SOBRE LAS OLAS
Julio Ramón Ribeyro
PERSONAJES
.El niño (era el observado de cómo el bañista se iba ahogando)
.Tío Fermín ( llevo al niño a la playa para la apertura)
.La abuela (estaba enferma y que al ultimo se cura)
.El bañista (un hombre que entro a la playa y se estaba ahogando)
. Hermana del tío Fermín (dice que Fermín vaya a ver a la abuela y lo lleva a la
casa)
LUGAR
.Malecón
.Una casa cerca del Malecón
PARAFRASEAR
un día soleado casi perfecto en unas costas de Perú en una
pequeña casa se encontraba una abuela enferma, muy
enferma, su familia estaba preocupada e intranquila, al mas
pequeño de la casa lo sacaron al malecón acompañado de
su Tío Fermín, ya en la playa un joven se dispuso a nadar a
pesar de que le advirtieron que el mar estaba picado. Al
poco rato, comenzó a ahogar, nadie lo ayudaba, pero
muchos lo observaban, al llegar una lancha a rescatarlo no
lo encontraron. El Tío Fermín le dice a su sobrino que deben
regresar a casa y el niño piensa que le ocurrió lo peor a su
abuela, pero al entrar a la habitación la consigue alegre y
con los brazos extendidos hacia su nieto, el dice la abuela
parecía que emergió triunfal sobre la cresta de una olas.
VALORES :
LA GENEROSIDAD: Porque trataron de
ayudar a bañista.
El niño. (Julio Ramón Ribeyro )
MENSAJE:
Que debemos ayudar a los demás aunque
pensemos que no lo lograremos, siempre
ser positivos.
INICIO
Cuando a mi abuela le dio fiebre malta fue trasladada a
San Miguel, a una casita que quedaba a una cuadra del
malecón. Ya antes había estado en Chilca, en Chosica,
pero su salud no había mejorado. San Miguel era
entonces reputado por su buen clima. La niebla que
todas las mañanas invadía la costa limeña hacía una
excepción y el sol misteriosamente bañaba desde
temprano el litoral de este balneario. Yo fui a
acompañarla, junto con mi tío Fermín, el menor de sus
hijos. Fermín había terminado el colegio y como aún no
había decidido qué hacer de su tiempo y su vida se
entretenía enseñándome llaves de lucha libre,
experimentos de química y leyéndome con voz
atronadora trozos de La Ilíada.
NUDO
En las mañanas íbamos a veces de paseo por el malecón. Faltaba poco para la temporada, pero ya algunos
veraneantes se ponían su trusa y, sin afrontar el mar, se tostaban en la playa de piedras. Una de esas
mañanas mi abuela se puso muy mal. La fiebre que no la abandonaba desde hacía un mes subió y empezó a
delirar. El médico vino a verla, se alarmó mucho, convocó a los otros hijos de mi abuela, se habló de llevarla
al hospital, reunir una junta de galenos, llamar a un cura. Había tal nerviosismo y alboroto en la casa que mi
tío Fermín me cogió de la mano. -La Negra Muerte ronda por San Miguel –dijo parodiando a Homero-. Vamos
a dar una vuelta. Más que nunca lucía el sol y hacía hasta calor. Los sanmigueleños, orgullosos de su buen
clima, se pavoneaban por el malecón. No había cabida en ese bello día para el menor pensamiento triste ni
para la más leve tragedia. Y sin embargo, a pocos pasos de allí, una anciana se moría en una casita con
geranios y rejas de madera. Y era un día realmente excepcional pues un bañista, el primero, resolvió entrar
al mar y decretó con este gesto la inauguración de la temporada. Se puso de pie, dejó cuidadosamente
doblada su toalla sobre las piedras, aspiró con los brazos abiertos el aire marino y se lanzó de cabeza en las
aguas frías. Salvó muy pronto las primeras olas y con un enérgico braceo se alejó de la playa, hasta detrás de
la zona donde se formaban los tumbos. A unos quinientos metros de la orilla empezó a nadar paralelamente
al malecón, yendo y viniendo en un estilo perfecto. Era un espectáculo reconfortante, que a todos nos
llenaba de promesas, mientras la mañana transcurría y el sol iba llegando a su cenit. De pronto se levantó
una fuerte brisa, el mar se picó, las olas crecieron reventando muy adentro y llegando con estruendo a la
playa pedregosa, entre el vuelo alborotado de los patillos. Esos cambios no eran raros, el dios Neptuno, como
dijo mi tío Fermín, tenía sus caprichos. Y añadió que ya era tiempo de que el bañista saliera o que a lo mejor
le convenía esperar que pasara la braveza.
DESENLACE
Alguien en ese momento me daba una punzada en las costillas con el dedo pulgar y no
tuve necesidad de volverme para adivinar que era mi tío Fermín, aplicándome una
llave que él llamaba el dedo de la muerte. Sin decirme nada me hizo bajar de un tirón
de la baranda y me condujo hacia la casa. Yo andaba aún pensando en el puntito
negro que había visto desaparecer en las aguas y apenas notaba que mi tío caminaba
rápido, silbando, con la cabeza gacha, mirando el suelo. En la puerta nos cruzamos
con el médico que salía con su maletín en la mano y al vernos se quitó el sombrero
ceremoniosamente. Todas mis tías reunidas en la sala hablando con animación, pero
en voz baja. Quise saludarlas, pero tío Fermín seguía tirándome del brazo, llevándome
al 5 dormitorio de mi abuela. Olía a éter, timolina, hospital, cámara mortuoria.
Cuando abrió la puerta la sirvienta salía con una taza en la mano. En la cama distinguí
a mi abuela, pero no exangüe y rígida, sino recostada en almohadones, sonrosada,
sonriente, extendiendo ambos brazos hacia nosotros, como si emergiera triunfal en la
cresta de una ola.