Colmillo Blanco
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Asesores:
J. FORTUNY
S. MARTÍ
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JACK LONDON
Colmillo Blanco
Adaptación:
A. GARCIA LLORCA
Guion del cómic:
A. VÁNDOR
Cómic:
ESTUDI ESCLETXA
Introducción y guía de lectura:
P. MIRET PUIG
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La reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la
reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o prés-
tamo público quedan rigurosamente prohibidas sin la autorización escrita de los titulares del copyright,
salvo excepción prevista por la ley, y estarán sometidas a las sanciones establecidas en esta. Diríjase
a CEDRO (www.conlicencia.com) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Colmillo Blanco
Adaptación de Antoni Garcia Llorca
Primera edición, abril de 2014
Segunda impresión, 2019
ISBN: 978-84-307-6951-3
© Sobre la adaptación literaria: Antoni Garcia Llorca, 2014
© Sobre el guion del cómic: Ariel Vándor, 2014
© Sobre las ilustraciones del cómic: Estudi Escletxa, 2014
© Sobre la introducción, la guía de lectura y las propuestas de trabajo: Pau Miret Puig, Joan Fortuny
y Salvador Martí, 2014
© Sobre la presente edición: Editorial Teide, S. A. - Senyera, 58 - Polígono Bobalar - 46970 Alacuás
(Valencia)
info@editorialteide.com - www.editorialteide.com
Preimpresión: Admagraf
Impresión: Índice S.L.
Depósito legal: B9770-2014
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ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
JACK LONDON 3
LA OBRA DE LONDON 5
COLMILLO BLANCO 6
Argumento 7
Estructura 9
Personajes 9
Temas 13
Estilo 15
Repercusiones de la obra 16
NUESTRA EDICIÓN 17
COLMILLO BLANCO
1. Los lobos tienen hambre ................................................. 21
2. Que no se apague el fuego .............................................. 28
3. Un cubil en las tierras salvajes .......................................... 34
4. El cachorro gris ............................................................... 40
5. La primera aventura en el mundo exterior ....................... 43
6. El combate con el lince ................................................... 48
7. El ser más poderoso de las tierras salvajes ......................... 52
8. El cautiverio ................................................................... 58
9. El pacto entre el lobo y el hombre .................................. 64
10. El reencuentro con Kiche ............................................... 69
11. La hambruna .................................................................. 73
12. El enemigo de su especie ................................................ 76
13. El dios loco .................................................................... 80
14. El reino del odio ............................................................. 83
15. El mordisco de la muerte ................................................ 87
16. Domando al indomable .................................................. 91
17. El dios del amor .............................................................. 95
18. El largo viaje ................................................................... 98
19. Las tierras del Sur ............................................................ 102
20. Los dominios del dios ..................................................... 106
21. Las leyes de la civilización ............................................... 110
22. La llamada de la especie .................................................. 113
23. El lobo adormilado ......................................................... 116
GUÍA DE LECTURA 121
PROPUESTAS DE TRABAJO 145
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INTRODUCCIÓN
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JACK LONDON
Jack London tuvo una vida corta pero muy intensa. Nació
en San Francisco (California, Estados Unidos) en 1876, en
el seno de una familia poco convencional. Nunca conoció
a su padre biológico, posiblemente el astrónomo William
Chaney, un hombre que siempre se negó a reconocer su
paternidad. Su madre, Flora Wellman, se casó a los pocos
meses de nacer Jack con un carpintero viudo que ya tenía
dos hijos.
Desde los once años el joven London tuvo que ganarse
la vida con duros trabajos que combinaba con la asistencia
a la escuela. Ni una cosa ni la otra le satisfacían tanto como
las visitas a la biblioteca pública de su barrio, donde halló
numerosas lecturas que lo ayudaron a evadirse de la dura
realidad.
Con ese mismo afán de aventuras se enroló, siendo aún
un adolescente, en un barco que se dedicaba a la caza de
focas en las frías tierras del estrecho de Bering. Allí quedó
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COLMILLO BLANCO
fascinado por los paisajes helados
de Alaska, la mágica luz de aque-
llos territorios y la tenaz lucha de
sus habitantes por sobreponerse a
las insufribles condiciones de vida.
Al mismo tiempo, sin embargo, los
salvajes métodos para cazar las
focas le hicieron comprender la
crueldad de que es capaz el hom-
bre para ganar dinero.
De regreso a San Francisco,
mientras intentaba publicar sus
primeros escritos, malvivió con
lo poco que ganaba realizando
trabajos miserables y a veces peli-
grosos. Fue marino, empleado en
una fábrica, pescador clandestino
de ostras, buscador de oro, vigi-
Jack London fotografiado a la edad de nueve años
junto a su perro Rollo.
lante de costas... En esta época
empezó a abusar del alcohol en
las tabernas del puerto mientras escuchaba relatos de pes-
cadores, balleneros y cazadores de focas. Eran tiempos de
una profunda crisis en Estados Unidos y a Jack London no
siempre le sonrió la fortuna. Participó activamente en las
luchas obreras y fue encarcelado por vagabundo. Poco a
poco, no obstante, consiguió publicar sus primeros libros,
con los que obtuvo rápidamente el reconocimiento popu-
lar. La llamada de lo salvaje (1903), El lobo de mar (1904) y
Colmillo Blanco (1906) son algunas de las más celebradas
novelas del autor americano.
Sin embargo, convertirse en un famoso escritor no puso
fin a sus problemas. El dinero que ganaba lo invirtió en
agrandar un rancho ruinoso que se incendió misteriosa-
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INTRODUCCIÓN
mente o en dar la vuelta al mundo en un velero de su pro-
piedad que acabó destrozado en las costas de Australia. Su
primer matrimonio fue un fracaso y las enfermedades em-
pezaron a destruir su cuerpo.
Finalmente, las drogas que consumía para evitar el dolor
acabaron con su vida (aunque algunos piensan que fue un
suicidio) el 22 de noviembre de 1916.
LA OBRA DE LONDON
Jack London es autor de una extensa obra, compuesta
principalmente por novelas y relatos de aventuras. Mu-
chos de sus escritos presentan numerosos puntos de coin-
cidencia entre sí y pueden entenderse como una manera
de convertir en literatura sus duras experiencias vitales.
Así, las vivencias del autor como cazador de focas quedan
plasmadas en la novela El lobo de mar (1904), que narra el
aprendizaje como marinero de un joven muchacho que
se ve obligado a servir a las órdenes de un viejo capitán
despiadado y salvaje. Del mismo modo, La llamada de lo
salvaje (1903) se desarrolla en la zona del río Yukon du-
rante la fiebre del oro que, a finales del siglo XIX, arrastró
a muchos americanos —entre ellos al propio Jack Lon-
don— a hacer fortuna en aquellas tierras. Esta novela
cuenta la vuelta al estado salvaje de un perro que había
sido domesticado para tirar de los trineos.
Igualmente autobiográfica se considera Martin Eden
(1908), que relata la historia de un joven que de manera
autodidacta terminará convirtiéndose en escritor tras haber
pasado por todo tipo de trabajos. Sin embargo, como le
ocurrió al mismo London, la llegada del éxito no traerá
consigo la felicidad al protagonista y la vida de Martin
Eden tendrá un final dramático.
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INTRODUCCIÓN
Efectivamente, la lectura de Colmillo Blanco nos llevará a
hacernos muchas preguntas sobre la condición humana y
sobre la relación del hombre con la naturaleza.
Argumento
La novela tiene como protagonista a un lobo al que los in-
dios llamarán Colmillo Blanco. Hijo de un viejo lobo que, a
falta de un ojo, se ve obligado a desarrollar su astucia y de
una perra loba criada por los indios, el pequeño cachorro
aprende pronto a conseguir comida por su cuenta y a alejar-
se de los animales peligrosos. Siendo todavía muy joven cae
en manos de Castor Gris, un indio que lo utiliza para arras-
trar su trineo y que lo exhibe como signo de poder. Colmi-
llo Blanco pronto comprende que el hombre actúa como el
Dios de la naturaleza y que no sirve de nada oponerse a él.
De Castor Gris solo recibe comida cuando cumple su vo-
luntad y golpes cuando no actúa correctamente.
El cariño está vetado para el lobo en los dominios de
Castor Gris: ni el resto de los hombres ni los niños se
muestran afectuosos con él. Ni siquiera su propia madre lo
reconoce cuando, al cabo de un año, vuelven a encontrarse
en el campamento indio. En estas circunstancias, Colmillo
Blanco se debate entre su instinto de libertad y la fuerza
que, a causa del proceso de domesticación sufrido, lo arras-
tra hacia la compañía humana.
Poco a poco, sin embargo, Colmillo Blanco va adaptán-
dose a la vida doméstica y llega a aceptar el pacto estable-
cido entre el hombre y el lobo: el lobo debe tirar de su
trineo y proteger sus propiedades, su vida y la de su familia,
a cambio de calor y alimento. Ahora bien, las reglas apren-
didas con Castor Gris y el pacto al que llega con él no le
sirven de nada cuando, más adelante, cae en poder de Gua-
po Smith.
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COLMILLO BLANCO
Jack London y Charmian Kittredge, su esposa, montados en un carruaje.
Su nuevo amo es un hombre cruel y despiadado que
convierte a Colmillo Blanco en un sanguinario perro de
pelea gracias al cual gana mucho dinero en las apuestas.
Guapo Smith consigue potenciar en el lobo sus más vio-
lentos instintos. Colmillo Blanco es tratado con odio, brus-
quedad y violencia para que su único deseo al ser liberado
en el corral sea matar. De esta forma, Colmillo Blanco
vence sin piedad a todos los rivales que se cruzan en su
camino.
Pero un día, durante una espantosa pelea con un temible
bulldog, Colmillo Blanco se encuentra a las puertas de la
muerte. La fortuna se alía esta vez con el lobo. Un hombre
llamado Weedon Scott interrumpirá la pelea, rescatará a
Colmillo Blanco y, a partir de ese momento, con mucho
esfuerzo y cariño, luchará por proporcionarle al lobo una
vida más digna.
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INTRODUCCIÓN
Estructura
El propio Jack London estructuró su novela en cinco par-
tes claramente diferenciadas. La primera, que se correspon-
de con los dos primeros capítulos de la adaptación, relata la
desesperada lucha por la supervivencia de dos hombres y
sus seis perros, perseguidos por una manada de lobos entre
los cuales destaca la presencia de una astuta perra loba que,
más tarde, se convertirá en la madre de Colmillo Blanco.
Una segunda parte (capítulos 3 al 6) se centra en el naci-
miento de Colmillo Blanco y abarca desde la fase de cor-
tejo de sus padres, hasta su nacimiento y sus primeros
aprendizajes en libertad.
La tercera parte (del capítulo 7 hasta el 11) relata la vida
de Colmillo Blanco junto a Castor Gris y su tribu nómada.
Al final de estos capítulos Colmillo Blanco ya tendrá tres
años de edad y habrá aprendido las leyes de los hombres.
La cuarta parte (capítulos 12 al 17) comprende los epi-
sodios vividos en las tierras del Norte. En ellos Colmillo
Blanco pasa primero a manos de Guapo Smith, que lo
convierte en un despiadado perro de pelea, y después se
hace con él Weedon Scott, el «dios del amor», que rescata
al lobo de una vida peligrosa y cruel y le da una oportuni-
dad de conocer el amor.
Finalmente, la quinta parte (capítulos 18 al 23) se de-
sarrolla en las tierras del Sur. En California, Colmillo Blan-
co deberá adaptarse a un nuevo estilo de vida, pero la fuer-
za del amor acabará haciendo de él un animal domesticado
y feliz.
Personajes
Colmillo Blanco combina personajes humanos y animales.
El verdadero protagonista de la novela es Colmillo Blanco,
un lobo que debe aprender a sobrevivir en diversos am-
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COLMILLO BLANCO
El autor de Colmillo Blanco posa en su despacho en una fotografía
tomada hacia 1916.
bientes. Para ello, en las tierras salvajes, donde comienza su
vida, empezará a guiarse por el instinto. También su aguda
inteligencia, heredada de sus padres, y la experiencia que
irá adquiriendo poco a poco, lo ayudarán a conseguir ali-
mento y a mantenerse alejado de los peligros.
Sin embargo, el lobo es capturado por los hombres y a lo
largo de su vida dependerá de tres amos. Cada uno de ellos
le enseñará reglas distintas y empleará para ello métodos
muy diferentes. El primer amo es Castor Gris, un indio
«igual de fiero y salvaje» que el lobo, que cree que el palo
es el único instrumento útil para domesticarlo. Nunca tra-
ta a Colmillo Blanco con cariño, si bien llega a sentirse
orgulloso de él y entre ambos se establece un pacto: el lobo
protege al hombre y el hombre alimenta al lobo. Su repen-
tina afición a la bebida acabará separándolos.
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INTRODUCCIÓN
Una parte de la novela Colmillo Blanco se desarrolla en el territorio del Yukon.
En esta fotografía, tomada hacia 1890, vemos a un grupo de niños y sus perros en
Klondike, una ciudad ubicada en ese territorio, que fue muy importante en la época
de la fiebre del oro.
El segundo amo es Guapo Smith, un ser desalmado y
sanguinario que no duda en torturar a Colmillo Blanco
para convertirlo en el más feroz luchador y aumentar sus
ganancias en las apuestas. Su aspecto desagradable —el
mote Guapo es una pura ironía— es el reflejo de un hom-
bre cobarde, ambicioso, egoísta y cruel.
El tercer amo es Weedon Scott, un hombre civilizado y
bondadoso, la antítesis de sus amos anteriores. Con amor,
perseverancia y generosidad consigue que el lobo conozca
«un sentimiento nuevo, el amor». De los tres amos, Scott es
el único que no espera alcanzar ningún beneficio inmedia-
to del lobo y, sin embargo, es quien más provecho obtiene
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COLMILLO BLANCO
de él. Podría decirse que cada amo convierte al lobo en
una imagen de su propia persona.
Junto a los personajes mencionados, intervienen en la no-
vela numerosos personajes secundarios. Entre ellos cabe des-
tacar a Kiche, la madre de Colmillo Blanco y protagonista
de los capítulos iniciales. Como le ocurrirá a su hijo, Kiche
vive en una permanente lucha entre sus instintos y los hábi-
tos de la domesticación. Del mismo modo, cabe destacar la
función del padre de Colmillo Blanco, el Tuerto, un lobo
viejo y muy astuto que transmitirá por vía genética a su hijo
la inteligencia que tantas veces le ayudará a sobrevivir.
Por otro lado, en la novela aparece un buen número de
perros. En general, los perros son enemigos de los lobos.
Algunos de ellos —Rana, Gordito, Una Oreja...— son
víctimas necesarias de los lobos en tiempos de hambruna,
mientras que otros se convierten en enemigos de Colmillo
Blanco porque el hombre los obliga a luchar contra él en
las peleas ilegales. Entre los perros desempeña una función
destacada Fisgón, un animal bravucón y pendenciero de la
tribu de Castor Gris que le hace la vida imposible a Col-
millo Blanco y que se convierte en uno de los grandes
responsables de la agresividad que el lobo descargará hacia
los perros.
Mención aparte merecen Dick y Collie, los dos perros
de Weedon Scott. El primer contacto entre ambos anima-
les y Colmillo Blanco a punto está de desembocar en tra-
gedia. Sin embargo, las nuevas enseñanzas que recibe el
lobo por parte de su amo, el carácter bondadoso de Dick y
el instinto de reproducción de Collie hacen posible que
Colmillo Blanco conviva pacíficamente con Dick y termi-
ne formando una familia con Collie.
Asimismo, también son numerosos los personajes secun-
darios humanos. Varios de ellos forman parte del entorno
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INTRODUCCIÓN
Cuadro de Oscar E. Berninghaus que muestra una escena típica de la fiebre del oro en
Alaska: los pioneros preparando sus trineos tirados por perros para ir en busca del oro.
social de algunos de los protagonistas. Este sería el caso de
los familiares y amigos de Scott (Matt, el juez Scott, su es-
posa...), de Castor Gris (Kloo-kooch, Mit-sah, Tres Águi-
las...) o de Guapo Smith (Keenan, el dueño del bulldog
que casi mata a Colmillo Blanco en un combate). Junto a
ellos, aparecen también algunos personajes secundarios que
en algún momento de la novela adquieren una función
principal, tales como Jim Hall, el preso fugado que preten-
de vengarse del juez Scott, o Bill y Henry, los dos hombres
perseguidos por la manada de Kiche en los primeros capí-
tulos.
Temas
Colmillo Blanco revela claramente la visión que London te-
nía de la existencia humana. La novela transmite la sensa-
ción de que el mundo es un lugar cruel que obliga a ser
crueles a quienes pretendan mantenerse con vida en él. La
brutalidad de la naturaleza en la lucha del individuo por su
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COLMILLO BLANCO
Pioneros ascendiendo el Porcupine Hill en el paso de Skagway, Alaska, en plena época
de la fiebre del oro (1898).
supervivencia constituye, pues, el tema central de la novela.
Pero esta crueldad no es más que una manifestación del
instinto, una realidad inevitable, una imposición natural y
un rasgo inherente al ser vivo.
Frente a esta fiereza natural, la novela contrapone en to-
do momento el poder de la civilización y la fuerza de la
educación, temas igualmente fundamentales en la obra.
A lo largo de la novela, Colmillo Blanco irá aprendiendo y
asimilando las reglas que le impondrán sus amos. En algún
caso, el proceso educativo pretende reforzar los crueles ins-
tintos del lobo y, en otros, atenuarlos.
Sin embargo, en los capítulos finales de la novela surge
una esperanza: el amor y la bondad de Scott consiguen que
el lobo alcance un estado ideal de felicidad. Esa felicidad,
no obstante, solo ha sido posible porque Colmillo Blanco
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INTRODUCCIÓN
Fotograma de la adaptación cinematográfica de Colmillo Blanco protagonizada por
Ethan Hawke y realizada en 1991.
ha sabido renunciar a buena parte de sus instintos y porque
ha tenido la suerte de encontrar un pequeño reducto de
civilización regido por el amor, la generosidad y la justicia,
virtudes poco frecuentes en el género humano.
Estilo
Colmillo Blanco es una novela narrada en tercera persona en
un estilo ágil en el que predomina la acción sobre la refle-
xión. El protagonista vive en un estado de permanente lucha
interior. Sin embargo, el narrador pocas veces se dedica a
analizar su pensamiento, y menos aún el del resto de los
protagonistas. Los deseos, temores y sensaciones de los per-
sonajes se manifiestan predominantemente a través del diá-
logo —en el caso de los personajes humanos— y de sus
actos. Todo esto transmite al lector una impresión de obje-
tividad: el narrador pocas veces adelanta acontecimientos y
raramente enjuicia a sus personajes. Simplemente, se limita
a presentarnos unos hechos con absoluta claridad y preci-
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COLMILLO BLANCO
El actor Klaus Maria Brandauer, coprotagonista de la versión cinematográfica de
Colmillo Blanco, en una escena con los perros de tiro.
sión para que sea el lector quien extraiga sus propias con-
secuencias.
Repercusiones de la obra
Cuando Colmillo Blanco apareció en las librerías norteame-
ricanas, en 1906, Jack London era ya un escritor popular.
Los relatos que desde 1898 fue publicando en revistas de
bajo coste dirigidas a un público muy amplio, y el éxito
de novelas anteriores como La llamada de lo salvaje, contri-
buyeron a que su nueva novela se recibiera con enorme
expectación.
En efecto, Colmillo Blanco obtuvo rápidamente el reco-
nocimiento del público y logró un gran éxito de ventas.
Desde entonces y hasta nuestros días, la difusión de las
aventuras de Colmillo Blanco sigue aumentando: la novela
ha sido traducida a casi un centenar de idiomas y sus edi-
ciones crecen sin pausa. Además, algunas de las adaptacio-
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INTRODUCCIÓN
nes cinematográficas de la obra, como la que en 1991 pro-
tagonizara Ethan Hawke para la compañía Disney (aunque
se trata de una versión muy libre de esta novela), han favo-
recido igualmente la enorme resonancia mundial de las
aventuras del lobo.
NUESTRA EDICIÓN
Con este mismo propósito divulgador ofrecemos ahora es-
ta nueva versión adaptada de la novela de Jack London que
viene acompañada de una versión en formato cómic reali-
zada en exclusiva para esta edición. Con ella iniciamos una
nueva colección que pretende explorar nuevos caminos
didácticos con el objetivo de acercar los grandes clásicos de
la literatura a los jóvenes estudiantes de educación secun-
daria.
Nuestra edición de Colmillo Blanco nos trasladará a un
mundo salvaje protagonizado por un lobo que adquirirá la
condición de héroe por el simple hecho de sobrevivir en
él. Como le ocurriera al propio Jack London —que firma-
ba sus cartas con el apodo Wolf (‘lobo’) y puso el nombre
de Wolfhouse (‘Casa del lobo’) a su residencia—, enseguida
nos identificaremos con el protagonista de la novela. Su
lucha nos emocionará y nos hará pasar momentos inolvi-
dables, pero, al mismo tiempo, de Colmillo Blanco apren-
deremos muchas lecciones que tal vez algún día nos ayu-
darán a seguir adelante en nuestro no siempre tan
civilizado mundo.
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1
LOS LOBOS TIENEN HAMBRE
E l río estaba helado. Oscuros bosques de abetos señalaban
a un lado y a otro sus orillas. Reinaban el silencio y la
soledad. Eran las tierras salvajes del norte de América.
Sobre el hielo del río se deslizaba un trineo tirado por una hi-
lera de perros lobo. Al respirar exhalaban nubecillas de vapor. El
vapor se congelaba sobre sus cuerpos y los recubría de blanca
escarcha. Delante, caminaba con dificultad un hombre calzado
con raquetas de nieve. Otro caminaba detrás.
Había un tercer hombre sobre el trineo, pero este yacía muerto
dentro de un ataúd. Se trataba de un lord inglés que había acudido
a las tierras salvajes en busca de aventuras y no había sobrevivido a
la despiadada naturaleza. Sus parientes eran lo bastante ricos como
para pagar el traslado del cadáver de vuelta a casa.
En el largo invierno del Norte, el sol no llega a asomar sobre el
horizonte y los días duran lo que un suspiro. Hacia las tres de la
tarde, hora en que empezaba a oscurecer, un aullido lejano rom-
pió el silencio. Era el aullido feroz y desesperado de un lobo
hambriento. Dos aullidos más le respondieron.
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COLMILLO BLANCO
El hombre que iba delante volvió la cabeza, miró a su compa-
ñero por encima del ataúd y dijo:
—Nos persiguen, Bill.
El otro contestó:
—Hace dos semanas que estamos a cincuenta grados bajo cero,
Henry, y la caza escasea. No he visto una liebre en muchos días.
Siguieron avanzando, atentos a los aullidos que resonaban a sus
espaldas. Era noche cerrada cuando acamparon junto a los abetos
de la orilla del río. El ataúd, colocado cerca del fuego, les servía
de asiento y de mesa. Un poco más lejos, los perros gruñían en la
oscuridad.
Bill comentó:
—Oye, Henry, acabo de darles la cena y ha ocurrido algo ex-
traño. Hemos traído seis perros, ¿verdad?
—Seis, Bill —contestó Henry, que fundía hielo en un cazo
para hacer café.
—Pues he cogido seis salmones secos de la bolsa y he ido dán-
dolos a los perros uno por uno. Aun así, he tenido que regresar a
por la bolsa y sacar otro salmón más.
—Habrás contado mal.
—No, Henry, he alimentado a siete animales.
—Pero míralos, Bill. Hay seis.
—Vi a otro huir sobre la nieve. Ahí están sus huellas. Levántate
y examínalas tú mismo.
Pero Henry no se levantó. Dijo:
—Entonces, piensas que se trataba de...
Le interrumpió un largo y triste aullido. Hubo más en respues-
ta, de cerca y de lejos. Los perros, aterrorizados, se apelotonaron
junto al fuego.
—Un lobo, eso es —afirmó Bill—. Pienso que era un lobo que
se ha mezclado con los perros para comer. ¡Se parecen tanto unos
y otros! Pero no entiendo por qué nuestros animales no lo han
atacado.
22
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1. LOS LOBOS TIENEN HAMBRE
Luego calló un instante, y añadió:
—Maldita sea, Henry. Con los tres cartuchos que nos quedan
no podemos acabar con esas fieras.
—Tranquilo, Bill. En unos días llegaremos al fuerte McGurry,
entregaremos el cadáver y nos reiremos del peligro mientras ju-
gamos a las cartas.
En ese momento los perros sufrieron un nuevo ataque de mie-
do y se acurrucaron tan cerca de la hoguera que a uno se le pren-
dió el pelo. Se revolcó en la nieve, aullando de dolor, y el peque-
ño incendio en su pelaje se apagó.
El pánico lo había provocado un círculo de ojos brillantes que
ahora rodeaba el campamento. Henry y Bill apaciguaron a los
perros, echaron más leña al fuego y los ojos de los lobos se aleja-
ron. Luego se tendieron en las mantas para dormir.
Tuvieron un sueño agitado. A lo largo de la noche, los perros
alborotaron en más de una ocasión. A las seis de la mañana, cuan-
do se levantaron para proseguir la marcha, descubrieron que Gor-
dito había desaparecido.
—¿Por qué se alejaría del campamento? —se preguntó Bill.
—Qué perro más tonto —dijo Henry—. Seguro que los lobos
lo han devorado.
Desayunaron y engancharon los cinco animales al trineo. En
cuanto se lanzaron a la oscuridad, los lobos empezaron a aullar.
Debían de ser muchos. Se escondían entre los árboles y se llama-
ban los unos a los otros en la helada soledad.
Se hizo de día a las nueve, pero el sol permaneció oculto tras el
horizonte toda la jornada. Hacia las tres regresaron las tinieblas y
entonces los aullidos de caza se oyeron más cerca, a la derecha y
a la izquierda. También detrás. Los perros sufrieron algunos ata-
ques de pánico y hubo que parar para desenredarlos de las co-
rreas.
Al fin acamparon. Henry estaba cociendo las alubias cuando
oyó un grito de Bill. Vio a su compañero de pie entre los perros.
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COLMILLO BLANCO
Sostenía en alto un grueso palo. Con la otra mano sujetaba me-
dio salmón.
—¡Otra vez el maldito animal de anoche, Henry! —exclamó
Bill—. ¡Se ha llevado la mitad del pescado! Si no le arreo con el
palo, me arranca la mano.
—¿Qué clase de animal era, Bill?
—No estoy seguro. Parecía un perro... pero también podría ser
un lobo.
Aquella noche, una vez más, un círculo de ojos resplandecien-
tes los rodeó, y por la mañana otro perro, Rana, había desapare-
cido.
—Rana era inteligente. Mucho más que Gordito —aseguró
Bill.
—Si tan inteligente era, ¿por qué se escapó? —preguntó Hen-
ry—. ¿Acaso no sabía que los lobos le darían caza?
Sin encontrar explicación, se pusieron en camino. El día que
siguió fue igual al anterior. Se deslizaron sobre el hielo del río y
los aullidos los persiguieron. Ya de noche, en el campamento, tu-
vieron la precaución de atar a los perros para evitar que se esca-
paran.
Los ataron al estilo indio. Se coge un palo largo y se sujeta al
cuello del animal mediante un estrecho lazo de cuero. El otro
extremo del palo se sujeta a una estaca clavada en el suelo. De
este modo, el perro, por mucho que doble la cabeza, no alcanza a
roer el lazo que le rodea el cuello, ni puede acercarse a la estaca
para roer el otro lazo, porque el palo se lo impide.
Habían empezado a cenar, sentados sobre el ataúd, cuando apa-
reció una silueta en el límite de las sombras.
—Allí, Bill —susurró Henry—. Parece una perra loba...
—Puede ser, Henry. A veces los perros se escapan y se juntan
con los lobos. ¡Diría que es ella la que me robó los salmones!
—Sí, Bill. Seguro que este animal ha estado antes con hombres.
Por eso se atrevió a comer de tu mano.
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1. LOS LOBOS TIENEN HAMBRE
Mientras hablaban, los cuatro perros gemían y trataban de sol-
tarse. Henry dijo:
—Fíjate. La perra los atrae. La perra hizo que Gordito y Rana
la siguieran para devorarlos después con sus lobos.
—Pues hoy los lobos se van a quedar con hambre, Henry.
Nuestros animales están bien atados.
Confiados en que esta vez los perros no escaparían, los hom-
bres se durmieron. Y sin embargo, al amanecer, Veloz se había
esfumado. Dedujeron que Una Oreja, al no poder roer su propio
lazo, había roído el lazo del fugitivo.
Estaban de muy mal humor cuando retomaron el camino del
fuerte McGurry. Ese día vieron a los lobos de lejos. Había mu-
chos y eran todo costillas y pellejo. Solo un hambre mortal puede
hacer que los lobos se atrevan a desafiar al hombre, y aquellos
estaban desesperados.
Hacia las doce, uno de ellos se adelantó a la manada y acortó
la distancia con el trineo. Los hombres se detuvieron y el ani-
mal se paró también. Vieron que se trataba de la perra loba. Era
grande, más que sus compañeros, y su pelaje gris tenía un matiz
rojizo. Clavó en Bill y Henry unos ojos astutos y despiadados.
Bill dijo:
—Tenemos tres cartuchos y no podemos malgastarlos, pero
esta perra se ha llevado a tres de nuestros perros y no debemos
dejar que se lleve al resto. ¿Lo intento?
—Adelante —asintió Henry.
Bill sacó el fusil del trineo, pero en cuanto se lo llevó al hom-
bro, la perra loba se escondió entre los abetos.
—Vaya, está claro que sabe lo que es un arma de fuego —sus-
piró Bill.
Tres perros no podían tirar del trineo por tanto tiempo como
lo harían seis, así que acamparon antes de lo acostumbrado y Bill
los ató alejados entre sí. Así se aseguraba de que no pudieran ayu-
darse a escapar los unos a los otros.
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COLMILLO BLANCO
Los lobos se mostraron muy atrevidos aquella noche. Se acer-
caban tanto al campamento que los perros enloquecían de terror
y los hombres tenían que levantarse para echar más leña al fuego.
Era la única manera de mantener a los depredadores a distancia.
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En el norte de América, dos hombres transportaban
el cadáver de lord Alfred en un ataúd hasta el fuerte
McGurry. Los lobos aullaban a lo lejos.
Nos persiguen, Bill.
Los días eran muy cortos y el sol no llegaba Henry no se equivocaba.
a asomar por el horizonte. Cincuenta grados
bajo cero. No había nada que cazar, y los
lobos estaban hambrientos.
¡Maldita sea, Henry! Con
los tres cartuchos que
nos quedan no podremos
acabar con esas fieras.
Habían pasado ya tres noches, y cada Atados al estilo indio, los perros
mañana faltaba uno de los perros. no podrían roer las correas.
Descubrieron que una perra loba los
atraía, y luego los lobos los devoraban. Hoy los lobos
se van a quedar
con hambre, Henry.
Nuestros animales
están bien atados.
¡Otra vez el
maldito animal
de anoche, Henry!
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2
QUE NO SE APAGUE EL FUEGO
A l amanecer comprobaron con alivio que no habían
perdido ningún perro. Regresaron al camino más ani-
mados y avanzaron hasta mediodía. A esa hora, el tri-
neo chocó con un tronco escondido en el hielo y volcó. A partir
de entonces, todo fue de mal en peor.
Al desenganchar a los perros para enderezar el vehículo, Una
Oreja se escapó. A lo lejos, esperaba la perra loba. Una Oreja co-
rrió hacia ella. Un poco más adelante, frenó y fue acercándosele
despacio. Con mucho cuidado, trató de olerle el hocico y ella se
retiró meneando la cola e invitándolo a seguirla. Así empezó una
especie de juego en el que la perra loba, coqueteando con Una
Oreja, lo iba apartando de los hombres.
Estos lo llamaban en vano. Al final, Bill cogió el rifle y apuntó.
Los animales estaban demasiado cerca el uno del otro. Si dispara-
ba, corría el riesgo de matar al perro. Pero, para entonces, Una
Oreja ya se había dado cuenta de que había caído en una trampa.
Se volvió y echó a correr de vuelta al trineo. Salieron lobos de
todas partes. Primero, una docena. Luego, muchos más. Y la perra
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2. QUE NO SE APAGUE EL FUEGO
loba se les unió. Se deslizaban veloces sobre la nieve. Cortaron la
retirada al perro y lo obligaron a huir hacia los abetos.
En ese momento, Bill, que sostenía el rifle, tomó una decisión
desesperada.
—¿Adónde crees que vas? —le advirtió Henry—. Son muchos
y solo tienes tres cartuchos. ¡Es peligroso, Bill!
Pero Bill se adentró en la vegetación tras los pasos de Una Ore-
ja y de los lobos. Henry se sentó en el trineo y esperó. ¿Qué otra
cosa podía hacer? Oyó tres disparos y supo que Bill se había que-
dado sin munición. A continuación se elevó una algarabía infer-
nal de gruñidos y aullidos, y de nuevo reinó el silencio de las
tierras heladas. Bill no iba a regresar.
Henry se levantó al cabo de mucho tiempo. Se sentía muy solo.
Enganchó los dos últimos perros al trineo y él mismo agarró una
de las correas para ayudarlos a tirar. Acampó en cuanto empezó a
oscurecer. Recogió una buena provisión de leña, comieron él y
los animales, y se dispuso a dormir muy cerca del fuego.
Antes de que sus ojos se cerraran, los lobos ya estaban allí, más
descarados que nunca. Formaban un círculo estrecho en torno al
campamento y las llamas los iluminaban. Los había que andaban
arriba y abajo, como buscando la ocasión para atacar. Otros esta-
ban tranquilamente tumbados e incluso dormían. Era tal su atre-
vimiento que algunos se aproximaban a la distancia de un salto.
Entonces Henry les arrojaba leños encendidos y ellos retrocedían
gimiendo y gruñendo.
Al amanecer, cuando los lobos se retiraron, al hombre se le sa-
lían los ojos de las cuencas por la falta de sueño. Se preparó el
desayuno y, a continuación, con gran esfuerzo, izó el ataúd a un
árbol sirviéndose de las correas del trineo. Le dijo al lord muerto:
—Han devorado a Bill. A lo mejor también me devorarán a mí.
Pero a ti no van a tocarte, amigo.
Una vez que el ataúd estuvo bien atado al ramaje, se puso en
marcha. El trineo, ligero de peso, avanzaba ahora con rapidez, y
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los perros tiraban con ganas porque sabían, igual que Henry, que
su salvación estaba en llegar al fuerte McGurry.
Aquella mañana, los lobos trotaron junto a ellos sin disimulo,
pisándoles los talones. Eran unos cuarenta y estaban tan flacos
que parecía un milagro que no cayeran muertos sobre la nieve.
Henry decidió acampar a mediodía. Sabía que la noche iba a
ser un infierno, que iba a necesitar una enorme provisión de leña
para alimentar el fuego y que debía recogerla antes de que regre-
sara la oscuridad. Así lo hizo. Y la oscuridad llegó. Y con ella,
también el horror.
La audacia de los lobos se había multiplicado y él acumulaba
mucho sueño. Se sentó junto a la hoguera con el hacha entre las
rodillas y un perro apretujado contra su cuerpo a cada lado. Luchó
por mantener los ojos abiertos, pero el sueño al fin lo venció. Lo
despertaron los gruñidos asustados de sus animales. La perra loba
estaba a pocos metros de distancia y lo miraba fijamente. Tenía la
boca entreabierta. Le goteaba saliva y se relamía el hocico, como si
disfrutara de antemano del sabor de su carne y de su sangre. Hen-
ry le arrojó un tizón encendido y la perra se apartó. Tuvo que re-
chazar de la misma manera a muchos otros lobos. Durante toda la
noche.
Por primera vez, los depredadores no se dispersaron con la luz
del amanecer, sino que mantuvieron el cerco. Y en cuanto el
hombre se alejó unos pasos del fuego, un gran lobo gris saltó so-
bre él. Henry lo esquivó por muy poco y pudo oír el chasquido
de las mandíbulas al cerrarse en el vacío. Volvió junto a las llamas
y comprendió que estaba acorralado. No podía continuar hacia
el fuerte McGurry.
Se pasó medio día moviendo el campamento, palmo a palmo,
hasta un grupo de troncos caídos que ofrecía una gran reserva de
leña. Cada vez que los lobos se le acercaban, los ahuyentaba lan-
zándoles madera ardiendo.
A ese día, que fue el peor, le siguió la peor de todas las noches.
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2. QUE NO SE APAGUE EL FUEGO
Como necesitaba dormir a toda costa pero no podía bajar la
guardia, se ató a la mano una astilla ardiente de pino. Se adormi-
laba por unos minutos y, cuando la pequeña llama le tocaba la
piel, el dolor lo despertaba. Entonces arrojaba brasas a los lobos
para dispersarlos, alimentaba la hoguera y se ataba una nueva as-
tilla a la mano.
De esta manera logró descansar un poco. Pero una de las veces
la astilla se le cayó y despertó con los lobos encima. Uno le clavó
los dientes en el brazo. Otro se los clavó en la pierna. Sin siquie-
ra pensarlo, se tiró al fuego. Las manoplas, las botas y las gruesas
pieles que vestía podían protegerlo de las llamas durante un tiem-
po. Cogió puñados de brasas y los lanzó en todas direcciones. El
campamento parecía ahora un volcán en erupción.
Pero a Henry se le empezaba a quemar la piel y los pelos de
la cara. El calor en sus pies se hacía insoportable. Escapó del
fuego arrojando más puñados de ascuas. Los lobos retrocedie-
ron rugiendo. Se percató de que habían despedazado a los dos
perros.
—¡Oh, pues a mí no me vais a coger todavía! —les gritó con
el puño en alto.
Y como aún había suficiente leña, se puso a construir un círcu-
lo de hogueras. Levantó una muralla de fuego a su alrededor.
Luego se acurrucó en el centro, sentado sobre las mantas para
aislarse de la nieve.
Los lobos también se sentaron a esperar una vez más. Formaron
su propio cerco en torno al fuego. Sabían que el hombre estaba
próximo a caer, que pronto podrían saciar el apetito. Y la perra
loba, apuntando el hocico hacia una estrella, comenzó a aullar. La
manada entera la acompañó para entonar el aullido del hambre.
Al amanecer, el fuego ardía bajo. A Henry ya no le quedaban
fuerzas, pero no tenía más remedio que arriesgarse a salir para
recoger más leña. Al primer intento, los lobos trataron de cazarlo.
Regresó tambaleándose al centro del círculo. Se sentó sobre las
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mantas y dejó caer la cabeza sobre las rodillas. Era un hombre
derrotado.
—Vais a venir a por mí en cualquier momento —les dijo a los
lobos—, en cuanto el fuego se apague. Pero me da igual, me voy
a dormir.
Lo despertaron unas sacudidas. Seis hombres, llegados en cua-
tro trineos, se agrupaban a su alrededor. Henry alcanzó a decir:
—Los lobos... La perra loba... Se comieron a los perros. Se co-
mieron a Bill...
—¿Y lord Alfred? ¿Dónde está? —le preguntaron.
—A él no se lo han comido. Descansa en un árbol... ¡Y ahora
dejadme en paz! Buenas noches a todos.
Henry ya roncaba cuando los hombres lo trasladaron a uno de
los trineos. En el horizonte se elevaba el aullido de la manada,
que se alejaba en busca de otra presa con la que aplacar su ham-
bre atroz.
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Esa noche no perdieron ningún perro, pero a mediodía el trineo volcó y uno de
ellos se escapó, atraído por la perra loba. Bill echó a correr para recuperarlo.
¿Adónde crees que vas? Son
muchos, y solo tienes tres
cartuchos. ¡Es peligroso, Bill!
Sonaron tres disparos. ni Bill ni el Muchos lobos seguían a Henry de cerca. Al llegar
perro volvieron. Como Henry temía la noche, se defendió de ellos junto al fuego.
por su suerte, decidió proteger
el cadáver que transportaban y
lo izó a un árbol.
Han devorado a Bill.
a lo mejor también
me devorarán a mí. ¡A mí no me vais
a coger todavía!
La siguiente noche, Henry tuvo que hacer Por la mañana no pudo salir a por más
un círculo de fuego para salvar su vida: leña. Se sintió derrotado y decidió
los lobos habían devorado a los dos echarse a dormir, pero al rato...
perros que quedaban. Estaba acorralado.
¿Y lord Alfred?
A él no se lo han comido...
Descansa en un árbol.
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3
UN CUBIL EN LAS TIERRAS SALVAJES
L a perra loba fue la primera en oír los trineos que se acer-
caban y la primera en abandonar la cacería del hombre
que, con tanto trabajo, habían conseguido acorralar. La
manada, liderada por un gran lobo gris, la siguió unos minutos
después.
La situación era desesperada. El hambre había convertido a los
lobos en sacos de hueso y piel. Los débiles, los más jóvenes y vie-
jos, se arrastraban cojeando detrás. Pero la resistencia del lobo es
prodigiosa. Aquel día recorrieron incontables kilómetros a través
de un mundo helado. También corrieron toda la noche, y al día
siguiente tuvieron su recompensa. Encontraron un gran alce ma-
cho. El alce, a diferencia del hombre, no se protegía con el miste-
rioso fuego. Las armas del alce, los lobos las conocían bien.
La lucha fue feroz. Los lobos estaban tan desesperados que ata-
caron sin ninguna precaución. El alce partió cabezas con sus afi-
ladas pezuñas, rompió huesos con sus pesados cuernos. Pero al fin
cayó con los dientes de la perra loba desgarrándole el cuello. Los
colmillos de otros cuarenta lobos le desgarraron el resto del cuerpo.
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3. UN CUBIL EN LAS TIERRAS SALVAJES
Aún no había muerto cuando la manada comenzó a devorarlo.
Pesaba más de cuatrocientos kilos, por lo que a cada lobo le to-
caron unos diez kilos de carne.
Fue el inicio de un periodo feliz. Había muchos más alces en
aquel territorio. Pasado el peligro del hambre, la manada se dis-
persó. Entonces, la perra loba y tres machos que aspiraban a apa-
rearse con ella se dirigieron al este, hacia el río Mackenzie.
Los tres pretendientes eran el gran lobo gris que había sido el
líder en los días del hambre, un viejo lobo tuerto y uno joven, de
tres años. Ella se dejaba seguir, pero recibía sus demostraciones de
amor a dentelladas. Los machos respondían a sus ataques me-
neando la cola en son de paz. Entre ellos, en cambio, se había
declarado la guerra.
El joven de tres años se volvió más y más violento. Atacó al
viejo tuerto por el lado ciego y le destrozó la oreja. Pero el vie-
jo, si no le ganaba en fuerza, le ganaba en experiencia. Se defen-
dió bien, y el otro lobo, el líder, se puso de su parte. Atrás que-
daban ya los días en los que habían jugado, cazado y sufrido
juntos. Había llegado el momento de luchar por aparearse y
tener descendencia.
En esta lucha, el joven perdió la vida. Los otros dos lo degolla-
ron. Y unos minutos después le llegó la hora al líder. El viejo
tuerto era astuto. Aprovechó que el líder agachaba la cabeza y se
lamía una herida para clavarle los dientes en el cuello. El mordis-
co, largo y profundo, le seccionó una vena y murió desangrado
sobre la nieve.
Entonces el único superviviente, el Tuerto, se acercó a la perra
loba. Y, esta vez, ella no lo rechazó. Se frotaron los hocicos y al
poco brincaban y retozaban como cachorros. En adelante, trota-
ron el uno al lado del otro, cazaron y comieron en común, y al
cabo de unos días llegaron al gran valle del río Mackenzie.
Allí, una noche de luna, descubrieron un poblado indio. Se
agazaparon entre la vegetación. Vieron las hogueras y las tiendas.
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Oyeron a los perros reñir, las voces graves de los hombres y las
voces agudas de las mujeres. También el llanto de un niño. Hasta
sus hocicos llegaban miles de olores que la perra loba conocía
bien. Para el Tuerto, en cambio, el mundo de los humanos era
incomprensible y le provocaba inquietud y temor.
Alrededor del poblado, los indios habían puesto trampas para
liebres. Consistían en un lazo escondido en la nieve y atado a la
copa de un arbolito que el trampero había doblado hasta hacer-
lo tocar el suelo. Cuando la liebre caía en el lazo, el arbolito se
enderezaba y la liebre quedaba colgando. La perra loba enseñó
al Tuerto a no desconfiar de los animalitos blancos que encon-
traban columpiándose cabeza abajo, y gracias a su conocimien-
to de las costumbres de los cazadores pudieron alimentarse sin
esfuerzo.
Estuvieron dos días comiendo de las trampas. La mañana del
tercero, olfatearon el aceite de un rifle bien engrasado y una bala
impactó en un tronco, muy cerca de la cabeza del Tuerto. Enton-
ces decidieron que ya era hora de abandonar el lugar.
De un tiempo a esta parte, la perra loba había empezado a en-
gordar, su carácter se volvía más arisco cada día y demostraba un
gran interés en explorar las cavidades que le salían al paso. En la
orilla de un arroyo todavía helado encontró una pequeña cueva
que le gustó. Tenía una entrada estrecha y por dentro se ensan-
chaba y era circular. En la cueva se tumbó, y el Tuerto se quedó
fuera.
Era el mes de abril y el sol por fin se elevaba, brillante, sobre el
horizonte. Las tierras del Norte despertaban a la primavera. Bajo
el hielo se oía correr el agua y en el corazón de los árboles volvía
a circular la savia. Un mosquito solitario, que había sobrevivido
al invierno escondido en algún tronco, se posó zumbando en el
hocico del Tuerto.
El Tuerto tenía hambre. Con una mirada, pidió a su compañe-
ra que lo siguiera. Ella contestó con un gruñido porque no que-
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3. UN CUBIL EN LAS TIERRAS SALVAJES
ría levantarse. Así que partió solo. Regresó al anochecer sin haber
encontrado caza y más hambriento que nunca. Lo distrajeron del
hambre unos ruiditos nuevos en el interior de la cueva. Cuando
entró, la perra loba le enseñó los colmillos para advertirle que le
mordería si se acercaba. El Tuerto se paró y vio que entre las patas
de su compañera había cinco cuerpecitos temblorosos, cinco pe-
queñas vidas.
Puede ocurrir, en situaciones de hambre o furia extrema, que
un lobo padre se coma a sus propios cachorros. Pero pronto que-
dó claro que la perra loba no tenía nada que temer de su compa-
ñero. El Tuerto partió a la mañana siguiente en busca de carne
para ella.
Deambuló durante horas sin encontrar caza. Por la tarde, y
por casualidad, tropezó con una blanca perdiz de las nieves. El
ave levantó el vuelo delante mismo de sus narices. La abatió de
un zarpazo, le clavó los dientes y la mató. Regresaba con ella al
cubil cuando descubrió, al otro lado de unos abetos, a una hem-
bra de lince. Estaba agazapada y acechaba un puerco espín. Este
se había enrollado sobre sí mismo hasta convertirse en una bola
erizada de púas. El lince esperaba que se desenroscara para he-
rirlo en alguna parte blanda. El lobo dejó la perdiz sobre la nie-
ve y esperó también, espiando con su único ojo a través de los
abetos.
Pasó media hora, una hora. Finalmente el puerco espín, cre-
yendo que el lince se había marchado, empezó a estirarse. Enton-
ces el lince atacó. Sus afiladas garras se dispararon como un re-
lámpago e hirieron la carne desprotegida del vientre. La pata se
retiraba cuando el puerco espín golpeó con la cola y le clavó las
púas. El lince chilló de dolor y, perdiendo la paciencia, cometió
la peor de las imprudencias: saltó sobre el animal. Un segundo
después retrocedía con el hocico lleno de púas. Trató de arran-
cárselas con las patas. Luego, lo intentó restregándose la cabeza
contra la nieve y las ramas, y en todo este tiempo no paraba de
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estornudar y maullar, enloquecido. Al fin, con un brinco y un
grito salvaje, abandonó el lugar.
Solo cuando sus pasos dejaron de oírse, el Tuerto se acercó al
puerco espín. Este le chilló y rechinó los dientes. Se había vuelto
a enroscar, pero la herida del vientre era mortal. La sangre que
manaba impregnaba la nieve y el lobo se entretuvo lamiéndola
hasta que, con un último temblor, el puerco espín murió y su
cuerpo se relajó.
El Tuerto lo tocó con mucho cuidado y lo volteó para ponerlo
sobre el lomo. Lo agarró hundiendo los dientes en el vientre y
echó a andar procurando no tropezar con las largas púas. Pero
entonces se acordó de la perdiz, soltó el puerco espín, regresó al
lugar donde había dejado el pájaro y se lo comió. Luego volvió a
por la otra presa y la llevó al cubil.
La perra loba le agradeció toda aquella carne lamiéndole el
pescuezo, si bien no dejó de gruñir para advertirle que no tocara
a los cachorros. Aun así, su miedo a que el Tuerto pudiera come-
ter una barbaridad se iba desvaneciendo. Acababa de demostrar
que era un buen padre.
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Al poco tiempo cambió la suerte de los Superada la hambruna, la manada se dispersó.
lobos, pues tras recorrer muchísimos La perra loba y tres machos se dirigieron
kilómetros, llegaron a una zona en la hacia el río Mackenzie. Estos no tardaron en
que abundaban los alces. pelearse por ella en una lucha a muerte.
La hembra aceptó aparearse con el Tuerto, el único superviviente,
y, con la primavera, llegó el momento de dar a luz.
A la mañana siguiente, el Tuerto salió a cazar y descubrió Sin embargo, el puercoespín no
a una hembra de lince acechando a un puercoespín. Al cabo tardó en morir. Los cachorros
de una larga espera, esta consiguió herir al roedor en el tendrían comida aquel día.
vientre, pero salió escaldada.
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4
EL CACHORRO GRIS
S us hermanos y hermanas habían heredado el tono roji-
zo de la perra loba. Solo él lucía el gris de los lobos
auténticos, como su padre el Tuerto.
Mucho antes de que sus ojos se abrieran, aprendió a conocer a
la madre por el tacto, el sabor y el olor. Esta tenía una lengua
amorosa con la que lamía y masajeaba su pequeño cuerpo hasta
adormecerlo.
El cachorro gris y sus hermanos durmieron buena parte de sus
primeras semanas, y cuando estaban despiertos se movían torpe-
mente por el pequeño y oscuro mundo del cubil. La luz de la
entrada era lo que más los atraía. Se arrastraban hacia ella igual
que las plantas se arrastran hacia el sol, pero su madre estaba siem-
pre atenta a cortarles el paso. Los obligaba a retroceder, primero,
empujándolos con el hocico, y más tarde, cuando ya estaban más
creciditos, con golpes de zarpa.
Los cachorros conocieron también a su padre. Era el único
que salía y entraba a través de la luz. Pasaba mucho tiempo fue-
ra y regresaba con caza entre los dientes. La caza, devorada por
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4. EL CACHORRO GRIS
la madre, se transformaba en la leche que los alimentaba. Luego,
al mes de haber nacido, también ellos comenzaron a comer car-
ne además de leche. La perra loba la vomitaba para ellos a medio
digerir.
Los cinco pequeños eran muy fieros, como corresponde a los
cachorros de una especie carnívora. Y el más fiero de todos era el
gris. Fue el primero que aprendió a hacer rodar a sus hermanos
empujándolos con la pata. Y el primero que mordió la oreja a
otro cachorro y tiró de ella, gruñendo con la boca bien apretada.
A la hora de alejarlos de la luz, la perra loba tenía más problemas
con él que con los otros.
Como la mayoría de las criaturas de las tierras salvajes, supieron
muy pronto lo que era el hambre. Llegó un día en el que se inte-
rrumpió el suministro de carne. Poco después también se agotó
la leche en los pezones de la madre. Los cachorros gimieron, fue-
ron debilitándose. Empezaron a dormir otra vez la mayor parte
del tiempo, y mientras dormían sus vidas se iban apagando.
Al final, la perra loba no tuvo más remedio que salir a cazar ella
también. El Tuerto, desesperado por encontrar algo de carne, re-
corría enormes distancias. Llegó a acercarse al poblado indio
donde, tiempo atrás, se habían hartado con las liebres que caían
en las trampas y donde habían estado a punto de matarlo de un
balazo en la cabeza. Pero los indios se habían mudado a territo-
rios más ricos en caza y el Tuerto se volvió de vacío al cubil.
Cuando la hambruna terminó, solo el cachorro gris había so-
brevivido. Al despertar de aquel sueño que casi lo había arrastra-
do a la muerte, se dio cuenta de que los demás habitantes de su
pequeño mundo habían desaparecido. Todos excepto la madre.
El padre había salido a buscar alimento y no había regresado.
La perra loba sabía por qué.
Días atrás, mientras andaba de caza, había encontrado el rastro
de su compañero. El rastro la condujo a lo que quedaba del cuer-
po del Tuerto. El lugar estaba lleno de sangre y señales de lucha,
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COLMILLO BLANCO
y de él partía un segundo rastro: las huellas de una hembra de
lince. La perra loba las siguió y llegó a la entrada de un cubil.
Adivinó que el lince estaba en el interior con sus cachorros, pero
no se atrevió a entrar. La hembra de lince es una luchadora for-
midable, y mucho más si tiene crías a las que defender. Así lo
probaba la muerte del Tuerto.
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5
LA PRIMERA AVENTURA
EN EL MUNDO EXTERIOR
A empujones y golpes de zarpa, la perra loba había en-
señado al cachorro la prohibición de acercarse a la luz
de la entrada, por lo que, al principio, cuando se que-
daba solo en el cubil, pasaba el tiempo durmiendo o permanecía
muy quieto hasta que la madre regresaba. Pero aquella atracción
que el cachorro sentía por la luz no había desaparecido. Por el
contrario, se hacía más fuerte a medida que él crecía. Así que lle-
gó el día en el que, olvidándose de la prohibición, se arrastró
hacia la entrada.
De repente, el brillo del sol lo deslumbró hasta el punto de que
los ojos le dolían. Pero estos se adaptaron enseguida a la claridad,
empezaron a enfocar los objetos de cerca y de lejos. Entonces
contempló por primera vez en la vida los árboles que crecían
junto al arroyo y los picos de las montañas, y, por encima de los
árboles y las montañas, el infinito cielo azul.
Sintió mucho miedo ante aquel mundo inmenso y desconoci-
do, y para defenderse de él se acurrucó en la entrada, erizó el
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COLMILLO BLANCO
pelo del lomo y emitió un débil gruñido de amenaza. Pasado un
rato, como nada sucedía, se fue envalentonando y dio un paso
adelante, y otro más, hasta que cayó de cabeza pendiente abajo.
Rodó y rodó, golpeándose las costillas y gimoteando de miedo y
dolor. Cuando al fin se detuvo, gimoteó todavía un poquito y se
sacudió y se lamió para limpiarse el barro.
A su alrededor crecían la hierba y el musgo. Había troncos caí-
dos. Lo olfateó todo con gran curiosidad. Una ardilla se le acercó
y se asustaron el uno al otro. La ardilla corrió a encaramarse a un
pino y le chilló desde lo alto. El cachorro le respondió con un
gruñido y se alejó caminando al azar. Andaba con torpeza, trope-
zaba con las piedras y se arañaba con las ramas. Pero con cada
tropiezo aprendía a calcular sus movimientos y las distancias entre
él y los objetos.
Se metió a husmear en un arbusto y por casualidad descubrió,
sobre la hojarasca, el nido de una perdiz de las nieves. Había siete
polluelos que se pusieron a piar. A punto estuvo de salir corrien-
do, pero en cuanto vio lo pequeños que eran, recobró el valor y
tocó a uno con la pata. Se lo puso en la boca y sintió cosquillas
en la lengua. Aquello le abrió el apetito. Cerró las mandíbulas y
masticó la carne y los huesecitos, sintió la sangre caliente correr
por su boca. Le gustó el sabor y no paró hasta que se hubo comi-
do a los siete pajaritos.
Ya se iba cuando se vio envuelto en un torbellino de plumas y
golpes. La madre perdiz acababa de regresar y lo atacaba. Aterro-
rizado, escondió la cabeza entre las patas y gimió. Pero luego
también él se enfureció, lanzó un bocado y agarró a la perdiz por
el ala. Rodaron en medio de una nube de plumas. Él gruñía, sin
soltar el ala. La perdiz chillaba y le picoteaba salvajemente el ho-
cico. El cachorro estaba emocionado en su primera batalla. En su
interior bullía la sangre combativa de los lobos. Sin embargo,
fueron tantos los picotazos, que al final el dolor lo obligó a soltar
la presa.
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Los Pero de nuevo llegó el hambre, y
cachorros solo el lobezno gris sobrevivió.
heredaron el
tono rojizo
de su madre,
menos uno,
el más fiero,
que era de
color gris.
La perra loba
también tuvo
que salir de
caza, pues el
Tuerto no
volvía, y al
pasar frente a
la madriguera
del lince, lo
halló muerto.
Para el cachorro, pronto llegó el ... y vivió su primera aventura.
día de conocer el mundo exterior...
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COLMILLO BLANCO
Se apartó un poco para recobrar el aliento, con el pecho agita-
do y la lengua colgando. Empezaba a recuperarse cuando sintió
una ráfaga de aire y un gran cuerpo alado que pasaba sobre él. Lo
esquivó con un salto en el último momento y el halcón, habien-
do fracasado en el intento de cazar al cachorro, se precipitó hacia
la perdiz. Con ella no falló. Le clavó las garras y se la llevó hacia
el cielo.
El cachorro había aprendido unas cuantas lecciones en el poco
tiempo que llevaba fuera del cubil. Ahora sabía, por ejemplo,
que las cosas que se movían eran carne, buenas para comer, pe-
ro que cuando estas cosas eran demasiado grandes, como la
perdiz o el halcón, podían ser peligrosas.
Lo siguiente que aprendió fue la naturaleza traicionera del
agua. Se acercó a un remanso del arroyo. Las aguas estaban quietas
y le parecieron una superficie sólida. Dio un paso en ellas sin sos-
pechar que se hundiría. Un segundo después sentía el frío que le
pellizcaba por todo el cuerpo, y el líquido que le inundaba la
garganta y le impedía respirar. Cuando emergió, el aire volvió a
entrarle en los pulmones. Entonces se apresuró a nadar de mane-
ra instintiva, chapoteando con las patas delanteras, pero no pudo
alcanzar la orilla porque la corriente lo atrapó. Se sucedieron
revolcones y golpes contra las piedras, y se vio arrastrado y su-
mergido por dos remolinos antes de que la corriente lo deposi-
tara en una pequeña playa de grava. En ella se sacudió el agua del
pelaje y se tumbó.
El chapuzón lo había agotado. Tenía sueño y se sentía solo. De
repente echaba mucho de menos a la madre y el cubil. Así que se
levantó y se puso a buscarlos al azar. Fue entonces cuando trope-
zó con la cría de comadreja, una criatura amarillenta, de apenas
unos centímetros de longitud que, al igual que él, había abando-
nado la madriguera para curiosear. Al cachorro no le dio miedo
y la tocó con la pata. El animalito chilló y en ese momento, como
un relámpago que recorriera el suelo del bosque, apareció la ma-
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5. LA PRIMERA AVENTURA EN EL MUNDO EXTERIOR
dre comadreja, le saltó al pescuezo y le hundió los dientes finos y
punzantes como alfileres.
La comadreja, pese a su pequeñez, es uno de los carnívoros más
feroces de las tierras del Norte. El cachorro de lobo lo aprendió
aquel día. Aulló y gimió mientras el minúsculo depredador trata-
ba de clavarle aún más profundamente los colmillos. Habría
muerto de no haber llegado en ese momento la perra loba. Sur-
gió de un salto entre la maleza, y la comadreja, que la vio venir,
soltó al cachorro y se arrojó hacia ella. También quiso morderla
en el pescuezo, pero rebotó y salió despedida. La perra loba la
atrapó en el aire. Cerró las mandíbulas en torno a su cuerpecito
y la mató.
El largo día llegaba a un dulce final para el cachorro. La madre
le lamió las heridas y lo consoló. Luego se comieron entre los dos
a la comadreja y regresaron al cubil.
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6
EL COMBATE CON EL LINCE
E l cachorro se desarrollaba rápidamente. Dos días después
de su primera aventura volvió a salir del cubil. Esta vez
no se perdió, y cuando se sintió cansado, regresó y dur-
mió. En adelante vagabundeó todos los días y fue conociendo
más y mejor las orillas del arroyo. También siguió aprendiendo
sobre sí mismo, sobre sus fortalezas y debilidades, y así sabía cuán-
do debía ser atrevido y cuándo le convenía ser prudente.
Se comportaba como un pequeño demonio siempre que se
encontraba con una perdiz o con la ardilla que le había chillado
desde el pino. Y jamás se olvidaba de la amenaza del halcón. En
cuanto veía su sombra, corría a esconderse entre la vegetación.
Poco a poco iba adoptando los andares de la perra loba. Ya se
deslizaba por el bosque con paso ágil y silencioso. Sentía un pro-
fundo respeto por su madre. Ella no solo cazaba con facilidad y
siempre le llevaba su parte de carne, también le imponía obe-
diencia. Al principio, con las zarpas y el hocico. Luego, a medida
que se hacía mayor, usaba cada vez más los colmillos.
Llegó un nuevo periodo de hambre y la perra loba enflaqueció
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6. EL COMBATE CON EL LINCE
y su leche se agotó definitivamente. Ya no llegaba carne al cubil y
el cachorro tuvo que esforzarse para conseguir su propia comida.
Estudió las costumbres de las ardillas, los pájaros y los ratones con
el fin de cazarlos. Pese al hambre, estos esfuerzos favorecieron su
desarrollo. Le hicieron más astuto y valiente.
Y un día la hambruna terminó. La perra loba apareció en el
cubil trayendo una carne desconocida. Era una cría de lince. El
cachorro comió hasta hartarse. Luego se tumbó y durmió. Lo
despertó un gruñido de su madre, el más terrible que jamás le
había oído.
No se saquea el cubil del lince sin pagarlo caro. Agazapada en
la entrada de la cueva, estaba la madre de la cría que acababan de
devorar. La hembra de lince emitió un maullido que creció y
creció hasta convertirse en un bramido espeluznante. El cachorro
al principio se asustó, pero enseguida sintió el ardor combativo
propio de su especie. Se levantó con el lomo erizado y gruñó
junto a su madre. Ella lo apartó de un empujón y empezó la lu-
cha: una confusión de rugidos, gruñidos, bufidos y maullidos. La
perra loba desgarraba con los dientes, a diferencia del felino, que
también hería con las garras.
El cachorro no quería mantenerse al margen de la pelea y apro-
vechó una ocasión para morder una de las patas traseras del lince.
La mantuvo agarrada hasta que recibió un zarpazo que le desga-
rró el hombro hasta llegar al hueso y lo lanzó contra la pared.
Aulló de miedo y dolor. Pero al cabo de unos segundos volvió al
ataque y mordió la pata por segunda vez. Seguía aferrado a ella
cuando la lucha terminó.
El lince había muerto, pero la perra loba había perdido tanta
sangre a través de sus numerosas heridas, que estuvo todo el día y
toda la noche tumbada junto al cadáver, casi muerta ella también.
La semana que siguió solo abandonó la cueva para bajar al arroyo
a beber agua, y mientras sus heridas se cerraban, el cuerpo del
lince los alimentó.
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El cachorro cojeó durante un tiempo por culpa del zarpazo en
el hombro. Pero había sobrevivido al feroz combate y ahora tenía
mucha más confianza en sí mismo. Se sentía más poderoso cuan-
do se movía por el mundo, y empezó a colaborar con su madre
en las cacerías. Se estaba convirtiendo en un lobezno orgulloso y
feliz.
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El dolor de los picotazos lo forzó
a soltar a su presa, y de repente...
Un día la perra loba llevó al cubil una cría de
lince, y se la comieron. Eso traería consecuencias.
La lucha fue cruenta. Aunque vencieron, las graves heridas sufridas
los obligaron a reposar una semana.
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7
EL SER MÁS PODEROSO
DE LAS TIERRAS SALVAJES
C uando, aquella mañana, el lobezno se dirigió al arroyo
a beber, andaba todavía medio dormido, confiado en
que nada podía pasarle en el territorio que conocía
tan bien. Eso explica que no viera ni oliera a los hombres hasta
que los tuvo delante.
Eran cinco y estaban acuclillados en silencio. Ninguno de ellos
se levantó ni le enseñó los dientes ni gruñó. Solo lo miraban fija-
mente.
El lobezno tampoco se movió. Durante generaciones, sus ante-
pasados lobos habían aprendido a temer al hombre. Lo tenían por
el ser más poderoso de las tierras salvajes. Y ese temor se había
incorporado al instinto de conservación de la especie. Del hom-
bre era mejor huir. Pero el lobezno era muy joven aún, e impre-
sionable, y cuando uno de los indios se levantó y se le acercó con
una mano extendida, el miedo lo paralizó. Se limitó a pegarse
contra el suelo y a mostrarle los colmillos.
El hombre vaciló un momento. Y luego dijo:
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7. EL SER MÁS PODEROSO DE LAS TIERRAS SALVAJES
—¡Wabam wabisca ip pit tah!
Frase que en su idioma significa: «¡Mira! ¡Los colmillos blancos!».
Los otros indios rieron y lo animaron a cogerlo. Su mano fue
bajando sobre la cabeza del lobezno. Este se fue encogiendo
más y más. Hasta que, en el último segundo, sintió el impulso de
luchar y la mordió. Recibió un manotazo y volvió a encogerse
y gimió de terror. El hombre, furioso, le volvió a pegar.
Ahora todos los indios se habían levantado y lo rodeaban y
reían, y él gemía en un tono cada vez más agudo y desesperado.
Se oyó entonces un rugido que se acercaba y apareció la madre
saltando entre los arbustos, más amenazadora que nunca, con el
lomo erizado y el hocico monstruosamente arrugado. Todos los
hombres retrocedieron menos uno, que exclamó:
—¡Kiche!
El rugido de la madre se atenuó.
—¡Kiche! —repitió el hombre con voz de mando.
Y he aquí que la perra loba, aquel ser poderoso que no temía a
nada y a nadie, se tendió en el suelo igual que había hecho el
lobezno. Seguidamente movió la cola y gimió, y cuando el hom-
bre se le aproximó y le puso la mano en la cabeza, ni siquiera
intentó morder. Aquel hombre se llamaba Castor Gris.
—Pertenecía a mi hermano, ¿os acordáis? —dijo Castor Gris a
los demás—. Su padre era un lobo y su madre una perra.
—Me acuerdo —asintió otro hombre—. Hace un año que se
fugó.
—Es comprensible que se fugara. Eran tiempos de hambre. No
podíamos alimentar a los perros.
—Pero ha vivido con los lobos, Castor Gris. Ha tenido un hijo
con ellos. Se ha vuelto feroz...
—Kiche se queda conmigo —contestó Castor Gris—. Mi her-
mano murió y ahora es mía, y también el cachorro. Este tiene
mucho más de lobo que de perro. Será fiero. Fijaos qué blancos
los colmillos. Se llamará Colmillo Blanco.
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COLMILLO BLANCO
Así fue como el lobezno recibió un nombre en este mundo.
Colmillo Blanco, hijo de Kiche. A la perra loba, Castor Gris la
sujetó a la manera india, usando un palo largo como correa para
que no pudiera escapar. Y Colmillo Blanco se tumbó a su lado sin
saber qué podía esperar.
Poco después, apareció el resto de la tribu. Eran unos cuarenta,
entre hombres, mujeres y niños. Viajaban con el campamento a
cuestas. Incluso los perros que los acompañaban cargaban con
pesadas bolsas atadas alrededor del cuerpo.
El primer contacto de Colmillo Blanco con ellos no resultó
nada agradable. Nada más verlos a él y a su madre, los perros ata-
caron. El lobezno se erizó, gruñó, dio un zarpazo al hocico del
que tenía más cerca. Pero un segundo después rodaba por el sue-
lo con un enjambre de dientes hincándose en su carne. También
él mordió y desgarró a ciegas. Por encima del alboroto oía el
rugido de Kiche, que luchaba a su lado.
Cuando consiguió ponerse en pie, vio a los hombres alejando
a los perros a pedradas y garrotazos. Aquella era una muestra más
del gran poder que tenían. No solo su madre les obedecía. Tam-
bién lo hacían las cosas muertas. Las piedras y los palos, cum-
pliendo sus órdenes, saltaban por el aire y causaban dolor a los
perros.
Por entonces, la admiración y el temor que Colmillo Blanco
sentía por el ser humano eran comparables a los que el ser huma-
no siente por su dios.
Los indios se lo llevaron junto con Kiche. Descendieron por
el arroyo, mucho más allá del territorio que el lobezno conocía,
y llegaron al gran río Mackenzie.
En la orilla había altos postes de los que colgaban canoas, y
estructuras de palos que eran secaderos de salmón. Allí instalaron
el campamento y allí Colmillo Blanco observó por primera vez,
con gran asombro, la capacidad del hombre para transformar el
aspecto del mundo.
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7. EL SER MÁS PODEROSO DE LAS TIERRAS SALVAJES
Mientras permanecía junto a Kiche, a la que habían atado a
una estaca, vio cómo se levantaban a su alrededor las enormes
tiendas llamadas tipis. Los tipis parecían crecer de la nada, y cuan-
do la brisa del río los agitó, al lobezno se le antojaron formas de
vida monstruosas y se acurrucó asustado.
Pero después vio a mujeres y niños entrar y salir de ellos, y el
miedo desapareció. Le acometió la curiosidad propia de la juven-
tud, la necesidad de investigar y vivir experiencias. Así que se
separó de Kiche y avanzó con mucho cuidado hacia el tipi más
cercano. Olfateó la lona y nada ocurrió. La mordió suavemente y
tiró de ella. Tampoco pasó nada y le pareció divertido. Volvió a
morder y a tirar, cada vez más fuerte, hasta que el grito de una
india, que lo regañaba desde el interior, le hizo salir corriendo en
busca de su madre.
Más tarde volvió a dejarse arrastrar por la curiosidad. Se levan-
tó y caminó cautelosamente hacia Castor Gris, que estaba en
cuclillas, haciendo algo con palos y musgo seco. Colmillo Blanco
se aproximó hasta casi tocarle las rodillas y entonces vio aquel
fenómeno tan extraño.
El indio manipulaba los palos y el musgo, y una niebla se levan-
taba de ellos. Bajo la niebla apareció una cosa viviente que se
retorcía, del color del sol sobre el horizonte. El lobezno, que no
sabía nada del fuego, se aproximó aún más, y entonces la llama,
aquella cosa viva, saltó y le agarró salvajemente el hocico.
Retrocedió profiriendo agudísimos aullidos y Castor Gris se
echó a reír con ganas. Enseguida se formó un corro de mujeres y
niños a su alrededor, y también ellos estallaron en carcajadas.
Mientras tanto, Colmillo Blanco permanecía sentado en el cen-
tro, aullando y aullando, sintiéndose terriblemente solo y desam-
parado.
El dolor de la quemadura era el peor que jamás había experi-
mentado. Y al dolor se sumó la vergüenza. Ignoramos cómo algu-
nos animales saben lo que es la risa, pero el lobezno lo sabía y le
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hirió profundamente que los hombres se rieran de él. Corrió
hacia Kiche, que se revolvía furiosa, atada a la estaca. Kiche se
tranquilizó al tener a su hijo al lado, lo lamió y lo consoló. Ella, la
madre: la única criatura en el mundo que no se reía de él.
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Muchos días después, el lobezno tuvo un Pero la madre nunca estaba
curioso encuentro con Castor Gris, un indio. lejos del cachorro, y conocía
el gran poder de los humanos.
¡Mira, tiene los
colmillos blancos!
Y de pronto... Kiche perteneció a mi hermano, ¿os acordáis?
Se quedará conmigo, y también el cachorro,
¡Kiche! que se llamará Colmillo Blanco.
Sí, hace un año
que se fugó.
Llegó el resto de la tribu, Colmillo Blanco empezó a conocer el poder del
y esta prosiguió su camino hombre, que le pareció un dios, y el del fuego.
hacia el río Mackenzie.
¡Ahora ya
sabes que el
fuego quema!
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8
EL CAUTIVERIO
P asaban los días en el campamento y Colmillo Blanco
iba aprendiendo las costumbres de los hombres. Cuan-
to más los conocía, más comprendía lo poderosos que
eran. Así que, cuando ellos pasaban, él se apartaba del sendero,
cuando lo llamaban, se apresuraba a acudir, y cuando lo amena-
zaban, se encogía de miedo. No era bueno oponerse a la voluntad
del hombre, ya que tenía el poder de herirlo con palos, piedras,
látigos y fuego.
El lobezno aprendió rápidamente esta lección, aunque no le
fue fácil, porque había nacido fuerte él también, y salvaje. A me-
nudo corría hasta el límite del bosque, y allí se quedaba olfatean-
do los olores de la naturaleza o escuchando algún aullido lejano.
Luego regresaba, triste, para gemir junto a Kiche, que seguía ata-
da a la estaca.
La vida en el campamento le sabía amarga, y no solo por los
hombres. También por los perros, que siempre andaban peleando.
En particular, lo amargaba Fisgón, un perro algo mayor que él,
más grande y fuerte. En cuanto Colmillo Blanco se alejaba de su
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8. EL CAUTIVERIO
madre, era seguro que aparecería aquel bravucón, gruñéndole,
provocándolo, esperando el momento en el que no hubiera nin-
gún humano cerca para saltarle encima y forzarlo a luchar.
El lobezno, lejos de huir, le plantaba cara. Era seguro que reci-
biría numerosas heridas y que acabaría derrotado, pero jamás de-
jó de pelear con Fisgón. Por culpa de ese bravucón, que siempre
lo perseguía, no podía jugar en paz con los demás perros, y el
resultado fue que se volvió más salvaje aun en el trato con sus
congéneres domésticos.
Entonces llegó el día en el que Castor Gris decidió que Kiche
ya había recibido su escarmiento por haber escapado un año
atrás. La soltó y Colmillo Banco pudo pasear con ella por todo el
campamento. Aquella misma tarde, el lobezno se las apañó para
que su madre lo siguiera hasta el linde del bosque. Y gimió y le
lamió el hocico, tratando de que lo siguiera más allá, hacia el
arroyo, el cubil, y los bosques que habían sido su hogar. Pero Ki-
che no hizo caso de sus gemidos. Se sentó y volvió la mirada
hacia las tiendas y los fuegos. Allí estaba el hombre, aquel dios
cuyo gran poder le llamaba con más fuerza que la naturaleza.
Colmillo Blanco regresó con ella al campamento. Al fin y al cabo,
todavía era un cachorro y no le había llegado la hora de romper
los lazos que lo unían a su madre.
Sin embargo, estos lazos se rompieron a la fuerza pocos días
después. Castor Gris tenía una deuda con Tres Águilas, y la pagó
entregándole una piel de oso, una faja de tela roja, veinte cartu-
chos y a Kiche.
Tres Águilas, que planeaba un viaje río abajo, la embarcó en su
canoa y partió. Colmillo Blanco, en su desesperación, saltó al
agua y nadó tras ellos. En vano lo llamaba Castor Gris. Al final,
enfurecido, subió también él en una canoa y remó hasta que al-
canzó al lobezno y lo agarró por el pescuezo. No lo izó a bordo,
sino que, sosteniéndolo con una mano, con la otra empezó a
golpearlo sin piedad. Al principio, así colgando con medio cuer-
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COLMILLO BLANCO
po en el agua, Colmillo Blanco tuvo miedo y aulló a cada puñe-
tazo. Luego, el animal salvaje que había en él se encolerizó.
Mostró los dientes y gruñó a la cara del hombre. Pero no se
desafía al dios sin recibir un castigo. Castor Gris lo golpeó más
fuerte aún, y lo subió a la canoa y siguió golpeándolo, con el pie
y con el remo. No cesó de castigarlo hasta que regresaron a la
orilla.
Colmillo Blanco estaba medio muerto cuando tocaron tierra,
y se arrastró dócilmente tras su propietario. Si entonces hubiese
escapado al arroyo y al cubil, aún habría estado a tiempo de aca-
bar sus días como una criatura libre y salvaje. Pero el recuerdo de
Kiche lo retuvo. Igual que los hombres se iban río abajo y vol-
vían, volvería también su madre. Por esperarla, Colmillo Blanco
permaneció cautivo en el campamento.
Y en el tiempo que siguió, la persecución implacable a que lo
sometía Fisgón hizo que se volviera más astuto y feroz de lo que
ya era por naturaleza. Como no podía jugar libremente con los
otros perros, dedicaba el tiempo a vagabundear en solitario y a
rumiar todo tipo de trucos para divertirse o robar comida. Allí
donde reñían unos perros o una india gritaba quejándose de la
desaparición de un trozo de carne, se podía estar seguro de en-
contrar a Colmillo Blanco.
El lobezno supo muy pronto que era un indeseable para todo
el campamento. Los perros jóvenes estaban todos de parte de
Fisgón. Tal vez se daban cuenta de que Colmillo Blanco tenía
mucho de lobo y sentían por él la enemistad propia de los perros
hacia sus parientes salvajes. También es verdad que el lobezno no
les daba razones para que quisieran ser sus amigos. Todos ellos, en
alguna ocasión, habían sido víctimas de sus dientes, y ahora bas-
taba que Colmillo Blanco se las tuviera con uno para que los
demás acudieran a atacarlo en grupo.
De estas luchas de uno contra muchos a la vez, aprendió una
cosa importante: tenía que mantenerse en pie, porque si lo tum-
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8. EL CAUTIVERIO
baban ya no lo dejarían levantarse y lo despedazarían entre todos.
Desarrolló una gran habilidad para no perder el equilibrio en el
combate, y si lograban empujarlo y lanzarlo por los aires, se las
apañaba para caer siempre de cuatro patas, igual que un gato.
También desarrolló otra técnica que lo convertía en un lucha-
dor temible. Antes de empezar una pelea, los perros siempre avi-
san: gruñen, erizan el lomo, se ponen tiesos. Colmillo Blanco
aprendió a saltarse esta ceremonia. Atacaba sin más. Ello le per-
mitía coger al rival desprevenido, morder y escapar antes de que
acudieran los compañeros.
Un perro al que se empuja por sorpresa, cae fácilmente y ex-
pone la garganta, que es el punto que hay que morder para qui-
tarle la vida. Y Colmillo Blanco lo sabía. Por suerte para los riva-
les, sus mandíbulas aún no eran lo bastante grandes como para
que su ataque fuera mortal. Con todo, en una ocasión sí llegó a
seccionar la vena yugular a un joven perro al que había derriba-
do, y lo mató.
Los dueños del animal muerto, acompañados por la gente del
poblado, se plantaron ante el tipi de Castor Gris. Gritaban, indig-
nados, y las indias recordaron las veces que Colmillo Blanco les
había robado carne. Dijeron que se trataba de un animal nacido
salvaje y que no podía traer más que problemas. Todos exigían
venganza a gritos. Pero Castor Gris se negó a satisfacerlos y no
permitió que entraran en su tipi, en el cual se había refugiado el
lobezno.
En adelante, Colmillo Blanco no se sintió seguro ni un solo
momento. Los dientes de cada perro, la mano de cada hombre,
mujer y niño, estaban contra él. Vivía en un estado de permanen-
te tensión, siempre alerta para no ser atacado por la joven jauría1
y siempre dispuesto a atacar a algún miembro de la jauría que se
hubiera separado de los demás.
1 jauría: conjunto de perros; en cacerías, mandados por el mismo perrero.
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Así pues, no hubo lugar para la bondad durante su juventud.
Al contrario, para sobrevivir al peligro constante desarrolló exa-
geradamente sus facultades de cazador y luchador. Se convirtió
en el más veloz, ágil y fuerte, y en el más inteligente, agresivo y
cruel. Aprendió a obedecer a los poderosos y a oprimir a los
débiles. Castor Gris era un dios, era fuerte, y debía ser obedeci-
do, pero un perro más joven o pequeño que Colmillo Blanco
era débil y podía ser destruido.
62
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Pasó el tiempo, y un día Castor Gris regaló
a Kiche a Tres Águilas en pago de una deuda.
Y entonces Colmillo Blanco aprendió
a golpes quién era su dueño.
¡Así aprenderás
a obedecer a
tu amo!
Temía el grave castigo de
La vida en el campamento indio era dura, su dueño, pero en cambio...
pues los perros le hacían la vida imposible.
Eran muchos
contra uno;
se defendió
como hubieras
hecho tú.
hasta que mató a uno de ellos.
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9
EL PACTO ENTRE EL LOBO
Y EL HOMBRE
L legó el otoño. Los días se acortaban y la tierra se enfria-
ba. Los indios empezaron a desmantelar el campamento.
Cargaban sus canoas y partían río abajo en busca de
nuevos territorios de caza. Entonces, la parte salvaje de Colmillo
Blanco, aquella que deseaba la libertad de los bosques, decidió
que no iría con ellos.
Para no dejar huellas, el lobezno se deslizó sobre la placa de
hielo que empezaba a formarse en la orilla del río. Luego se
adentró en la densa vegetación y esperó durmiendo durante ho-
ras. Lo despertó la voz de Castor Gris. El dios lo llamaba, y tam-
bién su mujer, Kloo-kooch, y su hijo, Mit-sah.
Con tanta insistencia lo llamaban que Colmillo Blanco tem-
bló de miedo y a punto estuvo de obedecer. Pero se resistió y,
poco después, mientras la familia se alejaba en la canoa, salió a
disfrutar de su libertad. Corrió y jugó entre los árboles hasta la
caída de la noche. Fue a esa hora cuando se dio cuenta de lo solo
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9. EL PACTO ENTRE EL LOBO Y EL HOMBRE
que estaba. Se había acostumbrado al bullicio del campamento y
ahora el silencio del bosque le parecía amenazador. El frío le ha-
cía añorar el fuego de Castor Gris y el hambre le hacía recordar
la carne que el dios le arrojaba.
El cautiverio lo había ablandado. La sombra de un árbol que
temblaba con la luz de la luna lo asustó. También lo asustó el cru-
jido de un tronco. Se apresuró a regresar al claro del campamen-
to, pero allí no encontró nada salvo desperdicios y restos fríos de
hogueras. Entonces se sentó en el lugar donde se había levantado
el tipi de Castor Gris, señaló la luna con la punta del hocico y
aulló larga y desesperadamente. Aulló para expresar su miedo y su
soledad.
Al amanecer se lanzó río abajo en busca de sus dioses. Corrió
toda la jornada sin detenerse. Allí donde la orilla era un acanti-
lado imposible de pasar, se desviaba hacia el interior y subía y
bajaba las altas montañas. Cuando se le cruzaba algún arroyo, se
zambullía en sus aguas heladas y lo atravesaba. Llegó la noche y
no paró de correr. Sus músculos no se fatigaron hasta el segun-
do día y aun así siguió corriendo gracias a su fortaleza mental.
Cuarenta horas después de haberse lanzado a la carrera, su
aspecto era lamentable. Gimoteaba de hambre y de dolor, tenía
el pelaje empapado, las almohadillas de los pies le sangraban y
empezaba a cojear. Pero había logrado su objetivo. Entre los ár-
boles vio el resplandor de un fuego. Kloo-kooch cocinaba y
Castor Gris, acuclillado, mascaba un pedazo de grasa de un alce
que acababan de cazar. ¡Había carne fresca en el campamento!
Con solo pensar en la paliza que le esperaba, a Colmillo Blanco
se le erizaba el pelo. Pero sabía que, a cambio de los golpes, dis-
frutaría del calor de la hoguera y de la protección de su dios. En
aquellas circunstancias tan penosas, incluso la compañía de los
perros, sus enemigos, le parecía una cosa deseable.
Se acercó al campamento arrastrando el vientre y con las orejas
gachas en señal de sometimiento. Castor Gris lo miró y dejó de
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COLMILLO BLANCO
mascar. Cuando el hombre se levantó, Colmillo Blanco se acurru-
có en espera del primer puñetazo. Pero el puñetazo no llegó.
Castor Gris partió el pedazo de grasa y le ofreció la mitad. El
lobezno la devoró. También ordenó que trajeran salmón seco y
se lo ofreció, y además lo defendió de los perros mientras comía.
Después, Colmillo Blanco se tumbó, lleno de gratitud, a dormir
a los pies de su dios.
En diciembre, Castor Gris y su familia emprendieron una ex-
pedición por el helado río Mackenzie. Viajaban en dos trineos. El
de Mit-sah era un vehículo pequeño, casi un juguete, y lo arras-
traba un grupo de cachorros. De este modo el joven humano
aprendía a manejar el trineo y los jóvenes perros se acostumbra-
ban a tirar de él.
Entre los jóvenes escogidos estaba Colmillo Blanco, que en-
tonces tenía ocho meses de edad. En el tiempo que siguió, al
lobezno no le quedó más remedio que trabajar en compañía de
los otros perros, incluida la de Fisgón, su gran enemigo. Pero ni
siquiera esta estrecha convivencia solucionó la enemistad que
había entre ellos. Era demasiado tarde. Colmillo Blanco había
crecido en guerra permanente contra la jauría y odiaba a sus con-
géneres.
Solo pedía que lo dejaran en paz, y como se había convertido
en un luchador temible, lo conseguía. Por las noches, cuando
acampaban, sus compañeros de trineo se apartaban de su camino,
y ni el más valiente, ni siquiera Fisgón, se atrevía a quitarle la
cena. Al contrario, él robaba la cena a los demás. Era un mons-
truoso tirano que solo conocía una ley: obedecer al poderoso y
abusar del débil. En su mundo no existían el cariño ni la solida-
ridad.
Al cabo de los meses, llegaron a un poblado a orillas del lago
Great Slave. En cuanto lo soltaron del trineo, Colmillo Blanco se
puso a vagabundear entre los tipis en busca de comida. Había un
niño que cortaba carne congelada de alce con un hacha. Algu-
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9. EL PACTO ENTRE EL LOBO Y EL HOMBRE
nos pedacitos caían en la nieve y el lobezno trató de comérselos.
El niño dejó el hacha, cogió un garrote y lo persiguió. Como
Colmillo Banco no conocía el campamento, se metió en un
rincón sin salida. Entonces el niño alzó el garrote y se dispuso a
golpearlo.
Pero la costumbre decía que un perro podía comer cualquier
resto que encontrara en el suelo. Por tanto el lobezno no había
hecho nada malo y el trato que el niño le daba lo enfureció.
Acorralado y ciego de ira, Colmillo Blanco saltó sobre el pe-
queño, lo tiró al suelo y le mordió la mano. Solo entonces
comprendió que había atacado a un dios y que le esperaba un
terrible castigo. Huyó a acurrucarse entre las piernas de Castor
Gris.
Y su dueño lo defendió. Castor Gris se enfrentó a la familia del
niño, que acudió a reclamar venganza, y también lo defendieron
Kloo-kooch y Mit-sah. Así fue como el lobezno supo que solo
estaba obligado a aceptar los castigos y las injusticias de los dioses
con los que vivía, mientras que tenía todo el derecho a proteger-
se de los dioses desconocidos.
Más tarde, aquel mismo día, Mit-sah fue al bosque a buscar
leña. Allí se encontró por casualidad con el niño que había sido
mordido. Este andaba con sus amigos y entre todos lo atacaron.
Aunque Mit-sah llevaba las de perder, Colmillo Blanco al prin-
cipio no hizo nada por ayudarle. Aquello era un asunto entre
dioses. Pero luego se le ocurrió que estaban golpeando a uno
de los suyos y pasó a la acción. Al poco, aquella panda de mo-
cosos escapaba hacia el campamento salpicando sangre en la
nieve.
Cuando Mit-sah contó lo ocurrido, Castor Gris mandó que
atiborraran de carne a Colmillo Blanco. Su dueño pensó que el
lobezno podía ser un excelente vigilante y, en adelante, lo entre-
nó para que protegiera no solo a su familia, sino también sus
posesiones. Y Colmillo Blanco no le defraudó. Se convirtió en un
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centinela eficaz y muy agresivo que nunca ladraba para alejar al
ladrón; le saltaba encima sin avisar y mordía con ganas.
Entre el lobezno y Castor Gris se había consolidado un pacto.
Colmillo Blanco guardaba la propiedad del dios, defendía su
cuerpo y el de su familia y trabajaba para él en el trineo. A cam-
bio, el dios le ofrecía alimento y calor y lo protegía de los demás
dioses. Este pacto era el mismo que habían establecido, en la an-
tigüedad, el ser humano y el primer lobo que se acercó a su fue-
go para convertirse en perro.
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10
EL REENCUENTRO CON KICHE
R egresaron del largo viaje en abril. Por entonces, Col-
millo Blanco ya tenía un año y el trabajo de aquellos
meses en el trineo lo había convertido en un animal
más fuerte y grande, con todo el aspecto de un lobo. Mientras
deambulaba por el poblado, reencontrándose con los olores y
dioses que había conocido antes de partir, los perros adultos con
los que se cruzaba le parecían menos formidables y apenas le ins-
piraban temor.
Un día, los hombres descuartizaron un alce y Colmillo Blanco
se apropió de una pezuña muy carnosa. Se la había llevado a unos
matorrales para comer con tranquilidad, cuando apareció un vie-
jo perro llamado Baseek para robársela. Meses atrás, Baseek ha-
bría podido quitarle la pezuña con solo enseñarle los dientes,
pero Colmillo Blanco ya no era un cachorro. Esta vez lo recibió
a su manera salvaje: sin un gruñido de advertencia, le saltó enci-
ma y le propinó dos dentelladas.
Baseek se apartó, asombrado. Pero no pensaba renunciar a la
pezuña. Desafió al lobezno con una mirada tan feroz que este
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COLMILLO BLANCO
sintió renacer el antiguo temor por el perro. Si Baseek hubiera
mantenido el desafío unos segundos más, Colmillo Blanco se
habría acobardado. Pero bajó los ojos antes de tiempo. Cometió
el error de creer que la pezuña ya era suya. Y en cuanto fue a co-
gerla, el lobezno recobró el valor y le lanzó un segundo ataque
fulminante. Le desgarró una oreja, lo derribó y le mordió en el
cuello, en los hombros, en el hocico. Baseek retrocedió tamba-
leándose y estornudando sangre, y al fin prefirió alejarse del lugar.
Se sabía derrotado. Sabía que su vejez había sido vencida por la
juventud de Colmillo Blanco.
La victoria sobre Baseek hizo que el joven lobo experimentara
una gran confianza en sí mismo y le permitió caminar entre los
perros adultos con la seguridad de que lo dejarían en paz.
Hacia la mitad del verano, Colmillo Blanco tuvo otra expe-
riencia importante. Tres Águilas regresó al poblado trayendo con-
sigo a Kiche. El lobezno se la encontró de manera inesperada y la
miró muy confundido durante unos segundos, hasta que sus re-
cuerdos de infancia despertaron de golpe en su interior. ¡Hubo
un tiempo en el que Kiche había sido para él el centro del uni-
verso! Así que corrió hacia ella con la alegría propia de un ca-
chorro. Qué poco se esperaba un recibimiento tan brutal. Kiche
rugió y mordió, le hirió las mejillas hasta el hueso. Colmillo
Blanco se apartó sin comprender.
Ocurría que su madre no lo había reconocido. Una loba no
recuerda a sus hijos mayores de un año. Para ella, el joven lobo
que había corrido a saludarla era un extraño, una amenaza para
los cachorros que ahora la acompañaban.
Uno de los pequeños se acercó despreocupadamente a Colmi-
llo Blanco. Eran medio hermanos, aunque ninguno de los dos lo
sabía. Y cuando él lo olfateó con curiosidad, Kiche volvió a atacar
y le desgarró el hocico. Colmillo Blanco se apartó de nuevo,
consternado, y Kiche le lanzó un tercer ataque, el definitivo, para
alejarlo del lugar.
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Llegó el otoño, momento de mudarse Y los indios partieron. ¡Ahora era libre!
a tierras más cálidas, pero Colmillo Sin embargo, enseguida añoró el calor del
Blanco no quería ir con ellos. fuego y la carne que le daba su dueño.
¡Colmillo
Blanco!
¡Colmillo
Blanco!
En diciembre, la familia de Castor Gris
Decidió seguirlos por la orilla del río, y remontó el helado río Mackenzie. Por
corrió sin descanso durante casi dos días. primera vez, Colmillo Blanco tuvo que
tirar de un trineo.
Acércate, toma la
mitad de mi comida.
Esta vez Castor Gris no lo castigó.
Volvieron en primavera, y el
lobo aprendió a proteger a
la familia de su dueño.
En verano, Tres Águilas
regresó con Kiche y sus
nuevos cachorros. Pero
una loba no recuerda a sus
hijos mayores de un año.
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COLMILLO BLANCO
En ese momento, fue como si los recuerdos de infancia de
Colmillo Blanco se desvanecieran. La madre, que tanto había
representado en el pasado, se convirtió de repente en una desco-
nocida. Y si prefirió huir a enfrentarse a ella, como habría hecho
con cualquier otro perro, fue por ese instinto que rige en los lo-
bos machos y que les impide agredir a las hembras.
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11
LA HAMBRUNA
E n el tercer año de vida de Colmillo Blanco, los indios
padecieron una gran hambruna. En verano la pesca fa-
lló y en invierno los rebaños de caribús2 se desviaron
de la ruta acostumbrada. Nadie los vio en el valle del Mackenzie.
También desaparecieron los alces, y las liebres eran escasas, por lo
que los animales depredadores, entre ellos el hombre, empezaron
a morir de hambre. Primero los viejos y los enfermos.
Los dioses del campamento de Colmillo Blanco llegaron al
extremo de comerse el cuero de sus mocasines y guantes. Y sus
perros se comían las correas y los látigos. También se comían a
otros perros, y los dioses se los comían a ellos. Los animales más
inteligentes entendieron lo que pasaba y escaparon al bosque,
donde acabaron muriendo de hambre o devorados por los lobos.
Colmillo Blanco estaba entre los que huyeron, pero él contaba
con sus experiencias de cachorro, ya había sobrevivido antes en
las tierras salvajes. Sabía cómo cazar a las escurridizas ardillas, y
2 caribú: nombre que se le da al reno en el norte de América.
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dado que las ardillas no abundaban, también desenterraba a los
ratones que hibernaban en sus madrigueras.
En los momentos en los que el hambre era más insoportable
incluso se acercaba al campamento de los hombres. Si tenía mu-
cha suerte, podía robar una de las escasas piezas que caían en las
trampas. Llegó a robar una liebre de una de las trampas de Castor
Gris mientras este se tambaleaba por el bosque, a punto de des-
mayarse de debilidad.
Un día se encontró con un joven lobo que estaba en los hue-
sos. De no haber tenido tanta hambre, quizá se habría ido con él
y habría encontrado su lugar en alguna manada de hermanos
salvajes. Pero en aquellas circunstancias, en las que lo principal era
alimentarse, Colmillo Blanco lo mató y se lo comió.
A su vez, también los lobos intentaron comérselo a él. Una
jauría famélica lo persiguió. Por suerte, había comido algo más
que ellos y estaba en mejor forma, así que les sacó una gran ven-
taja. Y no solo los aventajó, sino que, corriendo en amplio círcu-
lo, sorprendió por detrás al más rezagado de sus perseguidores y
lo cazó.
Después de aquello se alejó de las orillas del Mackenzie y
deambuló por el arroyo en el que había crecido. En el cubil don-
de vino al mundo encontró a Kiche. También ella había huido de
los dioses en compañía de un cachorro al que ya quedaba poco
de vida. El recibimiento que ofreció a su hijo mayor no fue para
nada afectuoso, pero a Colmillo Blanco no le importó. Se limitó
a dar media vuelta y buscarse otro lugar.
En los últimos días del hambre aún se cruzó con otro supervi-
viente. Trotaba por un estrecho paso, a los pies de un risco, y al
doblar un recodo casi se dio de bruces con Fisgón, que trotaba en
sentido contrario. Allí estaba su viejo enemigo, el bravucón que
le había amargado la infancia, convertido prácticamente en un
esqueleto. Sin perder tiempo, lo embistió, lo hizo rodar por el
suelo y le hincó los dientes en la garganta. Colmillo Blanco no se
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11. LA HAMBRUNA
separó de él hasta que estuvo seguro de que había muerto de-
sangrado.
Una mañana, su deambular lo llevó de vuelta a las orillas del
Mackenzie. En un claro que había conocido deshabitado se ele-
vaban ahora las siluetas de unos tipis. Colmillo Blanco observó,
olfateó y escuchó. Se trataba del viejo poblado, que se había tras-
ladado de lugar. Pero en él ya no se oían gemidos ni lamentos,
sino risas y otros sonidos propios de los humanos cuando tienen
el estómago lleno. En el aire flotaba el olor del pescado. La ham-
bruna había terminado. Colmillo Blanco, sin miedo alguno, co-
rrió hacia los tipis. Kloo-kooch fue la primera en verlo y lo reci-
bió con gritos de alegría y con un gran pescado.
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12
EL ENEMIGO DE SU ESPECIE
S i Fisgón no lo hubiera obligado a luchar cada día de su
infancia, y si los demás cachorros lo hubieran aceptado
como uno más de ellos, Colmillo Blanco habría creci-
do como perro y habría sentido afecto por los perros. Y si Castor
Gris lo hubiera educado con cariño en lugar de con palizas, en-
tonces quién sabe qué otras bondades habría podido desarrollar.
Pero no había sido así. La violencia había modelado a Colmillo
Blanco desde pequeño y lo había convertido en lo que era: una
criatura solitaria, fría y feroz.
En el periodo que siguió a la hambruna, en el transcurso de
algunos viajes tirando del trineo, peleó cuanto pudo con los pe-
rros del valle del Mackenzie. Los perros de los otros poblados
desconocían su carácter violento y sus técnicas de lucha, y su
aspecto de lobo los incitaba a atacar. Muchos de estos combates
acabaron en muertes y Colmillo Blanco se ganó fama de mata-
dor. Castor Gris, que era igual de fiero y salvaje, se sentía orgullo-
so de él.
Colmillo Blanco tenía unos cinco años cuando su dios se lo
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12. EL ENEMIGO DE SU ESPECIE
llevó en el viaje más largo de todos. Viajaron durante meses hacia
el norte y hacia el oeste, hasta llegar al fuerte Yukon, en el límite
del círculo polar ártico. Era el verano de 1898 y se había descu-
bierto oro en aquella parte de Alaska. Cientos, miles de personas
se dirigían hacia allí desde todos los rincones del mundo con la
obsesión de hacerse ricas, y Castor Gris pensaba enriquecerse él
también vendiendo pieles, mocasines y guantes, que eran artícu-
los imprescindibles para sobrevivir al frío.
El fuerte Yukon era un hormiguero de actividad. En él, Colmi-
llo Blanco conoció a los hombres blancos y le parecieron unos
dioses aun más poderosos que los indios. Los tipis de los indios
no eran nada comparados con las casas y el fuerte de los blancos,
construidos con troncos enormes. Y las canoas tampoco eran na-
da comparadas con el barco de vapor que, cada pocos días, atra-
caba en la orilla del río para dejar en tierra una riada de futuros
buscadores de oro.
Pero si los dioses blancos eran todopoderosos, sus perros no lo
eran tanto: de tamaños, formas y colores de lo más diverso, algunos
sin apenas pelo y todos, sin excepción, luchadores muy malos.
Colmillo Blanco, como el enemigo de su especie que era, se
divertía provocándolos. Los perros, tan pronto desembarcaban del
vapor y lo veían con su pelaje de lobo, corrían hacia él ladrando.
Colmillo Blanco se apartaba de un salto en el último segundo, los
golpeaba para hacerlos caer y los mataba o hería de un mordisco
en la garganta. Luego, los perros de los indios, que habían estado
esperando aquel momento, se abalanzaban sobre el caído y lo
destrozaban.
Pero Colmillo Blanco era inteligente. Sabía que los dioses se
enfadan cuando uno de sus perros muere, y se alegraba de que
fuera la jauría la que se encargara de rematarlos. Así, el hombre
blanco descargaba su furia en ella. Los garrotazos, las pedradas,
incluso los tiros de revólver, llovían sobre los perros indios mien-
tras él se retiraba a contemplarlo de lejos.
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COLMILLO BLANCO
Como Castor Gris pasaba los días comerciando, Colmillo
Blanco no tenía nada que hacer. Provocar y matar a los recién
llegados se convirtió en su ocupación. Vagabundeaba por la orilla,
lo mismo que el grupo de perros indios, en espera del vapor. En
cuanto el barco atracaba, comenzaba la diversión. Duraba unos
pocos minutos, los que los dioses tardaban en acudir para defen-
der a sus animales.
Pero no se puede decir que Colmillo Blanco formara parte de
la jauría. Se mantenía siempre a distancia y la jauría le temía. Es
verdad que colaboraban en la diversión. Él empezaba la pelea y
ellos la terminaban. Pero también es cierto que Colmillo Blanco
disfrutaba viendo cómo los perros indios, después de matar a un
perro recién llegado, recibían a su vez el castigo de los dioses.
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En el tercer año de vida de Colmillo Blanco, el Colmillo Blanco decidió huir al
hambre fue tal que los indios se comían el bosque, y allí supo sobrevivir.
cuero de sus mocasines, e incluso a los perros.
¡Maldición, ojalá encontremos
pronto provisiones y no
tengamos que devorar a los
perros! Lo siento, amigo mío.
Hasta que un día tropezó con el Dos años después, en 1898, Castor
campamento. Oyó risas y notó el olor Gris emprendió un largo viaje hasta
a comida: la hambruna había terminado. Alaska, con intención de vender
pieles a los buscadores de oro.
¡Colmillo Blanco,
has regresado!
Por fin hemos
llegado al fuerte
Yukon. ¡Vamos a
buscar fortuna!
¡Botas a veinte
Allí conoció al hombre blanco, y le pareció centavos!
un dios incluso más poderoso que el indio.
¡Barril de whisky!
¡Armas en
buen estado!
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13
EL DIOS LOCO
E n el fuerte Yukon vivían unos pocos hombres blancos
que llevaban mucho tiempo en las tierras salvajes. Sen-
tían un gran desprecio por los hombres que llegaban de
las civilizadas tierras del Sur y disfrutaban viendo el daño que
Colmillo Blanco y la jauría causaban a sus perros.
Pero había uno que disfrutaba particularmente con estas carni-
cerías. Corría entusiasmado a la orilla en cuanto oía llegar el va-
por, y más de una vez, cuando un perro del Sur moría chillando,
saltaba y gritaba de placer. A este individuo le llamaban Guapo
Smith, pero lo de Guapo era una burla, porque era muy feo. Se
encargaba de la cocina y la limpieza del fuerte. Sus compañeros
lo tenían por un cobarde, pero en el fondo le temían. Lo creían
muy capaz de pegarles un tiro por la espalda si lo hacían enfadar.
A Guapo Smith le maravillaba la ferocidad de Colmillo Blanco
y deseaba poseerlo. Trató de ganarse su amistad, pero el lobo des-
confiaba de él más que de cualquier otro hombre. De alguna
manera, adivinaba que era malvado y, si lo veía acercarse, se eri-
zaba y le enseñaba los dientes.
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13. EL DIOS LOCO
Guapo Smith fue a visitar a Castor Gris en su tienda. El indio
se negó a venderle el lobo. Había ganado mucho dinero con las
pieles y, además, Colmillo Blanco era el mejor animal de trineo
que había tenido y el mejor luchador de las tierras del Norte.
Sin embargo Guapo Smith conocía la debilidad de los indios,
y siguió visitando a Castor Gris y le regalaba botellas de whisky.
El alcohol despierta una sed difícil de apagar. Castor Gris contra-
jo aquella sed y su estómago y su cerebro empezaron a pedir
cada vez más whisky. A tal punto llegó su sed, que las pieles que
aún no había vendido y todo el dinero que había ganado se le
fueron en comprar bebida. Al final, la sed fue lo único que le
quedó, y entonces Guapo Smith le compró a Colmillo Blanco
por un cierto número de botellas.
Aquella tarde, el lobo se tumbó confiadamente junto a Castor
Gris. Este, con gestos torpes de borracho, le ató una correa al
cuello. Al poco, llegó Guapo Smith y Colmillo Blanco le gruñó,
como siempre que lo veía. Pero estaba atado y Castor Gris lo
sujetaba, así que tuvo que soportar que la mano repulsiva de aquel
hombre se le acercara más y más. Guapo Smith quería tocarle la
cabeza. En el último momento, el lobo le lanzó una dentellada.
La mano se retiró, veloz, y sus mandíbulas se cerraron en el aire.
Castor Gris le pegó un puñetazo que lo hizo acurrucarse.
Guapo Smith agarró entonces un pesado palo, cogió la correa
de las manos del indio y empezó a tirar. Colmillo Blanco se negó
a seguirlo hasta que Castor Gris le pateó los costados. Al fin se
levantó, pero de un salto, y dispuesto a caer sobre Guapo Smith.
Pareció que el hombre esperaba aquel ataque. Blandió3 el palo y
golpeó al lobo en mitad del salto. Colmillo Blanco cayó al suelo,
dolorido y mareado, y esta vez sí se dejó llevar.
No tenía miedo de Guapo Smith, pero se había dado cuenta de
que el dios blanco sabía usar el palo y prefería no luchar hasta una
3 blandir: mover un arma u otra cosa haciéndola oscilar o vibrar en el aire.
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ocasión mejor. A regañadientes, lo siguió al fuerte y se dejó atar a
una estaca. Ya de noche, cuando el hombre se fue a la cama, mor-
dió la correa y escapó a la tienda de Castor Gris.
Su dios lo había traicionado al venderlo, y ahora lo traicionó
por segunda vez. Por la mañana lo devolvió a Guapo Smith. Este
lo encadenó y le propinó la paliza más cruel que había recibido
en toda su vida. Más cruel que la que había recibido de Castor
Gris cuando, siendo un cachorro, se había tirado al río para seguir
a su madre.
Guapo Smith usó el látigo y el garrote, y golpeó y golpeó. Col-
millo Blanco, encadenado, no podía hacer más que aullar y rugir.
Aquel hombre era un loco que disfrutaba torturando, se le veía
en el brillo de los ojos. Se comportaba como un cobarde con los
demás hombres y como un malvado con las criaturas indefensas.
Colmillo Blanco sabía por qué le pegaban. Cuando Castor Gris
le había atado la correa al cuello y se la había entregado a Guapo
Smith, había comprendido que la voluntad de su dios era que se
marchara con Guapo Smith. Ya había visto cómo otros perros
cambiaban de dueño.
Castor Gris asistió a la paliza y no hizo nada por ayudarlo. Ya no
era su perro. Poco después, sediento de whisky y arruinado, em-
prendió el largo viaje de regreso al Mackenzie. Atrás dejaba a
Colmillo Blanco, molido a palos, en poder del dios loco.
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14
EL REINO DEL ODIO
E n las manos del dios loco, Colmillo Blanco se convirtió
en un diablo. Guapo Smith lo tenía encadenado en un
corral y lo torturaba hasta que se volvía loco él tam-
bién. Había descubierto que no soportaba que se le rieran, y eso
es lo que hacía Guapo Smith. Mientras le pegaba, se burlaba y lo
señalaba con el dedo. Tan grandes fueron los tormentos, que Col-
millo Blanco terminó por odiarlo todo. Odiaba la cadena que lo
sujetaba, odiaba a los hombres que iban al corral a verlo y a los
perros que los acompañaban. Y por encima de todo, odiaba a
Guapo Smith.
Pero había un propósito en las torturas del dios loco. Un día,
un grupo de hombres rodeó el corral. Guapo Smith entró arma-
do con el garrote, liberó a Colmillo Blanco de la cadena y salió.
Los hombres admiraron al lobo mientras daba vueltas y gruñía en
el pequeño espacio. Era una criatura terrible y magnífica. Más
grande y pesada que cualquier lobo que hubieran visto jamás, y
toda músculo, huesos y nervios, sin un gramo de grasa.
La puerta del corral se abrió otra vez y un perro aun más gran-
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COLMILLO BLANCO
de que Colmillo Blanco, un mastín, fue lanzado al interior. Su
enormidad y su aspecto feroz no acobardaron a Colmillo Blanco.
Al contrario, aquel animal era algo en lo que podía vengar su
odio. Así que atacó sin más y le hirió en el cuello. El mastín aulló
y contraatacó. Pero el lobo era muy bueno esquivando y el mastín,
demasiado lento y pesado. Los hombres aplaudían y gritaban cada
vez que Colmillo Blanco desgarraba el cuerpo del rival. Solo
cuando el mastín quedó terriblemente mutilado, saltó Guapo
Smith al corral, redujo a Colmillo Blanco a garrotazos y volvió a
encadenarlo. Luego, el otro dueño retiró a su animal y se pagaron
las apuestas. El dinero tintineó en las manos de Guapo Smith.
Colmillo Blanco comenzó a desear aquel tipo de peleas, por-
que esa era la única manera que tenía de expresar todo su odio.
Y eso era justo lo que pretendía el dios cruel con las torturas y el
cautiverio. Un día se enfrentó a tres perros en tres combates se-
guidos y venció. También venció a un lobo adulto recién cazado
en las tierras salvajes. Y otro día luchó contra dos perros a la vez.
Los mató a los dos, pero él quedó medio muerto.
En otoño, antes de que el río Yukon se helara, Guapo Smith lo
metió en una caja y lo embarcó en el vapor rumbo a la ciudad de
Dawson. Por entonces, Colmillo Blanco ya se había ganado una
reputación y en Dawson tenían muchas ganas de verlo pelear. Lo
llamaban el Lobo Luchador.
Su vida era un infierno. Lo exhibían en una jaula y los hombres
pagaban en polvo de oro para verlo. No lo dejaban descansar. Si
se tumbaba para dormir, lo obligaban a levantarse pinchándolo
con un palo. Esto lo ponía loco de rabia, pero para Guapo Smith
era mejor así, porque su público quería espectáculo.
Luego estaban los combates. Por la noche, el dios loco lo saca-
ba de la ciudad y lo llevaba al bosque. De este modo evitaba a la
policía. En el bosque le hicieron pelear contra todo tipo de razas
de perro. El país era salvaje, los hombres eran salvajes y las peleas
eran a muerte.
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En el fuerte Yukon vivía Guapo Smith, Colmillo Blanco se puso hecho una furia al
un hombre muy feo, cruel y cobarde. A principio, pero al ver la actitud de su amo,
base de regalar whisky a Castor Gris, tuvo que resignarse a irse con aquel hombre.
este se aficionó tanto al alcohol que
Guapo Smith consiguió lo que quería.
Así aprenderás quién
es tu nuevo amo.
Ahora ya
puedes coger
a Colmillo
Blanco y
llevártelo:
es tuyo.
¡Ataca!
¡Cómetelo! ¡Acaba con él!
Guapo Smith disfrutaba torturándolo, pero aquello tenía un
fin: que el lobo acumulara odio y luego necesitara descargarlo.
Guapo Smith lo
exhibía de día.
De noche, en
el bosque, le
esperaban
nuevos
combates. Esta
vez, a muerte.
Tengo la bestia más
Cuando el lobo venció a feroz; a fuerza de palos
todos los perros de la zona, le he enseñado muy
Guapo Smith se lo llevó a bien a ser rabioso.
la ciudad más cercana.
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COLMILLO BLANCO
Pero Colmillo Blanco se había entrenado para la lucha desde
cachorro y jamás fue derrotado. Conforme pasaba el tiempo, te-
nía cada vez menos combates. Los hombres se esforzaban en vano
por encontrar perros dignos de enfrentársele. Guapo Smith deci-
dió hacerlo pelear contra lobos que los indios capturaban para él.
Incluso lo encaró a una hembra de lince y Colmillo Blanco tuvo
que luchar más que nunca por su vida, porque la lince era igual
de rápida, ágil y feroz, y además de los afilados dientes, contaba
con las afiladas uñas.
Después los combates terminaron. Ya no quedaban oponentes
dignos de Colmillo Blanco. Guapo Smith tuvo que conformarse
con exhibirlo hasta la primavera. Entonces desembarcó en Daw-
son un tal Keenan, que traía consigo el primer bulldog que pisa-
ba las tierras del Norte. A la vista estaba un nuevo combate, el
más formidable de todos, y en los días previos se hicieron apues-
tas con pasión.
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15
EL MORDISCO DE LA MUERTE
E l combate empezó. Por primera vez, Colmillo Blanco
no saltó de inmediato sobre el rival. Se quedó quieto,
estudiando a aquel perro tan extraño. El bulldog se lla-
maba Cherokee. Era bajo y achaparrado, con grandes mandíbulas
y cuello de toro, y no ladraba enfurecido como los otros comba-
tientes. Solamente gruñía. Un gruñido que fue creciendo en su
garganta hasta que se decidió a atacar y corrió hacia Colmillo
Blanco con sus patitas arqueadas. Entonces Colmillo Blanco le
mordió en el grueso cuello y se retiró.
Pero Cherokee no aulló ni gruñó. Se volvió hacia el lobo y
corrió de nuevo hacia él. Comenzó una lucha en la que Colmi-
llo Blanco atacaba, mordía y saltaba para atrás, y el bulldog, san-
grando por las numerosas heridas del cuello y la cabeza, se limi-
taba a correr detrás de él. Colmillo Blanco estaba perplejo. No
había combatido con ningún perro que no se defendiera ni au-
llara cuando lo herían. También estaba perplejo Cherokee. Estaba
acostumbrado a luchar con otros bulldogs, que nunca esquivan al
rival, sino que buscan arrimarse a él.
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COLMILLO BLANCO
El tiempo pasaba, y parecía que iban a estar así eternamen-
te, cuando Colmillo Blanco cometió un error. Intentó empu-
jar a Cherokee para hacerlo caer, pero lo hizo con tanto ím-
petu, y el bulldog era tan bajo, que dio la vuelta por encima
de él y cayó de costado sobre la nieve. Fue la primera vez en
su historia de luchador que no aterrizaba sobre las cuatro pa-
tas. Aprovechando la ocasión, Cherokee le clavó los dientes
en la garganta.
No fue un buen mordisco. Apenas había agarrado un pliegue
de piel, pero ya no lo soltó. Colmillo Blanco se puso en pie y se
revolvió para sacudirse a Cherokee. Dio vueltas y más vueltas
tratando de librarse de los veinticinco kilos de bulldog que col-
gaban de su cuello. Era en vano, porque el bulldog no aflojaba el
mordisco y parecía no importarle que el otro lo arrastrara y le
hiciera dar tumbos sobre la nieve.
Los apostadores aplaudían y gritaban. Muchos animaban a
Cherokee. Colmillo Blanco podía sentir cómo las mandíbulas del
bulldog masticaban y engullían poco a poco la piel de su cuello
y se iban acercando a la carne y a las venas. Se debatió mil veces
para escapar de aquel mordisco mortal, pero llegó un momento
en el que se agotó y entonces Cherokee lo tumbó de espaldas y
se le puso encima.
Ahora Colmillo Blanco se asfixiaba, apenas luchaba ya. Guapo
Smith se dio cuenta de que iba a perder el combate y enloqueció.
Comenzó a patear a Colmillo Blanco como un salvaje. El públi-
co protestaba y silbaba, pero al mismo tiempo encontraba el es-
pectáculo la mar de divertido.
Entre el dios loco que le pegaba y el bulldog que lo estrangu-
laba, Colmillo Blanco estaba a las puertas de la muerte. Pero en-
tonces hubo una conmoción. Un hombre joven se abrió camino
a codazos hasta los luchadores, asestó un puñetazo a Guapo Smith
y lo tumbó. Guapo Smith se levantó y de nuevo fue golpeado y
de nuevo cayó. Esta vez prefirió no levantarse.
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15. EL MORDISCO DE LA MUERTE
—¡Bestia! —le gritó el joven, y encarándose con el público,
añadió—: ¡Bestias también vosotros! ¡Cobardes!
Otro hombre se presentó para darle apoyo. Un minuto antes,
los dos habían pasado con el trineo cerca del escenario del com-
bate y se habían parado allí, movidos por la curiosidad. El joven
dijo a su compañero:
—Ayúdame, Matt. Vamos a separar a los perros.
—Necesitará una palanca para abrir esas mandíbulas, señor
Scott —dijo el otro.
Y Scott, que así se llamaba el joven, desenfundó su revólver e
introdujo el cañón entre los dientes del bulldog, que aún se resis-
tía a soltar a Colmillo Blanco. Keenan, el dueño del perro, se le
acercó.
—Le advierto que nunca he conseguido que Cherokee suelte
una presa —dijo—. Y no me gustaría que le rompiera los dien-
tes.
Scott bufó:
—Si no está dispuesto a ayudarme, ¡apártese!
Y muy lentamente, haciendo palanca con el cañón del revólver
y con la ayuda de Matt, que sujetaba al bulldog, consiguió liberar
a Colmillo Blanco.
El lobo trató de levantarse, pero se derrumbó. Tenía los ojos
vidriosos y la lengua le colgaba, flácida y sucia.
—¡Aún respira! —exclamó Scott.
Acto seguido, se volvió hacia Guapo Smith, lo levantó del sue-
lo y añadió:
—Un buen perro de trineo vale trescientos dólares. Este está
casi muerto, así que le voy a dar ciento cincuenta.
—¡No quiero venderlo! —protestó Guapo Smith.
—Coja el dinero, bestia —insistió Scott, metiéndole los billetes
en la mano—, porque se lo voy a quitar de todas formas.
Y Guapo Smith, acobardado, cogió el dinero y se marchó.
Muchos hombres habían empezado a irse ya. Otros charlaban
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en corros. Los que habían apostado por el bulldog, y también
Keenan, su dueño, habían perdido la ocasión de ganar mucho
dinero. Y si no impidieron que Weedon Scott rescatara a Colmillo
Blanco fue porque el joven era un tipo importante, un experto
en minas, amigo de los peces gordos del territorio del Yukon.
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16
DOMANDO AL INDOMABLE
H abían pasado dos semanas. Colmillo Blanco se había
recuperado de la terrible herida en la garganta y esta-
ba tumbado delante de la cabaña, sujeto con una ca-
dena. Weedon Scott y su ayudante, Matt, lo contemplaban con
desesperación.
—Es más salvaje ahora que antes —se quejó Scott.
—Bueno —dijo Matt—. Supongo que le molesta estar enca-
denado. Déjeme soltarlo, a ver cómo se porta esta vez.
Matt cogió un palo y se acercó al lobo. Este se erizó y gruñó,
pero vio el palo y no se decidió a atacar. Luego, cuando Matt lo
liberó de la cadena, se quedó perplejo. Había pasado muchos
meses sin un momento de libertad, excepto cuando lo soltaban
durante las peleas, y ahora no sabía qué hacer. Desconfiaba de
los hombres. Se puso a rondar arriba y abajo sin dejar de vigi-
larlos.
—Necesita un poco de amabilidad —dijo Scott.
Y entró en la cabaña y salió con un pedazo de carne. Se lo
arrojó a Colmillo Blanco. En ese momento, uno de los perros del
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trineo, que andaban por los alrededores, se abalanzó sobre la car-
ne. Fue una mala idea. El lobo lo atacó. Una dentellada directa a
la garganta que lo hizo retroceder sangrando a chorros y herido
de muerte. Matt, enfadado, corrió hacia Colmillo Blanco y trató
de darle una patada. Fue otra mala idea, porque el lobo le mordió
la pierna.
Los dientes le habían desgarrado el pantalón, los calzoncillos y
la piel. Nada grave. Pero su jefe Scott, perdiendo toda esperanza,
desenfundó el revólver.
—¡Mira tu pierna, Matt! —exclamó—. Y mira al perro, ¡está
muerto! Este lobo es indomable y peligroso. Voy a matarlo.
—¡No lo haga! —protestó Matt—. Quise golpearlo, así que
me merezco el mordisco. Y el perro quiso robarle la carne, así
que también se lo buscó. El pobre ha pasado por un infierno.
Démosle otra oportunidad. Si no sale bien, yo mismo lo mataré.
—Dios sabe que no quiero matarlo —dijo Scott, enfundando
el revólver—. Lo dejaremos libre y a ver qué hace. Insisto en que
necesita que lo traten con ternura.
Dicho esto, caminó despacio hacia Colmillo Blanco, hablándo-
le con dulzura. El lobo se agazapó y gruñó para advertir que no
quería que se acercara, pero Scott no le hizo caso, adelantó la
mano para acariciarle la cabeza. Y recibió un bocado.
Scott gritó y se sujetó la mano herida con la sana. Matt corrió
a la cabaña y regresó con el rifle mientras decía:
—Prometí que si no salía bien, yo mismo lo mataría.
Pero entonces fue Scott el que se negó a sacrificar al lobo.
—Déjalo, Matt. Ha gruñido para avisarme de que no le tocara.
Ha sido por mi culpa. Tengamos paciencia. Dijiste que merecía
una oportunidad.
Colmillo Blanco, al ver el rifle, había corrido a esconderse tras
una esquina de la cabaña. Matt bajó el arma y suspiró:
—Estoy de acuerdo con usted, jefe. De todas maneras, ese ani-
mal es demasiado inteligente como para dejarse matar.
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Un día llegó a la ciudad el Colmillo Blanco cometió un
primer bulldog que pisaba error y cayó sobre la nieve.
las tierras del Norte.
¡Atácalo! ¡Dególlalo!
¡Mátalo!
¡Levántate,
idiota!
Pero las poderosas mandíbulas de un
El combate fue extraño. bulldog jamás sueltan a su presa.
Entonces un joven se abrió paso entre
la gente y tumbó a Guapo Smith de un
puñetazo. Otro hombre lo acompañaba. Necesitará una
palanca para abrir
esas mandíbulas,
señor Scott.
Scott obligó a Guapo Smith a venderle el lobo
y, cuando estuvo curado, un día lo soltó, pero
había estado meses encadenado y desconfiaba
¡El pobre lobo de los hombres. Por eso, mordió a Scott.
ha tenido suerte,
aún respira!
¡No dispares!
Tengamos paciencia;
Quienes habían apostado por
necesita ternura.
el bulldog no protestaron.
Weedon Scott era un tipo
importante en el Yukon.
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COLMILLO BLANCO
A la mañana siguiente, Colmillo Blanco todavía rondaba la ca-
baña. Scott se sentó en el suelo, a pocos metros del lobo, que se
erizó. Desconfiaba. Le había mordido la mano a él, un dios, y
también había mordido a su compañero y había matado a uno de
sus perros. Se esperaba un castigo terrible.
Sin embargo, el castigo no llegó. Scott le habló con amabilidad,
y aun cuando el lobo le gruñía, lo cierto es que, al cabo de un rato,
la voz dulce del hombre empezó a hacer efecto en su corazón.
Luego, sin parar de susurrarle, Scott le fue arrojando pedazos de
carne y Colmillo Blanco se los fue comiendo, cada vez más con-
fiado.
Aquel día, el hombre dedicó al lobo mucho tiempo, mucha
paciencia y muchas palabras amables, y así llegó un momento
maravilloso en el que Colmillo Blanco consintió en comer la
carne directamente de su mano. Y llegó un momento más mara-
villoso aún en el que Colmillo Blanco dejó que le acariciara la
cabeza. Algo que ningún ser humano había conseguido jamás.
Fue una sensación extraña para el lobo. Una parte de él desea-
ba morder, vengar en la mano de Scott todo el mal que le habían
hecho los hombres, y por eso erizaba el pelo y gruñía. Pero la
otra parte sentía placer con las caricias. Ocurría que Colmillo
Blanco empezaba a experimentar esa emoción que llamamos
ternura.
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17
EL DIOS DEL AMOR
C olmillo Blanco ya no estaba encadenado. Aun así, no
huyó. Le gustaba el nuevo dios. Y para demostrarle su
lealtad, se hizo cargo de la vigilancia. Rondaba la ca-
baña todas las noches, mientras los perros del trineo dormían, y
el primer visitante que se acercó tuvo que defenderse con una
estaca hasta que Scott acudió en su ayuda.
Pero Colmillo Blanco no tardó en aprender quién era un la-
drón y quién un hombre honesto. Al que caminaba con paso
decidido hacia la puerta, lo dejaba en paz, aunque no le quitaba
el ojo de encima hasta que Scott lo recibía. El que se acercaba de
puntillas y dando un rodeo, tenía que salir corriendo para salvar
la vida.
Weedon Scott estaba decidido a reparar todo el mal que los
hombres habían hecho a Colmillo Blanco. Cada día dedicaba
mucho tiempo a mimarlo. Y cada día el lobo se aficionaba más a
sus mimos, aunque no podía dejar de gruñir. Pero ya no se trata-
ba del viejo gruñido lleno de agresividad. Había una nota dife-
rente en él, que significaba placer. Era la nota más suave que
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COLMILLO BLANCO
podía articular su garganta, endurecida después de tantos años de
emitir sonidos feroces.
Pasaron los días y Colmillo Blanco conoció un sentimiento
nuevo, el amor. Cuando estaba junto a su dios, era feliz. Si el dios
se alejaba, sentía dolor. Pero no era una criatura expresiva. Había
llevado una vida de luchador y se había olvidado de cuando, sien-
do un cachorro, movía la cola al ver a su madre. Jamás había la-
drado y no iba a empezar en ese momento. Nunca corría hacia
Scott ni saltaba a su alrededor. Se quedaba quieto, esperándole.
Únicamente sus ojos expresaban ese amor.
Se fue adaptando a la nueva forma de vida. Comprendió que
no debía pelear con los perros del amo, pero solo después de de-
jarles claro que allí mandaba él. Cuando Scott decidió que ya
podía tirar del trineo, Colmillo Blanco repartió unas pocas den-
telladas y se otorgó a sí mismo el puesto de líder. La verdad es
que Scott no podía desear un líder mejor.
A Matt, el ayudante, lo veía como una posesión más de su
amo. Si bien era Matt el que le daba casi siempre de comer, Col-
millo Blanco sabía que era su amo el que lo alimentaba a través
de él.
A finales de primavera, el lobo sufrió mucho por amor. El dios
desapareció. La primera noche se tumbó a esperarlo en los fríos
escalones de la cabaña, hasta que Matt lo obligó a meterse dentro.
Luego, pasó los días tumbado junto a la estufa, con la cabeza apo-
yada en las patas. Ni comía ni vigilaba, y los otros perros le per-
dieron el respeto. Si salía al exterior, lo atacaban y él ni siquiera se
defendía.
La noche que Scott regresó, Colmillo Blanco lo oyó llegar de
lejos. Sin embargo, permaneció en su sitio junto a la estufa. No
ladró ni meneó la cola. Pero cuando el dios se agachó a su lado,
arrimó la cabeza y la hundió hasta las orejas entre el brazo y el
cuerpo de Scott. Aquella era una manera nueva de demostrar su
amor. La máxima a la que llegó nunca.
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17. EL DIOS DEL AMOR
Con el amo otra vez en casa, Colmillo Blanco se recuperó de-
prisa. Al cabo de dos días salió a pelear con los perros, él contra
todos, y les dio una paliza para recordarles que el líder era él.
Volvía a estar en forma la noche en que se presentó una visita
no deseada. Se oyeron gritos de terror fuera de la casa. Scott y
Matt cogieron una linterna y salieron a toda prisa. Había un
hombre caído en la nieve. Se protegía la cara y la garganta con los
brazos. Encima tenía a Colmillo Blanco, rabioso como nunca,
que le lanzaba dentelladas. Cuando lograron sujetar y calmar al
lobo, el visitante ya tenía los brazos horriblemente heridos. Le
enfocaron la linterna a la cara y apareció un rostro bestial. Era
Guapo Smith. A sus pies, vieron una cadena de perro y un palo.
Weedon Scott no pronunció una sola palabra. Matt tampoco.
Agarró por los hombros a aquel loco, le hizo dar media vuelta, y
Guapo Smith echó a correr.
—Así que trataba de robarte, ¿eh? —dijo Scott a Colmillo
Blanco—. Pues ahora tiene su merecido.
Colmillo Blanco seguía erizado y gruñía, pero en el gruñido
podía apreciarse aquella nota que indicaba placer.
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18
EL LARGO VIAJE
L legó un día en el que Colmillo Blanco vio un maletín
en el suelo de la cabaña, y a Scott que colocaba cosas en
él. Entonces recordó que, cuando su dios se había au-
sentado un tiempo atrás, también había preparado un maletín. Así
supo que estaba a punto de irse otra vez.
Aquella noche entonó el largo aullido de los lobos. Un aullido
para compartir su dolor con las estrellas.
Los dos hombres lo oyeron y se removieron en sus camas. Matt
susurró:
—Ha dejado de comer. Me da miedo que esta vez se muera.
Scott protestó en la oscuridad:
—¡Demonios! No puedo llevarme un lobo a California. Ma-
taría a esos perros debiluchos que hay allí con solo mirarlos. Y las
autoridades me lo quitarían y lo harían matar.
—Claro, jefe —dijo Matt, no muy convencido.
Por la mañana, llegaron dos indios. Cargaron con algunas bol-
sas y una caja y las llevaron colina abajo. Colmillo Blanco, siem-
pre alerta con los intrusos, esta vez ni siquiera los miró. Perma-
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18. EL LARGO VIAJE
neció sentado delante de la cabaña, lleno de preocupación y
pendiente de los movimientos de su amo.
Scott se asomó a la puerta y lo llamó para hacerle entrar. Luego
le rascó las orejas y le acarició el lomo mientras decía:
—Mi querido amigo, no puedes acompañarme en este viaje.
Dedícame un último gruñido, anda. Un buen gruñido de des-
pedida.
Pero Colmillo Blanco no quiso gruñir. Se apretó contra él y
hundió la cabeza entre su brazo y su pierna.
Se oyó la sirena del barco de vapor en el río.
—Debe darse prisa, jefe —gritó Matt desde fuera—. Corra y
cierre la puerta.
Scott así lo hizo y Colmillo Blanco quedó encerrado en la ca-
baña. Después, se encaminaron al río. Pero se detuvieron a medio
camino para escuchar. Colmillo Blanco estaba aullando como
hacen los perros cuando mueren sus amos. Así expresaba su de-
solación. Aquel llanto brotaba desde lo más hondo de su ser y
rompía el corazón.
Las cubiertas del barco estaban atestadas de aventureros impa-
cientes por regresar al Sur. Algunos habían encontrado mucho
oro y se habían enriquecido. La mayoría habían encontrado poco
o nada y se habían arruinado.
Los dos hombres llegaron a la pasarela y Scott fue a estrecharle
la mano a Matt para despedirse. Pero este se había quedado petri-
ficado. Miraba hacia la cubierta con los ojos como platos. Allí
estaba Colmillo Blanco, sentado y esperando. Tenía algunos cor-
tes en el hocico.
—¡Maldita sea! —exclamó—. ¡Ha escapado atravesando el
cristal de la ventana!
Y subió a cubierta con la intención de bajarlo a tierra, pero
Colmillo Blanco se escabulló entre los pasajeros y lo esquivó.
Solo obedeció cuando fue su amo el que llamó. La sirena del
barco sonó entonces, avisando que era la hora de zarpar.
99
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COLMILLO BLANCO
Scott acarició al lobo, pensativo, y al fin dijo:
—Vuelve a la orilla tú solo, Matt.
—¿Qué? —exclamó el ayudante—. ¿Me está diciendo que el
lobo...?
—Sí. Te escribiré para contarte cómo nos va. Y ahora, adiós,
viejo amigo...
La pasarela fue elevada y el barco se deslizó sobre las aguas. Así
empezó el largo viaje de Colmillo Blanco, primero río abajo, y
luego por mar, hasta la ciudad de San Francisco, en las cálidas
tierras del Sur.
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Después de dedicar todo un día a hablarle En una ocasión, Colmillo Blanco vio
con dulzura y darle comida, Scott logró un maletín en el suelo y supo que su
lo que nadie había conseguido jamás... amo partía de viaje. Empezó a aullar.
Pobre diablo,
necesitaba alguna
muestra de
bondad humana.
Ha dejado ¡Demonios, no puedo
de comer. llevarme a un lobo
a California!
A la mañana siguiente, Scott se Pero de repente...
despidió de Matt frente al barco;
mientras, Colmillo Blanco se
quedó encerrado en la cabaña.
Cuida bien del ¡Míralo! ¡Maldita
lobo. Escríbeme sea, se ha escapado!
dentro de unos
días y dime cómo
está.
Vuelve a la orilla
tú solo, Matt.
me lo llevo. Te
escribiré para
¿Qué? ¿Me está contarte cómo nos
diciendo que el lobo...? va. Y ahora, adiós,
viejo amigo...
Y el barco partió por el río y luego por mar hasta San Francisco, en las cálidas aguas del Sur.
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19
LAS TIERRAS DEL SUR
L o que Colmillo Blanco vio en la ciudad de San Francis-
co lo horrorizó. Allí, las demostraciones de poder de los
dioses superaban con mucho a las que había conocido
en el fuerte Yukon. Había altas torres de piedra en lugar de caba-
ñas, y las calles estaban llenas de peligros: automóviles, carros
enormes tirados por caballos, tranvías monstruosos que pasaban
chillando como los linces que había conocido en los bosques
del norte. ¡Y había tantos dioses! El movimiento y el estruendo
lo mareaban, e incluso llegó a tener miedo. Sintió como nunca
que dependía de Weedon Scott y se pegó a sus talones.
De pronto, lo subieron a un furgón, lo encadenaron y lo rodea-
ron de equipajes. Cerraron la puerta y se creyó perdido: ¿había
sido abandonado por su amo? Pero olfateó el olor del amo en
unas bolsas y se tranquilizó. Interpretó que tenía que vigilarlas.
Así que, cuando llegaron al destino, le gruñó al conductor. Mor-
dería si las tocaba. Por suerte, se presentó Scott y lo sacó al aire
libre.
La ciudad había desaparecido. Había silencio, árboles y sol. Pero
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19. LAS TIERRAS DEL SUR
Colmillo Blanco no tuvo mucho tiempo para maravillarse por
aquella transformación pues enseguida, de un carruaje cercano,
bajaron un hombre y una mujer que corrieron a abrazar al amo.
Colmillo Blanco les gruñó porque creyó que querían hacerle
daño.
—¡Siéntate! ¡Quieto!—ordenó Scott—. Son mis padres. A ver
si aprendes que los abrazos no son nada malo.
Colmillo Blanco se quedó quieto observando. ¡Tenía mucho
que aprender en las tierras del Sur! Y observó que ninguno de los
dos extraños hizo daño a su amo.
Los dioses subieron al carruaje y se pusieron en camino. El lo-
bo los siguió al trote, gruñendo para que los caballos supieran que
los estaba vigilando. Enfilaron una avenida bordeada de viejos
nogales. A ambos lados se extendían campos de heno dorados. Al
fondo se levantaba una mansión con columnas y muchas venta-
nas.
Estaban en Sierra Vista, la maravillosa finca del juez Scott, el
padre del amo.
Hacia la mitad de la avenida apareció ladrando un perro pastor.
Colmillo Blanco se erizó y se dispuso a ejecutar su ataque mortal.
Pero se detuvo en el último segundo. Era una hembra, y la ley de
su especie le prohibía atacar en tales casos.
Sin embargo, para la perra no regía aquella ley. Además, Col-
millo Blanco era un lobo, el eterno enemigo de las ovejas y de los
perros pastores. La perra le mordió en el hombro y Colmillo
Blanco retrocedió.
—¡Collie, ven aquí inmediatamente! —gritó el juez Scott des-
de el carruaje—. ¡Ven!
—No te preocupes, padre —rio Weedon Scott—. El lobo tiene
mucho que aprender sobre los habitantes de esta casa. Se las apa-
ñará.
El carruaje se iba alejando, pero Colmillo Blanco no podía se-
guirlo porque Collie le cerraba el paso. Le ladraba y trataba de
103
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COLMILLO BLANCO
morder. Él, desesperado, optó por darle un empujón. Chocó su
hombro contra el de ella y Collie rodó sobre el camino. Entonces
sí, echó a correr con sus zancadas largas y elegantes, y aunque
Collie lo siguió, en seguida la dejó atrás.
El carruaje se había detenido delante de la mansión cuando
Colmillo Blanco llegó. En ese momento sufrió un segundo ata-
que. Esta vez el atacante era Dick, un lebrel4 escocés, de pelo
lanudo. Dick lo embistió con tanta fuerza que el lobo cayó dan-
do tumbos. En toda su vida solo lo habían hecho caer en una
ocasión, y había sido el bulldog Cherokee. Así que se puso en
pie hecho una furia. No había ley que le impidiera matar al le-
brel.
Scott lo sabía y corrió hacia ellos, pero fue Collie la que salvó
la vida al perro. Apareció como un rayo por la avenida. Estaba
encolerizada. Aquel lobo la había hecho rodar por el polvo. Gol-
peó a Colmillo Blanco justo cuando iba a saltar sobre Dick, y
Colmillo Blanco fue derribado por segunda vez en un día.
Scott llegó por fin y pudo sujetarlo. Su padre, el juez, llamó a
los dos perros.
—¡Qué bienvenida tan poco calurosa para un pobre lobo del
Ártico! —dijo Scott mientras acariciaba a Colmillo Blanco para
tranquilizarlo—. Hasta ahora solo una vez le habían derribado, ¡y
llega aquí y es lo primero que le ha pasado!
De la casa salió un grupo de personas. Entre ellas, la esposa y las
hermanas del amo, que bajaron los escalones y lo abrazaron. Col-
millo Blanco, que ya había comprobado que los abrazos no supo-
nían ningún peligro, solo gruñó cuando los desconocidos quisie-
ron hacerle carantoñas.
El juez Scott propuso entrar en casa y añadió:
4 A esta variedad de perro se le dio este nombre por ser muy apto para la caza de
la liebre.
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19. LAS TIERRAS DEL SUR
—Entremos a Collie con nosotros y dejemos que Dick y Col-
millo Blanco se peleen. Luego se harán amigos.
—Nada de eso —dijo Weedon Scott—. Mi lobo solo se haría
amigo de Dick después de matarlo.
—¡Caramba! —exclamó el juez—. Entonces será mejor que tu
lobo entre con nosotros y que los perros se queden fuera.
—Ven, lobo —dijo Weedon—. Eres tú el que tendrá que entrar
en casa con nosotros.
Y así lo hicieron.
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20
LOS DOMINIOS DEL DIOS
C uando Dick y Collie vieron al lobo entrar en la man-
sión, entendieron que se trataba de alguien importante
para sus dioses y lo aceptaron, pero cada uno a su ma-
nera. Así, Dick, que tenía un carácter bonachón, en seguida trató
de hacerse amigo suyo. Pero Colmillo Blanco estaba en contra de
la amistad con los perros. Gruñía cada vez que el lebrel intentaba
acercársele, por lo que Dick, al final, lo dejó por imposible.
Con Collie la cosa era distinta. Ella era una perra pastor y cuan-
do veía el aspecto de lobo de Colmillo Blanco, sentía que su de-
ber era morderle y ahuyentarlo. Pero lo hacía a escondidas de los
dioses. ¿Que no había ninguno alrededor?, pues le hincaba los
dientes. Colmillo Blanco no iba a responder, no podía atacar a una
hembra, y prefería escabullirse en cuanto la oía aproximarse.
La vida en Sierra Vista era muy compleja. Allí vivía mucha gen-
te. Estaban la esposa y los hijos del amo, un niño y una niña.
También estaban sus dos hermanas y el padre y la madre, además
de los criados y los trabajadores del campo. Colmillo Blanco ob-
servó, averiguó la importancia que cada una de estas personas
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20. LOS DOMINIOS DEL DIOS
tenía para Scott y de este modo decidió cómo debía comportar-
se con ellas.
Cuando comprendió que lo más querido por el amo eran sus
hijos, él, que siempre había odiado y temido a los niños de los
poblados indios, decidió protegerlos. No es que fuera cariñoso
con ellos, pero soportaba sus niñerías con paciencia, y cuando se
ponían muy pesados, se levantaba y desaparecía. En contraste, a
quien menos valoraba era a los criados. Él los ignoraba y ellos le
tenían miedo. Pero a todos los habitantes de la casa por igual,
desde los niños a los criados, los consideraba posesiones del amo,
como había considerado a Matt en el Yukon.
¡Había tanto que aprender en Sierra Vista! Los dominios del dios
eran extensos y estaban rodeados por los dominios de otros dioses
con sus propios perros. Y todo estaba regido por leyes que Col-
millo Blanco fue conociendo poco a poco, a base de infringirlas
y recibir regañinas o manotazos.
Una mañana se tropezó con una gallina que se había escapado.
En las tierras del Norte, el único animal doméstico era el perro y
cualquier otra criatura podía ser cazada, así que Colmillo Blanco
no lo dudó. Se puso a perseguir a la gallina. Un mozo lo vio y
acudió blandiendo un látigo. De haber blandido un palo, el lobo
se habría apartado. Pero los látigos no le daban miedo. Dejó esca-
par al ave y saltó sobre el insensato. Empezó por morderle el
brazo, y lo habría matado de no haber aparecido Collie. Para la
perra pastor, aquella era la prueba definitiva de lo malvado que
era Colmillo Blanco. Lo atacó con tanta saña que lo hizo huir a
través de los campos.
Cuando Scott supo lo ocurrido, dijo:
—No puedo enseñarle a respetar a las gallinas hasta que no lo
pille con las manos en la masa.
Y no tardó en pillarlo. Dos noches después, Colmillo Blanco
se las apañó para saltar dentro del gallinero. Por la mañana, un
mozo fue poniendo en fila las gallinas asesinadas para contarlas.
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COLMILLO BLANCO
Había cincuenta. Scott agarró al lobo por el hocico y lo obligó a
olfatearlas al mismo tiempo que le daba manotazos.
—Nunca podrás enmendar a un cazador de gallinas —se la-
mentó su padre, el juez Scott—. Una vez prueban la sangre...
—¿Que no? —contestó Scott—. Encerraré a Colmillo Blanco
en el gallinero esta tarde. Por cada gallina que mate, te daré diez
dólares. Pero si al final de la tarde no ha matado ninguna, por
cada diez minutos que habrá pasado allí dentro tú tendrás que
decirle: «Colmillo Blanco, eres más inteligente de lo que creía».
El juez aceptó la apuesta y encerraron al lobo. Toda la familia
asistió al experimento. Escondidos, vieron a Colmillo Blanco
tumbarse entre las gallinas como si estas, que correteaban asusta-
das a su alrededor, no existieran. Durmió una larga siesta y, cuan-
do despertó, bebió en el abrevadero de las aves, se aupó al tejado
de un salto y se fue tranquilamente hacia la casa.
Poco después, entre las risas y los aplausos de la familia, el juez
Scott tuvo que decirle dieciséis veces, y con un aire de lo más
solemne:
—Colmillo Blanco, eres más inteligente de lo que creía.
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Tras dejar atrás el gentío de San Francisco, El recibimiento no fue muy agradable.
llegaron a Sierra Vista, la finca del juez Scott.
¡Qué bienvenida tan
poco calurosa para un
pobre lobo del Ártico!
Pero, poco después, los perros comprendieron que
Colmillo Blanco era alguien importante para su amo. Será mejor que el lobo
entre con nosotros y que
los perros se queden fuera.
Pronto aprenderá
a comportarse.
Un día el lobo se metió
en el gallinero y mató Y Scott metió Colmillo
a cincuenta gallinas. al lobo en el Blanco, eres
gallinero. más inteligente
de lo que creía.
Nunca podrás
enmendar a
un cazador
de gallinas.
¿Que no?
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21
LAS LEYES DE LA CIVILIZACIÓN
C olmillo Blanco había aprendido la ley que prohibía
tocar a las gallinas de su dios, pero también tenía que
aprender a dejar en paz a las gallinas de los demás dio-
ses, y a los gatos, los conejos y los pavos. Al final de este aprendi-
zaje, el pobre quedó convencido de que no debía cazar ninguna
cosa viva, de modo que una codorniz podía revolotear delante de
su hocico sin que él la atacara.
Pero un día vio a Dick perseguir una liebre en los pastos. Y vio
que Scott también lo estaba viendo y lo consentía. Entonces
comprendió que las liebres sí podían ser cazadas y llegó a la con-
clusión correcta: solo los animales domésticos eran intocables. En
cambio, las liebres, las codornices, las ardillas eran criaturas salva-
jes que jamás se habían sometido al hombre y, por tanto, presas
legítimas.
La vida en las tierras del Sur era complicada para Colmillo
Blanco y lo obligaba constantemente a controlar sus impulsos.
Cuando acompañaba a Scott a la ciudad, pasaban por delante de
carnicerías en las que la carne colgaba a su alcance y tenía que
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21. LAS LEYES DE LA CIVILIZACIÓN
hacer verdaderos esfuerzos para no tocarla. Había gente en las
aceras que quería acariciarlo y debía contenerse para no morder.
Igualmente tenía que esforzarse para no atacar a los gatos de las
casas que visitaban y a los perros que vagabundeaban por las ca-
lles. Colmillo Blanco se esforzaba mucho y lo conseguía. Se esta-
ba convirtiendo en un ser domesticado, preparado para vivir en
la civilización.
Pero no le resultaba fácil. A las afueras de la ciudad, mientras
corría detrás del carruaje, solía encontrarse con una panda de
niños que le tiraban piedras y se reían. Pero a él no le estaba per-
mitido atacar a los niños y no se defendía, por más que sentía que
aquello era una injusticia. Si existía un pacto entre él y los dioses,
y los dioses habían prometido protegerlo, ¿por qué Scott no lo
protegía?
Pero un día Scott saltó del carruaje y blandió el látigo contra
los gamberros. Después, no volvieron a tirarle piedras nunca más
y Colmillo Blanco supo que se había cumplido el pacto y se sin-
tió satisfecho.
Pasó por otra experiencia parecida, y también en las afueras de
la ciudad. En una taberna junto a la carretera había tres perros
que se abalanzaban sobre él en cuanto lo veían. Scott, consciente
de que Colmillo Blanco era un luchador mortal, le tenía prohi-
bido pelear con otros perros, por lo que el lobo acababa siempre
perseguido y humillado por los tres chuchos. Los clientes de
la taberna se divertían con el espectáculo y animaban a los ani-
males a atacar, hasta la ocasión en que Scott, frenando el carruaje,
dijo:
—Ve a por ellos, querido amigo. Cómetelos.
Y entonces Colmillo Blanco cayó como una tormenta sobre
sus enemigos. Hubo un remolino de cuerpos y rugidos, y el pol-
vo de la carretera se levantó como un tornado en torno a la pe-
lea. Unos minutos después, dos perros yacían moribundos. El
tercero huyó por la pradera, pero no llegó muy lejos. El lobo
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COLMILLO BLANCO
corrió como un fantasma detrás de él, lo derribó y lo mató de
una dentellada en el cuello.
La historia de lo ocurrido en la taberna se difundió rápidamen-
te y, en adelante, los hombres se cuidaron muy mucho de que sus
chuchos molestaran a Colmillo Blanco.
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22
LA LLAMADA DE LA ESPECIE
P asaban los meses. Colmillo Blanco comía mucho, traba-
jaba poco y vivía feliz. Conocía las leyes y las respetaba.
Parecía que ya estaba totalmente domesticado y que se
había convertido en un perro más. Pero solo lo parecía. Porque
Colmillo Blanco, a los otros perros, los rechazaba. De cachorro
había tenido que luchar contra ellos en los poblados indios, y
también cuando era prisionero de Guapo Smith, así que había
crecido apartado de su propia especie.
También los perros desconfiaban de él. Adivinaban el lobo que
había en su interior y lo odiaban. Pero a esas alturas todos cono-
cían sus malas pulgas y ninguno se atrevía a meterse con él. La
excepción era Collie, que no le perdonaba la matanza de las
gallinas y andaba siempre buscándolo para ajustarle las cuentas.
De nada servían los afanes de Scott y su familia para que se hi-
cieran amigos. Colmillo Blanco, cuando aparecía la perra pastor,
no tenía más remedio que escabullirse. Aunque también descu-
brió que si se hacía el dormido, con la cabeza sobre las patas,
Collie se quedaba perpleja y lo dejaba en paz.
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COLMILLO BLANCO
Por lo demás, su vida transcurría dulcemente. Aprendió a di-
vertirse con su amo, a revolcarse con él en la hierba. Se empuja-
ban, se golpeaban, fingían que combatían. Estos juegos siempre
acababan con Scott abrazándole el cuello y Colmillo Blanco
emitiendo aquel gruñido suyo especial, que significaba placer.
Scott acostumbraba a cabalgar algunas tardes y entonces el lobo
trotaba a su lado, incansable, a lo largo de kilómetros y más kiló-
metros. Durante una de estas cabalgatas, a Colmillo Blanco se le
presentó la ocasión de expresar de una manera nueva su amor
por el dios.
Galopaban por la pradera. Una liebre saltó delante del caballo.
Este se asustó, tropezó y cayó, y el amo se rompió una pierna.
Colmillo Blanco culpó al corcel y se abalanzó para morderle la
garganta. La voz de Scott lo frenó.
—¡Corre a casa! ¡A casa!
Pero Colmillo Blanco no quería abandonarlo. Gemía suave-
mente y se negaba a partir.
—Tienes que ir a casa, amigo mío —le insistió el amo, con voz
dulce pero firme—. Ve a casa y diles lo que me ha pasado. ¡Ve a
casa!
El lobo conocía el significado de la palabra casa, y aunque no
entendió el resto del mensaje, comprendió que era vital obede-
cer.
La familia tomaba el fresco en el porche cuando Colmillo
Blanco llegó con la lengua fuera y cubierto de polvo. Los niños
gritaron de alegría y corrieron a abrazarlo. Pero Colmillo Blanco
se los quitó de encima con tanta brusquedad que los tiró al suelo.
Gruñía salvajemente y miraba a todos con desesperación.
—¡Creo que se ha vuelto loco! —exclamó la madre de Scott.
—Pues a mí me parece que intenta decirnos algo —opinó una
de las hermanas.
Y tenía razón. Colmillo Blanco hizo, en ese momento, algo
que no había hecho nunca y que no volvería a hacer jamás.
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22. LA LLAMADA DE LA ESPECIE
El mensaje urgente y terrible que traía para la familia explotó en
su garganta y salió en forma de fuertes ladridos. Colmillo Blanco
ladró.
—Algo le ha pasado a Weedon —dijo, asustada, la esposa del
amo.
Se levantaron todos. Colmillo Blanco bajó las escaleras y echó
a correr mientras miraba hacia atrás para que le siguieran.
Después de aquello, y una vez Scott fue rescatado, el lobo se
ganó un lugar en el corazón de los habitantes de Sierra Vista, in-
cluido el del mozo a quien había mordido en el brazo la vez que
quiso cazar una gallina.
Y los días fueron pasando y llegó el segundo invierno de Col-
millo Blanco en California. Entonces ocurrió una cosa extraña.
De repente, los mordiscos de Collie dejaron de ser dolorosos.
Había algo muy suave en ellos que hizo que el lobo olvidara to-
dos los malos ratos que la perra le había hecho pasar. Incluso se le
vio tratando de mostrarse juguetón con ella.
Una tarde, Collie lo invitó a perseguirla justo cuando Colmillo
Blanco se disponía a cabalgar con Scott. Cabalgar con el amo era
algo que Colmillo Blanco no quería perderse por nada del mun-
do. Y sin embargo, aquella tarde, el amor que profesaba hacia
Scott fue vencido por un sentimiento mucho más poderoso: la
llamada de la especie. Tras un momento de indecisión, Colmillo
Blanco volvió la grupa a su dios y se alejó con Collie. Y juntos
corrieron hasta el anochecer, a través de prados y bosques, de la
misma manera en que habían corrido, muchos años atrás, su ma-
dre, Kiche, y el viejo Tuerto.
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23
EL LOBO ADORMILADO
E n aquellos días, la prensa dedicó mucho espacio a hablar
de un preso que se había fugado de la cárcel. Una bestia
humana, según los periódicos. Se llamaba Jim Hall y era
verdad que se trataba de un hombre muy violento. Pero también
era verdad que desde niño no había conocido otra cosa que la
violencia. En eso coincidía con Colmillo Blanco, solo que el lobo
había tenido la suerte de encontrar a un ser bondadoso como
Weedon Scott, y en cambio Jim Hall no había recibido la ayuda
de nadie. Al contrario. Las cárceles y las palizas lo habían hecho
más feroz de lo que era.
Los últimos tres años de su vida los había pasado en una celda
de castigo. El suelo, las paredes y el techo eran de acero. Nunca
veía el cielo ni la luz del sol. Jamás salía de ella. Tampoco veía a
otros seres humanos. Le pasaban el agua y la comida a través de
un portillo y él recibía los alimentos rugiendo como un animal.
Era un hombre al que habían convertido en un monstruo.
Entonces, una noche se escapó. Mató a tres guardias con las
manos para no hacer ruido y, equipado con sus armas, se escabulló
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23. EL LOBO ADORMILADO
en la oscuridad. Comenzó una huida a través de las colinas. Pusie-
ron precio a su cabeza, una buena cantidad de oro para quien lo
atrapara vivo o muerto, y un pequeño ejército de voluntarios
codiciosos, además de la policía, cogió sus rifles y salió a cazar.
Lo perseguían con jaurías de perros, y a veces llegaban a en-
contrarlo y se cruzaban disparos y había heridos y muertos. Esta
cacería la seguían los ciudadanos con pasión a través de los perió-
dicos de la mañana hasta el día en que Jim Hall desapareció.
En Sierra Vista, las mujeres tenían miedo. El juez Scott trataba
de quitar importancia al asunto, pero lo hacía para tranquilizarlas.
Lo cierto era que él había sido el último juez en mandar a Jim
Hall a prisión. Y Jim Hall había prometido venganza.
Una de aquellas noches, Colmillo Blanco se despertó al olfa-
tear la presencia de un dios extraño dentro de la casa. También lo
oyó moverse. Pero no provocó ningún escándalo. No era su ma-
nera de actuar. En las tierras del Norte había cazado criaturas
mucho más escurridizas que el hombre y sabía que lo mejor era
atacar por sorpresa.
Permaneció inmóvil en la oscuridad, espiando sus pasos furti-
vos. El hombre se detuvo a los pies de la escalera. La escalera
llevaba hacia el amo y su familia. El hombre subió uno, dos pel-
daños. En ese momento, Colmillo Blanco saltó.
Los habitantes de Sierra Vista se levantaron asustados por un
ruido como de veinte demonios peleando. En la planta baja se
rompían muebles y cristales. Resonaron disparos. Una bestia
gruñó y un hombre gritó. Cuando encendieron la luz, todo ha-
bía acabado. Jim Hall yacía en el suelo con la garganta desgarrada.
Junto a él estaba Colmillo Blanco, con los ojos entrecerrados.
Scott y el juez se agacharon y el lobo quiso menear la cola para
saludar. Apenas lo consiguió.
Tenía una pata trasera y tres costillas rotas, también tres aguje-
ros de bala, y casi se había desangrado. Pero se recuperó. Tardó
unas semanas y necesitó un buen cirujano, cuidados intensivos y
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COLMILLO BLANCO
muchas vendas y escayola, pero llegó el día en el que, rodeado
por toda la familia, volvió a ponerse en pie. Con paso inseguro,
tumbándose de trecho en trecho a descansar, logró salir al jardín.
Scott y los suyos lo siguieron en alegre procesión hasta el esta-
blo. Allí, en la puerta, estaba tumbada Collie con una docena de
cachorros gordotes que jugaba a su alrededor. Colmillo Blanco
los contempló con asombro y Collie le gruñó. Las mujeres la
sujetaron mientras Scott le acercaba uno de los pequeños con el
pie. El cachorro le lamió el hocico, y el lobo, sin saber por qué,
le devolvió el lametón. Aquella escena provocó el aplauso de los
dioses.
Él los miró, tímido, y de nuevo se sintió débil y se estiró a des-
cansar. Pero ya los demás cachorros se le acercaban con sus pasitos
torpes. Treparon a sus costillas y se pusieron a retozar. Entonces
Colmillo Blanco suspiró como quien se arma de paciencia, cerró
los ojos y se adormiló al sol.
FIN
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Colmillo Blanco aprendió a comportarse, pero
a menudo lo humillaban, hasta que un día...
Dos años después, una tarde,
Colmillo Blanco no siguió a su
amo en su paseo a caballo. Como
habían hecho su madre, Kiche, y el
viejo Tuerto hacía muchos años,
siguió la llamada de la especie.
Ve a por ellos;
cómetelos.
Los mató a los tres. Nadie en
la zona volvió a molestarlo.
Por aquellos días, Jim Hall, un Colmillo Blanco atacó a Jim Hall y,
preso muy peligroso, se escapó de de súbito, sonaron tres disparos.
la cárcel, adonde lo había enviado
el juez Scott. Y una noche...
ahora voy a
vengarme
del juez.
El lobo salió malparado Colmillo Blanco tardó
con tres heridas de bala. semanas en reponerse.
Para cuando logró salir
al jardín, le esperaba
una sorpresa. Aunque
enseguida se acostumbró
a su nueva vida.
Te pondrás bien,
querido amigo.
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GUÍA DE LECTURA
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GUÍA DE LECTURA
1. LOS LOBOS TIENEN HAMBRE
1. En este primer capítulo aparecen tres personajes humanos en
plena acción. Junto a ellos, unos animales también adquieren gran
protagonismo.
a) ¿Quiénes son los tres hombres que intervienen en este ca-
pítulo? ¿En qué circunstancias se encuentran? ¿Qué es lo
que le ocurre al «tercer hombre»? (p. 21)
b) El primer diálogo entre Bill y Henry nos da a conocer que
ambos personajes se hallan en una situación delicada.
¿Quién los persigue? ¿Por qué lo hacen? (p. 22)
2. Los hechos que se narran en este capítulo se desarrollan a lo
largo de cuatro días y cuatro noches. La inquietud de los prota-
gonistas va en aumento conforme avanza la acción.
a) Copia el siguiente cuadro en tu cuaderno y complétalo con
los hechos más destacables de cada momento. Comprobarás
que la situación que viven los protagonistas se va haciendo
gradualmente más angustiosa. (pp. 22-26)
HECHOS MÁS DESTACABLES
Primer día
Primera noche
Segundo día
Segunda noche
Tercer día
Tercera noche
Cuarto día
Cuarta noche
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COLMILLO BLANCO
b) Además de los sucesos vividos por los protagonistas a lo
largo del capítulo, se dan una serie de circunstancias que
disminuyen sus posibilidades de supervivencia. Señala algu-
nas de dichas circunstancias. (pp. 22-23)
2. QUE NO SE APAGUE EL FUEGO
3. El segundo capítulo se inicia con un cambio en el desarrollo
de los hechos.
a) ¿Por qué se levantan más animados Bill y Henry? ¿Les du-
rará mucho el optimismo? ¿Por qué? (p. 28)
4. La huida de Una Oreja desencadenará una serie de trágicos
sucesos.
a) ¿Por qué se escapa Una Oreja? (p. 28)
b) ¿Qué intenta hacer el perro cuando se da cuenta de que ha
caído en una trampa? ¿Conseguirá evitar el peligro? (pp. 28-29)
c ) Bill decide acudir en defensa de su perro. ¿Qué indicios nos
proporciona el narrador para hacernos comprender que Bill
muere devorado por los lobos? (p. 29)
5. Henry se queda solo, con la única compañía de dos perros y
un cadáver.
a) ¿Cómo pasa Henry su primera noche sin Bill? (p. 29)
b) ¿Qué decide hacer Henry al amanecer, después de desayu-
nar? (p. 29)
6. La noche siguiente será todavía más angustiosa que la anterior.
Henry decide acampar al mediodía con la intención de recoger
la leña suficiente para ahuyentar a los lobos.
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GUÍA DE LECTURA
a) ¿Qué nueva actitud adoptan los lobos al amanecer? (p. 30)
b) ¿De qué se da cuenta Henry al comprobar la nueva actitud
de los lobos? (p. 30)
7. A continuación llega «la peor de todas las noches».
a) ¿Qué idea se le ocurre a Henry para evitar dormirse y ser
devorado por los lobos? (p. 31)
b) La estrategia anterior falla y Henry se despierta con los lo-
bos encima. ¿Qué recurso desesperado emplea entonces pa-
ra alejar a los lobos? ¿De qué se da cuenta después? (p. 31)
8. Al amanecer, un Henry derrotado decide abandonar la lucha
y echarse a dormir.
a) ¿Cómo conseguirá salir con vida de tan desesperada situa-
ción? (p. 32)
3. UN CUBIL EN LAS TIERRAS SALVAJES
9. En este capítulo se produce un cambio de punto de vista. La
acción se centra ahora en los lobos, que abandonan la cacería que
se ha ido desarrollando en los capítulos anteriores. Entre ellos, la
perra loba va adquiriendo protagonismo. Paradójicamente, el
abandono de la persecución de Henry acabará beneficiando a los
lobos.
a) ¿Qué presa encuentran los lobos tras recorrer muchos kiló-
metros? (p. 34)
b) En la lucha feroz, ¿quién consigue desgarrarle el cuello a la
víctima? (p. 34)
c ) ¿Cuánta carne supone esa presa para la manada? (p. 35)
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COLMILLO BLANCO
10. Tras superar el problema del hambre, los lobos se dispersan.
Empieza un «periodo feliz».
a) ¿Quiénes son los cuatro lobos que se dirigen hacia el río
Mackenzie? (p. 35)
b) Los tres lobos machos luchan por aparearse con la perra
loba. ¿Quién resulta vencedor en esa lucha? ¿Por qué?
(p. 35)
11. Al cabo de unos días, la perra loba y el Tuerto llegan al valle
del río Mackenzie.
a) ¿Qué descubren los lobos en el valle una noche de luna?
¿Qué supone este descubrimiento para cada uno de los
lobos? (pp. 35-36)
b) ¿Cómo consiguen alimentarse los lobos durante unos días?
(p. 36)
c ) ¿Por qué acaban huyendo del lugar y buscando refugio en
una cueva? (p. 36)
12. Llega la primavera y la pareja de lobos está instalada en una
cueva.
a) ¿Qué sorpresa se encuentra el Tuerto cuando una noche
llega a la cueva sin comida? (p. 37)
b) ¿Por qué la perra loba le enseña los colmillos a su pareja?
(p. 37)
c ) ¿Cómo consigue el Tuerto llevar la carne de un puerco
espín a la cueva? (pp. 37-38)
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GUÍA DE LECTURA
4. EL CACHORRO GRIS
13. A partir de este capítulo, la atención se centrará en el autén-
tico protagonista del relato, un lobo que ahora es simplemente un
cachorro gris.
a) ¿Cuáles son las principales diferencias entre el cachorro
gris y sus hermanos? (pp. 40-41)
b) ¿A qué dedican los lobeznos sus primeras semanas de vida?
¿Qué es lo que más les atrae? (p. 40)
c ) ¿De qué manera la madre loba introduce la carne en la
dieta de sus cachorros? (pp. 40-41)
d ) ¿Cuál es el más fiero de los cachorros? (p. 41)
14. Llegan tiempos duros para la familia. Se acaba el suministro
de carne y la loba deja de producir leche.
a) ¿Podrías explicar cómo afecta el hambre a la vida de los ca-
chorros? (p. 41)
b) ¿Qué hace la madre para tratar de salvar la vida a sus hijos?
¿Consigue salvarlos? (p. 41)
c ) ¿Qué le ocurre al padre mientras busca comida para los
lobeznos? (pp. 41-42)
5. LA PRIMERA AVENTURA EN EL MUNDO EXTERIOR
15. El cachorro gris abandona su cubil por primera vez y ense-
guida descubre que el mundo exterior está lleno de peligros y
sorpresas. Si quiere sobrevivir en ese mundo que le fascina, debe-
rá aprender deprisa.
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COLMILLO BLANCO
a) ¿Qué le ocurre al cachorro gris en los ojos cuando ve por
primera vez el brillo del sol? ¿Cómo vive él esos momen-
tos? (p. 43)
b) El primer animal que se encuentra en el exterior es una
ardilla. ¿Cómo reaccionan la ardilla y el lobezno cuando se
ven? (p. 44)
16. El joven lobo pronto aprenderá que la vida es una lucha con-
tinua por sobrevivir.
a) Después de la ardilla, ¿qué otros animales halla en su cami-
no? ¿Qué ocurre con ellos? (p. 44)
b) ¿Cómo termina la pelea del lobezno con la madre perdiz?
(p. 44)
c ) ¿Qué otra ave está a punto de causarle un serio disgusto al
joven cachorro? (p. 46)
d ) Después de los enfrentamientos anteriores, ¿qué ha apren-
dido el cachorro gris? (p. 46)
17. El pequeño cachorro también aprenderá que el peligro no se
esconde solo en los seres vivos.
a) ¿Por qué entra el lobezno en un arroyo? ¿Cómo consigue
salir de él? (p. 46)
b) Mientras busca el camino para regresar a su cubil, el ca-
chorro gris encontrará un nuevo peligro. ¿De qué peligro
se trata? Al final del capítulo, ¿cómo consigue salir vivo de
él? (pp. 46-47)
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GUÍA DE LECTURA
6. EL COMBATE CON EL LINCE
18. Dos días después de su primera aventura, el cachorro vuelve
a salir del cubil y esta vez regresa sin mayores percances. Poco a
poco aprende lo que un lobo necesita saber para sobrevivir.
a) ¿Qué esfuerzos hacen del cachorro un lobo más astuto y
valiente? (p. 49)
b) ¿Por qué aparece en la entrada de la cueva una hembra de
lince? (p. 49)
c ) ¿Con qué partes de su cuerpo atacan y hieren la loba y el
lince? (p. 49)
d ) ¿Qué hace el cachorro mientras su madre y el lince lu-
chan? (p. 49)
e) ¿Qué consecuencias tiene para la madre y el cachorro la
lucha contra el lince? (pp. 49-50)
7. EL SER MÁS PODEROSO DE LAS TIERRAS SALVAJES
19. El aprendizaje del cachorro continúa. Una mañana, el joven
lobo se encuentra a un animal muy especial, el hombre, y ense-
guida comprende por qué es «el ser más poderoso de las tierras
salvajes», como indica el título del capítulo.
a) ¿Por qué el lobo no ha podido ver ni oler a los hombres?
(p. 52)
b) ¿Por qué no huye de ellos cuando aún está a tiempo de
hacerlo? ¿Qué sucede cuando uno de los indios se acerca
al asustado lobezno? (p. 52)
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COLMILLO BLANCO
c ) A continuación, ¿qué ocurre cuando aparece la madre?
¿Por qué uno de los hombres grita «¡Kiche!» cuando ve a
la loba? (p. 53)
d ) Es en este episodio de la novela cuando nuestro protago-
nista recibe su nombre. ¿Por qué Castor Gris llama «Col-
millo Blanco» al pequeño cachorro? (p. 54)
20. Castor Gris y sus hombres se llevan a Kiche y Colmillo Blan-
co y se reúnen con el resto de la tribu.
a) ¿Cómo reciben los perros de la tribu a Colmillo Blanco?
(p. 54)
b) ¿Cómo ve Colmillo Blanco a los hombres? ¿Qué poderes
tienen? (p. 54)
21. Colmillo Blanco se encuentra de pronto en un mundo des-
conocido para él. La curiosidad y la necesidad de investigar lo
empujan a conocer pronto las reglas de su nuevo hogar.
a) ¿Qué ocurre cuando Colmillo Blanco trata de compren-
der qué es un tipi? (p. 55)
b) ¿Qué elemento de la naturaleza conocerá el lobezno cuan-
do se acerque a Castor Gris? ¿Qué aprendizaje obtendrá
de ello? ¿Cómo se sentirá después? (pp. 55-56)
8. EL CAUTIVERIO
22. En el poblado indio, Colmillo Blanco irá aprendiendo poco
a poco las costumbres del hombre.
a) ¿Cuál es la lección fundamental que Colmillo Blanco
aprende en el poblado indio? (p. 58)
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GUÍA DE LECTURA
b) Además de los hombres, ¿quién más le amarga la vida en el
poblado? ¿Por qué? ¿Qué consecuencias tendrá todo ello
para Colmillo Blanco? (pp. 58-59)
23. Surge un atisbo de esperanza en la vida del joven lobo cuan-
do Castor Gris decide soltar a Kiche, su madre.
a) ¿Por qué Castor Gris suelta a Kiche? (p. 59)
b) A continuación, ¿con qué intención Colmillo Blanco lleva
a Kiche hasta el linde del bosque? ¿Consigue su objetivo?
¿Por qué? (p. 59)
c ) ¿En qué momento se rompen definitivamente los lazos
entre Kiche y su hijo? ¿Qué hace Colmillo Blanco para
tratar de impedirlo? ¿Qué consecuencias tendrá para él su
decisión? (pp. 59-60)
d ) ¿Por qué no huye Colmillo Blanco tras saber que su madre
se ha ido del poblado? (p. 60)
24. Sin su madre en el poblado, la vida de Colmillo Blanco se
hace más complicada, y muy pronto se da cuenta de que es un
indeseable para todo el campamento.
a) ¿Qué dos técnicas importantes aprende Colmillo Blanco
en sus luchas contra Fisgón y los otros perros del campa-
mento? (pp. 60-61)
b) ¿Por qué Colmillo Blanco rara vez mata a sus rivales? ¿Qué
ocurre cuando, en una ocasión, consigue matar a un perro
joven? (p. 61)
c ) Al final del capítulo, ¿en qué clase de animal convierte a
Colmillo Blanco el estado de permanente tensión en que
vive? (pp. 61-62)
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COLMILLO BLANCO
9. EL PACTO ENTRE EL LOBO Y EL HOMBRE
25. Llega el otoño y los indios se disponen a trasladar el campa-
mento a tierras más abundantes en caza. Colmillo Blanco decide
que ha llegado el momento de abandonar a los hombres y regre-
sar a la vida salvaje.
a) ¿Qué ingenioso recurso utiliza el lobo para no dejar hue-
llas de su huida? (p. 64)
b) ¿Qué siente Colmillo Blanco cuando oye la llamada de sus
amos? (p. 64)
c ) ¿Cómo se siente el lobo al caer la noche? ¿Qué decide hacer
entonces? (pp. 64-65)
26. Al día siguiente, al amanecer, Colmillo Blanco se lanza río
abajo en busca de Castor Gris y su tribu.
a) ¿Durante cuánto tiempo deberá correr Colmillo Blanco
antes de alcanzar a Castor Gris? ¿Cómo se encuentra cuan-
do descubre el campamento? (p. 65)
b) ¿Qué recibimiento espera tener el lobo? ¿Acierta Colmillo
Blanco en su predicción? (pp. 65-66)
27. La expedición formada por Castor Gris y su familia llega
hasta un poblado a orillas del lago Great Slave. Un grave inciden-
te enseñará a Colmillo Blanco cuál es el pacto que su amo le
propone.
a) ¿Por qué ataca Colmillo Blanco a un niño? (p. 67) ¿Cómo
valoras ese comportamiento?
b) ¿Qué actitud adopta Castor Gris cuando la familia del
niño pide venganza? ¿Qué aprende el lobo de tal actitud?
(p. 67)
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GUÍA DE LECTURA
28. El hijo de Castor Gris, Mit-sah, protagoniza un nuevo suceso
en el que también interviene Colmillo Blanco.
a) ¿Qué ocurre entre Mit-sah y otros niños en el bosque?
¿Por qué interviene Colmillo Blanco? (p. 67)
b) ¿Cómo reacciona Castor Gris cuando se entera de lo que
ha ocurrido? (p. 67)
c ) Explica en qué consiste el pacto entre Castor Gris y Col-
millo Blanco. (p. 67)
10. EL REENCUENTRO CON KICHE
29. Con la llegada de la primavera, Castor Gris y su familia regre-
san al campamento.
a) ¿Qué edad tiene ahora Colmillo Blanco? ¿Qué cambios se
han producido en su cuerpo? (p. 69)
b) ¿Por qué riñen Colmillo Blanco y Baseek? ¿Cómo termi-
na la pelea? (pp. 69-70)
30. Hacia la mitad del verano, Colmillo Blanco vivirá una dura
experiencia que completará su transformación en un lobo adulto:
su reencuentro con Kiche.
a) ¿Cómo reacciona Colmillo Blanco cuando ve a su madre?
Y ¿cómo lo recibe ella? (p. 70)
b) ¿Cómo explica el narrador la actitud de Kiche hacia su
hijo? (p. 70)
c ) ¿Qué ocurre cuando uno de los cachorros de Kiche se
acerca a Colmillo Blanco? ¿Por qué Colmillo Blanco ter-
mina huyendo? (pp. 70 y 72)
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COLMILLO BLANCO
11. LA HAMBRUNA
31. Durante el tercer año de vida de Colmillo Blanco se produce
una terrible hambruna.
a) ¿Qué motiva esa hambruna? (p. 73)
b) ¿Qué insólitos alimentos llegan a tomar los hombres du-
rante ese periodo? ¿Y los perros? (p. 73)
c ) De manera desesperada, ¿llegan los perros a comerse entre
sí? (p. 73)
32. Los animales más inteligentes pronto comprenden que ten-
drían más posibilidades de sobrevivir en el bosque. Colmillo
Blanco es uno de los que huyen.
a) ¿Qué ventajas tendrá Colmillo Blanco en el bosque res-
pecto a otros animales? (pp. 73-74)
b) ¿Qué dilema se plantea Colmillo Blanco cuando encuen-
tra a un joven lobo? ¿Qué determinación tomará final-
mente? (p. 74)
c ) ¿Cómo consigue Colmillo Blanco sobrevivir a un grupo
de lobos hambrientos? (p. 74)
d ) ¿Qué ocurre cuando encuentra a Fisgón? (pp. 74-75)
33. Una mañana, a orillas del Mackenzie, Colmillo Blanco des-
cubre un campamento.
a) ¿Qué percibe Colmillo Blanco cuando se acerca al pobla-
do para investigar? ¿A partir de qué indicios comprende
que la hambruna ha terminado? (p. 75)
b) ¿Quién es la primera persona en reconocerlo? ¿Cómo lo
recibe? (p. 75)
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GUÍA DE LECTURA
12. EL ENEMIGO DE SU ESPECIE
34. En este capítulo Colmillo Blanco acompañará a Castor Gris
en un largo viaje hacia el norte.
a) El capítulo arranca con unas reflexiones previas por parte
del narrador acerca del carácter de Colmillo Blanco. A su
juicio, ¿qué ha convertido al animal en un ser solitario,
frío y feroz? ¿Por qué Castor Gris se siente orgulloso de él?
(p. 76)
b) ¿Qué edad tiene Colmillo Blanco cuando realiza el largo
viaje con su amo? ¿En qué año tiene lugar el viaje? ¿Adón-
de van? ¿Por qué van allí? (pp. 76-77)
35. El viaje supone el primer contacto entre el lobo y el hombre
blanco.
a) ¿Por qué el hombre blanco le parece al lobo aún más po-
deroso que los indios? (p. 77)
b) ¿Qué le parecen los perros del hombre blanco? (p. 77)
c ) ¿A qué dedica Colmillo Blanco las largas horas muertas en
el fuerte? ¿Por qué se dice que Colmillo Blanco es más
inteligente que los otros perros de los indios? (p. 77)
13. EL DIOS LOCO
36. Un hombre peligroso, un «dios loco» del que Colmillo Blan-
co desconf ía desde un primer momento, se convertirá en el nue-
vo amo del lobo. Su vida sufrirá una dolorosa transformación.
a) ¿Quién es Guapo Smith? ¿Por qué lo llaman así? ¿A qué se
dedica? (p. 80)
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COLMILLO BLANCO
b) ¿Cómo consigue Guapo Smith que Castor Gris le venda a
su lobo? (p. 81)
37. Guapo Smith consigue llevarse a Colmillo Blanco a su casa.
a) ¿Qué malos tratos recibe Colmillo Blanco durante su pri-
mer día con el nuevo amo? ¿De qué formas lo golpean
este y Castor Gris? (p. 81)
b) ¿Cómo consigue Colmillo Blanco escapar de Guapo
Smith esa primera noche que debe pasar con él? Pero
¿cuánto tiempo disfruta de su libertad? ¿Cómo lo recibe
Guapo Smith de nuevo? (p. 82)
c ) ¿Qué será de Castor Gris? (p. 82)
14. EL REINO DEL ODIO
38. En este capítulo entenderemos qué pretende obtener Guapo
Smith de Colmillo Blanco.
a) ¿Cómo trata Guapo Smith a Colmillo Blanco? (p. 83)
b) ¿Con qué propósito el «dios loco» tortura a Colmillo Blan-
co? (p. 83)
c ) ¿Quién es la primera víctima de Colmillo Blanco? ¿Cómo
termina la pelea? (pp. 83-84)
39. Colmillo Blanco se convierte en un luchador imbatible.
a) ¿Le gusta a Colmillo Blanco participar en este tipo de pe-
leas? Justifica tu respuesta. (p. 84)
b) ¿Cuáles fueron las principales hazañas de Colmillo Blanco
en sus peleas del fuerte Yukon? (p. 84)
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GUÍA DE LECTURA
c ) ¿Qué diferencias hay entre las peleas de fuerte Yukon y las
que se celebran en Dawson? (p. 84)
d ) ¿Cuál es la pelea en que Colmillo Blanco tiene que luchar
más que nunca por su vida? (p. 86)
e) ¿Qué combate se anuncia como «el más formidable de
todos»? (p. 86)
15. EL MORDISCO DE LA MUERTE
40. El formidable combate ha empezado. Desde un primer mo-
mento se hace evidente que aquel no va a ser un combate como
los demás.
a) El propio Colmillo Blanco se da cuenta de la particulari-
dad del combate. ¿De qué manera modifica su estrategia?
¿Cómo se va desarrollando el combate? (p. 87)
b) Pasa el tiempo y la lucha no parece avanzar hasta que Col-
millo Blanco comete un error. ¿En qué se equivoca el lo-
bo? ¿Cómo aprovecha Cherokee dicho error? ¿Por qué
Colmillo Blanco es incapaz de revertir la situación? (p. 88)
c ) ¿Cómo reacciona Guapo Smith cuando se da cuenta de
que va a perder el combate? (p. 88)
41. Colmillo Blanco está muy cerca de la muerte, pero un lance
inesperado salvará su vida.
a) ¿Quién salva la vida de Colmillo Blanco? ¿Por qué decide
intervenir? (pp. 88-89)
b) ¿Cómo consiguen los dos hombres abrir la boca del bull-
dog? (p. 89)
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COLMILLO BLANCO
c ) ¿Los dueños de los perros luchadores tratan de impedir la
intervención de los dos hombres? ¿Y el resto de los espec-
tadores? ¿Por qué? (pp. 89-90)
16. DOMANDO AL INDOMABLE
42. Dos semanas después, Colmillo Blanco ya se ha recuperado
de sus heridas. Sus salvadores, Weedon Scott y su ayudante Matt,
cuidan de él.
a) Scott y Matt van a tratar de domesticar a Colmillo Blanco.
¿Cuál es la primera decisión que toma Matt? ¿Cómo reac-
ciona el lobo? (p. 91)
b) ¿Qué le da Scott a Colmillo Blanco para mostrarse amable
con él? ¿Qué consecuencias tiene este hecho para otro
perro? (pp. 91-92)
c ) Matt se enfada con el lobo y tiene una reacción que le
causará algún problema. ¿Qué le hace Matt al lobo? ¿Có-
mo responde Colmillo Blanco? (p. 92)
43. Scott llega a la conclusión de que Colmillo Blanco es indo-
mable y peligroso, y decide matarlo. Pero Matt se opone a la
propuesta de su jefe.
a) ¿Con qué argumentos se opone Matt a la decisión de Scott?
¿Qué se compromete a hacer si el lobo no aprovecha su
nueva oportunidad? (p. 92)
b) ¿Por qué Colmillo Blanco muerde la mano de Scott?
¿Matt cumplirá su palabra? ¿Por qué? (p. 92)
44. A la mañana siguiente la relación entre Colmillo Blanco y sus
nuevos amos tomará un nuevo rumbo.
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GUÍA DE LECTURA
a) ¿Por qué Colmillo Blanco cree que va a ser castigado? ¿Se
producirá tal castigo? ¿Por qué? (p. 94)
b) Detalla los distintos pasos que a lo largo de aquel día con-
ducen al lobo a experimentar por primera vez el senti-
miento de la ternura. (p. 94)
17. EL DIOS DEL AMOR
45. Al lado de Scott, Colmillo Blanco vivirá días de relativa paz y
tranquilidad.
a) ¿De qué manera demuestra Colmillo Blanco su lealtad a
Scott? ¿Cómo aprende el lobo a diferenciar a un ladrón de
un hombre honesto? (p. 95)
b) ¿En qué se diferencian los gruñidos que Colmillo Blanco
emite ahora de los de épocas anteriores? ¿Qué nuevo senti-
miento aprende el lobo en esta época de su vida? (pp. 95-96)
46. La felicidad de Colmillo Blanco no durará mucho. A finales
de primavera, un hecho le causará un gran dolor.
a) ¿Por qué sufre esta vez el lobo? (p. 96)
b) ¿Cómo manifiesta Colmillo Blanco el dolor que siente?
(p. 96)
c ) Cuando todo vuelve a la normalidad, ¿cómo manifiesta su
afecto por Scott? (p. 96)
47. Un nuevo suceso hace que Colmillo Blanco vuelva a sentir
una inmensa rabia y se comporte con mucha agresividad.
a) ¿Qué visita no deseada se presenta una noche en la cabaña
de Scott? ¿Qué intenciones tiene? (p. 97)
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b) ¿Cómo reacciona el lobo? ¿Qué piensan Scott y Matt de
lo sucedido? (p. 97)
18. EL LARGO VIAJE
48. Scott se prepara para un largo viaje. Colmillo Blanco es un
lobo inteligente y enseguida entiende lo que va a ocurrir.
a) ¿De qué forma sabe Colmillo Blanco que Scott pretende
emprender un nuevo viaje? ¿A qué lugar debe ir? ¿Por qué
no puede llevarse consigo a Colmillo Blanco? (p. 98)
b) ¿Cómo expresa su dolor Colmillo Blanco esa noche?
(p. 98)
49. Scott se despide de Colmillo Blanco en una emotiva escena.
a) Explica cómo se despiden el lobo y su amo. ¿Dónde dejan
Scott y Matt a Colmillo Blanco cuando se dirigen al puer-
to? (p. 99)
b) ¿Qué tipo de pasajeros se hallan en el barco que llevará a
Scott río abajo? (p. 99)
c ) ¿A quién encuentra Scott en cubierta al subir al barco?
¿Cómo ha llegado hasta allí? Finalmente, ¿qué decisión
toma Scott? (pp. 99-100)
19. LAS TIERRAS DEL SUR
50. El traslado a las tierras del Sur supone un nuevo cambio en la
vida de Colmillo Blanco y, con él, la necesidad de aprender nue-
vas reglas.
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GUÍA DE LECTURA
a) ¿Qué impresión le causa a Colmillo Blanco la ciudad de
San Francisco? (p. 102)
b) ¿Por qué cree que allí los dioses humanos son todavía más
poderosos? (p. 102)
51. Desde San Francisco, Colmillo Blanco y su amo se dirigen
directamente a la finca del juez Scott.
a) ¿Quiénes son las dos personas que abrazan a Scott cuando
este baja del furgón? ¿Cómo recibe Colmillo Blanco a la
pareja? ¿Por qué? (p. 103)
b) Poco después, Colmillo Blanco conocerá a los perros de la
casa. ¿Qué ocurrirá entre él y un perro pastor? ¿Y entre él
y Dick? (pp. 103-104)
c ) Finalmente, Colmillo Blanco conocerá a un nuevo grupo
de personas. ¿Las recibe igual que a la primera pareja o algo
ha cambiado ya en su manera de comportarse? (p. 104)
d ) ¿Por qué Scott y su padre hacen entrar a Colmillo Blanco
en la casa? (p. 105)
20. LOS DOMINIOS DEL DIOS
52. Colmillo Blanco debe aprender a relacionarse con todos los
seres que pueblan la finca del juez Scott. La inteligencia del lobo
se pondrá a prueba en este capítulo.
a) ¿Qué relación mantendrá Colmillo Blanco con Dick?
¿Y con Collie? (p. 106)
b) ¿Cómo tratará Colmillo Blanco a los niños de la familia?
¿Y a los criados? (pp. 106-107)
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53. Enseñar a un lobo a respetar a las gallinas no parece una tarea
sencilla.
a) ¿Qué reacción tiene Colmillo Blanco cuando encuentra
una gallina suelta? ¿Cómo termina el incidente? (p. 107)
b) ¿Cómo le enseña Scott a su lobo a respetar a las gallinas de
la casa? (p. 108)
21. LAS LEYES DE LA CIVILIZACIÓN
54. El proceso de aprendizaje del lobo llega a su fin.
a) ¿Por qué Colmillo Blanco no es capaz de cazar una codor-
niz que revolotea delante de sus narices? (p. 110)
b) ¿En qué momento llega Colmillo Blanco a entender qué
animales puede cazar y a qué otros debe dejar en paz?
(p. 110)
55. Cuando visita la ciudad, la obligación de controlar sus impul-
sos se hace más difícil.
a) ¿Qué tentaciones debe aprender a dominar Colmillo
Blanco en la ciudad? (pp. 110-111)
b) ¿Qué ocurre cuando, a las afueras de la ciudad, el lobo se
encuentra con un grupo de niños? ¿Por qué le parece a
Colmillo Blanco injusta esa situación? Finalmente, ¿por
qué el lobo se siente satisfecho de la actuación de su amo?
(p. 111)
c ) ¿Qué problema tiene Colmillo Blanco con los perros de
una taberna que hay junto a la carretera? ¿Cómo se solu-
ciona? (pp. 111-112)
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GUÍA DE LECTURA
22. LA LLAMADA DE LA ESPECIE
56. Colmillo Blanco se ha convertido finalmente en un animal
domesticado, pero algunas características todavía lo distinguen de
los perros.
a) ¿Por qué los perros desconfían de Colmillo Blanco?
¿Quién es la excepción? (p. 113)
b) ¿De qué manera se divierten juntos Colmillo Blanco y
Scott? (p. 114)
57. En una ocasión Colmillo Blanco consigue expresar su amor
por Scott de una manera nueva.
a) ¿Qué le ocurre a Scott cuando cabalga por la pradera?
¿Qué le pide al lobo? (p. 114)
b) ¿Por qué cree la madre de Scott que Colmillo Blanco se ha
vuelto loco? (p. 114)
c ) En esta ocasión, ¿qué hace Colmillo Blanco que no volve-
rá a hacer jamás para comunicar a la familia lo ocurrido?
(pp. 114-115)
58. Al final de este capítulo Colmillo Blanco recibe «la llamada
de la especie».
a) ¿En qué percibe Colmillo Blanco que la actitud de Collie
respecto a él ha cambiado? (p. 115)
b) ¿Por qué una tarde Colmillo Blanco abandona a su amo
cuando iban a salir a cabalgar? ¿Qué consecuencias tendrá
esta decisión en un futuro? (p. 115)
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23. EL LOBO ADORMILADO
59. En el capítulo final, Colmillo Blanco acaba demostrando que
el esfuerzo que Scott ha hecho con él ha valido la pena.
a) ¿Quién es Jim Hall? ¿Qué semejanzas y diferencias hay
entre Jim Hall y Colmillo Blanco? (p. 116)
b) ¿Por qué tiene motivos el juez Scott para estar intranquilo
respecto a las intenciones de Jim Hall? (p. 117)
c ) ¿Cómo se da cuenta Colmillo Blanco de la presencia de
un extraño en la casa? ¿En qué momento decide atacar?
(p. 117)
d ) ¿Cuál es el resultado de la pelea entre Jim Hall y Colmillo
Blanco? (p. 117)
60. Cuando Colmillo Blanco se recupera de las heridas recibe
una muy agradable sorpresa.
a) ¿Qué se encuentra Colmillo Blanco en el establo? (p. 118)
b) ¿Cómo reacciona el lobo ante dicha sorpresa? (p. 118)
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PROPUESTAS DE TRABAJO
I. COMPRENSIÓN GLOBAL
1. Localiza en el mapa los siguientes espacios donde transcurre la
novela y traza la ruta de Colmillo Blanco.
a) Río Mackenzie d ) Dawson (cap. 14)
b) Lago Great Slave (cap. 9) e) San Francisco (cap. 19)
c ) Fuerte Yukon (cap. 12)
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COLMILLO BLANCO
2. Busca en Internet imágenes de los espacios anteriores y con-
fecciona un mural con ellas. Intenta que las fotografías de ciuda-
des (San Francisco y Dawson) sean de la época en que se sitúa la
novela o no contengan elementos posteriores a ella.
3. Como habrás podido leer en la Introducción, Jack London tuvo
una vida muy agitada y llena de aventuras. Busca información y
fotografías sobre el autor americano, selecciona los datos que te
parezcan más interesantes y confecciona una sencilla presentación
con la ayuda de algún programa de presentación electrónica. Pue-
des hallar información en las páginas que encontrarás clicando en:
http://qr.teide.eu/03G7
http://qr.teide.eu/03G8
http://qr.teide.eu/03G9
II. EXPRESIÓN ESCRITA
4. En el capítulo 18, ya en el barco que los conducirá hacia Cali-
fornia, Scott se despide de Matt prometiéndole que le escribirá
para contarle cómo se adapta Colmillo Blanco a las cálidas tierras
del Sur. Redacta tú la carta que Scott habría escrito a su amigo
para explicarle el incidente con Jim Hall (capítulo 23) y cómo
Colmillo Blanco lo socorrió tras el accidente que tuvo mientras
cabalgaba (capítulo 22).
5. Elegid cada uno una de las viñetas de nuestro cómic y escribid
una breve descripción de esta. Procurad definir de la manera más
clara posible el lugar donde ocurren los hechos, describir de for-
ma precisa a los personajes que intervienen (sin nombrarlos) y
detallar la acción que llevan a cabo. A continuación, podéis leer
las descripciones en clase para que vuestros compañeros adivinen
de qué viñeta se trata.
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PROPUESTAS DE TRABAJO
III. EXPRESIÓN ORAL
6. Aprovechando los datos que aparecen en la Introducción y la
información obtenida en la actividad 3, preparad por grupos
una entrevista ficticia al autor. Para ello, redactad primero las
preguntas que os parezcan más oportunas y, a continuación, in-
ventad una respuesta que resulte verosímil. Para que la actividad
resulte más provechosa, elegid a dos miembros del grupo para
que interpreten los papeles de periodista y escritor y grabadlo
en vídeo.
7. Organizad un debate en clase sobre alguno de los temas de la
novela. Os proponemos, por ejemplo, el conflicto entre el lobo y
el hombre. El objetivo del debate sería tratar de dar respuesta a
preguntas como las siguientes:
a) ¿Es posible la convivencia entre el hombre y el lobo?
b) En determinadas circunstancias, ¿es conveniente reducir la
población de algunas especies animales?
Para enfocar mejor el tema, puede resultaros también útil ver el
documental, ya clásico, que Félix Rodríguez de la Fuente hizo
para Televisión Española en 1981.
Asimismo, es importante también tener en cuenta el punto de
vista de los que pueden sentirse perjudicados por la presencia de
los lobos, como los pastores. Antes de empezar el debate, echad
un vistazo a las noticias que recogen algunos de los problemas
que el lobo ocasiona al hombre. Podéis consultar toda esta infor-
mación clicando en:
http://qr.teide.eu/03GA
http://qr.teide.eu/03GB
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COLMILLO BLANCO
IV. EXPRESIÓN VISUAL Y PLÁSTICA
8. Fíjate en el cómic que ilustra esta edición. Cuando se adapta
una novela al cómic, el autor debe elegir los momentos esenciales
de la historia y transformar las palabras en dibujos, tratando de
aglutinar en cada viñeta toda la información posible. Elige el frag-
mento que más te haya interesado y añade una viñeta a nuestro
cómic. Si te parece más fácil, trata de mantener el estilo del ilus-
trador, pero si dominas el dibujo y te atreves, incorpora tus pro-
pias ideas y crea un estilo propio. Haced luego una exposición en
clase con todos los dibujos y, si resulta posible, ordenadlos correc-
tamente.
9. Colmillo Blanco ha sido llevada al cine en numerosas ocasiones.
Probablemente, la más conocida sea la versión que Disney realizó
de la novela en 1991. Intentad ver alguna de estas películas y
comparadla con la novela original. Si no es posible, observad al
menos el siguiente fragmento. Tratad de localizar el momento
exacto de la novela al que pertenece y comentad en clase las di-
ferencias y semejanzas que encontréis entre la película y la novela.
http://qr.teide.eu/03GC
10. Colmillo Blanco se ha adaptado también en forma de película
de dibujos animados. En el siguiente enlace podrás observar un
fragmento de una de estas versiones:
http://qr.teide.eu/03GD
Compara la caracterización de los tres personajes con la que ha
realizado nuestro ilustrador del mismo momento de la historia
(p. 45). ¿Qué dibujos crees que están más cerca de los personajes
que Jack London creó? ¿Por qué?
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