquim Quirino Vilarim. prolongaba sus rezos más allá del tiempo consagrado. de pron­ to iluminada por una mirada fulgurante y fija. Antonio Conselheiro aparecía. salió a terciar. Quedaba largo tiempo. encendidas las hogueras. el torso doblado. prolongándose a lo largo de la calle principal de Monte Santo. El cercado. aparte de la reserva de 60. alentando a los combatien­ tes más temerosos. el cuerpo de sanidad comandado por el Dr. se metían cautos por las breñas y ahí se quedaban largas horas.000 del convoy general.entonando sus cánticos festivos. la frágil pero numerosa legión de la beatería. Levantaba la cara macilenta. Allí estaban: el 7? con efectivo superior al normal. en la tarde de la víspera. inmóvil y mudo. Ferreira Nina. . el 9? que por tercera vez se aprestaba a la lucha. bajo el mando del capitán José Salomáo Agostinho da Rocha. Vestido con una larga túnica de brin azul que se deslizaba sin cin­ turón y sin gracia por el cuerpo. la frente y los ojos bajos. . bajo el mando interino del mayor Rafael Augusto da Cunha Matos. la multitud. . contingentes de la policía bahiana. bajo el mando del coronel Pedro Nunes Tamarinho. Al finalizar los rezos se le arrimaba una extraña figura. y la comisión de ingenieros. silenciosos. La noche caía completamente y la aldea reposaba bajo el imperio del humilde y formidable evangelista. Al ano­ checer. en el que abundaban las ramas aromáticas de las caatingas. un escuadrón de cincuenta plazas del 99 de caballería. la batería de cuatro Krupps del 2? regimiento. Los batallones se alistaron en un cuadrado. En esta afligente situación. al mando del capitán Pedreira Franco. ante la silenciosa multitud. Lo determinaba la "orden de detalle”. La partida debía hacerse al día siguiente. II PARTIDA DE MONTE SANTO Las tropas iban a partir el 22 de febrero. Se exceptuaban setenta plazas del 169 que se quedarían con el coronel Sousa Meneses guardando la aldea. formaron en orden de marcha para que les examinaran el equipo y las armas.

desfilando de a dos en fondo. al borde de las planicies que se dilatan hasta Jeremoabo. sorbidas por las arenas. a dos leguas y media del Cumbe. Quien por allí se aventure tiene la impresión de andar por un campo de gajos secos y rotos. El coronel Moreira César. Pero no hubo en las filas la más leve murmuración. en vez de ordenarse rompan filas. El suelo arenoso y chato. PRIMEROS ERRORES La vanguardia llegó en tres días al Cumbe sin el resto de la fuerza. oculta obstáculos quizá más serios. donde el hálito de un yesquero basta para encender súbitas hogueras. Es menos abrupta y más árida. resonó la corneta al lado del comando en jefe dando la voz de "columna en marcha”. sin embargo. de modo tal que ese trecho de los sertones. cuando el nordeste sopla sobre las ramas. al penetrar por el camino estrecho. inscripto en el vasto e irregular círculo que tiene como puntos determinantes los poblados del Cumbe al sur. se fue­ ron colocando sucesivamente las secciones. Un cuarto de hora después. a más de tres leguas al frente. La sorpresa se retrataba en todos pero no perturbaba el rigor de la marcha. si acaso éstas no se arman espontánea­ mente en la plenitud de las sequías. es muy distinta de las que hemos bosquejado rápidamente. en los mediodías calientes. Este aspecto de la tierra. largamente intercaladas. enderezaron rumbo al norte. que se había retrasado algunas horas con el comandante retenido en una finca próxima por otro ataque de epilepsia. habiendo alcanzado en la víspera el sitio de Cajázeiras. Esta parte del sertón. dejando al galope el lugar donde había per­ manecido. de Santo Antonio da Gloria al norte.Se hizo la revista. hacia Serra Branca. de noviembre a marzo. se puso al frente de la columna. En la plenitud del verano. se sacudió la artillería. es absolutamente estéril. sin un poblado por donde pasen algunos viajeros. En la madrugada del 26. se convierte lentamente en un desierto. Pero en contra de la expectativa general. de Jeremoabo al este y de Monte Santo al oeste. rodaron los convoyes. . Se iniciaba al caer de la noche la marcha hacia Canudos. Se completa así la acción esterilizadora del clima. los habitantes de Monte Santo veían desa­ parecer a lo lejos. apenas lo embeben. en la última curva del camino. la tercera expedición a Canudos. sin depre­ siones que mantengan aguadas salvadoras. El hecho fue inesperado. Y como al caer las mayores lluvias. Los tambores retumbaban en la vanguardia. la cubre una flora rala que transforma a las caatingas en caatanduvas. la desolación es total. desapareciendo con rapidez.

que era forzoso deshacer a cuchillo. Dominando la vegetación. cubrir de hojas y de flores sus troncos car­ bonizados. Al final. hacia el Rosario. llega­ ron a Serra Blanca. Cuando. casi exclusivos en cier­ tos tramos. Andaban imprudentemente. Abatidos por un día entero de viaje. entregados por completo al tino y la lealtad de los guías. barreras de espinos. a pleno ardor del sol del verano. El terreno inconsistente y móvil huía bajo los pasos de los caminantes. levan­ taba pesos. Había caminado ocho horas sin parar. y duplicaba en el reverberar intenso de la arena. olvidados de la lucha. a la tarde. distanciados. La travesía fue penosa. la tropa estaba exhausta. donde la existencia de un pozo de agua justificaba el alto. algunos litros de agua. Y sedienta. demoraba la tracción de las carretas hundiendo las ruedas hasta la mitad de los rayos. después de los soles y los incendios. Se trató de clavar el tubo de la bomba artesiana. Ante el singular contratiempo. gracias al látex protector que le permite. Nadie se fijaba en ellos. NUEVO CAMINO La expedición marchaba por ahí en la época menos propicia. se encontraban allí. el estrépito de las armas estallaba en la soledad del erial y ese ruido rompiendo el silen­ cio ahogaba imperceptibles rumores en la caatinga. . único vegetal que puede medrar allí sin morir.. Pero la operación resultó inútil. Y debía caminar bajo una temperatura altísima que agotaba a los soldados y no los insolaba gracias a la sequedad extrema del aire. La noche cayó sobre la marcha oscilante por el camino repleto de espinos. Para saciar la sed que provenía de una casi completa deshidratación a causa del sudor. a pesar de la distancia recorrida. cuando vuelven las estaciones propicias. seis leguas más adelante. Se calcula que esa jornada fue de ocho o diez leguas sin descanso. Es que en lugar de llevar un instrumento que facilitara la penetración de la sonda había llevado uno de función opuesta.Los árboles escasean. la pesadez de la canícula. los expe­ dicionarios. doblados sobre sus armas. Mil y tantos hombres torturados de sed. Ya vimos que la situación había sido prevista. Los lastimados se perdían. en la retaguardia. hasta el punto pre­ fijado. en las profundidad de un pozo. sólo cabía determinar la partida inme­ diata. oponía cada tanto. Flanqueaban a la tropa los espías de los )agunqos. se ven arbustos de mangábeiras. y los más robustos apenas si podían ca­ . Al paso de las filas. sólo pensaban en el agua apetecida. se detuvieron en pleno camino. pene­ trando en pleno territorio enemigo.

dueño de dos campos en Caimbé y Olhos d’Agua. A cada paso encon­ traban restos de asados. Fue un alto breve. Y en medio de aquel enredo de filas. Corriendo y cayendo. invisibles. precisamente a la hora en que otra lluvia pasajera v fuerte caía sobre la tropa desguarnecida. buscán­ dolo en esa arremetida inútil. resbalando por el terreno encharcado. Felizmente. José Américo de Sousa Velho. rodeados por una cerca de palos. Fue quien había aconsejado «se camino a la expedición. con un terreno limpio. Lo revela un incidente. mientras caía un vio­ lento y transitorio aguacero. como los que suelen sobrevenir por esa época en los sertones. oficiales y plazas buscaban una formación imposible. destinado a la celebridad en el correr de la campaña. reconocieron que estaban en la zona peligrosa. Junto a la hoguera habían que­ dado una pistola de dos caños y una aguijada de vaquero. El enemigo aprovechaba el furor de los elementos y surgía entre esa lluvia. alineándose secciones y compañías al acaso. habiendo llegado a la tarde un correo de Monte Santo y caballos para el escuadrón que hasta allí había viajado en muías inservibles. era como los otros de las cercanías: una o dos casas pequeñas de teja hueca.minar. en rondas cautelosas. sin pisos. * El coronel de la Guardia Nacional. El Rosario fue alcanzado antes del mediodía. el día pasó en completa paz. de improviso. precipitándose al galope entre los dos soldados atontados y lanzándose en dirección probable al enemigo. cenizas de hogueras. el enemigo imaginario a quien iba a entregarse. todo decía que los sertanejos habían pasado allí la noche. rostros frescos en la arena que seguían tortuosamente en las caatingas. . disparando sus armas entre el fragor de los truenos que impresionaban desde lo alto. vistiéndose. Era el coronel Moreira César. era un convoy de mercaderías enviado por un hacendado amigo de las cercanías *. El día 1? de mayo. sordos a las discordes voces de mando. los que dormían. parece que la vanguardia los había sorprendido ocasionando un pricipitado desbande. rodeándolos. por primera vez. Estaba en el centro del teritorio enemigo y parece ser que. Y reanudaba la marcha en la madru­ gada. la invadió la aprensión de la guerra. oficiales durmiendo. Aquel sitio. el pozo de agua o la ipueira que determinó la elección del lugar. A duras penas lo alcanzó el ingeniero militar Domingos Leite. En la Porteira Velha. armándose a los apu­ rones. apareció de golpe un jinete solitario. Allí acampó la expedición. emba­ rrándose en carreras cruzadas. un descanso ilusorio: plazas caídos a lo largo del camino. con arbustos escasos y a poca distancia. con las riendas de los caballos enredadas en las manos. Salvo ese incidente. en un tumulto. se oyeron las notas de la alarma. ajustándose los cinturones.

A la retaguardia. a la madrugada. los batallones marcharon hacia Angico. sostenida por el comandante del 7*?. la caballería. adrede concebido para dismi­ nuir la fatiga de las marchas forzadas anteriores. el ala derecha del 79. Llegaron a la región carac­ terística de los alrededores de Canudos: serranías cubiertas de una vegetación raquítica de cardos y bromelias. El coronel César. acampando dentro de un gran corral abandonado. adonde mandó armar su barraca. un guía. una de las cuales. ir directmente sobre Canudos después de caminar poco más de legua y media. si por cualquier causa se verificasen grandes recursos de parte del adversario. Habían partido a las cinco de la mañana. era factible una retirada en orden hacia Monte Santo donde se reorganizarían y se aumentarían las fuerzas. La tropa avanzaría el 3. bajo el mando de Salomáo da Rocha. y el convoy general cuidado por la policía bahiana. Le presentaron varias ideas para rodear de mayor seguridad al ataque. el ala izquierda del 79. De esa manera. riachos derivados por tierras . siguiendo un plan lúcidamente elaborado. Descansar el resto del día y levantar el campamento a las cuatro. Al marchar hacia Angico se salió con el mismo orden de partida del Cumbe: al frente un piquete de exploradores montados. El coronel César se internó en la caatinga próxima. en la vanguardia. tomaron dispositivos para dar garantías al campa­ mento rodeándolo de centinelas. con el capitán Alberto Gaviao Pradel de Azambuja. imponía la modificación preliminar de la orden hasta entonces adop­ tada sobre la marcha. el jefe expedicionario no desoyó la opinión. Ma­ nuel Rosendo. con el mayor Cunha Matos. contingente del 16? del capi­ tán Quirino Vilarim. experimentado y bravo y la comisión de ingenieros. Contra lo que era de esperar. al mando del teniente Figueira. Como estaban en pleno territorio enemigo. marchando de costado llevaba al centro al respectivo convoy de municiones. Estaba firme el plan definitivo de ruta. separada de la izquierda comandada por el capitán Felipe Simoe con su respectivo convoy. Sugería la división en dos de la columna hasta entonces unida. la 1^ división del 29 regimiento. el ala derecha del 99 bajo el mando del coronel Tamarinho. destinando una fuerte vanguardia para el reconocimiento y el primer combate y la entrada en acción de la otra como refuerzo. Por último. una compañía de tiradores del 7$.Y en la madrugada del día 2. Allí no ocultó a los jefes de los cuerpos su seguridad absoluta en la victoria. el cuerpo de sanidad. adonde llegaron a las once de la mañana. iba entre la compañía de tiradores y el ala derecha del 7?.

aquí. No sucumben a la provocación. al norte. La columna en marcha. pasando días "comiendo aire”. repentinamente cortadas por risas joviales. sin un batir de alas en el aire quieto. la guerra es su mejor campo de ins­ trucción y el enemigo es su instructor predilecto. la inconsciencia ante el peligro. vimos a algunos valientes echar a broma sus sufrimientos y reírse de las miserias pasadas. sin garbo. según el dicho de su lenguaje pintoresco. Esos hombres de todos los colores. . Alrededor. por una misteriosa ley de la psicología colectiva. los endurece. como sucede en la plenitud del verano. sin una flor sobre las ramas desnudas. la recortaba con un largo dibujo negro y sinuoso. a un mismo tiempo impresionante y monótono: la naturaleza inmóvil. precisión en el tiro. son inimitables en su capacidad para caminar días y días por los peores caminos. . en los ejercicios extenuantes de la marcha y del combate. asumían con preferencia los instintos guerreros y la falta de previsión de los salvajes. El suelo quemado las absorbía y seguía reseco y agreste. habían pasado sin dejar rastros. hacia donde se extendiera la vista. por las piedras. celeridad en las cargas. amalgamas de diversas razas. Adelante y próximos se veían. allí. los disciplina. En la paz son muelles. les da en poco tiempo. lo que nunca adquirieron en los cuarteles: altivez en el porte. PSICOLOGIA DEL SOLDADO Seguían tranquilamente a paso común y seguros. siempre el mismo tono en los paisajes. sin que acercarse al objetivo de la lucha turbase el ánimo de los soldados. No ensayan la menor protesta ante las peores estrecheces y nadie se les empareja en el resistir el hambre. llevan las armas sin estilo. El atributo prominente de nuestros soldados en esa alegría jovial con que se acercan al enemigo. los transforma en pocos días.cada vez más abruptas. Las lloviznas de la víspera. por las que la reciente llegada de las lluvias todavía no había extendido las vestiduras efímeras de la flora renacida. el desapego a la vida y el impulso fatalista hacia la muerte. doblados. en los altos del camino quedan sin aplomo. parece que ante lances peligrosos o emocio­ nes fuertes. se relajan. por los campos. . decaída. De la extensa fila de la brigada salía un murmullo de millares de sílabas emitidas a media voz. seguridad en el paso. cubriéndole las piedras. estirada en una línea de tres kilómetros. Van a la batalla como hacia una fiesta turbulenta. las últimas serranías que ro­ dean Canudos. por los cerros. Después de angustiosos trances.

transformaba la campaña en un paseo militar penoso. despreciando el valor. Es desordenado. todos iniciados por una frase ingenua: "Cuando yo vuelva. interrumpiéndolo . en aquella ocasión todo vaticinaba la victoria. es cierto. . fanfarrón. con su podómetro sujeto a la bota. quiere guerrear a su manera. La obligación de combatir adscrito al ritmo de las cornetas lo tortura. ninguno es capaz de entrar y de salir como un prusiano. pasando por transiciones suaves del cénit azul al púrpura deslumbrante del oriente. Con tal jefe no podía pensarse en reveses. III PITOMBAS Iban a estas admirables condiciones cuando llegaron a Pitombas. El mecanismo de la maniobra compleja lo atonta. a veces va al lado del camino y otras veces lo cruza. Entonces se bate sin rencor pero estrepitosamente. junto con la bala. es un muchacho heroico y terrible. riendo entre las cuchilladas y las balas. es desprolijo. impa­ cientes por irse de manos sobre el adversario esquivo. y de buen grado obediente a los amplios movimientos de la estrategia. Pero lo hace con los ojos puestos en sus jefes de cuya energía parece vivir exclusivamente. arrojando contra el adversario. arriesgándose locamente. El adversario que hasta ese momento les había dejado libre el camino. los amenazaba con un solo obstáculo serio: que encontraran vacío el poblado sedicioso. y la vuelta sin gloria. ”. allá adentro. sin haber disparado un cartucho. . es tur­ bulento. Ahora bien. escenas jocosas y trágicas. la palabra irónica o burlona. cuando la tuvieran a tiro. la irisaba. . . aquella mañana resplandeciente los alentaba. avanzando impasible hacia los puntos más difíciles. Vendían escanda­ losamente la piel del oso sertanejo. en la tapera monstruosa. Por eso no se adapta a las grandes maniobras de las campañas clásicas. Y hacían planes. proyectos prematuros. desdeñando las oportunidades de cortárselo. cuando toca al enemigo con la punta de su sable. El pequeño riacho que por allí corre surcando profundamente el suelo. Esa probabilidad los asustaba. Además. Imaginaban anticipadamente sus hazañas: cosas para el asombro de los oyentes crédulos. A veces. De modo que la mínima vacilación de aquéllos detiene de golpe todas las osadías y cae en un abatimiento ins­ tantáneo unido a un desánimo invencible. algunos salían con un pensamiento extravagante y en el alboroto confuso pasaban las risas apenas contenidas. Y marchaban firmes al frente.En la batalla. El hermoso firmamento de los sertones se arqueaba sobre la tierra. Las for­ maciones correctas lo maniatan.

El grueso de los combatientes se perdió adelante. Como despojo. rastreando a los espías que por acaso hubiese. . Los barrieron. doblándose en una vuelta larga. saliendo del grueso de la columna. hacían el camino me­ tiéndose en las caatingas. Era algún piquete que espiaba a la expedición y allí la aguardaba. Las armas de los jagungos eran ridiculas. al oficial feliz que diera ese valiente rechazo al antagonista y consideró auspicioso el encuentro. el alférez Poli. Y cuando la vanguardia llegó a la mitad. disparó al aire. Estaba cargada. el enemigo. hundiéndose en la caatinga a paso redoblado. Los tiradores y sus flancos. a la vanguardia. A los pocos minutos. El coronel César. los soldados encontraron una espingarda pica-pau de caño fino. bajo la barranca. que aprovechaba la conformación favorable del terreno para un ataque instantáneo. . en rápido avance. . Habían tirado con firmeza: abatieron mortalmente a uno de los subalternos de la compañía de tiradores. que­ dando en Pitombas los médicos y heridos. Un tiro insignificante. tanta gente. El comandante en jefe abrazó. El enemigo se hurtaba al encuentro. el ala volvió a la fila entre aclamaciones. EL PRIMER ENCUENTRO Por ésta tomó la tropa. Fue como una diversión gloriosa y rápida. a caballo. cayeron como ante un huracán. para matar pajaritos. a pasos redoblados. volteándola a bayoneta. Por fin. Los arbustos se doblaron. el ala derecha del 7<? se lanzó en dirección del enemigo. lo deja antes de llegar al lugar al que da su nombre. Se había roto el encanto del ene­ migo. Descargaron sus armas y huyeron a tiempo para escapar a la réplica que fue rápida. — Esta gente está desarmada. hiriendo de soslayo y refugiándose en seguida en la vegeta­ ción de las riberas. los cañones de la división Salomáo explotaron metralla sobre la vegetación rastrera. Era para llorar ver tanto aparato bélico. bajo la protección del contin­ gente policial y del resto de la caballería. Y reanudaron la marcha. ahora más rápida.serpenteante. estalló una descarga de media docena de tiros. mientras el toque de la victoria sonaba en altas vibraciones. En los aires resonaban todavía los estampidos. casi un semicírculo del cual el camino es la cuerda. tan lujosa escena en una campaña destinada a terminar con media docena de disparos. con sincera alegría. Por fin. — dijo tranquilamente. En seguida. además de siete soldados. cuando corrió triun­ falmente el ritmo de una carga y destacándose.

el extremo pavor y la audacia extrema. imponiendo. Lo obsesionaba el ansia de verse frente al adversario. Hace muchos días que no me alimento. en una especie de generación es­ pontánea en virtud de la cual millares de individuos diferentes se vuelven un animal único. El mismo aton­ tamiento y el mismo andar precipitado entre los mayores obstáculos y el mismo vértigo.deshaciendo las probables trampas o buscando alcanzar a los fugitivos que enderezaban hacia Canudos. punto predeterminado de la última parada. . pero Canudos está muy cerca. Los grandes estra­ tegas han comprendido que la primera victoria a alcanzar en las guerras está en sujetar ese contagio de emociones violentas y esa inestabilidad de sentimientos que. Pero estaban lejos de ese ideal siniestro los soldados del coronel Moreira César y éste. iba a ampliarla. estimulan y alucinan con idéntico vigor al hombre que huye de la muerte y al hombre que quiere matar. Iba a ser el exponente de la neurosis. Pero el ímpetu que traía la tropa dio un componente favorable a las tenden­ cias envalentonadas del jefe. Es que un ejército es antes que nada una multitud "conjunto de elemen­ tos heterogéneos donde basta introducir una centella de pasión para determinar una súbita metamorfosis. . La tropa iba bajo la atracción irre­ sistible de la lucha. El pánico y la valentía loca. una directriz que rectifique el tumulto. ¡vamos a tomarlo! La propuesta fue aceptada. lo indispensable para reunir a los oficiales y presentarles. Llegaron a Angico. Un plan de guerra arriesgado a una sola carta. Solamente la fortaleza moral de un jefe puede impedir esa transformación deplorable. olvidando el axioma de que nada se puede intentar con soldados fatigados. Se había establecido que allí descansarían. Sobrevino una ocasión para normalizar la situación. . lúcida e infle­ xiblemente. Levantarían campamento a la mañana siguiente y caerían sobre Canudos unas dos horas después. El encuentro los había galvanizado. y la misma neurosis torturante impresionando a las filas y la misma ansiedad dolorosa. con la misma intensidad. Porque un ejército que persigue tiene el mismo automatismo impulsivo que los ejércitos que huyen. exige almas inertes — máquinas de matar— firmemente enca­ rriladas en las líneas preestablecidas. Fiera anónima y monstruosa caminando hacia el obje­ tivo con finalidad irresistible”. en esa ebriedad mental peligrosa que atonta al solda­ do doblemente fortalecido por la seguridad de su fuerza y la absoluta licencia para la máxima brutalidad. lanzan al combatiente a los mayores peligros y a la fuga. en lugar de reprimir la agitación. se confunden en el mismo espectro. la idea de seguir esa arremetida hasta la aldea: — ¡Camaradas! como ustedes saben estoy enfermo. Pararon en Angico un cuarto de hora.

Jesuíno. La embestida se re­ novó febrilmente. De súbito. La frase se repitió entre las filas. Aclamaciones. los sacos de provisiones y todas las piezas del equipo. cansándolos en un camino de seis horas. iría recogiendo todo a medida que lo encontrara. ordenó dar dos tiros en el rumbo indicado. apuntó con seguridad la dirección de la aldea. exceptuando los cartuchos y las armas. DOS TARJETAS DE VISITA A ANTONIO CONSELHEIRO El guía. la compañía de tiradores revolvía las matas desde las cuales. . consultado. . Canudos debía estar muy cerca. los batallones avanzaron dentro de una pesada nube de polvo. Estaban en lo alto de la Favela. raros. Buena estrategia que tenía el fin de hacerlos marchar hasta la aldea en condiciones desfavorables. — "Allá van dos tarjetas de visita para el Conselheiro. La fuerza hizo un alto. los sorprendió la vista de Canudos. La caballería.— ¡Vamos a almorzar a Canudos!— dijo bien alto. se permitió que los plazas arrojaran las mochilas. como si tuviesen el único fin de atraerlos lo mismo que el resto de la tropa. Eran las once de la mañana. Moreira César puso en pie de guerra a la división Pradel y graduando la alzada de mira a tres kilómetros. Traspuestos los últimos accidentes fuertes del terreno. finalmente. ” — dijo casi jovial. Avanzando de ese modo desaforado saltaron la breve planicie en lo alto de las Umburanas. . . Dispersa al frente. al alcance de la artillería. El sol ilumina a plomo. UNA MIRADA SOBRE CANUDOS Allí estaba. Le respondió una ovación de la soldadesca. "¡ACELERANDO!” Hay una prueba que no puede eludirse en esta marcha enloquecida que cortaba el aliento de los soldados antes de la batalla: para no demorarse y apurar el paso de carga de la infantería. . La marcha continuó. distantes. la enorme tapera que las expediciones anteriores no habían logrado tocar. con el humorismo superior de un valiente. sonaban algunos tiros de los adversarios en fuga. a retaguar­ dia.

la Fa­ zenda Velha. grandes bloques dis­ puestos en un conjunto perfecto. Y en la cumbre de la montaña. un arbusto. el Vaza-Barris la abarcaba. llevando lentamente las primeras aguas de la crecida. pulverizando las paredes de adobe. una pequeña área plana contras­ taba con el ondear de las colinas estériles: algunos árboles. el Alto do Mário. dentro de un cerco tosco salpicado de cruces pequeñas y mal hechas. Y en el primer momento. con una vasta ciudad. se ampliaba y se extendía avasa­ llando los cerros al este y al norte. aparecía el cementerio de sepulturas rasas. como una cumbre de la extensa planicie. mientras el resto de la infantería saltaba las últimas laderas. envuel­ tas aún en andamios. del otro lado del río. doblando después hacia el este. La nueva. tablas y postes. prendiendo los primeros incendios. Allí caía en esporón la falda del morro de la Favela. al mismo tiempo que llegaban los primeros pelotones sin aliento y abrieron el caño­ neo disparando todos a la vez en tiros rasantes. una casa en ruinas. mascarada de un maderaje confuso de vigas. construida según el molde de las capillas sertanejas. presas en una red inextricable de callejones estrechísimos. Parecía un formidable baluarte. repeliendo un violento ataque por la derecha. una flor. Los cañones se alinearon en batalla. a la izquierda. a la izquierda del observador. el observador tenía la impresión de toparse. Los efectos de las primeras balas se vieron en varios puntos. todavía incompleta tenía levantadas las altas y gruesas paredes maestras. distantes. mostraba en los anchos muros. Enfrentándolas. inesperadamente. Y más a la derecha. una cueva triste. echando por los aires techos de barro y vigas en astillas. Acompañando el espigón en la ladera. al pie de las colinas más altas. No se podía errar el blanco. Hu­ milde. se veía a medio camino. sin que una pared blanca o un tejado encalado quebrase la monotonía de aquel conjunto asombroso de cinco mil casuchas asentadas en una arruga de la tierra. una pequeña hilera de rutilantes palmatorias y las ramas verdes de las quixabeiras le daban el aspecto de un jardín agreste. . Las dos iglesias se destacaban. El compacto caserío alrededor de la plaza. hasta las últimas viviendas aisladas. Como un gran foso excavado. Estas últimas formaciones de la serranía tenían el nombre muy apropiado de "Pelados” por lo desnudo de sus faldas. explotando en las casas y destrozándolas. Sobre ella. . rectangular. sin un cantero.Aparecía de improviso en una depresión más amplia de la ondulada planicie. . se erguía dominante sobre las otras construcciones. nítidas. firmemente asen­ tada sobre el suelo. la tropa. la enfren­ taba la iglesia vieja. y amplia. antes que la mirada pudiese acomo­ darse a aquel montón de casuchas. un escalón fuerte. La primera en llegar fue la vanguardia del 7? de artillería. y a la gran plaza donde se enfrentaban las iglesias. avanzando hasta el río. donde terminaba en un corte abrupto. como garitas dispersas.

IV EL ORDEN DE BATALLA Por fin la campana enmudeció. Las fuerzas se extendieron por la ladera sin que una sola descarga turbase su alinea­ miento y la fusilería en descargas nutridas. resonaba largamente por el ámbito de esas soledades con la asonancia ensordecedora de los ecos golpeando en las montañas. Y el sertanejo no apresuraba su paso. Pasados algunos minutos empezaron a oírse. . A lo lejos. A veces se paraba. Todavía no se había entablado. Aparte del ligero ataque hecho por algunos guerrilleros contra la arti­ llería. salían. . ajenos al tumulto y a las balas que caían desde la montaña. se adensó una nube compacta de polvo y humo. convocaba a los fieles para la batalla. Era una colmena alarma­ da. El tronar solemne de la artillería estallaba en el aire. buscando el reparo de sus anchos muros. Se veía su rostro impasible. a paso lento cru­ zaban la plaza. en dirección de la iglesia. La cruzaban los últimos retrasados. . corriendo. Ochocientas espingardas en tiros rasantes se inclinaban sobre el morro. precipitadas voces argentinas. al lado de las vertientes. iban corriendo hacia las barrancas del río. en ese momento. Deslumbraba la irradiación de centenares de bayonetas. Otros aparentaban una increíble tranquilidad. a las últimas mujeres. extendida por las faldas. Sorprendidos. De la aldea no venía ni un tiro. como si fugaran. El resto de los combatientes ya no lo divisó. o a las iglesias.En seguida. La agitación de la plaza había dis­ minuido. . nítidas en medio de la vibración de los estampidos. sosteniendo sus armas. Toda la compañía del 7*?. Innumerables grupos. para apreciar a la tropa y seguía después la marcha. sobre el caserío fulminado. La campana de la iglesia vieja. La tropa empezó a descender. cargando o arrastrando por el brazo algunos niños. los soldados tiraban nerviosamente sobre ese ser excepcional que parecía complacido en ser blanco del ejército. Los soldados se rieron. observando a lo lejos. . se veían algunos perdiéndose por las caatingas. En cierto momento se sentó a un costado del camino y parecía que le daba al yesquero y encendía el cigarro. . de los callejones. Se veían pasar. hizo puntería. . El hombre se levantó y se dirigió lentamente hacia las primeras casas. entrecruzándose por la calle princi­ pal. los sertanejos no habían opuesto ninguna resistencia. dispersos. saltaban por los techos. Era un desa­ fío irritante. hizo fuego sobre un jagunqo que venía por el camino de Uauá. Entre los claros del humo se veía la aldea.

facultaba una embestida fácil porque el río. pero en cambio. por el valle de las quixábeiras a la derecha del 7? que se había alineado siguiendo el tra­ zado del Vaza-Barris y a la izquierda del 99 y del 169. Era la más rudimentaria orden de batalla. La artillería en el centro. parecía contar menos con el coraje del soldado y la competencia de una oficialidad leal que con una dudosa hipótesis: el pavor y el . unas al lado de otras. simple o reforzada una de las alas y. De este modo. en un terreno uniforme. en ese punto. buscando objetivos firmes. el frente de batalla tenía. actuando fuera del círculo tumultuoso del combate. imprevistos recursos de defensa. cuyo efecto. permitiendo. cumplía el papel de eje de esa tenaza dispuesta a cerrarse. CRITICA Allí era inconcebible. firmemente apoyado por la artillería. el relieve gene­ ral del suelo enseñaba por sí mismo el orden oblicuo. EL TERRENO. ¡A la bayo­ neta! Era la una de la tarde. la acción simultánea e igual de todas las unidades combatientes. . apretando los flancos de la aldea. las tropas de refuer­ zo. en maniobras decisivas. tirando a poco más de cien metros del enemigo. la infantería se extendió. la tierra es más abrupta. en parte. formas topo­ gráficas opuestas: a la derecha. cuando la superioridad del número y del coraje excluye maniobras más complejas. según las eventualidades emergentes. No había otras sorpresas en esa lucha y en caso de que el adversario mostrase de pronto. corre entre bordes deprimidos. sobre el último esporón de los morros que avanzaba a plomo sobre el río. el ataque parcial por la derecha. al revés del ataque simultáneo. según las modalidades ulteriores del encuentro. Centralizado por la elevación donde estaban los cañones. había desdeñado esas condiciones y arojando a la batalla a toda su gente. mal disperso en terreno inapropiado. El coronel Moreira César. a la izquierda. la formación simple para los casos excepcionales de batallas campales. podrían moverse más desahogadas.Considerándolo. . eran un elemento táctico de primer orden para estacionar allí una reserva destinada a intervenir oportunamente. cae en escollos resbaladizos y separados de la aldea por un profundo foso. sin em­ bargo. Hecha la bajada. además de raso. el jefe expedicionario le dijo al comandante de una de las compañías del 79 junto al cual se encontraba: — ¡Vamos a tomar la aldea sin disparar un solo tiro!. sería fulminante. La observa­ ción más rápida mostraba que estas disposiciones de la izquierda eran desfavorables para los que debiesen recorrerlas con rapidez para ir al asalto. una breve área de nivel. fronterizo y al nivel del tejado de la iglesia nueva.

batida de flanco y de costado. Era peor que una ciudadela diseñada en polígonos o blindada de casamatas. Se revelaba claramente este injustificable pensamiento en el que se juntaban la inconsciencia de principios rudimentarios de su arte con el olvido de acontecimientos recientes. tomó posición a la retaguardia de la iglesia nueva. Acometiendo a un tiempo por los dos lados. Allí mismo. convergiendo sobre un objetivo único. Se revelaban en los primeros minutos de acción. CIUDADELA TRAMPA Esta fue iniciada heroicamente. indistinguibles de los adver­ sarios en aquel enredo de casuchas. Una fusilería intensa partía de las paredes y techos de las viviendas más próximas al río y explotaban las escopetas de los guerrilleros metidos en la iglesia nueva. cerrados. pudiendo al principio bombardear las iglesias y el centro del poblado. hasta enfrentarse en el campo. cru­ zados en todos los sentidos. Era inevitable. tenía una engañosa fragilidad en los muros de barro que lo formaban. El combate se desarrolló luego en toda su plenitud. al mismo tiempo que vibraba de nuevo la campana de la vieja iglesia. el 7° batallón marchó aceleradamente bajo una salva de plomo y canto rodado. para no afrontar el peligro de tirar sobre los propios compañeros. Abierta a los agresores que podían des­ . se vieron a la entrada de la plaza los primeros soldados. La mayoría avanzó. Empezó a fraccionarse en conflictos peligrosos e inútiles. intercambiando entre sí las balas destinadas a los jagungos. impresionando a toda la tropa con el sonido de las cornetas de los cuerpos. porque no tuvo después. a medida que los soldados avanzaban. en una disi­ pación. sin gloria. saltando la barranca. hasta perderlo completamente. Canudos. La previsión de tales inconvenientes no exigía la vista aquilina de un estratega emérito. venciendo las difi­ cultades de la marcha llena de tropiezos. sin cosa alguna que recordarse la formación de com­ bate. del valor individual. obligada a enmudecer en la fase aguda de la pelea generalizada.espanto de los sertanejos en fuga. algunos cayeron al agua y fueron arrastrados por la corriente que se pintaba de sangre. En la extrema izquierda. poco a poco iba restringiendo su ámbito de acción. un ala del 9?. Favorecido por el terreno. los batallones cargando. en grupos. la más simple evolución o movimiento combinado que revelase la presencia de un jefe. entre­ tejido de callejones de menos de dos metros de extensión. En seguida. hasta la orilla del río. En cuanto a la artillería. atrapados de improviso por centenares de bayonetas. mientras el 16? y el ala derecha del 7? atacaban por el centro. Así planeó la más desastrosa de las disposiciones de asalto. Se puede resumir en el avance temerario.

Era fácil atacarla. En la sombría historia de las ciudades vencidas. Las tropas del coronel Moreira César la hacían caer sobre sí mismas. a despecho de algunas bajas. mandado por subalternos valientes. era difícil dejarla. había ido atrevidamente sobre la iglesia nueva. ¡era formidable! Se rendía para vencer. vigorosa e inútil. dividiéndose éstas a su turno en grupos más pequeños. De lejos se tenía el espectáculo extraño de un encarcelamiento de bata­ llones ahondándose en el caserío indescifrable. con las armas sueltas o tirando al acaso hacia adelante. No oponía la aspe­ reza de un ladrillo a la explosión de las granadas que caían sin explotar. divididos por los varicuetos de sus calles y se encontraban con el recurso de una defensa sorprendente. apenas traspuesto el río. la increí­ ble creación de una ciudadela trampa. . era temible porque no resistía. contornearon ese núcleo rebelde que resistía y se lanzaron contra las primeras casas junto al río. atropelladamente. do­ minarla. Porque la envergadura de un ejército. Atraía el ataque. tenía la flexibilidad traicionera de una gran red. de dos en fondo. deshaciéndose finalmente en combates aislados. Un grupo. y poco a poco se divi­ dían en secciones perdidas por toda la aldea. era tan frágil. se diseminaban. en las mallas de una trampa bien hecha. No oponían el menor tropiezo. No hacía titubear a la más reducida sección asaltante que podía atacarlo por cualquier lado. atraía el ímpetu de las cargas violentas y en la arre­ metida. o golpes de arma. a la entrada o dentro de las casas. aprisionada entre los tabiques vacilantes de palo-a-pique y cipo. Dobla­ ban centenares de esquinas que se sucedían de casa en casa. Y en esa persecución tumultuosa comenzó a esbozarse el peligro grave y único: los pelotones se disolvían. hecho escombros. a la manera de una suquarana inexperta agitándose. Otros. Se complementaba la peligrosa táctica del sertanejo. Los perseguían. sin que rindiera ningún efecto su arrojo. destruirla. embriagados por la victoria fácil. que­ daba maniatada. perdieron dos oficiales y algunos plazas. agujereando los techos. los invasores. Estas eran tumultuosamente atacadas. Las incendiaron mientras sus habitantes huían en busca de otro refugio.truir las paredes y los techos de barro a puñetazos. en cuyos techos se levan­ taba el humo de los primeros incendios. después de destruir todo. Traspuesto el Vaza-Barris. Los conflictos se libraban en las esquinas. el ataque parecía fácil. quizá. el humilde villarejo se iba a retratar con una originalidad trágica. dispersos y ralea­ dos. Intacto. cada vez más aturdidos. aparecía de golpe ante el conquistador sor­ prendido. El ataque asumió un carácter lo menos militar posible. La práctica de caza de los jagunqos les había inspirado. en ruinas pero inexpugnable. Se metían por los vericuetos callejeros.

Atropelladamente hacía su refac­ ción en un minuto. cosido a cuchilladas. a tiros. aquel alarido. brutal. Había carne seca al sol. En un rincón. después de vencer una casa. Ese tipo de escenas se sucedían. Acudían entonces los compa­ ñeros más cercanos. La completaba con un trago de agua. metiéndose dentro de las casas. en porfía con­ tra el grupo victorioso al cual repelía con todas sus armas: a cuchillo. el luchador temerario. revi­ viendo el conflicto. o se arrojaban atrevidamente sobre el grupo dispersándolo. molido a golpes. el soldado hambriento no vencía su ansia de almorzar. Muchos se perdían en los inextricables callejones. golpeándole encima sus miserables trastos. O esperaba a pie firme defendiendo tenazmente su paupérrimo hogar. un corral invadido por ongas bravias y hambrientas. donde los esperaban nuevos agresores. aquel pavor del poblado revuelto y miserable. pisoteado. hasta que caía al suelo. Buscaba en los ganchos colgados. SAQUEOS ANTES DEL TRIUNFO Casi siempre. hasta que los soldados. terrible. sacos llenos de harina. pisado por la dura alpargata. desesperadamente. el luchador imprudente. escondido en un rincón oscuro. que se reflejaba en aquel desorden. A veces recibía como postre cruel. bolsas repletas de ouricuris sabrosos. más numerosos. mujeres desatinadas rompían en llanto o rodaban por los rincones. inerme. Y los papeles se invertían. Los valientes temerarios que aparecían en variados . El fin se daba cuando caía sobre el piso. con un cerrado grupo de enemigos. Se enredaban en una pelea cuerpo a cuerpo. . una vasija húmeda de agua fresca y cristalina. arrojándose por fin él mismo. al doblar una esquina.Las abrían de un golpe tanto contra las puertas como contra las pare­ des a las que abrían boquetes por cualquier lado. Corriendo tras un sertanejo en fuga. vibrando con la hoz. No podía resistir. que estallaba desde las grietas de las paredes. Quedaban atónitos. los intrusos se encontraban de golpe con un caño de espin­ garda contra el pecho o caían volteados de un tiro a quema ropa. lograban entrar en la casucha y allá adentro. en Canudos. En otras. cosido a bayoneta. alarmado. Alrededor de este tumulto. . el morador les descar­ gaba el último tiro y escapaba. finalmente. una carga de plomo. aquel espanto. Por lo demás no se encontraban con obstáculos insuperables que les enfriasen el ánimo. Animados todos por la ilusión de la victoria vertiginosamente alcanzada. Muchas estaban vacías. apenas el tiempo nece­ sario para hacer una descarga mal apuntada y después retrocedían. Los jagungos lo asaltaban a la puerta. se topaban de golpe. Y luchaba solo. buscando estran­ gular al primero que le cayese entre las manos vigorosas.

de cargas sordas. aprisionados por el vértigo de la per­ secución. La situación finalmente era inquietante. Se extendía por una loma que permitía la defensa a caballo del enemigo. Los tiradores de la iglesia nueva permanecían firmes. facilitando a un solo tira­ dor apuntar hacia todos los rumbos sin abandonar una esquina. De modo que en esas correrías. que salía de las casas y andaba por todos lados.puntos. Aun contando con el éxito franco en la parte atacada. perdidos en el poblado inmenso y convulsionado. en disposición tal que recordaban un tablero de ajedrez. permitían un extraordinario cruce de fuegos. los soldados triunfantes pero cansados. apenas entrevistos entre el humo. la otra mitad permanecía indemne. grupos diminutos de jagungos. aquélla quedaría imponiendo. inopinadamente. clamando y rezan­ do. de imprecaciones. acerca del cual no podía ciertamente formular una sola hipótesis. las casas aisladas. Nada más. . enfermos. Allá adentro rodaba ruidosamente el desorden. Al frente de su estado mayor. en un resonar de estampidos. defendiendo sus casas. A la derecha. Y al llegar la retaguardia. lisiados de toda especie. aunque la parte atacada fuese conquistada. era inexpugnable. el jefe expe­ dicionario observaba el asalto. Grupos dispersos. la situación se aclaraba. por la plaza y luego desaparecían. o por la legión armada de muletas. en una lucha cuerpo a cuerpo. quizá mayores fatigas. aunque se les quitara el torbellino de los callejones. Además de esto. aparecían a veces. de gritos. decidió que siguiesen hacia . De manera que. se oían más altas las cam­ panadas de la iglesia nueva. Si se consideraba el otro lado de la aldea. La tropa había desaparecido en los mil calle­ jones de Canudos. Realmente. . Era muy grave. mirando hacia todos los puntos casi impunemente. Nada preanunciaba desánimo entre los sertanejos. en la margen derecha del río. El coro­ nel Moreira César lo entendió. secciones en desaliño. se alejaban más y más. la acción apenas abarcaba la mitad de la aldea. embarullados. Menos compacta. porque la artillería evitaba hacer blanco sobre ella por temor de balear a los compañeros encubiertos y estallando en medio del ruido de la refriega. obligándolo a subidas muy penosas. arremeterían sin fuerzas con aquel costado separado de la plaza por el foso natural de una zanja profunda. muchos se extraviaban en el laberinto de los callejones y que­ riendo volver junto a sus compañeros. compuesta por la policía y el escuadrón de caballería. viejos temblequeantes. tenían el contrapeso del mujerío acobar­ dado. doblando miles de esquinas. abatidos y mancos.

— No fue nada. después de cruzar el río con el agua hasta las rodillas. entre las iglesias. escupiendo de la silla a los jinetes. cuya fuerza es la arremetida del choque. Debía sustituirlo el coronel Tamarinho a quien le fue comunicado el desastroso incidente. hacia el lugar que había dejado. Volvía cuidado por el teniente Avila. finalmente estaba copiando el modo de actuar de los otros. El movimiento complementario se quebraba en sus primeros pasos. recu­ laban. A mitad de camino refrenó el caballo. Se inclinó sobre la silla abandonando las riendas. vol­ vieron en desorden a la posición primitiva. aficionado a relatar hazañas. la policía. Estaba fuera de combate. golpeados con la espada. en su ataque. cuyas aguas respingaban a tiros y no siguió adelante. Pero aquél nada podía pensar al recibir el coman­ do. rengueando sobre sus patas va­ lientes— se largó al galope corto hasta la orilla del río. surgiendo de pronto en la punta de la dis­ parada veloz. vacilaba en alcanzar el fondo hondo y resbaladizo de la zanja que en aquel punto corre de norte a sur. La policía. . apenas llegaron a la mitad de la corriente y empinándose y curvándose. Además. El estado mayor en seguida lo rodeó. El jefe expedicionario dejó el lugar donde se había mantenido. allí apretada entre paredes. a media cuesta de los Pelados. . tranquilizando a los compa­ ñeros. A su turno. separando al resto de la aldea del suburbio que debía atacar. atacando el sitio todavía indemne y completando así la acción que se había desarrollado totalmente hacia la izquierda. cargando mientras desfilaba entre corredores. La caballería tuvo orden de atacar por el centro.! Y bajó. Los animales asustados. cuando fue nuevamente alcanzado por otro pro­ yectil. Estaba mortalmente herido. una herida leve — dijo. . bueno y jovial. Y aunque tuviese envergadura para enfrentar esa crisis.la extrema derecha. Había sido alcanzado en el vientre por una bala. ametrallaba casas y prendía fuego. No se advertía en el desorden el más leve trazo de combinación táctica y tampoco se la podía imaginar. . No bajó del caballo. Una carga de caballería en Canudos. . El arma clásica de las planicies. Era una excentricidad. Había llegado a los sesenta años candidato a un retiro tranquilo. Lastimados con las espuelas. cuando desanimaba de salvar su propio batallón en la otra margen del río. lo habían incluido en la empresa contra su voluntad. en una curva en bajada. Era un hombre simple. los fre­ nos agarrados con los dientes. entre la artillería y el plano de las quixábeiras: — ¡Voy a darle bríos a esa gente. El escuadrón — caballos atontados. no había cómo remediarla.

chamuscados y polvorientos. sosteniéndose a las piernas de los que ya habían subido. los uniformes hechos jirones. Caía la noche. bajo la hipnosis del pánico. En la claridad muerta del crepúsculo sonó armoniosa­ mente la primera nota del Ave M aría. los pelotones. se confundían de nuevo en ruidoso vocerío. . Además. borboteando. estallando. . Otros.Aquello no era un asalto. los sertanejos emboscados. en el mismo descuido. ahogándolos. inevitable. rebatida a las posiciones primitivas. Sin mandos. cada uno luchaba a su manera. se agarraban a las escasas gramíneas. el mayor contratiempo. titubeantes. empezaron a cruzar el río de vuelta. se metían en la corriente. ansiando subirla. soldados y oficiales mezclados. alarmados. . Allí. los primeros grupos repelidos. dispersos. en fuga. se deslizaban mejor. estorbándose con las armas. mez­ clados. bajo los techos caídos. apartando bru­ talmente a los grupos extenuados. toda la línea de combate rodó despedazada a tiros por la orilla del río. en una barahúnda infernal. o tenían escondrijos más inviolables. . corriendo. entontecidos. Repentinamente. vociferando. Era un golpeteo de cuerpos sudados. Este reflujo que había empezado a la izquierda se propagó luego a la derecha. Atropellándose. Todavía se destacaban pequeños grupos que quemaban las casas próximas o se trababan en breves tiroteos. Pronto se les juntaron otros. la noche dis­ puesta a confundir a los combatientes exhaustos después de cinco horas de pelea. estaban a salvo. dis­ parando sus espingardas al acaso. derrumbándolos. De suerte que. se asomaba. de voces discordantes que daban la ilusión de una crecida repentina. RETROCESO Pero antes de que llegase la noche empezó el retroceso. Aparecieron sobre la ribera izquierda. . como si el Vaza-Barris se hubiese salido de madre. sin armas y heridos. largando las últimas posiciones. Era un combate temerario contra una barri­ cada monstruosa que cada vez se volvía más impenetrable a medida que destruían y carbonizaban. porque bajo los escombros que cerraban las calles. saliendo del portal de las iglesias o de las casuchas marginales. AL GOLPEAR DEL AVE MARIA En ese momento el campanero de la iglesia vieja interrumpió la alarma. los pri­ meros puñados de hombres llegaron a la margen derecha. pisando a los mal heridos que caían. Era el desenlace.

como en exploraciones lúbugres. V SOBRE LAS ALTURAS DEL MARIO Habiendo cruzado el río. los jagungos disparaban su última descarga. * El Dr. desaparecían en la noche. irradia como un foco de calor y los horizontes. el comandante en jefe moribundo. El compacto caserío. hombres atónitos e inútiles que ahora tenían. . . minuto a minuto. casi pisados por los caballos que relinchaban atascados entre las carretas y los fardos. Ciento y tantos heridos y lastimados se agitaban por allí. las lejanas mon­ tañas. . Algunos braseros sin llamas. sin nubes. Ade­ más. para rodear a la oficialidad. los heridos. Sin orden. torturados de dolor o de sed. como si reflejasen relámpagos de lejanas tempestades. de filas desunidas y bamboleantes. Formaban una multitud alborotada sin nada que recordara la fuerza militar que se había deshecho. el tren de artillería y los cargueros. se iluminan. En el centro. . Allí improvisaron un cuadrado incorrec­ to. sin centellear. las ambulancias. donde cada estrella. un castillo en ruinas. extraviado o preso— había desaparecido a la tarde sin volver nunca más *. No se veía la aldea. Nada más. No se podía curarlos en la oscu­ ridad donde sería una temeridad hasta la rápida luz de un fósforo. como exclusiva preocupa­ ción. tirando a los pies los sombreros de cuero o los gorros de brin y murmurando el rezo habitual. arrastrando los cañones. fija. comunes en el sertón. los soldados se apiñaron junto a la artillería. Pero los tiros habían cesado y ni una voz llegaba de allí. uniformes y espingardas. quedando. se marcharon hacia las alturas del Mário. no alcanzaba el número de médicos. uno de los cuales — muerto. la Fazenda Velha y dentro de ella. Forzosamente debían abandonarlo. lentamente. evitar al adversario que con tanta ansiedad habían buscado. La expedición había quedado en eso: un montón de hombres. El desorden del campamento contrastaba con la placidez del ambiente. una de esas noches ardientes. . se arrastraban. en un repliegue de la montaña. como elementos irreductibles. La noche había caído. Sólo la difusa luz de las estrellas dibujando los perfiles imponentes de las iglesias. indicaban allá abajo que también el enemigo estaba despierto. cuatrocientos metros hacia arriba. o luces dispersas de linternas mortecinas buscando en las sombras. El cerro donde se reunieron estaba demasiado cerca de aquél y era pasible de algún ataque nocturno. Fortunato Raimundo de Oliveira. anima­ les. de maderas ardiendo bajo el barro de las paredes y los techos.Descubriéndose. las colinas circundantes.

senta­ dos sobre cajones repletos de cartuchos y acorralados por una turba de matutos turbulentos. organizaban ambulancias y camillas. No se podía arbitrar otro recurso. abdicando la misión de ordenar la turba o hacer el milagro de subdividirla en nuevas unidades de combate. Este la impugnó. reducen siempre las cualidades personales más brillantes. intuía que un ayuntamiento en tales circunstancias no significaba la suma de las energías aisladas y estimaba todos los elementos que. Pero la mayoría consideraba fríamente las cosas. A las once de la noche. bajando con toda la fuerza. Y concertaban planes buscando corregir el revés con un lance osado. cargando armas primorosas. mostraba una sola solución. en violenta arremetida sobre los fanáticos. rectificaban el pretendido cua­ drado donde se mezclaban plazas de todos los cuerpos. El viejo comandante. ni siquiera demorarlo. sin embargo. . en medio de cañones modernos. el coronel Tamarinho.Faltaba un comando firme. Les repugnaba. Era necesario vencer. . No deli­ berada. hombres de valor y una oficialidad pronta al sacrificio. le había respondido con triste humorismo. respondía con el silencio o con monosílabos. después de haberse realizado un bombardeo mayor que el anterior. la retirada. allí. dolorosamente sor­ prendido. en los grupos dominados por emocio­ nes violentas. pasando tácitamente el comando a todo el mundo. No se ilusionaban. a todas las consultas. con el estoicismo enfermo del propio desaliento. vencida. Sentado en la caja de un tambor. Fue su única orden del día. los oficiales reunidos lo adoptan por unani­ midad. Porque la victoria debía alcanzarse a despecho de los mayores sacrificios. A un oficial que ansiosamente lo interpeló sobre ese trance. Allí había. los humillaba angustiosamente esa ridicula y grave situación. . oficiales incansables daban por su cuenta las providencias más urgentes. Quizá maldecía mentalmente al extravagante destino que lo convertía en heredero forzado de una catástrofe. entu­ siasta y confiada en la victoria y que estaba allí. chu­ pando su cigarro. reanimaban los ánimos abatidos. Pensaban: en los cuatro lados de ese cuadrado irregular esta­ ban inscriptos los destinos de la República. Una rápida observación de la tropa que había llegado horas antes. El nuevo jefe no soportaba las responsa­ bilidades que lo oprimían. por cierto. presentando los motivos inflexibles del deber . ajeno a la ansiedad general. Un capitán de infantería fue comisionado para comunicar la resolución al coronel Moreira César. Así. al principio calmo. Por el espíritu de muchos pasaba el intento reanimante de un nuevo asalto al despuntar la mañana. Y se quedaba impasible. rimando un dicho popular del Norte: "E tempo de murici cada um cuide de si.

centenares de soldados. decían convencidos. La rodeaban. en la aldea invisible. . ante el milagro estupendo. se diluía en un duende intangible. terribles en la contraprueba de la catástrofe presente. Era peor. brutal y familiar. El jagungo. Final­ mente explotó: que no lo sacrificaran a esa cobardía inmensa. sus milagros. Los de la expedición anterior afirmaban. ocho­ cientos tal vez. atónitos y absortos. se refirió a la mancha que caería sobre su nombre para siempre. haber visto resucitados. abatidos de contragolpe por el inex­ plicable revés en que había caído el jefe considerado invencible. para los más incrédulos también. casi invisibles. perfectamente válidos aún. abajo. atravesando incólumes los braseros de las casuchas en llamas. no pu­ dieron ver a uno solo. invadidos de un temor sobrenatural. rezaba. Significaba completar la agonía del valiente infeliz. . en su mayoría mestizos. Un indefinible rumor subía por las cuestas. fue montando en cólera y con angustia. La dolorosa reprimenda del jefe herido por dos balazos no contuvo a la oficialidad incólume. dos o tres cabecillas que. súbitamente despertaron conteniendo gritos de alarma. Y su leyenda extravagante. estaban bajo la sugestión de lo maravilloso. Es que gran parte de los soldados eran del Norte y se habían criado oyendo a su alrededor el nombre de Antonio Conselheiro como el de los héroes de los cuentos infantiles. habían sido muertos en el Cambaio y para todos. No era el sordo tropel del asalto. . comenzó a despuntar algo de anormal en esos luchadores fantasmas. en general. El enemigo.militar y demostrando que todavía había elementos para otra tentativa. Los combatientes. Los soldados. sus hazañas de hechicero sin par. después. ante los cuales habían golpeado impotentes. apareciendo temerosos entre las ruinas. disponía de dos tercios de las municiones y estaba en posición dominante sobre el enemigo. hechos con la misma masa que los matutos. verosímiles. A pesar de eso se mantuvo la resolución. casi sin distinguirlos. se le aparecían como reales. desparramados y di­ minutos. Dio su última orden: que levantaran un acta dejándolo al margen para una protesta en la que incluiría el abandono de su carrera militar. Por la mitad de la noche todas las aprensiones se agrandaron. incluso algunos heridos en el combate. Los centinelas que cabeceaban en las filas flojas del cuadrado. con más de dos tercios de la tropa apta para el combate y con las muni­ ciones suficientes. Pero la lucha ser tañeja había empezado a tomar la imagen misteriosa que conservaría hasta el fin. que agravaban con extravagantes comentarios.

no lo perturbaba todavía. las voces de las mujeres. Acometió ruidosamente. iba flanqueada de punta a punta por los jagungos. Entre la soldadesca pasmada. que no había reacción posible contra adversarios transfigurados por la fe religiosa. dándole al trágico lance la nota festiva e irritante de miles de silbidos estridentes.Y en aquella serenidad extraordinaria. hacia el ca­ mino. Actuaban por contrastes. característica de esos momentos críticos de la guerra. Había muerto el coronel Moreira César. había permanecido firme en lo alto del Mário. en las que predominaban. hasta donde alcanzaba la mirada. No se retiraban. La última división de artillería replicó por momentos y después. como una barrera antepuesta a la persecución inevitable. ladeada por las ambulan­ cias. sobre las ronqueras varoniles. por todos lados. largos. marchó por el declive del espigón. re­ tirándose. Se precipitaban al acaso. nada indicaba la seria operación de guerra que iba a realizarse. Era tarde. . una nueva emocionante la volvió urgente. A la madrugada. las letanías tristes. la iglesia nueva explotaba en descargas y condensada en la calle principal o corriendo hacia las colinas. los cargueros. la expedición desparramada por los caminos. La retirada era una fuga. en un ataque envolvente. resultaban a esa hora impresionante. El rechazo fue rápido. parecía confiarse sólo en la velocidad de la retirada para librarse. Más de una vez el drama tenebroso de la guerra sertaneja tuvo el desenlace de un pataleo lúgubre. bajo el mando de un subalterno de valor y fortale­ cida por un contingente de infantería. huían. La retirada se imponía. Era el último golpe en el desánimo general. allá abajo. El enemigo tenía en la ocasión el aliento para el ataque y la seguridad de su misma temibilidad. . los kyries dolientes entraban peor que intimaciones enérgicas. En este volver las espaldas al enemigo que. a su vez. cuando el primer reflejo de la mañana mostró una fuerza constituida por plazas de todos los cuerpos precipitada a la vanguardia. entre las cuales iba el cuerpo del comandante malogrado. No se dividían en escalones dispuestos a la defensa ofen­ siva. Avanzando por el espigón del morro rumbo a la Favela y derivando de allí por las vertientes opuestas. sin formación. Los aprestos de partida se hicieron en un atropello indescriptible. Sólo una divi­ sión de dos Krupps. implacables. Al moverse finalmente esta fracción abnegada fue rudamente atacada. la expedición se desparramaba por las laderas sin orden. Abajo empezó a sonar la cam­ pana. Decían de modo elocuente. por los caminos afuera. De manera que. entre vivas entusiastas. toda la población de Canudos contemplaba la escena. los heridos y las camillas. . Adelante. despierto.

No lo defendieron. y atontados por el humo. FUGA Y fue una desbandada. en la extrema retaguardia. había quedado. inabordable. terrible. apenas se desencadenó el pánico. asombrados ante esa resistencia inexplicable. junto con el crepitar del fuego en llamaradas. se oían allá adentro. como el de una caza. saliendo de la caatinga al camino. Uno a uno iban cayendo los soldados de la guarnición estoica. donde la ferocidad y la cobardía revoloteaban confundidas bajo el mismo aspecto. galvanizada por la fuerza moral de un valiente. los batallones se disolvían. corriendo por los caminos y por los rastros que los recortan. desarmándose. . lenta y unida.DESBANDADA. los sertanejos estrechaban de a poco el círculo del ataque alrededor de las dos divisiones que los enfrentaban. idiotizados. en la marcha habitual de una revista. Sólo la artillería. retrocedía y volvía al ataque. sucedió de pronto un hecho épico. seguía. desabrochándose los cinturones para la carrera. Entre los fardos tirados a la orilla del camino. siguiendo a paso tardo o. como al encuentro de un obstáculo. al que no veían. A los primeros tiros. torcían el rumbo. corriendo en grupos. gritos de dolor y de cólera. dejando las camillas donde se retorcían los heridos. triste pormenor. corriendo hacia las caatingas. La disolución de la tropa se detenía en el acero de esos cañones cuya guarnición diminuta se destacaba maravillosamente impávida. y corriendo. las muías de tracción se resistían. tirando afuera las piezas del equipo. lentamente. sin jefes. saltando de los escondrijos en llamas. disparando sus trabucos y pistolas. Ochocientos hombres desaparecían en fuga. de súbito. la onda rugidora de los jagunqos atacaba y se detenía. se escondía. Al poco tiempo. Contenidos al principio a la distancia. vacilantes en asaltar a cuchillo al pequeño grupo de indomables. corriendo. parando de cuando en cuando para barrer a disparos las caatingas traicioneras. casi solemne. en bandas. . corriendo al acaso. abandonando las espingar­ das. alineándose en batalla y largando cargas fulminantes. Al encuentro con los cuatro Krupps de Salomáo da Rocha. Aquella batería la liber­ taba. Las granadas explotaban entre los ramajes secos incendiándolos. aterrados. En esa corrida siniestra. El resto de la expedición podía escapar a salvo. y prosiguiendo después. No hubo ni un simulacro de rechazo contra el ene­ migo. sólo adivinaban por la estridencia de los gritos de desafío y por los estampidos de un tiroteo irregular y ralo. alrededor de ella se adensaron los atacantes. imposibilitaban la marcha. los sertanejos en chusma. . Estos apenas podían seguir. gritando. Heridas o espantadas. Se reducían. el cadáver del comandante.

Las notas de las cornetas. rengueando. anulada. espingardas. Y la artillería quedó en completo abandono antes de llegar a Angico. cinturones y sables. el coronel Tamarinho se lanzó desesperadamente. co­ rrían enloquecidos. vibraban sin respuesta. a la vanguardia. que había vuelto a la retaguardia. La infantería había de­ saparecido. no encontró entre los que mandaba un brazo que lo sostuviera. sin un subordinado. Así ordenó repetidos toques de "¡media vuelta. A orillas del camino sólo se veían. . ahora de­ sierto. Caído sobre la orilla. pues eran blancos de preferencia de los últimos. O mejor. . tallado a golpes de hoz. dispersa. mochilas. corrían de los oficiales. convulsas. El ingeniero militar Alfredo do Nascimento lo alcanzó con vida. aceleraban la fuga. como si buscase todavía. Y como la mayor parte de los fugitivos evitaban el camino. Era una orden difícil de ser cumplida. En vano algunos oficiales indignados gatillaban sus revólveres contra el pecho de los fugitivos. No tenían a quién llamar. corrían de los jagungos. mientras trasponía al galope el arroyo del Angico. . . alto!”. Por fin pararon. piezas del equipo. en desparramo. junto a los cañones que no abandonó. No podían contenerlos. Completamente solo. al encontrarse con ese cuadro terrible. al morir. . Las notas de las cornetas vibraban encima de ese tumulto. corrían. había desaparecido. Era el fin. El capitán Salomáo tenía a su alrededor apenas una media docena de leales. la batería se detuvo. tirados al azar. Más adelante. Cayeron los golpes encima de todos y cayó. . arrastrándose penosamente. inútiles. El capitán Vilarim se había batido casi solo y al agonizar. . Pasaban. personalmente. el caballo al galope por el camino. La catástrofe se consumó. como cosas inútiles. emitidas por los cometeros sin aliento. Los cañones se inmovilizaron en una vuelta del camino. moviéndose sin temor ni fatiga entre los fugitivos. Los mismos heridos y enfermos allá se iban. imprecando a los compañeros más ágiles. condenándose heroicamente a la hora de la catástrofe. el viejo comandante murmuró su última orden: — Busque a Cunha Matos. se desparramaron sin . no se conmovían. Los jagungos entonces se lanzaron sobre ella. buscó inú­ tilmente socorrer a los últimos soldados que habían ido a Canudos. y al ver a aquéllos caer mal heridos. .Por fin. El coronel Tamarinho. el coronel Tamarinho cayó de su caballo herido por un balazo. En aquel desorden sólo cabía una determinación posible: "¡Desbande!”. UN ARSENAL AL AIRE LIBRE La tercera expedición.

junto con piezas del equipo. y los jagungos tenían para abastecerse con holgura. cin­ turones y gorras. todo cuanto había tocado el cuerpo maldito de los plazas. mancharía el cuerpo de los luchadores sagrados. Así es que en la distancia que media entre el Rosario y Canudos. Y la creencia. se largó hacia Queimadas hasta donde se prolongó esa disparada. la habían visto caer terriblemente sobre la aldea. También se había desnudado. sacos y pantalones de vivo carmesí. había un arsenal diseminado al aire libre. aumentaba. errando al azar por el desierto. los sertanejos recogían los despojos. . lograron llegar al Cumbe o a otros puntos más lejanos. desviándose de la ruta. cargando armas ante las cuales eran juegos de niños sus carabinas. imponente y terrible. vigorizada por la brutalidad de los combates. se perdieron para siempre. Algunos. Los éxitos les habían exacerbado a un tiempo el misticismo y la rudeza. y después de estos ataques temerarios. Sin duda era un milagro. y el abandono por los caminos de las armas y los equipos. quemarla. Mientras sucedía esto. denominación irónica desti­ nada a permanecer durante todo el curso de la campaña. darles de gracia todo ese arma­ mento moderno y aprovisionarlos suficientemente. La fuerza del gobierno era ahora realmente la debilidad del gobierno.rumbo. comandante de la plaza. que denunciaban en el pardo de la caatinga a los fugitivos. donde muchos. Se había roto el prestigio del soldado y los broncos cabecillas se olvidaban de las mínimas peripecias de los hechos. El resto llegó al día siguiente a Monte Santo. De modo que la mayor parte de la tropa no sólo se había desarmado delante del adversario. asaltarla. Al conocer el desastre. no los esperó. les hacía revivir todos los bárbaros instintos. . agonizando y muriendo en completo abandono. entre ellos los heridos. La expedición Moreira César parecía haber tenido un solo objetivo: entregarles todo aquello. sustituyeron en las manos de los combatientes de primera línea las viejas espingardas de carga morosa por las Mannlichers y Comblains fulminantes y como los uniformes. UNA DIVERSION CRUEL Se llevaron a la aldea los cuatro Krupps. La habían visto llegar. crecía. La complejidad de los hechos los perturbaba y no tenían más que una interpretación: visiblemente. empeorándoles la índole. la potencia su­ perior de la divinidad los amparaba. arruinarla de punta a punta. presenciaron el retroceso y la fuga y la disparada enloquecida. Por los caminos y por los sitios más próximos estaban diseminadas armas y muni­ ciones. . los aprovecharon de un modo cruelmente lúgubre. invadirla. El coronel Sousa Meneses.

nuevos expedicionarios marcharon hacia Canudos. y recogidas las armas y municiones de guerra. a espacios regulares. La caatinga. Allí permaneció durante largo tiempo. rodeadas de trapos viejos. Los decapitaron.Lo testimonia el hecho extraño. erguido en una rama seca de angico. apareció repentinamente adornada por una florescencia extravagante y colorida. pantalones y chaquetas multicolores. . que remató estos sucesos. . prendidos a las ramas de los arbustos. Un pormenor doloroso completó esta escenificación cruel: a un costado sobresalía. capotes. . brazos y piernas colgantes. cinturones. Encima. Quemaron los cuerpos. empalado. . con las caras de frente al camino. parecía una visión demoníaca en el desierto. Después alinearon las cabezas a los dos costados del camino. . oscilando según el viento movía la rama flexi­ ble. . especie de diversión siniestra. en los arbustos marginales más altos. Concluidas las exploraciones por los alrededores. Era asombroso. . el cadáver. . esmirriada y desnuda. . colgaron los restos de los uniformes. que recuerda la religiosidad trágica de los Achantis. gorras. . por el colorado fuerte de las divisas. . los jaguncos reunieron los cadáveres que estaban desparramados por todas partes. observaron todavía el mismo escenario: calaveras blanqueadas a los bordes del camino. el azul de las chaquetas y los brillos vivaces de las chapas de los estribos. mantas y mochilas. y a un costado —mudo protagonista de un drama te­ rrible— el espectro del viejo comandante. tres meses más tarde. el cuerpo del coronel Tamarinho. Como un maniquí terrible y lúgubre. Cuando.

Un guía temeroso: Pajeú. En la completa desorientación de los espíritus. hacía mucho tiempo. . I I I — Colum­ na Savaget. Triunfos por el telégrafo. La marcha. se levantó luego. En los flancos de Canudos. Levantamiento en masa. Primeras noticias ciertas. El comienzo de una batalla crónica. Una división aprisionada. Concentración en Queimadas.— El asalto: preparativos. el encuentro. federal y estatales. La acti­ tud del comando en jefe. agitando estérilmente la propaganda de la restauración monárquica. sobre el nuevo régimen. Excepcional carga de bayonetas. Cocorobó. Nueva victoria desastrosa. Macambira y Trabubu. V. Una tropa de bárbaros.CUARTA EXPEDICION L— Desastres. un intenso agitar de conjeturas para explicar lo inconcebible del hecho y hallar una razón cualquiera en aquella destrucción de una fuerza numerosa. Al principio fue el asombro. I DESASTRES La nueva de este revés fue un desastre mayor. por todas partes. había una media docena de revolucionarios platónicos. bien equipada y con un jefe de tal valía. tal circunstancia fue el punto de partida para la más imprudente de las reacciones. Y como en las capitales. primero dispersa en vagos comentarios. La travesía. Cazas peligrosas.— Victoria singular. El alto de la Favela. Paso por Pitombas. La cuarta expedición se organizó en medio de una gran conmoción nacional que se traducía en actos contrapuestos a la gravedad de los hechos. El camino del Ouvidor y las caatingas. Se destruye un plan de campaña. I I — Movilización de tropas. contemplativos y man­ sos. Versiones disparatadas. La comisión de ingenieros. No hay un plan de campaña. V III— Nuevos refuerzos. Los heridos. la idea de que los tabaréus turbulentos no actuaban solos. Incidentes. Inesperado emisario. V I— Por los caminos. Demoras. Aventuras del asedio. después un desvarío general de la opinión. En viaje hacia Canudos. Mentiras heroicas. Se organiza la expedición. VIL— La Brigada Girard. condensada después en total certeza. Planes. Desánimo. El cabo Roque. El mariscal Carlos Ma­ chado Bittencourt. Colaboradores demasiado prosaicos. IV. Ante las trincheras. Versiones y leyendas. Canudos: una diátesis. Extraño heroísmo. Eran la vanguardia de ignotas falanges prontas a irrumpir.

. La opinión nacional se debatía de tal modo en la prensa. ¿Exageramos? Tomamos al azar un diario cualquiera de aquellos días. Canudos era una Coblentz 2 8 8 en ruinas. En la prensa y en las calles. aplaudiendo todos los actos de energía cívica que se hacen para lavar la afrenta del ejército y de la Patria. Y Antonio Conselheiro — un Mesías de feria— había tomado en sus manos temblorosas los destinos de un pueblo. . Algunos ciudadanos activos congregaban al pueblo de la capital de la República y le resumían su ansiedad patriótica en una noción incisiva: "El pueblo de Río de Janeiro reunido en mitin y consciente del doloroso revés de las armas legales en los sertones de Bahía. entraban los nostálgicos del im­ perio. . * * O País. Ese era el grito dominante en la conmoción general. La dinastía en disponibilidad. y congregado alrededor del gobierno. con la República. aguarda. que el remedio corra parejo con el mal. Se adoctrinaba: "Lo que de un golpe conmovía el prestigio de la auto­ ridad constituida y abatía la representación del brío de nuestra patria en su renombre. Se concluía: "No hay quien en esta hora no comprenda que la monar­ quía revolucionaria quiere destruir. ¿La monarquía se arma? Que el Presidente llame a los republi­ canos a las armas” * * *. a la sombra del fanatismo religioso. tomadas por el caudi­ llaje monárquico. en su tradición y en su fuerza. se conspira. francamente en armas”. había que salvar a la República. . La encontraron: los disturbios sertanejos eran signos de una vasta conspiración contra las instituciones nuevas. El mal es grande. era el movimiento armado que. la sofocación de la revuelta”. ansioso. no siendo lícito a nadie ilusionarse más sobre el pleito en el que. la casa Braganzaa70. Se explicaba: "La tragedia del 3 de marzo en la que juntamente con Moreira César perdieron la vida el ilustre coronel Tamarinho y tantos otros oficiales valientes de nuestro ejército. fue la confirmación de cuánto ha crecido en audacia y en fuerza el partido monárquico a la sombra de la tolerancia del poder público. * * * O Estado de Sao Paulo. se forma el ejército imperialista. marchaba acelerada­ mente contra las instituciones. con audacia. y gracias a su involuntario aliento” * *. Por detrás de la envergadura raquítica de Pajeú se diseñaba el hidalgo perfil de un Brunswick 2 6 9 . Joáo Abade. ha­ bía encontrado por fin un Monck271. Se afirmaba: "Se trata de la Restauración.CANUDOS: UNA DIATESIS Sucesos de tanta monta requerían una explicación. la unidad del Brasil” *. * Gazcta de Noticias. La República estaba en peligro. Y así todos. .

Al final intervino la multitud. arrastra a los medios más adelantados — enguantados y cubiertos por el tenue barniz de la cultura— a trogloditas enteros. Más de una vez. y todos a una. Copiamos: "Ya era tarde y la excitación del pueblo aumentaba en proporción a su masa siempre creciente. a la calle.. Si el curso normal de la civilización. pues la multitud. aquí como en todas partes y en todos los tiempos. El hombre del sertón. libros. El Presidente de la República quebró su habitual serenidad: "Sabemos que. Se extendía. de donde fueron luego conducidos a la plaza de Sao Fran­ cisco de Paula. en general. y a pesar de que la policía corrió para evitar un asalto a esos diarios. papeles. Las líneas anteriores tienen un solo objetivo: poner de relieve semejanzas que se emparejan en un mismo salvajismo. La Rúa do Ouvidor era un desvío de las caatingas. En todos. trabaja la po­ lítica. quedando otros en montón en la misma Rúa do Ouvidor” * 27S. no llegó a tiempo para evitarlo. EL CAMINO DEL OUVIDOR Y LAS CAATINGAS Interrumpamos este espigar entre ruinas. fueron a las redacciones y a las imprentas de los diarios Gazeta da Tarde. quemando todo”. sea como fuere y contra quien fuere”. cuadros. Aparecía en las capitales del litoral. La guerra de Canudos no era más que un síntoma. invadió esos establecimientos y los destruyó por com­ pleto. "Entonces comenzaron a romper y a inutilizar lo que encontraban. ¿Valdrá la pena definirlos? La fuerza portentosa de la herencia. donde formaron una gran hoguera.El mismo son en todas partes. bruto y vestido de cuero. tenemos todos los medios para vencer. convirtiendo en legiones — cohorte misteriosa que marchaba sordamente en las sombras— a media docena de reaccionarios. etc. Libertade y Apóstolo 2 7 2 . Las correrías del sertón entraban impetuosamente en la civilización. se acordaron de los diarios monárquicos. utensilios. El mal era mayor. así. a los gritos de viva la República y la memoria de Floriano Peixoto. por detrás de los fanáticos de Canudos. Pero estamos preparados. tenía socios quizá más peligrosos. los contiene y los domina y los inutiliza y poco a poco los destruye. . en el decurso de los hechos que nos propusimos narrar. esquivamos el detallado análisis de acontecimientos que escapan a la escala superior de la historia. idealistas y temerosos. muebles. condenándolos a la penumbra * Jornal do Brasil. No estaba confinado en ese rincón de Bahía. tirando después los objetos. en un ímpetu de desahogo. en esta indignación. la obsesión del espantajo mo­ nárquico.

mostrándoles el brillo de la civilización a través de la claridad de las descargas. admirable al refractar. o las investigaciones de la psiquiatría. los arranca la curiosidad de los sociólogos extravagantes. vencer terriblemente a la nacionalidad que. . ya lo vimos. inmersos en el sueño de la restauración imperial. aparecía como una página truncada y sin número en nuestras tradiciones. expresaba un gran descono­ cimiento de las condiciones naturales de nuestra raza. el claroscuro indispensable de los hechos de mayor volumen. Vamos a dejarlo. pero sin tamaño si se focalizan a la sombra. Era natural. Reaccionaron. insistiremos en una proposición única: atribuir a una conjuración política la crisis sertaneja. imá­ genes fulgurantes. so­ breponiendo una formación moderna a una formación antigua. ni otro valor. Considerándolos. Antes. perdida en el desierto. quería arrastrarlos a los deslumbramientos de nuestra edad dentro de un corral de bayonetas. Traía datos entre los cuales nada valían los sonámbulos errabundos. Canudos era una tapera miserable. era un buen consejo para estudiarlas. fuera de nuestros mapas. El caso. Bajo tal aspecto. Y esta inconsciencia ocasionó desastres mayores que los de las expediciones derrotadas. los jagungos. el espíritu más robusto permanece inerte ante el ejem­ plo de una lente de flintglass 2 7 4 . la estra­ tificación moral de los pueblos también se embarulla y se invierte y la ola de los sinclinales abruptos estalla en flaults 2 7 5 por donde irrumpen viejos estadios hace mucho recorridos. Reveló qué poco nos aventajábamos de los rudos patricios retardatarios. Son el reverso fatal de los acontecimientos. siem­ pre que una conmoción profunda afloja a su alrededor la cohesión de las leyes. Sigamos. éstos eran lógicos. sin embargo. de donde.de una existencia inútil. a veces. Sólo sugería un concepto y es que. invertidos. un anacro­ nismo étnico. los patriotas se dieron por satis­ fechos con el auto de fe de algunos diarios adversos y el gobierno comenzó a actuar. Aquel original afloramiento del pasado. No entendimos la elocuente lección. Al menos. era más complejo y más interesante. ampliadas. La misma curiosidad del arqueólogo al encontrar los palafitos de una aldea lacustre junto a una ciudad industrial de Suiza. que mostraba todas las fallas de nuestra evolución. Entre nosotros despertó rencores. No vimos el rasgo superior del acon­ tecimiento. para corregirlas y así anularlas. después de abandonarlos cerca de tres siglos. No hay que analizarlos. En la primera ciudad de la República. ante todo. Lo que sorprende es la sorpresa que pro­ vocó tal hecho. Pero no tienen otra función. era una enseñanza y podría haber desper­ tado gran curiosidad. sólo podían hacer lo que hicieron. Actuar significaba esto: juntar batallones. Aislados en el espacio y en el tiempo. así como los estratos geológicos no pocas veces se perturban. surgen e invaden escandalosamente la historia.

mal indicando las fases capitales de la acción. tenían además artillería y la mane­ jaban con firmeza. es­ candalosamente divulgada por las calles. Se agitaban ideas alarmantes: los sertanejos no eran "una banda de beatos fanáticos”. la leyenda del cabo Roque. adonde había llegado agonizante. manteniendo en crecimiento la conmoción y la curiosidad públicas. la verdad aparecía a veces bajo una forma heroica. la información adoptaba las más cam­ biantes formas. MENTIRAS HEROICAS Se afirmaba: el coronel Tamarinho no había muerto. disciplinado”. tenía la elocuencia del alboroto con que había sido escrito. EL CABO ROQUE En esa incertidumbre. Impresionaba a quien lo leía con una hecatombe. se les daban visos de realidad y prontamente eran sustituidos por otros que dominaban durante un día o durante una hora la atención de todos y se extinguían a su vez. impresionando emocionadamente el . se había salvado valerosamente junto con un puñado de compañeros leales y estaba en camino a Queimadas. ante la aparición de otras versiones igualmente efímeras. aumentando las aprensiones y los miedos. para hacerla más emocio­ nante. medrosamente comentada en las casas. Era una permanente tortura de dudas cruciales. Se le agregó después. Era imposible acertar con la más leve noción de la realidad entre esas opiniones abstrusas.Las primeras noticias del desastre prolongaron por muchos días la agi­ tación en todo el país. . Algunos de los nuestros y entre ellos el capitán Vilarim. eran un "ejército instruido. Y así de corrido. despertaban en los espíritus in­ quietos un hilar de interminables conjeturas. Se inventaban los hechos. El parte de combate del mayor Cunha Matos 276. De modo que la alarma fue creciendo. habían sido despedazados por esquirlas de granadas. Y éstas. La muerte trágica de Salomáo da Rocha fue una satisfacción para el amor propio nacional. Después una afirmación lúgubre: el infeliz militar había sido efecti­ vamente muerto. . Se contradecían: se había salvado pero estaba gravemente herido en Macacará. Nada sabían tampoco los que habían vivido ese revés. admirable­ mente armado de carabinas màuser. No se sabía nada positivo. posteriormente agravada por otras informaciones. deficiente. cribado de errores singulares. En la inconsciencia de la exageración.

esos guarismos inexorables. sacrificándose por un muerto. la destrucción de los enemigos de la República armados por el caudillaje monárquico. Un cabo humilde. el soldado leal había permanecido a su lado. 1. variantes de un dictado único. Una semana después se verificaba allí la existencia de 74 oficiales. Vimos cuántos entraron en acción. allí se encontraban salvos. Se abrieron sus­ cripciones patrióticas. el fervor de las adhesiones entusiastas. . Ellos no disminuirán. se había batido hasta su último cartucho para caer finalmente. Tres días después del encuentro. se volvió como una compensación ante el revés. apareció con los últimos retra­ sados sobrevivientes. tres días apenas. No hagamos la resta. con su singular significación negativa. a doscientos kilómetros de Canudos. Dos semanas más tarde. persistió como aspiración exclusiva. gran parte de la expedición. Era subordinado de Moreira César. la tropa se había desbaratado y el cadáver del coman­ dante había quedado abandonado al margen del camino. registrados. esa tragedia. Se hicieron notas de pésame en las actas de las sesiones municipales de los sitios más remotos. el oscuro soldado trascendía a la historia cuando — víctima de la desgracia de no haber muerto— cambiando la inmortalidad por la vida. Se decretó luto nacional. Se hacían misas por los muertos en todas las iglesias. el de las demás ciudades creía estar a la altura de la grave situación apoyando todos los actos de energía cívica que practicaba el gobierno por la afrenta al Ejér­ cito y (esta conjunción valía por cien páginas elocuentes) a la Patria. ya se encontraba en Queimadas. Se congregaban para acuartelarse ciudadanos altivos. Y en todos los mensajes. . ornaba la peripecia culminante de la pelea. los arzobispos dieron orden a los sacer­ dotes de sus jurisdicciones para que dijeran en las misas la oración Pro pace. Dejemos ahí. A esta revelación se agregaron otras a medida que la situación se aclaraba. transfigurado por un singular rapto de coraje. Igual que el pueblo de la Capital Federal. De rodillas junto al cuerpo del jefe. volvían a la vida.alma popular.081 combatientes. los Congresos. LEVANTAMIENTO EN MASA Los gobernadores de los Estados. se planearon homenajes cívicos. Poco a poco se reducía por un lado y se agravaba por el otro. y en un coro triun­ fal de artículos vibrantes y odas fervientes. guardando la reliquia que el ejército había abandonado. Los trescientos y tantos muertos de las informaciones ofi­ ciales. monótono por la cadencia de los mismos períodos retumbantes. el día 19 de marzo. las corporaciones muni­ cipales continuaron vibrando en el anhelo de la venganza. Resurgie­ . Y dándole a la tristeza general la nota supletoria de la sanción religiosa. fuertemente coloreada por la imaginación po­ pular. en Queimadas. La escena maravillosa.

Surgían planes geniales. catervas formidables. triunfalmente. Las gentes alucinadas oían el sordo tropel de los bárbaros. mientras se creaban otros con patriotas de todos los matices: el Deodoro. . se encaminarían hacia el lito­ ral. . sin piedad. El Presidente de la República declaró que. Los batallones de Moreira César eran las legiones de Varo 278. Ya estaban tomadas por los jagunqos Monte Santo. pasando por encima de la Itiúba. Cumbe. . Ingenieros ilustres hicieron el trazado de un milagro de ingeniería: un ferrocarril de Vila Nova a Monte Santo.ron batallones de veteranos: el Tiradentes. sólo se notó la falta muchos días después. muy hábil. se llamaría a las armas a los mismos diputados del Congreso Federal. se acumulaban nuevas noticias que aumentaban el fardo extenuador de aprensiones que oprimían a las almas conmovidas. Las hordas invasoras. Se daban sorprendentes informes. y en un ímpetu de patriótico lirismo. el Silva Jardim. que irrumpiría de golpe. . adiestrado quizá en los polígonos bravios de Abisinia 277. Magacará y tal vez. después de saquear esas aldeas. habiendo desertado cerca de setecientos. de donde. . avanzando sobre la capital de Bahía. Y sucesivamente. Es que en Canudos estaba en juego la suerte de la República. . fugitivos desde la Revuelta de Setiembre. el vicepresidente le escribió al Club Militar proponiéndose valientemente para ceñir el sable ven­ gador. UNA TROPA DE BARBAROS Se afirmaba que uno de los jefes del reducto era un ingeniero italiano. . el Benjamín Constant. Se exponían extraordinarios detalles: en la aldea había tanta gente que. reorganizándose en Tucano. el Moreira César. aquello no era una aldea de trucu­ lentos bandidos. hecho en treinta días. . Allí existían hombres de excepcional valor. que el Conselheiro había con­ vocado. No bastaba. PLANES En el cuartel general del ejército se abrió la inscripción para cubrir los claros de diversos cuerpos. en caso extremo. el Académico y el Vrei Caneca. ya endurecidos en el fuego de la revuelta anterior. . marchaban hacia el sur. Jeremoabo. incomparables. la de la Armada. con el coro estri­ dente de las locomotoras en pleno sertón bravio. Los rodeaban en su fuga. acrecidas por nuevos contingentes. entre los cuales se nombraban conocidos oficiales del Ejército y de la Armada. ideas raras.

La aureola de la locura soplaba también por el sur. un ladrón cabal. asomaba en esa concurrencia extravagante para la historia y para los hospicios 279. un heresiarca si­ niestro. . precipitando en las primeras escaramuzas. Llegaban a esa capital en batallones des­ tacados y seguían inmediatamente hacia Queimadas. para legar a las generaciones futuras una República honrada. Esta medida. el 33? y 35? de Piauí. invitado a asumir la dirección de la lucha. el 4? de Pará.Y no eran sólo los jagungos. el 5? de Maranháo. el 9? y el 16? de Bahía. ade­ más de corresponder a la urgencia de una organización pronta en esa aldea. su pensamiento sobre las cosas: "Todas las grandes ideas tienen sus mártires. coronados del mejor de los éxitos. se imponía por otro motivo igualmente serio. 31? y 329 de Río Grande do Sul. general Artur Oscar de Andrade Guimaraes. habiendo definido antes en una proclama por telégrafo. En Juázeiro. el 14? y 5? de Pernambuco. 25?. Joáo Brandáo. el 5? y narte del 9? de caballería. el 26? de Sergipe. . 30?. II MOVILIZACION DE TROPAS Se trajeron batallones de todos los Estados: el 12 ?. regimiento de artillería de la Capital Federal. aquella vanguardia de retardatarios y de maníacos. nosotros estamos convocados al sacrificio del cual no huimos. asaltaba cargueros repletos de espingardas. deshacía escoltas y escondido en el alto sertón del Sao Francisco. el 27*? de Paraíba. CONCENTRACION EN QUEM ADAS Las tropas convergían en Bahía. el padre Cicero. el Monje del Paraná. un maníaco. convertida en base de operaciones provisorias. En Minas. por fin. se manifestaba. . tomaba la actitud batalladora. en Ceará. José Guedes. el 2 ? de Ceará. el 24? de Río Grande do Norte. eran hechos de una conjuración que desde hacía mucho tiempo actuaba solapadamente contra las instituciones. congregaba multitudes de nuevos cismáticos en pro del Conselheiro. En todo se repetía la misma afirmación: había que salvar a la Re­ pública. Y todo esto. La reacción monárquica. El comandante del 2 ? distrito militar. El gobierno debía actuar rápidamente. por su parte. aceptó. sorpren­ día a las autoridades que lo interrogaban con la altanería estoica de un profeta. En Pernambuco. firme y respetada”. el 7?.

la 2 ^ brigada bajo el mando del coronel . la soldadesca. 259 y 279 batallones de la misma arma. como cañoneras abiertas hacia el mar. los 169. finalmente protestaron y más elocuentes que los mensajes resultó el descontento popular pronto a estallar. y con sus calles estrechas y embarulladas por las cuales pasaría hoy Fernáo Cardim o Gabriel Soares sin notar diferencias notables. Por su parte. así ejemplificada. Esa provocación gratuita aumentaba día a día. SE ORGANIZA LA CUARTA EXPEDICION "En esta fecha quedan así definitivamente organizadas las fuerzas bajo mi comando: "Los 7?. trataron de despedazar. un escudo en el que se apreciaban las armas imperiales. en la orden del día del 5 de abril. los irritaba. desembarcaban. Como medida preventiva. levantada sobre la montaña. se ejercitaba en diversos con­ flictos y correrías. En los sitios públicos la población sorprendida oía los comentarios adversos. asaltada tantas veces por las chusmas marítimas de los normandos y los holandeses. conservando. disemi­ nados por las cumbres. torciéndose por la mon­ taña. En pleno día. Citamos sólo un hecho: los oficiales de un batallón. Y no los con­ movía. había en el ánimo de los nuevos expedicionarios una sospecha extravagante respecto de las creen­ cias monárquicas de Bahía. pudo organizar la expedición. enuncia­ dos con una fanfarronería continua. erigida para la defensa con sus viejos fuertes separados. 149 y 3 O 9 batallones de infantería constituyen la 1^ brigada bajo el mando del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. con sus laderas a plomo. La pasión patriótica rozaba la locura. se les aparecía como una ampliación de la tapera sertaneja. Eran cosacos en las calles de Varsovia. destacada por el agudo tintineo de las espuelas y de las espadas. a despecho del tiempo. siguiendo el mismo trazado de las trincheras de barro de Tomé de Sousa2S0. Era como si hubiesen esta­ blecido que aquello era un Canudos grande. como acrópolis desmanteladas. a hachazos. traduciéndose finalmente en desacatos y desmanes. De modo que en poco tiempo allí estaban estacionados todos los cuerpos destinados a la marcha hacia Monte Santo y el comandante general de las fuerzas. La vieja capital con su antiguo aspecto. llevaron su dedicación a la República a abusos iconoclastas. las líneas tradicionales de antigua metrópoli del Océano. Allí entraban con la altanería provocadora de los triunfadores en una plaza conquistada.Es que. La prensa y la juventud del Norte. generalizándose un concepto falso. to­ maban los vagones del ferrocarril central v seguían prontamente para Oueimadas. los batallones llegaban. el 309. colocado en el portón de una vieja repartición pública.

los 349. combatidos en una sola dirección. tenían francos hacia el norte y el oeste. La simple obser­ vación de un mapa mostraba que la convergencia establecida. para lo que eran suficientes aquellos dieciséis cuerpos articulándose en puntos estratégicos y avanzando poco a poco. 2? y 3? brigadas formarán una columna. "Las P . el coronel comandante de la 1? brigada. La orden del día nada decía en cuanto al desdoblamiento de las ope­ raciones. con una sola variante: en lugar de una. 35 9 y 409. hasta inclu­ yendo la posibilidad extrema y dolorosa de la batalla. incluso problematizaban un desenlace satisfactorio de la campaña. poco se desviaba del modelo anterior. en el caso de que fueran desbaratados. en las trampas de la guerra seríaneja. aunque se realizara. la 5^ brigada bajo el mando del coronel Juliáo Augusto de Serra Martins. todo el vasto sertón del Sao Francisco. esto no sucediese. y 6 $ brigadas formarán otra columna. tomando la hipótesis más favorable. en un punto de su amplia periferia y resultaban ineptos para el asedio. del Rosario y de Jeremoabo. 319 y 33 9 de la misma arma y una división de artillería. porque éste. el 59 regimiento de artillería de campaña. siendo responsable de la misma hasta la respectiva presentación de aquel general. no determinaría el aplastamiento de la rebelión. eran dos las masas compactas de soldados que irían a caer. se planeaba atacar a los fanáticos por dos puntos. Se resumía en la división en columna. Los jagungos. la 4^ brigada bajo el mando del coronel Carlos María da Silva Teles. Los caminos escogidos. los 12 ?. Desde estas aldeas convergirían sobre Canudos. la primera columna saldría por Monte Santo. asilo impenetrable en el . los 5 9 y 9 9 batallones de infantería. tal vez. era fácil verificar que la plena consecución de los itinerarios establecidos. bajo el mando del general Joáo da Silva Barbosa. se cortaban fuera del poblado. La expedición estaba constituida. mientras la se­ gunda. las 4^. Páginas ya escritas me dispensan de volver a insistir sobre semejante plan. alrededor de la aldea. por el sudeste. copia ampliada de los errores anteriores. los caminos del Cambaio. del Uauá y de la Várzea da Erna. bajo el mando del general Cláudio Do Amaral Savaget” . los 269 y 329 de infantería y una división de artillería. después de reunirse en Aracaju.Inácio Henrique Gouveia. la 6 ^ brigada bajo el mando del coronel Donaciano de Araújo Pantoja. la 3^ brigada bajo el mando del coronel Olimpio da Silveira. Y si. desde hacía mucho conocido. todos a un tiempo. atravesaría Sergipe hasta Jeremorabo. En vez de un cerco a distancia.

había sido una ilusión. rayaba en el optimismo más exagerado. vestirlos. No había un servicio de transporte suficiente para cerca de cien toneladas de mu­ niciones de guerra. y el comandante en jefe. órgano que prepara. fue imposible conseguir un depósito de víveres. en la que se incluye. o . dispuso todo para el ataque. No teníamos ejército en la significación real del término. . Pero no se pensó en esta división suplementaria. No había un servicio de abastecimiento organizado. darles municio­ nes. El país entero ansiaba lavar la afrenta hecha al Ejército y a la Patria. no había soldados: los cargadores de armas que por allí desembarcaban. Era necesario armarlos. Y al prevenirse. ante todo. de modo que en una base de operaciones provisoria. soldados y patricios. convergiese con ellas. cerrando aquellos caminos y origi­ nando finalmente un bloqueo efectivo. No había tiempo para pensar. Era preciso marchar y vencer. que les permitirían comunicarse con las cercanías y abastecerse. El gran movimiento de armas en marzo. no venían de los polígonos de tiro o de los campos de maniobras. Eran circunstancias fáciles de deducir. técnica y táctica. Los batallones llegaban. algunos disminuidos. una dirección administrativa. tendrían como tuvieron. Los sertanejos resistirían como resistieron. partiendo de Juázeiro o de Vila Nova y venciendo una distancia equiparada a las recorridas por las otras dos. Queimadas se volvió un vivero de reclutas y un campo de instrucción. afrontando los asaltos hechos por un solo flanco. llegaban a la oscura estación del ferro­ carril de Sao Francisco y quedaban impotentes para la partida. El general Savaget salió en seguida. más valiosa que la existencia de algunos millares de hombres y espingar­ das. mil puertas abiertas por los otros. . para Aracaju. Faltaba todo. desde el transporte de las provisiones hasta los lincamientos superiores de la estrategia. DEMORAS Pero éste sólo se realizaría dos meses después. unida al litoral por un ferrocarril. señalaban una sola corrección: una tercera columna que. a fines de julio. las operaciones militares. Finalmente. con el armamento arruinado y careciendo de las nociones tácticas más simples. Ahora bien.que se se acogerían a salvo y desde donde se aprestarían para la réplica. definida por un estado mayor que conozca todos los servicios. la consideración de un abandono en masa de la aldea. Los días comenzaron a correr monótonos en evoluciones y maniobras. adiestrarlos e instruirlos. en los primeros días de abril. Los com­ batientes. en Queimadas. menores que compañías.

. estuvo por salir. dispuestos para el combate pero impotentes para la partida y.de infantería. descansando. sin carretas para el transporte de las municiones. El coronel Thompson Flores planeaba ese movimiento indisciplinado y temerario. El comandante en jefe. la línea telegrá­ fica de Oueimadas. La penuria y ciertos anuncios de posible hambruna condenaban a la inmovilidad a la división en la que se encontraba el principal jefe de la campaña. registremos esta singular circunstancia. abastecieran a la base de operaciones.ejercicios de fuego en una línea improvisada en un surco abierto en la caatinga próxima. cuando llegó el mes de julio y la 2 ^ columna atravesando Sergipe. El diputado del Cuartel Maestre General 2 8 2 no había conseguido siquiera un servicio regular de convoyes. viviendo a costa de los recursos de un municipio pobre y talado por las expediciones anteriores. La comisión de ingenieros militares dirigida por el teniente coronel Siqueira de Meneses había terminado. con dificultades. Continuaron hasta mediados de junio los mismos ejercicios y la misma existencia aleatoria de más de tres mil hombres en armas. apenas contenido por la oficialidad. desprovisto de los recursos más elementales. centenares de valientes marcando el paso delante del enemigo. donde la situación no varió. la situación moral de los combatientes. que partiendo de Oueimadas. Esta detención desalentaba a los soldados y alarmaba al país. Fue el único movimiento militar realizado y no tuvo el valor de aplacar la impaciencia de los expedicionarios. se acercaba a Jeremoabo. en lugar de volver a la base de operaciones. Y fue la única cosa apreciable en tanto tiempo. Al llegar a Magacará. revelando. hacia el centro de la lucha. Y el entusiasmo marcial de los primeros tiempos aflo­ jaba. solo. Por lo que. . después de apresar en el camino algunos cargueros que iban a la aldea sediciosa. no había en Monte Santo una sola bolsa de harina en depósito. . de modo de almacenar reservas capaces de sustentar a la tropa por ocho días. porque esta brigada se había reconstituido con el agregado de una batería de tiro rápido y con el 79 destacado de la 1^. por el camino del Rosario. hacia Monte Santo. De allí salieron. doblegado en la insipidez de esa Capua invertida 2 8 1 donde voci­ feraban. recién formada con el 59 y el 9 9 batallones de artillería. Una de esas brigadas. pero de inquieto temperamento para aquella apatía. estaba bajo el mando de un oficial incomparable en el combate. batallón por batallón. Como un entretenimiento o un pretexto para sacar de Monte Santo por algunos días a mil y tantos consumidores de los escasos recursos de la columna. se quedaba delante de la tropa acampada y mal alimentada por algunos bueyes magros y hambrien­ tos desparramados por los campos de los alrededores. la 3?. aunque exagerándola con su fuerte temperamento nervioso. dos brigadas salieron en reconocimiento hasta el Cumbe y Ma^acará.

Esta consideración era capital. sorpresas de toda índole y de todo lo más odioso de la guerra”. Calculaban los efectos de esa dilación ante la opinión pública ansiosa de un desen­ lace y consideraban cuán útil sería para el adversario. Pero ninguno fue satisfecho. la nueva de la toma de Canudos por el general Savaget. Sin el laconismo propio de tales documentos. a los comandantes de los cuerpos. después de augurar una inevitable victoria sobre la gente de Antonio Conselheiro "el enemigo de la República”. Eran tres requisitos esenciales y complementarios. Muchos se estremecían imaginando el sobresalto al recibir de impro­ viso.A todos fastidiaba la inmovilidad en que habían caído tras el arranque marcial de los primeros días. El jefe expedicionario sólo se ocupó de la distribución de las formacio­ nes. estipulando que las características del terreno imponían tres condiciones para un favorable accionar de la campaña: fuerzas bien abastecidas. Lo demuestran las ins­ trucciones entregadas. de cuatro en fondo. y flexibilidad para adaptarse al terreno abrupto. Persistía la obsesión de una campaña clásica. lo que ese docu­ mento muestra es la obsesión en imaginar a las guerrillas habilidosas de los jagungos dentro de trazados gráficos. Avanzarían en brigadas cuyos batallones. No se preocupó del aspecto esencial de una campaña que. estos datos eran verdaderos. NO HAY UN PLAN DE CAMPAÑA El general Artur Oscar decidió entrar en acción fijando en la orden del día del 19 de junio la partida en la cual "deja a la imparcialidad de la historia la justificación de tal demora”. tenían escasos intervalos de pocos metros. movilidad máxima. Pese a la literatura alarmante. días antes. Las tropas partirían de la base de operaciones a media ración. consistía solamente en el aprovecha­ miento del terreno y en una movilidad vertiginosa. reducida al dominio estricto de la táctica. trincheras. Resumen de unos viejos preceptos que cada uno de nosotros. sujeta a los ligeros . Porque su tropa iba a salir hacia lo desconocido. aquel armisticio de tres meses. alentado por tres victorias. La comi­ sión de ingeniería había realizado reconocimientos acordes. legos en la materia. el general. podemos encontrar en las páginas de Vial 2 8 3 . que no acudiesen a los recursos del terreno tan pobre. Irían recargadas por las toneladas de un cañón de sitio. señala a las tropas el peligro que las asal­ tará al entrar en el sertón donde "el enemigo las atacará por la retaguar­ dia y los flancos” en medio de esas "matas infelices” cribadas de "caminos obstruidos. sin líneas de operaciones.

de modo que cada brigada. en la emer­ gencia de una batalla. a propósito. No quiso innovar. a media ración. pudiese. Y el jefe de la expedición. no tenían la garantía de una vanguardia eficaz. de los guarda-pies. Copió instrucciones sin valor. en las guerras sertanejas. delante de ad­ versarios fugitivos y valientes. y nada hay de práctico en esas instrucciones sobre servicios de seguridad en la vanguardia y en los flancos. Marcharían en desdoblamientos que. significaba la reducción de la marcha y la perturbación de los transportes. Quiso dibujar lo imprevisto. Uno o dos cuerpos así dispuestos . se le prendió a las espaldas la mole de acero de un Withworth de 32 2 8 4 . de flan­ cos capaces de evitarle sorpresas. Por fin. La tremenda máquina. que pesaba 1. aban­ donaría esos dispositivos de los preceptos idealizados sin nombre. los cuerpos. para pasar indemne por medio de los xique-xiques. como veremos en breve. Bas­ taba con que fuesen apropiadamente vestidos. aunque se dejasen de lado medidas imprescindibles. Es que había que impresionar al sertón con el monstruoso espantajo de acero. Como si fuera poco. habilitándolo para arremeter impunemente por allí adentro.reconocimientos hechos anteriormente o a los datos recogidos por oficiales de otras expediciones.700 kilos. guerras de trampas. iba a iniciarse enredada en una compleja red jerárquica. hecha para la quietud de las fortalezas ribereñas. La ropa de los vaqueros enseñaba. extendiéndose por el campo raso. de las perneras. líneas de apoyo y reservas— actuar con la seguridad mecánica establecida por las luminarias de la guerra. El flanqueador debía meterse en la caatinga vestido con las ropas de cuero del sertanejo. La lucha que sólo pedía un jefe esforzado y media docena de sargentos atrevidos. muestra la preocupación del orden mixto. y de los sombreros de cuero firmemente atados al mentón. apenas iban a arriesgar unos pasos para dejar por allí enganchados sus uniformes en jirones. En compensa­ ción. rodeadas de hechos súbitos y de encuentros fortuitos en las vueltas de los caminos o celadas en todas partes. se deberían mover con las distancias regulares. Soldados de ropas de paño. no las guardaban de los asaltos. con algunos batallones macizos perdiéndose en caminos desconocidos. cortando las bromelias y los espinos. Tenían que marchar a los costados del grueso de la tropa por dentro de las caatingas y éstas les obstaculizarían el paso. No imaginó que el frío estratega invocado. sin reglas. Ejemplifiquemos: las columnas partirían de la base de operaciones en situación absolutamente inverosímil. Los que las acompañaban no valían nada. con la garantía de las fuertes alpargatas. citó a Ther Brun. sin programación rígida. geométricamente — cordones de tiradores. un obstáculo para cualquier maniobra rápida. de los guarda-pechos para troteger el tórax. Hubieran podido avanzar si se les salvara de tales inconvenientes. un genio que para la ocasión no valía como los ardides de un capitán del monte.

Una firme educación teórica y un espíritu observador. la comi­ sión de ingenieros. en cuyos cuerpos los bárbaros uniformes no se ajustarían por primera vez. hijos del Norte. La conocía entera. normaliza la economía fisiológica y produce atletas. LA COMISION DE INGENIEROS Para este notable trabajo hubo un jefe: el teniente coronel Siqueira de Meneses. se le aparece un arroyo correntoso y lo cruza metido en su ropa impermeable. Además. Más extravagante resultan las cha­ quetas europeas de listas vivas y botones brillantes entre las ramas de la caatinga marchita 2 8 5 . acompañado por uno o dos ayudantes. lo convirtieron en el guía exclusivo de aquellos miles de hombres al tanteo en una región desconocida y bárbara. y debía rectificarlos. . con esfuerzo y tenacidad. Ese camino fue hecho.y convenientemente adiestrados. Nadie hasta entonces había entendido con igual lucidez la naturaleza de la campaña o estaba mejor preparado para ella. Atenúa el calor en el verano. ese campeador que se había formado fuera de la vida de los cuarteles. Se armoniza con la guerra. nuestros admirables patricios del sertón atestiguan que esa bizarra vestidura. en todos los bata­ llones. a lo largo de quince leguas. sobre todo considerando que allí había. Después de un largo combate. Porque no se gasta ni se rompe. las baterías Krupp. Pero esto sería una innovación rara. se levanta de golpe y su flexible coraza no tiene una sola arruga. Se temía contagiar la piel dura del jagungo a la epidermis del soldado. e infatigable. de modo que por tales caminos. Es buena para las intem­ peries. La expedición debía marchar correctamente. en todos los sentidos. Marcha bajo una lluvia violenta y no tirita. el luchador tiene sus ropas intactas y puede descansar sobre un montón de espinas. atenúa el frío en el invierno. desarrollándolo hasta lo alto de la Favela. a pesar de su rudo material es capaz de entallar elegantemente y robustece. que por sí solo requería un camino consolidado y firme. Cuando suena la alarma. En primer lugar. algunos cañones de tiro rápido y el aterrador 32. acabarían por copiar las evoluciones de los jagungos. Con corrección y fragilidad. el día 14. pudiesen transitar la artillería pesada. partió la comisión de ingenieros protegida por una brigada. Se encargaba de una ardua tarea: adecuar la marcha a los rastros sertanejos. Lo abrió. alejado de todo temor. se encuentra con pastos en llamas y puede cruzarlos sin hesitar. amor­ tigua las repentinas variaciones de la temperatura. alargarlos o nivelarlos. cortados por barrancos y torcidos por los morros. Y esto no sería una originalidad. La había recorrido casi solo.

en­ contró dificultades en los primeros pasos. en Calumbi o en el Cambaio. les desafiaba la astucia y no sentía temor de las emboscadas y no se equivocaba en la lectura de su brújula portátil entre los estampidos de las carabinas. que andando por todas partes con una carabina en bandolera y un podómetro agarrado a la bota. Una roca. mucho antes de llegar a la aldea. los vedeaba. el del Cambaio y el de Magacará. estu­ diando. Los vaqueros amigos de las cercanías lo conocían y lo conocieron por fin los jagungos. su estructura geognóstica aún no estudiada. se perdía en el desierto repleto de emboscadas. Mientras los cañones más lige­ ros llegaban. más preocu­ pado por sus notas y sus croquis que por su vida. el cáliz de una flor o un accidente del suelo. Su flora tan extraña. El teniente coronel Meneses era el ojo de la expedición. Esos atributos hacían pensar que sería escogido. Y le dio un trazado que sorprendió a los mismos sertanejos. luchando. física y moralmente bru­ ñido por la cultura moderna. Y el expedicionario sin miedo lo hacía. se le antojaban escritas en una página de la tierra que todavía nadie había leído. Quedaba el del Calumbi. distanciadas. bordeando los contrafuertes de Aracati. sin las trincheras soberbias del primero y sin las vastas planicies estériles del último. en reconocimientos peligrosos y resurgía en el Caipá. Se largaba por las amplias pla­ nicies. de fiso­ nomía nazarena. en todas partes. En este presu­ puesto. ineptos para un medio galope corto. dos. era la mejor garantía de una marcha se­ gura. de aspecto débil. habían sido utilizados por las expediciones anteriores. observando. subía por los cerros abruptos. al Río Pequeño. el obstruyente 32 . más corto y en muchos puntos menos impracticable. y muchas veces. Les llamaba la atención aquel hombre frágil. LA MARCHA PARA CANUDOS Por allí avanzaban. Cabalgaba animales arruinados. las brigadas.sorprendía a los combatientes más rudos. convirtiéndose en un pensador contem­ plativo. su topografía atormentada. La de artillería que levantó el campamento de Monte Santo el 17. haciendo un camino más hacia el este. Esa naturaleza original lo atraía. hechos diez kilómetros. Proveniente de una familia sertaneja del Norte y teniendo hasta familiares próximos entre los fanáticos de Canudos. se hundía en los pantanos. ese jagungo rubio. los sertanejos lo fortificaron de tal manera que la marcha de la expedición por allí hubiera acarreado un desastre completo. El plan esbozado por la comisión de ingenieros lo evitó. lo saca­ ban de las preocupaciones de la guerra para llevarlo a la región serena de la ciencia. El comandante en jefe había apreciado su valor. Entre los caminos que llegan a Canudos.

cuando debían estar en el centro. el 59 cuerpo de la policía bahiana. por las curvas del camino o por los desniveles repentinos que detenían a la pesada máquina. con una ingenuidad sorprendente. en los días angustiosos del asedio a Canudos cantarían al son de las guitarritas. permitiendo que se reor­ ganizara la brigada de artillería que. Ese mismo día había salido de Monte Santo el comandante general y el grueso de la columna constituido por las brigadas 1^ y 3^. avanzó hasta el Aracati. constituían un batallón de jagungos. salvaje y heroica. de los primeros mestizos. Y lo mismo le sucedía a los demás batallones. a un tiempo novelesca y brutal. Entre las fuerzas regulares de uno y otro matiz. coronel Campelo Franca. en la emergen­ . guardado intacto. A despecho de la formación establecida. unos tres mil combatientes. más tarde. seguían al cabo completamente aislados. Solamente el 19 a la tarde. con la misma marcha fatigosa y de­ morada.933 soldados. Los veremos más adelante. a la cola de la tropa. en seguida se verificó la imposibilidad de una concentración inmediata. imprimían el rasgo original de la vieja bravura. El 59 cuerpo y el convoy. debajo del relampagueo de la fusilería. iba el gran convoy general de municiones. Por el camino tiraban penosamente las veinte yuntas de bueyes que lo arrastraban. juntamente con la 2 ^ de infantería. proseguirían a la mañana siguiente hacia Gitirana. con un efectivo de 1. rezagados de la expedición. a veces demasiado dis­ tanciadas. y formado por 432 plazas. joviales y aficionados a las bravatas que. teniendo a la vanguardia al 2 59 batallón del teniente coronel Dantas Barreto. vencedores de bandeiras. guiados por conductores inexpertos. Más alejado todavía. una lealtad llevada hasta el sacrificio y un heroísmo extendido hasta la barbarie. en el que surgían inconvenientes a cada paso.había quedado distanciado una legua. habiendo partido los últimos de Monte Santo. totalmente nuevo. Toda la expedición en camino. fuera de la intrusión de otros elementos y de golpe. unos y otros poco afectos a esa clase de transportes. no era un batallón de línea ni era un batallón de policía. Esos cáboclos rudos y bravos. modinhas festivas. siempre con la misma formación: las grandes divisiones avanzando aisla­ das o concentrándose y dispersándose en seguida. Recién formado con sertanejos enrolados en las regiones ribereñas del Sao Fran­ cisco. distante ocho kilómetros de la estación anterior. llegó el cañón retrasado al Caldeirao Grande. en el aislamiento de las planicies. el único entre todos que se amoldara a las condiciones de la campaña. bajo el mando directo del diputado del Cuartel Maestre General. mezcla interesante de atributos contrarios a la lógica. Tenían el temperamento pri­ mitivo de una raza. cuarenta y seis kilómetros más allá de Monte Santo. en contraste permanente entre la marcha ligera de la vanguar­ dia y el lento andar de la artillería. caballeresca y despiadada. tres días ocupados en hacer tres leguas. aparecían con un aspecto original.

En el amanecer del día 2 2 . sólo se movió al mediodía. Pero la artillería. se ve que la tropa estaba desparramada por una longitud de casi cuatro leguas. después que los ingenieros. Pero. .cia de la batalla. Se exceptuaba el convoy retrasado en algún lugar del camino. a las seis. 7. De manera que si los jagungos dieran. ya de esa parada había salido a la retagurdia de la artillería. más aventajada. Lo muestra la ruta pormenorizada de la marcha. a poco más de una legua de Monte Santo y llegaba. protegido por la brigada Medeiros. después de caminar dos leguas. De ese punto salieron los dos generales en la mañana del 23. algún golpe de mano audaz contra el convoy general. en Juá. el 9 9 y el 259. en el centro la caballería y la artillería. apoyados por la brigada Flores. las que debieron haber sido establecidas de antemano como un requisito táctico indispensable. Si consideramos que el convoy general dirigido por el coronel Campelo Franca y protegido por el 59 de policía había quedado a la reta­ guardia. el auxilio de la columna quedaría trabado por el obs­ táculo de las baterías que cubrían el camino estrecho. el 259 de la 2^. el cañón 32. 79. Las brigadas se reunieron por fin. más de una vez. el 9 9 batallón de la 3^. Adscrito al trabajo de los zapadores. protegida por los del coro­ nel Medeiros. a 12. en lugares escogidos. como una obstruc­ ción entre la vanguardia y el convoy general. 159 169 y 279 cuerpos de infantería. el tren de la arti­ llería quedaba muy separado del resto de la columna. ofreciendo con­ diciones desventajosas en la emergencia de un asalto. el ala de caballería del mayor Carlos de Alencar y la artillería. cuando el general Barbosa que había permanecido el resto del día anterior en Caldeiráo. la brigada Gouveia tocaba Gitirana a la noche. a las nueve de la mañana al Caldeiráo Grande. llegó el resto de la columna compuesto por los 59. seguido de un piquete de veinte plazas de caballería y el 9 9 de infantería. Des­ pués de la artillería.800 metros de distancia. Mientras el grueso de la columna levantaba campamento del Río Pequeño al alborear del 2 1 . éstas quedaban divididas. en la noche de ese día. donde ya se encontraban la comisión de ingenieros y el general Artur Oscar que hasta allí había llegado. llevando el dispositivo fijado: al frente el 149 y el 39 batallones. violando completamente las instrucciones establecidas.600 metros más allá de Gitirana. realizaron penosos trabajos de repa­ raciones. porque no estaban dispuestas para distancias tan grandes entre sí. sin equipo. En la misma ocasión. hacia Aracati. haciendo la vanguardia los bata­ llones del coronel Gouveia. después otros dos cuerpos. aquí estaba inmovilizada la artillería aguardando que la comisión de ingenieros terminase la apertura de picas y trabajos de zapa. mientras el comandante general andaba rápidamente y en ese día llegaba con la vanguardia a Juá. levantaba campa­ mento hacia Gitirana. de ahí partía el comandante general con la primera brigada. y como el grueso de las fuerzas aún venía por el camino del Caldeiráo.

Acon­ sejado por éste. un cabo. Estaba sobre el tejado y al bajar se vio rodeado. por extensión. Se hizo necesario. guiado por un alférez. aunque era más largo. en Lagoa da Laje. Se entraba en zona peligrosa. espinal. golpeándolo con la culata. el de los Pereiras. Ya iban lejos. Aban­ donando todo el trabajo hecho. cuando el teniente coronel Siqueira de Meneses reconoció la imposibilidad de adecuar el camino con la rapidez necesaria. lo desmontó y le arrancó la carabina de las manos. por demás exigua para tanta gente. a dos kilómetros de Aracati. Otras la sucederían. El encuentro fue rápido. después de unas horas de camino. Después de la partida de Juá y llegados a la vieja estancia del "Pogo” totalmente en ruinas. se enfrentó con el adversario más próximo. El día 24 la marcha se hizo más pesada. Después se recostó a la pared de la casucha e hizo frente a los soldados agitando el arma sobre sus cabezas. totalmente entregado a nuestra causa. el piquete del comando general. lo cerrado de la caatinga. "Tales eran el gran movimiento de tierras a hacerse.Nos detenemos en los menores incidentes de esta marcha para mostrar las excepcionales condiciones en que se realizó. Era la primera hazaña. además de los trabajos de zapa. * Ju-eté: espino grande. donde ya estaba desde hacía mucho la columna. abrir más de una legua de pica a través de una caatinga feroz que en ese lugar justifica bien el significado de la denominación indígena del lugar *. Más a la retaguardia todavía estaba el 32. los sertanejos huyeron sin replicar. Los caminos empeoraban. Tomados de sorpresa. tenía mejores condiciones de viabilidad. La artillería sólo avan­ zó al caer la tarde. junto con la 3^ brigada al borde de un arroyo. Sólo uno quedó. INCIDENTES En lugar de seguir rumbo a la derecha. los pesados bloques de piedra a removerse. Lo vencieron. se encaminó hacia Jueté. Ese día. buscando la estancia del "Sitio” de un sertanejo aliado. La columna que levantó cam­ pamento de Aracati al mediodía porque tuvo que esperar la llegada de los retrasados de la víspera. ya unida. Reaccio­ nó a pesar de estar herido. sorprendió a algunos rebel­ des que sacaban el tejado de una casa allí existente2S7. además de los accidentes del terreno para la subida y bajada de los vehículos” 286. a una distancia de 13. que por lo cerrado de la noche no se pudo pasar. a la tarde se inició un nuevo camino que. y otra vez se dividió. sobrevino un incidente que muestra cuánto cono­ cían el terreno por el que avanzaban. se buscó el campo de Vila-Nova. pasando por el sitio de los Pereiras.800 metros. los zapadores hicieron un desvío a la izquierda. Y fue a acampar a la medianoche en la Lagoa da Laje. . Tomás Vila-Nova. Lo mataron.

palmatoria. A pocos centímetros del suelo. Antes que el desánimo. que causaba a todos contrariedad. tomó la decisión de encender. Allí también acampó la brigada de artillería. el tercero auxiliar y el cuarto comandante del con­ tingente de ingenieros. el tronco se divide en muchos gajos que se multiplican en una profusión admirable. Virgilio y Melquíades. los dos últimos de la policía. con un grupo de chinos en el empeño de llevarlo a Canudos. más de seis kilómetros de camino teniendo sobre sus talones a la artillería que atropellaba impaciente. no pudiendo vencer los obstáculos derrumbados por la noche. como un gran pólipo de millones de antenas. enmarañándose en una trama impenetrable. donde esta vegetación trai­ cionera desaparece como temerosa. de tanto en tanto. no impidió que la noche los sorprendiera antes de llegar a esa especie de claro. cuyas hojas son cilindricas. malestar y fastidio. el Dr. . quedó dentro de la pica hasta el día siguiente y con él. cansangao.El jefe de ese trabajo memorable relata * : "Al xique-xique. bajo el pseudónimo de Hoche. especie de cipo de aspecto arborescente. bajo lluvias torrenciales que se prolongaron hasta el día siguiente. pues el capitán Coriolano y el teniente Domingos Ribeiro se encontraban más atrás. representada en esta ocasión por el jefe. culumbi. cabega de frade. cola de zorro. artículos publicados en El País. Extiende sus franjas de hojas cilindricas con ocho canaletas e igual número de filos cortantes y poco salientes. deno­ minado por el pueblo lugareño Queimadas. formando una gran copa que se mantiene en el espacio por sus propios esfuerzos o favorecido por algunas plantas que vegetan por allí. el cansancio y el sueño se apoderasen de nuestros resistentes y trabajadores soldados. difícilmente las cortaba a los primeros golpes. a su luz. quixaba y la respetabilísima macarnbira. En ese laberinto de nueva especie. mandacarus. empeñados en esta pesada labor. tenientes Nascimento y Crisanto. La hoz más afilada de nues­ tros soldados del contingente de ingenieros y de la policía. "Así se concluyó con alegría general entre las ocho y las nueve de la noche el último trecho en el que el cumana desapareció dando paso a una vegetación más benigna al salir de Queimadas. El cañón 32. grandes hogueras para se­ guir los trabajos en pro de la buena causa de la Patria. El esfuerzo desplegado por los distinguidos y patriotas republicanos. ya noche oscura. la comisión de ingenieros tuvo que abrir. pues ofrecían una resistencia inespe­ rada al empeño que teníamos por ir adelante. de lo que ya habla­ mos. "Poco después de las 9 horas estaba la comisión reunida y acampada en el claro. en otros trabajos. alférez Ponciano. Domingos Leite. la citada comisión. que trabajaba desde el Río Pequeño. se unió el muy conocido y temido cumana. caroás. que cubren muchas veces una considerable superficie del suelo. en pocas horas. el 169 y el 259 batallones de * Teniente coronel Siqueira de Meneses. parecido a una planta cultivada en los jardines. favela.

el general Oscar con el estado mayor y el piquete de caballería. como reina del mundo. Los combatientes se reunieron seis kilómetros adelante. desaparecie­ ron. y más tarde. como por el genio de la libertad. Pero veloz y fugitivo. Pasó como en relieve. Cambiadas algunas balas. salvo la 3^ bri­ gada que se aventajó hasta las Baixas. acompa­ ñándola velozmente por dentro de las caatingas. Sorprendió a la tropa con un tiroteo rápido. acompañado por unos pocos tiradores. de la honra y de la gloria”. Al paso que el general Bar­ bosa. UN GUIA TEMEROSO: PAJEU El enemigo apareció otra vez. enderezaba hacia la estancia del "Rosario” a 4. Era algún piquete que espiaba a la tropa. para mostrarle el camino del deber. atravesar imponente. Levantaron campamento el 26. traía un objetivo mayor: renovar el delirio de las cargas y un paso redoblado enloquecido que tanto había perjudicado a la expedición anterior. Quedó prisionero y herido un curiboca de 12 o 14 años. El famoso bandido hizo un reconocimiento. Mientras tanto llegaba a Jueté. marchando hacia el "Rancho do Vigário”. quedando a cargo de la guardia del 32 el 279 que durmió en la pica. que no reveló nada en el interrogatorio a que lo sometieron. con las brigadas P y 3^. de flanco. Cayó en un ataque vivo y fugaz sobre la van­ guardia que ese día estaba constituida por el 9 9 de infantería. más adelante. en el camino adelante. hasta espléndido. . el espectáculo que nos impresionó vivamente. siendo necesario todavía hacer una rampa sobre las riberas del río Rosario para que lo cruzara la artillería. por entre las fantásticas claridades de las grandes hogueras. Fue magnífico. En seguida reapareció. El comandante en jefe envió entonces un emisario al general Savaget. como lo denunciaron los sucesos pos­ teriores.infantería. Desapareció. Pero de hecho. después de una corta parada en las Baixas. el resto de la división. encendidas en el desierto. reiterándole el compromiso de encontrarse el 27 en las cercanías de Canudos. viendo a la artillería con sus metales pulidos. Ahí llegó a la madrugada el comandante general. donde pernoctó. altiva de su gran fuerza. Lo dirigía Pajeú.700 metros más adelante. 18 kilómetros más lejos. La tropa acampó sin otras novedades en ese sitio. No fue posible distinguirlo bien.

Rompía la marcha el 259 batallón. venía por los primeros tramos de la vertiente y aquél ascendía lentamente. viejas conocedoras del terreno. establecido para el encuentro de las dos columnas sobre los escombros de la aldea atacada. hasta las Baixas donde aparecen los despeñaderos de la sierra del Rosario.Estaban a unos 80 kilómetros de Monte Santo. Sobre dos puentecitos atravesaron el riacho del Angico. La subieron. tratando de abatir. El intercambio de balas de la víspera presuponía combates even­ tuales. La noche transcurrió pacífica. Las cornetas no sonaban más. con sus soldados arqueados bajo los grandes fardos. a medida que los trabajos de zapa le abrían camino en las laderas. perdido en la retaguardia. Las brigadas siguieron: al frente la del coronel Gouveia con dos bocas de fuego. las de los coroneles Thompson Flores y Medeiros. La columna se dividió aún más. Y se extendieron por el camino en una línea de diez kilómetros. Es que. la conformación del terreno que desde allí en adelante se accidenta. apenas auxiliados por los pocas muías que todavía soportaban las cargas. y con la noche una lluvia torrencial con vientos muy fuertes. ladeado de dos pelotones de flanqueadores. For­ mados temprano. No lo hicieron. al centro la del coronel Olimpio da Silveira y la caba­ llería. y después. los batallones marcharon hasta el pie de la serranía. andaba por el camino de Jueté. nadie pensó en los compañeros retrasados. Los ayudaba. la artillería ligera que con los ingenieros había aban­ donado al pesado 32. tenían dispuesta otra posición. los jagungos se dispusieron a refriegas más serias. al atardecer llegaba al rancho. a golpes de facón el ramaje. La noche. Al día siguiente. También dejaron en paz al convoy que. Y en la alegría surcada de impaciencia. Las tropas iban a escalar por el sur la fortaleza que circunscribe Canudos. Mientras la vanguardia. de aprensiones y vibrante entusiasmo. el 27. . como veremos. Tal vez esclarecidos por el reconocimiento hecho. sucesivamente. del otro lado. cayó sobre los expedicionarios que. derivaron después en la bajada por la garganta que la separa del "Rancho do Vigário”. En plena zona peli­ grosa. en tales condiciones. Seguían cautelosos su ruta. como siempre. Habían aflojado a los animales de tiro y toda la carga de 53 carretas y 7 grandes carros pasó subdividida a las espaldas fuertes de los sertanejos del 59 batallón de la policía. podrían ser fácilmente desbaratados por las guerrillas enemigas. inútilmente. Las brigadas se olvidaron totalmente del convoy desguarnecido. todos se pusieron en movimiento para la última jornada. de flancos duros y vegetación rala. en las condiciones más impropias para librar el más ligero encuentro. se eriza en picos escarpados. allá a lo lejos. que antecede a la batalla.

Los jagungos los asaltaron, de sorpresa, antes de la llegada, al mediodía, en el Angico. El ataque, aunque no merecía el nombre de combate que después le dieron, fue serio. Pajeú congregaba a los piquetes que se sucedían desde ese punto hasta Canudos y se echó de costado sobre la fuerza. Esta, sobre una rampa sin refugios, quedó como blanco de los tiros por elevación de los sertanejos que apenas se distinguían en la orla del matorral, abajo; pero replicó con firmeza, perdiendo sólo dos soldados, uno muerto y el otro herido, y continuó el avance en orden, a paso ordi­ nario, hasta el sitio memorable de Pitombas, donde ocurrió el primer encuentro de Moreira César con los fanáticos.

El lugar era lúgubre. Por todas partes aparecían recuerdos crueles: peda­ zos ya incoloros de uniformes, oscilando en la punta de las ramas secas; pedazos de mantas y harapos de capotes desparramados por el suelo en un revoltijo con fragmentos de osamentas. A la margen izquierda del camino, erguido en un tronco — como una percha de la que colgase un viejo uniforme— el esqueleto del coronel Tamarinho, decapitado, los brazos colgados, las manos de hueso calzando guantes negros. . . A sus pies estaban el cráneo y las botas. Y yendo desde el borde del camino hacia la profundidad de las caatingas, otros camaradas de infortunio: esqueletos vestidos con uniformes rotos y polvorientos, tirados por el suelo, de supino, alineados en forma­ ción trágica, o simplemente arrimados a los arbustos que oscilando según el viento, les daban singulares movimientos de espectros. Toda una de­ moníaca escenografía pensada adrede por los jagungos. No les habían quitado nada, salvo las armas y las municiones. Un plaza del 259 encontró en el género que envolvía la tibia descarnada de uno, un montón de bi­ lletes que sumaban cuatro contos de réis. El adversario lo había desdeñado como otras cosas de valor para ellos degradadas. Los soldados, asombrados, apenas observaron ese escenario porque el enemigo continuaba siguiéndolos de costado. Repelido en el encuentro anterior, después que lo rodeara una compañía del 2 59 dirigida por el capitán Trogílio de Oliveira, retrocedía atacando. El 259 y después el 279 del mayor Henrique Severiano da Silva, si­ guieron repeliéndolo hasta el Angico. La batalla parecía inminente. En varios puntos, partiendo de los flan­ cos y del frente, estallaban tiros. El comandante general tomó las dispo­ siciones más convenientes para repeler al adversario que parecía iba a aparecer, rodeándolos. Un piquete de caballería dirigido por el alférez

Marques da Rocha, de su estado mayor, enviado a reconocer la caatinga a la izquierda, lo hizo inútilmente. Continuaron avanzando. Dos horas después, al trasponer el general una colina, el ataque re­ crudeció de pronto. Se hicieron algunos disparos de Krupp. Un sargento de caballería y algunos plazas se metieron temerariamente en la caatinga. Hicieron una batida. Continuó la marcha. Al frente, el 2 59 formando la vanguardia con una compañía de exploradores y sucesivamente, el 279 y el 169, replicando los tiros escasos y acelerando la embestida. La noche se acercaba. La vanguardia avanzó por las últimas laderas del camino, en las Umburanas. Las subió, sin aliento y sin vacilar. Más de una vez tuvo que replicar serios ataques hechos por el flanco. Y llegó a la montaña. El último paso del ascenso le pareció un plano levemente inclinado, entre dos ondulaciones, cerrado adelante por algunos cerros desnudos. Eran los altos de la Favela.

EL ALTO DE LA FAVELA En ese punto este legendario morro es un valle. Cuando se lo sube se tiene la impresión imprevista de llegar a una bajada. Parece que se desciende. Toda la fatiga de la difícil subida se vuelve un penoso desasosiego para el viajero. La vista queda cerrada por todo tipo de accidentes. En lugar de una línea de cumbres, muestra un thalweg, un surco extenso, cerrado a los trescientos metros por la barrera de un cerro. Llegando a éste, a los lados, se ven corroyéndolo, hondos surcos por donde drena la montaña. Por uno de ellos, el de la derecha, se observa un paso estrecho de rampas altas, casi verticales, como restos de antiguos túneles y el camino del Rosario bajando en fuertes desniveles. A la iz­ quierda, otra depresión que termina en la cuesta suave de un morro, el del Mário, se dilata de norte a sur cerrándose en ese primer tramo ante otro cerro que oculta el poblado y cae de golpe en una garganta pro­ funda hasta el lecho del Umburanas. Adelante, en nivel inferior, la Fazenda Velha. El pequeño cerro de los Pelados viene en seguida, en declive, hasta el Vaza-Barris, allá abajo. Y hacia todos los rumbos, hacia el este, buscando el valle del Macambira, más acá de las cumbres del Cocorobó y el camino de Jeremoabo que lo atraviesa; hacia el norte deri­ vando por la vasta planicie ondulada; hacia el oeste buscando los lechos de los pequeños ríos, el Umburanas y el Mucuim cerca de la entrada del Cambaio; y hacia todos los lados, el terreno se presenta con el aspecto que le dan las cumbres sobresaliendo en una confusión de picos y despe­ ñaderos. Se tiene la imagen de una montaña que se desmorona, arruinada por las tormentas, abriéndose en gargantas que las lluvias torrenciales

profundizan año a año, sin el abrigo de la vegetación que amengüe la ferocidad de los veranos y las erosiones de los torrentes. Porque el morro de la Favela como los otros de esa zona del sertón, no tiene el revestimiento bárbaro de la caatinga. Es desnudo y áspero. Pocos arbustos, esmirriados y sin hojas, raros cereos o bromelias espar­ cidas despuntan sobre el suelo duro, entre las junturas de los bloques yuxtapuestos en planos estratigráficos, exponiendo sin el disfraz de la más leve capa superficial, la estructura interior del suelo. Los que ascienden por el sur no ven en seguida la aldea que está al norte. Tienen que bajar en suave declive la ancha plegadura en que se arquea la montaña, como una trampa entre lomas paralelas. Por allí enderezó al anochecer la cabeza de la columna y una batería de Krupp, seguidas por el resto de la 2 $ brigada y de la 3^, quedando la P y el grueso de la tropa retrasados a retaguardia. Pero dieron pocos pasos, porque el tiroteo, hasta entonces espaciado, progresó en continuo aumento, a medida que realizaban la subida, convirtiéndose al cabo en una fusilería furiosa. Y se desencadenó una refriega original y cruenta. El enemigo no se veía, metido en socavones, en sus trincheras-refugio que minaban las laderas laterales y tapado por las primeras sombras de la noche que caía. Las dos compañías del batallón 2 59 soportaron valientemente el choque. Mientras disparaban al azar sus armas, las dos brigadas se abrieron para dar paso a la batería. Esta, llevada al frente, arrastrada más a mano que por las muías cansadas y asustadas, pasó ruidosamente. Subió a la cumbre más cercana y se alineó en batalla allá arriba. Elevaron la bandera na­ cional y una salva de veintiún tiros de granadas atronó sobre Canudos. El general Artur Oscar, a caballo junto a los cañones, observó por primera vez, abajo, iluminada por la claridad de una luna deslumbrante, la misteriosa ciudad sertaneja y tuvo el más fugaz de los triunfos en la cumbre golpeada por los tiros donde se expuso temerariamente. Porque la situación era desesperada. Su tropa, batida por todos los flan­ cos, envuelta por el enemigo a caballo, estaba apretada en una estrecha franja que le impedía maniobrar. Si estuviese toda junta cabía una solución, seguir por la peligrosa travesía hasta juntarse con el general Savaget que, después de una marcha entrecortada por combates, había hecho alto a tres kilómetros más ade­ lante. Pero no había llegado la P brigada que se había quedado prote­ giendo a la batería de tiro rápido y al 329 y más lento todavía, el convoy parado en Angico, a dos leguas de distancia. Aquel plan de campaña daba el único resultado que podía dar. La expedición homogénea que por su dispositivo inicial no podía fraccionar­ se, porque tenía una sola dirección y un solo convoy, se encontraba divi­ dida precisamente al llegar al objetivo de lucha. De modo que la arreme­

tida coronada con una salva de balas sobre Canudos era la más impru­ dente de las victorias. El jefe expedicionario la definió después como un combate de brillante éxito, merced al cual el enemigo había huido aban­ donándole la posición tomada. Mientras todos los sucesos posteriores revelaron el ansia de la tropa por abandonarla y el empeño persistente de los jagungos por impedirles la salida. Aquello era una trampa singular. Quien recorriera más tarde las cues­ tas de la Favela lo puede testimoniar. Estaban minadas. A cada paso una cueva circular y rasa, protegida por piedras, señalaba una trinchera. Eran innúmeras y como todas miraban hacia el camino y hacían fuego casi a ras del suelo, adrede estaban dispuestas para un cruzamiento sobre aquél. Así se explican los ataques ligeros e insistentes hechos durante el ca­ mino a partir de Angico, el inofensivo tiroteo en el que los sertanejos, saltando y corriendo, daban evidencia de querer atraer a la expedición hacia ese rumbo, impidiéndole la elección de cualquier atajo de los tantos que llevaban a la aldea. Su ardid había triunfado. Los expedicionarios, bajo el estímulo de la persecución del enemigo disperso sobre el frente y en fuga, habían to­ mado, sin una exploración preparatoria, por un lugar desconocido, si­ guiendo, sin saberlo, a un guía terrible: Pajeú. Y con su aire de triunfadores cayeron en la trampa. En respuesta al bombardeo de un extremo al otro, de arriba abajo, por las laderas, estalló un relampagueo de descargas terribles y fulminantes saliendo de cen­ tenares de trincheras, explotando debajo del suelo como fogatas.

Era un fusilamiento en masa. . . Los batallones sorprendidos se volvieron una multitud atónita, in­ quieta, asombrada, centenares de hombres desorientados, tropezando con sus compañeros que caían, atontados por los estampidos, deslumbrados por las claridades de los tiros, sin poder arriesgar un paso en la región ignota sobre la que había caído la noche. La réplica haciendo blanco en las laderas era inútil. Los jagungos tiraban sin riesgos, en cuclillas o echados en el fondo de los fosos, a cuyos bordes sostenían los caños de las espingardas. Excluyendo la posi­ bilidad de desalojarlos con cargas de bayoneta, lanzándose desesperada­ mente por los morros o de seguir, aventurándose a asaltos peores y aban­ donando a la retaguardia, sólo les quedaba a los combatientes el aguantarse a pie firme en la peligrosa posición, aguardando el amanecer. Esta única posibilidad fue favorecida por el adversario. El ataque se atemperó después de una hora y finalmente cesó. Las brigadas acam­ paron en formación de batalla. La 2 ^ se situó en líneas avanzadas, del

centro hacia la derecha, teniendo a la retaguardia a la P ; la artillería se situó cerca, teniendo a la derecha a la batería de tiro rápido, en el centro el Withworth 32 que se confiaba al 39 del teniente coronel Tupi Caldas. El general que comandaba este batallón cuando era coronel lo colocó personalmente en ese puesto peligroso: "A la honra del 3O9 entrego la artillería y quedo tranquilo”. El resto del 59 regimiento del mayor Barbelo se colocó más a la iz­ quierda, próximo al ala de caballería del mayor Carlos Alencar. Cerca de la depresión, junto al alto del Mário, punto flaco de la posición, a la que posteriores sucesos darían el nombre de "Valle de la muerte” se adensaron los batallones del coronel Flores. En una zanja menos alcanzada por el fuego se improvisó un hospital. Hacia allá se arrastraron los 55 heridos que con 20 muertos por allí desparramados, porque no había con qué recogerlos, hacían ascender a 75 las bajas del día en poco más de una hora de combate. Alrededor se extendió un cordón de centinelas y la tropa, comandan­ tes y plazas echados por el suelo en la más niveladora promiscuidad, reposaron en paz. La inopinada quietud del enemigo les dio la ilusión de la victoria. La saludaron anticipadamente las bandas de música de la 3^ brigada ago­ tando hasta deshoras su repertorio de marchas y una luna admirable se levantó sobre los batallones adormecidos. Pero era una tranquilidad engañadora. Los sertanejos habían conse­ guido lo que querían. Habiendo arrastrado hasta allí a la expedición que­ daba totalmente desprotegido en la retaguardia, el convoy de municiones y provisiones. Al día siguiente asaltarían simultáneamente por dos puntos, en la Favela y en el Angico y cuando, victoriosas en el primer lugar, las fuerzas arremetieran contra la aldea, iban a encontrarse sin armas.

Sin embargo, esta circunstancia no pesó en el ánimo de los que se habían acercado tan precipitadamente al centro de operaciones. Al clarear la mañana del 28, reunidos en la posición dominante de la artillería, los oficiales y plazas contemplaron por fin, la "caverna de los bandidos” según el decir pintoresco de las órdenes del día del comandante en jefe. Canudos había crecido aunque su amplitud apenas había aumentado: el mismo caserío colorado de techos de arcilla, extendiéndose cada vez más en desparramo por las colinas, alrededor del núcleo compacto abra­ zado por el río. Circundada al sudoeste y al noroeste por él, abrazada al norte y al este por las líneas onduladas de los cerros, emergía lentamente en la claridad de esa hora de la mañana con el aspecto de una ciudadela

de difícil dominio. Se advertía que un cuerpo de ejército, al caer en ese dédalo de zanjas que la envuelven entera, marcharía como entre estrechas galerías de una plaza de armas colosal. No presentaba un punto de acceso viable. El camino de Jeremoabo que entraba doscientos metros antes, por el lecho seco del Vaza-Barris, se metía entre dos trincheras que le orlaban una y otra margen, disimuladas de setos de gravatás bravios. El camino "sagrado” de Magacará — por donde salía el Conselheiro en sus peregrina­ ciones hacia el sur— cayendo por los morros entre los cuales se encaja el Umburanas, era igualmente impracticable. Los caminos del Uauá y de la Várzea da Erna, al norte, estaban libres, pero exigían una marcha peligrosa y extensa antes de alcanzarlos. La iglesia nueva, casi lista, levantaba sus dos altas torres encumbrando el caserío humilde y completaba la defensa. Daba hacia todos los caminos, enfrentaba los altos de todos los morros, miraba hacia el fondo de todos los valles. La espingarda del tirador colocado en sus cimas no ofrecía un solo ángulo muerto y sólo le faltaban cañoneras o recortes de almenas. El terreno que delante de la Favela, al norte, deriva hasta el río, se abre hacia la izquierda como vimos, en una ancha depresión que da en­ trada al morro del Mário y a la línea de cumbres en declive que se dirige hacia la Fazenda Velha. Allí estaba la 3?- brigada desde temprano, formada en columnas. Más a la derecha, dominante, la artillería. Sucesivamente, la 2 ^ y la 1^ brigadas. La tropa amaneció en formación de batalla. Atendiendo las ventajas tácticas de la posición, ésta debía empezar y en gran parte sus­ tentarse, con la artillería, cuyos efectos, atacando la aldea distante mil doscientos metros, la mostraba capaz de alcanzar en poco tiempo la victoria. Las esperanzas se concentraron, en el primer momento, en las baterías del coronel Olimpio da Silveira. Eran tan grandes que poco antes de hacerse el primer disparo, a las seis de la mañana, numerosos combatientes de otras armas, aglomerados alrededor de los cañones, representaban el papel neutral de espectadores que ansian contemplar un cuadro terrible: Canudos ardiendo bajo la túnica molesta del cañoneo, ¡una población fulminada dentro de cinco mil casuchas en ruinas! Era otra ilusión que sería duramente deshecha. El primer tiro salió disparado por el Krupp de la extrema derecha. Y determinó un arrebatador lance teatral. Los jagungos habían dormido al lado de la tropa, en todas esas laderas cubiertas de trincheras y sin aparecer, la rodearon de descargas. Más tarde, relatando el hecho, el jefe expedicionario se confesó im­ potente para describir la inmensa "lluvia de balas que caían sobre los morros y subían de las planicies con un silbido horrible” que los aturdía.

A su vez, el comandante de la P columna, afirmó en la orden del día, que durante cinco años, en la guerra del Paraguay, jamás había pre­ senciado una cosa semejante. Realmente, los sertanejos demostraban una firmeza de tiro sorpren­ dente. Las descargas, nutridas, violentas, deflagraban por los cerros como si los encendiese un fulminante único y después de topar contra la tropa desprotegida, golpeaban sobre la artillería. La diezmaron. Cayeron la mi­ tad de los oficiales y decenas de soldados. Sobre el cerro, barrido en mi­ nutos, permaneció firme la guarnición y en medio de ella, cruzándose por las baterías, impasible como si estuviese dando instrucciones en un polígono de tiro, un viejo de valentía serena, un héroe tranquilo, el coronel Olimpio da Silveira. Fue la salvación. En tal emergencia el aban­ dono de los cañones hubiera sido el desbande. . . La alarma vibraba en todos los cuerpos. Instintivamente, sin dirección fija y sin orden de comando, tres mil espingardas dispararon a un tiempo haciendo blanco en los morros. Estos hechos sucedieron en minutos y en minutos, en el área estrecha en donde se movía la expedición, se armó la más lamentable confusión. Nadie pensaba. Todos actuaban. Al azar, tontamente, sin campo para hacer cargas o para maniobrar, los pelotones tiraban al acaso haciendo puntería hacia lo alto, para no matarse entre ellos, contra un enemigo siniestro que lo rodeaba desde todas partes sin mostrarse. En este tumulto, la 3?- brigada, en el flanco izquierdo, dispuesta en columnas de batallones y llevando a la vanguardia el 79, comenzó a avanzar hacia la Fazenda Velha, de donde irrumpían con más fuerza las descargas. Ese batallón, que cuatro meses antes había subido por ese mismo camino en desban­ dada, huyendo y dejando abandonado el cadáver del coronel Moreira César, iba a pagar por aquel desastre. Acompañándolo en esta circuns­ tancia iba su socio de reveses, el 99. El mayor Cunha Matos comandaba la vanguardia. Los vencidos de la expedición anterior daban una lección extraña para lavar la afrenta y tenían un jefe que, bajo muchos aspectos, se comparaba con el comandante infeliz que allí había caído, el coronel Thompson Flores. Era un luchador de primer orden. Aunque le faltaban atributos esenciales para el mando y principalmente, la serenidad de ánimo que permite la concepción fría de las maniobras, le sobraba coraje a toda prueba y un casi desprecio por el antagonista por más temible y fuerte que fuese, lo que hacía de él un soldado incomparable en la acción. Lo demostró en el ataque temerario que realizó. Lo hizo con autonomía indisciplinada sin determinación superior y con el intento de atacar, en una sola carga, hasta la plaza de las iglesias, haciendo llegar victoriosos a los mismos soldados que allí se habían desbandado y habían sido ven­ cidos cuatro meses atrás. Su brigada, batida de lleno por el fuego del ene­ migo atrincherado, embistió y casi a cien metros de la posición primi­ tiva, colocó en la vanguardia a los tiradores. El coronel Flores que iba

al frente, a caballo, descabalgó a fin de ordenar personalmente la línea de fuego. Por un prurito de bravura no se había arrancado los galones que lo volvían blanco predilecto de los jagungos. Y al marchar hacia la avanzada, cayó herido en pleno pecho, muerto. Lo sustituyó el mayor Cunha Matos quien dignamente prosiguió el movimiento imprudentemente planeado, porque el 79 batallón entre los demás cuerpos, era el único que no podía retroceder en ese terreno. Su comando fue muy breve. Desmontado por un proyectil certero, lo pasó al mayor Carlos Frederico de Mesquita. Poco después, éste fue alcanzado por una bala, asumiendo la dirección de la brigada el capitán Pereira Pinto. Era asombroso: el 79 batallón tuvo en media hora ciento catorce plazas y nueve oficiales fuera de combate. Se redujo en un tercio. Se deshacía a bala. Idéntica destrucción se operaba en otros puntos. Rápidamente, con un ritmo atroz, minuto a minuto, las graduaciones de jefes caían. El 14 de infantería, al avanzar en refuerzo de las líneas del flanco derecho, apenas hechos unos metros, perdió a su comandante, el mayor Pereira de Meló. Lo reemplazó el capitán Martiniano de Oliveira, que a poco fue retirado de la línea por un bahiano. El capitán Sousa Campos que lo sucedió, sólo dio unos pasos y cayó muerto. El 149 prosiguió bajo el mando de un teniente. La mortandad los abatía de ese modo por toda la línea y, como agra­ vante, al fin de horas de un combate hecho sin la mínima combinación táctica, se notó que las municiones se agotaban. La artillería, diseminada en la eminencia donde había hecho su último tiro, callando el cañoneo. Había perdido la mitad de sus oficiales y entre éstos al capitán fiscal del 5? regimiento, Néstor Vilar Barreto Coutinho. Comenzaron a llegar al cuartel general reclamos insistentes para que proveyera de municiones a los batallones. Entonces se hizo marchar a la retaguardia al capitán Costa e Silva, asistente del diputado del Cuartel Maestre General, a fin de apresurar la llegada del convoy. Resolución tardía. Dos ayudantes enviados inmedia­ tamente después que aquél, se volvieron apenas recorrido un kilómetro. No podían vencer la fusilería que cerraba el paso. Se había cortado la retaguardia. Si se detuviese el tumulto, el estrépito de las armas, el alarido confuso y los estampidos insistentes que desgarraban los aires alrededor de los combatientes, en los altos de la Favela, advertirían el tiroteo lejano del 5 9 de policía, en lucha con los jaguncos a dos leguas de distancia.

UNA DIVISION APRISIONADA Toda la primera columna estaba aprisionada. Por más extraño que pa­ rezca el caso, los triunfadores no tenían manera de salir de la posición

que habían conquistado. Lo confiesa el general en jefe: "Atacado el con­ voy e interdicta la salida de cualquier soldado, como lo demuestran los casos precedentes, tuve que mandar una fuerza de caballería al general Cláudio do Amaral Savaget con la intención de recibir socorro de muni­ ciones lo que una vez más contrarió mi propósito, porque el piquete no pudo atravesar la línea de fuego del enemigo que tiroteaba sobre el flan­ co derecho” *. De esa manera, atacada en el flanco derecho de donde había vuelto, rechazado, el piquete de caballería, atacada por la reta­ guardia que dos auxiliares temerarios no habían logrado pasar, atacada por el flanco izquierdo, donde se sacrificara gloriosamente y se detuviera la 3^ brigada, atacada por la vanguardia donde la artillería, diezmada, había perdido a casi toda la oficialidad y había enmudecido, la expedición es­ taba completamente superada por el enemigo. Le quedaba un recurso problemático y arriesgado: saltar fuera de ese siniestro valle de la Favela que era como una valla inmensa, a punta de bayoneta y a golpes de espada. Se hizo una última tentativa. Un emisario salió furtivamente, metién­ dose por las caatingas, en busca de la 2 ^ columna que estaba estacionada a menos de media legua, al norte. . .

III COLUMNA SAVAGET La tropa del general Cláudio do Amaral Savaget había partido de Aracaju 288. Hizo alto en las cercanías de Canudos después de una marcha de setenta leguas. Vino por el interior de Sergipe en brigadas aisladas hasta Jeremoabo, donde se organizó el 8 de junio, prosiguiendo el 16, unida, hacia el objetivo de las operaciones. Compuesta de 2.350 hombres, incluidas las guarniciones de dos Krupps ligeros, había caminado a paso firme y holgado, para lo que con­ tribuyó un dispositivo más bien dispuesto para las circunstancias. Ese general, sin tomar sobre sí una autoridad que bajo tal forma sería contraproducente, la repartió sin deslices de la disciplina militar, con sus tres auxiliares inmediatos, coroneles Carlos Maria da Silva Teles, Juliáo Augusto da Serra Martins y Donaciano de Araújo Pantoja, comandantes de las 4^, 5^ y 6 ^ brigadas. Y éstos realizaron, hasta las primeras casas de la aldea, una marcha que se destaca de las otras. No había instrucciones prescriptas. No se había pensado yuxtaponer al áspero teatro de la guerra la rigidez de las formaciones o de los planes preconcebidos. La campaña, lo comprendieron, era impropia para las opulencias de las teorías guerreras ejercitadas a través de un formalismo
* Orden del día N9 118.

sin experiencia. Comprendieron que debía usarse una táctica estrecha y salvaje, hecha según las determinaciones del momento. Por primera vez, los combatientes actuaban según una actitud com­ patible con la índole: subdivididos en brigadas autónomas pero sin dis­ persarse; bastante móviles para adecuarse a la rapidez máxima de las maniobras o movimientos que los preparasen para aguardar la única cosa que en esa guerra sin reglas les era dado esperar: lo inesperado. Las tres brigadas, ágiles, elásticas y firmes, abastecidas por convoyes parciales que no les trababan los movimientos, hechas para enfrentar con fuerza la agilidad de las guerrillas y las asperezas del terreno, repartida la masa de la división de modo de sustituir la importancia del número por la velo­ cidad y el vigor de evoluciones aptas a realizarse en las más circunscriptas áreas de combate, sin la traba de los elefantes de Pirro 28 9 de una artillería imponente e inútil. Al frente venía la 4^ compuesta de los batallones 129 y 319, bajo el mando del teniente coronel Sucupira de Alencar Araripe y del mayor Joáo Pacheco de Assis. La dirigía el coronel Carlos Teles, la más completa organización mi­ litar de nuestro ejército en los últimos tiempos. Perfecto espécimen de esos extraordinarios lidiadores riograndenses —bravos, joviales, fuertes— estaba como ellos hecho por el molde de Andrade Neves, un jefe y un soldado; arrojado y reflexivo, impávido y prudente, mezcla de arrojo temerario y valentía serena; no desdeñaba luchar al lado de un plaza a jornal en el encuentro más feroz pero des­ pués de haberlo planeado fríamente. La campaña federalista del sur le había dado una envidiable aureola. Su figura de campeador — porte dominante, alto, envergadura titánica, mirada firme y leal— se había completado con un episodio heroico, el sitio de Bagé 290. La campaña de Canudos iba a aumentar su renombre. Lo comprendió como pocos. Tenía la intuición guerrera de los gaúchos. Al mando de su brigada y andando con ella, aislado, hacia Simáo Dias 2 9 1 , adonde llegó el 4 de mayo, la había modelado como un pequeño cuerpo de ejército adaptado a las exigencias de la lucha. La preparó, la adiestró, y como era imposible cambiar la instrucción práctica de los soldados que venían de un severo ejercicio guerrero en los campos de Río Grande, trató, a pesar de lo diferente del terreno, de darle la misma celeridad, el mismo vértigo en las cargas. Entre las compañías del 319, eligió a 60 hombres, jinetes aidestrados, otrora "reyes de las cuchillas”, ineptos para el paso tardo de los pelotones de infantería. Con ellos constituyó un escuadrón de lanceros, poniéndole bajo el mando de un alférez. Era una innovación y parecía un error. El arma "fría y silen­ ciosa” de Damiroff 2 9 2 , hecha para los choques y los ataques en las estepas

parecen ruinas de un dique roto por las crecientes. el núcleo del suelo aflora a medida que la ablación de los torrentes remueve las formaciones sedimentarias más modernas. único sustento con que contó la tropa. Pero más tarde se verificó el alcance de la innovación. ante las barreras que le ponían las serranías de P050 de Cima y Canabrava. nacía quizá del gran lago que cubría la planicie abrupta de Canudos. Brejinho. pasando sucesivamente por Passagem. Y más adelante. De igual modo vencieron los barrancos del sertón. En efecto. La columna marchó a razón de dos leguas por día. Y al exhumarse así la sierra primitiva. nombre que no caracteriza a una sola sierra sino a un sinnú­ mero de ellas. una tropa expedicionaria de los sertones no se dejaba sorprender. veinte soldados del escuadrón habían rastreado hasta las cercanías del poblado y del reconocimiento había resultado que el camino estaba franco hasta la Serra Vermelha. era inapropiada para ese territorio quebrado y orlado de espinos. Se levantan sobre las planicies y a despecho de los incorrectos contornos. saltando las "covas de touro” de las llanuras sureñas. explayándose por el NE. donde el terreno se accidenta con los primeros cerros de Cocorobó. Días antes. muestra la potencia de los elementos que hace .y en las pampas. abiertas por el Vaza-Barris en remotas edades. cuando incomparablemente mayor. Constituyen una montaña fósil. cuando las columnas se reunie­ ron en la Favela. en los cuadrantes de SO y NO y de este último. Canabrava. COCOROBO Cocorobó. bordeando el VazaBarris. Y esta doble función se mostró muy valiosa. las serranías cortadas en angosturas. Por primera vez. recuerda valles de erosión o quebradas. Definido por las mismas capas silurianas que vimos en otros trechos. a primera vista. Canché. llegando a este lugar el 25 de junio con la certeza de encontrar al enemigo. Hicieron reconoci­ mientos de importancia. se encaminaba hacia el este por escotaduras estrechas. usaron su lanza como la aguijada de los vaqueros para conseguir el ganado disperso por las cercanías. La masa de aguas corría hacia el este por gargantas estrechas. fraccionadas en sierras de vivos declives. permiten vislumbrar su aspecto primitivo. Los improvisados lanceros tenían la práctica de las corridas. Su conformación topográfica invita a esta retrospección geológica. contenidas por acci­ dentes fuertes como los que van de la Favela al Caipá. apenas partió la división del general Savaget de Jeremoabo hacia Canudos. Mauari. Estrada Velha y Serra Vermelha.

le deja desnudos los flancos. al cual dio su nombre uno de los cabecillas sertanejos que allí vivía. aunque en menor escala. Estas dos gargantas de variable anchura. formando un paso único sobre el camino de Jeremoabo. torneando innume­ rables laderas. o se vuelve acantilado en repentinos saltos rotos en picos hasta lo alto. Porque. ya cayendo a plomo a manera de muros en cuyas junturas apenas vegetan unas orquídeas raquíticas. no ya en la forma. ese rasgón de tierra de extremos aguzados que se subdividen a uno y otro lado de la horquilla de otros dos todavía menos practicables. hasta salir. arqueándose por delante. en contraste con los terrenos achatados de los alrededores. y va hasta el valle de un arroyo efímero. aislando los picos centrales. contor­ sionado en meandros. El desfiladero de Cocorobó es. se choca con un postigo estrecho. se alarga entre cerros. otras avanzan. Desde allí continúa hasta Canudos a unas dos leguas más adelante. después del primitivo alejamiento. en curva. Entonces hay que pasar por ese camino constituido por el lecho vacío y hechos unos cuantos metros. se encuentra también con la bifurcación que la divide. a veces se acer­ can. las recorren los taludes de los cerros centrales con sus dos vertientes late­ rales erizadas de peñascos acumulados al azar o agrupados en escalones. o sea de la aldea hacia el oeste. como en la Favela. El camino que lo faldea o acompaña su lecho. enfilando hacia el este. El desfiladero se termina. el Vaza-Barris. la brecha profunda por donde corre el Vaza-Barris. Las abruptas rampas que lo forman se alejan. Pero libre ya de la garganta de múlti­ ples salidas. antes de este cruce. contrapuestas a las concavidades de un arco de anfiteatro muy amplio. donde se agrupan en cumbres dentadas. derecho o izquierdo. La traspone. en un terreno vasto que el camino de Jeremoabo corta por el medio. ya pesados de piedra. no encuentra un terreno explanado como el de la otra orilla. sin embargo. encajándose por la derecha. se perturba en atajos. hasta llegar a la otra salida única. se aproximan. repartidos en sucesivos planos a la manera de galerías en un coliseo mons­ truoso. El camino se desdobla en la falsa encrucijada de dos desvíos que el Vaza-Barris recorre por igual cuando las crecientes. se tiene un paisaje único.largos siglos la combaten. Si se sigue de Canudos hacia Jeremoabo. unidos sus dos brazos. El Vaza-Barris. estirándose hacia el este. hasta unirse otra vez. y éstos se muestran. la evita. Allí adentro. la caatinga resis­ tente muere a sus pies. A ambos lados. De modo que quien va en sentido opuesto. se curvan poco a poco según el trazado de dos salien­ tes de la sierra y acompañándolas. . ondulante. El suelo sigue abrupto. convergiendo. en pálido resumen. sino en la estructu­ ra misma. La atraviesa metiéndose por uno de los caminos. Mácambira. el terreno continúa siendo abrupto: se levantan otros cerros más bajos que lo centralizan y el primitivo camino se bifurca.

Tiraban sobre seguro. poco antes del mediodía. el 34 9 y 359. Pero no insistían en descargas cerradas. Los tiros altos se expandían dominantes sobre toda la expedición. las cuales dominaban la planicie en toda su extensión y gran trecho del camino. ante el cual atronaban terriblemente ochocientas mannlichers. Se advertía que estaban disparando tiradores avaros. "Audaces y tena­ ces” dice el parte de combate del comando general. volvieron las riendas perdiendo dos plazas heridos. golpeando con una nutrida fusilería a los nues­ tros que comenzaron a tener algunas bajas entre muertos y heridos”. los cuerpos avanzados. Se detuvo a cuatrocientos metros de la vanguardia para aguardar a la 6 % la división de artillería y los convoyes que marchaban a una distancia de tres kilómetros a retaguardia. derribando a los tiradores. que contaban los cartuchos uno a uno. respondiendo vigorosamente a las balas de los antagonistas. cayendo entonces sobre los cuerpos que los apoyaban y llegando todavía más lejos. el 409 del mayor Nonato de Seixas. pasando cierto tiempo. por su excelencia. Y sus proyectiles comenzaron a ralear las filas más próximas. . comenzó a volverse funesto. El escuadrón de lanceros había descubierto al enemigo. aceptaron y sostuvieron con fir­ meza y energía el ataque. en la llanura desnuda y rasa. El general Savaget. desde lo alto de aquellos parapetos desmantelados. allá abajo. La calidad del tiro sustituía la cantidad. al contrario. inicia­ ban el ataque con un tiroteo nutrido en el cual los fuegos irregulares de la línea de tiradores se intercambiaban con las cargas de los pelotones de refuerzo más cercanos. prevenido del encuentro. Era. afir­ mados en una puntería cuidadosa. se disponían como refuerzo. hasta las últimas secciones de la retaguardia. no requería ni correcciones ni agregados. "cualidades éstas que al parecer eran reforzadas por las excelentes posiciones que ocupaban. como se puede apreciar. sobre una tropa convertida en blanco. Una mejor enseñanza guerrera no les hubiera variado el sistema porque éste. mientras los otros dos. el 25 de junio. tratando de no perder uno solo. Los sertanejos revivían en idéntico escenario todas las peripecias del dramón siniestro y monótono del que eran protagonistas invisibles. el tiroteo calculado. no retrocedieron. se adelantó acompañando a la 4^ brigada.ANTE LAS TRINCHERAS La vanguardia de las fuerzas marchando en este sentido hizo alto unos quinientos metros antes de aquella barrera. De modo que. Estos aguantaron el choque valientemente. Al galope se habían acercado hasta las groseras trincheras y los vieron. hasta la van­ guardia de la 5^ brigada que dispuso como tiradores a los soldados de uno de sus batallones. Mientras tanto. la reproducción de los episodios del Cambaio y de la Favela. más de ochocientos hombres al mando del coronel Serra Martins. Recibidos a tiros.

formando como una espuela sobre el terreno. estaban allí. improvisaciones de una estrate­ gia rápida y práctica. las caroás y macambiras. Tanto a derecha como a izquierda se sucedían montes erizados de contrafuertes y buscar entre ellos un desvío suponía una marcha de flanco. durante el asalto. Arrojadas de cerca. capaz de anular el vigor. oscilantes y prontos a caer algunos. Presionados por el dilema expuesto. Había llegado la división de artillería y uno de los Krupps fue ubicado junto a las líneas avanzadas. las granadas golpeaban de lleno los flancos y los aires se confundían con las balas y el áspero barrido de las laderas. uno a uno se podían contar sus grandes bloques. No podían calcular su número. Los dos batallones de refuerzo. precisamente en la fase decisiva. desparramados al azar. Pero fueron contra­ producentes. millares de ojos puestos sobre las desnudas laderas. magníficamente armados. A un simple golpe de vista se ponían de manifiesto los riesgos de un ataque frente a las dos angosturas que se le abrían delante e imponían.La brigada. brillando a la luz como espadas. mal equilibrados sobre bases estrechas. Los cerros más altos. no habían descubierto a uno solo. afirmada por eficaces explora­ ciones que habían predeterminado el lugar del encuentro. Bombardearon la montaña. resguardada entre los escasos arbustos que las pueblan. como murallas que se destruyen. parecían desiertos. a orillas del VazaBarris. permanecía inmóvil. Las bajas aumentaban. retirada en columnas a lo largo de dos kilómetros a retaguardia. un desfile de secciones diminutas. Pese a sus ocho batallones. bajo la vigilancia del enemigo. lo que volvía problemático el éxito. mostrando los mínimos accidentes de su estructura. maniatados. no podía evitarlas haciendo un rodeo. se sacri­ ficaban inútilmente. El sol ardiente los bañaba. El general Savaget aquilató con firmeza la grave situación. los atacantes no habían avanzado un palmo de terreno. admirable en su disciplina. Por otro lado. sacrificados bajo las espingardas im­ punes de un grupo de matutos. y ante el contraste que sufrían. No avanzó en todo ese tiempo un solo paso. La decisión del momento fue arrostrar la situación reforzando la vanguardia. desde hacía dos horas. a nadie se le ocurría una salida ejecutable. A quinientos metros de los adversarios. otros acumulados en montones imponentes. Después de una marcha segura. y se distinguían las bromelias resistentes. las piedras rompiéndose y cayendo desde las alturas abajo. lo afrontó por dos horas en la misma posición en que se había detenido. El estrépito. Los tiradores las soportaron con gran costo. Pasadas tres horas de fuego. Porque estimularon réplicas violentísimas desde las trinche­ ras. la lucha era de­ sigual. parecían desen­ mascarar completamente las posiciones contrarías. quizá dilatada. y se . Era casi un revés. francamente metidos en la acción. rectilíneas y largas. El trance exigía decisiones concretas. El resto de la expedición.

no podía admitir "que dos o tres centenares de bandidos detuvieran la marcha de la segunda columna por tanto tiempo”. debía cargar por el flanco iz­ quierdo y por el lecho del río. Y de esa desolación. tornando factible una maniobra arrojada. El general la adoptó. reforzando una de las alas.veían los cactos desolados. la campaña se mostraba una vez más enigmática y para siempre indescifrable. que desembocaría en algo inevitable: el ataque de lleno a las colinas. La brigada permanecería como refuerzo y resguardo de los convoyes a retaguardia. irrealizable por cierto si todos los batallones en un ataque único. Nunca se supo su número con certeza. buscando un atajo más accesible. La sugirió el coronel Carlos Teles. esta circunstancia lo salvó. la izquierda. en el cual los cuerpos avanzados del coronel Serra Martins formaban en columnas suce­ sivas. Impedido de tal manera el paso. los cinco batallones destinados al ataque se disponían en orden perpendicular. de esa soledad absoluta e impresionante. hasta sustraerse del alcance de las balas. Así. . Este era el plan: "La 5^ brigada que se mantenía desde el principio en sus posiciones por entre las caatingas. mientras cuatrocientos metros más atrás y hacia la derecha. Como empeñó en la acción poco más de un tercio de las tropas. a fin de desalojar al enemigo de los cerros centrales y de las colinas que quedan de ese lado. en movimiento envolvente y azaroso. teniendo en su flanco izquierdo al escuadrón de lanceros. igualmente desiertos. un tumulto de picos. Ante los expedicionarios. Entre ambas. sólo les quedaban decisiones extremas: o retrocedían lentamente y luchando. El conjunto de la formación se proyectaba sobre la superficie del terreno con la forma exacta de un gran martillo. el escuadrón de lanceros cargaría por el centro. EXCEPCIONAL CARGA DE BAYONETAS Los jagungos podían ser doscientos o dos mil. Según confiesa en el documento oficial donde define con penoso desprecio el temible adversario que lo había detenido en su camino. y la 4^ por el flanco derecho. irrumpía "una fusilería cerrada e ininterrumpida como si allí se encontrara una división entera de infantería!” *. Esta idea era la más heroica y la más simple. se des­ doblaba en línea la brigada Teles. se hubiesen mezclado desde el inicio en las dos entradas del desfiladero. o rodeaban el trecho inabordable. y más lejos. * Orden del día del general Savaget. debiendo previamente formarse en línea al salir del camino hacia el terreno”. conquistándolas.

Avanzaron al unísono: los pelotones de adelante enfrentando los cerros y enfilando por la boca del pasaje izquierdo. frente a la fuerte trinchera puesta sobre las dos márgenes del río. Una línea luminosa de centenares de metros onduló sobre los cerros. a la izquierda. Al pie de la serranía. a paso redoblado. La línea de asalto. algunos hasta el fondo de la garganta. venciendo los obstáculos. El coronel Teles. los jagungos se les deslizaban adelante. Siguiendo su táctica acostumbrada. moviendo el área del combate. Por primera vez se dejaron sorprender por la inesperada táctica que los obligaba a descolocar hacia otros puntos a los tiradores destinados de antemano a cerrar los dos pasajes por donde debía pasar la tropa. . se veía a la 4^ brigada escalándolas. Los muer­ tos y los heridos caían. mientras la 4$ brigada. como una repre­ . Los arrojó valientemente sobre las trincheras más cercanas. se curvó por las vueltas y poco a poco. . imponiéndoles las fatigas de una persecución infecunda. apoyándose en todos los accidentes del terreno. iba a decidir el pleito. La 4^ brigada lo evitó. realizando la más original carga de bayonetas. directamente encami­ nado. atravesó con su gente el trecho de campo barrido por las balas. abajo. a despecho de la difícil ascensión. subdividida en pelotones que avanzaban aturdidamente. Fue un lance admirable. Los sertanejos la golpeaban. se fragmentó y se desarticuló. pero cada una tenía en el fondo decenas de cartuchos detonados y todavía calientes. en la bifurcación. retroce­ diendo. el escuadrón de lanceros. guiándola por el flanco derecho del 319 de infantería. las anfractuosidades del suelo la dividían.Y la carga que en seguida se ejecutó — episodio culminante de la refrie­ ga— asemejó a un golpe único de mil seiscientas bayonetas contra una montaña. vencía velozmente la dis­ tancia que la separaba del enemigo. contra las posiciones que ocupa­ ban. Los jagungos no habían contado con este temerario movimiento. perdió el caballo que montaba atravesado por una bala y debió sustituirlo. Las encontraron vacías. Al principio avanzó correctamente. Empezó a subirlos. Reunió las fracciones dispersas de combatientes en las que se mezclaban soldados de sus dos cuerpos. Este notable oficial — que recordaba a Osório 2 9 3 en la apostura y a Turenne 2 9 4 en el arrojo varonil— sin desenvainar la espada. La 4^ brigada. por una ladera abrupta. Los animó. Atacó por las laderas. las armas prontas y sin tirar. por donde se metió osadamente. hábito que conservó durante toda la campaña. corriendo. se abría el desfiladero de la derecha. Dominadas las primeras posiciones. A su frente. por donde habían entrado los sesenta hombres del escuadrón de lanceros y la división de artillería. se desparramó por las cumbres de la sierra. el coronel Carlos Teles. sobre las vertientes que presionan el desfiladero en ese punto. quebrándose ambos. Después tomó por varios puntos. rota en todas partes.

después de cuatro horas de lucha. en ímpetu incomparable de valor. lo denota. LA TRAVESIA En esta enorme confusión. Y allí. fue un golpe de audacia sólo justi­ ficable por el dispositivo de las tropas que lo libraron. Desajados de todos los puntos. no se dejaban vencer. la 5* brigada. sin ventaja alguna. dilatado por tres horas de tiroteos ineficaces y finalizado con una carga de bayonetas fulminante. era una fuga. por primera vez. rodando y resbalando por los declives. Como siempre. Había aumentado el número de heridos que en el alboroto de las cargas. luchaba de manera tumultuosa. corriendo. en desorden. algunos pelotones del 319 de infantería asal­ taron por fin. desaparecien­ do. Y cortadas así las guarniciones que se sucedían a espacios regulares por la línea de cumbres. al acaso. vol­ vieron inexplicablemente a resistir. Cinco batallones se debatían entre los morros. Los jagungos. Los soldados trataron de cercarlos y vigorizada en todas partes la em­ bestida.sa. en un gran alboroto de batallones a paso redoblado. Era la victoria. . No era el habitual retroceso. se abroquelaban en otros. Por las laderas de la izquierda. derrotados y golpeando. las aclamaciones triun­ fales de la vanguardia. de naturaleza espe­ cial. indeciso. relinchan­ do de pavor. se propagó hasta la extrema izquierda. igualmente perdida la formación. con tiros espaciados. al principio vacilante. en un movimiento único hacia adelante. En las filas predominaba el soldado riograndense. como los partos 295. Y el gaucho teme­ . se confundían por el paso del desfiladero. en el valle estrecho. Porque el combate de Cocorobó. recibían de lejos a los triunfadores. huyendo y matando. vieron a sus adversarios: desparramados por la altura de los cerros. resurgiendo inexplicablemente entre los estragos de un combate perdido. . La acción era increíble. las trincheras más altas de la vertiente derecha. los sertanejos volvían incompleto el éxito. Abajo. se veía los caballos del escuadrón de lanceros que chocaba con arrojo contra la trinchera del río. caían errantes por las faldas. después del primer intento de fuga. Habían sufrido un serio revés y la denominación de "batallón talentoso” que dieron después a la columna que se los infli­ gió. las dos brigadas. Minutos después. de relieve. El general Savaget fue alcanzado y desmontado junto con un ayudante y parte de su piquete cuando. entre los muertos allí yacentes. las abandonaron inesperada­ mente. a retaguardia de la columna. entraba a la garganta de la derecha y ya se oían a lo lejos. disparando en todos los sentidos. Vencidos. Abandonando las posiciones y fran­ queando la peligrosa travesía.

convergentes las seis brigadas. si es frágil para soportar las lentas provocaciones de la guerra. desde donde. El general Savaget comunicó entonces a las tropas que al día siguiente. La embestida se convertía en un revolverse fatigoso por las líneas sinuosas de los decli­ ves. La 6 ^ brigada que no había tomado parte en la acción. . Los batallones 26?. Lenta. la marcha fue un combate continuo. desparrama­ das por los picos de las colinas. sobre el final de ese día y teniendo a vanguardia a la 6 ? brigada con el 33° de infantería. La 2^ columna. . tenían otras centenares que vencer. Todo el día 26 se perdió en una corta travesía hasta la confluencia del Macambira. adrede modelado por las trampas del enemigo: vencida una cumbre. Pero en los encuentros a arma blanca. las cabañas de disposición ya descrita: surgían entre trincheras o fosos enmascarados por bromelias. debían estar en el borde de Canudos. Y la ocasión les permitió lucirse desarrollando una empresa estupenda. a un mismo tiempo hogares y reductos. los batallones del coronel Pantoja. cala­ ron las bayonetas y se lanzaron impetuosamente por las colinas. La infantería del sur es un arma de choque. bajo el aspecto triste de una enorme boca de mina abandonada. fue encargada de enterrar a los muertos y acampó a retaguardia de las otras dos que ocupaban una extensa planicie más arriba del camino. convergían des­ cargas. Ya se veían. . cuando todavía quedaba en el campamento el grueso de los combatientes. se contaron las pérdidas: ciento setenta y ocho hombres fuera de combate. . batidos por todos los flancos. Que debía estar muy cerca. Iban en tropel.rario. El campo de batalla se volvió amplísimo. desdoblándose en línea. Hecha una bajada. . se echarían uni­ das sobre la aldea. acampadas las fuerzas más allá del paso. se adoptó la misma decisión que en la víspera había tenido tanto éxito. entraron en un serio combate. a pocos kilómetros de Cocorobó. esos cen­ tauros a pie arremeten con los adversarios como si copiasen la carrera de los jinetes sin freno de las pampas. De pronto. A la tarde. de los cuales veintisiete estaban muertos. no tiene par en el desempeño de rápidos lances osados. 33? y 39?. se caía en un dédalo de zanjas. Otras tropas la pueden suplantar en la precisión y en la disciplina del fuego y en el juego com­ plejo de las maniobras. En la cifra se incluyen dos oficiales muertos y diez heridos. Pocos kilómetros más adelante. se divisaba Canudos. el 27. irrumpiendo de las cabañas. tocaba los suburbios de la terrible ciudadela. MACAMBIRA Después de esto. según había decidido el comando en jefe. Y por todas partes. Y apenas recorridos dos kilómetros.

nombre del sitio adyacente. por las rajas de los muros. también debió ser retirado de la acción al ser herido. en seguida dos subalternos que lo habían suplantado y conquistó finalmente la posición después de grandes bajas. convergían. de colina en colina. partían descargas furiosas. fusilerías que diezmaban a la tropa. los pelotones alcanzaban los picos sin encontrar al enemigo. El comandante del 12 ?. Volvían a su táctica invariable. al tiempo que de la cabaña que el foso rodeaba. blanqueando la oscuridad del crepúsculo. Ante la imprevista resistencia. lejos. . Una compañía del 39?. para reproducir más lejos. los batallones 12?. Atacados desde las posiciones ya superadas. Y muchos otros se sacrificaron en ese mortí­ fero combate de Macambira. 319. Los tres batallones de la vanguardia se vieron impotentes para sopor­ tarla : de las cabañas de combatientes. . sordos a la intimación de sus comandantes para retirarse de las línetas de fuego. Suce­ sivamente. Las cargas de bayoneta no tuvieron el brillo de las de Cocorobó. a que­ marropa. 35 9 y 409. de todas las trincheras diseminadas por los cerros. empe­ ñadas en la batalla. se obstinaban en la batalla. al mando de un sargento. enviados en refuerzo. luego del comienzo de la acción. . además de gran número de plazas. El del 33?. teniente coronel Tristáo Sucupira. altas. casi toda la columna. la misma escalada sin aliento y la misma exposición peligrosa a las balas. . La noche los detuvo. Estas se extendían por más de tres kilómetros. fiscal del mismo cuerpo. cayó moribundo cuando se esforzaba por seguir a la vanguardia. entonces. heridos de consideración. Arrojados contra los cerros. como el capitán ayudante del 32?. fue literal­ mente destruida cuando trataba de vencer uno de esos reductos salvajes. cre­ pitaban. desalojados de una posición aparecían en otra.La pelea fue reñidísima. exhaustos y torturados por el tiroteo. Había asaltado la colina y en lo alto se topó con un foso amplio. resonaban en las bajadas y rodaban hacia Canudos. partían. Cayó el comandante. inepta para abarcar un área demasiado extensa de combate. Se veían. teniente coronel Virgilio Napoleáo Ramos. como el capitán Joaquim de Aguiar. El campo de batalla comenzó a desapa­ recer debajo de los pies de los asaltantes. Empezaron a perder. porque al impo­ sibilitar el terreno cualquier combinación táctica capaz de balancear los engaños vertiginosos del enemigo. a oficiales de alta graduación. todas las garantías de éxito quedaban reducidas al coraje personal. fue reforzada con otras dos. Los jaguncos. Eran más de mil bayonetas. Deflagraban por las colinas. esa brigada. las torres de la iglesia nueva. fue­ ron avanzando. . Algunos oficiales. retrocedieron lentamente. bajaban en grupos precipitados buscando los ángulos de las bajadas. La expedición estaba a un cuarto de legua de la aldea. obligan­ do a los enemigos a un continuo subir y bajar por las laderas como si quisieran arrastrarlos hacia la aldea.

sobre el flanco izquierdo. En ellos había seis oficiales muertos y ocho heridos. mientras los dos batallones de la brigada Carlos Teles. hasta la Favela. recibida con gran entusiasmo. Fue dada en Trabubu. Pero todo hablaba de un éxito compensador. no podemos faltar a la honrosa invitación que es para nosotros motivo de justo orgullo y de total alegría”. en el cruce de los desfiladeros. El itinerario preestablecido se había realizado. el cañoneo abierto a esa hora por la vanguardia de la 1^ columna. Mis camaradas: acabo de recibir del señor general comandante en jefe. triunfante. el alférez Wanderley. Sumadas las pérdidas anteriores hacían trescientas veintisiete bajas. A dos pasos del comando en jefe. Un piquete de caballería dirigido por un valiente destinado a una muerte heroica. se ade­ lantaban en rápido reconocimiento. se había adaptado al carácter excep­ cional de la lucha.Por fin habían llegado al término de la marcha por Jeremoabo. El día 28. puntualmente: minutos después de haber acampado las tropas del general Savaget. podía arrastrarla. comenzó a bombardearla a su vez. se haría sin embargo. un telegrama comunicándome que mañana nos abrazaremos en Canudos. habiendo avanzado temprano y tomado posición en una pequeña meseta. donde a esa hora. 26 de junio de 1897. corteses y humildes palabras: "Campamento en el campo de batalla de Cocorobó. Tanto había costado la travesía de menos de tres leguas. hasta el centro de Canudos. fuera del centro de la campaña. . había recrudecido con intensidad el cañoneo. INESPERADO EMISARIO Con sorpresa general de los combatientes de la 2 ^ columna que. a través de un asalto convergente. Por lo tanto. venía con esperanzas y fuerza. la segunda columna estaba pronta para el asalto. a dos kilómetros de la aldea. en plena plaza de las iglesias. usa pocas. es expresiva al respecto. y en su laco­ nismo dice mucho. Se había impuesto al enemigo. oyeron destrozando el silencio de la noche sertaneja y retumbando fuertemente por los contrafuertes de la Favela. La nueva. los ojos puestos en la Favela. de Cocorobó hasta ese lugar. ex­ ploró el terreno por el flanco izquierdo. esperaban ver bajando por las laderas del norte. Llegaba allí tras una travesía de setenta leguas con un combate de tres días. La orden del día del 26 por la cual el comandante comunica el próximo asalto en compañía de la 1* columna. entre los cuales cuarenta estaban muertos. y el movimiento irreprimible de la carga que iniciara en Cocorobó y prolongara ininterrumpidamente hasta ese punto. La se­ gunda columna lo había pagado duramente: ese día tuvo ciento cuarenta y ocho hombres fuera de combate. La concentración deseada. las ocho de la mañana. A despecho de las pérdidas que tuvo.

Reunidas las columnas. Triunfadores que no podían dar un paso fuera de la posición conquistada. el general Savaget. hacia la izquierda. por orden del comandante en jefe. El hombre quedó detenido hasta que un nuevo emisario confirmase la noticia. sin embargo. dispersos por los caminos. La misión fue cumplida por el coronel Serra Martins que rápidamente salió detrás de la expedición llevando a la brigada. Ante el nuevo reclamo y las informaciones que lo aclaraban. IV VICTORIA SINGULAR La orden del día relativa al suceso del 28 de junio lo caracteriza como "una página marcada de horrores pero perfumada de gloria”. fue posible destacar un contingente para en­ contrar el convoy retenido a retaguardia. apareció en el campamento un sertanejo notifi­ cándoles. Este feliz movimiento. adonde llegó con el tiempo justo para impedir la destrucción del 59 de policía y salvar parte de los ciento ochenta cargueros que. apocadas las fuerzas y el ánimo. la situación en que se en­ contraba aquélla. A las once llegó a lo alto de la Favela. se encaminó con toda su gente. en medio de dos combates. Pero en seguida co­ menzó un desesperante circuito de contrariedades de todo tipo. presentaba la noche de ese día la imagen perfecta de una aglomeración de fugitivos. que al principio pensaba enviar sólo una brigada con municiones. Alcanzó para superar el trance. El ejército victorioso. habían caído en un período crítico de la guerra: perdido el aliento en encuentros estériles o en dudosas victorias que valían como derrotas. quedando el resto en la posición con­ quistada. lo que exigía inmediato socorro. a tiempo para liberar a la tropa asediada. apenas atenuó las estrechas condi­ ciones de la tropa. El general en jefe solicitaba el concurso de la otra columna. habían sufrido grandes daños de los jagunqos. SE DESTRUYE UN PLAN DE CAMPAÑA Quedaba postergado el plan de campaña y al mismo tiempo se anulaba el esfuerzo realizado en las marchas por el Rosario y Jeremoabo. según el brillante eufemismo de los partes oficiales preparados para ocul­ tar esa derrota. No engañó a la historia el fantaseo del vencido. El revés fue franco. Un alférez honorario29 6 agregado a la comisión de ingenieros fue el segundo emisario en poco tiempo. se sentían . La nueva resultó inverosímil y en el primer momento se la creyó una trampa del enemigo. hasta las Umburanas.a los batallones de la 1^.

Ahora el heroísmo les era obligatorio. los hambrientos y los pusilánimes bajo la emoción de las muertes recientes. Nada revelaba siquiera alguna sombra de campamento en el centro de las brigadas. si no por la amplitud del cuadro. sin retaguardia. Vamos a agregarle. muerto en el comando fatídico del 7? de infantería. Aquel surco del suelo. 926 víctimas. insepultos. nuestros soldados no podían sustraerse a la grave emergencia en la que héroes y pusilánimes se em­ parejaban. sin vanguardia. por la paridad del contraste. La tenacidad feroz del jagunco transfiguró a los batallones del general Artur Oscar. El coraje. En el fondo de la garganta. configuraban un compromiso serio con el terror. capitán fiscal del 2? regimiento que había caído con más de dos tercios de la oficialidad de artillería. Entre las dos. Gutierrez. la bravura teme­ raria. de todas las graduaciones. Néstor Vilar. Forzosamente heroicos. cerraban todas las puertas de la deserción. donde se improvisó un hospital de campaña. nada compensaba tales pérdidas ni explicaba semejante estado frente a planes de campaña tan pensados. idéntico. de urdimbre tan dramática. con 75 del día anterior.mal unidos por la presión del adversario que habían creído fácil de vencer. un capítulo emocionante. la furia brutal de los cosacos inmortalizó al mariscal Ney 298. La primera columna tuvo ese día 524 hombres fuera de combate que. sumaban 599 bajas. No podían con­ tarse los lastimados. porque los ataba el cinturón de piedra de las trincheras. . un artista que había ido hasta allí atraído por la sombría estética de las batallas. los ahogados por las marchas. Triunfantes . cosidos a bala en un pañuelo de tierra. corría un sumidero largo. recamada a veces por las singulares antítesis. El ansia persecutoria del persa hizo la resignación heroica de los "Diez mil” 297. porque el retroceso era imposible. Considerándolo. Dentro de él. Sousa Campos. viendo por allí. . acorralados. No se armaron barracas que quitarían espacio al área tan estrecha. Porque. mil y tantos animales de montar y de tracción. De modo que aunque no tuvieran valor. abriéndola por la mitad. Estaban rodeados por el más original de los vencidos: carentes de piedad. arrojados por todas partes. La tropa — cinco mil soldados. que comandó por un minuto el 149 y tantos otros. La segunda se le unió con 327 bajas. La historia militar. más de novecientos heridos y muertos. era la imagen material del golpe que había reci­ bido la expedición. apretándolos en un asedio indefinido y convertidos en fiscales incorruptibles. está llena de grandes glorificaciones del miedo. oficial honorario. Tristáo de Alencar Sucupira que había llegado agonizante con la 2 ^ columna. a compañeros que esa mañana estaban vivos y entusiastas: Thompson Flores. más de ochocientos baleados ponían sobre el tumulto la nota lancinante del sufrimiento irreparable. totalmente desorganizada. centenares de cargueros— sin flancos. se enfriaban los más fuertes. Allí que­ daron unidos.

golpeándolas con tiros largamente espaciados. Comenzó un régimen terrible de torturas. Y como el convoy reconquistado había llegado muy reducido. * . Desde esa fecha hasta el fin de la campaña. revelaban su vigilancia en torno. en provocaciones feroces. en Monte Santo. caídos entre los fardos desparra­ mados. vencidos por la fatiga. Estaban en el centro de operaciones y no podían dar un paso al frente o. disparando su arma hacia el aire. sin que el más breve ar­ misticio permitiera una corrección de las filas. Uno que otro soldado replicaba. Habían arrojado por los aires más de un millón de balas. presionándolos. El 59 de policía perdió cuarenta y cinco. sin una sola línea estratégica que la vinculara con la base de operaciones.y unidas. Fueron y volvieron en un tiroteo incesante por los caminos atrincherados. Los demás. las dos columnas se detuvieron impotentes ante la realidad. la tropa había perdido municiones de inesti­ mable valor para la emergencia. Al amanecer del 29 se verificó la insuficiencia de alimentos para la ración completa de los plazas de la 1^ columna. a no ser que se considerase como tal el peligroso camino del Rosario. En pleno territorio rebelde. que los tontos victoriosos no replicaban. cortándoles el paso para la retirada después de haberlos paralizado para el ataque. habían rechazado al adversario en todos los encuentros y lo sentían más amenazador a su alrededor. tirados sobre el duro suelo. Atronaban ahora el aire por encima del campamento. La noche cayó sin que amenguase la lucha. lo que era peor. Se apagaban las órdenes del día retumbantes. era un verdadero asedio. se quedaban inútiles. Dándoles municiones com­ pletaron el destino singular de la expedición anterior que les dejó sus espingardas. la mitad de la carga había quedado en poder de los sertanejos o inutilizada. EL COMIENZO DE UNA BATALLA CRONICA En la noche del 28 de junio se inició una batalla crónica. . la expedición estaba aislada. la tropa viviría en una alarma permanente. . ya abatidos por una semana de alimentación reducida. repleto de emboscadas. La 5^ brigada había perdido catorce hombres en un movimiento que hizo a retaguardia. Una luna fulgurante las desnudaba ante la puntería de los jagungos que. no podían dar un paso atrás. y al mismo tiempo. abrazados a sus espingardas. al azar. Los vencidos restituían así las balas. suficientes para prolongar indefinidamente la resistencia. Realmente. había abastecido al enemigo con cerca de cuatrocientos cincuenta mil cartuchos.

arrastra­ ban fardos y cadáveres. De modo que en sus espíritus resurgió el pensamiento consolador del próximo de­ senlace. encajados en una hondura del morro. destacándose sobre el caserío como un baluarte imponente. Por eso. . partiendo hacia el amplio círculo del ataque. explotando sobre las casas. Por otro lado. Pero no hubo esfuerzos convergentes y útiles. o a ras del suelo. no sopesaron suficientemente la eficacia feroz de los sertanejos. Al mismo tiempo se les presentaba una tarea penosa: hacer de ese montón de hombres y equipos un ejército. cayendo mu­ chas veces intactas.La 2 ?. fue de pronto barrido por descargas y. Las granadas. escondidos en las torres o más abajo. de todas partes. en la sugerencia de un sinnúmero de medidas urgentes. aunque mejor aprovisionada. hasta ese momento en relativa calma. se echó mano a los últimos recursos. pero se amortecían entre las frágiles resistencias de la arcilla. . de los mismos subalternos. en las ventanas abiertas en ojivas. Al amanecer les volvió el valor y a despecho de tantos acontecimientos. De modo que toda esa gente se movía a los encontronazos y en todos los sentidos. Además. sin que se reventaran las espoletas. El campamento. ordenar los batallones disuel­ tos. Allí se alineaban los jagungos. más de una vez. reconstituir las brigadas. improvisaban trincheras. curar centenares de heridos. estrechos como troneras. el blanco predilecto fue la iglesia nueva. El primer tiro partió y golpeó sobre Canudos como una piedra en una colmena. De modo que apenas comenzada esta fase excepcional de la lucha. como el día ante­ rior. enterrar a los muertos y extender el área reducida por los fardos y las cargas. siendo ese día muertos dos bueyes mansos que hasta allí habían conducido el pesado cañón 32. surgía espontánea. los efectos del cañoneo fueron fran­ camente nulos. retiraban las muías cuyas patas eran una ame­ naza permanente para los heridos que se arrastraban a sus pies. tirando por elevación y sin hacer blanco. a caballo de la aldea. los combatientes comprendieron que era casi imposible la réplica en tiros divergentes. no tenía tampoco garantía de sustento por más de tres días después de repartir con la otra. por detrás de las paredes maestras. nuestras descargas. sobre la base cortada por respiraderos. sobre inocuas. Estos trabajos indispensables se realizaban sin método. La colaboración justificable de los comandantes de cuer­ pos. y estallaban sin ampliar el radio de su acción. Todavía no los dominaba completamente la desesperanza. ante un bombardeo vigoroso que propiciaban las ventajosas po­ siciones de la artillería. como el día anterior. sin la dirección de una voluntad firme. . se agrupaban al azar en simulacros de formaciones. Pensaban que una villa abierta no podría soportar por muchas horas las balas de diecinueve cañones modernos. significaban malbaratar las escasas municiones. les perforaban los techos y las paredes.

Es natural que la refriega resultase inútil. . Era una nerviosidad loca. Cayó la noche y no se había adelantado nada. rugió sobre ella ese día sin tocarla. una salva imponente al coraje de los matutos. encendió un barril de pólvora que estaba cerca. como no sabían de esas exquisiteces de la civilización. . Sin embargo. Cayó herido. ma­ neándolo. lo rodeaban. incluso una compañía. Era un sitio en regla. . pero cuando creían haber vencido y levantaban sus ban­ deras y llenaban la soledad con los toques de los clarines. Los hombres equipados por los recursos bélicos de la industria moderna. . . cada uno quería disparar con él. Jadeantes. . Aquel duelo a distancia demostró ser imprudente. como si brotasen del suelo. lo hizo explotar. un batallón. Se apuntaron otra victo­ . volviéndose el bombardeo. Como siempre. La gran pieza — el mayor cañón de fila— se había convertido en un monstruoso fetiche que desafiaba el despertar de las viejas ilusiones. del apresuramiento con que lo manejaban. estruendoso e inofensivo. Esa mala estrella del coloso derivó. El incidente es una muestra de cómo se luchaba. El escape de gases de la pieza mal obturada. retráctil. fue un choque. La táctica invariable del jagungo se mostraba en ese resistir con retrocesos. aunque disfrazado por la escasez de las líneas enemigas que tiraban flojamente en radios indefinidos por las laderas del morro. no pudo reprimir el ansia de apuntar. después lo apretaba. eran materialmente los más fuertes y brutales. acompañaban los himnos triun­ fales con las balas de sus trabucos. principalmente. Al alba del 30 el campamento fue atacado. apoyada en todos los accidentes del terreno protector. El cañoneo del 29 no los impresionó. podría quebrarlas con una carga de bayonetas pero cuando parasen. las balas desde todos los flancos. perdiéndose en las casuchas pegadas. Hasta un médico. las otras se perdieron. Una brigada. aunque fuese con trayectorias desviadas. un sobresalto instantáneo. otra vez le permitía agotarse escar­ bando con las pezuñas el suelo y nuevamente lo ajustaba. le permitía el cansancio del movimiento y de la carrera. arras­ trándolo hasta el ahogo completo. matándolo y que­ mándolo. Alfredo Gama. para relajarse de nuevo. Las balas pasaban silbando sobre su techo. una eterna reproducción de los mismos hechos. De buen grado otorgaban a sus adversarios el goce de vic­ torias inútiles. Enlazada la presa. Sólo una cayó sobre el atrio.Para ella se preparaba el Withworth 32 que vino precisamente para derribar sus muros. Allí había una inversión de los papeles. como al segundo teniente Odilon Coriolano y a algunos plazas. circulares. ansiosos. Era la lucha de la sucuri con el toro fuerte. se sentiría de nuevo el asedio. mientras que las descargas circulantes seña­ laban de modo ineludible el asedio que sufrían. arrojando por la boca de sus cañones toneladas de acero encima de los rebeldes que les anteponían la esgrima magistral de sus artimañas. distendía los anillos.

como el día anterior. La artillería. . y retornaron pasado un intervalo y fueron de nuevo repelidos. se mancillaba su renombre y en breve tiempo. Y una fusilería floja. cuya aspiración predominante era cruzar el Vaza-Barris que les representaba la abun­ dancia de que estaban privados. cayendo todo el día sobre la tropa. separados en * Coronel Dantas Barreto. no encontraron nada y prosiguieron hasta Monte Santo donde tampoco existía nada. AVENTURAS DEL ASEDIO. además de acumularse bajas diariamente. "Sea como fuere. en seguida se podía realizar el ataque a la ciudadela. Abandonarla era dejar las contingencias de un cerco más peligrosas que las alternativas de una batalla franca. en una posición estática.ria. entró en un período de privaciones indescriptibles. Pero volvieron horas después y volvieron a ser rechazados. Ultima expedigáo a Canudos. Intermitentes. después de tres días de ración completa. como el día anterior. sin la formalidad. La estadía en la Favela era demasiado inconveniente porque. la artillería podía continuar con el bombardeo de Canudos durante algunas horas más. en breve. sin variante alguna. Pero el general en jefe rechazó la idea: "pensando que de Monte Santo. en los flancos de la montaña. Enviada a su encuentro. rítmicos. como el flujo y re­ flujo de las olas. De motu proprio. llegaría un convoy de alimentos como le había asegurado el diputado del Cuartel Maestre General y sólo entonces. diseminó algunas balas sobre los te­ chos. cuanto más para cerca de seis mil hombres” *. los soldados realizaban. que a su partida ya sufría los primeros aguijones del hambre. el 30. el 30 de junio las fuerzas estaban bien dispuestas. brigadas y cuerpos y de los oficiales subalternos y de los soldados. Se afirmó definitivamente un régimen insostenible. atacaría el baluarte del Conselheiro”. CAZAS PELIGROSAS Se vivía a la aventura. la brigada del coronel Medeiros. dispensable en la emergencia. se desmoralizaba la expedición. sin capacidad para dos. golpeaba desde los cerros vecinos. El enemigo fue rechazado por todas partes. monótonas. . golpeando. Algunos oficiales superiores suge­ rían la única salida — forzada y urgente— que podía asumirse: el asalto inmediato a la aldea. Y el ejército. quedaría agotada por la falta total de provisiones. . para esperarlo en las Baixas y desde allí escoltarlo hasta el campamento. de una licencia. Para ello existía la mejor disposición de los comandantes de las columnas. Pero ese convoy no existía. allá abajo.

perdidos por esos campos o muertos en alguna lucha feroz para siempre ignorada. co­ piándoles la astucia. La caza cazaba al cazador. No se pueden individualizar los episodios parciales de esta fase oscura y terrible de la campaña. ante un grupo de hambrientos. finalmente. se echaban sobre los bueyes. A la noche volvía al campamento con las manos vacías. pasaba largas horas en su exploración exhaustiva. abatiéndolos de un tiro o matándolos con el cuchillo y a su vez caían. oía un sonar de cencerros. porque es costumbre en el sertón que las cabras lleven cencerro. o robando ganado. salía de las huellas descu­ biertas para entrar en los pastizales. advertido del bulto a último momento. presagio de caza. generalmente caía ante un tiro seguro si no tiraba primero. más infelices. la marcha cautelosa. No imaginaba los riesgos que corría. Seguía deslizándose lentamente. la espingarda pronta. y se sentía feliz y aun­ que volviera a oírla lejana. Porque los jagungos ponían trampas imprevistas a los bisoños cazadores que. guia­ do por la música de la campanilla que. Otros. . . Era una trampa sutilmente preparada. El soldado hambriento. A partir del 2 de julio sólo hubo harina y sal para los enfermos. después de muchas horas de inútil esfuerzo. peligrosas excursiones por las cercanías. rompía el silencio de las planicies. nítida y clara. . perseveraba en su exploración a través de la maraña. en lugar del animal arisco. Era el último recurso. . muy disparejos en la habilidad. avanzando sobre los rastros. en lugar de la cabra aparecía el cabrero feroz.pequeños grupos. en cualquier abertura de la caatinga podía encontrar. Por un momento se recobraba de las fatigas. Las salidas de caza se hicieron entonces obligadas. Y éste. al jagungo sinies­ tro y traicionero que a su vez andaba buscándolo. a despecho de los riesgos. resguardándose como si fuese a cazar leones. no sabían evitarlas. Pegado al suelo. silencioso de movimientos pero haciendo sonar cada vez el cencerro sujeto a su cuello. asombrados. Los ojos y oídos aguzados para captar los mínimos movimientos y los mínimos rumores. Hasta que la escuchaba cerca. bajo las descargas que partían de las emboscadas laterales no vistas. el valiente hambriento. apenas miraban los alrededores para saltar sobre la cerca. Así es que. A veces resultaba un esfuerzo vano. Y los que a ellas se arrojaban — vestidos como los jagungos. inexperto. no volvían más. abandonados desde el comienzo de la guerra. Otras veces. y en­ tonces se reanimaba esperanzado. . se perdía por las planicies. Controlando su andar cauteloso para no espantar a la presa huidiza. llena de balas la car­ tuchera. refugiándose en todos los acci­ dentes del terreno— pasaban por trances temerarios. talando los escasos cultivos de maíz o mandioca que había. No se podía evitar ni tampoco prohibir. aparecían en un corral cerrado unos bueyes. Pero los hambrientos. cazando cabritos casi sal­ vajes por allí sueltos.

muerto por un tiro. poroto y mandioca que. Cada día aumentaban esos hechos. Las pequeñas zonas con cultivos de maíz. invisibles. Además de reunir a las reses debían evitar que se las dispersaran con súbitos ataques. atenuaron esa alimentación de fieras. sin ningún ingrediente. traidoras. se habían terminado prontamente. Montaban los caballos estro­ peados. defendían los flancos. cuidaban el fondo. Se hizo necesario buscar otros recursos. Diariamente salía a hacer batidas por los alrededores. no pocas veces quedaba de bruces. y encontrados en la carrera los bueyes esquivos. El ganado diariamente conseguido — ocho o diez cabezas— era un paliativo insuficiente para el minotauro de seis mil estómagos. Eran verdaderas partidas de plazas armados.Desde el campamento muchas veces se escuchaban tiroteos nutridos y prolongados. un soldado sediento. Finalmente. Repugnaba hasta al hambre. Sólo el escuadrón de lanceros actuaba con cierta eficacia. conteniendo al mismo tiempo a los bueyes alborotados. arremetían para adelante. En los hilos rasantes del valle de las Umburanas. tomaban los cocos de los ouricuris y cortaban los troncos blandos de los inandacarus. pero igualmente los gauchos reali­ zaban hazañas de pialadores. era casi intragable. A partir del 7 de julio cesó la dis­ tribución de alimentos a los enfermos. Pero este recurso no bastaba. pero nunca aban­ donaban la inquieta presa conseguida. Algunos murieron envenenados por la mandioca brava y otras raíces que no conocían. o chamuscada en clavas de hierro. Sin glorias. de sor­ presa caían en una trampa al trasponer una bajada. en agua salobre y sospechosa. deseosos de escapar. y al enemigo que los baleaba. El día anterior se dis­ ponían los batallones para la caza. los soldados apelaron a la flora providen­ cial. . Finalmente. los lanzaban en tropel todas las tardes hasta un corral al costado del cam­ pamento. hacían batidas palmo a palmo por esas tierras de flora ya marchita porque había entrado la estación sin lluvias. en prodigios de equitación y coraje. como ecos de esos desconocidos combates. les faltaba el agua. El enemigo les perturbaba el trabajo. rengueantes bajo las espuelas. Los cuerpos en misión exploratoria se escurrían por los claros. Sin medir distancias ni peligros se largaban por la desconocida región. Triste avanzar sin banderas y sin clarines por la aridez de los campos. Para los inex­ pertos era incluso peligroso. Las líneas enemigas se extendían adelante. Como los nativos infelices. Se alimentaban de cactos que les engañaban a un mismo tiempo el hambre y la sed. se reglamentaron esas aventuras. al principio. Recibían media docena de tiros de sus incorpóreos adversarios. Además la carne cocida sin sal. Volvían vencidos y cansados. Cavaban alrededor de los umhuzeiros para arrancarles los tubérculos. Y en estos encuentros rápidos y violentos.

hacía un giro largo y torturado. Los asaltantes eran rechaza­ dos. No podían tenerla. café y azúcar mezcladas con las cenizas de las hogueras que las habían consumido. a veces cargaban sobre la artillería. Sufrían ataques súbitos de noche. los rudos campeones que en las épocas felices pasaban el día con un poco de mandioca y un trago de agua. pero minuto a minuto. aparecían irreprimibles. Al principio reaccionaron bien. a lo lejos. siempre imprevistos. Nuestros soldados no la tenían. delirantes de fiebre. sobre todos. No tenían una hora de tregua. bala a bala. Además. más serias. La 5^ brigada. La disciplina se relajaba. la 1^. recorría todas las líneas. harina. de mañana. baleados. velando junto a los triunfadores. que había salido en busca del convoy de ayuda y de la cual no se sabía nada. la insistencia de los ataques era superior a sus fuer­ zas anímicas. otras. mutilados. iba y venía. lentamente. se sumaba lo incierto del futuro. Por un contraste irritante. como si un tirador solitario. consecuencia de los anteriores. Se volvía a la paz anterior. El ataque había terminado. a punto de aprovechar apenas las municiones de los convoyes asaltados. formaba. con precisión inflexible. bolsas de carne seca. cierta vez. Murmullos de protesta ante los cuales la oficialidad fingía sor­ dera. como borborigmos de estómagos vacíos. la tropa se formaba en filas torcidas. habían refinado su abstinencia disciplinada hasta una capacidad de resistencia increíble. un círculo de espanto. impotente para hacerlos callar. Acostumbrados a la frugalidad. finalmente. El blanco variaba. en el transcurso del día. Cada día que pasaba sin noticias sobre su llegada aumentaba el desaliento. otras sobre uno de los flancos. tuviese el compromiso bárbaro de ser el verdugo de . Le dieron un nombre humorístico al hambre. Las aventuras de la caza los distraían y cuando sonaba la alarma. la resignación de los soldados los agotaba. Después flaquearon. parecían bien abastecidos. Sobre el aniquilamiento físico. DESANIMO A medida que esto se agravaba surgían nuevos hechos. caía una bala entre los batallones. señalando los caminos casi hasta las proximidades del Angico.Y los infelices. los adversarios vencidos en todos los en­ cuentros. desde lo alto de un cerro remoto. Pero el enemigo seguía allí. iba de uno a otro flanco. pues. en las que apenas se distinguían las subdivisiones tácticas y se batían nerviosamente durante cierto tiempo. inciertos. . . Sonaban los clarines. volvían a las líneas de fuego sin que el ayuno disminuyera su arrojo. Estaban allí en función de la espera de una brigada. no tenían tantas provisiones como para justificar esas acciones. al ir hasta Baixas. inevitables. comenzaron a vivir de la incierta limosna de sus propios compañeros. encontró en los alrededores. Era la señal de la altivez salvaje con que se echaban a la guerra los jagunqos. a dos pasos.

. Apenas once. Y así se iban los días. misión no sólo lúgubre sino peligrosa. los llevó a la hazaña invero­ símil de capturar o destruir al mayor de ellos. Y al día siguiente. La misma artillería. porque no pocas veces. salvo uno. buscando al azar un blanco. hijo del viejo cabecilla de igual nombre. volvían a la misma tarea. según la llamaban. cada vez más cercanas. Volvían con pocas bajas o completamente indemnes. apenas tiraba dos o tres tiros espaciados. el 19 de julio. las noches se reservaban para enterrar a los muertos. las trincheras amenazadoras. y por la retaguardia. en esa intermitencia de refriegas furiosas y rápi­ das. . A veces. el enterrador aumentaba el entierro. Hasta que murieron todos. huyendo entre las filas feroces 2 ". Mientras se empleaban de tal modo los días. como si fuese una legión. verificando la ineficacia del cañoneo y la necesidad de cuidar la reducida munición. una víctima singular entre miles de hombres. El odio a los cañones que diariamente les destruían los templos. Fueron pocos los que se arrojaron a la em­ presa. todavía jadeantes por los encuentros guerreros. Es natural que una semana después de la ocupación del morro. En un aumento aterrador.un ejército. se estremecían ante el silbar de esos proyectiles espaciados. los asaltos no cesaban pronto. festoneadas de balas. Se hicieron cargas cerradas de bayonetas. Los cuerpos destacados para tomarlas y destruirlas las tomaban y las destruían fácilmente. cerrando el paso hacia la Fazenda Velha. el Withworth 32. Valientes. La tropa tuvo otra victoria poco lisonjera y aumentó el respeto por la temeridad del adversario. En uno de ellos. que escapó milagrosamente. tomaban todas las líneas y adquirían color de batallas. el ánimo estuviera decaído. los sertanejos penetraron de lleno en el campamento hasta el centro de las baterías. aproximándose por el camino del Rosario. a toques de corneta. amenazando el puesto de carnes y reduciendo el área de pasto donde se encontraban los animales de tracción y de mon­ tura. y largas reticencias de calma. . Pero ante el diminuto grupo se formaron bata­ llones enteros. ciertos días. guiados por Joaquim Macambira. la "ma­ tadora”. Él ascendiente de los matutos crecía día a día. por la derecha. contra las expectactivas. Y lo era. cayendo baleado dentro de la fosa común que con sus manos había abierto. reconstruidas por las noches. Se descubrían las trin­ cheras circulares: por la izquierda.

mostrando continuamente todas las impacien­ cias y todos los arrojos de un temperamento nervioso y fuerte. fuera como fuese. No lo combate. a veces valiente. no lo turba con ata­ ques bien combinados y con cargas furiosas. Llevando seis mil bayonetas hasta las orillas del Vaza-Barris ganaría la partida. no delibera. hallando en las coyunturas más críticas siempre una frase explosiva. No lo vence. Completó así el primer error con otro. El general Artur Oscar. Resiste. perduraba el peso de la disciplina. en una campaña. sin bases y sin líneas de operaciones. Este atributo contrasta con cua­ lidades personales opuestas. Si el día 28. Desde el comienzo se dedicó a su fase final. y realizando una embestida original. casi fanfarrón. Si por un golpe de mano. Tenía un solo plan: ir a Canudos. sólo adopta una táctica: la inmovilidad. la expedición estaría perdida. lo agota. el error tardíamente corregido del abandono del convoy le impedía atacar. Finalmente estaban las dos columnas reunidas y la aldea se extendía a la distancia de un tiro de männlicher. que se había obstinado en permanecer allí. encarando la profesión de las armas por el lado de lo caballeresco y tumultuoso. buen relator de hazañas asombrosas. Inflexiblemente inmóvil delante del adversario. incom­ parable para idear encuentros sorprendentes. Inquieto y ruidosamente franco. lo cansa. ahora se justificaba en la total imposibilidad de moverse. de cualquier modo. vio y se quedó. no previo la eventualidad de un fracaso. debía hacerlo. No lo hizo. un trazo vigoroso de jovialidad heroica que las remarcara. se concentró completamente en el objetivo de la lucha. En algunas brigadas. Se afirmó en su única cualidad militar sobresaliente: la tendencia a enraizarse en las posiciones conquistadas. Era la convicción general. Quedó colocado en una situación insostenible . se transforma. ilusionado al principio con el milagro de un convoy de apoyo. El estado de la fuerza facultaba todavía una defensa floja de esa posición pero imposibilitaba prolongar el esfuerzo por más de ocho días. Solamente el prestigio de algunos jefes de cuerpos la sal­ vaban de la desorganización completa. le opone la fuerza obstinada de la inercia. según la opinión de sus mejores auxiliares. la necesidad de un retroceso. le hubiesen cortado la marcha en las cer­ canías del Rosario o del Angico. el día 30. Llegó. que el enemigo podía y no supo dar. Cambió un verbo en la afirmación clásica del romano y siguió 3 0 0 . por la dedi­ cación personal de sus comandantes. Guiando a la expedición. Todo lo demás era secundario. y con asom­ bro de los que lo conocen. No retrocedería. en un medio tan exigente. tal general. dejando de lado todas las circunstancias intermedias.LA ACTITUD DEL COMANDO EN JEFE Se esperaba a la brigada salvadora.

” * su frase predilecta que largaba violentamente. "¡Nao Ihe afrouxara o garrüol. el día 10. en alusiones agrias. una economía embrutecedora. (N . estéril. recomponiendo todos sus puntos. sordos rencores contra los ima­ ginarios responsables de esas desventuras. discutiendo estupendas soluciones sobre cargueros fantásticos. restando. prisionera de un asedio cuyas líneas se distendían elás­ ticas ante las cargas y se apretaban en seguida. de T . Era todo su esfuerzo. el 15?. toda su confianza. fatigada de hacer retroceder al adversario sin destruirlo nunca. . sintiendo la gravedad de su precaria situación. en los pocos momentos en que se atenuaban los asaltos. la víctima expiatoria de todas las crí­ ticas. . les daba a los combatientes la indefinible impresión de la inmovilidad del tiempo. poniendo el hambre en ecuaciones. No podían. La vista buscaba. Y enarbolando febrilmente el lápiz de los cálculos. quizá no pudiese salir. entonces y después. estructurando fórmulas admirablemente abstractas con sacos de harina y bolsas de carne seca. Ya aparecían. El ojo se embarullaba en la maraña de las casuchas. Sin embargo. un punto cualquiera que pudiera servir de re­ fugio. A la tarde o durante el día. Uno de ellos. estoico. a la distancia. por la permanencia en el cargo. al volver de la inútil diligencia. despedazaba el filo de los comen­ tarios más desanimados o las conjeturas más desalentadoras. cuya absolución presumía una culpa mayor: el olvido de su autonomía incondicional de jefe. como un golpe de sable. si no lo socorriese el curso caprichoso de los acontecimientos. La sucesión inva­ riable de las mismas escenas sobre el mismo escenario pobre. No se pensaba que la ilógica acusación recaía por entero sobre el comando en jefe. multiplicando y dividiendo. con el que quería distraer la impaciencia general. un buey. No había noticias de la P brigada.de la que. un solo buey — flaco. en la Favela: sumando. . idealizando convoyes. co­ mandado por el capitán Gomes Carneiro. . encontró como suprema irrisión. . Los bata­ llones. Aflo­ jaba. vacilante sobre las patas secas— una arroba de carne para seis mil hambrientos. diariamente mandados hasta las Baixas. no se desanimaba. Y por encima de todo. . algunos se distraían contemplando la aldea intocable. volvían sin rastrear ni una señal de su existencia por los caminos vacíos. . acobardarse. Compartía el destino común con resig­ nación. despuntan­ do las mismas horas de la misma manera. permanecía. Era el único culpable. transido de hambre. . fue. El diputado del Cuartel Maestre General. . la tropa no resistiría. inflexible.). ese funcionario tenía. Sin embargo. * No aflojarle el garrón. De hecho. inmóvil.

Imaginaban que tenía recursos extraordinarios. la gran plaza vacía. Era una predestinación. tres. un bulto. . E invisibles. Alrededor. 801. cinco mil. Un río sin agua. Los soldados escuchaban entonces. más lejos. convertido en camino polvoriento y largo. Al caer la noche. Pasaba por la plaza y deflagraba por las faldas del morro. Quince o veinte mil almas metidas en esa tapera babilónica. E intercaladas en los ruidos del ata­ que. . esterilizada para todo y para siempre por la maldi­ ción de los profetas y por el reverbero de las planicies del Yemen. cruzaba. Crepitaban en los aires con estallidos . En la lejanía. indistinto y fugitivo. Ese estoicismo singular los impresionaba y los dominaba.Y contaban: una. resonando largamente en el de­ sierto. La cam­ pana impasible no claudicaba un segundo en el intervalo consagrado. dos. en ondas sonoras que se esparcían por la quietud total y refluían en las montañas lejanas. aliado de la Providencia. Como si la tierra se ataviase en ciertos trechos para idénticos dramas. misteriosa y vaga. . corriendo. Una réplica violenta estallaba sobre la tropa. la cuerda ondulada de las sie­ rras igualmente desiertas. . colada entre las espesas paredes del templo casi en ruinas. Caía como un fulminante sobre la aldea. vacilaban frente al enemigo. cortaba un callejón estrecho. apenas extinguidos los ecos de la última campanada. ¡Cinco mil casas o más! ¡Seis mil casas! tal vez. Cumplida la misión religiosa. No perdía una sola nota. recortadas nítidamente sobre el horizonte claro. . Estallaban por encima y alrededor. Nada más. Cruzaban sobre el humilde campanario las trayectorias de las granadas. el mismo instrumento doblaba sacudiendo las vibraciones de la alarma. de allá ascendía. Corría una guarnición de llamas por las cumbreras de las iglesias. los toques del Ave María. . allí estaba. agrestes. rápido. Hacía callar el bombardeo. El silencio descendía mortecino sobre los dos campos. ése era el cuadro de aquel extraño escenario. Las mismas balas que usaban revelaban efectos extraños. Los cañones de la Favela bramaban despiertos por esas voces serenas. cuatro mil. las voces suaves se esparcían sobre la resonancia del ataque. la cadencia melancólica de los rezos. desapareciendo después. el dibujo misterioso de un paisaje bíblico y la infinita tristeza de las colinas des­ nudas. torneándolas. en el paraje legendario que prolonga la banda meri­ dional del Asfaltites. sin árboles. fuera lo que fuese. recordando un rincón de Idumea. La aldea — compacta como las ciudades del Evangelio— completaba la ilusión. Y como en el alma llevaban las mismas supersticiones y la misma religiosidad inge­ nua.

las cosas más vulgares adquirían connotaciones fantásti­ cas. inepta para el cono­ cimiento de la ley física que los explicaba. los combates.secos y fuertes. despertando apostrofes y protestas violentas tanto como un silencio comprometedor y sospechoso. y que a eso se debía la naturaleza excepcional de las heridas. Entonces se creó la leyenda. Los jagungos romperían. Empezaron las deserciones. en un asalto. barrer los alrededores y volver. . por fin. Tales hechos arraigaban en la soldadesca. El rumor sordo. Al menos tenían la esperanza de las presas acaso conquistadas. impunemente. en consulta vacilante a los compañeros. Si lo intentase. diariamente. hundiéndose en el desierto. Todavía se acepta la hipótesis de que los estallidos pro­ venían del desigual coeficiente de dilatación entre los metales que cons­ tituían el proyectil. Quedarse a despecho de todo era el recurso supremo y único. de las balas explosivas de los jagungos. esmeraba en los estallidos su salvajismo sin piedad. Una brigada ligera podía. la convicción de que el adver­ sario. Pero si la P brigada demoraba más de ocho días su llegada. insistentemente propalada después. En todos los espíritus permanecía el deseo de dejar ese sitio siniestro de la Favela. Pero la retirada era im­ posible. bajo la fiscali­ zación incorruptible del enemigo. con el tardo movimiento que le imponía la artillería. veinte plazas del 33° dejaron a sus compañeros. en las que el soldado se aventuraba a los mayores riesgos. La bala penetraba los cuerpos dejando visible el círculo del diminuto calibre y salía por un rumbo ancho de tejidos y huesos lasti­ mados. terriblemente equipado. . A veces se hablaba de la retirada. Los batallones que salían en diligencias hacia variados puntos desper­ taban envidia en los que quedaban. otros los imitaron. Por cierto tiempo quedaban fuera del cuadro miserable del campamento. . prefiriendo el tiro de misericordia del jagungo a esa lenta agonía. expandiéndose el núcleo de plomo más rápidamente que la camisa de acero. las ambulancias y el contrapeso de mil y tantos heridos. ni este recurso quedaría. las embos­ cadas. insidioso. Como en los malos días de los sitios legendarios rememorados en an­ tiguas crónicas. silenciado de miedo. Un cigarrillo era un ideal epicúreo. anónimo. Y uno a uno. Deserciones heroicas. El día 9. Envidiaban los peligros. las líneas de fuego de los soldados completamente exhaustos. se consumaría una catástrofe. penetraba entre los batallones. incomprensibles casi. El ejército no. como si reventasen en innumerables astillas. una raíz de umbú o una rapadura valían como manjares suntuarios.

Estallaron h im n o s. No puede describirse. planearon el ataque. moviendo febrilmente en inmensa alacridad a los soldados. ■ ■■ ' V ’ ■■■■ EL ASALTO: PREPARATIVOS El convoy llegó a lo alto de la Favela el 13 de julio y al día siguiente. sin embargo. De una a otra punta de las alas. en gritos.. vibrando largamente por los des­ campados. las notas metálicas de las marchas marciales y miles de gritos de triunfo. El día era propicio: la fecha de una fiesta nacional3 0v Por la mañana. un vaquero. se formaron las bandas de todos los cuer­ pos. enfermo por una herida recibida en Cocorobó. Su corpulencia de atleta contrastaba con los cuerpos esmirriados que se amontonaban alrededor. El ataque contra la aldea era urgente. Los matutos fueron sorprendidos temprano porque hacía poco más de cien años un grupo de soñadores había hablado sobre los derechos del hombre y había peleado por la utopía maravillosa de la fraternidad humana. embarulladas. vestido de cuero. Caía la noche. miraba sorprendido todo eso. Se enarbolaron las ban­ deras. convocados los comandantes de las brigadas a la tienda del general Savaget. . . Traía un oficio del coronel Medeiros notificando su llegada y requiriendo fuer­ zas para la protección del gran convoy que conducía. en estrepitosas exclamaciones. . mezcladas. Parecía un gladiador pujante entre bosquimanos inquietos.. una salva de veintiún tiros de bala la conmemoró. apareció inesperadamente en el campamento. el toque del Ave M aría. . em­ puñando a modo de lanza su picana. corrió la nueva auspiciosa y. El comandante de la P brigada había comunicado al volver que en la pretendida base de operaciones no existía nada. en un ondular sonoro que vagaroso avasallaba el silencio de los campos y se extinguía poco a poco en ecos por las montañas lejanas. . montando en caballo montaraz. El torrente ruidoso de las exclamaciones rodó hasta la zanja del hos­ pital de sangre. transfigurando los rostros abatidos. De Canudos ascendía. Los enfermos y los moribundos silenciaron sus gemidos transformándolos en vivas. Se encontraba total­ mente desprovista y había tenido que organizar con dificultad el convoy . El rudo vaquero. Fue un choque galvánico sobre la expedición abatida. resonaron los clarines. .La tarde del 11 de julio. en abrazos. El soplo del Nordeste hinchaba las banderas y arrastraba hasta la aldea. se cruzaron en todos los sentidos. escoltado por tres plazas de caballería.

Los comandantes de la 3^. La travesía de uno a otro grupo significaba la muerte. El 25? batallón. imperioso e intuitivo. los jagungos. Ese mismo día. Los revigorizaba. los expedicionarios. que se preestableció realizada sin que la perturbase el enemigo. a dos pasos de la 2 ^ columna. se pusieron de acuerdo en la idea del ataque en grandes masas por un solo flanco. Esta era cierta y se preveía que a todo trance. Persistía en los ánimos el intento de no realizar lo que la campaña reclamaba desde el comienzo: la división de los cuerpos combatientes. atacarían de lleno hasta la misma plaza de las iglesias. el que en poco tiempo se agotaría para reproducirse la misma situación anterior. incluso en el caso de quedar desbaratados. tuvieron una opinión diferente: permanecer en la Favela con el hospital de sangre. sin dejar su posición. mientras la artillería. avanzando por el lado derecho del campamento. El día 16 mostraron el mismo atrevimiento desafiante con el adversario abaste­ . Los demás. Las dos columnas. como si ideasen una osada parodia a la reciente llegada del convoy. se haría rectilíneo al final y si fuese logrado con éxito. El movimiento.que trajo. prevaleció. Se reincidía en un error. con disensiones minúsculas. fortalecidos por el voto favorable de los tres generales. Fue asaltado el sitio de los animales. no los había alcanzado. El ataque por dos puntos. fueron vistos en grupos que incluían mujeres y niños. o hacia cualquier otra. El plan confirmado era el más simple. Lo demostraban los hechos recientes. llevando hacia la aldea numerosas reses. Deliberaron. sin que los reconquistara el 3 O 9 de infantería que fue inmediatamente destacado para esa diligencia. y capturados algunos animales de remonta y de tracción. Dos semanas de cañoneo y el refuerzo de municiones en el campo adversario. por el camino de Jeremoabo y por la extrema izquierda. doblarían a la izquierda. bombardearía el centro. después de una marcha de flanco de casi dos kilómetros hacia la derecha del campamento. 4^ y 5^ brigadas optaron por el abandono preli­ minar de la Favela hacia una posición más cercana de donde partiese el ataque. El enemigo iba a tener. vol­ viendo aun a la izquierda. desde donde renovarían la resistencia. no les había disminuido el ánimo. frente a su agilidad. que surgía de la más ligera observación del teatro de la lucha. satisfechos y alentados de nuevo por la esperanza de la victoria próxima. derivando por los contrafuertes de la Fazenda Velha. enviado al ataque. hacia el Vaza-Barris. Pero no se observó el teatro de la lucha. Las opiniones. El día 15. Habían caído baleados el sargento ayudante del 9 9 y varios plazas. la artillería y dos brigadas como reaseguro. Ese era el único plan. Esta posición que poco difería de la otra. tendrían franca la retirada hacia tres ángulos del cuadrante. no tuvieron autorización para andar según su voluntad por el lugar en que acampa­ ban. al principio contorneante. la potencia pesada de las brigadas. una vez más. Podrían trasladarse a salvo hacia las inaccesibles posiciones del Caipá. Desde allí.

Iba a hacerse lo contrario. por el lecho seco del Vaza-Barris. libremente extendida y actuando fuera de la compresión de las filas compactas e inútiles. A pesar de ello. meterlos dentro de la cueva de Canudos a coces de armas. Atacaron sobre todas las líneas. ésta parecía ser de fácil acceso. el ataque debía ate­ nerse a la condición esencial de no comprometer en él a toda la fuerza. sugería un orden disperso. lo que además era inapropiado para la zona de combate. Saltaba de la quietud al ataque total. Todos los dispositivos quedaban supedi­ tados a esa preocupación absorbente de los choques violentos: tres mil y tantas bayonetas cayendo como un caudal de hierro y llamas. a medida que progresara barriendo las trinche­ ras abiertas en los altos y en los flancos. llevando la formidable escolta de dos batallones. no las satisfa­ cían. el 7? y el 59. En las disposiciones dadas el día 16. cada soldado busca a su compañía. adrede elaboradas para las condiciones excepcionales del medio y del adversario. Vista desde lo alto de la Favela. para hacer unos ligeros reconocimientos por las cercanías. . "Dada la señal de carga nadie más trata de evitar la acción del fuego del enemigo. Era preciso hacer retroceder a los tontos bandidos de una sola vez. Las se­ sudas combinaciones concretas de un combate. . La orden del 17 de julio señalando el ataque para el día siguiente. Apoyándose en las hazañas anteriores. Estas instrucciones concordaban con las tendencias generales. excluyendo las cargas de pelotones masivos precipitándose por los cerros. ellas son la nota predominante. de la inercia absoluta a los movimientos impulsivos. El coman­ dante general oscilaba entre extremos. a golpes. . permitía prever las dificultades de un ataque en masa y por sí mismo. el coman­ dante en jefe. hecho por una sola brigada. en una deducción osada. La comisión de ingenieros. daba vuelta a la página futura poniendo ante los combatientes el milagro de la victoria. Dejó la vaci­ lación inhibitoria que lo mantuvo en lo alto de la Favela para pasar a la obsesión delirante de las cargas. sería gradualmente seguida por las otras que la reforzarían en los puntos más convenientes. Mas esto sólo sería posible si. el suelo ondeado en colinas y surcado por zanjas. El rencor largamente acumulado por los anteriores fracasos exigía desquites fulminantes. cada compañía a su batallón y así todos”. tuvo que hacerlos combatiendo. Se carga sin vacilar con la mayor impetuosidad.cido. Esta vanguardia combatiente. fue recibida con delirio. concen­ trando a todas dentro de la aldea. la batalla tuviese una demostración preliminar o recono­ cimiento enérgico. Después de cada carga. Esta actitud mostraba que el enemigo iba a reaccionar con vigor y como no se conocían los recursos con que contaba. imposibilitaba el desen­ volvimiento rápido de las columnas. hasta que fi­ nalmente se operase en el terreno el retroceso del antagonista.

si tuvierais constancia. Antonio Nunes de Sales. Costa y el mayor Colatino Góis. Trabubu. todo lo espera de vuestro coraje. Alberto Gaviáo Pereira Pinto. Entrarían en acción 3. todos comandados por capitanes. la 4^ del coronel Carlos Maria da Silva Teles. si una vez más fuerais los bravos de todos los tiempos. Ante ella. respectivamente comandados por el capitán Joáo Antunes Leite y el teniente coronel Antonio Tupi Ferreira Caldas. 9 9 y 25?. El 5 9 de . se formaba con el 12 9 y el 319 bajo el mando de los capitanes José Luis Buchelle y José Lauriano da Costa.500 hombres bajo el mando del general Savaget. el 149 y el 309. . compuesta de dos batallo­ nes. así como la de artillería que secundaría el ataque con un bombardeo firme. el enemigo no ha podido resistir vuestra bravura. vencido de antemano. La patria tiene los ojos puestos sobre vosotros. La 1? columna dirigida por el general Barbosa. Angico. Macambira. las fanfarrias de los cuerpos vibraron hasta la caída de la noche. El campa­ mento no fue molestado. Nos detenemos ante una oración condicional comprometedora. Canudos estará en vuestro poder mañana. Lo atestiguan los combates de Cocorobó. iremos a descan­ sar y la Patria sabrá agradecer vuestros sacrificios”. la orden del día. reunía el 59. En la Favela quedaban cerca de 1. Carlos Augusto de Sousa y José Xavier dos Anjos. que combate sin ser visto. ha sufrido pérdidas considerables. debía haber sido cambiada al caer la noche del 18. Villar Coutinho. Esa tarde. El ene­ migo traicionero que no se presenta de frente. . La 2? la acompañaría cerrando la retaguardia."¡Valientes oficiales y soldados de las fuerzas expedicionarias en el interior del Estado de Bahía! Desde Cocorobó hasta aquí. temeroso y callado. y finalmente. otros dos en lo alto de la Favela y dos asaltos que el enemigo hizo a la artillería. Está desmoralizado y si. El enemigo mismo parecía conocer la resolución heroica: sus irritantes tiroteos habían cesado. Canudos caería al día siguiente. leída con aplausos el 17. la 5^ del coronel Juliáo Augusto da Serra Martins que sustituía al general Savaget en la dirección de la 2 ^ columna. Mañana vamos a batirlo en su ciudadela de Canudos. marcharía al frente de combate rodeada por un ala de caballería y una división de dos Krupps de 7 1 / i . Se delineó el ataque. la 6 * del coronel Donaeiano de Araújo Pantoja.349 hombres repartidos en cinco brigadas: la 1? del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. Se refugiaba allá abajo. guardando la posición: las brigadas 2? y 7^ de los coroneles Inácio Henrique de Gouveia y Antonio Néri. ". Era fatal. 79. la 3? del teniente coronel Émídio Dantas Barreto. cqn el 26° y el 329 comandados por el capitán M. esta última recién formada. estaba bajo el mando del mayor Nonato Seixas y se formaba con el 35 9 y el 4O9 batallones del mayor Olegário Sampaio y el capitán J.

una oficialidad joven. EL ENCUENTRO Las columnas se movieron el día 18. Definidos los luchadores. una altivez sin par sangrando bajo el cilicio del unifor­ me. Eran tropiezos cortos y rápidamente solu­ cionados. como obedeciendo a una fatalidad. Toda esa gente esperaba con impaciencia el combate. el gaucho intrépido que mandaba el escuadrón de lan­ ceros. cuyo comando se extinguiría por la muerte de todos los soldados del ala de caballería que dirigía. turbulenta. Porque el com­ bate era la victoria decisiva. El teniente coronel Siqueira de Meneses. Olimpio da Silveira. se veía que allí se encontraban algunos para los cuales el sertón de Canudos era un campo muy estrecho. Frutuoso Mendes y Duque Estrada. impa­ sible ante la gloria y ante el enemigo. los muros de la iglesia nueva. cara bronceada marca­ da de líneas inmóviles. bajando hacia el camino de Jeremoabo. Solo los Krupps. se realizaba tranquilamente. la perturbaban a veces. mientras el grueso de la expedición atacaba. . siguieron con la vista puesta hacia el este. con su aspecto de estatua. Garlos Teles. coman­ dante del 5? de la policía que él mismo había formado con los tabaréus robustos escogidos en los poblados del Sao Francisco. rumbo al Vaza-Barris. a paso ordinario. Contramarchando a la derecha del campamento. Wanderley. el jefe de la artillería. parecía la imagen de un luchador modesto. Tupi Caldas. amenazadora. ávida de renombre. siempre bajando. . Vieira Pacheco. bajo la jefatura del capitán de ejército Salvador Pires de Carvalho Aragao. piedra por piedra. La tropa del ataque rodaba sordamente. siguiendo rectilíneamente por la vida entre el tumulto de las batallas. anhelando peligros. . pasando ruidosamente por el camino mal pre­ parado. con­ tinua. Al poco tiempo volvieron hacia la izquierda. temeraria: Salvador Pires. debía realizar ligeras opera­ ciones de distracción a la derecha. sin la menor mo­ lestia del enemigo. Carlos de Alencar.la policía bahiana. con un contingente reducido. inquieto. Según el viejo hábito. todavía alta la madrugada. jovial. recordaba el bello episodio del cerco de Bajé. La marcha. a la 2 ^ columna. Entre los de menor graduación. contra los federalistas del sur. desti­ nado a caer heroicamente en el último paso de una carga temeraria. los combatientes recomendaron a los que permanecían en la Favela que tuviesen pronto el almuerzo para cuando volviesen de la fatigosa empresa. nervioso. sobre los contrafuertes de la Fazenda Velha. y otros. acompañaba autónomo. traía la envidiable reputación de su coraje de la refriega mortí­ fera de Inhanduí3 0 3 . como si este movimiento contorneante fuese a sor­ prenderlo. que desarticularían.

acelerando el paso. los vértices de las dos torres de la iglesia. como la flexión del enorme semicírculo. tuerce abruptamente hacia el sur y vuelve. La planicie ondulada. hacia la izquierda. recortadas. pero hacia la izquierda. el Vaza-Barris y volviéndose una vez más. Poco a poco se descubría la región silenciosa y desierta: cumbres desnudas. invirtiendo el sentido de la corriente y formando una península imperfecta que tiene al final la aldea. Porque la dirección de aquél lo interfería normalmente. para cortar todo el frente de batalla. Dos cruces amenazadoras y altas. El terreno próximo se levantaba en un cerro donde se veían. Los exploradores recibieron los primeros tiros al saltar la barranca izquierda del río. cortas explanadas.La tierra tenía un triste despertar. . Pero antes de completar esta operación el enemigo les salió al paso. los asaltantes atravesarían. en la claridad que nacía. entera. irregulares atrincheramientos de piedras. pasados unos pocos centenares de metros. golpeando por el sur contra la Favela. revistiéndolo hacia arriba. más acá de Trabubu. mil quinientos metros al frente. recortado y flexible. La vanguardia atacada. hasta el pie de la Canabrava. la última. se ensoberbecía hacia el oeste en macizos cada vez más altos. indefinido hacia el norte. después de correr derecho hacia occidente. como muros de piedra derruidos. Las aves habían abandonado esos aires barridos desde hacía casi un mes por las balas. Eran las siete de la mañana. El Vaza-Barris. sin mojarse. al mismo tiempo que el grueso de la 1^ brigada y cuatro batallones de la 3^ llegaban compactos hasta la orilla del río y lo cruzaban. La aldea. alargándose por el cuadrante del NE. bastaba a los que la defendían extenderse uniendo las dos ramas paralelas y próximas del río. ya en julio mostraban en grandes manchas pardo oscuro el avance lento de la sequía. pisaba ya la arena del combate. hacia el este. Así. caatingas marchitas. la 3^ en el mismo orden. el general Barbosa pudo trazar una línea de combate: la 1^ brigada extendiéndose hacia la derecha con sus tiradores. divisándose apenas al mirar rasando por la cresta de los cerros. subiendo hasta los amplios escalones del Cambaio. La mañana aparecía rutilante y muda. nítidas. desaparecía en una depresión más fuerte. una compañía del 3 O9 replicó sin detenerse. mien­ . De manera que. La columna 1^. atenuándose en parte el grave incon­ veniente de una acumulación de batallones. después de tras­ puesta la bajada. siguiendo ese círculo extenso de circunvalación. cargarían de frente. . Los breves tropiezos en el traslado de los dos Krupps habían retardado a la retaguardia. en una de sus curvas.

y desde que no podía trazarse con velocidad tal que convirtiese en pasajera una situación de desequilibrio y debilidad. desde la áspera topografía del suelo al extraordinario vigor de pronto de­ mostrado por el adversario que desde los primeros minutos. Lo revelarían los resultados inmediatos de la acción. única banda apropiada a los alineamientos. Faltaba la base física esencial para la táctica. estaba lo inapropiado del terreno. como era de prever. el 59 y el ala derecha del 79 centralizaban mal la lucha. forzadamente asu­ mida por todas las unidades combatientes. Sobre que era una maniobra bajo la mirada del enemigo. sin ver el resto de los compañeros y sin poder distinguir siquiera los toques de las cornetas. en la extrema izquierda. El 9 9 batallón. . Pero. había caído en el valle del Vaza-Barris por donde comenzó a avanzar. suponiendo que avanzaban. debía evitar que lo rodeasen. las compañías. se sentían perdidos. los batallones. pero que desde un principio. Impracticable y peligrosa. en la orden del día relativa al hecho. formán­ dose en líneas de tiradores. quizá insigni­ ficante. En contraposición al orden primitivo.tras el ala de caballería. La línea ideada. según las cotas máximas de los cerros y la hondura de las bajadas. Los soldados —bayonetas arreme­ tiendo contra los morros— golpeaban en él vertiginosamente. Pero todo sin la firmeza y la velocidad que exigía la táctica pensada. abarcaba todo el frente de ataque en una fusilería impenetrable. aventuró un gauchismo bárbaro: las fuerzas se trenzaban. aventajándose a toda rienda. Era imposible extender la formación dispersa debajo de las balas en semejante lugar. herido de descargas que irradiaban desde las dos orillas. El mismo general que los había arrojado a semejantes horcas caudinas 3 0 4 . la 3^ brigada comenzó a luchar por el flanco derecho del 3 O 9 que era de la primera. más tarde. lo que era esencial. hecha por un rápido desdoblamiento de bri­ gadas en una longitud de dos kilómetros. Lo decían todas las condiciones concretas. mientras que el 259. este movimiento general de la tropa fue mal hecho. Además de no conseguir ejecutarla de esa manera. no encontrando en el opulento léxico de nuestra lengua un término ajus­ tado para caracterizar el desorden de la refriega. era impracticable. hacia el flanco derecho. . aturdidos por las revueltas de la marcha. Se enredaban. para que no se desarticularan y dieran el flanco al enemigo hasta una nueva posición de combate. Las secciones. enfi­ lando por un laberinto de zanjas. delataban la confusión de las filas. otras compañías y otros batallones. desorientados. no pocas veces se daban de pronto con otras secciones. Retrocediendo a veces. la alteraron en pormenores. y en breve trecho. se desta­ caban hacia la derecha. . que marchaban en sentido contrario. iba a partirse en planos verticales.

conteniéndose en las quebradas. reforzándolas en sus puntos flacos. prendiéndose a las alas extremas. de modo de extenderse. revueltas. subieron hasta el tope de las colinas y de nuevo bajaron. en tropel. no podían adaptarse a las líneas de cualquier plan. Avanzaban y cargaban. definiéndose como un sector amplísimo de rayos convergentes en la plaza de las iglesias. frente a los rudos antagonistas. la 6 ^. obstaculizándole cualquier acción contorneante. al llegar debajo de una fusilería atronadora y observar el tumulto. invisibles. ya era sensible el número de bajas. pasada media hora. además de rudimentaria. quedando sólo la reserva. en un ondear de muche­ dumbres humanas. Pero fue lúgubre. Las brigadas auxiliares. o completándoles los movimientos. facultaría después el ataque final en una concentración única que el mismo campo de combate indicaba. variando por todos los rum­ . no sabían la dirección real del ataque que realiza­ ban. Sucesivamente vencían los morros. Pero al fin de cierto tiempo. comenzaron a con­ quistar corajudamente el terreno. que al llegar había observado que no hallaban las fuerzas en él comprometidas. lo que. ruidosamente. Los soldados. Saltaron sobre las laderas que las aprietan. También venían dos brigadas. Los recién llegados debían marchar hacia la derecha. revigorizándolas. estallando en los flancos. desnudamente. retrocediendo tal vez. el fulgor metálico de las tres mil bayonetas.De modo que cuando. . a su vez. Se embarullaron en las bajadas. para otra vez atacar. no fue realizada. La réplica de los adversarios. ampliándolas. la envergadura de hierro de la batalla. llegó la 2 ^ columna. el escenario se volvería singu­ larmente majestuoso. además de tomar toda la delantera al enemigo. el deber único de la ocasión era avanzar y cargar. bajo las órdenes inmedia­ tas del comando en jefe. . estrepitosas. Nada podía conjeturarse. como se había planeado. según el plan impuesto por las circunstancias. juntándose tumultuosos en los declives. fuertes y vibrá­ tiles. articulán­ dose con las que las habían precedido. la 4^ y la 5^. Eran las ocho de la mañana. Los jaguncos alrededor. De modo que si la tropa expusiese sobre ese resplandor brillante. Hermosa y caliente mañana sertaneja que en esa zona irradia siempre un bello resplandor de centellas reflejadas por la tierra desnuda y llena de cuarzos. . ”. o aun. Pero esta concepción táctica. rezagada. A cada momento pisaban trincheras y desde el fondo de éstas los cartuchos detonados y ardientes delataban la reciente huida del enemigo. Diez batallones mezclados se echaron por los cerros abajo. por cierto. con las for­ maciones que le son propias. "No obstante. El coronel Carlos Teles en su parte de combate — documento que no fue contestado— afirmó después. tal vez rodeándolas . tal vez con­ centrándose. . ex­ playándose en las cortas llanuras.

en descargas continuas. osados guerrilleros se enfrentaban con los asaltantes y les tiraban a quemarropa. sobre todo la situada desde el centro hacia la derecha. La tropa. al bajar por una cuesta. la 5^ marchando por la derecha. convergió sobre ella una tremenda fusilería. Cada soldado había llevado consigo ciento cincuenta cartuchos y ya los había gastado. la aldea. al oeste. sin la uniformidad de la marcha. Se hizo necesario detener batallones enteros — en plena batalla y situados en un terreno que los convertía en blanco— para abrir a golpes de martillo los cajones de mu­ niciones y distribuirlas. Encima. dejando escapar la oportunidad de un ataque serio. Además. en su persecución. El escua­ drón. Habían llegado hasta allí en grupos desordenados. . Y desde este punto hasta el extremo de la plaza. dio de golpe con cerca de ochenta jgungos. impedían el paso de batallones enteros. Las primeras casas. Fue en el último ímpetu del ataque. Se mostró en seguida por la extrema derecha. ofrecían a los combatientes un área plana y sin obstáculos. también llegaban atropelladamente algunos pelotones de infantería. a unos tres­ cientos metros de las iglesias. abriéndoles. la 3? y la 4^ por el centro y la 6 ?. Era el momento agudo del combate. donde cada pared se abría en rajas que eran bocas de tiro. en el caso de impulsarse con energía. En el torbellino de las filas sobrevinieron súbitas parálisis. Pero se observó que aquéllos sólo hacían una ligera demostración. disipando de manera improductiva el valor y las balas. La fuerza. completando los nutridos tiroteos que irrumpían desde la aldea. como si la intención fuera un vigoroso ataque de flanco que. Lo espaciado de los estampidos por ese lado denunciaba que había francotiradores. Lo mostró el escuadrón de lanceros en un reconocimiento teme­ rario. por el rigor de su puntería. Precipitándose velozmente en aquella dirección. por la izquierda. abarcando todo el cuadrante a lo largo de dos kilómetros. Lo demuestra un episodio sugestivo. Las brigadas aún avanzaron pero sin la rectitud de un plan. La situación entraba en su momento culminante. a menos de trescientos metros. que entró también en la refriega. bordeando el río. donde no era dable pensarla. construidas en un rincón extremo. claros pronunciados. a nivel de la parte más alta de la aldea que sube hacia el norte. subió al galope por una ladera poco abrupta y de pronto tuvo delante. Estaban dentro de un corral desde donde tiraban de costado sobre la tropa. dentro de los batallones desmantelados. En ese instante. estaba totalmente expuesta. parecía adrede dispuesta a desorientarlos. aunque pocos. cuyo . inevitablemente lanzaría a los sertanejos.bos. triunfalmente. Los dispersaron con una carga violenta a puntazos de lanza y patas de caballos. fortalecida en la oca­ sión por la 4? brigada que tenía como jefe al coronel Carlos Teles. . Pero éstos. los golpeaban por el flanco derecho.

Los sertanejos desalojados de esos escondrijos. por la planicie desnuda y chata. repleta de muertos y heridos. mien­ tras las secciones extremas de ese flanco. im­ pulsada por los oficiales que en la coyuntura se revelaron dignos de las más gloriosas hazañas. El 59 de policía. Las bajas abultaban. Habían conquistado un diminuto suburbio de la ciudad bárbara y se sentían impotentes para ultimar la acción. Muchos quedaron atónitos por lo inconcebible de un fusilamiento en pleno des­ campado. rechazando a adversarios que no veían. Saltando del hoyo y sin largar el arma. La fuerza llegó hasta esa situación dominante cubriendo una línea discontinua y torcida que se prolongaba. La iglesia nueva. Otras. Era el único árbol que por allí había. más altos que las iglesias. Arremetía al azar. Tiros rápidos pero sucesivos. La 6 ^ brigada y el 59 de policía. uno a uno iban cayendo. los mismos restos de municiones revelaban la presencia reciente de un tira­ dor. Y estando a pocos pasos. hasta el Vaza-Barris. aparecían alrededor. trasponía la última ladera. conver­ gían aceleradamente hacia la derecha. Golpeado por las granadas que de allí venían y por la fusilería del este. En el fondo de la trinchera. hasta los fondos de la iglesia vieja. por delante. rudamente golpeadas. En parte. idénticas. Las balas incon­ tables golpeaban los tabiques de las casas donde se habían refugiado muchos soldados y los mataban ahí adentro. concentrándose. salpicando el terreno. al este. El suelo explotaba bajo los pies de la tropa. fulminada en un círculo de descar­ gas. yendo en direc­ ción de un umbuzeiro todavía frondoso. se metían en otros y las nuevas trincheras en seguida retomaban las vivas descargas hasta el abandono y la posterior ida a otra. la aldea recrudeció su réplica. apareciendo por el lecho seco del río. La retaguardia. avanzó aún. Eran tierras minadas. les dieron de frente. sin embargo. daba la emocionante impresión de una derrota. el jagungo se escapó entre las grutas de la ladera. estallaban las baterías del coro­ nel Olimpio de Oliveira. Cubrían una extensa loma. La mayoría. más de trescientos cartuchos vacíos demostraban que el foroz cazador había estado largo tiempo emboscado y a la espera. sobre la margen del río. Y en todas. sobre la aldea. otros se arrojaron temerariamente sobre la posición. rudamente . los soldados pudieron refugiarse en las casuchas abandonadas. llevados a pulso. fulminaba a la 6 ^ brigada. Ya no dieron un paso más. Puestos en seguida en posición de batalla. completaron el ataque que consti­ tuyó la última arremetida de la tropa. que decaía suavemente hacia la plaza de las iglesias. Por entre ellos pasaron todavía. cuyas primeras casas fueron finalmente alcanzadas a las diez de la mañana. retrocediendo. Se detuvieron. los dos Krupps. iniciaron un firme cañoneo. mientras desde lo alto de la Favela coronada de humo. poco a poco. a ras del suelo descubrieron una cueva redonda por donde asomaba un rostro bronceado y duro. hacia la izquierda.estado mayor casi había desaparecido. como hechos por un solo hombre.

atacaban a los invasores en un delirio de furia. los jefes de las brigadas y 4^ que habían avan­ zado hasta el cementerio. Eran igual­ mente imposibles el avance y el retroceso. caían a veces a mano de frágiles mujeres. El tumulto. Perdidas todas las esperanzas. En medio de esta situación grave y dudosa. reduciendo la batalla al área en que se jugaban la vida. Ajenas al destino de los otros. Hambrientos y muer­ tos de sed. Al llegar. al final de un violento ataque. encontró ya gravemente heridos. morían con un estertor de fieras. mostrando brutalmente la forma primitiva del coraje. cabellos greñosos y sueltos. Este apareció después de hacer a pie. el instinto animal de conservación. cada uno luchaba por la vida. En esa situación. nada distinguían en la penumbra de las habi­ taciones estrechas y sin ventanas. escupiéndoles encima una trágica maldición. NUEVA VICTORIA DESASTROSA En medio de esta desastrosa confusión. junto a la iglesia nueva. de voces de comando. el sol alcanzó el cénit. no flaqueaban. de cornetas. Y no pocas veces caían por un disparo hecho a quemarropa. dentro de un rancho. casi estranguladas por las potentes manos. de gritos de cólera. cara marchita. tiradas en el suelo y pateadas por los tacones de las botas. un camino que fue un lance de coraje. se vestía de heroísmo. como suele acon­ tecer en esos epílogos sombríos de las batallas. Soldados fuertes que venían jadeando por una lucha de cuatro horas. el comandante del 59 de línea y al capitán Antonio Sales. imprecaciones y gemidos. al penetrar en las pequeñas viviendas. reclamaron la pre­ sencia del general Artur Oscar. se olvidaban del morador. ojos llameantes. Tanteaban los bultos en busca de agua y harina. . Realizaron una rápida conferencia. cayó por fin en una estrecha gruta que lo libró de un fusi­ lamiento en masa. Desorganizados los batallones. A su alrededor el desorden: vibraciones de tiros. las fracciones combatientes actuaban por cuenta propia. de carreras. la expedición se veía obligada a detenerse en una situación sin solución. En los grupos combatientes reunidos al acaso.combatido. el comandante en jefe resolvió que se mantuviera la posición conquistada. se había hecho una selección natural de valientes. al coronel Carlos Teles. Una vez más. de gritos de dolor. Y cuando se doblaban bajo el puño de aquéllos. dentro de las cuales. formados con plazas de todos los cuerpos. Resolución que se imponía por sí sola. Viejas de tez oscura. Algunas eran como hombres. en los primeros instantes. arrastradas por los pelos. mal protegido por las casuchas esparcidas por la vertiente. La batalla iniciada a dos kilómetros continuaba más reñida al borde del caserío.

la campana de la iglesia vieja batía calmosamente el Ave María y en seguida. era la muerte. se ubicó el cuartel general. blindándose con piedras y tablas las pare­ des de las casas y eligiéndose puntos menos expuestos a los proyectiles. de norte a sur. amenazadora. En cada abertura de pared asomaba una espingarda y un ojo indagador. La tropa ocupó uno de los suburbios. a la extrema izquier­ da. desbor­ daba de la depresión original hacia las colinas que la rodeaban. cerca. en su sorprendente crecimiento. Comenzó a hacerse sentir el imperio de una situación más incómoda que la anterior. 329. seguían el 259. En una gruta profunda que drenaba los flancos de la Favela. Las casas del lugar eran nuevas. resonaba la melancolía de los rezos. paralelo a la cara oriental de la plaza. del seno amplio de la otra. formada por los batallones 12 9. La línea avanzada de los cuerpos que más se habían adelantado se afirmó. la línea se curvaba. junto al cemen­ terio. 33 9 y 349. desafiando un choque mano a mano. en los fondos de la iglesia vieja. Canudos. refugiados bajo los mismos techos y aumentando en tres mil almas la población del lugarejo sagrado. Y todavía se despreciaba al adversario que sólo se conocía de lejos. y después el 259. Al menos. profesionales de la guerra. que le enviaron las gentes de las tierras grandes. una quinta parte de ésta que limitaba al este. extendiéndose hasta la orilla derecha del Vaza-Barris donde tomaba contacto con el 269 de infantería. poniendo delante de la invasión millares de puertas. En el flanco izquierdo. Cada paso de soldado fuera del án­ gulo de una esquina. protegido por el ala de caballería y los batallones 149. La zona se extendía a lo largo. . indomable. Pero no le habían modificado siquiera el antiguo régimen. apartándose del caserío y cuidando el flanco derecho del campamento. allá tenían la esperanza del ataque y de la victoria. Allí estaba. Al atardecer. No se podía pasar más allá del temerario esfuerzo hecho. Allí estaba el jagungo. Lo tenían a dos pasos. sin muros. Desde este punto hacia la retaguardia. 3 19 y 389. Ahora no quedaba ninguno de estos engaños. adentrados en un dédalo de casuchas hacia el norte. invitando a penetrar en la red inextricable de sus callejones tortuosos. pero inexpugnable.Al caer la tarde quedó inmovilizada en un área estrecha de la aldea. A su vez. éste se unía al 59 de línea por la margen opuesta. enfrente. se atrincheró el 59 de policía. Sucesivamente. el 4 O9 y el 3O9. y descendía en declive hacia la plaza. el 79. se emplearon en la construc­ ción de los atrincheramientos. No lo atemorizaba la proximidad de sus enemigos. La fusilería había aflojado pero para recaer en la prác­ tica acostumbrada de las emboscadas. Estos trabajos imponían los máximos cuidados. a su lado. Porque el enemigo vigi­ laba implacable. La ciudadela propiamente dicha no había sido tocada. en la Favela. millares de entradas abiertas. El resto del día y gran parte de la noche.

y entre nosotros. tenían. arrebatándolos en idealiza­ ciones de iluminados. sobresalían las bajas de los oficiales de menor graduación y de los plazas. quedaron sitiados entre la oficialidad y los jagungos. Los modernos templarios. . El paralelo es perfecto. ca­ yendo sobre el enemigo como un dardo. Pero los rudos soldados en cuyo ánimo moraban el desaliento y la incertidumbre. con el mismo delirio entusiasta y la misma dedicación y la misma aberración fanática con que los jagungos juraban por el Buen Jesús misericordioso y milagroso. La lucha por la República y contra sus imaginarios enemigos. la reducían considerablemente. sin excluir a uno. como un titán fulminado en caída prodigiosa. desafiando a la muerte. En cierto modo. fue la salvación del 18 de julio. Wanderley. seguían avanzando tambaleantes por las líneas de fuego.Toda la agitación diurna había sido como un incidente vulgar y esperado. que­ daron hipnotizados por el coraje personal de sus jefes y dominados por el prestigio de oficiales que. combatían con la misma fe inagotable. un lirismo patriótico que les desequilibraba el estado emocional. aunque no llevaban la armadura bajo el hábito ni la cruz grabada en la empañadura de la espada. gravemente heridos. que herido en el pecho durante una carga de lanceros concentró su último aliento en el último ataque. Los que morían de tal manera a la entrada de Canudos. los resultados inmediatos del suceso la impresionaban demasiado. algunos sin poder sos­ tener ya la espada. En las sociedades hay retrocesos atávicos notables. estudiante de la escuela militar de Porto Alegre. Alféreces y tenientes habían desbaratado sus vidas de manera increíble. entre vivas a la República. Después se contaron las hazañas de algunos: Cunha Lima. Serra Martins y Antonio Néri que vino a la tarde con el 7?. sobre todo en la juventud militar. Además. la efigie del mariscal Floriano Peixoto fijada en medallas de bronce colgadas a la izquierda del pecho y morían saludando su memoria. con los caídos en los encuentros anteriores. ese entusiasmo febril. En una escala ascendente. Una tropa cuya fortaleza pesara exclusivamente sobre la disciplina. y otros. Tres co­ mandantes de brigadas fuera de combate: Carlos Teles. al desorganizarse de esa manera hubiera estado perdida. que precipitándose al galope por la cuesta de la última colina. aparte de las precipitaciones desas­ trosas que produjo. muertos todos valientemente. Había tenido cerca de mil hombres: 947. fue abatido junto con el caballo en la cumbre y rodó hacia abajo. entre muertos y heridos y éstos. La expedición atravesaba una terrible crisis. era una cruzada. dándole a la refriega rasgos singulares de heroicidad antigua. Ahora bien. los revueltos días de la República habían impreso. reviviendo el desprendimiento demencial de los guerreros místicos de la Edad Media.

Sobre el ánimo del jefe expedicionario había pesado el temor de un asalto nocturno ante el cual no habrían podido reaccionar. estaban en la torturante situación de no poder arriesgar ni un paso atrás ni uno adelante. no podía sostener un sitio tan amplio. Pero. la orden del día decretaba el comienzo del sitio. Pidió un cuerpo auxiliar de cinco mil hombres y armó los dispositivos que ga­ rantizaran a la fuerza triunfadora de modo tan singular. Al norte y al este. Para cerrar la circunferencia se hacía necesario un trazado que. como había sucedido siempre desde el 27 de junio. Las comunicaciones con la Favela se volvieron de inmediato muy difíciles. doblara luego hacia el oeste. quedó grave­ mente herido a orillas del río. y colocadas entre dos fuegos y contenidas de adelante por la aldea impenetrable. Dos campamentos distintos parecían señalar una movi­ lidad mayor. del mismo modo que a la izquierda. El general Artur Oscar apreció seguramente el estado de cosas. Al sur. y un médico. Como después de otros triunfos. la estorbaba la aldea. entre las vertientes de la Favela y los primeros surcos del arroyo de la Providencia donde estaba el cuerpo policial. no desembocar en la derrota. Al oeste. Los cerros barridos a cargas de bayonetas hacía pocas horas. Un circuito de seis kilómetros aproximadamente. Pero esa ilusión se apagó el mismo día del asalto. Caían otra vez baleados los heridos que para allá se arrastraban. era la expedición la que estaba sitiada. centenares de los cuales estaban resguardan­ do la Favela. pasó en relativa calma. se abría el desierto impenetrable. Los sertanejos también claudicaban. Pero una expedición reducida a poco más de tres mil hombres válidos. Oficial­ mente. de hecho. Aparentemente. aunque el adversa­ rio se lo permitiese. una línea de mantas cosidas demarcaba un seg­ mento del diminuto cerco: un quinto de la enorme periferia de la aldea. Atravesar el campo conquistado se les . parecían de nuevo poblados. La temporaria paralización de las operaciones parecía inevitable para atenerse a la defensa de la posición ocupada hasta que mayores refuerzos permitiesen nuevos esfuerzos. su radio de acción había aumentado. liberada del cerco atrincherado. prolongándose a la derecha y hacia el norte. hubieran sido fácil­ mente destruidas. mal cerrada por el este. Las frágiles líneas de defensa. el doctor Tolentino. bordeando el río y siguiéndolo en su curvatura hacia el sur. aunque no pudiesen ser rotas. se veía un gran espacio libre. contra la expectativa general. que en la tarde del combate había bajado por allí. Pero la situación fue resuelta por la inercia del adver­ sario. Al día siguiente. los altos de la Favela llenos de heridos y enfermos la encerraban.EN LOS FLANCOS DE CANUDOS La noche del 18 de julio. volviendo finalmente al este por la espuela de los Pelados. podían ser rodeadas. saltando las ondulaciones mayores del suelo en el primer escalón de las sierras del Calumbi y del Cambaio. Por ese lado quedaba abierta la extrema derecha.

Hasta es una exage­ ración llamarlo enemigo. un fósforo encendido despertaba las descargas. copiaban línea a línea la reclusión que antes observaban a los jagungos. Se imponía. visto de relieve. repe­ lidos por el ángulo muerto de la colina. El coronel Antonio Néri fue herido justamente cuando. Les espesaron las paredes con muros interiores. pasaban gran parte del día de bruces sobre las aberturas. Sobre el cuartel general. se refugió en una de ellas. al reverberar los mediodías calientes. Entonces se las convirtió en casamatas. Los comandantes de éstas. no habría dejado pasar. los proyectiles pasaban inofensivos. Un hilo de humo blanquean­ do en el techo de barro era una atracción para las balas.volvió un problema serio a los conquistadores. Resultaba de la secuencia de los hechos. temerarios ambos. en el laberinto de los ca­ llejones. tenientes coro­ neles Tupi Caldas y Dante Barreto. "Un enemigo habituado a la lucha irregular que supiese sacar partido de nuestras desventajas tácticas. Por otro lado. término extemporáneo. los rodeaban con trampas que . vencedores llenos de miedo emboscando a los vencidos. Y durante el correr de la noche que cerraba la trabajada jornada. en la vertiente opuesta. Distribuida la última ración — un kilo de harina para siete plazas y un buey para un batallón— restos del convoy salvador. indistinto y fugitivo. . los ojos fijos en los techos de los ranchos. trescientos tiros! contra un bulto. dos­ cientos. eufemismo que suplanta a "bandido famoso” empleado por la literatura marcial de las órdenes del día. los dedos clavados en el cerrojo de la espingarda. de piedra o de tablas. ese momento en que la venganza revanchista tendría las características del mayor salvajismo”. y comprendían "que un paso a retaguardia en cualquier punto de la línea central significaría la perdición total”. Y durante muchos días dominó todos los espíritus. un trapo cualquiera. ca­ yendo escandalosamente en la misma guerrilla de emboscadas. los ojos fijos en las rajas de las paredes. más seguros. Los jagungos sabían que podían matar dentro de las casuchas — frági­ les muros de barro— a los moradores intrusos. . a lo lejos. Como ellos. Pero el jagungo no era afecto a la lucha regular. nada más. Y así. en las líneas avanzadas. estaban todavía a un paso del desastre. centralizado por la barraca del comandante en jefe. se apiñaban en los ranchos ardientes como hornos y dejaban pasar las horas. por cierto. observando el caserío y disparando las espingardas todas a un tiempo: ¡cien. después de cruzar con su brigada la zona peligrosa y abierta del combate. El sertanejo defendía su hogar invadido. Esta preocupación por una catástrofe inminente no se le ocultaba a nadie. se oían allí los tiroteos librados del otro lado. los que habían invadido el corto trecho de la aldea. Por la noche. no podían pre­ parar convenientemente la escasa refacción. Mientras los que lo amenazaban permanecían alejados.

Esa defensa pertinaz y formidable comenzó el día 10 y no flaqueó más. en plena mañana esplendorosa y ardiente. les quedó como único expediente la resistencia a pie firme. dentro de una casucha donde descansaba. aterradora. A las doce y media fue herido en el campamento. quemarían sus últimos cartuchos contra seis mil hombres. monótona. el comandante de la 7^ brigada. sus últimos defensores. Prosigue durante todo el día. Los asaltantes eran los asalta­ dos. Continúa por la noche. Terminó el ataque pero la batalla continuó. atravesado por una bala. o tiroteos furiosos por todas las líneas. a veces quebrando un armisticio de minutos que los soldados de la vanguardia aprovechaban para hacer un descanso ilu­ sorio. antes de que acabasen las notas emocionantes de las alarmas. repentinos combates de cuartos de hora. con la pérdida de varias cabe­ . los jagunqos acometían con osadía. fustigados por los tiros. bajan con dificultad de la Favela. Y el último día de su resistencia increíble. La expedición iba a gastar tres meses para hacer el camino de cien metros que la separaba del ábside de la iglesia nueva. Otras veces. sólo para definir una situación que desde ese día en adelante no cambió. con preocupación por la defensa y el compro­ miso del desquite. costando mucho volver a reunirlos. murió. A las dos de la tarde. el teniente Tomás Braga. contra lo que era de esperar. rápidamente trabados y rápidamente terminados. NOTAS DE UN DIARIO Un diario minucioso 3 0 5 de la lucha de aquellos primeros días. Lo mostramos hasta el día 24 de julio. como pocas en la historia. El enemigo marcaba el momento angustioso de las refriegas y las provocaban siempre de sorpresa. el afrontarlos cara a cara. tres o cuatro hombres anónimos. Avanzada la noche. después de apuntar y disparar con el cañón de la derecha a una de las torres de la iglesia nueva. siempre invertían los papeles. algunas reses para alimentar a la tropa. Pero cuando les golpearon las puertas y a golpes los sitiaron. Y a su luz fugaz se descubrían las torres de las iglesias. súbitos. El comandante de la P columna.obstaculizaban el paso. determina que se traigan otros dos cañones Krupps que estaban en la retaguardia. los fuegos ascendían ilumi­ nando ásperamente el firmamento oscuro. Día 19— La fusilería enemiga comienza a las cinco de la mañana. interminable. se dispersan al cruzar el VazaBarris. Los bueyes. revela su carácter anormalmente bárbaro. cabeceando abrazados a sus carabinas. para vigorizar el rechazo. Esos asaltos súbitos. prolongados en largas horas de rela­ tivo reposo. con la misma continuidad vista en la Favela: tiros que sur­ caban el espacio minuto a minuto. A la tarde. Canudos sólo podría conquistarse casa a casa. tres o cuatro titanes hambrientos y an­ drajosos.

las cara­ binas pegadas a los pechos y se va generalizando de manera terrible. la artillería abre el cañoneo a las cinco de la mañana. Son repelidos por el 34 9 batallón y el cuerpo policial. El teniente coronel Siqueira de Meneses sigue en reconocimiento por las cercanías. Durante largo tiempo el impune cañoneo hace su matanza. Pocos ataques durante el día. se oyen algunos estampidos por la derecha y en seguida son asaltados los cañones de ese flanco. El mismo número de bajas de la víspera: un soldado muerto. un subalterno muerto. volvieron unos minutos después. a las seis de la mañana. Toda la tropa se forma para la batalla. Si la cortaban caerían sobre el cuartel general y pondrían a los sitiadores entre dos fuegos. diez o doce plazas fuera de combate. dejando un saldo de quince muertos. asalto vio­ lento por los dos flancos. Sólo por la noche se pueden distribuir las parcas raciones de comida a los soldados de la línea del frente. Día 2 0 — El campamento es súbitamente atacado cuando las cornetas de todos los cuerpos tocan diana. Los jagungos. Resultado: un comandante superior herido. Día 2 2 — Sin aguardar la iniciativa del adversario. Pocas bajas. Día 2 3 — Amanecer tranquilo. Los schrapnells de la Favela caen allá adentro y estallan como si golpeasen en una tapera vacía. Los últimos heridos son penosamente conducidos desde el campo de acción hasta el campamento de la Favela. declara que el enemigo está muy fuerte y que muy pocas casas de Canudos están en nuestro poder en comparación con el número de las que componen la población. atacando otra vez con mayor rigor sobre . tiroteos cerrados. los jagungos. Día 24—-Comenzó el bombardeo al salir el sol. Los tres cañones sólo hicieron nueve disparos por falta de municiones. caen impetuosamente sobre la retaguardia del campo de ba­ talla. Día 21 — Madrugada tranquila. Se con­ sigue ajustar uno de los cañones trasladados. El ataque parecía querer cortar la retaguardia de la línea del frente. Los ca­ ñones de la Favela bombardearon hasta la entrada de la noche. Repentinamente. Resultado: 25 hombres fuera de combate. una cabocla prisionera y una bolsa de harina. provocando una réplica rápida y viru­ lenta de los tiradores protegidos por los muros de las iglesias. contra su costumbre. El asalto duró media hora. rechazados. Día rela­ tivamente calmo. De punta a punta vibran decenas de cornetas. una hora después. Se entabla la batalla cuerpo a cuerpo. lo que fue imposible hacer de día por la vigilancia de los antagonistas.zas. Al volver. Tiroteos durante el día entero. A las nueve de la noche. El poblado. Era un plan de Pajeú que había asumido la dirección de la lucha después de deponer a otros cabecillas. Por la noche. después de un movimiento envolvente inadvertido. lo soportó sin réplicas. Un movimiento temerario. Pero a las ocho. Al toque de queda los jagungos atacan las líneas. durando el ataque hasta las nueve y media y siguiendo en adelante flojamente.

es herido el comandante del 33?. Se forman todos los batallones. Se rechaza al enemigo. . y a muchos oficiales y plazas. El nuevo ataque repercutió en las líneas del flanco derecho. en los contrastes y sucesos. Un tiroteo constante durante la noche y hasta la madrugada. se comprobó la inanidad de los esfuerzos por inventar triunfos. . es natural que los que observaban desde lejos el drama desarrollado en la profundidad de los sertones. Un repentino silencio desciende sobre los dos campos. dándole a la campaña una monotonía dolorosa. El impetuoso Pajeú cayó mortalmente herido. retroceden hasta las primeras casas no conquistadas de donde reanudan el tiroteo cerrado y continuo. Las trincheras de la línea sitiadora se hacían en esas intermitencias y sólo por la noche se podían distribuir las raciones insuficientes para los hambrientos solda­ dos y podían éstos llevar cantimploras y marmitas hasta los pozos de agua del Vaza-Barris. De lo expuesto se puede inferir que esto era inevitable. Desde el principio se habló de la victoria. Toda la fuerza descarga sus armas contra la aldea. Pasados quince. poco desta­ cadas. evitaban cual­ quier juicio sobre su situación. . Noticias disper­ sas provenientes del campo de lucha o algunos telegramas le señalaban al combate un desenlace en tres días. Hieren al comandante del 33?. Es como la oscilación de un ariete. . De nuestro lado también hay muchas bajas. como los otros. Si los mismos combatientes. Antonio Nunes Sales. elabora­ sen conjeturas inestables y además falsas. las mismas escenas. el capitán Joaquim Pereira Lobo y otros oficiales. muere el teniente Figueira de Taubaté 3 0 6 . Para distraer al enemigo. sabida de antemano. buscando el agua que les aplacase una sed larga­ mente soportada. Ese día. . De modo que mientras la expedición se deshacía en la Favela y caía agotada por una sangría increíble en un pedazo de Canu­ dos. A la una. la opinión nacional tejía extravagancias balanceando las más aventu­ radas hipótesis que atiborraban los periódicos. La travesía de Cocorobó. Costosamente repelidos. Desde lo alto atruenan todas las baterías de la Favela.la derecha. Se veía una vez más que los jagungos habían roto el círculo de las bayonetas. Al mediodía cesa la lucha. El día 2 5 . Así se iban los días. entre otros. . un nuevo asalto todavía más impetuoso. TRIUNFOS POR EL TELEGRAFO Estos hechos llegaban a las capitales de los Estados y de la República completamente deformados. presagiaba que el ejército derrotaría en un solo asalto a los rebeldes. el co­ mandante en jefe decide que tiren los cuerpos del flanco izquierdo que no fueron atacados. .

. arrastrándose por el suelo. las gramíneas pardo oscuras reflejaban ya la acción del incendio sordo de la sequía. El sertón empezaba a mostrar un aspecto triste de desierto. comenzaron a salir hacia el litoral. VI POR LOS CAMINOS. Juá. en busca de la capital de Bahía. en sucesivas levas.El espantajo de la restauración monárquica oscurecía de nuevo el ho­ rizonte político. como en los oueds africanos 3 0 8 . Joáo Abade era un Charrete de sombrero de cuero 3 0 7 . Así partieron los primeros grupos protegidos por plazas de infantería hasta el extremo sur de la zona peligrosa. en redes de caroá o camillas hechas con palos. se iba llenando de dudas hasta adquirir casi la convicción de una derrota. con resignación en la región asolada por la guerra. hundiéndose. LOS HERIDOS El traslado de los enfermos y heridos a Monte Santo era urgente. Se ceñían a una sola norma: ¡Bandidos acorralados! ¡Victoria cierta! ¡Dentro de dos días estará en nuestro poder la ciudadela de Canudos! ¡Fanáticos visiblemente derrotados1 . sin embargo. sin auroras y sin crepúsculos. apagándose de repente a la noche. cansados de privaciones. Se agotaban los arroyos efímeros de lechos llenos de piedras. salían de allí los agonizantes y los lisiados. los enfermos más graves. Más verídicos. sin cambios. los documentos vivos de la catástrofe. Los árboles se doblaban marchitos. los sertanejos aparecían como los ckouans después de Fontenay. Desde la zona de operaciones llegaban telegramas paradojales y deplorables. deslumbrante e implacable. La noticia del ataque empezaba entonando cánticos triunfales y poco a poco. Salían casi sin recursos. A despecho de las órdenes del día que cantaban victorias. desde el 27 de julio. o apiñados en carros lerdos. Diaria­ mente. Era la entrada del verano. desde el cielo sin nubes. perdiendo día a día sus hojas y flores. quemando la tierra. Los vomitaba el morro de la Favela. irrum­ piendo de golpe en las mañanas doradas. La gran mayoría a pie. La luz cruda de los días claros y calientes caía. Después del día 18. Entonces comenzaron a andar lastimosamente por los caminos los desechos de la campaña. la ansiedad general creció. Se miraba hacia la historia con una visión invertida: el bronceo Pajeú emergía con el aspecto dominador de Chatelineau. por donde tenues hilos de agua afluían impercepti­ blemente. y en la atmósfera ardiente. otros cabalgando penosamente sobre animales rengos y temblorosos.

bajando los últimos frutos de los árboles deshojados. mal recompuestas las fuerzas. o a falta de éstos. al atardecer. Al mismo tiempo. fragmentándose en grupos más pequeños. Y arancando tubérculos de umbuzeiros.en el suelo agrietado y polvoriento. Acampaban. disueltos al fin en cami­ nantes solitarios. cortando camino hacia Monte Santo. junto a los tanques todavía llenos de los corrales abandonados. en grupos que poco a poco se dividían por los cami­ nos. Los más fuertes o los mejor montados. Ahí estaba la huella que habían recorrido hacía un mes. aumentaba su intensidad. se separaban del camino. chupando los tallos húmedos de los cardos espinosos. impávidos ante cualquier encuentro con el adversario esquivo. . mal saciada por las aguas impuras del sertón y arrastrados por el hambre. disueltos por los caminos. contorneaba montañas. mientras otros. El clima caía en variaciones extremas: los días quemantes. los oficiales heridos. se presentía la invasión periódica del régimen desértico sobre esos parajes desgraciados. fascinados por sus cuatro mil bayonetas. A los pocos días. a la sombra de los arbustos marchitos. alejándose de sus compañeros lentos. transidos de fati­ gas. La gran mayoría no los seguía. reanuda­ ban su ruta. se aventajaban. Se olvidaban del enemigo. caracoleaba en curvas sucesivas. aguijoneados por la sed. sus rayos brillaban ofuscantes sobre las serranías y por el aire irres­ pirable y caliente pasaban como fulguraciones de quemazones intensas extendidas por la planicie. se dejaban estar. todo su ardor parecía paralizar el ambiente purísimo y reflejado por el suelo. caía en laderas resbaladizas. Ahora parecía más áspera y difícil. Los acompaña­ ban conducidos en redes a hombros de soldados fuertes. Salían unidos de la Favela. Ese mismo día. torcían el rumbo y se metían por las caatingas en busca de la flora singular abundante de frutos y espinos. Apenas arreciaba el sol había que interrumpirlas. avanzando sin orden. A partir de las diez de la mañana. Las marchas sólo podían hacerse a las primeras horas de la mañana o al caer la tarde. dispersos. la caravana se detenía en los sitios más adecuados para el descanso. sacudidos por el ritmo de las cargas. quietos. Algunos. andaban lentamente. la tortuosa ruta del Rosario se había llenado de fu­ gitivos. a la sombra de ipueiras rasas que salpicaban pequeños sitios sombreados por las ramas verdes de los icozeiros. cuando encontraban algún rancho. a la orilla de algún curso de agua invisible pero donde la humedad remanente todavía alimentaba el follaje de las caraibas y baraúnas altas. y según el vigor de cada uno. apenas protegido por una vegetación rala. las noches frías. se empinaba en cerros. La ferocidad del jagungo cedía ante el sal­ vajismo de la tierra. reflejándose en todas las quebraduras de la tierra.

en el fondo de las bajadas húmedas. desarticulándose en bloques amontonados. Cerca del Rancho do Vigário. indelebles. y centenares de murciélagos volando tambaleantes en los techos oscuros. rompientes. planicies desnudas y chatas como llanos inmensos. cercas invadidas por el matorral. Inmediatamente eran invadidos mientras otros huéspedes los dejaban: las zorras ariscas y miedosas. en una vuelta antes del Angico. los ojos llameantes y el pelo erizado. Se armaban redes en los cuartos exiguos. Y un resonar casi festivo de voces. mostrando al pie. los trechos memorables. adrede dispuestos en una escenografía cruel. más allá de las Baixas. en las cercanías de Aracati y Jueté. se ataban las muías en las estacas del corral desierto. antiguos cultivos abandonados. los bordes del camino mostraban los huesos blancos. olvidados de los retrasados y de los que ven­ drían después. como si el ramaje muerto se desarrollara en flores sangrientas. ya muerto. recordando la matanza de marzo. resistiendo la atrofia. en la sala sin piso. levantando el dique de acero de sus divisiones de artillería. el arroyo seco y la ladera a pique por la que había caído de su caballo. asombrados. la misma naturaleza bárbara. El rancho desolado se animaba durante algunas horas. el caserío donde los sertanejos pre­ pararon la emboscada del gran convoy de la expedición Artur Oscar. pesado. formas desvanecidas de montañas roídas por las fuertes lluvias. el punto en que Salomáo da Rocha había subido por unos minutos delante de la ola rugiente que se venía encima de la columna Moreira César. En las cercanías de Umburanas. sin variantes en su triste aspecto. Morros hundidos. brotada en una maraña de ramas retorcidas. el coronel Tamarinho.Y volvían a ver. donde. una vegetación agonizante y raquítica. y afuera. colorados y azules. que tendrían que hacer la . el rastro de las expedicio­ nes anteriores. corra­ les roídos por los incendios. con su rasgo de lúgubre ironía. saltando de las ventanas. metiéndose a todo correr por los pastizales. vacíos. mantas y uniformes hechos pedazos. pantalones carmesí o negros. Los más fuertes enderezaban en seguida hacia el pozo de agua poco distante. dibujando. los jagunqos habían cubierto de fantástica floración la vegetación raquítica y marchita: de los gajos torcidos de los angicos pendían restos de unifor­ mes. ranchos derruidos. en trazos violentos de cataclismos. más allá. pedazos de mantas. y por todos lados. el esqueleto íntimo de la tierra en apófisis rígidas. de puertas abiertas al camino. durante semanas o meses. subiendo por el aire como brazos torturados. surgían acá y allá. en los troncos de los árboles del patio. recordaba por unos instantes la época feliz en que los matutos pasaban allí sus horas tranquilas en la paz del sertón. se extendían por las cercas capotes. porque los había abandonado el vaquero que huía de la guerra o el fanático que había marchado hacia Canudos. reptando por el suelo. Ranchos paupérrimos. Y alrededor.

eternamente olvidados. Y la noche caía repleta de amenazas. hasta repul­ sivos. . . los veían en la misma postura: extendidos a la . Y recibían una recepción cruel. Cualquier estallido en la vege­ tación les parecía la percusión de gatillos haciéndoles pensar en súbitas descargas. con gritos discordantes. Valientes endurecidos en el régimen brutal de las batallas tenían sobre­ saltos de pavor ante las cosas más comunes y velaban cautos. . . mataban al fin uno. No tenían tiempo. Morían. Los carneaban. Dejaban el lugar temido. lavaban a sus caballos sudados y polvorientos y limpiaban sus heridas en el líquido que sólo se renueva de año en año. Allá quedaban. irritando en los espinos las heridas y agravando la fiebre. Los torturaban alucinaciones crueles. Entonces. rígidamente quietos. Buscaban al vaquero amigo que antes los campeaba y los traía de vuelta al son de los cantos conocidos y lo sabía llevar a los buenos pastos y a las aguadas frescas. los asaltaba una idea estremecedora: ¡un ataque de los jagungos! Inermes. Y después de esos incidentes providenciales. Reanimados. Nadie se fijaba en su falta. a despecho de las fatigas. hacia allá marchaban. Irrumpían al trote en el campo circundante. avaramente desbordantes. miserables. los compañeros liberados a su vez por la muerte.misma parada obligatoria. agonizando en un abandono absoluto. afinando el oído para percibir los rumores vagos y lejanos de las planicies. andrajosos. veloces. Desaparecían. El suelo duro des­ pedazaría los picos oponiéndoles su consistencia de piedra. . a lo lejos. en tiroteos que parecían propios de combates. Venían en una alegría ruidosa y fuerte. des­ pués de pocos pasos. . algunos bueyes — perdidos de las grandes manadas diezmadas por la guerra— al advertir de lejos el alboroto en el paraje de su querencia. casi felices por el contraste de antiguas penurias. Algunos. los cuerpos enfermos arremetían enloquecidos con los animales sorpren­ didos que escapaban en seguida a esconderse en el matorral bravio. dos o tres animales. se bañaban. con las lluvias pasajeras. quedaban hartos. . Atronaban las espingardas. . semanas y meses sucesivos los viajeros. No los enterraban. echados en el desierto como trastos inútiles. como restos de fogatas alrededor de las cuales podían aguardarlos numerosas emboscadas. al pasar. Por días. mientras las guirnaldas fosforescentes de los cumanas irradia­ ban en las sombras. quedaban exhaustos en una curva del camino. . alimentaban temores infantiles. el rancho donde habían sufrido su primera yerra. La turba hambrienta los rodeaba en tumulto. esperando el amanecer para reanudar el éxodo. en esa quietud breve. La mañana los liberaba. No pocas veces. Volvían con las cantimploras y marmitas llenas. Y después de fatigarse en correrías. mu­ giendo. El adversario que se había enfrentado con las brigadas ague­ rridas los podía matar cruelmente en pocos minutos. . en algún rincón.

en busca del litoral. los bueyes flacos. La tierra. por adaptación.sombra de las ramas secas. Realiza en alta escala. parecen esperar también la vuelta de las épocas buenas. Los fugitivos avanzaban observando esos escenarios lúgubres. de energías adormecidas. como si los cuerpos fueran devo­ rados por llamas voraces. Quien se aventura en los veranos ca­ lientes a hacer la travesía de los sertones del Norte. Los apu­ raba el pensamiento exclusivo de dejar. las garras fijas al suelo como en un salto paralizado y a la orilla de los pozos de agua secos. el pescuezo estirado en busca de un líquido que no existe. cuarteleras de rostro de cala­ vera. inmovilizando. Permanecen intactos. con la llegada de las primeras lluvias se cubren de exuberantes flores. parecían familias en éxodo. completaban el espejismo. caídos sobre las patas resecas. muertos desde hace tres o más meses. Calzaban duras alpargatas. no impresionaban. . el sertón seco y brutal. Algunas mujeres. sin que los insectos les alteren los tejidos. Es la succión formidable de la tierra. las aves que caen muertas de los aires quietos. . en el menor tiempo posible. Finalmente. Apenas marchitaban. huyendo de la sequía. . El terror y la imagen de su propia miseria vencían el cansancio de las caminatas hechas. Y como los árboles desnudos. agrupados en manadas inmóviles. . ni el uniforme en jirones los distinguía. el hecho fisiológico de una existencia virtual. a los seres que sobre ella viven. No se descomponían. prontas a explotar de golpe. La mayor parte. originando resurrecciones sorpren­ dentes. Los fortalecía. y el hombre que sucumbe a la fulminante insolación. retorcidas. Los primeros aguaceros barren de golpe esos espantajos siniestros. imperceptible y sorda. transformando en pocos días a esos desiertos en prados. con la apariencia exacta de un comba­ tiente fatigado que descansa. habían copiado los hábitos del sertanejo. amantes de soldados. sin descomponer. los lanzaba deses­ peradamente camino afuera. apenas aparezcan las condiciones exteriores favorables. y ves­ tían camisas de algodón. La atmósfera reseca y ardiente les conservaba los cuerpos. arreba­ tándoles todos los principios elementales para la resurrección triunfal de la flora. Parecen reflejar singulares apariencias de vida: las suQuaranas que no pudieron escapar hacia otros parajes. Entre ellos no quedaba ningún resabio de organización militar. al derivar hacia el ciclo de las sequías. En­ tonces la descomposición es vertiginosa. el brazo derecho arqueado sobre la frente como para resguardarse del sol. despojada de toda humedad. la piel se arrugaba y permanecían largo tiempo al borde de los caminos como momias aterradoras vestidas de uniformes andrajosos. la fauna resistente de las caatingas que queda aniquilada. se cubrían con sombreros de cuero. . parece caer en una vida latente. se acostumbra a cua­ dros singulares.

Y después de dos horas de camino. desprovisto de todo. Pero les faltaba otro día de camino para llegar al Caldeiráo Grande. De suerte que la aldea. los más dicho­ sos llegaban a la trifurcación de los caminos del Rosario. los coroneles Teles y Néri y otros. Al llegar. a la distancia de una legua. pasando por medio de esas bandas con indi­ ferencia demente. Eran compañeros menos infelices. durante algunas horas. volvían heridos o enfermos. como si proyectara en el firmamento una señal azul cariñosa y amiga. por un radio de pocos kilómetros. huyendo amedrentada tanto del jagungo como del soldado. Eran otras dieciséis leguas extenuantes. La población lo había abandonado. de aspecto casi señorial. se destacaba nítida. levantada sobre un cerro amplio. Al día siguiente proseguían hacia Monte Santo. el general Savaget. casas ex­ tendidas por un escalón suavemente inclinado de la abrupta montaña. Se creían a salvo. Una guarnición exigua había tomado la plaza y pasaba allí sus días. No recibían respetos. En un caserón oscuro habían fantaseado un hospital militar. la naturaleza es otra. cada uno se largaba hacia Queimadas. Pasaban y desaparecían velozmente. la aparición de la pequeña aldea. disputándose la sombra del viejo tamarindo. cayendo en la caatinga según el dicho de los matutos. vacío. nada más. la mejor estancia de esos parajes. Al día siguiente. la capilla blanca. Pero era el pavor de todos los heridos y enfermos. Después de cuatro días de marcha. pierden la obsesión embrutecedora de las planicies estériles y de las sierras desnudas. . con las aguas represadas de un riacho al pie. otros seis u ocho días de amarguras. acampaban en la única plaza grande. inútil. por la cual baja el campo sombreado de juázeiros altos. los caminantes.Oficiales ilustres. Todavía era el desierto. temprano. al lado del barracón de feria. Allí. huyendo de la amistad molesta de los mur­ ciélagos en las casas abandonadas. calle Capitán Salomáo— agravaba la ingrata región. Se transfigura en pequeñas serranías orladas de viva vegetación y los viajeros. era un desierto metido entre paredes y ahogado en la trama de algunos callejones llenos de detritos y de los desperdicios repugnantes de los bata­ llones que allí había acampado. purificado por el sol y barrido por el viento. bajo el cauterio de los calores insoportables. más deplorable que el desierto franco. Aparecía riente en las lomadas amplias. el sitio de Juá. Monte Santo y Calumbi. apenas lo protegía por un día. los reanimaba. compuesto por otra tapera de barro en la ladera de una loma. con sus callejas torcidas condecoradas con nombres sonoros — calle Moreira César. El poblado muerto. Y recibían por la espalda miradas amenazadoras de los que les envidia­ ban los caballos ligeros. en una monotonía más insoportable que las marchas y las batallas. en cuyo vértice. levantando nubes de polvo. Pero al alcanzarla volvía la desesperanza. Estaban a la entrada de lo que se llamaba "base de operaciones” de la campaña. reanu­ dando la travesía.

enton­ ces tan poblado. refinando sus tropelías. levantadas sobre una ancha base de granito. y la que­ mazón se derramaba por muchas leguas a la redonda. por Jacurici. se acercaban a los ranchos apelando a la hospitalidad in­ condicional de los tabaréus. Entonces. Después. rodaban por las quebradas. Los fugitivos. que venían . La multitud desbordaba la estación terminal de la línea férrea. Primero pidieron con cólera. soportaban los últimos tramos de su penoso éxodo. . a salvo. tomando unos tizones llegaban al colmo de la maldad. Por fin iban a llegar las primeras víctimas de la lucha que había mantenido en vilo la atención del país entero. Y aquel camino. las trasponían. Tomaban los trenes y bajaban en Bahía. bajo la sombra de los ouricurizeiros. ampliando el círculo de ruinas de la guerra. PRIMERAS NOTICIAS CIERTAS Los aguardaban con ansiosa curiosidad.sujetos a las paradas inevitables en los pozos de agua. con­ templando el paso del triunfal heroísmo. les escandalizaba ver el cuadro tranquilo de esos hogares pobres. algunos casi moribundos. Y nunca había podido imaginar que tuviera un aspecto tan dramático. Se sacudían en temblores de emociones nunca sentidas. se desoló. llevadas por el viento. por Cansando. rudamente víctimas. como si fueran restos de una caravana de bárbaros. en Calcada 3 0 9 . de aspecto festivo. impulsivamente. que parecía una ranchería de troperos. y se derramaba por las calles próximas hasta el fuerte de Jequitaia. por Quirinquinquá. inspi­ rando piedad y odio. donde pasaba la vida de los matutos. Después hicieron francos asaltos. mientras las familias sertanejas escapaban a esconderse en los pastizales. Incendiaban los ranchos. Les revolvía el alma. como era necesario inventar una diversión estúpidamente dra­ mática que los distrajera por algunos instantes de sus profundas agonías. . las llamas en­ vueltas en rollos de humo. En poco tiempo. en irresistibles conatos de destrucción. todos los días. brutalmente victimarios. en grupos que trasudaban alaridos. irritando más que intimidando. Enfermos y heridos. Y llegaban a Queimadas dispersos y exhaustos. El viento del nordeste se encargaba de esparcir el fuego por la caatinga seca. hacían saltar las puertas a golpes de sus armas. Las soldadescas iban causando estragos. rodeadas de mandacarus. dos casas tristes. subían a los morros repentinamente encendidos como cráteres. por Serra Branca. por todos los receptáculos de aguas verdosas y sospechosas. al mismo tiempo miserables y malvados. una decena de casuchas. lugarejo minúsculo. en marcha hacia el litoral. imprecaciones y frases estremecedoras de angustias. Prolongaban por las calles de la ciudad la ola repulsiva de sus trapos y lastimaduras. Los heridos llegaban en estado miserable.

el 14 fueron 270. sobre esa conmiseración profunda y general. el sentimiento colectivo ampliaba las impresiones individuales. por contraste inevitable. Un gran número de personas identificadas por la misma conmoción. andrajos de capotes en tiras. abriéndoles sus casas. jamás habían tenido tan bella consagración del futuro. el 8 . religiosa­ mente. Los días de visita invadía los hospitales en masa. sin combinaciones previas. ampa­ rándolos. en medio de expansiones discordantes. todas las individualidades se apagaban en el anonimato ennoblecedor de la multitud piadosa que pocas veces apareció tan digna en la historia. apareciendo y desa­ pareciendo en cuartos de hora. uniformados por la miseria. Los heridos eran como una dolorosa revelación. Aventajándose al gobierno. Duplay. jirones de chaquetas sobre los hombros. espontáneas. en una ala­ cridad singular.rodando por los caminos sertanejos como reflujo repugnante de la campaña. rápidas. Todos los días llegaban centenares: el 6 de agosto fueron 216 plazas y 26 oficiales. presas en el mismo contagio y sugestionadas por las mismas imágenes. ciertamente. Cojeando. La población de la capital los recibía conmovida. el 18 fueron 53 y así en más. el 11 fueron 400. vibraba un entusiasmo intenso. animándolos. . en los conventos. arrastrándose pe­ nosamente. en los cuerpos heridos de bala y espinas. con los que estaban en mejores condiciones conversa­ ban sobre las pruebas sufridas y los arriesgados lances sucedidos y al dejar esos trágicos exponentes de la guerra se llevaban un juicio sobre la lucha más brutal de nuestros tiempos. se improvisaron enfermerías. Oficiales y soldados. La vasta ciudad se convirtió en un hogar. se vuelve exponente del sentir de cada uno y vibrando al unísono todas las almas. En el Arsenal de Guerra. arruinados a golpes. el 12 fueron 260. en la Facultad de Medicina. por medio de los cuales se hacía la sombría conmemoración del heroísmo. Pasteur 3 1 0 . en camillas. en los hospitales. traían en las caras cadavéricas y en los cuerpos doblados la imagen más conmovedora de la campaña. Los mártires recibían ovaciones de triunfadores. Los días transcurrían entre multitudes ruidosas. Era un desfile cruel. En cada uno de estos lugares los gloriosos mutilados fueron puestos bajo el patrocinio de algún nombre ilustre: Esmarck. interrumpida por llantos. silencioso. Claude Bernard. Se organizaron comisiones patrió­ ticas para recibir donativos que espontáneamente surgían numerosos y constantes. dándole al conjunto los rasgos de una miseria trágica. camisas destrozadas. Pero. como si se desencadenaran por movimien­ tos impulsivos. Que surgían al azar. en las calles y en las plazas. Se acercaban los visitantes a los lechos como si en ellos tuvieran a viejos conocidos. el pueblo se constituyó en tutor natural de los enfermos. revestidos por el mismo uniforme inclasificable: pan­ talones en harapos que apenas los tapaban. fueron 150. Como siempre sucede. pero de algún modo daban aliento. Esta desnudaba por primera vez su realidad. auxiliándolos en las calles. venían indistintos.

En aquellas crueldades se retrataba la energía de una raza. Aquellos hombres que llegaban dilacerados por las garras del jagungo y de la ve­ getación reflejaban el vigor de un pueblo puesto a prueba, a prueba de fuego, a prueba de hambre. Impresionadas por el cataclismo de la guerra, las capas superficiales de una nacionalidad sacaban a luz sus elementos profundos en esos titanes resignados y estoicos. Y por sobre todo, un pen­ samiento no esbozado siquiera pero igualmente dominante, latente en todos los espíritus: la admiración por la osadía de los sertanejos incultos, hombres de la misma raza, enfrentados a los cuales se despedazaban de ese modo batallones enteros. . . Y un largo temblor tonificante vibraba en las almas. Se hacían rome­ rías hacia el cuartel de la Palma, donde estaba herido el coronel Carlos Teles; a Jequitaia, donde convalecía el general Savaget; y cuando este último pudo arriesgar algunos pasos por las calles, paralizó completa­ mente toda la algarabía comercial de la ciudad Baixa, en una ovación espontánea e inmensa que, irradiando de repente y congregando a la población alrededor del heroico jefe de la 2 ^ columna, transformó un día común de trabajo en día de fiesta nacional3n.

Sobre esta agitación llegaban diariamente pormenores que la aumentaban. Por fin, positivamente, con rigor matemático, se conocía la extensión del desastre. Era sorprendente. Desde el 25 de junio en que había cambiado los primeros tiros con el enemigo hasta el 10 de agosto, la expedición había tenido 2.049 bajas. En el total entraba la 1^ columna con 1.171 hombres y la 2^ con 878. Discriminadamente los guarismos eran éstos: " P columna. Artillería: 9 oficiales y 47 plazas heridos; 2 oficiales y 12 plazas muertos. Ala de caballería: 4 oficiales y 46 plazas heridos; 30 oficiales y 16 plazas muertos. Ingenieros: 1 oficial y 3 plazas heridos; 1 plaza muerto. Cuerpo de policía: 6 oficiales y 46 plazas heridos; 3 oficiales y 24 plazas muertos. 5 9 de infantería: 4 oficiales y 66 plazas heridos; 1 oficial y 25 plazas muertos. 79: 8 oficiales y 95 plazas he­ ridos; 5 oficiales y 52 plazas muertos. 99: 6 oficiales y 59 plazas heridos; 2 oficiales y 22 plazas muertos. 149: 8 oficiales y 119 plazas heridos; 5 oficiales y 22 plazas muertos. 159: 5 oficiales y 30 plazas heridos; 10 plazas muertos. 169: 5 oficiales y 24 plazas heridos; 10 plazas muer­ tos. 259: 9 oficiales y 134 plazas heridos; 3 oficiales y 55 plazas muer­ tos. 27? : 6 oficiales y 45 plazas heridos; 24 plazas muertos. 309: 10 oficiales y 120 plazas heridos; 4 oficiales y 35 plazas muertos. " 2 ^ columna. 1 general herido. Artillería: 1 oficial muerto. 12 ? de infantería: 6 oficiales y 120 plazas heridos; 1 oficial y 50 plazas muer­

tos. 269: 6 oficiales y 36 plazas heridos; 2 oficiales y 22 plazas muertos. 319: 7 oficiales y 99 plazas heridos; 4 oficiales y 48 plazas muertos. 32°: 6 oficiales y 62 plazas heridos; 4 oficiales y 31 plazas muertos. 33? : 10 oficiales y 65 plazas heridos; 1 oficial y 15 plazas muertos. 349: 4 oficiales y 18 plazas heridos; 7 plazas muertos. 35°: 4 oficiales y 91 plazas heridos; 1 oficial y 22 plazas muertos. 409: 9 oficiales y 75 plazas heridos; 2 oficiales y 30 plazas muertos”. Y la hecatombe progresaba con una media diaria de ocho hombres fuera de combate. Por otro lado, los adversarios parecían disponer de extraordinarios recursos.

VERSIONES Y LEYENDAS Todo se transfiguraba en dimensiones exageradas por imaginaciones superexcitadas. Un reciente mensaje del Senado Federal donde había gol­ peado también la ola general de conmoción, requiriendo en vehementes declaraciones que se esclarecieran denuncias sobre si se habían despa­ chado desde Buenos Aires con destino a los puertos de Santos y de Bahía, armas que parecían destinadas a los amigos del Conselheiro, de­ muestra cómo las fantasías ampliadas por el nerviosismo general adqui­ rían visos de realidad. Completaban el mensaje las noticias aparecidas en los órganos más serios 3 1 2 de la prensa de los países americanos, lo que al mismo paso, reflejaba el modo de pensar de esas repúblicas. Quizá el de mayor peso de América del Sur * después de referirse a los curiosos sucesos de la campaña, le agregaba pormenores de un simbolismo extraño: "Se trata de dos misivas que, con intervalo de dos días, recibimos de la Sección Buenos Aires de la unión internacional de los amigos del imperio del Brasil comunicándonos que por orden de la sección ejecutiva, en Nueva York, la referida Unión tiene todavía una reserva de no menos de 15.000 hombres — sólo en el estado de Bahía— para reforzar, en caso de nece­ sidad, el ejército de fanáticos; además de 100.000 en varios estados del norte del Brasil y más de 67.000 en ciertos puntos de los Estados Unidos de América del Norte, prontos a salir en cualquier momento hacia las costas del ex imperio, todos bien armados y preparados para la guerra. También tenemos, agregan las misivas, armas de los sistemas más mo­ dernos, municiones y dinero en abundancia. "De una redacción, caligrafía y ortografía correctas, estas enigmáticas comunicaciones traen en el encabezamiento la misma inscripción que las suscribe, escritas con tinta que hace recordar la violácea coloración de los muertos, destacándose las mayúsculas con rojo, el rojo color de la sangre.
* La Nación de Buenos Aires, 30 de julio.

"Ante el cuadro formidable de hombres y armas que nos presentan los misteriosos amigos del imperio, de forma no menos misteriosa, no podemos menos que pensar en una de aquellas terribles asociaciones que forjan en las cuevas sus planes de destrucción o en algunos caballeros dados a la mistificación. "Mientras tanto, por lo que pueda haber de verdad en el fondo de todo esto, es que lo hacemos constar y acusamos recibo de las repetidas mi­ sivas”. Se creía. La cuarta expedición había sucumbido en el territorio de la guerra. Lo decían insospechados informes. Sólo del municipio de Itapicuru, se afirmaba, habían partido 3.000 fanáticos hacia Canudos condu­ cidos por un cura que rechazando los principios ortodoxos iba allá a co­ mulgar con las tonterías abstrusas del cismático. Por Barroca pasaban cen­ tenares de bandoleros armados siguiendo el mismo rumbo. Se citaban los nombres de los nuevos cabecillas. Apelativos funambulescos como los de los chouans: Pedro el Invisible, José Gamo, Caco de Ouro, y otros. Agravando estas conjeturas, venían noticias verdaderas. Los sertanejos andaban por el sertón en expediciones atrevidas: atacaron el puesto de Mirandela, guiados por Antonio Fogueteiro; atacaron, tomaron y saquea­ ron la Vila de Santa Ana de Brejo; andaban así por todas partes. Se ex­ tendían por los campos mostrando rasgos de una estrategia segura. Ade­ más de la aldea, tenían dos nuevas posiciones de primer orden: las ver­ tientes caóticas del Caipá y las cuerdas de cerros alrededor de la Várzea da Erna. Desbordando de Canudos, la insurrección se explavaba por los lados de un triángulo enorme en el que podían inscribirse cincuenta mil bayonetas. Los convoyes que partían de Monte Santo, aunque reforzados, no por batallones sino por brigadas, hacían un viaje accidentado, obstaculizado por constantes asaltos. Alcanzado el Aracati, era indispensable que vinie­ sen de Canudos dos o tres batallones para protegerlos. El siniestro tramo de camino entre el Rancho do Vigário y las Baixas, era el pavor de los más probados valientes. Era el sitio clásico de parada de los bueyes v de la dispersión de los cargueros espantados por los tiroteos vivos, atrope­ llando pelotones enteros en su retroceso feroz de fuga. En esos encuentros sucesivos, adrede hechos para perturbar las mar­ chas, comenzó a observarse una variante del jagungo, aue lo auxiliaba indirectamente. Entre los claros de las ramas pasaban veloces, en el ver­ tiginoso vagar de las guerrillas, brillos de botones de uniformes, vivos de pantalones. El desertor hambriento atacaba a los antiguos compañeros. Era un lamentable síntoma que se sumaba a otros de la campaña, cuya imagen, día a día, se ensombrecía con episodios y sucesos triviales. Los soldados enfermos, en perenne contacto con el pueblo que les ha­ blaba, se habían constituido en rudos cronistas de los hechos y nos los

confirmaban de forma imaginativa, porque su misma ingenuidad les dic­ taba los casos que narraban, verídicos en su esencia, pero deformados por exageraciones. Urdían extraños episodios. El jagungo comenzó a aparecer como un ente aparte, monstruoso, medio hombre y medio duen­ de, violando las leyes biológicas con su resistencia inconcebible, arroján­ dose de manera nunca vista sobre el adversario, deslizándose invisible por la caatinga, como las víboras, cayendo por los despeñaderos más hon­ dos como un espectro, más débil que la espingarda que cargaba, flaco, seco, fantástico, de peso menor que el de un niño, sólo piel bronceada sobre los huesos, áspera como la epidermis de las momias 313. La imaginación popular de allí en más, deliraba la embriaguez de los casos estupendos, cosidos de fantasías. Algunos eran rápidos, reflejando incisivamente la energía invencible de esos cazadores de ejércitos.

En una de las refriegas siguientes al asalto, había quedado prisionero un curiboca joven que a todas las preguntas respondía automáticamente con altiva indiferencia: — ¡No sé! Por fin le preguntaron cómo quería morir: — ¡De tiro! — ¡Pues va a ser a cuchillo! — lo contradijo el soldado. Así fue. Y cuando el filo le abría la garganta, la primera ola de sangre espumante no apagó el último grito que brotó de la boca ensangrentada: — ¡Viva el Buen Jesús!

Otros mostraban líneas épicas: El l 9 de julio, el hijo mayor de Joaquim Macambira, muchacho de dieciocho años, se acercó al mañero cabecilla: — Padre, quiero destruir a la matadora. El astuto guerrillero, especie grosera de Imanus, cobrizo y bronco, lo encaró impasible: — Consulta al Conselheiro y anda. El valiente marchó seguido de once compañeros dispuestos. Traspu­ sieron el Vaza-Barris, atacaron la cuesta ondulante de la Favela. Se me­ tieron, deslizándose como víboras, por las caatingas ralas. Era el mediodía. El sol golpeaba la tierra a pico, sin hacer sombra, en rayos verticales y ardientes. . .

En esos lugares, el mediodía es más silencioso y lúgubre que la me­ dianoche. Reverbera en las rocas, se refleja en las planicies desnudas, es repelido por el suelo reseco y todo el calor emitido sobre la tierra se revierte hacia el espacio en columnas ascendentes por el aire irrespirable. La naturaleza queda enervada, en quietud absoluta. No sopla la brisa más leve. Ni un ala agita el aire cuya transparencia, junto al suelo, se perturba en ondulaciones rápidas y ardientes. La fauna de las caatingas reposa. Las ramas marchitas de los árboles penden sin movimiento. . . En lo alto de la montaña, abatido por la canícula, descansaba el ejér­ cito. Echados al azar por las laderas, las gorras caídas sobre la cara para taparse, dormitando o pensando en el hogar distante, los plazas aprove­ chaban los breves momentos de tregua para rehacer sus fuerzas. Enfrente, extendida sobre colinas, minúsculas casas en desorden, sin calles ni pla­ zas, grupo incoherente de ranchos, aparecía Canudos, desierto y mudo como una antigua tapera. Todo el ejército reposaba. . . En eso despuntan, cautos, aparecen a orillas de las matas rastreras y cerradas, en lo alto, donde está situada la artillería, doce caras inquie­ tas, miradas felinas, rápidas, recorriendo todos los puntos. Doce caras solamente, de hombres todavía agachados, en medio de las bromelias. Aparecen lentamente. Nadie los ve. Les dan las espaldas con indiferencia soberana veinte batallones en paz. Delante divisan la presa codiciada. Como un animal fantástico, el cañón Withworth, la matadora, se empina sólido. Vuelto hacia Belo Monte, la boca rugidora y truculenta que tantas granadas había arrojado sobre las iglesias sacrosantas. Le caen sobre el dorso negro los rayos del sol, brillando. Los fanáticos lo contemplan. Se levantan después. Se arrojan sobre el monstruo. Lo asaltan, lo aferran, uno trae una palanca. La levanta amenazador y rápido. . . Y el golpe cae, estalla tañendo. Es un grito de alarma que estalla en la mudez universal de las cosas, se multiplica en las quebradas, llena todo el espacio, detona en ecos que atruenan los valles y los morros con una vibración triunfal, sacu­ diendo violentamente al campamento entero. . . Aceleradamente se formaron las divisiones. En un segundo, los asal­ tantes se ven rodeados por un círculo de espingardas y sables, bajo una descarga de golpes y de tiros. Sólo uno se salva, golpeado y herido, co­ rriendo, saltando, rodando, entre los soldados, entre las balas, entre la cerca de bayonetas, cayendo en medio de las caatingas, despeñándose finalmente sobre abismos desde las cumbres de la montaña. . . Estos y otros casos — exagerado novelar de los hechos más triviales— le daban a la campaña un tono impresionante y legendario que impresicr naba a la opinión pública de la vieja capital y a todo el país. . .

Era urgente una intervención más enérgica del gobierno. La imponía por sobre las aprehensiones crecientes, las últimas peripecias de la lucha y la ignorancia sobre el curso real de las operaciones. Las opiniones, como siempre, eran disparatadas y discordes. Para la mayoría, los rebeldes con­ taban con elementos serios. Era evidente. No se comprendía que venci­ dos en todas las órdenes del día —heroicamente escritas— teniendo to­ davía franca la fuga hacia los sertones del Sao Francisco, donde no se los podía descubrir, esperasen pertinaces en la aldea, que se les cerraran, mediante el cerco, las últimas puertas de salida. Con lógica, deducían corolarios graves. Aparte de la hipótesis sobre la devoción sobrehumana que los hacía sucumbir en masa bajo los escombros de los templos, se imaginaban preparativos guerreros formidables, capaces de desbaratar la estrategia regular. El número que se decía diminuto, de los que perma­ necían en Canudos arrostrando todo, por cierto, era un engaño armado para arrastrar hasta allí al ejército, desgastándolo en combates estériles, hasta que en otros lugares se congregasen fuertes contingentes para el asalto final sobre los sitiadores, poniéndolos entre dos fuegos. Contrariaban juicios más alentadores. El coronel Carlos Teles, en carta dirigida a la prensa 3 1 4 , afirmó de manera clara el número reducido de los jagungos — doscientos hombres válidos, quizá sin ningún recurso— sólo abastecidos y equipados con lo que habían tomado de las anteriores expe­ diciones. El optimismo del valiente, de hecho exagerado, fue ahogado por la incredulidad general. La estimulaban todos los hechos y sobre todo, las apariciones diarias de heridos, acreciendo la conmoción nacional.

LA BRIGADA GIRARD Sobrevinieron otros hechos igualmente desastrosos. Atendiendo a los pri­ meros reclamos del general Artur Oscar, el gobierno había organizado rápidamente una brigada auxiliar que, al revés de las otras, no entraba en la guerra distinguida por el número. Según una loable práctica, sin tradición entre nosotros, merced a la cual se extiende a los comandados la gloria del comandante, tenía un nombre: Brigada Girard. La dirigía el general Miguel Maria Girard y la formaban tres cuerpos salidos de la guarnición de la Capital Federal: el 2 2 ? del coronel Bento Tomás Gongalves, el 249 del teniente coronel Rafael Tobías y el 38*? del coronel Filomeno José da Cunha. Eran 1.040 plazas y 68 oficiales, perfectamente armados y llevando a la lucha insaciable el regalo esplén­ dido de 850.000 cartuchos Máuser. Pero, por una serie de circunstancias que sería largo enumerar, en lugar de auxiliar, esta tropa se convirtió en un agente debilitante. Salió

de Río de Janeiro bajo el mando de su jefe y llegaron a Queimadas el 31 de julio. Partió de allí el 3 de agosto dirigida por un coronel, hasta Monte Santo. Marchó hacia Canudos el 10 de agosto bajo el comando de un mayor 3 1 S . Había dejado en Bahía a un coronel y algunos oficiales enfermos. En Queimadas dejó un general, un teniente coronel y algunos otros oficiales también enfermos. En Monte Santo dejó un coronel y otros oficiales más enfermos.

EXTRAÑO HEROISMO Se descomponía por el camino. Partían de ella pedidos de reforma más alarmantes que el aniquilamiento de una brigada. Un beriberi excepcional exigía, no ya la pericia de sabios médicos, sino el examen de psicólogos agudos. Porque el miedo tuvo allí a sus grandes héroes que mostraron el estupendo coraje de decirle a un país entero que eran cobardes. Al salir de Queimadas hacia el sertón, aquella fuerza encontró los primeros grupos de heridos y fue marcada por el estupor de la guerra. Por medio de su campamento en Contendas, pasaron el general Savaget, el coronel Néri, el mayor Cunha Matos, el capitán Chachá Pereira y otros oficiales. Los recibió con entusiasmo: oficiales y plazas formados al lado del camino saludándolos. Pero después se les apagó el fervor. A los tres días de viaje comenzó a sufrir privaciones, viendo disminuidos los víveres que llevaban y repartían con los sucesivos grupos de heridos que encontraban por el camino, llegando cansados y hambrientos a Monte Santo.

EN VIAJE HACIA CANUDOS Tomó hacia Canudos donde era ansiosamente esperada el 10 de agosto, totalmente despojada del espléndido aparato jerárquico con que había nacido. La dirigía el fiscal del 24?, Henrique de Magalháes, estando los cuerpos bajo el mundo del mayor Lidio Porto y los capitanes Afonso de Oliveira y Tito Escobar. La marcha fue difícil y lenta. Desde Queimadas se luchaba con serias dificultades de transporte. Los cargueros, animales viejos y cansados, muías escapadas de las carrozas de Bahía y troperos improvisados, rengueaban, tropezaban por los caminos, inmovilizaban a los batallones y demoraban el avance. De ese modo llegaron a Aracati, donde les entregaron un convoy que debían proteger hasta Canudos. En ese momento los diezmaba la viruela. Todos los días salían dos o tres enfermos de las filas y volvían al hospital de Monte Santo. Otros, lastimados por esa repentina transición de las calles asfaltadas de la Capi­

tal Federal hacia esos ásperos caminos, se distanciaban, se perdían en la retaguardia, se confundían con los heridos que venían en dirección opuesta. De modo que al pasar por Jueté, el 14 de agosto, le fue providencial encontrarse con el 159 batallón de infantería, ya endurecido en la lucha y que había venido de Canudos. Porque al día siguiente, después de acampar en las Baixas, donde pararon el día anterior para aguardar la llegada de gran número de plazas retrasados, fue violentamente atacada en el Rancho do Vigário. Los jagungos la sorprendieron de flanco, por la derecha, desde lo alto de un cerro dominante, y casi de frente, desde una trinchera marginal. La abarcaron entera en una descarga única. Cayeron muertos, en el frente, un alférez del 24*? y en la retaguardia, otro del 38?. Cayeron algunos plazas en las filas interiores. Algunos pelo­ tones se embarullaron sorprendidos, bisoños todavía ante los ataques fe­ roces de los guerrilleros. La mayoría disparó desesperadamente sus armas. Estallaron voces trémulas, cornetas, gritos desencontrados de mando. Despavoridos se escaparon los cargueros. Los bueyes se metieron por la caatinga. . . Tomando la vanguardia, el batallón 159, guió a los vacilantes comba­ tientes. No se repelió al enemigo. La retaguardia, al pasar por ese mismo punto, fue a su vez atacada. Después de este revés, porque lo fue, basta decir que de ciento dos bueyes que arrastraban el convoy sólo quedaron once, la brigada de nova­ tos fue nuevamente embestida en el Angico. Dio una carga todavía pla­ tónica de bayonetas en la que no perdió un solo soldado, y finalmente, entró en Canudos donde los rudos campeadores que allí permanecían bajo la disciplina tiránica de los tiroteos diurnos los acogieron con el nombre de la Mimosa. Nombre que sus bravos oficiales hicieron olvidar.

VIII NUEVOS REFUERZOS Este ataque llegó a Bahía con las proporciones de una batalla perdida, poniendo un punto más al desequilibrio general, y el gobierno comenzó a actuar con la agilidad requerida por la situación. Reconocida la inefi­ cacia de los refuerzos recién enviados, se trató de formar una nueva división, juntando los últimos batallones dispersos por los Estados capaces de una movilización rápida. Y para evaluar de cerca la situación, resolvió enviar a la base de operaciones a uno de sus miembros, el Secretario de Estado de los Negocios de la Guerra, mariscal Carlos Machado de Bittencourt.

Partió éste en agosto hacia Bahía al tiempo que de todos los rincones del país salían nuevos luchadores. El movimiento armado, repentina­ mente, se había generalizado, asumiendo la forma de un levantamiento en masa. Las tropas afluían desde el extremo norte y desde el extremo sur, aumentadas por los cuerpos policiales de Sao Paulo, Pará y Amazonas. En esa convergencia en el seno de la antigua metrópolis, el paulista, descendiente del bandeirante aventurero; el riograndense, jinete bravo; el curiboca norteño, resistente como pocos, índoles dispares, hombres de climas opuestos, de contrastados usos y tendencias étnicas, desde el mes­ tizo oscuro al caboclo trigueño y al blanco, allí se reunían bajo el lazo de una aspiración uniforme. La antigua capital los agasajaba en el recinto de sus viejos baluartes, rodeando en un mismo agasajo fraterno y calu­ roso a la inmensa prole dispersada desde hacía tres siglos. Después de estar largamente desparramados, los varios factores de nuestra raza volvían repentinamente al punto de donde habían partido, en vista de un entre­ lazamiento hermoso. Bahía se atavió para recibirlos. Aquel reflujo de la campaña la había transfigurado — mártires que llegaban, combatientes que salían— y rota la habitual apatía, se revestía con el aspecto guerrero del pasado. Las inútiles fortalezas que tiene intercaladas, decadentes en su aparcería con las casas burguesas, fueron prontamente reparadas, corta­ dos los árboles que les tapaban las murallas, y resurgían a la luz, recor­ dando las épocas en que aquellas almenas rugían sus largas culebrinas de bronce 3 1 8 . En ellas se acuartelaban los contingentes recién llegados: el l 9 batallón de policía de Sao Paulo con 458 plazas y 21 oficiales, bajo el mando del teniente coronel Joaquim Elesbáo dos Reis; los 299, 39 9 379, 289 y 4 9 dirigidos por el coronel Joáo César de Sampaio, tenientes coroneles José da Cruz, Firmino Lopes Regó y Antonio Bernardo de Figueiredo y mayor Frederico Mara, con los siguientes efectivos: 240 plazas y 27 oficiales; 250 plazas y 40 oficiales; 332 plazas y 51 oficiales; 250 plazas y 11 oficiales, además de 36 alféreces agregados; y el 4 9 con 219 plazas y 11 alféreces que eran toda la oficialidad, pues no tenían ni capitanes ni tenientes. Por fin, dos cuerpos, el regimiento policial de Pará, solamente 640 hombres comandados por el coronel José Sotero de Meneses y uno de la policía del Amazonas, bajo el mando del teniente Cándido José Mariano con 328 soldados. Estos refuerzos, que llegaban a 2.914 hombres, incluidos cerca de trescientos oficiales, fueron repartidos en dos brigadas, la de línea, bajo el mando del coronel Sampaio y los de la policía — excluida la de Sao Paulo que había salido sola hacia el frente bajo el mando del coronel Sotero— constituían una división que fue entregada al general de brigada Carlos Eugenio de Andrade Guimaráesm.

Todo el mes de agosto se gastó en la movilización. Llegaban a Bahía, se aprovisionaban de municiones y embarcaban hacia Queimadas. De allí a Monte Santo, donde debían concentrarse en los primeros días de setiembre. Los batallones de línea, además de disminuidos, como lo indican los números citados arriba, reducidos casi a dos compañías, venían desprovis­ tos de todo, sin los más elementales pertrechos bélicos, aparte de viejas espingardas y uniformes gastados que habían utilizado en la reciente campaña federalista del sur.

EL MARISCAL BITTENCOURT El mariscal Carlos Machado de Bittencourt, principal árbitro de la situa­ ción, desarrolló una notable actividad. Venía a propósito para las dificultades del momento. Era un hombre frío, un escéptico tranquilo e inofensivo. En su sim­ plicidad perfectamente plebeya, morían las expansiones generosas. Mili­ tar hecho, era capaz — y lo demostró más tarde acabando trágicamente su vida 3 1 8 — de echarse sobre los mayores riesgos. Pero fríamente, equi­ libradamente, siguiendo las líneas del deber. No era un bravo ni era un pusilánime. Nadie podía sorprenderlo en un lance de arrebatado heroísmo. Nadie podía imaginarlo sustrayéndose tortuosamente a una situación peligrosa. Sin ser una organización militar completa se había formado en un auto­ matismo típico de esas máquinas de nervios y músculos hechas para actuar mecánicamente, según la presión inflexible de las leyes. Pero esto, menos por educación disciplinada y sólida que por tempe­ ramento, inerte, pasivo, cómodamente engarzado en los reglamentos. Fuera de eso era nulo. Tenía el fetichismo de las determinaciones escri­ tas. No las interpretaba ni las criticaba: las cumplía. Buenas o pésimas, absurdas, extravagantes, anacrónicas, estúpidas o útiles, fecundas, gene­ rosas y dignas, lo volvían proteiforme, reflejándola bueno o detestable, extravagante o generoso y digno. Estaba escrito. Por eso, siempre que los acontecimientos políticos las embarullaban, cauteloso, se retraía en el olvido. El mariscal Floriano Peixoto — profundo conocedor de los hombres de su tiempo— en los períodos críticos de su gobierno, cuando la índole personal de sus adeptos o adversarios influía, sistemáticamente lo dejó de lado. No lo llamó, no lo apartó, no lo prendió. Le era igualmente insig­ nificante como partidario que como adversario. Sabía que el hombre cuya carrera seguía una línea recta, seca, inexpresiva, no daría un paso a favor o en contra del cerrojo del estado de sitio.

obviando la formalidad de un certificado médico. buscando una situación emocionante y grave. No la quiso nunca. Recién llegados de la lucha. Una vida golpeada desde los esteros del Paraguay hasta las caatingas de Canudos. Cabezas envueltas en vendas sanguinolentas. Cierta vez. La comitiva que acompañaba al ministro — autoridades del estado y militares. lo desorientaba y contrariaba. periodistas. emergiendo entre las mantas. Manifestaciones ruidosas. . oradores explosivos le pasaron por delante. como si este mundo fuese una inmensa Casa de Ordenes. le mostraban el agujero de un tiro de trabuco o una cicatriz sanguinolenta o un rostro cadavérico. que hasta allá lo llevaba. brazos sostenidos en cabestrillos. pidiéndole una transferencia o una licen­ cia. en todas las actitudes. Pero tuvo que detenerse un momento. Había reconocido al ministro . todos los trauma­ tismos y todas las miserias. o acurrucados o sacudidos en gemidos. Lo saben cuantos con él lidiaron. hombres de toda condición — entró silenciosamente. . con intermi­ nables frivolidades cruelmente enfadosas sobre paradas de tropas. sobrecogida de temor. Llegó a aquella capital cuando estaba en la plenitud de su fervor patriótico y en cierto modo lo debilitó. pies deformes por la hin­ chazón. esa insensibilidad lastimosa calló profundamente. Le pareció siempre una novedad irritante. y la historia una variante de la escritura de los sargentos. leyendo maquinalmente la papeleta prendida a la cabecera y seguía. nada ganaban si. Fue en una visita a uno de los hospitales. la cara abatida de un viejo. todo cuanto salía del orden rutinario de la vida no lo conmovía. No sabía responderles. rígidos debajo de las sábanas corridas como mortajas. Además. propias del oficio. Quien se acercaba a él buscando aliento. deflagraron en sus oídos. sentados. no porque cambiaba los destinos de un pueblo sino porque alteraba unas ordenanzas y unos decretos y unas fórmulas. un cabo de escuadra. cuatrocientos enfermos. El aspecto del amplio salón era impresionante. se encontraba sorprendido con la esterilidad de unos conceptos triviales. piernas rígidamente extendidas entre tablillas. Enfrente. versos llameantes. Comenzó la lúgubre visita. El mariscal se aproximaba a uno y otro lecho.La República fue un accidente inesperado al final de su vida. una intuición feliz. un rasgo varonil. de bruces o encogidos contra los barrotes en contorsiones de dolor. crepitaron en palmas y aplausos. estallaron a su alrededor. Imaginen dos extensas filas de lechos blancos y sobre ellos. Tenía la palabra difícil y pobre. Los escuchó indiferente. veterano de treinta y cinco años de filas. intermi­ nables minucias sobre las distribuciones de alimentos y remontas de caba­ lladas. pechos agujereados a bala y tajeados a cuchillo. viejos preceptos que sabía leer de memoria. Eran cosas banales. Al salir hacia Bahía enfrió los entusiasmos.

venciendo. un cuerpo regu­ lar de convoyes que corrían continuamente los caminos y ligaban efecti­ vamente. Por­ que desde el comienzo. las causas del fracaso reposaban en gran medida. El gobierno no encontraría a nadie mejor para transmitir la acción. . numerosas dificultades. en los acantonamientos. haciendo fuerza para levantarse. en una alegría dolorosa. solos ante el enemigo. con breves intervalos de días. agitado. quizá única. tranquilamente. Lo que era necesario com­ batir y vencer no era el jagungo sino el desierto. No lo distraía. entreabierta la camisa de algodón que dejaba ver la marca de una antigua cicatriz. . alejamiento para los grupos interminables de heridos— su espíritu les superponía siempre aquel objetivo capital. Se volvía imprescindible darle a la campaña lo que no había tenido: una línea y una base de operaciones. hablaba. Y esa empresa fue impulsada por el ministro. la lectura maquinal de las papeletas. hizo que comprendiese las exigencias reales de la lucha. con tenacidad. del serio problema a resolver. y el mariscal Bittencourt prose­ guía. lo demostraron las expediciones anteriores. . los ojos brillantes de felicidad y de fiebre. Los ojos se empañaban en lágrimas. Era realmente el hombre adecuado para la emergencia. le reducirían los escasos recursos. blindado de la frialdad que lo libraba de cualquier perturbación. cuando lo acompañaba en la batalla. Este resultado presagiaba el desenlace próximo de la contienda. se hizo. Y con voz temblorosa y ronca. La escena era desgarrante. Ocupado durante su estadía en Bahía por un sinnúmero de cuestiones menores — equipamiento de los batallones que llegaban. abdicando todas las regabas de su posición. Comprendió que lo menos valioso era la acumulación de un mayor número de combatientes. Los pechos oprimidos respiraban agitados. En ese negarse a sí mismo. . perdidos en una región estéril. al ejército en operaciones con Monte Santo. En los últimos días de agosto se organizó. delineada rectamente en el tumulto de la crisis. Enviando más gente a la zona de guerra se agravaba el estado de los que allá estaban. en las marchas fatigantes. intacta. finalmente. en un delirio de frases rudas y sinceras. sacando el cuer­ po esmirriado y los brazos flacos y temblorosos. Es que todo eso — fuertes emociones o cuadros lancinantes— estaba fuera de programa. en el aislamiento en que se enclavaban los expedicionarios. el Cuartel Maestre Ge­ neral 8 1 9 de una campaña en la que era jefe supremo un inferior jerár­ quico suyo 3 2 °. Es que su buen sentido sólido. condición pre­ ponderante.del cual fuera ordenanza en los buenos tiempos de la mocedad. Y lo consiguió. . realizando espectaculares movimientos policiales sin los mínimos recaudos estratégicos. compartirían las mismas privaciones. en la auténtica significación del término. Se terminaba por donde se debió comenzar.

la parálisis obligada. El mariscal Bittencourt. mil burros valían por diez mil héroes. Por fuerza. El más calumniado de los animales 3 2 1 iba a asentar sus patas en la cumbre de una crisis e iba a resolverla. Y eso se prolongaría hasta que la aldea siniestra absorbiera uno a uno. en un plan oscuro. recortado en fusilerías inútiles en las que se jugaba noble y estúpida­ mente la vida. por lo menos hizo eso: convirtió un conflicto enorme en una campaña regular. El caso es que la guerra sólo podía prolongarse por un máximo de dos meses. deplorablemente prosaica. Hasta entonces. cuando los caudales se extinguiesen — porque el torbellino de las aguas derivando hacia el Sao Francisco y hacia el mar.El mariscal Bittencourt. desdeñaba el genio militar. Cerrarían la aldea. atraído por la forma técnica de la cuestión. sólo ellos podían darle a las operaciones la celeridad exigida por las circunstancias. Dispensaba el heroísmo. le taparían todas las salidas. con su cortejo de combates sangrientos. De hecho. sólo quería troperos y muías. el desierto. indiferente a todo esto — impasible dentro de la impaciencia general— organizaba convoyes y compraba muías. lo convertía en un círculo vicioso muy cruel. COLABORADORES DEMASIADO PROSAICOS Un estratega superior. sólo hubo un desplie­ gue pródigo de bravura cristalizado en un asedio platónico y dudoso. sólo tenía una solución y era singularmente humorística. Más de tres meses sería la derrota. Además. las caatingas poniéndolos en medio de la presión creciente del hambre. caía. La simple sustitución de los que caían. de ocho a diez por día. El mariscal Bittencourt lo previo. dibu­ jaría rasgos tácticos que no resolverían nada. esa campaña cruel y en verdad dramática. a sus sitiadores. Uun luchador brillante idearía nuevos ataque que abatieran a los rebeldes e iría a estrellarse a paso redoblado por las caatingas. En la emergencia. la zona entraría en el régimen torrencial y eso traería consecuencias incurables. En noviembre. el gran número de asaltantes era un factor agravante. el abandono de cuanto se había hecho. Esta manera chocaba con el lirismo patriótico y dolía. parecía un epigrama malévolo de la historia. pero tendrían a su alrededor las líneas de otro cerco. excluía los ata­ ques de las brigadas. había que utilizar la intrusión de tales colaboradores en nuestros destinos. La lucha. se agota con la misma celeridad con que se forma— aparecerían obstáculos más . Por los lechos entonces secos de los arroyos correrían ríos de aguas barrosas y el Vaza-Barris se convertiría en un torrente enorme y dilatado que cortaría todas las comunicaciones. Después. Además.

La mostramos al transcribir el diario que no prolongamos para evitar la repetición dolorosa de episodios que se sucedían sin variantes apreciables. Llegaban a duras penas. Por fin. Los convoyes eran inciertos. tanto de uno como del otro lado. hacia Queimadas — dejaba dispuestos todos los elementos para el próximo desenlace— lo esperaban concentrados en Monte Santo. la misma apatía recortada de alarmas. Para ello era indispensable garantizar la subsistencia del ejército que con los últi­ mos refuerzos alcanzaba cerca de ocho mil hombres. salían los primeros convoyes regulares para Canudos. los mismos armisticios engañadores. la tierra desolada y estéril. Y vencido el enemigo que podía ser vencido. Los mismos tiroteos improvisados. releando las filas y privándolas de oficiales prestigiosos. el hambre. es un laboratorio infernal que destila la fiebre que irradia latente los gérmenes del paludismo. .graves. a la manera de los encuentros entre los mercenarios en la Edad Media. Bajo la atmósfera de los días ardientes. De modo que al partir. Iban a tiempo para reanimar a la expedición que hasta esa fecha. cada laguna efímera. la existencia aleatoria. cada bañado. con raciones escasas cuando las había. . la misma calma extraña y lastimosa. instantáneos. sin un herido. había pasado cuarenta y tantos días en situación peligrosa e inútil. dejando parte de sus cargas por los caminos. sin un solo escoriado siquiera. Delante de los expedicionarios se levantó de nuevo. violentos. . a comienzos de setiembre. en las que se preparaban cuerpos para juntar ganado. las diligencias diarias. millares de organismos a los que el cansancio creaba una receptividad mórbida funesta. dividiéndose un buey y un kilo de harina por escuadra y. cada cueva excavada entre piedras. intermitentemente rota con descargas. El Ministro de la Guerra lo consiguió. Era necesario liquidar la guerra antes de esa época peligrosa. como un gran peligro. en horas inciertas. como en los malos días de la Favela. ascendiendo en número infinito de cada punto donde toca un rayo de sol y descendiendo sobre las tropas. profusamente diseminado por los aires. agotándose en un dispendio de millares de balas. dispo­ niendo las cosas para un cerco real y firme que determinara la rendición inmediata. Combates diarios. retroceder ante el enemigo invencible y eterno. ya ruidosos y largos. las brigadas de la División Au­ xiliar 3 2 2 y aunque todavía escasos. apri­ sionada por los flancos de la aldea. cada pozo de agua. ya mortíferos.

al mirar hacia un cerro. Los tres Krupps que desde el 19 de julio colocaron sobre la colina teniendo al pie la van­ guardia del 259. Se arrojaban más ordenados y seguros en los asaltos. desde las líneas intangibles de aquel otro asedio sobre la tropa. de las cuales había señales evidentes. a tiros invaria­ blemente acompañados por estridentes silbidos terriblemente irónicos. Las dos torres de la iglesia nueva seguían sobresaliendo en la altura como dos amenazas siniestras sobre el ejército. sobre el cual cargaron de acuerdo con la impor­ tancia de la presa deseada. en el punto en que salía el camino. una recepción triunfante y teatral. Es que los nuevos antagonistas no los asustaban. y el 37? de infantería que había precedido a la División Auxiliar. bajo el mando del te­ niente coronel Firmino Lopes Regó. el 59 de línea. Los animales de montar y de tracción muchas veces eran asustados a tiros. casi no temían al jagungo. Porque por las cercanías. Y nada escapaba a la puntería de los que allí se emboscaban y que no la abandonaban ni en el mayor fragor de los cañoneos. La travesía hacia la Favela continuaba siendo peligrosa. andaban rápidas columnas volantes de jagungos. bombardeaban noche y día. consideración más seria. para hacerles en el paso final. Los peligros consistían exclusivamente en salir de los refugios y caer de un tiro. A pesar de que sus sitiadores no les daban tregua. un soldado inexperto. para evitar que soldados imprudentes saliesen por ahí. incendiando y arruinando completamente la iglesia vieja. Y parecían más disciplinados. para evitar celadas peligrosas. deri­ vando invisibles por las colinas del norte y desde allí hacia Canabrava y Cocorobó. Los rudos adversarios los dejaban bajar tranquilos las últimas faldas de la montaña. rondando de lejos a los batallones. En ese punto recibían el bautismo de fuego los refuerzos que llegaban: el 15 de agosto. caía atravesado por una bala que partía de afuera de la aldea. No pocas veces. y cierto día de agosto. No se comprendía cómo el campanero subía todavía hasta lo alto para tocar las notas sagradas del Ave María. . haciéndose necesario estacionar una guardia a la margen del río. 20 muías de la artillería fueron capturadas. el tejado destruido en gran parte. la brigada Girard. desde donde se observaba el panorama de la plaza. en el área de pasto que tenían por las márgenes del río. cuyo maderamen estaba por entero al desnudo. el día 23 el batallón paulista con 424 plazas y 21 oficiales. Permanecían en la misma actitud desafiadora. reducida a 892 plazas y 56 oficiales. convoyes que entraban por el camino de la Várzea da Erna sin que la tropa sitiadora los capturase para no desguarnecer las posiciones ocupadas o. Estos incidentes demostraban el valor de los rebeldes. a su vez. Recibían. a pesar de estar bajo la protección de un batallón aguerrido. con 205 plazas y 16 oficiales. o en las trincheras por las gradas de piedra.Metidos en las casuchas o en tiendas por detrás de los morros. junto al río.

En la disminución del número de brigadas que pasaron de siete a cinco. Napoleáo Felipe Aché. comandado por el capitán del mismo. la expedición estaba debilitada *. murieron cuatro el 27. bajo el mando del coronel del 59 regimiento Antonio Olimpio da Silveira. 59 regimiento de artillería. 339 bajo el mando del capitán José Soares de Meló. . sonando. le deshizo el techo. derrumbó los restos del campanario hacién­ dolo saltar por el aire. bajo el mando del coronel del 279. Y fue formidable. el Withworth 32. 249 bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Henrique José de Magalháes. con la misma monotonía mortífera que exasperaba a la tropa. En las líneas de fuego cayeron ocho soldados y una fusilería cerrada. cuyas brigadas quedan formando parte . victimando a otros cuatro soldados que con seis del 26? que aprovechando el tumulto habían desertado. Fuera de este incidente. bajo el mando del coronel del 149. 389 bajo el mando del capitán del mismo cuerpo Afonso Pinto de Oliveira. cuatro el 28. . constituyendo la 2“ brigada. * “Cuartel General del Comando en jefe. Las bajas. Emídio Dantas Barreto. comandada por el capitán del l 9 de posición Antonio Afonso de Carvalho. elevaron las pérdidas de ese día a 10. 349 comandado por el capitán Pedro de Barros Falcáo. 169 bajo el mando del capitán del 24?. constituyendo la 1^ brigada. Joaquim Manuel de Medeiros. “En esta fecha pasa a tener la siguiente organización la fuerza bajo mi co­ mando: 149 batallón de infantería bajo el mando del capitán del 32?. batería del 29 regimiento bajo el mando del l 9 teniente del 59 batallón de posición Afrodísio Borba y batería de tiro rápido. La gran pieza detonó: se vio reventar con estruendo el enorme schrapnell entre las paredes de la iglesia. Antonio da Silva Paraguagu: 22° bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Lidio Porto. se advertía que a pesar de los refuerzos. 79 bajo el comando del capitán del mismo cuerpo. habían impuesto una reorganización de las fuerzas raleadas. Inácio Henrique de Gouveia. Orden del día NQ 102. marcó la noche hasta entrado el amanecer. Tito Pedro Escobar. constituyendo la 3^ brigada. como si aún vibrase en la alarma. Ese día fue herido el general Barbosa cuando inspeccionaba la batería del centro. la vieja campana que al atardecer llamaba a los combatientes para rezar. 17 de agosto de 1897. el 23 de agosto bajó de lo alto de la Favela. Joáo Carlos Pereira Ibiapina. próxima al cuartel general de la P columna. en el descenso de graduaciones en los mandos. 159 bajo el mando del capitán del 389. incompara­ ble. De modo que la llegada del monstruoso cañón daba posibilidad de una revancha inmediata. ya desde mediados de agosto.Como si no bastase aquel bombardeo a quemarropa. Se continuó el día 26 con la baja de cinco plazas. Esta se realizó al amanecer del día siguiente. Reorganización de las fuerzas en ope­ raciones en el interior del Estado. el 29 también fueron cuatro y se les agregó un oficial y así de seguido. 59 comandado por el capitán Leopoldo Barros e Vasconcelos del mismo cuerpo. Alberto Gaviáo Pereira Pinto. constituyendo la brigada de artillería. Campo de combate en Canudos. 259 bajo el comando del mayor Henrique Severiano da Silva. con los claros abiertos en todas las filas por los combates anteriores. el día fue perdido: se rompió una pieza del aparato obturador del cañón haciéndolo enmudecer para siempre. Se reanudó durante el día. bajo el mando del teniente coronel del 259. 279 bajo el mando del capitán del 249. todos del arma de infantería. sumándose diariamente en parcelas poco dispares. después de un ligero armisticio. José Xavier de Figueiredo Brito.

389 409 de línea. 319 bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Joáo Pacheco de Assis. 259. 4O 9 bajo el mando del mayor Manuel Nonato Neves de Seixas. 149. 12° de infantería del comando del capitán del 31*?. de la P columna. 79. 359. 179. en números rigurosamente exactos. una batería de tiro rápido y un escuadrón de caballería— quince eran comandados por capitanes y dos de las brigadas por tenientes coroneles. 359 comandado por el capitán Fortunato de Sena Dias. 289. general de brigada” . 2 de Para. Canudos tendría a su alre­ dedor. una batería de tiro rápido. Artur Oscar de Andrade Guimaraes. bajo el mando del coronel del 329. bajo el mando del capitán del 31°. 1 del Amazonas. 1 de Sao Paulo. constituyendo la 5? brigada bajo el comando del teniente coronel del 309. 99. 5? de Bahía. 299. Joaquim Gomes da Silva. Se agrega: 59 regimiento de artillería. 99 batallón de infantería. 309. Donaciano de Araújo Pantoja. * 4P. 26«?. el 59 de la policía bahiana. 59. Aristides Rodríguez Vaz. 329. constituyendo la 49 brigada.De los veinte batallones de infantería — aparte del 59 regimiento de artillería. bajo el mando del general de brigada Joáo da Silva Barbosa. 169. pasando a mandar interinamente la 1^ brigada el mayor del 16p. formará parte de la l 9 brigada y a disposición de este comando con el contingente de ingeniería y el 59 cuerpo de policía. 309 comandado por el capitán Altino Dias Ribeiro. 269 del comando del capitán del 40*? Francisco de Moura Costa. 229. treinta batallones. el 49 cuerpo de policía bahiana y el batallón patriótico “Moreira César” de los convoyes. Pero en poco tiempo la situación cambiaría. 129. 339. Por los caminos avanzaba la división salvadora. . un escuadrón de caballería. José Lauriano da Costa. 379. excluidos los cuerpos de otras armas *. Antonio Tupi Ferreira Caldas. 249. En total 30. 319. El contingente de caballería comandado por el alférez del l 9 de caballería Joáo Batista Pires de Almeida. 239. 32t? bajo el comando del mayor del mismo cuerpo Florismundo Colatino dos Reis Araújo Góis. 349. batería del 29 regimiento de la misma arma. no bajando el mando de las com­ pañías a los sargentos por ser mayor el número de alféreces que de sargentos. las cuales formarán la 29 columna bajo el comando interino del coronel Joaquim Manuel de Medeiros.

I I — Marcha de la división auxiliar. Miedo glorioso. Montones de harapos. Fuera de la patria. rectilínea y larga. El caserío pobre. en el mismo camino que se abría hacia la caatinga. de uniformes viejos. Y en sus paredes. delataban el paso de los combatientes que por allí habían armado sus tiendas a partir de la expedición Febrónio. birretes y gorras. .NUEVA FASE DE LA LUCHA I.— Queimadas. Delante de un niño. Además. la monotonía de las planicies que se abren a su alre­ dedor. para grabar sus impresiones del momento. hondamente arado por los desagües — un claro en los pastizales bravios que lo rodeaban— y principalmente. cuyos tonos pardos y cenicientos. El charlatanismo del coraje III. Nuevas animadoras. cantimploras desfon­ dadas. con un blanco al fondo. sugerían la denominación del poblado. Una ficción geográfica. esperanzas. cabriolando locamente. des­ parramado sin gracia a los lados de la plaza irregular. Allí habían parado las fuerzas anteriores. la capilla pequeña y chata. se veía un área amplia de cultivos. entre los morros desnudos. Aspecto del campamento. le dan un aire triste que completa su aspecto de villarejo muerto en franco camino de convertirse en una tapera en ruinas. Traspuesta una accesible lomada. de trapos multicolores e inmundos. escribiéndolas a punta de sable o tiznándolas con carbón. todos los restos de los equipos diseminados por un área extensa en la que blanqueaban las cenizas de las hogueras. Camino de Calumbi.— Embajada al cielo. Trincheras Sete dé Setembro. Cerca y al costado. I NUEVA FASE DE LA LUCHA QUEM ADAS Queimadas. Eran páginas demoníacas esos muros sacrosantos: períodos . Una burla entusiasta. la línea de tiro donde se había ejercitado la división Artur Oscar. desalientos indescriptibles. arrastraba recuerdos penosos. había temblado con el vocerío de los vivaques: pasiones. Aquel suelo pisado por los rastros de diez mil hom­ bres. Complemento del asedio. como un barracón cerrado. poblado fundado a comienzos del siglo pero en plena deca­ dencia se convirtió en un campamento ruidoso. Todos los batallones habían colaborado en las mismas páginas. de hojas quemadas. . Buscando una media ración de glo­ ria. botines rotos. ansiedades. la caligrafía manca y la literatura ruda del soldado. En el camino de Monte Santo.

apenas termina la plaza. a lo lejos. articulada en giros originales y pintorescos. FUERA DE LA PATRIA Los nuevos expedicionarios. Otras épocas. un camino estrecho y mal construido. UNA FICCION GEOGRAFICA La línea férrea corre por el lado opuesto. Otra gente. al toparse con el sertón. las profanaban. . el camino enfilaba campo afuera llevando a su vera los postes de la línea telegráfica recién inaugurada. Esa señal de progreso pasa por allí. bandas miserables de fugitivos. y en el fondo de ellas. . las disfrazaban con caracteres negros ceñidos por puntos de admiración largos como lanzas 323. con el sertón. Otra lengua. el camino de Monte Santo. Se está en el punto de tangencia de dos sociedades. hacía más hondo el antago­ nismo. las rayaban en todos los sentidos. incisivos. la misión que allí los llevaba. El vaquero vestido de cuero emerge de la caatinga. Se sale del tren. desconociéndola. sin siquiera atenuar el carácter genuinamente rupestre del poblado. Era terriblemente paradojal una patria cuyos hijos la transitaban ar­ mados hasta los dientes. Además. de aguas rasas y mansas. El enemigo estaba allí.cortos. lo que desequilibra tanto el ritmo de nuestro desarrollo evolutivo y perturba lastimosamente la unidad nacional. Discordancia absoluta y radical entre las ciudades de la costa y las aldeas de tejas del interior. Otros hábitos. despedazando sus entrañas a disparos de Krupps. que daban escalofríos. se cruzan unas centenas de metros entre casas chatas y se choca en seguida. advirtieron esa transición violenta. Vadeado el Jacurici. La separación social completa dilataba la distancia geográ­ fica. en una poco pronunciada caída. Los invadía el sentimiento de ir a una guerra exterior. no habiéndola visto nunca. creaba la sensación nostálgica de un largo apartamiento de la patria. De ahí hacia abajo. escondido en las planicies. por donde habían salido esperanzadas tres expediciones sucesivas y de donde llegaban también sucesivamente. en son de guerra. . Se sentían fuera del Brasil. . pasa por el caserío y detiene su caballo junto a las vías por las que pasan vertiginosamente los patricios del litoral que no lo conocen. Se veían en tierra extraña. inútil. totalmente ajenas una a la otra. impre­ caciones y mueras y vivas calurosos. blasfemias fulminantes. se desarrollaba un drama formidable. hacia el este y hacia el norte. sor­ .

tuvieron noticias animadoras recién venidas del campo de operaciones. Pasaron por la aldea. por territorio extran­ jero. Se obser­ vó. Los nuevos combatientes la creían finalizada antes de llegar a Canudos. mientras los mayores. planicies. los mismos prisioneros que llegaban y eran. que entre ellos no había ningún hombre hecho. Y se enumeraban pormenores que revelaban el rápido aflojamiento de la guerra. de seis a diez años. La Brigada Girard y el batallón paulista habían llegado a tiempo para cubrir los claros de las filas. se conservaban las posiciones conquistadas. La realidad tangible encua­ drada por estos hechos. habían cesado los ataques osados a las líneas. en un borbotar de interjecciones vivas. Eran como animales raros en una diversión de feria. con espinos. sin una luz. sin que se detuvieran en lo singular del hecho. al llegar. después de tantos meses de guerra. las seguían. Los vencidos. mutilados y enfer­ mos. montañas derruidas. día a día. Y como aquel desconocido pueblo de matutos les devolvía. Las infelices. era esa. había caído. . resaltando a la observación más simple. por el intento que había manifestado de entregarse. pedrega­ les. media docena de mujeres llevando en brazos algu­ nos hijos muy pequeños. los primeros que aparecían. como las tropas anteriores. esa patria extendida en lomadas desnudas. Todo lo indicaba. el poblado quedaba silencioso y hundido en las sombras. . entre compactos grupos de curiosos for­ mados por uniformes de todas las armas. . . Los nuevos campeadores la sentían de modo dominante. A pesar de los tiroteos.prendidos ante su tierra árida y abrupta y brutal. no había ánimo varonil que mirase impasible hacia ese sertón misterioso y árido. Se decía que el Conselheiro estaba ahora prisionero de sus propios secuaces en rebelión. no se oían más las letanías melancólicas entre los inter­ valos de la fusilería. disponiéndose al martirio. Por fin. grutas. voces. El grupo miserable fue . Resonaban en todos los tonos. Todo eso era una ficción geográfica. Felizmente. comentarios de toda suerte. a los compañeros que meses antes habían avanzado robustos y altaneros. como estepas. a la rastra. Un espectáculo triste. camisas entre cuyos agujeros se metían ojos insaciables. andrajosas. eran débiles. varonilmente rodeados por escoltas. No había sucedido ningún otro desastre. entraban por el camino conduciendo a sus hijos de la mano. de espanto. Iban a una invasión. Con ese refuerzo coincidieron los primeros síntomas de desánimo de los rebel­ des: no tocaba más con su serenidad gloriosa la campana de la iglesia vieja. y por la noche.

al entrar un soldado con la Comblain. Respondía entre bocanadas de humo de un cigarro que chu­ paba con la satisfacción de un viejo enviciado. Una tragedia en media docena de palabras. sin impresionar los corazones. La tomó. Y las informaciones caían. Pero se destacaba una. El niño levantó la cabeza tratando de verlos. rodeadas por grupos de curiosidad insistentes. Le preguntaron si había tirado con ella. Un drama segura­ mente trivial. Uno de ellos. La miseria le había enflaquecido el rostro. cubriéndole todo el cuerpo. traía a la cabeza. En un momento dado. acaso perturbado por las angulosidades de los huesos asomando duramente bajo la piel ennegrecida y pálida. llenos de una tristeza profunda y soberana. Las risas se extinguieron: la boca era una llaga abierta de lado a lado por un tiro. Golpeó en la curiosidad general. Esta mujer satisfizo el ansia curiosa de la gente contando una historia simple. en Canudos. ancho y grande por demás. Ubicadas en una casucha junto a la plaza. DELANTE DE UN NIÑO Uno de los niños. la manejó con pericia de soldado ante el asombro general. sin destruir su mocedad. indiferentes. casi todas falsas. Tuvo una sonrisa de superioridad adorable: . sorprendió por el donaire y justeza precoces. que era inútil y confesó al cabo que él prefería una carabina. Se la pidió. oscilaba grotescamente a cada paso. Los inquisidores las anotaban religiosamente. raquítico y tambaleante. el niño paró su algarabía. Una belleza olímpica salía del molde firme de un perfil judaico. observó que no tenía fuerza. en busca de la sinceridad e ingenuidad infantiles. un viejo capote conseguido en el camino.por algún tiempo una variante feliz que aligeró las horas fastidiosas del campamento. con el invariable epílogo de una bala o de un estallido de granada. Le levantó el cerrojo como si eso fuese su juego infantil predilecto. Entonces le dieron una mannlicher. ojos grandes y negros. torcidas. La mayoría de las mujeres era repugnante. cara bronceada y ojos oscuros y vivos. Hablaba un niño. Y algunos espectadores tuvieron el coraje de reírse. menor de nueve años. Finalmente se ensañaron con los niños. denunciando astucias de un combatiente consumado. las infelices fueron víctimas de preguntas inter­ minables 3 2 4 . ojos malos. figurita de atleta en embrión. sobre el cuerpo esmirriado. Caras rispidas. El capote.

El tanque que lo bautiza pro­ viene de un crecimiento granítico que forma una reducida mancha de suelo impermeable sobre el que se quedan a flor las aguas. acentuado paso a paso. Era el mejor y era insoportable: un sitio medio destruido. el Tanquinho. en silencio. arrastrándose otros y proyectando sobre el manto de agua sus sombras deformes. en medio de los gajos finos del romero y de los cereus melancólicos. hecha en tres días. La guerra lo había convertido en un bandido hecho y derecho. montones de hombres macilentos. a cada vuelta del camino se les aparecía un resto lúgubre de la guerra. inmóviles. prefiguraba los demás. no había lugar para esas visiones de futuro. Al borde de esas aguas que el suelo no succiona. suyo y del general Carlos Eugenio. Ofi­ . iba a la base de operaciones atravesando la región cuajada de heridos. Toda esa campaña sería un crimen inútil y bárbaro si no se aprovechaban los caminos abiertos por la artillería para una propaganda tenaz. después de demorarse cuatro días en Queimadas resolviendo los últimos obstáculos para la movilización de las fuerzas. era indispensable que la campaña de Canudos tuviese un objetivo superior a la función estúpida y bien poco gloriosa de destruir un poblado de los sertones. EN EL CAMINO DE MONTE SA N T O 3 2 5 Acompañado por los estados mayores.— ¡Y cómo no! ¡Si habré tirado!. continua y persistente. dos casas abandonadas. Pero sin la algarabía característica y ruidosa de los grupos. encendidas las hogueras que brillaban en la superficie del agua oscura. parecían un conjunto trágico y emocionante. El primer rancho en que se detuvieron. El Ministro de la Guerra. salió hacia Mon­ te Santo. En esa travesía fácil. los hombres agachados junto al fuego y tiri­ tando de fiebre. aquilatando por las fatigas que soportó su comitiva bien montada y abas­ tecida. Había un enemigo más serio que debía ser combatido en una guerra más lenta y digna. en caminos libres. las torturas que asaltarían a los caminantes que salían a pie. Pero bajo la presión de dificultades que exigían solución inmediata y segura. Sobre todo por las noches. cuando los cabras sambaban enfrentando a los plazas? Ese niño era un luchador experto. . como un tonto. hacían su siesta decenas de heridos y acampaban los convoyes. por las huellas ásperas del sertón. Decididamente. paralizados en la quietud del cansancio total. . ¿Me iba a quedar ahí. como compañeros de la tierra calcinada y estéril. tra­ tando de traer a nuestro tiempo e incorporar a nuestra vida a esos rudos compatriotas retrasados. Nueve años de vida que arrastraban tres siglos de barbarie. llevaba sobre sus débiles hombros un legado formidable de errores.

Tuvieron dos horas de remanso consolador. A una vuelta del camino. lleno de satisfacción ante hombres que nunca había visto. Por eso. El villareio era un clan. . como un campeador robusto cubierto aún por el polvo de las batallas. a la derecha la aguijada. era también una revelación. por hombres más tranquilos e inofen­ sivos. ese sitio minúsculo. levantan­ do en los brazos cansados de un trabajo de ochenta años. los mismos grupos miserables.cíales que se acercaban sedientos a la orilla de la laguna. La comitiva avanzaba y se olvidaba en seguida de la imagen del sertanejo robusto. muy firme en su coraza pardo-colorada. Y el robusto viejo que lo gobernaba. A ca­ ballo. que se empleaba en los servicios de transporte. dejando libre el curso de la cabalgata. Su jefe. al ministro sorprendido. fijando puntos salientes en la urdimbre de las ruinas. en medio de las caravanas de guerreros desastrados. La única zona tranquila en esa barahúnda. por los caminos los mismos heridos y a orillas de los pantanos verde-negruscos. se enfrentaban de golpe con espectros tambaleantes que intentaban hacerles la venia mi­ litar y se volvían entristecidos. la nota superior de la fuerza y de la ro­ bustez era dada. atraída como estaba por las bandas de fugitivos: soldados en marcha lenta. al borde del camino. desviándose. especie de armadura de bronce. se topaba con un vaquero amigo. rígidos como cadáveres. en el terrible y estúpido escenario de la guerra. Esa parada fue providencial. genuino patriarca. los mismos cuadros. rastros de los incendios entre los que repuntaban escom­ bros de casuchas quemadas. en una actitud respetuosa y altiva. cuando no se desbarrancan en el fanatismo o el crimen. y aquí y allí. que dejaba ver la cabeza trigueña y franca. sombrero amplio levantado. En adelante. de valiente disciplinado. congregando a su alrededor hijos. oficiales cargados sobre redes. En Cansancáo se atenuaron estas impresiones crueles. nietos y bisnietos. la no­ bleza orgánica completada con un alma sin vueltas. tan característica de los matutos. Como contraste permanente. vestido de cuero. y quedaba el matuto inmóvil. al mo­ narca según gritaba convencido. el cinturón y el largo facón. que aparecían aislados. entregado a la solicitud de dos franciscanos. un aliado. en una alegría ingenua v sana. Un pequeño hospital. es el único que en las narraciones de la campaña no despierta recuerdos dolorosos. sordos al tropel de la cabalgáta. intermitentemente. Cansangáo era un paréntesis feliz en esa desolación. inmóviles. a veces. revelaba la robustez maravillosa. presentándoles un hijo de cabellos blan­ cos v nietos casi canosos. los sombreros caídos sobre los ojos. amplias manchas negras en la caatinga. una docena de casas. Pertenecía a una sola familia. orlados de algas. allí acogía a los romeros cansados que iban hacia Queimadas. apoyados en las espingardas. tributó una ruidosa ovación al mariscal. La antítesis del bandido precoz de Queimadas.

sin fantasías engañadoras. Allí se abría la mano de hierro del ejército. ahogaba las paredes hasta el techo. al pasar. los viajeros volvían a las amarguras de la huella polvorienta. Quitándose en pocos días la apariencia común de las aldeas sertanejas. dejando en caracteres enormes la urdimbre del drama. se abría una página de protestas infernales. esos palimpsestos ultrajantes. Cada herido. chocando discordes alusiones atrevidas. reposaba envuelta por un coro silencioso de imprecaciones y maldiciones. dos mil barracas alineadas en avenidas extensas. entraba por las casas. desesperadamente retorcida en vueltas infinitas. en las que caían violen­ tamente puntos de admiración rígidos como estocadas de sable. en desvíos. dichos lóbregos de cuartel. cubierto por el anonimato. que rara vez aparecía entre las casuchas de barro y paja. La ola oscura del rencor que rodaba por el camino golpeaba esos muros. Los narradores futuros tratarían en vano de hacer descripciones gloriosas. Y en todas partes — a partir de Contendas— en cada pared de cual­ quier vivienda más presentable. I os nuevos combatientes llegaban a Monte Santo sin el menor anhelo de desenfundar las espadas. estáticas. . donde surgía flagrante el sentir de los grabadores. . esos cro­ nistas rudos dejaban allí. ferozmente. destacándose sobre el suelo limpio en seis grupos sobre los que ondean banderas y de donde irrumpen. . teniendo al fondo. libre.Al dejarlo. . . donde desde hace cien años no se construye una casa. dejaba en ellas. La comitiva. Versos rengos. la villa se amplía. orlada de ranchos destruidos y pespunteada de punta a punta por los sucesivos grupos de fugitivos. sin una frase varonil y digna. en los que se casaban pornografías con desesperanzas hondas. en una grafía bronca. indeleble. Pero se reanimaban al entrar en la base de operaciones. En cada página aparecerían. Y la campaña perdía repentinamente su aspecto heroico. el aspecto real del mayor escándalo de nuestra historia —brutalmente. sin brillo. torpezas increíbles en moldes pavorosos. al entrar. un barrio nuevo y mayor que ella. a carbón. improperios revoloteando por los rincones en una danza fantástica de letras tumultuosas. en pasquines increíbles— libelos en bruto. con rimas duras. infamándolos. vivas v mueras encima de nombres ilustres. fotografiando en esas grandes placas la cara tremenda de la lucha en ins­ cripciones lapidarias. Sin la preocupación de la forma. un reflejo de las negruras que alimen­ taba su alma. sin altura. indestructibles.

A dieciséis leguas del centro operacional dirigía. mujeres de la vida. La pron­ titud con que los habitantes del poblado se precipitaron sobre el cadáver y lo llevaron. Es lo que se deducía de las últimas noticias. por la calle y contemplándolos se veía un montón heterogéneo donde chocaban todas las posiciones sociales. el servicio de transporte. que hasta llegar a la base de operaciones no se había quitado el paletó de alpaca con el que burguesamente recibía el saludo de las brigadas.a cada instante. vencía la parálisis en que había quedado el asedio. Oficiales de todas las graduaciones y armas. Apenas comenzado. a los encontronazos por la plaza. y en un inquirir incesante. carreros polvorientos de largos viajes. Ponía en los combatientes alientos de victoria y poco a poco. una bala de carabina había abatido en la aldea a un cabecilla de importancia. periodistas sedientos de noticíasele daban un tono de plaza concurrida en día de parada. demostraba su prestigio. sin balancear opiniones estratégicas. pasando los días en convivencia ruda con los troperos en Monte Santor entre los cuales aparecía de pronto. el día 4. gracias a su dedicación. Casi diariamente llegaban y volvían convoyes de y hacia Canudos. Cayó junto a las iglesias. acordes todas en indicar un mayor aliento entre los sitiadores que realizaban movimientos tácticos decisivos. . El mes de setiembre había empezado bien. Los resultados de ese esfuerzo fueron inmediatos. Con todo eso se consiguió una correcta disciplina. se había convertido en el director supremo de la lucha. Porque cada convoy que salía valía por batallones. se puso a punto. grupos de estudiantes. para dar la orden de partida. Por fin. Era una batalla ganada. sin alardes. Una multitud de habitantes adventicios había llenado de pronto la aldea. El hospital militar se convirtió en realidad. El mariscal Bittencourt adoptó una reglamentación rigurosa y se ocupó de adoptar medidas acordes con las complejas exigen­ cias de la situación. con el reloj en la mano. Y ese hombre sin entusiasmo. la cuestión primordial que hasta allí lo había conducido. perfec­ tamente abastecido y dirigido por cirujanos a los que se unían los es­ fuerzos desinteresados de algunos alumnos de la facultad de Bahía 326. vibraciones metálicas de clarines y el sonar cadencioso dé los tambores. Lo decían las noti­ cias provenientes de la sede de operaciones. soldados doblados bajo los equipos. heridos y convalecientes.

impo­ nentes. Orden del día N p 13. poco eficaces para el cañoneo. en lugar de granadas. * "Cuartel General del comando de la 1^ columna. Entonces se resolvió gas­ tarlas sobre las iglesias hasta que se acabaran. debido a los certeros tiros dirigidos por los segundos tenientes Manuel Félix de Meneses. tuve la satisfacción de ver en seis horas consecutivas la destrucción de las torres. El caso ocurrió después de seis horas consecutivas de bombardeo. porque las dos torres dominaban las líneas del cerco y reducían los ángulos muertos de las trincheras. echando abajo su carga de tiradores y golpeando pesadamente en el suelo de la plaza. arrastrando grandes trozos de pared. y por haber sido ese oficial el primero en iniciar el bombardeo y el último en tirar sobre la torre de la derecha. desarticulándose en bloques. . cayeron las torres de la iglesia nueva. Canudos. debido al entusiasmo que le produjo no sólo a él sino a todo el ejército que observava con interés el efecto de la artillería. . 6 de setiembre de 1897. si bien el primero se encontraba con parte de enfermo. una entusiasta y violenta burla de los jagungos. una detrás de la otra. en el campamento. Y fue totalmente imprevisto. Las fuerzas recién llegadas. prorrumpiendo en esa ocasión la línea de seguridad y las fuerzas de apoyo en una violenta y entusiasta burla de los jagunqos” *. produciéndonos muchas bajas entre muertos y heridos. Duque Estrada Macedo Soares. habiendo tirado el alférez Duque Estrada el último disparo sobre la izquierda. etcétera. “Para conocimiento de las fuerzas bajo mi mando publico lo siguiente: “Habiéndose ordenado hoy a los comandantes de las bocas de fuego que bom­ bardeasen las torres de la iglesia nueva. también habían recibido desde allí la primera salutación feroz del enemigo. Lo determinó una circunstancia desagradable: una equivocación en el envío de municiones hizo que se llevaran balas rasas de Krupp. Y el resultado fue sorprendente. los convoyes recibían de allí descargas violentas. Por fin habían caído. acrecentando más el mérito por haberse presentado el segundo teniente Manuel Félix estando con parte de enfermo. puntos elegidos por el enemigo para tirotearnos con mayor eficacia. el batallón paulista y el 379 de infantería. entre nubes de polvo y cal. el ejército entero hizo callar la fusilería para atronar el aire con alaridos retumbantes. la brigada auxiliar. Al dar su último paso transponiendo el río. El ejército había quedado finalmente libre de esos puestos de tiro altísimos desde donde se fulminaba a los sitiadores. .El 6 hubo un suceso de mayor importancia: una detrás de la otra. Desde el 18 de julio las ocuparon tiradores de gran pericia a cuyos ojos y puntería no se escapaba el menor bulto que salía de la protección de las casas. Y al verlas abatidas. prorrumpiendo en esa ocasión la línea de seguridad y fuerzas en apoyo. . Frutuoso Mendes y el alférez H. ”. . “Elogio por lo tanto a esos bravos oficiales que dieron una prueba más de su pericia en la dirección de los cañones que comandan. y a salvo de nuestra puntería. El comandante de la P columna caracterizó bien en la orden del día lo sucedido: " . consiguiendo derri' baria.

aquel coronel. Desde el comienzo al final. obedeciendo a la determinación del comando de la 1* columna. una burla lúgubre. tan altas y esbeltas. Al frente y a la retaguardia iban ex alumnos de las escuelas militares. transpusieron el río y se metieron en Canudos. con la metralla en el centro fulminándolos a quemarropa. a des­ pecho de la tormenta de disparos que recibían.La campaña era eso mismo. En una situación domi­ nante sobre el grueso de las líneas ajustadas a orillas del poblado. en un reborde de la Favela. TRINCHERAS SETE DE SETEMBRO Además. Impulsados por los sucesos de la víspera. ancho declive sobre la vertiente del morro. entre los altos del Mário anteriormente ocupados y el Vaza-Barris. De pronto. du­ rante más de dos meses habían obstaculizado el cerco de ese sitio. Todo el resto de la noche se empleó en esa . algunas decenas de guerrilleros escarnecían los cañones del coro­ nel Olimpio que se asentaban en lo alto. el hecho era de mal agüero. golpeados por trescientas bayonetas repartidas en dos cargas laterales. a las diez de la noche. Sorprendidos. siendo desalojados de las trincheras de piedra que tenían alrededor de la vivienda destruida de la Fazenda Velha. Después se arrojaron como una avalancha por el morro abajo. los jagungos no pudieron resis­ tir. sin esas dos balizas blancas que la señalaban a los pastores. Una entusiasta burla. atacó con una fuerza compuesta del 279 bajo el mando del capitán Tito Esco­ bar. Expugnada la posición. Atrincherados desde hacía mucho tiempo en la Fazenda Velha. Los adversarios desparramados y perseguidos hasta el cerro de los Pelados por la vanguardia. fueron vencidos de improviso. la aldea se había achicado. La refriega había durado cinco minutos. el coronel armó su barraca en el lugar donde hacía seis meses había muerto el jefe de la 3^ expedición. A dos pasos de la artillería y de los contingentes que la reforzaban. El coronel Olimpio dispuso el resto de su pequeña fuerza en tiradores por los dos flancos. El encanto del enemigo se había terminado. . otro contingente del 59 regimiento y una boca de fuego. . La fuerza sólo tuvo dos plazas fuera de combate. un contingente de la 4^ batería del 29 regimiento. contribuyendo en mucho a las bajas diarias que las raleaban y emparejándose con las torres en barrer los parapetos mejor elegidos. El día 7. . diluyéndose miste­ riosamente en la altura. objetivando el misticismo ingenuo y poniendo en el cielo les rezos propicitarios de los sertanejos rudos y crédulos. estaba achatada. chocando con el firmamento azul. . Al día siguiente sobrevino un desastre mayor. Los hizo bajar en silencio por los primeros tramos de las colinas. blanqueando las noches estrelladas. hundida. las alcanzaban de punta a punta.

Era. Trasponiéndolo. a una distancia de menos de trescientos me­ tros. a la tarde. el cerco se extendería aún más. Y se propuso explorarlo afrontando los mayores riesgos. Nada denuncia el desfiladero oculto por la ramazón tortuosa de las umburanas que se levantan por ahí cerca. y más corto que ellos dos. El nuevo camino abierto para el traslado de tropas y convoyes y cerrado a los jagungos que lo usaban de preferencia en sus excursiones hacia el sur. CAMINO DE CALUMBI Se había realizado una operación seria. Y al dejar esa situación grave. hasta la entrada del Cambaio. un ejército daría todo un flanco al adversario que se escondiese en sus laderas. Y al otro día. 99 y 349. feliz y de extraordinarios resultados para el desenlace de la guerra. que corriendo entre los caminos del Rosário y del Cambaio. después de saltar una gran lomada. bajo el inmediato mando del mayor Lidio Porto.construcción. La periferia del asedio había aumentado unos quinientos metros hacia la izquierda. entre todos. caería en otra peor. cerca de la confluencia del Mucuim. acortaba en más de un día el viaje hasta Monte Santo. Desde ahí hasta el frente. donde se bifur­ caba con el del Rosario. el mejor preparado para la invasión. porque el camino. Es una muralla de mármol silicoso poco más alta que el suelo. Yendo en dirección sudeste. la Trinchera Sete de setembro gobernaba la aldea. fuerte reducto de cerca de un metro de alto. facilita la travesía rápida hacia Monte Santo en un trazado casi rectilíneo. ese mismo día. . en dirección al sur. hecho con las piedras de las trincheras enemigas. pues seguía firmemente la línea nortesur. prolongándose por muchos kilómetros junto al arroyo de las Caraibas y cortándolo en sus meandros interminables. aún desco­ nocido. Con base en informaciones de algunos vaqueros leales. constituía un camino estratégico in­ comparable. que a tanto montaban los batallones 229. Realizó la empresa en tres días. la serranía de Calumbi lo flanquea por ancho trecho. doblando a partir del punto conquistado hacia el oeste. quizá la acción más estratégica de la campaña. al frente de quinientos hombres. bien temprano. el de Calumbi. en rumbo hacia el norte. Pasó por el nuevo cami­ no descubierto volviendo el 7 por el del Cambaio en un movimiento rá­ pido. La había pensado y ejecutado el teniente coronel Siqueira de Meneses. el Caxomongó. Partía de Juá. ese oficial supo de las ventajas del otro camino. osado. a la derecha. Ahora bien. Salió de Canudos el 4. Avan­ zaba con rumbo invariable hasta otro riacho de vida efímera. se con­ vierte de golpe en una angostura estrecha. cerrando completamente los dos cuadrantes del este. derivando hacia la izquierda y desde ésta.

muestra un notable fenó­ meno de descomposición atmosférica. Y si éstas intentaran vencerlo. un obstáculo inevitable. Una capa calcárea. mostrando una travesía aparentemente fácil pero realmente difícil para una tropa en la dinámica del combate. Infinitas cavidades de bordes cor­ tantes. Traspuesto el pasaje. Las espingardas colocadas en la cres­ ta de ese muro natural podrían barrer columnas enteras. las capas superpuestas de esquistos. siguiendo sucesivamente por Uauá. allá abajo. con fragmentos de sílex y rodeada de caatingas espesas. poco espaciadas. pues caminantes tranquilos apenas consiguen avanzar de uno en fondo por una huella intermedia que lleva a la Várzea. por el Cambaio. como láminas de dagas. En semejante sitio el combate sería imposible. cruzando sus fuegos. Un hecho geológico común en los sertones del Norte reemplazaba en seguida estos accidentes. erizadas en puntas punzantes. por Macacará y por el Rosario. . habían hecho creer a los sertanejos que la última. Los tres mil hombres de la columna Artur Oscar no lograrían atrave­ sarlo. Si hubiese sucedido ni un soldado habría llegado a Canudos. exca­ vadas en quebradas anchas. se veían las trincheras de los jaguncos. La marcha por el Rosario había sido la salvación. en cuyas orillas se rompen en grandes placas lucientes de color azul oscuro. sustituye al camino en una exten­ sión de media legua. siguiendo la costumbre. Las anteriores expediciones. El camino desaparece. y lo lograran. creando otros impedimentos. inmóvil y sufriente. los invasores serían abatidos a tiros. No eran necesarias. la agitación de las tormentas. Y ella refleja. Un desastre mayor agravaría la campaña. lo que suponía una difícil empresa contra antago­ nistas de tal manera guarecidos.a manera de grosera barbacana cerrada por un postigo estrecho. muy áspera. cae dentro del río Sargento. la perforan. duras y rugosas en todos sus puntos. pasado un kilómetro. Se habían evitado por azar dificultades tan serias en la más completa ignorancia sobre ellas. De modo que al llegar ahí. amplia hon­ dura pesada. Este foso extenso que como los otros de las cercanías no es un río sino un drenaje transitorio de las aguas que se canalizan hacia el Vaza-Barris. La corroen. Pisando esos lugares no habría bota que resistiera ni cuidados que evitaran caídas peligrosas. entre­ cruzadas por vetas blancas de cuarzo. el suelo cae en declive hacia la Várzea. variando siempre la ruta elegida. surcos hondos de aristas rígidas y finas. aún tendrían más adelante. caerían sorprendidos a los primeros pasos en un terreno casi impracticable. Y en el caso que pudiesen avanzar. de lecho sinuoso y hondo. De una margen a la otra. la minan las lluvias de las tempestades después de las sequías. tomarría por el camino del Calumbi que todavía no se había usado. Allí no había trincheras. muestran de manera impresionante el accio­ nar secular de elementos enérgicos que por tiempos la trabajan.

llevaban un temor singular: el miedo cruelmente an­ sioso de no encontrar ya a ningún jagungo para luchar. eran rechazados de sus mejores puntos de apoyo y apresa­ dos por las mallas del cerco. iban a encontrar todo liquidado y se sentían escandalosamente atraídos por los acontecimientos. II MARCHA DE LA DIVISION AUXILIAR Los nuevos expedicionarios. en su ruta admirable y hecha con ventajas. el 13 de septiembre. Canudos estaba ahora sitiada desde el extremo norte al sur. En primer lugar. y desde allí hacia el oeste. La brigada norteña avanzaba vertiginosamente trotando por los caminos desde el primer atisbo de la mañana. había dolido hondo en el ánimo de los que com­ ponían la brigada de línea que marcharía algunos días más tarde con el general Carlos Eugenio. Atra­ vesó las trincheras abandonadas que dejó ocupadas por un ala del 229. a causa de múl­ tiples reveses. Quedó abierto para la movilización de la fuerza un camino seguro y rápido. donde se veían algunas calaveras y esque­ letos de los muertos de la expedición Febrónio. Su trecho principal desde el río Sar­ gento hasta Suguarana. El fin de la campaña parecía próximo. 16? y 289 de la 2^ brigada y un ala del batallón paulista. en la Fazenda Velha. un extenso semicírculo. detenién­ . pasó por la Lagoa do Cipó.El teniente coronel Siqueira de Meneses. partió la brigada de los cuerpos policiales del norte y tal precedencia originada exclusivamente en ra­ zones administrativas. Por cierto. sorprendió allí a unos piquetes enemigos. fue poniendo guardias en los principales puntos del camino hasta Juá. tomándoles trece cargueros y fue a salir por la con­ fluencia del Mucuim. tomando de sorpresa dos trincheras allí existentes. De ahí enderezó hacia el Cambaio. pasando por la Várzea y Caxomongó. El cerco se había ampliado. porque los jagungos huyendo hacia el poblado habían aban­ donado aquellas posiciones. A los jagungos sólo les quedaban por el noroeste los caminos del Uauá y la Várzea da Erna. fue en segui­ da custodiado por los batallones 339. MIEDO GLORIOSO Los rebeldes disminuían sus posibilidades todos los días. en la punta del camino del Cambaio. saliendo de Monte Santo por el camino recién descubierto.

en su tercer día de camino. El sitio. Al alcanzar el sitio de la Suguarana. con el uniforme característico que adoptaron desde su llegada: grandes sombreros de paja de carnaùba. En Caxomongó. Por las márgenes del río. como para los que llegaban desde Suguarana. está al borde del río y éste. destrozada por los asaltos. de gres colo­ rada y grosera. Desde allá se oían los estampidos de la artillería. armas y la animación ruidosa de 968 combatientes. un rancho miserable. A pesar de la hora. gol­ peada desde hacía tres meses por los cañoneos. si el viento era propicio. La brigada del coronel Sotero había llegado al sitio de Caxomongó. . acamparon. La brigada de línea la alcanzó. a medida que se alejaban por el sertón. absorbían las escasas lluvias que por allí se producen. que parecía la boca de una mina. se alzaban altas ingaranas . entre las planicies yermas. los campeadores — bien nutridos. devorada por los incendios y defendida por una sola guarnición. La tropa llegó allí en plena mañana. Pero en esa alegría guerrera aún despuntaban algunos sobresaltos. aguijoneada por el anhelo enfermo de medirse al menos en un encuentro fugitivo con aquellos po­ bres adversarios. totalmente cubiertas por piedras de todos los tamaños. tanto para quien viniera de Boa Esperanza. sentían irrefrenables temblores de espanto. Y arrojándose por los caminos. La lucha sertaneja no había perdido completamente los rasgos misteriosos que conservó hasta el fin. El terreno. al borde de una ipueira fértil. disci­ plinados como los mejores de la línea y el del Amazonas. pasando por sitios destruidos. . Los dos cuerpos de Pará. lleno de tiendas. Los ambiciosos luchadores. tenía estratos exageradamente inclinados en 45° y en virtud de esa disposición. carpas. seis leguas distante de Canudos. El paraje muerto se animó de pronto. el 15 de setiembre. junto a la­ deras a plomo de tres metros de altura. apuestos y sanos— allá iban en demanda de la ciudadela de barro. La parada era estéril y lúgubre. como encontraron agua suficiente en un pozo profundo y oscuro. en su marcha vertiginosa. Fui testigo de uno de ellos. entrando a la zona peli­ grosa. agravando la dureza de la caatinga. se reanimaron. rodeada de pintorescas serranías. se distinguía hasta el crepitar de los tiroteos.dose solamente cuando el sol quemante agotaba a los soldados. que les daba un aspecto de hombres del monte. Al día siguiente alcanzarían la aldea. presenta un lecho completamente seco que desa­ parece en seguida entre colinas desnudas. Era la última parada.

presos de una emoción jamás imaginada. . . atrevidamente. cuadrados a la espera de una carga de caballería. de sorpresa. No había nada que temer. las filas se alinearon — espadas desenvainadas. Transcurridos unos minutos. Los soldados armaron decenas de hamacas en las ramas. sobre los que tanto ansiaban medirse con ellos. divisó o creyó divisar. los jagunqos vendrían al encuentro de un anhelo todavía no satisfecho. En el flanco izquierdo había detonado un tiro. . en la lejanía. secciones de armas prontas a cargar contra el vacío. que abra­ zaba a la naturaleza adormecida y quieta. todavía con hojas. la nueva. Iban rápidos. gritos de alarma. Pelotones y compañías formándose al azar. buscando su puesto en la maraña de la formación. Y la tropa se adormeció temprano y en paz. rodando sordo en el silencio. . allá abajo y allá adelante. Un centinela del cordón de seguridad extendido alrededor de las carpas. ofi­ ciales sorprendidos saltando de las hamacas caían sobre el lecho del río. órdenes de comando. pelotones y compañías con parte de los combatientes corriendo. sobresaltada. Los batallones fueron dominados por la hipnosis de un espanto indescriptible. por encima del lecho del río. el bombardeo de Canudos. buscando a ciegas la orilla. Volvía la impaciencia heroica. Tanto la noche como el día transcurrieron en completa placidez. La brigada aparecía como una larga estera bajo la onda luminosa de la luna. BUSCANDO UNA MEDIA RACION DE GLORIA Al amanecer se habían extinguido los temores. Venía como había venido sobre los otros expe­ dicionarios. . sin torres. Irrumpían sin miedo por el valle sinuoso del río Sargento que desbordaba en una creciente repentina de uniformes. sonaron cornetas. preguntas ansiosas. Canudos. se oía. esperaban el asalto. Era un tumulto. Era un desahogo. pasó la visión misteriosa de la campaña. La conocían de cerca. súbito y veloz. . a la distancia de dos kilómetros. Y el día pasó tranquilamente. un bulto sospechoso deslizándose en la sombra y disparó su espingarda. Hacia el norte. Había sido una falsa alarma. El enemigo allí cercado ya no tenía aliento para aventuras por los caminos. con sus paredes maestras . revólveres en alto— en un crepitar de estallidos de bayonetas. Cayó la noche. Y de pronto. Entonces. Allá estaban las dos iglesias derruidas enfrentándose en la plaza legendaria. Si aparecieran. tranquila y enorme. Sal­ taron el morro desnudo cuyas vertientes opuestas caían abruptamente sobre el valle de Umburanas.que cruzaban con su ramaje. para despertar a las diez de la noche. Era el enemigo anhelado. los combatientes.

nada denunciaba la estadía de un ejército. el caserío. y a poca distancia. Se llegaba a la repartición del Cuartel Maestre General . Se tenía la impresión de llegar a un villarejo sospechoso del sertón. había perdido la apariencia revuelta de los primeros días. en ruinas y renegrida. se llegaba. o dispuestas por los valles diminutos. se pasaba por el cuartel general de la 1^ columna. en otra casa miserable. la plaza de las iglesias. Habían llegado a tiempo. A uno y otro lado del camino. se sucedían pequeñas ca­ sas de aspecto original y festivo: hechas de follaje. Alrededor. descalzos o calzando alpargatas y cada tanto. hasta que tropezaba con la tienda del general. mujeres mal encaradas cosiendo tranquilamente en las puertas. Bajando por la pendiente sur. a mitad de camino. Se veían dentro de un nuevo poblado. El extraño entraba a desconfiar de una equivocación en la ruta que lo hubiera llevado hasta un poblado de jagungos.derrumbadas. Ya no les faltaría la media ración de gloria disputada. a la comisión de ingenieros. sin frente. estaba el de la 2^. en busca de una guerra sangrienta y fácil. Entraban jubilosos al campamento. Se estaba sobre la falda en cuya base se desarrollaba el trecho más peligroso del sitio. numerosas y desparramadas. Volviendo a la izquierda. a la calle. Y al encon­ trarse con los pobladores se afianzaba la ilusión: hombres vestidos a lo paisano. A primera vista. La canícula abrasadora que convertía a las carpas en hornos había inspirado esa arquitectura bucólica y primitiva. la línea negra. arrastrando espadas y espingardas. la vieja. dispuesta en una casa que no fue destruida y al mirar por las rajas de las paredes espesadas con lajas de piedra. erigidas al sesgo de las colinas. Ya era como otra aldea a un costado de Canudos. centralizada por el batallón 259. ASPECTO DEL CAMPAMENTO El campamento había cambiado. pero eran las únicas ajustables al medio. Por ese lado es donde se había penetrado más profundamente en la aldea. levantando un pedazo del campanario derruido desde donde el fantástico compañero tantas veces había llamado a los fieles para la oración y para el combate. con el bello aplomo de los candidatos a la historia. de forma singularmente inadecuada para vivir en ellas. rotas de arriba abajo. la mayoría cubiertos con sombreros de cuero. Pasado el cerro a cuyo pie se asentaba. un vasto albergue cubierto de cuero: el hospital de sangre. Se había reconstruido el barrio conquistado. mal arreglados. Atra­ vesando el lecho vacío del Vaza-Barris. los recién llegados tomaron por una zanja retorcida. la tienda del comandante general. en la cumbre. a la derecha. techos y paredes de ramas de juázeiros. se veía a sólo cien metros. en el asalto del 18 de julio.

Porque los jagungos. se alcanzaba el cierre extremo del cerco prolongado por el 59 de Bahía extendido por el canal hondo del río de la Providencia. después de cruzar el lecho de aquél. Repug­ naba admitir que hubiese allí tantas vidas. Además. Pero que el observador no hiciese demasiado bulto sobre su parapeto porque las balas disparadas de allá abajo. Y desde allí salió inmediatamente una réplica cruel que turbó a los artilleros del coronel Olimpio: un largo e indefinible llanto. Había mujeres y niños sobre los que durante tres meses estallaron masas de hierro y fuego que muchas veces. se hacía la ilusión de un volumen desproporcionado. en el fragor de la lucha. durante algún transitorio armisticio. Días antes. Pero éste era completo. La aumentaba el misterio del lugar. apenas se levantaban en relieve desde el suelo y la vista. . a manera de un baluarte junto a la Fazenda Velha. allí no sólo existía una guarnición de valientes indomables. Recorriendo así el cerco atrincherado. los llenaba de asombro esa Babilonia de casuchas que se extendía por las colinas. . Siguiendo la ruta. un schrapnell arrojado desde la Favela reventó dentro del caserío anexo al sitio donde se hacían las oraciones. una mina enterrada y enorme. Ese pedazo de sitio era todavía escaso frente a la amplitud de la aldea. roída de erosiones. la sombra fugitiva de algún hombre y no se oía el rumor más fugaz. o. Caían sin perder su altivez. a cualquier hora. Esta los sorprendió. revelaban la existencia de gente emboscada. no lograba distinguir un solo bulto. Acostumbrados a las proporciones exiguas de las aldeas sertanejas. tratando de disfrazar cualquier síntoma de debilitamiento. Lo mostraban los escombros en donde se ocultaban. seguían replicando con el mismo vigor de antes. esta­ llase en lo alto del morro para que de allí surgiera la réplica inmediata. La observación más concen­ trada. abajo. De allí a doscientos metros. confundidos todos esos techos y pare­ des en el mismo desmoronamiento. en una tierra llana arenosa que el Vaza-Barris inunda en el tiempo de las crecientes. el rumor doloroso de clamores de angustia haciendo que el cañoneo cesara a la voz austera y conmovida del comandante. se contemplaba en lo alto. raquíticas y minúsculas. Parecía una antigua necrópolis. acomodada al principio al conjunto compacto del caserío alre­ dedor de la plaza. pusieron la nota conmovedora del llanto. Canudos tenía por ese tiempo — fueron contadas una a una después— cinco mil doscientas viviendas3 2 T . mirando hacia la izquierda.y campamento del batallón paulista. la trinchera Sete de Setembro. en el que hacía de dique el 269. Resulta que como estaban cubiertas de techos de arcilla colorada. La perspectiva impresionaba. los nuevos expedicionarios tenían una imagen nítida de la situación que diluía en parte su optimismo. . Bastaba que un disparo cualquiera. aunque no tenían más la iniciativa de los ataques.

presiones y temperaturas. llenos de triunfos y ahora. Nada que recordase la campaña feroz. anécdotas hilarantes o discusiones sobre política general. aunque algunas. reían ruidosa­ mente y recitaban versos y por las paredes ralas de todos los ranchos rientes. Un sargento del 59 de artillería se había aventurado dos veces. iniciándose en esta pelea de­ sigual. Era fatal. eran inofensivas. El campamento. inopinadamente. En la farmacia militar. Las balas que pasaban. penetrando en el templo en ruinas. hasta la plaza. observadores tenaces. Se quedaban en una pasividad irritante.Así. caían en su preocupación primera: que el enemigo in extremis 3 2 9 tuviese todavía aliento para poder lucir su temeridad y su fuerza. escasas. gracias a los convoyes diarios. el general Artur Oscar. centralizaba largas charlas. con la atracción irresistible de un tem­ peramento franco y jovial. tenía la serenidad de un pequeño poblado bien vigilado. La vida se había normalizado en esa anormalidad. imitándole el arrojo. registraban. tirando allá adentro dos bom­ bas de dinamita que no explotaron. Pero no impresionaban. Discurría sobre temas varios. con envidiable apego a la ciencia. En la sede de la comisión de inge­ nieros. De manera que los combatientes nuevos. Un alférez del 25?. inscribían invariablemente un cero en la nubosidad del cielo y consultaban muy gravemente el higrómetro. Los que allí estaban ya tenían demasiada gloria. totalmente opuestos a la guerra. entre millares de soldados y millares de mujeres — entre lamentos y bramidos. La musculatura de hierro de las brigadas nuevas ansiaba medirse con los estertores de los insurrectos. Ocurrían cosas ex­ travagantes. mantenían largas conversa­ ciones con los jagunqos. golpeaban en las paredes de las barracas. fuera de los intervalos de los ataques que cada vez eran mayores. hacía al azar un llamado cual­ . salían voces y risas de los que allí adentro no tenían temores que les ennegrecieran las horas ligeras y tranquilas. hora a hora. Mientras tanto. repelidas por las crestas de los cerros en trayectorias altas. Su precisión rítmica indicaba que en Canudos había tiradores apostados que querían recordarle a los sitiadores que el sertanejo velaba. con la subsistencia segura. doblemente bloqueados. en el lugar más avanzado del cerco. los soldados de la línea negra. La seguridad de ganar el pleito ya había dado lugar a grandes temeridades. A veces. de follajes salpicados de flores marchitas de juázeiros. Hartos. durante la noche. en trayectorias bajas. siendo noche cerrada. estudiantes en días festivos forzados. El interlocutor de nuestro lado subía al borde de la trinchera y volviéndose a la plaza. Ya nadie las advertía. casos felices de antaño. juzgaban inútil gastar más vidas para apresurar la rendición inevitable. entre lágrimas y balas— los re­ beldes se rendirían de un momento a otro. días después. lanzó fuego sobre los restos de la iglesia vieja que ardió completa 3 2 8 . a la noche. como tampoco impresio­ naban los tiroteos fuertes que todavía surgían.

El diálogo se prolongaba hasta la primera divergencia de opiniones. se batían como demonios. de muerte. el primero que le acudía a la mente. Uniformados —los galones irradiantes al sol. lo hacía con voz amistosa. Y como punto final. a los rasgados en las guitarritas. o de los que no largaban interjecciones vivas ante incidentes triviales. en el suelo. casi de rodillas. diciendo un nombre común. No pocas veces la singular conversación derivaba a cosas jocosas y por las líneas cercanas. La guerra los había endurecido. lugar de nacimiento. se largaban media docena de insultos rispidos en una jerga enérgica. tres o cuatro moribundos. cadenciosas. Los antiguos comba­ tientes andaban por fin por el campamento entero. con la misma manera dolorosa­ mente irónica. mataban el tiempo cantando para mitigar las nostalgias de sus pueblos del Sao Francisco. las balas. resonantes. familia y condiciones de vida. Si la fusilería apretaba. rebotando. En las narraciones a los nuevos compañeros . nombres de bautis­ mo. para sopesar el rigor de mira de los jagungos en su alcance máximo. iban rodando las risas ahogadas. dos. diariamente removidos de los puntos avanzados. . terriblemente. y aplacada la refriega. desde las ruinas de las iglesias. . corriendo. intercambiando informaciones sobre tópicos variados. rispidos. saltaban a los planos de fuego. de lado a lado. encogidos. silbando con un silbido suave por el aire. de la extrema derecha a la extrema izquierda. disparando sus carabinas y seguían teniendo en las bocas. Algunos alardeaban su charlatanería del coraje. como si nombrase a un viejo compañero e in­ variablemente. o de los que no refrenaban sobresaltos ante la bala que golpeaba cerca. El espectáculo diario de la muerte les dio la despreocupación por la vida. volvían a la alegría sertaneja. Entonces. en figuras cómicas. desde el centro del caserío o más cerca. que cruzaban por esos puntos transidos de miedo. los botones de la chaqueta brillantes— se ponían en una abertura cualquiera o se paraban en la cumbre desguarnecida de un cerro distante a dos kilómetros de la aldea.quiera. las rimas de sus canciones prefe­ ridas. E L CHARLATANISMO DEL CORAJE Todo el mundo se había adaptado a la situación. como un psizz insidiosamente acariciador. en la oscuridad. sesteando. al son de los estampidos. frenéticamente. a pesar del ilusorio abrigo que les daba el muro de tierra. Al llegar a los sitios más expuestos esquivaban el paso de los proyectiles que caían en seguida. le respondían en seguida. sin las primitivas cautelas. Un snobismo lúgubre. Los soldados del 59 de policía. Algunos morían cantando. como si todo eso fuese un rancherío de troperos felices. a la entonación lánguida de las tiranas. Entablaban un coloquio original a través de las sombras. Se reían de los recién llegados inexpertos.

terrible defensor de Cocorobó y Joaquim Norberto que guiaban a las fuerzas por la carencia de otros mejores. La población. Los episodios sombríos de la Favela con su cortejo de combates y sufri­ mientos. aunque sentían su fuerza decaída mien­ tras aumentaba la del adversario. rastreándolos. hacia la extensa faja del Sao Francisco. Y concluían con que quedaba muy poco por hacer. nue­ vos refuerzos de combatientes. desde Bahía a Piauí. Habían desaparecido los principales cabecillas: Pajeú. Por otro lado. llevándolos a la matriz donde se habían gestado todos los elementos de la revuelta. Las lides afanosas de la caza de los cabritos ariscos o la búsqueda de los frutos de los arbustos muertos. José Venancio y otros. Aquello ahora era un pasatiempo ruidoso y nada más. III EMBAJADA AL CIELO Pero el bloqueo. no había reducido al enemigo a sus últimos recursos. atravesando un vasto trecho de territorio que es el núcleo donde se ligan y se confunden los fondos de los sertones de seis estados. Como figuras principales quedaban Pedráo. Todos los incidentes. Todas las minucias. Porque se dirigían precisamente por los rumbos más favorables. Los caminos hacia la Várzea da Erna y el Uauá estaban francos. el siniestro Joáo Abade. cediendo poco a poco a ese estrangulamiento lento. continua­ . no podía aceptar un papel tan se­ cundario: hacer treinta leguas de sertón sólo para contemplar — espec­ tadora inofensiva y armada de los pies a la cabeza— la derrota de la aldea. hasta alcanzar los insignificantes lugarejos mar­ ginales de aquel río. sin embargo. Por allí llegaban pequeños abastecimientos y podrían entrar. De ese modo dejaban a los sertanejos la mejor salida. en los últimos combates de julio. subdividiéndose en múltiples vías por los campos. recientemente. después el desierto sería su abrigo seguro. . Los largos días de privaciones que victimaron a los mismos ofi­ ciales. en agosto.insistían mucho en los pormenores dramáticos. que murió empachado de harina después de tres días de hambre. porque el antagonista estaba en los estertores de la muerte. entre Chorrochorró y Santo Antonio da Gloria. Macambira. un alférez por ejemplo. incompleto y con un extenso claro al norte. En último caso. apenas sería perseguida en las primeras leguas. atravesando rincones totalmente desconocidos. en las privaciones sufridas. . Sin embargo no lo hicieron. era el escape salvador. sin el movi­ miento febril y convulsivo de una batalla. La División Auxiliar. a voluntad. escaseaban las provisiones y cada vez más se acen­ tuaba el desequilibrio entre el número de combatientes válidos.

continuamente creciente. No lo quisieron. El 22 de agosto había fallecido Antonio Conselheiro 330.mente disminuido y el de mujeres y niños. . Este acontecimiento. Al ver muertos a sus principales ayudantes y a tan grande número de soldados. en el lugar mismo de sus crímenes. Tan simple. nacida espontáneamente de la hipnosis colectiva. bajando en un vuelo olímpico. La vida de la aldea se volvió entonces atroz. Motu proprio. aunque en los últimos tiempos pocas veces lo veían. las reliquias desprendidas de las paredes y. todos los seres frágiles y abatidos. Ni tampoco irse afuera como otras veces. Tal vez arrastrada por el espíritu ambicioso de algún cabecilla que prefigurase las consecuencias desastrosas del he­ cho o. Lo revelaron después la miseria. en pro de los defensores. aunque sufrieran las mayores privaciones. luego que la beatería impresionada notara la falta del apóstol. y que pa­ recía debía producir su terminación inmediata. Así es que los soldados. herido de violentas emociones. Días de angustias indescriptibles fueron soportados ante las últimas puertas abiertas a la libertad y a la vida. Los vencidos lo relataron después. si más tarde. viejos. avivó la insurrección. Y se quedaron para todo y para siempre. El fantástico embajador estaba ahora junto a Dios. contra lo que era de es­ perar. dentro del templo en ruinas. Había dejado todo prevenido. y se divul­ gase la extraordinaria noticia. Allí lo encontró una mañana Antonio Beatinho. ingenuamente: Antonio Conselheiro había seguido viaje hacia el cielo. Era menester que allí se quedasen para la expiación suprema. Comenzó a morir. Al ver caer las iglesias. llevaba al pecho un crucifijo de plata. filtrarse poco a poco en grupos diminutos por los caminos que les restaban. Estaban pegados a las trincheras. conocedores de su desamparo. los mismos que las atravesaron no hubieran revelado el origen de ese admirable estoi­ cismo. su organismo debilitado se quebró. capital en la historia de la campaña. Esta mayoría obstaculizaba el movimiento de los primeros y reducía los recursos. Pero no los dejaron. lisiados y enfermos. de modo inexplicable. dejando a aquéllos desahogados y evitándose el último sacrificio. los santos hechos asti­ llas. no podían salir del lugar donde se encontraban. la frente pegada al suelo. resolvió dirigirse directamente a la Providencia. Estaba rígido y frío. los altares caídos. el completo abatimiento y la espantosa flacura de seiscientas prisioneras. el Bom Jesús caer del altar mayor y dar en tierra. destruido el santuario. entre millones de arcángeles. lo que también se puede creer. despe­ dazado por una granada. alucinadora visión. Podían huir. Porque el profeta vendría en breve. Llevó su abstinencia de costumbre a un ayuno total. Y un día quedó inmóvil. se adaptaron a un ayuno casi total.

Colocaban la boca de las espingardas sobre los tabiques de barro. abandonaban el poblado. Le faltaban las trincheras que eran tan numerosas en otros puntos. el del Amazonas. Adelante retro­ cedía el sertanejo metiéndose en los ranchos y aquí y allí. se tiró rudamente sobre la entrada y mató. la resistencia estupenda de alguno que se jugaba cara la vida.cayendo sobre los sitiadores. bajo pretextos varios. y un contingente de caballería al mando del alférez Pires de Almeida. marchó hacia la parte todavía desguarnecida del cerco. Tomando la ofensiva. cubiertas algunas con tejas. y marchando por el lecho del río. circunstancia desastrosa en la emergencia para los rebeldes. la situación cambió. en el momento en que la puerta de la choza se abrió. disparándolas al azar. estaban repletas de mujeres y niños. los guerrilleros quedaron obstruidos por la barahúnda del mujerío miedoso. Era el punto de Canudos diametralmente opuesto a la Fazenda Velha y más distante del primitivo frente del asalto. a golpes. en desquite terrible. tiraban fósforos encendidos. algunos incrédulos y entre ellos Vila-Nova. y. todas las viviendas. los creyentes se dispusieron para los peores momentos de la penitencia que los salvaría. fulminándolos y comenzando el Día del Juicio. . las "Casas vermelhas”. atrayendo hacia aquel lado la atención del enemigo. les cayó encima por sorpresa. reeditaban episodios inevitables. Los jagungos no contaban con que fuesen hasta allá. hacia adentro. abrazado a su mujer e hija. retrocedían resistiendo y acom­ pañándolos. Cada tanto salía alguno. las destrozaban después a culatazos y sobre el montón de trapos y muebles miserables. los soldados fueron metiéndose por las calles. asaltando los pequeños contingentes que lo guardaban dentro de las últimas viviendas que estaban diseminadas por aquel lugar. COMPLEMENTO DEL ASEDIO Al alba. No estaba convenientemente guarnecido. seguido por los batallo­ nes de líneas 249. Se veía un suburbio nuevo. 389 y 32? bajo el mando del mayor Henrique de Magalháes. erigido después del fracaso de la 3? expedición y en él. y ninguno notó que poco después. edificaciones más correctas. tomando por caminos ignorados. Como en general les sucedía. el teniente coronel Siqueira de Meneses. capitán Afonso Pinto de Oliveira y teniente Joaquim Potengi. mientras la izquierda de la línea y de los cañones de la Favela iniciaban un reñido ataque. el ala derecha del de Sao Paulo guiada por el mayor José Pedro de Oliveira. La fuerza. llevando el 249 a la vanguardia. Uno de ellos. por ser las más distantes. Pero no cedieron en seguida la posición. Se aliviaron todas las almas. Eran los últimos que salían porque el día 24.

Aplaudían. concre­ ta. con su humo amarillento. resonaba en el campamento ponién­ dolo en alarma. un curiboca viejo. desesperado. El jagungo se quedaba. Adelante no había terreno neutral. rubio y sin brillo — una chapa circular en brasas— un sol de eclipse. casi sin fuerzas para sentarse. Las baterías de la Favela golpeaban de frente. Los plazas lo rodearon por un instante y en seguida estallaron en un coro estrepitoso de carcajadas. todas las casitas adyacentes a la comisión de ingenieros formaban una platea enorme para contemplar el drama. a veces completamente. Se detuvieron. el alférez Pedro Simóes Pinto. se les aparecía como una ficción estupenda. compactos. Fue un episodio truhanesco y funesto. . entre los escombros. grupos de mujeres y niños corriendo hacia el sur. caído de costado. apenas lo hacía se le caía de los brazos flojos. En poco tiempo tuvieron trece bajas. se divisaba un pedazo de la aldea. indistinguibles entre el humo. adensándose o deshacién­ dose según la acción de los vientos. perdiéndose alargadas sobre las cumbres de las colinas. una llamarada. En esos intervalos. Por su gran rasgón abierto de arriba abajo. en tumulto. Además. . dejándola luego al descubierto. O los escondían las nubes de humo de los fuegos de lenta combustión. en ese escenario revuelto. repelidos por el cañoneo. indomable. ajustando su puntería. separado apenas por algunos centímetros de pared. entre los dos fuegos. chocando con el frente de la iglesia nueva. al fondo del santuario. real. vigilante. Lo recortaba. Desaparecían totalmente las casas. fustigados por la fusilería. De pronto. atronando al norte. torcía la cara en una mueca de cólera impotente. Sin fuerzas para levantarla. Murió en seguida. disolviéndose ante un trecho de­ sierto del río. en el esplendor siniestro de los incendios. desapa­ recían al fin. Era la sombra del cuadro. Para no perder el avance se detuvieron y formaron barrera con los muebles y destrozos de las casas. terminó por cortarles el paso. Los grupos miserables. el adversario retrocedía pero no huía. pateaban. abarcándolo de extremo a extremo y ocultándolo. del 249. del otro lado de la barrera. trataba de disparar una lazarina antigua. cubierto de harapos. La escena. medio desnudo. como el telón que cae sobre un acto de tragedia. Atestadas de curiosos. Pero esta resistencia a todo trance en la que entraban los mismos mo­ ribundos. extendiéndose por el suelo. en la pieza de al lado. ” 3 3 \ Otro distrajo a los soldados. en la misma vivienda. Se quedaba adelante. en un círculo de soldados que lo abatieron a sablazos. a dos pasos. con algunas llamaradas fugaces. adelgazado hasta la flacura extrema. Y al expirar. Era el proceso usual y obligatorio. Estos avanzaban empujados por el soplo del nordeste. Estallaban "bravos”. En un rincón de la salita invadida. Esta refriega. la aldea desaparecía. Delante de los espectadores se extendía un lienzo de humo.al primer agresor que encontró. tuvo una frase lúgubre: "Al menos maté a uno. rodando por los techos. .

efectivo. al sur. la Favela y el baluarte dominante de la trinchera Sete de Setembro. por su lejanía. el centro del campamento. al norte. A lo lejos se oían igualmente el coro de insultos y vivas. Por fin se vio llegando hasta el camino del Cambaio. Al este. como espectadores frenéticos agitando sus bi­ nóculos inútiles. . liberados.Los curiosos espectadores. Canudos estaba bloqueado. de actuar en el drama. Se cruzaban pre­ guntas conmovidas. las posiciones recién expugnadas. Se prolongaba anormalmente. Porque la acción se prolongaba. Una claridad abría otra vez el escenario tallándolo de medio a medio. Se intercambiaban ór­ denes precipitadas. una línea de banderolas coloradas. de modo que. . tratando de adivinar el enredo inopinadamente encu­ bierto. Ya no se podía escapar un solo habitante. el ala izquierda del 249. Toda la periferia del poblado estaba cerrada. En todo el cuadrante del noroeste. real. sin la intervención de descargas o de tiroteos cerrados. . los ecos de los estam­ pidos a veces sonaban a la derecha y a retaguardia. Los jagungos re­ trocedían. Se corría de nuevo a los binóculos. el ánimo de los que escuchaban ansiosos. guarnecidas por el 319. cuando las nubes de humo se adensaban estallaban en groseros clamores de contrariedad. guarniciones espaciadas. ladeando el puesto artillado en el ex­ tremo del camino del Cambaio. Aunque fragmentada. Se formaban los cuerpos de reserva. el 38?. decaía pensando en una salida de los sertanejos por las rutas del norte. la retaguardia de la línea negra cubierta por la 3* brigada. Además. se había dibujado la curva cerrada del asedio. En el desahogo estallaban aclamaciones y aplausos. La insurrección estaba muerta. cortando los caminos del Uauá y de la Várzea da Ema. a veces. La nueva llegó en seguida al campamento y de allí salieron correos hacia Monte Santo desde donde el telégrafo la desparramaría por el país entero. el ala derecha del batallón paulista y el 32? de infantería. dando la idea de un ataque del enemigo en una revancha repentina.

para ir a caer ante los espolones de la Favela. Comenzaron a verlo heroico. refluía en descargas en direc­ ción del Cambaio.ULTIMOS DIAS l— Las convulsiones de los vencidos. Alrededor de los pozos de agua. atravesándola. se agitaba. Estos comenzaron desde el 23. Era como una ola embravecida. Una súbita quietud suplantó el tor­ bellino furioso.— Paseo dentro de Canudos. indomable para repeler las cargas más valientes. Se detuvo. serpenteando. insistentes como nunca. un silencio absoluto bajó sobre los campos. se retraía de ese lugar hacia el centro de la plaza. no lo reconocían. era recha­ zada. Notas de un diario. V il-D o s líneas. corriendo hacia el norte. estrepitosamente golpeaba la izquierda del 59 de Bahía. . I ULTIMOS DIAS LAS CONVULSIONES DE LOS VENCIDOS Ocurrió entonces un hecho extraordinario. volvía vertiginosamente al sur. era repelida. El enemigo revivió con vigor increíble. veloz. Hasta ese momento lo habían visto con astucias. V I— El fin. lo estimularon. apenas se la veía entre la claridad fugaz de la fusilería. IV. gigantes. caía sobre la barrera del 26?. por la aldea. la réplica de las guarniciones que estaban arriba y rotaba hacia el norte. Pero descansaron breves minutos. siempre rechazada y atacando siempre. V. una vez más y volviendo a los mismos puntos. para quebrarse un minuto des­ pués contra la línea negra. . saltaba de nuevo hacia el este. totalmente imprevisto. II. Sobre los muros de la iglesia nueva. borbotaba dentro del Vaza-Barris hasta despedazarse en el encuentro de las empalizadas que lo cerraban. reventaba en las cuestas que por allí bajan hacia el río. La presión de millares de bayonetas que lo cercaban. . como el remolino impa­ rable de un ciclón. lo endurecieron y de nuevo le dieron la iniciativa en los combates. con engaños y emboscadas. golpeando trinchera por trinchera todo el cerco. Rechazada por el cierre del este. recibía encima y de lleno. Los sitiadores dejaron la formación de combate.— Testimonio de un testigo. desencadenada en un tumulto de vorágine. sin par en la fugacidad con que sabía sustraerse a los ataques más imprevistos.— El asalto. desde todos los puntos. Los combatientes que lo en­ frentaban desde el comienzo. I I I — Titanes contra mori­ bundos. Los prisioneros. El cráneo del Conselheiro.

después de tantos meses de lucha. Se decidió que no sonasen las cornetas. sin que se pudiese explicar una trayectoria tan baja. repiques duros de trabucos. La situación se volvió imposible. cruzándose. sobre todas las huellas. de mannlicher y máuser con sus silbidos finos. desde todas partes. sobre los ranchos de follaje a un palmo de las redes de donde saltaban. disparaban tan tupido que ase­ mejaban los aullidos de un viento fuerte. desafiando tiros.Un estampido atronó en la iglesia nueva y se veían bultos errantes. La artillería los alcanzaba con sus balas. y fuera de las carpas. reapareció el espanto. hasta el trecho resguardado de la Favela donde paraban los cargueros y los heridos. enloquecidos. percutiendo en los flancos de las colinas. Pero reaparecían en un punto cualquiera de la línea. . haciendo equilibrios sobre los escombros. en la rotación de los ataques. los convoyes comenzaban a ser baleados. a la entrada del cam­ pamento. sobre las carpas próximas a los cuarteles generales. res­ balando con estruendos por el toldo de cuero de hospital de sangre y despertando a los enfermos transidos de espanto. En ciertas oca­ siones. de las casas. Valientes de fama. Terminaron los desafíos imprudentes. dando como piedras duras sobre las paredes espesas de las casillas de la comisión de ingenieros y el cuartel general de la columna. rijosos como los de cañones revólveres. despedazando frascos en la farmacia militar anexa. bajaban precipitándose y algunos cargueros caían heridos al dar el último paso. Atacaban y eran recha­ zados. rozando. combatientes fatigados. en lo más agudo de los tiroteos. Y no la economizaban. sobre toda la línea. los jagungos aún tuvieran munición de guerra. des­ prendiendo astillas. estallando. Terminaron de fanfarronear los que por allí andaban. por el camino del Calumbi. Las comunicaciones volvieron a ser difíciles. de Comblain con zumbidos llenos y sonoros. sobre las placas recosas. trasponiendo a saltos los lugares descubiertos. Sólo había un toque posible — el de alarma— y lo daba elo­ cuentemente el enemigo. de las tiendas. Como en los malos días del pasado. . se acogían a la cautela. sorprendidos. de los toldos. corriendo en una ronda enloquecida. Los que el día anterior desdeñaban al adversario encubierto por esas casuchas quedaban asombrados. atacaban otras trincheras y eran repelidos. Los cerros se despoblaron. No se entendía cómo. quebrándolas. sobre todos los morros. sobre el lecho largo y tortuoso del río y sobre las depresiones más escondidas. todavía con más intensidad. Se perdían en las proximidades del santuario. golpeando. caían sobre las que se sucedían y seguían en un giro enorme. Caían como simios despeñados. andando curvados por los pasajes. en una profusión terrible de metrallas. Proyectiles de toda especie. Desde que aso­ maban por el sur en la cresta de los morros. .

Otro. el viejo curiboca desfalleciente que no había podido disparar contra los soldados. Había logrado derribar a tres o cuatro plazas y hubiera escapado si no lo hubiera alcanzado una bala en la órbita izquierda. mostraba dos agujeros de bordes oscuros y cicatrizados por donde salían los intestinos. Primitivamente blanco. Estos eran muy pocos y estaban en un estado deplorable. Herido desde hacía meses. Fuerte. cerradas todas las salidas. Levantó la cabeza y la mirada singular que salía de sus ojos — uno lleno de brillo. LOS PRISIONEROS 3 3 2 El día 24 llegaron los primeros prisioneros. Desde hacía tiempo se sentía el hambre en la aldea y casi todos los alimentos se destinaban a los combatientes. Se sacó el sombrero de cuero e ingenuamente. y que escudriñando mejor en las casas conquistadas.La lucha se acercaba febrilmente al desenlace de la batalla decisiva que la remataría. quizá uno de los guerrilleros acróbatas que se largaban ágilmente por la estruc­ tura derruida de la iglesia nueva. Volvía triunfante la tropa que al principio había hecho prisioneros por el camino a media docena de niños. Era la suprema petulancia del bandido. con astillas de granada en el vientre. Más aún. Lo habían hecho prisionero en plena refriega. Puesto a la sombra de una carpa continuó su agonía prolongada desde hacía tres meses. como si fuera una fiera. No lo interrogaron. Uno venía sostenido de las axilas por dos plazas y sobre el pecho desnudo. parecía un desenterrado. de cuatro a ocho años. Revelación más grave: el Conselheiro hacía mucho que no aparecía. Sofocado. harapientos. Allí lo largaron. Pero ese paroxismo estupendo acobardaba a los ven­ cedores. se veía la herida del sable que lo había aba­ tido. Algunas mujeres hicieron revelaciones: Vila-Nova había salido en la víspera hacia la Várzea da Erna. . Los que las hacían apenas podían responder a las preguntas. Sólo uno no mostraba en su físico las priva­ ciones sufridas por los demás. había encontrado a algunas mujeres y hombres heridos. casi sin movimiento. disper­ sos por allí y llenos de miedo. diagonalmente. el otro lleno de sangre— asustaba. de estatura mediana y de buena envergadura. todo lo revelaba. De la cintura le pendía la vaina vacía de una faca larga. un luchador de primera línea. hizo ademán de sentarse. había comenzado ahí adentro el suplicio creciente de la sed. La voz se le moría en la garganta sin poder salir. Tartamudeó algunas frases. La respiración entrecortada revelaba el cansancio de la lucha. Las informaciones no iban más allá. cansados. tenía la cara tostada y marcada de viruela. era. entró a la tienda del comandante de la 1^ columna.

el infeliz se perdió con sus siniestros acompañantes en el seno misterioso de la caatinga. Avanzar hasta la primera depresión profunda era un requi­ sito formalista. golpeado por puños fuertes. Se había convertido en un pormenor insigni­ ficante. Enlazar al cuello de la víctima una tira de cuero con un cabestro. Tenemos valientes que estaban llenos de ansiedad por realizar esos cobardes procedimientos. se lo destripaba. un tirón desde atrás haría que el lazo se anticipase al facón y el estrangulamiento al degüello. Ya afuera. sin que protestara. rodó hasta la otra puerta. surgían ligeras variantes. matarla. imponían un viva a la República que pocas veces era satisfecho por la víctima. no se gastaba un segundo en consultas inútiles. Testimoniemos. atravesar las carpas sin que nadie se sorprendiera. terminó siendo práctica habitual. como vimos. Entonces el proceso era más expeditivo: lo mataban rápidos con el facón. Los soldados. II TESTIMONIO DEL AUTOR Mostrémoslas rudamente. A pesar de tres siglos de atraso. invariablemente. Como se sabía. el supremo . Era el invariable prólogo de una escena cruel. Un destripamiento rápido. Agarrándolo por los cabellos le doblaban la cabeza. El hecho era común. Al llegar a la primera cañada ocurre una escena común.Brutalmente repelido. según el humor de los verdugos. minúscula. le pasaron una cuerda por la garganta y llevado a los empellones hacia el flanco izquierdo del campamento. Un solo golpe que entraba por el bajo vientre. En ese momento. la impaciencia del asesino obviaba esos preparativos lúgubres. Era una redundancia sorprendente. tácita y expresamente aprobados por los jefes militares. era simple. Que. y sin temor de que la víctima se escapase porque a la mínima señal de resistencia o de fuga. equiparada con las últimas exigen­ cias de la guerra. y llegados ahí. le descubrían la gar­ ganta y lo degollaban. La dispensaba el soldado dedicado a la tarea. llevarla hacia adelante. Uno u otro comandante se tomaba el trabajo de hacer un gesto expresivo. Prisionero el jagungo sano y capaz de aguantar el peso de la espingarda. los sertanejos no les llevaban ventaja en la realización de idénticas barbaries. Se lo degollaba. No pocas veces. Comenzó con la espuela irritativa de los primeros reveses.

Muy pocos las hacían. Llegó tambaleándose. inexplicable entre hombres tan diferentes. inquebrantables. . Entonces explotaban esa ingenua superstición. El hecho era de una vulgaridad total. Llegó jadeando. No traspuso el umbral de la tienda. Les exigían vivas a la República. uno de los pocos negros puros que allí había. dominados. de carac­ teres tan discordes. Se hubieran rendido. los ojos pequeñitos. la cara oculta. contribuyó a la resistencia demencial que ofrecieron. ya estaban conformes con su destino fatal. En la aldea se conocía ese proceso sumario y esto. le ocultaba la frente estrecha y fugitiva. donde el prognatismo era acentuado. Rápido. Era un animal. por cierto. Ante éstos lucharían hasta la muerte. El general de brigada Joáo da Silva Barbosa desde la hamaca donde convalecía de una herida reciente. Parecía una máscara inmunda. estallaban carcajadas lúgubres y los matadores volvían al campamento. exhaust