Mosaico de subjetividades en Medellín
Mosaico de subjetividades en Medellín
Subjetividades exhibidas e inscritas en las prácticas urbanas de tres lugares del desbordamiento
(1999-2019)
Estudiante:
Director:
En esta investigación nos hemos trazado el propósito de elucidar las formas en que unas
subjetividades, que se inscriben y se hacen visibles en unas prácticas urbanas singulares, han venido
constituyendo y haciendo explícitos los desbordamientos de los entornos urbanos que rodean tres
de las iglesias de mayor relevancia simbólica del centro tradicional de la ciudad de Medellín, a
saber: la iglesia de La Veracruz, la iglesia de La Candelaria y la Catedral Metropolitana. Esos
modos de constitución de estos tres lugares son abordados aquí partiendo desde la premisa de que
en cada uno de ellos entran en disputa tres dimensiones socioespaciales de la ciudad: una que se
narra, una que se planea y otra que se vive. Para abordar este problema, proponemos la noción de
lugares del desbordamiento como una categoría teórico metodológica para la lectura renovada de
fenómenos urbanos complejos y, a partir de allí, planteamos una problematización de los modos
homogéneos en que en los últimos 20 años se ha venido hablando, planeando y renovando el Centro
en clave de su necesaria “recuperación”. A partir de allí, hacemos explícitos los límites
interpretativos que ofrecen tanto la dimensión planeada como la dimensión narrada de la ciudad y
enfocamos nuestra atención en presentar con detalle algunas de las formas en que ha sido vivida.
Para ello, nos dedicamos a la construcción de un mosaico del centro de Medellín, más
precisamente, de un mosaico de subjetividades que, con sus singulares despliegues estéticos y sus
modos de hacer memoria, han sido determinantes en las formas de constitución de los tres entornos
mencionados y del Centro en general.
Abstract
In this research we elucidate the ways in which some subjectivities, inscribed and visible in
different singular urban practices, have been forming and unveiling the overflows of urban
environments surrounding three of the main churches in downtown Medellin: La Veracruz, La
Candelaria, and La Catedral Metropolitana. We study the way those three places form from the
starting point that three socio-spatial dimensions of the city are in dispute: one that is narrated, one
that is planned and another that is lived. To address this problem, we propose the notion of
overflowing places as a theoretical-methodological category for a renewed reading of complex
urban phenomena. From there, we formulate a problematization of the homogenous ways in which
the necessary “recovery” of the downtown area has been talked about, planned, and renovated.
Then, we make explicit the interpretative limits that both the planned dimension and the narrated
dimension of the city offer and focus our attention on presenting with detail some of the ways with
which it has been lived. For that purpose, we build a mosaic of downtown Medellin. Specifically,
a mosaic of subjectivities that, with their singular esthetical features and ways of making memories,
have been determinants in the ways the aforementioned environments and downtown in general
have been unveiled.
Key words: subjectivities, aesthetics, memories, overflowing places, urban practices, urban public
space, the city (polis) and the urban (urbs), downtown Medellín.
Reconocer dos especies de lo posible: lo posible diurno y lo
posible prohibido. Hacer, si resulta factible, que lo primero sea
igual a lo segundo; ponerlos en el camino real de lo imposible
fascinante, que es el más alto grado de lo comprensible (p.125)
Agradezco además a los párrocos, los gestores y las gestoras culturales, los y las guías turísticas,
las trabajadoras sexuales, las mujeres trans, los artistas y las demás personas con las que pude
entrevistarme y conversar para plantear mis inquietudes en torno al centro de mi ciudad. En
particular, extiendo mi agradecimiento a los funcionarios del Museo de Antioquia con quienes
hablé, al colectivo Las Guerreras del Centro, a la Fundación Ítaca y a quienes administran y
atienden a Divas The Gallery y al bar Las Delicias.
Reconozco la generosidad de las y los profesores del posgrado con quienes tuve la posibilidad de
compartir espacios de formación y la de las y los colegas con quienes he compartido, discutido y
reflexionado sobre mi investigación y otros tantos asuntos en el grupo Narrativas modernas y
crítica del presente. Mi profundo agradecimiento al profesor y director del grupo Alberto Castrillón
Aldana, por su asesoría atenta, rigurosa y comprometida de esta tesis. En especial, agradezco la
dimensión crítica, creativa y transformadora que el profesor Alberto le imprimió a mi proceso
formativo en mi paso por el doctorado y en la realización de esta investigación.
Estoy agradecido con mi familia, mis amigas y amigos por las conversaciones que tuvimos sobre
mi investigación, por su escucha y por estar presentes. Finalmente, quiero agradecerle de corazón
a mi compañera Lina Mondragón Pérez por oír mis dudas, por entender mis silencios, por su
inteligente interlocución, por sus múltiples lecturas del trabajo, por sus comentarios precisos, por
hacer de nuestras conversaciones un refugio y por su amorosa y comprensiva compañía.
Tabla de contenido
2. El problema y el objeto de la tesis: hacia una problematización del centro de Medellín. ......... 37
4.2. Este Centro: los tres lugares y sus iglesias ........................................................................ 127
5.5. Trabajo sexual callejero y las formas de manifestación del arte público en el entorno de La
Veracruz ................................................................................................................................... 261
Museo de Antioquia y la Plaza de las Esculturas: entre el arte tradicional y arte público ... 279
Espacio público: disputas entre el control institucional y las dinámicas del rebusque ........ 302
En esta investigación nos hemos1 trazado el propósito de elucidar las formas de constitución del
centro de Medellín. Concretamente, las formas en que unas subjetividades, que se inscriben y se
hacen visibles en unas prácticas urbanas singulares, han venido constituyendo y haciendo explícitos
los desbordamientos de los entornos urbanos que rodean tres de las iglesias de mayor relevancia
simbólica de la ciudad, a saber: la iglesia de La Veracruz, la iglesia de La Candelaria y la Catedral
Metropolitana. Esos modos de constitución de estos tres lugares son abordados aquí partiendo
desde la premisa de que en cada uno de ellos entran en disputa tres dimensiones de la ciudad: una
que se narra, una que se planea y otra que se vive.
Para atender este propósito hemos elaborado una tesis que se divide en seis capítulos y un apartado
final en donde dejamos constancia de las fuentes utilizadas y las referencias bibliográficas
consultadas. En el primer capítulo elaboramos la propuesta de los lugares del desbordamiento a
modo de categoría teórico metodológica para la lectura renovada de fenómenos urbanos complejos.
Allí trazamos una línea argumentativa que sigue una senda desde diversos campos disciplinares,
vinculando referentes tomados de la literatura, la filosofía, la antropología urbana, los estudios
socioespaciales y la sociología. La propuesta encuentra su punto de anclaje en una reinterpretación
de la relación dialéctica entre polis (la ciudad) y urbs (lo urbano) expuesta por Manuel Delgado
(1999a) y en la lectura socio espacial y geográfica de la producción de la ciudad siguiendo a Henry
Lefebvre (2013) y Michel Lussault (2015). Así, este capítulo debe ser entendido como la apuesta
conceptual y metodológica sustantiva y novedosa que determina el carácter de la investigación y
que irá haciéndose presente en todo el recorrido de la tesis.
1
Para la escritura de esta tesis hemos acogido la pertinente sugerencia de nuestro asesor de elaborar el trabajo
teniendo en consideración que el plural es inherente a la construcción del conocimiento. Por tanto, el yo está incluido
en el nosotros que lo produce. Así es, una tesis de estas características se constituye desde un nosotros que incluye
a las y los autores estudiados, al asesor del trabajo, a las y los profesores y colegas del doctorado y a las personas
que aportaron desde su saber y su experiencia en la elaboración de esta investigación. Con ello, y a excepción del
apartado 5.1. Caminar el Centro en donde haremos un relato unificado de las salidas de campo realizadas y de unos
pocos pies de página puntuales, será mayoritariamente desde el nosotros desde donde hablaremos en este trabajo.
9
encaminada a la elucidación de las formas en que la ciudad es vivida, señalamos las limitaciones
que estas prácticas institucionales han tenido sobre esta zona urbana de Medellín. A partir de allí
presentamos las preguntas, los objetivos y las hipótesis que orientaron la realización de la tesis.
Asimismo, ofrecemos unas claridades sobre la temporalidad escogida para la realización de la
investigación y buscamos vincular las tres representaciones espaciales mencionadas: lo que se
narra, lo que se planea y lo que se vive, con tres modos de manifestación posibles en las relaciones
con el poder y la verdad en términos de la analítica foucaultiana.
En el tercer capítulo nos dedicamos, en primer lugar, a presentar unas herramientas conceptuales
encaminadas a afinar la categoría de los lugares del desbordamiento y su relación con los tres
lugares de interés de la investigación. Es así como iremos precisando qué entenderemos en la tesis
cuando hagamos referencia a nociones clave como el espacio público, las subjetividades, las
prácticas urbanas, las memorias y las estéticas. Luego, en la parte final de este mismo capítulo
centramos nuestra atención, en segundo lugar, en presentar las estrategias metodológicas que
utilizamos para llevar a cabo este trabajo, buscando hacer énfasis en el carácter heterogéneo de las
fuentes y del archivo que sustentó este ejercicio investigativo.
En el cuarto capítulo nos trazamos el propósito de presentar un estado del arte en torno a los
estudios de los centros históricos y tradicionales, tanto a nivel latinoamericano como a nivel local,
con la intención declarada de establecer un diálogo entre esas investigaciones y nuestra propia
propuesta. Iniciamos entonces haciendo alusión a diversos abordajes hechos en distintos centros
históricos de Centro y Suramérica. Luego, presentamos con cierta especificidad los tres lugares
que son el objeto de estudio de la tesis: los ubicamos en la ciudad de Medellín, en la comuna a la
que pertenecen, señalando con diligencia sus dinámicas cotidianas, las relaciones que hay entre
ellos y su papel en el Centro.
Hecho esto, nos aproximamos desde investigaciones de la historia urbana del centro de Medellín a
los acontecimientos históricos y sociales que se han ido entrelazando para hacer del Centro y de
los tres lugares de interés de la tesis lo que son en el presente. Finalmente, mostramos cómo algunos
de los planteamientos de las investigaciones en otros Centros se hacen presentes en este Centro (el
de Medellín) y, en especial, buscamos subrayar cómo nuestra investigación se ubica en esta
discusión desde la novedad de abordar estas cuestiones desde los desbordamientos urbanos desde
unas subjetividades que se producen en estos lugares de la ciudad.
10
El quinto capítulo se constituye como el apartado más significativo y extenso de la tesis. Es en
donde ponemos a prueba la categoría de los lugares del desbordamiento para elucidar aquellas
subjetividades que los producen. En tal sentido, aquí entran en juego las tensiones y disputas de las
dimensiones de lo planeado, lo narrado y lo vivido en los modos en que se ha constituido cada uno
de estos tres lugares. Este capítulo lo hemos estructurado en ocho apartados en donde se recogen
el examen hecho a los documentos de planeación institucionales desde donde se ha planeado e
intervenido el Centro, el análisis realizado al archivo periodístico y las experiencias vividas en las
salidas de campo.
En términos generales, buscamos dar cuenta de los límites interpretativos que ofrecen tanto la
dimensión planeada como la dimensión narrada de la ciudad y enfocamos la atención en presentar
con detalle algunas de las formas en que ha sido vivida. Para ello, proponemos la construcción de
un mosaico del centro de Medellín, más precisamente, un mosaico de subjetividades que, a nuestro
entender, han sido determinantes en las formas de constitución de los tres lugares de los que nos
ocupamos.
Si bien presentamos dos tipos de subjetividad que tienden a la institucionalización: una producida
por la dupla del turismo global/renovación urbana y la otra vincula con la racionalidad católica
promulgada en los tres templos, lo que nos interesa defender es que cada uno de estos tres entornos
urbanos han sido singularizados por un “fragmento” concreto de este mosaico. Los alrededores de
la iglesia de La Veracruz se han hecho singulares desde las subjetividades y los desbordamientos
que confluyen en el trabajo sexual callejero; el entorno inmediato de la iglesia de La Candelaria se
hace singular desde los “desparramamientos” y desbordes de las subjetividades de informalidad y
el rebusque callejero; y las calles y el parque de la Catedral Metropolitana se singulariza desde la
territorialización y los desbordamientos de los cuerpos y las formas de ser y estar de otro modo en
la ciudad de unas subjetividades transgresoras.
Con lo dicho, cerramos este capítulo de la mano de la obra pictórica de un artista local, para
presentar una versión general del mosaico del Centro ya “armado”. Un mosaico en donde los
fragmentos de las subjetividades elucidadas se ponen en común en el abigarramiento, en la
muchedumbre cotidiana, en el hormigueo social y en los desbordamientos que le son comunes a
estas zonas urbanas.
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Finalmente, en el sexto capítulo presentamos las consideraciones finales que, por un lado, engloban
los planteamientos más significativos del trabajo y, por el otro, retoman la pregunta central, el
objetivo general y las hipótesis de la investigación para examinarlas desde el recorrido realizado.
Adicionalmente, ofrecemos unas últimas ideas que profundizan el horizonte interpretativo de la
tesis al conectar su dimensión conceptual, con apartes del estado del arte y los resultados de la
investigación.
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1. Lugares del desbordamiento
La saga Dos amigas de la escritora italiana Elena Ferrante sigue la vida y la amistad de dos mujeres
nacidas en un barrio de la ciudad de Nápoles. La historia, que inicia en la Italia de la posguerra y
se despliega durante la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI, tiene como protagonistas
a Raffaella Cerullo (Lila) y a Elena Greco (Lenù). En los cuatro libros que componen la saga se
abordan con lucidez y hondura temas sustanciales de la experiencia vital de estas dos amigas. Allí,
Ferrante consigue configurar una narración sólida y envolvente en torno a complejas nociones
como el pasado, la historia, la política, lo femenino, la sexualidad y la maternidad, así por ejemplo,
al reflexionar sobre la amistad, se tocan las fibras más intrincadas, profundas y difíciles de
racionalizar que componen este tipo de vínculos afectivos.
En esta densa amalgama de formas sociales se van construyendo las subjetividades de todos los
personajes que aparecen en la saga. Entre ellos, sobresale Lila, el elemento esencial en toda la
historia. Lila es presentada como una mujer brillante, hermosa y potente, de una potencia que la
desborda. La atraviesan por igual el amor y la envidia por su amiga, el odio y el rencor enraizados
en la miseria material. Asimismo, vive entre la certeza de estar viva y la indiferencia de ser
consciente de ello. En pocas palabras, Lila es intensamente humana.
Por lo anterior, será a partir de Lila, o, más concretamente, de una sensación que ella experimenta
en varios momentos en la historia, que tomaremos prestada una noción que, a nuestro entender,
hace una excelente síntesis de la potencia literaria de Ferrante y que nos sirviera como punto de
partida para este trabajo.
1.1. El desbordamiento
13
mientras Lila y sus amigas pasan a ser simples espectadoras. Será en este contexto donde Ferrante
presentará, a través de la sensación de Lila, la sugerente noción del desbordamiento:
Le estaba sucediendo eso que ya he mencionado y que después ella llamó desbordamiento. Fue –me dijo- como
si una noche de luna llena en el mar, la masa negrísima de una tempestad avanzara por el cielo, tragara toda claridad,
desgastara el borde de la luna y deformara el disco luminoso reduciéndolo a su verdadera naturaleza de
incesante materia bruta. Lila imaginó, vio, sintió –como si fuera real- que su hermano se rompía (…) Allí, en
medio de la violentas explosiones, del frío, entre el humo que irritaba la nariz y el olor penetrante del azufre, algo
violó la estructura orgánica de su hermano, ejerció en él una presión tan intensa que quebró los contornos,
y la materia se expandió como un magma mostrándole de qué estaba realmente hecho. Cada segundo de
aquella noche de fiesta le causó horror, tuvo la impresión de que cuando Rino se movía, cuando se expandía a
su alrededor, todos los bordes caían y los de ella también se hacían cada vez más débiles y blandos (Ferrante,
2015a: 201)2.
Más adelante en la historia, concretamente en La niña perdida, el último volumen de la saga, Lila
ya es una mujer adulta que se halla embarazada por segunda vez. Corren los años ochenta y en el
fragmento que me interesa se encuentra hablando con Lenù en su apartamento en Nápoles. De
repente se desata un terremoto y ella y su amiga consiguen salir del edificio y refugiarse al interior
de un carro que se encontraba cerca. Una vez allí, y ante la destrucción y el caos ocasionado por el
intenso temblor, Lila vuelve a experimentar la sensación del desbordamiento. En esta oportunidad
la autora italiana profundizará sobre el citado concepto. Por lo tanto, vemos la necesidad de
reproducir un apartado extenso del texto:
Me apretó la mano con fuerza y cerró los ojos cuando el coche de Marcello se subió a la cera dando bocinazos y se
alejó veloz entre la gente que se había detenido a charlar. Exclamó ‘Virgen santa’, expresión que jamás le había
oído usar. Qué pasa, le pregunté. Grito entre jadeos que el coche se había desbordado, y que también Marcello, al
volante, se estaba desbordando, el objeto y la persona manaban de sí mismos mezclando metal líquido y
carne.
Usó precisamente ‘desbordar’. Fue en esa ocasión cuando recurrió por primera vez a ese verbo, se afanó por
explicitar su sentido, quería que entendiera bien qué era el desbordamiento y cuánto la aterrorizaba. (…) Dijo que
el contorno de los objetos y las personas eran delicados, que se rompían como el hilo del algodón. Murmuró
que para ella siempre había sido así, un objeto se desbordaba y llovía sobre otro, en un disolverse de materias
heterogéneas, un confundirse y mezclarse. Exclamó que siempre había tenido que luchar para convencerse
de que la vida tenía bordes sólidos, porque desde niña sabía que no era así –de ninguna manera era así-, y por
ello no conseguía fiarse de su resistencia a golpes y empujones (…) Murmuró que no debía distraerse nunca; si se
2
Negritas propias.
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distraía, las cosas verdaderas que la aterrorizaban con sus contorsiones violentas y dolorosas tomaban la
delantera y se imponían a las falsas que, con su decoro físico y moral la calmaban, y ella se hundía en una
realidad emborronada, gomosa, y ya no conseguía dotar las sensaciones de contornos nítidos. Una emoción
táctil se disolvía en una visual, una visual se disolvía en una olfativa, ah, qué es el mundo verdadero, Lenù, lo
hemos visto ahora, nada nada nada de lo que pueda decirse definitivamente: es así (…) (Ferrante, 2015b: 193-
194)3.
Con lo expuesto, centramos ahora la atención en el concepto del desbordamiento4 que se manifiesta
y se explica en los fragmentos citados. No es gratuito que hayamos hecho la reproducción de estos
apartados de las novelas in extenso. Por el contrario, lo hemos hecho de este modo ya que es a
partir de la descripción detallada del momento, de las acciones de los personajes y de las
circunstancias concretas que le dan espesura a los lugares en donde Lila experimenta esa sensación
que excede los bordes que separan las cosas, desde donde podremos caracterizar esta estimulante
noción.
Ese desborde que experimenta Lila es algo que está en permanente condición de emergencia. Si
bien se hace explícito en condiciones particulares, para ella el estado común de las cosas con sus
bordes definidos no son más que una apariencia, una falsedad. De esta manera, dicha condición de
una “materia que se expande como un magma” está en permanente tensión con el orden
3
Negritas propias.
4
Si bien seguiremos el sentido que la autora italiana desarrolla de la palabra desbordamiento, cabe traer la definición
que se da de esta palabra en la Real Academia Española (RAE) para mostrar que, en todo caso, la aproximación
literaria de la que queremos partir se relaciona claramente con el sentido de este diccionario. Así, según esta
institución el desbordamiento es la: acción o efecto de desbordarse. Y para desbordar: es: (i) Rebasar el límite de lo
fijado o previsto; (ii) Dicho de un asunto: sobrepasar la capacidad intelectual o emocional de alguien; (iv) salir de los
bordes, derramarse; (v) Dicho de una pasión o de un vicio: exaltarse, desmandarse. Se compone del prefijo “des” que
“Denota negación o inversión del significado de la palabra simple a la que va antepuesto” y del nombre masculino
“borde” que hace referencia al “Extremo u orilla de algo”. Acepciones tomadas del Diccionario de la lengua española
(DEL) de la RAE. Consultado el 15 de mayo del 2020 de las URL: (a) https://dle.rae.es/desbordamiento, (b)
https://dle.rae.es/desbordar?m=form, (c) https://dle.rae.es/des y (d) https://dle.rae.es/borde
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convencional y normalizado de la realidad. Con ello, para Lila, el establecimiento de los límites
entre las personas, los lugares y los objetos, no es una cosa dada, sino más bien algo que se
constituye en una lucha permanente entre esa materia en una constante condición de emergencia y
las convenciones sociales que, con sus estrategias de decoro físico y moral, buscan resolver esa
potencia, esa posibilidad del desbordamiento, estableciendo y haciendo naturales los límites, ya
que los bordes delimitan, simplifican y tranquilizan.
En efecto, dar por sentado los bordes resuelve la intensa disputa entre la estabilidad necesaria para
una vida social medianamente segura y una potente condición de la materia de las cosas sociales
que se contorsionan “violenta y dolorosamente”. En la normalidad el mundo se presenta entonces
definido y ya terminado, por tanto, controlado. Sin embargo, para Lila es evidente que esa
condición de definición es engañosa, que tanto personas como objetos son susceptibles de
mezclarse ya que ambos (objetos y sujetos) pueden desbordarse y “llover” sobre los otros “en un
disolverse de materias heterogéneas” que se confunden, llegando incluso a mezclar “metal líquido
y carne”. Con ello, la realidad no se la puede entender como ya fijada, sino más bien “emborronada”
y “gomosa”, sin contornos nítidos.
En resumen, la noción del desbordamiento que Ferrante presenta en sus novelas, da cuenta de la
“materia prima” de la que están hechas las personas, los objetos y los lugares. Una materia
“magmática” potente, que no puede ser sino social y que al manifestarse rompe los límites,
trasciende los bordes y los excede, mezclando las cosas, vinculando lo que, se supone, está
normalmente separado. Esta “materia prima”, como dijimos, no está todo el tiempo en exhibición
(desbordada) aunque siempre está latente. Más bien hay circunstancias y lugares en donde se
manifiesta en sus excesos. Así, podemos decir que el desborde se da en la condición del exceso de
una potencia contenida.
En su libro La parte maldita, Bataille (1974) busca proponer una teoría económica general en
relación a la acumulación excesiva de energías, riquezas o capital y su estrecho vínculo con los
ineludibles procesos de gasto innecesario que se llevan a cabo para la liberación de dichos excesos.
Para mostrar esto, el autor francés expone que en la existencia de todo ser vivo hay un exceso de
fuentes de energía y que, por tanto, el gasto innecesario de esa abundancia es una condición
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inherente a la vida: “(…) si el sistema ya no puede crecer más, o si el excedente no puede ser
absorbido por entero en su crecimiento, necesariamente hay que perderlo sin provecho, gastarlo,
de buen gusto o no, gloriosamente o bien de manera catastrófica” (Bataille, 1974: 62).
En el caso de los seres humanos ese gasto inútil ha sido una constante, aunque su nivel de intensidad
y sus modos de manifestación han cambiado según el momento histórico y las características
culturales del grupo humano que se busque estudiar desde esta perspectiva. Al hacerlo así, la
atención no solo se centraría en la dimensiones sociales de la producción y la conservación de
energía derivadas de la actividad humana, sino que además y, sobre todo, habría que prestar
atención al consumo desde una doble perspectiva: “La primera (…) está representada por el uso
del mínimo necesario (…) La segunda parte está representada por los gastos llamados
improductivos (…)” (Bataille, 1974: 28). Este gasto, se ha exhibido históricamente en el uso de
joyas, en los cultos religiosos y la construcción de sus templos, en los juegos de competición, en la
producción del arte, e, incluso, en la sexualidad no reproductiva y genital.
Siguiendo esta idea, para Bataille, es en el marco de las sociedades capitalistas modernas en donde
las lógicas de la acumulación de capital y los excesos de energía, son, por definición, el objetivo
último. Con ello, el consumo innecesario se da en forma catastrófica, representada por ejemplo en
las guerras. De esta manera, es posible pensar el exceso de acumulación energética (social y
económica) de la modernidad como una forma de manifestación de la vorágine del capitalismo, en
donde el ser humano hace las veces, en palabras de Marshall Berman (1991), de aprendiz de brujo
al desatar unas fuerzas productivas y de acumulación que luego no consigue controlar.
Así, la maldición de la que habla Bataille hace referencia a que la energía excedente de la
efervescencia social, trae consigo la manifestación ineludible de la injusticia por la exhibición del
lujo y de la violencia como descarga de la abundancia de dicha efervescencia. Por tanto, la época
moderna: “(…) en que el aumento de las riquezas es el mayor que jamás haya existido, acaba de
tomar a nuestros ojos el sentido que tuvo siempre, en cierto modo, de parte maldita” (Bataille,
1974: 80).
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Bajo estas circunstancias, si se pensáramos en las formas en que se manifiesta la parte maldita de
una híper acumulación de la riqueza y del capital propias de las sociedades neoliberales5
contemporáneas, habría que centrar la atención no tanto en la ostentación de esa acumulación, sino
más bien en la ebullición de los excesos sociales que se generan. En efecto, en los Estados y las
ciudades neoliberalizadas, que no controlan políticamente al mercado, que velan prioritariamente
por los intereses de acumulación del capital privado (Laval y Dardot, 2016) y publicitan sus mega
obras y transformaciones físicas recientes, pululan los excedentes sociales derivados de estas
lógicas empresariales de gobierno y de formas de vida.
Como se puede intuir, cuando hablamos de “excesos” y “excedentes” sociales no estamos haciendo
referencia a unas ganancias empresariales, sino más bien a las desigualdades sociales que traen
consigo las lógicas de la gestión y rendimiento neoliberal. Así, cuando hablamos de exceso lo
hacemos en el sentido, por ejemplo, de una súper abundancia de población desempleada o
precarizada laboralmente que debe resolver sus necesidades diarias a través del rebusque y el
comercio informal. Con ello, a la par del aumento de las riquezas y su exhibición en los Estados y
las ciudades, se acrecienta una ebullición social caracterizada por la desigualdad, la exclusión y la
precariedad.
Con lo expuesto, la parte maldita la entenderemos como aquella que se manifiesta en los lugares
donde la efervescencia social está contenida, pero que da la impresión de estar a punto de
desencadenarse, de sobrepasar aquello que la contiene. En una palabra: de desbordarse.
Planteada así la cuestión, se nos presenta un doble avance de la noción del desbordamiento al
vincularla con las reflexiones de Bataille sobre la maldición inherente de la acumulación. Por un
lado, se fija el sentido de que aquello que se sale de los límites puede hacer referencia a una suerte
de excedentes sociales que se van amontonando hasta el punto de que se hacen incontenibles y
pueden terminar por manifestarse de formas trágicas y terroríficas. Por el otro lado, al situar ese
5
Entendemos aquí el neoliberalismo como la imposición de lógicas de cierta racionalidad contemporánea
encaminada a la búsqueda del rendimiento y la acumulación del capital, que han conseguido penetrar las
instituciones públicas y privadas y las relaciones sociales cotidianas hasta hacer parte integradoras de la vida. Así, el
neoliberalismo, en palabras de Christian Laval y Pierre Dardot (2016), se ha radicalizado extendiendo su racionalidad
no solo al funcionamiento institucional y estatal, sino también, a la constitución de democracias empresariales y
sujetos que se rigen por las dinámicas de la búsqueda del beneficio económico, el rendimiento y la competencia,
esto es: en la producción de una nueva subjetividad que puede pensarse como aquella en la que las personas se
convierten en empresarias de sí mismas (Bedoya y Castrillón, 2017).
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componente maldito en un orden histórico, social, político y económico contemporáneo (que es lo
mismo que decir: neoliberalizado), se consigue explicitar que esos excedentes de la materia social
que están a punto de desbordarse, se encuentran claramente marcados por las consecuencias
injustas y excluyentes de la gestión empresarial de lo público, de la desregularización del mercado
y del culto al rendimiento económico.
Así las cosas, y para continuar avanzando en el apuntalamiento del desbordamiento, hemos
encontrado un punto de anclaje en la discusión que abre el trabajo de Manuel Delgado (1999a)
Ciudad líquida, ciudad interrumpida, sobre la tensionante relación irresuelta entre la ciudad y lo
urbano, entre la polis y la urbs. Más aún, es significativo que en los planteamientos que expone
este autor español resuenan las ideas de Georges Bataille que hemos expuesto entorno a la
ebullición social: “Es de este valor de efervescencia de donde habrán de surgir desarrollos mucho
más inquietantes, como los relativos a la superabundancia exceso de energía súbitamente
desencadenada de la que hablan Georges Bataille o Roger Caillois” (Delgado, 1999a: 69).
Para Delgado, la ciudad hace referencia a su forma física, su arquitectura y sus instituciones fijas,
reconocibles y cristalizadas. Por su parte, lo urbano, que se expresa fundamentalmente en la calle,
en el espacio público, hace referencia a una materia maleable en proceso de constitución que se da
en las interacciones cotidianas, en millares de relaciones que no alcanzan a cristalizarse, en los
ritmos y movilidades urbanas y en contactos efímeros entre extraños que no pueden ser
controlados. En tal sentido, lo urbano se infiltra como “espuma” en la ciudad a partir de la puesta
en práctica de una cultura, de una urbanidad que se pone en común de manera anónima en una
suerte de caos autorganizado.
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Es en este contexto que Delgado, siguiendo un planteamiento de Isaac Joseph, trae a colación la
oposición entre polis y urbs, donde la polis se referiría a la ciudad y la urbs se equipararía a lo
urbano. De este modo, la urbs se referiría a las manifestaciones sociales en lo urbano que dan
cuenta de la “sociedad produciéndose” y que se encuentra férreamente controlada por la polis que
busca siempre la estabilidad y la unificación.
En este juego dialéctico6 sin resolución que se da en la liminalidad entre lo uno y lo otro, la urbs
es una potencia que está ahí, una pulsión latente que se opone a la delimitación que se arraiga
poderosamente en unas estéticas del “nosotros” social. Para el autor español, mientras que la polis
se establece en y desde el poder institucionalizado que se ocupa de lo lejano, de los proyectos y la
idealización de la ciudad; la urbs se expresa en el conglomerado de subjetividades urbanas
polimorfas, camaleónicas, hormigueantes e, incluso, monstruosas. La urbs vive entonces en el
torbellino de los afectos (en las estéticas), en ella encuentra lugar el potente murmullo que da
cuerpo a lo social.
El profesor Delgado continúa su exposición profundizando esta relación de tensión entre la ciudad
y lo urbano cuando habla de las fiestas o festivales que se realizan en las ciudades contemporáneas.
Para él, la fiesta bien sea caótica o reglada, permite pensar de forma privilegiada dos aspectos
esenciales de la relación polis/urbs: (i) la puesta en evidencia de la “materia prima” de lo social y
(ii) la condición inestable del espacio público. Sobre el primero, dice que es en las festividades en
donde se pone de relieve la condición “salvaje” de lo social, ya que entran en juego dos modelos
de sociedad: una institucionalizada y otra caótica que se encuentra dormida en el seno mismo de la
sociedad, que es efervescente, que es súper abundante y monstruosa (como un leviatán, que cuando
despierta no hay forma de dominarlo). En pocas palabras, se hace aquí referencia a lo que está
6
Hacemos referencia aquí al entendimiento de la dialéctica expuesta por David Harvey (2018) en su libro Justicia,
naturaleza y la geografía de la diferencia. En esencia, Harvey afirma que la dialéctica no es una cosa, sino más bien
un proceso “(…) en el que las separaciones cartesianas entre mente y materia, pensamiento y acción, conciencia y
materialidad, teoría y práctica, no tiene ningún valor” (Harvey, 2018: 73). Con ello, de la mano de Marx y sus
intérpretes contemporáneos, de los cuales Harvey es quizás uno de los más reconocidos, se procura, más que definir
dicho concepto, mostrar cómo opera. Así, por ejemplo, Harvey expone que con la dialéctica se posibilita la
compresión de los procesos y los flujos a partir del análisis relacional entre elementos, “cosas”, sistemas y estructuras
organizadas. Gracias a esto, se parte de la idea que estas “cosas” y sistemas son contradictorias, heterogéneas y
contingentes, que se relacionan con espacios y tiempos diversos y, por eso, tienen una condición de inestabilidad y
constante cambio. De allí se desprende quizás uno de los aspectos esenciales que posibilita una investigación desde
una aproximación dialéctica: tratar de explicar las contradicciones inherentes a la aparente estabilidad, que se
presenta como evidente y natural, de esas “cosas” y esos sistemas.
20
“debajo” del orden social, un debajo que es disperso, móvil, desterritorializado y que es pura
potencia:
(…) lo que creíamos que había habido antes de la instauración del orden social y que ahora descubrimos siempre
debajo. Lo que imaginamos no como el orden estático y luminoso en donde brillan las hipóstasis divinizadas de lo
social, sino un monstruo, un ser amorfo y salvaje, una abominación a cuyos lomos duerme el orden cotidiano de
las calles y de las plazas, de los mercados y de los parques públicos” (1999: 74).
En cuando al aspecto del espacio público, lo entendemos desde su articulación a esa condición
“salvaje” de lo social que siempre ha estado “dentro”, pues si bien, desde una perspectiva
institucional, se lo concibe como un instrumento político para fijar, limitar, reglar y normar el
comportamiento social, es precisamente allí donde, desde la perspectiva de Delgado, se manifiesta
la potente latencia de ese “debajo”. Como consecuencia, se hace pedazos la visión oficial sobre ese
espacio público, pues ya no se lo puede concebir como estable sino por el contrario como un
espacio sin límites ni marcas claras, como un material maleable a las fuerzas cotidianas no regladas
de las diversas masas sociales que se hacen sitio7 en lo público para estar en la ciudad.
Entendido de este modo, el espacio público adquiere su dimensión de calle asociada no con la
idealización de la ciudad, del poder normalizador de la polis; sino con lo urbano, con la potencia
en ebullición de la urbs: “La urbs es la urbs (…) no tiene necesidad de polis. La urbs nunca es una
polis. La polis es la enemiga de la urbs. La calle (…) es un mecanismo agenciador que se alimenta
de todo sin desechar nada (…)” (Delgado, 1999a: 145).
Lo sugerente aquí es que en los espacios públicos: en los parques, las plazas, las esquinas y los
mercados, es en donde se evidencia con especial potencia esa dimensión monstruosa de lo social
que se agazapa y duerme en lo urbano. Y es monstruosa, en todo caso, porque trae consigo la
posibilidad manifiesta de barajar nuevamente las relaciones de poder y el orden social. Es, pues,
en las palpitaciones cotidianas de ese monstruo social que el espacio público, entendido desde su
dimensión de calle, que está: “(…) en condiciones de escapar de la vigilancia constante al que se
7
Pensamos aquí en el sentido filosófico al sitio dado por el filósofo alemán Martin Heidegger (2014) en su conocido
texto Construir, habitar, pensar presentado a inicios de los años 50. Allí, la noción del sitio hace referencia una
sumatoria de acciones humanas que consiguen hacer sito a, abrir un espacio para hacerse a un lugar. Ese hacerse a
un sitio, es entonces un primer paso para espaciar el espacio, logrando cierto reconocimiento sobre un lugar concreto
en donde poder habitar.
21
le somete, para invadirlo todo, para hacerse con el conjunto del cuerpo social y convertirlo en lo
que es en realidad (Delgado, 1999: 146).
Con lo dicho, hay que señalar que la condición particular de las fiestas en las ciudades no son más
que un momento privilegiado para hacer aún más evidentes las potencias que se solapan en lo
urbano. En efecto, ese leviatán adormilado está en el seno de todas las ciudades y puede despertarse
de múltiples maneras. Así las cosas, y para complementar estas ideas del profesor Delgado,
encontramos algunas precisiones clave en el texto Mitópolis compuesto por tres ensayos por
Beatriz Elena Acosta, Manuel Bernardo Rojas y Juan Diego Parra (2017), en donde los
investigadores reflexionan, de la mano de figuras de la mitología griega, sobre la ciudad y el arte
público de Medellín.
En particular, nos interesa aquí hacer mención del segundo ensayo a cargo de Juan Diego Parra,
específicamente en los apartados en donde retoma la interpretación de Manuel Delgado sobre la
polis y la urbs para pensar las fuerzas que entran en relación en la ciudad y en sus espacios públicos.
Para este autor: “El correlato de la polis es la urbs (…) Es la calle, espacio siempre por invadir, el
de los contactos. La urbs, como veremos, es el lado sensible (estético) de la ciudad. (Parra, 2017:
81).
La relación entre la polis y la urbs es para Parra, al igual que para Delgado, tumultuosa y contraria.
La ciudad busca el orden, mientras que lo urbano es, por definición, caótico. De allí que la polis
sienta aversión por la urbs y por las maneras en que se manifiesta. Como bien lo expone el autor:
“La polis le teme a la urbs y debe temerle, pues es en ella donde se mueve la multitud a espaldas
del Estado. En la urbs no hay Estado” (Parra, 2017: 92).
Este temor, se asienta además en una distinción espacial: mientras que la polis idealiza, planea y
controla desde arriba, la urbs acoge ese potente “monstruo” de lo social que palpita en lo profundo,
en una suerte de letargo que puede alterarse en cualquier momento y desencadenar cantidades
ingentes de energía: “La urbs como sistema abierto elude la determinación y la fijeza y permite el
advenimiento de la monstruosidad. Por supuesto, dicha monstruosidad no es evidente, ella está
oculta tras la aparente estabilidad” (Parra, 2017: 102).
22
Para ahondar un poco más sobre esta idea del miedo que provoca el amontonamiento de la potencia
de lo urbano que se halla “debajo”, retomamos la siguiente idea:
Si se teme al sentido de la turba en una sociedad, dicho temor está sostenido en la ausencia de control sobre los
cuerpos reunidos: el terror hacia la turba es el terror a las profundidades, las alturas le temen a lo profundo. Es la
reunión de cuerpos la que es pavorosa, y esto es porque entre los cuerpos pasan muchas cosas y se producen
encuentros insospechados, los límites se borran y solo quedan deformidad colectiva, el caos de las
profundidades viscosas. La sociedad ofrece con cierta regularidad este panorama conflictivo y caótico: turbas
enloquecidas y monstruosas que instauran el desorden ancestral y originario de un mundo en formación,
inmiscuidas en protestas y manifestaciones cada vez más violentas, que periódicamente emanan, como volcanes
en erupción, rocas, disparos, escupas y vómitos (Parra, 2017: 94)8.
Es decir, mientras que la polis logra, con cierto éxito, el control en el espacio público con estrategias
y normas que restringen y pautan los comportamientos sociales; frente a las múltiples
subjetividades, con sus formas urbanas de exhibición y de hacer memoria en ese mismo espacio
público supuestamente delimitado (incluso con una “estética” institucionalizada), tiene poco que
hacer. En pocas palabras, frente a esas subjetividades de la potencia de la urbs la polis se ve
sinceramente desbordada.
8
Negritas propias.
9
No quisiéramos seguir sin comentar que esta idea de la dimensión “viscosa” de lo social, más propiamente de las
formas sociales de constitución del espacio urbano las hemos explorado en un trabajo anterior: Miguel Arango (2017)
titulado El espacio viscoso. Hacia un entendimiento del espacio como una producción social. Allí propusimos una
categoría de análisis que denominamos como el espacio viscoso, cuyo propósito se centraba en hacer ver que en el
espacio urbano se mezclan diversas y contradictorias formas de vida, múltiples concepciones e imaginarios sobre ella
y diferentes estéticas e ideologías disímiles que se aglutinan en el devenir cotidiano en que se produce el espacio. Lo
viscoso, como un estado intermedio de la materia (ni sólido ni líquido), se caracteriza por estar en constante
movimiento y cambio. De allí que dicha viscosidad se desparrame lentamente en el espacio y junte lo que se reconoce
convencionalmente como distinto, y, a partir de allí, consigue mostrar lo común que hay en lo diferente. Con ello, no
es extraño entonces que algunas de estas ideas resuenen en la escritura de esta tesis.
23
Al llegar aquí, y antes de resaltar los ya evidentes puntos de contacto entre la ciudad (la polis) y lo
urbano (la urbs) y el desbordamiento, estimamos necesario centrar la atención en cuatro asuntos
que deben ser precisados. El primero tiene que ver con la necesidad de subrayar que la relación
entre la ciudad y lo urbano no se da desde la contraposición y la dicotomía, sino que su articulación
es más bien dialéctica, en donde hay una afectación directa entre ambas y un proceso de
constitución interdependiente. En este sentido, resulta clave resaltar el papel activo y determinante
de quienes viven en ese vínculo dialéctico entre la polis y lo urbs, a saber: las personas que viven
en la ciudad. Así, para procurar tomar distancias de posibles interpretaciones que cierren la
discusión y las posibilidades entre una cosa o la otra, quisiéramos hacer énfasis en la participación
protagónica de las personas.
Esto no es nuevo, ya investigadores como Isaac Joseph (2002) con su figura del transeúnte urbano,
Jairo Montoya (1999) con el urbanita y Henry Lefebvre (2013) con su reivindicación por las
prácticas hechas por las personas en la producción espacial con su teoría unitaria, son ejemplos de
ello. Aun así, por las características propias del presente trabajo, si bien retomaremos aquí al
transeúnte de Joseph, haremos alusión a las personas “habituales” de los lugares, refiriéndonos a
quienes hacen buena parte de su vida en un lugar concreto del espacio público urbano.
El segundo asunto, hace referencia a la necesidad de reiterar que la relación entre la polis y la urbs
se da, sobre todo, en el espacio público, o más precisamente, en un modo particular de comprensión
del espacio público. Efectivamente, cuando hemos hablado y sigamos hablando aquí de espacio
público, lo hacemos tomando distancia de la dimensión que ha adquirido este concepto cuando se
lo define haciendo uso de la filosofía política habermasiana y se lo utiliza como instrumento de
acción política predilecta por parte de la tecnocracia neoliberal. Por tanto, entenderemos el espacio
público en el sentido que ya le ha dado Delgado, esto es: como un espacio sin límites ni marcas
claras, como un material maleable a las fuerzas cotidianas.10 Así entendido, el espacio público es
el escenario ideal para ver los movimientos del “monstruo social” que se manifiesta desde lo
profundo.
10
En el capítulo 3 ahondaremos con mayor detalle en la noción del espacio público.
24
El tercer y último asunto, se refiere a la necesidad de aclarar que con las citas que hemos retomado
de Delgado y Parra, no estamos suscribiendo la idea de que sea únicamente en momentos fuera de
lo común, como la fiesta o la manifestación violenta y tumultuosa, en donde lo urbano borra los
bordes que lo contienen. Por el contrario, consideramos que las sugerentes posibilidades del
análisis que dan la relación polis/urbs se verían claramente limitadas si se restringieran solo a esas
dos condiciones. Es más, pensamos que es en la latencia cotidiana, aparentemente trivial y común,
en donde las manifestaciones del desborde de lo urbano sobre la ciudad pueden verse con especial
claridad. Así las cosas, si se quisiera captarlo, solo se requería afinar la mirada y estar en el lugar
y el momento indicados para hacerlo.
Con lo dicho, es momento de expresar que hemos encontrado que la noción del desbordamiento se
apuntala con particular solidez si se la piensa como elemento vinculante entre la ciudad y lo urbano.
Es decir, que en la relación entre la polis y la urbs, el desbordamiento como manifestación concreta
de una “materia social” que borra los contornos y que viola los límites, puede situar y darle cuerpo
de forma particularmente elocuente a la liminalidad de lo urbano de la que habla Delgado.
Así las cosas, al abordar la cuestión de la ciudad y lo urbano teniendo en cuenta la posibilidad del
desborde, será necesaria la construcción detallada de los bordes institucionales que la polis busca
imponerle a lo urbano, para luego centrar la atención en las formas concretas en que la urbs se pone
en evidencia y traspasa los límites impuestos. Al decir esto, queremos expresar que el
desbordamiento no es lo urbano. Es, más bien, el umbral11 entre la polis y la urbs, un umbral que
11
Sobre este concepto del umbral consideramos que es relevante hacer alusión aquí a los trabajos que sobre este
tema ha venido desarrollando el profesor griego Stavros Stavrides (2007; 2016). Este autor plantea que la anhelada
realización de la justicia social como parte de la constitución de la ciudad radica en considerar la emancipación como
un proceso que se configura a partir de unas prácticas sobre el espacio y no como una esencia. Al hacer esto,
emergerían unas espacialidades de la emancipación cuya característica principal es que establecen puertas o, más
precisamente, umbrales para la negociación, el intercambio y el reconocimiento de identidades sociales “otras”, no
desde la igualdad, sino desde las diferencias (Stavrides, 2007). En este sentido: “Los umbrales espacio temporales
serán aquellos que propiciarían la apertura de las identidades a través de acciones de negociación y encuentro con
la otredad” (Stavrides, 2015: 20). Con ello se crearían pasajes hacia la “alteridad” y vínculos solidarios con los “otros”
para la generación de nuevas formas de vida en común. Ahora, por más estimulantes que se nos presenten los
planteamientos de Stavrides, estimamos que nuestra investigación va encaminada a hacer visibles otros asuntos.
Mientras que Stavrides centra su atención en “identidades” sociales y en la identificación de unos umbrales de la
emancipación constituidos, sobre todo, desde la actividad disruptiva de movimientos sociales con pretensiones
éticas y políticas demarcadas; nosotros buscamos la elucidación de unas subjetividades que desde sus formas de
existencia marginales, periféricas y precarias, constituyen unos desbordes urbanos que ponen en cuestión los modos
en que se producen hoy los centros de las ciudades y que hacen visibles, para bien o para mal, que la “materia prima”
con la que se construye la carne y la piedra de las ciudades es la misma con la que se hacen, deshacen y rehacen esas
25
está en condición de permanente rebasamiento. En otras palabras, con esta noción se le da grosor
a la liminalidad (ver Figura 1), y al hacerlo, se consigue centrar la atención en los lugares en que
la “epidermis” del “monstruo social” se hace porosa y libera parte de su “materia magmática”,
viscosa y gomosa que llueve sobre las personas, las cosas y los lugares, disolviendo los contornos
y mezclándolo todo.
En ese sentido, al prestar atención en el desbordamiento se pone en evidencia con especial claridad
lo terrorífico de lo urbano por cuatro razones. La primera porque abre la puerta para comprender
que en ciertos lugares se exhibe de forma cotidiana esa posibilidad de “barajar” de nuevo las
relaciones de poder y el orden social. La segunda, porque, como lo ha expuesto el profesor Jairo
Montoya (2002), la urbs puede, en todo caso, desbordarse violentamente dejando dolorosas huellas
en la polis12. La tercera razón, al igual de que la anterior, aterroriza porque le da un lugar cotidiano
a la manifestación de los excesos de la hiper acumulación contemporánea, es decir, da cuenta de la
parte maldita en la relación polis/urbs. La cuarta y última razón para que el desborde urbano dé
miedo y dé terror, es, en esencia, por el hecho de que son lugares de contacto en donde las cosas
se mezclan, donde se borran los bordes y se explicitan los puntos comunes entre distintas
subjetividades.
subjetividades de la parte maldita de lo social. En cualquier caso, el relacionamiento entre ambos planteamientos
podría ser un tema para posteriores desarrollos.
12
Un ejemplo de ello fue hecho violento de 1995 en el que una anodina escultura del artista antioqueño Fernando
Botero fue escogida como lugar para detonar una bomba un parque público de la ciudad de Medellín que mató más
de veinte personas. En el artículo Arte urbano, espacios terroríficos, el profesor Montoya (2002) muestra como ese
terrible acto de violencia puede ser entendido como una potentísima manifestación del “monstruo social” de lo
urbano que dejó su marca en la ciudad, y que, incluso, se materializó gracias a una afortunada decisión institucional
y del artista de mantener la escultura con las claras marcas de la explosión en el mismo parque.
26
1.4. Lugares del desbordamiento
De la revisión que hemos hecho de ambas perspectivas consideramos que, en general, sirven para
dos de los propósitos conceptuales de esta investigación: (i) la construcción de un esquema global
del trabajo a partir de la trialéctica espacial ofrecida por Lefebvre y (ii) las claridades teóricas y
procedimentales necesarias para abordar la dimensión espacial del “lugar” y la comprensión de la
espacialización de los fenómenos sociales por medio de la propuesta de Lussault.
Dicho lo anterior, podemos comentar que el trabajo de Lussault toma distancia de la dimensión
geográfica clásica de carácter ingenieril y turística que tradicionalmente tiene un entendimiento
utilitarista y positivista del espacio. Allí se señala, además, la limitada compresión que desde las
ciencias humanas y sociales se tiene del espacio, pues, en general, se lo aborda como algo dado
que simplemente se llena y como un escenario donde se despliegan los fenómenos sociales. Según
el geógrafo francés en realidad es imposible pensar las sociedades humanas sin su dimensión
espacial.
En tal sentido, afirma que el ser humano es un animal espacial que se inserta y se hace en sociedad,
y que esta (la sociedad, cualquiera que esta sea) ya es en sí misma un modo de organización
espacial. Para ahondar en esta idea, el autor ofrece una triada conceptual: (i) el espacio geográfico
27
como un espacio que se da como una construcción social, (ii) el espacio social como la
cristalización de los fenómenos sociales en el espacio, y (iii) el campo social como las estructuras
sociales en abstracto.
Sumado a lo anterior, Lussault agrega una consideración que es especialmente esclarecedora y que
responde al aporte del campo disciplinario de la geografía: el hecho de que los fenómenos
espaciales deben ser comprendidos en relación a sus dimensiones escalares. Así es, bien sea que se
esté abordado un fenómeno macro que se manifiesta a nivel global a través de los medios de
comunicación tecno-informáticos contemporáneos, o se esté tratando de entender unas
manifestaciones sociales micro en lugares muy concretos de una ciudad; ambos deben abordarse
teniendo presente la categoría espacial. Esto es así, porque el énfasis pragmático de la geografía es
el aporte clave de este campo del conocimiento, ya que ofrece elementos para abordar estos
fenómenos desde sus realidades espaciales, haciendo visibles las cristalizaciones sociales de los
espacios que están siendo estudiados.
Con lo dicho, el geógrafo francés llama la atención en que las investigaciones que propendan por
una comprensión crítica de las formas de comportamientos de las sociedades deberían
necesariamente tener en consideración la coordenada espacial, esto es: la interrelación entre el
espacio y la espacialidad. Sobre esto último, el autor considera que lo apasionante de los estudios
socio espaciales no es reiterar en trabajos que sigan ahondando en la mirada convencional del
espacio geográfico, sino más bien en procurar la comprensión de cómo los sujetos entran en juego
en su constitución desde sus diversas prácticas.
Con esto en mente, y centrando la atención en el desarrollo conceptual que Lussault le dedica a la
dimensión escalar “micro” del espacio, pasamos a concretar la manera en que entenderemos aquí
la dimensión espacial y el modo en que dicha dimensión se articula con la noción del
desbordamiento. Para hacer esto, partimos de unas precisiones teóricas en torno a las “especies de
espacios” geográficos. Al respecto, dice Lussault:
(…) la palabra ‘espacio’ se debe reservar para designar de manera general la dimensión de la sociedad-sistema.
Ese espacio se realiza, contextualmente, bajo la forma de lugares, áreas y redes. Esta posición teórica permite evitar
la habitual confusión de los discursos que utilizan a menudo las palabras ‘espacio’, ‘ligar’, ‘área’, ‘red’, ‘territorio’,
28
‘sitio’, etc., casi como sinónimos, cuando en verdad la primera de las citadas es el metaconcepto integrador de
todas las demás y estas designan variantes tipos específicos que no deben ser confundidos (2015: 89).
Suscribimos entonces esta definición del espacio como un metaconcepto que acoge las dimensiones
donde el espacio “se realiza contextualmente”. Al respecto, es de anotar que esta definición se
establece como un claro ejemplo del “pragmatismo geográfico” mencionado hace poco, ya que
aborda la noción del espacio de un modo concreto y útil para integrar la perspectiva espacial en los
análisis desde una diversidad de disciplinas de las ciencias sociales y humanas.
Hacemos esta afirmación, ya que consideramos que con los señalamientos conceptuales y
metodológicos que hace Lussault sobre el espacio, si bien enmarca de forma precisa el concepto,
no quiere decir esto que lo restrinja. Es más, si retomamos sus indicaciones de que es en la
espacialidad (a saber: en las prácticas discursivas y no discursivas en que los sujetos constituyen
una relación con el espacio) en donde debería centrarse la atención de los estudios sociales que
quieran comprender un fenómeno particular, queda claro que su propuesta es más de apertura que
de cierre.
En este sentido, consideramos que la propuesta del autor francés puede ser compatible con: (i)
aquellas reflexiones de carácter filosófico existencial que siguen las sendas heideggerianas para
comprender las formas de co-creación de los espacios para habitar lo urbano, donde Carlos Mario
Yory (2007) es un buen ejemplo con su trabajo Topofilia o la dimensión poética del habitar; (ii)
con las breves menciones que le dedicó Michel Foucault (2014) al espacio en su conferencia de los
años 60 Los espacios otros13; (iii) la diversidad de percepciones sobre el espacio según el uso que
se hace de él propuesta por Georges Perec (2001) en su libro Especies de espacios; y (iv) las
13
Nos referimos acá a la noción de las heterotopías. Al respecto encontramos una precisa definición en el trabajo de
Blanca Ramírez y Liliana López (2015) Espacio, paisaje, región, territorio y lugar: la diversidad en el pensamiento
contemporáneo. Allí ambas autoras caracterizan y sintetizan el concepto de heterotopías como “(…) espacios que se
conforman de acuerdo a una serie de principios. El primero es que forman parte de todas las culturas, sin embargo,
no se producen de formas universales, sino que difieren unas de otras, en función de sociedades específicas; el
segundo es que una misma heterotopía puede funcionar de en forma diversa en distintos tiempos; el tercero es que
la heterotopía puede yuxtaponer, en un solo lugar, varios emplazamientos que pudieran ser incompatibles entre sí;
el cuarto principio es que las heterotopías se vinculan por simetría a los tiempos, las heterocronías; el quinto principio
es que la heterotopías tiene un sistema que se abre y se cierra, que las hace permeables y aisladas; y el sexto principio
es que tienen una función con respecto al espacio restante” (Ramírez y López, 2015: 44). Cabe decir que encontramos
que varios de los principios de los espacios heterotópicos tienen consonancia con la categoría conceptual y
metodológica central que elaboramos para la realización de esta tesis. Si bien esto es cierto, hemos optado por
realizar nuestra propuesta desde otras sendas teóricas. Por lo tanto, no profundizamos en estos puntos comunes con
la categoría foucaultiana, ni en sus posteriores desarrollos e influencias.
29
actuales críticas que desde la academia latinoamericana se han venido haciendo al proyecto de
producción y renovación urbana contemporánea y sus nuevos modos empresariales14.
Siguiendo esta misma línea, hemos encontrado, de la mano de la propuesta de Lussault, una
posibilidad de hacer patente y de darle un lugar a la interpretación de la trialéctica espacial
lefebvriana en distintas escalas de lo espacial. No está de más recordar que Lefebvre (2013) abre
la puerta para pensar que el espacio de las ciudades modernas no se puede limitar a la mirada en
los objetos arquitectónicos y urbanos dados, sino que debe centrarse en las formas sociales en que
esta se produce, a saber: en las tensionantes relaciones de poder y fuerzas políticas, económico-
productivas y sociales. Y que, para captar esa relación, propone su ya clásica interrelación entre
tres representaciones espaciales: (i) una mental, que se refiere a cómo se concibe y se enuncia lo
que debe ser el espacio; (ii) una física, que tiene que ver con la experiencia práctica sobre el espacio,
con lo que se hace en él y las relaciones que se establecen con su configuración material; y (iii) una
social, que se articula con las formas de representación social del espacio, de las formas en que este
es narrado y se hace visible. Al respecto, en esta tesis partimos de esta interpretación de la triple
dimensión del espacio para el abordaje, a la vez teórico y metodológico, de nuestro objeto de
estudio.
(…) se trata de la más pequeña unidad espacial compleja: más pequeña, porque constituye el espacio básico de la
vida social; compleja, porque en él se muestra la complejidad de la sociedad y porque resulta ya de una combinación
14
En el capítulo 4 traemos a colación algunas de estas investigaciones.
15
Reconocemos con el citado texto de Blanca Ramírez y Liliana López (2015) la relevancia de hacer un tratamiento
cuidadoso de las diversas nociones que suelen usarse, de manera errónea, como equivalentes. En este sentido,
ambas autoras dedican su trabajo a situar con precisión las nociones de espacio, paisaje, región, territorio y lugar,
señalando los campos epistemológicos en donde surgen, la utilización que han tenido desde distintas disciplinas y en
distintos momentos y los tipos de investigación que suscita la elección de una u otra noción. Así, el lugar es
presentado por ellas como un concepto que se encuentra, aun hoy, en un debate disciplinar amplio debido a su
novedad (empieza a ser usado en la década del setenta) y a que es usado para reflexiones que parten de campos
diversos del conocimiento como la arquitectura, la filosofía, la planeación, la geografía cientificista, la geografía
humana, entre otros. En este contexto, podemos decir que articulamos nuestro trabajo de manera decidida con la
propuesta de la geografía humana, pragmática y crítica de Michel Lussault (2015) y el entendimiento que este autor
tiene de la noción del lugar.
30
de principios espaciales elementales (…) Un lugar tiene una arquitectura fija (…) pero también presenta caracteres
cambiantes, como los flujos de automóviles y de peatones, de luces, de olores …; y al lugar en cuestión ‘adhieren’
asimismo representaciones, discursos, relatos, lo cual hace que esté siempre desbordado por algunos de sus
componentes y no pueda contener perfectamente todo lo que lo constituye, superándolo” (Lussault, 2015: 95-
96).16
Así las cosas, quisiéramos llamar la atención en que en esta definición el lugar17 se presenta como
microescala del metaconcepto del espacio, pero sin perder ni mucho menos la complejidad social
que lo constituye. Más aun, podemos afirmar que el lugar hace síntesis de dichas complejidades:
tiene una dimensión física, pero también se expresan en él la movilidad de la vida social, sus
diversas prácticas y modos de representación. En otras palabras, en el lugar se contextualizan las
tres representaciones espaciales ya enunciadas con Lefebvre: la mental (lo que se planea y se dice),
la física (lo que se hace en el espacio) y la social (lo que se narra y se hace visible).
Lussault profundiza su definición del lugar a partir de tres características clave para esta tesis: (i)
el cambio que tienen en relación al paso del tiempo, (ii) su dimensión de identidad y (iii) los modos
en que es experimentado por las personas. Sobre la primera, el autor expone que si se parte desde
la premisa que la experiencia espacial no está dada, sino que se conforma en la relación entre el
espacio (en cualquiera de sus escalas) y la espacialidad (prácticas humanas), entonces dicha
relación debe ser considerada desde una perspectiva histórica. Esto se debe al hecho de que el
carácter particular de los lugares se va conformando con el tiempo y, en esa misma lógica temporal,
se va modificando bien sea en su estructura física o en los usos y prácticas que allí se dan. En
síntesis: “(…) los lugares, intrínsecamente sociales, nacen, evolucionan y eventualmente
16
Negritas propias.
17
En consonancia con esta definición de lugar y con la intención de integrar la relevancia de dimensión global de los
lugares en las condiciones actuales de interconexión planetaria, tema que no es para nada ajeno a Michel Lussault,
es clave traer a colación los trabajos hechos desde la geografía crítica de Milton Santos (1996) y Doreen Massey
(2004; 2012). Ambos autores exponen como las grandes dinámicas económicas, políticas, sociales y culturales
globales, en apariencia tan difíciles de aprehender, son en realidad posibles únicamente en la medida en que se fijan,
operan y manifiestan en lugares precisos. De ahí se desprende la premisa de que en las condiciones actuales de la
penetración global en lo local, no puede pensarse la constitución de los lugares sin considerarlos como globalmente
activos. La globalización se hace visible, se la puede señalar y, en alguna medida, explicar en su relación con lo local.
Como lo declara Santos: “(…) El mundo, visto como un todo, en las condiciones actuales, es nuestro extraño. El lugar,
nuestro próximo, nos restituye el Mundo; si éste puede esconderse por su esencia, no puede hacerlo por su
existencia” (Santos, 1996: 149). A este respecto, se puede respaldar esta idea con Massey cuando señala que: “Todos
los procesos llamados globales, tienen sus bases en lugares específicos y se hacen globales porque se articulan a
través de relaciones globales de poder (…) en realidad todo proceso global tiene su origen en localizaciones
concretas” (Massey, 2012: 8).
31
desaparecen en función del curso de la sociedad en la cual se inscriben y a cuya existencia
contribuyen” (Lussault, 2015: 90).
La segunda característica, la identidad del lugar, da cuenta de que los lugares van adquiriendo con
el tiempo una impronta, una memoria particular que los identifica de los demás. Esta identidad,
que se configura desde las narraciones, los usos y los tipos de personas que son habituales a los
lugares, no se establece a partir de un diseño o plan establecido, sino que se produce más bien en
la sumatoria de acontecimientos cotidianos que, para usar un término del autor, se van cristalizando
y terminan por dar forma al modo en que se identifican y se diferencian los lugares entre sí. En este
sentido: “La identidad de un lugar, de un territorio, de una red (…) puede surgir, pues, de una
construcción mítica y constituir una de esas numerosas mitologías espaciales que pueblan el
imaginario en acción de los grupos humanos” (Lussault, 2015: 90-91).
En cuanto a la tercera característica, se plantea que los lugares, por su condición microescalar, son
experimentados por las personas gracias a que pueden percibirse límites claramente establecidos.
Más aun, es gracias a esa limitación que las prácticas cotidianas encuentran formas de inscribirse,
que la identidad lugar se consigue configurar y que sus cambios históricos pueden hacerse
evidentes. Ahora, esta característica es entendida en este trabajo en términos de la percepción del
día a día dada en un tipo de mirada despreocupada sobre los contornos materiales de la arquitectura
y el entramado urbanístico. Hacemos esta aclaración puesto que una de las apuestas clave de esta
investigación es la de mostrar que con un instrumento conceptual y metodológico adecuado es
posible afinar la mirada para ver que hay lugares en la ciudad con límites en apariencia bien
delimitados y fijos, pero que, en realidad, están en proceso de desbordamiento.
Es, pues, a partir de esta última idea sobre la noción del lugar que vemos la necesidad de retomar
un fragmento ya citado del trabajo de Lussault que hace mención a que el nivel de complejidad del
lugar puede ser tal que: “(…) esté siempre desbordado por algunos de sus componentes y no pueda
contener perfectamente todo lo que lo constituye, superándolo” (p.96). De esta manera, llegamos
entonces al vínculo entre la noción del desbordamiento y el concepto del lugar. Para decirlo
claramente, es en esta articulación que se termina de perfilar una categoría conceptual que posibilita
una forma de mirar y de interpretar el objeto de estudio de la tesis, puesto que cuando el
desbordamiento se articula con el lugar, se hace geográfico. Por tanto, la denominación por la que
hemos optado para esta categoría será la de lugar del desbordamiento.
32
Bajo estas circunstancias, con esta categoría recogemos los “frutos” conceptuales que hemos ido
explicitando en este apartado. En efecto, al establecer que el desbordamiento es indisociable al
lugar geográfico que hemos definido, esa condición de umbral en constante rebasamiento entre la
polis y la urbs de la que hablábamos, se espacializa en lugares específicos de la ciudad. De ahí que,
considerando las características de conformación histórica e identitaria del lugar a las que
aludíamos, estos lugares del desbordamiento se perfilan como escenarios elocuentes para dilucidar
y estudiar distintas subjetividades singulares que se inscriben y se exhiben en unas prácticas
urbanas que dan cuenta de un constante proceso superposición y colisión en la constitución de
lugares concretos de las ciudades contemporáneas. Esto, claro está, teniendo siempre presente el
carácter de los trágicos excesos que ponen de manifiesto la parte maldita de un sistema social,
económico y político de la desigualdad y de acumulación excesiva, y que también hacen parte
indisociable de esas mismas ciudades.
Ahora bien, al presentar una categoría con la clara intención de que sirva como un instrumento
conceptual que haga posible la elucidación de una sumatoria de fenómenos sociales que se
amalgaman en tres lugares concretos del centro de la ciudad donde residimos, surgen, sin duda,
algunas inquietudes: ¿a qué hacen referencia los lugares del desbordamiento?, ¿cómo es posible
identificarlos?, ¿son aplicables para el análisis de cualquier espacio de la ciudad? En definitiva:
¿vale la pena este ejercicio teórico simplemente para comprender unos lugares de la ciudad? Para
procurar contestar estas preguntas, y a modo de síntesis de lo expuesto, presentamos a continuación
algunas de las características que configuran la mencionada categoría.
Los lugares del desbordamiento, son, pues, aquellos en donde las subjetividades, con sus singulares
expresiones estéticas y sus modos de hacer memoria, se mezclan tumultuosamente, colisionando y
haciendo explícitas sus diferencias, pero, sobre todo, exponiendo los elementos comunes entre
aquello que se supone está separado y claramente diferenciado. Y es por estas razones que estos
lugares no ofrecen seguridad ni estabilidad. Por el contrario, son contingentes, cambiantes y
violentos. Por eso inquietan y seducen, no tranquilizan, más bien, intranquilizan y confrontan.
Los lugares del desbordamiento no pretenden ser una apuesta conceptual que busca hacer una
escisión entre un mundo material y otro mundo de las ideas. Por el contrario, hemos hecho el
ejercicio de su elaboración para entender manifestaciones sociales concretas. Si bien un poco más
33
abajo declaramos que es una categoría que permite ver más allá de lo evidente: el componente
invisible de la “materia social”; lo decimos, no el sentido de afirmar que hay entidades de lo social
que están por ahí flotando desligadas de la vida humana, sino en el sentido de que en las
manifestaciones de la vida social que están a la vista, se agazapan asuntos que pueden dar luces
que permitan una comprensión renovada de los fenómenos que, a primera vista, se presentan como
inexplicables.
Y creemos, además, que eso que se “agazapa” no es visible de inmediato, sino que se puede
aprehender precisamente en un volver a mirar los elementos materiales de dichas manifestaciones.
De ahí la necesidad de ubicar esos fenómenos en lugares concretos, pues es allí, como acciones
humanas, donde se exhiben, donde se inscriben y se constituyen como memorias.
Para explicarlo mejor, y haciendo uso de las ideas expuestas por Richard Sennett (2007) en su
magistral obra Carne y Piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental, dichas
manifestaciones se ponen en evidencia a partir de la compleja relación entre la carne y la piedra.
La cuestión es que, en el marco de esta investigación, esa carne y esa piedra están desbordadas.
Hay que repetirlo, la razón de ser de los lugares del desbordamiento es la de estudiar unas
subjetividades que se inscriben en prácticas urbanas concretas que tienen lugar en zonas
particulares de la ciudad y, por tanto, dejan huella: en la prensa, en las historias de las personas, en
la música, en las prácticas artísticas, en el turismo global y en la planificación urbanística.
Así, los lugares del desbordamiento permiten nombrar unos fenómenos diversísimos que se dan
en el espacio urbano, y al hacerlo, se abre la posibilidad de empezar a estudiarlos. Este hecho, en
apariencia simple, de darle un nombre a unas realidades sociales es, como lo muestra con claridad
Adela Cortina (2017) en su libro Aporofobia, el rechazo al pobre, un paso esencial para
identificarlas con claridad y conseguir hacer a un lado las veladuras ideológicas que con frecuencia
se les superponen.
Seguimos, pues, estos planteamientos de la filósofa española, en la medida que la categoría lugares
del desbordamiento nos ha posibilitado dar un nombre a unas realidades que hemos visto, leído,
estudiado y pensado en los últimos cinco años, y que, como la Lila de Ferrante (2015a, 2015b),
34
estimamos que por fin conseguimos aprehender al nombrarlas.18 Es un propósito de esta tesis
demostrar que, en efecto, ha sido así.
En esta misma línea, conviene subrayar un rasgo de suma importancia que ofrecen los lugares del
desbordamiento, esto es: el afinamiento de la mirada. Efectivamente, en esta investigación
hacemos especial énfasis en la comprensión de las realidades sociales abordadas desde las
tensiones entre los distintos regímenes de visibilidad que las determinan.
En tal sentido, defendemos la idea de que los enfoques en la mirada de quien investiga resultan
esenciales para captar no solo lo que se presenta como evidente, sino también, y, sobre todo,
aquellas intrincadas relaciones sociales que a primera vista son invisibles, pero, en todo caso,
determinantes. Para señalar con mayor claridad esta última idea de lo que se esconde detrás de lo
visto, retomamos aquí una elocuente reflexión expresada por Pierre Bourdieu (1988) en el texto
Cosas dichas en torno a la investigación sociológica en la relación entre el espacio geográfico y el
espacio social:
Las interacciones, que procuran una satisfacción inmediata a las disposiciones empiristas – se puede observarlas,
filmarlas, registrarlas, en una palabra tocarlas con el dedo -, esconden las estructuras que en ellas se realizan. Es
uno de los casos donde lo visible, lo que es inmediatamente dado, esconde lo invisible que lo determina. Se olvida
así que la verdad de la interacción no está nunca toda entera en la interacción tal como ella se ofrece a la observación
(Bourdieu, 1988: 130).
Al mirar las realidades sociales se puede caer con facilidad en el embelesamiento de restringir la
observación y el análisis únicamente a lo que se muestra a simple vista, sin procurar un ejercicio
crítico sobre lo que se está viendo. En otras palabras, el problema de la mirada es clave ya que con
ella es posible encontrar formas de desentrañar complejos procesos sociales o, por el contrario,
imposibilitar la reflexión al aplanar lo que se está viendo, banalizándolo.
18
A este respecto, no podemos dejar de hacer referencia al conocido trabajo de Arjun Appadurai (2001) titulado La
modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización. En este estudio el antropólogo indio, demuestra
como una serie de fenómenos culturales, en concreto: la constitución de imaginarios y los procesos masivos de
migración, al vincularse con los medios masivos de comunicación electrónicos y con los intensos procesos de contacto
globales, no podrían ser vistos, estudiados y ni mucho menos comprendidos si se trataran desde un abordaje
convencional de la modernidad. Así, presenta un panorama de una modernidad que ha sido desbordada y hace que
a nivel mundial se esté viviendo una tensión cultural entre lo tradicional y lo moderno, entre lo local y lo global.
Ahora, más que discutir aquí la propuesta de Appadurai, traemos su trabajo a colación para presentarlo de forma
sucinta y, sobre todo, para explicitar cómo la noción del desborde ya ha sido usada para nombrar unas realidades, en
este caso culturales, que de otro modo hubieran sido difíciles de dilucidar.
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No es gratuito entonces que Heinrich Böll (2002) en la compilación de textos titulado Leer nos
hace rebeldes, dedicara uno de sus ensayos a pensar precisamente sobre la mirada y de lo que esta
puede revelar o esconder. Allí Böll recuerda cómo una persona que observara banalmente las
dinámicas de la corte francesa poco tiempo antes a la Revolución, podría llevarse una percepción
absolutamente engañosa de lo que estaba ocurriendo, pues vería la exhibición de una fastuosidad
de unos muy pocos, sin ver la miseria de tantísimos otros.19
De lo anterior se desprende una invitación explícita que hace el nobel alemán a preguntarse por los
modos en que se miran las cosas. Literalmente hace un llamado a “tener buenos ojos” para una
mirada atenta que permita traspasar lo evidente y ver que en las cosas que se presentan a la vista,
hay siempre asuntos más profundos. Bien lo expresaba el mismo escritor:
Quien tiene ojos para ver, que vea (…) para quien tiene ojos para ver, las cosas se vuelven transparentes, y debería
serle posibles penetrarlas con la mirada, y puede intentarse penetrarlas, ver dentro de ellas por medio del lenguaje
(…) (Böll, 2002: 53-54).
Con todo, consideramos que los estimulantes comentarios de Bourdieu y Böll sobre la mirada son
tenidos en cuenta en el funcionamiento mismo de los lugares del desbordamiento. Lo cierto es que
con esta categoría lo que hemos hecho es constituir un instrumento para mirar de forma detallada
el objeto de estudio de esta investigación. Será sobre ese objeto sobre el que centraremos nuestra
atención en el siguiente capítulo.
19
No está de más recordar que Richard Sennett (2007) ocupa una parte de su texto citado al análisis precisamente
de este momento histórico, meses antes del estallido de la Revolución Francesa. Sennett muestra, a partir de la
relación entre la aristocracia y el pueblo llano y de los acontecimientos vinculados con un motín por la mala calidad
del pan, que la mayor parte de la sociedad francesa de la época estaba literalmente en ebullición. Al respecto, una
mirada banalizadora hubiera visto una relación armónica entre los monarcas y sus súbditos, impidiendo siquiera
considerar que la muchedumbre parisina, y posteriormente de toda Francia, estaba ya en movimiento para un
cambio radical en las relaciones de poder.
36
2. El problema y el objeto de la tesis: hacia una problematización del centro de Medellín.
La ciudad contemporánea, al ser el lugar donde viven y se ponen en común millones de personas,
es el escenario propicio para el despliegue de múltiples maneras de habitarla y constituirla. En
efecto, la ciudad puede ser entendida como una entidad viva, mutable y en movimiento en donde
se suman la influencia de un contexto natural, las tradiciones históricas, los criterios de
sociabilidad, las valoraciones del espacio, las preferencias estéticas, los intereses económicos, las
diferencias sociales y los conflictos ideológicos de los diferentes grupos sociales (Melo, 1997).
Con ello, la producción del espacio de las ciudades no se reduce a la materialización concreta de
arquitecturas e intervenciones físicas, sino que además, y sobre todo, tiene que ver con las
subjetividades, las prácticas urbanas y los procesos de conformación simbólica de los lugares. El
espacio se constituye en una tensionante y conflictiva mezcla de lo geográfico, lo histórico, lo
político, lo económico, lo simbólico y lo cotidiano (Lefebvre, 2013).
En este sentido, si se piensa en la Medellín de hoy, como tantas otras ciudades latinoamericanas,
es posible darse cuenta que esta ha devenido metrópolis. Con ello, su realidad urbana se ha
complejizado, se ha hecho móvil y poli céntrica. En ella se viven procesos de tensión entre lo
pueblerino y lo citadino, entre lo global y lo local, entre el estar juntos en sus calles y el creciente
aislamiento urbano, entre las movilidades constantes de su población y los procesos de
fragmentación socio cultural que estos fenómenos traen consigo. Medellín en su conjunto es, pues,
inaprensible.
Sin embargo, hay maneras en las que es posible aproximarse a una forma de aprehender estas
complejidades en un ejercicio que mezcla el pensar en ellas y en vivirlas en sus calles. Medellín es
inquietante. Vivir en ella es participar en la recreación cotidiana de un pasado difuso que informa
el presente a partir de mitologías que exaltan versiones ideales que difícilmente son fieles a lo que
son sus habitantes, y, al mismo tiempo, es confrontar huellas e inscripciones urbanas que, a pesar
de múltiples esfuerzos por borrarlas y embellecerlas, confrontan a esos mismos habitantes con las
tragedias de lo que han (hemos) sido y lo que son (somos).
En efecto, hay zonas de esta ciudad en donde lo urbano se hace presente cotidianamente y, como
lo expresamos, se desborda. Es en el umbral rebasado entre la ciudad y lo urbano, entre la polis y
37
la urbs, donde se sitúa el interés de este trabajo. El desbordamiento dado entre una ciudad que se
idealiza, se controla, se planifica y se la pretende como espacio político para el encuentro y la
discusión entre iguales, y entre su componente urbano que es inestable, incierto e incontrolado y
en donde se hace evidente el pálpito arrítmico y la vitalidad de la muchedumbre que la conforma,
es lo que nos ha motivado a emprender este trabajo.
Más concretamente en los entornos urbanos de tres templos católicos emblemáticos de Medellín
(La Veracruz, La Candelaria y la Metropolitana). En tal sentido, es posible afirmar que estas zonas
de la ciudad son lugares privilegiados para procurar comprender las formas de constitución de unas
subjetividades determinantes para el presente de la ciudad. Son lugares en donde la tensión entre
la polis y la urbs se escenifica con especial potencia, haciéndose densa y desbordándose. Son
lugares donde el contradictorio entramado histórico del Centro que oscila entre un pasado mítico y
un presente negado, entre el abandono de las élites y la apropiación popular, entre la luz y la
sombra, puede palparse en su densidad simbólica cotidiana. Son, además, lugares de la
monumentalidad de la religiosidad antioqueña, de la legitimación y exaltación de esa herencia
católica que tanto ha determinado el devenir histórico de sus habitantes y que, en apariencia, se
erige allí impávida a las realidades sociales que la circundan, en la supuesta inmunidad hacia lo
terrenal y lo humano que le da su presumida conexión con lo divino.
Y son, pues, lugares en donde emergen de forma incontenible las tragedias y la parte maldita de
una Medellín contemporánea de la precarización, la vulneración y la marginalización de sectores
populares que se enfrentan ante la imposibilidad de participar en una ciudad que los niega
permanentemente. Pero que buscan, en todo caso, sobrevivir en la incertidumbre y las asperezas
de esas calles ejerciendo diversos oficios informales que se deslizan, en algunos casos, por las
sendas del comercio sexual, la delincuencia, la adicción y la violencia.
38
Sin embargo, consideramos que también son lugares de matices. Y al mencionarlos no pretendemos
hacer una apología de la miseria de los otros, sino de dar cuenta que hay asuntos que quizás hacen
vivible la rudeza de lo urbano. Hacemos referencia aquí a aquellos modos de vida y tácticas de
estar en estas calles del Centro que dan cuenta de prácticas no institucionales que acarrean consigo
despliegues estéticos populares, entre poéticos y prosaicos, que pueden verse en las músicas, las
sociabilidades y las conversaciones. Del mismo modo, en estos lugares ha habido expresiones
artísticas que han ido de la práctica de la pintura, pasando por la performatividad y el trabajo con
las personas que los habitan y le son habituales. Acciones estas que han sido abanderadas por
artistas independientes y por la presencia y gestión del Museo de Antioquia y que deben ser
reconocidas como formas de encontrar en lo abyecto y lo vulnerado, rasgos de lo que son los
habitantes de esta ciudad.
Así pues, procurar una aproximación comprensiva de estos tres lugares puede dar elementos
interpretativos para pensar y vivir el Centro desde los desbordes de lo urbano. Más allá de las
limitadas explicaciones e intervenciones de las administraciones municipales sobre este sector de
la ciudad. Ya que, para el poder político y administrativo, el Centro es una zona, cuando menos,
problemática. Máxime cuando se quiere hacer de Medellín una ciudad modélica y atractiva que en
poco menos de veinte años, se supone, logró superar sus escandalosos niveles de violencia.
Esto puede evidenciarse en los modos en que sus subsecuentes alcaldías se han referido y han
actuado sobre el Centro en los últimos años. Al respecto son elocuentes los discursos que desde los
años noventa vienen expresándose en los Planes de Desarrollo Municipales y en las narrativas de
algunos de los periódicos con mayor circulación en la ciudad, donde el común denominador es la
imperante necesidad de “recuperar” el Centro para la ciudad. Y, como puede hacerse evidente en
una revisión de la gestión pública sobre este sector de la ciudad en las últimas dos décadas, la
apuesta de recuperación se ha materializado en transformaciones espaciales donde prima el
embellecimiento y la higienización urbana, la estetización de los entornos, la apertura de las calles
y la ampliación del control del espacio público. Acciones todas ellas que han llevado a la paradoja
de hacer aún más visibles sus problemáticas sociales no resueltas.
En cualquier caso, si tenemos en mente lo que hemos dicho y caminamos por la calle Boyacá desde
la iglesia de La Veracruz hasta el Parque Berrío y la iglesia de La Candelaria, continuando por el
costado de esta iglesia hasta Junín y tomamos la calle hasta el Parque Bolívar y la Catedral
39
Metropolitana, la inquietud por aprehender esta ciudad surge cada vez con más fuerza y empiezan
a aparecer unas primeras preguntas: ¿por qué son precisamente en los entornos de los templos
católicos más significativos del centro tradicional de Medellín, donde se dan cita y se manifiestan
de manera desbordada las expresiones más precarizadas y vulnerables de lo urbano?, ¿por qué, de
quiénes y para quiénes es necesario “recuperar” el Centro?, ¿por qué se hace tanta referencia al
centro de la ciudad desde lo que fue y desde lo que puede llegar a ser? y ¿será entonces que esta
zona urbana, y en particular los tres lugares en los que queremos enfocar la mirada son la
realización imperfecta de una ciudad soñada, su realidad truncada y monstruosa de lo que pudo
ser?
Responder estas preguntas, o por lo menos tratar de hacerlo, hace parte del desarrollo de esta
investigación. Aun así, ya hay trabajos que permiten avanzar algunos pasos para ir desenmarañando
este intrincado problema sobre una ciudad que se planea y se sueña y una que se vive y se
materializa. Para decirlo con la claridad con que lo expuso el profesor Jairo Montoya (1999) en su
libro Ciudades y memorias al reflexionar sobre la ciudad de finales de los años noventa:
(…) la ciudad ha estallado y su implosión estalló el modelo que la había concebido (…) nunca hubo ni hay una
ciudad oculta tras las ciudades vividas y construidas, salvo sólo como la consecuencia de esquivar el presente,
desplazándolo hacia un pasado perdido o aplazándolo en un futuro deseado” (Montoya, 1999: 69).
Ahora bien, es momento de recoger lo dicho y de presentar los aspectos formales que guían esta
tesis. Con ello, hemos encaminado estas reflexiones e inquietudes hacia una investigación que
aboga por la elucidación de unas subjetividades que han ido constituyendo y singularizando el
entorno de la iglesia de La Veracruz, la iglesia de La Candelaria y la Catedral Metropolitana de
Medellín desde 1999 al 2019. Al respecto, hay que decirlo, reconocemos que los tres son lugares
densamente simbolizados en términos socio-históricos, religiosos, mundanos y estéticos, lo que ha
hecho que su pasado sea recordado con nostalgia, que su presente sea inquietante, e, incluso, genere
aversión y que su futuro idealizado sea añorado.
Como se ve, el interés aquí se centra en la conformación reciente de ese presente, más en concreto,
sobre los modos de constitución de esa densidad simbólica a partir de la lectura atenta de unas
subjetividades urbanas múltiples que se insertan en las formas en que se han planeado, se han
narrado y se han vivido estos entornos urbanos en el centro de la ciudad en los últimos veinte años.
40
En pocas palabras, la cuestión aquí es la de identificar cómo se han espacializado esas
subjetividades desde las formas en que se han exhibido y han hecho memoria en las prácticas
urbanas que singularizan esos tres lugares.
Los lugares a los que hemos hecho referencia se encuentran enmarcados en el Barrio de La
Candelaria y englobados por la Comuna 10 de la ciudad de Medellín. Como mostraremos, estos
entornos urbanos hacen una síntesis, cada uno a su manera, de las relaciones de poder, de las
contradicciones y de las tensiones que entran en juego para la constitución del actual pálpito
irregular del Centro. En efecto, una de las hipótesis que queremos defender con esta tesis es que
estos tres lugares deben ser entendidos hoy como lugares del desbordamiento, donde los límites
entre lo que se planea, lo que se hace y lo que se visibiliza se diluyen para dar paso a
manifestaciones concretas de la potencia urbana.
Así, con este trabajo queremos mostrar que en las calles, los parques y las plazas cercanas a la
Catedral Metropolitana, La Candelaria y La Veracruz la vida urbana se desborda en el encuentro
(y en el desencuentro): del turismo global, de la informalidad económica y laboral, de la insistente
intervención estetizante del espacio urbano, del trabajo sexual callejero en sus diversas formas, de
prácticas pueblerinas, de los enraizados rituales católicos, de lógicas de control ilegales, de los
nuevos habitantes precarizados, de las prácticas artísticas contemporáneas, de las reivindicaciones
de los colectivos urbanos LGTBIQ+, de personas de paso, de gente indiferente, de violencias
diversas, en fin, de contactos y choques entre múltiples subjetividades. En pocas palabras: de
maneras de ser y estar en estos entornos que se ponen de manifiesto en sus formas de exhibición y
en los rastros que van quedando en las prácticas urbanas que allí se despliegan.
Así pues, queremos insistir que la problematización que se aborda en este trabajo no puede ser
resuelta en explicaciones dadas por quienes vienen administrándola y planificándola. Más si se
tiene en cuenta que desde finales de los años noventa el Centro ha sido un tema recurrente en
términos de lo que no es, es decir, se lo menciona siempre de forma deficitaria en relación con su
pasado de principios y mediados del siglo XX.
41
(…) recuperar el Centro de Medellín es una prioridad para nosotros; porque es el corazón de la ciudad y estaba
descuidado (…) Juniniar dejará de ser un verbo que solo habite historias pasadas (…) El Parque Bolívar (…) será
intervenido y, como en sus mejores tiempos, volverá a ser el escenario perfecto para la retreta dominical (Alcaldía
de Medellín, 2018: 2).
Al respecto, llama la atención la idea de la “recuperación” de esta zona de la ciudad como algo
urgente, como si el Centro estuviera perdido y no fuera habitado por miles de personas de diversa
índole, y como si el pasaje peatonal de Junín y el Parque Bolívar no fueran lugares que hoy están
llenos de vitalidad.
Ahora bien, en este punto resulta necesario presentar un cuestionamiento que recoja y problematice
lo que hemos expuesto hasta el momento. En tal sentido, la pregunta orientadora de esta
investigación es: ¿Cómo ha sido el proceso de constitución de estos tres lugares a partir de los
modos en que distintas subjetividades, inscritas y exhibidas en las prácticas urbanas, se han
desplegado en ellos en el periodo de 1999-2019?
Preguntas subsidiaras:
• ¿Cuáles han sido las formas de producción oficial del espacio público en el entorno urbano
de las tres iglesias en el periodo 1999-2019 desde la articulación entre el Plan de Desarrollo
Territorial (POT) y los Planes de Desarrollo (PD) de las distintas administraciones?
• ¿De qué manera se han constituido unas narrativas del entorno urbano de las tres iglesias
desde la producción periodística local, específicamente desde los periódicos El
Colombiano, el Q’hubo y Universo Centro?
• ¿Cómo interpretar las subjetividades presentes en el entorno urbano de las tres iglesias
mencionadas en relación con los subsecuentes procesos de planificación y transformación
urbana de estos lugares y las narrativas que se han constituido sobre esta zona de la ciudad
en los 20 años estudiados?
Ahora bien, buscando dar continuidad a lo expuesto, el objetivo general del proyecto pretende
entonces:
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• Dilucidar las principales subjetividades que, con sus singulares despliegues estéticos y
formas de hacer memoria en unas prácticas urbanas concretas, dan cuenta de las tensiones
y los desbordamientos en el proceso de constitución de cada uno de los tres lugares
estudiados del centro de Medellín en el periodo 1999-2019
En consecuencia, los objetivos específicos que hemos establecido son los siguientes:
• La ciudad planeada hace uso de la producción del espacio público del centro en búsqueda no
de la inclusión, sino del control. Con ello, trae consigo unas formas de ver el espacio y
encuadrar la vida urbana, haciendo visibles unos fragmentos de la ciudad, mientras que otros
tantos son opacados, negados e invisibilizados.
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• La ciudad vivida, entendida en esta tesis como una ciudad de subjetividades, se manifiesta con
tal nivel de intensidad en los entornos de estudio que pone en cuestión la pretendida
equivalencia entre las otras dos dimensiones (planeada y narrada). En realidad, es esa ciudad
vivida la que determina el accionar de la ciudad que se planea y que se narra.
• Al abordar los entornos urbanos de las tres iglesias como lugares del desbordamiento en donde
las subjetividades (con sus despliegues estéticos y sus formas de hacer memorias singulares)
se mezclan, se ofrece un horizonte de comprensión contextualizada de las formas de
constitución de las tres dimensiones de la ciudad y lo urbano (mental, física y social), que dará
cuenta de aspectos de la vida urbana que de otro modo quedarían ocultos para los estudios de
la ciudad.
Ahora bien, al respecto de lo dicho emergen tres asuntos que deben ser considerados con algo de
detenimiento ya que se constituyen como un horizonte explicativo de la tesis: (i) la impronta
religiosa de los tres lugares, (ii) las razones generales sobre la delimitación temporal de la tesis y
(iii) los juegos y relaciones de poder que se suman a la constitución de los lugares de interés de
esta investigación y su caracterización en las tres dimensiones espaciales de la ciudad enunciadas
en el capítulo anterior.
Sobre el primer asunto, partimos del reconocimiento de que los tres entornos urbanos deben ser
abordados teniendo en cuenta la innegable presencia y relevancia de las tres iglesias entendidas
como hitos a la vez arquitectónicos y socio culturales del centro tradicional y de la ciudad. Son
además tres símbolos que dan cuenta de la racionalidad católica de la ciudad explicitada en sus
ritmos institucionales, sus prácticas rituales y su concepción del contexto urbano circundante. En
efecto, la constitución de estos entornos no puede ser comprendido sin considerar su estrecha
relación con la presencia de cada uno de los templos.
Como se verá, la presencia de estas iglesias ha sido y continúa siendo determinante en los modos
en que distintas subjetividades urbanas se forman, se despliegan, se exhiben y se encuentran en
estos lugares. Cada templo y sus entornos, a su modo, han ido conformándose como aquello que el
profesor Jairo Montoya (1999) denomina “nudos de memorias”, haciendo alusión a aquellos
44
lugares que adquieren tal “espesor” simbólico e histórico que se convierten en referentes urbanos
como puntos de encuentro y de intersección. En palabras de Montoya, en estos nudos: “(…)
confluyen memorias históricas e institucionales en las cuales se consolidan los acervos identitarios
de la ciudad; pero allí también se mezclan memorias megasígnicas y micromemorias” (p.58).
De ahí se sigue que los sentidos, los usos y las (macro y micro) memorias de los entornos urbanos
de las tres iglesias han ido mutando con el paso del tiempo, haciendo que su carácter o, para decirlo
con más claridad, aquello por lo que son identificados cambie. Con esto en mente se constata
aquello que expone Michel Lussault cuando afirma que la identidad de un lugar: “(…) puede surgir,
pues, de una construcción mítica y constituir una de esas numerosas mitologías espaciales que
pueblan el imaginario en acción de los grupos humanos” (Lussault, 2015: 90-91). Esos imaginarios,
esas mitologías y esas construcciones sobre la identidad de los tres entornos y sus templos han sido
diversas.
Ciertamente, y para adelantar una síntesis al respecto, podemos decir que han sido considerados
como puntos fundacionales y de referencia del poder político y religioso en el siglo XVIII y XIX.
Como lugares de referencia del poder político y económico modernizador cimentado en la
racionalidad católica local y de expansión urbana a inicios del siglo XX. Como lugares de
45
referencia de centralidad para el encuentro y la sociabilidad de una vida urbana consolidada de una
ciudad en franco crecimiento y expansión en la segunda mitad del siglo XX.
Luego, en las dos últimas décadas del siglo pasado, estos lugares, como el barrio La Candelaria en
general, se fueron identificados con la violencia, la inseguridad y el peligro de una ciudad en crisis.
Finalmente, en las primeras dos décadas del siglo XXI, estos tres lugares han mantenido un estigma
de sitios difíciles e inseguros en donde se expresan múltiples violencias y deben ser
imperantemente “recuperados para la ciudad” ya que al parecer son lugares que valen por lo que
fueron, por la identidad mítica que se supone representaron, y no por lo que son ahora, ni mucho
menos por las personas que los frecuentan.
En cualquier caso, las tres iglesias han estado allí y su actividad religiosa se ha mantenido. Por
tanto, en esta investigación interesan las relaciones y los desbordes que se han establecido en esas
últimas dos décadas entre esos “megasignos” arquitectónicos, con sus memorias religiosas
institucionalizadas, y los múltiples “microsignos” y “micromemorias” que pululan en torno a esas
tres iglesias, en apariencia, estáticas y sin cambios.
El segundo asunto que debe ser precisado hace referencia a las razones por las cuales escogimos el
periodo 1999-2019 para la realización de esta investigación. Para decirlo en pocas palabras, el
interés radica en las formas en que se consiguió consolidar y hacer visible, por lo menos desde la
narrativa oficial, un “lavado de cara” de Medellín. En efecto, en estas dos décadas la disminución
de la tasa de homicidios, el accionar institucional traducido en procesos de renovación urbano y el
marketing de la ciudad se han encargado de que el discurso sobre la realidad local haya mutado de
una ciudad híper-violenta y fragmentada a una ciudad en proceso de transformación, con vínculos
globales, cosmopolita y atractiva para conocer y para hacer negocios.
Al respecto, existen investigaciones que han buscado explicar las razones de estos rápidos cambios
y los modos en que Medellín ha conseguido transformar su imagen, hasta el punto de volverse
modélica. Un ejemplo es la investigación hecha por Gerard Martin (2014) Medellín, tragedia y
resurrección: mafias, ciudad y Estado (1975-2013). En este texto, que centra su atención entre
finales de los años setenta y la primera década del siglo XXI, se detallan los modos en que la ciudad
de Medellín cayó en un paroxismo de la violencia, de la debacle institucional y social debido a su
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innegable penetración por las mafias locales y de la fragmentación urbana debido a las rupturas de
la comunicación entre diversas entidades culturales tanto públicas como privadas.
Lo que nos interesa señalar es cómo el sociólogo holandés explica que es a partir de finales de los
años ochenta e inicios de los noventa, en el periodo de mayor profundización de la violencia
homicida, que la sociedad civil, la academia y la institucionalidad comienzan un proceso paulatino
de diálogo fructífero para el diagnóstico y la comprensión de los fenómenos históricos, sociales y
económicos que llevaron a la degradación de la ciudad. Dicho diálogo, dice Martin, sumado a un
fortalecimiento institucional en términos de un sistema político renovado y más democrático
motivado por la constitución de 1991 y en términos del aumento de la seguridad oficial urbana
traducida en una restructuración policial de la ciudad, contribuyó a que se sentaran las bases para
una paulatina reinstitucionalización política y social de las dinámicas que constituían la ciudad.20
En este contexto, es entonces a partir de 1999 y hasta la primera década del nuevo siglo que Martin
señala una serie de cambios que le permiten hablar de una “resurrección” de la ciudad. Cambios
como la disminución considerable de homicidios, la pacificación de barrios conflictivos con
cuestionables operaciones militares, la construcción de megaobras en miras de la integración
metropolitana y la internacionalización de la ciudad. A esto se le suma: la elección subsecuente de
alcaldes de movimientos políticos ciudadanos, la realización de proyectos de mejoramiento
barriales integrales, la promoción de discursos de esperanza a nivel local, nacional e internacional
y un gran etcétera de esfuerzos públicos y privados para cambios factuales y narrativos para que
Medellín pasara “del miedo a la esperanza”21.
Cabe anotar que si bien Gerard Martin reconoce los avances significativos para que Medellín se
fuera recuperando de su trágico y reciente pasado, matiza la versión afirmativa del cambio
modélico de su estudio exponiendo que las violencias, las redes de los poderes ilegales
20
Así, al finalizar los noventa se retoma la tradición de la búsqueda de una planificación urbana unificada, que para
Martin se había perdido por más de dos décadas entre mediados de los años setenta y mediados de los noventa
conocido por ser el periodo más álgido de expresión de las mafias locales. Esta recuperación renovada de la
planificación se consolida entonces con la formulación (1998-1999) y posterior aplicación del Plan de Ordenamiento
Territorial cuyo propósito declarado era procurar la re-integración la ciudad, buscando “recuperar” aquellos espacios
urbanos que habían sido capturados por las lógicas ilegales e informales y retejer los fragmentos de una urbe
fuertemente golpeada por la violencia homicida.
21
Reproducimos aquí uno de los eslóganes de gobierno del político Sergio Fajardo Valderrama cuando estuvo al
frente de la Alcaldía de Medellín en el periodo 2004-2007.
47
paraestatales y las desigualdades y tensiones sociales permanecen y están aún latentes. Así lo
constata Luis Felipe Dávila (2016) en su artículo Violencia urbana, conflicto y crimen en Medellín
en donde hace una revisión de las publicaciones académicas recientes sobre la violencia de la
ciudad y las razones para su disminución en las últimas dos décadas.22
Lo que queremos recuperar del texto de Dávila es el reconocimiento que allí se hace sobre que en
efecto las cifras de la violencia han disminuido significantemente en los últimos veinte años,
pasando de 3.389 asesinatos en el 1999 a 658 asesinatos en el 2014 (Dávila, 2016: 4)23, pero que
esto no significa necesariamente que la ciudad haya superado plenamente sus problemas de
violencia. Por el contrario, lo que hay hoy es una diversificación de violencias que no
necesariamente se resuelven en el asesinato y que pueden poner en cuestión, o cuando menos,
matizar la unanimidad en relación al éxito que ha tenido el “innovador” modelo de transformación
que ha tenido Medellín en los últimos 20 años.
Violencias diversas que, en todo caso, se han manifestado con mayor intensidad en el centro
tradicional de la ciudad. Así lo demuestran Adolfo Eslava, Felipe Lopera, Juan Pablo Mesa y
Juliana Toro (2015) en su texto El contexto de los polígonos del homicidio en Medellín en donde
exponen que, aún en el contexto del mejoramiento de la confianza, la percepción de la seguridad y
la disminución de la violencia, el barrio de La Candelaria se establece como el más inseguro de la
ciudad. En efecto, según este estudio, el centro de Medellín es el lugar en donde hay más asesinatos
y más hurtos, y en donde hay una mayor percepción de miedo e inseguridad ciudadana.
22
En su texto, Dávila da cuenta de que los estudios sobre la violencia en Medellín se pueden dividir entre: (i) aquellos
que dan una versión positiva y afirmativa del mejoramiento de la ciudad y de que se ha conseguido pasar la página
de la violencia a partir un fortalecimiento institucional, la desarticulación del crimen organizado y la sistemática
inversión social y de trasformación urbana; (ii) quienes tienen una postura crítica y, en palabras del autor, pesimista,
ya que buscan explicar la significativa disminución de homicidios no tanto en el fortalecimiento institucional como
en el llamado “pacto de fusiles” haciendo referencia a acuerdos tácitos entre organizaciones ilegales con la
institucionalidad para mantener los índices de violencia homicida en porcentajes alejados de las ciudades más
violentas; y (iii) una tercera perspectiva de investigaciones que se sitúa en un punto medio, al explicar que los
significativos cambios se deben a una compleja mezcla entre la fortaleza institucional y su renovada presencia
institucional en los diversos territorios de la ciudad, sumada a la relativa estabilización de las redes de poder
económico y territorial del crimen organizado y la ilegalidad.
23
El estudio citado cierra su espectro de indagación en el 2014. Dicha disminución de asesinatos ha tendido a bajar
poco a poco con los años subsecuentes, así por ejemplo el año 2019 cerró con 591 asesinatos en Medellín (El Tiempo,
2020).
48
En ese sentido, parece que ese centro tradicional es un lugar que se obstina en cargar aún con las
violencias y problemáticas no superadas a pesar de los mencionados esfuerzos de “cambio de
página” y de la realización continuada de una transformación social y urbanística a gran escala. En
ese Centro hay lugares que continúan sin poder ser “lavados” del todo, que ensucian la cara
higienizada, perfumada y modélica de una Medellín que se muestra al mundo como un milagro de
resurrección. Tal parece que en estos 20 años, en el centro de la ciudad se siguen explicitando de
forma desbordada los desajustes sociales de un pasado reciente que incomoda, pero que, en
cualquier caso, ha constituido en gran medida el presente de esa zona de la ciudad. Procurar
entonces volver la mirada sobre este periodo de cambios afirmativos, de logros publicitados y de
modificaciones urbanas permanentes; y hacerlo enfocando la atención desde tres lugares de
desbordamiento, demuestran que, quizás, toda “resurrección” urbana trae consigo su lado trágico,
su parte maldita no resuelta sobre la que vale la pena ocuparse en este trabajo.
Por su parte, el tercer asunto por precisar hace referencia a las relaciones de poder que se establecen
entre las tres representaciones espaciales de la teoría unitaria lefebvriana y que, desde nuestro punto
de vista, se yuxtaponen y se inscriben en los tres lugares de interés de la tesis. En efecto, a partir
de la premisa expuesta por Lefebvre de que el espacio urbano de las ciudades se constituye en un
relacionamiento conflictivo y en permanente disputa entre lo mental (lo planeado), lo físico (lo
vivido) y lo social (lo narrado), se hace necesario abordar el problema de las redes y relaciones de
poder que se establecen entre estas tres representaciones espaciales.
Para ello, hemos decidido enmarcar este componente del trabajo desde la forma en que la analítica
foucaultiana entiende el poder. Específicamente en el modo en que fue tratado por el mismo Michel
Foucault (1999) en una conferencia de los años setenta titulada Las mallas del poder y compilada
en el texto Estética, ética y hermenéutica. En esa intervención Foucault plantea que el poder no
debe ser concebido monolíticamente. Por el contrario, para conseguir comprender el poder hay que
considerarlo en las distintas formas en que este se manifiesta y busca gobernar a las personas y
conducir su comportamiento24.
24
Sobre este asunto, vale traer un fragmento del texto de Foucault (1988) El sujeto y el poder donde hace una
precisión clave sobre lo que significa ese gobernar a las personas. Dice el autor: “En el fondo, el poder es menos una
confrontación entre dos adversarios o la vinculación de uno con otros, que una cuestión de gobierno (...) ‘Gobierno’
(...) designaba el modo de dirigir la conducta de los individuos o grupos: el gobierno de los niños, de las almas, de las
comunidades, de las familias, de los enfermos (...) Gobernar, en ese sentido, es estructurar el posible campo de
acción de los otros” (Foucault, 1988: 15). (Resaltados propios).
49
Así, hablar de estos poderes: “(…) quiere decir formas de dominación, de sujeción, que funcionan
localmente (…) son formas locales, regionales de poder, que tienen su propio modo de
funcionamiento, su procedimiento y su técnica. Todas estas formas de poder son heterogéneas”
(Foucault, 1999: 239). De ahí se sigue la sugerente idea de que la sociedad se constituye a partir
de relaciones y tensiones entre poderes diversos y no por un poder centralizado e institucionalizado.
Con ello, la invitación es a que debemos: “(…) hablar de los poderes e intentar localizarlos en su
especificidad histórica y geográfica (…)” (Foucault, 1999: 239).
Al respecto, hay dos consideraciones que no deben perderse de vista: (i) los mecanismos, los
procedimientos y las técnicas en que esos poderes operan no son naturales a los grupos sociales,
sino más bien fabricados y perfeccionados con su uso, por tanto, una de las claves para su
comprensión es procurar seguir el señalamiento de Foucault de aproximarse a sus formas de
funcionamiento concretos y situados socio histórica y geográficamente. Y (ii) las funciones
principales de estos poderes para conducir a los sujetos no son necesariamente dadas a partir de la
prohibición y la coerción. Es decir que son poderes que también gobiernan a partir de la producción
del placer:
(…) si se admite que la función del poder no es esencialmente la de prohibir, sino la de producir, producir placer,
en este momento se puede comprender a la vez cómo podemos obedecer al poder y encontrar a esta obediencia un
placer que no es necesariamente masoquista (Foucault, 1999: 253).
Ahora, para ampliar esta interpretación foucaultiana sobre las mallas del poder en términos de su
dispersa articulación de las relaciones sociales en las que se manifiesta, cabe traer a colación el
trabajo hecho por Esther Díaz (2014a; 2014b). En sus libros La filosofía de Michel Foucault y La
sexualidad y el poder, la filósofa argentina hace una serie de señalamientos que ahondan en lo
expuesto y contribuyen a precisar aspectos sobre los modos que entenderemos aquí esta dimensión
relacional del poder.
Así, en el primer texto Díaz declara que el poder no es algo que se posee, sino más bien es algo
que se ejerce, y lo define como la capacidad que se puede tener para que un “otro” haga algo que
yo quiero que haga. De esta manera, a lo que hay que prestar atención no es tanto en determinar
50
quién posee más o menos poder, sino más bien, a los modos de manifestación de esas múltiples
relaciones de poder.
Esto es así, ya que es allí en donde se logran identificar los modos en que el poder y el saber se
implican (Díaz, 2014a). En efecto, Díaz señala que, para comprender esas relaciones de poder, hay
que entender que este se ejerce en un estrecho vínculo con el saber, el cual se sitúa en el orden de
la verdad. Esta verdad, que tampoco está unificada ni es monolítica, da legitimidad y justifica actos
y hechos concretos, así estos vayan en contravía del bienestar individual o colectivo.
Desde la verdad damos orden al mundo: vemos el mundo a través de un “filtro” de verdad que
otorga o priva de justificación a las múltiples acciones del poder. Vale agregar además, que para la
autora, hay una preminencia del poder sobre la verdad, por tanto, si se condensa el ejercicio del
poder en un solo lugar, es esperable que se busque imponer un tipo de verdad que legitime y busque
mantener en el tiempo la legitimidad de ese poder (Díaz, 2014a). Para sintetizarlo en palabras de
la autora:
(…) el poder no se posee, se ejerce. El poder carece de esencia, es operatorio. No es atributo de nada, ni de nadie:
es relación (…) El poder es una especie de red que se ramifica por toda la sociedad. Es innegable que existen
regiones de esa red en las que se producen saturaciones de poder (la punta de la pirámide en los análisis
tradicionales). Pero es cierto, también, que si se sacude la red, aún desde los lugares más ralos de la misma, se
puede conmover el tejido entero. No hay pues, poseedores del poder, sino ejecutores que ponen en acto el poder.
Ante la pregunta: ¿qué es el poder?, la primera respuesta que cabe, entonces, es: el poder es una relación” (Díaz,
2014b: 26).
En este sentido, y como lo dijo el mismo Foucault, el poder puede ser entendido como una suerte
de malla o grilla que posibilita releer los modos de relacionamiento de los sujetos, las jerarquías
que hay entre ellos y, en especial, las formas de funcionamiento de los dispositivos sociales que
pautan el comportamiento y definen los modos en que estos sujetos se vinculan entre sí. No es
gratuito que Díaz encuentre que el poder sea: “(…) un interactuar que abarca todas las tonalidades
posibles del ser humano. Se lo nota más crudamente en las relaciones políticas, jurídicas y
disciplinarias, pero reside en todos los vínculos” (Díaz, 2014b: 28-29).
Díaz “engrana” estos juegos de poder con aquello en donde se materializan y con las verdades que
lo legitiman, es decir: con los dispositivos y con el saber. En sus palabras: “Los juegos de poder se
51
inscriben en dispositivos, es decir en organizaciones o artificios para acometer acciones. El
dispositivo (…) se halla asimismo relacionado con el saber, surge del saber, de los discursos que
una época considera verdaderos” (Díaz, 2014b: 42).
Lo sugerente de esta idea es que ofrece una puerta de entrada para abordar una claridad a la vez
teórica y metodológica de considerar que esos dispositivos a los que hace referencia Díaz, se
constituyen discursivamente. Esto es: son discursos que se hacen normas y leyes, pero también,
comportamientos, espacios, artefactos y arquitectura. De esta manera, los dispositivos “(…) son
entonces discursivos y no discursivos” (Díaz, 2014b: 42).
Esta precisión es clave para esta tesis y, siguiendo a Michel Foucault (2002) en La arqueología del
saber, se perfila como un ejercicio en donde se requiere:
(…) no tratar – dejar de tratar – los discursos como conjunto de signos (…) sino como prácticas que forman
sistemáticamente los objetos de que hablan. Es indudable que los discursos están formados por signos; pero lo que
hacen es más que utilizar signos para indicar cosas. Es ese más lo que los vuelve irreductibles a la lengua y a la
palabra. Es ese ‘más’ lo que hay que revelar y hay que describir (Foucault, 2002: 81).
Así, en este trabajo uno de los intereses está en prestar atención y describir los “excesos” de las
prácticas discursivas que van más allá de su sentido particular en términos de signos. Con ello,
centramos el interés en entender cómo dichas prácticas constituyen los objetos a los que hace
referencia. En otras palabras, estos señalamientos ofrecen una forma de abordaje de las prácticas
urbanas desde aquello que se dice, se hace visible y se realiza cotidianamente en la vida urbana,
entendiendo que las prácticas, como los dispositivos, son tanto discursivas como no discursivas.25
Ahora bien, con el interés de recapitular es momento de indicar que en esta tesis suscribimos las
premisas foucaultianas de aproximación al entendimiento del poder en términos de su condición
25
Sobre este asunto, Edgardo Castro (2004) en su texto El vocabulario de Michel Foucault, profundiza aún más esta
premisa al comentar que el poder y el saber se refuerzan mutuamente en la medida que el saber se constituye y se
consolida en el entrelazamiento de las prácticas discursivas y las prácticas no discursivas. Al respecto, precisa que
una de las consideraciones que hay que tener presente a la hora de hablar en los juegos de relacionamiento del
poder, no es tanto el poder en sí mismo, sino cómo este opera en los modos en que determina la constitución de
distintas subjetividades. De ahí que las mallas del poder a las que se hacía alusión adquieren sentido en la medida en
que se las piense en relación a las formas en que afectan la vida de las personas y en cómo esas “mallas” transforman
y constituyen a esas personas en sujetos. Así, para el caso de esta investigación, la inquietud gira en torno a cómo
dichas mallas de poder influyen en la producción de las diversas subjetividades urbanas que aquí se analizan.
52
heterogénea y relacional. Por tanto, la figura de las “mallas” o “grillas” del poder que posibilitan
“filtrar” unos fenómenos sociales particulares para hacer explícitos los lugares en que se condensan
o cristalizan dichas relaciones de poder, resultan, cuando menos, sugerentes para el análisis que se
hace en esta investigación.
Asimismo, reconocemos el vínculo entre el poder y el saber para comprender cómo se producen y
operan unos dispositivos concretos que se configuran a partir de prácticas discursivas y no
discursivas, y cuyo propósito apunta a la conformación de unos modos de subjetivación histórica
y geográficamente situados. Es decir, la clave aquí es comprender cómo esta tétrada de nociones
(poder, saber, dispositivos y prácticas) se vinculan para la producción de sujetos particulares. A
esto se le agrega además una condición de dicha producción de sujetos que también suscribimos
en esta tesis, a saber: la condición “epocal”, en palabras de Esther Díaz, de esas formas de
subjetivación.26
Es decir, con Chignola es posible recoger lo planteado en torno al poder, al saber y las prácticas
discursivas y no discursivas en la medida que permite situarlos y articularlos con los intereses
26
Vale hacer aquí una precisión sobre este asunto de las formas de subjetivación. En lo que sigue haremos alusión a
unos dispositivos de subjetivación, haciendo referencia a que en las ciudades hay una confluencia de dispositivos de
subjetivación que, en su vinculación y confrontación, producen cierto de tipo de subjetividades. Por tanto, es
necesario decir que en esta tesis entenderemos la noción del dispositivo como la presenta Sandra Chignola (2018)
cuando dice que un dispositivo: “(…) es, por lo tanto, en primera instancia, el punto de conexión de elementos
heterogéneo: discursos, ciertamente, pero también reglamentos, soluciones arquitectónicas, decisiones
administrativas, proposiciones filosóficas y morales, tecnologías. Esto se impone, en un momento determinado y en
un campo específico, como respuesta a un objetivo estratégico” (Chingola, 2018: 238). A esta definición, el autor
agrega un comentario adicional que, como se verá, resulta relevante en este trabajo, a saber: “Un dispositivo
representa un proceso de sobredeterminación funcional respecto a los elementos heterogéneos que pone en red y
que él valoriza, pero jamás se muestra en condiciones de controlar completamente, somos si pudiese anticipar
hasta el final, desde lo alto, el sistema de consecuencias que provoca, el sistema de relaciones que pone en
funcionamiento, conectándolas” (p. 239). (Resaltados propios).
53
concretos de la tesis, a saber: (i) con una racionalidad que planifica y norma el espacio, representada
por una administración municipal concreta encargada de la producción oficial del espacio público
contemporáneo articulada a los modelos de neoliberalización de la ciudad caracterizada por el
aprovechamiento de los usos del suelo urbano y la renovación urbana para el aumento de la
“atractividad” de la ciudad para su posicionamiento a nivel global, (ii) con unas condiciones de
producción de verdad que legitiman o toman distancia sobre esa racionalidad, conformadas por
grupos periodísticos que han narrado la ciudad y (iii) con otras racionalidades que o bien se resisten
o son indiferentes a la normalización, y que hacen referencia a la multiplicidad de formas de poner
en práctica el Centro, de las formas de vida que allí se despliegan y que persisten en hacerse a un
lugar en la ciudad.
Así entendidas, las heterogéneas relaciones de poder que se sitúan histórica y geográficamente y
que se explicitan en los tres lugares de interés de esta investigación, se moverían, en principio,
entre: (i) unas formas de gobierno articuladas con una planificación urbana que normativiza y
restringe, (ii) unos modos de constitución de una verdad periodística que narra, conforma y hace
visible un centro urbano que, en general, se presenta entre la nostalgia por lo que fue y la añorada
posibilidad de lo que será en el futuro, y (iii) otras formas de control no institucionales que pueden
ser incluso prohibitivas y, otras tantas, que pueden vincularse con prácticas urbanas que se llevan
a cabo en el devenir cotidiano de las calles y los parques circundantes de los tres templos.
54
3. Herramientas conceptuales y apuntes metodológicos
Este capítulo tiene un doble propósito. En primer lugar, presentamos las herramientas conceptuales
que nos ayudarán a afinar la categoría de los lugares del desbordamiento precisando cómo
entenderemos las nociones del espacio público, las subjetividades, las prácticas urbanas, las
estéticas y las memorias. Esto es importante porque en los dos capítulos anteriores hemos hecho
alusión a estos conceptos, como parte constitutiva de la categoría, sin definirlos. En segundo lugar,
dedicaremos unas páginas a presentar con cierto detalle cuáles fueron las estrategias metodológicas
que utilizamos para el desarrollo de esta investigación y para hacer explícitas las fuentes que
constituyeron el archivo en el que se sustenta esta tesis.
Si bien el interés de este trabajo gira en torno a la dimensión del lugar del espacio, no hay que
olvidar que dicho(s) lugar(es) se encuentran delimitados por unos entornos urbanos y unas calles
concretas de Medellín que se caracterizan por estar en el dominio de lo público, más concretamente,
en el espacio público. Ahora, cabe señalar que en esta investigación, al hablar de espacio público,
estamos haciendo referencia a la dimensión exterior del espacio de la ciudad.
En este sentido, el espacio público es donde las personas se ven expuestas a la diferencia, a una
gran multiplicidad de acontecimientos cotidianos que van de lo rutinario a lo inesperado y
contingente, y a la mezcla de lo impensado en la conformación permanente de lo urbano. Es un
espacio que se materializa en términos urbanísticos y arquitectónicos, se hace piedra según Richard
Sennett (2007), en calles, aceras, parques, plazas, bulevares y callejones; pero que, en todo caso,
se encuentra en permanente proceso de constitución por las diversas subjetividades urbanas que
soporta. Con ello, el espacio público lo entendemos en su dimensión de “lo que ocurre en la calle”.
Como puede intuirse, y dándole continuidad a las pistas epistemológicas expuestas en el primer
capítulo, la concepción que elaboramos aquí sobre el espacio público toma elementos de la
sociología y la antropología urbana, y también de la geografía crítica y de cierta concepción
arquitectónica y urbanística que sitúa su interés en la dimensión social del espacio urbano. Ahora,
reconocemos que la noción del espacio público cuenta con una abundante literatura que la relaciona
55
con distintas corrientes del pensamiento sobre la ciudad y que es necesario profundizar para situar
con mayor claridad a qué aludimos, y a qué no, cuando hablemos del espacio público en la tesis.
Bajo estas circunstancias, reiteramos que tomamos distancia de las interpretaciones de la propuesta
de la filosofía política habermasiana y de Hanna Arendt sobre el espacio público. En donde este
“espacio” hace referencia a un escenario que posibilita el diálogo político y donde “la cosa pública”
es discutida por multiplicidad de voces y sectores sociales.
Desde esta concepción, el espacio público se instauraría como un espacio ideal en donde las
diversidades étnicas y culturales, las orientaciones políticas y las clases sociales que constituyen a
los sujetos pasarían a un segundo plano, pues este “espacio” al ser “público”, permitiría, de forma
casi que natural, que la discusión y el encuentro entre la diferencia se diera fundamentalmente en
términos de una política de lo colectivo entre iguales, caracterizada por la razón argumentada y la
constitución de una vida en común en las ciudades. Esta concepción del espacio público suele
vincularse con aquellas perspectivas de investigación que hacen alusión a que la ciudad debe
constituirse a partir de la actividad política, concertada y consciente de las personas reunidas en
agrupaciones ciudadanas para la conquista de dicha ciudad (Borja, 2003; 2014; Ramírez, 2007).
Ahora, hay que decirlo, esta interpretación sobre el espacio no simplifica el problema de la
configuración de la ciudad. Por el contrario, presenta un panorama en donde la ciudad moderna se
entiende en un proceso de constitución dado por pugnas políticas y sociales en donde se reclama,
en esencia, el derecho a la ciudad que tienen sus habitantes. Derechos que van desde el acceso a
los servicios educativos, de salud, del trabajo y recreativos, hasta el derecho del anonimato, al
pasear por las calles y la reivindicación de accionar individual y colectivo para la producción
misma de la ciudad.
En esta concepción del espacio público se siguen, además de los lineamientos filosóficos
mencionados, concepciones de la racionalidad jurídica administrativa y de la planificación urbana.
De allí que se espere que sea en el espacio público que las personas hagan uso de su derecho a la
ciudad y se-hagan ciudadanas, idealmente a través de la discusión política racional entre semejantes
que recién se mencionó.
56
Ahora bien, lo que encontramos problemático de esta aproximación gira en torno a tres asuntos. El
primero tiene que ver con que en la idealización del espacio público como el escenario de lo
político, se pueden perder de vista acontecimientos, prácticas urbanas y grupos de personas que
habitan cotidianamente las calles y que no necesariamente busquen revindicar sus modos de vida
y de habitar la ciudad a partir del reconocimiento de su condición ciudadana. Puede que, incluso,
precisamente su condición de no estar dentro de esas lógicas jurídico-administrativas sea
precisamente lo que les permite hacerse a un lugar en la ciudad.
El segundo, se refiere a que la concepción idealista del espacio público como una esfera de
encuentro para los semejantes, puede distorsionar la mirada al momento de abordar lugares de la
ciudad caracterizados por ser puntos de encuentro entre múltiples y marcadas clases sociales,
diversos y conflictivos ritmos urbanos y diferentes disputas de poder por el uso y la apropiación
del espacio urbano. Frente a realidades que desbordan el espacio público así entendido, se hacen
explícitas las limitaciones y los modos en que esta concepción simplifica las complejidades sociales
de las calles. Y es por esa característica: su potencial simplificador, que ese espacio público desde
su dimensión política ideal, se ha convertido en un dispositivo clave para el funcionamiento de la
planificación urbana contemporánea (Delgado, 2011).
Este potencial de simplificación ha sido denominado por Manuel Delgado (2011) en su libro El
espacio público como ideología como un uso ideológico de este concepto, en donde la producción
urbanística y arquitectónica del espacio de las ciudades ha sido abanderado en las últimas décadas
por tecnócratas y empresas de desarrollo urbano con estructuras de funcionamiento empresarial en
donde convergen intereses públicos y privados.
57
Al respecto, ya el geógrafo marxista David Harvey (2007) en su texto Espacios del capital. Hacia
una geografía crítica ha denominado como empresarialismo urbano a esta forma de
funcionamiento de la producción de la ciudad como uno de los tantos triunfos del neoliberalismo
representado en las operaciones de renovación, transformación y recuperación urbanas que se
vienen llevando a cabo desde los años ochenta en distintas ciudades de Inglaterra, Estados Unidos,
España (como crítica con agudeza Manuel Delgado (2007a)) y, desde finales de los años noventa,
en ciudades latinoamericanas, colombianas y, en especial desde la década del 2000 en adelante, en
la ciudad de Medellín (Tobón, 2017).
Este uso ideológico del espacio público resulta problemático en la medida que se lo captura dentro
del discurso político tecnocrático con al menos dos propósitos fundamentales: (i) hacer pasar un
proyecto con intereses particularizados, que “pendulan” entre el beneficio político y el rédito
económico para empresas y conglomerados privados, como una decisión necesaria para el bien
colectivo y ciudadano y (ii) avanzar de manera decidida a la limpieza, la higienización y el
borramiento de la complejidad urbana de las calles en la medida en que las intervenciones
materiales de esos lugares son llevados a cabo para la “recuperación” del espacio público.
En relación a una perspectiva crítica encaminada al desvelamiento del espacio público como
dispositivo neoliberal, vale traer a colación el trabajo realizado por la profesora Carla Filipe27
(2013; 2014) y Filipe y Ramírez (2016), quien(es), en los últimos años, ha(n) analizado el modo
en que dicho dispositivo es puesto en práctica en la ciudad de Cuernavaca, México. Como parte de
su propuesta teórica, Filipe centra su atención en deconstruir la noción del espacio público desde
referentes teóricos traídos de la sociología, la geografía humana inglesa y latinoamericana y la
teoría crítica feminista.
A partir de allí, esta investigadora propone tres ideas que seguimos en este trabajo. La primera, es
la claridad de que una cosa es el espacio público urbano, que es aquel que se construye físicamente,
que se materializa en el espacio de la ciudad a través del cemento, los ladrillos, los árboles, etc; y
27
Cabe mencionar que en el marco de mi pasantía doctoral participé como asistente en el curso Espacio público,
ciudad y poder a cargo de la profesora Carla Filipe Narciso llevado a cabo entre el 2-6 de diciembre de 2019 como
parte de las actividades académicas del Coloquio de Posgrados del Instituto de Arquitectura, Diseño y Artes (IADA)
de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). En dicho curso encontré resonancias sobre la postura crítica
de la profesora Filipe en torno al espacio público y al modo en que este es materializado en las ciudades
contemporáneas.
58
otra, distinta (aunque determinante para el primero) es el espacio público, entendido como esfera
pública donde se discute, planea y se decide sobre lo que es público (aquí se incluye el espacio
público urbano construido).
La segunda idea tiene que ver con el rastreo histórico que Filipe realiza sobre esta noción de la
esfera de lo público y señala que se empieza a gestar en la Ilustración, esto es, a finales del siglo
XVIII en la Europa que ha roto con el Antiguo Régimen, caracterizado por la mezcla del poder
eclesiástico y el monárquico, para dar paso a los Estados nacionales modernos, caracterizado por
el poder iluminador de la ciencia y la razón. Es en este contexto, donde se va consolidando la
noción del espacio público en los círculos del poder intelectual y de las élites ilustradas. Así, este
espacio para la discusión y la toma de decisiones fue clave para que en el siglo XIX se iniciaran
todos los procesos de transformación de las ciudades europeas, para “progresar”, para “recuperar”
el espacio, para “higienizarlo” y abrirlo para “todos”. Siendo emblemático el modelo de París
implementado por el barón de Haussman, en donde se erradicaron grandes porciones de la París
medieval para dar paso a los grandes bulevares y espacios “abiertos para todos”.
Para Filipe, el siglo XX y en especial el siglo XXI, son herederos de estos modelos que se han
reinterpretado y renovado en las lógicas de la planificación contemporánea, pero que, en todo caso,
se replican y cuentan con coincidencias retóricas significativas e inquietantes. Decimos que es
inquietante, porque, como la autora bien lo expresa, en la tercera idea que queremos comentar, ese
espacio público, entendido como lugar concreto de las ciudades para todas las personas en realidad
no existe y nunca lo ha hecho. Lo que sí ha existido y sigue existiendo, son los espacios sociales
de poder político y económico donde se determina lo público y las formas en que eso “público” se
espacializa, generalmente llevado a cabo en la estetización espacial y el tratamiento urbanístico y
arquitectónico de las calles, las plazas y los parques de las ciudades.
Ahora, existen otras aproximaciones que matizan un tanto estos planteamientos, ya que son
reflexiones desde la práctica urbanística y arquitectónica que se preocupa por pensar el espacio
urbano y sus calles no tanto desde los edificios, sino desde las dinámicas sociales que estos soportan
(Arteaga, 2018). Son emblemáticos los trabajos de Christopher Alexander (1981) y Aldo Rossi
(1982), que han dado pistas sobre las consideraciones que deberían tenerse en cuenta para la
planificación, el diseño y la construcción de espacios públicos para las ciudades encaminados a
59
contribuir en las dinámicas urbanas preexistentes, que sean cuidadosos con las tramas simbólicas
e históricas de ciertos lugares y que posibiliten la reunión y el encuentro de las personas.
Reconocemos que aún hoy las ideas de Jacobs siguen vigentes para pensar en las ciudades, sobre
todo, en relación a su sensibilidad por identificar que en las prácticas urbanas dadas en el encuentro
entre las personas residían las claves para la comprensión de esos lugares. Sin embargo, también
son ciertas las críticas que le han hecho a las ideas de Jacobs, en especial aquellas expuestas por
Marshall Berman (1991) y David Harvey (2003) en relación a su mirada idealizada y parcial de la
calle de su barrio, pues en sus descripciones sobre el ballet cotidiano, la danza armónica se daba
entre iguales: conocidos, vecinos y uno que otro transeúnte controlado por la vigilancia de los
residentes.
Así, Jacobs perdía de vista las diferencias culturales y de clase, las contradicciones y los excesos,
las desigualdades y violencias que se manifiestan y que también constituyen las calles y hacen
parte, se quiera o no, de esa “danza” de la ciudad. Y precisamente en esto que pasó por alto Jacobs,
es en donde vemos condiciones problemáticas de la propuesta arquitectónica sobre el espacio
público, a saber: (i) la premisa de que con la intervención consciente y bien diseñada del espacio
público es posible eliminar esa faceta contradictoria de las calles que complejizan y vuelven
arrítmico e inarmónico el “ballet” del encuentro entre las personas de la ciudad y (ii) considerar
que con el diseño y la modificación material de un espacio público urbano, es posible diseñar y
modificar la “materia social” que constituye la espacialidad del lugar en términos de Lussault
(2015).
60
Afirmamos que ambos planteamientos son problemáticos porque de entrada desconocen, al menos,
dos condiciones esenciales de la espacialidad urbana que demuestran las contradicciones inherentes
de la concepción del espacio público como dispositivo de transformación urbana.
La primera condición de las calles, las plazas y los parques urbanos de las ciudades, es que se
constituyen a partir de la puesta en común de las diferencias sociales, culturales e ideológicas de
una multitud de transeúntes que se encuentran expuestos a los demás en la abigarrada
muchedumbre urbana (Joseph, 2002; Delgado, 2007b). Esta puesta en común no es armónica ni se
da entre iguales, ni mucho menos a través de la discusión razonada como se pretende en el ideal de
la construcción ciudadana.
Por el contrario, y en especial en lugares donde la centralidad es habitada por los márgenes sociales
como ocurre en ciudades inequitativas y excluyentes como Medellín, son encuentros complejos
que oscilan entre: el miedo al estar expuesto frente a los demás, la fascinación de pertenecer a una
efervescencia social que vitaliza estos lugares, la certeza de que los juegos de poder de las lógicas
cotidianas se establecen en escenarios de disputas entre la institucionalidad y lo no institucional, la
aprensión por constatar las diversas marginaciones sociales que se espacializan en estos lugares.
28
Sobre este asunto, vale recordar un breve comentario que hace David Harvey cuando hace referencia al modo en
que las administraciones y sus planificadores buscan atender y solucionar ciertos problemas sociales que se
caracterizan por ser álgidos y complejos. Dice Harvey que en esos casos estos personajes hacen honor a la afirmación:
“(…) que Engels hizo hace tiempo de que la única solución que la burguesía puede encontrar para sus problemas es
trasladarlos a otro sitio” (Harvey, 2003: 179). La cuestión particular en esta investigación, es que esos “problemas”
61
La segunda condición que se pasa por alto, y que como lo muestra magistralmente Richard Sennett
(1992) en su trabajo The conscience of the eye, es que precisamente en la complejidad de las
dinámicas sociales del afuera, en la posibilidad de estar expuestos a las diferencias en las calles y
en los lugares públicos, es donde se encuentran carácter que hace singular a las ciudades. Y es una
singularidad significativa en la medida en que se conforma en una simultaneidad de tiempos
históricos, de memorias, de narraciones, de subjetividades y de prácticas humanas que hablan, al
mismo tiempo, de las imposibilidades y de las posibilidades del estar juntos.
Claro, aquello que hace singular a una ciudad puede ser destructivo, con manifestaciones
descontroladas de la violencia y hacer invivibles los espacios urbanos. No se trata aquí de
relativizar y matizar los abusos, las violaciones, los asesinatos y el ejercicio del poder coactivo
legal o ilegal que se ha “cotidianizado” en las calles, particularmente en la ciudad y los lugares de
los que se ocupa esta investigación. La pretensión es otra bien distinta: de lo que se trata es de
seguir la invitación que hace Sennett de tener una consciencia de la mirada sobre los espacios
urbanos del afuera para reconocerlos en aquello que los conforma.
Buscando, así, entender por qué ciertos lugares de las ciudades modernas están llenos de vida
urbana y hay otros que son peligrosos y solitarios. Preguntarse por cuáles pueden ser las
condiciones culturales que hacen que un parque cuidadosamente diseñado se mantenga
deshabitado, mientras que una placa deportiva rodeada de calles con tráfico de vehículos se
mantiene poblada con personas diferentes de múltiples edades, orígenes y expectativas. Permitirse,
por ejemplo, la posibilidad de pensar cómo la singularidad de unas calles se forma en el encuentro
del trabajo sexual callejero, del comercio formal e informal, de la actividad parroquial cotidiana de
un templo católico y en la presencia, a veces presente a veces ausente, de un museo que se mueve
entre un arte tradicionalista y unas prácticas artísticas contemporáneas.
Con ello, la invitación de Sennett, que suscribimos con entusiasmo, es a la compresión de los
lugares públicos, del espacio público en su dimensión de un afuera donde las personas están
expuestas a la diferencia. No reconocer esta condición: la singularidad de los lugares dada por la
que se han buscado desplazar de los lugares de estudio, se obstinan en permanecer. Mostrando lo problemático de
este tipo de “soluciones” urbanas para la “recuperación” del espacio público.
62
diferencia de las calles cuando se las planifica y se las diseña, es negar una de las dimensiones
constitutivas de las mismas. Y al negarlas, a partir de una planificación neoliberal tendiente a la
higienización, la limpieza, el control y la vigilancia del espacio público (que no es público), es
contribuir desde el accionar institucional a que esas problemáticas sociales se expandan, a que las
violencias se agudicen, a que los abusos continúen y a que las desigualdades se profundicen.
Así pues, al tener una mirada consciente sobre los espacios de lo público reconocemos que aquello
que los hace singulares se ha ido configurando con el paso de tiempos donde confluyen diversas
concepciones de la trama urbana y, en especial, formas diferentes de habitar la ciudad, en donde,
insistimos, se mezcla lo impensado. En este sentido, el diseño y la planificación moderna (y
contemporánea) se encuentra con una dificultad insalvable, que, como bien lo expone Sennett
(1992), ha sido casi una constante desde la construcción de las ciudades desde la Ilustración, y es
el hecho de que esa singularidad de las ciudades, esa espacialidad en el decir de Lussault (2015),
esa “materia social” en términos de Delgado (1999a), no puede ser diseñada.
Por más buenas intenciones que tengan las y los arquitectos, por más que se apliquen los
lineamientos de un urbanismo enfocado en la producción social del espacio y por más integración
de usos que se proyecten, no es posible conseguir una modificación automática de las
subjetividades urbanas preexistentes sencillamente con el cambio de adoquines, demoliciones de
edificios, aperturas de plazas, remodelaciones de fachadas e intervenciones de jardineras. Pretender
que es así, es profundizar la distancia entre la ciudad y lo urbano, es considerar por separado la
materialidad de la ciudad y las formas de vida que tienen las personas de ella. Es continuar haciendo
la escisión racional entre la carne y la piedra, cuyas inquietantes consecuencias en la configuración
histórica de las ciudades en Occidente han sido narradas por Sennett (2007)29.
29
Pensamos aquí en los modos en que esa distinción entre la carne y la piedra, en apariencia irreconciliable, trajo
contradicciones inherentes a la experiencia de las ciudades en Occidente. Son especialmente ilustrativos los casos
de: una Atenas que se estimaba joven y racionalizada pero que sucumbió a la peste; una Roma pomposa con unas
megaobras grandilocuentes, pero que se sustentaba en una gran pobreza y un teatro engañoso de sí misma; una
París de la Alta Edad Media que sienta las bases del homo economicus que escinde el tiempo y el lugar cristiano del
tiempo y el espacio económico; la Venecia de finales del siglo XVI donde la piedra se hace gueto y se establece como
divisoria de un “otro” que se estigmatiza; y luego, unas ciudades modernas: París, Londres y Nueva York en donde se
profundiza la división entre la carne y la piedra con una planificación urbana racional que se centra en la realización
de una suerte de espacio urbano neutral orientado a la apertura de vías, la consolidación de la movilidad vehicular,
la producción de vivienda masiva y de edificios en altura, sin entrar a considerar que las personas, con sus
subjetividades, sus prácticas y sus usos urbanos son en realidad lo que lo que dan sentido y constituyen el espacio
urbano (Sennett, 2007).
63
Es más, si seguimos las recientes reflexiones de Manuel Delgado (2016; 2018) y Angela Giglia
(2017), la crítica que proponen sobre la planificación del espacio público urbano contemporáneo,
se encamina a explicitar sus evidentes limitaciones y, en especial, su potencial de la eliminación
de las dinámicas sociales preexistes como parte clave de su funcionamiento para administradores
y tecnócratas. Si bien en el ámbito de la reflexión académica y de la retórica de la corrección
política se reconoce la vitalidad urbana de las ciudades y su sugerente posibilidad de encuentro con
lo diverso y la diferencia; en la puesta en práctica de la planificación, el diseño y la
construcción/renovación de las calles, las plazas, los parques y las esquinas de las ciudades, lo que
se está llevando a cabo es la utilización del dispositivo ideológico del espacio público para la
homogenización y el aplanamiento de las ciudades. Delgado lo expresa con la contundencia que lo
caracteriza: en realidad lo que se está haciendo es “asesinando” el carácter urbano de las ciudades.
Pues, como lo hemos expresado en el primer capítulo, lo urbano es complejo, es ruidoso, es
“politonal”, es arrítmico y es poco previsible. Mientras que el espacio público, en su dimensión
ideológica, funciona como instrumento de simplificación, de apertura para su vigilancia y para que
allí solo ocurra “lo esperado”.
Esto último, visto por Angela Giglia y Emilio Duhau (2008) en Las reglas del desorden. Habitar
la metrópoli, se debe a que el espacio público moderno se ha disociado de forma explícita: por un
lado están las prácticas urbanas y por otro el espacio público jurídico. Las primeras hacen referencia
a los usos urbanos y modos diversos de estar en lo público y el segundo se vincula con formas de
distanciamiento normativo y jurídico de lo “público” de esos espacios de la ciudad encaminados a
su funcionamiento controlado y restrictivo y a estrategias de privatización de los mismos.
Así las cosas, y a modo de síntesis, cabe reiterar que cuando hagamos referencia al espacio público
en esta tesis, lo haremos aludiendo a su dimensión del afuera, del espacio de la exposición y de las
diferencias. Aludiremos a aquello contingente que ocurre en la calle, que tiene una dimensión
urbana y arquitectónica conformada por la piedra de la ciudad, pero que, sobre todo, se determina
por las subjetividades y las prácticas urbanas de la gente que lo habita y lo transita: por la carne de
la ciudad.
Es, pues, un espacio público en donde se ubican geográficamente los tres lugares de esta
investigación. Al plantear así la cuestión, no rehuimos a la discusión sobre la polisemia de esta
categoría, ni mucho menos buscamos eludir las contradicciones de la misma cuando es utilizada
64
como dispositivo ideológico. Por el contrario, al tomar la decisión de centrar el interés en la
dimensión de lo urbano del espacio público estamos abriendo la puerta para que la deconstrucción
del concepto hecha por Filipe, la decidida crítica de Delgado, los señalamientos de Duhau y Giglia
y las reflexiones de Sennett, entren a operar en el aparato teórico crítico de esta tesis.
Y es que no podría ser de otro modo, pues los lugares en los que centramos nuestra atención así lo
exigen: su trama histórica, sus conflictos, su exuberancia urbana y, claro, sus desbordes ponen en
cuestión la limitada idealización del espacio público desde su dimensión política y la problemática
visión urbanístico arquitectónica donde se pretende diseñar las dinámicas sociales (en el mejor de
los casos), y desplazarlas y borrarlas (en el peor y más común de los casos).
Vale insistir en este punto que el interés de la tesis no son las aceras, las calles peatonalizadas, las
papeleras o las bancas de los parques, no son los edificios y su estructura, no es la piedra. El interés
son los usos que la carne, es decir, las personas: lo que “ellos”, los “otros” y “nosotros”, hacemos
de esa ciudad. En cómo se planean, se narran y se hacen y rehacen las relaciones entre la carne y
la piedra. Esto es: cómo se constituyen tres lugares en un espacio de lo público30.
Tener “buenos ojos” al decir de Böll se compagina con el hacerse “consciente de la mirada” cuando
se observa la ciudad, como expone Sennett. Para el caso de este trabajo esto se traduce en haber
centrado la atención en unas subjetividades que se inscriben y se exhiben en unas prácticas urbanas
concretas, pues es allí donde puede leerse la relación de la que se hablaba y las singularidades de
los tres lugares. Y es así, ya que esas subjetividades son las que, en buena medida, constituyen esa
dimensión urbana de los tres lugares y es en su elucidación desde donde puede hacerse explícita la
dimensión desbordada de estos lugares del Centro.
30
Sobre esta dimensión cambiante y alterable del espacio público, vale retomar los planteamientos hechos por Isaac
Joseph (2002) en El transeúnte y el espacio urbano cuando cita a Gilles Deleuze en su estudio dedicado al cine. Allí
Joseph comenta: “(…) tenemos que admitir la realidad fundamentalmente alterable del espacio público, convenir
que padece, de manera inevitable, de toda suerte de intrusiones porque es espacio de accesibilidad y de exposición,
y que, como una película, está ‘siempre fuera de sus marcas, en ruptura con la distancia correcta, siempre
desbordando la zona reservada en la que quisiéramos verlo contenido en el espacio y en el tiempo’” (Joseph, 2002:
47). (Negritas y cursiva propias)
65
Pasamos entonces a definir la noción central que hace parte de la categoría de los lugares del
desbordamiento: las subjetividades. Hacemos esta afirmación, debido a que son las subjetividades
las que buscamos revelar (elucidar) en esta tesis. En tal sentido, podemos mencionar de entrada
que entenderemos dicha noción como las formas de ser en la ciudad, más precisamente, como las
diferentes formas de ser y de estar en zonas urbanas diversas, complejas y conflictivas. El asunto
aquí es buscar englobar una aproximación conceptual que precise a qué nos referimos cuando
hablemos de esas formas de ser y estar y, sobre todo, cómo estas subjetividades hacen memoria y
se despliegan estéticamente para inscribirse en unas prácticas urbanas concretas que encuentran su
lugar de expresión (y represión) en tres lugares del centro de Medellín.
Para precisar entonces esta importante noción, iniciamos entonces trayendo a colación el artículo
de Alejandra Aquino (2013) La subjetividad a debate, en donde se realiza una revisión general del
tratamiento que se hace de la noción de la subjetividad en la filosofía, la sociología, la antropología
y los estudios culturales.31 Lo que nos llama la atención del diagnóstico que presenta la autora, es
comprender que en todos los enfoques que se mencionan desde la propuesta foucaultiana, la
subjetividad es algo que se produce y se reproduce en estrecho vínculo con las condiciones
históricas y sociales y con las instituciones (políticas, familiares y religiosas) de cada época. Lo
cual, en general, va conduciendo las formas de vida de las personas y las maneras en que estas se
comportan en sus entornos sociales.
Estimamos que estas claridades presentadas por Aquino han sido posibilitadas en buena medida
por los esfuerzos que, a finales de los años sesenta, Michel Foucault (2002) realizó en La
arqueología del saber. Ciertamente, en la introducción y los primeros capítulos del libro, Foucault
hace un llamado al necesario cambio, que él denomina “epistémico”, en los modos de hacer
historia: en donde se pasara de una historia global, continua y tranquilizadora para la constitución
31
Aquino (2003) propone un recorrido que inicia con Michel Foucault, pues es él quien “desensencializa” la noción
del sujeto, ya no considerándolo como algo dado, sino como una producción determinada y restringida por diversas
formas del relacionamiento del poder en instituciones y dispositivos vinculados con condiciones históricas y sociales
concretas. Luego, con Félix Guattari, sugiere que el capitalismo moderno se puede caracterizar por constituirse como
un sistema dedicado a la creación de múltiples subjetividades que, en todo caso, terminan subordinándose a las
lógicas deterministas del capital. Seguidamente, Pierre Bourdieu, expone la autora, se propone comprender la
subjetividad como una producción que parte del habitus, en donde entran en juego las condiciones culturales,
históricas y sociales de las formas de hacer tradicionales con los cambios sociales del presente. Por último, en cuanto
a la perspectiva de los estudios culturales, se plantea que la idea de que en las grandes experiencias personales (en
lo dicho y en lo hecho) residen las posibilidades de comprensión de las subjetividades contemporáneas y desde un
abordaje antropológico, se pretende dar cuenta de las subjetividades en el estudio de sus formas de articulación con
los procesos de producción culturales.
66
del sentido del sujeto, a una historia general, que centrara su atención en las discontinuidades y
pusiera en cuestión los axiomas fijados y naturalizados de la actualidad del sujeto.32
Esta “mutación epistemológica”, decía Foucault, tenía muchas resistencias puesto que conducían
necesariamente a pensar la diferencia y las desviaciones de lo idéntico. Las resistencias se debían
a que estas nuevas formas de estudio ponían en cuestión la soberanía de una conciencia global que
tenía como función fundar el sujeto y, sobre todo, darle un sentido de continuidad. Por tanto, la
invitación fue desligarse de toda noción que buscara un origen esencial y un sentido lineal de
continuidad, ya fuera sustentado en la tradición, el desarrollo, el progreso o el espíritu. De allí se
sigue, además, que los fenómenos estudiados no tienen una lectura cerrada, única ni limitada, por
el contrario, es relativa y en cada caso es susceptible a volver sobre ellos para buscar rastros de las
diferencias y las desviaciones recién enunciadas. Con lo dicho, la propuesta explícita es a la
admisión, estudio y comprensión de las discontinuidades.
Al leer estos planteamientos, llama la atención su vigencia para poner en cuestión una versión
infundada y monolítica de una supuesta subjetividad de quienes habitan en la ciudad de Medellín
y sus alrededores33. En especial si de lo que se trata es de poner la atención en zonas urbanas del
centro de esta ciudad en donde lo que se exhibe cotidianamente es la diferencia. Aún es más, dicha
subjetividad restringida hace agua si se acoge la invitación foucaultiana de prestar atención a las
32
Al abordar los estudios históricos de esta manera habría, al menos, cuatro consecuencias: (i) la multiplicación de
rupturas en la historia: no habría una teleología ni una totalización posible al estudiarla; (ii) la noción de
discontinuidad ocupa un papel protagónico: las discontinuidades son a la vez instrumento de análisis y objeto del
mismo; (iii) se pasa de lo global a lo general: mientras que la primera apela a fenómenos y les da un mismo sentido,
la segunda apela a versiones diversas, e incluso contrarias, de los fenómenos que constituyen la historia; y (iv) la
aparición de nuevos problemas metodológicos: en la definición de los corpus de estudio, nivel y método de análisis,
formas de articulación y establecimiento de relaciones con el objeto estudiado (Foucault, 2002).
33
Nos referimos a esa narrativa local que ha venido produciendo un sujeto idealizado, de carácter casi que mítico, y
que se puede sintetizar en la figura del “antioqueño”, no tanto en su faceta vinculada con la picaresca y la malicia de
los dichos populares (que ya es en sí misma es una construcción mítica), sino más bien en su versión “ejemplar”
anclada en una mezcla entre, al menos, dos racionalidades: la católica y la empresarial. Ciertamente, esa subjetividad
monolítica del antioqueño empresarial, creyente, austero, racional y moderno se empezó a gestar entre finales del
siglo XIX y principios del siglo XX, como bien lo han expuesto trabajos como los de Fernando Botero (1994), desde
una revisión crítica, y de Fabio Botero (1998) desde una perspectiva reivindicativa y nostálgica de esa subjetividad.
Sea cual sea el caso, lo que nos interesa no es centrarnos en la puesta en evidencia de lo insuficiente e insostenible
de esa narrativa, algo que por lo demás es parte de varias investigaciones a las que haremos mención más adelante.
Lo que sí queremos agregar es que aún hoy, luego de los sistemáticos ejercicios de desestructuración de esa narrativa,
sumada a la violencia y a la degradación institucional y de las élites locales en la época más álgida del conflicto urbano
de los años 80 y 90 (Martin, 2013), llama la atención en que se siga insistiendo en los discursos políticos y en las
narraciones periodísticas en esa esencia de lo “antioqueño” como punto de referencia y de anclaje de una
subjetividad superior que se ha mantenido incólume a pesar del paso del tiempo y de los profundos cambios
históricos, económicos y sociales que ha tenido la región y la ciudad.
67
señales que pongan de manifiesto que los fenómenos sociales no ocurren de manera natural ni
responden a una linealidad histórica progresiva encaminada a una acumulación lógica de sentido.
No hay una esencia del sujeto, no hay una subjetividad que se configure de forma lineal y con un
sentido coherente. La subjetividad, más precisamente, las subjetividades: son múltiples, no se dan
de forma necesariamente coherente, son producidas y responden a dinámicas concretas que pueden
ser sociales, culturales, históricas y, para el caso de este trabajo, resumidas en lo urbano.
Al respecto de este asunto, y trayendo a colación la relevancia que tiene en este trabajo pensar las
diversas relaciones de poderes en la constitución urbana de los tres lugares concretos de interés,
cabe aquí recordar lo que Foucault (1988) comentaba en El sujeto y el poder. Allí, haciendo una
síntesis de sus estudios sobre diversas formas de manifestación, juegos y maneras de
materialización del poder, el autor francés expresaba que en realidad su inquietud no había girado
en torno al poder en sí mismo, sino más bien en: “(...) crear una historia de los diferentes modos de
subjetivación del ser humano en nuestra cultura. Me he ocupado, desde este punto de vista, de tres
modos de objetivación que transforman a los seres humanos en sujetos (Foucault, 1988: 3).
Se refería, específicamente, a: (i) las formas de objetivación del sujeto hablante, del sujeto
productivo y del sujeto vivo, (ii) la objetivación de los sujetos divididos, a nivel interior y a nivel
social, como por ejemplo: entre locos y cuerdos, sanos y enfermos, y (iii) los modos de objetivación
que las personas hacen sobre sí mismas, constituyéndose por ejemplo en sujetos sexuales. En
efecto, abordar los fenómenos sociales en términos de los modos en que se dan sus relaciones de
poder, es reconocer que dichas relaciones están: “(...) profundamente arraigadas en el nexo social,
y no constituyen ‘por encima’ de la sociedad una estructura suplementaria con cuya desaparición
radical quizá se pudiera soñar (...) [y que] Una sociedad ‘sin relaciones de poder’ sólo puede ser
una abstracción” (Foucault, 1988: 17).
Esto conduce, además, a entender que en esas relaciones entran en juego diversas estrategias
encaminadas a la producción de múltiples subjetividades. En términos asociados a este trabajo: es
en las relaciones de poder que entran en juego en la producción de unas subjetividades singulares
en donde pueden leerse las tensiones entre una ciudad que se planea y actúa sobre el espacio
público, otra que se visibiliza en unas narraciones periodísticas y una última que se vive entre lo
institucional y lo no institucional de la muchedumbre urbana. Es desde allí, donde es posible
aproximar una comprensión del devenir simultáneo de esas tres dimensiones de la ciudad. Pues
68
estas (las subjetividades) son producciones socio históricamente situadas que no responden a un
hilo conductor, no tienen un sentido fijo, no parten de un origen estable ni mucho menos dan cuenta
de una esencia cultural o social particular.
Cabe agregar tres consideraciones adicionales que se relacionan entre sí y que profundizan la
comprensión sobre las relaciones de poder y su accionar en la constitución de diversas
subjetividades. La primera tiene que ver con una suerte de sugerencia metodológica que hace
Foucault con respecto a buscar el análisis de dichas relaciones en los enfrentamientos y resistencias
contra los diversos tipos de poder:
(...) para averiguar lo que significa cordura para nuestra sociedad, quizá deberíamos investigar lo que está
sucediendo en el campo de la locura. Para comprender lo que significa legalidad, lo que pasa en el campo de la
ilegalidad. Y, para comprender en qué consisten las relaciones de poder, quizá deberíamos analizar las formas de
resistencia y los intentos hechos para disociar estas relaciones” (Foucault, 1988: 5-6).
(...) una relación de poder se articula sobre dos elementos, ambos indispensables para ser justamente una relación
de poder: que ‘el otro’ (aquel sobre el cual ésta se ejerce) sea totalmente reconocido y que se le mantenga hasta el
final como un sujeto de acción y que se abra, frente a la relación de poder, todo un campo de respuestas, reacciones,
efectos y posibles invenciones (Foucault, 1988: 14).
Como lo hemos señalado, en este relacionamiento no hay una imposición absoluta de unas
estrategias sobre otras, pues para que exista una relación debe haber un intercambio que, aunque
puede ser desigual y desequilibrado, en todo caso debe haber ese “otro” que funge como sujeto del
poder que se ejerce sobre él. Y es sobre este tema en el que Foucault plantea algo que estimamos
clave y que se configura como la tercera consideración: el hecho de que en ese juego de relaciones
entra a operar la noción de la libertad.
Afirmamos que es importante en la medida en que este asunto le da pie a Foucault para señalar que
de las relaciones de las que se habla se caracterizan, no por su estatismo dado en el enfrentamiento
de facciones contrarias, sino más bien por su dinamismo dado en una lógica de provocación:
69
La relación de poder y la rebeldía de la libertad no pueden, pues, separarse (...) Más que hablar de un ‘antagonismo’
esencial, sería preferible hablar de un ‘agonismo’ – de una relación que es al mismo tiempo de incitación recíproca
y de lucha; no tanto una relación de oposición frente a frente que paraliza a ambos lados, como de provocación
permanente (Foucault, 1988: 16).
No está de más insistir que traemos a cuento la propuesta foucaultiana en donde se aborda de forma
sistemática el asunto de los modos de relacionamiento de la “grilla” del poder, en función siempre
de buscar una puerta de entrada a la comprensión de las subjetividades y a las maneras en que estas
son fabricadas.
Para aclarar un poco este asunto recurriremos al profesor Alberto Castrillón (2008), quien propone
que para entender la subjetividad, es necesario aproximar una comprensión de las formas de
gobierno34 de la época que se esté estudiando. En tal sentido, es clave identificar y analizar las
múltiples prácticas (discursivas y no discursivas) y los dispositivos que constituyen a los sujetos
en una época dada. Así, por ejemplo, para entender la matriz de subjetivación de la época moderna
fue clave la elucidación, entre otros asuntos, de que el Estado moderno se encargaba de la gestión
de la vida de su población a partir del encierro controlado en instituciones disciplinarias para la
preparación productiva de sus habitantes. Con ello estas estrategias de gestión y control de las
personas conllevaron a unas condiciones que posibilitaron la fabricación de una subjetividad propia
de los hombres y las mujeres que vivieron esa época moderna.
Por la misma línea de pensamiento, Esther Díaz (2014b) hace una elocuente síntesis de la propuesta
foucaultiana en relación a las maneras en que se constituyen las subjetividades. Para Díaz, es en el
estudio de las prácticas en donde pueden dilucidarse elementos clave de los modos en que se
producen las subjetividades de las personas. En las prácticas quedan registros de los juegos de
poder que tanto se han mencionado y, por ende, de las formas ser de las personas, esto es: los
modos en que se comportan y se relacionan con los otros.
Dice la autora que los sujetos: “(...) compartimos una misma época histórica, compartimos también
sus verdades, sus valores, sus significaciones, sus materialidades” (Díaz, 2014b: 17), con lo cual
34
Se sigue aquí la premisa de Foucault de que el gobierno o el gobernar es: “(...) estructurar el posible campo de
acción de los otros” (Foucault, 1988: 15).
70
se pone de manifiesto que una cosa sería preguntarse por las formas de ser y de estar de los hombres
y las mujeres medievales y otra muy distinta sería hacerlo por las mujeres y hombres de nuestro
presente. Pensar en uno y en otro requiere un análisis de las prácticas que se realizaban y se realizan,
cuestionarse por los significados de ambas y reflexionar por cómo dichas prácticas daban cuenta
de unos tipos de subjetividades distintos.35
Así, con Díaz, proponemos englobar lo expuesto sobre las relaciones del poder y las subjetividades
poniendo el acento en la estrecha vinculación de las subjetividades con las prácticas que se estén
estudiando en un lugar concreto en un periodo de tiempo determinado. Decimos esto ya que
entendemos que es en el abordaje de las prácticas en donde se puede explicar que las formas de ser
de los sujetos no son naturales. Más bien, se constituyen a partir de procesos de subjetivación
determinados por dispositivos sociales históricamente conformados y situados. Al analizar las
prácticas es posible encontrar trazas de formas de gobierno, de gestión, de control, de resistencia
e, incluso, de indiferencia. Trazas, al fin al cabo, que en su vinculación van configurando
subjetividades particulares.
Con esto en mente, y centrando la atención en la dimensión urbana de esta investigación, hemos
encontrado que Félix Guattari (2008) en su ensayo Prácticas ecosóficas y restauración de la ciudad
subjetiva hace unos señalamientos agudos sobre la ciudad capitalista. Así es, este trabajo publicado
originalmente en 1992, hace un diagnóstico a la vez desencantado y propositivo de las ciudades
occidentales modernas.
Para Guattari estas ciudades pueden ser entendidas como inmensas productoras de desigualdades
sociales, como acumuladoras de inusitadas cantidades de capital, como espacios del
disciplinamiento urbano y el adoctrinamiento masivo de la productividad capitalista, y como
lugares para la espectacularización y el consumo masificado del patrimonio
arqueológico/arquitectónico. En ese sentido, las ciudades se presentan como lugares privilegiados
35
Para ejemplificar su planteamiento, la autora hace mención a que una posible manera de comprensión de cómo
se produjo la subjetividad de las mujeres de clase alta y media alta de la Argentina de los años 50, puede hallarse en
el análisis de una famosa revista orientada al público femenino de la época. En efecto, dicha revista hizo las veces de
matriz de subjetivación para miles de mujeres argentinas al introducirlas en las nuevas y, supuestamente, liberadoras
dinámicas de la modernidad traducidas en la llegada de electrodomésticos, la masificación de la moda, el consumo
de productos de belleza, la conquista de la vida urbana con el uso del vehículo particular, entre otras prácticas
publicitadas en el citado medio impreso (Díaz, 2014b)
71
para estudiar unas prácticas urbanas que darían cuenta de las formas de constitución de múltiples
subjetividades, que como se ha visto son el resultado de diversas relaciones de poder que oscilan
entre el control, la resistencia y la indiferencia.
En este contexto, el análisis de Guattari pone de manifiesto que en las lógicas de la ciudad
capitalista no hay que olvidar que, para su fortaleza, requiere de la pobreza para su operación, allí
(en esa ciudad) el: “(...) individuo es llevado a plegarse a las disciplinas urbanas, a las exigencias
del salario o a las rentas del capital (…) La subjetividad colectiva regida por el capitalismo está
entonces polarizada en un campo de valor: riqueza-pobreza, autonomía-asistencia, integración-
desintegración (Guattari, 2008: 221). Este comentario del autor no es trivial, más si se tiene en
cuenta que unas líneas más adelante comenta que incluso en los lugares más deprimidos de las
ciudades de los países pobres, las representaciones y formas de ser propuestas por el capitalismo,
encuentran maneras de infiltrarse y de operar en dinámicas malditas de las ciudades: “(...) El
arrumaje del amo y del esclavo, del pobre y del rico, del garantizado y el subdesarrollado tienden
a desarrollarse conjuntamente en el espacio urbano visible y en las formaciones de poder y de
subjetividad alienadas (Guattari, 2008: 221).
En suma, lo que más nos resuena de este texto es el señalamiento de que las ciudades se han
convertido en grandes máquinas productoras: “(...) de subjetividad individual y colectiva, a través
de los equipamientos colectivos (educación, salud, control social, cultura…) y los mass media. No
podemos separar sus aspectos de infraestructura material, de comunicación, de servicio, de sus
funciones que calificamos de existenciales” (Guattari, 2008: 224). Así las cosas, la ciudad y el
problema de lo urbano, se constituyen como el gran problema ya que: “La ciudad produce el destino
de la humanidad, tanto sus promociones como sus segregaciones, la formación de sus élites, el
porvenir de la innovación social y de la creación en todos los dominios” (Guattari, 2008: 226).
En relación a estas ideas, y tomando referencia trabajos del profesor Montoya (1998; 1999; 2010)
y sumándole su ensayo Presencias, ausencias y olvidos. Una genealogía de las memorias urbanas
publicado en el libro colectivo (Echavarría, Flórez, Mesa, Montoya y Xibillé; 2014) Patrimonio de
arte público en Medellín. La ciudad de las (casi) 500 esculturas, es posible profundizar los
planteamientos de Guattari, contextualizando además la reflexión en Medellín y los entornos
urbanos de interés de la tesis.
72
Ciertamente, las ciudades metropolitanas contemporáneas, y entre ellas la ciudad de Medellín, no
son otra cosa que inmensos dispositivos de subjetivación que han explotado en una diversidad de
fragmentos urbanos y subjetividades que se mueven entre lo pueblerino, lo citadino, lo
desterritorializado, lo tele-vidente (hoy lo virtualizado), lo globalizado, lo extranjero y lo turístico.
Al respecto resulta necesario hacer notar además que en esa explosión de subjetividades, ahora sí
que es cierto, no es posible tratar de encontrar un origen puro y fijo, ni mucho menos una
continuidad lógica que llene a las subjetividades de un sentido coherente que apunte a una
evolución progresiva.
Por el contrario, son formas de ser en la ciudad que se entremezclan y ponen en entre dicho las
posibles clasificaciones que se hagan de ellas, más si se las piensa en las formas en que se
manifiestan en centros urbanos, como el de Medellín. En ese Centro se ponen en escena, se exhiben
y hacen memoria diferentes subjetividades que se producen y a la vez produce esa zona de la
ciudad. En el Centro hay una mezcla de comportamientos estéticos poéticos y prosaicos que
explicitan las formas de vida de sujetos diferentes que se encuentran y se exponen en unas calles
pobladas por los excesos de esa ciudad capitalista y desigual evocada por Guattari. En pocas
palabras, si de lo que se trata es de aproximar la comprensión de las subjetividades pues es en la
ciudad en donde vale la pena centrar la mirada.
A modo de síntesis, entenderemos por subjetividades unas formas múltiples de ser y estar en la
ciudad. Estas maneras de ser y estar no están dadas, no son naturales ni siguen una línea estable,
continua y lógica; por el contrario, son fabricadas y se pueden caracterizar por su condición a la
vez dinámica, discontinua, fragmentaria, amalgamada y contingente. En su producción entran en
escena relaciones de poder arraigadas en el tejido social y son puestas en obra a partir del despliegue
de distintas estrategias (institucionales y no institucionales).
Cabe reiterar que no se trata entonces de indagar propiamente en el problema del poder, sino más
bien, entender que en sus formas de relacionamiento se constituyen diferentes subjetividades que
se ponen en común en la ciudad. Por este motivo, hemos buscado la comprensión de este asunto
por vía del estrecho vínculo de las subjetividades y las prácticas urbanas. Y esto se hace, puesto
que suscribimos la premisa de que las ciudades pueden abordarse como inmensos dispositivos o
grandes máquinas de subjetivación que producen unas subjetividades complejas y en constate
movilidad.
73
Como se intuye, esa movilidad de dichas subjetividades se amplifica aún más si se la inserta en el
“hormigueo” de las zonas urbanas sobre las que centramos la atención en este estudio: por su
intensidad, por su diversidad, por los niveles de exposición, por la concentración simbólica y de
contrastes. Estimamos que uno de los caminos para profundizar el entendimiento de las maneras
en que estas subjetividades son producidas y se obstinan en ser, haciéndose un lugar en estos
entornos urbanos, es precisamente porque aparte de ser fragmentarias y contingentes, son, además,
desbordadas.
Como lo hemos hecho notar, las prácticas urbanas son claves en este trabajo en la medida en que
se constituyen como la superficie de inscripción desde donde pueden revelarse (elucidarse)
distintas subjetividades en sus expresiones estéticas y sus formas de hacer memoria. Por tanto, es
clave dejar claro el sentido de esas prácticas: qué las constituye y cuáles son las funciones que
cumplen en la conformación de los lugares de interés.
Para decirlo de una vez: cuando nos refiramos a las prácticas urbanas que se manifiestan en lugares
concretos de la ciudad, estamos apuntando a prácticas discursivas y no discursivas. En efecto, como
lo mencionamos más arriba, seguimos la fructífera propuesta foucaultiana de que las prácticas
humanas que conforman la realidad social se manifiestan indistintamente en discursos políticos, en
planes urbanos, en narraciones, en normas jurídicas, en la materialización de espacios urbanos y
sus edificios, en formas de usos de esas arquitecturas, en fin: en una relación inseparable entre lo
que se planea, se narra y se hace.
Así pues, si la pretensión es la explicitación de unas prácticas urbanas que operan en unos lugares
concretos de la ciudad, es clave entender que esas prácticas son de carácter múltiple: desde lo que
se declara en unos planes de acción municipales y regionales, pasando por las narraciones de esos
lugares que se hacen desde los medios de comunicación impresos, hasta los usos diversos de esos
lugares, tanto institucionales como no institucionales, que cotidianamente se encuentran en ellos.
74
Siguiendo esta línea, partimos de la invitación que en su momento hizo Michel de Certeau (2000)
de comprender que si bien el espacio, especialmente el espacio público urbano, es un lugar en
donde se ejercen con especial fuerza las estrategias del poder del control; es, al mismo tiempo, el
escenario en donde se despliegan las tácticas cotidianas que se deslizan hacia otras lógicas, que en
muchos casos, exceden las posibilidades de captura de los dispositivos de poder. Es a partir de ese
sentido inicial, de entender las prácticas urbanas como aquellas acciones cotidianas que van más
allá del control, que establecemos aquí el entendimiento de esta categoría para el proyecto.
Así, dichas prácticas van adquiriendo relevancia en su despliegue en la vida cotidiana de las
ciudades. Más si se articula esta premisa con el llamado que hacía Isaac Joseph (1998; 1999; 2002)
en relación a lo relevante de superar las interpretaciones “generalizantes” de las ciudades y buscar
más bien aproximaciones específicas que brinden elementos concretos para dar cuenta de lo que él
llamó “la ciudad configurándose”. Para ello, Joseph insta precisamente a centrar la atención en las
acciones para “retomar la ciudad” desde la vida urbana en común, pues es allí donde la ciudad se
configura en los ritmos, entre la repetición y la contingencia, de las prácticas urbanas de sus
habitantes.
Con ello, podemos sintetizar el sentido que le damos aquí a la categoría de las prácticas urbanas
desde una perspectiva amplia en donde consideramos las distintas dimensiones en que lo urbano
es practicado de forma múltiple: teniendo en consideración las estrategias institucionalizadas y
regladas, pero también teniendo en cuenta las prácticas cotidianas que, en algunos casos, van más
allá del control político y jurídico, desplegándose como unas tácticas para sobrevivir en lo urbano
que se deslizan hacia unas lógicas no institucionales que desbordan las supuestamente rígidas
estructuras sociales, y que hacen y rehacen constantemente la ciudad y se manifiestan a la vez en
ella. De esta manera, al entender así esta categoría buscamos apuntar la mirada hacia unos
75
discursos, unos usos, unos modos de estar y de hacer en un espacio urbano fragmentario,
contradictorio e incierto.
De esta manera, dichas prácticas producen y reproducen ese mismo habitus. Así, en el habitus
reposa el ‘sentido común’, algo así como el ‘sentido de la época’ o el ‘sensorium’ en términos
benjaminianos. Por tanto, para Bourdieu, en las sociedades se ponen en juego dialéctico unos
tiempos y unas tradiciones por un lado jurídicas y por el otro lado sociales: entre las normativas de
las instituciones sociales y el “sentido común” del habitus de las personas que viven en ellas.36
Ahora, podría parecer que la consideración de esta noción como una forma de aproximación
general para el análisis sociológico de las prácticas humanas conduciría a una interpretación
totalizante en donde las personas estarían determinadas por unas fuerzas de tradición social que
poco o nada les posibilitaría actuar, como si estuvieran atadas a la reproducción de unas formas ya
dictaminadas por el habitus.
Sin embargo, como el mismo Bourdieu aclara, su interés con la noción del habitus era precisamente
lo contrario, esto es: ofrecer la posibilidad de pensar que las personas son agentes creadores con
posibilidad de acción y de improvisación. La cuestión, eso sí, era que el autor buscaba: “(…)
recordar que esta capacidad ‘creadora’, activa, inventiva, no era la de un sujeto transcendental en
la tradición idealista, sino la de un agente actuante” (Bourdieu, 1988:25). Es decir, que es en el
36
En términos del propio autor: “Producto de la historia, el habitus origina prácticas, individuales y colectivas, y por
ende historia, de acuerdo con los esquemas engendrados por la historia; es el habitus el que asegura la presencia
activa de las experiencias pasadas que, registradas en cada organismo bajo forma de esquemas de percepción, de
pensamientos y de acción, tienden, con más seguridad que todas las reglas formales y todas las normas explícitas, a
garantizar la conformidad de las prácticas y su constancia a través del tiempo” (Bourdieu, 2007: 88-89).
76
estudio de las prácticas humanas concretas, en sus modos de hacer el mundo que oscilan entre las
tradiciones de lo normativo institucional y del sentido común, que se pueden hallar diferentes
maneras en que las personas producen y reproducen sus realidades sociales. En otras palabras:
Esta interpretación del habitus para procurar una aproximación comprensiva de las dinámicas de
las ciudades latinoamericanas, ha sido abordada ya en la investigación realizada por Emilio Duhau
y Angela Giglia (2008), en su citado y clásico estudio sobre las diversas formas de vida en Ciudad
de México. Allí, ambos investigadores buscan pensar las complejidades de esta metrópoli a partir
de la identificación de una suerte de habitus urbano, una categoría que proponen para referirse a
los “sentidos del juego” que configuran las complejas dinámicas urbanas, o, para decirlo con mayor
claridad, al: “(…) conjunto de disposiciones posibles a partir de una determinada posición social
y espacial, como el sentido de lo que es posible y oportuno hacer con y en el espacio urbano, en
circunstancias determinadas y desde determinada posición socio-espacial (…) (Duhau y Giglia,
2008: 28).
Estas ideas son exploradas con mayor detenimiento por Angela Giglia (2012) en su libro El habitar
y la cultura. Allí la autora aborda la pregunta por las formas en que se habita en las ciudades
contemporáneas, centrando su atención en las diversas formas en que se habita en Ciudad de
México. De las diversas fuentes que Giglia trae a colación para pensar en el habitar, hay una
referencia al habitus de Bourdieu que refuerza algunas de las ideas aquí planteadas. Allí se
menciona que el habitus es algo que permite habitar en las ciudades. El habitus es un saber con el
cuerpo, de allí que sea necesariamente socio-espacial y que se manifiesta en la realización de
77
prácticas espaciales concretas. Estas prácticas son, a su vez, repetitivas, rutinarias y automáticas y
es en ellas en donde se producen y se reproducen el habitar doméstico y urbano.
Bajo estas circunstancias, cabe hacer notar que una de las pretensiones de hacer referencia a la
noción del habitus y de vincularlo con la posibilidad de lectura de los fenómenos urbanos, ha sido
la de subrayar que es en el estudio atento de las prácticas urbanas en donde se hace posible
identificar aquellos usos, discursos y sentidos que se reiteran de tal manera que terminan
configurando unos lugares particulares de la ciudad. En efecto, como lo exponen Duhau y Giglia
(2008), el habitus urbano da cuenta de unos saberes sociales, que pasan por los cuerpos y que se
ponen en práctica en el espacio urbano, configurándolo y haciéndolo posible.
En síntesis, las prácticas urbanas aquí consideradas son prácticas discursivas y no discursivas que
se manifiestan tanto en las estrategias de control institucionales sobre el espacio urbano como en
múltiples tácticas cotidianas que se deslizan por otras sendas de la producción del sentido social.
Son prácticas que dan cuenta de diversos fragmentos de vida urbana, de una ebullición de la
muchedumbre social incierta y, en alguna medida, contradictoria.
Por tanto, no se ubican únicamente en una espacialidad esperada: no se restringen a estar allí o acá;
más bien, se desbordan, consiguiendo estar al mismo tiempo aquí y allá, pueden moverse hacia los
lados, hacia arriba y abajo, haciendo que sus límites se vuelven difusos. Son, además, prácticas que
consiguen mezclar diferentes registros de las realidades sociales que constituyen los lugares en
donde se manifiestan. A pesar de su carácter escurridizo (casi que podría nombrarse como viscoso),
estas son prácticas urbanas concretas que condensan el pasado y hacen objetivo el presente, esto
es: están conformadas por unas historias, por unas formas de exhibición y por unas maneras de ser
en lo urbano que se hacen visibles en la vida cotidiana, y que, por lo tanto pueden ser identificadas,
registradas y analizadas. En pocas palabras: estas prácticas urbanas fungen como superficies de
inscripción de las mencionadas subjetividades que, a partir de sus despliegues estéticos y el
establecimiento de sus memorias, constituyen las singularidades y los sentidos de los lugares de
interés de esta investigación.
Memorias urbanas
78
Para hablar de la noción de la memoria iniciamos con la ya clásica distinción entre la historia y la
memoria hecha en los años ochenta por el historiador francés Pierre Nora (2008). Cabe comentar
que si bien es cierto que los argumentos del autor surgen en un momento coyuntural en la historia
social y cultural de su país y que se orientan hacia la problematización de la tradición de la
disciplina histórica francesa; también es verdad que buena parte de sus planteamientos han
trascendido el carácter local de su reflexión. Ese es el caso precisamente de su propuesta de marcar
las diferencias entre la historia y la memoria como dos formas bien distintas de registro y de
relacionamiento con el pasado. En efecto, y como lo sintetiza José Rilla en la introducción del
citado texto: “Historia no es memoria, ambas trabajan sobre la misma materia, el pasado y el
presente, pero desde reglas específicas que las enfrentan, las ponen en situación crítica recíproca”
(Nora, 2008: 8).
Para Nora, la memoria, como práctica encarnada en los grupos humanos, en donde el pasado
reverbera en el presente en un juego entre la rememoración y el olvido y donde los hechos se narran
y re-narran de modos diversos para ir modificando su sentido para los individuos y el colectivo, ha
sido escindida de la experiencia de los hombres y las mujeres modernas por los procesos de
secularización y urbanización generalizados en el siglo XIX y, en especial, en el siglo XX. Una
manifestación concreta de este fenómeno puede verse en el modo en que la disciplina histórica
moderna, como ciencia objetiva, se ha venido encargando de marcar las pautas de cómo debe
interpretarse el pasado y en qué medida ese pasado puede y debe informar el presente. Mientras
que la memoria hacía un uso vital y cambiante del pasado, la historia determina los hechos
verdaderos de lo ocurrido, fijando el sentido del pasado. Mientras que la memoria narraba y hacía
mito del pasado, la historia lo laiciza y lo desmitifica. Asimismo:
La memoria surge de un grupo al cual fusiona, lo que significa, como dijo Halbwachs, que hay tantas memorias
como grupos, que es por naturaleza múltiple y desmultiplicada, plural e individualizada. La historia, por el
contrario, pertenece a todos y a nadie, lo cual le da vocación universal. La memoria se enraíza en lo concreto, el
espacio, el gesto, la imagen y el objeto. La historia solo se liga a las continuidades temporales, las evoluciones y
las relaciones de las cosas (Nora, 2008: 20-21).
Ahora, pareciera que la reflexión de Nora se orienta a señalar que la memoria ha desaparecido y
que hoy, en un contexto de urbanización, mundialización y de digitalización generalizados, solo la
historia más científica, desapasionada y objetiva fuera la que marcara el ritmo del pasado y su
79
significado en el presente. Por fortuna, esto no es así. El mismo autor comentaba que precisamente
por esos grandes fenómenos de escisión del sentido motivado por la crisis de los grandes relatos
como la familia, la iglesia y el Estado (por nombrar algunos), se ponía en evidencia la imperante
necesidad de volver la atención hacia la relevancia y la vigencia de la memoria, o mejor, las
memorias, fragmentarias y dispersas en la experiencia moderna, como depositarias de sentidos
renovados para buscar ciertas certezas para comprender y actuar sobre el presente.
De ahí que su invitación estuviera orientada, no a tomar distancia de la historia como podría
considerarse de forma simplista, sino más bien a realizar la historia de otro modo, a volver sobre
los hechos y los acontecimientos ya fijados por la historia tradicional y reconsiderarlos desde una
perspectiva renovada. Vale adelantar aquí que esta invitación de ver de otro modo los hechos y
acontecimientos que se suponen ya fijados en el pasado, sumado a la premisa de que las memorias
se “enraízan en lo concreto, el espacio, el gesto, la imagen y el objeto”, son dos ideas que resuenan
con una fuerza singular en esta tesis y que iremos retomando en el análisis de la misma.
Apartes de la propuesta de Nora pueden verse reflejadas en los señalamientos que hace Ignacio
González-Varas (2014; 2015) en sus textos Las ruinas de la memoria. Ideas y conceptos para una
(im)posible teoría del patrimonio cultural y Patrimonio cultural, conceptos, debates y problemas.
En ambos estudios la memoria es abordada desde una perspectiva crítica del patrimonio, donde el
patrimonio cultural es entendido como un escenario de disputa entre una historia oficializada e
institucionalizada y otras diversas versiones de esa misma historia que la complementan y, en
muchos casos, la ponen en cuestión. De esta manera, la constitución del patrimonio se sitúa en la
tensión entre una historia, que reconstruye objetivamente y sin implicación emocional el pasado, y
unas memorias, que entreveran el pasado con el presente, que se configuran desde la implicación
emocional de las personas y grupos que buscan narrarlas desde sus recuerdos difusos e imprecisos.
En palabras del autor:
(…) la memoria confirmaría ‘las similitudes entre el pasado y presente’ en cuanto ‘transmite un sentido del pasado
que revive una vez más tocando las emociones’, mientras que la historia, por el contrario, ‘establece las diferencias
entre pasado y presente’ en cuanto ‘la historia reconstruye el pasado desde una distancia crítica y se esfuerza para
transmitir el sentido de que sus conexiones con el presente están desprovistas de compromiso emocional (González-
Varas, 2014: 31-32)
80
Se podría pensar que la historia sería la encargada de lidiar con el pasado a través de sus métodos
de indagación para el establecimiento de los hechos, del develamiento de la verdad de lo ocurrido
y de la legitimación de lo que debería ser considerado como susceptible de ser establecido como
patrimonio cultural de una ciudad, una región o una nación. Por fortuna, esta aproximación un tanto
ortodoxa de la labor de la historia ha sido puesta en cuestión37. En efecto, ese uso hegemónico de
la historia, aprovechado por las élites políticas e intelectuales que fabricaron un “gran patrimonio”
unívoco y unificador de los Estados-nacionales del siglo XIX, ha venido siendo criticado para abrir
la discusión hacia un entendimiento del patrimonio cultural que se renueva y se hace vigente en la
medida en que sirve para: “(…) apuntalar el sentir de aquellas otras identidades minoritarias que
buscan, cada vez con mayor voz y fuerza, su legitimación, situándose el patrimonio, en ocasiones,
en un campo de disputa de carácter conflictivo (González-Varas, 2015: 64).
Así, por vía de la problematización del patrimonio cultural, las memorias adquieren un potencial
creativo en la generación de sentidos individuales y colectivos. Las memorias, al situarse en la
dimensión narrativa de la historia, hacen que el pasado sea constitutivo del presente y, en tal
sentido, evitan que este sea capturado, aplanado y homogenizado por los discursos de la
patrimonialización y la historia tradicionales.
Es más, González-Varas (2014) arriesga una interpretación en donde la memoria, al tener ese
estrecho y dinámico vínculo con fragmentos del pasado, puede ser pensada análogamente con las
37
Una aguda crítica sobre el escrutinio que hace la historia sobre las investigaciones que osan vérselas con el pasado
por sendas distintas a aquellas señaladas por los métodos del que hacer del historiador, es aquella adelantada por
Georges Didi-Huberman (2010) en su trabajo Ante la imagen. Pregunta formulada a los fines de una historia del arte.
Allí, el autor francés pone en cuestión una práctica común de ciertas personas dedicadas al estudio histórico que él
denomina “el golpe del historiador”. Dicho “golpe” hace referencia al usual llamado de atención que se hace desde
la historia cuando se hace un análisis de asuntos del pasado sin considerar con total precisión las categorías de ese
pasado, con lo cual, se caería indefectiblemente en errores históricos por leer lo que pasó desde el presente, cayendo
en anacronismos y haciendo que lo analizado no tenga ningún valor. Frente a este “golpe”, Didi-Huberman
recomienda recordarles a las y los defensores más ortodoxos de la historia que: “(…) el pasado del historiador –el
pasado en general- depende de lo imposible, depende de lo impensable. Seguimos teniendo algunos monumentos,
pero ya no sabemos el mundo que los exigía; seguimos teniendo algunas palabras, pero ya no sabemos la enunciación
que las sostenía; seguimos teniendo algunas imágenes, pero ya no sabemos las miradas que les daban cuerpo;
tenemos la descripción de los ritos, pero ya no sabemos su fenomenología, ni su exacto valor de eficacia. ¿Qué quiere
decir? Que todo pasado es definitivamente anacrónico: no existe o consiste sino a través de las figuras que hacemos
de él, sólo existe, por lo tanto, en las operaciones de un ‘presente reminiscente’, un presente dotado de la potencia
admirable o peligrosa de presentarlo, precisamente, y, después de esa presentación, elaborarlo, representarlo” (Didi-
Huberman, 2010: 54).
81
ruinas, en su sentido romántico.38 En este sentido, las memorias, como las ruinas, pertenecen al
ámbito de las emociones, de las experiencias subjetivas, de unos tiempos no lineales, y también,
de disputas no dirimidas y de preguntas no resueltas.
Esto tiene sentido, porque las ruinas y las memorias no apuntan a la resolución ni el establecimiento
de verdades definidas y definitivas, por el contrario, el potencial de ambas es su vitalidad dada en
un diálogo abierto con el pasado y con la consciencia del paso del tiempo y del olvido como dos
condiciones inexorables de la experiencia humana compartida. De allí que, sea precisamente en
esas dos variables (el tiempo y olvido) que fragilizan tanto a las memorias como a las ruinas, en
donde se encuentre su relevancia para la producción de sentido social, su potencial creativo y su
dinamismo.
En pocas palabras: mientras que la historia tradicional y unificadora busca definir científica y
objetivamente lo que pasó, pretende dejar claro qué está pasando y, en consecuencia, plantea con
cierta certeza los posibles caminos de lo que pasará; las memorias, hacen suyos fragmentos del
pasado, completando los vacíos con retazos narrativos de múltiples voces y, desde allí, plantean
preguntas a las verdades institucionales y ponen en cuestión la legitimidad de los relatos claramente
definidos y que se dan por ciertos en el presente.
Siguiendo esta línea, no es de extrañar entonces que las memorias y las ruinas incomoden. Así es,
las ruinas estorban, no son productivas, no son rentables en sí mismas. Por regla general, la
sociedad contemporánea: “(…) requiere actuar contra las ruinas y las instituciones reaccionan: o
bien la ruina se convierte en escombro y se elimina, o bien la ruina se patrimonializa y se acota, se
cerca con vallas y se protege y exhibe (…)” (González-Varas, 2014: 218). En este mismo sentido,
desde la institucionalidad se busca actuar de forma decidida contra las memorias: en unos casos,
más comunes, no se las reconoce y se las relega, en otros se las trata como escombros que deben
ser eliminados y retirados, y, en unos pocos, se las permite subsistir como vestigios de una época
pasada que informa poco o nada los lugares donde se manifiestan.
38
El autor hace referencia a la concepción que el movimiento romántico alemán del siglo XVIII y XIX le otorgó a las
ruinas, esto es: fragmentos a medio camino entre creación humana y manifestación de la irracionalidad del mundo
natural, cuya temporalidad no sigue una cronología ni una linealidad racional y mecánica, sino que es más bien
sublime (González-Varas, 2014).
82
Estos planteamientos hacen eco a de lo que desde tiempo atrás viene exponiendo a nivel local el
profesor José Jairo Montoya (1999; 2010) en su citado trabajo Ciudades y memorias y en
Paroxismos de las identidades, amnesias de las memorias: algunas pistas sobre las alteridades.
En ambos textos Montoya reflexiona sobre el estrecho vínculo entre las ciudades y las memorias,
en cómo las calles pueden ser entendidas como escenarios de disputas entre una ciudad imaginada
y planeada y otra ciudad realizada y vivida en y desde la puesta en común de esas memorias. De
allí que se plantee que la indagación sobre las ciudades sean puntos de partida privilegiados para
dar cuenta de las tensiones que se generan en los “nudos de memorias”, haciendo referencia a
lugares de las ciudades en los que se entremezclan “megamemorias” de las instituciones y
“micromemorias” pertenecientes al campo de lo cotidiano.
Para pensar en las implicaciones que trae abordar el problema de las memorias, de su inherente
fragilidad en relación con el olvido y de las formas en que se manifiestan en las ciudades
contemporáneas, y en especial en una ciudad como Medellín, Montoya propone plantearse la
cuestión de la memoria como una suerte de capacidad: (…) o si se prefiere un soporte de inscripción
–como dice Leroi-Gourhan-, un auténtico anclaje en el cual nos reconocemos y reconocemos (o
desconocemos) a los otros” (Montoya, 1999: 21).
Asimismo, como se ha explicitado, la memoria anda a medio camino entre los hechos y la
invención: “(…) podemos reconocer en ella algo más que un simple depósito de experiencias y
hechos, precisamente porque su poder inventivo ‘construye mundos’, al poner en juego la
opcionalidad de sus equipamientos” (Montoya, 2010: 34). Esto no es un asunto menor, en términos
paleonto-filosóficos las formas de la exterioridad es aquello que nos hace humanos. Nos movemos
83
entre la vida y la muerte, entre la memoria, el olvido y el recuerdo, entre el pasado, presente y
futuro, y es en todo ello en donde se construye la identidad individual y colectiva (Montoya, 2010).
Ahora, de estas ideas lo que nos interesa señalar es que esas memorias, que como hemos visto con
González-Varas son frágiles e incomodan, son relevantes para este trabajo en la medida en que
sean abordadas desde su dimensión social en la ciudad, esto es: que se las entienda en los modos
en que son narradas y espacializadas, en las maneras en que operan para la constitución mismas de
las calles donde se hacen evidentes.
En términos de Montoya: en que se las entienda en la relación existente del “transcurrir del relato”
y el “discurrir de los lugares”: “(…) formando en el primero esas auténticas humanizaciones del
tiempo que son los mitos de la colectividad u produciendo en la segunda esas formas del habitar,
del morar y del construir que son la materialización de la humanización del espacio” (Montoya,
1999: 31). En ese sentido, se concluye que: “(…) el cuerpo fisiológico, el cuerpo social, las
instituciones, las imágenes y los símbolos son auténticas superficies de inscripción de estos
‘cuerpos de tradiciones’ que conforman el entramado de las memorias en las cuales nos
reconocemos” (Montoya, 2010: 58). Y, en este mismo sentido, encontrar que las ciudades y sus
calles, al ser inmensas exteriorizaciones humanas, es decir grandes artefactos urbanos en cuyas
dinámicas cotidianas hacen síntesis unas prácticas humanas concretas diversas y fragmentarias, no
son otra cosa que inmensas superficies de inscripción de múltiples memorias.
De esta manera, las memorias en su relación con la ciudad adquieren especial relevancia, ya que
pueden ser entendidas como constructoras de la compleja relación entre el tiempo, el espacio y los
sujetos. En efecto: “(…) esos múltiples encuentros, intercambios y transacciones que como efectos-
memoria permiten afincar un espacio y un tiempo para los sujetos” (Montoya, 1999: 28). Y es
precisamente en ese “afincamiento” de los sujetos en el espacio, en el queremos profundizar las
posibilidades interpretativas de la categoría de las memorias en esta investigación al aceptar la
invitación de Pierre Nora (2008) de mirar el pasado de otros modos, en concreto, a partir de su
propuesta de reflexión sobre los lugares de la memoria.
El vínculo conceptual es claro: con Nora abrimos la puerta de distinguir la historia de la memoria,
con González-Varas planteamos el patrimonio cultural como un escenario de disputas entre una
institucionalización de la historia y el intento de múltiples memorias de ser consideradas, con
84
Montoya esas disputas se temporalizan y espacializan en las ciudades y en la experiencia urbana
de los sujetos. Y por último, sumando la noción de Nora, es posible considerar cómo esas memorias
espacializadas pueden, ellas mismas, dar sentidos singulares a los lugares, hasta el punto de ser
considerados lugares de la memoria.
Cabe preguntarse, ¿qué se entiende por esa noción? Pues bien, los lugares de la memoria son “(…)
lugares, efectivamente, en los tres sentidos de la palabra, material, simbólico y funcional (…)”
(Nora, 2008: 33). Son materiales en el sentido que requieren un soporte material que les permita
existir, son simbólicos porque hacen síntesis de diversas capas de sentido que posibilitan una
lectura y relectura dinámica y cambiante del pasado y son funcionales ya que informan y pueden
darle sentido al presente tanto a nivel individual y como colectivo.
Hay que agregar además que para Nora estos son lugares: “(…) mixtos, híbridos y mutantes,
íntimamente tramados de vida y de muerte, de tiempo y de eternidad, en una espiral de lo colectivo
y lo individual, lo prosaico y lo sagrado, lo inmutable y lo móvil” (Nora, 2008: 34). Por su
condición de hibridez, son lugares que buscan, por un lado: “(…) detener el tiempo, bloquear el
trabajo del olvido, fijar un estado de cosas, inmortalizar la muerte, materializar lo inmaterial para
(…) encerrar el máximo de sentidos en el mínimo de signos” (Nora, 2008: 34). Y, por el otro lado:
“(…) está claro, y es lo que los vuelve apasionantes, que los lugares de memoria no viven sino por
su aptitud para la metamorfosis, en el incesante resurgimiento de sus significaciones y la
arborescencia imprevisible de sus ramificaciones” (Nora, 2008: 34).
Lo sugerente de esta noción es esa condición de estado maleable entre lo que busca fijarse y hacerse
sólido para resistir el tiempo y el olvido, y sus múltiples posibilidades de relectura y resignificación
de las memorias para pensar en diversas maneras de comprender y vivir el presente.
En adición, resulta necesario comentar que para Nora esos “lugares” no se ubican necesariamente
en el espacio geográfico, si bien pueden hacerlo. Su dimensión de “lugar” es relativa: los lugares
de la memoria pueden ser acontecimientos concretos de la historia de una región como un acto
político, un discurso significativo o un documento fundacional. También pueden estar en archivos
de instituciones culturales, educativas o museográficas, e incluso, en los mismos libros sobre la
historia de una nación. Y, claro, los lugares de la memoria pueden estar ubicados en el espacio:
85
inscribiéndose, por ejemplo, en una zona rural violentada o manifestándose en arquitecturas o
fragmentos urbanos particulares de las ciudades.
Así, en este último caso, los lugares de la memoria podrían estudiarse, literalmente, en su
dimensión de lugares geográficos, de lugares de la trama urbana altamente simbolizados en su
condición de “nudos de memorias” a los que hemos hecho referencia. De este modo, planteamos
aquí la posibilidad de pensar que los tres lugares sobre los que construimos esta tesis pueden ser
entendidos como lugares de memorias. En concreto: de memorias de subjetividades urbanas
fragmentarias, contradictorias, terroríficas, marginadas, efímeras, en todo caso, desbordadas.
A modo de síntesis, la propuesta aquí es fijar el sentido de categoría de las memorias como soportes
que rememoran el pasado y lo reinventan en el presente. Se sitúan en el recuerdo, en las
experiencias vividas y en fragmentos imprecisos. Son frágiles, en la medida que entran en estrecha
relación con el paso del tiempo, con el olvido y con la institucionalización de la historia. Las
memorias se compaginan con las ruinas, pues pueden incomodar al no resolver el pasado como
algo que “ya ha pasado”, sino al activarlo creativa y permanentemente en el presente.
Y, para el interés particular de esta investigación, las memorias son especialmente elocuentes en la
medida que se las piense en su dimensión temporal y espacial en las ciudades, en el modo en que
se enraízan en los gestos, los espacios y los objetos y son vividas, desde las prácticas urbanas, en
el discurrir cotidiano en la espacialidad de lo urbano. O, lo que es lo mismo: en los modos en que
se inscriben en unas prácticas urbanas específicas, en que dejan rastros de sus manifestaciones (a
veces de maneras efímeras y fragmentarias, otras veces más duraderas y completas) y aportan en
la constitución del sentido de los lugares (de unos lugares de las memorias) en las calles, los parques
y las esquinas de la ciudad.
86
Ahora, con lo expuesto, cabe pensar entonces en el problema de la dimensión sensible esas
memorias. En la cuestión de cómo se hacen visibles a partir de exhibiciones estéticas en lo urbano.
Estéticas urbanas
Si la vía para aproximar una posible comprensión de lugares urbanos densos en términos históricos,
sociales y culturales son las prácticas humanas como soportes de múltiples memorias, entonces es
claro que una de las maneras de dar cuenta de dichas memorias son las formas en que estas se
exhiben en el plano de la sensibilidad individual y colectiva. En pocas palabras: en la forma en que
esas memorias, vía las prácticas urbanas, se socializan a través de despliegues estéticos cotidianos
en los lugares que se estudian en esta tesis.
Es sabido que los entornos urbanos de los tres templos en los que se centra esta investigación son
lugares de disputas entre diversos actores sociales que reclaman legitimidad para la
territorialización de los sentidos y los usos particulares de esos lugares para la ciudad. En otras
palabras: para la espacialización de sus memorias particulares en estos entornos. Esto hace que en
cualquiera de estos lugares se encuentren manifestaciones institucionales con la periódica presencia
y acción policial, la ritualidad religiosa con sus acciones cotidianas y sus festividades, la presencia
de acciones artísticas tradicionales y contemporáneas, la actividad de la comercialización oficial
de múltiples servicios; con expresiones no institucionales de las dinámicas del diversísimo
rebusque, de las actividades comerciales de las ventas informales, de las lógicas del comercio
sexual, de los controles no institucionales del espacio; y también la explicitación de movimientos
civiles para la rememoración de hechos violentos y las exigencias de otros grupos de hacerse notar,
demostrando que existen y que tienen un lugar en la ciudad.
En fin, estos lugares pueden ser entendidos como escenarios de tensiones entre memorias múltiples
y, por tanto, estéticas también múltiples. Es por ello que vemos la necesidad de abordar la noción
de las estéticas desde su dimensión expandida y cotidiana y desde una suerte de mezcla entre sus
posibilidades interpretativas desde lo poético y lo prosaico. Ya que al hacerlo así, se consigue una
ampliación de la mirada sobre las diversas y contrarias formas de exhibiciones estéticas en los
entornos urbanos mencionados.
87
Bajo estas circunstancias, para dejar claro el sentido que le daremos en este trabajo a la noción de
las estéticas, comenzamos aquí con los conocidos señalamientos que ha hecho Katya Mandoki
(1994; 2008) en Prosaica: introducción a la estética de lo cotidiano y Prosaica uno: estética
cotidiana y jugos de la cultura, en relación a la necesidad de expandir los estudios estéticos más
allá de las manifestaciones de las bellas artes y de la belleza en el sentido clásico.39
La estética, expone Mandoki, trata de la sensibilidad humana, del modo en que se disfruta y padece
la realidad a través de estímulos que las personas reciben con todos sus sentidos, y esa realidad, si
bien incluye el campo de las artes, está dada sobre todo en un discurrir de acontecimientos
cotidianos. De allí que el llamado explícito de la autora sea a que los estudios de la estética aborden
de forma decidida la dimensión prosaica de esas otras (muchas) manifestaciones estéticas que
constituyen las realidades sociales.
Vale enfatizar lo dicho de la mano del profesor Augusto Solórzano (2008; 2013), quien en dos de
sus libros El tiempo de lo Neopintoresco y La belleza prosaica y la dimensión social del gusto
profundiza en la necesidad de que los estudios estéticos se ocupen de la dimensión prosaica de la
39
Para la autora mexicana, restringir la reflexión estética a los procesos de producción, exhibición y recepción de la
obra artística, sea esta un cuadro, una escultura, una poesía o una pieza de danza o teatro, es limitar la experiencia
de lo sensible a episodios esporádicos de la vida y, lo más problemático, se trazan límites entre esos eventos del
campo del arte y el resto de los acontecimientos de la vida cotidiana. Cuando la estética se sitúa en este reducido
marco, no hace otra cosa que profundizar las engañosas distinciones entre lo culto y lo inculto, entre un arte superior
y un arte menor por su carácter popular, entre unas experiencias de lo sublime y otras, “desdeñables”, del plano de
lo mundano (Mandoki, 1994).
88
vida, ya que al hacerlo se abren las puertas para que la reflexión teórica de la filosofía, la
antropología, la sociología, la arquitectura y el diseño, tenga en cuenta la potencia propia de la vida
cotidiana. En efecto, pensar las prácticas cotidianas como prácticas estéticas y las manifestaciones
ordinarias como exhibiciones estéticas, permite valorar sus significados para la producción y
reproducción de la vida en común en aquellos actos antes considerados triviales tales como: la
conversación, la risa compartida, el encuentro inesperado, la puesta en común con la diferencia, el
pasar el rato en el anonimato de la ciudad, entre tantas otras acciones cotidianas de esta índole.
Solórzano ve que la prosaica no es tanto una oposición a la poética sino más bien una suerte de
telón de fondo de la sensibilidad humana que posibilita la comunicabilidad diaria y la vida con las
otras personas, haciendo las veces de un “(…) cuerpo no formado, no organizado, no estratificado
o, mejor aún, desestratificado, por el que circulan las partículas submuleculares y subatómicas de
la sensibilidad cotidiana por más banales, triviales o vulgares que éstas puedan llegar a ser”
(Solórzano, 2008: 157).
De este modo, se refuerza entonces la premisa de que en las prácticas afectivas y materiales
encaminadas al vivir el día a día pueden hallarse elementos claves para la constitución de las
subjetividades, puesto que en la diversidad de los acontecimientos cotidianos, son vistos desde la
prosaica: “(…) como una forma de la experiencia estética más rica y poderosa, la de lo cotidiano y
lo común” (Solórzano, 2013: 27-28). En tal sentido: “(…) la prosaica se entiende como una
categoría de análisis enfocada al estudio de los fenómenos estéticos y comunicativos insertados en
el corazón mismo de la vida fáctica” (Solórzano, 2013: 28).40
40
Al respecto cabe mencionar que Solórzano, como Mandoki, hacen una aproximación a los estudios estéticos desde
una revisión de la tradición filosófica en Occidente. Así en el trabajo del profesor Solórzano se hace un sugerente
señalamiento de que el olvido de la reflexión filosófica en torno a la prosaica en comparación a la poética, puede
rastrearse desde Aristóteles, no tanto porque el filósofo griego no haya considerado esta dimensión de la vida
humana, sino más bien porque fueron las lecciones sobre la poética las que quedaron registradas y se mantuvieron
en el tiempo. Este no es un asunto a desdeñar, pues muestra que las cuestiones que tienen que ver con la
sensibilidad, las prácticas cotidianas, los afectos, los gestos y códigos culturales comunes que se escenifican en la
vida diaria sí fueron un tema de preocupación de la filosofía occidental en sus orígenes, aunque, es de reconocer que
siempre cargando cierto lastre deficitario en relación con la dimensión poética de la vida. En pocas palabras: mientras
que la poética se hizo tradición filosófica, la prosaica fue generalmente definida en términos deficitarios, como si no
fuera parte estructural de la vida sensible de las personas. En cualquier caso, parte del trabajo de Solórzano centra
su atención en mirar con mayor detenimiento los planteamientos filosóficos modernos para señalar, a diferencia de
la lectura hecha por Mandoki, que en los planteamientos filosóficos como los de Immanuel Kant hay menciones
explícitas y sugerentes de cómo en la experiencia sensible anclada en lo cotidiano, en la conversación, en el estar
juntos y en los momentos agradables, se encontraban algunas de las claves para vérselas con los grandes cambios
de las estructuras familiares y sociales tradicionales que estaba trayendo consigo la modernidad.
89
Lo que nos interesa de los puntos comunes de la profesora Mandoki y del profesor Solórzano en
torno a la dimensión cotidiana de la estética, es que abren las puertas:
(…) a la reflexión teórica para exigir que lo estético sea articulado con lo práctico, y reivindica que antes de hablar
de categorías, se hace necesario reconocer la existencia de múltiples contenidos sensibles que subyacen en las
expresiones lingüísticas, los códigos culturales, los gestos, la retórica diaria, las instituciones y los imaginarios
colectivos entre otras cosas (Solórzano, 2013: 36).
Ahora, estimamos que es pertinente hacer algunas precisiones para afianzar una postura frente a lo
que puede denominarse la “actualidad” de los estudios estéticos, en particular aquello que se
conoce como la “estética cotidiana”41. Para ello, traemos a colación los artículos El lugar de la
estética cotidiana en la vida diaria: historia del concepto de estética cotidiana de Horacio Pérez-
Henao (2014), Definición de la estética cotidiana de Kevin Melchionne (2017) y Aesthetic of the
Everyday de Yuriko Saito (2019).
En el trabajo de Pérez-Henao se hace una revisión del concepto de la “estética cotidiana” entendida
como una categoría que abarca la generalidad de los estudios sobre la estética más allá de su
tradicional enfoque articulado al mundo de las bellas artes, en dicha generalidad se incluye la
dimensión prosaica que hemos venido comentado. En este panorama, se habla de las condiciones
41
Lejos de hacer una revisión exhaustiva del concepto, intención que por lo demás excede los intereses de esta
investigación, lo que pretendemos es aprovechar el trabajo ya realizado por dos investigadores y una investigadora
cuyo propósito se ha centrado en mostrar un panorama general, a modo de estado del arte de la reflexión de la
academia preponderantemente occidental y anglófona, de los estudios estéticos la de vida cotidiana o “Aesthetics
of the Everyday”.
90
de aparición del concepto a partir de un “giro estético” que inició en los años treinta del siglo
pasado y que a partir de allí se ha venido desarrollando con diversos enfoques.
De esta revisión hecha por Pérez-Henao nos interesan dos asuntos. El primero en relación a la
identificación que hace el autor, de que si bien no hay un consenso claro sobre la definición de la
estética en este campo, sí existen tres grandes discursos que englobarían la discusión sobre la
“estética cotidiana”: (i) aquel que se enfoca en señalar las similitudes de la vida diaria con la
experiencia artística y su vinculación con la belleza; (ii) otro en donde el arte contemporáneo se
reafirma a sí mismo en la medida que ha dejado ingresar lo cotidiano en su producción estética,
poetizando así lo mundano; y (iii) en donde se identifican cualidades estéticas propias de las bellas
artes y de la poética en las actividades cotidianas.
El segundo asunto, vinculado en parte con estos tres discursos, se refiere a que hay una vertiente
de estos estudios que dan pie a pensar en la integración de la estética de lo cotidiano en la vida de
las personas de tal modo que el placer, lo bello y lo agradable operen en función de un buen vivir
o de un vivir mejor. De allí se desprende la aproximación que relaciona esta dimensión de la estética
con:
(…) un ensanchamiento de la vida de los sujetos propiciando una mejor relación consigo mismo y con el mundo
en general (…) Ello indica una actitud estética frente a la vida (…) de experimentación de ciertos ámbitos de la
cotidianidad en su dimensión preferentemente placentera (…) Por consiguiente, el displacer, lo feo, lo
desagradable, el horror o la violencia, quedan descartados de una mirada estética en la configuración conceptual
de la estética cotidiana (Pérez-Henao, 2014: 240).
En una línea similar, Melchionne propone acotar el interés de la “estética cotidiana” para evitar
caer en una amplitud conceptual tal que abra el espectro de la reflexión a que cualquier
manifestación de la vida diaria de las personas, por más monótona y banal que sea, como sacar la
basura, sea considerada como una práctica estética. Por tanto, este autor busca señalar algunas
características básicas que deben tenerse en cuenta al momento de considerar que una actividad
pueda ingresar al ámbito de la “estética cotidiana”.
Para ello, establece como condición principal que dicha actividad debe tener un carácter rutinario
y reiterado dentro de la práctica cotidiana que realicen las personas y que es algo que adquiere
91
sentido en la medida en que entre en el ámbito de la puesta en común con los otros, para ponerse
en comunicación, para exhibirse. Se agrega además que estas actividades reiteradas en las prácticas
cotidianas, que pueden manifestarse de muchas maneras: en gestos, en formas de vestir, en modos
de ocupar los espacios domésticos, en maneras de estar en las calles, entre muchas otras, están
orientadas a la búsqueda de experiencias agradables y placenteras.
A la estética le incumben los procesos para generar tales efectos, no la cualidad o naturaleza de tales efectos (…)
podemos sortear el miedo al psicologismo si nos ocupamos, como propio de la estética, de los mecanismos o
estrategias de producción de efectos emotivos, y les dejamos a los psicólogos la naturaleza o tipificación de tales
emociones (Mandoki, 2008: 56).
Con ello, tomamos distancia en este trabajo de esta perspectiva moralizante de esta forma de
abordar la “estética cotidiana”, en donde lo estético lastra todavía con una suerte de limitación para
vincularse con todas las dimensiones de la vida humana, desde su expresividad poética y la
prosaica, del gusto y lo agradable, pero también de lo que está a medio camino entre lo placentero
y lo no placentero, de lo que causa repulsión, extrañeza y atrae a la vez, de lo que es viscoso y
empegota. Asimismo, de lo grotesco, lo vulgar, lo “envenenado” de la vida.
Considerar que la estética de la vida diaria solo está en lo que se considera “bueno” es perder de
vista un porcentaje determinante de las tramas políticas, sociales y culturales que estructuran la
realidad. En este sentido, la estética de lo cotidiano puede, en efecto, hacer que la vida en común
se configure desde una sociabilidad equilibrada y ponderada, pero también (sobre todo, si se piensa
desde los tres lugares de interés de esta investigación) esta estética cotidiana, o mejor, estas
92
estéticas cotidianas, son diversísimas, se encuentran en disputa y exhibición permanente: las hay
varias que apuntan al estar juntos en el reconocimiento del otro, pero hay otras que se cimientan en
la coerción y violencia institucional y no institucional, y tantas otras, propias de la parte maldita
de lo urbano, que emergen de lo abyecto, lo grotesco y lo “inmoral”.
Así, pues, suscribimos aquí las ideas ya expuestas con Solórzano y que Mandoki resume de forma
clara: “Los fenómenos estéticos no tienen por qué ser inmorales, ni tampoco morales. Son lo que
son: estéticos” (Mandoki, 2008: 58). Aún es más, no sobra recordar aquí los ideas que Terry
Eagleton (2006) presenta en su texto La estética como ideología en donde muestra cómo en el
mundo contemporáneo las diversas orientaciones políticas, las diversas formas de vida, los
múltiples discursos que buscan operar sobre el mundo, esto es, las diversas ideologías, se hacen
concretas y se anclan en la realidad sensible de las personas por vía de su explicitación estética, del
hacerse visibles y del aparecer. Para Eagleton la estética se ocupa de la dimensión más basta e,
incluso, banal de lo experiencia humana.
Para profundizar un tanto más estas ideas, cabe traer las reflexiones que hace Saito (2019) en su
revisión sobre la “estética cotidiana”. En este artículo, la autora ofrece un vasto panorama de las
diversas perspectivas conceptuales en torno a los estudios que han podido realizarse en la medida
que la reflexión estética ha rebasado los límites de la reflexión artística y se ha instalado de manera
cada vez más decidida (y en constante expansión) en pensar las múltiples formas en que se
configura la vida cotidiana en el mundo contemporáneo.
Saito da cuenta de investigaciones que van desde la creación artística, pasando por la comprensión
de prácticas domésticas, hasta la reflexión sobre la puesta en común en las calles de las ciudades.
Y es en esa amplitud temática en donde habla, con Mandoki, de lo indispensable de considerar el
componente “negativo” de la estética de la vida diaria, en donde ingresarían precisamente todas
aquellas manifestaciones malditas de lo cotidiano a las que se ha hecho alusión. La autora reconoce
que negar esa “estética negativa”, traería consigo la incomprensión de fenómenos estéticos, a la
vez poéticos como prosaicos: se perderían de vista aquellas creaciones artísticas contemporáneas
que hacen uso de lo terrorífico, lo grotesco, lo no placentero y lo violento para la construcción de
sus obras, para llamar la atención sobre desajuste sociales, políticos y culturales y se estarían
dejando de lado un porcentaje clave de la “materia prima” de la realidad social que afecta la
93
sensibilidad individual y colectiva. En palabras de la autora al reflexionar sobre ese componente
negativo de la estética42:
Estas cualidades más dramáticamente negativas pueden ser experimentadas en espacios urbanos miserables, ruido
ensordecedor, vallas publicitarias abarrotadas con letreros llamativos e imágenes visuales sórdidas, hedor de una
fábrica cercana, y cosas por el estilo. A la luz de que la estética ha tendido a limitar su alcance a cualidades y
experiencias positivas, la estética cotidiana nos reta a prestar mucha atención a los aspectos estéticos negativos de
nuestra vida debido a su inmediato impacto en la cualidad de la vida (Saito, 2019:10)43.
Otro aspecto que cabe aclarar frente a la perspectiva de Pérez-Henao y Melchionne sobre la estética
de lo cotidiano, tiene que ver con que el interés que se le quiere dar aquí a la estética desde su
dimensión prosaica y social va encaminada a poner de relieve cómo estás se manifiestan y se hacen
explícitas exhibiéndose en las calles del centro de la ciudad. Con ello no se trata de determinar si
las prácticas urbanas que se analizan tienen o no cualidades estéticas, o si dichas prácticas le
generan placer o posibilitan experiencias estéticas agradables a quienes las realizan o a quienes las
están observando.
Para decirlo con claridad: esta especie de clasificación de cosas y gestos con cualidades estéticas
no es el enfoque que se le ha dado a este trabajo y no es de nuestro interés. Y no lo es, puesto que
estimamos que esa lógica clasificatoria de lo que ocurre en la vida diaria de las personas, a la
manera de un experto que mira la realidad y define qué es válido de ser considerado de una u otra
manera, no hace más que separar lo que está mezclado y perder de vista las apasionantes formas
en que, por ejemplo, la carne y la piedra se han relacionado y se relacionan hoy en lo urbano.
42
Aquí cabe comentar que para Saito la “estética negativa” puede servir de evidencia explícita de desajustes sociales,
culturales y económicos de una zona urbana o de lugares concretos de las ciudades y que, en consecuencia, al
identificarla de ese modo (como manifestación de dicho lado “negativo” de la estética) sea posible la movilización de
intereses individuales y sociales para hacer algo que evite o mejore las condiciones de lo que hace que esa estética
negativa se manifieste. Ahora, el riesgo de esta propuesta puede radicar en que la acción “estética” se reduzca solo
a la higienización y al embellecimiento material de los lugares, como suele ocurrir en los procesos de la planificación
urbana sumada a acciones policivas para mantener un relativo control sobre los lugares “recuperados”. Por su parte,
existen ciertas acciones del activismo político o de las prácticas artísticas contemporáneas, que ponen a funcionar
esas estéticas en su propia dimensión sin moralizarlas, haciendo visibles los mecanismos culturales y sociales que las
constituyen (sobre esto último se hablará en capítulo 5).
43
“These more dramatically negative qualities can be experienced in a squalid urban space, deafening noise,
cluttered billboard with gaudy signage and sordid visual images, stench from a nearby factory, and the like. In light
of the fact that aesthetics has tended to confine its scope to positive qualities and experiences, everyday aesthetics
challenges us to pay serious attention to the aesthetically negative aspects of our lives because of their immediate
impact on the quality of life” (Saito, 2019: 10). Esta y las demás traducciones del inglés son hechas por el investigador.
94
Con ello, y para enfocar la mirada precisamente al problema de la categoría de las estéticas en su
vinculación con el estudio de la ciudad y lo urbano, recogeremos lo dicho a partir de la noción de
la estética expandida. Más concretamente, del modo en que la categoría de las estéticas de la que
se está hablando, se inserta en los diversos estudios que desde la estética expandida viene
adelantado desde hace más de 30 años el Grupo de Estudios Estéticos de la Universidad Nacional
de Colombia, sede Medellín44. De la diversidad de aproximaciones sobre la estética expandida que
se plantean en el Grupo, llama en especial la atención aquella que parte de una comprensión de la
estética en el marco de una reflexión situada en un tránsito entre lo paleontológico, lo filosófico y
lo antropológico.
El comportamiento estético de los grupos humanos así entendido, haría referencia a unos discursos,
unas prácticas y ritos culturales y religiosos, unos gestos corporales reiterados con ritmos
específicos y unas formas de exhibición vestimentarias, culinarias, arquitecturales, musicales,
artísticas y plásticas, que, sumadas, permiten el juego social de identificación/diferenciación de las
personas con grupos sociales concretos. Partiendo de esta perspectiva paleontológica y
contribuyendo a la expansión de la reflexión estética, el profesor Montoya (2008) en la parte final
44
Pensamos aquí en la diversidad de investigaciones que desde una perspectiva de la estética expandida han venido
adelantando docentes y estudiantes del Grupo. Estos productos académicos se han traducido en libros y artículos de
investigadores, entre los que se destacan los trabajos ya citados del profesor Jairo Montoya (1998; 1999; 2002; 2010)
y el profesor Manuel Bernardo Rojas (2017) y los escritos del profesor Jorge Echavarría (1998; 2014). Asimismo, la
producción de las tesis de la Especialización y la Maestría en Estética, algunas de ellas publicadas, ofrecen unas luces
y avances sugerentes para pensar la ciudad y lo urbano desde su dimensión estética. Por nombrar algunas, están los
trabajos de: Carlos Mesa (1994) Formas estéticas y geografía de la casa urbana, Gilberto Arango (1997) La poética:
de la casa de patio a la casa moderna, Gilda Wolf (2006) La estética de la fiesta en Medellín. Mapas, rutas geográficas
y una propuesta, María Verónica Molina (2011) De formas, formatos y fórmulas, Luisa Fernanda Botero (2013)
Heterotopías del transeúnte, Sebastián Muñoz (2014) Medellín ciudad ocasional, tres despliegues estéticos y Catalina
Trujillo (2017) Medellín cultura: lectura de una marca de ciudad a través de la transformación urbanística y la
apropiación del edificio cultural.
95
de su trabajo Explosiones lingüísticas, expansiones estéticas, propone entender que la experiencia
de la sensibilidad humana que le da sentido a la realidad social (a la vez poética y prosaica), puede
ser entendida en los juegos de la exteriorización de la memoria social en sus lógicas de la
territorialización, desterritorialización y reterritorialización45.
Lo relevante de este asunto es la puesta de relieve de que estos procesos simbólicos dados en las
lógicas del comportamiento estético, rebasan las posibles explicaciones dadas desde una
racionalidad clasificatoria y ordenadora. Según Montoya: “Desplegando la exteriorización de la
memoria colectiva del grupo y anclado en sus registros mnemotécnicos la supervivencia del mismo,
tal ‘universo simbólico’ desborda los intentos de explicación que han querido comprenderlo como
efecto de poder racional del hombre” (2008: 215).
Por lo tanto, una vía posible para aproximar un intento de comprensión de estas estéticas
expandidas es en el abordaje de los comportamientos estéticos en los modos en que se despliegan
en el espacio y en el tiempo, ya que en dichos despliegues es donde se: “(…) sindica la inserción
del individuo en su grupo y (…) hacen de su cuerpo la superficie para una tal inscripción, de una
tal expresividad” (Montoya, 2008: 234). Cabe agregar además que el carácter plural del
comportamiento estético que se ha mencionado no es dado de manera gratuita. Las puertas que se
abren con la estética expandida posibilitan mirar los fenómenos sociales desde distintos niveles en
que se manifiesta ese comportamiento estético, lo que hace visible las “capas” que los configuran.
Capas o niveles que van desde:
45
Sobre estas tres nociones cabe hacer aquí dos precisiones. La primera es comentar que hablamos de ellas siguiendo
los planteamientos hechos por Gilles Deleuze y Félix Guattari (2004) aplicados para la reflexión urbana por María C.
Echeverría y Análida Rincón (2000) y geográfica por María T. Herner (2009) y luego revisados, desde la geografía
humana, por Rogério Haesbaert (2013). A grandes rasgos, y de la mano de estos autores, entendemos que cuando
se habla de procesos de territorialización, desterritorialización y reterritorialización, se está haciendo referencia a las
formas móviles en que se constituye el territorio. Este territorio, que puede abordarse desde dimensiones
geográficas “macro” o “micro” escalares y se lo aborda, generalmente, desde su doble condición física y simbólica,
no es algo dado. Por el contrario, dicho territorio existiría solo en la medida que ha sido formado por cualidades
simbólicas sustentadas en marcajes materiales concretos e identificables, esto es: que ha sido territorializado para
el uso y el control del mismo por un grupo humano determinado. Hay que agregar que ese hecho de territorialización
no es definitivo, más bien, se encuentra en una condición de contingencia por ser desterritorializado por “otros”
individuos o grupos que buscan hacer sus propios marcajes y ejercer su control sobre ese territorio. De ahí que, el
territorio así entendido, se de en la relación de los tres procesos mencionados. La segunda precisión tiene que ver
con el hecho de que la dimensión territorial que aquí interesa es aquella que se vincula con procesos de conformación
“micro” territoriales en lugares concretos de las ciudades, más precisamente: en los entornos urbanos que son objeto
de estudio de esta investigación.
96
(…) una estética fisiológica, definida por los ‘fundamentos corporales de los valores y los ritmos’, hasta una estética
figurativa, donde el lenguaje de las formas expresa lo que comprendemos por ‘arte’, pasando por la estética
funcional de los objetos y útiles y por las formas humanizadas del espacio-tiempo desplegadas en una estética
social, estos cuatro niveles del comportamiento estético marcan – en el sentido del marcaje, del tatuaje – unas
formas particulares de apropiación, o si se prefiere de ‘construcción de realidad’ cuya especificidad señala
precisamente los estilos culturales” (Montoya, 2008: 239).
Como puede deducirse, de estos niveles del comportamiento estético, la atención se centra
específicamente en aquellas que se refieren a esas “formas humanizadas del espacio-tiempo
desplegadas en una estética social”. No podría ser de otro modo, pues el carácter espacial de esta
investigación así lo determina. Más si se tiene en cuenta que de lo que aquí se trata es de unas
espacialidades, en el decir de Lussault, que constituyen y se constituyen en lo urbano.
Es precisamente desde esa fructífera apertura que ofrecen los estudios de la estética expandida que
en los últimos años se han adelantado diversas reflexiones sobre los despliegues estéticos en la
constitución de la ciudad contemporánea en general. Así podemos constatarlo en las recientes
reflexiones desarrolladas en la edición Apperances that matter de la revista City and Society. En
especial los artículos: Apperance that matter: Aesthetic practices in the city de Christa Ballard y
Julia Yezbick (2020) y “Beauty won’t boil the pot”: Aesthetic discourse, memory and urban
development in Edimburgh de Christa Ballard (2020). En el primer artículo, que hace las veces de
la presentación del tema que ha convocado la revista, ambas autoras se plantean el problema de las
prácticas estéticas que aparecen en la ciudad, de cómo para que unas de ellas aparezcan, hay tantas
otras que deben desaparecer.
Así, las prácticas estéticas que se encuentran en las ciudades y las constituyen, no se abordan en
un sentido armónico, ni neutral ni mucho menos desinteresado. Por el contrario, para las autoras,
en el marco de las formas globalizadas de producción de las ciudades contemporáneas, las formas
en que aparecen los discursos oficiales sobre la planificación, las arquitecturas que se proyectan,
se represan y se construye, los materiales con las que se materializan, y la coherencia, orden y
control que buscan establecer son todas manifestaciones de unas prácticas estéticas de hacer la
ciudad estandarizadas e institucionalizadas que entran en conflicto con otras prácticas que, en
muchos casos, desaparecen para que las nuevas se hagan visibles.
97
Al respeto, interesan aquí tres asuntos. El primero tiene que ver con la puesta en consideración de
la dimensión colectiva y social de unas estéticas que se registran en unas prácticas concretas (que
van de lo discursivo a lo no discursivo) y que aparecen y se exhiben en las ciudades para buscar
hacerse a un lugar y, de esta manera, entrar en procesos de negociación y de disputas con las demás
practicas estéticas y, en estos encuentros, darle, literalmente, forma a la ciudad. El segundo es el
reconocimiento de la relevancia de la dimensión material de esas prácticas estéticas, ya que es a
partir de esa dimensión concreta, donde el discurso se hace consigna, donde el plan se hace valla
de un proyecto y donde el proyecto se hace arquitectura, desde donde es posible identificar los
puntos comunes, las diferencias y los relacionamientos entre las distintas prácticas estéticas que
van configurando la ciudad. Y, el tercer asunto tiene que ver con el señalamiento explícito que se
hace de que las lógicas de aparición de las prácticas estéticas de producción de la ciudad
contemporánea tienen que pasar por procesos de destrucción y desaparición de lo existente para la
aparición de nuevas prácticas estéticas, en nuevas arquitecturas y con nuevos materiales.
Ejemplo elocuente de estos tres asuntos puestos en una acción crítica e interpretativa es
precisamente el texto ya citado de Ballard (2020) en donde presenta el caso de un proyecto de
renovación urbana en un sector de lo que podría denominarse el centro histórico de Edimburgo. En
este estudio, se ponen en juego los procesos de aparición de unas estéticas urbanas asociadas a la
renovación y recuperación a partir de la constitución de unas formas arquitectónicas estandarizadas
y unos modos de re-materialización urbanas que poco o nada tenían que ver con las características
formales y materiales preexistes en el lugar donde se realizaron las intervenciones.46
Lo que nos interesa de este asunto es subrayar el hecho de que los procesos de transformación
urbana, traducidos en unos materiales, unas arquitecturas y unos cambios en los usos de los lugares
no son inocentes. Los modos en que estos procesos se hacen visibles en las proyecciones de la
planificación urbana y sus maneras de emergencia y consolidación en la ciudad, traen consigo
procesos de homogenización e invisibilización de otras estéticas y otras formas de vida en la
46
Para la autora, esta superposición de unas estéticas contemporáneas de la gentrificación neoliberal y que son
reconocibles por sus similitudes en muchos lugares del mundo, son problemáticas en la medida en que en sus
maneras de emergencia y exhibición, necesariamente traen consigo una desaparición de otras estéticas urbanas. En
el caso de su investigación daban cuenta de las formas de vida barriales de unas clases trabajadoras que por
generaciones habían habitado en esa zona central de la ciudad. Como suele ocurrir, luego de años de tensiones, al
fin y al cabo, las obras de renovación se impusieron y al día de hoy el lugar estudiado por la autora se hace visible a
partir de una forma urbana renovada, con una arquitectura estandarizada y con el abandono de la mayor parte de
las y los habitantes tradicionales del lugar (Ballard, 2020).
98
ciudad. Y esto, claro, trae conflictos, tensiones y explicitación de las contradicciones propias esta
manera de constituir la ciudad47.
Con todo lo expuesto y para hacer una síntesis de cuál será el tratamiento de la noción de las
estéticas en este trabajo podemos decir que asumimos una postura de la ampliación de los estudios
estéticos donde ingresan las expresiones poéticas y prosaicas de la vida cotidiana, abarcado
aquellas consideradas como “negativas”. Con ello reiteramos la claridad de que entre lo poético y
lo prosaico no existen en realidad límites definidos, sino formas de exhibición de subjetividades
diferentes, con independencia de las valoraciones morales que pueda hacerse de ellas y que tiendan
a limitar el análisis aquí propuesto.
En este marco de la expansión de los estudios estéticos, son relevantes los comportamientos y
despliegues estéticos que dan cuenta de formas de vinculación del individuo en grupos sociales
determinados a partir de los mencionados juegos (y disputas) de territorialización,
desterritorialización y reterritorialización. Además, cabe insistir, que las estéticas sobre las que
centramos nuestra atención son aquellas que se materializan y aparecen, esto es: se hacen visibles
en sus formas de exhibición cotidiana de las personas en el espacio y el tiempo de las ciudades. Es
decir, es en los modos en que se ponen de manifiesto múltiples prácticas afectivas y materiales que
dan cuenta de unas maneras de ser y de estar en lo urbano, en donde se hallan algunas claves para
elucidar las formas en que se constituyen las diversas subjetividades que hacen y se hacen en la
ciudad.
Ahora bien, con todo lo dicho es posible cerrar este apartado acoplando las partes de esta suerte de
“mecanismo” de nociones que hemos venido construyendo para apuntalar los lugares del
desbordamiento. Para ello, proponemos retomar la idea de que el vínculo entre las subjetividades
con sus estéticas y sus memorias singulares, está dado por unas prácticas urbanas concretas que
deben entenderse como superficies de inscripción de dichas estéticas y dichas memorias (ver
47
Vale comentar que estas dinámicas de la aparición, desaparición e invisibilización no son lineales ni son propias del
mundo contemporáneo. Como lo hizo notar Marshall Berman (1991), ya en el siglo XIX la agudeza de Baudelaire
ponía en evidencia que los radicales cambios que el barón de Haussman estaba llevando a cabo en París con sus
bulevares si bien estaban, literalmente, haciendo desaparecer una trama urbana tradicional y unas formas de habitar
esa ciudad; al mismo tiempo estaban haciendo visibles desigualdades sociales antes invisibles para ciertos sectores
de las clases altas parisinas. Prueba de ello es el poema de Baudelaire Los ojos de los pobres analizado por Berman
en su trabajo: allí esa nueva forma urbana para “todos” se ponía en cuestión, pues ahí sí había una puesta en común
de ricos y pobres pero desde la exhibición más explícita de sus desigualdades sociales y económicas.
99
Figura 2). Ciertamente, la relación está dada por las prácticas urbanas, es desde ellas en donde las
subjetividades pueden materializarse, hacerse visibles, ponerse en obra y dejar huellas en el espacio
público urbano.
Figura 2. Esquema que sintetiza la forma en que las prácticas urbanas fungen como un registro objetivo y
espacializado de unas subjetivadas que han territorializado (con sus expresiones estéticas y sus modos de
hacer memoria) los tres lugares del centro de la ciudad que son objeto de indagación de esta investigación.
Elaboración propia.
Claro, en las prácticas, al fungir como superficies, no pueden leerse en todo detalle los aspectos
constitutivos y esenciales de las subjetivadas que las conforman. Estas (las subjetividades) dejan
registros a modo de traza y huellas dispersas, fragmentarias y móviles. En tal sentido, hay que
reconocer que es sobre esa piel de las prácticas urbanas en donde hay que prestar especial atención.
Así lo planteaba Isaac Joseph (2002) cuando buscaba aprehender las escurridizas experiencias del
transeúnte urbano de la gran ciudad: es en las superficies de las calles en donde se pueden leer las
trazas del andar, a veces continuo y muchas veces errático, de las personas, de sus formas de ser
en lo urbano y de sus estrategias para poder vivir y estar juntos en una ciudad llena de desconocidos.
Esto podría parecer problemático, pues podría argumentarse que en el análisis de la piel se pierde
la profundidad, los asuntos esenciales y el origen de los problemas. Sin embargo, como bien lo
expresa Joseph de la mano de Simmel:
(…) hay que dejar de lamentarse de la superficialidad de las relaciones sociales. La gran ciudad no es el escenario
de una perdida irremediable del sentido. Es un medio en el que las identidades se dejan leer en la superficie, en el
que ‘lo más profundo es la piel’ (Joseph, 2002: 48)
100
Es, pues, desde la profundidad de esa piel de las prácticas urbanas desde donde buscamos hacer
esta investigación. De ahí que cuando hablemos de las múltiples formas de ser y estar
(subjetividades) que se manifiestan en el centro de tradicional de la ciudad, lo hagamos haciendo
referencia a los modos en que estas se exhiben (a través de sus despliegues estéticos) y a las
maneras en que dejan huella (en que hacen memoria) en unas prácticas urbanas que se han ido
reiterando y haciéndose visibles en unas formas de planear y construir la ciudad, en unas
narraciones periodísticas que pueden ser identificadas, situadas y traídas a colación para su análisis
y en unas formas de vida que han encontrado su posibilidad de existencia en los entornos urbanos
estudiados.
Decir que las decisiones tomadas sobre el enfoque conceptual, el objeto de estudio, las fuentes
consultadas, las estrategias metodológicas empleadas y la analítica que se termina proponiendo en
una tesis siguieron un orden lógico, lineal y coherente, sería una afirmación que resultaría, cuando
menos, dudosa. Una investigación, sobre todo una que se enmarca en los estudios de las ciencias
sociales y humanas, suele constituirse en un tránsito por caminos sinuosos y accidentados, se
enfrenta a vacíos que deben ser bordeados y, en lo posible delimitados, y, sobre todo, debe
consolidarse en una estrecha relación con aquello que se ha determinado como su objeto de estudio.
Por tanto, el anclaje conceptual se afianza en la medida que se avance en la compresión del
fenómeno social que se estudia, llevando a que, en muchos casos, sea necesario hacer
replanteamientos teóricos que posibiliten otras lecturas del problema que se procura elucidar. Es
decir, si bien una investigación se presenta con cierta linealidad expositiva, lo cierto es que, en su
confección, el relacionamiento entre su dimensión teórica, las estrategias metodológicas empleadas
y el análisis realizado sobre objeto de estudio es constante y se caracteriza por su maleabilidad.
Ese ha sido el caso de esta tesis. La propuesta de un tipo de mirada que apunte a hacer explícitos
los desbordamientos de lo urbano sobre la ciudad, la selección de las calles aledañas a tres templos
emblemáticos del centro de Medellín como objeto de estudio, la determinación de la temporalidad
de la investigación, el interés por buscar aproximarse a las relaciones de poder que allí se
encuentran y el afianzamiento del enfoque conceptual para afinar el análisis sobre dicho objeto,
101
fue posible en la medida en que hemos establecido una relación dinámica y continua con las calles
del Centro.
En este contexto, hemos seguido el llamado de Ruth Sautu (2005) de hacer consciencia, y en
especial, hacer explícitas las relaciones entre la teoría, las decisiones metodológicas y el
tratamiento que hacemos del problema de estudio. De ahí que al tomar la decisión de insertar esta
tesis en el campo epistémico de los estudios socio espaciales y en su relación entre la ciudad y lo
urbano, determinamos una aproximación metodológica en tránsito entre diversos enfoques
disciplinares. Más, si se tiene en cuenta el nivel de complejidad y mutabilidad de los lugares que
establecimos para la indagación.
Cabe aquí hacer un comentario sobre eso que hemos denominado como el presente de los lugares
que son el objeto de esta tesis. Nos referimos a la indisociable dimensión crítica que viene adosada
a esa idea de comprender el presente, que, si bien ha guiado la escritura de este trabajo de forma
implícita, es momento de ponerla de relieve. Para ello, haremos alusión a los planteamientos de
Michel Foucault (2015) y Judith Butler (2001) en relación a la pregunta por ¿qué es la crítica?, y
la estrecha relación que esta tiene con la comprensión del presente.
Para decirlo en pocas palabras: la crítica sería una actividad marcada por la interrogación
permanente, por la puesta en cuestión de aquello que ha sido naturalizado social y culturalmente y
por la interrogación sobre las ideas dadas que se supone están allí para interpretar la realidad. Al
abordar una investigación desde esta perspectiva, se accede a la puesta en consideración de que
quien investiga está sujeto a una serie de prejuicios y preconceptos que lo determinan de tal manera
que pautan aquello que dice, hace y piensa.
102
De ahí que pretender un ejercicio crítico en una investigación tenga dos caminos que deben ser
transitados de manera simultánea: (i) el reconocimiento y el esfuerzo por des-sujetarse de las
imposibilidades propias de todo sujeto que investiga y (ii) la desnaturalización de los modos de
constitución del presente en donde se inscribe el objeto de estudio sobre el que se quiere aproximar
una comprensión. Esta doble vía de la crítica resuena en las indicaciones hechas por Pierre
Bourdieu, Jean-Claude Chamboredon y Jean-Claude Passeron (2002) cuando expresaban que uno
de los retos de quienes se enfrentan a estudiar la realidad social es el de reconocerse parte de ella
y, por lo tanto, saber que debe desnaturalizarla y cuestionar el “sentido común” que suele explicar
dicha realidad, simplificándola a partir de prejuicios y preconceptos profundamente arraigados en
la cultura.
Siguiendo a Giorgio Agamben (2011), entender críticamente el presente significa tomar distancia
de las consideraciones afirmativas que se tienen de este, pues se requiere cierta indocilidad, cierta
inconformidad, cierta toma de distancia frente a esa actualidad a la que se pertenece: la relación
con el presente es desfasada, pues se construye en una relación dinámica con el pasado (sea este
lejano o relativamente cercano) y se la entiende en su dimensión contingente. En ese sentido,
reconocemos que el presente de los tres lugares de los que nos hemos ocupado en esta investigación
no está dado, no es natural, no es total ni completo, no se da en la superación del pasado y no ha
llegado a ser lo que es de manera lineal y progresiva. De la crítica, de un abordaje desde las
posibilidades que ofrece el pensamiento crítico, depende mostrar que, en efecto, no es así.
Ahora bien, retomando entonces lo hecho para la elaboración de esta tesis, hay que recordar que
para el abordaje conceptual y metodológico de esta investigación propusimos un vínculo entre la
perspectiva sociológica de los modos en que se produce el espacio urbano presentados por Henry
Lefebvre (2013), la propuesta de interpretación geográfica multiescalar del espacio humano
ofrecida por Michel Lussault (2014) y los señalamientos que hace Sandro Chignola (2018),
siguiendo la analítica foucaultiana, sobre los modos de relacionamiento del poder en la constitución
de las tramas de la vida cotidiana.
Para decirlo en pocas palabras: con la teoría unitaria de Lefebvre ha sido posible abordar el
problema desde dimensión “macro” de la constitución de las ciudades desde la permanente tensión
entre un espacio urbano que se planea, uno que se narra y otro que se vive. Con Lussault, esa
perspectiva “macro” se ha hecho geográfica en su escala “micro” al ser leída desde unos lugares
103
situados, en una ciudad particular y una temporalidad concreta. Y con Chignola, hemos podido
pensar en que en esa relación entre lo planeado, lo narrado y lo vivido se ponen en evidencia juegos
de poder que dan cuenta de: (i) una racionalidad que planifica y norma el espacio, (ii) unas
condiciones de producción de verdad que legitiman o toman distancia sobre esa racionalidad y (iii)
otras racionalidades que, en general, se resisten a la normalización del Centro y que están
articuladas con formas de vida distintas que allí se despliegan.
Así pues, hemos encaminado esta investigación de manera simultánea por tres sendas para la
indagación, a saber: explorando una ciudad que se vive, una ciudad que se narra y otra ciudad que
se planea. En donde hemos abordado cada una de ellas desde una aproximación metodológica y
una exploración de fuentes de información particulares.
Bajo estas circunstancias, para la dimensión de la ciudad vivida realizamos un trabajo de campo
entre el 2018 y el 2020. Sobre este asunto es necesario hacer explícito que las salidas de campo
llevadas a cabo, si bien siguieron algunos lineamientos propios de la antropología o la etnografía
urbanas (Delgado, 1999b), no tuvieron la pretensión ni el interés de constituirse como un ejercicio
etnográfico en el sentido estricto del término. Esta tesis no es una etnografía. Y no lo es porque
para aproximar una comprensión de las subjetividades urbanas que constituyen los tres lugares que
son objeto de atención de este trabajo, fue necesaria una mirada que se moviera entre una dimensión
general, sobre la contingencia de las subjetividades identificadas como hechos urbanos de estas
zonas del Centro, y una dimensión particular, que diera cuenta de que cada uno de los tres lugares
se hace singular por la presencia y persistencia de unas subjetividades urbanas definidas.
En otras palabras, en la tesis abordamos las subjetividades urbanas que hacen singulares cada uno
de los entornos estudiados, a saber: aquellas subjetividades que se pueden leer desde las prácticas
urbanas del trabajo sexual callejero en el entorno de La Veracruz, del comercio informal y del
rebusque callejero especialmente presente en los alrededores de la iglesia de La Candelaria y la
presencia y de las exhibiciones (entre la reivindicación política y el comercio sexual) de la
población LGTBIQ+ del entorno cercano de la Catedral Metropolitana. Abordamos además las
subjetividades producidas por: el accionar institucional de las tres iglesias y sus formas de relación
con su entorno, las recientes prácticas turísticas que hacen ya, parte del entorno y algunas de las
prácticas artísticas tradicionales y contemporáneas promovidas por el Museo de Antioquia. Y, de
manera francamente general, buscamos considerar dos tipos de subjetividades no institucionales
104
que se han venido haciendo presentes de manera dispersa en el Centro, a saber: aquellas vinculadas
con los habitantes de calle y con la “paraquización”48 de esta zona urbana.
Como se evidencia, cada una de estas prácticas urbanas sería un tema de indagación bastante basto
(susceptibles de ser objeto de una etnografía). Pero el objeto de esta tesis no son (en sí mismas) ni
el fenómeno de la prostitución, ni del comercio informal, ni la población LGTBIQ+, ni el turismo
global, ni los rituales católicos en el centro, ni el Museo de Antioquia, ni las músicas populares.
Sino, cabe repetirlo: las formas de constitución que esos tres lugares del Centro han tendido a partir
de la relación de una multiplicidad de subjetividades urbanas que se han hecho sitio en esos lugares,
poniéndose en común y desbordándose.
Lo que hicimos entonces, fue, más bien, realizar unos préstamos metodológicos y procedimentales
de las técnicas de investigación de este tipo de etnografía que posibilitaron una aprehensión de esa
inmensa diversidad de acontecimientos de estos tres lugares49. De esta manera, puede concretarse
48
Nos referimos específicamente a las maneras en que los grupos ilegales/criminales conocidos como las “Convivir”
fueron, literalmente, adueñándose de las calles, las esquinas y los parques del Centro. De forma resumida,
comentaremos que las “Convivir” se crearon en los años noventa con la excusa de profundizar la seguridad ciudadana
proporcionando un andamiaje institucional para que grupos civiles se armaran y pudieran garantizar su propia
seguridad y la de su comunidad. Esto devino rápidamente en grupos armados paraestatales que se les quitó el aval
institucional y se los “desmontó” o se trató de legalizar haciendo que se formalizaran como empresas privadas de
seguridad. En concreto lo que ocurrió es que se propició una puerta de entrada para que una intensa fuerza no estatal
iniciara un continuado proceso de conquista del Centro abanderando discursos y la puesta en práctica de la limpieza
social, el control de las calles y la seguridad para garantizar un buen desarrollo de la actividad comercial. Esta
“paraquización” del Centro se hace presente en las “vacunas” que se cobran de múltiples maneras para evitar
denuncias e investigaciones por parte de la institucionalidad. Así, las “Convivir”, el “convivir”, los “muchachos”, el
“paraco” o los grupos de “paracos” que se encargan de la “seguridad de por aquí” están presentes todo el tiempo en
el Centro. El pago periódico que les hacen desde el ventero ambulante más precarizado hasta los casinos más vistosos
de esta zona urbana, sumados a las demás rentas irregulares de las que participan y las intensas formas de violencia
que administran, hacen que su inquietante ubicuidad y su poder sean innegables. En un primer vistazo a las dinámicas
del Centro pareciera que no estuvieran allí, sin embargo, al menor repaso a “contrapelo” de esa primera impresión,
se hacen visibles: son un secreto que está en la conversación de todos. Y así, entre el silencio y el fuerte murmullo,
esas relaciones de poder ilegal/criminal, elocuentemente representados en las “Convivir”, hacen parte constituyente
de este sector de la ciudad. Al respecto El Colombiano y el Q’hubo han dedicado buena parte de su producción
periodística sobre el Centro a mostrar las estrategias en que los intereses criminales/ilegales sacan cuantiosos réditos
económicos de sus actividades en esta zona urbana. Resultan significativos los siguientes: Las convivir, desbordadas
en el centro de Medellín de Elizabeth Yarce publicado el 16 de junio del 2002 en El Colombiano, Paras acosan con
vacuna a venteros escrito y publicado por La Chiva (Q’hubo) del 16-22 de septiembre del 2004, La cuadra que no
quiso pagar la vacuna de El Colombiano publicado el 28 de agosto del 2011, Hasta en los semáforos hay vacunas de
Rodrigo Martínez publicado el 8 de abril del 2013, El centro se agita entre poderes legales e ilegales de El Colombiano
publicado 9 de junio del 2014, Así es la economía criminal en el Centro de Juan Ortiz publicado el 2 de octubre del
2014, estos cuatro últimos publicados en El Colombiano. Y Drogas negocio millonario en el Centro de Andrés Osorio
publicado el 7 de junio en el Q’hubo.
49
Para Eduardo Restrepo (2016) en su texto Etnografía, alcances, técnicas y éticas, la etnografía es una técnica de
investigación que hace tiempo dejó de pertenecer únicamente al campo de la antropología y ha empezado a ser
105
lo hecho en más de 40 derivas urbanas por las zonas de interés de la tesis50, 11 recorridos
prestablecidos y guiados51: uno de carácter académico con el profesor Luis Fernando González52,
uno propuesto por un colectivo de gestión cultural del centro llevado a cabo en febrero del 2019,
dos en el marco de las ceremonias religiosas de Semana Santa del 2018 y 2019, uno realizado el
miércoles de ceniza del 2020, cinco realizados en el marco de la oferta turística que se hace en el
centro de la ciudad en el 2019 y, en especial, en el 2020 y uno en el que recorrimos partes del
Centro con el acompañamiento de un artista local. Realizamos, además, cuatro salidas nocturnas
al bar “Las Delicias”, cercano a la Catedral Metropolitana entre el 2019 y el 2020 y tres salidas al
bar Divas The Gallery en Barbacoas en ese mismo periodo.
Asimismo, entre julio y agosto del 2019 realizamos un ejercicio de cartografías participativas con
cinco mujeres dedicadas al trabajo sexual callejero en la zona de la iglesia La Veracruz. Sumado a
ello, llevamos a cabo un total de 25 entrevistas53 no estructuradas repartidas de la siguiente manera:
aplicada por otras disciplinas de las ciencias humanas y sociales. Su potencia, nos dice, radica en que a partir de ella
es posible describir lo que la gente hace desde la perspectiva misma de la gente, esto a través de la observación de
las prácticas y de la indagación por su sentido. Si bien Restrepo hace mención del rigor procedimental que se espera
de una etnografía en el sentido estricto del término, lo que aquí nos interesa es señalar la flexibilidad que ha
adquirido está técnica y cómo ha trascendido sus límites disciplinares para ser aplicada en investigaciones realizadas
por personas que no necesariamente han sido formadas como antropólogas. Así, por ejemplo, es posible hacer uso
de varias de las indicaciones que comparte el profesor German Ferro (2009; 2010; 2011) en sus guías de observación
culturales para comprender las formas en que los lugares se van constituyendo en su densidad simbólica e histórica
a partir de la observación del acontecer cotidiano, de las prácticas y rituales de las personas, de los usos que estas
hacen de los edificios, los templos y los parques públicos. Asimismo Ferro menciona otras estrategias propias de la
etnografía para aproximar una comprensión de los lugares habitados, de ellas destaco: la revisión de investigaciones
históricas sobre esos lugares, la revisión de archivos periodísticos que hablen de ellos, así como también el
establecimiento de conversaciones casuales y de entrevistas más formales con personas que frecuentan esos lugares.
50
Para Iván Hernández (2010) en su Guía para la investigación urbana lo urbano se conoce viviéndolo, participando
de él y, sobre todo, recorriéndolo conscientemente. El de hacerse consciente del camino, del trazado de las calles,
de la diversidad de las edificaciones encontradas y de la vitalidad de la ciudad, en donde reside la invitación más
interesante del autor. Salir a la calle a des-naturalizar lo urbano, significaría entonces estar alerta a lo supuestamente
conocido, mirar con atención lo ya mirado, detenerse, detallar, volver a andar, seguir el recorrido, tomar notas, tomar
fotografías, grabar videos, construir relatos y establecer relaciones. Luego, al volver a casa, hay que repasar lo vivido,
para sistematizarlo y dar cuenta de la experiencia en una descripción a la vez detallada y crítica.
51
Más adelante en el trabajo se irá haciendo alusión en mayor detalle a estos recorridos.
52
Recorrido llevado a cabo el marco del curso de Cartografía(s): de la topografía a la topología, de la Maestría en
Hábitat de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, llevado a cabo el primer semestre del 2019.
53
No está demás señalar que para el ejercicio de estas entrevistas tuvimos en consideración los planteamientos que
Angela Giglia (2002; 2012) retoma de Pierre Bourdieu en relación a la relevancia de que en la realización de una
entrevista es clave dejar que la persona que se está entrevistando hable sin mayores interrupciones y que diga las
cosas en sus propios términos, en pocas palabras: quien está realizando la entrevista es realmente un “oidor”.
Asimismo, y esto es clave, tuvimos presente la premisa de que aquello que dice el entrevistado lo está diciendo a la
vez como individuo y como sujeto de un colectivo social. Es decir: cuando cualquiera persona habla, lo hace desde
su propia experiencia personal y biografía, pero, al mismo tiempo, eso que dice carga con información del grupo
social al que pertenece.
106
a las cinco mujeres mencionadas que se dedican al trabajo sexual, a cinco padres adscritos a la
Arquidiócesis de Medellín, a dos funcionarios del Museo de Antioquia y una empleada de la misma
institución, a una gestora y un gestor cultural del centro de la ciudad, a tres personas pertenecientes
a la población LGTBIQ+ del Centro, a cuatro guías turísticas dedicados y dedicadas a la realización
de recorridos por esta zona de la ciudad, a una gestora cultural y a un artista de la zona de
Barbacoas, a dos personas que administran bares en el Centro y a dos mujeres que han trabajado
en uno de esos bares.
En primer lugar hay que recordar que la pregunta por las narraciones sobre el centro de la ciudad
tiene un interés particular por aquellas perspectivas que den cuenta de la impronta religiosa de los
tres lugares concretos en donde se enfoca la mirada de este trabajo. Por lo tanto, el periódico El
Colombiano se perfiló rápidamente como una opción ineludible por su estrechísimo vínculo con la
matriz católica local y por constituirse como una casa editorial que cede, literalmente, parte de su
espacio en el periódico para el mantenimiento, la producción y reproducción de la racionalidad
católica medellinense.
Asimismo hemos escogido este periódico porque se ha alineado, en general, con la legitimación de
la narrativa institucional que se viene gestando desde finales de los años noventa sobre como la
ciudad ha conseguido “pasar la página” del miedo y el terror que vivió a manos del narcotráfico,
para convertirse en una metrópolis contemporánea gracias a los esfuerzos integrados de las élites
empresariales y políticas que lograron “recuperar” a Medellín (y su centro tradicional) y
rencausarla hacia su promisorio futuro de metrópolis atractiva, conectada y abierta al mundo.
En segundo lugar, también cabe traer a colación que una de las inquietudes de la investigación
tiene que ver con las formas en que es vivido el Centro, prestando atención a aquellas prácticas no
institucionales que se oponen a la norma, o que le son indiferentes. De allí que hayamos encontrado
en el periódico popular y sensacionalista el Q’hubo como una fuente clave para explorar dichas
formas de vivir el Centro que se caracterizan por estar fuera (y entre) los márgenes normativos y
107
que, entre otros asuntos, dan cuenta de una ciudad otra, de controles y poderes ilegales vinculados
con la violencia, la inseguridad y la muerte.
Al respecto, vale anotar dos aspectos de este periódico: (i) es evidente que su retórica periodística
contribuye a ahondar en prejuicios y estigmatizaciones sobre lo que ocurre en Medellín en general
y en el Centro en particular y (ii) sin embargo, es una publicación que por su estrecho vínculo con
“lo que pasa” en las calles le da cabida a unas realidades populares cotidianas que de otro modo
quedarían en el olvido.
En tercer lugar, vale comentar además que parte de las pretensiones de la tesis es procurar reconocer
la diversidad narrativa que se viene dando desde diversos sectores sobre el centro la ciudad, así
sean minoritarios. De allí que hemos visto en el periódico de periodismo alternativo Universo
Centro (UC) un contrapunto en términos de su propuesta interpretativa sobre el Centro.
Reconocemos de entrada que el tiraje y la cantidad de lectores de este periódico no se compara con
El Colombiano y el Q’ hubo, que se cuentan en millones, mientras que UC tiene un tiraje de unos
miles. Sin embargo, estimamos que, en todo caso, es una publicación que se ha hecho un lugar y
que, desde el análisis de sus distintas publicaciones, es posible contar con un panorama con la
diversidad suficiente para las pretensiones y alcances de la investigación.
Dos consideraciones adicionales: (i) consideramos que Universo Centro funge en dos dimensiones,
por un lado recoge, en parte, el trabajo que realizó por años el periódico cultural La Hoja y se ha
convertido como un medio de expresión de ciertas voces alternativas y académicas que buscan
pensar a Medellín y a su centro desde horizontes no necesariamente alineados con la abarcadora
visión institucional de la ciudad y (ii) el carácter tipo crónica, a medio camino entre lo “real” y lo
literario, de la mayor parte de sus artículos, sirven para ampliar el campo de configuración de las
narrativas sobre el Centro que se quedarían cortas si se consideran únicamente las noticias, perfiles
y crónicas tradicionales de las otros dos periódicos.
Con estas claridades, es posible comentar que para la revisión de los archivos periodísticos
llevamos a cabo el siguiente procedimiento. Realizamos un contacto con el Centro de Información
Periodística (CIP) de la casa editorial de El Colombiano ubicado en la sede central del periódico
en Envigado. Una vez establecimos comunicación con la persona encargada y dejamos claras las
pretensiones académicas de la investigación, fue posible acceder al sistema de dicha casa editorial
108
en donde se tiene registro de todas las publicaciones que realizan. Para le gestión de la información
en el CIP cuentan con un software de búsqueda denominado: Quay Fx4.0.0.2.0.
Haciendo uso de este programa, realizamos una búsqueda detallada de noticias, reportajes,
columnas de opinión, crónicas, perfiles y editoriales del Q’hubo entre 2002 al 2019 y de El
Colombiano entre 1998 y el 2019. Los criterios de búsqueda en todos los casos fueron las siguientes
palabras clave: centro de Medellín, Parque Berrío, Parque Bolívar, La Candelaria, la Metropolitana,
La Veracruz, Museo de Antioquia, Plaza de las Esculturas y Plaza Botero. Al hacer esto, en el caso
del periódico Q’hubo conseguimos identificar inicialmente unos 600 contenidos de posible interés,
los cuales sometimos a un proceso de revisión más detallado y los conseguimos reducir a un total
de 312. Hecho esto, procedimos a comprar las publicaciones elegidas para su posterior análisis.
En el caso de El Colombiano, el procedimiento fue distinto, pues una vez realizamos una
identificación de las publicaciones de interés en el sistema Quay Fx4.0.0.2.0., decidimos hacer una
consulta del mismo en la Colección Patrimonial de la Biblioteca Carlos Gaviria Díaz en el 4to piso
en la Universidad de Antioquia ya que allí se encuentra el archivo en físico y completo del periódico
El Colombiano y puede ser consultado de forma gratuita. Al respecto de este periódico, tomamos
inicialmente un poco más de 900 fotografías de diversos contenidos sobre el centro de la ciudad y,
luego de un proceso de sistematización, los delimitamos a un total de 444 para su análisis.
En cuanto al archivo del periódico Universo Centro, que ha sido consultado entre 2008 y el 2019,
se encuentra en su totalidad en formato digital en el sitio web de la corporación. De dicho periódico
identificamos inicialmente unos 180 contenidos entre fotografías, reportajes, cuentos, editoriales y
crónicas periodísticas. Del mismo modo que ocurrió con los otros dos periódicos, luego de una
depuración concretamos el análisis en 162 contenidos.
En síntesis, el análisis de la dimensión narrada del Centro lo llevamos a cabo a partir del estudio y
la comparación diferenciada de estos tres periódicos a partir de un total de 918 contenidos. Cabe
subrayar el carácter heterogéneo de dicha información: va desde pequeños comentarios, pasando
por informativos medianos hasta crónicas y reportajes un tanto más extensos. Hacemos mención a
esto ya que si bien la cantidad del acervo periodístico es vasto, en realidad pudo ser abordado a
partir de un ejercicio de revisión y análisis sistemático que hizo posible acometer la labor de dar
109
cuenta de las narrativas preponderantes que se han constituido y se constituyen en torno al centro
de la ciudad.
Sobre esto último, podemos adelantar una idea central sobre la revisión de este archivo: las
narraciones propuestas por estos tres periódicos son, ellas mismas, unas prácticas discursivas que
actúan sobre lo urbano y por ende sobre el Centro. Los tres periódicos tienen su línea editorial y
constituyen con su accionar periodístico unos centros particulares. Buscar analizar sus narrativas,
es, en parte, procurar entenderlas en términos de los modos en que operan para constituir unas
verdades sobre el Centro y permitir que se opere sobre él de distintas formas.
Hemos realizado entonces una revisión documental, diligente, del POT de 1999 y sus subsecuentes
revisiones del 2006 y el 2014. Asimismo, hemos hecho una revisión de los Planes de Desarrollo
(PD) de las diferentes administraciones de la ciudad de Medellín desde 1998 al 2016. En ambos
casos pusimos una especial atención en la identificación del discurso institucional en torno al centro
tradicional, a la concepción del espacio público como dispositivo de actuación sobre ese Centro, a
la mención explícita (o a los silencios) en torno a temas coyunturales para esta investigación como
son: la gestión y el control de la seguridad del centro, las ventas informales, el trabajo sexual
diverso, el uso y las restricciones en el espacio público, en fin, en el abordaje que se le ha dado
desde esta planeación urbana a las diversas subjetividades urbanas que se han manifestado y se
manifiestan en las calles del Centro.
Asimismo, y como línea de indagación relevante, hemos hecho un énfasis en identificar las
coincidencias de dicho tratamiento renovador sobre el Centro como eje estructural para el cambio
110
de imagen de la ciudad a nivel internacional, sus procesos de marketing urbana y el establecimiento
de las condiciones para la internacionalización de la ciudad y el aumento de su “atractividad” como
destino para hacer negocios y para el turismo global.
Para cerrar este apartado quisiéramos advertir que somos conscientes que el archivo que se ha
decidido abordar es complejo, y lo es por el carácter mismo de su objeto estudio. Hay que señalarlo,
es importante que dicho archivo sea diverso porque para constituir una analítica comprensiva es
necesario la vinculación de vectores temporales, espaciales y documentales. No se puede hacer esta
investigación centrada únicamente en una etnografía, o solamente en una revisión de los planes, o
únicamente en una revisión del archivo periodístico.
En efecto, para hacer este trabajo fue indispensable realizar una mezcla de estrategias, archivos y
temporalidades para poder aproximar una comprensión de la densidad simbólica, estética, urbana,
política y religiosa de los lugares sobre los que hemos centrado la atención. Insistimos, fue en el
cruce de los archivos y en la puesta en relación del pasado/presente y presente/pasado donde este
ejercicio consiguió articular trayectorias de sentido y problemáticas que nutrieron la dimensión
analítica de la investigación.
111
4. Otros centros, este Centro
Con este capítulo tenemos un doble propósito. El primero se centra en ampliar un tanto más el
estado del arte en donde se sitúa la tesis en relación a investigaciones que se ocupan de reflexionar
sobre la configuración de los centros históricos o tradicionales de las ciudades. En concreto, y
considerando el inmenso panorama en la literatura producida y en producción sobre los centros
urbanos, presentamos aquí un vistazo a trabajos sobre estos temas en el ámbito latinoamericano
que estimamos pertinentes para esta investigación.
Bajo estas circunstancias y con este camino recorrido, procederemos a centrar la atención en el
desarrollo del segundo propósito: presentar, con la ayuda de trabajos de investigación que se han
ocupado de pensar el centro de la ciudad de Medellín, algunos acontecimientos que se han ido
amalgamando para la constitución de los tres lugares de interés de este trabajo. Con lo cual,
esperamos dejar planteadas las condiciones de posibilidad para que estos puedan ser interpretados
como lugares del desbordamiento. Esperamos además explicitar algunas de las principales
condiciones que, de manera simultánea, se ponen en común y se singularizan en los contextos
urbanos de la iglesia de La Veracruz, la iglesia de La Candelaria y la Catedral Metropolitana.
Al centrar la atención en los estudios en torno al problema de los centros históricos o tradicionales54
en distintas ciudades latinoamericanas, hemos encontrado cuatro grandes temáticas relacionadas
54
Cuando relacionamos la denominación de los centros históricos con los centros tradicionales, lo hacemos teniendo
en consideración el señalamiento hecho por Fernando Carrión (2013) de la relevancia simbólica e histórica que estas
zonas urbanas han ido adquiriendo para las ciudades contemporáneas, bien sea porque es allí que aún se encuentran
en pie edificaciones de diferentes momentos de la historia, porque se concentren allí diversos establecimientos para
suplir las necesidades de las poblaciones, o porque funjan como lugares de referencia de las narrativas oficiales que
los establecen como los puntos fundacionales de la identidad cultural de sus pobladores. Sumado a ello, se tiene en
consideración que, para el caso de la mayor parte de las ciudades latinoamericanas, esa zona que se reconoce como
histórica o tradicional ha dejado de ser propiamente el centro de la ciudad, ya que esta, al entrar en la lógica
metropolitana, se caracteriza por ser policéntrica, lo que ha generado que muchos de sus centros históricos o
tradicionales, no sean ya los puntos de reunión del poder político y económico. Con todo, lo que nos interesa advertir
aquí es que cuando hablemos del centro tradicional de Medellín, lo estaremos haciendo acogiendo esa definición
amplia y diversa que señala Carrión para referirse a estas zonas históricas de la ciudad, a pesar de los ya sabidos
procesos de sistemática demolición, en el caso medellinense, de edificios y fragmentos urbanos que daban cuenta
su arquitectura colonial, republicana e, incluso, moderna (González, 2018a).
112
en torno a las cuales giran las investigaciones estudiadas: (i) la dimensión patrimonial del centro
en términos urbano/arquitectónicos, históricos y culturales, (ii) los modos en que en estos lugares
se manifiesta la relación centro/periferia y la segregación socio espacial de la ciudad, (iii) las
distintas formas que adquieren las disputas por el espacio público en estos lugares y (iv) la reiterada
crítica a la renovación urbana como dispositivo contemporáneo encaminado a la “recuperación” y
“revitalización” de estos centros para el disfrute de “todos” los ciudadanos (propios y, en especial,
extranjeros).
Teniendo en cuenta lo anterior, iniciaremos entonces comentando que uno de los puntos comunes
sobre los estudios sociales y urbanos en torno a los centros históricos de buena parte de las ciudades
centro y suramericanas, es el reconocimiento de la función patrimonial que estos cumplen para las
ciudades. Así lo expone el arquitecto ecuatoriano Fernando Carrión (2013) cuando menciona que
los centros históricos pueden ser entendidos como el objeto de deseo de muchos sectores que
enfocan allí sus intereses políticos, económicos, constructivos, narrativos y simbólicos.
Y esto es así, ya que en estos centros suelen confluir, en menor o mayor medida, diferentes rastros
arquitectónicos y urbanos que dan cuenta de los distintos procesos históricos que han tenido sus
ciudades: sus vestigios prehispánicos, explícitos de forma majestuosa como en Ciudad de México;
su pasado colonial, que en muchos casos se manifiestan en casonas, edificios de uso institucional
y, en especial, en iglesias centenarias; su época republicana, en algunas ciudades aún presente en
el marco de su plaza principal; su periodo moderno, con sus formas de planeación y urbanización
manifestadas en edificaciones institucionales y de vivienda que respondían, desde una
interpretación local, a los preceptos del desarrollo urbano modernos; su periodo de decadencia,
puesto de manifiesto en el abandono factual y simbólico de las élites económicas, políticas e
intelectuales hacia otros lugares de las ciudades, en franco proceso de metropolización (a partir del
cual se consolidación otros centros), dejando “vacíos” calles, parques, plazas y edificios para otras
personas y otros usos que los llevaron a un proceso de “deterioro”; y, más recientemente, un
momento que puede denominarse como de “recuperación” de estos centros tradicionales,
manifestados en múltiples procesos de renovación urbana para su “revitalización” para el disfrute
de “todos los ciudadanos”.
En cualquier caso, hay que reconocer que los centros han sido y siguen siendo lugares en donde se
manifiestan con especial intensidad una relación dialéctica entre el centro y la periferia (Ballent,
2016; Dammert, 2017)56. Relación que debe ser considerada de manera especial en este caso, ya
que por ser los centros lugares de confluencia de la precariedad, de la miseria urbana, de la
incapacidad institucional, de la desmesura de los problemas sociales y los complejos fenómenos
ya señalados, estos (los centros) fungen al mismo tiempo como lugares de recepción de personas
de las periferias de la geografía metropolitana cada vez más fragmentada y expandida, y como
55
Fenómeno este que no es nuevo ni necesariamente homogéneo. Así lo muestra el estudio de Eduardo Kingman
(2016) quien centra su atención en las manifestaciones culturales y comerciales callejeras de los sectores populares
en Quito a mediados del siglo XX para mostrar cómo la modernidad excluyente pretendida por las élites de esa ciudad
fue trasgredida por las prácticas y formas de ser y estar en la ciudad de los indígenas y mestizos que se tomaban las
calles del centro urbano. Así, con el trajín callejero y la algarabía heterogénea de los mercados, bazares y ferias
populares, con sus lógicas de producción de mercancías semi artesanales y con sus formas de exhibición en chazas
improvisadas, telas en el piso y ocupación de la calle con sus productos, se ponían en entre dicho las supuestas
normas de civilidad y de urbanidad que debían seguirse para comportarse y estar con los otros en una ciudad con
aires regulados de una modernidad pretendida por las élites económicas y culturales. Con ello, dice Kingman, el
proyecto moderno civilizatorio y de control en mediados de los años XX se vio diversificado por los grupos indígenas
y campesinos que encontraron en la “cultura de los escaparates” una manera de hacerse un lugar en la ciudad,
ganarse la vida y de integrarse, un tanto a su modo, a las lógicas urbanas de la “gran” ciudad.
56
Vale hacer mención aquí el trabajo de Anahi Ballent (2016), que si bien hace énfasis en los cambios de la vivienda
popular en el Lima entre los años sesenta y ochenta, hace mención a una condición para los centros históricos o
tradicionales que traen consigo este tipo de hábitats urbanos situados en la periferia que traspasa los límites de las
ciudades. Esto es: el establecimiento de una tensión entre el centro y la periferia. Tensión, en todo caso, relativa, ya
que esa “periferia”, conformada por clases populares heterogéneas, entre campesinos, negritudes, mestizos e
“indios”, son las que, en buena medida, se toman las calles, plazas y entornos urbanos de los edificios emblemáticos
de esos centros para trabajar, en su mayoría de manera informal, y sobrevivir en la ciudad.
114
periferias urbanas en sí mismos en relación a otras centralidades en donde se ha mudado el poder
político y económico (Jirón y Mansilla, 2014)57.
En otras palabras, los centros históricos a los que hacemos alusión resuelven esa relación dialéctica
constituyéndose como lugares de visibilización de las marginalidades de la ciudad. Son centros
que, por su condición de abigarramiento social, cultural y simbólico, hacen síntesis de unas formas
“otras” de poner en práctica la ciudad, no necesariamente institucionalizadas, que responden a unos
comportamientos, unas formas de hacer historia y unos modos particulares de hacerse visibles.
No es gratuito entonces que varias de las aproximaciones investigativas para buscar comprender
los centros históricos se sitúen en la lógica de procurar reconocer los “imaginarios urbanos”
entendidos como puertas de estudio para abordar la ciudad desde una dimensión espacio-temporal
no euclidiana debido a su carácter complejo, múltiple, yuxtapuesto y cambiante (Hiernaux, 2006;
Silva, 2006). De manera sintética se puede hacer alusión a los siguientes puntos coincidentes para
caracterizar los centros tradicionales latinoamericanos a partir de dichos imaginarios: son lugares
que a partir de la segunda mitad del siglo XX han sido paulatinamente abandonados por sus élites
pasando a ser ocupados por los sectores populares, aunque hoy en día, por su potencial simbólico,
histórico y, en especial, de desarrollo económico en lo comercial, lo inmobiliario, lo cultural y lo
turístico, son lugares que esas mismas élites los quieren de vuelta.
Por tanto estos centros se configuran como lugares de exhibición del ejercicio de los poderes
institucionales, no institucionales y de manifestaciones políticas y sociales de diversos colectivos
que pujan por reivindicar su pertenencia a la ciudad y por hacerse a un lugar en ella (Hiernaux,
2014; Delgadillo, 2016). Estos centros son, además, lugares en donde se materializan los miedos
urbanos contemporáneos posibilitados por el anonimato de sus calles, su abandono, sus resquicios
oscuros y por ser lugares donde se manifiestan los “otros” que pueden hacer daño: existe el miedo
57
Paola Jirón y Pablo Mansilla (2014) hacen alusión a las consecuencias que un urbanismo que llaman fragmentador,
y que viene configurando la ciudad de Santiago de Chile, literalmente, en fragmentos dispersos en diversas zonas de
la ciudad: bien sea en las periferias urbanas pauperizadas, en los suburbios de las zonas más ricas de Santiago o en
zonas urbanas que se intercalan fragmentos de riqueza y pobreza, debidamente delimitados e “impermeabilizados”
entre sí. A esta perspectiva se le suma la crítica que hace Marién Cifuentes (2014) sobre ese urbanismo encargado
de crear fragmentos urbanos, ya que pone en consideración que esta apuesta de ir produciendo la ciudad a partir de
proyectos concretos con un potencial muy alto de rentabilización interesa sobre todo a sectores privados
configurados por grupos empresariales, alianzas público-privadas que buscan, en esencia, la generación de múltiples
proyectos fragmentarios que permitan ir desarrollando la ciudad por pedazos para generar el mayor rendimiento
posible.
115
a los atracos, las violaciones, las extorsiones, la agresión física y el asesinato (Silva, 2006; Leal,
2014; Lamas, 2017).
Sin embargo, estos mismos centros son referenciados para reivindicar narrativas de la nostalgia de
una supuesta ciudad más integrada, manejable, de una escala urbana vivible y de una idealizada
integración social en donde cada quien ocupaba su lugar. De esta manera, y en especial desde los
años setenta y ochenta del siglo XX, suelen ser reivindicados como los lugares donde reposan las
claves de la verdadera identidad nacional para la cohesión poblacional. Lo cual puede entenderse
como una abstracción abarcadora y problemática, que en todo caso suele fabricarse a partir de
recientes procesos de patrimonialización de fragmentos urbanos que incluyen edificios concretos,
algunas calles, unas plazas, unos mercados y uno que otro parque (De Alba, 2014; Delgadillo,
2016)58.
En este contexto, existe hoy un conflicto latente entre una postura conservacionista de los centros
históricos y otra postura, que puede ser denominada posmoderna, que se inclina a la renovación
urbana para la “recuperación” de los centros tradicionales haciendo un uso bien particular del
patrimonio arquitectónico (Silva, 2006; Hiernaux, 2006; Carrión, 2013). La primera postura mira
el pasado de forma nostálgica para encontrar un sentido en lo que ocurre en el presente. Dicha
perspectiva, es de uso común por el Estado, ciertos sectores de la academia, la población civil y las
empresas, y buscan la recuperación de un pasado idealizado y perdido, manteniendo a los centros
urbanos en un estancamiento temporal y urbano que poco o nada se integre a los cambios sociales
y culturales que se viven en sus calles.
58
Martha de Alba (2014) ofrece una visión esclarecedora sobre estos procesos de fabricación de un lugar como
patrimonio histórico unificador de lo que podría entenderse como una identidad nacional compartida por todas las
personas que nacen y habitan un territorio nacional. Este fue el caso del centro histórico de Ciudad de México, que
era considerado como un lugar de central de referencia urbana, pero que no fue sino hasta inicios de los años ochenta
que se establece como un monumento de la identidad nacional, constituyéndose como un lugar concreto en donde
reposan las bases del relato del mestizaje y los orígenes del pasado glorioso de la civilización prehispánica. Con ello,
y sustentados en la declaratoria de 1987 de la UNESCO de esta zona de la ciudad como patrimonio de la humanidad,
se inicia un continuado y sistemático proceso de “recuperación” de ese centro ya patrimonializado. Así lo evidencia
Víctor Delgadillo (2016), quien comenta que entre los años sesenta y ochenta se constituyeron políticas urbanas de
reconocimiento patrimonial del centro histórico como depositario de la narrativa identitaria de esa ciudad y del país.
Políticas estas que fueron el piso jurídico clave para que desde los años noventa a la actualidad, se llevarán a cabo
sistemáticos procesos de renovación urbana, de regulación de ventas informales y de control de los espacios
“públicos” en esta zona urbana. Con ello, se hace explícita una paradoja inherente a los procesos de renovación
urbana contemporáneos, que en este caso se dan vía la preservación y exaltación de un patrimonio, y es el hecho de
que traiga consigo un inexorable proceso de exclusión de los excluidos, de los otros de la ciudad: los sectores
populares que se han hecho su lugar en los centros históricos, que, al renovarse, pareciera que no tienen otra opción
que salir de allí a ocupar otro lugar de la metrópolis contemporánea
116
Mientras, el imaginario posmoderno se caracteriza por la atomización del espacio y el tiempo,
buscando la espacialización genérica del capital a pesar de que se materialice urbanística y
arquitectónicamente desde una heterogeneidad morfológica, pero con un claro uso instrumental del
patrimonio, ya que sigue unos patrones de transformación claramente identificados: procesos de
higienización y estetización urbanos, tematización de los lugares representativos de las ciudades,
rentabilización del espacio de lo público y resemantización del patrimonio para su explotación
turística y económica. Ambas aproximaciones se encuentran en su incomprensión sobre esos
centros: una se centra en una nostalgia del pasado y la otra en un futuro idealizado, pero ninguna
los aborda en su actualidad en donde se les puede entender como lugares de relaciones sociales en
donde las confluencias mencionadas están en juego.
Como puede intuirse, por esas múltiples condiciones que se yuxtaponen en estos lugares de la
ciudad, los centros históricos o tradicionales suelen ser espacios de intensas disputas, diferenciados
en cada ciudad, pero que ponen en evidencia, en todo caso, unas dinámicas conflictivas de
territorialización, desterritorialización y reterritorialización de distintos intereses, poderes
(institucionales, no institucionales, públicos y privados, formales e informales) y dinámicas locales
estrechamente articuladas con procesos económicos y culturales globales (Ramírez, 2006;
Rodríguez, 2016; Hiernaux, 2019)59.
59
Sobre este tema, puede traerse como ejemplo el trabajo de Violeta Rodríguez (2016). En él se propone entender
ciertos entornos de las ciudades contemporáneas como lugares a la vez globales y locales, pues por un lado hacen
las veces de espacios donde reposa la abstracción de la identidad cultural de una sociedad y, por el otro, se establecen
como espacios de escenificación de eventos culturales y económicos del circuito cultural y del espectáculo
globalizado. Este es el caso de El Zócalo en el centro histórico de la Ciudad de México. Para ella, El Zócalo cumple con
estas características al servir de espacio de reunión para los eventos políticos, las protestas y los actos cívicos de
117
Dichas disputas pueden verse hoy con especial intensidad en: (i) las tensiones entre habitantes
populares de las zonas centrales, los procesos de transformación urbanos con su subsecuente
encarecimiento de la vida y la llegada de nuevos residentes de clases medio altas y altas que
ingresan a estos espacios motivados por esos procesos de renovación urbana y por las múltiples
prestaciones que ofrecen estas zonas de la ciudad, y (ii) los intensos conflictos que se viven por el
uso de las calles, parques o plazas de los centros urbanos, o, en palabras de los tecnócratas: por el
espacio público.
Sobre el primer asunto, se identifica una constante en las experiencias que se vienen adelantando
desde hace años en los procesos de renovación, intervención y revitalización de algunos centros
históricos, centrados sobre todo en términos arquitectónicos, urbanísticos y de infraestructura
urbana, dejando por fuera algunos fragmentos de esas mismas zonas centrales caracterizadas por
estar en el olvido institucional y por sus condiciones de precariedad material, hacinamiento y la
ausencia de una infraestructura adecuada (Leal, 2014; Dammert, 2017).
Una explicación para este olvido puede estar en que esas zonas no priorizadas para las
intervenciones son habitadas mayoritariamente por sectores populares y marginales de la
población, que han encontrado una posibilidad de resolver su problema de vivienda en esas zonas
de los centros bien sea habitando en tugurios, inquilinatos, alquilando cuartos en viviendas
consolidadas o incluso adquiriendo una propiedad de relativa estabilidad. De este modo, es común
encontrar que una de las estrategias para sobrellevar estas dificultades es la aplicación de
mecanismos informales de redes comunales y residenciales para el de apoyo económico de los
distintos habitantes de estos sectores (Dammert, 2017).
Adicionalmente, y esto es clave, es el hecho de que estas personas cuentan con la posibilidad de
desplazamiento cercano al centro de la ciudad, en donde se concentra una parte importantes de las
opciones laborales ya sea en el plano de lo formal y, sobre todo, en la informalidad, haciendo de
estos sectores de los centros lugares sumamente demandados por sectores populares. Existen, pues,
disputas crecientes entre los procesos de renovación de los centros, apoyados en leyes, decretos y
interés local o nacional, y, al mismo tiempo, ser un lugar en donde se han llevado a cabo presentaciones, campañas,
exhibiciones, conciertos y eventos culturales interconectados a nivel global.
118
abanderados por la planeación institucional de las ciudades para el “mejoramiento” continuado de
sus centros y la cada vez más “necesaria” intervención de esos fragmentos urbanos populares antes
olvidados (lo que traerá los consecuentes procesos de desplazamiento de población flotante o que
están en la informalidad) y las personas que habitan en el barrio y que defienden su conquista de
ese lugar en la ciudad60.
A estas disputas se le suman, desde finales de los años 90, la llegada paulatina de nuevos habitantes
a aquellos fragmentos urbanos de estas zonas centrales que han pasado por las diversas
transformaciones urbanas, hechas por lo general a partir de alianzas público privadas. Los nuevos
residentes, pertenecientes a clases medias altas y altas, por lo general jóvenes, son atraídos por las
ofertas inmobiliarias de edificios remodelados del centro, ubicados en calles y zonas que han sido
embellecidas y renovadas y por la intensa actividad cultural, artística y cotidiana que se promociona
como parte constitutiva de los centros históricos (Leal, 2014; Delgadillo, 2016; Ramírez, 2016)61.
Ahora, estos nuevos residentes traen consigo sus formas de vida, sus lógicas de consumo y sus
modos de vivir la ciudad, con lo cual van generando cambios en las lógicas de los barrios a donde
llegan, encareciendo la vida de la zona y realizando actividades de consumo cultural, artístico y
educativo que antes no existían en el lugar. Lo que para los planificadores son procesos que dan
60
En relación a este fenómeno, puede citarse como ejemplo el estudio de Manuel Dammert (2016) quien, desde la
experiencia urbana de Lima, Perú, toca el problema de la vivienda en sectores cercanos a los centros históricos.
Teniendo como caso de estudio el de Barrios Altos, hace uso del análisis de las prácticas urbanas de los habitantes
del barrio, de las políticas urbanas y del accionar de los actores económicos para dar cuenta de la intensa presión
inmobiliaria y los actuales procesos de especulación en sectores cada vez más cercanos a este barrio. Este autor
comenta que desde hace años se han venido realizando procesos de renovación, intervención y revitalización del
centro histórico, en términos arquitectónicos, urbanísticos y de infraestructura, mientras que Barrios Altos se ha
quedado en el olvido de este tipo de intervenciones. Sin embargo, en años recientes la mirada de planificadores y
especuladores urbanos empieza a dirigirse a ese sector, por el “molesto” contraste que tiene dicho barrio con las
zonas recién renovadas. Perfilando así una paradoja: las posibles intervenciones en Barrios Altos pueden traer
consigo el desplazamiento de muchos de sus actuales habitantes debido a la formalización de las residencias, el
encarecimiento de los servicios, entre otros asuntos.
61
Alejandra Leal (2014) centra su atención en el problema de las viviendas nuevas que se empezaron a realizar en
ciertos sectores del centro histórico de la Ciudad de México, en particular un edificio renovado ubicado en la calle
Regina. De esta investigación resulta significativo que se identifiquen los procesos de renovación o reactivación
barrial como unas formas de manifestación de violencia urbana en la medida en que van desplazando a los habitantes
de sectores empobrecidos que tenían su vivienda en la zona pero que con las transformaciones, el encarecimiento
de los productos y servicios y con las nuevas maneras de habitar de las personas que llegan, se ven forzados a
desplazarse a zonas en la periferia metropolitana. Por tanto, si bien este tipo de proyectos tiene en el plano de lo
discursivo la premisa de la mezcla armónica entre clases sociales, en realidad lo que ocurre es que se ejerce un
sistemático proceso de desterritorialización de las prácticas populares y sus formas de habitar y sobrevivir en estas
zonas céntricas de la ciudad, profundizando la exclusión urbana y la segregación socio espacial que supuestamente
se buscaba evitar.
119
cuenta del éxito de la revitalización, para los residentes tradicionales se van estableciendo como
formas de exclusión y de presión sistemática y cotidiana que les obliga, con el tiempo, a desplazarse
a otras zonas de la ciudad para vivir en lugares que sí puedan pagar.
Como parte de este fenómeno, se puede hacer alusión al segundo asunto, en relación a los múltiples
conflictos que se ponen en juego sobre el espacio público. Más allá de retomar las cuestiones
conceptuales de esta noción, asunto que ya hemos tratado con detenimiento en el capítulo anterior,
lo que queremos presentar es un breve recuento de algunas aproximaciones sobre las disputas que
se presentan en los centros históricos sobre el uso, la ocupación, la apropiación y la privatización
de las calles de estos entornos urbanos por parte de intereses institucionales, formales e informales.
A modo de síntesis se pueden traer a colación cuatro tipos de estudios sobre esta temática:
(i) Aquellos que hacen una decidida crítica a los procesos de producción neoliberalizadas del
espacio público urbano como una estrategia de manifestación del poder político para el control de
las calles de los centros por medio del embellecimiento arquitectónico y urbano, cuyo discurso se
sustenta en premisas para hacer de las plazas y parques intervenidos lugares más “amables” y
“democráticos”, pero con una fuerte tendencia al aprovechamiento económico de estas
transformaciones y a un paulatino desplazamiento de los pobladores existentes en esta zona de la
ciudad. De allí que se ponga en discusión la legitimidad de la revitalización del patrimonio
construido de la ciudad y del mejoramiento del espacio público, pues lleva consigo estos
fenómenos de control, exclusión, tendientes a la privatización y al desplazamiento de las clases
populares (Filipe, 2013, 2014; Filipe y Ramírez 2016; Delgadillo, 2016; Giglia, 2017; Hiernaux,
2019).
(ii) Otros que abordan la descontrolada dimensión informal de los centros tradicionales, en donde
se reconoce que detrás del aparente caos urbano que este tipo de ventas populares generan, existen
unas lógicas de orden, control y relaciones económicas (con tintes globales expresados en la
procedencia de las mercancías que se intercambian) que se ordenan en el desorden (Ramírez, 2006;
Duhau y Giglia, 2008). De algunos de estos estudios llama la atención la no idealización de estos
comercios populares, ya que se demuestra que detrás de ellos hay estrechos vínculos con poderes
económicos y políticos que transitan por las sendas de lo legal y lo ilegal. De allí que cuando se
establecen disputas por el uso de las calles de los centros entre los planificadores y las personas
dedicadas a las ventas informales, lo que se pone en juego es un conflicto entre privados: una
120
institucionalidad que busca el uso privativo de lo público para sus formas de concebir la ciudad y
otra, no institucional, que busca continuar aprovechando las inmensas rentas económicas que
ofrece el comercio informal de la calle (Duhau y Giglia, 2008). Vale comentar, sin embargo, que
debido la dimensión marginal y periférica de estos centros urbanos, las ventas informales y las
formas de supervivencia a través de las ventas ambulantes en el espacio público urbano no son
homogéneas, más bien se caracterizan por su heterogeneidad, ya que detrás de cada puesto, chaza,
carreta, tenderete, tela o puesto improvisado en las calles del centro, hay unas historias con sus
propias lógicas de funcionamiento (Giglia, 2017).
(iii) Un buen porcentaje de investigaciones que ofrecen una explicación de los conflictos sobre el
espacio público desde “lo que debería” hacerse en dicho espacio al considerarlo como el lugar para
la constitución de matrices ciudadanas que posibiliten la configuración de unos centros urbanos
más democráticos y llenos de lugares para discusión de la “cosa pública” que posibilite a sus
participantes el reclamo consciente de su derecho a la ciudad (Ramírez, 2006; 2016; Ortiz, 2014).
Sin embargo, las mismas evidencias empíricas de estas investigaciones están todo el tiempo
superando (desbordando) la categoría con que quiere entendérselas (las ciudadanías). Los
conflictos en los centros urbanos por el espacio público son francamente intensos (Hiernaux, 2014).
Por más buenas intenciones que se tenga al pretender establecer esquemas conceptuales desde lo
que “debería ser” la ciudad (por más diversos que se presenten dichos esquemas), en realidad se
hacen pedazos al aproximarse a esos efervescentes entornos urbanos donde las luchas por hacerse
un lugar se hacen de modo intenso, en algunos casos con manifestaciones violentas y, en otros
tantos, poniendo en juego el propio cuerpo y la propia vida, como ocurre, por ejemplo, en el caso
del trabajo sexual ejercido en las calles (Lamas, 2017)62.
Ahora, hemos establecido como cuarta temática (iv) las críticas que se hacen a la renovación urbana
como una constante en la mayoría, si no en todos, los centros urbanos de la grandes y medias
ciudades latinoamericanas. Somos consciente que este asunto de la “renovación” está presente en
62
En su artículo Trabajo sexual en las calles Marta Lamas (2017) pone en cuestión la noción de la prostituta,
desestigmatizándola como mujer de la calle y productora del pecado, para cambiarla por la idea del comercio sexual
en donde hay dos personas que participan en la transacción socialmente situada. Asimismo, hace alusión a que estas
mujeres hacen parte de las calles en donde trabajan y, en esa medida, van configurando el carácter de las mismas.
Son mujeres que sobreviven y se ponen en juego cotidianamente sus vidas en las calles. Sobre sus cuerpos y sus
experiencias de vida, nos dice la autora, se inscriben las contradicciones de la ciudad: las violencias, las desigualdades,
las angustias y las rabias contenidas.
121
las tres temáticas anteriores, pero estimamos que es necesario profundizarla por la forma reiterada
en que aparece al indagar en los estudios sobre los centros históricos o tradicionales.
En tal sentido, vale iniciar señalando que existe una paradoja inherente a los procesos de renovación
urbana contemporáneos con un marcado talante neoliberal, que, en muchos casos, se dan vía la
preservación y exaltación de un patrimonio urbano sobre el que reposa una narrativa oficial de la
identidad nacional. Y es el hecho de que traiga consigo un inexorable proceso de exclusión de los
excluidos, de los “otros” de la ciudad que deben marcharse para dejar vía libre a los nuevos
residentes y a los visitantes locales y extranjeros que son invitados a que conozcan los renovados
lugares y edificios con valores patrimoniales que han sido restaurados y preparados para ser
visitados y consumidos.
Aquí, los trabajos que critican estos fenómenos urbanos, buscan hacer visibles las lógicas de
planificación público privadas en estas zonas centrales en donde se manifiestan los desajustes de
modelos políticos, sociales y económicos desiguales, cuyos efectos concretos sobre las poblaciones
marginadas es bien reconocido por los mismos panificadores y tecnócratas. Esto es: el hecho de
que estas rectificaciones de calles, con sus cambios de adoquines, hermoseo de fachadas,
restauración de edificios y demás retoques urbanos que se dan en estos procesos de renovación, no
resuelven los históricos problemas sociales de estas zonas de la ciudad.
Con lo cual, las personas que desentonan con los lugares recién reinaugurados deben irse por cuenta
propia o ser expulsados hacia otras zonas del centro, o, en su defecto, de la ciudad. En palabras del
argot de la planificación, lo que ocurre es el “efecto cucaracha”, es decir: estas renovaciones lo que
hacen es “barrer” un espacio, a sabiendas, que esas mismas “cucarachas”63 aparecerán en otro lado
(Hiernaux, 2014).
Al respecto, conviene subrayar la distancia que tomamos en esta tesis hacia estos procesos a partir
de la contundente reflexión que Marcio Pinon-de-Oliveira (2019) ofrece desde la reciente
experiencia del Brasil. Para Pinon-de-Oliveira, la premisa de la renovación urbana puede ser
entendida como un nuevo embate de la “tempestad del progreso” que mira aterrado el “Ángel del
63
Léase personas diversas: venteros informales, trabajadoras sexuales, consumidores de drogas, habitantes de calle,
entre otro tipo de gente que para planificadores, urbanistas y buenos ciudadanos, son susceptibles de “ensuciar” un
lugar.
122
progreso” benjaminiano. Ciertamente, la imperiosa necesidad de la renovación de fragmentos
urbanos de las ciudades para la “recuperación” de lugares “muertos”, “degradados” y “sin vida”
para ser transformados en espacios públicos para “todos”, en donde se pueda expresar la urbanidad
ponderada de toda la ciudadanía, no es otra cosa que la poderosa manifestación de un dispositivo
del urbanismo neoliberal encaminado a rentabilización y privatización del espacio.
Un proyecto civilizatorio cuyo accionar sistemático en el ámbito político y de los medios masivos
de comunicación, conforman una narrativa encaminada a la fabricación de un consenso colectivo
que avale, e incluso solicite, los procesos de intervención urbanas, que, en todo caso, se
encaminarán para el aprovechamiento económico, la acumulación de capital y el disfrute para
sectores de la población cada vez más restringidos, caracterizados por las clases medias altas y
altas a nivel local, y de la presencia, cada vez más presente, del turismo internacional64.
Esto último no es una consideración menor. En efecto, el turismo contemporáneo con su carácter
global y sus diversas manifestaciones se establece como una variable a considerar en los procesos
de renovación urbanos, como bien lo exponen Daniel Hiernaux y Carmen González (2016). Ambos
sostienen que en la actualidad existe una inquietante relación entre los procesos de
patrimonialización que se están efectuando de manera simultánea en los centros históricos de
muchas ciudades a nivel global y las múltiples formas de manifestación del turismo globalizado65.
Dicha relación, dicen los autores, se hace evidente toda vez que los procesos de revaloración de los
centros históricos tienen más que ver con el engalanamiento de estos lugares de la ciudad para las
dinámicas del turismo urbano, que en la inquietud por hacer del patrimonio arquitectónico e
histórico una parte integral de la vida cotidiana de las personas habituales a estos sectores de la
ciudad.
64
Prueba de todo ello, dice el autor, fueron las obras de “renovación” y “revitalización” llevadas a cabo en distintas
ciudades del Brasil en el marco del Mundial de Futbol del 2014 y de los Juegos Olímpicos del 2016.
65
Por esta la línea de la crítica a los procesos de patrimonialización para el turismo global, se encuentra el texto
compilado por Juliana Marcús, José Mansilla, Martín Boy, Sergi Yanes y Guiseppe Aricó (2019) que recoge diversos
estudios sobre la conflictividad urbana generada por las formas en que se produce y reproduce las formas de hacer
del neoliberalismo urbano en distintas ciudades sudamericanas. Allí se expresa que: “(…) para que el relato urbano
del turismo tenga solidez, necesita extirpar aquellos elementos del lugar –sean personas, comercios, edificios, olores,
sonidos, etc – que lo desmientan como lugar turístico. En estos procesos capitalistas de ‘higienización’ y ‘sanación’
urbana, las tensiones, conflictos o acuerdos entre cosmos patrimoniales juegan un papel fundamental en la
configuración del lugar como espacio turístico” (Marcús, J, et al, 2019: 14).
123
Lo problemático de todo ello, según el mismo Daniel Hiernaux (2019), radicaría en que por esa
línea de acción se está profundizando en encasillar el patrimonio únicamente en su dimensión física
ubicándola en edificios y monumentos. Con ello se dejan de lado unas modalidades de
manifestación del patrimonio más modestas y más vitales como son los modos de vida y las formas
de socialización propias de cada lugar, que son valiosas y significativas en sí mismas, y, en todo
caso, son las que en buena medida le van dando el carácter singular o el “ambiente” a cada uno de
los lugares que componen las ciudades.
A esto se le sumaría la preocupante posibilidad de que los centros urbanos que se están
transformando y adecuando para las dinámicas del consumo turístico contemporáneo, sean, en esas
mismas lógicas, consumidos y desechados. Pasando de moda, y quedando el escenario montado
sin espectadores que lo consuman, precipitando la obsolescencia de esto centros históricos o
tradicionales al transformarlos en una mercancía para el turismo global a través de los sistemáticos
procesos de “renovación”, “revitalización” y “repotencialización” hasta el punto de que ya no sean
sino un espacio tematizado, estereotipado y desechado66.
Ciertamente, gracias a su aguda percepción de la vida urbana, muestra cómo en las prácticas
urbanas, aparentemente anodinas, se encuentran algunas de las claves para comprender parte de las
66
Sobre esto puede citarse el caso expuesto por Mauricia Domínguez (2019) sobre la inmensa inversión para la
revitalización del centro histórico de Santo Domingo, República Dominicana. Debido al tránsito del fenómeno del
turismo que ha mutado de ser masivamente dirigido de la lógica del sol y playa a una dinámica donde las ciudades y
sus centros urbanos con sus atractivos patrimoniales y culturales han adquirido cada vez más relevancia, motivó la
realización de préstamo solicitado por ese país al Banco Interamericano de Desarrollo (BID) por 30 mil millones de
dólares para la renovación y repotenciación del centro histórico de Santo Domingo. Este inmenso esfuerzo se realizó,
de manera explícita para promover y aprovechar las enormes cantidades de ingresos que genera el turismo global y
masivo que tiene su entrada a esa ciudad vía aérea y marítima. Lo que llama la atención del trabajo de Domínguez
es que se pone sobre la mesa el inmenso esfuerzo y la gigantesca deuda a la que puede llegar a incurrir una nación o
una ciudad para remodelar y revitalizar sus centros históricos en función de unas dinámicas, por cierto, fluctuantes
como lo expone Hiernaux (2019), del consumo turístico contemporáneo.
124
profundas contradicciones sociales y procesos globales escenificados en la cotidianidad más local.
Señala, además, los contrastes cada vez más visibles entre las desigualdades sociales y los ingentes
esfuerzos por realizar renovaciones de fragmentos urbanos para su rentabilización.
Por esta misma línea, muestra lo vacuo que se esconde detrás de la renovación y el reciclaje urbano
de lugares que se han hecho obsoletos pero con el nuevo turismo se los aprovecha en su look retro.
Y, quizás lo más sugerente, es que le da la voz al “otro”, a su manera, sin caer en la apología a la
miseria, ni en la conmiseración por ese “otro”, ni en la mezquina indiferencia. Les da la voz a partir
de mostrar a esos “otros” en su realidad, dando visibilidad a sus modos de vida urbana que, aunque
hostiles, también hacen parte de ella y la configuran.
Ahora bien, presentado este panorama cabe subrayar algunos puntos de encuentro y precisiones de
las citadas investigaciones en relación con nuestra tesis. En tal sentido, y como se verá en el
siguiente apartado, estimamos que el esquema presentado por Carrión (2013) sobre los
acontecimientos generales que han ido configurando los centros históricos de las ciudades en
Centro y Suramérica puede ser un buen punto de referencia para contextualizar la discusión,
siempre y cuando se tenga en cuenta la indispensable necesidad de vincular dichos esquemas con
las singularidades situadas en las condiciones de posibilidad socio históricas de cada centro
histórico o tradicional sobre el que se esté centrando la atención.
Es decir, consideramos que no puede caerse en una homogenización interpretativa que caiga en la
trampa de considerar que las formas de constitución del centro histórico de Ciudad de México sean
equiparables al de Buenos Aires o al de Medellín. Claro, hay puntos comunes, pero las diferencias
culturales, geográficas y económicas, sumadas a los azares históricos son, a todas luces,
condiciones que hacen que cada lugar deba ser considerado en su propia especificidad.
Por esta misma línea, encontramos que la propuesta en relación a los planteamientos sobre los
modos en que se manifiesta las formas neoliberalizadas de planificar y producir las ciudades en
general, y los centros urbanos en particular, resuenen en nuestra investigación y contribuyen a su
comprensión. Así es, dicha manera de producción de la ciudad, manifestada en esa noción de un
urbanismo fragmentador que profundiza los procesos de segregación socio espacial y amplía las
fronteras metropolitanas de la ciudad para clases altas y bajas, que, adicionalmente, propende por
reivindicar los centros tradicionales como lugares (fragmentos) que deben ser revitalizados a través
125
de una instrumentalización del patrimonio urbano y arquitectónico, con miras a la construcción de
nuevas viviendas y la promoción del turismo global; conlleva a complejizar la relación
centro/periferia.
Obviamente, una cosa son las experiencias vividas en Santiago de Chile, Lima o Ciudad de México,
y otras muy distintas las que pueden percibirse en el centro de Medellín. Aun así, y teniendo
siempre en cuenta las singularidades de cada lugar, sí vemos que la intensa emergencia de los
márgenes sociales en los centros históricos y tradicionales de estas ciudades, en especial en
Medellín, dan cuenta de esa, cada vez más intrincada y no necesariamente geográfica, relación
entre el centro y la periferia. En pocas palabras, lo que puede hacerse visible en la experiencia
urbana en los centros tradicionales de estas ciudades es una sobre exposición de la marginalidad,
lo que plantea una condición que hay que considerar: la periferia está en el centro y el centro está
en la periferia.
Adicionalmente, consideramos que la discusión sobre las disputas y conflictos en torno al espacio
público urbano de los distintos centros enunciados informan esta tesis. Esto en la medida que
consideran las tensiones entre distintas formas de territorialización de estos entornos urbanos
manifestando los intereses de una densa red actores: los gobiernos con sus planificadores urbanos,
los grupos privados de desarrollo inmobiliario, vinculados con la planificación institucional, los
comerciantes formalizados, las instituciones educativas y culturales representadas en museos,
colegios y universidades, las organizaciones civiles conformadas por grupos artísticos y culturales,
redes de vecinos, organizaciones no gubernamentales y gestores sociales, los comerciantes
informales, los colectivos de trabajadoras sexuales, los habitantes de la calle y todo un
conglomerado de organizaciones no institucionales que traspasan los límites legales para ejercer
su poder sobre las calles para su control territorial y su aprovechamiento económico.
Asimismo, suscribimos los señalamientos que hacen una crítica al dispositivo del espacio público
como instrumento de la planificación urbana neoliberal y el uso interesado del “interés público”
para la producción de espacios públicos urbanos tematizados, higienizados, controlados y
excluyentes. Lo que nos lleva a integrar a la reflexión las advertencias en torno a la renovación
urbana como “la única” manera de actuar sobre ciertos fragmentos urbanos, en especial sobre los
centros históricos o tradicionales. Como se ha hecho notar, los abigarramientos sociales, culturales
e históricos que han constituido los centros de las ciudades, expresan las limitaciones inherentes
126
que tienen estos procesos de renovación fragmentarios, centrados por lo demás en la dimensión
material (en la piedra al decir de Sennett) de lo urbano, frente a los desajustes de ciudades que se
condensan en estos centros.
Es momento pues de fijar la atención sobre el centro tradicional de Medellín, más concretamente
en las porciones urbanas en donde se sitúan los tres lugares con sus iglesias. Para ello es necesario
recordar que la porción del centro que nos interesa hace parte del barrio La Candelaria el cual se
encuentra a su vez acogido dentro de la división administrativa de la Comuna 10, que también lleva
el nombre de La Candelaria. Hoy el centro de Medellín, como tantos otros centros
latinoamericanos, puede caracterizarse como un lugar de la ciudad de un bajo porcentaje de
habitantes, pero con un inmenso número de población flotante que lo visita diariamente.
Para ejemplificar esto, se pueden ofrecer unos números gruesos en donde se estima que en esta
Comuna viven alrededor de unas 90 mil personas y que diariamente es visitada por unas
1.200.00067. Este desfase puede explicarse en que el Centro tiene una intensa actividad comercial
67
Estas son cifras, insistamos, gruesas, que publicitan con frecuencia en informes de las administraciones municipales
y que se establecen como punto de referencia para la narrativa periodística local. En este caso, por ejemplo,
extraemos esta información del artículo Recuperar el Centro, un sueño de medio siglo escrito por Juan D. Ortiz (2018)
para El Colombiano.
127
(que mezcla lo formal y lo informal), cuenta con una oferta de servicios diversos a nivel educativo,
cultural, financiero, religioso, de salud y de entretenimiento.68
Concretamente, el centro del que hablamos es aquel concentrado en los entornos de las iglesias de
La Veracruz y La Candelaria y de la Catedral Metropolitana. Ahora, y antes de pasar a detallar
cada uno de dichos entornos, estimamos indispensable mostrar un panorama macro de las
condiciones y dinámicas urbanas que, a nuestra manera de ver, influyen en las diversas formas que
adquiere el abigarramiento de los modos de vida de las calles, parques y esquinas de los tres
templos (ver Figura 3).
Figura 3. Imagen satelital tomada de google maps e intervenida de manera digital. Se busca mostrar un panorama
general del centro tradicional y su relación con algunos hitos urbanos que influyen en las dinámicas y lógicas
cotidianas que se ponen en juego en los tres lugares de interés la tesis. Elaboración propia.
68
En efecto, el sector enmarcado en los tres lugares de nuestro interés acoge a universidades, diversas instituciones
universitarias y colegios públicos y privados. Hay además institutos de formación, entidades culturales, teatros,
museos, bares, cajas de compensación familiar, bibliotecas, librerías, cafés, restaurantes. Asimismo, es posible
encontrar sedes de las principales entidades financieras de la ciudad y la dimensión institucionalizada de la intensa
actividad comercial del Centro, representada en grandes superficies como “El Éxito”, pasando por los complejos
comerciales como “El Hueco”, hasta los negocios más pequeños enclavados en calles peatonalizadas o varios de los
pasajes comerciales cubiertos que se integran al trazo urbano de esta zona.
128
Lo primero que queremos señalar es la presencia del sistema de transporte masivo Tren
Metropolitano de Medellín, mejor conocido como Metro. El Metro69, ingresa a modo de tren
elevado al centro tradicional de la ciudad y va recogiendo y dejando pasajeros en varias estaciones.
De ellas, hay tres que son clave para este trabajo: la Estación San Antonio, en donde se puede
realizar un transbordo hacia la Línea B, la Estación Parque Berrío y la Estación Prado. Quien haya
pasado por las primeras dos estaciones mientras usa cotidianamente el Metro, sabrá que en San
Antonio y en Parque Berrío se bajan y se montan una gran cantidad de personas, dando cuenta del
alto tránsito en estas zonas del centro de la ciudad.
Por su parte, lo segundo que vale traer a colación es la relación que la parte tradicional del centro
que nos interesa establece con el Centro Administrativo La Alpujarra. Aunque en apariencia se
puede percibir tanto en el mapa presentado como en la experiencia como caminante de que están
en realidad cerca, como si fueran parte de una unidad urbana, lo cierto es que la relación de La
Alpujarra es un tanto más compleja. Si bien más adelante se abordará este tema, cabe adelantar que
esta suerte de islote que concentra el poder político y judicial de la ciudad tomó distancia hace años
del Centro, dejando significativos vacíos factuales y simbólicos que han sido conquistados por
lógicas de poder que se mueven por sendas distintas a las de la institucionalidad.
Como un tercer punto, queremos hacer mención a la presencia casi que satelital de la Plaza
Minorista, pero que, a diferencia de La Alpujarra, se mueve en una lógica expansiva hacia la zona
central de la ciudad. En efecto, La Minorista se constituye como una central de abastos de vital
importancia para miles de personas que se dedican a las ventas informales en las calles del Centro
y en muchas de sus comunas cercanas. Además, por su condición de ser un lugar activo para la
negociación diaria, donde se compran y venden, principalmente mercancías comestibles, pero
también ropa, calzado e insumos tecnológicos de segunda, así como también todo tipo de menaje
doméstico, se establece como un lugar clave para el rebusque más diverso.
69
Este sistema de transporte masivo cruza de sur a norte buena parte del Valle de Aburrá, conectando varios de los
municipios que lo componen, de allí su nombre de tren metropolitano. El Metro integró desde su inauguración en
1995 un grupo de estaciones conectadas por la Línea B vinculan parte del occidente de la ciudad. Y en el transcurso
de sus años de funcionamiento ha tenido ampliaciones en sus estaciones del sur del Valle, ha incorporado un sistema
de buses articulados conocidos como Metroplus, ha desplegado rutas alimentadoras, ha construido diversas líneas
de Metrocables, ha ido integrando paulatinamente rutas de buses de diversas zonas de la ciudad, entre otros tantos
esfuerzos por consolidar un sistema integrado de transporte metropolitano.
129
No es gratuito entonces que en sus alrededores se hayan ido estableciendo grupos, algunas veces
más amplios o algunas veces más reducidos, de habitantes de calle70. En ese sentido, entendemos
La Minorista como un polo, a la vez, de atracción y dispersión (teniendo como artería de
comunicación clave la Avenida De Greiff) de muy diversas formas del comercio informal que se
“prenden” de cualquier resquicio libre de ese Centro, en apariencia lejano, pero cuya relación es
francamente cercana.
Un cuarto asunto que consideramos relevante para mencionar es el tipo de “comunicación” que
ofrecen las principales calles y carreras que “irrigan” el centro tradicional. Ya hicimos una breve
mención al viaducto elevado del Metro, pero vale comentar otras vías que son importantes para
nuestro trabajo. Ese es el caso de Cundinamarca (Cr. 53), Carabobo (Cr. 52), Bolívar (Cr. 51),
Palacé (Cr. 50), Junín (Cr. 49), la mencionada Av. De Greiff y Boyacá (Cll. 51). Son relevantes en
la medida que establecen canales de acceso y de relación vehicular y peatonal entre distintos
fragmentos del Centro y, como se verá, van dejando rastro también de tiempos e improntas urbanas
de lugares ya desaparecidos.
70
Para hablar de estas personas que habitan con menor y mayor intensidad algunas esquinas y calles de Centro,
estimamos conveniente hacer una caracterización suscita de esta población en términos de sus probables formas de
emergencia, su movilidad, sus prácticas y comportamientos. El fenómeno de hacer de las calles una forma de vida
no es algo nuevo, para no ir lejos, en el estudio de Betancur (2000) sobre la Guayaquil del siglo XIX y principios del
XX había ya menciones a niños, niñas, y personas adultas que hacían su vida en las calles de este sector haciendo
todo tipo de oficios menores. Más adelante, en las crónicas rojas de los años cincuenta y sesenta sobre esta misma
zona de la ciudad, se hacía noticia de las personas desocupadas que vagaban, muchas veces borrachas por sus calles
y eran aprehendidas por la Policía por encarnar en sus modos de vida la pereza, la vagancia y el desocupe. Así pues,
con la “guayaquilización” iniciada en los setenta y consolidada en los ochenta, parte de la dispersión de lo que allí
ocurría hizo que las personas que habitaban las calles se fueran desperdigando por más calles, rellenado zonas
urbanas en proceso de deterioro debido a los vacíos institucionales y sociales. Ahora, es claro que una cosa eran las
personas que habitaban las calles en lo que era Guayaquil y otra las que vienen habitando en el Centro desde los
años ochenta hasta ahora. Así, la farmacodependencia de sustancias cada vez más adictivas como el bazuco y la
heroína se sumaron a la adicción al alcohol. Con ello, desde los años noventa empezaron a aparecer enclaves de
personas que habitaban las calles en las “cuevas”, “ollas” de vicio y más recientemente en sectores abiertos
conocidos como los “Bronxs” del Centro, todos ellos (estos enclaves) administrados y rentabilizadas por las
organizaciones ilegales/criminales.
130
(conocido hoy como Prado Centro) en relación al barrio Villanueva y con el resto del Centro
(González, 2018a).
Finalmente, un quinto punto para plantear hace referencia a las “huellas” urbanas de las
intervenciones de la institucionalidad a modo de renovación urbana sobre ese Centro dejado un
poco a su suerte en años cruciales de la violencia “narca” y homicida más intensa. Así es, luego de
un periodo donde en el Centro coincidieron la migración de las clases medias altas y altas, la
reubicación del centro del poder político y judicial y la degradación más profunda del conflicto
urbano, a principios de los años noventa, sin haber salido aún de la vorágine de la brutalidad, desde
el gobierno local se decide aunar esfuerzos públicos y privados para la imperante “recuperación”
del centro tradicional para “todos” los ciudadanos.
Para ello se inició un sistemático proceso de intervención urbana en fragmentos del Centro para
“revitalizarlo” potenciándolos como lugares para el encuentro y para, literalmente, “volver al
Centro”. Se inicia pues esta inmensa, y rentable, labor con: (i) la construcción de la Parque San
Antonio (concebido como un parque de escala metropolitana ) a principios de los años 90, (ii) para
1995, luego de muchos años de estancamiento, se logra inaugurar el Metro con su abrupta presencia
en el Centro, (iii) luego, para finales de los noventa y principios de los dos mil, hay una avanzada
al “corazón” mismo de ese centro perdido: se gestiona y ejecuta el proyecto “Ciudad Botero”
completado en el 2001; (iv) siguiendo por esta línea en el transcurso de la primera década de los
dos mil, se hace tabula rasa con los últimos vestigios del antiguo Guayaquil al frente de La
Alpujarra, cambiando su denominación y construyendo la Biblioteca EPM, el Parque de las Luces
y recuperando los edificios Vásquez y Carré, (v) aunando a este proceso, y ya con el decidido
enfoque de conectar la distante Alpujarra con ese “corazón” “recuperado”, se peatonaliza un
fragmento de Carabobo, pasando al frente del renovado Museo de Antioquia hasta la Av. De Greiff,
(vi) ya finalizando esta primera década del dos mil se hace una nueva remodelación del fragmento
peatonalizado de Junín que conecta la Av. 1 de Mayo con el Parque de Bolívar y su Catedral, (vii)
ya, la segunda década de los dos mil, vendrán subsecuentes procesos de renovaciones puntuales en
el centro: se levantarán los pisos y se pondrán nuevos, se mejorarán fachadas, se pondrán y quitarán
y volverán a poner jardineras, se remodelarán, demolerán y se volverán a remodelar parques,
plazuelas y pasajes; y (viii) finalmente, vale mencionar la peatonalización de Boyacá desde la
Cundinamarca hasta Bolívar y, como no, la más reciente obra de peatonalización para, “ahora sí”,
“recuperar el centro”: los bajos del Metro en Bolívar, entre San Juan y la Av. De Greiff. Estos cinco
131
puntos nos permiten, a grandes rasgos, ofrecer un vistazo del contexto urbano más amplio en donde
se anclan los tres lugares de nuestro interés (ver Figura 4)
Figura 4. Esquema en donde se hace un acercamiento que muestra los tres lugres de interés de la investigación,
el entrecruzamiento de algunas calles y carreras que los ponen necesariamente en relación, la presencia del
viaducto del Metro y algunas de las vías peatonalizadas (líneas punteadas) que se han comentado. Este esquema
ha sido elaborado a partir de una imagen satelital tomada de google maps que ha sido posteriormente intervenida.
Elaboración propia.
Así pues, cuando hablamos de los tres lugares y sus tres iglesias, si bien estamos haciendo
referencia a tres lugares del centro de la ciudad distintos, con improntas históricas, religiosas,
sociales y temporales diferenciadas, sí estimamos conveniente continuar subrayando en los puntos
comunes que hay entre ellos y sus vías de “comunicación”. Para ello basta comentar que el
recorrido entre uno y otro lugar puede hacerse caminando sin ningún esfuerzo especial.
132
Así, por ejemplo, la distancia física que separa La Veracruz y La Candelaria se recorre (caminando)
tomando la calle Boyacá en unos dos a tres minutos sin afanes. Una vez en el atrio de La Candelaria,
puede tomarse bien la carrera 50 (Palacé) a la izquierda o continuar caminando otro minuto por
Boyacá, al costado derecho de la iglesia, para llegar hasta la carrera 49 (Junín). Una vez allí, se
gira a la izquierda para cruzar la Av. 1 de Mayo (que más abajo se convierte en la Av. De Greiff)
e iniciar el recorrido peatonal por Junín hasta el Parque Bolívar y, al fondo, poder divisar la Catedral
Metropolitana. Esto puede tomarse unos cinco a diez minutos adicionales.
Puede decirse entonces que, en general, la distancia entre los tres templos puede recorrerse entre
15 y 25 minutos, a un paso tranquilo, continuo y sin detenerse. Un tiempo similar puede tardar
salvar la distancia tomando la ruta de Palacé, aunque la experiencia cambia sustancialmente entre
esta ruta y la convencional por Junín. En cualquier caso, lo que queremos señalar aquí es que estas
tres iglesias son cercanas entre sí.
Otro asunto sobre el que vale la pena insistir, es en los modos diferenciados de acceso que hoy
tienen los tres lugares. Como se buscó evidenciar en las Figuras 3 y 4, esta zona del Centro se
constituye como un punto neurálgico de encuentro y tránsito de un inmenso número de personas
que llegan diariamente a este sector de la ciudad.
Sin embargo, existe una marcada diferencia entre la facilidad de acceso de personas que visitan la
zona comprendida entre La iglesia de la Veracruz y La Candelaria, esencialmente porque el Parque
Berrío y sus calles cercanas son un referente del Centro y continúa siendo un polo de atracción para
la llegada y la salida de múltiples rutas de buses de diferentes comunas de la ciudad. A esto se le
suma la ya mencionada presencia e influencia del Metro con la estación Parque Berrío, que deja a
sus pasajeros, literalmente, a unos pocos pasos del Parque Berrío y La Candelaria, así como
también de La Veracruz, Carabobo, la Plaza de las Esculturas y del Museo de Antioquia.
Cosa distinta ocurre en la zona donde se ubica la Catedral Metropolitana. La estación Prado, la más
cercana, deja a sus pasajeros a varias cuadras de distancia de la Catedral y del Parque Bolívar.
Además, por la cercanía con la Av. Oriental como gran arteria distribuidora de la movilidad de la
ciudad, es en solo algunos puntos concretos sobre esta avenida en donde hacen sus paradas algunas
rutas de buses que conectan varios barrios de la ciudad, cosa que genera un relativo aislamiento del
lugar, si se lo compara con la zona de La Veracruz-La Candelaria. En cualquier caso, las relaciones
133
históricas entre los tres lugares y sus tres iglesias con el Centro en general y entre ellas mismas en
particular, son innegables y deben tenerse en consideración para aproximar una explicación de los
acontecimientos urbanos que los configuran.
Considerando lo anterior, procedemos ahora a presentar la especificidad de cada uno de los tres
lugares. Iniciamos con la Iglesia de La Veracruz (ver Figura 5) ubicada entre Boyacá y Carabobo
(ambas vías peatonalizadas) y que sirve como primer punto de anclaje de esta investigación. La
Veracruz ha sido por al menos dos siglos un punto de referencia para esta zona del Centro y para
la ciudad de Medellín.
Claro, los sentidos que ha tenido han mutado con el paso del tiempo, y nos interesa en especial el
que ha ido teniendo en las últimas dos décadas como un fragmento urbano de la exhibición de
formas de prostitución precarizadas y casi que anacrónicas, tanto en su relación con el mercado del
comercio sexual contemporáneo como en las mismas mujeres que ofrecen por esta zona sus
servicios. Estas afirmaciones deben ser matizadas y profundizadas con detenimiento. Por ahora
queda planteado uno de los puntos de entrada que estimamos claves para la elucidación de las
subjetividades urbanas que han ido configurando la singularidad de este lugar del centro.
134
Queremos agregar además, que con el transcurrir de la investigación fuimos entendiendo que para
cumplir con ese propósito de elucidación, era indispensable comprender las relaciones que se han
establecido en estas poco más de dos décadas entre las dinámicas urbanas de ese entorno inmediato
de La Veracruz con el traslado de una parte del Museo de Antioquia al antiguo edificio del Concejo,
la construcción de la Plaza de las Esculturas, la peatonalización de Carabobo y las transformaciones
que eso trajo consigo para las lógicas cotidianas del lugar.
Con esto en mente, vale resumir entonces que el primer lugar sobre el que centramos nuestra mirada
comprendió a Boyacá desde Cundinamarca hasta Bolívar, Carabobo desde Boyacá hasta la Av. De
Greiff, la calle Calibo desde Cundinamarca hasta Carabobo, la Plaza de las Esculturas, el Museo
de Antioquia, y Cundinamarca también entre Boyacá y la Av. De Greiff. Teniendo, obviamente,
como punto de referencia la mencionada iglesia (ver Figura 6).
Figura 6. En este esquema se hace una precisión de dos de los tres lugares que han sido objeto de interés de esta
investigación. Se muestran las calles y carreras más significativas, así como también los parques y plazas sobre
los que se ha centrado la reflexión. Concretamente se muestra el lugar del que hace parte La Veracruz y el lugar
del que hace parte La Candelaria. Se ha decidido mostrar ambos en el mismo esquema, para subrayar la cercanía
135
entre ambos, cosa que es una condición de posibilidad, como se irá viendo, para que haya encuentros y
desencuentros entre las personas habituales. Este esquema ha sido elaborado a partir de una imagen satelital
tomada de google maps que ha sido posteriormente intervenida. Elaboración propia.
Como segundo punto de anclaje, está la iglesia de La Candelaria (ver Figura 7) que, como La
Veracruz y la Metropolitana, hace las veces de un intenso nudo de memoria, para retomar la idea
del profesor Montoya (1999), para el Centro y para la ciudad. De las tres, esta es la iglesia con
mayor actividad religiosa y como objeto de deseo en términos de Carrión (2013) si se ajustara la
expresión para hacer referencia a la densidad simbólica y la cantidad de narrativas, sentidos y
expectativas que hay en torno a este edificio.
Ya hemos advertido que el contexto urbano en donde se erige (también hace algunos siglos) La
Candelaria, puede ser caracterizado al día de hoy como un nodo de una intensa vitalidad cotidiana
por ser un punto de paso, de encuentro, de trabajo, de sociabilidad, de reivindicaciones políticas,
de memorias71 y de una constante actividad religiosa. Si bien todo esto es cierto, así como en La
71
Un ejemplo concreto sobre este asunto y que adquiere especial relevancia por haber emergido en el marco del
atrio de la iglesia de La Candelaria a mediados y finales de los años noventa y por haber dejado ya su propia impronta
sobre este lugar, es el caso de Las Madres de la Candelaria (oficialmente: Asociación Caminos de Esperanza Madres
de la Candelaria). Ahora, sabemos que abordar de manera sistemática los modos en que las mujeres adscritas a esta
Asociación han hecho del atrio de La Candelaria un lugar de memorias requeriría un nivel de profundidad analítica
que excede los intereses de esta investigación. Aun así, no quisiéramos dejar de mencionar que reconocemos que la
presencia constante de estas mujeres en esta zona del Centro (se encuentran todos los miércoles en la tarde), con
sus plantones en donde expresan públicamente su dolor y exhiben las fotos de sus personas desaparecidas, han ido
136
Veracruz, consideramos que este es un lugar del Centro en donde se hace especialmente visible los
desajustes sociales en torno a la pauperización de las condiciones de vida de un inmenso porcentaje
de la población de la ciudad, en la presencia, persistencia y aumento paulatino de las diferentes
formas que adquiere el rebusque y el comercio informal en Medellín.
Tenemos bastante claro que la dimensión del comercio informal se hace presente en la mayor parte
del centro de la ciudad72, lugares como los bajos del viaducto del Metro entre la Av. De Greiff y la
estación Prado así lo explicitan con un nivel de amontonamiento de un barroquismo popular que
hace de los desechos de algunos, una mercancía válida para ser consumida por tantos otros. Esto
es cierto. Sin embargo, seguimos defendiendo la idea de que los tres lugares sobre los que se habla
en esta tesis, cada uno a su manera, hacen una síntesis de muchos de los fenómenos que hacen del
centro de Medellín un lugar tan exuberante en exhibiciones y formas de ser en la cuidad y, por eso
mismo, de tan difícil comprensión.
dejando huellas de las memorias de sus muertos y desaparecidos y del accionar mismo que ellas vienen haciendo.
Su persistente presencia y formas de exhibición incomodan, hacen ruido y fastidian a muchos. Sus reclamos, las fotos,
los afiches, sus llantos, sus gritos de dolor, su actividad y su potencia política interpelan cada semana a quienes pasan,
a los curiosos, a los medios de comunicación, a quienes investigan el Centro, a la iglesia misma que las acoge, en fin,
a la historia oficial de la institucionalidad que pretende hacer historia sin los miles de memorias que estas mujeres
mantienen vivas con su sistemática presencia. Vemos que estas mujeres han encontrado en hacer visible su dolor en
la calle unas condiciones de posibilidad estar juntas en una forma de ser y de estar en la ciudad a partir de su potencia
de creación política como Asociación que construye, desde el dolor, la soledad, el aislamiento y el abandono, unas
formas de hacer evidentes las múltiples memorias de sus desaparecidos. Para conocer más sobre este asunto,
recomendamos visualizar el documental, disponible en youtube: “Alargando el tiempo” producido por la misma
asociación, apoyado por el Centro Nacional de Memoria Histórica y estrenado de forma virtual el 2 de diciembre del
2020.
72
Además, no se puede dejar de comentar que con las diferentes medidas de confinamiento del gobierno local
realizados entre los meses de marzo y septiembre del 2020 como medida de contención del Covid-19, está lógica del
rebusque y la informalidad, antes concentrada en el Centro, se hizo visible en la mayor parte de la ciudad. El aumento
exponencial del “pregoneo” callejero en las calles de distintas zonas residenciales, cercanas unas, y lejanas otras, del
centro, así lo pusieron en evidencia. Ventas ambulantes, y claramente informales, de frutas, verduras, accesorios de
celulares, incienso, actos improvisados de música, grupos de mujeres y niños de la etnia Emberá bailando o pidiendo
dinero, y el constante ruego, diurno y nocturno, por dinero o comida, fueron una evidencia contundente de esa
condición de formas precarias de supervivencia en una ciudad profundamente desigual como Medellín, que, insisto,
antes de la pandemia ya se condensaban en el Centro y que, con la emergencia sanitaria, simplemente se dispersó
en el resto de la ciudad.
137
Duhau y Giglia (2008) de no idealizar estas formas de ocupación de las calles por parte de las
personas que viven de las ventas informales. Ya que muchos de esos puestos, chazas y tenderetes
del Centro hacen parte de diversas redes de poderes políticos y económicos que funcionan en
distintas escalas, responden a unos pocos jefes o “patrones” y, en algunos casos, se entrelazan con
organizaciones articuladas a dinámicas no institucionales e ilegales.
En cualquier caso, cuando hablamos del segundo lugar que ocupó nuestra atención en esta
investigación estamos haciendo referencia al Parque Berrío en la extensión que tiene hoy, es decir
en el marco que se genera entre Colombia (calle 50), Boyacá (calle 49), Palacé (carrera 50) y
Bolívar (Carrera 51). A esto se le suma la zona del atrio de la iglesia y, en especial, el costado
izquierdo atravesado por Boyacá entre Palacé y Junín (carrera 49) (ver Figura 6).
Por su parte, y como tercer y último punto de anclaje, está el lugar establecido por la Catedral
Metropolitana (ver Figura 8). Esta iglesia, erigida como catedral a pocos años de la finalización de
su extendida construcción, es grande. En realidad, si se tiene en cuenta que fue construida entre
finales del siglo XIX y las primeras tres décadas del XX, puede decirse que es inmensa73.
73
Y lo decimos, no para ahondar el cuestionable orgullo local y las frases repetidas sobre su x o y características que
la hacen ser la iglesia “más” en el mundo, sino porque si se tiene en consideración el momento socio histórico por el
que estaba pasando la gente de Medellín en esos años, llama la atención que las élites religiosas, políticas,
económicas e intelectuales le hayan apostado a la edificación de un templo de esas proporciones. Como si se
requiriera una constatación de que efectivamente los medellinenses fueron los más católicos entre los católicos.
Como si se necesitara de esa mole sagrada para recordar que ese pueblo grande que estaba andando algunos pasos
para ser una ciudad, estaba regida por la racionalidad católica local que determinaba las formas de comportamiento
en relación a los cambios que traería esa intensa transformación.
138
Figura 8. Catedral Metropolitana en el centro tradicional de Medellín. Fotografía tomada por el
investigador el 25 de marzo del 2018 en la procesión del Domingo de Ramos de Semana Santa.
Así pues, hoy la zona urbana que rodea a la Catedral puede pensarse como un lugar en donde se
ponen en juego lógicas de lo urbano aparentemente contrapuestas y fácilmente explicables, de
forma insuficiente, a nuestro entender, entre una dimensión sagrada representada por la mole de
ladrillo que es la Catedral y otra dimensión profana que se vincula con las prácticas urbanas del
Parque Bolívar en donde, además de la actividad convencional de un parque, hay atracos, se vende
droga, se apuñala y se acuerdan intercambios sexuales homosexuales y con mujeres trans, que se
concretan en casas, hoteles y residencias cercanas.
Decimos que esa relación sagrado/profano es insuficiente ya que se sitúa en una explicación binaria
que simplifica unos modos de constitución de lo urbano que son un poco más complejos. Al
respecto, nos inclinamos a pensar, más bien, que una de las posibles claves para aproximar una
explicación de lo que ocurre en esta zona del Centro puede estar en hacer explícitas las condiciones
que hicieron y siguen haciendo posible que sea en estos entornos donde se exhiban las diversidades
y transgresiones sexuales, en algunos casos desde su dimensión más violentada, empobrecida y
139
explotada, pero que en todo caso, hacen visible las posibilidades maleabilidad de la espacialidad,
de sus cuerpos y de sus subjetividades.
Es decir, hemos encontrado que lo que hace singular este lugar tiene que ver, entre otras cosas, con
las formas de territorialización con que las diversidades sexuales han delimitado para su posibilidad
de existencia en la ciudad esas calles, ese parque y esas esquinas. Así, cuando mencionemos este
tercer lugar, nos estaremos refiriendo a aquel comprendido por el Parque Bolívar y la Catedral.
Con la claridad de que se le suman las calles 57a, la calle 56a y la calle 55 (que entenderemos como
tres fragmentos de la calle Barbacoas). Del mismo modo consideramos como parte de ese lugar a
Palacé entre las calles 55 y 56, pues sobre ellas se encuentran el bar Divas The Gallery y “Las
Delicias”. Dos establecimientos que fueron importantes para la realización de esta investigación
(ver Figura 9)
Figura 9. Para este caso, el esquema presenta el tercer lugar donde se ha centrado el foco de indagación en esta
investigación. Como los casos anteriores, se busca ubicar las calles y carreras relevantes de la zona, así como
también mostrar la Catedral, el Parque Bolívar y el Centro Comercial Villa Nueva, antigua sede del Seminario
140
de la ciudad y en donde hoy pervive la sede principal de la Arquidiócesis de Medellín. Se le suma a este lugar las
zonas de Barbacoas, calle sinuosa por definición, que demarca unos hitos espaciales clave para la población
LGBTI de la ciudad desde los años ochenta a la actualidad. Al respecto, se señalan además dos pequeños bares
de la zona, el Bar “Las Delicias” y el bar Divas The Gallery. Como se verá, ambos han sido puntos de observación
claves para aproximarse a esta porción urbana del centro. En este esquema se hace una precisión de dos de los
tres lugares que han sido objeto de interés de esta investigación. Como los dos esquemas anteriores, este ha sido
elaborado a partir de una imagen satelital tomada de google maps que ha sido posteriormente intervenida.
Elaboración propia.
Antes de seguir, hay algunos asuntos para agregar sobre estos tres lugares. En primer lugar, se
puede adelantar una de las líneas de reflexión sobre las que se ahondará en el próximo capítulo, es
que las singularidades que se acaban de enunciar sobre los tres lugares (trabajo sexual callejero en
La Veracruz, informalidad y rebusque en La Candelaria y diversidades/transgresiones sexuales en
la Catedral), se vinculan con la parte maldita de la ciudad, en los términos en los que se hizo
referencia de ello en el primer capítulo de esta tesis. Esto es: como los excesos de una ciudad que,
como Medellín, se ha expandido y ha dejado que en su centro urbano se expresen y se aglutinen
sus inequidades, sus problemas sin atender y sus desmesuras económicas, sociales y culturales.
En segundo lugar, vale aclarar que, al haber hecho el ejercicio de ubicación de cada lugar, en
términos de Lussault (2015), no significa que se pretendan como fragmentos urbanos aislados o
como archipiélagos que son impermeables. Por el contrario, son lugares que se constituyen como
tales precisamente por su dimensión de intensa permeabilidad (ver Figura 3), aunque los tres, cada
uno a su manera, estén fuertemente territorializados por las singularidades que hemos comentado.
En tercer lugar, se reconoce de entrada, por lo que vivimos en los recorridos por lo lugares y por
lo que tantas veces se narra sobre ellos, que una cosa es lo que pasa en el día y otra distinta lo que
acontece en las noches. Sobre este asunto, hay que recordar que las zonas de La Veracruz y de La
Candelaria tienen una intensa vocación comercial y de servicios, con muy baja o casi nula presencia
de sectores residenciales, lo que hace que desde las primeras horas de luz y, más o menos, hasta
las nueve de la noche haya una intensa actividad en todo el entorno. Ya pasadas las diez u once de
la noche, cuando se están cerrando las puertas de la estación Parque Berrío, y se han cerrado hace
rato la mayor parte de los comercios, la zona se vacía casi por completo.
Aunque sería engañoso decir que se queda desierta, pues más bien lo que ocurre es que empiezan
a aparecer, o mejor, a permanecer quienes viven, disfrutan y padecen de la noche en el Centro:
141
borrachos y borrachas, trabajadoras sexuales, sus clientes, proxenetas, jíbaros, ladrones y
habitantes de calle. Se forman corrillos de gente en las cantinas que abren hasta la madrugada y
que se encuentran principalmente en algunos puntos de la Av. De Greiff como el famosos Raudal
o sobre Cundinamarca, en la zona trasera de La Veracruz y el Museo de Antioquia. A esto se le
suma la posibilidad de pasar el “rato” o la noche en hoteles, “hoteluchos” y piezas desperdigadas
en edificios del sector. Vale comentar además que en el Parque Berrío, a pesar de los múltiples
operativos e intentos de normalización por parte de la dimensión planeada de la ciudad, sigue
perviviendo el espacio de sociabilidad a partir de la música popular que por más de treinta años se
viene tocando, bailando y componiendo en el lugar.
Por su parte, en el contexto de la Catedral hay una suerte de vocación residencial entre extremos
sociales: en el marco del Parque Bolívar se pueden encontrar edificios residenciales de una alta
calidad arquitectónica construidos entre los años cincuenta y setenta que albergan habitantes de
clase media y media alta; y en las zonas cercanas a Barbacoas, existen casas y casonas vueltas
inquilinatos en donde se paga por el derecho a pasar la noche en condiciones de hacinamiento y de
dinámicas complejas que traen consigo este tipo de formas residenciales.74
Con lo cual, si bien la actividad diurna es intensa y el Parque Bolívar cuenta con una actividad
cotidiana diversa y de relativa intensidad, no es comparable con la efervescencia que se vive en la
74
El centro tradicional de Medellín ha sido receptor de distintas poblaciones que se han visto forzadas a desplazarse:
campesinos y campesinas expulsados de sus tierras por las violencias rurales recrudecidas a finales de los noventa y
principios de los dos mil, grupos indígenas especialmente de la etnia Emberá que llegan por razones similares,
habitantes de las periferias geográficas de la ciudad y su área metropolitana que son desplazadas por bandas y grupos
armados que ejercen en control en sus barrios de origen, personas de distintos lugares del país que van de ciudad en
ciudad buscando suerte en una especie de nomadismo del rebusque callejero. Y, desde hace algunos años para acá,
la masiva presencia de personas de origen venezolano que han encontrado en el Centro un lugar de llegada y de
habitación para buscar nuevos horizontes de vida. Una dimensión que hace parte integrante de esta condición del
Centro como lugar de llegada de sectores de la población marginalizada tiene que ver con la diversa tipología de
formas de hospedaje que se ofrecen para estas personas en el sector. En estos lugares se paga diariamente por el
derecho a una “pieza” para pasar la noche. Por lo general son lugares en condiciones de deterioro arquitectónico,
con mala ventilación, condiciones de hacinamiento y con normas de convivencia que suelen ser burladas por sus
residentes. Cabe comentar que, gracias al trabajo hecho por Juan José Cuervo (2009) sobre las formas de habitar en
los inquilinatos de Niquitao, estamos al tanto que las transformaciones en inquilinatos de ciertas viviendas del centro
de Medellín no se corresponden necesariamente a la temporalidad ni a los fenómenos migratorios de los últimos
veinte años. Aun así, lo que nos interesa de esto es subrayar que existe una correlación entre las posibilidades de
encontrar en el Centro de la ciudad un hospedaje con un costo que puede cubrirse a partir del rebusque callejero
diurno y nocturno y la manera en que es en las calles de esta zona de la ciudad donde los sectores más empobrecidos
y marginalizados se hacen visibles, pues es allí, en el Centro en donde consiguen hacerse un sitio en la ciudad. Y que
dicha correlación se especializa en sectores cercanos a los tres lugares de los que nos ocupamos, siendo Prado Centro
y el sector de Barbacoas cerca de Palacé, especialmente significativos para este estudio.
142
zona de La Veracruz-La Candelaria. Ahora, en las noches, la actividad del parque y de sus calles
aledañas se “calienta”: se inicia la intensa vida nocturna de fiesta homosexual, del trabajo sexual
de las mujeres trans, de la explotación sexual infantil, de venta y consumo de todo tipo de drogas,
de riñas, robos, grescas y, en ocasiones, asesinatos. Como también ocurre en las noches de la Av.
De Greiff y de Cundinamarca.
Por su parte, La Candelaria es, de los tres templos, la iglesia del “movimiento”. Por ser un punto
de referencia del Centro, es a la vez metropolitana y pueblerina, tiene una acogida significativa y
al menos tres de sus ocho eucaristías diarias se llenan a tope, en ocasiones no hay donde sentarse.
Este templo tiene una afluencia masiva y cotidiana, es lugar de paso y se caracteriza por ser un
lugar para la confesión. Arriesgamos a afirmar que es una iglesia que se ha mantenido “porosa” en
la medida que está a la escucha de lo convulsa vida urbana que la circunda, reparte masivamente
los consejos y los valores tradicionales de la racionalidad católica local configurado por un misterio
espiritual abstracto y unas acciones conservadoras para la vida práctica.
En cuanto a la Catedral, que sigue siendo hoy un significativo centro del poder religioso local y
que cuenta incluso con la sede de la Arquidiócesis bastante cerca, pero que está enclavada en una
zona del Centro que ha puesto en dificultades sus posibilidades de despliegue ritual y sus
actividades parroquiales cotidianas. Por tanto, es un templo hermético a su entorno inmediato, un
templo que abre sus puertas con toda la pompa en eventos religiosos concretos: Miércoles de
Cenizas, Semana Santa y cuando hay algún acto religioso de relevancia del poder institucional
143
local o nacional. Por ejemplo: el cumpleaños del periódico El Colombiano, el funeral de un alto
jerarca de la Iglesia, de un político o de algún empresario de renombre.
Y, en quinto lugar, estos tres lugares, a pesar de que tengan las singularidades que hemos
mencionado, se han constituido de tal manera, con tal nivel de abigarramiento, que una forma de
entenderlos en su complejidad es a partir de la propuesta que hemos buscado ir defendiendo, a
saber: como lugares del desbordamiento. Donde se mezclan diversas formas de ser en la ciudad
que se exhiben allí con fuerza y hacen memoria a pulso, conquistando cada lugar, haciéndolo su
territorio y mostrando en una suerte de condición de rebasamiento que, para bien o para mal, la
“materia social” de lo que estamos hechos nosotros y la ciudad (nuestra carne y nuestra piedra)
está compuesta de lo mismo que hace malditas a las personas y los lugares y que, sobre todo, no
es sólida ni está terminada, por el contrario: se nos presenta en estos lugares desbordados, aunque
con muchas asperezas, en su dimensión maleable y viscosa, a la vez seductora, “empegotada” e
inquietante.
Llegado a este punto nos surgen las siguientes inquietudes: ¿es posible tener una idea un tanto más
clara de la historia urbana de las tres iglesias y sus entornos? ¿Qué vías interpretativas es posible
articular para explicar cómo estos tres lugares que han sido descritos se hayan constituido de esa
manera? Y, finalmente ¿es posible sostener la afirmación de estos lugares hacen síntesis de la
diversa complejidad del centro tradicional de Medellín?
Para atender estas preguntas, centraremos nuestra atención en lo que resta del capítulo en traer a
colación diversas investigaciones locales que han abordado el proceso de constitución urbana del
centro de Medellín como objeto de estudio. Con ello, andaremos unos pasos más en ahondar en el
estado del arte realizado para la escritura de esta tesis, con el declarado interés de integrarlo a la
dimensión interpretativa y propositiva de la misma.
Reconstruir la historiografía de cada una de las tres iglesias es, en sí misma, una labor investigativa
de inmensas proporciones que exceden, por mucho, los límites e intereses que nos hemos trazado
en esta investigación. Como hemos expresado, los orígenes de las iglesias de La Candelaria y de
La Veracruz pueden rastrearse desde mediados del siglo XVII. Asimismo, sobre la Catedral
144
Metropolitana, aunque fue inaugurada en la primera mitad del siglo XX, es posible encontrar
rastros de su planeación desde mediados del siglo XIX.
Aun con esta claridad, la labor de hacer una mención de las tres iglesias en relación con su presencia
en la historia urbana del centro tradicional de Medellín no puede pasarse por alto. Para ello entonces
hemos optado por retomar algunos trabajos desde donde es posible abordar la manera en que cada
uno de estos tres templos se ha ido constituyendo con el constante cambio del centro urbano de la
ciudad. Cabe agregar que lo que interesa con esta contextualización de las iglesias, es conseguir
unas claridades sobre las relaciones que han tenido en el tiempo los fenómenos sociales con los
múltiples cambios físicos de la estructura urbana que las rodean. Con ello, consentimos con las
palabras del profesor Luis Fernando González (2007a) cuando señala que lo relevante de la historia
urbana es hacer explícitas esas relaciones entre la dimensión social y la dimensión física del
entramado urbano de las ciudades.
Siguiendo esta idea, podemos comenzar comentado que para hablar de las iglesias de La Candelaria
y de La Veracruz, es indispensable remontarse a los orígenes mismos de los primeros poblados de
la Colonia. El lugar en donde se encuentra la iglesia de La Candelaria de hoy, es el mismo en donde
se erigió el primer edificio parroquial de Medellín a inicios del siglo XVII. Como fue común en la
Colonia, esta primera edificación que representaba la presencia del poder eclesial y de la corona
española, se estableció como un eje articulador para el surgimiento de la vida de ese pequeño
poblado o villa. En paralelo a La Candelaria, surgió la necesidad de construir una parroquia más
pequeña, a las afueras de esa villa que se dedicara a la evangelización y a la actividad parroquial
para los habitantes de la periferia y los extranjeros, así surge la iglesia de Ermita de la Veracruz de
los Extranjeros.
Para hablar de algunas generalidades de la iglesia de La Candelaria, vale hacer mención del trabajo
monográfico del ya fallecido Monseñor Javier Piedrahita Echeverri (2000). Allí Piedrahita comenta
que el edificio de la iglesia de La Candelaria que hoy se conoce puede ser rastreado para finales
del siglo XVIII. En efecto, si bien hay datos de que en el lugar de la actual iglesia existió, para
1649, una parroquia sencilla de bahareque, con techo de paja y una campana, y que fue ese edificio
en particular el que se ratifica como parroquia en 1675 cuando se eleva el sitio de Aná a Villa de
la Candelaria de Medellín; interesa señalar que es casi un siglo después, más precisamente para
145
1779, cuando se construye, con mano de obra local y conocimientos de la región, una buena parte
del edificio que hoy permanece.
Ya para finales del siglo XIX, se realizan las últimas modificaciones formales al edificio,
concretamente, con la modificación de la fachada y la construcción de las dos torres con sus
respectivas campanas. Para este autor, hay dos momentos especialmente significativos, uno entre
1868 a 1931 en donde se establece como catedral y la segunda es cuando, con la finalización de la
extendida construcción de la Catedral Metropolitana en 1931, pasa nuevamente a ser parroquia,
pero logrando mantener su relevancia como centro del ejercicio religioso y como referente urbano
del Centro de la ciudad. Como muestra de lo anterior, Piedrahita afirma que:
Fue La Candelaria y sigue siendo el gran centro religioso de Medellín como Parroquia y por 63 años como Catedral.
A su alrededor ha crecido la ciudad (…) todo iba cambiando en Medellín, alrededor de La Candelaria y cuyo templo
y cuya Parroquia permanecía en pie como el mejor testimonio del pasado no solo religioso de la ciudad sino de sus
avatares políticos, cívicos, culturales de una ciudad colonial que se ha venido modernizando (sic) (Piedrahita, 2000:
347-348)
En cuanto al templo de La Veracruz se puede hacer alusión al pequeño texto del Monseñor Jaime
Serna Gómez, quien firmó muchos de sus textos con el pseudónimo de Dr. Humberto Bronx,
cuando afirma que en el lugar en donde se erige hoy este edificio se empezó la construcción de uno
de los primeros templos de la recién nombrada Villa en 1682 en las afueras de la ciudad, sobre la
Calle Real, conocida hoy Boyacá. Esa construcción, dice Bronx, se finaliza en 1713, momento en
que se adorna, bendice y se autoriza como lugar de entierro para comerciantes y forasteros. Para
1791 este primer edificio amenazaba a ruina y se decide su demolición para la construcción de un
nuevo templo desde sus cimientos. Así se llega al edificio que se conoce hoy, el cual fue inaugurado
oficialmente en 1809 con su bendición y la realización de un primer servicio religioso (Bronx,
1984).
Por su parte, para hablar de la Catedral Metropolitana, cabe hacer mención nuevamente al trabajo
de Monseñor Javier Piedrahita Echeverri (2002) quien, poco antes de su muerte, decidió realizar
un pequeño folleto sobre la historia del largo proceso de construcción de esta iglesia. Así, dice
Piedrahita, para el año de 1871, luego de un decreto de 1868 que expone la decisión de construir
para Medellín un templo católico digno de la devoción y el crecimiento económico y poblacional
146
de la ciudad, se decide que será en los terrenos ubicados en la “Villa Nueva” en donde se edificará
la nueva catedral.
Luego de esta decisión se inicia el conocido y lento proceso de construcción del edificio que es
inaugurado oficialmente en 1931 con el traslado simbólico de la categoría de Catedral desde la
iglesia de La Candelaria al nuevo edificio. Es de resaltar aquí que no puede pensarse la erección de
este importante templo para la institucionalidad católica de la ciudad sin vincularlo con la
construcción del edificio que por 34 años (1928-1962) albergó al Seminario y que se ubicó en lo
que hoy conocemos como el Centro Comercial Villa Nueva, en donde hoy sigue funcionando la
Arquidiócesis de la ciudad.
Sobre este extenso proceso de la construcción de la Catedral, llama la atención que hubo toda una
planeación, con la elección de una junta directiva exclusivamente para la realización de la obra,
una organización detallada de las acciones que debían realizarse para completar esta empresa y una
planeación que tenía en sus manos la labor de capitalizar el aparente consenso de que ese pueblo
grande que era Medellín requería un templo de mucho mayores proporciones. En este centro de
decisiones se sopesaron varias opciones de ubicación, hubo juntas y discusiones, con votaciones y
decisiones y memorias de todo este proceso (Piedrahita, 2002). Todo lo cual, da cuenta de cómo la
erección de este templo católico era del interés de varios sectores políticos, económicos, culturales
e intelectuales, pues, no se estaba decidiendo simplemente sobre la construcción de una nueva
iglesia para la profundización de la evangelización de la ciudad, sino que también, y sobre todo, se
estaba determinando hacia dónde debería crecer la ciudad y en qué lugar se asentaría el poder
religioso, político y económico de la época.
Ahora bien, estas generalidades sobre cada uno de los templos dicen poco de las relaciones sociales
que se entretejían y se entretejen en las calles circundantes. Para ello, haremos mención de algunas
investigaciones locales que, si bien no se han ocupado precisamente de las tres iglesias y su relación
con la historia urbana del Centro de la ciudad, sí ofrecen algunas luces al respecto. El breve
recorrido que proponemos se presenta en una suerte de cronología que busca señalar
acontecimientos significativos e interpretaciones que nos ayudarán a señalar esos diversos
acontecimientos que, a nuestro entender, han ido configurando los tres entornos urbanos de nuestro
interés. Al hacer esto, podremos, además, vincular las singularidades en las que se ha constituido
147
este Centro tradicional (el de Medellín) con las condiciones generales que dejamos planteadas
sobre los otros centros latinoamericanos en la primera parte de este capítulo.
Iniciamos entonces retomando las ideas de Jacques Aprile-Gniset (2007) quien comentaba que en
el momento de la erección de esa primera parroquia para la evangelización de los pobladores en
donde hoy se ubica la actual iglesia de La Candelaria, Medellín no era más que una pequeña villa
que reunía un diverso grupo de habitantes conformado por criollos, mulatos, mestizos, negros e
indígenas. Lo cual resulta significativo en la medida en que desmitifica las mitologías locales de
los orígenes grandilocuentes de una “raza” cuasi que especial que son los medellinenses y
antioqueños, vinculados con sus orígenes de blancos españoles.
Por el contrario, lo que señala Aprile-Gniset es que la villa que se establece como el punto de
partida de Medellín, y de otras ciudades, se caracteriza por conformarse alejada de las “ciudades”
coloniales de relevancia y sin lazos con los ricos españoles encomenderos. La villa: “(…) no es
‘noble’ es ‘plebeya’; no es de acomodados funcionarios de la Corona, se puebla con ‘gente común’
en busca de actividades económicas nuevas, minería, ganadería, el comercio o los oficios del
artesanado” (Aprile-Gniset, 2007: 84).
Así, advierte el autor, estos asentamientos empezaban a tener una vida más dinámica y fluida si se
las comparaba con las ya viejas, vetustas, burocráticas y cristalizadas “ciudades” que fungieron por
un tiempo como lugares de consolidación territorial de la corona española y su proceso civilizatorio
a partir de la evangelización católica, pero que para el siglo XVII se encontraban en declive. Parece
entonces que dicho dinamismo de esos asentamientos populares que fueron las villas estuviera
asociado a su misma condición de relativa diversidad y mezcla cultural. Ciertamente, lo que nos
interesa señalar es el carácter popular y, si se quiere, “plebeyo” desde donde se empiezan a
entretejer los devenires urbanos de Medellín y su centro tradicional atado necesariamente a los
entornos que rodearon esa primera parroquia, consolidada con los años en la edificación de diversas
temporalidades constructivas que es La Candelaria y su plaza mayor.
Nos resuenan entonces los planteamientos del profesor Jacques Aprile-Gniset cuando expresa que:
Medellín surgiría del éxito de la colonización agraria del valle y como clara ilustración de las ‘metástasis’ que iban
brotando de las viejas y fosilizadas ciudades del siglo XVI. Es decir que la villa nace a fines del siglo XVII en un
148
‘partido’ rural de ‘la ciudad’ y en ese ‘momento’ histórico que se caracteriza ante todo por un cierto desarrollo
demográfico y agrario, y por la notable presencia del nuevo sector social en ascenso de los ‘montañeses’ y
‘mestizos’ y de los ‘vecinos libres de todos los colores’; abigarrado conjunto socio-étnico incluyendo aquellos
clasificados como ‘negros, pardos, mulatos e indios’. Socialmente hablando, Medellín nace como melting pot –
crisol- de una sociedad urbana sincrética, mestiza y ‘plebeya’” (Aprile-Gniset, 2007: 89).75
Bajo estas circunstancias, entendemos que Medellín, y en especial su Centro, fue y es “plebeya” y
popular, se ha constituido y se constituye en ese “crisol” y ese dinamismo que se pone en juego en
sus calles. Dinamismo este que hizo que una villa se convirtiera en un pueblo, luego en un pueblo
grande y más tarde en una ciudad capital que va adquiriendo relevancia sobre los municipios
vecinos y que la llevó a crecer de forma exponencial para convertirse en una ciudad que mezcla,
hoy en día, el provincialismo pueblerino, la metropolización y las penetraciones globales
contemporáneas. Ahora, una vía para entender estas dinámicas y este intenso y rápido crecimiento
de la ciudad, puede encontrarse en los trabajos de Luis Fernando González (2007a) y Fernando
Botero Herrera (1996).
El primero presenta las condiciones que permitieron que las dinámicas de gestión, planeación,
construcción y formas de vida de la modernidad occidental europea se empezara a establecer entre
finales del siglo XVIII y en especial en el transcurso del siglo XIX en Medellín vía las élites
económicas, políticas e intelectuales. De esta manera, una de las hipótesis que González quiere
defender es que desde finales de la Colonia, pasando por la época republicana hasta unos pocos
años antes en que Medellín sea reconocida como ciudad capital del departamento de Antioquia,
existían ya planes, discusiones y, sobre todo, obras concretas sobre la infraestructura urbana de la
época que dieron cuenta de la preocupación de la organización, el control y el gobierno de sus
habitantes. Es decir, que desde varios años antes de la llegada “oficial” de la modernidad a la ciudad
a finales del siglo XIX, ya se venían gestando las condiciones que hicieron posible que la
experiencia de la modernidad se estableciera, por lo menos en términos de económico-productivos
y en la modernización del entorno urbano, en la naciente ciudad.
Por esta misma línea, el trabajo de Botero (1996) amplía la comprensión de la conformación de la
zona centro de la ciudad en términos del papel desempeñado por las élites locales entre finales del
siglo XIX y principios del XX. En efecto, para Botero este periodo resulta determinante en la
75
Negritas propias.
149
conformación de la Medellín moderna pues es un momento en donde confluyen una mentalidad
modernizante de sus élites, una vinculación entre los intereses públicos y privados y unas
transformaciones de la ciudad que fueron determinantes para la conformación urbana de su centro
tradicional.
En cuanto a la actividad comercial que se daba en la Plaza Mayor, ahora reconocida como parque
(para finales del siglo XIX, se conocerá como Parque Berrío), será concentrada casi en su totalidad
en la periferia de la ciudad por esas mismas fechas en lo que se reconocerá como la Plaza de
mercado cubierta de Guayaquil76, un mercado planeado y construido de forma estratégica para
recibir las personas y mercancías que empezaron a llegar a la cercana estación del ferrocarril. Por
estos años La Candelaria, y más precisamente su parque cercano, se constituyeron como lugares
de concentración y manifestación del poder religioso, político y económico, y como lugares para
realización de las actividades masivas de carácter público: procesiones religiosas, actos políticos y
espectáculos.
76
Como lo señala Luis Fernando González (2018a) también se trasladó una parte de esa actividad al Mercado del
Oriente, conocido hoy como Plaza de Flórez.
150
burguesía local de jalonar el crecimiento urbano de la ciudad hacia su zona norte (Perfetti, 1995;
Avendaño, 1998)77. Como bien lo expresa González (2007a):
La ubicación de un proyecto gubernamental o religioso, de carácter público, fue otro fuerte factor dinamizador del
crecimiento y expansión urbana (…) La delimitación de la plaza de Villa Nueva, posteriormente llamada de
Bolívar, con el primer proyecto de la Catedral, determinó en gran medida el crecimiento hacia el norte y el primer
movimiento urbanizador de la ciudad, en las áreas próximas (González, 2007a: 85).
Así, haciendo uso la construcción de una iglesia como centro simbólico para el jalonamiento
urbano, en este caso de un templo de inmensas proporciones que hiciera honor a la remarcada
devoción de los habitantes de la ciudad, se consiguió, para la segunda mitad del siglo XIX y los
primeras décadas del siglo XX, que se realizara un desarrollo urbanístico marcadamente burgués
con un parque concebido para el encuentro y la sociabilidad de las élites locales, alejado del
“populacho” y donde se pudiera poner en escena las formas de una urbanidad sofisticada y moderna
del paseo diario y la conversación. Hay que agregar además que en los inicios mismos del siglo
XX, más precisamente en 1902 la ahora ciudad de Medellín es erigida como sede Arzobispal y
Metropolitana, lo que aumentará su relevancia política y religiosa, y será una declaración explícita
del talante que tomarán ciertos sectores de la ciudad en torno a los nuevos aires e imaginarios que
traerá la modernidad (González, 2007a).
77
En su trabajo Verónica Perfetti (1995) hace una amplia revisión cartográfica de la conformación de Medellín de la
época de la Colonia a la ciudad contemporánea, y va mostrando cómo ciertas iglesias del centro tradicional tuvieron
un papel protagónico en el jalonamiento y la expansión de la trama urbana de la ciudad. Esta interpretación es
respaldada por la Claudia Avendaño (1998) cuando expone que la construcción de la Catedral Metropolitana a finales
del siglo XIX fue determinante para el desarrollo de la zona norte de la ciudad y el desplazamiento de las élites hacia
el naciente Barrio Prado.
151
Con ello se fue perfilando una forma urbana particular en estas ciudades, como en Medellín, en
donde por la construcción del Barrio Prado, se fueron determinando unos usos del suelo y el
desarrollo del (hoy) centro tradicional de la ciudad que aún es determinante y que en su momento
siguió unos imaginarios urbanos caracterizados por unas imágenes concretas: lo sagrado, el poder,
la salud, lo bucólico y la imagen parisina (que representaba el buen gusto, la buena vida y la
sofisticación). En este contexto, es a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, en el momento
en que diversas ciudades latinoamericanas están empezando a dejar su reciente pasado pueblerino
o, por lo menos, querían buscar dejarlo en el pasado, que nace una burguesía local que viene
ascendiendo desde distintas capas sociales y busca adaptarse a la imagen de lo que se supone debe
ser el comportamiento diferenciado de las élites en las ciudades, siguiendo el ejemplo de aquello
que han visto y oído de las ciudades europeas.
Con ello, surge el barrio burgués en la sumatoria entre el prestigio, el progreso y la necesidad de
separación y la segregación social. Para esta consolidación se siguen unos preceptos (imaginarios)
de poder, salud, “bucolismo” y sofisticación con: (i) la construcción de grandes quintas de explícita
ornamentación y grandilocuencia, alejadas del “pueblo” y dispuestas para su contemplación y con
el apoyo de los lugares como parques, cafés, teatros, bares y clubes de reunión para llevar a cabo
la sociabilidad ostentosa de su poder. Y (ii) siguiendo planteamientos “científicos” de la higiene
como forma de planeación y organización de la ciudad en donde se mezclan la medicina y la
ingeniería en un proyecto utópico-eugenésico de reforma e ingeniería social a partir de la
instauración de un urbanismo integrador de los axiomas higiénicos de la época: agua limpia,
siembra de árboles para limpiar el aire y su contemplación, entrada de luz natural y la circulación
continua de aire para evitar enfermedades.
A esto último se le suma el distanciamiento y la estigmatización de un “otro” que huele mal y que
no tiene prácticas higiénicas como las burguesas, de ahí que la burguesía decida entonces escindirse
de un pueblo considerado como infeccioso. Considerando lo anterior, pareciera entonces que la
historia de la Medellín de finales del siglo XIX y principios del XX fuera aquella escrita por los
empresarios y burgueses locales. Sin embargo, no se olvide que hemos dicho que Medellín (y su
Centro) fue (y es) sobre todo “plebeya”.
152
De allí que este relato de prohombres de negocios que hacen la ciudad a su medida con unos ideales
modernizadores traducidos en una trama urbana cambiante, con la emergencia de barrios burgueses
y formas de comportamiento ajustadas más a lógicas urbanas que pueblerinas, tiene otros relatos
que le hacen contrapeso y que subrayan la dimensión pueblerina y popular que constituyó y
constituye hoy a la ciudad en general y a su centro tradicional en particular. Como lo hace explícito
Gilda Wolf (2015b) al plantear que:
En contraposición al espacio burgués que el comercio, los equipamientos y las viviendas construyeron alrededor
del Parque Bolívar, se fue consolidando el mundo aparte de Guayaquil, un lugar donde estaba la terminal del tren
y las líneas que cubrían las líneas del departamento y donde su apropiación era libertina, permisiva, desinhibida,
de hoteluchos, inquilinatos y cantinas, y donde se movía un gran comercio mayorista y minorista (...) Su gente
nómada y aventurera, sin mucho que perder, que encontró su modelo a seguir, en el malandro argentino y el macho
mexicano, figuras del cine y de las canciones que allí se representaban y oían y con las que se representaba una
población marginal con nostalgia de campo, en contraposición a las pretensiones y ostentaciones burguesas.
Guayaquil servía como medio de contraste para los burgueses que tenían este espacio como la parte maldita
de una ciudad que ellos tenían el deber moral de encausar hacia la modernidad y las buenas costumbres, y
lo hacen a través de la creación en cada barrio de la ciudad, de los Centros Cívicos, que promovidos por la Sociedad
de Mejoras Públicas, usaba el tiempo libre de los obreros y empleados en el mejoramiento de sus propios barrios,
sin que el Estado tuviese que responder por ellos (Wolf, 2015b: 145)78.
Y es precisamente en esa parte maldita de la Medellín de finales del siglo XIX y principios del XX
encarnada y concentrada en el sector de Guayaquil, en donde encontramos uno de los
acontecimientos que explican el abigarramiento urbano que constituye el actual centro tradicional
de la ciudad y, en especial, los tres lugares de esta investigación. Guayaquil, como lo cuenta Jorge
Mario Betancur (2000), fue un lugar donde la muerte, la higiene, la pobreza, la riqueza, el sexo
diverso, la bohemia, y otras actividades humanas convergieron de forma vertiginosa.
A partir de esta lectura de Betancur, proponemos entender que esta zona de la ciudad funcionó
como escenario de manifestación de la modernidad imperfecta, al decir de Marshall Berman
(1991), en donde las ideas modernizantes de las élites paisas procuraron la creación de un enclave
para el desarrollo que continuara materializando los ideales propios de esa modernidad europea,
pero que pronto se vio desbordada por la dimensión plebeya, pueblerina y popular que fue
encontrando en ese “puerto seco” que fue Guayaquil, un lugar en la ciudad. En efecto, en este lugar
78
Negrita y cursivas propias.
153
se construyeron unos edificios “modernos” para centralizar los abastos de la ciudad, recibir la carga
de mercancías y los pasajeros que llegaban a la estación del ferrocarril cercana.
Sin embargo, dice el autor, con las características propias de una ciudad colombiana de finales del
siglo XIX: con lógicas preponderamente pueblerinas, llenas de desigualdades sociales heredadas
de la Colonia y las guerras civiles que apenas terminaban, sumado al acelerado proceso de
crecimiento demográfico para el que la ciudad no estaba preparada, Guayaquil se convirtió, lejos
de los deseos de las élites, en un lugar de la ciudad lleno de vida, comercio y de un pálpito
pueblerino/citadino que puso a flor de piel los desajustes sociales de una ciudad conservadora, poco
equitativa y de doble moral. Es decir: un enclave para el lado oscuro (parte maldita) de la sociedad,
caracterizada por la fiesta popular, la promiscuidad, la enseñanza de las lógicas de la calle (el
manejo de la penilla, el raponeo y la estafa), la prostitución masculina y femenina, las prácticas
sexuales prohibidas por la moral católica, entre tantas otras dinámicas sociales que hicieron de
Guayaquil un referente del pecado, el caos y la inmundicia para la ciudad. Y, por esas mismas
características, fue un lugar altamente frecuentado por un ecosistema de personajes, tales como:
campesinos, comerciantes, abogados, funcionarios del Estado, intelectuales, músicos, raponeros,
mujeres de la “calle”, habitantes de calle, fotógrafos, policías, escritores, escritoras, mulatos,
negros e indígenas. En palabras del mismo Betancur, de “moscas de todos los colores”.
Decíamos entonces que ese Guayaquil descrito por Betancur es un acontecimiento para considerar
en esta tesis ya que encontramos que la relación que la institucionalidad -aquella que planea, que
narra y que gobierna y que está encarnada por el gobierno de turno, por el empresariado local y por
muchos intelectuales y académicos “bien pensantes”- establece con el Centro hoy, es bastante
similar a la que tuvo la burguesía local a la que hace alusión Wolf (2015b) con esa parte maldita
que era Guayaquil. Si se piensa con atención, eso maldito no es otra cosa que las formas de ser
(subjetividades) “plebeyas” de esas gentes que llegaban y hacían su vida en esa zona de la ciudad
y que ponían en entre dicho (desbordaban) los planes, los edificios, los espacios públicos urbanos
y la civilidad atemperada del medellinense burgués, moderno y urbanizado.
Esta apuesta que hacemos para pensar los desajustes del Centro se ve reforzada con los trabajos de
Gloria Naranjo y Marta Inés Villa (1997) Medellín: entre luces y sombras y Luis Fernando
González (2018a) Ensayos inútiles. En el primero, las autoras hacen un sintético diagnóstico del
centro de la ciudad en donde exponen que sus problemas de inseguridad, desigualdad e
154
informalidad tiene profundas raíces en fenómenos de olvido y negación de las realidades a las que
se enfrentó la ciudad en el transcurso del siglo XX, a saber: migraciones, demoliciones de centros
de trabajo masivo, y, como no, la negación del pálpito propio de lugares como Guayaquil.
Como parte de este proceso de negación de las problemáticas sociales, las investigadoras señalan
cómo gran parte de los recursos invertidos por las administraciones de la ciudad en el transcurso
del siglo XX se centraron principalmente en la resolución, adecuación y ampliación de vías, calles
y avenidas de la ciudad, dejando en un plano marginal las acuciantes problemáticas sociales de sus
habitantes. Con estos y otros ejemplos, se llega al final del estudio explicitando que Medellín y su
centro palpitan entre la luz y la sombra, y que hasta que ambas dimensiones no sean consideradas
por sus administraciones y por sus habitantes, sus violencias, sus miserias y sus inequidades
seguirán presentes y tenderán a profundizarse.
Por su parte, en el segundo texto, el profesor González hace énfasis en una historia urbana de la
ciudad en el transcurso del siglo XX, prestando especial atención a su centro tradicional. En
consonancia con Naranjo y Villa, este autor hace un minucioso recorrido por los diversos planes,
obras, demoliciones y transformaciones espaciales que se llevaron a cabo en el transcurso de dicho
siglo en el centro urbano de la ciudad, todas ellas buscando llevar a la práctica los ideales
civilizatorios del progreso local a partir de una intensa dinámica de construcción-demolición-
reconstrucción, cayendo en esa lógica de la destrucción creativa propia de los procesos de
modernización occidentales y que el profesor Botero (1996) explicó acertadamente para el ámbito
local como el “espejismo de la modernidad”79.
Del vínculo entre ambas investigaciones nos interesa hacer explícito un punto común que refuerza
nuestro planteamiento de las resonancias que tiene Guayaquil en el Centro de hoy, esto es: el
proceso de “guayaquilización” que tuvo el centro de la ciudad a partir de los años setenta en
adelante y las diversas consecuencias que esto ha traído para el Centro que tenemos. Ciertamente,
esa vitalidad arrítmica que identificó Betancur en la Guayaquil de finales del siglo XIX y la primera
79
La metáfora del espejismo se ajusta aquí bastante bien a ese proyecto civilizatorio del progreso local. Pues cuando
se ve un espejismo se acelera para alcanzarlo, pero en la medida en que uno se acerca a él, este desaparece y aparece
más adelante. Por tanto, si el progreso en Medellín, como lo ha hecho evidente el profesor Botero e insistentemente
el profesor González (2007b; 2015; 2018b; 2019), se traduce en la renovación urbana, será un progreso que se
encaminará a su desmemoria, a estar siempre en obra y a no considerar que otras facetas de la realidad urbana son
igual o más importantes que la “piedra” que conforma las calles, plazas y edificios de la ciudad.
155
mitad del XX, estuvo situada geográficamente en ese lugar de la ciudad hasta más o menos finales
de los años setenta, pero luego, una vez desaparecida la dimensión física de Guayaquil, pasó a ser
una noción que significaba el proceso de dispersión de todo lo que estaba concentrado en esta zona
de la ciudad al resto del Centro.
Ahora, como todo fenómeno socio histórico, la “guayaquilización” del Centro es compleja de
explicar y para hacerlo hay que mencionar una sumatoria de acontecimientos que, de forma general,
son: (i) el abandono de las élites y la clase media alta del centro de la ciudad a partir de finales de
los años sesenta80 profundizado en los años setenta por la fragmentación y aislamiento de porciones
significativas del centro tradicional que trajo consigo la construcción de la Av. Oriental, (ii) los
incendios del Mercado cubierto de Guayaquil y el establecimiento de “El Pedrero” como una
extensión de ese mercado popular sobre los escombros del antiguo, (iii) la construcción del Centro
Administrativo La Alpujarra a finales de los años setenta y el traslado del poder estatal a su nueva
sede, dejando el centro de la ciudad en un vacío institucional físico y simbólico, (iv) la construcción
en la zona sur del Valle de Aburrá de la Central Mayorista y, posteriormente de la Minorista (por
la misma época de la Alpujarra) para centralizar las ventas de abastos formales e informales que se
concentraban en la zona de Guayaquil, (v) la profunda crisis institucional, social y cultural por la
que pasó la ciudad entre los años setenta, ochenta y noventa derivada del narcotráfico81, (vi) la
crisis económica y financiera que conllevó a la apertura económica y posterior quiebra y cierre de
muchas industrias locales, dejando sin empleo a miles de personas y consolidando diversas
estrategias de supervivencia a partir de la venta informal y de lo que hoy se conoce como la cultura
del rebusque82, y (vii) un sistema político administrativo profundamente corrupto e incapaz de
80
Claudia Avendaño (1998) muestra que, debido a estas obras que fragmentaron el Centro, sumada a la apertura de
otros lugares de desarrollo urbano en la ciudad como Otra Banda y el Poblado, se inició por estas décadas un proceso
de migración y abandonado de las élites locales del Centro. Dejando un “vacío” que fue rápidamente llenado por
clases medias y, posteriormente en los lugares “más abandonados”, por las clases populares más empobrecidas.
81
Ya hemos hablado del diagnóstico que hace Gerard Martin (2014) sobre este asunto. Sin embargo, creemos que
vale reforzar lo dicho trayendo a cuento un ensayo de Jorge Orlando Melo (2007) publicado en La Hoja y re-editado
por EAFIT en la conmemoración de los 15 años de dicha revista. En este trabajo Melo, como es frecuente en sus
reflexiones, hace una síntesis de grandes porciones temporales para explicar que lo que se había logrado con relativo
éxito en Medellín: una inserción laboral exitosa, un crecimiento económico apoyado en una industria manufacturera
estable y un control y gobierno de la población pautado por una ética católica anclada en los valores de la familia; se
vio completamente superado por las condiciones planteadas en la segunda mitad del mismo siglo. Las inmensas
migraciones del campo a la ciudad, el aumento demográfico exponencial, la incapacidad de absorción laboral, la
insuficiente respuesta estatal frente a la altísima demanda de nuevas viviendas y barrios formalizados, las
desigualdades estructurales y el ingreso de rentas ilegales que corrompieron las estructuras políticas y familiares,
sirvieron, todas ellas, como un “caldo de cultivo” para la fragmentación social y para la eclosión de una profunda
crisis social, económica y cultural, que se expresó en una intensa violencia homicida.
82
Ahondaremos en este asunto en el próximo capítulo de la tesis.
156
gestionar estas graves manifestaciones de una fragmentación social y económica, en donde las
fotografías de la construcción a medio hacer de Metro de Medellín detenida por años en un Centro
semi-destruido, quedaron como postales de la mediocridad estatal para responder a los grandísimos
problemas que enfrentaba la ciudad.
Así pues, con este telón de fondo, la idea de que en el transcurso de los años ochenta e inicios de
los noventa empezó un proceso de dispersión por todo el centro de Medellín de las complejidades
económicas y sociales de Guayaquil a diversos sectores del Centro, es lo que se sintetiza como la
“guayaquilización” de esta zona de la ciudad83. Con ello, las lógicas del dominio del espacio por
poderes paraestatales con su violencia y sus cobros de impuestos para mantener la “seguridad”, la
dispersión de las zonas de encuentro para las personas con algún tipo de adicción, el
desplazamiento de las zonas de prostitución por la calle Cundinamarca y los alrededores de la
Iglesia de La Veracruz, el establecimiento de ventas y formas de rebusque informales en el entorno
inmediato de La Candelaria, la presencia de prostitución masculina, venta, consumo de drogas y
la presencia de habitantes de la calle en el entorno de la Catedral Metropolitana, entre otros
fenómenos sociales, fueron dando elementos para el establecimiento de una narrativa negativa que
recayó sobre el Centro y que aún hoy, cuarenta años después, se mantiene vigente.
Así, luego de los años ochenta y los noventa del siglo pasado y a unos pocos años del comienzo
del siglo XXI, la institucionalidad pública y privada local vuelve sus ojos y su interés a su centro
tradicional. Y, articulándose con el esquema presentado de la mano de Carrión (2013), busca
“recuperarlo”84, fundamentalmente, a través de procesos de renovación urbana sostenidos desde
83
Cabe acá hacer mención de las historias de ese Guayaquil de finales de los ochenta y principios de los noventa que
Carlos Sánchez Ocampo (2007) en sus crónicas sobre esas calles y esas formas de vida de las personas “desechables”
del centro de la ciudad. Estas crónicas de Sánchez, escritas entre 1991 y 1992 y publicadas por primera vez en 1993
bajo el título de El contrasueño. Historias de la vida desechable, dan cuenta del submundo que estuvo latente en
Guayaquil en el pleno centro de Medellín. Son crónicas sobre las formas de vida de las y los habitantes de las calles:
jíbaros, mendigos, prostitutas callejeras, ladrones, personas maniacas, prófugos, personas adictas al alcohol o las
drogas de ese momento (y de hoy) como el basuco, niñas y niños de los barrios populares que huyeron de sus casas.
Son crónicas de personas que para esa época habían sido denominados por la Medellín bien pensante, creyente y
trabajadora como “desechables”. Son, pues, crónicas sobre las entrañas del Centro, sobre la marginalidad más
profunda, sobre una parte maldita que estaba concentrada en Guayaquil y que, ya para ese momento, aumentaba y
se desperdigaba por sus calles aledañas, penetrando en las esquinas, parques y plazas de esa zona céntrica de la
ciudad.
84
Este discurso en torno a la imperante necesidad de la recuperación del Centro es mencionado por Eulalia
Hernández (2010) a partir de lo que ella denomina las geografías del desarrollo que tienen como lugar de emergencia
precisamente el centro tradicional de Medellín. De esta investigación lo que nos interesa es el análisis que hace la
autora de las diferencias de las políticas de intervención que los distintos gobiernos han adelantado en el centro de
la ciudad desde finales de los años ochenta a la actualidad. Pues en ellos se explicitan las lógicas de intervención, los
157
1998 hasta la fecha. Todo con la premisa de “recuperar el centro para todos sus ciudadanos”,
premisa que, como hemos insistido, es bastante problemática. Al respecto, y como era de esperarse,
en la producción investigativa local es posible encontrar diversos trabajos que nos ayudan a ubicar
con mayor precisión aquellos aspectos clave que caracterizan y constituyen hoy el centro
tradicional de la ciudad.
Algunos de estos trabajos coinciden en que los procesos de planificación, gestión y control de la
Medellín metropolitana y de su centro tradicional a partir de instrumentos institucionales como el
Plan de Ordenamiento Territorial (POT) y los Planes de Desarrollo (PD) de las subsecuentes
administraciones municipales desde finales de los años noventa a la actualidad, se sitúan, quizás
muy cómodamente dentro las lógicas de la neoliberalización urbana a nivel global (Castrillón y
Cardona, 2014)85. Claro, como bien lo señala Massey (2013) lo global existe en la medida en que
se territorializa en lo local, es decir en que tiene sus formas particulares de despliegue en lo local.
Así, en el Centro de la ciudad se han realizado renovaciones que siguen preceptos del marketing
urbano encaminado en el cambio de imagen de la ciudad y en el aumento de “atractividad” para
cautivar el turismo de servicios y de entretenimiento, la rentabilización del suelo y el aumento de
la inversión privada para aprovechar los inmensos beneficios económicos que cotidianamente se
ponen juego en el Centro86. Como ejemplos concretos de esto resalto los trabajos de Carolina
Franco (2008) y de Natalia Morales (2009) de la maestría en Estudios Urbano Regionales de la
Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.
discursos que las promovieron y el constante patrón de la mayor parte de ellos de procurar “recuperar” un centro
“perdido y olvidado” en el caos y la ilegalidad.
85
Al respecto de este asunto, el trabajo de la maestría en Hábitat de la Universidad Nacional de Colombia sede
Medellín de Jenny Paola Sierra (2016) resulta pertinente. El análisis histórico (1970-2015) que hace la autora
desentraña los procesos de neoliberalización de la ciudad y su comprensión como mercancía atractiva para el
mercado internacional, siguiendo modelos externos tales como el “Modelo Barcelona”, ampliamente criticado por
Manuel Delgado (2007).
86
Cabe matizar lo expresado siguiendo a Luis Fernando González (2010) cuando hace referencia a un estudio que
aborda la arquitectura urbana oficial construida entre 1980-2010 en Colombia. De este trabajo interesa el
reconocimiento hecho al relevante papel de la arquitectura en las obras públicas a partir de la puesta en práctica de
manera sistemática desde los POT de las distintas ciudades. Así, el innegable mejoramiento en calidad espacial y la
positiva recuperación y creación de espacios para el uso múltiple de miles de personas en el país, hacen que este
autor haga una crítica ponderada y positiva, no exenta de una necesaria cautela, de esa forma oficial de producción
urbana.
158
Ambas autoras se ocupan del problema de la planificación y producción del espacio público del
Centro, teniendo como caso de estudio la peatonalización de Carabobo. Lo interesante de ambos
trabajos es la forma en que ponen en evidencia cómo esta nueva espacialidad urbana fue la
concreción de una compleja sumatoria de metáforas de la ciudad, de nuevos lenguajes de la gestión
de lo público que daban cuenta mecanismos discursivos afinados encaminados a consolidar un
terreno fértil en el espacio público para la consolidación del consumo y la llegada de nuevos
capitales y el aumento del atractivo de la ciudad para los turistas.
Esta manera en que se construye el Centro hoy es, cuando menos, desacertada para Marta Inés
Villa (2007). Para esta autora, en la ciudad se continúan aplicando propuestas de planificación que
poco sirvieron en el pasado para solucionar los problemas sociales estructurales de la ciudad y que,
probablemente, tampoco lo hagan esta vez. En esencia, la investigadora hace referencia a cómo las
grandes obras urbanas, si bien tienen una excelente utilidad para el aprovechamiento político y para
la publicitación local, regional, nacional y global sobre los avances positivos de la ciudad, no
consiguen, en sí mismas, solucionar las inequidades, los fenómenos de violencia enquistados y los
vacíos institucionales acumulados.
En otras palabras: que con el embellecimiento urbano no se consiguen suplir las necesidades de
una desajustada y desigual sociedad como la medellinense. Y, advierte Villa, para profundizar las
dificultades no hay que perder de vista las migraciones recientes del campo colombiano forzadas
por las violencias estatales, paramilitares y de las guerrillas87, pues estas generaron nuevas olas de
desplazamiento de población a finales de los años noventa y principios de los dos mil que se
agolparon en las periferias de la ciudad88.
87
Más allá del relevante ejercicio de investigación que adelantan los distintos centros de memoria histórica en torno
a las cantidades de víctimas que cada uno de los actores del conflicto ha ocasionado en las violencias de los últimos
treinta años en las áreas rurales del territorio nacional, lo que se quiere señalar es que la actuación de cada uno de
ellos, sin distinción, ha llevado a la misma brutalidad e ignominia con la que se ha victimizado a miles de mujeres,
niños y hombres del campo, como lo narra magistralmente el novelista colombiano Evelio Rosero (2007) en Los
ejércitos. Allí no importa el nombre del pueblo, es cualquier pueblo colombiano, ni tampoco el ejército que está
matando, bombardeando, violando y asesinando, pues todos son el mismo ejército, de allí el acertado nombre del
libro.
88
En las periferias de Medellín, en su constante y magmático crecimiento más allá de los límites jurídicos de la ciudad,
se asientan de la mano del olvido estatal, de la sumatoria de exclusiones y victimizaciones y de la anomia social,
múltiples formas de violencia que se han ido agolpando con los años y que han sido un caldo de cultivo fructífero
para las milicias urbanas, los poderes paraestatales y las bandas “sicariales” de las distintas formas que ha tomado
el narcotráfico (aún latente) en la ciudad. Al respecto, la emblemática película de finales de los años ochenta Rodrigo
D no futuro de Víctor Gaviria hizo visible esas vidas en las laderas de Medellín y ofrecían, en parte, una posible
explicación de la degradación de la violencia homicida a la que había llegado el conflicto de la ciudad. Asimismo, la
159
Como hemos ido haciendo notar, alguien que se ha dedicado a pensar críticamente en los procesos
de transformación urbana del centro de Medellín desde una perspectiva de la historia urbana, de
sus dinámicas de construcción-demolición-reconstrucción y sus implicaciones para el patrimonio
histórico en clave urbana, de las lógicas de invisibilización de sectores populares de los habitantes
de la ciudad y de la inherente relación entre la zona central de la ciudad con las periféricas barriales,
es el ya citado profesor Luis Fernando González. De manera sintética haremos alusión aquí a
varios trabajos, entre artículos, ensayos y textos de divulgación de González (2007b; 2014a; 2014b;
2015, 2018a; 2018b) con el interés de englobar algunos de los planteamientos de este autor sobre
el centro de Medellín, ya que no solo coincidimos con buena parte de ellos, sino que además nos
han posibilitado hacer visibles algunas características clave que se establecen como condiciones de
posibilidad para hacer del Centro, y de los tres lugares de nuestro interés, lo que son hoy.
En sus investigaciones sobre la ciudad González centra su atención en ofrecer una crítica sobre los
procesos de transformación urbana del centro de la ciudad y la contradictoria toma de consciencia
del patrimonio arquitectónico de esta zona de la ciudad en relación con la sistemática demolición
de grandes porciones urbanas. Como prueba de ello va mostrando cómo desde inicios del siglo XX,
siguiendo la mencionada premisa del progreso como potente dispositivo civilizatorio, se inició un
progresivo y sistemático proceso de demolición de los remanentes coloniales y republicanos de la
estructura urbana para dar paso a las edificaciones y la morfología urbana que pusiera a tono la
ciudad con los lineamientos modernizantes entre ingenieriles e higienistas de la época.
Concretamente pueden citarse los siguientes casos: (i) la construcción y demolición del Teatro
Junín. (ii) Las transformaciones arquitectónicas del Parque Berrío, sus subsecuentes incendios
(algunos considerados como provocados)89, la construcción de nuevos edificios propiamente
reciente novela de Gilmer Mesa (2016) La cuadra da cuenta, en una dimensión micro escalar de una cuadra en los
años noventa de un barrio periférico de Medellín, de la vida cotidiana de las personas que vivían allí y su indisociable
relación con el abandono institucional, el aislamiento urbano, la presencia de las tramas del poder sicarial y las
violencias implícitas y explícitas presentes desde la infancia hasta la adultez de sus habitantes.
89
Sobre este asunto el citado trabajo del profesor Fernando Botero (1996) deja planteada la inquietud sobre cómo
en las noticias de la época se hacían odas a estos incendios, pues posibilitaban desechar lo viejo y dar paso a lo nuevo.
Llama la atención que este mismo proceso de renovación vía incendios haya sido puesta en práctica en ciudades
como Bogotá. Así lo explicita Germán Rodrigo Mejía (2016), quien defiende la hipótesis de que el “Bogotazo” del 9
de abril de 1948 fue un evento que precipitó la demolición de la antigua Bogotá central (una “catástrofe” social para
remodelar el centro, como en Medellín fueron los incendios en los años 20). En este sentido, el 9 de abril precipitó
la puesta en marcha de una demolición sistemática de su zona central que reposaba en el malestar moderno por
cambiar la ciudad. Un malestar que en todo caso, estaba producido narrativamente (solicitado, discutido y criticado)
160
modernos y su posterior demolición para la edificación de otros más modernos o para dar paso a
ampliaciones de la carrera Bolívar, poco años después, colonizada por moles de concreto de la
porción elevada del Sistema Metro. (iii) Las intervenciones viales llevadas a cabo en el transcurso
del siglo XX que por un lado popularizaron la expresión de que, a ciertos edificios, incluso una
iglesia, se las había “llevado el ensanche”90, y por el otro, generaron una profunda fragmentación
en la trama urbana como se mencionó con el caso de la Av. Oriental. (iv) Los cíclicos embates
contra el patrimonio arquitectónico siguiendo las dinámicas del, en apariencia, inexorable progreso
local que se presentó, hace unos pocos años, en la calle Ayacucho el tranvía eléctrico vinculado al
sistema de transporte masivo del Metro de Medellín, en cuya construcción se demolieron muchas
viviendas de un patrimonio arquitectónico, quizás no muy reconocido, pero que en todo caso era
relevante para la trama urbana de esa zona de la ciudad y que daba cuenta de una arquitectura hecha
a partir de conocimientos de maestros de obra de la época y, por eso mismo, cargadas con un valor
patrimonial propio (González, 2015).
Todo lo cual, expone González, puede entenderse desde la relación que como medellinenses hemos
ido estableciendo con la memoria urbana de la ciudad. Así, en las dos últimas décadas hay un
extendido consenso institucional por “recuperar” y preservar los pocos lugares del centro de
tradicional que no se los “llevó el ensanche” y que aún se encuentran en buen estado. Sin embargo,
este afán patrimonialista tiende a caer en la lógica abogar por la preservación de edificios y
fragmentos urbanos aislados y no tanto por la integralidad de tramas urbanas más completas, lo
que, “paradójicamente”, facilita que haya procesos de especulación inmobiliaria en zonas cercanas
a dichos fragmentos patrimonializados (González, 2014a).
En suma, lo que nos llama la atención del esfuerzo que ha venido haciendo este autor por mostrar
esa extraña relación que desde hace más de un siglo viene teniendo esta ciudad con su Centro, es
su insistencia de hacer visible la relevancia capital que tiene la comprensión de las formas de
constitución de ese centro tradicional para el desvelamiento y la aproximación comprensiva de
fenómenos urbanos y socio culturales más complejos y, en apariencia, sin relación. Ciertamente,
los señalamientos que hace González sobre la desmemoria urbana como un potente dispositivo de
por una opinión pública conformada por la prensa, revistas, académicos, inmobiliarios, ciudadanos e intelectuales.
Es decir, toda una “arena cultural” que celebró con entusiasmos los grandes cambios que ocurrieron en la capital
luego de este acontecimiento.
90
Es emblemática la demolición de la iglesia San Juan de Dios que da cuenta que la inercia del progreso local pasa
por encima incluso de las edificaciones que, se supone, encarnan en la piedra enraizada la religiosidad local.
161
negación de los pasados vergonzantes de la ciudad: su origen plebeyo: mestizo, negro e indígena,
su estructura urbana colonial-republicana estrechamente articulada a lógicas pueblerinas, su
fracaso como ciudad industrial y su más reciente pasado de degradación institucional y de violencia
“narca”. Todo esto se ha procurado borrar, demoler, “renovar” e implosionar91.
Aunque, como bien lo expresan González (2018b) y Montoya (2014), por más que se borren huellas
de la dimensión edificada de la memoria, hay cosas que son constitutivas de la carne y,
francamente, son imposibles de demoler. Esta reflexión sobre la desmemoria se profundiza al
considerar las arquitecturas, modos de habitar y formas de vida de personas sobre las que apenas
ha quedado registro en la historia, sobre quienes apenas han dejado algunas huellas en archivos
dispersos y de pasada. Lo cual nos inquieta y nos hace poner en cuestión el naturalizado dicho local
que dice algo así como: “todo esto por acá antes eran mangas”, haciendo referencia a que ciertos
lugares de la ciudad que hoy están urbanizados, apenas hace unas cuantas décadas estaban
deshabitados. Sin embargo, y como lo explicita el profesor González en casos como el de la
construcción de la Catedral Metropolitana, las casonas de su entorno inmediato y del Parque
Bolívar, esos “lotes baldíos”, esas “mangas”, estaban en realidad habitados por artesanos,
lavanderas y personas dedicadas a diversos oficios. Sin embargo, para la historia institucional,
tantas veces repetida, son memorias que no hubo que demoler, porque, para esa versión de la
historia, ni siquiera existieron.
Otro de los puntos relevantes para abordar las complejidades del Centro que González estudia de
manera transversal en sus investigaciones tiene que ver con el espacio público urbano, con sus
disputas, sus usos y los ideales que desde la planificación se han establecido en torno a él
(González, 2014b). Sobre estos temas nos interesan las agudas críticas que hace a los procesos
renovación urbana que desde los últimos 20 años se han concentrado más en el “hermoseo” de
pisos, fachadas y andenes, que al abordaje integral de los problemas estructurales del Centro, cuya
complejidad pasa por comprender su dimensión dialéctica con los barrios periféricos de la ciudad
(González, 2018a).
91
Como fue el caso (reciente) de la implosión del edificio Mónaco en febrero del 2019 llevado a cabo con recursos
públicos de la administración de Federico Andrés Gutiérrez y que fue publicitado y espectacularizado como un acto
simbólico para reivindicar la memoria (oficial) de las víctimas generadas por la guerra abierta contra Pablo Escobar.
162
Y aquí se encuentra una de las claves para iniciar un proceso comprensivo del Centro que ya hemos
venido enunciado: que en el centro tradicional de la ciudad habita la periferia y la marginalidad.
Es desde ella que el Centro se constituye, y lo viene haciendo desde al menos finales de los años
ochenta. Esto se hace explícito en sus esquinas, al lado de los edificios, en los callejones, en las
calles peatonalizadas, en las calles, en las plazas y en los parques.
En consecuencia, “renovar” el Centro sin considerar esa condición que lo constituye hoy, es volver
a poner en práctica el dispositivo de la desmemoria a partir de la lógica construcción-demolición-
reconstrucción, que poco o nada tiene por hacer frente a unas formas marginales de vivir en la
ciudad. Se demuelen edificios, se lavan las calles, se ponen pisos nuevos, se pintan las fachadas y
se cambian las bancas, pero las subjetividades que constituyen el Centro permanecen. Creemos
que, en parte, esa es una de las indicaciones clave que puede inferirse del trabajo del profesor Luis
Fernando.
Por esta línea de la exploración de las subjetividades en el Centro, vale traer a colación el trabajo
que Alberto Castrillón y Viviana Villa (2008) realizaron para el Municipio de Medellín en donde
se presenta una triangulación entre las subjetividades, las estrategias institucionales de la
planificación y las prácticas urbanas no institucionales para la comprensión de las diferentes
dinámicas de diversos parques públicos de la ciudad. Para ambos autores es claro que en el espacio
público hay una disputa entre una versión planificada del espacio que pretende un control sobre lo
que allí ocurre y unas prácticas urbanas que, a pesar de ese control, encuentran en lo público su
lugar para manifestarse. Así, los cantantes populares del Parque Berrío, los habitantes de la calle
del Parque Bolívar y las trabajadoras sexuales de distintos lugares del Centro, son considerados en
este estudio como parte constitutiva de la ciudad y no como fenómenos negativos que deben ser
diagnosticados, categorizados e intervenidos por los técnicos de la planificación.
En consonancia con lo anterior, vale hacer mención el citado trabajo de Jorge Echavarría (et al)
(2014) que parte de diversas reflexiones en torno a la escultura pública de Medellín, para
encaminarse hacia una crítica a las nociones modernas del espacio y del monumento público en su
supuesta estabilidad. E invita, más bien, a tener mirada sobre las memorias urbanas que, como
fragmentos dispersos, van dando cuenta de múltiples subjetividades y expresiones de despliegues
estéticos.
163
En relación a lo anterior queremos hacer mención al reciente libro de Sergio Gómez, Rubiela
Arboleda, Laura Hernández y Luis F. Gómez (2019) escrito fundamentalmente a partir de diversas
voces de personas habituales del Centro. Las entrevistas que se hicieron fueron desde mujeres trans
que trabajan las calles, pasando por hombres que las “cuidan”, vendedoras y vendedores
ambulantes, dueños de cantinas y bares, hasta mujeres que trabajan como coperas.
Esta polifonía de voces y experiencias de vida, se mezclan en unas pocas cuadras del Centro,
precisamente cerca de Junín, y se alejan, por mucho, a las lógicas ideales de la planificación oficial.
La propuesta de este equipo investigador ha sido la de dejar que la gente que ha vivido en esas
calles hable del Centro, y, al hacerlo, están dejando planteada la estimulante idea de que esos
lugares de la ciudad se constituyen más por las diversas formas en que la gente se comporta y se
relaciona en ellos, que por los controles institucionales, por sus planes y por sus intenciones de
“recuperación”.
Ahora, en relación a estudios hechos desde la planificación urbana que han ubicado su atención en
el Centro y en particular en Junín, estimamos pertinente citar el reciente trabajo de Luis Fernando
Arbeláez y Pedro Pablo Peláez (2016) Medellín: El alma del centro. Este libro, puede ser entendido
como un breve documento que recoge varios proyectos urbanos para el centro de Medellín que
estos dos arquitectos han propuesto con los años y que recopilan en una propuesta integral e
integradora proponiendo una plaza pública en el cruce de Junín con La Playa.
Del texto cabe valorar la sistematización y explicitación que hacen de: (i) los edificios que cuentan
con una declaración como patrimonio nacional y aquellos que son parte del patrimonio municipal,
(ii) el modo en que consiguen ilustrar, con unos planos de las calles y carreras del centro, cómo
existe una interrelación a la vez histórica y de movilidad cotidiana entre distintos lugares de esta
zona de la ciudad, y (iii) a partir de estas dos condiciones, cómo ponen en evidencia, nuevamente
con unos planos intervenidos, los entrecruzamientos de lugares significativos del Centro, a modo
de nodos simbólicos/históricos de actividad cotidiana, entre los que se destaca el sitio en donde
proponen realizar una plaza cívica para la gente, específicamente en Junín con La Playa. Sumado
a ello, cabe resaltar además del proyecto urbano que se plantea que es una propuesta planteada en
una escala manejable y que se orienta para ser un lugar de encuentro que sirva como eje articulador
para buscar un centro de la ciudad con actividad las 24 horas del día por medio de la promoción de
164
residencias, de la “Univerciudad”, de la cultura y la recreación, la educación y su conectividad a
otros lugares de la ciudad.
Ahora bien, nos alejamos claramente de los planteamientos conceptuales que sustentan esta
propuesta urbana. El texto peca de una excesiva simplificación de las formas en que se ha
constituido el Centro que existe hoy, ya que solo presenta un listado de acontecimientos, pero no
hay ninguna aproximación a las implicaciones que estos tuvieron a corto, mediano y largo plazo.
No se consideran los asuntos que se han transformado ni las permanencias de esos acontecimientos.
Al respecto, llama la atención que este mismo trabajo no haga ninguna referencia a estudios locales
citados (los trabajos de Luis Fernando González, del INER y de la Corporación Región, por
ejemplo) que sí han buscado hacer ese esfuerzo de pensar el Centro, no desde un listado de hechos,
sino más bien desde cómo estos se van amalgamando en la historia urbana, en los modos en que se
lo ha planificado y se lo ha intervenido y, en especial, en los fenómenos sociales y culturales que
han desbordado esos planes.
Debido, en parte a esto, pero probablemente también porque ambos autores se sitúan en ese
paradigma oficial, el proyecto se sustenta esencialmente a partir de la capitalización de la historia
tantas veces contada de que en Junín y en la práctica del “juniniar”92 están las respuestas a los
profundos problemas del Centro. Ese “juniniar”, es para los autores, “el alma del centro”.
Encontramos esto problemático, porque situarse en el “juniniar” para proponer soluciones urbanas
del centro de Medellín es desconocer sus problemas más complejos. Aun es más, es continuar por
la lógica de la exclusión o la negación del Centro que hemos tenido y que tenemos hoy. Para decirlo
92
En pocas palabras, este verbo del “juniniar” hace referencia a las prácticas urbanas, lógicas de encuentro, formas
de estar y de pasar, modos de entretenimiento y de conversación que se dieron por años entre personas de clases
acomodadas en la calle Junín a mediados del siglo XX y, al menos, hasta entrados los años setenta. “Juniniar” era la
actividad que realizaban las chicas y chicos bien de la ciudad, cuyo plan era ir a estar, conversar, pasar, ver la gente
que se daba cita allí. En esa época Junín era “la calle del movimiento”, de almacenes relevantes, restaurantes y cafés
donde se encontraban empresarios respetados e intelectuales, era el lugar del compartir, del diálogo sobre diversos
temas, era la calle en donde se vivían las lógicas urbanas y ciudadanas de una ciudad que se congraciaba por su
urbanismo coherente y manejable y por ser un lugar para presentarse frente a los demás ciudadanos integrados a
las mismas lógicas. Ahora bien, y retomando la idea de que el esplendor local suele contar con su parte maldita,
como lo expusimos de la mano de Gilda Wolf (2015b), en el caso de Junín esta se manifestaba ya en otro Centro más
popular y marginalizado que se venía gestando desde el siglo XIX en Guayaquil y que, ya para esas épocas del siglo
XX, empezaba a tener conexiones con las periferias geográficas de una ciudad mayoritariamente construida por fuera
de las lógicas controladas del urbanismo moderno. Y, lo que es más importante, era una parte maldita en donde
residían muchas otras maneras de ser y de estar esa misma ciudad por fuera de los modos citadinos del “juniniar” y
más acordes con una modernidad imperfecta, a medio hacer, con lógicas pueblerinas y de supervivencia en el
rebusque en las plazas, calles y esquinas de Guayaquil.
165
con claridad: en el “juniniar” no caben las trabajadoras sexuales, ni las mujeres transexuales, ni los
jíbaros, de los habitantes de calle, ni los “paracos”, ni las ventas informales, ni la gente borracha,
ni las personas más empobrecidas y pauperizadas.
En suma, nos encontramos hoy con un centro tradicional que, como otros centros latinoamericanos,
es complejo y abigarrado. A partir entonces de las investigaciones citadas, y a modo de síntesis de
este apartado, podemos decir que hay al menos tres condiciones (interrelacionadas) que nos
permiten explicar por qué estos lugares en donde se sitúan tres de los templos católicos más
representativos de Medellín, sean precisamente en los que cotidianamente se ponen en escena
subjetividades diversas que con sus prácticas urbanas explicitan la parte maldita de la ciudad.
La primera, tendría que ver con el proceso de “guayaquilización” al que hicimos alusión por el que
fue pasando el Centro a partir de los años setenta y que dispersó e hizo evidente la existencia, hasta
ese momento concentrada en la zona de Guayaquil, de unas formas de vivir la ciudad que poco o
nada seguía las premisas de la civilidad y la urbanidad higiénica y moderna que se esperaba de un
ciudadano o una ciudadana medellinenses. Por el contrario, eran, y continúan siendo, formas de
vivir lo urbano asentadas en redes no oficiales de poder en donde las pautas de comportamiento
estaban dictaminadas por normas de supervivencia diaria, del rebusque continuo, de la explotación,
de la marginalidad y la precariedad material.
A esto hay que sumarle además que dentro de esas formas de vida, tal vez por la condición que
tuvo Guayaquil por buena parte del siglo XX de fungir como lugar de posibilidad de expresión los
márgenes sociales, se estableciera como una zona de tolerancia social para la expresión de la
diversidad y la transgresión sexual de una ciudad profundamente conservadora y pacata. Esto
último, claro está sin caer en idealizaciones simplistas, ya que reconocemos las formas de
explotación y de violencia que esos cuerpos diversos soportaron (y soportan).
En cualquier caso, lo que queremos sostener es que una vez se finaliza con las intensas dinámicas
comerciales y de intercambio de todo tipo que ocurrían en Guayaquil en los años setenta y ochenta
y se decide borrar con las subjetividades urbanas que allí se hacían visibles, todas estas expresiones
de lo maldito de la ciudad se dispersan de muchas maneras por su centro más cercano.
166
En este punto queremos advertir que no estamos afirmando que las formas de vida urbana de la
Guayaquil descrita por Betancur, se viven de forma idéntica en el Centro de hoy debido a ese
fenómeno que hemos citado de la “guayaquilización”. No, hacia allá no apunta nuestra reflexión.
Más bien, apunta sencillamente al reconocimiento de la influencia que ese proceso ha tenido sobre
el Centro y sobre los tres lugares de los que nos ocupamos.
Ahora, vale subrayar además que las condiciones que posibilitaron que la dispersión de esta
potencia urbana y popular fuera conquistando calles, esquinas, plazas y parques del Centro
estuvieron dadas por el retiro simbólico y fáctico de la institucionalidad pública y privada, por las
diversas crisis económicas y por la degradación de la guerra urbana que ya se ha señalado.
Una segunda condición tiene que ver con la citada relación dialéctica y no necesariamente
geográfica, entre el centro y la periferia. En efecto, y por esa misma condición de insistente
territorialización del centro tradicional de Medellín por parte de los sectores más populares, más
marginalizados y más periféricos de la ciudad, hacen de este Centro un lugar de visibilidad
concentrada de una periferia que lo constituye.
Por último, una tercera condición para profundizar la explicación del por qué de este centro, tiene
que ver con el potente dispositivo institucional de desmemoria a partir de la dinámica de la
construcción-demolición-reconstrucción de la estructura urbana del centro tradicional de la ciudad
como una forma de borramiento (en realidad de desplazamiento) de aquellas maneras de sobrevivir
en la ciudad que resultan problemáticas por ser “sucias”, “pegajosas”, violentas, e indeseadas. Un
dispositivo, que como muestra González (2018a; 2018b), se ha puesto en práctica muchas veces en
la ciudad y ha adquirido muchos nombres, pero que, en términos generales, más que buscar
soluciones urbanas integrales, integradoras y democráticas, pone en escena ese “efecto cucaracha”
trajimos a colación (Hiernaux, 2014).
Con todo, si ponemos en consideración lo dicho sobre los “otros centros” y los estudios sobre “este
Centro” y nos preguntamos entonces cómo esta tesis puede aportar al panorama interpretativo
presentado sobre los centros históricos o tradicionales, encontramos varias respuestas posibles.
Nuestra investigación ofrece un horizonte de comprensión que procura vincular unos macro
fenómenos de la dimensión planeada, narrada y vivida de la ciudad con los modos de constitución
de tres lugares concretos del centro tradicional de nuestra ciudad.
167
Así, en una escala micro geográfica, este trabajo centra la atención en hacer visible que estos
lugares del Centro han llegado a ser lo que son por los modos en que diversas formas de ser y estar
en la ciudad, es decir, unas subjetividades entran en relación en ellos. Entonces, si se tiene en cuenta
que entendemos que estas subjetividades pueden aprehenderse al analizar unas prácticas urbanas
que se exhiben y van haciendo memoria en los tres lugares mencionados, podemos decir que un
aporte de nuestro trabajo es que invita una aproximación asentada en la heterogeneidad del lugar,
evitando una lectura dicotómica93, moral94 o del deber ser95 de la ciudad. Más si se tiene en cuenta
que la hipótesis central de nuestro trabajo es que los tres lugares del centro Medellín hacen las
veces de lugares del desbordamiento entre la dimensión ordenadora (polis) y la dimensión
contingente (urbs) de la materia social que hace la ciudad.
93
Legal/ilegal, lo formal/lo informal, lo sagrado/lo profano, lo planeado/lo caótico, lo público/lo privado, lo rico/ lo
pobre, lo pasado/lo futuro, entre tantas otras formas de referir (y reducir) los encuentros, tensiones y conflictos en
los centros urbanos.
94
Nos referimos aquí a las valoraciones que se hacen sobre los comportamientos de las personas en las calles de la
ciudad, señalando unas como buenas y otras como malas, cayendo en prejuicios sobre los grupos sociales que se
compartan como “no deberían” hacerlo.
95
Subrayamos aquí nuestra distancia sobre la categoría de la ciudadanía o las ciudadanías que se encuentran en el
espacio público para poner en común sus formas de ver y entender la vida en la ciudad. Hoy los centros de las
ciudades están llenos de personas que, en rigor, no encajan en la categoría de las ciudadanías. Es más, muchos
escapan de ella para poder hacerse un sitio en estos lugares y buscar hacerse una vida en ellos. Somos conscientes
del uso político de grupos urbanos su reivindicación como ciudadanos para presionar por sus derechos en la ciudad.
Sin embargo, reiteramos, creemos que al procurar observar desde la ciudadanía la tumultuosa constitución urbana
de un centro como el de Medellín, se limita la mirada frente a prácticas cotidianas clave que también hacen parte
importante de esos lugares. En ese sentido, nos surge una inquietud: ¿cuál sería la condición de ciudadanía de los
migrantes recién llegados, de las personas indocumentadas, de una trabajadora sexual, de las mujeres transexuales
que se prostituyen, de los proxenetas que las cuidan y explotan, de los extorsionistas, de los jíbaros y de los
habitantes de calle? Si la respuesta gira en torno a su condición bien de ciudadanía imperfecta o bien de una
ciudadanía en términos de la criminalización de sus formas de ser en la ciudad, entonces la categoría misma hace
evidente sus limitaciones.
168
Presente que, en el caso de los tres lugares que se estudian en este trabajo, se muestra desigual,
precarizado, violentado, estigmatizado y, al mismo tiempo, lleno de una potencia creativa que se
las ve cotidianamente con la “materia social” que se moldea y se crispa de muchos modos,
diversificando ese mosaico de subjetividades que se desbordan en las calles, las plazas, los parques,
los rincones, los resquicios, los callejones y los “hoteluchos” de este (y de otros) centro(s).
169
5. Hacia un mosaico de subjetividades del Centro
El orden de la exposición que proponemos iniciará con una breve narración, a manera de recorrido
diurno con algunas menciones a las experiencias nocturnas vividas en los tres lugares. Con ello
buscamos dejar planteadas algunas inquietudes que nos darán pie para buscar responderlas desde
una revisión de lo que ha sido planeado y, luego, desde las maneras en que ha sido narrado. A partir
de este ejercicio, buscaremos atender a dos de nuestras preguntas subsidiarias y dos de los objetivos
específicos de esta investigación (ver preguntas y objetivos en el capítulo 2).
Hecho esto, y a partir de los límites que ambas dimensiones nos presentan, pasaremos establecer
un panorama general de ese mosaico de lo vivido que ha venido siendo el Centro en el periodo
1999-2019 a partir de un vistazo a la multidimensionalidad que se ha hecho visible en sus calles,
esquinas, plazas y parques. Para ello, centraremos nuestra atención en cinco “fragmentos” de ese
mosaico que nos permitirán adelantar una interpretación comprensiva de las formas en que se viene
constituyendo ese Centro del que hablamos y, en especial, de los tres lugares de nuestro interés.
Nos referimos concretamente a: (i) algunas de las formas de manifestación del turismo globalizado
en las calles del Centro, (ii) la impronta religiosa de los tres lugares expresada en las actividades
parroquiales cotidianas y festivas que se llevan a cabo en los tres templos, (iii) las prácticas del
comercio sexual callejero en los alrededores de La Veracruz y su relación con la emergencia y
consolidación de la ampliación del Museo de Antioquia y la construcción de la Plaza de las
170
Esculturas, (iv) la desmesurada manifestación de las ventas informales y las diversísimas formas
del rebusque en el Centro ancladas en el entorno inmediato de La Candelaria y (v) las maneras de
expresión y territorialización de las disidencias sexuales y de las violencias asociadas a esta en el
contexto urbano cercano a la Catedral Metropolitana. Finalmente, cerraremos el capítulo con unos
comentarios encaminados a ofrecer una mirada global de este mosaico de subjetividades y su
constitutiva relación con los tres lugares del desbordamiento del Centro.
Caminar en el día por el Centro es, literalmente, tener una experiencia del abigarramiento urbano
del que hemos hablado en el transcurso de esta tesis. Esto es algo que periodistas de distintos
periódicos locales han descrito en sus crónicas, reportajes y noticias sobre esta zona de la ciudad.
No podría ser de otro modo, el hormigueo social y la cantidad de acontecimientos que se mezclan
en unas pocas cuadras y calles del Centro son tan intensamente visibles que van dejando huellas
de sus lógicas en las páginas de la prensa, excediendo incluso, su supuesta línea editorial. Este
mismo “embotamiento” por la exuberancia urbana de los tres lugares del Centro que hemos estado
estudiando fue parte de nuestro proceso de investigación.
En efecto, si busco96 hacer un recuento de las salidas de campo que realicé en los últimos años: de
las derivas, de las estancias prolongadas, de las visitas guiadas con itinerarios y libretos
preestablecidos, de la observación atenta y furtiva y de las múltiples conversaciones mientras me
hacía consciente de que yo era también parte de esas efervescencias del Centro, me doy cuenta que
puedo proponer una sola narración que condense todas esas experiencias. En ese sentido, presentaré
dicho relato desde una aproximación diurna y nocturna a ese Centro enmarcado en los tres lugares.
96
Como anunciamos en la primera nota al pie de este trabajo, este será uno de los pocos fragmentos en los que
hablaremos en primera persona. Usaremos el yo como una manera de dar cuenta de las experiencias vividas en las
salidas de campo por las calles, parques, esquinas y resquicios del Centro.
171
desaparecido, sino que se ha dispersado y se ha ido transformando en los procesos de configuración
de otros lugares, como hice alusión en el capítulo anterior. En cualquier caso, miro este Parque
desde Carabobo, mi mirada está enmarcada por los recuperados edificios de Vásquez y Carré y veo
sus múltiples postes, su piso duro y la biblioteca al fondo con su espejo de agua (ver Figura 10).
Con el Centro Administrativo La Alpujarra a mis espaldas empiezo a caminar hacia el Museo de
Antioquia.
Figura 10. El Parque de las Luces visto desde Carabobo, a los lados se encuentran los restaurados edificios
Vásquez y Carré. Fotografía tomada por el investigador en febrero del 2021.
172
por allí desde la mañana hasta caída la tarde, está signada por una mezcla tumultuosa de estímulos
auditivos, visuales, olfativos e incluso táctiles.
De esta manera, el recorrido se vive con el acompañamiento constante del “pregoneo” de las
carretas con frutas y otras mercancías, del sonido de equipos de sonido promocionando las
mercancías de los locales, del “derramamiento” de mercancías del propietario de las chazas
formalizadas e intervenidas para ampliar su zona de exhibición, de los olores de los restaurantes
fijos y los puestos ambulantes de comida, de los vendedores y vendedoras de ropa con su invitación,
tocando los hombros de las personas que pasan, diciendo: “a la orden papi (o mami), ‘jeanes de
marca”. A esto se le suman además, el almizclado olor de un furtivo habitante de calle97 que se
arriesga a transitar por esta zona, los hombres que entregan pequeños papelitos que promocionan
en su mayoría servicios de parasicología o casas de masajes, las personas que venden confites,
minutos y chicles, y ofrecen su mercancía a viva voz, los músicos populares que interpretan sus
instrumentos sentados en algunas de las bancas, el ajetreo de las calles que cruzan Carabobo por
donde pasan motos, carros y buses pitando con insistencia, y el agite de las personas que van (que
vamos) de paso (ver Figura 11).
97
Algo que llama la atención de este trasegar de los habitantes de calle es que en las “cuevas” y “ollas” consumían y
consumen bajo techo, fuera de la mirada de la ciudad y bajo las escabrosas lógicas de estos lugares. Luego, con los
operativos su intensa presencia en las calles se hace bastante más explícita y empiezan los procesos, entre represivos
y asistenciales, para su desplazamiento y “resocialización”. Todo lo cual, ha sido poco eficiente, como lo demuestra
el aumento de esta población y su continua y sistemática presencia de los lugares de los que han sido expulsados y
posteriormente lavados e higienizados. Como fue el caso de la Av. De Greiff y la intensa presencia de habitantes de
calle luego de los desalojos de las “ollas” de Barbacoas en el 2013. Con el tiempo, hubo operativos de desalojos y
limpiezas y la mayoría de estas personas se desplazaron al nuevo “Bronx” (La Paz con Cúcuta). El cual, a su vez, fue
desalojado e higienizado a mediados del 2020, pero, en diciembre del mismo año estaba completamente
recolonizado por estas personas, como pude constatar en una de mis salidas de campo. En cualquier caso, vale
reiterar que este es un fenómeno que viene de años atrás y que ha dejado registros diversos en el archivo de El
Colombiano. Por mencionar solo algunos, están: Indigencia: la calle está dura de Gloría Gómez publicado el 17 de
febrero del 2005, Las ‘cuevas’ se riegan por el centro de Medellín de Juan Duque y Juliana Henao publicado el 14 de
agosto del 2011 y ¿Es Medellín atractiva para los habitantes de calle? De Matero Isaza publicado el 12 de marzo del
2017. Todos ellos publicados en El Colombiano.
173
Figura 11. Se muestra aquí un vistazo de las múltiples dinámicas comerciales (formales, semi-formales e
informales) que se encuentran en un recorrido por la Carabobo peatonalizada. Fotografía tomada por el
investigador en horas de la mañana en febrero del 2021.
98
Este restaurante hace parte de un centro espiritual Hare Krisna que desde los años ochenta ha tenido su sede en
este sector.
174
Figura 12. La iglesia de La Veracruz vista desde la nueva sede del conocido restaurante y centro espiritual
Hare Krisna Govindas. Fotografía tomada por el investigador en marzo del 2019.
Una familia conformada por mujeres y niños de la etnia Emberá pone un bafle portátil en el piso
con música “étnica” y empiezan a bailar alrededor con pequeños brinquitos, es una forma de actuar
para conseguir dinero. Su música alegre y sus movimientos contrastan con los gestos serios de las
mujeres. Hacen esto por varios minutos, la gente que pasa les da algunas monedas. Recogen sus
cosas y van hacia otra parte a realizar nuevamente su acto.
Fijo mi atención en una mujer trigueña de unos 50 o 60 años que está parada a un costado de La
Veracruz. Ella, como las otras 15, 20 o 30 mujeres (su cantidad varía depende de la hora del día)
que se hacen en las distintas esquinas de la iglesia, está parada a la espera de alguien que quiera
pagar el “rato” con ella en alguno de los cuartos de los hoteles cercanos. La miro durante un buen
rato, no se mueve de su lugar, se recuesta en la pared, alguien le lleva un tinto, conversan un
momento, se queda sola. Pide un cigarrillo a una vendedora ambulante, se lo fuma con calma, lo
termina y lo tira en el piso. Pasa unos minutos, y llega un hombre. Habla con ella un rato, parecen
llegar a un acuerdo, pero el hombre se va. Ella se queda.
175
Me levanto del lugar, y me dirijo a la iglesia. Se está celebrando la misa del medio día. En las
puertas hay personas en el piso pidiendo dinero, en el interior hay poca gente: cuento unas diez
personas. Afuera sigue el murmullo a gritos de la calle que penetra el interior del templo. La
cadencia del párroco se oye poco. La misa es corta, las personas se dan la bendición y salen, salgo
con ellas por una puerta que se conecta con Boyacá. Camino hacia Cundinamarca, y presencio una
discusión entre dos mujeres jóvenes, una de ellas grita: “¡andate para tu país perra malparida!”. La
gente que pasa mira la discusión y se ríen, la cosa se calma. Una vez que llego a la esquina veo que
la dinámica comercial se disminuye y los locales empiezan a ser pequeños restaurantes, panaderías
y, especialmente, cantinas o “heladerías” con música guasca o carrilera a todo volumen que son
atendidas por mujeres, más jóvenes que aquellas que trabajan al costado de La Veracruz, que
guardan la entrada de estos y otros lugares de esta cuadra de Cundinamarca.
Sigo de largo, y tomo Calibío en dirección de la Plaza de las Esculturas. En esta corta cuadra, entre
la Casa del Encuentro y el Museo de Antioquia veo movimiento, mujeres apostadas en los muros,
habitantes de calle echados o caminando, carretas con frutas, celadores del Museo y unos cuantos
policías bachilleres dispersos. Llego a la plaza, veo las esculturas de Fernando Botero, hay algunas
en proceso de reparación. Hay turistas nacionales y extranjeros tomando fotos, ventas ambulantes
de “Bon Ice”, de frutas, de chucherías y dulces, también hay fotógrafos callejeros y, dispersos, más
policías rondando (ver Figura 13). En un puesto móvil de la Policía están decomisando la
mercancía de un vendedor ambulante por la ocupación del espacio público. Su chaza móvil era un
carro de mercado intervenido con varas de madera para exhibir distintas prendas
176
Figura 13. La Plaza de las Esculturas vista desde la entrada principal del Museo de Antioquia. Fotografía
tomada por el investigador en febrero del 2020.
Camino hacia la Av. De Greiff y bajo nuevamente hacia Cundinamarca por el costado del Museo,
veo pequeños grupos de personas contra las paredes inyectándose droga, una persona orinando y
otra defecando. Son las dos de la tarde. El olor es penetrante. Pasando la calle, a unas cuantas
cuadras se encuentra la zona del “Raudal” reconocido por ser un lugar para el comercio sexual y la
fiesta nocturna de los alrededores, como en los bares en Cundinamarca en la parte de atrás del
Museo. Regreso a la Plaza de las Esculturas. Subo hacia la Plazuela Nutibara y me encuentro con
un gran corrillo de personas de pie en un intenso intercambio comercial. Tomo Bolívar, por los
bajos del Metro y camino hasta la calle 56 para dirigirme al Parque Bolívar y a la Catedral
Metropolitana. En el camino hay un intenso tráfico de buses, carros y motos. Las aceras están
atestadas de ventas callejeras y debajo del viaducto está el ya famoso mercado a la intemperie de
las personas desalojadas de “Los Puentes”.
Acá se comercializa con las segundas y las basuras de muchos sectores de la ciudad. La actividad
es intensa, la precariedad es explícita. Tomo la calle y empiezo caminar hacia el Parque Bolívar.
En el camino cruzo la zona “baja” de Barbacoas, allí veo mujeres trans con sus cuerpos exuberantes
con ropa ajustada o semi desnudas paradas en las esquinas o en los marcos de las puertas de
residencias de la zona. Continúo, cruzo Palacé y empiezo a ver lugares de acopio de reciclaje,
177
algunas tiendas y locales de venta de artículos religiosos (ver Figura 14). Llego al Parque Bolívar.
la Catedral está cerrada. Si bien hay actividad diversa: ventas ambulantes, personas pasando la
tarde en las bancas del parque, familias y personas que van de paso, es menor el que el “hormigueo”
de donde vengo.
Figura 14. Subiendo por la calle 56 hacia el Parque Bolívar, recién se ha pasado la zona habitual de las
mujeres trans en Barbacoas con Perú. Se ve al fondo la Catedral Metropolitana. Fotografía tomada por el
investigador en abril del 2019.
En el parque hay corrillos de hombres, varios de ellos jóvenes, atentos a la gente que pasa. Hay
habitantes de calle en varias de las bancas. Hay policías en un CAI ubicado a un costado y otro (un
muñeco inflado representando a un policía), cerca de la fuente. Me siento en un local cercano para
mirar. Pasa un tiempo, los grupos de jóvenes empiezan a moverse, conversan, se hacen señas, dos
se alejan, regresan al rato, siguen conversando, se mueven, se hacen cerca de la estatua de Bolívar.
Dos mujeres trans caminan pasan por el atrio de la iglesia, se regresan. Un hombre se acerca al
lugar donde me encuentro, tiene un tarro de alcohol puro JGB, se lo ha estado tomando se tambalea
y discute solo.
Me dirijo al Parque, me siento en una banca, una mujer con una mancha de pegante amarrillo seco
en un costado de su boca se me acerca a pedirme dinero, apenas se le entiende lo que me dice. Veo
178
la actividad del parque. Me levanto y me dirijo hacia Junín con la intención de encontrarme con la
calle Boyacá. En este pasaje peatonal, de manera similar que en Carabobo, hay una mezcla entre
el comercio formal, el semi informal e informal. Aunque en este caso, el recorrido se hace entre
edificios y locales comerciales de empresas locales de mayor trayectoria y reconocimiento por las
personas locales. Al llegar a Junín con la Av. 1 de Mayo, la algarabía de las ventas informales se
intensifica un tanto más, a la izquierda hay puestos de ventas de correas, a la derecha hay venta de
libros piratas y pasando la calle a unos pocos pasos de Boyacá hay puestos móviles de música en
“usbs” y ventas de accesorios para celular.
Llego a Boyacá y empiezo a caminar hacia el Parque Berrío, por esta calle, en todo el costado de
la iglesia de La Candelaria se establecen entre 40 a 50 puestos de ventas informales que venden
una diversidad de mercancías: perfumes, libros de segunda y piratas, herramientas, accesorios para
relojes, veneno para cucarachas, ratones y otras plagas, ropa, gafas para la lectura, películas piratas,
música y pornografía (ver Figura 15). Llegando a Palacé y al atrio de la iglesia hay ventas de
incienso, veladoras, santos, almanaques y un enclave de loteros y loteras. También se vende frutas
y verduras en carretas y carros que transitan por la vía con los buses, las motos y los carros
particulares.
Figura 15. Puestos informales sobre Boyacá al costado de la iglesia de La Candelaria, al fondo
está el cruce con Junín. Fotografía tomada por el investigador en abril del 2019.
179
Entro al templo, están en una misa de la tarde. La iglesia está casi llena, el sistema de sonido de
calidad que tiene el templo hace que la voz del párroco se oiga clara a pesar de las múltiples
actividades de la calle. Las personas que están atendiendo al ritual son diversas: hay personas
mayores, pero también oficinistas, hombres y mujeres, de mediana edad e incluso jóvenes. La misa
termina, ya está terminando de caer la tarde, salgo y cruzo Palacé para estar un rato en el Parque
Berrío. El talante de las personas en este parque es de fiesta: hay corrillos de músicos y músicas
populares que tocan diversos ritmos pueblerinos, hay personas bailando, tomando licor. Hay
muchas mujeres, en su mayoría jóvenes, vendiendo tinto, hay puestos improvisados para lustrar
zapatos con una silla Rimax, hay ventas de minutos, gente hablando, muchas personas pasan de
afán hacia la estación del Metro.
Me siento un momento en las escaleras de la estación para ver con mayor detenimiento el lugar.
Veo a la derecha “La Gorda” de Fernando Botero como un hito urbano de la zona, hay cada vez
más personas de paso y otras tantas que se quedan en el parque a oír la música. Estoy allí poco
tiempo. Un policía del Metro viene y me dice con autoridad: “no se puede hacer ahí”. Me levanto
y tomo nuevamente por la calle Boyacá en dirección a La Veracruz. En los bajos del Metro hay un
hervidero de personas, entre los que destacan las y los funcionarios de “Espacio público” que se
hacen presentes en especial en esta zona, pero que caminan los puntos neurálgicos del Centro para
“velar” porque no haya ocupación indebida del espacio de “todos los ciudadanos”.
Paso de largo a estos funcionarios, estoy literalmente debajo de la Estación Parque Berrío, en la
recién peatonalizada carrera Bolívar. Retomo mi camino hacia La Veracruz y por la vía peatonal
me encuentro con al menos 12 puestos móviles con ropa, zapatos y tennis que se ubican en la zona
peatonal. Sigo caminando, va terminando de llegar la noche, llego a Carabobo, miro La Veracruz
y su entorno, hay más mujeres en espera en sus alrededores, sigue habiendo actividad comercial,
aunque los locales empiezan a cerrar. Hay oficinistas, empleados, obreras, vendedoras,
comerciantes y estudiantes que empiezan a dejar el Centro y se dirigen en Metro, caminando, en
bus, en taxi o bicicleta para sus barrios y residencias. Yo hago lo propio.
Llegado aquí, debo decir que mis experiencias nocturnas en estos tres lugares se dieron de forma
más fragmentaria, más precavida. Recojo pues varios de esos fragmentos en un relato con relativa
continuidad.
180
Me encuentro en el atrio de La Candelaria, son las 7:40 p.m. Está terminándose la última misa.
Hay mucha gente adentro que empieza a salir, caminan hacia el Metro, toman un taxi o un bus o
simplemente se pierden en las calles cercanas. La iglesia cierra sus puertas. Son las 8 p.m. sobre
Boyacá quedan unos pocos puestos informales que están recogiendo ya sus mercancías.
En el Parque Berrío, como es sábado, hay aún varios corrillos de personas oyendo música en vivo
y bailando. A eso de las 9 p.m. camino nuevamente por Boyacá hasta La Veracruz, los locales
comerciales están todos cerrados, la calle ya no está ocupada por ninguna de las ventas ambulantes.
Mientras sigo caminando me encuentro a una que otra persona afanada en busca de transporte para
su casa. Sobre Carabobo el panorama es similar: locales cerrados, poca gente en la calle. Se ven,
eso sí, a las mujeres que ocupan su lugar en los alrededores de La Veracruz, así como también más
habitantes de calle caminando y hurgando las basuras.
Me dirijo hasta Cundinamarca y a la distancia oigo la música de las cantinas y las heladerías, veo
las mujeres atendiendo los lugares y mucha clientela. Regreso y me dirijo hacia la Plaza de las
Esculturas, solo veo unas últimas personas que caminan rápidamente, y más habitantes de la calle
en lo suyo. En la Av. De Greiff se percibe una gran actividad juerga en la zona de “El Raudal”.
Es la 1 de la mañana, camino por Junín. Estoy acompañado y busco un lugar conocido como “La
Barra Ejecutiva” un reconocido lugar de striptease cercano a la zona del Parque Bolívar. En Junín
hay nula actividad. Las personas que encuentro son grupos de cinco a diez personas que habitan la
calle y se encuentran durmiendo recostados en las paredes para protegerse de la llovizna que está
cayendo. Llego al lugar que está lleno. El negocio tiene un animador que promete que pronto habrá
“¡sedso en la pista!” (sic). En efecto eso ocurre. La experiencia es entre sórdida e inquietante.
Son las 11 de la noche, hace un rato estoy en un (ya extinto) bar en el marco del Parque Bolívar.
El lugar se llamaba “Girabar”. Estoy atento a lo que pasa en el parque. Esta casi vacío, pero de vez
en cuando se ven personas caminando por él. De repente llega una moto de policía pasa de la calle
al parque rápidamente y aborda a dos hombres que estaban en el parque, los requisan. La noche
sigue. En otra noche estoy en el bar “Las Delicias” en el cruce de la calle 56 con Palacé, son las 12
de la noche. He estado atento a lo que pasa afuera. Al frente está el bar de mujeres trans “La Raza”.
Esta esquina tiene mucho movimiento, a diferencia del parque y sus alrededores, acá hay gente
pasando en son de fiesta y de trabajo. Las mujeres trans se exhiben en la esquina del frente, hay
181
jíbaros que hacen rondas y hombres que mantienen el control de la calle. Pasan carros de lujo para
comprar drogas y para llevarse una o dos mujeres trans. Llegan también personas caminando para
hablar con ellas, acuerdan y piden un taxi, se van tres con un hombre joven. Estoy nuevamente en
“Las Delicias”, ya pasan las dos de la mañana y la calle sigue con su movimiento habitual, las
mujeres trans están trabajando, los jíbaros siguen rondando y los hombres de la seguridad siguen
manteniendo el control del lugar. Queda claro que esta zona de Barbacoas se rige y anda en sus
propias lógicas.
Efectivamente, si regreso a mis relatos y me pregunto por las formas de constitución de los tres
lugares, realmente no encuentro elementos para responderme, ya que la narración que planteé
muestra lo que acontece, pero no ofrece explicaciones, ni mucho menos permite desentrañar
aquello que no puede verse en la sobre exhibición. Esto debido a que el mosaico de las formas de
ser en el Centro se me presenta en mis relatos ya armado y en funcionamiento.
182
La planeación reciente de un Centro estigmatizado/idealizado99
Para hablar de las dinámicas de la planificación que se han puesto en práctica en el Centro de la
ciudad en los últimos veinte años, encontramos necesario traer a colación algunas claridades al
respecto de los procesos de la planificación urbana de Medellín expresados en el artículo de Alberto
Castrillón y Sandra Cardona (2014) El urbanismo y la planeación moderna. Glocalidades en la
formación de la modernidad urbana de Medellín. Allí, ambos autores realizan una revisión crítica
sobre las formas en que ha sido planeada Medellín.100 Este trabajo hace una crítica a los motivos
por los cuales los subsecuentes planes propiamente modernos que procuraron contener, organizar
y regular el crecimiento de la ciudad en la primera mitad del siglo XX, fracasaron ante el
desmesurado crecimiento demográfico y la expansión urbana descontrolada. Este fracaso de la
planificación moderna hace que, para la segunda mitad del siglo XX, la ciudad fuera entendida (y
por tanto planeada) desde la extensión territorial metropolitana, la fragmentación y la
desarticulación urbana. De esta manera, la planificación urbana contemporánea, aquella que se
gesta a nivel global en los años setenta y empieza a operar a nivel local en los años ochenta, traería
consigo dos cambios claves en su accionar con respecto al ideal homogéneo y total del urbanismo
y la planificación modernos:
99
Como se verá, el abordaje que hacemos del Centro desde las formas en que ha sido planeado y gestionado desde
las distintas administraciones municipales en el periodo 1998-2016 hace un énfasis en presentar las formas en que
ha sido utilizada la idealización del espacio público y las renovaciones urbanas como unos instrumentos estratégicos
para la “recuperación” de una zona urbana que, sistemáticamente, se la enuncia desde la institucionalidad como
peligrosa, violenta, caótica y decadente. Es pues en una relectura de esa forma de planear el centro de la ciudad
donde ubicamos nuestro interés. Encontramos la necesidad de hacer esta claridad, ya que en el proceso de
realización de esta investigación podemos dar cuenta que desde la planeación urbana hay acciones institucionales
que no necesariamente se traducen en la renovación urbana, ni en la gestión, vigilancia y control del Centro. En
efecto, somos conscientes que, desde la administración de Sergio Fajardo, en adelante, se creó la Gerencia del Cetro
para administrar los proyectos e iniciativas, más allá de la re-elaboración urbana, en torno a esta zona de la ciudad.
Asimismo, somos conscientes de la existencia de programas que con los años se han implementado desde distintas
Secretarías como la de Inclusión Social que ha llevado procesos diversos (varios de ellos de formación o capacitación
para el cuidado con trabajadoras sexuales) con poblaciones vulneradas o que requieren apoyo institucional especial
(un buen ejemplo de ello fue la creación de la Casa de la Diversidad en el sector de la Catedra Metropolitana). Y si
bien en algunos momentos de esta tesis iremos haciendo alusión a este tipo de programas institucionales, queremos
subrayar que es en la sistematicidad de la “recuperación” desde la renovación urbana en donde hemos encontrado
el patrón más reiterado de planeación/actuación institucional sobre el Centro.
100
Según exponen, Medellín siguió, en principio, el ideal de un urbanismo generalizante para la producción de la
ciudad moderna en la primera mitad del siglo XX. Y, más adelante, luego de las crisis económicas, políticas y sociales
globales y locales de los años sesenta y setenta, siguiendo la premisa de que el éxito de la planificación urbana de la
ciudad de finales del siglo XX debería estar regido bajo la lógica de la “ciudad por partes”, con planes y proyectos
estratégicos a corto plazo que hacían que el accionar del urbanismo contemporáneo se pusiera en práctica en
operaciones de renovación de fragmentos urbanos particulares (Castrillón y Cardona, 2014).
183
(…) el primero implicaría que el abordaje de la ciudad, desde su nueva definición, fuera a través de tácticas
arquitectónicas y urbanísticas específicas, lo que suplantaría el plan urbanístico de carácter generalista por lo que
se denominaría proyecto urbano; el segundo estaría con las nuevas connotaciones del término, en el cual ya no
prevalecían las políticas de intervención espacial –pues estas quedaban en manos del proyecto–, sino que ponían
su acento en la transformación socioeconómica de la ciudad. Con este último, nacía entonces la planeación del
desarrollo (Castrillón y Cardona, 2014: 39).
Con ello, para los finales de los años ochenta y principios de los noventa se dan las condiciones a
nivel local para que hicieran su aparición los planes de desarrollo como parte esencial de los
proyectos de gobierno de las alcaldías que administrarían las ciudades. Planes que, para el caso de
Medellín, se articularían con los lineamientos de gestión y planificación urbanos declarados en el
Plan de Ordenamiento Territorial (POT) aprobado en 1999.
Al respecto de esas condiciones que hicieron posible la emergencia de los planes de desarrollo,
vale comentar que hacen referencia a cambios en el sistema político colombiano que encuentra su
realización en la Constitución de 1991 buscando la descentralización del poder político y público,
la participación y representatividad ciudadana y el reconocimiento de las complejidades y
diversidades rurales y urbanas que conformaban las ciudades y pueblos colombianos. Ahora, hay
que decirlo, a la par de estas dinámicas de apertura democrática, también se fueron instalando en
el planteamiento mismo de esos planes de desarrollo, dinámicas encaminadas a la privatización de
lo público vía la ejecución de proyectos urbanos bajo la figura de las alianzas público-privadas para
la realización de los mismos.
184
(…) la necesidad de los planes sectoriales concebidos como un instrumento de análisis y reconocimiento de la
ciudad para futuras intervenciones fue orientándose paulatinamente hacia la participación especializada de la
ciudad en los mercados globales de producción y consumo. De hecho, las políticas urbanas han contribuido en
buena medida a este proceso de participación de la ciudad en los mercados globales, pues, como es bien sabido,
han asumido como principal cometido la transformación espacial y económica de algunos fragmentos específicos
de la ciudad, lo que en muchos casos facilita y demanda la inserción del capital privado.
Con esta nueva orientación urbana, la simplificación de las coordenadas de intervención y planeación territorial ha
ido configurando procesos de fracturación espacial y social de la ciudad (Castrillón y Cardona, 2014: 48).
Es precisamente en el señalamiento que hacen estos dos investigadores sobre cómo la nueva
planeación urbana se ha encargado de generar procesos de fragmentación urbana, en donde
encontramos la clave interpretativa para abordar la dimensión planeada en este punto de la tesis.
Decimos esto pues, seguimos el modo en que Castrillón y Cardona (2014) terminan su artículo
cuando señalan que esa nueva forma de la planificación contemporánea profundiza la segregación
y la desigualdad urbana. Cuando esto ocurre, y aquí está el punto clave que queremos subrayar, la
ciudad: “(…) se divide en lugares que cumplen un papel determinante dentro de esas nuevas
dinámicas de consumo urbano y lugares aislados del dinamismo postmetropolitano; estos últimos
se vuelven muchas veces virtualmente demonizados al ser ‘insertados en otros discursos’ (…)”
(p.48). Más si se tiene en cuenta que esos lugares “aislados” y “demonizados” fungen como
enemigos de la ciudad regulada en la medida que son portadores de la pobreza, el deterioro, la
violencia, la drogadicción y la criminalidad urbana. Así, encontramos que un elocuente lugar
(aislado, demonizado y enemigo de la ciudad planeada) para hacer visibles las limitaciones de la
planificación estratégica de la ciudad no es otro que el Centro del que nos estamos ocupando.
Efectivamente, al hacer una revisión de lo declarado en torno al Centro que se ha venido articulando
en los planes de desarrollo de los alcaldes de Medellín en el periodo de 1998 al 2016, lo que se
hace explícito es que se lo ha considerado como un lugar salido de control y que debe ser
necesariamente intervenido para su recuperación encaminada al desfrute ciudadano. En tal sentido,
y partiendo de la claridad aportada por Castrillón y Cardona (2014), lo que queremos mostrar en
este punto del trabajo es la forma en que el Centro se establece, desde la planeación contemporánea
local, como un fragmento urbano deficitario y lleno de problemas.
Asimismo, nos interesa señalar que la forma en que se han buscado subsanar, por parte de la
dimensión planeada, los problemas que se presentan casi como “endémicos” y “espontáneos” del
185
Centro, se ha orientado, en general, a la realización de renovaciones urbanas de los espacios
públicos urbanos. Todo lo cual se sustenta bajo la limitada premisa de que, en la conjunción de la
libre movilidad, la seguridad policiva y de parques y calles hermoseadas, se dan las condiciones
ideales del encuentro democrático entre ciudadanos diversos.
Bajo estas circunstancias, iniciamos mencionando que según el Plan de Ordenamiento Territorial
(POT) de 1999, asunto que se reitera en sus dos actualizaciones del 2006 y el 2014, el centro de
Medellín debe ser entendido como el “centro tradicional y representativo” de la ciudad en donde
recae la responsabilidad de fungir como referente simbólico, histórico y patrimonial. Así, esta zona
se convierte en un eje de desarrollo urbano obligado para ser tenido en cuenta en las
administraciones municipales. Más si se tiene en cuenta que en los lineamientos del POT, se deja
expuesto que una de las líneas estratégicas de desarrollo de dicho centro está determinada por la
producción espacial en clave de la “recuperación” y renovación de su espacio público urbano.
(Alcaldía de Medellín, 1999).
A este respecto puede leerse que para el POT de 1999 uno de los objetivos clave que se trazaba era
el de:
Convertir el espacio público en el elemento principal del sistema estructurante urbano, factor clave del equilibrio
ambiental y principal escenario de la integración social y la construcción de ciudadanía (…) [Buscando] Mejorar
la calidad espacial y urbanística y la capacidad de convocatoria del centro tradicional y posicionarlo como el
principal referente urbano para propios y extraños” (Alcaldía de Medellín, 1999: 6)101.
Más adelante en el mismo POT se hace alusión de las formas que se abordará ese espacio público
como eje central de la constitución urbana en clave de su renovación. Sobre esto se lee lo siguiente:
Con el tratamiento de renovación se pretende promover importantes transformaciones en zonas que cumplen un
papel fundamental en la consolidación del modelo de ordenamiento propuesto por el Plan y en el cumplimiento de
los objetivos del mismo y que por razones de deterioro ambiental, físico o social, conflicto funcional interno o con
su entorno inmediato, requiere de esta transformación para aprovechar al máximo su potencial (…) Las zonas que
reciben este tratamiento, se localizan generalmente en áreas del centro tradicional y representativo
metropolitano o sus alrededores, razón por la cual su renovación se considera fundamental, pues permitirá a
partir de la solución paulatina de sus conflictos funcionales y de su adecuada articulación al resto de la ciudad, la
101
Corchetes míos.
186
recuperación global de la zona más importante de ésta y por ende un beneficio de carácter metropolitano
de gran incidencia para la productividad y competitividad de Medellín (Alcaldía de Medellín, 1999: 82)102.
Como era de esperarse, en la revisión que se hace del POT en el 2006 se reiteran varios de los
puntos del documento anterior, sobre todo aquellos lineamientos generales referidos al abordaje
conceptual sobre el centro tradicional de la ciudad. Aun así, se puede hacer mención a algunos
componentes en relación a qué tipo de intervenciones concretas se le puede apuntar para la
“recuperación” del mismo. Así, por ejemplo, en el apartado de dicho Plan, que toca el tema del
centro tradicional y representativo metropolitano, se lee que:
Esta centralidad dotada de gran cantidad de edificios públicos, parques, plazas y corredores de diferentes tipos y
niveles, requiere de su consolidación mediante intervenciones especialmente en el espacio público.
Consolidarán los corredores de actividad mediante la peatonalización de algunos de los tramos de los mismos, o
parte de la sección vial. Todas las calles del centro deberán ser objeto de una racionalización de la sección vial,
reduciendo las calzadas hasta su dimensión mínima adecuada, ampliando de manera generosa el espacio para el
peatón (Alcaldía de Medellín, 2006: 86)103.
Ya para la revisión y extensa ampliación del POT realizada en el 2014, se profundiza la perspectiva
de que es a través de los procesos de renovación urbana encaminados en la mejora del espacio
público urbano en donde están las claves para recuperar la institucionalidad, ordenar y controlar
la “subzona” del centro tradicional, representativo y metropolitano. Todo lo cual, como se viene
gestando desde el POT del 1999, se pretende conseguir a partir de una serie de estrategias y, sobre
todo, intervenciones físicas que promuevan el ordenamiento del Centro para:”(...) mejorar las
condiciones de seguridad, movilidad, legalidad y convivencia ciudadana” (Alcaldía de Medellín,
2014: 74). Concretamente, dichas estrategias se plantean a modo de objetivos de la siguiente
manera:
a) ‘Re-habilitar’ el centro con el fin de adecuar los sistemas públicos y habilitar suelo apto para el desarrollo de
nueva vivienda, dirigida a diferentes estratos e implementar políticas de reciclaje y subdivisión que recuperen los
edificios existentes; b) Mejorar el espacio público para la convivencia, la vitalidad, favoreciendo dinámicas
de sana apropiación y control; c) Devolver la presencia de la institucionalidad por medio de dotaciones que
favorezcan el surgimiento de redes de mercado, el retorno de la población al centro y la presencia
institucional representada en servicios para la comunidad. d) Potenciar el ‘patrimonio cultural’ del centro,
102
Negritas propias.
103
Negritas propias.
187
desarrollando los Planes de Manejo y Protección para zonas patrimoniales como el Barrio Prado; e) Posibilitar
nuevos desarrollos a partir de alianzas público/privadas –APP-, diseñando un nuevo sistema de incentivos y de
gestión del suelo que armonicen ambas iniciativas en pro del objetivo transformador de ciudad; f) Mejorar las
condiciones ambientales, dando prioridad a la movilidad peatonal y no motorizada, a la presencia del transporte
público en el Centro y potenciando el sistema ecológico presente en esta zona de la ciudad (POT, 2014: 74-75)104.
De lo anterior pueden colegirse dos asuntos que han sido determinantes para abordar la planeación
de Medellín desde la aprobación del POT de 1999, estos son: (i) se establece el centro tradicional
como un fragmento urbano clave para el desarrollo general de una ciudad en franca expansión
metropolitana y (ii) se determina que uno de los puntos esenciales para hacerlo será a través de la
gestión, producción/renovación y control del espacio público urbano.
Adicionalmente a estos dos asuntos, y en consonancia con la utilidad que tiene para las formas de
planificación contemporáneas de una ciudad neoliberalizada, se puede hacer visible el modo en
que este fragmento urbano que es el Centro ha sido planteado como un lugar que, si bien es clave
para el desarrollo de la misma, es, a su vez, caracterizado como deteriorado, conflictivo,
incontrolado, malamente apropiado, sin presencia institucional y donde no se da una sana
convivencia entre ciudadanos. En pocas palabras, y como decíamos siguiendo a Carrión (2013): el
Centro es un objeto de deseo que, paradójicamente, hace las veces de lugar “endemoniado” en
donde al parte maldita de la ciudad se expresa con intensidad y, por eso mismo, se ha presentado
como un lugar para ser intervenido, rehabilitado, “recuperado” y renovado desde el accionar
institucional.
Considerando lo anterior, proponemos entonces ver de forma sucinta cómo estas dos condiciones
serán seguidas y profundizadas por las alcaldías que iniciaron su gestión elaborando sus Planes de
Desarrollo (PD) en consonancia con el POT y que siguieron perfilando al Centro como un lugar
que está “preñado” de males que deben ser controlados desde una institucionalidad expresada en
la intervención sobre el espacio público.
Así, en relación ambos puntos, puede verse que Juan Gómez Martínez (1998-2001)105 en su PD
Por una ciudad más humana, hace mención a que el Centro ya no es “la sala de la casa”, que ha
104
Negritas propias.
105
Administración en donde se gesta y se lleva a cabo el proyecto de renovación urbana de “Ciudad Botero”.
188
perdido su nivel de representatividad para propios y extraños, y que, por tanto, debe ser
“recuperado” a partir de intervenciones en el aumento de la seguridad, la regulación/disminución
de las ventas ambulantes y la consolidación de proyectos de renovación urbana centrados en la
recuperación y generación de espacios públicos para el encuentro ciudadano (Alcaldía de Medellín,
1998). En este Plan de Desarrollo puede leerse entonces lo siguiente:
El Centro de la ciudad sufre graves problemas de deterioro físico, inseguridad y congestión. El espacio
público ha sido invadido por la economía informal. La vivienda y los negocios de prestigio se han desplazado a
otros sitios. Ha dejado de ser el lugar representativo de nuestra ciudad para convertirse en un gran mercado público
(...) que adolece de calidad espacial y variedad de opciones y actividades para que en realidad constituya la
sala de nuestra ciudad, orgullo de propios y extraños. El espacio público central no es hoy, el corazón de la
ciudad. Los grandes activos que constituyen su invaluable patrimonio social están en gran parte subutilizados y
subvalorados (Alcaldía de Medellín, 1998: 75-76)106.
Por su parte, Luis Pérez Gutiérrez (2001-2003) en su PD Medellín, ciudad de oportunidades señala
que Medellín ha construido mucha ciudad pero que no ha consolidado vida urbana de calidad, de
allí que encuentre que el Centro sea un lugar especialmente estratégico para fomentar ese déficit
de cultura ciudadana que haga de Medellín un buen vividero. De este modo, se insiste en que se
deben promover proyectos de “recuperación” del Centro a partir de la liberación, regulación y
construcción de más espacio público, de la recuperación de edificios patrimoniales, la
consolidación de un centro metropolitano para eventos y convenciones, la continuación de la
operación urbana de “Ciudad Botero”/Museo de Antioquia y la recuperación de plazas, parques y
espacios públicos (Alcaldía de Medellín, 2001).
El centro de la ciudad, definido y delimitado como Centro Tradicional y Representativo Metropolitano en el Plan
de Ordenamiento de la ciudad, requiere de un plan especial liderado por la Administración Municipal (...) Estas
intervenciones dentro del presente Plan son la Ciudadela Educativa y Cultural, La plaza de la protesta y la
recuperación de los edificios patrimoniales que la conforma, el Parque Explora, la II etapa del Museo de Antioquia,
el eje cultural La Playa-Boyacá, el Centro Internacional de Negocios y Convenciones, el centro de espectáculos,
la línea Anillo Central de METROPLUS, el reordenamiento de las rutas de transporte público de pasajeros, la
recuperación de plazas, parques y espacios públicos, los amueblamientos urbanos, entre otros (Alcaldía de
Medellín, 2001: 73)107.
106
Negritas propias.
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Negritas propias.
189
En cuanto a Sergio Fajardo Valderrama (2004-2007) en su PD Compromiso con toda la ciudadanía
y a Alonso Salazar (2008-2011) en su PD Medellín es solidaria y competitiva, es de notar que se
reitera, en ambos Planes, la necesidad de la “recuperación” del Centro de todas sus problemáticas:
de seguridad, de higiene, de violencias, de controles ilegales, de ventas ambulantes y demás
conflictividades sociales propias de esta de zona de la ciudad. La novedad en ambos es que se
define el espacio público desde un punto de vista de la filosofía política (con una clara tendencia
habermasiana) en donde trasciende su dimensión física para constituirse como un lugar de
encuentro democrático entre iguales donde, se supone, no importan ni la condición social, ni la
ideología, ni el género, ni el color de piel, pues es allí (en el espacio público) en donde se
constituyen las ciudadanías en un diálogo de carácter político (Alcaldía de Medellín, 2004; Alcaldía
de Medellín, 2008). Citando directamente el PD de Sergio Fajardo:
El espacio público es mucho más que un lugar físico por el que se pasa de manera casual y fugaz, como lo puede
ver cualquier transeúnte desprevenido. Desde la perspectiva del interés público, el espacio toma sentido de un
escenario donde se dan relaciones sociales de todo tipo, esencial para la dinámica y la vida de la ciudad y para el
bienestar de sus habitantes (…) Sobre el espacio público se juegan factores de convivencia cruciales como: (…)
La democracia, en la medida en que el espacio público es un escenario de encuentro y de convivencia entre
iguales, indistintamente de su condición económica, creencia u origen, y en el que fluye y se manifiesta
libremente la diversidad. La inclusión (…) No obstante la perspectiva política deberá ir de la mano de una
conciencia acerca del espacio en sus aspectos físicos y en sus efectos sobre la vida de los ciudadanos en
factores de naturaleza tan diversa como el hábitat y la movilidad (...) La adecuada orientación de una política de
espacio público se constituye en un factor de calidad para todos, como primera condición para avanzar hacia una
ciudad y una región competitiva en el entorno nacional e internacional (Alcaldía de Medellín, 2004: 94)108.
108
Negritas propias.
190
Una de las metas es recuperar el corazón de la ciudad con la Intervención Integral del Centro. Es una apuesta por
la renovación urbana integral del eje de la ciudad. Busca que más habitantes de Medellín, de Colombia y del
mundo puedan, quieran y disfruten del centro de la ciudad (Alcaldía de Medellín, 2015: 6)109.
Por esta misma línea, y como una administración que recoge esa nueva “tradición” de intervención
sobre fragmentos de la ciudad como una manera de operar sobre ella y que lleva la renovación
urbana al extremo de realizar re-intervenciones espaciales a lugares que no llevaban más de cuatro
años renovados, puede leerse que la apuesta del PD de Federico Andrés Gutiérrez sobre el Centro
se vincula, fundamentalmente, en la profundización de ese tipo de operaciones urbanas:
La transformación urbana en los últimos años ha hecho de Medellín un referente mundial en esta materia, no solo
por grandes obras de infraestructura sino por la transformación social que esto ha traído consigo (...) Continuamos
con la mirada de cómo llevar transformación y cambios sociales desde la ejecución de obras físicas que
satisfagan necesidades y a la vez articulen los territorios al interior de la ciudad. Igualmente el centro de la ciudad
se torna relevante desde la redacción de nuestro programa de gobierno, y es por esto que debemos priorizar
transformaciones urbanas en nuestro centro, para devolverle la vida al corazón de la ciudad, para que
vuelva a latir (Alcaldía de Medellín, 2016: 19)110
Bajo estas circunstancias, encontramos, a partir de estos fragmentos citados del POT del 1999 y
sus ajustes (del 2006 y del 2014) y los PD de las administraciones municipales de 1998-2016, la
conformación reiterada de un mecanismo de planificación urbana que ha venido operando sobre el
Centro a partir del relato oficial de la necesaria re-institucionalización de esa zona a partir de la
renovación urbana puesta en práctica a través de proyectos estratégicos. Al respecto de dicho
mecanismo hay algo que nos llama la atención y que nos genera una serie de inquietudes: ¿Por qué
en todos ellos hay un afán por abordar el Centro en términos de lo que fue o podría ser? ¿Por qué,
de un Plan a otro, el relato del Centro como un lugar lleno de problemas se reitera? Y, si en todas
esas administraciones se hicieron ingentes esfuerzos para “recuperar” ese Centro ¿cómo es que el
Plan del 2016 de Federico Andrés sigue insistiendo en que esa es una zona que se le ha arrebatado
a la ciudad y que por ende una de las motivaciones del Plan es el “recuperarla”?
Pues bien, porque precisamente es el Centro el que hace las veces de “lugar enemigo” que condensa
lo “peor” de la ciudad y, al mismo tiempo, al ser el “corazón de Medellín”, es un lugar en donde
109
Negritas propias.
110
Negritas propias.
191
se encarnan muchos de los deseos de esas administraciones. Es sobre ese Centro, como lugar de
manifestación de la parte maldita, sobre el que se debe planear, experimentar, gestionar, ejecutar
y administrar. Es sobre ese Centro, en el que aún perviven formas de organización de violencias
ilegales y criminales que recuerdan los peores, y cercanos, años de una sociedad y una ciudad hecha
pedazos por la guerra urbana, sobre el que la planeación local ha buscado generar avanzadas de
reinstitucionalización. Avanzadas realizadas, sobre todo, desde la puesta en funcionamiento del
mecanismo institucional conformado en la dupla de la recuperación a partir de la renovación del
espacio público urbano, como la condición única para el establecimiento de una esfera de “lo
público” en el que se construyen ciudadanías diversas para profundización democrática.
Sin embargo, y como lo procuramos mostrar en el capítulo anterior, esas ciudadanías estallan frente
a la diversidad de formas de habitar la ciudad que se presentan en un centro urbano como el de
Medellín. Esa insistencia en la “recuperación” da cuenta de una incomprensión de la diversidad y
complejidad de formas de estar y de hacer la ciudad desde el Centro. Pretender la conformación de
un centro tradicional para una ciudadanía idealizada, es buscar el establecimiento de una sola forma
de ser y estar en la ciudad, esto es: ser un ciudadano que habita, transita, consume y está en el
Centro de manera regulada, reposada y con la disposición del encuentro para el diálogo con un otro
también idealizado. Pero el Centro es muchas otras cosas. Ya lo hemos dicho: en él perviven las
lógicas de “Guayaquil”, en él se condensa la precariedad, la marginalidad y la periferia, en él hay
un palpitar donde muchas cosas de la ciudad se mezclan, chocan, se raspan y reverberan con
violencia.
En efecto, esa densa y compleja diversidad que hemos percibido y que seguimos percibiendo
cuando caminamos en el Centro no se nos resuelve en este rápido recorrido por la dimensión
planeada de la ciudad. Es una diversidad que la excede y la desborda. Como habitantes de Medellín,
como caminantes esporádicos del Centro y luego como investigadores de esta zona urbana, hemos
presenciado, leído críticas y visto muchos artículos de prensa sobre las renovaciones del espacio
público urbano que ha tenido el Centro.111
111
Al final de mi infancia vi cómo la zona de “Ciudad Botero” se hacía literalmente pedazos para darle paso a las
esculturas del renombrado artista. En mi juventud presencié cómo se conformaban la Biblioteca EPM y la Plaza de
las Luces. En mi primera adultez, caminé por la recién peatonalizada Carabobo y también estuve andando por las
renovaciones de Junín hasta el Parque Bolívar. Más adelante, como investigador reconocí los cierres constantes de
fragmentos del Centro por el cambio de un piso por acá, la renovación de una fachada por allá. Y, en años más
recientes, vi las paulatinas peatonalizaciones de Boyacá y Bolívar y el cambio (otra vez) de los pisos aquí y allí de
192
Pero las otras muchas maneras en que ese Centro se vive, aquellas que lo constituyen como ese
“lugar enemigo” no son consideradas: en el mejor de los casos no se las contempla, en el peor se
las busca borrar y desplazar a otras zonas. Aun así, esa periferia que se ha incrustado en el Centro
siempre ha vuelto a reclamar aquellos lugares que ha conquistado y territorializado por años,
volviéndolos suyos o, en caso de que tengan mucha presencia policial, merodeándolos para volver
a ellos al menor descuido.
Tratar, pues, de elucidar ese abigarrado cúmulo de subjetividades urbanas a partir de esta dimensión
planeada de la ciudad es, cuando menos, insuficiente. El planteamiento idealizado de que el Centro
será reclamado por la institucionalidad para el disfrute de la ciudanía a partir de operaciones
urbanas como las que se han venido realizando en los últimos veinte años no es convincente. Y no
lo es por su carácter simplificador, homogeneizante y excluyente. Si algo queda claro al estar en el
Centro, al recorrer y estar en distintos horarios en sus calles, sus plazas, sus parques y sus esquinas,
es que ese espacio público para la ciudadanía existe principalmente en los discursos y los planes,
pero no en la vida cotidiana de este sector de la ciudad.
Las calles del Centro, en especial las que circunscriben los tres lugares de los que nos ocupamos
en esta tesis, son habitadas por personas que se alejan del ideal ciudadano. Ya lo hemos expresado:
si se piensa que al embellecer una plaza, peatonalizar una calle o re-amoblar un parque, se logran
las condiciones para que haya un diálogo democrático entre una trabajadora sexual callejera, un
paramilitar urbano, una mujer trans que se prostituye, un vendedor ambulante, un habitante de
calle, un extranjero que está de vista, un funcionario del espacio público, un arquitecto de la EDU112
y un investigador social, no se está pensando con seriedad.
plazas y parques del Centro y, como no, las intervenciones sobre el Parque de Bolívar con el cambio de sus pisos y el
re-amueblamiento del mismo. En todos esos casos, encontramos que el Centro ha sido renovado para unas
ciudadanías locales y extranjeras idealizadas.
112
Empresa de Desarrollo Urbano (EDU) de la ciudad de Medellín.
193
sociales y urbanos estructurales, sino más bien, generar una sistemática renovación que vaya
propiciando ese “efecto cucaracha” comentado en el capítulo anterior. Si esta es la idea, pues se
presenta del mismo modo insuficiente.
Aquellas subjetividades que se hacen visibles en unas prácticas urbanas que “ensucian” los parques
y plazas recién reinauguradas se siguen manifestando: en la Plaza de las Esculturas se sigue
robando; detrás del Museo de Antioquia sigue habiendo habitantes de calle drogándose; al frente
de La Veracruz siguen parándose las trabajadoras sexuales; en el Parque Berrío y cerca de La
Candelaria persisten las ventas ambulantes y los corrillos de personas con sus fiestas callejeras; en
el Parque Bolívar y en los alrededores de la Catedral se continúan manifestando la prostitución
masculina y de mujeres trans, se sigue robando, vendiendo y consumiendo licor y droga y se sigue
asesinando.
Como González (2015; 2018a; 2018b) lo ha mostrado, el Centro ha estado en obras muchas veces
en el pasado. Y ha seguido en obra, bajo unas lógicas de planeación de una ciudad distinta (“ciudad
por partes”), como se mostró con Castrillón y Cardona (2014). En todo caso, la prometida
“recuperación” no se ha dado, el Centro prometido no se ha conseguido. Haciendo uso de lo que
Naranjo y Villa (1997) expusieron sobre la Medellín de los años noventa, consideramos que es
pertinente comentar que el Centro se constituye entre luces y sombras, y la ciudad planeada ha
buscado explicarlo desde la comodidad de las luces. Pero al hacerlo, deja de lado todo el
hormigueo, la efervescencia y la tumultuosa constitución de la ciudad que está más allá de lo
planeado, que se expresa en la dimensión de lo urbano, en las potencias de la urbs y sus desbordes,
que se situarían, para seguir con la metáfora planteada, en la multiplicidad de las sombras del
Centro. ¿Será que es posible encontrar esas sombras en otra de las dimensiones en que se configura
la ciudad, a saber: la forma en que está ha sido narrada?
Así y, en una relación dialogante con el archivo, en la medida que fuimos avanzando con el análisis
de los contenidos nos fuimos dando cuenta que se empezaban a reiterar unas temáticas/categorías
de un modo tan evidente que, fue a partir de ellas, desde donde realizamos la sistematización
general del archivo.113 Ahora, los tres periódicos, al ser distintos, abordan los mismos temas desde
113
Para especificar más sobre estas temáticas/categorías, compartimos la siguiente explicación corta de cada una de
ellas: (i) Historias y memorias, cuyos contenidos giraban en torno o bien a la legitimación de un relato institucional a
modo de “macromemoria” o bien a pequeñas historias o “micromemorias” de personas de “menor” importancia; (ii)
Inseguridad, violencia, criminalidad y miedo, haciendo referencia a todos aquellos contenidos que giran en torno a
la significación negativa que recae sobre el Centro en clave de ser un lugar donde se manifiesta lo más oscuro de la
ciudad; (iii) Renovación y recuperación, temática que emerge de forma “natural” de las dos anteriores, puesto que
195
puntos de vista distintos. Nuevamente, eso más que un asunto problemático, se constituyó como
un terreno fructífero para el abordaje del archivo desde la diversidad de narrativas sobre el Centro.
En tercer lugar, como parte de la sistematización y análisis del archivo a partir de esas
temáticas/categorías, realizamos un ejercicio de cuantificación de los hallazgos obtenidos con el
interés manifiesto de contar con una visualización global de las reiteraciones temáticas, de las
similitudes y diferencias de dicha reiteración entre los periódicos y de cómo estas (las temáticas)
van perfilando las narrativas preponderantes sobre el Centro (ver Figura 16)114.
si el Centro es el lugar de la historia oficial y a la vez ha caído en la oscuridad, pues es más que “lógico” y “natural”
que deba ser renovado y recuperado; (iv) Oficio y rebusque, en donde se hace referencia a múltiples relatos, con
nombre propio, de cómo la gente se las ingenia para, a través del trabajo no formal, ejercer un oficio honrado desde
el rebusque callejero; (v) Informalidad, en este caso la misma temática sobre el rebusque callejero se aborda como
una problemática general que se ha enquistado en el Centro, se habla del problema en cifras, pérdidas de dinero y
en el descontrol, el caos y la ocupación que genera el fenómeno sobre las calles; (vi) Prostitución, aquí se aborda el
tema del trabajo sexual callejero preponderantemente femenino y, por lo general, en clave de una problemática
social irresuelta; (vii) Ciudad Botero-Museo de Antioquia, se hace alusión aquí a la línea conductora existente, a nivel
narrativo, entre el proyecto de renovación urbana “Ciudad Botero”, la figura de Fernando Botero y la presencia del
Museo de Antioquia en el “corazón” mismo del Centro; (viii) Catolicismo y religiosidad, una temática obligada al
hablar de los tres lugares y sus templos en términos del poder institucional que se mantiene vigente y la impronta
que tienen sobre el Centro; (ix) Centro vital y seductor, hace referencia al modo en que se menciona el Centro como
un lugar que apasiona por su historia, su oferta, su ubicación y su intensa vitalidad; (x) Transexualidad y diversidad
sexual, se articula con el abordaje, poco frecuente, de la diversidad sexual que se expresa en el Centro encarnada,
en especial, en la marginalizada población LGTBIQ+ que se ha hecho un lugar en los alrededores de la Catedral
Metropolitana; y (xi) Turismo, temática que se refiere a la presencia de turistas, especialmente de extranjeros, que
desde los últimos años han empezado a hacer parte del paisaje cotidiano del Centro.
114
Al respecto de este ejercicio de cuantificación estimamos necesario presentar tres consideraciones: (i) Hay que
tener en cuenta que hay algunos casos en el número de veces que aparece una de las temáticas en los periódicos
no corresponde necesariamente a su nivel de relevancia. Ese es el caso, por ejemplo, de la temática del Turismo, ya
que, como se verá más adelante, es una variable que resulta determinante. Así, si bien cuantitativamente es en
apariencia poco significativa, en términos de su relevancia cualitativa y las resonancias que genera en las narrativas
sobre el Centro, es en realidad reveladora. (ii) Los contenidos revisados (fueran una crónica, un informe, un
reportaje, un perfil o, incluso, un reportaje gráfico) podían abordar en simultáneo varias de las temáticas/categorías,
así por ejemplo: una crónica extensa sobre las vicisitudes de los integrantes de una de las agrupaciones de música
popular del Parque de Berrío, aborda, al mismo tiempo, las temáticas/categorías de Oficio y rebusque, Informalidad,
Historia y memoria y Centro vital y seductor. De allí se explica el por qué la sumatoria numérica de las
temáticas/categorías de cada periódico exceden el total del número de contenidos sistematizados. Y (iii)
precisamente por esa misma razón, este cuadro que presentamos, más que buscar la justificación última en el dato
cuantitativo, pretende, más bien, hacer explícita la sistematización que se realizó del archivo periodístico, dar cuenta
de algunas decisiones que tomamos para ello y, en alguna medida, apoyar un tanto algunas de las afirmaciones que
haremos en el presente apartado y en el resto de la tesis.
196
Figura 16. Cuadro de sistematización y de cuantificación numérica de los contenidos analizados del archivo periodístico.
Se muestra aquí de manera esquemática los tres periódicos, la temporalidad tenida en cuenta en cada uno de ellos, el número
de contenidos revisados de cada publicación, las temáticas/categorías que orientaron la organización y estudio del archivo
y el número de veces que cada temática hizo su presencia en los contenidos analizados por periódico y en el ponderado
total del archivo. Elaboración propia.
Presentadas estas claridades, pasaremos ahora a centrarnos de manera general, en las narrativas
que se han ido constituyendo sobre el Centro y los tres lugares de nuestro interés. Para ello,
traeremos a colación algunos planteamientos sobre cada uno de los tres periódicos para dar cuenta
del carácter y la línea editorial diferenciada que cada uno tiene y luego enfocaremos la reflexión
en aquellas narraciones preponderantes que buscan explicar, constituir a nuestro entender, las
complejidades de esa zona urbana de Medellín.
Bajo estas circunstancias, iniciamos entonces con El Colombiano. Luego de las visitas sistemáticas
realizadas por más de dos meses al Centro de Información Periodística (CIP) en la sede principal
de El Colombiano en Envigado, fuimos gestando una idea en relación a esta casa editorial/grupo
empresarial. En efecto, al visitar el archivo, al conocer el sistema de gestión de la información que
tienen allí y al reconocer la robusta cantidad de publicaciones a nivel local, regional y nacional de
las que participan, fue claro que El Colombiano es mucho más que un periódico fundado en 1902.
197
Estimamos que este periódico puede ser entendido, más bien, como un potente centro de
producción de verdad en términos foucaultianos. Decimos esto ya que dicha institución cuenta con
los elementos para traer al presente los acotamientos pasados, produce el presente con su línea
editorial conservadora y declaradamente católica y apunta, en general, a un futuro afirmativo que
refuerza la institucionalidad de la élite intelectual, empresarial y política local. En síntesis, y para
ponerlo en términos coloquiales, es un periódico que da sustico.
Por su parte, el Q’hubo que se conoce hoy en Medellín nació de la casa editorial de El Colombiano
con el nombre de La Chiva en el año 2002 en el marco del Mundial de Fútbol de Corea y Japón.
Desde el inicio el carácter de la publicación se perfiló como un periódico popular de bajo costo y
con una retórica “picante”, sensacionalista y, más tarde, con un declarado interés por lo que se
conoce como crónica roja. Como prueba de esto se puede traer a cuento que las noticias que
buscaba publicitar sobre dicho Mundial, a parte de los goles y los equipos, giraban por ejemplo en
torno a que cierto jugador de uno de los equipos, a falta de su novia, se había llevado una muñeca
inflable en su equipaje para: “calmar las ganas”.
Para el año 2008, El Colombiano hace una alianza conocida como el Grupo Nacional de Medios
(GNM) con otros diarios a nivel nacional para unificar el nombre, el formato y el estilo de este tipo
de periódicos populares. El GNM decide entonces que el nombre de todos esos periódicos debían
seguir el que ya tenía el diario popular del El País de Cali, a saber: Q’hubo. Así, La Chiva cambió
de nombre, pero mantuvo su interés periodístico por “lo que pasa” en Medellín, al igual que todos
los otros Q’hubo del país: cada uno de ellos se ocupa de sus noticias locales.115
Ahora, al realizar la revisión global del Q’hubo, salta a la vista lo obvio: es un periódico
sensacionalista, que profundiza estereotipos, que es sexista, que hace eco a los hechos más
escabrosos y violentos, que busca exponer de forma explícita los cuerpos, las armas asesinas, los
artefactos con los que se ha derramado sangre, con los que se ha torturado. Es un periódico que
busca, literalmente, cada una de las personas que mueren cotidianamente en la ciudad por sus
múltiples violencias116. Como hemos dicho, esto es un hecho y debe ser tenido en consideración
115
Para mayor información al respecto se sugiere visitar: https://www.qhubo.com/nosotros/
116
Al respecto de este sistemático trabajo periodístico de registrar las muertes violentas de la ciudad, no puedo dejar
de mencionar que en el tiempo que pasé levantando la información del archivo en el Centro de Información
Periodística (CIP) en la sede principal de El Colombiano, fue bastante frecuente que personas adultas (principalmente
mujeres) llegarán al CIP para solicitar el archivo del Q'hubo en unas fechas específicas (El CIP es el único lugar de la
198
para un análisis detenido de esta publicación. Sobre este asunto, se hace necesario mencionar el
estupendo trabajo de análisis de la prensa sensacionalista local hecho por Olga del Pilar López
(2005) 117, ya que se establece como un referente para el abordaje crítico del Q’hubo.
En cualquier caso, más allá de la constatación de lo evidente, al realizar la revisión de este archivo,
se fue poniendo de manifiesto una dimensión inesperada de este periódico: la captura y
publicitación de múltiples “micromemorias” y formas de habitar diversísimas de personas comunes
que se encuentran en el centro de la ciudad. Así es, por su afán de estar en una permanente búsqueda
de noticias que llamen la atención y, probablemente también por las personas que compran y leen
este periódico, el Q’hubo deja ingresar a sus páginas la vida cotidiana más, aparentemente, trivial
de la ciudad y del centro tradicional en particular. Esto que decimos no pretende idealizar este
periódico, sino más bien, complejizarlo. Además, si se sigue el trabajo de López (2005), se entiende
que este tipo de publicaciones, que no son considerados significativos por su carácter popular,
dicen más de la sociedad en su conjunto de lo que generalmente se reconoce118.
ciudad donde hay un archivo de este periódico). Pronto supe que lo que buscaban estas personas eran los rastros de
existencia que algún familiar suyo había dejado en dicho periódico debido a que había sido víctima de un asesinato.
Por lo que entendí, esa huella del crimen (que el Q’hubo aprovecha para atraer a sus lectores), es una prueba que
usan estas personas para dar cuenta en las instancias institucionales de que efectivamente su familiar ha sido
asesinado. Ciertamente, “la calle se pega al periodismo”, y en esta ciudad esa calle puede ser desgarradora.
117
Este trabajo se dedica a desentrañar las estéticas de una publicación periódica de crónica roja de tiraje nacional
(pero hecha en Medellín) que se llamaba Sucesos Sensacionales y que estuvo circulando a mediados del siglo XX.
Encontramos diversos puntos de contacto entre Sucesos Sensaciones y el Q’hubo desde las formas en que eran/son
narrados los “hechos” urbanos hasta las “matrices” morales/religiosas/sociales que van construyendo una narrativa
sobre ciertos espacios de las ciudades. Así, lo que se pone en juego en la crónica roja es una versión de lo urbano que
va por una doble vía: (i) una primera perspectiva que sigue un lineamiento institucional en términos religiosos y de
las leyes jurídico policiales en donde se habla y se muestra explícitamente la violencia de la ciudad, el crimen
“pasional”, la “vulgaridad” del pueblo y el submundo como algo que existe pero que inevitablemente serán
condenadas, juzgadas y encarceladas, y (ii) una segunda vía, que al estar sumergida en los sucesos más bajos de lo
urbano, se deja “contaminar” por ellos y termina haciendo espectáculo público a quienes son los sobrantes de las
sociedades modernas, es decir: vagos, prostitutas, venteros y venteras informales, drogadictos, vándalos, criminales,
inmigrantes, entre tantos otros “nadie” que están (sin ser vistos ni reconocidos) en la ciudad. Lo inquietante de este
asunto, dice Olga del Pilar (y lo hemos visto en el Q’hubo), es que lo que se pone en evidencia la crónica roja es que
esos “nadie” tienen derecho a aparecer en sus páginas, a hacerse visibles y ser dignos de ser noticia, cuando algo de
su vida se hace “espectacular”: un oficio impensable, una miseria insoportable, una pelea brutal o una muerte
violenta. Ahora, y aceptando estos planteamientos, consideramos que tanto Sucesos Sensacionales como el Q’hubo
pueden también ser leídos como los registros del pálpito de unas realidades urbanas negadas pero potentemente
presentes, donde las tensiones que componen la ciudad se ponen en evidencia en estas publicaciones, a pesar,
incluso, de “sensacionalizar” las tragedias y desajustes que implican hacer parte de ellas.
118
Llama la atención que solamente sea en el Centro de Información Periodístico (CIP) de El Colombiano en donde
se haya hecho un archivo recopilatorio de este periódico, cuya consulta es gratuita con citas previas, pero que para
extraer apartados del mismo es necesario pagar un dinero. Y llama la atención porque en nuestra indagación no
encontramos ningún otro centro de documentación o sala de conservación patrimonial en la ciudad que hiciera la
recopilación sistemática del Q’hubo. Hecho que nos inquieta, puesto que, con el análisis que hicimos del mismo
vemos que puede ser un riquísimo archivo de consulta para dar cuenta de diversísimos relatos urbanos desde donde
199
Finalmente, Universo Centro es un periódico que nace en el 2008 en el tradicional bar el Guanábano
en el Parque del Periodista. Es un periódico que, en los once años analizados, ha publicado crónicas,
cuentos, historias, trabajos académicos, críticas literarias y cinematográficas, perfiles, entrevistas,
recuentos históricos, entre otros tantos temas. Es, en ese sentido, una publicación periódica de
difícil clasificación. Y lo es no solo porque se ha hecho a partir de contribuciones de personas de
la más diversa índole, sino también porque ha transcendido sus propias márgenes de diario, al hacer
las veces de casa editorial y publicar libros sobre el Centro, sobre los barrios de Medellín, sobre
una emisora de salsa, sobre futbol, sobre las formas de escribir en relación al Centro y, más
recientemente, unas publicaciones singulares sobre la cuarentena en el marco de la contingencia
sanitaria de al Covid-19.
Sea cual sea el caso, lo relevante es que es un periódico que se ha gestado en el Centro y que ha
mantenido su preocupación por esta zona de la ciudad. Así, las editoriales, los perfiles, las crónicas
e, incluso, algunos cuentos que se pueden leer en sus páginas dan cuenta de la diversidad cultural,
social e identitaria que lo constituyen. Con ello, podemos comentar que, aunque no haya un estilo
unificado en la diversidad de textos que tratan sobre el Centro y la gente que lo visita, lo vive, lo
disfruta y lo padece, sí se puede afirmar que hay una apuesta por la consolidación de unas narrativas
que, no necesariamente se oponen a las versiones oficiales o hegemónicas, pero que sí buscan la
constitución de otras historias y formas de aproximación a los temas que trata.
Ahora bien, en cuanto a las narrativas preponderantes sobre el Centro podemos comenzar con la
perspectiva que viene constituyendo El Colombiano en donde se reclama esa zona de la ciudad
como la depositaria de los orígenes mismos de la ciudad metropolitana, como el lugar donde se
encuentran las claves de la identidad medellinense en términos de su integración al progreso y las
formas de ser ciudadanos modernos y como la porción urbana por excelencia para reconocer el
patrimonio arquitectónico de la ciudad, en donde se cuentan los tres templos de interés de la tesis.
Con ello, este periódico consolida un relato, sistemáticamente reiterado, de que en el Parque Berrío
se gestó el espíritu paisa recogiendo la tesón de la herencia campesina, la solidez de la enraizada
podemos entendernos un poco mejor y, sobre todo, porque es un periódico cotidianamente consultado y requerido
por muchas personas que buscan el reconocimiento de sus familiares asesinados para una serie de trámites
institucionales.
200
religiosidad católica y el empuje emprendedor que posibilitó la consolidación, primero industrial
y luego empresarial de la región.
Por esta misma línea, es una publicación que hace eco de un Centro idealizado que para mediados
del siglo XX fue habitado, disfrutado y transitado por hombres y mujeres integrados a las nuevas
lógicas citadinas. Dicha idealización nostálgica, que tantas veces hace presencia en las páginas de
El Colombiano en la voz de periodistas, académicos invitados, personas del “común” y de
gobernantes, hace síntesis en la reiteradísima, y a nuestro modo de ver problemática, idea del
“juniniar”.
En efecto, una de las ideas más repetidas en las narrativas de la recuperación del Centro está en
clave de ese pasado perdido y añorado y se lo sintetiza a que debería haber un esfuerzo institucional
público, privado y ciudadano para volver a generar las condiciones de posibilidad de ese
“juniniar”(ver Figura 17). Es decir, de caminar de manera despreocupada por un Centro manejable,
amable y habitado por ciudadanas y ciudadanos que se encuentran en el espacio público en torno
al consumo, al arte, la conversación y las manifestaciones culturales. Y decimos que es
problemático, no solo porque el Junín de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado contaba ya
con un contra relato de un Centro marginalizado, sino porque el centro de Medellín es en el presente
una zona urbana mucho más compleja. Es un Centro desbordado por la persistente presencia de las
inequidades de las comunas periféricas y es el punto de la mezcla de una atiborrada cantidad de
formas ser y estar en la ciudad que, si ya explotan la noción de las ciudadanías, hacen que el
“juniniar” sea, sencillamente, irrelevante.
201
Figura 17. Recopilación de algunas de los contenidos que se vienen publicando sobre Junín y el “juniniar” en El
Colombiano entre 1998-2018. Elaboración propia119.
En El Colombiano pueden leerse, además, muchos reportajes que mencionan que el Centro es un
lugar estratégico para la proyección de la ciudad a nivel regional, nacional y, sobre todo,
internacional, por las renovaciones urbanas que ha tenido. Siendo una de las más reiteradas, la de
la Plaza de las Esculturas y la ampliación del Museo de Antioquia, conocida en su momento como
el proyecto “Ciudad Botero” a finales de los años 90. Renovaciones que, en todo caso, han
motivado la llegada desde mediados de la primera década de los dos miles hasta la fecha, de cientos
de miles de turistas extranjeros, muchos de los cuales han pasado por el centro tradicional de la
ciudad y, según múltiples noticias publicadas por este periódico: “Le han cambiado la cara a
Medellín” haciendo referencia al buen aspecto que le dan con su presencia a esta zona de la ciudad
(ver Figura 18).
119
A continuación, ubicaremos con precisión en El Colombiano cada uno de los contenidos presentados. Así,
iniciando en la primera fila de izquierda a derecha y de arriba hacia de forma consecutiva: Otra vez a juniniar
publicado el 9 de julio de 1998, Primero hay que sentirlo de Frank Bedoya publicado el 20 de septiembre del 2002 ,
Un lugar de oportunidades de Carolina Londoño publicado el 20 de septiembre del 2003, Junín es un solo pregón de
Jaime Arango publicado el 15 de junio del 2007, Renovación le devolvió su encanto al pasaje Junín de Juan Duque
publicado el 15 de abril del 2011, Juniniar todavía emociona de Marggie Riaza publicado el 30 de enero del 2015, En
Junín con La Playa no se detiene el tiempo de John Saldarriaga publicado el 30 de abril del 2017 y Los colores y la
pasión por vivir de Junín de Rafael Gordo publicado del 6 de junio del 2018.
202
Figura 18. Recopilación de reportajes, informes y noticias de El Colombiano entre el 2007 al 2018. En estos contenidos se
da cuenta de que Medellín ha ido cambiando la cara frente al mundo, la presencia cada vez más abundante de extranjeros
así lo hace evidente, especialmente en el Centro. Elaboración propia120.
Se sigue entonces la inevitable mención de Fernando Botero, pues tal parece que ha sido esencial
para la puesta en el mapa de la atractividad turística de la ciudad en general y del Centro en
particular. Según la abultada cantidad de noticias, crónicas, reportajes y perfiles apologéticos que
se le han hecho a Botero por este periódico en las últimas dos décadas, parecería que sin la
intervención que este personaje motivó con su donación, el centro de la ciudad no podría haber
tenido la avanzada de reinstitucionalización que tuvo con la operación de “Ciudad Botero”.
Renovación que, como el mismo periódico cuenta, ha sido determinante para avanzar en la
anhelada “recuperación” de esta vital zona urbana de Medellín (ver Figura 19).
120
A continuación, ubicaremos con precisión en El Colombiano cada uno de los contenidos presentados. Así, iniciando
en la primera fila de izquierda a derecha y de arriba hacia de forma consecutiva: ¡Wow! Dicen los extranjeros del
Palacio de la Cultura de Catalina Rendón publicado el 19 de abril del 2007, Los extranjeros que le cambian la cara a
la ciudad de Carmen Gutiérrez publicado el 21 de diciembre del 2007, Medellín atrae a extranjeros de Gustavo
Ospina publicado el 2 de enero del 2007, Lo bueno de Medellín en Discovery de Liliana Vélez publicado el 24 de enero
del 2010, De visita y se sienten muy de aquí Natalia Botero publicado el 25 de julio del 2010, Medellín seduce a polacos
de Liliana Vélez publicado el 23 de septiembre del 2010, Extranjeros de paseo por Medellín de Ana Correa publicado
el 3 de enero del 2011, Turismo por el centro, una tertulia andante de Liliana Vélez publicado el 11 de septiembre del
2013, Tomando café, así puede aprender inglés de Johnathan Montoya publicado el 16 de febrero del 2018 y El ‘tour’
de Chris Froome por el centro de Medellín de Jessica Quintero publicado el 3 de noviembre del 2018.
203
Figura 19. Recopilación de solo algunos de los más de 80 contenidos publicados en torno a Fernando Botero por El
Colombiano en el periodo del 1998 al 2018. Elaboración propia121.
“Recuperación” que ponemos entre comillas, no solo por lo problemático de la afirmación, sino
porque da pie para exponer una faceta de la narrativa ambivalente que tiene El Colombiano con el
Centro. Ciertamente, por un lado, se hacen todos los reconocimientos expuestos, pero al mismo
121
Nuevamente, dejamos a continuación el listado de la ubicación de estos contenidos en El Colombiano. Iniciando
en la primera fila de izquierda a derecha y de arriba hacia de forma consecutiva: Medellín podría perder donación de
obras de Botero de El Colombiano publicado el 27 de julio de 1998, La campaña se inicia hoy. Todos a firmar por
Botero de El Colombiano publicado el 2 de agosto de 1998, Ante la movilización, Botero está conmovido de El
Colombiano publicado el 10 de septiembre de 1998, Le regalaré a Medellín lo mejor que tengo de Beatriz Mesa
publicado el 13 de noviembre de 1998, De la mano de Botero de Beatriz Mesa publicado el 2 de marzo del 2000,
Botero se toma la ciudad de Beatriz Mesa publicado el 13 de abril del 2000, Un irreverente cambió a Medellín de
Omaira Arbeláez publicado el 12 de agosto del 2000, Ciudad Botero, arte y ciudad unidos de Beatriz Mesa publicado
el 12 de agosto del 2000, Ciudad Botero. Crecer en la cultura de Beatriz Mesa publicado el 13 de septiembre del 2000,
Una puerta para el mundo Gustavo Gallo publicado el 12 de octubre del 2000, El Botero que se siente orgulloso de
ser paisa de Liliana Vélez 24 de diciembre del 2011, El arte como un regalo a la ciudad de Mónica Restrepo publicado
el 7 de abril del 2012 y Botero. El placer infinito de pintar de Martha Ortiz y Jorge Velásquez publicado el 4 de
noviembre del 2018.
204
tiempo y de forma sistemática se pueden encontrar, por el otro lado, que muchos de los contenidos
que se han publicado en el periodo estudiado hacen eco de la premisa que reza que es imperante la
necesidad del rescate del Centro para todos los ciudadanos de Medellín
Por tanto, según El Colombiano, el Centro clama por ser ordenado, controlado, normatizado,
higienizado y estetizado. Y esto debe ser así, porque, al decir de una buena parte de las y los
periodistas del periódico, esta es una zona urbana que, en todo caso, tiene el potencial de ser un
“muy buen vividero”, por su vitalidad urbana, por reunir una amplísima oferta cultural, educativa
y de servicios y porque reúne una amplia diversidad de personas que hacen que sea “seductor”.
Sin embargo, para que esta dimensión que seduce del Centro pueda prosperar, para que la gente se
anime a repoblarlo, para que vuelva a “brillar”, para que sea nuevamente un barrio activo y seguro
como lo fue en el pasado y para que puede volver a permitir que las y los medellinense lo disfruten
y vuelvan a “juniniar” por él, resulta imperativa su intervención para hacer algo con aquellos
“lunares” que lo aquejan. O al menos esta es una de las narrativas más intensas de El Colombiano.
Una narrativa donde las trabajadoras sexuales están necesariamente vinculadas con la criminalidad,
donde las personas que se dedican al rebusque diario están, como colectivo, vinculados con la
ilegalidad y ocupan indebidamente el espacio, donde los habitantes de la calle son un problema de
inmensas proporciones y las “ollas” de vicio son una de sus manifestaciones, donde la diversidad
sexual representada por la comunidad transgénero concentrada en Barbacoas solo se menciona en
clave de sus perversiones y vínculos con las redes de tráfico de drogas. En suma, un Centro en
donde se hace explícito un lado oscuro de la ciudad expresado en las redes de poder y control no
institucionales que se encargan de mover el engranaje de las economías ilegales y no reguladas.
De esta manera, esta narrativa propone hacer en el Centro una división dicotómica entre lo angelical
y lo demoniaco, entre lo bueno y lo malo, entre lo iluminado y lo oscuro, y, en último término,
205
entre la ciudadanía y los “otros” vinculados con la ilegalidad y la criminalidad. Categorías, estas
últimas, que sirven de saco en donde “echar” las complejas diversidades, matices y “sombras” que
hay en juego en torno, por ejemplo, al trabajo sexual, al rebusque y a la diversidad sexual
reivindicada por la población LGTBIQ+ de la ciudad.
Bajo esta mirada simplificadora entre una cosa y la otra que hace El Colombiano, no es de extrañar
entonces que se suscriban, en editoriales, reportajes, informes y noticias, iniciativas institucionales
para “retomar” la legitimidad del Centro expresadas en renovaciones urbanas, acciones de
presencia y control policial con el aumento del pie de fuerza, de los cuadrantes de vigilancia y de
las rondas diurnas y nocturnas, establecimiento de sistema de vigilancia tecnológica, sistemáticos
operativos de desalojos de las “cuevas” y “ollas” de vicio, acciones de limpieza e higienización de
calles y esquinas, intervenciones de asistencia social y, de forma minoritaria, actividades
pedagógicas, educativas y cultuales. De todo ello, llama la atención que sean acciones desde la
confrontación, que en algunos casos resultan en verdaderos estallidos, entre esas dos dimensiones
que, se supone, están en permanente disputa.
Como ejemplo de esa narrativa, ambivalente y dicotómica, que este periódico tiene frente al Centro,
se puede hacer mención del tratamiento que desde 1998 viene haciendo al fenómeno del trabajo
informal, por un lado, y a los relatos del rebusque particularizados en venteras y venteros
ambulantes, por el otro. En pocas palabras (y exceptuando algunas pocas crónicas que matizan y
complejizan esta relación), mientras que el fenómeno del trabajo informal en su conjunto es
abordado como una problemática en sí misma que es negativa, que genera caos y que debe ser
regulada; los perfiles hechos a múltiples personas que se rebuscan la vida en la calle se los señala
como una manifestación de la inventiva local y de cómo en Medellín “la gente no se vara”. Con
ello, las personas dedicadas a la venta ambulante, al arte o la música popular y callejera, son
narrados, por una parte, como seres impersonales, que ocupan las calles de forma indebida, que
están marcados con las mafias del Centro y que crecen descontroladamente, y, por la otra, como
personas nobles, con nombre propio, con una vida llena de afugias y con el empeño por salir de las
dificultades a punta del rebusque (ver Figura 20).
206
Figura 20. Recopilación de algunos contenidos publicados en El Colombiano en el periodo entre 1998 al 2019 sobre la
informalidad como fenómeno general descontrolado y sobre el rebusque como una actividad legítima e individualizada.
Elaboración propia122.
122
Dejamos a continuación el listado de la ubicación de estos contenidos en El Colombiano. Iniciando en la primera
fila de izquierda a derecha y de arriba hacia de forma consecutiva: La informalidad, esa creatura de mil cabezas de
Octavio Gómez publicado el 22 de marzo de 1998, Los venteros cansados de que los persigan de Juan Robledo
publicado el 9 de marzo de 1998: 10a), El rebusque en tiempos áridos. En Medellín se resbala pero no se cae de Juan
Robledo publicado el 25 de junio de 1998, De 14 mil venteros, sólo 5.226 permanecerán en el centro de El Colombiano
publicado el 26 de octubre de 1998, Atrios, espacios de lo humano y lo divino Catalina Montoya publicado el 11 de
febrero del 2002, El centro, acosado por el rebusque de John Saldarriaga publicado el 22 de septiembre del 2002,
Chontaduro para levantar el ánimo de Marleny Vélez publicado el 22 de junio del 2003, Los venteros se reconcilian
con los de Espacio Público de Alejandra Milán publicado el 10 de marzo del 2006, Ana embellece el calzado y los días
en el Parque Berrío de Paola Cardona publicado el 4 de mayo del 2006, Del tinto se vive en el centro de Rafael González
publicado el 11 de enero del 2006, El arte de la inmovilidad de Henry Agudelo publicado el 19 de noviembre del
2006, Un almacén que no tiene techo Alejandro Gómez publicado el 26 de marzo del 2008, La música que suena en
la calle de Hernando González publicado el 21 de mayo del 2012, Cinco heridos en protesta de venteros de Juan
Duque publicado el 12 de diciembre del 2009 y Cierre de los Puentes creó drama en bajos del metro de Juan Valencia
publicado el 12 de julio del 2014.
207
Al respecto, es frecuente que en las páginas de este diario se expliciten de manera sistemática las
fotos de los regueros de sangre y de las distintas armas (pistolas hechizas, cuchillos, chuzos,
varillas, entre otras) con las que se han asesinado a X o Y persona. A esto se le suman la miseria
humana representada en las personas drogadictas que habitan las calles y la llenan de mierda y
orines, a pesar de los ingentes esfuerzos institucionales para mantener la ciudad aseada. En pocas
palabras: es una narrativa que mete miedo (ver Figura 21)123.
123
Ahora, y un poco por la estrecha vinculación que la reportería de este periódico en torno a esa dimensión criminal,
del “bajo mundo”, de la noche y de las “entrañas” del Centro, hay una consideración que estimamos es significativa
sobre esta narrativa, a saber: el esfuerzo por hacer visible el opaco mecanismo a través de los cuales funcionan los
poderes no institucionales del Centro. Y esto es algo que encontramos de interés para el trabajo puesto que permite,
entre otras cosas, aproximar una comprensión sobre los modos que las personas vinculadas a ese mundo viven el
Centro. Decimos esto, ya que en la descripción detallada que el Q’hubo hace por ejemplo de las formas de
funcionamiento de una plaza de vicio o de una “olla”, o en los modos en que operan los grupos paraestatales para el
control de las rentas ilegales de esta zona urbana, se van perfilando algunos patrones que llevan a la superficie
asuntos que, por sus lógicas de funcionamiento ilegales, se esconden por principio. Abordaremos este asunto con
mayor detalle más adelante.
208
Figura 21. Recopilación de algunos contenidos publicados en el Q’hubo desde el 2002 al 2017 sobre la criminalidad y sus
distintas formas de manifestación en el Centro. Elaboración propia124.
Sin embargo, al mismo tiempo, es un periódico que está en permanente búsqueda de noticias en la
vida cotidiana, en las esquinas y resquicios de las calles, de allí que una buena cantidad de perfiles,
noticias y crónicas que lo componen muestran que ese mismo Centro está lleno de hechos triviales,
de la vida urbana que simplemente pasa, de los lugares que se arman en las mañanas y se desarman
en las noches y de acontecimientos tragicómicos que explicitan las contradicciones en las que vive
la ciudad. En este sentido, es un periódico que hace memoria de muchos fragmentos de la vida del
rebusque en el Centro: habla de las mujeres jóvenes que venden tinto por los alrededores de la
Estación Parque Berrío y de cómo sostienen a sus familias a punta de este oficio, de las y los
emboladores de zapatos de la zona, de las mujeres que, con un pequeño carrito de bebé o de
mercado reacondicionado, venden almuerzos a $500 o $1000 pesos, de un hombre que, con una
báscula portátil, vive de que la gente se pese, de músicos populares que tocan música de sus pueblos
cerca de la estatua de Pedro Justo Berrío y de cómo el “pregoneo” del Centro viene adquiriendo
desde hace un par de años: “acento venezolano” (ver Figura 22).
124
Dejamos a continuación el listado de la ubicación de estos contenidos en el Q’hubo. Iniciando en la primera fila
de izquierda a derecha y de arriba hacia de forma consecutiva: Papas calientes. Alcaldía a pellizcarse de La Chiva
publicado del 29 de agosto al 4 de septiembre del 2002, Una noche por el centro en radiopatrulla de La Chiva
publicado entre 10 al 16 de octubre del 2002, Mercado negro, un panorama oscuro de La Chiva publicado el 22 de
mayo del 2006, Ahora roban a punta de palabras de Santiago Hernández publicado el 22 de abril del 2006, Así se
mueve en el Centro la droga Nelson Matta publicado el 16 de febrero del 2007, Vacunas son gastos fijos y ya están
en el presupuesto de Q'hubo Medellín publicado el 21 de julio del 2009, Cada hora decomisan 12 armas blancas en
el Centro Nelson Matta publicado el 19 de enero del 2011, Un Centro de muchos problemas (Arboleda, 2012 :2-5)
Cuatro problemas que ahogan el Centro Stephen Arboleda publicado el 19 de febrero del 2012, Delincuencia sigue
campante en el Centro de Guillermo Benavídez publicado el 6 de octubre del 2013, 'Convivir' con el poder en el Centro
Stephen Arboleda publicado el 20 de julio del 2014 y Droga negocio millonario en el Centro de Andrés Osorio
publicado el 7 de junio 2017.
209
Figura 22. Recopilación de algunos contenidos publicados en el Q’hubo desde el 2002 al 2019 sobre la diversidad de
formas de rebusque en el Centro. Elaboración propia125.
Asimismo, es un periódico que centra su atención, o mejor, produce una narrativa, sobre los desvíos
de la “normalidad” social que se manifiestan en el Centro. De allí que varios de sus contenidos
busquen dar cuenta, con sus titulares provocadores, de la prostitución homosexual que se negocia
en el atrio de la Catedral Metropolitana, de la pornografía que se vende en el entorno inmediato de
La Candelaria y de las formas de vida de las prostitutas de los alrededores de La Veracruz.
125
Dejamos a continuación el listado de la ubicación de estos contenidos en el Q’hubo. Iniciando en la primera fila
de izquierda a derecha y de arriba hacia de forma consecutiva: Sanador cura en la Plaza Botero de La Chiva publicado
entre el 29 de abril y el 5 de mayo del 2005, Tinto. Un negocio que llega a dar $40 mil pesos en un día (Zuluaga, 2005:
10), Cómase tremendo barco por sólo mil pesitos Sergio Zuluaga publicado el 4 de agosto del 2007, El rebusque en
'Medallo' da para todos los gustos Pablo Santa publicado el 26 de febrero del 2012, El Centro tiene acento venezolano
de Laura Jiménez publicado el 18 de febrero del 2019 y El Parque Berrío tiene su banda sonora de Laura Jiménez
publicado el 14 de mayo del 2019.
210
las personas que ejercen esta actividad hacen lo que hacen, dándoles así la voz y dejando que
cuenten un fragmento de su historia. Así, en los modos explícitos en que relatan cómo se cuadra
“un rato”, los gestos que se hacen con los potenciales clientes, los riesgos que corren y la forma
entre seductora y pícara que se le da a estas narraciones, se consiguen perfilar unos relatos, algunos
anónimos y otros en nombre propio, que, de algún modo, ofrecen una puerta de entrada a sus modos
de vida en el Centro. Como dijimos: un hallazgo inesperado de este periódico.
Ahora bien, y como contrapunto de los dos periódicos anteriores, en especial de El Colombiano,
las narrativas que ha buscado constituir el periódico Universo Centro giran en torno a los mismos
temas, pero desde perspectivas y enfoques distintos. Así es, una de las principales características
de esta publicación es que, con independencia del tema que se aborde sobre el Centro, busca
realizar interpretaciones que rehúyen a la simplificación dicotómica entre lo angelical o lo
demoniaco, procurando trazar vías de comprensión alternas y más complejas sobre la inmensa
cantidad de acontecimientos que se atiborran en esta zona urbana.
Para hacer esto, y desde las primeras ediciones del periódico en el 2008, han buscado poner en
cuestión algunas de las premisas que desde las narrativas alineadas con la versión oficial sobre el
Centro se presentan como verdades casi que naturales e incuestionables. De allí que desde los foto
reportajes, las crónicas, los perfiles, las editoriales y los artículos de tintes de divulgación
académico reflexivos se haya ido consolidando un aparato crítico, a modo de narrativas alternas,
que cuestionan relatos del Centro, como por ejemplo: (i) la supuesta solidez del espíritu religioso,
conservador y pujante que forjó una Medellín moderna y abierta al mundo; (ii) la pretendida
historia lineal y lógica de que el Centro fue un lugar prístino, coherente y manejable en el pasado126;
(iii) la explicación simplificadora de que el Centro se define solo en disputa entre la
institucionalidad pública y privada que quiere recuperarlo para que brille desde la “recuperación”
de su pasado y, desde allí, construir su prometedor futuro, y unas fuerzas criminales que operan en
el submundo y tienen sus tentáculos en todas las manifestaciones no reguladas de esta zona urbana;
y en esa misma medida (iv) las sistemáticas y repetidas estrategias de recuperación desde la
renovación urbana y el aumento de la seguridad traducido en el aumento del pie de fuerza policial
126
Como puede leerse en las historias sobre el Centro contadas por Byron White y que fueron publicadas en diversos
números del periódico.
211
y los operativos dados desde la confrontación como únicas soluciones posibles de
reinstitucionalización del Centro.
En tal sentido, desde esas ediciones iniciales se empezaron a traer a colación cuestionamientos
sobre lo que significa la insistente narrativa de la recuperación de fragmentos de las ciudades en
clave del desplazamiento de las personas que le son habituales. Con ello, y haciendo alusión a
intelectuales locales y extranjeros, sus páginas han plasmado reflexiones sobre la necesidad de
reclamar el derecho de estar en las ciudades127 o de presentar inquietudes sobre cómo las sociedades
contemporáneas le están apostando a los centros comerciales como lugares de encuentro, mientras
se dejan de lado las calles y plazas por la incertidumbre, la diversidad y las problemáticas que estos
tienen128.
En un talante similar, este periódico abordó de forma amplia la noción del patrimonio, descentrando
la discusión de la idea del edificio y explicitando la dimensión de las prácticas humanas más
comunes del Centro como parte constitutiva de un patrimonio vivo que existe gracias a que esta
diversidad de personas lo hace posible (ver Figura 23). Y es en esta estimulante idea donde
encontramos una de las claves para abordar las narraciones que va constituir Universo Centro sobre
esta zona urbana, esto es: a partir de una aproximación periodística centrada en las prácticas
urbanas de las personas que hacen del Centro su forma de vida.
127
Así se puede leer en la publicación de un fragmento de un el texto inédito de León Zuleta (2009) titulado El derecho
a la ciudad.
128
Estamos pensado en la reproducción que hacen de un fragmento del ensayo El centro comercial de la crítica
argentina Beatriz Sarlo (2009) sobre los centros comerciales y sus similitudes con la planificación de las ciudades
contemporáneas.
212
Figura 23. Dos de los contenidos iniciales de Universo Centro entre 2008 y el 2009 y su propuesta
del patrimonio del centro en clave de la diversidad de personas que lo viven. Elaboración propia129.
Así, por ejemplo, han conseguido abordar, sin los típicos prejuicios del periodismo convencional,
temáticas como el consumo de drogas y alcohol en lugares públicos del centro tradicional, no desde
el señalamiento, sino más bien desde buscar el entendimiento de cómo se realiza está práctica,
sobre quiénes se vinculan a ella, en qué momentos y con qué intenciones. De esta manera, y sin
hacer una apología del alcoholismo o la drogadicción, las narrativas que se presentan contribuyen
a complejizar las interpretaciones que pueden tenerse sobre estas prácticas y sobre las razones por
las cuáles se hacen un lugar precisamente en la zona central de la ciudad130.
Siguiendo esta misma lógica, han enfocado la mirada sobre manifestaciones artísticas callejeras
reconstituyendo las historias de las personas que las llevan a cabo y buscando dar cuenta de las
129
Las dos imágenes que componen la Figura 23, están ubicadas en las siguientes publicaciones de Universo Centro,
de arriba abajo: Un patrimonio cultural intangible de Universo Centro publicado en noviembre del 2008 y Somos
patrimonio de Universo Centro publicado en septiembre del 2009.
130
Un buen ejemplo de ello es la publicación de marzo del 2017 titulada Matar el mono. Notas sobre el consumo de
heroína en Medellín y escrita por la redacción del periódico. Allí se hace una crítica a las soluciones policivas y de
criminalización y se citan ejemplos de otros modos de asumir la problemática que han probado ser exitosas en otros
países.
213
experiencias en torno a sus funciones. Otros ejemplos significativos, son aquellos que giran en
torno a las formas de habitar de muchas de las personas habituales al Centro, en particular aquellas
crónicas que han mostrado, nuevamente sin caer en el fácil señalamiento, las maneras en que la
gente vive en inquilinatos de esta zona urbana. Esto a partir de la puesta de relieve de las normas,
los acuerdos, los conflictos, las historias, los mitos y las dinámicas cotidianas de estos lugares, en
pocas palabras, de las formas de habitar que se ponen en juego131.
Esto mismo ocurre con las narrativas que este periódico ha ido elaborando sobre el rebusque y las
ventas informales. Buen ejemplo de ello tiene que ver con la perspectiva en que ha venido
abordando lo que se conoce como el mercado popular de “Los Puentes”, desde que estaba
localizado en el complejo de bodegas cerca a la Estación del Metro de Prado hasta que, debido al
desalojo que hizo la administración, se desperdigó en la Avenida Bolívar entre las estaciones del
Metro de Parque Berrío y Prado. Efectivamente, en los contenidos analizados que abordan esta
temática se presenta a “Los Puentes” en las lógicas de un mercado, como otros, que tiene sus
dinámicas de abastecimiento, de negociación, de exhibición y venta de mercancías y de un público,
que, en efecto, va allí para comerciar y consumir132.
Asimismo, y profundizando en los diversos oficios del rebusque cotidiano, se pueden identificar
crónicas que desentrañan detalles específicos de los centros de acopio, los modos de organización
y de operación de las personas que se dedican a ofrecer diversos servicios y mercancías en las
calles, las esquinas de edificios y en algunos de los parques del Centro. Bien sea que se dediquen
al negocio de la venta callejera de empanadas, almuerzos, tentempiés, tintos, películas, venenos o
bromas, todas estas son actividades del rebusque que, en este periódico, se cuentan desde la práctica
misma, buscando mostrar, en la voz de las personas, cómo se llevan a cabo, qué artefactos requieren
para ello, con qué proveedores se relacionan y qué modos de organización requieren.
131
Nos referimos en especial a las crónicas El silencio de los Andes escrita por Juan Fernando Hernández en agosto
del 2012 y Pasajeros del pasaje escrita por el mismo autor en junio 2017.
132
Al respecto, están el reportaje gráfico hecho por el mismo periódico y titulado Centro comercial Los Puentes,
publicado en mayo del 2010. Se le suma además, otro reportaje, también firmado por la redacción del periódico
titulado El templo del rebusque y publicado en diciembre del 2012. Asimismo, está el especial Bajos del Metro
publicado en febrero del 2016 en el que tres de los periodistas habituales del periódico se adentran en la búsqueda
de unas mercancías en “Los Puentes” debajo del viaducto del Metro de la Av. Bolívar.
214
Y, como no, al abordar el fenómeno del trabajo informal y del rebusque en el Centro, se expresan
también las ineludibles disputas entre personas que han hecho suyos ciertos lugares de esta zona
urbana y las pretensiones higienizantes institucionales que pretenden que los parques y plazoletas
del Centro sean lugares para el tránsito eficiente y no para la ocupación y el ocio improductivo.
Así se hace evidente en una crónica de Pascual Gaviria publicada en el 2011 titulada Ciudad vs.
Pueblo en donde se muestran, con particular claridad, las versiones encontradas entre una
institucionalidad que pretende hacer de un parque un lugar de paso y una diversidad de personas
que lo ha constituido como su lugar de encuentro, trabajo, fiesta y sociabilidad (ver Figura 24).
Figura 24. Algunos contenidos sobre oficios y formas de rebusque en la ciudad desde la perspectiva
de Universo Centro entre el 2010 al 2011. Elaboración propia133.
Por su parte, en otro conjunto de contenidos se busca contar y consignar las historias de los modos
de constitución de lugares de la ciudad que han sido estigmatizados y, por ende, simplificados.
Como es el caso de los perfiles, las crónicas y las fotografías que se han publicado sobre las
trabajadoras sexuales callejeras, de “puesto” o de casas de masajes habituales de la zona urbana de
133
Las tres publicaciones están ubicadas en Universo Centro, de arriba abajo y luego a la derecha: Termo King de
Pascual Gaviria publicado en agosto del 2010, El cartel de Medellín de Fernando Mora publicado en octubre del 2010
y Ciudad vs. Pueblo de Pascual Gaviria publicado en julio del 2011.
215
La Veracruz, Cundinamarca y otros sectores, en donde se ha procurado entender las lógicas de este
trabajo por fuera de prejuicios y metáforas vinculadas con el periodismo picante.
Del mismo modo hay diversos contenidos sobre la calle Barbacoas, en donde se ha buscado dar
cuenta de cómo, aparte de ser una zona en donde innegablemente se manifiesta la precariedad, el
rechazo y la estigmatización de la comunidad de mujeres transgénero, se ha perfilado como un
lugar para la manifestación, el reconocimiento, la resistencia y la expresión de la diversidad sexual
de la población LGTBIQ+ de la ciudad. Esto lo consiguen dándole la voz a las mujeres trans para
que cuenten sus experiencias, evitando una parafernalia periodística encaminada profundizar en la
estigmatización, sino más bien mostrando cómo es que se las han arreglado para hacer sus vidas
en esa hostilidad del centro de una ciudad como Medellín. Y, también, a partir de la reconstrucción
de la historia de los bares y clubs que se fueron asentando en los alrededores de la Metropolitana
desde los años ochenta, configurándose como enclaves de la diversidad sexual de una sociedad
cerrada y pacata (ver Figura 25).
Figura 25. Recopilación de algunos contenidos que abordan una estigmatizada zona de la ciudad
desde un punto de vista en donde se reconoce sus propias maneras de configuración y su singular
vitalidad entre el 2009 al 2018. Elaboración propia134.
134
Las tres publicaciones están ubicadas en Universo Centro, de arriba abajo y luego a la derecha: ‘El 90% de los
hombres son maricas’. Historias de La Dayanna de Juana y Guillermina publicado en diciembre del 2009, Barbacoas
St. de María Naranjo publicado en noviembre del 2011 y Divas de María Naranjo publicado en julio del 2018.
216
Con lo dicho, se pone en evidencia que este periódico busca la configuración de unas narrativas
alternativas que hacen contrapeso a los relatos de los otros dos periódicos. Es una propuesta entre
periodística, crítica y literaria, que, entre muchos otros temas, presenta otras formas de pensar en
torno al Centro. Sin embargo, es un hecho que, en comparación con el potente centro de producción
de narrativas de la casa editorial de El Colombiano, Universo Centro sigue siendo una propuesta
independiente, gratuita y con un tiraje que ha fluctuado entre los 8 mil a los 20 mil ejemplares.
En suma, podemos decir entonces que las narrativas que se constituyen sobre el centro de la ciudad
desde estos periódicos son variadas: se hace referencia al cambio providencial motivado por el
proyecto de “Ciudad Botero” y la subsecuente ampliación del Museo de Antioquia para la
reinstitucionalización de este. A partir de ese cambio traído con el Museo, se abre la puerta para
insistir en que el Centro contemporáneo es un lugar con muchas cualidades y prestaciones para los
ciudadanos: por sus diversos servicios, ofertas, facilidad de acceso y tesoros culturales y
arquitectónicos escondidos. De allí que se insista en la necesidad de repoblarlo para aprovecharlo
como un “buen vividero” seductor y lleno de vitalidad urbana. Vitalidad está que se ve
materializada en la inventiva y el rebusque de la gente que está cotidianamente en el Centro dándole
su “sabor local” que tanto “enamora a propios y ajenos”.
A pesar de lo dicho, y de manera más insistente se menciona que el Centro es un lugar oscuro,
inseguro, violento y que “mete miedo” por los poderes ilegales que están en juego. Asimismo, se
217
insiste permanentemente en que ese componente no controlado y no institucionalizado se encuentra
estrechamente vinculado con la informalidad, los venteros ambulantes, el trabajo sexual de todos
los tipos, los habitantes de la calle, entre otros muchos fenómenos que, en la narrativa periodística,
hacen de esta zona de la ciudad un lugar de la suciedad, el caos y el descontrol.
Eso último prepara el terreno para la constitución de aquella narrativa que va encaminada a la
legitimación del accionar institucional público/privado para la renovación, “recuperación” y
transformación del Centro para “toda la ciudad”. Dicha “recuperación”, se materializa
principalmente en la gestión, control, liberación e higienización del “espacio público” para el libre
transitar de los peatones, los visitantes y los turistas internacionales. Tal parece que el horror para
la planificación estuviera relacionado por la aglomeración de personas en los parques del centro,
en las esquinas y en los recodos de las calles.
Pues, según lo narran los periódicos de la casa editorial de El Colombiano (el periódico homónimo
y el Q’hubo), pareciera que es ese hecho (la puesta en común de la gente en el Centro) lo que
generara de forma espontánea los fenómenos de ilegalidad, violencia y conflicto que tan
frecuentemente registran en ambos diarios; y no tanto los históricos vacíos institucionales, los
remanentes de las recientes violencias, las condiciones de precariedad material, el abandono y las
inequidades sociales. Así, es ese “espacio público” el que debe ser imperantemente “recuperado”
de las perversidades de ese Centro, sobre todo cuando llega la noche, pues allí se encarnan las
monstruosidades modernas en la prostitución, el homosexualismo, el transexualismo vinculado al
comercio sexual, a la ilegalidad, al consumo de droga, al bandidaje y al asesinato.
La urgencia de la “recuperación” se hace presente entonces desde finales de los años 90 hasta las
últimas noticias consultadas a mediados del 2019. En estos 20 años se ha narrado, de forma
sistemática que el Centro debe transformarse y cambiar para un futuro más promisorio. Obvio,
cambios sí ha habido, lugares “recuperados” existen y se han hecho noticia: la Plaza de las
Esculturas, Carabobo, Junín, Boyacá, Bolívar y la más reciente remodelación de muchos de sus
parques y plazas, todas ellas en clave de su “cambio de piel” y la liberación del “espacio público”
para el libre tránsito y el disfrute. Sin embargo, y como ha quedado también registrado en estos
periódicos, esas mismas plazas, parques y esquinas reinauguradas, son rápidamente
reterritorializadas por esas personas que les eran habituales antes de la intervención: venteros,
218
raponeras, prostitutas, transexuales, borrachas, jíbaros, drogadictos, oficinistas, desocupados,
jubilados, artistas callejeros, habitantes de la calle.
Bajo estas circunstancias, hay todo un bloque narrativo abanderado por El Colombiano asociado
al “pasar la página” de la violencia y mirar hacia un futuro promisorio, en donde las problemáticas
no resueltas del Centro se exponen como cierto lastre del pasado que hay que modificar, al parecer
con la sumatoria de un control policivo y con transformaciones urbanas sistemáticas: iniciando con
la instalación de esculturas, pasando con procesos de peatonalización y el mejoramiento de
fachadas, y en los últimos años a partir del cambio de adoquines en parques de la zona. Todo lo
cual se vincula bastante bien con la premisa de cambio de imagen de la ciudad frente a ella misma
y al mundo.
En efecto, son subjetividades que, partir del relato periodístico, de la voz de las calles o de las
fotografías que se toman de ellas, se exhiben de formas diferenciadas. Así, hay subjetividades que
se exhiben desde la grandilocuencia y que dan cuenta del poder institucionalizado y religioso, otras
que también se exhiben para hacerse presentes y explícitas en el rebusque callejero, hay otras que
se mimetizan en el trajín cotidiano, y unas cuantas que se concentran y hacen presencia en calles,
esquinas y lugares concretos al final del día y, en especial, en las noches. Con ello, al centrar el
análisis en la elucidación de esas subjetividades urbanas, se pone en evidencia que esos grandes
bloques narrativos que vienen constituyendo los periódicos consultados (en especial El
Colombiano y el Q’Hubo) están llenos de fisuras e incongruencias. De ahí que se haga evidente
que buena parte de esas narrativas de estos periódicos busquen dar cuenta del Centro pensado en
lo que fue y lo que puede ser, eludiendo, a pesar de que hablen de ello sistemáticamente, aquello
que es.
219
Y eludirlo tiene sentido, ya que eso que es el Centro hoy puede sintetizarse en su constante carácter
de desbordamiento de los límites, y eso resulta terrorífico. Lo hemos dicho ya, el Centro es un
espacio de disputas de la “materia social” que compone la ciudad, donde los desajustes sociales se
ponen al descubierto y se hacen patentes, donde las aparentes dicotomías se explicitan de tal modo
que se vuelven insostenibles, en donde la falacia del “espacio público para todos” se pone al
descubierto. El Centro es terrorífico porque, al decir de Manuel Delgado (1999a) y Jairo Montoya
(2002), pone sobre la mesa, con su densidad de acontecimientos cotidianos, la posibilidad de que
el orden social se “rebaraje” nuevamente y, al hacerlo, explicita la inquietante realidad de los
aspectos comunes entre instancias sociales impensadas.
En otras palabras, a partir de una revisión detenida de las subjetividades que se hacen visibles a
partir de la narración periodística de las prácticas urbanas inscritas en estos tres periódicos, se puede
hacer visible que el centro de Medellín y en particular los tres lugares del interés de esta
investigación, no son espacios del antagonismo entre lo bueno y lo malo, entre lo angelical y lo
demoniaco, entre lo sagrado y lo profano, entre lo legal y lo ilegal o entre lo pueblerino y lo
citadino, y entre tantos otras duplas que lo simplifican. A partir de una revisión atenta, se
comentaba, se hace evidente que estos tres lugares pueden ser pensados como espacios de lo urbano
donde esos límites que dividen fenómenos opuestos se hacen difusos y se emborronan,
desbordándose y, por inquietante que sea, dejan al descubierto los aspectos comunes entre las
subjetividades que allí se despliegan.
Ahora bien, considerando lo que hemos expuesto en este apartado, si regresamos a la pregunta por
las “sombras” que nos ofrecería el abordaje de la dimensión de las narrativas de la ciudad, podemos
decir que hemos conseguido atender apenas una parte de nuestras inquietudes. Estimamos que las
narrativas preponderantes sobre el Centro se ocupan de abordar de manera parcial las
complejidades que lo componen135. Encontramos, sin embargo, que en las incongruencias y fisuras
de esos “bloques” narrativos de los que hablábamos hay unas claves para continuar en el proceso
de elucidación de nuestra investigación.
135
Claro, el aparato crítico elaborado por Universo Centro al que hicimos alusión nos presenta unas dimensiones del
Centro que se aproximan a las formas de comprensión que creemos son las que consolidaremos con este trabajo. Y,
obviamente, en las páginas de este periódico no se encuentran todas las respuestas a las inquietudes que nos hemos
planteado en esta tesis.
220
Y estas claves no son otra cosa que aquellos “materiales” que componen las narrativas comentadas,
es decir: los contenidos sistematizados y analizados de los tres periódicos. En efecto, en este punto
vemos que el archivo periodístico estudiado, aparte de ser el insumo esencial para la aproximación
a la dimensión narrada de la ciudad, se constituye a su vez como un “yacimiento” de imágenes,
fragmentos de voces, partes de relatos e historias de vida, testimonios, discursos y prácticas urbanas
que nos darán elementos para seguir nuestro recorrido hacia un horizonte de la, esquiva,
elucidación del abigarramiento de subjetividades del Centro.
El cúmulo de contenidos del archivo periodístico se nos presentan ahora como “insumos” que nos
ayudarán a configurar algunas piezas clave o, más precisamente, “fragmentos” de un mosaico, para
buscar una composición que sí nos de elementos suficientes para aproximarnos a la comprensión
de ese Centro, ya no desde lo que se planea o se dice de él, sino desde las formas en que es vivido,
esto es: desde las diversas subjetividades que lo constituyen.
Bajo estas circunstancias, es momento de que abordemos los cinco “fragmentos” prometidos del
mentado mosaico. Dichos “fragmentos” son decisivos para nuestra tesis. Y lo son por tres razones:
(i) porque se ponen en juego en los tres lugares de los que hemos venido hablando, (ii) porque los
constituyen y singularizan, y (iii) porque será desde la elucidación de esas múltiples subjetividades
hechas “fragmentos”, en el mosaico que se puede hacer con ellas, donde podremos dar cuenta de
las “sombras”, de la potencia de la urbs, de las mezclas y “empegotamientos”, en pocas palabras:
de los desbordamientos que se manifiestan en los tres lugares.
136
Un indicador que da cuenta de ello y que es habitualmente citado en la bibliografía sobre el tema, son los datos
ofrecidos por el Sistema de Indicadores Turísticos (SITUR) de llegadas de turista de origen internacional que ingresa
por el Aeropuerto Internacional José María Córdova. Según esta entidad para el año 2008 ingresaron 270.080
visitantes, mientras que en el año 2019 ingresaron 927.453 visitantes.
221
(Molina, 2012; González y Ospina, 2016). En este proceso, Medellín se ha transformado: ha
construido centros de convenciones, ha realizado intervenciones urbanísticas (integrales y
fragmentarias) en sus barrios periféricos, ha buscado integrar su transporte masivo y metropolitano,
ha intervenido barrios históricamente conflictivos, y, como no, ha renovado de manera sistemática
su centro tradicional. En pocas palabras: la ciudad se ha engalanado para posar frente a la mirada
de los millones de turistas que han venido a conocerla.
Esta transformación urbana y el aumento del turismo nacional e internacional, no han sido una
casualidad ni una consecuencia imprevista de la buena gestión de las distintas alcaldías en estos
últimos 20 años. En efecto, en una revisión enfocada en esta temática en la dimensión planeada de
la ciudad, se puede constatar que ese engalanamiento sobre el que se han puesto las miradas a nivel
internacional, se debe a una concepción política sobre la producción del espacio público de la
ciudad en pro de su “atractividad”, de sistemáticas estrategias de internacionalización de la ciudad
y de un insistente marketing urbano para cambiar la imagen de Medellín en el mundo137.
En este contexto, en los últimos diez años han proliferado en la ciudad múltiples agencias turísticas
(de personas locales y extranjeras), dedicadas a realizar tures de diversa índole en la ciudad: narco-
tures, tures de la fiesta nocturna, recorridos por la transformación urbana de la periferia, tures a
plazas de mercado, visitas a municipios cercanos y, claro, recorridos por el Centro. En todos estos
casos, las y los guías que acompañan estos recorridos construyen una narración o hilo conductor
coherente sobre los lugares, monumentos, edificios, calles, museos y municipios que se visitan y
que conducen la mirada de los turistas que las acompañan.
Para pensar la relación del turismo global y sus implicaciones en la constitución de las ciudades
contemporáneas, partimos de los señalamientos que trajimos a colación en el capítulo anterior con
Hiernaux y González (2016), Hiernaux (2019), Domínguez (2019) y Pinon-de-Oliveira (2019) y lo
137
Así puede leerse en los Planes de Desarrollo en el periodo 1998-2016. Cada uno de ellos contempla, a su manera,
líneas estratégicas, acciones concretas y dineros encaminados, en un principio, para hacer que la imagen de Medellín
dejara de estar signada en términos de la violencia homicida y la cultura mafiosas, y, con los años, para promocionar
su exitoso resurgimiento. En efecto, desde el PD de Juan Gómez Martínez hasta el de Federico Andrés Gutiérrez, la
inserción de Medellín al panorama internacional para el cambio de su imagen, para su venta y su promoción como
destino turístico seductor se convierte de una constante. Parte de unos primeros pasos en 1998 y que al día de hoy
cuenta con plataformas instituciones público-privadas que hacen un permanente marketing de la ciudad; y que se
fue consolidando a partir de envío de corresponsales a otras ciudades a que hablaran bien de Medellín, de promover
el bilingüismo, de consolidar su centro de convenciones, de hacer de la ciudad una marca, de la realización de eventos
académicos, musicales, deportivos, de negocios, entre muchas otras estrategias de esta índole.
222
complementamos con el reconocimiento de que la planificación y la renovación urbana en clave
de la atractividad turística de algunas zonas de la ciudad, operan a partir de la estandarización de
las realidades culturales de los lugares. En este proceso, se escogen, por lo general, unos recorridos
precisos, se catalogan una serie de monumentos y edificios representativos, se establece una
“realidad turística” y se ofrece de forma compacta lo que podría denominarse como el sabor propio
de la “cultura local”.
Este aplanamiento de las complejidades sociales y urbanas que configuran los destinos turísticos
deben cumplirse porque se está respondiendo a la mirada fragmentaria y distante, de una atención
efímera, al estilo del navegante contemporáneo de las redes sociales, propia del turista. “El turista
(…) parte de la distancia que establece con los grupos que observa (…) frente a la otra cultura solo
asume una actitud contemplativa: lo que para él importa no es lo que vive sino lo que ve” (Medina
y Arango, 2014: 34). Así, siguiendo esta primacía de la mirada de quienes pueden llegar de fuera
a consumir la ciudad, es que esta es planificada, promocionada y renovada. La ciudad, o al menos,
fragmentos de ella, deben lucir bellos o, cuando menos: exóticos e interesantes.
En tal sentido, para que las ciudades ingresen hoy en las lógicas del turismo global deben devenir
mercancía, deben narrarse en una mezcla de discursos institucionales afirmativos sobre ellas
mismas y de imágenes que muestren de modo espectacular lo “mejor que tienen para ofrecer” al
mundo, o más precisamente, a la mirada del turista. En concreto: “(…) para que esas narraciones
de la ciudad marca, la ciudad espectáculo, la ciudad exótica y la ciudad museo se den se necesita
de la mirada del turista. Es ante esta experiencia sensorial que la ciudad cambia de piel para seducir
y deleitar” (Medina y Arango, 2014: 100).
Esta manera de mirar que sobre la ciudad impone el turismo contemporáneo no es visto aquí desde
una perspectiva moral: no se calificará como bueno o malo. Es más, como lo plantean Arango y
Castrillón (2013) es un fenómeno que en la ciudad de Medellín puede ser rastreado desde principios
del siglo XX a la actualidad. En efecto, esta ciudad se ha caracterizado por lucir bien frente a la
mirada de quienes la visitan: Medellín es una ciudad que posa, lo ha hecho en el pasado y lo hace
hoy de forma espectacular (Arango y Castrillón, 2010).
Además, si se sigue a Echavarría (2013), se puede acordar con la afirmación de que las y los turistas
no son (no somos) los causantes de todos los males de las ciudades. Con su presencia, con sus
223
formas de consumo y su mirada móvil, escurridiza y fragmentaria, el turista está en las ciudades
que visita por poco tiempo y luego se va a conocer otras latitudes. Ese desprendimiento puede ser
chocante, más si se tienen en consideración todos los esfuerzos que ha hecho, hace y,
probablemente, seguirá haciendo una ciudad como Medellín para atraerles.
Sin embargo, como bien lo expresa Echavarría: las y los turistas no son investigadores sociales, no
son personas que vienen a quedarse o a buscar en las ciudades la esencia histórica e identidad del
lugar. Ellas y ellos son simplemente turistas. De esta manera, los reclamos y críticas sobre lo que
puede generar la industria turística en las ciudades no deberían recaer en la figura abstracta del
turista, eso, además de fácil, es infructuoso. Más bien, las inquietudes deberían dirigirse a procurar
entender cómo esas formas en que el turista ve la ciudad influyen en los modos en que está se ha
planeado, se ha renovado, se ha narrado y se ha vendido.
En este orden de ideas, si retomamos los Planes de Desarrollo (PD) que hacen parte del archivo de
esta investigación y los volvemos a consultar prestando la atención a esta dupla de
internacionalización y promoción del turismo global desde la renovación urbana, nos encontramos
con que ambas han sido variables determinantes en la planificación urbana reciente de la ciudad y
de su Centro. En efecto, una de las líneas estratégicas que comparten todos los PD y que se
establece como elemento esencial de la propuesta interpretativa de este “fragmento” del mosaico,
es el proceso sistemático y decidido de internacionalización de Medellín en clave de su estrecha
(estrechísima) relación con la promoción de la llegada del turismo global a la ciudad.
Lo queda como colofón compartido en los PD, es el papel que cumple el centro de la ciudad en
esas dinámicas de internacionalización, particularmente como receptor innegable de las y los
turistas locales y extranjeros que para principio de los dos miles se esperaba tener y que para el
2019 se contaban por cientos de miles. Y es precisamente en este asunto en donde proponemos
hacer la vinculación entre una concepción del Centro como lugar representativo de la ciudad, del
reiterado discurso institucional de su imperante “recuperación,” del cambio de la imagen de la
ciudad y de la inscripción de la ciudad en las lógicas de su promoción y venta internacional y la
consecuente llegada de turistas extranjeros.
Para dar cuenta entonces de las relaciones que estos fenómenos de la planificación/renovación
sobre el Centro tienen con las prácticas urbanas del turismo, estimamos que es momento de
224
presentar una síntesis de parte del trabajo de campo y de las entrevistas realizadas sobre este tema
para la elaboración de esta tesis. En concreto, y como lo anunciamos en los “Apuntes
metodológicos”, recogemos aquí cinco entrevistas con personas vinculas con el “ecosistema”
turístico local y las experiencias de cuatro salidas de campo hechas, como un turista más,
recorriendo el centro de la ciudad desde propuestas turísticas, en apariencia, distintas138.
De lo conversado y visto, quisiéramos resaltar cuatro asuntos que se relacionan y que permiten
perfilar con más claridad el accionar de ese “ecosistema” sobre el Centro: (i) los turistas extranjeros
que vienen a la ciudad tienen especial interés en conocer (y, sobre todo, constatar) los procesos de
transformación de la ciudad tan publicitados en los últimos años, específicamente los proyectos de
renovaciones urbanas realizadas en el Centro, el barrio Moravia, las Escaleras Eléctricas de
Comuna 13 y los metrocables.139 (ii) El aumento exponencial de turistas extranjeros que viene
teniendo la ciudad desde al menos unos 15 años, se corresponde con la emergencia de empresas
creadas por personas locales y también extranjeras, así como una creciente número de guías
turísticos independientes, que buscan capitalizar ese inmenso potencial económico. 140(iii) Existe
un patrón compartido entre la mayor parte de las propuestas turísticas en relación al recorrido y las
paradas o “estaciones” que se hacen para dar cuenta de los lugares, edificios o calles representativas
del Centro141. En efecto, el Centro que se visibiliza a la mirada del turista sigue, con variaciones
menores, el mismo itinerario142. (iv) Las condiciones singulares que tiene el Centro en relación a
138
Estas actividades las llevé a cabo entre el 2019 e inicios del 2020.
139
Y, obviamente, existe un porcentaje de estos grupos de turistas que son atraídos por los narco tures, la fiesta
nocturna, la oferta de drogas y del trabajo sexual especializado en este tipo de clientes.
140
Como lo comentó una de las personas entrevistas, quien para el 2019 llevaba ya cinco años como guía turística
enfocada en el acompañamiento de turistas extranjeros en diversos planes turísticos que se ofertan en Medellín. De
esta conversación nos interesa constatar que el turismo de extranjeros en Medellín ha crecido de manera
exponencial, prueba de ello son las múltiples empresas de turismo que se vienen estableciendo en la ciudad. En sus
cinco años como guía, esta persona ha tenido que ver con siete de ellas y además tiene contactos con al menos 110
guías turísticos como ella.
141
Vale aclarar aquí que hacemos referencia a la oferta de recorridos que se hacen caminando por las calles y que
siguen una lógica de contar con la compañía de una persona local que guía, le da un ritmo y un sentido a la experiencia
a partir de un relato estructurado. Esto puede darse de forma personalizada o con grupos más cuantiosos que pueden
llegar a las 20-30 personas.
142
El encuentro inicial suele darse en alguna estación de El Metro de Medellín, bien puede ser en la Estación Parque
Berrío o la Estación Alpujarra. Por lo general, es en esta última en donde se da el encuentro. Se parte entonces de
esa estación y se hace una primera parada en el Centro Administrado de La Alpujarra, para luego cruzar la Av. San
Juan hacía el Parque de las Luces. Desde allí se toma la vía peatonal de Carabobo, donde se hace una parada en el
Palacio Nacional y seguir a la siguiente “estación” en el sector de la iglesia de La Veracruz. Luego, se continúa unos
pasos más para conocer el Museo de Antioquia y la internacionalmente famosa Plaza de las Esculturas. De allí se
camina hacia el Parque Berrío, pasando por los murales de Pedro Nel Gómez. Se hace una parada en dicho parque y
se ingresa a la iglesia de La Candelaria. Se continúa el recorrido subiendo por Boyacá hasta Junín. Y aquí hay dos
opciones: la más común es tomar Junín hacia el Parque Bolívar y otra que toma en dirección al Parque de San Antonio,
225
la limitada oferta de referentes arquitectónicos que esperan ver los turistas de una zona en la que
se supone está la “historia” de las ciudades. En cualquier caso, las empresas de turismo y los guías
deciden ir al Centro debido a la intensa demanda por conocerlo y porque ofrece una diversidad de
experiencias de un alto grado de atractividad para la mirada y los intereses de quienes lo visitan.
Para sortear esta “ausencia” de “historia” que tiene esta zona de la ciudad, la generalidad de las
narrativas turísticas que se enuncian en estos recorridos, se han ido configurando a partir de una
relación dicotómica entre un pasado (lejano añorado143 y reciente terrible) y un presente y un futuro
cercano promisorio, positivo e innovador. En este sentido, la ciudad (y su Centro) se presentan
afirmativamente en una lógica de superación de sus violencias.
Ciertamente, es tal la publicitación de ese relato que la mayoría de los guías con los que hicimos
los tures, se adhieran a esa forma de narrar la ciudad. Esto se corresponde, sin duda, con que la
inmensa mayoría de los turistas llegan masivamente preguntando por el narcotráfico, por la
violencia y, al mismo tiempo, por la transformación urbana y social de los últimos años. Con ello,
puede adelantarse que, en buena medida, estos tures que se dan en el Centro siguen una lógica de
la constatación de una narrativa institucional sobre el proceso de transformación que posibilitó el
tránsito de la violencia urbana enconada, a la de una Medellín acogedora, limpia y próspera.
Adicionalmente, cabe hacer mención a una consideración sobre estos recorridos y los discursos
que se ofrecen en ellos. Y es el hecho de que reconocemos que ese “ecosistema” turístico que
mencionábamos es heterogéneo y que hay algunas propuestas alternativas que buscan contar el
Centro de otras maneras144. Sin embargo, defendemos la idea de que hay una especie de inercia
narrativa oficial, constituida en un estrecho vínculo entre la dimensión planeada y la dimensión
en donde se termina el tour. Aquella que toma hacia el parque tiene la intención de culminar la experiencia
transitando por Junín, llegando al Parque Bolívar y reconociendo la Catedral Metropolitana.
143
El eje clave de su narración sobre el centro se centraba sobre los edificios patrimoniales, las dinámicas que hace
siglos ocurrían en estas zonas y demás historias que se suelen recuperar en las narraciones turísticas. que se cae con
facilidad en el cuento de un pasado que se añora y no se trazan los hilos conductores que expliquen las razones de
por qué el centro que tenemos es como es y cómo dialoga con eso edificios emblemáticos y gloriosos que tanto se
resaltan por los guías.
144
Ejemplo de ello son las experiencias de reconocimiento urbano de colectivos y gestoras culturales. Como
Putamente Poderosas, quienes con el acompañamiento de Juan Fernando Ospina (director de Universo Centro), han
realizado recorridos en zonas del Centro que suelen ser estigmatizadas por la presencia del trabajo sexual callejero.
En este mismo sentido, hay guías turísticos que promocionan recorridos que visibilizan las disidencias sexuales de
zonas como Barbacoas, no desde su condición marginal y criminal, sino desde sus reivindicaciones políticas y sus
expresiones artísticas.
226
narrada de la ciudad145, que busca contar a Medellín y a su Centro en una lógica de superación,
transformación y renovación urbana y social, que tiene tal nivel de resonancia que logra absorber,
opacar e invisibilizar otros relatos posibles. Un ejemplo elocuente de esta forma de incorporar y de
reproducir de manera sistemática y masiva este relato oficial, a partir del direccionamiento de la
mirada del turismo global que llega al Centro, es el caso del Real City Tour.
La empresa Real City Tour, que se dedica a realizar distintos tipos de tures146, se funda en el 2013
como una iniciativa de una persona que recién regresaba a la ciudad de una estadía fuera del país.
En ese momento, su fundador y único empleado, tomó la decisión de ofrecer tures gratuitos a
extranjeros por el Centro de la ciudad con la intención de practicar su inglés y de mostrar una oferta
turística distinta a la fiesta y los narcotures a la cada vez más intensa presencia de turistas
extranjeros en la ciudad.
Su propuesta pronto tuvo una buena acogida y cada vez contaba con más personas interesadas en
hacer estos recorridos por el Centro con él. Incluso empezó a recibir propinas al final de cada
recorrido y a recibir comentarios de los turistas como: “thanks for showing us the real city, the real
Medellín” (“gracias por mostrarnos la verdadera ciudad, la verdadera Medellín”). Al ver el
potencial que tenía su iniciativa, esta persona decidió formalizar su empresa y encontró entonces
en el modelo de negocio global de los “free walking tours” o “caminatas turísticas gratuitas” por
las ciudades, en donde se ofrece el servicio de un turismo para extranjeros de forma gratuita con
propinas voluntarias al final del recorrido, una excelente forma de hacerlo. Acogiendo entonces
ese modelo, nace en ese año el Real City Tour. Así, el recorrido por el Centro que se siguió
haciendo de forma ininterrumpida desde el 2013 hasta los primeros meses del 2020147, se estableció
como el pilar de la empresa y el punto de partida para la diversificación de la oferta turística.
145
Vínculo este que buscamos hacer explícito en el apartado 5.2. Aproximaciones desde la planeado y lo narrado.
146
Como se promociona en su página www.realcitytours.com la empresa se enfoca en cuatro tipos de tures: (i) un
tour gratuito, basado en propinas, que se hace caminando por el centro de Medellín, (ii) un tour para degustar comida
local, (iii) un tour para visitar las transformaciones urbanas de barrios populares de la ciudad y (iv) un tour para probar
frutas “exóticas” propias del trópico en donde se hace una visita a la Central Minorista. En todos ellos los turistas
cuentan con el acompañamiento de un guía que habla en inglés.
147
Como es sabido debido a las múltiples restricciones tomadas por el advenimiento de la pandemia de la Covid-19
el sector del turismo ha sido uno de los más afectados. La empresa Real City Tours, como tantas otras, tuvo que parar
sus actividades durante un buen periodo de tiempo y fue retomando poco a poco desde el segundo semestre del
2020.
227
Al respecto quisiéramos subrayar que, desde su fundación, la empresa se ha ocupado únicamente
de realizar recorridos en inglés, lo que ha delimitado que las y los turistas que los acompañen sean
extranjeros que no hablan español. Hasta la fecha de la entrevista con la persona que la fundó (23
de febrero del 2020), la empresa contaba con 12 guías, había realizado más de 9936 tures por el
Centro y había contado con la participación de más de 200 mil turistas148. Y bueno, hay una
consideración adicional, desde hace siete años los recorridos han sido básicamente los mismos y
siguen, casi que al pie de la letra, un libreto/narración escrito por el fundador de la empresa.
En efecto, desde que inició con sus recorridos, el fundador de la empresa estructuró un “documento
madre”149 que fuera, en sus propias palabras: “(…) sincero (…) hay que hablar de lo que pasa en
el país (…) de lo bonito y lo feo”, y que desde el 2013 hasta el 2020 ha ido puliéndose y afinándose.
Y, claro, reproduciéndose en los tures.150
Ahora, este tour adquiere sentido para esta tesis en la medida que se lo acompaña con una narración
hecha por el o la guía que encausa la mirada de las personas que toman el tour y busca ofrecer un
sentido “real” del Centro que se visita. Sobre este libreto/ narración podemos decir que se desarrolla
en dos dimensiones. La primera, de menor relevancia, que se dedica a contar lugares comunes y
generalidades de los sitios en donde se realizan las paradas. Y la segunda, que se establece como
el grueso de la narrativa, hace referencia a una suerte de síntesis de lo que ha ocurrido en Medellín
fundamentalmente en los últimos treinta años. Así el libreto se divide en: (i) orígenes, en donde se
habla de generalidades históricas de la ciudad, (ii) desarrollo, que menciona la forma en que la
ciudad se hace industrial, (iii) tragedia, en donde se habla de Pablo Escobar y (iv) transformación,
centrando la atención en lo que ha ocurrido en la ciudad desde principios del 2000 a la actualidad.
148
Al respecto de estos datos, vale comentar que el fundador de Real City Tour es ingeniero de profesión y me
comentó en la conversación que sostuvimos que desde que hizo el primer recorrido empezó a llevar un registro
pormenorizado de la cantidad de personas y del número de tures que ha realizado él y los guías con las que trabaja.
Asimismo, aunque el dato cuantitativo pueda parecer inflado hay que tener presente que Real City Tour creció con
rapidez, en poco tiempo se consolidó un grupo de guías que apoyaron a su fundador y se estableció un ritmo de
trabajo en que cada guía puede hacer dos veces el mismo recorrido por el Centro. A esto se le debe sumar además
que en un mismo día puede haber en simultáneo varios grupos realizando el recorrido.
149
No está demás mencionar que este libreto/narración se ha ido complementando con ideas y comentarios de los
guías que han ido llegando a la empresa y por sugerencias que se han ido recogiendo con el tiempo. Aun así, lo que
es claro es que la aprobación final de los cambios pasa por su fundador y debe ser contando, en esencia, de la misma
manera por las demás personas que guían los tures.
150
Como lo pude constatar cuando realicé el tour en febrero del 2020 y que siguió básicamente el recorrido que ya
enuncié en el pie de página #142.
228
Los tres primeros puntos se tratan en las paradas de La Alpujarra y el último se toca en el resto del
recorrido.
En la parte de los “orígenes” se hace una breve mención a la época prehispánica, La Conquista y
La Colonia. Haciendo alusión a que fue un periodo en el que el territorio que hoy ocupa la ciudad
fue poco relevante en términos poblacionales, económicos y de poder político. Esto debido, en
esencia, a que era un territorio sin oro y estaba aislado del mundo por su accidentada geografía.
Más adelante, en el “desarrollo” se realiza un salto temporal para hablar sobre la etapa del
desarrollo acelerado de la industria a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Aquí se
menciona la bonanza cafetera, la llegada del ferrocarril como un modo de superar el aislamiento
geográfico, la rápida modernización, el crecimiento exponencial de la población y de la ciudad y
la paralela consolidación de dos tipos de ciudad: una formal con todos los servicios de la
modernización y otra informal carente de los mismos beneficios.
Luego, y aquí la narración es donde toma más tiempo, se habla de la “tragedia”. En este momento
la persona que guía el tour se dedica a hablar de las décadas de los 70, 80 y 90 del siglo pasado a
partir de la figura de Pablo Escobar. Para ello comenta que las diferencias sociales y la inequidad
se habían asentado con los años y que buena parte de la ciudad informal se lucraba del contrabando.
En ese contexto hubo un personaje que se encargó de monopolizar ese mercado ilegal y que pronto
se sumó a la creciente industria de la producción y venta de la droga. Así, en poco tiempo Escobar
se convirtió en un “lord” de la droga e inició su guerra contra el Estado, creó ejércitos de sicarios
en los barrios de la ciudad informal y rápidamente hizo de Medellín la ciudad más peligrosa del
mundo. Unos 30-40 minutos después de la explicación de estas tres etapas, se sigue otra
intervención de unos 30 minutos que hace las veces de contextualización de la historia reciente
sobre el conflicto armado en Colombia.
229
de Medellín, la Plaza de las Esculturas de Botero y las dos palomas de Fernando Botero en el
Parque de San Antonio.
Un asunto adicional que es clave en el libreto/narración recitado por la persona que guía el tour, y
que estimamos clave para entender ese repetido discurso de un pasado oscuro y de un presente
brillante, es el hecho de que de forma reiterada y sistemática se menciona que una de las evidencias
concretas del cambio de cara de la ciudad en términos de su transformación social, política y
económica, es el hecho de que hubiera personas extranjeras como ellas haciendo el recorrido.
Como si la legitimación máxima de que Medellín es otra, fuera precisamente la presencia del
turismo globalizado con personas que vienen de todo el mundo.
Ahora bien, decíamos entonces que Real City Tour acoge el discurso institucional sobre lo que
viendo siendo Medellín y su centro en las últimas dos décadas. Ciertamente, al considerar el
conjunto de la narración ofrecida en el tour, se hace evidente que el eje estructural del mismo se da
en la mezcla de la figura de consumo masiva y globalizada de Pablo Escobar y la afirmación del
discurso institucional de que Medellín ha conseguido pasar la página hacia una transformación que
posibilita la vida y su “atractividad” para el turismo global. A pesar de que el tour se presente como
un recorrido para caminar el centro de la ciudad de Medellín, lo que ocurre es que el paso por el
Centro se constituye como un escenario que posibilita hablar de una violencia pasada y de un
“cambio de cara” en el presente.
Es decir, la narrativa que se está replicando masivamente por esta empresa tiene un carácter
constatativo de lo que viene a consumir y a ver el extranjero, esto es: dos historias, una sobre una
tragedia de violencia urbana reciente hecha producto cultural con un nombre propio y otra sobre la
transformación de esa misma ciudad que ha conseguido ya salir de la ola de violencia para
constituirse como una ciudad para “la vida”, “la innovación” y “la sostenibilidad”. Es decir, ese
libreto/narración, aparte de ahondar en la constante mitificación de la violencia pasada que vienen
a buscar los extranjeros, profundiza el nuevo relato de la Medellín que ha cambiado de piel, de la
ciudad que se ha estetizado, que ha hecho una excelente gestión de sí misma y que, en último
término, se ha hecho modélica y vendible.
A esto se le añade además que en dicha narración se describen y se muestran las calles del Centro,
sus edificios y sus gentes como parte de una ciudad latinoamericana en donde se mezclan las
230
lógicas campesinas, con las citadinas, las formales con las informales, las legales con las ilegales,
el pasado violento con el futuro promisorio y esperanzador. Lo cual se hace para ofrecer a los ojos
de los extranjeros una conveniente narrativa de “sabor local” pintoresca, exótica y, sobre todo, feliz
(a pesar de las evidentes fracturas y desigualdades sociales).
Con ello podemos decir que estos recorridos refuerzan en buena medida las ideas que hacen de los
centros de las ciudades latinoamericanas una caricatura del “caos” atrayente del tercer mundo. En
otras palabras, lo que queremos hacer notar es que esa mirada del turista extranjero literalmente
enfocada por los guías (con su estricto libreto/narración) se encamina al aplanamiento de la
diversidad de las subjetividades (de lo rural, lo citadino, lo informal, lo religiosas, lo indígena, lo
artístico, lo “museal”, lo policial, lo ilegal, lo extranjero -no deseado-, lo miserable, lo abyecto, lo
residual) que se hacen explícitas en la inmensa cantidad de prácticas urbanas que constituyen cada
uno de los lugares de ese Centro por el que pasan rápidamente. Aplanamiento este que se simplifica
en el pintoresquismo vibrante de un centro latinoamericano atractivo y consumible (ver Figura 26).
Figura 26. Recopilación de fotografías tomadas en el recorrido en el Centro propuesto por la empresa Real
Walking Tour. Las fotografías fueron tomadas por el investigador en febrero del 2020. Elaboración propia.
231
Aludimos más arriba, de la mano de Echavarría (2013), que no debe pedírsele al turista algo que
no es. Del mismo modo, no buscamos con lo dicho hasta aquí exigirles a las y los guías turísticos
y empresas como Real City Tours ser algo más que eso que son. No esperamos que sean
especialistas en historia urbana, sociología o antropología, ni mucho menos que hagan las veces de
críticos sociales que desentrañen los mecanismos que hacen que el Centro se haya constituido como
lo ha hecho.
El tema no es entonces si esta o aquella empresa está haciendo un buen o mal trabajo, determinar
esto no es nuestro interés. Lo que sí nos interesa mostrar a partir de hacer una revisión sobre este
“fragmento” del mosaico que es el turismo en el Centro es reconocer cómo se cuenta esta zona de
la ciudad, cuáles son las relaciones de eso que se cuenta con los relatos institucionales sobre la
transformación de la ciudad en general y este sector central en particular y las formas como estas
prácticas turísticas influyen y se hacen presentes en el Centro y en los tres lugares que estamos
buscando elucidar de esta zona urbana.
Así pues, nos llama la atención que las zonas renovadas del Centro sean precisamente las sendas
por donde ingresa el turismo urbano contemporáneo a esa zona de la ciudad. Tal parece que
Medellín sigue posando, mostrando su mejor cara, así esta esté llena de lunares. Es inquietante que
el relato oficial de la renovación urbana como la manera de “recuperar” la ciudad y, en especial, el
Centro, se incorpore en las narraciones que acompañan los recorridos turísticos por este espacio
urbano.
Es inquietante considerar además que una de las razones para realizar estos proyectos de
renovación urbana del centro tradicional haya sido hacer del Centro un lugar de atracción para la
llegada de locales y extranjeros. Es decir, que una manera de entender esos procesos de demolición,
construcción, destrucción y reconstrucción que ha tenido el Centro desde finales de los años
noventa hasta ahora, sea a través de considerar necesario el engalanamiento de esta zona urbana
para ser vista por la mirada fugaz, desprendida y fragmentaria del turismo contemporáneo.
Y resulta inquietante ya que si se retoman las ideas de Naranjo y Villa (1997), Villa (2007) y de
González (2015; 2018b), se nos presenta como la reutilización de una estrategia ya usada de enfocar
la práctica de la intervención de la institucionalidad fundamentalmente en la dimensión de la
232
estructura urbana y del mejoramiento puramente construido del espacio público urbano. En este
sentido, y retomando la propuesta de Pinon-De-Oliveria (2019), hacen eco sus planteamientos de
considerar estas formas que ha adquirido la renovación urbana en el Centro como una forma de
manifestación clara ese dispositivo civilizatorio que busca la consolidación de un espacio público
restrictivo, homogéneo y controlado, para el disfrute y el tránsito reposado del turista extranjero.
En este orden de ideas y para redondear lo expresado, hemos encontrado que las prácticas urbanas
que el “ecosistema” del turismo viene estableciendo sobre el centro tradicional se manifiestan en
una doble condición: no discursivas y, preponderantemente, discursivas. Ambas, en todo caso,
encaminadas a la profundización de una subjetividad producida por un dispositivo de subjetivación
del relato institucional oficial sobre lo que se supone ha sido la transformación de la ciudad y de
su centro urbano.
Desde el plano de lo no discursivo, la práctica urbana de este turismo viene reiterándose con la
aparición cada vez más cotidiana de grupos de extranjeros, entre pequeños, medianos y grandes,
que recorren ese Centro renovado guiados por una persona que hace las veces de guía. Transitan,
se paran, siguen su camino, vuelven y se detiene, toman fotografías, compran cosas, siguen su
camino, terminan el recorrido y se van. La cosa se repite nuevamente al otro día.
Las formas de exhibición de estos turistas y las huellas que van dejando en la vida del Centro
responden a la fugacidad, al desprendimiento y las formas del ver fragmentarias de esta práctica
urbana global. De no ser porque los medios locales vienen haciendo una constante apología de la
presencia de estos turistas extranjeros en Medellín, los rastros que dejarían se borrarían
rápidamente, dejando paso a las nuevas personas que llegarán de visita. En otras palabras, con
excepción de ese sobre registro en la prensa local, los 200 mil turistas que han pasado por el Centro
de la mano del Real City Tour (y de las demás empresas) han sido, son y serán el mismo grupo que
pasa, para, compra, sigue, para nuevamente, y se marcha. Su participación en la heterogeneidad
del Centro es tangencial, o mejor, superficial. Son una especie “surfistas” de esta zona urbana.
233
Ahora, si retomamos las prácticas urbanas discursivas de este turismo, ejemplificadas en el
libreto/narración que trajimos a colación y la relación que este tiene con ese transitar y ese mirar
fragmentario y desprendido sobre el Centro, vemos que la cuestión se complejiza. Retomando lo
dicho: son unas prácticas encaminadas al aplanamiento y la simplificación de las subjetividades
que constituyen ese Centro. Lo hacen porque son producidas por ese dispositivo de subjetivación
oficial que opera desde la mezcla de la renovación urbana y la narración de la transformación como
los caminos trazados en su zona céntrica.
Lo hacen porque al ser producto de ese dispositivo lo que se busca, en el fondo, es la reproducción
de lo mismo, esto es: de una forma de estar, reconocer y contar la ciudad desde una lógica que
encuentra coherencia entre lo que pasó, lo que está pasando y lo que pasará. En otras palabras: es
la reproducción de una subjetividad institucional encerrada en la limitación de su propio relato y
su propia manera de ver, vinculadas más intensamente con las dimensiones planeadas y narradas
de la ciudad que con aquella que se vive, la cual, se supone, es la que se busca experimentar cuando
se hace un tour por la ciudad “real”.
Así pues, en ese encausamiento de la mirada, ya desapegada del turista, a través de ese
libreto/narración del que hemos venido hablando, se tiende al aplanamiento de las subjetividades
inscritas en la intensa heterogeneidad de las prácticas urbanas con sus exuberantes despliegues
estéticos y sus múltiples formas de hacer memoria en las calles del Centro. Y esto se hace
precisamente a través de las prácticas urbanas discursivas que hacen ver La Veracruz como una
parroquia, la Plaza de las Esculturas como un referente turístico, La Candelaria como otro hito
urbano religioso de relevancia, la Catedral Metropolitana como un monumental templo de ladrillo
cocido y el Parque Bolívar como un pulmón del Centro lleno de problemas sociales.
Es un libreto/narración del Centro que apuntala esa memoria oficial sobre ese pasado en dos
coordenadas: una, donde se refuerzan los mitos fundacionales del espíritu paisa pujante, rezandero
e industrioso mezclado con una centralidad urbana de las élites intelectuales, políticas y
económicas; la otra, donde se admite que hubo un periodo de violencia posibilitada por el abandono
del Centro y sus calles, pero que ya ha sido superada con el triunfo estatal sobre el poder mafioso.
Del mismo modo, hace memoria reforzando el consenso de que con el cambio de siglo Medellín y
su Centro se han transformado desde una renovación sistemática y sin reversa, recuperándolo para
234
todos los ciudadanos y, en especial, ofreciendo las condiciones para que las y los turistas lleguen a
conocerlo y experimenten el “milagro Medellín”.
Con ello, la desmesurada exhibición de múltiples estéticas del Centro: del comercio formal e
informal popular, del trabajo sexual, de la diversidad de formas de rebusque callejero, de los
detritus de las personas que habitan en las calles, de las músicas de los parques, de la intensidad de
olores penetrantes y sonidos estridentes; son, todas ellas, consideradas como remanentes de un
pasado en proceso de superación y encausamiento a partir de una estética institucional que se viene
abriendo camino en el Centro desde el proyecto de “Ciudad Botero”. Estética esta que, como
componente clave del dispositivo civilizatorio de la renovación urbana, tiene mucho de demolición,
limpieza, remoción, desplazamiento y control.
Así, esas prácticas discursivas del libreto/narración de los tures, hacen memoria y legitiman esa
estética institucional, sin considerar ni ver que todas esas formas distintas de vivir la ciudad que se
hacen presentes en esos lugares, ese “exótico” y tercermundista “sabor local” del Centro, es lo que
los constituye en su condición de efervescente aglutinamiento que, para bien o para mal, esconden
una potencia urbana que se hace especialmente visible. Pero, claro, todo no se cuenta ni se
considera. Las formas de ser, estar y contar de esta subjetividad institucional lo que consiguen ver,
desde hace años, es un Centro que debe (tiene) que ser “recuperado”.
Todos sus modos de vida distintas, su intensa condición marginal, todo su entremezclamiento con
la informalidad y el innegable accionar de la criminalidad, son pues, considerados, literalmente,
como fuera del plan de “recuperación” a través de la afirmación narrativa y de la renovación urbana.
Son subjetividades que están allí para ser gestionadas, formalizadas, controladas, trasladadas,
higienizadas, desplazadas o, sencillamente, ignoradas e invisibilizadas. En una palabra: aplanadas.
Se entiende entonces el porqué de las advertencias que se hacían en el capítulo anterior sobre la
tematización de los centros, sobre el hecho de hacerlos mercancía para el consumo del turismo
global. Hacerlo es negarlo, asesinarlo, en las palabras siempre afiladas de Delgado (2018). De allí
la relevancia de proponer como un fragmento de este mosaico del Centro la revisión del turismo
contemporáneo, desde cómo se lo ha contado, se lo ha recorrido y se lo ha hecho mirar.
235
5.4. Impronta religiosa en los tres lugares
Desde el inicio de esta tesis hemos venido comentando en distintos momentos que la dimensión
religiosa y la impronta que esto tiene para la comprensión de los tres lugares es parte constitutiva
de los mismos. Es momento pues de aproximar una explicación, que se configurará como otro de
los “fragmentos” esenciales de este mosaico que seguimos elaborando y que da cuenta de cómo
entendemos que cada una de estas iglesias opera en estos entornos.
Para ello vale decir que abordamos aquí dicha dimensión religiosa desde una perspectiva histórica
filosófica y sociológica a partir de la lecturas de Pierre Bourdieu (2006), Richard Sennett (1992),
Michel Foucault (2006), Alain Corbin (2008), Jean-Claude Monod (2015), Paula Montero (2002,
2014), Fernán Díaz (1979), Ferrán González (1989), Ricardo Zuluaga (2011), Patricia Londoño
(2000), Luis Fernando González (2007) y Beethoven Zuleta (2013)151. Como detallaremos en lo
que sigue, será a partir de estas reflexiones que se nos abre la posibilidad del estudio de lo religioso
desde su accionar en los fenómenos sociales, al materializarse en unas instituciones concretas que
cuentan con su propia estructura152 y racionalidad, con una historicidad que puede ser rastreada y
un proceso de secularización moderna que debe ser analizado en cada caso.
151
En la revisión de la literatura sobre este tema es relevante comentar que identificamos una perspectiva
interpretativa sobre esta dimensión de lo religioso asociada a una aproximación teológica con Miguel Benzo (1978),
una filosófica con María Zambrano (1995), otra de la historia de las religiones con Mercia Eliade (1985) y con Joseph
Campbell (1991) y otra desde lo humanístico con Raúl Dorra (2009). En términos bien generales estas
interpretaciones parten de que efectivamente existe una entidad divina y de que en la experiencia del ser humano
moderno pervive la posibilidad tener una experiencia religiosa que lo acerque ese misterio de lo divino. Para dar
cuenta de este fenómeno, se hace uso de las nociones de lo sagrado y lo profano, en donde lo sagrado da cuenta de
unos tiempos y espacios divinos y lo profano de unas temporalidades y espacialidades de lo terreno. Así, estas
experiencias de lo sagrado y lo profano oscilan entre lo misterioso y lo cotidiano, entre lo que no puede conocerse
ni nombrarse y lo trivial de lo terreno. Con ello, este horizonte de análisis, por interesante que se nos presente, no
es de nuestro interés y no profundizaremos en él en esta tesis. Sin embargo, vale comentar que existen algunas
aproximaciones filosóficas que hacen un uso de lo sagrado y lo profano desvinculándolos de la experiencia de lo
religioso. Nos referimos a las posibilidades que abren Giorgio Agamben (2005), Josetxo, Beriain (2015), Carlos Lema
(2009) y Ana María Valle (2013) cuando usan las nociones de lo sagrado y lo profano para interpretar fenómenos
sociales y espaciales diversos. Así ambos conceptos, dependiendo del uso que se les dé, pueden significar asuntos
distintos. De ahí que lo sagrado se refiera a una experiencia de lo vinculante o a los procesos de privatización y
exclusión del espacio en Agamben (2005) y en Valle (2013). Por su parte, lo profano puede hacer referencia a lo
perverso, a lo cotidiano o a una potencia creativa.
152
Para los años setenta Pierre Bourdieu (2006) en su Génesis y estructura del campo religioso ofrece una descripción
sociológica sobre la Iglesia que estimamos esclarecedora y que expone el “mecanismo” que ha estructurado y
estructura aún hoy esta institución. De todo lo expuesto por Bourdieu hacemos énfasis aquí en la clara identificación
que este autor hace sobre cómo la Iglesia católica cuenta con un capital religioso, que no es otra cosa que la
experiencia de lo sagrado, que se encuentra a cargo de un aparato burocrático regido por unos “sabios”. Este
“capital” se mantiene vigente a partir de unos bienes simbólicos que se reproducen constantemente para el consumo
de un mercado laico, que conoce apenas lo básico, y que en dicha repetición (o habitus religioso en palabras del
236
Comenzamos entonces retomando nuevamente a Richard Sennett (1992) quien va a mostrar que
en las raíces de los judíos y los cristianos primitivos el vagabundeo y la sensación de la ausencia
de un hogar o un techo serán estructurarles. Desde el cristianismo se iniciará una apuesta teológica
con San Agustín para solventar esa sensación de exposición y de desarraigo, en la constitución de
una “mirada religiosa” que debía pautar la manera en que se construían las ciudades.
Vale decir que para Sennett en las enseñanzas del cristianismo hay una tragedia: se dice que para
encontrar a Dios y “centrarse” espiritualmente: hay que experimentar el mundo mundano, pero
teniendo claro que este está lleno de sombras engañosas que alejan al creyente de la verdad de la
religión. De allí que se haya constituido una escisión clave desde estos planteamientos de que existe
un afuera y un adentro: el afuera se refiere a la vida de la calle con sus múltiples acontecimientos
que pueden desviar la percepción y el entendimiento de la verdad espiritual, mientras que el adentro
es el reino de los sentimientos más puros que permanecen sin ser contaminados. Como lo expresa
el mismo autor:
La calle es un escenario de vida exterior, y lo que se ve en la calle son mendigos, turistas, comerciantes, estudiantes,
niños jugando, ancianos descansando, escenario de diferencias humanas. ¿Cuál es la relación de estas diferencias
con la vida interior? ¿Cuál es el valor espiritual de la diversidad? Agustín reconoció que al cristiano le costaría
decir el valor de la diversidad humana. El mero acto de creer privaría a una persona de la capacidad de dar sentido
a la vida fuera de ella (Sennett, 1992: 9)153.
La clave en este contexto, según la doctrina agustiniana y de la iglesia católica en general, es que
el creyente no debe preocuparse mucho por todas esas contradicciones entre una vida interior y
autor) busca aproximarse y experimentar a eso “sagrado”. Administrar dicho capital no es poca cosa, de allí que el
aparato burocrático mencionado busque realizar al menos cuatro acciones fundamentales: (i) delimita sus dominios,
(ii) jerarquiza y reglamenta, (iii) racionaliza instituyendo un dogma, una liturgia y unas prácticas religiosas concretas
y (iv) establece unas reglas. Todo lo cual se lleva a cabo en la integración del mantenimiento y, en lo posible, de la
expansión de la presencia geográfica de la institución católica a nivel territorial y urbano, la evangelización
permanente por medio de la práctica litúrgica repetida cotidianamente y la penetración en instituciones sociales a
nivel de formación educativa, económica y política. Quienes se encargan de la gestión y administración institucional
no son otros que todo el complejo cuerpo sacerdotal que se encarga de especializarse, de profesar de forma
sistemática la doctrina, de integrar una conducta cotidiana asentada en una práctica y una ética católica y, sobre
todo, ofrecer un sentido unitario de la vida y del mundo a partir de la reproducción de su capital simbólico.
153
En el texto original: “The Street is a scene of outside life, and what is to be seen on the street are beggars, tourists,
merchants, students, children playing, old people resting –a scene of human differences. What is the relation of these
differences to inner life? What is the spiritual value of diversity? Augustine recognized that the Christian would have
trouble as saying the value of human diversity. The very act of believing would deprive a person of the ability to make
sense of life outside” (Sennett, 1992: 9).
237
otra exterior que engaña, pues el asunto de fondo es convertirse en un niño de Dios, para estar
tranquilo y recibir la guía de cómo afrontar esa contradicción de la existencia carno-espiritual. Hay
que someterse al sacerdote, al rey, al padre: con ello el sufrimiento del estar expuesto, de la
exposición llega a su fin. Esa “mirada religiosa” que se plantea hace que el: “(…) ojo sea un órgano
a la vez de fe y de dominación” (Sennett, 1992: 11)154.
Esta dominación de la “mirada religiosa” estrechamente vinculada con la escisión entre un mundo
interior que hace las veces de refugio ordenador y otro exterior donde se está expuesto al caos y la
diferencia, es para Sennett un asunto determinante en el desarrollo histórico de las ciudades
occidentales en la medida que ha ido estableciendo distintas maneras de conformación urbana y,
lo más significativo, unos modos de comportamiento y de relacionamiento entre las personas.
Es decir, que esta división interior/exterior impuesta por el cristianismo puede ser entendida como
una forma de gobierno de la vida de las personas y su comportamiento. Forma de gobierno esta
que, en todo caso, sigue permeando la vida de las sociedades modernas occidentales. Así lo sugería
Michel Foucault (2006) en Seguridad, territorio y población a finales de los años setenta cuando
abordaba los coyunturales asuntos del poder pastoral y las formas en que este poder fue constitutivo
de la Iglesia Católica, de Occidente como proyecto civilizatorio y de la gubernamentalidad del
Estado moderno. Al respecto Foucault comentaba que dicho poder pastoral podría ser entendido
como:
(…) un proceso por el cual una religión, una comunidad religiosa, se constituyó como Iglesia, es decir, como una
institución con pretensiones de gobierno de los hombres en su vida cotidiana, so pretexto de conducirlos a la vida
eterna en el otro mundo, y esto a escala no sólo de un grupo definido, no sólo de una ciudad o un Estado, sino de
la humanidad en su conjunto. Una religión que pretende de ese modo alcanzar el gobierno cotidiano de los hombres
en su vida real con el pretexto de su salvación y a escala de la humanidad: eso es la Iglesia (…) Creo que con esta
institucionalización de una religión como Iglesia se forma (…) un dispositivo de poder sin paralelo en ningún otro
lugar, y que no dejó de desarrollarse y afinarse durante quince siglos, digamos desde el siglo II o III hasta el siglo
XVIII (…) Ese poder pastoral (…) sin duda sufrió transformaciones a lo largo de esos quince siglos de historia. Es
innegable que fue desplazado, dislocado, transformado, integrado a diversas formas, pero en el fondo jamás fue
verdaderamente abolido. Y cuando señalo el siglo XVIII como final de la era pastoral, es verosímil que me
equivoque una vez más, pues de hecho, en su tipología, su organización, su modo de funcionamiento, el poder
154
En el texto original: “The eye is an organ of both faith and domination” (Sennett, 1992:11).
238
pastoral que se ejerció como poder es a buen seguro algo de lo cual todavía no nos hemos liberado (Foucault, 2006:
177).
Bajo estas circunstancias encontramos en el texto Historia del cristianismo dirigido por Alain
Corbin (2007), unos señalamientos clave que muestran, desde las condiciones de emergencia del
cristianismo y su trasegar histórico en Occidente, una serie de acontecimientos que, de una u otra
manera, han permanecido y siguen resonando en las prácticas pastorales católicas contemporáneas.
Y que, además, hacen patente que esa doble dimensión interior/exterior de la que habla Sennett
está lejos de ser superada.
De esta manera, Corbin y su equipo identifican que, desde las misiones de difusión de “la palabra”
de Pablo (el apóstol), el cristianismo tiene una inherente necesidad expansionista. De ahí que, si
bien es cierto que por la inestabilidad del Imperio Romano del siglo IV el cristianismo se separa
de la idea de pertenecer (o mejor, limitarse) a un Estado concreto y se hace la escisión (vinculada
con la interpretación de Sennett del interior/exterior) entre dos ciudades: una terrenal y otra
celestial, también lo es que el proyecto cristiano, desde los siglos III-IV, tiene un clarísimo
imperativo de hacerse geográfico a través de la apropiación del espacio.
A esta condición expansiva apuntalada en el control y la gestión espacial y temporal desde los
orígenes mismos del cristianismo, se le van agregando dispositivos institucionales que apuntan a
su perfeccionamiento y re-oxigenación simbólica, dos de ellos son especialmente significativos
para esta tesis: la parroquia y la fabricación del mito de la virgen María.
Sobre el primero, dicen Corbin y su equipo, que para el siglo XII, en el marco del IV Concilio de
Letrán, se toma la trascendental decisión de establecer las parroquias como potentes instrumentos
de ejercicio del poder pastoral para el control territorial local. Para ello, se establece en detalle la
239
labor que realizará el cura o párroco: literalmente debe fungir como una cura y un bálsamo para
sus fieles a partir del ofrecimiento de la comunión y, en esencia, de la confesión como una manera
de expiar los pecados de los feligreses y, sobre todo, de estar al tanto de los intríngulis de las
comunidades adscritas a cada una de las parroquias.
En relación con el segundo, para el mismo siglo XII los jerarcas de la Iglesia toman la
determinación de retomar a la virgen María para repotenciar su relevancia y legitimidad
institucional al inventar el relato de que la María, por su condición de madre de Jesucristo, es la
mediadora entre Dios y los hombres, es la encarnación en la tierra de la presencia divina. Y, en un
juego metafórico y de deslizamiento simbólico, ella, la virgen, no es otra cosa que una metáfora de
la Iglesia católica. Con ello, es esencial que la Iglesia exista con sus jerarquías, sus construcciones
y su presencia territorial, pues está allí para mediar entre las personas y Dios, está allí para controlar
y garantizar la cohesión de la cristiandad.155
Ya para los siglos XVIII-XX la Iglesia católica se ve enfrentada a complejos procesos que
cuestionan, rompen y transforman su legitimidad, su control y su poder de gobierno territorial y
temporal. Las revoluciones burguesas, los procesos de independencia, la separación de poderes en
la consolidación de los Estados nacionales modernos, la primacía del pensamiento y las verdades
comprobables a partir del método científico racional, entre tantos otros procesos socio históricos
que pueden sintetizarse en la noción de la secularización del mundo. Secularización que llevó a la
Iglesia a plantearse, en el Concilio Vaticano II entre 1962-1965, su relación con el mundo moderno
y el establecimiento de la individualización de la experiencia religiosa.
Ahora, al respecto de esa pretendida secularización presentada como uno de los grandes logros del
mundo moderno, es preciso presentar una interpretación que busca ponerla en cuestión.
Efectivamente, y como lo ha mostrado Jean-Claude Monod (2015) en La querella de la
secularización. De Hegel a Blumenberg, se puede entrar a problematizar la idea de que con la
155
Claro, la historia del cristianismo, como bien lo demuestran Corbin y sus colegas, cuenta con un sinuoso camino
lleno de contradicciones, pugnas, luchas y fenómenos que lo han ido o bien horadando o bien reforzando. De ellos,
cabe hacer mención a La Reforma (1517-1520) y al Concilio de Trento (1545-1563) en la medida que hace alusión a
una escisión profunda del cristianismo y que trajo consigo los conocidos enfrentamientos bélicos y simbólicos entre
protestantes y católicos a nivel teológico, político, cultural, económico y territorial. Este acontecimiento es
significativo, pues marca dos caminos distintos en la realización y mundialización del cristianismo en los proyectos
expansionistas y civilizatorios imperiales en los siglos XVI-XIX: uno asociado al catolicismo latino y otro al
protestantismo anglosajón (Corbin, 2007).
240
llegada de la modernidad en Occidente se haya alcanzado una instancia ideal en la que la
experiencia religiosa ha pasado de lo social a lo individual, y que el siglo XX y el inicio del siglo
XXI se caracterizan por haber logrado un proceso de secularización integral.
Sin embargo, dice Monod, dicho proceso debería ser entendido como una querella no resuelta que
sigue latente hoy con la emergencia global de nuevos radicalismos religiosos, la profundización de
las instituciones religiosas prexistentes y su clara participación en el ámbito político de distintos
países europeos y latinoamericanos. Así pues, la definición de noción de la secularización en
Occidente estaría en una tensión entre dos metáforas: la primera, como un proceso que posibilitó
pasar un umbral, de un lugar (del control religioso) a otro (al control de los Estados laicos
modernos), y la segunda, como una descendencia sustancial, como un hijo (el Estado moderno)
que surge de sus progenitores (el cristianismo).
241
de hacer visible en donde por ejemplo las estructuras del poder político y jurídico del Estado
replican las estructuras institucionales del cristianismo.
Seguimos entonces la invitación que hace Monod de procurar entender el desarrollo histórico de
los procesos de secularización en cada caso particular. En tal sentido, vemos que, para hablar de
las formas de permanencia del cristianismo en el contexto latinoamericano, los planteamientos de
la profesora Paula Montero (2002; 2014) pueden ser un buen punto de partida. Montero afirma que
para entender el accionar católico en América Latina se debe partir de la claridad de que entre los
siglos XVI-XIX en La Colonia hubo un proyecto de control y expansión pastoral contundente en
todo su territorio.
De este extenso periodo, la profesora brasilera hace énfasis en tres características heredadas
determinantes en los países latinoamericanos que se empezaron a consolidar justo después de La
Colonia y que aún hoy tienen resonancias significativas. La primera hace alusión al aparato
burocrático de la iglesia integrado a la burocracia de los Estados nacientes, la segunda hace
referencia a que debido a la vastedad del territorio de las américas hubo apropiaciones autónomas
y diversas del cristianismo, y la tercera tiene que ver con que la religión católica, como paradigma
de organización y control social, era la encargada de educar, evaluar y controlar las prácticas
sociales del espacio público de las ciudades. Así pues, estas tres grandes características son
resumidas por Montero como formas de manifestación de la racionalidad católica.
En este contexto, y para ofrecer un vistazo sobre este asunto desde la perspectiva colombiana, vale
traer aquí los planteamientos de Fernando Díaz (1979) y Ferrán González (1989) quienes centran
su atención en las relaciones ambivalentes y conflictivas de la Iglesia con el nacimiento del Estado
colombiano a partir de los procesos de independencia de la corona española de principios del siglo
XIX. A grandes rasgos, lo que proponen ambos autores es que para entender la relaciones y la
242
penetración institucional que tiene la Iglesia en Colombia, es necesario reconocer que hasta el siglo
XIX la iglesia católica tuvo un control profundo por unos 300 años sobre los territorios donde luego
se empezaron a fabricar los Estados nacionales suramericanos como el colombiano, de allí que su
presencia, permanencia e influencia eran determinantes.
Por lo tanto, no fue una casualidad que luego de la independencia emergerían fuertes tensiones
entre un Estado que se pretendía laico y una institución religiosa que hacía las veces de aglutinante
social y cultural. Tensiones que, para finales del siglo XIX, se resolvieron a favor de la Iglesia con
la Constitución de 1886 en donde se institucionaliza y se profundiza la penetración del catolicismo
en una buena parte de la vida social. Así, el vertiginoso siglo XX se encuentra con una Iglesia
colombiana aislada y un tanto anquilosada en relación a las transformaciones sociales, culturales y
económicas que llegarían con el nuevo siglo, a saber: las migraciones del campo a la ciudad, la
laicización universitaria, la modernización del pensamiento, la aparición de la mujer en la vida
pública, la emergencia de movimientos religiosos revolucionarios y los cambios propuestos por el
Concilio del Vaticano II.
En este orden de ideas, se supondría entonces que para finales del siglo XX e inicios del XXI y
luego de la Constitución de 1991, la iglesia católica colombiana con la que deberíamos habernos
encontrado debería estar claramente separada de un Estado laico y una sociedad plenamente
secularizada, con una presencia urbana y territorial modesta y dedicada, fundamentalmente, al
acompañamiento espiritual de sus fieles. Sin embargo, y aquí hablaremos específicamente desde
el caso de Antioquia en general y de Medellín en particular, con lo que nos hemos topado es con
una realidad francamente distinta.
(…) la Iglesia Católica, al menos en Antioquia, todavía tiene un papel social relevante: regenta importantes
establecimientos de educación superior, algunos de ellos tan significativos como la Universidad Pontificia
Bolivariana (…) Así mismo, la Iglesia orienta una multitud de centros de enseñanza básica, múltiples instituciones
médicas, un reconocido canal de televisión, y muchos centros asistenciales y caritativos. No se olvide, por otro
243
lado, que también las ocho diócesis existentes, en este Departamento mantiene abiertas más de setecientas
parroquias, que son otros tantos centros muy activos de la vida comunitaria (sic) (Zuluaga, 2011: 14).
Este autor, ahondando en el nivel de penetración de la Iglesia en Medellín, menciona que esta
ciudad: (i) fue sede de la II Conferencia Episcopal Latinoamericana en 1968, (ii) es una “tierra de
iglesias” con más de 200 de ellas desperdigadas por la ciudad, (iii) es cuna de diversas comunidades
religiosas, muchas de ellas recientes (establecidas entre 1903-1952), (iv) es una ciudad que ha
producido, según él, una legión de sacerdotes y (v) precisamente por el punto anterior, es un bastión
del pensamiento católico colombiano que se ha encargado en dejar su impronta en la ciudad y por
el territorio nacional, ya que buena parte de los sacerdotes que se reparten por las parroquias
existentes en el país son nacidos y formados en el departamento antioqueño.
Una explicación posible de esta fuerte permanencia de la Iglesia en Antioquia, la hemos encontrado
en el trabajo de Patricia Londoño (2004) sobre la determinante influencia de la racionalidad católica
en la configuración social y cultural de Antioquia y Medellín de finales del siglo XIX y principios
del siglo XX. Allí la autora expone cómo en el marco de las tensiones del siglo XIX entre esta
institución religiosa y el Estado, estas se resuelven a favor de la Iglesia. Para demostrar esto, da
cuenta que entre dicho siglo y la primera mitad del siglo XX la iglesia católica tiene en Antioquia
una participación activa en la fundación de pueblos con la erección de sus respectivas parroquias,
funda conventos y comunidades religiosas en el territorio y funda seminarios para la formación de
sus sacerdotes. Asimismo, es un periodo en el que proliferan instituciones católicas para la
formación religiosa general y se consolida un enraizamiento profundo del catolicismo en las
estructuras sociales y familiares del departamento, cuya manifestación más explícita fue la
omnipresencia “cural” y “del llamado” en las familias antioqueñas156.
Por estas razones, Londoño subraya la relevancia de la Iglesia católica como una institución
fundamental para la cohesión (léase control) social de las y los antioqueños y da cuenta de cómo
este departamento se fue consolidando como un bastión de producción y reproducción social de
esta estructura religiosa. Estructura que, para Luis Fernando González (2007), fue determinante
para que se diera una apropiación local del capitalismo moderno de finales del siglo XIX e inicios
156
Ambas expresiones hacen referencia a que en esa época fue frecuente que una buena parte de las familias
antioqueñas tuvieran a alguno de sus familiares dentro de la estructura institucional católica, bien fuera a través de
la formación sacerdotal de los hombres o en la toma de los votos de las mujeres. En palabras coloquiales: era
frecuente que en las familias existiera el tío cura y la tía monja.
244
del XX en Medellín, en donde hubo avances técnicos y económicos expresados en las
transformaciones urbanas que señalamos en el capítulo anterior y una escasa modernidad en
términos culturales, políticos y sociales157.
En el marco de la estrecha relación socio cultural antioqueña con la racionalidad católica, vinculada
además con los procesos de constitución urbanos, es posible encontrar el estudio adelantado por
Beethoven Zuleta (2013). Consideramos que con este trabajo se profundiza la idea de que en
Antioquia y Medellín la secularización se inclina hacia la realización del proyecto de expansión
del catolicismo. En efecto, para este autor, será a partir de la parroquia, entendida como una
plataforma institucional dinámica, creadora, abierta a la comunidad y cohesionadora, desde donde
se generará un proceso de educación sistemático sobre los valores, los ritos y las prácticas de la
creencia católica.
157
Resulta sugerente darse cuenta que eso que identifica González como un rasgo de en los modos en que se integra
la modernidad en la vida de los medellinenses a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, sea una característica
propia de la secularización que Jean-Claude Monod (2015) señala en su trabajo. En efecto, este autor muestra cómo
en el mundo moderno secularizado existe una separación entre lo económico entendido como una dimensión
técnica, científica y desencantada del entendimiento humana en pro del avance progresivo, y la práctica social
referida a una dimensión humana regida por dinámicas religiosas que dan cuenta de la ausencia de la secularización,
en términos de apertura y aumento de libertades individuales y sociales, en el derecho y la política.
245
En suma, hemos visto la necesidad de presentar este panorama sobre algunas de las consideraciones
que, a nuestro juicio, hay que tener presentes si se quiere hablar de la impronta religiosa que tres
templos católicos han tendido en los últimos años sobre sus entornos inmediatos. Y es así, ya que,
como creemos haber mostrado, la Iglesia que reconocemos hoy en nuestra ciudad no podría ser
entendida sin considerar esas permanencias que la vienen constituyendo a ella y a las sociedades
en donde hace presencia.
Así, la “mirada religiosa” frente a la experiencia con las demás personas en la ciudad determinada
por la división cristiana del interior/exterior que expone Richard Sennett (1992), sumada, con
Foucault (2006), a unas formas de gobierno cotidiano de la vida real con la promesa de la salvación
a partir de la administración de un, en palabras de Bourdieu (2006), capital simbólico que la Iglesia
aún tiene a su haber, constituyen un (aún vigente) dispositivo de producción de una subjetividad
singular. Dispositivo que, como lo señala Zuleta (2013) siguiendo a Foucault, se ha materializado
por siglos con especial potencia y eficacia en la parroquia y en la puesta en práctica de sus
sistemáticas acciones de evangelización cotidianas en una ciudad como Medellín.
Acciones cotidianas en las cuales reverberan formaciones históricas del cristianismo que nos es
posible ver, gracias a los aportes de Corbin (2007), y que se caracterizan, en todo caso, por no ser
lineales ni coherentes. Una prueba de ello, es precisamente la querella que trae a cuento Monod
(2015) y que nos permite pensar en la sinuosidad de esa disputa que resulta de la secularización a
nivel local desde su vertiente católica gracias al camino trazado con Montero (2002; 2014), Díaz
(1979), González (1989), Londoño (2004) y Zuleta (2013).
En este orden de ideas, y para dar cuenta entonces de dicha subjetividad singular que se produce
desde unas particularidades históricas y contextuales concretas, podemos avanzar en nuestro
trabajo para mostrar cómo hemos encontrado que toda esta dimensión religiosa comentada hasta
aquí se pone en juego en esta investigación. Nos aventuramos entonces a hacerlo a través de la
explicitación de la relación que las actividades parroquiales cotidianas que estos tres templos
vienen teniendo con las diversas prácticas urbanas que se han ido territorializado en su entorno
inmediato en los últimos años y que, en una primera instancia, parecerían contradictorias con la
propuesta evangelizadora de estas tres iglesias.
246
Actividades parroquiales de los tres templos
Continuamos entonces perfilando este “fragmento” del mosaico a partir de una reconstrucción
sintetizada sobre la experiencia vivida alrededor de las tres iglesias durante el trabajo de campo
realizado. Para este caso, y como también lo expusimos en los Apuntes metodológicos, realizamos
cinco entrevistas a personas vinculadas con la Arquidiócesis de Medellín, que mantuvieron o
mantienen vínculos con alguno de los tres templos, esto es: párrocos, expárrocos y educadores
universitarios recibidos todos ellos como presbíteros católicos. Adicionalmente, hacemos una
síntesis de las salidas de campo en las que estuvimos asistiendo a actividades cotidianas en cada
uno de los templos, así como también a los acontecimientos significativos como son aquellos que
tienen lugar en el Miércoles de Ceniza y en Semana Santa.
Como lo expresamos en el capítulo anterior, es un hecho que las tres iglesias tienen una relevancia
jerárquica y una actividad diferenciadas. Si bien esto es cierto, también lo es que las tres iglesias,
sin excepción, son consideradas como ejes de evangelización estratégicos de la iglesia católica en
Medellín y su Área Metropolitana e incluso de municipios cercanos.
Partiendo de esta claridad, vale comentar que, en términos generales, las últimas dos décadas han
tenido una actividad parroquial similar en cada uno de los tres templos. En ellos se hace un énfasis
en los sacramentos básicos como son la realización de la eucaristía, la confesión y, con menos
regularidad, la realización de primeras comuniones y de forma más excepcional casamientos y
funerales. Asimismo, las actividades y ceremonias especiales vinculadas con la programación del
Miércoles de Ceniza y con la Semana Santa se vienen reiterando cada año sin mayores
modificaciones158.
Hay que tener en cuenta, sin embargo, las singularidades de los entornos urbanos de cada iglesia,
pues esto ha influido de forma directa en las prácticas parroquiales cotidianas y el tipo de relación
que cada templo ha establecido con ellos. En este sentido, y desde las conversaciones sostenidas,
se parte de la premisa que desde finales de los años setenta hasta inicios de la primera década de
los dos miles hubo un “deterioro” sostenido del Centro que ha afectado de forma directa a cada una
158
Continuidad esta que se vio radicalmente afectada por el confinamiento obligatorio como medida preventiva
frente al Covid-19, lo cual forzó el cierre de las iglesias y la realización de forma virtual estas relevantes prácticas
rituales de la Semana Santa del 2020.
247
de las iglesias en la medida en que ha habido un cambio significativo en el tipo de comunidad que
asocia a cada templo. En pocas palabras, el carácter de cada lugar ha determinado el tipo de fieles
y habituales que han venido visitando estas iglesias en estos años.
La Metropolitana, a diferencia de las otras dos, sí cuenta con una comunidad relativamente estable
conformada por personas, en su mayoría de edad avanzada, que viven en el marco del Parque de
Bolívar o en edificios cercanos. Sin embargo, por las condiciones de movilidad expuestas en el
capítulo anterior y, sobre todo, por la presencia de personas habituales del Parque Bolívar y de sus
calles aledañas que, en palabras de uno de los entrevistados: “no respetan la dimensión sagrada del
templo”, no suele abrirse con tanta frecuencia al público como las otras dos iglesias.
Ahora, para profundizar un tanto en las relaciones que cada iglesia establece con sus entornos, es
necesario centrar la atención en un recuento general de las actividades cotidianas de cada templo
realiza. En ese sentido, La Veracruz, que entendemos como la parroquia de menor jerarquía que
las demás, se ha caracterizado por realizar las actividades sacramentales convencionales, estas son:
realización de misas y de confesiones. Asimismo, se realizan primeras comuniones los primeros
viernes de cada mes, en especial para los hijos de los comerciantes de la zona. Sumado a ello, los
Miércoles de Ceniza, en Semana Santa y en diciembre se llevan a cabo algunas actividades
particulares y especiales para estas fechas que en palabras de uno de los padres entrevistados se
llevan a cabo: “con una participación digna y respetuosa” (ver Figura 27).
248
Figura 27. Celebración del Miércoles de Ceniza al interior de la iglesia de La Veracruz. Fotografía tomada por
investigador en abril del 2019.
Otras actividades que tienen como sede esta iglesia son aquellas lideradas por la fundación “Ana
María” para el trabajo de evangelización de las trabajadoras sexuales del sector y la fundación
“Jesús Descalzo” que trabaja con las personas en condición de calle de la zona. Estas prácticas
rituales llevadas a cabo por cada uno de los párrocos que han llevado las riendas de este templo
tienen una declarada intención de evangelización que puede entenderse, en términos de las personas
entrevistadas, como un proceso mediante el cual las personas que se acercan a la iglesia y permiten
que el evangelio entre en sus vidas para reconciliarse con ella (con la vida) en clave cristiana. Esto
es, en palabras de un expárroco de la iglesia: “permitir que la experiencia del amor en Dios
posibilite hacerse conscientes, así sea por un momento, de la dimensión carno-espiritual de lo
humano y de la experimentación de lo sagrado en el misterio de la divinidad”.
En cuanto a la relación que La Veracruz ha tenido en estos años con las prácticas urbanas que
ocurren en su entorno inmediato, podemos decir que ha sido de apertura y de integración con las
poblaciones que la rodean, aunque ha tenido momentos de confrontación y de cierre de sus puertas.
En efecto, como pudimos reconocer en las conversaciones sostenidas, en la primera década de los
dos mil hubo un párroco que buscó, con acciones policivas y prohibitivas, que las trabajadoras
sexuales de la zona no se hicieran cerca al atrio de la iglesia y se recostaran en el muro del templo
que está sobre la calle Boyacá, todo esto por considera estas prácticas como incompatibles para un
249
templo católico. Sin embargo, y como era de esperarse, estas medidas no impidieron que estas
mujeres se mantuvieran en la zona y siguieran utilizando el entorno inmediato de la iglesia como
un lugar para estar y ofrecer sus servicios sexuales a sus clientes.
En contraste, por esos mismos años hubo otro párroco que, al contrario que su colega, buscó
integrar estas mujeres y las demás personas que trabajaban cerca la iglesia para que hicieran parte
de la comunidad de la parroquia. En este contexto, se llegó incluso a que se hiciera uso del templo
como espacio de reunión de las trabajadoras sexuales con representantes de la institucionalidad
para hablar sobre asuntos relacionados con educación sexual, seguridad y prevención.
Debido a la rotación que la Arquidiócesis va realizando de sus párrocos, bien sea por jubilación o
muerte de los mismos, o por decisiones internas de la institución, La Veracruz ha ido cambiando
de párroco y esto ha ido generando algunos cambios sobre la relación que se establece con las
personas habituales al lugar. En cualquier caso, parece ser que continúa siendo un templo que ha
entendido que su contexto urbano ha sido territorializado por unas subjetividades urbanas con sus
singulares prácticas que han persistido y permanecen a pesar de las prohibiciones, las redadas
policiales de inicios del dos mil y de los subsecuentes programas, iniciativas, proyectos y esfuerzos
de fundaciones religiosas, de la Alcaldía y de instituciones privadas.
Por su parte, La Candelaria no ha dejado de ser uno de los templos católicos más significativo y
movidos del centro de la ciudad. Efectivamente, y como se adelantaba ya en el capítulo anterior,
es un punto de referencia para las personas que habitan en la ciudad, en su Área Metropolitana y
para muchas personas que vienen de distintos puntos del departamento de Antioquia a recibir,
expresamente, la eucaristía de esta emblemática iglesia. Tanto es así que, como lo expresó uno de
los entrevistados, dentro de la misma Arquidiócesis se la entiende como una parroquia de actividad
metropolitana y departamental.
Por esta razón, las actividades parroquiales de La Candelaria pueden resumirse en los sacramentos
convencionales, en especial la eucaristía y las confesiones, pero con la característica de realizarse
en un nivel de intensidad más alto. Esto se evidencia en las ocho misas que se ofrecen diariamente,
siendo las del inicio de la mañana, la de media tarde y la de la noche las más concurridas, y los
servicios de confesión permanentes. Por tanto, no es de extrañar que esta sea una iglesia clave para
el desarrollo de las festividades del catolicismo como son los Miércoles de Cenizas y la Semana
250
Santa, con una afluencia masiva y permanente de personas (ver Figuras 28 y 29). Sumado a ello,
esta iglesia establece vínculos con personas que se acercan a realizar otro tipo de sacramentos
(bodas, bautizos, funerales). Asimismo, es un templo que tiene estrechos vínculos con “Hogares
San José” que es un hogar que tiene la iglesia a cargo de un expárroco de esta iglesia.
Figuras 28 y 29. Celebración de la procesión del Domingo de Ramos en los alrededores de la Iglesia de La Candelaria
(izq.) y la celebración de una de las misas en el marco del Miércoles de Ceniza (der.) Fotografías tomadas por el
investigador en abril del 2019 y en febrero del 2020, respectivamente.
Tanto en la actividad parroquial cotidiana, como las actividades especiales en las festividades, hay
una práctica pastoral clave en La Candelaria: la confesión. En ello coincidieron todos los padres
entrevistados. Esta iglesia ofrece un permanente servicio de confesión con cuatro padres dispuestos
a realizar esta actividad y, en fechas especiales, puede haber entre ocho a diez padres confesando.
Esto se debe, entre otras razones, a la ubicación estratégica de la iglesia, a que recoge una población
flotante de carácter metropolitana/departamental, a su gratuidad y la vigencia de esta institución
religiosa en la administración de su capital simbólico.
Vale comentar que, con la confesión, La Candelaria escucha y se da cuenta de todo el complejo
ecosistema del entorno cercano y de las personas habituales al lugar. Muchas veces, expresó uno
de los entrevistados, quienes se confiesan no son necesariamente creyentes, simplemente necesitan
que alguien oiga lo que están pensado, pues necesitan compartir sus problemas y sus ideas. Tanto
es así que en diversas oportunidades los padres confesores hacen recomendaciones, ya no por la
vía de la búsqueda del “misterio sagrado”, sino más bien en relación a asuntos más prosaicos como
251
sugerir orientaciones con institutos públicos o privados para la resolución de esos problemas
civiles.
Por todo esto, La Candelaria establece un relacionamiento de apertura con su entorno, a pesar de
ciertos desencuentros menores que ha tenido con las y los vendedores informales que tienen sus
puestos móviles sobre Boyacá, pues en algunos momentos se ha usado el costado de la iglesia como
lugar de exhibición de las mercancías. En cualquier caso, este es un templo que, por la intensa
actividad parroquial a la que hemos hecho alusión, mantiene sus puertas abiertas durante la mayor
parte del día.
Desde el punto de visto de los padres entrevistados, el contexto urbano en donde se sitúa este
templo es un terreno especialmente fértil y propicio para labor evangelizadora, pues es un lugar en
donde, según ellos, se hace patente la dimensión de refugio del templo en contraste al “caos” urbano
que se pone en juego en el exterior del mismo. Adentro de La Candelaria habría entonces un respiro
de las dificultades, afugias y preocupaciones de la realidad urbana, sumada a un oído amable del
cura que hacen las veces de bálsamo y curación para la dimensión espiritual de los creyentes.
Afuera estaría la vida mundana, asociada a la dimensión carnal de lo humano, olorosa y ruidosa,
donde la efervescencia urbana, la diferencia, el sin sentido caótico y la incertidumbre son
constitutivos de esa dimensión propiamente humana (ver Figura 28 y 29).
252
Figuras 28 y 29. Al interior de la iglesia de La Candelaria en las horas de la mañana de un día de la semana (izq.). En
el momento en que se tomaron ambas fotografías no se estaba oficiando la misa. Fotografías tomadas desde el interior
del templo mirando hacia afuera del mismo en dirección del Parque Berrío (der.). Fotografías tomadas por el
investigador en abril del 2019.
En cuanto a la Catedral Metropolitana, y como también lo enunciábamos ya, nos hemos encontrado
con una iglesia monumental que desde los años ochenta, con la territorialización de sus calles
circundantes por parte las comunidades LGTBIQ+ y de fenómenos urbanos vinculados con la
criminalidad, ha mantenido una lógica de hermetismo en su relación con las prácticas urbanas que
tienen lugar en su entorno inmediato. Claro, la Catedral al ser el lugar en donde se encuentra “el
asiento del obispo”, tiene un alto peso simbólico y una significativa actividad parroquial para la
institución católica local. En su interior, y a puerta cerrada, se realizan encuentros, celebraciones y
actos simbólicos de relevancia para la Arquidiócesis y para su estructura burocrática. Por hacer
mención de una de ellas, es en la Metropolitana donde se hace el acto de “graduación” de quienes
han hecho su formación como seminaristas para ser ordenados como curas.
Adicionalmente, es un templo que, a pesar de su hermetismo, tiene una actividad parroquial para
la comunidad de personas que han habitado tradicionalmente en los edificios del marco del Parque
Bolívar y también parte de la población flotante que está de paso por esta zona del Centro. Es así
como realiza los sacramentos convencionales como la realización de la eucaristía y la confesión.
Aunque, como lo reconocieron los entrevistados, no es un templo que se caracterice por la
concurrencia cotidiana de fieles, como sí es el caso de La Candelaria.
Ahora, si bien la Catedral no tiene una actividad parroquial cotidiana tan intensa como La
Candelaria, es, en cualquier caso, el templo católico de mayor relevancia en la medida en que es
allí en donde se realizan celebraciones que quieran tener una legitimidad y una resonancia en las
élites locales. Así, por ejemplo, ha sido en esta iglesia en donde se han realizado actos
conmemorativos del periódico El Colombiano, se han realizado funerales de jerarcas de la misma
iglesia y de personalidades del empresariado antioqueño159 (ver Figura 30).
159
Ciertamente, en el periodo del que nos ocupamos, en la Catedral Metropolitana se han realizado eventos
conmemorativos a través de la legitimidad del ritual católico. Ha habido eventos que giran en torno a la misma
Arquidiócesis y al afianzamiento de la fe católica, así como también, misas para instituciones empresariales y para
personalidades de la élite política y económica de la ciudad. De estas resaltan el mencionado homenaje a El
Colombiano en su cumpleaños, la misa para el Hospital San Vicente de Paul, el evento en conmemoración al asesinato
del exgobernador de Antioquia Guillermo Gaviria, la misa de despedida de un político y empresario socio de El
253
Figura 30. Recopilación de contenidos del periódico El Colombiano entre el 2002 al 2015 que dan cuenta de la
relevancia simbólica de la Catedral Metropolitana que sirve periódicamente de escenario que explicita la
compenetración del poder religioso con las élites políticas y empresariales de la ciudad. Elaboración propia160.
Adicionalmente, los Miércoles de Ceniza y, en especial, la Semana Santa son momentos en donde
los actos litúrgicos que se llevan a cabo en la Metropolitana, exhiben con toda la pompa, la
relevancia de este templo para la institucionalidad católica, su nivel de convocatoria y su
Colombiano y la misa llevada a cabo en honor de Nicanor Restrepo Santamaría uno de los integrantes clave del Grupo
Empresarial Antioqueño.
160
A continuación, ubicaremos con precisión cada uno de los contenidos extraídos de El Colombiano y que hacen
parte de la Figura 30. Así, iniciando en la primera fila de izquierda a derecha y de arriba hacia de forma consecutiva:
Palabras de gratitud por los primeros 90 años de Gloria Gómez publicado el 7 de febrero del 2002, Fiesta centenaria
de la Arquidiócesis de Medellín de María Molina publicado el 30 de septiembre del 2002, Aniversario con esperanza
María Molina publicado el 19 de mayo del 2003, La mejor noticia es celebrar 95 años de El Colombiano publicado el
7 de febrero del 2007, El cielo arropó a Calixto de Gustavo Ospina publicado el 12 de septiembre del 2009, Medellín
ya estrenó arzobispo María Duque publicado el 9 de mayo del 2010, Para que nunca olvidemos de El Colombiano
publicado el 6 de mayo del 2013, Con la Catedral repleta la ciudad le rindió homenaje a Santa Laura de Liliana Vélez
publicado el 7 de mayo del 2013, Fue un sentido adiós para un colombiano ejemplar de El Colombiano publicado el
23 de enero del 2014 y Nicanor Restrepo. El líder antioqueño fue despedido por cientos en la Catedral Metropolitana
de El Colombiano publicado el 16 de marzo del 2015.
254
imbricación con instituciones locales no religiosas. Así es, como lo pudimos constatar en el
Domingo de Ramos del 2018 y 2019 y en la procesión nocturna del Santo Sepulcro del 2019, nos
encontramos con una iglesia completamente llena y una eucaristía conducida por el arzobispo de
la ciudad (ver Figuras 31 y 32).
Figura 31 y 32. Fotografías que muestran el inicio de la procesión del Domingo de Ramos en el atrio de la Catedral
Metropolitana. El evento fue precedido por el arzobispo de Medellín y contó un cubrimiento periodístico de periódicos
locales y fue televisado por Televida, canal de la Arquidiócesis. Fotografías tomadas por el investigador en marzo del
2018. Elaboración propia
En el caso particular de la procesión, que partió de la Catedral y se dirigió por la Av. Oriental hasta
La Candelaria, me llamó la atención que fuera un desfile acompañado por instituciones que se
suponen civiles como la Policía y la Policía Militar (ver Figura 33).
255
Figura 33. Mosaico de fotografías tomadas en la procesión del Santo Sepulcro cuyo punto de partida fue la Catedral
Metropolitana y que tuvo como destino la iglesia de La Candelaria. Como expresé, llama la atención que dicha
procesión se establece más bien como un desfile del despliegue del poder religioso, militar y policial de la ciudad.
Fotografías tomadas por el investigador en abril del 2019. Elaboración propia.
De allí que sea casi una norma que las pocas veces al año que la Catedral abre sus puertas para la
puesta en escena de su poder institucional, las otras subjetividades que tienen territorializado ese
parque y esas calles con sus prácticas urbanas, se repliegan, momentáneamente, a la espera que el
acto que se esté realizando concluya, para retomarlas una vez el templo se haya encerrado
nuevamente. Al respecto, pareciera que lo único que no pudo ser desplazado para otro lugar de la
ciudad, como sí lo hicieron las élites políticas, económicas e intelectuales, fuera la Catedral. Es así
como, cada tanto, esas élites regresan al Centro, por un corto lapso de tiempo, para reafirmarse y
reafirmar la vigencia y la legitimidad que esta iglesia tiene para su propio relato institucional.
Llegado a este punto estimamos pertinente traer a colación la perspectiva, entre teológica y
filosófica, que uno de los padres entrevistados nos compartió sobre su comprensión de estos
templos y los lugares en donde se encuentran ubicadas161. Y lo hacemos, pues consideramos que
161
Es importante anotar que en esta entrevista el padre con quien hablé me hizo saber que si iba a hacer uso de
alguno de sus comentarios lo hiciera dejando claro que aquello que me iba a decir lo haría a título personal y no
256
es una perspectiva que consigue resumir esa “mirada religiosa”, para retomar a Sennett (1992), que
las iglesias tienen sobre lo que ocurre en sus contextos urbanos.
En tal sentido, hay que partir que desde una perspectiva teológica la historia de la salvación
(católica) confluye con la historia de los hombres, esto es: lo profano como causa primera (la vida
de los seres humanos) confluye con lo sagrado, que es la causa segunda (la experiencia de Dios).
Aquí se retoma una de las premisas básicas de la tradición del cristianismo que defiende la idea de
que el ser humano es simultáneamente justo y pecador, que convive desde los opuestos, que se
representan en lo carnal y lo espiritual: nos guiamos según nuestro componente adánico (carnal) y
nuestro aspecto jesuítico (espiritual). En síntesis: somos seres carno-espirituales.
Desde esta perspectiva, los contrastes entre las prácticas urbanas más abyectas de los tres templos
y los ritos religiosos más sacros no necesariamente son paradójicos y contradictorios, ya que ambos
se están llevando a cabo en un escenario de lo puramente humano (donde confluye lo profano con
lo sagrado). De ahí que la clave sea evitar una aproximación de lo inmediato, para “mirar desde lo
alto” en términos de la mirada de conjunto para la interpretación de estos fenómenos religiosos y
mundanos que se espacializan en estos tres lugares. Con dicha mirada global se podría empezar a
pensar que las fronteras sacras y profanas se diluyen y se posibilitaría la emergencia, en todo caso,
de la experiencia de Dios.
Y es precisamente por las características diversamente complejas de los entornos urbanos de las
tres iglesias que ellas (las iglesias) hayan sentido, puesto que, a pesar de todo lo que allí se vive (o
gracias a todo ello) son espacios del evangelio. Es decir, son lugares propicios para la experiencia
de Dios, puesto que el evangelio aparece en la periferia de lo social (y no se habla aquí en términos
geográficos). Como nos expresó el entrevistado: “Los sanos no requieren médicos” haciendo
alusión a que quienes requieren en mayor medida la sanación espiritual son aquellos que están más
hondamente “perdidos” en lo más carnal y mundano de lo humano. Como prueba de ello solo basta
recordar que: “Jesús buscó a los enfermos, a los leprosos, a las prostitutas (…)” porque eran estos
personajes, y son hoy esos tres lugares de los que hemos venido hablando, los que se convierten en
un: “(…) caldo de cultivo ideal para que emerja la belleza”. Una belleza espiritual reconstruida por
Para condensar lo dicho en este apartado, y perfilar este nuevo “fragmento” del mosaico,
aventuramos nuestra interpretación sobre lo expuesto en torno al tipo de subjetividad singular que
se produce a partir de las formas en que las prácticas parroquiales de estas tres iglesias han venido
dejando su impronta en los tres lugares. En ese sentido, entendemos entonces las diversas prácticas
y actividades parroquiales como la manifestación de una racionalidad católica institucionalizada
que sigue unas lógicas y unos objetivos centrados en procesos de producción y reproducción de
sentido para su vigencia y su permanencia social.
Bajo estas circunstancias, lo que queremos decir es que, a pesar las condiciones diferenciadas de
las tres iglesias con sus entornos urbanos, lo que se mantiene como una constante es el tipo de
prácticas discursivas y no discursivas que esta racionalidad católica institucional viene
reproduciendo. Una racionalidad encaminada, en especial, a la producción de una subjetividad
asentada en la doctrina de la doble condición carno-espiritual del ser humano, profundizada en la
distinción entre un plano espacio temporal de la experiencia religiosa caracterizada por el misterio
de lo sagrado que ocurre en el interior de cada uno de los tres templos y todo lo que acontece en el
258
mundo exterior como una dimensión propia de la historia mundana, finita y biográfica de los
hombres.
La clave interpretativa que proponemos, y que integra la “mirada religiosa” que señalamos con
Sennett (1992), con las formas del gobierno pastoral que expresamos con Foucault (2006) y con la
administración del capital simbólico que sugerimos con Bourdieu (2006), busca mostrar que estas
tres iglesias operan, a través de sus diversas prácticas de evangelización cotidiana, como
dispositivos de subjetivación de esa racionalidad institucional católica local que, con la milenaria
promesa de la salvación cristiana, aboga por renunciar a la incertidumbre de la diferencia y la
exposición de estar con los otros en el afuera, para doblegarse y rendirse a Dios en el adentro. Una
clara consecuencia de esto es la simplificación y el aplanamiento de las muchas otras subjetividades
que se relacionan y se ponen en juego en las calles circundantes de estas iglesias. En efecto, dentro
de este esquema cristiano de la salvación, la renuncia y el sometimiento a Dios, la experiencia de
la heterogeneidad propiamente humana no es suficiente, no se vasta a sí misma y es, toda ella, parte
de la vida mundana engañosa, profana y finita.
En tal sentido, esas calles, parques y plazas que circunscriben los templos y la multiplicidad de
subjetividades que se han ido asentando allí en las últimas décadas, son entendidas, todas, como
“espacios del evangelio” en la medida en que son formas de vida humana que están allí para ser
restauradas: las trabajadoras sexuales son evangelizadas, los habitantes de la calle, son
evangelizados, los transeúntes, son evangelizados, las niñas y niños, son evangelizados. El
esquema es simple: se reconoce la contradicción de ser a la vez carne y espíritu, se plantea que el
mundo de la carne (lo exterior y mundano) está lleno de vida, de diferencia y de acontecimientos
que son engañosos y alejan a las personas de la dimensión espiritual.
259
La racionalidad católica local es restauradora de la “obra de arte de lo humano”, si por restauración
se entiende un encausamiento de la vida a partir de las prácticas pastorales que apuntan a la
evangelización donde la diferencia se desactiva en la renuncia y el sometimiento, esto es, en el
contexto de esta tesis: que las condiciones creativas de la diferentes modos de vida en la ciudad y
su Centro no son otra cosa que modos engañosos de ser y estar en la ciudad que deben ser
“restaurados” como “obras de arte” desde el encausamiento del evangelio, desde la “mirada
religiosa” que deja su impronta en los lugares de nuestro estudio.
“Mirada religiosa” que, en el caso de estas tres iglesias, reproducen la vertiente más tradicional de
Arquidiócesis y dan cuenta su vinculación y alineación con las élites económicas, políticas e
intelectuales más conservadoras de la ciudad. Condición que no es menor si se piensa en los modos
en que estas iglesias han venido haciendo memoria. En pocas palabras, lo que se reitera en lo dicho
y en lo hecho de las prácticas de los tres templos es el enraizamiento de una mitología local sobre
cómo en su interior (de las iglesias) y sus alrededores se gestó el “espíritu” de la mejor época de
los medellinenses. De esta manera, la narrativa institucional que oficializa la historia de lo que se
supone que somos, busca la re oxigenación de los “orígenes” de la ciudad y, en especial, de los
pilares que caracterizan la identidad de la sociedad en su Centro urbano haciendo referencia a sus
iglesias y a las permanentes labores sociales y de evangelización que llevan a cabo.
A esto se le adiciona que, como institución que tiene muy claro el poder del uso de la imagen, de
los ritmos, del canto, del lenguaje, las elaboraciones poéticas; hace uso de los despliegues estéticos
que se recrean día a día en la actividad parroquial cotidiana y, en especial, en las festividades de
Semana Santa cuando párrocos, monaguillos y laicos se toman las calles. Son estéticas
grandilocuentes, pomposas y espectaculares: los trajes de quienes presiden la misa y las
procesiones son coloridos, cuidadosamente bordados y cargados de simbolismo. Asimismo, los
objetos que se usan están altamente simbolizados, ni que decir de las figuras que representan a los
múltiples santos, a la virgen María y a Jesucristo. Y claro, la misma arquitectura de los templos
que también hace parte de esta experiencia que apunta a la afectación de todos los sentidos de los
feligreses.
Así pues, en estas formas de hacer historia y de exhibirse en la grandilocuencia para dar cuenta de
un poder y un capital simbólico que se remonta a siglos de historia, lo que se deja ver es una
propuesta de constitución de esa subjetividad carno-espiritual producida por una forma de
260
gobierno, que no controla ni rige el comportamiento como antes, pero que, en cualquier caso,
propende porque se establezca una forma ser y estar en la ciudad a partir de la mencionada
subjetividad pautada por los preceptos de esa racionalidad católica local que hemos venido
perfilando.
Una racionalidad que, en pocas palabras, se caracteriza por explicar la realidad urbana entre lo uno
o lo otro, entre el adentro y el afuera, entre la carne y el espíritu, entre lo sagrado y lo profano. Una
racionalidad encaminada a explicar y reducir la experiencia de la vida urbana en una restringida
dualidad que presenta sus serias limitaciones al afrontar los desbordes de ese Centro que se cuela
por todas las puertas, las ventanas y las rendijas de las tres iglesias.
5.5. Trabajo sexual callejero y las formas de manifestación del arte público en el entorno de
La Veracruz
En el capítulo anterior comentábamos que una singularidad que viene constituyendo el entorno
urbano de la iglesia de La Veracruz tiene que ver con el trabajo sexual callejero que se hace visible
en este lugar162. A esto se le suma además las diversas manifestaciones del arte público que vienen
desplegándose en el lugar y sus alrededores desde la ampliación del Museo de Antioquia con la
planeación, gestión e inauguración del proyecto “Ciudad Botero” entre 1998-2001. Arte público
que, como buscaremos mostrar, ha tenido una relación ambivalente con el cercano fenómeno del
trabajo sexual callejero.
Con ello, el interés de este apartado se centrará en perfilar dos nuevos “fragmentos” del mosaico
que hemos venido construyendo: uno vinculado a las prácticas urbanas del trabajo sexual callejero
y otro referido las prácticas artísticas que se vienen manifestando en lo urbano desde una
162
No sobra dejar claro que reconocemos que el fenómeno del trabajo o el comercio sexual es vasto y cuenta en la
actualidad con múltiples formas de manifestación: se presenta en todas las clases sociales y, por tanto, puede ser
altamente lucrativo o apenas ofrecer ganancias necesarias para la supervivencia. Puede caracterizarse por su
movilidad y deslocalización geográfica, pero al mismo tiempo existen establecimientos que ofrecen este servicio, y
también hay calles y lugares concretos en las ciudades reconocidos por la inocultable presencia de las personas
dedicadas al trabajo sexual. En esta tesis, por ocuparnos de un lugar en el centro de Medellín, por preguntarnos por
sus calles y su amalgamiento de acontecimientos cotidianos en las prácticas urbanas que lo constituyen y por los
argumentos que hemos ido presentando hasta el momento, creemos que puede intuirse claramente que nos
ocuparemos de dar un vistazo a aquel tipo de manifestación de la prostitución que sí tiene una dimensión geográfica
y que se vincula con el oficio de personas empobrecidas y marginadas.
261
concepción convencional y, otra, disruptiva, del arte público producida desde el Museo de
Antioquia en las últimas dos décadas.
Recogemos aquí apartes del trabajo de campo realizado, que en este caso particular, se asienta en
entrevistas, recorridos y conversaciones con cinco mujeres, por encima de los cincuenta años de
edad, que han dedicado parte de sus vidas al trabajo sexual en la zona urbana de La Veracruz163.
Asimismo, se compilan las conversaciones sostenidas con tres gestoras culturales que abogan por
la visibilización de las complejidades en torno al trabajo sexual callejero y a su regularización.
Adicionalmente, se consideraron las entrevistas que sostenidas con dos funcionarios del Museo de
Antioquia a principios del 2020 y los diversos recorridos realizados por el entorno en la lógica de
la deriva urbana, como turista local, como estudiante y como investigador.
Para perfilar entonces el “fragmento” de este mosaico referido al trabajo sexual callejero, es
necesario partir de unas claridades conceptuales sobre este fenómeno. Al respecto, encontramos en
los trabajos de Lotte Van de Pol (2005), Dolores Juliano (2002), Marta Lamas (2017) y Paula
Sánchez (2017; 2019) unos planteamientos que, sin entrar de lleno en todo un campo de discusión
que excede los intereses y los límites que nos hemos trazado en esta tesis, nos permiten esclarecer
asuntos desde la dimensión histórica y sociológica de la prostitución que nos han permitido
proponer una interpretación sobre cómo esta actividad contribuye a la constitución del entorno
urbano de La Veracruz.
Así, Van de Pol (2005) con su trabajo La puta y el ciudadano tiene el propósito de mostrar la
estrecha relación entre la constitución de la figura del ciudadano y la prostitución en la modernidad
temprana (siglos XVII-XVIII y algo del XIX) de la ciudad de Amsterdam, en Holanda. Aunque
puede parecer alejado en términos del tiempo, la geografía y las matrices sociales y religiosas, en
163
Parte de este trabajo de campo lo realicé vinculando mis inquietudes investigativas con los propósitos del curso
Módulo Producto y Comunidad del pregrado en Diseño Industrial de la Universidad Pontificia Bolivariana en el
segundo semestre del 2019. Para ese periodo académico el equipo de docentes y estudiantes al que me sumé
durante las primeras semanas de trabajo, estuvieron articulados con el colectivo de trabajadoras sexuales de La
Veracruz Las Guerreras del Centro, con quienes se tuvo la oportunidad de realizar salidas por el centro de Medellín
y de llevar a cabo un encuentro para la realización de un ejercicio de cartografía participativa que buscaba recoger
sus experiencias de vida como trabajadoras sexuales en el Centro. Extiendo mi agradecimiento a las y los profesores
y estudiantes del curso y reitero mi gratitud con el colectivo Las Guerreras del Centro.
262
realidad es una lectura que puede dar luces para entender las relaciones que hemos establecido con
la prostitución en el contexto de este estudio. En ese sentido, resaltamos tres ideas sobre este
trabajo.
La primera, es el reconocimiento que hace la autora de que la figura de la prostituta hace parte de
los mitos fundacionales en Occidente y que puede rastrearse en la tradición judeocristiana desde la
“traición/seducción” de Eva sobre Adán. De allí se sigue que los males del mundo hayan recaído
sobre todas las mujeres, ya que estas están marcadas por esa condición seductora y maligna que
hace parte de su “naturaleza”. Siguiendo esta lógica, todas las mujeres tendrían, pues, una tendencia
al engaño, a la seducción, a la expresión desenfrenada del deseo y, por tanto, a desplegarse en una
sexualidad libertina propia de la puta, lo que traería como consecuencia males palpables traducidos
en enfermedades venéreas como la sífilis, lo que haría presente ese pecado fundacional. En pocas
palabras: todas las mujeres serían susceptibles de ser putas ya que, se supone, suelen presentar una
fachada seductora que esconde intensiones falaces que conducirán a los hombres indefectiblemente
al pecado y la perdición.
La segunda idea, tiene que ver con el reconocimiento que hace la autora de que las normas y leyes
encaminadas a la criminalización de las prostitutas y la eliminación como práctica en Amsterdam
en los años de su estudio, no solo probó ser ineficaz, sino que además vulneró a muchas de las
mujeres que ejercían este oficio y fortaleció las redes de informalidad y de corrupción en torno esa
práctica fuertemente enraizada en las dinámicas de una ciudad portuaria como aquella.164
La tercera idea, y la más relevante para esta tesis, es que la autora muestra que la sociedad moderna
y civilizada necesita a la puta, necesita de su cuerpo y de su oficio para demarcarse de ella. A la
puta se la estigmatiza, se la marca, se la hiere, se la insulta. La puta es entonces señalada como la
encarnación de la lujuria, del libertinaje, de lo femenino desbocado en contraposición de una
feminidad casta, controlada y doméstica. Se necesita de la puta para definir a la mujer ideal y al
164
En efecto, las redes comerciales que dependían del comercio sexual no desaparecieron con la prohibición,
simplemente tuvieron que desplazar su actividad fuera de los límites normativos para poder operar, o lo que es lo
mismo, se articularon con dinámicas ilegales que propiciaron lógicas de corrupción en las instituciones de control,
todo a costa del trabajo y el cuerpo de las mujeres que ejercían la prostitución. No fue sino hasta que hubo un cambio
de concepción sobre la prostitución, pasando de la prohibición a la tolerancia y a cierta regulación, que las
condiciones de vida de las prostitutas mejoraron un poco (Van de Pol, 2005).
263
ciudadano correcto, y se la necesita para que reciba y contenga los desenfrenos, insultos e impulsos
de ese mismo “ciudadano de bien”.
Como lo expresa la autora, la puta y la prostitución funcionan como un espejo inverso de valores
y formas de vida donde la sociedad moderna se mira para constituirse. Por tanto, las prostitutas de
esa ciudad holandesa hacían las veces de un espejo invertido para la definición del ciudadano. Así,
en el jaleo cotidiano existía un afán por distinguirse como alguien honorable en la sociedad y esto
se medía en términos de la relación, o no, que establecía alguien con el intrincado mundo de la
prostitución.
En este sentido, el honor que se establecía por lazos familiares, por frecuentar unos espacios y
relacionarse con unos hombres y mujeres específicos, era un mundo que tenía su revés (su espejo
oscuro) en la prostituta y todo el entramado social que la rodeaba. Lo relevante entonces de esa
relación dialéctica entre la puta y el ciudadano que localiza Van de Pol en su estudio, es que no
puede pensarse el fenómeno de la prostitución como una desviación de lo que es una sociedad, sino
más bien, como parte constitutiva de ella. De ahí que entender la prostitución en cada lugar y cada
momento histórico, con sus particularidades locales, es tratar de entender parte de la sociedad
misma.
Por su parte, Juliano (2002) en La prostitución: el espejo oscuro, aborda el problema del trabajo
sexual contemporáneo desde una perspectiva de los estudios de género. El propósito declarado en
este libro es el de desentrañar uno de los asuntos clave para tratar de pensar críticamente en la
prostitución, a saber: ¿por qué existe ese nivel de aversión y de rechazo social y cultural sobre la
prostituta?
Para responder a esta pregunta la autora presenta un sintético recorrido sobre los modos en que se
ha definido a la mujer desde el cristianismo primitivo, pasando por la teología medieval, el
Renacimiento, la Ilustración y llegando a la modernidad. Todo ello, para mostrar cómo se ha
consolidado una tradición (masculina) aún vigente que determina, entre otras cosas, que: (i) la
mujer es a la vez puta (mala, lujuriosa, engañosa y sucia) y santa (casta, servicial, esposa y
maternal); (ii) la mujer es sentimental, irracional y emocional; y (iii) por eso la mujer, una buena
mujer, debe estar subordinada al hombre, económica, intelectual y socialmente.
264
De toda esta tradición, dice la autora, viene la fuerte estigmatización, el señalamiento y el desprecio
por la prostituta, cuya razón de ser no es otra que el temor (masculino) por la autonomía femenina
(sexual, intelectual y económica)165. Así, la aversión por la prostituta no está en que tenga
relaciones sexuales por dinero, sino más bien, porque en esa acción está poniendo en entre dicho
toda la estructura patriarcal de un supuesto orden social.
Y este es el tema central de la interpretación que hace Juliano del por qué se le tiene tanto desprecio
social a la puta: porque la autonomía femenina que está en juego en la práctica de la prostitución
es una afrenta directa a una tradición masculina del modo en que se supone “deben funcionar las
cosas”. Por esta razón, la prostitución debe ser señalada y estigmatizada como una práctica
deleznable.
Tanto es así, y está tan integrado en la forma como nos vamos constituyendo individual y
colectivamente (como ciudadanos), que solemos desactivar la potencia de las mujeres que se hacen
visibles denominándolas como “putas”. Denominaciones que no deben ser consideradas a la ligera,
sobre todo si se tiene en cuenta el señalamiento que hace la autora sobre la existencia de todo un
sistema informal adosado a los dispositivos de control institucionalizados que: “(...) a través de
valoraciones y estigmatizaciones, coloca a cada persona en desvalorización, neutralizando así los
efectos críticos y transformadores que la transgresión puede implicar” (Juliano, 2002: 43).
A pesar de todo esto, la autora hace ver que la prostitución es una opción laboral real, muy utilizada
y en muchos casos con muy buenas ganancias. Pero que sin duda trae como consecuencia para las
personas que la ejercen un alto costo psicológico, una pérdida de sus redes familiares, una pérdida
de prestigio social, constantes señalamientos, vulneraciones y procesos sistemáticos de exclusión
social. Todo esto hace que las putas estén bastante precarizadas, pues no se las reconoce como
trabajadoras sino como vagas y pervertidas y, en la actualidad, como víctimas sin ningún tipo de
agencia.
165
En palabras de Juliano: “(...) se puede plantear entonces que el desprestigio social de la prostitución no se
relaciona con la actividad misma que implica, sino con el hecho de que constituye un medio más o menos autónoma
de supervivencia de las mujeres y desde ese punto de vista, un espacio que permitiría ciertos niveles de autonomía
que se inutilizan precisamente a través de la fuerte presión social estigmatizadora” (2002: 35).
265
De allí que la trabajadora sexual sea una mujer pública pero que no participa en lo público, pues
todo lo que dice una puta esta para ser desprestigiado. La puta, al ir contra las normas sociales y al
exhibir su autonomía sobre su cuerpo y sobre sí misma: es violentada, tratada como menor de edad,
sin derecho a una vivienda, sin posibilidad de tener custodia sobre sus hijos, como depositaria de
enfermedades sociales ya que está “contaminada”, es “sucia” y, además, está vinculada
necesariamente con redes de criminalidad166.
Es precisamente sobre esas precarias condiciones a las que parecen estar destinadas las personas
que se dedican al trabajo sexual callejero sobre las que centra su atención Marta Lamas (2017) en
Trabajo sexual en las calles. Lamas, desde la experiencia que ha tenido por años con mujeres
dedicadas a prostitución en las calles de Ciudad de México, pone en cuestión la noción de la
prostituta desestigmatizándola como mujer de la calle y productora del pecado, para cambiarla por
la idea del comercio sexual en donde hay dos personas que participan en una transacción
socialmente situada.
De esta manera, no solo se reconoce que en la ecuación de ese intercambio comercial se encuentra
también el cliente como un actor esencial, sino que además se plantea la necesidad de contar con
un respaldo institucional que reconozca, regule y garantice la seguridad, la salud y la integridad de
quienes ofrecen el servicio y de quienes lo consumen. Así, para esta autora, si se desmontara el
aparataje moral en torno al trabajo sexual y se consiguiera un respaldo institucional sólido que lo
regulara, no solo se mejorarían las condiciones de vida de muchas personas que llevan a cabo esta
actividad, sino que además se daría pie para pensar en escenarios donde sea posible que quienes,
166
La vinculación de las trabajadoras sexuales con la ilegalidad es considerada por Juliano como una de las múltiples
estrategias para su estigmatización y, por ende, para su control. Esto es así, ya que al ingresar en la dimensión de la
criminalidad aparece la figura del proxeneta o el novio de la prostituta. Esta figura, dice la autora, es clave a nivel
social pues funge como la presencia masculina que controla a la puta. El proxeneta calma las aguas, ya que demuestra
que, en todo caso, la trabajadora sexual es una mujer idiota, víctima y “menor de edad” que está siendo usada contra
su voluntad, por lo tanto, no es una mujer autónoma.
266
por su avanzada edad, ya no puedan seguir ejerciendo el oficio, cuenten con un respaldo que les
garantice una vejez sin dificultades.
Claro, Lamas no es ingenua y reconoce las profundas dificultades que conllevan sus propuestas.
Para ofrecer apenas un vistazo de esas dificultades, retomamos aquí algunas ideas de los recientes
artículos de Paula Sánchez (2017; 2019). Sánchez, académica y activista por los derechos de las
personas dedicadas al trabajo sexual, ofrece un panorama actual de la cuestión en torno a la
prostitución en España desde dos dimensiones: una normativa-discursiva y otra desde la forma en
que se la vive en las calles.
Sobre la primera, nos interesa hacer una síntesis aquí de dichas tendencias normativo-discursivas
que la autora describe ya que, si bien su interés se centra en las particularidades de su país, son
tendencias que, en general, se replican en otros países, como en Colombia. En tal sentido, puede
decirse que hay tres modos distintos de abordar institucionalmente el problema del trabajo sexual:
(i) uno denominado como prohibicionista, que busca prohibir la prostitución y pretende la
criminalización de las personas involucradas en esta actividad, incluyendo a quien ejerce la
actividad, a los clientes y otros beneficiarios, (ii) otro que se conoce como regulacionista o
reglamentarista, que pretende establecer regulaciones institucionales que reconozcan la
prostitución como un trabajo y que generen estructuras institucionales que mejoren en todos los
aspectos las condiciones de esta práctica y (iii) otro, denominado como abolicionista que se
distancia categóricamente de cualquier propuesta sobre la regulación del trabajo sexual ya que parte
de la base de que en todos los casos hay explotación sexual de las personas y por tanto es necesario
erradicar esta práctica.
Ahora, en cuanto a la segunda dimensión del trabajo sexual: aquella que se vive en las calles,
Sánchez expresa que se caracteriza por la continua vulneración y estigmatización de las personas
que ejercen este tipo de trabajo. En efecto, mientras que los debates sobre la prohibición, la
regulación o la abolición se dan en los ámbitos académicos y políticos, el trabajo sexual se sigue y
se seguirá ejerciendo en las calles, sin importar mucho cuál de las tendencias sea avalada. Las
personas dedicadas al trabajo sexual van a encontrar en la ciudad un lugar en donde hacerse sitio y
hacerse visibles. En cualquier caso, nos dice Sánchez, lo que suele ocurrir, en España y la mayor
parte de países, bien sea que existan leyes y normas claras o que no se tenga una línea de acción
267
definida, es que la institucionalidad asume una actitud de tolerancia, esto es: dejar que el fenómeno
siga su curso como lo viene haciendo con los años.
(ii) La actual reiteración del conflicto, ya experimentado en Amsterdam entre los siglos XVII-
XVIII, de las consecuencias que trae consigo la prohibición/criminalización de la prostitución, a
saber: la profundización de los vínculos de esta actividad con las estructuras ilegales y criminales
y el aumento de la precarización de esta práctica y la vulneración de las personas dedicadas al
trabajo sexual.167
(iii) Que, por lo general, la espacialización de cierta tipología de prostitución en las ciudades se
vincula con los márgenes urbanos, los cuales bien pueden expresarse en la efervescencia cotidiana
de una zona portuaria o de un centro histórico o tradicional, o bien en lugares vacíos, abandonados,
oscuros y lúgubres. En cualquiera de los dos casos, es en las periferias de la ciudad (no
necesariamente geográficas), en donde el trabajo sexual callejero se hace a un lugar y se hace
visible.
(iv) La potente claridad de que la prostituta, debido en buena medida por el lastre histórico
mencionado, funge como un espejo oscuro de las sociedades. Hace las veces de un espejo de
valores invertidos para que las y los ciudadanos puedan señalar todo aquello que se supone no son:
holgazanes, tramposos, engañosos, sucios, fáciles, enfermos, contaminados. La prostituta está allí
167
Al respecto, cabe hacer mención aquí que, en el caso colombiano, desde el 2010, se ha buscado desde el ámbito
normativo conceptual tender hacia una regulación del trabajo sexual, pero no se cuentan en realidad con un marco
legal que plantee unas reglas claras, ni con una estructura institucional que proteja la vida, la integridad y los interesas
de las personas que se dedican al trabajo sexual. Así lo evidencia el trabajo de grado de la abogada Heidy N. Jiménez
y el abogado José V. Obregón (2017) quienes hacen una revisión de la sentencia T-629 de la Corte Constitucional en
el año 2010 y a partir de la cual se abrió la posibilidad de considerar la prostitución como un trabajo que puede ser
ejercido de forma voluntaria y que, como tal, debería ser regulado para reconocer los derechos individuales y sociales
económicos, en salud, educación y demás beneficios ciudadanos.
268
para que pueda ser señalada, estigmatiza, infantilizada, usada, comprada y, en algunos casos,
violentada, insultada, violada y asesinada. En este sentido, las sociedades requerirían de la
prostituta para definirse.
Y (v) la inquietante idea de que lo verdaderamente molesto del trabajo sexual no es el hecho
concreto de que se intercambie sexo por dinero, sino que se ha ido estableciendo como un lugar de
autonomía para las personas que lo ejercen. De allí que sea una práctica que busca ser
sistemáticamente desdeñada y sean desvaloradas las personas que la llevan a cabo. En el fondo,
este afán estigmatizador se traduciría en la búsqueda de la desactivación de esa autonomía
femenina168.
Con estas claridades empezamos entonces a presentar una aproximación de cómo ha sido vivido
ese trabajo sexual en La Veracruz a partir de las huellas que ha dejado en la prensa local, de las
historias que recopilamos en las entrevistas mencionadas y de las observaciones hechas en el
trabajo de campo169.
Así pues, y como lo comentamos en el capítulo anterior, parece ser que luego del cierre definitivo
de las residencias, los bares y cantinas que aún quedaban entre los setenta y los ochenta en el sector
de Guayaquil170, muchos de las dinámicas sociales que allí se concentraban, entre ellas la del
168
Al respecto, reconocemos con Paula Sánchez (2019) que el trabajo sexual callejero es sin duda complejo. Las
intensas discusiones en ámbitos académicos, políticos, jurídicos, de colectivos y activistas así lo evidencian. Hablar
de prostitución, especialmente en países latinoamericanos y en ciudades estructuralmente desiguales como
Medellín, es hablar de su vinculación con redes criminales de explotación sexual, donde el abuso de los derechos de
las mujeres, niñas y niños son hechos comprobados. Aun así, el campo de la prostitución callejera es basto y también
denso, Sánchez lo expresa con claridad cuando dice que no puede pretenderse que las personas vinculadas con esta
actividad son únicamente víctimas sin ninguna posibilidad de agencia ni autonomía. Considerarlo de este modo sería
superponer las discusiones normativo/conceptuales sobre el devenir cotidiano de las vidas de las personas dedicadas
a esta actividad. Con ello, reconocemos los hechos criminales de violencia, explotación, control y dominio legal y
criminal que se ejercen sobre las prostitutas, pero reconocemos también que la agencia y la autonomía pueden darse
en condiciones de vulneración de derechos y precarización laboral. No tener en consideración que es así, sería
desconocer los planteamientos de Foucault (1999) y Díaz (2014a; 2014b) en torno relaciones que se establecen en
las redes de poder que constituyen las realidades sociales de las que hablamos en el primer y el segundo capítulo de
este trabajo.
169
Vale reiterar que las mujeres con las que tuve la oportunidad de entrevistarme fueron mayores de 50 años. En
ese sentido, todas ellas tienen como punto de referencia obligado el sector de Guayaquil, bien sea porque empezaron
a ejercer el oficio de la prostitución en esa zona de la ciudad, bien sea porque sus madres o tías lo ejercieron allí o
bien sea porque sus compañeras más veteranas venían de este sector. Además, todas ellas son originarias de pueblos
de Antioquia que, por diversos motivos: vinculados con la pobreza, la violencia y el acoso familiar y vecinal, decidieron
salir de sus casas en la primera adolescencia para buscar suerte en Medellín y en otras ciudades de Colombia.
170
Sobre ese periodo final de Guayaquil recomendamos leer la crónica La última muerte de Guayaquil recopilada en
el libro Sentir que es un soplo la vida de Juan José Hoyos (2015) y escrita en 1984 en donde se lee lo siguiente: “(...)
269
trabajo sexual en algunas de sus formas, se fueron desplazando a otros lugares del centro de la
ciudad. En particular, y como lo hicieron explícito las mujeres entrevistadas, las lógicas del trabajo
sexual se fueron movilizando por la Av. Cundinamarca, hasta llegar a la zona de la Iglesia de La
Veracruz aprovechando el abandono institucional del lugar y las múltiples residencias, hoteles y
“hoteluchos” cercanos para ofrecer los “ratos” entre las trabajadoras sexuales y sus clientes (ver
Figura 34).
Figura 34. Compilación de solo algunos de los contenidos publicados en El Colombiano y el Q’hubo entre el 1999 al
2014 sobre el trabajo sexual callejero en los alrededores de La Veracruz. A partir de crónicas con extrabajadoras
sexuales, informes sobre la oferta de “hoteluchos” donde pasar el “rato”, de perfiles de trabajadoras en ejercicio y de
noticias que buscan dar cuenta de los vínculos de esta actividad con las actividades criminales del Centro, se ofrece un
panorama orientado a subrayar la manera en que la prostitución: “afecta el ambiente del lugar”. Elaboración propia171.
no son las únicas que se han quedado solas en el barrio desde el día en que fueron los vendedores de alimentos de
‘El Pedrero’; asomadas, desde los balcones de los hoteles o las ventanas de las pensiones, las prostitutas miran la
gente que pasa. Algunas leen fotonovelas, sentadas en las escaleras que dan a la calle (...) Es Guayaquil, el barrio que
durante más de medio siglo fue para todos el centro de Medellín, y que ahora está herido de muerte porque su
muerte se necesita para dar paso a avenidas, a los puentes y los edificios y para dar albergue a los funcionarios que
dentro de algunos meses ocuparan las oficinas de la Alcaldía de Medellín, la Gobernación de Antioquia y el nuevo
centro administrativo del Estado” (Hoyos, 2015: 48)
171
A continuación, ubicaremos con precisión cada uno de los contenidos extraídos de El Colombiano y del Q’hubo
que hacen parte de la Figura 33. Así, iniciando en la primera fila de izquierda a derecha y de arriba hacia de forma
consecutiva: de El Colombiano La calle de las señoras de la calle de Juan Robledo publicado el 25 de julio de 1999,
del Q’hubo $5000 la dormidita de Paula López publicado el 12 de agosto del 2005, Catre pobre, catre rico de Silvia
270
Así, para finales de los años ochenta y en el transcurso de los noventa, en los años más álgidos de
la debacle social en la ciudad, se consolida el mentado proceso de la “guayaquilización” del Centro
y en el sector de la Av. Cundinamarca, La Veracruz y la Av. De Greiff, el trabajo sexual
territorializa la zona haciéndose presente en cantinas, bares, residencias y en las calles. Haciéndose
especialmente visible en el entorno inmediato de la iglesia sobre Boyacá.
Ya para finales de los años noventa y en lo que va corrido de los dos miles, las subsecuentes
administraciones locales han llevado a cabo un esfuerzo para la reinstitucionalización del Centro
en general y de este lugar en particular a partir fundamentalmente de procesos de renovación urbana
que, como expresamos, tuvieron como punto de partida el proyecto de “Ciudad Botero” y su más
reciente expresión en la peatonalización de la Av. Bolívar entre San Juan y la Av. De Greiff.
Traemos nuevamente a colación estas renovaciones ya que si bien todas ellas han ido encaminadas
a la estetización y el hermoseo de estos lugares del Centro por ser lugares de valor patrimonial y
por lo tanto turístico, ninguna de ellas ha conseguido reconquistar estos espacios de la
territorialización conseguida por las trabajadoras sexual. Hecho que no es menor, puesto que ellas
hacen visible con sus cuerpos, sus formas de exhibirse, con sus memorias y sus dinámicas de
trabajo cotidiano, que, pese a todo, ellas siguen allí singularizando ese lugar con sus modos de ser
y de estar en ese Centro turbulento en el que han pasan muchos de sus días “guerreando”.
Bajo estas circunstancias, y con la intención de profundizar un tanto en esos “modos de ser y de
estar” en el entorno de La Veracruz, haremos una síntesis general de las cinco entrevistas ya
enunciadas. Con ello, el interés no es tanto adentrarse en los detalles del oficio y sus implicaciones
psicosociales, sino más bien, buscar una entrada al entramado cultural, social e histórico (reciente)
de esta zona del Centro a partir de la explicitación de las prácticas urbanas cotidianas llevadas a
cabo en el lugar por estas mujeres, de los negocios y personas que se benefician de su trabajo, de
la clientela que paga por sus servicios y de sus relaciones con las instituciones del entorno urbano
donde trabajan.
Bobone publicado el 24 de agosto del 2007, de El Colombiano El hampa ronda las calles de La Veracruz Rodrigo
Martínez publicado el 24 de enero del 2010, del Q’hubo Repugnantes hallazgos en hoteles de La Veracruz de Stephen
Arboleda publicado el 15 de febrero del 2010, Prostitución: en la frontera de lo ilegal de Stephen Arboleda publicado
el 14 de octubre del 2012 y Se buscan 24 mil servicios sexuales diarios de Stephen Arboleda publicado el 25 de
septiembre del 2014.
271
En tal sentido, un primer asunto a considerar sobre buena parte de las mujeres que se dedican al
trabajo sexual en el sector de La Veracruz es su condición de “extranjería”. Al respecto, vale decir
que por dicha condición buscamos englobar, en parte, la diversidad de procedencias de las mujeres
que se dedican a la prostitución en este sector del Centro. Así, estamos haciendo alusión a las
mujeres que han venido a Medellín de municipios de Antioquia y que, luego de mucho andar, han
encontrado en estas calles el lugar para ofrecer sus servicios sexuales. También estamos pensando
en las mujeres nacidas en la ciudad y que viven en barrios periféricos, pero que es en el Centro y
en ejercicio de la prostitución donde han hallado una posibilidad laboral. Y pensamos además en
muchas mujeres que llegan a la ciudad de ciudades y países vecinos y que, aprovechando la
impronta o identidad singular vinculado al trabajo sexual callejero que tiene este sector, buscan
disputarse un lugar para poder ofrecer sus servicios.
Así, al hablar de esa “extranjería” pretendemos dar cuenta de la dimensión periférico-marginal que
traen consigo estas mujeres y a la que le hacen frente a partir de la puesta en práctica de la
prostitución en estas calles. Al respecto de esta condición y de las formas en que se llega al ejercicio
del trabajo sexual, es ilustrativo un patrón repetido en los relatos de las mujeres con las que tuvimos
oportunidad de conversar. Así, en principio estas mujeres trataron de establecer lazos con
familiares que vivían en las ciudades a donde llegaban y procuraban buscar trabajos como
vendedoras, amas de casa o promotoras comerciales en negocios del Centro.
Sin embargo, con rapidez estos entornos familiares y laborales se convertían en lugares hostiles y
de abusos. Por estas razones, dicen ellas, encontraron en el trabajo sexual una forma de escapar de
estas presiones porque (vaya paradoja): “por lo menos como putas podemos elegir con quiénes
acostarnos y además recibir dinero por ello”. Así, la prostitución se constituyó para ellas como una
práctica urbana para tener independencia económica y control (relativo) sobre su cuerpo. Decimos
relativo, ya que la historia de sus años de trabajo está marcada claramente por los excesos, los
abusos y el control de sus decisiones por agentes externos. En todo caso, al decidir ser prostitutas,
su cuerpo y su sexualidad entran en un terreno de disputa y negociación que antes estaba negado
para ellas.
Un segundo asunto a considerar es que son mujeres que han encontrado que “trabajar en la calle”
es una opción laboral comparativamente mejor remunerada que otros trabajos “honrados”. Claro,
ese “trabajar la calle” no es una opción para ser idealizada, es más bien una alternativa para la
272
supervivencia en el Centro de unas personas que son estigmatizadas, violentadas, precarizadas y
vulneradas sexual y socialmente. En efecto, estas mujeres han estado buena parte de sus vidas
sorteando la precariedad material, el acoso y abuso de los actores legales e ilegales que controlan
los espacios urbanos públicos y privados en donde ejercen su oficio. Así, es común que en sus
historias personales hagan presencia el acoso y el abuso sexual y que sea algo “normal” en sus
riesgosas y extendidas jornadas de trabajo172. Son explotadas por sus parejas sentimentales o por
el “hombre que las cuida”, son acosadas física y verbalmente por funcionarios de la Policía y son
agredidas por algunos de sus clientes.
Todo lo cual contribuye a la contradictoria y vergonzante relación que estas mujeres tienen con su
condición de trabajadoras sexuales callejeras en este entorno del Centro. Contradictoria, porque, a
pesar de todas las condiciones de vulneración a las que se ven sometidas, es en el trabajo sexual en
esta zona en donde, literalmente, encuentran una alternativa para sobrevivir por sus propios medios.
Vergonzante, por el hecho de encarnar en su propia experiencia de vida la faceta libertina de la
mujer que, como enunciábamos más arriba, es fuertemente condenada por la tradición católico
patriarcal tan sólidamente arraigada en la ciudad.
Un tercer asunto que vale traer a colación tiene que ver con los tipos de clientes que estas mujeres
suelen atender. Al respecto, podemos comentar que la clientela es diversa y puede caracterizarse
en dos extremos a partir de dos tipologías: unos clientes jóvenes llenos de ansiedad, inquietud e
inexperiencia manifestadas en la agresividad, el consumo en exceso de droga y el maltrato hacia la
trabajadora sexual y otros clientes maduros que buscan una especie de compañera de largo aliento
con una mujer en particular para volverse “su amigo o su querido”. En este contexto del
172
Haciendo referencia a sus jornadas de trabajo y los riesgos que corren en ellas, las mujeres con las que hablé
comentaban que su trabajo es peligroso por la zona en donde lo realizan, por los horarios, por la clientela y por la
época que vivieron y que viven. Así lo demuestran tres variables de su trabajo: (i) han trabajado por lo general entre
las 7 p.m. y las 4 a.m., aunque algunas también lo han hecho de día, (ii) esto las motivaba a ir armadas para protegerse
y (iii) a buscar lugares no “(…) muy encerrados para, si hay problemas, poder salir rápido de ahí”. Sin embargo, estas
condiciones de clara vulnerabilidad con sus tácticas de prevención, entran en clara contradicción con algunas de las
formas de seducción para la consecución de la clientela, pues varias coincidían con el siguiente comentario: “(...) vea,
en realidad este oficio es muy duro y claro, borracha era siempre más fácil acostarse con cualquiera” y que además:
“(…) a los clientes les encanta que uno meta vicio y tome trago con ellos”. En efecto, parte clave del trabajo sexual
tiene que ver con que estas mujeres acompañen por horas a sus clientes, y esa compañía está mediada por el
consumo en exceso de alcohol y de drogas diversas que van desde la coca, pasando por la marihuana y llegando al
éxtasis y al basuco.
273
relacionamiento con sus clientes, estas mujeres deben desempeñar múltiples actividades que van
más allá del encuentro sexual.
173
Sobre esta dimensión del control sobre las mujeres dedicadas al ejercicio del trabajo sexual en la zona de La
Veracruz, tiene que ver con los momentos o etapas de la vida estas mujeres en relación al tipo de prostitución que
realizan en el Centro y que se relaciona de forma directa con la clientela o el “tipo de público” al que se dirigen sus
servicios. Según me comentaron las mujeres entrevistadas, en términos generales hay: un primer momento que se
corresponde con la adolescencia y juventud en donde recorren diversos municipios del país ejerciendo la
prostitución. Un segundo momento en donde llegan a Medellín como adultas jóvenes y se ubican en las zonas de la
prostitución como coperas en los bares reconocidos del Centro por la zona del Raudal (cerca a la Av. De Greiff, detrás
del Museo de Antioquia). Y un tercer momento en donde las mujeres llegan a una edad que supera los 40 años en
adelante y entre ellas mismas se dicen “(…) oíste, ya va siendo hora que te vayás de acá y te parés por los lados de
274
Por último, un cuarto asunto que debe ser tenido en consideración hace referencia a los modos en
que institucionalmente se ha venido abordando el fenómeno del trabajo sexual callejero en el
Centro en general y en la zona de La Veracruz en particular. Para ello, hay que traer a colación
unas prácticas discursivas expresadas en el tratamiento institucional que se ha tenido sobre las
personas dedicadas al trabajo sexual en los últimos años y unas prácticas no discursivas
manifestadas en los procesos de renovación urbanas recientes que se han ido implementado en el
Centro y las implicaciones que esto ha traído sobre las mujeres dedicadas a trabajar las calles. En
ambos casos el relacionamiento con las personas dedicadas al trabajo sexual ha sido ambivalente,
esto es: en unos casos se ha buscado la eliminación o borramiento de la zona del oficio de la
prostitución de las calles del Centro por considerarlo como una actividad ilegal, y en otros se ha
reconocido como un trabajo que debe ser acompañado institucionalmente para garantizar las
condiciones mínimas de protección y educación sexual en términos del cuidado del cuerpo propio
y de los clientes.
Así, considerando esa ambivalencia, no es de extrañar que desde finales de los años noventa hasta
ahora, la postura institucional sobre el trabajo sexual haya ido cambiando: entre finales de los años
noventa y principios de los dos mil, persistía una postura condenatoria y de persecución sobre la
prostitución callejera. Para la segunda mitad de la década de los dos mil, la postura de la
institucionalidad cambia hacia una lógica de acompañamiento hacia las personas dedicadas al
trabajo sexual en clave de la higiene personal en aras de contribuir a la prevención de las
enfermedades de transmisión sexual y de los embarazos indeseados. Ya para la segunda década de
los dos miles, en el marco de los avances jurídicos mencionados sobre el reconocimiento del trabajo
sexual como una opción laboral para personas adultas, las instituciones han mantenido una lógica
de tolerancia en donde se han realizado operativos policiales para evitar la explotación sexual
infantil en las calles del sector.
En cualquier caso, y siguiendo las claridades que ofrece Sánchez (2019), puede inferirse que las
prácticas discursivas institucionales se han mantenido en el marco de la tolerancia de no
intervención frente al trabajo sexual callejero en el Centro, pues, bien que mal, ha permitido que
La Veracruz”, haciendo referencia a que sus cuerpos han cambiado y que deben dejar espacio para que a estos bares
lleguen “(…) chicas nuevas y jóvenes”.
275
este exista y se manifieste en ciertas esquinas, calles y plazas de esa zona de la ciudad. Teniendo
presente, claro está, que la tolerancia no significa que haya un compromiso institucional que
soporte unas condiciones mínimas que garanticen la seguridad, la prevención y la integridad física
y psicosocial de las personas dedicadas al trabajo sexual callejero. Significa, más bien, que, frente
a lo desmesurado del fenómeno, tan estrechamente vinculado con las redes de poder ilegales y
criminales del Centro, se ha dejado que este siga su curso y se siga expresando, buscando, eso sí,
que se haga visible solo en unas zonas particulares como La Veracruz y con actividad policial
diurna y nocturna para dar cuenta de la presencia institucional, al menos nominal, en esos lugares.
Ahora, en una línea institucional más inclinada hacia el borramiento de estas expresiones urbanas
del trabajo sexual callejero, las prácticas no discursivas expresadas en las renovaciones urbanas
sobre esta zona del Centro han ido demoliendo, desde finales de los años noventa, residencias,
hoteles, pensiones y bares dedicados de forma explícita al comercio sexual. Caso emblemático de
este proceso de renovación fue el citado proyecto “Ciudad Botero”, en donde se demolieron un
conjunto de edificios para darle paso a la Plaza de las Esculturas de Botero en los primeros años
del dos mil.
Ciertamente, con dicho proceso de renovación urbana el trabajo sexual callejero de la zona se hizo
visible de tal manera que hubo un esfuerzo institucional por borrar del lugar la presencia estas
mujeres que permanecían en los alrededores del renovado Museo de Antioquia. Como bien puede
ejemplificarse en el trato que la Policía tuvo en esa época de las obras en la zona cuando se
realizaban redadas y se llevaban a las trabajadoras sexuales del sector de La Veracruz porque, se
suponía, estaban cometiendo un delito al prostituirse o como cuando los mismos policías les decían
a las trabajadoras sexuales que, cuando se terminaran esas obras, ya no habría lugar para ellas, pues
estaba pensado para “gente de bien”.
A pesar de estas repetidas acciones de acoso institucional, estas mujeres, a partir de su persistente
presencia y en la reivindicación de su actividad como una forma de trabajo lograron permanecer
en el lugar. Permanencia que continúa hasta hoy luego de dos procesos adicionales de renovación
urbana con la peatonalización de dos de las calles en donde, literalmente, se paran a trabajar
(Carabobo y Boyacá). Permanencia que, en el marco de la ambivalencia institucional de considerar
la actividad un delito, de estimarla como una práctica que debe ser abordada como un problema de
salud pública o, simplemente, como una expresión urbana que existe en esa zona del Centro y que
276
es mejor tolerarla desde cierta indiferencia, da cuenta de una territorialización sobre este lugar de
un trabajo sexual callejero como una práctica urbana que lo singulariza y lo constituye.
Con lo expuesto vale retomar algunas de las consideraciones hechas arriba sobre el trabajo sexual
para mostrar las formas en que hemos encontrado que dichas consideraciones han reverberado en
los últimos años en los alrededores de La Veracruz. En primer lugar, sostenemos la idea de que
una de las cuestiones que están en juego y se hacen visibles a partir de la práctica urbana de la
prostitución en este sector del Centro es la vigencia del lastre histórico-mitológico judeocristiano
de la condición doble de la mujer como santa y como puta. Doble condición que se resuelve gracias
a que las mujeres que “trabajan la calle” en esta zona urbana encarnan esa supuesta faceta “natural”,
“carnal”, “libidinosa” y “peligrosa” que está, según esa tradición, latente en las mujeres.
Así, y como buscamos mostrar, las diversas acciones que se ejercen sobre estas mujeres: desde las
acciones evangelizadoras de la iglesia de la zona para la salvación de las almas descarriadas y
pecadoras, pasando por las acciones policivas y prohibicionistas, incluyendo el control, la
protección y la explotación del proxeneta y/o de los redes ilegales/criminales que se ejercen sobre
estas mujeres, hasta las intervenciones de distintas administraciones orientadas a capacitaciones
sobre la higiene y la prevención de enfermedades de transmisión sexual y la tolerancia del trabajo
sexual en la zona; pueden ser entendidas, todas ellas, como acciones que reiteran la premisa de las
trabajadoras sexuales como depositarias de la suciedad y la contaminación. En pocas palabras,
como el espejo oscuro de la sociedad.
277
En tal sentido, el “espejo oscuro” del trabajo sexual en este lugar “refleja” no únicamente los
valores invertidos de la ciudadanía medellinense174 en clave del desenfreno sexual, la precariedad
y el habitar las calles, sino que además da cuenta de las inequidades sociales, de los desajustes
económicos y de la incapacidad institucional por afrontar los estructurales y acuciantes problemas
sin resolver en los barrios periféricos. Para decirlo de otro modo, las trabajadoras sexuales de La
Veracruz, con su constante y persistente presencia “reflejan” en el Centro mismo de la ciudad, en
las paredes y el atrio de una de sus iglesias más emblemáticas, los márgenes sociales que una ciudad
como Medellín produce sobre un inmenso porcentaje de sus habitantes.
Y, en tercer lugar, el trabajo sexual callejero se aborda aquí como un “fragmento” del mosaico en
la medida en que está densamente constituido (i) por relaciones de poder y dispositivos de control
diversos175, (ii) por su condición de “espejo oscuro” que mezcla (a) el señalamiento de la
prostitución para la definición de una buena ciudadanía y (b) las formas de “extranjería” que
explicitan algunos modos de marginación urbana en el Centro de la ciudad y (iii) por ser una
práctica urbana que recoge múltiples memorias y modos de exhibición que dan cuenta de unas
maneras de estar y de ser en la ciudad que involucran no solo a las personas que la ejercen, sino
también a quienes las evangelizan, las usan, las explotan, las señalan, las estigmatizan, las
infantilizan, y también a quienes las cuidan, las reivindican, las valoran y las reconocen. Por estas
razones, defendemos aquí la idea de que es desde el punto de vista de la prostitución que se pueden
encontrar algunas de las claves que han ido constituyendo este lugar del Centro urbano.
En efecto, pareciera que al estar en los alrededores de La Veracruz se requiriera del “reflejo” oscuro
de las trabajadoras sexuales para la definición del comportamiento y el tipo de relación que las
demás personas establecen con el lugar. Así, los proxenetas y los paracos las explotan, las cuidan
y se benefician de ellas; los religiosos las evangelizan y las salvan; los policías las requisan, las
acosan y las controlan; los funcionarios las censan, las capacitan y las educan; los planificadores
urbanos ni las consideran; los periodistas las fotografían y hacen crónicas de sus vidas y
amarillismo de sus miserias; los clientes les pagan y disfrutan de sus servicios a costa de sus
174
Que, insistimos, se han caracterizado (esas ciudadanías) por fabricarse a partir del relato oficial de ser capaces de
superar su pasado violento, de sobreponerse de las dificultades, de caminar hacia un futuro mejor, del calor humano
y la amabilidad, de tener sus brazos abiertos y de su renovado talente innovador.
175
Como hemos dicho, son relaciones de poder que van desde lo informal/criminal, pasando por lo religioso e
institucional hasta lo reivindicación político jurídica del oficio y de las personas que lo llevan a cabo.
278
cuerpos; los investigadores pretenden entenderlas; las activistas las valoran y las y los artistas las
visibilizan y hacen sus obras de su existencia.
Claro esto que decimos no es autoevidente, no es algo que pueda “tocarse con el dedo” al decir de
Bourdieu (1988). Para decirlo ha sido necesario hacer este recorrido. Aun así, estimamos que hace
falta un tanto más para redondear este planteamiento. De allí que nos extenderemos unas páginas
más para profundizar lo expuesto desde la relación que se ha establecido entre el trabajo sexual
callejero, como singularidad del lugar, y el accionar institucional público y privado encaminado a
la renovación urbano-simbólica del lugar a partir de la revitalización del Museo de Antioquia y la
Plaza de las Esculturas desde la planificación y construcción del proyecto de “Ciudad Botero” hasta
años recientes.
La idea es dar cuenta de la ambivalente relación que el Museo ha establecido con su entorno debido
a que es una entidad que representa, de forma simultánea, una concepción tradicional sobre el arte
público y unas prácticas artísticas contemporáneas del arte público. Lo cual nos dará pie para
concluir este apartado explicitando las subjetividades que conforman esta zona urbana de La
Veracruz a partir de sus formas de exhibición desde una mezcla entre unas estéticas poéticas y
prosaicas y de unos modos de inscripción que van desde lo relatado, pasando por lo que es hecho
noticia y llegando hasta lo que se registra como una obra de arte público. Con todo ello, podremos
defender la hipótesis de que este lugar es, efectivamente, un lugar del desbordamiento.
Museo de Antioquia y la Plaza de las Esculturas: entre el arte tradicional y arte público
El abordaje del Museo de Antioquia como un punto de anclaje y de relación en la comprensión del
entorno urbano de la iglesia de La Veracruz no es un capricho. Por el contrario, fue en el transcurso
de la investigación que empezó a perfilarse como un componente clave de este mosaico del Centro
que estamos elaborando.
Iniciamos entonces con una suscita contextualización del Museo, buscando centrar la atención en
los últimos veinte años. Al respecto, podemos comentar que el proyecto de hacer un Museo para
la ciudad nace como iniciativa ilustrada de la élite antioqueña a finales del siglo XIX
(concretamente en 1881) para consolidar una idea de la región antioqueña desde su producción de
279
las bellas artes. Así, la institución transitó varias décadas sirviendo como punto de referencia
educativo regional y como “biblioteca” de la producción artística departamental.
Sin embargo, entre los años 70 y 80, y a pesar de una primera donación hecha por Fernando Botero
encaminada a robustecer la institución, el Museo sufre por la debacle de la ciudad y del Centro
caracterizada por el estancamiento de la construcción del Metro de Medellín, la “guayaquilización”
de la zona, el abandono institucional y la fragmentación urbana por el desplazamiento del poder
público y privado. Es así que para los años 90, y motivados por esa misma complejidad del entorno,
las directivas discuten si el Museo debería irse o no hacia el sur de la ciudad en donde estaba el
nuevo desarrollo urbano.
Al final, se decidió mantener la institución en el Centro, ya que, en todo caso, el Museo funcionaba
y funciona aún como un punto estratégico de control y desarrollo del proyecto de la ciudad
institucionalizada en tensión permanente con las dinámicas no institucionales que se asentaron en
el lugar en las décadas anteriores. Esta decisión, se vio reforzada además con una nueva donación
anunciada por Fernando Botero a finales de los años noventa que, luego de una serie de
vacilaciones, recibió el apoyo público y privado necesario para la planeación y consolidación del
proyecto de renovación urbana que fue conocido como “Ciudad Botero” (planeado y aprobado en
el 1998 y construido e inaugurado entre 1999-2001), en donde parte de la institución se trasladó a
la antigua sede de gobierno municipal (lo que hoy se conoce como la sede principal del Museo de
Antioquia).
Desde esa reinauguración del Museo de Antioquia en su renovada sede en el año 2000 ha habido
hasta hoy diversas formas de dirección que se han caracterizado por la manera diferenciada en que
280
se ha administrado, operado y conceptualizado el Museo. Sobre este asunto, y retomando algunas
ideas de uno de los funcionarios entrevistados, podemos comentar que la institución ha pasado por
cuatro momentos. Un primer momento bajo la dirección de Pilar Velilla (2000-2005), quien se
centró en poner a funcionar para la ciudad y los visitantes nacionales y extranjeros la nueva sede,
buscando activar las colecciones y las distintas salas de exposiciones. Abriendo la institución para
ser disfrutada a ojos de locales y extranjeros.
Luego, en un tercer momento, bajo la dirección de Ana Piedad Jaramillo (2011-2015), quien tenía
un perfil de periodista y diplomática, se llevó a cabo el MDE11 gestionado por la anterior
administración, donde se buscó que el Museo contara con pares a nivel internacional, se continuó
la relación con los colectivos locales y se llevó a cabo el encuentro, ya decididamente internacional
(o más concretamente, local y global) del MDE15.
176
El MDE07 fue la primera versión de un encuentro internacional de prácticas artísticas contemporáneas en la
ciudad. El Museo fue el anfitrión y estuvo a cargo de la administración, gestión, promoción y divulgación. Fue un
evento que buscó involucrar a la ciudad en su conjunto: la administración municipal, varias instituciones educativas,
universidades, empresas privadas y visitantes. Contó con actividades académicas, recorridos, exposiciones, charlas,
conciertos, fiestas, entre otras actividades. El MDE07 fue el punto de partida para las otras dos versiones de este tipo
de eventos que mencionaré: el MDE11 y el MDE15. Para mayores detalles sobre estos encuentros, recomendamos
la revisión de las siguientes publicaciones: Artistas, espacios y proyectos invitados. Encuentro Internacional de Arte
Medellín 2007. Prácticas Artísticas contemporáneas (Museo de Antioquia, 2011), MDE11. Cuaderno de memorias
(Museo de Antioquia, 2011) y MDE15. Encuentro Internacional de Arte de Medellín. Historias Locales/Prácticas
globales (Museo de Antioquia, 2015).
281
Finalmente, un cuarto momento, aún vigente, con la gestión adelantada por su actual directora
María del Rosario Escobar (2016-actualidad), en donde se ha buscado mantener el relacionamiento
internacional, pero ahora sumándole una estrategia propuesta de que el Museo debe mirar y actuar
de manera directa sobre su entorno con el proyecto Museo 360°, en donde se busca, a partir de
diversas estrategias (residencias artísticas, aperturas del Museo, actividades para niños y niñas de
trabajadores informales, entre otras acciones) vincular la institución con su entorno cercano.177
Así, el Museo 360° se compone de acciones como Residencias Cundinamarca que se viene dando
desde el 2016, con la participación de tres residencias artísticas al año. Uno de los resultados más
conocidos de este espacio fue la propuesta de Las Guerreras del Centro con su performance Nadie
sabe quién soy yo, del que hablaremos un poco más adelante. Sumado a esto están los proyectos
Diálogos con sentido con los niños en estado de vulnerabilidad del entorno, la propuesta El caldero
en donde se vincula a las personas que trabajan en la informalidad en el entorno, para hablar de
recetas de cocina, entre otras acciones pequeñas como abrir las cuatro fachadas del Museo a la
ciudad. A modo de síntesis, se puede entender que el proyecto Museo 360° es un techo conceptual
que busca vincular la infraestructura de la institución, su proyecto educativo a través del arte y las
personas que son habituales a su contexto urbano. En palabras del Museo:
En 2016, en el Museo de Antioquia nació el macroproyecto Museo 360, que planteó abrir todas las puertas del
Museo y rescatar espacios subutilizados, especialmente en los costados del edificio que limitan con zonas de
complejas realidades sociales: la carrera Cundinamarca, la avenida De Greiff y la calle Calibío. La idea de abrir el
Museo en sus 360 grados implicaba, más que una acción física, la gran responsabilidad de generar una apertura
real hacia los habitantes del entorno. Así, el proyecto ha buscado establecer un diálogo con las comunidades de ese
territorio desde las prácticas artísticas contemporáneas, a partir de la figura de residencias: estancias de artistas
durante 6 semanas en el Museo. Una propuesta inédita en la ciudad desde una institución museal con tantos años y
con tanto peso de tradición a cuestas (Museo de Antioquia, 2019: 2).
177
Vale en este punto comentar que esta propuesta de relacionar el Museo con su entorno no es algo inédito para
la institución. Ciertamente, en su pasado reciente ya había habido algunas prácticas artísticas puntuales en eventos
relevantes como el MDE07 (con los espacios de hospitalidad en donde se realizaron procesos de colectivos artísticos
con personajes del entorno cercano), MDE11 (en donde se hizo énfasis en procesos de aprendizaje) y el MDE15 (con
la propuesta “Vive la plaza” con proyectos de alimentación, música popular con Jorge Velosa y los músicos del Parque
Berrío y “peluquiadas” a transeúntes del lugar). Aun así, es a partir del 2016 que se retoman estas acciones sociales
desde un proyecto concreto para que las propuestas de las y los artistas invitados giren expresamente en torno a la
vinculación con el contexto urbano y con las personas que son habituales al lugar.
282
Ahora bien, de esta sucinta reseña de la historia reciente del Museo nos interesa centrar la atención
en dos asuntos que han ido caracterizando la influencia de esta institución sobre la zona urbana de
La Veracruz y sobre las personas que son habituales a la misma. El primero tiene que ver con el
proceso de planeación, construcción e inauguración de “Ciudad Botero” y el segundo hace
referencia al relacionamiento ambivalente que esta institución ha establecido con su contexto
urbano inmediato en los años que han seguido desde su renovación.
Bajo estas circunstancias, debemos decir que entendemos aquí dicho proyecto como un decidido
proceso de renovación urbana en clave de puesta en práctica de un dispositivo civilizatorio que se
puso en marcha sobre esta zona de la ciudad. Fue un proyecto que rápidamente se convirtió en un
símbolo del cambio de la ciudad, de la transición de un periodo de mucha violencia a un presente
donde la ciudad se recuperaba y le apostaba a un proyecto grande, costoso y con la estampa de un
artista internacional.
Así fue intensamente narrado por uno de los medios locales más emblemáticos178 y recibido con
entusiasmo y complacencia por diversos sectores sociales, culturales y académicos. Este fue el caso
de la profesora española Asunción Hernández (2001; 2002) quien tuvo la oportunidad de visitar el
renovado Museo y la Plaza de las Esculturas al poco tiempo de que ambas obras hubieran sido
inauguradas. En efecto, para esta investigadora el proyecto de “Ciudad Botero” podía ser
entendido, para ese momento, como un esfuerzo cultural y educativo institucional público-privada
para la construcción de caminos posibles para la paz urbana, la reconciliación y la revitalización
de un sector marginado de la ciudad. Es más, la misma autora hace un ejercicio comparativo entre
la renovación urbana que significó la construcción del Museo Guggenheim de Bilbao179 y proyecto
local. En sus propias palabras:
178
Como lo hicimos notar más arriba, el periódico El Colombiano se ha encargado a hacer una oda a Fernando Botero
como un artista de relevancia capital para la ciudad. En este mismo sentido, los más de 80 contenidos que este
periódico le ha dedicado a este personaje, a su obra y a sus esculturas, profundizan aún más esa narrativa de que si
no fuera por él y su expresividad plástica en sus esculturas volumétricas quién sabe qué escabrosas y terroríficas
sendas hubiera seguido el devenir del Centro.
179
Vale comentar aquí la profesora Hernández hace referencia al modelo Guggenheim de forma, en general, positiva,
ya que, si bien hace mención algunas críticas que ya se empezaban a realizar sobre esa forma de renovación urbana,
centra su atención en los aspectos favorables de esa operación urbana tanto en Bilbao como en Medellín. Por lo
tanto, no debe confundirse su ejercicio comparativo con las perspectivas que vendrían años más tarde sobre los
efectos (muy rentables por lo demás) de instalar un “ornamento urbano” en zonas deprimidas de las ciudades para
renovarlas, higienizarlas y estetizarlas de forma radical, como bien lo recuerda el profesor González (2019)
retomando los planteamientos críticos sobre el museo de la ciudad española de Iñaki Esteban.
283
Medellín no es ajeno, en este sentido, al fenómeno de los ‘museos estrella’ del nuevo milenio como el Guggenheim-
Bilbao. Consciente de la importancia que tienen estos nuevos centros ligados a una figura de prestigio, en el caso
a la del pintor y escultor colombiano más famoso fuera de su país, la operación ‘Ciudad Botero’ realizada a
iniciativa del artista y con el apoyo y la participación de la autoridades municipales y de las principales empresas
del país, pone en evidencia una voluntad de cambio social y cultural en la que el patrimonio es un elemento clave
porque se utiliza para mejorar el nivel de autoestima de los ciudadanos, para reforzar el sentimiento de
identificación con su ciudad, a la vez que se intenta devolver a la población espacios públicos abandonados a la
marginalidad (Hernández, 2002: 153).
Siguiendo por esa misma línea, Hernández resalta que junto al relativamente reciente sistema de
transporte masivo (el Metro de Medellín), esta operación en el Centro era para la época: “(…) el
segundo proyecto de renovación urbana más importante de la historia contemporánea de la ciudad
y como la gran iniciativa de integración ciudadana de la población” (Hernández, 2002: 169). Esto
debido a que, con esta propuesta educativa y cultural vinculada con la exhibición de las obras de
arte para el espacio público y la actividad repotenciada del Museo, se estaba apostando por transitar
caminos distintos que no profundizaran más en los recientes relatos de la violencia y el miedo
urbanos.
A esto se le suma, además, dice la autora: “(...) la ilusión generada en la ciudad y el cambio de la
imagen exterior de Medellín que, por primera vez, aparece en la prensa extranjera ofreciendo una
imagen distinta del país a la tradicionalmente reducida al narcotráfico y la violencia” (Hernández,
2002: 170).
En este sentido, aunque la investigadora reconoce que para la consolidación del “Ciudad Botero”
se realizaron procesos de demolición de edificios existentes, lo que conllevó el desplazamiento
hacia otros lugares del Centro y de la ciudad de las personas que frecuentaban el lugar, y que esta
misma condición del proyecto fue, cuando menos, contradictoria; sí es claro que su postura es
afirmativa y ve, en su conjunto, con buenos ojos las renovaciones físicas y simbólicas que trajo a
este lugar de la ciudad.
Por fortuna, en el ámbito artístico y académico local ha habido, desde el momento mismo de la
inauguración de esa operación urbana, interpretaciones alternas que suscribimos y que se han
encargado de hacer una crítica a lo que significó esta renovación urbana para el Centro y a la
propuesta plástica de Fernando Botero. Esto con el ánimo de subrayar las contradicciones que se
284
expresaron y se expresan en la realización de un proyecto de esta índole. Este es el caso de los
artículos de Juan Luis Mesa (2002) Cambios de nombre o estrategias para estatuar centros y el ya
citado texto del profesor Jairo Montoya (2002) Arte urbano, espacios terroríficos.
En el caso de Mesa, la crítica se hace de forma contundente desde el ámbito de la reflexión artística
que toma distancia de la cooptación de poderes políticos y económicos que hacen del arte un asunto
decorativo. De allí que su interpretación sobre “Ciudad Botero” parta de hacer una crítica a la obra
de Fernando Botero y, desde ahí, a la decisión institucional de hacer de este fragmento urbano del
Centro un lugar para la imposición de sus voluminosas esculturas. Al respecto planteaba el autor:
Sus obras pueden estar en cualquier ciudad y nada las distingue. ¿Qué particularidades existentes en Medellín hasta
antes de decidirse por decreto, como es costumbre aquí por parte de planeadores, atrajeron al artista Botero para
imponer sus esculturas confeccionadas sin la más mínima consciencia de su ciudad natal, para que además de
insistir en su ubicación, se tuviera que derrumbar el fragmento de la ciudad existente sin el derecho a la
argumentación del tipo legal o simbólica de los antiguos moradores, los recientes, los temporales, de la ya hoy
constatable Plazoleta de las Esculturas? Por eso la necesidad de nombrar el proyecto como una ciudad, su ciudad,
Ciudad Botero” (Mesa, 2002: 76).
De esta cita nos conciernen tres cuestiones interrelacionadas que aborda el autor para profundizar
en la crítica sobre todo el proyecto: (i) la desconexión de las obras con las realidades contextuales,
(ii) el carácter impositivo y, literalmente, demoledor de la misma y (iii) y su alineación con el relato
institucional de “recuperación” del espacio público a partir del arte. Ciertamente, y para decirlo
con la claridad que Mesa lo expone en su artículo: dicho proyecto fue una operación de
reinstitucionalización del Centro a partir de un artista local de fama internacional cuyas obras
escultóricas, que bien hubieran podido estar en cualquier otro lugar, fueron destinadas para reforzar
la apuesta de renovación urbana de este sector.
Así, con el argumento de hacer un espacio público para la ciudad que además propiciaría la
educación de la ciudadanía desde unas obras de arte público, se decidió hacer tabula rasa con los
edificios y personas habituales al lugar para dejarle vía libre a unas esculturas que refundarían una
nueva “ciudad”. Entendiendo así el asunto, se abre la posibilidad de poner en cuestión el tipo de
espacio y de arte “público” que se buscaba configurar con esta operación sobre la que hubo tanto
entusiasmo de instituciones públicas y privadas.
285
Sobre este asunto, y en relación a la dimensión aportada por la obra artística de Botero, Mesa
defiende la idea de que la obra de este artista que si bien sus esculturas ocuparon un espacio público
urbano poco o nada le aportaban en términos de ser obras de arte público. Y, esto es así, porque si
hay algo que caracteriza el arte público, no es el hecho de que esté puesto en una calle o una plaza,
sino porque en su puesta en “obra” contextualizada puede poner de manifiesto las paradojas y
contradicciones que conforman eso que nos es “público”. En palabras del autor, mientras que
Botero, con toda la institucionalidad de la ciudad alineada con su voluntad e intenciones, plantó
decenas de esculturas en el Centro:
(…) los artistas disidentes de la oficialidad rimbombante, en silencio, con sus intervenciones, con sus ensayos, con
sus experimentos, con sus dudas, nos recuerdan con certeza que como públicos, son espacios cargados de líquidos
desparramados de manera incontrolada, unidos por lo mismo que los separa, siguiendo lo propuesto por Isaac
Joseph (…) (Mesa, 2002: 82). 180
En tal sentido, y hablando del aspecto espacial de esta renovación urbana, de “público” tuvo poco.
Pues si eso “público”, siguiendo nuevamente a Joseph, está en los “desparrames” y mezclas de la
vida social, “Ciudad Botero” buscó precisamente lo contrario: “(...) la Plazoleta de Ciudad Botero
emula los bríos de la guerra, sus arrases, sus traslados, sus escombros, sus angustias, su arrogancia,
su prepotencia (…)” (Mesa, 2002: 86). Ciertamente, la demolición, que se cuenta como inevitable,
fue contundente, hizo de una zona urbana, consolidada con el paso de los años, una plaza vacía
para las esculturas. Una plaza que, literalmente, borró todo los “líquidos” sociales que había antes:
locales, esquinas, residencias, lugares de encuentro y de referencia para las personas que
frecuentaban o habitan en la zona. Con ello, decir que “Ciudad Botero” fue una apuesta
institucional para aumentar el espacio público del Centro es, por decirlo menos, cuestionable.
Así lo hizo también evidente en su momento el profesor Montoya (2002) al señalar que las
demoliciones que se hicieron de la porción urbana para la llegada de las esculturas y que estuvieron
acompañadas, en su primera etapa, de la fuerza pública en caso de que hubiera enfrentamientos
violentos con las personas que estaban desalojando, hicieron que el lugar adquiriera una dimensión
terrorífica. Esto debido a que la producción de escombros, la generación de los desplazamientos y
el borramiento de la diferencia se estaba dando, ya no desde las bombas de la violenta guerra
urbana, sino desde el accionar institucional, desde el “arte”, la “educación” y la “cultura”:
180
Negritas propias.
286
A diferencia de lo que pasaba con el ágora de la polis, o en la plaza de la ciudad, las ‘obras’ ya no tienen aquí la
impronta de convocar el carácter público de un espacio centrado, sino más bien la misión de ‘rescatar’ el centro de
un espacio para un ‘público’ que en rigor debería ser expulsado como simple escoria de lo político (Montoya, 2002:
120).
Esa “escoria” que fue expulsada, diría Montoya, no fue otra cosa que la gente común. Gente que,
al parecer, no podía estar en el lugar que se construía para reclamar el Centro, para abrir un lugar
para que los medellinenses lo consideraran nuevamente como el lugar de referencia y como el
“corazón” de la ciudad. Sin embargo, rápidamente esa “escoria” empezó nuevamente a
“desparramarse” en el renovado lugar. Primero tímidamente, como alcanzó a comentar el profesor
Montoya en los primeros años de uso de la plaza, y ya luego de forma decidida. Tanto que pronto
las subsecuentes administraciones vieron la necesidad de hacer presencia allí, sobre todo en las
horas del día, a partir de funcionarios encargados de velar por el buen uso del “espacio público” y
de la presencia policial para garantizar la seguridad de las personas que visitan el lugar.181
Para reforzar lo dicho, vale citar aquí las reflexiones que Manuel Bernardo Rojas (2017), le dedica
a una de las estatuas de Botero instaladas en la Plaza de las Esculturas. El autor centra su atención
específicamente en aquella escultura que representa una esfinge182 y que le da pie para cuestionarse
por aquello que este ser mitológico busca vigilar. ¿Qué es lo que está guardando esa escultura?, se
pregunta. Si en la mitología las esfinges protegen ruinas, cuáles serían las ruinas que está
resguardando esta esfinge en particular. Pues bien, se contesta, tal vez esté atenta a lo que ha sido
de la gran “ruina” que fue este lugar en el pasado, cercano sin duda, donde hoy está ella y están las
demás esculturas de Botero. Así, a partir de este juego narrativo, Rojas presenta una crítica
renovada de los límites del dispositivo civilizatorio que fue la operación de renovación urbana.
181
Sobre este proceso de reocupación del lugar, no podemos dejar de comentar los trabajos liderados por la
profesora Kathya Jemio (Jemio, 2014; Jemio, Arango y López, 2016; Jemio y Arango, 2017), en donde, a través de un
análisis comparativo entre fotografías del pasado y del presente, se hace una suerte de diagnóstico del proyecto de
Ciudad Botero unos diez años después de su inauguración. De estos artículos nos interesa señalar es que en todos
ellos se plantea que la vida urbana que tienen los alrededores del Museo de Antioquia y que ha ido adquiriendo la
Plaza de las Esculturas, radica en la diversidad de prácticas urbanas, la mayor parte de ellas informales, que se
encuentran cotidianamente en el lugar. Con lo cual, se plantea la idea de que, a pesar de la impositiva llegada de esas
esculturas a este sector del Centro, la vida urbana encontró la manera de volver a establecerse allí mismo.
182
Describir esta escultura es fácil, no es sino traer a colación la definición de la RAE de esfinge: “En la mitología
griega, monstruo fabuloso representado generalmente como una leona alada con cabeza y pecho de mujer, que
plantea enigmas irresolubles” (consultado el 24 de mayo del 2021 URL: https://dle.rae.es/esfinge), e imaginarse esa
definición hecha escultura volumétrica por Fernando Botero.
287
Límites que, en todo caso, estuvieron precisamente en aquello que el proyecto buscó borrar,
“limitar” y separar, a saber: la “escoria” preexistente. En palabras del autor:
(…) no hay destrucción tan perfecta como para que pueda soslayar otras formas de lo ruinoso, otras formas de
hacer ruina. Pensada quizás asépticamente, como acostumbran los arquitectos y planificadores en sus maquetas y
en sus proyectos virtuales de las obras, lo proteico y multiforme de la ciudad, sin embargo, volvió a aparecer con
el paso de los años. La plazuela cruzada por turistas que se toman fotos en las esculturas, es también ‘asediada’ por
ladronzuelos que quieren robarles sus lujosas cámaras fotográficas (...) por allí está el vendedor ambulante, el
improvisado guía turístico, el transeúnte que pasa sin detenerse a mirar que una esfinge vigila el entorno, no para
invitarle a resolver el enigma – a fin de cuentas esas esculturas son tan kitsch- sino para decirle que él es el enigma,
que hace parte de un tejido incomprensible y que su andar es parte de una estesia, en donde lo público se construye
desde la escoria y no contra ella (Rojas, 2017: 33)183
En suma, lo que queremos subrayar de estas aproximaciones críticas es la forma en que todas ellas
buscan explicitar la inherente incongruencia de un proyecto como “Ciudad Botero”. Partiendo pues
de esa contradicción que hizo parte de la gestación misma de la historia reciente del Museo de
Antioquia que hoy conocemos, centramos nuestra atención en el segundo asunto ya enunciado, a
saber: la ambivalente relación que ha establecido el Museo con el entorno urbano en donde está
erigido el edificio y a las diversas y disímiles estrategias institucionales que ha asumido en los
últimos 20 años en relación a dicho entorno. Para explicar este planteamiento, traeremos a colación
algunos apartes de las mencionadas conversaciones sostenidas con dos funcionarios dicha
institución.
Bajo estas circunstancias, entendemos que el Museo de Antioquia tiene un lado A y un lado B184,
o si se quiere, una cara iluminada y una cara oscura. La primera está sobre Carabobo y es aquella
que se ofrece al turismo, con las esculturas de Botero, la presencia policial permanente y la apertura
que ofrece la plaza. La otra cara, que está sobre Cundinamarca y que tiene un punto de contacto y
su influencia sobre Calibío y los alrededores de la iglesia de La Veracruz, es sustancialmente
distinta. Es estrecha, llena de cantinas y bares para el ofrecimiento explícito de los servicios de las
trabajadoras sexuales, sumado al evidente consumo y venta de drogas, así como también la
presencia permanente de habitantes de la calle en sus niveles más altos de degradación.
183
Negritas propias.
184
Agradezco y doy crédito aquí a la conversación que sostuve con uno de los funcionarios del Museo de Antioquia.
Es desde su explicación de las dos caras del Museo (A y B) que pude articular algunos de las ideas que siguen.
288
Así, el Museo (con sus dos sedes conjuntas) y La Veracruz se erigen como dos íconos
institucionales (privado religioso y privado artístico/cultural) fronterizos entre un lado A y B de la
ciudad. Es en esa condición del lugar que, decíamos, el Museo ha establecido con los años acciones
o estrategias ambivalentes que andan por caminos distintos: por un lado está la versión tradicional
de la institución que se articula estrechamente con la donación de Fernando Botero y la Plaza de
las Esculturas, bajo el discurso de ser el arte público por excelencia de la ciudad. Esta versión
tradicionalista, que se vincula estrechamente con el lado A de la ciudad, se ha caracterizado además
por “hermetizar” el edificio en relación a su entorno y proyectar al Museo en términos globales con
grandes eventos e invitados internacionales del ámbito artístico más exquisito.
Por otro lado, está la versión del Museo que aboga por abrir espacios para las prácticas artísticas
contemporáneas que le apuestan a la comprensión del lugar y al actuar, desde el arte, sobre ese
lugar. Es en esta versión de arte crítico (por nombrarlo de algún modo) que ha promovido y
gestionado el Museo en estos años, con algunas de las prácticas artísticas del MDE07, MDE11 y
MDE15, así como también en los últimos proyectos comentados con la estrategia Museo 360°, que
encontramos que se potencia un arte público, en términos del filósofo español Félix Duque (2001),
caracterizado por su potencia disruptiva de explicitar, a través de las prácticas artísticas, la
dimensión de lo público en los lugares en donde es aplicada.
Este arte público es por lo general efímero, no “fijable” y, por ningún motivo, institucionalizable.
Se aproxima mucho más al performance urbano que al emplazamiento escultural o la fijación
pictórica. Siguiendo a Duque (2001), el arte público no es aquel que se pone en el espacio público
por más voluminoso y monumental que sea. Es más, ese tipo de expresión plástica no hace otra
cosa que esconder, en el sentido de poner un velo, las características propias de lo público. Mientras
que el otro tipo de prácticas artísticas, lo que hacen, así sea por un periodo de tiempo muy pequeño
(el tiempo que dure la intervención o el performance), es traer a la superficie los elementos que
conjugan lo público en el lugar en donde se lleva a cabo la intervención.
En otras palabras, mientras que el arte público tradicionalista lo que hace es fijar el sentido de lo
público y del arte en símbolos escultóricos monumentales que simplifican (y esconden) la
complejidad de los lugares en donde se establecen; el arte público de las prácticas artísticas
contemporáneas lo que buscan es explicitar los componentes (muchas veces frágiles,
contradictorios y problemáticos) que se mezclan para constituir los lugares.
289
Así, mientras que en la versión del Centro de la Plaza de las Esculturas (promovida, gestionada y
rentabilizada por el Museo de Antioquia) el arte se ha fijado en sus volumétricas esculturas y se ha
simplificado el espacio público dando una versión de relativo control limitando la mirada
únicamente al lado A de la ciudad. En ese mismo Centro, las prácticas artísticas que hemos
mencionado (también gestionadas y promovidas por el Museo) han buscado poner de manifiesto
las colisiones, las violencias, los desarreglos, las contradicciones, los “desparramamientos” y las
mezclas entre ese lado A y el lado B de esa misma ciudad. O lo que es lo mismo, es un arte público
que pone de manifiesto los límites, las porosidades, los rebasamientos y los desbordamientos entre
la ciudad y lo urbano, entre la polis y la urbs que componen ese lugar del Centro.
En este contexto, hemos encontrado dos experiencias artísticas de arte público que nos sirven para
buscar englobar lo expuesto y realizar una conexión con el trabajo sexual callejero manifestado en
la zona urbana de influencia inmediata de La Veracruz y del Museo. Nos referimos específicamente
a: (i) el proyecto Bar Las Divas (Sustracción/Adición) del artista mexicano Héctor Zamora
realizado en el 2007 en el MDE07 y (ii) el performance Nadie sabe quién soy yo resultado de la
residencia artística de la artista bogotana Nadia Granados en el 2017 en el marco de la propuesta
Residencias Cundinamarca.
En el 2007 el Museo de Antioquia realizó el citado evento del MDE07 cuya apuesta principal era
la de reflexionar a partir de prácticas artísticas contemporáneas sobre la pareja conceptual
hospitalidad/hostilidad, buscando respuestas sobre sus diferencias, puntos de encuentros y posibles
fisuras, resquicios y fugas entre el acoger a los otros o generar límites y muros que separan y
rechazan la diferencia. Partiendo de esta premisa, se les extendió la invitación a unos 80 artistas
nacionales y extranjeros para que aportaran desde sus múltiples perspectivas. Es así como el artista
mexicano Héctor Zamora llega a Medellín y, luego de pasar un tiempo recorriendo algunos barrios
de la ciudad y, en especial, los alrededores del Museo de Antioquia, decide hacer una síntesis de
lo visto con su obra Bar Las Divas (Sustracción/Adicción). Al respecto de este proyecto se lee en
las memorias del evento lo siguiente:
En Sustracción / Adición, el mexicano Héctor Zamora propone la realización de un bar que afecta directamente el
funcionamiento de la Casa del Encuentro (...) Al margen de cualquier ubicación accidental, Zamora propone la
construcción de una edificación que irrumpe, en todos los sentidos posibles de la palabra, con su cotidiano
290
funcionamiento (…) le sustrae una fracción importante al espacio laboral en la Casa del Encuentro al tiempo que
se lo añade al entorno; lo que deja de funcionar para la institución, en el adentro, comienza a hacerlo para el espacio
público, en el afuera (...) El bar es atendido por mujeres del sector, quienes no sólo le han puesto su ‘mano’ en la
decoración, sino que además han sido actores fundamentales en la concepción del sitio, aportando desde el nombre
(Las Divas) hasta su trabajo; y pasando por la gestión y consecución de su mobiliario. Esta apropiación es un
elemento imprescindible para el funcionamiento y avivación de la pieza (Museo de Antioquia, 2011c: 118).
La obra Bar Las Divas... fue planteada de tal manera que durara unos pocos meses, y aunque se
extendió por unos cuantos días más de lo planeado, al finalizar el MDE07 fue demolido el muro
que hacía que adentro de la Casa del Encuentro fuera el afuera de la calle, y las cosas volvieron a
la “normalidad”, es decir, las dinámicas del Museo siguieron dándose dentro de él y en las
dinámicas de las calles circundantes continuaron ocurriendo. Esta obra, si bien no buscaba traer a
colación de forma explícita que ese afuera de los entornos del Museo y de la iglesia de La Veracruz
se da en clave del trabajo sexual callejero, sí incrustó en la Casa del Encuentro, literalmente, uno
de los lugares que acogen parte de las prácticas de seducción, conversación y ocio de las personas
que se dedican a esto oficio: el bar o la cantina (ver Figura 35).
Figura 35. Se ilustra aquí la obra Bar Divas… desde el planteamiento de la idea, pasando por la “adición” de la zona
del bar a la sede de La Casa del Encuentro hasta la actividad cotidiana del mismo. Elaboración propia185.
185
Las cuatro imágenes que componen la Figura 34 fueron consultadas y tomadas del sitio web del artista el 25 de
abril del 2021 URL: https://lsd.com.mx/artwork/bar-las-divas-sustraccion-adicion/.
291
En efecto, y como se puede ver aún hoy en muchos de los bares y cantinas que se encuentran sobre
Cundinamarca, con el Bar Las Divas… se planteó una doble condición que hace parte constitutiva
de estas calles:
(i) Dejó ver que en estos bares de la zona se ponen en juego formas de encuentro urbano, de
sociabilidad y maneras de vivir el Centro que se vinculan directamente con las lógicas del trabajo
sexual callejero y que ponen en común una amplia tipología de personas habituales al lugar. Así
es, si bien en estas cantinas es donde estas mujeres suelen tomarse algo previo con sus clientes,
también son lugares para la conversación entre los cantineros, clientes y las prostitutas. Claro, son
dinámicas de sociabilidad que fácilmente se deslizan hacia el arrabal callejero con sus violencias,
peligros, abusos y normas, pero que, en todo caso, son parte del Centro, y que en ellas también se
configuran unas subjetividades que a partir de sus prácticas urbanas van configurando la impronta
particular del lugar.
(ii) Puso en evidencia las contradicciones inherentes en la gestación de un museo como este, que
no consideraba como parte de sus propias propuestas “museales”, artísticas y de reflexión los
intensos fenómenos sociales que lo rodeaban. Con esta obra, con su penetrante incrustación en las
instalaciones del Museo de Antioquia, se generó un lugar para el encuentro donde personas de
muchos tipos (del ámbito artístico, político, comercial y empresarial) experimentaron las dinámicas
de hospitalidad enraizadas en el encuentro y la sociabilidad de esa “escoria” que el mismo proyecto
“Ciudad Botero” buscó, sin éxito, borrar de esta zona del Centro.
Por su parte, en el marco del mencionado proyecto macro del Museo 360° se ha realizado la
propuesta de Residencias Cundinamarca. En pocas palabras, dicha propuesta puede resumirse
292
como un proyecto con una declarada intención pedagógica educativa y colaborativa, en donde la
“obra de arte” adquiere relevancia más en el proceso creativo y en las mediaciones que propicia la
propuesta artística, que en el resultado mismo (Museo de Antioquia, 2019). Así, en el 2017 la artista
bogotana Nadia Granados es invitada a realizar una residencia de unas semanas en el Museo cuyo
resultado fue el citado performance Nadie sabe quién soy yo concebido y realizado en un trabajo
participativo con algunas de las trabajadoras sexuales callejeras del sector186. Al respecto, y según
un catálogo que recoge la experiencia de Residencias..., la propuesta de Granados se dio:
Bajo estas circunstancias, traemos a colación la obra de esta artista bogotana porque, 10 años
después de la propuesta de Zamora, es una apuesta por vincular la actividad artística del Museo
con las dinámicas del trabajo sexual circundante de la zona de la iglesia de La Veracruz y del
Museo. Como se expone en el fragmento recién citado, en el proceso del montaje del performance
se hacen unas entrevistas, tipo casting, que quedan grabadas y se exhiben como parte de la
experiencia.
186
No está de más comentar aquí que el grupo de mujeres que trabajó con la artista se formalizaron como grupo en
la corporación conocida como Las Guerreras del Centro. Dicha corporación, que para finales del 2020 seguía
funcionado, continúo presentando el performance Nadie sabe quién soy yo durante el 2018 y el 2019, realizando
encuentros en las instalaciones del Museo y de Comfama de San Ignacio, y llevó a cabo un segundo performance con
la dirección artística nuevamente de Nadia Granados, que se estrenó en septiembre del 2019 y se tituló como
Putamente, usted sabe quién soy yo. Todas estas iniciativas buscaban la visibilización del fenómeno de la prostitución,
la financiación de la corporación y la creación de escenarios de encuentro, conversación, ocio y reflexión para
aquellas mujeres dedicadas al trabajo sexual que se vincularan a este proceso. A finales del 2019, una parte de las
gestoras de Las Guerreras se desvincula del proyecto y crea una nueva corporación llamada Putamente Poderosas,
que se dieron a conocer por su activísimo en el apoyo y publicitación de las precarias condiciones de las mujeres
dedicadas al trabajo sexual en el Centro durante todo el 2020 debido a las medidas de confinamiento por la Covid-
19.
293
Allí, varias mujeres cuentan algunos fragmentos de sus historias y sus tácticas187 de sobrevivencia
a partir del ejercicio de la prostitución en las calles del Centro. Hablan de los maltratos a los que
fueron y son sometidas por sus parejas sentimentales, sus clientes y sus jefes. Hablan del rechazo
de sus familias, de la estigmatización de las personas que las miran en las esquinas en donde se han
parado y se paran para ejercer su trabajo. Hablan de sus dramas y de sus momentos de mayor
abandono y precariedad. Un ejemplo elocuente de estas piezas audiovisuales, es aquella que recoge
el testimonio de una mujer que en vista de no haber tenido un buen día de trabajo y con la presión
de no contar con que pagar la noche en una pensión cercana, toma la decisión de vender su pelo en
una peluquería.
Es entonces a partir de este casting, sumado a un proceso de creación conjunta con las mujeres que
resultaron seleccionadas, que se produce el performance tipo obra de teatro cabaret con distintas
escenas, cada una de ellas interpretadas por una de las mujeres que participaron en su creación. A
grandes rasgos, el performance presenta una propuesta plástica que mezcla el audiovisual y la
actuación de estas mujeres tanto pregrabadas como en vivo.
La obra increpa al espectador, busca contar la experiencia de sus protagonistas desde los insultos
que reciben, desde las violencias que soportan en sus casas, en sus barrios y en el Centro. Es una
obra que pone en cuestión las contradicciones urbanas que se inscriben en el cuerpo y en la historia
de vida de estas mujeres: hacen las veces de objeto de deseo, del desahogo sexual y de confidentes
de sus clientes y, al mismo tiempo, son señaladas como personas despreciables, buenas para nada
más que abrir las piernas, como mujeres engañosas y ladronas. Asimismo, son usadas como modelo
invertido que encarna aquello que no debería ser y hacer una mujer: ser una mujer que comercia
con su sexo y hacerlo en las calles y en las noches. Y es, claro, una obra que busca valorar a estas
mujeres como protagonistas de sus propias historias de vida (ver Figura 36).
187
Hacemos referencia aquí a la propuesta de Michel de Certeau (2000) de la distinción entre tácticas y estrategias
para planear, gestionar y vivir en la cotidianidad. Desarrollamos esta idea con más detalle en el próximo apartado.
294
Figura 36. Comparto aquí dos fragmentos del performance que dan cuenta de las cotidianas violencias verbales y de
las precarias (y también cotidianas) condiciones de vida de muchas de las mujeres dedicadas al trabajo sexual callejero
en el Centro. Elaboración propia188.
De todo ello, lo que más nos resuena de esta obra de arte público, es que da cuenta que eso que son
y hacen estas mujeres en las calles no es algo dado, sino, por el contrario, algo que se produce en
la sumatoria de las múltiples prácticas discursivas y no discursivas que, como hemos dicho, norman
y controlan sus cuerpos y sus formas de comportamiento. Ciertamente, las trabajadoras sexuales
de la zona urbana de La Veracruz y el Museo son producidas por: los improperios, los esfuerzos
por su borramiento o desplazamiento, las estigmatizaciones, la infantilización, la moralización
religiosa, la caracterización institucional y de las ciencias sociales y humanas, así como también
por las mismas lógicas del arrabal callejero con sus normativa implícita, sus formas de regulación
no formales y de delimitaciones territoriales del espacio público urbano.
En tal sentido, esas experiencias de vida marginalizadas y precarizadas de estas mujeres, sobre las
que se elabora la obra de Granados, serían el producto maldito de un complejo entramado socio
histórico y cultural que opera en el centro de la ciudad de Medellín y que, en los últimos años,
viene exhibiéndose con singular fuerza en las calles que enmarcan esta zona urbana.
Anotaremos, sin embargo, que hay en esta propuesta artística un asunto adicional que creemos debe
ser señalado, y es el hecho de que esa dimensión “insumisa” que se expresa en el casting, en los
188
De las múltiples publicaciones que cubrieron en su momento este performance, decidí tomar estas dos imágenes
de la publicación ¿Usted sabe quiénes son ellas?, realizada por Jenny Giraldo en septiembre del 2017 en el sitio web
de Mujeres Confiar. La consulta y la descarga la realice el 25 de abril del 2021 URL: https://mujeresconfiar.com/usted-
sabe-quienes-son-ellas/.
295
apartes de sus vidas que cuentan y en los fragmentos del performance, se vincula con la capacidad
de agencia y autonomía que han fabricado como trabajadoras sexuales en estas calles. Sabemos
que esta es una afirmación que puede ser problemática, pero en el ámbito de la discusión sobre si
el trabajo sexual es, primero, un escenario de la plena dominación sobre la mujer donde esta no
tienen ningún tipo de agencia o, segundo, más bien un campo más complejo, lleno de fisuras y
resquicios sobre los que se prenden distintas maneras de hacerse a un lugar y a una vida en las
asperezas urbanas; y gracias al análisis que hacemos de este performance, nos inclinamos más por
la segunda opción. En la obra de Granados vemos un esfuerzo por recabar y hacer memoria(s) de
las formas en que estas mujeres son y han sido putas en el Centro, cómo lo han sobrevivido y cómo,
a pesar de todo, ellas y tantas otras mujeres como ellas: viejas, gordas, arrugadas, algunas más
jóvenes, otras de otros países, y todas ellas empobrecidas, siguen presentes haciéndose y haciendo
el lugar.
En suma, lo que nos interesa de ambas propuestas artísticas es que dan pie para problematizar la
relación entre el Museo, la ciudad y el trabajo sexual callejero. El Bar Las Divas… y Nadie sabe
quién soy yo, dan cuenta, desde dos perspectivas plásticas distintas, sobre la estrecha relación entre
unas formas citadinas que se componen en la sociabilidad de las calles y las cantinas, sobre las
miserias que cargan consigo muchas de las mujeres que “trabajan” esas calles circundantes, sobre
sus luchas y tragedias cotidianas, sobre el valor que puede encontrarse en esos esfuerzos diarios
por hacerse una vida en el Centro. Y, por encima de todo, sobre cómo estas mujeres son también
parte constitutiva de la dimensión “pública” del lugar: con su presencia diaria y sus procesos de
territorialización cotidianos hacen que esta zona urbana se configure del modo en que lo hace.
Bajo estas circunstancias, mientras que el arte público convencional, que se ha venido exhibiendo
de forma monumental y grandilocuente en la Plaza de las Esculturas de Botero, demuele, destruye
y solicita como necesarios la puesta en marcha de procesos de higienización y borramiento de lo
que preexistió en el lugar; el arte público, expresado en las prácticas artísticas contemporáneas
como las dos que hemos comentado, busca hacer visibles, con sus efímeras intervenciones, parte
de las sustancias, viscosas y “desparramadas”, que se desbordan y “empegotan” lo impensado.
En otras palabras, estos dos artistas, Zamora y Granados, consiguen hacer su trabajo con la
dimensión urbana del Centro, en especial con ese espejo oscuro que es la prostitución de las calles,
y, al hacerlo, increpan a la institucionalidad, al Museo, a la ciudad, al transeúnte y al investigador.
296
En alguna medida explicitan los modos en que estas mujeres son usadas para convertirse en un
referente maldito de esta zona de la ciudad. Ahora, encontramos además que lo significativo de
ambas propuestas es que abren una posible vía interpretativa para hacer ver que la “materia prima”
con la que se constituye la trabajadora sexual de las calles, se la exponga como aquella que se usa
para perfilar a quienes las señalan, las condenan, las tratan, las estigmatizan y las usan. Es decir,
aquello de lo que está hecha la puta de la calle es lo mismo con lo que se hace al ciudadano más
refinado.
Con lo dicho, y con el ánimo de hacer una síntesis de estos nuevos “fragmentos” del mosaico,
podemos decir que entendemos que las subjetividades de las trabajadoras sexuales de las que hemos
venido hablando, se configuran a partir de la confluencia de diversos dispositivos de subjetivación
que requieren de su reflejo en el espejo oscuro de la prostitución maldita de las calles del Centro
para su propia afirmación. Lo hemos expresado ya, es a partir de la confluencia de esos múltiples
dispositivos religiosos, institucionales públicos y privados, no institucionales, e, incluso,
académicos, que se ha venido produciendo por años la subjetividad de las trabajadoras sexuales de
las calles de Medellín.
Dichas subjetividades, se han venido asentando en unas estéticas de la marginalidad en las cuales
reverberan las exhibiciones “guayaquileras” que oscilan entre la seducción y la provocación hacia
la clientela, entre la resistencia a las fuerzas institucionales que las han querido sacar y la
persistencia de permanecer en el lugar, y entre el control territorial y las acciones violentas frente
a posibles competidoras o peligros. Así, y hablando propiamente de las estéticas enmarcadas en las
calles del entorno de la iglesia de La Veracruz y el Museo de Antioquia, encontramos que puede
hacerse una síntesis de ellas a partir de unos cuerpos de mujeres, en su mayoría maduras, que se
exhiben con ropas ajustadas y cortas para mostrarse.
Si bien los cuerpos que se presentan son diversos: los hay voluptuosos producto de operaciones,
los hay anchos y abultados, y los hay delgados y fibrosos; la mayor parte de ellos comparten como
patrón general que sus pieles son ajadas y trajinadas y su vestuario delata la precariedad en la que
viven. Adicionalmente, el oficio que ejercen es indisociable de una suerte de estéticas del arrabal
callejero de la prostitución de esta zona del Centro en donde las cantinas cercanas, con su
297
decoración y su música intensa popular, donde los “hoteluchos” en donde se pasa “el rato” y las
fiestas en las plazas, las esquinas y las aceras con el acompañamiento de alcohol, la marihuana, el
basuco y/o el perico, resultan determinantes para la puesta en práctica de este tipo prostitución.
En este contexto y ahondando en uno de los dispositivos de subjetivación que opera sobre estas
mujeres, encontramos que el dispositivo institucional busca reconquistar el lugar a través del
borramiento, el encausamiento, la tolerancia o la invisibilización de esas densas subjetividades que
encarnan las trabajadoras sexuales de la zona. Dicho dispositivo, opera sobre dichas subjetividades
en clave civilizatoria para fabricar una historia oficial sobre este tipo de lugares. Dispositivos estos
expresados en prácticas urbanas que en lo hecho y en lo dicho, hicieron tabula rasa para la
imposición de un arte convencional amparado por el éxito internacional de un artista local. Y cuya
expresión estética apuntó por la fijación del sentido del arte en unas esculturas volumétricas y por
un espacio público urbano higienizado, vigilado y controlado para el disfrute “ciudadano”.
Al respecto, es claro que esas renovaciones urbanas se han hecho y se hacen para ir borrando modos
de vida y formas de ser y estar en la ciudad que responden a unas lógicas más pueblerinas que
citadinas, más a un pasado que se pretendía borrado con la desaparición física de Guayaquil que al
presente de una ciudad moderna con un futuro promisorio, más a una urbanidad “imperfecta” llena
de lunares que unas ciudadanías a tono con las tendencias renovadas en relación a las formas en
que deben “apropiarse” los espacios públicos. Así es, son modos de vida que, en su expresiva
vitalidad, incomodan. Y lo hacen porque exponen el componente sombrío de una modernidad
298
incompleta y desigual y porque evidencian el Centro más como un lugar de explicitación de
nuestros desajustes históricos, sociales y económicos, que como un referente urbano
patrimonializado para el deleite de locales y extranjeros.
Dicho de otra manera, pareciera que ese accionar institucional hubiera entendido hace años que
estas mujeres que se prostituyen en esta zona urbana llevan pegado: en su comportamiento, en sus
modos de pararse y recostarse en las paredes de la iglesia de La Veracruz, en los hoteles que usan,
en las cantinas donde cuadran sus “ratos”, en fin, en los modos en que cotidianamente marcan y
vienen marcando este lugar, unas inquietantes permanencias “guayaquilezcas” que explicitan
contradicciones irresueltas entre lo rural y lo urbano, entre el centro y la periferia, entre lo central
y lo que está en los márgenes, entre lo que se muestra y lo que se esconde, entre lo que se aprovecha
y se deshecha, entre ellas que son putas y todos los otros que son ciudadanos. Contradicciones,
todas ellas, que siguen sin resolverse y que vienen impregnando por años los alrededores de La
Veracruz. De ahí los ingentes esfuerzos de ese dispositivo oficial por borrar, con la renovación
urbana, esos “pegajosos” modos de vida. Sin embargo, y como puede constatarse al estar en esas
calles y plazas, son formas de ser y estar en ese centro insistentemente presentes: han sido, por
ahora, “in-escondibles”, “in-bellecibles” e “in-desplazables”.
Y es, precisamente en el medio de esta tensión entre esas subjetividades y ese dispositivo de
subjetivación oficial, que hemos visto que se acomoda el estimulante accionar de un arte público
como una “fuga” institucional para poner en evidencia los desbordes de esas subjetividades. En
efecto, en las dos propuestas de arte público que hemos comentado: una, que centran su atención
en dar cuenta de los vaivenes entre la hospitalidad y la hostilidad, entre la estigmatización y el
reconocimiento y entre el hermetismo al desconocido de la calle y la sociabilidad de una cantina;
la otra, que pretende explicitar desde un performance con “artistas naturales” la aspereza de vida
que es vivida desde la sexualidad que se ofrece en las calles, de sus insultos, de sus
simplificaciones, de las violencias y de las miserias, que se hacen performance artístico, ponen en
cuestión los supuestos límites que hay entre una cosa y la otra. Hacen ver que entre la puta y el
cura, entre la puta y el proxeneta, entre la puta y el paraco, entre la puta y el putero, entre la puta y
el policía, entre la puta y la funcionaria de la Alcaldía, entre la puta y el empresario, entre la puta
y el transeúnte, entre la puta y el artista contemporáneo, entre la puta y la activista política, entre
la puta y el investigador social, en fin, que entre la puta y el ciudadano hay mucho que se pone en
común.
299
5.6. Informalidad y rebusque en los alrededores de La Candelaria
En este apartado centraremos la atención en perfilar otro de los fragmentos clave de este mosaico
que se hacen más visibles y presentes en el Centro: aquel que corresponde a las diversísimas
manifestaciones de la informalidad laboral y del rebusque diario que se han venido haciendo
presentes por años en los alrededores de la iglesia de La Candelaria. Para hacerlo haremos una
síntesis aquí de algunas lecturas, de algunos diagnósticos sobre este asunto dados desde la
planificación, de los recorridos urbanos realizados, y, sobre todo, del registro que por años ha
quedado de este fenómeno urbano en las páginas del archivo periodístico que hemos elaborado y
examinado.
Comenzamos entonces recordando, de la mano de Delgado (2011; 2018), Giglia (2012; 2017),
Filipe (2013; 2014) y Filipe y Ramírez (2016), que una de las condiciones de la concepción del
espacio público urbano que se pone en juego con la presencia de las personas dedicadas a las ventas
informales y las diversas manifestaciones del rebusque en las calles de las ciudades es precisamente
que hace tambalear su supuesta dimensión “pública”. Así es, y como lo procuramos mostrar en el
apartado 3.1. El espacio público como lo que “ocurre en la calle”, pareciera que la presencia de
las miles de personas que se dedican a múltiples formas de comercio no formalizado en las calles
de las ciudades contemporáneas, pusiera en cuestión la premisa de que los espacios públicos sean
aquellos lugares donde se da la democracia, la diversión reposada y el encuentro civilizado.
Estas personas, con sus formas de disputarse cotidianamente un lugar en la ciudad para vivir de sus
modos de comercialización y de exhibición de sus mercancías que se “riegan” en calles, esquinas,
plazas y parques, señalan las limitaciones de la concepción que se tiene sobre el “deber ser” del
espacio público. Visto así, esos espacios públicos se nos muestran, nuevamente, como escenarios
más complejos que no se explican únicamente en las lógicas de unas ciudadanías idealizadas que
transitan, consumen, se encuentra, descansan, dialogan y disfrutan de ese espacio libre de las
ciudades, sino que además son lugares donde otras formas de la ciudad se manifiestan, en este caso,
con el intrincado ecosistema de los modos de trabajo popular, no formalizado y estrechamente
vinculado con la manifestación de la marginalidad.
300
Al respecto, ya lo decíamos con Filipe (2014), esto no es algo nuevo, más bien hace parte de unas
formaciones históricas sobre el espacio público que se gestaron como un proyecto ilustrado
europeo en el siglo XVIII y XIX. El espacio público en realidad no ha existido en los términos que
se lo ha idealizado: los bulevares y plazas decimonónicas de París recién inaugurados no igualaron
las condiciones sociales de quienes los empezaron a frecuentar. Había gente de índole diversa que
se ponía en común, pero mientras las personas acomodadas caminaban, compraban y disfrutaban
de las maravillas de la ciudad en proceso de modernización, había muchas otras personas
marginadas de esa dimensión “pública” del encuentro y el disfrute, pero que estaban allí haciéndose
presentes en esos nuevos espacios urbanos, con sus maneras de estar en ellos, algunos trabajando,
otros estando y una buena parte mirando. Estimamos, en todo caso, que es importante reiterar que
desde la segunda mitad del siglo XX la planificación de las ciudades ha hecho de esta idea del
espacio público un dispositivo de producción, regulación y control de lo urbano, como lo hemos
señalado con Delgado (2011), y que, aun teniendo en cuenta su potencia homogeneizadora, se hace
necesario considerar los modos en que ha sido puesto en práctica en cada caso particular.
Si tenemos en consideración lo que expusimos en estado del arte del capítulo anterior, es evidente
que los cuestionamientos que las ventas informales y el rebusque hacen sobre el espacio público
en los centros urbanos latinoamericanos, son una temática de discusión que está a la orden del día
en los estudios sobre la ciudad. Así buscamos ponerlo en evidencia con los diversos estudios
revisados sobre la gestión y control del espacio público en diversos centros urbanos con Ramírez
(2006), Duhau y Giglia (2008), Giglia (2012; 2017), Dammert (2016) y Delgadillo (2016).
301
Con ello, entre los años 80 en adelante fue clara la existencia de un inmenso desbalance entre un
mercado laboral cada vez más especializado y una inmensa cantidad de personas no calificadas y
desempleadas. Así, en este contexto de una Medellín desindustrializada, de una desregularización
laboral e inserta en unas dinámicas de neoliberalización de sus mercados, se afirma que es una
ciudad desigual, preponderantemente informal y, por tanto, se constituye como un terreno propicio
para distintas formas de explotación laborales. Explotación que, al estar cimentada en un abandono
o incapacidad institucional, es capitalizada, en parte, por lógicas no institucionales vinculadas con
estructuras criminales que sacan provecho de las inmensas rentas generadas por las diversísimas
actividades económicas que pueden emerger del rebusque y la informalidad.
Espacio público: disputas entre el control institucional y las dinámicas del rebusque
Al revisar las formas que se ha ido abordando en los últimos 20 años el asunto del trabajo informal
en el espacio público en el Centro por parte de las administraciones municipales, se pone de relieve
que, en general, han ido encaminadas al control y la contención desde una regulación limitada y
desde una persecución sistematizada. Ciertamente, una de las consignas que desde finales de los
años noventa se han venido reiterando de manera insistente desde las subsecuentes
administraciones es que la “recuperación” del centro de la ciudad debe pasar por la regulación
institucional de las ventas informales en beneficio de la libre movilidad peatonal y del despeje del
espacio público para el disfrute y el encuentro.
Como se ha hecho evidente con los años, es una consigna que se ha buscado llevar a cabo desde
prácticas institucionales discursivas y no discursivas que han adquirido tientes distintos: iniciando
con estrategias de choque y con declaraciones idealistas, pasando por unas acciones de regulación
institucionales encaminadas a la concentración de la informalidad desde la construcción y el
establecimiento de diálogos con el sector, hasta llegar a una especie de tensa tolerancia, con
momentos de estallidos, que ha contenido y controlado la desmesurada presión de la informalidad
y el rebusque que se hace presente en el Centro en general y en los alrededores de La Candelaria
en particular.
Ahora, antes de presentar con diligencia casos concretos de dicho tratamiento institucional sobre
la informalidad, consideramos relevante hacer un comentario sobre la variabilidad de los datos con
que las distintas administraciones han trabajado para atender este fenómeno urbano. Así, por
302
ejemplo, para 1998 la Alcaldía había hecho un diagnóstico sobre las personas dedicadas al trabajo
informal en la ciudad, particularmente en su centro tradicional, y se llegó a la conclusión de que,
si se exceptuaban las personas que tenían varios trabajadores que laburaban para ellas en el ámbito
no formal, se contaba con unas 6000 mil personas que vivían de las ventas informales189.
Más adelante en el 2002, según un censo de Espacio Público190 publicado en El Colombiano, había
8000 mil personas que se dedicaban al trabajo informal en las calles de la ciudad, concentrándose
en su mayoría en el Centro191. Para el 2008, en el citado Plan de Desarrollo de Alonso Salazar, se
puede leer que el: “(…) centro de la ciudad soporta el 44,36% de los 8.595 vendedores informales
regulados de la ciudad y otro tanto se controla a diario de manera coercitiva. Existen en la
actualidad 17.000 solicitudes presentadas ante la entidad reguladora” (Alcaldía de Medellín,
2008: 42)192. Mientras que, en el 2015, en el diagnóstico inicial que se hace en el Plan de Gestión
de la Intervención Integral del Centro, se comenta que en el centro metropolitano de Medellín
existían para ese momento un total de 4442 personas dedicadas a las ventas informales, de los
cuales 3622 estaban regulados y las otras 820 estaban sin ser reguladas (Alcaldía de Medellín,
2015).
Al respecto de estos datos, estimamos que pueden presentarse dos posibles abordajes, el primero
dando por hecho que las estrategias de formalización y control de las personas que se dedican al
189
Hacemos referencia aquí a las siguientes noticias de El Colombiano: Recuperación del centro de Medellín. “Todos
los venteros saldrán del Centro” escrita por Juan José Robledo y publicada en la página 8a el 24 de agosto de 1998 y
Organizaré Medellín así mucha gente se enoje escrita por Isolda María Vélez y publicada en la página 6a el 3 de enero
de 1999.
190
Nos referimos acá a lo que en los años noventa se conocía como el Departamento Administrativo de Espacio
Público, que más tarde se constituyó como una Subsecretaría de la Alcaldía de Medellín que hasta el año 2016 estuvo
integrada a la Secretaría de Gobierno y luego pasó a hacer parte de la Secretaría de Seguridad y Convivencia de la
ciudad. Según se lee en la página oficial de la Alcaldía www.medellín.gov.co, La Subsecretaría de Espacio Público:
“(...) diseña estrategias encaminadas a proteger el derecho colectivo al disfrute del espacio público, mediante
acciones de control, regulación y protección. Promoviendo la legalidad, la autorregulación y la asociatividad para
construir una pedagogía del aprovechamiento económico generando condiciones de equidad, respeto y
convivencia”. Una de sus formas de hacerse visible es a través de sus funcionarios y funcionarias con sus chalecos en
los que se lee: “Espacio Público” que caminan por las calles de la ciudad y del Centro en particular monitoreando,
revisando y controlando a las personas que se dedican al trabajo informal. Estas personas que trabajan para la
Subsecretaría de Espacio Público, tienen la potestad de solicitar a las y los venteros ambulantes los permisos
correspondientes que avalen que puede o no vender en las calles. Asimismo, cuentan con el apoyo policial en caso
de que haya que hacer un decomiso de mercancía, un desalojo de una esquina o plaza o, incluso, una detención de
alguna persona que no esté “cooperando”.
191
Noticia de El Colombiano El centro es una zona de invasión escrita por Gloria Luz Gómez y publicada en la página
13a el 22 de septiembre del 2002.
192
Negritas propias.
303
rebusque y el trabajo informal han surtido efecto con los años y que la ciudad y su Centro están
andando hacia una progresiva mejoría en este aspecto. El segundo, en el cual nos situamos, que
pone en cuestión esas cifras, no solo porque al caminar por las calles del Centro se pone en
evidencia que existe un abigarramiento tal de estas dinámicas de la venta informal que tiene que
haber un subregistro, sino porque de entrada surge la pregunta sobre ¿qué ha pasado con las 17000
solicitudes represadas en el 2008 y las otras tantas que seguramente se han hecho en transcurso de
estos años? Lo que queremos señalar con esto, y aunque sea una obviedad, es que ha existido por
años un desfase entre una dimensión que planea la ciudad y otra que se vive y que rebusca las calles
del centro Medellín193. Creemos que, en parte, es por esas desconexiones reiteradas sobre las que
se asienta unos modos de relacionamiento conflictos, basados en la persecución, la confrontación
y el control.
Considerando lo anterior, y volviendo sobre la exposición de los casos concretos en que las
administraciones han abordado las ventas informales, haremos un sucinto recuento de algunos hitos
significativos. En la administración de Juan Gómez (1998-2000) se implementó un plan que
consideraba la regulación de la informalidad a partir de su reubicación completa en centros
comerciales populares y el mantenimiento del orden y el control sobre los espacios públicos que
iban a quedar libres a partir de su vigilancia por funcionarios de Espacio Público, la Policía y el
193
Planteamiento este que también es señalado por el reciente trabajo realizado por Carolina Velásquez (2018) en
el que sitúo su atención en las dinámicas comerciales, los modos de uso del espacio y las percepciones de una cuadra
del Centro en donde se reúnen comerciantes formales, informales regulados e informales no regulados (no
carnetizados, es decir que, se supone, no pueden ejercer su trabajo en el espacio público). Uno de los asuntos que
pone en evidencia este estudio es que en Medellín se vienen implementando desde varias décadas atrás, y en
especial desde la década de los noventa, programas, proyectos, planes, acompañamientos y regulaciones para
mitigar, disminuir y legalizar las dinámicas de la informalidad laboral y el rebusque diario, pero que sigue siendo una
ciudad donde este fenómeno ha tendido más a su crecimiento y su profundización que su disminución. Así, explica
la autora, se han dictaminado en los últimos treinta años decretos, sentencias, ordenanzas y resoluciones que se han
ido integrando a los planes de desarrollo de las administraciones y la implementación de los mismos. Todo lo cual se
ha traducido en la construcción de Centros Comerciales Populares para la reubicación de las personas que trabajan
de forma informal en las calles, en la construcción y adjudicación de puestos fijos y semi-fijos para estas personas,
en la formalización de miles de personas dedicadas al rebusque a partir de su carnetización y, como no, en la
persecución, control y contención de miles de personas dedicadas al trabajo informal que no están reguladas y, por
ende, son el objeto de atención de las y los funcionarios de Espacio Público y de la Policía. Luego de dibujar este
panorama, Velásquez centra su atención en mostrar que esos desfases entre las administraciones y las realidades de
las personas dedicadas a las ventas callejeras, se materializan también en el diseño y entrega de los puestos de
trabajo para la formalización de estas ventas callejeras. En efecto, dicho desfase se hace evidente cuando el modesto
puesto o módulo entregado es rápidamente readecuado por las personas para que pueda exhibir la mayor cantidad
de mercancía posible y para que el puesto semi-móvil se fije en el lugar. De esta manera, el pequeño módulo que se
diseñó, sin participación, para vender unos cuantos dulces es intervenido para que cuatriplique su capacidad de
exhibición y soporte diversos tipos de mercancías bien pueden ser tenis, camisas, pantalones, entre otros productos
que se estén moviendo en el inestable e incierto mercado de esas calles.
304
uso por parte las y los ciudadanos. En la gestión de Luis Pérez (2001-2003) se materializó el centro
comercial popular cercano a la Estación Prado del Metro conocido como “Los Puentes” y se
continuaron controlando las calles, parques y plazas con la presencia de funcionarios de Espacio
Público y la Policía.
Con las administraciones de Sergio Fajardo (2004-2007) y Alonso Salazar (2008-2011) se buscó
profundizar en los procesos de regulación a partir de: (i) acuerdos con los gremios de los
trabajadores informales para el uso de ciertas calles y de “transparentar” otras tantas, (ii) procesos
de formación para hacer de ellos “empresarios”, (iii) la formalización de algunos venteros con
puestos fijos otorgados por la Alcaldía, lo cual venía dándose en administraciones anteriores y se
siguió replicado por otras alcaldías y (iv) el control de las calles por parte de Espacio Público,
cimentando la confianza y buscando una relación menos conflictiva entre estos funcionarios y las
personas dedicadas al venta ambulante.
Un poco por esta misma línea de los desencuentros entre esas dos formas de abordar y actuar sobre
la ciudad, puede hablarse de las apuestas de Federico Andrés Gutiérrez (2016-2019) sobre estas
formas de comercio no formales. Así es, para esa administración el propósito claro era hacer
“respetar” la legalidad y aumentar la seguridad sobre el “espacio público”, de allí que fueran
necesarias acciones de choque y con acompañamiento policial para “recuperar” simbólica y
físicamente lugares del Centro tomados por la informalidad y la criminalidad que se escondía detrás
de esas formas no reguladas de comercialización en esos dichos lugares. Esto trajo consigo la
simplificación de las complejidades del rebusque callejero, una estigmatización sobre las personas
dedicadas a estas formas de trabajo y un aumento de la persecución por parte del Espacio Público
y la Policía.
305
Ahora bien, si retomamos en este momento los planteamientos de Michel de Certeau (2000) sobre
la necesidad de tener en cuenta las formas de funcionamientos de las prácticas institucionales y las
no institucionales en el proceso de configuración de la vida y el espacialidad cotidianas en el
espacio público. Y si, además, hacemos uso de su planteamiento de reconocer que la instituido
suele actuar a partir de estrategias “estructuradas” y una racionalidad apuntalada en la planeación;
mientras que aquello que se rige por otras normas, más vinculadas a la resolución de problemas
inmediatos y con lo que esté a la mano, sigue unas “tácticas” que se vinculan con unas
racionalidades más móviles y que responden a las incertidumbres de la vida diaria194. Entonces,
nos vemos en la necesidad de orientar nuestra atención en tratar de aproximarme a esas “tácticas”,
que, en este caso, no serían otra cosa que un vistazo a las prácticas urbanas propias de la
informalidad y las lógicas del rebusque callejero, sobre el que han recaído beneficios, controles,
regulaciones y persecuciones.
En primer lugar, encontramos que en el rebusque hay una relación con el tiempo de trabajo que
debe ser considerada. Así es, como puede constatarse en muchas de las historias consignadas en el
archivo periodístico estudiado195 y en investigaciones que abordan las dinámicas del trabajo
callejero, la regla general es que para sobrevivir del rebusque los horarios de trabajo suelen
extenderse más allá de las regulaciones establecidas por la Organización Internacional del Trabajo
(Blandón, 2012).
Aunque la diversidad de formas de trabajo informal hace que sea difícil generalizar lo que sería
una jornada de trabajo común para todas, lo que sí se puede decir es que en muchos casos, en
particular en los alrededores de La Candelaria, los puestos fijos y semifijos de calle Boyacá, las
194
El uso de esta propuesta interpretativa de Michel de Certeau entre las “estrategias” y las “tácticas” para abordar
fenómenos sociales conflictivos es, sin duda, estimulante. La propuesta, más que caer en dicotomías entre una cosa
o la otra, busca, más bien, hacer visibles las contradicciones, fisuras, formas de relacionamiento, co-dependencias y
puntos de contacto entre dos racionalidades, en apariencia, plenamente diferentes. Al respecto, consideramos que
el trabajo hecho por Juan Diego Sanín (2009) sobre el proceso de reubicación masivo de un barrio irregular en el
centro de la ciudad hacia un nuevo desarrollo urbano en las periferias del casco urbano, es un buen ejemplo de ello,
puesto que señala la las correlaciones entre unas estrategias de planeación insuficientes e inoperantes y unas tácticas
de supervivencia urbanas que territorialización un basurero para vivir en él. Luego, esa racionalidad planificada inició
un proceso de reterritolización de esos terrenos, buscando reencausar esas formas de vida, esas arquitecturas y esas
tramas urbanas, que se materializaron desde unas lógicas de la supervivencia, hacía dinámicas urbanas formalizadas
y estrictamente reguladas.
195
Así es, del acervo del archivo estudiado, los 222 contenidos identificados y analizados sobre los oficios y el
rebusque en el Centro, uno de los patrones más repetidos en las narraciones tenía que ver con las extendidas
jornadas de trabajo continuado por parte de las personas dedicadas a estas inciertas formas de supervivencia.
306
carretas de frutas aledañas, las personas dedicadas a la venta de loterías sobre Palacé, las mujeres
dedicadas a la venta de tinto en el Parque Berrío, quienes trabajan embolando zapatos también en
el parque y tantos otras formas del rebusque, inician su actividad en las primeras horas de la mañana
entre las 6:00 a.m. y 7 a.m. con la llegada de los primeros transeúntes a la zona y las actividades
parroquiales de la iglesia.
En ese mismo sentido, ya en las horas de la noche entre las 7 p.m. y 9 p.m., cuando las actividades
urbanas empiezan a disminuir, con la cada vez menor afluencia de transeúntes y la finalización de
las actividades parroquiales, los puestos de ventas fijas, semifijas y ambulantes empiezan a recoger
sus mercancías. De allí que puede hablarse que el tiempo de trabajo, que en la mayoría de los casos
incluyen fines de semana, oscile entre las 12 a 14 horas diarias196. No es gratuita la afirmación que
hace Blandón (2012) cuando dice que la vida cotidiana de las personas dedicadas al trabajo
callejero “(...) está enmarcada por el trabajo en condiciones extremas, a la intemperie, a la disputa
por el espacio, con la incertidumbre de un decomiso de mercancías, sin salarios ni días de descanso
remunerado (...)” (p.1118).
En segundo lugar, encontramos que uno de los aspectos coyunturales para la definición del
rebusque y sus “tácticas” de emergencia y permanencia, tiene que ver con la relación que este
fenómeno urbano establece con el espacio, más concretamente con las formas en que se espacializa,
se hace sitio y se configura un lugar para su existencia en el Centro. Al respecto, vemos la necesidad
de traer a colación tres consideraciones de dicha relación rebusque/espacio, a saber: (i) sus diversas
e intensas formas de manifestación y de territorialización, (ii) la puesta en cuestión de esa reducida
noción sobre el espacio público que se pretende establecer desde el accionar institucional y (iii) su
elocuente condición de hacer visible la innegable presencia de la periferia y la marginalidad en el
centro tradicional.
196
Al respecto de estas extendidas jornadas de la informalidad que hacen parte del ritmo urbano del Centro y de los
alrededores de La Candelaria, existe un trabajo audiovisual en formato de documental realizado por, en ese
momento estudiante de la Universidad de Antioquia, Daniel Mateo Vallejo en el 2014 titulado Cuadro. Sinfonía de
una pobre ciudad. Creemos que en su trabajo Vallejo consigue documentar las dinámicas cotidianas de esa
informalidad que se establece en los alrededores de varios lugares del Centro, poniendo un énfasis particular en La
Candelaria. Consiguiendo capturar en las imágenes del documental, entre otros asuntos, las dilatadas jornadas de
trabajo de muchas de estas personas cumplen desde la madrugada hasta las primeras horas de la noche.
307
En relación al primer asunto, y haciendo uso de las experiencias vividas en los recorridos realizados
por las calles del Centro y las cuantiosas huellas que con los años ha dejado el rebusque callejero
en los periódicos locales, podemos afirmar que este es un fenómeno que se manifiesta de formas
heterogéneas y que se hace abrumadoramente presente en la cotidianidad de esta zona urbana de la
ciudad. En efecto, las tácticas del rebusque se vienen espacializando, esto es: haciéndose su lugar
en el Centro en general y en particular en los alrededores de la iglesia de La Candelaria, a partir de
formas de aparición en el espacio público urbano que oscilan entre lo efímero, lo móvil, lo
semipermanente y lo permanente.197
En cualquiera de los tres casos, las formas en que las personas hacen suyos y territorializan
pequeños fragmentos urbanos del Centro siguen, por lo general, lógicas de exhibición, que pueden
ser exuberantes o discretas, pero en todo caso que se desparraman en las calles, se pegan a las
paredes, se cuelgan entre los postes y los techos, se sitúan en los cruces y en las esquinas. Las y los
venteros se hacen allí donde tienen clientes fijos, habituales, esporádicos y potenciales: en las vías
de tránsito, en los pasajes peatonales. Así por ejemplo en Boyacá al costado de la iglesia de La
Candelaria hay una miscelánea de mercancías en los puestos con sus características sombrillas de
colores que se arman y se desarman todos los días, en las entradas se ofrecen productos para la
práctica religiosa y también las llamativas películas pornográficas198.
197
Lo efímero se relaciona con la movilidad propia de muchos de los negocios del rebusque que, por su condición de
darse por fuera de la norma, deben ejercerse, literalmente, corriendo de los y las funcionarias de Espacio Público y
la Policía, para evitar decomisos de su mercancía y sanciones. Lo semipermanente, se vincula por los puestos y chazas
semi-móviles que cuentan o no con permisos de la Alcaldía y que, por su insistente presencia terminan conquistando
unos pocos metros de la calle para establecerse allí, hasta que haya cambios administrativos y se realizan operativos
para reconquistar las calles bien sea para la libre movilidad, o para el disfrute de todos, o para que en el Centro se
pueda volver a “juniniar” entra tantas otras consignas. En cuanto a lo permanente, hacemos referencia a aquellas
formas del rebusque que, luego de años y años de persistir en permanecer en un lugar particular de la calle, se les
otorga un puesto diseñado, construido y gestionado por la administración por lo general con unas pretensiones de
uso y exhibición que se alejan por mucho de los usos reales que le dan las personas que resultaron beneficiarias de
estos lugares, como bien lo señalamos con Velásquez (2018), y como se constata en un sencillo recorrido por el pasaje
peatonal de Carabobo.
198
El asunto de que se venda pornografía en el entorno de inmediato de La Candelaria llama la atención y se presta
para comentarios jocosos y lugares comunes como el dicho “el que reza y peca empata”. Lo cierto, es que solo es
una mercancía de tantas otras que se ofrecen en esta zona del Centro. En cualquier caso, vale la pena comentar que
ha sido un tema que ha dejado su huella en los periódicos estudiados: un ciudadano indignado escribió a El
Colombiano y un periodista del Q’hubo y otro Universo Centro le dedicaron su atención. Así, el 24 de enero del 2011
El Colombiano reprodujo, bajo el título Lector se queja de la venta de pornografía cerca a iglesia, lo siguiente: “Siento
pena ajena y propia cuando paso por la calle Boyacá y veo la acera de la ilustre iglesia de La Candelaria, una serie de
puestos exhibiendo y vendiendo pornografía. Todos exhiben las horribles carátulas a la vista de todos y nadie dice y
hace nada. ¿Qué está pasando con la Secretaría de Gobierno que no prohíbe y decomisa semejante material tan
vulgar?, ¿dónde está Espacio Público?, ¿dónde está la Gerente del Centro que no actúa o se pronuncia? No quiero
pasar de mojigato, vendan eso, pero en un sitio alejado de la vista de los niños, los transeúntes y los turistas” (p. 8a).
308
Las ventas se hacen a partir de artefactos producidos en las lógicas de la recursividad y la
reutilización de materiales y otros objetos que van desde el uso de láminas de icopor adaptadas con
cintas y cajas para generar superficies para la disposición de las mercancías, pasando por la
adaptación de carros de mercado para la venta de diversos tipos de mercancía, o por la adaptación
de carretas con llantas de carros y dirección para la venta ambulante de frutas, celulares y otros
accesorios electrónicos, hasta llegar a la ya clásica adaptación de coches de bebés tan característico
de este tipo de ventas199. Hay, además, en el rebusque formas de organización y gestión de los
negocios en distintas escalas, me interesa aquí aquellas que han dejado su huella en el archivo
estudiado y que hace referencia a pequeños grupos de personas dedicadas a la venta de alguna
mercancía concreta por los alrededores de la iglesia de La Candelaria, pueden ser minutos a celular,
frutas o tinto.
En cualquiera de los casos, existen, por lo general, unos puntos de acopio cercanos y/o unas
personas empleadoras que tienen a su cargo una decena de personas subcontratadas para mover las
carretas, para vender los minutos o para vender centenares de tintos diarios. Sobre este asunto
hemos visto que la crónica Termo King hecha por Pascual Gaviria (2010) para Universo Centro es
particularmente ilustrativa. En dicha crónica se hace el levantamiento de una “micromemoria” de
Don Miguel, el dueño de un negocio de abastecimiento de tinto para ser vendido al menudeo el
centro de Medellín.
Por su parte, la aproximación de Universo Centro, en el artículo Porno a la salida de misa, apunta más a especificar
y presentar la variedad de la mercancía: “En uno de los puestos de películas un señor de bigote y buena barriga me
muestra lo que tiene (...) Sexo duro, jovencitas, anal, maduras, gays, prenatal, pies, faldas, piernas, profesoras y
enfermeras (...) Voy a otro puesto: interraciales, pelinegras, pelirrojas, eyaculaciones faciales, gordas, flacas y
tetonas. Los géneros del porno, como los fetiches, son amplios" (Delgado, 2010: 11). Finalmente, el periodista del
Q’hubo, con su particular estilo y el artículo Iglesias asediadas por el cine porno, permite que uno de los vendedores
ofrezca una simple explicación de por qué venden allí ese producto: "'Lo que más se vende acá son las películas
'rojas', la gente las compra mucho y nos ubicamos acá porque es el mejor punto para nuestros negocios', dijo uno de
los comerciantes ubicado en el pasaje anexo a la iglesia Nuestras Señora de La Candelaria, en el Parque Berrío"
(Olivares, 2012: 9).
199
Vale recordar acá la obra de arte público propuesta por Ana Claudia Múnera en el marco del MDE07 titulada A la
rueda rueda. En dicha obra, la artista, con la participación de unas 200 personas dedicadas al rebusque a partir de
las ventas callejeras en el Centro, consiguió explicitar y poner en valor al menos dos asuntos que se ponen en juego
con las ventas informales: (i) al ponerles en una fila india para que recorrieran las principales vías del Centro, puso
en evidencia las proporciones del fenómeno de la informalidad y la manera en que en su desperdigamiento por las
calles de esta zona urbana, van constituyendo la impronta misma del lugar y (ii) se puso de relieve que en el rebusque
callejero entran a operar unas tecnologías de producción y de reutilización/intervención artefactual para resignificar
y reusar, en este caso cochecitos de bebé (de ahí el nombre de la obra), a precios muy bajos, para que pudieran ser
usados a la vez como contendores, vehículos y exhibidores de las más variadas mercancías (Museo de Antioquia,
2011c).
309
Abajo del Parque de Bolívar, la calle Barbacoas forma un arrabal libre de los afanes de los carros y los buses (…)
Ahí está la cocina y el centro de despacho autorizado de tinto, perico y colada El Buen Sabor. Un local de unos 35
metros cuadrados que ganaría fácil una medalla a la pequeña y mediana empresa por sus variables de generación
de empleo versus tamaño de planta física. Los siete días de la semana, las 24 horas del día dos despachadores se
encargan de llenar los termos de 300 tinteras - el 90% son mujeres- que inician sus recorridos con la esperanza de
cambiar los brebajes por monedas de 200 contantes y sonantes (...) Las mujeres van pasando la puerta y dejan sus
historias para acompañar con un tinto envenenado (...) Viven en Santo Domingo, El Popular, Carambolas, Santa
Rita. Salen de la casa cuando algunas esquinas del centro apenas están tirando la reja de la noche anterior (…)
Parece increíble que un vendedor de manzanas varado logre montar un negocio próspero y al mismo tiempo una
oficina de asistencia y empleo que ningún cubículo oficial podría sospechar. 1.500 termos, el desecho de unos
coches, 3 pipetas de gas, 3 ollas descomunales, 2 cocas de plástico, 4 hornillas, 6 jarras plásticas, 1 cucharón, 7
baldes. Dotación suficiente para esa especia de trapiche o de cocina coquera (Gaviria, 2010: 6-7).
Continuando con esta caracterización, encontramos que dentro de las formas de territorialización
del rebusque también se apela al “pregoneo”, a los sonidos penetrantes, sistemáticos, repetitivos y
amplificados.200 Se articulan con la teatralidad y el espectáculo en el que permanecen formas de
encuentro pueblerinos donde un artista callejero que salta sobre vidrios y traga claves genera
corrillos, donde el culebrero, con un pequeño micrófono, vende aceite a base de marihuana, la
crema de penca de sábila o la baba de caracol para todo tipo de enfermedades.
Asimismo, en bancas de Carabobo, en algunos muros del Parque de Bolívar, pero, sobre todo, en
el Parque Berrío, se vienen haciendo su lugar, disputándoselo cotidianamente, las y los músicos
populares que con sus músicas campesinas han conseguido una forma de permanencia en Medellín
y en su Centro201. Y, claro, nos resulta imposible no mencionar lo que se conoce como el “Bazar
de Los Puentes” o sencillamente “Los Puentes” que desde el 2014 ha conquistado de manera
explícita un fragmento urbano del Centro que, aunque alejado de La Candelaria, estimamos de
200
Una manera de experimentar ese “pregoneo” al que hacemos alusión y que se siente con fuerza cuando se está
en el Centro, puede ser a través de un recomendado documental interactivo/página web que recopila recorridos por
lugares neurálgicos de esta zona de la ciudad y, en especial, busca contar las historias de personajes que se dedican
al rebusque diario en el Centro y en diversos barrios de la ciudad. La página es: www.pregonerosdemedellín.com.
201
Vale recordar aquí el citado trabajo de Alberto Castrillón y Viviana Villa (2008) en torno a las diversas prácticas no
institucionales que se ponían de manifiesto en diversos lugares del Centro, siendo las de la música popular en el
Parque Berrío una de las más significativas. Tanto es así, que como parte del ejercicio de investigación que se llevó a
cabo en su momento, se realizó una producción audiovisual que diera cuenta de la historia de una de las músicas
que pare ese momento realizaba su actividad en dicho parque. El video está disponible en YouTube en el siguiente
enlace: https://www.youtube.com/watch?v=1cNgzl20AyQ&ab_channel=cuanticafilms.
310
singular elocuencia para dar cuenta de esas formas de conquista del espacio desde el rebusque
callejero.
Como se puede hacer explícito en las crónicas del citado texto El contrasueño, los antecedentes de
este tipo de formas de rebusque a partir de mercancías de segunda mano en tendidos en los andenes
del Centro se remontan desde inicios de los años noventa. El caso es que, como se ha mostrado,
desde finales de los años noventa hay una apuesta institucional por concentrar este tipo de ventas
en Centros Comerciales Populares y en esas iniciativas se construye y se adjudica el centro
comercial que se conoció como “Los Puentes” en el 2001 ubicado sobre una plancha de concreto
que se construyó sobre la Av. Oriental a la altura de Estación Prado del Metro.
Con los años, este centro comercial se fue consolidando como una zona de un intenso intercambio
comercial de todo tipo de mercancías, unas legales y otras ilegales, y sus calles aledañas fueron
siendo colonizadas por nuevas personas dedicadas a este tipo de oficio. Por diversos motivos, la
administración municipal clausuró y demolió la estructura de “Los Puentes”, reubicando a una
pequeña parte de las personas que lo ocupaban y dejando a una buena cantidad a su suerte. Así,
para el 2014 año fueron desalojadas cientos de personas que, casi al siguiente día, colonizaron los
bajos del Metro sobre Bolívar entre las Estaciones Parque Berrío y Prado, haciendo de esos andenes
un pasaje comercial a la intemperie, con sus normas, lógicas de funcionamiento y clientela (ver
Figura 37).
311
Figura 37. Recopilación de reportajes e informes publicados en El Colombiano y Universo Centro entre el 2016 al
2018 sobre “Los Puentes”, específicamente desde que se ha ubicado en los bajos del Metro entre las estaciones ya
mencionadas. Elaboración propia.202
Así, vemos que el bazar de “Los Puentes” que palpita hoy con intensidad, en su reguero y
desparramamiento de mercancías, en sus maneras de hacerle lugar a la aparición de muchas formas
de economías de la marginalidad, como las carpas improvisadas para motilar que pudimos ver en
diciembre del 2020, y su intensa actividad comercial; hace una síntesis de una de las dimensiones
claves de las formas de exhibición de las tácticas del rebusque, esto es: que hace visibles las marcas
de un fenómeno social que desborda y cuestiona permanentemente la concepción convencional de
aquello que se supone que es el espacio público.
Cuestionamientos estos que pueden leerse desde una perspectiva bella y reivindicativa,
probablemente literaria, en el escrito La primera venta de Gloria Estada (2013) publicado en
Universo Centro. En este breve cuento se presenta un relato que hace una memoria ficcionada de
una niña que acompaña en un día de trabajo a su mamá, que es vendedora ambulante en el centro
de la ciudad. En este cuento se dicen las cosas sobre el rebusque con sencillez y con cariño, se
habla de la rudeza del Centro, pero señalando, en todo caso, cómo es un espacio urbano que
posibilita que la gente de los "barrios" se haga un lugar para trabajar. El contexto del relato es que
la madre debe dejar el puesto para comprar algo y deja a su hija para que lo cuide y lo atienda. En
esas llega un cliente que pide una candela y ella, inexperta y nerviosa, le vende sin querer la candela
que su mamá usaba para prender los cigarrillos que vendía al menudeo. Con la pena de la niñez no
le dice nada al cliente que se va. Ella sabe que el señor volverá a reclamar y se llena de ansiedad
esperando a que llegue su mamá. Entonces:
En ese instante sentí más alivio que terror; además, pensé entonces y pienso ahora, estaba en casa, digo, en mi
territorio, era la chaza de mi mamá. Aunque estuviera en la calle, ese pedacito de centro era nuestro. Mamá
llegó primero, me entregó una bolsa y enseguida el hombre estuvo a su lado: ‘¡Vea la candela que me vendió esta
culicagada!’, dijo. ‘Bueno, jalándole al respetico señor. Tenga una nuevo y disculpe, pero a la niña me la respeta!’,
le habló como ella sabía hacerlo cuando se ponía justa y brava (...) A mí me regañaron, claro. Pero, para mi alegría,
202
Ubicaremos con precisión cada uno de los contenidos tomados de Universo Centro y de El Colombiano. Así,
iniciando en la primera fila de izquierda a derecha y de arriba hacia de forma consecutiva: de Universo Centro: Bajos
del Metro de Fernando Mora, David Guzmán y Andrés Delgado publicados en febrero del 2016 y de El Colombiano:
En Prado: agáchese, escoja y compre de Diego Zambrano publicado el 16 de noviembre del 2017 y Bazares de Prado,
4 años esperando la reubicación de Diego Zambrano publicado el 8 de diciembre del 2018.
312
no me quitaron el placer de ir en los días de vacaciones a acompañar a mamá e incluso de volver a quedar encargada
del negocio. El placer de vivir ese mundo que aún me gusta, que conozco y comprendo, esa vida en la calle armada
con trozos de vida de cada vendedor, de cada luchador, de cada sobreviviente (Estrada, 2013: 21)203.
Decíamos, pues, que con este cuento se cuestiona la noción restringida del espacio público, en
donde las personas que viven del rebusque callejero estorban porque ocupan indebidamente el
espacio urbano, ya que con su versión de lo que significa ser ambulante en las calles del Centro,
pone sobre la mesa que detrás de esa “ocupación”, hay fragmentos de vida, luchas y esfuerzos de
personas que se han hecho sitio y han conquistado un lugar para hacerse una vida en la ciudad.204
Claro, estos cuestionamientos también se plantean en términos más desapacibles, como es el caso
de la crónica literaria Vendedor ambulante de Aymer Waldir (2011) en donde se presenta una
entrevista, entre real y ficticia, a un vendedor ambulante que cuenta sus afugias diarias con la
Policía y los funcionarios de Espacio Público, sobre su larga vida trabajando el rebusque y sobre
la distancia entre formas de vida entre quienes se la rebuscan y quienes tienen la vida garantizada.
Es un contenido que cuestiona al espacio público, a las desigualdades que se espacializan en él y a
los modos en que eso se normaliza. Así pues, el vendedor entrevistado le cuenta al periodista sobre
un encuentro con un funcionario del Espacio Público que le quitó la mercancía:
¿Cuál ambulante?, le insistí, soy permanente en este semáforo desde hace quince años. ¿Qué? Gracias, claro que
acepto, vamos pues. Soy permanente le dije (...) yo sigo estable aguantando y rebuscando (...) Como le decía: eso
es lo que hay que aguantar con los agentes que custodian el 'espacio público'. ¿Es que yo no soy público?, ¿o el
espacio es sólo de las empresas privadas? De haber nacido en otro país yo no andaría en estas. De niño decía que
cuando grande quería ser extranjero (Waldir, 2011: 10)205.
Por esta misma línea, podemos hacer mención al artículo Lo más sabroso de las calles de Miguel
A. López (2016) publicado en El Colombiano. Allí, el periodista va presentando en un tono jovial
las formas de trabajo y las dinámicas cotidianas de tres personas enmarcadas en la informalidad
203
Negritas propias.
204
Sobre este tema, encontramos resonancias en la película Eso que llaman amor del 2016 dirigida por Caros César
Álvarez. En esta película se cuenta, a partir de historias ficcionadas, cómo viven unos pocos días dos personas que
viven del rebusque callejero en el centro de Medellín, concretamente en la Plaza de las Esculturas. Se relatan sus
amores, sus deseos fugaces, sus tragedias y sus dolores. Es una película que habla, además, de la aspereza de la vida
de esas calles y sus violencias diurnas y nocturnas. Es, en fin, un bello retrato de los entrelazamientos de las luces y
sombras del Centro y de los matices entre ambos con la vida de las personas que son habituales a esa zona urbana.
205
Negritas propias.
313
laboral y en las lógicas del rebusquen las calles. Una de estas personas es María del Socorro
Rodríguez quien ha tenido por más de 20 años un puesto móvil donde vende mangos en una esquina
del Parque San Antonio. Esta mujer vive en Manrique y trabaja en este lugar de lunes a sábado. Y,
obviamente ha sido presionada por distintas autoridades para que no mal ocupe el espacio público.
De este perfil no nos interesa el tono del periodista ni forma en que presenta la vida de estas
personas como parte de las curiosidades y el folclor del Centro, sino la claridad meridiana que
guardan las palabras de María del Socorro cuando habla sobre sus tácticas para vérselas con esa
presión para que no esté más en ese lugar: "'El mayor problema es que a mí nunca me han dado
permiso y se me llevan todo. Me dicen que si les puedo colaborar con la salida, pero yo, como una
cucaracha: entre más me saquen, más me entro'"(López, 2016: 26).206
Claridad meridiana, comentábamos, porque en esa analogía hecha por esta mujer, cogida así al
vuelo por este periodista, se recogen en buena medida las razones de las tensiones y disputas entre
la institucionalidad y las manifestaciones del rebusque por las calles del Centro. Por un lado está
ese “(…) pedacito de centro que era nuestro” y esa “(…) vida en la calle armada con trozos de vida
de cada vendedor, de cada luchador, de cada sobreviviente” que rememora y reivindica Estrada en
su historia. Y, por el otro, hay unas prácticas institucionales que buscan que esos “pedacitos” no se
conviertan en la generalidad de esta zona urbana y menos por miles de personas que “afean”,
“ensucian” y “estorban”, como “cucarachas” (no está de más recordar la inquietante jerga de la
planificación que traje a colación en el capítulo anterior con Hiernaux (2014)) para el “buen uso”
y “disfrute” del espacio público. Sin embargo, como bien lo dice desde su propia experiencia María
del Socorro, como “cucarachas”, entre más se los saca más se entran, persisten y se disputan los
lugares previamente conquistados.
Ahora bien, para andar unos pasos hacia el entendimiento de esa disputa por el espacio público
urbano, hay que considerar que una parte constitutiva de las complejidades del trabajo informal se
vincula con grupos de intereses y los juegos de poderes que se entrelazan alrededor del rebusque
callejero y las grandes rentas ilegales del Centro. Para ello, hay que tener claro que, como lo
expone Blandón (2012), en el “ecosistema” del rebusque callejero hay intereses y sujetos
diferenciados. En tal sentido, habría que considerar que existe:
206
Negritas propias.
314
Un grupo de trabajadores callejeros articulados a una práctica que pasa por la supervivencia y el ‘rebusque’; otro
grupo de empresarios que ‘emplean’ trabajadores callejeros o tienen propiedad transitoria sobre varios puestos de
trabajo, estos sujetos concretan su interés en la acumulación de capital o la consolidación de un mercado; otro
grupo, compuesto por la Policía, los agentes del espacio público o las empresas legales o ilegales, con una intención
por el control político-social del espacio público y de la geopolítica del centro de la ciudad (Blandón, 2012: 1118).
Hay que considerar que en esa relación entre las estrategias de control y contención institucionales
sobre la informalidad y las diversas “tácticas” de aparición y permanencia del rebusque, están
siempre latentes y presentes las formas de control y de ejercicio del poder no institucionales. Esto
complejiza el panorama y hace ver que el espacio público, lejos de su idealización como escenario
del encuentro entre iguales, es más bien un lugar de intensas disputas, de tensiones, de conquistas
y reconquistas e, incluso, de enfrentamientos (ver Figura 38).
Figura 38. Portada del Q’hubo al día siguiente de los disturbios que hubo en el centro de la ciudad por los desencuentros
entre los venteros, la institucionalidad y los intereses no institucionales que se ponen en juego en esta zona de la ciudad.
Portada del 2 de octubre del 2012.
315
En el mes de octubre del 2012 hubo una asonada en el centro de la ciudad de Medellín que tuvo su
origen en unas protestas de venteros y venteras frente a nuevas restricciones y prohibiciones que
traía consigo la administración municipal. La prensa local buscó dar explicaciones, entrevistó
funcionarios, hizo investigaciones, planteó hipótesis y, en el caso de Universo Centro, se buscó una
aproximación un tanto más reposada. A grandes rasgos, las razones que encontró la Alcaldía, de
la mano de la Policía, y periódicos como El Colombiano y el Q’hubo fueron que detrás del ese caos
generalizado que hubo ese día de octubre estaban operando estructuras del crimen organizado que
tienen en el centro de la ciudad sus millonarias operaciones de microtráfico y microextorsión
cotidianas. Por tanto, frente a las medidas que estaba tomando la administración para la regulación
y el control sobre informalidad que iban contra sus propios intereses, la criminalidad se manifestó
con potencia a través de las y los venteros ambulantes.
Si bien esa línea explicativa asentaba sus explicaciones en hechos comprobables, sobre todo
aquellos que tenían que ver con la existencia de estructuras criminales que tienen mucho poder no
institucional en el Centro y en las rentas generadas por las actividades no formales y criminales
que allí se ejercen, estimamos que explicar ese estallido social solo desde una reacción criminal,
simplifica lo ocurrido. Pensamos que los enfrentamientos del 2012 hicieron también síntoma del
acumulado de las profundas desconexiones entre las administraciones municipales y las miles de
personas que han trabajo en los últimos 20 años en el rebusque del Centro. Un acumulado de
intervenciones, persecuciones, desmantelamientos, levantamientos y decomisos a gran, mediana y
pequeña escala.
En tal sentido, visto desde el punto de vista de las formas de manifestación de la informalidad y el
rebusque cotidiano de esta zona de la ciudad, el espacio público es, literalmente, un lugar de
tensiones y disputas de diversas intensidades: desde un llamado de atención de un funcionario de
Espacio Público a un ventero sobre que su puesto se excede en tamaño, pasando por el decomiso
de un surtido de pequeño de golosinas o de ropa a alguien que no cuenta con permiso para vender,
hasta un operativo con policías a bordo para desalojar un grupo de personas que está ocupando con
sus puestos una zona para el tránsito de peatones o vehículos.
Ahora, considerando esa diversidad de intensidades que pueden adquirir las disputas por hacerse
un lugar en este centro urbano, vale la pena comentar que ha habido casos en los que estas tensiones
316
se han resuelto, y no necesariamente desde el enfrentamiento violento. Como ejemplo de ello
retomamos acá la crónica que Ciudad vs. Pueblo de Pascual Gaviria (2011) publicada en Universo
Centro, que citaremos in extenso y que, a nuestro entender, puede darnos elementos para dar cuenta
de otras formas de manifestaciones de esas tensiones y para englobar algunas ideas de lo expuesto
hasta aquí en este apartado. En efecto, en este artículo se presenta al Parque Berrío como epicentro
de muchas disputas entre una visión de ciudad metropolitana y unas formas de vida pueblerinas
que se han hecho su lugar en ese Parque a pesar del señalamiento, de la estigmatización y de las
persecuciones institucionales de la Policía y el Metro:
El Parque Berrío todavía entrega su sombra de palmeras a cambio de la mierda inofensiva de las palomas (...) Ahora
el parque no es más que una modesta plazuela de paso coronada por un prócer diminuto, empequeñecido por la
escala de los edificios y los hombres, de los buses y la gorda Botero. Pero en los corrillos espontáneos que se van
juntando bajo los árboles se puede encontrar el Medellín más pueblerino, una increíble colección de
montañeros que han elegido el ombligo maltrecho de la ciudad para cantarle a su pueblo perdido (...) Por
momentos el centro de Medellín (…) parece la plaza de algarabías de un caserío recién fundado por las desgracias
del desplazamiento, los azares de la coca o las promesas del contrabando (…) Todos se conocen en medio de esa
extraña caricatura del pueblo en la ciudad. Los más viejos hablan del ambiente de fiesta que fue creciendo, hace 20
o 25 años, alrededor de los carros de mercado que vendían cerveza, guaro, chicharrón y cigarrillos. (…) Desde que
llegó el metro con sus alardes de trapeadora y su cultura de ascensor, los músicos populares del Parque
Berrío fueron perseguidos como la peor de las plagas. Muecos, con tufo a alcohol y canciones de lágrimas y
puñales, con sombrero peludo y zapatos sufriendo del tercer dueño, los músicos, los bailarines y los pegados
al parche le parecían, al metro impresentables para sus alrededores metropolitanos (…) Los policías
comenzaron, entonces, a trabajar en el desalojo del parque y la guitarra se volvió una amenaza. ‘Es muy difícil
conseguir a uno de por aquí que no haya terminado en el comando’, me dice el Segoviano, un cantante vestido con
la camisa del Nacional. En medio de esa purga contra la guasca, la carrilera, la parrandera, el despecho y sus
costumbres (…) un hombre de Barranca, curtido en rebusques y caminancia (…) se le ocurre que hay una
buena posibilidad de pelear por los músicos del Parque (…) Comienza a llenar planillas, sacar carnés, juntar
tríos camino a la secretaría de cultura (…) El metro debió resignarse y decidió poner una línea imaginaria que
los músicos y su guachafita se comprometieron en no cruzar (…) Ese Medellín que baila a salticos en los corrillos
del Parque, que exhibe la mirada vidriosa de los jubilados sobre las putas jubiladas, que rebusca monedas invocando
brujas y resuelve todas las discusiones con el refranero, es un sumidero privilegiado en la ciudad. Ahí no está solo
una colección de lo más granado de los montañeros de la provincia, están los campechanos más rebeldes, más
bohemios como todavía dicen en los pueblos, los menos obedientes (…) ahora tienen carné de desplazados,
asociación de músicos populares y el beneplácito a regañadientes de la nueva iglesia local y sus vagones
(Gaviria, 2011: 14-15).207
207
Negritas propias.
317
Comentábamos que con esta crónica sobre el Parque Berrío encontramos claves de interpretación
para mostrar otras formas de resolución de las disputas por el espacio urbano, en donde hubo roces,
sí, pero se resolvieron a partir de acuerdos y reconocimientos mínimos entre esas tácticas del
rebusque y las estrategias institucionales del control y la contención. Asimismo, nos da luces que
nos permiten sortear el escollo de los vínculos de la criminalidad con la informalidad. Ya lo hemos
dicho, no es nuestra pretensión y mucho menos nuestro interés dar cuenta de la criminalidad en el
Centro. Es algo que está allí, es innegable, su presencia es persistente y, a ratos, aparece con mucha
intensidad.
En todo caso, nuestros señalamientos de este asunto en relación a la informalidad del Centro están
orientados a entender esas redes de poder y control en los que entran en juego esa dimensión
microescalar de las personas que se dedican al rebusque diario teniendo que vérselas con el Espacio
Público, con la Policía, con el patrón que les alquiló el puesto o les dio a crédito la mercancía, con
los paracos que los extorsionan y, con todo y eso, van haciendo parte de los lugares que
territorializan, haciéndolos singulares, como los alrededores de La Candelaria. En donde el pasaje
Boyacá, el atrio de la iglesia y el Parque Berrío han hecho las veces, en los últimos 20 años, de
superficies de inscripción de múltiples “micromemorias”, de unas memorias del rebusque.
Ahora centraremos nuestra atención en esas formas de vida del rebusque que por más de veinte
años han encontrado su anclaje y representación en los alrededores de la iglesia de La Candelaria,
pero que han venido dejando su huella en distintas esquinas, calles y andenes del Centro. Para ello,
presentaremos, literalmente, tres mosaicos de imágenes que hemos identificado y extraído del
archivo periodístico analizado para este trabajo y, con ello, pretendemos ofrecer apenas un vistazo
de las diversísimas micromemorias del rebusque de personas que han hecho suyos ciertos lugares
del centro, en muchos casos con su efímera presencia y su contante insistencia.
Así, con esas “tácticas” del rebusque que acabamos de presentar, que son puestas en práctica en
esta zona urbana, que se encuentran en relacionadas en unas redes de poder que oscilan entre
estrategias institucionales para su regulación, contención, persecución y control y formas de
presión, control y extorsión no institucionales que sacan provecho de su condición informal y no
318
regulada, miles de personas han contribuido a la constitución de la singularidad de cruces e
intersecciones de calles y pasajes, como Boyacá al costado de la iglesia de La Candelaria, y
parques, como el Parque Berrío. Presentamos entonces esas (micro) memorias del rebusque (ver
Figuras 39, 40 y 41):
319
Figura 39. Mosaico de micromemorias del rebusque, realizado a partir de contenidos del periódico El Colombiano en torno
a la vida y el trabajo de personas que trabajan de manera informal en el centro de Medellín. Los contenidos van de 1998 al
2006. Elaboración propia208.
Este primer mosaico está compuesto por las huellas dejadas por (en la Figura 38 de arriba hacia
abajo y de izquierda a derecha): Ana Tulia Rodríguez, emboladora que trabajaba cerca al edificio
Coltejer; Anabel Puerta, vendedora de tinto en el viaducto del Metro del Parque Berrío; "El Ché",
cachivachero que tenía su tendido en Bolívar con Bolivia; José Lizandro Yepes de 77 años,
zapatero que se ubicaba en San Juan con Carabobo; Fabio Ocampo, mecánico de 72 años originario
de Belmira Antioquia y que trabajaba en el barrio El Corazón de Jesús; Amanda Sánchez de 59
años, quien se desplazaba todos los días desde Santa Elena hasta la caseta de velas y sahumerios
sobre la Av. Oriental. Cerca de la Av. La Playa; un hombre en situación de discapacidad dedicado
a vender almanaques y estampas de santos en el atrio de la iglesia de La Candelaria; Carlos Hernán
Cardona de 56 años, quien comercializaba billetes y monedas de colección y se ubicaba Av. 1ro de
Mayo entre Palacé y Junín; Rosa de 54 años, que vendía artículos religiosos, veladoras y velones
en el atrio de la iglesia San José; Flor Elena Velásquez, originaria de El Charco, en el Bajo Cauca,
vendía chontaduro en una esquina de Palacé con la 1ro de Mayo; Yamile Jaramillo, con un puesto
ubicado entre Colombia con Sucre se dedica a la reparación de relojes y a la venta de objetos de
arte country; Cruz, vendedora ambulante de collares y artículos para el pelo en el sector de Bolívar
con Pichincha; Johan Fernando Lozano de nueve años, vendía frunas y confites en las calles
cercanas al Museo de Antioquia; Carlos Mejía, vendedor de frutas y verduras sobre Bolívar a la
208
Para mayor precisión, compartimos la ubicación en la versión impresa de El Colombiano. Inicio en la primera fila
de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo: las dos primeras imágenes son del artículo En Medellín se resbala pero
no se cae de Juan Robledo publicados el 25 de junio de 1998, las demás continúan de forma consecutiva con Pregunte
por lo que no vea de El Colombiano publicado el 4 de noviembre de 1999, Zapatero de historias gastadas de Elizabeth
Yarce publicado el 16 de mayo de 1999, Viejos que no se arrugan de Gustavo Ospina publicado el 5 de junio del 2001,
Casetas del Centro, entre velas, fajas y saumerios de María Molina publicado el 21 de junio del 2001, Atrios, espacios
entre lo divino y lo humano de Catalina Montoya publicado el 11 de febrero del 2002, Los hombres del billete Juan
Sepúlveda publicado el 26 de febrero del 2003, Un atrio con movimiento de Wilson Díaz publicado el 4 de marzo del
2003, Chontaduro para levantar el ánimo de Marleny Vélez publicado el 22 de junio del 2003, A Yamile, la vida le
cambió la pila de Isabel Vélez publicado el 23 de septiembre del 2003, Ahora los venteros corren más de Paula Pérez
publicado el 2 de marzo del 2004, Johan se la juega en las calles Isolda Vélez publicado el 20 de abril del 2004, El
color de la huerta se exhibe en la calle de David Santos publicado el 13 de mayo del 2004, El tendedero del centro de
Rafael González publicado el 18 de agosto del 2004, El zapatero de la calle de Elizabeth Yarce publicado el 16 de mayo
del 2005, Figurita vuelve la historia recuerdos de Rafael González publicado el 29 de mayo del 2005, El muro de
Amparo retrata el acontecer de Rodolfo Arroyave publicado el 27 de julio del 2005, El pibe del Bonice de Gemis
Mogollón publicado el 21 de septiembre del 2005, Los loteros aguardan su día de suerte de Liliana Vélez publicado
el 11 de noviembre del 2005, Del tinto se vive en el centro Rafael González publicado el 11 de enero del 2006, Ana
embellece el calzado y los días en el Parque Berrío de Paola Cardona publicado el 4 de mayo del 2006, Se arreglan
paraguas mientras caen los aguaceros de Carlos Giraldo publicado el 18 de mayo del 2006 y El arte de la inmovilidad
de Henry Agudelo publicado del domingo 19 de noviembre del 2006.
320
altura de Perú; Rigoberto Torres, vendedor de toallas con diseños llamativos entre Ecuador con
Venezuela; Luis Fernando Osorio de 48 años, zapatero ambulante en el Parque de Bolívar; Figurita,
originario de Santander, dedicado a la fotografía instantánea en la Plaza de las Esculturas; Amparo
Zapata Patiño de 49 años, oriunda de Puerto Berrío dedicada a realizar retratos y se ubicaba en la
Av. La Playa cerca a la Av. Oriental; Elkin Arias Moretti de 55 años y de nacionalidad argentina,
vendedor de Bonice en el pasaje de Junín en el Centro; Hernando Quiróz Herrera, vendedor desde
hace 28 años de lotería en las cercanías de la iglesia de La Candelaria; Jorge William Vanegas,
desde hace un década rellenaba termos de tinto para la vendedoras de la zona y se ubicaba en un
costado del Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe; Ana Dalia Hurtado, embaladora desde hace
11 años en el Parque Berrío; Fernando Cano, arreglaba paraguas en mal estado a lo largo del pasaje
peatonal de Carabobo; Nancy Pérez, David Rangel y Rodolfo Aponte, eran algunos de los que
pertenecían al grupo de estatus humanas que trabajaban en el Parque Berrío o en la Plaza de las
Esculturas.
321
Figura 40. Mosaico de micromemorias del rebusque, realizado a partir de contenidos del periódico El Colombiano en torno
a la vida y el trabajo de personas que trabajan de manera informal en el centro de Medellín. Los contenidos van de 2007 al
2017. Elaboración propia.209
En este segundo mosaico presentamos los registros dejados por (en la Figura 39 de arriba hacia
abajo y de izquierda a derecha): Mauricio Marín de 15 años, vendedor ambulante de correas en los
andenes cercanos al Edificio Coltejer; Gilberto Giraldo, vendedor ambulante de empanadas en el
sector de La Bayadera, cerca de La Alpujarra; Arsenio Montes Cáseres, costeño y saxofonista que
se ubicaba en el cruce de la Av. Oriental con La Playa; María Serna y José Álvarez, se ubicaban
en el pasaje peatonal de Carabobo para cantar canciones en dueto; Jairo Tapias, Rubén Gómez y
Héctor Gómez, oriundos de Cocorná, conformaban el grupo de música Los Lejanos y se dedicaban
a tocar música tradicional campesina y popular en el pasaje peatonal de Carabobo y en el Parque
Berrío; Javier Gómez, durante 50 años como vendedor de libros al pie de negocios, en ese
209
En aras de la precisión, compartimos la ubicación en la versión impresa de El Colombiano. Inicio en la primera fila
de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo de forma consecutiva: Estrellas fugaces en el centro de David Santos
publicado el 16 de abril del 2007, Los racimos de empanadas son la delicia en el centro de Juan Monroy publicado el
1 de mayo del 2007, El bárbaro del saxofón es dueño de la esquina de Juan Monroy publicado el 15 de octubre del
2007, Jesús, acuérdate de María y José Carlos Giraldo publicado el 15 de noviembre del 2007, Los lejanos quieren
llegar muy lejos en Carabobo de Alejandro Millán publicado el 11 de junio del 2008, Tienda de Javier un oasis para
los lectores de John Saldarriaga publicado el 6 de marzo del 2008, Se componen tobillos y canciones de John
Saldarriaga publicado el 12 de julio del 2010, Malabares para vivir del rebusque Juan Rojas publicado el 18 de marzo
del 2012, La música que suena en la calle de Hernando González publicado el 21 de mayo del 2012, Desde ya calienta
la banca de los caramelos de Mónica Quintero y Juan Humaña publicado el 28 de marzo del 2014, Vendedores de La
Playa se quedan, con condiciones de Gustavo Ospina publicado el 16 de agosto del 2014, En el centro juegan con los
juguetes de moda de John Saldarriaga publicado el 14 de diciembre del 2014, 60 años rodando con una carreta de
John Saldarriaga publicado el 4 de noviembre del 2015, Lo más sabroso de las calles de Miguel López publicado el 15
de julio del 2016, Aires de pueblo con los músico de Parque de Berrío de Diego Zambrano publicado el 19 de marzo
del 2017, La agitación tiene su sitio en el Pasaje Boyacá de John Saldarriaga publicado el 9 de abril del 2017 y En
Prado, agáchese, escoja y compre Diego Zambrano publicado el 16 de noviembre del 2017.
322
momento lo hacía afuera de una ferretería en Bolívar con Amador; Hérnan Bedoya Arenas, oriundo
de Risaralda, un vendedor ambulantes de chicles y cigarrillos, compositor de música popular y,
además, sanador de rodillas y tobillos; Gabriel Jaime Álvarez de 52 años, administrador de
empresas cuya empresa quebró y se dedicó a la venta de teléfonos viejos y computadores
repotenciados en un tendido en el sector de “Los Puentes”; César Mazo de 45 años, conocido como
el "Indio Orión" culebrero que vendía libros sobre las dotes curativas de la penca de sábila en el
Parque de Berrío; músicos de música "plebeya" y popular ubicados en el Parque Berrío; William
Londoño, se ubicaba en Ayacucho con Junín en una banca y unos cajones de madera para vender
láminas y caramelos de álbumes de los mundiales de futbol; Byron Córdoba, caleño, y en ese
momento vendía accesorios en una chaza temporal sobre la Av. La Playa; vendedores de juguetes
en el piso del pasaje peatonal de Carabobo en la época decembrina; Carlos Arturo Taborda de 84
años, carretillero desde hace 60 años que se ubicaba en ese momento en Carabobo con Maturín;
María del Socorro Rodríguez, vivía en Manrique Oriental y llevaba 20 años trabajando en una
esquina del Parque San Antonio sin permiso y, en sus palabras, resistiendo como una “cucaracha”
a los operativos para sacarla de allí; Gustavo Molina, Gustavo Cano y Darío de Jesús García,
integrantes de Los Auténticos del Ritmo que tocaban su música popular en el Parque Berrío;
Patricia Echavarría con su puesto de frutas en la esquina de Palacé a un costado de La Candelaria;
Yeny Bustamante, con un puesto de venta de insecticidas y misceláneas a todo el costado de la
iglesia y Eduardo Gómez, quien llevaba 25 años en el lugar vendiendo diversos tipos de mercancías
en su puesto a unos pocos metros de la Puerta del Perdón de la iglesia y Francisco Antonio Henao,
vendedor desde hace tres años de sus antigüedades y otros cachivaches en el suelo debajo del
viaducto del Metro entre las estaciones Parque Berrío y Prado.
323
Figura 41. Mosaico de micromemorias del rebusque, realizado a partir de contenidos de los periódicos el Q’hubo en el periodo
2003-2019 y Universo Centro en el lapso 2010-2017 en torno a la vida y el trabajo de personas que trabajan de manera informal en
el centro de Medellín. Elaboración propia.210
210
Nuevamente apelando a la precisión, compartimos la ubicación en la versión impresa de los periódicos del Q’hubo
y Universo Centro. En tal sentido, iniciando en la primera fila de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo presento
los contenidos revisados del Q’hubo de forma consecutiva: Me gano la vida alquilando celulares de La Chiva
publicado entre el 28 de agosto y el 3 de septiembre del 2003, Sanador cura en La Plaza Botero de La Chiva publicado
entre el 29 de abril y el 3 de mayo del 2004, Tinto. Un negocio que llega a dar $40 mil pesos diarios de Sergio Zuluaga
publicado el 4 de agosto del 2005, Edgar Castaño y su oasis de relajo de Sergio Zuluaga publicado el 23 de diciembre
del 2006, Dele una embellecida a los zapatos con el “lustrólogo” y Pregunte por lo que no vea en el centro de Sergio
Zuluaga publicado el 15 de marzo del 2006, Cómase tremendo barco por tan solo mil pesitos de Sergio Zuluaga
publicado el 11 de septiembre del 2007, Hay arte callejero pa’ todos los gustos de Joaquín Gaviria publicado el 5 de
enero del 2009, Traga clavos y salta en vidrios a pesar de estar en la olla de Lina Gallego publicado el 17 de junio del
2009, Con su música alegran la vida en el Parque Berrío de Ana Jaramillo publicado el 11 de mayo del 2010, El
rebusque en “Medallo” da para todos los gustos Pablo Santa publicado el 26 de enero del 2012: 14-15), Ellos no
quieren desaparecer de Jessica Cano publicado el 22 de junio del 2017 y El centro tiene acento venezolano de Laura
Jiménez publicado el 18 de febrero del 2019. Ahora, de la cuarta fila, de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo
doy cuenta de los contenidos revisados de Universo Centro de forma consecutiva: Portada Universo Centro del 12 de
324
Por último, en este tercer mosaico damos cuenta de las memorias dejadas por (en la Figura 40 de
arriba hacia abajo y de izquierda a derecha): Gloria Alzate, vendedora de minutos de celular en una
caseta debajo de la Estación del Parque Berrío; Rubén Darío Hernández de 73 años, conocido como
"El Sanador" quien se dedicaba a hacerles rezos a personas con distintas dolencias en la Plaza de
las Esculturas; Paula Rivera de 20 años, quien con su hermana se dedicaba a vender tinto en el
Parque Berrío; Édgar Castaño, vendedor ambulante de música en CD en el pasaje Junín; Óscar
Alberto Echeverri, embolador de zapatos en el Parque de Berrío; Iván Darío Pulgarín de 44 años,
trabajaba como vendedor ambulante desde los 13 años y se caracterizaba por vender diversas
mercancías que exhibía colgadas en su cuerpo mientras deambula por el pasaje Junín; María
Máxima Madrid, vendía almuerzos de mil pesos en adelante al lado del Teatro Lido en el Parque
Bolívar en un cochecito de bebé adoptado para sus contenedores de comida; artista callejero
disfrazado de militar trabajando en la Plaza de las Esculturas; Carlos Ramírez de 42 años, artista
callejero dedicado a espectáculos de pruebas de resistencia con el cuerpo que trabajaba en el Parque
de Bolívar solo por dos horas como decía su permiso; Bertulfo Soto, Jorge Marín y Jorge López,
integrantes de la agrupación Trío Manantial que por décadas habían trabajado con su música
popular en el Parque Berrío; Hernán Macías Herrera, dedicado a la transcripción de documentos
en su máquina de escribir en los alrededores de la Plaza de las Esculturas; Blanca Ballesteros,
llevaba 20 años en el sector del Éxito de San Antonio y hace 10 años vendía minutos de celular;
María José Vega, migrante venezolana, había llegado hace unos meses a Medellín y se dedicaba a
vender tintos, cigarrillos y mecato en el sector de Junín y del Parque Bolívar; Argemiro Flórez,
migrante venezolano vendía piñas en una carreta en la esquina de Junín con la Av. La Playa;
hombre en su local del desaparecido Centro Comercial de “Los Puentes”, vendedores en sus locales
del extinto Centro Comercial “Los Puentes”, algunas de las 300 vendedoras de tinto de diversas
edades aprovisionándose de la bebida en el local de Don Miguel Tinto el Buen Sabor en la
madrugada en la calle Barbacoas; músicas, músicos y bailadores de guasca, carrilera y música
popular del Parque Berrío; María Dolly Suaza, vendedora de morcilla en la Av. Oriental entre
Ayacucho y Colombia desde 1994; un vendedor de cachivaches y ropa de segunda y de tercera
que, como tantas otras personas dedicadas a este trabajo en el bazar callejero de “Los Puentes”,
mayo del 2010, Centro Comercial Los Puentes de Universo Centro publicado en mayo del 2010, Termo King de Pascual
Gaviria publicado en agosto del 2010, Ciudad vs. Pueblo de Pascual Gaviria publicado en julio del 2011, Los sabores
de Dolly de David Guzmán publicado en diciembre del 2014, Quincallería de Fernando Mora publicado en febrero del
2016, Eso somos de Sergio Valencia publicado en septiembre del 2016 y Portada Universo Centro #92 publicado en
noviembre del 2017.
325
ofrecía su mercancía a los transeúntes que pasaban; Álvaro Rodas, vendedor por más de veinte
años en el Centro que en ese momento vendía venenos para plagas y bromas en Junín entre
Colombia y La Playa y una mujer adulta en una de las calles del centro, con su carrito de mercado
adaptado para la exuberante exhibición de sus mercancías.
Es momento de recoger lo expuesto hasta aquí en este apartado para proponer el “fragmento” del
mosaico que nos hemos propuesto configurar desde el punto de vista de la informalidad y el
rebusque. Por lo que hemos procurado mostrar, en un sentido similar al fragmento del trabajo
sexual callejero, encontramos que para hacer esta caracterización del fenómeno urbano del
rebusque debemos considerar dos grandes dispositivos de subjetivación que operan sobre él: (i) los
intereses institucionales cuyas manifestaciones más visibles se dan en el accionar de Espacio
Público y la Policía y (ii) los intereses no institucionales expresados, en especial, por los grupos
que ejercen control territorial ilegal en las calles y esquinas del Centro, es decir: las “Convivir” y
lo que estas representan.
Ambos dispositivos actúan de manera simultánea sobre las miles de personas que se dedican al
rebusque callejero en esta zona de la ciudad. Como buscamos señalar, el dispositivo institucional
actúa a partir de decretos, gacetas oficiales, reubicaciones, carnetizaciones, censos, regulaciones,
normativas, controles, operativos, decomisos, batidas, operativos y persecuciones. Por su parte, el
dispositivo no institucional opera desde el aprovechamiento del rebusque en su condición de
actividad no regulada y sin garantías por parte de la institucionalidad, de allí que sean la
microextorsión y el control del espacio urbano dos de sus prácticas más comunes.
De esta manera, el dispositivo institucional ha buscado por más de veinte años que el espacio
público urbano del Centro sea compatible con los ideales de un escenario para el libre tránsito, para
el disfrute y con calles “transparentes”, en donde, claramente, las personas que viven del rebusque
no son compatibles, a no ser que sean regulados, mesurados y contenidos. Y, mientras esto ha
venido ocurriendo, el dispositivo no institucional ha sacado provecho de la condición no regulada
de la informalidad vinculándose con esas economías del rebusque particularmente desde el
ejercicio del control territorial y, en esa medida, del cobro de vacunas para permitir que se trabaje
326
en determinadas esquinas y calles del Centro. En pocas palabras, las personas que se han dedicado
al rebusque en el espacio público urbano del centro de Medellín, se han visto involucradas en un
entramado de intereses entre un poder institucional que las considera, cuando menos,
inconvenientes211 y un poder no institucional que en muchos casos les cobra por el derecho a estar
en esa zona de la ciudad.
Es en ese contexto en donde se han venido produciendo unas subjetividades del rebusque. Unas
subjetividades que, si bien se componen desde la diferencia y la heterogeneidad, sí consideramos
que podemos caracterizarlas a partir de unos patrones generales que son determinantes para esta
forma particular de ser y de estar en el centro de la ciudad. Son unas subjetividades que se hacen,
deshacen y rehacen en las calles del Centro y que tienen singular presencia en los alrededores de
la iglesia de La Candelaria. Son unas subjetividades que se “cuecen” en una periferia geográfica y
en los márgenes sociales, pero que se hacen evidentes en la centralidad urbana. Son una manera de
estar en la ciudad que se disputa su lugar de manera cotidiana a partir de la puesta en práctica de
“tácticas” heterogéneas del rebusque caracterizadas por ser móviles, exuberantes, frágiles,
precarias, cambiantes, pero, sobre todo, persistentes.
Móviles, en la medida que el desplazamiento de las personas que las practican, bien sea en su
desplazamiento de las periferias urbanas al Centro, o en la movilidad misma del oficio para la
búsqueda de clientes, o, claro, los correteos para burlar las presiones de Espacio Público.
Exuberantes, en términos de las formas de exhibición y promoción del más variado tipo de
mercancías. Frágiles, porque en su misma condición de informalidad y de no regulación, hacen que
211
Decimos “cuando menos” por buscar matizar un tanto la discusión en torno a las diversas formas que desde las
administraciones han abordado el problema. Sin embargo, luego del trabajo realizado, nos encontramos con que
desde la planeación de la ciudad y su obstinación de pensar y hacer un espacio público idealizado, las personas
dedicadas al rebusque en el Centro son consideradas como una problemática que ensucia, que estorba, que causa
aversión (como las “cucarachas”). No es exagerado hacer este comentario. Un elocuente ejemplo de ello está
consignado en la noticia Funcionario de Medellín quisiera “pistola desintegradora” para acabar con vendedores
ambulantes. Como bien se expresa en esta noticia, en octubre del 2016 Francisco Henao Duque el Subsecretario de
Espacio Público realizó unas inquietantes declaraciones en una sesión del Concejo de Medellín en donde se discutían
las diversas estrategias que, para ese momento, la reciente administración implementaría para recuperar el Centro.
En ese contexto el funcionario hizo la siguiente intervención: “Si yo tuviera la pistola desintegradora, simplemente
yo la ponía frente a todos los comerciantes informales que estorban en el espacio público y los destruiría” (El
Espectador, 2016: párr 4). Luego de ello comentó que para él (hay que subrayarlo: el Subsecretario de Espacio Público
en una sesión oficial del Concejo), la ciudad sería perfecta sin vendedores en la calle. Ahora, aunque a este funcionario
el alcalde del momento le exigió que una rectificación pública, vemos que sus palabras consiguen capitalizar y
expresar la comprensión que desde la planificación se tiene de la informalidad urbana.
327
estén sometidas a presiones desde los dispositivos antes mencionados que pueden conllevar al
ahogamiento de la práctica del rebusque.
Precarias, en términos económicos, en donde el hecho mismo de estar rebuscándose la vida en las
calles del Centro así lo explicitan y en términos laborales por las condiciones extremas de trabajo
expresado en horarios extendidos, ninguna posibilidad de resguardo y pocas o nulas garantías
normativas como atención en salud ni mucho menos posibilidad de jubilación. Cambiantes, en
relación a la condición dinámica del rebusque expresadas en los múltiples tipos de oficios y
tipologías de mercancías que se ofrecen en el comercio no formal. Persistentes, puesto que, por
más operativos, desalojos y decomisos por parte de la institucionalidad y por más presiones y
extorsiones ejercicios por los poderes no institucionales del Centro, las prácticas urbanas del
rebusque callejero siguen haciéndose presentes.
Son, pues, un tipo de subjetividades que desbordan el espacio público urbano y, a todas luces, se
desparraman en las esquinas, en los pasajes, en las calles y en las aceras del Centro. Y lo desborda
a partir de la exuberancia de unas estéticas que afectan la sensibilidad visual, sonora, olfativa e,
incluso, táctil de los clientes habituales, los esporádicos y los desprevenidos, de los transeúntes que
pasan y de los investigadores que observan. Son exhibiciones que, ya lo decíamos más arriba, se
vierten sobre las calles, plazas, pasajes, parques y resquicios del Centro: con mercancías de
segunda, tercera y cuarta mano tendidas en el suelo, colgadas entre columnas, adosadas a los
cuerpos; con “pregoneos” de alimentos y mercancías de ocasión; con una amalgama de olores entre
frituras y cocidos; con sonidos pueblerinos, populares y montañeros; con todo tipo de curiosidades
que hay que experimentar para creer y comprar.
En fin, son unas estéticas a partir de las cuales se realizan las más diversas marcaciones y
territorializaciones, por efímeras que sean, del espacio público urbano. Marcaciones estas por las
que entran en permanente tensión con las normas de contención, control y regulación
institucionales. De estas marcaciones desbordadas han ido quedando rastros, a modo de
“micromemorias”, de la diversidad de historias de vidas detrás del fenómeno urbano de la
informalidad.
Al echar un vistazo, como recién hicimos con las Figuras 38, 39 y 40, a una pequeña porción del
conjunto de dichas memorias, encontramos dos claves interpretativas para entender qué es lo que
328
está en juego en esos desbordes que se explicitan en las prácticas urbanas donde se hacen presentes
esas subjetividades del rebusque: (i) que en la informalidad y el rebusque del Centro se hace
potentemente explícito que los márgenes sociales y las periferias urbanas son parte constitutiva de
esa zona urbana y (ii) que los desbordes que pueden evidenciarse al prestarle atención a las
subjetividades del rebusque hacen pedazos la noción del espacio público desde la que suelen
abanderarse las acciones sobre este fenómeno urbano desde las administraciones que han
gobernado la ciudad en los últimos 20 años.
Sobre el primer asunto, vale comentar que si bien esa es una condición compartida por los demás
“fragmentos” del mosaico que hemos tratado y del que nos falta por abordar, es en este en donde
estimamos que se hace particularmente evidente. Y lo hace por la gran cantidad de personas
dedicadas a los múltiples oficios que ofrece el rebusque, por la manera en que pone de relieve las
inequidades sociales, por la procedencia periférica, bien sea urbana o pueblerina, de las personas
que lo ponen en práctica, por las condiciones de marginalidad social y precariedad laboral y
económica generalizada en las que viven muchas de estas personas. En esa medida, la presencia de
estos miles de personas que se hacen presentes cotidianamente en el Centro para vivir del rebusque
hacen las veces de parte maldita de ciudad en términos de que son la evidencia latente de los
excesos de un sistema político y económico neoliberalizado, inequitativo y estructuralmente
desigual.
En relación al segundo asunto, y aunque en el transcurso del apartado lo hemos venido mostrando,
creemos que vale agregar que las prácticas urbanas del rebusque efectivamente hacen pedazos, aún
más dramáticamente, la idea de que el espacio público es un escenario libre para el consenso
democrático. Los desencuentros, los enfrentamientos, las persecuciones, los decomisos, las batidas
policiales, los estallidos y las demás manifestaciones de disputas que ha habido por el derecho al
trabajo, por la defensa de un lugar del Centro ya conquistado, lo demuestran profusamente. El
espacio público urbano del centro de Medellín está en disputa y sobre él recaen intereses, poderes
e intensidades diferenciadas, heterogéneas y de diversas escalas.
En todo caso, son en buena medida las subjetividades del rebusque las que vivifican muchas de las
calles, parques y pasajes del Centro. Ese es el caso particular del entorno urbano de la iglesia de
La Candelaria, el cual sería otro lugar completamente distinto sin sus músicos y músicas que
interpretan sones populares y montañeros, sin sus vendedoras de tinto, sin sus emboladores y
329
emboladoras, sin sus puesto semi fijos en el pasaje de Boyacá con su intensa oferta y miscelánea
de mercancías, sin sus vendedores de lotería, sin sus vendedoras de imágenes religiosas y velones,
sin las personas que venden frutas en carretas, en fin, sin las personas que, en buena medida, lo
vienen constituyendo como un lugar singular de la ciudad.
Ahora centraremos nuestra atención en otro de los “fragmentos” del mosaico de especial relevancia
para esta tesis, aquel que tiene que ver con la diversidad sexual transgresora que se expresa en los
alrededores de la Catedral Metropolitana. Más concretamente con las manifestaciones del
desbordamiento en algunos de los procesos de territorialización y permanencia que dichas
disidencias sexuales han tenido en el Parque Bolívar y en la zona que se conoce como Barbacoas.
Para dar cuenta de ello nos apoyaremos en investigaciones que estimamos significativas, en el
archivo periodístico entendido como una elocuente fuente de información en relación a lo que ha
venido aconteciendo en estas calles, en una síntesis de las salidas de campo realizadas, en las
conversaciones sostenidas con cuatro personas pertenecientes a las disidencias sexuales activas y
activistas en esa zona urbana, con dos personas propietarias de bares significativos del lugar, con
una gestora artísticas y cultural y con un artista que ha hecho de este lugar de la ciudad su punto
partida para la realización de una obra, a nuestro entender, potentemente pública212.
Comenzamos entonces recordando de la mano de Perfetti (1995), Avendaño (1998), Wolf (2015a;
2015b); Naranjo y Villa (1997) y González (2018a) que por la combinación entre: (i) un proceso
de expansión urbana y de desplazamiento de las élites que habitaban la zona de Villa Nueva y del
barrio Prado de la ciudad hacia Otrabanda (Laureles, San Joaquín, La América) y el Poblado entre
los años cincuenta y setenta del siglo XX; (ii) el paulatino proceso de “guayaquilización” del
Centro con sus históricos problemas no resueltos y sus “moscas de todos los colores” buscando y
encontrando en esta zona urbana lugares de existencia; (iii) el abandono fáctico y simbólico de las
instituciones públicas y privadas del centro tradicional, dejándolo un tanto a la discreción de los
intereses y poderes no institucionales producidos en las lógicas criminales la violencia mafiosa y
homicida del narcotráfico de los años ochenta y principios de los noventas y, luego, consolidados
212
Conversaciones y entrevistas realizadas en febrero y diciembre del 2020.
330
en estructuras ilegales paramilitares de amplio control territorial y de usufructo de las rentas
millonarias del microtráfico, la microextorsión y demás actividades vinculadas con el submundo
que se vive activamente en esta zona de la ciudad; y (iv) el aislamiento en el que quedó la Catedral
Metropolitana, su parque y sus calles aledañas con el rompimiento de la trama urbana del Centro
con la construcción de la Av. Oriental en los años 70.
Decíamos que, por la combinación de todo ello, y como lo expresó una de las personas
entrevistadas, esta zona urbana de la ciudad se configuró como una “tierra de nadie” para los años
ochenta en adelante. Con lo cual, al ser de “nadie”, al estar fuera del foco de interés político,
económico y empresarial, al haber quedado con un vacío social e institucional, se convirtió en un
espacio urbano propicio para un proceso de territorialización y conquista del lugar por parte de
grupos de personas y de intereses, por lo general no institucionales, que encontraron en las casas,
en las esquinas, en las pequeñas plazas, en los cruces y en el Parque de Bolívar un escenario para
el despliegue de sus prácticas urbanas, haciendo explícitas sus formas particulares de constituir la
ciudad.
Esos “grupos de personas e intereses” a los que hacemos referencia son heterogéneos y
diferenciados, pero en general comparten una condición de la marginalidad urbana, de poner de
manifiesto con su presencia, una vez más, el carácter periférico de la zona central de la ciudad,
expresada principalmente, en este caso singular, en las intensas formas de manifestaciones de la
diversidad y de las disidencias sexuales que han venido habitando desde los años ochenta en esta
zona urbana.
Claro, como buscaremos mostrar, para hablar de esos modos en que ha sido territorializado este
lugar, hay que considerar las otras formas de expresión de dicha marginalidad y su estrecha
vinculación con el control no institucional ejercido por estructuras ilegales y criminales que, como
ya hemos ido insistiendo, hacen parte constitutiva del Centro. Asimismo, no hay que perder de
vista que el Parque Bolívar, por su carácter central, por ser uno de los pocos parques del centro
tradicional de la ciudad y por la conexión que ha mantenido con el Centro que se mueve en La
331
Candelaria y La Veracruz, continúa siendo un espacio público urbano que posibilita un encuentro
diverso entre personas distintas y diferenciadas.213
En este contexto, no es entonces una sorpresa que desde inicios de los dos miles se haga referencia
al Parque Bolívar y los alrededores de la Catedral Metropolitana, concretamente hablando al sector
de Barbacoas, como una zona urbana regida por la “ley de la jungla”. En efecto, según la retórica
periodística de El Colombiano, este sector, que en el pasado fue el lugar de reunión de familias
prestantes, de eventos culturales de alto nivel y de la expresión de la religiosidad local más
significativa, se había convertido para los primeros años del siglo XXI en un lugar lleno de
“monstruos” y “fieras” que asechaban en las sombras y que emergían (y emergen) en las noches
para apoderarse de las calles a pocos metros de la Catedral.
Así se hace evidente en la narración periodística que se viene construyendo por casi veinte años
sobre el Parque Bolívar y sus alrededores y que ha girado en tres dimensiones: (i) una que señala
los problemas de la ilegalidad, la prostitución y la criminalidad de su entorno urbano cercano y de
cómo estos se “filtran” o se hacen presentes en el parque, (ii) otra que busca dar cuenta de que el
Parque Bolívar y su Catedral configuran un lugar “lleno de historias” de una época dorada que aún
podría ser retomada y que está allí para ser disfrutada y gozada por la ciudadanía, y (iii) una última
que da cuenta de las intervenciones que ha llevado a cabo la Alcaldía en distintas administraciones
luego de las acciones de desalojos y clausuras efectuadas en el 2003.
En relación a la primera dimensión, podemos comentar que es la más abultada de las tres y que
busca dar cuenta de la clara peligrosidad del lugar. Así es, los informes sobre las estructuras
criminales que se ubican en la zona, las noticias sobre el microtráfico, los reportajes sobre la
concentración en esta zona urbana de homicidios, las entrevistas a personas habituales que dan fe
de lo peligrosas que son las zonas que rodean la Catedral Metropolitana y las percepciones que se
recogen de las personas que residen en el sector, entre otros contenidos, así se encargan de
mostrarlo.
213
Con esto último queremos decir que reconocemos que en esta zona de la ciudad se ponen en juego la presencia
de jubilados, de familias, de vendedoras y venderos ambulantes, de niños jugando, de gente discutiendo,
conversando o simplemente pasando el rato.
332
De esta manera, los hechos que empiezan a registrarse en El Colombiano en los primeros años de
los dos miles, se encargaban de señalar que la Catedral se encontraba rodeada y el Parque Bolívar
asediado por una agresiva criminalidad, una sexualidad perversa y desatada que se vendía en las
calles y un deterioro urbano que se hacía especialmente presente en las horas de la noche, a unos
pocos metros del templo y del parque, en especial en las plazas y casas de vicio conocidas en esa
época en la zona. Por lo tanto, no era de extrañar que se hicieran operativos de desalojo en el 2003
en varios puntos de Barbacoas y lugares cercanos.
A pesar de ello, un año después de estos operativos, los periodistas de El Colombiano y el Q’hubo
empiezan a dar cuenta que los problemas de la zona permanecen, sobre todo en las horas de la
noche cuando las “fieras” empiezan a estar en esas calles. Así, para mencionar algunos de estos
contenidos, en un reportaje realizado a un año de la menciona intervención, se cuenta que, al
finalizar el día, en los alrededores del Parque Bolívar, se exhibían y pavonean de forma
desvergonzada hombres “trasvestidos” para ofrecer sus servicios sexuales, quienes con sus senos
ficticios acentuaban con su presencia las sórdidas realidades urbanas de esta zona del Centro.
Por esta misma línea, se publican reportajes e informes sobre el parque y sobre el negativo influjo
de las calles aledañas, en donde: las riñas entre habitantes de calle y “travestis”, la venta y el
consumo de drogas, los atracos por bandas de niños y adolescentes, los homicidios a cuchillo, la
explotación sexual de mujeres, de niños y de niñas, son hechos frecuentes y cotidianos. No es
gratuito entonces que en esta narrativa se afirme en el artículo Entorno del Parque Bolívar es parte
del problema que en el entorno de la Catedral Metropolitana y del Parque Bolívar se encuentren
“(…) las calles de más mala reputación de la ciudad. La carrera 50 (Palacé) y calles que la cruzan
como Perú, Bolivia y Barbacoas son el caldo de cultivo de muchos problemas que desde allí se
irradian al concurrido parque” (Monroy, 2005: 2d).
Problemas estos que, para esta narrativa, se expresaban además en la prostitución de hombres
jóvenes en las cercanías del templo más significativo de la ciudad. Y, como no, en el innegable
influjo de los intereses no institucionales. Así es, el dinámico y cambiante microtráfico,
manifestado en plazas de vicio ubicadas en calles, esquinas y cruces de los alrededores del parque,
sumado a las omnipresentes “vacunas” y la compra y consumo de drogas en la zona, hacen parte
también del relato sobre la decadencia de esta zona urbana de la ciudad.
333
Con ello, es común encontrar contenidos que muestren cómo en años recientes haya habido noticias
sobre robos realizados directamente a las puertas de la Catedral, los cuales van en detrimento del
patrimonio arquitectónico de la ciudad. O que hagan hincapié en que hay integrantes de la
comunidad de mujeres trans que habitan la zona y que se dedican a la explotación sexual de niños
y jóvenes.
Bajo estas circunstancias, el panorama de esta primera dimensión narrativa nos presenta un lugar
del Centro en el que, a pesar de los diversos operativos, persisten las mismas dinámicas de la
“jungla” llena de problemas que señalaba la crónica escrita en el 2002, con unas “fieras” que siguen
saliendo en las noches, pero que también se hacen visibles a cualquier hora del día (ver Figura 42).
334
Figura 42. Recopilación de noticias desde el 2000 al 2019 de los periódicos El Colombiano y el Q’hubo sobre el Parque Bolívar,
la Catedral Metropolitana y Barbacoas. Aquí el énfasis narrativo se centra en la dimensión “oscura”, demoniaca y criminal que ha
mantenido azotado este lugar “emblemático” de la ciudad. Elaboración propia.214
Ejemplos concretos son las crónicas en donde se hace alusión a que el Centro es un lugar caótico,
pero al mismo tiempo encantador, que se mueve en una doble lógica entre lo angelical y lo
demoniaco y donde existen lugares como el Parque Bolívar en donde, en medio del trajín, el ruido,
la presencia de la prostitución y de habitantes de la calle, puede, en todo caso, disfrutarse una tarde
relativamente tranquila. En este mismo sentido, se han publicado noticias y reportajes que insisten
en que el Centro es un lugar que vale la pena conocer, que está allí para ser vivido, reconoció y
gozado por los ciudadanos, ya que son ellos quienes, con su presencia constante, pueden revitalizar
importantes y emblemáticos lugares como el Parque Bolívar para volver a disfrutarlo como en sus
años dorados.
Ciertamente, como se busca relatar de forma sistemática y continuada en estas publicaciones, este
parque y su monumental templo dan testimonio de una época en la que la élite de la ciudad vivía
allí, daba sus paseos, disfruta de la música más exquisita y se encontraba en espacios de
214
Buscando precisar la ubicación exacta de cada una de las noticias que componen esta recopilación, presentamos
a continuación el periódico al que pertenece, la noticia, la autoría y el año de publicación. Lo presentaré iniciando en
la primera fila de izquierda a derecha y de arriba hacia de forma consecutiva: El Colombiano Detrás de La Catedral
de Juan Sepúlveda publicado el 13 de abril del 2000, el Q’hubo Historias ocultas del centro de La Chiva publicado
entre el 23 al 29 de enero del 2003, El Colombiano Noches de droga y pasión de Wilson Daza publicado el 21 de
septiembre del 2004, El Colombiano La noche se pone dura en Barbacoas y la madrugada es de escándalos y puñal
de El Colombiano publicado el 12 de junio del 2005, el Q’hubo Mini combos rondan el Parque Bolívar de Nelson Matta
publicado el 12 de septiembre del 2007, El Colombiano El entorno del Parque Bolívar es parte del problema de Juan
Monroy publicado el 24 de agosto del 2005, El Colombiano El Parque Bolívar necesita oxígeno ciudadano de Gustavo
Ospina publicado el 4 de octubre del 2009, el Q’hubo En el Centro todos pagan su cuota de Q’hubo Medellín publicado
el 21 de julio del 2009, El Colombiano Homicidios y hurtos siguen concentrados en el Centro de José Daza publicado
el 5 de septiembre del 2011 , El Colombiano Las 220 plazas de vicio que preocupan a la Policía de Nelson Matta
publicado el 5 de abril del 2013, El Colombiano En 11 zonas de Medellín hay abuso sexual a menores de Estefanía
Pereira publicado el 19 de noviembre del 2016, el Q’hubo De a poquitos desbaratan la Basílica Metropolitana de
Mauricio Palacio publicado el 28 de diciembre del 2018, El Colombiano Niños travestis, la mina de oro de ‘las Madres’
de Nelson Matta publicado el 14 de marzo del 2019 y el Q’hubo Así es la cara nocturna del Parque y sus alrededores
de Santiago Mesa publicado el 24 de marzo del 2019.
335
sociabilidad en el parque y en los cafés y locales de Junín. De allí que se diga que ese parque y su
templo son “tesoros” en términos del patrimonio arquitectónico e histórico de la ciudad, y, al
mismo, tiempo, que hacen parte de un lugar lleno de vida en el que también se ponen en juego una
diversidad de actividades cotidianas que han pervivido con el paso de los años a pesar de la
inseguridad y los peligros latentes de sus alrededores. Actividades tales como la conversación entre
conocidos y desconocidos, la interpretación de músicas populares, de improvisadas obras de teatro
callejero, del periódico y emblemático mercado artesanal conocido como “San Alejo” y de otras
formas de estar y pasar el tiempo en el parque y sus alrededores.
En suma, se nos presenta una segunda dimensión narrativa en la cual se hace alusión a la vitalidad
de esta zona del Centro en clave de su pasado reciente, de lo que fue hace unas décadas y de lo que
podría convertirse si se la lograra “recuperar” de todos los males que lo aquejan. Males que se
traducen en las formas de exhibición y ofrecimiento de las mujeres trans, en los habitantes de calle,
en los jíbaros, en los atracadores y en los hombres y las mujeres que se prostituyen. En pocas
palabras: en la “escoria” del lugar, en su parte maldita (ver Figura 43).
336
Figura 43. Breve recopilación de noticias desde el 1999 al 2018 del periódico El Colombiano sobre el Parque Bolívar y sus
alrededores en términos de los encantos patrimoniales y cotidianos que ofrece para el Centro y la ciudad. El relato sostenido aquí
se centra en señalar que, a pesar de los problemas, sigue siendo un lugar lleno de historia que está allí para ser descubierta y
“recuperada”. Elaboración propia.215
Llegamos entonces a la tercera dimensión narrativa centrada en dar cuenta de las estrategias
implementadas por distintas administraciones frente a los problemas de aquellas calles
(especialmente de Barbacoas) que “irradian” y visibilizan males urbanos en el entorno inmediato
de la Catedral Metropolitana. Desde el inicio de las intervenciones la premisa ha sido la de
“recuperar” el espacio público a partir de una explícita disputa entre un poder institucional que
busca una reconquista de unos entornos urbanos fuertemente territorializados por intereses y
poderes no institucionales.
Al respecto, hemos encontrado en el archivo periodístico que en los últimos veinte años dicha
disputa ha tenido tres eventos particularmente significativos216: los mencionados desalojos del
2003, la clausura de nuevas “ollas” de vicio en el 2013 y la reciente renovación urbana del Parque
Bolívar llevada a cabo durante el 2019.
Sobre los operativos policiales, los desalojos y las clausuras de las “ollas” de vicio efectuadas en
el 2003 por la administración, ya hemos comentado algo. Quisiéramos agregar además que con la
aplicación de estas acciones se inició un proceso del aumento de la presencia policial en la zona y
que se capitalizó con la construcción de un CAI de la Policía en una de las esquinas del Parque de
Bolívar en el año 2005. Con esto, el mensaje de la institucionalidad sobre este sector fue claro: la
215
Para señalar el lugar exacto de cada noticia de esta recopilación de El Colombiano, presentamos a continuación,
las señalaré iniciando en la primera fila de izquierda a derecha y de arriba hacia de forma consecutiva: El Centro, un
caos que encanta de Reinaldo Spitaletta publicado el 12 de julio de 1998, De ángeles y demonios del Centro de
Reinaldo Spitaletta publicado el 11 de abril de 1999, El Centro: vívalo y gócelo de Gustavo Ospina publicado el 27 de
abril del 2001, Retahílas, locuras y rebusque en el Parque Bolívar de Gustavo Ospina publicado el 12 de enero del
2002, Patrimonio más que un ladrillo sobre otro de Beatriz Mesa publicado el 29 de noviembre del 2002 y Parque
Bolívar, un lugar lleno de vida y de historias de Gustavo Ospina publicado el 10 de agosto del 2018.
216
En este periodo de tiempo habría que considerar además las acciones públicas y privadas que se han ido llevando
a cabo para la promoción de la vida cultural y del aumento de la sensación de seguridad en el Parque Bolívar y sus
alrededores. Se puede mencionar, de pasada, la remodelación del Teatro Lido en la primera década de los dos miles,
la realización de tomas culturales por comités cívicos, la apertura de la Casa de la Diversidad Sexual en el sector, la
realización de proyecciones audiovisuales en la fachada de la Catedral en el 2013, la realización de conciertos de
órgano abiertos al público en el mismo templo. Si bien esto es cierto, también lo es que la envergadura de las tres
intervenciones sobre las que queremos centrar nuestra atención hace que sean particularmente significativos en el
marco de esta tesis.
337
administración estaba presente, así fuera con un radio de acción restringido, pero estaba allí para
disputarse ese territorio urbano y para propender por la “recuperación” del espacio público.
Claro, los intereses no institucionales no desaparecieron del lugar con los desalojos, más bien,
fueron reclamando nuevos lugares en la zona, se fueron asentando en nuevas casas, en bares y en
cuartuchos de hoteles degradados, para retomar todas las actividades ilegales. Es así como, en el
2013 y por una orden presidencial que dictaminó que se deberían acabar las “ollas” de vicio en
todas las ciudades del país, se volvió sobre la estrategia institucional de la “recuperación” de las
zonas abandonadas a la perdición, a la sordidez urbana y a los controles no institucionales, que
para este sector del Centro tenido un nombre bien definido: la calle Barbacoas.
Con lo cual, a través de operativos de la Policía, otros entes de control y la Fiscalía, se realizaron
nuevamente desalojos, clausuras y se sellaron casas dedicadas a la venta de drogas, al consumo de
las mismas y a la explotación sexual infantil. A partir de la lógica del uso de la fuerza de la Policía
se desplazaron habitantes de calle y grupos de jíbaros de la zona, se realizaron requisas y se impidió
el ejercicio del trabajo sexual callejero a las mujeres trans. 217
Asimismo, por un periodo de algunos meses se establecieron puntos de control con presencia
policial permanentes y con el cierre de calles con vallas institucionales para garantizar el control
del lugar. Y, como no, hubo sistemáticos procesos para limpiar las calles de la zona, mejorar las
fachadas con ladrillos y pintura nueva, para mejorar la imagen del lugar y cambiar su aspecto.
217
Al respecto de estos desplazamientos hechos, cobra especial vigencia la comentada premisa que David Harvey
(2003) retoma de Lenin sobre cómo el liberalismo burgués no encuentra otra manera de lidiar con su parte maldita
que sacando el problema de un lugar, para que este emerja en otro lado. Y cobra vigencia, porque con los desalojos
realizados en Barbacoas en el 2013, lo que se hizo fue llevar los problemas de una zona urbana a otra, en donde se
quedó por años. Como puede constatarse en el mismo registro periodístico de El Colombiano sobre este asunto con
noticias como Barbacoas y Raudal repiten la historia de cuevas de Barrio Triste de Juan G. Duque publicada el 13 de
agosto del 2013, Daños en las fachadas de la Av. De Greiff de Pablo A. Santa publicada el 21 de agosto de ese mismo
año, Avenida De Greiff ¿el nuevo ‘Bronx’ de Medellín? De Víctor A. Álvarez publicada el 26 de septiembre del 2017,
Que el ‘Bronx’ vuelva a ser la Av. De Greiff de Víctor A. Álvarez publicada el 30 de agosto del 2018 y El 'Bronx', ahora
a una cuadra de la Av. de Greiff de Vanessa Restrepo publicada el 25 de septiembre del 2019. Y, como lo comentaron
algunas de personas entrevistadas, más tarde, luego de un nuevo operativo, esas “ollas” de la Av. De Greiff, las
personas que estaban allí fueron nuevamente desplazadas ubicándose en el sector del corredor del río Medellín,
cerca de la Minorista y en la calle La Paz cerca de Bolívar y a las planchas del desaparecido centro comercial popular
“Los Puentes”.
338
Siguiendo por esta misma línea, se realizaron murales y grafitis para embellecer algunas paredes
de Barbacoas, para hacerlo más “amable” y, como es frecuente en este tipo de intervenciones, con
la excusa de “cambiarle la cara al sector”. Una vez se realizó toda esta estrategia por el control
urbano de estas calles, con los desalojos hechos, con algunas ventanas de casas selladas con
ladrillos, con unas fachadas pintadas o decoradas y con las calles “limpias” de las “fieras” que se
las habían tomado, la Policía levantó sus vallas y se retiró del lugar. Cuando esto ocurrió, para
sorpresa de nadie, las calles fueron rápidamente reconquistadas, y las prácticas urbanas de esta
parte maldita de la ciudad empezaron nuevamente a hacerse visibles en las horas del día y
particularmente en la noche.
De esta manera, en los años que siguieron, expresa esta narrativa, continuaron manifestándose los
problemas que se “irradiaban” y se regaban desde esas problemáticas calles que rodeaban el Parque
Bolívar y la Catedral. Así pues, si se habían realizado aquellos operativos policiales, si se había
aumentado el pie de fuerza y la presencia de la Policía y se habían hecho algunos eventos culturales
e iniciativas cívicas para “recuperarlo”, y nada había surtido efecto, entonces era el momento de
poner en práctica uno de los dispositivos predilectos de las administraciones contemporáneas: la
renovación urbana.
Fue así como, para el 2019, se llevó a cabo un proceso de renovación urbana del Parque Bolívar
para, ahora sí de veras, “recuperarlo” de todos sus males, para darle “oxígeno” ciudadano y para
abrir la posibilidad de “recuperar” sus “buenos tiempos” estrechamente vinculados con su pasado
remoto de las élites locales y con su pasado un tanto más reciente donde el “juniniar” era una
práctica común entre los ciudadanos de una Medellín controlable e idealizada.
Como bien quedó registrado en El Colombiano en la noticia del 18 de abril Obras en Parque
Bolívar le devolverán su encanto de Ángel Orrego, en donde se expresa que el proyecto de
renovación llevado a cabo en el parque, que cumplía en ese momento más de cien años, requería
un cambio de pisos, un embellecimiento de fachadas y una intervención de jardines verdes para
que estuviera más bonito y pudiera ser “recuperado” para toda la ciudadanía:
Un lugar emblemático del Centro de Medellín que vio la luz en 1892, convirtiéndose en referente y destino de visita
obligado en la capital antioqueña. No obstante, el abandono y la falta de control sobre el espacio público reflejan
un deterioro de sus entornos, lo que estimuló focos de indigencia, prostitución e inseguridad (...) El proyecto se
339
desarrolla bajo un convenio interadministrativo celebrado entre la Empresa de Desarrollo Urbano (EDU) y la
Secretaría de Infraestructura Física de Medellín. Cerca de 20.000 metros de espacio público serán intervenidos y
las obras tendrán un costo de $8.258 millones (...) 'Por ser un patrimonio material e inmaterial, más que
remodelación es un trabajo de conservación para devolverle el esplendor de otras épocas. Para que vuelva a ser un
espacio de convivencia y encuentro de comunidades', afirmó Pilar Velilla Moreno, gerente del Centro de Medellín
(Orrego, 2019: 11).
Es decir, la misma fórmula institucional de atender los problemas de fondo que se han venido
manifestando por años en estos espacios urbanos, a partir del cambio de la piel de un parque. Como
si la parte maldita desapareciera como por arte de una indescifrable magia propiciada por la
renovación urbana traducida en la disposición de bancas nuevas, de un piso distinto y de un trabajo
de jardinería general.
En resumen, en esta tercera dimensión narrativa queda registrado el accionar institucional que se
ha implementado frente al panorama de unas calles en donde se han enquistado y expresado, según
estos periódicos, los peores problemas urbanos. Un accionar, en todo caso, encaminado a la
“recuperación” de lo que era el Parque Bolívar, al control policivo y al (imposible) borramiento de
la “escoria” que, luego de la apertura de la remodelación a finales del 2019 e inicios del 2020 ya
lo ha venido “ensuciando” y “empegotando” con su explícita presencia (ver Figura 44).
340
Figura 44. Recopilación de noticias desde el 2003 al 2019 de los periódicos El Colombiano y el Q’hubo sobre Barbacoas y su
influjo sobre el Parque Bolívar e inmediaciones. Lo que se busca narrar acá son las intervenciones por parte de agrupaciones privadas
y sobre todo de las administraciones municipales de la mano de la Policía y de la renovación urbana que en distintos momentos ha
tenido Barbacoas y el Parque Bolívar para la declarada “recuperación” de los “encantos” del sector. Elaboración propia.218
Ahora bien, en toda esta narrativa encaminada a la recuperación del Parque Bolívar y del entorno
de la Catedral Metropolitana, que se mueve entre, por un lado, el horror, el abuso sexual, la
violencia homicida, la prostitución infantil y las perversiones sexuales, y la nostalgia de una zona
del Centro con un parque de relevancia histórica y un templo monumental de importancia
patrimonial y simbólica, por el otro; se cae en la invisibilización de las condiciones sociales e
históricas a partir de las cuales un grupo heterogéneo de personas encontró, en esta “tierra de
nadie”, en esa “jungla” de horrores diurnos y nocturnos, una posibilidad para hacerse a una vida en
la que pudieran ser y estar en la ciudad en sus propios términos. Es ese asunto, precisamente, en
donde hemos encontrado la clave interpretativa para dar cuenta de la singularidad de este lugar de
la ciudad y los elementos que configuran este último “fragmento” del mosaico.
En los primeros años del presente siglo Walter Bustamante (2004) en la parte final de su trabajo
Invisibles en Antioquia 1886-1936 Una arqueología de los discursos sobre la homosexualidad se
cuestionaba críticamente por las razones que llevaron a que el homosexualismo en Medellín se
estuviera viviendo, para ese momento, desde el silencio, el anonimato y la seguridad de círculos de
discusión cerrados. En donde el encierro, el acallamiento y las dinámicas del compartir se deban
sin mucha exhibición, sin escándalos ni extravagancias.
218
Nuevamente, buscando precisar la ubicación de cada una de las noticias que componen esta recopilación,
presentamos a continuación el periódico al que pertenece, la noticia, la autoría y el año de publicación. Lo haré
iniciando en la primera fila de izquierda a derecha y de arriba hacia de forma consecutiva: El Colombiano Barbacoas
cuenta historias de vida, olores y desalojos de María Rivera publicado el 19 de junio del 2003, El Colombiano La
Metropolitana aseada por habitantes de calle de Juan Duque publicado el 15 de diciembre del 2010, El Colombiano
Policía erradico ollas de vicio en Medellín y Rionegro de Juan Duque publicado el 1 de junio del 2013, el Q’hubo Con
ladrillos y pintura cambian la cara de Barbacoas de Stephen Arboleda publicado el 1 de junio del 2013, El Colombiano
Barbacoas celebra la ausencia de ollas y espera el resurgir comercial de Gustavo Ospina publicado el 11 de octubre
del 2013, El Colombiano Barbacoas luce nuevos colores de Jaime Pérez publicado el 16 de octubre del 2014, El
Colombiano Gremios y autoridades se unen por seguridad del Centro de José Loaiza publicado el 15 de noviembre
del 2013, El Colombiano El Parque Bolívar revivió y piden que no lo abandonen de Juan Valencia publicado el 7 de
enero del 2014 y El Colombiano Obras en Parque Bolívar le devolverán su encanto de Ángel Orrego publicado el 18
de abril del 2019.
341
A primera vista, la inquietud de Bustamante parecería contestarse desde lo evidente: en una ciudad
constituida por una sociedad conservadora y de sólidos valores católicos, era apenas lógico que las
personas con inclinaciones homoeróticas que fueran en contravía de las buenas costumbres, el ideal
de la familia y de lo que se suponía como natural, encontraran un refugio para poder expresarse en
el ámbito de lo privado con aquellas personas que, como ellas, tuvieran las mismas inclinaciones.
Para estas personas el espacio de lo público, entendido como aquel escenario en donde se está
expuesto a la mirada y al escrutinio de la sociedad, sería para presentarse como personas
“normales”, conteniendo y ocultando sus deseos y formas de ser, mostrándose sin ningún tipo de
“desviación” ni de “perversión” sexual. Esta posible respuesta tiende, sin embargo, a la
generalización y se presenta como insuficiente.
219
Corchetes propios.
342
diversidad como “pervertidos”, “afeminados”, “cacorros” o “falsas mujeres”, y (iv) que la
existencia de estas personas dio (y da) cuenta de que el cuerpo, la sexualidad, los comportamientos
y las maneras de comportarse pueden ser “(…) construidos históricamente por los sujetos (…) sin
desconocer la intervención de las instituciones que presionan, las construcciones simbólicas
previas y las resistencias que ellos mismos ofrecen con su existir” (Bustamante, 2008: 181).
De todo ello, lo que nos permite ver Bustamante es que estas personas, lejos de ser discretas, se
inclinaban por la extravagancia y el mostrarse, en lo público, frente a la mirada del otro. Pues fue
allí, en las calles, en donde pudieron construirse una vida en donde pudieron ser lo que querían.
Los “(…) sujetos homoeróticamente inclinados habitaban el afuera y no tenían aún discursos
alternos sobre su autodefinición y autodeterminación, había otras manifestaciones más perceptibles
ya que ellos deambulaban por las calles, se dejaban ver en las esquinas y los lugares públicos”
(Bustamante, 2008: 188). Efectivamente, estas personas demostraban (y demuestra) con su
existencia, con sus cuerpos que se hacían (y se hacen) visibles en las calles, con su obstinación por
seguir estando a pesar de las violencias, negaciones y estigmatizaciones que soportaban (y
soportan), que, a pesar de todo ello: “(…) se podía [y se puede] amar, sentir y ser de formas
diferentes a las establecidas” (p.188)220.
Bajo estas circunstancias, y buscando profundizar en esa relación entre un lugar específico del
centro de la ciudad y unas formas de ser que son fabricadas por los sujetos (móviles y que se alejan
de la norma), encontramos un punto de anclaje y, a la vez, de ampliación comprensiva sobre este
apartado de la tesis en el último capítulo del trabajo de Guillermo Correa (2017) Raros. Historia
cultural de la homosexualidad en Medellín, 1890-1980221.
Al respecto de esta investigación, resaltamos la multiplicidad de fuentes con las que Correa
configuró su archivo y, en especial, la manera en que consigue mostrar las formas en que unas
instituciones jurídico/policiales, médicas y periodísticos se configuraron como un intensos
dispositivos de subjetivación encargado de normar, encerrar, medicalizar y estigmatizar a los
sujetos “raros” a partir de una diversidad de prácticas (discursivas y no discursivas) históricamente
220
Corchetes y negritas propias.
221
Trabajo este que, como se puede leer en la bibliografía del libro y como lo ha dicho el mismo autor, recoge el
trabajo previamente adelantado por Walter Bustamante.
343
situadas y que, en todo caso, fracasaron en su propósito. Esto es relevante, por lo menos, en tres
sentidos.
Es, pues, desde una propuesta histórico analítica situada en las formas de manifestación de la
homosexualidad en Guayaquil y de los distintos modos en que estas manifestaciones son miradas,
nombradas y controladas, que Correa ofrece un significativo horizonte de comprensión sobre la
constitución histórica del homosexualismo en Medellín. Da cuenta de los modos en que se ha
buscado caracterizar a estas personas, sobre cómo la pobreza y la marginalidad son determinantes
en la manera en que es vivida esa inclinación homoerótica en las calles, sobre las dramáticas,
persistentes y maleables formas de existencia de estas personas y sobre la movilidad urbana y las
distintas formas de territorialización de estas personas sobre el centro de la ciudad.
Así, desde los modos de configuración histórica del homosexualismo el autor va mostrando que a
principios del siglo XX los hombres cuyo comportamiento público fuera “desviado” o
“afeminado”, eran considerados personajes cómicos, que se toleraban, no sin cierta molestia, pero
que estaban allí para hacer reír con sus “locuras”. Luego, ya para mediados de ese mismo siglo y
gracias a la suma del reaccionario discurso religioso, la patologización realizada por el discurso
médico, la persecución policial y el sistemático señalamiento periodístico, los hombres con
inclinaciones homoeróticas pasaron de ser personajes cómicos de ciertos lugares públicos de la
ciudad a ser pervertidos, degenerados, “falsas mujeres” y delincuentes que debían ser controlados
y, en algunos casos, eliminados.
344
Ya para finales del siglo XX y principios del XXI, expresa el autor, si bien permanecen varios de
estos discursos y señalamientos sobre las personas que transgreden los límites sexuales y que osan
hacerlo explícito en las calles, ha habido un reconocimiento de la diversidad dentro de este grupo
de personas. Se pasa entonces de calificativos peyorativos de “falsas mujeres” al reconocimiento
de mujeres trans, y del sentido unívoco del homosexualismo (con su connotación como una
perversidad o una enfermedad) a la pluralidad creciente de las colectividades LGTBIQ+.
Correa reconoce además que las diferencias socio económicas y materiales fueron (y son)
determinantes en las maneras en que se vivía la homosexualidad en Medellín. Ciertamente,
mientras que las personas adineradas y cercanas a los círculos de poder económico, político e
intelectual se les respetaba, hasta cierto punto, sus gustos y elecciones sexuales; las personas
empobrecidas y marginales que se les ocurriera manifestar sus inclinaciones “desviadas” eran
señaladas como “perversas”, “corruptoras” y como personas que no merecían ninguna
consideración. Esto se demuestra con creces en la comparación que hace el autor entre las formas
en que ha quedado registrado un homosexual reconocido de Guayaquil como Benjamín de la Calle
sobre quien hay, sobre todo, elogios y los hombres populares “afeminados” o “falsas mujeres” que
quedaron registrados en Sucesos Sensacionales como delincuentes degenerados que habitaron y,
en su mayoría, murieron temprana y violentamente en Guayaquil.
De la mano de Correa, vemos que este abordaje diferenciado entre una vida transgresora dada en
la protección de una posición acomodada y privilegiada y otra vivida desde la periferia, la pobreza
y la marginalidad, resulta determinante. Pues, si bien la constitución de una identidad sexual por
fuera de los límites establecidos es una condición que pueden compartir una persona privilegiada
y otra empobrecida, sus experiencias vitales son diametralmente distintas, sobre todo, si se la vive
en la calle. Pues en el afuera (en lo público), los dispositivos de control y de gobierno de las
conductas irregulares se aplican de forma más severa. Y, aun así, en el caso de la Guayaquil de los
años 50 a los 70 del siglo pasado, por más marginalizados y perseguidos que estuvieran, estas
personas consiguieron estar en la ciudad del modo que creyeron se acomodaba mejor a sus
inclinaciones y preferencias:
En una relectura en negativo de las denuncias de la prensa, se observa que, en un periodo superior a las tres décadas,
el personaje afeminado y el sujeto transgénero emergen y permanecen en la ciudad pese a los esfuerzos desde todo
orden institucional para corregirlos, encerrarlos o aislarlos, marcando con fuerza fragmentos territoriales de la
345
convulsionada Guayaquil, reapropiando y negociando un espacio compartido por la serie de personajes proscritos
y conquistando una serie de lugares donde resguardan su existencia y reafirman su especificidad subjetiva. Su
construcción subjetiva está atravesada por la insistencia y la resistencia contra tales fuerzas institucionales que
buscan borrarlo o asimilarlo. En su devenir, resistiendo, le arrebata a la marginalidad y a la serie de personajes
proscritos una espacialidad para habitarse como sujeto, de ahí que, pese a las negaciones, su insistencia a
contracorriente termine por resquebrajar los marcos discursivos que los deshumanizan, hasta lograr un
sentido problemático de reconocimiento con categorías ambiguas de representación (Correa, 2017: 390-
391)222.
Dicha relectura “en negativo” de esas crónicas y noticias amarillistas de prensa puede ser
profundizada con el trabajo de reconstrucción narrativa ficcional hecho por Elkin Naranjo y Walter
Bustamante (2015) en Homosexuales y travestis. Memorias de Guayaquil. Estos autores, tomaron
precisamente una veintena de contenidos publicados por Sucesos Sensaciones que abordaban las
experiencias de vida, en su mayoría dramáticas y violentas, de hombres homosexuales que
habitaron en Medellín a mediados del siglo XX, algunos de ellos, adinerados, que pudieron vivir
con relativa tranquilidad, la mayoría, pobres y pueblerinos, que habitaron, robaron, disfrutaron y
murieron en Guayaquil o en la cárcel.
En cualquier caso, la totalidad de las historias consignadas en el libro ponen sobre la mesa que las
personas que siguieron sus deseos e inclinaciones sexuales no normadas, lo hicieron pagando un
inmenso precio social. Todos fueron objeto de señalamientos, de exclusión, de patologización y de
persecución.
Otra buena parte, aquellos que vivieron en los márgenes urbanos, fueron violentados por la Policía,
humillados y asesinados por sus compañeros o por algún personaje anónimo. Según registran estos
relatos, tal parece que quien fuera homosexual necesariamente estaba inclinado, por naturaleza, al
crimen, la violencia y la perversión. Quien fuera “dañado” era, además, una amenaza social ya que
podía pervertir a las otras personas y contaminarlas de sus deseos perversos. Asimismo, pareciera
que las personas populares que seguían sus preferencias sexo afectivas homoeróticas y decidían
construir su propia identidad sexual, tuvieran que ingresar en las dinámicas del trabajo sexual
callejero como una condición de vida casi que inevitable.
222
Negritas propias.
346
Ahora, si bien eso que hemos dicho es cierto y puede leerse en todas las historias del libro, hay otra
consideración que también está presente en este texto y en los trabajos de Bustamante y Correa que
hemos presentado, a saber: que Guayaquil hizo las veces de un lugar de la ciudad que, por
diversísimas razones, acogió a grupos de personas pertenecientes a una suerte de disidencia sexual
de esa época. En pocas palabras: que a pesar de las violencias institucionales e ilegales a las que
eran sometidas estas personas, Guayaquil posibilitó que se constituyeran unas singulares maneras
de vivir la ciudad y en los términos de los sujetos. En concordancia con lo anterior, coincidimos
con Correa cuando expresa, refiriéndose a algunas de las historias protagonizadas por hombres
“desviados” de Guayaquil, que:
Todas estas historias certifican la presencia y la resistencia de las falsas mujeres, quienes desde principios del siglo
XX empiezan a reapropiar espacios marginales para vivir vidas singulares, sin sucumbir ante los esfuerzos
institucionales que procuraron disciplinarlas, corregirlas exterminarlas. Sus historias son el testimonio de una
resistencia que se niega a ser descartada de la esfera que el discurso representa como humano y, en su audacia,
riesgo y desafío, conquistan una existencia y un territorio disidentes y trasgresores (Correa, 2017: 395).
Ciertamente han sido y son experiencias de vida transgresoras, disidentes y marginalizadas que, en
todo caso, se han negado a ser descartadas. Tanto es así que, en paralelo con el proceso de
decadencia y paulatina desaparición de las palpitantes y turbulentas actividades y de todo tipo de
intercambios comerciales llevados a cabo en el puerto seco que fue Guayaquil, se fueron
desperdigando, de la mano de la “guayaquilización” del Centro, estas formas de vida disidentes
hacia otros lugares de la ciudad en donde pudieran expresarse. Así lo comenta el mismo Correa
cuando recoge de entrevistas a personas pertenecientes a esta comunidad y que vivieron su
inclinación homoerótica en la Medellín de la segunda mitad del siglo XX. A partir de allí, dice este
autor:
El vicio tolerado y negociado en Guayaquil se vuelve expansivo hacia otros lugares, transgrediendo los límites
territoriales para filtrarse por nuevos escenarios, conquistando calles céntricas como Junín o parques importantes
como el Parque de Bolívar, filtrándose en los billares, las cantinas y los cafés ubicados por fuera del circuito de
Guayaquil y expandiéndose hacia zonas alejadas del centro (Correa, 2017: 378).
347
de fabricación de unas subjetividades que se expresaban en unos cuerpos, en unas maneras de andar
y de exhibirse en las calles que les posibilitaron ser, a pesar de todo, quienes quisieron. (ii) Que la
zona urbana del Parque Bolívar fue siendo territorializada por diversos grupos de personas
“desviadas” y “pervertidas” que transgredían las normas sexuales a partir de los años 70 en
adelante, coincidiendo con el paulatino desmonte de Guayaquil. Y (iii) que, dentro de esos grupos,
venían también aquellas personas marginalizadas y empobrecidas en cuyas formas de vida,
maneras de trabajar, sobrevivir y hacerse visibles en las calles de ese nuevo sector del Centro,
siguen reverberando las lógicas de arrabal “guayaquilescas” que se registraron con elocuencia en
Sucesos Sensacionales y que luego fueron valoradas en el citado texto de Memorias de Guayaquil.
En ese sentido, hemos encontrado que algunos registros en el archivo periodístico y en las
entrevistas que sostuvimos en nuestro trabajo de campo, dan cuenta de que efectivamente esta zona
urbana se fue estableciendo como un lugar de llegada de una parte de las personas pertenecientes
a las disidencias sexuales de la ciudad. Así ha quedado plasmado en el Q’hubo, que en su interés
de hacer de su periodismo llamativo y centrado en los detalles picantes/escabrosos de aquello que
publican, va haciendo visibles unas formas de encuentro y de expresión de la sexualidad
homoerótica en los alrededores del Parque Bolívar.
A principios de los dos mil, por ejemplo, se publican contenidos que señalan cómo dos antiguas
salas de cine cercanas al Parque de Bolívar se habían especializado en la proyección de cine porno,
y que sus salas, en la mezcla de la proyección, la oscuridad y el anonimato, se habían establecido
como lugares para encuentros homosexuales. Por esta misma línea, se da cuenta de cómo el atrio
de la Catedral Metropolitana se había constituido como un lugar para encontrar hombres jóvenes
en disposición de negociar un encuentro sexual esporádico en las residencias cercanas.
Es posible además encontrar registros de las violencias a las que son sometidas estas personas que
transgreden su sexualidad, que están empobrecidas y que, además, tienen la “desfachatez” de
hacerlo en las calles ofreciendo sus servicios sexuales. En efecto, y como iremos señalando, los
abusos, los atropellos y los asesinatos hacia personas pertenecientes a la comunidad de las mujeres
trans en condiciones de marginalidad y precariedad, como aquellas que son habituales de los
alrededores del Parque Bolívar y la Catedral Metropolitana, son hechos constituyentes de sus
formas de vida y de existencias en estas calles.
348
Es posible además encontrarse con perfiles hechos con mujeres trans que suelen trabajar en los
alrededores y, al darles la palabra, ofrecen unos contenidos que apuntan más hacia la descripción
de una práctica urbana, que hacia la estigmatización de la persona entrevistada. Este es el caso del
reportaje La calle Perú es territorio travesti escrito por Sara Cano y publicado en el Q’hubo el 27
de noviembre del 2011. En este artículo se cuenta la historia de la transformación física de Evelyn,
una joven trans que trabajaba en el sector cercano al Parque Bolívar. Allí se lee lo siguiente:
Fácilmente cualquier hombre podría confundir a Evelyn con una mujer, y aunque físicamente lo parezca, sus
órganos genitales dan fe de otra cosa (...) La transformación de su cuerpo debía ser tan pulida, para alcanzar lo que
tanto anhelaba que no escatimó esfuerzos para convertirse en una 'joven atractiva'. Tomar hormonas, aprender a
maquillarse, comprar extensiones de cabello natural y ropa de buena calidad para poder tener la 'pinta' de moda
fueron algunas de las actividades que empezó a realizar para verse como mujer. Teniendo algunas de las
características mencionadas anteriormente, Evelyn empezó a bajar al Centro a trabajar, primero lo hacía en la
carrera Sucre, donde se paran las que apenas empiezan porque están recogiendo dinero para realizarse los
procedimientos necesarios para verse cada día más mujeres (...) En la calle Perú uno de los requisitos para trabajar
es tener por lo menos una cirugía que armonice su cuerpo, no tener peluca sino extensiones de cabello natural y ser
lo más mujer que se pueda, cuenta ella (Cano, 2011: 7).
Lo que nos interesa de este reportaje, y de los demás contenidos del Q’hubo que traemos a colación,
es que nos permiten poner en evidencia que efectivamente este sector del Centro, enmarcado entre
Parque Bolívar, la Catedral y la calle Barbacoas, son lugares que vienen siendo territorializados
desde al menos hace dos décadas por personas que han trasgredido los límites normativos de la
sexualidad.
Son territorializados por los modos en que se encuentran (y frecuentan) de manera anónima la
penumbra de las salas de cine que proyectan pornografía heterosexual para hacer de las butacas y
los baños de estos establecimientos un escenario de unas prácticas sexuales transgresoras223. Son
territorializados por las señales, gestos y modos de mirar que se establecen como códigos entre las
personas que buscan negociar en las puertas de la Catedral intercambios sexuales homosexuales.
Son territorializados por la violencia homicida que se hace cotidiana en la experiencia de vida de
las mujeres trans que se exhiben y trabajan en estas calles.
223
Sobre este tema, recomendamos la lectura de Sexo en las pantallas, sexo en las butacas por Ramón Pineda (2018)
sobre el ejercicio de inmersión hecho por el autor en el teatro Sinfonía, una de las dos salas que proyecta cine porno
en el centro de Medellín.
349
Y, sobre todo, son lugares marcados por las transformaciones corporales, comportamentales y
vestimentarias que hacen sobre sí mismas las mujeres trans que han colonizado con su presencia y
su forma de trabajo las calles de esta zona urbana. Que han sido y son personas que, como Evelyn
y como tantas otras que dejaron sus memorias en las crónicas de Guayaquil a mediados del siglo
XX, han encontrado en este parque del Centro y en calles cercanas como Barbacoas un lugar para
fabricarse una vida, muchas veces corta, según sus deseos (ver Figura 45).
Figura 45. Compilación de algunas de las noticias del periódico el Q’hubo en el periodo del 2003 al 2011. En ellas se hace un
registro de la presencia de las personas que transgreden las normas sexuales en el entorno urbano del Parque Bolívar, centrando la
atención, en especial, en los encuentros sexuales, en las violencias a las que son sometidas y a las formas en que se transforman
para trabajar en estas calles. Elaboración propia.224
Si hemos encontrado en el Q’hubo este tipo de registros, era apenas lógico que en una publicación
como Universo Centro hallara una perspectiva que narra a Barbacoas desde un punto de vista
224
Para encontrar cada una de las noticias que componen esta recopilación del Q’hubo iniciamos ubicando en la
primera fila de izquierda a derecha y de arriba hacia de forma consecutiva: Las salas X, mucho más que cine porno
en el centro de la ciudad de La Chiva publicado entre el 7 al 13 de julio del 2003, Prostitución masculina en el parque
Bolívar de La Chiva publicado entre el 3 al 9 de julio del 2003, Asesinaron a la travesti ‘Lulú’ en el Centro de Andrea
Torres publicado el 19 de octubre del 2011 y La calle Perú es territorio travesti de Sara Cano publicado el 27 de
noviembre del 2011.
350
francamente distinto a aquel que se centra en su estigmatización. Así es, desde los primeros
números de este periódico se planteó la tarea de decir desde un Centro entendido en sus
complejidades y sus diversidades sociales, culturales y sexuales. Como bien puede colegirse
cuando en sus primeros números publican algunos fragmentos inéditos del asesinado activista,
filósofo y profesor León Zuleta en donde se reivindicaba el derecho de una ciudad para ser vivida
por todas las personas, con independencia de su condición social y sus preferencias eróticas y
sexuales.
En este contexto, este periódico ha publicado contenidos en torno a las disidencias sexuales que se
manifiestan en los alrededores de la Catedral Metropolitana a partir de perfiles, crónicas, informes,
fotografías, ilustraciones y artículos de reflexión académica. Todos ellos encaminados no a la
simplificación de lo que allí viene ocurriendo desde hace años, sino más bien, buscando ofrecer
otros relatos que amplíen las posibles vías de interpretación de lo que ocurre en este lugar de la
ciudad.
Así se hace evidente en un perfil que se le hace de Dayanna una mujer trans que vive y trabaja en
Barbacoas, a quien se le da voz y desde allí, se le da un vistazo a la cantidad de historias sobre la
violencia mafiosa, sobre la vida en la cárcel, sobre sus prácticas sexuales trasgresoras y sobre su
premisa de que el “90% de los hombres son maricas”, ya que la mayoría de hombres que la
contratan quieren que una mujer los penetre. Otro perfil relevante sobre este asunto, y que se
encuentra desperdigado en el archivo de este periódico, es aquel que aborda la figura de una mujer
trans conocida como la Danny, reconocida por los shows que realizaba generalmente los domingos
en el atrio de la Catedral Metropolitana.
Lo que nos llama la atención de ambos contenidos es que se ocupan de registrar y hacer memoria
sobre las experiencias de vida de estas dos mujeres, quienes han vivido de forma distinta su
inclinación sexual transgresora y disidente, pero que comparten una sumatoria de violencias que
han marcado sus cuerpos con cuchilladas y disparos. Violencias estas que parecieran ineluctables
por el hecho de ser como son.
Por su parte, es posible encontrar reportajes sobre lugares reconocidos en las calles de Barbacoas
(zona alta) por ser los puntos de encuentro entre personas homosexuales. Este es el caso concreto
del artículo Barbacoas St. escrito por María Isabel Naranjo para Universo Centro #29 en noviembre
351
del 2011. Allí se cuenta la historia de los reconocidos bares gay ubicados en la Barbacoas cercana
de la Av. Oriental y de cómo en los años 80 se fueron estableciendo como lugares entre oscuros,
escondidos y discretos que ofrecieron las condiciones propicias para la homosocialización en este
sector de la ciudad. Como bien se cuenta en el texto:
'Los bares gay nos permitieron comprar nuestro derecho de ser ciudadanos en esta calle, acá nos sentimos
libres’ (…) 'Todos fuimos al Machete a chupar jeta', así recuerda Mario León al Machete, que abrió sus puertas en
1984 (...) Quizá porque era un rinconcito agradable y discreto, metido en el callejón oscuro y solitario, que fue
donde las parejas gay encontraron el escondedero ideal para sus encuentros amorosos (Naranjo, 2011: 9)225.
Encontramos además un reportaje hecho en el 2013 sobre las intervenciones de choque y los
desalojos ya citados. La diferencia es que en este caso las personas entrevistadas no son ni los
funcionaros de la Alcaldía ni los policías, son las mujeres trans que trabajaban en las zonas que
fueron “higienizadas” y custodiadas. Nos referimos al artículo A las maricas nos quieren sacar
escrito por David E. Guzmán y publicada en el #45 de Universo Centro en el mes de mayo del
2013. El reportaje hace énfasis en los atropellos cometidos contra varias mujeres trans de la zona
en el día de los operativos en abril de ese año y de los subsecuentes abusos y maltratos a los que
fueron sometidas:
La comunidad transgénerista y la Personería han denunciado que quince policías irrumpieron en el hotel Majestic
sin mostrar orden alguna, requisaron habitación por habitación y a las chicas les pidieron documentos y empezaron
a tratarlas por sus nombres masculinos. Cuenta el administrador del hotel que ellas pedían que las llamaran por sus
nombres femeninos, pero los tombos les decían: 'es que ustedes son hombres' (...) Luego de años de trabajo con las
autoridades, se ha concretado, al menos en el papel, una política pública LGTBI que propone un trato diferencial y
respetuoso hacia esta población (...) Samanta dice que su comunidad está aquí desde hace quince años, que
crearon la vocación del lugar, y piden que esta sea su zona de tolerancia (...) Para Samanta el tema de las ollas de
vicio es un pretexto para sacarlas del sector (...) El 80 por ciento de ellas sostienen a sus familias y todas sienten
que les están violando el derecho al trabajo, que las están desplazando y, además, se saben engañadas porque les
dijeron que la intervención sería solo por unos días (Guzmán, 2013: 4-5)226.
Más adelante, ya para el 2018, hay dos contenidos que llaman nuestra atención. Uno cuenta la
historia de un bar del sector de Barbacoas (zona baja), que, para el momento de la publicación,
estaba estrenando administración y empezando a ser el escenario de propuestas artísticas
225
Negritas propias.
226
Negritas propias.
352
encaminadas a reflexionar sobre la diversidad corporal, sexual y urbana de la zona. El otro, titulado
Afuera de la plaza escrito por Luis Fernando González para el #100 del periódico, sitúa su atención
en hacer una sucinta historia urbana de Barbacoas desde finales del siglo XVIII hasta el siglo XX.
De este último nos interesa la propuesta del autor de que esta calle ha sido, en distintos momentos
de su historia, un lugar en donde han habitado grupos de personas marginalizadas que han tendido
a ser poco reconocidos o, incluso, invisibilizados. Asimismo, cuenta el autor, ha sido una calle
indisciplinada que ha persistido en algunos de sus fragmentos, a pesar de las secciones que le han
sacado, de las rectificaciones e intervenciones a las que ha sido sometida:
(…) basta mirar el mapa de Medellín desde la calle Tejelo, en la plaza Rojas Pinilla, siguiendo por la llamada calle
del Calzoncillo, hasta la parte más reconocida de la calle Barbacoas pasando por detrás de la catedral, sacando la
avenida Oriental hasta la avenida Echeverri y continuar por Enciso arriba... para entender su lógica y la permanencia
en sus fragmentos de unas determinantes geográficas, históricas y, aun, sociales. Todavía en el Centro siguen
habitando periferias, ahí por los latidos... (González, 2018c: 37)227.
De lo expuesto con Universo Centro, queremos subrayar las historias de vida de las dos mujeres
trans a las que hicimos alusión, puesto que, sin dejar de señalar sus difíciles experiencias de vida,
buscan ser contadas desde el modo en que ellas mismas la han ido constituyendo. Además,
estimamos de especial relevancia el reconocimiento que podemos hacer con este periódico de que
desde mediados de los años 80 las calles aledañas a la Catedral, en particular la de Barbacoas, han
sido un lugar de proliferación de personas que fueron encontrando en esta “tierra de nadie” un lugar
para “sentirse libres” y poder expresar sus inclinaciones sexuales y eróticas sin temor a ser
reprimidas.
Con ello se da cuenta, una vez más en esta tesis, de que son las personas quienes con sus prácticas
urbanas repetidas y reiteradas van generando la impronta de un lugar, constituyéndolo. Claro, y
como nos lo hicieron saber las personas con las que hablamos, una cosa es la Barbacoas de estos
bares y saunas gay “tradicionales” de la “zona alta” de la calle y otra distinta la zona de las mujeres
trans, ubicadas mayoritariamente en la “zona baja”. En todo caso, lo que nos permiten confirmar
estos contenidos es que efectivamente entre los años ochenta y principios de los noventa, esta zona
urbana empieza a adquirir una “vocación” definida por la presencia transgresora de estas personas.
227
Negritas propias.
353
“Vocación” y presencia que se ha mantenido, complejizado y diversificado con el paso de los
años228 (ver Figura 46).
Figura 46. Compilado de perfiles, crónicas, portadas, entrevistas y aproximaciones histórico-académicas sobre la calle Barbacoas
publicadas en Universo Centro en el periodo del 2009 al 2018. En todos estos contenidos, la narrativa propuesta elude la
228
Mantenido en la medida que esos bares gay siguen vigentes; complejizado debido a la imbricación entre estas
maneras de vida desde la disidencia sexual, la marginalidad y la precariedad, y las formas de manifestación de los
intereses y poderes no institucionales que tan intensamente controlan esta zona urbana y, de paso, sacan provecho
de muchas de estas personas (en especial de las mujeres trans) y diversificado, debido a que es una zona del Centro
en donde se apuntalan movimientos de la diversidad sexual de la población LGTBIQ+.
354
estigmatización simplista y traza caminos que apunten al entendimiento de las formas de vida de las personas que son habituales a
esta zona del Centro. Elaboración propia.229
Resaltamos de esta publicación que, debido a las formas en que se escribe sobre Barbacoas y las
personas que allí habitan, se consigue fisurar el abultado y monolítico relato de que esta es
solamente una zona de la perdición del Centro que no deja prosperar la gente buena que va al
Parque Bolívar y a misa a la Catedral. Con ello, vemos que Universo Centro contribuye, con sus
formas de decir, al des-cubrimiento de que en la historia reciente de esta zona del Centro lo que se
ha puesto en juego no es tanto la degradación del entorno por la aparición de una “escoria” humana
transvestida que tiene la desfachatez de exhibirse día y noche en estas calles y en el atrio de un
templo religioso y un parque idealizado por la historia institucionalizada. Si no, por el contrario,
que unas personas lo han venido territorializando con unas formas de vida transgresoras que se
expresan en sus gestos, sus cuerpos y sus preferencias eróticas y sexuales. Ese es el asunto, que
estos grupos de personas (esa “escoria” de Barbacoas) no son un “accidente” del sector, son, como
lo fueron en la Guayaquil de mediados del siglo XX, parte constitutiva del lugar y la expresión de
unas existencias negadas, violentadas y, en muchos casos, asesinadas.
Esta paradójica condición de existencia se hace explícita en las palabras de Liberachy, una mujer
trans que para el 2015 era trabajadora sexual callejera en el sector del Parque Bolívar y cuyo relato
fue publicado en el 2019 en el citado libro Voces del territorio. El cuerpo en el Centro de Medellín.
Citamos entonces in extenso el siguiente apartado:
(…) en el Centro no falta el agarrón cada ocho días; por ejemplo, a Alejandra la apuñalaron en estos días y a mí
me metieron un pico de botella porque le robé a un hombre. Aunque la prostitución es buena, porque a veces uno
pasa rico, se emborracha y consigue dinero, también es muy horrible: hay hombres que lo llevan a uno a la pieza y
le pegan; a mí me han apuñalado muchas veces. En estos días mataron a una amiga de nosotros. Han matado como
a tres en dos meses, y a la de allí, de la vuelta, también. A una amiga mías la degolló un hombre en el baño: se fue
a estar un rato con ella y ella le robó; el hombre se dio cuenta y la degolló (…) Eso es muy horrible, porque le
229
Para encontrar cada una de las noticias que componen esta recopilación de Universo Centro, iniciamos ubicando
en la primera fila de izquierda a derecha y de arriba hacia de forma consecutiva: ‘El 90% de los hombres son maricas’.
Historias de La Dayanna de Juana y Guillermina publicado en diciembre del 2009, Naderías de una pluma
tardonadaísta de Rubén Vélez publicado en mayo del 2010, La última hada de Orlando Arroyave publicado en marzo
del 2011, Portada #9 en Universo Centro publicado en noviembre del 2011, Barbacoas St. de María Naranjo publicado
en noviembre del 2011, Portada#45 de Universo Centro publicado en mayo del 2013, ‘A las maricas nos quieren
sacar’ de David Guzmán publicado en mayo del 2013, Divas de María Naranjo publicado en julio del 2018, Arte Central
de Diego Trujillo publicado en agosto del 2018 y Afuera de la plaza de Luis F. González publicado en septiembre del
2018.
355
puede pasar a cualquiera. Lo que hacemos para protegernos un poco es contarles a las otras cuando sabemos que
un hombre es muy horrible o que ese hombre es muy malo (…) Nosotras, las maricas, somos agresivas, pero cuando
las personas se meten con uno… En esta zona aún hay narcotráfico. Usted sabe que eso no lo acaba nadie, pero
como le digo: nosotros, con lo de nosotros, y ellos, con lo de ellos. Por aquí mandan las Convivir, que son las que
vigilan las peleas. Hay muchos hombres homofóbicos. Hoy en día nos aceptan un poquito más, pero los hombres
no han querido a las maricas nunca. Pero, claro, este Centro sin las maricas estaría muerto, porque los bares son
con las maricas, es como una zona de mujeres (Gómez, Arboleda, Hernández y Gómez, 2019: 40-41).
Decíamos que lo expresado por Liberachy es elocuente sobre las formas de vida de las mujeres
trans que son habituales a esta zona urbana del Centro, puesto que hace una clara síntesis de su
condición como “marica” que hace parte constitutiva de la vida en esas calles y los bares
circundantes y sobre las relaciones de poder en los que se encuentra involucrada. Así es, esta mujer
trans sabe que gracias a ella y a sus compañeras que trabajan en la zona, hay bares, hoteles y
residencias que se mantienen activos. Sabe también que el tipo de trabajo sexual que practica, por
ser una “marica” y por hacerlo en ese sector del Centro, la pone en riesgo constantemente. Las
cicatrices en su cuerpo, y los continuos asesinatos de sus amigas y conocidas de la zona así lo
muestran con contundencia. Sabe, finalmente, que por ser “marica” del modo en que lo es, está
vinculada en unas redes de poder que la violentan y buscan controlarla: unos hombres que la odian,
la desean y la contratan para pegarle y tener sexo; otros hombres que son los dueños de las cuadras
donde trabaja, y que la extorsionan y la “cuidan”.
Bajo estas circunstancias, nos encontramos que esas “maricas” del Parque Bolívar, que recorren el
atrio de la monumental iglesia del lugar y que trabajan en Barbacoas, tienen unas experiencias de
vida en las que resuenan, con fuerza, unas condiciones que vivieron las “falsas mujeres” de
Guayaquil hace setenta años. Hay permanencias: las vidas cortas y finalizadas por el asesinato; la
criminalización, la estigmatización y la marginalización; los abusos institucionales y policiales
expresados en desalojos, atropellos y la negación sistemática de sus identidades sexuales; el hecho
de que sea en el trabajo sexual callejero en donde encuentren una de las pocas opciones para
sostenerse y, de paso, para poder vivir sus vidas como mejor sienten que deben ser vividas.
Como hay asuntos que permanecen, hay otros tantos que han cambiado: se las tienen que ver con
formas de violencia sumamente agresivas vinculadas a los intensos controles no institucionales de
las calles por parte de poderes paraestatales y criminales como las “Convivir”; su vinculación con
el arrabal callejero del robo, las grescas, el consumo de drogas y licor y los atracos como parte de
356
sus formas de trabajo en estas zonas de la ciudad; el cambio radical de sus cuerpos a través de
cirugías, muchas de ellas caseras y clandestinas, para pulir los rasgos del rostros y para lucir senos
y glúteos inflados e híperestetizados y feminizados.
Haciendo de sus cuerpos objeto de rechazo/deseo, cuerpos que se exhiben de manera explícita con
transparencias y micro prendas que apenas cubren sus sexos. Cuerpos, literalmente fabricados, que
increpan al transeúnte, que seducen y dan miedo por los estigmas que traen consigo. Son cuerpos
híbridos y “monstruosos” en la medida que transgreden y emborronan (desbordan) los límites del
género y la sexualidad, rehaciendo y haciendo nuevos cuerpos con los “materiales”, precarios, de
los que disponen. Y es allí donde vemos a la vez una permanencia y un cambio.
Ahora bien, para englobar este apartado y conseguir la caracterización de este último “fragmento”
del mosaico, centraremos nuestra atención en ofrecer un vistazo de la “zona baja” de Barbacoas.
Iniciamos entonces haciendo una síntesis de una experiencia que vivida en una de las salidas de
campo más significativas en la que tuvimos la oportunidad de contar con el acompañamiento
dialogado de una persona queer, una mujer trans y una “marica”. La persona queer, quien lideró
esta experiencia, no se siente identificada con su nombre masculino, es joven, tendrá unos 25 años.
Se mueve en el Centro y en particular en la zona de la Catedral Metropolitana con soltura y
tranquilidad, como alguien que ha recorrido esos lugares con frecuencia de día y de noche. Es una
persona que desde lo que dice y lo que hacen, busca visibilizar a la población LGTBIQ+ y señalar
los maltratos sociales permanentes a las que son sometidas.
357
Es una persona seductora, hace shows de travestismo y canta sobre la violencia, la muerte y la
memoria. Con su forma de hablar, con sus gestos y su discurso subvierte la norma. Es transgresora,
fresca, juvenil, talentosa y se sabe promocionar y vender en las redes sociales en donde publica sus
shows y una serie de recorridos que hace por esta zona del Centro. En la conversación que
sostuvimos, contó sobre su vida, sobre la forma en que tuvo que salir de su casa en su primera
infancia debido a que cuando sus inclinaciones homoeróticas se empezaron a manifestar, uno de
sus familiares intentó abusarle y otro le violentó y amenazó con matarlo si no se iba. De allí que
haya pasado una buena parte de su vida entre las amenazas, el rechazo y la violencia. Sin embargo,
ha conseguido hacerse un lugar de reconocimiento, refugio y de enunciación en la población
LGTBIQ+ de la ciudad.
De este mismo diálogo supimos que la calle Barbacoas puede dividirse entre la parte “zona alta”
que corresponde a aquel tramo que linda con la Av. Oriental en donde se han establecido desde
mediados de los años ochenta los bares, los saunas y hoteles para la homosocialización de grupos
de homosexuales y lesbianas. En esta “zona alta” las lógicas de la reunión y en el encuentro entre
las personas pertenecientes a estos grupos disidentes están mediadas por lo general por la vida
nocturna de los bares y por la actividad, a puerta cerrada, de los saunas y los hoteles de la zona. Es
decir, esta es una zona de Barbacoas para socialización de personas con inclinaciones homoeróticas
que tienen sus vidas “normales” en la ciudad, con sus trabajos y responsabilidades y se encuentran
en este lugar para el encuentro entre sus pares y expresar, sin problemas, sus preferencias sexuales.
Por su parte, la “zona baja” de Barbacoas es aquella que está luego de la Catedral Metropolitana y
el Parque Bolívar, concretamente, la que se cruza con Palacé y Perú y baja hasta Bolívar. Esta parte
“baja” sería la que desde al menos hace veinte años ha sido colonizada por “los travestis” o las
mujeres trans. A diferencia de la “zona alta”, aquí las mujeres trans hacen las veces de trabajadoras
sexuales callejeras. Si bien existen bares y residencias en donde socializan y se encuentran, es un
sector de Barbacoas en donde básicamente trabajan y están allí para “pasar el rato” con sus clientes
en los “hoteluchos” cercanos y para ser recogidas por una diversidad de clientes en el día o en la
noche para prestar sus servicios sexuales.
Teniendo en cuenta esta “división”, decía nuestra acompañante queer, el Parque Bolívar se había
venido constituyendo con los años en una “zona neutral” entre la “zona alta” y la “zona baja”.
Puesto que las diferencias sociales, los intereses y los motivos de frecuentar o ser habituales en
358
cada una de las dos “zonas” son claramente diferenciadas. Una es para la sociabilidad, la fiesta, los
encuentros sexuales disidentes entre “pares”. La otra, aunque también posibilita lugares de
encuentro y sociabilidad, es una zona receptora de mujeres trans que encuentran en el trabajar esas
calles una posibilidad de existencia.
Nuestra guía queer, aunque conocedora de estas lógicas del lugar, es más una participante flotante
que no hace parte de ninguna de las comunidades que habitan en estas “zonas”. Una experiencia
distinta con esta zona del Centro es el que ha tenido una mujer trans que nos estuvo acompañando
una buena parte de esta salida de campo. A diferencia de la persona queer, que, por su juventud, la
gestión que hace de sí misma y su vinculación con las redes sociales, logra sacar provecho
económico y reconocimiento por lo que es; esta mujer trans ha disfrutado y padecido lugares como
Barbacoas de forma singular.
Es originaria de un pueblo antioqueño del que salió en su adolescencia debido a que por sus
preferencias eróticas estaba siendo maltratada. Aunque estuvo un tiempo a la deriva, rápidamente
llegó a Bogotá para buscar sobrevivir en la reconocida zona de prostitución y de presencia de
mujeres trans: el barrio Santa Fé. Estuvo allí por una buena parte de su juventud. En un principio,
contó, fue bien difícil adaptarse a las lógicas de la comunidad trans y ser aceptada y acogida por
ella. Debió buscar una “Madre”230, trabajar para ella por un tiempo hasta obtener su confianza, su
protección y de allí cierto nivel de seguridad y estabilidad.
Hace 10 años decidió emigrar a Medellín en donde encontró que la zona de Barbacoas como su
lugar de llegada. En el tiempo que lleva viviendo y haciéndose presente en este lugar del Centro,
esta mujer trans ha configurado un mundo que está fuertemente articulado a las cuadras donde tiene
presencia la población LGTBIQ+. Allí es donde trabaja y donde vive.
No es gratuito que, por un lado, advirtiera que en esa zona de Barbacoas era realmente peligroso
andar, que a una persona desprevenida que estuviera caminando por allí después de las 7 p.m. le
podían robar todo, hasta los zapatos. Y, por el otro, insistiera que a ella, por el tiempo que ha estado
230
Según estas dos acompañantes, y en términos bien generales, una “Madre” es una mujer trans de mayor
experiencia, edad y jerarquía dentro de las comunidades trans. Son quienes les enseñan a las personas jóvenes que
llegan a estas comunidades a “trabajar las calles” y les cobran un porcentaje de sus ganancias. Estas “Madres” brindan
vivienda y protección, y, al mismo tiempo, maltratan y violentan a sus protegidas. Son quienes se las ven y negocian
con los poderes no institucionales de las zonas en donde sus mujeres se exhiben y son contratadas.
359
allí, por el hecho de que la conocieran, tanto los que manejan la “seguridad” de esas calles y las
otras mujeres trans, literalmente no le pasara nada porque todo el mundo la conocía. En resumen,
las experiencias de vida de esta mujer trans, de unos 45 años de edad, han sido, cuando menos,
difíciles.
De esta dificultad hizo eco una tercera persona de unos 23 años que conocimos en esta salida. Es,
en sus propias palabras, una “marica” y activista de la población LGTBIQ+ de la ciudad, de su
barrio y del Centro. Su perspectiva en relación a las mujeres trans de Barbacoas fue contundente:
“De nosotras las maricas, la comunidad trans de esta zona es la más vulnerada, la más violentada,
la más maltratada, la más explotada y la más precarizadas de todas. La Policía las maltrata y las
mafias tienen control sobre sus cuerpos y sus vidas”.
Ahora, y aun reconociendo estas condiciones, esta “marica” reconoció que estas mismas mujeres
trans tienen su propia agencia. Si bien sus cuerpos y sus vidas cargan con todo lo dicho, han venido
vinculándose además con iniciativas que reivindican sus formas de existencia y las valoran, hasta
el punto de hacer memoria de sus muertas y de exaltar sus formas de vida. Esto último lo pudimos
constatar meses después con un evento que se realizó en el mes de noviembre del 2020
promocionado y promovido por la Red Popular Trans de Medellín. Allí, entre otras acciones, se les
hizo un homenaje a varias de las mujeres trans asesinadas que habían hecho de la “zona baja” de
Barbacoas un lugar habitual para estar y trabajar (ver Figura 47).
360
Figura 47. Imágenes del Día Internacional de las Memorias Trans en el mes de noviembre del 2020. El evento se
realizó en una pequeña plaza al uno de los costados de la parte posterior de la Catedral Metropolitana. Inició al final
de la tarde de un día de la semana y se prolongó hasta las horas de la noche. La invitación promocional al evento y
las dos imágenes finales las hemos tomado del Instagram @redpopular. La otra imagen fue tomada en el evento.
Elaboración propia.231
Según nos contó una de las personas que gestiona la galería, el lugar en donde se encuentra el actual
Divas, era hasta hace unos cuatro años un bar habitual de reunión de las mujeres trans de la zona.
Allí podían tanto tomar con sus clientes, como pasar el “rato” en la zona interior del mismo, puesto
231
Las tres imágenes que tomamos del Instagram de la Red Popular Trans de Medellín fueron consultadas y obtenidas
el 29 de mayo del 2021, URL:
https://www.instagram.com/p/CHbqjbLDCYc/ y https://www.instagram.com/p/CH1juztD8t7/
232
Vale decir que la información que recopilamos sobre Divas la hicimos hasta diciembre del 2020. Hasta ese
momento, tanto el bar como la galería seguían activos, aunque fuertemente afectados por las medidas de
confinamiento por la contingencia sanitaria de la Covid-19.
361
que estaba acondicionada con unos “reservados”233. En ese tiempo ese bar era el escenario de todo
tipo de riñas, enfrentamientos y peleas, que en algunos casos terminaban en asesinatos tanto al
interior del local como al exterior.
Luego, hubo un cambio de administración, un hombre, nacido en Medellín, vino de Nueva York,
donde vivió buena parte de su vida, y tomó el negocio. Cambió el concepto del lugar, buscó hacerlo
más glamuroso y, teniendo como referencias los lugares de reivindicación de la población
LGTBIQ+ de la ciudad de donde venía, buscó establecer un lugar con las mujeres trans de la zona.
Al inicio, todo pareció andar bien, las mujeres trans empezaron a reconocer el lugar remodelado y
a su nuevo dueño, y reiniciaron sus dinámicas con sus clientes y entre ellas.
Al tiempo, el lugar llamó la atención de un grupo de personas que han visto en Barbacoas un lugar
particularmente vital del Centro. En particular un artista que ha hecho su trabajo sobre esta zona y
de su compañera, que es gestora cultural y directora de una corporación. Así, y luego de una
conversación con el nuevo administrador, nació la alianza entre el bar y la corporación, todo con
la intención de hacer de este lugar un escenario para reflexionar, exhibir y producir desde diversas
manifestaciones artísticas sobre el cuerpo, el erotismo y el territorio. Es decir, sobre la diversidad
de cuerpos, de erotismos y territorios desde donde se configura Barbacoas.
Así, en el 2017, luego de una primera exposición, se constituyó Divas The Gallery. Una de las
premisas clave de esta alianza fue, desde el inicio, involucrar a las mujeres trans en los procesos
de exposición y creación. Y si bien hubo desencuentros cuando algunas mujeres trans empezaron
a robarles a los nuevos clientes, como nos lo hizo saber el dueño del bar, la idea de la inclusión de
estas mujeres fue algo que se mantuvo. Fue así que desde este lugar se estableció como un escenario
para la creación de condiciones de posibilidad para hacer visibles las potencias creativas de zonas
como Barbacoas.
De esta manera, la aproximación no fue desde los lugares comunes de la estigmatización o la fácil
idealización o la tentadora exotización. No, fue, más bien, un acercamiento que posibilitó unos
233
Los “reservados” hace referencia a pequeños cuartos divididos entre sí por láminas de madera y en cuyo interior
apenas cabe una silla o una pequeña cama. Algo parecido a los lugares en donde las personas se miden la ropa en
los centros comerciales. La cuestión es que, en este caso, los reservados tienen la explícita función de posibilitar
encuentros sexuales.
362
lugares de enunciación propios desde esa zona urbana, de sus diversidades corporales, de sus
intensas y dramáticas memorias, de sus formas de mostrarse y de ser en esta parte maldita del
Centro.
Desde Divas The Gallery se han realizado más de una veintena de exposiciones de artistas
emergentes y reconocidos, ha sido escenario de performances que increpan sobre los límites del
cuerpo y los discursos, como el religioso, que lo constriñen. Ha establecido vínculos con facultades
de artes de universidades para gestionar y ser sede de intervenciones artísticas diversas y de
sesiones de dibujo, en donde las mujeres trans han accedido a participar. Ha sido un lugar de llegada
de recorridos de tures alternativos y de personas totalmente ajenas a esta zona de la ciudad, pero
interesadas en conocer el lugar y ver las exposiciones que aloja. Ha posibilitado experiencias en
donde se busca reivindicar los cuerpos híper feminizados de las mujeres trans a partir del diseño,
la producción y la realización de una gala en las calles del bar de un vestuario concebido para ello.
363
Figura 48. Un vistazo de las actividades artísticas y culturales que se han llevado a cabo en el marco de la alianza entre la
Corporación Ítaca y el bar Divas The Gallery. Se ilustran aquí las invitaciones a la diversidad de exposiciones que hasta finales del
2020 se venían realizando en el lugar y que han acogido diversos artistas locales. Asimismo, ha habido conversatorios, propuestas
vestimentarias con las mujeres trans de la zona, sesiones de dibujo con estas mismas mujeres, encuentros para hacer memoria de
las violencias y espacios de formación y diálogo a través de la práctica artística. Elaboración propia.234
Para recoger lo dicho y terminar de perfilar este “fragmento” del mosaico, estimamos necesario
señalar que las practicas discursivas y no discursivas que vienen operando en las últimas dos
décadas sobre el Parque Bolívar, los alrededores de la Catedral, en especial sobre Barbacoas, las
entendemos como un dispositivo de subjetivación institucional encaminado a la reconquista de una
zona urbana que por años fue “vaciada” y dejada como una “tierra de nadie”. Dichas prácticas se
manifiestan, por un lado, en la producción y reproducción de una narrativa, abanderada por la casa
editorial de El Colombiano, encaminada a la estigmatización y la generación de miedo sobre este
lugar del Centro, en especial, sobre las personas que le son habituales. Y, por el otro lado, son
prácticas que se han dado desde lo policivo con la construcción de un CAI, con operativos
desalojos, arrestos y clausuras, y desde la renovación urbana con la mejora de fachadas, la
aplicación de pintura, la realización de grafitis encargados y, como no, la renovación de pisos, el
cambio de mobiliario y la siembra de plantas.
234
Tuvimos acceso al catálogo de la alianza de la Corporación Ítaca y el Bar Divas gracias a una entrevista sostenida
con la directora de dicha Corporación en diciembre del 2020. En dicho catálogo se recopilan las invitaciones a más
de 25 exposiciones que se han realizado en el lugar desde el 2017 hasta diciembre del 2020. Del mismo modo, se da
cuenta de recorridos al lugar, fiestas, conciertos, performances y espacios para la conversación.
364
décadas del siglo XX y que, luego, a medidos de ese mismo siglo se consolidaría en una
idealización de la práctica citadina de caminar, comerciar y tertuliar en la Junín de la época como
síntesis de esa forma adecuada de ser y estar en una ciudad y un Centro manejable y controlado
para la sociabilidad entre una ciudadanía que compartía y se encontraba de manera ponderada en
el espacio público.
No exageramos. Como lo hemos mostrado, desde el discurso institucional se atina a decir que frente
a los profundos problemas sociales irresueltos, los conflictos, y disputas territoriales sobre esta
zona urbana que enmarca el Parque Bolívar, la Catedral y Barbacoas, el camino es la
“recuperación” de lo que fue este lugar a partir de la intervención policial y la renovación urbana
como formas de hacer que regrese la “vida” al lugar, que haya nuevamente la “retreta” y que se
pueda volver al “juniniar”. En pocas palabras, desde la institucionalidad hay, mayoritariamente235,
un sistemático proceso de negación e invisibilización de las complejidades y potencias propias de
los grupos de personas pertenecientes a las disidencias sexuales de la población LGTBIQ+ que se
vienen constituyendo y singularizando con su presencia este lugar del Centro.
Por su parte, y como hemos descrito en los demás apartados de este capítulo, existe todo un
entramado de intereses y poderes no institucionales estrechamente ligados con dinámicas
ilegales/criminales que controlan el microtráfico, la microextorsión, el comercio sexual de todo
tipo y que se benefician también del trabajo de las mujeres trans de la zona. Se caracterizan por su
dinamismo, su mutabilidad y sus múltiples formas de ejercer el control a partir de la violencia, la
intimidación y el homicidio en las zonas urbanas en donde aplican su autoridad236. En este sentido,
235
Reconocemos la existencia de la Casa de la Diversidad como un esfuerzo institucional para reivindicar la existencia
de las diversidades sexuales disidentes en esta zona urbana. Sin embargo, desde las evidencias periodísticas
entendidas no solo como formas de producción de una narrativa encaminada a la estigmatización del lugar y de las
personas transgresoras de una sexualidad supuestamente delimitada, sino también como registro del accionar
institucional sobre esta zona, sostenemos la premisa de que la inmensa mayoría de los recursos invertidos se han
traducido en las acciones de aumento de la seguridad policiva y las consabidas renovaciones urbanas.
236
Así nos lo hicieron saber varias personas que han trabajado de forma ininterrumpida desde 1997 en un bar ubicado
en el cruce entre Palacé y la calle 56. Según ellas, esta zona (baja) de Barbacoas sufrió un periodo de intensas
violencias a inicios de los dos miles, periodo que coincidió con la llegada de “las travestis”. Fue un periodo que duró
al menos diez años en donde hubo intensas disputas y conflictos en las calles y en donde las “Convivir” tenían el
control sobre las plazas de venta de droga, las casas de consumo u “ollas” de vicio. Fue tanto así que uno de los
“Convivir” más reconocido de la zona en ese periodo tenía el apodo de “Cementerio”. Supimos además que luego de
los operativos de la Policía y la Fiscalía en el 2013 en donde, como hemos contado, sellaron varias de las “ollas”, de
los arrestos y presencia policial por meses en la zona, los jíbaros, las personas consumidoras y las mismas “Convivir”
se replegaron. Quedaron “las travestis” que, por cierto, nos subrayaron con especial énfasis: “son muy ladronas”.
Pasado poco tiempo, luego de que la Policía levantara sus vayas y se fuera, jíbaros, las “Convivir” y los consumidores
volvieron a operar sobre el lugar, de una manera más móvil, sin necesidad de casas o lugares de consumo. A partir
365
y como lo citaba con la “marica” activista, estos poderes no institucionales hacen las veces también
de dispositivos de explotación y de control sobre las mujeres trans.
Es, pues, entre estos dos dispositivos, uno institucional que oscila entre la
estigmatización/criminalización y la negación/invisibilización; el otro, no institucional, que sigue
unas lógicas ilegales/criminales y que ejerce un intenso control territorial y se aprovecha de las
rentas ilegales de este tipo de entornos urbanos, en donde las personas que transgreden los límites
sexuales “naturales” encuentran una condición de posibilidad para constituir su propia
subjetividad. Claro, hay que precisar que nos referimos aquí a las personas que además de tener
inclinaciones homoeróticas y de querer cambiar sus gestos y sus cuerpos, tienen la “osadía” de ser
pobres. Es decir, dentro de la diversidad de personas que se cuentan dentro de las disidencias
sexuales de la población LGTBIQ+ de Barbacoas, es sobre las mujeres trans, aquellas que han
territorializado la “zona baja”, sobre las que centramos la atención.
Esto es así ya que es desde las experiencias de estas mujeres trans en estas calles, en sus (cortas)
vidas precarizadas y marginalizadas, en sus vínculos con las violencias de esta parte maldita del
Centro del que ellas son partícipes, en sus cuerpos apuñaleados y baleados, en sus cuerpos deseados
y odiados, y en sus existencias sistemática y deliberadamente finalizadas, en donde encontramos
esas permanencias del arrabal “guayaquilero” de las “locas” callejeras, de las “pervertidas” y las
“falsas mujeres”. Y esto es importante porque vemos que las subjetividades transgresoras que
vienen territorializando las zonas aledañas a la Catedral Metropolitana desde el año 2000 hasta la
fecha, hacen eco a las formas de vida de las personas que vivieron y, en su mayoría, murieron en
la Guayaquil de mediados del siglo XX por ser lo que creían y sentían que debían ser.
Bajo estas circunstancias, encontramos entonces unos tipos de subjetividades transgresoras que, si
bien son diversas por definición, tienen en común su condición disidente y de rompimiento de unos
límites morales, sociales y corporales, considerados como “naturales”. Son subjetividades que,
como lo vimos con Bustamante (2008) y Correa (2017), han sido reelaboradas a partir del deseo
de ser de otro modo y de hacerlo público, de hacerlo visible a la mirada del otro. De allí que las
formas de exhibición (sus estéticas) sean exuberantes y desbordadas. En Guayaquil las falsas
de allí y hasta ahora, como pudimos experimentar en varias visitas nocturnas a este bar, las dinámicas de la venta de
drogas, de la “seguridad” de las “Convivir” y del ofrecimiento explícito de sexo callejero por parte de las mujeres
trans de la zona son parte de la vida cotidiana del lugar.
366
mujeres se travestían, ahora las mujeres trans, transforman sus cuerpos híper-feminizándolos,
híper-estetizándolos. Y lo hacen a partir de los “insumos” que tienen: bien sea a partir de
intervenciones caseras o clandestinas o a partir de cirugías plásticas más seguras. El asunto es hacer
de esos cuerpos, de su exuberante presencia, de sus gestos y de las formas en que recorren el atrio
de la Catedral con sus pequeñas prendas, una constatación de que, a pesar de todo, existen y lo
hacen intensamente.
Estas subjetividades vienen inscribiéndose (haciendo memoria) en este sector urbano del Centro a
través de su estar ahí, de su hacerse presentes en el día y en la noche, configurando “la vocación
del lugar”, o, en términos de esta tesis: singularizándolo. Hacen memoria a partir de prácticas
urbanas violentas, en las que participan y, sobre todo, a las que son sometidas. Participan cuando
atracan, chuzan y matan. Son sometidas cuando sus cuerpos, como el de las putas, pareciera que
están allí para dominarlos, lacerarlos y eliminarlos. Los atropellos, las violaciones y los homicidios
son (y han sido) una estrategia (ineficaz) de borramiento de esas subjetividades. Se hace memoria
cuando se refieren a ellas como peligrosas y ladronas. Pero hacen también memoria
(“micromemorias”) cuando relatan sus vidas y las de sus compañeras asesinadas. Y lo vienen
haciendo también con sus eventos de conmemoración.
Son, pues, unas subjetividades transgresoras que, como vienen haciendo visible las actividades de
Divas The Gallery, tienen una potencia creativa estimulante. Puesto que han sido constituidas desde
la pobreza y la marginalidad, desde el influjo de poderes institucionales y no institucionales y desde
los abusos de las calles. Son subjetividades que se han hecho desde en existencias cortas, en cuerpos
que, literalmente desborden y emborronan los límites de la sexualidad. Son subjetividades que, al
estar, exhibirse y permanecer, ponen en evidencia la maleabilidad de la sexualidad y el hecho de
que la “materia prima” de las subjetividades, como la “materia prima” social, pueden moldearse de
otras maneras. De allí podría explicarse un poco la animadversión que hay hacia las personas que
han hecho suya ese tipo de forma de ser en la ciudad.
Con todo, las subjetividades que se vienen creando y haciendo cuerpo en Barbacoas y el influjo
que tienen sobre el Parque Bolívar y la Catedral Metropolitana, son, para bien o para mal, parte
constitutiva de esta zona urbana desbordada. Como en Guayaquil en su momento, este lugar del
Centro es un lugar desbordado al haber sido territorializado por esta diversidad sexual y por estas
subjetividades transgresoras. Es un lugar que tiene vida y que hace años dejó de ser “tierra de
367
nadie”. Es un lugar con vitalidad no a pesar de las “maricas” ni las “travestis”, sino, en parte, porque
estas personas siguen existiendo.
Desde que conocimos la obra del artista Jorge Alonso Zapata en el 2017 intuimos que en algún
momento de esta investigación debíamos abordador sus pinturas para reflexionar, a partir de ellas,
sobre el Centro y los tres lugares de los que hemos hablado en este trabajo. Esa intuición se fue
convirtiendo en una certeza cuando empezamos a encontrar referencias de sus obras cuando se
quería hablar de las exuberancias cotidianas del Centro en trabajos que nos ayudaron a perfilar
nuestra propuesta. O cuando encontramos que sus primeros murales habían sido pintados, en los
primeros años de los dos miles, en las paredes una de las “ollas” de vicio más reconocidas de la
zona de Barbacoas.
Luego, en una de las salidas de campo, tuvimos la posibilidad de conocerlo y hablar con él, de oír
algunas de las diversas (diversísimas) historias de las calles más malditas del Centro y de la
multiplicidad de personas que las habitan. Ese día, caminamos con él hacia la sede actual de su
taller, en el actual “Bronx” de Medellín. Al verlo caminar por esas calles del modo en que lo hace,
al oírle conversar con personas de “todos los colores” y ver cómo ingresa a los escenarios más
sórdidos de la ciudad con una especie de inmunidad ganada por años de estar mirando y pintando
el Centro, supimos que esa certeza de hablar sobre su obra, se había transformado en una imperante
necesidad.
Ahora, si bien teníamos claro que tocaríamos este tema, la pregunta que nos estuvo acompañando
en la escritura de esta tesis fue, ¿cuándo sería el mejor momento para hacerlo? Una primera
respuesta, la más obvia, podría haber sido: pues en el momento que aborde el “fragmento” del
mosaico sobre las trasgresiones sexuales, especialmente aquellas que se condensan en la calle
Barbacoas. Claro, ese era el camino lógico. Dedicarle algunas páginas al trabajo de Zapata para
subrayar las prácticas urbanas de las mujeres trans, las calles en donde trabajan y la clientela con
la que tratan (ver Figura 49).
368
Figura 49. Obra de Jorge Zapata en donde se muestra una escena de negociación entre mujeres trans y unos posibles clientes que
pasan por las calles de Barbacoas. Fotografía tomada de la obra original en el taller del artista en diciembre del 2020.
Sin embargo, y luego de recordar que, en el taller de Zapata, en donde están muchas de sus más
conocidas pinturas expuestas, vimos a Barbacoas, sí. Pero, sobre todo, tuvimos la posibilidad de
ver el abigarramiento del Centro que está presente y singulariza también otros lugares, como es el
caso de los alrededores de La Candelaria y La Veracruz (ver Figura 50). Por esta razón, decidimos
cerrar este capítulo de nuestra tesis trayendo a colación la obra de este artista. Y lo hacemos no
para ofrecer una crítica sobre su propuesta plástica, ni para ubicarlo en el contexto del arte local o
regional, sino para señalar aquello que nos deja hacer visible sobre los tres lugares desbordados
sobre los que hemos buscado ocuparnos.
369
Figura 50. Mosaico de unas pocas obras de Jorge Alonso Zapata. En la imagen superior se muestra una de las habitaciones del taller
de Zapata con varias de sus obras exhibidas. Las tres obras de la parte inferior presentan unos escenarios cotidianos nocturnos y
diurnos, con cuerpos fabricados y exhibidos, con lugares del centro emblemáticos. Todas las fotografías que componen esta Figura
fueron tomadas de las obras originales en el taller del artista en diciembre del 2020. Elaboración propia.
Con el interés de precisar qué es eso de lo que hablamos, y qué tanto nos ha llamado la atención
esta obra, retomaremos acá dos apartes del texto Mitópolis que ya hemos citado y en donde
encontramos dos aproximaciones sobre la propuesta de Zapata que consideramos ajustadas a
nuestros propios intereses. El primero, se haya en el capítulo a cargo de Juan Diego Parra (2017),
allí este autor expresa lo siguiente:
370
Jorge Zapata, que hace emerger de las profundidades telúricas, un bestiario bacterial que ha invado las calles y las
contamina, fabricando una Medellín carnavalesca que deviene infernal, poblada de monstruos en ritos de paso y
recordándonos, como la haría El Bosco, que la calle está poblada de pulsiones elementales que emergen de las
alcantarillas, cuartos de hotel barato y cantinas de mala muerte, para acceder a un mundo casi siempre diurno (...)
donde la indeterminación de géneros indican nuevas especies, quizás superiores, que no habían sido detectadas (o
que llanamente se han querido ignorar) (Parra, 2017: 110).
Más adelante, en el capítulo escrito por Beatriz Elena Acosta (2017), se profundiza esta
interpretación de Parra, cuando la autora menciona que:
(...) mientras que con los cuadros de Fredy Serna asistimos a la inmensidad del paisaje urbano, con los de Jorge
Zapata nos vemos confinados a la estrechez del espacio de Barbacoas que, sin embargo, se despliega como marca
de la urbe que respira allende los límites (...) La obra de Jorge Zapata es un canto a la calle, pero no a la calle como
paisaje, sino a la calle degradada, pisoteada, ultrajada, denostada, violada, baleada, acuchillada, ensangrentada...,
pero voluptuosa, tierna y amable para aquel que se atreva a penetrarla y a entonar con sus habitantes canción de los
olvidados que tampoco recuerdan muy bien de dónde vienen, ni quiénes los precedieron, que viven en el presente
congelado en ese rincón de la ciudad, en esa grieta de la Mitópolis (Acosta, 2017: 179-180).
Suscribimos pues la lectura que hacen Parra y Acosta de las pinturas de Jorge Zapata. Ciertamente,
su obra pictórica nos presenta un carnaval urbano donde confluyen monstruos violentos,
sexualidades indefinidas, prácticas urbanas de todo tipo ocurriendo en simultáneo en las calles y
esquinas de un lugar que bien podría ser colindante con la Catedral Metropolitana, pero representan
también la calle Boyacá en el cruce con Cundinamarca. Su obra es sobre un Centro que está tan
intensamente presente que es difícil verlo.
En tal sentido, lo que nos permite ver/decir Jorge Zapata es que en los “fragmentos” del mosaico
que hemos buscado armar, si bien presentan unas subjetividades que singularizan los tres lugares
sobre los que hemos escrito, no quiere decir esto que dichas subjetividades se manifiesten
exclusivamente en cada uno de esos lugares. Es decir, con la obra de Zapata podemos señalar que
el mosaico que hemos propuesto está conformado por unas subjetividades desbordadas. Unas
subjetividades que, al decir de Isaac Joseph (2002), se desparraman en los tres lugares y en el
Centro en general.
En efecto, en el Centro hay trabajadoras sexuales callejeras en muchas de sus calles, hay ventas
ambulantes por todas partes, hay mujeres trans que buscan suerte más allá de su territorio. Claro,
371
también hay “paracos” por todas partes, así como también hay habitantes de calles desperdigados
en todas sus esquinas. Y, también, hay turistas extranjeros, párrocos y feligreses, hay hombres y
mujeres adultos, jóvenes estudiantes y trabajadores, jubiladas y jubilados, niños, niñas,
funcionarios, desempleado, etc...
Ese es el asunto, en el Centro: existe un abigarramiento tal que los límites entre las cosas empiezan
a emborronarse, que la piel de lo urbano (la urbs) se crispa y se hace porosa, haciendo que la
“materia” social que contiene tienda filtrarse a borbotones. Quizás por eso, la ciudad que se dice y
que se planea (la polis), aquella que busca controlar las manifestaciones de lo urbano, apenas puede
hacer algo frente a esa exuberancia de subjetividades desbordadas. Pensamos entonces que esta
intensa disputa entre la ciudad y lo urbano y, en especial, sus desbordes son asuntos que están en
juego en la obra de Zapata (ver Figura 51).
Figura 51. En esta obra de Jorge Zapata se da cuenta de ese abigarramiento urbano del que he hablado en este capítulo. Acá se
expresan con elocuencia las piezas del mosaico de subjetividades en su condición de rebasamiento y desborde. Fotografía tomada
de la obra original en el taller del artista en diciembre del 2020.
372
Por último, no podemos dejar de comentar que la obra pictórica de Jorge Zapata, a diferencia de
buena parte de la versión planeada y narrada que ha venido operando en las dos últimas dos décadas
sobre el Centro, trabaja con la “escoria” y las “cucarachas” urbanas que lo habitan y constituyen.
Hace visibles sus múltiples formas de aparición y presenta la inquietante posibilidad de que los
desbordes son posibles en ese abigarrado acontecer cotidiano. Y, lo hace, porque muestra que esas
múltiples formas de ser y estar en el Centro, más allá de las ciudadanías idealizadas, son,
sencillamente, reales y posibles.
En otros términos, la potencia de las pinturas de este autor radica en que no pinta un Centro del
pasado, lleno de nostalgias y mitos fundacionales problemáticos. Tampoco lo pinta en su
idealización futura. No, Zapata pinta el Centro del acontecer cotidiano, pinta un Centro plebeyo.
Pinta, en fin, el Centro que tenemos.
373
6. Consideraciones finales
Proponer un Mosaico del centro de Medellín como una forma de abordarlo y, además, defender la
idea de que es un mosaico constituido por unas subjetividades que por sus intensas formas de
exhibición y de inscripción en estos lugares, hacen que estos sean escenarios de los
desbordamientos entre la ciudad (la polis) y lo urbano (la urbs), nos ha tomado la escritura misma
de la tesis. Ahora, y luego de este recorrido quisiéramos concluir señalando cinco consideraciones
que nos permitieron escribir este trabajo y, en especial, sintetizar el horizonte interpretativo en el
que nos apoyamos y que elaboramos para aproximar una comprensión del Centro de nuestra ciudad
y los tres lugares de los que nos ocupamos.
La primera consideración es que defendemos la decisión de haber abordado tres lugares del Centro
a pesar de la intensa densidad simbólica y complejidad urbana que cada uno de ellos representa.
Enfocar la atención en solo uno de ellos hubiera producido otra tesis. Una tesis que no nos hubiera
permitido reconocer los puntos comunes entre los entornos urbanos de las tres iglesias, ni hacer
visibles las subjetividades singulares que los vienen constituyendo en su historia reciente. Haber
hecho nuestra investigación anclada en estos lugares nos posibilitó identificar la interrelación
existente entre prácticas urbanas institucionales y no institucionales que operan de manera
diferenciada en cada uno de ellos, pero que en su conjunto son determinantes en la constitución
misma del Centro. De allí que encontremos validez en la afirmación que hemos hecho en varios
lugares de esta tesis de que estos tres lugares, considerados en simultáneo, hacen síntesis de las
complejidades del centro de Medellín.
La segunda tiene que ver con el tipo de aproximación al objeto de esta tesis que nos posibilitó el
archivo heterogéneo que construimos para el desarrollo del trabajo. Cabe recordar que conceptual
y metodológicamente asentamos nuestra propuesta en la vinculación de una perspectiva
sociológica con la trialéctica espacial de Lefebvre (2013) y otra geográfica con el planteamiento
microescalar del lugar con Lussault (2015). Con ello, la consideración de que el espacio social se
constituye en las disputas entre una dimensión planeada, otra narrada y otra vivida, puede hacerse
geográfica en un lugar concreto (tres, en el caso de esta tesis) de las ciudades. Decíamos, pues, que
la heterogeneidad el archivo nos permitió abordar cada una de estas dimensiones.
374
En principio, con la revisión de los Planes de Desarrollo (PD) (1998-2016) y algunos apartes del
POT (1998; 2006; 2014) fue posible dar cuenta de la dimensión planeada, el archivo periodístico,
conformado por El Colombiano (1998-2019), el Q’hubo (2002-2019) y Universo Centro (2008-
2019), nos permitió abarcar la dimensión narrada y las salidas de campo, la derivas urbanas, los
recorridos, las entrevistas realizadas, las conversaciones furtivas y la observación que realizamos
de los tres lugares entre 2018-2020, nos dieron los elementos para dar cuenta de la dimensión
vivida.
Sin embargo, y como lo hicimos evidente en la tesis, pronto nos dimos cuenta que las tres
dimensiones podían ser leídas y analizadas en los distintos componentes del archivo. Es decir, que
lo planeado, lo narrado y, sobre todo, lo vivido, fueron haciendo su aparición en distintas fuentes.
Con ello, pudimos dar cuenta de las formas en que se ha planeado el Centro desde los PD, pero
también desde las maneras en que se ha configurado toda una narrativa periodística institucional
que publicita y legitima ese accionar sobre la ciudad y, además, a partir de prácticas urbanas
presentes en esta zona urbana como son las dinámicas del turismo global que, como mostramos, se
encargan de profundizar en la versión afirmativa de las formas en que se planifica y se renueva la
ciudad en general y el Centro en particular.
En un sentido similar, pudimos abordar las narrativas que se han ido elaborando sobre los tres
lugares de nuestro interés a partir, obviamente, de las sistematización y análisis de los periódicos
seleccionados, pero también desde el permanente eco que esas preponderantes narrativas tienen en
el discurso político institucional que puede leerse en los PD, el POT y otros documentos oficiales,
y, claro, en las resonancias que esas narrativas tienen en la voz de buena parte de las personas que
entrevistamos y con quienes conversamos.
Y, claro, nos aproximamos al análisis de las múltiples formas en que las personas han sido y han
estado (han vivido) en los tres mencionados lugares del Centro a través de las técnicas de la
antropología urbana citadas, pero también fue esencial reconocer que esta dimensión vivida se
hacía presente (y con intensidad) en una cronología dinámica del pasado/presente y
presente/pasado en el archivo periodístico, en los PD y el POT y en demás documentación
consultada. De ahí se explica el uso diverso que hicimos del heterogéneo archivo que sustenta esta
investigación.
375
La tercera consideración237, tiene que ver con que en Mosaico del centro de Medellín se hace
evidente que la relación propuesta desde la trialéctica lefebvriana entre una ciudad que se planea,
una que se narra y otra que se vive, no es equivalente. A todas luces, la vivida desborda
constantemente las otras dos y, en buena medida, determina los modos en que esa ciudad planeada
se busca planear y narrar. Esto se debe fundamentalmente al abigarramiento de las distintas
subjetividades que se ponen en juego en el centro de la ciudad y que se desbordan en sus calles,
parques y plazas. Unas subjetividades que colisionan entre sí y hacen pedazos los ideales en torno
a las formas del buen comportamiento en el espacio público desde unas ciudanías controladas y
ponderadas.
En otros términos, esas subjetividades que vivifican el Centro dan cuenta de potencia de lo urbano
que se manifiesta, bien sea de modo creativo o destructivo, bien sea desde el planteamiento de otras
formas de vida o en la respuesta brutal de la imposibilidad de la vida de lo otro. En pocas palabras,
los excesos y desbordes del abigarrado mosaico de subjetividades que constituyen la dimensión
vivida del centro de la ciudad, establecen la agenda editorial de los medios periodísticos que se han
encargado de narrarlos y determinan las propuestas político-administrativas, de planeación e
intervención para buscar su, siempre esquiva, “recuperación”.
En concordancia con lo anterior, la cuarta consideración a la que queremos hacer alusión tiene que
ver precisamente con las relaciones de poder que se ponen en juego en las maneras en que se han
venido constituyendo los tres lugares de los que hemos hablado en esta tesis. En los tres casos,
237
Al respecto, encontramos que esta consideración da cuenta de una de las hipótesis que planteamos al inicio de
este trabajo, específicamente aquella que expresa lo siguiente: La ciudad vivida, entendida en esta tesis como una
ciudad de subjetividades, se manifiesta con tal nivel de intensidad en los entornos de estudio que pone en cuestión la
pretendida equivalencia entre las otras dos dimensiones (planeada y narrada). En realidad, es esa ciudad vivida la
que determina el accionar de la ciudad que se planea y que se narra.
376
hemos encontrado que, en apariencia, dichas relaciones de poder hacen que estas zonas urbanas
estén atenazadas entre dos grandes dispositivos de subjetivación: uno, vinculado con formas de
gobierno no institucionales ligadas a la “paraquización” del Centro, que propende por el control
territorial, el cobro de extorsiones y el ejercicio del poder a partir de la intimidación y al violencia
homicida; y otro, articulado con formas de control institucional, que busca la reconquista del centro
a partir de una combinación de aumento de la presencia policial, la vigilancia electrónica y las
permanentes intervenciones de renovación urbana realizados sobre este sector de la ciudad.
Sin embargo, si se suscribiera esta interpretación se estarían perdiendo de vista aquello que
compone ese abigarramiento que excede y desborda este restrictivo esquema. Nos referimos al
mosaico de las subjetividades que constituyen el Centro desde su condición de diversidad. En tal
sentido, si bien reconocemos que ese “atenazamiento” del que hablábamos puede, efectivamente,
hacerse presente en cada uno de los tres entornos urbanos estudiados, no quiere decir esto que
imposibilite o haga desaparecer toda agencia creativa de las subjetividades del trabajo sexual
callejero, del rebusque o de la sexualidad trasgresora.
La quinta consideración tiene como propósito recoger las respuestas a la pregunta central de la tesis
y examinar el cumpliendo del objetivo general que nos plateamos al inicio de esta investigación.
En tal sentido, a la pregunta por ¿cómo ha sido el proceso de constitución de estos tres lugares a
377
partir de los modos en que distintas subjetividades, inscritas y exhibidas en las prácticas urbanas,
se han desplegado en ellos desde finales de los años 90?, podemos ofrecer las siguientes respuestas:
(i) Una premisa básica para atender esta interrogante es reconocer que el proceso de
“guayaquilización” del Centro, al que vienen haciendo alusión diversas investigaciones desde los
años noventa, es una realidad que sigue palpitando con intensidad en las calles, en las plazas y en
las esquinas de esta zona urbana. El ethos de Guayaquil y sus lógicas “guayaquileras” no
desaparecieron con la demolición de “El Pedrero”, la clausura de las pensiones, el cierre de sus
bares y el desplazamiento de las personas que le eran habituales. Más bien, esa parte maldita que
se condensaba en Guayaquil de la Medellín de mediados del siglo XX, luego de un lento proceso
de decadencia que se extendió hasta los años 80, fue filtrándose y extendiéndose por el Centro,
encontrando en calles, plazas y parques “vacíos” un lugar en donde establecerse. “Guayaco”
reverbera con intensidad en la persistente presencia del trabajo sexual callejero del entorno de La
Veracruz, en las tácticas de la informalidad y el rebusque callejero que se pulula en el entorno
inmediato de la iglesia de La Candelaria y en las obstinadas formas de exhibición de las mujeres
trans que, a pesar de poner en juego su propia existencia al hacerlo, siguen haciéndolo de manera
pública a la mirada de los otros en las calles circundantes a la Catedral Metropolitana.
(ii) Una segunda premisa relevante, que se relaciona un tanto con la anterior y que resulta,
igualmente, determinante para aproximarse al Centro, tiene que ver con la compleja relación que
se establece en esta zona urbana entre el centro, la periferia y la marginalidad urbana. Como lo han
hecho ver otras investigaciones en otros centros y en este Centro, la manera convencional de
entender esta relación entre un centro, que funge como polo de desarrollo económico y urbano y
de concentración de poderes políticos y sociales; y una periferia, geográficamente alejada y
marginalizada en donde no es posible disfrutar de los beneficios que se producen y se consumen
en el centro; es un esquema que no tiene sentido para estudiar y pensar en los centros históricos y
tradicionales como el de Medellín.
Ciertamente, y como buscamos hacer evidente con los “fragmentos” que componen el Mosaico…,
en el Centro mismo se manifiestan y producen las marginalidades urbanas. Asimismo, en ese
mismo Centro, las periferias geográficas (de los barrios populares) se hacen un lugar y se hacen
habituales en esa zona urbana. En tal sentido, son esas periferias presentes en el Centro las que lo
constituyen y hacen singular buena parte de sus lugares. Tal vez allí radique una de las grandes
378
limitaciones de las administraciones que se han puesto en la tarea de planear e intervenir esta zona
de la ciudad, esto es: pensar que el Centro es una zona urbana restringida a su ubicación geográfica
y con límites claramente definidos, sin considerar esa dinámica e interdependiente relación
centro/periferia/marginalidad. Y, por tanto, consideramos que seguir insistiendo en tratar de
solucionar sus problemas estructurales de forma localizada y a partir de intervenciones enfocadas
primordialmente en la renovación urbana, es una ilusión.
(iii) Acogiendo entonces estas dos premisas, podemos decir que el proceso de constitución de estos
tres lugares, se ha dado desde permanentes disputas entre unas formas de territorialización y
“conquista” no institucionales y unos esfuerzos institucionales promovido por intereses
económicos, políticos e intelectuales públicos y privados que, al menos desde finales de los años
90, vienen insistiendo la inaplazable necesidad de “recuperar” el Centro para la ciudad y sus
ciudadanos. Ya lo hemos dicho en la cuarta consideración de este apartado. Aun así, quisiéramos
agregar a esta repuesta que en esas disputas se está poniendo de relieve la propuesta de que los
centros de las ciudades vienen adquiriendo cada vez mayor relevancia para distintos grupos de
intereses, y el centro de Medellín no es ajeno a ello.
Es decir, el Centro se ha establecido en las últimas dos décadas en un innegable objeto de deseo.
Es deseado por las estructuras ilegales/criminales por las grandes ganancias que les significa ejercer
su control (milimétrico) sobre esta zona urbana. Es deseado por la institucionalidad público y
privada por su significación histórico/simbólica, por su inmenso potencial económico, por sus
propicias condiciones para el desarrollo urbano, por su convocatoria cotidiana, y sus prestaciones
para el intercambio comercial de todo tipo de bienes y servicios.
Considerando así el asunto, no es entonces una sorpresa que desde hace al menos veinte años, desde
la operación “Ciudad Botero” en adelante, se haya instado desde el accionar institucional por
intervenciones sobre el espacio público urbano que lleven a la práctica la consecución de ese deseo.
Intervenciones, en todo caso, que pueden ser caracterizadas desde la puesta en marcha del
dispositivo de las renovaciones urbanas que (como en el caso de los tres lugares) se llevan a cabo
en clave de intervenir fragmentos urbanos para su limpieza, su embellecimiento, su
patrimonialización (en caso de que haya algún edificio de “valor” patrimonial que “valga la pena”
379
recuperar) y su control. Todo lo cual se ha sustentado en el repetido (repetidísimo) ideal de generar
espacios públicos para toda la ciudadanía y para visitantes locales y extranjeros.238.
(iv) En el marco de estos modos de constitución institucionales del Centro en general y los tres
lugares en particular, hay que considerar el accionar permanente de las narraciones que desde el
archivo periodístico analizado se han ido construyendo sobre ellos en las últimas dos décadas.
Dichas narraciones han operado sobre estos entornos urbanos desde la producción y publicitación
de unas verdades que ellas mismas (las narraciones) han consolidado como ciertas y casi que
irrefutables.
(v) Se han constituido desde la presencia de dos tipos distintos de subjetividad que tienden a la
institucionalización y aplanamiento de las diversas subjetividades que se manifiestan en sus tres
entornos. Nos referimos: a aquel tipo de subjetividad narrada e idealizada que se presenta a la
mirada del turista extranjero y a aquella subjetividad que busca producir la racionalidad católica
local.
238
En esta respuesta hacemos alusión expresamente a temas que buscan demostrar otra de las hipótesis del trabajo,
aquella en la expresamos que: La ciudad planeada hace uso de la producción del espacio público del centro tradiconal
en búsqueda no de la inclusión, sino del control. Con ello, trae consigo unas formas de ver el espacio y encuadrar la
vida urbana, haciendo visibles unos fragmentos de la ciudad, mientras que otros tantos son opacados, negados e
invisibilizados.
239
En este caso, la respuesta se vincula con la segunda hipótesis de la tesis, en donde planteamos que: La ciudad
narrada que se produce a partir de la voz de periodistas constituyen unas narrativas que, en términos generales,
contribuyen a la legitimación del accionar de la ciudad planificada.
380
En el primer caso, se viene consolidando en los últimos años un dispositivo de subjetivación
potente y aceitado por la narrativa política, periodística y empresarial de que el turismo global es
una constatación plena de que la ciudad de Medellín ha “cambiado de cara” en el mundo y que, sin
muchas dudas, va encaminada hacia un futuro esperanzador que es reconocido por las miles de
personas que llegan a transitar sus barrios, sus plazas de mercado y su Centro. Narrativa oficial
esta que es apropiada y reproducida casi al pie de la letra por empresarios del turismo local que
encarnan esa subjetividad oficial y se encargan de masificarla con sus tures, específicamente
diseñados para aplanar la complejidad de realidades (léase, subjetividades) de la ciudad para la
mirada fragmentaria, dispersa y despreocupada del turista. Una mirada que, en todo caso, “surfea”
por la ciudad y su Centro y, tal vez, recoge algunas de las premisas de dicha subjetividad oficial de
lo que se supone que es “the real Medellín”.
En el segundo caso, la cuestión es un tanto más compleja ya que está respaldada, como mostramos,
por una institución que se ha sabido mantener por milenios y cuya presencia e influencia en la
ciudad y en el Centro es, francamente, significativa. En efecto, la racionalidad católica local busca
el gobierno (Foucault, 2006) de sus fieles a partir de los sacramentos y de las acciones caritativas
que tienen sede en los tres templos. Es una racionalidad que busca producir y reproducir su capital
simbólico (Bourdieu, 2006) cimentando la “mirada religiosa” (Sennett, 1992) estrechamente
articulada con lógica agustiniana del exterior/interior y de la doble dimensión carno-espiritual del
ser humano. Es una racionalidad que busca producir una subjetividad que, literalmente, se resuelve
en la renuncia de la diversidad del “afuera” para su “realización” en la estabilidad sagrada del
adentro. Es una racionalidad caracterizada entonces por explicar la realidad urbana entre lo uno o
lo otro, entre el adentro y el afuera, entre la carne y el espíritu, entre lo sagrado y lo profano. Es,
desde nuestro punto de vista, una racionalidad encaminada a explicar y reducir la experiencia de la
vida urbana en una restringida dualidad que presenta sus serias limitaciones al afrontar los
desbordes de ese Centro
(vi) Y se ha constituido, como dijimos en la tercera consideración, especialmente desde las formas
en que han sido vividos estos tres lugares desde el intenso y cotidiano encuentro entre maneras
distintas de ser y estar en la ciudad. En donde se hace uso de las calles y los parques no desde lo
normado, sino desde otros y más diversos órdenes que responden a unas prácticas urbanas múltiples
que, puestas en común, constituyen unas efervescencias y unos hormigueos sociales tan intensos,
381
que dejan claras las limitaciones del accionar de planificadores, tecnócratas, urbanistas y
administradores urbanos.
A esto se le agrega además que esa reunión de subjetividades urbanas se dan en lugares del Centro
en donde la parte maldita de la ciudad se manifiesta de distintas maneras: en el espejo de valores
invertido de la puta, en el “empegotamiento” del rebusque y en los cuerpos “monstruosos” de las
mujeres trans. En suma, los procesos de constitución de los tres lugares se han dado desde la
constante territorialización de unas subjetividades que se superponen con persistencia desde sus
estéticas y sus “micromemorias” callejeras, sobre tres lugares que han sido contados e intervenidos
desde las premisas de la “recuperación” de lo público del espacio para la promoción de la
ciudadanía.
Desde las claridades que nos ofrecen estas respuestas, podemos asumir el examen del objetivo
central en el que nos planteamos la tarea de dilucidar las principales subjetividades que con sus
singulares despliegues estéticos y formas de hacer memoria en unas prácticas urbanas concretas
dan cuenta de las tensiones y los desbordamientos en el proceso de constitución de cada uno de los
tres lugares estudiados del centro de Medellín en el periodo 1999-2019. Luego del trabajo
realizando y atendiendo entonces a este objetivo, podemos decir que las principales subjetividades
que elucidamos en esta investigación y que, a nuestro entender, han hecho visibles los desbordes
constituyentes de los tres lugares240 son las siguientes:
(i) Las subjetividades del trabajo sexual callejero que hacen singular el entorno urbano de La
Veracruz, desborda y hace trizas la idealización de las ciudadanías y lo hacen en su condición de
espejo oscuro de esa idealización, “reflejando” de manera desbordada que ellas (las trabajadoras
sexuales callejeras) están hechas de la misma “materia social” que los ciudadanos que se definen
como tales desde los valores invertidos que estas mujeres se supone que encarnan.
240
Relacionamos estos planteamientos con la cuarta hipótesis de la investigación, específicamente aquella que dice
que: Al abordar los entornos urbanos de las tres iglesias como lugares del desbordamiento en donde las subjetividades
(con sus despliegues estéticos y sus formas de hacer memorias singulares) se mezclan, se ofrece un horizonte de
comprensión contextualizada de las formas de constitución de las tres dimensiones de la ciudad y lo urbano (mental,
física y social), que dará cuenta de aspectos de la vida urbana que de otro modo quedarían ocultos para los estudios
de la ciudad.
382
(ii) Las subjetividades de la informalidad y el rebusque callejero que hacen singular los alrededores
de La Candelaria, desbordan la entelequia del espacio público en los términos
ideales/ideológicos/tecnocráticos que hemos mostrado, esencialmente con Delgado (2011; 2018),
Giglia (2012; 2017) y Filipe y Ramírez (2016), a partir de sus reiteradas prácticas de
“desaparramamientos” y “empegotamientos” en la calles, las plazas, los parques, las esquinas, las
bancas y las aceras, con la aplicación de un repertorio diverso de tácticas de comercialización e
intercambio populares hacen que sus frágiles “micromemorias” se obstinen en seguir
manifestándose en el Centro a pesar de los ingentes esfuerzos institucionales por regularlos y
controlarlos.
(iii) La diversidad sexual transgresora encarnada en las mujeres trans que han conquistado y
singularizado los alrededores de la Catedral Metropolitana, desbordan los límites de la sexualidad
y hacen de sus cuerpos las superficies de inscripción de esos desbordes. Re-fabrican sus cuerpos y
sus subjetividades, explicitando y exhibiendo, desde la marginalidad y las asperezas más intensas
del Centro, que es posible hacerse un lugar en una ciudad como Medellín para ser y estar en sus
propios términos.
Ahora, en relación a la síntesis del horizonte interpretativo que nos permitió adelantar esta
investigación, encontramos que ha sido gracias a la categoría de análisis teórico metodológica de
los lugares del desbordamiento que nos fue posible emprender y finalizar esta tesis. Efectivamente,
con esta categoría las contradicciones, disputas y diferencias “naturales” entre la ciudad (la polis)
y lo urbano (la urbs) pueden hacerse visibles, ser leídas y ser analizadas de un modo distinto y
renovado, ya que el interés se centra no tanto en lo que las distingue y distancia, sino más bien en
aquello que comparten. Al identificar y comprender los desbordes de la “materia social” en lugares
concretos de la ciudad, se consigue poner en evidencia que las subjetividades que se inscriben y se
hacen visibles en las prácticas urbanas, son las que en buena medida constituyen el espacio urbano
de la ciudad.
No está de más recordar que la identificación de la noción del desbordamiento como un fenómeno
humano la hicimos desde la literatura (Ferrante 2015a, 2015b), para luego vincularla con la
dimensión filosófica de la parte maldita como manifestación de los excesos sociales (Bataille,
1974). A partir de allí, encontramos en relación dialéctica de la polis/urbs (Delgado, 1999a; Parra,
2017), en la liminalidad entre ambas, la posible manifestación de rebasamientos y de desbordes en
383
donde la ciudad y lo urbano se vinculan en una suerte de maleabilidad social difícil de diferenciar,
cuya lectura, puede darse a partir de la categoría del desbordamiento. La propuesta la consolidamos
al relacionarla desde una doble perspectiva espacial: (i) una macro, desde una sociología del
espacio (Lefebvre, 2013) y (ii) otra micro, desde una perspectiva geográfica de lo que significa la
noción del lugar (Lussault, 2015). De allí nace, pues, la categoría lugares del desbordamiento.
Categoría esta que buscamos relacionar con tres forma de representación que adquieren las
relaciones del poder en la ciudad a partir de la lectura de Sandro Chignola (2018).
Ya para finalizar, vale decir que con Mosaico del centro de Medellín no se ha pretendido plantear
una perspectiva totalizante y acabada de aquello que vienen siendo los tres lugares del Centro sobre
los que he hablado. El carácter, por definición, cambiante de estas zonas urbanas y, especialmente,
de las subjetividades que los configuran hace que esa pretensión sea tan desacertada como
irrealizable. En efecto, por el modo que ha sido elaborada esta tesis y por los resultados que
384
presentamos en ella, vemos que puede suscitar la apertura de nuevas sendas para investigaciones
futuras enmarcadas en los estudios de este y otros centros urbanos.
Así por ejemplo y en caso del centro de Medellín, creemos que cada uno de los “fragmentos” del
mosaico que dejamos esbozado aquí podrían ser profundizados. Asimismo, sería posible sumarle
más “fragmentos” de otras subjetividades que hacen parte del abigarrado Centro que tenemos.
También vemos un frutífero campo de investigación en las implicaciones que han tenido las
distintas medidas de confinamiento por la Covid-19 en la efervescencia urbana del centro
tradicional de la ciudad.
Ahora, en términos de la posible utilidad de esta tesis para próximos estudios en otros centros,
pensamos que las posibilidades de lectura e interpretación de unas subjetividades urbanas que
ofrece la categoría conceptual y metodológica de los lugares del desbordamiento puede ser, cuando
menos, estimulante.
Tratar de ver que en aquellos lugares de las ciudades que han sido estigmatizados como “enemigos”
de la ciudadanía y/o descartados como “obsoletos”, lo que hay en juego no son unos edificios
tomados y/o abandonados o unas calles “problemáticas”, “sucias” y “enfermas”, sino más bien
unas subjetividades que los han territorializado con sus estéticas y memorias de tal manera que
resultan determinantes para buscar formas creativas de comprensión de lo que allí ocurre. Y,
además, procurar reconocer que esas subjetividades pueden llevar a que, en esas zonas urbanas,
para bien o para mal, se constituyan como lugares de manifestación unos desbordamientos entre
la ciudad (polis) y lo urbano (urbs); son, ambas, posibilidades de estudio y de interpretación que
pueden hacer ver, con buenos ojos, asuntos de esos centros que quizás se pasarían por alto.
Bajo estas circunstancias, y retomando la atención en el centro de Medellín nos resta por decir que
no es porque en el Centro se cague y se orine, porque halla trabajadoras sexuales callejeras y
mujeres trans y personas empobrecidas, que pasa lo que pasa en sus calles. Más bien se debe a la
sumatoria de la precariedad laboral, a los abandonos institucionales, a que sea un lugar de llegada
y “acogida” de las marginalidades sociales a los latentes conflictos por el territorio urbano que se
establece, por motivos distintos, en objeto de deseo de intereses institucionales y no institucionales.
385
Si esto se reconoce, queda claro que la cuestión no es la de producir ciudadanías adecuadas y
ajustadas a unas formas preestablecidas de comportarse y de ser en la ciudad (la polis). Esto tiende
a la homogenización de formas de ser y estar en esa ciudad y, en cualquier caso, es una apuesta
idealizada que es superada, por mucho, por las potencias de lo urbano (la urbs) que se manifiestan
en aquellos lugares del desbordamiento, como los tres de los que ha tratado esta tesis. De lo que
lo que se trata es, más bien, reconocer los desbordamientos de subjetividades, aceptando que es
desde allí que el Centro de constituye: en la diversidad, en sus excesos, en sus potencias a la vez
creativas y destructivas.
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