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Los Sertones

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Escrito por Euclides da Cunha. Libro fundamental para la historia y la literatura brasileña. Hecho a principios del siglo XX en torno a la Guerra de Canudos, es un documento importantísimo para la comprensión del modo en que se desarrollaron los avances modernos en Brasil.
Escrito por Euclides da Cunha. Libro fundamental para la historia y la literatura brasileña. Hecho a principios del siglo XX en torno a la Guerra de Canudos, es un documento importantísimo para la comprensión del modo en que se desarrollaron los avances modernos en Brasil.

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Published by: Guillermo Romero von Zeschau on Jun 15, 2013
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  • NOTA PRELIMINAR
  • PRIMERAS IMPRESIONES
  • UNA VIDA CON BUENOS AUSPICIOS
  • GRUPOS DE VALIENTES
  • SE ORGANIZA LA CUARTA EXPEDICION
  • COMPLEMENTO DEL ASEDIO

EUCLIDES DA CUNHA

LOS SERTONES

PROLOGO

P i d o p e r m i s o al lector hispanoamericano para presentar un libro con­ trovertido de un autor también controvertido. Setenta y tantos años de reflexiones sobre ambos, efectuadas en nuestro país, constituyen un acervo crítico considerable. Mas si, por un lado, las reflexiones aportaron importantes contribuciones para su comprensión, por otro lado suscitaron nuevos problemas. Tampoco se puede dejar de recordar que este libro tiene el don de alinear opiniones radicales, no siempre sensatas, a favor o en contra. A lo largo de estos decenios, casi siempre el comentarista ama o detesta a este libro, apasionadamente. Ese amor y ese odio pasan fácilmente del libro a su autor. Su enigmática personalidad, su vida signada por tragedias increíbles, pueden interpo­ nerse, inadvertidamente, entre el lector y la lectura. Por eso se ha caído en otra tentación, la de tratar de ignorar al autor para obtener — se pretende— una visión objetiva de la obra. Aquí el peligro estriba en que se trate de conocer bien la obra, para caer después de las nubes, cuando se entran a conocer los lances de la vida del autor. El lector puede, entonces, considerarse engañado a propósito. Por lo tanto, vamos a limpiar el área y a contar todo. Pasado el susto, y ya más acostumbrados a los enredados episodios de la vida, podremos detenernos en los comentarios a la obra. No se trata de que lo que sucedió con Euclides da Cunha haya sido tan extraordinario. En los cuadros habituales de la familia patriarcal brasi­ leña, los hechos son perfectamente comprensibles y hasta corrientes. Quizá se vuelvan chocantes al constatar cómo en un autor de postura tan científica la vida haya sido inversamente tan poco científica, y que su acción personal haya sido tan irracional. Si hubiese sido un ciudadano común, habría actuado sin desacuerdo alguno, del modo convencional que considera la defensa de la honra, de la familia y de la propiedad. Pero, siendo como era, un ciudadano célebre, una persona pública, una

gloría nacional, la repercusión fue enorme. Por eso mismo, y sin que ello significase trazar excepciones para las personas públicas y los ciudadanos célebres, se intentó y se intenta, cubrir con un púdico velo su vida priva­ da, aunque sus propios actos la hicieron pública. Finalmente, no hay nada de extraordinario en tratar de matar a una esposa adúltera y al rival. Las costumbres fuerzan al hombre traicionado a hacerlo, para mantener su integridad y su respeto. Y podrá contar con un jurado benevolente que lo absolverá, puesto que se rige por los mismos valores consuetudinarios que él. Hasta hoy las cosas son así. Y Euclides, excepcionalmente, se comportó de manera civilizada durante cierto tiem­ po, pues aceptó un hijo de otro padre entre sus propios hijos. El hecho es que había estado un año lejos de su mujer, que vivía en Río de Janeiro mientras él dirigía la Comisión de Reconocimiento del Alto Purus, en la Amazonia. Había viajado en diciembre de 1904, regre­ sando a Río en enero de 1906. De vuelta al hogar encontró a su esposa grávida. Meses después nació un niño, de nombre Mauro, que vivió ape­ nas siete días y fue reconocido legalmente por Euclides. A fines del año siguiente nació otro hijo adulterino. Y, en paz o no, vivieron todos juntos, inclusive los dos hijos mayores de la pareja, Solon y Euclides da Cunha (h ijo), durante un tiempo más. Consta que Euclides solía decir de la rubia criatura ajena entre sus hijos morenos que era una espiga de maíz en medio del cafetal. El desenlace sólo ocurrió cuando la esposa, llevándose a los hijos, aban­ donó el hogar y fue a vivir a la casa de Dilermando de Assis, el otro hombre de su vida. El 15 de agosto de 1909, Euclides entra en esa casa, armado, y empieza a disparar. Dilermando y su hermano Dinorah se adelantan para enfrentar a Euclides, mientras doña Saninha y los niños se refugiaban en una habitación de los fondos. Los dos hermanos eran militares, Dilermando cadete del Ejército y Dinorah aspirante de Marina. Euclides baleó a Dinorah en la espina dorsal, a consecuencia de lo cual quedó inválido, viendo su carrera interrumpida y suicidándose años des­ pués. Pero Dilermando tiró certeramente, matando a Euclides. Más tarde, después de juzgado y absuelto como autor de la muerte en legítima de­ fensa, Dilermando de Assis se casó con doña Saninha y tuvieron otros hijos. Parece que su carrera se vio dificultada, pues siempre se lo envió a destinos lejanos y fue postergado en las promociones. Lo cierto es que en todo momento y durante su vida entera, se vio obligado a defenderse públicamente de las calumnias que continuamente le inferían, habiendo llegado, incluso, a escribir libros para justificarse. Ahora bien, este fue todo un affaire entre militares, ya que Euclides era teniente retirado del Ejército y su esposa era hija de un general. Los poderes constituidos y la opinión pública deseaban con tal ardor la sangre del homicida que la menor duda sobre su inocencia hubiera afec­ tado el veredicto. Si en esas condiciones altamente desfavorables no fue

posible declarar a Dilermando culpable, es porque realmente no se encon­ tró fundamentación legal. Euclides fue velado en la Academia Brasileña de Letras y enterrado con todas las honras públicas. La nación se puso luto. Pocos años después volvería a producirse la misma situación de enfren­ tamiento. El segundo hijo de Euclides, que tenía su mismo nombre y también se encaminaba a la carrera de las armas, pues era aspirante de Marina, probablemente había sido criado para convertirse en el vengador del padre y de la honra, de la familia y de la propiedad. En 1916, dentro del Forum de Río de Janeiro, agrede al mismo Dilermando de Assis. Este, que más tarde sería campeón nacional de tiro al blanco, nuevamente es alcanzado por varios disparos y con un tiro certero mata a Euclides da Cunha, hijo. Nuevo proceso y nueva absolución por legítima defensa. Varias décadas después, Dilermando le confiaba al escritor Francisco de Assis Barbosa que tenía en el cuerpo cuatro balas que no se habían podido extraer, dos del padre y dos del hijo Ese lado, digamos oscuro, de la vida de Euclides no debe oscurecer su actividad personal de hombre público. Era hombre público porque era periodista, era hombre público porque participó de la agitación que preparaba la caída del Imperio, era hombre público porque era militar, era hombre público porque era escritor, era hombre público porque era ingeniero. Hay que pensar cómo era el Brasil en el último cuarto de siglo pasado, un país colonial que empezaba a sentir el impacto de la Revolución Industrial. La máquina, el ferrocarril, la carretera, el sanea­ miento, la navegación fluvial, el proceso de industrialización en el campo y la ciudad, fueron temas a los que Euclides dedicó su pluma y su acción personal como ingeniero. Y no sólo él, hubo una generación o mejor dos, a las cuales la profesión de la ingeniería les parecía una de las más importantes para quien deseaba ponerse al servicio de la nación. El mismo Euclides fue profesionalmente ingeniero, el resto eran actividades paralelas que le permitían equilibrar el presupuesto; e ingeniero-funcio­ nario público, como es tradicional en un país donde la capa letrada siem­ pre mamó y hasta hoy mama en las gordas tetas del Estado. En este aspecto, habían empezado a surgir las escuelas de ingeniería que eran (al revés de lo que pasa ahora), focos de modernidad. Las viejas Facultades de Derecho y de Medicina, donde los hijos de la clase dominante se convertían en abogados y médicos, trampolín para la carrera política, eran sucedidas por las escuelas técnicas. En la capital del país, Río de Janeiro, había dos, la Politécnica o Escuela Central, y la Escuela Militar. Aunque había ingresado a la primera, Euclides hizo su curso en la segunda, que es gratuita e integra la carrera militar, por lo que era frecuentada por los miembros sin fortuna de esa misma clase dominante.
p. 40.

1 Autores varios, Reportagens que Abalaram o Brasil, 1973, Río, Ediciones Bloch,

Allí ocurre el incidente con el cual, por primera vez, Euclides llama la atención pública, cuando, en señal de protesta contra la monarquía, arroja al suelo su sable en el momento en que el Ministro de Guerra visitaba la Escuela Militar. Abandona los estudios y sólo los retoma después de la proclamación de la República, y acaba por egresar como oficial-ingenieromilitar de la Escuela Superior de Guerra. En tal calidad presta algunos servicios, para su formación, en el Ferro­ carril Central del Brasil, en las fortificaciones de los Muelles Nacionales en Río y en la Dirección de Obras Militares del Estado de Minas Gerais. Desde su graduación en 1891 hasta 1896 en que se retira como Te­ niente Primero, pasa cinco años de ingeniería militar. En adelante será ingeniero civil, pero continuará como funcionario público. En esta fun­ ción que ejercerá en varios lugares, la obra que quedó para la posteridad es el puente sobre el río Pardo, en Sao José do Rio Pardo, en el estado de Sao Paulo. Ya famoso, después de la publicación de Os Sertóes, y miembro de la Academia Brasileña de Letras, poco antes de morir, se presenta al concurso por la cátedra de Lógica del Colegio Pedro II, en Río. Situado en un segundo lugar, después de algunos vaivenes, es nom­ brado para el cargo, aunque el primer lugar lo había obtenido Farias Brito, quizá el filósofo brasileño más importante. En su formación académica habían predominado las tendencias que marcan a la Escuela Militar en esa época y que, aunque en ella se centralizan, se muestran también en otros sectores de la vida letrada brasileña. Las dos grandes causas de la época son la abolición de la escla­ vitud y la implantación de la República. La ciencia, las matemáticas, el positivismo, el determinismo, el evolucionismo son privilegiados; Comte, Darwin y Spencer son los nombres clave. Nunca sobra recordar que el lema de la bandera brasileña en la República pacíficamente procla­ mada por los militares en 1889 (un año después de la abolición de la esclavitud), es Orden y Progreso, directamente copiada de las lecciones de Augusto Comte. En este sentido, la formación de Euclides no difiere de la formación de sus contemporáneos. O, para mayor precisión, no difiere de la forma­ ción del pequeño sector ilustrado que era parte de la clase dominante y por así decir, su vanguardia intelectual. Las dos grandes causas de la época, el abolicionismo y el republicanis­ mo, muestran al Brasil un poco descolocado en el contexto de naciones latinoamericanas. Cuando la mayoría de las colonias "al sur del río Grande” adquiere su independencia de las naciones europeas en los ini­ cios del siglo xix, el movimiento general hace que se transformen simul­ táneamente en repúblicas de hombres libres. En el Brasil, la indepen­ dencia que se consigue en 1822, es sólo un trasplante de la metrópoli a la colonia. Cuidadosamente preparado desde que Don Joáo VI, el rey por­ tugués, había venido al Brasil en 1808, huyendo de las tropas de Napo­

león, ese trasplante, en verdad, fue una elección que hizo la corona por­ tuguesa: entre una metrópoli pobre y una colonia rica, prefirió a esta última 1. Así, es el hijo heredero del rey portugués quien proclama la independencia, y la colonia pasa a ser una nación independiente, conti­ nuando esclavócrata y monárquica, teniendo como rey un portugués, igual­ mente heredero del trono de Portugal. Sólo mucho después serían libe­ rados los esclavos, en 1888, y un año más tarde, en 1889, se adoptaría la forma republicana de gobierno. En ese mismo descompás con relación al contexto latinoamericano deben buscarse las razones por las cuales el Brasil siguió siendo un país de inmenso territorio y no se dividió en varias naciones menores. Con un solo rey a su frente, y un rey que recibía a la colonia intacta y la conservaba intacta independiente, la centralización estaba garanti­ zada; aún más, esta centralización se había hecho a sangre y fuego en la época colonial y después tuvo que ser, como ocurrió en varias oca­ siones, preservada también a sangre y fuego. Antes de la independencia de 1882, varios movimientos habían aspirado a liberarse del dominio portugués. Y, como regla, eran republicanos y localistas. Si independen­ cia al mismo tiempo significaba república, por otro lado no significaba gran nación. Eran siempre pedazos del país que estaban en el horizonte de esos movimientos para ser sustraídos a la condición colonial. Ni es preciso decir que todos fueron duramente reprimidos. Los ideales de la Revolución Francesa y de la guerra de independencia norteamericana habían alimentado los anhelos de liberación en toda Amé­ rica Latina. Las palabras de orden provenían del léxico de esos dos eventos. Por eso, no debe admirar, aunque no tenga ningún fundamento histórico, y se encuentra notablemente desfasado en cuanto a los avances socioeconómicos y políticos, que Euclides da Cunha (y no sólo él en el Brasil) trate de asimilar la proclamación de la República a la Revolu­ ción Francesa. En sus poemas juveniles figuran cuatro sonetos dedicados a los líderes de la Revolución Francesa, titulados Dantón, Marat, Robespierre y Saint-Just. De tal manera, cualquier cosa que pareciese amena­ zar remotamente la consolidación del nuevo régimen republicano era tildada en seguida de reaccionaria y restauradora. Así les parecía a los contemporáneos cualquier perturbación del orden. Fue necesario que pasasen varias décadas antes de que se dejase de aplicar el mote de mo­ nárquico al mínimo signo de descontento. Toda la obra de Euclides da Cunha está profundamente comprome­ tida con ese encuadre de ideales. Además de Os Sertóes, donde analizó una rebelión rural, trató temas variados de política nacional e internacio­ nal, cuestiones sociales, literatura, geografía y geopolítica, proyectos eco­ nómicos. Esos temas fueron objeto de artículos y después se reunieron
1 María Odila Silva Dias, “A internalizado da metrópole”, en 1822 - Dimensóes, org. por Carlos Guilherme Mota, 1972, Sao Paulo, Ed. Perspectiva.

en libros. Dos de esas colecciones fueron publicadas aún en vida del autor, en 1907, con los títulos de Contrastes e Confrontos y Perú versus Bolivia. Pero escribió muchos otros, sea de periodismo militante, sea informes oficiales, discursos públicos y conferencias, que fueron reco­ gidos en la edición de la Obra Completa que la compañía José Aguilar Editora publicó en Río, en 1966. Aunque no era Euclides un debutante en el periodismo, pues antes había escrito no sólo en periódicos escolares sino también en los diarios más renombrados de Río y de Sao Paulo1, fue en 1897 que publicó dos artículos que se vinculan con el libro que lo haría célebre. Con el título de "A nossa Vendéia”, ambos aparecieron con el intervalo de algunos meses, en el diario O Estado de Sao Paulo. En esos artículos, por primera vez, Euclides examina los sucesos que se están produciendo desde hace algún tiempo allá lejos, en el sertón de Bahía. El primer artículo, evidentemente, fue provocado por la flagrante derrota de la tercera expedición militar enviada contra la aldea de Canudos. El 3 de marzo de 1897, el comandante de la expedición, coronel Moreira César, es herido en combate, muere, y las tropas se baten en retirada. El artículo, publicado diez días después, sorprendentemente, casi no se refiere al aspecto guerrero del episodio, haciendo más bien un análisis del medio geográfico. Se detiene en las características del suelo, en el sistema de vientos, en el clima, en la vegetación, construye una teoría sobre la sequía endémica de esa región, examina la hidrografía, destaca el relie­ ve y la topografía. Parece que estos factores habían sido muy importantes en las tomas de decisión en la guerra y en las dificultades que las fuerzas armadas oficiales encontraron. Sólo al final alude a los hombres que viven en ese medio, para considerarlos frutos obvios de él, trazando una rápida analogía entre esa revuelta y la de los campesinos de la Vendée. En ese artículo está el embrión de Os Sertoes. Se advierte la preocu­ pación por estudiar cuidadosa y "científicamente” el medio ambiente, de establecer la determinación del medio ambiente sobre el hombre y sus acciones, de enfrentar el enigma de la formación étnica de esos hombres. El paralelo con la Vendée se debe a que, considerando la instauración de la República en el Brasil en pie de igualdad con la Re­ volución Francesa en Francia, un movimiento insurreccional en el sertón sólo puede ser contrarrevolucionario. La Revolución Francesa tuvo su po­ tencial innovador desafiado, dentro del mismo territorio de la nación, por los campesinos de la provincia de la Vendée, que en 1793 se levan­ taron en armas exigiendo la restauración del Anden Régime con rey y todo. Lo que sucedía ahora en el Brasil, aunque un siglo después, debía ser la misma cosa. Un grupo de gente desconocida, perdida en el seno
1 Buena investigación hecha por Olimpio de Souza Andrade, que figura en la citada Obra Completa de Aguilar. Ver también, del mismo autor, Historia e Interpretagáo de "Os Sertoes”, 1966, Sao Paulo, Ed. EDART, 3^ ed.

del sertón, estaba enfrentando y derrotando a las fuerzas del Ejército Nacional, movida por razones ignoradas. No podía dejar de ser un peli­ groso intento de restauración monárquica contra el régimen republicano nuevo (ni siquiera diez años de existencia) que, a su vez, encarnaba los ideales revolucionarios franceses de 1789. Por eso, Canudos era "A nossa Vendéia”. Dígase por anticipado que Euclides superó esa propo­ sición y que cuando escribió Os Sertóes ya no creía en ella. Convocada la cuarta y poderosa expedición a comienzos de abril, no por eso su curso caminó más de prisa. Dificultades de toda índole com­ plican la victoria que parece a la vista, dado el volumen de los medios movilizados para conquistarla. Y entonces, a mediados de julio, Euclides publica su segundo artículo bajo el mismo título. Vuelve a insistir en las ásperas condiciones de la naturaleza y del adversario que los soldados deben enfrentar. Esta vez se detiene en la acción militar, tejiendo al­ gunos comentarios, todos favorables y justificatorios, sobre las razones que hacían demorar el desenlace de la campaña. Aquí aparece otro rasgo de Os Sertóes donde estará presente un minucioso análisis de cada paso del Ejército en guerra, los aciertos y equivocaciones, las posibles alternativas, las responsabilidades asumidas o no. En fin, una postura de estratega del Ejército. En Os Sertóes, Euclides, aunque deplora la suerte de los insurrec­ tos y la crueldad con que fueron tratados, al mismo tiempo, como si no hubiese ninguna contradicción en eso, señala la estrategia que habría vuelto más eficiente la acción del ejército. Pero el tiempo de revisión todavía no había llegado; en este segundo artículo de "A nossa Vendéia”, el sertanejo aún es una incógnita a la cual se le aplica un reconfortante estereotipo — es "el enemigo”— y el soldado brasileño aún es el héroe. La publicación de esos dos artículos debe de haber influido para que se produjera en el destino de Euclides un cambio importante. Pues esa campaña, en la cual a esta altura convergían tropas del país entero bajo el mando de tres generales, no se decidía. Esperábase de ella que fuese fulminante, ya que no había posibilidad alguna de comparación entre las fuerzas en choque. De un lado estaba el Ejército, equipado con el más moderno armamento, incluyendo armas de repetición y cañones, coman­ dado por una oficialidad de carrera ya veterana de otras represiones, dotado del entusiasmo guerrero de quien va a defender una causa justa, ardiente de animación republicana. Además, muchas de las fuerzas que operaban en esta guerra ya habían tomado parte en otras campañas pacificadoras, pues lo que no faltaba en esa época eran rebeliones y levantamientos internos. Del otro lado había unos pobres diablos analfa­ betos, que disponían de armas muy primitivas, cuchillos, hoces, fusiles obsoletos que funcionaban con pólvora improvisada y balas de piedra. El volumen de la campaña era respetable; y, debido a su interminable arrastrarse, el mismo Ministro de Guerra terminó por dejar su oficina en Río de Janeiro, por entonces capital del país, para mudarse al sertón,

instalando su cuartel general en Monte Santo, cerca de Canudos. En su comitiva va Euclides da Cunha, oficialmente agregado al Estado Ma­ yor. Iba en una posición privilegiada, ya que, si su misión era sólo hacer reportajes para el diario O Estado de Sao Paulo, tenía una situación mejor que la mayoría de sus colegas. Para ser considerado un repórter, Euclides acumulaba calificaciones. Ya había escrito extensamente en varios diarios y desde hacía varios años; era autor de dos artículos que trataban precisa­ mente sobre esa guerra; y, calificación no menos valiosa que las otras, era militar. ¿Por qué ese súbito interés de la prensa por esa lejana rebelión? Pocos temas — y casi siempre fueron temas relacionados con la seguridad na­ cional— habían obtenido de la prensa brasileña tal unanimidad de opi­ nión y de exploración. En 1897, y especialmente a partir de la derrota de la Expedición Moreira César en marzo, es imposible abrir un diario brasileño sin que ese tema ocupe sus más importantes espacios. Aquello que anteriormente era noticia esparcida se vuelve sección fija, con título propio y en la primera página. E impregna todas las categorías en que se dividen las notas del diario. La Guerra de Canudos invade el edito­ rial, la crónica, el reportaje, el anuncio y hasta el humor. Como fuerte vehículo de manipulación, antes de la era de la comunicación electrónica, el diario, al servicio de corrientes políticas a quienes interesaba crear pánico y concentrar las opiniones alrededor de un solo enemigo, prestó servicios inestimables. Como no era una invasión, no se podía contar con un enemigo externo; estaba aquí, bien a mano, y tan marginado que ni siquiera podría protestar contra el papel que le atribuían, de un enemigo interno. La función de la prensa fue ser portavoz de las refe­ ridas corrientes, lanzando un grito de alerta y de convocatoria del cuerpo nacional amenazado por la subversión interna. No fue la primera ni será la última vez que la prensa se presta a eso; basta abrir el ejemplar de hoy. Mas ciertamente, en el caso del Brasil, fue de un pionerismo, extraordinario. Y cuando ese pionerismo sirve más para avergonzar que para honrar, la eficacia del vehículo, como sucedió en tal momento, es enorme. Los diarios de la época son pólvora pura. Cuando llegó a Río y a Sao Paulo la noticia de la derrota de la Expedición Moreira César, la agitación de la calle — que, claro está, no es espontánea, tiene sus líderes que la conducen hacia objetivos específicos— ¿contra quién se dirigió? ¿Se invadió el palacio de la presidencia de la República, se arrojaron bombas en embajadas, se atacaron cuarteles, se agredió la ban­ cada bahiana en el Congreso? No: se empastelaron cuatro diarios monár­ quicos, tres en Río y uno en Sao Paulo. El saldo de muertos ese día registra sólo uno, un periodista llamado Gentil de Castro, abiertamente filiado a grupos monárquicos, abatido en un atentado en una plaza en la capital del país.

Cuando la nación atravesaba una época de gran inestabilidad econó­ mica y política, la conocida táctica de atribuir la culpa a un enemigo que es enemigo de todos fue utilizada con felicidad. Recordemos a los judíos en la Alemania de Hitler. El fantasma de la época era la monar­ quía. Pero los monárquicos eran pocos y demasiado conocidos; se trataba de algunos figurones del Imperio que aún sobrevivían, pues la mayoría de ellos se había adherido al nuevo régimen. La joven República que a esta altura no había cumplido su primera década, ya había tenido que enfrentar dos guerras civiles, la Revolución Federalista, que había mantenido al extremo sur en pie de guerra durante algunos años, y la Revuelta de la Armada. Y aunque fueron rebeliones confusas y no se sabe muy bien qué pretendían — probablemente, esto sólo se sabe con certeza cuando ganan y no cuando abortan— fueron inmediatamente calificadas de monárquicas. Pero, en ambos casos, se trata de revueltas institucionales, la primera con jefes políticos conocidos y la segunda abar­ cando una parte de la Marina. En el caso de Canudos hubo una feliz coincidencia. De hecho, aquel conglomerado de gente perdida en los confines del sertón sólo tenía, cuando la tenía, una vaga idea sobre lo que significaba vivir bajo un régimen republicano y ya no bajo un régimen monárquico. Se sabe, por ejemplo, que Antonio Conselheiro encontraba inmoral que los republi­ canos hubiesen expulsado del Brasil a la familia real, en la cual figuraba la Princesa Isabel que había firmado la ley de liberación de los esclavos. Muchos de éstos se contaban entre los seguidores de Antonio Conselheiro. Otra restricción que hacía era la institución del casamiento civil, que le quitaba al matrimonio su carácter de sacramento y lo transformaba en un contrato como cualquier otro. Estas dos objeciones se encuentran documentadas en un manuscrito atribuido a Antonio Conselheiro, que reúne sermones y prédicas, recientemente publicado 1. Lo que bastaba para que el poblado de Canudos fuese transformado en foco de una cons­ piración restauradora con ramificaciones nacionales e internacionales. Una vasta red monárquica, con sede en París, Nueva York, Londres y Buenos Aires, munida de recursos financieros infinitos, enviando conti­ nuamente armamento modernísimo a través de sus eficientes canales secretos, providenciando especialistas extranjeros que venían a entrenar a los rebeldes, se ponía en movimiento para tomar el poder en el Brasilz. De todo ese movimiento, Canudos era apenas el foco provocador, abier­ tamente insurgente, que aglutinaría al Ejército mientras el resto del país quedaría desguarnecido y sería presa fácil de las fuerzas conspiradoras.
1 Ataliba Nogueira, Antonio Conselheiro y Canudos, 1974, Sao Paulo, Comp. Editora Nacional. 2 Ver, por ejemplo, en los números del 2 de agosto de 1897 y del 7 de agosto de 1897, del diario carioca Folha da Tarde, los telegramas enviados por los corres­ ponsales en el Exterior.

En ese segundo artículo. organizada por Simoes dos Reis. el subrayado desaparece. entre raza superior y raza inferior. qué lo motivaba. José Olympio Editora. Euclides lo llama sertanejo y tobaréu. hasta otra raza. que no era indio. otro pueblo. Editora Melhoramentos. seres imaginarios. que no era un esclavo negro. que no era un militar en rebelión. hombres públicos dedicados a la defensa del liberalismo. organizada por Olimpio de Souza Andrade. la designación está incorporada a la norma del discurso. la palabra aparece subrayada denotando su extrañeza. califica a los canudenses de "horda de mentecatos y galeotes” y los considera un caso de policía. o bien a europeos modernos enfrentando negros en el Africa. en nombre de qué luchaba. Seguramente no lo hace a propósito. por qué resistía. pero las analogías que le acuden son todas racistas. 1967. Tenga en consideración el lector que él no era un ex político del Imperio ni su hijo o primo. . Tal vocabulario no es privilegio de los periodistas. tanto como en los reportajes que hace como enviado especial de O Estado de Sao Paulo. en una conferencia pronunciada en la capital de Bahía y que fue publicada en quince partes por el diario O Comércio de Sao Paulo (ediciones del 9 de junio al 7 ele julio de 1897). Paulo. En su primer artículo de la dupla "A nossa Vendéia”.El único problema es que nada de eso existía ni Antonio Conselheiro estaba informado. Ya en el segundo artículo utiliza el vocablo que estaba en boga en los periódicos para desig­ narlo: jagungo. por ejem­ plo. Debe de haberse producido un alivio general cuando se pudo nombrar al enemigo. 1939. y Canudos e Inéditos. Era otra gente.Diario de urna Expedigáo. cualquier cosa que los despojase de su obstinada humanidad. Los diarios de la época. mons­ truos. S. toda especie de miedo. Nadie sabía quién era. se encargaban de divulgar toda especie de repre­ sentación en que los sertanejos aparecían con epítetos de animales. qué pretendía. Más tarde. en su irresponsabilidad. jefes militares. Las comparaciones históricas que Euclides hace en aquel segundo artículo no son de las más lisonjeras para el enemigo. como Rui Barbosa. qué lo hacía apegarse con tanta furia a ese desierto de piedra y cactos tan alejado del alcance de cualquier camino. de horror. conjunto que más tarde reúne en libro bajo el título de Diario de urna Expedigüo *. Este último. que no era un ciudadano. La concepción subyacente es de un embate entre civilización y salvajismo. Con seguridad no era brasileño. 1 Con dos ediciones: Canudos . Tanto más fácil para proyectar en él lo que se quisiese. de repulsa. O bien el Ejército brasileño enfrentando a los sertane­ jos se compara a los romanos enfrentando a los bárbaros. Río. sinónimos de habitante del interior. en Os Sertóes. A la acusación de monárquico vino a sumarse otro elemento formador de la feliz coincidencia: el desconocido rostro del enemigo. de él se sirven políticos destacados.

bandidos. N 9 15.El término jagungo. quede aquí la información. Euclides envió su primer repor­ taje de los vivaques que constituían el cerco de Canudos fechado el 12 de setiembre. pues es el mismo nombre de la vara con punta de hierro que se usa para conducir ganado. a todos e indiscrimina­ damente. la denominación de jagungo referíase a la especificidad del enemigo por un lado y por el otro se usaba con todas sus connotaciones peyorativas. como se tituló el conjunto de repor­ tajes que Euclides escribió como enviado especial del O Estado de Sao Paulo. Los primeros materiales enviados son siempre una serie de 1 Para un estudio del origen de la palabra jagungo y de sus usos. . jagungo se usó y se usa hasta hoy para designar bandido. se percibe cuán poco asistió Euclides a la guerra. En cuanto al origen de estos términos. Paraíba. En el Diario de urna Expedigáo. hombre violento que anda armado sin ser parte del aparato del estado o de las fuerzas armadas regulares. ver José Calasans. puñal. en consecuencia. por su importancia emblemática. La trayectoria que el pensamiento de Euclides recorrió en relación con lo que pensaba sobre esa guerra es pasible de ser acompañada en las sucesivas páginas de ese Diario. El cotejo entre los reportajes mues­ tra algunas constantes reveladoras. menos de un mes de la guerra. significa guardaespaldas a sueldo. Sólo que jagungo es más usado en los sertones del norte de Minas Gerais y de Bahía. que terminaría el 5 de octubre. No se debe olvidar. habiendo presenciado. Rio Grande do Norte y Ceará. Cerca de dos tercios de los reportajes relatan el viaje para llegar allá. De ahí hasta la ampliación e utilización que el término tuvo y tiene. corre mucha agua. Como se ve. Pernambuco. y apenas el tercio restante es narrado por testimonio ocular. en Revista Caravelle. 1970. pistola y rifle. el conocido sombrero de cuero con sus adornos. Llamar a los canudenses jagungos era lo mismo que llamarlos. “Os jagungos de Canudos”. mientras cangaceiro es más corriente en los estados del nordeste. Por eso. como Sergipe. el lector no sabe con qué tipo de fuente está luchan­ do. dos mochilas colgadas de los hom­ bros y llevadas debajo de los brazos. De inmediato se advierte que los periodistas se dirigían a Canudos sabiendo de antemano lo que iban a informar. siendo cangago el conjunto típico de armas que usa — dos cartucheras cruzados al pecho. La palabra jagungo se debe a un traslado por metonimia. Usado alternada­ mente con el de cangaceiro. no es muy diferente de lo que ocurrió a los demás periodistas. Toulouse. Además. De cualquier manera. desde entonces incorporado a las letras patrias sin subrayado. Colección de los Cahiers du Monde Hispanique et Luso-Brésilien editados por la Universidad de Toulouse. Alagoas. instrumento de trabajo obligatorio para el habitan­ te pobre de las zonas pecuarias extensivas que componen el sertón 1. cangaceiro es el que vive debajo del cangago. Una de las dificultades de la lectura de Os Sertóes reside exactamente en eso: dada la elección del foco narrativo. tiene un campo semántico fluctuante.

O País. Diario de No­ ticias y Jornal de Noticias de Bahía. Entre los periodistas figuran los nombres de Lelis Piedade. En fin. del capitán Manuel Benício. A Noticia. La República está en peligro. están todos contrariados y a disgusto. todos de Río. no son brasileños. Más tarde. urge salvarla a cualquier precio. Emplea menos fórmulas que los demás. Fuera de O Estado de Sao Paulo. abnegados. Sin duda. Manuel Benício escribirá un libro sobre la guerra. y de la manera como terminó. traicioneros. bandidos. el período decisivo y final de la campaña. titulado O Rei dos Jagunqos. el mejor reportaje es el de Manuel Benício para el Jornal do Comercio. Las fórmulas están presentes. del mayor Manuel de Figueiredo. un incidente que empañó el brillo triunfal de la partida del Ministro de Guerra y que ocurrió en el mismo navio en que él viajaba — un voluntario reclutado a la fuerza se arrojó al mar para . y del mayor Constantino Néri. Mas a cierta altura de los reportajes se advierte que la observación comienza a hacer peligrar las fórmulas. sin cubrir. Cuando la guerra termina. sirven a intereses reaccionarios e ideologías exóticas. heroi­ cos. Los rebeldes son monárquicos. República. eficientes. perversos. Quien perdió fue el registro histórico. publicaron reportajes en serie los siguientes diarios: Gazeta de Noticias. del mismo modo que en los reportajes de los demás. civilizados. Así. cuenta la mala localización del campamento responsabilizándola por el hecho de que los combatientes sean alcanzados y muertos dentro de las tiendas. Los periodistas empiezan a des­ confiar de que no están tan bien informados y empiezan a registrar sus dudas. la cobertura que hace es bruscamente interrumpida y él se retira a Río de Janeiro después de enviar un último reportaje fechado el 24 de julio. pero lamentablemente sin la fuerza de las notas periodísticas. Euclides tiene una postura peculiar que se podría definir como altanera. de Alfredo Silva. Este libro sale en 1899. describe la desorganización y el hambre que él mismo y los soldados están pasando. así como el desper­ tar del conflicto de conciencia. Jornal do Bra­ sil. sublimes en su entrega a la causa republicana. disciplinados. del teniente coronel Siqueira de Menezes (con el seudónimo de Hoche). Y casi todos empiezan a escandalizarse con las prácticas que pre­ sencian. baja a minucias como el precio de la comida y del jabón para lavar la ropa. del coronel Favila Nunes. su relato es tan vivido que. fanáticos. Jornal do Comercio.fórmulas. herejes. Aún no estaba de moda hablar de un baño de san­ gre y el genocidio aún no era calificado como una estrategia moderna. Mas él se rehúsa a ver todo lo que no sea grandioso y heroico. tres años antes que Os Sertdes. animalescos. y en algunos casos el periodista era también un combatiente. naturalmente. Los soldados son patrióticos. Como periodista. Todos los grandes diarios brasileños mandaron enviados especiales al escenario de la guerra. por lo tanto.

Sistemáticamente. Mientras tanto. cuya explosión provo­ caba incendios generalizados. perturbado por la resistencia sorprendente de los insurrectos. o "¡La República es inmortal!”. y a veces termina sus telegramas con un "¡Viva la República!”. siquiera en la más vaga de las alusiones. ni de lejos. . por Olimpo de Souza Andrade. el pobre. p. en la época era costumbre adoptar jaguncinhos. en los diarios. Hasta generales de la guerra lo hicieron conforme cuentan los periodistas. El final de la guerra y la manera como ese final fue conseguido cau­ saron un trauma en el sector ilustrado de la sociedad brasileña. para redimirlos del mal e integrarlos a los valores de la sociedad bur­ guesa occidental. también los militares participantes de la campaña se dirigían unos a los otros con el epíteto de Ciudadano. de vuelta— encuentra registro en otros reportajes pero no en el suyo. Ed. pero fue pescado. La férrea censura que los periodistas afrontaban y contra la cual protestaban. mas no menciona el hecho en sus reportajes.huir. no es. inclusive en O Comercio de Sao Paido. el Comité Patriótico de Bahía intervino en eso con energía. La práctica de atroci­ dades. Si ahora se adoptan huerfanitos vietnamitas en un gesto de caridad cristiana pública. a medida que progresa. con fecha de publicación del 10/11 de agosto y fecha de escritura el 4 de agosto. INL. Caderneta de Campo. tales como el degüello sistemático de los prisioneros y que él mismo denunciará apasionadamente cinco años más tarde en su libro. como todos se creían en plena Revolución Francesa. Sao Paulo. rescatando a los nuevos esclavos en la medida en que pudo hacerlo y publicando su información con la firma de tres de sus miem­ bros. ya en Bahía. Cultrix. fue ocupado de a poco en sangrientas batallas y la solución final fue lograda por la utilización de una forma primitiva de napalm. Y no era sólo él. ante los cuales no consigue esconder su admiración. 1975. Alfredo Silva relata el episodio en su primera nota para A Noticia. a punto de pasar informaciones veladas sobre ella a los lectores. después de lo cual se tiraban bombas de dinamita. mencionada por Euclides. Mas a cada rato recae en consideraciones sobre la existencia de algún misterio detrás de ese fenómeno. no existe en sus notas. va tornándose oscilante en lo que dice respecto de las convicciones iniciales del perio­ dista. también cuenta que el inmediato estaba con cólico. El comercio de mujeres y niños comprados por los vencedores tampoco existe. se arrojó kerosene encima de los ranchos. está la anotación en su libreta de campo. org. Y aunque no lo registra en los reportajes. Euclides también consiguió uno. 55. pero Lelis Piedade y Favila Nunes lo informan. Como el poblado no se rendía. Periodistas y soldados vieron a los habitan­ 1 Euclides da Cunha. sólo ahora publicada: "Noto con tristeza que el jaguncinho que me fue dado por el general continúa enfermo y quizá no resista el viaje hasta Monte Santo” \ El Diario de urna Expedieao.

EDART. Ver Olimpio de Souza Andrade. 1965. E incluso el recelo manifestado por Euclides ante la publicación demostró ser in­ fundado. pero sabe que debe enorgullecerse de él. figura obligatoriamente en los estantes de los hogares brasi­ leños medianamente cultivados. . El Ejército queda cubierto de oprobio. Comp. vieron mujeres con sus hijos en brazos arrojándose al fuego. En el momento en que el exterminio era efectivo. 2 Antonio Cándido. para los muertos. La mayoría de sus poseedores ni sabe qué hay dentro del libro. Rui Barbosa. Los libros sobre la guerra en tono de denuncia empiezan a aparecer y culminan con Os Sertóes. Que eso no resucite a los injustamente muertos ni abra los ojos para que se modifique la situación de los que viven en injusticia. p. los diputados y senadores. pero publicamos nuestra confesión y arrepentimiento. Hay un proceso generalizado de mea culpa. La vergüenza nacional es general. Historia e Interpretagño de “Os Sertóes”. Editora Nacional. tanto como a estudiar teorías que lo auxiliasen a com­ prender lo que había pasado. En el nivel del discurso. Si en el inicio del conflicto la reclamación general pedía el exterminio. tenemos en nuestro acervo cultural nacional un libro como Os Sertóes. Nos equivocamos. los intelectuales. pasan cinco años. Aún hoy. entidades públicas y privadas rehúsan participar en las conmemoraciones de la victoria. es irrelevante. pues los poderes constituidos y el mismo Ejército recibieron el libro con inmenso alivio 2. se vuelven humanos y compatriotas. Por otro lado. también éste organiza. entonces el viraje era completo. Sao Paulo. vieron cuerpos en llamas. todo el mundo se escanda­ lizaba. En cambio. “O escritor e o público”. Son los años en que Euclides se dedica a recoger información sobre la campaña. El proceso arriba descrito explica en gran medida el inmediato y extraordinario éxito de Os Sertóes y la elevación de su autor a la celebridad. Muertos. los términos peyorativos aplicados a los canudenses son sustituidos por las palabras "brasileños” y "hermanos”. 1966. en libros y diarios. 144. expresándolas de manera simbólica. Como todo gran libro. viene el remordimiento. el 5 de octubre de 1897 y la publicación de Os Sertóes el 1*? de octubre de 1902. y la hacían los estudiantes.tes de Canudos incinerados. estructura y da forma a tendencias profundas del medio social. Parece como si el proceso de expiación de la culpa colectiva hubiese alcanzado su punto más alto en este libro. Ed. Sao Paulo. Pasado el peligro. un pueblo capaz de tal esfuerzo de autocrítica es un gran pueblo. Manifestaciones de pro­ testa surgían por todo el país. muy comprado y poco leído. que antes los había calificado de "horda de mentecatos y galeo­ tes” los llama ahora "mis clientes” y declara que va a pedir hdbeas corpus para ellos. Literatura e Sociedade. Entre el fin de la guerra. Es el conmovedor esfuerzo de un intelectual 1 Estas afirmaciones se encuentran en forma de notas para un discurso público que Rui Barbosa finalmente no pronunció. una gloria nacional. los militares. es claro1. este libro difícil. los periodistas.

estando el pensamiento europeo aún confundido por los hechos de las turbas desenfrenadas de la Revolución Francesa— Euclides se ve frecuentemente en dificultades para explicar el desempeño innovador de esos mestizos degenerados. Segundo. tituladas "A Terra”.honesto. incluso después que el mundo conoció las proezas de los vietcongs en este campo. Como esas afirmaciones surgen entrelazadas. De los cruzamientos raciales entre indios V blancos. de temperamento inestable. fuertes. dado el medio ambiente natural y dado el medio ambiente social que incluye la raza. esa es la explicación que encuentra para el fenómeno. La repetición incesante de afirmaciones contradictorias ofrece la posi­ bilidad de que se lean dos libros en uno solo. superiores. "O homem” y "A luta”. el resultado lite­ rario es la presencia constante de la figura de la antítesis y del oxímoron. lo que ya se evidencia en las tres partes en que se divide el libro. In­ fluido por los teóricos del comportamiento anormal de las multitudes — tema que había marcado el nacimiento de las ciencias sociales en el siglo xix. mientras la raza determina el tipo psicológico V el comportamiento colectivo 1. La visión por cierto es determinista. En el otro son ignorantes. al mismo tiempo que se emocio­ na con sus grandes arrebatos o con actos de heroísmo individual de los soldados. critica ásperamente la ineficiencia del Ejército. con honda tradición y costumbres bien conocidas. impávidos. movilizando sus conocimientos de militar y asumiendo su postura de estratega. saldrían a flote las características de las razas inferiores que habían entrado en la mezcla y que se realizan en el misticismo. En mo­ mentos de crisis. geografía y clima determinan la constitución de los agrupamientos humanos. presa fácil de todo tipo de supersticiones e incapaz de construir una cultura. resistentes. Para él. el resultado sería el mestizo. Grosso modo. la diferencia entre el sertanejo brasileño y el campesino europeo. Al mismo tiempo que afirma y reafirma su teoría racial. Euclides las admira y registra. Primero. sin advertir la contra­ dicción en que cae. . Dos factores lo atrapan seriamente. Y aún provocan la admiración del lector actual. Antonio Conselheiro. Euclides. racialmente inferiores. diplomado como profesional liberal en los mayores centros ur­ banos del país. a su líder. y a la misma aldea donde vivieron. En uno de ellos los rebeldes son heroicos. por extensión. anormales. sólo podía ocurrir lo que ocurrió. atributos que impregnan también. “Euclides da Cunha sociólogo”. en el aislamiento del desierto. 1 Antonio Cándido. Euclides intenta demostrar que. nú­ mero del 13 de diciembre de 1952. tener que lidiar con un movimiento religioso a partir de una formación científica y positivista. que trata de entender a su propio pueblo. éste afe­ rrado a la tierra. degenerados. que desarrollan sofisticadas tácticas de guerrilla para enfrentar una guerra de tipo convencional. O Estado de Sao Paulo. inventivos. (pocos negros en su opinión). va mostrando la inventiva increíble de los canudenses.

antes de entrar propiamente en su tema de historiador de la guerra. . Esa exasperada manera de escribir. Antonio Conselheiro podría tanto haber ido a parar al hospicio como a la Historia. Los elementos naturales actúan como fuerzas vivas.El sertanejo es un Hércules-Quasimodo. Y el nombre que espontáneamente se dio a esos conjuntos habitacionales. el sertón es el paraíso. es palpable. ¿Cómo no admirarlos? ¿Cómo no quedar traumatizados para siempre. cómo entenderlos. Ed. el coronel Moreira César podría recibir la ca­ misa de fuerza o la púrpura. si no aceptan nuestra ciencia. volvieron a la vida civil los soldados rasos que no eran militares de carrera y que también eran miembros de la plebe. los retardatarios. las aguas se precipitan. los fanáticos. la descripción del medio geográfico y del hombre que vive en él es concebi­ da con recursos de ficción dramática. tratando de reunir en un solo plumazo dos extremos. tuvieron como premio la concesión de terrenos en la capital del país. el morro donde se situó una parte importante del campamento militar que tendió un cerco sobre la aldea. con el desarrollo dominante. tan brasileños como nosotros? ¿Cómo comprenderlos. si por vez primera se fue al encuentro de la plebe miserable que hasta hoy constituye la mayoría de la población brasileña. cómo confraternizar con ellos. fue el de Morro 1 Alfredo Bosi. Por ejemplo. y una plebe cuyas acciones son de naturaleza incomprensible? Esa plebe rebelada no señaló el fin sino la continuidad de un proceso histórico. ¿Cómo obtener una combinación armoniosa. el día fulmina 1. Historia Concisa da Literatura Brasileira. Cuando. Cultrix. se llama Morro de la Favela. donde los ex soldados que regresaban de su servicio prestado a la Patria en la Guerra de Canudos construyeron sus precarias casitas. esos terrenos tenían escaso valor inmobiliario. si son tan diferentes de nosotros. una síntesis entre lo que fue aprendido en los libros y en la convivencia urbana. 1970. topónimo debido a una especie vegetal que por ahí abundaba. Por casualidad. las tinieblas saltan. ellos. si no aceptan nuestra revolución? ¿Cómo pueden no admitir que nosotros estamos en lo cierto y ellos están equivocados? ¿Por qué nos odian? Es verdad que los métodos de contacto que estamos usando son exterminadores: trata­ mos de destruir lo que no entendemos. y estaban si­ tuados en los morros que circundan la ciudad de Río de Janeiro. Incluso en las dos primeras partes. cierta región del país es una Siberia canicular. reaccio­ nan y contraatacan. La fascinación por el heroísmo que demuestra Euclides no sólo por el Ejército sino también por los canudenses. Sao Paulo. con­ fiere una enorme tensión dramática al texto. después de terminada la guerra. Pero ellos tampoco aceptan pasi­ vamente esto. La antítesis incluye también el contacto dramático del intelectual con el pueblo al que pertenece. Hoy. tendemos a olvidar los hilos que vinculan la actual situación con la guerra de Canudos. las plantas agreden con sus es­ pinos ardientes. con esos extraños peligrosos. los inferiores. el suelo se retuerce y estalla. si fue allí que se descubrió el Brasil.

con todo el esfuerzo hecho para borrar tan ejemplar episodio de la memoria nacional. G. designando todos los agrupamientos urbanos margi­ nales de las ciudades grandes y ricas del Brasil. a su vez. La perturbación que la Guerra de Canudos causó en la conciencia na­ cional. En medio de la aridez desértica del sertón. Este libro no nos deja olvidar lo que pasó y continúa pasando. ¿Cómo erradicar esa memoria desagradable y perturbadora? Hace poco más de diez años. No es necesario decir que hoy no puede hacerse una investigación de campo en Canudos. había gente en la región que recordaba y perpetuaba la memoria del hecho. . sin servicios de infraestructura urbanística. pone en jaque la ideología oficial que postula la índole pacífica del pueblo brasileño. apenas llegaba a doscientos mil personas. se pensó construir un dique. la favela es un rancherío provisorio. Según el cálculo oficial hecho por el Ejército en 1897. en una estimación modesta de cinco habitantes por casa. su posición incierta y oscilante cuando no abiertamente contradictoria. Por coincidencia. de no existir el libro de Euclides para irritarnos y obligarnos a pensar en un problema hasta hoy presente bajo otras formas. w. los habitantes del interior del país fueron ocupando los morros y llanos adyacentes. hoy una megalópolis de doce millones. Con la aceleración del éxodo rural. al libro de Euclides. en donde esa numerosa plebe del subdesarrollo viene al encuentro del mercado de trabajo. cada vez en mayor can­ tidad. Canudos tenía 5. Había miles de kilómetros a disposición para construir esa reserva de agua tan necesaria. Barriadas o callampas en algunos países de América Latina. da el total de 26. por el kerosene y por la dinamita molestaban. en una época en que Sao Paulo. Después de eso. su lenguaje es rebuscado.de la Favela. las ruinas reposan escondidas debajo de muchas toneladas de agua. las antítesis buscan efectos de resultado confuso. hecho en terrenos sin valor vendible.200 casas. el apelativo favela volvió a ser un sustantivo común. se hizo una obra benéfica en la región. debe mucho. lo que. cantegriles en otros. a pesar de ser apenas una dentro de las incontables insurrecciones que se produjeron en nuestra historia. N . La pre­ gunta que queda es si. La fisura entre la cien­ cia exhibida y los terribles hechos narrados impide una síntesis explica­ tiva. Los restos dejados por el cañoneo.000 habitantes. se decidió que el lugar ideal era aquél que comprendía las ruinas carbonizadas de la aldea de Canudos. El libro de Euclides es un libro irritante. La figura de la antítesis y del oxímoron sólo exhiben la incapacidad de pensar la especificidad del fenómeno. Os Sertóes es un elemento instigador de la memoria brasileña que nos hace recordar lo que ya hicimos y continuamos haciendo con la mayoría de nuestros compatriotas. no nos habríamos también olvidado. La postura de estratega del Ejército entra en contradicción con la simpatía por los rebeldes. y con los mejores argumentos tecnocráticos.

la tercera. geográfico. en la misma ciudad. este último con la intención de incorporar escritos anteriores del autor sobre el mismo tema. de T . La presente edición se basa en un ejemplar de la vigesimoséptima edición que es la más reciente hecha por aquella editorial (1 9 6 8 ). no todos son citados. publicada por los Editores Laemmert y Cía. Después se encontró un ejemplar de la tercera nueva­ mente corregido por el autor. Ambos son los mayores especialistas del tema. se hizo el cotejo con otras fuentes contemporáneas sobre la Guerra de Canudos. de 1914. vio la luz la primera edición de Os Sertóes.. la segunda que contiene un grupo de notas al final del volumen. Este trabajo sigue a los efectuados por José Calasans y Olimpio de Souza Andrade. salvo en el caso que lleven la mención (N . Corre­ gidas por el autor. Se tuvieron en cuenta aclaraciones de carácter histórico.). hechos por Fernando Nery para la doceava edición de 1933. También fue indispen­ sable la edición de la Obra Completa hecha por la Compañía José Aguilar Editora en 1966. se ocupó de editar desde entonces el libro. y la moderni­ zación de la ortografía. habiendo sacado la cuarta edición en 1911. Las notas preparadas por Walnice Nogueira Galvao. respondiendo a críticas. ocurrida en 1909. que sirvió para preparar la quinta edición. Las notas aquí introducidas se atuvieron a un criterio informativo múltiple. mas todos fueron leídos y aprovechados. literario. partes que lamentablemente no consignan el nombre de su autor para que lo pudiéramos registrar aquí. Las notas marcadas con un asterisco y que aparecen al pie de página son del autor. de Río de Janeiro.CRITERIO DE ESTA EDICION Entre los días primero y dos de diciembre de 1902. lingüístico. La Editora Francisco Alves. especialmente para esta edición de la Biblioteca Ayacucho. y en 1905. el primero sobre la Guerra de Canudos y el segundo sobre la vida y la obra de Euclides da Cunha. político. considerada por eso la definitiva. aparecieron en 1903. Igualmente. Desde entonces no hubo más alteraciones. especialmente por su Cronología y por el Diccionario Euclidiano. a no ser los subtítulos de los capí­ tulos. siempre que fue posible. . en la vigesimosexta edición de 1963. están numeradas y aparecen al final del volumen. biográfico y bibliográfico. ya después de la muerte del autor. organizada bajo la dirección de Afránio Coutinho.

W . por Richard Wagner Hansen. de traducciones a veinticinco diferentes len­ guas chinas. por Samuel Putnam. las fuentes son la misma Obra Completa y los archivos de la Casa de Cultura Euclides da Cunha en Sao José do Rio Pardo. Holanda. Westermann. . por Sereth Neu. Belo Hori­ zonte. — De Binnenlanden (holandés). las indicaciones bibliográficas son escasas.En cuanto a las traducciones. sin fecha. — Les Terres de Canudos (francés).The University of Chicago Press. N . como se verá en la lista que a continuación ofrecemos: — Brasile Ignoto (italiano). — Rebellion in the Backlands (inglés). — Traducciones chinas: hay mención. W. por Benjamín de Garay. 1968. Bi­ blioteca de Autores Brasileños. G. por Cornelio Biseleo. sin fecha. por Forsta Delen. 1944. Italia. Phoenix Books . Moráes. 1938. Buenos Aires. G. Suecia. G. Língua e Linguagem. Copenhague. 1948. — Los Sertones (español). 1947. — Oproret Paa Hojsletten (dinamarqués). y la Casa de Euclides tiene conoci­ miento por lo menos de una. Chicago. Río de Janeiro. 1945. — Markerna Brinna (sueco). Ediciones Caravela. En algunos casos. cf. Difusión Panamericana del Libro.

LOS SERTONES .

aliada con las vicisitudes históricas y la deplorable situación mental en que se encuentran. superior a Hobbes 5 . mañana estarán totalmente extinguidos. sin tradiciones nacionales uniformes. No debilita esta afirmación el hecho de haber sido realizado por nosotros. El jagimgo temerario. quizá estaban destinados a ser los principios inmediatos de la formación de una gran raza. les faltó el equilibrio necesario. Por eso. Hoy son retarda­ tarios. sin duda. las vuelven tal vez efímeras. en­ trevio. en la que el tema que motivó su escritura se convierte en sólo una variante del asunto general. y la velocidad adquirida por la marcha de los pueblos en este siglo ya no les permite alcanzarlo. en la destrucción inevitable de las razas débiles por las razas fuertes. ante los futuros historia­ dores. Pro­ ducto de variados cruces. debida a factores múl­ tiples y diversamente combinados. aunque sea pálidamente. este libro que comenzó siendo un resumen de la Campaña de Canudos. destinadas a una próxima desaparición ante las crecientes exi­ gencias de la civilización y a la intensificación de las corrientes inmigra­ torias que comienzan a invadir profundamente nuestra tierra. etnológicamente indefinidos. la Campaña de Canudos tiene el significado. Lo hacemos porque su inestabilidad. había perdido todo interés2 al verse demorada su publicación por causas que nos excusamos de señalar. el tabaréu ingenuo y el caipira simple 4 . los trazos actualmente más expresivos de las subrazas sertanejas del Brasil. . con visión genial. de un primer ataque en una lucha acaso larga. Por eso le damos otra forma 3 . en breve tiempo serán tipos relegados a leyendas desvanecidas o ya muertas.NOTA PRELIMINAR Escrito en los raros intervalos de ocio de una actividad fatigosa1 . La civilización avanzará por los sertones arrastrada por esa implacable fuerza motriz de la historia que Gumplowicz. hijos del mismo suelo. Intentamos esbozar. Detenidos en su evolución. por­ que.

(N . * Cita de H. contra los autores que no alteran ni una fecha. en ancien” *. . nos separa de ellos tina coordenada histórica: el tiempoG . Lo denunciamos. E u c l id e s d a C u n h a . Taine. Aquella campaña parece un reflejo del pasado. qui gardent le dessin des événements et en changent la couleur. se irrita contra las semiverdades que son las semi-falsedades. un crimen.viviendo parasitariamente a orillas del Atlántico de los principios civili­ zadores elaborados en Europa. Y en tanto lo permita la firmeza de nuestro espíritu. ni una genealogía. parmi les anciens. . . pero desnaturalizan los sentimientos y las costumbres. il s’irrite contre les demi-vérités que sont des demi-faussetés contre les auteurs qui n’altèrent ni une date. 1901. y armados por la industria alemana. Sâo Paulo. mais dénaturent les sentiments et les moeurs. et. un antiguo” . hagamos justicia al admirable concepto de Taine 7 sobre el narrador sincero que encara la historia como ella merece: . tuvi­ mos en la acción él singular papel de mercenarios inconscientes. que copian los acon­ tecimientos y desfiguran el alma. en el verdadero significado de la palabra. parmi les barbares.). Y fue. de T . il veut sentir en barbare. ni une généalogie. mal enlazados con esos patriotas extraordinarios por una tierra en parte desconocida. en francés en el original: " . . qui copient les faits et défigurent l’âme. que respetan los contornos de los hechos pero le cambian el color. Además. debe sentirse un bárbaro entre los bárbaros y entre los antiguos.

en el trecho marítimo que va de Río de Janeiro a Espíritu Santo 1 0 . acompañando la cuenca del Sao Francisco 1S.LA TIERRA L— Preliminares. Hipótesis sobre sus causas. rizado en cumbres y corroído de ensenadas. 12. con el vigor desarticulado de las sierras. Tierra ignota.— La sequía. las serranías se redondean y se suavizan las líneas de los taludes. De hecho. . . dando lugar a la variedad fisionómica de . El mar­ tirio secular de la tierra. III. hasta que. Primeras impresiones. quien la rodea. Un sueño de geólogo. al mismo tiempo que des­ ciende hacia la costa oriental en escalones o pisos que le quitan la pri­ mitiva grandeza y la alejan considerablemente hacia el interior. Reina sobre los mares y se desarrolla en llanuras niveladas por las figuras de las cordilleras marítimas. se dilata en el occidente. en seguida. Desde lo alto de la Favela. observa notables cambios de relieve. Cómo se extingue un desierto. disminuye gradualmente de altura. Pero al derivar hacia las tierras septen­ trionales. Al principio el trazo continuo y dominante de las montañas. De tal modo. sujetándola y destacándola sobre la línea de las playas. Higrómetros singulares. a manera de escombros del conflicto secular que allí libran los mares y la tierra. I PRELIMINARES La alta planicie central del Brasil desciende hacia el litoral sureño en caídas escarpadas y abruptas. hundiéndose en las honduras de la tierra amplísima que len­ tamente emerge en ondas extensas y llanas. IV. Y -U n a categoría geográfica que Hegel no citó. un litoral revuelto. Cómo se hace un desierto. ya en plena faja costera de Bahía “ .— El clima. La entrada del sertón. Las caatingas. la mirada. libre de los impedimentos de las sierras que hasta allí la rechazaban o acortaban. Ca­ mino a Monte Santo. Esta caracterización geográfica resume la morfogenia del gran macizo continental. repartiéndose en arrecifes desnudos. tras­ puesto el paralelo 15. fraccionándose en morros de laderas indistintas en el horizonte que se amplía. se comprueba que hay tres formaciones geognósticas dis­ pares de edades mal determinadas. andando hacia el norte. des­ pués. dividiéndose en islas. que se sustituyen o se entrelazan en estratificaciones discordantes. extendidas desde Río Grande hasta Minas 9. II.— Desde lo alto de Monte Santo. se atenúan todos los accidentes. Lo demuestra un análisis más profundo hecho por un corte meridiano cualquiera. abriéndose en bahías.

La tierra atrae irresistiblemente al hombre. que partiendo del extremo sur se curvan en un desmedido anfiteatro. convertido en un dilatado muro de apoyo para las formaciones sedimentarias del interior. se apre­ cian. Al este la naturaleza es diferente. La tierra domina al océano desde la altura de las quebradas. al entrar en este Estado. todos los caudales revelan esta pendiente insensible. llevan hasta el centro de Minas los paisajes alpestres del litoral. Al principio pegadas al mar. Es que bajo el triple aspecto astronómico. Rasgan esos estratos en trazados uniformes. el antagonismo permanente de las montañas: el río Grande2 1 rompe. y quien la alcanza. rasgando con la fuerza viva de la corriente. y yacen sepultas por las complejas . o se deshace en brotes que. Se dibuja duramente en las placas rígidas de los afloramientos gnéisicos. nin­ guna parece tan preparada para la Vida. superpuestas las irrupciones que van de Barbacena a Ouro Preto24. topográfico y geológico. encuentra justificación para todas las exageraciones descriptivas — desde el gongorismo de Rocha Pita a las extravagancias geniales de Buckle1 4— que convierten a este país en región privilegiada. llevándolo con la misma corriente de los ríos que. inmensos llanos cuya trama de capas horizontales de greda arcillosa. y guiados por el meridiano se abren ante los hondos valles erosionados por los ríos de As Velhas 2 3 y Sao Francisco. como si nacieran en los mares y canali­ zaran sus eternas energías hacia recónditos sitios de vegetación opulenta. la sierra de la Canastra22. Al mismo tiempo. deri­ vando en lechos retorcidos y venciendo. y el talud de las planicies altas se dobla en los escalones de la Mantiqueira 1 7 . trazando una originalísima red hidrográfica. a pesar de las tumultuosas serranías. extendidos hacia el norte occidental. más allá del Paraná 1 6 . intercaladas de capas calcáreas o diques de rocas eruptivas básicas. el lento descenso hacia el norte. la fisonomía de anchos planos ondulados y desmesurados. al mismo tiempo explica la sin par exuberancia como las vastas áreas planas. Sin embargo.la tierra. Traspasadas las sierras. las formaciones primitivas desa­ parecen. donde la naturaleza compuso su más portentoso la­ boratorio. como quien sube a la rampa de un majestuoso escenario. contrahechos. formando los admirados paisajes que tanto encantan y engañan la mirada inexperta de los forasteros. sin líneas sinuosas. sin formaciones lateráles. donde se encaja el Paraíba 1 8 . bajo la línea fulgurante del trópico. dándole al conjunto de las tierras. corren desde la costa hacia los sertones. se nota. Como en las altas planicies de Sao Paulo2 0 y de Paraná. Primero surgen las masas gneisgraníticas. progresan en sucesivas cadenas. con predominio de una o la combinación de todas. hasta el litoral paulista. después de apuntar las alturas de los picos centralizados por el Itatiaia 1 9. desde el Iguazú al Tieté 1S. incluso las de mayor altura.

y ésta. hasta la zona diamantina que se expande hacia el nordeste en los llanos que se extienden. Mal estudiado aún. aviva los accidentes. se caracteriza por su notable significación orogràfica. después de recorridas por el sur las interesantes formaciones cal­ cáreas del río de As Velhas. que descienden en declives fuertes. nivelándose en las cumbres de la sierra del Espinado2 6. con la extensa zona de los llanos arenosos del norte. apenas apuntando al este por los vértices de los albardones distantes que prolongan la costa. hasta la de Mata da Corda que se prolonga hacia Goiás 3 2 . apenas sobresale entre aquellas lomas definidoras de una situación do­ minante.series de pizarras metamórficas. y vuelven en aguas mansas hacia el poniente los que tienen su meta en la cuenca de captación del Sáo Francisco. De allí descienden. Porque en este coincidir de las tierras altas del interior y de la depre­ sión de las formaciones azoicas. donde se abren las cavernas del hombre prehistórico de Lund 3 0. a pesar de la sugestiva denominación de Eschwege27. la región montañosa de Minas se va comunicando. las mismas rocas que vimos sustituir en . La sierra del Gráo-Mogol3 1 que toca los límites de Bahía. decaen a su vez. se acen­ túan otras transiciones en la contextura superficial del suelo. por los poderosos estratos más recientes que las circundan. desnudas. en cuyo valle. subterráneas. hacia el levante. en una tumba estupenda. en los parajes legendarios del oro. están modeladas de la misma forma. desde la de Cabrai. Se verifica así la tendencia hacia un aplanamiento general. de espesos estratos de greda. más modernas. mas con los dorsos extendidos en llanos inscriptos en un horizonte de nivel. Los surcos erosivos que las marcan son cortes geológicos expresivos. El cambio estructural origina cuadros naturales más imponentes que los de la costa marítima. es la primera muestra de esas espléndidas planicies imitadoras de cordilleras. o levantándose en falsas montañas. desde los macizos que van de Ouro Branco a Sabará2 5. que tanto perturban a los geógrafos descuidados. más cercana. La región sigue siendo alpestre. todos los ríos que desde el Jequitinhanha al Doce2 8 buscan las terrazas inferiores de la planicie arrimados a la sierra de los Aimorés2 9. salpicadas de lagos de arroyos subterráneos. y las que la rodean. cayendo en cataratas o saltando obstáculos sucesivos. Ostentan en plano vertical. Las capas anteriores que vimos superpuestas a las rocas graníticas. sucediéndose a partir de la base. Un nuevo horizonte geológico repunta con un trazo original e inte­ resante. infiltradas de abundantes filones. Pero la tierra permanece elevada. El carácter de las rocas. porque las cordilleras dominantes del sur se extinguen allí. sobreponiéndose a otras. sin sobresalir. alargán­ dose en planos amplios. expuesto en las bases de los cerros de cuarzo o en las cumbres donde se encuentran las placas de itacolomito avasallando las alturas.

por su altura. adelante. poco a poco se fueron profundizando. Adelante. . o en círculos enormes. por el aspecto de escalinatas. a duelas desproporcionadas. hasta orlar de despeñaderos y escarpas aquellos erguidos planos. las sábanas de greda. en lo alto. gracias a las intensas degradaciones (porque la Serra Geral sigue por ahí como reparo de los alisios. por todo el curso del tiempo. tan bien expresados en el perfil fantástico del Bom Jesús da Lapa 35. reviviendo por entero a la de Minas. Lo atravesamos. en una prolongación indefinida de mares. grandes tablados donde impera la ruda sociedad de los vaqueros. Y de acuerdo con la resistencia de los materiales trabajados. en esparcidos peldaños. en Bahía. en desintegración continua. más caprichosos. o también. oblicuas y gobernando los llanos que ladean interpuestos. a los costados. extensas áreas rodeadas por los cuadrantes. Es el hermosísimo paraje de los campos gerais. la serie de los suelos gredosos que progresa hasta la meseta arenosa del A<juaruá3 4. restos de la monstruosa bóveda decaída de la antigua cordillera. a centenares de metros. . Repunta la región diamantina. las placas de pizarra más recientes.prolongado camino por la superficie: abajo los frutos graníticos decaídos por la hondura de los valles. Desde hace siglos caen por ahí fuertes corrientes de agua. sobrepujándolas o rodeando sus flancos en valles monoclínicos. asociándose con el cal­ cáreo que activa los paisajes a orillas del gran río. va­ riaron sus aspectos. las serranías más altas no son más que llanos extensos que terminan de pronto en bordes abrup­ tos. una prolongación. mientras hacia el nordeste. ex­ tendido en lomadas ondulantes. desbarran­ cado. condensándolos en aguaceros de diluvio) se desnudan resurgiendo las formaciones antiguas. Las montañas se desentierran. estas formaciones naturales se dividen con rumbo firme al norte. Trepando por las taludes que los levantan dándoles apariencia de tableros suspendidos. partiendo de Monte Alto33. predominantes y ofreciendo a los agentes meteóricos una plasticidad admirable ante los más caprichosos modelos. tallándose en quebradas. se topan. y la disposición de los grandes bloques superpuestos en escalas recuerda las paredes desmanteladas de ciclópeos coliseos en ruinas. al antiquísimo Himalaya brasileño. desnudándose en peñascos que mal recuerdan. que derivando primero en líneas divagantes de drenaje. Pero desaparecen del todo en varios puntos. se escalonan en alineamientos incorrectos de menhires colosales. más bien. siguiendo las líneas de los cerros tallados en diaclasa. que se hicieron valles en declive. Se extienden vastos llanos. Sin línea de cumbres. por la moldura golpeante del régimen torrencial sobre los suelos permeables y móviles. aquí apuntan sobre las áreas de nivel los últimos fragmentos de las rocas enterradas. como un desdoblamiento o. porque es la misma formación minera que rasga al fin las sábanas de greda y se .

al norte. Cocais y Sincorá39. pero en seguida decae hacia todos los rumbos: hacia el norte. originando el corre­ dor de cuatrocientos kilómetros en el reflujo del Sobradinho40. hacia el sur. Desde este punto en adelante. Se levanta un momento. el curso sinuoso del Itapicuruagu 44. se ve el trazo de otro río. Cae hacia las terrazas inferiores. el eje de la Serra G eral3 7 se fragmenta. El observador que siguiendo este itinerario deja los parajes en que se alternan. Los muestra el Sao Fran­ cisco en el vivo influjo con que tuerce hacia el este. se cruza embarulladamente. la amplitud de los campos gerais y el fasto de las montañas. indefinido. entre un tumulto de morros. en su normal dirección primitiva. señalando al mismo tiempo la transformación general de la región. Ultimo brote de la sierra principal. cuyo trecho de Jeremoabo4 6 hacia las nacientes es una fantasía de cartógrafo. y un dédalo de serranías tortuosas. en estupendo degrado. no hay situación de equilibrio para una red hidrográfica normal. Lo limita por una orilla. . Esta es más deprimida y más revuelta. el Irapiranga de los tapidas. La cordillera se eriza de contrafuertes y tallas. en segmentos dispersos que van hasta más allá del Monte Santo41. y por la otra. Cambia su carácter topográfico. y hacia el este. poco elevadas pero innú­ meras. Por el medio. en despeñaderos hacia el levante. el río Sao Francisco. en contrastes bellísimos. entre montañas derruidas. fundiendo las expansiones septentrionales de las de Furna. curvada también hacia el sudeste. y la caída hasta entonces graduada de las antiplani­ cies comienza a tener desniveles considerables. las nacientes del Paraguacú 3 8. retratando el desaforado combate de los elementos que luchan allí desde hace milenios. cubriéndolos a lo ancho de los campos gerais. De hecho. incohe­ rentemente dispersos. abarcando dos cuadrantes.levanta con los mismos contornos alpestres y perturbados. . hasta descubrir el salto prodigioso de Paulo Afonso42. en semicírculo. con el mismo desagotar expresivo hacia la costa. al llegar a este punto queda sorprendido. corriendo casi paralelo entre aquéllos. de allí saltan. por donde descienden hacia el mar o hacia el declive de Paulo Afonso las rampas en barranca de la alta planicie. el Vaza-Barris4 5. . pasando bajo las lomas de Jeremoabo. LA ENTRADA DEL SE R T O N 4 3 Está sobre un escalón del macizo continental. en los picachos que irradian de la Tromba o resaltan hacia el norte en los esquistos huronianos de las cadenas paralelas de Sincorá 36. Se deshace. la de Itiúba le reúne algunas ramas indecisas. Allí reina el drenaje caótico de los torrentes que le presta a ese rincón de Bahía un rostro excepcional y salvaje.

Al abordarlo. los cuatrocientos años de nuestra his­ toria. líneas de acceso más practicables 51. lo salteaban por su impresionante as­ pecto de tierra extraña que repuntaba en transiciones imprevistas. No podían quedarse. al este.J. Uno que otro lo sortearon. cada vez más escasos. Se extinguen al fin. evitados siempre por los tropeles humanos que venían del litoral bahiano en busca del interior. rápidos. Nues­ tros mejores mapas. con las emersiones calcáreas de Inhambupe 52. se separan . huyendo. traspuesto el Itapicuru. aunque se buscara el camino más breve. Es que. reuniendo informes escasos.R . Ninguno se quedó allí. Dejando la orla marítima y siguiendo por tierra hacia occidente. a partir de Camacari. las for­ maciones antiguas se cubren de escasas manchas terciarias. realizando el máximo esfuerzo de penetración en tales lugares. entre Capim Grosso y Santo Antonio da Gloria48.). La vegetación circundante se transforma. hechas pocas leguas. estaba predestinado a cruzar. tratando de encontrar por el Paraguagú y los ríos que lo demoran en el sur. alternando con exiguas hondonadas cretáceas revestidas por el terreno arenoso de Alagoinhas que apenas engarzan. Y lo dejaban en medio. Se rarifican los montes o se empobrecen. por el lado sur. noticias exactas o detalladas. hacia el levante. después de lanzar brotes dispersos por las serranías. se comprende cómo hasta hoy escasean sobre tan grande porción de territorio. inabordable. los más avanzados grupos de pobladores se asentaron en aldeas minúsculas — Ma^acará. muestran ahí un claro expresivo. ignoto. superados todos por una tapera oscura: Uauá. aquí y allá. al norte y al este pararon en las márgenes del Sao Francisco. Es que siguiendo las huellas de la última de aquellas rutas. e incluso éstos. sin dejar rastros. acompañando los insigni­ ficantes cursos de agua. Cumbe o Bom Conselho47— entre las cuales el decaído Monte Santo tiene rasgos de ciudad. se terminaba la atracción de las entradas aventureras y moría la vista del litoral opulento. pasada la Itiúba. que casi abarcaría a Holanda ( 9 o 11'— 10° 20' de latitud y 4 o— 3o de longitud O . rechazadas por la barrera infranqueable de Paulo Afonso. Jeremoabo. a menos de cuarenta leguas de la antigua metrópoli. copiando estas alternativas con la precisión de un calco. absolutamente olvidado. un hiato. Sólo en este último rumbo se aventajó una aldea secular. al sudoeste. los pobladores se desparramaron por las aldeas que la bordean. Tierra ignota donde se aventura el garabato de un río problemático o se imagina una cadena de sierras. Porque cuando las bandeiras del sur 4 9 pasaban por sus límites y viraban por los flancos de la Itiúba. El extraño territorio. Luego. o por los escasos establecimientos de ganado. se marchaban hacia Pernambuco y Piauí hasta el Maranhao 5 0.

les copian los mismos contornos de laderas fracturadas. Maranhao y Pará. una variante apreciable para el este o para el norte. donde una flora característica — arbustos flexibles mezclados con rubias bromelias— pre­ domina exclusiva en anchas áreas. dominan en toda la zona centralizada en Serrinha. La piedra. Pisa un camino tres veces secular. mal dominada por la vegetación vigo­ rosa irradiante de la Pojuca 5 3 sobre el massapé fértil de las capas cretáceas descompuestas. se dividían en Serrinha. partiendo de Queimadas hacia el nordeste58. hasta Vila Nova da Rainha y Juázeiro 54. los pobladores. aflorando en lajas horizontales. yuxtaponiendo sobre los rastros de los bandeirantes las líneas de una vía férrea. unos y otros rodeaban siempre. no se sorprende al principio. No la modificaron nunca. Y avan­ zando hacia Juázeiro o volviendo hacia la derecha. bordeando a uno y otro lado las alas de las sierras de la Saúde y de la Itiúba. A los lados del camino se ondulan lomas rasas. Porque el camino en cuya longitud de cien leguas. sustrayéndose a una travesía torturante. histórica ruta por donde avanzaban los rudos sertanistas en sus excursiones hacia el interior. apenas remueve el suelo engarzándolo en la tenue capa de arena que lo reviste. Curvándose en meandros. el paraje siniestro y desolado. partiendo de su trecho medio. evitándolo. Los morros del Lopes y del Lajedo se elevan a manera de deformes pirámides de bloques redondeados y lisos. Andándolo en marcha hacia Piauí. Desde este sitio en adelante reaparecen los suelos terciarios esteriliza­ dores sobre los más antiguos que. Pernambuco. desde el siglo xvn los llevaba a Santo Antonio da Gloria y Pernambuco5S. y los que se suceden. CAMINO A MONTE SANTO Sin embargo. el Itapicuru alienta una vegetación vivaz y las barrancas pedregosas del Jacurici5 9 se adornan de pequeños bosques. por el camino real del Bom Conselho que. El suelo arenoso y chato permite una travesía desahogada y rápida. Tampoco la cambió más tarde la civilización. De modo que aquellas dos vías de penetración que se encuentran con el Sao Francisco en puntos lejanos — Juázeiro y Santo Antonio da Gloria 56— formaban desde aquellos tiempos los límites de un desierto 57.o avanzan en promontorios por los llanos desnudos. se entrecruzan numerosísimos desvíos hacia el oeste y hacia el sur. El observador tiene la impresión de andar por el corte mal graduado del borde de una planicie. quien se anima a atravesarlo. en cambio. según sus varios rumbos. exhumando la osamenta partida de las montañas. desde Bahía a Juazeiro. . jamás significó.

como en el minúsculo poblado de Cansangáo 60. a lo lejos. se lo descubre o se lo adivina. . sin un trazo de color diverso. el pardo requemado de las caatingas. El pequeño sitio allí erigido se levanta sobre una alta . Se encuentran. o en los desfiladeros que se recortan en el suelo polvoriento y pardo gracias a la placa verde negra de las algas unicelulares que las cubren. Verdaderos oasis. un aspecto lúgubre.Después se ven sitios que van mostrando una creciente aridez. todas de la misma forma y dispuestas del mismo modo. ancho emergente de tierra fértil. Despuntan pobres viviendas. el viajero más dinámico tiene la sensación de la inmovilidad. Mas. sobre todo en los trechos en que se suceden pequeñas ondulaciones. las copas verdes de los ouricurizeiros rodean — breves paréntesis abiertos en la aridez general— las orillas de las ipueiras. Y persisten indestructibles. jamás deja de llevar una piedra que calce en sus junturas vacilantes. Superada la estrecha faja de matorrales que prolonga aquel último río. toscos muros de piedra seca. uniformes. en un horizonte invariable que se aleja a medida que se avanza. y el aspecto paupérrimo de todas agrava los rasgos melancólicos del paisaje. empieza a dinamizarse la tierra. son el único recurso en un viaje penoso. localizadas en depresiones. otras en ruinas. Aún aparecen parajes menos estériles y en los lugares donde se operó una descomposición in situ del granito. Algunas muestran los esfuerzos de los hijos del sertón. rígidos y silenciosos. los mismos cuadros. del remoto pasado. En las cercanías de Quirinquinquá61. enredados en ramas de las que irrumpen solitarios cereos. Patrimonio común de los que por ahí se agitan en las aflicciones del clima feroz. como dicen expresivamente los matutos: arbustos que casi no tienen raíces sobre la tierra. Pocas veces. Asociándose a las ollas y cuevas en que se abre la piedra. vienen. lenta e impresionantemente. dándole al con­ junto la apariencia de un desierto. tienen sin embargo. Los delinearon los que primero se atrevieron a penetrar por aquellos sitios. en el cuadro triste de un horizonte monótono en el que se retrata. siguiendo la bella etimología indígena. Se le presentan. Y el rostro de ese sertón inhóspito se va esbozando. . erguidos como represas entre las laderas. se está en pleno agreste. Parecen monumentos de una sociedad oscura. señalan una escala obli­ gatoria para el caminante. pasados estos puntos — imperfecta copia de las murallas roma­ nas que aún se aprecian en Túnez— se entra de nuevo en los arenales. . Y marchando rápidamente. uniforme. . algunas desiertas por la retirada de los vaqueros que la sequía expulsó. que son como espectros de árboles. ornamentándolas. se adorna de verde vegetación. originando algunas manchas ar­ cillosas. Si se traspone cualquier ondulación. Estas lagunas muertas. aunque vaya desnudo de equipaje. en general. sin embargo. porque el sertanejo.

y de ahí. que facilita por la irradiación nocturna la pérdida instantánea del calor absorbido por las rocas expuestas al sol. Entonces se observa que. llevándoles a la distancia todos los elementos degradados. Dominante sobre la planicie que se extiende hacia el sudeste. Termina en una cresta altísima. Porque lo que éste denuncia. De un lado.expansión granítica. en los desmante­ lados cerros casi desnudos. con la línea de cumbres casi rectilínea. en el sertón adusto. repuntando duramente a cada paso. parece una muralla monumental. tres leguas adelante. Caldeiráo 6 3 . El régimen torrencial de los climas excesivos sobreviene de pronto. des­ pués de las insolaciones demoradas. Centraliza un vasto hori­ zonte. en el verano. de tonos azulados. Las condiciones estructurales de la tierra se vincularon a la violencia máxima de los agentes exteriores para el dibujo de relieves estupendos. y golpeando en aquellas pendientes. el aspecto atormentado del paisaje. a caballo sobre la villa que se erige a su pie. su enorme paredón. La sierra de Monte Santo con un perfil totalmente opuesto a los redondos contornos que le diseñó el ilustre M artius6 2 . Del otro lado. predominante. rajado por las líneas de los estratos expuestas a la erosión eòlica. rizada de valles y serranías. los accidentes predominantes de la tierra progresan avasallando los cua­ drantes del norte. expone desde hace mucho las series más antiguas de aquellos últimos brotes de las montañas: todas las variedades cristalinas. de frente. PRIMERAS IMPRESIONES Es un paraje impresionante. en los retorcidos lechos de los arroyos efímeros. en un fuerte dique de cuarzo blanco. precipitando estas demoradas reacciones. . perdiéndose a lo lejos en escalas fugitivas. brutalmente golpeada por los ele­ mentos variables distribuidos por todas las modalidades climáticas. por fin. abriéndolas según los planos de menor resistencia. mal cubiertos por una flora obstaculizante. imponiéndoles la alternativa de subidas y caídas termométricas repentinas. y mirando hacia el norte se divisa una región distinta. es de algún modo el martirio de la tierra. extremándole el desarrollo en el rumbo de 130 NE. en lo reseco del suelo. se yergue al margen de esa suble­ vación metamòrfica. . atenuados hacia el sur o hacia el este. un juego de dilataciones y contraccio­ nes que las raja. se empina. y alcanzándolo y trasponiéndolo. disponiéndose en escena­ rios en los que resalta. se entra de lleno. a pique. . la extrema sequedad del aire. en las estrechas gargantas y la casi convulsiva flora enmarañada. y los cuarzos ásperos y los calcáreos sustituyéndose o entrelazándose. en relieve sobre la masa gnéisica que constituye toda la base del suelo. las lluvias que cierran de improviso los ciclos sofocantes de las sequías.

se tienen líneas incisivas de extrema rudeza. convertidos ahora en esteros que marcan los asentamientos de los vaqueros. corren tenues hilos de agua. a manera de colmenas. restos de antiquísimas lomas corroídas se derraman — ora en alineamientos que asemejan viejos cami­ nos de hielo. en placas bruñidas que reverberan a la luz en fulgores metálicos. Estas últimas formaciones. o el entrelazamiento de ambas. la repentina ilusión de hallarse. pierden unidad. sin que se descompongan sus elementos formadores. caprichosamente escindidas en planos casi geométricos.). agitándose absurdamente. a veces. y sobre ellos. de T . Esclarecen la génesis de los llanos rasos que se desatan. hasta Jeremoabo. y más allá desaparecen entre los bloques. fuera de las súbitas corrientes. los cristales de feldes­ pato. son una reproducción completa de los oueds * que marginan el Sahara. Se disocian en los veranos quemantes. Se recortan. ora esparcidos al azar— espesos lastres de lajas y piedras fracturadas. sedes de antiguos lagos. donde persisten todavía. son nuevos testimonios de esos efectos físicos y mecánicos que. cubiertos de una vegetación resistente. * Oueds: en francés en el original: cursos de agua que corren por el desierto. más adelante se rodean de cadenas de rocas. se sustituyen. de mangábeiras. despedazando las rocas. (N . cementados en el cuarzo. Despuntan en general estratos de un talcoesquisto azul oscuro. se adelantaron a la acción de los elementos químicos en función de los datos meteorológicos normales. se degradan en los inviernos torrenciales. se modifican los aspectos naturales. Y según sea la preponderancia de una o de otra. La mayoría obstruidos por piedras entre las cua­ les. en las dos estaciones únicas de la región. en inestables ángulos de caída. De este modo. aparecen tramos deprimidos. . como grandes desmoronamientos de dólmenes. dan. capas menos resistentes de arcillas coloradas escindidas de cuarzo e interceptadas por discordantes planos estratigráficos. con intercadencia invariable. en aquellos yermos vacíos. Van del desequilibrio molecular. sin intervalos en su acción demoledora. Atenuándolas en parte. ante majestuosas ruinas de castillos. mal asentadas sobre sus bases estrechas. Las aristas de los fragmentos. que surgen en numerosos puntos. silúricas quizá. los lechos generalmente secos de arroyos que sólo se llenan en las breves estaciones de las lluvias.Las fuerzas que atacan la tierra en su contextura íntima y en su super­ ficie. dando la imagen perfecta de esos mares de piedra tan característicos de los lugares donde imperan regímenes excesivos. Se unen y se complementan. Las mismas capas gnéisicas. cubren completamente a las demás a medida que se marcha hacia el NE y se asimilan a contornos más co­ rrectos. delatando idénticas violencias. a la dinámica portentosa de las tormentas. abiertos en cajón. Por las faldas de los cerros en tumultuosa ronda. a cada paso y en todos los puntos. cubriendo extensas áreas.

por cualquier camino se suceden los accidentes poco elevados pero profundos. las capas se inclinan más fuertemente. cambiándolas por los emocionantes escenarios de aquella naturaleza torturada. . Aún la alientan. en la edad terciaria. planas. de caídas resbaladizas. Y por inexperto que sea el observador. De este modo. . El aspecto ruinoso de éstas armoniza con los otros accidentes. que todavía arrastra en esas formaciones rígidas. que recuerdan falaises * * . al extraño despojamiento de la tierra. llenos de vértebras desconyun* Em. Porque. Liáis 65. las mismas infiltraciones de cuarzo. capaz de esbozar la situación de aquella zona en edades remotas. tangenciándose en esquinas de rebor­ des cortantes. donde encu­ bren torrentes periódicos. y hasta cierto punto. por largo tiempo. en quebradas. se criban en escoriadas cavidades circulares y acanaladas. las escalas de las altiplanicies terminando en taludes a plomo. las olas y las corrientes. Se suceden cúmulos despojados. que convierten a las ollas en enormes osarios de mastodontes. la estereotipada agitación de sus olas. al dejar las perspectivas majestuosas que se desdoblan al sur. Las erosiones constantes quiebran la continuidad de estos estratos. UN SUEÑO DE GEOLOGO Es una sugestión que atrapa. diminutas. que en otros puntos desaparecen bajo las formaciones calcáreas. Pero el con­ junto apenas se transforma. a despecho de la escasez de datos que permitan una de esas profecías retrospectivas. y su fulgor ardiente ofusca. en puntas durísimas que imposibilitan la marcha. y en sus topes se divisan. los alinea­ mientos notables en que yacen los materiales fracturados. . despojadas de todo ante la acidez corrosiva de los aguaceros tem­ pestuosos. * * Falaise: en francés en el original: acantilado. pro­ fundas. por los cuales dan vueltas los caminos cuando se yuxtaponen. tiene la persis­ tente impresión de pisar el fondo recién elevado de un mar seco. imaginándose que por allí armaron torbellino. Encaja a gusto con un naturalista algo romántico *. en el decir elegante de Huxley 6 S . expuestas por la descomposición de los esquistos en que se embeben. . de sus vorágines muertas. esos cerros paupérrimos brillan de modo estentóreo. todos los caracteres que podemos sumar refuerzan la concepción aventurada. a lo largo de muchas leguas. . A la cruda luz de los días sertanejos. destacadas en láminas. Y en los trechos en que ellas se estiran por el suelo. alineadas en filas.Hacia el norte. innumerables. a los lechos vacíos de los arroyos agotados. los restos de la fauna pliocena. orlando en verdaderas curvas de nivel los flancos de las serranías.

Una corriente impetuosa. mientras el resto del país. nuevas tierras afloran de las aguas. Simultáneamente. el de Minas y parte de la planicie paulista. En ese lento subir. uniendo el Atlántico con el Pacífico. Existe también una presunción derivada de la situación anterior. hundiéndose. permanecía inmersa. ancho canal entre las altipla­ nicies de las Guianas y las del continente. y el Amazonas. . . Las investigaciones de Fred H artt6 6. en un extremo se cierra el canal amazónico convirtiéndose en el mayor de los ríos. el paleozoico medio. de hecho. las aislaba. Liáis. Porque lentamente. las tierras del extremo septentrional de Bahía que se resu­ mían en las piedras de cuarzo de Monte Santo y de la Itiúba. Y golpeándola largamente. las separaba. se operaba una sublevación general: las masas graníticas se levantaban al norte arrastrando al conjunto general de las tierras. al co­ menzar la época terciaria. toda la parte media. como si allí la vida fuese. de la cual es forma decaída la actual de nuestra costa. se salpicaban de la­ gos. golpeada y muerta por las energías revueltas de un cataclismo. agrandándose los contornos de las costas. se am­ plían los archipiélagos dispersos y se hinchan en istmos. escarpada. el macizo de Goiás — el más antiguo del mundo— según la her­ mosa deducción de Gerber6 8. Cubría así gran parte de los estados septentrionales brasileños. Entonces. ex­ puesta en datos positivos. destacándose de las grandes islas emergentes. los picos más altos de nuestras cordilleras apuntaban al norte. Amé­ rica se integra. se produjo el hecho prodigioso del elevamiento de los Andes. de súbito. . en la soledad inmensa de las aguas. y lentamente. mientras las regiones más altas. todos estos elementos se reúnen en la deducción de que un vasto océano cretáceo expandió sus olas sobre las tierras de las dos márgenes americanas. en una lenta rotación alrededor de un eje.tadas y partidas. imaginado por Em. hasta que emergió siguiendo el movimiento general de las tierras. en informe amontonamiento de montañas derruidas. la existencia de innegables lagos cretáceos y siendo los fósiles que las definen idénticos a los encontrados en el Perú y en México. entre los llanos de Barbacena y Bolivia. se levantaba ya conformado. remolineándola hacia el oeste y arrebatándole todos los materiales desprendibles. establecieron en las tierras circundantes a Paulo Afonso. donde fulguraba en plena actividad el volcán de Caldas. se modelaba aquel rin­ cón de Bahía. y triturándola. y contemporáneos a los que Agassiz6 7 descubrió en Panamá. Hacia el sur. constituían el núcleo del continente futuro. Entonces. recién descubiertas. se redondean. yendo a golpear contra las terrazas superiores de las altiplanicies. donde extensos depósitos sedimentarios denuncian la edad más antigua. en un ascenso continuo. al sur. la sujetaba. se abultan. derramadas bajo las aguas. No existían los Andes.

Nos muestran las sierras Grande y del Atanásio. les forman el divortium aquarum que progresa hacia el norte. las insolaciones inclementes y las aguas salvajes que degradan el suelo. que los torrentes arre­ baten todos los principios disueltos — acumulándolos poco a poco en la conquista del paraje desolado cuyos contornos suaviza— sin impedir. subiendo hacia el norte en busca de la llanura que el Paranaíba excava. fundiéndose en el Acaru. . Y luchando tenazmente con el flagelo del clima. Obedeciendo a la misma tendencia. el talud de las altiplanicies parece doblarse en relieve. el de la Favela. que la prolongan. en parte. una flora de rara resistencia entre­ teje la trama de las raíces. Todas trazan al fin una elíptica curva cerrada al sur por un morro. De tal manera. impidiendo. mirando hacia la región ex­ tendida en torno de un radio de quince leguas. Se piensa que la región incipiente aún se está preparando para la Vida: el liquen todavía ataca a la piedra fecundando la tierra6 9. a orillas de las lomas de Jeremoabo. . monótonamente.El régimen desértico allí se afirmó. donde afloran los manantiales interminentes del Bendegó y sus tributarios efímeros. en lugar de alargarse hacia el naciente. formando las masas del Cambaio. Unificadas. los picos del Caipá. se nota. enfila hacia el poniente. de donde irradian las pequeñas cadenas del Coxomongó y Calumbi. y desde allí hacia el norte. en los largos veranos. como en un mapa en relieve. en los grandes descampados. repartiéndose en las de Canabrava y Po^o de Cima. De ahí la impresión dolorosa que nos domina al atravesar aquel ignoto pedazo del sertón — casi un desierto— que se abre entre las serranías desnudas y se estira. en flagrante antagonismo con las disposiciones geográficas: sobre laderas escarpadas donde nada recuerda las depresiones sin escurrimientos de los desiertos clásicos. perturbando toda el área de drenaje del Sao Francisco abajo de la con­ . con todo. corriendo y al prin­ cipio diferenciadas. lanzándose al NO. de nuevo se dispersan hasta acabar en los llanos altos a orillas del Sao Francisco 70. de nuevo se embeben. Y se ve cómo las cadenas de sierras. alrededor del ancho llano ondulante donde se erigía el poblado de Canudos. mediando en los tra­ zados del Vaza-Barris y el Itapicuru. avanza discontinua en aquel rumbo y después de ser entallada por el Vaza-Barris en Cocorobó. y hacia el noroeste. una hacia el NO y la otra hacia el N. y en éstas. la del Aracati. su conformación orogràfica. se juntan con las de Caraibas y Lopes. II DESDE LO ALTO DE MONTE SANTO Desde lo alto de la sierra de Monte Santo.

volviendo a su primitivo aspecto de valles sinuosos y secos. llenos de piedras. inapre­ ciables en la escala más favorable e imponiendo al Vaza-Barris un curso tortuoso del cual se libera en Jeremoabo. en cuyo lecho crecen las gra­ míneas y pastan los rebaños. sin los escenarios opulentos de las sierras y de los planaltos o de los interminables llanos— y lo convierte en una mixtura en la que esas disposiciones naturales se embarullan en confusión pasmosa: planicies que en seguida muestran series de pisos tallados de barrancas. río sin nacientes. El mismo Vaza-Barris. lodoso como lo indica el nombre portugués que le sustituyó con ventaja la antigua denominación indí­ gena 72. como una amplia calle polvorienta y tortuosa. se desbor­ dan. se deslizan por algunos días hacia el río principal. Tienen la existencia fugitiva de las estaciones lluviosas. el Bendegó y el Caraibas que le traen aguas transitorias dentro de sus lechos rudamente excavados. al dirigirse hacia la costa71. dando a los cuadros naturales la encantadora grandeza de perspectivas en las que el cielo y la tierra se funden en una difusión lejana y de sorprendentes colores. Vimos cómo la naturaleza a su alrededor le limita el régimen brutal — encerrándolo en tierras escabrosas. morros que en contraste con los llanos parecen de gran altura y apenas están a pocas decenas de metros del suelo. Son más bien. Este es un río sin afluentes. no muestran las depresiones del suelo. . y desapa­ recen. hasta Jeremoabo. no tendría el trazado actual si una corriente perenne le asegurase un perfil de equilibrio. adscriptas a los relieves topográficos más cercanos. y corre veloz entre barrancos o estalla entre las sierras. que multiplica la energía de la corriente en la estrechez de los desfiladeros. Nada más de los bellos efectos de los descubri­ mientos lentos. y no es raro. en el despertar de los horizontes y en el desatar — amplísimos— de los campos gerais por las cimas de las cordilleras. Son ríos que se exceden. profundizan sus lechos anulando el obstáculo del declive general del suelo. en el remodelar de las cumbres. Generalmente cortado. Sus pequeños tributarios. Es una ola que cae de las vertientes de la Itiúba. están. De pronto se llenan. trae durante algunas semanas aguas revueltas y barrosas y en seguida se extingue en un agotamiento completo. Le falta conformidad con el declive de la tierra. fraccionado en ganglios endurecidos. Su función como agente geológico es revolucionaria. abiertos al azar por las aguas o corrientes veloces que. canales de agotamiento. en desarmonía con las disposiciones orográficas generales. abarrotándose en las inundaciones. y lomas que al ser recorridas muestran los accidentes caóticos de las grandes cuevas talladas en bruto.fluencia del Patamoté. a través de un esfuerzo con­ tinuo y extenso. en un trazado de torrentes sin nombre. captando las aguas salvajes que vienen desde las cum­ bres. o seco. cuando crece.

. casi a nivel. DESDE LO ALTO DE LA FAVELA Saltaba la cima de la Favela73. Y nada de lo que divisaba le recordaba los escenarios contemplados. en revoltijo. Y casi comprendía cómo los matutos ingenuos creían que "ahí estaba el cielo” . uniformes. a la par de los otros agentes físicos. intercambian en * Vlateau: en francés en el original: planicie. pero escarpada y alta. Enfrente tenía la antítesis de lo que había visto. hacia el levante. allá abajo. Pero la reunión de tantos trazos incorrectos y duros. . Y aplastándola. Alrededor una elipse majestuosa de montañas. las cumbres del Cambaio corriendo hacia el po­ niente. todas las serranías breves e innúmeras proyectán­ dose en un plano inferior y extendiéndose. . se erigía en el mismo suelo perturbado. bajo el ropaje áspero de los padregales y las caatingas. cercana. le ofrecía una perspectiva totalmente nueva. de por medio la distancia suavizándole las laderas y aplanándolas. dan la ilusión de una planicie ondulada y enorme. divagando. . III EL CLIMA De las breves anotaciones señaladas. En la meseta abrupta. . la del Pogo de Cima. la de Cocorobó. abajo. los contornos agitados del Caipá que se ligan y articulan trazando y cerrando una curva desmedida 7 4 . . . un inesperado cuadro esperaba al viajero que subía las ondulaciones más próximas a Canudos. resulta que los caracteres geológicos y topográficos. Observando a lo lejos. Allí estaban los mismos accidentes y el mismo suelo. Pero visto desde aquel punto. . Sólo se distinguía el Vaza-Barris que la atravesaba torciéndose en meandros. . serpenteantes. incomparable páramo que reposa sobre las sierras. surcados de barrancos y socavados por despeñaderos. las vertientes rectilí­ neas del Calumbi al sur. El poblado. después de esta travesía en la que creía estar pisando escombros de terremotos. esas cum­ bres altaneras dan la impresión alentadora de encontrarse sobre un platean * elevadísimo. y al norte. La Canabrava al nordeste. ondulando en depresiones y dispersa en esperones. una cantidad de casuchas. abajo y adelante. llenándola toda de confusos techos incontables. mal se veían los pequeños cursos de agua. circundada de colinas. . .Mientras tanto. de perfil convexo y simple. cerrándole el horizonte. . meseta. Prisionera en una de esas vueltas se veía una depresión mayor. Volvía la vista atrás para abarcar con una mirada el conjunto de la tierra.

El clima de Monte Santo. Por ahí pasó Martius. Si va hacia el norte lo asaltan fuertes transiciones: la tempera­ tura aumenta. Pero está aislado. creando aspectos dispares entre lugares limítrofes. recuerda un régimen marítimo en pleno continente: la escala térmica oscila en amplitudes insignificantes. éstas. sin la continuidad que era lícito prever de su situación inter­ media. con el propósito esencial de observar el aerolito que había caído a orillas del Bendegó y ya era conocido desde 1810 en las academias europeas. se intensifica el azul del cielo. con una inercia cómoda de mendigos hartos. lo vimos bajo el peor aspecto 76. el SE en el invierno y el NE en el verano se alternan con extraño rigor. con la misma rapidez de quien huye. Escasean las observaciones más comunes. el aire se vacía y los vientos ruedan desorientados. Al mismo tiempo se refleja el régimen excesivo: el termómetro oscila en grados disparatados. los vientos reinantes. De suerte que. desfavorecida además por un medio contrario a la serenidad del pensar y conmovido por las emociones de la guerra. Mornay y a Wollaston75. silva hórrida. lo será todavía por mucho tiempo. Si por un lado. desertas austral como la bautizó. hasta hoy desconocido. Atento sólo a la región salvaje. ante el intenso tiraje de las tierras desprotegidas que se extienden de ahí en adelante. mal pudo ver la tierra recamada de una flora extravagante. un firmamente donde la transparencia de los aires es completa y la limpidez inalterable. por ejemplo. en primera comparación.aquellos lugares las influencias características de tal modo que no se puede afirmar cuál es la preponderante. Agregando que los datos de un solo termómetro y de un barómetro aneroide. se comportaron. gracias a la indiferencia con que tomamos las cosas de esta tierra. acuciados por la canícula. resalta la significación mesológica local. Hacia cualquiera de sus direcciones. siempre evitado. a su vez. Ningún pionero de la ciencia soportó aún los rigores de aquel rincón sertanejo el tiempo suficiente como para definirlo. No es posible abar­ carla en todas sus modalidades. Lo atravesamos en el preludio de un verano ardiente y observándolo sólo desde ese punto de vista. Los que lo antecedieron y sucedieron. agravan a aquéllas y todas persisten en influencias recíprocas. misérrimo arsenal científico con que allí lidiamos. muy superior al de Queimadas. pasando. ese sertón. las condiciones genéticas gobiernan fuertemente sobre las topográficas. desde todas direcciones. La proximidad de las masas montañosas lo vuelve estable. gracias a F. Lo que escribimos tiene el defecto de esa impresión desolada. que es. no nos podrán dar ni siquiera vagos lincamientos de climas que divergen según las menores disposiciones topográficas. de los días con 35° a la sombra. Lo que sigue son vagas conjeturas. diverge con los de los lugares que lo prolongan al norte. a las madrugadas frías. el viajero lo pierde en un día. en su latín alarmado. De este conflicto perenne vuelto círculo vicioso indefinido. . ya en octubre.

inmóviles. la efervescencia de los aires. esbozando el preludio triste de la sequía. a la noche sobreviene un fuego. la atmós­ fera vibra junto con el suelo. la aridez de la atmósfera alcanza grados muy anor­ males. de golpe — un salto de tinieblas por encima de la raya roja del poniente— y todo este calor se pierde en el espacio de una irradiación intensísima. Copiando el mismo singular desequilibrio de las fuerzas que trabajan la tierra. El barómetro cae como en las proximidades de las tormentas y apenas se respira en el bochorno porque todo el calor vomitado por el sol se concentra en una hora única de la noche. y el día. aires inmóviles bajo la placidez luminosa de los días torpes. o con preferencia. el desequilibrio se acentúa. La noche desciende sin crepúsculo. hasta que. agravando todas las angustias de los martirizados sertanejos. en los que prevalece la intercadencia de los días quemantes y las noches frígidas. asombrosa. En 24 horas se insola y se congela. por las costas embarrancadas. los vientos. incomparable en su fulgor. entonces reinan calmas pesadas. en la expansión de las columnas calientes. fulmina a la naturaleza silenciosa en cuyo seno se abaten. las horas transcurren en una intermitencia antinatural de días quemantes y de noches heladas. Los vapores calientes suben imperceptibles. . . Todavía hay más cambios crueles. llegan en turbión. La tierra desnuda presenta en permanente conflicto las capacidades de absorción y expulsión de los materiales que la forman. brillando en una trama vibrátil de centellas. Por un contraste explicable. El sol desapa­ rece y la columna mercurial permanece inmóvil. se encienden en luces del sílice fracturado. Crecen las máximas y las mínimas. Y en los meses en que se acentúa el nordeste. la tierra irradia como un sol oscuro. Empujadas por el nordeste. en una ondulación vivísima de bocas de horno en las que se presiente visible. en la quietud de un largo espasmo. sube. descendiendo la temperatura de súbito. Brilla el sol y la tierra absorbe rayos y los multiplica en reflejos y los refracta en reverbero atroz: por los picos de los cerros. en una caída única. revueltos. . las ramas sin hojas de la flora caída. porque se siente una dolorosa impresión de fauces invisibles. espesas nubes navegan al atardecer sobre las arenas encendidas. en remoli­ nos. Estas agitaciones de los aires desaparecen por largos meses. en general. quitándole a la tierra su humedad exigua y cuando se prolongan. a un mismo tiempo almacena los ardores de los soles y de ellos se desembaraza de improviso. este hecho jamás ocurre en los paroxismos estivales de las sequías. graba en todas las cosas señales que recuerdan su rumbo. en la plenitud de la sequía. todo el ardor traído por las nubes refluye sobre la tierra.A medida que el verano asciende.

la cara vuelta hacia los cielos. Era como un apa­ rato que revelaba de manera absoluta. recorríamos las cercanías de Canudos. . con las patas delanteras firmes en un relieve . el cinturón y la gorra echados a un lado. no lo vieron. Pero al resbalar. Y estaba intacto. le había hecho al fin una concesión: lo libró de la promiscuidad lúgubre de una fosa repugnante: lo había dejado allí. una quixdbeira alta. . por última vez juntos. sino gracias a higrómetros generosos e inesperados. mal herido. los brazos muy abiertos. Quedó casi de pie. Por eso no compartía la fosa común de menos de 50 centímetros de profundidad en la que eran arrojados. reparando fuerzas en un tranquilo sueño. el alférez Wanderley. al descender una cuesta. y había caído muerto junto con su jinete. los compañeros abatidos en la batalla. de tiros espaciados. uno de ellos se destacaba sobre todos de manera impresionante. Volvía del torbellino de la vida sin des­ composición repugnante. su sombra por el suelo y protegido por ella — los brazos abiertos. un anfiteatro irregular. donde las colinas se disponían en círculo frente a un valle húmedo. desde hacía tres meses. El destino que lo había sacado sin protección de su hogar. icozeiros verdes creciendo en ramas entremezcladas con palmas de flores rutilantes. La culata de la mannlicher 7 7 rota. . . de manera que creaba la ilusión de un luchador cansado. pero sugestiva. en una fatiga imperceptible. hacia las estrellas fulgurantes. Cuando días después fueron enterrados los muertos. Por cierto. huyendo de la monotonía de un cañoneo flojo. Cierta vez. Apenas marchito. Había sido montura de un va­ liente. había caído gracias a un violento golpe que le surcó la frente. la sequedad extrema del aire. el uniforme hecho jirones. hacia las lunas claras. Ni un gusano — el más vulgar de los trágicos analistas de la ma­ teria— le mancillaba los tejidos. se encajonó entre las rocas. decían que había sucumbido en lucha cuerpo a cuerpo con un adversario fuerte. a la sombra de aquel árbol único. El pescuezo un poco más alargado y fino. por la abrupta rampa. Descansaba. El sol poniente dejaba. A la entrada del campamento. Un solo árbol. larga. en Canudos.HIGROMETROS SINGULARES No hicimos las observaciones con el rigor de los métodos científicos. reinaba sobre la vege­ tación achaparrada. Pequeños ar­ bustos. Se momificaba conservando los ras­ gos fisonómicos. a fines de setiembre. desde hacía tres meses. hacia los soles ardientes. las patas resecas y el armazón arrugado y duro. cuando encontramos. Los caballos muertos ese mismo día parecían especímenes desparrama­ dos de un museo. manchada con una costra negra. Había muerto en el asalto del 18 de julio. le daban al lugar la exacta apariencia de un viejo jardín abandonado. la cara hacia el cielo— descansaba un soldado.

esta inexorable fatalidad. . . cada partícula de arena suspendida del suelo agrietado y duro. Ceará y Piauí. al norte del Canabrava. se sentía. se veía una ondulación que atontaba: un extraño palpitar de olas lejanas. asumiendo el empequeñeci­ miento de los más robustos espíritus cuando tratan de profundizar en su génesis. la sorda combustión de la tierra. como un foco calorífico. en una enorme expansión de los alti­ planos perturbados. en una última arremetida de la carga. la excitación del rudo ambiente. IV LA SEQUIA El sertón del Canudos es un índice que resume la fisiografía de los sertones del norte. Nos excusamos de estudiarla largamente. en la realidad inflexible de los números. . definida con una palabra que es el terror máximo de los rudos habitantes del lugar: la sequía. sobre el que cayese. es natural que las características climáticas de aquéllos se muestren en él con la misma intensidad. El es. Fuera de eso. Alagoas. Los resume. si a plomo lastimaba el sol y la atmós­ fera inmovilizaba a la naturaleza en torno. 7 8. reflejándose y resaltando. Y allí se detuvo. de súbito. . tanteando oscuramente un sinnúmero de agentes complejos y fugitivos. mayor. que lo tocan o prolongan a pocas leguas de distancia. a manera de minúsculos ciclones. se agitaban sus largas crines ondulantes. . en cierto modo.de piedra. irisa­ do. Pernambuco. Cuando. en las largas calmas. vertical sobre la ladera. Apenas osamos inscribir. irradiaba en todos los sentidos. hace que hacia él converjan los límites interiores de seis estados: Sergipe. extremada por el cabo de Sao Roque 7 9 . aquellos vientos se formaban en columnas ascen­ dentes. especialmente su manifesta­ ción más incisiva. la ilusión maravillosa de un fondo de mar. había fenómenos ópticos esplén­ didos. la luz dispersa en cen­ telleos enceguecedores. con todas las apariencias de la vida. juntando sus aspectos predominantes en una escala reducida. como a través de un prisma desmedido e intáctil y no se distinguía la base de las montañas. La mirada fascinada se perturbaba en el desequilibrio de capas desi­ gualmente calientes. vuelto un animal fantástico. . . especialmente cuando al pasar los soplos rispidos del nordeste. Desde la cumbre de la Favela. La inflexión peninsular. Entonces. Paraíba. De ese modo. como si estuvieran suspendidas. una zona central común. a lo lejos no se distinguía el suelo. en remolinos y torbellinos.

HIPOTESIS SOBRE SUS CAUSAS Impresionado por la razón de esta progresión. con co­ rrespondencia exacta de fechas (1 8 4 5 -7 7 ). 1723-27. 1877-78 del siglo actual. algunos más vastos que la Tierra. se enfrentan en paralelismo singular aunque puedan presumirse ligeras discrepancias que indican de­ fectos de observación o errores en la tradición oral que las registró.Sus dos ciclos — porque lo son en el rigorismo técnico de la palabra— se abren y se cierran con un ritmo tan notable que hace pensar en una ley natural todavía ignorada. Esta coincidencia. negreando dentro del círculo fulgurante de las fáculas. Continuando con un examen más profundo del cuadro. las manchas de la fotosfe­ ra solar. citando sólo las mayores. tan característicos por los períodos inviolables en que se suceden. Y encontró un símil completo en la regularidad con que aparecen y se extinguen. Lo reveló por primera vez el senador Tomás Pompeu8 0 . Así. a pesar de esta simplicidad extrema en los resultados inmedia­ tos. intermitentemente. derivando lentamente según la rotación del Sol. en reflejo casi invariable. permanece insoluble. tanto en el siglo pasado como en el actual8 1 . y sucediéndose. 1744-45. 1835-37. que aparecen con el rigor de incógnitas que se despejan. Y como desde hace mucho la intuición genial de Herschel8 3 les descu­ . de modo de permitir previsiones seguras sobre su irrupción. el barón de Capanema8 2 . en el nuestro hubo otro absolutamente igual y lo que es notable. 1777-78 del siglo x v i i i se yuxtaponen con las de 1808-09. 1736-37. y fiján­ dola un tanto forzadamente en once años. en el cual las apariciones de las sequías. 1844-45. las sequías de 1710-11. el problema que puede traducirse en una fórmula aritmética sencilla. Siendo en el siglo pasado el interregno mayor de 32 años (1 7 4 5 -7 7 ). dibujando un cuadro elocuente en sí mismo. un naturalista. como si surgiera de la copia de una sobre la otra. 1824-25. se destacan nuevos datos fijos y positivos. De todas maneras. se acentúa todavía en la identidad de las épocas extensas y quietas. que en ambos siglos. entre el máximo y el mínimo de intensidad. Se observa una cadencia en la marcha del flagelo. pusieron una tregua a los estragos. inter­ calado por lapsos de entre 9 y 12 años. tuvo la idea de rastrear su remoto origen en los hechos extraterrestres. rara vez alterada. tienen un período que puede variar entre 9 y 12 años. Sabemos que aquellos núcleos oscuros. salta a la simple observación una coincidencia su­ ficientemente repetida como para que se dude del azar. Pero.

Como quiera que sea. sin leyes defini­ das. No le pone barreras. Lo determina en gran medida y quizá de manera preponderante. sede de grandes depresiones barométricas en el verano. Quedaba por comparar el mínimo de las manchas. en su pasaje veloz sobre los llanos desnudos que. la correlación surgía firme. Porque la cuestión. falló la teoría: pocas veces coinciden las fechas del paroxismo estival en el norte con las de aquél. el nordeste vivo. Atraído por ellas. haciéndolo subir y provocándole enfriamientos y la condensación en lluvias. sólo serán definitivamente sistematizadas cuando una extensa serie de observaciones permita la definición de los agentes pre­ ponderantes del clima sertanejo. de modo de equiparar los períodos de unas y otras. derivadas de la naturaleza de la tierra y las reacciones más amplias. que el exclusivismo de observar una causa única. el penoso régimen de los Estados del N orte8 4 existe en función de agentes desordenados y fugitivos. la disposición orogràfica de los sertones. el monzón del nordeste. irradiando intensamente. pese a su forma atractiva. defensa ante la irradicación del gran astro. toda la humedad absorbida en la travesía de los mares. son. y éstas. intacta.brió el influjo apreciable en el dosaje de calor emitido hacia la Tierra. al entrar de diciembre a marzo por las costas septentrionales. como se sabe. sujetas a las perturbaciones locales. El fracaso de esta tentativa denuncia menos lo desvalido de una apro­ ximación impuesta rigurosamente por circunstancias tan notables. emanadas de las disposiciones geográficas. de modo que le permiten llevar hacia los puntos remotos del continente. uno de los motivos de las sequías responde a la disposi­ ción topográfica. es singularmente favorecido por la propia conformación de la tierra. . Lo canaliza. En este punto. sobre los manantiales de los grandes ríos. en vasta superficie extendida hasta el Mato Grosso8 5. con la complejidad inmanente a los hechos concretos. se atiene preferente­ mente a razones secundarias pero cercanas y enérgicas. con el flagelo de las sequías en el planeta torturado. apoyada en datos geométricos y físicos unidos en un efecto único. Del hecho. Por lo tanto. elevan su punto de saturación disminuyendo las probabilidades de las lluvias y lo rechazan. De ahí las corrientes aéreas que lo desequilibran y varían. en mo­ dalidades que van avanzando desde la naturaleza del suelo a la disposi­ ción geográfica. oriundo de la fuerte aspiración de las altiplanicies interiores que. aparte las peque­ ñas variantes — cadenas de sierras que se alinean hacia el nordeste para­ lelamente al monzón reinante— facilita el paso de éste.

¿no podremos considerarla. en cierta forma. Según numerosos testimonios. Después de dos o tres años. como de 1877 a 1879. Fuera de tales límites no hay un solo ejemplo de extinción de las sequías. llegando hasta los extremos de Bahía. Si los atraviesan. navega en el cénit de aquellos Estados. . (N . del 12 de diciembre al 19 de marzo. determine el dynamic colding * para decirlo de una manera expresiva. fortalecido por la intuición de los sertanejos para quienes la persistencia del nordeste — el viento de la sequía. su propia intensidad origina una reacción inevitable. cumpliendo la función de una montaña ideal que. se interpone al monzón y lo detiene. en un desencadenamiento de ciclo­ nes violentos. vuelven a las nubes para. de nuevo. condensarse y precipitarse y otra vez revertir el proceso. en la formidable colisión con el nordeste. A mitad de camino se evaporan entre las capas calientes que suben y rechazadas. crecen. con el consiguiente enfriamiento y la inmediata condensación en aguaceros diluvianos que se descargan de súbito sobre los sertones? Este desfile de conjeturas tiene como único valor el indicarnos cuán­ tos remotos factores pueden incidir en esta cuestión que nos interesa por dos razones: por su significado científico y por su significado más pro­ fundo. en que la inso­ lación calienta intensamente los llanos desnudos. corriendo del este al oeste y corrigiendo momentáneamente la la­ mentable disposición orogràfica. los primeros golpes de lluvias despe­ ñadas de lo alto no tocan la tierra. Entonces parece volverse visible la protección de las columnas ascen­ dentes que determinan el fenómeno. provocando el ascenso de las corrientes. Reduce por eso a segundo plano el influjo hasta hoy inútilmente agitado de los alisios y es. en minutos nublan todo el firmamento deshaciéndose luego en aguaceros fuertes sobre los desiertos resecos. Las sequías aparecen siempre entre dos fechas fijadas hace mucho tiempo por la práctica de los sertanejos.). como lo bautizaron— equivale a la permanencia de una situa­ ción irremediablemente cruel. para el caso. que es resolver el destino de una gran parte de nuestro país. Un hecho natural de otro orden esclarece esta hipótesis. Decae de modo considerable la presión atmosférica.A las flageladas tierras del Norte les falta una serranía alta que corriendo en dirección perpendicular a aquel viento. estallan. Se eleva más y se define mejor la barrera de las corrientes ascendentes de los aires calientes antepuestas a las que entran por el lito­ ral. en su lento oscilar en torno del ecuador. Siendo así y recordando que es precisamente dentro de este intervalo que la faja de las calmas ecua­ toriales. Las épocas benéficas llegan de improviso. Y se entrechocan unas con otras. d e T . hasta * Dinamic colding: en inglés en el original: dinámica fría. se prolongan fatalmente a lo largo del año hasta que se reabre otra vez el período.

. determinados por los declives. lo seca y marea. Cambian en lenta metamorfosis. le achica el horizonte. de ciclón. . reducida casi a una especie invariable. penosamente se envuelven en estrechos círculos las mismas plantas que tanto se diversifican en los matorrales y allí se manejan con un molde único. van absorbiendo la humedad exigua de la tierra. lo repele con sus espinos. sus árboles.que tocan el suelo que al principio ni humedecen. descubre ante su vista leguas y leguas. . de flora que agoniza. vistos en con­ junto. la misma apariencia de vegetales en trance de muerte. Y pene­ trando en la atmósfera ardiente. se asemejan a una sola familia de pocos géneros. los sertones se transforman y reviven. Mientras que la caatinga lo ahoga. fluyendo en arroyos que crecen entre las quebradas. en idas y vueltas rápidas y continuas. llevan­ do velozmente las ramas de los árboles arrancados. Aunque la caatinga no tiene las especies reducidas de los desiertos — mimosas retorcidas o euforbiáceas ásperas sobre las gramíneas marchi­ tas— y parece repleta de diferente vegetación. Si al asalto repentino se suceden las lluvias regulares. entre­ cruzadas. inmutables en su desolado as­ pecto: árboles sin hojas. No es raro que cambien en un giro veloz. revueltas. haciendo recordar un bracear inútil. finalmente. En ésta. lo atrapa en una trama espinosa sin atraerlo. LAS CAATINGAS Por eso. que sólo se diferencia en el tamaño: todas con la misma conformación. El drenaje rápido de las tierras y la evaporización que se hace en seguida más viva. apuntando filosamente en el aire y estirándose por el suelo. el viajero tiene el desahogo de un horizonte lejano y la perspectiva de las planicies abiertas. los vientos duplican la capacidad higrométrica y día a día. como si hubiesen caído sobre chapas incandescentes. por un efecto explicable de adaptación a las estrechas condiciones del ingrato medio. se forman los primeros hilos de agua corriendo por las piedras. volviendo a las alturas con mayor rapidez. de ramas retorcidas y secas. tortuoso. los primeros torrentes despeñándose por las faldas. con los brotes crecidos en puntas de lanza. casi en una evaporización. deshechos en gajos que apenas irrumpen por el suelo. revueltos en el mismo caos de aguas turbulentas y oscuras. la travesía de las veredas sertanejas es más cansadora que la de una estepa desnuda. rodando todos en una misma ola. con­ centrándose tumultuosamente en riachuelos correntosos que se adensan en ríos barrosos de lechos azarosos. Es que. las vuelve de nuevo desoladas y áridas. al menos. . casi sin troncos. para bajar una vez más. Hasta que. . reabriendo el ciclo inflexible de las sequías. sus hojas pinchantes.

cre­ ciendo en tubérculos húmedos de savia. arbustos de poco más de un metro de altura. . duras como carbones. para absorber los escasos elementos en él difundidos. ensanchando la superficie de contacto con el aire. huyendo del ahogo de las sombras y elevándose. marcadas todas por los estigmas de esta batalla sorda. Se empequeñecen las hojas. en las noches frías. Al mismo tiem­ po amplían su ámbito frontal. admi­ rables aparatos para la propagación de las simientes. eludir o combatir. cortado por el drenaje de los picos o esterilizado por la succión de los estratos que completan las insolaciones.tendiendo a un limitadísimo número de tipos caracterizados por los atri­ butos de los que poseen mayor capacidad de resistencia. . el árbol se dispone a reaccionar contra el régimen brutal. estivando. Revisten con un indumento protector a los frutos. los típicos anacardia hu* Véase la bella inducción de T yndall86. Pero éste. Esta se impone. estallando como si tuvieran palancas de acción. la caatinga extiende sobre la tierra las ramas de los espinos. Y para evitarlo. surgen en la punta de los gajos para disminuir el campo de la insolación. Con dehiscencia perefecta. se esteriliza el aire. Pero reducidas todas sus funciones. desparramándolas profusamente por el suelo. sin excepción. a veces como estróbilos. Son los cajueiros anuales. Las leguminosas. Y todas. de anchas rojas espesas. sujetos más a los rayos del sol que a los troncos seculares. Atro­ fian las raíces maestras golpeando contra el subsuelo impenetrable y las sustituyen por la expansión irradiante de las radículas secundarias. aislados. en los duros pastizales. las vainas se abren. tienen en el perfume suavísimo de las flores *. Algunos árboles. una protección intáctil que. numerosos. Así preparado. tenaz e inflexible. ruge el nordeste y. que muestran una floración riente en medio de la desolación general. más original y más conmovedora. se elige la inhumación de la flora moribunda. se alimenta de las reservas que almacena en las épocas serenas y pasa los veranos pronta a transfigurarse en los deslumbramientos de la primavera. allí es total­ mente opuesta: más oscura. como un cilicio. sobre ellas se levanta y se arquea evitando que sufran de golpe las caídas de temperatura. La lucha por la vida. en tierras más favorables y en singular disposición. el suelo se vuelve piedra. aglomerados en bosquecitos o salpicando. Rijo­ sas. Se vuelca sobre el sertón la tortura de la sequía. . Entre los dos caminos desfavorables — aires calientes y tierras áridas— las plantas más fuertes presentan un aspecto muy anor­ mal. que en las selvas se traduce por una tendencia irreprimible hacia la luz. es áspero y duro. rígidos. a su vez. en vida latente. tiendas invisibles y encantadoras que las resguardan. eluden aún mejor las intemperies. . El sol es un enemigo que hay que evitar. los tallos se entierran en el suelo. allí son enanas. altas en otros sitios. Se ven. la planta. .

provoca. por la noche. la mano que la toca. Se suceden otros ejemplares. facilitan la condensación de los escasos vapores traídos por los vientos. cerrados en tortuosidades impenetrables. por abajo. que no tienen esta conformación. al enfriarse. a despecho de la sequedad de éste. copian las mismas formas. Los caroás verdosos. . una planta de macambira es para el matuto se­ diento como un vaso de agua cristalina y pura. Golpeado por el calor. Las aguas que huyen en el correr salvaje de los torrentes. Tipos clásicos de la flora desér­ tica. Se hicieron para los regímenes bárbaros. que resulta de la evaporación por las hojas. aferrado a un suelo sobre el que apenas asoman los brotes más altos en su fronda majestuosa. absorción y defensa. bajo nuevos aprestos. totalmente enterrado. en demasía conocidas por los taharéus— quizá un futuro género cauterium de las leguminosas. Por un lado. Finalmente se des­ cubre que se va repartiendo en divisiones dicotómicas. como las de la mayor parte de los vegetales sertanejos. Cuando se hacen zanjas alrededor de estos extraños vegetales. notables aprestos de condensación. Sus hojas lisas y lustrosas. son un árbol solo. enorme.). avivándolas *. les repelan los climas benignos que los debilitan. invisible. Otros. nativos de la región. hechas adrede para esos parajes estériles. Las favelas. o entre las capas inclinadas de pizarra. de flores triunfales y elevadas. de T . el vegetal parece esconderse del embate de los elementos antagónicos y abroquelarse de ese modo.milis de los llanos áridos. su epidermis. se comprueba la sorpren­ dente profundidad de sus raíces. los cajuis de los indígenas. breves precipitaciones de rocío. Y los arbustos más pequeños. El eje descendente es más grueso a medida que se excava. por otro lado. torturado por los vientos. dispersos o apareciendo en grupos. abrazando a veces amplias áreas. fustigado por los soles. toca una chapa incandescente de ardor increíble. agotando la absorción hecha por las raíces. quedan retenidas por largo tiempo en las membranas de las bromeliáceas. (N . muy por debajo de la tem­ peratura del aire. entran en la categoría de las fuentes vegetales de Saint-Hilaire 87. No son raíces sino ramas. a un tronco único y vigoroso. los gravatás y los ananás salvajes. tienen en las hojas de células alargadas en vello­ sidades. todos igualmente resistentes. fulmi­ nados. para vencer el peligro máximo de la vida vegetativa. todos los árboles. todavía anónimas para la ciencia —ignoradas de los sabios. Los nopales y cactos. se preparan de otra manera. No es posible desenraizarlos. roído por los torrentes. persisten inalterables o quizá más vividos. Parece que el fuego de los desiertos estimula mejor la cir­ culación de la savia entre sus tallos húmedos. * En el pináculo del verano. Avanza tierra adentro hasta llegar. más resistentes que los demás. cuando marchitan a su lado.

pintados de blanco y de flores en espigas. salpicando el desierto con sus flores doradas. ellos agitan sus ramajes verdes. cuando se cierran sus grandes frutos colorados destacándose nítidos en la media luz de los cre­ púsculos. No están en el cuadro de las plantas sociales brasileñas de Humboldt. . destinados a dar su nombre a la más legendaria de las aldeas. como moldes. siempre florecidos. pocas veces aparecen en grupos. forman el suelo arable en que nacen. Actúan por contraste. .Ahora bien. Tienen el mismo carácter los juázeiros. en apretadas tramas. porque hay. adrede modeladas por las reacciones vigorosas de la luz. entonces ya hace mucho que desaparecieron los fondos de los ojos de agua y los lechos endurecidos de los arroyos muestran. y los canudos de pito. íntimamente abrazadas. por la capilaridad del inextricable tejido de radículas enredadas en numerosas mallas. los viejos rastros de las boyadas. Son novedad atrayente al principio. con la simetría impecable de enormes candelabros. Y estrechamente solidarias a sus raíces. disciplinada­ mente se congregan. desparramados por las llanos y encendidos. Pero. en esas épocas crueles. constituyendo en los trechos en que aparecen. Viven es el término. venciendo. por sobre la paupérrima vida. ellos dan la emocionante ilusión de cirios fijados al azar por el suelo. heliotropos arbustivos de tronco hueco. en un esfuerzo enorme. De esta clase son todas las plantas cesalpíneas y las caatingueiras. asoman individualmente por encima de la vege­ tación caótica. Los mandacarus (cereus jaramacarú). El sertón entero es impropio para la vida. un rasgo superior a la pasivi­ dad de la evolución vegetativa. en el subsuelo. y es posible que en otros climas sean individuales. La dureza de los elementos crece en ciertas épocas al punto de des­ nudarlos. las especies no se pre­ sentan tan bien armadas para la reacción victoriosa. Y viven. de hecho. . Allí se asocian. . que pocas veces pierden las hojas de un verde intenso. . apenas se elevan los cereos silenciosos. retienen las tierras que se disgregan y finalmente. Se empobrece com­ pletamente el suelo áspero. cuando al revés de las antedichas. La vista . Se encumbran triunfalmente mientras toda la flora se deprime. Se suceden los meses y los años ardientes. en que las inso­ laciones se agravan a veces con los incendios espontáneos que prenden los vientos en las ramas secas. el sesenta por ciento de las caatingas. No pudiendo vivir aisladas. también los romeros de los campos. se observan dispo­ sitivos todavía más interesantes: se unen. la succión insaciable de los estratos y de las arenas. Y al caer las breves tardes sobre aquellos desiertos. retienen las aguas. Caracterizan a la flora caprichosa de la plenitud del verano. . ajenos a las estaciones. encumbrando los troncos circulares repartidos en columnas poliédricas y uniformes. Sobre la naturaleza muerta. se arraciman. alcanzando notable altura. como oasis verdeantes y festivos. con­ virtiéndose en plantas sociales.

todos del mismo porte. mata en­ ferma en la etimología indígena. a los cabegas de frade. un vacío desértico. con el vivo carmín de las cochinillas que alimentan. uniformes. Buscan los sitios ásperos y calientes. . de gemas espinosas que convergen en el vér­ tice superior formando una flor única. entre árboles sin hojas y sin flores. Son los vegetales de los médanos quemantes. humildísimos. huyendo del suelo bárbaro en busca del remanso de la copa de la palmera. amigándose con los frágiles ouricuriseiros. Los xiquexiques (cactus peruvianas) son una variante de proporciones inferiores. por la forma y por el modo como se desparraman. vuelve a la normalidad y descansa recorriendo sus troncos derechos y correctos. Toda la flora se mezcla en una promiscuidad indescriptible. exhausta. la raíz larga y capilar hasta la porción inferior. Es que una estrechísima rajadura les permitió continuar. Es la caatanduva. va decayendo poco a poco. Aquí y allí hay otras modalidades: las palmatorias-do-inferno. se observa el mismo desolador escenario: vegetación agonizante. Se observan en el lecho abrasante de los riachos graníticos heridos por los soles. acanalada. horribles. en un estertor doloroso. que se fracciona en ramas inquietantes de espinas.fatigada por tener que acomodarse a la contemplación penosa de los agres­ tes remajes contorsionados. en un desorden trágico. al azar. aferrados a la tierra como fibras de una alfombra humillada. sucediéndose constantes. orladas de flores rutilantes. donde acaso existan. Subiendo un escalón al azar y mirando en torno. que las mismas orquí­ deas evitan. las ramas serpeantes. idénticos todos. en los días claros. la sylva hórrida de Martius. abriendo en el seno iluminado de la naturaleza tropical. Aparecen de modo inexplicable sobre la piedra desnuda. por aquellos agrestes campos. unos restos de humedad. monstruosos melocactos de forma elipsoidal. curvas y rastreras. espinosos. libres de evaporación. quebrando alegre­ mente la tristeza solemne del paisaje. a través de la roca. a igual distancia. Y la vasta familia capaz de adquirir todos los aspectos. . Entonces se comprende la verdad de la paradoja de Augusto de SaintHilaire: "¡Se encuentra allí toda la melancolía del invierno con un sol ardiente y el calor del verano!”. Marcan la totalidad con su monotonía anormal. . Poco más puede descifrar quien anda. intensamente roja. dando por el tamaño. flexibles como víboras verdes por el suelo. distribuidos con un orden singular por el desierto. Es la sylva oestu aphyla. Al cabo de poco tiempo se vuelven una obsesión afligente. dolorosamente volcada sobre su terrible lecho de espinas. recamadas de flores blanquísimas. palmas diminutas diabólicamente erizadas de espinas. doliente e informe. Tienen como socios inseparables en este habitat. tiradas por ahí. hasta los quipás reptantes. la imagen singular de cabe­ zas guillotinadas y sanguinolentas.

les proporciona púrpura de sus flores sin esperar a las hojas. Y cuando el viajero vuelve ya no encuentra el desierto. las caraibas y baraúnas altas se recrean en las márgenes de los arroyos. sus numerosas ramas. las motas flo­ ridas del romero del campo. Es una transformación de apoteosis. sin crepúsculos. las umburanas perfuman los aires. Cargándose en minutos. Mas en el oscurecer de una tarde cualquiera de marzo. los umbuzeiros elevados a dos metros del suelo.A la luz cruda de los interminables días se erizan llamas sobre la tierra inmóvil y no la animan. más verdes. en medio de hielos. . irradiando en círculo. no ya por la altura sino por el gracioso porte. Sobre el suelo alfombrado de azucenas resurge triunfalmente la flora tropical. Las gotas de lluvia caen gruesas. filtrándolos entre la fronda y dominando el renacer general. . que surcan la hoja negra de la tormenta. dan lentas y desmesuradas vueltas en las alturas. Reverberan las infiltraciones de cuarzo por los cerros calcáreos. prontamente ahogadas en la noche. por primera vez titilan vivamente. . echan brotes los mariseiros cuyas ramas resuenan al paso de la brisa. como flecos de nieve. Nubes voluminosas ponen una barrera en el horizonte. se mueven dando vida al paisaje. . recortándolo en relieves imponentes de negras montañas. asoman vivaces. predilectas de los caboclos — es su hachís. dán­ dole al conjunto el aspecto de un paisaje glacial. redondeando las colinas. de vegetación invernal. se adensan los icozeiros bajo el ondular festivo de las copas de los ouricuris. de troncos finos y flexibles. sobre el suelo. se hinchan. . y oscilando en la punta de las ramas secas de los árboles hirsutos penden las tilas albas. las quixabeiras de hojas pequeñísimas y frutos que recuerdan cuentas de ónix. las estrellas. en un blanqueo de bloques de hielo. mientras los vientos barren las planicies sacudiendo las ramas. Las juremas. disimulando los tajos de las quebradas. Se mueven lentamente. el firmamento se ilumina con relámpagos su­ cesivos. tardes rápidas. Restallan ruidosamente los truenos. desordenadamente esparcidos por el desierto. espaciadas. convirtiéndose en seguida en un aguacero de diluvio. echadas sobre los llanos.

les proporciona gratuitamente un inestimable brebaje que les da vigor para las largas caminatas y les quita la fatiga en instantes. trepan por los escasos mariseiros. predilectas de los caboclos — es su hachís. Y el sertón es un paraíso. modificándose según las exigencias del medio. gracias a las abundantes reservas guardadas en las raíces. * Verde y magrem. Representa el más señalable ejem­ plo de adaptación de la flora sertaneja. se enrubian en motas los juás. Fiel amigo en las rápidas horas felices y largos días amargos de los vaqueros. Así podados parecen grandes cascos esféricos. continúan siendo la nota más feliz del deslumbrante escenario. formando un plano perfecto sobre el suelo. El umbu es para el pobre matuto que allí vive lo mismo que la mauritia para los garaúnas de los llanos. a la manera de una planta ornamental cuidada por la solicitud de un práctico jardinero. aquel pe­ dazo de sertón. o salpicando los morros. Las júrenlas. tuvo un tallo más vigoroso y alto y fue decayendo. Y las reparte con el hombre. sólo alcanzado por los bueyes más altos. y las baraúnas con sus flores en cascada. desparramados por los llanos. codicia el zumo ácido de sus hojas. por fin. . términos con que los matutos denominan las épocas de llu­ vias y de sequía. El ganado. involucionando hasta prepararse para la resistencia. levanta en firme recorte la copa circular. pues sus ramas curvas y entrelazadas parecen hechas a propósito para armar redes. . atrayendo la mirada. para desafiar las sequías interminables. tan estéril que en él escasean los carnaubais tan provi­ dencialmente dispersos hasta las vecindades de Ceará. . transpiran en la cáscara reseca de los árboles. sustentándose en los tiempos de miseria gracias a la energía vital que economiza en las esta­ ciones benéficas. estallando en flores blanquísimas. destacándose. . Lo alimenta y mitiga su sed. . Le abre el seno afectuoso y amigo. estaría despoblado. Si no existiese el umbuzeiro. Tal vez. reaccionando. en la intercalación de veranos fla­ mígeros e inviernos torrenciales. hasta en los días de bonanza.Es el árbol sagrado del sertón. Dominan la flora sertaneja en las épocas felices como los cereos melancólicos en los paroxismos estivales. Por entonces realza su porte. — misteriosos árboles que presagian la vuelta de las lluvias y de las anheladas épocas del verde o el término de la magrem * — cuando el flagelo de la sequía está en su ple­ nitud. los araticuns a la orilla de los charcos. como una bebida mágica— se extienden formando tapias. poco a poco. en hojas que pasan de un verde pálido a un rosa vivo en los brotes nuevos. reverdecen los angicos. pero todavía. los umbuzeiros. Y cuando llegan las épocas felices le da los frutos de exquisito sabor para preparar la umbuzada tradicional. algunas gotas de agua. impenetrables muros disfrazados en dimi­ nutas hojas.

los jabalíes de rubia canela. preparadas para los venados ariscos o los novillos escapados. el campesino anda por la huella conduciendo a los bueyes hartos y entonando su canción predilecta. a causa de la exuberancia de la tierra. inflexiblemente rectilíneo. imperceptiblemente. Pasan uno. saltan alegres en los altos pastos. Los surcan las notas de extraños clarines. a la orilla de los bañados donde van a beber y el tapir deteniéndose un instante en su trote brutal. pasan en manadas por las tigüeras con el estruendoso estrépito de maxilares que se mueven. seis meses de ventura. . . dos. las flores y las hojas se despegan poco a poco y caen y la sequía se disbuja de nuevo en las ramas muertas de los árboles marchitos. juntemos estas páginas dispersas. Es que pese a los largos veranos. y a las súbitas inundaciones. olvi­ dado de tristezas. . V UNA CATEGORIA GEOGRAFICA QUE HEGEL NO C IT O 8 9 Resumamos. los litorales y las islas. los valles fértiles profusamente irrigados. y las seriemas de voces quejosas y las sericóias vibrantes cantando en la arboleda. no son incompatibles con la vida. hasta que. disparan por las cuestas húmedas los caititus esquivos. actúan sobre el hombre creando las diferencias étnicas: las estepas de vegetación raquítica o las vastas planicies áridas. . aterrando a los mocos que hacen pareja para anidar en las cuevas de piedra. en­ suciándose en los charcos los avestruces velocísimos. extendido sobre los Andes — vasta terraza de dunas— se inscriben rigurosamente entre las primeras. con un ritmo maldito. antes de caer en las trampas traicioneras. . las sabanas que continúan el valle del Mississipi. adornando con guirnaldas las umburanas de roja cor­ teza. en bandadas. derribando árboles por la caatinga .Al mismo tiempo surge la fauna resistente de las caatingas. . y ruedan las turbas turbulentas de las maritacas estridentes. Pero no fijan al hombre a la tierra. corren por las mesetas altas. Se suceden mañanas sin par en las que la irradiación del levante en­ cendido tiñe de púrpura las eritrinas y destaca los festones multicolores de las begonias. Los llanos de Venezuela. las palomas silvestres que emigran. Los aires se animan en una palpitación de alas. . . las pampas inconmensurables y el mismo Atacama. En un tumulto de vuelos desencontrados pa­ san. Hegel señaló tres categorías geográficas como elementos fundamentales que en unión con otros. feliz. . y las suguaranas. en bandadas. a las tormentas de arena. Así se van los días. sordamente. mientras.

No atraen. como un océano inmóvil. la atmós­ fera asfixiante. la naturaleza no los abandona del todo. Pero cuando éstas no se prolongan al punto de originar penosos éxodos. rápidas y dispersas ante los primeros fulgores del verano. ahogado en la soledad de las planicies. pero si se los cruza en invierno. todo esto se termina. Bárbaramente estériles. para las so­ ciedades errantes de los pastores en continua movilidad. Al llegar las lluvias. disfraza la dureza de los barrancos. Con la desaparición de los solazos se anula la sequedad anormal del aire. se cree entrar exactamente en aquella primera división. Es un monte frutal vastísimo y sin dueño. de una monotonía abrumadora. Son un aislante étnico. el hombre. les falta un lugar en el cuadro del pensador germánico. repelen. Si se los cruza en el verano. dispersan. Se aíslan las cumbres excavadas. La vege­ tación florece.Su flora rudimentaria. Los vados secos se convierten en ríos. o las estepas de Mongolia. que se vigoriza en las épocas lluviosas. Tienen la fuerza centrífuga del desierto. anónimo. Después. Pero a los sertones del Norte. re­ dondea en colinas los rispidos bloques de piedra. En la plenitud de las sequías son positivamente desiertos. Y el sertón es un valle fértil. y en las ocasiones en que los veranos se suceden sin la intermitencia de las llu­ vias. sin olas y sin playas. como los árboles. por esas planicies. terriblemente oscuro. se unen en curvas suaves a las lomas altas. la tierra se transfigura en mutaciones que contrastan con la desolación anterior. con la única variante del color. desunen. el espasmo asombroso de la sequía. maravillosamente exuberantes. la atmósfera de los desiertos se levanta más profunda ante la expansión renacida de la tierra. como las cordilleras y el mar. de pronto verdeantes. No se pueden atar a la humanidad por el vínculo nupcial del surco del arado. Vuelven los días torturados. Vuelven los días torturantes. como vimos. en un constante armar y desarmar de tiendas. se los toma por parte esencial de la segunda. cubre las grutas. aunque a primera vista se les equiparan. de gramíneas y ciperáceas. la pedregosidad del suelo. lucha con las reservas almacenadas en los días de abundencia y en este combate feroz. La temperatura cae. de tal manera que los grandes llanos surcados por ríos. En el paisaje hay nuevos tonos: la transpa­ rencia espacial resalta en las más ligeras líneas y en todas las variantes de forma y de color. la desnudez vegetal. Muestran siempre el mismo escenario. . Después todo esto se acaba. Los ampara mucho más allá de las horas de desesperanza que acompañan el agotamiento de los últimos ojos de agua. es un incentivo para la vida pastoril. holladas en corridas locas por las catervas turbulentas de los tártaros errabundos.

a la India opu­ lenta. veremos su papel en la economía de la tierra. Los expresa el clásico Sahara — nombre genérico de la árida región dilatada desde el Atlántico al Indico. Esta explicación de Humboldt. cuyos efectos escapan a la razón de los ciclos * Hiléia: nombre que Humboldt dio a la gran región botánica que ocupa la mayor parte de la Amazonia brasileña y territorios limítrofes. después de tocar la punta meridional de la paupérrima Arabia. que coloca a la Tierra en condi­ ciones biológicas inferiores a las de otros planetas. la Hiléia * portentosa del Amazonas 90. del Sahara que lo empuja hacia el norte. tiene un significado superior. atados directamente a las variaciones del medio. una irrupción del Atlántico precipitándose. el ecuador termal. en un terrible remolino de corrientes. .). los rechaza. de T . . los sertones imponen una división especial en aquel cuadro. sobre el norte del Africa y desnudándola furiosamente. puesta en el medio. En lucha sorda. interfiriendo la frontera ideal de los hemisferios. lo que de­ termina uniformidad favorable para la evolución de los organismos sim­ ples. sintetiza todos los climas del mundo. cuyo trazo está perturbado por inflexiones que van desde los singulares puntos donde la vida es imposible. Relegando a otras páginas su significación como factor de diferencia­ ción étnica. Aparecen a veces. . del pie a las cumbres. Por ellas pasa. pasando de los desiertos a las florestas. la naturaleza reacciona. Por eso. Pero siempre que el aspecto geográfico lo permite. entre los valles intensamente fértiles y las estepas más áridas. la existencia vegetativa progresa hacia la línea equinoccial. (N . Bajo ella quedan las zonas exuberantes por excelencia. Acabada la preponderancia del calor central y normalizados los climas. del extremo norte al extremo sur. La fatalidad astro­ nómica de la inclinación de la elíptica. aunque se presente como una brillante hipótesis. La naturaleza no crea normalmente los desiertos. bordeando el Pacífico por un extenso tramo — contrahecho collar de islas desiertas y excavadas— y buscando después en lento desemboque hacia el sur. bajo las líneas astronómicas que definen la exuberancia máxima de la vida. a partir de los polos inhabitables. apenas se advierte en los parajes donde una montaña única.La naturaleza se complace en un juego de antítesis. La más interesante y expresiva de todas. Los combate. entrando por Egipto y por Siria y asumiendo todos los aspectos de la enorme depresión africana al plateau arábigo quemante de Nedjed y avanzando desde allí hacia las arenas de las bejabans en Persia— y son tan ilógicos. donde los arbustos de otras zonas se hacen árboles y el régimen oscila en dos estaciones únicas. cosa inexplicable. que el mayor de los naturalistas pensó que su génesis podía ser la acción tumultuosa de un cataclismo. Es que la morfología de la Tierra violenta las leyes generales de los climas. De la extrema aridez a la exuberancia extrema.

por . pero tenaz. En la agricultura primitiva de los silvícolas. La misma temperatura abrasadora acaba por darles un mínimo de presión atrayendo la afluencia de las lluvias. por ejemplo. las planicies. contra­ puestos a este criterio natural. lo cierto es que un com­ plejo de circunstancias les ha dificultado el régimen continuo. De hecho. Cer­ caban con troncos el área en cenizas donde hubo una mata exuberante. COMO SE HACE UN DESIERTO Los sertones del Norte. éste actúa brutalmente sobre la tierra y en todo el decurso histórico. favore­ ciendo una flora más vivaz.históricos. los llanos y las pampas de escasa vegetación. crecen. en otros pun­ tos los desiertos se anulan. asumió el terrible papel de hacedor de desiertos. Esto comenzó con un desastroso legado indígena. tal vez pertenecen al punto singular de una evolución regresiva. en una retrospección en la que la fantasía se levanta sobre la gravedad de la ciencia. en sucesivas fases de transfiguraciones maravillosas. De modo que si las extensas depresiones eternamente condenadas. Cortados los árboles por las filosas hoces de granito. indiferente a los elementos que provocan tumultos en su su­ perficie. y por fin. las sabanas y las estepas más vivaces del Asia central. geológicamente modernos. se inmovilizan poco a poco aprisionadas por las radículas de las gramíneas. el suelo árido y la roca estéril caen bajo la acción de los liqúenes que preparan la llegada de los frágiles lecitos. ya inútil. por ahora. como las de Australia. Imaginémoslos hace poco. emergiendo. incoercible. La cultivaban. se lo abandonaba. vuelto caapuera — matorral muerto— como lo señala la etimo­ logía tupí. lleva­ das por los vientos. las ramas después de secas se encendían en volcanes de fuego acrecidos por el viento. la tierra como un organismo. surgen. a despecho de una esterilidad menor. que por largo tiempo negaron a la planta más humilde su apego a la tierra. de un vasto mar terciario. pero emocionantes para quien consigue entreverla a través de los siglos sin cuento. el instrumento funda­ mental era el fuego. y las arenas móviles. Renovaban el mismo proceso en la siguiente estación hasta que. el hombre. Olvidémonos. de un agente geológico notable. totalmente exhausto ese pedazo de tierra. permanecen estériles. quedando en adelante irremediablemente estéril porque. Aparte de esa tesis absolutamente inestable. entorpecida siempre por los agentes adversos. va cambiando por asi­ milación. Anteriormente esbozamos algunas.

sueltos en los soplos violentos del nordeste. el incendio. destruidas. quedando estériles e ineptas para reaccionar con los elementos exteriores que se agravaban a medida que se ampliaban: la tierra se volvía piedra. removiéndola en las exploraciones a cielo abierto. eran siempre de tipo arbustivo. para siempre estériles. fuera de la estrecha faja de los cañaverales de la costa. los rigo­ res del clima la flagelaban. sin fosos de contención. la degradó corroyéndola con las aguas salvajes de los torrentes. El aborigen seguía abrien­ do campos. con nuevos árboles derribados y nuevas quemazones. necesitado de ver claramente las montañas que lo guiaban. la hirió a puntazos de pico. con su extraño aspecto de inmensas ciudades muertas. Desde los albores del siglo xvxi. tenían al frente. el régimen francamente pastoril. avasallando extensidades. vacías y tristes. donde no prospera la planta más exigua. se ahogaba en duros pastizales. pastizales sin límites. según el testimonio de los viejos habitantes de las poblaciones aledañas del Sao Francisco. abriéndoles los caminos y devastando la tierra. y más allá la caatinga bravia. libremente encendidos. y dejó. Atacó a fondo la tierra. enrojeciendo con el intenso colorido de las arcillas. en los sertones abusivamente divididos se abren extensísimos campos. los exploradores que en 1830 avanzaron partiendo de la margen izquierda de ese río. Durante meses seguidos se vie­ ron en el poniente. totalmente distintas de la de la selva primitiva. Al mismo tiempo. el reflejo rubio de las que­ mazones. Imaginen los resultados de semejante proceso aplicado sin variantes en el curso de los siglos. aquí y allí. extendiendo el círculo de los estragos en nuevas caapueras. las grandes catas. las familias vegetales que surgían subsidiariamente en el suelo calcinado. . entrando por las noches. Estas brutalidades atravesaron toda nuestra historia. iluminándoles la ruta. se le unió el sertanista ambicioso y bravo en busca de indígenas o de oro. Del mismo modo se abren los fuegos.una circunstancia digna de destacar. tierras de cultivo. Lo agravó to­ davía al adoptar en forma exclusiva para el centro del país. Después vino el colonizador y copió el mismo proceder. Ahogada por una flora que le oscurecía el horizonte y dificultaba peligrosamente las trampas tendidas al indio. espejando aquí y allá la figura doliente de la caatanduva siniestra. Incluso a me­ diados de este siglo. va derribando a su paso y quemando. la esterilizó con las escorias del oro. que una vez más dejaba para formar otras en diferentes puntos. dejando la huella destructora en la marcha de las bandeiras. cargando en vasijas de cuero las indispensables medidas de agua. el mismo instrumento siniestro.

etc. con la succión de los estratos. la severa prohibición de cortar las florestas. Allí están esos documentos preciados en relación directa con la región que pálidamente intentamos describir. Hay otros de comparable elocuencia. que tanto abundaban y hoy quedan a distancias considerables. en busca de las "minas de plata” de Melchior Moreia 91. como se ve. Lo demuestra una comparación histórica. Pero aún puede extinguirlo. al borde del Sahara. Lo demuestran las car­ tas reales del 17 de marzo de 1796. a cada paso se descubre alguna alusión relativa a la rudeza de los parajes que atravesaban. . con las repentinas tempestades. la misma que tienen hoy para nuestros sertanejos. . Por mucho tiempo dominó esta preocupación. Desde 1713. La tarea no es imposible. Si bien no lo creó. corrigiendo el pasado. Y al terminar la sequía legendaria de 1791-1792. que intervino en la correlación de fuerzas de ese clima demoledor. la gran sequía. en el desemboque de los valles. estableció como correctivo único. Quizá hizo el desierto. entonces llamado Pico-Aragá por los tapuias. atravesando normalmente el caprichoso curso lleno de vericuetos de los * Carta de Pedro Barbosa Leal al Conde de Sabugosa 92. . El hacha del caatingueiro auxilió a la degradación de las tormentas. nombrando un juez conservador de bosques. Ya en esa época. la quemazón fue suplemento de la insolación. el gobierno de la metrópoli. Es que el mal es antiguo.”. con las canículas. lo transformó y lo agravó. con sucesivos decretos intentaron ponerle coto.El gobierno colonial lo había previsto. con el nordeste. con parada en Monte Santo. como dicen todavía los viejos sertanejos. Deletreando los antiguos mapas de ruta de los sertanistas del norte. COMO SE EXTINGUE UN DESIERTO Quien atraviesa las planicies elevadas de Túnez. Casi todos pasaban por la orilla del sertón de Canudos. con la erosión eólica. las plantas tenían una función proverbial. entre Beja y Bizerta. Colaborando con los elementos meteorológi­ cos. atribuyéndola a esas costumbres apuntadas. que arruinó al norte entero. intrépidos caatingueiros que pleiteaban con los bandeirantes del sur. todavía encuentra. desde Bahía a Ceará. y la del 11 de junio de 1799 por la que se decreta que "se prohíba la indiscreta y desordenada ambición de los habitantes (de Bahía y Pernambuco) que tienen asolados a hierro y fuego preciosos bosques. Y hablan de los "campos fríos (ciertamente a la noche por la irradiación intensa del suelo desprotegido) cortando leguas de caatinga sin agua ni caravatá que la tuviese y remediando a la gente sólo con raíces de umbu y mandacaru” en la penosa apertura de las picadas *. el hombre agregó un elemento más nefasto.

hacia el Mediterráneo. los franceses les copian los procedimientos sin nece­ sidad de levantar murallas monumentales y dispendiosas. Advirtieron con seguridad el defecto original de la región. era como en los sertones de nues­ tro país. Los torrentes se dividieron en distintas corrientes por las barreras de las murallas que cerraban los valles y los oueds detenidos entre las sierras conservaban por largo tiempo las grandes masas líquidas hasta entonces perdidas. De modo que este sistema de represas. cedió ante una red de barreras. repre­ saron las fuertes correntadas y aquel régimen brutal. donde habían anclado los hijos predilectos de los fenicios. más despojado y árido. entre muros de piedras y tierra. nefasto. además de inútil. Viejos muros derruidos. Túnez. terminaron por actuar sobre el clima mejorándolo. aquellas superficies líquidas esparcidas en innumerables ríos y no resumidas en un Quixadá único 9S. determinando alturas pluviométricas mayores que las de otros países fértiles y exuberantes. desa­ rraigando la poca vegetación apenas aferrada a un suelo endurecido. Lo corrigieron. Caía sobre la tierra desnuda.oueds. durante algunas semanas inundaba las planicies y luego desaparecía por el norte y por el levante. En la actualidad. la abastecedora casi exclusiva del trigo de los romanos. El régimen torrencial que es intensí­ simo en ciertas épocas. consiguieron que las aguas permanecieran durante mayor tiempo sobre la tierra. Y ahí dejaron el bellísimo rasgo de su expansión histórica. Fue el granero de Italia. creó un esbozo de irrigación general. Por otra parte. dejando el suelo. restos de antiguas construcciones romanas. Finalmente. después de una revitalización transitoria. Los romanos lo hicieron retroceder. Después de la destrucción de Cartago. monumental e inútil. Excluido el arbitrio de las irrigaciones sistemáticas tan difíciles. Represas con empalizadas de estacas. estéril menos por la escasez de lluvias que por su pésima distribución adscrita a los relieves topográficos. pero que hasta entonces se reducía a un litoral poblado por traficantes o nómadas con sus tiendas de techos curvos blanqueando los arenales como quillas hundidas. esos legados de los grandes colonizadores delatan al mismo tiempo su actividad inteligente y el abandono bárbaro de los árabes que los sustituyeron. cubiertos en parte por los detritos de veinte siglos. a manera de . dominando todo el paisaje. se vio transfi­ gurada en la tierra clásica de la agricultura antigua. los romanos habían tomado sobre sus hombros la empresa incomparablemente más seria de vencer el antagonismo de la naturaleza. nivelando los últimos acci­ dentes que no doblegaba la fuerza del simún. además de otras ventajas. con revestimientos de piedra lisa. Encadenaron los torrentes. Al sur parecía avanzar el desierto. tenazmente comba­ tido y bloqueado. expuestas a la evaporación. o las transbordaban por canales laterales a los sitios más bajos donde se abrían en acequias que irradiaban hacia todas partes embebiendo el suelo.

en memorables sesiones del Instituto Politécnico de Río. Sea cual fuere la intensidad de las complejas y remotas causas que anteriormente esboza­ mos. E L MARTIRIO SECULAR DE LA TIERRA Realmente. se aquietan. cuando se dibuja sin gran precisión todavía. . agravan al mismo tiempo los topes de calor y la degradación intensiva de los torrentes. pasando de las insolaciones interminables a las inundaciones súbitas. Francia salva los restos de la opulenta herencia de la civilización romana. después de una declinación de siglos. ¡estupendos alambiques para la destilación de las aguas del Atlántico!. en las que fueran sepultadas las teorías de los mejores científicos del momento — desde la sólida experiencia de Capanema hasta la singular mentalidad de André Rebougas9 5 — fue la única teoría práctica. que hablaba por el más elemental de sus ejemplos. volviendo a su fisonomía antigua.palancas. además de práctica. verdaderamente útil. La idea no es nueva. la estructura y la conformación del suelo. Ahora bien. la inclinación de los estratos y la rudeza de los relieves topográficos. Y el histórico paraje. La propuesta más modesta. se aprecia que se adaptan a una tentativa idéntica. liberado de la apatía del musulmán inerte. en 1877. los superó. los oueds mejor dispuestos y en lo alto de sus bordes y a todo lo largo de las serranías que los rodean. el mapa hipométrico de los sertones del Norte. evidentemente era la más lógica. miría­ das de pozos artesianos perforando las planicies. De las discusiones entonces celebradas. De esta manera. sin embargo. De modo que. Es que. del bello espíritu del consejero Beaurepaire-Rohan9 4 . formando redes de irrigación. en millares de válvulas de escape. se idearon lujosas cisternas de piedras. se trans­ forma. la tierra. como para caracterizar bien el fracaso completo de la inge­ niería ante la enormidad del problema. que perduró. quizá sugestionado por la misma com­ paración que acabamos de hacer nosotros. efecto de la enseñanza his­ tórica. Surgió hace mucho tiempo. factible. sin tomar la fuerza de las inundaciones violentas. por las derivaciones cruzadas. aman­ sadas. entre los agentes determinantes de la sequía se intercalan apreciablemente. hacen canales que derivan hacia las tierras circundantes. las aguas salvajes se detienen. la influencia de aquéllas es manifiesta desde que se considere que la capacidad absorbente y emulsiva de las tierras expuestas. y finalmente. . diseminándose finalmente. En aquella oportunidad. mal protegida por una vegetación marchita que las . de resultados igualmente seguros. diques inmensos formando Caspios artificiales. depósitos colosales para las reservas acumuladas.

. la dejan aún más desnuda ante los adustos rayos del sol. . . por toda la extensión del territorio sertanejo. Las fuertes tempestades que apagan el incendio sordo de las sequías. la golpean y esterilizan. se deja invadir poco a poco por el régimen francamente desértico. Yoffiley. a pesar de la revitalización que traen. preparan de alguna manera a la región para mayores tragedias. por su misma simplicidad. . las aguas siguen incontinenti por los surcos y arroyos. . donde corren sus ríos. y se fijaría una situación de equilibrio en la inestabilidad del clima. exponiéndola cada vez más desprotegida. ejercerían. de modo general. I. es digno de mencionarse el fuerte declive hacia el mar que existe en las tierras del sertón. Dejando de lado los factores determinantes del flagelo. No hay que arbitrar otro recurso. . fecundas áreas de cultivo. Apenas cae una lluvia en esos pedre­ gosos campos. se formarían. El martirio del hombre allí es reflejo de una tortura mayor que abarca la economía general de la Vida. produciendo verdaderas avalanchas que destruyen todo a su paso. la surcan con canales de rispidos contornos.primeras queman y las segundas erradican. de escasa vegetación. en las proximi­ dades de la red de derivaciones de las aguas. y cuando desaparecen. . Notas sobre a Varaíba 96. reviviendo el trazado de cons­ trucciones antiquísimas. El proceso que señalamos en esta breve recordación histórica. De esta manera. Nace del martirio secular de la Tierra. la última de las consecuencias de la sequía: la sed. tienen un inapreciable valor local. a los veranos siguientes. la influencia moderadora de un mar interior de fun­ damental importancia. son aquéllas las únicas pasibles de modificaciones apreciables. La desnudan brutalmente. Francia los utiliza hoy sin variantes. con el correr del tiempo. al constituir una dilatada superficie de evaporación. * “ . pero lo que hay que combatir y vencer en los sertones del Norte es el desierto. Amuralladas las cuencas inteligentemente seleccionadas y a cortas distancias. pues buscan atenuar. la única medida que se debe tomar es corregir estas disposiciones naturales. porque los numerosos y pequeños diques uniformemente distribuidos. Las cisternas. pozos artesianos y los inmensos lagos como el de Quixadá. nos dispensa de mayores pormenores técnicos. originados en la fatalidad de las leyes astronómicas o geográficas inaccesibles a la intervención humana. sobrevendrían tres consecuencias inevitables: se atenuaría considerablemente el drenaje del suelo con sus lamentables consecuencias. . El régimen recorre con deplorable intermitencia un círculo vicioso de catástrofes *.

Cómo se forma un monstruo. Carácter variable de la religiosidad sertaneja. Función histórica del río Sao Francisco. mediador entre el bandeirante y el sacerdote.— Génesis del jagun50 : colaterales probables de los paulistas. Tipos dispares: el jagunco y el gaúcho. Represen­ tante natural del medio en que nació. Población multiforme. La sequía. Las prédicas.— Complejidad del problema etnológico del Brasil. Varia­ bilidad del medio físico y su reflexión en la historia. ¿Por qué no predicar contra la República? Una misión abortada. Hégira hacia el sertón. Una vida con buenos auspicios. Apenas está esbozado. I COMPLEJIDAD DEL PROBLEMA ETNOLOGICO DEL BRASIL Adscripta a influencias que intercambian en grados variables tres ele­ mentos étnicos. Antecedentes de fa­ milia: los Maciéis. II. Primeros reveses. Camino al cielo. Crecimiento vertigino­ so. IV — Antonio Conselheiro. distinguiéndola de los cruzamientos en el litoral. Religión mestiza. Leyendas. Los vaqueros. Monte Santo. Hombre grande para el mal. La caída. Las misiones actua­ les. Policía de bandidos. Servidumbre inconsciente: vida pri­ mitiva. El rodeo.— Canudos: antecedentes. Acción del medio en la fase inicial de la formación de las razas. Pedra Bonita. El arreo. Peregri­ naciones y martirios. Tradiciones. Los . Régimen de la urbs.EL HOMBRE 1. Factores históricos de la religión mestiza. Gru­ pos de valientes. Ais­ lamiento del desierto. Causas favorables para la formación mestiza de los sertones. La formación brasileña del norte. Las oraciones. Fundaciones jesuítas en Bahía. documento vivo de atavismo. Tentativas de reacción legal. En el dominio de las investigaciones antropológicas brasileñas se encuentran nombres muy dignos de nuestro movimiento intelectual. Un gnóstico rudo. Maldición sobre la Jerusalén de barro. la génesis de las razas mestizas del Brasil es un pro­ blema que por mucho o tiempo aún desafiará el esfuerzo de los mejores espíritus. V. El templo. Profecías. Un heresiarca del siglo II en plena Edad moderna. Una raza fuerte. I I I — El sertanejo. El vaquero. Preceptos de ultramontano.

la organización científica de Meyer. y muchos otros cuyos trabajos refuerzan los de Nott y Gordon en el definir. completado por la profunda elaboración pa­ leontológica de Wilhelm Lund. a América como un centro de creación desligado del gran vivero del Asia Central. bajo sus diferentes formas. La parte primordial de la cuestión quedó aclarada. El negro bantú o cafre. más que en cualquier otra parte. de la que se supone son oriundos los tupís. Esclarecido de este modo el origen del elemento indígena. Así es que conocemos los tres elementos esenciales y. aunque imper­ fectamente. el medio físico diferenciador y aún. la intuición genial de Frederico Hartt. sea que deriven. con sus varias modalidades. se realiza por el ejercicio intensivo de la ferocidad y de la fuerza. Además de faltarnos competencia. donde la selección natural. tan numerosos en la época del descu­ brimiento. fue. Autónomo entre las razas se erige el homo americanus 97. contrariando el pensamiento de los caprichosos cons­ tructores del puente Aléutico. En este gran esfuerzo. Nina Rodrigues9 8. que nos une a la vibrátil estructura del celta. En cuanto al factor aristocrático de nuestra gens. analizó cuidadosa­ mente su religiosidad tan original e interesante. Los otros dos elementos formadores. nuestros indígenas. nos desvia­ ría demasiado de nuestro objetivo. con discordantes aspectos y opuestas condi­ ciones de vida. No vamos a repetirlas. el autoctonismo de las razas americanas. un tenaz investigador. hijo de tierras adustas y bárbaras. se puede afirmar que poco avanzamos. no originaron idénti­ cas tentativas. ciertamente. con sus exactos caracteres antropológicos. totalmente caracterizado. gracias a los cuales. a pesar del com­ plicado entrecruzamiento de donde emerge. con grandes modificaciones por ulteriores cru­ zamientos y por el medio. está a su vez. trajo los atributos preponderantes del homo afer. se destacan el nombre de Morton. pueden ser considerados tipos en vías de desaparición de viejas razas au­ tóctonas de nuestra tierra. de una manera más com­ pleta. Sólo en los últimos tiempos. Pero si no consideramos las alternativas y todos los pasos inter­ medios de ese entrelazamiento de tipos antropológicos de grados dispares en sus atributos físicos y psíquicos bajo los influjos de un medio variable. la rara lucidez de Trajano de Moura.estudios sobre la prehistoria indígena muestran modelos de observación sutil y brillantes conceptos críticos. Ahora bien. hasta en este punto. Escribimos todas . las condiciones históricas adversas o favorables que sobre ellos actuaron. capaz de cambiantes climas. de alguna raza invasora del norte. parece definiti­ vamente afirmado. cualquiera fuere el ramal africano aquí trasplantado. nuestro eterno desprotegido. externos. Sea que resulten del "hombre de Lagoa Santa” cruzado con el precolombino de los "sambaquis”. el portugués. las inves­ tigaciones convergieron hacia la definición de su psicología especial y consiguieron trazar algunas conclusiones seguras.

binarias. el mameluco o curiboca y el cafuz *. innumerables modalidades de acuer­ do con el variable dosaje de sangres. Por el contrario. sólo puede surgir de un entrelazamiento considera­ blemente complejo. por extravagante indisciplina mental.las variables de una fórmula intrincada. productos del negro y del blanco. al indio guaraní y al blanco. cuando en lugar de la combinación binaria que la ley presupone. alguien intentase aplicarla desprendida de la intervención de esos datos. a su vez. del tupí y del negro. . del blanco y del tupí (cari-boc: que procede del blanco). con las capacidades que les son propias. De mamá: mezclar y ruca: sacar. del curiboca y del cafuz. no se unifican. en una fusión inmediata en la que se yuxtaponen o se resumen sus caracteres. Los propósitos primeros de las investigaciones se desubican y perturban ante estas reacciones que no expresan una re­ ducción sino un desdoblamiento. ni qué causas pueden atenuar o matar ese influjo. se desdoblan y originan un número igual de subformaciones. mamaluco. pero no develamos todas las incógnitas. Esta es abstracta e irreduc­ tible. evidentemente. si se mira que aquéllas conllevan. agravándose y dificultándose. Es que. unifi­ cados y convergentes en un tipo intermedio. No nos dice cuáles son los factores que pueden atenuar el influjo de una raza más numerosa o más fuerte. Teóricamente sería el pardo. en el que convergen los sucesivos cruces del mulato. sin reducción alguna. intactas. Dejemos de lado innumerables causas perturbadoras y consideremos sólo los tres elementos constituyentes de nuestra raza en sí mismos. para el caso no basta que pongamos uno de­ lante del otro. Los abarca como término genérico. Mamá-ruca: sacado de la mezcla. Pero aunque. en un mestizaje embarullado donde se destacan como productos más característicos el mulato. Por lo pronto. en el caso más simple. mostrando el serio problema. otras tres. se da una combinación de tres factores diversos adscriptos a las vicisitudes de la historia y de los climas. Se puede modificar como se modifican todas las leyes ante la presión de los datos objetivos. al negro bantú. no simplificaría el problema. vemos que en esta hipótesis favorable no resulta de ellos el producto único inmanente a las combinaciones binarias. la palabra mameluco o mejor. Hay una regla que nos orienta cuando salimos a indagar la verdad. incluso en el caso favora­ ble arriba afirmado. Y el estudio de estas subcategorías sus­ tituye al de las razas formadoras. la combi­ nación ternaria determina. substituyéndose por los derivados. aplicando al conjunto la ley antropológica de Broca99. aunque preferentemente aplicado al segundo. El tipo abstracto de brasileño que se busca. * Respectivamente. Es fácil demostrarlo. Los elementos iniciales no se resumen.

Exageran la influencia del africano. más nume­ roso y más fuerte. la función se­ cundaria del medio físico y decretan la extinción casi completa del indígena y la influencia decreciente del africano después de la abolición del tráfico negrero y así prevén la victoria final del blanco. Porque no tenemos unidad racial. los mate­ riales objetivos ofrecidos por las circunstancias mesológicas e históricas. dejando de lado la gran influencia que éstos han tenido y que no negamos. los rasgos caracte­ rísticos del aborigen. El tema se va volviendo multiforme y dudoso. en los últimos tiempos. Otros alargan más el devaneo. en quien se apagan más rápidamente aún. Comienzan por excluir. se los exageró. como el caboclo. se ve bien que aquella formación es realmente dudosa cuando no absurda. se han dedicado con preferencia a la preponderancia de los facto­ res étnicos. en gran parte. Amplían la influencia del último. hay muchos. con discutible autoridad. no fue y no es uniforme. Surge el mulato. entrelazan y funden a las tres razas según los caprichos que los empujan en el momento. Lo proclaman el tipo más característico de nuestra subcategoría étnica. como término general de una serie. Pensamos que esto sucede porque la meta esencial de estas investiga­ ciones se reduce a la búsqueda de un tipo étnico único. . estas rápidas consideraciones explican los dis­ pares puntos de vista que reinan entre nuestros antropólogos. porque invaden la ciencia en la vibración rítmica de los versos de Goncalves Dias 100. Después arrojan. por cierto. la mayor o menor densidad con que éstas se cruzaron en variados puntos del país. Existe un exceso de subjetivismo entre quienes. Como quiera que sea. En sus devaneos no faltan el metro y la rima. cuando. son estériles. Y de esta metaquímica extraen algunos precipitados ficticios. difundida en medio de extravagantes fantasías que. y atendiendo aun a la introducción de otros pueblos — por las armas en la época colonial y por las inmigraciones en nuestros días— hecho que a su vez. entre nosotros. a más de osadas. Algunos afirman a priori. hacia lo cual tienden tanto el mulato. Ahora bien. Otros van demasiado pegados a la tierra.Pero si se consideran las condiciones históricas que actuaron de modo diferente en los distintos territorios del país. de reaccionar en muchos puntos contra la ab­ sorción de la raza superior. Sometidos a la penosa tarea de subordinar sus investigaciones a condiciones tan com­ plejas. provocando la irrupción de una cuasi ciencia. en efecto. capaz. las disparidades climáticas que ocasionan reacciones diversas diversamente soportadas por las razas constituyentes. Y estructuran fantasías que caen al más leve choque de la crítica. forma cada vez más diluida del negro. meditan sobre cosas tan serias con una volubilidad algo escandalosa si se miran las proporciones del tema.

entre las isotermas 15° y 2 0 °. inscripta en los amplios lincamientos de las leyes cosmológicas generales. muestra con preferencia y en cual­ quier parte adicta. las causas naturales más próximas y particulares. Y definiéndolo de este modo concluimos que nuestro país. con una temperatura media de 2 6 °. Estamos destinados a la formación de una raza histórica en un futuro remoto. Además de sobrepasar la demarcación teórica común. La re­ fuerza otro elemento igualmente ponderable: un medio físico amplio y variable. Un clima es como la traducción fisiológica de una condición geográfica. ese límite es exage­ rado. Estamos condenados a la civilización. La afirmativa es segura. creando climas ecuatoriales en altas latitudes o regímenes templados entre los trópicos. Estas lo subdividen en tres zonas claramente distintas: una francamente tropical que se extiende por los estados del norte hasta el sur de Bahía. otra templada de Sao Paulo a Río Grande pasando por Paraná y Santa Catarina. No la sugiere sólo esa heterogeneidad de elementos ancestrales. La disposición orográfica brasileña. por su misma estructura.Quizá no la tendremos nunca. si lo permite una vida nacional autónoma. Lo demuestran los resultados más recientes y son los únicos dignos de fe. deter­ . igualmente entre las líneas más o menos seguras de éstos. desde Minas a Paraná. Bajo un doble aspecto. el Brasil está lejos de incluirse en esa categoría. proyectada en un dilatado tiempo. de él dependieron. Nuestra evolución biológica exige la garantía de la evolución social. Las indicamos en rápidos trazos. aparecen modalidades que todavía los diversifican. y como transi­ ción. de las investigaciones meteorológicas. VARIABILIDAD DEL MEDIO FISICO Contrariando la opinión de los que limitan los países calientes a un desa­ rrollo de 30° de latitud. completado por la variación de las situaciones históricas que en gran medida. otra subtropical que se extiende por el centro y norte de algunos estados. excluye los relieves naturales que atenúan o refuerzan los agentes meteorológicos. Toda la climatología. Así quedan claramente delimitados tres habitat distintos. Sobre este propósito debemos hacer algunas consideraciones. de fuertes masas elevadas que se orientan prolongando el litoral perpendicularmente al rumbo SE. O progresamos o desaparecemos. no se adecúa a un régimen uniforme. el astronómico y el geográfico. Ahora bien. Bajo este aspecto invertimos el orden natural de los hechos.

creando las mismas condiciones favorables. El contraste es abrumador. cede a las causas secundarias perturbadoras. viola las leyes generales que lo regulan. matriz de su interesante morfogenia. En la extensa faja de la costa que va desde Bahía a Paraíba. persiste inalterable. Lo revela un corto viaje hacia el occidente partiendo de un punto cualquiera de la costa. en llanos desnudos que se suceden. se señalan claramente en el primero. Es un hecho conocido. las florestas enmascaran vastos territorios áridos que retratan en las áreas desnudas las inclemencias de un clima en el que los grados termométricos e higrométricos progre­ san en relación inversa. dadoras de opuestas condiciones de vida. la misma flora. decae la grandeza de las montañas. Pero. aparecen dos regiones totalmente opuestas. es el ejemplo saliente. obstáculos más serios que la agitada ruta marítima o montañosa. hacia el ecuador. Allí. tuvieron en su traslado hacia el oeste en busca del interior. Y por cierto. por lo que la observación rápida del extranjero se imagina una dilatada región vivaz y fértil. A una distancia menor de cincuenta leguas. creando anomalías climatológicas muy expresivas. Las diferencias en el régimen y en los aspectos naturales.mina las primeras distinciones en amplias zonas de territorio que están situadas al oriente. Extendida hasta los parajes septentrionales se ve la misma naturaleza exuberante en los grandes montes que hay por la costa. transformándose en sertones bárbaros por los que corren ríos efímeros. Lo que no ocurre de los trópicos hacia el sur. a partir del paralelo 13°. Sorpresivamente se entra en el desierto. El fracaso de la expansión bahiana. los meridianos van hacia el norte. se esteriliza y deprime. su caracterización astronómica. Entonces el encanto de la bella ilusión se quiebra. que siguiendo este rumbo son imperceptibles. se ven transiciones más acentuadas: mientras los para­ lelos acompañan el rumbo a occidente. abarcando extensas superficies hacia el interior. desaparecen los grandes montes. los grupos humanos que en los dos primeros siglos de poblamiento golpearon las playas del norte. el clima totalmente subordinado al aspecto geográfico. un clima altamente mejorado por la altitud y la misma imagen animadora de los aspectos naturales. la urdimbre geológica de la Tierra. indefinidamente. por las latitudes. que había precedido a la paulista en el penetrar hacia los misterios de tierra adentro. Se define anormalmente por las lon­ gitudes. formando un escenario desmesurado adecuado para los cuadros dolorosos de las sequías. . La naturaleza se empobrece. en la travesía de las caatingas ralas y marchitas. De hecho. extremándose exageradamente. A partir de los trópicos.

toda la exuberancia inconcebible. como sucede más hacia el norte. Su imagen apa­ rente es de una benignidad extrema: de tierra aficionada a la vida. por las faldas interiores decae suavemente en vastos planos ondu­ lados. de naturaleza fecunda erguida en la apoteosis triunfal de los días deslum­ brantes y serenos. se ve que aquel régimen climatológico anómalo es el rasgo más hondo de nuestra variabilidad mesológica. sin los rasgos exageradamente dominantes de las montañas. esconde el germen de cata* Manageability of nature: en inglés en el original: flexibilidad de la naturaleza. ideó para el Brasil. Soplando desde las altas planicies del interior. por la disposición de la tierra y por la transición variable entre el sertón y la costa. que el gran pensador. Ahora bien. se lanza hacia el Mato Grosso. estas amplias divisiones. Contemplándolas. origi­ nando desproporcionadas amplitudes termométricas. En efecto. el paisaje se revela más opulento y amplio. distinto de los que vimos rápidamente delineados. Ninguna se le asemeja. desafía en benignidad al admirable régimen de la Europa meridional. agravando la inesta­ bilidad del clima continental y sometiendo a las tierras centrales a un régimen brutal. Es excepcional. en el Mato Grosso. harto irrigado por ríos que irradian hacia los cuatro puntos cardinales.). incluso con la frialdad de las observaciones de los naturalistas poco ave­ zados en los aspectos descriptivos. éstos desaparecen en el corazón de las altiplanicies frente al SO que. Sobre estos escenarios. es sustituido en los estados del sur por el NO y en los extremos septentrionales por el NE. Es la escarpa abrupta y viva de las altiplanicies. Pero esta placidez opulenta. apenas esbozadas. la naturaleza equilibra las exageraciones de Buckle. Tomaremos los casos más expresivos. No lo regula con exclusividad el SE. Haciendo un análisis más profundo descubriremos aspectos particulares más agudos todavía. absolutamente distintos por el régimen meteorológico. A su vez. unidas a la brutalidad máxima de los elementos. (N . que es el regulador predomi­ nante del clima de la costa oriental.El ancho muro de la cordillera granítica que cae a plomo sobre el mar. La tierra mues­ tra esa manageability of nature * de que nos habla Buckle y el clima tem­ plado caliente. de T . aparecen allí. de un suelo que germina en fantástica vegetación. En páginas anteriores vimos que el SE. . como un hálito fuerte de los pamperos. el NO prepondera en toda la extensa zona que va desde las tierras elevadas de Minas y de Río hasta Paraná pasando por Sao Paulo. Toda la imponencia salvaje. francas y portentosas. Ninguno se le equipara en el juego de las antítesis. paradojalmente. evitando explayarnos extensa­ mente sobre el tema. en precipitada generalización. ya muestran una diferencia esencial entre el sur y el norte.

avanzando hacia el norte. Fulguran los relámpagos. se doblan y su­ cumben los carandas seculares. el vendaval sacude violen­ tamente la tierra. reviviendo el mismo ciclo. ¡ni una nube! El firmamento lím­ pido se arquea iluminado por un sol oscuro. No podemos describirlos. * Dr. los techos por tierra. "la naturaleza parece quedar extática. . desparramados por los vientos. Los brasileños de otras latitudes apenas lo comprenden. ¡Y una hora después el Sol irradia triunfalmente en el cielo purísimo! Los inquietos pájaros cantan por las frondas chorreantes. los aires se inmovilizan por cierto tiempo. quedan aislados los morros. negrea el horizonte. el divortium aquarum impreciso que las atra­ viesa. Los troncos y las ramas de los árboles partidos por los rayos. encuadrada por el mismo lúgu­ bre escenario. El cataclismo irrumpe como un arrebato en la espiral vibrante de un ciclón. el clima de Pará. Desde ese punto sopla después una brisa cuya velocidad va creciendo rápidamente hasta convertirse en fuerte ventarrón. ni las ramas de los árboles se mueven. Viagetn ao redor do B ra sil 101. la temperatura empieza a subir de nuevo. dan testimonio de la embestida fulminante del flagelo. despunta en contraste con esas manifestaciones. las últimas olas barrosas de los arroyos desbordados. . Pero. . en una inundación única. Joáo Severiano da Fonseca. en el verano. estallan en truenos los cielos y un aguacero torrencial cae sobre esas vastas superficies destrozando. Vamos a esbozarlos. las planicies se vuelven lagos. se desencadenan con el rigor implacable de una ley. asustada. Es un asalto súbito. Días después los vientos soplan suavemente otra vez. en un descenso continuado. incluso a través de las lúcidas observaciones de Bates 10a. Después de soplar algunos días las bocanadas calientes y húmedas del NE. la presión dismi­ nuye y crece sin cesar el malestar hasta que se forma en los aires inmo­ vilizados el componente formidable del pampero y resurge estruen­ dosa la tormenta.clismos que irrumpiendo siempre con un ritmo inquebrantable. el aire es sua­ vizado por soplos acariciantes. en rodeos turbulentos. los montes en una quietud que da miedo. hacia el sur. hacia el éste. uniendo todas las nacientes de los ríos y embarullando los lechos en mares indefinidos. Se desploman las casas. si se vuelve a mirar el cielo. contempla los estragos en medio del renacer universal. de eclipse. La presión decae lentamente. un cúmulo compacto de bordes de cobre oscuro. la vegetación volcada por los campos como si sobre ella hubiesen pasado búfalos en tropel. y el hombre. Ahora bien. La tem­ peratura cae en minutos y en pocos instantes. dejando los refugios donde tuvo que buscar protección para su vida. poco a poco. ahogando la vida. Las aves se acogen a sus nidos suspendiendo sus vuelos y allí se esconden *. el mismo círculo vicioso de las catástrofes. Entonces. parecen cuerpos sólidos. Por momentos. las chozas destruidas.

Así la vida se equilibra en una constancia imperturbable. los igapós verdeantes. en este clima singular. con raro estoicismo ante la fatalidad. el hom­ bre. La constancia de tal clima hace que no se adviertan las estaciones que. en abril o mayo. apare­ cen cubiertos de flores. Y en seguida. cuyos pétalos se desprenden y caen. se extiende en vastos mares. el termómetro es sus­ tituido por el higrómetro en la definición del clima. La bajante es el verano. gajos apenas cubiertos por hojas quemadas y marchitas. dentro de la atmósfera ardiente del Amazonas. abreviadas en las horas de un solo día. en el transcurso de un día sereno y claro. pantanos convertidos en prados. Estos crecen siempre de manera asombrosa. La creciente detiene la vida. en la víspera desnudos. Es la revitalización de la actividad rudimentaria de los que allí viven. del único modo compatible con una naturaleza que se desborda en dispares manifestaciones. . no puede negarse. en el Alto Amazonas. primavera. suceden inesperadamente a noches lluviosas. hacia el oeste. en el círculo estrecho de veinticuatro horas. mutaciones completas: flo­ restas silenciosas. sin embargo. árboles. Preso en las mallas de los igarapés. se presentan. espera la terminación de ese invierno parado jal. manifestaciones diversas caracterizan un nuevo habitat que. Muchas veces. El Amazonas salta fuera de madre y en pocos días se levanta a diecisiete metros sobre su nivel. sobre la tierra inmóvil bajo el espasmo enervante de un bochorno de 35° a la sombra. aislados. en la plenitud de los calientes veranos. tornando imposible la continuidad de cualquier esfuerzo. Mientras tanto. de altas temperaturas. O clima do B rasil 10s. * Draenert. "A la mañana siguiente el Sol se levanta sin nubes y de este modo se completa el ciclo. El hombre bebe la leche de la vida chupando los vasos húmedos de las sifónias. No bastan las intermitencias de las crecientes y las bajantes. días que irrumpen como apoteosis fulgurantes revelan­ do transformaciones inopinadas. en paranamirins entrecruzados en una red complicadísima de mediterráneo cortado por fuertes corrientes. entre las cuales emergen. Otros hechos hacen que sean inútiles para el forastero todas las tentativas de aclimatación. muertos. como el sístole y el diástole de la arteria mayor de la Tierra. en plena creciente. rítmicas. en furos. ramas viudas de las flores recién abiertas.5°. verano y otoño en un solo día tropical” *. se expanden soplos fríos del sur.Madrugadas templadas de 23° centígrados. impone una aclimatización penosa a todos los hijos de los territorios limítrofes. Todo depende de una alternativa dolorosa de las bajantes y las crecidas de los grandes ríos. Allí. La temperatura tiene durante todo el año una oscilación no mayor de I o o 1. Y todavía. Tal régimen provoca un parasitismo franco. cuando muertos en el aire quieto se diluyen los últimos soplos del este. se destacan otras anomalías que lo agravan aún más.

Ahora bien. totalmente remodelada por la espléndida reacción de los soles. la selección natural se opera a costa de compromisos graves con las funciones centrales del cerebro. la acción exclusiva de un clima tropical. al estudiar nuestra fisiología. muestra un simulacro cruel de la desolación polar y lúgubre. afirmando inexorablemente la victoria de las expansiones instintivas y . De ahí todas las idiosincrasias de una fisiología excepcional: el pul­ món que se reduce por la deficiencia de la función y es sustituido en la eliminación obligatoria del carbono. reflejan a su vez. . entre el desarrollo intelectual y el físico. Los sertones del Norte. Es el tiempo del frío. en una caída instantá­ nea y brutal. es­ condiéndose en las cuevas más profundas. Entonces el termómetro desciende. De ahí los errores en que incurren los que generalizan. si consideramos que estos varios aspectos climáticos no expresan casos excepcionales. Acabemos estos rápidos diseños. pero aparecen todos. desde las tormentas del Mato Grosso hasta los ciclos de las sequías del Norte. adormecidas por la ex­ plosión de las pasiones. Modela organismos endebles en las que toda la acti­ vidad cede ante el permanente desequilibrio entre las energías impulsi­ vas de las funciones periféricas fuertemente excitadas y la apatía de las funciones centrales: inteligencias en marasmo. helados. En tal medio. sobre el cual cae pesadamente la sobrecarga de la vida: organizaciones enfermas por la alternativa persistente de exaltaciones impulsivas y apatías enervadoras.Es como un hálito helado del polo. Nadie trabaja. ésta se ejercita. se recogen tiritando cerca de las hogueras. Los aventureros expertos que espoleados por la ganancia se arriesgan hasta allí y los mismos nativos endurecidos por la adaptación. y aquella naturaleza maravi­ llosa del ecuador. por el hígado. hasta el Mato Grosso. convendremos en que hay en nuestro medio físico una variabilidad completa. Se produce un hiato en las actividades. . ya lo vimos. sin la vibratibilidad. Sin duda. en una progresión inversa perjudicial. se muestran tal vez más duramente. Y por algunos días se establece una situación insólita. enervaciones peligrosas pese a la acuidad de los sentidos y mal cuidadas por la sangre empobrecida de las hematosis in­ completas. Se despueblan esas grandes soledades inundadas. las mismas fieras desaparecen. La misma intercalación de épocas serenas y dolorosas. con el aspecto periódico inmanente de las leyes naturales inviolables. . quedan vacíos los nidos. nuevas exigencias biológicas. en casi toda la costa marítima del Norte y en gran parte de los Estados que le corres­ ponden. sin el tono muscular enérgico de los temperamentos robustos y sanguíneos. . mueren los peces en los ríos. de pronto. originando una patología sui generis. bajo otras formas. mueren las aves en los bosques silenciosos o emigran. El calor húmedo de los parajes amazónicos deprime y agota. nuevos regí­ menes.

el calor seco. Una temperatura anual media que oscila entre los 17° y 2 0 °. la máxima energía orgánica. . ve alterados sus caracteres físicos y morales de una manera profunda. . El tipo perece en un desvanecimiento continuo que se transmite a la descendencia hasta la extinción total. Esto no ocurre en gran parte del Brasil central y en todas las re­ giones sureñas. la mínima fortaleza moral. se hielan las lagunas y las heladas blan­ quean los campos. 1 0 5 . avanzando hasta Río Grande. la nieve golpea en los cristales. las canículas abrasadoras y los pantanos que producen la malaria 1 0 4 . Poseído el territorio. hasta el temperamento que se debilita con la pérdida de sus cualidades primitivas. como consecuencias únicas. Y volviendo al sur. las fiebres agotadoras. Considerándola en sus aspectos generales. lo domina. en Tasmania o en Aus­ tralia. origina disposiciones más animadoras y tiene una benéfica acción estimulante. en un juego armónico de estaciones. lo arruina. la impresión es de un clima europeo: sopla el SO muy frío sacudiendo lloviznas finas y garúas. las enfermedades hepáticas. dividido por los felices beneficiarios. el territorio que va del norte de Minas hacia el sudeste. La raza inferior. . que miraba aún hacia los últimos milagros de la "India portentosa”. al cabo de pocas generaciones de cruzamiento. excluyendo la acción per­ turbadora de acciones irrelevantes. ofrece condiciones incomparable­ mente superiores. el salvaje rudo. Como el inglés en las Barbadas. bajo la misma indife­ rencia de la metrópoli. el portugués en el Amazonas. un régimen más fijo de lluvias que prepon­ deran en verano y se distribuyen en otoño y primavera de modo favo­ rable para los cultivos. La aclimatización traduce una evolución regresiva. lo anula con la concu­ rrencia formidable del paludismo. En cuanto al invierno. se impuso una separación radical entre el sur y el norte. Incluso en la mayor parte de los sertones septentrionales. aliado al medio. lo vence. e iniciado el poblamiento del país con idénticos elementos. Y SU REFLEXION EN LA HISTORIA Nuestra historia traduce notablemente estas modalidades mesológicas. ya en la fase colonial se esbozan situaciones diversas. desde la tez que se oscurece por los soles y por la eliminación incompleta del carbono. altamente corregido por los fuertes movimientos aéreos provenientes de los cuadrantes del este.conduciendo al ideal de una adaptación que tiene.

a veces más brillantes pero siempre menos fecundas. totalmente divorciadas entre sí. El paulista — y la significación histórica de este nombre abarca a los hijos de Río de Janeiro. pero sus estaturas se engrandecen en contraste con el medio. Minas. claramente diferenciados. insurrecto. mayor vigor en un pueblo más heterogéneo. la ola impetuosa del sur. más práctico y aventurero.No necesitamos recordar los hechos decisivos de las dos regiones. delineando la epopeya inédita de las Bandeiras . Mientras en el sur se dibujaban nuevas tendencias. las tres razas formadoras. . Allí. entre el sertón inabordable y los mares. . sin objetivo cierto y en las que colaboran. una del todo indiferente al modo de ser de la otra. las correrías de los indígenas. Dos sociedades en formación. el viejo colono imperial trataba de llegar hasta nuestro tiempo. de la tutela lejana. "Biores qua na térra que peste . El drama de Palmares 1 0 6 . Lo venció. los indios de Camaráo y los lusitanos de Vieira. bellas páginas vibrantes pero truncas. posi­ bilitó tempranamente el mayor vigor de los forasteros. vueltas extrañas por dos destinos riva­ les. Surgen héroes. La historia es allí más teatral aunque menos elocuente. acampan en diferentes tiendas de campaña. Mal unidos en la guerra. con sus capitanías dispersas e incoherentes. los conflictos en los límites de los sertones. en las que crecen movimientos y tendencias opues­ tas. inmutable. De la absorción de las primeras tribus. por un medio menos adverso. más vivaz. Aprisionado en el litoral. rebelde. libérri­ mo. unidas por la misma rutina. . . realizando la anomalía de trasladar a una tierra nueva el ambiente moral de una sociedad vieja. En todos prevalecían los mismos elementos que constituían la desesperación de Diogo Coelho. vician la transitoria convergencia contra el holandés. felizmente. la aclimatización más rápida. No había ninguna distinción entre los colonizadores de uno y otro lado. amorfas e inmóviles. en función de los mandatos de la corte remota. y apartándose del mar y de los galeones de la metrópoli. se distancian en la paz. Son dos historias distintas. aventurero. se lanzó sobre los sertones desconocidos. ambas desarro­ llándose bajo los influjos de una administración única. Sao Paulo y regiones del sur— se convirtió en un tipo autónomo. en rudo con­ traste con las agitaciones del norte. Este admirable movimiento refleja la influencia de las condiciones mesológicas. los mamelucos audaces. un amplio movimiento progresista en suma. los negros de Henrique Dias. con el aspecto perfecto de un dominador de la tierra. mayor subdivisión de las actividades. surgieron los cruzados de las conquistas sertanejas. obcecado con una centralización estúpida. se amancipó. Incluso en el período culminante de la lucha contra los holandeses.

Además de esto — subrayemos este punto aunque escandalicemos a nuestros minúsculos historiógrafos— la disposición orogràfica los libraba de la preocupación de defender el litoral donde desembarcaba la codicia del extranjero. La sierra del Mar tiene un notable perfil en nuestra historia. al paso de las bandeiras. Frente a sus escarpadas faldas golpeaba el ansia guerrera de los Cavendish y de los Festón 1 0 7 . el acceso al interior seguía a las corrientes. Corren las aguas en un sentido opuesto a la costa. Se entrañan en el interior. Traspuesta la montaña — arqueada como el precinto de piedra de un continente— actuaba de aislador étnico y de aislador histórico. como en el norte. no se dis­ persaba en adaptaciones difíciles. en todo el Brasil. sin un solo golpe de remo. se abre como el telón de un enorme baluarte. . La tierra atrae al hombre. no se oponían. volviendo la mirada hacia las planicies. en Río Grande do Sul. el teatro de los grandes acon­ tecimientos podía volverse hacia el sertón con la misma audacia con que se había echado sobre las tierras africanas. hacia el Paraná y el Para­ naíba. directriz preponderante en ese dominio del suelo. en Mato Grosso. Ahí está el trazado elocuente del Tieté. A pique sobre el Atlántico. llevando a los sertanistas. ni la esterilidad de la tierra. Según estas líneas de menor resistencia que definen las rutas más claras de la expan­ sión colonial. lo arrastra finalmente de manera irresistible en la corriente de los ríos.Es que en el sur. la atracción misteriosa de las minas. al precipitar la evaporación oceánica. hacia el río Grande y de ahí. Aulaba el irreprimible apego por el litoral que se ejercía en el norte. se reducía la estrecha faja de algunas y pantanos ante la cual morían todas las codicias. la fuerza viva restante en el temperamento de los que venían de vencer el mar ignoto. Le dan al forastero la sugestión irresistible de las entradas. El hombre se sentía fuerte. Estaba sobre almenas infranqueables que lo ponían al mismo tiempo a distancia del invasor y de la metrópoli. intangible tras los bosques. Se alteraba pero mejorando. En cuanto al Sao Francisco. lo encanta con su hermoso aspecto. . En lo alto. o golpeaba en las cataratas que caen desde los escalones de las altiplanicies. el forastero se sentía seguro. metiéndose de lleno en los sertones. Los ríos que derivan por sus vertientes nacen de algún modo en el mar. su especial relieve lo vuelve un condensador de primer orden. Todavía más. tenía un nuevo componente en la propia fuerza de la tierra. en Santa Catarina. lo llama hacia su seno fecundo. no se diluía en un clima enervante. al Paranaíba. Era la penetración en Minas. en Goiás. Aunque un poco cambiado. . ni la barrera intangible de los descampados abruptos. al Ama­ zonas y a todos los cursos de agua de la ribera oriental. y asomaba por encima de las flotas.

bulas y órdenes reales. con la fatalidad de una ley. En lucha abierta con la corte portuguesa. sobre todo en el período agudo de la crisis colonial. Un pueblo extraño de mestizos levantis­ cos. resuelto.Así es fácil mostrar cómo esta distinción de orden físico aclara las anomalías y contrastes entre los sucesos en las dos partes del país. porque ofrecían potencialidades. desde Bahía a Maranháo. reaccionaban tenaces contra los jesuítas. un completo divorcio con aquellos luchadores. señalándolo como el enemigo más serio. Fuera de esto. apenas los vislum­ bramos en las cortes espectaculares de los gobernadores en Bahía. En cuanto el dominio holandés. descubriéndola des­ pués del descubrimiento. el sureño. el poblamiento sigue las huellas embarulladas de las bandeiras. centralizado en Pernambuco. Hasta los últimos años del siglo xvn. mientras en Pernambuco las tropas de von Schoppe prepa­ raban el gobierno de N assau1 0 9 . en el siglo xvn. Estos. parecían de otra raza en el arrojo temerario y en la resistencia a los contratiempos. buscando otros destinos. No tenemos un contraste mayor en nuestra historia. De hecho. aquellos sertanistas que extendían los límites de Pernambuco hasta el Amazonas. congregando de nuevo a los exhaustos combatientes. Las grandes caravanas guerreras eran muchedumbres desencadenadas hacia todas direcciones. Los hombres del sur se desparraman por el país entero. En él se descubren sus rasgos verdaderamente nacionales. olvidados del holandés. Y cuando la restauración en Portugal vino a alen­ tar en toda la línea el repudio al invasor. donde se reflejaba la decadencia de la metrópoli y todos los vicios de una nacionalidad en descomposición. donde reinaba la Compañía de Jesús con el privilegio de conquistar las almas. pisoteando. influía por toda la costa oriental. en demanda de otros rumbos. se dirigen con Ruy de Montoya a Madrid y con Dias Taño a Roma 1 0 8 . lo dice la grosera odisea . solidarios. en el reinado efímero de Amador Bueno 111. invadiendo la propia tierra. en Sao Paulo se estructuraba el drama sombrío de Guaira 1 1 0 . revelaba en su rechazo de los decretos de la metrópoli. absolutamente alejado de aque­ lla agitación. Las seguían incansables. los sureños destacaban aún más esta separación de destinos aprovechando el mismo hecho para establecer la autonomía franca. eufemismo casuístico que disfrazaba el monopolio del brazo indígena. Cuando las correrías del bárbaro amenazaban Bahía o Pernambuco o Paraíba y los quilombos desperdigados por los bosques constituían los últimos refugios del rebelde africano. abriendo el seno rutilante de las minas. llevado por otras tendencias. el sureño. En la plenitiud del siglo xvn el contraste se acentúa. y se producían en­ cuentros memorables en los que. Fuera del litoral. Parecía casi un enemigo tan peligroso como el holandés. aplastaban al enemigo común nuestras tres razas formadoras. Llegan a los límites extremos del ecuador.

perdieron todo el arrojo y el espíritu de revuelta que ruge con elocuencia en todas las páginas de la historia del sur. el elemento indígena hubiera desaparecido sin dejar ras­ tros. Es que el hijo del Norte no tenía un medio físico que lo blindara con igual suma de energías. en seguida se encontraba con la naturaleza adversa y prestamente volvía al litoral. ¿qué no diremos de nuestra situación tan dife­ rente? En este caso. Si tal cosa hubiese sucedido. Convenido que el medio no forma las razas. en sus entradas hacia el oeste y hacia el sur. es evidente que la yuxtaposición de los caracteres coincide con la íntima transfusión de tendencias y la larga fase de trans­ formación correspondiente se erige como un período de debilidad. ACCION DEL MEDIO EN LA FASE INICIAL DE LA FORMACION DE LAS RAZAS Volvamos al punto de partida. variaron en demasía en los diversos puntos del territorio. de los que se sienten bien en una tierra amiga. son un pálido remedo de las embestidas del Anhangüera o de un Pascoal de Araújo 1 1 2 . entre el mar y el desierto. se deduce la que ejerció sobre nuestra formación étnica. aunque después tuvieron los estímulos enérgicos de las Minas de Prata de Belchior Dias. las dosis de los tres elementos esenciales. Si esto se verifica en las razas totalmente definidas que afrontan otros climas. Apretados entre los cañaverales costeros y el sertón. Las exploraciones allí iniciadas. surgía como el vencedor clásico de esos peligros. Pero el colono norteño. Ade­ más de esto (es hoy dato innegable) las condiciones externas actúan sobre las sociedades constituidas que sufren migraciones seculares. no se basa en causas étnicas primordiales. las bandeiras hubiesen salido también del este y del norte y atrapado por un movimien­ to convergente. en nuestro caso especial. en el río Doce. protegidas por una civilización que es como el plasma sanguíneo de esos grandes organismos colectivos. en la segunda mitad del siglo xvi. por Sebastiáo Tourinho. Ese contraste. Lo que preparó el advenimiento de subrazas diferentes por la propia diversidad de las condiciones de adaptación. elevando el valor relativo de . por cierto. el hace­ dor predilecto de las grandes hecatombes.de "Palmares”. Bastiao Alvares en el Sao Francisco y Gabriel Soares por el norte de Bahía hasta las nacientes del Paraguacú. sin la osadía de los dominadores. en un bloqueo agravado por la acción del clima. Delineada de este modo la influencia mesológica en nuestro movimien­ to histórico. aun­ que remediadas por los recursos de una cultura superior. en las capacidades de las razas que se cruzan. sin la audacia que brota de la atracción ejer­ cida por los parajes opulentos y accesibles.

Así es que en las primeras épocas. Vimos que la formación brasileña del Norte es muy diferente a la del Sur. tal vez efímera. LA FORMACION BRASILEÑA DEL NORTE Tratemos de tener en este intrincado entrecruzamiento una ilusión. El documento afirma "que las tierras del Brasil no están despobladas porque en ellas existen más de tres mil portugueses”. la intensidad de estos últimos está lejos de la uniformidad proclamada. todas las cualidades adquiridas en el largo aprendizaje his­ tórico. Nuestras capas étnicas se distribuyeron de modo diverso. aun separadas del suelo nativo. Al calor y a la luz que se ejercitan en ambos. todos los pasibles del morra per ello de la sombría justicia de aquellos tiempos. acojámonos a este tema. No hay un tipo antropológico brasileño. éste graba mejor sus trazos característicos en el cuerpo en fusión. parcelados en pequeñas levas de desterrados o colonos arruinados. las modalidades del clima y esa acción de presencia innegable. Las instrucciones dadas en 1615 al capitán Fragoso de Albuquerque. capaces de conservar por el número. El Brasil era tierra de exilio. esa especie de fuerza catalítica misteriosa que difunden los variados aspectos de la naturaleza.la influencia del medio. Vimos cómo entre nosotros. de las grandes masas invasoras. se adicionan la dispo­ sición de la tierra. el medio tiene agentes más enérgicos que para las reacciones químicas de la materia. originaron diferencias iniciales en la mezcla racial. . podemos decir que para esas reacciones biológicas complejas. El desarrollo poblacional desde Maranhao a Bahía lo revela. un vasto presidio con el que se atemo­ rizaba a los heréticos y a los relapsos. . Ineptos para discriminar entre nuestras razas formadoras. Fue lento. a fin de regularizar con el embajador español en Francia el tratado de tregua con La Ravardiére 113. Todavía los deslumbraba el Oriente. . Esta cifra abarcaba todo el Brasil y habían pasado más de cien años desde el descubrimiento. la ilusión de una subraza. originando un mestizaje disímil. En esas circunstancias. sin el empuje viril de los conquistadores. son claras al respecto. Los portugueses no abordaron el litoral norteño robusteci­ dos por la fuerza viva de las migraciones compactas. Sin arriesgarnos mucho en un paralelo osado. el número reducido de pobladores contrasta con la vastedad de la tierra y la cantidad de población indígena. Venían dispersos. Definamos rápida­ mente los antecedentes históricos del jagungo. en gran medida a causa de las circunstancias físicas. prolongándolas hasta nuestro tiempo. Las circunstancias históricas.

además. sin hogar. * * Joáo Francisco Lisboa m . El padre Nóbrega 119 lo definió bien en la célebre carta al rey (1 5 4 9 ) en la que. con tres ingenios de azúcar” *. hechos a la vida libre del campamento. cuatro mil negros y seis mil indios. en el primer siglo tuvieron una función inferior. los africanos. por ser la tierra amplia y vasta. allí existían dos mil blancos. p. gente de buena índole. "la población crecía tan lentamente que en la época de la pérdida del Señor Don Sebastiáo ( 1 5 8 0 )1 1 5 toda­ vía no había un establecimiento. aunque existían en abundancia. siendo innumerables los naturales blancos del país con casta tupiniquina”. Ultra equinotialem non peccavi. se puede afirmar que la extinción del indígena del Norte provino. desde 1570 a 1758 — en que pese "a una serie nunca interrumpida de hesitaciones y contradicciones”— * * dis* Corografía Brasílica. Según Fernáo Cardim 1 1 7 . incluso en el reino. Eran pocos. Bahía estuvo más poblada. según el pensamiento de Varnhagen 1 2 0 . Los forasteros que llegaban a esas playas. 195. en Río Grande do Norte "donde los indios hace tiempo que fueron reducidos a pesar de su ferocidad y cuyos descendientes por medio del mestizaje con los europeos y africanos han aumentado las clases de los blancos y de los pardos”. Lo demuestran las sucesivas cartas reales que. Sin ninguna idea preconcebida. todos tenían por meta el aforismo de Barleus 1 1 8 . En muchos lugares escaseaban. Es visible durante mucho tiempo el predominio del elemento autóctono. pintando con ingenuo realismo la disolución de las costumbres. Hombres de guerra. dice aquel narrador sincero. Lo que tiene que haber influido mucho en los primeros cruzados. "Desde temprano — dice Casal— los tupiniquinos. Este proceder obedecía a los fines de la metrópoli. . Cuando algunos años más tarde. Se sabe que en el ánimo de los beneficiarios existía la preocupación de aprovechar lo mejor posible la mezcla. más de los sucesivos cruzamientos que de un verdadero exterminio. Por otro lado. Estas afirmaciones son expresivas. intensamente. captando la simpatía de los nativos. se hicieron cristianos y se emparentaron con los europeos. desterrados o aventureros corompidos. fuera de la isla de Itamaracá 116 cuyos vecinos andaban en las 2 0 0 personas. declara que el interior del país está lleno de hijos de cristianos que se multiplican según los hábitos gen­ tilicios. El primer mestizaje se hizo pues en los primeros tiempos. que todas hallarían maridos. El amancebamiento con las caboclas cayó pronto en una franca degra­ dación de la que ni el clero se salvaba. entre el europeo y el indígena.Según observa Aires de Casal 1 1 4 . Pensaba que era conveniente que le enviasen huérfanas o aun mujeres que fuesen erradas. la des­ proporción entre el elemento europeo y los otros dos continuó siendo desfavorable en perfecta progresión aritmética. eran de molde para esa mezcla en gran escala.

centros de fuerza atractiva del apostolado. Contribuyó a esta persistente tentativa de incorporación. En 1530 andaban por las calles de Lisboa más de diez mil negros y lo mismo sucedía en otros sitios. Los versos de un contemporáneo. un lento esfuerzo de pene­ tración en el centro mismo de las tierras sertanejas. . gracias a un esfuerzo secular. Estas difundían ampliamente la san­ gre de las tres razas en los nuevos parajes descubiertos. anterior al des­ cubrimiento porque se había consumado desde el siglo xv. los misioneros salvaron este factor de nuestras razas. que de algún modo completa el movimiento febril de las bandeiras. como la de 1680. Por lo menos fueron rivales del colono que sólo buscaba ganancias. provocando un entrelazamiento general. la Compañía de Jesús que. que iniciada a fines del siglo xvi no paró hasta el nuestro (1 8 5 0 ) 1 2 4 y con­ siderando que él fue el mejor aliado del portugués en la época colonial. En Evora eran mayoría sobre los blancos. los jesuítas realizaron allí una tarea noble. proporcionan un documento125: "Vemos no rey no meter. Es cierto que el consorcio afro-lusitano era antiguo. En el combate estúpido de la perversidad contra la barbarie esos eternos condenados cumplieron una digna función. del africano. a despecho de las perturbaciones que provocaban. tan oportuna para nuestra historia. dominaba en el Norte. Hicieron mucho. es discutible que haya penetrado profundamente en los sertones. en gran escala. extendían la protección a punto de decretar que se concediese tierras a los nativos "hasta las ya dadas a otros” puesto que debían tener preferencia los indios "naturales señores de la tierra”. demuestra sobre todo. Penetrando hasta lo hondo de los sertones. obligada a transigir en el Sur.minuyen las posibilidades de ganancia de los colonos en la explotación de los salvajes como esclavos. tuvo el valor de atraerlo durante mucho tiempo. Tantos captivos crescer. con los azeneguas y los jalofos de Gil Eanes y Antao Goncalves. El curso de las misiones en el Norte. Pese a que esta invasión de vencidos e infelices tuvo una rara fecundidad y óptimas cualidades de adaptación puestas a prueba en el Africa. Incluso algunas. Sorpren­ didos los historiadores por la venida. Las aldeas. desde las faldas de la Ibiapaba 123 hasta las de la Itiúba. generalmente le dan una influencia exagerada en la formación del sertanejo del Norte. Ex­ cluyendo las posibles intenciones condenables. García de Rezende. en aldeas a los rancheríos misera­ bles. por lo menos hasta la intervención de Pombalm. Aunque la tentativa de elevar el estado mental del aborigen hasta las abstracciones del mono­ teísmo fuera quimérica. Eran los únicos hombres disciplinados de su tiempo. a su vez. en toda la región que va del Maranháo hasta Bahía. servían para uni­ ficar tribus y para convertir.

Como organis­ mos potentes hechos a la humildad extrema. de T . El elemento africano se quedó en los vastos parajes costeros. amarrado a la tierra. El cultivo extensivo de la caña. Y esta explotación en gran escala progresó des­ pués rápidamente. * * Diogo Campos. Las viejas ordenanzas que establecían "cómo se podían abandonar los esclavos y las bestias que se hallaren enfermas o mancas” denuncia la brutalidad de la época. entre nosotros creció. determinó el olvido de los sertones. se assim for. como Domingos Sertáo1 2 8 . Razáo do Estado do Brasil. importada de Madeira m. seráo mais Eles que nós. terminaban su vida aventurera. y determinando cruces raciales diferentes de los que se hacían en el interior de las capitanías. libertando al indígena. El primer mestizaje se hizo en la metrópoli.). * “Vemos en el reino meter / tantos esclavos crecer. La gran faja negra iba de Bahía a Maranháo. La raza dominada tuvo aquí posibilidades de desarrollo. mira del egoísmo de los colonos. Palmares. Naturalmente. Ya antes de la invasión holandesa * *. a meu ver” *. / los naturales se van. En la costa. atraídos por el lucro de las fazendas de criagao. / ellos que nosotros. En efecto. Allí campeaba el indio inepto para el trabajo y además rebelde. Incluso los que se alzaban en franca rebeldía arma­ ban sus quilombos evitando el centro del país. el mulato es el resultado principal del último y el curiboca del primero 1 2 9 . . dejaba más libertad que en el Sur para los esfuerzos de la catequesis. distaba pocas leguas de la costa. serán más. o si no. pero apenas pene­ traba en el interior. / y si así sigue. Algunos. sin las rebeldías del indio1 2 6 . Los sertanistas que llegaban hasta aquellos parajes ya habían perdido su combatividad. a mi ver” . (N . La genesis del mulato tuvo su sede fuera de nuestro país. abiertas en aquellos in­ mensos latifundios. admitiendo en ambos como denominador común el elemento blanco. desde Río Grande do Norte a Bahía había ciento sesenta ingenios. el negro tuvo sobre sus hombros toda la presión de la vida colonial. Además —insistamos en un punto incontroverti­ ble— las numerosas importaciones de esclavos se acumulaban en el litoral. La esclavitud negra. el indio apenas retenido en las aldeas por la tenacidad de los misioneros. Era la bestia de carga que asumía todos los trabajos sin descanso alguno. Así se establecieron límites precisos entre los cruzamientos realizados en el sertón y los del litoral. Que. la fertilidad de la tierra fijaba a los dos elementos simul­ táneamente. con sus treinta mil habitantes.Irem-se os naturaes.

Amplio en las nacientes. . apretado por un corredor único de centenares de kilómetros. el Sao Francisco fue.GENESIS DEL JAGUNgO La demostración es positiva. desde el siglo xvn hasta fines del siglo xvm . totalmente olvidado aún. es posible que el vaquero. se volvió el camino predilecto de los sertanistas. sea destacadamente. en sus nacientes. hasta Paulo Afonso y cor­ tando la región estéril de las caatingas. Hay un notable rasgo de originalidad en la génesis de la población sertaneja. a la busca del oro o del esclavo. pasando rápidas sobre las miserables aldeas indígenas. Bravo y temerario como el bandeirante. sea de modo confuso. Las bandeiras. en la cuenca de Juázeiro. Historia do B ra sil 131. el teatro de las misiones. en su dilatado recorrido recoge numerosos afluentes por la mitad de Minas. Lo esbozaremos y para no alargarnos en demasía. resignado y tenaz como el jesuíta. Si en el futuro. de trazado incomparablemente más apropiado para la penetración colonizadora. se vuelve pobre de tributarios. en el curso inferior. con miras sobre todo a la esclavización y al abatimiento de los nativos. no diremos del Norte sino del Brasil subtropical. En el curso inferior. constreñido entre las cumbres que lo desnivelan hacia el mar. Después se estrecha. casi todos son efímeros. la tierra clásica del régimen pastoril. Golpearon sus fronteras por igual el bandeirante. Balancea la influencia del Tieté. descubrían inmensos parajes que no poblaban y abandonaban para seguir hacia zonas todavía más desiertas. bajo los dos aspectos que muestran. y en la región media. * Joáo Ribeiro. nos apartaremos un poco del teatro en que se desarrolló el drama histórico de Canudos. en la zona de las montañas y de las florestas. pasando en la parte media por el hermoso paraje de los campos gerais. el lugar de la agitación minera. derivando. saliendo a la búsqueda de la tierra o del hombre. la abundancia de documentación permite la recons­ trucción de la vida colonial. recorriendo rápidamente el río Sao Francisco "el gran camino de la civilización brasileña” según el acertado decir de un historiador *. tenía la ventaja de un atributo supletorio que le faltó a ambos: la fijación al suelo. esta triple disposición es un diagrama de nuestra marcha histórica que refleja paralelamente sus variables modalidades. En cuanto a éste. Ahora bien. el único compatible con la situación económica y social de la colonia. sobresalga y obtenga el lugar que merece en la formación de nuestro pueblo. Ya vimos en páginas anteriores que él atraviesa las regiones más dis­ pares. el jesuíta y el va­ quero.

Es que se habían apagado casi al mismo tiempo los milagros de la misteriosa "Sabará-bugu” y los de las "Minas de Plata”. uno tras otro. como consecuencia inevitable. * Carta del coronel Pedro Barbosa Leal al conde de Sabugosa. llevando hasta las serranías de Macaúbas. Ahora bien. en el Ribeiráo do Carmo. Como el acceso más corto y normal por los caminos de la costa estaba vedado porque lo interrumpían los muros de las sierras o lo obstaculizaban los bosques. alentadas por el oro de Arzáo siguiendo en 1693 las mismas huellas de Tourinho y de Adorno y al cabo. FUNCION HISTORICA DEL RIO SAN FRANCISCO Se formó oscuramente. la visión engañadora de la "Sierra de las Esmeraldas” que desde mediados del siglo xvi atrajera. centralizados en la figura brutalmente heroica de Antonio Raposo. la naciente y la desembocadura. y desapa­ recido al norte el país encantado que había idealizado la imaginación romántica de Gabriel Soares. se había desarrollado un notable poblamiento cuyos resultados aparecerían mucho después. en la región que corta por su curso medio el Sao Francisco. por el país entero 1 3 1 . su función realmente útil. a veces inextricable. . aparentemente. la entrada se hacía por el Sao Francisco. renova­ das por las investigaciones indecisas de Pais Leme. Pereira da Costa. parecen haberse prolongado hasta el gobierno de Lancastro 1 3 S . durante este período en que. Em prol da integridade do territorio de Pernambuco.Su historia. se explayaron de nuevo. traduce la sucesión y el enlace de estos únicos estímulos. resurgiendo francamente con Bartolomeu Bueno. hasta que. después de un agotamiento casi secular. revelándose como aventura pura o como empresas de mayor o menor practicabilidad. aparecía como incidente obligado. Nóbiliarquia Paulista. 1725. lo determinaron las entradas que buscaban las minas de Moreia que. en Itaberaba y Miguel Garcia. sólo se daba en el litoral la lucha contra el holandés y en el interior de las altiplanicies el asombroso ondular de las bandeiras 1 3 2 . Véase F. como los documentos adrede oscuros de los ruteros. más fuertes. las entradas sertanejas volvieron al anhelo primitivo e irradiando desde Ouro Préto. acabada con la expedición de Glimmer (1 6 0 1 ). eternamente inalcanzables. Sebastiáo Tourinho. A. En este permanente oscilar entre los dos designios. sucesivos grupos de pobladores *. En el comienzo. a Bruzzo Spinosa. que avivó. que abría ante los exploradores dos vías únicas. gran parte del siglo xvn está dominada por las sombrías leyendas de los cazadores de esclavos. Dias Adorno y Martins Carvalho. hacia los flancos del Espinhaco. aunque anónimas y sin brillo. los caminos de Glimmer. el descubrimiento de lo desconocido. y Pedro Taques. más allá del Paramirim 1 3 4 . Así es que. que no se toma­ ba en cuenta.

no sólo por la metrópoli lejana sino por los mismos go­ bernadores y virreyes. Casi toda esa sal sube hacia el centro de Minas Gerais. en cuyas márgenes el calor del sol hace apa­ recer sal congelada". o fuesen los portugueses de Manuel Nunes Viana que partió de su fazenda de "Escuro” en Carinhanha para conducir a los emboabas en el Río das Mortes. 169. o los pernambucanos de Francisco Caldas. II. No producía impuestos o rentas que despertasen el interés egoísta de la corona. Porque provenientes de los más diversos puntos y orígenes. extenso tramo de unión entre dos sociedades que no se conocían. presentaba el "casi único aspecto tranquilo de * Todos los animales buscan con ansia esos lugares. un elemento esencial. atrayéndolos y entrelazándolos. últimos espolones y contra­ fuertes de la cordillera marítima. la sal. tienen el atenuante de los vastos llanos. al este. a los extremos del Maranháo y Ceará por el noreste y las serranías mineras de Bahía. Favorecida de este modo. El gran río se erige desde el principio como un elemento unificador étnico. La tierra. en la que se entrelazan florestas sin la grandeza y el cierre impenetrable de las del litoral. Tratándose de los lugares situados hacia las nacientes del Río Grande. no sólo los mamíferos. El régimen pastoril se esbozó allí como una sugestión dominadora de los campos gerais. los forasteros que llegaban al centro de aquel sertón rara vez volvían 1 3 5 . declara Aires de Casal: “Hay varias pequeñas lagunas a mayor o menor distancia del río. Se pobló y creció autónoma y fuerte. hacia el occidente y el oriente uniéndola de un lado a la costa y del otro al centro de las altiplanicies. fuesen los paulistas de Domingos Sertáo. casi simétricos. cristaliza. Escragnolle Taunay 136. gratuita en las salobres bajadas de los barreiros *. con sus pequeños ejércitos de taba)aras aliados. desahogados todos en los grandes claros de las caatingas. El agua de esos lagos (también la dulce) filtrada en vasijas de madera o de cuero finamente agujereadas y expuestas en tablas alrededor de ocho días. dando una sal blanca como el armiño. les compensaba la ilusión deshecha de las minas codiciadas. su especial conformación hidrográfica de afluentes que se ajustan. exuberante y accesible. Su estructura geológica original da lugar a forma­ ciones topográficas en las que las sierras. fuesen los bahianos de Garcia d’Avila. El ganado lame el suelo embarrándose en las aguadas y bebe con delicia esa agua y come el barro.llevando a los hombres del Sur al encuentro con los hombres del Norte. No faltaba para ello. su flora compleja y variable. Corografía Brasílica. todas de agua más o menos salobre. con el pasto tierno de las altiplanicies y el pasto duro de los llanos. Y contrapuesta a la turbulencia del litoral y a las aventuras mineras. p. pero oscura. sino también las aves y reptiles. se constituyó una extensa zona de cría de ganado que ya al alborear el siglo x v m iba de las fronteras septentrio­ nales de Minas a Goiás. todos fueron lazos preciosos para la fusión de esos elementos esparcidos. sobre la rara fecundidad del suelo cubierto de pasturas naturales. olvidada. . al Piauí. indiferente para los cronistas de la época.

anónimos pioneros que habían llegado allí. Os primeiros descobrimentos de ouro em Minas Gerals. tal vez precediendo a los demás en el descubrimiento de las minas de Caeté 137 y cruzándolas de parte a parte. sin los peligros de las migra­ ciones y los cruzamientos. . surgiendo y decayendo en seguida en el Sur. ciertamente desde el este. desde el siglo x v m se convirtió casi exclusivamente en una colonia de ellos” Es natural entonces que Bartolomeu Bueno. pasaran más fuertes quizá. Porque allí se quedaron completamente divorciados del resto del Brasil y del mundo. fueron numerosas las familias de Sao Paulo que. ya entonces muy poblado de paulistas y sus descendientes. los grupos de "Bahianos”. etc. buscaron aquellos lejanos rincones y se cree. la mayoría de los productores opulentos que allí se formaron. vea sorprendido señales de­ jadas por sus predecesores. o tal vez. renaciera allí y. y eran los mismos enérgicos y entusiastas integrantes de las bandeiras. se conservara. venía del sur. trasponiendo la sierra de Paraná. Según lo recogido en preciosas páginas por Pedro Taques * * . pasando al oeste de las nacientes del Santa Bárbara. Aparte de los escasos contingentes de pobladores pernambucanos y bahianos. en continuas migraciones. en una degeneración completa hasta el punto de declinar en el territorio mismo que le dio nombre. y que al reabrirse en 1697 el ciclo más notable de las búsquedas del oro. en las ruidosas y turbulentas bandadas de inmigrantes que rodaban desde los flancos orientales de la sierra del Espinhago hasta el thalweg del Río das Velhas. * * Nobiliarquia Paulista. abarcando a los pobladores septentrionales * * * * . término que como el de "Paulista” se volvía genérico. la índole varonil y aventurera de sus abuelos. es de presumir que fueron hechos por mineros de Ouro Préto. La importancia que tuvieron ciertos bahianos en los acontecimientos de 1709 y la referencia de Antonil al capitán Luis do Couto que fue de Bahía a ese paraje con tres hermanos “buenos mineros”. prolongando intacta hasta hoy. amurallados al este por la Serra Geral. por bahianos venidos del norte. los descubrimientos en la región de Caeté fueron anteriores a los del Río das Velhas o de Sabará. y en este caso. favorecen esta última hipótesis”. EL VAQUERO Ya se formaba en el valle medio del gran río una raza de cruzados idén­ ticos a aquellos mamelucos enérgicos que habían nacido en Sao Paulo. Joao Mendes de Almeida. y avanzando en dirección contraria como un reflujo del norte. Notas genealógicas. Y no arriesgamos una hipótesis desmedida si admitimos que este tipo extraordinario de paulista. aceptando el concepto de un historiógrafo perspicaz que el "valle del Sao Francisco. * * * * Dice el profesor Orville Derby: “Según Antonil138. detenidos al occi* Joao Ribeiro. cuando descubre Goiás. * * * Dr.nuestra cultura” *.

Los primeros sertanistas que la crearon. era ya nuestra nacionalidad en ciernes. pero diferente de las otras razas del país. En consecuencia. Nacían del abrazo feroz de vencedores y vencidos. la conservación de los atributos y hábitos antiguos ligeramente modificados por las exigencias de la nueva vida. pues después de dominarlo con la esclavitud lo apro­ vecharon para la nueva industria que practicaban. ella es innegablemente un ejemplo expresivo de cuánto importan las reacciones del medio. con sus ropas características. Y allí están. de caracteres definidos e inmutables. les dieron esa derivación a la faena de los rodeos. . con su extraño aferrarse a las tradiciones más remotas. incluso en las mayores crisis — cuando la ropa de cuero del vaquero se convierte en la armadura flexible del jagungo— oriunda de elementos convergentes de todos los puntos. aquella ruda sociedad. Estableciendo en el interior la continuidad del poblamiento que aún faltaba en la costa y surgiendo entre los norteños que luchaban por la autonomía de la patria naciente y los sureños que le ampliaban el área. con su exagerado sentido de la honra. una ruda escuela de fuerza y coraje en aquellos campos gerais tan amplios. Y despuntó una raza de curibocas puros. casi sin mezcla de sangre africana. Las entradas de uno y otro lado del meridiano. Piauí. de Goiás. más bien facilitaban el entrelazamiento de los extremos del país. fácilmente denun­ ciada hoy por el tipo normal de aquellos sertanejos. villas y ciudades. tienen un origen . Raza fuerte y antigua. vino el inevitable cruzamiento.dente por los amplios campos gerais que se abren hacia el Piauí y que todavía hoy el sertanejo considera infinitos. Ceará y Pernambuco. por el aislamiento. . con su sentimiento religioso llevado hasta el fanatismo. Todos los po­ blados. ampliando sus atributos ancestrales. Sería largo hablar de la evolución del carácter. incomprendida y olvidada. Maranháo. tienen un carácter de total originalidad expresado en las fundaciones que erigió. Se criaban en una sociedad revoltosa y aventurera. La índole aventurera del colono y la impulsividad del indígena se amalgamaron y el propio medio les permitió. El medio los atraía y los protegía. habían suplantado en toda la línea al salvaje. más tarde. y tuvieron. que animan hoy su superficie. no aptas para la dis­ persión. Nos ligaban en el espacio y en el tiempo. abasteciendo por igual con los enormes arreos que subían hasta el valle del Río das Velhas y bajaban hasta las nacientes del Parnaíba. sobre una tierra fértil. con su bellísimo folklore de rimas que ya cumplieron tres siglos. cuando las minas bahianas. o en las serranías de flancos destrozados por la búsqueda del mineral superficial. con los mismos hábitos de sus abuelos. Expandiéndose por los sertones limítrofes o próximos. donde todavía hoy surge impune el jaguar y se desplaza veloz el avestruz.

los actuales poblados sertanejos. Nos excusamos de apuntar ejemplos que son tan numerosos. El río deja las regiones alpestres. aquí surgieron todos de los antiguos establecimientos de ganado. del poder de los sacerdotes por la severa política de Pombal. la de García d’Avila (Casa de la Torre) 1 4 0 . Si se consideran las poblaciones del Sao Francisco desde las nacientes hasta la desembocadura. . y finalmente. La calculada solicitud del jesuita y la excepcional abnegación de los capu­ chinos y franciscanos incorporaron las tribus a nuestra vida nacional. sin embargo. . En esa superficie otorgada por abusivas concesiones al poder de una sola familia. avanzaron en el siglo xvn las misiones en su lento andar que continuaría hasta nuestro tiempo. se encontraron sorprendidos con las parroquias que ya . vemos. Es lo que indican. preferidos por el caminar lento y penoso de las misiones. Nos dicen que mientras el negro se agitaba en los afanes del litoral. No tuvieron un historiador. los trazados de las fundaciones jesuíticas. FUNDACIONES JESUITAS EN BAHIA En efecto. incluso en un área tan pequeña. se asiste a la sucesión de los tres casos señalados. próximas o alrededor del sitio donde existía hace cinco años la Troya de barro 139 de los jagungos. se encuentran poblaciones antiquísimas. libérrima y fuerte de los vaqueros.uniforme bien diferenciado de los otros que se encuentran al norte o al sur. llega a los parajes poco apetecidos. completando estos ligeros apuntes. los mejores ejemplos. arrebatadas en 1758. son elocuentes respecto del caso que conside­ ramos. el indio se fijaba en aldeas que se convertirían en ciudades. inconmensurables arenas hechas a la sociedad ruda. Mientras las del sur se levantaron en las cercanías de las minas o al lado mismo de las excavaciones. estériles de tanta sequía. y cuando alboreaba el siglo xvm y los paulistas irrumpen en Pambu y en Jacobina 1 4 2 . después atraviesa los grandes campos gerais. se formaron sobre las viejas aldeas indígenas. que reflejan el arrojo incomparable de las bandeiras. totalmente diversos en su origen. Desde Itapicuru de Cima hasta Jeremoabo y desde allí. Los que existen. con ciudades encaramadas sobre sierras. La extraordinaria empresa apenas se rastrea actualmente en escasos do­ cumentos que poco dicen para conocer la continuidad de la historia. se construyeron sobre las antiguas aldeas de las misiones. y en el norte. acompañando al Sao Francisco hasta los sertones de Rodelas y Cabrobó1 4 1 . en el territorio que hemos demarcado. Si nos limitamos a las que todavía perduran. siguiendo la dilatada línea entre la Itiúba e Ibiapaba.

Más hacia el norte. 272. gov. tenía el opulento Garcia d’Avila una compañía de su regi­ miento * * *. princi­ palmente cuando se exacerbaban las rivalidades de los jefes indios. directamente favore­ cido por la metrópoli. que se refu­ gia en los quilombos. la segunda en el Africa y la primera en el Brasil. estaba incorporado a la administración metropolitana desde 1682. Jeremoabo es sede de juzgado. aldea también bastante antigua. en 1687. interviniendo en las disensiones tribales y asimismo imperaba. Domingos Sertáo centralizó en su establecimiento del Sobrado el círculo más animado de la vida sertaneja. En 1702. mu­ nidos con los títulos perfectamente legales de capitanes. la misión de Magacará. Cerca se levantaba. Casi en la confluencia de las capitanías septentrionales. Más hacia el sur resaltaban otras: Natuba. que cuando se elevó a parroquia originó una amplia controversia entre los sacerdotes y el rico propietario mencionado. * * * Libro pat. Como los otros dominadores del suelo. gobernador general del Brasil. la primera misión de franciscanos disciplinó aquellas zonas de modo más eficaz que las amenazas del gobierno. próximo al mismo tiempo del Piauí. el poblamiento continuó con mayor intensidad y con los mismos elementos. Se armonizaron las tribus y el aflujo de silvícolas adoptados por la iglesia fue tal que en un solo día el vicario de Itapicuru bautizó a 3. lo que permite suponerle un origen mucho más remoto. * * Os orizes conquistados de José Freire de Monteiro Mascarenhas. Itapicuru (1 6 3 9 ) 143 fundada por los fran­ ciscanos. Un capuchino los conducía. el rústico landlord colonial aplicó en el trato de sus cincuenta estableci­ mientos de cría la índole aventurera e inquieta de los curibocas. del Ceará. ostentaba un feudalismo grosero — que lo llevaba a convertir en vasallos a los tributarios pobres y en siervos a los tapuias mansos— . desti­ nadas ambas a caracterizar la misma desdicha de dos razas tan apartadas en su origen. La acción de ese rudo sertanista en aquella región no ha tenido el relieve que merece. Inhambupe.700 catecúmenos * * . el canhemborá y el quilomboia *. el humilde lugarejo llamaba sobre sí la atención de Joáo de Lancastro. de Pernambuco y de Bahía. al comenzar el siglo xvm . Ya en 1698. En éstos preponderaba el elemento indígena de la antiquísima misión del Sai. donde. .centralizaban cabildas. fl. En la segunda mitad del siglo x v i i surgió en el sertón de Rodelas la vanguardia de las bandeiras del Sur. Quilomboia: negro huido. Allí el elemento indígena se mezclaba ligeramente con el africano. Incompa­ rablemente más animado que hoy. humildísimo. levantada por los jesuítas. pero habiendo alcanzado su ideal de riqueza y poder. * Canhemborá ( cánybora) : indio huido. a veintidós leguas de Paulo Afonso. El primero de aquellos sitios. también antigua. sobre los mansos morubixábas. significación y sonido de estas palabras surgidas. Es singular la identidad de forma.

se aliaba con los sacerdotes en la misma función integradora. Es que la metrópoli secundaba en el norte los esfuerzos de los sacerdotes. Se había afirmado desde hacía mucho tiempo el principio de combatir al indio con el indio, de modo que cada aldea de catecúmenos era un reducto frente a las incursiones de los indios libres e indomables. Al terminar el siglo xvn, Lancastro fundó con el indio catequizado la aldea de la Barra 144 para atenuar las depredaciones de los Acaroazes y Mocoazes. Y desde aquel punto, a lo largo del Sao Francisco, se suceden los poblados y las misiones en N. S. do Pilar, Sorobabé, Pambu, Arocapá, Pontal, Pajeú, e tc.1 4 5 . Es evidente que, precisamente en el trecho de sertón bahiano más ligado con los otros Estados del Norte — en todo el circuito del sertón de Canudos— se estableció desde el alborear de nues­ tra historia un poblamiento abundante, en el que sobresalía el indio amalgamado con el blanco y con el negro, sin que éstos resaltaran a punto de dirimir su innegable influencia. Las fundaciones posteriores a la expulsión de los jesuítas copiaron el mismo método. Desde fines del siglo x v i i i hasta el nuestro, en Pombal, en Cumbe, en Bom Conselho y Monte Santo, etc., perseverantes misio­ neros, de los que es modelo bellísimo Apólonio de T o d i1 4 6 , continuaron hasta nuestros días el penoso apostolado. Toda esa población perdida en un rincón de los sertones, permaneció así hasta ahora, reproduciéndose libre de elementos extraños, aislada, y por eso mismo, realizando con la máxima intensidad un cruzamiento uni­ forme, capaz de justificar la aparición de un tipo mestizo bien definido. Mientras tanto, mil causas perturbadoras complicaban el mestizaje en el litoral revuelto por las inmigraciones y por la guerra; y en otros puntos centrales, otros intentos irrumpían en el rastro de las bandeiras, allí, la población indígena, aliada con unos pocos mocambeiros foragidos, blancos que escapaban de la justicia o audaces aventureros, persistió dominante.

CAUSAS FAVORABLES PARA LA FORMACION MESTIZA DE LOS SERTONES , DISTINGUIENDOLA DE LOS CRUZAMIENTOS EN EL LITORAL No hagamos sofismas. Enérgicas causas determinaron el aislamiento y conservación de lo autóctono. Las destacaremos. Primero fueron las grandes concesiones de tierras que definen la ima­ gen más duradera de nuestro tacaño feudalismo. Los patrones del suelo, de los que son modelos clásicos los herederos de Antonio Guedes de Brito 1 4 7 , eran celosos de sus dilatados latifundios que sin líneas demarcatorias, avasallaban la tierra. Apenas toleraban la intervención de la metrópoli. La erección de capillas o de parroquias en sus tierras siempre se hacía a partir de controversias con los curas, y

aunque éstos finalmente ganaban la partida, caían de algún modo bajo el dominio de los grandes potentados. Estos dificultaban la entrada de nuevos pobladores y hacían de los establecimientos de cría, dispersos alrededor de aldeas recién formadas, poderosos centros de atracción para la raza mestiza que de ellas provenía. Así se desarrolló ésta, alejada del influjo de otros elementos. Y en­ tregados a la vida pastoril a la que por su misma índole eran afectos, los curibocas o cafuzos oscuros, antecedentes directos de los actuales vaque­ ros, divorciados completamente de los habitantes del Sur y de la intensa colonización del litoral, vivieron adquiriendo una fisonomía original. Como que se criaban en un país diferente. La carta real del 7 de febrero de 1701, constituyó después una me­ dida supletoria de ese aislamiento. Imponiendo severas penas a los infrac­ tores, prohibía cualquier comunicación de aquella zona sertaneja con el Sur, con las minas de Sao Paulo. Ni siquiera las relaciones comerciales fueron toleradas, quedaron interdictos los más simples trueques de pro­ ductos. Ahora bien, más allá de estas razones, considerando la génesis del sertanejo del extremo norte, sobresale otra: el medio físico de los sertones en el vasto territorio que se extiende desde el lecho del Vaza-Barris hasta el Parnaíba, en el oeste. Vimos su fisonomía original: la flora agresiva, el clima implacable, las sequías periódicas, el suelo estéril erizado de serranías desnudas, aislado entre los esplendores del majestuoso araxá * del centro de las altiplanicies y los grandes bosques, que acompañan y orlan las curvas de las costas. Esta ingrata región para la cual el tupí tenía un término sugestivo, pora-pora-eima * * , que permanece aún en una de las serranías que la tapan por el levante (Borborema) fue el asilo del tapuia. Vencidos por el portugués, por el negro y por el tupí coaligados, los indómitos Cariris 148 encontraron protección singular en aquel rincón árido, escabroso por la osamenta rígida de las piedras, sacudido por las tormentas, reseco por el sol, erizado de espinos y caatingas. Allí se ador­ mecían, cayendo en la vacuidad de los llanos donde no había asomos de la apetecida riqueza mineral, los ímpetus de las bandeiras. La tapuiretama * * * misteriosa se ataviaba para el estoicismo del misionero. Sus múltiples caminos estrechos y largos retratan las marchas lentas, tortu­ radas y dolorosas de los apóstoles. Las bandeiras que hasta ahí llegaban se marchaban rápidas, huyendo, en busca de otros parajes. Los asombraba esa tierra modelada para las grandes batallas silenciosas de la Fe. La dejaban sin que nada los obligase a volver y de paso, dejaban a su gente en paz.
* Según Couto de Magalháes, esta palabra se descompone en ara: día y echa: ver, avistar. Araxá es el lugar de donde se ve primero el sol y por extensión, las tierras altas de las planicies del interior. * * Lugar despoblado, estéril. * * * T apui-retama: región del Tapuia.

De ahí la circunstancia, revelada por una observación feliz, de que aún hoy predominan en las denominaciones geográficas de esos lugares, términos de origen tapuia resistentes a las absorciones del portugués y del tupí, que se impusieron en otros sitios. Sin que nos explayemos de­ masiado, podemos resumir las tierras que circundan a Canudos como ejemplificaciones de este fenómeno lingüístico que tan bien traduce un acontecer histórico. "Traspuesto el Sao Francisco en dirección al sur, se penetra en una región ingrata por la inclemencia del cielo y se va atravesando la elevada desembocadura del Vaza-Barris, antes de ganar las zonas más deprimidas de las planicies bahianas que, después del salto de Paulo Afonso, después de Canudos y de Monte Santo, llevan a Itiúba, al Tombador y al Aguruá. Ahí, en ese lugar del patrio territorio, uno de los más ingratos, donde otrora se refugiaban los perseguidos restos de los Orizes, Procás y Cariris, aparecen de nuevo, designando los lugares, los nombres bárbaros de pro­ cedencia tapuia que ni el portugués ni el tupí lograron suplantar. "Entonces se leen en el mapa de la región con la misma frecuencia de los accidentes topográficos, los nombres de Pambu, Patamoté, Uauá, Bendegó, Cumbe, Magacará, Cocorobó, Jeremoabo, Tragagó, Canché, Chorrochorró, Quincuncá, Conchó, Centocé, Aguruá, Xiquexique, Jequié, Sincorá, Caculé o Catolé, Orobó, Mocujé y otros igualmente bárbaros y extraños” * 1 4 9 . Es natural que grandes poblaciones sertanejas parejas con las que se insinuaban en el Sao Francisco medio, se constituyesen allí con predo­ minio de sangre tapuia. Y allí permanecieron olvidadas, en un círculo estrecho, durante tres siglos, hasta nuestros días, en un abandono com­ pleto, ajenas por completo a nuestros destinos, guardando intactas las tradiciones del pasado. De modo que, ahora, quien atraviesa por esos lugares, observa una uniformidad notable entre quienes los pueblan: rostros y tallas apenas varían en torno de un modelo único, dando la impresión de un tipo antropológico invariable, a primera vista diferente del mestizo proteiforme del litoral. Porque mientras éste muestra todos los tonos y ofrece un tipo indefinido, según el predominio variable de sus agentes, el hombre del sertón parece copia de un modelo único, con las mismas características físicas, la misma tez, apenas variando del mameluco bronceado al cafuz oscuro; cabellos lacios y duros o levemente ondulados. La misma envergadura atlética, y los mismos rasgos morales que se traducen en las mismas supersticiones, los mismos vicios y las mismas virtudes. La uniformidad es impresionante. El sertanejo del Norte es, indudable­ mente, el tipo de una subcategoría étnica ya constituida 1 5 °.

* Teodoro Sampaio, Da expangáo da lingua tupi e do seu predominio na lingua nacional.

Abramos un paréntesis. . . La mezcla de razas muy diferentes, en la mayoría de los casos, es perjudicial. Ante las conclusiones del evolucionismo, aunque actúe sobre el producto el influjo de una raza superior, despuntan vivos estigmas de la inferior. El mestizaje extremado es un retroceso. El indoeuropeo, el negro y el brasileño guaraní o el tapuia, expresan estados evolutivos que se enfrentan y el cruzamiento, sobre anular las cualidades prominentes del primero, es un estimulante al recocimiento de los atributos primitivos de los últimos. De modo que el mestizo — rasgo de unión entre razas, breve existencia individual en la que se comprimen esfuerzos seculares— casi siempre es un desequilibrado. Foville 151 los compara, en general, con los histéricos. Pero el desequilibrio nervioso en tal caso es incurable: no hay terapéutica que pueda doblegar las tendencias antagónicas de razas sorpresivamente arrimadas, fundidas en un organismo aislado. No se comprende que después de diferenciarse extremadamente, a través de extensos períodos entre los cuales la historia es un momento, puedan dos o tres pueblos converger, combinando constituciones mentales diver­ sas, anulando en poco tiempo distinciones resultantes de un lento trabajo selectivo. Como en las sumas algebraicas, las cualidades de los elementos que se yuxtaponen, no se suman; se sustraen o se destruyen, según se esté en presencia de los caracteres positivos o negativos. Y el mestizo — mulato, mameluco o cafuz— menos que un intermediario es un de­ caído, sin la energía física de sus ascendientes salvajes, sin la altura in­ telectual de sus ancestros superiores. Contrastando con la fecundidad que acaso posea, revela casos de hibridez moral extraordinarios: espíritus ful­ gurantes, a veces, pero frágiles, inquietos, inconstantes, que deslumbran por un instante y en seguida se apagan, heridos por la fatalidad de las leyes biológicas, empujados hacia el plano inferior de la raza menos favorecida. Impotentes para lograr alguna solidaridad entre las generacio­ nes opuestas, de las que son producto, se mueven en un juego permanente de antítesis. Y cuando sobresalen — no son raros los casos— capaces de grandes realizaciones o de asociar las más complejas relaciones abstractas, todo ese vigor mental reposa (salvo los casos excepcionales que justifican el concepto) sobre una moralidad rudimentaria, en la que se observa el automatismo impulsivo de las razas inferiores. Es que en esa concurrencia admirable de los pueblos, envueltos en una lucha sin tregua, en la cual la selección capitaliza atributos que se con­ servan por herencia, el mestizo es un intruso. No luchó, no es una inte­ gridad de esfuerzos, es una cosa dispersa y disolvente, surge de repente, sin caracteres propios, oscilando entre influjos opuestos de legados dis­ cordantes. La tendencia a la regresión de las razas matrices caracteriza su inestabilidad. Es la tendencia instintiva de una situación de equilibrio. Las leyes naturales, por su propio juego, parecen extinguir, poco a poco, el producto anómalo que las viola, ahogando sus fuentes generatrices.

El mulato desprecia irresistiblemente al negro y trata con tenacidad ansiosa de realizar cruzamientos que apaguen en su prole el estigma del color; el mameluco se hace bandeirante inexorable, precipitándose feroz sobre las tribus aterradas. . . Esta tendencia habla claro. De algún modo, vuelve a anudar la serie continua de la evolución que el mestizaje cortó. La raza superior se vuelve objetivo remoto hacia donde tienden los mestizos deprimidos y éstos, en su búsqueda, obedecen al propio instinto de conservación y de defensa. Es que las leyes del desarrollo de las especies son inviolables y si la sutileza de los misioneros fue impotente para que el espíritu del salvaje comprendiera las más simples concepciones de un estado mental superior, si no hay esfuerzo que logre que el africano, a pesar de la solicitud de los mejores maestros, se aproxime al nivel intelectual medio del indo­ europeo — porque todo hombre es más que nada una integración de es­ fuerzos de la raza a la que pertenece y su cerebro es una herencia— ¿cómo puede entenderse la normalidad del tipo antropológico que aparece, de pronto, uniendo tendencias tan opuestas? 152

UNA RAZA FUERTE La observación cuidadosa del sertanejo del norte muestra de modo ate­ nuado este antagonismo de tendencias y está casi fijo en los caracteres fisiológicos del tipo emergente. Este hecho, que parece contradecir los párrafos anteriores, es una contraprueba apabullante. En efecto, es innegable que para la imagen anormal de los mestizos de razas muy diferentes contribuye bastante el hecho de arrastrar el elemento étnico más elevado, condiciones de vida superiores, de donde surge una acomodación penosa y difícil para aquéllos. Y como sobre ellos cae una sobrecarga intelectual y moral, el desequilibrio es inevitable. La índole incoherente, desigual y revuelta del mestizo, denota un íntimo e intenso esfuerzo de eliminación de los atributos que le impiden la vida en un medio más adelantado y complejo. En un círculo pe­ queño, se refleja ese combate sordo que es la misma lucha por la vida de las razas. Lucha conmovedora y eterna, caracterizada por el bello axioma de Gumplowicz 153 como la fuerza motriz de la historia. El gran profesor de Gratz 154 no la consideró bajo este aspecto, sin embargo, la verdad es que si todo elemento étnico fuerte "tiende a subordinar a su destino al elemento más débil ante el cual se encuentra” tenemos en el mestizaje un caso perturbador. La expansión irresistible de su círculo singenético, aunque eludido de tal manera, apenas se retarda. No se extingue. La lucha se transforma, volviéndose más grave. Va del exter­ minio franco de la raza inferior por la guerra, a su eliminación lenta,

a su absorción ambigua, a su dilución en el cruzamiento. Y durante el curso de este proceso reductor, los mestizos emergentes, variables, con todos los matices del color, de la forma y del carácter, sin rasgos defi­ nidos, sin vigor, y la mayor parte de las veces, inútiles, en último análisis, no son más que los mutilados inevitables del conflicto que perdura, im­ perceptible, en el correr de los años. En estos casos, la raza fuerte no destruye a la débil con las armas, sino que la arruina con la civilización. Ahora bien, los rudos patricios de los sertones del Norte se libraron de esta última. El abandono en que quedaron tuvo una función benéfica. Los liberó de la adaptación penosísima a un estado social superior y simul­ táneamente, les evitó caer en las aberraciones y los vicios de los medio adaptados. Entre ellos, la fusión se operó en circunstancias más compatibles con los elementos inferiores. El factor étnico prominente les transmitió las tendencias civilizadoras pero no les impuso su civilización. Este hecho destaca fundamentalmente el mestizaje de los sertones del mestizaje del litoral. Son formaciones diferentes, no por los elementos sino por las condiciones del medio. El contraste entre ambas resalta ante el paralelo más simple. El sertanejo toma del salvaje su intimidad con el medio físico que en vez de debilitarlo lo fortalece, y su potente organismo refleja en la índole de su carácter y de sus costumbres, de las otras razas formadoras, sólo aquellos atributos más ajustables a su fase social inci­ piente. Es un retrógrado, no un degenerado. Porque las vicisitudes históricas lo liberaron, en la fase delicada de su formación, de las exigencias des­ proporcionadas de una cultura prestada, preparándolo para conquistarla un día. Su evolución psíquica, por lenta que sea, tiene actualmente la garantía de un tipo físicamente constituido y fuerte. Aquella raza cruzada surge autónoma y de algún modo, original, transfigurando por la combinación, los atributos heredados, de modo que, libre por fin de la existencia sal­ vaje, puede alcanzar la vida civilizada por lo mismo que no la alcanzó de golpe. Es lógico. Al revés de la inversión extravagante que se observa en las ciudades del litoral, donde funciones altamente complejas se imponen a órganos mal constituidos, oprimiéndolos y atrofiándolos antes del pleno desa­ rrollo; en los sertones, la integridad orgánica del mestizo aparece entera y robusta, inmune a mezclas extrañas, capaz de evolucionar, diferen­ ciándose, acomodándose a nuevos y más altos destinos, porque tiene una base física sólida para un posterior desarrollo m oral1 5 5 .

Dejemos estas divagaciones poco atrayentes. Prosigamos considerando directamente la figura original de nuestros patricios retardatarios. Esto sin método, sin pretensiones, evitando los garbosos neologismos etnológicos. Nos faltan, igualmente, tiempo y competencia para enredarnos en fantasías psíquico-geométricas, que hoy se exageran con un materialismo filosófico, midiendo el ángulo facial o dibujando la norma verticalis de los jagungos 1 5 6 . Si nos embarazáramos en las imaginativas líneas de esa especie de topografía psíquica de la que tanto se ha abusado, ni siquiera lo com­ prenderíamos mejor. Seríamos simples imitadores. Sólo reproducimos todas las impresiones, verdaderas o ilusorias que tuvimos cuando, de pronto, acompañando la dinámica de una campaña militar, nos enfrentamos, en una vuelta del sertón, con aquellos singulares desconocidos que viven allí, abandonados, desde hace tres siglos 1 5 7 ,

III EL SERTANEJO 15 8 Ante todo, el sertanejo es fuerte. No tiene el raquitismo de los mestizos neurasténicos del litoral. Aunque al primer golpe de vista su apariencia muestra lo contrario. Le falta la plástica impecable, el diseño, la estructura correcta de los organismos atléticos. Es desgarbado, desarticulado, torpe. Hércules-Quasimodo refleja en su aspecto la fealdad típica de los flacos. Camina sin firmeza, sin aplomo, casi zigzagueante, sinuoso, con un movimiento de miembros descoyun­ tados. Le agrava la postura normalmente abatida, una manifestación de displicencia que le da un carácter de humildad deprimida. Si está de pie, invariablemente se recuesta en el primer poste o pared que encuentra, si anda a caballo y para al animal para cambiar dos palabras con un desconocido, en seguida cae sobre uno de los estribos, descansando sobre el costado de la silla. Si camina, aunque sea a paso rápido, no sigue un trayecto rectilíneo y firme: avanza velozmente, con un bamboleo carac­ terístico que se parece al trazado geométrico de los meandros sertanejos. Y si durante la marcha se detiene por cualquier motivo, sea para enrollar un cigarro, encender el yesquero o conversar con un amigo, inmediata­ mente cae — cae es el término— en cuclillas, pasando largo tiempo en una posición de equilibrio inestable, en la que todo el cuerpo queda sostenido por los dedos grandes de los pies, sentado sobre los talones, con una simplicidad que es a la vez ridicula y encantadora. Es un hombre permanentemente fatigado.

Muestra una pereza invencible, una atonía muscular perenne, en todo: en la palabra lenta, en el gesto contrariado, en el andar desgarbado, en la cadencia lánguida de las modinhas, en la tendencia constante a la in­ movilidad y a la quietud. Pero esa apariencia de cansancio engaña 1 5 9 . No hay nada más sorprendente que verla desaparecer de improviso. En ese organismo abatido se operan de pronto cambios totales. Basta con que se produzca un incidente cualquiera exigiéndole la demostración de energías adormecidas. Este hombre se transfigura. Se yergue midiendo nuevas dimensiones, en la estatura y en el gesto, la cabeza se afirma, alta sobre los hombros fuertes, aclarada por la mirada firme y segura, se corrigen, prontos, en una descarga nerviosa repentina, todos los efectos del relajamiento habitual de los órganos, y de la figura vulgar del tabaréu contrahecho, despunta inesperadamente el aspecto dominador de un titán cobrizo y potente, en un desarrollo sorprendente de fuerza y agilidad extraordinarias. Este contraste se impone al más leve examen. Se muestra en todo momento, en todos los pormenores de la vida sertaneja, siempre aparece el intercambio impresionante entre los impulsos extremados y las apatías prolongadas. Es imposible idear un jinete más rudo y desaliñado, sin elegancia, las piernas colgantes, el cuerpo echado hacia adelante y oscilando según los vaivenes del andar de los pequeños caballos del sertón, sin herraduras y maltratados, resistentes y rápidos como pocos. En esta actitud indolente, acompañando con morosidad el paso tardo de los bueyes, el vaquero perezoso se parece al caballo tropero que cabalga casi dos tercios de su existencia en una red adormecedora siguiendo al ganado. Pero si una res se rebela y huye a través de la caatinga o si una punta de ganado se atropella a lo lejos, lo vemos transformado, clavando las espuelas en los ijares de su montura y partiendo como un dardo, atrave­ sando velozmente los dédalos inextricables de las juremas. Lo vimos en este steeple-chase * bárbaro. Nadie lo contiene en su ímpetu. Aunque lo obstaculicen quebradas, piedras, cuevas, montes espinosos o barrancos de arroyos, nadie le impide cazar al novillo huido, porque por donde pasa el buey pasa el vaquero con su caballo. . . Pegado al lomo del caballo, confundido con él, gracias a la presión de las piernas firmes, realiza la acción de un centauro bronco: emerge inopinadamente en los claros, desaparece en los matorrales altos, supe­ rando vallas y pantanos, venciendo cumbres elevadas, superando veloz los espinos mordientes, precipitándose a todo lazo a lo largo de lás planicies. . .
* Steeple-chase: en inglés en el original: carrera de obstáculos. (N . d e T .).

Su robusta complexión aparece en total plenitud. Es el jinete fuerte que da vigor al caballo pequeño y frágil, sosteniéndolo con las riendas improvisadas de caroá, frenándolo con las espuelas, arrojándolo a la ca­ rrera — estribando corto, las piernas encogidas, las rodillas levantadas hacia adelante, el cuerpo pegado al arzón— desatado en el rastro del novillo esquivo; aquí se dobla ágil bajo un matorral que le llega casi hasta la silla, allá desmonta de repente, como un acróbata, agarrado a las crines del animal para salvarse de un tronco advertido a último momento y vuelve a montarlo de un salto apenas supera el obstáculo, y galopando siempre, a través de todos los impedimentos, sosteniendo con la diestra, sin perderla nunca, sin dejarla en los montes inextricables, la enorme aguijada forrada en cuero que, por sí sola, ofrecería en otras manos serios impedimentos para la travesía. . . Terminado el embate, restituida al rebaño la res dominada, lo vemos otra vez caído sobre la silla, de nuevo desgraciado e inerte, oscilando al compás de la lenta andadura, con la triste apariencia de un pobre in­ válido.

TIPOS DISPARES: EL JAGUNgO Y EL GAUCHO Si el gaucho del Sur lo encontrara en ese instante, lo miraría con conmi­ seración. Porque el vaquero del Norte es su antítesis. En la postura, en el gesto, en la palabra, en la índole y en los hábitos no es posible equipararlos. El gaucho, hijo de las llanuras sin fin, hecho a las carreras fáciles por las pampas, formado por una naturaleza amable, muestra una imagen de caballero gentil. La lucha por la vida no tiene el carácter salvaje de los sertones del Norte. No conoce los horrores de las sequías y los com­ bates cruentos con una tierra árida. No lo entristecen las periódicas escenas de devastación y de miseria, el cuadro de absoluta pobreza del suelo calcinado, exhausto por los soles bravios del ecuador. En sus tran­ quilas y felices horas no siente la preocupación del futuro. Despierta a la vida amando a la naturaleza deslumbrante que lo alimenta y pasa por ella aventurero, jovial, valiente y fanfarrón, despreocupado, considerando al trabajo una diversión que le permite hacer carreras, domando distan­ cias, por las llanuras verdes, llevando sobre el cuerpo, flameando, alegre, al viento, el inseparable poncho. Al lado de la vestimenta rústica del vaquero, su ropa es un traje de fiesta. Las amplias bombachas especial­ mente hechas para el movimiento libre sobre los baguales, en el galope cerrado o en el corcovear furioso, no se rompen en los espinos lacerantes de ninguna caatinga. Su vistoso poncho jamás queda prendido ni se desgarra entre las ramas de árboles retorcidos. Botas altas, en las que tintinean las rosetas de las espuelas de plata, pañuelo de seda encarnado

al cuello, sombrero de grandes alas flexibles y en el cinturón de cuero, brillando, la pistola y el facón; es el aspecto de un vencedor jovial y fuerte el que asoma por las cuchillas, airoso en su redomón. Es un hombre hecho a las victorias, jovial y fuerte. El caballo, socio inseparable de esta vida algo novelesca, es casi un objeto de lujo. Lo demuestra su arreo complicado y espectacular. Un gaúcho andrajoso montado sobre un pingo de buen apero, está correcto. Puede cruzar, sin sufrir vejamen alguno, las aldeas en días de fiesta.

LOS VAQUEROS En cambio, el vaquero se crió en condiciones opuestas, en un intercam­ bio continuo de momentos felices y momentos crueles, de abundancia y miseria; sobre su cabeza, el sol es una amenaza permanente que en la vuelta de las estaciones le trae períodos de sucesivas devastaciones y desgracias. Atravesó la mocedad en medio de periódicas catástrofes. Se hizo hom­ bre, casi sin haber sido niño. Dejó de serlo muy pronto, porque en el sertón, las sequías interrumpieron las alegrías de la infancia. Temprano tuvo que encarar la vida desde el lado tormentoso. Es un condenado en vida. Se vio envuelto en una batalla sin treguas, que le exige impe­ riosamente el mantenimiento de todas sus energías. Se hizo fuerte, experto, resignado y práctico. Se preparó para la lucha. A primera vista, su aspecto evoca vagamente al guerrero antiguo ex­ hausto por la refriega. Las ropas son su armadura. Envuelto en su casaca de cuero curtido, grueso o fino, apretado en su chaleco, también de cuero, calzando las perneras de cuero, asimismo curtido, que suben hasta las ingles, muy justas, cosidas a las piernas, articuladas con rodi­ lleras de suela, resguarda los pies y las manos con envolturas de piel de venado. Presenta la figura grosera de un campeador medieval tras­ plantado a nuestro tiempo. Esta armadura de un marrón rojizo, como si fuese de bronce flexible, no centellea, no brilla al sol. Es hosca y polvorienta. Envuelve al guerre­ ro de una batalla sin victorias. . . La silla de la montura hecha por él mismo, imita a la riograndense pero es más corta y cavada, sin los aparejos lujosos de aquélla. Sus accesorios son una piel de buey, un cuero resistente que cubre las ancas del animal, pectorales que le resguardan el pecho y las rodilleras sujetas a las cintas. Este equipamiento del hombre y del caballo está hecho a hechura del medio. Vestidos de otra manera no podrían pasar incólumes las caatingas y los pedregales.

pasa de la red perezosa y cómoda a la montura áspera. el tañido de las espuelas y la caja del pandero. el valiente enlazador. . Ella lo talló a su imagen: bárbaro. derribándolos en la lucha en la que entra con total despreocupación por la vida. con la lanza en ristre. es más peligroso.Pero nada hay más monótono y feo que esta original vestimenta. . es más duro. Ahora bien. Busca al ad­ versario con el firme propósito de destruirlo. por cierto. desaparece con un grito triunfal en la vorágine del combate cuando centellean las espadas. de un solo color — el pardo rojizo del cuero curtido— sin una variante. desaliñado. El jagungo es menos teatralmente heroico. Apenas. está siempre preparándose para un obstáculo al que no vence y por el que no se deja vencer. Son una perfecta versión moral de los agentes físicos de su tierra. Acabadas las horas de esparcimiento. convierte al caballo en pro­ yectil y va rompiendo formaciones de adversarios. Es inconstante como esa naturaleza. tosco. de tanto en tanto. expandido en los zapateados en los que el golpe seco de las alpargatas sobre el suelo. . sin una tira de otro tono. es más tenaz. En estos aspectos que se enfrentan refleja la natu­ raleza misma del medio que lo rodea. pasiva ante el juego de los elementos y sometida de una estación a otra. desde la mayor exuberancia a la penuria de los desiertos encendidos bajo la reverberación de los estíos abrasadores. Es un luchador permanentemente exhausto. Y es natural que lo sea. con el pelo del lado de afuera. y enton­ ces cae en la postura habitual. en las escasas fiestas en que el matuto olvida sus pesares escuchando la guitarra surge una novedad. Es improbable que tome un aspecto novelesco y glorioso. el sertanejo pierde el aire alegre. con aliento desa­ forado en los entreveros. en una extraña manifes­ tación de desgano y cansancio extraordinarios. permanentemente audaz y fuerte. Vivir es adaptarse. por las pampas. es completamente explicable ese contraste permanente entre las manifestaciones de fuerza y agilidad y los prolongados lapsos de apatía. un chaleco vistoso de gato salvaje o de suguarana. pasa de la máxima quietud a la máxima agitación. firme en los estribos. es inimitable en una carga guerrera. abrupto. impetuoso. El gaucho. Pero esto es un incidente pasajero y raro. Atraviesa la vida entre celadas y sorpresas de naturaleza incompren­ sible y no pierde un minuto. sea como fuere. Como el sertanejo del Norte tuvo un arduo aprendizaje de reveses se acostum­ bró pronto a su encuentro y a la correspondiente reacción. acompa­ ñan la cadencia de las guitarras en la vibración de los rasgados. se precipita al sonar de los vibrantes clarines. o una bromelia rubia y fresca prendida en el som­ brero de cuero. es más fuerte. es más resis­ tente.

SERVIDUMBRE INCONSCIENTE: VIDA PRIMITIVA Eso no sucede en el norte. Parar el rodeo es para el gaúcho una fiesta diaria de las que las caba­ lladas espectaculares son sólo una muestra. Retrocede. sin espacios abier­ tos. Su vida es una conquista duramente hecha. Aparte de la agricultura rudimen­ taria de las plantaciones de bajante a orillas de los ríos. oculto en las som­ bras de las trampas. . El jagunco no. el hacendado de los sertones vive en el litoral. o hacen apartes de novillos para el tambo o escogen a los baguales condenados a las espuelas del domador. tumbándo o volteando con las fulminantes bolas al toro alzado. la cría de ganado es allí el trabajo más apropiado para el hombre y para la tierra. Entonces todo sertanejo es vaquero. Al revés del estanciero. un odio total. en la más leve vibración nerviosa.Está acostumbrado a los sitios oscuros y estrechos. Si la reacción fulminante es ineficaz. en faenas codidianas. El adversario tiene. Esta oposición de caracteres se acentúa en las épocas normales. Cuando apunta con el liviano fusil o el pesado trabuco no yerra la puntería. En el estrecho ámbito de las mangueiras o en pleno campo. capa­ taces y peones viven en el grito alegre de una diversión tumultuosa. para obtener los cereales de primera necesidad. sin tener la certeza del resultado. Cuando maneja el cuchillo no da un solo golpe en falso. Llevan una vida variada y llena de aconteceres. o le curan las heridas. La cuida como un precioso capital. No la desperdicia en la más ligera contracción muscular. . el mismo fuego que encienden las marcas sirve para los rudos ágapes de asado con cuero y para calentar el agua para beber el cimarrón amargo. obser­ vándolo por el caño de la espingarda. enlazando al potro bravio. Calcula fríamente la pelea. lejos de los dilatados dominios que muchas . No hay que esperar en los establecimientos del sertón las fiestas de las estancias del sur. en las evoluciones rápidas de las carreras. Es un tanteo demoníaco. si el adversario no cae rápida­ mente vencido. el gaúcho es frágil y se deja apretar por una situación indecisa. cuando en los rodeos marcan el ganado. En los trabajos más calmos. . desde ese momento. los pialadores. Pero al retroceder es todavía más cuidadoso. . juntando el ganado desparramado o embretando a los bueyes esquivos por zanjones y bañados.

los sertanejos de cuero levantan sus ranchos de paloa-pique al borde de las aguadas. anónimos — nacen. Lo primero que hacen es aprender el abecé y terminan aprendiendo todas las exigencias del arte en el que son eméritos: conocer las marcas de sus haciendas y de las vecinas. Nos parece mentira esto que es tan común en los sertones. por tatuaje a fuego. ausente. una a una. no sólo las reses que cuida sino las de los vecinos. En caso que no la conozca. No los fis­ caliza. Como los opulentos propietarios de la colonia. incluyendo la genealogía y las carac­ terísticas. llega a conocer. De esta manera. también aprende las de los demás. Marcado el ganado queda garantizado. Lo señalamos como rasgo particular de la probidad de los matutos. A veces. y abnegadamente. viven y mueren en el mis­ mo pedazo de tierra— perdidos entre las piedras y los matorrales. Entonces. sabe de su fidelidad sin par. Heredan un viejo vicio histórico. ahí se quedan. completados por cortes de pequeños ángulos en las orejas. El dueño legítimo. Pero no lo lleva a la feria anual ni le hace desempe­ ñar ningún trabajo. usufructúan parasitariamente las rentas de sus tierras sin límites fijos. con sus trajes típicos. el extra­ ño contrato que nadie escribió. Si es una vaca y da cría. como si armasen tiendas. Lleva indeleble la indicación que lo devolverá a su lugar de origen. Los grandes propietarios de la tierra y de los rebaños lo conocen. Muchas veces ocurre que después de años puede descifrar una marca y el dueño original recibe no sólo la vaca cuya pérdida ya había olvidado sino la cantidad de ganado que aquélla produjo. Establece con el patrón desconocido el mismo convenio que tiene con el suyo. Todos tienen el mismo trato de aparcería con el vaquero que se resume en una cláusula única: darle a cambio de los cuidados y de todos los trabajos. los rebaños que no les pertenecen. Los vaqueros son sus siervos sumisos. . Es su paga. No le pertenece. Gracias a un contrato por el cual reciben cierto porcentaje de los productos. conserva al intruso y lo trata como a los demás. Cuando mucho.veces ni siquiera conoce. Porque el vaquero no se conforma con saber las marcas de su hacienda de memoria. fielmente. lo deja morir de viejo. marca a la cría con la misma señal desco­ nocida que reproduce con admirable perfección y así sigue con toda la descendencia de la primera. los nombres y las edades. cui­ dando la vida entera. Y cumple estrictamente. rápidamente. se entregan a una servidumbre que no comprenden. Puede romper tranqueras y esca­ par. Cada cuatro becerros separa uno para sí. Esas marcas son dibujos o letras o diseños caprichosos que se imprimen sobre las ancas del animal. cuando aparece un animal extraño en su reducto y conoce la marca. etcétera. lo devuelve en seguida. en un extraordi­ nario esfuerzo de memoria. sabe sus nombres. sin jueces ni testigos.

El ganado vive y se multiplica al azar. de a diez. ingenuamente. para informar sobre un desastre. “su seguro servidor” . los animales de los dife­ rentes establecimientos convecinos que por los campos viven en común. lo que es más habitual. rápidos. lo curan por el rastro. ruidosos. El vaquero separa escrupulosamente la mayoría de las nuevas cabezas que pertenecen al patrón (en las cuales imprime la marca de la hacienda) de las pocas. campeando. frase característica para llamar a los vaqueros vecinos y allá van todos. toma su picana y sale a ras­ trearlo y si no lo encuentra pide campo. la sustituye. Le escribe al patrón * dándole cuenta minuciosa de todo el movimiento del establecimiento. Solidarios unos con otros. O si no. No existe en el Norte una industria pastoril. mezclados. dibujando en el suelo inextricables líneas cabalísticas. son también lo más rudimentario que se pueda concebir. Pocas veces un incidente o una variante alegre quiebra la monotonía de sus vidas. .un cuarto de los productos de la hacienda. A veces. por ésta: su amigo y vaquero. Sólo cuatro bueyes dieron su cuero. Estas. Se vuelven hacia la dirección en la que aquél se encuentra y rezan. escrudiñando las caatingas hasta que el animal caiga atado por los cuernos que le sujetan unas manos poderosas. aunque fatigantes en algunas ocasiones. amigos. se hace sin que esté presente la parte más interesada. ¡El resto tronó en el mundo!” . reparando hasta en los mínimos detalles y después continúa con sus faenas interrumpidas. Y así viven en una perpetua adversidad. Es una formalidad que se pasa por alto. Y saben que nunca violarán el porcentaje. EL RODEO Esta solidaridad de esfuerzos se evidencia mejor en el rodeo. Los vaqueros apenas tratan de atenuarlas. Marcados en junio. utiliza una alarmante con­ cisión: “Patrón y amigo: le participo que su rebaño está en el despotismo. que le pertenecen a él. un cuarto. trabajo que consiste en reunir y discriminar después. * Al firmar las cartas no utiliza la fórmula común. el extravío del rebaño por ejemplo. El ajuste de cuentas se hace al finalizar el invierno y generalmente. Cuando un animal se escapa. sin cercos ni vallados. los animales nuevos se pierden en las caatingas con el resto de las manadas. Si el mal devasta el ganado conocen un remedio más eficaz que el mercurio: el rezo. de a veinte. No necesitan ver al animal enfermo. verdadera caballería rústica. Allí los ralean epizootias intensas en las que sobresalen el rengue y el mal triste. Graba sobre éstas su marca particular y las conserva o las vende. Restringen las acti­ vidades. se auxilian incondicionalmente en todos los menesteres.

sobre el caballo que arremete. entonces el rodeador congrega a los vaqueros de los sitios próximos. El vaquero se vuelca sobre la montura. . Torcido desaliñadamente sobre la montura el vaquero rumia sobre las * Aboiar: cantar mientras se conduce el ganado.Lo realizan de junio a julio. una tonada poco variada y triste que sirve para pacificar a las reses y guiarlas. los recalcitrantes. . EL ARREO La manada sigue lentamente la cadencia de ese canto triste y perezoso. No lo larga. Y por fin. . En minutos los sertanejos desaparecen. . resuenan melancólicamente las notas del aboiado . Lendas e Cangoes. El cuadro tiene el movimiento salvaje y asombroso de una corrida de tártaros. De repente. generalmente un campo expla­ nado y limpio. Y luego el aparte. se cambian impresiones con adjetivos ad hoc que van en aumento desde los más rispidos hasta los más trémulos de asombro. un estrépito de ramas que estallan. Les cuenta la hazaña. *. Va con él hasta el escondrijo más hondo. Un toro que otro vuelve a escapar a la caatinga. Así van apa­ reciendo otros por todo el ámbito del rodeo que se anima. cada uno va para su re­ ducto llevando por delante las reses propias. . Juvenal Galeno. Eligen un lugar más o menos central. Y por los campos. Y después irradian los atletas de cuero hacia las caatingas que los rodean. por los aires nubes de polvo. En los extremos se agitan los animales que no se resignan. y súbitamente aparece el ganado y detrás. la última tarea. Lo entrega a los compañeros que allí se quedan y vuelve al galope en renovada búsqueda. Después le pone una máscara de cuero y lo vuelve a conducir al rodeo. . Le retrucan con otras idénticas. Arreglan los dispositivos de la empresa. El rodeo permanece desierto durante un lapso de tiempo. . se separan. . con una mano se agarra a las crines del caballo mientras con la otra alcanza el rabo del animal en disparada y con un tirón formidable lo voltea en tierra. Sobre el final del día. el vaquero tenso sobre los es­ tribos. Le va pisando el rastro. se convierte en un tumulto de bueyes y caballos confundidos en un vibrante rumor de terremoto. Los compañeros lo reciben ruidosamente. . Distribuyen las tareas que corresponden a cada uno en la lid. El va­ quero lo sigue. se oye un estruendoso tropel de cascos sobre las piedras. hasta que surja el instante adecuado para un acto definitivo: alcanzar repentinamente al fugitivo. un entrechocar de cuernos que gol­ pean. Pero a esta penosa tarea siguen otras de mayor calibre. Trae una exigua parte del rebaño. el recuento de las cabezas reu­ nidas. suspendido de un estribo.

El suelo vibra en un estré­ pito horrendo y la manada sale en estampida. guampudo. al son de la tonada que parece hama­ carlos con su refrán monótono: E cou mansaó. En minutos. de­ saparecen las ipueiras rasas. tal vez con más intensidad. soberbio. Y sobre este tumulto. abandonados por sus habitantes despavoridos que huyen hacia los costa­ dos evitando el rumbo rectilíneo en que se despeña la estampida. sigue la huella guiado por la compresión de los otros cuerpos contra el suyo. puede ser el paso de una araña o la corrida de una rata de campo. . se inclinan. arrancar o arribar la manada de bovinos son sinónimos del mismo hecho que. Allí mismo va contando los animales destinados a la feria. torrentes de pe­ zuñas resuenan en el espacio como roncos y extensos truenos lejanos. asombroso. de golpe.probables ganancias: lo que le toca al patrón y lo que le toca a él. De súbito algo pasa. . envidia de toda la manada. Se enredan. se anudan. más lejos. más allá. . Hay una detención instantánea. . con estrépitos de cuernos. Y marchan en orden. una descarga nerviosa lleva el espanto a la manada entera. informe. Se origina en el incidente más trivial. considera el caso de un viejo buey que ya tiene diez años y nunca fue llevado a la feria gracias a una antigua amistad. . Ya nadie los puede contener ni alcanzar. Y en un obstáculo único. se yerguen. . é cao. acometiendo impetuoso sobre los destrozos que * Estourar. in­ descriptible. en los sertones del Norte. envergadura de búfalo. desbordan por las pendientes. . el toro vigoroso. cada animal es un conocido. Este acontecimiento. un estremecimiento corre por todos esos cuerpos. de animal fantástico. observando vivamente el espacio y se encogen. Millares de cuerpos forman un cuerpo único. cada uno encierra un incidente. que resuena nostálgica por los descampados silenciosos. . lentos. Nadie puede explicar qué pasó. es la desesperación de los vaqueros. las disparadas (estampidas) de las pampas. caen pisoteados los ranchos o quedan vacíos. las piedras caen. un becerro claudicante muge porque se hunde en un desnivel y hay que sacarlo. de ancho cogote. revueltos. quedan destrozadas tierras penosamente cultivadas. según el trato hecho. reproducen. de cuernos romos y llenos de tierra. *. y por aquí y por allá. E cou. salen dispara­ dos aquellos cuerpos macizos que normalmente son tan tardos y morosos. un pormenor de su existencia primitiva y simple. con la cabeza alta y desafiante. Se meten en las caatingas rompiendo árboles. . el enmascarado. se clavan y entrecruzan millares de cuernos. monstruoso. rodeándolo. Una res se espanta y el contagio es instantáneo. un temblor. . en estallidos de ramas y gajos. más acá. caminando con holgura porque los demás lo respetan y le abren un claro alrededor. común por de­ más. . . precipitado en una carrera loca. .

la exótica encamisada * que es el más curioso ejemplo del modo como están aferados a las más remotas tradiciones. sueltos los estribos. nuevas acometidas. nuevos riesgos y nuevos peligros que hay que afrontar y vencer. completa­ mente estupidizada. tranquilizándose con la umbuzada sabrosa o comiendo el manjar incomparable de jerimum con leche. las notas melancólicas del áboiado. matando las horas. sosteniendo las pequeñas guitarras. La lid se renueva. con sus largos cortejos de hombres a pie. camisones. Ya se le han unido los compañeros que a lo lejos oyeron la estampida. mientras los casados cumplen con la obliga* Encamisada: asalto nocturno en que las tropas vestían. poco a poco afloja y se para. Y entre ellos. tristemente. la aguijada en ristre. les proporciona escaramuzas y encuentros simulados que hacen el encanto de los matutos ociosos. y otros a caballo. el ocio llena de pereza los brazos del vaquero. no tanto por el trabajo de los que la golpean por los flancos sino por el cansancio. sobre morros y quebradas. Viejísima copia de las vetustas épocas de los ataques nocturnos contra los caudillos árabes en la Península. Pero no todos la comparten. Escasos de recursos para alejarse de los ranchos. juegos anacrónicos que las aldeas sertanejas reprodu­ cen intactos con los mismos programas de hace tres siglos 1 6 °. C. los vaqueros descansan en las redes colgantes. las riendas sueltas. Figueiredo. Entonces vuelven a encauzarla por el camino del establecimiento y otra vez resuenan por los campos. o a la manera musulmana. improvisando vibraciones de choradinho o de baiao. en la significación total del término. se entregan a las diversiones habituales. entre ellas. Vestidos con cueros nuevos. mien­ tras relatan las peripecias del rodeo o las famosas aventuras de las ferias. nuevas hazañas. agarrado a las crines del caballo. como disfraz. y totalmente olvidada en la tierra que le dio origen. donde su misma significación es actualmente un inu­ sitado arcaísmo. Si la época es propicia y prosperan las plantaciones hechas en las bajantes y nada revela la aparición de la sequía. .deja detrás de sí esa avalancha viva. Va a las aldeas donde se hacen fiestas de caba­ lladas y morerías. los solteros se agitan en sambas y cateretés ruidosos. nuevos esfuerzos. largado en una disparada sobre barran­ cos y valles. Novo dicionário da Lingua Portuguesa. en animales extrañamente enjaeza­ dos. esta diversión hecha a la luz de linternas y antorchas. estirado sobre la montura. el baile. hasta que la manada. el vaquero. TRADICIONES De vuelta al rancho. vestidos de blanco.

amém. Comienza la función con largos tragos de aguardiente mientras rompen estruendosos los vivos zapateados. bajo una avalancha de risas que saludan la derrota. Despuntar el día: el primer trago de alguna bebida al comienzo de la función. algunos salen de los tranquilos ranchos hacia tierras remotas. Las rimas les salen en versos a veces muy bellos * : Ñas horas de Deus. Choradinho y baiáo: (lloradito y baión) danzas comunes en el norte. golpeando nerviosamente la guitarrita. Destalado . Ralhar (rallar o rascar) en la guitarra: tocar ruidosamente con habilidad. Serenar en el baile: bailar muy vagarosamente. De año en año. vastos planaltos en los que las desembocaduras de aquel río y del * Famanaz del desafío: gran improvisador. Terminada la fiesta. Como en general hay poco espacio. iluminado por la luna y las estrellas. hábil. . Cruzan el Sao Francisco. se meten en los campos gerais del oeste. nao! Desafio o mundo inteiro Pra cantar nesta fungao! El adversario en seguida retruca tomando el último verso de la es­ trofa : Pra cantar nesta fungao. Amigo. porfiada. Nada expresa mejor la atracción que la bebida ejerce sobre esos valientes y el deseo que tienen. Fuerte y hábil las revolotea el sertanejo joven. (N .ción de cuidar a su familia. testaruda) dado a la cachaga. En los intervalos se arman los desafíos. es de una filosofía adorable. nunca realizado. mi camarada. sin hacer ruido con los pies. El nombre de “teimosa” (empecinada. en los ranchos en fiesta los bailes se arman afuera. / no es burla. “Cantar en esta función. brabo e corado. etc. Un cabra destacado rasga la guitarra. destabocado y otros: son palabras comunes que denotan a todo hombre fuerte. / desafío al mundo entero / cantar en esta función” . / acepta tu desafío / el “fama” de este sertón” . / amigo. no. el mo­ biliario hecho de troncos y algunos taburetes. la tierra bien barrida. Y la noche se va deslizando rápida en el jolgorio que se generaliza hasta que el canto de las sericóias en las ipueiras da la señal del desbande. Nao é zombaria. amén. los vaqueros vuelven a la ruda tarea o a la pe­ rezosa red. Se mueven en lentos meneos las caboclas bonitas. meu camarada.). * * “A la hora de Dios. de evitarla. Aceita teu desafio O "fama” diste sertüo! * * Es el comienzo de la lucha que sólo termina cuando uno de los bardos se enreda en una rima difícil y titubea. bala e onga. Se entreveran como adversarios dos rudos cantores. de T .

Prepara la tierra arable a orillas de los arroyos para las plantaciones ligeras de las primeras lluvias. En unas páginas notables.Tocantins 161 se confunden en lagunas de donde salen. . los árboles marchitan. Son los autócratas de las ferias. Trata de adivinar el futuro. inflexibles. blandiendo la aguijada. como señales conmemorativas de un mal cíclico. Pasan las "lluvias del cajú” en octubre. El sertanejo la adivina y prevé gracias al singular ritmo con que se desencadena el flagelo. una variante trágica. que colorean las caatingas. Ningún pueblo tiene más temor a los terremotos que el peruano. indistintamente. Mira a las alturas. ha tratado de estudiar el mal para conocerlo y soportarlo. y penetran en Goiás o. Pero no se escapa abandonando la tierra poco a poco invadida por el aire caliente que viene de Ceará. Y al volver. Al . Dos o tres meses antes del solsticio de verano empieza a fortalecer los muros de los pozos y limpia los desaguaderos. reanudan su vida monótona y primitiva. gallardos. con lloviznas suspendidas en los aires ardientes. yendo más ha­ cia el norte. Aquellas lejanas tierras. si es que no se pierden para siempre en la peligrosa travesía. a todo trance alimenta esperanzas en una resistencia que parece imposible. en las sierras del Piauí. rápidas. . Es un complemento de su vida tormentosa y la enfrenta con estoicismo. ríos hacia el levante o el poniente. Buckle señala la anomalía de que el hombre nunca se adapta a las calamidades naturales que lo rodean 1 6 3 . La sequía no lo asusta. observa atentamente el horizonte. . . En su armadura de cuero. . entran en esos villarejos con aire de triunfadores. examina los rasgos más fugitivos del paisaje. y en el Perú las vibraciones de la tierra hamacan la cuna de los recién nacidos. lentamente baja el nivel de los pozos de agua. Los síntomas del flagelo aparecen encadenados en serie. Se prepara para la lucha con singular serenidad. LA SEQUIA De repente. Con los escasos recursos de sus propias observaciones y de las de sus mayores. donde se mezclan enseñanzas prácticas con extravagantes su­ persticiones. sin dejar rastros. se animan entonces pasa­ jeramente con la romería de los bahianos. pobres y oscuras villas que el Puerto Nacional 162 hace más extremas. Van a comprar ganado. el suelo se agrieta. . Pero nuestro sertanejo es una excepción a la regla. recordando las cenizas por una combustión sin llamas. Se acerca la sequía. por todas partes. A pesar de las dolorosas tradiciones que conoce a través de un sinnúmero de terribles episodios. montados en sus ariscos caballos.

tiene una base positiva y es aceptable si se considera que de ella se toma el mayor o menor dosaje de vapor de agua en el aire y deductivamente. . como una coraza de bronce. entonces todas sus esperanzas se pierden. resignado. Si durante ese día llueve. las ma­ yores o menores probabilidades de depresiones barométricas capaces de atraer la afluencia de lluvias. no convence al sertanejo. Toma precauciones. una costumbre antigua le permite in­ terrogar el futuro. los seis meses venideros. Resignado y tenaz. Porque en esa fecha. El día 1 2 . Pese al estigma supersticioso. los días se hacen abrasantes mientras las noches se vuelven cada vez más frías. expone al relente. AISLAMIENTO DEL DESIERTO Se transfigura. Silvio Romero. Y espera.mismo tiempo. A poesía popular no B ra sil164. el último. crecer. día a día más rápido y sin crepúsculos. Esta experiencia es hermosa. aunque tradicional. de enero a junio. . Ese día es el índice de los meses siguientes. se nota que apenas clarea. abreviadas en doce horas. contempla las bandadas de aves que emigran hacia otros climas. habrá una lluvia en enero. de izquierda a derecha. exclamó en su portugués retorcido ¡No! ¡No! Lucía mintió. Trasciende su situación rudimentaria. si sucede lo contrario y el sol atra­ viesa abrasadoramente el firmamento claro. en febrero. hasta diciembre. todas las alternativas climáticas que vendrán. con la implacable señal * “Se cuenta que en Ceará hicieron esta experiencia ante el naturalista George Gardner y que el sabio que había observaciones meteorológicas y había llegado a un resultado diferente al de la santa. aprensivo. el día 13 de ese mes. si están intactos presagian sequía. No es más el indolente o el impulsivo violento. el invierno será lluvioso. Al alba del día 13 los observa. El caer de las tardes. al anochecer. seis granos de sal que representan. si la mayoría o todos. rígida. Es el preludio de la desgracia. busca un nuevo augurio. . el invierno será benigno *. La atmósfera absorbe con avidez de esponja el sudor de la frente y la ropa de cuero pierde su flexibilidad primitiva para volverse dura en los hombros. en orden sucesivo. Recorre lugares en procura de alimento para los animales. Es la experiencia tradicional de Santa Lucía. 19 de marzo. Esta prueba. si el segundo. . La sequía es inevitable. Pacientemente aguarda el equinoccio de la primavera para hacer una consulta definitiva a los elementos. si el primer grano se diluyó un poco. Se ve venir. en línea. pasa revista al ganado. Atraviesa tres largos meses de expectativa ansiosa y el día de San José. interrogar a la Providencia. Ni ante sus peores vaticinios se desanima. Le retrata.

su agreste proveedor de cereales. lo ve desaparecer en pocos días. y reacciona. en los estratos infe­ riores de la tierra. Pero como su extrema frugalidad le permite pasar los días con poco alimento. contempla entristecido a los animales echados bajo las ipueiras o errando lentos. en busca del tesoro fugitivo y vuelve al fin. cruces. dejando para sí el zumo de los xiquexique que enronquece o acaba con la voz de quien lo bebe. Allí está.de los fuertes. pasan lentas y resuenan en los largos días monótonos las letanías tristes. después de descubrir un tenue líquido subterráneo. casi como un desenterrado. A veces la encuentra. la caatinga. evaporado o tragado por el suelo. y es lo más corriente. . no sólo los fuertes sino también los viejos. con los cogotes doblados. exhausto. murmurando los rezos acostum­ brados. apelando. La naturaleza no lo combate sólo con el desierto. . puebla ese desierto con una fauna cruel. banderas de lo Divino 165 van por los campos fami­ lias enteras. a su alrededor. El matuto observa a su prole asustada. derriba los troncos de los ouricuris y los ralla. que le hincha el vientre en una hartura ilusoria. progresa el espasmo asombroso de la sequía. se apresta al sacrificio. después de grandes fatigas. otras. En contraste con la fuga de las seriemas que emigran. Lo acompaña tenazmente. golpea contra lajas que anulan todo el esfuerzo hecho y otras. arranca las raíces húmedas de los umbuzeiros que mastican los hijos. Corta en pedazos los mandacarus o las ramas verdes de los juázeiros que alimentan a los magros animales hambrientos. a todos los recursos. y se desgasta en trabajos. cargando sobre los hombros y la cabeza las piedras de los caminos. y sin que se le adormezca la creencia. defendiéndose y defendiendo a la prole abatida y al ganado confiado con su energía sobrehumana. Surgen de una lucha que significa la insurrección de la tierra contra el hombre. sin dudar de la providencia que lo golpea. Su primer amparo es la fe religiosa. El heroísmo tiene en los sertones tragedias espantosas para siempre perdidas. llevando las imágenes de unos lugares a otros. diezmándolo. Las víboras de cascabel se multiplican tanto más cuanto mayor es el ardor del estío. Busca con la azada. empachando al hambriento. Pero esos esfuerzos no bastan. al borde de la se­ pultura que excavó. el bró. La escudriña. Alzando santos mila­ grosos. con mugidos de llanto. infatigable. Miríadas de mur­ ciélagos se abaten sobre el ganado. No hay quien las describa. Las lentas proce­ siones propiciatorias. con los ojos puestos en la altura. el agua que huyó de la superficie. profundizando la mina. . encara de frente a la fatalidad. no decae tan pronto su ánimo. altares. los amasa y los cocina haciendo un pan. Al principio éste reza. los enfermos. Pero los cielos persisten siniestramente claros. y de las jandaias que huyen hacia el remoto litoral. buscando el agua. Brillan en las noches las velas encendidas de los penitentes. los lisiados. el sol ful­ mina la tierra.

Y a la mañana siguiente la visión muerta revive.Por las noches. Finalmente todo se agota y la situación no cambia. animales que todavía no están completamente exhaustos y buscan. Los engaña con esos manjares bárbaros. Todavía son un recurso. Le que­ dan para alimentar a sus hijos los tallos tiernos. con el primer claror del levante. La cáscara de los mariseiros no trasuda anuncián­ dolas. Nace de los días claros y calientes. las filas de macambiras. Una mo­ lestia extravagante completa su desdicha: la hemeralopia. que los mismos caranchos rechazan porque no pueden romper con sus picos las pieles endurecidas. aparecen corriendo de todas partes. Y cuando las nubes de humo se esparcen en el aire puro. ahora a pie. Es una plétora del mirar. Recurre al combate. No hay probabili­ dad alguna de lluvias. pero no a tiros. se le viene encima y es invencible. llevando la horquilla en la mano izquierda y el cuchillo en la derecha. Bueyes espec­ trales. El atleta debilitado. Cuando el sol se oculta la víctima no ve más nada. Y ni un cereo en torno. bueyes muertos hace días e intactos. y lo que más le duele. Pero no siempre puede aventurarse a la arriesgada hazaña. y el sol. a la tarde. obligándola a saltar para. caídos bajo los árboles muertos. irrita y desafía a la fiera. Las incendia para que en la combustión se desprendan las espinas. para apagarse otra vez. vivos no se sabe cómo. de los firmamentos fulgurantes. mal soste­ niendo el esqueleto sobre las patas secas. con­ fiados. en dolorosa intermitencia. reverberando en el firmamento claro. bueyes enterrados en el sitio donde estaba su aguada predilecta. alienta el incendio inextinguible de la canícula. paradojalmente. los flacos animales hambrientos en busca del último pasto. A su vera se cierran. se asoma a su pobre rancho. la suguarana traicionera y ladrona que le roba los be­ cerros y los novillos. hacia los sitios donde se encuentra la hacienda. en un tropel trabajoso de enfermos. finalmente se doblega. Es un enemigo más. . . Esta falsa ceguera. atajándola en el aire. agobiado por tantos reveses. marchando tambaleantes. ya se comieron las últimas ramas verdes de los juás. . es provocada por las reacciones de la luz. del vivo ondular del aire en fuego sobre la tierra desnuda. atravesarla de un golpe. Marcha. los mangarás de las bromelias salvajes. Lo ahuyenta con un tizón encendido y si no retrocede. El nordeste persiste intenso. porque sabe que el animal provocado por un poco eficaz chumbo. mugiendo en un largo llamado triste que se parece al llanto. soplando por las planicies. porque se le parte el corazón sólo de mirar a su caballo. impenetrables. Todavía no se da por vencido. La noche lo envuelve antes de envolver la tierra. la asalta. Con la vista renace su energía. Está ciega. El sertanejo.

los sacis diabólicos. los rezos dirigidos a San Campeiro. ese trágico emisario de los rencores celestes en comisión terrestre. Su religión es como él: mestiza. unido a un misticismo extravagante. en las misteriosas noches de luna llena. el sertanejo no tiene. canonizado in partibus. El sertón se vacía. los mis­ mos días largos de trances y pruebas inacabables. RELIGION MESTIZA 166 Aislado de esta manera en el país que no lo conoce. en una curva del camino. Resumen de caracteres físicos y fisiológicos de las razas de las que surge. revigorizado. lo es también de las cualidades morales. Es un índice de la vida de tres pueblos. Los alcanza. capacidad orgánica para ambicionar una situación mejor. todas las visiones. montado en un caititu arisco. crédulo. de aparcería con los lobizones y las muías sin cabeza y del mismo diablo. cantando. Es el hombre primitivo. . que se deja arrebatar fácilmente por las supersticiones más absurdas. No resiste más.Cierto día ve pasar por su puerta la primera turba de "retirantes”. pero al mismo tiempo. Pasan meses. Está en la fase religiosa de un monoteísmo incomprensible. El flagelo termina. en el que se unen el fetichismo del indio y del africano. Se salva. las bendiciones cabalísticas para curar a los animales. buscando las horas pasajeras de ventura. Y vuelve feliz. . hacia las costas. que asaltan a los viajeros retrasados en las aciagas noches de los viernes. hacia las sierras distantes. Se arrima a una de esas bandadas y se va camino afuera. Un análisis de éstas revelaría la fusión de estadios emocionales distintos. en un éxodo penoso. Lo vence la nostalgia del sertón. Y al día siguiente otra. por así decirlo. Las leyendas escalofriantes del caapora maldito que atraviesa veloz. al cual se le encienden velas por los campos para que favorezca el descubrimiento de objetos perdidos. . de gorro colorado. las planicies desiertas. Y otras. Y ahí está de vuelta. El círculo estrecho de su actividad le demoró el desarrollo psíquico. o para terminar con las fiebres palúdicas. Los ve desaparecer dejando una nube de polvo. hacia cualquier lugar donde no lo mate el elemento primordial de la vida. nómada o mal fijado a la tierra. audaz y fuerte. todas las apariciones fantásticas. en lucha abierta con el medio que parece haberle estampado en la organización y en el tem­ peramento su extraordinaria rudeza. olvidado de los infortunios pasados. Es innecesario describirlas. Y sus singulares creencias traducen esa violenta aproxi­ mación de tendencias diferentes.

ante la ruina inminente. que prendieron in­ tensas en la península. bajo la obsesión dolorosa de los milagros y asaltado por súbitas alucina­ ciones. a multitudes de creyentes. el aspecto emocional de la raza superior. . destinados al martirio. Considerando las agitaciones religiosas del sertón y los singulares evangelizadores y mesías que intermitentemente lo atraviesan. el rey de la Ericeira 1 7 2 . precisamente en el momento de total desequilibrio moral. La trajeron gentes impresionables. el animismo del africano y sobresaliendo. Una gran herencia de supersticiones extravagantes. en plena "caquexia nacional” al decir vigoroso de Oliveira Martins m. y las romerías piadosas. paliadas en el li­ toral por el influjo modificador de otras razas y de otras creencias. quedó intacta en el sertón. . Considerando los desórdenes sertanejos de hoy y los mesías insanos que los provocan. arrastran. arrastrando en la misma idealización. dominan y enloquecen.todas las profecías de los mesías locos. cuando "todos los terrores de la Edad Media habían cristalizado en el catolicismo pe­ ninsular”. Y de la misma gente que después de Alcácer-Quibir 1 7 0 . en la época del descubrimiento y de la colonización. pueden explicarse. Todas las manifestaciones complejas de una religiosidad indefinida. catervas de moros de albornoz blanco pasando en procesión y combates de paladines en las alturas. la fórmula superior de las esperanzas mesiánicas. en una descompo­ sición rápida. errantes por las faldas de las sierras. que afluyeron a nuestra tierra después que se deshizo en el Oriente el sueño milagroso de la India 1 6 9 . buscaba. Venían llenas de aquel misticismo feroz. en el mismo sueño enfermo. y las penitencias. irresistiblemente nos asaltan al galope. de pronto. como única sal­ vación. en el que el fervor religioso reverberaba en las hogueras inquisitoriales. las figuras de los profetas peninsulares de otrora: el rey de Penamacor. en Lisboa. El poblamiento del Brasil se realiza intensamente con Don Joáo I I I 1 6 8 . ascetas mortificados por flagelaciones. FACTORES HISTORICOS DE LA RELIGION MESTIZA No sería difícil caracterizarlas como un mestizaje de creencias. cuando. a partir del final del siglo xvi. y las misiones. Eran parcelas del mismo pueblo que. Esto es un notable caso de atavismo en la historia. apenas disfrazada por la corte oriental de Don M anuel167. espontáneamente re­ cordamos la fase más crítica del alma portuguesa. en la misma locura. . el más interesante de los pueblos cayó. lenguas de llamas mis­ teriosas. Allí se muestran al desnudo el antropismo del salvaje. rodeados por numerosos secuaces a los que fanatizan. después de haber centralizado por momentos la histo­ ria. veía bajo el palacio real ataúdes agoreros.

recorda­ . Del entrelazamiento entre las tendencias individuales y las vicisitudes exteriores resulta la indife­ rencia fatalista por el futuro y la exaltación religiosa. Pero es exacta. persiste actualmente de modo singularmente impresionante. De la misma forma que los negros Haúgas. Los entierran lejos de las poblaciones. CARACTER VARIABLE DE LA RELIGIOSIDAD SERTANEJA Estos estigmas atávicos tuvieron entre nosotros las reacciones favorables del medio. echada fuera del movimiento general de la evolución humana. Por eso. en los sertones del Norte 1 7 4 . Inmóvil el tiempo sobre la rústica sociedad sertaneja. herederos desgraciados de vicios seculares. La conciencia de su debilidad para develarlos hace que sea más fuerte este apelar constante a lo maravilloso. La enseñanza de los misioneros no hubiera podido ir más allá de las tendencias generales de su época. esta condición inferior de pupilo idiota de la divinidad. determinando una psicología especial. sin tapujos. Con una naturaleza más benéfica. revelando todos los estigmas del estadio inferior. Quien observa a la familia sertaneja. completa. locos. realizan el hecho anómalo pero corriente en la capital de Bahía.Esta yuxtaposición histórica se retrata sobre tres siglos. respira todavía la misma atmósfera moral de los iluminados que guiaban. adaptando el ritual jorubano 1 7 5 . El culto de los muertos es impresionante. El hombre del sertón vive en función de la tierra más que cualquier otro. No asombra que su indefinida religiosidad presente estas sorprendentes antinomias. queda admirado. su religión es indefinida y variada. Ni siquiera les falta. salen de las misas consagradas hacia los ágapes salvajes de los candomblés africanos o los poraces del tupí. los sertanejos. a la media luz de las lámparas de aceite. orando por las almas de los muertos queridos o pidiendo aliento para su vida tormentosa. Miguelinho o Bandarra 17 S. incluso en los períodos normales. para que no queden en total abandono. Acabado en Portugal. el misticismo político del Sébastianismo. la necesidad de una tutela sobrenatural no hubiera sido tan imperiosa. Es una variable dependiente en el juego de los elementos. la conciencia imperfecta de los matutos aparece en los momentos de crisis a través de los ideales tan bellos del catolicismo incomprendido. ante el oratorio paupérrimo. para que reciban siempre las preces de los viajeros. como un palimpsesto. pero al costado de los caminos. para completar el símil. de ir a las solemnidades de la Iglesia por orden de sus fetiches. al caer la noche. Es que. Pero no nos anticipemos. para que éstos pongan sobre los ángulos de la cruz una flor o un ramo.

entre dos velas de carnauba. La tierra es un exilio insoportable. detiene su caballo ante el humilde monumento — una cruz sobre varias piedras amontonadas— y con la cabeza descu­ bierta. En los límites de Pajeú. el muerto es un bienaventurado. En ese ámbito.ción fugaz pero permanentemente renovada. castigando inexorablemente a los hombres ingratos. El trastornado encontró un medio adecuado para su locura. coronado de flores. como un púlpito gigantesco. . PEDRA BONITA Los acontecimientos sertanejos. Un mameluco o cafuz. convencido. tal vez. congregó allí a toda la población de las vecindades y tre­ pado a la piedra. el angelito expone en su última sonrisa endurecida la felicidad suprema de volver al cielo. anunció. jubilosos entre lágrimas. entre muchos. Resuenan las guitarras en el rancho de los pobres padres. el próximo advenimiento del reino encantado del rey Don Sebastiáo. todavía no han tenido un historiador. un iluminado. y a un costado. en la sierra Talhada. en 1837. aberraciones brutales que la llenan de mácula. Tomaremos. resuena el samba turbulento. . la Pedra Bonita. pero llenando de riquezas a los que hubiesen contribuido a obtener su desencantamiento. reza por la salvación de quien. que es la preocupación dominante de esas almas ingenuas y primitivas. a la felicidad eterna. dominando majestuosa toda la región y convergiendo en un amplio anfiteatro al que sólo se puede acceder por una estrecha gar­ ganta entre murallas a pique. vibran en el aire las coplas de los desafíos. un acontecimiento. teatro de hechos que recuerdan las siniestras solemnidades religiosas de los Achantis1 7 8 . no por los golpes del pico sino por la acción milagrosa de la sangre de los niños esparcida sobre ella en holocausto. . Nosotros vamos a esbozarlos. . Alrededor del monstruoso altar se arrastraban las madres levantando sus pequeños hijos. Por el sertón sopló un hálito de neurosis. nunca vio. entonces el gran rey aparecería envuelto en un aura fulgurante. desde Maranhao a Bahía. se yergue un bloque solitario. las últimas formaciones gra­ níticas de la costa se levantan en formas caprichosas. Pero también hay rasgos repulsivos en esta religiosidad de aspectos tan interesantes. peleando para tener la primacía en el sacrificio. La piedra a la que estaba subido sería quebrada. La sangre cho­ rreaba por la roca formando charcos y según afirman los diarios de la . La muerte de una criatura es un día de fiesta. Este lugar fue. de un enemigo quizá. El vaquero que anda pre­ suroso por los caminos. en Pernambuco.

hacia fines del siglo pasado. era imposible permanecer en el lugar. después de desbaratada esa lúgubre farsa. Describe la procesión majestuosa y lenta ascendiendo la montaña.época. MONTE SANTO Monte Santo es un lugar legendario. véamosla transfigurada por la fe. Además. con sus tropas de cotiguaras mansos y foras­ teros armados. el sermón de la penitencia. . La sierra solitaria —la Piquarafá de los aventureros— dominaba los horizontes y les seña­ laba el norte. ya que vivía en tan grande desamparo de las cosas espirituales”. El alma de un matuto queda inerte ante las influencias que la sa­ cuden. Su marcha hacia las sierras de la Jacobina. siguiendo por fin hacia otros rumbos. cuando el descubrimiento de las minas determinó la atracción del interior sobre el litoral. Iba a ser la primera del más tosco y más imponente templo de fe religiosa. puede ir de la extrema brutalidad a la máxima devoción. La sierra desapareció de nuevo entre las planicies que domina. Apolonio de Todi. hechos de tamaña grandeza contradicen esas aberra­ ciones. una L y una S— ladeadas por una cruz. los aventureros que venían del norte se topaban con el sertón y allí se quedaban largo tiempo. en abundancia tal que. De acuerdo con ellas. seguía la huella enigmática de Belchior Dias. que venía de la misión de Macará. Ya que la vimos pervertida por el fanatismo. que les hacía creer que allí estaba y no más adelante. con grandes piedras. digo que de ahora en adelante no llamarán a esta sierra de Piquaragá sino de Monte Santo”. el dorado apetecido. Finalmente. entusiasmados con el milagro de las minas de plata. la descubrió un misionero. escritas en caligrafía ciclópea. . los atraía por sí misma de manera irresistible. con la exhortación al pueblo para "que en los días santos venga a visitar los santos lugares. "Y aquí — finaliza— sin pensar en nada más. En el siglo x v i i . entre el silbar del viento violento que en lo alto de las planicies les apagaba las antorchas y finalmente. aparecían unas letras singulares — una A. La escudriñaron en vano los émulos del Muribeca 177 astuto. . El sacerdote describe el comienzo y el curso de los trabajos y el franco auxilio que le dieron los pobladores de los sitios próximos. Es que en uno de sus flancos. El más grande apóstol del Norte se impresionó tanto con el aspecto de la montaña "encontrándola semejante al calvario de Jerusalén” que pensó en seguida en erigir una capilla. Por otro lado. hacia el occidente o hacia el sur.

monumento erguido por la naturaleza y por la fe. convergen allí las familias de los alre­ dedores y los creyentes pasan por los mismos flancos donde otrora. Destruye. Amparada por muros revestidos de lajas. arremetiendo con el vértice puntiagudo del monte. que apenas se ve en la caótica confusión de los tejados. teniendo como piso la roca viva tallada en escalones o en rampas. en una rampa de cerca de veinte escalones. descifró el secreto de las grandes letras de piedra. Más adelante. La población sertaneja completó la empresa del misionero. las letanías de las procesiones de cuaresma y por donde han pasado legiones de penitentes. en ciertos trechos. LAS MISIONES ACTUALES Lamentablemente.Y se hizo el templo prodigioso. después las lejanas serranías agrupadas en todo el horizonte. a partir de la capilla mayor — interesantísima ermita levantada en una saliente de piedra. bien en lo alto. recti­ línea. esa calle blanca. el que sube la extensa vía sacra de tres kilómetros de largo. con cal­ zada hecha. a espacios regulares. parando en los pasos. A medida que se asciende. a caballo del abismo— vuelve a la derecha. es un prodigio de ingeniería ruda y audaz. allá abajo. y mirando a lo alto. apaga y pervierte lo que inculcaron de bueno en aquellos espíritus ingenuos. donde resuenan desde hace cien años. Actualmente. veinticinco capillas de albañilería. siguiendo la línea del máximo de­ clive. para la Semana Santa. Cuando. Sin la grandeza de los antecesores. Continúa por éstas si­ guiendo una pequeña depresión y después se levanta de improviso. dobla a la izquierda y sube menos abruptamente. de los cuales no tiene ni el talento ni el . el misionero moderno es un agente perjudicial que agrava los desequilibrios del estado emocional de los tabaréus. En la cuarta o quinta capillita. las enseñanzas de los primeros evangelizadores. el apóstol no tuvo continuadores. la mina opulenta que ocultaba el desierto. . en otros. valora la constancia y la tenacidad del esfuerzo realizado. descubriendo el dorado maravilloso. se ve que Apolónio de Todi. la emoción extraña de una altura inmensa. su acción es negativa. el espacio infinito. en la que se erigen. hasta el Cal­ vario. dismi­ nuyendo el declive hasta la línea de las cumbres. con el ansia de la ambición andaban los aventureros. más hábil que Muribeca. más alto que las más altas catedrales de la Tierra. Comienza chocando con la montaña. Salvo raras excep­ ciones. realzada por el aspecto de la pequeña aldea. de cuarzo. sin aliento. . exhibiendo paneles de los pasos. el obser­ vador advierte perspectivas que van creciendo en grandeza: primero los planos de las vastas planicies.

describe el infierno truculento y flamígero con palabras encendidas que completa con gestos de loco y muecas de truhán. unos misioneros recién llegados. 1 7 8 Y alucina al sertanejo crédulo. Los disparates salen de su boca envueltos en tragedia. Dios había dicho — en mal por­ tugués. en torno de cruces misteriosas. no ora. Los maestros del mal se fueron a ejercer su equivocada do­ cencia a otros sitios y la justicia reprimió dificultosamente el bandidismo incipiente *. La denominación se refería a las compañías de penitentes que por las noches. repentinamente. habían profetizado el próximo fin del mundo. En 1850. Y esos desvariados salieron por los sertones. donde el acontecimiento brillantemente nove­ lado. lo deprime y lo pervierte. lo alucina. Un día. de las ortigas y de otros duros ele­ mentos de penitencia. echa bravatas. pidien­ do limosna. formando una banda deprimente. y como la caridad pública no los podía satisfacer a todos. im­ poniéndose el cilicio de las espinas. O Reino Encantado. los sertones de Cariri estuvieron alborotados por las depre­ daciones de los Serenos. Sobre la Pedra Bonita. muestra groseros cuadros de torturas. alternando los estornudos con las catástrofes. No presenta ante los matutos simples las imágenes de una vida honesta y superior. Era fatal. aterra y maldice. aquellos enloquecidos. . abriendo indistintamente la caja de rapé y la de Pandora. pues no la conoce. Es ridículo y aterrador. rezando. véase el libro de Araripe Júnior. que ejercitaban el robo en gran escala. en las encrucijadas solitarias. Generalmente sigue el proceso inverso. Tiene el extraño privilegio de las bufonerías melodramáticas. se muestra con todos sus emocionantes ribetes. llorando. acabaron robando. publicación oficial hecha en 1893. * La Memoria sobre o Estado da Bahía. . Sale de las dobleces del oscuro hábito como de la sombra de una emboscada armada para la credulidad incondicional de los que lo escuchan. Sube al púlpito de las iglesias del sertón y no mues­ tra la imagen de los cielos. como enloquecidos. en acciones macabras de flagelantes. con palabrerío interminable. en mal italiano y en mal latín— que estaba harto de los desmanes de la Tierra. Es brutal y traicionero. . hombres miedosos. . sino que brama en todos los tonos contra el pecado. . el último. por­ menoriza la fundación de Monte Santo. Demos un ejemplo único. se agrupaban. salieron de la matriz del Crato 1 7 9 y se dispersaron — mujeres llorosas.arte sorprendente de transfigurar las almas. En la iglesia. larga sobre el auditorio avalanchas de penitencias. no aconseja ni consuela. niños temblequeantes— por los sertones en busca de mayores flagelos.

pero sí son. Aparecen como la integración de diferentes caracteres. No era un incomprendido. la vida resumida del hombre es un capítulo ins­ tantáneo de la vida de su sociedad. desde el fetichismo bárbaro hasta las aberraciones católicas. con seguridad. por la gran receptividad mórbida de su espíritu torturado por los reveses y ellas refluyeron después. fuertemente. La imagen es correcta. todas las tendencias impulsivas de las razas infe­ riores. yendo a parar a la historia como podía haber ido a parar al hospicio. vagos. DOCUMENTO VIVO DE ATAVISMO Es natural que estas capas profundas de nuestra estratificación étnica se sublevaran en una anticlinal extraordinaria: Antonio Conselheiro 1 8 0 . Es difícil trazar la línea divisoria entre las tendencias personales y las tendencias colectivas. . se pierde en la turba de los neuróticos vulgares. como brotadas de su conciencia delirante.ANTONIO CONSELHEIRO. es observar la más completa mutualidad de influjos. Por eso. Es una desloca­ ción y es una síntesis. Considerando al falso apóstol se ve que el exceso de subjetividad lo predispuso a la rebelión contra el orden natural porque siguió la fórmula del delirio propio. se condensaron en su misticismo feroz y extravagante. Se lo puede incluir en cualquier modalidad de la psicosis pro­ gresiva 1 S 1 . el elemento activo y pasivo del movimiento del que surgió. Todas las creencias ingenuas. . libremente ejercitadas en la indisciplina de la vida sertaneja. el resumen de los aspectos predominantes de un mal social gravísimo. Las singulares fases de su existencia no presentan quizá los períodos sucesivos de una grave enfermedad. confusos cuando se hallan dispersos en la multitud. el desgraciado. No por eso fue . Pero situado en función del medio. imprecisos. que por sí mismo nada valía considerando la psicología de la sociedad que lo crió. interpretando la inclinación y la orientación de los estratos de antiguas formaciones. Aislado. El tempera­ mento impresionable le hizo absorber las creencias del ambiente. la segunda. el historiador puede apreciar la grandeza de ese hombre. Porque para el historiador no es un desequilibrado. esboza el perfil de una montaña desaparecida. Fue simultáneamente. casi pasivamente. llevado por una potencia superior. seguirlas juntas. Acompañar la primera es seguir paralelamente y con mayor rapidez. pero enérgicos y definidos cuando se resumen en un individuo. sobre el mismo medio de donde habían partido. Del mismo modo que el geólogo. destinado a la solicitud de los médicos. vino a golpear a una civilización. asombra. La multitud lo aclamaba como representante natural de sus más altas aspiraciones.

los maniqueos bifrontes entre el ideal cristiano emergente y el bu­ dismo antiguo. Dejando de lado el influjo de las razas inferiores. aspectos religiosos comunes.más allá. Como enfermo grave sólo le puede ser aplicado el concepto de la pa­ ranoia de Tanzi y Riva 1 8 2 . una coherencia indestructible en todos sus actos y una rara disciplina en todas sus pasiones. la grandeza y la resignación soberana de un apóstol antiguo. señalando cierto nivel de la mentalidad humana. lo que se tradujo fundamentalmente. Fue un extraño caso de atavismo. en la última fase del mundo romano. mal sustituida por los sofistas y letrados mezquinos de Bizancio. los ofiólatras. reaccionando a su vez. Los rasgos más típicos de su misticismo. los discípulos de Marcos. Su contribución mórbida lo llevó a interpretar caprichosamente las condiciones objetivas. la nota étnica. y lo obligó a adoptar un cierto orden en el desvarío. En el constante peligro de caer en un oscurecimiento completo de la razón. los adamitas infames. extraño pero natural para nosotros. los encratitas abstinentes que se maceraban y flagelaban. Podríamos encuadrarlos en un escenario más amplio. como un anacronismo. Y fueron normales. cuando. Enganchaban bien en todas las tendencias de la época en que las extra­ . En efecto. en un retro­ ceso en el tiempo. los montañistas de Frigia. cuando el gnosticismo universal se erigía como transición obligatoria entre el paganismo y el cristianismo. limitándolo. UN GNOSTICO RUDO Evitada la intrusión dispensable del médico. Lo que el médico caracterizaría como un caso de delirio sistematizado. No se deslizó hasta la demencia. Pero en su desvío vibró siempre. que lo fijaría en una fase remota de la evolución. todas las sectas en que se fraccionaba la religión naciente. el sertón sublevado tuvo en la actitud. en la fase persecutoria o de grandezas. en la palabra y en el gesto. el medio. dentro de nuestra era. Basta con que volvamos los ojos a los primeros días de la Iglesia. mejor dicho. como un revivir de atributos psíquicos remotos. de manera que al andar por largos años en sus prácticas ascéticas. en un período angustioso de la vida portuguesa. vibró de manera exclu­ siva. el antropólogo lo encontraría normal. la serenidad. ya eran. alterándole las relaciones con el mundo exterior. con sus doctores histéricos y sus exégesis hiperbólicas. el antropólogo lo describiría como fe­ nómeno de incompatibilidad con las exigencias superiores de la civili­ zación. parecerían actualmente casos repugnantes de insania. lo vimos hace poco de relieve. lo amparó. la literatura latina occidental declinó de pronto. en una regresión a un estadio mental de los tipos ancestrales de la especie. precediendo el asalto de los bárbaros.

Ahí estuvo detenido. La regresión que lo caracterizó y determinó su temperamento vesánico. No fue más allá. Veremos más detenidamente la exactitud de la comparación. los grandes reformadores y los pobres enfermos. . Cristalizó en un ambiente propicio al error y a las su­ persticiones. HOMBRE GRANDE PARA E L MAL Paranoico indiferente. No la pasó. y con una función exclusiva: mostrar a los pecadores el camino de la salvación. su neurosis vibraba con un sentimiento ambiental y su mis­ ticismo estaba difundido por todas las almas que a su alrededor se con­ gregaban. su neurosis estallaría y su misticismo oprimido destruiría su razón. Era un siervo ungido para una dura tarea y allá marchó. Lastimado por la disciplina vigorosa de una so­ ciedad culta. 1 8 3 . quizá esta calificación no le cuadre completamente. Por el contrario. Allí. . REPRESENTANTE NATURAL DEL MEDIO EN QUE NACIO El factor sociológico que cultiva la psicosis mística del individuo. retrógrado. en esa zona mental donde se confunden los facinerosos y los héroes. en una armonía salvadora. lúcido en todos sus actos.vagancias de Alexandre Abnótico impresionaban a la Roma de Marco Aurelio. lo fortaleció. sus misterios y sus sacrificios tremendos de leones lanzados vivos al Danubio con solemnidades impo­ nentes presididas por el emperador filósofo. con sus procesiones fantásticas. el emisario de las alturas. cedió a la única reacción posible. arre­ batado por aquella idea fija. pasible del sufrimiento y de la muerte. De manera que el espíritu predispuesto a la rebeldía franca contra el orden natural. Era el profeta. pero de algún modo. pero adscripto a todas las contin­ gencias humanas. en las oscilantes fronteras de la locura. camino de los sertones bravios. impresionante en su firmeza y siguiendo su objetivo fijo con fina­ lidad irresistible. por largo tiempo. Así ambos resultaron normales. fue ciertamente un notable caso de degeneración intelectual. La historia se repite. transfigurado por ilapso estupendo. donde se dan el brazo genios y degenerados. Su frágil conciencia oscilaba en esa posición media. pero no lo aisló —incomprendido. . desequilibrado. Antonio Conselheiro fue un rudo gnóstico 1 8 4 . rebelde— en el me­ dio en que se movía. expresada por esa línea ideal que Maudsley lamenta que no se pueda trazar entre el buen sentido y la locura. arrastrando su débil esqueleto. Siempre se satisfizo con ese papel de delegado del cielo. lo limitó sin oprimirlo.

comprometiendo a la des­ cendencia en las desavenencias de los abuelos. que vivían como vaqueros y pequeños hacendados. no vieron con buenos ojos que una familia pobre tuviera una reputación como la de ellos. "Vivían en la misma región. Así comienza el narrador escrupuloso * su breve noticia sobre la ge­ nealogía de Antonio Conselheiro. llamaron en su ayuda a la guardia pretoriana de los capangas. sin asentarla en vastos latifundios y cantidades de ga­ nado. acostumbrados a hacer justicia por mano propia. bien presentados. Los hechos criminales que refiere no son más que episodios casi per­ manentes de la vida turbulenta de los sertones. Surgió de un incidente mínimo: pretendidos robos cometidos por los Maciéis en una propiedad de los Araújo. Araujo da Costa y un pariente suyo. Todo indicaba que aquéllos eran víctimas de una acusación indebida. Así preparados.ANTECEDENTES DE FAMILIA: LOS MACIEIS Su biografía resume la existencia de la sociedad sertaneja 1 8 5 . teniendo como sede principal la aldea de Boa Viagem que queda a unas diez leguas de Quixeramobim. Sus adversarios fueron los Araújos. Y como éstos eran bravos hasta la temeridad. desiguales en su fortuna y posición oficial. . se concertaron para un ejemplar castigo a los delincuentes. inteligentes y bravos. serviciales” y gozaban en los alrededores de una reputación envidiable. marcharon en expedición criminal hacia Quixera­ mobim. una familia numerosa de hombres sanos. * Coronel Joáo Brígido dos Santos186. señores de látigo y cuchillo. emparentada con otras de antigua raigambre en el norte de la Provincia. "Los Maciéis que formaban. Os Araújos e Maciéis. Las luchas de familias no son más que una variante de las otras y se caracterizan por ser interminables. que constituían una familia rica. Crimes célebres do Ceará. Parecidos a otros mil que muestran con evidencia la prepotencia sin freno de los patrones de las aldeas y la pecaminosa explotación a que someten a la bravura instintiva del sertanejo. conformando uno de los grandes hechos criminales de Ceará. en los sertones entre Quixeramobim y Tamboril. simpáticos. la trabada entre estos dos grupos de hombres. ágiles. por ley fatal de los tiempos. pero embrutecidos ambos en la práctica de la violencia e igualmente numerosos”. en una guerra de familias. Hacendados opulentos. Esclarece el concepto etiológico de la enfermedad que lo abatió. creando casi una predis­ posición fisiológica hereditaria al rencor y a las venganzas. Eran "hombres vigorosos. Silvestre Rodrigues Veras. "Fue una de las luchas más sangrientas de los sertones de Ceará. La delinearemos bre­ vemente. cayeron.

entre otros. El sertanejo temerario. bien montados. Les pidieron que se entregaran ofreciéndoles. aunque herido y con un pie lujado. En el sitio de "Passagem”. a poco tiempo. Maniatado y con las piernas atadas por abajo a la barriga del caballo que montaba. Hacían bajo escolta el camino a la cárcel de Sobral. No faltaban entonces. apelaron a recursos más enér­ gicos. El hecho ocurrió en 1833. como no faltan hoy. Memorias. la garantía de la vida. el jefe de la familia. La palabra de honor de los bandidos tuvo el valor que debía tener. A ellos se unieron los hijos y yernos de Silvestre y acometieron su cri­ minal empresa. Miguel Carlos. cerca de Quixeramobim se ocultó. Vicente Lopes. Había hecho blanco el mismo Pedro Veras quien pagó en seguida su hazaña recibiendo a quemarropa una descarga de plomo. pernambucano. Sin embargo. célebre por su rivalidad sangrienta con los Mouróes famosos y un terrible cangaceiro. haciéndola huir. dice que nunca habían hablado mal de ellos ni siquiera los enemigos que acusaron a sus hijos y pone en duda la participación de éstos en los robos aludidos. en un rancho abandonado cubierto de ramas de oiticica. Muerto el jefe. exhausto. Este cayó transversalmente ante la puerta impidiendo que se pudiera cerrar. sabiendo que no podrían resistir durante mucho tiempo. y la habían re­ chazado. su fuga es inexplicable. en cacería bárbara. contrariando la expectativa general. reunida toda la parentela. . gran conocedor de los montes. Libraron una refriega tremenda y desigual. hablando de estos dos infortunados en sus memorias. Ahora bien. muchachos sin miedo y corajudos. de Aracatiagu. Los Maciéis. Derrotados. cuando fueron asesinados. * * Manuel Ximenes. los que le seguían el rastro. habían enfrentado a la banda asalariada. los Araújos habían dejado escapar a su peor enemigo. siguieron sus rastros como si fueran los de una suguarana bravia. los agresores retrocedieron lo suficiente como para que el sitiado pudiese cerrar la puerta. Eran las nueve de la mañana. Pero el forajido. Consiguieron a dos de los mejores: José Joaquim de Meneses. facinerosos afamados que vendían su valentía. Los Maciéis. poco después volvieron de­ rrotados. Hecho esto. rabiando y encolerizados. Al acercarse a la vivienda de los Maciéis. los potentados cuya imbécil prepotencia había recibido tan duro trato. consigue escapar. Corría el primer día de viaje. bajo palabra. Bien armados. Antonio Maciel y un abuelo de Antonio Conselheiro *. Ahí llegaron.Pero. Pero un tío de éste. Lo persiguieron. pudo eludir durante algún tiempo la persecución comandada por Pedro Martins Veras. que se había adelantado a los demás. seguido en su fuga por una hermana. Se rindieron. enfrentó a la horda abatiendo pronto a un tal Teotonio. la afirma el cronista escrupuloso * * . La hermana de Miguel Carlos trató de sacarlo de allí y cayó atravesada por una bala. aceptaron. el rancho se * Manuel Ximenes. los sicarios — aunque eran más numerosos— temieron la resistencia. En esta ocasión mueren.

cuando apareció un grupo de enemigos que lo esperaban escondidos entre los pastos. Arroja toda el agua de un balde sobre el fondo del rancho apagando moentáneamente el fuego y saltando sobre el ca­ dáver de su hermana se arroja. la "Némesis de la familia”. ya cerca de la iglesia. Tanto los pa­ rientes de Miguel Carlos como los extraños tomaron sus ropas de la arena y a medio vestir emprendieron la fuga. más que sabidos. la carabina bajo el brazo y el cuchillo listo al ataque. Arrojaron fuego sobre el techo de ramas. Lo cierto es que más allá de la protección que le dieran. Con­ siderando que era un espía. No pudiendo respirar ahí adentro. La desem­ bocadura del riacho de la Palha daba a los fondos de la casa indicada. Miguel Carlos ya estaba desnudo y en compañía de muchos compañeros. . . Este riacho con su forma circular rodeaba la plaza y en invierno constituía una linda cinta de aguas tranquilas. le dijo que lo iba a matar y como el dueño de casa lo detuvo. La narración a la que nos remitimos dice: "Parece que Miguel Carlos tenía allí protectores que le daban garan­ tías. Los bandidos no se atrevieron al asalto pero fueron de una cobardía atroz. El efecto fue instantáneo. "Una noche. acostumbraba parar en la aldea. uno de los Araújos trató casamiento con la hija de un rico ganadero de Tapaiara y el día de las nupcias. En calzoncillos y empu­ ñando el cuchillo. su otra her­ mana. En esa casa vivía. vio entrar a un individuo que quería comprar aguardiente. casado con una parienta suya. salió de la casa de Antonio Caetano de Oliveira.convirtió en una fortaleza. Miguel Carlos llegó a abrir . Fue en Quixeramobim. Rompe el círculo y gana la caatinga. encima de los asaltantes. Su vida transcurría en peligrosos lances. . un día cayó bajo su cuchillo un espía incauto que lo rastreaba. también él corrió hacia el fondo de una casa que casi se enfrentaba con la desembocadura del riacho de la Palha. . en 1845. Tiempo después. cayó muerto de un balazo entre la alarma de los parientes y la desesperación de la desdichada novia. "Una mañana. Helena Maciel. v fue a bañarse al río que corre detrás de esa casa situada casi en el límite de la plaza principal de la aldea. por fin. Ahora tenía una socia en el rencor justificado y hondo. Por las rendijas de las paredes estallaba a cada minuto un tiro de espingarda. Lo cierto es que. según el decir del cronista ya citado. burlando todas las trampas que le ten­ dieron. se hizo acompañar por el sospechoso hasta las afueras del poblado y en el riacho de la Palha lo mató con su cuchillo. muchos de los cuales. estando a la puerta del negocio de Manuel Procópio de Freitas. Miguel Carlos resuelve salir. La venganza del sertanejo velaba inextinguible. Manuel Francisco da Costa. junto a la garganta que conduce a la pequeña plaza Cotovelo. son inventados por la fecunda imaginación de los matutos.

"Innumerables víctimas anónimas se cobró esta lucha sertaneja. "El hecho de que la acción fuera perpetrada por soldados del destaca­ mento de línea. siendo el último de los Maciéis. quien mandó golpear bárbaramente a André Ja­ cinto de Sousa Pimentel. al mando del alférez Francisco Gregorio Pinto. hombre insolente. Sus coetáneos lo pintan como un * Coronel Joáo Brígido. Agonizaba caído con el cuchillo en la mano. "Helena permanecía quieta y silenciosa. . hermano del novio asesinado. Némesis de la familia. "Helena no se abatió con esta desgracia. uno de­ bajo del otro. hermano de Miguel Carlos. id.el portal de la quinta. Miguel Carlos le respondió al instante con otra cuchillada en la carótida. hizo creer durante mucho tiempo que ese oficial de mala fama había sido el autor del crimen. jefe de la banda. agente del correo de la aldea. emparentado con los Araújos. Moribundo. nada se sabe con certeza sobre el papel que le cupo a Vicente Mendes Maciel. inmoló un enemigo a los manes de su hermano. pero cuando quiso cerrarlo. de bajo origen y educación. le clavó su cuchillo. corrió hecha una furia hasta el lugar y pisando la cara del asesino de su hermano decía satisfecha que le ale­ graba lo sucedido por el fin que había tenido el enemigo. "Dicen que los sicarios habían pasado la noche en casa de Inácio Mendes Guerreiro. pero el propósito era matarlos. cuando Manuel de Araújo. diezmadora de los secuaces de las dos familias. testimonios de la energía de esa familia que había dado tantos hombres bravos para una lucha con poderosos tales como los de Boa Viagem y Tamboril” *. De esos golpes resultó una lesión cardíaca que dio una muerte horrorosa al infeliz cul­ pado de esa última agresión de los Araújos. muriendo los dos instantáneamente. a quien atribuía los avisos que éstos habían recibido en Boa Viagem. de las venidas de Miguel Carlos. agarrándolo por una pierna. padre de Antonio Vicente Mendes Maciel (el Conselheiro) en esta deplorable contienda. Fue ella. No sigamos. Antonio Maciel. con quien Pimentel estaba ene­ mistado. Venían a título de prender a los Maciéis. Helena Maciel. cayó abatido por un tiro que había partido del séquito que lo perseguía. de la familia de Araújo. mozo de una familia importante de la aldea. UNA VIDA CON BUENOS AUSPICIOS Por cierto. como osó confesar muchos años después. Durante mucho tiempo fue célebre la valentía de Miguel Carlos y por él y sus parientes era intensa la estimación y el respeto de sus contemporáneos. muerto en Boa Viagem.

a despecho de los desórdenes del hogar. Todas las historias o leyendas entretejidas con exageraciones. negociaba en ha­ ciendas llevando las cuentas de memoria. siendo analfabeto. medio visionario y descon­ fiado. De ahí a poco tiempo se muda a Ipu. al llegar a cada nueva residencia. Antonio Maciel proseguía su vida correcta y serena. dejaba pasar la etapa triunfal de los veinte años. sin tener escritas ni las deudas ni los créditos”. Habiendo quedado sin bienes de fortuna. Trabaja de solicitador en el foro. retraído. Antonio Maciel busca un empleo. reveló una rara abnegación. incompatibilidades de carácter con la esposa. veinte años después de los trágicos hechos que recordamos. la pésima índole de ésta. Testi­ monios de conocidos lo señalan como adolescente tímido y tranquilo. falleciendo aquél en 1855. le eran contadas mostrándole siempre el coraje singular y tradicional. el hijo tuvo una educación que. un medio cual­ quiera. En 1859. en espera de con­ diciones favorables para expandirse. de ganarse la vida. En estos cambios se advierte la lucha de un carácter que no se deja abatir. sin el entusiasmo feliz de los que se inician en las primicias de la vida. Adopta dis­ tintas profesiones. La mujer fue la sobrecarga adicio­ nada a su tremenda tara hereditaria.hombre "irascible pero de excelente carácter. La sugestión de estos relatos tenía el correctivo enérgico de la severidad del viejo Mendes Maciel. de las que muchas veces eran protagonistas sus propios parientes. de algún modo. enemigo de las fiestas. se muda a Sobral y se emplea como vendedor. según la costumbre de los narradores del sertón. Sólo después de haberlas casado buscó para sí un enlace que le fue nefasto. Se queda poco tiempo allí. lo aisló de la turbulencia familiar. pero honesto. Sigue hacia Campo Grande donde se desempeña en las modestas funciones de escribiente del Juez de Paz. Pierde sus hábitos sedentarios. pero de tanta capacidad que. en esta etapa prepa­ ratoria de su vida. En pocos años se muda a diferentes aldeas y poblaciones. Tal vez quedaba latente. PRIMEROS REVESES De allí data su dramática existencia. totalmente entregado a los menesteres del negocio. Bajo la disciplina de un padre de honradez proverbial. o. A partir de 1858 todos sus actos denotan una transformación del carácter. Debiendo afrontar el trabajo de velar por tres hermanas solteras. lo que es más verosímil. que no permitía tomar alas al ánimo del muchacho. . Lo cierto es que. la que desequilibraría una vida iniciada bajo los mejores auspicios. vuelven inestable su situación.

la mirada fulgurante. . Fue el punto final. las permanentes luchas partidarias le abrían la carrera aventurera de la política. ligándose a los seguidores de cualquier conquistador de urnas. con menores exigencias de esfuerzo. quedaron en sus parajes natales breves vestigios de su recuerdo. Al pasar por Paus Brancos. Sigue des­ pués hacia el sur. Se va con un policía. Pero siempre lo evitó. Y desaparece. la cara como una calavera. busca el abrigo de la absoluta os­ curidad. COMO SE FORMA UN MONSTRUO . de noche. A su alrededor. Gracias a este incidente algo ridículo. los cabellos crecidos hasta los hombros. Al mismo tiempo iba perdiendo la antigua serenidad. azarosamente. se advierte la voluntad de alguien que va perdiendo terreno pero reacciona cada vez con un doloroso esfuerzo. LA CAIDA De pronto aparece su contracara violenta. Se salva de la prisión. su mujer lo abandona. el infeliz busca el escondite de los sertones. . Fulminado de ver­ güenza. un sargento de policía. Y en Bahía surgía el sombrío anacoreta. lugares desconocidos. con una tendencia acentuada hacia actividades cada vez más estériles hasta desembocar en el ocio franco. a un pariente que lo había hospedado. . El infeliz muchacho de Quixeramobim queda com­ pletamente olvidado. . Baja hacia el sur de Ceará. Va perdiendo la antigua disciplina. Se realizan algunas averiguaciones policiales. Podía decirse que había muerto. Sólo de vez en cuando se recordaba su nombre y el fin escandaloso de su existencia. . dejadas de lado porque la víctima reconoce que el agresor no es culpable.Se advierte en todos estos cambios una tendencia hacia profesiones menos trabajosas. . en camino hacia Crato. . Este período de su vida todavía lo muestra imbuido de sentimientos dignos. En su descenso continuo. en el que era magna pars un Lovelace de tragediam. Pasan diez años. en dirección a Crato. sos­ teniéndose en el clásico bastón en que se apoya el paso tardo de los peregrinos. la barba descuidada y larga. El plano inclinado de esa vida en declive acaba de golpe en una caída formidable. monstruoso en su hábito azul de brin americano. en la que podía entrar como tantos otros. hiere con furia de alucinado. En Ipu. donde no lo conocían ni de nombre. para lo que le servía el prestigio tradicional de su familia.

alimentándose mal y ocasionalmente. como una sombra surgida de las planicies pobladas de duendes. La multitud lo remodelaba a su imagen. Se volvió algo fantástico. Nada decía de su pasado. . el esfuerzo de una introspección delirante con la que la locura envuelve a los cerebros deprimidos. como un espectro. mudo. . Esta sombra condensaba el oscurantismo de tres razas. sin cálculo. como una sombra. errante. el dominio que. a orilla de los caminos. . De este testimonio concluí que Antonio Maciel. aún joven. La multitud le ahorraba el indagar torturante acerca de su propio estado emotivo. ya los dominaba. Su insania estaba allí. en el consejero predilecto de todas las decisiones. El evangelizador nació. hecho prisionero en Canudos en los últimos días de la campaña. en una penitencia ruda. indiferente a la vida y a los peligros. Pasaba y seguía en busca de otros lugares dejando absortos a los matulos supersticiosos.Su existencia es desconocida durante tan largo período. su vida misteriosa lo había rodeado de un prestigio nada vulgar que tal vez agravó su temperamento delirante. En el seno de una sociedad primitiva que por sus cualidades étnicas y por el influjo de las santas misiones malévolas comprendía mejor la vida por los incomprensibles milagros. monstruoso autómata. Hablaba en frases breves o con mono­ sílabos. . Todas las conjeturas y las leyendas que lo rodeaban for­ maron el ambiente propicio para la germinación de su propio desvarío. me dijo algo al respecto. exteriorizada. Como dominador fue un títere. impresionó vivamente la imagi­ nación de los sertanejos. Cuando aquel viejo singular de poco más de treinta años. Y creció tanto que se proyectó en la Historia. durmiendo a la intemperie. ejercía a su alrededor. sin precisar fechas. apa­ recía por los ranchos de los troperos. . de un rancho a otro. Le ensanchaba el pano­ rama de su vida lanzándole adentro los errores de dos mil años. Andaba sin rumbo cierto. Lo creaba. se reflejó sobre él mismo. La admiración intensa y el respeto absoluto de la gente lo convirtieron en poco tiempo en árbitro incondi­ cional de todas las divergencias y problemas. uno o dos años después de la partida hacia Crato. . Lo había conocido en los sertones de Pernambuco. Poco a poco. Sin querer. Actuaba como ente pasivo. . Aparecía — escuálido y macerado— dentro de su hábito caído. Aparecía por aquellos sitios sin destino fijo. para aquellas simples gentes. Un viejo cáboclo. Era natural. pero vagamente. cesaban las charlas y las guitarras festivas. sin porme­ nores característicos. Necesitaban a alguien que personificase su indefnida idealización y los guiase por los caminos misteriosos de los cielos.

actores en la farándula de los vencidos de la vida. sirviéndose de su aspecto misterioso y ropas ascéticas. Allí llegó. sólo una tabla desnuda o si no el suelo duro. de un anuario impreso a cen­ tenares de leguas de distancia. de 1877. delatan bien la fama que ya había ganado. Buscaba los ranchos solitarios. Su prestigio iba creciendo. * Folhinha Laemmert. impresio­ nando por la rareza de la ropa: bata azul. en un coro de letanías. Así vagó durante largo tiempo hasta aparecer en los sertones al norte de Bahía. Ya tenía gran renombre. Cuando paraban en los caminos lo colgaban en la rama de un árbol y de rodillas le rezaban. rigurosamente verídicas. era gente ínfima y sospechosa. sin cinturón. lapicera y tinta. Uno de los adeptos cargaba el templo único. No aceptaba lecho. con los que se impone a la ignorancia y la simplicidad. la Misión abreviada y las Horas ma­ ñanas 1 8 8 .De los sertones de Pernambuco pasó a los de Sergipe. de la reli­ gión naciente: un oratorio de cedro. va juntando al pue­ blo y guiándolo a su gusto. contraria al trabajo. aceptando sólo lo que necesitaba para el sustento del día. Lo seguían en su ruta sin norte algunos fieles. felices por padecer junto con él privaciones y miserias. Se le acercaban espontáneamente. Ya no andaba solo. que dice llamarse Antonio Conselheiro y que ejerce gran influencia en el espíritu de las clases populares. en la aldea del Itapicuru de Cima. apareciendo en la ciudad de Itabaiana en 1874. . vive rezando. sandalias. tosco. pero rechazaba cualquier exceso. y moviendo los sentimientos religiosos. Dejó crecer sus barbas y sus cabellos. Con él triunfalmente erguido. un individuo. Sobre la espalda una bolsa de cuero en la que traía papel. desconocido y sospechoso. En general. Revela ser hombre inteligente pero sin cultura” *. Dice un documento publicado aquel año en la Capital del Imperio: "Apareció en el sertón del Norte. Vivía de limosnas. sombrero de alas anchas y caídas. pre­ gonando y dando consejos a las multitudes que reúne donde le permiten los párrocos. Acompañado de dos profesas. que encerraba la imagen de Cristo. avezada en el robo. viste una túnica de algodón y se alimenta tan poco que casi es una momia. No los había llamado. entraban a las aldeas y poblaciones. Así se presentó el Conselheiro en 1876. por entonces. como a todas partes. Estas palabras.

le exigió pruebas. Allí permaneció varias horas hasta que. enloquecido. bien alta la noche. imaginó cómo arrui­ narla. el infeliz se alejó a caballo cerca de media legua y luego volvió por caminos no frecuentados. en cierto modo justificaban. No le dio tiempo a entrar. la imaginación popular comenzaba a novelarle la vida con rasgos vigorosos de originalidad trágica 1 8 9 . ese sombrío . sorprendido. Lo acusaban de una falsedad que su vida excepcional y el desorden de su antigua vida doméstica.LEYENDAS En la aldea de Itapicuru se produjo el cierre de esa carrera extraordinaria. No había dolor que le fuera desconocido. tal como lo preconizan los apóstoles de la Iglesia. Lo cierto es que la represión legal de 1876 lo encontró ya de lleno metido en el sueño del cual no despertaría. Volvió después para reconocer al hombre que había matado. . Contaban que la madre. ante el asombro de los fieles. lo metieron inopina­ damente preso. Como se ve. Su piel seca se arrugaba como un cuero pegado a la carne muerta. la había macerado y marcado con los cilicios más duros. con un ascetismo que hubiera sorprendido a Tertuliano 1 9 °. Lo abatió de un tiro. su casa era visitada por el seductor. escondiéndose en un lugar desde donde podía observar y actuar con rapidez. al acaso. la había adormecido en los transitorios descansos sobre los lechos dilace­ rantes de las caatingas . Decían que había matado a su esposa y a su propia madre. de la sed. Era una leyenda terrible. Para eso le dijo al hijo que su mujer lo engañaba y como éste. . por la noche. se propuso presentárselas. la había golpeado con las piedras de los caminos. la había secado en el rescoldo de las sequías. Allí y ese mismo año. El asceta despuntaba tras la ruda disciplina de quince años de penitencia. así vería cómo. la había endurecido en la fría intemperie. Lo vio acercarse cautelosamente y saltar por una ventana. Le aconsejó que inventara un viaje cualquiera y que permaneciera en los alrededores. de las fatigas. Entonces había escapado. no queriendo a la nuera. Había seguido el apren­ dizaje del martirio. El dolor se la había anestesiado. de las angustias y de las miserias. despavorido. . En seguida entró en la casa y con otra descarga fulminó a la esposa infiel que estaba durmiendo. vio un bulto que se aproximaba a su casa. Y con horror vio que era su propia madre que se había disfrazado para realizar su diabólico propósito. Muchas veces había bordeado la muerte por los prolongados ayunos. Acep­ tado el consejo. . abandonando todo y desde ese momento recorría los sertones. Venía del hambre.

Era un árbol sagrado. Apenas — este pormenor curioso lo escuchamos de una persona insos­ pechable— el día que lo embarcaron para Ceará pidió a las autoridades que lo libraran de la curiosidad pública. que durante mucho tiempo fue objeto de una fitolatría extraordinaria. el infeliz ni se enteraba. Y un pequeño árbol. plantado a la entrada de la aldea. y su aspecto repugnante. con el día que había pre­ fijado cuando lo tomaron preso. Y el mismo año reaparece en Bahía entre sus discípulos que lo habían aguardado. fue puesto en libertad 1 9 1 . a Vila do Conde (1 8 8 7 ). párpados caídos. enmarañándose en los pelos duros de la barba descuidada que le llegaba hasta la cintura. La recibió indiferente. Escuchó el interrogatorio y las acusaciones y no contestó ni con un murmullo. * De Jejuum. porque a su sombra descansaba el peregrino. en todos los sentidos. como una mortaja negra. Llegado a la tierra natal. Los jueces estupefactos lo interrogaron. Allí despertó la curiosidad general con su extraña fisonomía: cara muerta. El pueblo comenzaba la gran serie de milagros de los que. tomó rasgos de milagro. Esta vuelta. revestido de impasibilidad marmórea. Redobló su influencia. . Lo acusaban de viejos crímenes. Después se supo que los custodios que lo habían traído le habían pe­ gado cobardemente en el camino. Se entregó. sin mirada y sin sonrisa. No formuló una sola queja. cometidos en el lugar natal. cuya feria congrega a la mayoría de los pobladores de aquel trecho del río Sao Francisco.propagandista de la eliminación lenta de la materia: "descargándose de su sangre. Prohibió a los fieles que lo defen­ dieran. fardo pesado e inoportuno del alma impaciente por huir Para quien vivía de esta manera. dentro de la túnica tan ancha. tal vez. según afirman. y la ropa tan singular. . la única cosa que lo vejaba. que coincidió. llegando hasta el litoral. Lo llevaron a la capital de Bahía. la orden de prisión sólo era un inci­ dente mínimo. reconocida la improcedencia de la denuncia. per­ maneciendo con preferencia en Chorrochó 1 9 2 (1 8 7 7 ). Permaneció en la serena indiferencia superior de un estoico. Pasó por las calles entre ovaciones. rígida como una máscara. ojeras profundas. de desenterrado. A su sombra se curaban los enfermos crédulos y sus hojas eran la panacea infalible. y los largos cabellos lacios cayendo sobre los hombros. De 1877 a 1887 anda por aquellos sertones. . Una elegante capilla señala actual­ mente el lugar de su morada. lugarejo de pocas centenas de habitantes. Entonces anda durante algún tiempo por los sertones de Curará. exorcismos y señales de la cruz de los creyentes asustados y de las beatas transidas de miedo.

en silencio. Negocios y campos quedaban vacíos. Monte Santo. La multitud sucumbía. Imaginemos a un bufón arrebatado en una visión del Apocalipsis. . se improvisaba un palco al lado de la feria. ostentaba un sistema religioso incongruente. . Y el gran desventurado conseguía entonces su único milagro: no parecer ridículo. levan­ taba la cabeza. Magacará. En estas prédicas. fascinada bajo el extraño hipnotismo de aquella terrible locura. Aquí un cementerio arruinado al que se le re­ construyen los muros. . En casi todas dejaba alguna señal de su paso. seguido siempre por la multitud con­ trita. los devotos hacían rezos y letanías y cuando la concurrencia era mayor. por la tarde. mezcla inextricable y confusa de con­ sejos dogmáticos. Bom Conselho. inconexa. se agitaba el movimiento de las ferias. cruces y banderas divinas. se convertía en única autoridad. . Y durante algunos días. Una oratoria bárbara y estremecedora. acompañado por la farándula de sus fieles. Era asombroso. se le veían entonces extremada­ mente negros y vivos y la mirada era de un centelleo ofuscante. Mucambo. Su entrada en las poblaciones. Era truhanesco y era pavoroso. Cuando la pronunciaba quedaba callado. el penitente. con frases sacudidas. preceptos comunes de la moral cristiana y profecías extravagantes. Jeremoabo. llena de trozos truncados de las Horas mañanas. abría de golpe los ojos. a veces agravada por la osadía de las citas latinas. en las que competía con los capuchinos vagabundos de las misiones. allá una iglesia que se renueva. . Quienes los oyeron no evitan las sugestivas aproximaciones históricas. . Inhambupe. La población convergía en la aldea. Tucano y otros. era solemne e impresionante. monopolizaba el mando. lo vieron llegar. afirman testimonios existentes. Las ocupaciones normales se paralizaban.En toda esa área no hay quizá una ciudad o un pueblo por donde no haya pasado. hablaba largamente. más adelante una capilla que se levanta. sin encarar a la multitud abatida por la melopea fatigante. Pombal. Nadie osaba contemplarlo. siempre elegante. Parece que tenía la preocupación del efecto producido por alguna palabra o frase decisivas. errante y humilde. abstrusa 1 9 3 . eclipsando a las autoridades locales. Alagoinhas. los ojos fijos en el suelo. levantando imágenes. Parco en los gestos. donde en compensación. Cumbe. LAS PREDICAS Allí subía y hablaba. . para que la palabra del profeta pudiese irradiar a todos los puntos y edificar a todos los creyentes. bajaba los ojos. En la plaza. . Releyendo . en el centro mismo de la aldea.

). por los resultados amargos de sus desdichas conyugales. a los desvariados jefes de las sectas de los primeros siglos. . Como los ultramontanos surgió en un extremo de la tierra. insisten especialmente contra el lujo de los tocados y — lo que es muy singular— imponen a estos delitos el mismo castigo: sacar el demonio por los cabellos peinando a las vanidosas con peines de espinas. de las mismas fórmulas hiperbólicas. vibra en censuras. se siente el efecto maravilloso de una perspectiva a través de los siglos. en feliz imagen. * * En francés en el original: a los que corren por el campo de la civilización cada vez con más retraso. las concepciones absurdas del desmañado apóstol sertanejo asombran por su semejanza. el mismo pavor al Anticristo. El frigio predicaba. . en contraste con la licencia absoluta hacia el amor libre. se advierte el renacimiento integral de aquellas aberraciones muer­ tas. Expresa una moral que es la traducción fiel de la de Montano: la castidad. esgrime el mismo argumento que aquél: la Iglesia perdió su gloria y obedece a Satanás. El retrógrado del sertón repro­ duce los caracteres de los místicos del pasado. (N . El Conselheiro mostraba por ella inven­ cible horror. No puede buscarse una reproducción más completa del mismo sistema. Nunca más miró a una mujer. propiciando casi la extinción del matrimonio. Incluso a las beatas viejas hechas para amansar sátiros les hablaba de espaldas. de las mismas imágenes. Está fuera de nuestro tiempo. exagerada hasta el máximo horror por la mujer. galvanizados por su bello estilo. Es un hermoso ejemplo de la identidad de los estados evolutivos entre los pueblos. de plus en plus en retard * * 1 9 4 . El mismo milenarismo extravagante. Se rebela contra la Iglesia romana. Está por entero entre esos retardatarios que Fouillée compara. La belleza tentaba a Satanás. á des coureurs sur le champ de la civilisation. PROFECIAS 1 9 5 Cuando se comparan sus profecías con las del pasado. . braman contra las ropas elegantes. PRECEPTOS DE ULTRAMONTANOS Es un disidente de la hechura exacta de Themison. Ambos prohíben severamente que las jóvenes se adornen. el mismo fin del mundo próximo. * Marc-Auréle. tal vez como el cearense. de T . Al considerarlo. .las páginas memorables * en las que Renán hace resurgir. casi de las mismas palabras. .

que la rama se confrontará en la tierra y la tierra en algún lugar se confrontará en el cielo. En 1896 han de rebaños mil correr de la playa al sertón. . que no se manchasen con el sacrilegio de una sonrisa. Todas las fortunas se perderían en la catástrofe inminente y era una temeridad inútil conservarlas. levantando poblaciones en los desiertos. El mismo Cristo había presagiado su venida cuando: . Dios dijo en el Evangelio: yo tengo un rebaño que anda fuera del corral y es preciso que se reúnan porque hay un solo pastor y un solo rebaño”. Las que aquí anotamos fueron copiadas allí mismo. en­ tonces el sertón se volverá playa y la playa sertón. . de uno de ellos. "En 1899 las aguas se harán sangre y el planeta va a aparecer en el naciente con el rayo del sol. en el Sol y en las Es­ trellas. "Ha de llover una gran lluvia de estrellas y ahí será el fin del mundo. haciendo iglesias y capillitas y dando sus consejos * Estas profecías estaban escritas en gran número de pequeños cuadernos encon­ trados en Canudos. perteneciente al Secretario del Comandante en Jefe de la Campaña. El Juicio Final se acercaba inflexible. Como los antiguos. Ha de aparecer un Angel mandado por mi Padre Eterno.Que los fieles abandonasen todos sus bienes. todo cuanto los marcaba con un leve rasgo de vanidad. ¿para el fin de esta edad qué señales darás? "Y El respondió: muchas señales en la Luna. di­ ciendo sermones por las puertas. . "En 1898 habrá muchos sombreros y pocas cabezas. Preanunciaba años sucesivos de desgracias * : . en la hora nona. el predestinado llegaba a la tierra por la voluntad divina. En 1900 se apagarán las luces. Que aban­ donasen las fugaces venturas e hiciesen de su vida un duro purgatorio. uno de sus apóstoles le preguntó: Señor. descansando en el monte de los Olivos. . "En 1897 habrá mucho pasto y poco rastro y un solo pastor y un solo rebaño.

alza la insurrección contra la forma repu­ blicana : "En verdad os digo. Andaba al borde de un catolicismo mal comprendido. De modo idéntico enunciaba el juicio de Dios. prometido pero siempre postergado y final­ mente olvidado completamente por la Iglesia ortodoxa del siglo n. Montano se re­ produce en toda la historia. "Desde el principio del mundo que lo encantó con todo su ejército y lo restituyó en guerra. la Prusia con la Prusia. reviviendo vetustas ilusiones. cuando las naciones pelean con las naciones. el Brasil con el Brasil. "Y cuando quedó encantado clavó la espada en la piedra. la ruina del mundo profano. Antonio Conselheiro era un pietista que ansiaba el reino de Dios. la misma exploración de lo sobre­ natural y la misma ansia por el cielo. Como sus cofrades del pasado. En ellos se delata el viejo aspecto soñador de la religión primitiva. no es una novedad. Este volver a la edad de oro de los apóstoles y sibilistas. antes que la deformasen los sofistas canonizados de los concilios. el reino de mil años y sus delicias. el profetismo tenía en su boca el mismo tono que tuvo en Frigia. a dos mil no llegarás! "Y en este día al salir con su ejército saca a todos con el filo de la espada de este papel de la República. pero siempre con la misma rebeldía contra la jerarquía eclesiástica. ¿No habrá en esto un rasgo superior del judaismo? No lo voy a encubrir. desde las aguas del mar Don Sebastiáo saldrá con todo su ejército. más o menos con los mismos caracteres.Y en medio de esas estrafalarias palabras. Es un per­ manente reflujo del cristianismo hacia su cuna judaica. la desgracia de los poderosos. El fin de esta guerra se acabará en la Santa Casa de Roma y la sangre irá hasta la gran junta UN HERESIARCA D EL SIGLO II EN PLENA EDAD MODERNA Como se ve. saliendo del mesianismo reli­ gioso al mesianismo racial. la Inglaterra con la Inglaterra. con las variantes de la modalidad de los pueblos. . ella se hundió hasta la empuñadura y él dijo: ¡Adiós mundo! "¡Hasta el mil y tantos.

da señales de haber advertido esa tolerancia o protección mal disfrazada y emite una circular a todos sus párrocos: "Ha llegado a nuestro conocimiento que por las feligresías del centro de este arzobispado. se hallaba en la pobla­ ción un célebre Conselheiro. a cuyas órdenes obedece ciegamente y por él resistirá cualquier orden legal. se erigían construcciones nuevas y bonitas. El arzobispo de Bahía. ¿Adonde? Al azar. se movían incansables. . de barbas y cabellos negros y crecidos. Los sacerdotes toleraban los despropósitos del santo endemoniado por­ que acrecía sus reducidos haberes. * * ¡Una moral excesivamente r íg id a !. en 1887). en concordancia con la misión que se había señalado. acaboclado. Los albañiles y carpinteros trabajaban gratis. promueve los bautismos. la misión santa de adoctrinar a los pueblos y un secular.TENTATIVAS DE REACCION LEGAL Después de sus homilías. los párrocos le per­ mitían esas prácticas de las cuales sacaban beneficio porque promovía ios actos de los que salen los rendimientos del clero: bautismos. sin mirar siquiera a los que lo seguían. Tenía un adversario peligroso. el pueblo cargaba piedras. en general.. preceptos. ordenaba penitencias que ordinariamente redundaban en bene­ ficio de las localidades. no tiene autoridad para ejercer ese menester. tomaba el primer camino sertón afuera. con lo que perturba las conciencias y debilita en mucho la autoridad de los párrocos de esos lugares. por lo que ordenamos a Vuestra Reverendísima que no con­ sienta en su feligresía semejante abuso. casamientos. Descrigoes práticas da Pro­ vincia da Bahia. . tanto más cuando él nada gana. Si se da crédito a un valioso testimonio *. * “Cuando por allí pasamos (por Cumbe. . se renovaban cementerios abandonados. Durante días y días. anda un individuo denominado Antonio Conselheiro. vestido de camisón azul. fiestas y novenas y todo aquello en que consisten los vastos rendimientos de la Iglesia” . sujeto bajo. El pueblo acostumbra concurrir en masa a los actos del Censelheiro. “ . moreno. sermoneando al pueblo que se reúne para escucharlo. Se reconstruían templos ruinosos. sea quien fuere. que vivía solo en una casa sin mue­ bles. en fiesta piadosa. visto que compete sólo a la Iglesia católica y a sus ministros de religión. . aunque tenga mucha instrucción y virtud. obligaciones. . por el contrario. el sacerdote. el predestinado se marchaba. los fabricantes proporcionaban gratis los materiales indispensables. . en 1882.. fiestas y novenas. haciendo saber a los fieles que les prohibimos en absoluto reunirse para escuchar esos sermones. pero no lo contrariaba. Teniente Coronel Durval Vieira de Aguiar. junto a la cual se apiñaban las beatas y afluían los regalos con los cuales se alimentaba. los obreros cuyos salarios se pagaban en el cielo. con doctrinas su­ persticiosas y una moral excesivamente rígida * * . . Y terminada la empresa. por cuya razón los vicarios lo dejan pasar por santo impunemente.

está aquél armado como si fuera a emprender una batalla campal. sin hablar de los montos recau­ dados que han sido enviados para otras obras en Chorrochó. que lo escuchan y cumplen sus órdenes de preferencia a las del cura de la parroquia. suficientemente instruidos. cuando la diócesis de Bahía intervino de nuevo. Hizo en este sitio su campamento y al presente está construyendo una capilla a expensas del pueblo en el referido lugar. cuya autoridad policial. y ese dinero sale de los crédulos y los ignorantes que. tolerando y disimu­ lando los atentados que cometen. venden lo poco que tienen y hasta roban para que no haya ninguna falta. sin miedo al error y afir­ mado en hechos. Da miedo a los transeúntes pasar por allá viendo a esos malvados munidos de cuchillos. lugar de Capim Grosso”. el 16 de febrero de 1882. y consta que están a la espera de que el vicario vaya a un lugar llamado Junco para asesinarlo. Y después de contar la última tropelía de los fanáticos: "Habiendo desinteligencias entre el grupo de Antonio Conselheiro y el vicario de Inhambupe. décuplo de lo que debía ser. Luis. no fue atendida. vuelve constantemente a Itapicuru. pidiendo el Arzobispo al * Circular dirigida al clero bahiano por el Arzobispo D. Parece que esta denuncia hecha en términos tan alarmantes. . "El fanatismo no tiene límites y así es que. en oficio donde. dagas. . facas y carabinas y pobre del que es sospechado de ser desafecto a Antonio Conselheiro”. y por el modo como están los ánimos. los excesos y sacrificios no compensan este bien. basta decir que anda acompañado por centenares de personas. Y como si desease revivir siempre el recuerdo de la primera persecución sufrida. "Para que vuestra Excelencia sepa quién es Antonio Conselheiro. * * Oficio dirigido en noviembre de 1888 al jefe de policía de Bahía por el dele­ gado de Itapicuru. En la construcción de esta capilla. después de historiar ligeramente los antecedentes del agitador. . están trabajando cearenses a los cuales Antonio Conselheiro presta una protección ciega. puedo decir que lo adoran como si fuese un Dios vivo. "Los días de sermón. "Aunque esta obra sea de algún merecimiento. por fin. No se tomó ninguna providencia hasta mediados de 1887. en el ejercicio del ministerio de la predicación a fin de que sus parro­ quianos. apeló a los poderes constituidos. es justo y fundado el recelo de grandes desgracias. además de no trabajar. rezos y letanías. la multitud sube de mil personas. dice * * : " ."Sirva esto para despertar cada vez más el celo de Vuestra Reverencia. no se dejen llevar por otros vientos La intervención de la Iglesia fue inútil. aparte que dispensable. Antonio Conselheiro continuó sin inconvenientes su azaroso apostolado recorriendo los sertones. cuyo costo semanal es de casi cien mil réis.

con la larga cabellera agitada por el fuerte viento. El ministro respondió que no había en ese estable­ cimiento ninguna vacante y el presidente volvió a dirigirse al prelado para ponerlo en conocimiento de la admirable resolución del gobierno. extendida por la línea de cum­ bres dibujó un camino luminoso en la montaña. la cabeza baja. El. creciendo en la imaginación popular. El Conselheiro continuó sin tropiezos su misión perturbadora. entonces el predestinado se subió a ella y ordenó que sólo dos hombres la levantaran y lo que no habían conseguido tantos. providencias que contuviesen al "individuo Antonio Vicente Mendes Maciel que. sin sombrero. buscando convencerlos de ser el Espíritu Santo. Entonces. pidiendo una vacante para el demente en el hospicio de alienados de Río. apoyado en su inseparable bastón. Al llegar a la Santa Cruz. grave y siniestro. La primera oleada de fieles llena la pequeña capilla y los otros per­ manecen afuera. con la respiración agitada. en lo alto. . En otra ocasión — escuché este extraño caso a personas que no se habían dejado arrastrar por el fanatismo— llegó a Monte Santo y ordenó que se hiciera una procesión por la cumbre de la montaña hasta la última capillita que está en lo alto. se sienta en el primer escalón de la tosca escala de piedra y se queda extático. Cayó la noche. contemplando los cielos. sin aliento. Así se abrió y se cerró el ciclo de las medidas legales que se tomaron durante el Imperio. Entre la gente respetuosa penetra en la capilla. entonando cánticos y de­ teniéndose a rezar en los pasos. Al llegar al altar mayor. Antonio Conselheiro. Surgías leyendas. con contrición. predicando doctrinas subversivas. Se le notaba el cansancio. de rodillas sobre la áspera roca. abatido. La mul­ titud anduvo lentamente por el difícil camino. A la tarde se inició la ceremonia. No vamos a referirlas todas. iba adelante. el presidente de esa provincia se dirigió al mi­ nistro del Imperio. Ante tal reclamación. . se esforzaban en balde diez obreros para levantar una pesada armazón. la mirada perdida en las estrellas.Presidente de la Provincia. el contemplativo se levanta. hacía un gran mal a la religión y al estado distrayendo al pueblo de sus obligaciones y arrastrándolo detrás de sí. levanta el rostro pá- . . lo realizaron rápidamente dos sin ningún esfuerzo. Fundó el pueblo de Bom Jesús y cuentan las gentes que en cierta ocasión. . Los penitentes encendieron las antorchas y la procesión. . cuando se construía la bellísima iglesia que ahí está.

prefiere una tabla sobre la que se echa sin mantas. Se irritó y para enfrentar la situación. sino porque era dominado por las aberra­ ciones populares. Estas y otras leyendas son todavía corrientes en el sertón. la reacción fue creciendo y le agrió el ánimo. largas barbas bajando por el pecho. Y la multitud se estremece de asombro. Un día. Era la clásica protesta. una vieja figura de peregrino a la que no faltaba el tradicional crucifijo colgado a un costado de la cintura y el manto polvoriento y gastado y el bidón de agua y el gran bastón. Dominador incondicional. — No puedo. Obedecía a la finalidad de los viejos impulsos ancestrales y subyugado por ella. sin sacarse siquiera las sandalias. comenzó a irritarse ante la menor contrariedad. Se sacudió el polvo de las sandalias. evidenciaba en todos sus actos la implacabilidad de un gran evangelista. — Hermano. estando ausente el párroco. a veces. como hombre práctico que era. le ofrece un lecho. El párroco le da alimento. Es natural. No arrastraba al pueblo sertanejo porque lo dominaba. El sacerdote llegó y vio la invasión de sus dominios. Entonces el peregrino lo miró durante un rato y sin decirle una palabra. el singular huésped que hasta ese momento apenas ha dicho palabra. — Déjame entonces hacer el vía crucis. en Natuba. apenas le acepta un pedazo de pan. yo debo hacerlo — le contestó de nuevo el sacerdote. el absurdo de ser útil. El medio lo favorecía y él realizaba. apeló al egoísmo humano. la Iglesia no te permite predicar. apareció y ordenó cargar piedras para hacer reparaciones a la igle­ sia. Especie de gran hombre al revés. HEG1RA HACIA EL SERTON Sin embargo.lido orlado por los cabellos desaliñados. . Al otro día. vestido. con quien se llevaba mal. Cierta vez. largos cabellos despei­ nados por los hombros. inofensiva y serena de los apóstoles. le pide al cura que le conceda predicar en la fiesta que se va a realizar en la iglesia. sacó debajo de su túnica un pañuelo. Una inexplicable placidez le había amortecido la neurosis. Dos lágrimas ensangrentadas ruedan por el rostro inmaculado de la Virgen Santísima. cierto vicario de una parroquia sertaneja ve llegar a su puerta a un hombre extremadamente delgado y abatido. . . Y partió. no tienes órdenes. Antonio Conselheiro reunía en su en­ fermo misticismo todos los errores y las supersticiones que forman el coeficiente de reducción de nuestra nacionalidad.

El derrocamiento de la tropa les preanunciaba persecuciones más vigo­ rosas y seguros del amparo de la naturaleza salvaje. No buscaron más los poblados como antes. la feligresía era pobre. El templo estaba en ruinas. Estos no superaban en aquella época los doscientos hombres. a pedido del mismo párroco. Desde 1895 adoptó una posición combatiente comple­ tamente nueva.Días antes. Reunió al pueblo en un día feriado y entre gritos de sedición y estallidos de cohetes. La tropa los alcanzó en Maceté. con altanería que chocaba con su antigua humildad. El apóstol no acep­ tó la invitación. Los treinta policías. las autoridades habían impuesto a los propietarios la cons­ trucción de aceras frente a sus casas. El Conselheiro esta vez no se limitó a sacudir sus sandalias. el cura cedió las pie­ dras acumuladas ante la iglesia. sitio abrupto y estéril entre Tucano y Cumbe. Fueron totalmente desbaratados. Después tomó conciencia de la gravedad de lo hecho y dejando la aldea. Sólo podía renovar esas cosas el hombre que convencía a los matutos crédulos. donde se fijaba la cobranza de los im­ puestos. Antonio Conselheiro se encontraba en Bom Conselho. El acontecimiento había tenido repercusión en la Capital de donde partió una fuerza policial para prender al rebelde y diezmar a los sedi­ ciosos. los creyentes acompañaron la hégira del profeta. Decretada la autonomía de los municipios. Tiempo después. un político influyente del mismo lugar lo llamó. en las cercanías de las sierras del Ovó. atacaron impetuosamente a la turba de penitentes. bien arma­ dos. Contempló a la República con malos ojos y predicó la rebeldía contra las nuevas leyes. la afrenta recibida. dándose a la fuga que fue encabezada por el propio comandante. Habló en esa especie de auto de fe que la debilidad de las auto­ ridades no impidió y predicó abiertamente la rebelión contra las nue­ vas leyes. Esta minúscula batalla tendría más adelante muchas copias ampliadas. Realizada la hazaña. ordenó que se quitaran las tablas y se quemaran en una hoguera en el centro del lugar. las autoridades de las loca­ lidades de Bahía habían mandado colocar las tradicionales tablas. contaban con la victo­ ria encerrando entre las caatingas a los nuevos contendores. etcétera. Dieron de frente con los jagunqos temerarios. Pero lo hizo con palabras discriminatorias. Y al aparecer esta vieja novedad. para ese fin. La imposición lo irritó. tomó por el camino de Monte Santo hacia el norte. . seguros de des­ truirlos con la primera descarga. que sustituían a los edictos impresos. recordando. En efecto. La originó un suceso de poca monta. Le salió de la boca la primera maldición y partió de la ciudad ingrata. Lo iban volviendo malo. los pastos habían invadido el cementerio. Ahora buscaban el desierto.

los ranchos vacíos. planicies estériles y por largos días. Era el lugar sagrado. de donde re­ tornaron sin aventurarse por el sertón. desde Bahía. estaba en plena decadencia: los campos abandonados. De ese año data su renacimiento y rápido crecimiento. ampliándose en poco tiempo. Informaciones manuscritas (1 8 9 8 ) 197. una población sospechosa y ociosa "armada hasta los dientes” y "cuya ocupación casi exclusiva consistía en beber aguardiente y pitar unos ex­ quisitos cigarros de un metro de extensión” * de tabaco naturalmente provisto por las solanáceas (canudos-de-pito) exuberantes y abundantes a orillas del río. . según el testimonio de un sacerdote que como tantos otros. en la Troya de la banda de jagungos. vicario de Itu. siguiendo un rumbo prefijado. en número de ochen­ ta plazas de línea. y en lo alto de una explanada del cerro. Así es que antes de la llegada del Conselheiro. como la mayoría de los que yacen desconocidos por nuestros sertones. . iba a convertirse. Lo había recorrido entero en una romería ininte­ rrumpida de veinte años. sin embargo. Conocía el sertón. Los creyentes lo acompañaron. no se hizo ilusiones con la inexplicable huida que lo había salvado. donde no penetraría la mano del gobierno maldito. allí se aglomeraban como agregados al establecimiento por entonces floreciente. destejada. por los caminos sertanejos. . a la que se juntaban cada día decenas de prosélitos. . Pero no siguieron más allá de Serrinha.éstos partieron. circundado por montañas. Conocía lugares ignotos de donde no lo sacarían. Ya en 1876. la marcha era guiada por las letanías y el paso tardo del profeta. había sido nombrado por el vicario de Cumbe para hacer una visi­ ta espiritual a esas gentes completamente aisladas del mundo. No preguntaron adonde iban. en ruinas. en 1895. . lentamente.P. el oscuro lugarejo ya tenía. V CANUDOS: ANTECEDENTES Canudos. sin pérdida de tiempo. Antonio Conselheiro. La aldea efí­ mera de los matutos ociosos. la antigua residencia señorial. Cuando aquél llegó. Siguió el rumbo del norte. muchos gérmenes de desorden y crimen. viejo establecimiento de ganado a orillas del Vaza-Barris. * Padre V. Atrave­ saron serranías abruptas. en 1890 era una tapera de cerca de cincuenta ranchos de palo-a-pique 1 9 G . Arrastró a la muchedumbre de fieles.F. centralizada por la vieja iglesia que ya exis­ tía. reducida a sus paredes externas. Tal vez ya los había señalado previendo futuras vicisitudes.

caballar. partiendo de todos los puntos. Las sustituía un dédalo desesperante de caminitos estrechísimos. extraordinarias cantidades de ganado vacuno. subiendo por las colinas. lugar escogido por Anto­ nio Conselheiro como su centro de operaciones. esos grupos se unían en los caminos y llegaban al fin juntos a Canudos. Solitarios al principio. Itabaiana y otros lugares lejanos. Tucano. caprino. sucesivos grupos de pobladores oriundos de las aldeas y villas más re­ motas . Causaba dolor ver pues­ tos a remate. Mundo Novo. agachado y cubriendo un área enorme. CRECIMIENTO VERTIGINOSO No sorprende que hacia allá convergieran. en las ferias. La urbs monstruosa. Así cambiaban las comarcas. Itapicuru. con los frentes vueltos hacia cualquier punto. hasta casas y terrenos. . quedaron deshabitadas. revuelto entre las cumbres. Documento ineludible. Entre Ríos. No se distinguían calles. * Baráo de Jeremoabo. de a pedazos entre los cerros. . de barro. La edificación era tan rudimentaria que se hacían hasta doce casas por día y a medida que se extendía. Era la objetivación de aquella inmensa locura. El anhelo era vender. etcétera. ya en ruinas. Cumbe. Monte Santo. Visto de lejos. Natuba. La población crecía vigorosamente. El poblado nacía. Aquello se construía al azar. proveían constantes contingentes. Macacará. definía bien la civitas siniestra del equí­ voco. Jacobina. cortado por las quebradas. Los pocos viajeros que se arriesgaban por aquel sertón se topaban con grupos sucesivos de fieles que marchaban cargados de fardos. por precios irrisorios. . conseguir algún dinero e ir a compartirlo con el Santo Conselheiro. cuerpo del delito que tes­ timoniaba acerca de las rebeliones de un pueblo. además de otros objetos. esa tapera colosal parecía dibujar el aspecto moral de la sociedad que allí moraba. que apenas separaban la barahúnda caótica de los ranchos construidos al azar. Jeremoabo. amplio y alto. en el lapso de semanas. llevando en canastas sus toscos mobiliarios y sus oratorios. hacia el lugar elegido.Su interesante topografía se amoldaba para la imaginación de aquellas simples gentes al primer escalón. tal fue el aluvión de familias que subían hasta Canudos. . Bom Conselho. tenía el aspecto de una ciudad que hubiese sido sacudida por un terremoto y brutalmente revuelta 1 9 9 . demencialmente. Uauá y otros lugares cercanos. Inhambupe. Nacía viejo. . Dice un testimonio * 198: "Algunos sitios de esta comarca y de otras ve­ cinas y hasta del Estado de Sergipe. de su subida a los cielos.

Aparecía de golpe. un atrio que al mismo tiempo servía de cocina. Entre éstas. advertía algunos trastos escasos y groseros: un tosco banco. reproduciendo los piques antiguos. unos santos mal confeccionados. A cierta distancia era invisible. sin la elegancia de las lanzas. la lanza de los cangaceiros larga como una espada. una bolsa colgada del techo y las redes. comedor y recepción y lateralmente. La au­ sencia de calles. en sus modalidades evolutivas. una alcoba oscurísima. La inco­ modidad y sobre todo. que sólo se descubría por una puerta estrecha y baja. en cierto modo. pesadas. Por fin. Era todo el mobiliario. que mostraban la religión mestiza: San Antonios proteiformes y africanizados. las armas que evocaban estadios remotos en el tiempo: el facón jacaré de hoja larga v fuerte. traducía. Cubiertas de capas espesas de veinte cen­ tímetros de barro sobre ramas de icó. dos o tres banquitos con forma de butacas. y las espingardas. el rancho de techo de barro de los jagungos equiparado a los wigwan de los pieles rojas. amplísima. Y nada más necesitaba esa gente. Eran una fase transitoria entre la caverna primitiva y la casa. como fetiches.orientados hacia todos los rumbos. Cuando la mirada se acostumbraba a la penumbra de esas habitacio­ nes exiguas. . en una vuelta cualquiera del Vaza-Barris que la limitaba por el este y el sur. la pobreza a niveles repugnantes. desde el trabuco mortal. Nada más. recordaban las cabañas de los galos de César. por su falta de cal. capaz de destrozar piedras. las casas eran una parodia grosera de la antigua morada romana: un vestíbulo exiguo. Si las edificaciones. especie de balde de cuero para el transporte del agua. imá­ genes de líneas duras. con el suelo. Canudos surgió con un aspecto entre campamento de guerrilleros y vasto kraal africano. más que la miseria del hombre la decrepitud de la raza. la aguijada de tres metros de largo. desde las de caño fino hasta la "legítima de Braga” cebada con plomo. Marías Santísimas feas como Megeras. Ni camas ni mesas. Hechas de palo-a-pique y divididas en tres habitaciones minúsculas. un par de cestas de cipó y la bolsa de caza hecha con fibras de caraoá. porras huecas y llenas hasta la mitad de plomo. igual número de cajas o ca­ nastas. imitando el mismo aspecto burdo del conjunto. En éste. en gradaciones completas. Se confundía. como formando una vivienda única. Al fondo del único dormitorio. . Arrimados a los ángulos se veían insignificantes acce­ sorios: el bogó. . extendida por las colinas y destinada a abrigar por poco tiempo al tumultoso clan de Antonio Conselheiro. las plazas que aparte la de las iglesias no eran nada más que el fondo común de las casas y los ranchos pegados unos a otros. hasta la de caño fino y pequeño calibre. como si todo hubiese sido construido en una noche por una multitud de locos. objetivan la persona­ lidad humana. un tosco oratorio. sugería un paralelo deplorable.

el del Cambaio. . ondulando. Al principio. Llegaban cansados de su larga jornada. Venían de todas partes. y el del Rosario. rasgadas por lajas apenas revestidas en pocos lugares por un montón de bromelias y en algunos otros por cactos erguidos y solitarios. careando sus haberes. Ceará. insinuándose en los desfiladeros de Cocorobó. algunas quixabeiras se agrupaban formando un huerto salvaje. . que se prolongaban. después comenzaron a salpicar. A mitad de la ladera. abarcando todo el poblado con un lecho exca­ vado y hondo como un foso. A la noche se encendían las hogueras en los ranchos de los peregrinos. y tras­ puestas las últimas vueltas del camino. estrechísimos. Como pos­ tigos de un baluarte inmenso. que suecesos posteriores denominarían de la Provi­ dencia. Acampaban a gusto en lo alto de las cumbres. y otros. Al sur. estrangulado entre las cumbres del Caipá. Por estos caminos y estas entradas. Allí aparecen quebradas de bordes a pique. al sesgo. junto a las laderas del Calumbi. Las lejanas montañas la encerraban en una elipse de ejes dilatados. ensanchándose. el Umbiranas. éstas se apiñaban próximas a la depresión en que estaba erigida la primitiva iglesia y descendían desnivaladas. un contrafuerte. sin una sola mata. cuando divisaban el campanario humilde de la antigua capilla. hasta la costa del río. pero felices. se veía la antigua casa del establecimiento ganadero. los pasos o gargantes de los caminos: el de Uauá. . el terre­ no escabroso. terminado de golpe en barranca a plomo sobre el río y éste. Una faja fulgurante rodeaba la aldea v al unísono resonaban las voces de la multitud de penitentes en la me­ lopea plañidera de los benditos. Cuando clareaba la mañana. caían de rodillas sobre el áspero suelo. cada vez más lejos. uniformes. ruedan afluentes efímeros que tienen falsos nombres de ríos: el Mucuím. Habían llegado al término de su romería. golpeado al sur por las laderas de la Favela y dominado al oeste por las lomas más altas de faldas escarpadas. .La rodeaba una naturaleza muerta: paisajes tristes. sucesivas cara­ vanas de fieles. hacia el este se abría en planicies onduladas. la Canaan sagrada que el buen Jesús aislara del resto del mundo con un cinturón de sierras. de ahí en más. el monte de la Favela se levantaba a mayor altura y a sus pies. en ruinas. en invierno. Por fin pisa­ ban la tierra de promisión. hasta las distantes serranías. Estaban a salvo de la pavorosa hecatombe que vaticinaban las profecías del evangelizador. abiertas por las erosiones intensas y por las cuales. Pernambuco y Sergipe. en declive. se entregaban a la tarea de construir sus cabañas. el de Jeremoabo. el morro de los Pela­ dos. colinas desnudas. Canudos. se abrían. Por un lado. solitaria. rodeada casi por entero por el Vaza-Barris. esparcidas. . cerca y dominante. llegaban al pueblo naciente al fon­ do de los sertones de Piauí.

siguiendo un eje orientado hacia el norte. 200. Marginaban el de Jeremoabo. trasponiendo el río y contorneando la Favela. no se revelaban a la distancia. de modo que con un golpe de vista se aquilataban las condiciones de la defensa. Cubiertos por lajas de piedra y ramajes de macambiras. esparcidas por los cerros a manera de garitas. saltando el alto de la Favela o las laderas que caen sobre el río Sargento. Si se venía del sur. Se disponían formando líneas iregulares de ba­ luartes. La plaza de la iglesia. La revoltosa grey no buscaba los horizontes. por el Rosario o Calumbi. bor­ deando los caminos. Su curso rodeaba. La aldea parecía dispuesta para el choque de cargas fulminantes. subiendo poco a poco en un plano inclinado semejando un extenso valle en declive. subiendo más esparcidas por las faldas del este y salpicando los altos de los morros minados de trin­ cheras. De hecho. la depresión en que se erigía el poblado que que­ daba cerrado al este por las colinas. torcía hacia el norte convertido en un hondo cañón. el caserío aparecía expuesto. por los abruptos declives. la guardaban al oeste. enfilando hacia todos los caminos. planos de fuego rasantes al suelo vueltos hacia todos los rumbos. cerrando toda la bajada. pensaría en ranchos solitarios. . refugio de vaqueros inofensivos. . Sin embargo. Se sucedían escalonadas. Cada una era una casa y un reducto. el viajero que las observara. y al sur por la montaña. oprimido entre las últimas casas y los escalones a pique de los morros más altos. Porque la ciudad salvaje tuvo desde el principio. tenía condiciones tácticas excelentes. puntilleaban el del Rosario. demarcaba su área más baja. se encar­ . quedaba sorprendido como ante una trampa. Desde allí. Cuando se acercaba. al oeste y al norte por las laderas de las tierras más elevadas que desde allí se dirigen a los contrafuertes extremos del Cambaio y del Caipá. el Vaza-Barris. en un plano inferior. bajando escalonadamente hasta el río. El enemigo. un formidable círculo de trincheras cavadas en todas las cumbres. se erigían en una y otra margen del Vaza-Barris. al contrario. Allá adentro se apre­ taban las casas. rodando impetuosas con la fuerza viva de la caída. Cerrada al sur por el morro.Construcciones ligeras. Viniendo del este. podía asediarlos golpeándolos en todas las calles con una única batería. Se desparramaban por los cerros que se sucedían innumemrables siguiendo el rumbo de Uauá. al encontrarse de pronto ante un caserío compacto. distantes del núcleo compacto del caserío. Las habría com­ prendido algún Vauban inculto. se expandía. Canudos era una tapera dentro de una urna. libre de las faldas escarpadas. junto al río. En apariencia eran deplorables. circundaba. una muralla y un valle. que parecían obedecer a un plan de defensa. acompañando su rápido crecimiento.

a la manera de un grupo de pólipos humanos. No les servirían. limi­ taban el mundo a la línea de serranías que los ceñían y no pensaban en instituciones que les garantizaran destino en la tierra 203. sin órganos y sin funciones espe­ cíficas. . en el cual las leyes las dictaba el arbitrio del jefe y la justicia derivaba de sus irrevocables decisiones. A falta de hermandad sanguínea. la población tenía agravadas todas las con­ diciones de su estadio social inferior. masa inconscien­ te y bruta. POBLACION MULTIFORME Así fue que en poco tiempo. desde el creyente fervoroso que abandonaba las comodi­ dades de la vida en otros lugares. Es natural que absorbiese. intactas. que crecía sin desarrollarse. Canudos era el cosmos. . . de fetiche de carne y hueso. todas las tendencias del hombre extraordinario en el cual la apariencia proteica — de santo exiliado en la tierra. El sertanejo simple se transformaba en el fanático temerario y bruto. Lo absorbía la psicosis colectiva y adoptaba el nombre que hasta entonces estaba consagrado a los turbulentos y a los valentones de las refriegas elec­ torales y saqueadores de ciudades: jagungos201. el último descanso en la travesía de un desierto: la Tierra.celaba. En esa hermosa región. una escala terminal de donde saldrían sin tardanza. la población constituida por los más dispa­ res elementos. por última vez. inmersas en un sueño religioso. habían escogido precisamente. Y éste era transitorio y breve. un punto de paso. donde las líneas de las cumbres se resuel­ ven en las altiplanicies. sólo por la yuxtaposición mecánica de las sucesivas levas. la consanguinidad moral les daba la forma exacta de un clan. de bonzo claudicante— estaba adrede tallada para revivir los estigmas degenerativos de las tres razas 202. REGIMEN DE LA URBS Allí se estableció un régimen modelado por la religiosidad del apóstol extravagante. . vivían bajo la enfermante preocupación de la otra vida. se convirtió en una comunidad homogénea y uniforme. Aceptaban a ciegas todo cuanto les enseñaba. . en la romería milagrosa hacia los cielos. sus tiendas. Los jagungos errantes armaban allí. un trecho que recordaba un vallado enorme. Canudos era una estereotipia de los primeros agrupamientos bárbaros. Subyugada por su prestigio. hasta el bandido suelto que llegaba con su carabina al hombro en busca de campo nuevo para sus hazañas.

Por eso la propiedad se les volvió una forma exagerada del colectivismo tribal de los beduinos 204: la apropia­ ción personal. El profeta les había enseñado a temer el pecado mortal del bienestar más fugaz. No le importaba que errasen si todas las impurezas de una vida infame salían finalmente. Se veían bien viéndose en andrajos. la indiferencia por la felicidad sobrenatural inminente. .No querían nada de esta vida. de alguna manera. Los recién venidos le entregaban al Conselheiro el noventa y nueve por ciento de lo que traían. * Montanus ne prenait même pas la peine d’interdire un acte devenu absolument insignifiant. Su deprimido sentido moral sólo comprendía la posesión de éste por el contraste de las amarguras soportadas. la terapia infalible contra la ponzoña de los ma­ yores vicios. los hacía despojarse de las bellas cualidades morales larga­ mente aprendidas en la existencia patriarcal de los sertones. incluyendo los santos que se destinaban al santuario común. Los hijos espurios no llevaban en la frente la señal infamante de su origen. De todas las páginas de los catecismos que había deletreado le queda­ ba un precepto único: Bienaventurados los que sufren . La tentativa de ennoblecer la existencia en la tierra. No es de admirar que se diese en Canudos una promiscuidad sin freno. impli­ caba. Voluntarios de la miseria y del dolor. Renán. . El sufrimiento duro era la absolución plenaria. cuyos dueños recibían una exigua parte quedando el resto para la compañía. sólo de los objetos muebles y de las casas. Casi una impiedad. p. eran venturosos en la medida de las privaciones sufridas. Se sentían felices con las migajas restantes. Para Anto­ nio Conselheiro — y también en este punto copia viejos modelos histó­ ricos— la virtud era como el reflejo superior de la vanidad. 215. Les sobraban. pasó por debajo del árbol del bien y del mal”. el olvido del más allá maravilloso. de los pastos. Al enterarse del caso escandaloso en el que la lubricidad de un des­ variado había maculado a una incauta doncella. . Este desprendimento llevado hasta las últimas con­ secuencias. gota a gota. du moment que l’humanité en était à son dernier soir. Marc-Aurèle. Que los hombres se comportaran mal o bien era una cuestión sin im­ portancia *. la situación dehonrosa de los bancklings entre los germanos. El extremo dolor era la extrema unción. la comunidad absoluta de la tierra. tuvo una frase feroz­ mente cínica que los sertanejos repetían. de los rebaños y de los escasos pro­ ductos de los cultivos. por el vertedero de las lá­ grimas. Eran legión. sin aquilatar su torpeza: "Siguió el destino de todas. La porte se trouvait aussi ouverte à la débauche.

que pasaba días alimentándose sólo con un platito de harina. siniestros héroes de faca y cuchillo. las garantías de su auto­ ridad inviolable. la justicia era. Se creaba una delincuencia especial traducida por una inversión completa del concepto de crimen. Inexorable para las culpas pequeñas. Antonio Conselheiro dominaba la aldea. nula para los grandes atentados. como si volviese de un festín. se veían diariamente presos por los que habían cometido la leve falta de algún homicidio. como todo lo demás. Por natural contraste. Se cuenta que cierto día lo fue a visitar un creyente rico de las cercanías. a los que habían perpetrado el abominable crimen de faltar a los rezos. Predicaba entonces los ayunos pro­ longados. POLICIA DE BANDIDOS Gracias a su mano fuerte. . Daba el ejemplo haciendo saber por los fieles más íntimos. cuando el cataclismo inminente vendría en breve a apagar para siempre las uniones más íntimas. sus ayudantes predilectos. Llegaban allí entre­ mezclados con los matutos crédulos y los vaqueros ilusionados. a dispersar los hogares y a confundir en el mismo vórtice todas las virtudes y todas las abominaciones. aunque no lo estimulaba. la lenta extinción de la vida. antinómica en el clan policial de los facinerosos. por las privaciones y por el martirio. Es posible que fuera la intención recóndita de Antonio Conselheiro. co­ rrigiendo a los que salían de las huellas trazadas. repleto. Estando en los últimos días del mundo no iba a perder el tiempo agitando preceptos vanos. implantando penas severísimas. La extraordinaria secta — caso de simbiosis moral en la que el ideal cristiano surgía monstruoso dentro de aberraciones fetichistas— tenía sus mejores representantes en los Bautistas truculentos. Canudos era la muerte de afamados facinerosos. Y fueron éstos. eran sus mejores discípulos. más adelante. Se ejercía. Lo que urgía era anticiparlo. capaces de cargar las cara­ binas homicidas con las cuentas del rosario. En los consejos diarios no hablaba de la vida conyugal ni ponía normas a las parejas. los preparaba para las estrecheces de los asedios. sobre las faltas más tenues. las agonías del hambre. toleraba el amor libre 205. En la cárcel paradojalmente establecida. No de otro modo se comprende que permitiese la permanencia en la aldea de indi­ viduos cuya índole se contraponía a su placidez humilde. . Repartió con él su escasa refacción y éste — milagro que impresionó a la aldea entera— salió del minúsculo banquete. los más queridos del singular hombre.Porque el dominador. . Este régimen severo tenía un doble efecto: por la debilidad volvía más vibrátil la inervación enfermiza de los creyentes y al mismo tiempo. quizá previstos. Y era lógico.

para realizar las "mazorcas” periódicas que la ley llama "elecciones”. El contrabando sacrilego fue inutilizado. provisoriamente. eufemismo que entre nosotros es el más vivo rasgo de las osadías del lenguaje. unos troperos inexpertos. una horda tomó posesión de la villa. las tropelías coman­ dadas por valentones de nota se volvieron alarmantes. Partían de allá bandas turbu­ lentas que atropellaban los alrededores. apelaban al Conselheiro. por ejemplo. tuvieron una sorpresa. Pero cuando descargaron en la plaza la valiosa carga. por invadir con su profesión las atribuciones sagradas del vicario. las expediciones eran sugeridas por indicaciones locales. como siempre lo hizo. la sitió. se asaltaban lugarejos. echó a las autoridades comen­ zando por el juez del lugar 20 7 y como entreacto hilarante de la razzia escandalosa. era un delito serio. fueron a Canudos llevando algunos barriles del líquido prohibido. Una sólida experiencia le había enseñado al Conselheiro todos los peligros que derivan de este hachís nacional. en el cuartel de las guardias pretorianas de los capangas que de allí salían. Pero fuera del poblado podían armarse desórdenes. venidos de Juázeiro. Muchas veces. transforman la fantasía del sufragio universal en la maza de Hércules de nuestra dignidad. para des­ trozar las actas. el dolor de las docenas de latigazos recibidos. Canudos se convertía entonces. Los asaltantes volvían con los despojos a la aldea. El caso es revelador. amargos panes con que los había obsequiado esa ingrata gente. Llevaban el eterno cómplice de las horas ociosas de los matutos. la soberanía popular. se conquistaban ciudades. siguiendo rumbos preciosos. En 1894. cierta vez. En un dilatado radio alrededor de Canudos se saqueaban haciendas. Algunos fieles ricos tenían veleidades políticas. Los grandes conquistadores de urnas que. el bandidismo sertanejo. Cualquier tropelía era permitida si aumentaba el patrimonio de la grey 206. en lugar de la ganancia apetecida. abiertos los barriles a fuerza de hachazos. torturó al escribano de los casamientos que se vio en figu­ rillas para impedir que los sarcásticos creyentes le abrieran una amplia y tosca coronilla. No estaba interdicto por ser un vicio sino para prevenir desórdenes. En Bom Conselho. Llegaba la época de las elecciones. Los atraía el lucro resultante. donde nadie les tomaba cuenta de sus desmanes. originándose una calurosa e inútil discusión en la Asamblea Estatal de Bahía. para reforzar a palos y a tiros. dice el testimonio unánime de la población sertaneja.El uso de aguardiente. ¡Ay del dipsó­ mano incorregible que se atreviera a romper la interdicción impuesta! Se cuenta que. Y llegaron a des­ pertar la atención de los poderes constituidos. Nuestra civilización alimentaba. a ejemplo de miles de comparsas diseminados en este país. Y se volvieron llevando en las manos. .

niños. Santo Antonio Aparecido Dos castigos nos livroul Quern ouvir e nao aprender Quern souber e nao ensinar No dia do Juízo A sua alma penará! * Estas viejas cuartetas que guarda la tradición. . inofensivos en tanto inválidos. digamos a falta de otro término — porque no hay pala­ bra que signifique tumulto disciplinado— un orden inalterable. Lo cierto es que abría a los desventurados las despensas repletas por las limosnas y por el trabajo comunitario. la última peni­ tencia: la construcción del templo. sus mejores creyentes: mujeres. A poesía Popular no Brasil. Allí per­ manecían. era la savia vigorosa de la aldea. Quizá así lo entendía el Conselheiro. sambenitos de alguna penitencia que era su propia vida. del T . allí los aguardaba al final de la jornada. Pero en la aldea. dificultoso por las muletas o las anquilosidades. enfermos. / Quien oye y no aprende.). Traducción de los versos populares: “Del cielo vino una luz / que Jesucristo mandó. Vivían parasitariamente. un misionero. . El escritor transcribía esas cuartetas en 1879. recordaban al infeliz los primeros días de su vida atormentada y le avivaban. en el camino hacia la felicidad eterna. San Antonio Aparecido / del castigo nos libró. por ventura. viejos. donde lo tenían por San Antonio Aparecido” . en apariencia inútil. E L TEMPLO Además de esto. esos asaltos constituían una enseñanza.Ahora bien. Eran los elegidos. Con tan pocos recursos fanatizó a las poblaciones que visitó. bienaventurados porque el paso tardo. ¡Ya en 1879!. (N . felices de tener sobre los hombros harapos inmundos. precediéndolas con el siguiente comentario: “Era. de la solicitud del jefe que era para ellos un santo protector y al cual saludaban entonando versos que hace veintitantos años corren por los sertones: Do céu veio urna luz Que ] esus-Cristo mandou. Eran ejercicios prácticos indispensables para la preparación de batallas más peligrosas. los últimos rasgos de vanidad en la comparación ventajosa con el santo milagrero por excelencia 2 0 8 . Eran útiles. . a su manera. Comprendía que aquella masa. * Silvio Romero. Y las toleraba. significaba la celeridad máxima. / el Día del Juicio / su alma perderá” . exigía. / quien sabe y no enseña.

Durante mucho tiempo tendría ese aspecto anó­ malo. el resto del pueblo trabajaba en la misión sagrada. . Desde la madrugada. . impasible. Era frágil y pequeña. Retrataba de­ masiado en su modesto aspecto. mole formidable y bruta. de estilo indescifrable. muchas veces se estremecía al verlo pasar lentamente sobre los tablones oscilantes. Debía surgir. . De Alagoinhas. de fortaleza y de templo. antes que las dos torres. hormigueando abajo. lo transfigurase. de la población de Tucano y de Itapicuru hacia allá se marchó. No se asombraban los recién llegados de los cuadros que se les pre­ sentaban. donde resonarían más tarde las letanías y las balas. No faltaban brazos para la tarea. Era rectangular. Era su gran obra. informe y brutal. muy altas. Bom Conselho y Simáo Dias hubo gran abastecimiento de ganado. Las paredes gruesas recordaban murallas de reductos. El pueblo. encabrioladas en un delirio de curvas incorrec­ tas: rasgada de ojivas horrorosas. mascarada de frisos grose­ ros y volutas imposibles. vuelto una cariátide errante sobre el edificio monstruoso. la pureza de la religión antigua. sin módulos. Allí pasaba los días. Era necesario que le contrapusieran la arx monstruosa. Feira de Sant’Ana y Santa Luzia partían toda clase de auxilios. . La mitad. De Jeremoabo. levantada por los músculos gastados de los viejos. guardaban la comarca. mientras unos se entregaban al cultivo de las tierras o conducían los rebaños de cabras. Comenzó a levantarse la iglesia nueva. Debía ser como fue. la suprema piedad y los supremos rencores. el desorden mismo del espíritu delirante210. erigida como si fuese el molde monumental de la secta combatiente. en el transporte de los mate­ riales. y otros. sin un temblor en el rostro bronceado y rígido. o metían a saco las aldeas próximas. La había delineado el mismo Conselheiro. a piedra y cal. Viejo arquitecto de iglesias. el nuevo templo se levantaba al otro lado de la plaza. her­ manando en el mismo ámbito. dispersos en pique­ tes vigilantes. Le sentaba la forma ambigua de santuario y de antro. 209. sobre los andamios altos y bam­ boleantes. por decir así. No escasearon refuerzos y recursos para la sociedad acampada en el desierto. sin reglas. La levantaba vuelta hacia el levante. de la extrema debilidad humana. como si quisiera objetivar. . Es que la catedral admirable de los jagungos tenía la elocuencia silen­ ciosa de los edificios de que nos habla Bossuet. la construyó como el monumento que cerraría su carrera. Enfrentado al antiguo. sin pro­ porciones. por los brazos leves de las mujeres y los niños. con la osadía de un gótico rudo e imperfecto. Los tomaban como prueba obligatoria que les desafiaba la fe.La antigua capilla no bastaba. con su fachada estupenda. vasto y pesado.

.CAMINO AL CIELO Los ingenuos cuentos sertanejos les habían revelado desde hacía mucho tiempo los caminos fascinantes y traicioneros que llevaban al infierno. rápida. . horrendo. es la tierra de promisión donde corre un río de leche y las barrancas son de maíz” *. corrompi­ das de pecados viejos tardíamente penitenciados. Y sus resplandores encuadraban la escena medio ahogada en las sombras. . no es nece­ sario trabajar. la multitud se dividía en dos grandes grupos según el sexo. pobre vestíbulo del cielo. Fulguraban las hogueras que por costumbre se encendían alrededor de la plaza. mal anunciada por el crepúsculo sertanejo. entre los flancos como torres de las colinas. LAS ORACIONES Al caer la tarde. Cesaban los trabajos. Resonaba en los aires el coro del primer rezo. vestidas con sus capo­ tes negros semejantes a la holandilla fúnebre de la Inquisición. Muchos habían ido alentando esperanzas singulares. Canudos. la voz de la campana llamaba a los fieles para la ora­ ción. Se arro­ dillaba. aterrador. émulas de las brujas de las iglesias. desenvueltas y despejadas. Allí. Llegaba la noche. Miraban el Vaza-Barris seco o arastrando las aguas barrosas de las crecientes. o mejor. inmunda antesala del paraíso. pero no se despedían de su misticismo la­ mentable. . porque en los otros lugares todo está contaminado y perdido por la República. las solteras. De acuerdo con una antigua práctica. El pueblo se derramaba en la plaza. Y en cada uno de ellos una mezcla enorme de contrastes. . . Llegaban. . por capricho del Conselheiro. sueltas en un ocio sin frenos. las muchachas * Véase el resumen de Fr. término que en los sertones tiene el peor de los significados. Joáo Evangelista de Monte-Marciano. en cambio. "Los secuaces de la secta se ocupan de persuadir al pueblo de que todo el que se quiera salvar debe ir a Canudos. debía ser así: repugnante. GRUPOS DE VALIENTES Allí estaban las bestias. y se les desva­ necía el milagro feliz. fugitivo y breve como el de los desiertos.

Caras marchitas de viejas. se enmarañaban sin una cinta. Pero no se los distingue en esos momentos por la altivez del gesto o la actitud provocadora de los velentones. están al frente del conjunto. frentes adorables mal tapadas por los pelos despeinados. En la mortecina claridad de los braseros se destacan sus variados per­ files. el grupo varonil. mostrando idénticos contrastes: vaqueros rudos y fuertes. Greñas maltratadas de criollas retintas. todos los colores. Madonas unidas a furias. cabellos lacios y duros de las caboclas. se olvida de las diecio­ cho muertes cometidas y de los procesos en rebeldía. todas niveladas por los mismos rezos. un rostro hermoso en el que surgían las líneas de esa belleza inmortal que el tipo judaico conserva inmutable a través de los tiempos. bellos ojos profundos en cuyas ne­ gruras refulgía el desvarío místico. todas se mezclaban en el extraño conjunto. y en menor número. llamando la atención en esos mon­ tones de trapos. únicos atavíos que perdo­ naba el asceta exigente. motas escandalosas de las africanas. Las ropas de algodón o percal. parecían una profanación cruel ahogándose en ese mestizaje repugnante que salmoneaba benditos lúgubres. todos los tipos. las hogueras casi apagadas. . las manos enlazadas sobre el pecho. José Venancio. Lugartenientes del humilde dictador. la armadura de cuero por el uniforme de brin americano. sin una flor. rostros austeros de matronas simples. de cruces. sin una hebilla. lisas y sin elegancia. armados. o de nóminas que encerraban cartas santas. pero más destacados. la mirada traicionera y malvada se les desvanece en una vaga contemplación. felices por el abandono de los ganados. hacendados otrora ricos. Acá y allá. una mantilla o un pañuelo de color apenas atenuaba la monotonía de los vestidos mal lavados. gandules de todos los matices. crepi­ taban. Entonces se destacaba. no aparentaban la mínima pretensión de gustar. A veces. Todas las edades. recatadas y tímidas. un chal de lana. y las honestas madres de familia. madejas castañas y rubias de las blancas legítimas. fisonomías ingenuas de muchachas crédulas.doncellas o las muchachas damas. de benditos. reviviendo al soplo de la brisa nocturna y echaban chorros de luz sobre la turba. residuos de todos los delitos. doblando contrito la cabeza. que cambiaron como héroes en desgracia. el terror de la Volta Grande. De rodillas. echando nubes de humo. o tocado o cofia modesta. de verónicas. . casi reducidos a sayas y camisas destrozadas que dejaban expuestos los pechos cubiertos de rosarios. más compacto. Los prestigia el renombre de arriesgadas aventuras que la imaginación popular novela y ensancha. . Algunos ya son famosos. flacos marimachos en cuyas bocas debe ser pecado mortal el rezo. de dientes de animales. de amuletos.

las manos caídas. medio sacristán. negro fuerte y deforme. Joaquim Tranca-pés. su ayudante inseparable. el audaz Pajeú. . las novedades. Extático. El viejo Macambira. el astuto Joáo Abade. finge que reza. incan­ sable reclutador de prosélitos. igualmente humil­ de. Antonio Beato. La masa restante de los fieles los mira intermitentemente. Joaquim. Fabricio de Cocorobó. próximo a un digno émulo de sus tropelías. inquieto y temerario. el jefe del pueblo. llenas de esperanzas. El ágil Chico Erna. En seguida. especie de Imanus 2 1 1 decrépito. a quien se había confiado la columna volante de espías. el mirar absorto en los cielos. Ajeno a la credulidad general. teniendo a su lado al hijo. que había logrado vengar centenares de conflictos gracias a su rara invulnerabilidad. mulato espigado. poco aficionado a la lucha. Norberto. misionero de escopeta. de Pau Ferro. apartado. apenas se distingue. espiando. de rodillas sobre el trabuco cargado. abraza en su mirada dominadora a la turba genuflexa. En medio de estos perfiles trágicos. que figuraría en un hecho de heroísmo. como si fuera una prolongación. niño arrojado e impávido. la cara contraída en una mueca felina. vigía sin lugar fijo. un creyente abnegado que alcanzaría la primera victoria sobre la tropa oficial. con miradas cariñosas. Era el guardián del Cambaio. Y al frente de todos. José Félix. predes­ tinado a la jefatura suprema en los últimos días de Canudos. que raramente abandonaba el santuario. Lalau. más tarde. de cuerpo tatuado a bala y facón. otro espécimen de guerrillero sañudo. aparece junto a un cabecilla de primera línea. cafuz bruto que con treinta hombres escogidos guardaba las vertientes de la Canabrava. como un traumatismo hediondo. de corazón débil. Antonio Fogueteiro. Vila Nova. corriendo crédulos las cuentas del mismo rosario. medio soldado. el tragicómico Raimundo Boca-torta. dos hermanos encargados del mando de los piquetes de vigilancia en las entradas de Cocorobó y Uauá. escudriñando todos los rincones de la aldea y transmitiendo a cada instante al jefe supremo. pero de espíritu infernal en la prepara­ ción de trampas increíbles. incli­ nando el tórax atlético. del Itapicuru. el comandante de la plaza. que vigi­ laba en Angico. rostro de bronce anguloso y duro. en los intervalos de los kyries de sílabas increíbles. observando. está de bruces en el suelo. según el decir de los matutos. José Gamo. muy de la intimidad del Conselheiro. aparecen unidos. adelgazado por los ayunos. una figura ridicula. flaquísimo. un explorador solitario. Lo completa. . Chiquinho y Joáo da Mota. especie de funámbulo patibulario. el . tallado para los arranques súbitos y osados. pero peligroso todavía. Se le antepone por el aspecto. insinuándose por las casas. Pedráo. de estatura más elegante. hombro a hombro con el Mayor Sariema. Esteváo.A su lado. indagando. Quinquim de Coiqui.

au­ mentando por el contagio irreprimible de la misma fiebre. después un buen Jesús. además de encender diariamente las hogueras para los rezos. rimados todos los benditos. En esa multitud. lanzaban gritos lancinantes. los tañidos y el golpeteo de las . de los mea culpas ansio­ samente susurrados por las gargantas ahogadas y de las primeras excla­ maciones sofocadas. hacían movimientos compulsivos. Era el curandero: el médico. de iluminados. Después levantaba una virgen santa reeditando las mismas acciones. Lo había establecido el Conselheiro. la agitación aumentaba. desequilibrándolas en violentos estremeci­ mientos. encargadas de la ropa y de la exigua refacción de aquél. invadido por la misma aura de locura. Las emociones aisladas se desbordaban. que tenía bajo sus órdenes a las beatas de vestidos azules ajustados con cuerdas de lino. Y se acumu­ laba la embriaguez y el atontamiento de aquellas almas simples. A cada rato. el vocear indis­ tinto de las prédicas balbuceadas a media voz. que miraba todo eso con indi­ ferencia nobiliaria. entonces lo entregaba al fiel más próximo que repetía sin variantes la misma escena. los rezos se prolongaban. lentamente entregados a la multitud ávida.Taramela. confundiéndose repentinamente. salían las últimas entregadas por el Beato. lo apretaba contra su pecho. se desmayaban. En general. tomaba un crucifijo. poco a poco. para no perturbar la solemnidad. Pero el misticismo de cada uno iba. guardián de las iglesias. lo mi­ raba con la mirada de un faquir en éxtasis. todas las cuentas de los rosarios. mayordomo del Conselheiro. Se oían los besos chirriantes. mujeres alucinadas caían en las contorsiones violentas de la histeria y criaturas asustadas se desa­ taban en llanto. entre el estrépito. por todas las manos. asaltaba a la multitud un desvarío irreprimible. Manuel Quadrado. registros. y como si las fuerzas sobrenaturales que el animismo ingenuo daba a las imágenes. verónicas y cruces. Apretando contra el pecho las imágenes babeadas de saliva. que pasaban una por una. innumera­ bles y en aumento. el remate obligado. el encargado del altar. la naturaleza tenía un devoto. Y detrás venían en sucesión. el grupo varonil de los luchadores. por todas las bocas y por todos los pechos. ajeno al desorden. Y un tipo increíble. Era el besado de las imágenes. que vivía investigando el valor medicinal de las plantas. Estallaban ex­ clamaciones entre piadosas y coléricas. aún reprimidas. completando en el ritual fetichista la transmutación del cristianismo incomprendido. penetrase en las conciencias. todavía quedaba la ceremonia última del culto. apagándoles la resonancia sorda. confundiéndose en la neurosis colectiva. Por fin. postrándose profundamente y le imprimía un prolongado beso. todos los santos. Recorridas todas las escalas de las letanías. Antonio Beatinho. cuando las primeras ya alcanzaban las últimas filas de creyentes. como si un tumulto invadiese la asamblea a medida que pasaban las sagradas reliquias.

Derivaba de la misma exacerbación mística. Inopinadamente. Los perfeccionistas exagerados irrumpen entonces. tuvimos de improviso. No podíamos conocerla. encontrarían en ella relaciones anti­ guas. Pero no traslucía el más pálido tinte político. Los aventu­ reros del siglo xvn. Porque esas psicosis epidémicas aparecen en todos los tiempos y en todos los lugares como anacronismos. El jagungo es tan inepto para comprender la forma republicana como la monárquica institucional. los ojos puestos en el límite de la plaza. Es cierto212. ¿POR QUE NO PREDICAR CONTRA LA REPUBLICA P Predicaba contra la República. No la conocíamos. Está en la fase evolutiva en la que sólo se concibe un imperio comandado por un jefe sacerdotal o guerrero. ascendimos. como inesperada he­ rencia. a una sociedad vieja. espigando. entre los demonópatas de Varzenis 21 4 o entre los stundistas de Rusia. todo I9 mejor que existe en los códigos orgánicos de otras naciones. comparte la cuna del renacimiento alemán215. dentro del industrialismo triunfante de América del Norte.armas al chocar. tuvimos resucitada y en armas frente a nosotros. seguramente. dejando en la penumbra secular. cuando un gran movimiento civilizador impulsa vigorosamente a las capas superiores. inexplicablemente inspirada por el genio de Klopstock. Quedaban todos sin aliento. Las dos son abstracciones inaccesibles para él. era una variante del delirio religioso. contrastes inevi­ tables en la desigual evolución de los pueblos. Ilusionados por una civilización prestada. Entre nosotros el fenómeno fue todavía más explicable. a un tercio de nuestra gente. El antagonismo era inevitable. impulsados por el caudal de las ideas modernas. relevantes sobre todo. De golpe. del mismo modo que los iluminados de la Edad Media se sentirían a gusto en este siglo. el tumulto cesaba. a la República. . . Este subía a una pequeña mesa y predicaba. y la sombría Sturmisch. Pero. una sociedad muerta. huyendo de la mínima transigencia con las exigencias de nuestra propia naciona­ . . Insistimos sobre esta verdad: la guerra de Canudos fue un retroceso en nuestra historia. de pronto. junto a la puerta del Santuario abierta y encuadrando la figura singular de Antonio Conselheiro. Viviendo cuatrocientos años en el litoral vasto en el que palidecen los reflejos de la vida civilizada. vibraba en el mismo rictus misterioso en que explo­ taba el misticismo bárbaro. Espontáneamente es adversario de ambas. galvanizada por un loco 213. ilógicos. . en el centro mismo del país. en faena ciega de copistas.

. por nuestra falta de previsión. volvemos. en los que la ortografía bárbara corría pareja con los más ingenuos absurdos y la escritura irregular y fea parecía una foto­ grafía de los pesamientos torturados. los separan tres siglos. Y cuando. La victoria duramente alcanzada les daba derecho al saqueo de las casas en ruinas. rimando los desvarios en estrofas sin color. Y Canudos era la Vendée. Ellos resumían la psicología de la lucha. para el cual la rebelión era un aspecto de su propia reacción contra el orden natural. Registraban las prédicas de Anto­ nio Conselheiro y al leerlas se pone de manifiesto cuán inocuas eran. Porque no los separa un mar. no vimos los rasgos salientes del acon­ tecimiento. Valían todo porque nada valían. cualquier papel escrito y principalmente. más extranjeros en esta tierra que los inmigrantes de Europa. pala­ dín del antiguo régimen. Copiamos algunos al azar: "Sahiu Don Pedro segundo para e reino de Lisboa . los destro­ zamos a carga de bayonetas. dejamos que entre ellos se formase un núcleo de maníacos. cómo reflejaban la turbación intelectual de un infeliz.lidad. que transcribimos pensando como Renán que esos balbuceos rudos y elocuentes son la segunda Biblia del género humano. Cuando en los últimos días de la aldea estuvo permitido el ingreso al caserío destrozado. Porque lo que en ellas vibra. es la misma religiosidad difusa e incongruente. Los rudos poetas. eran las cartas. asaltó el ánimo de los triunfadores una decepción dolorosa. con muy poca significación política. 218. y con arrojo digno de mejor causa. reeditando por nuestra cuenta el pasado. Ahora bien. dejaron vivos documentos en los versos disparatados. Tuvimos un espanto comprometedor ante aquellas aberraciones monstruosas. suprema indicadora del triunfo efímero del Anti Cristo. los versos encontrados. capaz de destruir las nuevas instituciones. Pobres papeles. donde los despojos más valiosos fueron imágenes mutiladas y rosarios de cocos. Vimos en el agitador sertanejo. reabriendo en esos sitios desgraciados. Denunciaba a la República — pecado mortal de un pueblo— como una herejía. en una entrada sin gloria. lo que más estimulaba la codicia de los vencedores. en el más pobre de los saqueos que registra la historia. en todas sus líneas. un adversario serio. las huellas apagadas de las bandeiras. sin la espontaneidad de los improvisadores sertanejos. . . Nada quedó exento de la curiosidad insaciable. revolucionariamente. . El rebelde arremetía contra el orden establecido porque se le figuraba inminente el reino prometido de Dios. más hondo el contraste entre nues­ tro modo de vivir y el de aquellos rudos patricios. Achicamos su espíritu al concepto estrecho de una preocu­ pación partidaria.

acábosse la monarquía o Brasil ficou atoa” La república era la impiedad: "Garantidos pela lei aquelles malvados estño nos temos a lei de Deus elles tem a lei do cao! "Bem desgragados sao elles pra fazerem a eleigáo abatendo a lei de Deus suspendendo a lei do cáol "Casamento vao fazendo só para o povo illudir vao casar o povo todo no casamento civil! Pero el gobierno demoníaco desaparecerá en poco tiempo: "Dom Sebatiao já chegou e traz muito regimentó acabando como o civil e fazendo o casamento! "O Anti-Cristo nasceu para o Brazil gobernar mas ahi está o Conhelheiro para delle nos livrarl "Visita nos vam fazer nosso rei Dom Sebastiáo coitado daquelle pobre que estiver no lei do cao * 2 1 7 * Conservamos los originales de estas cuartetas cuya ortografía alteramos en parte. / suspendiendo la ley del can” . Traducción de los versos populares: “Salió don Pedro segundo / hacia el reino de Lisboa. “Casamientos van haciendo. / para engañar sólo al pueblo. / abatiendo la ley de Dios. / van a casarlos a todos / en casamiento civil” . / Brasil a la deriva” . . / Bien desgraciados son ésos / para hacer la elección. / Se acabó la monar­ quía. / nosotros tenemos la ley de Dios. “Protegidos por la ley / esos malvados están. / ellos tienen la ley del can.

Nosotros les enviamos el legislador Comblain 2 1 8 y ese argumento único. / pobres de los que están / en la ley del can” .La ley del can. (N . La gente sale a verlos. "el aire inquiero v la mirada al mismo tiempo indagadora y siniestra. flanqueada por otras dos. Lo atraviesa se­ guido por sus dos compañeros de apostolado. cruza el río y se acerca a las primeras casas. denun­ ciando conciencias perturbadoras e intenciones hostiles”. No se desanima pues está blindado por la tranquila fortaleza de los após­ toles. apareció. / acabando con el civil / y haciendo el casamiento” . cierta mañana de mayo.a: ocho redes bajo las que sudaban cargadores sin aliento pasando. “El Anticristo nació / para el Brasil gobernar. Y nos dispensa de todo comentario. Observó por unos instantes la aldea extendida abajo. Les conmovía el espectáculo de los infelices que acababan de encon^ar armados hasta los dientes y el cuadro emocionante de esa Te­ baida 2 2 1 turbulenta. Requerían otra reacción. facones. del T . incisivo. Daniel va a penetrar a la jaula de los leones. Eran realmente muy frágiles aquellos pobres rebeldes. Luego toma por un atajo tortuoso. Seguido de Fray Caetano de Sao Léu y del vicario del Cumbe. Acompañémoslo. en lo alto de un contrafuerte de la Favela. "Don Sebastián ya llegó / y trae un gran regimiento. Nos obligaban a otra lucha. Ese era el apotegma más elevado de la secta. garrochas. supremo y moralizador: la bala. en medio de un campamento de beduinos. la extraña figura de un misio­ nero capuchino. Fray Joáo Evangelista de Monte-Marciano. Llegan por fin a la casa del viejo vicario del Cumbe 22 0 (que estaba cebada desde hacía más de un año. Descendió lenta­ mente la ladera.” y tiene la impresión de haber caído. / pero ahí está el Conselheiro /’ para librarnos de él” . Pero antes se intentó una empresa más noble y más práctica. debida al dolor por el desacato sufrido) y tratan de superar la jornada pgo*adora. A poca distancia de la puerta pasan ocho difuntos llevados sin señal religiosa alguna hacia el cementerio que quedaba al fondo de la iglesia vie. UNA MISION ABORTADA2 1 9 En 1895. . pues a tanto remontaba su ausencia. Alcanza la plaza desbordante de pueblo "cerca de mil hom­ bres armados de carabinas. de pronto. / nuestro rey don Sebastián. Pasa impasible por delante de la capilla a cuya puerta se adensan compactos grupos. “Visita nos viene hacer.). Resumía su programa. etc.

. El fracaso sobrevino de inmediato. Les informa de los trabajos. lentamente. como estaban un poco alejados de los fieles que los seguían a distancia. Entonces los frailes lo fueron a buscar. los invita a observarlos. Mientras tanto. . había corrido la nueva de la llegada. los ojos hondos pocas veces levantados para mirar a alguien. iba a abrir una santa misión para aconsejar al pueblo que se dispersara y volviera a sus tierras a tra­ bajar en los intereses de cada uno y para el bien de todos”. " . de una palidez cadavérica. Por eso. ansiosos por desprenderse de ellas. guiados por el viejo solitario que roza­ ba por ese tiempo los sesenta años y cuyo cuerpo. doblado sobre el bastón. indigno de la más breve atención. el rostro alargado. Y allá van todos. . el porte grave y aires de penitente” impresionan enormemente a los recién llegados *. Fue una precipitación inútil e improcedente. sin que el Conselheiro fuese al encuentro de los emisarios de la iglesia. Al llegar al coro. La atraviesan sin que ninguna hostilidad los perturbe y llegan a la sede de los trabajos. le parece llegada la ocasión para hacer la interpelación decisiva. Permanecía indi­ ferente. Aquel agasajo era una media victoria. Quiebra su habitual reserva y mutismo. asistiendo a los trabajos de construcción de la capilla. Monte-Marciano. * Seguimos el Relatório de Fr. Del grupo temeroso parte la salutación de paz: "Loado sea Nuestro Señor Jesucristo” y la respuesta de práctica: "Para siempre sea loado!”. en un abandono y una miseria tales que se daban diariamente de ocho a nueve muertes. No se le podían pedir mejores preliminares a la misión. "Vestía una túnica de brin azul. Pero le cupo al misionero anu­ larla desgraciadamente. Dejan la casa. El Conselheiro parece alegrarse de la visita. y por orden del señor Arzobispo. La cordial recepción los reanima. "los grupos de hombres cierran filas junto a la puerta de la Capilla” y les abren espacios para el paso. tenía la cabeza descubierta y empu­ ñaba un bastón. sacudiéndose a cada rato con accesos de tos.rápidos. se presta a servirles de guía por el edi­ ficio. aproveché la ocasión de estar casi a solas y le dije que el fin de mi visita era pacífico y que por eso me extrañaba ver allí hombres arma­ dos y que no podía dejar de condenar el que se reuniesen tantas fami­ lias en un lugar tan pobre para entregarse al ocio. como si en la siniestra ciudad el muerto fuese un desertor del martirio. De nuevo toman por el callejón sinuoso. Entran en el pequeño templo y se hallan frente a Antonio Conselheiro quien los recibe de buen grado y les dirige la misma salutación. Entran a la plaza. avanzaba tardo. Los cabellos crecidos y descuidados le caían sobre los hombros. las largas barbas grises más que blancas.

donde se produjeron muertes de uno y otro lado. Esta explicación respetuosa y clara. a quien no escandalizaban los ritos bárbaros de los sajonios. en Francia. la frase de San Pablo en pleno reinado de Nerón 225. porque Vuestra Reverencia ha de saber que la policía me atacó y me quiso matar en un lugar llamado Maceté m. el Grande 2 2 2 . Los detuvo la placidez admirable. la aprobación de San Gregorio. a una sola voz. que es una de las principales nacio­ nes de Europa. ahora no. Descubrió. Lo con­ tradijo. "Mientras decía esto. no satisfizo al capuchino que te­ nía el coraje de un creyente pero no el tacto fino de un apóstol. Era. obedecen a las autoridades y a las leyes del gobierno”. casi sin variantes. exclamaban: "Quere­ mos acompañar a nuestro Conselheiro”. sin excepción de los monárquicos de allá. ¿sola­ mente vosotros no os queréis sujetar? ¡Ese es un pensamiento malo. dice por sí mismo las causas del fracaso. la mansedumbre — ¿por qué no decir cristiana?— de Antonio Conselheiro. si eres católico debes considerar que la Iglesia condena las rebeliones y aceptando todas las formas de gobierno. En tiempos de la monarquía me dejé prender. por­ que reconocía al gobierno. aquí en el Brasil. porque no reconozco a la Re­ pública”. Y continuó: "Y así en todas partes. dice: — Es para mi guarda que tengo conmigo a estos hombres armados. pero desde hace más de veinte años está la república. Que el mismo misionero hable: "Este los hace callar y volviéndose hacia mí. y fue un desafío imprudente. esta mal sopesada irritación. y todo el pueblo. faltándole solamente tener bajo los pliegues del hábito la escopeta del cura de Santa Cruz: "Nosotros mismos. Desde la multitud partió rá­ pida la réplica arrogante: — "La doctrina de Vuestra Reverencia es falsa. quebrando la finura diplomática en las aristas rígidas del dogma. inconsciente del significado real del levantamiento sertanejo. la vuestra es una doctrina errada!”. no tendría. no la de nuestro Conselheiro!”.Esta intransigencia. . hubo monarquía durante muchos siglos. por cierto. entera. parafraseando la Prima-Petri22 4: — "Señor. comenzando por el obispo y si­ guiendo hasta el último católico. La frase final vibró como un apostrofe. la figura del pro­ pagandista. la capilla y el coro se llenaban de gente y no había terminado de hablar cuando. Fray Monte-Marciano. reconocemos al gobierno actual. enseña que los poderes constituidos rigen a los pueblos en nombre de Dios”. en ese remover de nulas consideraciones polí­ ticas. Signo de desorden inminente.

más bien. Sucedió un 20 de mayo. volviéndose hacia el misionero. Fue así que predicando el fraile sobre el ayuno. vibrando en la plaza. el tumulto dispuesto a explotar sé retrajo por un gesto del Conselheiro que. Comenzó una intensa propagan­ da contra "la prédica del padre masón protestante y republicano”. Exceptuando "55 casamientos. La reacción fue inmediata. Se reunieron y marcharon. . con sobriedad pero sin exigir angustias. garrotes. Pero las protestas no tuvieron gravedad. hacia la casa donde residían los visitantes y les hicieron saber que no los necesitaban para la salvación eterna. congregó a todos los fieles. Escogió como tema de la prédica siguiente el homicidio y. La afrontó temerariamente. hablando de la cuerda en casa del ahorcado. al lado del altar. . se permitía interrumpir la oratoria sagrada. atento e impasible. aún. cuyo silbato. interrumpió el ser­ món la réplica irónica e irreverente: — "¡Mírenlo! ¡Eso no es ayuno. sin reparar en los peligros de su tesis. También asistía el Conselheiro. en la actitud de quienes van a la guerra”. cuando reincidió el capuchino en el tema político para empeorar las cosas. eso es comer y hartarse!”.Esta vez. La comandaba Joáo Abade. actuó en paz hasta el cuarto día. cargando carabinas. espingardas. se explayó en alusiones imprudentes que excusamos registrar. y siempre con gran concurrencia. le dijo: — "Yo no desarmo a mi gente. Estaba la misión en su cuarto día. pistolas y facones. entre los cuales estaban todos los hombres sanos: " . Sólo alguno que otro exal­ tado. con la cartuchera colgada a la cintura y el gorro en la cabeza. 102 bautis­ mos y más de 400 confesiones” el resultado había sido nulo o. porque "se puede ayunar muchas veces comiendo carne en la cena y tomando por la mañana una taza de café”. vivando al Buen Jesús y al Divino Espíritu Santo. No tuvo temor de la rebelión emergente. "dejando escapar cada tanto algún gesto de desa­ probación que los líderes de la grey confirmaban con protestas incisivas”. séptimo día de la misión. A pesar de ello. como medio de mor­ tificar la materia y refrenar las pasiones. La misión había muerto. . pero tampoco estorbo a la santa misión”. violando un viejo privilegio. cerca de cinco mil asistentes. como un fiscal severo. "emi­ sario del gobierno y que de entendimiento con éste iba a abrirle el camino a la tropa que vendría de sorpresa a prender al Conselheiro y a exterminarlos a todos”. negativo. Pero la iniciativa comenzaba bajo malos auspicios.

. sacudió el polvo de sus sandalias” apelando al vere­ dicto tremendo de la justicia divina.MALDICION SOBRE LA JERUSALEN DE BARRO El misionero "como otrora los apóstoles ante las puertas de las ciudades que los rechazaban. Y se marchó. . Pero maldijo. . allá abajo. . Observa por última vez el poblado. Salta el cruce entre los declives de la Favela. Se detiene un momento. . . escondiéndose seguramente por los vericuetos. acompa­ ñado de sus dos socios de reveses. . Llega a lo alto de la montaña. Y lo invade una ola de tristeza. Se equipara al "Divino Maestro de­ lante de Jerusalén”.

el poblado de Brito Mendes había caído en manos de otros insurrectos. La porción de territorio recortada por las laderas del Sincorá. a los rudos vaqueros que la siguieron. el gobierno de Bahía enfrentaba otras insurrecciones. aquella región no mostraba su opulencia.— Preliminares.— Preparativos de la reacción. I PRELIMINARES Cuando se volvió urgente pacificar el sertón de Canudos. antiguos constructores de desiertos. la habían examinado afanosamente por las serranías y por las nacientes de los ríos e hicieron algo más. se fueron acabando las piedras mezcladas con dia­ mantes. donde por muchos años el oro en polvo o el diamante bruto eran moneda corriente. y en Jequié se cometían toda clase de atentados 226. cuyas incursiones llegaban hasta las Lavras Diamantinas. De modo que sin necesidad de utilizar los cultivos para despertar las energías de un suelo en el que no se afincaban y recorrían en el trabajo sin rumbo de la búsqueda del oro. desde hacía mucho tiempo era dilatado teatro de tropelías de los indisciplinados habitantes del sertón. I I — Causas inmediatas de la lucha. libremente expandida por la región fecunda. Rica en espléndidas minas. le legaron a la prole errabunda y por contagio. poco a poco. Uauá. esterilizaron la tierra con las excavaciones mineras y la áspera vestimenta pedregosa. la misma vida desenvuelta e inútil. Antecedentes. . hasta las márgenes del Sao Francisco. Y como.LA LUCHA I. La habían buscado hacía doscientos años los aventureros picaneados por el ansia de riquezas. La ciudad de Len^óis había sido atropellada por una banda de facinerosos. tuvieron que recurrir al bandidismo franco. I V — Autonomía dudosa. 111. La guerra de las caatingas. ANTECEDENTES El mal era antiguo. conservaron en su ocio turbulento la índole aventurera de los abuelos.

de las vaquerías trabajosas a las incursiones de los bandoleros. como un elemento conservador. Por los campos de cría aparecían los montones de arcilla revuelta de las catas. para formar nuestra nacionalidad naciente y crear una situación de equilibrio entre el desvarío de las exploraciones mineras y las utopías románticas de los misioneros 227. En efecto.El jagungo. tuvieron entre los bosques que van de Macaúbas a Aguruá. Lo traspusieron. Imaginemos que dentro de la armazón del vaquero estalle. tuvieron peligrosos conductores que no les quitaron el varonil carácter pero los condujeron hacia lamentables destinos. Es un producto histórico revelador. nuevos parajes opulentos que los atraían hacia el centro de las tierras 228. Aquéllos venían del este. de súbito. una y otra caracterizada por el nomadismo. Las devastaron hasta alcanzar una nueva barrera en el río Sao Fran­ cisco. en la actividad bifronte que oscila. después de esbozar quizá el único aspecto útil de nuestra actividad en aquellos tiempos. inter­ puestos tan a propósito en la época colonial. como los ya existentes. empavoreciendo al salvaje a látigo y fuego y fundando poblados que. Vamos a ponerla de relieve. saqueador de ciudades. adquiría uno de sus más sombríos actores. El mandón político sustituyó al capanga en decadencia. en lugar de tener. Nuestra historia tan vapuleada por héroes sin disciplina. deteniéndose ante la barrera de sierras que van de Caetité al norte y cuando las minas agotadas les exigían aparatos para la extracción intensiva. sucedió al buscador de diamantes y oro. al contacto con los sertanistas ambiciosos se transformaron. Por mucho tiempo recorrieron la región. Realizaron una deplorable empresa. La transición es. que en carta dirigida a la reina María II (1 7 9 4 ) 22 9 el oidor de Jacobina afirmaba: "que sus minas eran la cosa más rica que jamás se descubrió en los dominios de Su Majestad” . Nace del cruce tardío entre cola­ terales que el medio físico diversificara. actualmente. el jagungo. Y la tierra. lo tenían en las ruinas de las aldeas indígenas. Aquellos hombres. aquella . había brotado. antes que nada. por la combatividad y por una ociosidad singular surcada de tropelías. Al frente tenían aquel maravilloso valle del río das Eguas y tan aurífero se les apareció. temerario. Pero no dieron un paso más. y de la envergadura atlética del vaquero. Y tendremos al jagungo 230. la vibración del bandeirante. entre el torbellino de las bandeiras y el curso de las misiones. su germen en un esta­ blecimiento de ganado. un claro caso de reacción mesológica. el saqueador de la tierra. En ese punto se acercaban a los límites de Goiás. resumen de atributos esenciales de unos y de otros. desde el comienzo del siglo x v m . Se metamorfosea la situación anterior y esta nueva se empareja con la sociedad ruda y tranquila de los cam­ peros. cuando se descubrieron las minas del Río de Contas hasta Jacobina. Ya vimos cómo se formaron allí los mamelucos bravos y activos.

volviendo a Carinhanha. Lo vamos a ejemplificar. allá están. de Sergipe. a su vez. Es La Meca de los sertanejos. por otro aspecto. de donde habían partido. lo vuelven lugar predilecto de las romerías piadosas provenientes de los sitios más lejanos. de Piauí. más la leyenda del monje que allí vivió en compañía de una onqa. legen­ daria en las campañas electorales del imperio231. en la galería argentífera del Aguruá. (Liv. lo demás se consigue fácilmente. Y a pesar de los ribetes emocionantes de algunos hechos y de que se destaquen. precisamente. andando 670 leguas. dice. De esta villa hasta el norte. pasó por la Barra del río Grande y en el relato que hace al Visconde de Anadia. 1804-1809). yendo. en cuanto a las balas. los desórdenes que surgían. forman la patria originaria de los hombres más bravos y más inútiles de nuestra tierra * * *. a la ciudad minera de Januária. refiriéndose a esos lugares que “en ninguna parte de los dominios portugueses la vida humana tiene menos seguridad” . que conquistaron. * * * “Quien necesita jagungos en el río Sao Francisco. alquilada su bravura por los potentados. Avanzando contra la corriente. un rasgo sombrío de religiosidad: facas y espingardas. lujosos proyectiles hechos de plomo y plata. lo ampara de igual modo ante las exigencias de la vida combatiente. * Ver Descrigóes práticas da Provincia da Bahia. Es natural que desde los comienzos del siglo pasado la historia dra­ mática de los poblados del Sao Francisco empezara a mostrar una situa­ ción anómala * '*. ante todo. el del río Préto. incontables. de Goiás. El más oscuro de aquellos poblados tiene su tradición especial y siniestra. ostentando en los techos candelabros de estalactitas y por los corredores osarios dilu­ vianos. denuncian la génesis remota que estamos exponiendo. el visitante observa. conforme el valor de la impunidad que la influencia del patrón ejerce”. Uno de ellos se destaca.incomparable tierra que incluso desnuda y empobrecida por las sequías. ya habían llegado. las rivalidades partidarias y los desmanes de la intolerable política de los potentados locales. con sus sierras de cumbres altaneras que resuenan como campanas. en todo el valle del gran río. hasta Xique-xique. los hace contratar en ese gran vivero. Entre las dádivas que yacen en considerable cantidad por el suelo y las paredes del extraño templo. Teniente coronel Durval. sus grutas de ámbito caprichoso que se abren como las naves de una iglesia. de Cuiabá hacia Recife. Su conformación original. el de Bom Jesús da Lapa. 16. . la his­ toria de las depredaciones es cada vez mayor. De allí salen en aventuras. cargados de despojos. id. en 1879. junto a las imágenes y las reliquias. por el teniente coronel Durval Vieira de Aguiar. en los lugares donde más viva era la actividad minera. . que culminan siempre con el incendio y el saqueo de villas y ciudades. El rifle con la munición es el precio. . No se puede describir en media docena de páginas. * * Caetano Pinto de Miranda Montenegro. Con. Todo el valle del río das Eguas y hacia el norte. da Córte. Le da gratis el salitre para la composición de la pólvora. *. en 1804. sustentaba a los rebaños en las bajadas salinas de los barreiros.

Vuelve a su banda. éstas consiguen pacificar los lugares conflictuados. La justicia ar­ mada parlamenta con los bandoleros.El bandido entra allí. El concepto es paradojal pero cierto. Trae el sombrero de cuero en la mano y el arma en bandolera. Piláo Arcado. son raros los casos de robo. la cabeza descubierta. golpeándose el pecho. le dirige la palabra gentilmente y se ríe de su temor. Ordinariamente. contrito. El forastero. Al cabo cumple la promesa que hiciera. Vanidosos de su papel de bravos disciplinados. El más frágil camarada puede atravesar inerme e indemne. a un grupo de jagungos. con los bolsillos repletos de diamantes y pepitas de oro. Cerca de diez u ocho leguas de Xique-xique está la capital. . en camino hacia el litoral. para que le fuese favorable el último combate afrontado y entrega al buen Jesús el trabuco que tiene grabado. Reanuda su vida temeraria. Pero en seguida pierde el miedo. puede pasar con la misma inmunidad. a todas las diligencias policiales. Son innumerables los casos de este tenor que revelan la notable nobleza de esos valientes desgarrados 232. donde durante dé­ cadas se combatieron liberales y conservadores. ese viejo régimen de desmanes. Macaúbas. la ciudad de Santo Inácio. Confiesa. Cae de rodillas. Xique-xique. otrora floreciente y hoy desierta. en la última fase de una decadencia que comenzó en 1856. ajeno a las luchas partidarias. los absuelve la historia entera. a tajos. la vida y la fortuna del viajero. un viajero de paso por ahí. Lo enciende con un solo golpe en el yesquero y deja pasar. Fuera de esto. con sus animales renguean­ do por el peso de las cargas preciosas. balancea las condiciones de uno . El carabinero jefe se le aproxima. Después le exige un tributo: un cigarrillo. de hecho. Sale sin remordimientos. devotamente. las viejas culpas. Es como una acción diplomática entre potencias. No pocas veces. erecta entre montañas e inaccesible hasta hoy. aquellos campos y montes. restringen sus desórdenes a las mi­ núsculas batallas a las que entran militarmente regimentados. la cabeza doblada y los ojos puestos en el suelo húmedo del calcáreo trasudante. Monte Santo y otras. intactas. inesperadamente. se detiene temeroso al ver aparecer por el camino. El saqueo de las poblaciones que conquistan es su derecho de guerra y en este punto. Y reza. Porque. feliz por el trributo que rindió. y todos los establecimientos agropecuarios dentro de sus límites. existe un orden notable entre los jagungos. Lo saluda. pues los consideran una mancha para su honra. Son lugares en donde el desorden estaba establecido y sostenido por un bandolerismo disciplinado. asumiendo el papel de interventores neutros entre las facciones comba­ tientes. No le faltará uno solo al término de su viaje. . el número de muertes cometidas. delatan en las viviendas destrozadas a fuerza de bala.

se daban las espaldas separados por la valla en declive de Paulo Afonso. Hizo el negocio con uno de los representantes 23 3 de las autoridades de aquella ciudad. El principal representante de la justicia de Juázeiro 234 tenía una vieja deuda que saldar con el agitador sertanejo. los estigmas hereditarios de la población mestiza se han fortalecido con la transigencia de las leyes. O Cabeleira. y los jagungos en sus incursiones por el norte. No sorprende que hayan crecido hasta avasallar todo el valle del Sao Francisco y desbordado hacia el norte. es un producto idéntico con nombre diferente. evita los ultimatos y acaba ratificando verdaderos tratados de paz. discute. Lo historiamos según los documentos oficiales: * Cangaceiro. Sabía que el adversario reaccionaría ante la provocación más ligera. Franklin Távora. siendo juez de Bom Conselho. . desde la época en que. de hoja rígida y larga. ante la violación del trato hablado. complejo de armas que traen los bandoleros. sancionando la soberanía de los bandidos impunes. Porque el cangaceiro *. desde Paraíba a Pernambuco. Entonces aprovechó la situación para cobrarse la afrenta. Los cangaceiros en sus incursiones por el sur. Así. La insurrección de la comarca de Monte Santo iba a unirlos. La campaña de Canudos nació de la convergencia espontánea de todas esas fuerzas perdidas por los sertones. De hecho. Las dos sociedades hermanas tuvieron una prolongada separación que las aisló a una de la otra. Se distingue del jagungo por la minúscula variante del arma que usa: la parnatba. Esto sucedió en octubre de 1896. derivado de cangago. fuera obligado a abandonar la comarca precipita­ damente por el asalto de los adeptos del religioso. con vistas a provocar un rompimiento. Todo indica que el hecho fue adrede. Antonio Conselheiro había adquirido en Juázeiro cierta cantidad de madera que no le podían proveer las caatingas paupérrimas de Canudos. II CAUSAS INMEDIATAS DE LA LUCHA La determinó un incidente minúsculo. las maderas serían tomadas a la fuerza. aquél retrucó con la amenaza de una em­ bestida contra la población del Sao Francisco. dicen los habitantes del sertón” . “El asesino fue a la feria debajo de su cangago. que su­ planta la fama tradicional de la carabina de boca de campana. Pero había terminado el plazo de entrega del material y no lo había recibido.y otro bando.

Se había levantado desde hacía mucho. que no contase con adeptos fervorosos del apóstol y que no le debiese la reconstrucción de un cementerio. casi de un cuarto de siglo. Puse en conocimiento del hecho al señor general quien. la erección de un templo o la dádiva providencial de un dique."Esta era la situación * cuando recibí del Dr. que era famoso en todo el interior del Norte e igualmente. de que aquella floreciente ciudad sería asaltada en esos días por la gente de Antonio Conselheiro. satisfaciendo mi pedido. a la fuerza preparada. avisasen por telegrama. en las ciudades del litoral. un telegrama urgente comunicándome que corrían rumores. no le dio la impor­ tancia merecida. casi una ciudad. en virtud de las diligencias a que anteriormente me referí. las torres de decenas de iglesias que había construido. Le respondí que el gobierno no podía mover fuerzas por simples rumores y le recomendé que se vigilasen los caminos a cierta distancia y. 1897. hasta las que llegaban. sobre las cenizas de los edictos de las autoridades de las ciudades que había invadido: había * Mensaje del gobernador de Bahía (D r. impune. . pues el gobierno quedaba prevenido para enviar por tren expreso la fuerza necesaria para defender la ciudad. más o menos fundados. desde 1874. Día a día iba ampliando su dominio sobre la gente del sertón. Pocos días después recibí de aquel magistrado un telegrama en el que me afirmaba que los secuaces de Antonio Conselheiro estaban a poco más de dos días de Juázeiro. "Reducida la fuerza policial acuartelada en esta Capital. desdeñando los antecedentes de la cuestión. Había fundado la aldea de Bom Jesús. de Chorrochó a Vila do Conde. verificado el movimiento de los bandidos. punteando su paso. por lo que solicitaba providencias que dieran garantías a la población y evitaran el éxodo que ya se estaba iniciando. de Itapicuru a Jeremoabo. No se podrían imaginar móviles más insignificantes para hechos tan graves. hizo salir un tren expreso y bajo el mando del teniente Pires Ferreira. los episodios más interesantes de su novelesca vida. entretejidas de exageraciones casi legendarias. Luíz Viana) al Presidente de la República. la cual debía proceder allá de acuerdo con el Juez de Derecho. combinó con la autoridad salir al encuentro de los bandidos a fin de evitar que invadiesen la ciudad”. por oscuro que fuese. El fragmento transcripto ilustra claramente. Antonio Conselheiro hacía veintidós años. 100 plazas de línea con el fin de que salieran para Juázeiro apenas me llegase el aviso del juez de Derecho de aquella comarca. contra el nuevo orden político y había pisado. cómo el gobierno de Bahía. "Este distinguido oficial. venía de un peregrinaje intenso. por todos los rincones sertanejos donde había dejado como enormes señales. Arlindo Leóni. apenas llegado a Juázeiro. osadamente. requerí del señor General comandante del distrito2 3 5 . no había una sola aldea o lugarejo. Juez de Derecho de Juázeiro.

se regocijaron imponiéndola. Conociendo la situación. Mientras los partidarios encubiertos del Conselheiro. prontamente cumplí con la formación de una fuerza de cien plazas de la guarnición para ir a combatir a los fanáticos de la aldea de Canudos. comandante del Tercer distrito mi­ litar : "El 4 de noviembre del año pasado (1 8 9 6 ) en obediencia a la orden ya referida. conduciendo apenas una pequeña ambulancia. había hecho abortar. Imaginaron la derrota inevitable. punto terminal del ferrocarril. . aseverándome que para tal fin ese número era suficiente. Y se encontró suficiente. para acabar con tal situación. la población previo que un contingente tan pequeño tendría el valor negativo de ejercer mayor atracción sobre la horda invasora. porque la lealtad de sus secuaces era incondicional y fuera del círculo de los fieles que lo rodeaban había en todas partes la complicidad obligatoria de aquellos que le temían. "Confiando plenamente en el conocimiento que él debía tener de todo cuanto ocurría en el interior de su Estado. Relata el general Frederico Sólon. un sacerdote. el envío de una fuerza de cien soldados. en 1893. salió el 7 de dicho mes para Juázeiro. en Maceté y había hecho volverse a otra. algunos hombres honestos le pidieron al comandante ex­ pedicionario que no siguieran adelante. Aquel puñado de soldados fue recibido con sorpresa en Juázeiro adonde llegaron el 7 de noviembre por la mañana. no vacilé. del 9 9 ba­ tallón de infantería. en 1895. el cual. comandando 3 oficiales y 104 plazas a jornal de aquel cuerpo. los viejos y los enfermos— de mil hombres robustos y temerarios "armados hasta los dientes”. lo presentaron como un benemérito cuyos consejos se moldeaban según la ortodoxia cristiana más rígida. haciendo comparecer sin demora al bravo teniente Manuel da Silva Pires Ferreira. Lo demás corrió por el Estado”. la misión apostólica preparada por el arzobispo bahiano y en el informe escrito en esa ocasión por Fray Joáo Evangelista se afirmaba sobre la existencia en Canudos — excluidas las mujeres. en 1894 había provocado un caluroso debate en el Congreso Estatal de Bahía. La aumentó. . por fin. que lo había perseguido hasta Serrinha. las criaturas. contra la posición de un diputado que lla­ maba la atención de los poderes públicos sobre las áreas "de los sertones perturbados por el individuo Antonio Conselheiro” otros representantes del pueblo y entre ellos. que los había en todos los alrededores. No impidió la fuga de gran parte de la población que quería escapar al asalto inminente. de 80 plazas de línea.derrotado. se sabía que dominaba una extensa zona dificultando el acceso a la ciudadela donde se guarecía. en el cual. en la margen derecha del río Sao Francisco. haciendo salir después a un médico 23 6 con algunos recursos para el ejercicio de su profesión. una expedición policial. . para cumplirlas. a fin de darle órdenes e instrucciones.

prolongando la margen derecha del Sao Francisco. al oeste. las tierras fecundas cen­ tralizadas en Vila Nova da Rainha. día aciago. el sertón de Curagá y las tierras fértiles extendidas por el este hasta Santo Antonio da Gloria.Las dificultades para la adquisición de elementos esenciales para la marcha retuvieron a la fuerza en Juázeiro hasta el día 12 en que partió al anochecer. Es el trecho de Bahía más asolado por la sequía. La pequeña expedición. desde las vertientes orientales de Itiúba hasta Jeremoabo. El verano anunciaba la sequía. marchó por el desierto con escalas en Caraibinhas. es imposible la marcha de hombres equipados con mochilas después de las diez de la mañana. mostrando los más salvajes modelos. sin sombras. dadas sus disposiciones orográficas. como un oued tortuoso y largo. como el paraje clásico de las caatanduvas * * que avanzan hacia el este y el sur hasta las cercanías de Monte Santo. el comandante reconoció imposible darle a la marcha un compás que permitiera economizar fuerzas. agravados por una flora pavorosa. Por las planicies. Por sobre todo esto. Mari. al segundo día de viaje. . ya había llegado a Canudos la novedad de su venida *. monte malo (caá: monte. en terreno árido y despoblado. anduvo cuarenta kilómetros de camino desértico hasta una ipueira minúscula. Es forzoso avanzar a despecho del sol fuerte hasta los pozos de agua de los vaqueros. En el sertón. Beaurepaire Rohán. * * Gaatanduva. Mucambo. el día se expande abrasador. incluso antes del verano. en leguas y leguas. la laguna del Boi. De ahí en más. de cahiva. E iban a combatir el fanatismo. donde había unos restos de agua. las funciones vitales se aceleran de modo súbito provocando golpes repentinos de cansancio. por cierto. Encuadran el desierto. cuando. los paisajes se suceden uniformes y melancólicos. La misma caatinga toma un aspecto nuevo. orientados por dos guías contratados en Juázeiro. lo rodean parajes exuberantes: al norte. después de reposar en vivac a dos leguas de Juázeiro. y bajo el influjo de esas altas tempe­ raturas. solitario. * Pormenor curioso: la fuerza salió el 12 al anochecer para no salir el 13. Pocos han visto el paupérrimo valle del Vaza-Barris que. Además. multiplicándolos. Partieron sin los recursos indispensables para una tra­ vesía de 2 0 0 kilómetros. presentando. Rancharía y otros puestos solitarios. escasas vi­ viendas desparramadas. El Vaza-Barris. tal vez la definiese con más acierto. . lo atraviesa. casi siempre seco. Por un contraste explicable. raramente es posible hacer el camino en horas de la madrugada o de la noche. Ya desde el principio. Algunos estaban abandonados. desorientados por la uniformidad de las planicies indefinidas. . se pro­ longa inhóspito. esos lugares se cuentan entre los más desconocidos de nuestra tierra. Una mejor caracterización de la flora sertaneja. la tierra desnuda reverbera los ardores de la canícula. Dicionário de vocábulos brasileños. ahiva: m alo). Peores que los campos gerais donde se han perdido muchos viajeros.

Allí. Se llega por cuatro caminos. el oscuro villarejo era nada más que escala provisoria. hay uno que otro negocio abierto y la plaza queda desierta. que imaginan muy cerca unas de otras y muy lejos del sertón. Y en uno de esos días fue que la población recogida por el ardor del sol. UAUÁ La tropa llegó exhausta a Uauá. Son los que no tienen recursos para viajes más lejanos a lugares más prósperos y ahí van. es una especie de transición entre la maloca y la aldea. cueros curtidos o redes de caroá. la civilización entera que temen y evitan. como en todas partes. con las bayonetas fulgurantes— como si viesen un brillante ejército. el día 19. de aspecto deprimido y triste. en desorden. despertó sorprendida por un vibrar de cornetines. el 2 0 . Como la mayor parte de los villarejos pomposamente marcados en nuestros mapas. desde Juázeiro y desde Patamoté y por ellos llegan muchos tobaréus a su feria de los sábados. llevando por delante sus rebaños de cabras. Los centinelas se situaron a la salida de los cuatro caminos y se nombró personal para hacer las rondas. Uauá parece un lugar abando­ nado. Después de un breve descanso. Fue un suceso. como si fuese una opulenta ciudad de las térras grandes *. habían huido hacia el norte. desde Monte Santo. Era la tropa.Los escasos pobladores. se quedan contemplando las dos o tres casas de negocio o mirando en un barracón de feria los productos de una industria pobre. después de una travesía muy penosa. conjunto de cerca de cien casas mal hechas y ranchos pobres. No lo hizo. La tropa se estacionó y designó una vigilancia. En los restantes días. Entró por la calle principal y se acantonó en la plaza. Vuelto plaza de guerra. . la expedición debía salir hacia Canudos. únicos animales afectados a aquel clima y aquel suelo. las informaciones eran dispares. Esta aldea — dos calles desembocando en una plaza irregular— es el lugar más animado de aquella área del sertón. los pobladores miraban a los soldados — polvo­ rientos. en ocasión de las fiestas. impidiendo formar un juicio sobre las cosas. que les parecen valiosos especímenes. * Térras grandes: vaga denominación con que los matutos designan el litoral que no conocen. al alba del día siguiente. Con ella abarcan Río de Janeiro y Bahía. desde Jeremoabo pasando por Canudos. Roma y Jerusalén. Es el resto del mundo. aterrados por las novedades o para evitar todo contacto con la fuerza militar. Entre curiosos y tímidos. se ponen sus mejores ropas o sus cueros nuevos.

al acaso. los sertanejos llegaban con el día y anunciándose desde lejos. pero se perdían en el grueso de los fieles inermes. como los otros lugares vecinos. unos fuertes brazos sosteniendo una gran cruz de madera. como si buscasen pruebas para sus almas religiosas. El caso es original y es verídico. hubo avisos precipitados a la aldea amenazada. Parecía una procesión de penitencia. había huido. estaba bajo el dominio de Canudos. deslizándose. Pero avanzaban sin orden. La fuga en masa de la población delataba que los emisarios habían ido y habían vuelto. Uauá. de picanas. Los despertó el enemigo que imaginaban iban a sorprender. En la madrugada del 21 apareció en los límites del sitio el grupo de jagungos 237. había aban­ donado sus viviendas en grupos pequeños. Equiparaban los flagelos naturales que conocían a la venida de los soldados. rezando. Eran muchos. como en las romerías piadosas. Tres mil. Los expedicionarios no le dieron mayor importancia al suceso. llevaban a la cabeza las piedras de los caminos y deslizaban por sus dedos rosarios de cocos. noche adentro. En la mudez de la tierra todavía dormida avanzaba la multitud gue­ rrera. Sus habitantes eran adeptos de Antonio Conselheiro. previ­ niendo a los pobladores del contraataque resuelto por los hombres de Canudos. Se habían ido hasta los enfermos. de esas que practican los matutos creyentes cuando quieren ablandar al cielo en los veranos abrasados por la sequía. Este incidente fue un aviso.Aquel día se gastó inútilmente en recoger informaciones. ocurrió un incidente explicado a la mañana siguiente: la po­ blación. Evitando las ventajas de una sorpresa nocturna. casi en su totalidad. familias enteras. furtivamente. Pero al caer la noche. tras esa demora perjudicial. Se apres­ taron para continuar la marcha al día siguiente y descansaron tran­ quilamente. Sin ser advertida. quizá triplicando el número. despavoridos. facones y hoces. Un pelotón escaso de . Los guia­ ban símbolos de paz. de modo que. acantonada la fuerza en la plaza. Los combatientes estaban armados de viejas espingardas. alta como un crucero. Despertaban a los adversarios para la lucha. Al primer golpe de vista no presentaban apariencia guerrera. dejaron el campo libre a los combatientes. entonando kyries. la bandera de lo Divino y a su lado. entre los vigilantes apostados. dijeron después exagerados informantes. enarbolando imágenes de sus santos predilectos y palmas retiradas de los altares. Al­ gunos. resolviéndose marchar al día siguiente. Iban a la batalla rezando y cantando. De ese modo.

cuerpo a cuerpo. se batió largo tiempo apoyando la carabina contra el pecho . . dejando en poder de los agresores a un soldado herido a cuchillo. En una de ellas. volvieron a la defensiva franca. luego apuntaban. Fue su salvación. . Los jagunqos ya estaban allí. los hubiese podido dispersar en contados minutos. Esta arremetida demente les fue todavía más nefasta. No se formaron. empezaron a caer baleados en masa. andando a las carreras y chocando entre ellos. los adversarios entrelazados en disparos de revólveres. Batidos por las armas de repetición. Transcurrido algún tiempo. oponían un disparo de carabina a cien tiros de Comblain. un alférez experto. una incorrecta formación de tiradores. todos adelante. renunciaron a la inútil operación y cayeron sobre los contrarios con la faca desenvainada. Y la turba fanatizada. saltaron por las ventanas. echaron varios tiros al azar y escaparon hacia la plaza que quedaba a retaguardia. golpes de garrotes y filos de facones y sables. en ariete. Mientras los soldados hacían blanco en descargas nutridas. las metían después en el largo caño de su trabuco. salieron medio desnudos por las puertas. Los soldados. protegidos en su mayoría por las casas. hasta la línea de centinelas más avanzados. Fue un desorden de fiesta turbulenta. atravesó la plaza triunfalmente. marchando tras el curiboca que llevaba medio inclinada. levantando por los aires los santos y las armas. . colocaban en éste los ingredientes como si rellenasen una mina. Los matutos agrupados alrededor de los símbolos sagrados. . distribuido por las caatingas. Dormían. no hay descripción de los protagonistas. Todo eso les llevaba unos dos minutos en medio del estentóreo tiroteo. los jagungos tenían que sacar la pólvora y las balas en un lento proceso de carga de su armamento grosero. después la ponían a punto. y al cabo dispa­ raban. la gran cruz de madera. entre vivas al "Bom Jesús” y al "Conselheiro” y silbidos estridentes con silbatos de tacuara. revueltos con los fugitivos. todo lo indica. la picana en ristre y las hoces relucientes. Sólo pudo alinearse bajo la dirección de un sargento. Que cedió en seguida. Sorprendidos. vistiéndose y armán­ dose. Sus filas enfren­ taban adversarios resguardados o que se aparecían de golpe tras las ven­ tanas que se abrían en explosiones. ondeando la bandera de lo Divino. Y el encuentro se desencadenó brutalmente. Y los despertó. Dieron la alarma y en­ tonces los soldados corrieron tontamente por las calles. Caían en gran número y la lucha se les volvió desigual a pesar de la ventaja numérica. La multitud se aproximó. Este movimiento fue espontáneo y fue la única maniobra advertida por los que testimonian sobre la acción. De allí en más. sobre la frágil línea de de­ fensa. Pero la aldea no mostraba soldados en sus puestos.infantería que los aguardase. casi desnudo.

Los soldados no los siguieron. pues sus consecuencias lo desanimaban. decenas de sertanejos — ciento cincuenta— según el parte oficial del combate. si cabe tal nombre a lo sucedido. Que­ . El médico de la fuerza había enloquecido. Había visto de cerca el arrojo de los matutos. el comandante. Mal inhumados en la capilla de Uauá los compañeros muertos. Reunidos siempre alrededor de la bandera de lo Divino. Como quiera que fuese. un sargento. en cuatro días. la bandera sagrada que volvían a llevar a Canudos había desaparecido en la lejanía. volvían a la plaza voceando imprecaciones y vivas en ronda veloz y sin rumbo. La batalla continuó con la misma ferocidad durante cuatro horas. ávidamente sacados de los cajones abiertos a hachazos. La resolvieron en seguida. seis plazas y los dos guías— y dieciséis heridos de la expedición23s. Parecía que les venían siguiendo el rastro los jagungos. según las circunstancias. Lo asustaba su propia victoria. las puertas. renunció a proseguir la empresa. Sobre los primeros pisos y balcones ensangrentados. heridos. Y cuando llegaron los expedicionarios. antes de la noche. con setenta hombres sanos. antes de un reencuentro. Uauá mostraba un cuadro lamentable. Entre éstos. En la casa donde se había refugiado. envueltos en trapos. idea que llenaba de temor a los triunfadores. lisiados. Por todo esto. La travesía hacia Juázeiro se hizo a marchas forzadas. Lo había desesperado el curso de la pelea y se quedaba inútil ante los heridos. sin episodios dignos de destacar y sin vislumbrarse un solo movimiento táctico. habían abandonado el campo de batalla y en poco tiempo. se contorsionaban los heridos y yacían los muertos. número increíble en comparación con los diez muer­ tos — un alférez. agujereada de balas y roja como un pendón de guerra. la retirada se imponía con urgencia. distribuía cartuchos tirándolos a manos llenas por sobre la cerca. . lentamente. hasta que cayó muerto sobre el lecho en que había dormido y no había tenido tiempo de abandonar. A pesar de eso. fueron abandonando la acción y dispersándose por las cercanías. daban la imagen de la derrota. Había incendios en varios si­ tios. el comandante se atenía a la única misión compatible con el desorden. Estaba asombrado por la batalla. Y en esos giros. Estaban exhaustos. las calles y la plaza donde brillaba el sol. Reconocían la inutilidad de los esfuerzos hechos o pensaban atraer a los adversarios hacia el plano desahogado del campo. rodeaban la aldea. los jagungos andaban por las calles. cada uno se batía por cuenta propia. se largaron bajo un sol ardiente. .de los asaltantes sin errar un solo tiro. algunos de gravedad. La población alarmada reanudó el éxodo. Fue como una fuga.

pensando que la empresa era insuperable. al tiempo en que le enviaban de Bahía un refuerzo de 100 plazas. oscilando entre las disímiles informaciones. a través de explicaciones recíprocas entre las dos autoridades independientes e iguales. el jefe de la nueva expedición al frente de 243 plazas jornalizados. 2 cañones Krupp de campaña. Todas estas informaciones se mezclaban con innumerables versiones contradictorias. sin responsabilidades definidas. Y las líneas del telégrafo transmitieron al país entero. más 250 soldados: 100 del 269 batallón de Aracaju y 150 del 33*? de Alagoas. Esta expedición llevaba un plan de campaña. . Así fue que la segunda expedición se organizó sin un plan fijo. considerándola más seria y capaz de determinar verdaderas operaciones de guerra. bajo el comando de un mayor del 9? batallón de infantería. . Febrónio de Brito. se contra­ ponía aquél. salió el 25 de noviembre hacia Queimadas. Al optimismo de éste.daron las locomotoras encendidas en la estación. Se preparaban todos los hombres válidos para el combate. que día a día realzaban la gravedad de las cosas. III PREPARATIVOS DE LA REACCION El revés de Uauá aseguraba la reacción. Llegaban informaciones alarmantes. agravadas por los inconfesables intereses de una falsa política sobre la cual nos dispensamos de hablar. en ese agitar estéril. aunque los telégrafos vibraban desde los sertones hacia el Brasil entero y permanecía expectante. más 100 plazas y 3 oficiales de la fuerza estatal140. a veces lleno de esperanzas en alcanzar el fin propuesto. que reducía la agitación sertaneja a un desorden vulgar que debían manejar las diligencias policiales. el comandante del distrito requería al gobierno fe­ deral 4 ametralladoras Nordenfeldt. Simultáneamente. No nos detendremos en esas menudencias. Así constituida. Al principio se compuso de 100 plazas y 8 oficiales de línea. en el que tanto tiempo se perdió. Falto de recursos y enfrentando todo tipo de dificultades. ésta se preparó bajo la extemporánea disparidad de cri­ terios entre el jefe de la fuerza federal de Bahía y el gobernador del Estado*39. el preludio de la guerra sertaneja. Aparte de las exagera­ ciones se podía colegir el gran número de rebeldes y los serios preparativos inherentes a la región salvaje en que vivían. . en Queimadas. de allí salió solamente en diciembre para Monte Santo. Sin embargo. a veces desalentado. Todo este aparato era justificable.

. haciendo avanzar hacia el objetivo único. Atacarlos atrayéndolos hacia diferentes puntos y vencerlos. Porque si 110 lo impusiera el jagungo lo imponía la naturaleza excepcional que lo defendía. en batallas feroces y sin nombre. golpear a los insurrectos por partes y apretarlos en movimientos envolventes de fuerzas poco nu­ merosas y bien adiestradas.). De ahí las hazañas que marcan nuestra historia en los siglos x v n y x v m y el sinnúmero de revueltas abatidas y quilombos disueltos por aquellos minúsculos ejércitos de capitanes del mato. * Véase la Revista do Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro: “As instrugoes régias de 14 de fevreiro de 1775 ao Capitáo general das Urinas” . auxiliando. Sin duda. reforzando y esclareciendo la acción de las tropas regulares. (N . * * Feld-marechais. dos columnas bajo la dirección general del coronel del 99 de infantería. han de­ finido el papel de las florestas como agente táctico precioso. debíamos adoptarla. No se desarrollaba en un plan fijado y permitía a los grupos dispersos luchar según las circuns­ tancias. en Europa. era un recurso inevitable para una guerra primitiva. liberadas de la morosidad de las grandes masas. Prácticos en las luchas sertanejas. Estas. mariscal de campo. los sertanistas los dominaban gracias a la misma norma que se traduce en una fórmula paradojal: dividir para fortalecer. de ofensiva y defensiva. teniendo como centro unificador un objetivo prefijado. hace cien años. iban a adaptarse mejor a las escabrosidades del terreno y aunque el método combativo de los matutos era de lo más original — guerreaban marchando o fugando— no tendrían escapatoria en este círculo único. de T . LA GUERRA DE LAS CAATINGAS Los doctores en el arte de matar que actualmente. Planeó atacar por dos puntos. Pedro Nunes Tamarinho. Era un plan compatible con las circunstancias de la lucha: establecer ante todo un cerco a distancia. tenían una organización militar correlativa * con vistas a la formación sistemática de tropas irre­ gulares que.El comandante del distrito había comprendido la situación. invaden escandalosamente la ciencia. Se reirían los sabios feldmarechais * * — guerreros en cuyas manos cayó el frankisk heroico en trueque por la regla de cálculo— si oyesen a alguien que las caatingas pobres tienen una función más definida y grave que las grandes selvas vírgenes. sin el embarazo de las unidades tácticas inalterables. actua­ sen holgadamente dentro de lo intrincado de los montes y lo abrupto del suelo. Ese método fue pensado hace mucho. Veamos. Imitando el sistema del africano y del indio. perturbándola con un espoleo insolente y formulando leyes para la guerra y ecuaciones para las batallas. por nuestros patricios. En un trance igual.

prontas a la primera voz y el comandante resuelve cargar contra el desconocido. Mientras que las caatingas son un aliado incorruptible del sertanejo rebelde. Se arman para el combate. observan alrededor. mil ojos escrutadores se vuelven impacientes. Entonces. Las caatingas no sólo lo esconden. . ante el forastero. lo amparan. esporádicos pero insistentes. . De pronto. Y el jagungo se vuelve el guerrillero thug. en verano. . largamente distanciados. impenetrables. una columna en marcha no se sorprende. Las ramas se volverían astillas en un breve choque de espadas y no es creíble que los secos arbustos impidan las maniobras prontas. cercano. . impi­ diendo movilizaciones rápidas e imposibilitando la traslación de las ar­ tillerías— se comportan de cierta manera neutra en el curso de las cam­ pañas. Por la canícula y por el desaliño natural de las marchas. La fuerza de bayonetas caladas . Y los tiros continúan. Al avistarlos. por el frente ahora. muerto. un tiro. . estalla. ofre­ ciendo a ambos la misma penumbra para las emboscadas. La bala pasa rechinante o deja tendido. indiferentemente.Porque éstas. otras. mal elegida de la masa de soldados apretujados en el estrecho camino. pausadas. . Carga contra duendes. Sigue por los caminos sinuosos. inhallable. a los dos beligerantes. Es la primera sorpresa. Se su­ ceden. Nada los puede asustar. Se cierran. por la izquierda por la derecha. capaz de opuestos valores. doscientos ojos. Son una variable en las fórmulas del tenebroso problema de la guerra. . zumban los proyectiles de los tiradores invisibles golpeando de lleno en las filas. Nada ven. Se destacan otras unidades combatientes. La situación se agrava rápidamente exigiendo resoluciones enérgicas. Porque si los enfrentaran adversarios impru­ dentes serían barridos en pocos minutos. Pasan sobre la tropa en silbidos largos. Entonces marchan tranquilos y he­ roicos. entran también en la lucha. a un hombre. por un flanco. Un hálito de espanto recorre las filas de una a otra punta. pero se abren en multitud de caminos para el matuto que allí nació y creció. se entregan a conversaciones desenfadadas y risas joviales. Se oye una voz de mando y un torbellino de balas rueda estrepi­ tosamente por los ramajes. En cierta manera. dificultando por igual las maniobras o todos los movimientos que marca la estrategia. Y los soldados no piensan en el enemigo. una extraña ansiedad invade a los valientes más probados ante ese antagonista que no se ve. escalonadas a todo lo largo del camino. . Pero constantes. agreden. a pesar de su importancia para la defensa del territorio — cerrando las fronteras y debilitando el embate de las invasiones. Pueden favorecer. Cien. Aceleradamente se forma una línea de tiradores. por todas partes.

El enemigo que nadie vio desaparece. Los rodean. Observan a la tropa. por los flancos los protegen compañías dispersas. rítmicos.irrumpe impetuosamente contra el matorral seco. Impotentes se detienen. caminando en silencio. Una línea de bayonetas enfila por los restos secos. sopesando las espingardas todavía calientes. No pueden traspasarlos. cansados. Tiran al azar. Siguen refuerzos. Y vuelven como si saliesen del encuentro mano a mano con los salvajes. está torturado por el imperio angustioso del enemigo desconocido y la expectativa atroz de los asaltos imprevistos. a doscientos metros del . terribles. Las secciones vuelven a la columna después de inútiles exploraciones por el matorral. las ropas hechas tiras. . que les quitan las armas de las manos. Las secciones se precipitan hacia los puntos donde estallan las balas y se encuentran con una barrera flexible pero impenetrable de juremas. La tropa se reorganiza. El comandante trata de resguardarlos. Los soldados andan al azar por un laberinto de ramas. caen inflexiblemente los pro­ yectiles del adversario. estropeados. En el lugar de la refriega aparecen. Se deslizan rápidos. en silencio entre los arbustos ralos. El ánimo de los combatientes. desaparece. abrazados. desde las matas dispersas. mientras en torno. se aleja. a lo lejos. circundándolos. Pasan unos minutos. La columna se alarga. Se enredan en los cipos que los engrillan. el orden disperso del combate se con­ vierte en la dispersión del tumulto. La columna de a dos en fondo camina coloreando el ceniza del paisaje con los uniformes azu­ les listados de rojo y el brillo intenso de las bayonetas. . pinchados por las espinas. cinco. Los mismos trances se reproducen. Brilla por momentos entre los rayos del sol cernidos por los ramajes sin hojas y se dispersa golpeando contra troncos de Xique-xique. . en una indisciplina de fuego que provoca víctimas entre sus propios compañeros. acreciendo la con­ fusión y el desorden. unidos. La marcha se reanuda. Caen enlazados por las cintas corredizas de los quipás reptantes o se traban las piernas entre fuertes tentáculos. fulmi­ nantes. Y en ese momento des­ cubren al formidable adversario que es la caatinga. imprecan y desatan su rabia en agitaciones furiosas e inútiles. sin puntería. . Se agrupan en el camino. . como falanges intrasponibles de espinas. La fuerza marcha ahora con más cautela. veinte hombres a lo máximo. mal reprimiendo el dolor infernal de las hojas urticantes. . bien apuntados. se encaminan por las veredas de los ranchos ignotos. Se debaten desesperadamente hasta dejar entre las garras felinas de las macambiras pedazos de sus ropas. Finalmente. las armas en desaliño o perdidas. Se ve como un rastro de arbustos quemados. diez. De repente cesan. seguros.

Felizmente. inerme con su envergadura de acero y caños de bayo­ netas. Por allí descienden los guardianes de la vanguardia. Abajo. ramas secas de umbuzeiros blanquean por la sequía. en la última ondulación del suelo. porque el humo no se condensa en aquellos aires ardientes. cuando se encuentran los últimos hilos de agua en el lodo de las ipueiras y en las últimas hojas amarillentas en las ramas de las baraúnas. ya está toda la vanguardia. el trágico cazador de bri­ gadas. Y cuando el sertón hierve en el bochorno de los estíos. Los soldados esparcidos por las cumbres exploran inútilmente. vence al pánico. en instantes. sangrado por el enemigo que lo ataca y huye. El ejército tiene en su propia fuerza su propia flaqueza. Y cuando las últimas armas desaparecen. lentos. temerarios. Y un estremecimiento. heridas por el sol. . . una sección se destaca y va. y el . escasas gramíneas. siente la garganta seca de sed y ante los primeros síntomas de hambre. Resuena una bala. seguros. y trasponiendo veloz­ mente las laderas desaparece. continúan lentos. La tropa reanuda su marcha con algunos plazas menos. hasta los viejos luchadores sienten mie­ do como niños. esa flora agresiva se muestra cariñosa y amiga con el sertanejo. Vibran los clarines. como hechos por un tirador solitario. de un solo punto. Estas siguen. los guía un escuadrón de plazas escogidos. las armas fulgurantes. cuesta arriba. Los siguen los primeros batallones. Finalmente cesan. Lentamente marchan detrás las brigadas. sale de un montón de rocas — cariátide siniestra en ruinas ciclópeas— el rostro bronceado y duro. un choque convulsivo la detiene de súbito. Es entonces. Pero los ecos numerosos la vuelven variable y los tiros no descubiertos. serpenteando en las vueltas del estrecho valle. como un torrente oscuro que trasuda rayos. A cada vuelta del camino se estremecen.frente de la columna. algunos cactos. desde lo alto. La lucha es desigual. retrocede hacia la retaguardia. rastreando la dirección de los estampidos. Vuelven exhaustos. no es difícil prever a quién le tocará la victoria. Esta vez. en las épocas indecisas entre la sequía y el florecimiento. atormentado por las celadas. las barrancas están limpias. lenta­ mente. más allá de la vanguardia. Por la agreste cuesta les cierra el paso una quebrada que es preciso trasponer. La disciplina contiene las filas. impo­ tente y fuerte. los tiros parten. a lo lejos. rudo y vestido de cuero. queriendo huir ante el desierto estéril y amenazador. Mientras el minotauro. después un torso de atleta. De ahí en más. y como antes. La fuerza militar decae. La vencen el hombre y la tierra. Sigue su camino por los páramos.

. que los refu­ gios escaseen. firme en la ruta. Conoce a cada uno.forastero se asusta y huye ante el flagelo inminente. Y si es necesario avanzar a despecho de la noche. Está rodeado de relaciones antiguas. El umbu le da la escasa sombra de sus últimas hojas. Nacieron juntos. que se extingan los pozos de agua y en las bajadas desa­ parezcan los abrigos transitorios donde hacen sus siestas los vaqueros fatigados. génesis de la misma aspiración política. en la lucha excepcional para la cual ningún Jomini2 4 2 delineara reglas. colgando de las ramas como guirnal­ das fantásticas. Todos aquellos árboles son sus viejos compañeros. espantando a las suguaranas deslum­ bradas con antorcha fulgurante. le basta con partir y encender una rama verde de candombá y agitarla por los caminos. Toda la naturaleza proteje al sertanejo. los mandacarus tallados a facón o las hojas de los juás sustentan a su caballo. permitiendo aquilatar de antemano las dificultades. las mismas osadías servidas por las mismas astucias. . lo alimentaban hasta el hartazgo. y la mirada ahogada en la oscuridad. . Las medidas planeadas por el General Sólon mostraban una exacta previsión de sucesos semejantes. IV AUTONOMIA DUDOSA Iba a demostrarlo la campaña emergente. No le importa que la jornada se alargue. los rincones del inmenso hogar sin techo. los caroás fibrosos le dan cuerdas flexibles y resistentes. la quixába de frutos pequeñitos. El chouan y los desiertos la emparejan bien con el jagungo y las caatingas. porque invertía hasta los preceptos más comunes del arte militar. a través de las mismas dificultades. . palmo a palmo. Lo talla como un Anteo indo­ mable 241. y la misma natura­ leza adversa. permitía recordar aquel legendario rincón de la Bretaña . Canudos era nuestra Vendée. el araticum. luchando con las mismas negruras. apenas descubre la fosfo­ rescencia azulada de las cumanás. por los desvíos de los caminos. socios de los mismos días tranquilos. . Es un titán bronceado que hace vacilar la marcha de los ejércitos. A pesar de los defectos de la confrontación. . copia más amplia de otras que han aparecido en todo el Norte. asimismo. la mari elegante. el ouricuri verde. crecieron her­ manados. estos últimos le dan cobertura para el rancho provisorio. que aquél continúa feliz en sus largas travesías. las palmatorias desnudas en combustión rápida de sus numerosas espinas. El mismo misticismo. como quien conoce.

Y sólo después de esto. Para resguardarla mejor fue removido de Bahía el jefe de la fuerza militar que había actuado de manera rectilínea. poco numerosas pero veloces. nadie se ilusionaba ante la situación sertaneja. Lo contradecía el jefe militar al entender que la represión legal y el prendimiento de los criminales. Toda la nación intervino. De modo que la inter­ vención federal se atenía al significado superior de los principios federa­ tivos: era la colaboración de los estados en una cuestión que interesaba. además de "extirpar el móvil de descomposición moral que se observara en la aldea de Canudos en manifiesto desprestigio para la autoridad y las instituciones” agregando que la fuerza federal debería seguir forta­ leciéndose para evitar la contingencia de "retiradas perjudiciales e inde­ corosas”. del extremo norte al extremo sur. Además. hasta encerrarlos en un círculo de dieciséis campos atrincherados. . "las columnas infernales” del General Turreau 243. la columna del mayor Febrónio — hasta entonces osci­ . milagrosamente erguida por los exégetas constitucionales. les competía. El desorden. había toda una sociedad de retar­ datarios. podía ser núcleo de una conflagración en todo el interior norteño. superado el orden policial. la intervención que al mismo tiempo quería encubrir. Fue lo que sucedió. El ambiente moral de los sertones favorecía el contagio y la expansión de la neurosis. Resultaba tardío hablar de la soberanía pisoteada por los turbulentos impunes. sólo cedió ante las divisiones volantes de un general sin fama. Es que se creía preestablecida la victoria inevitable sobre la insig­ nificante rebeldía sertaneja. Por sobre el desequilibrado que la dirigía. Se olvidaba de que en un documento público se había confesado desarmado para vencer la revuelta y que al apelar a los recursos de la Unión. la soberanía del estado. después de hacer retroceder ejércitos destinados a un paseo militar por toda Europa. no ya a Bahía. . sino al país entero. No se miró la enseñanza histórica. según la ley. cerró la controversia levantanto el espantajo de una amenaza a la soberanía del Estado 2 4 4 y repeliendo la intervención que significaba su incompetencia para mantener el orden en sus propios dominios. justificaba naturalmente. se mantuvo siempre. imitando la misma fugacidad de los nati­ vos. Pero sobre las banderas venidas de todos los puntos. El gobierno estatal. pues las medidas tomadas por el comandante del distrito significan más prevención que recelo” y agregaba "no es tan numeroso el grupo de Antonio Conselheiro. El gobierno bahiano afirmó "son más que suficientes las medidas to­ madas para derrotar y extinguir al grupo de fanáticos y no hay necesi­ dad de reforzar la fuerza federal para tal diligencia. todavía local.donde una revuelta. va poco más allá de los quinientos hombres”. del Río Grande al Amazonas. moviéndose dentro del elástico artículo 6? de la Constitución del 24 de febrero.

Hacia todos los rumbos y por todos los caminos y en todos los lugares. En un radio de tres leguas alrededor de Canudos se hizo el desierto. aislando a la aldea en un gran círculo desolado de ruinas. los escom­ bros carbonizados de los establecimientos rurales resaltaban. mientras el adversario lo había aprovechado preparándose para un desquite enérgico. Estaba pronto el escena­ rio donde se desarrollaría un emocionante drama de nuestra historia. Se había perdido el tiempo estérilmente.lando entre Monte Santo y Queimadas y objetivando en sus contramar­ chas las vacilaciones del gobierno— siguió reforzada por la tropa policial y adscrita a las deliberaciones del gobierno bahiano. .

Baluartes sini caldi linimenti. aislado. Sin embargo. El río de Cariacá. IV. La elevación de rocas primitivas que se levantan a los lados. no se agota completa­ mente durante las sequías más grandes. se fracciona. originando un régimen climatológico más soportable.— En los Tabuleirinhos. En marcha hacia Canudos. se encuentra una región incomparablemente vivaz.TRAVESIA DEL CAMBAIO I.— Monte Santo. permitía rápidas comunicaciones con el litoral. y per­ miten a los habitantes resistir el flagelo. gracias al enfriamiento de la ascensión repentina por las laderas de las serranías. El poblado de Fray Apolónio de Todi. De manera que. hacia donde caen los morros. El poblado — erecto al pie de la serranía— contrasta. I I — Incomprensión de la campaña. III. con la esterilidad ambiente. La recortan pequeños cursos de agua resistentes a las sequías. cortándose en arroyos reducidos e imperceptibles hilos que se deslizan entre las piedras. partiendo de Monte Santo. A esos requisitos se unieron otros. el estoico Anchieta del Nor­ te 2 4 5 había aquilatado las condiciones privilegiadas del lugar. Era el que se adelantaba más en dirección al objetivo de la campaña y además. Primer encuentro. Segundo encuentro. V — Retirada. Los vimos en las páginas anteriores referidas a la génesis. iba a volverse célebre como base de las operaciones de todas las arremetidas contra Canudos. en un radio de algunos kilómetros. se advierten rudimentos de florestas. Triunfos anticipados. con sus tributarios minúsculos. Deriva de su situación topográfica. a dos pasos de los sertones estériles hacia donde ruedan. no dijimos que al crearlo.— El cambaio. le pone reparos a los vientos regulares que hasta allí llegan y se vuelve condensador admirable de los escasos vapores que todavía los impreg­ nan. los vientos después de la travesía. La Legio Fulminata de Joño Abade. V I — Procesión de parihuelas. Nuevo milagro de An­ tonio Conselheiro. Episodio dramático. aunque efímeros como los otros de las cercanías. variando las caatingas en montes de verdor. a partir de esa fecha. Caen entonces en lluvias casi regulares. mientras alrededor se extienden desoladas áreas. Por las bajadas. al norte y al este. por intermedio de la estación de Queimadas. I MONTE SANTO El día 29 de diciembre entraron los expedicionarios en Monte Santo. más secos. .

al pie de la ensoberbecida montaña. tan propia de las arquitecturas monumentales de la Tierra. La sierra de cuarzo.Es natural que Monte Santo sea. en su atrevida ruta "desde el río Real hacia las sierras de Jacobina por el río Itapicuru arriba. de algún modo centralizó la primera actividad en torno de las legendarias "Minas de Plata” desde las exploraciones inútiles del Muribeca que hasta ahí llegó y no siguió adelante "con poco efecto y poca diligencia”. sea para los bandeirantes del siglo xvn. todavía. Allí había parado el padre de Robério Dias. pero teniendo todos la afinidad de los mismos rencores y de las mismas reaccio­ nes violentas. aquella calle . hecha con cuarzo blan­ quísimo. por ventura más temerarios y con seguridad. que se detuvo por muchos días en la montaña donde marcas indescifrables denotaban el paso de antecesores igualmente audaces. el que sigue por el camino de Queimadas. humilde. entre el firmamento claro y las planicies amplias. por las laderas sucesivas. hasta que Apolónio de Todi la transformó en templo majestuoso y rudo. Belchior Moreia. por la que han pasado multitudes sin cuento en un siglo de romerías. Y hoy. Por eso. buscando los sertones de Magacará”. No surgía por primera vez en la historia. Por ella hasta el vértice se prolonga. a unas dos leguas desde las cercanías de Quirinquinquá. predilecto de los que se aventuran por el sertón bravio. vuelve los ojos deslumbrados al levante y cree que el aire caliente y la fascinación de la luz le pre­ sentan allá. al divisarla. rastreando un suelo erizado de cactos y piedras. la vía sacra de los sertones. orientadas por los aventureros confundidos. la sede de El Dorado apetecido. sea para los soldados de estos tiempos. Pasaron los tiempos. continuaron otras. coleando. el lugar se convertía en escala transitoria y breve. Pero. en los cuales. a pique. nunca brilló con acontecimientos de mayor monta. iniciada en la plaza. sobre la villa. se detiene. la más bella de sus calles. Lanza. crecida por la depresión de las tierras vecinas. Quedó perdida en el sertón la serranía misterio­ sa donde muchos imaginaban. Y alrededor de esa entrada. más interesantes. como una muralla. un sitio sereno. un pano­ rama perturbador y grandioso. en miles de escalones. acompañando las huellas de Moreia. en caracol. La vertiente oriental cae. el antiguo nombre de la sierra — Piquaragá— se lee siempre como demarcación de un paraje bendito en aquellos terrenos amargos. rectilínea. hasta el tenaz Pedro Barbosa Leal. Esta se recuesta. habían pasado por allí guiados por otros designios. entre los devastadores de los sertones. Mucho antes de los que ahora lo busca­ ron. La religiosidad ingenua de los matutos talló en ella. diferenciados por búsquedas opuestas y separados por tres siglos. otros expedicionarios. la línea de las cumbres. tal vez. no deja de ser interesante su función histórica. se levanta a los lejos. desde hace mucho. Con todo.

contra la sierra. derivando después en vueltas. El camino va hasta la plaza. diluidas poco a poco en el azul purísimo de los aires hasta la última. cardos agarrados a las piedras a mane­ ra de tentáculos. nacen viejas. bromelias abriéndose en floración sanguinolenta— avanza rápidamente. con la ansiedad del paraje que lo arrebata. un edificio único que haría más tarde de cuartel general. se achica en escalones tortuosos. sin salida. Nada recuer­ da el encanto de las aldeas clásicas. El poblado triste y decadente muestra el mismo abandono. rodeado de cabañas. . el desaliento de una raza que muere. En el centro. las copian línea a línea. rectangular. . subiendo siempre. entre paredes de barro. y la entrada ciclópea de los muros laterales. a un lado. De cerca. como puntilleando el espacio. la pequeña iglesia. allá en lo alto. de tierra y guija­ rros. erectas sobre los despeñaderos. son exiguas y oscuras. Monte Santo se resume en ese camino. brotando de las grietas quietas de los estratos y viviendo solo de las reacciones maravillosas de la luz. Algunas deben de tener cien años. La campaña incipiente iba a agravar su aspecto. subiendo al principio en rampa vertical. Monte Santo surge sin gracia dentro de una naturaleza que le crea alrededor — como un paréntesis en el áspero sertón— una situación apacible y sonriente. El perfil regular que ofrece a distancia. Las capillitas. Esta ilusión es impresionante. tan blancas a lo lejos. larga — de más de dos kilómetros— como si construyera su subida al cielo. . Se ven las capillitas blancas. Parece de menor altura. una en bajada desde las laderas. otras hacia el campo. Llega. El que sigue por el camino de Queimadas. Allí desembocan pequeñas calles. en declive. el eterno barracón de feria tiene. . En torno de las casas bajas y viejas. ésta pierde parte de su encanto. cada vez menores. de piedra. siguiendo los accidentes del suelo. arraigada a la piedra. tienen todas la misma forma — techos deprimidos sobre cuatro muros de barro— ese estilo brutal­ mente chato al que eran tan aficionados los primitivos colonizadores. la transforma en un gran cuartel agazapado. atravesando un esbozo de desierto donde agoniza una flora de gravetos — arbustos cuyos gajos retratan contorsiones de espasmos. como los de una enorme escalinata en ruinas.blanca. De este modo. Las casas viejas unidas unas contra otras. desconocida por la historia. perdiéndose en las alturas. y no sofrena una dolorosa decepción. y al otro el único ornamento de la villa: tamarindo quizá secular. otras golpeando. Menos que villa oscura. . tiene de cerca una flora de vivacidad inexplicable. y sobresaliendo. Las más nuevas.

allá adentro. más el ornamento supletorio de los vivos colores de los uniformes y el brillo de las armas. las piezas de artillería de las que tanto habían oído hablar y nunca había visto. la feria más ani­ mada. más fuerte que el de mil carabinas. preparado en la mejor vivienda. yendo a Canudos. la elocuencia mili­ tar. Los rebeldes serían destruidos a sangre y fuego. rápidos. espiando. Menos de una brigada. encubiertos. observando. poco más de un batallón completo. Libertad. Patria. . transidos de miedo. penetraban en las casas y turbaban. en busca de la caatinga. el 26*? y el 33?. Llegados del camino fatigoso. Se largaban después de la villa. contemplando todo aquello con ironía cruel. como las voces de mando.TRIUNFOS ANTICIPADOS Allí acontonaron los 543 plazas. Era una masa heterogénea de tres batallones. los rezos ahogados de los fieles arrodillados. tanto más expresiva cuanto más ruda. inda­ gando. hacia la aldea sagrada. Y la risa de los soldados y el estrépito de las botas. nunca tuvieron tal brillo. su victoria era fatal. En la alegría de los festejos. Y aquellos titanes. La primera expedición regular contra Canudos. el 99. dichás en todos los tonos. golpeando por las calles. 14 oficiales y 3 médicos. . . e iban a observar por largo tiempo. las ruedas de los cañones Krupp. Y fue un día de fiesta. Nadie los observaba. hecha de frases golpeantes y breves. . al mismo tiempo se lucía el más simple y emocionante género de oratoria. con más de doscientas plazas de poli­ cía y una pequeña división de artillería. los vaqueros amarraban su caballo a la sombra del tamarindo. las autoridades recibieron a los soldados en son de triunfo antes de la batalla. y el vibrar de los clarines. contando el número de soldados. Todo eso significaba una estupenda novedad. y los vivas entusiastas retumbando en las paredes. Otros se quedaban allí. La misión más concurrida. Algunos volvían a toda brida hacia el norte. en la plaza. los invasores no verían siquiera las torres de las iglesias sacrosantas. ciertos del preludio hilarante de un drama espantoso. Merced al optimismo oficial. son la única materia prima de los párrafos retumbantes. esa singular elocuencia del soldado. Se encendían recónditos altares. En el banquete. no se distinguían los emisarios solitarios de Antonio Conselheiro. el sertón entero. El pobre lugarejo se engalanó con banderas y ramajes. Como las ruedas de los carros de Shiva 246. El profeta no podía equivocarse. capaces de desmoronar las montañas y abatir con un solo tiro. Lo había dicho. rodando por las . después de pasar sorprendidos por las calles repletas de soldados. examinando todo el aparato de guerra y desapareciendo después. curtidos por los duros climas. y en las que las palabras mágicas: Gloria. se estremecían dentor de sus ropas de cuero al considerar las armas portentosas de la civilización. dos cañones Krupp de 7 y Vz y dos ametralladoras Nordenfeldt.

los habitan­ tes preestablecieron el triunfo. la campaña empezaba con buenos auspicios. compartió las esperanzas. Por la tarde. En su modo actual es una organización técnica superior. Y subían. Era necesario que salieran finalmente de la barbarie con que escandalizaban a nuestro tiempo y entraran a la civilización a golpes. De antemano se afirmaba la derrota de los fanáticos. los criminales retar­ datarios. Era necesario dar un gran ejemplo y una lección. aunque sea paradojal. que tenían la gravísima culpa de un apego estúpido a las más antiguas tradiciones. en los hechos guerreros entra como elemento. Ahora bien. Era la convicción general. Atraídos por la novedad de un exótico panorama. y toda esa fiesta -—allí— en vísperas del combate. Por encima del rigorismo de la estrategia. Allí estaba el sertón. la guerra es una cosa monstruosa y totalmente iló­ gica. Pero la oscurecen todos los estigmas del bandidismo original. pero pronto desaparecía. Curiosos. Decididamente. Volvían tranquilos a la villa donde ya se encendían las primeras luces. Está en ella el mejor estímulo de los que vencen. se desparramaban por las callejuelas y por las cercanías. a su vez. Bajo la sugestión de un aparato bélico y de una parada. Se detenían en los pasos. a dos pasos del sertón repleto de emboscadas. y la alegría ruidosa y vibrante de los oficiales y de los soldados. para retomar fuerzas. Aparte de eso. dejarían surcos sanguinolentos. de los preceptos de la táctica. Una opresión asaltaba a los más tímidos. invadida por el contagio de esta creencia espontánea. la tropa.amplias planicies. otros subían la montaña por la sinuosa ladera orlada de capillitas blancas. observaban los alrededores. II INCOMPRENSION DE LA CAMPAÑA Fue un mal. Lo decía la despreo­ cupación feliz de toda la población. la seguridad de los aparatos militares y toda la grandeza de un arte sombrío que pone . Monte Santo les anticipaba las honras de la victoria. El ejemplo sería dado. La historia militar está hecha de contrastes singu­ lares. al caer la noche. Los rudos impenitentes. sacudidos por el soplo fuerte del nordeste. . examinaban los registros y estampas que pendían de las paredes y los toscos altares. requerían un correctivo enérgico. la preocupación de la derrota. grupos ruidosos andaban por la plaza. . En lo alto de la Santa Cruz.

Ahora bien. ponderando mejor la seriedad de las cosas. al avanzar. según la opinión de todo el mundo. El comandante expedicionario había deiado en Queimadas gran parte de las municiones para no postergar ñor más tiem­ po la marcha e impedir que el enemigo se rebusíeciera aún más. Esta solamente se justificaría sí. estaban dentro de la villa dándose codo con codo con los expedicionarios. muchos de los cuales. Tuvo la intención de hacer una arremetida fulminante. La certeza del peligro las estimula. las vis a tergo de los combates. se esbozaba la hipótesis de una traición. En el dislate de las opiniones. quince días antes. proveyén­ dolo de recursos e instruyéndolo en los menores movimiento de la expe­ dición. haciendo venir de Queimadas el resto de los equipos de guerra. Mientras tanto. la expedición. Todavía más. Se hizo lo contrario: después de larga inactividad en Monte Santo. la expedición partió aún peor aparejada que cuando ahí llegó. sería precedida y acompañada por los espías expertos del enemigo. entre las que llevaban a aquéllos a un máximo de quinientos y las que afirmaban el mínimo en por lo menos cinco mil. Analicemos el caso. resumido en una embestida y en un asalto. Y éstas son. Se ganaría en fuerza lo perdido en velocidad. A la aventura de un plan temerario. aban­ donando todavía parte de los restos de un tren de guerra muy reducido. No se hizo esto. eran razonable aceptar un promedio. permanecen intactas todas las brutalidades del hombre primitivo. se sabía que la tropa. La certeza de la victoria las de­ prime. se hubiese aprovechado el tiempo para reunir mejores elementos. iba a vencer. todavía. contrariando el modo de ver de los propagandistas de una victoria fácil. La certeza del triunfo la inmo­ vilizó durante quince días en Monte Santo. como se verificó después. De modo que la partida rápida de una localidad condenó a la demora inconsecuente en la otra. Además.en la frialdad de una fórmula matemática la destrucción de un schrapnell2 4 7 y subordina a parábolas inviolables el curso violento de las balas. Después de tantos días perdidos y en tales . La conciencia del peligro determinaría una movilización rápida y un atropellar sorpresivo contra el adversario. entre las cuales abultaba una casi completa carencia de ele­ mentos de transporte. Había influyentes caudillos locales cuyas viejas relaciones con el Conselheiro sugerían vehementemen­ te la presunción de que lo estuvieran auxiliando a escondidas. llegaban constantes informaciones sobre el número de recursos de los fanáticos. Por las dificultades habidas. Pero esto no se realizó. en el susurrar de cautelosas denuncias y malhadados avisos. lo sustituiría una operación más lenta y segura. Los inconvenientes de una pausa prolongada se justificarían si se hubiesen adquirido algunas ventajas. había resuelto ir Taradamente al escondriio de los rebeldes llevando apenas la munición que los soldados pudiesen cargar en sus mochilas.

No había ni siquiera la posibilidad de hacer un com­ bate en el sentido estricto del término. cualquier organiza­ ción militar debe reflejar algo del temperamento nacional. seguía como si. sobre las maniobras de las unidades combatientes y ni una palabra sobre los inevitables asaltos repentinos.circunstancias. La derrota era inevitable. Nada sobre la distribución de las uni­ dades. refuerzo y apoyo. Nada más. una batida brutal contra la cueva mons­ truosa de Canudos. Se enfrentaba con lo desconocido al azar. en un ir y venir de avances y retrocesos. no había la mínima posibilidad de extender una línea de combate. pobre de recursos en Queimadas y paupérrima de recursos en Monte Santo. a instantáneos encuentros en los que es absurdo pensar que pudieran desarrollarse las fases principales de un combate. parecía disponerlo de antemano para encuentros en los que podría entrar repartido en tiradores. Adscrito a unos rudimentos de táctica prusiana trasplantados a nuestras ordenanzas. fuera a abastecerse en Canudos. Abandonando de nuevo parte de las municiones. Según el axacto concepto de Von der Goltz 248. La expedición marchaba hacia su objetivo como si volviese de una campaña. una sorpresa era inadmisible. Entre la tác­ tica prusiana donde todo es precisión mecánica y la nerviosa táctica latina donde todo es el arrojo caballeresco de la espada. Así. iba a reducirse a ataques feroces. una caza de hombres. denunciando la más com­ pleta ignorancia de la guerra. La lucha. a esperas astutas. dividido en tres columnas. A medida que se eproximaba al enemigo se desarmaba. de modo que. Contra tales antagonistas y en un terreno de tal clase. Pero estos eran inadaptables para el momento. digamos con mayor acierto. En Canudos sabrían la ruta escogida para la línea de operaciones con anticipación suficiente como para que se fortificasen en los trechos más difíciles. a súbitas refriegas. el jefe expedicionario. dispersos en el seno de la naturaleza protectora. no puede rastrearse en ella la más fugaz indicación sobre las formaciones. aparte de ese subordinarse a unos cuantos moldes rígidos de viejos dictámenes clásicos de guerra. en la fuga sistemática. nuestra bravura impulsiva. de acuerdo con las características del enemigo y del terreno. alcanzar la aldea significaría establecer un com­ bate preliminar en el camino. reedi­ tando el caso de Uauá. Eran por igual inútiles las cargas y las descargas. teníamos la esgrima peligrosa con los guerrilleros esquivos cuya fuerza estaba en su propia flaqueza. la partida de la base de operaciones del modo como se hizo fue un error de oficio. Escueta como una orden cualquiera que distribuye contingentes. Porque a tales deslices se agregaron otros. Lo revela la orden del día para organizar las fuerzas atacantes. teniendo como único amparo para la debilidad armada. . como si llevase un pequeño cuerpo de ejército hacia algún campo devastado de Bélgica.

si un tiroteo en la vanguardia en una campaña. Un jefe militar debe tener algo de psicólogo. Así. Y en la marcha por los sertones. Nada se deliberó en cuanto a condiciones tan imperiosas. se constituye en una advertencia saludable para el resto de la columna. debía reposar en alineación de batalla. se acobarda y se llena de temores siempre que aquél. . en que se puede encontrar una fuerza en operaciones. nuestro soldado. las emociones de la guerra lo transfiguran. aquella guerra debía impulsarse a galopes de mano de un estratega revolucionario e innovador. tendiendo ins­ tintivamente a quedar en la retaguardia. de crear mejores recursos de reacción. ellas despiertan a cada instante. sustituida por la iniciativa más eficaz de los comandantes de las pequeñas unidades. actuando como un autómata según la vibración de los clarines. tendiendo a ser un siniestro ideal de homúnculo. El ejército en marcha. que es valiente frente al enemigo. En función del hombre y de la tierra. siguiéndolo paralelamente.entre los dos extremos de fuego que lo inician hasta el epílogo delirante de las cargas de bayoneta. en estas circuns­ tancias anormales es un peligro. de acuerdo con las circunstancias del momento. se revela invisible en las emboscadas. pronto a encontrar al enemigo en todas las vueltas de los caminos. se imponía un gran fraccionamiento de las columnas. Surcando caminos des­ conocidos. rodeado por una naturaleza salvaje y pobre. Era natural que estas coyunturas inevitables fueran previstas. única capaz de amortecer las causas del fracaso. incluso completamente aisladas. sacudidas por el mismo espanto. y de conseguir finalmente. poniendo ante la astucia sutil de los jaguncos la perezosa potencia de sus tres com­ pactas falanges. por la certeza de un rápido auxilio de las fuerzas que quedaban fuera de la acción del enemigo. Casi siempre las secciones se embaru­ llaban. se desordenaban. Aunque la dirección de los variados movimientos escapase a la autoridad de un comando único. El coman­ dante se limitó a formar tres columnas y a ir hacia adelante. sin arbitrio. las diversas unidades debían seguir con el máximo distanciamiento. sin tempera­ mento. sin aparecer. hombres inermes cargando armas magníficas. energías inconscientes sobre palancas rígidas. o a verlo aparecer dentro de sus propias filas soprendidas. además de levantarles el ánimo. vuelto un montón de huesos amarrados por un montón de músculos. la del reposo. Este dispositivo. del único modo como ésta podía alcanzarse. la victoria. de anular el efecto de repentinas emboscadas. en trazados más firmes y opo­ niéndole la misma dispersión. actuando autó­ nomas. Por mecanizado que quede el sol­ dado por la disciplina. sin nervios. como suma de sucesivos ataques. Era parodiar la norma guerrera del enemigo. la de la marcha y la del combate. Para atenuarlas. En ella iban a surgir tumultuosamente confundidas todas las situaciones naturalmente distintas. evitaba el pánico y per­ mitía un desahogo.

El campamento rodeado de piedras. . Demoraron dos días en alcanzar este punto. limpiándola o buscando desvíos que evi­ taran grandes declives. las fuerzas dispersas en la marcha. sin abrigos. sin sombras. Tenían hecho medio camino. La artillería les demoraba la marcha. si éste apareciese en lo alto de los morros. mientras los zapadores preparaban la calle abriéndola. centralizaría los fuegos del enemigo. . se perturba en rastros pedregosos y se vuelve casi impracticable a medida que se acerca al pie de la sierra del Acaru. Y la tropa. De modo que a la mañana siguiente la tropa prosiguió con rumbo firme al norte. repentinamente. serpenteando morros. a una altura de trescientos metros sobre el valle. empiezan los accidentados contrafuertes de donde fluyen los tributarios efímeros del Bendegó. en Canudos. Fue una temeridad. la de Acaru. hasta Penedo. Ipueiras. Avanzaban pegadas por los ca­ minos. Al comienzo. quedaba paralizada por la traba de esas maasas me­ tálicas. la Grande y la del Atanásio. a partir de la base de operaciones. El desaguadero de captación de éste une las bases de tres sierras. Es el más corto y el más accidentado. . Feliz­ mente no llegaron hasta ahí los jagungos. salvada de una posición muy difícil. Se hizo siempre lo contrario 249. Iban a dispersarse.En síntesis. parece una faja de tierras fértiles sombreadas por ver­ daderos montes. . La expedición entró por aquel valle hondo como en un cajón hasta que en otro sitio. cayendo en grutas. Partían unidas en columnas. el camino baja. Tomaron por el camino del Cambaio. poco a poco. hasta saltar el sitio llamado "Lajem de Dentro”. Entonces la travesía se vuel­ ve más seria. cruzando la serranía por tres laderas sucesivas. hacién­ dolos concentrarse en Canudos. dentro de la estructura maciza de las brigadas. prolongando el valle del Cariacá. acampó. que tenía sus condiciones de triunfo en la movilidad. Ascendían penosamente los Krupv. debían ir apretando a los fanáticos. De ahí en adelante se curva hacia el este. . Traspuesta la "Lajem de Dentro” y la divisoria de las vertientes del Itapicuru y del Vaza-Barris. empieza a accidentarse. EN MARCHA HACIA CANUDOS Fue en estas condiciones desfavorables que partieron el 12 de enero de 1897. que empeoraba. que se articulan en una gran curva. Hechos algunos kilómetros. alzándose en rampas.

Las leyendas sobre "ciudades encantadas” en Bahía no tienen otro origen. esa noche desaparecieron la mayor parte de los peones de carga contratados en Monte Santo. Señalaban las posiciones enemigas. distinguiría. recortadas en gargantas largas y circundantes. rodeados de sombras. Brasileiro. Para completar el cuadro. próximos. Era luchar por la vida. Estaban a dos leguas de Canudos. clavada en las montañas. los bultos fugaces de los espías. . Y bajo el pretexto de ir en busca de una remesa urgente de provisiones. comenzó a ser terriblemente torturada. Hist. luciendo y extinguiéndose intermitentes. antes de haberse disparado un tiro. Fueron abatidas las últimas vacas para quinientos y tantos combatientes. Seguir hacia Canudos a pocas leguas de distancia. Condujo a las tropas de vanguardia hasta el "rancho das Pedras” donde acamparon. como estrellas rubias entre nubes. ya eran evidentes. algunas hices vacilantes. los zapadores hicieron calle para los cañones y la jornada se demoró por el paso tardo de la división que los guarnecía. Por la noche. que hacen pensar en baluartes derruidos. En Mulungu. tal vez. o levantándose en escalones sucesivos. Son comunes en ese trozo de sertón los aspectos originales de la tierra. la máxima velocidad era indispensable. de titanes. Mientras tanto. e Geog. Los soldados durmieron armados. muy altas. Habían distinguido. El aspecto de la lucha se agravaba en plena marcha. la expedición. dos leguas después de Penedo. III EL CAMBAIO Las masas del Cambaio se amontonan al frente. * Ver el tomo 10 y otros de la Revista do Inst. Restos de hogueras en las márgenes del camino y viviendas incendiadas daban se­ ñales del enemigo.Hasta Mulungu. La imagen es perfecta. Deben de haber salido de la fantasía de los matutos y completadas por las indagaciones de hombres estudiosos. ori­ ginaron investigaciones que es impropio recordar ahora *. a la noche. Y al amanecer del 17. dispuestas de manera caprichosa. se mostraron imponentes. muy lejos todavía de su objetivo que solo podía alcanzarse en tres días de marcha. un observador que desde el campamento mirase hacia el norte. El cam­ pamento se alarmó. Se habían acabado los alimentos. Al aclarar. como fosos. Esto valía por un combate perdido. Alguien salvó la lealtad sertaneja: el guía Domingos Jesuíno. el comisario de esa aldea se largó del lugar v no volvió. era la salvación.

en alineamientos de rocas. inmóviles. Porque aquellos reductos bárbaros eran peores. numerosas fuerzas. estallando en un desmoronamiento secular y lento. A la distancia. Pegados al suelo. Surgen vastas necrópolis. Fríos observadores que atravesaron el extraño valle del Vaza-Barris quedaron asombrados al enfrentar: "Sierras de piedra naturalmente sobrepuestas formando fortalezas y reductos inexpugnables con tal perfección que parecen obras de arte” *. La tropa enfiló por ahí. llevando el ansioso anhelo de sabias sociedades e institutos donde se debatió el interesante caso.Y no se crea que la imaginación popular exageró engañando la expec­ tativa de los investigadores que por allí anduvieron. Los morros. Estaba acantonado. en bloques rimados. reduciéndolos a mon­ tones de piedras en desorden y torres y pilastras truncadas. deforme. sin sacar las espuelas de los ijares del caballo en disparada. A veces esta ilusión se agranda. imaginando allá adentro una población silenciosa y trágica de "almas de otro mundo” . rom­ piéndose bajo el periódico embate de tormentas súbitas e insolaciones intensas. A esa hora matinal la montaña deslumbraba. . nadie le puede divisar geométricas líneas de parapetos cir­ cundados de fosos. los costados y sube en declives. cerca del camino de Jeremoabo a Bom Conselho. Descrigóes práticas da Provincia da Bahía. . medroso. Le ajusta. BALUARTES SINE CALCII LIN IM E N T I2 5 0 La sierra del Cambaio es uno de esos rudos monumentos. * Teniente coronel Durval de Aguiar. esparcidos. y otras que aparecen por aquellos lugares dándole un rasgo misterioso a esos melancólicos paisajes. . Surge. capri­ chosamente repartidos. cuya estructura aparece en apó­ fisis punteagudos. Por cierto. rectilínea. . el conjunto de la sierra da al observador la impresión de toparse con las barbacanas de antiquísimos castillos donde hubiesen golpeado otrora. asaltos sobre asaltos hasta desmantelarlos. a lo lejos. constreñida por escalones sumergiéndose en la angostura de un desfiladero como un túnel. El enemigo solo presentaba el rasgo amenazador de la tierra. abultando a lo lejos. Son de este tipo las "casitas” que se ven hacia el lado de Aracati. semejantes a grandes ciudades muertas ante las cuales el matuto pasa. como si en rápidas ma­ niobras. . con el aspecto de grandes columnas derruidas. metidos en las quebraduras del terreno. se preparasen para el combate. Los binóculos recorrían inútilmente las rocas desiertas. El camino hacia Canudos no la contornea. Los rayos del sol se reflejaban en las aristas de las lajas en pedazos dando la ilusión de movimientos febriles y fulgores vivos de armas. Porque el Cambaio es una montaña en ruinas.

viendo por primera vez esas armas poderosas. cayendo entre las lajas. desde los despeñaderos y las vertientes. despavoridos por las balas. sin el mínimo simulacro de formación. los dedos presos en los gatillos de las carabinas. Una voz la detuvo. los cañones bombardearon a los matutos a quema ropa y estos. en la ladera donde había quedado la artillería. atendiendo las desventajosas condiciones en que se realizó. de brillos de aceros. La vanguardia se paró y pareció retroceder. los plazas arreme­ tieron y luego. en un barullo de cuerpos. Desde los escondrijos. El combate se generalizó en minutos y como era de prever. se hizo la primera embestida encabezada por los cientos y tantos plazas del 33? de infantería. los ojos fijos en las columnas aún dis­ tantes. tras­ poniéndolas a saltos. confundidos los bata­ llones y las compañías. Y en esta situación los sorpendió el enemigo. Llegaban a las primeras laderas cortadas a media subida. Aprovechando ese reflujo. empujadas por los cañones sostenidos a su vez por soldados sin aliento. los animales de tracción y los cargueros. marchando detrás de los exploradores que escudriña­ ban cautelosamente las cercanías. tirando al azar hacia el frente. de descargas. de estam­ pidos que pasaban sobre los sones de los clarines llamando a la carga. la línea de asalto se dispuso. de punta a punta. se desbandaron instantáneamente. los acostumbrados vivas al Buen Jesús y al Conselheiro se mezclaban con apostrofes insolentes y palabrotas escandalosas y entre otras. Fraccionados. tortuosa y ondulante. Toda la línea vaciló. tenien­ do a la derecha al 9? y a la izquierda al 16° y la policía bahiana. una frase desafiadora que en el curso de la campaña sonaría invariablemente como un estribillo irónico: "¡Avanza! ¡Debilidad del gobierno!” . El avance fue desordenado. aparecieron los jagungos en el un repentino deflagrar de tiros. PRIMER ENCUENTRO El encuentro fue con un gran vocerío. los combatientes arrementían en tumulto.expectantes. con las armas en bandolera. debajo de las trincheras del Cambaio. los sertanejos se mantenían en silencio. rompiendo las . que decuplicaban el efecto des­ pedazando piedras. las líneas se rompieron ante los obstáculos del terreno. Toda la expedición cayó. allá abajo. Abajo. Las tropas caminaban lentamente. Seguían sin aplomo. montones humanos golpeando contra los morros. El mayor Febrónio se metió entre las filas alarmadas y centralizó la resistencia. auxiliando a las máquinas impotentes a vencer esos declives. Tropezando. Dispuestos rápidamente. desde lo alto de las rudas murallas. desde las matas esparcidas. en réplica fulminante y admirable.

Los sertanejos le imitaban los movimientos. reaparecieron lós sertanejos. sin que las animasen los oficiales acobardados. rodando traspasados de balas. Parecían dispuestos en dos clases de luchadores. subiendo. baleado y otra vez resurgía.ataduras. Con la certeza de su inferioridad en armas. Entre ellos se veía a un negro corpulento y ágil. Descargaba sus armas a quema ropa sobre los fanáticos diseminándolos. Otra vez lo veían caer. terrible. por las manos del cual pasaban. utilizando trampas de facineroso viejo en las correrías del sertón. Los acompañó el resto de los troperos que huían. desaparecían al galope por los taludes agrestes. más lejos. Para esto se disponían de a tres o cuatro. parecían desear que allí quedasen. las carreras. ora desfilando en filas sucesivas. apare­ cían y desaparecían. Los proyectiles de las mannlichers estallaban azarosamente en la osa­ menta rígida de la sierra. La mayor parte reaccionaba. sentados en lo hondo de la trinchera. Las secciones avanzadas ascendían más rápidas por las barrancas conquistando el terreno hasta que otra irrupción repen­ tina del adversario las tomaba de frente y tenían que parar o retroceder. Hacían blanco de nuevo. por las cumbres. Joáo Grande. cuyos nombres alabaron los partes oficiales pero no los comentarios de sus compañeros. circunstancia que. rodeando a un tirador único. En lo alto. bajando. o repartiéndose en pequeño número. volvió a la expedición casi indemne. los saltos. de bru­ ces. A veces desaparecían por completo. Los únicos tropiezos eran las asperezas del suelo. Este ardid fue en seguida descubierto por las diminutas fracciones atacantes que se aventajaron hasta las cañoneras más altas. Las cargas morían en los escarpados. llenas de espanto. apuntándoles con su espingarda. ora agrupados. aliada al pequeño alcance de las armas sertanejas. las armas cargadas por los compañeros invisibles. los que se mo­ vían. Estos superaban de modo ingenioso la carencia de armas y el lento proceso de carga de las que poseían. huyendo. era el jefe. cayendo mal heridos hasta en medio de los plazas que los remataban a golpes. Los soldados lo veían caer y prontamente reaparecer. empujándolos en grandes corre­ rías por los cerros. veloces. De modo que si alguna bala mataba al tirador. Los jagunqos no las esperaban. ora dispersos. La fugacidad del enemigo y el terreno le daban a la tropa una distribución táctica propia. en un vaivén de avanzadas y retrocesos. y los que per­ manecían firmes en sus posiciones. invulnerable. surgiendo y desapareciendo. Evitaban la pelea franca. Comandaba las maniobras. cayéndose y levan­ tándose el tirador fantástico. sacudiéndose de encima canastas y cajones. sordos a la intimación hecha con los revólveres gatillados. como quedaron la mayor parte de las balas destinadas a Canudos. atacando. a las carreras. por el techo de la sierra. agravando el tumulto. . en seguida lo sustituía otro. sucesivamente.

en golpe sordo. avanzaron contra la artillería. temerario. Frente al desperdicio de municiones. a lo que parece. La algarabía tumultuosa tuvo un final teatral. per­ diendo al oficial que hasta allí los había llevado. Después de tres horas de lucha. En él se recostaron muchos sertanejos — cerca de cuarenta. frente a una banda súbitamente congregada. los sertanejos dejaron ciento quince cadáveres. * Dr. Lo aprovecharon. el rudo cabecilla dispuso el encuentro defi­ nitivo. La dilató. . . Los jagungos se les escapaban. . . Venceslau Leal. Fue al volver de los últimos picos de la sierra. Sus cabos de guerra fueron los cabos de escuadra. sin embargo. presa entre otras dos. Allí. La tierra protectora les daba a los vencidos el último reducto. la montaña estaba conquistada. En cambio. era resultado del coraje ciego junto a la más com­ pleta indisciplina de fuego y se comprende que. las pér­ didas eran pocas: cuatro muertos y veintitantos heridos. La victoria. se levantaba. Y el bloque despegado cayó pesadamente. . obligando a la preparación de la artillería dispuesta a bombardear al pequeño grupo temerario. sobre los desgraciados. Contingentes mezclados de todos los cuerpos saltaban finalmente sobre las últimas trincheras. El bombardeo se redujo a un tiro. sobre la barranca agreste. . un muro de roca viva. Este lugar cubierto tenía a su frente. Abrieron sobre sus perseguidores un tiroteo escaso y los hicieron pararse un momento. Sobre los jagungos en fuga arrojaron car­ gas en desorden: soldados en grupos. Culminó con un episodio trágico. EPISODIO DRAMATICO Había sido una hecatombe. mano a mano. La brió de arriba abajo. mez­ clados ahora con las avanzadas de la tropa. médico de la expedición. una piedra inmensa. turbas sin comando. semejantes a un dolmen abatido. Los perseguían. La cosa estaba hecha. empujada a pulso. Y su perfil de gorila se destacó. oblicua y mal sostenida por uno de sus puntos al suelo. rigurosamente contados.Por fin. más tarde. Les cortó el paso la explosión del cañón destrozando a los primeros y haciendo huir al resto a sus primitivas posiciones. disparando al azar en una fanfarria irritante y una alacridad feroz de montoneros. la orden del día diese preeminencia a los plazas graduados. sepultándolos. En movimiento heroico. . Abajo. La granada partió levemente des­ viada del blanco y fue a golpear en una de las junturas en que se engas­ taba la piedra. la artillería empezó a moverse. según un espectador del cuadro * — probable­ mente los que hicieron las últimas cargas con sus trabucos. Albertazzi.

gran número de luchadores partían de allí. y no siguieron aprovechando el ímpetu de su marcha persecutoria. desaparecieron. . . después de un cuarto de hora de ejercicios sobre el terreno que es allí despejado. los últimos defensores del Cambaio se iban hacia Canudos. casi al borde de la aldea. Y por primera vez. Sobrevino un pequeño contratiempo. SEGUNDO ENCUENTRO Sin embargo. como si el disparo hubiese sido una señal para ellos. Lo hicieron con las fatigas acumuladas y con la ilusión engañadora del reciente triunfo. por los fierros de los carros. A la noche lo rodearon.La marcha se reanudó. . . Se adoptó entonces el mejor de los arbitrios. hasta entonces esquivos. Por fin. apenas paliaron su sed en el agua impura de la minúscula laguna del Cipó. por los facones de hoja larga. Felizmente. Cansados por la refriega y hambrientos desde la víspera. . De modo que no advirtieron a su alrededor la ronda de los jagungos. los sertanejos surgieron gritando. y formadas temprano. cada vez más cansados. Adelante. Pero los jagungos no retrocedieron. por las hoces. Acamparon. IV EN LOS "TABULEIRINHOS” Las columnas llegaron a la tarde a Tabuleirinhos. las columnas dispusieron el avance sobre la aldea. La tropa dormía bajo la guardia terrible del enemigo. El tiro partió. por las horquillas. Abandonando las espingardas por las aguijadas. . Se metieron por las caatingas y se aproxima­ ron al campamento. disparar el Krupp en dirección de Canudos. se advertía por lo raleado de los tiros. Porque la nueva de la batalla había llegado a la aldea con los huidos y para quebrar el ímpetu del invasor. los soldados veían de cerca las caras trigueñas de sus antagonistas. los expedicionarios estaban en orden de marcha y tenían las armas prontas para la réplica que se realizó en descargas nutridas. al amanecer nada lo reveló. todos a un tiempo. Se reeditó el episodio de Uauá. afectos a las correrías veloces por las montañas. anunciando la estrepitosa visita. Un shrapnell atascaba uno de los cañones y no había forma de extraerlo. . Y la tropa fue asaltada por todas partes. La arremetida los llevó hasta las separaciones de cada pelotón. Sería un aldabonazo sobre las puertas de la aldea.

Le quedaba a los invasores un recurso final salido de su desespera­ ción: avanzar cambiando el campo de lucha y caer sobre la aldea. Pero en la marcha de tres kilómetros. Al frente iba un mameluco fuerte — cara de bronce afeada por la pá­ tina de la viruela— de envergadura de gladiador. dándole un carácter más serio que el anterior ataque violento. La lucha fue cuerpo a cuerpo. haciéndola volverse cruelmente monótona. las fuerzas perdidas en arre­ metidas locas contra el vacío. volvían a sus tácticas de aparecer y desaparecer en los claros de las matas. piedras. atacaban a los contrarios con proyectiles groseros — puntas de cuernos. a golpes. . Nuevamente esparcidos e intocables. Animó valientemente a sus compañeros atónitos y dándoles el ejemplo. lo que es tener coraje!”. las municiones pródigamente gastadas en la hazaña perjudicial del * Los incidentes de esta jornada los debo a la Comunicación fidedigna del Dr. un torbellino de cuerpos enlazados. La situación parecía insuperable. como si quisiese estrangular al monstruo: "¡Miren. anteponiendo las espingardas que cargan piedras y los trabucos de caño ancho a las Mannlichers fulminantes. relativamente incólume. quedó traspasado por su bayoneta. Albertazzi. El jagungo que lo mató con su picana de vaquero. ronquidos de pechos aplastados. que parece haber sido el mejor soldado de su propia expedición.La primavera víctima fue un cabo del 9°. que sobresalía del tumulto. Reno­ vaban el duelo a distancia. Lo detuvo el comandante. brutal. Murió matando. Vol­ vían a su habitual sistema guerrero que era prolongar indefinidamente la acción. El desastre parecía inminente. Pero las cosas no mejoraron. desde hacía mucho en desuso *. Los guardias de la pieza retrocedieron despavoridos mientras él rodaba con el cañón arrastrándolo a mano. caería finalmente vencido por el cansancio de las minúsculas victorias. se arrojó sobre el grupo. Su nombre se perdió. en una inter­ acción fatigante de los mismos incidentes hasta el agotamiento completo del adversario que. sin peripecias. con los guerrilleros a la espalda y quizá otros refuerzos saliéndoles al paso. con los puños adormecidos y flojos por la multiplicación de los golpes. La ola asaltante pasó sobre los dos cadáveres. asaltandos y asaltantes mezclados. estertores de muertos. El cañón retomado volvió a su posición primitiva. de donde salían estertores de estrangulados. al saltar sobre el cañón que abarcó con sus brazos musculosos. en un retroceso que no era fuga. Apenas repelidos los jagungos. Este terrible campeador quedó desconocido para la historia. canallas. clavos— de su vieja herramentería de la muerte. Pero no la imprecación altiva que arrojó sobre el vocerío de los otros. sin armas. a puñetazos.

las pérdidas de uno y otro bando estaban fuera de todo paralelo. Joáo Abade había reunido el resto de los hom­ bres válidos. Pero el atacar la aldea arrostrando todo. para salir en refuerzo de los compa­ ñeros. los arbustos ralos no permitían refugio. La tropa había perdido cuatro hombres. se habían alarmado. excluidos treinta y tantos heridos. estaba excluida la hipótesis de un bombardeo preliminar. tal vez se terminasen y no podía ultimarse la empresa con choques de armas blancas con la atonía muscular de los soldados ham­ brientos y fatigados. Tirando contra los primeros agresores en el lugar del en­ cuentro. Reunida en plena refriega la oficialidad. . el comandante definió la situación optando por uno de las dos puntas del dilema: proseguir la lucha hasta el sacrificio completo o su inmediato abandono. impresiona­ dos por la intensidad de los tiroteos. Además. La última fue aceptada bajo la condición de no dejar una sola arma. dando de lleno en su superficie.Cambaio. Los jagungos. pun* E l Dr. allí. Descubramos — siguiendo las deposiciones testimoniales— uno de los casos originales de esa campaña. ya previendo las consecuencias que tendría la llegada de los soldados cayendo de golpe sobre la beatería miedosa. . en la mayor parte de los casos. A mitad de camino la columna fue inopinadamente alcanzada por las balas. aquí. pues solo quedaban veinte tiros de artillería. Uno de los médicos * había contado rápidamente trescientos cadá­ veres 251. Alrededor. La retirada se imponía urgente e inevitable. Everard Albertazzi. mientras los contrarios fueron diezmados. se lanzaban según el alcance máximo de las armas. de costado. los soldados apuntaban al azar. LA LEGIO FULMINATA 2 5 2 DE JOAO ABADE La retirada fue la salvación. veían caer fulminados a sus compañeros. Como en la víspera. por el centro de la legión sorprendida. De modo que. perplejos. cerca de seiscientos. Algún tiempo después de haberse traba­ do el combate de Tabuleirinhos. advertían el silbido tenue de las balas y no divisaban al enemigo. partiendo en trayectorias altas. los tiros. los cerros más próximos se veían desnudos. a los que se sumaba la carga de setenta heridos que se movían en total desorden. desiertos. Esta retirada era totalmente contrapuesta a los resultados directos del combate. Se había coloreado el agua impura de la laguna del Cipo y el sol. . mostraba siniestramente en el pardo oscuro de la tierra requemada las manchas de la sangre. Estos proyectiles perdidos pasa­ ban sobre los combatientes e iban a caer más adelante. un solo herido y un solo cadáver sin sepultura. de frente. en medio de la gente de Joáo Abade. tal vez hubiese sido la victoria. Y las balas bajaban. los habitantes de Canudos.

Se precipitaron desaforadamente hacia Canudos donde. atravesando rápidos las callejuelas. agitando sus relicarios. se daban a la fuga. rezando. por las circunstancias que le encuadran es uno de los episodios más emocionan­ . No había engaño posible. El encanto del Conselheiro se quebró. . Ni los miró siquiera. Fue un milagro. llorando. imprecando. clamando. volvieron los ojos hacia el cielo cruzado por las parábolas invisibles y nadie los pudo con­ tener. si por lo restringido del campo en que se realizó no se puede equiparar a otros hechos memorables. originaron una gran alarma. Atónitos. implorando la presencia del evangelizador. El desorden terminaba en prodigio. En cuanto a las mujeres. el apóstol esquivo. pisando indomable el territorio del enemigo y conquistando a gol­ pes de armas cada una de las vueltas del camino. Enloquecido de miedo. sin que los contuviesen los cabecillas más prestigiosos. poseedor de engendros de tal especie. en una lucha sin éxito en la que el vencido vence en cada paso que consigue avanzar el ven­ cedor. Bandas de fugitivos. en esos momentos estableció una separación total. observó el poblado revuelto. . Subió con media doce­ na de fieles hasta los andamiajes altos de la nueva iglesia e hizo retirar la escalera. En ese momento sobrevino la nueva de que la fuerza se retiraba. al llegar. rezando. le restaba al infeliz ejército el recurso de oscilar entre la derrota y la victoria. Los grupos quedaron abajo. V RETIRADA Había comenzado la retirada. La retirada del mayor Febrónio. estaría allí en breve. Terminadas las esperanzas del triunfo. a gritos. se agrupaban ante las puertas del Santuario.tilleándola de muertos. siguiendo el rastro de los últimos defenso­ res de la aldea. en el que se atropellaban prófugos los desertores de la fe y se preparó para el martirio inevitable. cargando sus pocas cosas. . . el pueblo ingenuo perdió en momentos las creencias que le habían inculcado. a sollozos. como una lluvia de rayos. el enemigo. Un asombro supers­ ticioso ensombreció las caras más enérgicas. NUEVO MILAGRO DE ANTONIO CONSELHEIRO Pero Antonio Conselheiro. en busca de las caatingas. que en los días corrientes evitaba encararlas.

Allí estaba el mismo camino peligroso. gran número de lastimados apenas podían cargar sus armas. un singular caso de retroceso atávico. Una sola variante: de bruces sobre las piedras. volvieron a entrar en las gargantas del Cambaio. Los soldados se habían batido durante dos días. Los capitaneaba ahora un mestizo de bravura increíble. Pajeú. en desafío a las últimas gra­ nadas. miraba en torno y la montaña era un arsenal. los jagungos los siguieron. Les bastaba. buscaba los puntos más arriesgados. . un sargento. héroe sin saberlo. Legí­ timo cafuz. alzado en rocas puntiagudas. . los más robustos dejaban la línea de fuego para arrastrar los cañones o transportaban a los mal heridos y agonizantes y al frente de esta mul­ titud. acerca de setenta heridos debilita­ ban las filas. brutal e infantil. . en las antiguas edades enarbolaba el hacha en la puerta de la caverna. La expedición había perdido totalmente su estructura militar. las víctimas de la víspera. sin alimento alguno. Allí estaban los bloques de piedra amontonados en pilas vacilantes. . . El coman­ dante. por el sertón estéril. cuyo ánimo no aflojaba. forma retardataria de troglodita sañudo levantándose allí. esparcidos entre las rocas. Era el tipo completo del luchador primitivo. . Al advertir el movimiento. El curiboca que había partido su carabina o perdido su aguijada en el torbellino. comenzó a desfilar por las veredas de las laderas sin que se advirtiera en este movimiento tan grave. en cargas hechas sin voces de mando. Cam­ . se extendía un camino de cien kilómetros. el más leve resquicio de los preceptos tácticos donde sobresale la clásica formación escalonada permitiendo que las unidades cobatientes se alternarasen en la réplica. el más serio de las guerras. prontos a largarse en violentas caídas por los declives. ladeando a las columnas. contra todas las prácticas dirigía la vanguardia. Los sobrevivientes les pasaban ahora de por medio. dejando actuar solamente a su formidable arma: la tierra. entre los abismos. abierto al sesgo de los contrafuertes. mezclados con los soldados. simple y malo. corrían flanqueándola. valiente por instinto. mien­ tras los capitanes y oficiales subalternos se precipitaban. Producido el último choque que partió del círculo atacante. No arremetían en chusma sobre la fila. entre los cuales mediaba el armisticio engañador de una noche de alarmas. De esta manera.tes de nuestra historia militar. Este bárbaro distribuyó a sus compañeros por las caatingas. en su temperamento impulsivo se reunían todas las tenden­ cias de las razas inferiores que lo formaron. se veían los jagungos. como una turba vengadora de demonios salidos de entre una multitud de espectros. poblado de trampas. Se marchaba luchando. feroz y temerario. ingenuo. con el mismo arrojo con que. oficiales y plazas jornalizados estaban nivelados por el mismo sacrificio.

Un rebaño de cabras ariscas fustigado tal vez por las balas. Los estampidos estallaban secos. más rápidas. dilaceraban carnes apenas cocidas como una banda de caníbales hambrientos. invadió el campamento casi al mismo tiempo que los sertanejos huían. La travesía de las trincheras fue lenta. rodaban al principio con rumbo incierto entre las escabrosidades del terreno. largos silbidos y burlas ruidosas como si los siguiese una barahunda de muchachos incorregibles. breve planicie unida al camino. repugnantes— en cuclillas alrededor de las hogueras. inmundos. no resonaban y la brutalidad humana rodaba sorda­ mente dentro de la quietud universal de las cosas. Los luchadores. Fue una diversión feliz. les permitió recursos defensivos más eficaces. Peores que las descargas. flameaba. por el medio de la ladera. caían. sobre las sierras. bajo el espasmo de la canícula. sacándoles pedazos. rodaron por las bajadas perdiéndose en la noche. dejando veinte muertos. de pronto. se salvaba a cubierto del ángulo muerto del mismo camino. Fue breve pero temerario. . Esta. caliente. abajo. Hombres totalmente exhaustos corrieron delirantes de alegría a los veloces anima­ les. oían dichos irónicos e irritantes. Toda la naturaleza quedaba inmóvil en aquel deslumbramiento. . despeñándose al fin en saltos espantosos y golpeando contra otras piedras. . en una asonada siniestra. El sol estaba en su culminación y la luz cruda del día tropical cayendo en la región quemante y desnuda. irrespirables. . iluminados por la claridad del fue­ go. Gomo simios amotinados habían convertido todo eso en un pasatiempo doloroso y en un apedreamiento. Pero las fati­ gas de la marcha la abatían más que el mismo enemigo. Pasaban por lo alto en grupos turbu­ lentos y ruidosos. Los mismos tiros apenas quebraban el silen­ cio. La admirable posición de ese lugar. . abajo.biaba la espingarda inútil por esas armas que oscilaban. Prefiguraban los regalos de un banquete después de dos días de ayu­ no forzado y una hora después — andrajosos. a la media luz de los rápidos crepúsculos del sertón. no había ecos en los aires enrarecidos. des­ pués. Los jagungos dieron la última embestida con la artillería que trataron de quitarle a la tropa. La agitación de dos días sucesivos de combates y provocaciones se deshacía. seguían como actores desgra­ ciados en el epílogo de un drama mal representado. Un incidente providencial completó el suceso. Pero las ametralladoras los rechazaron y barridos por la metralla. Al final de tres horas de marcha. La hora de las provocaciones había terminado. El último encuentro se hizo al caer la noche. llegaron a Bendegó de Baixo. bajo una avalancha de bloques. Los sertanejos no los agredían. pasaban como balas monstruo­ sas sobre la tropa despavorida.

los recogían los compañeros compasivos. . oscilando en la media luz del crepúsculo. todos los dédalos. . la enorme procesión cubría las sierras. había cambiado por las letanías melancólicas. a medida que lentamente ascendían las sombras. la cruz res­ plandeciente de Orion 2 5 4 se levantaba sobre los sertones. A la tarde había finalizado la piadosa tarea. Rutilando en la altura. todas las cavernas. No había un hombre sano. . huyendo de la desolación y la miseria. Los que cargaban a los compañeros heridos claudicaban a cada paso. Los creyentes había sustituido a los comba­ tientes y volvían a la aldea. entraron en la villa como una turba de vencidos. en tocas parihuelas de palos atados con cipos. Se deslizó insensiblemente subien­ do. el sol caía lentamente. para Monte Santo. Lentamente. caminando hacia Canudos. ya encendidos. Muchos luchadores. fugaz. con los pies sangrando. donde los últimos rayos centelleaban en las cumbres. todas las grutas. La población los recibió en silencio 25S. temprano. . . . tapando sus desnu­ deces con los capotes despedazados. caía sobre el dorso de la montaña. El fragor de los combates. El fúnebre cortejo seguía ahora hacia Canudos. sin embargo. ya apagados. Brillaban las primeras estrellas. Bajando a las grutas profundas y subiendo a los vértices más abruptos. Se habían escudriñado todas las anfractuosida­ des. . Las ropas convertidas en harapos. habían caído por los ba­ rrancos. VI PROCESION DE PARIHUELAS Aquel mismo día. Iluminó. Faltaban pocos. Por instantes. . otros se balanceaban sobre los abismos. éstas reful­ gieron como enormes cirios. el corte­ jo que seguía la cadencia de los rezos. vencidos por los soles bravios. a la tarde. . al morir en las laderas. volvieron a animarse las cuestas del Cambaio. tocando con su halo rutilante los confines de las planicies lejanas y su última claridad. Muy bajo en el horizonte. El día había sido dedicado a la lúgubre exploración a la que se dedicó la población entera. los que la tropa había quemado. a caballo de las sombras que ya se acostaban en las bajadas. cubiertos con groseros sombreros de paja. los cadáveres de los mártires de la fe.La expedición partió al día siguiente. cortados por las piedras y las espinas. algunos trágicamente ridículos. Por momentos lo aclaró. cargando en los hombros. hasta lo alto. sus ropas prendidas a los picos puntiagudos.

tuviese.— Partida de Monte Santo. Retroceso. Una mirada sobre Ca­ nudos. desbandada. Y fue impotente para corregir una situación que no siendo francamente revolucionaria ni tampoco normal. Sufriendo aún las lamentables consecuencias de la sangrienta guerra civil que había culminado una ininterrumpida serie de sediciones y re­ vueltas desde los primeros días del nuevo régimen 2 5 5 . El gobierno civil. Primera expedición regular. desde las conspiracio­ nes incesantes a los repetidos estados de sitio. iniciado en 1894. marchando a los saltos. Psicología del soldado. fuga. Cómo la aguardaban los jagungos. parecía reflejar el contraste entre su imperfecta organización intelectual y su incomprendida organi­ zación política. Al golpear del Ave María. Nuevo camino. Había encontrado al país dividido en vencedores y vencidos. imprevisto para todo el mundo. hacia 1897. En lo alto de la Vavéla. repelía por igual los recursos extremos de la fuerza y de la influencia serena de las leyes. no había tenido la base esencial de una opinión pública organizada. . desde la máxima flojedad a la máxima rigurosidad. Saqueos antes del triunfo.— El primer encuentro. Ataques. "¡Acelerando!”. 11. Un arsenal al aire libre y una diversión cruel. Primeros errores. V I— Re­ tirada. Dos tarjetas de visita a Antonio Conselheiro. coincidía con un momento crítico de nuestra historia. la sociedad brasileña ofrecía un alto grado de receptividad para la intrusión de elementos revolucionarios y de dispersión. IV — El orden de batalla y el terreno. más adelante. propagar sobre el país. como si éste. Ciudadela trampa.EXPEDICION MOREIRA CESAR I— El Coronel Moreira César y el medio que lo hizo célebre. por aventajarse en demasía al curso de una evolución lenta. demostrará la inadaptación del pueblo a la legislación superior del sistema político recién inaugurado. I MOREIRA CESAR Y EL MEDIO QUE LO HIZO CELEBRE El nuevo fracaso de las armas legales. precipitando a la República por un declive donde los desastres aparecían con un ritmo que delataba la marcha cíclica de una enfermedad. un intenso espíritu de desorden. que se había aquietado en el marasmo monárquico. Pitombas. III. la intere­ sante psicología de aquella época. alguien se ponga a definir a la luz de expresivos documentos. Cuando. V — Sobre lo alto del Mario. Se estaba frente a una sociedad que. como efecto predominante.

surgieron en la . actuaba totalmente alejado de la amplitud de la opinión nacional. creó el proceso de la suspensión de las garantías. dejaba que se diese el fenómeno contrario: la significación superior de los principios demo­ cráticos decaía. Nada podía detener esa decadencia. esa palabra. evitan las imposiciones severas de un medio social más culto. en latencia. por las especiales circunstancias que lo rodearon. El gobierno anterior. en la esfera social evoca la herencia de una remota predisposición biológica. congregaba a todos los mediocres ambiciosos que. robus­ tecidos por un intenso aprendizaje de tropelías que se sentían incómodos en el plano secundario al que naturalmente volvían. saliesen de donde fuere. quizá involuntariamente. había tenido una función combativa y demoledora. tomaban en parte la misma imagen moral de los medio­ cres atrevidos que se les ponían al frente. invertida. Traían el irreprimi­ ble movimiento de una carrera fácil y vertiginosa como para detenerse de súbito: se infiltraron en la nueva situación. había agravado la inestabilidad social y se había vuelto en cierta manera contraproducente. Se­ gún el proceso instintivo que. Pero al vencer la indisci­ plina resultante de las sucesivas sediciones. aisladamente. los gérmenes de los levantamientos más peligrosos. Destruyó y creó revoltosos. Y al vencer. la ahogaba. del Mariscal Floriano Peixoto. en los últimos días de su gobierno. Entonces. que había reunido todas las rebeldías y todos los tumultos de los años anteriores. las mayorías conscientes pero tímidas. Entonces se pudo observar un caso común de psicología colectiva: tomada de sorpresa. la Revuelta de Setiembre 2 5 7 . habiendo nacido de una reacción contra un golpe de estado violador de las garantías constitucionales. a todos los medios y a todos los adeptos. Así es que. deploraba.De manera que siéndole imposible sustituir el lento trabajo de la evo­ lución para levantar la primera al nivel de la segunda. En los momentos de crisis apelaba incondicionalmente a todos los recursos. tan bien expresada en el "mimetismo psíquico” de que nos habla Scipio Sighele 2 5 8 . vuelta un sofisma. Se quedaron muchos agitadores. aunó. la mayor parte del país. entre las pasiones e intereses de un partido que. haciendo de la legalidad la síntesis de sus designios. se transformaba en la fórmula antinómica de una tierra sin leyes. Venció al desorden con el desorden. salvando pocas excepciones. se constituyó en vehículo propicio de transmisión de todos los elementos condenables que cada ciudadano. porque su figura aún hoy es un intrincado enigma. violando flagrantemente un programa preestablecidos. abra­ zado tenazmente a la Constitución. extendida a la consagración de todos los crímenes. por instinto natural de defensa. inerte absolutamente y neutral. De manera que el inflexible Mariscal de Hierro 2 5 6 . deshizo la misión a la cual estaba dedicado. Al dejar el poder no se llevó a todos los que lo habían acompañado en los difíciles trances de su gobierno. anulada. prontos a explotar.

y en medio de la indiferencia general. en esa fogosa expansión de nuestra sospechosa sentimentalidad. las mediocridades irritativas consiguieron imprimir a esa época. en la imprenta y en las calles. aquellos agitadores comenzaron a vivir de la explotación pecaminosa de un cadáver. en que permanecían vivos los mínimos incidentes de la guerra civil extendida desde la bahía de Río de Janeiro hasta el sur. por la Revuelta de la Escuadra. . la opinión pública nacional oscilaba manejando los conceptos más dispares para aquilatar a vencedores y vencidos. Alrededor del nombrado se había urdido una leyenda de valentía.tribuna. La tumba del Mariscal Floriano Peixoto se convirtió en la prenda de alianza de los rebeldes y el nombre del gran hombre fue la palabra de orden del desorden. Y como el ejército se erigía. donde había sido el principal actor en el epílogo de la campaña federalista del Río Grande. El fetichismo político exigía muñecos de uniforme. Ante la noticia del desastre. lo cortejaban. ilógicamente. era quien parecía haber heredado la tenacidad del gran vencedor de revueltas. sobre todo en las calles. felizmente transitoria y breve. desde el movimiento abolicionista hasta la procla­ mación de la República. No les bastaban las divisiones per­ manentes ni los asustaba una situación económica desesperada. querían aumentar aquéllas y volver a esta última insoluble. Lo escogió como jefe de la expedición ven­ gadora. Antonio Moreira César. el arrojo de Gumercindo Saraiva y la abnegación de Gomes Carneiro 259. La retracción criminal de la mayoría pensante del país permitía todos los excesos. un coronel de infantería. tenía un excep­ cional renombre. en ese barajar. lo que de hecho se hacía en todos los tonos. el rasgo más vivo que la caracteriza. sin orientación ennoblecedora. Lo eligieron como nuevo ídolo. y en esa inestabilidad. lo atraían afanosa e imprudentemente. Recién llegado de Santa Catarina. en elemento moderador de las agitaciones nacio­ nales. hecho de aclamaciones y apodos. según el modo extre­ mista e incoherente de juzgar de la época. que aumentaba la gravedad de la lucha en los sertones. Sin ideas. indi­ vidualidades que en las situaciones normales caerían bajo el peso de su ridiculez. De todo el ejército. enlazados en un círculo estrecho de ideas en donde el dudoso entusiasmo por la Repú­ blica se aliaba con un nacionalismo extemporáneo y la grosera copia de un jacobinismo poco lisonjero para la historia. el gobierno no encontró nadie mejor que pudiese equili­ brar las graves exigencias. Entre dos extremos.

ambicioso. Nada. le estropeaba más la postura. Los grandes paroxismos de la cólera y la alegría más fuerte. Era tenaz. sin que se pudiese saber si eran bandidos o santos. viviese el campeador brillante. Se justificaban tanto los aplausos como las invectivas. absolutamente nada. rígida. Los héroes inmortales de un cuarto de hora. de los pedregales del Pico do Diabo. De figura diminuta — un tórax raquítico sobre dos piernas arqueadas en paréntesis— era orgánicamente inepto para la carrera que había abrazado. Quizá porque era las dos cosas al mismo tiempo. dejándola siempre fijamente inmóvil. Sólo un hombre los percibió o los descifró bien. impasible. Entre ellos. estaban velados por una reserva cau­ telosa y sistemática. maldecidos todos. unas y otras en el grado máximo de intensidad. velada de permanente tristeza. Una fisonomía inexpresiva y mórbida completaba su ingrato y exiguo porte. con la impenetrabilidad derivada de su atonía muscular. en la lasitud de los tejidos. Lo aprovechó en la ocasión oportuna. A los que lo veían por primera vez les costaba admitir que en ese hombre de gesto lento y frío.con todos los colores y bajo variados aspectos. No tenía los rasgos característicos del uno ni del otro. o el demonio cruel que idealizaban. de la carnicería de Campo Osorio. tendencias monstruosas y cualidades su­ periores. entraban de repente. Aquellos atributos. revelaba la energía sorprendente y la temible entereza de que diera pruebas. adentro de la historia. pa­ ciente. a los empujones. del cerco memorable de La Lapa. ironías diabólicas e invectivas despiadadas. vengativo. Le faltaban el aplomo y la complexión que. o del marcial platonismo de Itararé 260. dedicado. Irrumpían a granel. como intrusos sor­ prendidos. cruel. son las bases físicas del coraje. maneras corteces y algo tímidas. leal. el Mariscal Floriano Peixoto. de la sangría de Inhanduí. el coronel Moreira César era una figura aparte. Era un alma pro teiforme encerrada en un organismo frágil. alargado por la calva en que se prolongaba la frente abombada. Apretado en el uniforme que raramente abandonaba. Era una cara inmóvil. en aquel rostro de convalesciente sin una línea original y firme: pálido. Su aspecto le reducía la fama. Todos queridos. Eran legión. como un molde de cera. apareciendo entre fervientes ditirambos. debían morir allí inadvertidos. y mal iluminado por una mirada mor­ tecina. destinados a la suprema consagración de una placa en la esquina de una calle. Al verlo se sorprendían por igual admiradores y adversarios. En esa individualidad singular chocaban antinómicas. era la caricatura del heroísmo. sin embargo. envueltos en panegíricos y afrentas. como Luis XI hubiese . Tenía con él la afinidad de inclinaciones idénticas. en el soldado. la chaqueta con­ feccionada para hombros de adolescente frágil.

aparte de los casos dudosos. allá el ataque a cuchillo. con ritmo regular. En su alma. Tenía el temperamento desigual y bizarro de un epiléptico compro­ bado que encubría la inestabilidad nerviosa del enfermo con una placidez engañosa. Fue en 1884. por suerte detenido a tiempo. si pudiese encajar en la bravura novelesca del Ca­ ballero Sin Mácula las astucias de Fra Diábolo 2 6 \ Moreira César estaba lejos de la nobleza del primero y más lejos aún de la decadencia moral del último. Una cosa grande e incompleta. y constituyen las señales de la curva inflexible hasta que lo arrebataba la fatalidad biológica. Era un desequilibrado. además del peligro de contribuir al arsenal de versiones exageradas o falsas. A veces. decidieron la justicia fulminante y de­ sesperada del linchamiento. había creado un escándalo permanente de insultos intolerables en la Corte del Antiguo Imperio. Si pudiéramos seguir su vida. Uno sobre todo puso de relieve su energía salvaje. precisamente en la fase crítica en que debía definirse como héroe o como malhechor. Sería largo enumerarlos. asistiríamos al desdoblamiento continuo del mal que le imprimió. un alucinado. . como a otros compañeros de desdicha. habiendo rozado al Ejército con algunas de las indecorosas alusiones que abarcaban por igual a todas las clases.aprovechado a Bayard. no es una imper­ donable exageración considerarlo una mezcla reducida de ambos. interferían en la línea de una carrera correcta como pocas. Pero. definidos siempre por el rasgo preponderante de vías de hecho muy violentas — aquí el ultraje a reben­ cazos de un médico militar. contra un oficial argentino por cierta palabra mal entendida— destacamos los más conocidos. lamentablemente. algunos oficiales. como si la evolución prodigiosa del predes­ tinado se hubiese detenido antes de la selección final de los raras carac­ terísticas con que lo equipara. un aspecto original e interesante. o mejor dicho. Sin embargo. actuando libremente gracias a la laxitud de las leyes repre­ sivas. de tiempo en tiempo. su serenidad se quebraba por los movimientos impulsivos de la enfermedad que sólo más tarde. como supremo recurso. Entre sus compañeros de armas eran conocidos esos significativos episodios que. en Río de Janeiro. se develó completamente en las manifestaciones físicas de los ataques. definido por una sucesión elocuente de acciones que aparecen punteando períodos de calma cada vez más redu­ cidos. desde el último de los ciudadanos al monarca. a causa de conmociones violentas. Un periodista 262. la dedicación extrema desaparecía ante el extremo odio. la calma soberana en rabias repentinas y la bravura caballeresca en la bárbara rebeldía.

sin una explicación. acerca de los cuales era completamente muda la fe de oficio del burócrata inofensivo y tímido. Meses después lo llamaron a Río de Janeiro. armado de poderes discrecionales. en la que no raras veces. en un carruaje. seco. turbulenta. figuraba. el Mariscal Floriano Peixoto lo envió. el guante del estado de sitio. sin la mínima deferencia. se había acogido a la protección inmediata de la ley. el más cruel. Lo vimos en esa época. Impresionaron tanto a la opi­ nión pública nacional que. en los últimos años de su existencia. alabado por el desempeño de misiones pacíficas. al declararse la Revuelta de la Armada. a Santa Catarina. El crimen le trajo la transferencia hacia Mato Grosso y. en un comentario lisonjero de los grandes lances de su vida. Un "no” simple. Su figura de niño atravesaba los cuarteles y las calles envuelta en un murmullo simpático y elogioso. ya gra­ duado. Y fue el más decidido. todavía joven. sentado al lado de la autoridad superior del propio ejército. relampaguaba el cuchillo al lado de la espada total­ mente virgen. En 1893. el primero quizá en acuchillar a la víctima por la espalda. el capitán Moreira César. Por singular contraste. exacta­ mente en el momento en que ella. de esa Siberia canicular de nuestro ejército. La respuesta por telégrafo fue rápida. con un triste aparato de imperdonable maldad. Resultado: en ningún lugar de nues­ tro territorio pesó tan firme y tan estrangulador. sin un rodeo. por fin. en los documentos de la profesión guerrera aparecía lo implacable de una existencia accidentada. Esta salió de la vaina. Todavía era capitán y aunque nunca había desenvainado su espada en un combate. y teniendo en su hoja de servicios elogios merecidos por varias comisiones ejemplarmente cumplidas. delante de la justicia resguardada por los Comblains de toda la fuerza policial en armas. Los fusilamientos que allí se realizaron.Así se hizo. hablan a las claras. Y entre los subalternos encargados de ejecutar la senten­ cia en plena calle. como una barrera para detener el conflicto que se había reanimado en el sur y amenazaba a los estados limítrofes. alrededor de los treinta años. En los días aún vacilantes del nuevo régimen. terminada la revuelta. en pleno día. el hombre para las crisis peligrosas y para las grandes teme­ ridades. semejaba un triunfador. el gobierno civil recién inaugurado pidió cuenta de tales sucesos al principal responsable. . atrevido y cor­ tante. porque había saltado velozmente tres grados en dos años. sólo volvió después de la proclamación de la República. un dardo que dio de lleno en la curiosidad imprudente de los poderes constituidos. el gobierno parecía desear tener cerca de sí a aquel firme sostén.

Se embarca con su batallón. dispuesto adrede para hacerlo prisionero a él y a sus soldados. crece cuando se ex­ panden las emociones súbitas y fuertes. se puede decir que muchas veces. había decenas de niños que no podían cargar las armas. de mil y tantos hombres exhaustos por una carrera de leguas. Lo había asaltado. precisamente en la víspera del día fijado en detalle para la marcha. incomprensibles o brutales. De modo que. ex abrupto 26 S. pero. en contraste con los inter­ mitentes momentos de exaltación y paroxismo. más repetidos y ostentosos en un creci­ miento inflexible. de un desvío en la ruta. parece tener en la libre manifestación de aquéllas una derivación salvadora que atenúa sus efectos. tuvieron la intermitencia de los ataques. Estos últimos hechos. precisa­ mente en la víspera del día señalado para el asalto. Se hizo dueño del batallón que comandaba. un crimen o un acto de heroísmo. Habremos de verlos en seguida. prende al comandante. porque en sus extensos períodos de lucidez. escondida sorda­ mente en las conciencias. ante la sorpresa de sus mismos compañeros. sin exagerar. Se vio que todos los accidentes singulares de su inconexa existencia. el ataque contra la aldea. Contenido el brazo homicida o inmovilizado de golpe el héroe en su arremetida glo­ riosa. se entregó a una serie de desatinos que culminaron en una catástrofe. demostraba cualidades eminentes y excepcionales de jefe disciplinado e inteligente. Nombrado para la expedición contra Canudos. La acción sería absolutamente inexplicable si no la caracterizáramos como un aspecto particular de la desorganización psíquica de que era víctima. y tres días más tarde. extremados por dos ímpetus impulsi­ vos: la partida caprichosa de Monte Santo. eran señales significativas que indicaban un diagnóstico único y se­ guro . en lo que la víctima trata de eludir instintivamente al propio mal. en manifiesta violación de la ley. o se traduce en una alienación apenas efectiva. Con un imperio incondicional. con estupor de su mismo estado mayor. . el 7*?. . Realmente. por fin. la epilepsia se alimenta de pasiones. de improviso. Estos se volvieron. en una nave mercante y en pleno mar. el enfermo puede aparecer. sucumbiendo al acceso. y su identidad está en que objetivaron la misma neurosis. Sin embargo. Fueron una revelación. es el equivalente mecánico de un ataque. lo abasteció con un personal que sobrepasaba en mucho el número regular de plazas. De ahí esos actos inesperados. . buscando el crimen muchas veces como vía de escape de la locura. la sos­ pecha de una traición. sin que para eso hubiese el mínimo pretexto. eso no disminuía su prestigio. cuando todavía está larvada. entre los cuales. organizó el mejor cuerpo del ejército.

en una eva­ luación cada vez más penosa de las condiciones normales del ambiente. La inteligencia. En esta ocasión le cabe a la sociedad darle la púrpura o el chaleco de fuerza. relativa a la bajeza del medio en que surgió. PRIMERA EXPEDICION REGULAR De conformidad con la invitación que le fuera hecha. cerca de 140 soldados del 33? y el 9? de infantería. Si un gran hombre puede imponerse a un gran pueblo por la influencia deslumbrante del genio. una batería del 2? regimiento de artillería. Despuntaban efímeras individualidades y entre ellas. El enfermo. En la apreciación de los hechos el tiempo sus­ tituye al espacio para formalizar las imágenes: el historiador necesita cierto alejamiento de las épocas que observa. cae en un estado crepuscular. Es temprano todavía para que se defina su altura. entonces. los degenerados peli­ grosos fascinan con igual vigor a las multitudes estúpidas.Durante mucho tiempo está sumido en una semiconciencia de su estado. que nadie advierte. bajo la dirección del mayor Rafael Augusto da Cunha Matos. poco a poco. perturbándose. a la gloria. bajo el mando del capitán José Agostinho Salomáo da Rocha. sintiendo crecer la inestabilidad de su vida. Las tres armas formaban el núcleo de la brigada constituida con la celeridad que las circunstancias imponían. pronto a desatarse en acciones violentas que lo pueden llevar al crimen o accidentalmente. finalmente. deformándose. como si fuese la suma de todos los delirios anteriores. Y lucha tenazmente. . con el capitán Pedreira Franco. el coronel César se destacaba con fuerte relieve. que ni ella advierte a veces. con 28 oficiales y 290 pla­ zas. . y condensa en su cerebro. uniéndose partes de otros tres cuerpos: el 16? que estaba en San Joao d’El-Rei 2 6 5 . Entre nosotros. llevando su batallón. según una acertada expresión. no capta las condiciones exteriores o las relaciona mal y va decayendo. como si la nulidad de su pasado hiciera sobresalir mejor la energía feroz desdoblada en los últimos años. un potencial de locura inestable. el coronel Moreira César salió el 3 de febrero hacia Bahía. con el . Porque el principio general de la relatividad abraza las mismas pasiones colectivas. se debilita. Los intervalos lúcidos le sirven de punto de apoyo para la vacilante conciencia en su búsqueda de motivos inhibitorios. se había ejercitado el dominio del caput mortuum2 6 4 de las sociedades. en una serie de delirios fugaces. y un escuadrón del 9? de caballería. Doblemos esta peligrosa página. de donde salió dirigido por el coronel Sousa Meneses. Pero la lucidez. el 7? de infantería.

En la exigüidad de tal plazo. distancias registradas en los punteros de los podómetros metidos en las botas de los apresurados operadores. tuvieron una semana para reco­ nocer un terreno desconocido y áspero. Dejando en Queimadas. donde el 20 ya estaba pronta para el ataque. anotaban así extensiones en base a una unidad traicionera. propio de un comisario policial enérgico: lanzar a paso redoblado mil y tantas bayonetas contra Canudos. Los ingenieros militares Domingos Alves Leite y Alfredo do Nascimento. y había sido de tal carácter. Siguió con la misma velocidad. Estos se guiaban preguntando a los escasos habitantes de los lugares recorridos. El jefe expedicionario no se detuvo en Bahía.coronel Pedro Nunes Tamarinho y pequeños contingentes de la fuerza estadal bahiana. bases medidas a ojo. La movilización había sido un prodigio de rapidez. aunque cono­ cían el diagnóstico que afectaba seriamente la firmeza y las responsa­ bilidades del comando general ante las severas condiciones de la lucha. Es natural que las operaciones no fuesen concertadas con la indis­ pensable lucidez y que las deformasen desde el primer paso todos los errores y explicables descuidos e inexplicables olvidos de preceptos rudi­ mentarios. de inmediato salió para Queimadas. el grueso de la tropa siguió hacia la "2^ base de operaciones”. tenientes del estado mayor de primera clase. bajo el comando de un teniente. casi 1. ya rudamente corregidos o expuestos con la mayor claridad en los desastres anteriores.300 hom­ bres. cerca de Quirinquinquá. fuertemente provistos con quince millones de cartuchos y setenta tiros de artillería. Reunidas todas las fuerzas que allí lo esperaban. una platónica guarnición de 80 enfer­ mos y 70 niños que no soportaban el peso de las mochilas. cautelosos y tímidos. "1^ base de operaciones”. donde sólo cinco días después de haber partido de la Capital de la República el 8 de febrero. que los cinco médicos del cuerpo sanitario previeron una repetición de lastimosas con­ secuencias. Monte Santo. estaba toda la expedición congregada. la legua. Esto en el menor tiempo posible. Nada se resolvió de acuerdo con las circuns­ tancias especiales de la empresa. Los principales jefes de cuerpos. de estimativa . sin embargo. agregados a la brigada. se negaron a la menor deliberación al respecto. La misma vertiginosidad de los levantamientos militares estaba más acá de esa misión precipitada. señales ambiguas según la disposición de determi­ nadas sierras. la enfemedad del comandante había estallado en una convulsión epileptoide en plena calle. adscrita a reglas fantásticas. El coronel Moreira César llegaba al objetivo de la campaña condenado por los mismos médicos que estaban bajo su mando. Pero había llegado bajo malos auspicios. no les era posible elegir los puntos estratégicos para afirmar una línea de operaciones. Todas las decisiones quedaron domina­ das por un plan único. Un día antes.

y aguadas de existencia problemática y dudosa. Se iba a marchar hacia lo desconocido. dominada . Saliendo de Monte Santo. pero tenía la ventaja. la plenitud del verano. y hubiese entre los expediciona­ rios algún rabdomante capaz de señalar con una varita mágica el punto exacto en que existiese la capa líquida necesaria. Era natural que se garantizase por lo menos la pretendida base de operaciones para que la tropa no quedase completamente aislada en el desierto. se eligió el nuevo camino. a poco rumbeando al NNO. rodeando y evitando por el este los agres­ tes campos que lo detienen al norte o insensiblemente descienden hacia el Vaza-Barris formando en el ligero divortiun aquarum. Se sabía que ésta atravesaba largos trechos de caatingas que exigían la apertura de picadas. los más impetuosos aguaceros. La explo­ ración realizada se había hecho por un ajustarse a esas antiguallas de la estrategia. De acuerdo con él.exagerada por el amor propio del matulo acostumbrado a largas cami­ natas. aunque fuesen mínimas. se encontrarían en el Rosario. informes sobre acciden­ tes. Subordinaron al comandante el relevamiento hecho. A pesar de eso. un mínimo de veinticinco leguas. Envolvía al del Cambaio por el este y era más extenso en nueve o diez leguas. pudiesen ofrecer resis­ tencia en caso de una derota. doblando. las fuerzas se encaminarían hacia la aldea del Cumbe. porque absor­ ben con succión de esponja. como si conociesen las capas profundas de la tierra cuando ignoraban su misma superficie. contextura del suelo. el de Bom Conselho a Jeremoabo. Nadie pensaba en la más remota posibilidad de un revés. Sin mayor examen fue aprobado. el capitán Jesuíno. con el antiguo camino de Magacará. grandes arenales sin el más leve hilo de agua. escogiéndose dos o tres puntos de defensa con guarniciones que. por sendas no frecuentadas. se tomaría la ruta hacia el norte. como hacían las legiones romanas en Túnez. en el rumbo ESE y al llegar aquí. Para obviar este inconveniente. pero bastaba la mirada perspicaz del guía. entre éste y el Itapicuru. La travesía se presuponía larga y llena de tropiezos. al parecer. en marcha que la contorneaba. para aclarar los problemas de la ruta. rumbos totalmente embarullados o líneas de ensayo en las que un error de cinco grados era un primor de rigor. porque todas las travesías por allí se limitan a un camino secular. Eran 150 kiló­ metros. por lo despoblado y árido de la tierra. con sus pésimas condiciones de defensa. no se podía emprender el viaje sin que los combatientes llevaran provisión de agua. que valían por una extensión diez veces mayor. faldeando la sierra de Aracati. un retroceso o una retirada. llevaron una bomba artesiana. Monte Santo. de apartarse de la zona montañosa. que se debía pasar un arenal de cuarenta kiló­ metros que en esa época. Elegido este camino no se pensó en convertirlo en una línea de operaciones. Veremos más adelante qué función cumplió.

ingenuas madres de familia hermanadas con tramposas mujeres de la vida. Muchos cargaban en redes a sus familiares enfermos. podía atacarla.por la serranía a plomo. desde lo alto de las colinas. llegaban cargueros repletos de toda suerte de provisiones directamente enviados a Canudos por los adeptos que desde lejos los mantenían. buscando un teatro de mayor enver­ gadura para su índole aventurera y su valentía impulsiva. quedaría bajo la autoridad del coronel Meneses con una guarnición deficiente de pocas decenas de plazas. Canudos había crecido extraordinariamente. Brazos no fal­ taban. convergiendo de todos los puntos. a bandidos sueltos. buscando el milagro. COMO LA AGUARDABAN LOS JAGUNCOS Apenas despuntaba la mañana se distribuían los trabajos. en todas partes. desde donde media docena de enemigos sin arriesgarse. aparecían grupos de peregrinos. De modo que los jagungos. vaqueros crédulos y fuertes. siguiéndolos pero sin mezclarse con los fieles. novelada ya con numerosos episodios. No lo hicieron. aparceros en un mismo montón con los variados tipos de la marginalidad sertaneja. capangas en disponibilidad. Llegaba toda suerte de gente: pequeños hacendados. En tres semanas. de veinte hombres cada uno. moribundos ansiosos de tener su último sueño en ese lugar sacrosanto. de Magacará. La nueva del último triunfo sobre la expedición Febrónio. extraños. en todo momento. Se destacaban piquetes de guardias. en demanda del paraje legandario. En el curso de esas pro­ cesiones se veían invariablemente. y leprosos. Tenían abastecimientos y un gran entusiasmo. Alagoinhas. podrían tomarla apenas el resto de la tropa saliese para Canudos. o ciegos. solos. en Vila Nova da Rainha. de Jeremoabo y de Uauá. trayendo todos sus haberes. paralíticos. los había de sobra. sin compartir el coro de letanías. había des­ truido las últimas vacilaciones de los creyentes que hasta entonces habían sido renuentes en ir hasta el falansterio de Antonio Conselheiro. fácilmente. la cura inmediata ante un simple ademán del tau­ maturgo venerado. Pero se podía presumir que lo iban a hacer cuando todas las informaciones que llegaban aseguraban de modo concordante que los sertanejos se preparaban fuertemente para la lucha. hacia los varios . al mando de un jefe de confianza. por las calles de Calumbi. Las noticias eran ciertas. aumentada por los que la divulgaban. Como en los primeros tiempos de la fundación. En el correr del día.

cantando. en la bajada de las Umburanas y en lo alto de la Favela. un pequeño escudo colgante. a dos metros sobre el suelo. en delicadas comisiones. volverían difícil la marcha de la tropa más robusta y ligera. cargando o amontonando piedras. se volvería hacia los lados. Escogían los arbustos más altos y frondosos. con el fin de renovar a los que habían pasado allí la noche de vigías. En los días ardientes. asaltando y conquis­ tando las trincheras que los bordeaban. facilitaban la tarea. en la que se pudiese ocultar o moverse a gusto el tirador. capaz de soportar cómodamente uno o dos tiradores invisibles. Preparaban la urgente defensa. y otras más distantes e igualmente dispuestas. los combatientes estarían siempre atrapados en una red de balas. Los bloques de pizarra. Y como preveían que éstas. junto a la confluencia del Macambiras. por cuyos intersticios se podían meter el caño de las espin­ gardas. inquiriendo sobre todo. crivaban la tierra en todos los alrededores de Canudos. espiando todo. el sistema era un ideal de fortificación pasajera: abierta una cavidad circular o elíptica. tratando de escapar de los pasajes peligrosos. Es que los rebeldes no necesitaban enseñanzas para estos preparativos. hacieron otras próximas. car­ gando armas o herramientas de trabajo. ríos excavándose en fosos y por todas partes. Olvidados de las matanzas anteriores. de modo de seguir el combate. Pero los jefes no se ilusionaban. La tierra era un modelo admirable: sierras empinándose en reductos. las caatingas cerradas en trincheras naturales. Por los caminos pasaban en pequeños grupos. arreglar contrabandos que se hacían con facilidad. finalmente.puntos de acceso: en Cocorobó. En el ánimo de muchos asomaba la esperanza de que los dejarían. Explican el extraordinario número de esos tremendos hoyos que a intervalos regulares y hacia todos los rumbos. hacia Monte Santo o hacia Cumbe o hacia Queimadas. adquirir armamentos. les cortaban las ramas interiores sin deshacerles la fronda. se veía a los sertanejos esparcidos por lo alto de los cerros o al borde de los caminos. Otros se dirigían a las obras de la iglesia. cautelosamente. Así es que siguiesen el camino o lo aban­ donasen. en lo alto de las barrancas. sacando. fácilmente extraídos en todas las formas deseadas. la rodeaban de pequeños respaldos de piedras yuxtapuestas. Cons­ truían trincheras. como incontables cañoneras de una monstruosa fortaleza sin muros. confa­ bulando con los fieles de aquellas localidades para vigilar a las autori­ dades. extendidas a ambas márgenes del río. Y partían felices. indagando acerca de los nuevos invasores. sobre todo en los largos trechos en que el camino sigue el lecho seco de los riachos. en la quietud de la simple existencia del sertón. Estaban situados de modo tal que. Los que en la víspera ya habían pagado su tributo al servicio común se iban hacia las insignificantes plantaciones. iban más lejos. de modo de for­ mar. Por su rapidez. abriendo la tierra a pico y pala en una faena incesante. ocultos en el . y los más despiertos.

corrían por todo el sertón. más hacia el norte. No terminaban aquí los preparativos. sin riesgos. limpiaban después la parte de atrás. los superaba por una rara argucia y unos grados de superioridad * Muta: especie de palenque sobre el cual se espera. en las sediciones parceladas. absoluta­ mente desconocidos. Los reci­ bía el astuto Joáo Abade que. los valen­ tones tradicionales de los conflictos sertanejos. libraban las junturas y brechas donde vegetaban cardos y bromelias. esti­ rando los arcos que parecen una transición entre las armas de los salvajes y la antigua ballesta de polea.follaje. Venían "debaixo do cangago” : la alforja atestada de balas y el tarro de pólvora lleno. No les faltaba balas. tenían el salitre. en su dosis justa. Entraban por el camino principal sin que nadie les preguntara la procedencia. Por el sertón había corrido un toque de atención. las abrían como estrechos postigos. de los "calangros” de los "balaios” o de los "cabanos”. el sulfuro. al par que el ins­ tinto de desorden. enmarcados por espesas hileras de gravatás. concertando las piezas de las viejas espin­ gardas y pistolas. Respondían a una usanza antigua. Se reparaban las armas. Porque la universalidad del sentimiento religioso. El caño ancho de los bacamartes aceptaba todo: canto rodado. no sólo a los bahianos sino a los hijos de todos los estados limítrofes. Y de las tiendas calientes salía un resonar metálico de activos arsenales. Día a día llegaban a la aldea singulares recién venidos. variando hasta entonces sólo en los nombres. Los mutas * de los indí­ genas se intercalaban así completando el alineamiento de las trincheras. Nada más. aparecían bajo todos los matices. la carabina. El explosivo salía perfecto. cómodamente. No era suficiente la pólvora adquirida en las aldeas próximas. la pistola de dos caños atravesada a la cintura de donde colgaba el facón inseparable. temperando las láminas de las facas largas como espadas. rivalizando bien con los que usaban en las partidas de caza. En la aldea se oía la orquesta estridente de las bigornias. junto al Sao Francisco y tenían desde hacía mucho. la caza. la cadencia de los martillos y las mazas: maleando las hoces. en bandolera. pedazos de clavos. esos tiradores singulares desde los cuales trampeaban a los cangagus bravios. Descubrían un cerro coronado por cantidades de grandes bloques redondos. sacado a flor de tierra. esquirlas de piedras. como si fuesen viejos conocidos. Tenían otros dispositivos más serios. al acecho. como entre corredores del monstruoso bloque dominante sobre tierras y caminos y de donde podían. . aguzando y acerando las aguijadas. allí había reunido. no les fattaban luchadores de fama cuya aventuras que causaban asombro. divisar los más remotos puntos. puntas de cuernos. pleiteándoles la paridad en calidad de bandido. y se movían por ahí. la hacían: tenían el carbón. Finalmente. Entre el jagungo de Sao Francisco y el cangaceiro de los Cariris.

Los piquetes que. La gran mayoría de los creyentes verdaderos permaneció resignada. catorces. fuego y espada. espe­ cificaba un rudo poeta sertanejo en el canto que más tarde consagró a la campaña. Pero ese movimiento de temor había redundado en una selección. El temor inmovilizó la febril actividad de los jagungos. y prefiguraban la devastación de sus casas. El pueblo se había vuelto hacia la fe religiosa. Hubo algunas deserciones que ralearon las filas de los que debían ser más fuertes. Cesaron de golpe los contingentes de peregrinos. Canudos des­ hecho a bala. Se lo dibujaba como el Anti-Cristo que venía a tomar la última prueba a los infelices penitentes. título inexplicable en aquel laberinto de callejuelas. Según después se supo. su primer crimen. "Comandante da rúa” 2 6 6 . ya no pasaron por los caminos . recorridas continuamente por las veloces rondas de los piquetes. se había establecido un raro estrechamiento de esfuerzos y la más perfecta conformidad de puntos de vista vueltos hacia un objetivo único: parar la invasión inminente. sin abandonar el poblado ejercía un abso­ luto dominio que se extendía por los alrededores. En aquella dispersión de oficios. ninguna expedición fue aguardada con tal ansiedad. por un radio de cinco leguas a la redonda. múltiples y variables. donde se codeaban el tdbaréu crédulo y el bandido despierto. salían hacia diversos puntos. fue cuando los emisarios que habían ido a averi­ guar sobre la marcha invasora trajeron información sobre el armamento de los soldados y el renombre del nuevo comandante. Lo obedecían incondicionalmente. los días de torturas sin nombre. Echó de la aldea a los incrédulos y temerosos. Se exageraba con extravagantes fantasías la temeridad del comandante. diariamente. la aldea entera saliese en largas procesiones penitenciales por los descampados. un sobresalto que llenó de estupor a la grey de revoltosos y los puso en peligro de disolución. Cuando los piquetes volvían de recorrer los alrededores les faltaba alguno de esos siniestros compañeros. Lo imaginaban un héroe de grandes batallas. Cesó la febril activi­ dad de los preparativos bélicos. hubo una detención súbita de los preparativos guerreros. Sin embargo. Y no era raro que. Lo cierto es que los domi­ naba y disciplinaba.mental. de donde había escapado después de haber asesinado a su novia. de los adventicios peligrosos que iban allá. al clarear el alba. dejando de lado las armas. no bajo el estímulo de una creencia sino con el anhelo de desmanes y en­ frentamientos. Le pusieron un apodo lúgubre: "Corta-cabezas” 267. gracias quizá a la circunstancia de haber estudiado en el liceo de una de las capitales del norte. según lo revelaron algunos prisioneros al término de la campaña. los durísimos tratos que recibirían.

El cercado. Eran en total 1. ante la silenciosa multitud. silenciosos. en el que abundaban las ramas aromáticas de las caatingas. . Al ano­ checer. frente a la puerta del Santuario. Antonio Conselheiro aparecía. bajo el mando del capitán José Salomáo Agostinho da Rocha. un escuadrón de cincuenta plazas del 99 de caballería. bajo el mando del coronel Pedro Nunes Tamarinho. al mando del capitán Pedreira Franco. la frágil pero numerosa legión de la beatería. Quedaba largo tiempo. Vestido con una larga túnica de brin azul que se deslizaba sin cin­ turón y sin gracia por el cuerpo. contingentes de la policía bahiana. ligeramente disminuido. Y predicaba. teniendo cada uno 220 cartuchos.000 del convoy general. II PARTIDA DE MONTE SANTO Las tropas iban a partir el 22 de febrero. el 9? que por tercera vez se aprestaba a la lucha. de rodillas en el cercado. la multitud. Allí estaban: el 7? con efectivo superior al normal. vigilantes. se metían cautos por las breñas y ahí se quedaban largas horas. formaron en orden de marcha para que les examinaran el equipo y las armas. . la frente y los ojos bajos. Ferreira Nina. salió a terciar. Levantaba la cara macilenta. En consonancia. encendidas las hogueras. el cuerpo de sanidad comandado por el Dr. bajo el mando interino del mayor Rafael Augusto da Cunha Matos. inmóvil y mudo. Lo determinaba la "orden de detalle”.entonando sus cánticos festivos. . fracciones del 339 y del 169 dirigidas por el capitán Joaquim Quirino Vilarim. Los batallones se alistaron en un cuadrado. La partida debía hacerse al día siguiente. La noche caía completamente y la aldea reposaba bajo el imperio del humilde y formidable evangelista. el torso doblado. aparte de la reserva de 60. una pequeña mesa de pino cubierta con un mantel blanco. alentando a los combatien­ tes más temerosos. prolongándose a lo largo de la calle principal de Monte Santo. prolongaba sus rezos más allá del tiempo consagrado. Se exceptuaban setenta plazas del 169 que se quedarían con el coronel Sousa Meneses guardando la aldea. en la tarde de la víspera. Al finalizar los rezos se le arrimaba una extraña figura. de pron­ to iluminada por una mirada fulgurante y fija. tenía al medio. y la comisión de ingenieros. la batería de cuatro Krupps del 2? regimiento. En esta afligente situación.281 hombres.

resonó la corneta al lado del comando en jefe dando la voz de "columna en marcha”. que se había retrasado algunas horas con el comandante retenido en una finca próxima por otro ataque de epilepsia. cuando el nordeste sopla sobre las ramas. es absolutamente estéril. Esta parte del sertón. desapareciendo con rapidez. largamente intercaladas. hacia Serra Branca. a más de tres leguas al frente. la desolación es total. El hecho fue inesperado. de noviembre a marzo. los habitantes de Monte Santo veían desa­ parecer a lo lejos. El coronel Moreira César. habiendo alcanzado en la víspera el sitio de Cajázeiras. se puso al frente de la columna. a dos leguas y media del Cumbe. Un cuarto de hora después. de Jeremoabo al este y de Monte Santo al oeste. es muy distinta de las que hemos bosquejado rápidamente.Se hizo la revista. donde el hálito de un yesquero basta para encender súbitas hogueras. la tercera expedición a Canudos. Pero no hubo en las filas la más leve murmuración. . si acaso éstas no se arman espontánea­ mente en la plenitud de las sequías. Quien por allí se aventure tiene la impresión de andar por un campo de gajos secos y rotos. la cubre una flora rala que transforma a las caatingas en caatanduvas. en la última curva del camino. de Santo Antonio da Gloria al norte. al borde de las planicies que se dilatan hasta Jeremoabo. sin embargo. sin depre­ siones que mantengan aguadas salvadoras. rodaron los convoyes. se convierte lentamente en un desierto. Se iniciaba al caer de la noche la marcha hacia Canudos. Es menos abrupta y más árida. enderezaron rumbo al norte. PRIMEROS ERRORES La vanguardia llegó en tres días al Cumbe sin el resto de la fuerza. Y como al caer las mayores lluvias. apenas lo embeben. Se completa así la acción esterilizadora del clima. al penetrar por el camino estrecho. inscripto en el vasto e irregular círculo que tiene como puntos determinantes los poblados del Cumbe al sur. sin un poblado por donde pasen algunos viajeros. Este aspecto de la tierra. sorbidas por las arenas. desfilando de a dos en fondo. de modo tal que ese trecho de los sertones. La sorpresa se retrataba en todos pero no perturbaba el rigor de la marcha. se fue­ ron colocando sucesivamente las secciones. se sacudió la artillería. Los tambores retumbaban en la vanguardia. dejando al galope el lugar donde había per­ manecido. En la plenitud del verano. En la madrugada del 26. oculta obstáculos quizá más serios. en vez de ordenarse rompan filas. El suelo arenoso y chato. Pero en contra de la expectativa general. en los mediodías calientes.

Andaban imprudentemente. El terreno inconsistente y móvil huía bajo los pasos de los caminantes. y los más robustos apenas si podían ca­ . levan­ taba pesos. Al paso de las filas. a pesar de la distancia recorrida. seis leguas más adelante. NUEVO CAMINO La expedición marchaba por ahí en la época menos propicia. demoraba la tracción de las carretas hundiendo las ruedas hasta la mitad de los rayos. único vegetal que puede medrar allí sin morir. Flanqueaban a la tropa los espías de los )agunqos. doblados sobre sus armas. La travesía fue penosa. Abatidos por un día entero de viaje. Nadie se fijaba en ellos. que era forzoso deshacer a cuchillo. en la retaguardia. a la tarde. Ante el singular contratiempo. La noche cayó sobre la marcha oscilante por el camino repleto de espinos. sólo cabía determinar la partida inme­ diata. la tropa estaba exhausta. Mil y tantos hombres torturados de sed. hasta el punto pre­ fijado. entregados por completo al tino y la lealtad de los guías. Es que en lugar de llevar un instrumento que facilitara la penetración de la sonda había llevado uno de función opuesta. Y debía caminar bajo una temperatura altísima que agotaba a los soldados y no los insolaba gracias a la sequedad extrema del aire. la pesadez de la canícula. a pleno ardor del sol del verano. Se trató de clavar el tubo de la bomba artesiana. distanciados. gracias al látex protector que le permite. Ya vimos que la situación había sido prevista. Y sedienta. Al final. cubrir de hojas y de flores sus troncos car­ bonizados. Dominando la vegetación. Los lastimados se perdían.Los árboles escasean. Cuando. se ven arbustos de mangábeiras.. se encontraban allí. y duplicaba en el reverberar intenso de la arena. Para saciar la sed que provenía de una casi completa deshidratación a causa del sudor. hacia el Rosario. el estrépito de las armas estallaba en la soledad del erial y ese ruido rompiendo el silen­ cio ahogaba imperceptibles rumores en la caatinga. . donde la existencia de un pozo de agua justificaba el alto. se detuvieron en pleno camino. barreras de espinos. cuando vuelven las estaciones propicias. olvidados de la lucha. casi exclusivos en cier­ tos tramos. los expe­ dicionarios. oponía cada tanto. pene­ trando en pleno territorio enemigo. Pero la operación resultó inútil. algunos litros de agua. Había caminado ocho horas sin parar. Se calcula que esa jornada fue de ocho o diez leguas sin descanso. después de los soles y los incendios. llega­ ron a Serra Blanca. en las profundidad de un pozo. sólo pensaban en el agua apetecida.

el enemigo imaginario a quien iba a entregarse. rodeados por una cerca de palos. disparando sus armas entre el fragor de los truenos que impresionaban desde lo alto. sin pisos. los que dormían. mientras caía un vio­ lento y transitorio aguacero. por primera vez. el día pasó en completa paz. En la Porteira Velha. Fue un alto breve. A duras penas lo alcanzó el ingeniero militar Domingos Leite. oficiales y plazas buscaban una formación imposible. de improviso. Corriendo y cayendo. en un tumulto. emba­ rrándose en carreras cruzadas. oficiales durmiendo. habiendo llegado a la tarde un correo de Monte Santo y caballos para el escuadrón que hasta allí había viajado en muías inservibles. Felizmente. un descanso ilusorio: plazas caídos a lo largo del camino. parece que la vanguardia los había sorprendido ocasionando un pricipitado desbande. sordos a las discordes voces de mando. la invadió la aprensión de la guerra. Era el coronel Moreira César. con las riendas de los caballos enredadas en las manos. era como los otros de las cercanías: una o dos casas pequeñas de teja hueca. dueño de dos campos en Caimbé y Olhos d’Agua. Salvo ese incidente. con un terreno limpio. A cada paso encon­ traban restos de asados. el pozo de agua o la ipueira que determinó la elección del lugar. armándose a los apu­ rones. vistiéndose. Allí acampó la expedición. Estaba en el centro del teritorio enemigo y parece ser que. todo decía que los sertanejos habían pasado allí la noche. se oyeron las notas de la alarma. José Américo de Sousa Velho. * El coronel de la Guardia Nacional. Aquel sitio. buscán­ dolo en esa arremetida inútil. precipitándose al galope entre los dos soldados atontados y lanzándose en dirección probable al enemigo. rostros frescos en la arena que seguían tortuosamente en las caatingas. alineándose secciones y compañías al acaso. rodeándolos. El Rosario fue alcanzado antes del mediodía. apareció de golpe un jinete solitario. Y en medio de aquel enredo de filas. El enemigo aprovechaba el furor de los elementos y surgía entre esa lluvia. con arbustos escasos y a poca distancia. destinado a la celebridad en el correr de la campaña. precisamente a la hora en que otra lluvia pasajera v fuerte caía sobre la tropa desguarnecida. Lo revela un incidente. resbalando por el terreno encharcado. reconocieron que estaban en la zona peligrosa. en rondas cautelosas.minar. era un convoy de mercaderías enviado por un hacendado amigo de las cercanías *. como los que suelen sobrevenir por esa época en los sertones. . cenizas de hogueras. ajustándose los cinturones. Y reanudaba la marcha en la madru­ gada. Fue quien había aconsejado «se camino a la expedición. El día 1? de mayo. Junto a la hoguera habían que­ dado una pistola de dos caños y una aguijada de vaquero. invisibles.

el jefe expedicionario no desoyó la opinión. el cuerpo de sanidad. era factible una retirada en orden hacia Monte Santo donde se reorganizarían y se aumentarían las fuerzas. adonde mandó armar su barraca. ir directmente sobre Canudos después de caminar poco más de legua y media. la caballería. con el capitán Alberto Gaviao Pradel de Azambuja. El coronel César. con el mayor Cunha Matos. el ala izquierda del 79. Contra lo que era de esperar. la 1^ división del 29 regimiento. si por cualquier causa se verificasen grandes recursos de parte del adversario. el ala derecha del 99 bajo el mando del coronel Tamarinho. una compañía de tiradores del 7$. Habían partido a las cinco de la mañana. experimentado y bravo y la comisión de ingenieros. imponía la modificación preliminar de la orden hasta entonces adop­ tada sobre la marcha. Al marchar hacia Angico se salió con el mismo orden de partida del Cumbe: al frente un piquete de exploradores montados. siguiendo un plan lúcidamente elaborado. El coronel César se internó en la caatinga próxima. bajo el mando de Salomáo da Rocha. los batallones marcharon hacia Angico. el ala derecha del 79. una de las cuales. contingente del 16? del capi­ tán Quirino Vilarim. Ma­ nuel Rosendo. destinando una fuerte vanguardia para el reconocimiento y el primer combate y la entrada en acción de la otra como refuerzo. acampando dentro de un gran corral abandonado. separada de la izquierda comandada por el capitán Felipe Simoe con su respectivo convoy.Y en la madrugada del día 2. Sugería la división en dos de la columna hasta entonces unida. Llegaron a la región carac­ terística de los alrededores de Canudos: serranías cubiertas de una vegetación raquítica de cardos y bromelias. y el convoy general cuidado por la policía bahiana. Como estaban en pleno territorio enemigo. adonde llegaron a las once de la mañana. Allí no ocultó a los jefes de los cuerpos su seguridad absoluta en la victoria. Por último. sostenida por el comandante del 7*?. al mando del teniente Figueira. adrede concebido para dismi­ nuir la fatiga de las marchas forzadas anteriores. un guía. en la vanguardia. a la madrugada. Descansar el resto del día y levantar el campamento a las cuatro. A la retaguardia. La tropa avanzaría el 3. De esa manera. iba entre la compañía de tiradores y el ala derecha del 7?. Le presentaron varias ideas para rodear de mayor seguridad al ataque. riachos derivados por tierras . tomaron dispositivos para dar garantías al campa­ mento rodeándolo de centinelas. Estaba firme el plan definitivo de ruta. marchando de costado llevaba al centro al respectivo convoy de municiones.

. los transforma en pocos días. . según el dicho de su lenguaje pintoresco. Alrededor. decaída. por los campos. lo que nunca adquirieron en los cuarteles: altivez en el porte. por las piedras. sin una flor sobre las ramas desnudas. sin un batir de alas en el aire quieto. amalgamas de diversas razas. habían pasado sin dejar rastros. asumían con preferencia los instintos guerreros y la falta de previsión de los salvajes. en los ejercicios extenuantes de la marcha y del combate. llevan las armas sin estilo. . como sucede en la plenitud del verano. por las que la reciente llegada de las lluvias todavía no había extendido las vestiduras efímeras de la flora renacida. siempre el mismo tono en los paisajes. la recortaba con un largo dibujo negro y sinuoso. precisión en el tiro. por una misteriosa ley de la psicología colectiva. hacia donde se extendiera la vista. pasando días "comiendo aire”. No ensayan la menor protesta ante las peores estrecheces y nadie se les empareja en el resistir el hambre. cubriéndole las piedras. El suelo quemado las absorbía y seguía reseco y agreste. sin que acercarse al objetivo de la lucha turbase el ánimo de los soldados. los disciplina. sin garbo. en los altos del camino quedan sin aplomo. Adelante y próximos se veían. por los cerros. PSICOLOGIA DEL SOLDADO Seguían tranquilamente a paso común y seguros. son inimitables en su capacidad para caminar días y días por los peores caminos. No sucumben a la provocación. Las lloviznas de la víspera. De la extensa fila de la brigada salía un murmullo de millares de sílabas emitidas a media voz. celeridad en las cargas. la guerra es su mejor campo de ins­ trucción y el enemigo es su instructor predilecto. Después de angustiosos trances. La columna en marcha. se relajan. aquí. al norte. las últimas serranías que ro­ dean Canudos. Esos hombres de todos los colores. allí. les da en poco tiempo. los endurece. doblados. El atributo prominente de nuestros soldados en esa alegría jovial con que se acercan al enemigo. a un mismo tiempo impresionante y monótono: la naturaleza inmóvil. parece que ante lances peligrosos o emocio­ nes fuertes. En la paz son muelles. Van a la batalla como hacia una fiesta turbulenta. el desapego a la vida y el impulso fatalista hacia la muerte. la inconsciencia ante el peligro. repentinamente cortadas por risas joviales.cada vez más abruptas. seguridad en el paso. vimos a algunos valientes echar a broma sus sufrimientos y reírse de las miserias pasadas. estirada en una línea de tres kilómetros.

algunos salían con un pensamiento extravagante y en el alboroto confuso pasaban las risas apenas contenidas. La obligación de combatir adscrito al ritmo de las cornetas lo tortura. ninguno es capaz de entrar y de salir como un prusiano. III PITOMBAS Iban a estas admirables condiciones cuando llegaron a Pitombas. Imaginaban anticipadamente sus hazañas: cosas para el asombro de los oyentes crédulos. es un muchacho heroico y terrible. Pero lo hace con los ojos puestos en sus jefes de cuya energía parece vivir exclusivamente. A veces. Con tal jefe no podía pensarse en reveses. Entonces se bate sin rencor pero estrepitosamente. junto con la bala. impa­ cientes por irse de manos sobre el adversario esquivo. El pequeño riacho que por allí corre surcando profundamente el suelo. . y la vuelta sin gloria. transformaba la campaña en un paseo militar penoso. cuando toca al enemigo con la punta de su sable. Por eso no se adapta a las grandes maniobras de las campañas clásicas. aquella mañana resplandeciente los alentaba. es tur­ bulento. la irisaba. es desprolijo. en la tapera monstruosa. arrojando contra el adversario. desdeñando las oportunidades de cortárselo. Esa probabilidad los asustaba. Ahora bien. Las for­ maciones correctas lo maniatan. Y hacían planes. allá adentro. los amenazaba con un solo obstáculo serio: que encontraran vacío el poblado sedicioso. y de buen grado obediente a los amplios movimientos de la estrategia. Además. arriesgándose locamente. avanzando impasible hacia los puntos más difíciles. pasando por transiciones suaves del cénit azul al púrpura deslumbrante del oriente. Es desordenado. es cierto.En la batalla. riendo entre las cuchilladas y las balas. ”. interrumpiéndolo . El adversario que hasta ese momento les había dejado libre el camino. cuando la tuvieran a tiro. El hermoso firmamento de los sertones se arqueaba sobre la tierra. despreciando el valor. todos iniciados por una frase ingenua: "Cuando yo vuelva. con su podómetro sujeto a la bota. la palabra irónica o burlona. en aquella ocasión todo vaticinaba la victoria. El mecanismo de la maniobra compleja lo atonta. sin haber disparado un cartucho. fanfarrón. . . Vendían escanda­ losamente la piel del oso sertanejo. De modo que la mínima vacilación de aquéllos detiene de golpe todas las osadías y cae en un abatimiento ins­ tantáneo unido a un desánimo invencible. Y marchaban firmes al frente. quiere guerrear a su manera. escenas jocosas y trágicas. . a veces va al lado del camino y otras veces lo cruza. proyectos prematuros.

el enemigo. el alférez Poli. Y cuando la vanguardia llegó a la mitad. Era para llorar ver tanto aparato bélico. EL PRIMER ENCUENTRO Por ésta tomó la tropa. En los aires resonaban todavía los estampidos. Los tiradores y sus flancos. el ala volvió a la fila entre aclamaciones. estalló una descarga de media docena de tiros. cuando corrió triun­ falmente el ritmo de una carga y destacándose. volteándola a bayoneta. que aprovechaba la conformación favorable del terreno para un ataque instantáneo. El comandante en jefe abrazó. . hacían el camino me­ tiéndose en las caatingas.serpenteante. Los barrieron. Las armas de los jagungos eran ridiculas. hundiéndose en la caatinga a paso redoblado. bajo la protección del contin­ gente policial y del resto de la caballería. . que­ dando en Pitombas los médicos y heridos. a la vanguardia. cayeron como ante un huracán. El grueso de los combatientes se perdió adelante. — dijo tranquilamente. con sincera alegría. Estaba cargada. los cañones de la división Salomáo explotaron metralla sobre la vegetación rastrera. además de siete soldados. El coronel César. Y reanudaron la marcha. lo deja antes de llegar al lugar al que da su nombre. Se había roto el encanto del ene­ migo. . bajo la barranca. Descargaron sus armas y huyeron a tiempo para escapar a la réplica que fue rápida. para matar pajaritos. Por fin. tanta gente. casi un semicírculo del cual el camino es la cuerda. Fue como una diversión gloriosa y rápida. saliendo del grueso de la columna. En seguida. — Esta gente está desarmada. Habían tirado con firmeza: abatieron mortalmente a uno de los subalternos de la compañía de tiradores. doblándose en una vuelta larga. rastreando a los espías que por acaso hubiese. Como despojo. en rápido avance. a caballo. Por fin. mientras el toque de la victoria sonaba en altas vibraciones. a pasos redoblados. el ala derecha del 7<? se lanzó en dirección del enemigo. tan lujosa escena en una campaña destinada a terminar con media docena de disparos. A los pocos minutos. Era algún piquete que espiaba a la expedición y allí la aguardaba. al oficial feliz que diera ese valiente rechazo al antagonista y consideró auspicioso el encuentro. ahora más rápida. El enemigo se hurtaba al encuentro. Los arbustos se doblaron. Un tiro insignificante. los soldados encontraron una espingarda pica-pau de caño fino. hiriendo de soslayo y refugiándose en seguida en la vegeta­ ción de las riberas. disparó al aire.

. en una especie de generación es­ pontánea en virtud de la cual millares de individuos diferentes se vuelven un animal único. lúcida e infle­ xiblemente.deshaciendo las probables trampas o buscando alcanzar a los fugitivos que enderezaban hacia Canudos. lo indispensable para reunir a los oficiales y presentarles. El encuentro los había galvanizado. . estimulan y alucinan con idéntico vigor al hombre que huye de la muerte y al hombre que quiere matar. Pero estaban lejos de ese ideal siniestro los soldados del coronel Moreira César y éste. Sobrevino una ocasión para normalizar la situación. Llegaron a Angico. se confunden en el mismo espectro. imponiendo. . Solamente la fortaleza moral de un jefe puede impedir esa transformación deplorable. Pero el ímpetu que traía la tropa dio un componente favorable a las tenden­ cias envalentonadas del jefe. Lo obsesionaba el ansia de verse frente al adversario. Iba a ser el exponente de la neurosis. El mismo aton­ tamiento y el mismo andar precipitado entre los mayores obstáculos y el mismo vértigo. El pánico y la valentía loca. Fiera anónima y monstruosa caminando hacia el obje­ tivo con finalidad irresistible”. Porque un ejército que persigue tiene el mismo automatismo impulsivo que los ejércitos que huyen. en esa ebriedad mental peligrosa que atonta al solda­ do doblemente fortalecido por la seguridad de su fuerza y la absoluta licencia para la máxima brutalidad. exige almas inertes — máquinas de matar— firmemente enca­ rriladas en las líneas preestablecidas. Se había establecido que allí descansarían. una directriz que rectifique el tumulto. ¡vamos a tomarlo! La propuesta fue aceptada. La tropa iba bajo la atracción irre­ sistible de la lucha. iba a ampliarla. lanzan al combatiente a los mayores peligros y a la fuga. con la misma intensidad. Es que un ejército es antes que nada una multitud "conjunto de elemen­ tos heterogéneos donde basta introducir una centella de pasión para determinar una súbita metamorfosis. Pararon en Angico un cuarto de hora. pero Canudos está muy cerca. el extremo pavor y la audacia extrema. Hace muchos días que no me alimento. en lugar de reprimir la agitación. punto predeterminado de la última parada. Un plan de guerra arriesgado a una sola carta. Levantarían campamento a la mañana siguiente y caerían sobre Canudos unas dos horas después. y la misma neurosis torturante impresionando a las filas y la misma ansiedad dolorosa. olvidando el axioma de que nada se puede intentar con soldados fatigados. la idea de seguir esa arremetida hasta la aldea: — ¡Camaradas! como ustedes saben estoy enfermo. Los grandes estra­ tegas han comprendido que la primera victoria a alcanzar en las guerras está en sujetar ese contagio de emociones violentas y esa inestabilidad de sentimientos que.

distantes. El sol ilumina a plomo. raros. DOS TARJETAS DE VISITA A ANTONIO CONSELHEIRO El guía. . Aclamaciones. los sorprendió la vista de Canudos. consultado. La embestida se re­ novó febrilmente. como si tuviesen el único fin de atraerlos lo mismo que el resto de la tropa. apuntó con seguridad la dirección de la aldea. La marcha continuó. se permitió que los plazas arrojaran las mochilas.— ¡Vamos a almorzar a Canudos!— dijo bien alto. La fuerza hizo un alto. los sacos de provisiones y todas las piezas del equipo. ordenó dar dos tiros en el rumbo indicado. con el humorismo superior de un valiente. cansándolos en un camino de seis horas. los batallones avanzaron dentro de una pesada nube de polvo. sonaban algunos tiros de los adversarios en fuga. finalmente. . Dispersa al frente. exceptuando los cartuchos y las armas. iría recogiendo todo a medida que lo encontrara. Avanzando de ese modo desaforado saltaron la breve planicie en lo alto de las Umburanas. a retaguar­ dia. Le respondió una ovación de la soldadesca. La caballería. la compañía de tiradores revolvía las matas desde las cuales. Eran las once de la mañana. . La frase se repitió entre las filas. Traspuestos los últimos accidentes fuertes del terreno. "¡ACELERANDO!” Hay una prueba que no puede eludirse en esta marcha enloquecida que cortaba el aliento de los soldados antes de la batalla: para no demorarse y apurar el paso de carga de la infantería. la enorme tapera que las expediciones anteriores no habían logrado tocar. Estaban en lo alto de la Favela. Jesuíno. Moreira César puso en pie de guerra a la división Pradel y graduando la alzada de mira a tres kilómetros. al alcance de la artillería. Buena estrategia que tenía el fin de hacerlos marchar hasta la aldea en condiciones desfavorables. UNA MIRADA SOBRE CANUDOS Allí estaba. Canudos debía estar muy cerca. . — "Allá van dos tarjetas de visita para el Conselheiro. De súbito. . ” — dijo casi jovial.

Aparecía de improviso en una depresión más amplia de la ondulada planicie. repeliendo un violento ataque por la derecha. la Fa­ zenda Velha. mientras el resto de la infantería saltaba las últimas laderas. el Alto do Mário. Las dos iglesias se destacaban. presas en una red inextricable de callejones estrechísimos. Y en la cumbre de la montaña. El compacto caserío alrededor de la plaza. avanzando hasta el río. pulverizando las paredes de adobe. No se podía errar el blanco. a la izquierda. . al mismo tiempo que llegaban los primeros pelotones sin aliento y abrieron el caño­ neo disparando todos a la vez en tiros rasantes. y amplia. doblando después hacia el este. echando por los aires techos de barro y vigas en astillas. antes que la mirada pudiese acomo­ darse a aquel montón de casuchas. el Vaza-Barris la abarcaba. un arbusto. dentro de un cerco tosco salpicado de cruces pequeñas y mal hechas. Y en el primer momento. aparecía el cementerio de sepulturas rasas. Parecía un formidable baluarte. se ampliaba y se extendía avasa­ llando los cerros al este y al norte. La primera en llegar fue la vanguardia del 7? de artillería. una flor. construida según el molde de las capillas sertanejas. del otro lado del río. mascarada de un maderaje confuso de vigas. y a la gran plaza donde se enfrentaban las iglesias. distantes. se erguía dominante sobre las otras construcciones. La nueva. . una cueva triste. Hu­ milde. al pie de las colinas más altas. envuel­ tas aún en andamios. nítidas. Como un gran foso excavado. Enfrentándolas. donde terminaba en un corte abrupto. Acompañando el espigón en la ladera. Allí caía en esporón la falda del morro de la Favela. una pequeña área plana contras­ taba con el ondear de las colinas estériles: algunos árboles. grandes bloques dis­ puestos en un conjunto perfecto. como garitas dispersas. prendiendo los primeros incendios. una pequeña hilera de rutilantes palmatorias y las ramas verdes de las quixabeiras le daban el aspecto de un jardín agreste. Estas últimas formaciones de la serranía tenían el nombre muy apropiado de "Pelados” por lo desnudo de sus faldas. firmemente asen­ tada sobre el suelo. un escalón fuerte. . la tropa. mostraba en los anchos muros. la enfren­ taba la iglesia vieja. Los efectos de las primeras balas se vieron en varios puntos. explotando en las casas y destrozándolas. se veía a medio camino. una casa en ruinas. llevando lentamente las primeras aguas de la crecida. rectangular. inesperadamente. con una vasta ciudad. Los cañones se alinearon en batalla. como una cumbre de la extensa planicie. sin un cantero. todavía incompleta tenía levantadas las altas y gruesas paredes maestras. a la izquierda del observador. sin que una pared blanca o un tejado encalado quebrase la monotonía de aquel conjunto asombroso de cinco mil casuchas asentadas en una arruga de la tierra. tablas y postes. Sobre ella. hasta las últimas viviendas aisladas. Y más a la derecha. el observador tenía la impresión de toparse.

De la aldea no venía ni un tiro. . La agitación de la plaza había dis­ minuido. El hombre se levantó y se dirigió lentamente hacia las primeras casas. Otros aparentaban una increíble tranquilidad. en ese momento. La cruzaban los últimos retrasados. precipitadas voces argentinas. saltaban por los techos. Entre los claros del humo se veía la aldea. como si fugaran. los soldados tiraban nerviosamente sobre ese ser excepcional que parecía complacido en ser blanco del ejército. En cierto momento se sentó a un costado del camino y parecía que le daba al yesquero y encendía el cigarro. Era un desa­ fío irritante. Era una colmena alarma­ da. sosteniendo sus armas. buscando el reparo de sus anchos muros. Se veían pasar. de los callejones. resonaba largamente por el ámbito de esas soledades con la asonancia ensordecedora de los ecos golpeando en las montañas. los sertanejos no habían opuesto ninguna resistencia. ajenos al tumulto y a las balas que caían desde la montaña. salían. . A veces se paraba. Deslumbraba la irradiación de centenares de bayonetas. cargando o arrastrando por el brazo algunos niños. a paso lento cru­ zaban la plaza. Pasados algunos minutos empezaron a oírse. o a las iglesias. iban corriendo hacia las barrancas del río. . al lado de las vertientes. extendida por las faldas. IV EL ORDEN DE BATALLA Por fin la campana enmudeció. El tronar solemne de la artillería estallaba en el aire. Y el sertanejo no apresuraba su paso. hizo puntería. Ochocientas espingardas en tiros rasantes se inclinaban sobre el morro. entrecruzándose por la calle princi­ pal. Todavía no se había entablado. . hizo fuego sobre un jagunqo que venía por el camino de Uauá.En seguida. sobre el caserío fulminado. nítidas en medio de la vibración de los estampidos. Sorprendidos. corriendo. El resto de los combatientes ya no lo divisó. Los soldados se rieron. en dirección de la iglesia. Se veía su rostro impasible. a las últimas mujeres. La campana de la iglesia vieja. . convocaba a los fieles para la batalla. Innumerables grupos. observando a lo lejos. para apreciar a la tropa y seguía después la marcha. A lo lejos. Las fuerzas se extendieron por la ladera sin que una sola descarga turbase su alinea­ miento y la fusilería en descargas nutridas. . dispersos. . Toda la compañía del 7*?. se veían algunos perdiéndose por las caatingas. se adensó una nube compacta de polvo y humo. Aparte del ligero ataque hecho por algunos guerrilleros contra la arti­ llería. La tropa empezó a descender.

Hecha la bajada. en ese punto. la tierra es más abrupta. parecía contar menos con el coraje del soldado y la competencia de una oficialidad leal que con una dudosa hipótesis: el pavor y el . simple o reforzada una de las alas y. firmemente apoyado por la artillería. cuyo efecto. CRITICA Allí era inconcebible. Era la más rudimentaria orden de batalla. por el valle de las quixábeiras a la derecha del 7? que se había alineado siguiendo el tra­ zado del Vaza-Barris y a la izquierda del 99 y del 169. las tropas de refuer­ zo. la formación simple para los casos excepcionales de batallas campales. facultaba una embestida fácil porque el río. . a la izquierda. en parte.Considerándolo. el ataque parcial por la derecha. corre entre bordes deprimidos. imprevistos recursos de defensa. sobre el último esporón de los morros que avanzaba a plomo sobre el río. De este modo. sin em­ bargo. en un terreno uniforme. fronterizo y al nivel del tejado de la iglesia nueva. ¡A la bayo­ neta! Era la una de la tarde. la infantería se extendió. La artillería en el centro. permitiendo. pero en cambio. buscando objetivos firmes. podrían moverse más desahogadas. mal disperso en terreno inapropiado. el jefe expedicionario le dijo al comandante de una de las compañías del 79 junto al cual se encontraba: — ¡Vamos a tomar la aldea sin disparar un solo tiro!. apretando los flancos de la aldea. El coronel Moreira César. según las modalidades ulteriores del encuentro. la acción simultánea e igual de todas las unidades combatientes. según las eventualidades emergentes. La observa­ ción más rápida mostraba que estas disposiciones de la izquierda eran desfavorables para los que debiesen recorrerlas con rapidez para ir al asalto. No había otras sorpresas en esa lucha y en caso de que el adversario mostrase de pronto. el frente de batalla tenía. había desdeñado esas condiciones y arojando a la batalla a toda su gente. EL TERRENO. eran un elemento táctico de primer orden para estacionar allí una reserva destinada a intervenir oportunamente. cuando la superioridad del número y del coraje excluye maniobras más complejas. además de raso. al revés del ataque simultáneo. Centralizado por la elevación donde estaban los cañones. cumplía el papel de eje de esa tenaza dispuesta a cerrarse. tirando a poco más de cien metros del enemigo. . el relieve gene­ ral del suelo enseñaba por sí mismo el orden oblicuo. unas al lado de otras. formas topo­ gráficas opuestas: a la derecha. cae en escollos resbaladizos y separados de la aldea por un profundo foso. actuando fuera del círculo tumultuoso del combate. sería fulminante. en maniobras decisivas. una breve área de nivel.

impresionando a toda la tropa con el sonido de las cornetas de los cuerpos. el 7° batallón marchó aceleradamente bajo una salva de plomo y canto rodado. Era peor que una ciudadela diseñada en polígonos o blindada de casamatas. convergiendo sobre un objetivo único. en grupos.espanto de los sertanejos en fuga. Allí mismo. al mismo tiempo que vibraba de nuevo la campana de la vieja iglesia. Se puede resumir en el avance temerario. del valor individual. poco a poco iba restringiendo su ámbito de acción. sin cosa alguna que recordarse la formación de com­ bate. Se revelaba claramente este injustificable pensamiento en el que se juntaban la inconsciencia de principios rudimentarios de su arte con el olvido de acontecimientos recientes. para no afrontar el peligro de tirar sobre los propios compañeros. La mayoría avanzó. Así planeó la más desastrosa de las disposiciones de asalto. Se revelaban en los primeros minutos de acción. porque no tuvo después. cerrados. hasta enfrentarse en el campo. pudiendo al principio bombardear las iglesias y el centro del poblado. Canudos. los batallones cargando. Favorecido por el terreno. En cuanto a la artillería. La previsión de tales inconvenientes no exigía la vista aquilina de un estratega emérito. saltando la barranca. algunos cayeron al agua y fueron arrastrados por la corriente que se pintaba de sangre. Abierta a los agresores que podían des­ . tenía una engañosa fragilidad en los muros de barro que lo formaban. Una fusilería intensa partía de las paredes y techos de las viviendas más próximas al río y explotaban las escopetas de los guerrilleros metidos en la iglesia nueva. se vieron a la entrada de la plaza los primeros soldados. Empezó a fraccionarse en conflictos peligrosos e inútiles. obligada a enmudecer en la fase aguda de la pelea generalizada. un ala del 9?. CIUDADELA TRAMPA Esta fue iniciada heroicamente. Acometiendo a un tiempo por los dos lados. sin gloria. tomó posición a la retaguardia de la iglesia nueva. en una disi­ pación. entre­ tejido de callejones de menos de dos metros de extensión. atrapados de improviso por centenares de bayonetas. Era inevitable. venciendo las difi­ cultades de la marcha llena de tropiezos. cru­ zados en todos los sentidos. la más simple evolución o movimiento combinado que revelase la presencia de un jefe. En la extrema izquierda. batida de flanco y de costado. El combate se desarrolló luego en toda su plenitud. indistinguibles de los adver­ sarios en aquel enredo de casuchas. a medida que los soldados avanzaban. hasta perderlo completamente. mientras el 16? y el ala derecha del 7? atacaban por el centro. intercambiando entre sí las balas destinadas a los jagungos. hasta la orilla del río. En seguida.

el ataque parecía fácil. era temible porque no resistía. Porque la envergadura de un ejército. No oponía la aspe­ reza de un ladrillo a la explosión de las granadas que caían sin explotar. Era fácil atacarla. Un grupo. había ido atrevidamente sobre la iglesia nueva. quizá. a la entrada o dentro de las casas. De lejos se tenía el espectáculo extraño de un encarcelamiento de bata­ llones ahondándose en el caserío indescifrable.truir las paredes y los techos de barro a puñetazos. Y en esa persecución tumultuosa comenzó a esbozarse el peligro grave y único: los pelotones se disolvían. apenas traspuesto el río. destruirla. Estas eran tumultuosamente atacadas. a despecho de algunas bajas. en las mallas de una trampa bien hecha. contornearon ese núcleo rebelde que resistía y se lanzaron contra las primeras casas junto al río. después de destruir todo. divididos por los varicuetos de sus calles y se encontraban con el recurso de una defensa sorprendente. Se complementaba la peligrosa táctica del sertanejo. do­ minarla. mandado por subalternos valientes. Las tropas del coronel Moreira César la hacían caer sobre sí mismas. Otros. los invasores. el humilde villarejo se iba a retratar con una originalidad trágica. sin que rindiera ningún efecto su arrojo. embriagados por la victoria fácil. la increí­ ble creación de una ciudadela trampa. perdieron dos oficiales y algunos plazas. dispersos y ralea­ dos. No hacía titubear a la más reducida sección asaltante que podía atacarlo por cualquier lado. se diseminaban. dividiéndose éstas a su turno en grupos más pequeños. con las armas sueltas o tirando al acaso hacia adelante. Dobla­ ban centenares de esquinas que se sucedían de casa en casa. era tan frágil. en ruinas pero inexpugnable. y poco a poco se divi­ dían en secciones perdidas por toda la aldea. agujereando los techos. de dos en fondo. Las incendiaron mientras sus habitantes huían en busca de otro refugio. No oponían el menor tropiezo. deshaciéndose finalmente en combates aislados. era difícil dejarla. Los conflictos se libraban en las esquinas. Traspuesto el Vaza-Barris. a la manera de una suquarana inexperta agitándose. en cuyos techos se levan­ taba el humo de los primeros incendios. Atraía el ataque. Intacto. cada vez más aturdidos. hecho escombros. atropelladamente. ¡era formidable! Se rendía para vencer. atraía el ímpetu de las cargas violentas y en la arre­ metida. aparecía de golpe ante el conquistador sor­ prendido. Los perseguían. vigorosa e inútil. aprisionada entre los tabiques vacilantes de palo-a-pique y cipo. . que­ daba maniatada. En la sombría historia de las ciudades vencidas. o golpes de arma. El ataque asumió un carácter lo menos militar posible. Se metían por los vericuetos callejeros. tenía la flexibilidad traicionera de una gran red. La práctica de caza de los jagunqos les había inspirado.

más numerosos. el luchador imprudente. revi­ viendo el conflicto. cosido a bayoneta. en Canudos. el soldado hambriento no vencía su ansia de almorzar. arrojándose por fin él mismo. lograban entrar en la casucha y allá adentro. Por lo demás no se encontraban con obstáculos insuperables que les enfriasen el ánimo. aquel pavor del poblado revuelto y miserable. Muchas estaban vacías. Se enredaban en una pelea cuerpo a cuerpo. Corriendo tras un sertanejo en fuga. en porfía con­ tra el grupo victorioso al cual repelía con todas sus armas: a cuchillo. Atropelladamente hacía su refac­ ción en un minuto. después de vencer una casa. los intrusos se encontraban de golpe con un caño de espin­ garda contra el pecho o caían volteados de un tiro a quema ropa. Quedaban atónitos. En otras. Los valientes temerarios que aparecían en variados . El fin se daba cuando caía sobre el piso. . Animados todos por la ilusión de la victoria vertiginosamente alcanzada. un corral invadido por ongas bravias y hambrientas. inerme. mujeres desatinadas rompían en llanto o rodaban por los rincones. que se reflejaba en aquel desorden. vibrando con la hoz. pisado por la dura alpargata. sacos llenos de harina. bolsas repletas de ouricuris sabrosos. cosido a cuchilladas. finalmente. alarmado. Muchos se perdían en los inextricables callejones. metiéndose dentro de las casas. Alrededor de este tumulto.Las abrían de un golpe tanto contra las puertas como contra las pare­ des a las que abrían boquetes por cualquier lado. Había carne seca al sol. apenas el tiempo nece­ sario para hacer una descarga mal apuntada y después retrocedían. el luchador temerario. Acudían entonces los compa­ ñeros más cercanos. aquel espanto. o se arrojaban atrevidamente sobre el grupo dispersándolo. terrible. Y los papeles se invertían. golpeándole encima sus miserables trastos. con un cerrado grupo de enemigos. una carga de plomo. Ese tipo de escenas se sucedían. donde los esperaban nuevos agresores. una vasija húmeda de agua fresca y cristalina. Y luchaba solo. A veces recibía como postre cruel. pisoteado. escondido en un rincón oscuro. La completaba con un trago de agua. desesperadamente. En un rincón. el morador les descar­ gaba el último tiro y escapaba. . Los jagungos lo asaltaban a la puerta. se topaban de golpe. Buscaba en los ganchos colgados. aquel alarido. SAQUEOS ANTES DEL TRIUNFO Casi siempre. molido a golpes. hasta que caía al suelo. No podía resistir. al doblar una esquina. hasta que los soldados. brutal. a tiros. buscando estran­ gular al primero que le cayese entre las manos vigorosas. que estallaba desde las grietas de las paredes. O esperaba a pie firme defendiendo tenazmente su paupérrimo hogar.

las casas aisladas. los soldados triunfantes pero cansados. De manera que. de imprecaciones. embarullados. defendiendo sus casas. De modo que en esas correrías. . clamando y rezan­ do. de gritos. acerca del cual no podía ciertamente formular una sola hipótesis. en disposición tal que recordaban un tablero de ajedrez. en un resonar de estampidos. la situación se aclaraba. aunque la parte atacada fuese conquistada. Nada más. Y al llegar la retaguardia. arremeterían sin fuerzas con aquel costado separado de la plaza por el foso natural de una zanja profunda. porque la artillería evitaba hacer blanco sobre ella por temor de balear a los compañeros encubiertos y estallando en medio del ruido de la refriega. La situación finalmente era inquietante. compuesta por la policía y el escuadrón de caballería. lisiados de toda especie. aunque se les quitara el torbellino de los callejones. obligándolo a subidas muy penosas. Grupos dispersos. viejos temblequeantes. que salía de las casas y andaba por todos lados. secciones en desaliño. Además de esto. Aun contando con el éxito franco en la parte atacada. se oían más altas las cam­ panadas de la iglesia nueva. Era muy grave. tenían el contrapeso del mujerío acobar­ dado. Los tiradores de la iglesia nueva permanecían firmes. Nada preanunciaba desánimo entre los sertanejos. inopinadamente. grupos diminutos de jagungos. era inexpugnable. Al frente de su estado mayor. A la derecha. Se extendía por una loma que permitía la defensa a caballo del enemigo. en una lucha cuerpo a cuerpo. muchos se extraviaban en el laberinto de los callejones y que­ riendo volver junto a sus compañeros. mirando hacia todos los puntos casi impunemente. Allá adentro rodaba ruidosamente el desorden. La tropa había desaparecido en los mil calle­ jones de Canudos. la otra mitad permanecía indemne. o por la legión armada de muletas. por la plaza y luego desaparecían. . doblando miles de esquinas. apenas entrevistos entre el humo. de cargas sordas. enfermos. el jefe expe­ dicionario observaba el asalto. Menos compacta. Realmente. perdidos en el poblado inmenso y convulsionado. aprisionados por el vértigo de la per­ secución. aparecían a veces. aquélla quedaría imponiendo. facilitando a un solo tira­ dor apuntar hacia todos los rumbos sin abandonar una esquina. la acción apenas abarcaba la mitad de la aldea. permitían un extraordinario cruce de fuegos. quizá mayores fatigas. El coro­ nel Moreira César lo entendió. en la margen derecha del río. abatidos y mancos. decidió que siguiesen hacia . se alejaban más y más. Si se consideraba el otro lado de la aldea.puntos.

Era una excentricidad. Había sido alcanzado en el vientre por una bala. El jefe expedicionario dejó el lugar donde se había mantenido. cargando mientras desfilaba entre corredores. ametrallaba casas y prendía fuego. la policía. entre la artillería y el plano de las quixábeiras: — ¡Voy a darle bríos a esa gente. . recu­ laban. A mitad de camino refrenó el caballo. en una curva en bajada. a media cuesta de los Pelados. vol­ vieron en desorden a la posición primitiva. Los animales asustados. finalmente estaba copiando el modo de actuar de los otros. cuando desanimaba de salvar su propio batallón en la otra margen del río. separando al resto de la aldea del suburbio que debía atacar. escupiendo de la silla a los jinetes. cuyas aguas respingaban a tiros y no siguió adelante. La caballería tuvo orden de atacar por el centro. Volvía cuidado por el teniente Avila. hacia el lugar que había dejado. El escuadrón — caballos atontados. . El arma clásica de las planicies. Estaba fuera de combate. aficionado a relatar hazañas. Debía sustituirlo el coronel Tamarinho a quien le fue comunicado el desastroso incidente. La policía. surgiendo de pronto en la punta de la dis­ parada veloz.la extrema derecha. Una carga de caballería en Canudos. Pero aquél nada podía pensar al recibir el coman­ do. El movimiento complementario se quebraba en sus primeros pasos.! Y bajó. tranquilizando a los compa­ ñeros. Estaba mortalmente herido. . los fre­ nos agarrados con los dientes. cuya fuerza es la arremetida del choque. rengueando sobre sus patas va­ lientes— se largó al galope corto hasta la orilla del río. . Se inclinó sobre la silla abandonando las riendas. Además. No bajó del caballo. Había llegado a los sesenta años candidato a un retiro tranquilo. bueno y jovial. Era un hombre simple. entre las iglesias. no había cómo remediarla. apenas llegaron a la mitad de la corriente y empinándose y curvándose. vacilaba en alcanzar el fondo hondo y resbaladizo de la zanja que en aquel punto corre de norte a sur. — No fue nada. una herida leve — dijo. en su ataque. No se advertía en el desorden el más leve trazo de combinación táctica y tampoco se la podía imaginar. lo habían incluido en la empresa contra su voluntad. A su turno. Lastimados con las espuelas. allí apretada entre paredes. golpeados con la espada. cuando fue nuevamente alcanzado por otro pro­ yectil. . después de cruzar el río con el agua hasta las rodillas. Y aunque tuviese envergadura para enfrentar esa crisis. El estado mayor en seguida lo rodeó. atacando el sitio todavía indemne y completando así la acción que se había desarrollado totalmente hacia la izquierda.

el mayor contratiempo. los sertanejos emboscados. . Sin mandos. Todavía se destacaban pequeños grupos que quemaban las casas próximas o se trababan en breves tiroteos. saliendo del portal de las iglesias o de las casuchas marginales. empezaron a cruzar el río de vuelta. RETROCESO Pero antes de que llegase la noche empezó el retroceso. ahogándolos. se agarraban a las escasas gramíneas. . Atropellándose. se asomaba. la noche dis­ puesta a confundir a los combatientes exhaustos después de cinco horas de pelea. los uniformes hechos jirones. bajo la hipnosis del pánico. . apartando bru­ talmente a los grupos extenuados. alarmados. porque bajo los escombros que cerraban las calles. En la claridad muerta del crepúsculo sonó armoniosa­ mente la primera nota del Ave M aría. soldados y oficiales mezclados. De suerte que. estaban a salvo. Era el desenlace. cada uno luchaba a su manera. Caía la noche. . los primeros grupos repelidos. en una barahúnda infernal. Era un combate temerario contra una barri­ cada monstruosa que cada vez se volvía más impenetrable a medida que destruían y carbonizaban. se deslizaban mejor. o tenían escondrijos más inviolables. largando las últimas posiciones. en fuga. se metían en la corriente. como si el Vaza-Barris se hubiese salido de madre. titubeantes. borboteando. bajo los techos caídos. vociferando. derrumbándolos. entontecidos. dispersos. de voces discordantes que daban la ilusión de una crecida repentina. Era un golpeteo de cuerpos sudados. mez­ clados. sosteniéndose a las piernas de los que ya habían subido. los pri­ meros puñados de hombres llegaron a la margen derecha. estallando. . rebatida a las posiciones primitivas. toda la línea de combate rodó despedazada a tiros por la orilla del río. en el mismo descuido. ansiando subirla. Otros. Allí. dis­ parando sus espingardas al acaso. los pelotones. pisando a los mal heridos que caían. inevitable. Además. se confundían de nuevo en ruidoso vocerío. AL GOLPEAR DEL AVE MARIA En ese momento el campanero de la iglesia vieja interrumpió la alarma. Pronto se les juntaron otros. Este reflujo que había empezado a la izquierda se propagó luego a la derecha. Repentinamente. corriendo. chamuscados y polvorientos. sin armas y heridos.Aquello no era un asalto. Aparecieron sobre la ribera izquierda. estorbándose con las armas.

indicaban allá abajo que también el enemigo estaba despierto. la Fazenda Velha y dentro de ella. evitar al adversario que con tanta ansiedad habían buscado. uno de los cuales — muerto. Pero los tiros habían cesado y ni una voz llegaba de allí. . un castillo en ruinas. Sin orden. los soldados se apiñaron junto a la artillería. los heridos. fija. Nada más. arrastrando los cañones. El desorden del campamento contrastaba con la placidez del ambiente. se marcharon hacia las alturas del Mário. minuto a minuto. * El Dr. torturados de dolor o de sed. Ade­ más. uniformes y espingardas. el tren de artillería y los cargueros. Sólo la difusa luz de las estrellas dibujando los perfiles imponentes de las iglesias. Fortunato Raimundo de Oliveira. . sin centellear. como en exploraciones lúbugres. extraviado o preso— había desaparecido a la tarde sin volver nunca más *. El compacto caserío. El cerro donde se reunieron estaba demasiado cerca de aquél y era pasible de algún ataque nocturno.Descubriéndose. La noche había caído. En el centro. lentamente. sin nubes. Ciento y tantos heridos y lastimados se agitaban por allí. de maderas ardiendo bajo el barro de las paredes y los techos. quedando. comunes en el sertón. Algunos braseros sin llamas. . No se veía la aldea. tirando a los pies los sombreros de cuero o los gorros de brin y murmurando el rezo habitual. casi pisados por los caballos que relinchaban atascados entre las carretas y los fardos. Allí improvisaron un cuadrado incorrec­ to. . V SOBRE LAS ALTURAS DEL MARIO Habiendo cruzado el río. las ambulancias. . en un repliegue de la montaña. los jagungos disparaban su última descarga. como si reflejasen relámpagos de lejanas tempestades. las lejanas mon­ tañas. como exclusiva preocupa­ ción. una de esas noches ardientes. de filas desunidas y bamboleantes. se arrastraban. hombres atónitos e inútiles que ahora tenían. o luces dispersas de linternas mortecinas buscando en las sombras. las colinas circundantes. irradia como un foco de calor y los horizontes. anima­ les. desaparecían en la noche. como elementos irreductibles. La expedición había quedado en eso: un montón de hombres. se iluminan. Formaban una multitud alborotada sin nada que recordara la fuerza militar que se había deshecho. no alcanzaba el número de médicos. Forzosamente debían abandonarlo. el comandante en jefe moribundo. para rodear a la oficialidad. No se podía curarlos en la oscu­ ridad donde sería una temeridad hasta la rápida luz de un fósforo. donde cada estrella. cuatrocientos metros hacia arriba.

. pasando tácitamente el comando a todo el mundo. a todas las consultas. el coronel Tamarinho. No se ilusionaban. en los grupos dominados por emocio­ nes violentas. Pero la mayoría consideraba fríamente las cosas. al principio calmo. Era necesario vencer. reanimaban los ánimos abatidos. ni siquiera demorarlo. después de haberse realizado un bombardeo mayor que el anterior. Y se quedaba impasible. con el estoicismo enfermo del propio desaliento. Quizá maldecía mentalmente al extravagante destino que lo convertía en heredero forzado de una catástrofe. A un oficial que ansiosamente lo interpeló sobre ese trance. los humillaba angustiosamente esa ridicula y grave situación. presentando los motivos inflexibles del deber . No deli­ berada. A las once de la noche. hombres de valor y una oficialidad pronta al sacrificio. No se podía arbitrar otro recurso. dolorosamente sor­ prendido. senta­ dos sobre cajones repletos de cartuchos y acorralados por una turba de matutos turbulentos. Pensaban: en los cuatro lados de ese cuadrado irregular esta­ ban inscriptos los destinos de la República. intuía que un ayuntamiento en tales circunstancias no significaba la suma de las energías aisladas y estimaba todos los elementos que. en medio de cañones modernos. respondía con el silencio o con monosílabos. entu­ siasta y confiada en la victoria y que estaba allí. oficiales incansables daban por su cuenta las providencias más urgentes. Les repugnaba. Por el espíritu de muchos pasaba el intento reanimante de un nuevo asalto al despuntar la mañana. los oficiales reunidos lo adoptan por unani­ midad. El nuevo jefe no soportaba las responsa­ bilidades que lo oprimían. rimando un dicho popular del Norte: "E tempo de murici cada um cuide de si. . reducen siempre las cualidades personales más brillantes.Faltaba un comando firme. . mostraba una sola solución. en violenta arremetida sobre los fanáticos. El viejo comandante. vencida. Una rápida observación de la tropa que había llegado horas antes. Fue su única orden del día. organizaban ambulancias y camillas. cargando armas primorosas. ajeno a la ansiedad general. la retirada. allí. sin embargo. Allí había. Y concertaban planes buscando corregir el revés con un lance osado. bajando con toda la fuerza. Este la impugnó. abdicando la misión de ordenar la turba o hacer el milagro de subdividirla en nuevas unidades de combate. Porque la victoria debía alcanzarse a despecho de los mayores sacrificios. le había respondido con triste humorismo. chu­ pando su cigarro. Sentado en la caja de un tambor. por cierto. Así. Un capitán de infantería fue comisionado para comunicar la resolución al coronel Moreira César. rectificaban el pretendido cua­ drado donde se mezclaban plazas de todos los cuerpos.

después. desparramados y di­ minutos. Los de la expedición anterior afirmaban. habían sido muertos en el Cambaio y para todos. No era el sordo tropel del asalto. para los más incrédulos también. . El jagungo. Los centinelas que cabeceaban en las filas flojas del cuadrado. La rodeaban. estaban bajo la sugestión de lo maravilloso. rezaba. abajo. invadidos de un temor sobrenatural. ante el milagro estupendo. en la aldea invisible. haber visto resucitados. hechos con la misma masa que los matutos. Final­ mente explotó: que no lo sacrificaran a esa cobardía inmensa. abatidos de contragolpe por el inex­ plicable revés en que había caído el jefe considerado invencible. decían convencidos. sus hazañas de hechicero sin par. incluso algunos heridos en el combate. El enemigo. Era peor. disponía de dos tercios de las municiones y estaba en posición dominante sobre el enemigo. no pu­ dieron ver a uno solo. . ante los cuales habían golpeado impotentes.militar y demostrando que todavía había elementos para otra tentativa. se diluía en un duende intangible. A pesar de eso se mantuvo la resolución. fue montando en cólera y con angustia. que agravaban con extravagantes comentarios. verosímiles. súbitamente despertaron conteniendo gritos de alarma. casi sin distinguirlos. atónitos y absortos. dos o tres cabecillas que. ocho­ cientos tal vez. sus milagros. en su mayoría mestizos. terribles en la contraprueba de la catástrofe presente. Por la mitad de la noche todas las aprensiones se agrandaron. Es que gran parte de los soldados eran del Norte y se habían criado oyendo a su alrededor el nombre de Antonio Conselheiro como el de los héroes de los cuentos infantiles. Dio su última orden: que levantaran un acta dejándolo al margen para una protesta en la que incluiría el abandono de su carrera militar. comenzó a despuntar algo de anormal en esos luchadores fantasmas. brutal y familiar. . La dolorosa reprimenda del jefe herido por dos balazos no contuvo a la oficialidad incólume. Significaba completar la agonía del valiente infeliz. Y su leyenda extravagante. se refirió a la mancha que caería sobre su nombre para siempre. Pero la lucha ser tañeja había empezado a tomar la imagen misteriosa que conservaría hasta el fin. atravesando incólumes los braseros de las casuchas en llamas. se le aparecían como reales. perfectamente válidos aún. en general. Un indefinible rumor subía por las cuestas. centenares de soldados. con más de dos tercios de la tropa apta para el combate y con las muni­ ciones suficientes. apareciendo temerosos entre las ruinas. Los combatientes. Los soldados. casi invisibles.

las voces de las mujeres. . por los caminos afuera. los heridos y las camillas. A la madrugada. La última división de artillería replicó por momentos y después. allá abajo. implacables. la iglesia nueva explotaba en descargas y condensada en la calle principal o corriendo hacia las colinas. De manera que. No se retiraban. la expedición se desparramaba por las laderas sin orden. Al moverse finalmente esta fracción abnegada fue rudamente atacada. El rechazo fue rápido. toda la población de Canudos contemplaba la escena. Entre la soldadesca pasmada. las letanías tristes. En este volver las espaldas al enemigo que. dándole al trágico lance la nota festiva e irritante de miles de silbidos estridentes. en un ataque envolvente. Era tarde. Los aprestos de partida se hicieron en un atropello indescriptible. bajo el mando de un subalterno de valor y fortale­ cida por un contingente de infantería. .Y en aquella serenidad extraordinaria. los cargueros. por todos lados. que no había reacción posible contra adversarios transfigurados por la fe religiosa. Abajo empezó a sonar la cam­ pana. despierto. Adelante. El enemigo tenía en la ocasión el aliento para el ataque y la seguridad de su misma temibilidad. Se precipitaban al acaso. en las que predominaban. Era el último golpe en el desánimo general. hasta donde alcanzaba la mirada. a su vez. Había muerto el coronel Moreira César. Acometió ruidosamente. hacia el ca­ mino. Sólo una divi­ sión de dos Krupps. la expedición desparramada por los caminos. nada indicaba la seria operación de guerra que iba a realizarse. Decían de modo elocuente. marchó por el declive del espigón. resultaban a esa hora impresionante. huían. Más de una vez el drama tenebroso de la guerra sertaneja tuvo el desenlace de un pataleo lúgubre. no lo perturbaba todavía. como una barrera antepuesta a la persecución inevitable. había permanecido firme en lo alto del Mário. Actuaban por contrastes. ladeada por las ambulan­ cias. entre vivas entusiastas. . largos. característica de esos momentos críticos de la guerra. sobre las ronqueras varoniles. parecía confiarse sólo en la velocidad de la retirada para librarse. entre las cuales iba el cuerpo del comandante malogrado. La retirada se imponía. los kyries dolientes entraban peor que intimaciones enérgicas. re­ tirándose. La retirada era una fuga. sin formación. Avanzando por el espigón del morro rumbo a la Favela y derivando de allí por las vertientes opuestas. cuando el primer reflejo de la mañana mostró una fuerza constituida por plazas de todos los cuerpos precipitada a la vanguardia. No se dividían en escalones dispuestos a la defensa ofen­ siva. iba flanqueada de punta a punta por los jagungos. una nueva emocionante la volvió urgente.

retrocedía y volvía al ataque. en la marcha habitual de una revista. terrible. triste pormenor. No lo defendieron. . FUGA Y fue una desbandada. Contenidos al principio a la distancia. los sertanejos estrechaban de a poco el círculo del ataque alrededor de las dos divisiones que los enfrentaban. Ochocientos hombres desaparecían en fuga. lenta y unida. No hubo ni un simulacro de rechazo contra el ene­ migo. desarmándose. disparando sus trabucos y pistolas. abandonando las espingar­ das. aterrados. y atontados por el humo. las muías de tracción se resistían. de súbito. casi solemne. corriendo por los caminos y por los rastros que los recortan. los batallones se disolvían. los sertanejos en chusma. gritando. tirando afuera las piezas del equipo. desabrochándose los cinturones para la carrera. y corriendo. asombrados ante esa resistencia inexplicable. lentamente. como el de una caza. había quedado. donde la ferocidad y la cobardía revoloteaban confundidas bajo el mismo aspecto. como al encuentro de un obstáculo. corriendo. A los primeros tiros. corriendo al acaso. El resto de la expedición podía escapar a salvo. saliendo de la caatinga al camino. sucedió de pronto un hecho épico. gritos de dolor y de cólera. el cadáver del comandante. galvanizada por la fuerza moral de un valiente. en bandas. imposibilitaban la marcha. apenas se desencadenó el pánico. torcían el rumbo. siguiendo a paso tardo o. Al encuentro con los cuatro Krupps de Salomáo da Rocha. la onda rugidora de los jagunqos atacaba y se detenía. y prosiguiendo después. al que no veían. inabordable. Las granadas explotaban entre los ramajes secos incendiándolos. Al poco tiempo. Entre los fardos tirados a la orilla del camino. La disolución de la tropa se detenía en el acero de esos cañones cuya guarnición diminuta se destacaba maravillosamente impávida. seguía. Se reducían. Aquella batería la liber­ taba. se escondía. Estos apenas podían seguir. Heridas o espantadas. corriendo hacia las caatingas. Sólo la artillería. idiotizados. . parando de cuando en cuando para barrer a disparos las caatingas traicioneras.DESBANDADA. dejando las camillas donde se retorcían los heridos. vacilantes en asaltar a cuchillo al pequeño grupo de indomables. sin jefes. corriendo en grupos. alineándose en batalla y largando cargas fulminantes. sólo adivinaban por la estridencia de los gritos de desafío y por los estampidos de un tiroteo irregular y ralo. alrededor de ella se adensaron los atacantes. En esa corrida siniestra. junto con el crepitar del fuego en llamaradas. . Uno a uno iban cayendo los soldados de la guarnición estoica. en la extrema retaguardia. saltando de los escondrijos en llamas. se oían allá adentro.

pues eran blancos de preferencia de los últimos. La catástrofe se consumó. En aquel desorden sólo cabía una determinación posible: "¡Desbande!”. condenándose heroicamente a la hora de la catástrofe. Y como la mayor parte de los fugitivos evitaban el camino. Y la artillería quedó en completo abandono antes de llegar a Angico. corrían de los oficiales. como cosas inútiles. Completamente solo. Caído sobre la orilla. Los jagungos entonces se lanzaron sobre ella. la batería se detuvo. Las notas de las cornetas vibraban encima de ese tumulto. . No tenían a quién llamar. había desaparecido. . el caballo al galope por el camino. el viejo comandante murmuró su última orden: — Busque a Cunha Matos. arrastrándose penosamente. ahora de­ sierto. se desparramaron sin . no se conmovían. como si buscase todavía. junto a los cañones que no abandonó. mientras trasponía al galope el arroyo del Angico. rengueando. UN ARSENAL AL AIRE LIBRE La tercera expedición. convulsas. alto!”. piezas del equipo. O mejor. El coronel Tamarinho. co­ rrían enloquecidos. Más adelante. vibraban sin respuesta. Por fin pararon. A orillas del camino sólo se veían. en desparramo. mochilas. moviéndose sin temor ni fatiga entre los fugitivos. tallado a golpes de hoz. No podían contenerlos. dispersa. . El capitán Salomáo tenía a su alrededor apenas una media docena de leales. La infantería había de­ saparecido. el coronel Tamarinho cayó de su caballo herido por un balazo. al morir. . El ingeniero militar Alfredo do Nascimento lo alcanzó con vida. Era una orden difícil de ser cumplida.Por fin. inútiles. Los mismos heridos y enfermos allá se iban. Las notas de las cornetas. el coronel Tamarinho se lanzó desesperadamente. El capitán Vilarim se había batido casi solo y al agonizar. emitidas por los cometeros sin aliento. En vano algunos oficiales indignados gatillaban sus revólveres contra el pecho de los fugitivos. Los cañones se inmovilizaron en una vuelta del camino. aceleraban la fuga. no encontró entre los que mandaba un brazo que lo sostuviera. . . a la vanguardia. corrían de los jagungos. Era el fin. tirados al azar. corrían. y al ver a aquéllos caer mal heridos. anulada. . que había vuelto a la retaguardia. cinturones y sables. Pasaban. espingardas. Así ordenó repetidos toques de "¡media vuelta. imprecando a los compañeros más ágiles. . personalmente. al encontrarse con ese cuadro terrible. sin un subordinado. buscó inú­ tilmente socorrer a los últimos soldados que habían ido a Canudos. Cayeron los golpes encima de todos y cayó.

. agonizando y muriendo en completo abandono. La expedición Moreira César parecía haber tenido un solo objetivo: entregarles todo aquello. arruinarla de punta a punta. La complejidad de los hechos los perturbaba y no tenían más que una interpretación: visiblemente. vigorizada por la brutalidad de los combates. El resto llegó al día siguiente a Monte Santo. Así es que en la distancia que media entre el Rosario y Canudos. La habían visto llegar. Mientras sucedía esto. errando al azar por el desierto. la habían visto caer terriblemente sobre la aldea. todo cuanto había tocado el cuerpo maldito de los plazas. asaltarla. denominación irónica desti­ nada a permanecer durante todo el curso de la campaña. UNA DIVERSION CRUEL Se llevaron a la aldea los cuatro Krupps. no los esperó. empeorándoles la índole. y después de estos ataques temerarios. Los éxitos les habían exacerbado a un tiempo el misticismo y la rudeza. lograron llegar al Cumbe o a otros puntos más lejanos. sacos y pantalones de vivo carmesí. Al conocer el desastre. quemarla. La fuerza del gobierno era ahora realmente la debilidad del gobierno. . les hacía revivir todos los bárbaros instintos. cin­ turones y gorras. Y la creencia. invadirla. se largó hacia Queimadas hasta donde se prolongó esa disparada. imponente y terrible. entre ellos los heridos. aumentaba. crecía. . que denunciaban en el pardo de la caatinga a los fugitivos. comandante de la plaza.rumbo. Algunos. De modo que la mayor parte de la tropa no sólo se había desarmado delante del adversario. y el abandono por los caminos de las armas y los equipos. mancharía el cuerpo de los luchadores sagrados. se perdieron para siempre. la potencia su­ perior de la divinidad los amparaba. sustituyeron en las manos de los combatientes de primera línea las viejas espingardas de carga morosa por las Mannlichers y Comblains fulminantes y como los uniformes. cargando armas ante las cuales eran juegos de niños sus carabinas. donde muchos. y los jagungos tenían para abastecerse con holgura. Por los caminos y por los sitios más próximos estaban diseminadas armas y muni­ ciones. Sin duda era un milagro. darles de gracia todo ese arma­ mento moderno y aprovisionarlos suficientemente. desviándose de la ruta. Se había roto el prestigio del soldado y los broncos cabecillas se olvidaban de las mínimas peripecias de los hechos. junto con piezas del equipo. los aprovecharon de un modo cruelmente lúgubre. había un arsenal diseminado al aire libre. presenciaron el retroceso y la fuga y la disparada enloquecida. El coronel Sousa Meneses. los sertanejos recogían los despojos. También se había desnudado.

colgaron los restos de los uniformes. . cinturones. mantas y mochilas. . . . . rodeadas de trapos viejos. Como un maniquí terrible y lúgubre. Un pormenor doloroso completó esta escenificación cruel: a un costado sobresalía. pantalones y chaquetas multicolores. Los decapitaron. el cadáver. Encima. oscilando según el viento movía la rama flexi­ ble. observaron todavía el mismo escenario: calaveras blanqueadas a los bordes del camino. y a un costado —mudo protagonista de un drama te­ rrible— el espectro del viejo comandante. Concluidas las exploraciones por los alrededores. Quemaron los cuerpos. que recuerda la religiosidad trágica de los Achantis. La caatinga. Allí permaneció durante largo tiempo. y recogidas las armas y municiones de guerra. especie de diversión siniestra. prendidos a las ramas de los arbustos. por el colorado fuerte de las divisas. empalado. esmirriada y desnuda.Lo testimonia el hecho extraño. Después alinearon las cabezas a los dos costados del camino. apareció repentinamente adornada por una florescencia extravagante y colorida. nuevos expedicionarios marcharon hacia Canudos. . . capotes. Cuando. el cuerpo del coronel Tamarinho. los jaguncos reunieron los cadáveres que estaban desparramados por todas partes. que remató estos sucesos. con las caras de frente al camino. Era asombroso. . a espacios regulares. en los arbustos marginales más altos. erguido en una rama seca de angico. . parecía una visión demoníaca en el desierto. tres meses más tarde. el azul de las chaquetas y los brillos vivaces de las chapas de los estribos. brazos y piernas colgantes. . gorras. .

En la completa desorientación de los espíritus. Se destruye un plan de campaña. El camino del Ouvidor y las caatingas. hacía mucho tiempo. Al principio fue el asombro.— Victoria singular. Versiones y leyendas. Colaboradores demasiado prosaicos. Un guía temeroso: Pajeú. La comisión de ingenieros. V. Mentiras heroicas. Eran la vanguardia de ignotas falanges prontas a irrumpir. La marcha. Y como en las capitales. No hay un plan de campaña. El alto de la Favela. federal y estatales. condensada después en total certeza. En viaje hacia Canudos. Primeras noticias ciertas. I I I — Colum­ na Savaget. VIL— La Brigada Girard. Una división aprisionada. sobre el nuevo régimen. agitando estérilmente la propaganda de la restauración monárquica. El mariscal Carlos Ma­ chado Bittencourt. la idea de que los tabaréus turbulentos no actuaban solos. Aventuras del asedio. contemplativos y man­ sos. El cabo Roque. Canudos: una diátesis. V I— Por los caminos. Excepcional carga de bayonetas. había una media docena de revolucionarios platónicos. Planes. el encuentro. Versiones disparatadas. Demoras. La cuarta expedición se organizó en medio de una gran conmoción nacional que se traducía en actos contrapuestos a la gravedad de los hechos. Se organiza la expedición. después un desvarío general de la opinión. Triunfos por el telégrafo. Inesperado emisario. La travesía. La acti­ tud del comando en jefe. I DESASTRES La nueva de este revés fue un desastre mayor. V III— Nuevos refuerzos. Concentración en Queimadas. En los flancos de Canudos. primero dispersa en vagos comentarios. Los heridos. Nueva victoria desastrosa. Extraño heroísmo. Paso por Pitombas. tal circunstancia fue el punto de partida para la más imprudente de las reacciones. se levantó luego. un intenso agitar de conjeturas para explicar lo inconcebible del hecho y hallar una razón cualquiera en aquella destrucción de una fuerza numerosa. Cocorobó. IV. I I — Movilización de tropas.— El asalto: preparativos. Macambira y Trabubu. Cazas peligrosas. Incidentes. El comienzo de una batalla crónica. Una tropa de bárbaros. Ante las trincheras. Levantamiento en masa.CUARTA EXPEDICION L— Desastres. . bien equipada y con un jefe de tal valía. por todas partes. Desánimo.

La República estaba en peligro. El mal es grande. con la República. Y así todos. . * * O País. Y Antonio Conselheiro — un Mesías de feria— había tomado en sus manos temblorosas los destinos de un pueblo. se conspira. Se afirmaba: "Se trata de la Restauración. con audacia. . . la casa Braganzaa70. . aguarda. . En la prensa y en las calles. ¿La monarquía se arma? Que el Presidente llame a los republi­ canos a las armas” * * *. La encontraron: los disturbios sertanejos eran signos de una vasta conspiración contra las instituciones nuevas. ansioso. Se explicaba: "La tragedia del 3 de marzo en la que juntamente con Moreira César perdieron la vida el ilustre coronel Tamarinho y tantos otros oficiales valientes de nuestro ejército. tomadas por el caudi­ llaje monárquico. se forma el ejército imperialista. marchaba acelerada­ mente contra las instituciones. Se adoctrinaba: "Lo que de un golpe conmovía el prestigio de la auto­ ridad constituida y abatía la representación del brío de nuestra patria en su renombre. Por detrás de la envergadura raquítica de Pajeú se diseñaba el hidalgo perfil de un Brunswick 2 6 9 . * Gazcta de Noticias. era el movimiento armado que. fue la confirmación de cuánto ha crecido en audacia y en fuerza el partido monárquico a la sombra de la tolerancia del poder público. francamente en armas”. ha­ bía encontrado por fin un Monck271. en su tradición y en su fuerza. ¿Exageramos? Tomamos al azar un diario cualquiera de aquellos días. no siendo lícito a nadie ilusionarse más sobre el pleito en el que. aplaudiendo todos los actos de energía cívica que se hacen para lavar la afrenta del ejército y de la Patria. Algunos ciudadanos activos congregaban al pueblo de la capital de la República y le resumían su ansiedad patriótica en una noción incisiva: "El pueblo de Río de Janeiro reunido en mitin y consciente del doloroso revés de las armas legales en los sertones de Bahía. Canudos era una Coblentz 2 8 8 en ruinas. y congregado alrededor del gobierno. la sofocación de la revuelta”. La dinastía en disponibilidad. y gracias a su involuntario aliento” * *. entraban los nostálgicos del im­ perio. la unidad del Brasil” *. * * * O Estado de Sao Paulo. había que salvar a la República. La opinión nacional se debatía de tal modo en la prensa. a la sombra del fanatismo religioso. que el remedio corra parejo con el mal.CANUDOS: UNA DIATESIS Sucesos de tanta monta requerían una explicación. Ese era el grito dominante en la conmoción general. Joáo Abade. Se concluía: "No hay quien en esta hora no comprenda que la monar­ quía revolucionaria quiere destruir.

así. No estaba confinado en ese rincón de Bahía. Las líneas anteriores tienen un solo objetivo: poner de relieve semejanzas que se emparejan en un mismo salvajismo. libros. Más de una vez. no llegó a tiempo para evitarlo. El Presidente de la República quebró su habitual serenidad: "Sabemos que. convirtiendo en legiones — cohorte misteriosa que marchaba sordamente en las sombras— a media docena de reaccionarios. aquí como en todas partes y en todos los tiempos. "Entonces comenzaron a romper y a inutilizar lo que encontraban. condenándolos a la penumbra * Jornal do Brasil. se acordaron de los diarios monárquicos. tirando después los objetos. Se extendía. Aparecía en las capitales del litoral. a la calle. Pero estamos preparados. etc. ¿Valdrá la pena definirlos? La fuerza portentosa de la herencia. y a pesar de que la policía corrió para evitar un asalto a esos diarios. papeles. Al final intervino la multitud. bruto y vestido de cuero. donde formaron una gran hoguera. El mal era mayor. tenía socios quizá más peligrosos. la obsesión del espantajo mo­ nárquico. idealistas y temerosos. sea como fuere y contra quien fuere”. quedando otros en montón en la misma Rúa do Ouvidor” * 27S. La Rúa do Ouvidor era un desvío de las caatingas. Las correrías del sertón entraban impetuosamente en la civilización. Si el curso normal de la civilización. en el decurso de los hechos que nos propusimos narrar. los contiene y los domina y los inutiliza y poco a poco los destruye. esquivamos el detallado análisis de acontecimientos que escapan a la escala superior de la historia. En todos. pues la multitud. y todos a una. arrastra a los medios más adelantados — enguantados y cubiertos por el tenue barniz de la cultura— a trogloditas enteros.El mismo son en todas partes. fueron a las redacciones y a las imprentas de los diarios Gazeta da Tarde. de donde fueron luego conducidos a la plaza de Sao Fran­ cisco de Paula. La guerra de Canudos no era más que un síntoma. en general. tenemos todos los medios para vencer. EL CAMINO DEL OUVIDOR Y LAS CAATINGAS Interrumpamos este espigar entre ruinas. cuadros.. invadió esos establecimientos y los destruyó por com­ pleto. El hombre del sertón. quemando todo”. a los gritos de viva la República y la memoria de Floriano Peixoto. por detrás de los fanáticos de Canudos. trabaja la po­ lítica. Libertade y Apóstolo 2 7 2 . utensilios. . Copiamos: "Ya era tarde y la excitación del pueblo aumentaba en proporción a su masa siempre creciente. muebles. en esta indignación. en un ímpetu de desahogo.

así como los estratos geológicos no pocas veces se perturban. Aislados en el espacio y en el tiempo. El caso. fuera de nuestros mapas. Entre nosotros despertó rencores. . el claroscuro indispensable de los hechos de mayor volumen. admirable al refractar. Al menos. ni otro valor. Canudos era una tapera miserable. Reveló qué poco nos aventajábamos de los rudos patricios retardatarios. La misma curiosidad del arqueólogo al encontrar los palafitos de una aldea lacustre junto a una ciudad industrial de Suiza. o las investigaciones de la psiquiatría. Y esta inconsciencia ocasionó desastres mayores que los de las expediciones derrotadas. inmersos en el sueño de la restauración imperial. ampliadas. un anacro­ nismo étnico. Pero no tienen otra función. No entendimos la elocuente lección. mostrándoles el brillo de la civilización a través de la claridad de las descargas. era un buen consejo para estudiarlas. éstos eran lógicos. Sólo sugería un concepto y es que. para corregirlas y así anularlas. No hay que analizarlos. sin embargo. En la primera ciudad de la República. Considerándolos. la estra­ tificación moral de los pueblos también se embarulla y se invierte y la ola de los sinclinales abruptos estalla en flaults 2 7 5 por donde irrumpen viejos estadios hace mucho recorridos. vencer terriblemente a la nacionalidad que. los jagungos. Son el reverso fatal de los acontecimientos. Bajo tal aspecto. a veces. Sigamos. insistiremos en una proposición única: atribuir a una conjuración política la crisis sertaneja. los arranca la curiosidad de los sociólogos extravagantes. Actuar significaba esto: juntar batallones. Era natural. Traía datos entre los cuales nada valían los sonámbulos errabundos. Vamos a dejarlo. Aquel original afloramiento del pasado. quería arrastrarlos a los deslumbramientos de nuestra edad dentro de un corral de bayonetas. expresaba un gran descono­ cimiento de las condiciones naturales de nuestra raza. so­ breponiendo una formación moderna a una formación antigua. perdida en el desierto. los patriotas se dieron por satis­ fechos con el auto de fe de algunos diarios adversos y el gobierno comenzó a actuar. ya lo vimos.de una existencia inútil. ante todo. Reaccionaron. era una enseñanza y podría haber desper­ tado gran curiosidad. era más complejo y más interesante. sólo podían hacer lo que hicieron. Lo que sorprende es la sorpresa que pro­ vocó tal hecho. que mostraba todas las fallas de nuestra evolución. invertidos. aparecía como una página truncada y sin número en nuestras tradiciones. No vimos el rasgo superior del acon­ tecimiento. de donde. Antes. imá­ genes fulgurantes. pero sin tamaño si se focalizan a la sombra. el espíritu más robusto permanece inerte ante el ejem­ plo de una lente de flintglass 2 7 4 . surgen e invaden escandalosamente la historia. siem­ pre que una conmoción profunda afloja a su alrededor la cohesión de las leyes. después de abandonarlos cerca de tres siglos.

eran un "ejército instruido. disciplinado”. tenía la elocuencia del alboroto con que había sido escrito. Se contradecían: se había salvado pero estaba gravemente herido en Macacará. Y éstas. La muerte trágica de Salomáo da Rocha fue una satisfacción para el amor propio nacional. aumentando las aprensiones y los miedos. Nada sabían tampoco los que habían vivido ese revés. ante la aparición de otras versiones igualmente efímeras. habían sido despedazados por esquirlas de granadas. Después una afirmación lúgubre: el infeliz militar había sido efecti­ vamente muerto.Las primeras noticias del desastre prolongaron por muchos días la agi­ tación en todo el país. admirable­ mente armado de carabinas màuser. Se inventaban los hechos. . se les daban visos de realidad y prontamente eran sustituidos por otros que dominaban durante un día o durante una hora la atención de todos y se extinguían a su vez. adonde había llegado agonizante. para hacerla más emocio­ nante. Era imposible acertar con la más leve noción de la realidad entre esas opiniones abstrusas. la verdad aparecía a veces bajo una forma heroica. deficiente. la información adoptaba las más cam­ biantes formas. Impresionaba a quien lo leía con una hecatombe. . No se sabía nada positivo. Era una permanente tortura de dudas cruciales. El parte de combate del mayor Cunha Matos 276. despertaban en los espíritus in­ quietos un hilar de interminables conjeturas. manteniendo en crecimiento la conmoción y la curiosidad públicas. En la inconsciencia de la exageración. Algunos de los nuestros y entre ellos el capitán Vilarim. medrosamente comentada en las casas. tenían además artillería y la mane­ jaban con firmeza. MENTIRAS HEROICAS Se afirmaba: el coronel Tamarinho no había muerto. Se le agregó después. EL CABO ROQUE En esa incertidumbre. Se agitaban ideas alarmantes: los sertanejos no eran "una banda de beatos fanáticos”. posteriormente agravada por otras informaciones. la leyenda del cabo Roque. es­ candalosamente divulgada por las calles. mal indicando las fases capitales de la acción. impresionando emocionadamente el . De modo que la alarma fue creciendo. se había salvado valerosamente junto con un puñado de compañeros leales y estaba en camino a Queimadas. Y así de corrido. cribado de errores singulares.

Vimos cuántos entraron en acción. el día 19 de marzo. Y dándole a la tristeza general la nota supletoria de la sanción religiosa. a doscientos kilómetros de Canudos. el oscuro soldado trascendía a la historia cuando — víctima de la desgracia de no haber muerto— cambiando la inmortalidad por la vida. .081 combatientes. apareció con los últimos retra­ sados sobrevivientes. los arzobispos dieron orden a los sacer­ dotes de sus jurisdicciones para que dijeran en las misas la oración Pro pace. esos guarismos inexorables. Se hicieron notas de pésame en las actas de las sesiones municipales de los sitios más remotos. monótono por la cadencia de los mismos períodos retumbantes. . fuertemente coloreada por la imaginación po­ pular. Se congregaban para acuartelarse ciudadanos altivos. De rodillas junto al cuerpo del jefe. registrados. Era subordinado de Moreira César. Ellos no disminuirán. tres días apenas. A esta revelación se agregaron otras a medida que la situación se aclaraba. Poco a poco se reducía por un lado y se agravaba por el otro. ya se encontraba en Queimadas. Resurgie­ . la destrucción de los enemigos de la República armados por el caudillaje monárquico. No hagamos la resta. Los trescientos y tantos muertos de las informaciones ofi­ ciales.alma popular. las corporaciones muni­ cipales continuaron vibrando en el anhelo de la venganza. el fervor de las adhesiones entusiastas. se volvió como una compensación ante el revés. Una semana después se verificaba allí la existencia de 74 oficiales. los Congresos. y en un coro triun­ fal de artículos vibrantes y odas fervientes. transfigurado por un singular rapto de coraje. Dejemos ahí. en Queimadas. persistió como aspiración exclusiva. volvían a la vida. guardando la reliquia que el ejército había abandonado. Se decretó luto nacional. la tropa se había desbaratado y el cadáver del coman­ dante había quedado abandonado al margen del camino. Tres días después del encuentro. esa tragedia. Y en todos los mensajes. variantes de un dictado único. LEVANTAMIENTO EN MASA Los gobernadores de los Estados. ornaba la peripecia culminante de la pelea. Se hacían misas por los muertos en todas las iglesias. Un cabo humilde. allí se encontraban salvos. se había batido hasta su último cartucho para caer finalmente. gran parte de la expedición. 1. sacrificándose por un muerto. Dos semanas más tarde. Igual que el pueblo de la Capital Federal. con su singular significación negativa. el soldado leal había permanecido a su lado. el de las demás ciudades creía estar a la altura de la grave situación apoyando todos los actos de energía cívica que practicaba el gobierno por la afrenta al Ejér­ cito y (esta conjunción valía por cien páginas elocuentes) a la Patria. Se abrieron sus­ cripciones patrióticas. se planearon homenajes cívicos. La escena maravillosa.

Magacará y tal vez. habiendo desertado cerca de setecientos. aquello no era una aldea de trucu­ lentos bandidos. Y sucesivamente. entre los cuales se nombraban conocidos oficiales del Ejército y de la Armada. el Silva Jardim. triunfalmente. el vicepresidente le escribió al Club Militar proponiéndose valientemente para ceñir el sable ven­ gador. Los batallones de Moreira César eran las legiones de Varo 278. después de saquear esas aldeas. Las hordas invasoras. se encaminarían hacia el lito­ ral. el Moreira César. mientras se creaban otros con patriotas de todos los matices: el Deodoro. Ya estaban tomadas por los jagunqos Monte Santo. incomparables. el Académico y el Vrei Caneca. Cumbe. y en un ímpetu de patriótico lirismo. No bastaba. . ideas raras. catervas formidables.ron batallones de veteranos: el Tiradentes. . hecho en treinta días. sólo se notó la falta muchos días después. de donde. sin piedad. Los rodeaban en su fuga. en caso extremo. Surgían planes geniales. el Benjamín Constant. . acrecidas por nuevos contingentes. ya endurecidos en el fuego de la revuelta anterior. . que el Conselheiro había con­ vocado. fugitivos desde la Revuelta de Setiembre. . se acumulaban nuevas noticias que aumentaban el fardo extenuador de aprensiones que oprimían a las almas conmovidas. adiestrado quizá en los polígonos bravios de Abisinia 277. . marchaban hacia el sur. Las gentes alucinadas oían el sordo tropel de los bárbaros. se llamaría a las armas a los mismos diputados del Congreso Federal. reorganizándose en Tucano. . Jeremoabo. Allí existían hombres de excepcional valor. . . Es que en Canudos estaba en juego la suerte de la República. UNA TROPA DE BARBAROS Se afirmaba que uno de los jefes del reducto era un ingeniero italiano. avanzando sobre la capital de Bahía. pasando por encima de la Itiúba. Se exponían extraordinarios detalles: en la aldea había tanta gente que. con el coro estri­ dente de las locomotoras en pleno sertón bravio. muy hábil. que irrumpiría de golpe. Ingenieros ilustres hicieron el trazado de un milagro de ingeniería: un ferrocarril de Vila Nova a Monte Santo. la de la Armada. El Presidente de la República declaró que. Se daban sorprendentes informes. PLANES En el cuartel general del ejército se abrió la inscripción para cubrir los claros de diversos cuerpos.

ade­ más de corresponder a la urgencia de una organización pronta en esa aldea. II MOVILIZACION DE TROPAS Se trajeron batallones de todos los Estados: el 12 ?. se imponía por otro motivo igualmente serio. Joáo Brandáo. 31? y 329 de Río Grande do Sul. La aureola de la locura soplaba también por el sur. congregaba multitudes de nuevos cismáticos en pro del Conselheiro. Llegaban a esa capital en batallones des­ tacados y seguían inmediatamente hacia Queimadas. el 26? de Sergipe. En Pernambuco. CONCENTRACION EN QUEM ADAS Las tropas convergían en Bahía. por su parte. firme y respetada”. tomaba la actitud batalladora.Y no eran sólo los jagungos. por fin. invitado a asumir la dirección de la lucha. un ladrón cabal. 30?. coronados del mejor de los éxitos. el 27*? de Paraíba. En Minas. para legar a las generaciones futuras una República honrada. asomaba en esa concurrencia extravagante para la historia y para los hospicios 279. el 7?. un heresiarca si­ niestro. general Artur Oscar de Andrade Guimaraes. Esta medida. un maníaco. 25?. aceptó. en Ceará. habiendo definido antes en una proclama por telégrafo. . su pensamiento sobre las cosas: "Todas las grandes ideas tienen sus mártires. Y todo esto. el padre Cicero. el 4? de Pará. el 2 ? de Ceará. el 5? de Maranháo. . el 5? y narte del 9? de caballería. José Guedes. se manifestaba. el 33? y 35? de Piauí. En todo se repetía la misma afirmación: había que salvar a la Re­ pública. El comandante del 2 ? distrito militar. En Juázeiro. el 9? y el 16? de Bahía. aquella vanguardia de retardatarios y de maníacos. eran hechos de una conjuración que desde hacía mucho tiempo actuaba solapadamente contra las instituciones. precipitando en las primeras escaramuzas. El gobierno debía actuar rápidamente. convertida en base de operaciones provisorias. La reacción monárquica. asaltaba cargueros repletos de espingardas. nosotros estamos convocados al sacrificio del cual no huimos. sorpren­ día a las autoridades que lo interrogaban con la altanería estoica de un profeta. regimiento de artillería de la Capital Federal. . deshacía escoltas y escondido en el alto sertón del Sao Francisco. el 14? y 5? de Pernambuco. el 24? de Río Grande do Norte. el Monje del Paraná.

149 y 3 O 9 batallones de infantería constituyen la 1^ brigada bajo el mando del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. erigida para la defensa con sus viejos fuertes separados. los 169. Esa provocación gratuita aumentaba día a día. La pasión patriótica rozaba la locura. había en el ánimo de los nuevos expedicionarios una sospecha extravagante respecto de las creen­ cias monárquicas de Bahía. así ejemplificada. 259 y 279 batallones de la misma arma. llevaron su dedicación a la República a abusos iconoclastas. En pleno día. y con sus calles estrechas y embarulladas por las cuales pasaría hoy Fernáo Cardim o Gabriel Soares sin notar diferencias notables. colocado en el portón de una vieja repartición pública. to­ maban los vagones del ferrocarril central v seguían prontamente para Oueimadas. Como medida preventiva. asaltada tantas veces por las chusmas marítimas de los normandos y los holandeses. Eran cosacos en las calles de Varsovia. destacada por el agudo tintineo de las espuelas y de las espadas. Por su parte. La vieja capital con su antiguo aspecto. enuncia­ dos con una fanfarronería continua. se ejercitaba en diversos con­ flictos y correrías. SE ORGANIZA LA CUARTA EXPEDICION "En esta fecha quedan así definitivamente organizadas las fuerzas bajo mi comando: "Los 7?. Era como si hubiesen esta­ blecido que aquello era un Canudos grande. el 309. pudo organizar la expedición. Allí entraban con la altanería provocadora de los triunfadores en una plaza conquistada. a hachazos. En los sitios públicos la población sorprendida oía los comentarios adversos. levantada sobre la montaña. disemi­ nados por las cumbres. torciéndose por la mon­ taña.Es que. un escudo en el que se apreciaban las armas imperiales. Y no los con­ movía. trataron de despedazar. los batallones llegaban. generalizándose un concepto falso. como cañoneras abiertas hacia el mar. traduciéndose finalmente en desacatos y desmanes. Citamos sólo un hecho: los oficiales de un batallón. la soldadesca. las líneas tradicionales de antigua metrópoli del Océano. De modo que en poco tiempo allí estaban estacionados todos los cuerpos destinados a la marcha hacia Monte Santo y el comandante general de las fuerzas. La prensa y la juventud del Norte. conservando. en la orden del día del 5 de abril. la 2 ^ brigada bajo el mando del coronel . los irritaba. siguiendo el mismo trazado de las trincheras de barro de Tomé de Sousa2S0. desembarcaban. con sus laderas a plomo. se les aparecía como una ampliación de la tapera sertaneja. finalmente protestaron y más elocuentes que los mensajes resultó el descontento popular pronto a estallar. como acrópolis desmanteladas. a despecho del tiempo.

porque éste. Y si. bajo el mando del general Cláudio Do Amaral Savaget” . hasta inclu­ yendo la posibilidad extrema y dolorosa de la batalla. siendo responsable de la misma hasta la respectiva presentación de aquel general. tomando la hipótesis más favorable. Los jagungos. La orden del día nada decía en cuanto al desdoblamiento de las ope­ raciones. asilo impenetrable en el . Los caminos escogidos. todos a un tiempo. los 349. el coronel comandante de la 1? brigada. los 12 ?. 35 9 y 409. eran dos las masas compactas de soldados que irían a caer. 319 y 33 9 de la misma arma y una división de artillería. bajo el mando del general Joáo da Silva Barbosa. no determinaría el aplastamiento de la rebelión. después de reunirse en Aracaju. esto no sucediese. la 3^ brigada bajo el mando del coronel Olimpio da Silveira. aunque se realizara. la 5^ brigada bajo el mando del coronel Juliáo Augusto de Serra Martins. los caminos del Cambaio. todo el vasto sertón del Sao Francisco. tal vez. "Las P . copia ampliada de los errores anteriores. La expedición estaba constituida. combatidos en una sola dirección.Inácio Henrique Gouveia. incluso problematizaban un desenlace satisfactorio de la campaña. y 6 $ brigadas formarán otra columna. las 4^. poco se desviaba del modelo anterior. alrededor de la aldea. por el sudeste. desde hacía mucho conocido. se cortaban fuera del poblado. Páginas ya escritas me dispensan de volver a insistir sobre semejante plan. era fácil verificar que la plena consecución de los itinerarios establecidos. mientras la se­ gunda. el 59 regimiento de artillería de campaña. Se resumía en la división en columna. la 6 ^ brigada bajo el mando del coronel Donaciano de Araújo Pantoja. con una sola variante: en lugar de una. la primera columna saldría por Monte Santo. La simple obser­ vación de un mapa mostraba que la convergencia establecida. la 4^ brigada bajo el mando del coronel Carlos María da Silva Teles. para lo que eran suficientes aquellos dieciséis cuerpos articulándose en puntos estratégicos y avanzando poco a poco. en un punto de su amplia periferia y resultaban ineptos para el asedio. atravesaría Sergipe hasta Jeremorabo. tenían francos hacia el norte y el oeste. los 269 y 329 de infantería y una división de artillería. del Uauá y de la Várzea da Erna. los 5 9 y 9 9 batallones de infantería. en las trampas de la guerra seríaneja. En vez de un cerco a distancia. del Rosario y de Jeremoabo. Desde estas aldeas convergirían sobre Canudos. 2? y 3? brigadas formarán una columna. se planeaba atacar a los fanáticos por dos puntos. en el caso de que fueran desbaratados.

El gran movimiento de armas en marzo. Eran circunstancias fáciles de deducir. soldados y patricios. con el armamento arruinado y careciendo de las nociones tácticas más simples. una dirección administrativa. que les permitirían comunicarse con las cercanías y abastecerse. rayaba en el optimismo más exagerado. algunos disminuidos. No había un servicio de abastecimiento organizado. El general Savaget salió en seguida. de modo que en una base de operaciones provisoria. en Queimadas. adiestrarlos e instruirlos. unida al litoral por un ferrocarril. fue imposible conseguir un depósito de víveres.que se se acogerían a salvo y desde donde se aprestarían para la réplica. Los días comenzaron a correr monótonos en evoluciones y maniobras. ante todo. mil puertas abiertas por los otros. órgano que prepara. en la que se incluye. . a fines de julio. darles municio­ nes. Era preciso marchar y vencer. en los primeros días de abril. Ahora bien. . Los com­ batientes. DEMORAS Pero éste sólo se realizaría dos meses después. vestirlos. afrontando los asaltos hechos por un solo flanco. no había soldados: los cargadores de armas que por allí desembarcaban. Era necesario armarlos. No había tiempo para pensar. Finalmente. técnica y táctica. definida por un estado mayor que conozca todos los servicios. Y al prevenirse. El país entero ansiaba lavar la afrenta hecha al Ejército y a la Patria. llegaban a la oscura estación del ferro­ carril de Sao Francisco y quedaban impotentes para la partida. la consideración de un abandono en masa de la aldea. Los sertanejos resistirían como resistieron. partiendo de Juázeiro o de Vila Nova y venciendo una distancia equiparada a las recorridas por las otras dos. había sido una ilusión. Los batallones llegaban. menores que compañías. señalaban una sola corrección: una tercera columna que. o . Pero no se pensó en esta división suplementaria. No había un servicio de transporte suficiente para cerca de cien toneladas de mu­ niciones de guerra. No teníamos ejército en la significación real del término. cerrando aquellos caminos y origi­ nando finalmente un bloqueo efectivo. Queimadas se volvió un vivero de reclutas y un campo de instrucción. Faltaba todo. dispuso todo para el ataque. más valiosa que la existencia de algunos millares de hombres y espingar­ das. para Aracaju. convergiese con ellas. y el comandante en jefe. las operaciones militares. tendrían como tuvieron. no venían de los polígonos de tiro o de los campos de maniobras. desde el transporte de las provisiones hasta los lincamientos superiores de la estrategia.

batallón por batallón. sin carretas para el transporte de las municiones. centenares de valientes marcando el paso delante del enemigo. no había en Monte Santo una sola bolsa de harina en depósito. descansando. solo. De allí salieron. Al llegar a Magacará. aunque exagerándola con su fuerte temperamento nervioso. Y el entusiasmo marcial de los primeros tiempos aflo­ jaba. pero de inquieto temperamento para aquella apatía. en lugar de volver a la base de operaciones. Como un entretenimiento o un pretexto para sacar de Monte Santo por algunos días a mil y tantos consumidores de los escasos recursos de la columna. cuando llegó el mes de julio y la 2 ^ columna atravesando Sergipe. registremos esta singular circunstancia.ejercicios de fuego en una línea improvisada en un surco abierto en la caatinga próxima. El coronel Thompson Flores planeaba ese movimiento indisciplinado y temerario. viviendo a costa de los recursos de un municipio pobre y talado por las expediciones anteriores. revelando. Continuaron hasta mediados de junio los mismos ejercicios y la misma existencia aleatoria de más de tres mil hombres en armas. la 3?. El diputado del Cuartel Maestre General 2 8 2 no había conseguido siquiera un servicio regular de convoyes. la situación moral de los combatientes. estuvo por salir. se quedaba delante de la tropa acampada y mal alimentada por algunos bueyes magros y hambrien­ tos desparramados por los campos de los alrededores. hacia Monte Santo. . Esta detención desalentaba a los soldados y alarmaba al país. porque esta brigada se había reconstituido con el agregado de una batería de tiro rápido y con el 79 destacado de la 1^. después de apresar en el camino algunos cargueros que iban a la aldea sediciosa. por el camino del Rosario. . con dificultades. Una de esas brigadas. recién formada con el 59 y el 9 9 batallones de artillería.de infantería. Y fue la única cosa apreciable en tanto tiempo. abastecieran a la base de operaciones. se acercaba a Jeremoabo. dos brigadas salieron en reconocimiento hasta el Cumbe y Ma^acará. desprovisto de los recursos más elementales. doblegado en la insipidez de esa Capua invertida 2 8 1 donde voci­ feraban. hacia el centro de la lucha. Por lo que. Fue el único movimiento militar realizado y no tuvo el valor de aplacar la impaciencia de los expedicionarios. . que partiendo de Oueimadas. La penuria y ciertos anuncios de posible hambruna condenaban a la inmovilidad a la división en la que se encontraba el principal jefe de la campaña. de modo de almacenar reservas capaces de sustentar a la tropa por ocho días. La comisión de ingenieros militares dirigida por el teniente coronel Siqueira de Meneses había terminado. estaba bajo el mando de un oficial incomparable en el combate. dispuestos para el combate pero impotentes para la partida y. donde la situación no varió. El comandante en jefe. la línea telegrá­ fica de Oueimadas. apenas contenido por la oficialidad.

alentado por tres victorias. La comi­ sión de ingeniería había realizado reconocimientos acordes. señala a las tropas el peligro que las asal­ tará al entrar en el sertón donde "el enemigo las atacará por la retaguar­ dia y los flancos” en medio de esas "matas infelices” cribadas de "caminos obstruidos. Eran tres requisitos esenciales y complementarios. después de augurar una inevitable victoria sobre la gente de Antonio Conselheiro "el enemigo de la República”. El jefe expedicionario sólo se ocupó de la distribución de las formacio­ nes. Pese a la literatura alarmante. Pero ninguno fue satisfecho. el general. estipulando que las características del terreno imponían tres condiciones para un favorable accionar de la campaña: fuerzas bien abastecidas. la nueva de la toma de Canudos por el general Savaget. sin líneas de operaciones. tenían escasos intervalos de pocos metros. sorpresas de toda índole y de todo lo más odioso de la guerra”. Esta consideración era capital. legos en la materia. aquel armisticio de tres meses. lo que ese docu­ mento muestra es la obsesión en imaginar a las guerrillas habilidosas de los jagungos dentro de trazados gráficos. No se preocupó del aspecto esencial de una campaña que. Persistía la obsesión de una campaña clásica. Avanzarían en brigadas cuyos batallones. Calculaban los efectos de esa dilación ante la opinión pública ansiosa de un desen­ lace y consideraban cuán útil sería para el adversario. Irían recargadas por las toneladas de un cañón de sitio. NO HAY UN PLAN DE CAMPAÑA El general Artur Oscar decidió entrar en acción fijando en la orden del día del 19 de junio la partida en la cual "deja a la imparcialidad de la historia la justificación de tal demora”. podemos encontrar en las páginas de Vial 2 8 3 . reducida al dominio estricto de la táctica. trincheras. sujeta a los ligeros . estos datos eran verdaderos. Porque su tropa iba a salir hacia lo desconocido. movilidad máxima.A todos fastidiaba la inmovilidad en que habían caído tras el arranque marcial de los primeros días. Lo demuestran las ins­ trucciones entregadas. y flexibilidad para adaptarse al terreno abrupto. días antes. Muchos se estremecían imaginando el sobresalto al recibir de impro­ viso. Las tropas partirían de la base de operaciones a media ración. que no acudiesen a los recursos del terreno tan pobre. consistía solamente en el aprovecha­ miento del terreno y en una movilidad vertiginosa. a los comandantes de los cuerpos. de cuatro en fondo. Sin el laconismo propio de tales documentos. Resumen de unos viejos preceptos que cada uno de nosotros.

extendiéndose por el campo raso. de las perneras. se le prendió a las espaldas la mole de acero de un Withworth de 32 2 8 4 . como veremos en breve. delante de ad­ versarios fugitivos y valientes. No quiso innovar. geométricamente — cordones de tiradores. y nada hay de práctico en esas instrucciones sobre servicios de seguridad en la vanguardia y en los flancos. muestra la preocupación del orden mixto. hecha para la quietud de las fortalezas ribereñas. a media ración. aban­ donaría esos dispositivos de los preceptos idealizados sin nombre. en la emer­ gencia de una batalla. Y el jefe de la expedición. aunque se dejasen de lado medidas imprescindibles. Como si fuera poco. con algunos batallones macizos perdiéndose en caminos desconocidos. líneas de apoyo y reservas— actuar con la seguridad mecánica establecida por las luminarias de la guerra.700 kilos. citó a Ther Brun. para pasar indemne por medio de los xique-xiques. Copió instrucciones sin valor. Marcharían en desdoblamientos que. un genio que para la ocasión no valía como los ardides de un capitán del monte. habilitándolo para arremeter impunemente por allí adentro. sin programación rígida. La tremenda máquina. La ropa de los vaqueros enseñaba. rodeadas de hechos súbitos y de encuentros fortuitos en las vueltas de los caminos o celadas en todas partes. de los guarda-pechos para troteger el tórax. pudiese. Bas­ taba con que fuesen apropiadamente vestidos. no las guardaban de los asaltos. guerras de trampas. iba a iniciarse enredada en una compleja red jerárquica. Uno o dos cuerpos así dispuestos . Soldados de ropas de paño. y de los sombreros de cuero firmemente atados al mentón. Es que había que impresionar al sertón con el monstruoso espantajo de acero. a propósito. de flan­ cos capaces de evitarle sorpresas. se deberían mover con las distancias regulares. Hubieran podido avanzar si se les salvara de tales inconvenientes. No imaginó que el frío estratega invocado. en las guerras sertanejas. de los guarda-pies. cortando las bromelias y los espinos. En compensa­ ción. Ejemplifiquemos: las columnas partirían de la base de operaciones en situación absolutamente inverosímil. El flanqueador debía meterse en la caatinga vestido con las ropas de cuero del sertanejo. Los que las acompañaban no valían nada. con la garantía de las fuertes alpargatas. Quiso dibujar lo imprevisto. La lucha que sólo pedía un jefe esforzado y media docena de sargentos atrevidos. significaba la reducción de la marcha y la perturbación de los transportes. no tenían la garantía de una vanguardia eficaz. apenas iban a arriesgar unos pasos para dejar por allí enganchados sus uniformes en jirones. un obstáculo para cualquier maniobra rápida. Por fin. Tenían que marchar a los costados del grueso de la tropa por dentro de las caatingas y éstas les obstaculizarían el paso. de modo que cada brigada. los cuerpos. que pesaba 1.reconocimientos hechos anteriormente o a los datos recogidos por oficiales de otras expediciones. sin reglas.

Se temía contagiar la piel dura del jagungo a la epidermis del soldado. en todos los bata­ llones. Atenúa el calor en el verano. en todos los sentidos. ese campeador que se había formado fuera de la vida de los cuarteles. Porque no se gasta ni se rompe. lo convirtieron en el guía exclusivo de aquellos miles de hombres al tanteo en una región desconocida y bárbara. Cuando suena la alarma. hijos del Norte. Además. desarrollándolo hasta lo alto de la Favela. acompañado por uno o dos ayudantes. normaliza la economía fisiológica y produce atletas. se le aparece un arroyo correntoso y lo cruza metido en su ropa impermeable. se levanta de golpe y su flexible coraza no tiene una sola arruga. . Más extravagante resultan las cha­ quetas europeas de listas vivas y botones brillantes entre las ramas de la caatinga marchita 2 8 5 . pudiesen transitar la artillería pesada. Es buena para las intem­ peries. e infatigable. en cuyos cuerpos los bárbaros uniformes no se ajustarían por primera vez. nuestros admirables patricios del sertón atestiguan que esa bizarra vestidura. Después de un largo combate. Nadie hasta entonces había entendido con igual lucidez la naturaleza de la campaña o estaba mejor preparado para ella. Una firme educación teórica y un espíritu observador. Marcha bajo una lluvia violenta y no tirita. Pero esto sería una innovación rara. Con corrección y fragilidad. sobre todo considerando que allí había. las baterías Krupp. de modo que por tales caminos. el luchador tiene sus ropas intactas y puede descansar sobre un montón de espinas. Se armoniza con la guerra. se encuentra con pastos en llamas y puede cruzarlos sin hesitar. Ese camino fue hecho. a pesar de su rudo material es capaz de entallar elegantemente y robustece. La había recorrido casi solo. acabarían por copiar las evoluciones de los jagungos. Lo abrió. que por sí solo requería un camino consolidado y firme. cortados por barrancos y torcidos por los morros. alargarlos o nivelarlos. La expedición debía marchar correctamente. LA COMISION DE INGENIEROS Para este notable trabajo hubo un jefe: el teniente coronel Siqueira de Meneses. con esfuerzo y tenacidad. la comi­ sión de ingenieros. Se encargaba de una ardua tarea: adecuar la marcha a los rastros sertanejos. atenúa el frío en el invierno. el día 14. algunos cañones de tiro rápido y el aterrador 32. a lo largo de quince leguas. y debía rectificarlos. alejado de todo temor.y convenientemente adiestrados. En primer lugar. partió la comisión de ingenieros protegida por una brigada. amor­ tigua las repentinas variaciones de la temperatura. La conocía entera. Y esto no sería una originalidad.

de fiso­ nomía nazarena. el cáliz de una flor o un accidente del suelo. luchando. y muchas veces. era la mejor garantía de una marcha se­ gura.sorprendía a los combatientes más rudos. se perdía en el desierto repleto de emboscadas. Su flora tan extraña. observando. las brigadas. Esa naturaleza original lo atraía. su topografía atormentada. En este presu­ puesto. Y el expedicionario sin miedo lo hacía. subía por los cerros abruptos. El comandante en jefe había apreciado su valor. estu­ diando. Se largaba por las amplias pla­ nicies. Esos atributos hacían pensar que sería escogido. convirtiéndose en un pensador contem­ plativo. mucho antes de llegar a la aldea. LA MARCHA PARA CANUDOS Por allí avanzaban. Y le dio un trazado que sorprendió a los mismos sertanejos. habían sido utilizados por las expediciones anteriores. La de artillería que levantó el campamento de Monte Santo el 17. haciendo un camino más hacia el este. distanciadas. Proveniente de una familia sertaneja del Norte y teniendo hasta familiares próximos entre los fanáticos de Canudos. el obstruyente 32 . les desafiaba la astucia y no sentía temor de las emboscadas y no se equivocaba en la lectura de su brújula portátil entre los estampidos de las carabinas. en reconocimientos peligrosos y resurgía en el Caipá. lo saca­ ban de las preocupaciones de la guerra para llevarlo a la región serena de la ciencia. dos. Una roca. más preocu­ pado por sus notas y sus croquis que por su vida. Los vaqueros amigos de las cercanías lo conocían y lo conocieron por fin los jagungos. de aspecto débil. se hundía en los pantanos. en­ contró dificultades en los primeros pasos. El plan esbozado por la comisión de ingenieros lo evitó. Quedaba el del Calumbi. el del Cambaio y el de Magacará. que andando por todas partes con una carabina en bandolera y un podómetro agarrado a la bota. al Río Pequeño. ineptos para un medio galope corto. Mientras los cañones más lige­ ros llegaban. los sertanejos lo fortificaron de tal manera que la marcha de la expedición por allí hubiera acarreado un desastre completo. Cabalgaba animales arruinados. Entre los caminos que llegan a Canudos. bordeando los contrafuertes de Aracati. su estructura geognóstica aún no estudiada. se le antojaban escritas en una página de la tierra que todavía nadie había leído. física y moralmente bru­ ñido por la cultura moderna. en todas partes. El teniente coronel Meneses era el ojo de la expedición. más corto y en muchos puntos menos impracticable. hechos diez kilómetros. los vedeaba. sin las trincheras soberbias del primero y sin las vastas planicies estériles del último. en Calumbi o en el Cambaio. Les llamaba la atención aquel hombre frágil. ese jagungo rubio.

el 59 cuerpo de la policía bahiana. el único entre todos que se amoldara a las condiciones de la campaña. con un efectivo de 1. joviales y aficionados a las bravatas que. en el que surgían inconvenientes a cada paso. guiados por conductores inexpertos. a la cola de la tropa. Ese mismo día había salido de Monte Santo el comandante general y el grueso de la columna constituido por las brigadas 1^ y 3^. Tenían el temperamento pri­ mitivo de una raza. teniendo a la vanguardia al 2 59 batallón del teniente coronel Dantas Barreto. y formado por 432 plazas. A despecho de la formación establecida. con la misma marcha fatigosa y de­ morada. El 59 cuerpo y el convoy. constituían un batallón de jagungos. caballeresca y despiadada. proseguirían a la mañana siguiente hacia Gitirana. Por el camino tiraban penosamente las veinte yuntas de bueyes que lo arrastraban. totalmente nuevo. permitiendo que se reor­ ganizara la brigada de artillería que. en la emergen­ . con una ingenuidad sorprendente. llegó el cañón retrasado al Caldeirao Grande. por las curvas del camino o por los desniveles repentinos que detenían a la pesada máquina. modinhas festivas. tres días ocupados en hacer tres leguas. Toda la expedición en camino. iba el gran convoy general de municiones. más tarde. bajo el mando directo del diputado del Cuartel Maestre General. en los días angustiosos del asedio a Canudos cantarían al son de las guitarritas. distante ocho kilómetros de la estación anterior. rezagados de la expedición. aparecían con un aspecto original. cuando debían estar en el centro. a un tiempo novelesca y brutal. no era un batallón de línea ni era un batallón de policía. en contraste permanente entre la marcha ligera de la vanguar­ dia y el lento andar de la artillería. unos y otros poco afectos a esa clase de transportes. seguían al cabo completamente aislados. siempre con la misma formación: las grandes divisiones avanzando aisla­ das o concentrándose y dispersándose en seguida. vencedores de bandeiras. Entre las fuerzas regulares de uno y otro matiz. de los primeros mestizos. una lealtad llevada hasta el sacrificio y un heroísmo extendido hasta la barbarie.933 soldados. salvaje y heroica. a veces demasiado dis­ tanciadas. cuarenta y seis kilómetros más allá de Monte Santo. mezcla interesante de atributos contrarios a la lógica. en seguida se verificó la imposibilidad de una concentración inmediata. fuera de la intrusión de otros elementos y de golpe. debajo del relampagueo de la fusilería. guardado intacto. unos tres mil combatientes. avanzó hasta el Aracati. Y lo mismo le sucedía a los demás batallones. imprimían el rasgo original de la vieja bravura. habiendo partido los últimos de Monte Santo.había quedado distanciado una legua. Esos cáboclos rudos y bravos. Los veremos más adelante. coronel Campelo Franca. en el aislamiento de las planicies. Más alejado todavía. juntamente con la 2 ^ de infantería. Recién formado con sertanejos enrolados en las regiones ribereñas del Sao Fran­ cisco. Solamente el 19 a la tarde.

800 metros de distancia. 79. En el amanecer del día 2 2 . 159 169 y 279 cuerpos de infantería. el tren de la arti­ llería quedaba muy separado del resto de la columna. más aventajada. después de caminar dos leguas. Las brigadas se reunieron por fin. seguido de un piquete de veinte plazas de caballería y el 9 9 de infantería. . ofreciendo con­ diciones desventajosas en la emergencia de un asalto. sin equipo. De ese punto salieron los dos generales en la mañana del 23. el 259 de la 2^. en Juá. hacia Aracati. protegida por los del coro­ nel Medeiros. Pero la artillería. sólo se movió al mediodía. se ve que la tropa estaba desparramada por una longitud de casi cuatro leguas.600 metros más allá de Gitirana. aquí estaba inmovilizada la artillería aguardando que la comisión de ingenieros terminase la apertura de picas y trabajos de zapa. a las nueve de la mañana al Caldeiráo Grande. las que debieron haber sido establecidas de antemano como un requisito táctico indispensable. llegó el resto de la columna compuesto por los 59. llevando el dispositivo fijado: al frente el 149 y el 39 batallones. Mientras el grueso de la columna levantaba campamento del Río Pequeño al alborear del 2 1 . de ahí partía el comandante general con la primera brigada. ya de esa parada había salido a la retagurdia de la artillería. en lugares escogidos. el auxilio de la columna quedaría trabado por el obs­ táculo de las baterías que cubrían el camino estrecho. después que los ingenieros. en la noche de ese día. 7. realizaron penosos trabajos de repa­ raciones. éstas quedaban divididas. en el centro la caballería y la artillería. donde ya se encontraban la comisión de ingenieros y el general Artur Oscar que hasta allí había llegado. el 9 9 y el 259. Lo muestra la ruta pormenorizada de la marcha. a 12. Des­ pués de la artillería. y como el grueso de las fuerzas aún venía por el camino del Caldeiráo. más de una vez. el 9 9 batallón de la 3^. apoyados por la brigada Flores. como una obstruc­ ción entre la vanguardia y el convoy general. el cañón 32. el ala de caballería del mayor Carlos de Alencar y la artillería. cuando el general Barbosa que había permanecido el resto del día anterior en Caldeiráo. Se exceptuaba el convoy retrasado en algún lugar del camino. Si consideramos que el convoy general dirigido por el coronel Campelo Franca y protegido por el 59 de policía había quedado a la reta­ guardia. la brigada Gouveia tocaba Gitirana a la noche. En la misma ocasión. violando completamente las instrucciones establecidas. después otros dos cuerpos. levantaba campa­ mento hacia Gitirana. Adscrito al trabajo de los zapadores. De manera que si los jagungos dieran. Pero. algún golpe de mano audaz contra el convoy general.cia de la batalla. protegido por la brigada Medeiros. haciendo la vanguardia los bata­ llones del coronel Gouveia. mientras el comandante general andaba rápidamente y en ese día llegaba con la vanguardia a Juá. a las seis. a poco más de una legua de Monte Santo y llegaba. porque no estaban dispuestas para distancias tan grandes entre sí.

Tomados de sorpresa. espinal. un cabo. a la tarde se inició un nuevo camino que. La artillería sólo avan­ zó al caer la tarde. Después se recostó a la pared de la casucha e hizo frente a los soldados agitando el arma sobre sus cabezas. Más a la retaguardia todavía estaba el 32. Ese día.800 metros. que por lo cerrado de la noche no se pudo pasar. se encaminó hacia Jueté. junto con la 3^ brigada al borde de un arroyo. Se hizo necesario. tenía mejores condiciones de viabilidad. el piquete del comando general.Nos detenemos en los menores incidentes de esta marcha para mostrar las excepcionales condiciones en que se realizó. por extensión. aunque era más largo. ya unida. por demás exigua para tanta gente. además de los trabajos de zapa. Los caminos empeoraban. el de los Pereiras. Aban­ donando todo el trabajo hecho. sobrevino un incidente que muestra cuánto cono­ cían el terreno por el que avanzaban. guiado por un alférez. Se entraba en zona peligrosa. además de los accidentes del terreno para la subida y bajada de los vehículos” 286. abrir más de una legua de pica a través de una caatinga feroz que en ese lugar justifica bien el significado de la denominación indígena del lugar *. Lo vencieron. Después de la partida de Juá y llegados a la vieja estancia del "Pogo” totalmente en ruinas. cuando el teniente coronel Siqueira de Meneses reconoció la imposibilidad de adecuar el camino con la rapidez necesaria. pasando por el sitio de los Pereiras. donde ya estaba desde hacía mucho la columna. Ya iban lejos. golpeándolo con la culata. Otras la sucederían. en Lagoa da Laje. totalmente entregado a nuestra causa. Estaba sobre el tejado y al bajar se vio rodeado. * Ju-eté: espino grande. El día 24 la marcha se hizo más pesada. buscando la estancia del "Sitio” de un sertanejo aliado. INCIDENTES En lugar de seguir rumbo a la derecha. lo cerrado de la caatinga. se buscó el campo de Vila-Nova. La columna que levantó cam­ pamento de Aracati al mediodía porque tuvo que esperar la llegada de los retrasados de la víspera. El encuentro fue rápido. a una distancia de 13. lo desmontó y le arrancó la carabina de las manos. Lo mataron. los sertanejos huyeron sin replicar. sorprendió a algunos rebel­ des que sacaban el tejado de una casa allí existente2S7. Acon­ sejado por éste. Y fue a acampar a la medianoche en la Lagoa da Laje. y otra vez se dividió. Sólo uno quedó. . a dos kilómetros de Aracati. Reaccio­ nó a pesar de estar herido. se enfrentó con el adversario más próximo. después de unas horas de camino. "Tales eran el gran movimiento de tierras a hacerse. los pesados bloques de piedra a removerse. Era la primera hazaña. los zapadores hicieron un desvío a la izquierda. Tomás Vila-Nova.

se unió el muy conocido y temido cumana. palmatoria. quedó dentro de la pica hasta el día siguiente y con él. Allí también acampó la brigada de artillería. culumbi. con un grupo de chinos en el empeño de llevarlo a Canudos. tomó la decisión de encender. enmarañándose en una trama impenetrable. los dos últimos de la policía. el tronco se divide en muchos gajos que se multiplican en una profusión admirable. A pocos centímetros del suelo.El jefe de ese trabajo memorable relata * : "Al xique-xique. "Así se concluyó con alegría general entre las ocho y las nueve de la noche el último trecho en el que el cumana desapareció dando paso a una vegetación más benigna al salir de Queimadas. representada en esta ocasión por el jefe. el tercero auxiliar y el cuarto comandante del con­ tingente de ingenieros. bajo lluvias torrenciales que se prolongaron hasta el día siguiente. Domingos Leite. El esfuerzo desplegado por los distinguidos y patriotas republicanos. Extiende sus franjas de hojas cilindricas con ocho canaletas e igual número de filos cortantes y poco salientes. difícilmente las cortaba a los primeros golpes. Antes que el desánimo. en otros trabajos. pues el capitán Coriolano y el teniente Domingos Ribeiro se encontraban más atrás. que causaba a todos contrariedad. cola de zorro. parecido a una planta cultivada en los jardines. grandes hogueras para se­ guir los trabajos en pro de la buena causa de la Patria. que trabajaba desde el Río Pequeño. empeñados en esta pesada labor. quixaba y la respetabilísima macarnbira. bajo el pseudónimo de Hoche. malestar y fastidio. Virgilio y Melquíades. de tanto en tanto. ya noche oscura. cansangao. la citada comisión. el cansancio y el sueño se apoderasen de nuestros resistentes y trabajadores soldados. en pocas horas. a su luz. caroás. favela. especie de cipo de aspecto arborescente. tenientes Nascimento y Crisanto. pues ofrecían una resistencia inespe­ rada al empeño que teníamos por ir adelante. más de seis kilómetros de camino teniendo sobre sus talones a la artillería que atropellaba impaciente. "Poco después de las 9 horas estaba la comisión reunida y acampada en el claro. no pudiendo vencer los obstáculos derrumbados por la noche. mandacarus. la comisión de ingenieros tuvo que abrir. artículos publicados en El País. el 169 y el 259 batallones de * Teniente coronel Siqueira de Meneses. El cañón 32. que cubren muchas veces una considerable superficie del suelo. el Dr. de lo que ya habla­ mos. formando una gran copa que se mantiene en el espacio por sus propios esfuerzos o favorecido por algunas plantas que vegetan por allí. La hoz más afilada de nues­ tros soldados del contingente de ingenieros y de la policía. cabega de frade. no impidió que la noche los sorprendiera antes de llegar a esa especie de claro. cuyas hojas son cilindricas. como un gran pólipo de millones de antenas. donde esta vegetación trai­ cionera desaparece como temerosa. . deno­ minado por el pueblo lugareño Queimadas. En ese laberinto de nueva especie. alférez Ponciano.

y más tarde. Ahí llegó a la madrugada el comandante general. Al paso que el general Bar­ bosa. traía un objetivo mayor: renovar el delirio de las cargas y un paso redoblado enloquecido que tanto había perjudicado a la expedición anterior. No fue posible distinguirlo bien. donde pernoctó. 18 kilómetros más lejos. atravesar imponente. Cambiadas algunas balas. desaparecie­ ron. como por el genio de la libertad. acompa­ ñándola velozmente por dentro de las caatingas. Fue magnífico. como lo denunciaron los sucesos pos­ teriores. Levantaron campamento el 26. Cayó en un ataque vivo y fugaz sobre la van­ guardia que ese día estaba constituida por el 9 9 de infantería. Los combatientes se reunieron seis kilómetros adelante. de flanco. el general Oscar con el estado mayor y el piquete de caballería. que no reveló nada en el interrogatorio a que lo sometieron. Era algún piquete que espiaba a la tropa. marchando hacia el "Rancho do Vigário”. Pasó como en relieve. después de una corta parada en las Baixas. el espectáculo que nos impresionó vivamente. Pero veloz y fugitivo. viendo a la artillería con sus metales pulidos. Lo dirigía Pajeú.700 metros más adelante. salvo la 3^ bri­ gada que se aventajó hasta las Baixas. altiva de su gran fuerza. enderezaba hacia la estancia del "Rosario” a 4. siendo necesario todavía hacer una rampa sobre las riberas del río Rosario para que lo cruzara la artillería. más adelante. Desapareció. quedando a cargo de la guardia del 32 el 279 que durmió en la pica. . UN GUIA TEMEROSO: PAJEU El enemigo apareció otra vez. Mientras tanto llegaba a Jueté. en el camino adelante. encendidas en el desierto. Quedó prisionero y herido un curiboca de 12 o 14 años. hasta espléndido. Pero de hecho. de la honra y de la gloria”. como reina del mundo. La tropa acampó sin otras novedades en ese sitio. En seguida reapareció. el resto de la división. Sorprendió a la tropa con un tiroteo rápido. para mostrarle el camino del deber. El comandante en jefe envió entonces un emisario al general Savaget. reiterándole el compromiso de encontrarse el 27 en las cercanías de Canudos.infantería. acompañado por unos pocos tiradores. por entre las fantásticas claridades de las grandes hogueras. con las brigadas P y 3^. El famoso bandido hizo un reconocimiento.

a medida que los trabajos de zapa le abrían camino en las laderas. a golpes de facón el ramaje. de aprensiones y vibrante entusiasmo. La columna se dividió aún más. del otro lado. En plena zona peli­ grosa. nadie pensó en los compañeros retrasados. Habían aflojado a los animales de tiro y toda la carga de 53 carretas y 7 grandes carros pasó subdividida a las espaldas fuertes de los sertanejos del 59 batallón de la policía. Sobre dos puentecitos atravesaron el riacho del Angico. Es que. que antecede a la batalla. Las cornetas no sonaban más. en las condiciones más impropias para librar el más ligero encuentro. tratando de abatir. Rompía la marcha el 259 batallón. en tales condiciones. podrían ser fácilmente desbaratados por las guerrillas enemigas. perdido en la retaguardia. las de los coroneles Thompson Flores y Medeiros. Seguían cautelosos su ruta. apenas auxiliados por los pocas muías que todavía soportaban las cargas. venía por los primeros tramos de la vertiente y aquél ascendía lentamente. cayó sobre los expedicionarios que. . allá a lo lejos. For­ mados temprano. hasta las Baixas donde aparecen los despeñaderos de la sierra del Rosario. como siempre. como veremos. La noche. se eriza en picos escarpados. El intercambio de balas de la víspera presuponía combates even­ tuales. Las brigadas siguieron: al frente la del coronel Gouveia con dos bocas de fuego. los batallones marcharon hasta el pie de la serranía. La noche transcurrió pacífica. el 27. establecido para el encuentro de las dos columnas sobre los escombros de la aldea atacada. con sus soldados arqueados bajo los grandes fardos. y después. Las brigadas se olvidaron totalmente del convoy desguarnecido. la conformación del terreno que desde allí en adelante se accidenta. al atardecer llegaba al rancho. derivaron después en la bajada por la garganta que la separa del "Rancho do Vigário”. Tal vez esclarecidos por el reconocimiento hecho. viejas conocedoras del terreno. ladeado de dos pelotones de flanqueadores. los jagungos se dispusieron a refriegas más serias. Las tropas iban a escalar por el sur la fortaleza que circunscribe Canudos. Al día siguiente. Mientras la vanguardia. andaba por el camino de Jueté. Los ayudaba. de flancos duros y vegetación rala. La subieron.Estaban a unos 80 kilómetros de Monte Santo. todos se pusieron en movimiento para la última jornada. al centro la del coronel Olimpio da Silveira y la caba­ llería. inútilmente. tenían dispuesta otra posición. y con la noche una lluvia torrencial con vientos muy fuertes. sucesivamente. También dejaron en paz al convoy que. No lo hicieron. la artillería ligera que con los ingenieros había aban­ donado al pesado 32. Y en la alegría surcada de impaciencia. Y se extendieron por el camino en una línea de diez kilómetros.

Los jagungos los asaltaron, de sorpresa, antes de la llegada, al mediodía, en el Angico. El ataque, aunque no merecía el nombre de combate que después le dieron, fue serio. Pajeú congregaba a los piquetes que se sucedían desde ese punto hasta Canudos y se echó de costado sobre la fuerza. Esta, sobre una rampa sin refugios, quedó como blanco de los tiros por elevación de los sertanejos que apenas se distinguían en la orla del matorral, abajo; pero replicó con firmeza, perdiendo sólo dos soldados, uno muerto y el otro herido, y continuó el avance en orden, a paso ordi­ nario, hasta el sitio memorable de Pitombas, donde ocurrió el primer encuentro de Moreira César con los fanáticos.

El lugar era lúgubre. Por todas partes aparecían recuerdos crueles: peda­ zos ya incoloros de uniformes, oscilando en la punta de las ramas secas; pedazos de mantas y harapos de capotes desparramados por el suelo en un revoltijo con fragmentos de osamentas. A la margen izquierda del camino, erguido en un tronco — como una percha de la que colgase un viejo uniforme— el esqueleto del coronel Tamarinho, decapitado, los brazos colgados, las manos de hueso calzando guantes negros. . . A sus pies estaban el cráneo y las botas. Y yendo desde el borde del camino hacia la profundidad de las caatingas, otros camaradas de infortunio: esqueletos vestidos con uniformes rotos y polvorientos, tirados por el suelo, de supino, alineados en forma­ ción trágica, o simplemente arrimados a los arbustos que oscilando según el viento, les daban singulares movimientos de espectros. Toda una de­ moníaca escenografía pensada adrede por los jagungos. No les habían quitado nada, salvo las armas y las municiones. Un plaza del 259 encontró en el género que envolvía la tibia descarnada de uno, un montón de bi­ lletes que sumaban cuatro contos de réis. El adversario lo había desdeñado como otras cosas de valor para ellos degradadas. Los soldados, asombrados, apenas observaron ese escenario porque el enemigo continuaba siguiéndolos de costado. Repelido en el encuentro anterior, después que lo rodeara una compañía del 2 59 dirigida por el capitán Trogílio de Oliveira, retrocedía atacando. El 259 y después el 279 del mayor Henrique Severiano da Silva, si­ guieron repeliéndolo hasta el Angico. La batalla parecía inminente. En varios puntos, partiendo de los flan­ cos y del frente, estallaban tiros. El comandante general tomó las dispo­ siciones más convenientes para repeler al adversario que parecía iba a aparecer, rodeándolos. Un piquete de caballería dirigido por el alférez

Marques da Rocha, de su estado mayor, enviado a reconocer la caatinga a la izquierda, lo hizo inútilmente. Continuaron avanzando. Dos horas después, al trasponer el general una colina, el ataque re­ crudeció de pronto. Se hicieron algunos disparos de Krupp. Un sargento de caballería y algunos plazas se metieron temerariamente en la caatinga. Hicieron una batida. Continuó la marcha. Al frente, el 2 59 formando la vanguardia con una compañía de exploradores y sucesivamente, el 279 y el 169, replicando los tiros escasos y acelerando la embestida. La noche se acercaba. La vanguardia avanzó por las últimas laderas del camino, en las Umburanas. Las subió, sin aliento y sin vacilar. Más de una vez tuvo que replicar serios ataques hechos por el flanco. Y llegó a la montaña. El último paso del ascenso le pareció un plano levemente inclinado, entre dos ondulaciones, cerrado adelante por algunos cerros desnudos. Eran los altos de la Favela.

EL ALTO DE LA FAVELA En ese punto este legendario morro es un valle. Cuando se lo sube se tiene la impresión imprevista de llegar a una bajada. Parece que se desciende. Toda la fatiga de la difícil subida se vuelve un penoso desasosiego para el viajero. La vista queda cerrada por todo tipo de accidentes. En lugar de una línea de cumbres, muestra un thalweg, un surco extenso, cerrado a los trescientos metros por la barrera de un cerro. Llegando a éste, a los lados, se ven corroyéndolo, hondos surcos por donde drena la montaña. Por uno de ellos, el de la derecha, se observa un paso estrecho de rampas altas, casi verticales, como restos de antiguos túneles y el camino del Rosario bajando en fuertes desniveles. A la iz­ quierda, otra depresión que termina en la cuesta suave de un morro, el del Mário, se dilata de norte a sur cerrándose en ese primer tramo ante otro cerro que oculta el poblado y cae de golpe en una garganta pro­ funda hasta el lecho del Umburanas. Adelante, en nivel inferior, la Fazenda Velha. El pequeño cerro de los Pelados viene en seguida, en declive, hasta el Vaza-Barris, allá abajo. Y hacia todos los rumbos, hacia el este, buscando el valle del Macambira, más acá de las cumbres del Cocorobó y el camino de Jeremoabo que lo atraviesa; hacia el norte deri­ vando por la vasta planicie ondulada; hacia el oeste buscando los lechos de los pequeños ríos, el Umburanas y el Mucuim cerca de la entrada del Cambaio; y hacia todos los lados, el terreno se presenta con el aspecto que le dan las cumbres sobresaliendo en una confusión de picos y despe­ ñaderos. Se tiene la imagen de una montaña que se desmorona, arruinada por las tormentas, abriéndose en gargantas que las lluvias torrenciales

profundizan año a año, sin el abrigo de la vegetación que amengüe la ferocidad de los veranos y las erosiones de los torrentes. Porque el morro de la Favela como los otros de esa zona del sertón, no tiene el revestimiento bárbaro de la caatinga. Es desnudo y áspero. Pocos arbustos, esmirriados y sin hojas, raros cereos o bromelias espar­ cidas despuntan sobre el suelo duro, entre las junturas de los bloques yuxtapuestos en planos estratigráficos, exponiendo sin el disfraz de la más leve capa superficial, la estructura interior del suelo. Los que ascienden por el sur no ven en seguida la aldea que está al norte. Tienen que bajar en suave declive la ancha plegadura en que se arquea la montaña, como una trampa entre lomas paralelas. Por allí enderezó al anochecer la cabeza de la columna y una batería de Krupp, seguidas por el resto de la 2 $ brigada y de la 3^, quedando la P y el grueso de la tropa retrasados a retaguardia. Pero dieron pocos pasos, porque el tiroteo, hasta entonces espaciado, progresó en continuo aumento, a medida que realizaban la subida, convirtiéndose al cabo en una fusilería furiosa. Y se desencadenó una refriega original y cruenta. El enemigo no se veía, metido en socavones, en sus trincheras-refugio que minaban las laderas laterales y tapado por las primeras sombras de la noche que caía. Las dos compañías del batallón 2 59 soportaron valientemente el choque. Mientras disparaban al azar sus armas, las dos brigadas se abrieron para dar paso a la batería. Esta, llevada al frente, arrastrada más a mano que por las muías cansadas y asustadas, pasó ruidosamente. Subió a la cumbre más cercana y se alineó en batalla allá arriba. Elevaron la bandera na­ cional y una salva de veintiún tiros de granadas atronó sobre Canudos. El general Artur Oscar, a caballo junto a los cañones, observó por primera vez, abajo, iluminada por la claridad de una luna deslumbrante, la misteriosa ciudad sertaneja y tuvo el más fugaz de los triunfos en la cumbre golpeada por los tiros donde se expuso temerariamente. Porque la situación era desesperada. Su tropa, batida por todos los flan­ cos, envuelta por el enemigo a caballo, estaba apretada en una estrecha franja que le impedía maniobrar. Si estuviese toda junta cabía una solución, seguir por la peligrosa travesía hasta juntarse con el general Savaget que, después de una marcha entrecortada por combates, había hecho alto a tres kilómetros más ade­ lante. Pero no había llegado la P brigada que se había quedado prote­ giendo a la batería de tiro rápido y al 329 y más lento todavía, el convoy parado en Angico, a dos leguas de distancia. Aquel plan de campaña daba el único resultado que podía dar. La expedición homogénea que por su dispositivo inicial no podía fraccionar­ se, porque tenía una sola dirección y un solo convoy, se encontraba divi­ dida precisamente al llegar al objetivo de lucha. De modo que la arreme­

tida coronada con una salva de balas sobre Canudos era la más impru­ dente de las victorias. El jefe expedicionario la definió después como un combate de brillante éxito, merced al cual el enemigo había huido aban­ donándole la posición tomada. Mientras todos los sucesos posteriores revelaron el ansia de la tropa por abandonarla y el empeño persistente de los jagungos por impedirles la salida. Aquello era una trampa singular. Quien recorriera más tarde las cues­ tas de la Favela lo puede testimoniar. Estaban minadas. A cada paso una cueva circular y rasa, protegida por piedras, señalaba una trinchera. Eran innúmeras y como todas miraban hacia el camino y hacían fuego casi a ras del suelo, adrede estaban dispuestas para un cruzamiento sobre aquél. Así se explican los ataques ligeros e insistentes hechos durante el ca­ mino a partir de Angico, el inofensivo tiroteo en el que los sertanejos, saltando y corriendo, daban evidencia de querer atraer a la expedición hacia ese rumbo, impidiéndole la elección de cualquier atajo de los tantos que llevaban a la aldea. Su ardid había triunfado. Los expedicionarios, bajo el estímulo de la persecución del enemigo disperso sobre el frente y en fuga, habían to­ mado, sin una exploración preparatoria, por un lugar desconocido, si­ guiendo, sin saberlo, a un guía terrible: Pajeú. Y con su aire de triunfadores cayeron en la trampa. En respuesta al bombardeo de un extremo al otro, de arriba abajo, por las laderas, estalló un relampagueo de descargas terribles y fulminantes saliendo de cen­ tenares de trincheras, explotando debajo del suelo como fogatas.

Era un fusilamiento en masa. . . Los batallones sorprendidos se volvieron una multitud atónita, in­ quieta, asombrada, centenares de hombres desorientados, tropezando con sus compañeros que caían, atontados por los estampidos, deslumbrados por las claridades de los tiros, sin poder arriesgar un paso en la región ignota sobre la que había caído la noche. La réplica haciendo blanco en las laderas era inútil. Los jagungos tiraban sin riesgos, en cuclillas o echados en el fondo de los fosos, a cuyos bordes sostenían los caños de las espingardas. Excluyendo la posi­ bilidad de desalojarlos con cargas de bayoneta, lanzándose desesperada­ mente por los morros o de seguir, aventurándose a asaltos peores y aban­ donando a la retaguardia, sólo les quedaba a los combatientes el aguantarse a pie firme en la peligrosa posición, aguardando el amanecer. Esta única posibilidad fue favorecida por el adversario. El ataque se atemperó después de una hora y finalmente cesó. Las brigadas acam­ paron en formación de batalla. La 2 ^ se situó en líneas avanzadas, del

centro hacia la derecha, teniendo a la retaguardia a la P ; la artillería se situó cerca, teniendo a la derecha a la batería de tiro rápido, en el centro el Withworth 32 que se confiaba al 39 del teniente coronel Tupi Caldas. El general que comandaba este batallón cuando era coronel lo colocó personalmente en ese puesto peligroso: "A la honra del 3O9 entrego la artillería y quedo tranquilo”. El resto del 59 regimiento del mayor Barbelo se colocó más a la iz­ quierda, próximo al ala de caballería del mayor Carlos Alencar. Cerca de la depresión, junto al alto del Mário, punto flaco de la posición, a la que posteriores sucesos darían el nombre de "Valle de la muerte” se adensaron los batallones del coronel Flores. En una zanja menos alcanzada por el fuego se improvisó un hospital. Hacia allá se arrastraron los 55 heridos que con 20 muertos por allí desparramados, porque no había con qué recogerlos, hacían ascender a 75 las bajas del día en poco más de una hora de combate. Alrededor se extendió un cordón de centinelas y la tropa, comandan­ tes y plazas echados por el suelo en la más niveladora promiscuidad, reposaron en paz. La inopinada quietud del enemigo les dio la ilusión de la victoria. La saludaron anticipadamente las bandas de música de la 3^ brigada ago­ tando hasta deshoras su repertorio de marchas y una luna admirable se levantó sobre los batallones adormecidos. Pero era una tranquilidad engañadora. Los sertanejos habían conse­ guido lo que querían. Habiendo arrastrado hasta allí a la expedición que­ daba totalmente desprotegido en la retaguardia, el convoy de municiones y provisiones. Al día siguiente asaltarían simultáneamente por dos puntos, en la Favela y en el Angico y cuando, victoriosas en el primer lugar, las fuerzas arremetieran contra la aldea, iban a encontrarse sin armas.

Sin embargo, esta circunstancia no pesó en el ánimo de los que se habían acercado tan precipitadamente al centro de operaciones. Al clarear la mañana del 28, reunidos en la posición dominante de la artillería, los oficiales y plazas contemplaron por fin, la "caverna de los bandidos” según el decir pintoresco de las órdenes del día del comandante en jefe. Canudos había crecido aunque su amplitud apenas había aumentado: el mismo caserío colorado de techos de arcilla, extendiéndose cada vez más en desparramo por las colinas, alrededor del núcleo compacto abra­ zado por el río. Circundada al sudoeste y al noroeste por él, abrazada al norte y al este por las líneas onduladas de los cerros, emergía lentamente en la claridad de esa hora de la mañana con el aspecto de una ciudadela

de difícil dominio. Se advertía que un cuerpo de ejército, al caer en ese dédalo de zanjas que la envuelven entera, marcharía como entre estrechas galerías de una plaza de armas colosal. No presentaba un punto de acceso viable. El camino de Jeremoabo que entraba doscientos metros antes, por el lecho seco del Vaza-Barris, se metía entre dos trincheras que le orlaban una y otra margen, disimuladas de setos de gravatás bravios. El camino "sagrado” de Magacará — por donde salía el Conselheiro en sus peregrina­ ciones hacia el sur— cayendo por los morros entre los cuales se encaja el Umburanas, era igualmente impracticable. Los caminos del Uauá y de la Várzea da Erna, al norte, estaban libres, pero exigían una marcha peligrosa y extensa antes de alcanzarlos. La iglesia nueva, casi lista, levantaba sus dos altas torres encumbrando el caserío humilde y completaba la defensa. Daba hacia todos los caminos, enfrentaba los altos de todos los morros, miraba hacia el fondo de todos los valles. La espingarda del tirador colocado en sus cimas no ofrecía un solo ángulo muerto y sólo le faltaban cañoneras o recortes de almenas. El terreno que delante de la Favela, al norte, deriva hasta el río, se abre hacia la izquierda como vimos, en una ancha depresión que da en­ trada al morro del Mário y a la línea de cumbres en declive que se dirige hacia la Fazenda Velha. Allí estaba la 3?- brigada desde temprano, formada en columnas. Más a la derecha, dominante, la artillería. Sucesivamente, la 2 ^ y la 1^ brigadas. La tropa amaneció en formación de batalla. Atendiendo las ventajas tácticas de la posición, ésta debía empezar y en gran parte sus­ tentarse, con la artillería, cuyos efectos, atacando la aldea distante mil doscientos metros, la mostraba capaz de alcanzar en poco tiempo la victoria. Las esperanzas se concentraron, en el primer momento, en las baterías del coronel Olimpio da Silveira. Eran tan grandes que poco antes de hacerse el primer disparo, a las seis de la mañana, numerosos combatientes de otras armas, aglomerados alrededor de los cañones, representaban el papel neutral de espectadores que ansian contemplar un cuadro terrible: Canudos ardiendo bajo la túnica molesta del cañoneo, ¡una población fulminada dentro de cinco mil casuchas en ruinas! Era otra ilusión que sería duramente deshecha. El primer tiro salió disparado por el Krupp de la extrema derecha. Y determinó un arrebatador lance teatral. Los jagungos habían dormido al lado de la tropa, en todas esas laderas cubiertas de trincheras y sin aparecer, la rodearon de descargas. Más tarde, relatando el hecho, el jefe expedicionario se confesó im­ potente para describir la inmensa "lluvia de balas que caían sobre los morros y subían de las planicies con un silbido horrible” que los aturdía.

A su vez, el comandante de la P columna, afirmó en la orden del día, que durante cinco años, en la guerra del Paraguay, jamás había pre­ senciado una cosa semejante. Realmente, los sertanejos demostraban una firmeza de tiro sorpren­ dente. Las descargas, nutridas, violentas, deflagraban por los cerros como si los encendiese un fulminante único y después de topar contra la tropa desprotegida, golpeaban sobre la artillería. La diezmaron. Cayeron la mi­ tad de los oficiales y decenas de soldados. Sobre el cerro, barrido en mi­ nutos, permaneció firme la guarnición y en medio de ella, cruzándose por las baterías, impasible como si estuviese dando instrucciones en un polígono de tiro, un viejo de valentía serena, un héroe tranquilo, el coronel Olimpio da Silveira. Fue la salvación. En tal emergencia el aban­ dono de los cañones hubiera sido el desbande. . . La alarma vibraba en todos los cuerpos. Instintivamente, sin dirección fija y sin orden de comando, tres mil espingardas dispararon a un tiempo haciendo blanco en los morros. Estos hechos sucedieron en minutos y en minutos, en el área estrecha en donde se movía la expedición, se armó la más lamentable confusión. Nadie pensaba. Todos actuaban. Al azar, tontamente, sin campo para hacer cargas o para maniobrar, los pelotones tiraban al acaso haciendo puntería hacia lo alto, para no matarse entre ellos, contra un enemigo siniestro que lo rodeaba desde todas partes sin mostrarse. En este tumulto, la 3?- brigada, en el flanco izquierdo, dispuesta en columnas de batallones y llevando a la vanguardia el 79, comenzó a avanzar hacia la Fazenda Velha, de donde irrumpían con más fuerza las descargas. Ese batallón, que cuatro meses antes había subido por ese mismo camino en desban­ dada, huyendo y dejando abandonado el cadáver del coronel Moreira César, iba a pagar por aquel desastre. Acompañándolo en esta circuns­ tancia iba su socio de reveses, el 99. El mayor Cunha Matos comandaba la vanguardia. Los vencidos de la expedición anterior daban una lección extraña para lavar la afrenta y tenían un jefe que, bajo muchos aspectos, se comparaba con el comandante infeliz que allí había caído, el coronel Thompson Flores. Era un luchador de primer orden. Aunque le faltaban atributos esenciales para el mando y principalmente, la serenidad de ánimo que permite la concepción fría de las maniobras, le sobraba coraje a toda prueba y un casi desprecio por el antagonista por más temible y fuerte que fuese, lo que hacía de él un soldado incomparable en la acción. Lo demostró en el ataque temerario que realizó. Lo hizo con autonomía indisciplinada sin determinación superior y con el intento de atacar, en una sola carga, hasta la plaza de las iglesias, haciendo llegar victoriosos a los mismos soldados que allí se habían desbandado y habían sido ven­ cidos cuatro meses atrás. Su brigada, batida de lleno por el fuego del ene­ migo atrincherado, embistió y casi a cien metros de la posición primi­ tiva, colocó en la vanguardia a los tiradores. El coronel Flores que iba

al frente, a caballo, descabalgó a fin de ordenar personalmente la línea de fuego. Por un prurito de bravura no se había arrancado los galones que lo volvían blanco predilecto de los jagungos. Y al marchar hacia la avanzada, cayó herido en pleno pecho, muerto. Lo sustituyó el mayor Cunha Matos quien dignamente prosiguió el movimiento imprudentemente planeado, porque el 79 batallón entre los demás cuerpos, era el único que no podía retroceder en ese terreno. Su comando fue muy breve. Desmontado por un proyectil certero, lo pasó al mayor Carlos Frederico de Mesquita. Poco después, éste fue alcanzado por una bala, asumiendo la dirección de la brigada el capitán Pereira Pinto. Era asombroso: el 79 batallón tuvo en media hora ciento catorce plazas y nueve oficiales fuera de combate. Se redujo en un tercio. Se deshacía a bala. Idéntica destrucción se operaba en otros puntos. Rápidamente, con un ritmo atroz, minuto a minuto, las graduaciones de jefes caían. El 14 de infantería, al avanzar en refuerzo de las líneas del flanco derecho, apenas hechos unos metros, perdió a su comandante, el mayor Pereira de Meló. Lo reemplazó el capitán Martiniano de Oliveira, que a poco fue retirado de la línea por un bahiano. El capitán Sousa Campos que lo sucedió, sólo dio unos pasos y cayó muerto. El 149 prosiguió bajo el mando de un teniente. La mortandad los abatía de ese modo por toda la línea y, como agra­ vante, al fin de horas de un combate hecho sin la mínima combinación táctica, se notó que las municiones se agotaban. La artillería, diseminada en la eminencia donde había hecho su último tiro, callando el cañoneo. Había perdido la mitad de sus oficiales y entre éstos al capitán fiscal del 5? regimiento, Néstor Vilar Barreto Coutinho. Comenzaron a llegar al cuartel general reclamos insistentes para que proveyera de municiones a los batallones. Entonces se hizo marchar a la retaguardia al capitán Costa e Silva, asistente del diputado del Cuartel Maestre General, a fin de apresurar la llegada del convoy. Resolución tardía. Dos ayudantes enviados inmedia­ tamente después que aquél, se volvieron apenas recorrido un kilómetro. No podían vencer la fusilería que cerraba el paso. Se había cortado la retaguardia. Si se detuviese el tumulto, el estrépito de las armas, el alarido confuso y los estampidos insistentes que desgarraban los aires alrededor de los combatientes, en los altos de la Favela, advertirían el tiroteo lejano del 5 9 de policía, en lucha con los jaguncos a dos leguas de distancia.

UNA DIVISION APRISIONADA Toda la primera columna estaba aprisionada. Por más extraño que pa­ rezca el caso, los triunfadores no tenían manera de salir de la posición

que habían conquistado. Lo confiesa el general en jefe: "Atacado el con­ voy e interdicta la salida de cualquier soldado, como lo demuestran los casos precedentes, tuve que mandar una fuerza de caballería al general Cláudio do Amaral Savaget con la intención de recibir socorro de muni­ ciones lo que una vez más contrarió mi propósito, porque el piquete no pudo atravesar la línea de fuego del enemigo que tiroteaba sobre el flan­ co derecho” *. De esa manera, atacada en el flanco derecho de donde había vuelto, rechazado, el piquete de caballería, atacada por la reta­ guardia que dos auxiliares temerarios no habían logrado pasar, atacada por el flanco izquierdo, donde se sacrificara gloriosamente y se detuviera la 3^ brigada, atacada por la vanguardia donde la artillería, diezmada, había perdido a casi toda la oficialidad y había enmudecido, la expedición es­ taba completamente superada por el enemigo. Le quedaba un recurso problemático y arriesgado: saltar fuera de ese siniestro valle de la Favela que era como una valla inmensa, a punta de bayoneta y a golpes de espada. Se hizo una última tentativa. Un emisario salió furtivamente, metién­ dose por las caatingas, en busca de la 2 ^ columna que estaba estacionada a menos de media legua, al norte. . .

III COLUMNA SAVAGET La tropa del general Cláudio do Amaral Savaget había partido de Aracaju 288. Hizo alto en las cercanías de Canudos después de una marcha de setenta leguas. Vino por el interior de Sergipe en brigadas aisladas hasta Jeremoabo, donde se organizó el 8 de junio, prosiguiendo el 16, unida, hacia el objetivo de las operaciones. Compuesta de 2.350 hombres, incluidas las guarniciones de dos Krupps ligeros, había caminado a paso firme y holgado, para lo que con­ tribuyó un dispositivo más bien dispuesto para las circunstancias. Ese general, sin tomar sobre sí una autoridad que bajo tal forma sería contraproducente, la repartió sin deslices de la disciplina militar, con sus tres auxiliares inmediatos, coroneles Carlos Maria da Silva Teles, Juliáo Augusto da Serra Martins y Donaciano de Araújo Pantoja, comandantes de las 4^, 5^ y 6 ^ brigadas. Y éstos realizaron, hasta las primeras casas de la aldea, una marcha que se destaca de las otras. No había instrucciones prescriptas. No se había pensado yuxtaponer al áspero teatro de la guerra la rigidez de las formaciones o de los planes preconcebidos. La campaña, lo comprendieron, era impropia para las opulencias de las teorías guerreras ejercitadas a través de un formalismo
* Orden del día N9 118.

sin experiencia. Comprendieron que debía usarse una táctica estrecha y salvaje, hecha según las determinaciones del momento. Por primera vez, los combatientes actuaban según una actitud com­ patible con la índole: subdivididos en brigadas autónomas pero sin dis­ persarse; bastante móviles para adecuarse a la rapidez máxima de las maniobras o movimientos que los preparasen para aguardar la única cosa que en esa guerra sin reglas les era dado esperar: lo inesperado. Las tres brigadas, ágiles, elásticas y firmes, abastecidas por convoyes parciales que no les trababan los movimientos, hechas para enfrentar con fuerza la agilidad de las guerrillas y las asperezas del terreno, repartida la masa de la división de modo de sustituir la importancia del número por la velo­ cidad y el vigor de evoluciones aptas a realizarse en las más circunscriptas áreas de combate, sin la traba de los elefantes de Pirro 28 9 de una artillería imponente e inútil. Al frente venía la 4^ compuesta de los batallones 129 y 319, bajo el mando del teniente coronel Sucupira de Alencar Araripe y del mayor Joáo Pacheco de Assis. La dirigía el coronel Carlos Teles, la más completa organización mi­ litar de nuestro ejército en los últimos tiempos. Perfecto espécimen de esos extraordinarios lidiadores riograndenses —bravos, joviales, fuertes— estaba como ellos hecho por el molde de Andrade Neves, un jefe y un soldado; arrojado y reflexivo, impávido y prudente, mezcla de arrojo temerario y valentía serena; no desdeñaba luchar al lado de un plaza a jornal en el encuentro más feroz pero des­ pués de haberlo planeado fríamente. La campaña federalista del sur le había dado una envidiable aureola. Su figura de campeador — porte dominante, alto, envergadura titánica, mirada firme y leal— se había completado con un episodio heroico, el sitio de Bagé 290. La campaña de Canudos iba a aumentar su renombre. Lo comprendió como pocos. Tenía la intuición guerrera de los gaúchos. Al mando de su brigada y andando con ella, aislado, hacia Simáo Dias 2 9 1 , adonde llegó el 4 de mayo, la había modelado como un pequeño cuerpo de ejército adaptado a las exigencias de la lucha. La preparó, la adiestró, y como era imposible cambiar la instrucción práctica de los soldados que venían de un severo ejercicio guerrero en los campos de Río Grande, trató, a pesar de lo diferente del terreno, de darle la misma celeridad, el mismo vértigo en las cargas. Entre las compañías del 319, eligió a 60 hombres, jinetes aidestrados, otrora "reyes de las cuchillas”, ineptos para el paso tardo de los pelotones de infantería. Con ellos constituyó un escuadrón de lanceros, poniéndole bajo el mando de un alférez. Era una innovación y parecía un error. El arma "fría y silen­ ciosa” de Damiroff 2 9 2 , hecha para los choques y los ataques en las estepas

COCOROBO Cocorobó. a primera vista. De igual modo vencieron los barrancos del sertón. llegando a este lugar el 25 de junio con la certeza de encontrar al enemigo. era inapropiada para ese territorio quebrado y orlado de espinos. Y esta doble función se mostró muy valiosa. Canabrava. La masa de aguas corría hacia el este por gargantas estrechas. Definido por las mismas capas silurianas que vimos en otros trechos. nombre que no caracteriza a una sola sierra sino a un sinnú­ mero de ellas. Estrada Velha y Serra Vermelha. cuando las columnas se reunie­ ron en la Favela. saltando las "covas de touro” de las llanuras sureñas. La columna marchó a razón de dos leguas por día. Su conformación topográfica invita a esta retrospección geológica. bordeando el VazaBarris. Por primera vez. permiten vislumbrar su aspecto primitivo. las serranías cortadas en angosturas. se encaminaba hacia el este por escotaduras estrechas. Y más adelante. en los cuadrantes de SO y NO y de este último. explayándose por el NE. Y al exhumarse así la sierra primitiva. contenidas por acci­ dentes fuertes como los que van de la Favela al Caipá. Pero más tarde se verificó el alcance de la innovación. cuando incomparablemente mayor. En efecto. muestra la potencia de los elementos que hace . ante las barreras que le ponían las serranías de P050 de Cima y Canabrava. Hicieron reconoci­ mientos de importancia. nacía quizá del gran lago que cubría la planicie abrupta de Canudos. Constituyen una montaña fósil. Días antes. usaron su lanza como la aguijada de los vaqueros para conseguir el ganado disperso por las cercanías. Los improvisados lanceros tenían la práctica de las corridas. único sustento con que contó la tropa. parecen ruinas de un dique roto por las crecientes. recuerda valles de erosión o quebradas. veinte soldados del escuadrón habían rastreado hasta las cercanías del poblado y del reconocimiento había resultado que el camino estaba franco hasta la Serra Vermelha. donde el terreno se accidenta con los primeros cerros de Cocorobó. el núcleo del suelo aflora a medida que la ablación de los torrentes remueve las formaciones sedimentarias más modernas. una tropa expedicionaria de los sertones no se dejaba sorprender. Brejinho. Canché.y en las pampas. Mauari. abiertas por el Vaza-Barris en remotas edades. apenas partió la división del general Savaget de Jeremoabo hacia Canudos. fraccionadas en sierras de vivos declives. Se levantan sobre las planicies y a despecho de los incorrectos contornos. pasando sucesivamente por Passagem.

El Vaza-Barris. después del primitivo alejamiento. El desfiladero de Cocorobó es. aislando los picos centrales. arqueándose por delante. en contraste con los terrenos achatados de los alrededores. ese rasgón de tierra de extremos aguzados que se subdividen a uno y otro lado de la horquilla de otros dos todavía menos practicables. hasta llegar a la otra salida única. La atraviesa metiéndose por uno de los caminos. hasta salir. contor­ sionado en meandros. en un terreno vasto que el camino de Jeremoabo corta por el medio. Porque. la brecha profunda por donde corre el Vaza-Barris. Estas dos gargantas de variable anchura. Entonces hay que pasar por ese camino constituido por el lecho vacío y hechos unos cuantos metros. Desde allí continúa hasta Canudos a unas dos leguas más adelante. la caatinga resis­ tente muere a sus pies. se perturba en atajos. se curvan poco a poco según el trazado de dos salien­ tes de la sierra y acompañándolas. convergiendo. Mácambira. El camino que lo faldea o acompaña su lecho. ya cayendo a plomo a manera de muros en cuyas junturas apenas vegetan unas orquídeas raquíticas. ya pesados de piedra. contrapuestas a las concavidades de un arco de anfiteatro muy amplio. le deja desnudos los flancos. Las abruptas rampas que lo forman se alejan. Si se sigue de Canudos hacia Jeremoabo. El camino se desdobla en la falsa encrucijada de dos desvíos que el Vaza-Barris recorre por igual cuando las crecientes. a veces se acer­ can. se choca con un postigo estrecho. sino en la estructu­ ra misma. no ya en la forma. antes de este cruce. se encuentra también con la bifurcación que la divide. derecho o izquierdo. al cual dio su nombre uno de los cabecillas sertanejos que allí vivía. o sea de la aldea hacia el oeste. donde se agrupan en cumbres dentadas. como en la Favela. enfilando hacia el este. Pero libre ya de la garganta de múlti­ ples salidas. . el Vaza-Barris. De modo que quien va en sentido opuesto. El desfiladero se termina. repartidos en sucesivos planos a la manera de galerías en un coliseo mons­ truoso. el terreno continúa siendo abrupto: se levantan otros cerros más bajos que lo centralizan y el primitivo camino se bifurca. otras avanzan. o se vuelve acantilado en repentinos saltos rotos en picos hasta lo alto. El suelo sigue abrupto. la evita. unidos sus dos brazos. estirándose hacia el este.largos siglos la combaten. las recorren los taludes de los cerros centrales con sus dos vertientes late­ rales erizadas de peñascos acumulados al azar o agrupados en escalones. se alarga entre cerros. y va hasta el valle de un arroyo efímero. y éstos se muestran. no encuentra un terreno explanado como el de la otra orilla. encajándose por la derecha. torneando innume­ rables laderas. en curva. se aproximan. se tiene un paisaje único. A ambos lados. sin embargo. Allí adentro. ondulante. hasta unirse otra vez. formando un paso único sobre el camino de Jeremoabo. La traspone. en pálido resumen. aunque en menor escala.

volvieron las riendas perdiendo dos plazas heridos. tratando de no perder uno solo. . prevenido del encuentro. Y sus proyectiles comenzaron a ralear las filas más próximas. como se puede apreciar. se adelantó acompañando a la 4^ brigada. mientras los otros dos. Estos aguantaron el choque valientemente. Los sertanejos revivían en idéntico escenario todas las peripecias del dramón siniestro y monótono del que eran protagonistas invisibles. "cualidades éstas que al parecer eran reforzadas por las excelentes posiciones que ocupaban. el 409 del mayor Nonato de Seixas. comenzó a volverse funesto. Al galope se habían acercado hasta las groseras trincheras y los vieron. inicia­ ban el ataque con un tiroteo nutrido en el cual los fuegos irregulares de la línea de tiradores se intercambiaban con las cargas de los pelotones de refuerzo más cercanos. no retrocedieron. Pero no insistían en descargas cerradas. los cuerpos avanzados. el 25 de junio. aceptaron y sostuvieron con fir­ meza y energía el ataque. Mientras tanto. en la llanura desnuda y rasa. De modo que. más de ochocientos hombres al mando del coronel Serra Martins. Recibidos a tiros. al contrario. por su excelencia. el tiroteo calculado. poco antes del mediodía. Los tiros altos se expandían dominantes sobre toda la expedición. sobre una tropa convertida en blanco. las cuales dominaban la planicie en toda su extensión y gran trecho del camino. La calidad del tiro sustituía la cantidad. la reproducción de los episodios del Cambaio y de la Favela. Tiraban sobre seguro. hasta las últimas secciones de la retaguardia. allá abajo. el 34 9 y 359. "Audaces y tena­ ces” dice el parte de combate del comando general. El general Savaget. Una mejor enseñanza guerrera no les hubiera variado el sistema porque éste. derribando a los tiradores. golpeando con una nutrida fusilería a los nues­ tros que comenzaron a tener algunas bajas entre muertos y heridos”. hasta la van­ guardia de la 5^ brigada que dispuso como tiradores a los soldados de uno de sus batallones. pasando cierto tiempo. Se detuvo a cuatrocientos metros de la vanguardia para aguardar a la 6 % la división de artillería y los convoyes que marchaban a una distancia de tres kilómetros a retaguardia. Se advertía que estaban disparando tiradores avaros. respondiendo vigorosamente a las balas de los antagonistas. desde lo alto de aquellos parapetos desmantelados. que contaban los cartuchos uno a uno. cayendo entonces sobre los cuerpos que los apoyaban y llegando todavía más lejos. Era. ante el cual atronaban terriblemente ochocientas mannlichers.ANTE LAS TRINCHERAS La vanguardia de las fuerzas marchando en este sentido hizo alto unos quinientos metros antes de aquella barrera. afir­ mados en una puntería cuidadosa. se disponían como refuerzo. El escuadrón de lanceros había descubierto al enemigo. no requería ni correcciones ni agregados.

sacrificados bajo las espingardas im­ punes de un grupo de matutos. millares de ojos puestos sobre las desnudas laderas. improvisaciones de una estrate­ gia rápida y práctica. Presionados por el dilema expuesto. Los dos batallones de refuerzo. retirada en columnas a lo largo de dos kilómetros a retaguardia. El estrépito. resguardada entre los escasos arbustos que las pueblan. brillando a la luz como espadas.La brigada. El resto de la expedición. Después de una marcha segura. El general Savaget aquilató con firmeza la grave situación. a orillas del VazaBarris. capaz de anular el vigor. Bombardearon la montaña. Por otro lado. un desfile de secciones diminutas. y ante el contraste que sufrían. quizá dilatada. como murallas que se destruyen. Porque estimularon réplicas violentísimas desde las trinche­ ras. Pero fueron contra­ producentes. precisamente en la fase decisiva. El sol ardiente los bañaba. La decisión del momento fue arrostrar la situación reforzando la vanguardia. francamente metidos en la acción. Había llegado la división de artillería y uno de los Krupps fue ubicado junto a las líneas avanzadas. lo que volvía problemático el éxito. Tanto a derecha como a izquierda se sucedían montes erizados de contrafuertes y buscar entre ellos un desvío suponía una marcha de flanco. las caroás y macambiras. formando como una espuela sobre el terreno. El trance exigía decisiones concretas. y se . afirmada por eficaces explora­ ciones que habían predeterminado el lugar del encuentro. parecían desiertos. Pese a sus ocho batallones. las granadas golpeaban de lleno los flancos y los aires se confundían con las balas y el áspero barrido de las laderas. magníficamente armados. estaban allí. Las bajas aumentaban. los atacantes no habían avanzado un palmo de terreno. No podían calcular su número. No avanzó en todo ese tiempo un solo paso. Pasadas tres horas de fuego. uno a uno se podían contar sus grandes bloques. admirable en su disciplina. bajo la vigilancia del enemigo. rectilíneas y largas. permanecía inmóvil. desparramados al azar. Los tiradores las soportaron con gran costo. mal equilibrados sobre bases estrechas. oscilantes y prontos a caer algunos. no podía evitarlas haciendo un rodeo. A un simple golpe de vista se ponían de manifiesto los riesgos de un ataque frente a las dos angosturas que se le abrían delante e imponían. maniatados. y se distinguían las bromelias resistentes. otros acumulados en montones imponentes. se sacri­ ficaban inútilmente. durante el asalto. lo afrontó por dos horas en la misma posición en que se había detenido. mostrando los mínimos accidentes de su estructura. parecían desen­ mascarar completamente las posiciones contrarías. Los cerros más altos. a nadie se le ocurría una salida ejecutable. A quinientos metros de los adversarios. no habían descubierto a uno solo. Arrojadas de cerca. las piedras rompiéndose y cayendo desde las alturas abajo. la lucha era de­ sigual. Era casi un revés. desde hacía dos horas.

y la 4^ por el flanco derecho. buscando un atajo más accesible. Como empeñó en la acción poco más de un tercio de las tropas. La sugirió el coronel Carlos Teles. tornando factible una maniobra arrojada. o rodeaban el trecho inabordable. . que desembocaría en algo inevitable: el ataque de lleno a las colinas. en el cual los cuerpos avanzados del coronel Serra Martins formaban en columnas suce­ sivas. esta circunstancia lo salvó. * Orden del día del general Savaget. Nunca se supo su número con certeza. conquistándolas. EXCEPCIONAL CARGA DE BAYONETAS Los jagungos podían ser doscientos o dos mil. el escuadrón de lanceros cargaría por el centro. de esa soledad absoluta e impresionante. Entre ambas. La brigada permanecería como refuerzo y resguardo de los convoyes a retaguardia. Esta idea era la más heroica y la más simple. El conjunto de la formación se proyectaba sobre la superficie del terreno con la forma exacta de un gran martillo. debía cargar por el flanco iz­ quierdo y por el lecho del río. en movimiento envolvente y azaroso.veían los cactos desolados. hasta sustraerse del alcance de las balas. la campaña se mostraba una vez más enigmática y para siempre indescifrable. irrumpía "una fusilería cerrada e ininterrumpida como si allí se encontrara una división entera de infantería!” *. El general la adoptó. Y de esa desolación. los cinco batallones destinados al ataque se disponían en orden perpendicular. debiendo previamente formarse en línea al salir del camino hacia el terreno”. mientras cuatrocientos metros más atrás y hacia la derecha. se des­ doblaba en línea la brigada Teles. no podía admitir "que dos o tres centenares de bandidos detuvieran la marcha de la segunda columna por tanto tiempo”. Impedido de tal manera el paso. la izquierda. a fin de desalojar al enemigo de los cerros centrales y de las colinas que quedan de ese lado. un tumulto de picos. irrealizable por cierto si todos los batallones en un ataque único. teniendo en su flanco izquierdo al escuadrón de lanceros. reforzando una de las alas. sólo les quedaban decisiones extremas: o retrocedían lentamente y luchando. igualmente desiertos. Este era el plan: "La 5^ brigada que se mantenía desde el principio en sus posiciones por entre las caatingas. y más lejos. Así. Ante los expedicionarios. Según confiesa en el documento oficial donde define con penoso desprecio el temible adversario que lo había detenido en su camino. se hubiesen mezclado desde el inicio en las dos entradas del desfiladero.

a paso redoblado. Después tomó por varios puntos. pero cada una tenía en el fondo decenas de cartuchos detonados y todavía calientes. La línea de asalto. vencía velozmente la dis­ tancia que la separaba del enemigo. las anfractuosidades del suelo la dividían.Y la carga que en seguida se ejecutó — episodio culminante de la refrie­ ga— asemejó a un golpe único de mil seiscientas bayonetas contra una montaña. directamente encami­ nado. Al pie de la serranía. Las encontraron vacías. a despecho de la difícil ascensión. apoyándose en todos los accidentes del terreno. quebrándose ambos. atravesó con su gente el trecho de campo barrido por las balas. La 4^ brigada lo evitó. hábito que conservó durante toda la campaña. en la bifurcación. se curvó por las vueltas y poco a poco. sobre las vertientes que presionan el desfiladero en ese punto. se desparramó por las cumbres de la sierra. frente a la fuerte trinchera puesta sobre las dos márgenes del río. abajo. a la izquierda. Los sertanejos la golpeaban. rota en todas partes. retroce­ diendo. los jagungos se les deslizaban adelante. se fragmentó y se desarticuló. iba a decidir el pleito. Por primera vez se dejaron sorprender por la inesperada táctica que los obligaba a descolocar hacia otros puntos a los tiradores destinados de antemano a cerrar los dos pasajes por donde debía pasar la tropa. Los jagungos no habían contado con este temerario movimiento. imponiéndoles las fatigas de una persecución infecunda. algunos hasta el fondo de la garganta. Avanzaron al unísono: los pelotones de adelante enfrentando los cerros y enfilando por la boca del pasaje izquierdo. La 4^ brigada. . A su frente. Empezó a subirlos. Los muer­ tos y los heridos caían. se abría el desfiladero de la derecha. Este notable oficial — que recordaba a Osório 2 9 3 en la apostura y a Turenne 2 9 4 en el arrojo varonil— sin desenvainar la espada. el coronel Carlos Teles. las armas prontas y sin tirar. Dominadas las primeras posiciones. realizando la más original carga de bayonetas. Reunió las fracciones dispersas de combatientes en las que se mezclaban soldados de sus dos cuerpos. mientras la 4$ brigada. guiándola por el flanco derecho del 319 de infantería. por donde habían entrado los sesenta hombres del escuadrón de lanceros y la división de artillería. corriendo. contra las posiciones que ocupa­ ban. como una repre­ . subdividida en pelotones que avanzaban aturdidamente. el escuadrón de lanceros. Atacó por las laderas. Los arrojó valientemente sobre las trincheras más cercanas. se veía a la 4^ brigada escalándolas. . perdió el caballo que montaba atravesado por una bala y debió sustituirlo. Los animó. por donde se metió osadamente. Al principio avanzó correctamente. El coronel Teles. venciendo los obstáculos. Fue un lance admirable. Siguiendo su táctica acostumbrada. Una línea luminosa de centenares de metros onduló sobre los cerros. por una ladera abrupta. moviendo el área del combate.

El general Savaget fue alcanzado y desmontado junto con un ayudante y parte de su piquete cuando. Y cortadas así las guarniciones que se sucedían a espacios regulares por la línea de cumbres. LA TRAVESIA En esta enorme confusión. las dos brigadas. en un gran alboroto de batallones a paso redoblado. de naturaleza espe­ cial. era una fuga. Minutos después. como los partos 295. corriendo. recibían de lejos a los triunfadores. resurgiendo inexplicablemente entre los estragos de un combate perdido. Los soldados trataron de cercarlos y vigorizada en todas partes la em­ bestida. entraba a la garganta de la derecha y ya se oían a lo lejos. Los jagungos. las aclamaciones triun­ fales de la vanguardia. las abandonaron inesperada­ mente. desaparecien­ do. entre los muertos allí yacentes. con tiros espaciados. No era el habitual retroceso. Abandonando las posiciones y fran­ queando la peligrosa travesía. se abroquelaban en otros. se propagó hasta la extrema izquierda. lo denota. igualmente perdida la formación. indeciso. algunos pelotones del 319 de infantería asal­ taron por fin. Abajo. relinchan­ do de pavor. Y allí. Como siempre.sa. Porque el combate de Cocorobó. Y el gaucho teme­ . Desajados de todos los puntos. después del primer intento de fuga. Era la victoria. a retaguardia de la columna. Por las laderas de la izquierda. Cinco batallones se debatían entre los morros. en desorden. vol­ vieron inexplicablemente a resistir. en el valle estrecho. vieron a sus adversarios: desparramados por la altura de los cerros. Había aumentado el número de heridos que en el alboroto de las cargas. dilatado por tres horas de tiroteos ineficaces y finalizado con una carga de bayonetas fulminante. . rodando y resbalando por los declives. en un movimiento único hacia adelante. . luchaba de manera tumultuosa. las trincheras más altas de la vertiente derecha. fue un golpe de audacia sólo justi­ ficable por el dispositivo de las tropas que lo libraron. en ímpetu incomparable de valor. En las filas predominaba el soldado riograndense. disparando en todos los sentidos. por primera vez. la 5* brigada. sin ventaja alguna. Habían sufrido un serio revés y la denominación de "batallón talentoso” que dieron después a la columna que se los infli­ gió. Vencidos. caían errantes por las faldas. se veía los caballos del escuadrón de lanceros que chocaba con arrojo contra la trinchera del río. derrotados y golpeando. después de cuatro horas de lucha. huyendo y matando. se confundían por el paso del desfiladero. los sertanejos volvían incompleto el éxito. al principio vacilante. La acción era increíble. al acaso. de relieve. no se dejaban vencer.

. MACAMBIRA Después de esto. . desdoblándose en línea. . . el 27. no tiene par en el desempeño de rápidos lances osados. las cabañas de disposición ya descrita: surgían entre trincheras o fosos enmascarados por bromelias. cala­ ron las bayonetas y se lanzaron impetuosamente por las colinas. Hecha una bajada. Y la ocasión les permitió lucirse desarrollando una empresa estupenda. irrumpiendo de las cabañas. Pero en los encuentros a arma blanca. El general Savaget comunicó entonces a las tropas que al día siguiente. En la cifra se incluyen dos oficiales muertos y diez heridos. bajo el aspecto triste de una enorme boca de mina abandonada. El campo de batalla se volvió amplísimo. La 2^ columna. Ya se veían. según había decidido el comando en jefe. Lenta. . De pronto. se contaron las pérdidas: ciento setenta y ocho hombres fuera de combate. de los cuales veintisiete estaban muertos. debían estar en el borde de Canudos. tenían otras centenares que vencer. Otras tropas la pueden suplantar en la precisión y en la disciplina del fuego y en el juego com­ plejo de las maniobras. sobre el final de ese día y teniendo a vanguardia a la 6 ? brigada con el 33° de infantería. Pocos kilómetros más adelante. entraron en un serio combate. convergentes las seis brigadas. Y apenas recorridos dos kilómetros. desde donde. 33? y 39?. se divisaba Canudos. los batallones del coronel Pantoja. si es frágil para soportar las lentas provocaciones de la guerra. La infantería del sur es un arma de choque. tocaba los suburbios de la terrible ciudadela. Todo el día 26 se perdió en una corta travesía hasta la confluencia del Macambira. se caía en un dédalo de zanjas. fue encargada de enterrar a los muertos y acampó a retaguardia de las otras dos que ocupaban una extensa planicie más arriba del camino. A la tarde. La 6 ^ brigada que no había tomado parte en la acción. Los batallones 26?.rario. a un mismo tiempo hogares y reductos. acampadas las fuerzas más allá del paso. Iban en tropel. La embestida se convertía en un revolverse fatigoso por las líneas sinuosas de los decli­ ves. Y por todas partes. Que debía estar muy cerca. desparrama­ das por los picos de las colinas. a pocos kilómetros de Cocorobó. esos cen­ tauros a pie arremeten con los adversarios como si copiasen la carrera de los jinetes sin freno de las pampas. batidos por todos los flancos. la marcha fue un combate continuo. cuando todavía quedaba en el campamento el grueso de los combatientes. convergían des­ cargas. se echarían uni­ das sobre la aldea. adrede modelado por las trampas del enemigo: vencida una cumbre. se adoptó la misma decisión que en la víspera había tenido tanto éxito.

319. inepta para abarcar un área demasiado extensa de combate. teniente coronel Tristáo Sucupira. Los tres batallones de la vanguardia se vieron impotentes para sopor­ tarla : de las cabañas de combatientes. resonaban en las bajadas y rodaban hacia Canudos. casi toda la columna. como el capitán ayudante del 32?. heridos de consideración. desalojados de una posición aparecían en otra. Estas se extendían por más de tres kilómetros. Una compañía del 39?. Algunos oficiales. La expedición estaba a un cuarto de legua de la aldea. de todas las trincheras diseminadas por los cerros.La pelea fue reñidísima. cre­ pitaban. por las rajas de los muros. se obstinaban en la batalla. al tiempo que de la cabaña que el foso rodeaba. retrocedieron lentamente. sordos a la intimación de sus comandantes para retirarse de las línetas de fuego. fusilerías que diezmaban a la tropa. obligan­ do a los enemigos a un continuo subir y bajar por las laderas como si quisieran arrastrarlos hacia la aldea. como el capitán Joaquim de Aguiar. a que­ marropa. La noche los detuvo. porque al impo­ sibilitar el terreno cualquier combinación táctica capaz de balancear los engaños vertiginosos del enemigo. blanqueando la oscuridad del crepúsculo. exhaustos y torturados por el tiroteo. Y muchos otros se sacrificaron en ese mortí­ fero combate de Macambira. fue literal­ mente destruida cuando trataba de vencer uno de esos reductos salvajes. Cayó el comandante. Atacados desde las posiciones ya superadas. Los jaguncos. . la misma escalada sin aliento y la misma exposición peligrosa a las balas. altas. los batallones 12?. fue­ ron avanzando. Deflagraban por las colinas. esa brigada. El campo de batalla comenzó a desapa­ recer debajo de los pies de los asaltantes. todas las garantías de éxito quedaban reducidas al coraje personal. . también debió ser retirado de la acción al ser herido. Empezaron a perder. 35 9 y 409. El del 33?. de colina en colina. Ante la imprevista resistencia. además de gran número de plazas. Suce­ sivamente. Había asaltado la colina y en lo alto se topó con un foso amplio. fue reforzada con otras dos. teniente coronel Virgilio Napoleáo Ramos. a oficiales de alta graduación. Eran más de mil bayonetas. bajaban en grupos precipitados buscando los ángulos de las bajadas. fiscal del mismo cuerpo. Se veían. luego del comienzo de la acción. partían. entonces. al mando de un sargento. para reproducir más lejos. empe­ ñadas en la batalla. enviados en refuerzo. Arrojados contra los cerros. El comandante del 12 ?. nombre del sitio adyacente. en seguida dos subalternos que lo habían suplantado y conquistó finalmente la posición después de grandes bajas. cayó moribundo cuando se esforzaba por seguir a la vanguardia. convergían. lejos. partían descargas furiosas. Las cargas de bayoneta no tuvieron el brillo de las de Cocorobó. . . Volvían a su táctica invariable. las torres de la iglesia nueva. los pelotones alcanzaban los picos sin encontrar al enemigo. .

recibida con gran entusiasmo. en plena plaza de las iglesias. Tanto había costado la travesía de menos de tres leguas. Se había impuesto al enemigo. sobre el flanco izquierdo. esperaban ver bajando por las laderas del norte. se ade­ lantaban en rápido reconocimiento. triunfante. Sumadas las pérdidas anteriores hacían trescientas veintisiete bajas. de Cocorobó hasta ese lugar. puntualmente: minutos después de haber acampado las tropas del general Savaget. La orden del día del 26 por la cual el comandante comunica el próximo asalto en compañía de la 1* columna. y en su laco­ nismo dice mucho. A despecho de las pérdidas que tuvo. Pero todo hablaba de un éxito compensador. no podemos faltar a la honrosa invitación que es para nosotros motivo de justo orgullo y de total alegría”. podía arrastrarla. usa pocas. habiendo avanzado temprano y tomado posición en una pequeña meseta. en el cruce de los desfiladeros. Fue dada en Trabubu. Por lo tanto. . la segunda columna estaba pronta para el asalto. venía con esperanzas y fuerza. las ocho de la mañana. La se­ gunda columna lo había pagado duramente: ese día tuvo ciento cuarenta y ocho hombres fuera de combate. Un piquete de caballería dirigido por un valiente destinado a una muerte heroica. el alférez Wanderley.Por fin habían llegado al término de la marcha por Jeremoabo. A dos pasos del comando en jefe. el cañoneo abierto a esa hora por la vanguardia de la 1^ columna. a través de un asalto convergente. hasta el centro de Canudos. El itinerario preestablecido se había realizado. INESPERADO EMISARIO Con sorpresa general de los combatientes de la 2 ^ columna que. un telegrama comunicándome que mañana nos abrazaremos en Canudos. La concentración deseada. corteses y humildes palabras: "Campamento en el campo de batalla de Cocorobó. fuera del centro de la campaña. los ojos puestos en la Favela. 26 de junio de 1897. Llegaba allí tras una travesía de setenta leguas con un combate de tres días. había recrudecido con intensidad el cañoneo. se haría sin embargo. La nueva. comenzó a bombardearla a su vez. entre los cuales cuarenta estaban muertos. ex­ ploró el terreno por el flanco izquierdo. Mis camaradas: acabo de recibir del señor general comandante en jefe. En ellos había seis oficiales muertos y ocho heridos. oyeron destrozando el silencio de la noche sertaneja y retumbando fuertemente por los contrafuertes de la Favela. y el movimiento irreprimible de la carga que iniciara en Cocorobó y prolongara ininterrumpidamente hasta ese punto. hasta la Favela. mientras los dos batallones de la brigada Carlos Teles. es expresiva al respecto. El día 28. se había adaptado al carácter excep­ cional de la lucha. a dos kilómetros de la aldea. donde a esa hora.

El general en jefe solicitaba el concurso de la otra columna. adonde llegó con el tiempo justo para impedir la destrucción del 59 de policía y salvar parte de los ciento ochenta cargueros que. Reunidas las columnas. presentaba la noche de ese día la imagen perfecta de una aglomeración de fugitivos. Este feliz movimiento. SE DESTRUYE UN PLAN DE CAMPAÑA Quedaba postergado el plan de campaña y al mismo tiempo se anulaba el esfuerzo realizado en las marchas por el Rosario y Jeremoabo. apocadas las fuerzas y el ánimo. hasta las Umburanas. IV VICTORIA SINGULAR La orden del día relativa al suceso del 28 de junio lo caracteriza como "una página marcada de horrores pero perfumada de gloria”. habían caído en un período crítico de la guerra: perdido el aliento en encuentros estériles o en dudosas victorias que valían como derrotas. Pero en seguida co­ menzó un desesperante circuito de contrariedades de todo tipo. A las once llegó a lo alto de la Favela. El ejército victorioso. se sentían .a los batallones de la 1^. habían sufrido grandes daños de los jagunqos. Triunfadores que no podían dar un paso fuera de la posición conquistada. Un alférez honorario29 6 agregado a la comisión de ingenieros fue el segundo emisario en poco tiempo. la situación en que se en­ contraba aquélla. quedando el resto en la posición con­ quistada. hacia la izquierda. en medio de dos combates. dispersos por los caminos. se encaminó con toda su gente. fue posible destacar un contingente para en­ contrar el convoy retenido a retaguardia. No engañó a la historia el fantaseo del vencido. por orden del comandante en jefe. según el brillante eufemismo de los partes oficiales preparados para ocul­ tar esa derrota. El revés fue franco. a tiempo para liberar a la tropa asediada. el general Savaget. apenas atenuó las estrechas condi­ ciones de la tropa. Alcanzó para superar el trance. Ante el nuevo reclamo y las informaciones que lo aclaraban. que al principio pensaba enviar sólo una brigada con municiones. sin embargo. lo que exigía inmediato socorro. La misión fue cumplida por el coronel Serra Martins que rápidamente salió detrás de la expedición llevando a la brigada. La nueva resultó inverosímil y en el primer momento se la creyó una trampa del enemigo. El hombre quedó detenido hasta que un nuevo emisario confirmase la noticia. apareció en el campamento un sertanejo notifi­ cándoles.

La tenacidad feroz del jagunco transfiguró a los batallones del general Artur Oscar. que comandó por un minuto el 149 y tantos otros. más de novecientos heridos y muertos. La primera columna tuvo ese día 524 hombres fuera de combate que. Ahora el heroísmo les era obligatorio. apretándolos en un asedio indefinido y convertidos en fiscales incorruptibles. Dentro de él. los hambrientos y los pusilánimes bajo la emoción de las muertes recientes. Triunfantes . totalmente desorganizada. insepultos. 926 víctimas. sumaban 599 bajas. corría un sumidero largo. recamada a veces por las singulares antítesis. un capítulo emocionante. Estaban rodeados por el más original de los vencidos: carentes de piedad. a compañeros que esa mañana estaban vivos y entusiastas: Thompson Flores. . . sin retaguardia. La segunda se le unió con 327 bajas. Forzosamente heroicos. con 75 del día anterior. configuraban un compromiso serio con el terror.mal unidos por la presión del adversario que habían creído fácil de vencer. los ahogados por las marchas. El coraje. cosidos a bala en un pañuelo de tierra. De modo que aunque no tuvieran valor. donde se improvisó un hospital de campaña. Néstor Vilar. Porque. nuestros soldados no podían sustraerse a la grave emergencia en la que héroes y pusilánimes se em­ parejaban. viendo por allí. mil y tantos animales de montar y de tracción. Vamos a agregarle. No podían con­ tarse los lastimados. muerto en el comando fatídico del 7? de infantería. de todas las graduaciones. Considerándolo. La tropa — cinco mil soldados. la bravura teme­ raria. Aquel surco del suelo. si no por la amplitud del cuadro. No se armaron barracas que quitarían espacio al área tan estrecha. La historia militar. más de ochocientos baleados ponían sobre el tumulto la nota lancinante del sufrimiento irreparable. Sousa Campos. oficial honorario. de urdimbre tan dramática. porque el retroceso era imposible. abriéndola por la mitad. Entre las dos. idéntico. Allí que­ daron unidos. arrojados por todas partes. Nada revelaba siquiera alguna sombra de campamento en el centro de las brigadas. cerraban todas las puertas de la deserción. se enfriaban los más fuertes. era la imagen material del golpe que había reci­ bido la expedición. Tristáo de Alencar Sucupira que había llegado agonizante con la 2 ^ columna. por la paridad del contraste. está llena de grandes glorificaciones del miedo. nada compensaba tales pérdidas ni explicaba semejante estado frente a planes de campaña tan pensados. porque los ataba el cinturón de piedra de las trincheras. En el fondo de la garganta. la furia brutal de los cosacos inmortalizó al mariscal Ney 298. El ansia persecutoria del persa hizo la resignación heroica de los "Diez mil” 297. acorralados. Gutierrez. centenares de cargueros— sin flancos. capitán fiscal del 2? regimiento que había caído con más de dos tercios de la oficialidad de artillería. un artista que había ido hasta allí atraído por la sombría estética de las batallas. sin vanguardia.

habían rechazado al adversario en todos los encuentros y lo sentían más amenazador a su alrededor. era un verdadero asedio. . Fueron y volvieron en un tiroteo incesante por los caminos atrincherados. La noche cayó sin que amenguase la lucha. Comenzó un régimen terrible de torturas. lo que era peor. se quedaban inútiles. y al mismo tiempo. la expedición estaba aislada. En pleno territorio rebelde. Uno que otro soldado replicaba. * . tirados sobre el duro suelo. Desde esa fecha hasta el fin de la campaña. Los demás. ya abatidos por una semana de alimentación reducida. Habían arrojado por los aires más de un millón de balas. EL COMIENZO DE UNA BATALLA CRONICA En la noche del 28 de junio se inició una batalla crónica. las dos columnas se detuvieron impotentes ante la realidad. que los tontos victoriosos no replicaban. Atronaban ahora el aire por encima del campamento. había abastecido al enemigo con cerca de cuatrocientos cincuenta mil cartuchos. la tropa viviría en una alarma permanente. caídos entre los fardos desparra­ mados. Al amanecer del 29 se verificó la insuficiencia de alimentos para la ración completa de los plazas de la 1^ columna. la mitad de la carga había quedado en poder de los sertanejos o inutilizada.y unidas. Los vencidos restituían así las balas. en provocaciones feroces. la tropa había perdido municiones de inesti­ mable valor para la emergencia. El 59 de policía perdió cuarenta y cinco. golpeándolas con tiros largamente espaciados. La 5^ brigada había perdido catorce hombres en un movimiento que hizo a retaguardia. sin que el más breve ar­ misticio permitiera una corrección de las filas. presionándolos. vencidos por la fatiga. sin una sola línea estratégica que la vinculara con la base de operaciones. repleto de emboscadas. disparando su arma hacia el aire. Dándoles municiones com­ pletaron el destino singular de la expedición anterior que les dejó sus espingardas. a no ser que se considerase como tal el peligroso camino del Rosario. Estaban en el centro de operaciones y no podían dar un paso al frente o. Se apagaban las órdenes del día retumbantes. en Monte Santo. suficientes para prolongar indefinidamente la resistencia. . Y como el convoy reconquistado había llegado muy reducido. Una luna fulgurante las desnudaba ante la puntería de los jagungos que. Realmente. revelaban su vigilancia en torno. al azar. no podían dar un paso atrás. cortándoles el paso para la retirada después de haberlos paralizado para el ataque. abrazados a sus espingardas.

Las granadas. encajados en una hondura del morro. o a ras del suelo. no sopesaron suficientemente la eficacia feroz de los sertanejos. explotando sobre las casas. a caballo de la aldea. de los mismos subalternos. significaban malbaratar las escasas municiones. Por eso. ante un bombardeo vigoroso que propiciaban las ventajosas po­ siciones de la artillería. sobre la base cortada por respiraderos. les perforaban los techos y las paredes. improvisaban trincheras. La colaboración justificable de los comandantes de cuer­ pos. por detrás de las paredes maestras. y estallaban sin ampliar el radio de su acción. cayendo mu­ chas veces intactas. nuestras descargas. ordenar los batallones disuel­ tos. se echó mano a los últimos recursos. Pensaban que una villa abierta no podría soportar por muchas horas las balas de diecinueve cañones modernos. pero se amortecían entre las frágiles resistencias de la arcilla. más de una vez. aunque mejor aprovisionada. enterrar a los muertos y extender el área reducida por los fardos y las cargas. El campamento. surgía espontánea. sin la dirección de una voluntad firme. Además. hasta ese momento en relativa calma. Estos trabajos indispensables se realizaban sin método. como el día anterior. . De modo que en sus espíritus resurgió el pensamiento consolador del próximo de­ senlace. tirando por elevación y sin hacer blanco. arrastra­ ban fardos y cadáveres. destacándose sobre el caserío como un baluarte imponente. Allí se alineaban los jagungos. curar centenares de heridos. se agrupaban al azar en simulacros de formaciones. . no tenía tampoco garantía de sustento por más de tres días después de repartir con la otra. sobre inocuas. Al mismo tiempo se les presentaba una tarea penosa: hacer de ese montón de hombres y equipos un ejército. El primer tiro partió y golpeó sobre Canudos como una piedra en una colmena. escondidos en las torres o más abajo. De modo que toda esa gente se movía a los encontronazos y en todos los sentidos. en la sugerencia de un sinnúmero de medidas urgentes. los efectos del cañoneo fueron fran­ camente nulos. Todavía no los dominaba completamente la desesperanza. en las ventanas abiertas en ojivas. Al amanecer les volvió el valor y a despecho de tantos acontecimientos. de todas partes. partiendo hacia el amplio círculo del ataque. . siendo ese día muertos dos bueyes mansos que hasta allí habían conducido el pesado cañón 32. Por otro lado.La 2 ?. fue de pronto barrido por descargas y. reconstituir las brigadas. Pero no hubo esfuerzos convergentes y útiles. retiraban las muías cuyas patas eran una ame­ naza permanente para los heridos que se arrastraban a sus pies. los combatientes comprendieron que era casi imposible la réplica en tiros divergentes. sin que se reventaran las espoletas. el blanco predilecto fue la iglesia nueva. como el día ante­ rior. De modo que apenas comenzada esta fase excepcional de la lucha. estrechos como troneras.

. arrojando por la boca de sus cañones toneladas de acero encima de los rebeldes que les anteponían la esgrima magistral de sus artimañas. estruendoso e inofensivo. Como siempre. Alfredo Gama. para relajarse de nuevo. . las balas desde todos los flancos. Sin embargo. ansiosos. cada uno quería disparar con él. La táctica invariable del jagungo se mostraba en ese resistir con retrocesos. Los hombres equipados por los recursos bélicos de la industria moderna. arras­ trándolo hasta el ahogo completo. La gran pieza — el mayor cañón de fila— se había convertido en un monstruoso fetiche que desafiaba el despertar de las viejas ilusiones. después lo apretaba. Enlazada la presa. El incidente es una muestra de cómo se luchaba. Hasta un médico. rugió sobre ella ese día sin tocarla. Es natural que la refriega resultase inútil. las otras se perdieron. distendía los anillos. aunque disfrazado por la escasez de las líneas enemigas que tiraban flojamente en radios indefinidos por las laderas del morro. Allí había una inversión de los papeles. no pudo reprimir el ansia de apuntar. eran materialmente los más fuertes y brutales. volviéndose el bombardeo. . Las balas pasaban silbando sobre su techo. una eterna reproducción de los mismos hechos. Aquel duelo a distancia demostró ser imprudente. le permitía el cansancio del movimiento y de la carrera. Era una nerviosidad loca. como al segundo teniente Odilon Coriolano y a algunos plazas. un batallón. El cañoneo del 29 no los impresionó. perdiéndose en las casuchas pegadas. del apresuramiento con que lo manejaban. acompañaban los himnos triun­ fales con las balas de sus trabucos. El escape de gases de la pieza mal obturada. un sobresalto instantáneo. encendió un barril de pólvora que estaba cerca. Cayó herido. otra vez le permitía agotarse escar­ bando con las pezuñas el suelo y nuevamente lo ajustaba. lo hizo explotar. Jadeantes. Sólo una cayó sobre el atrio. apoyada en todos los accidentes del terreno protector. Se apuntaron otra victo­ .Para ella se preparaba el Withworth 32 que vino precisamente para derribar sus muros. . . retráctil. aunque fuese con trayectorias desviadas. lo rodeaban. De buen grado otorgaban a sus adversarios el goce de vic­ torias inútiles. ma­ neándolo. Al alba del 30 el campamento fue atacado. podría quebrarlas con una carga de bayonetas pero cuando parasen. principalmente. pero cuando creían haber vencido y levantaban sus ban­ deras y llenaban la soledad con los toques de los clarines. Esa mala estrella del coloso derivó. una salva imponente al coraje de los matutos. se sentiría de nuevo el asedio. Cayó la noche y no se había adelantado nada. mientras que las descargas circulantes seña­ laban de modo ineludible el asedio que sufrían. fue un choque. Era la lucha de la sucuri con el toro fuerte. circulares. Era un sitio en regla. Una brigada. matándolo y que­ mándolo. incluso una compañía. como no sabían de esas exquisiteces de la civilización. como si brotasen del suelo. .

Ultima expedigáo a Canudos. Se afirmó definitivamente un régimen insostenible. De motu proprio. en los flancos de la montaña. quedaría agotada por la falta total de provisiones. cuanto más para cerca de seis mil hombres” *. en seguida se podía realizar el ataque a la ciudadela. La estadía en la Favela era demasiado inconveniente porque. "Sea como fuere. Pero volvieron horas después y volvieron a ser rechazados. golpeando. sin variante alguna. Algunos oficiales superiores suge­ rían la única salida — forzada y urgente— que podía asumirse: el asalto inmediato a la aldea. cuya aspiración predominante era cruzar el Vaza-Barris que les representaba la abun­ dancia de que estaban privados. atacaría el baluarte del Conselheiro”. rítmicos. no encontraron nada y prosiguieron hasta Monte Santo donde tampoco existía nada. que a su partida ya sufría los primeros aguijones del hambre. se desmoralizaba la expedición. se mancillaba su renombre y en breve tiempo. El enemigo fue rechazado por todas partes. AVENTURAS DEL ASEDIO. . además de acumularse bajas diariamente. los soldados realizaban. en una posición estática. Pero el general en jefe rechazó la idea: "pensando que de Monte Santo. como el flujo y re­ flujo de las olas. Para ello existía la mejor disposición de los comandantes de las columnas. como el día anterior. en breve. Abandonarla era dejar las contingencias de un cerco más peligrosas que las alternativas de una batalla franca. Pero ese convoy no existía. diseminó algunas balas sobre los te­ chos. entró en un período de privaciones indescriptibles. sin capacidad para dos. y retornaron pasado un intervalo y fueron de nuevo repelidos. La artillería.ria. brigadas y cuerpos y de los oficiales subalternos y de los soldados. llegaría un convoy de alimentos como le había asegurado el diputado del Cuartel Maestre General y sólo entonces. CAZAS PELIGROSAS Se vivía a la aventura. golpeaba desde los cerros vecinos. sin la formalidad. la artillería podía continuar con el bombardeo de Canudos durante algunas horas más. la brigada del coronel Medeiros. de una licencia. . para esperarlo en las Baixas y desde allí escoltarlo hasta el campamento. Intermitentes. monótonas. el 30 de junio las fuerzas estaban bien dispuestas. dispensable en la emergencia. como el día anterior. Y una fusilería floja. Enviada a su encuentro. . Y el ejército. cayendo todo el día sobre la tropa. allá abajo. después de tres días de ración completa. el 30. separados en * Coronel Dantas Barreto.

No imaginaba los riesgos que corría. . avanzando sobre los rastros. abandonados desde el comienzo de la guerra. se echaban sobre los bueyes. más infelices. no sabían evitarlas. Era el último recurso. . Era una trampa sutilmente preparada. llena de balas la car­ tuchera. Hasta que la escuchaba cerca. refugiándose en todos los acci­ dentes del terreno— pasaban por trances temerarios. advertido del bulto a último momento. La caza cazaba al cazador. en cualquier abertura de la caatinga podía encontrar. después de muchas horas de inútil esfuerzo. perseveraba en su exploración a través de la maraña. A la noche volvía al campamento con las manos vacías. Controlando su andar cauteloso para no espantar a la presa huidiza. Las salidas de caza se hicieron entonces obligadas. nítida y clara. pasaba largas horas en su exploración exhaustiva. al jagungo sinies­ tro y traicionero que a su vez andaba buscándolo. Así es que. co­ piándoles la astucia. bajo las descargas que partían de las emboscadas laterales no vistas. Pegado al suelo. Y éste. y en­ tonces se reanimaba esperanzado. resguardándose como si fuese a cazar leones. Porque los jagungos ponían trampas imprevistas a los bisoños cazadores que. o robando ganado. oía un sonar de cencerros. cazando cabritos casi sal­ vajes por allí sueltos. la espingarda pronta. generalmente caía ante un tiro seguro si no tiraba primero. No se pueden individualizar los episodios parciales de esta fase oscura y terrible de la campaña. ante un grupo de hambrientos. Otras veces. silencioso de movimientos pero haciendo sonar cada vez el cencerro sujeto a su cuello. a despecho de los riesgos. Los ojos y oídos aguzados para captar los mínimos movimientos y los mínimos rumores. rompía el silencio de las planicies. perdidos por esos campos o muertos en alguna lucha feroz para siempre ignorada. aparecían en un corral cerrado unos bueyes. guia­ do por la música de la campanilla que. finalmente. El soldado hambriento. no volvían más. en lugar de la cabra aparecía el cabrero feroz. muy disparejos en la habilidad. abatiéndolos de un tiro o matándolos con el cuchillo y a su vez caían. en lugar del animal arisco. talando los escasos cultivos de maíz o mandioca que había. Seguía deslizándose lentamente. se perdía por las planicies. A veces resultaba un esfuerzo vano.pequeños grupos. apenas miraban los alrededores para saltar sobre la cerca. No se podía evitar ni tampoco prohibir. Otros. salía de las huellas descu­ biertas para entrar en los pastizales. presagio de caza. porque es costumbre en el sertón que las cabras lleven cencerro. . . asombrados. Pero los hambrientos. . la marcha cautelosa. y se sentía feliz y aun­ que volviera a oírla lejana. Por un momento se recobraba de las fatigas. el valiente hambriento. peligrosas excursiones por las cercanías. inexperto. Y los que a ellas se arrojaban — vestidos como los jagungos. A partir del 2 de julio sólo hubo harina y sal para los enfermos.

Pero este recurso no bastaba. El ganado diariamente conseguido — ocho o diez cabezas— era un paliativo insuficiente para el minotauro de seis mil estómagos. y al enemigo que los baleaba. Cavaban alrededor de los umhuzeiros para arrancarles los tubérculos. Además de reunir a las reses debían evitar que se las dispersaran con súbitos ataques. los soldados apelaron a la flora providen­ cial. cuidaban el fondo. de sor­ presa caían en una trampa al trasponer una bajada. pero igualmente los gauchos reali­ zaban hazañas de pialadores. rengueantes bajo las espuelas. Algunos murieron envenenados por la mandioca brava y otras raíces que no conocían. pero nunca aban­ donaban la inquieta presa conseguida. El enemigo les perturbaba el trabajo. los lanzaban en tropel todas las tardes hasta un corral al costado del cam­ pamento. Además la carne cocida sin sal. invisibles. en prodigios de equitación y coraje. Para los inex­ pertos era incluso peligroso. atenuaron esa alimentación de fieras. poroto y mandioca que. muerto por un tiro. Finalmente. En los hilos rasantes del valle de las Umburanas. Sólo el escuadrón de lanceros actuaba con cierta eficacia. Sin medir distancias ni peligros se largaban por la desconocida región. conteniendo al mismo tiempo a los bueyes alborotados. como ecos de esos desconocidos combates. Los cuerpos en misión exploratoria se escurrían por los claros. deseosos de escapar.Desde el campamento muchas veces se escuchaban tiroteos nutridos y prolongados. un soldado sediento. Diariamente salía a hacer batidas por los alrededores. tomaban los cocos de los ouricuris y cortaban los troncos blandos de los inandacarus. Las líneas enemigas se extendían adelante. defendían los flancos. hacían batidas palmo a palmo por esas tierras de flora ya marchita porque había entrado la estación sin lluvias. Recibían media docena de tiros de sus incorpóreos adversarios. Y en estos encuentros rápidos y violentos. . Eran verdaderas partidas de plazas armados. era casi intragable. Se hizo necesario buscar otros recursos. se reglamentaron esas aventuras. Triste avanzar sin banderas y sin clarines por la aridez de los campos. traidoras. sin ningún ingrediente. Cada día aumentaban esos hechos. Finalmente. Sin glorias. y encontrados en la carrera los bueyes esquivos. Como los nativos infelices. o chamuscada en clavas de hierro. les faltaba el agua. arremetían para adelante. A partir del 7 de julio cesó la dis­ tribución de alimentos a los enfermos. se habían terminado prontamente. El día anterior se dis­ ponían los batallones para la caza. Volvían vencidos y cansados. Se alimentaban de cactos que les engañaban a un mismo tiempo el hambre y la sed. en agua salobre y sospechosa. no pocas veces quedaba de bruces. Las pequeñas zonas con cultivos de maíz. al principio. Repugnaba hasta al hambre. Montaban los caballos estro­ peados.

un círculo de espanto. . Acostumbrados a la frugalidad. iba y venía. como borborigmos de estómagos vacíos. velando junto a los triunfadores. a veces cargaban sobre la artillería. El blanco variaba. los adversarios vencidos en todos los en­ cuentros. iba de uno a otro flanco. baleados. de mañana. la insistencia de los ataques era superior a sus fuer­ zas anímicas. volvían a las líneas de fuego sin que el ayuno disminuyera su arrojo. tuviese el compromiso bárbaro de ser el verdugo de . pero minuto a minuto. Los asaltantes eran rechaza­ dos. pues. Le dieron un nombre humorístico al hambre. Al principio reaccionaron bien. parecían bien abastecidos. los rudos campeones que en las épocas felices pasaban el día con un poco de mandioca y un trago de agua. Por un contraste irritante.Y los infelices. Cada día que pasaba sin noticias sobre su llegada aumentaba el desaliento. Nuestros soldados no la tenían. . la resignación de los soldados los agotaba. la tropa se formaba en filas torcidas. encontró en los alrededores. Murmullos de protesta ante los cuales la oficialidad fingía sor­ dera. recorría todas las líneas. café y azúcar mezcladas con las cenizas de las hogueras que las habían consumido. a punto de aprovechar apenas las municiones de los convoyes asaltados. La 5^ brigada. que había salido en busca del convoy de ayuda y de la cual no se sabía nada. formaba. El ataque había terminado. como si un tirador solitario. a lo lejos. habían refinado su abstinencia disciplinada hasta una capacidad de resistencia increíble. No podían tenerla. harina. más serias. impotente para hacerlos callar. Además. comenzaron a vivir de la incierta limosna de sus propios compañeros. con precisión inflexible. lentamente. Después flaquearon. sobre todos. Estaban allí en función de la espera de una brigada. Era la señal de la altivez salvaje con que se echaban a la guerra los jagunqos. mutilados. señalando los caminos casi hasta las proximidades del Angico. siempre imprevistos. hacía un giro largo y torturado. La disciplina se relajaba. No tenían una hora de tregua. otras. delirantes de fiebre. cierta vez. Sufrían ataques súbitos de noche. al ir hasta Baixas. finalmente. Se volvía a la paz anterior. Las aventuras de la caza los distraían y cuando sonaba la alarma. DESANIMO A medida que esto se agravaba surgían nuevos hechos. la 1^. desde lo alto de un cerro remoto. Sonaban los clarines. bolsas de carne seca. se sumaba lo incierto del futuro. inevitables. no tenían tantas provisiones como para justificar esas acciones. otras sobre uno de los flancos. consecuencia de los anteriores. aparecían irreprimibles. bala a bala. en el transcurso del día. a dos pasos. Sobre el aniquilamiento físico. inciertos. en las que apenas se distinguían las subdivisiones tácticas y se batían nerviosamente durante cierto tiempo. caía una bala entre los batallones. Pero el enemigo seguía allí.

cayendo baleado dentro de la fosa común que con sus manos había abierto. Y al día siguiente. se estremecían ante el silbar de esos proyectiles espaciados. cerrando el paso hacia la Fazenda Velha. . el 19 de julio. La misma artillería. huyendo entre las filas feroces 2 ".un ejército. las noches se reservaban para enterrar a los muertos. el ánimo estuviera decaído. Y lo era. cada vez más cercanas. los asaltos no cesaban pronto. y largas reticencias de calma. las trincheras amenazadoras. aproximándose por el camino del Rosario. una víctima singular entre miles de hombres. en esa intermitencia de refriegas furiosas y rápi­ das. A veces. Se descubrían las trin­ cheras circulares: por la izquierda. como si fuese una legión. . Se hicieron cargas cerradas de bayonetas. buscando al azar un blanco. guiados por Joaquim Macambira. Es natural que una semana después de la ocupación del morro. amenazando el puesto de carnes y reduciendo el área de pasto donde se encontraban los animales de tracción y de mon­ tura. El odio a los cañones que diariamente les destruían los templos. La tropa tuvo otra victoria poco lisonjera y aumentó el respeto por la temeridad del adversario. reconstruidas por las noches. misión no sólo lúgubre sino peligrosa. Pero ante el diminuto grupo se formaron bata­ llones enteros. volvían a la misma tarea. Hasta que murieron todos. el Withworth 32. Apenas once. y por la retaguardia. tomaban todas las líneas y adquirían color de batallas. verificando la ineficacia del cañoneo y la necesidad de cuidar la reducida munición. la "ma­ tadora”. a toques de corneta. porque no pocas veces. Mientras se empleaban de tal modo los días. según la llamaban. los llevó a la hazaña invero­ símil de capturar o destruir al mayor de ellos. Él ascendiente de los matutos crecía día a día. Volvían con pocas bajas o completamente indemnes. los sertanejos penetraron de lleno en el campamento hasta el centro de las baterías. Y así se iban los días. En uno de ellos. En un aumento aterrador. por la derecha. hijo del viejo cabecilla de igual nombre. que escapó milagrosamente. el enterrador aumentaba el entierro. todavía jadeantes por los encuentros guerreros. salvo uno. Valientes. apenas tiraba dos o tres tiros espaciados. Los cuerpos destacados para tomarlas y destruirlas las tomaban y las destruían fácilmente. contra las expectactivas. Fueron pocos los que se arrojaron a la em­ presa. festoneadas de balas. . ciertos días.

sin bases y sin líneas de operaciones. dejando de lado todas las circunstancias intermedias. sólo adopta una táctica: la inmovilidad. el error tardíamente corregido del abandono del convoy le impedía atacar. Llevando seis mil bayonetas hasta las orillas del Vaza-Barris ganaría la partida. Se afirmó en su única cualidad militar sobresaliente: la tendencia a enraizarse en las posiciones conquistadas. le hubiesen cortado la marcha en las cer­ canías del Rosario o del Angico. ahora se justificaba en la total imposibilidad de moverse. por la dedi­ cación personal de sus comandantes. Tenía un solo plan: ir a Canudos. Cambió un verbo en la afirmación clásica del romano y siguió 3 0 0 . Guiando a la expedición. lo agota. Este atributo contrasta con cua­ lidades personales opuestas. Solamente el prestigio de algunos jefes de cuerpos la sal­ vaban de la desorganización completa. Llegó. no delibera. Quedó colocado en una situación insostenible . de cualquier modo. hallando en las coyunturas más críticas siempre una frase explosiva. Inquieto y ruidosamente franco. buen relator de hazañas asombrosas. un trazo vigoroso de jovialidad heroica que las remarcara. que se había obstinado en permanecer allí. perduraba el peso de la disciplina. casi fanfarrón. no previo la eventualidad de un fracaso. se transforma. Si por un golpe de mano. Completó así el primer error con otro. En algunas brigadas. Era la convicción general. vio y se quedó. encarando la profesión de las armas por el lado de lo caballeresco y tumultuoso. en una campaña. fuera como fuese. Desde el comienzo se dedicó a su fase final. el día 30. lo cansa. mostrando continuamente todas las impacien­ cias y todos los arrojos de un temperamento nervioso y fuerte. incom­ parable para idear encuentros sorprendentes. que el enemigo podía y no supo dar. debía hacerlo. la necesidad de un retroceso. El general Artur Oscar. a veces valiente. no lo turba con ata­ ques bien combinados y con cargas furiosas. Finalmente estaban las dos columnas reunidas y la aldea se extendía a la distancia de un tiro de männlicher. se concentró completamente en el objetivo de la lucha. No lo hizo. y realizando una embestida original. Resiste. la expedición estaría perdida. y con asom­ bro de los que lo conocen. le opone la fuerza obstinada de la inercia. No retrocedería. No lo combate. según la opinión de sus mejores auxiliares.LA ACTITUD DEL COMANDO EN JEFE Se esperaba a la brigada salvadora. El estado de la fuerza facultaba todavía una defensa floja de esa posición pero imposibilitaba prolongar el esfuerzo por más de ocho días. Todo lo demás era secundario. No lo vence. Si el día 28. Inflexiblemente inmóvil delante del adversario. en un medio tan exigente. tal general. ilusionado al principio con el milagro de un convoy de apoyo.

vacilante sobre las patas secas— una arroba de carne para seis mil hambrientos. Uno de ellos. en alusiones agrias. sordos rencores contra los ima­ ginarios responsables de esas desventuras. El diputado del Cuartel Maestre General. . . volvían sin rastrear ni una señal de su existencia por los caminos vacíos. Sin embargo. * No aflojarle el garrón. . ese funcionario tenía. restando. algunos se distraían contemplando la aldea intocable. "¡Nao Ihe afrouxara o garrüol. el día 10. por la permanencia en el cargo. . despuntan­ do las mismas horas de la misma manera. acobardarse. con el que quería distraer la impaciencia general. les daba a los combatientes la indefinible impresión de la inmovilidad del tiempo. no se desanimaba. fatigada de hacer retroceder al adversario sin destruirlo nunca. El ojo se embarullaba en la maraña de las casuchas. un punto cualquiera que pudiera servir de re­ fugio. cuya absolución presumía una culpa mayor: el olvido de su autonomía incondicional de jefe. sintiendo la gravedad de su precaria situación. (N . multiplicando y dividiendo. encontró como suprema irrisión. una economía embrutecedora. diariamente mandados hasta las Baixas. A la tarde o durante el día. permanecía. . inmóvil. discutiendo estupendas soluciones sobre cargueros fantásticos. Compartía el destino común con resig­ nación. poniendo el hambre en ecuaciones. . de T . toda su confianza. fue. en la Favela: sumando. estructurando fórmulas admirablemente abstractas con sacos de harina y bolsas de carne seca. transido de hambre. un solo buey — flaco. despedazaba el filo de los comen­ tarios más desanimados o las conjeturas más desalentadoras. a la distancia. Y enarbolando febrilmente el lápiz de los cálculos. . De hecho. Era todo su esfuerzo. el 15?. . idealizando convoyes. un buey. estéril. prisionera de un asedio cuyas líneas se distendían elás­ ticas ante las cargas y se apretaban en seguida. inflexible. Los bata­ llones. . Y por encima de todo. estoico. la víctima expiatoria de todas las crí­ ticas. co­ mandado por el capitán Gomes Carneiro. la tropa no resistiría. Aflo­ jaba. entonces y después. Era el único culpable. en los pocos momentos en que se atenuaban los asaltos. quizá no pudiese salir. ” * su frase predilecta que largaba violentamente. No se pensaba que la ilógica acusación recaía por entero sobre el comando en jefe. como un golpe de sable. recomponiendo todos sus puntos. si no lo socorriese el curso caprichoso de los acontecimientos. La vista buscaba. No podían. Ya aparecían.de la que.). No había noticias de la P brigada. Sin embargo. al volver de la inútil diligencia. La sucesión inva­ riable de las mismas escenas sobre el mismo escenario pobre.

801. Y como en el alma llevaban las mismas supersticiones y la misma religiosidad inge­ nua. ése era el cuadro de aquel extraño escenario. la gran plaza vacía. aliado de la Providencia. las voces suaves se esparcían sobre la resonancia del ataque. . rápido. en ondas sonoras que se esparcían por la quietud total y refluían en las montañas lejanas. Caía como un fulminante sobre la aldea. La cam­ pana impasible no claudicaba un segundo en el intervalo consagrado. Cruzaban sobre el humilde campanario las trayectorias de las granadas. Ese estoicismo singular los impresionaba y los dominaba. E invisibles. Un río sin agua. el mismo instrumento doblaba sacudiendo las vibraciones de la alarma. dos. Estallaban por encima y alrededor. el dibujo misterioso de un paisaje bíblico y la infinita tristeza de las colinas des­ nudas. cruzaba. de allá ascendía. . Las mismas balas que usaban revelaban efectos extraños. recordando un rincón de Idumea. la cadencia melancólica de los rezos. . desapareciendo después. Corría una guarnición de llamas por las cumbreras de las iglesias. resonando largamente en el de­ sierto. fuera lo que fuese. Al caer la noche. en el paraje legendario que prolonga la banda meri­ dional del Asfaltites. Cumplida la misión religiosa. Era una predestinación. En la lejanía. Alrededor. misteriosa y vaga. un bulto. ¡Cinco mil casas o más! ¡Seis mil casas! tal vez. sin árboles. Nada más. Como si la tierra se ataviase en ciertos trechos para idénticos dramas.Y contaban: una. . Quince o veinte mil almas metidas en esa tapera babilónica. tres. torneándolas. cortaba un callejón estrecho. La aldea — compacta como las ciudades del Evangelio— completaba la ilusión. Una réplica violenta estallaba sobre la tropa. convertido en camino polvoriento y largo. indistinto y fugitivo. recortadas nítidamente sobre el horizonte claro. corriendo. No perdía una sola nota. Los cañones de la Favela bramaban despiertos por esas voces serenas. Los soldados escuchaban entonces. . los toques del Ave María. Imaginaban que tenía recursos extraordinarios. agrestes. allí estaba. cuatro mil. esterilizada para todo y para siempre por la maldi­ ción de los profetas y por el reverbero de las planicies del Yemen. Crepitaban en los aires con estallidos . colada entre las espesas paredes del templo casi en ruinas. E intercaladas en los ruidos del ata­ que. Hacía callar el bombardeo. más lejos. apenas extinguidos los ecos de la última campanada. . El silencio descendía mortecino sobre los dos campos. cinco mil. Pasaba por la plaza y deflagraba por las faldas del morro. vacilaban frente al enemigo. la cuerda ondulada de las sie­ rras igualmente desiertas.

secos y fuertes. las embos­ cadas. A veces se hablaba de la retirada. . en un asalto. Deserciones heroicas. Todavía se acepta la hipótesis de que los estallidos pro­ venían del desigual coeficiente de dilatación entre los metales que cons­ tituían el proyectil. anónimo. y que a eso se debía la naturaleza excepcional de las heridas. despertando apostrofes y protestas violentas tanto como un silencio comprometedor y sospechoso. diariamente. En todos los espíritus permanecía el deseo de dejar ese sitio siniestro de la Favela. hundiéndose en el desierto. inepta para el cono­ cimiento de la ley física que los explicaba. las ambulancias y el contrapeso de mil y tantos heridos. Si lo intentase. prefiriendo el tiro de misericordia del jagungo a esa lenta agonía. Envidiaban los peligros. silenciado de miedo. Quedarse a despecho de todo era el recurso supremo y único. Tales hechos arraigaban en la soldadesca. con el tardo movimiento que le imponía la artillería. . penetraba entre los batallones. El rumor sordo. bajo la fiscali­ zación incorruptible del enemigo. Al menos tenían la esperanza de las presas acaso conquistadas. en las que el soldado se aventuraba a los mayores riesgos. incomprensibles casi. ni este recurso quedaría. Los batallones que salían en diligencias hacia variados puntos desper­ taban envidia en los que quedaban. Empezaron las deserciones. se consumaría una catástrofe. insistentemente propalada después. impunemente. por fin. una raíz de umbú o una rapadura valían como manjares suntuarios. Un cigarrillo era un ideal epicúreo. la convicción de que el adver­ sario. los combates. barrer los alrededores y volver. de las balas explosivas de los jagungos. El ejército no. Pero si la P brigada demoraba más de ocho días su llegada. Como en los malos días de los sitios legendarios rememorados en an­ tiguas crónicas. las cosas más vulgares adquirían connotaciones fantásti­ cas. insidioso. otros los imitaron. . Los jagungos romperían. expandiéndose el núcleo de plomo más rápidamente que la camisa de acero. como si reventasen en innumerables astillas. El día 9. veinte plazas del 33° dejaron a sus compañeros. en consulta vacilante a los compañeros. Pero la retirada era im­ posible. Entonces se creó la leyenda. Una brigada ligera podía. Y uno a uno. Por cierto tiempo quedaban fuera del cuadro miserable del campamento. esmeraba en los estallidos su salvajismo sin piedad. La bala penetraba los cuerpos dejando visible el círculo del diminuto calibre y salía por un rumbo ancho de tejidos y huesos lasti­ mados. terriblemente equipado. las líneas de fuego de los soldados completamente exhaustos.

en abrazos. miraba sorprendido todo eso.. apareció inesperadamente en el campamento. . moviendo febrilmente en inmensa alacridad a los soldados. Se enarbolaron las ban­ deras. se cruzaron en todos los sentidos. vestido de cuero. resonaron los clarines. Su corpulencia de atleta contrastaba con los cuerpos esmirriados que se amontonaban alrededor. las notas metálicas de las marchas marciales y miles de gritos de triunfo. De una a otra punta de las alas. De Canudos ascendía. el toque del Ave M aría. en estrepitosas exclamaciones. en gritos. El rudo vaquero. planearon el ataque. ■ ■■ ' V ’ ■■■■ EL ASALTO: PREPARATIVOS El convoy llegó a lo alto de la Favela el 13 de julio y al día siguiente. El día era propicio: la fecha de una fiesta nacional3 0v Por la mañana.La tarde del 11 de julio.. Los enfermos y los moribundos silenciaron sus gemidos transformándolos en vivas. El ataque contra la aldea era urgente. un vaquero. . El comandante de la P brigada había comunicado al volver que en la pretendida base de operaciones no existía nada. Traía un oficio del coronel Medeiros notificando su llegada y requiriendo fuer­ zas para la protección del gran convoy que conducía. Se encontraba total­ mente desprovista y había tenido que organizar con dificultad el convoy . montando en caballo montaraz. escoltado por tres plazas de caballería. mezcladas. embarulladas. No puede describirse. em­ puñando a modo de lanza su picana. enfermo por una herida recibida en Cocorobó. . corrió la nueva auspiciosa y. Caía la noche. Estallaron h im n o s. se formaron las bandas de todos los cuer­ pos. en un ondular sonoro que vagaroso avasallaba el silencio de los campos y se extinguía poco a poco en ecos por las montañas lejanas. . Los matutos fueron sorprendidos temprano porque hacía poco más de cien años un grupo de soñadores había hablado sobre los derechos del hombre y había peleado por la utopía maravillosa de la fraternidad humana. El torrente ruidoso de las exclamaciones rodó hasta la zanja del hos­ pital de sangre. convocados los comandantes de las brigadas a la tienda del general Savaget. sin embargo. Fue un choque galvánico sobre la expedición abatida. vibrando largamente por los des­ campados. . . El soplo del Nordeste hinchaba las banderas y arrastraba hasta la aldea. transfigurando los rostros abatidos. una salva de veintiún tiros de bala la conmemoró. Parecía un gladiador pujante entre bosquimanos inquietos.

Las opiniones. llevando hacia la aldea numerosas reses. se haría rectilíneo al final y si fuese logrado con éxito. El 25? batallón. La travesía de uno a otro grupo significaba la muerte. Habían caído baleados el sargento ayudante del 9 9 y varios plazas. El día 16 mostraron el mismo atrevimiento desafiante con el adversario abaste­ . prevaleció. tendrían franca la retirada hacia tres ángulos del cuadrante. El ataque por dos puntos. el que en poco tiempo se agotaría para reproducirse la misma situación anterior. satisfechos y alentados de nuevo por la esperanza de la victoria próxima. o hacia cualquier otra. tuvieron una opinión diferente: permanecer en la Favela con el hospital de sangre. bombardearía el centro. 4^ y 5^ brigadas optaron por el abandono preli­ minar de la Favela hacia una posición más cercana de donde partiese el ataque. El día 15. y capturados algunos animales de remonta y de tracción. Se reincidía en un error. Podrían trasladarse a salvo hacia las inaccesibles posiciones del Caipá. al principio contorneante. derivando por los contrafuertes de la Fazenda Velha. Deliberaron. desde donde renovarían la resistencia. a dos pasos de la 2 ^ columna. una vez más.que trajo. incluso en el caso de quedar desbaratados. El plan confirmado era el más simple. la potencia pesada de las brigadas. Los revigorizaba. se pusieron de acuerdo en la idea del ataque en grandes masas por un solo flanco. sin que los reconquistara el 3 O 9 de infantería que fue inmediatamente destacado para esa diligencia. Ese era el único plan. no tuvieron autorización para andar según su voluntad por el lugar en que acampa­ ban. hacia el Vaza-Barris. la artillería y dos brigadas como reaseguro. que surgía de la más ligera observación del teatro de la lucha. los jagungos. Fue asaltado el sitio de los animales. fortalecidos por el voto favorable de los tres generales. Las dos columnas. con disensiones minúsculas. mientras la artillería. no les había disminuido el ánimo. los expedicionarios. Lo demostraban los hechos recientes. Esta posición que poco difería de la otra. imperioso e intuitivo. avanzando por el lado derecho del campamento. Persistía en los ánimos el intento de no realizar lo que la campaña reclamaba desde el comienzo: la división de los cuerpos combatientes. frente a su agilidad. después de una marcha de flanco de casi dos kilómetros hacia la derecha del campamento. como si ideasen una osada parodia a la reciente llegada del convoy. fueron vistos en grupos que incluían mujeres y niños. enviado al ataque. El movimiento. doblarían a la izquierda. atacarían de lleno hasta la misma plaza de las iglesias. El enemigo iba a tener. Pero no se observó el teatro de la lucha. no los había alcanzado. que se preestableció realizada sin que la perturbase el enemigo. Los comandantes de la 3^. sin dejar su posición. Desde allí. Ese mismo día. por el camino de Jeremoabo y por la extrema izquierda. Los demás. vol­ viendo aun a la izquierda. Esta era cierta y se preveía que a todo trance. Dos semanas de cañoneo y el refuerzo de municiones en el campo adversario.

fue recibida con delirio. el coman­ dante en jefe. "Dada la señal de carga nadie más trata de evitar la acción del fuego del enemigo. En las disposiciones dadas el día 16. Mas esto sólo sería posible si. meterlos dentro de la cueva de Canudos a coces de armas. La comisión de ingenieros. tuvo que hacerlos combatiendo. el 7? y el 59. la batalla tuviese una demostración preliminar o recono­ cimiento enérgico. El rencor largamente acumulado por los anteriores fracasos exigía desquites fulminantes. Las se­ sudas combinaciones concretas de un combate. Todos los dispositivos quedaban supedi­ tados a esa preocupación absorbente de los choques violentos: tres mil y tantas bayonetas cayendo como un caudal de hierro y llamas. . llevando la formidable escolta de dos batallones. Atacaron sobre todas las líneas. libremente extendida y actuando fuera de la compresión de las filas compactas e inútiles. A pesar de ello. cada soldado busca a su compañía. permitía prever las dificultades de un ataque en masa y por sí mismo. Era preciso hacer retroceder a los tontos bandidos de una sola vez. ellas son la nota predominante. Estas instrucciones concordaban con las tendencias generales. . sería gradualmente seguida por las otras que la reforzarían en los puntos más convenientes. el suelo ondeado en colinas y surcado por zanjas. cada compañía a su batallón y así todos”. Apoyándose en las hazañas anteriores. imposibilitaba el desen­ volvimiento rápido de las columnas. concen­ trando a todas dentro de la aldea. a golpes. de la inercia absoluta a los movimientos impulsivos. Dejó la vaci­ lación inhibitoria que lo mantuvo en lo alto de la Favela para pasar a la obsesión delirante de las cargas. Se carga sin vacilar con la mayor impetuosidad. ésta parecía ser de fácil acceso. Esta vanguardia combatiente. excluyendo las cargas de pelotones masivos precipitándose por los cerros. Vista desde lo alto de la Favela. Iba a hacerse lo contrario. por el lecho seco del Vaza-Barris. daba vuelta a la página futura poniendo ante los combatientes el milagro de la victoria. Esta actitud mostraba que el enemigo iba a reaccionar con vigor y como no se conocían los recursos con que contaba. lo que además era inapropiado para la zona de combate.cido. Saltaba de la quietud al ataque total. en una deducción osada. La orden del 17 de julio señalando el ataque para el día siguiente. Después de cada carga. para hacer unos ligeros reconocimientos por las cercanías. hecho por una sola brigada. El coman­ dante general oscilaba entre extremos. adrede elaboradas para las condiciones excepcionales del medio y del adversario. el ataque debía ate­ nerse a la condición esencial de no comprometer en él a toda la fuerza. hasta que fi­ nalmente se operase en el terreno el retroceso del antagonista. a medida que progresara barriendo las trinche­ ras abiertas en los altos y en los flancos. no las satisfa­ cían. . sugería un orden disperso.

estaba bajo el mando del mayor Nonato Seixas y se formaba con el 35 9 y el 4O9 batallones del mayor Olegário Sampaio y el capitán J.500 hombres bajo el mando del general Savaget. Está desmoralizado y si. Villar Coutinho. Trabubu. Alberto Gaviáo Pereira Pinto. y finalmente. ha sufrido pérdidas considerables. El 5 9 de . 79. Lo atestiguan los combates de Cocorobó. Carlos Augusto de Sousa y José Xavier dos Anjos. la 5^ del coronel Juliáo Augusto da Serra Martins que sustituía al general Savaget en la dirección de la 2 ^ columna. Angico. la orden del día. Canudos estará en vuestro poder mañana. respectivamente comandados por el capitán Joáo Antunes Leite y el teniente coronel Antonio Tupi Ferreira Caldas. compuesta de dos batallo­ nes. que combate sin ser visto. si tuvierais constancia. El campa­ mento no fue molestado. reunía el 59. Se delineó el ataque. La 1? columna dirigida por el general Barbosa. Macambira. se formaba con el 12 9 y el 319 bajo el mando de los capitanes José Luis Buchelle y José Lauriano da Costa. 9 9 y 25?. Entrarían en acción 3. todo lo espera de vuestro coraje. temeroso y callado. . cqn el 26° y el 329 comandados por el capitán M. En la Favela quedaban cerca de 1. Costa y el mayor Colatino Góis. La patria tiene los ojos puestos sobre vosotros. si una vez más fuerais los bravos de todos los tiempos. Antonio Nunes de Sales. iremos a descan­ sar y la Patria sabrá agradecer vuestros sacrificios”. así como la de artillería que secundaría el ataque con un bombardeo firme. la 4^ del coronel Carlos Maria da Silva Teles. Era fatal. leída con aplausos el 17. Mañana vamos a batirlo en su ciudadela de Canudos."¡Valientes oficiales y soldados de las fuerzas expedicionarias en el interior del Estado de Bahía! Desde Cocorobó hasta aquí. debía haber sido cambiada al caer la noche del 18. Ante ella. Esa tarde. otros dos en lo alto de la Favela y dos asaltos que el enemigo hizo a la artillería. El enemigo mismo parecía conocer la resolución heroica: sus irritantes tiroteos habían cesado. Nos detenemos ante una oración condicional comprometedora. La 2? la acompañaría cerrando la retaguardia. .349 hombres repartidos en cinco brigadas: la 1? del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. marcharía al frente de combate rodeada por un ala de caballería y una división de dos Krupps de 7 1 / i . esta última recién formada. El ene­ migo traicionero que no se presenta de frente. Se refugiaba allá abajo. la 6 * del coronel Donaeiano de Araújo Pantoja. ". vencido de antemano. Canudos caería al día siguiente. la 3? del teniente coronel Émídio Dantas Barreto. el enemigo no ha podido resistir vuestra bravura. las fanfarrias de los cuerpos vibraron hasta la caída de la noche. el 149 y el 309. todos comandados por capitanes. guardando la posición: las brigadas 2? y 7^ de los coroneles Inácio Henrique de Gouveia y Antonio Néri.

El teniente coronel Siqueira de Meneses. turbulenta. Garlos Teles. con­ tinua. cara bronceada marca­ da de líneas inmóviles. Olimpio da Silveira. ávida de renombre. todavía alta la madrugada. rumbo al Vaza-Barris. . debía realizar ligeras opera­ ciones de distracción a la derecha. siguieron con la vista puesta hacia el este.la policía bahiana. el gaucho intrépido que mandaba el escuadrón de lan­ ceros. traía la envidiable reputación de su coraje de la refriega mortí­ fera de Inhanduí3 0 3 . amenazadora. una altivez sin par sangrando bajo el cilicio del unifor­ me. como si este movimiento contorneante fuese a sor­ prenderlo. mientras el grueso de la expedición atacaba. acompañaba autónomo. sobre los contrafuertes de la Fazenda Velha. Contramarchando a la derecha del campamento. desti­ nado a caer heroicamente en el último paso de una carga temeraria. pasando ruidosamente por el camino mal pre­ parado. a la 2 ^ columna. sin la menor mo­ lestia del enemigo. siguiendo rectilíneamente por la vida entre el tumulto de las batallas. se realizaba tranquilamente. parecía la imagen de un luchador modesto. Entre los de menor graduación. los combatientes recomendaron a los que permanecían en la Favela que tuviesen pronto el almuerzo para cuando volviesen de la fatigosa empresa. como obedeciendo a una fatalidad. la perturbaban a veces. con su aspecto de estatua. a paso ordinario. impa­ sible ante la gloria y ante el enemigo. se veía que allí se encontraban algunos para los cuales el sertón de Canudos era un campo muy estrecho. Al poco tiempo volvieron hacia la izquierda. . Wanderley. Carlos de Alencar. siempre bajando. recordaba el bello episodio del cerco de Bajé. nervioso. cuyo comando se extinguiría por la muerte de todos los soldados del ala de caballería que dirigía. que desarticularían. Toda esa gente esperaba con impaciencia el combate. los muros de la iglesia nueva. inquieto. contra los federalistas del sur. Eran tropiezos cortos y rápidamente solu­ cionados. Solo los Krupps. La marcha. anhelando peligros. el jefe de la artillería. Definidos los luchadores. bajando hacia el camino de Jeremoabo. coman­ dante del 5? de la policía que él mismo había formado con los tabaréus robustos escogidos en los poblados del Sao Francisco. una oficialidad joven. EL ENCUENTRO Las columnas se movieron el día 18. bajo la jefatura del capitán de ejército Salvador Pires de Carvalho Aragao. temeraria: Salvador Pires. Tupi Caldas. La tropa del ataque rodaba sordamente. Porque el com­ bate era la victoria decisiva. jovial. . con un contingente reducido. y otros. Frutuoso Mendes y Duque Estrada. Según el viejo hábito. Vieira Pacheco. piedra por piedra.

La planicie ondulada. recortadas. Poco a poco se descubría la región silenciosa y desierta: cumbres desnudas. La vanguardia atacada. los vértices de las dos torres de la iglesia. golpeando por el sur contra la Favela. La columna 1^. la última. la 3^ en el mismo orden. desaparecía en una depresión más fuerte. divisándose apenas al mirar rasando por la cresta de los cerros. el general Barbosa pudo trazar una línea de combate: la 1^ brigada extendiéndose hacia la derecha con sus tiradores. atenuándose en parte el grave incon­ veniente de una acumulación de batallones. el Vaza-Barris y volviéndose una vez más. La mañana aparecía rutilante y muda. para cortar todo el frente de batalla. como muros de piedra derruidos. subiendo hasta los amplios escalones del Cambaio. hasta el pie de la Canabrava. pero hacia la izquierda. mien­ . hacia el este. se ensoberbecía hacia el oeste en macizos cada vez más altos. pasados unos pocos centenares de metros. cargarían de frente. después de correr derecho hacia occidente. cortas explanadas. una compañía del 3 O9 replicó sin detenerse. revistiéndolo hacia arriba. Los exploradores recibieron los primeros tiros al saltar la barranca izquierda del río. después de tras­ puesta la bajada. Los breves tropiezos en el traslado de los dos Krupps habían retardado a la retaguardia. en una de sus curvas. El Vaza-Barris. tuerce abruptamente hacia el sur y vuelve. irregulares atrincheramientos de piedras. Eran las siete de la mañana. en la claridad que nacía. caatingas marchitas. sin mojarse. Pero antes de completar esta operación el enemigo les salió al paso. La aldea. los asaltantes atravesarían. pisaba ya la arena del combate. . recortado y flexible. invirtiendo el sentido de la corriente y formando una península imperfecta que tiene al final la aldea. Dos cruces amenazadoras y altas. siguiendo ese círculo extenso de circunvalación.La tierra tenía un triste despertar. nítidas. ya en julio mostraban en grandes manchas pardo oscuro el avance lento de la sequía. como la flexión del enorme semicírculo. al mismo tiempo que el grueso de la 1^ brigada y cuatro batallones de la 3^ llegaban compactos hasta la orilla del río y lo cruzaban. hacia la izquierda. bastaba a los que la defendían extenderse uniendo las dos ramas paralelas y próximas del río. alargándose por el cuadrante del NE. Porque la dirección de aquél lo interfería normalmente. Así. entera. indefinido hacia el norte. mil quinientos metros al frente. El terreno próximo se levantaba en un cerro donde se veían. . Las aves habían abandonado esos aires barridos desde hacía casi un mes por las balas. más acá de Trabubu. De manera que. acelerando el paso.

Faltaba la base física esencial para la táctica. en la extrema izquierda. la 3^ brigada comenzó a luchar por el flanco derecho del 3 O 9 que era de la primera. en la orden del día relativa al hecho. las compañías. . aventajándose a toda rienda. hecha por un rápido desdoblamiento de bri­ gadas en una longitud de dos kilómetros. Impracticable y peligrosa. era impracticable. suponiendo que avanzaban. no pocas veces se daban de pronto con otras secciones. había caído en el valle del Vaza-Barris por donde comenzó a avanzar. delataban la confusión de las filas. este movimiento general de la tropa fue mal hecho. y desde que no podía trazarse con velocidad tal que convirtiese en pasajera una situación de desequilibrio y debilidad. Los soldados —bayonetas arreme­ tiendo contra los morros— golpeaban en él vertiginosamente. Sobre que era una maniobra bajo la mirada del enemigo. Era imposible extender la formación dispersa debajo de las balas en semejante lugar. El 9 9 batallón. formán­ dose en líneas de tiradores. pero que desde un principio. Pero. . y en breve trecho. Lo revelarían los resultados inmediatos de la acción. debía evitar que lo rodeasen.tras el ala de caballería. para que no se desarticularan y dieran el flanco al enemigo hasta una nueva posición de combate. enfi­ lando por un laberinto de zanjas. Las secciones. herido de descargas que irradiaban desde las dos orillas. forzadamente asu­ mida por todas las unidades combatientes. desorientados. . iba a partirse en planos verticales. Retrocediendo a veces. única banda apropiada a los alineamientos. estaba lo inapropiado del terreno. los batallones. La línea ideada. quizá insigni­ ficante. no encontrando en el opulento léxico de nuestra lengua un término ajus­ tado para caracterizar el desorden de la refriega. Pero todo sin la firmeza y la velocidad que exigía la táctica pensada. según las cotas máximas de los cerros y la hondura de las bajadas. Lo decían todas las condiciones concretas. aturdidos por las revueltas de la marcha. lo que era esencial. se sentían perdidos. El mismo general que los había arrojado a semejantes horcas caudinas 3 0 4 . se desta­ caban hacia la derecha. más tarde. En contraposición al orden primitivo. la alteraron en pormenores. Además de no conseguir ejecutarla de esa manera. desde la áspera topografía del suelo al extraordinario vigor de pronto de­ mostrado por el adversario que desde los primeros minutos. otras compañías y otros batallones. mientras que el 259. aventuró un gauchismo bárbaro: las fuerzas se trenzaban. abarcaba todo el frente de ataque en una fusilería impenetrable. sin ver el resto de los compañeros y sin poder distinguir siquiera los toques de las cornetas. Se enredaban. el 59 y el ala derecha del 79 centralizaban mal la lucha. como era de prever. hacia el flanco derecho. que marchaban en sentido contrario.

A cada momento pisaban trincheras y desde el fondo de éstas los cartuchos detonados y ardientes delataban la reciente huida del enemigo. definiéndose como un sector amplísimo de rayos convergentes en la plaza de las iglesias. comenzaron a con­ quistar corajudamente el terreno. según el plan impuesto por las circunstancias. Eran las ocho de la mañana. variando por todos los rum­ . ruidosamente. en un ondear de muche­ dumbres humanas. el deber único de la ocasión era avanzar y cargar. Sucesivamente vencían los morros. fuertes y vibrá­ tiles. como se había planeado. con las for­ maciones que le son propias. Hermosa y caliente mañana sertaneja que en esa zona irradia siempre un bello resplandor de centellas reflejadas por la tierra desnuda y llena de cuarzos. tal vez rodeándolas . llegó la 2 ^ columna. por cierto. la 6 ^. la envergadura de hierro de la batalla. no fue realizada. pasada media hora. Se embarullaron en las bajadas. . subieron hasta el tope de las colinas y de nuevo bajaron. rezagada. Pero fue lúgubre. ampliándolas. Pero esta concepción táctica. ya era sensible el número de bajas. no podían adaptarse a las líneas de cualquier plan. reforzándolas en sus puntos flacos. o aun. quedando sólo la reserva. Saltaron sobre las laderas que las aprietan. El coronel Carlos Teles en su parte de combate — documento que no fue contestado— afirmó después. desnudamente. revigorizándolas. Nada podía conjeturarse. o completándoles los movimientos. Los soldados. para otra vez atacar. articulán­ dose con las que las habían precedido. Las brigadas auxiliares. Pero al fin de cierto tiempo. estallando en los flancos. juntándose tumultuosos en los declives. además de tomar toda la delantera al enemigo. frente a los rudos antagonistas.De modo que cuando. el escenario se volvería singu­ larmente majestuoso. Los recién llegados debían marchar hacia la derecha. en tropel. Diez batallones mezclados se echaron por los cerros abajo. tal vez con­ centrándose. Los jaguncos alrededor. conteniéndose en las quebradas. . además de rudimentaria. que al llegar había observado que no hallaban las fuerzas en él comprometidas. Avanzaban y cargaban. no sabían la dirección real del ataque que realiza­ ban. . al llegar debajo de una fusilería atronadora y observar el tumulto. ”. invisibles. el fulgor metálico de las tres mil bayonetas. lo que. obstaculizándole cualquier acción contorneante. revueltas. También venían dos brigadas. La réplica de los adversarios. ex­ playándose en las cortas llanuras. prendiéndose a las alas extremas. De modo que si la tropa expusiese sobre ese resplandor brillante. la 4^ y la 5^. facultaría después el ataque final en una concentración única que el mismo campo de combate indicaba. a su vez. bajo las órdenes inmedia­ tas del comando en jefe. "No obstante. . retrocediendo tal vez. estrepitosas. de modo de extenderse.

En el torbellino de las filas sobrevinieron súbitas parálisis. donde no era dable pensarla. osados guerrilleros se enfrentaban con los asaltantes y les tiraban a quemarropa. El escua­ drón. Encima. Precipitándose velozmente en aquella dirección. completando los nutridos tiroteos que irrumpían desde la aldea. Se mostró en seguida por la extrema derecha. como si la intención fuera un vigoroso ataque de flanco que. Y desde este punto hasta el extremo de la plaza. fortalecida en la oca­ sión por la 4? brigada que tenía como jefe al coronel Carlos Teles. Las brigadas aún avanzaron pero sin la rectitud de un plan. en descargas continuas. cuyo . Lo demuestra un episodio sugestivo. Las primeras casas. la aldea. parecía adrede dispuesta a desorientarlos. al oeste. aunque pocos. dio de golpe con cerca de ochenta jgungos. triunfalmente. también llegaban atropelladamente algunos pelotones de infantería. construidas en un rincón extremo. convergió sobre ella una tremenda fusilería. Pero se observó que aquéllos sólo hacían una ligera demostración. abriéndoles. en su persecución. sin la uniformidad de la marcha. a nivel de la parte más alta de la aldea que sube hacia el norte. impedían el paso de batallones enteros. Además. Estaban dentro de un corral desde donde tiraban de costado sobre la tropa. donde cada pared se abría en rajas que eran bocas de tiro. Se hizo necesario detener batallones enteros — en plena batalla y situados en un terreno que los convertía en blanco— para abrir a golpes de martillo los cajones de mu­ niciones y distribuirlas. por la izquierda. Era el momento agudo del combate. la 3? y la 4^ por el centro y la 6 ?. . La situación entraba en su momento culminante. ofrecían a los combatientes un área plana y sin obstáculos. al bajar por una cuesta. por el rigor de su puntería. Lo mostró el escuadrón de lanceros en un reconocimiento teme­ rario. dentro de los batallones desmantelados. Cada soldado había llevado consigo ciento cincuenta cartuchos y ya los había gastado. Los dispersaron con una carga violenta a puntazos de lanza y patas de caballos. abarcando todo el cuadrante a lo largo de dos kilómetros. La fuerza. estaba totalmente expuesta. Habían llegado hasta allí en grupos desordenados.bos. a menos de trescientos metros. La tropa. a unos tres­ cientos metros de las iglesias. disipando de manera improductiva el valor y las balas. en el caso de impulsarse con energía. subió al galope por una ladera poco abrupta y de pronto tuvo delante. claros pronunciados. la 5^ marchando por la derecha. los golpeaban por el flanco derecho. inevitablemente lanzaría a los sertanejos. que entró también en la refriega. . dejando escapar la oportunidad de un ataque serio. Fue en el último ímpetu del ataque. bordeando el río. Pero éstos. sobre todo la situada desde el centro hacia la derecha. En ese instante. Lo espaciado de los estampidos por ese lado denunciaba que había francotiradores.

les dieron de frente. Eran tierras minadas. la aldea recrudeció su réplica. los mismos restos de municiones revelaban la presencia reciente de un tira­ dor. Por entre ellos pasaron todavía. llevados a pulso. se metían en otros y las nuevas trincheras en seguida retomaban las vivas descargas hasta el abandono y la posterior ida a otra. yendo en direc­ ción de un umbuzeiro todavía frondoso. Arremetía al azar. El suelo explotaba bajo los pies de la tropa. hasta los fondos de la iglesia vieja. Cubrían una extensa loma. rechazando a adversarios que no veían. los dos Krupps. Tiros rápidos pero sucesivos. daba la emocionante impresión de una derrota. trasponía la última ladera. rudamente golpeadas. el jagungo se escapó entre las grutas de la ladera. a ras del suelo descubrieron una cueva redonda por donde asomaba un rostro bronceado y duro. avanzó aún. otros se arrojaron temerariamente sobre la posición. Era el único árbol que por allí había. Muchos quedaron atónitos por lo inconcebible de un fusilamiento en pleno des­ campado. completaron el ataque que consti­ tuyó la última arremetida de la tropa. Los sertanejos desalojados de esos escondrijos. repleta de muertos y heridos. hasta el Vaza-Barris. El 59 de policía. mien­ tras las secciones extremas de ese flanco. por delante. La iglesia nueva. que decaía suavemente hacia la plaza de las iglesias. La fuerza llegó hasta esa situación dominante cubriendo una línea discontinua y torcida que se prolongaba. Saltando del hoyo y sin largar el arma. salpicando el terreno. Habían conquistado un diminuto suburbio de la ciudad bárbara y se sentían impotentes para ultimar la acción. al este.estado mayor casi había desaparecido. más altos que las iglesias. fulminaba a la 6 ^ brigada. rudamente . Y en todas. más de trescientos cartuchos vacíos demostraban que el foroz cazador había estado largo tiempo emboscado y a la espera. La retaguardia. mientras desde lo alto de la Favela coronada de humo. los soldados pudieron refugiarse en las casuchas abandonadas. idénticas. En parte. poco a poco. por la planicie desnuda y chata. apareciendo por el lecho seco del río. uno a uno iban cayendo. fulminada en un círculo de descar­ gas. iniciaron un firme cañoneo. conver­ gían aceleradamente hacia la derecha. estallaban las baterías del coro­ nel Olimpio de Oliveira. sobre la aldea. sobre la margen del río. Las balas incon­ tables golpeaban los tabiques de las casas donde se habían refugiado muchos soldados y los mataban ahí adentro. Se detuvieron. concentrándose. Ya no dieron un paso más. como hechos por un solo hombre. retrocediendo. im­ pulsada por los oficiales que en la coyuntura se revelaron dignos de las más gloriosas hazañas. cuyas primeras casas fueron finalmente alcanzadas a las diez de la mañana. aparecían alrededor. En el fondo de la trinchera. Otras. Y estando a pocos pasos. sin embargo. Puestos en seguida en posición de batalla. hacia la izquierda. La mayoría. Las bajas abultaban. Golpeado por las granadas que de allí venían y por la fusilería del este. La 6 ^ brigada y el 59 de policía.

como suele acon­ tecer en esos epílogos sombríos de las batallas. Soldados fuertes que venían jadeando por una lucha de cuatro horas. En esa situación. Realizaron una rápida conferencia. arrastradas por los pelos. al penetrar en las pequeñas viviendas. nada distinguían en la penumbra de las habi­ taciones estrechas y sin ventanas. el instinto animal de conservación. ojos llameantes. Resolución que se imponía por sí sola. Perdidas todas las esperanzas. NUEVA VICTORIA DESASTROSA En medio de esta desastrosa confusión. la expedición se veía obligada a detenerse en una situación sin solución. cabellos greñosos y sueltos. dentro de las cuales. el comandante del 59 de línea y al capitán Antonio Sales. Hambrientos y muer­ tos de sed. . de voces de comando. mostrando brutalmente la forma primitiva del coraje. atacaban a los invasores en un delirio de furia. encontró ya gravemente heridos. En medio de esta situación grave y dudosa. reclamaron la pre­ sencia del general Artur Oscar. tiradas en el suelo y pateadas por los tacones de las botas. el sol alcanzó el cénit. En los grupos combatientes reunidos al acaso. cada uno luchaba por la vida. Y no pocas veces caían por un disparo hecho a quemarropa. se olvidaban del morador. Viejas de tez oscura. morían con un estertor de fieras. Una vez más. de carreras. de cornetas. el comandante en jefe resolvió que se mantuviera la posición conquistada. se había hecho una selección natural de valientes. Tanteaban los bultos en busca de agua y harina. Y cuando se doblaban bajo el puño de aquéllos. casi estranguladas por las potentes manos.combatido. Al llegar. Ajenas al destino de los otros. al final de un violento ataque. escupiéndoles encima una trágica maldición. reduciendo la batalla al área en que se jugaban la vida. al coronel Carlos Teles. Este apareció después de hacer a pie. caían a veces a mano de frágiles mujeres. mal protegido por las casuchas esparcidas por la vertiente. de gritos de dolor. Eran igual­ mente imposibles el avance y el retroceso. La batalla iniciada a dos kilómetros continuaba más reñida al borde del caserío. A su alrededor el desorden: vibraciones de tiros. dentro de un rancho. imprecaciones y gemidos. de gritos de cólera. Desorganizados los batallones. Algunas eran como hombres. cayó por fin en una estrecha gruta que lo libró de un fusi­ lamiento en masa. las fracciones combatientes actuaban por cuenta propia. los jefes de las brigadas y 4^ que habían avan­ zado hasta el cementerio. un camino que fue un lance de coraje. en los primeros instantes. cara marchita. El tumulto. no flaqueaban. junto a la iglesia nueva. formados con plazas de todos los cuerpos. se vestía de heroísmo.

cerca. indomable. se ubicó el cuartel general. se emplearon en la construc­ ción de los atrincheramientos. formada por los batallones 12 9. éste se unía al 59 de línea por la margen opuesta. . protegido por el ala de caballería y los batallones 149. 3 19 y 389. invitando a penetrar en la red inextricable de sus callejones tortuosos. a la extrema izquier­ da. y descendía en declive hacia la plaza. una quinta parte de ésta que limitaba al este. Porque el enemigo vigi­ laba implacable.Al caer la tarde quedó inmovilizada en un área estrecha de la aldea. Al atardecer. y después el 259. El resto del día y gran parte de la noche. de norte a sur. la campana de la iglesia vieja batía calmosamente el Ave María y en seguida. la línea se curvaba. La zona se extendía a lo largo. seguían el 259. Las casas del lugar eran nuevas. Desde este punto hacia la retaguardia. adentrados en un dédalo de casuchas hacia el norte. Allí estaba. La fusilería había aflojado pero para recaer en la prác­ tica acostumbrada de las emboscadas. En cada abertura de pared asomaba una espingarda y un ojo indagador. Ahora no quedaba ninguno de estos engaños. sin muros. Sucesivamente. A su vez. La ciudadela propiamente dicha no había sido tocada. a su lado. en la Favela. desbor­ daba de la depresión original hacia las colinas que la rodeaban. millares de entradas abiertas. era la muerte. paralelo a la cara oriental de la plaza. apartándose del caserío y cuidando el flanco derecho del campamento. 329. en los fondos de la iglesia vieja. refugiados bajo los mismos techos y aumentando en tres mil almas la población del lugarejo sagrado. No lo atemorizaba la proximidad de sus enemigos. No se podía pasar más allá del temerario esfuerzo hecho. Al menos. blindándose con piedras y tablas las pare­ des de las casas y eligiéndose puntos menos expuestos a los proyectiles. Canudos. La tropa ocupó uno de los suburbios. del seno amplio de la otra. profesionales de la guerra. Estos trabajos imponían los máximos cuidados. desafiando un choque mano a mano. amenazadora. La línea avanzada de los cuerpos que más se habían adelantado se afirmó. pero inexpugnable. junto al cemen­ terio. En una gruta profunda que drenaba los flancos de la Favela. Lo tenían a dos pasos. se atrincheró el 59 de policía. 33 9 y 349. Y todavía se despreciaba al adversario que sólo se conocía de lejos. Cada paso de soldado fuera del án­ gulo de una esquina. Comenzó a hacerse sentir el imperio de una situación más incómoda que la anterior. que le enviaron las gentes de las tierras grandes. poniendo delante de la invasión millares de puertas. resonaba la melancolía de los rezos. Pero no le habían modificado siquiera el antiguo régimen. enfrente. allá tenían la esperanza del ataque y de la victoria. el 4 O9 y el 3O9. En el flanco izquierdo. en su sorprendente crecimiento. extendiéndose hasta la orilla derecha del Vaza-Barris donde tomaba contacto con el 269 de infantería. el 79. Allí estaba el jagungo.

El paralelo es perfecto. entre vivas a la República. con los caídos en los encuentros anteriores. desafiando a la muerte. La expedición atravesaba una terrible crisis. muertos todos valientemente. quedaron sitiados entre la oficialidad y los jagungos. ese entusiasmo febril. Los modernos templarios. Pero los rudos soldados en cuyo ánimo moraban el desaliento y la incertidumbre. aunque no llevaban la armadura bajo el hábito ni la cruz grabada en la empañadura de la espada. dándole a la refriega rasgos singulares de heroicidad antigua. En las sociedades hay retrocesos atávicos notables. . fue abatido junto con el caballo en la cumbre y rodó hacia abajo. Serra Martins y Antonio Néri que vino a la tarde con el 7?. entre muertos y heridos y éstos. que­ daron hipnotizados por el coraje personal de sus jefes y dominados por el prestigio de oficiales que. Ahora bien. combatían con la misma fe inagotable. Había tenido cerca de mil hombres: 947. que herido en el pecho durante una carga de lanceros concentró su último aliento en el último ataque.Toda la agitación diurna había sido como un incidente vulgar y esperado. La lucha por la República y contra sus imaginarios enemigos. estudiante de la escuela militar de Porto Alegre. la efigie del mariscal Floriano Peixoto fijada en medallas de bronce colgadas a la izquierda del pecho y morían saludando su memoria. Después se contaron las hazañas de algunos: Cunha Lima. Además. ca­ yendo sobre el enemigo como un dardo. aparte de las precipitaciones desas­ trosas que produjo. y otros. gravemente heridos. seguían avanzando tambaleantes por las líneas de fuego. un lirismo patriótico que les desequilibraba el estado emocional. Wanderley. Una tropa cuya fortaleza pesara exclusivamente sobre la disciplina. era una cruzada. tenían. sin excluir a uno. sobre todo en la juventud militar. algunos sin poder sos­ tener ya la espada. arrebatándolos en idealiza­ ciones de iluminados. sobresalían las bajas de los oficiales de menor graduación y de los plazas. Alféreces y tenientes habían desbaratado sus vidas de manera increíble. Los que morían de tal manera a la entrada de Canudos. los revueltos días de la República habían impreso. con el mismo delirio entusiasta y la misma dedicación y la misma aberración fanática con que los jagungos juraban por el Buen Jesús misericordioso y milagroso. los resultados inmediatos del suceso la impresionaban demasiado. reviviendo el desprendimiento demencial de los guerreros místicos de la Edad Media. fue la salvación del 18 de julio. En cierto modo. Tres co­ mandantes de brigadas fuera de combate: Carlos Teles. al desorganizarse de esa manera hubiera estado perdida. como un titán fulminado en caída prodigiosa. que precipitándose al galope por la cuesta de la última colina. En una escala ascendente. y entre nosotros. la reducían considerablemente.

los altos de la Favela llenos de heridos y enfermos la encerraban. como había sucedido siempre desde el 27 de junio. Un circuito de seis kilómetros aproximadamente. pasó en relativa calma. parecían de nuevo poblados. entre las vertientes de la Favela y los primeros surcos del arroyo de la Providencia donde estaba el cuerpo policial. Aparentemente. Las frágiles líneas de defensa. una línea de mantas cosidas demarcaba un seg­ mento del diminuto cerco: un quinto de la enorme periferia de la aldea. La temporaria paralización de las operaciones parecía inevitable para atenerse a la defensa de la posición ocupada hasta que mayores refuerzos permitiesen nuevos esfuerzos. Sobre el ánimo del jefe expedicionario había pesado el temor de un asalto nocturno ante el cual no habrían podido reaccionar. y colocadas entre dos fuegos y contenidas de adelante por la aldea impenetrable. hubieran sido fácil­ mente destruidas. Para cerrar la circunferencia se hacía necesario un trazado que. Pero la situación fue resuelta por la inercia del adver­ sario. no podía sostener un sitio tan amplio. prolongándose a la derecha y hacia el norte. Los cerros barridos a cargas de bayonetas hacía pocas horas. Pero esa ilusión se apagó el mismo día del asalto. del mismo modo que a la izquierda. Los sertanejos también claudicaban. de hecho. contra la expectativa general. doblara luego hacia el oeste. aunque no pudiesen ser rotas. el doctor Tolentino. Al día siguiente. bordeando el río y siguiéndolo en su curvatura hacia el sur. estaban en la torturante situación de no poder arriesgar ni un paso atrás ni uno adelante. mal cerrada por el este. Atravesar el campo conquistado se les . Las comunicaciones con la Favela se volvieron de inmediato muy difíciles. quedó grave­ mente herido a orillas del río. Oficial­ mente. Al norte y al este. Por ese lado quedaba abierta la extrema derecha. y un médico. Pidió un cuerpo auxiliar de cinco mil hombres y armó los dispositivos que ga­ rantizaran a la fuerza triunfadora de modo tan singular. se veía un gran espacio libre. centenares de los cuales estaban resguardan­ do la Favela. se abría el desierto impenetrable. la estorbaba la aldea. era la expedición la que estaba sitiada. volviendo finalmente al este por la espuela de los Pelados. Al oeste.EN LOS FLANCOS DE CANUDOS La noche del 18 de julio. Dos campamentos distintos parecían señalar una movi­ lidad mayor. El general Artur Oscar apreció seguramente el estado de cosas. Caían otra vez baleados los heridos que para allá se arrastraban. podían ser rodeadas. Como después de otros triunfos. la orden del día decretaba el comienzo del sitio. saltando las ondulaciones mayores del suelo en el primer escalón de las sierras del Calumbi y del Cambaio. aunque el adversa­ rio se lo permitiese. que en la tarde del combate había bajado por allí. su radio de acción había aumentado. Al sur. liberada del cerco atrincherado. Pero. Pero una expedición reducida a poco más de tres mil hombres válidos. no desembocar en la derrota.

a lo lejos. y comprendían "que un paso a retaguardia en cualquier punto de la línea central significaría la perdición total”. en el laberinto de los ca­ llejones. no habría dejado pasar. El sertanejo defendía su hogar invadido. Un hilo de humo blanquean­ do en el techo de barro era una atracción para las balas. se refugió en una de ellas. los rodeaban con trampas que . más seguros. los proyectiles pasaban inofensivos. en la vertiente opuesta. Como ellos. Esta preocupación por una catástrofe inminente no se le ocultaba a nadie. pasaban gran parte del día de bruces sobre las aberturas. Por otro lado. ca­ yendo escandalosamente en la misma guerrilla de emboscadas. estaban todavía a un paso del desastre. Hasta es una exage­ ración llamarlo enemigo. observando el caserío y disparando las espingardas todas a un tiempo: ¡cien. nada más. se apiñaban en los ranchos ardientes como hornos y dejaban pasar las horas. centralizado por la barraca del comandante en jefe. . un fósforo encendido despertaba las descargas. Los comandantes de éstas. . Por la noche. indistinto y fugitivo. Les espesaron las paredes con muros interiores. al reverberar los mediodías calientes. término extemporáneo. visto de relieve. temerarios ambos. se oían allí los tiroteos librados del otro lado. Mientras los que lo amenazaban permanecían alejados. tenientes coro­ neles Tupi Caldas y Dante Barreto. "Un enemigo habituado a la lucha irregular que supiese sacar partido de nuestras desventajas tácticas.volvió un problema serio a los conquistadores. Pero el jagungo no era afecto a la lucha regular. vencedores llenos de miedo emboscando a los vencidos. los que habían invadido el corto trecho de la aldea. en las líneas avanzadas. los ojos fijos en las rajas de las paredes. un trapo cualquiera. los ojos fijos en los techos de los ranchos. Se imponía. los dedos clavados en el cerrojo de la espingarda. Y durante muchos días dominó todos los espíritus. después de cruzar con su brigada la zona peligrosa y abierta del combate. Resultaba de la secuencia de los hechos. Entonces se las convirtió en casamatas. Distribuida la última ración — un kilo de harina para siete plazas y un buey para un batallón— restos del convoy salvador. El coronel Antonio Néri fue herido justamente cuando. Y así. Sobre el cuartel general. eufemismo que suplanta a "bandido famoso” empleado por la literatura marcial de las órdenes del día. repe­ lidos por el ángulo muerto de la colina. de piedra o de tablas. Y durante el correr de la noche que cerraba la trabajada jornada. trescientos tiros! contra un bulto. ese momento en que la venganza revanchista tendría las características del mayor salvajismo”. copiaban línea a línea la reclusión que antes observaban a los jagungos. Los jagungos sabían que podían matar dentro de las casuchas — frági­ les muros de barro— a los moradores intrusos. por cierto. no podían pre­ parar convenientemente la escasa refacción. dos­ cientos.

o tiroteos furiosos por todas las líneas. como pocas en la historia. después de apuntar y disparar con el cañón de la derecha a una de las torres de la iglesia nueva. el teniente Tomás Braga. A las doce y media fue herido en el campamento. tres o cuatro titanes hambrientos y an­ drajosos. súbitos. A las dos de la tarde. los jagunqos acometían con osadía. contra lo que era de esperar. aterradora. Lo mostramos hasta el día 24 de julio. Continúa por la noche. Esos asaltos súbitos. prolongados en largas horas de rela­ tivo reposo. algunas reses para alimentar a la tropa. en plena mañana esplendorosa y ardiente. Día 19— La fusilería enemiga comienza a las cinco de la mañana. se dispersan al cruzar el VazaBarris. A la tarde. antes de que acabasen las notas emocionantes de las alarmas. murió. dentro de una casucha donde descansaba. Terminó el ataque pero la batalla continuó. repentinos combates de cuartos de hora. bajan con dificultad de la Favela. NOTAS DE UN DIARIO Un diario minucioso 3 0 5 de la lucha de aquellos primeros días. determina que se traigan otros dos cañones Krupps que estaban en la retaguardia. con la misma continuidad vista en la Favela: tiros que sur­ caban el espacio minuto a minuto. interminable. monótona. el afrontarlos cara a cara. sus últimos defensores. con preocupación por la defensa y el compro­ miso del desquite. los fuegos ascendían ilumi­ nando ásperamente el firmamento oscuro. Esa defensa pertinaz y formidable comenzó el día 10 y no flaqueó más. revela su carácter anormalmente bárbaro. Pero cuando les golpearon las puertas y a golpes los sitiaron. quemarían sus últimos cartuchos contra seis mil hombres. Prosigue durante todo el día. Otras veces. a veces quebrando un armisticio de minutos que los soldados de la vanguardia aprovechaban para hacer un descanso ilu­ sorio. El enemigo marcaba el momento angustioso de las refriegas y las provocaban siempre de sorpresa. el comandante de la 7^ brigada. Canudos sólo podría conquistarse casa a casa. Los asaltantes eran los asalta­ dos. Y el último día de su resistencia increíble. Los bueyes. con la pérdida de varias cabe­ . El comandante de la P columna. costando mucho volver a reunirlos. cabeceando abrazados a sus carabinas. para vigorizar el rechazo. rápidamente trabados y rápidamente terminados. siempre invertían los papeles. les quedó como único expediente la resistencia a pie firme.obstaculizaban el paso. tres o cuatro hombres anónimos. La expedición iba a gastar tres meses para hacer el camino de cien metros que la separaba del ábside de la iglesia nueva. Avanzada la noche. Y a su luz fugaz se descubrían las torres de las iglesias. fustigados por los tiros. atravesado por una bala. sólo para definir una situación que desde ese día en adelante no cambió.

se oyen algunos estampidos por la derecha y en seguida son asaltados los cañones de ese flanco. Día 2 2 — Sin aguardar la iniciativa del adversario. Si la cortaban caerían sobre el cuartel general y pondrían a los sitiadores entre dos fuegos. Sólo por la noche se pueden distribuir las parcas raciones de comida a los soldados de la línea del frente. después de un movimiento envolvente inadvertido. caen impetuosamente sobre la retaguardia del campo de ba­ talla. Los ca­ ñones de la Favela bombardearon hasta la entrada de la noche. De punta a punta vibran decenas de cornetas. Era un plan de Pajeú que había asumido la dirección de la lucha después de deponer a otros cabecillas. Pero a las ocho. lo soportó sin réplicas. Al volver. Resultado: 25 hombres fuera de combate. El ataque parecía querer cortar la retaguardia de la línea del frente. Un movimiento temerario. una cabocla prisionera y una bolsa de harina. Resultado: un comandante superior herido. contra su costumbre. El asalto duró media hora. Día 2 0 — El campamento es súbitamente atacado cuando las cornetas de todos los cuerpos tocan diana. Día 2 3 — Amanecer tranquilo. los jagungos. Por la noche. A las nueve de la noche. Los tres cañones sólo hicieron nueve disparos por falta de municiones. provocando una réplica rápida y viru­ lenta de los tiradores protegidos por los muros de las iglesias. Día 24—-Comenzó el bombardeo al salir el sol. una hora después. Tiroteos durante el día entero. Pocos ataques durante el día. El mismo número de bajas de la víspera: un soldado muerto. asalto vio­ lento por los dos flancos. Los jagungos. atacando otra vez con mayor rigor sobre . Los últimos heridos son penosamente conducidos desde el campo de acción hasta el campamento de la Favela. las cara­ binas pegadas a los pechos y se va generalizando de manera terrible. a las seis de la mañana. Al toque de queda los jagungos atacan las líneas. Se entabla la batalla cuerpo a cuerpo. lo que fue imposible hacer de día por la vigilancia de los antagonistas. Toda la tropa se forma para la batalla.zas. Durante largo tiempo el impune cañoneo hace su matanza. diez o doce plazas fuera de combate. declara que el enemigo está muy fuerte y que muy pocas casas de Canudos están en nuestro poder en comparación con el número de las que componen la población. rechazados. Día rela­ tivamente calmo. Son repelidos por el 34 9 batallón y el cuerpo policial. un subalterno muerto. El poblado. volvieron unos minutos después. Día 21 — Madrugada tranquila. Pocas bajas. durando el ataque hasta las nueve y media y siguiendo en adelante flojamente. Los schrapnells de la Favela caen allá adentro y estallan como si golpeasen en una tapera vacía. El teniente coronel Siqueira de Meneses sigue en reconocimiento por las cercanías. dejando un saldo de quince muertos. tiroteos cerrados. la artillería abre el cañoneo a las cinco de la mañana. Repentinamente. Se con­ sigue ajustar uno de los cañones trasladados.

se comprobó la inanidad de los esfuerzos por inventar triunfos. es herido el comandante del 33?. Toda la fuerza descarga sus armas contra la aldea. presagiaba que el ejército derrotaría en un solo asalto a los rebeldes. Para distraer al enemigo. y a muchos oficiales y plazas. El impetuoso Pajeú cayó mortalmente herido. La travesía de Cocorobó. Un tiroteo constante durante la noche y hasta la madrugada. El día 2 5 . el capitán Joaquim Pereira Lobo y otros oficiales. Un repentino silencio desciende sobre los dos campos. . . De lo expuesto se puede inferir que esto era inevitable. el co­ mandante en jefe decide que tiren los cuerpos del flanco izquierdo que no fueron atacados. Al mediodía cesa la lucha. Costosamente repelidos. Desde lo alto atruenan todas las baterías de la Favela. dándole a la campaña una monotonía dolorosa. Se rechaza al enemigo. Noticias disper­ sas provenientes del campo de lucha o algunos telegramas le señalaban al combate un desenlace en tres días. es natural que los que observaban desde lejos el drama desarrollado en la profundidad de los sertones. Así se iban los días. . evitaban cual­ quier juicio sobre su situación. . elabora­ sen conjeturas inestables y además falsas. De nuestro lado también hay muchas bajas. Hieren al comandante del 33?. Si los mismos combatientes. TRIUNFOS POR EL TELEGRAFO Estos hechos llegaban a las capitales de los Estados y de la República completamente deformados. buscando el agua que les aplacase una sed larga­ mente soportada. un nuevo asalto todavía más impetuoso. sabida de antemano. . Se veía una vez más que los jagungos habían roto el círculo de las bayonetas. Pasados quince. A la una. Las trincheras de la línea sitiadora se hacían en esas intermitencias y sólo por la noche se podían distribuir las raciones insuficientes para los hambrientos solda­ dos y podían éstos llevar cantimploras y marmitas hasta los pozos de agua del Vaza-Barris. la opinión nacional tejía extravagancias balanceando las más aventu­ radas hipótesis que atiborraban los periódicos. Es como la oscilación de un ariete. El nuevo ataque repercutió en las líneas del flanco derecho. retroceden hasta las primeras casas no conquistadas de donde reanudan el tiroteo cerrado y continuo. Ese día. Antonio Nunes Sales. como los otros. las mismas escenas. De modo que mientras la expedición se deshacía en la Favela y caía agotada por una sangría increíble en un pedazo de Canu­ dos. entre otros.la derecha. en los contrastes y sucesos. muere el teniente Figueira de Taubaté 3 0 6 . . Desde el principio se habló de la victoria. Se forman todos los batallones. . poco desta­ cadas.

quemando la tierra. cansados de privaciones. La noticia del ataque empezaba entonando cánticos triunfales y poco a poco. Los vomitaba el morro de la Favela. con resignación en la región asolada por la guerra. la ansiedad general creció. se iba llenando de dudas hasta adquirir casi la convicción de una derrota. Era la entrada del verano. irrum­ piendo de golpe en las mañanas doradas. desde el 27 de julio.El espantajo de la restauración monárquica oscurecía de nuevo el ho­ rizonte político. El sertón empezaba a mostrar un aspecto triste de desierto. Se agotaban los arroyos efímeros de lechos llenos de piedras. Desde la zona de operaciones llegaban telegramas paradojales y deplorables. y en la atmósfera ardiente. deslumbrante e implacable. en sucesivas levas. apagándose de repente a la noche. Así partieron los primeros grupos protegidos por plazas de infantería hasta el extremo sur de la zona peligrosa. sin auroras y sin crepúsculos. perdiendo día a día sus hojas y flores. Juá. los sertanejos aparecían como los ckouans después de Fontenay. o apiñados en carros lerdos. . sin embargo. en redes de caroá o camillas hechas con palos. Se miraba hacia la historia con una visión invertida: el bronceo Pajeú emergía con el aspecto dominador de Chatelineau. Joáo Abade era un Charrete de sombrero de cuero 3 0 7 . las gramíneas pardo oscuras reflejaban ya la acción del incendio sordo de la sequía. sin cambios. por donde tenues hilos de agua afluían impercepti­ blemente. hundiéndose. los enfermos más graves. Después del día 18. La luz cruda de los días claros y calientes caía. Entonces comenzaron a andar lastimosamente por los caminos los desechos de la campaña. La gran mayoría a pie. en busca de la capital de Bahía. comenzaron a salir hacia el litoral. A despecho de las órdenes del día que cantaban victorias. los documentos vivos de la catástrofe. como en los oueds africanos 3 0 8 . VI POR LOS CAMINOS. Los árboles se doblaban marchitos. arrastrándose por el suelo. desde el cielo sin nubes. Diaria­ mente. LOS HERIDOS El traslado de los enfermos y heridos a Monte Santo era urgente. Más verídicos. Se ceñían a una sola norma: ¡Bandidos acorralados! ¡Victoria cierta! ¡Dentro de dos días estará en nuestro poder la ciudadela de Canudos! ¡Fanáticos visiblemente derrotados1 . salían de allí los agonizantes y los lisiados. Salían casi sin recursos. otros cabalgando penosamente sobre animales rengos y temblorosos.

mal saciada por las aguas impuras del sertón y arrastrados por el hambre. contorneaba montañas. impávidos ante cualquier encuentro con el adversario esquivo. se presentía la invasión periódica del régimen desértico sobre esos parajes desgraciados. . Algunos. se empinaba en cerros. aguijoneados por la sed. reanuda­ ban su ruta. Ahí estaba la huella que habían recorrido hacía un mes. andaban lentamente. sacudidos por el ritmo de las cargas. Apenas arreciaba el sol había que interrumpirlas. Se olvidaban del enemigo. sus rayos brillaban ofuscantes sobre las serranías y por el aire irres­ pirable y caliente pasaban como fulguraciones de quemazones intensas extendidas por la planicie. a la orilla de algún curso de agua invisible pero donde la humedad remanente todavía alimentaba el follaje de las caraibas y baraúnas altas. a la sombra de los arbustos marchitos. Acampaban. cortando camino hacia Monte Santo. avanzando sin orden. a la sombra de ipueiras rasas que salpicaban pequeños sitios sombreados por las ramas verdes de los icozeiros. Y arancando tubérculos de umbuzeiros. cuando encontraban algún rancho. junto a los tanques todavía llenos de los corrales abandonados. fascinados por sus cuatro mil bayonetas. o a falta de éstos. Los acompaña­ ban conducidos en redes a hombros de soldados fuertes. A partir de las diez de la mañana. disueltos por los caminos. se dejaban estar. alejándose de sus compañeros lentos. la caravana se detenía en los sitios más adecuados para el descanso. Ahora parecía más áspera y difícil. todo su ardor parecía paralizar el ambiente purísimo y reflejado por el suelo. dispersos. se separaban del camino. Las marchas sólo podían hacerse a las primeras horas de la mañana o al caer la tarde. y según el vigor de cada uno. al atardecer. los oficiales heridos. la tortuosa ruta del Rosario se había llenado de fu­ gitivos. La ferocidad del jagungo cedía ante el sal­ vajismo de la tierra. caía en laderas resbaladizas. Los más fuertes o los mejor montados. mientras otros. Al mismo tiempo. disueltos al fin en cami­ nantes solitarios. caracoleaba en curvas sucesivas. El clima caía en variaciones extremas: los días quemantes. torcían el rumbo y se metían por las caatingas en busca de la flora singular abundante de frutos y espinos. A los pocos días. chupando los tallos húmedos de los cardos espinosos. Salían unidos de la Favela. se aventajaban. fragmentándose en grupos más pequeños. apenas protegido por una vegetación rala. quietos. Ese mismo día. La gran mayoría no los seguía. reflejándose en todas las quebraduras de la tierra. transidos de fati­ gas. aumentaba su intensidad.en el suelo agrietado y polvoriento. las noches frías. bajando los últimos frutos de los árboles deshojados. mal recompuestas las fuerzas. en grupos que poco a poco se dividían por los cami­ nos.

En las cercanías de Umburanas. colorados y azules. Inmediatamente eran invadidos mientras otros huéspedes los dejaban: las zorras ariscas y miedosas. Morros hundidos. más allá. el punto en que Salomáo da Rocha había subido por unos minutos delante de la ola rugiente que se venía encima de la columna Moreira César. en el fondo de las bajadas húmedas. durante semanas o meses. el coronel Tamarinho. mantas y uniformes hechos pedazos. pesado. con su rasgo de lúgubre ironía. el esqueleto íntimo de la tierra en apófisis rígidas. los trechos memorables. en las cercanías de Aracati y Jueté. olvidados de los retrasados y de los que ven­ drían después. brotada en una maraña de ramas retorcidas. recordaba por unos instantes la época feliz en que los matutos pasaban allí sus horas tranquilas en la paz del sertón. de puertas abiertas al camino. Los más fuertes enderezaban en seguida hacia el pozo de agua poco distante. Se armaban redes en los cuartos exiguos. mostrando al pie. recordando la matanza de marzo. saltando de las ventanas. que tendrían que hacer la . planicies desnudas y chatas como llanos inmensos. cercas invadidas por el matorral. El rancho desolado se animaba durante algunas horas. dibujando. en una vuelta antes del Angico. rompientes. adrede dispuestos en una escenografía cruel. donde. y afuera. pantalones carmesí o negros. pedazos de mantas. asombrados. una vegetación agonizante y raquítica. Cerca del Rancho do Vigário. los bordes del camino mostraban los huesos blancos. ranchos derruidos. en los troncos de los árboles del patio. Y alrededor. la misma naturaleza bárbara. formas desvanecidas de montañas roídas por las fuertes lluvias. el rastro de las expedicio­ nes anteriores. en trazos violentos de cataclismos. antiguos cultivos abandonados. en la sala sin piso. los ojos llameantes y el pelo erizado. reptando por el suelo. se ataban las muías en las estacas del corral desierto. sin variantes en su triste aspecto. metiéndose a todo correr por los pastizales. vacíos. corra­ les roídos por los incendios. levantando el dique de acero de sus divisiones de artillería. ya muerto. Y un resonar casi festivo de voces. surgían acá y allá. desarticulándose en bloques amontonados. indelebles. porque los había abandonado el vaquero que huía de la guerra o el fanático que había marchado hacia Canudos. Ranchos paupérrimos. se extendían por las cercas capotes. y por todos lados. más allá de las Baixas. y centenares de murciélagos volando tambaleantes en los techos oscuros. el caserío donde los sertanejos pre­ pararon la emboscada del gran convoy de la expedición Artur Oscar. el arroyo seco y la ladera a pique por la que había caído de su caballo. como si el ramaje muerto se desarrollara en flores sangrientas. los jagunqos habían cubierto de fantástica floración la vegetación raquítica y marchita: de los gajos torcidos de los angicos pendían restos de unifor­ mes.Y volvían a ver. resistiendo la atrofia. subiendo por el aire como brazos torturados.

afinando el oído para percibir los rumores vagos y lejanos de las planicies. Los torturaban alucinaciones crueles. se bañaban. Reanimados. . Nadie se fijaba en su falta. eternamente olvidados. Irrumpían al trote en el campo circundante. a despecho de las fatigas. andrajosos. a lo lejos. el rancho donde habían sufrido su primera yerra. los compañeros liberados a su vez por la muerte. rígidamente quietos. los cuerpos enfermos arremetían enloquecidos con los animales sorpren­ didos que escapaban en seguida a esconderse en el matorral bravio. veloces. mataban al fin uno. Buscaban al vaquero amigo que antes los campeaba y los traía de vuelta al son de los cantos conocidos y lo sabía llevar a los buenos pastos y a las aguadas frescas. Morían.misma parada obligatoria. Cualquier estallido en la vege­ tación les parecía la percusión de gatillos haciéndoles pensar en súbitas descargas. quedaban exhaustos en una curva del camino. No pocas veces. avaramente desbordantes. como restos de fogatas alrededor de las cuales podían aguardarlos numerosas emboscadas. hacia allá marchaban. agonizando en un abandono absoluto. . mu­ giendo. No tenían tiempo. con las lluvias pasajeras. Valientes endurecidos en el régimen brutal de las batallas tenían sobre­ saltos de pavor ante las cosas más comunes y velaban cautos. El suelo duro des­ pedazaría los picos oponiéndoles su consistencia de piedra. los asaltaba una idea estremecedora: ¡un ataque de los jagungos! Inermes. . No los enterraban. . hasta repul­ sivos. miserables. en esa quietud breve. casi felices por el contraste de antiguas penurias. Y recibían una recepción cruel. . La turba hambrienta los rodeaba en tumulto. en algún rincón. . Por días. El adversario que se había enfrentado con las brigadas ague­ rridas los podía matar cruelmente en pocos minutos. Desaparecían. algunos bueyes — perdidos de las grandes manadas diezmadas por la guerra— al advertir de lejos el alboroto en el paraje de su querencia. La mañana los liberaba. semanas y meses sucesivos los viajeros. quedaban hartos. mientras las guirnaldas fosforescentes de los cumanas irradia­ ban en las sombras. Venían en una alegría ruidosa y fuerte. Y después de esos incidentes providenciales. Dejaban el lugar temido. echados en el desierto como trastos inútiles. . dos o tres animales. en tiroteos que parecían propios de combates. Entonces. . irritando en los espinos las heridas y agravando la fiebre. Y la noche caía repleta de amenazas. lavaban a sus caballos sudados y polvorientos y limpiaban sus heridas en el líquido que sólo se renueva de año en año. alimentaban temores infantiles. los veían en la misma postura: extendidos a la . Volvían con las cantimploras y marmitas llenas. con gritos discordantes. al pasar. Atronaban las espingardas. Allá quedaban. . . Y después de fatigarse en correrías. des­ pués de pocos pasos. esperando el amanecer para reanudar el éxodo. Los carneaban. Algunos.

cuarteleras de rostro de cala­ vera. por adaptación. inmovilizando. la piel se arrugaba y permanecían largo tiempo al borde de los caminos como momias aterradoras vestidas de uniformes andrajosos. con la llegada de las primeras lluvias se cubren de exuberantes flores. . sin descomponer. sin que los insectos les alteren los tejidos. Los fugitivos avanzaban observando esos escenarios lúgubres. habían copiado los hábitos del sertanejo. el brazo derecho arqueado sobre la frente como para resguardarse del sol. apenas aparezcan las condiciones exteriores favorables. arreba­ tándoles todos los principios elementales para la resurrección triunfal de la flora. Algunas mujeres. en busca del litoral. las aves que caen muertas de los aires quietos. transformando en pocos días a esos desiertos en prados. prontas a explotar de golpe. Parecen reflejar singulares apariencias de vida: las suQuaranas que no pudieron escapar hacia otros parajes. el hecho fisiológico de una existencia virtual. . los bueyes flacos. Quien se aventura en los veranos ca­ lientes a hacer la travesía de los sertones del Norte. retorcidas. agrupados en manadas inmóviles. huyendo de la sequía. con la apariencia exacta de un comba­ tiente fatigado que descansa. como si los cuerpos fueran devo­ rados por llamas voraces. completaban el espejismo. originando resurrecciones sorpren­ dentes. amantes de soldados. Los primeros aguaceros barren de golpe esos espantajos siniestros. despojada de toda humedad. Realiza en alta escala. la fauna resistente de las caatingas que queda aniquilada. En­ tonces la descomposición es vertiginosa. Es la succión formidable de la tierra. Entre ellos no quedaba ningún resabio de organización militar. y el hombre que sucumbe a la fulminante insolación. parece caer en una vida latente. Calzaban duras alpargatas. La atmósfera reseca y ardiente les conservaba los cuerpos. las garras fijas al suelo como en un salto paralizado y a la orilla de los pozos de agua secos. El terror y la imagen de su propia miseria vencían el cansancio de las caminatas hechas. No se descomponían. a los seres que sobre ella viven. caídos sobre las patas resecas. Finalmente. La mayor parte. Los apu­ raba el pensamiento exclusivo de dejar. muertos desde hace tres o más meses. se acostumbra a cua­ dros singulares. en el menor tiempo posible. no impresionaban. imperceptible y sorda.sombra de las ramas secas. Y como los árboles desnudos. Los fortalecía. parecen esperar también la vuelta de las épocas buenas. los lanzaba deses­ peradamente camino afuera. La tierra. de energías adormecidas. al derivar hacia el ciclo de las sequías. el pescuezo estirado en busca de un líquido que no existe. Permanecen intactos. el sertón seco y brutal. . ni el uniforme en jirones los distinguía. . parecían familias en éxodo. . y ves­ tían camisas de algodón. se cubrían con sombreros de cuero. Apenas marchitaban.

con sus callejas torcidas condecoradas con nombres sonoros — calle Moreira César. de aspecto casi señorial. con las aguas represadas de un riacho al pie. calle Capitán Salomáo— agravaba la ingrata región. la mejor estancia de esos parajes. Y recibían por la espalda miradas amenazadoras de los que les envidia­ ban los caballos ligeros. cayendo en la caatinga según el dicho de los matutos. Pero era el pavor de todos los heridos y enfermos. nada más. desprovisto de todo. Allí. por un radio de pocos kilómetros. inútil. acampaban en la única plaza grande. levantando nubes de polvo. al lado del barracón de feria. en cuyo vértice. Una guarnición exigua había tomado la plaza y pasaba allí sus días. Eran otras dieciséis leguas extenuantes. más deplorable que el desierto franco. pasando por medio de esas bandas con indi­ ferencia demente. apenas lo protegía por un día. a la distancia de una legua. los más dicho­ sos llegaban a la trifurcación de los caminos del Rosario. Al día siguiente proseguían hacia Monte Santo. casas ex­ tendidas por un escalón suavemente inclinado de la abrupta montaña. reanu­ dando la travesía. huyendo de la amistad molesta de los mur­ ciélagos en las casas abandonadas. Después de cuatro días de marcha. por la cual baja el campo sombreado de juázeiros altos. Aparecía riente en las lomadas amplias. el general Savaget. En un caserón oscuro habían fantaseado un hospital militar. huyendo amedrentada tanto del jagungo como del soldado. pierden la obsesión embrutecedora de las planicies estériles y de las sierras desnudas. era un desierto metido entre paredes y ahogado en la trama de algunos callejones llenos de detritos y de los desperdicios repugnantes de los bata­ llones que allí había acampado. Y después de dos horas de camino. Al día siguiente. disputándose la sombra del viejo tamarindo. Eran compañeros menos infelices. los coroneles Teles y Néri y otros. los caminantes. la naturaleza es otra. la aparición de la pequeña aldea. Estaban a la entrada de lo que se llamaba "base de operaciones” de la campaña. como si proyectara en el firmamento una señal azul cariñosa y amiga. Monte Santo y Calumbi. el sitio de Juá. otros seis u ocho días de amarguras. durante algunas horas. levantada sobre un cerro amplio. la capilla blanca. bajo el cauterio de los calores insoportables. en una monotonía más insoportable que las marchas y las batallas. No recibían respetos. vacío. Todavía era el desierto. temprano. los reanimaba. compuesto por otra tapera de barro en la ladera de una loma. Se transfigura en pequeñas serranías orladas de viva vegetación y los viajeros. . Al llegar. El poblado muerto. se destacaba nítida. Pero al alcanzarla volvía la desesperanza. Pasaban y desaparecían velozmente. Se creían a salvo.Oficiales ilustres. Pero les faltaba otro día de camino para llegar al Caldeiráo Grande. La población lo había abandonado. De suerte que la aldea. purificado por el sol y barrido por el viento. cada uno se largaba hacia Queimadas. volvían heridos o enfermos.

refinando sus tropelías. brutalmente victimarios. todos los días. al mismo tiempo miserables y malvados. soportaban los últimos tramos de su penoso éxodo. subían a los morros repentinamente encendidos como cráteres. tomando unos tizones llegaban al colmo de la maldad. irritando más que intimidando. por Quirinquinquá. En poco tiempo. por todos los receptáculos de aguas verdosas y sospechosas. lugarejo minúsculo. a salvo. Incendiaban los ranchos. Tomaban los trenes y bajaban en Bahía. Y llegaban a Queimadas dispersos y exhaustos. las trasponían. por Jacurici. Y aquel camino. dos casas tristes. La multitud desbordaba la estación terminal de la línea férrea. y se derramaba por las calles próximas hasta el fuerte de Jequitaia. rudamente víctimas. las llamas en­ vueltas en rollos de humo. se acercaban a los ranchos apelando a la hospitalidad in­ condicional de los tabaréus. de aspecto festivo. Prolongaban por las calles de la ciudad la ola repulsiva de sus trapos y lastimaduras. impulsivamente. Primero pidieron con cólera. bajo la sombra de los ouricurizeiros. Entonces. . Los fugitivos. como era necesario inventar una diversión estúpidamente dra­ mática que los distrajera por algunos instantes de sus profundas agonías. con­ templando el paso del triunfal heroísmo. enton­ ces tan poblado. Los heridos llegaban en estado miserable. donde pasaba la vida de los matutos. mientras las familias sertanejas escapaban a esconderse en los pastizales.sujetos a las paradas inevitables en los pozos de agua. Después hicieron francos asaltos. El viento del nordeste se encargaba de esparcir el fuego por la caatinga seca. . una decena de casuchas. levantadas sobre una ancha base de granito. rodeadas de mandacarus. PRIMERAS NOTICIAS CIERTAS Los aguardaban con ansiosa curiosidad. por Serra Branca. Por fin iban a llegar las primeras víctimas de la lucha que había mantenido en vilo la atención del país entero. imprecaciones y frases estremecedoras de angustias. llevadas por el viento. Las soldadescas iban causando estragos. en irresistibles conatos de destrucción. Enfermos y heridos. hacían saltar las puertas a golpes de sus armas. les escandalizaba ver el cuadro tranquilo de esos hogares pobres. Y nunca había podido imaginar que tuviera un aspecto tan dramático. se desoló. en Calcada 3 0 9 . que parecía una ranchería de troperos. en grupos que trasudaban alaridos. inspi­ rando piedad y odio. por Cansando. rodaban por las quebradas. ampliando el círculo de ruinas de la guerra. Se sacudían en temblores de emociones nunca sentidas. algunos casi moribundos. Les revolvía el alma. como si fueran restos de una caravana de bárbaros. que venían . Después. y la que­ mazón se derramaba por muchas leguas a la redonda. en marcha hacia el litoral.

con los que estaban en mejores condiciones conversa­ ban sobre las pruebas sufridas y los arriesgados lances sucedidos y al dejar esos trágicos exponentes de la guerra se llevaban un juicio sobre la lucha más brutal de nuestros tiempos. Que surgían al azar. se vuelve exponente del sentir de cada uno y vibrando al unísono todas las almas. el 11 fueron 400. por medio de los cuales se hacía la sombría conmemoración del heroísmo. En cada uno de estos lugares los gloriosos mutilados fueron puestos bajo el patrocinio de algún nombre ilustre: Esmarck. Aventajándose al gobierno. en una ala­ cridad singular. traían en las caras cadavéricas y en los cuerpos doblados la imagen más conmovedora de la campaña. camisas destrozadas. el 14 fueron 270. en las calles y en las plazas. sin combinaciones previas. en la Facultad de Medicina. interrumpida por llantos. en los hospitales. en los cuerpos heridos de bala y espinas. jirones de chaquetas sobre los hombros. vibraba un entusiasmo intenso. ciertamente. Claude Bernard. venían indistintos. en los conventos. Esta desnudaba por primera vez su realidad. en medio de expansiones discordantes. espontáneas. Los mártires recibían ovaciones de triunfadores. revestidos por el mismo uniforme inclasificable: pan­ talones en harapos que apenas los tapaban. Los heridos eran como una dolorosa revelación. arruinados a golpes. sobre esa conmiseración profunda y general. Era un desfile cruel. Los días transcurrían entre multitudes ruidosas. silencioso. fueron 150. el pueblo se constituyó en tutor natural de los enfermos. auxiliándolos en las calles. apareciendo y desa­ pareciendo en cuartos de hora. el 8 . por contraste inevitable. Pero. todas las individualidades se apagaban en el anonimato ennoblecedor de la multitud piadosa que pocas veces apareció tan digna en la historia. el 18 fueron 53 y así en más. presas en el mismo contagio y sugestionadas por las mismas imágenes. como si se desencadenaran por movimien­ tos impulsivos. en camillas. arrastrándose pe­ nosamente. se improvisaron enfermerías. rápidas. andrajos de capotes en tiras. Como siempre sucede. La población de la capital los recibía conmovida. Un gran número de personas identificadas por la misma conmoción. Se acercaban los visitantes a los lechos como si en ellos tuvieran a viejos conocidos. el sentimiento colectivo ampliaba las impresiones individuales. jamás habían tenido tan bella consagración del futuro. Oficiales y soldados. Se organizaron comisiones patrió­ ticas para recibir donativos que espontáneamente surgían numerosos y constantes. pero de algún modo daban aliento. el 12 fueron 260. En el Arsenal de Guerra. Los días de visita invadía los hospitales en masa. La vasta ciudad se convirtió en un hogar. ampa­ rándolos. Todos los días llegaban centenares: el 6 de agosto fueron 216 plazas y 26 oficiales. Pasteur 3 1 0 . religiosa­ mente. . abriéndoles sus casas. Duplay. Cojeando. animándolos. dándole al conjunto los rasgos de una miseria trágica. uniformados por la miseria.rodando por los caminos sertanejos como reflujo repugnante de la campaña.

En aquellas crueldades se retrataba la energía de una raza. Aquellos hombres que llegaban dilacerados por las garras del jagungo y de la ve­ getación reflejaban el vigor de un pueblo puesto a prueba, a prueba de fuego, a prueba de hambre. Impresionadas por el cataclismo de la guerra, las capas superficiales de una nacionalidad sacaban a luz sus elementos profundos en esos titanes resignados y estoicos. Y por sobre todo, un pen­ samiento no esbozado siquiera pero igualmente dominante, latente en todos los espíritus: la admiración por la osadía de los sertanejos incultos, hombres de la misma raza, enfrentados a los cuales se despedazaban de ese modo batallones enteros. . . Y un largo temblor tonificante vibraba en las almas. Se hacían rome­ rías hacia el cuartel de la Palma, donde estaba herido el coronel Carlos Teles; a Jequitaia, donde convalecía el general Savaget; y cuando este último pudo arriesgar algunos pasos por las calles, paralizó completa­ mente toda la algarabía comercial de la ciudad Baixa, en una ovación espontánea e inmensa que, irradiando de repente y congregando a la población alrededor del heroico jefe de la 2 ^ columna, transformó un día común de trabajo en día de fiesta nacional3n.

Sobre esta agitación llegaban diariamente pormenores que la aumentaban. Por fin, positivamente, con rigor matemático, se conocía la extensión del desastre. Era sorprendente. Desde el 25 de junio en que había cambiado los primeros tiros con el enemigo hasta el 10 de agosto, la expedición había tenido 2.049 bajas. En el total entraba la 1^ columna con 1.171 hombres y la 2^ con 878. Discriminadamente los guarismos eran éstos: " P columna. Artillería: 9 oficiales y 47 plazas heridos; 2 oficiales y 12 plazas muertos. Ala de caballería: 4 oficiales y 46 plazas heridos; 30 oficiales y 16 plazas muertos. Ingenieros: 1 oficial y 3 plazas heridos; 1 plaza muerto. Cuerpo de policía: 6 oficiales y 46 plazas heridos; 3 oficiales y 24 plazas muertos. 5 9 de infantería: 4 oficiales y 66 plazas heridos; 1 oficial y 25 plazas muertos. 79: 8 oficiales y 95 plazas he­ ridos; 5 oficiales y 52 plazas muertos. 99: 6 oficiales y 59 plazas heridos; 2 oficiales y 22 plazas muertos. 149: 8 oficiales y 119 plazas heridos; 5 oficiales y 22 plazas muertos. 159: 5 oficiales y 30 plazas heridos; 10 plazas muertos. 169: 5 oficiales y 24 plazas heridos; 10 plazas muer­ tos. 259: 9 oficiales y 134 plazas heridos; 3 oficiales y 55 plazas muer­ tos. 27? : 6 oficiales y 45 plazas heridos; 24 plazas muertos. 309: 10 oficiales y 120 plazas heridos; 4 oficiales y 35 plazas muertos. " 2 ^ columna. 1 general herido. Artillería: 1 oficial muerto. 12 ? de infantería: 6 oficiales y 120 plazas heridos; 1 oficial y 50 plazas muer­

tos. 269: 6 oficiales y 36 plazas heridos; 2 oficiales y 22 plazas muertos. 319: 7 oficiales y 99 plazas heridos; 4 oficiales y 48 plazas muertos. 32°: 6 oficiales y 62 plazas heridos; 4 oficiales y 31 plazas muertos. 33? : 10 oficiales y 65 plazas heridos; 1 oficial y 15 plazas muertos. 349: 4 oficiales y 18 plazas heridos; 7 plazas muertos. 35°: 4 oficiales y 91 plazas heridos; 1 oficial y 22 plazas muertos. 409: 9 oficiales y 75 plazas heridos; 2 oficiales y 30 plazas muertos”. Y la hecatombe progresaba con una media diaria de ocho hombres fuera de combate. Por otro lado, los adversarios parecían disponer de extraordinarios recursos.

VERSIONES Y LEYENDAS Todo se transfiguraba en dimensiones exageradas por imaginaciones superexcitadas. Un reciente mensaje del Senado Federal donde había gol­ peado también la ola general de conmoción, requiriendo en vehementes declaraciones que se esclarecieran denuncias sobre si se habían despa­ chado desde Buenos Aires con destino a los puertos de Santos y de Bahía, armas que parecían destinadas a los amigos del Conselheiro, de­ muestra cómo las fantasías ampliadas por el nerviosismo general adqui­ rían visos de realidad. Completaban el mensaje las noticias aparecidas en los órganos más serios 3 1 2 de la prensa de los países americanos, lo que al mismo paso, reflejaba el modo de pensar de esas repúblicas. Quizá el de mayor peso de América del Sur * después de referirse a los curiosos sucesos de la campaña, le agregaba pormenores de un simbolismo extraño: "Se trata de dos misivas que, con intervalo de dos días, recibimos de la Sección Buenos Aires de la unión internacional de los amigos del imperio del Brasil comunicándonos que por orden de la sección ejecutiva, en Nueva York, la referida Unión tiene todavía una reserva de no menos de 15.000 hombres — sólo en el estado de Bahía— para reforzar, en caso de nece­ sidad, el ejército de fanáticos; además de 100.000 en varios estados del norte del Brasil y más de 67.000 en ciertos puntos de los Estados Unidos de América del Norte, prontos a salir en cualquier momento hacia las costas del ex imperio, todos bien armados y preparados para la guerra. También tenemos, agregan las misivas, armas de los sistemas más mo­ dernos, municiones y dinero en abundancia. "De una redacción, caligrafía y ortografía correctas, estas enigmáticas comunicaciones traen en el encabezamiento la misma inscripción que las suscribe, escritas con tinta que hace recordar la violácea coloración de los muertos, destacándose las mayúsculas con rojo, el rojo color de la sangre.
* La Nación de Buenos Aires, 30 de julio.

"Ante el cuadro formidable de hombres y armas que nos presentan los misteriosos amigos del imperio, de forma no menos misteriosa, no podemos menos que pensar en una de aquellas terribles asociaciones que forjan en las cuevas sus planes de destrucción o en algunos caballeros dados a la mistificación. "Mientras tanto, por lo que pueda haber de verdad en el fondo de todo esto, es que lo hacemos constar y acusamos recibo de las repetidas mi­ sivas”. Se creía. La cuarta expedición había sucumbido en el territorio de la guerra. Lo decían insospechados informes. Sólo del municipio de Itapicuru, se afirmaba, habían partido 3.000 fanáticos hacia Canudos condu­ cidos por un cura que rechazando los principios ortodoxos iba allá a co­ mulgar con las tonterías abstrusas del cismático. Por Barroca pasaban cen­ tenares de bandoleros armados siguiendo el mismo rumbo. Se citaban los nombres de los nuevos cabecillas. Apelativos funambulescos como los de los chouans: Pedro el Invisible, José Gamo, Caco de Ouro, y otros. Agravando estas conjeturas, venían noticias verdaderas. Los sertanejos andaban por el sertón en expediciones atrevidas: atacaron el puesto de Mirandela, guiados por Antonio Fogueteiro; atacaron, tomaron y saquea­ ron la Vila de Santa Ana de Brejo; andaban así por todas partes. Se ex­ tendían por los campos mostrando rasgos de una estrategia segura. Ade­ más de la aldea, tenían dos nuevas posiciones de primer orden: las ver­ tientes caóticas del Caipá y las cuerdas de cerros alrededor de la Várzea da Erna. Desbordando de Canudos, la insurrección se explavaba por los lados de un triángulo enorme en el que podían inscribirse cincuenta mil bayonetas. Los convoyes que partían de Monte Santo, aunque reforzados, no por batallones sino por brigadas, hacían un viaje accidentado, obstaculizado por constantes asaltos. Alcanzado el Aracati, era indispensable que vinie­ sen de Canudos dos o tres batallones para protegerlos. El siniestro tramo de camino entre el Rancho do Vigário y las Baixas, era el pavor de los más probados valientes. Era el sitio clásico de parada de los bueyes v de la dispersión de los cargueros espantados por los tiroteos vivos, atrope­ llando pelotones enteros en su retroceso feroz de fuga. En esos encuentros sucesivos, adrede hechos para perturbar las mar­ chas, comenzó a observarse una variante del jagungo, aue lo auxiliaba indirectamente. Entre los claros de las ramas pasaban veloces, en el ver­ tiginoso vagar de las guerrillas, brillos de botones de uniformes, vivos de pantalones. El desertor hambriento atacaba a los antiguos compañeros. Era un lamentable síntoma que se sumaba a otros de la campaña, cuya imagen, día a día, se ensombrecía con episodios y sucesos triviales. Los soldados enfermos, en perenne contacto con el pueblo que les ha­ blaba, se habían constituido en rudos cronistas de los hechos y nos los

confirmaban de forma imaginativa, porque su misma ingenuidad les dic­ taba los casos que narraban, verídicos en su esencia, pero deformados por exageraciones. Urdían extraños episodios. El jagungo comenzó a aparecer como un ente aparte, monstruoso, medio hombre y medio duen­ de, violando las leyes biológicas con su resistencia inconcebible, arroján­ dose de manera nunca vista sobre el adversario, deslizándose invisible por la caatinga, como las víboras, cayendo por los despeñaderos más hon­ dos como un espectro, más débil que la espingarda que cargaba, flaco, seco, fantástico, de peso menor que el de un niño, sólo piel bronceada sobre los huesos, áspera como la epidermis de las momias 313. La imaginación popular de allí en más, deliraba la embriaguez de los casos estupendos, cosidos de fantasías. Algunos eran rápidos, reflejando incisivamente la energía invencible de esos cazadores de ejércitos.

En una de las refriegas siguientes al asalto, había quedado prisionero un curiboca joven que a todas las preguntas respondía automáticamente con altiva indiferencia: — ¡No sé! Por fin le preguntaron cómo quería morir: — ¡De tiro! — ¡Pues va a ser a cuchillo! — lo contradijo el soldado. Así fue. Y cuando el filo le abría la garganta, la primera ola de sangre espumante no apagó el último grito que brotó de la boca ensangrentada: — ¡Viva el Buen Jesús!

Otros mostraban líneas épicas: El l 9 de julio, el hijo mayor de Joaquim Macambira, muchacho de dieciocho años, se acercó al mañero cabecilla: — Padre, quiero destruir a la matadora. El astuto guerrillero, especie grosera de Imanus, cobrizo y bronco, lo encaró impasible: — Consulta al Conselheiro y anda. El valiente marchó seguido de once compañeros dispuestos. Traspu­ sieron el Vaza-Barris, atacaron la cuesta ondulante de la Favela. Se me­ tieron, deslizándose como víboras, por las caatingas ralas. Era el mediodía. El sol golpeaba la tierra a pico, sin hacer sombra, en rayos verticales y ardientes. . .

En esos lugares, el mediodía es más silencioso y lúgubre que la me­ dianoche. Reverbera en las rocas, se refleja en las planicies desnudas, es repelido por el suelo reseco y todo el calor emitido sobre la tierra se revierte hacia el espacio en columnas ascendentes por el aire irrespirable. La naturaleza queda enervada, en quietud absoluta. No sopla la brisa más leve. Ni un ala agita el aire cuya transparencia, junto al suelo, se perturba en ondulaciones rápidas y ardientes. La fauna de las caatingas reposa. Las ramas marchitas de los árboles penden sin movimiento. . . En lo alto de la montaña, abatido por la canícula, descansaba el ejér­ cito. Echados al azar por las laderas, las gorras caídas sobre la cara para taparse, dormitando o pensando en el hogar distante, los plazas aprove­ chaban los breves momentos de tregua para rehacer sus fuerzas. Enfrente, extendida sobre colinas, minúsculas casas en desorden, sin calles ni pla­ zas, grupo incoherente de ranchos, aparecía Canudos, desierto y mudo como una antigua tapera. Todo el ejército reposaba. . . En eso despuntan, cautos, aparecen a orillas de las matas rastreras y cerradas, en lo alto, donde está situada la artillería, doce caras inquie­ tas, miradas felinas, rápidas, recorriendo todos los puntos. Doce caras solamente, de hombres todavía agachados, en medio de las bromelias. Aparecen lentamente. Nadie los ve. Les dan las espaldas con indiferencia soberana veinte batallones en paz. Delante divisan la presa codiciada. Como un animal fantástico, el cañón Withworth, la matadora, se empina sólido. Vuelto hacia Belo Monte, la boca rugidora y truculenta que tantas granadas había arrojado sobre las iglesias sacrosantas. Le caen sobre el dorso negro los rayos del sol, brillando. Los fanáticos lo contemplan. Se levantan después. Se arrojan sobre el monstruo. Lo asaltan, lo aferran, uno trae una palanca. La levanta amenazador y rápido. . . Y el golpe cae, estalla tañendo. Es un grito de alarma que estalla en la mudez universal de las cosas, se multiplica en las quebradas, llena todo el espacio, detona en ecos que atruenan los valles y los morros con una vibración triunfal, sacu­ diendo violentamente al campamento entero. . . Aceleradamente se formaron las divisiones. En un segundo, los asal­ tantes se ven rodeados por un círculo de espingardas y sables, bajo una descarga de golpes y de tiros. Sólo uno se salva, golpeado y herido, co­ rriendo, saltando, rodando, entre los soldados, entre las balas, entre la cerca de bayonetas, cayendo en medio de las caatingas, despeñándose finalmente sobre abismos desde las cumbres de la montaña. . . Estos y otros casos — exagerado novelar de los hechos más triviales— le daban a la campaña un tono impresionante y legendario que impresicr naba a la opinión pública de la vieja capital y a todo el país. . .

Era urgente una intervención más enérgica del gobierno. La imponía por sobre las aprehensiones crecientes, las últimas peripecias de la lucha y la ignorancia sobre el curso real de las operaciones. Las opiniones, como siempre, eran disparatadas y discordes. Para la mayoría, los rebeldes con­ taban con elementos serios. Era evidente. No se comprendía que venci­ dos en todas las órdenes del día —heroicamente escritas— teniendo to­ davía franca la fuga hacia los sertones del Sao Francisco, donde no se los podía descubrir, esperasen pertinaces en la aldea, que se les cerraran, mediante el cerco, las últimas puertas de salida. Con lógica, deducían corolarios graves. Aparte de la hipótesis sobre la devoción sobrehumana que los hacía sucumbir en masa bajo los escombros de los templos, se imaginaban preparativos guerreros formidables, capaces de desbaratar la estrategia regular. El número que se decía diminuto, de los que perma­ necían en Canudos arrostrando todo, por cierto, era un engaño armado para arrastrar hasta allí al ejército, desgastándolo en combates estériles, hasta que en otros lugares se congregasen fuertes contingentes para el asalto final sobre los sitiadores, poniéndolos entre dos fuegos. Contrariaban juicios más alentadores. El coronel Carlos Teles, en carta dirigida a la prensa 3 1 4 , afirmó de manera clara el número reducido de los jagungos — doscientos hombres válidos, quizá sin ningún recurso— sólo abastecidos y equipados con lo que habían tomado de las anteriores expe­ diciones. El optimismo del valiente, de hecho exagerado, fue ahogado por la incredulidad general. La estimulaban todos los hechos y sobre todo, las apariciones diarias de heridos, acreciendo la conmoción nacional.

LA BRIGADA GIRARD Sobrevinieron otros hechos igualmente desastrosos. Atendiendo a los pri­ meros reclamos del general Artur Oscar, el gobierno había organizado rápidamente una brigada auxiliar que, al revés de las otras, no entraba en la guerra distinguida por el número. Según una loable práctica, sin tradición entre nosotros, merced a la cual se extiende a los comandados la gloria del comandante, tenía un nombre: Brigada Girard. La dirigía el general Miguel Maria Girard y la formaban tres cuerpos salidos de la guarnición de la Capital Federal: el 2 2 ? del coronel Bento Tomás Gongalves, el 249 del teniente coronel Rafael Tobías y el 38*? del coronel Filomeno José da Cunha. Eran 1.040 plazas y 68 oficiales, perfectamente armados y llevando a la lucha insaciable el regalo esplén­ dido de 850.000 cartuchos Máuser. Pero, por una serie de circunstancias que sería largo enumerar, en lugar de auxiliar, esta tropa se convirtió en un agente debilitante. Salió

de Río de Janeiro bajo el mando de su jefe y llegaron a Queimadas el 31 de julio. Partió de allí el 3 de agosto dirigida por un coronel, hasta Monte Santo. Marchó hacia Canudos el 10 de agosto bajo el comando de un mayor 3 1 S . Había dejado en Bahía a un coronel y algunos oficiales enfermos. En Queimadas dejó un general, un teniente coronel y algunos otros oficiales también enfermos. En Monte Santo dejó un coronel y otros oficiales más enfermos.

EXTRAÑO HEROISMO Se descomponía por el camino. Partían de ella pedidos de reforma más alarmantes que el aniquilamiento de una brigada. Un beriberi excepcional exigía, no ya la pericia de sabios médicos, sino el examen de psicólogos agudos. Porque el miedo tuvo allí a sus grandes héroes que mostraron el estupendo coraje de decirle a un país entero que eran cobardes. Al salir de Queimadas hacia el sertón, aquella fuerza encontró los primeros grupos de heridos y fue marcada por el estupor de la guerra. Por medio de su campamento en Contendas, pasaron el general Savaget, el coronel Néri, el mayor Cunha Matos, el capitán Chachá Pereira y otros oficiales. Los recibió con entusiasmo: oficiales y plazas formados al lado del camino saludándolos. Pero después se les apagó el fervor. A los tres días de viaje comenzó a sufrir privaciones, viendo disminuidos los víveres que llevaban y repartían con los sucesivos grupos de heridos que encontraban por el camino, llegando cansados y hambrientos a Monte Santo.

EN VIAJE HACIA CANUDOS Tomó hacia Canudos donde era ansiosamente esperada el 10 de agosto, totalmente despojada del espléndido aparato jerárquico con que había nacido. La dirigía el fiscal del 24?, Henrique de Magalháes, estando los cuerpos bajo el mundo del mayor Lidio Porto y los capitanes Afonso de Oliveira y Tito Escobar. La marcha fue difícil y lenta. Desde Queimadas se luchaba con serias dificultades de transporte. Los cargueros, animales viejos y cansados, muías escapadas de las carrozas de Bahía y troperos improvisados, rengueaban, tropezaban por los caminos, inmovilizaban a los batallones y demoraban el avance. De ese modo llegaron a Aracati, donde les entregaron un convoy que debían proteger hasta Canudos. En ese momento los diezmaba la viruela. Todos los días salían dos o tres enfermos de las filas y volvían al hospital de Monte Santo. Otros, lastimados por esa repentina transición de las calles asfaltadas de la Capi­

tal Federal hacia esos ásperos caminos, se distanciaban, se perdían en la retaguardia, se confundían con los heridos que venían en dirección opuesta. De modo que al pasar por Jueté, el 14 de agosto, le fue providencial encontrarse con el 159 batallón de infantería, ya endurecido en la lucha y que había venido de Canudos. Porque al día siguiente, después de acampar en las Baixas, donde pararon el día anterior para aguardar la llegada de gran número de plazas retrasados, fue violentamente atacada en el Rancho do Vigário. Los jagungos la sorprendieron de flanco, por la derecha, desde lo alto de un cerro dominante, y casi de frente, desde una trinchera marginal. La abarcaron entera en una descarga única. Cayeron muertos, en el frente, un alférez del 24*? y en la retaguardia, otro del 38?. Cayeron algunos plazas en las filas interiores. Algunos pelo­ tones se embarullaron sorprendidos, bisoños todavía ante los ataques fe­ roces de los guerrilleros. La mayoría disparó desesperadamente sus armas. Estallaron voces trémulas, cornetas, gritos desencontrados de mando. Despavoridos se escaparon los cargueros. Los bueyes se metieron por la caatinga. . . Tomando la vanguardia, el batallón 159, guió a los vacilantes comba­ tientes. No se repelió al enemigo. La retaguardia, al pasar por ese mismo punto, fue a su vez atacada. Después de este revés, porque lo fue, basta decir que de ciento dos bueyes que arrastraban el convoy sólo quedaron once, la brigada de nova­ tos fue nuevamente embestida en el Angico. Dio una carga todavía pla­ tónica de bayonetas en la que no perdió un solo soldado, y finalmente, entró en Canudos donde los rudos campeadores que allí permanecían bajo la disciplina tiránica de los tiroteos diurnos los acogieron con el nombre de la Mimosa. Nombre que sus bravos oficiales hicieron olvidar.

VIII NUEVOS REFUERZOS Este ataque llegó a Bahía con las proporciones de una batalla perdida, poniendo un punto más al desequilibrio general, y el gobierno comenzó a actuar con la agilidad requerida por la situación. Reconocida la inefi­ cacia de los refuerzos recién enviados, se trató de formar una nueva división, juntando los últimos batallones dispersos por los Estados capaces de una movilización rápida. Y para evaluar de cerca la situación, resolvió enviar a la base de operaciones a uno de sus miembros, el Secretario de Estado de los Negocios de la Guerra, mariscal Carlos Machado de Bittencourt.

Partió éste en agosto hacia Bahía al tiempo que de todos los rincones del país salían nuevos luchadores. El movimiento armado, repentina­ mente, se había generalizado, asumiendo la forma de un levantamiento en masa. Las tropas afluían desde el extremo norte y desde el extremo sur, aumentadas por los cuerpos policiales de Sao Paulo, Pará y Amazonas. En esa convergencia en el seno de la antigua metrópolis, el paulista, descendiente del bandeirante aventurero; el riograndense, jinete bravo; el curiboca norteño, resistente como pocos, índoles dispares, hombres de climas opuestos, de contrastados usos y tendencias étnicas, desde el mes­ tizo oscuro al caboclo trigueño y al blanco, allí se reunían bajo el lazo de una aspiración uniforme. La antigua capital los agasajaba en el recinto de sus viejos baluartes, rodeando en un mismo agasajo fraterno y calu­ roso a la inmensa prole dispersada desde hacía tres siglos. Después de estar largamente desparramados, los varios factores de nuestra raza volvían repentinamente al punto de donde habían partido, en vista de un entre­ lazamiento hermoso. Bahía se atavió para recibirlos. Aquel reflujo de la campaña la había transfigurado — mártires que llegaban, combatientes que salían— y rota la habitual apatía, se revestía con el aspecto guerrero del pasado. Las inútiles fortalezas que tiene intercaladas, decadentes en su aparcería con las casas burguesas, fueron prontamente reparadas, corta­ dos los árboles que les tapaban las murallas, y resurgían a la luz, recor­ dando las épocas en que aquellas almenas rugían sus largas culebrinas de bronce 3 1 8 . En ellas se acuartelaban los contingentes recién llegados: el l 9 batallón de policía de Sao Paulo con 458 plazas y 21 oficiales, bajo el mando del teniente coronel Joaquim Elesbáo dos Reis; los 299, 39 9 379, 289 y 4 9 dirigidos por el coronel Joáo César de Sampaio, tenientes coroneles José da Cruz, Firmino Lopes Regó y Antonio Bernardo de Figueiredo y mayor Frederico Mara, con los siguientes efectivos: 240 plazas y 27 oficiales; 250 plazas y 40 oficiales; 332 plazas y 51 oficiales; 250 plazas y 11 oficiales, además de 36 alféreces agregados; y el 4 9 con 219 plazas y 11 alféreces que eran toda la oficialidad, pues no tenían ni capitanes ni tenientes. Por fin, dos cuerpos, el regimiento policial de Pará, solamente 640 hombres comandados por el coronel José Sotero de Meneses y uno de la policía del Amazonas, bajo el mando del teniente Cándido José Mariano con 328 soldados. Estos refuerzos, que llegaban a 2.914 hombres, incluidos cerca de trescientos oficiales, fueron repartidos en dos brigadas, la de línea, bajo el mando del coronel Sampaio y los de la policía — excluida la de Sao Paulo que había salido sola hacia el frente bajo el mando del coronel Sotero— constituían una división que fue entregada al general de brigada Carlos Eugenio de Andrade Guimaráesm.

Todo el mes de agosto se gastó en la movilización. Llegaban a Bahía, se aprovisionaban de municiones y embarcaban hacia Queimadas. De allí a Monte Santo, donde debían concentrarse en los primeros días de setiembre. Los batallones de línea, además de disminuidos, como lo indican los números citados arriba, reducidos casi a dos compañías, venían desprovis­ tos de todo, sin los más elementales pertrechos bélicos, aparte de viejas espingardas y uniformes gastados que habían utilizado en la reciente campaña federalista del sur.

EL MARISCAL BITTENCOURT El mariscal Carlos Machado de Bittencourt, principal árbitro de la situa­ ción, desarrolló una notable actividad. Venía a propósito para las dificultades del momento. Era un hombre frío, un escéptico tranquilo e inofensivo. En su sim­ plicidad perfectamente plebeya, morían las expansiones generosas. Mili­ tar hecho, era capaz — y lo demostró más tarde acabando trágicamente su vida 3 1 8 — de echarse sobre los mayores riesgos. Pero fríamente, equi­ libradamente, siguiendo las líneas del deber. No era un bravo ni era un pusilánime. Nadie podía sorprenderlo en un lance de arrebatado heroísmo. Nadie podía imaginarlo sustrayéndose tortuosamente a una situación peligrosa. Sin ser una organización militar completa se había formado en un auto­ matismo típico de esas máquinas de nervios y músculos hechas para actuar mecánicamente, según la presión inflexible de las leyes. Pero esto, menos por educación disciplinada y sólida que por tempe­ ramento, inerte, pasivo, cómodamente engarzado en los reglamentos. Fuera de eso era nulo. Tenía el fetichismo de las determinaciones escri­ tas. No las interpretaba ni las criticaba: las cumplía. Buenas o pésimas, absurdas, extravagantes, anacrónicas, estúpidas o útiles, fecundas, gene­ rosas y dignas, lo volvían proteiforme, reflejándola bueno o detestable, extravagante o generoso y digno. Estaba escrito. Por eso, siempre que los acontecimientos políticos las embarullaban, cauteloso, se retraía en el olvido. El mariscal Floriano Peixoto — profundo conocedor de los hombres de su tiempo— en los períodos críticos de su gobierno, cuando la índole personal de sus adeptos o adversarios influía, sistemáticamente lo dejó de lado. No lo llamó, no lo apartó, no lo prendió. Le era igualmente insig­ nificante como partidario que como adversario. Sabía que el hombre cuya carrera seguía una línea recta, seca, inexpresiva, no daría un paso a favor o en contra del cerrojo del estado de sitio.

La comitiva que acompañaba al ministro — autoridades del estado y militares. No sabía responderles. y la historia una variante de la escritura de los sargentos. propias del oficio. veterano de treinta y cinco años de filas. una intuición feliz. crepitaron en palmas y aplausos. periodistas. todos los trauma­ tismos y todas las miserias. Eran cosas banales. versos llameantes. Enfrente. nada ganaban si. lo desorientaba y contrariaba. Cierta vez. rígidos debajo de las sábanas corridas como mortajas. Le pareció siempre una novedad irritante. Cabezas envueltas en vendas sanguinolentas. esa insensibilidad lastimosa calló profundamente. un rasgo varonil. Tenía la palabra difícil y pobre. hombres de toda condición — entró silenciosamente. Al salir hacia Bahía enfrió los entusiasmos. un cabo de escuadra. o acurrucados o sacudidos en gemidos. pechos agujereados a bala y tajeados a cuchillo. sobrecogida de temor. Quien se acercaba a él buscando aliento. leyendo maquinalmente la papeleta prendida a la cabecera y seguía. pies deformes por la hin­ chazón. Manifestaciones ruidosas. Recién llegados de la lucha. Pero tuvo que detenerse un momento. Comenzó la lúgubre visita. de bruces o encogidos contra los barrotes en contorsiones de dolor. Fue en una visita a uno de los hospitales. estallaron a su alrededor. con intermi­ nables frivolidades cruelmente enfadosas sobre paradas de tropas. . Los escuchó indiferente. Lo saben cuantos con él lidiaron. todo cuanto salía del orden rutinario de la vida no lo conmovía. la cara abatida de un viejo. no porque cambiaba los destinos de un pueblo sino porque alteraba unas ordenanzas y unos decretos y unas fórmulas. le mostraban el agujero de un tiro de trabuco o una cicatriz sanguinolenta o un rostro cadavérico. cuatrocientos enfermos. sentados. se encontraba sorprendido con la esterilidad de unos conceptos triviales. El mariscal se aproximaba a uno y otro lecho. Llegó a aquella capital cuando estaba en la plenitud de su fervor patriótico y en cierto modo lo debilitó. intermi­ nables minucias sobre las distribuciones de alimentos y remontas de caba­ lladas. obviando la formalidad de un certificado médico. Imaginen dos extensas filas de lechos blancos y sobre ellos. El aspecto del amplio salón era impresionante. Había reconocido al ministro . viejos preceptos que sabía leer de memoria. oradores explosivos le pasaron por delante. buscando una situación emocionante y grave. emergiendo entre las mantas. .La República fue un accidente inesperado al final de su vida. piernas rígidamente extendidas entre tablillas. en todas las actitudes. como si este mundo fuese una inmensa Casa de Ordenes. pidiéndole una transferencia o una licen­ cia. que hasta allá lo llevaba. Una vida golpeada desde los esteros del Paraguay hasta las caatingas de Canudos. Además. brazos sostenidos en cabestrillos. deflagraron en sus oídos. No la quiso nunca.

alejamiento para los grupos interminables de heridos— su espíritu les superponía siempre aquel objetivo capital. Y con voz temblorosa y ronca. le reducirían los escasos recursos. agitado. Por­ que desde el comienzo. en las marchas fatigantes. cuando lo acompañaba en la batalla. en un delirio de frases rudas y sinceras. venciendo. en una alegría dolorosa. . En los últimos días de agosto se organizó. Los pechos oprimidos respiraban agitados. los ojos brillantes de felicidad y de fiebre. Lo que era necesario com­ batir y vencer no era el jagungo sino el desierto. perdidos en una región estéril. . condición pre­ ponderante. sacando el cuer­ po esmirriado y los brazos flacos y temblorosos. en los acantonamientos. Ocupado durante su estadía en Bahía por un sinnúmero de cuestiones menores — equipamiento de los batallones que llegaban. compartirían las mismas privaciones. hablaba. Era realmente el hombre adecuado para la emergencia. en la auténtica significación del término. al ejército en operaciones con Monte Santo. se hizo. entreabierta la camisa de algodón que dejaba ver la marca de una antigua cicatriz. Y lo consiguió. Es que todo eso — fuertes emociones o cuadros lancinantes— estaba fuera de programa. lo demostraron las expediciones anteriores. numerosas dificultades. El gobierno no encontraría a nadie mejor para transmitir la acción. haciendo fuerza para levantarse. y el mariscal Bittencourt prose­ guía. quizá única. delineada rectamente en el tumulto de la crisis. hizo que comprendiese las exigencias reales de la lucha. No lo distraía. finalmente. Se volvía imprescindible darle a la campaña lo que no había tenido: una línea y una base de operaciones. blindado de la frialdad que lo libraba de cualquier perturbación. un cuerpo regu­ lar de convoyes que corrían continuamente los caminos y ligaban efecti­ vamente. solos ante el enemigo. . Es que su buen sentido sólido. En ese negarse a sí mismo. Los ojos se empañaban en lágrimas. en el aislamiento en que se enclavaban los expedicionarios. intacta. Comprendió que lo menos valioso era la acumulación de un mayor número de combatientes. La escena era desgarrante. Enviando más gente a la zona de guerra se agravaba el estado de los que allá estaban. Se terminaba por donde se debió comenzar. del serio problema a resolver. abdicando todas las regabas de su posición. con breves intervalos de días. tranquilamente. Y esa empresa fue impulsada por el ministro. Este resultado presagiaba el desenlace próximo de la contienda. las causas del fracaso reposaban en gran medida. el Cuartel Maestre Ge­ neral 8 1 9 de una campaña en la que era jefe supremo un inferior jerár­ quico suyo 3 2 °. la lectura maquinal de las papeletas. . realizando espectaculares movimientos policiales sin los mínimos recaudos estratégicos. con tenacidad. .del cual fuera ordenanza en los buenos tiempos de la mocedad.

el gran número de asaltantes era un factor agravante. Cerrarían la aldea. Uun luchador brillante idearía nuevos ataque que abatieran a los rebeldes e iría a estrellarse a paso redoblado por las caatingas. El mariscal Bittencourt lo previo. atraído por la forma técnica de la cuestión. el desierto. por lo menos hizo eso: convirtió un conflicto enorme en una campaña regular. en un plan oscuro. sólo tenía una solución y era singularmente humorística. sólo quería troperos y muías. cuando los caudales se extinguiesen — porque el torbellino de las aguas derivando hacia el Sao Francisco y hacia el mar. recortado en fusilerías inútiles en las que se jugaba noble y estúpida­ mente la vida. le taparían todas las salidas. sólo hubo un desplie­ gue pródigo de bravura cristalizado en un asedio platónico y dudoso. indiferente a todo esto — impasible dentro de la impaciencia general— organizaba convoyes y compraba muías. Y eso se prolongaría hasta que la aldea siniestra absorbiera uno a uno. dibu­ jaría rasgos tácticos que no resolverían nada. El más calumniado de los animales 3 2 1 iba a asentar sus patas en la cumbre de una crisis e iba a resolverla. pero tendrían a su alrededor las líneas de otro cerco. COLABORADORES DEMASIADO PROSAICOS Un estratega superior. desdeñaba el genio militar. Hasta entonces. La lucha. de ocho a diez por día. la parálisis obligada. Además. Más de tres meses sería la derrota. mil burros valían por diez mil héroes. el abandono de cuanto se había hecho. El mariscal Bittencourt. esa campaña cruel y en verdad dramática. Por fuerza. a sus sitiadores. sólo ellos podían darle a las operaciones la celeridad exigida por las circunstancias. Esta manera chocaba con el lirismo patriótico y dolía. se agota con la misma celeridad con que se forma— aparecerían obstáculos más . caía. la zona entraría en el régimen torrencial y eso traería consecuencias incurables. La simple sustitución de los que caían. Después. deplorablemente prosaica. parecía un epigrama malévolo de la historia. En noviembre. con su cortejo de combates sangrientos. En la emergencia. lo convertía en un círculo vicioso muy cruel.El mariscal Bittencourt. Además. había que utilizar la intrusión de tales colaboradores en nuestros destinos. excluía los ata­ ques de las brigadas. De hecho. El caso es que la guerra sólo podía prolongarse por un máximo de dos meses. Por los lechos entonces secos de los arroyos correrían ríos de aguas barrosas y el Vaza-Barris se convertiría en un torrente enorme y dilatado que cortaría todas las comunicaciones. Dispensaba el heroísmo. las caatingas poniéndolos en medio de la presión creciente del hambre.

Delante de los expedicionarios se levantó de nuevo. a la manera de los encuentros entre los mercenarios en la Edad Media. El Ministro de la Guerra lo consiguió. Bajo la atmósfera de los días ardientes. La mostramos al transcribir el diario que no prolongamos para evitar la repetición dolorosa de episodios que se sucedían sin variantes apreciables. ya ruidosos y largos. . apri­ sionada por los flancos de la aldea. Los convoyes eran inciertos. ya mortíferos.graves. sin un solo escoriado siquiera. ascendiendo en número infinito de cada punto donde toca un rayo de sol y descendiendo sobre las tropas. tanto de uno como del otro lado. había pasado cuarenta y tantos días en situación peligrosa e inútil. Los mismos tiroteos improvisados. dispo­ niendo las cosas para un cerco real y firme que determinara la rendición inmediata. Para ello era indispensable garantizar la subsistencia del ejército que con los últi­ mos refuerzos alcanzaba cerca de ocho mil hombres. cada pozo de agua. . con raciones escasas cuando las había. en horas inciertas. cada laguna efímera. violentos. retroceder ante el enemigo invencible y eterno. Llegaban a duras penas. Era necesario liquidar la guerra antes de esa época peligrosa. cada cueva excavada entre piedras. sin un herido. las diligencias diarias. . Por fin. las brigadas de la División Au­ xiliar 3 2 2 y aunque todavía escasos. profusamente diseminado por los aires. releando las filas y privándolas de oficiales prestigiosos. como en los malos días de la Favela. dividiéndose un buey y un kilo de harina por escuadra y. cada bañado. Iban a tiempo para reanimar a la expedición que hasta esa fecha. en las que se preparaban cuerpos para juntar ganado. agotándose en un dispendio de millares de balas. Combates diarios. la tierra desolada y estéril. a comienzos de setiembre. hacia Queimadas — dejaba dispuestos todos los elementos para el próximo desenlace— lo esperaban concentrados en Monte Santo. salían los primeros convoyes regulares para Canudos. intermitentemente rota con descargas. es un laboratorio infernal que destila la fiebre que irradia latente los gérmenes del paludismo. la existencia aleatoria. millares de organismos a los que el cansancio creaba una receptividad mórbida funesta. instantáneos. la misma apatía recortada de alarmas. como un gran peligro. De modo que al partir. el hambre. Y vencido el enemigo que podía ser vencido. la misma calma extraña y lastimosa. los mismos armisticios engañadores. dejando parte de sus cargas por los caminos.

desde las líneas intangibles de aquel otro asedio sobre la tropa. a tiros invaria­ blemente acompañados por estridentes silbidos terriblemente irónicos. el 59 de línea. bombardeaban noche y día. A pesar de que sus sitiadores no les daban tregua. el día 23 el batallón paulista con 424 plazas y 21 oficiales. incendiando y arruinando completamente la iglesia vieja. un soldado inexperto. al mirar hacia un cerro. con 205 plazas y 16 oficiales. rondando de lejos a los batallones. Los rudos adversarios los dejaban bajar tranquilos las últimas faldas de la montaña. bajo el mando del te­ niente coronel Firmino Lopes Regó. consideración más seria. La travesía hacia la Favela continuaba siendo peligrosa. y cierto día de agosto. Los tres Krupps que desde el 19 de julio colocaron sobre la colina teniendo al pie la van­ guardia del 259. Las dos torres de la iglesia nueva seguían sobresaliendo en la altura como dos amenazas siniestras sobre el ejército. junto al río.Metidos en las casuchas o en tiendas por detrás de los morros. . Los peligros consistían exclusivamente en salir de los refugios y caer de un tiro. a pesar de estar bajo la protección de un batallón aguerrido. o en las trincheras por las gradas de piedra. haciéndose necesario estacionar una guardia a la margen del río. en el área de pasto que tenían por las márgenes del río. una recepción triunfante y teatral. y el 37? de infantería que había precedido a la División Auxiliar. la brigada Girard. deri­ vando invisibles por las colinas del norte y desde allí hacia Canabrava y Cocorobó. Se arrojaban más ordenados y seguros en los asaltos. reducida a 892 plazas y 56 oficiales. andaban rápidas columnas volantes de jagungos. Recibían. el tejado destruido en gran parte. No pocas veces. Y nada escapaba a la puntería de los que allí se emboscaban y que no la abandonaban ni en el mayor fragor de los cañoneos. cuyo maderamen estaba por entero al desnudo. para evitar celadas peligrosas. Y parecían más disciplinados. Permanecían en la misma actitud desafiadora. 20 muías de la artillería fueron capturadas. casi no temían al jagungo. Estos incidentes demostraban el valor de los rebeldes. en el punto en que salía el camino. sobre el cual cargaron de acuerdo con la impor­ tancia de la presa deseada. para evitar que soldados imprudentes saliesen por ahí. Es que los nuevos antagonistas no los asustaban. a su vez. desde donde se observaba el panorama de la plaza. caía atravesado por una bala que partía de afuera de la aldea. No se comprendía cómo el campanero subía todavía hasta lo alto para tocar las notas sagradas del Ave María. de las cuales había señales evidentes. para hacerles en el paso final. Los animales de montar y de tracción muchas veces eran asustados a tiros. convoyes que entraban por el camino de la Várzea da Erna sin que la tropa sitiadora los capturase para no desguarnecer las posiciones ocupadas o. En ese punto recibían el bautismo de fuego los refuerzos que llegaban: el 15 de agosto. Porque por las cercanías.

bajo el mando del coronel del 59 regimiento Antonio Olimpio da Silveira. 339 bajo el mando del capitán José Soares de Meló. comandado por el capitán del mismo. Orden del día NQ 102. la vieja campana que al atardecer llamaba a los combatientes para rezar. se advertía que a pesar de los refuerzos. constituyendo la 2“ brigada. en el descenso de graduaciones en los mandos. Inácio Henrique de Gouveia. derrumbó los restos del campanario hacién­ dolo saltar por el aire. De modo que la llegada del monstruoso cañón daba posibilidad de una revancha inmediata. Esta se realizó al amanecer del día siguiente. En la disminución del número de brigadas que pasaron de siete a cinco. Ese día fue herido el general Barbosa cuando inspeccionaba la batería del centro. después de un ligero armisticio. la expedición estaba debilitada *. constituyendo la 3^ brigada. La gran pieza detonó: se vio reventar con estruendo el enorme schrapnell entre las paredes de la iglesia. batería del 29 regimiento bajo el mando del l 9 teniente del 59 batallón de posición Afrodísio Borba y batería de tiro rápido. con los claros abiertos en todas las filas por los combates anteriores. Joáo Carlos Pereira Ibiapina. cuatro el 28. el 29 también fueron cuatro y se les agregó un oficial y así de seguido. el día fue perdido: se rompió una pieza del aparato obturador del cañón haciéndolo enmudecer para siempre. En las líneas de fuego cayeron ocho soldados y una fusilería cerrada. próxima al cuartel general de la P columna. “En esta fecha pasa a tener la siguiente organización la fuerza bajo mi co­ mando: 149 batallón de infantería bajo el mando del capitán del 32?. Antonio da Silva Paraguagu: 22° bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Lidio Porto. 279 bajo el mando del capitán del 249. bajo el mando del teniente coronel del 259. . Napoleáo Felipe Aché. 389 bajo el mando del capitán del mismo cuerpo Afonso Pinto de Oliveira. bajo el mando del coronel del 279. 59 comandado por el capitán Leopoldo Barros e Vasconcelos del mismo cuerpo. marcó la noche hasta entrado el amanecer. 79 bajo el comando del capitán del mismo cuerpo. 169 bajo el mando del capitán del 24?. 249 bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Henrique José de Magalháes. como si aún vibrase en la alarma. 349 comandado por el capitán Pedro de Barros Falcáo. el 23 de agosto bajó de lo alto de la Favela. 59 regimiento de artillería. . le deshizo el techo. el Withworth 32. constituyendo la 1^ brigada. Tito Pedro Escobar. habían impuesto una reorganización de las fuerzas raleadas. 159 bajo el mando del capitán del 389. Y fue formidable. victimando a otros cuatro soldados que con seis del 26? que aprovechando el tumulto habían desertado. sumándose diariamente en parcelas poco dispares. con la misma monotonía mortífera que exasperaba a la tropa. cuyas brigadas quedan formando parte . Se reanudó durante el día. comandada por el capitán del l 9 de posición Antonio Afonso de Carvalho. Fuera de este incidente. Se continuó el día 26 con la baja de cinco plazas. bajo el mando del coronel del 149. elevaron las pérdidas de ese día a 10. Joaquim Manuel de Medeiros. incompara­ ble. 17 de agosto de 1897. Emídio Dantas Barreto. * “Cuartel General del Comando en jefe. José Xavier de Figueiredo Brito. constituyendo la brigada de artillería. sonando. Reorganización de las fuerzas en ope­ raciones en el interior del Estado. murieron cuatro el 27. 259 bajo el comando del mayor Henrique Severiano da Silva. Campo de combate en Canudos. Alberto Gaviáo Pereira Pinto. todos del arma de infantería. ya desde mediados de agosto.Como si no bastase aquel bombardeo a quemarropa. Las bajas.

1 de Sao Paulo. 26«?. no bajando el mando de las com­ pañías a los sargentos por ser mayor el número de alféreces que de sargentos. 259. de la P columna. 12° de infantería del comando del capitán del 31*?. 349. 269 del comando del capitán del 40*? Francisco de Moura Costa. Canudos tendría a su alre­ dedor. En total 30. un escuadrón de caballería. batería del 29 regimiento de la misma arma. constituyendo la 49 brigada. Joaquim Gomes da Silva. pasando a mandar interinamente la 1^ brigada el mayor del 16p. José Lauriano da Costa. una batería de tiro rápido y un escuadrón de caballería— quince eran comandados por capitanes y dos de las brigadas por tenientes coroneles. 32t? bajo el comando del mayor del mismo cuerpo Florismundo Colatino dos Reis Araújo Góis. 5? de Bahía. 329. 309 comandado por el capitán Altino Dias Ribeiro. 2 de Para. 1 del Amazonas. 299. en números rigurosamente exactos. Por los caminos avanzaba la división salvadora. 239. formará parte de la l 9 brigada y a disposición de este comando con el contingente de ingeniería y el 59 cuerpo de policía. 99. 379. 169. el 59 de la policía bahiana. bajo el mando del capitán del 31°. treinta batallones. constituyendo la 5? brigada bajo el comando del teniente coronel del 309. 79. 359 comandado por el capitán Fortunato de Sena Dias. 389 409 de línea. las cuales formarán la 29 columna bajo el comando interino del coronel Joaquim Manuel de Medeiros. el 49 cuerpo de policía bahiana y el batallón patriótico “Moreira César” de los convoyes. Antonio Tupi Ferreira Caldas. una batería de tiro rápido. 289. bajo el mando del coronel del 329. 229. Pero en poco tiempo la situación cambiaría. Aristides Rodríguez Vaz. . Donaciano de Araújo Pantoja. general de brigada” . Se agrega: 59 regimiento de artillería. excluidos los cuerpos de otras armas *. El contingente de caballería comandado por el alférez del l 9 de caballería Joáo Batista Pires de Almeida. 339. 99 batallón de infantería.De los veinte batallones de infantería — aparte del 59 regimiento de artillería. 359. * 4P. 249. 59. Artur Oscar de Andrade Guimaraes. 319. 129. 319 bajo el mando del mayor del mismo cuerpo Joáo Pacheco de Assis. 179. 4O 9 bajo el mando del mayor Manuel Nonato Neves de Seixas. bajo el mando del general de brigada Joáo da Silva Barbosa. 149. 309.

ansiedades. Cerca y al costado. delataban el paso de los combatientes que por allí habían armado sus tiendas a partir de la expedición Febrónio. Además. escribiéndolas a punta de sable o tiznándolas con carbón. cuyos tonos pardos y cenicientos. como un barracón cerrado. rectilínea y larga. en el mismo camino que se abría hacia la caatinga. El charlatanismo del coraje III. Una ficción geográfica. El caserío pobre. para grabar sus impresiones del momento. entre los morros desnudos. poblado fundado a comienzos del siglo pero en plena deca­ dencia se convirtió en un campamento ruidoso. cabriolando locamente. I NUEVA FASE DE LA LUCHA QUEM ADAS Queimadas.NUEVA FASE DE LA LUCHA I. Camino de Calumbi. sugerían la denominación del poblado.— Queimadas. En el camino de Monte Santo. esperanzas. de hojas quemadas. Trincheras Sete dé Setembro. Complemento del asedio. hondamente arado por los desagües — un claro en los pastizales bravios que lo rodeaban— y principalmente. la caligrafía manca y la literatura ruda del soldado. Una burla entusiasta. de uniformes viejos. birretes y gorras. la línea de tiro donde se había ejercitado la división Artur Oscar. Buscando una media ración de glo­ ria. la monotonía de las planicies que se abren a su alre­ dedor. arrastraba recuerdos penosos. Y en sus paredes. Delante de un niño. había temblado con el vocerío de los vivaques: pasiones. Todos los batallones habían colaborado en las mismas páginas. Eran páginas demoníacas esos muros sacrosantos: períodos . botines rotos. Traspuesta una accesible lomada. con un blanco al fondo. . todos los restos de los equipos diseminados por un área extensa en la que blanqueaban las cenizas de las hogueras. desalientos indescriptibles. des­ parramado sin gracia a los lados de la plaza irregular. . de trapos multicolores e inmundos. I I — Marcha de la división auxiliar.— Embajada al cielo. Aquel suelo pisado por los rastros de diez mil hom­ bres. Miedo glorioso. Nuevas animadoras. Fuera de la patria. cantimploras desfon­ dadas. Aspecto del campamento. la capilla pequeña y chata. se veía un área amplia de cultivos. Montones de harapos. le dan un aire triste que completa su aspecto de villarejo muerto en franco camino de convertirse en una tapera en ruinas. Allí habían parado las fuerzas anteriores.

De ahí hacia abajo. al toparse con el sertón. hacía más hondo el antago­ nismo. Esa señal de progreso pasa por allí. Se veían en tierra extraña. Se sentían fuera del Brasil. las profanaban. por donde habían salido esperanzadas tres expediciones sucesivas y de donde llegaban también sucesivamente. la misión que allí los llevaba. hacia el este y hacia el norte. . totalmente ajenas una a la otra. Además. se desarrollaba un drama formidable. UNA FICCION GEOGRAFICA La línea férrea corre por el lado opuesto. Otra lengua. el camino de Monte Santo. a lo lejos. el camino enfilaba campo afuera llevando a su vera los postes de la línea telegráfica recién inaugurada. las disfrazaban con caracteres negros ceñidos por puntos de admiración largos como lanzas 323. sin siquiera atenuar el carácter genuinamente rupestre del poblado. Los invadía el sentimiento de ir a una guerra exterior. en son de guerra. Otros hábitos. despedazando sus entrañas a disparos de Krupps. en una poco pronunciada caída. blasfemias fulminantes. las rayaban en todos los sentidos. un camino estrecho y mal construido. . incisivos. . El vaquero vestido de cuero emerge de la caatinga. impre­ caciones y mueras y vivas calurosos. articulada en giros originales y pintorescos.cortos. creaba la sensación nostálgica de un largo apartamiento de la patria. inútil. advirtieron esa transición violenta. FUERA DE LA PATRIA Los nuevos expedicionarios. y en el fondo de ellas. se cruzan unas centenas de metros entre casas chatas y se choca en seguida. escondido en las planicies. no habiéndola visto nunca. lo que desequilibra tanto el ritmo de nuestro desarrollo evolutivo y perturba lastimosamente la unidad nacional. sor­ . de aguas rasas y mansas. bandas miserables de fugitivos. pasa por el caserío y detiene su caballo junto a las vías por las que pasan vertiginosamente los patricios del litoral que no lo conocen. . Vadeado el Jacurici. El enemigo estaba allí. Discordancia absoluta y radical entre las ciudades de la costa y las aldeas de tejas del interior. Otra gente. La separación social completa dilataba la distancia geográ­ fica. que daban escalofríos. con el sertón. Otras épocas. Se está en el punto de tangencia de dos sociedades. Se sale del tren. apenas termina la plaza. Era terriblemente paradojal una patria cuyos hijos la transitaban ar­ mados hasta los dientes. desconociéndola.

era esa. había caído. que entre ellos no había ningún hombre hecho. voces. Y se enumeraban pormenores que revelaban el rápido aflojamiento de la guerra. Por fin. camisas entre cuyos agujeros se metían ojos insaciables. a los compañeros que meses antes habían avanzado robustos y altaneros. después de tantos meses de guerra. como las tropas anteriores. media docena de mujeres llevando en brazos algu­ nos hijos muy pequeños. A pesar de los tiroteos. y por la noche. eran débiles. al llegar. por el intento que había manifestado de entregarse. Los nuevos campeadores la sentían de modo dominante. disponiéndose al martirio. . esa patria extendida en lomadas desnudas. . Se obser­ vó. con espinos. Se decía que el Conselheiro estaba ahora prisionero de sus propios secuaces en rebelión. sin una luz. Todo eso era una ficción geográfica. varonilmente rodeados por escoltas. No había sucedido ningún otro desastre. La realidad tangible encua­ drada por estos hechos. . Y como aquel desconocido pueblo de matutos les devolvía. como estepas. Resonaban en todos los tonos. a la rastra. las seguían. Las infelices. entraban por el camino conduciendo a sus hijos de la mano. Pasaron por la aldea. los primeros que aparecían. el poblado quedaba silencioso y hundido en las sombras. grutas. en un borbotar de interjecciones vivas. . de seis a diez años. mutilados y enfer­ mos. planicies. andrajosas. El grupo miserable fue . sin que se detuvieran en lo singular del hecho. montañas derruidas. Los nuevos combatientes la creían finalizada antes de llegar a Canudos. Un espectáculo triste. resaltando a la observación más simple. Iban a una invasión. Todo lo indicaba.prendidos ante su tierra árida y abrupta y brutal. mientras los mayores. La Brigada Girard y el batallón paulista habían llegado a tiempo para cubrir los claros de las filas. por territorio extran­ jero. de espanto. entre compactos grupos de curiosos for­ mados por uniformes de todas las armas. pedrega­ les. Los vencidos. Felizmente. día a día. Eran como animales raros en una diversión de feria. los mismos prisioneros que llegaban y eran. tuvieron noticias animadoras recién venidas del campo de operaciones. no se oían más las letanías melancólicas entre los inter­ valos de la fusilería. Con ese refuerzo coincidieron los primeros síntomas de desánimo de los rebel­ des: no tocaba más con su serenidad gloriosa la campana de la iglesia vieja. se conservaban las posiciones conquistadas. comentarios de toda suerte. habían cesado los ataques osados a las líneas. no había ánimo varonil que mirase impasible hacia ese sertón misterioso y árido.

ojos grandes y negros. al entrar un soldado con la Comblain. Entonces le dieron una mannlicher. El capote. rodeadas por grupos de curiosidad insistentes. acaso perturbado por las angulosidades de los huesos asomando duramente bajo la piel ennegrecida y pálida. Una tragedia en media docena de palabras. Le preguntaron si había tirado con ella. en Canudos. casi todas falsas. las infelices fueron víctimas de preguntas inter­ minables 3 2 4 . la manejó con pericia de soldado ante el asombro general. cubriéndole todo el cuerpo. Finalmente se ensañaron con los niños. sorprendió por el donaire y justeza precoces. Las risas se extinguieron: la boca era una llaga abierta de lado a lado por un tiro. raquítico y tambaleante. oscilaba grotescamente a cada paso. el niño paró su algarabía. Una belleza olímpica salía del molde firme de un perfil judaico.por algún tiempo una variante feliz que aligeró las horas fastidiosas del campamento. Un drama segura­ mente trivial. Los inquisidores las anotaban religiosamente. Respondía entre bocanadas de humo de un cigarro que chu­ paba con la satisfacción de un viejo enviciado. que era inútil y confesó al cabo que él prefería una carabina. El niño levantó la cabeza tratando de verlos. Tuvo una sonrisa de superioridad adorable: . un viejo capote conseguido en el camino. Le levantó el cerrojo como si eso fuese su juego infantil predilecto. con el invariable epílogo de una bala o de un estallido de granada. Pero se destacaba una. cara bronceada y ojos oscuros y vivos. Ubicadas en una casucha junto a la plaza. denunciando astucias de un combatiente consumado. sin destruir su mocedad. llenos de una tristeza profunda y soberana. observó que no tenía fuerza. DELANTE DE UN NIÑO Uno de los niños. Golpeó en la curiosidad general. Hablaba un niño. indiferentes. La miseria le había enflaquecido el rostro. sin impresionar los corazones. En un momento dado. ancho y grande por demás. sobre el cuerpo esmirriado. Y las informaciones caían. Caras rispidas. ojos malos. Esta mujer satisfizo el ansia curiosa de la gente contando una historia simple. La mayoría de las mujeres era repugnante. traía a la cabeza. Y algunos espectadores tuvieron el coraje de reírse. La tomó. en busca de la sinceridad e ingenuidad infantiles. torcidas. menor de nueve años. Uno de ellos. figurita de atleta en embrión. Se la pidió.

inmóviles. llevaba sobre sus débiles hombros un legado formidable de errores. encendidas las hogueras que brillaban en la superficie del agua oscura. en caminos libres. Había un enemigo más serio que debía ser combatido en una guerra más lenta y digna. iba a la base de operaciones atravesando la región cuajada de heridos. El Ministro de la Guerra. El primer rancho en que se detuvieron. salió hacia Mon­ te Santo. no había lugar para esas visiones de futuro. Nueve años de vida que arrastraban tres siglos de barbarie. tra­ tando de traer a nuestro tiempo e incorporar a nuestra vida a esos rudos compatriotas retrasados. las torturas que asaltarían a los caminantes que salían a pie. a cada vuelta del camino se les aparecía un resto lúgubre de la guerra. EN EL CAMINO DE MONTE SA N T O 3 2 5 Acompañado por los estados mayores. Decididamente. El tanque que lo bautiza pro­ viene de un crecimiento granítico que forma una reducida mancha de suelo impermeable sobre el que se quedan a flor las aguas. por las huellas ásperas del sertón. Pero bajo la presión de dificultades que exigían solución inmediata y segura. paralizados en la quietud del cansancio total. Sobre todo por las noches. arrastrándose otros y proyectando sobre el manto de agua sus sombras deformes. hacían su siesta decenas de heridos y acampaban los convoyes. hecha en tres días. aquilatando por las fatigas que soportó su comitiva bien montada y abas­ tecida. . parecían un conjunto trágico y emocionante. era indispensable que la campaña de Canudos tuviese un objetivo superior a la función estúpida y bien poco gloriosa de destruir un poblado de los sertones. en medio de los gajos finos del romero y de los cereus melancólicos. cuando los cabras sambaban enfrentando a los plazas? Ese niño era un luchador experto. La guerra lo había convertido en un bandido hecho y derecho. los hombres agachados junto al fuego y tiri­ tando de fiebre. dos casas abandonadas. Pero sin la algarabía característica y ruidosa de los grupos. después de demorarse cuatro días en Queimadas resolviendo los últimos obstáculos para la movilización de las fuerzas. En esa travesía fácil. en silencio. como un tonto. Ofi­ . montones de hombres macilentos. Al borde de esas aguas que el suelo no succiona. ¿Me iba a quedar ahí. como compañeros de la tierra calcinada y estéril. . Toda esa campaña sería un crimen inútil y bárbaro si no se aprovechaban los caminos abiertos por la artillería para una propaganda tenaz. suyo y del general Carlos Eugenio.— ¡Y cómo no! ¡Si habré tirado!. continua y persistente. acentuado paso a paso. Era el mejor y era insoportable: un sitio medio destruido. prefiguraba los demás. el Tanquinho.

como un campeador robusto cubierto aún por el polvo de las batallas. se enfrentaban de golpe con espectros tambaleantes que intentaban hacerles la venia mi­ litar y se volvían entristecidos. La única zona tranquila en esa barahúnda. La antítesis del bandido precoz de Queimadas. apoyados en las espingardas. rastros de los incendios entre los que repuntaban escom­ bros de casuchas quemadas. ese sitio minúsculo. los mismos grupos miserables. una docena de casas. En Cansancáo se atenuaron estas impresiones crueles. . que se empleaba en los servicios de transporte. y quedaba el matuto inmóvil. era también una revelación. a la derecha la aguijada. Pertenecía a una sola familia. presentándoles un hijo de cabellos blan­ cos v nietos casi canosos. en una actitud respetuosa y altiva. que dejaba ver la cabeza trigueña y franca. cuando no se desbarrancan en el fanatismo o el crimen. A una vuelta del camino. Por eso. Y el robusto viejo que lo gobernaba. revelaba la robustez maravillosa. rígidos como cadáveres. sombrero amplio levantado. los sombreros caídos sobre los ojos. dejando libre el curso de la cabalgata. La comitiva avanzaba y se olvidaba en seguida de la imagen del sertanejo robusto. por hombres más tranquilos e inofen­ sivos. sordos al tropel de la cabalgáta. un aliado. genuino patriarca. de valiente disciplinado. vestido de cuero. por los caminos los mismos heridos y a orillas de los pantanos verde-negruscos. especie de armadura de bronce. Cansangáo era un paréntesis feliz en esa desolación. Su jefe. tributó una ruidosa ovación al mariscal. la nota superior de la fuerza y de la ro­ bustez era dada. Como contraste permanente. en el terrible y estúpido escenario de la guerra. El villareio era un clan. desviándose.cíales que se acercaban sedientos a la orilla de la laguna. en una alegría ingenua v sana. la no­ bleza orgánica completada con un alma sin vueltas. es el único que en las narraciones de la campaña no despierta recuerdos dolorosos. A ca­ ballo. al mo­ narca según gritaba convencido. Tuvieron dos horas de remanso consolador. al borde del camino. levantan­ do en los brazos cansados de un trabajo de ochenta años. el cinturón y el largo facón. oficiales cargados sobre redes. allí acogía a los romeros cansados que iban hacia Queimadas. lleno de satisfacción ante hombres que nunca había visto. al ministro sorprendido. que aparecían aislados. a veces. nietos y bisnietos. en medio de las caravanas de guerreros desastrados. fijando puntos salientes en la urdimbre de las ruinas. tan característica de los matutos. Esa parada fue providencial. y aquí y allí. atraída como estaba por las bandas de fugitivos: soldados en marcha lenta. intermitentemente. muy firme en su coraza pardo-colorada. amplias manchas negras en la caatinga. Un pequeño hospital. congregando a su alrededor hijos. los mismos cuadros. entregado a la solicitud de dos franciscanos. En adelante. orlados de algas. inmóviles. se topaba con un vaquero amigo.

dos mil barracas alineadas en avenidas extensas. esos palimpsestos ultrajantes. en desvíos. que rara vez aparecía entre las casuchas de barro y paja. en las que caían violen­ tamente puntos de admiración rígidos como estocadas de sable. un barrio nuevo y mayor que ella. sin fantasías engañadoras. Allí se abría la mano de hierro del ejército. los viajeros volvían a las amarguras de la huella polvorienta. dejando en caracteres enormes la urdimbre del drama. Y en todas partes — a partir de Contendas— en cada pared de cual­ quier vivienda más presentable. I os nuevos combatientes llegaban a Monte Santo sin el menor anhelo de desenfundar las espadas. . cubierto por el anonimato. desesperadamente retorcida en vueltas infinitas. en una grafía bronca. con rimas duras. al entrar. orlada de ranchos destruidos y pespunteada de punta a punta por los sucesivos grupos de fugitivos. . estáticas. Cada herido. sin una frase varonil y digna. un reflejo de las negruras que alimen­ taba su alma. donde desde hace cien años no se construye una casa. la villa se amplía. sin brillo. dichos lóbregos de cuartel. chocando discordes alusiones atrevidas. indestructibles. infamándolos. improperios revoloteando por los rincones en una danza fantástica de letras tumultuosas. en pasquines increíbles— libelos en bruto. dejaba en ellas. ahogaba las paredes hasta el techo. donde surgía flagrante el sentir de los grabadores. Versos rengos. indeleble. . al pasar. Sin la preocupación de la forma. La ola oscura del rencor que rodaba por el camino golpeaba esos muros. en los que se casaban pornografías con desesperanzas hondas. entraba por las casas. a carbón. sin altura. libre. La comitiva. Pero se reanimaban al entrar en la base de operaciones. teniendo al fondo. Quitándose en pocos días la apariencia común de las aldeas sertanejas. reposaba envuelta por un coro silencioso de imprecaciones y maldiciones. En cada página aparecerían. fotografiando en esas grandes placas la cara tremenda de la lucha en ins­ cripciones lapidarias. el aspecto real del mayor escándalo de nuestra historia —brutalmente. torpezas increíbles en moldes pavorosos. Los narradores futuros tratarían en vano de hacer descripciones gloriosas. esos cro­ nistas rudos dejaban allí. destacándose sobre el suelo limpio en seis grupos sobre los que ondean banderas y de donde irrumpen. . .Al dejarlo. Y la campaña perdía repentinamente su aspecto heroico. ferozmente. vivas v mueras encima de nombres ilustres. se abría una página de protestas infernales.

para dar la orden de partida. pasando los días en convivencia ruda con los troperos en Monte Santor entre los cuales aparecía de pronto. acordes todas en indicar un mayor aliento entre los sitiadores que realizaban movimientos tácticos decisivos. Era una batalla ganada. se había convertido en el director supremo de la lucha. El mes de setiembre había empezado bien. Una multitud de habitantes adventicios había llenado de pronto la aldea. La pron­ titud con que los habitantes del poblado se precipitaron sobre el cadáver y lo llevaron. Por fin. y en un inquirir incesante. por la calle y contemplándolos se veía un montón heterogéneo donde chocaban todas las posiciones sociales. El mariscal Bittencourt adoptó una reglamentación rigurosa y se ocupó de adoptar medidas acordes con las complejas exigen­ cias de la situación. se puso a punto. el día 4. A dieciséis leguas del centro operacional dirigía. mujeres de la vida. vibraciones metálicas de clarines y el sonar cadencioso dé los tambores. Oficiales de todas las graduaciones y armas. sin balancear opiniones estratégicas. una bala de carabina había abatido en la aldea a un cabecilla de importancia. el servicio de transporte. carreros polvorientos de largos viajes. Casi diariamente llegaban y volvían convoyes de y hacia Canudos. a los encontronazos por la plaza. soldados doblados bajo los equipos. Y ese hombre sin entusiasmo. sin alardes. la cuestión primordial que hasta allí lo había conducido. periodistas sedientos de noticíasele daban un tono de plaza concurrida en día de parada. grupos de estudiantes. demostraba su prestigio. Los resultados de ese esfuerzo fueron inmediatos. gracias a su dedicación. perfec­ tamente abastecido y dirigido por cirujanos a los que se unían los es­ fuerzos desinteresados de algunos alumnos de la facultad de Bahía 326. Lo decían las noti­ cias provenientes de la sede de operaciones. con el reloj en la mano. Ponía en los combatientes alientos de victoria y poco a poco. .a cada instante. Porque cada convoy que salía valía por batallones. Es lo que se deducía de las últimas noticias. vencía la parálisis en que había quedado el asedio. Cayó junto a las iglesias. El hospital militar se convirtió en realidad. que hasta llegar a la base de operaciones no se había quitado el paletó de alpaca con el que burguesamente recibía el saludo de las brigadas. Apenas comenzado. Con todo eso se consiguió una correcta disciplina. heridos y convalecientes.

Canudos. Orden del día N p 13. ”. la brigada auxiliar. tuve la satisfacción de ver en seis horas consecutivas la destrucción de las torres. Lo determinó una circunstancia desagradable: una equivocación en el envío de municiones hizo que se llevaran balas rasas de Krupp. produciéndonos muchas bajas entre muertos y heridos. en lugar de granadas. 6 de setiembre de 1897. poco eficaces para el cañoneo. porque las dos torres dominaban las líneas del cerco y reducían los ángulos muertos de las trincheras.El 6 hubo un suceso de mayor importancia: una detrás de la otra. Entonces se resolvió gas­ tarlas sobre las iglesias hasta que se acabaran. . El caso ocurrió después de seis horas consecutivas de bombardeo. arrastrando grandes trozos de pared. Al dar su último paso transponiendo el río. si bien el primero se encontraba con parte de enfermo. . entre nubes de polvo y cal. acrecentando más el mérito por haberse presentado el segundo teniente Manuel Félix estando con parte de enfermo. Frutuoso Mendes y el alférez H. debido a los certeros tiros dirigidos por los segundos tenientes Manuel Félix de Meneses. una entusiasta y violenta burla de los jagungos. * "Cuartel General del comando de la 1^ columna. debido al entusiasmo que le produjo no sólo a él sino a todo el ejército que observava con interés el efecto de la artillería. El comandante de la P columna caracterizó bien en la orden del día lo sucedido: " . una detrás de la otra. . y a salvo de nuestra puntería. consiguiendo derri' baria. echando abajo su carga de tiradores y golpeando pesadamente en el suelo de la plaza. y por haber sido ese oficial el primero en iniciar el bombardeo y el último en tirar sobre la torre de la derecha. Las fuerzas recién llegadas. Y fue totalmente imprevisto. habiendo tirado el alférez Duque Estrada el último disparo sobre la izquierda. prorrumpiendo en esa ocasión la línea de seguridad y fuerzas en apoyo. Por fin habían caído. prorrumpiendo en esa ocasión la línea de seguridad y las fuerzas de apoyo en una violenta y entusiasta burla de los jagunqos” *. puntos elegidos por el enemigo para tirotearnos con mayor eficacia. el batallón paulista y el 379 de infantería. desarticulándose en bloques. . etcétera. en el campamento. El ejército había quedado finalmente libre de esos puestos de tiro altísimos desde donde se fulminaba a los sitiadores. Y el resultado fue sorprendente. el ejército entero hizo callar la fusilería para atronar el aire con alaridos retumbantes. “Elogio por lo tanto a esos bravos oficiales que dieron una prueba más de su pericia en la dirección de los cañones que comandan. Duque Estrada Macedo Soares. impo­ nentes. cayeron las torres de la iglesia nueva. . “Para conocimiento de las fuerzas bajo mi mando publico lo siguiente: “Habiéndose ordenado hoy a los comandantes de las bocas de fuego que bom­ bardeasen las torres de la iglesia nueva. los convoyes recibían de allí descargas violentas. también habían recibido desde allí la primera salutación feroz del enemigo. Y al verlas abatidas. Desde el 18 de julio las ocuparon tiradores de gran pericia a cuyos ojos y puntería no se escapaba el menor bulto que salía de la protección de las casas.

objetivando el misticismo ingenuo y poniendo en el cielo les rezos propicitarios de los sertanejos rudos y crédulos. estaba achatada. la aldea se había achicado. Impulsados por los sucesos de la víspera. Los hizo bajar en silencio por los primeros tramos de las colinas. blanqueando las noches estrelladas. Desde el comienzo al final. transpusieron el río y se metieron en Canudos. Atrincherados desde hacía mucho tiempo en la Fazenda Velha. El día 7. hundida. Todo el resto de la noche se empleó en esa . contribuyendo en mucho a las bajas diarias que las raleaban y emparejándose con las torres en barrer los parapetos mejor elegidos. atacó con una fuerza compuesta del 279 bajo el mando del capitán Tito Esco­ bar. ancho declive sobre la vertiente del morro. El encanto del enemigo se había terminado. Después se arrojaron como una avalancha por el morro abajo. du­ rante más de dos meses habían obstaculizado el cerco de ese sitio. aquel coronel. tan altas y esbeltas. chocando con el firmamento azul. los jagungos no pudieron resis­ tir. Al frente y a la retaguardia iban ex alumnos de las escuelas militares. Al día siguiente sobrevino un desastre mayor. . otro contingente del 59 regimiento y una boca de fuego. algunas decenas de guerrilleros escarnecían los cañones del coro­ nel Olimpio que se asentaban en lo alto. el hecho era de mal agüero. obedeciendo a la determinación del comando de la 1* columna. La refriega había durado cinco minutos. a des­ pecho de la tormenta de disparos que recibían. . El coronel Olimpio dispuso el resto de su pequeña fuerza en tiradores por los dos flancos. siendo desalojados de las trincheras de piedra que tenían alrededor de la vivienda destruida de la Fazenda Velha. sin esas dos balizas blancas que la señalaban a los pastores. . . con la metralla en el centro fulminándolos a quemarropa. las alcanzaban de punta a punta. TRINCHERAS SETE DE SETEMBRO Además. una burla lúgubre. La fuerza sólo tuvo dos plazas fuera de combate. De pronto. golpeados por trescientas bayonetas repartidas en dos cargas laterales. diluyéndose miste­ riosamente en la altura. en un reborde de la Favela. a las diez de la noche. Una entusiasta burla. fueron vencidos de improviso. un contingente de la 4^ batería del 29 regimiento.La campaña era eso mismo. Los adversarios desparramados y perseguidos hasta el cerro de los Pelados por la vanguardia. Sorprendidos. Expugnada la posición. A dos pasos de la artillería y de los contingentes que la reforzaban. entre los altos del Mário anteriormente ocupados y el Vaza-Barris. el coronel armó su barraca en el lugar donde hacía seis meses había muerto el jefe de la 3^ expedición. En una situación domi­ nante sobre el grueso de las líneas ajustadas a orillas del poblado.

pues seguía firmemente la línea nortesur. a una distancia de menos de trescientos me­ tros. feliz y de extraordinarios resultados para el desenlace de la guerra. el cerco se extendería aún más. a la derecha. osado. el Caxomongó. Partía de Juá. prolongándose por muchos kilómetros junto al arroyo de las Caraibas y cortándolo en sus meandros interminables. facilita la travesía rápida hacia Monte Santo en un trazado casi rectilíneo. El nuevo camino abierto para el traslado de tropas y convoyes y cerrado a los jagungos que lo usaban de preferencia en sus excursiones hacia el sur. cerrando completamente los dos cuadrantes del este. se con­ vierte de golpe en una angostura estrecha. acortaba en más de un día el viaje hasta Monte Santo. doblando a partir del punto conquistado hacia el oeste. 99 y 349. Y al otro día. en dirección al sur. la Trinchera Sete de setembro gobernaba la aldea. La había pensado y ejecutado el teniente coronel Siqueira de Meneses. Trasponiéndolo. Era. Desde ahí hasta el frente. hecho con las piedras de las trincheras enemigas. derivando hacia la izquierda y desde ésta. el mejor preparado para la invasión. Y se propuso explorarlo afrontando los mayores riesgos. y más corto que ellos dos. al frente de quinientos hombres. hasta la entrada del Cambaio. Salió de Canudos el 4. el de Calumbi. Realizó la empresa en tres días. Es una muralla de mármol silicoso poco más alta que el suelo. quizá la acción más estratégica de la campaña. entre todos. Nada denuncia el desfiladero oculto por la ramazón tortuosa de las umburanas que se levantan por ahí cerca. Con base en informaciones de algunos vaqueros leales. .construcción. un ejército daría todo un flanco al adversario que se escondiese en sus laderas. Pasó por el nuevo cami­ no descubierto volviendo el 7 por el del Cambaio en un movimiento rá­ pido. en rumbo hacia el norte. cerca de la confluencia del Mucuim. Ahora bien. bajo el inmediato mando del mayor Lidio Porto. que a tanto montaban los batallones 229. después de saltar una gran lomada. bien temprano. que corriendo entre los caminos del Rosário y del Cambaio. Avan­ zaba con rumbo invariable hasta otro riacho de vida efímera. ese oficial supo de las ventajas del otro camino. Yendo en dirección sudeste. porque el camino. La periferia del asedio había aumentado unos quinientos metros hacia la izquierda. aún desco­ nocido. a la tarde. CAMINO DE CALUMBI Se había realizado una operación seria. fuerte reducto de cerca de un metro de alto. caería en otra peor. constituía un camino estratégico in­ comparable. la serranía de Calumbi lo flanquea por ancho trecho. ese mismo día. donde se bifur­ caba con el del Rosario. Y al dejar esa situación grave.

se veían las trincheras de los jaguncos. amplia hon­ dura pesada. siguiendo la costumbre. Y ella refleja. Pisando esos lugares no habría bota que resistiera ni cuidados que evitaran caídas peligrosas. creando otros impedimentos. Allí no había trincheras. caerían sorprendidos a los primeros pasos en un terreno casi impracticable. cruzando sus fuegos. Las anteriores expediciones. Se habían evitado por azar dificultades tan serias en la más completa ignorancia sobre ellas. en cuyas orillas se rompen en grandes placas lucientes de color azul oscuro. Una capa calcárea. entre­ cruzadas por vetas blancas de cuarzo. Y en el caso que pudiesen avanzar. pasado un kilómetro. aún tendrían más adelante. como láminas de dagas. un obstáculo inevitable. por el Cambaio. variando siempre la ruta elegida. los invasores serían abatidos a tiros. Este foso extenso que como los otros de las cercanías no es un río sino un drenaje transitorio de las aguas que se canalizan hacia el Vaza-Barris. En semejante sitio el combate sería imposible. erizadas en puntas punzantes. Un hecho geológico común en los sertones del Norte reemplazaba en seguida estos accidentes. . y lo lograran. la agitación de las tormentas. De modo que al llegar ahí. por Macacará y por el Rosario. duras y rugosas en todos sus puntos. habían hecho creer a los sertanejos que la última. las capas superpuestas de esquistos. Un desastre mayor agravaría la campaña. El camino desaparece. Las espingardas colocadas en la cres­ ta de ese muro natural podrían barrer columnas enteras. allá abajo.a manera de grosera barbacana cerrada por un postigo estrecho. el suelo cae en declive hacia la Várzea. No eran necesarias. Traspuesto el pasaje. exca­ vadas en quebradas anchas. surcos hondos de aristas rígidas y finas. inmóvil y sufriente. la minan las lluvias de las tempestades después de las sequías. muy áspera. La marcha por el Rosario había sido la salvación. sustituye al camino en una exten­ sión de media legua. tomarría por el camino del Calumbi que todavía no se había usado. muestra un notable fenó­ meno de descomposición atmosférica. la perforan. Infinitas cavidades de bordes cor­ tantes. muestran de manera impresionante el accio­ nar secular de elementos enérgicos que por tiempos la trabajan. con fragmentos de sílex y rodeada de caatingas espesas. lo que suponía una difícil empresa contra antago­ nistas de tal manera guarecidos. poco espaciadas. Los tres mil hombres de la columna Artur Oscar no lograrían atrave­ sarlo. siguiendo sucesivamente por Uauá. Si hubiese sucedido ni un soldado habría llegado a Canudos. cae dentro del río Sargento. mostrando una travesía aparentemente fácil pero realmente difícil para una tropa en la dinámica del combate. De una margen a la otra. La corroen. Y si éstas intentaran vencerlo. pues caminantes tranquilos apenas consiguen avanzar de uno en fondo por una huella intermedia que lleva a la Várzea. de lecho sinuoso y hondo.

tomándoles trece cargueros y fue a salir por la con­ fluencia del Mucuim. iban a encontrar todo liquidado y se sentían escandalosamente atraídos por los acontecimientos. 16? y 289 de la 2^ brigada y un ala del batallón paulista.El teniente coronel Siqueira de Meneses. La brigada norteña avanzaba vertiginosamente trotando por los caminos desde el primer atisbo de la mañana. De ahí enderezó hacia el Cambaio. El fin de la campaña parecía próximo. Por cierto. pasó por la Lagoa do Cipó. y desde allí hacia el oeste. llevaban un temor singular: el miedo cruelmente an­ sioso de no encontrar ya a ningún jagungo para luchar. En primer lugar. en su ruta admirable y hecha con ventajas. Canudos estaba ahora sitiada desde el extremo norte al sur. Su trecho principal desde el río Sar­ gento hasta Suguarana. A los jagungos sólo les quedaban por el noroeste los caminos del Uauá y la Várzea da Erna. detenién­ . había dolido hondo en el ánimo de los que com­ ponían la brigada de línea que marcharía algunos días más tarde con el general Carlos Eugenio. en la Fazenda Velha. fue en segui­ da custodiado por los batallones 339. porque los jagungos huyendo hacia el poblado habían aban­ donado aquellas posiciones. donde se veían algunas calaveras y esque­ letos de los muertos de la expedición Febrónio. tomando de sorpresa dos trincheras allí existentes. partió la brigada de los cuerpos policiales del norte y tal precedencia originada exclusivamente en ra­ zones administrativas. eran rechazados de sus mejores puntos de apoyo y apresa­ dos por las mallas del cerco. MIEDO GLORIOSO Los rebeldes disminuían sus posibilidades todos los días. el 13 de septiembre. en la punta del camino del Cambaio. pasando por la Várzea y Caxomongó. Quedó abierto para la movilización de la fuerza un camino seguro y rápido. saliendo de Monte Santo por el camino recién descubierto. fue poniendo guardias en los principales puntos del camino hasta Juá. sorprendió allí a unos piquetes enemigos. II MARCHA DE LA DIVISION AUXILIAR Los nuevos expedicionarios. un extenso semicírculo. Atra­ vesó las trincheras abandonadas que dejó ocupadas por un ala del 229. a causa de múl­ tiples reveses. El cerco se había ampliado.

un rancho miserable. junto a la­ deras a plomo de tres metros de altura. agravando la dureza de la caatinga. Al alcanzar el sitio de la Suguarana. con el uniforme característico que adoptaron desde su llegada: grandes sombreros de paja de carnaùba. La brigada del coronel Sotero había llegado al sitio de Caxomongó. se alzaban altas ingaranas . que parecía la boca de una mina. si el viento era propicio. entre las planicies yermas. que les daba un aspecto de hombres del monte. tenía estratos exageradamente inclinados en 45° y en virtud de esa disposición. el 15 de setiembre. La lucha sertaneja no había perdido completamente los rasgos misteriosos que conservó hasta el fin. aguijoneada por el anhelo enfermo de medirse al menos en un encuentro fugitivo con aquellos po­ bres adversarios. absorbían las escasas lluvias que por allí se producen. La parada era estéril y lúgubre. rodeada de pintorescas serranías. totalmente cubiertas por piedras de todos los tamaños.dose solamente cuando el sol quemante agotaba a los soldados. disci­ plinados como los mejores de la línea y el del Amazonas. Los ambiciosos luchadores. . Era la última parada. como encontraron agua suficiente en un pozo profundo y oscuro. presenta un lecho completamente seco que desa­ parece en seguida entre colinas desnudas. . apuestos y sanos— allá iban en demanda de la ciudadela de barro. Pero en esa alegría guerrera aún despuntaban algunos sobresaltos. El terreno. entrando a la zona peli­ grosa. devorada por los incendios y defendida por una sola guarnición. destrozada por los asaltos. Fui testigo de uno de ellos. Los dos cuerpos de Pará. está al borde del río y éste. El paraje muerto se animó de pronto. En Caxomongó. armas y la animación ruidosa de 968 combatientes. El sitio. de gres colo­ rada y grosera. se distinguía hasta el crepitar de los tiroteos. sentían irrefrenables temblores de espanto. Por las márgenes del río. los campeadores — bien nutridos. La tropa llegó allí en plena mañana. seis leguas distante de Canudos. tanto para quien viniera de Boa Esperanza. en su tercer día de camino. gol­ peada desde hacía tres meses por los cañoneos. lleno de tiendas. pasando por sitios destruidos. carpas. se reanimaron. al borde de una ipueira fértil. La brigada de línea la alcanzó. Y arrojándose por los caminos. A pesar de la hora. como para los que llegaban desde Suguarana. Desde allá se oían los estampidos de la artillería. Al día siguiente alcanzarían la aldea. a medida que se alejaban por el sertón. en su marcha vertiginosa. acamparon.

súbito y veloz. No había nada que temer. . los combatientes. Sal­ taron el morro desnudo cuyas vertientes opuestas caían abruptamente sobre el valle de Umburanas. Y el día pasó tranquilamente. La brigada aparecía como una larga estera bajo la onda luminosa de la luna. Un centinela del cordón de seguridad extendido alrededor de las carpas. sobre los que tanto ansiaban medirse con ellos. sin torres. Venía como había venido sobre los otros expe­ dicionarios. para despertar a las diez de la noche. Irrumpían sin miedo por el valle sinuoso del río Sargento que desbordaba en una creciente repentina de uniformes. Era un desahogo. Cayó la noche. . sonaron cornetas. Entonces. El enemigo allí cercado ya no tenía aliento para aventuras por los caminos. de sorpresa. secciones de armas prontas a cargar contra el vacío. Hacia el norte. pelotones y compañías con parte de los combatientes corriendo. Era el enemigo anhelado. buscando su puesto en la maraña de la formación. Había sido una falsa alarma. Si aparecieran. a la distancia de dos kilómetros. ofi­ ciales sorprendidos saltando de las hamacas caían sobre el lecho del río. Canudos. . revólveres en alto— en un crepitar de estallidos de bayonetas. BUSCANDO UNA MEDIA RACION DE GLORIA Al amanecer se habían extinguido los temores. sobresaltada. preguntas ansiosas. cuadrados a la espera de una carga de caballería. Y la tropa se adormeció temprano y en paz. Los soldados armaron decenas de hamacas en las ramas. pasó la visión misteriosa de la campaña. Era un tumulto. por encima del lecho del río. La conocían de cerca. Los batallones fueron dominados por la hipnosis de un espanto indescriptible. . con sus paredes maestras . se oía. buscando a ciegas la orilla. Allá estaban las dos iglesias derruidas enfrentándose en la plaza legendaria. un bulto sospechoso deslizándose en la sombra y disparó su espingarda. divisó o creyó divisar. órdenes de comando. la nueva. Y de pronto. Iban rápidos. Pelotones y compañías formándose al azar. esperaban el asalto. rodando sordo en el silencio. . el bombardeo de Canudos.que cruzaban con su ramaje. gritos de alarma. las filas se alinearon — espadas desenvainadas. En el flanco izquierdo había detonado un tiro. presos de una emoción jamás imaginada. Tanto la noche como el día transcurrieron en completa placidez. atrevidamente. allá abajo y allá adelante. Volvía la impaciencia heroica. en la lejanía. los jagunqos vendrían al encuentro de un anhelo todavía no satisfecho. todavía con hojas. Transcurridos unos minutos. tranquila y enorme. que abra­ zaba a la naturaleza adormecida y quieta. .

arrastrando espadas y espingardas. erigidas al sesgo de las colinas. Se tenía la impresión de llegar a un villarejo sospechoso del sertón. Ya no les faltaría la media ración de gloria disputada. se llegaba. se pasaba por el cuartel general de la 1^ columna. la plaza de las iglesias. en el asalto del 18 de julio. un vasto albergue cubierto de cuero: el hospital de sangre. de forma singularmente inadecuada para vivir en ellas. y a poca distancia. se veía a sólo cien metros. centralizada por el batallón 259. a la derecha. mal arreglados. hasta que tropezaba con la tienda del general. dispuesta en una casa que no fue destruida y al mirar por las rajas de las paredes espesadas con lajas de piedra. El extraño entraba a desconfiar de una equivocación en la ruta que lo hubiera llevado hasta un poblado de jagungos. la mayoría cubiertos con sombreros de cuero. estaba el de la 2^. Se había reconstruido el barrio conquistado. Por ese lado es donde se había penetrado más profundamente en la aldea. el caserío. rotas de arriba abajo. Habían llegado a tiempo. nada denunciaba la estadía de un ejército. La canícula abrasadora que convertía a las carpas en hornos había inspirado esa arquitectura bucólica y primitiva. en ruinas y renegrida. Y al encon­ trarse con los pobladores se afianzaba la ilusión: hombres vestidos a lo paisano. la línea negra. en la cumbre. a la comisión de ingenieros. se sucedían pequeñas ca­ sas de aspecto original y festivo: hechas de follaje. Se estaba sobre la falda en cuya base se desarrollaba el trecho más peligroso del sitio. había perdido la apariencia revuelta de los primeros días. la tienda del comandante general. Alrededor. sin frente. Entraban jubilosos al campamento. A uno y otro lado del camino. en busca de una guerra sangrienta y fácil. Ya era como otra aldea a un costado de Canudos. Se veían dentro de un nuevo poblado. la vieja. Volviendo a la izquierda. en otra casa miserable. Bajando por la pendiente sur. pero eran las únicas ajustables al medio. levantando un pedazo del campanario derruido desde donde el fantástico compañero tantas veces había llamado a los fieles para la oración y para el combate. numerosas y desparramadas. techos y paredes de ramas de juázeiros. ASPECTO DEL CAMPAMENTO El campamento había cambiado. Pasado el cerro a cuyo pie se asentaba. Se llegaba a la repartición del Cuartel Maestre General . Atra­ vesando el lecho vacío del Vaza-Barris. a mitad de camino.derrumbadas. mujeres mal encaradas cosiendo tranquilamente en las puertas. con el bello aplomo de los candidatos a la historia. a la calle. descalzos o calzando alpargatas y cada tanto. o dispuestas por los valles diminutos. los recién llegados tomaron por una zanja retorcida. A primera vista.

se alcanzaba el cierre extremo del cerco prolongado por el 59 de Bahía extendido por el canal hondo del río de la Providencia. De allí a doscientos metros. . Repug­ naba admitir que hubiese allí tantas vidas. en el fragor de la lucha. el rumor doloroso de clamores de angustia haciendo que el cañoneo cesara a la voz austera y conmovida del comandante. esta­ llase en lo alto del morro para que de allí surgiera la réplica inmediata. los nuevos expedicionarios tenían una imagen nítida de la situación que diluía en parte su optimismo. Parecía una antigua necrópolis. Siguiendo la ruta. La perspectiva impresionaba. confundidos todos esos techos y pare­ des en el mismo desmoronamiento. pusieron la nota conmovedora del llanto. los llenaba de asombro esa Babilonia de casuchas que se extendía por las colinas. Además. acomodada al principio al conjunto compacto del caserío alre­ dedor de la plaza. seguían replicando con el mismo vigor de antes. o. . aunque no tenían más la iniciativa de los ataques. Pero que el observador no hiciese demasiado bulto sobre su parapeto porque las balas disparadas de allá abajo. apenas se levantaban en relieve desde el suelo y la vista. la trinchera Sete de Setembro. Recorriendo así el cerco atrincherado. no lograba distinguir un solo bulto. Pero éste era completo. Bastaba que un disparo cualquiera. Días antes. allí no sólo existía una guarnición de valientes indomables. Había mujeres y niños sobre los que durante tres meses estallaron masas de hierro y fuego que muchas veces. en el que hacía de dique el 269. en una tierra llana arenosa que el Vaza-Barris inunda en el tiempo de las crecientes. La observación más concen­ trada. Resulta que como estaban cubiertas de techos de arcilla colorada. tratando de disfrazar cualquier síntoma de debilitamiento. raquíticas y minúsculas. Caían sin perder su altivez. se contemplaba en lo alto. a cualquier hora. después de cruzar el lecho de aquél. un schrapnell arrojado desde la Favela reventó dentro del caserío anexo al sitio donde se hacían las oraciones. Canudos tenía por ese tiempo — fueron contadas una a una después— cinco mil doscientas viviendas3 2 T . Esta los sorprendió. Porque los jagungos. revelaban la existencia de gente emboscada. roída de erosiones. Ese pedazo de sitio era todavía escaso frente a la amplitud de la aldea. se hacía la ilusión de un volumen desproporcionado. La aumentaba el misterio del lugar. a manera de un baluarte junto a la Fazenda Velha. una mina enterrada y enorme. Acostumbrados a las proporciones exiguas de las aldeas sertanejas. .y campamento del batallón paulista. Lo mostraban los escombros en donde se ocultaban. durante algún transitorio armisticio. abajo. la sombra fugitiva de algún hombre y no se oía el rumor más fugaz. Y desde allí salió inmediatamente una réplica cruel que turbó a los artilleros del coronel Olimpio: un largo e indefinible llanto. mirando hacia la izquierda.

aunque algunas. golpeaban en las paredes de las barracas. Discurría sobre temas varios. La vida se había normalizado en esa anormalidad. presiones y temperaturas. A veces. Su precisión rítmica indicaba que en Canudos había tiradores apostados que querían recordarle a los sitiadores que el sertanejo velaba. El campamento. totalmente opuestos a la guerra. Pero no impresionaban. eran inofensivas. En la farmacia militar. registraban. hora a hora. hacía al azar un llamado cual­ . entre millares de soldados y millares de mujeres — entre lamentos y bramidos. el general Artur Oscar. de follajes salpicados de flores marchitas de juázeiros. fuera de los intervalos de los ataques que cada vez eran mayores.Así. salían voces y risas de los que allí adentro no tenían temores que les ennegrecieran las horas ligeras y tranquilas. durante la noche. Mientras tanto. Las balas que pasaban. los soldados de la línea negra. Hartos. Un sargento del 59 de artillería se había aventurado dos veces. escasas. en el lugar más avanzado del cerco. De manera que los combatientes nuevos. observadores tenaces. doblemente bloqueados. llenos de triunfos y ahora. Ocurrían cosas ex­ travagantes. casos felices de antaño. juzgaban inútil gastar más vidas para apresurar la rendición inevitable. Era fatal. anécdotas hilarantes o discusiones sobre política general. Los que allí estaban ya tenían demasiada gloria. en trayectorias bajas. siendo noche cerrada. entre lágrimas y balas— los re­ beldes se rendirían de un momento a otro. La musculatura de hierro de las brigadas nuevas ansiaba medirse con los estertores de los insurrectos. como tampoco impresio­ naban los tiroteos fuertes que todavía surgían. penetrando en el templo en ruinas. Nada que recordase la campaña feroz. con la subsistencia segura. En la sede de la comisión de inge­ nieros. El interlocutor de nuestro lado subía al borde de la trinchera y volviéndose a la plaza. La seguridad de ganar el pleito ya había dado lugar a grandes temeridades. mantenían largas conversa­ ciones con los jagunqos. días después. centralizaba largas charlas. reían ruidosa­ mente y recitaban versos y por las paredes ralas de todos los ranchos rientes. tenía la serenidad de un pequeño poblado bien vigilado. inscribían invariablemente un cero en la nubosidad del cielo y consultaban muy gravemente el higrómetro. con la atracción irresistible de un tem­ peramento franco y jovial. iniciándose en esta pelea de­ sigual. repelidas por las crestas de los cerros en trayectorias altas. inopinadamente. gracias a los convoyes diarios. con envidiable apego a la ciencia. hasta la plaza. lanzó fuego sobre los restos de la iglesia vieja que ardió completa 3 2 8 . a la noche. imitándole el arrojo. Se quedaban en una pasividad irritante. tirando allá adentro dos bom­ bas de dinamita que no explotaron. caían en su preocupación primera: que el enemigo in extremis 3 2 9 tuviese todavía aliento para poder lucir su temeridad y su fuerza. Ya nadie las advertía. Un alférez del 25?. estudiantes en días festivos forzados.

cadenciosas. a pesar del ilusorio abrigo que les daba el muro de tierra. Algunos morían cantando. de la extrema derecha a la extrema izquierda. como si todo eso fuese un rancherío de troperos felices. E L CHARLATANISMO DEL CORAJE Todo el mundo se había adaptado a la situación. con la misma manera dolorosa­ mente irónica. . rebotando. Los soldados del 59 de policía. No pocas veces la singular conversación derivaba a cosas jocosas y por las líneas cercanas. intercambiando informaciones sobre tópicos variados. las rimas de sus canciones prefe­ ridas. Si la fusilería apretaba. el primero que le acudía a la mente. Al llegar a los sitios más expuestos esquivaban el paso de los proyectiles que caían en seguida. terriblemente. Se reían de los recién llegados inexpertos. sesteando. se largaban media docena de insultos rispidos en una jerga enérgica. en figuras cómicas. Un snobismo lúgubre. lo hacía con voz amistosa. sin las primitivas cautelas. nombres de bautis­ mo. o de los que no largaban interjecciones vivas ante incidentes triviales. familia y condiciones de vida. diciendo un nombre común. tres o cuatro moribundos. y aplacada la refriega. dos. Entablaban un coloquio original a través de las sombras. en la oscuridad. que cruzaban por esos puntos transidos de miedo.quiera. encogidos. volvían a la alegría sertaneja. Y como punto final. a la entonación lánguida de las tiranas. En las narraciones a los nuevos compañeros . desde las ruinas de las iglesias. como si nombrase a un viejo compañero e in­ variablemente. Entonces. silbando con un silbido suave por el aire. como un psizz insidiosamente acariciador. Uniformados —los galones irradiantes al sol. . para sopesar el rigor de mira de los jagungos en su alcance máximo. iban rodando las risas ahogadas. las balas. le respondían en seguida. La guerra los había endurecido. corriendo. El diálogo se prolongaba hasta la primera divergencia de opiniones. disparando sus carabinas y seguían teniendo en las bocas. a los rasgados en las guitarritas. Los antiguos comba­ tientes andaban por fin por el campamento entero. mataban el tiempo cantando para mitigar las nostalgias de sus pueblos del Sao Francisco. los botones de la chaqueta brillantes— se ponían en una abertura cualquiera o se paraban en la cumbre desguarnecida de un cerro distante a dos kilómetros de la aldea. lugar de nacimiento. se batían como demonios. frenéticamente. casi de rodillas. de muerte. Algunos alardeaban su charlatanería del coraje. o de los que no refrenaban sobresaltos ante la bala que golpeaba cerca. diariamente removidos de los puntos avanzados. desde el centro del caserío o más cerca. El espectáculo diario de la muerte les dio la despreocupación por la vida. rispidos. de lado a lado. al son de los estampidos. en el suelo. resonantes. saltaban a los planos de fuego.

Porque se dirigían precisamente por los rumbos más favorables. hacia la extensa faja del Sao Francisco. Las lides afanosas de la caza de los cabritos ariscos o la búsqueda de los frutos de los arbustos muertos. era el escape salvador. en las privaciones sufridas. Y concluían con que quedaba muy poco por hacer. De ese modo dejaban a los sertanejos la mejor salida. La División Auxiliar. en los últimos combates de julio. escaseaban las provisiones y cada vez más se acen­ tuaba el desequilibrio entre el número de combatientes válidos. porque el antagonista estaba en los estertores de la muerte. Los episodios sombríos de la Favela con su cortejo de combates y sufri­ mientos. Todas las minucias. el siniestro Joáo Abade. Macambira. en agosto. después el desierto sería su abrigo seguro. Los caminos hacia la Várzea da Erna y el Uauá estaban francos. . no podía aceptar un papel tan se­ cundario: hacer treinta leguas de sertón sólo para contemplar — espec­ tadora inofensiva y armada de los pies a la cabeza— la derrota de la aldea. sin el movi­ miento febril y convulsivo de una batalla. llevándolos a la matriz donde se habían gestado todos los elementos de la revuelta. continua­ . Sin embargo no lo hicieron. atravesando un vasto trecho de territorio que es el núcleo donde se ligan y se confunden los fondos de los sertones de seis estados. apenas sería perseguida en las primeras leguas. . un alférez por ejemplo. aunque sentían su fuerza decaída mien­ tras aumentaba la del adversario. cediendo poco a poco a ese estrangulamiento lento. Como figuras principales quedaban Pedráo. atravesando rincones totalmente desconocidos. a voluntad. desde Bahía a Piauí. rastreándolos. En último caso. Por allí llegaban pequeños abastecimientos y podrían entrar. III EMBAJADA AL CIELO Pero el bloqueo.insistían mucho en los pormenores dramáticos. Habían desaparecido los principales cabecillas: Pajeú. subdividiéndose en múltiples vías por los campos. nue­ vos refuerzos de combatientes. recientemente. La población. que murió empachado de harina después de tres días de hambre. terrible defensor de Cocorobó y Joaquim Norberto que guiaban a las fuerzas por la carencia de otros mejores. no había reducido al enemigo a sus últimos recursos. Los largos días de privaciones que victimaron a los mismos ofi­ ciales. incompleto y con un extenso claro al norte. Todos los incidentes. José Venancio y otros. Aquello ahora era un pasatiempo ruidoso y nada más. hasta alcanzar los insignificantes lugarejos mar­ ginales de aquel río. entre Chorrochorró y Santo Antonio da Gloria. sin embargo. Por otro lado.

continuamente creciente. los santos hechos asti­ llas. luego que la beatería impresionada notara la falta del apóstol. dentro del templo en ruinas. el Bom Jesús caer del altar mayor y dar en tierra. Este acontecimiento. no podían salir del lugar donde se encontraban. alucinadora visión. lo que también se puede creer. todos los seres frágiles y abatidos. nacida espontáneamente de la hipnosis colectiva. Estaba rígido y frío. Tan simple. dejando a aquéllos desahogados y evitándose el último sacrificio. en pro de los defensores. Había dejado todo prevenido. capital en la historia de la campaña. contra lo que era de es­ perar. el completo abatimiento y la espantosa flacura de seiscientas prisioneras. Esta mayoría obstaculizaba el movimiento de los primeros y reducía los recursos. Pero no los dejaron. Llevó su abstinencia de costumbre a un ayuno total. Tal vez arrastrada por el espíritu ambicioso de algún cabecilla que prefigurase las consecuencias desastrosas del he­ cho o. lisiados y enfermos. y que pa­ recía debía producir su terminación inmediata. Al ver caer las iglesias. Ni tampoco irse afuera como otras veces. los altares caídos. Así es que los soldados. Y se quedaron para todo y para siempre. Era menester que allí se quedasen para la expiación suprema.mente disminuido y el de mujeres y niños. Porque el profeta vendría en breve. Al ver muertos a sus principales ayudantes y a tan grande número de soldados. ingenuamente: Antonio Conselheiro había seguido viaje hacia el cielo. La vida de la aldea se volvió entonces atroz. viejos. aunque en los últimos tiempos pocas veces lo veían. aunque sufrieran las mayores privaciones. No lo quisieron. y se divul­ gase la extraordinaria noticia. se adaptaron a un ayuno casi total. resolvió dirigirse directamente a la Providencia. El 22 de agosto había fallecido Antonio Conselheiro 330. Los vencidos lo relataron después. despe­ dazado por una granada. avivó la insurrección. Y un día quedó inmóvil. si más tarde. Estaban pegados a las trincheras. llevaba al pecho un crucifijo de plata. su organismo debilitado se quebró. Allí lo encontró una mañana Antonio Beatinho. herido de violentas emociones. la frente pegada al suelo. filtrarse poco a poco en grupos diminutos por los caminos que les restaban. las reliquias desprendidas de las paredes y. conocedores de su desamparo. los mismos que las atravesaron no hubieran revelado el origen de ese admirable estoi­ cismo. . Días de angustias indescriptibles fueron soportados ante las últimas puertas abiertas a la libertad y a la vida. bajando en un vuelo olímpico. Podían huir. El fantástico embajador estaba ahora junto a Dios. en el lugar mismo de sus crímenes. destruido el santuario. de modo inexplicable. entre millones de arcángeles. Lo revelaron después la miseria. Motu proprio. Comenzó a morir.

las destrozaban después a culatazos y sobre el montón de trapos y muebles miserables. el teniente coronel Siqueira de Meneses. el ala derecha del de Sao Paulo guiada por el mayor José Pedro de Oliveira. 389 y 32? bajo el mando del mayor Henrique de Magalháes. erigido después del fracaso de la 3? expedición y en él. abandonaban el poblado. a golpes. Le faltaban las trincheras que eran tan numerosas en otros puntos. Tomando la ofensiva. y marchando por el lecho del río. Cada tanto salía alguno. las "Casas vermelhas”. circunstancia desastrosa en la emergencia para los rebeldes. y ninguno notó que poco después. los creyentes se dispusieron para los peores momentos de la penitencia que los salvaría. Uno de ellos. Los jagungos no contaban con que fuesen hasta allá. mientras la izquierda de la línea y de los cañones de la Favela iniciaban un reñido ataque. seguido por los batallo­ nes de líneas 249. la situación cambió. la resistencia estupenda de alguno que se jugaba cara la vida. los soldados fueron metiéndose por las calles. Se veía un suburbio nuevo. edificaciones más correctas. y. por ser las más distantes. Eran los últimos que salían porque el día 24. se tiró rudamente sobre la entrada y mató. el del Amazonas. algunos incrédulos y entre ellos Vila-Nova. COMPLEMENTO DEL ASEDIO Al alba. Colocaban la boca de las espingardas sobre los tabiques de barro. los guerrilleros quedaron obstruidos por la barahúnda del mujerío miedoso. estaban repletas de mujeres y niños. cubiertas algunas con tejas. en el momento en que la puerta de la choza se abrió. capitán Afonso Pinto de Oliveira y teniente Joaquim Potengi. No estaba convenientemente guarnecido. asaltando los pequeños contingentes que lo guardaban dentro de las últimas viviendas que estaban diseminadas por aquel lugar. Era el punto de Canudos diametralmente opuesto a la Fazenda Velha y más distante del primitivo frente del asalto. La fuerza. Adelante retro­ cedía el sertanejo metiéndose en los ranchos y aquí y allí. Se aliviaron todas las almas. llevando el 249 a la vanguardia. tomando por caminos ignorados. Pero no cedieron en seguida la posición. abrazado a su mujer e hija. retrocedían resistiendo y acom­ pañándolos. marchó hacia la parte todavía desguarnecida del cerco. Como en general les sucedía. hacia adentro. les cayó encima por sorpresa. todas las viviendas. atrayendo hacia aquel lado la atención del enemigo. en desquite terrible.cayendo sobre los sitiadores. bajo pretextos varios. disparándolas al azar. fulminándolos y comenzando el Día del Juicio. . tiraban fósforos encendidos. y un contingente de caballería al mando del alférez Pires de Almeida. reeditaban episodios inevitables.

entre los dos fuegos. cubierto de harapos. disolviéndose ante un trecho de­ sierto del río. Los grupos miserables. grupos de mujeres y niños corriendo hacia el sur. En un rincón de la salita invadida. Se quedaba adelante. De pronto. vigilante. Adelante no había terreno neutral. ” 3 3 \ Otro distrajo a los soldados. caído de costado. medio desnudo. compactos. Era la sombra del cuadro. Los plazas lo rodearon por un instante y en seguida estallaron en un coro estrepitoso de carcajadas. . rodando por los techos. Era el proceso usual y obligatorio. al fondo del santuario. como el telón que cae sobre un acto de tragedia. concre­ ta. . en el esplendor siniestro de los incendios. dejándola luego al descubierto. Esta refriega. con su humo amarillento. . Murió en seguida. Lo recortaba. El jagungo se quedaba. del 249. Por su gran rasgón abierto de arriba abajo. Además. indomable. real. el adversario retrocedía pero no huía. resonaba en el campamento ponién­ dolo en alarma. pateaban. rubio y sin brillo — una chapa circular en brasas— un sol de eclipse. repelidos por el cañoneo. en la misma vivienda. se les aparecía como una ficción estupenda. Aplaudían. en ese escenario revuelto. desapa­ recían al fin. el alférez Pedro Simóes Pinto. con algunas llamaradas fugaces. fustigados por la fusilería. Fue un episodio truhanesco y funesto. todas las casitas adyacentes a la comisión de ingenieros formaban una platea enorme para contemplar el drama. O los escondían las nubes de humo de los fuegos de lenta combustión. una llamarada. apenas lo hacía se le caía de los brazos flojos. Estallaban "bravos”. Sin fuerzas para levantarla. un curiboca viejo. La escena. indistinguibles entre el humo. en un círculo de soldados que lo abatieron a sablazos. Las baterías de la Favela golpeaban de frente. chocando con el frente de la iglesia nueva. extendiéndose por el suelo. se divisaba un pedazo de la aldea. tuvo una frase lúgubre: "Al menos maté a uno. Se detuvieron. abarcándolo de extremo a extremo y ocultándolo. Para no perder el avance se detuvieron y formaron barrera con los muebles y destrozos de las casas. perdiéndose alargadas sobre las cumbres de las colinas. a dos pasos. separado apenas por algunos centímetros de pared. Desaparecían totalmente las casas. torcía la cara en una mueca de cólera impotente. la aldea desaparecía. Estos avanzaban empujados por el soplo del nordeste. desesperado. En poco tiempo tuvieron trece bajas. Atestadas de curiosos. trataba de disparar una lazarina antigua. En esos intervalos. en tumulto. Pero esta resistencia a todo trance en la que entraban los mismos mo­ ribundos. a veces completamente. del otro lado de la barrera. terminó por cortarles el paso. atronando al norte. Y al expirar.al primer agresor que encontró. adensándose o deshacién­ dose según la acción de los vientos. Delante de los espectadores se extendía un lienzo de humo. adelgazado hasta la flacura extrema. casi sin fuerzas para sentarse. en la pieza de al lado. ajustando su puntería. entre los escombros.

Canudos estaba bloqueado. como espectadores frenéticos agitando sus bi­ nóculos inútiles.Los curiosos espectadores. La insurrección estaba muerta. En todo el cuadrante del noroeste. el 38?. Al este. En el desahogo estallaban aclamaciones y aplausos. Además. decaía pensando en una salida de los sertanejos por las rutas del norte. Aunque fragmentada. cortando los caminos del Uauá y de la Várzea da Ema. guarnecidas por el 319. los ecos de los estam­ pidos a veces sonaban a la derecha y a retaguardia. Se formaban los cuerpos de reserva. Se corría de nuevo a los binóculos. Por fin se vio llegando hasta el camino del Cambaio. de actuar en el drama. se había dibujado la curva cerrada del asedio. . la Favela y el baluarte dominante de la trinchera Sete de Setembro. dando la idea de un ataque del enemigo en una revancha repentina. las posiciones recién expugnadas. una línea de banderolas coloradas. el ala izquierda del 249. el centro del campamento. Se prolongaba anormalmente. sin la intervención de descargas o de tiroteos cerrados. Se intercambiaban ór­ denes precipitadas. el ala derecha del batallón paulista y el 32? de infantería. . Una claridad abría otra vez el escenario tallándolo de medio a medio. Ya no se podía escapar un solo habitante. Se cruzaban pre­ guntas conmovidas. efectivo. cuando las nubes de humo se adensaban estallaban en groseros clamores de contrariedad. al sur. A lo lejos se oían igualmente el coro de insultos y vivas. la retaguardia de la línea negra cubierta por la 3* brigada. liberados. ladeando el puesto artillado en el ex­ tremo del camino del Cambaio. el ánimo de los que escuchaban ansiosos. Toda la periferia del poblado estaba cerrada. . al norte. La nueva llegó en seguida al campamento y de allí salieron correos hacia Monte Santo desde donde el telégrafo la desparramaría por el país entero. real. a veces. de modo que. por su lejanía. tratando de adivinar el enredo inopinadamente encu­ bierto. Los jagungos re­ trocedían. Porque la acción se prolongaba. guarniciones espaciadas.

Los combatientes que lo en­ frentaban desde el comienzo. desencadenada en un tumulto de vorágine. I ULTIMOS DIAS LAS CONVULSIONES DE LOS VENCIDOS Ocurrió entonces un hecho extraordinario. Pero descansaron breves minutos. atravesándola. V I— El fin. sin par en la fugacidad con que sabía sustraerse a los ataques más imprevistos. por la aldea.— Paseo dentro de Canudos. . borbotaba dentro del Vaza-Barris hasta despedazarse en el encuentro de las empalizadas que lo cerraban. indomable para repeler las cargas más valientes. . Rechazada por el cierre del este. La presión de millares de bayonetas que lo cercaban. volvía vertiginosamente al sur. saltaba de nuevo hacia el este. una vez más y volviendo a los mismos puntos. serpenteando. . se agitaba. totalmente imprevisto. Era como una ola embravecida. Se detuvo. reventaba en las cuestas que por allí bajan hacia el río. Sobre los muros de la iglesia nueva. Estos comenzaron desde el 23. Hasta ese momento lo habían visto con astucias. se retraía de ese lugar hacia el centro de la plaza. I I I — Titanes contra mori­ bundos. insistentes como nunca. recibía encima y de lleno.ULTIMOS DIAS l— Las convulsiones de los vencidos. IV. con engaños y emboscadas. veloz. la réplica de las guarniciones que estaban arriba y rotaba hacia el norte. desde todos los puntos. lo endurecieron y de nuevo le dieron la iniciativa en los combates. Alrededor de los pozos de agua. Los prisioneros. V il-D o s líneas. V. Una súbita quietud suplantó el tor­ bellino furioso. Los sitiadores dejaron la formación de combate. apenas se la veía entre la claridad fugaz de la fusilería. gigantes. II. un silencio absoluto bajó sobre los campos. Comenzaron a verlo heroico. era recha­ zada. estrepitosamente golpeaba la izquierda del 59 de Bahía.— Testimonio de un testigo. golpeando trinchera por trinchera todo el cerco. como el remolino impa­ rable de un ciclón. Notas de un diario. era repelida. no lo reconocían. para ir a caer ante los espolones de la Favela. siempre rechazada y atacando siempre. para quebrarse un minuto des­ pués contra la línea negra. refluía en descargas en direc­ ción del Cambaio. lo estimularon. El cráneo del Conselheiro.— El asalto. corriendo hacia el norte. El enemigo revivió con vigor increíble. caía sobre la barrera del 26?.

despedazando frascos en la farmacia militar anexa. y fuera de las carpas. sobre las placas recosas.Un estampido atronó en la iglesia nueva y se veían bultos errantes. de las casas. Desde que aso­ maban por el sur en la cresta de los morros. Valientes de fama. reapareció el espanto. Terminaron los desafíos imprudentes. andando curvados por los pasajes. haciendo equilibrios sobre los escombros. hasta el trecho resguardado de la Favela donde paraban los cargueros y los heridos. La artillería los alcanzaba con sus balas. trasponiendo a saltos los lugares descubiertos. estallando. golpeando. No se entendía cómo. enloquecidos. se acogían a la cautela. sobre todas las huellas. repiques duros de trabucos. Los cerros se despoblaron. rijosos como los de cañones revólveres. de Comblain con zumbidos llenos y sonoros. corriendo en una ronda enloquecida. . quebrándolas. Se perdían en las proximidades del santuario. a la entrada del cam­ pamento. después de tantos meses de lucha. todavía con más intensidad. sobre las carpas próximas a los cuarteles generales. . sin que se pudiese explicar una trayectoria tan baja. La situación se volvió imposible. des­ prendiendo astillas. cruzándose. Sólo había un toque posible — el de alarma— y lo daba elo­ cuentemente el enemigo. Pero reaparecían en un punto cualquiera de la línea. atacaban otras trincheras y eran repelidos. dando como piedras duras sobre las paredes espesas de las casillas de la comisión de ingenieros y el cuartel general de la columna. Las comunicaciones volvieron a ser difíciles. en una profusión terrible de metrallas. sobre todos los morros. desde todas partes. res­ balando con estruendos por el toldo de cuero de hospital de sangre y despertando a los enfermos transidos de espanto. caían sobre las que se sucedían y seguían en un giro enorme. en la rotación de los ataques. bajaban precipitándose y algunos cargueros caían heridos al dar el último paso. percutiendo en los flancos de las colinas. de los toldos. Terminaron de fanfarronear los que por allí andaban. los convoyes comenzaban a ser baleados. sorprendidos. sobre toda la línea. Caían como simios despeñados. de las tiendas. los jagungos aún tuvieran munición de guerra. Se decidió que no sonasen las cornetas. Proyectiles de toda especie. sobre el lecho largo y tortuoso del río y sobre las depresiones más escondidas. Como en los malos días del pasado. Atacaban y eran recha­ zados. Los que el día anterior desdeñaban al adversario encubierto por esas casuchas quedaban asombrados. desafiando tiros. por el camino del Calumbi. . Y no la economizaban. de mannlicher y máuser con sus silbidos finos. en lo más agudo de los tiroteos. rozando. En ciertas oca­ siones. combatientes fatigados. disparaban tan tupido que ase­ mejaban los aullidos de un viento fuerte. sobre los ranchos de follaje a un palmo de las redes de donde saltaban.

cerradas todas las salidas. había encontrado a algunas mujeres y hombres heridos. diagonalmente. con astillas de granada en el vientre.La lucha se acercaba febrilmente al desenlace de la batalla decisiva que la remataría. Tartamudeó algunas frases. Sólo uno no mostraba en su físico las priva­ ciones sufridas por los demás. el viejo curiboca desfalleciente que no había podido disparar contra los soldados. . entró a la tienda del comandante de la 1^ columna. Se sacó el sombrero de cuero e ingenuamente. Primitivamente blanco. Puesto a la sombra de una carpa continuó su agonía prolongada desde hacía tres meses. Había logrado derribar a tres o cuatro plazas y hubiera escapado si no lo hubiera alcanzado una bala en la órbita izquierda. Fuerte. Era la suprema petulancia del bandido. De la cintura le pendía la vaina vacía de una faca larga. un luchador de primera línea. tenía la cara tostada y marcada de viruela. Allí lo largaron. No lo interrogaron. cansados. de cuatro a ocho años. Uno venía sostenido de las axilas por dos plazas y sobre el pecho desnudo. Otro. Los que la