Un plan catastrófico
© Raquel Antúnez, 2025
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Diseño de portada: Almudena Costa @misundeart
Corrección: Raquel Antúnez
Maquetación: Raquel Antúnez
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copyright, en cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por ley.
Índice
1 ¿Que no? Sujétame el cubata
2 ¿Te has dado cuenta de que soy un hombre?
3 Pues esto no me lo esperaba
4 No le he preguntado ni su nombre
5 Para chasco el mío
6 Tú déjamelo a mí
7 ¿La mato?
8 ¿Cuál es la traba?
9 ¿Cuándo te he fallado yo?
10 Colgarme quiero yo, pero de una cuerda
11 Yo también flipo, chaval
12 ¿Eso es un gato?
13 No me había masturbado tanto en mi vida
14 Dios los cría y ellos se juntan
15 Voy a matar a mi hermana
16 Tus muertos
17 ¡Serás desagradecida!
18 Te odio profundamente con todo mi ser
19 Menudo día llevo
20 Un mostro, un mostro
21 Mátame, por favor, mátame
22 A tomar por culo
23 ¿Un ratito?
24 Te voy a decir yo para qué más es útil
25 Este, que es imbécil
26 ¿A qué esperas, idiota?
27 ¿Tan malo sería?
28 Un beso más no nos iba a matar, ¿no?
29 ¿Y qué te apetece?
30 Luego…
31 Qué suerte tienes
32 ¿Y tú quién eres?
33 Tú no tienes taras, imbécil
34 Suficiente
35 Lo siento
36 ¿Podemos hablar?
37 Necesitamos un plan
38 ¿Estoy en una pesadilla?
Epílogo
Epílogo 2
Agradecimientos
Búscame en redes sociales
Para todos aquellos que sacan la valentía para salirse de su zona de
confort y, gracias a ello, viven la aventura más bonita de su vida.
¿Que no? Sujétame el cubata
Daniela
Le doy vueltas a mi infusión de jengibre y miro la hora, quedan tres
minutos para las siete. Conociendo a Berto, mi mejor amigo, ya estará
buscando aparcamiento por la zona y, como es un rata, se negará a
estacionar en un parquin privado, por lo que llegará por lo menos dentro de
veinte minutos. Con la respiración agitada, se disculpará, me dará un abrazo
de oso, un beso en la frente y le pedirá a Sofía, la camarera del 4ever (Four-
ever o Forever, como le llamamos nosotros por acortar), a la que siempre
hace ojitos, una cerveza.
Con mi hermana Miri no cuento hasta dentro de cuarenta y cinco minutos
al menos, siempre le ocurren cosas de lo más rocambolescas cuando
quedamos. No me importa, a mí me gusta llegar antes, sumergirme en el
libro de turno que siempre llevo en
mi totebag y dedicarme a disfrutar de mi pasatiempo favorito sin que estos
petardos se metan conmigo, no sé, esas cosas normales.
Sofía me trae un cupcake con glaseado de caramelo, que le he pedido
hace un rato, y muevo un poco los hombros al ritmo de la canción que
suena, feliz. Ahora mismo el lugar está bastante tranquilo, hay poca gente,
la temperatura es agradable y me he sentado en la mesa que procuramos
elegir cada vez que nos vemos aquí, junto a uno de los ventanales con vistas
a la playa de las Canteras. Estoy de buen humor porque me encanta que los
planes salgan bien.
Sonrío y, tras darle un mordisco a mi cupcake, saco el libro que estoy
leyendo ahora, los subrayadores, los pósits y el boli para disponerlo todo a
mi alrededor. Lo abro por donde lo dejé al mediodía, mientras comía en la
oficina, justo antes de que mi jefa me despidiese de la empresa en la que
llevo trabajando cuatro años, desde que terminé la carrera. No quiero entrar
mucho en detalle, paso de dramas. Cuando se cierra una ventana se abre una
puerta, ¿o era al revés? Bueno, lo que sea, la cuestión es que me voy a
tomar esto como una oportunidad en lugar de como un obstáculo. Actitud
positiva, Mr. Wonderful, flower-power… Esa es la nueva yo. Más o menos.
Y me dispongo a sumergirme en esta novela, en la que de pronto me
convierto en una domadora de guivernos, que es capaz de hablar con el
suyo por telepatía y que, cuando echa un casquete con el chico al que odia-
ama, suelta rayos por doquier sin control. Ains, quién tuviera un guiverno
tan feroz que acabase con más de uno si yo se lo pidiese… En fin…
—¡Buuuu! —Oigo una voz femenina que grita detrás de mí mientras me
sujeta por la cintura haciéndome dar un respingo.
Me giro, sorprendida, y abro mucho los ojos cuando veo a Berto y Miri,
que llegan juntos. Compruebo la hora. Las siete en punto. Esto es épico, la
primera vez en la historia de las citas con estos dos.
—¿Qué hacéis aquí? —pregunto extrañada.
—¿Eh? —Frunce el ceño Berto—. Dani, habíamos quedado, hoy es
viernes.
—Ya. Ya. Es que… llegáis pronto.
Miriam se encoge de hombros y le da un codazo a Berto.
—Ya se está tomando otra vez esa porquería —protesta ella en lo que
señala al contenido de mi taza.
La cojo y le doy un sorbo para acabármelo antes de que obliguen a Sofía
a llevársela.
—Chica, el jengibre tiene muchos beneficios —me justifico.
Berto me da un abrazo, me besa en la frente y se dirige a Sofía, que en
ese momento pasa por nuestro lado.
—Tres cervezas, hermosura.
Sofía, algo sonrojada por el piropo de mi amigo, lo cual no entiendo
porque lleva casi un año llamándola de la misma manera, me echa una
mirada, y yo niego disimuladamente mientras pronuncio sin voz las
palabras «cola zero». La camarera me guiña un ojo y asiente. El alcohol no
es lo mío, no es que no me guste, es que me sube muy rápido, y digo
chorradas y hago tonterías cuando estoy achispada.
Ignoro la mirada que Miri le echa a Berto justo antes de lanzarse a darme
un achuchón, y se sientan cada uno a un lado.
—¿Cómo estás? —inquiere mi hermana.
Veo, desconsolada, cómo me arrebata el cupcake de la mano y le da un
buen mordisco, luego se lo tiende a Berto, que hace lo mismo acabándoselo.
Y esto es siempre así, estos dos se confabulan en todo momento, de una
forma u otra, para amargarme la existencia, no sé por qué los sigo
queriendo. Ni me molesto en protestar, no sirve de nada decirles que se
pueden pedir sus propios pastelitos y no comerse los míos. Nunca me hacen
caso.
—Mmm…, bueno, un poco desconcertada, no os esperaba aún. Iba a leer
un ratito, pensaba terminar esta novela en lo que hacía tiempo hasta que
llegabais. Me perturba tener que dejarlo para más tarde.
Miriam cierra el libro que tengo delante de mí, la miro con un mohín,
mientras lo va recogiendo todo y lo mete en mi bolsa. Adiós a mi idea de
saber cómo acaban la escupe rayos y el adonis, que ella cree que la odia,
pero que está coladito por ella hasta los huesos. Suspiro resignada.
—Ahora es momento de divertirse, no de leer —me sermonea.
—Leer es divertido —refunfuño.
—Voy a hacer como que no he oído eso —declara Berto, que no se lee ni
el prospecto de los medicamentos—. Miri quiere decir que cómo llevas lo
del despido.
—Ahm. Ya lo he superado. —Mi amigo alza una ceja, incrédulo—. He
decidido que voy a empezar a buscar trabajo —suelto en alto lo que lleva
varias horas rondándome por la cabeza.
—¿No piensas hablarlo con…?
Niego efusivamente e interrumpo a Miriam.
—No, qué va. No quiero volver ahí. Voy a trabajar en otro sitio.
—Pero encontrar trabajo de lo tuyo quizás no sea tan sencillo, y con el
alquiler y todo eso…
Con «todo eso» supongo que se refiere a la letra de mi coche nuevo y a
mi gato, Miaundalorian, que come mejor que yo, todo sea dicho, no sé
cómo se tomará el que tenga que cambiar sus latas de comida por las de la
marca blanca más barata durante un tiempo.
Agito la cabeza para no empezar a agobiarme pensando en todos los
gastos, tengo un plan y voy a llevarlo a cabo. Como se suele decir en estos
casos: cuando lleguemos a ese puente, ya lo cruzaremos.
—Nadie ha dicho que vaya a trabajar de lo mío.
—¿Y de qué sino?
Me encojo de hombros, cojo el móvil de encima de la mesa y voy a una
de las aplicaciones de búsqueda de empleo que he instalado a ver qué
vacantes hay.
Filtro en el buscador por mi zona.
Me sale una lista de ofertas ordenada por fecha de publicación. Giro la
pantalla para que mis amigos la vean.
—Trabajo hay.
—A ver, déjame echar un vistazo.
Miri me quita el teléfono y se desliza por la pantalla al mismo tiempo que
niega moviendo la cabeza de un lado a otro.
—Aquí no hay nada para ti —dice finalmente.
—¿Por qué no? —pregunto extrañada. Le arrebato el teléfono y vuelvo al
principio de la página. Le echo un vistazo a la primera oferta—. ¿Ves? Aquí
hay una. —Y leo en voz alta—: Se busca recepcionista para salón de
belleza. Los requisitos son: buena presencia y don de gentes. ¿Ves? Esto es
lo mío.
—Dani, cariño… —pronuncia mi hermana y me acaricia la cabeza como
si de mi gato se tratase—. A ti no te gusta nada la gente.
—¿Cómo que no? Me encanta la gente.
—No te gustamos ni nosotros —musita Berto disimulando la frase con
una tos.
Lo miro con odio e, ignorándolos, vuelvo la vista a la oferta de trabajo.
—Salario según convenio —sigo leyendo, y veo cómo Berto y Miri me
miran incrédulos—. ¿Qué? Pinta bien.
—¿Qué parte pinta bien exactamente? —me pregunta Miri con paciencia,
me encojo de hombros sin contestar porque no sé qué decir. Es un trabajo y
pagan, ¿no? Eso es bueno—. No puedes trabajar ahí.
—¿Por qué?
—Porque estás sobrecualificada, no puedes trabajar ahí —la apoya Berto.
Y yo frunzo el ceño, mosqueada. Mosqueada y harta de que me digan lo
que tengo que hacer, de hacer siempre lo que se espera de mí y no lo que
me apetece. Soy una adulta funcional capaz de tomar mis propias
decisiones.
Sofía viene cargada con dos cervezas y mi refresco. Le doy las gracias, y
Berto le echa una mirada de odio, pero, cuando ella le guiña un ojo, se le
borra y le tira un beso. Pongo los ojos en blanco. Estos dos siempre igual,
tirándose la caña, y nunca dan el paso. Miriam, con el ceño fruncido, le da
un codazo a mi amigo. Y sí, mi hermana también siempre igual, bebiendo
los vientos por Berto, que no sé si es que no se da cuenta, si la ignora a
propósito o es que simplemente no es su tipo. Yo no intercedo, quiero
mucho a Berto, pero tenerlo como cuñado… no sé yo hasta qué punto es
buena idea.
Cuando Sofía se va vuelvo a releer la oferta de empleo al mismo tiempo
que echo el contenido de la botella en el vaso con mucho hielo, como a mí
me gusta, que acaba de dejar frente a mí.
—Vale, sí, no es el trabajo de mis sueños —reconozco—, pero, ya sabéis,
tengo que pagar el alquiler, la letra del coche, la comida de
Miaundalorian…
Le doy un sorbo a mi vaso.
—Deberías hablar con…
Interrumpo a Miri porque ya sé lo que me va a decir.
—Por no mencionar el veterinario, la compra, las facturas típicas… —
enumero señalando dedos de mi mano cada vez.
—Dani… —me corta Berto, le da un trago al botellín de cerveza antes de
continuar hablando—. ¿No has pensado en volver a casa de tu madre un
tiempo hasta que aclares la situación?
Abro mucho los ojos y niego con pánico. Mi hermana hace lo mismo.
Niega de un lado al otro. Vale, por lo menos estamos de acuerdo en algo.
Tiende la mano hacia mí, entrelazo los dedos con los suyos y seguimos
negando un poco más mirándonos la una a la otra. Que yo quiero mucho a
mi madre, pero, cuanto más lejos, mejor nos llevamos.
—No necesito aclarar la situación ni volver a casa de mi madre. Necesito
un trabajo para pagar las facturas. Este trabajo, por ejemplo.
No es tan difícil, ¿no?
—¡No puedes trabajar ahí! —gritan los dos al mismo tiempo.
—¿Cómo que no? —repito elevando el tono de voz—. Sujétame el
cubata —musito desconcertada y le tiendo el refresco a mi hermana.
Me miran los dos con los ojos muy abiertos.
—¿Qué… qué cubata? —Miri huele el contenido del vaso para
corroborar sus palabras—. No se ha bebido un cubata en su vida.
Exagerada, claro que me he tomado algún que otro cubata, lo que pasa es
que suelo vomitarlos más rápido de lo que me los trago, pero beberlos los
he bebido.
—Es una frase hecha. Tranquila, no se atreverá —declara Berto.
—Tienes razón, está de farol, seguro.
Ignorándolos, clico en el botón para postularme, aunque aún no he
rellenado toda la información de mis estudios y experiencia laboral en la
aplicación, pensaba hacerlo el lunes, pero, visto lo visto, en cuanto llegue a
casa me pondré a ello.
Me aparece un cuestionario, que me dispongo a contestar sobre la
marcha.
En el salón de belleza es importante acudir siempre con el
uniforme de trabajo bien planchado, cabello peinado y
maquillaje.
¿Tienes buena presencia?
Alzo una ceja, le arrebato el bolso a mi hermana, que tiene colgado en la
silla, e ignoro su grito de protesta mientras rebusco hasta dar con el espejito
que siempre lleva encima. El gen de presumida se lo llevó todo ella, la
verdad. Abro el espejo y, al mirarme, suelto un exabrupto al ver mi moño
deshecho del que se han escapado un millón de mechones y, básicamente,
parezco una loca. A lo mejor me tendría que haber peinado un poco antes
de salir de casa, ¿no? Berto me roba el teléfono móvil y suelta una
carcajada cuando lee la primera pregunta del cuestionario, luego se la
enseña a mi hermana.
—¿Ves, cariño? No es lo tuyo.
Suelto un grito indignado.
—¿Me estás diciendo que no tengo buena presencia?
—¿Sabes para qué sirve la base? —inquiere Miriam.
Frunzo el ceño, extrañada. Claro que sé para qué sirve una base, he
estudiado una ingeniería, esta niña es tonta.
—Por supuesto —digo convencida, y chisto cuando mi hermana alza
mucho las cejas y Berto me mira con gesto desconfiado—. Una base aérea
tiene varias funciones: el movimiento de aeronaves, mantenimiento y
reparación de las mismas, alojamiento y servicios varios para los pilotos y
el personal de servicio…
Mi perorata se ve interrumpida por una carcajada de Berto, y es cuando
me fijo en que Miri niega y se tapa la cara con las dos manos.
—Me da vergüenza que seas mi hermana.
Uy, lo que ha dicho, la muy pécora. Ya pensaré en cómo castigarla
después.
—Dani, cielito mío —Berto me habla como si fuese una niña de cinco
años a la que tuviera que explicarle algo muy complicado—. La base es un
producto cosmético.
Aaah, vale, yo qué sé, ni se me había pasado por la cabeza.
Y mi hermana, que es la especialista en la materia, lo interrumpe:
—La base de maquillaje es un producto esencial diseñado para crear una
superficie uniforme en la piel. —Abro el espejo y me vuelvo a mirar, me
paso los dedos por la mejilla. Mi piel es perfectamente uniforme, no
necesito ningún producto de ese tipo. Abro la boca, dispuesta a rechistar, y
mi hermana alza un dedo y sigue hablando—. Sus principales funciones son
cubrir las imperfecciones como manchas, rojeces, poros dilatados; igualar el
tono de la piel…
Como veo que aquí la intensita de mi hermana no me va a dejar de dar el
coñazo finjo un ronquido. Berto disimula una risilla, y yo muevo la mano
quitándole importancia.
—Bueno, vale, chica…, una confusión de nada. Eso, hoy en día, con
TikTok y YouTube es moco de pavo. Veré un par de tutoriales. Además, te
tengo a ti, ¿tú no estudiaste algo de eso?
Berto le da un codazo rápidamente a Miriam, antes de que suelte el
exabrupto que es obvio que va a soltar, no sé por qué se ofende tanto, la
verdad. Ella carraspea y contesta apretando los dientes.
—Estudié Ingeniería Química y me especialicé en Ciencia Cosmética y
Tecnología.
Me encojo de hombros.
—Pues eso, lo que yo decía.
Cierro el espejito y se lo tiendo a mi hermana, que me mira resignada.
Vuelvo al teléfono móvil, pincho en «sí», y el sistema me dirige a la
siguiente pregunta del cuestionario, que leo en alto:
—¿Tienes facilidad para comunicarte con la gente, presencial y
telefónicamente?
—No —responden al unísono Berto y Miri, y yo los ignoro.
—Por supuesto que sí —recalco y sigo a lo mío—. ¿Podrías incorporarte
de forma inmediata? —sigo leyendo, y marco el «sí»—. Ya está, no hay
más preguntas—: En breve recibirá respuesta —leo en alto—. Listo. En
breve me contactarán —repito.
—Flipo. —Esa es Miri.
—Cariño, tú odias hablar por teléfono —me explica Berto como si no lo
supiera.
Me encojo de hombros.
—Lo superaré. —Suena el móvil a mi lado. Frunzo el ceño, extrañada,
compruebo la pantalla, no conozco el número. Berto y Miri me miran
incrédulos, joder, lo superaré, pero no me refería a ya de ya—. ¿Diga? —
musito por respuesta.
—¿Daniela Chasco?
—Sí, soy yo.
—Le llamo de Encanto Eterno porque se ha postulado a nuestra oferta de
trabajo —me explica una voz femenina al otro lado.
¿Encanto Eterno?, un escalofrío de horror me recorre de arriba abajo.
¿Qué clase de nombre es ese para una empresa? ¿Estaría feo que sacara a
relucir ahora mismo que me parece un nombre ridículo y poco serio? Creo
que mejor no.
Le echo un vistazo al reloj, hace exactamente cuatro minutos y medio
que le di a enviar, es imposible. Si no fuera porque no han tenido tiempo de
reacción pensaría que mis amigos me están tomando el pelo.
—¿Ya? Acabo…, acabo de hacerlo.
—¿Le interesa o no? —contesta molesta, así que me dejo de rodeos y
contesto abiertamente:
—Sí, sí, claro.
—Le voy a dar una dirección, la espero el lunes a las diez de la mañana.
Saco rápidamente la agenda y un boli del bolso, lo apunto y bisbiseo una
despedida, aunque la persona al otro lado ya ha cortado la llamada. Oye,
pues para ser la jefa de Recursos Humanos la dueña o lo que sea, no es que
tenga mucho don de gentes ella tampoco. Si es ella la que me va a
entrevistar, esto seguro que es pan comido. A Miri y a Berto parece que se
le van a salir los ojos de las órbitas.
—¿Qué haces mañana por la mañana? —Me dirijo a mi hermana.
—¿Dormir? —me pregunta Miri.
Niego con la cabeza para que se vaya olvidando de su plan. Necesito que
me acompañe a comprar potingues porque yo en casa tengo un rímel medio
reseco y un brillo de labios.
—¿Qué ha sido eso? —inquiere Berto señalando mi agenda, donde acabo
de anotar la dirección, que sigue abierta sobre la mesa.
—Eso ha sido que… mañana tengo que comprarme maquillaje y
aprender a usarlo.
Miri me quita la agenda, lee en alto lo que acabo de escribir, como si
creyese que todo esto ha sido una tomadura de pelo. Me miran ambos con la
cara muy pálida y los ojos muy abiertos, y yo me encojo de hombros. Están
exagerando, no es para tanto.
Berto me quita el boli de las manos y escribe algo debajo.
—Eeeeh —protesto.
Le arrebato la agenda un minuto más tarde, por fin, y busco lo que ha
anotado.
—¿Dibujar este pene soltando gotitas seminales era necesario?
Miri y Berto arrancan a reír, y yo me enfurruño.
Pongo los ojos en blanco. Dios mío, dame paciencia.
¿Te has dado cuenta de que soy un hombre?
Lucien
—¿Qué haces aquí?
—Hola a ti también, ¿eh?
Me encojo de hombros y me aparto un poco para que mi hermana pueda
pasar. Va cargada con bolsas y se dirige a la cocina para dejarlas sobre la
encimera.
—¿Qué es todo esto? —le pregunto apoyado en el quicio de la puerta con
los brazos cruzados.
—Te he traído un kit de supervivencia. —Mi hermana levanta la cabeza
para encontrarse con mis ojos—. A mí no me mires así, esa mirada de ogro
conmigo no te funciona. —Gruño y resoplo—. No seas desagradecido.
Alejandra abre y cierra el frigorífico guardando cosas sin sentido y sé lo
que pretende.
—Estoy bien, de verdad.
No miento, estoy bien, solo quiero estar aquí, tranquilo, jugando a Zelda
Tears of the Kigdom.
—Lo sé, ya te veo. Una duchita, afeitarte y cortarte el pelo, quemar esa
camiseta y ese pantalón de chándal viejos y te quedas nuevo.
Le echo un vistazo de reojo al microondas, en donde puedo ver mi
reflejo. Bah, esto está a la orden del día, peinado despeinado, esto se
considera hasta sexi, ¿no?
Un movimiento capta mi atención y dirijo la mirada de nuevo hacia Ale,
que se mueve como si estuviera en su casa y ha sacado de una de las bolsas
un neceser que agita con ambas manos delante de mi cara y esa sonrisa…,
esa expresiva sonrisa maquiavélica no me gusta nada.
—Oh, no. Oh, no. —Niego efusivamente—. No pienso dejar que me
afeites de nuevo, casi me dejas sin labio la última vez.
Hace unos años tuve una fractura en el codo derecho y me inmovilizaron
el brazo durante unas cuantas semanas. No me quedó más remedio que
trasladarme a casa de mis padres porque en mi piso, donde vivía solo, se me
complicaba todo demasiado. Me cansé tanto de oír cómo mi abuela, mi
madre y Alejandra protestaban por mi barba descuidada y mi cabello a lo
loco que cometí la imprudencia de darle permiso a Ale para que me
afeitara, a pesar de que mi hermano Thiago me advirtió que él no haría eso
ni loco y mi padre cabeceó afirmando sus palabras; mi abuelo, el pobre, se
mantuvo a un margen y se hizo el sordo por miedo a la reprimenda de mi
abuela. Tuve pesadillas con eso al menos dos semanas, qué horror. Nunca
más.
Mi hermana suelta una risilla.
—Tienes dos opciones: o te afeitas o te afeito. —Pone cara de psicópata,
con los brazos en jarra y suelta una risa de bruja. Estoy harto de decírselo a
mi madre, esta niña está mal de la cabeza—. Muajajaja.
—Eres insoportable.
Hago un esfuerzo por ocultar la risilla que pugna por salir, mejor no darle
alas cuando se pone en modo tarada.
—Yo también te quiero, hermanito.
Veo cómo sigue sacando cosas de las bolsas y coloca un par de tarrinas
de helado en el congelador. Me suenan las tripas, creo que desde el
almuerzo de ayer no he probado bocado.
—¿Vas a cocinar? —le pregunto bastante sorprendido.
—Tú flipas, ¿no? —Me mira con las cejas alzadas, y me encojo de
hombros—. Vas a cocinar tú. —Niego. No pienso entrar en esa cocina—.
¿Quieres morir envenenado? —Niego una vez más—. Pues ya está. —Yo
sigo moviendo la cabeza de un lado al otro, no me apetece, no quiero. Ale
da una palmada—. Ya sé, mejor pedimos algo a domicilio, pero tú invitas,
que yo ya he ido a la compra.
Tendrá morro.
—¿No te apetece mejor ir a cenar con papá y mamá? —le sugiero, a lo
mejor hay suerte, se va y me deja en paz.
—Luci, atiende, vamos a tener una sesión de terapia. —Como mi
hermana ve que permanezco en silencio sigue hablando—. Experta en
relaciones no soy, pero he visto cientos de pelis, ya sé cómo funciona esto.
Primero, Dirty Dancing. «No permitiré que nadie te arrincone, Baby».
Mi hermana aplaude y pone ojitos antes de empezar a cantar como una
loca la canción esa de la peli en la que el tipo coge a la chica en peso. El
inglés no es lo suyo. Ni cantar. Ni levantar el ánimo a nadie, todo sea dicho
de paso.
Niego desmesuradamente para que no venga corriendo en mi dirección
con la intención de que yo haga lo mismo que el prota de la película.
Vamos, la última vez casi me parto la crisma.
Y no, no pienso alzarla por los aires al ritmo desafinado de su canción y
mucho menos ver esa peli.
—Ni muerto.
—Joder, qué cortarrollos eres. —Se pone un dedo en la barbilla,
pensativa—. ¿Pretty Woman?
—Odio a Julia Roberts.
Mi hermana suelta un gritillo y se tapa la boca con las dos manos, como
si hubiera dicho, no sé, que me he comido un bebé recién nacido.
—No puedes odiar a Julia Roberts. —Parpadea fuerte y niega
balbuceando algo ininteligible hasta que por fin reacciona y suelta una frase
que puedo entender—: No sabes lo que dices.
En realidad, la odio desde hace relativamente poco, apenas unas pocas
semanas, porque esa sonrisa, esos ojillos alegres, ese cabello pelirrojo… me
recuerdan a Emma y a todo el desastre en el que se ha convertido mi vida.
La odio, no puedo evitarlo. Y, por supuesto, me niego a explicárselo a
Alejandra.
—No cuentes conmigo —rebato tajante.
—¿El Diario de Noah?
—¿Eso de qué va? ¿Es el diario de una adolescente hormonada
enamorada de su profe de Química?
—Dios, eres más ignorante de lo que imaginaba, tienes mucho que
aprender —contesta con una mano en la frente—. Noah es un hombre.
—¿Un hombre con diario? —En mi mente se forma una trama más o
menos aceptable de un científico que busca una hipótesis que refute la
teoría de cuerdas o algo así, me gusta la ciencia, me parece interesante—.
Bueno, si no sale Julia Roberts, vale.
Media hora más tarde me quedo dormido en el sofá y, cuando al fin abro
los ojos, mi hermana llora a moco tendido.
Si fuera otra persona me incorporaría rápidamente para consolarla y
preguntarle qué le sucede.
Pero es Alejandra.
Mi hermana.
La tarada.
Ni me inmuto.
—No me digas que no es terapéutica —musita cuando ve cómo la miro
con una ceja alzada.
—Ehmm, pues la verdad es que llevaba dos semanas sin dormir tan bien,
así que sí que lo es —digo mirando el reloj—. Auuuu — protesto cuando
me da un cojinazo en la cabeza.
—No tienes remedio —se queja. Me encojo de hombros, y ella suspira
—. Déjate de hacerte el fuerte conmigo y de hacer como si no hubiera
pasado nada. —Chisto y me incorporo hasta quedar sentado a su lado. Ale
está acomodada sobre una pierna, girada hacia mí y apaga el televisor con
la esperanza de que me abra a ella —. ¿Cómo te sientes?
—Como si me hubiera trasladado a un universo paralelo y estuviera
perdido —me sincero.
Supongo que se lo merece, tarada o no, ha hecho un esfuerzo para
intentar hacerme pasar un rato agradable, a pesar de lo borde que he sido.
Ale coge mi mano.
—Es normal que te sientas así, porque todo ha cambiado de la noche a la
mañana, pero… esto pasará. —Asiento, y nos quedamos un rato en silencio,
sumido cada uno en sus pensamientos—. ¡Espera! —grita haciéndome dar
un respingo—. Tenemos que hacer el paso número tres de la terapia.
—¿El tres? —Me he perdido.
—Lo siento, te quedaste dormido y me comí todo el helado, ese era el
paso dos.
—¿Sabes que eres la peor animadora del mundo? —protesto.
—Pero me quieres. —Me saca la lengua.
—Te quiero, sí. —Lo que es es—. Venga, ¿cuál es el paso tres?
Más me vale terminar ya con esta tortura para ver si me quedo solo, que
sí, yo quiero mucho a mi hermana, pero en dosis elevadas empalaga.
—Espera, voy a pedir algo de cenar. —No entiendo cómo puede tener
hambre si se acaba de meter entre pecho y espalda dos tarrinas de helado.
La escruto de arriba abajo. Mide uno sesenta y pesa, no sé, ¿cincuenta
kilos? Quizás es hora de que la llevemos al médico, debe de tener un
gusano en su intestino que devora todo lo que ella traga, porque, si no, no
me lo explico—. ¿Qué te apetece?
Me apetece cenar solo.
—Ehm, no sé, lo que tú quieras.
—Vale, me he descargado una app para pedidos a domicilio.
Se tira hacia atrás en el sofá y no entiendo para qué se pasa una hora
mirando todas las opciones cuando desde el segundo uno sé que lo que va a
pedir son las hamburguesas esas que saben a plástico que ella adora y que
yo odio a muerte.
Tras soltar el móvil, la veo trasteando con mis altavoces, y me tumbo de
espaldas en el sofá, resignado. Me incorporo sobre los codos y niego
cuando escucho los primeros acordes de la canción.
—Tienes que levantarte y cantar conmigo —me explica y suelta gallos
mientras grita a todo pulmón—: «Las mujeres ya no lloran, las mujeres
facturan».
Me tapo los oídos.
—Cariño, ¿te has dado cuenta de que soy un hombre? — mascullo con
los dientes apretados.
—Cualquiera lo diría… —murmulla.
Le meto un cojinazo en la cabeza, un poco como venganza y otro poco
como terapia. La he pillado por sorpresa, no se lo ha visto venir. Se me
escapa una sonrisilla. Pues mira por dónde, eso sí funciona, ya me siento
mejor. Hasta que veo que mi hermana tiene la cabeza gacha y se tapa el ojo.
—¿Te he dado? —No me contesta—. Ale, ¿te he dado? —Me acerco—.
Quita la mano, déjame ver.
Mi hermana se aparta la mano de la cara. Veloz como el viento, me arrea
un collejón que me deja bobo y estalla en carcajadas. Le daría un derechazo
en todo el abdomen, pero estaría como feo porque es mi hermana pequeña,
¿no? Cuando me giro para buscar un cojín con la intención de continuar
esta guerra, Alejandra se sube a mi espalda pasándome los brazos por el
cuello y colgándose a mí como un koala haciéndome caer de boca en el
sofá, tras lo cual me hace un ataque de cosquillas.
—¿Qué tenemos?, ¿cinco años? —protesto enfurruñado intentando
recuperar el aliento.
Normalmente no soy la alegría de la huerta, pero hoy reír lo que se dice
reír no es que me apetezca.
—Perdona, perdona. A esto se le llama risoterapia —dice mi hermana
parando de torturarme cuando hago el esfuerzo de mi vida por detenerla—.
Lo siento, solo intentaba animarte.
Se baja de mi espalda.
—Te vas a cagar —espeto y me lanzo sobre ella.
Patalea muerta de risa y suena el timbre.
—¡La cena! —grita—. ¡Luci! ¡Para, para! —Los cojones.
Sigo a lo mío, con mi venganza, nadie que acuda a mi casa a romper mi
tranquilidad y me torture de esta forma sale ileso. Se mueve por todas
partes sin control y la muy salvaje me arrea una patada en la canilla.
—¡Serás bestia! La madre que te…
Vuelve a sonar el timbre.
—¡La cena! Ve a abrir —me pide.
Me quito de encima de ella y voy hacia la puerta.
Me entretengo un rato con el repartidor, que debe de tener a lo sumo
diecisiete años, y le pido que espere un minuto en lo que rebusco en mi
cartera para darle algo de propina.
Me giro dispuesto a regresar con Ale y, cuando voy a preguntarle a mi
hermana si le apetece comer en la mesa del salón o mejor en la cocina, las
palabras mueren en mi boca, claramente es imposible decirle nada, porque
ha puesto en bucle esa odiosa canción de Shakira a todo volumen y berrea
al son de la melodía.
—«No estoy pa’ tipos como tú, uh, uh, uh, uuuuhhhh».
Suspiro, frustrado. Las crisis de una en una.
Tengo que explicarle a Ale que como cantante jamás se va a ganar la vida
y que los karaokes mejor los evite porque es posible que le lancen cosas al
escenario y termine en urgencias con un montón de puntos en la frente,
como poco.
Resoplo, suelto las bolsas sobre la mesa de centro del salón y me dirijo a
mi hermana para arrebatarle el móvil. Opone toda la resistencia que puede
para que no lo logre mientras continúa cantando como una loca. Por fin, dos
segundos y medio después de tortura, logro quitárselo y parar la odiosa
cancioncilla.
—No pienso cenar escuchando eso, me niego.
Pues esto no me lo esperaba
Daniela
—¿Sabes lo que te vendría bien? —Miri rasga los ojos y me mira de esa
forma, de esa justamente. Oh, no. Oh, no. Niego. Que no diga chuscar, por
favor, que no vuelva a lo de chuscar—. Chuscar.
Me doy un golpe en la frente con la palma de la mano y cierro los ojos.
¡Otra vez! ¿Otra vez volvemos a esto? No estoy lista para afrontar esta
crisis una vez más.
Abro un ojillo y veo que Berto agarra con una mano mi vaso de refresco,
que está medio lleno aún. Lo conozco demasiado bien, pretende
cambiármelo por su botellín sin que me dé cuenta y, aunque me encantaría
anestesiarme, no puedo beber alcohol porque necesito llegar sobria a mi
casa y dormir bien, mañana tengo una misión que cumplir.
—¡De eso nada!
Me incorporo y, veloz como el viento, le arrebato el vaso de la mano.
Sonrío triunfal y le doy un sorbo. Necesito una excusa para no tener que
hablar y beber es una tan buena como otra cualquiera.
—Dani… —pronuncia mi amigo, que me pasa la mano por la espalda
con suavidad, como si quisiera consolarme. Respiro hondo, porque supongo
que va a sacar el temita del despido y tampoco es algo en lo que me
apetezca regodearme ahora mismo—. Por una vez en la vida debo decir que
estoy total y absolutamente de acuerdo con Miri.
—Ja y ja. Muy graciosos los dos, pero Uriel sigue en Valencia y no
volverá al menos hasta dentro de siete meses y medio. El sexting no se hizo
para mí.
Hace poco más de cuatro meses que se marchó y lo echo de menos. Sé
que la cosa no va demasiado bien entre nosotros. Antes de que se fuera
discutimos un montón, yo creo que eran los nervios y la tensión de saber
que íbamos a vivir tanto tiempo separados. Tengo la esperanza de que este
año pasará más pronto que tarde, que volverá a casa y seguiremos adelante
con todos los planes que teníamos. La última conversación que tuvimos
antes de que se marchase me dejó muy confusa, aun así…, pues es Uriel, mi
chico, con el que llevo saliendo seis años, y, aunque sé que Miriam y Berto
se mueren por darme su opinión al respecto desde ese fatídico día, les he
pedido que se la guarden.
Con todo, no negaré que le he dado rienda suelta a mi imaginación en la
soledad de mi dormitorio casi cada noche pensando en él, pero no es por la
necesidad de chuscar en general, como dice mi hermana, sino por chuscar
con él.
Le doy al botoncito del lado derecho de mi teléfono, haciendo que se
ilumine la pantalla mostrándome una foto suya con la mirada perdida y
sonrisa de anuncio. Uriel es sexi, guapo, atractivo…, y lo sabe. No creo que
eso sea algo malo, por mucho que a estos dos no les guste que se quiera
tanto, yo solo pienso que hoy en día es muy difícil encontrar a una persona
que esté a gusto consigo mismo, con lo que ve en el espejo y que ha
decidido quererse tal como es.
—Uriel te dejó tirada como una colilla —pronuncia despacio mi
hermana, y pongo los ojos en blanco.
Mucho ha aguantado sin soltarlo, la verdad. Sus palabras tampoco es que
me extrañen porque ellos nunca se han llevado bien, no terminan de encajar.
—No me dejó tirada.
—Cortó contigo —la apoya Berto.
Dios, dame paciencia.
Como ves, a Berto tampoco le cae bien.
—No cortó conmigo, me dijo que debíamos darnos un tiempo y que
ahora, que va a estar un año fuera por trabajo, era el momento oportuno, por
eso no quiere venir siquiera en Navidad, porque nos va a venir muy bien
esta temporada para reforzar nuestros sentimientos antes de dar un paso más
en nuestra relación —suelto la perorata que me digo continuamente, suena
convincente y me calma, me da esperanzas.
—Daniela, no te ofendas. —¿Alguna frase que comience así termina sin
ofender al receptor de la misma?—. Pero estoy total y absolutamente segura
de que…
—No lo digas —la interrumpo, alzo la mano y la señalo con un dedo.
—Está todo el santo día… —continúa Miri.
—Que no lo digas.
—Y toda la santa noche… —agrega Berto.
Bah. Me rindo. Es inútil. Le arrebato la cerveza a mi amigo, al que
todavía le queda medio botellín, porque aquí mi hermana es una aspiradora
y ya es la tercera que se ha pimplado, el suyo está vacío. Anestesia, ven a
mí.
—¡Chuscando! —gritan los dos al mismo tiempo.
Las mejillas se me encienden y, cuando alzo la vista, me doy cuenta de
que hay un chico apostado en la barra, a unos metros de nosotros, que está
girado en nuestra dirección y nos observa con gesto serio y justo en este
momento alza ambas cejas, unas cejas gruesas, perfiladas y perfectas, en un
gesto sorprendido. Diría que se está coscando de toda nuestra conversación.
No le presto mucha atención, a pesar de que no es precisamente cómodo
que un desconocido se esté enterando de todos mis problemas de pareja.
Tengo demasiadas cosas en la cabeza, que escuche lo que quiera.
¿Y si es verdad?
¿Y si Uriel está por ahí retozando con todas las que se le cruzan en el
camino?
Yo no puedo pensar en estar con otro que no sea él. No me puedo
imaginar con otro hombre besándome o… «chuscando».
—Quizás debería preguntarle… —Se me ocurre de repente.
De forma inconsciente desvío la vista de nuevo hacia el chico moreno,
que, sin disimular un ápice estar atento a lo que hablamos, apoya los codos
en la barra y de cuando en cuando le da un sorbo a su cerveza. Me fijo en
que a través de su camisa blanca se notan sus abdominales. Nunca he visto
de cerca a un hombre con abdominales tan marcados y tampoco sé por qué
me distraen tanto de lo que tengo en mente. ¿Serán de verdad? No es hasta
que escucho a mi amigo contestarme que no recuerdo el tema que nos
ocupa.
—Tienes razón.
Me cuesta unos segundos entender a lo que se refiere y, cuando al fin
caigo, abro mucho los ojos y miro a Berto. Su cara no muestra rastro de que
esto sea una broma. Pensé que me iban a decir que estoy loca, me iban a
birlar el teléfono, lo iban a esconder el resto de la noche y me iban a pedir
una cerveza, porque, no sé por qué, ahora mismo ya estoy preparada para
beber algo de alcohol.
Cambio la atención a mi hermana, que está pensativa con la vista gacha.
Alza la cabeza y me mira a los ojos. Ahora es cuando llevará a cabo un
movimiento ninja, de esos que ella sabe hacer, para birlarme el teléfono,
esconderlo en el bolsillo trasero de su pantalón y soltar una carcajada
triunfal.
Sin embargo, no hace nada de eso.
Primero niega despacio, pensativa, y luego asiente, y yo, extrañada,
frunzo el ceño aún más, completamente desconcertada por el camino que
está tomando esta absurda conversación.
—Deberías hacerlo —dice al fin.
De nuevo, desvío la mirada hacia el maromo buenorro de ojos rasgados y
profundos de un color verde intenso, pómulos altos, mandíbula marcada y
nariz recta y proporcionada. No es que yo me haya fijado especialmente en
él, es solo…, pues eso, que está ahí mirándome serio con una intensidad
que no me parece normal, ni educada, todo sea dicho de paso, y tengo ojos
en la cara para verlo. Le da un sorbo a la cerveza y cuando traga veo cómo
se mueve su nuez de Adán. Hay qué ver qué ridículo es el ser humano,
¿verdad? ¿Cómo el simple acto innato de tragar puede resultarme sexi? No
sé, debo de haberme quedado tonta de andar todo el día leyendo libros con
escenas guarras y desahogando demasiado poco.
Estoy por perder la vergüenza y preguntarle qué opina él al respecto del
debate que nos ocupa. Ya que se está coscando de todo, que se moje. No es
porque me llamen la atención esos labios, delgados, pero bien formados,
que acarician de cuando en cuando la boca del botellín que bebe, tampoco
porque me piquen los dedos por revolver esas ondas de su cabello oscuro
perfectamente ordenadas, ni siquiera porque, a pesar de su pose
desenfadada, con la camisa remangada hasta los codos y el cuello abierto
demasiados botones, tenga aspecto de ser un actor de esos de anuncio de
perfume.
Berto y Miri se giran al mismo tiempo para ver qué es lo que me tiene
hipnotizada —y no negaré que boqueando un poquitín (mis hormonas me la
están jugando hoy, no es culpa mía, lo juro)— y se vuelven rápidamente
hacia mí, parecen gemelos sincronizados al nacer.
—Ahora —recalca Berto.
—¿Qué? —inquiero sin entender de lo que me está hablando.
—Ahora —repite Miri señalando mi móvil, que aún tengo frente a mí en
la mesa—. No lo pienses, hazlo.
Observo la pantalla de mi teléfono.
—¿Seguro?
—¡Sí! —gritan al mismo tiempo.
Miro al moreno de nuevo, nada, ni se moja ni se inmuta.
—¿Y si hago una lista de pros…?
No es que sea yo de esas personas organizadas, pero mi madre siempre
dice que antes de actuar debería tener en cuenta los pros y los contras, no
como cuando me despidieron, que insulté un pelín a mi jefa antes de irme
y…, bueno, al menos no la tiré por las escaleras, como me apetecía hacer,
más que nada porque la muy arpía me despidió por teléfono, escondida tras
la puerta de su cómodo despacho. Seguro que había pasado la llave para
que no la atacase, nunca lo sabremos.
—¡No! —gritan juntos—. ¡Nada de listas!
—¿Habéis ensayado? —pregunto ya mosqueada.
Miri señala el móvil, y Berto hace lo mismo dándole unos golpecitos con
un dedo a la pantalla.
Chisto.
Suspiro y, sin pensarlo más, cojo el teléfono y tecleo. Me vendrá bien
aclararme las ideas, saber a qué atenerme y si es cierto que cuando Uriel
dijo que debíamos darnos un tiempo quería decir que mejor nos liábamos la
manta a la cabeza y follábamos con todo lo que se nos pasara por delante
antes de dar un paso más en nuestra relación.
Dani:
Hola, Uri. ¿Qué tal?
¿Cómo fue ayer tu reunión?
Me aparece visto y unos segundos más tarde comienza a escribir.
Uriel:
Hola, Dani.
Todo muy bien, mejor de lo que esperaba.
Dani:
Te echo de menos.
Uriel:
Dani:
¿Puedo hacerte una pregunta?
Permanece en línea, y yo me muerdo el interior de los carrillos esperando
a que se decida a escribir. Ni siquiera aparto la vista de la pantalla, porque
no quiero que mis amigos me presionen más, son capaces de hacer que lo
llame por teléfono y no es algo que me apetezca preguntarle a viva voz.
Como sigue sin responder, vuelvo a teclear.
Dani:
Necesito aclararme para saber en qué punto
estamos.
Uriel:
Dispara.
Dani:
Cuando hablaste de que necesitabas que nos
diéramos un tiempo…
Paro de escribir para pensar en cómo plantear el resto de la pregunta sin
entrar en grandes conflictos. Todavía no me conoces mucho, pero soy de
esas personas que prefieren evitar los enfrentamientos y las discusiones
siempre que sea posible. A no ser que la arpía de tu jefa te despida sin
motivo y entonces abras la boca y le digas hasta del mal que se tiene que
morir, entonces no, entonces hay carta blanca para soltar barbaridades…
Uri teclea unos segundos después, cuando ve que he parado de escribir.
Uriel:
¿Sí?
Dani:
¿Querías decir que saldrías con otras
personas durante este tiempo?
Pues me ha quedado fino, no me digas que no.
Uriel:
No.
Me contesta veloz como el viento. Sonrío ampliamente y siento como si
me hubiera quitado un peso de encima.
Les enseño la pantalla a Miriam y Berto con un gesto triunfal y cuando
suena el pitido al entrarme un nuevo mensaje veo cómo les cambia la cara.
Berto aprieta la mandíbula, y Miri frunce el ceño como cuando éramos
pequeñas y sabía que iba a venir corriendo a meterme un puñetazo en los
dientes por haberle perdido/roto/quitado algo suyo.
Giro el teléfono para leer lo que me ha escrito.
Uriel:
Me refería a que AMBOS debíamos salir con
otras personas, divertirnos, pasarlo bien.
—Eso no quiere decir nada, chicos —les explico. ¿Verdad?—. Yo
entiendo que es en plan amigos, divertirse, reírse, desconectar de los
problemas en general —hablo para intentar convencerme y que la
decepción que lo ocupa todo no se vea en mi cara porque, si hay algo que
odio en este mundo, es darle la razón a mi hermana pequeña.
El moreno sigue girado en nuestra dirección con la vista clavada en mí y
gesto impertérrito. Bebe otra vez de su botellín.
La ninja más rápida del lugar aprovecha mi segundo de despiste para
robarme el teléfono.
—¡No! Miri, no le escribas ninguna ordinariez, por tu madre —le pido.
Uri odia cuando le hablo así.
Ella me ignora y teclea algo. Dos segundos más tarde, suena el pitido que
anuncia un nuevo mensaje, y gira el teléfono en mi dirección.
Dani:
¿Te refieres a chuscar con otras personas?
Uriel:
Sí, Dani, sí. Me refiero exactamente a
«chuscar» con otras personas.
Pues esto no me lo esperaba. Ya ves, el amor te vuelve imbécil, porque
yo siempre he sido muy avispada, vamos, que aprobé la carrera con
matrículas de honor y sobresalientes, pero esto…, esto no me lo veía venir.
—Pues es verdad, ha cortado conmigo —pronuncio en alto y me encojo
un poco de hombros para quitarle importancia.
No pienso llorar y mucho menos delante de ellos, la última vez que se me
ocurrió ponerme en modo dramaqueen por una discusión con Uriel me
hicieron beber casi media botella de tequila, jamás en mi vida había
vomitado tanto. Prefiero fingir que nada de esto duele y cuando llegue a
casa me acurrucaré en la cama con Miaundalorian, si es que tiene ganas de
mimos, y me dedicaré a lamerme las heridas.
—Sofía, ¡un botellín! —grita mi amigo—. Y rápido, por favor, es
urgente.
Alzo la vista hacia el moreno, que me sigue mirando descarado, más
serio todavía. Me está mirando a mí, ¿verdad? Me giro, por si acaso detrás
de mí esté sentada alguna chica guapa o qué se yo, pero no, no hay nadie
más. Es a mí. ¿Estará interesado en «chuscar»? Las puntas de las orejas me
empiezan a quemar solo de pensarlo, no he sido yo nunca de líos de una
noche, pero, visto lo visto, las cosas no me han ido demasiado bien, y el
tipo está bueno que te mueres, la verdad, igual no me vendría mal un
revolcón.
Miri se vuelve a girar y lo ve justo cuando se pasa la mano por el pelo,
apartándose un mechón que le ha caído en la frente, como si fuera el del
anuncio de la Coca-Cola light.
—Demasiado serio para mi gusto, pero no está mal.
Me encojo de hombros. Berto me acaricia la cabeza de nuevo a modo de
consuelo.
—No le hagas caso a esta. —Es cierto, mi amigo tiene razón. ¿En qué
demonios estoy pensando? Me acaban de romper el corazón, no estoy yo
para andar tirando la caña por ahí—. Está para comérselo, hasta yo me lo
tiraba.
Ah, pues mira, no, no iban por ahí los tiros.
Las mejillas se me tiñen de rojo, porque no se ha cortado un pelo y lo ha
soltado en alto, alzo la vista de nuevo hacia el moreno con la esperanza de
que no se haya enterado y es cuando veo que hay una chica tras él, que le
tapa los ojos con ambas manos y, en cuanto el moreno se gira, ella se lanza
sobre él para abrazarlo de modo que casi lo tira del taburete. Las comisuras
de los labios se le alzan ligeramente, es lo más parecido a una sonrisa que le
he visto en toda la noche y es… es la sonrisa más bonita de la historia.
¿Cómo será cuando sonría de verdad?
Mi hermana suelta un grito, pero yo la ignoro. Ya ves, un chico tan guapo
no podía estar soltero.
Berto masculla un «hala, pues ya está». Cabeceo afirmando para
corroborar sus palabras. Hoy, como ves, no es mi día de suerte.
De pronto mi hermana se levanta y se pone a dar saltitos. Lógico y
normal, con la velocidad a la que bebe cerveza, lo raro es que no se haya
meado encima ya.
—Ay, ay, ay… ¡Ale! ¡Ale! —grita como si hubiera visto a, no sé, a
Johnny Depp.
Berto y yo la miramos con los ojos desorbitados, y mi hermana y la chica
que acaba de llegar, corre una en el sentido de la otra y se encuentran a dos
pasos, cuando se lanzan sobre la otra en un abrazo gigante.
—Ahm… —bisbiseo—, pues la novia del guaperas debe de ser alguna
amiga suya.
Hablan un rato y luego se acercan al moreno, que sigue sin quitarme la
vista de encima, y se lo presenta a Miri. Las orejas se me empiezan a poner
rojas y noto cómo el calor va avanzando por toda mi cara, tengo un mal
presentimiento. Miri señala a su espalda, hacia nuestra mesa. Niego. Niego,
a pesar de que no pueda verme. Desde donde estoy solo puedo distinguir las
palabras «hermana» y «chuscar».
Abro mucho los ojos y sigo negando. Me pongo de pie de un salto.
Oh, no.
Oh, no.
—Ay, mi madre —musita Berto, que también ha debido de oírlo, y se
tapa la boca para ocultar la carcajada, que, obviamente, se ha escuchado
igualmente.
—Ehmmm, yo… tengo que irme, porque… porque… tengo que ponerle
de comer a Miaundalorian. Ya hablamos, si eso…
No dejo que Berto conteste, ni mucho menos me detenga, antes de salir
por piernas. Corro como alma que lleva el diablo y cuando estoy en la
puerta escucho gritar a Miri.
—¡Espera! Pero ¿a dónde vas, chica?
Pies, ¿para qué os quiero?, alejadme del mal. El mal es mi hermana, por
si no lo habías pillado.
No le he preguntado ni su nombre
Lucien
Esto es de lo más surrealista que me ha pasado nunca. Estaba aquí, tan
tranquilo, esperando a mi hermana, que después de la que me he liado hoy
me hizo chantaje emocional para que saliese con ella a tomarme una
cerveza con la excusa de que se ha quedado agotada con la terapia y que
necesitaba ponerse guapa, maquillarse y levantar el ánimo, y no solo ha
llegado, exactamente, cincuenta y cuatro minutos tarde —Alejandra podrá
tener muchas cualidades, pero la puntualidad no es una de ellas. Ni la
sensatez, visto lo visto —, sino que, además, para variar, en un par de
minutos me la ha vuelto a liar.
Resulta que durante toda la hora que he estado esperándola, me he
entretenido atendiendo una conversación que se llevaba a cabo a unos pasos
de mí, no porque me interesase en algo lo que decían, sino porque he sido
incapaz de quitarle la vista de encima a la chica que estaba frente a mí, con
un aspecto de lo más natural, me ha parecido la chica más sexi que he visto
en años, con esos mechones de pelo que caían como locos por toda su cara
fuera de ese moño deshecho, sus ojos almendrados de color claro coronados
por unas pestañas tupidas y largas, pómulos altos y una sonrisa cálida en
esos labios carnosos.
Cuando ha desviado la vista hacia mí, sus mejillas se han teñido de rojo y
a partir de ese momento, la he visto llevarse el dedo índice a la boca y
mordisquearse la uña, en un gesto nervioso e inconsciente, que me ha
provocado una dolorosa presión en la entrepierna, lo cual me ha resultado
bastante sorprendente porque yo creía que mi libido estaba muerta después
de los acontecimientos de las últimas semanas, pero no, no veas cómo se ha
despertado al ver esos labios entreabiertos y la lengua asomando entre sus
dientes.
La cuestión es que de pronto, justo en el momento en que he oído algo
así como «hasta yo me lo tiraba» mientras los tres de la mesa miraban en mi
dirección, ha llegado mi hermana y se ha lanzado a abrazarme como si
llevásemos dos años sin vernos, en lugar de un par de horas y, para colmo,
luego he escuchado chillar a la otra chica de la mesa, que, ahora que me
fijo, tiene cierto parecido con la morena.
Alejandra y la otra han gritado como locas y se han abrazado y luego mi
hermana ha tirado de la tipa hacia mí.
—Ay, Luci, esta es mi amiga Miriam, te he hablado un montón de ella.
Pretendía sonreír agradable, pero el gesto maléfico de la tipa me hace
tragar con fuerza. Algo me dice que no está muy cuerda, no sé si sus ojos
desorbitados o sus manos en jarra con su risa de bruja, esa misma que le he
oído a mi hermana en incontables ocasiones. Mi abuela siempre dice que
Dios los cría y ellos se juntan. Ya ves qué razón tiene la mujer.
—Ay, Luci… ¡Has caído como del cielo! —me habla la amiga de Ale.
¿Qué dice la loca esta?—. Resulta que mi hermana acaba de cortar con su
chico, bueno, mentira, el tipo la dejó hace como cuatro meses, pero con lo
lista que es para otras cosas, a veces es muy cortita… Vamos, para ir al
grano, que necesita chuscar, y como no os habéis quitado el ojo de encima
desde hace rato, si te parece bien te la presento… —En ese momento se gira
y se da cuenta de que su hermana ha salido corriendo como si fuera Marco,
que por fin ha encontrado a su madre—. ¡Espera! Pero ¿a dónde vas, chica?
—Se gira de nuevo hacia mí y se encoge de hombros—. Ahm…, esto…, lo
siento. Se ha ido. ¿Quieres su número de teléfono? —Niego—. ¿Seguro? —
Niego efusivamente y miro con horror a Alejandra, necesito que me salve
de la loca del demonio.
Mi hermana suelta una risilla.
—Bah, ni lo intentes, tiene mal de amores y está insoportable — le
explica Ale a la otra, y le echo una mirada de inquina—. ¿Qué? Mentira no
es, bueno, yo sí te soporto porque soy tu hermana y te quiero. Pero, chaval,
ahora mismo eres como un cactus en un festival de abrazos.
Pongo los ojos en blanco, esas dos hablan un poco más y por fin se
despiden. La amiga de mi hermana y el otro chico intercambian unas pocas
frases, pagan la cuenta y salen del local.
—Bueno, ¿y cuál es el plan ahora? —me pregunta Ale.
La camarera de la barra se acerca, y mi hermana le pide una shandy, y yo
otra cerveza.
—El plan es… —digo y me quedo unos instantes pensativo antes de
añadir—: que no hay plan.
Me encojo de hombros de nuevo.
—Deberías venirte a casa con mamá, conmigo, aunque sea unos días.
—¿Con mamá, papá, el abuelo, la abuela, Thiago, tú y Aurora, que es
agotadora y está ahí todas las santas tardes?
Frunzo al ceño al darme cuenta de que en la silla donde estaba sentada la
morena hay una bolsa de tela colgada del espaldar. Debería decírselo a
Alejandra, para que se la lleve a su amiga, la loca más loca de la isla. Mi
hermana suelta una risilla.
—Si te oye Orlando decir que no quieres ir a casa de mamá y papá
porque no soportas a tu sobrina, verás…
Pongo los ojos en blanco y niego.
—Ya se me ocurrirá algo…
—Tienes que irte de casa de Emma, chico.
—Lo sé. —Suspiro—. Me ha dado un mes para encontrar un sitio donde
vivir, mientras tanto se ha ido a casa de sus padres. Aún me quedan un par
de semanas de margen.
—Mucho tiempo te ha dado. ¿Y en el hotel no puedes quedarte?
Niego.
—No, esa posibilidad no existe, aun con el descuento de empleado, pagar
la estancia allí se llevaría mi nómina al completo y más.
—Ya… Bueno, no te preocupes, encontraremos algo.
Asiento y suspiro. No sé por qué que hable en plural no me tranquiliza en
absoluto.
Y en ese momento veo cómo la morena de antes asoma la cabeza al bar,
comprobando que no hay nadie en la mesa donde estaba sentada hace un
rato, entra corriendo y se acerca mientras me dedico a examinar de arriba
abajo todas y cada una de las curvas de su cuerpo, en ese top ajustado que a
cada paso que da se eleva un poco dejando un pedazo de la piel de su
abdomen a la vista y los vaqueros ceñidos, marcando un culazo de infarto.
Suelta un suspiro de alivio cuando ve que la bolsa sigue donde la dejó y
se la cuelga al hombro. En ese momento levanta la vista y, al ver mis ojos
clavados en ella, me mira como si fuera un cervatillo asustado frente a un
cazador, trastabilla, hace un movimiento extraño y de pronto corre en
dirección a los baños.
Sonrío, socarrón, y mi hermana me mira extrañada, creo que es la
primera vez que sonrío de verdad en semanas, ¿meses?
—Me alegra que te lo tomes con humor —añade Alejandra, la verdad es
que no tengo ni idea de lo que lleva parloteando desde hace rato.
—Enseguida vuelvo.
¿Te preguntarás por qué sigo a la morena? Pues ni idea, me resulta más
divertido que quedarme ahí con mi hermana, lamiéndome las heridas y
preguntándome dónde voy a vivir dentro de un puñado de días.
Al llegar al pasillo de los baños, alzo las cejas, sorprendido, al ver a la
morena con la espalda apoyada en la pared, los ojos cerrados, respirando
agitadamente con una mano en el pecho, como si estuviera huyendo del
asesino en serie más buscado del lugar.
—¿Estás bien? —le pregunto.
Abre los ojos con gesto de pánico y balbucea algo ininteligible. Las
mejillas se le tiñen de rojo y no me preguntes por qué lo hago, porque no
tengo ni pajolera idea, tan solo me dejo llevar, camino hacia ella, pongo una
mano en la curva de su cadera y me acerco tanto que puedo percibir su
aliento sobre mis labios.
—¿Estás bien? —repito—. ¿Necesitas algo?
Parece sorprendida, pero no se mueve, ni siquiera pestañea, simplemente
los hombros le suben y bajan algo más deprisa al ritmo de su respiración.
Recorro con la mirada su cara examinando cada peca, cada lunar, el tono de
su piel, le aparto un mechón loco de pelo que le ha caído sobre los ojos para
poder verlos mejor. Ella apoya las manos frías y temblorosas sobre mis
brazos y es entonces cuando percibo que se le han dilatado las pupilas.
Traga con fuerza, no sé si lo ha provocado que mis pupilas deben de
haberse dilatado también, todo el calor que noto que desprendemos ambos
al acercarnos aún más o mi erección, que está pegada a su abdomen sin
ningún disimulo. Y, sin prestarle atención a mi razón que me grita que a lo
mejor no es de estar muy cuerdo lanzarse a devorar a una chica a la que ni
siquiera conoces, acerco mi boca a la suya.
El primer roce es suave y electrizante. Un tanto extraño también porque
al fin y al cabo son unos labios desconocidos. Me aparto apenas unos
centímetros para mirarla a los ojos. Cuando pinza los labios con sus dientes
vuelvo a tragar con fuerza y es ella esta vez la que tirando de mi camisa con
la mano en un puño me acerca a ella.
Cuela la lengua en mi boca volviéndome loco y la embisto con las
caderas colando una pierna entre las suyas. Cuando las abre y apoya su sexo
sobre mi muslo, noto todo el calor y la humedad que traspasa la prenda de
ropa que lleva puesta. El beso se vuelve más intenso, más profundo, más
certero y, justo cuando se le escapa un jadeo, escucho una voz a nuestro
lado.
—¡Coño! —grita, no podía ser otra que mi hermana, claro, la oportuna,
que tiene el teléfono en la oreja—. Ehmm, pues no, mamá, creo que no
viene a casa a cenar, porque veo que ya está comiendo. —La miro con el
ceño fruncido.
La morena, con las mejillas más rojas que he visto en mi vida, aprovecha
el momento para empujarme hasta deshacerse de mí y huye despavorida. La
veo salir por la puerta del local, y yo me he quedado ahí, medio tonto, sin
comprender qué bicho me ha picado para lanzarme a esa chica que no
conozco de nada y quedarme ahí, boqueando como un pez y con la polla
envarada, viendo cómo se aleja de mí.
—Espero que le hayas preguntado su número de teléfono —dice mi
hermana tapando el auricular, me guiña un ojo y justo da la vuelta para salir
del local mientras sigue hablando con mi madre.
¿El teléfono? No le he preguntado ni su nombre.
Para chasco el mío
Daniela
Venga, esto no puede ser tan difícil, ¿no?
Saco de las bolsas todos los productos que la empleada de la tienda de
cosméticos me endosó ayer, jamás pensé que hicieran falta tantas cosas ni
que tuviera que hacer una inversión tan grande para poder ir bien
maquillada.
Y no es que no me preocupe el dinero gastado, porque acabo de
desembolsar la mayoría de mis ahorros en mi coche nuevo, pero me
preocupa más cómo narices voy a usar todo esto y cuánto tiempo tendré que
dedicar a ello para llegar a tiempo a la entrevista. Por el momento, me he
puesto el despertador dos horas antes de salir de casa.
Después de ver como veinte vídeos de YouTube me doy cuenta de que no
solo no me estoy enterando de nada, sino que además, como no empiece ya
a aplicar productos, voy a llegar tarde. Resoplo, frustrada. No entiendo
cómo pude estudiar una ingeniería y varios másteres, y no soy capaz de
manejar, de forma más o menos eficiente, una brochita para darle un poco
de color, forma y uniformidad a mi cara.
Lo que está claro es que hoy no me va a dar tiempo a tomarme ni siquiera
un café. Y créeme si te digo que eso es una catástrofe porque llevo dos
noches sin apenas pegar ojo pensando en el buenorro del bar, un tío que no
conozco de nada que me ha puesto más burra de lo que he estado en mi
vida. Lo poco que he dormido no he descansado mucho, no he dejado de
soñar con esa dureza extremadamente grande y gorda —repito:
extremadamente grande y gorda— que noté pegada a mi abdomen, me he
despertado con la respiración agitada y empapada y he tenido que
desahogar y desahogar. Masturbarse tanto no puede ser sano.
En fin…, me centro en lo importante para poder poner en práctica lo que
he visto en los vídeos, y el resultado… bonito bonito no es.
—Madre mía, qué horror —protesto.
Podrías pensar que es porque no estoy acostumbrada a verme maquillada,
pero… ya te digo yo que a la chica del vídeo le ha quedado mucho mejor,
mucho más natural, a mí parece que acaban de darme un puñetazo en cada
ojo.
En fin…, tendrá que valer, porque ya es tarde.
Si con el maquillaje no me siento del todo cómoda, con la vestimenta
mucho menos, este vestido, a pesar de ser sencillito y elegante, no es para
nada mi estilo, con la falda de tubo hasta las rodillas y unos tacones no muy
altos. No es mío, obviamente, esto me lo ha prestado mi madre, que cuando
le pregunté si me podía dejar alguna prenda de ropa elegante casi llora la
mujer. Está harta de decirme que no puedo ir todo el día en camisetas con
estampados de dibujos animados, vaqueros y zapatillas a todas partes, como
si tuviera diez años. Solo me faltó confesarle que es porque me han echado
del trabajo y tengo que hacer algunas entrevistas. Ya encontraré el momento
para hacerlo.
Intento caminar de forma elegante y no como un pato que ha tomado
cuatro tequilas. Practico un poco frente al espejo, agarro el bolso y desecho
la idea de conducir con estos zapatos, no me apetece tener un accidente. Así
que pido un taxi, que me lleva, o más bien lo intenta, hasta el salón de
belleza. Hay un tráfico de muerte y, cuando veo que ya voy diez minutos
tarde, le pido al taxista que me deje dos calles antes y le doy una generosa
propina porque estoy viendo que va a tardar en salir de la zona. Nunca
pensé que conseguir un trabajo nuevo fuese tan caro.
Corro con toda la velocidad que el calor infernal, la falda de tubo y los
tacones me permiten, ya ves, de pronto he aprendido a usar los tacones sin
matarme, a todo hay que buscarle el lado positivo, por eso que te decía de
que ahora llevo por bandera el lema de flower-power.
Al fin llego al salón de belleza. No tengo tiempo de parar a comprobar
que está todo en su sitio: cabello, maquillaje y demás, así que como puedo,
con el dorso de las manos, me seco el sudor de la cara y entro al local.
Hay una señora de unos cincuenta años rebuscando entre unos papeles en
la recepción y, cuando alza la vista, da un respingo. He debido de ser muy
silenciosa.
—Perdón. —Sonrío—. Tenía una entrevista hace diez minutos, pero he
cogido muchísimo tráfico.
La mujer me examina de arriba abajo. Miro hacia abajo, por si tengo
alguna mancha. No, no lo parece. Igual me he pasado de elegante, ¿no?
Noto el sudor resbalarme por la frente, por haber corrido como no lo
hacía desde que estaba en el colegio y el profe de Educación Física nos
mandaba a dar vueltas a la cancha. Intento pasarme el brazo con disimulo
para limpiarme, pero la mujer se ha coscado de todo y me mira horrorizada.
—¿Daniela Chasco? —Asiento y sonrío de nuevo—. ¿Quieres…? A lo
mejor quieres pasar un momento por el cuarto de baño. —Me señala una
puerta junto a la recepción, y frunzo el ceño. ¿Tengo pinta de estar
meándome?—. Pasa sin problema y ve luego a la sala del fondo y toma
asiento, enseguida estoy contigo.
Me mira con lo que parece… ¿pena?, ¿miedo? No sé, la neurona la he
debido de dejar en casa, porque últimamente no estoy muy avispada.
Asiento, dubitativa, y con curiosidad paso al cuarto de baño para mirarme
al espejo. Abro la boca mucho, pero mucho mucho. Si el maquillaje ya era
un desastre antes de salir de casa, ahora mismo parezco un helado
derritiéndose en un día de verano. Tengo churretes negros bajo los ojos.
Con lo que le pagué a la de la tienda de cosméticos, me podría haber dado
el maquillaje a prueba de agua. La madre que la parió.
Arreglo el desaguisado como puedo. Con un trozo de papel higiénico y
agua no es que pueda obrar un milagro, pero salgo un poco más decente del
cuarto de baño y me dirijo a la habitación del fondo.
Cuando llego la señora que estaba antes en recepción ya está sentada
detrás de una mesa y me señala una silla que queda justo frente a ella.
—Toma asiento. Me llamo Marta… —Tiene un tono de voz agradable
que inspira cercanía y me relajo un poco en mi asiento.
—¿Es usted la jefa de Recursos Humanos? —la interrumpo mientras me
acomodo frente a ella.
Me muerdo la lengua un poco, porque sé que interrumpir a mi
entrevistadora no es lo más adecuado, pero tengo algunas dudas importantes
que solventar y creo que cuando antes las zanje será mejor.
—Bueno, más bien soy la dueña del salón de belleza.
Sonríe amable. Asiento pensativa y saco una libreta de mi bolso, donde
he apuntado algunas cuestiones que aclarar.
—¿Qué pasó con la chica que estaba en la recepción? —inquiero.
La miro con el bolígrafo en la mano. Para mí es importante conocer si se
fue porque las condiciones eran precarias o el trato no era el adecuado, si
había un mal ambiente laboral o si la despidieron porque era una mala
trabajadora, no sé, quiero saber a lo que atenerme.
Marta pestañea fuerte, como si no esperase mi pregunta.
Carraspea un poco.
—Está de baja —contesta con el ceño fruncido—. Será una baja larga,
por eso necesito a alguien que se haga cargo de la recepción…
—¿Por estrés, ansiedad, problemas de espalda…? —vuelvo a
interrumpirla, por dejar claro ese punto y no tener que volver a él.
—Bueno, no puedo revelar datos privados de mis empleados — suelta y
ya no parece tan encantadora.
—Ah, claro, tiene lógica. —Asiento.
La observo durante unos segundos, la verdad es que ella sí que va muy
bien maquillada. Normal, que para eso tiene un salón de belleza. Me
pregunto si podré pedirle que me enseñe a hacerme un maquillaje básico y
sencillo, sin tanto potingue, con el que venir a trabajar.
—Además, se supone que las preguntas las hago yo —añade.
¡Será borde!
A ver, que entiendo que ella necesite hacerme algunas preguntas, porque
esta es su empresa y tiene que saber si yo encajo en el puesto, no te digo
que no, pero yo también tendré que resolver ciertas cuestiones para saber si
me interesa el trabajo, ¿no?
Leo la lista de dudas que tengo anotada, como con qué convenio trabajan,
si hay alguna posibilidad de prosperar en su empresa y demás, y voy
directamente a la última línea, la que, en realidad, me parece la más
importante y puede ayudarme a conseguir el trabajo.
—Solo una cosa más… —digo justo cuando abre la boca, dispuesta a
preguntarme algo, supongo—. Lo de Encanto Eterno…, ¿fue idea suya?
—¿Cómo dice? —inquiere extrañada.
—¿Que si fue idea suya o contrató a alguna empresa especialista en la
materia para elegir el nombre comercial de su empresa? Déjeme decirle que
es… poco acertado.
Indicarle que es horripilante, y que prefiero arrancarme los ojos a volver
a verlo en el letrero luminoso tremendamente hortera y pasado de moda de
la entrada, no está contemplado. No tengo mucha experiencia en las
relaciones humanas, prefiero a mi gato, pero tengo un poco de sentido
común. Sin embargo, creo que es una oportunidad para ayudarla a mejorar
su negocio, lo cual podría reportarle grandes beneficios económicos.
—¿Perdona?
Pues sí, chica, sí, es para pedir perdón.
—Tenga en cuenta que un nombre comercial inadecuado podría dar una
mala percepción de la marca, que no refleje adecuadamente los valores o la
misión de la empresa o dar una impresión equivocada, ¿lo entiende?
—No, la verdad.
—Vamos, lo que quiero decir es que un nombre comercial inadecuado
puede ocasionarle muchos problemas, tanto a nivel de marketing como…
—Señorita Chasco… —me interrumpe.
Y juraría por mi vida que detrás ha mascullado un «para chasco el mío»,
pero voy a pensar que son cosas de los nervios y que no he oído eso y que
lo que ha dicho es «qué chica más atrevida».
Algo me dice que no le está sentando muy bien, no sé si cree que es una
crítica a secas, no lo es. Solo es un análisis constructivo y quiero que sepa
que estoy dispuesta a ayudarla.
—Yo podría ponerles en contacto con el equipo que nos ayudó en la
empresa donde trabajaba hasta hace unos días, son unos grandes
profesionales…
—Daniela. —Freno mi perorata cuando me interrumpe—. ¿Puedo
preguntarle si la despidieron en su anterior puesto de trabajo?
—Ehmm, sí.
Decido ser franca, aunque no sé si es el mejor momento para contarle
todos los acontecimientos que nos llevaron a ese punto. Tampoco me da la
oportunidad.
—Vale, eso es todo, ya la llamaremos, si eso. —Y se levanta, dando por
zanjada la entrevista.
Llámame suspicaz, pero creo que no me va a contratar. Me pongo de pie,
me encamino hacia la puerta y me giro antes de salir.
—No me va a llamar, ¿verdad?
Puedo ver cierto atisbo de simpatía en la mujer y pena, la misma pena
que antes, ¿o era miedo?, creo que me está dando por loca.
—No, la verdad es que no.
Bueno, al menos es sincera. Tanto dinero invertido para nada.
Tú déjamelo a mí
Lucien
—Hermanitoooo. —Escucho al otro lado del teléfono, que lleva rato
sonando en mi mesa de noche.
He contestado sin mirar y me he arrepentido en el mismo instante en el
que he escuchado el tono de voz maquiavélico de Alejandra. No he hablado
yo tanto con mi hermana jamás, igual es hora de que se busque un novio
o…, no sé, una vida o algo.
—Por Dios, Ale, ¿tú no trabajas? —protesto.
—Ehmmm, claro que trabajo, ¿cómo crees que pagué tu regalo de
cumpleaños?
—¿Te refieres a esas botas militares que me quedaron ridículamente
pequeñas y que decidiste quedarte porque habías perdido el ticket y a ti,
casualmente, te iban perfectas?
Escucho una risita al otro lado, y pongo los ojos en blanco. Esta mujer no
tiene remedio.
—Bueno, alguien tenía que aprovecharlas. —Las comisuras de los labios
se me alzan solas porque mi hermana tiene la cara muy dura. Y algo tengo
que reconocerle, su descaro siempre me hace sonreír, aunque prefiero no
demostrárselo, la verdad, porque luego se viene arriba y la cagamos—.
Estoy en el descanso —me explica—, me he venido a la cafetería con mi
amiga Miri a desayunar. ¿Te acuerdas de ella?
Me aparto el móvil de la cara para mirar la hora.
—Ale, cariño, son las nueve de la mañana, me he acostado hace un par
de horas porque, como ya te dije ayer —le recalco—, tengo turno de noche
en el hotel durante los próximos quince días. —Eso quitando que, en cuanto
me he metido en la cama, me ha venido la imagen de la hermana de su
amiga. Me he pajeado estos días como no lo hacía desde que tenía quince
años. Lo que, quieras que no, lleva su tiempo, por lo que he dormido
bastante poco. Carraspeo para espantar la imagen de mi mente—. ¿Me
necesitas para algo o me has llamado para…? —Dejo en el aire para ver si
me lo aclara.
A ver si ahora resulta que me voy a convertir yo en una más de su grupo
de amigas maquiavélicas y esto se va a repetir todas las mañanas. Yo lo de
hablar por hablar no, ¿eh? Y menos a estas horas y sin dormir.
—Atiende, Luci. Se me ha ocurrido una idea maravillosa.
Noto cómo la piel de los brazos se me eriza, para mal, siempre para mal,
con mi hermana no puede ser de otra forma.
—A ver, sorpréndeme —contesto resignado a que, por mucho que le diga
que no me interesan ninguna de sus fabulosas ideas, me lo va a soltar sí o sí.
Más vale acabar con esto cuanto antes.
—¿Has pensado… —pronuncia y se queda en silencio unos segundos,
como si esperase a que se escuchase un redoble de tambores o algo. Como
ves, a mi hermana hay que quererla así, como es, con sus taras y locuras—
en compartir piso?
Me doy un golpe en la frente con la palma de la mano y niego. ¿Por qué,
señor? ¿Por qué me haces esto?
—No pienso vivir contigo ni loco.
Mi hermana suelta un grito ahogado y parece bastante indignada, la
verdad. No sé por qué le sorprende tanto con todo lo que le digo que,
aunque la quiero mucho, en grandes dosis no la soporto.
—Serás capullo. Escucha, imbécil. —No, si ahora encima me insulta—.
Yo paso de vivir contigo, que luego te pondrás en modo hermano protector
y te meterás con todos los ligues que me lleve a casa para chuscar. No,
gracias.
Escucho una risa femenina a su lado, supongo que es la de su amiga, la
loca del bar, que también es su compañera de trabajo y, ahora que lo pienso,
hermana de la morena del bar… Se me va la cabeza a esas curvas en las que
perdí la mirada, a ese culazo de infarto, a esos ojos preciosos, al sabor dulce
y picante de sus labios… «Céntrate, Luci. Céntrate». De pronto, caigo en lo
que me acaba de decir.
—¿Cómo que…? ¿Qué? —A ver, no soy imbécil, mi hermana tiene
veinticinco años, ya me imagino que no es un ser celestial y virgen, pero…
¿qué? ¿Chuscar es algún eufemismo o sinónimo de jugar al ajedrez? No,
¿verdad?—. Pero si ahora vives con papá y mamá — protesto. Por no
nombrar al resto de la jauría de personas que habitan bajo el mismo techo.
—Exacto, me ahorro el alquiler, tengo servicios de lavandería y
restauración gratuitos —me explica—. Además, la ventana de mi cuarto es
muy grande y de fácil acceso, y yo soy muy silenciosa.
Contengo una arcada.
—Un momento.
Me aparto el teléfono de la cara y me incorporo quedándome sentado en
la cama. Contengo la bilis en la garganta recordando la de veces que me he
metido con ella en esa cama a ver series juntos. A partir de ahora nunca más
veré series con ella en su habitación, mejor en mi casa. Vamos a obviar que
en breve no tendré tele, ni casa, ya puestos.
—¿Luci?
Me vuelvo a poner el teléfono en la oreja cuando escucho a mi hermana.
—Ehmmm, dame un minutito.
Sin perder un segundo, me aparto el móvil, voy rápido hasta la aplicación
de mensajería y busco el contacto de mi padre.
Luci:
Papá, acuérdate, rejas en las ventanas.
Papá:
Buenos días. ¿Tú no trabajaste anoche? ¿Qué
haces despierto?
Lucien, hijo, te he dicho mil veces que tienes
que descansar, aunque tengas horarios…
Dejo de leer su sermón y me centro en lo relevante, escribo veloz:
Luci:
Es importante, de verdad, rejas en las
ventanas, sobre todo en la de Alejandra.
Luego hablamos. Un beso.
No leo lo siguiente que me escribe, me llevo el móvil a la oreja porque
mi hermana sigue llamándome al otro lado.
—Ya, ya estoy aquí.
—¿Has ido a vomitar? —me pregunta. Cómo me conoce la muy
condenada.
—Ganas no me faltan —musito.
Mi hermana chista.
—Escúchame, cerebro de chorlito. —Y dale con los insultos—. No me
refería conmigo. Pero compartir piso, dado que te queda muy poco tiempo
para tener que irte de la casa de Emma y todavía no tienes dónde vivir, y
suponiendo que no quieres volver a casa de papá y mamá… —añade.
Pelos como escarpias, te lo juro. Me viene a la cabeza cómo sería vivir
con mis padres sobreprotectores, encima de mí todo el santo día para que
coma bien, para que duerma ocho horas, para que controle con la consola,
con la tele, con el móvil, para que me lave los dientes después de cada
comida… Con mis abuelos allí también, que cuando no están discutiendo,
están metiéndose donde nadie les llama, por no hablar de otros temas con
los que quedé traumatizado en mi adolescencia, y es verdad que Thiago,
otro de mis hermanos, es más tranquilo y normalmente pasa desapercibido,
pero con mi hermana en la habitación de al lado, dando por saco
demasiadas horas al día o retozando con el que sea… Me pongo malo solo
de pensarlo. Uy, quita, quita.
—He estado dándole vueltas a la idea de que compartir piso ahora mismo
sería tu única opción —me cuenta—, dado que tampoco tienes ahorros
como para pagar una fianza y alquiler, más todo lo que conlleva una
mudanza.
Resoplo frustrado.
—No digo que no tengas razón, solo que no es tan fácil. No conozco a
nadie ahora mismo que necesite un compañero de piso. Y no pienso poner
un anuncio, eso es un reclamo para los asesinos en serie.
Mi hermana suelta una carcajada como si hubiera dicho el chiste más
gracioso del momento. No era broma, la verdad. Hazme caso, que eso lo he
visto yo en una película de terror, terminas descuartizado en el congelador
de alguien.
—Tú déjamelo a mí. Yo me encargo de todo, ¿vale?
Su tono maquiavélico no me ofrece mucha confianza.
—No me…
—Uy, tengo que dejarte —me interrumpe—, se acabó el descanso. Chao.
Te quiero, petardo.
Y dale…
La idea es buena, la intención estoy seguro de que también, pero fiarse de
mi hermana es lo último que haría cualquier persona en su sano juicio, la
verdad.
¿La mato?
Daniela
El resto de la semana no es mejor, tengo varias entrevistas de trabajo en
puestos por el estilo. Mientras tanto, me niego a cogerle el teléfono a Berto
y mucho menos a Miriam, porque no estoy ahora para lidiar con sus burlas
y sus «te lo dije». Tengo que centrarme en lo importante.
Y pensaba que había conseguido darles esquinazo hasta que el jueves por
la tarde, cuando estoy terminando de prepararme para ir a practicar con la
bicicleta que he rescatado del trastero de mi madre, suena el portero
automático.
Me estoy colocando las coderas cuando mi hermana entra, seguida de
Berto, ambos se quedan paralizados en la puerta al verme. Los ignoro y me
pongo de pie para colocarme el casco.
Berto es el primero que suelta una carcajada.
—¿A dónde vas vestida así? ¿Hay una fiesta de disfraces y no tenías
dinero para comprarte nada adecuado? —me pregunta mi hermana más
seria de lo que la he visto nunca.
Y eso que no me vio con el maquillaje de oso panda del lunes. Pongo los
ojos en blanco.
—Tengo que practicar con la bicicleta, mañana tengo una entrevista para
una empresa de reparto de comida a domicilio.
Berto cierra la puerta detrás de él y viene hacia mí. Ignorando mis
protestas me desabrocha el casco para despojarme de él.
Por fin, Miriam se mueve también y, sin decir ni mu, se acerca al sofá y
se sienta frente a mí. Se tapa la cara con las dos manos, y la miro
preocupada. Luego dirijo la vista a Berto, que, cuando ve el gesto de mi
hermana, se encoge de hombros.
—¿Qué ha pasado con el salón de belleza? —me pregunta Miriam
cuando se destapa la cara.
—La entrevista no fue muy bien —admito. Le señalo dos bolsas gigantes
que hay sobre la mesa del comedor—. Todo eso es para ti.
Lo de quedarme con un montón de maquillaje que no voy a usar en la
vida es un absoluto desperdicio, así que mejor se lo doy a mi hermana. Ella,
que me conoce y sabe lo que hay dentro, niega y se tapa la cara.
—¿Hasta cuándo vas a seguir así? —Su tono de reproche me descoloca
por completo.
—¿Hasta que encuentre un trabajo con el que poder pagar el alquiler, la
letra del coche y la comida de Miaundalorian?
Mi hermana, que le tiene pánico absoluto a mi gato, de pronto se pone de
pie de un brinco, alterada, como si se hubiera olvidado de él.
—¿Dónde está esa bestia fea e inmunda? —masculla mirando en todas
direcciones.
Suelto un gritito indignado. Siempre se mete con mi gato, quizás pueda
parecerle poco agraciado por su piel arrugada y su falta de pelaje, que le da
una apariencia única y no niego que a veces un pelín alienígena, de ahí su
nombre, Miaundalorian. Sin embargo, en realidad sí que tiene pelo, pero,
como es característico en la raza sphynx o esfinge, es muy fino y muy corto
y no se aprecia. Además, es sociable y afectuoso, independiente, limpio,
inteligente…, todo lo cual lo hace un noventa por ciento mejor que
cualquier humano, así que no entiendo la aversión de Miriam hacia mi
mascota.
—Está durmiendo en mi cama —le aclaro antes de que se suba al sofá,
dando saltitos y grititos absurdos como si mi gato fuese una rata y no
supiera saltar hasta ella.
—No sé cómo puedes permitir que esa bestia se suba a tu cama —
protesta y se deja caer de nuevo sobre el sofá al percatarse de que no está
por ninguna parte del salón.
—Si te dejaba a ti cuando éramos pequeñas, ¿no le voy a dejar a mi gato,
que es mucho más amable y simpático que tú y, lo más importante, no se
mea en mi cama?
Un cojín vuela por el salón y ni me roza al pasar por mi lado, aterrizando
sobre la estantería detrás de mí. Lo de la puntería nunca ha sido una
característica del gen Chasco. Se oye un estruendo y veo que ha roto una
figura de cristal de una ardilla que me regaló Uriel en mi último
cumpleaños. Una figura horripilante que odiaba, no sé qué le llevó a
regalarme tal horterada, pero, oye, eso no quita que esté en mi estantería
porque era un regalo de alguien importante y que mi hermana lo ha roto.
Con los brazos en jarra miro a Miriam esperando una disculpa.
—Odiaba esa ardilla fea —espeta.
Y se cruza de brazos.
A ver, yo también, porque era horrorosa y nunca supe cómo decirle a
Uriel que no me gustaba, me parecía desagradecido por mi parte, pero no
seré yo la que lo admita.
Imito su gesto, cruzándome de brazos.
—Ya empezamos… —dice Berto.
Y remeda un rato imitando lo que sería una de nuestras discusiones
bastante infantiles, que acabaría con una guerra de cojines y con las dos
partidas de risa por el suelo. La verdad es que ahora mismo me apetece
mucho reír, y pegarle con el cojín a mi hermana es terapéutico, pero es
verdad, Berto tiene razón, no tenemos tiempo para esto.
Después de limpiar el desastre de cristales rotos, me acerco al casco y,
cuando intento cogerlo, Berto me lo arrebata.
—No puedes trabajar repartiendo comida a domicilio en bicicleta —
sentencia.
Y dale con decirme lo que puedo y lo que no puedo hacer, pues ya me
están tocando las narices estos dos pesados.
—¿Por qué no?
—Porque ni siquiera sabes montar en bicicleta.
Le echo una mirada de odio. Si un crío de seis años puede aprender, ¿por
qué yo no?
—Lo que no sé es vivir sin dinero.
Berto se queda en silencio, pestañea rápido unas cuantas veces y asiente.
—En eso tienes razón —reconoce mi amigo, flaqueando al fin—. Quizás
tendrías que reducir gastos, porque, obviamente, no vas a poder seguir
viviendo como antes. ¿Has pensado en buscar un piso más barato?
Niego, tajante, me encanta mi piso.
—Si quieres mantener tu casa de pija, tu coche de pija, tu mascota de
pija… —enumera Miriam. La miro con odio, yo no soy pija, solo me gusta
vivir cómoda, adoro mi coche y mi gato es parte de mi familia, no puedo
deshacerme de él—. Pues siempre puedes dedicarte a Onlyfans —sugiere
mi hermana.
—¿Qué es eso? —le pregunto interesada, a lo mejor es la solución a
todos mis problemas económicos.
—Es una plataforma que permite a los creadores de contenido monetizar
su trabajo directamente de sus seguidores a través de suscripciones
mensuales —me explica. Asiento…, suena bien. Miro a Berto, que tiene la
cara hundida entre las manos. Estará deprimido por algo, vete a saber. Las
emociones humanas no son lo mío, precisamente.
»Básicamente, es una red social previo pago donde sus usuarios venden o
compran fotografías y vídeos relacionados con diferentes temáticas… —
continúa mi hermana.
—Porno —la interrumpe Berto, exasperado, alzando la cabeza—. Es una
red social donde vendes tu cuerpo a cambio de dinero.
Suelto un grito ahogado y miro a mi hermana, indignada.
—No vendes tu cuerpo, solo fotografías o vídeos del mismo en diferentes
posturas mientras haces cositas naturales de la vida.
—¿Tú eres idiota? —la insulto, agarro un cojín y lo elevo con intención
de pegárselo en toda la cara, por zumbada. Hay que estar zumbada—. Esto
es serio, chica.
Ella se encoge de hombros, mira algo muy interesante en sus uñas, y
Berto interviene quitándome el cojín de la mano para dejarlo en el sofá.
—También puedes vender tu coche… —añade mi amigo.
—Si solo he pagado dos letras, ¿cómo voy a venderlo?
No pienso vender mi coche, adoro mi coche nuevo. Sin embargo, Berto
tiene razón, tengo que pensar en reducir gastos. Espero que ninguno de los
dos insinúe que debo dar en adopción a Miaundalorian porque los echo de
casa a la de ya.
Me dejo caer en el sofá, decepcionada, porque estos dos no ayudan nada
a subir el ánimo. En ese momento los pelos de la nuca se me erizan y miro a
mi hermana, que tiene ese gesto que siempre pone cuando está maquinando
algo que suele terminar mal o peor.
—En realidad…, yo le he estado dando vueltas y tengo…, tengo un plan.
Un plan perfecto. —Uy, miedo me da—. ¿Qué opinas de compartir piso? —
me pregunta la muy…, oye, pues iba a decir la muy insensata, pero la
verdad es que no me parece tan mal plan. Se me abren mucho los ojos y la
miro ilusionada—. No, no. —Niega—. Conmigo no, olvídate. No pienso
vivir bajo el mismo techo que el asesino en serie con forma de gato amorfo
que duerme contigo.
—Ya decía yo… —protesto enfurruñada, y miro a mi amigo, que está
superentretenido con algo que ha visto en sus uñas.
Carraspeo, y él alza la vista.
—Ni muerto —suelta tajante.
Desde luego, la confianza da asco.
—Pero si vives en un cuchitril —protesto, a pesar de lo tajante que ha
sido, igual todavía hay esperanza.
—Adoro mi cuchitril y adoro vivir solo.
—Lo que adoras es ser un desordenado e ir en bolas todo el día —le
rebate Miriam, y yo asiento.
Berto suelta una risilla y claudica aceptando.
—Ni muerto —repite.
Suspiro, frustrada.
No es que posea yo un amplio abanico de amistades. La mayoría de mis
compañeras del instituto y de la universidad, aparte de que no es que
seamos íntimas precisamente, o viven fuera o viven con sus parejas e
incluso algunas tienen hijos. Ya ves tú, con veintinueve años hijos,
¿estamos locos o qué?
—No te preocupes, hermanita.
Miri, que se ha sentado a mi lado, me pasa la mano por la cabeza,
ronroneo un poco y me planteo cómo podría hacer que mi hermana y
Miaundalorian conviviesen bajo el mismo techo, porque, sinceramente, se
tienen la misma inquina el uno al otro, como si mi pobre gato pudiera
percibir la antipatía de Miriam hacia él. Y niego. Sé que va a ser misión
imposible.
—Era una buena idea, la verdad —admito desconsolada.
—No te preocupes —repite Miriam—. Déjamelo a mí, creo que puedo
solucionarlo.
La miro con el ceño fruncido, porque no me fío un pelo de mi hermana.
Cada vez que intenta solucionar algo la lía aún más. Ella se pone en pie, da
una palmada dando así la conversación por zanjada. Me quita el casco, que
aún tengo en las manos, y me lo pone.
—Venga, que tienes que aprender a montar en bici.
Sonrío e ignoro los gruñidos de protesta de Berto.
—Gracias por apoyarme —musito, es justo lo que necesitaba, que por fin
alguna persona de mi entorno no me tomara por loca.
Mi hermana sonríe y se saca el móvil del bolsillo.
—Genial, la batería está a tope, esto no me lo pierdo —murmulla como
para sí misma, pero la he oído.
—¿Qué?
—Ehm, nada, nada, que mejor vamos ya antes de que se haga de noche.
¿Vamos, Bertito?
—No me llames Bertito, arpía.
Miriam le saca la lengua y entrelaza su brazo con el mío ya de camino a
la puerta.
—Verás que será divertido —me dice, y yo asiento con una sonrisa.
Poder flower-power, ven a mí.
Y sí, ha sido la mar de divertido, sobre todo para mi hermana, que no ha
dejado de grabarme con el móvil mientras yo hacía intentos de no matarme
de las formas más ridículas que jamás imaginé. Se ha carcajeado de mí
hasta que le han salido lágrimas y le dolía la barriga mientras Berto ha
permanecido la mayor parte del tiempo con la cara escondida entre las
manos, como si le diera vergüenza que lo reconocieran estando con
nosotras, y yo, decidida a cumplir mi misión, me he obligado a ignorarlos
hasta que tengo magulladuras por todas partes y estoy molida de la cantidad
de veces que me he comido el suelo. No puedo ni con mi alma. Es entonces
cuando a la muy cenutria de mi hermana se le ocurre decirme que me ha
conseguido una entrevista de trabajo en un instituto concertado, donde ella
ha hecho alguna sustitución para dar clases de mates.
¿La mato?
¿Cuál es la traba?
Lucien
—¿Eso lo has cocinado tú? —me pregunta mi madre después de darme un
beso, y no contesto, solo alzo ambas cejas—. ¿Cuándo?, si anoche
trabajaste.
Sonrío ante la cara de mi madre, le encanta el pastel de manzana, es su
favorito del mundo mundial y solo con el olor le hacen chiribitas los ojos.
—Bueno, en realidad lo birlé del hotel, cuando cerraron el restaurante
después del turno de las cenas.
—¿Lo ha cocinado Emma? —pregunta.
El gesto de recelo en su semblante me da pena, porque mi madre quiere
mucho a Emma y ahora está muy enfadada con ella porque ha cortado
conmigo, ha empezado a salir con un tipo sexi del equipo directivo del hotel
y me ha echado de su casa. Con toda probabilidad este pastel lo cocinó
Emma, pero, con tal de evitarle el disgusto a mi madre, niego.
—No, qué va. Anoche había otra repostera en el turno de los postres.
—Ahm.
No se fía, no me cree, y es que a mí lo de mentir nunca se me ha dado
demasiado bien. Con todo, supongo que adivina que es una mentirijilla
piadosa para evitarle sufrimientos.
Cuando paso al salón, está lleno de gente. Hoy es el cumpleaños de mi
padre y nos reunimos toda la familia en casa. Achucho a mi viejo y, antes
de que lo suelte, tengo un bicharraco enlazado a mi pierna cual koala.
Suelto una risilla.
—¡Tito Luci!
La alzo en brazos y la lanzo un par de veces por los aires, grita y ríe a
carcajadas, es una monada de niña, la verdad. Le doy un montón de besos y
le hago cosquillas, adoro el sonido de su risa.
—Tito, tito. Estrellita —me pide. Hago como que no he oído nada —. ¡¡
Estrellita!!
—¿Eh? No te entiendo.
Igual hacerme el loco funciona, total, Aurora es muy pequeña, será fácil
disuadirla, ¿no?
—¡¡ ESTRELLITA!! —grita histérica.
Es una marimandona, como mi cuñada, igualita. Menos mal que las
quiero a las dos.
—¿Otra vez, caracolita? La última vez que nos vimos me hiciste cantar
Estrellita como doscientas cincuenta y cuatro veces — protesto.
—Porfaaaa, Estrellita.
Será tirana la jodida chiquilla, me mira con esos ojos azules gigantes y
brillantes y el labio curvado en una mueca adorable.
Joder, no puedo resistirme.
Me cago en todo. Carraspeo un poco y canturreo:
—«Estrellita, ¿dónde estás? Me pregunto quién serás».
Aurora aplaude feliz. A mi padre se le escapa una risilla, pone los ojos en
blanco, porque ya sabe de qué pie cojea aquí la pequeñaja, y vuelve a
sentarse en su sitio porque es consciente de que esto va para largo.
La lanzo un par de veces más al aire, a ver si así la distraigo, más besos,
más cosquillas. Sin embargo, la muy granujilla, que será pequeña, pero no
tonta, me empuja con todas sus fuerzas para que me aparte.
—¡Más! —me ordena.
Si tiene dos años y medio y es así de exigente no sé yo cómo será cuando
sea adolescente, lo siento por mi hermano. El pobre, que siempre ha sido un
buenazo, va a necesitar terapia, seguro. Se lo dejaré caer cuando encuentre
el momento.
—Ey.
Escucho detrás de mí, me giro y veo a Orlando. Aprovecho la coyuntura
y, aunque tengo que hacer un poco de fuerza para conseguir despegarme a
Aurora, se la tiendo a su padre, que ríe y la pone en el suelo. El pequeño
koala se cuelga de la pierna de su padre como hizo conmigo hace un
momento mientras Orlando y yo nos abrazamos.
—Hermanitooooo. —Un grito detrás de mí me hace girarme extrañado,
me aparto del camino de Alejandra, que imagino que quiere a abrazar a
Orlando, porque hace por lo menos dos semanas que no lo ve. Pero no, la
muy cenutria, se lanza hacia mí, cogiéndome desprevenido, para abrazarme.
De chiripa no nos hemos caído al suelo—. ¿Cómo estás? —me pregunta
cuando se suelta, mirándome sospechosamente como una psicópata. Me
acaricia la cabeza como si fuese un perrito desvalido.
—Más cuerdo que tú.
Orlando disimula una carcajada y, cuando Alejandra le echa una mirada
de odio, él alza las manos mostrando las palmas en son de paz, se da la
vuelta y se va hacia la cocina, con Aurora enganchada a su pierna aún.
—Escúchame, cacho de carne con ojos. —Ya empezamos—. Te he
conseguido un piso. Es un familiar de alguien del trabajo, se llama Dani,
justo busca compañero para poder compartir gastos y te puedes mudar
mañana mismo.
—¿No será un piso de estudiantes?
No estoy yo para hacer de niñero de nadie, la verdad.
—No, no. Es porque ha tenido que cambiar de trabajo y…, bueno, pagar
el alquiler una persona sola ya sabes cómo es.
—Ya, lo sé… —musito. No termino de fiarme.
—Tiene veintinueve, si no me equivoco.
—Ehm, vale. Bueno, no sé, tendría que ir a ver el piso antes, conocer a
Dani, ver si podríamos encajar bien y si no tiene pinta de asesino en serie y
eso… —Alejandra se cruza de brazos, exasperada, y yo resoplo—. Pero con
los turnos complicados del hotel, buf…
—Yo me encargo, hazme caso —añade con cariño—. Tengo un montón
de fotos de la casa, ahora te las enseño, y sabes que tienes que irte del piso
de Emma, no esperes al último día, porque, si dejas pasar esta oportunidad,
puede que Dani alquile la habitación que tiene libre y tengas que venirte a
vivir aquí.
Ay, madre.
Niego.
—No, no, no… Aquí no.
Escucho que mi sobrina berrea gritando desde el salón «Tito, ¡
Estrellita!» y, cuando dirijo la vista hacia allí, veo que mi hermano Orlando
la tiene en brazos y que parece poseída por el demonio. Entonces recuerdo
que mis padres se hacen cargo de la pequeña todos los días, para que mi
hermano y mi cuñada puedan trabajar, y veo un futuro lleno de berrinches,
de dormir poco o nada cuando tenga que descansar por el día, de pasarme
las horas libres viendo pelis de dibujos o, peor, jugando a las muñecas o a
los legos. Un escalofrío me recorre de arriba abajo. En estos momentos de
mi vida, no sé si prefiero vivir con un asesino en serie o con mi dictadora y
adorable sobrinita Aurora.
De pronto, se me pasa una idea por la cabeza y abro mucho los ojos.
—No tendrá hijos, ¿verdad? —le pregunto a mi hermana, que me mira
extrañada—. Me dijiste que el tal Dani se acaba de separar.
Alejandra desvía la vista y se me pone el vello de los brazos de punta. Ay,
madre. Esa es la señal, me está mintiendo, seguro. ¿A que tengo razón en
pensar que buscará compañero de piso porque es un asesino en serie que se
ha quedado sin víctimas a las que descuartizar? No, no. Niego mentalmente.
Mi hermana me quiere, nunca me mandaría al piso de un psicópata. ¿Será
porque le ha enseñado fotos mías y le gusto? Que a mí me dan exactamente
igual sus preferencias sexuales, mientras no tenga hijos que vengan cada
pocos días a romper el equilibrio del hogar, todo estupendo y maravilloso.
—Nada de niños, no.
—¿Seguro?
Mi hermana niega. Sigo sin fiarme. Ella chasquea la lengua, saca el
teléfono del bolsillo trasero de sus vaqueros y me lo enseña cuando
encuentra las fotos del piso, hay unas cuantas. Está en una buena zona.
Tiene aspecto de ser amplio, luminoso, limpio, ordenado, no hay rastro de
juguetes. Tiene dos baños y diría que la cocina es más grande que toda la
casa de Emma, las vistas desde los ventanales son una pasada y está
amueblado, tiene pinta de que todo es muy nuevo. El precio que en ese
momento me comenta Alejandra me parece irrisorio para una casa así.
—¿Cuál es la traba? —le pregunto mientras le devuelvo el teléfono.
—No hay trabas.
Se encoge de hombros.
Rasgo los ojos para mirarla, buscando en su cara algún gesto que me diga
que me está mintiendo. La tía ni parpadea porque sabe exactamente lo que
estoy haciendo.
—Lucien —mi hermana me habla seria mirándome a los ojos—, sé que
quieres agarrarte a la posibilidad de que Emma se arrepienta, que no quieres
irte de ahí porque así será todo más real.
De pronto esas palabras de mi hermana las siento como un bofetón de
realidad. Tengo muy claro que eso no va a pasar, es más, tengo muy claro
que las cosas entre Emma y yo no iban nada bien, que se había enfriado la
relación y parecíamos más dos amigos que vivían juntos que una pareja,
pero… nos lo pasábamos tan bien juntos, nos reíamos un montón, nos
compenetrábamos bien, éramos buen equipo… Supongo que eso no era
suficiente y simplemente seguíamos juntos porque era cómodo.
Niego. Porque sé que no es nada de eso, solo…, solo es que tomar la
decisión de vivir con una persona, de compartir tu intimidad con alguien, es
complicado. Sin embargo, Alejandra tiene razón y ahora mismo no tengo
muchas más opciones.
Mi hermana continúa con su perorata y, aunque casi siempre se está
metiendo conmigo y buscándome las cosquillas, sé que ahora está hablando
completamente en serio, que está preocupada, que quiere ayudarme.
—Si no quieres compartir piso, y prefieres volver a casa, no pasa nada —
añade—. A lo mejor te viene bien el ajetreo para distraerte. A mí me
gustaría tenerte cerca, Thiago me pega unos palizotes increíbles al Mario
Kart y tú eres un paquete, me vendría bien subir mi autoestima. —Vuelvo a
negar con mayor vehemencia. Ni loco. Mi hermana se pica muchísimo
jugando a lo que sea y, si pierde, no hay quien la soporte, pero cuando gana
tampoco.
»La oportunidad se te ha presentado como caída del cielo. Prueba. Lo
más que puede pasar es que no te vaya bien y volvamos al punto de partida,
no necesito preguntarle a papá y mamá, estoy segura, y tú lo sabes, de que
las puertas de casa siempre van a estar abiertas para ti.
—No sé…
No me preguntes por qué, pero hay algo en todo esto que no me encaja,
que no me ofrece confianza. Quizás Alejandra tiene razón y solo estoy
postergando lo inevitable. Emma no se va a arrepentir y, aunque lo hiciera,
no podría volver con ella después de todo lo que ha pasado. Vivir en su casa
este tiempo sin ella ha sido raro e incómodo y soy el primer interesado en
pirarme de ahí cuanto antes. Sin embargo, mudarme con un desconocido…
no termina de hacerme feliz.
—Hazme caso, yo me encargo de todo. Tienes unos turnos infernales
durante dos semanas, ¿no? —Asiento—. Pues tú solo prepara todo lo que
quieres llevarte de casa de Emma, y yo me encargo.
—¿Me vas a hacer la mudanza? —le pregunto desconfiado.
Mi hermano Thiago entra en la cocina y me da un par de palmadas en el
hombro a modo de saludo antes de dirigirse a la nevera. Siempre ha sido un
hombre parco en palabras, silencioso, tranquilo… La verdad, si no fuese
por el parecido físico entre él y yo, pensaría que lo cambiaron al nacer
porque es demasiado manso para pertenecer a nuestra familia.
—Thiago me ayudará, ¿a que sí, Thiago?
—¿Eh? —pregunta el aludido cuando ve que Ale y yo miramos en su
dirección.
Se quita el auricular que lleva puesto con el que se ha aislado de la
cantidad de gritos, ruidos, llantos, risas, conversaciones… que se llevan a
cabo en el salón. Chico listo.
—Sabes que Luci tiene que mudarse, ¿verdad? —Mi hermano me mira
con gesto de pena, y yo alzo las cejas. ¿Le doy pena?, sinceramente, me
ofende un poco. Más pena da él, que, con lo poco que le gusta el ruido, vive
en esta casa de locos—. Nos echas una mano, ¿a que sí?
—Sin problema.
Se pone los auriculares, coge una lata de refresco de la nevera y sale de la
cocina tan silencioso como entró. Desde donde estoy puedo ver cómo va
hacia mi abuela, se sienta a su lado y le coloca un mechón de pelo rebelde
que se le ha revirado y tiene pinta de antena. A la mujer le hacen chiribitas
los ojos, Thiago es su nieto favorito, tampoco hay que ser muy inteligente
para saber por qué, es el que menos guerra da de todos. Le da un achuchón
y un montón de besos en cadena, y Thiago le sonríe antes de sacar el móvil
y hundir la cabeza en lo que sea que hace con el teléfono. Con esas pintas,
esa cara de bueno y su aislamiento, casi parece el adolescente de la familia,
a pesar de que ya tiene veintitrés años.
—¿Ves? Todo arreglado. En cuanto esté todo listo te aviso — añade
Alejandra.
Suspiro y, al final, claudico, moviendo la cabeza de arriba abajo, porque
en algo tengo que darle la razón a mi hermana, y es en que si la cosa no
funciona siempre tengo tiempo de buscar otras alternativas. Excepto si mi
compañero de piso es un psicópata que quiere matarme para robar todos
mis órganos y venderlos en la dark web, entonces no, entonces casi que se
acabarán mis opciones… y, por ende, también mi sufrimiento. Me encojo
de hombros. Me vale.
— Ok, ya me contarás —le digo.
Mi hermana grita de felicidad, aplaude y se lanza a abrazarme. De pronto
se me ocurre que, si comparto piso, es probable que Alejandra deje de
visitarme a todas horas para poner a todo volumen la música esa estrafalaria
que tanto le gusta y ver pelis ñoñas con las que llena todo de lágrimas y
mocos, así que esa es una buena opción también, ¿no?
Ya está. Me ha convencido.
¿Cuándo te he fallado yo?
Daniela
—¿Puedes dejar de ver ese dichoso vídeo? —amonesto a mi hermana, que
se está limpiando las lágrimas de la risa.
—No puedo, es que… es buenísimo.
Frunzo el ceño, mosqueada. La culpa es mía, por practicar con la
bicicleta delante de Berto y ella, que, para mi desgracia, me ofrecieron cero
ayuda. En fin…, la perdono porque la quiero.
—Vaaale. —Mi hermana pulsa en el botón correspondiente para bloquear
la pantalla al ver mi gesto de mala leche—. Bueno, cuéntame cómo te va el
trabajo.
Nunca había pensado en dar clase, pero no se me da mal. La entrevista
fue muy bien, pude actuar de forma natural, no tuve que disfrazarme ni
maquillarme como una puerta ni aprender a hacer cosas raras que no sé
hacer, como conducir una bicicleta. Los chicos son fantásticos y hemos
conectado bien. Solo llevo dos días de clase, así que tampoco puedo valorar
realmente cómo irá a la larga. Lo único que me ha sorprendido bastante es
el sueldo. Comparado con mi puesto en AR Innovate es una basura, por lo
que tengo que buscar la manera de reducir gastos de forma drástica.
—Bien, no me puedo quejar. Gracias por conseguirme la entrevista.
Mi hermana sonríe ampliamente y da una palmada.
—¿Qué tal la nómina? —me pregunta como si pudiera leer mis
pensamientos.
—Más baja de lo que esperaba, la verdad. —Suspiro—. Tengo que
reducir gastos. —Miro en todas direcciones en mi salón. Me gusta tantísimo
mi casa…, no quiero irme de aquí, pero la realidad es la que es y es que con
mi nuevo trabajo no puedo mantener el mismo nivel de vida—. Necesito
buscar otro piso más barato — admito en voz alta sintiendo cómo se me
parte el corazón en pedacitos.
Miri niega.
—No, no, de eso nada. ¡Tengo la solución a todos tus problemas!
Rasgo los ojos y la miro desconfiada, a mí tanta efusividad me da mala
espina, no me preguntes por qué. Como me vuelva a decir lo de la página
esa de Onlyfans la echo a patadas de mi casa.
—No pienso masturbarme delante de una cámara para que los hombres
me paguen por verme… —espeto sin poder evitar un escalofrío.
Mi hermana suelta una carcajada.
—Hay que ver qué poco sentido del humor tienes, hermanita. — Pongo
los ojos en blanco—. No, esto es en serio. Te quiero ayudar. He encontrado
a alguien que busca piso, es familiar de una amiga del trabajo.
—No —niego tajante.
Algo dentro de mí me dice que, eso que a primera vista parece una
solución, si viene de mi hermana Miriam, terminará en catástrofe.
—Admitiste que era buena idea el compartir piso.
—Cuando pensé en ti o en Berto, no con cualquier persona.
—Puedes reducir gastos de alquiler y suministros básicos de la casa,
como la luz, el agua, internet…, lo típico, y eso te permitiría quedarte en
este piso que adoras.
Mi hermana gira, dando una vuelta sobre sí misma con los brazos
estirados como si fuera Elsa en su castillo de hielo. Como empiece a cantar
le arreo con el cojín.
—No —niego una vez más.
—Venga, no seas así. Se llama Luci, es buena gente, vive en casa de su
pareja… —enumera mientras va señalándose dedos.
—No —niego.
—Le gustan los gatos —me informa, debo reconocer que eso es un punto
importante, porque otra loca como mi hermana, que le tenga un pánico
atroz a Miaundalorian, no podría convivir conmigo —, vete a saber por qué
—musita más para sí misma que para mí.
Con todo, no sé nada de esa chica. No me siento cómoda conociendo a
gente nueva y, si no encajamos, mi casa se va a convertir en un infierno.
—No —niego.
—Acaban de cortar y tiene menos de quince días para dejar el piso.
—No —reitero.
—No tiene a dónde ir.
—Ni muerta.
—Oye, ¿sabes lo que cuesta encontrar un piso? —Mi hermana, viendo
que he entrado en bucle y no dejo de negar, cambia de estrategia—. Estás
acostumbrada a un nivel de vida, tal como están ahora las cosas, como
mucho podrás pagar algo como…, como lo de Berto.
Un escalofrío me recorre de arriba abajo.
Berto vive en un cuchitril que mide menos que mi dormitorio, con muy
poca luz natural, pocas ventanas, poco espacio, los muebles de la cocina se
están cayendo a pedazos y su baño… es horrible, con un plato de ducha
minúsculo donde sale o agua muy fría o agua muy caliente. Con pasar una
noche en su casa tuve suficiente para saber que no quiero volver a pisar ese
lugar ni ninguno por el estilo jamás en la vida. La verdad es que no
entiendo por qué Berto no quiere vivir conmigo y Miaundalorian, si somos
todo amor y mi casa es preciosa.
—Tiene que haber algo mejor, tengo tiempo antes de que se me acaben
los ahorros —me empecino.
Pensar en positivo es mi nuevo mantra, por lo que sé, positivamente, que
cualquier idea que venga de mi hermana hay que cogerla con pinzas.
—¿Sabes que para mudarte a un piso nuevo tienes que pagar fianza y en
muchas ocasiones adelantar dos mensualidades?
Resoplo, frustrada, y me dejo caer en el sofá. Quizás por una vez en la
vida Miriam no me la está jugando, y esa chica y yo podemos convivir en
armonía, quizás hasta nos hacemos amigas, le gusta el té de jengibre y leer,
como a mí, podremos intercambiar libros y hablar sobre ellos. Además,
tendría a alguien que se posicionase de mi parte cuando quedemos con mi
minúsculo círculo social: que se reduce a mi hermana y mi mejor amigo del
colegio. Pero ¿y si no? ¿Y si es una arpía que me amarga la existencia? ¿Y
si odia leer o se queja constantemente cuando vea que tengo libros por todas
partes en casa, como hacía Uriel, que cada vez que me veía comprar un
libro nuevo resoplaba de mal humor? ¿Y si se trae todas las noches a algún
ligue para retozar y la pillo fornicando en mi sofá o en mi cocina, en mi
baño o yo qué sé? Ah, no, eso no…, la de gérmenes que dejará eso por ahí,
por no hablar de lo feo que está comer delante de los pobres.
Me tapo la cara con un cojín y hablo a través de él.
—Dime que no es una cría folladora y fiestera que va a meter en casa a
un montón de gente rompiendo la armonía y tranquilidad de mi vida.
Mi hermana se sienta a mi lado y me acaricia la cabeza.
—No es una cría folladora y fiestera que vaya a meter en tu casa a un
montón de gente rompiendo la armonía y tranquilidad de tu vida —repite
cual lorito.
—No te creo —sentencio.
—Confía en mí. —Pelos como escarpias—. ¿Cuándo te he fallado yo?
Me destapo la cara y la miro con odio.
—¿Cuando sugeriste que podía ganarme la vida con una web porno?
Mi hermana suelta una carcajada.
—Eso fue una bromita de nada —protesta y se cruza de brazos.
—¿Y qué me dices de la vez que intentamos hacerle una tarta de
cumpleaños a mamá y me dijiste que confiara en ti, que sabías cómo se
hacía, y terminamos con un volcán de chocolate en la cocina, nos cargamos
el horno y estuvimos limpiando restos de pastel de las paredes y el techo un
día entero, mamá se enfadó un montón y nos castigó sin tele una semana?
Efectivamente, lo tenía enquistado ahí y llevo diecisiete años
guardándolo para soltárselo cuando tuviera ocasión.
—Uy, ya ha tirado de hemeroteca… —protesta Miriam—. Chica, eso
pasó cuando éramos unas niñas.
—¿Y cuando me mudé aquí, y yo tuve que viajar a un congreso con la
empresa y me dijiste que te hacías cargo de recoger el mueble del salón, que
me lo traían justo esos días, que lo ibas a armar, que eras una experta, y
cuando volví casi me da un infarto porque parecía una obra de arte de
Picasso?
—Ay, gracias —dice moviendo una mano como quitándole importancia.
—No era un cumplido, chica —suelto exasperada, y ella se encoge de
hombros—. Y esa vez…
—Dani, para. —Mi hermana me sujeta por los brazos mirándome
fijamente a los ojos—. Hazme caso, confía en mí. No es cualquier persona
desconocida, es familia de una amiga, tiene treinta y dos años, trabaja en un
hotel y tiene turnos eternos, por lo que apenas os veréis en casa, hasta
donde yo sé no tiene una vida social muy ajetreada y acaba de romper con
su pareja, ¿crees que tendrá ganas de fiestas y orgías? Además, si así te
quedas más tranquila, podemos poner un periodo de prueba.
Pues eso no se me había ocurrido y no suena mal, no sé si es legal, si es
posible establecer unos días o semanas para probar que ambas estemos
cómodas, pero, si es así, me lo podría pensar.
—¿Estás segura? —le pregunto.
Asiente.
—Tú déjamelo todo a mí. Solo tienes que encargarte de vaciar la
habitación de invitados. Yo tramitaré el contrato, mi amiga y yo haremos la
mudanza, porque durante las próximas semanas Luci trabaja en el turno de
noche, tiene poco tiempo libre y menos tiempo aún para dejar el piso donde
vive ahora.
—¿Y tú crees que nos llevaremos bien? ¿Y si le parezco un bicho raro?
¿Y si estamos todo el día discutiendo? ¿Y si deja de pagar su parte y de
pronto tengo una okupa en casa?
—Eso son demasiadas preguntas… Hazme caso, Daniela, no eres rara. —
Mi hermana desvía la vista. Ya, está mintiendo, no hay que ser un hacha
para saberlo—. Y… y Luci tampoco va a dejar de pagar porque es una
persona seria. Prueba, estará todo en un contrato y, si la cosa va mal, ¡fuera!
Yo te ayudo, soy tu hermana, te quiero y estoy aquí para ti.
Me lanzo sobre Miriam y la abrazo, lloriqueo un poco, porque mi
hermana me toca mucho las narices y la tengo todo el día pegada como un
moco, pero no suele decirme que me quiere.
—Yo también te quiero, hermanita.
—¿Eso es un sí? —dice con la voz entrecortada porque no la estoy
dejando respirar.
Me aparto de ella para que se incorpore, se coloca el pelo, que se le ha
despeinado todo con el ajetreo, y asiento.
—Vale. —Suspiro—. Vale —repito—. Vale. —Espero no arrepentirme.
Mi hermana sonríe y es ella esta vez la que se lanza sobre mí a abrazarme
y por un momento pienso que es la mejor persona del mundo y que no
podría quererla más, hasta que se escucha un maullido en la puerta del
salón, Miriam suelta un grito histérico y se sube al sofá dando saltos.
—¡Aleja a esa bestia de mí, aleja a esa bestia de mí! —chilla
desesperada.
Miaundalorian la mira como la loca desquiciada que es y camina elegante
hacia mis piernas, restregándose para que lo acaricie. Creo que es
totalmente consciente del pánico que le tiene mi hermana.
—Por Dios, Miriam, solo es un gato, un gato monísimo y precioso que
quiere mimitos.
Lo cojo en brazos y le doy besitos en cadena sobre su cabecita.
Mi hermana salta del sofá, coge su bolso y corre hasta la puerta.
—Ya te iré informando de las novedades —me grita justo antes de salir
de casa.
Pongo los ojos en blanco.
—Está como una cabra —le digo a mi gato, él me mira como si me
entendiese y juraría que ha movido la cabeza de arriba abajo—, pero es
buena gente, de verdad.
Miaundalorian bufa, salta al suelo y se va, y yo vuelvo a poner los ojos
en blanco. Algún día lograré que estos dos se entiendan.
Colgarme quiero yo, pero de una cuerda
Lucien
—Ey, Lu, ¿qué tal?
Alzo la vista del ordenador y veo a Diego apostado al otro lado de la
recepción.
—¿Ya te vas? —le pregunto al verlo vestido de calle.
Ahora que me fijo, está demasiado arreglado, ¿no? Recién afeitado, su
cabello rubio peinado sin un pelo fuera de su sitio, camisa perfectamente
planchada y el olor característico de su perfume llega hacia mí. Suelto un
silbido. Mi amigo pone los ojos en blanco.
—He tomado prestada la llave de la habitación de cortesía antes de que
vengan a limpiarla, para darme una ducha y arreglarme un poco —me
explica y alza ambas cejas, divertido—. He quedado.
—¿Has quedado? —Lo miro con los ojos rasgados, y el brillo juguetón
en su mirada me sorprende—. ¿Cómo que has quedado? ¿Con quién?
¿Dónde lo conociste? ¿Cómo se llama? ¿En qué trabaja? ¿Cuántos años
tiene? —Disculpa por el tercer grado, pero es que aquí mi amigo es don
tímido y no le gustan nada los rolletes, así que no suele quedar con nadie, al
menos sin darle un millón de vueltas que normalmente me cuenta. Entonces
caigo—. ¿No me has contado nada por…, por lo de Emma?
Diego se encoge de hombros y su gesto me lo dice todo.
—¿Cómo lo llevas?
—Lo llevo bien, es incómodo verla por aquí a diario después de todo lo
que ha pasado, pero lo llevo bien, estoy bien.
Mi amigo cabecea afirmando y, cuando estoy a punto de repetir todas y
cada una de las preguntas que acabo de hacerle y de las que me ha dado
cero respuestas, suena el teléfono de la recepción.
Alzo un dedo para que espere un momento y contesto sin mirar siquiera
quién llama.
—¡Esto es inconcebible! —grita una señora mayor al otro lado de la
línea.
Miro el identificador de llamadas, que me dice el número de habitación.
Tecleo en el ordenador rápidamente antes de dirigirme a la huésped, que
sigue soltando cosas sin sentido que no entiendo.
—Señora Gómez, ¿en qué puedo ayudarla?
—¡La habitación está encantada!
Alzo las cejas.
—La habitación está encantada —repito en alto, y Diego se tapa la boca
para cubrir la risa—. Entiendo…
—¡No! No lo entiende. A ver, cuando esta mañana me estaba peinando y
mi cepillo del pelo desapareció y apareció en el baño, no me molestó.
Cuando antes de irme a dormir estaba leyendo una novela de misterio y la
luz de la lamparita empezó a parpadear, me resultó hasta simpático.
La dejo seguir hablando en lo que tecleo rápido en la aplicación del hotel
para solicitar al servicio técnico que mañana acuda a la habitación
cuatrocientos cuatro a cambiar la bombilla de la lamparita.
—En cuanto amanezca mandaremos a alguien del servicio de
mantenimiento para comprobar que esté todo en orden.
—Pero ¡eso no es todo, joven! —Resoplo interiormente y levanto la
mano para despedirme de Diego, que me hace un gesto para decirme que
me llamará y señala hacia la puerta, ya ha llegado su cita. Lo sigo con la
mirada en lo que continúo escuchando a la señora Gómez, que sigue
desvariando—. Y le aseguro que no soy quisquillosa, no me importa
compartir espacio con un fantasma, es más, me resulta emocionante. Desde
que mi Emilio murió estoy muy sola, ¿sabe?
Abro mucho la boca cuando veo que la cita de mi amigo Diego — mi
mejor amigo desde que empezó a trabajar en el hotel hace cuatro años, ese
que me cuenta hasta la marca del papel higiénico que compra y que ahora
me ha dejado totalmente fuera de juego con lo que me ha ocultado—
levanta la mano en mi dirección para saludarme antes de comerle la boca a
este.
—¿Thiago? —pregunto flipando.
¿Mi hermano pequeño le acaba de comer la boca a mi mejor amigo?
¿Desde cuándo? ¿Por qué no me había enterado de esto?
Muevo la cabeza de un lado al otro.
—Ay, niño. Pues yo no sé si se llama Thiago o no, la verdad, porque
hablar no habla, pero como da por saco el fantasmita de las narices —sigue
parloteando la señora Gómez al otro lado—. ¿Te llamas Thiago? —grita
muy alto y muy despacio como si el fantasma fuera sordo.
—¿Eh?
—Que el muy gamberro no me deja dormir, ¿te lo puedes creer? Cada
vez que caigo profundamente dormida hace un ruido atroz y horripilante
que me despierta.
—Mmm, ¿qué clase de ruido? —le sigo el juego a la mujer, porque no sé
qué otra cosa puedo hacer.
—No le sé explicar, un ruido raro.
—¿Quiere que suba y compruebe que está todo en orden? —le ofrezco a
la señora.
Ella suspira.
—La verdad es que esto es lo más emocionante que me ha pasado en
años, pero necesito descansar, lo entiende, ¿verdad?
—Ehm…, claro, es lógico.
—Voy a darle una oportunidad y si sigue así tendrá que avisar al servicio
de mantenimiento urgente para que lo eche de aquí. — Vuelve a suspirar—.
¿Me has oído, Thiago o como te llames? —grita muy alto. Me separo el
teléfono de la oreja, me va a dejar sordo. Pongo una mano en la cara y
niego—. Tienes que dejarme dormir, porque yo tengo ya una edad, hasta
mañana por la mañana no me puede recoger mi nieto y tengo que estar
fresca como una lechuga para ir a ver a mi bisnietilla.
—Vale, me parece bien. Estaré atento por si necesita algo más. —La
señora se despide rápidamente y cuelga—. ¿Dónde podré conseguir yo el
número de los Cazafantasmas?
Coloco el auricular del teléfono en su sitio y me río, negando. Lo que no
me pase a mí no le pasa a nadie en este hotel, a veces me da la sensación de
que trabajo en un manicomio.
—¿Ese…, ese que acaba de comerse la boca con Diego era tu hermano
Thiago?
Pego un gritillo y un brinco por el susto, no he oído llegar a nadie. Me
pongo la mano en el pecho y miro a Emma, que me observa con los ojos
muy abiertos.
—Joder, qué susto.
—Ehmm… ¿Perdón por trabajar aquí?
Parpadeo sin contestarle y recuerdo la pregunta que acaba de hacerme
hace solo unos instantes.
—Creo que sí, que era Thiago. —Abre la boca, supongo que con la
intención de preguntarme desde cuándo, y yo niego—. Ni idea.
Emma suelta una risilla y pasa detrás del mostrador para fichar en el
ordenador de personal y registrar la hora de salida.
—Oye… —pronuncia mirando a la pantalla. Ya sé lo que me va a decir
incluso antes de que abra la boca por ese tono incómodo con el que me
habla—. No te sientas mal, ¿vale? Pero… ¿cuándo crees que podrás dejar
mi piso? —Veo aparecer a Martín, su nuevo chico, junto con otro de los
empleados del hotel, que charlan animadamente. Se despiden, y Martín le
echa un vistazo a Emma, los dos sonríen con un brillito de felicidad en la
mirada, y a mí me dan arcadas—. Es que necesito un poco de intimidad y
en casa de mis padres, ya sabes…
La bilis me sube por la garganta porque lo he entendido perfectamente.
—Comprendo…, sí, pronto.
—¿Esta semana? ¿Necesitas ayuda? Podemos quedar un día y te echo
una mano para empaquetar tus cosas y llevarlas a casa de tus padres.
Suspiro, frustrado, y niego. Tenía la intención de explicarle que no pienso
mudarme a casa de mis padres, pero que me iré pronto y que, por supuesto,
no necesito su ayuda, sin embargo, el teléfono de la centralita vuelve a
sonar. Miro la pantalla antes de cogerlo. Habitación cuatrocientos cuatro.
—Buenas noches, señora Gómez, ¿en qué puedo ayudarla?
—¡Otra vez! ¡Otra vez lo ha hecho! —Contengo el resoplo que pugna
por salir. Miro la hora en el reloj, pero si solo han pasado diez minutos,
¿cómo es posible?—. Me he dormido y ha vuelto a hacer ese ruido atroz.
Así no se puede, ¿eh? Así no se puede. Necesito que suba a la habitación y
que hable con este fantasma para que me deje dormir o se marche.
—Sí, no se preocupe, enseguida subo a mirar.
Cuelgo el teléfono.
—¿Y bien? —me pregunta Emma.
—¿Eh? —contesto desubicado.
—¿Que cuándo dejarás mi piso? —me pregunta y ya no parece tan
amigable.
—Tengo…, tengo que ir a atender a una clienta. Te aviso esta semana.
Emma asiente y, mientras me dirijo a los ascensores para ir a la
habitación de la señora Gómez, veo cómo se acerca a Martín, que la sujeta
por la cintura y le estampa un besazo en la boca con demasiada lengua para
estar dentro de su lugar de trabajo.
Niego y entro en el ascensor.
La señora Gómez me tiene más de media hora dando vueltas por su
habitación, donde intento encontrar la procedencia del ruido que la está
despertando. No encuentro nada extraño y yo diría que el resto de los
huéspedes de la planta ya duermen porque no se oye ni una mosca. Recorro
todo el pasillo que da a las habitaciones, por si acaso, y vuelvo a la de la
mujer, que me hace vociferar: «Por favor, Thiago o como quiera que se
llame… —Paso de explicarle que Thiago es mi hermano y que, aunque por
norma general es tan tranquilo y silencioso que podría pasar por un
fantasma, en estos momentos está más vivo que yo y supongo que
retozando con mi mejor amigo—. ¿Puede marcharse y dejar de molestar a
los huéspedes?».
Cuando al fin llego a la recepción, me dejo caer en la silla. Y tecleo
rápido un mensaje para Alejandra.
Luci:
Ale, ya me he decidido del todo. Me quiero
mudar ya del piso de Emma. ¿Podemos
quedar cuando salgas del trabajo para hacer
el traslado? Lo dejaré todo preparado esta
noche. Prefiero no dormir a quedarme un día
más en ese piso.
Obviamente, no contesta, porque es muy tarde y a esta hora debe de estar
roncando.
El resto de la noche no transcurre nada tranquila. Entre el señor que se ha
equivocado de hotel y ha asegurado como doscientas veces que tenía una
habitación reservada, y no lo he encontrado en el sistema en ninguna parte,
hasta que se ha dado cuenta, cuando por fin me ha hecho caso y ha buscado
en el correo electrónico la confirmación de la reserva, que se ha equivocado
de hotel; el que ha perdido las llaves, y las dos llamadas más de la señora
Gómez, que no ha querido cambiarse de habitación en mitad de la noche,
estoy por tirarme por un puente cuando vuelve a sonar el teléfono de la
recepción y al dirigir la vista a la pantalla veo que es de la habitación
cuatrocientos cuatro.
—Señora Gómez, por favor, yo creo que lo mejor es que la cambiemos
de habitación para que pueda descansar, aunque sea unas horas, hasta que
su nieto venga a recogerla para presentarle a Martina, su bisnieta —digo
con un tono de ruego, por favor, por favor, que diga que sí y acabemos con
este terrible sufrimiento.
—Ehmmm… —Carraspea. ¿Y ahora qué?—. Es que…, a ver cómo se lo
explico. Thiago no existe.
—¿Qué? —Anda que no, si es mi hermano pequeño.
—Que resulta que ya estaba enfadada porque yo pensaba que el fantasma
estaba graciosillo y no me iba a dejar pegar ojo en toda la noche, así que se
me ha ocurrido grabar la habitación con él móvil y así, de paso, pues si
lograba tener unas imágenes del fantasma, ir al Cuarto Milenio, que a mí el
Iker ese me parece guapísimo y supermajete, ¿sabe? Y me encantaría
conocerlo, bueno, a él y a su esposa.
—Ajá… —No entiendo un carajo de lo que me está contando la mujer, te
lo juro.
—Pues nada, que ha vuelto a pasar, ¿sabe? Me quedé dormida así, muy
profundamente, como antes, porque, jolín, menos mal que tengo facilidad
de quedarme dormida pronto, porque si no imagínese vaya noche. Porque
mi Emilio, que Dios lo guarde en su gloria, no era así, ¿sabe? El pobre daba
vueltas y vueltas en la cama hasta que se lograba quedar dormido.
Lloriqueo en silencio. ¿Por qué, Señor? ¿Por qué?
—¿Seguro que no quiere que la cambie de habitación? —insisto, a ver si
podemos acabar de una vez por todas con esta tortura.
—No, no, qué va. Si es que era yo. ¿Entiende?
—No, la verdad —niego, frustrado.
—Que me despertaba con mis propios ronquidos. En cuanto amanezca
voy a llamar a mi médico para pedirle hora, no es normal que una persona
ronque de esa forma, yo creo que debo de tener algo mal en el sistema
respiratorio o qué sé yo. —Suspira, y yo, incrédulo, solo niego con la
cabeza como si la buena mujer pudiese verme—. ¿Se imagina la cantidad
de pruebas que tendrán que hacerme? Ay, qué fastidio.
—Ya… —digo porque no se me ocurre otra cosa.
—Por lo menos lo he grabado, le puedo enseñar al médico el vídeo para
que escuche los ronquidos —dice feliz, como si fuera lo mejor que le ha
pasado en su vida—. En fin, nada, solo llamaba para disculparme y darte las
gracias, majete. Mañana te dejaré una propina en la recepción antes de irme.
Pongo los ojos en blanco.
—No es necesario, señora Gómez, solo hacía mi trabajo.
—Bah, ni lo menciones. Creo que tengo dos euros en mi monedero. No
sé, me voy a levantar a mirarlo.
—De verdad, no es…
Y me cuelga. Colgarme quiero yo, pero de una cuerda.
Para cuando llego a casa, después de comer algo rápido, me dedico a
empaquetar todas mis cosas en dos maletas gigantes, unas cuantas bolsas de
la compra y dos cajas que había guardadas por ahí. Seguro que se me
quedan cosas atrás; por mí, Emma puede quemarlas.
Me doy una ducha, bajo las persianas y caigo rendido en la cama hasta
que, en algún momento, me doy cuenta de que no he puesto el sonido en el
teléfono y le pedí a mi hermana que me llamase para la mudanza.
Despego los ojos como puedo y miro el móvil, son más de las cuatro de
la tarde. No tengo llamadas perdidas, pero sí un mensaje de mi hermana.
Mi peor pesadilla:
Mudanza completada.
Parpadeo rápido, confuso e incrédulo. Y no es hasta que soy capaz de
moverme, levantarme, ir hasta el salón y ver que no hay rastro de mis cosas,
que no la creo.
Me acerco a la puerta, donde hay una nota pegada con celo.
Tu nuevo hogar te espera. Te dejo las llaves encima de la mesa del salón.
Llámame.
Ale
P.D.: Me debes llevarme a comer al sitio ese caro donde hacen unas
hamburguesas buenísimas y esos nachos que llevan mil ingredientes y que me
hacen babear solo con verlos.
Me encojo de hombros. Pues nada, ya está hecho. No hay vuelta atrás. Si
no sale bien lo del piso compartido volveré con mis padres un tiempo hasta
que encuentre uno que pueda pagar por mí mismo, aunque eso suponga
aprenderme de memoria todas las pelis de Disney, cantar Estrellita hasta
que me quede sin voz y pasar el poco tiempo libre que me quede jugando al
Mario Kart y vigilando que no entren intrusos por la habitación de mi
hermana de noche ni de día ni a ninguna hora.
Yo también flipo, chaval
Daniela
Al llegar a casa del trabajo son más de las seis de la tarde. Menudo puñetero
infierno de día. Estoy entre irme directamente a la cama, hundir la cabeza
en la almohada, gritar hasta quedarme sin voz y luego intentar dormir algo
o llamar a algún restaurante de comida basura y pedirme dos pizzas
familiares y un helado tamaño extragrande en donde ahogar mis penas
mientras veo algo en la tele con muchos asesinatos.
En eso ando, sopesando opciones, cuando al abrir escucho unas risitas y
unas voces dentro de mi piso. Debe de estar aún Miriam con su amiga. Hoy
se traslada la chica esa, Luci, a mi piso, y ellas iban a traer todas sus cosas.
Y, como no sé rezar, durante el trayecto de vuelta me he inventado una
versión moderna del padrenuestro en la cual le he suplicado al dios que sea,
como tres trillones de veces, que mi nueva compañera y yo podamos
llevarnos bien porque necesito que mi casa siga siendo mi espacio de paz y
tranquilidad y, al mismo tiempo, necesito recortar gastos para no tener que
renunciar a mi nivel de vida actual.
Y no sé si eso saldrá como yo espero (y ruego) que lo haga, pero en el
resto digamos que no he tenido un día muy bueno. De ahí eso de empezar a
rezar porque, no sé por qué, cuando un día se tuerce parece que todo sale
mal.
Para empezar, esta mañana he pillado un atasco del demonio porque hoy
ha amanecido con una tormenta horrible. Como la lluvia no es que sea
habitual en Canarias, y por lo visto no sabemos conducir desde que caen
cuatro gotas, la carretera se ha vuelto un infierno y me he gozado un
accidente que había en la circunvalación, por el que he llegado treinta y
cinco minutos tarde al instituto. Casi no había aparcamiento, por lo que he
tenido que caminar un buen trecho en el que, debido al viento, el paraguas
era más estorbo que ayuda, y cuando al fin he entrado al centro estaba
calada hasta los huesos.
Los chicos de primera hora, cansados de esperar, estaban de risas y
fiestas cuando por fin he entrado en el aula y, más rebeldes que nunca, no
he logrado que se concentrasen para poder sacarle partido al poco tiempo
que quedaba de clase.
Me he gozado una bronca entre dos compañeros y el jefe de estudios en
la sala de profesores cuando intentaba hacer unas fotocopias, lo cual ha sido
totalmente imposible porque ese trasto del infierno se ha atascado. Por lo
visto, nadie estaba por la labor de echarme una mano porque estaban
demasiado ocupados discutiendo sobre algo a lo que he preferido no prestar
atención, por lo que me he puesto los auriculares inalámbricos con un poco
de música de mi playlist y, al pulsar sin querer en el lado derecho para
recolocármelo bien y que no se me cayese de la oreja, he marcado el
número de Uriel, que es el último que salía en la lista de llamadas porque
anoche estuve a punto de llamarlo para ver qué quería que hiciera con todas
sus cosas, que tengo en cajas apiladas en mi trastero. Al final logré
convencerme de que mejor lo dejaba para otro día porque no estaba yo muy
animada, me contenté con los mimos de mi gato y me puse a leer
olvidándome por completo de Uriel, la no-llamada y todo lo demás, pero,
ya ves, el universo estaba hoy por darme por saco y he marcado sin querer,
a pesar de que he colgado al segundo tono, pues esa llamada ha quedado
ahí. Por suerte, no me lo ha cogido ni me la ha devuelto en todo el día
porque lo que menos me apetecía hoy era saber nada de mi ex.
Y, como no podía ser de otra manera, en medio de la última clase, mi
señora madre me ha llamado por teléfono. Me he disculpado con los chicos
y he contestado porque no cogerle el teléfono a tu madre está mal siempre,
pero si, además, es la mía, no veas cómo se pone la señora Camelia. Más
vale contestar, decirle que la llamas en veinte minutos y seguir con tu vida.
Y eso pretendía hacer hasta que ha armado el drama del siglo, porque ha
visto una foto de Uriel morreándose con una tipa en Instagram y, por lo
visto, de una forma que no he logrado comprender debe de ser culpa mía.
En fin, he intentado calmarla diciéndole que seguro que lo ha
malinterpretado. Ha berreado tanto que los chicos se han coscado de la
bronca que me estaba echando la mujer, se han partido de risa y he tenido
bromitas para el resto de la clase.
Según he colgado la llamada, mi madre ha tardado dos segundos y medio
en enviarme el pantallazo de la foto en cuestión en donde claramente
aparece Uriel cogiéndole la teta a una rubia despampanante que le apretaba
el culo con una mano, mientras se comían la boca con mucha lengua. Eso
sí, las vistas de fondo eran preciosas, un atardecer en el que el cielo se había
convertido en una paleta de naranjas, azules y rosas entremezclados,
rodeados de naturaleza. Ya ves, no me ha servido de nada el no entrar a las
redes sociales desde hace semanas precisamente para evitar este tipo de
cosas. Me la he comido con patatas.
Por suerte, todo lo malo se termina acabando y la jornada llegó a su fin,
me quito los zapatos y los dejo en la entrada y camino descalza. Me extraño
cuando veo la puerta de la cocina cerrada y, al abrir, Miaundalorian empieza
a maullar como si se estuviera chivando de que la arpía de mi hermana lo ha
dejado encerrado, básicamente, porque le tiene una inquina y un miedo que
no es ni medio normal. Me acerco para cogerlo en brazos y lo acaricio.
— Pobrechito mi gatito bueno —le hablo como si sufriera un grave
trastorno mental y no supiera pronunciar bien las palabras, y Miaundalorian
ronronea—. Mi gatito prechiocho, ¿la bruja arpía te ha encerrado?
Le doy un montón de besos en la cabecita.
—¡Puag! —Escucho detrás de mí—. Qué ascazo.
Me giro y veo a Miriam al otro lado de la puerta de la cocina. Pongo los
ojos en blanco, mientras esté Miaundalorian aquí no va a entrar, seguro.
—Hola a ti también, ¿eh? —protesto.
—Eso debería decirlo yo, que has venido a saludar al gato antes que a mí.
—No tengo nada que rebatir a ello, así que mejor me quedo en silencio—.
Ya hemos terminado de colocar todo. Cuando Luci salga de trabajar, vendrá
a casa, no creo que os crucéis, porque por la hora a la que termina de
trabajar y todo lo que tiene que conducir desde el hotel, llegará sobre las
siete y pico y se irá de nuevo a las cinco. Esta semana tiene turnos de seis
de la tarde a seis de la mañana. —Asiento—. Déjame tu móvil.
Me saco el teléfono del bolsillo trasero del pantalón y se lo tiendo, tengo
que estirar mucho el brazo para que lo coja porque no se quiere acercar a
mí. La veo trastear, suelta un grito indignado y teclea algo.
—¿Qué haces? —le pregunto extrañada.
Espera unos segundos, alza las cejas y con el gesto más demoniaco que le
he visto nunca ha vuelto a teclear.
—Nada, ya está. —Frunzo el ceño, y ella chista—. Te he grabado el
número de Luci en el móvil para cualquier cosa que surja.
—Ehmm, vale, bien —musito desconfiada.
—Y, de paso, como he visto que tenías un mensaje de Uriel en el que te
preguntaba si querías algo, le he contestado que de él no quieres ni la hora y
que no te vuelva a escribir, a lo que él te ha contestado que si estás en esos
días y que mejor no vuelvas a llamarlo hasta que se te vaya la regla y le he
dicho de todos los males que tiene que morir.
Mi hermana ha soltado toda la perorata mientras yo me he ido quedando
blanca por momentos, con la boca abierta y paralizada.
La madre que la parió.
—¿Que… qué? —balbuceo al fin, debo de haber oído mal.
—Bueno, tenemos que irnos. —Señala a su espalda donde veo a su
amiga, me suena la cara vagamente, pero, como sigo en shock, no tengo
capacidad mental para reconocerla—. Verás que todo sale bien.
Me da un beso en la mejilla, Miaundalorian estira una patita hasta tocarla
y mi hermana grita.
—Aaaah, ¡me ha tocado! ¡No me toques, bestia!
Y sale corriendo, su amiga, que por lo visto está más cuerda que mi
hermana y pone los ojos en blanco al ver su reacción, alza una mano en mi
dirección para despedirse y, sin esperar a que le conteste, sale corriendo
detrás de ella.
Bajo la vista hacia Miaundalorian, que me mira y maúlla.
—Sí. —Cabeceo afirmando—. Yo también flipo, chaval.
Media hora más tarde, después de darme una ducha y pagar la pizza
barbacoa y el helado (nada de extragrande, todo de tamaño normal), me tiro
en el sofá, con Miaundalorian acurrucado a mi lado, dispuesta a comer por
todo lo que no he comido durante el día mientras veo La casa del dragón.
Hasta que me doy cuenta de que tengo un mensaje en el móvil. Por suerte,
no es de Uriel para mandarme a la mierda, como esperaba, sino de un
número que no conozco.
Número desconocido:
Hola, soy Luci. Mi hermana me ha dado tu
número.
Es un poco raro esto de no conocernos antes
de mudarme a tu piso, ¿no?
Dani:
Rarísimo, la verdad. Llevo todo el día rezando
para no arrepentirme de esto.
Yo soy Dani.
¿Puedo hacerte una pregunta que no deja de
rondarme la cabeza?
Luci:
Lo entiendo.
No te preocupes, ya me ha dicho mi hermana
lo del periodo de prueba y estoy totalmente
de acuerdo. Si no congeniamos, me iré a
casa de mis padres, sin problema.
Pregunta lo que quieras.
Si ves que tardo en contestar es porque
estoy en el trabajo. ¿No te importa que
hablemos así, por escrito? No puedo
escuchar audios, estoy en la recepción de
cara al público y no puedo estar con el
teléfono, así que he abierto el WhatsApp Web
para escribirte.
Dani:
Odio los audios.
Luci:
Perfecto entonces, tampoco me entusiasman.
Dani:
Puedes, por favor, decirme que no te van la
fiestas y las orgías y que no vas a romper la
tranquilidad de mi hogar, porque yo sé que
mi hermana tiene buena intención, pero no
me fío de ella un pelo.
Luci:
Déjame pensar…
La última vez que salí de fiesta la canción del
verano fue Bomba de King África.
Dani:
Pero ¿tú que edad tienes?
Luci:
Según mi DNI, treinta y dos, pero en realidad
espiritualmente rondo los sesenta.
Mis aficiones son dormir, dar cabezadas en el
sofá mientras intento ver algo en la tele y
huir de mi hermana porque está mal de la
cabeza.
Suelto una risilla y respiro aliviada.
Dani:
Vale, bien. Lo pillo.
¿Y lo de las orgías? Es que, verás, estoy
pasando por una época de sequía, lo que
menos me apetece es ver un desfile de
parejas sexuales entrando y saliendo de mi
casa y escuchar gemiditos cuando estoy
intentando descansar.
Luci:
No te preocupes. Acabo de romper con mi
pareja, así que ahora mismo el sexo opuesto
es el enemigo número uno.
Dani:
Sí, ¿verdad? Yo estoy igual.
Luci:
¿Puedo hacerte una pregunta yo a ti?
Dani:
Claro.
Luci:
¿No serás medio psicópata y te dedicarás a
robar órganos para venderlos en la dark
web?
Dani:
Aún no me ha dado por ahí, pero tengo
mucha gente antes en mi lista de personas a
las que odio a las que arrancaría un órgano
antes que a ti. Me caes bien.
Luci:
Ah, qué bien, qué tranquilidad.
Suelto una risilla. Según vamos hablando me voy sintiendo más cómoda.
Sinceramente, creo que estaba equivocada, que por una vez en la vida
Miriam no me la ha jugado y que Luci y yo nos vamos a llevar bien.
¿Eso es un gato?
Lucien
Después de mensajearme con el tal Dani, estoy más tranquilo con la idea de
vivir con un desconocido. Y, sobre todo, estoy de buen humor porque he
podido enviarle un mensaje a Emma para contarle que ya he dejado su piso.
Es un alivio, porque si ya es bastante incómodo vivir en el piso que has
compartido con tu ex durante años, lo es más que te presionen para que te
vayas de ahí lo antes posible.
Tendría que haberme ido a casa de mis padres cuando estalló todo, pero
ella insistió en que podía quedarme el tiempo que necesitase, que ella se
mudaría con sus padres durante unas semanas, que allí estaría tranquila
porque es hija única. Entendí que sabía que iba a necesitar cierta calma y
estar solo, y que en casa de mis padres eso no iba a ser posible. Acordamos
que me daría un mes y el tiempo estaba a punto de expirar.
Tengo que agradecerle a Alejandra que haya hecho esto por mí. Estoy
sorprendido, porque estaba seguro de que me la iba a liar de alguna forma.
Perdóname si no me fío de ella, pero es que es Ale…, mi hermana pequeña,
y ya estoy acostumbrado a sus locuras.
Llego al edificio antes de lo que esperaba, aún no hay mucho tráfico a
esta hora, no me ha costado nada aparcar. Y silbo cuando salgo del coche
porque por fuera es una pasada. La fachada, de mármol y vidrio, es
preciosa. Al acercarme a la puerta, marco el código que me ha facilitado
Alejandra y el portal se abre. Al otro lado me recibe un vestíbulo amplio y
luminoso, decorado con cuadros que no parecen de Ikea, precisamente. Hay
un hombre uniformado detrás de un mostrador, que me saluda amablemente
y me pregunta si necesito algo.
Después de informarle de que acabo de mudarme, me sonríe y me pide
mis datos. Cabecea afirmando al comprobar algo en unos documentos, por
lo visto ya estaba al tanto. Me pregunto si este hombre estará siempre aquí.
Nunca he vivido en un edificio con portero. Me señala dónde está el
ascensor. Un ascensor grande, silencioso y cubierto de espejos me lleva a
mi planta.
Compruebo en el móvil, en donde me he apuntado la dirección, si estoy
delante de la puerta correcta y, al abrir con mi llave, me golpea un suave
aroma a limpio mezclado con un toque sutil a flores. Abro la boca,
alucinado, al comprobar lo grandísimo que es el salón. Las fotos no le
hacían justicia. Los ventanales ocupan prácticamente toda la pared frontal,
desde el suelo hasta el techo, por lo que la luz llega a todas partes. Está todo
impecable y el sofá es grandísimo, tiene pinta de ser supercómodo y no
había visto nunca un televisor tan grande, ahí jugar a la consola debe de ser
una pasada.
Me quito los zapatos y los cojo con una mano para no ensuciar nada, los
dejaré en mi habitación. Los suelos son de madera y las paredes están
pintadas en tonos neutros, que aportan calidez al ambiente. No hay
demasiada decoración. Esto debe de ser una coña, no es posible que alguien
que vive en un piso así necesite compartir gastos. Por lo que puedo ver, el
resto de la casa va en concordancia con el salón, la cocina es grande, llena
de muebles de corte moderno y electrodomésticos de lo más variados. En el
pasillo lo primero que me encuentro es un cartel escrito a mano en un folio
pegado en una puerta de madera que pone «Baño de Luci» y justo en la de
al lado «Dormitorio de Luci».
Vale, me lo voy a tomar como un «Bienvenido a tu nueva casa», por el
momento es todo lo que necesito saber. Me alivia un poco ver mis cosas en
el cuarto de baño, mis toallas, mis cremas, mi cepillo de dientes… Eso me
da una ligera pista de que no me he equivocado de casa. Me doy una ducha
y hasta ahora ignoraba por completo que se podía tener una ducha con
tantos chorros por todas partes. En mi habitación hay todavía algunas cajas
cerradas en una esquina, ni me molesto en abrirlas, ya tendré tiempo. La
cama es mucho más grande que la que compartía con Emma, ahora
entiendo por qué mi hermana me dijo que Dani me ha prestado un par de
sábanas y tendré que comprarme más.
Me dejo caer de espaldas en la cama, con la toalla alrededor de la cintura.
Estoy agotado. Me quedaría dormido así mismo, la verdad.
Escucho un ruidito y un maullido, cuando alzo la vista, pego un grito y
de un salto me subo a la cama.
—Joder, ¿qué es eso?
—Miii.
—Ay, Dios…
Gateo encima de la cama hasta dar con mi teléfono, que lo he dejado en
la mesa de noche, y tecleo rápido alzando cada milésima de segundo la
cabeza para ver cómo esa cosa fea de ojos gigantes y verdes me observa
atentamente colándose en mi habitación por la rendija que he dejado
abierta.
Da un paso hacia mí, entrando del todo en mi cuarto, y yo retrocedo en la
cama hasta dar con el cabezal. La toalla se ha caído por el camino, pero
ahora mismo me da igual tener el manubrio al aire.
Luci:
Dani, hay un bicho gigante en tu casa.
Dani:
¿Un bicho? ¿Qué clase de bicho? Joder, no
me lo puedo creer. Mátalo, por favor, no sé
por dónde se ha colado. Cuando esté en el
descanso llamaré para que vengan a fumigar.
Examino con fijeza al bicho enorme. Miro mi zapato, tirado a un lado de
la cama, es mucho más pequeño que la alimaña esa.
Luci:
No creo que pueda matarlo.
Dani:
No jodas. ¿Eres como esos protectores del
medio ambiente que piensan que cada
insecto, animal, planta y célula forman parte
del planeta y merecen su espacio?
Luci:
Qué coño.
Es que es enorme.
Le adjunto una foto del bicho que creo…, creo que se está lamiendo una
pata.
Dani:
Juas, juas.
Luci, no tiene gracia.
Es Miaundalorian, mi gato.
Examino al bicho.
¿Eso es un gato? Giro la cabeza a un lado y al otro examinándolo. Tiene
un hocico que parece de gato, sí, y unos ojillos rasgados. Ahora, su
cuerpo… es como si fuese el de un gato de ochenta años, si es que
existieran tan viejos, con más arrugas que mi abuela y calvo como mi
abuelo.
Luci:
Hostias, ¿y qué le pasó? ¿Le atropelló un
camión?
Dani:
No, es así.
Luci:
¿No quedaban gatos bonitos cuando lo
adoptaste?
Dani:
Me estás empezando a caer mal. Si no te
gustan los gatos esto no va a funcionar.
Luci:
No, no… Adoro los gatos.
Solo es que me he sorprendido.
No he dicho nada.
Dani:
Bien, te dejo, que los chicos están haciendo
un examen y no quiero que se copien.
Pongo el teléfono a mi lado en la cama.
—¿Miaundalorian?
—Miii…
La cosa fea da un salto y se sube a mi cama, se coloca encima de mi
muslo y se restriega por mi torso.
—Ehmm… —Le pongo una mano en la cabeza y lo acaricio—. Vamos a
llevarnos bien, ¿verdad, Miaundalorian? Porque este piso me gusta la hostia
de cantidad y no me quiero ir.
—Miii.
—Sí, sí. Miii, miii y todo lo que tú quieras, pero tú no sabes lo que es
vivir en una casa que está superpoblada de gente. —Gira la cabeza para
observarme en lo que le hablo—. Mis padres…, a ver, que los quiero
mucho, pero son demasiado entrometidos, sobreprotectores…, ¿sabes lo
que quiero decir?
—Miii.
Le acaricio la cabecita a la cosa arrugada, que me mira con atención.
Miaundalorian ronronea, se tumba encima de mí y parece que se quiere
quedar a vivir en mi regazo.
—Y luego están mis abuelos. Mi abuela se cree que todavía tengo cinco
años y me puede decir cuánto debo comer o a qué hora me tengo que
acostar. Además, los pillé una vez haciendo… —corto la explicación para
controlar la arcada. Me pongo una mano delante de la boca—. Haciendo
cosas que seguro que no te quieres ni imaginar.
Mi hermana se dedica a colar a tíos en su cuarto para hacer vete a saber qué,
no lo quiero ni pensar, y Thiago…, bueno, de Thiago no tengo queja, la
verdad, solo que vive rodeado de locos.
»Total, que si a todo eso le sumamos que mi sobrina Aurora, que es tan
bonita como agotadora, se pasa muchas horas ahí, demasiadas…, pues…
que a casa de mis padres no quiero volver.
Miro al gato, que se ha quedado frito. Ah, mira qué bien, yo aquí
abriéndome en canal a él, y él pasando de mí. Y no me importaría que se
hubiese quedado dormido acoplado encima de mí si no fuese por el
pequeño detalle de que estoy en bolas y ya me está dando frío.
—Bien, veo que ya hay cierta confianza y empezamos a ser amigos. —
Lo cojo con suavidad y lo pongo a mi lado. Miaundalorian alza la cabeza,
me mira con inquina y protesta un poco—. Lo siento —me disculpo y me
levanto para vestirme.
Bueno, mientras el bicho este con aspecto de alienígena no coma sesos
humanos…, supongo que nos llevaremos bien.
Paralizado, alzo las cejas y corro hasta mi móvil de nuevo.
Abro una ventana de Google y escribo: «Qué comen los gatos con pinta
de extraterrestres». Reviso todas las entradas que me aparecen, pero no
encuentro ninguna información que me pueda servir.
Vuelvo a escribir: «Qué comen los gatos calvos», y, ahora sí, veo algunas
fotos de gatos clavados a Miaundalorian y mucha más información que leo
todo lo rápido que puedo.
Suspiro, aliviado. Suelto el móvil y rebusco en los cajones para saber
dónde me ha puesto Alejandra la ropa interior.
—Bueno, vale, parece que mis sesos estarán a salvo…, al menos por el
momento.
No me había masturbado tanto en mi vida
Daniela
Llevamos cuatro días con el experimento este de compartir piso y, la
verdad, por ahora funciona. Luci y yo no nos hemos visto siquiera y es
bastante ordenada, la casa está tan recogida cuando me voy como cuando
vuelvo. Además, algunos días me he encontrado con pasteles, bizcochos,
dulces e incluso algún táper de comida en la nevera con notas en las que me
explica que ha sobrado del turno de las cenas en el hotel y me lo ha traído.
Lo cual me ha salvado, porque yo soy de buen comer, pero muy mala
cocinera. En mi anterior trabajo teníamos cantina y no me tenía que
preocupar. Desde que me despidieron, mi dieta es un desastre.
Luci es una chica atenta, limpia, silenciosa que me trae pasteles. A pesar
de ese primer encuentro que tuvo con mi gato, por el que pensé que se iba a
ir todo al traste, parece que se llevan bien, al menos Miaundalorian no
protesta cuando llego. Además, me lo he encontrado muchas veces
durmiendo frente a la puerta cerrada de mi compañera de piso, eso quiere
decir que le gusta. Entenderás por qué me cae bien.
Justo me estoy terminando de comer a cucharadas gigantes una tarta de
manzana que me dejó esta mañana en la nevera y se me pasa por la cabeza
que igual tenemos más cosas en común y tengo un alma gemela ahí.
Nunca he tenido una amiga de verdad, de esas con las que te cuentas
confidencias, haces fiestas de pijama cuando vas al cole y sales de marcha
cuando llegas a la uni. Mi mejor amiga siempre ha sido mi hermana
Miriam. En el cole se metían conmigo siempre porque por lo visto ser
inteligente es sinónimo de ser repelente, marisabidilla, pedante… E incluso,
cuando en tercero me adelantaron un curso, seguía siendo el bicho raro de
la clase. Desde entonces, Berto fue el que estuvo siempre a mi lado, era
como mi mejor amiga, pero con pene.
Dejo a un lado el libro que estaba leyendo.
Dani:
Esa tarta de manzana estaba de vicio, es la
mejor que he probado en la vida.
Luci:
Se lo diré a mi ex, que es quien la ha
preparado.
Dani:
Auch.
Qué mierda, lo siento.
Luci:
Ya.
Dani:
¿Cómo va el turno?
Yo estoy leyendo un poco, me compré una
saga de fantasía que vi recomendada en
Instagram, que tiene mucho salseo, y me
gusta. Está entretenida.
No me encuentro muy bien hoy, estoy en
esos días en los que no me aguanto ni yo, ya
sabes.
Luci:
Ah, ya, lo siento. A mí también me pasa a
veces. La mente es muy jodida con las
rupturas. En ocasiones nos hace pensar que
lo que teníamos antes era lo mejor y a veces,
a pesar de ser consciente de que no quieres
volver ahí ni a palos, echas de menos estar
con alguien que te quiera.
Joder, qué bajón. Qué razón tiene. Cuando leo estas novelas, y más en
días como hoy, que tengo la regla y estoy hecha mierda, echo más de menos
a Uriel, incluso sabiendo que se está comiendo la boca y cogiéndole la teta
a rubias despampanantes. Odio a los tíos. Los tíos dan asco.
Luci:
¿Qué son novelas con salseo?
Dani:
Novelas con escenas guarras. Ya ves, esto es
un poco masoquista por mi parte, porque
luego me pongo fatal y tengo que desahogar,
pero me gustan.
Luci:
¿En serio?
Dani:
Sí, ¿no has probado?
Igual te viene bien llevarte un libro para las
horas muertas en la recepción del hotel, que
me imagino que de noche serán muchas.
Luci:
No sé yo si eso me va a gustar…
Dani:
Hazme caso, esto es adictivo, luego te
desahogas en la ducha y listo. Bueno, en la
ducha o en la cama o donde quieras, como
hago yo.
La conversación con Luci no se alarga mucho más, empiezan a llegarle
clientes y me despido de ella, a ver si acabo la novela. Cuando paso por el
cuarto de baño me doy cuenta de que no me quedan compresas de noche.
Miro la hora, todavía debe de estar el supermercado abierto, pero prefiero
arrancarme los ovarios a mordiscos antes que vestirme para salir.
Entonces pienso en mi nueva compañera de piso. Algo bueno tiene que
tener esto de compartir tu espacio con otra chica, ¿no? Cojo el teléfono.
Dani:
Oye, ¿tienes compresas de noche?
Luci:
Sí, claro, están entre el rímel y los esmaltes
de uñas.
Arrugo la nariz, qué poca organización, ¿no? Me encojo de hombros y
voy hasta su cuarto de baño. Mi madre siempre me inculcó que no todo el
mundo tiene que organizar sus pertenencias como yo, que necesito ordenar
todo no solo por el tipo de cosa que es, sino también por orden alfabético, y
he aprendido a respetarlo. Al abrir la puerta, doy un respingo, sorprendida.
Me había hecho la idea de que Luci era la mar de ordenada porque, la
verdad, en las zonas comunes siempre está todo en su sitio, pero esto es un
desastre.
Hay deportivas tiradas por todas partes, deportivas grandes. Cojo una que
está junto a la puerta, es un cuarenta y dos. Pues ya tiene que ser alta Luci,
hay ropa amontonada en una esquina y tengo que contenerme para no
ponerla dentro del cesto porque, en teoría, no es asunto mío. Lo que pasa es
que a mí el desorden me da como TOC. Me rasco los brazos de forma
compulsiva, es un buen ejercicio de autocontrol. Las taquicardias me
empiezan cuando veo el espejo del baño lleno de gotitas.
—Bueno, tú no seas entrometida, busca lo que necesites y te vas —me
digo.
Abro la parte de arriba del armario y me quedo flipando en colores
cuando veo como, no sé, treinta botes de cremas diferentes. ¿En serio? Yo
solo tengo la crema hidratante que siempre compro en un arrebato, uso dos
días y luego me olvido de ella.
Voy cogiendo botes y leyendo las etiquetas: crema hidratante facial,
crema antiarrugas, contorno de ojos, exfoliante, solar, crema para el cuerpo,
reafirmante, mascarilla… Silbo, madre mía, sí que se cuida Luci. Hay hasta
una crema que pone que es para después del afeitado. Pero ¿no sirve una
hidratante normal?, ¿de esas que yo no me pongo y termina pudriéndose en
mi armario?
Me encojo de hombros, está claro que en ese sentido no nos parecemos
mucho Luci y yo, igual puede darme una clase magistral de para qué sirve
todo esto porque ya tengo una edad y este cutis no va a durar terso toda la
vida.
En la otra puerta del armario solo hay rollos de papel higiénico. Abro uno
de los cajones, hay cepillos, tiritas, cortaúñas…, pero no hay rastro del
maquillaje ni de las compresas.
Chisto.
Pues debe de tenerlas en su habitación.
Cuando ya voy a salir, no puedo evitar pasar primero a cerrar la puerta de
la mampara y me fijo en que dentro del plato de ducha hay un montón de
pelos, pero no pelos de la cabeza, que a mí también se me caen a puñados,
sino que por lo visto se ha depilado y lo ha dejado todo ahí. «Joder, qué
cochina eres, chica». ¿Y de dónde habrá sacado tantos pelos?
Madre mía, pues sí que le salen vellos a la pobre. Igual le vendría mejor
darse la cera, ya se lo comentaré. Aunque a mí me da lo mismo si se quita
los pelos o no, la verdad, me importa un pimiento. Cada cual con su cuerpo
y con sus pelos que haga lo que quiera.
Entrar en su dormitorio para buscar las compresas ya me parece
demasiado, así que me conformo con ponerme una compresa normal y que
sea lo que tenga que ser.
Antes de irme a la cama acabo la novela que estaba leyendo y se la pongo
a Luci encima de la mesa de la cocina con una nota.
Tienes que leer este. Te va a encantar. No me había
masturbado tanto en mi vida.
Dani
Dios los cría y ellos se juntan
Lucien
Tienes que leer este. Te va a encantar. No me había
masturbado tanto en mi vida.
Dani
Suelto una carcajada cuando leo la nota que me ha dejado. Dani es un
tipo raro, la verdad, aunque me cae bien. Habla demasiado y es como
excesivamente sincero, ¿no? Niego con la cabeza y saco el móvil del
bolsillo.
Luci:
Gracias por el libro, probaré. Hace tiempo
que no leo.
Dani:
De nada.
Por cierto, ni rastro de las compresas. Las
estuve buscando por todo tu baño, en tu
dormitorio no quise entrar.
Luci:
No tengo compresas.
Dani:
Ahm, vale, te entendí que sí ayer.
Pues se ve que no pilló la broma. ¿Para qué voy a tener compresas yo?
Dani me parece un tipo de lo más raro, la verdad.
Luci:
¿Te apetece que pida algo de cenar esta
noche?
Hoy no trabajo, me voy a dormir como
ochocientas horas seguidas y despertaré
cuando me suenen las tripas.
Dani:
Vale. ¿Chino?
Luci:
Hecho.
Dani:
Por cierto, tu baño es un desastre.
Tengo varias preguntas para ti.
Se me escapa una risilla. He intentado ser ordenado y limpio en el resto
de la casa, porque no es la primera vez que comparto piso con alguien, es
por educación, más que nada. Pero es verdad que en mi espacio me he
dejado ir un poco, debería recoger y limpiar ese desastre. No esperaba que
Dani entrase ahí para nada.
Luci:
Miedo me das.
Dani:
¿Cuánto mides?
¿De verdad usas todas esas cremas? ¿Para
qué? ¿Me darías una clase de para qué sirven
y cómo se utilizan?
¿Has pensado alguna vez en darte la cera?
Suelto una carcajada y niego. La madre que lo parió. ¿Son cosas mías o
Dani es demasiado intenso?
Luci:
Qué peculiar eres.
Dani:
¿Gracias? Aunque no sé por qué.
Luci:
Demasiadas preguntas, mejor te las contesto
esta noche mientras cenamos.
Dani:
Hecho. Perdona, a veces me puede la
curiosidad.
Luci:
Pues la curiosidad mató al gato.
Dani:
Espero que eso sea un eufemismo porque
como le haya pasado algo a Miaundalorian te
tiro por la ventana.
Justo en ese momento, como si supiera que acaban de nombrarlo, el gato
calvo de mi compañero de piso se asoma a la cocina y maúlla. Le mando
una foto a Dani, que, en cuanto aparecen los dos tics azules, me contesta.
Dani:
Bien, bien.
Me guardo el teléfono y, después de darme una ducha, me voy a la cama.
La verdad es que estoy espabilado, no tengo mucho sueño. Miro el libro que
me ha dejado Dani, no parece muy de mi estilo, pero, total, por intentarlo
no pierdo nada.
Leo durante una hora y le escribo otro mensaje a Dani.
Luci:
Esto es un poco predecible, aunque
reconozco que me ha mantenido en tensión y
me he reído con algunas escenas.
Dani:
Sigue leyendo que no tarda mucho en…, ya
verás, ya.
Miro la hora, aún no tengo sueño y, la verdad, esto engancha. Me encojo
de hombros y continúo con la lectura. Me encuentro con la primera escena
de sexo que se alarga como, no sé, siete páginas, y cuando acabo de leer
tengo el manubrio como un mástil. Ah, pues mira, Dani tenía razón. Es la
segunda vez que mi libido se despierta después de romper con Emma. La
primera fue en el bar, hace unas semanas, con la morena sexi que no sé ni
cómo se llama. He estado a punto de preguntarle a Alejandra por ella,
porque me llamó la atención, me pareció guapísima y muy sexi y, además,
olía tan bien, sabía tan bien y besaba tan bien…, pero, no sé, mi hermana es
muy entrometida. Capaz que le pregunto por ella y me empieza a organizar
la boda, que nos conocemos. Este es mi lema: que mi hermana se meta por
medio nunca es buena idea para ninguna cosa de la vida en general.
Cierro los ojos y cuelo la mano por dentro del pantalón del pijama, no
llevo calzoncillos. Odio ponerme ropa interior para dormir, así que no me
cuesta nada sujetármela con firmeza y mover arriba y abajo, cierro los ojos
y me aprieto los labios con los dientes. Visualizo a la morena sexi, porque
es lo primero que me viene a la cabeza, la curva de sus caderas, sus tetas
pegadas a mis pectorales, sus pupilas dilatadas, la suavidad de sus labios, y
me dejo llevar. Hacía tanto tiempo que no me masturbaba que me da hasta
vergüenza haber tardado menos de un minuto en correrme. Estoy en baja
forma, la verdad.
Me estoy limpiando cuando siento vibrar el teléfono en la mesilla de
noche.
Dani:
¿Llegaste?
Luci:
¿Que si llegué?
Llegué tan rápido y tan fuerte que me he
tenido que cambiar el pijama y las sábanas
también.
Dani:
Jajajaja.
Te lo dije.
Dejo el teléfono en la mesa de noche, junto al libro, y cierro los ojos.
Me despierta el timbre de la puerta. Tengo que escucharlo un par de
veces para ser consciente de qué es exactamente ese ruido que me ha sacado
del profundo sueño. Me froto los ojos y miro la hora. Son las cuatro de la
tarde. ¿Será el cartero? ¿Se le habrán quedado las llaves a Dani? Me levanto
y arrastro los pies hasta la puerta, abro todavía con los ojos medio pegados.
—¡Hermanitoooo!
«La mirilla, joder, Luci, la próxima vez utiliza la mirilla antes de abrir».
Lloriqueo, mucho estaba tardando. ¿Por qué, Señor? Pensé que al
mudarme a un piso compartido iba a evitar que mi hermana viniese a verme
a todas horas sin avisar.
Alejandra, que ya se disponía a lanzarse sobre mí para abrazarme, se para
justo antes de hacerlo y me mira de arriba abajo con los ojos muy abiertos.
—Puag, joder, qué asco.
Miro hacia abajo, estoy sin camiseta y solo llevo un pantalón de pijama
suelto. Me acabo de despertar y mi polla está más despierta que yo, es algo
natural, no lo puedo evitar.
—¿No te estarías toqueteando? —me pregunta y se pone una mano en la
boca, como si estuviese conteniendo una arcada.
La miro serio y le contesto más serio aún:
—¿Me ves con cara de estar masturbándome?
Me ahorro decirle que eso lo hice antes de dormir, hay cosas que una
hermana pequeña no tiene por qué saber.
—Te veo con cara de que te ha atropellado un tren, chaval. — Asiento.
Demasiados días seguidos en el turno de noche. Estoy muerto y quizás
tendría mejor cara si me hubiesen dejado dormir un par de horas más—.
Deberías ponerte algo. ¿Te acuerdas de mi amiga Miri?
Alejandra señala detrás de ella, donde no me había dado cuenta de que
hay una chica que asoma por encima de su hombro, cabello castaño
recogido en una cola de caballo, ojos muy grandes y muy abiertos, sonrisa
socarrona y con la vista clavada en mi manubrio. Suelta una risilla.
—Hola —pronuncia, aunque sigue mirándome el paquete y luego alza la
vista—. Y hola a ti también, guapo.
Parpadeo un par de veces, incrédulo, y mi hermana me aparta de un
empujón para entrar.
Miriam va hasta la nevera, y coge tres cervezas, que abre y regresa al
salón dejándose caer en el sofá. Pone las otras dos en la mesa, supongo que
una para Alejandra y otra para mí, y le da un sorbo a la tercera.
—Estás en tu casa —mascullo.
Mi hermana me mete un codazo.
—No seas antipático. —Pongo los ojos en blanco y me siento en el sofá.
Bien pensado, no es mala idea anestesiarse un poco para soportar a mi
hermana cuando estoy recién levantado y no me he tomado ni un café—.
Oye, Luci… —comenta con ojitos de cordero degollado. Así, sin insultos ni
nada. Mmm…, sospechoso me parece. ¿Qué me irá a pedir?—. ¿Me prestas
tu coche?
—No.
¿Ves? Si es que nos conocemos. Más vale ser tajante para acabar con esto
pronto.
—Joder, no seas borde. —Se cruza de brazos.
—Vaaale. —Se le amplía la sonrisa antes de que termine de hablar—. Lo
siento, querida y adorable hermanita, pero no — pronuncio esta vez con un
tono de voz irónico.
—¡Cenutrio! ¡Borde, más que borde!
Me grita y me arrea un manotazo en el brazo, cuando me doy cuenta
tengo la mano de su amiga en el otro brazo, pero no pegándome, si no que
me está palpando los músculos.
Dirijo la vista a la mano sobona y luego alzo la cabeza hacia Miriam.
—Ay, perdona, es que es la primera vez que veo a un musculitos así
desnudo y estaba comprobando si eran de verdad.
—Puag —protesta Alejandra.
—No estoy desnudo —le rebato yo.
—Estás bueno que te mueres. —No se ha puesto ni roja al soltarlo.
Abro mucho los ojos. ¿Esto es en serio? Miro a mi hermana, que ya tiene
de nuevo la mano en la boca conteniendo otra arcada.
—Puag, puag, puag. Qué asco, tía.
Miriam se encoge de hombros, y yo sigo ahí, paralizado, sin entender
cómo estas dos piradas me han despertado y por qué una de ellas me está
palpando como si fuera un tomate del supermercado antes de comérselo.
—No me mires así, hombre, no te estoy tirando la caña. Solo compruebo
la mercancía para mi…
Alejandra le estampa un cojín en toda la cara que hace que se calle.
—Gracias —musito.
—Porfa, préstame el coche. Miri y yo nos vamos a ir de campamento a la
cumbre todo el fin de semana, y tengo mi coche en el taller.
—¿A la cumbre? —le pregunto extrañado, y ella asiente.
Eso está lejos de casa, muy lejos, y ahí no hay cobertura. Es decir, que
estará todo el fin de semana sin venir a tocarme los huevos y tampoco me
los tocará por teléfono. Me levanto del sofá de un salto para coger las llaves
del aparador de la entrada y se las lanzo.
—Ains, ¡gracias! Si es que tengo al mejor hermano del mundo.
Ale se levanta y hace lo que no hizo cuando llegó, lanzarse a abrazarme.
Y, si no fuera poco con soportar el achuchón de mi hermana, la otra loca se
propulsa en mi dirección en cuanto ella se despega. Me abraza como acaba
de hacer Alejandra y, al mismo tiempo que palpa los músculos de mi
espalda, me da un besazo sonoro en la mejilla.
—Puag, tía, joder, ¿quieres parar? —la sermonea Alejandra.
¿Por qué, Señor? ¿Por qué?
Miriam suelta una risilla y se separa.
—Perdón, perdón.
—Bueno, ya nos vamos y te dejamos solo para que sigas… — titubea mi
hermana al mismo tiempo que señala con la mano mi entrepierna— con eso
que estabas.
—Que no estaba con nada, joder, solo estaba durmiendo — protesto, ya
mosqueado.
—Vale, vale. No te pongas así, hay que ver qué borde estás hoy. ¿Cómo
va la convivencia con Dani? —me pregunta cuando ya está a punto de salir.
—Muy bien, esta noche vamos a cenar juntos para conocernos
personalmente, porque, ya sabes, es raro vivir en casa de un tipo al que
nunca has visto. El tío es un poco intenso y me hace preguntas raras por
wasap, pero me cae bien. Supongo que llegará… —Dejo la frase en el aire
cuando veo que a Miriam se le fulmina la sonrisa y se va quedando pálida
—. ¿Estás bien?
La loca, la que no es mi hermana, le arrea un codazo a Alejandra.
—Tenemos que irnos.
—Ehm, sí, sí. —Alejandra asiente, está rara también, no sé qué les pasa,
pero mejor no insisto en averiguarlo—. Vamos a estar superdesconectadas,
te devuelvo el coche durante el finde, ¿vale?, para que puedas ir el lunes a
trabajar.
Asiento.
Sin decir absolutamente nada más, sin más insultos, más achuchones,
más preguntas y sin siquiera despedirse salen por piernas de casa y se
dirigen al ascensor. ¿Qué te había dicho? «Dios los cría y ellos se juntan»,
si es que no hay nadie más sabia que mi abuela.
Voy a matar a mi hermana
Daniela
Me meo, coño, me meo. Voy dando saltitos desde el coche hasta mi piso,
porque mi vejiga está a punto de reventar, no puedo más.
¿Quién me manda a mí beberme una botella de agua entera a última hora
y no pasar por el baño antes de irme?
Mierda, mierda, mierda.
Saludo a Julián, el portero, y corro hasta el ascensor, pulso el botón para
llamarlo unas cuarenta y ocho veces seguidas y le sonrío a Julián con los
dientes apretados porque ya me está mirando raro.
Llego a la puerta de casa y rebusco en el bolso. ¿Por qué tengo un bolso
tan grande? Y, madre mía, ¿por qué está tan lleno de cosas? Saco un libro,
la agenda, una libreta, un táper vacío, una manzana que no me he comido.
Joder, joder. ¿Dónde están las puñeteras llaves cuando se las necesita?
Aprieto los muslos. Toco el timbre, a lo mejor está Luci y me puede abrir.
Doy más saltitos y, unos segundos después, no se oyen pasos ni nadie me
abre la puerta.
Mierda, mierda. Como se me hayan quedado las llaves en el coche me
voy a mear encima. Vuelco todo el contenido de mi bolso en el rellano y
rebusco entre mis cosas. Tengo los ojos llenos de lágrimas ya de la fuerza
que estoy haciendo para que no se me escape el pis.
Escucho un ruido al otro lado y así, tal como estoy, de rodillas en el
rellano, con todas mis cosas esparcidas por el suelo, escucho la puerta
abrirse delante de mí. Ay, por fin. Luci entenderá que ya tendremos tiempo
para presentaciones cuando pase por el baño.
Sin embargo, con lo primero que me encuentro es con unos pies gigantes
descalzos y unas piernas bien torneadas con demasiados pelos. «Pero ¿tú no
te habías depilado, chica?». Por favor, por favor, que se borre de mi cabeza
la imagen que me acabo de hacer de la parte de su cuerpo a la que ha
despojado de pelos.
A medida que voy alzando la vista se me va abriendo más la boca y los
ojos, los ojos también, porque no es Luci quien está frente a mí, hay un
hombre alto e imponente en la puerta de mi casa, lleno de músculos,
chorreando, de hecho hay un charco de agua bajo sus pies y está tapado solo
con una toalla alrededor de la cintura.
El tipo frunce el ceño hasta que un brillo de reconocimiento se enciende
en sus ojos. Yo sigo bloqueada.
—¿Qué coño? ¿Qué haces tú aquí? —me pregunta.
Y yo le respondería si mis neuronas no se hubieran dado a la fuga, solo
estoy ahí boqueando como un pez.
Gateo hacia atrás unos pocos pasos hasta que veo en la pared el número
del piso. Es mi piso, sí. Miro a ambos lados, no estoy loca, esa es mi casa, y
gateo de nuevo hacia adelante.
—No será esto una encerrona de Alejandra, ¿verdad? —me pregunta.
Frunzo el ceño, me resulta vagamente familiar ese nombre. Me pongo de
pie despacio porque la cara de este tipo como que me quiere sonar de algo,
perdona si no he estado demasiado concentrada en sus facciones, es que se
me ha cortocircuitado el cerebro, entre el maromo buenorro desnudo en la
puerta de mi casa y que me está empapando todo el parqué, no sé si llorar,
gritar, gemir o arrearle un puñetazo en toda la jeta.
De pronto mi vejiga me da un tirón.
—Coño, ¡me meo! —grito.
Empujo al moreno sexi haciéndolo trastabillar, solo ha sido medio
segundo, pero me ha dado tiempo a comprobar que esos músculos de sus
pectorales estaban demasiado duros, ¿no?
—Pero ¿qué cojones…? —protesta.
El hombre tropieza y no se cae porque se agarra a la puerta. La toalla
tampoco se cae, lo sé porque me he parado otro medio segundo a girarme
para mirar antes de correr pasillo adentro hasta llegar a mi baño, que está
dentro de mi dormitorio.
Después de cubrir la primera necesidad básica que asolaba mi cuerpo y
no me dejaba pensar con claridad, me lavo las manos y salgo de mi cuarto.
He cogido un paraguas de esos gigantes que tenía en el perchero, espero
poder defenderme con esto en caso de necesidad.
—¡Luci! —grito. Veo el reguero de agua por todo el pasillo, desde el
baño de mi compañera de piso hasta perderse por el salón—. ¡Luciiii! —
grito más histérica aún.
El tipo de antes se asoma al pasillo, aún está con la toalla, empapado,
mojándome todo el parqué y con mi bolso en la mano. Alza las cejas,
sorprendido.
—¡No te acerques! —le chillo como la energúmena en la que me he
convertido.
Miaundalorian aparece por el pasillo, me mira serio, como si se
avergonzara de mí, y, viendo que ahora mismo mimitos no va a tener
porque estoy muy ocupada con otras cosas, empuja con la patita la puerta
de Luci y se cuela dentro de su habitación.
—¿Dónde está Luci? —insisto.
Él parpadea despacio y niega.
—Hostias, no. No me lo puedo creer —masculla como para sí mismo.
—¡¡Luciiii!! —grito más histérica aún—. ¿Dónde cojones estás y por qué
hay un tío en pelotas cargándose mi suelo de madera de nogal?
El tipo mira hacia abajo.
Niega una vez más. Se pone una mano en la frente y sigue moviendo la
cabeza de un lado al otro. Yo miro su toalla, enganchada por un filo a la
cintura, y trago con fuerza. Sujeto el paraguas con más impulso por si el
hombre este con los bíceps tan bien marcados, los pectorales tan bien
marcados, los abdominales tan bien marcados… quiere, no sé, lanzarse a
por mí o algo. Cuando comienza a dar pasos lentos en mi dirección elevo la
vista hacia su cara, mejor fijarme en los detalles de su rostro para el retrato
robot, ¿no? No creo que a la policía le sirviera de mucho que le dijera que
tiene un abdomen espectacular.
—Espera —murmuro. Bajo el paraguas. De pronto se me ha encendido
una lucecilla en el cerebro—. Yo… yo te conozco. ¿Quién eres?
—Yo… yo soy Luci.
—¡No! —Alzo de nuevo el paraguas de forma amenazante. Él asiente—.
Tú no eres Luci.
—Te aseguro que sí.
—Imposible.
Asiente de nuevo, y yo niego.
—Soy Luci —insiste.
—Me estás mintiendo. ¿Qué clase de nombre es Luci para un hombre?
—inquiero incrédula.
A ver si se va a pensar el tipo este que soy tonta, ¿eh? Pues no, chaval,
matrículas de honor sacaba yo en la facultad. No hay ningún nombre de
chico cuyo diminutivo pueda ser ese.
—Luci…, de Lucien. Mi abuelo es francés y me pusieron su nombre —
me explica. Ahm, pues igual no soy tan inteligente como me pensaba, la
verdad, qué chasco, ¿no?—. ¿Puedes bajar el paraguas?
Miro al paraguas amenazante, como si fuera la primera vez que lo veo, y
lo bajo despacio.
—Luci… —musito.
Y de pronto se me vienen a la cabeza todos los mensajes que nos hemos
mandado. Lo miro a los ojos y trago con fuerza. Ay, joder. Tierra, trágame.
—¿Tú eres Dani? —me pregunta él.
Asiento.
Nos miramos a los ojos y decimos al unísono:
—Voy a matar a mi hermana.
Tus muertos
Lucien
—No, no, esto no puede estar pasando —musita de nuevo.
Dejo a Dani ahí, en mitad del pasillo, que de tanto en tanto cambia su
mirada del paraguas, al charco de agua y luego a mí. Será mejor que me
vista y arregle la que he liado, que no tengo ganas de que esta mujer me
pase la factura por haberme cargado el suelo de no sé qué tipo de madera
pija.
—No, no, es imposible.
Ella sigue a lo suyo, yo ya ni me molesto en insistir ni en explicarle lo
que ha sucedido, que, no sé tú, pero yo lo tengo claro como el agua.
Alejandra, que está loca de atar, se ha juntado con la reina del
manicomio, es decir, con la hermana de Dani, y nos la han jugado con…,
con no sé qué intención, pero ninguna buena, seguro.
Me quito la toalla y la tiro encima de la cama, junto a Miaundalorian, que
alza la cabeza y me mira.
—Ya te vale, ¿no? Me podías haber avisado de esto. —El gato gira la
cabeza a un lado y al otro, examinándome, como tratando de entender de
qué estoy hablando—. Bah, olvídalo, no es culpa tuya.
Abro la puerta del armario para coger algo de ropa.
—Ay, Dios mío. —Escucho a mi espalda.
Me termino de subir los boxers, me giro y veo a Dani, que está en la
puerta de mi habitación con las mejillas teñidas de rojo. Es lo que tiene
entrar en la habitación de un tío justo después de verlo con una toalla
alrededor de la cintura, que probablemente se esté vistiendo y te puedas
ruborizar un poco y eso.
—¿Le has…, le has dado tu toalla empapada a mi gato para que se
restriegue en ella? —pregunta y parece horrorizada o indignada, no sabría
decirte.
Alzo una ceja y dirijo la vista hacia Miaundalorian, que efectivamente se
está frotando contra la toalla empapada. Qué gato más raro. Calvo, arrugado
y raro. Lo tiene todo. Menos mal que por lo menos es cariñoso y tranquilo.
Me encojo de hombros.
—No era esa mi intención, ¿por qué?, ¿la querías para algo? — Dani abre
los ojos y la boca al mismo tiempo, como si hubiera insinuado que fuese
ella la que quería restregarse contra la toalla que acaba de rodear mi cuerpo
desnudo. Ay, madre, que me echa de su casa—. No quise decir que… —
rectifico alzando ambas manos, mostrándole las palmas en son de paz—. En
serio, yo no… —Su cara de mala leche me hace reaccionar. Me acerco a la
cama y le quito la toalla al gato y la lanzo encima del montón de sábanas y
ropa sucia que hay en una esquina de mi habitación—. Ya está, ¿ves? No
pasa nada.
Miaundalorian me mira con odio y luego se empieza a lamer una pata.
Dani clava la vista en las sábanas que están en el suelo y a mi cabeza
viene el mensaje que le mandé esta mañana: «¿Que si llegué? Llegué tan
rápido y tan fuerte que me he tenido que cambiar el pijama y las sábanas
también». Y son esas sábanas, precisamente, las que están en el suelo. Me
atraganto con mi saliva y toso.
Dani, que parece averiguar en lo que estoy pensando, carraspea un poco
y arruga la nariz en un gesto adorable.
—¿Sabes el cesto ese alto, de color negro, que está en tu cuarto de baño?
—Asiento—. Es para la ropa sucia, te lo digo porque a lo mejor piensas que
es un objeto de decoración. Como lo tienes todo ahí tirado… y en el baño
también.
Las mejillas no las puede tener más rojas y las orejas, las orejas también,
parece un puñetero semáforo.
—Gracias, lo usaré a partir de ahora —le digo para atajar rápido.
Se cruza de brazos, se apoya en el quicio de la puerta y asiente.
—Bien. Gracias.
Carraspeo un poco.
—Ehm, estooo…, ¿te puedes ir? —le pregunto, y da un respingo,
sorprendida—. Es que estoy desnudo.
—Eh, sí, sí. Claro, sí.
—Vale, gracias.
Pero no se mueve, de pronto siento cómo las comisuras de los labios se
me elevan un poco, y ella, al darse cuenta, boquea de nuevo, como en la
entrada cuando me vio ahí medio en bolas y empapado, como si fuera el
primo lejano de Aquaman.
Traga con fuerza.
—¿Ahora? —insisto.
—Sí, sí, perdona. Vamos, Miaundalorian, que Lucien se tiene que vestir.
Un escalofrío de placer bastante extraño e inapropiado me recorre cuando
pronuncia mi nombre.
—Puedes llamarme Luci.
—No, no. —Mueve la cabeza de un lado al otro—. Mejor no.
Niega, corre hasta el gato, que suelta un maullido de protesta cuando lo
coge, y sale por piernas.
Esto es raro.
Esto es superraro.
E incómodo. Superincómodo, en realidad.
Cojo el móvil, que está encima de mi cama, justo donde lo dejé antes de
ir a la ducha, y voy hasta el chat de Alejandra.
Luci:
Eres hermana muerta.
Me aparecen los dos tics azules, yo no sé si estará de campamento, pero
cobertura tiene, así que le voy a cantar las cuarenta a la cenutria de mi
hermana pequeña, que por lo visto en algún momento de su vida le dio
mucho sol en la cabeza y se le achicharró el cerebro, porque, si no, no
entiendo nada.
Luci:
Esta…, esta me la voy a cobrar a lo grande.
Primero te voy a asfixiar con mis propias
manos.
Y luego…, luego me las cobro. Vaya si me las
cobro.
Mi peor pesadilla:
El teléfono móvil al que escribe está apagado
o fuera de cobertura.
Luci:
Tus muertos.
Mi peor pesadilla:
Te quiero.
Luci:
Me cago en toda tu puta estirpe. Te voy a
maldecir a ti y a la psicópata de tu amiga y a
todas vuestras futuras generaciones para que
sufráis una muerte prematura, lenta y
dolorosa.
Mi peor pesadilla:
Ay, lo que ha dicho.
Bien. La he ofendido, por fin.
Un minuto después vuelve a vibrarme el teléfono en la mano y es un
audio de mi hermana, que no solo se parte de risa de mí, la muy puñetera,
sino que me insulta, como es habitual en ella, y me dice que no es para
tanto y que soy un carca, un amargado, un viejo, un viejo amargado que
terminaría solo y aislado en una cueva en lo alto de una montaña si no fuese
por ella.
Encima…
Es que la mato.
Me vuelve a vibrar el teléfono. Lo miro disgustado, pensando que es un
nuevo mensaje de mi hermana para amargar un poco más mi existencia,
pero no.
Extrañado, veo que es Dani la que me ha escrito.
Dani:
Me ha surgido un imprevisto. Voy a pasar la
noche en casa de Berto.
Ya nos vemos si eso por casa.
Como vivimos juntos…, por eso lo digo, no
porque yo tenga ganas de que volvamos a
vernos, ya sabes.
Niego alucinado.
Y se me podrían haber ocurrido un millón de preguntas como, por
ejemplo, ¿qué te pasa?, ¿no podemos comportarnos como dos adultos
maduros, funcionales e independientes y tratar esto como el pequeño
malentendido que es?, ¿no íbamos a cenar juntos?, ¿qué voy a hacer con
toda la comida china que he comprado?
Pero no, no es nada de eso lo que me viene a la mente, lo que me grita
alto y claro mi cabeza es: «¿Quién cojones es Berto?».
¡Serás desagradecida!
Daniela
Berto se ríe tanto y tan fuerte que se echa hacia atrás en su cama. En su
cama desecha, para ser más exacta. ¿Qué adulto funcional que vive solo no
hace su cama por las mañanas? No lo entiendo.
Suspiro y miro a mi alrededor. Por lo menos parece que hoy está todo
medio recogido. Frunzo el ceño, extrañada.
—¿Esperas a alguien?
—¿Qué? —me pregunta mi amigo limpiándose las lágrimas por la risa y
se incorpora apoyándose en los codos.
—¿Por qué está todo tan recogido? —insisto—. ¿Esperas a alguna chica
o ya se ha ido?
Se encoge de hombros.
—Meee.
¿«Meee»?, ¿qué clase de respuesta es esa?
—Tú estás con alguien —afirmo.
A ver si a mí va a ser a la única a la que le sacan todo siempre, y este
hombre, que dice ser mi mejor amigo desde que medíamos poco más de un
metro, no suelta prenda de su vida.
—Yo estoy con muchas. Soy un alma libre.
—Lo que eres es imbécil.
Me cruzo de brazos. Se pensará que soy estúpida y que no sé que está tan
loco por mi hermana como ella lo está por él. Que no interfiera no quiere
decir que no sea capaz de palpar la química y las miradas, los roces, lo
mucho que se pican el uno al otro y todo lo demás. Algún día entenderé por
qué no dan el paso. Se ve que, aunque tenga un coeficiente intelectual más
alto que el de la media, eso no quiere decir que lo sepa todo de todos los
temas y hay cosas que se me escapan.
Berto se levanta, viene hacia mí y, cuando llega a mi altura, tira de mi
mano para que lo siga y me siente en la cama. En su cama. En la que a
saber qué guarradas ha hecho sin cambiar las sábanas. En la única cama que
tiene en su casa, porque, a ver, aquí no cabe otra. En la cama que voy a
tener que compartir con él si es que quiero quedarme a dormir. Es eso o
dormir en el sofá ese de mierda que se inventó en la época en que se
torturaba a las personas y luego quisieron darle una segunda vida como
mueble hogareño y no hay quien pegue ojo en él.
—Coño, no seas estirada, las sábanas están limpias. ¿Te vas a quedar ahí
de pie hasta mañana? —me sermonea al ver que me resisto.
Suspiro, resignada, y le hago caso.
—No es gracioso. Esta vez Miriam se ha pasado.
—Vale, ya imagino que compartir piso con un chico no entraba en tus
planes, pero ¿qué más da? Al final es cierto que no coincidiréis mucho y
cada uno tiene su espacio, ¿no?
Asiento, si sé que tiene razón, pero, joder, es que…, ¿cómo voy a vivir
tan tranquila sabiendo que ese tío, el tío que hizo que me temblasen las
piernas, el tío que me acorraló en el pasillo de los baños del 4ever y que me
miró con esa intensidad, trasmitiéndome tantas cosas con sus ojos, el tío
que me besó restregando su polla gigante y gorda sobre mi abdomen
provocándome un gemido y mil ganas de arrastrarlo al baño para satisfacer
toda esa necesidad que se concentró en mi entrepierna… es el mismo tío
que va a dormir en mi casa, en la habitación de al lado, se va a desnudar ahí
y se va a meter en la ducha del baño de mi casa mientras…?
—No es que tengas que compartir cama con él —añade el lumbreras de
mi amigo sacándome de mi ensoñación. No lo está arreglando, te lo digo.
Lo miro con odio—. ¿Qué he dicho ahora? Yo qué sé, a mí no me parece
tan descabellado ni veo motivo para que hayas huido de tu piso como si en
lugar de encontrarte con un maromo buenorro medio desnudo te hubieses
topado con el psicópata de la motosierra.
—¿Qué? No estoy aquí porque Luci sea un chico. —Mi amigo me mira
sin entender, y chisto. Me cruzo de brazos—. ¿Me vas a hacer decirlo?
—En serio, Dani, te quiero muchísimo, te quiero desde que te conocí
cuando teníamos, no sé, cinco años.
—Ocho.
—Ocho años —rectifica—. Pero… ¿sabes esas ocasiones en las que te
pones a desvariar, y yo te escucho porque te quiero mucho — reitera
recalcando cada una de esas tres últimas sílabas—, pero en realidad no me
estoy enterando de nada de lo que me estás contando? —Asiento—. Y tú
siempre me riñes, me sermoneas y me dices que tengo que decírtelo cuando
no te comprenda y no que te deje hablar y hablar. —Cabeceo arriba y abajo
una vez más—. Vale, pues, cariño, no te estoy entendiendo una mierda.
—Luci y yo nos enrollamos —suelto a bocajarro.
Cabe la posibilidad de que Miriam no se lo haya contado a Berto, porque
estoy segura de que ella sí que se enteró por su amiga y por eso han liado
todo esto, como una forma enrevesada y maquiavélica de hacernos una
encerrona a ambos y, no sé, que desahoguemos o algo, lo cual, obviamente,
es la peor idea del mundo.
Si vamos a compartir piso no podemos dedicarnos a fornicar como si se
fuese a acabar el mundo. No podemos, ¿verdad? No, no, claro que no. No
soy yo una entendida de los líos de una noche, pero ¿no consisten
básicamente en que después de chuscar cada uno se va a su casa y no
vuelven a verse más? Nosotros no tendríamos más remedio que
encontrarnos. Quizás acabaríamos repitiendo algunas veces más y luego,
cuando todo acabase, sería la mar de incómodo. Mucho más incómodo que
ahora, ¿dónde va a parar?
Berto, que por lo visto se ha quedado petrificado unos instantes, de
pronto recupera la movilidad, pestañea fuerte, como si le hubiera dado un
tortazo en toda la frente con la mano abierta, y me ametralla a preguntas:
—¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿La tiene grande? ¿Te dolió cuando te
empaló? —Abro mucho los ojos, desconcertada, y él me acaricia la cabeza
—. Por fin, nena. Por fin te han desvirgado de verdad.
—¿Qué? —musito abrumada.
No entiendo nada.
—Ay, cariño, es que yo he coincidido en los baños del 4ever con Uriel,
cielito, y es que, ¿tú te corrías con tu ex? ¿Sentías algo cuando te metía el
gusanito? ¿Sangraste la primera vez? Porque con esa cosita no creo ni que
llegara a romperte el himen —habla todo seguido, sin respirar, no sé cómo
no muere asfixiado.
Berto desvaría, y yo no sé si reír, llorar o darle una hostia para que deje
de decir estupideces.
—¿¡Qué!? —repito horrorizada.
—Que Uriel la tiene como un lápiz, pero no como los lápices esos gordos
que nos daban en infantil para colorear más rápido, ¿sabes? A mí me
gustaban esos porque en un pispás acababas la tarea, ¿entiendes lo que te
digo? —Pestañeo. Pestañeo. Pestañeo—. Bueno… —Mueve la mano
quitándole importancia—. ¿Sabes esos que ponen en el Ikea que solo sirven
para que puedan robar los niños y dejen de incordiar a sus padres durante
un rato? Igualito.
Niego sin entender.
—¿Qué? —Ya ves, se me ha quemado la neurona y he entrado en bucle.
—Y, claro, que fuese lo único que has probado… es muy triste, amiga, de
verdad. —Berto suspira cuando me ve ahí, petrificada, sin responder nada
inteligente a su perorata—. Alguna vez pensé en ofrecerme para…, ya sabes
—dice mientras con un dedo me señala a mí y luego a él. El mismo
escalofrío de repelús que le recorre a él me recorre a mí, aunque no es que
esté comprendiendo mucho de lo que me está contando—. Pero es que no
puedo, nena, porque… somos como hermanos.
—Y porque estás loco por mi hermana —aprovecho la coyuntura para
soltarlo, a ver si con la sorpresa de enterarse de que lo sé, podemos dejar
este tema que se está tornando demasiado embarazoso para ambos y
centrarnos en otras cosas.
—Y te prometo —sigue hablando como si no me hubiera escuchado—
que si hubieras llegado al punto de casarte con ese cenutrio hubiera hecho
de tripas corazón, te hubiera puesto una bolsa en la cabeza o algo y te
hubiera dado lo tuyo para que al menos una vez en tu vida probases con un
tío de verdad. —Lo miro horrorizada—. De papel, mujer, no hasta el punto
de que te asfixies. No me va ese rollo, se nos podría ir de las manos y que
murieses por la falta de oxígeno. Nadie merece morir por casarse con un
imbécil como Uri…, aunque no sé yo.
—Pero…, pero… —tartamudeo.
—En fin. —Vuelve a acariciarme la cabeza—. Que me alegro de que por
fin te hayan dado lo tuyo y lo de tu prima…
—Berto… —lo interrumpo, porque solo de imaginar a mi nuevo
compañero de piso, una parte muy concreta de mi nuevo compañero de
piso, tan gigante y dura, metiéndose dentro de mi cuerpo, he tenido que
apretar los muslos porque se me ha contraído hasta el alma y juraría que eso
por ahí abajo está demasiado húmedo y caliente—. Solo…, solo nos dimos
un beso.
—¿Un beso? —pregunta y no sé si ese gesto que tiene su cara es
extrañeza, desconcierto o sorpresa, vete a saber—. ¿Por qué?
—Nos interrumpieron y… porque estábamos en un sitio público,
básicamente.
—Ah, coño, qué mala suerte. ¿Y no le pediste el teléfono?
—Salí por piernas… —Cuando mi amigo abre la boca, ya sé lo que me
va a preguntar, así que me dispongo a aclarárselo—, porque…, porque eran
demasiadas emociones juntas.
—Entonces, ¿no palpaste?
—No, no…
A ver, palpar palpar no, pero solo con sentirla apoyada en mi abdomen
fui bastante consciente de la envergadura de… Mierda, tengo que dejar de
pensar en esto porque me estoy poniendo mala.
Mi amigo chista y se tapa la cara con una mano, negando una y otra vez.
Finalmente, sale del bucle, se levanta y se quita la camiseta. Sí, ¿verdad?
Qué puñetero calor hace de pronto en este cutrepiso que no sé cómo mi
amigo puede llamar hogar. Podría ser el hogar de un gnomo o de un troll, un
troll pequeñito, como los de la peli de dibus, no un troll gigante como los de
Harry Potter.
Se desabrocha los pantalones y se los baja, apartándolos a un lado en el
suelo.
Se está pasando, ¿no?
Horrorizada, lo miro y entonces lo entiendo todo. Lleva unos boxers de
patitos de goma que me arrancan una carcajada. Me da un ataque de risa
tonto, porque, no sé, no me esperaba eso. Me agarro la barriga y río con
ganas. Berto sigue ahí, serio, cruzado de brazos, esperando a que termine, lo
que me hace reír más todavía.
—Ay, gracias… —le digo limpiándome las lágrimas e intentando
recomponerme porque algo me dice que parece un poco molesto—. Gracias
por querer hacerme reír, es terapéutico.
—No quiero hacerte reír, vamos a solucionar tu problema —dice serio.
—¿Qué problema? —le pregunto sin entender.
¿Vamos a echar a Luci de mi casa? A ver, que me ha sorprendido verlo
ahí porque yo pensaba que Luci era una chica alta y flacucha, con ojeras por
esos horarios locos, la tez un poco paliducha, aunque con la piel perfecta,
por todas esas cremas que se pone y un poco mojigata, por lo que contestó
cuando le pregunté si quería que le prestase una novela con escenas
guarronas y, quieras que no, encontrarte con eso… y de esa guisa…, pues
me ha sorprendido bastante y he tenido que salir corriendo para dejar de
hacer el ridículo hasta que logre hacerme a la idea, podamos hablar como
dos adultos sensatos y establezcamos unas bases para poder vivir juntos,
pero echarlo no entraba en mis planes, la verdad.
Y me dispongo a explicárselo a Berto cuando veo que engancha los
dedos en el elástico de los boxers y los baja veloz. He estado ágil y he
cerrado los ojos más rápido aún, me los tapo con una mano.
—¡Qué haces! —grito—. ¡Qué haces! Joder, qué asco, tápate eso.
Me pongo de pie.
—Es por tu bien, cariño, pero vas a tener que mantenerte calladita si
quieres que se levante el pilón porque, chica, contigo no puedo… ¿Te puedo
tapar la cara con una almohada?
—¿¡Tú te has vuelto loco!?
Como escucho que se está acercando a mí intento huir, pero como no veo
un pimiento termino trastabillando y cayendo en la cama.
—Joder, vale, qué exigente eres. ¿Y una camiseta? Con una camiseta
bastará. Y… debería poner música para no oírte, si no, no me voy a
concentrar y si me da un gatillazo la jodimos.
Al ponerme de pie, como está justo delante de mí, lo empujo haciendo
que se aparte, aunque primero su polla me ha dado en toda la mano que me
cubre la cara. Contengo una arcada.
—Joder, qué asco, qué asco.
Palpo la cama hasta dar con mi mochila, que he dejado ahí hace unos
minutos, y sin destaparme los ojos voy hacia la salida.
—Pero ¿a dónde vas, insensata? —me pregunta mi amigo,
desconcertado.
—Gracias, pero no, no hace falta. Mejor me vuelvo a casa y hablo con
Luci de todo esto.
—¿En serio le vas a contar que tu novio, el único novio que has tenido en
tu vida, la tiene como un lápiz?
—No, no, ya tendré tiempo para eso. Soy joven.
—Tienes treinta años, hace un puñado de siglos serías considerada una
anciana y ya estarías a punto de espicharla.
Suelto un grito indignado al mismo tiempo que tropiezo con algo que hay
tirado por ahí y me caigo al suelo de culo.
—Recuérdame que nunca, nunca jamás, jamás de los jamases, vuelva a
tu piso —mascullo mosqueada.
Me levanto sin volver a taparme los ojos y me dirijo a la salida sin mirar
atrás.
—¡Serás desagradecida!
Te odio profundamente con todo mi ser
Lucien
—Eh, hermanito, ¿qué tal? —le pregunto a Thiago cuando descuelga el
teléfono.
—Ya estabas tardando —masculla más para sí mismo que para mí. ¿Eh?
—. Desde hace como un año intercambiamos los móviles, en tu fiesta de
cumpleaños. Empezamos a mensajearnos y todo surgió solo de forma
natural —me suelta de carrerilla sin pararse a tomar oxígeno y sin esperar a
que le haga el tercer grado que pensaba hacerle. Hay que ver cómo me
conoce el condenado—. Hace seis meses quedamos y no te pienso contar
más, porque hay cosas que no se le deben contar a tu hermano mayor, y
menos si es el mejor amigo del tipo con el que sales y ya está, desde ahí y
no necesitas saber más.
—Pero ¿estáis saliendo?
—Saliendo, entrando…, de todo un poco.
—Me cago en tu madre, Thiago, ¿podrías ser menos explícito, que tú eres
el sensato de la familia? —protesto.
Escucho una risita al otro lado, y yo alucino. Mi hermano es buena gente,
callado, agradable, cariñoso, responsable, pero es más seco que un esparto,
no va por ahí regalando risitas.
—Mamá, Luci se ha cagado en ti —se chiva.
—¿¡Qué!? —grita mi madre, toda indignación—. Oh, qué bonito. La
próxima vez que vengas a casa te voy a obligar a ver el vídeo de tu parto,
¿me oyes? ¿Eh? ¿Me oyes? —grita para que pueda escucharla desde donde
está, y me da un escalofrío de repelús—. Porque parece que se te ha
olvidado que pesaste más de cinco kilos y que toda esa carne y esa cabeza
enorme tuvo que salir por mi chumino. ¿Tienes idea de cuántos puntos me
dieron? ¿Sabes cuánto estuve sin poder sentarme bien entre el chirri rasgado
y las almorranas como pelotas de tenis que me salieron?
Ya me hizo verlo con trece años, un día que le pregunté si podía ir solo al
instituto, que me daba vergüenza que me vieran llegar con mis padres. No
lo quiero ni pensar. Pesadillas tuve durante meses. Nunca más le demostré a
mi madre el ridículo y la vergüenza que me hacía sentir durante toda mi
adolescencia. En pijama me venía a buscar a la discoteca, no te digo más.
—Thiago, joder, me cago en toda tu puta estirpe —musito.
—Ah, mira, abuela, en ti también se ha cagado —se vuelve a chivar.
Escucho el grito indignado de mi abuela, que media milésima de segundo
más tarde le arrebata el teléfono a mi hermano.
—¿Perdona? —me pregunta mi abuela.
Ay, madre, me la voy a cargar.
—Ey, yaya, qué alegría oírte —suelto con tono alegre, a ver si piensa que
era una bromita de nada de Thiago y me deja con vida.
Y me cuelga, la muy insensata me cuelga el teléfono. Me quedo ahí, con
la boca abierta, mirando la pantalla del móvil, cuando me entra una
videollamada desde el número de Thiago.
Descuelgo y veo a mi abuela al otro lado, con las cejas enfurruñadas y
una cara de mosqueo que flipas.
—¿Tienes idea de la cantidad de pañales que tuve que cambiarte cuando
eras un bebé?, ¿la cantidad de veces que me pringué las manos con tu caca
apestosa?, ¿la cantidad de veces que me measte encima o me echaste la
pota? ¿Tienes idea? ¿La tienes?
Escucho la carcajada de Thiago, joder, sí que está feliz el hombre. No lo
he oído yo carcajearse desde aquel verano en el que me hostié con los
patines. Cuando estaba en tercero de educación secundaria e intentaba
hacerme el chulo pasando por delante del grupo de chicas de Bachillerato
que estaban por ahí, me caí de culo y me lo raspé tanto con el asfalto que mi
madre estuvo una semana echándome Betadine en las heridas y tuve que
andar por casa con una falda de Ale porque era incapaz de ponerme unos
calzoncillos e ir en bolas por la vida no estaba contemplado. Y por si lo
estabas pensando, sí, hay fotos, muchas fotos que lo documentan.
Estoy tan flipado que soy incapaz de rebatirle nada.
—Perdona, yaya, no lo he dicho en serio.
—Pídele perdón a tu madre también. —Mi abuela gira la pantalla y
aparece en la imagen mi madre, que está cocinando y por la cara que tiene
sé que está conteniendo la risa.
—Perdón, mami.
—Y ahora le pides perdón a tu hermano, por entrometido, ¿a ver qué te
importa a ti lo que mete o saca con Diego? Eso es asunto de ellos dos, tú
preocúpate de meter y sacar tú, porque estás de un borde desde que no
chingas que no es ni normal.
—¿Qué? —inquiero desconcertado.
—Que el sexo es muy importante para la salud, no tienes idea de todas
las ventajas que tiene. Mira tu abuelo y yo, que como mínimo dos veces a la
semana estamos ahí dale que te pego.
Mi hermano, que está justo detrás de mi abuela, se tapa las orejas con las
manos.
—Yaya, para, por favor —le suplico.
Trago el nudo de bilis que me sube a la garganta.
—Y cuando tu yayo me dice no, Gertrudis, que estoy cansado y no me
apetece mucho, yo le digo que ya lo animo yo y…
—¡Para! —grito—. ¡Para, por favor! —No quiero saber cómo lo anima,
la verdad—. Thiago, lo siento, puedes meter y sacar lo que quieras con
Diego y no es asunto mío ni tienes que darme explicaciones.
Mi abuela frena su perorata.
—Gracias por decirlo —me contesta Thiago, que ahora está enfocado en
la pantalla y se muerde el labio para no volver a carcajearse, mi abuela le
tiende el móvil y lo veo en primer plano—. Bueno, adiós, te dejo, que estoy
ayudando a la yaya y a mamá a hacer la cena.
Y me cuelga, el muy perro me cuelga. Definitivamente, Thiago ha dejado
de ser mi hermano favorito.
Con el teléfono aún en la mano, abro el chat de Alejandra.
Luci:
La mayor parte de las veces eres mi peor
pesadilla.
Me la has liado parda y me voy a vengar, que
no te quepa duda.
Te voy a hacer sufrir tanto que me suplicarás
clemencia.
Y ten por seguro que no voy a ser nada
clemente.
Dicho todo esto, también es justo que te diga
que a partir de ahora y hasta el fin de los
días eres mi hermana favorita.
Mi peor pesadilla:
Soy tu única hermana, imbécil.
Joder, pero ¿por qué me insulta, si le he dicho un cumplido?
Luci:
Me refería de entre todos mis hermanos,
zumbada.
Mi peor pesadilla:
¿De entre todos?
¿Y Orlando?
Luci:
No lo quiero tanto desde que se dedica a
dejar a Aurora en casa de mamá a todas
horas. Esa niña es un demonio con piernas.
Dejo de recibir mensajes de Ale, no me contesta. Resoplo y chisto. En mi
familia no hay nadie normal. Ni las gracias me ha dado, ¿te lo puedes creer?
Me vibra el móvil en la mano.
Orlando:
Este año te quedas sin regalo de Navidad, y
olvídate de las entradas para la Fórmula 1 a
la que te prometí que te llevaría.
Joder, joder, será cabrona.
Luci:
¿Eh?
Me hago el loco y me manda el pantallazo de mi conversación con
Alejandra.
Luci:
Ah, eso.
Perdona, lo siento, no quería ofenderte. Lo
que quería decir es que Aurora, que yo la
quiero un montón, está en una edad en la
que es agotadora porque no para en todo el
día.
Orlando:
No es suficiente con disculparte.
Mañana no trabajas, ¿no?
Luci:
No.
Orlando:
Pues mañana te quedas con Aurora todo el
día, así me llevo a Mili a un día en pareja, ya
sabes, spa, masaje, comida y follar, que ya
nos va haciendo falta.
Luci:
Uy, imposible, no puedo.
Orlando:
Sí puedes.
A las nueve la tienes en tu casa.
Pásame la dirección.
Luci:
Vale.
Claudico, porque no me va a servir de nada inventarme una excusa, y me
apetece muchísimo ir a la fórmula uno, que este año Orlando prometió
llevarme a Japón. Eso sí, Alejandra no se libra de esta.
Luci:
TE
ODIO
PROFUNDAMENTE
CON
TODO
MI
SER.
Mi peor pesadilla:
Jajaja.
Yo también te quiero, cacho de carne con
ojos.
Luci:
Voy a acabar contigo, te voy a cortar en
trocitos y le voy a dar de comer a los
tiburones con tu carne putrefacta. Eres una
arpía y una insensata y te odio.
Otra vez se desconecta, detesto que no me conteste a los mensajes
cuando estamos discutiendo. Como no se disculpe se va a enterar. Me vibra
el móvil en la mano.
Papá:
Por favor, Lucien, deja de amenazar a tu
hermana. ¿Acaso tienes quince años de
nuevo?
Por favor, qué tortura, aquella psicóloga a la
que te llevamos a terapia me dijo que la
tontería se te quitaría con dieciocho o
diecinueve años. La voy a denunciar para que
me devuelva el dinero.
Lloriqueo, ofuscado.
Por un momento pienso en ir hasta el chat de Diego para decirle que se lo
piense muy bien antes de entrar a formar parte de mi familia, pero casi que
paso, porque a saber si este se alía con Thiago y vamos a estar aquí con
pantallazos, amenazas e insultos hasta mañana.
Mosqueado, mascullo improperios sin parar hasta que alzo la vista y doy
un respingo cuando veo a Dani ahí, delante de mí, con los ojos muy abiertos
por la cantidad de palabrotas que he soltado sin respirar.
—Ah, hola, ¿estabas ahí? ¿No dormías con Berto? —pronuncio con
retintín.
Menudo día llevo
Daniela
Miro con los ojos muy abiertos a Luci, que está mascullando cosas sin
sentido con una cara de mala hostia que no puede con ella. Está tirado en mi
sofá, con una camiseta desgastada que deja entrever los músculos de sus
pectorales y…, bueno, y todos los demás, en boxers y con unos calcetines
blancos en los pies que tiene cruzados encima de la mesa de salón. En mi
mesa de centro que me costó una pasta y en la que como la mayor parte de
las veces.
Hiperventilo.
Aunque ahora mismo no sabría decirte si es porque no me hace ninguna
gracia que ponga los pies sucios encima de mi mesa o porque esté ahí
medio desnudo en mi sofá y se me están pasando por la cabeza ideas de lo
más absurdas y cochinas. En una milésima de segundo he visualizado esas
nalgas desnudas que me han tenido salida perdida toda la tarde y ese
instrumento, que ya te digo que con un lápiz no se puede comparar, que
noté pegado en mi abdomen cuando nos dimos el beso más sexi y caliente
que me han dado en la vida.
Joder, a ver si va a tener razón mi amigo Berto y con veintinueve años
soy una mojigata casi virgen, porque sí, no te voy a negar que yo ya me
había dado cuenta de que Uriel no estaba lo que se dice bien dotado, eso
unido a que él no le daba mucha importancia al sexo y desfogábamos más
bien poco porque siempre le apetecía más hacer otras cosas, lo cual nunca
he reconocido delante de Berto ni mucho menos de Miriam, pues nuestra
vida sexual estaba ahí, pero no es que fuese la panacea y tampoco era
demasiado pasional, sino más bien práctica. Es decir, me estoy dando
cuenta de que en todos los años que Uri y yo estuvimos juntos nunca me
había puesto tan cachondona como con este tipo que tengo delante.
—Ah, hola, ¿estabas ahí? ¿No dormías con Berto? —pronuncia el
nombre de mi amigo con un tono que no logro descifrar.
—Ehm, sí. No, no, al final no hacía falta. Mejor me quedo aquí. ¿Va todo
bien?
Señalo al móvil que tiene en la mano aún. ¿Estaría discutiendo con su
hermana? Igual piensa que vivir conmigo es lo más horrible que le ha
ocurrido en su vida y, quieras que no, de pronto, que acabo de caer, pues me
siento un poco ofendida, porque yo soy buena gente, soy limpia, ordenada,
una persona tranquila, soy la compañera de piso ideal.
—No, todo bien —musita y veo que me observa de arriba abajo con
gesto enfurruñado.
Le echo un vistazo al espejo que está a un lado en la pared del salón. A lo
mejor se arrepiente de haberme besado porque con el ambiente del bar, la
poca luz y la cerveza que llevaba se vino arriba o quizás fue por lo que le
contó mi hermana, de que estaba muy necesitada de chuscar, quiso hacer la
buena acción del año y, no sé, quizás ahora se piensa que soy horrible, que
soy la tía menos sexi con la que se ha cruzado y que no volvería a repetir ni
borracho y se piensa que lo voy a acosar.
Frunzo el ceño yo también, mosqueada.
No es que sea supersexi, pero soy mona, ¿no? Resultona, aunque debería
plantearme usar más el cepillo del pelo y no sé, el rímel, más que sea, pero
es que el maquillaje no se hizo para mí, siempre termino haciendo un
desastre: o estornudo con el rímel recién puesto y me pringo por todas
partes de negro o se me olvida que llevo maquillaje y me restriego los ojos,
o me pongo lápiz de labios y termino con los dientes manchados… Vamos,
que termino hecha un desastre y creo que estoy mejor al natural.
—Oye, guapito de cara, que tú tampoco eres para tanto —se me escapa.
Luci abre mucho los ojos, desconcertado.
—¿Qué? —pregunta sorprendido.
—Ehm…, que si ha quedado algo de cena, que me muero del hambre.
Asiente y se pone de pie, imponente, tan alto, tan sexi, tan serio… que no
puedo evitar boquear un poquitín. Joder, tengo que dejar de hacer esto. Se
va a pensar que lo veo como un solomillo que me tenga que comer. Da un
par de pasos hacia mí y se detiene, como si se arrepintiese. Bajo la vista por
su cuerpo y me atraganto con mi saliva al ver el solomillo que sí que me
quiero comer, ahí, marcadito, en sus boxers ajustados. Toso un poco, y él
señala hacia el pasillo.
—Me voy a la cama, que mañana tengo que madrugar —añade, y yo
asiento—. Las sobras están en la nevera.
—Gracias, ¿te hago un Bizum? Por la comida, digo —hablo nerviosa,
porque estoy notando que me he puesto roja, orejas, cara y todo, y me está
dando vergüenza—. Por la comida china —aclaro. A ver si se va a pensar
que le voy a pagar por otro tipo de comida.
—No, no, yo invito.
—Ahm, vale, gracias.
Me quedo ahí quieta, paralizada, más bien, en lo que veo cómo avanza
por el pasillo, recreándome la vista con esas nalgas apretadas, abre la puerta
de su dormitorio y justo antes de entrar se gira.
—Dani… —me llama. Alzo la vista, no te voy a contar lo que estaba
mirando y que él, obviamente, se ha dado cuenta—. Deberíamos…,
deberíamos hablar de esto, ¿no? Porque es un poco raro.
Cabeceo afirmando.
—Sí, tienes razón.
—Perdona que esté en calzoncillos, no pretendía importunar, pensé que
no vendrías hasta mañana y solo estaba cómodo.
—Es tu casa también, puedes estar cómodo, no me importa — respondo
intentando sonar sensata.
¿Qué me va a importar?, si estoy por palpar cada centímetro de su cuerpo
para ver si es de verdad o es una alucinación salida de mi mente.
—¿Mañana? —me pregunta.
¿Eh?
—¿Eh? —verbalizo.
—¿Podemos hablar mañana?
—Ah, claro, no trabajo, estaré aquí. No sé, por la cocina o en el salón.
Las comisuras de los labios se le alzan ligeramente, apenas es
perceptible, pero a mí me da un vuelco el estómago porque me parece un
gesto de lo más sexi.
—Vale, pues nos vemos en la cocina o en el salón. —Asiento de nuevo.
Se mete en la habitación y justo antes de cerrar vuelve a asomarse—. ¡Ah,
Dani! —Yo sigo ahí, paralizada, no me preguntes por qué, porque me he
quedado tonta, básicamente—. ¿Te importa que duerma con
Miaundalorian? Se ha quedado frito en mi cama y me da pena despertarlo
para sacarlo.
Jodido gato traicionero.
—No, da igual.
Luci asiente y, ahora sí, escucho cómo cierra la puerta. Es en ese
momento en el que me doy cuenta de que el móvil me lleva vibrando un
buen ratazo en el bolsillo trasero del pantalón.
Sacudo la cabeza de un lado al otro para intentar recuperar la cordura y
saco el teléfono del bolsillo.
El nombre de mi hermana aparece en la pantalla.
Lo miro con odio y rechazo la llamada. Estoy enfadada con ella por la
encerrona que me ha hecho. Mira que sabía que no me tenía que fiar, que de
una forma u otra me la iba a liar parda, pero esto no me lo esperaba para
nada.
Ya hablaré con ella cuando se me quiten las ganas de asfixiarla con mis
propias manos. Menudo día llevo, te lo digo.
Me doy la vuelta y voy a la cocina. Me hacen chiribitas los ojos cuando
me doy cuenta de que hay pollo con salsa de ajo entre los táperes de comida
china, es mi plato favorito del mundo.
Me sirvo una cantidad ingente de comida y como de pie, en la cocina,
con la vista perdida en el infinito y la mente en blanco. Mentira. Lo estoy
intentando, te lo juro, no quiero pensar en nada, pero no puedo quitarme de
la cabeza la necesidad que tiene mi cuerpo y lo mucho que me grita que
podría estar ahora mismo echando el polvo de mi vida con el maromo
buenorro, sexi, imponente y bien dotado que duerme a unos pasos de mí.
En fin…, que él no parecía muy interesado y que en realidad es la peor
idea del universo, así que más vale que termine de comer pronto, me dé una
ducha, me masturbe un poco, para aliviar todo este calor interno, y me
acueste a dormir.
El móvil, que está sobre la encimera, comienza a vibrar de nuevo.
Miriam. Lo miro con odio mientras mastico despacio, no pienso contestar.
Me ha venido bien esta llamada porque de pronto se me va de la cabeza
Luci y empiezo a pensar en formas de matar a mi hermana.
Cuando se cansa de llamar, y se da cuenta de que no voy a contestar, el
móvil vibra brevemente cuando me entra un mensaje.
Miro la pantalla.
Miriam:
Lo siento.
Lo siento.
Lo siento.
Y así cincuenta veces más.
La ignoro y dejo que siga escribiendo mientras vacío los restos de mi
plato en la papelera y lo enjuago antes de meterlo en el lavaplatos.
Para cuando me acuesto, después de darme una ducha y ponerme el
pijama, tengo como tres trillones de «lo siento» más de mi hermana y otra
notificación diferente. Trago con fuerza al ver el nombre de Luci en la
pantalla.
Luci:
Me acabo de terminar el libro. Debo
reconocer que me ha encantado. ¿Tienes el
siguiente?
Dani:
¿Qué te ha parecido ese final?
Luci:
Desconcertante, como me digas que no
tienes el siguiente, me tiro por la ventana.
Suelto una risilla.
Dani:
Tengo el siguiente. ¿Lo quieres ahora?
Trago con fuerza por la imagen mental que me acabo de hacer de Luci
entrando a mi dormitorio para buscar el libro, acercándose a la cama al
verme vestida con una camiseta sexi y unas braguitas. Bueno, muy sexi no
es, es una camiseta vieja y descolorida con un dibujo del gato de Cheshire
medio desteñido, pero que me encanta, y unas bragas de algodón blancas,
cero provocativas, pero yo qué sé, a lo mejor le pone, se olvida del libro, se
acerca a mí y me da lo mío y lo de mi prima y eliminamos de un plumazo
toda esta tensión que se palpa en el ambiente.
Contengo la respiración cuando me vuelve a vibrar el teléfono en la
mano.
Luci:
No, mejor mañana. Estoy cansado.
Dani:
Vale.
Buenas noches, Luci.
Que descanses.
Luci:
Dani…
Dani:
Dime.
Luci:
Tenías razón, esto es adictivo. ¿Qué me dices
del polvazo ese con el que destrozaron media
habitación?
La madre que lo parió.
Dani:
No me lo recuerdes, por favor. Todavía muero
de vergüenza al pensar en lo que te dije.
Luci:
¿Eso de que, después de leer, te
desahogabas en la ducha, en la cama o
donde fuese?
Dani:
Vale, voy a tirarme por la ventana, ya si eso
llamas a mi hermana para que venga a
buscar mis restos. Por favor, quédate con mi
gato, Miriam lo odia.
Luci:
Hecho.
Me muerdo el labio inferior y aprieto los muslos para mitigar el
cosquilleo entre mis piernas, porque me da hasta corte estar tan caliente.
Dani:
Oye, Lucien…
Luci:
Tranquila, no volveré a mojarte el suelo.
Y tampoco pondré los pies encima de la
mesa del salón, creo que te ha molestado.
Mañana hablamos y establecemos unas
normas de convivencia, ¿te parece?
Dani:
No era eso, aunque te lo agradezco.
Solo quería saber si…
¿Te has vuelto a desahogar en la ducha, en
la cama o…?
Luci:
Varias veces.
Dani:
Ahm, vale.
En realidad, no necesitaba saber eso, es masoquismo puro y duro. Suelto
el teléfono encima de la mesilla de noche, como si quemase, y la siguiente
media hora me dedico a aliviar todas las necesidades de mi cuerpo. Varias
veces. Y no. La tensión no se ha ido, sigue ahí cuando ya agotada, con las
piernas temblando y la frente perlada de sudor, me levanto para ir al baño a
lavarme y al volver me da un vuelco el estómago al escuchar que el móvil
vibra en la mesa de noche.
De pronto me imagino que es Lucien, que me pregunta si me acabo de
desahogar, y yo le contestaría que lo he intentado, pero que ha sido inútil y
estoy igual o peor que antes, y él se ofrecería a echarme una mano, al fin y
al cabo, vivimos juntos, sería de buen compañero de piso ayudar al otro a
sentirse mejor, ¿no? Si terminamos follando como si no hubiera un mañana,
igual después nos despertamos frescos como una lechuga, deja de ser
incómodo vernos por los pasillos y hablar cara a cara y ya está, vivimos
felices y en armonía por el resto de los siglos hasta el fin de nuestros días.
Es un buen plan.
Me siento en la cama, porque aún me tiemblan las piernas y, al final, con
la tontería me voy a caer al suelo.
Desbloqueo el teléfono y compruebo los mensajes que me acaban de
entrar.
Decepcionada, leo una retahíla de dos mil quinientos «lo siento» de mi
hermana Miriam y al final un último mensaje.
Miriam:
¿Me perdonas?
Dani:
No.
Todavía no.
Activo el modo noche en el teléfono y, por suerte, no me cuesta nada
conciliar el sueño.
Un mostro, un mostro
Lucien
Orlando:
Estoy abajo. Ven a buscar a la peque.
Luci:
Todavía no son las nueve.
Orlando:
Que bajes, capullo.
Luci:
Vaale.
Chisto, agarro las llaves de casa y salgo sin hacer ruido. Solo rezo porque
Aurora venga tranquilita porque como le dé por gritar como una posesa que
quiere que le cante Estrellita me veo llevándola al parque para que no
despierte a Dani, y luego mi compañera de piso decida que no he cumplido
el periodo de prueba, me eche de su piso, tenga que volver a casa de mis
padres y todo eso que ya sabes que no quiero que ocurra. Y te aseguro que
correr en el parque detrás de una niña de tres años que tiene energía para
parar un tren no es mi plan ideal para un sábado por la mañana, el primer
sábado que libro desde hace semanas.
Justo se escucha el sonido del ascensor al llegar a mi planta cuando me
entra otro mensaje de mi hermano. Por favor, señor, por favor, que de
pronto haya caído en que yo no sé cómo se cuidan los bebés, se haya
arrepentido y se lleve a la niña con mis padres.
Orlando:
¿Cómo has hecho para poder vivir en un sitio
así?
¿Estás haciendo algún tipo de chanchullo
fuera del curro?
¿Traficas con alguna sustancia ilegal?
Luci:
Joder, qué pesadito eres.
Comparto piso, ya te contaré la que me ha
liado Ale.
Bajo.
Mi hermano es policía y nos vigila a los tres con lupa, que, a ver, de todas
formas no es que yo pensase cometer ningún tipo de delito, pero que me
toca la moral que me haga el tercer grado cada vez que tiene ocasión, pues
me la toca.
—¡Tito Luci! —grita el demonio de rizos negros y ojos verdes en cuanto
me ve.
—Hola, princesa.
Me la como un poco a besos porque sí, mi sobrina es un trasto, cansa más
que correr una maratón y es un poco pesadita y repetitiva con las cosas,
pero que la adoro es un hecho.
Mi hermano me suelta lo que parece una mochila de acampada y alzo las
cejas. No me deja tiempo de reacción y cuando me quiero dar cuenta ya le
ha dado un beso en la frente a la niña y va camino del coche.
—Eh, ¡espera! —le grito—. ¿Qué es todo esto? —pregunto aterrorizado
—. ¿Vienes esta noche a buscarla o te la llevo?
Vamos, que lo que quiero es que se entere de que no hay opción de que se
quede a dormir aquí.
—Claro, luego ya hablamos. Nada, un par de cosas para que la
entretengas, juguetes, pinturas, plastilina, ropa de cambio, pañales y
también tienes la comida, no me fío de ti, a saber qué le darías de comer
sino.
—Ah, pero ¿todavía usa pañales?
La miro desconfiado.
Mi hermano suelta una risilla, arranca y se despide alzando la mano.
—Chao, papi.
Aurora le tira besos volados.
Ay, qué ricura, qué mona es.
—Aurora, cielo. —La peque me mira—. ¿Todavía usas pañales? — Se
encoge de hombros—. ¿Y tú sabes cómo se cambia eso?
Pestañea, como si no encontrase la respuesta en su disco duro de palabras
aprendidas. Suspiro, bueno, vale, ya nos apañaremos, seguro que hay vídeos
de YouTube para mostrarte cómo se hace.
—Tito… —me habla cuando ya vamos de camino al portal—. ¿A qué
jubamos?
Pienso unos momentos en lo que la alzo en brazos, cuando llegamos al
ascensor, para que pueda tocar el botón. No sé por qué a los críos les flipa
darle a todos los botones del mundo, y en casa de mis padres llora como no
le dejes hacerlo a ella, así que mejor evitar alterarla tan temprano.
—Tenemos que jugar en silencio un ratito, hasta que mi amiga Dani se
despierte, ¿vale? —Aurora me mira desconfiada y asiente—. Si te portas
bien y estás tranquilita, en silencio, luego podemos ir al parque un ratito,
¿lo has entendido?
Aurora aplaude y grita «sí» tan fuerte que me han dolido los oídos. Ahm,
pues, mira, no lo ha comprendido, no.
—Schsss. —La chisto—. En voz baja, que Dani duerme, ¿recuerdas?
Aurora asiente.
Entramos en casa y exagero el andar de puntillas poniéndome un dedo
sobre los labios, y Aurora me imita. Una vez en el salón enciendo la tele y
trasteo hasta dar con la peli de Buscando a Dory, que es de sus favoritas del
mundo mundial, la pongo a un volumen bajito, y ella se queda ahí pasmada
mirándola.
—Tito Luci, teno hambre —me suelta a los tres segundos.
La miro.
—¿No has desayunado? —Ella niega—. Qué simpático tu padre. —Me
pone ojitos, y yo suspiro—. Vale, espera un poco aquí en lo que te preparo
algo. No te muevas del sofá, ¿entendido?
Cabecea afirmando sin despegar la vista de la pantalla.
Me levanto y voy a la cocina, aprovecho para sacar de la mochila gigante
un par de táperes con comida. Rebusco y, aparte del almuerzo, solo veo
galletas y fruta.
Escucho los pasitos de Aurora, que entra en la cocina.
—¿Seguro que no has desayunado? —Aurora niega—. ¿Qué te apetece?
Ella se encoge de hombros.
—Tito Luci, quero pintar.
—Claro, cariño. —Saco una libreta gigante, un libro de colorear y un
estuche de su mochila—. Pero recuerda no hacer ruido. Y, por favor,
cuidado no manches el sofá ni el suelo, ¿vale?
—Vale —repite.
—Ni la mesa, la mesa de centro tampoco, que es de madera buena.
La niña me mira con atención y se mantiene en silencio, como si
estuviera esperando a que le diga algo más. Como ve que ya he terminado,
se da la vuelta y camina de puntillas hasta el salón.
Abro y cierro la despensa y la nevera, en busca de algo que pueda comer
la pequeña.
Hay naranjas en el cesto, así que rebusco en todos los muebles hasta dar
con un exprimidor. Que ya sé que los zumos no son lo más saludable del
mundo, pero dime tú qué le doy de beber, como no le ponga un café, vamos
jodidos. Como la niña está tranquila, no se oye ni una mosca, me dispongo
a prepararle un buen zumo de naranja y un sándwich de pavo y queso
fresco, además, le pico una manzana, que sé que le encantan. Con esto ya
aguantará unas horas.
Trasteo un poco más hasta dar con una bandeja y lo dispongo todo
encima. Procuraré darle de comer yo para que no ensucie nada.
Llego al salón y, al alzar la vista de la bandeja, me quedo blanco.
—A… aurora… —musito con la voz entrecortada y tiemblo, te juro que
estoy temblando.
—¿Te busta, tito? —me pregunta feliz.
—Aurora, por tu madre, ¿qué has hecho? —inquiero cuando soy capaz
de recuperar el habla.
—Una tortura, como esa.
Señala la televisión y aparece una tortuga que grita: «¡Coge la corriente,
pequeña blue!».
Blue me estoy quedando yo, te lo digo.
—¿Tortura? Tortura a la que me van a someter a mí. Ay, Dios mío, que
me echan —lloriqueo. Coloco la bandeja sobre la mesa de centro y corro
hasta mi sobrina—. Aurora, cielo, ¿no te dije que no podías ensuciar nada?
La niña mira a su alrededor examinándolo todo.
—No está sucio —me explica extrañada mientras me señala el suelo,
luego el sofá y, por último, la mesa. Exactamente las instrucciones que le di.
—Ya. Ya veo. —Lloriqueo un poco más—. Por favor, nena, ponte en el
sofá sentadita cinco minutos, ¿vale? Voy a intentar limpiar esto.
—¿No te busta? —Los ojos se le llenan de lágrimas.
—Cariño, es que las paredes no se pintan y es probable que Dani se
enfade conmigo cuando lo vea.
Aurora empieza a llorar.
Joder, joder, joder.
—Se llama Mili, como mami. No la mates.
Ese lado dramático ha debido de sacarlo de Alejandra, porque ni mi
cuñada ni me hermano son así. Cojo a la niña en brazos para llevarla al
sofá. Miro de reojo el estropicio mientras la abrazo y la acaricio para que se
calme y deje de berrear.
—¿Tienes hambre? —le pregunto, intentando cambiar de tema, y ella se
limpia los ojos con los puños. Voy a hacer que no he visto cómo se pasaba
el dorso de la mano por la nariz para quitarse los mocos colganderos y
luego se la ha limpiado en el sofá. Asiente—. Toma el sándwich, quédate
aquí tranquilita, ¿vale?
—Vale.
Suspiro y corro hasta la cocina. Todavía no tengo muy controlado dónde
están las cosas, pero los productos de limpieza menos, porque no he tenido
tiempo de limpiar en estos días. Abro y cierro muebles hasta que doy con
un armario lleno de botes, esprais y botellas.
Empiezo a leer las etiquetas a ver qué puedo usar para arreglar el
estropicio. Amoniaco, desinfectante, desengrasante, detergente para la ropa,
fregasuelos, lavavajillas, lejía, limpiacristales, limpiador de baños,
limpiador para superficies de madera, multiusos, pulidor, quitamanchas…
Joder, joder. ¿Qué es todo esto? ¿Hacen falta tantas cosas para limpiar una
casa? Cuando vivía con Emma solo teníamos lejía, fregasuelos y poco más.
Leo de nuevo las etiquetas hasta que me doy cuenta de algo. Espera… ¿Está
colocado por orden alfabético o son cosas mías? Alzo las cejas,
sorprendido. Será casualidad, ¿no? Ya me he dado cuenta de que a Dani le
gusta el orden y la limpieza, pero ¿tendrá algún TOC con esto?
Por un momento me olvido de la que tengo encima y me pongo a abrir
otros armarios leyendo los botes que me voy encontrando: arroz, azúcar,
café…, hasta que escucho un ruido de cristales, me quedo pálido y corro
como no lo he hecho en la vida hasta llegar al salón. Veo el vaso roto en
cuatro pedazos en el suelo y el zumo esparcido por todas partes. Por suerte,
Aurora está al otro lado diciendo en bucle: «Oh, oh. Oh, oh».
—¡No te muevas! —grito—. Sube al sofá, Aurora.
La niña asiente y se sube y entonces me fijo en que está todo el tapizado
lleno de queso fresco, hay una tapa de sándwich por un lado y la otra en el
suelo. Del pavo no hay rastro, se lo debe de haber comido.
Me agacho y recojo los cristales con cuidado, intentando no cortarme y
que no quede ninguno. Por suerte, no se ha hecho añicos.
—¿Qué ha pasado con el vaso, cariño? —le pregunto de camino a la
cocina para poder tirar los pedazos en la basura sin quitarle el ojo de
encima.
—Asco. —Levanto la cabeza con los ojos muy abiertos—. Puag. —Y
hace un gesto con las manos como si estuviera empujando algo.
—¿Qué? —Ay, Dios. ¿Lo ha tirado? Lo de psicópata sí que lo ha sacado
de Mili, que mi cuñada tiene una mala leche que flipas—. Aurora, la
comida no es asco —la amonesto cuando vuelvo de la cocina—. No se
pueden tirar las cosas al suelo y menos un vaso de cristal y…
—¡Dori! —grita la pequeña interrumpiéndome y señalando la tele, y es
cuando veo que la pantalla, donde aparece el pez azul ese al que se le olvida
todo, está toda sucia y que en el suelo, justo delante, hay trozos de manzana
mordisqueados.
—Ehm, estooo, Aurora, cielo, ¿le has dado de comer a Dori? — Ella
niega—. ¿Seguro?
—A Dori no. A la tortura.
Lloriqueo. ¿Cómo hago para limpiar todo esto y que la pequeña no la
siga liando parda? En esas estoy, pensando opciones que llevar a cabo
cuando escucho un grito a mi espalda seguido de un:
—¿Qué coño?
Abro los ojos mucho. Aurora se vuelve y abre los ojos mucho, imitando
mi gesto, y se tapa la boca con las dos manos.
—Oh, oh. Parablota. —Señala a Dani, que diría que está a punto del
colapso.
—¿Qué… qué ha pasado aquí? —tartamudea mi compañera de piso.
Le va a dar algo, está hiperventilando y a cada destrozo más que
descubre más hiperventila.
—¡No te muevas! —le grito cuando veo que da un par de pasos en mi
dirección y que está descalza.
He recogido los trozos de cristal, pero puede haber algún pedacito
pequeño que no haya visto, mejor paso la aspiradora cuando limpie todo el
zumo del suelo.
—¡Joder! —chilla Dani—. Me cago en mi vida, no me grites así cuando
estoy recién levantada —me sermonea.
¿No se ha dado cuenta de que estamos en medio de una crisis?
Aurora empieza a llorar porque se ha asustado.
—Ay, no pasa nada, cariño. No pasa nada —intento calmarla.
—Estoy en un sueño, ¿verdad? Esto es una pesadilla —murmura Dani—,
pues ya que sueño con el maromo buenorro podría soñar con algo más
cachondo, la verdad —dice para sí misma, pero, obviamente, la he oído. La
he oído yo y Aurora también.
—¿Qué es ca… casondo?
Dani suelta un gritillo sorprendido al escuchar a la niña repetir la palabra,
a su manera, claro.
Y yo…, yo estoy por llorar de verdad.
—¿Qué es esto? No puede ser, no es posible… —Dani se pone una mano
en el pecho mientras continúa desvariando.
Aurora, que ve que la situación se ha tornado un pelín incómoda, pasa la
vista de Dani a mí y de mí a Dani, pasea la mirada por todo el desastre que
hay liado en el salón y, como si se le hubiera ocurrido la idea del siglo, se le
ilumina la cara cuando extiende los brazos, cierra los ojos y empieza a
cantar a pleno pulmón:
—«Estrellita dónde tás, me pegunto qué serás».
—Lo siento —le digo a Dani, pero no me está oyendo, sigue a lo suyo,
musitando cosas sin sentido, mi sobrina cada vez canta más alto, y yo me
estoy poniendo histérico—. ¡¡Basta!! —chillo—. Chicas, ¡se acabó!
Dani y Aurora me miran sorprendidas y con el mismo gesto horrorizado.
—Tú, peque, quédate ahí en el sofá, calladita, por favor. Y tú, Dani,
siéntate ahí mismo. ¡Estaos quietas las dos! ¿Me habéis oído?
Dani asiente, pálida, y se deja caer al suelo, se sienta a lo indio. Aurora se
pone de pie sobre el sofá y, cuando estoy a punto de chillar que se va a
resbalar y a pegarse un tortazo, imita el movimiento de Dani, se deja caer y
cruza las piernas a lo indio. Bueno, me vale.
Corro hasta la cocina y vuelvo cargado con un cepillo y un rollo de
servilletas de papel. Por un par de segundos recupero la cordura. Parece que
ya no quedan trozos de cristal en el suelo. Me agacho para limpiar con
servilletas todo el zumo esparcido.
—Miii. —Se oye de repente.
Oh, oh. Oh, oh. Ni me acordaba de Miaundalorian.
—Aaaaaaah —grita mi sobrina, que corre hacia mí y se engancha a mi
pierna—. Un mostro, un mostro.
Dani suelta un grito indignado.
Yo cierro los ojos con fuerza por una milésima de segundo porque soy
consciente de que me va a caer una buena por todo esto, pero no es la mejor
idea cerrar los ojos ahora mismo. Los abro justo a tiempo para ver cómo el
gato esquiva a Dani, que intenta atraparlo para que no entre al salón, y se
acerca a mí. Cuanto más se acerca, más chilla la niña.
Dani pasea la vista de la puerta de la calle a mí y otra vez a la puerta y de
nuevo a mí, como si estuviera calculando si puede echar a correr y huir
antes de que la atrape, como si yo, en lugar de su compañero de piso, fuese
un vil secuestrador.
Uno las manos en un ruego, mientras la niña sigue llorando con la cara
enterrada en mi pierna.
—Dani… —la llamo para que me mire y cuando su vista se posa en mis
ojos continúo hablando—: Lo siento. Lo siento. Lo siento de verdad.
Arreglaré todo esto, ¿vale?
Ella asiente, aunque no parece muy convencida.
—No me dijiste que tuvieras una hija.
—No es mi hija.
—Papiiiii —lloriquea Aurora—. Quiero ir con papiiiiii y mamiiiiii.
Papiiiiiii.
Dani se queda pálida de nuevo. Apostaría a que está pensando en correr a
por su teléfono móvil y llamar a la policía.
—Es mi sobrina Aurora —le explico.
—Ahm.
—Mi hermano ha tenido una urgencia y me la ha tenido que dejar. —Si
le cuento la verdad es probable que me eche de casa de verdad—. Lo
arreglaré todo —le repito, y Dani va recuperando el color.
—Vale.
—¿Podrías…, podrías sujetarla un momento para poder limpiar todo
esto?
Dani pone un gesto de pánico como si le hubiera pedido que atendiese un
parto de quintillizos en medio del bosque y a oscuras, pero termina
aceptando.
—Aurora, cielo. —Suelto todo lo que tengo en las manos en un lado y
cojo a mi sobrina en brazos—. Miaundalorian no es un monstruo. Es un
gatito muy bueno. Es el gatito de Dani. A ti te gustan los gatitos, ¿verdad?
La niña deja de llorar y con la cara llena de lágrimas y mocos mira
desconfiada a Miaundalorian, que se ha subido al sofá y se está comiendo el
queso que mi sobrina ha dejado esparcido por todas partes.
—Sí —dice al final.
—Vale, pues si te vas con Dani un ratito y te portas bien, luego podrás
acariciarlo, ¿quieres? —Aurora asiente, y la pongo en el suelo. Le limpio la
cara y los mocos con una servilleta antes de llevarla de la mano junto a
Dani—. Dile hola a Dani.
—Hola… —saluda Aurora, tímida, enganchada a mi pierna de nuevo. Le
echa un vistazo de reojo al dibujo de la pared—. ¿Por qué odias a mi
tortura?
—¿Qué? —pregunta Dani y me mira a mí.
—Le he dicho que no te iba a gustar que dibujase una tortuga en la pared
y que te ibas a enfadar conmigo.
Puedo saber el momento exacto en el que la tirana de mi sobrina ha
logrado que Dani caiga en su chantaje emocional, al verle los ojos llenos de
lágrimas y el labio en un gesto de pena.
—Tu tortuga es muy bonita —le dice al final—. Pero es verdad que en
las paredes no se debe pintar. Si me dibujas una en un folio lo puedo poner
en la nevera, ¿te parece bien?
Aurora asiente, feliz.
—Se llama Mili, como mi mami. Echo de menos a mi mami.
Dani me mira horrorizada, creo que vuelve a sospechar que he
secuestrado a la niña.
—Ahm, ¿y dónde está tu mami ahora?
Aurora se encoge de hombros.
—No sé.
—Pues es probable que esté con mi hermano huyendo del país para no
volver jamás —se me escapa. Aurora se vuelve hacia mí, horrorizada—. Es
broma, cielo. Es broma. Vendrán esta noche a recogerte.
—¿Esta noche? —El mismo gesto de pánico se le pone a Dani.
Y yo chisto. Me saco el teléfono del bolsillo trasero del pantalón y hago
lo último que quería hacer, pero es una situación de vida o muerte. Busco en
la agenda y le doy al botón de llamar.
—Ni de coña —contesta mi madre al otro lado al primer tono, como si
llevara todo el rato esperando con el teléfono en la mano a que la llamase
para gritarle socorro.
—Mami, por favor, no me hagas esto, no veas la que ha liado la niña en
un momento.
—¿No te cagaste en mí ayer?, pues ahora te buscas a otra que te saque las
castañas del fuego.
Y me cuelga, me ha colgado. Me doy golpes en la frente con la pared.
Mátame, por favor, mátame
Daniela
Creo…, creo que me va a dar un infarto. Estoy sentada en el suelo, a lo
indio, después de haberme despertado al escuchar un estropicio y gritos de
mi nuevo compañero de piso y te juro que todavía estoy por pensar que
todo esto es una puñetera pesadilla de la que no soy capaz de despertar.
La niña con los ojos verdes más bonitos que he visto en la vida y unos
bucles negros en la cabeza preciosos, con las manos pringadas de vete a
saber qué, me acaricia la cara y me pasa las manos por el pelo.
Yo estoy ahí quieta, paralizada, esto es como con las abejas que si no te
mueves no te pican, ¿no?
Mientras tanto, Luci entra y sale de la cocina para limpiar todo el
desastre. Cuando lo veo sujetar un estropajo y frotar mi pared, y que el
dibujo no sale, la respiración se me acelera. La chiquilla maléfica comienza
a cantar otra vez la dichosa canción esa de la estrellita, y yo trago con
fuerza.
Lucien me mira de cuando en cuando con gesto de pánico, no sé si es
porque se cree que lo voy a echar del piso, que no negaré que aún estoy
sopesando la opción, o porque piensa que no podré cuidar durante unos
minutos de la pequeña.
De pronto la chiquilla para de cantar, me mira con los ojos muy abiertos,
se aferra a mis brazos y los aprieta y se empieza a quedar roja, pero roja
roja, como el bebé ese de los Increíbles cuando se convierte en un demonio.
—¡Ay! ¡Ay! ¡Luciii! ¡Lucii! —grito—. No respira, la niña no respira.
Yo no lo he hecho, lo juro. Voy a ir practicando para el juicio. Mierda,
¿cómo se le hace la respiración boca a boca a una cría tan pequeña?
—¿Qué? —grita horrorizado desde la cocina.
La niña tiembla y cada vez está más morada. Se oye un estruendo en la
cocina y Luci sale corriendo.
—Corre, joder, corre —le apremio.
El pellizcón que me está dando la chiquilla en los brazos me va a dejar
marca, aunque, visto lo visto, ese es el menor de mis problemas.
De pronto Aurora recupera el color y suelta un:
—Aaaaah. —Que parece de alivio.
Luci me mira con los ojos muy abiertos, luego a la cría y luego a mí otra
vez.
—Aurora, ¿estás bien? —le pregunta a su sobrina.
La pequeña sonríe, cabecea afirmando y se deja caer en el suelo
sentándose a lo indio delante de mí en el mismo instante en que me empieza
a llegar un tufo.
—Ay, Dios, ¿qué es eso? ¡Qué peste! ¡Qué peste! Luci, la niña está
podrida, le pasa algo grave.
Muevo la mano intentando dispersar el hedor.
—Caca —suelta la criatura.
Luci y yo nos miramos con pánico y en ese justo instante suena el timbre
de casa.
—¿Sabes cambiar pañales? —me pregunta él, y yo niego.
Aurora está aplaudiendo feliz y vuelve a cantar como loca. Lucien se
acerca a la puerta a abrir, sea quien sea le voy a pedir que me secuestre y
me lleve lejos de aquí. A urgencias. Mejor que me lleven a urgencias
porque necesito una pastilla para la tensión.
Miriam y su amiga, la hermana de Lucien, entran cogidas de la mano y
mirándolo todo con una mezcla de terror y desconcierto, como si en lugar
de en mi maravilloso y caro piso estuvieran accediendo al túnel del terror
ese al que me obligó a entrar una vez mi hermana. Todavía le doy de hostias
cuando me acuerdo, lo mal que me lo hizo pasar la muy bruja y lo mucho
que se rio de mí.
—¿Qué ha ocurrido aquí? —preguntan las dos al unísono.
Yo lloriqueo aguantándome las arcadas porque la niña se ha puesto de
pie, está girando como una peonza generando una corriente de aire
pestilente que me tiene verde.
—Tu sobrina ha ocurrido —le masculla Luci a su hermana con un tono
de mosqueo que hasta yo me he puesto firme.
—¡Tita Aleeee! ¡Tita Aleee!
La niña corre hacia su tía, alejándose de mí, poco a poco voy
recuperando el color en la cara y el oxígeno entra más limpio en mis
pulmones.
—Voy a morir, voy a morir —lloriqueo.
—¡Peque! Pero ¿qué has hecho, cariño? —Miro a la niña, que se encoge
de hombros. Su tía la coge en brazos—. Menudo pestazo, chavalina.
—Alejandra, por tu madre, cámbiale el pañal a Aurora para yo poder
terminar con este desastre.
Señala al sofá, mi sofá de tres mil euros todo lleno de queso fresco por
todas partes y manchas de zumo.
Me tapo la cara, hiperventilo y lloriqueo musitando cosas sin sentido.
Mi hermana se acerca a mí y mira que en estos momentos de mi vida la
odio, pero en cuanto se agacha a mi altura me aferro a ella como se aferró
Kate Winslet a la tabla en Titanic. Sálvese quien pueda, pero el flotador
para mí.
—Schsss, ya está, ya está… —intenta calmarme Miriam acariciándome
la espalda—. Ya pasó.
Y así nos quedamos un buen rato, hasta que mi respiración va
recuperando un ritmo normal y dejo de temer por mi vida. Bien, soy muy
joven para morir.
Abro los ojos y lo primero que veo es la tortuga amorfa en mi pared.
—Mira eso, mira eso. —Señalo la pared, mi hermana se vuelve para ver
lo que estoy señalando y luego se gira hacia Alejandra, que acaba de
terminar de cambiarle el pañal a la niña.
—¿Dónde puedo tirar esto? —me pregunta la hermana de Lucien.
—¿En el cráter de un volcán en erupción? —le respondo.
Y la cara de pena con la que me mira no me ofende porque ahora mismo
me doy pena hasta yo.
Mi hermana se pone de pie y me tiende las manos, cuando se las sujeto
tira de mí para ayudar a levantarme.
—Ahora vas a ir a vestirte y Lucien, Aurora y tú os vais a ir a dar un
paseo, al parque, a comer algo… —me habla despacio Miri.
—Y luego la lleváis al parque de bolas y al cine. A la peque le encanta el
cine, y ahora hay una peli de dibus. ¿A que quieres ir al cine, Aurora?
—Sííí. —La niña aplaude.
Yo niego en repetidas ocasiones, no me veo capaz de mantener con vida a
ese torbellino durante un día completo.
—Sí, sí, hazme caso —me dice Miri hablándome despacio—. Os vais a
ir, y Ale y yo vamos a arreglar todo este estropicio. Cuando vuelvas a casa
todo estará limpio como una patena y en perfecto estado, ¿vale?
Mi hermana me da la vuelta y me empuja hasta la habitación para
obligarme a vestirme.
—Mátame, por favor, mátame —le suplico.
Me lo he pensado otra vez y mejor acabar ya con todo este sufrimiento.
A tomar por culo
Lucien
Por un momento tengo la sensación de que esto es una confabulación de
todos y cada uno de los miembros de mi familia a modo de venganza por…,
no sé, no entiendo qué mal les he causado para que me estén torturando de
esta forma.
Sin darme tiempo a sacar conclusiones, mi hermana me devuelve las
llaves del coche y me dice que tengo una sillita para la niña en el asiento
trasero, que me la ha traído porque sabía que me iba a hacer falta —si esto
no es premeditación y alevosía, no sé qué lo será—. Esto va a terminar en
catástrofe, me lo veo venir.
Y para catastrófica la cara que tiene Dani, sentada en el asiento del
copiloto, con el cinturón ya enganchado, la tez pálida y la vista fija en el
infinito. Me quedo con la mirada anclada a su imagen porque, aun con su
gesto de trauma, me parece preciosa, bueno, eso y que con la crisis que
acabamos de vivir ha olvidado ponerse sujetador y se le están marcando los
pezones. Por norma general soy una persona sensata, pero es que, joder,
Dani despierta tantas cosas en mí que pierdo la cordura. Me mira de reojo y
carraspeo apartando la vista de sus tetas, preciosas y maravillosas tetas.
—¿Me vas a echar de tu piso? —le pregunto y estoy intentando aprender
de mi sobrina el gesto ese de pena que pone con el que se los lleva a todos
al lego.
—No —niega, mueve la cabeza de un lado al otro en repetidas ocasiones.
Un mechón de pelo le cae encima de la frente y me queman los dedos de las
ganas de acercarme para colocárselo detrás de la oreja—. No, no —repite
—. Todo esto ha sido por una emergencia, tú no tienes la culpa. —Clavo la
vista en el volante como si fuese un niño pequeño que está intentando
ocultar una trastada que ha hecho—. No tienes la culpa, ¿verdad?
Suspiro.
Mentir nunca ha sido lo mío.
En cuanto pongo el coche en marcha, Aurora, que lleva como quince
minutos cantando a toda castaña —al menos esta vez no ha elegido
Estrellita para deleitarnos, está con el Sigue nadando de Buscando a Dory y,
quieras que no, se agradece el cambio de repertorio—, se queda en silencio
con la mirada clavada en la ventana. Vale, por lo visto le gusta ir en coche.
Mira qué bien, estoy pensando en conducir hasta que venga su padre a
buscarla.
El silencio lo llena todo y, cuando llegamos a un semáforo y miro a Dani,
me doy cuenta de que ha recuperado algo de color en sus mejillas.
—En realidad… —musito convenciéndome de que lo mejor es ser franco
—. No he sido del todo sincero.
Aunque no puedo mirarla, porque voy conduciendo y tengo que
concentrarme en la carretera, siento los ojos de Dani clavados en mí. Le
relato todo lo sucedido y, cuando acabo de contárselo, la miro de reojo y
veo que me está observando con los ojos muy abiertos y de pronto suelta
una carcajada que me provoca un alivio que no te puedes imaginar, se le
escapa un gruñido a lo cerdito que la hace arrugar la nariz y me parece un
gesto supertierno, no sé por qué. Mi sobrina debe de haberlo identificado
porque, esta vez en voz mucho más bajita, comienza a cantar Peppa Pig al
mismo tiempo que da palmas e imita el gruñido. Dani se pone roja, y yo me
muerdo el labio para no reírme, no quiero tentar a la suerte y que se enfade
conmigo de verdad.
—Menuda te han liado —termina diciendo.
—Ya ves…, cuando coja a mi amigo Diego, voy a espachurrarlo como la
cucaracha que es.
Otra risilla resuena en el coche. Ese sonido provoca una reacción en mi
cuerpo que no puedo discernir, solo sé que me gusta.
—Ahora entiendo por qué no quieres vivir en casa de tu familia —dice
finalmente entre risas.
—¿Verdad? No estoy loco, es que ahí no hay quien viva. Y eso que no
sabes nada de nada. Si yo te contase… ¿Me perdonas? Prometo pagar todos
los desperfectos que no puedan arreglar esas dos.
Dani se pone una mano en la frente y niega.
—Espero que no la líen más.
No contesto, porque yo llevo rezando interiormente por lo mismo desde
hace rato.
—¿Quieres que te deje en alguna parte? —le ofrezco. Me mira sin
comprender—. ¿Con algún amigo o algo? No tienes por qué pasar el día
con nosotros, cumpliré mi penitencia con estoicismo, y Aurora y yo
llegaremos a las nueve de la noche sin que ocurran más desastres.
Se encoge de hombros.
—No, no importa.
—¿Seguro? Por mí genial tener compañía que me ayude a cubrir el
frente, pero Aurora es tan preciosísima como agotadora, ya te habrás dado
cuenta. ¿Quieres ir a casa de alguna amiga?
—La verdad es que no tengo muchos amigos. —Suspira, y alzo las cejas,
sorprendido, porque, quitando su manía de ordenar los productos de
limpieza por orden alfabético, me parece una persona sensata, agradable,
simpática, guapa, sexi… Bueno, eso no tiene mayor relevancia para tener
amigos, pero es lo que pienso. Al ver mi gesto sorprendido chista—.
Cuando eres la marisabidilla de la clase, apruebas sin pegar palo al agua y
te pasan de curso… hace que las personas a tu alrededor se sientan algo
intimidadas y, en lugar de decirte «¿Juegas conmigo al pilla-pilla?», te
dicen «Largo de aquí, listilla».
»Eso unido a que mi comportamiento, en general, no era exactamente
ejemplar: me aburría en clase y me castigaban continuamente porque me
pillaban dibujando, leyendo novelas o haciendo avioncitos de papel;
hablaba más de la cuenta y en alguna ocasión se me ocurrió abrir la boca
para corregir a un profesor, lo cual, con el tiempo, aprendí que no era buena
idea jamás de los jamases… En fin, que mi época estudiantil no me dejó
muchos amigos en ninguna de las etapas. En el mundo laboral tampoco me
ha ido demasiado bien en ese aspecto.
—¿Y ese Berto? —Intento no pronunciar ese nombre con retintín al
mismo tiempo que me pregunto mentalmente por qué narices me pone tan
jodidamente celoso ese tipo, si ni siquiera lo conozco. Es más, de hecho, ni
siquiera conozco a Dani.
—Estoy enfadada con él.
—Ahm… ¿Quieres contármelo? —le pregunto, me parece una buena
oportunidad para tener un acercamiento, aprovecharme de su debilidad y
lanzarme a su cuello.
No, no. Niego, no es eso lo que quería decir. Además, ahora que vivimos
juntos, y que necesito con todo mi ser que no me eche de su piso, el retozar
con ella no está contemplado porque podemos fastidiarlo, pero bien,
¿verdad?
De pronto me viene a la cabeza que anoche se duchó dos veces y lo
mucho que me tuve que contener para no ir a tocar en su puerta con
cualquier excusa barata porque solo de imaginar el motivo por el cual
necesitaba estar tan limpia me puso malo. Un tirón en mi polla me despista
un poco y casi me salto un ceda el paso. Freno a tiempo y carraspeo
echándole un vistazo.
—Ni muerta, no quiero ni acordarme —responde al fin.
Pues sí que debe de ser grave, sí.
Miro por el retrovisor a Aurora, que está demasiado callada, es la primera
regla que me ha dado mi hermana antes de salir del piso: si hay demasiado
silencio, malo. Sin embargo, parece tranquila, seguro que el demonio con
ojitos y sonrisa angelicales está cogiendo fuerzas.
Después de un día largo y agotador en el que hemos corrido por el
parque, jugado al pilla-pilla, al escondite, a los columpios, a la pelota,
después de ir a comer a la hamburguesería esa que pone comida de plástico
—que por lo visto a la niña le gusta tanto como a mi hermana y, para mi
sorpresa, aunque no sabe pronunciar tortuga el nombre del restaurante lo
dice superbién—, de llevarla al cine, a la sala esa donde hay un tobogán, y
aguantar a doscientos niños chillando, riendo, aplaudiendo, llorando y de
todo; regresamos a casa justo unos minutos después de recibir un mensaje
de mi hermano Orlando para avisarme de que ya está en mi piso.
—Adiós, Aurora, que descanses —le dice Dani a mi sobrina bajándose
del coche—. Voy a ir subiendo a darme una ducha y ponerme el pijama,
estoy muerta.
Asiento.
—¿Puedo venir otro día a jubar? —le pregunta la niña, y Dani me mira
con horror.
—Ya veremos, cielo —le contesto yo antes de que a mi compañera le
empiecen a dar taquicardias.
Dani le muestra una sonrisa tensa y le dice adiós con la mano mientras
mi sobrina le tira besos volados. Es que es más rica…
—¿Qué tal? —pregunta mi hermano acercándose al coche—. ¿Lo habéis
pasado bien?
Le echo una mirada de odio.
—La próxima vez prefiero quedarme sin ir a ver la fórmula uno.
Orlando suelta una risilla.
—Ya me ha contado Ale la que lio la peque. Me ha mandado vídeos y
todo. —Se parte, el tío se parte de risa.
Lo miro serio y, unos instantes después, mi hermano carraspea para
disimular.
—No es gracioso. Llevo menos de una semana en este piso y me encanta.
Pensé que mi compañera me iba a echar.
Dejo de hablar cuando en el momento de pronunciar la palabra
«compañera» mi hermano alza ambas cejas un par de veces. Ya veo que Ale
se lo ha contado todo. Todo todo.
Suspiro.
—Me voy a casa —le digo al fin.
Saco a Aurora de la silla, que está bostezando y frotándose los ojos con
los puños, se cae de sueño. Le doy un beso en la frente y se la tiendo a su
padre para que la coja.
—¿No me invitas a subir?
—Ni muerto —contesto tajante.
Y Orlando vuelve a reír a carcajadas. Refunfuño y me dirijo al edificio.
Cuando entro en casa no hay rastro de Dani por ninguna parte, el salón
está como nuevo, incluso la pared, parece que la han pintado porque, de
hecho, en el ambiente flota el característico olor de los químicos de la
pintura.
Entro en la cocina para beber un poco de agua antes de dirigirme a la
ducha y veo que sobre la encimera hay una nota.
Hemos limpiado todo, hemos pintado la pared estropeada y
le hemos puesto de comer y agua a esa bestia con la que convives. Bueno, eso
lo ha hecho Ale, porque yo a esa cosa no me acerco, que me come una mano o
algo. Espero que después de todo esto me perdones.
Por cierto, nos vemos con Berto mañana por la tarde en el
4ever a las siete.
Te quiero.
Miri
P. D.: Oye, bomboncito de chocolate relleno de avellanas y
cubierto de almendras troceadas (mis favoritos), la nota es para Dani, pero con
ese cuerpazo que te gastas a ti también te quiero, chaval. No me importaría
tener a Ale de cuñada. Guiño. Guiño.
P. D.2: La cena la pagáis vosotros.
Pongo los ojos en blanco, Miriam parece más hermana de Alejandra que
yo, la verdad. Son como gemelas separadas al nacer.
Al releer la nota una vez más, una idea se me pasa por la cabeza y saco el
móvil del bolsillo trasero del pantalón para ir hasta el chat de mi amigo
Diego.
Luci:
Ey, ya vale de darme esquinazo.
Tú y yo tenemos que hablar.
Diego:
Ya estabas tardando, pensé que me iba a
librar de la charla.
Luci:
Qué charla ni charla, de hostias te voy a dar,
que no te imaginas lo que he tenido que
pasar por tu culpa.
Diego:
Algo me han contado, sí, jajaja.
Luci:
Ni puta gracia tiene.
Mañana nos vemos en el 4ever a las siete,
¿sabes cuál es?
Diego:
Venga, vale, pero tú invitas, que estoy
pelado.
Luci:
Los cojones.
Me guardo el teléfono en el bolsillo y voy a coger las cosas para darme
una ducha yo también. Parece que el desastre está arreglado, así que al final
las cosas no han salido del todo mal.
Para cuando salgo del baño con un pantalón de pijama y sin camiseta no
se oye ningún ruido, tampoco tengo mensajes, Dani debe de haberse ido a
dormir, y yo estoy muerto también, pero tengo hambre, así que me dirijo a
la cocina cuando la veo en el sofá leyendo, no se ha dado cuenta de que
estoy ahí observándola, va vestida con un pijama de Pinocho y lleva el
cabello suelto y mojado, desde aquí puedo oler su aroma a frutas, a recién
duchada… El mejor olor del mundo. Y no me preguntes por qué,
básicamente, porque soy gilipollas, en cuanto veo la portada de la novela
que está leyendo, la tercera parte de la serie que me prestó, le suelto:
—¿Hoy también te vas a duchar dos veces?
Dani levanta la cabeza y me mira horrorizada. No sé por qué pone esa
cara cuando me ve sin camiseta, si ya me ha visto hasta el culo al aire, y eso
que solo llevamos viviendo juntos unos días…
—¿Qué? —musita unos segundos más tarde.
—Ehm, ¿que si te importa que me ponga aquí un ratito?, pensaba ver
algo en la tele.
—Mientras no pongas Buscando a Dory, todo bien.
Asiento con gesto de culpabilidad, la tirana de mi sobrina consiguió
hacer que cantáramos la dichosa cancioncilla un total de quinientas
veintinueve veces. Cuando regreso con el bol de palomitas y un par de latas
de refresco, por si a ella le apetece, Dani ha cerrado el libro y tiene el
mando del televisor en la mano.
—Luci… —me llama con un tono de voz serio. Alzo la vista para mirarla
—. Tenemos que hablar.
Me tropiezo y, aunque recupero el equilibrio, se me caen un par de
palomitas al suelo. Menos mal que las latas están aún cerradas. Dani me
mira con odio.
—Perdón, perdón… Es que la última vez que oí esa frase mi novia me
dijo que se estaba acostando con otro y me echó de su casa. — Dani suelta
una risilla. No sé por qué. No es gracioso. Coloco todas las cosas sobre la
mesa del salón y recojo las palomitas del suelo colocándolas a un lado para
tirarlas después—. ¿Me vas a echar de tu casa? —le pregunto desconfiado.
—Que no, chaval, qué perra con lo de echarte del piso, yo necesito que
vivamos juntos tanto como tú.
Suspiro aliviado y me dejo caer a su lado. Cierro los ojos y apoyo la
cabeza en el espaldar del sofá. Aprovecho unos instantes para deleitarme en
su aroma y en el calor que desprende a mi lado hasta que con un dedo
presiona los músculos de mis bíceps. Abro un ojillo para mirarla, y ella
carraspea.
—Ehmm…
Iba a preguntarle qué hace, pero me da como corte.
Aparta la mano, como si quemase.
—Perdón, solo estaba comprobando si eran de verdad.
Parpadeo, parpadeo, parpadeo. ¿Será una broma para romper el hielo? Y
de pronto, al ver cómo me mira, se me enciende una lucecita.
—No irás a pedirme, como compensación por todo lo que has tenido que
tragar hoy, un órgano para venderlo en la dark web, ¿verdad?, porque los
necesito todos.
—Deberías ir a terapia…
Chisto.
—Ya, ya fui hace unos años, pero no me sirvió de mucho.
Otra risilla de Dani, que niega como si le hubiese contado un chiste
malísimo.
Abro los dos ojos al fin y me giro un poco hacia ella.
—Tenemos que vivir juntos y necesitamos sentar unas bases — añade.
—Vale —pronuncio y me meto una palomita en la boca, pensativo—.
Nada de salir empapado de la ducha, nada de poner los pies encima de la
mesa, nada de traer niños que destrocen la casa… —digo mientras voy
alzando dedos de una mano. Dani coge una palomita del bol y se la lleva a
los labios. Estoy enfermo, te lo digo, porque no comprendo cómo ese
simple gesto me hace carraspear antes de continuar con mi discurso—,
ordenar los productos de la despensa por orden alfabético. —Miro a Dani
de reojo y al ver que se ha ruborizado las comisuras de los labios se me
elevan ligeramente y decido picarla un poco más—. Estaría bien no entrar
en la habitación del otro cuando sepas que está desnudo.
El color rojo se extiende por todas partes, orejas incluidas, y Dani
carraspea.
—Vale. Sí, me parece bien. Y creo… —musita—, creo que hay ciertos
límites que no deberíamos rebasar —dice, aunque juraría que no muy
convencida.
La situación se está poniendo tensa, y yo me estoy poniendo malo de ver
cómo aprieta los muslos uno contra el otro, que a lo mejor es porque se está
haciendo pis, pero mi mente calenturienta piensa que su cabeza está yendo
por otros derroteros.
—Tranquila… —pronuncio y no es que sea yo el sumun de las bromas,
pero como veo que se ha puesto tan seria añado—: Prometo no leer jamás
tu diario.
Dani sonríe relajando el gesto de su cara. Me encanta cuando hace eso,
me encanta cómo se le achinan los ojos formándose pequeñas arruguillas en
las comisuras que añaden calidez a su expresión, cómo sus labios se
extienden en una curva perfecta mostrando unos dientes alineados. Es como
si esa sonrisa, toda la felicidad que emana de ella, fuese contagiosa.
—¿Seguro? A veces escribo en él escenas de lo más cochinas, aunque me
las invento todas porque…, bueno, porque sí —me sigue la broma.
—¿Porque Berto no te satisface? —Dani se atraganta con el refresco que
acaba de llevarse a los labios, tose y se moja la camiseta al mismo tiempo
que me mira con horror—. Perdón. —Se me escapa una risilla que parece
sorprenderla.
¿Se cree que soy un ogro o qué?, ¿que voy siempre serio por el mundo,
gruñendo y de mal humor? Yo también tengo sentido del humor, aunque
debo reconocer que últimamente nada me hace gracia.
—Berto y yo no somos esa clase de amigos.
—Ahm, vale.
Me observa en silencio unos instantes y es como si pudiera sentir los
engranajes de su cabeza trabajar a todo trapo, no sé qué está pensando, pero
me gusta que se lleve el índice a los labios y mordisquee la uña.
—Si nos liamos sabes que va a ser una cagada, ¿verdad? — suelta a
bocajarro.
No me esperaba que fuese tan directa y sin querer le doy un golpe al bol
de las palomitas y se caen algunas sobre el sofá.
Y esas palabras podrían causar otro efecto en mí si no pudiera distinguir
tan bien cómo se dilatan sus pupilas y se erizan sus pezones bajo la tela del
pijama. Pinocho nunca me ha resultado tan atractivo como ahora. Trago con
fuerza.
La inquina en la mirada de Dani me hace gracia, pero yo solo me muerdo
el labio inferior para no reír.
—Perdón —musito y cabeceo afirmando.
Y no puedo contestar porque ahora mismo mi riego sanguíneo no se
encuentra donde tiene que estar y solo puedo pensar en lanzarme a ella,
cenármela enterita y ya luego asumiremos las consecuencias. Estoy
pensando en que volver a vivir con mi familia no será tan malo si Dani
termina echándome de su piso, ¿no?
—Mejor…, mejor vemos algo, ¿te apetece? —dice.
Repito el mismo movimiento, aunque en realidad solo he escuchado:
«¿Te apetece lamer todos los rincones de mi cuerpo?». Y te aseguro que la
respuesta es sí.
Y no, no lo arreglamos, porque no tengo ni idea de qué va la serie que
acaba de poner, un estreno que está en el número uno de los más vistos de la
plataforma, solo sé que esto es una puta tortura, cada vez que su piel se roza
con la mía por accidente, cómo sube y baja su pecho por la respiración,
cómo sonríe con alguna escena y ya cuando nuestras manos se encuentran
en el bol de las palomitas estoy por lanzarlo por los aires y dejar de
resistirme.
Estoy a punto de perder el control, así que le arrebato el mando de la tele
y la apago. Dani me mira alucinada, y toda la valentía con la que he hecho
el gesto se va a tomar por saco cuando escucho un pequeño y lejano hilo de
voz que me grita que esta es la peor idea del mundo, creo que es mi
conciencia, ya ves, yo pensaba que ni tenía de eso.
Carraspeo un poco, intento recomponerme y que no se note la erección
en mis pantalones de pijama, eso también.
—¿Vamos a la cama? —le pregunto a Dani.
Creo que es la mejor solución, a pesar de que no hemos cenado y que me
estoy muriendo de hambre, me puede más otro tipo de necesidad que, ahora
mismo, solo puedo satisfacer a solas en mi cama o en la ducha o… en
donde sea.
—¿Qué? —me pregunta horrorizada, las mejillas se le han vuelto a teñir
de rojo y mi polla está tan dura que duele.
La madre que la parió, es como si pudiera leer todos y cada uno de mis
pensamientos y todos, absolutamente todos, son bastante cochinos ahora
mismo, la verdad.
—Ha… ha sido un día largo, estoy… muerto. —Muerto de ganas de
abrirte las piernas y hundir la boca en tu coño, que estoy completamente
seguro de que estará mojadito e hinchado para mí.
—Ah, sí. Sí, sí, tienes razón, qué día más largo —afirma.
Mi vista baja hacia sus tetas, sus pezones duros me señalan a través de la
tela. Me estoy conteniendo tanto que no sé si reír, llorar o salir corriendo.
—Tienes… —Le señalo el pecho—. Tienes una palomita justo ahí.
Las manos le tiemblan cuando se la quita murmurando un gracias, la
pone encima de la mesa del salón y ya está roja otra vez, se ha dado cuenta
de que le estaba mirando las tetas, vamos, no hay que ser muy listo
tampoco. Estoy por preguntarle si cuando antes comentó eso de que
tenemos que evitar rebasar ciertos límites se refería a que ya no puedo
dormir más con su gato, porque se lo devuelvo para siempre si me deja
deslizar la lengua por su clítoris, impregnándome de su aroma y su sabor, y
me permite beberme su orgasmo.
—Creo…, creo que mejor me voy —musito señalando el pasillo que da
hacia mi habitación, y Dani asiente.
Cuando me pongo de pie, y mi polla envarada queda a la altura de su
cara, Dani, con la vista clavada en ella, traga con fuerza, se levanta y suelta:
—A tomar por culo.
Antes de sujetar mi camiseta en un puño, acercarme a ella y estampar los
labios contra los míos.
Sí, joder, sí, gracias a Dios.
Me dejo caer en el sofá, y ella se sube a horcajadas sobre mí. Sus labios,
tan suaves y calientes, saben a gloria. El calor que desprende su sexo a
través del pijama me está volviendo loco y cuando contonea las caderas,
frotándose contra mi erección, pierdo totalmente el control de la realidad.
Nuestras lenguas se unen al mismo tiempo que deslizo una mano por debajo
de su pijama. Necesito acariciar sus pechos, necesito besarlos, morderlos,
chuparlos. En el instante en que mis dedos pellizcan con suavidad su pezón,
se le escapa un jadeo y se aparta de mis labios. Por un momento, el horror
me embarga de arriba abajo por la idea de que se levante, diga que esto es
una mala idea, huya a su habitación, se encierre, no quiera volver a cruzarse
conmigo nunca más y me eche de su piso.
Sin embargo, en lugar de todo eso, lo que sucede es que de un
movimiento se deshace de la camiseta de su pijama, y me lanzo, ni lo
pienso, me lanzo a devorarlos como llevo necesitando hacer desde hace
horas, si no días. Mis manos van solas a su culo, para ayudarla a ejercer
más presión y gruño por todas las sensaciones que me embargan. Si me
corro en los pantalones como un jodido adolescente muero.
Pero no, eso no sucede, aunque las ganas de morirme han arremetido con
más fuerza aún en el mismo momento en que he escuchado el timbre de la
puerta.
Dani para de moverse y abre los ojos para mirarme con terror.
Contenemos la respiración tratando de averiguar si ha sonado de verdad o
es producto de nuestra imaginación, y a los pocos segundos suena de nuevo,
esta vez varias veces seguidas, y luego se escuchan golpes en la puerta.
—Yujuuuu, ya estamos aquíííí. —Se oye una voz canturrear. Una voz
que, para mi desgracia, empieza a parecerme bastante familiar —. Vamos,
que se enfría la cena.
—Venga, que venimos cargadas. —La que faltaba…
Dani deja caer la frente sobre mi hombro una milésima de segundo antes
de apartarse. ¿Por qué, señor? ¿Por qué?
—Voy a matar a mi hermana —mascullamos los dos a la vez.
Quizás en otra situación me haría gracia que tuviéramos eso en común y
que hayamos pronunciado esas mismas palabras dos veces al mismo tiempo
desde que nos conocemos, pero ahora mismo me dan más ganas de llorar
que de reír.
—Tengo…, tengo que ir al baño.
Evidentemente, no puedo disimular la erección y no pienso abrir la
puerta de esta guisa.
Dani asiente y veo cómo enciende la tele con el mando y se pone la
camiseta del pijama antes de ir abrir. A ver cómo hace para disimular las
mejillas encendidas y los labios hinchados.
Para cuando vuelvo, recompuesto al fin y con todas las piezas de ropa en
su lugar tapando todas las partes de mi cuerpo, a ver si así me ahorro los
comentarios de la hermana de Dani, veo el despliegue de pizzas sobre la
mesa del comedor.
—Pensé que mi pesadilla había terminado por hoy —digo a modo de
saludo.
—Yo también me alegro de verte, bomboncito.
Miri me guiña un ojo. Ale la mira con cara de asco.
—Puag —suelta y le arrea un codazo—. En la mesa no se habla de
guarradas.
Miri suelta una risilla hasta que, al volver la vista a Dani, se le corta y
parpadea fuerte un par de veces. No veo nada raro, solo está bebiendo de
una cerveza, lo cual entiendo, porque con tanto calor yo también tengo sed.
No sé qué habrá podido deducir su hermana en ese simple gesto, pero la
mirada suspicaz que me echa me hace temblar.
—¿Habéis comprado barbacoa? —pregunto porque, quieras que no, me
están sonando las tripas desde hace rato y esto huele de vicio. Ale asiente
—. Bien, me encanta la pizza barbacoa.
—Y yo que pensé que solo comías lechuguita para mantener ese
cuerpazo fortachón. —«A ti te voy a contar lo que yo como».
Me siento frente a Dani ignorando las palabras de su hermana. Mi
compañera de piso vuelve a sonrojarse y evita mi mirada. Se ha recogido el
cabello en un moño improvisado y despeinado con el que está guapísima.
Siempre está guapísima. Le da otro trago largo a la cerveza.
—¿Y a ti qué te pasa? —le pregunta Miri.
—¿Eh? ¿A mí? —responde, nunca había visto unas orejas tan rojas, creo
que va a echar humo de un momento a otro—. Nada, ¿qué me va a pasar?
Tengo sed, ya está. —Miri la mira seria, en silencio, y Dani chista—. Te
parecerá poco el sufrimiento que he tenido que soportar hoy.
Señala hacia el salón, donde mi sobrina lio la que lio esta mañana.
—Lo siento —musito por, no sé, millonésima vez.
Alejandra suelta una risilla, y Miri se muerde el labio inferior intentando
evitar hacer lo mismo, supongo, porque su hermana no tiene buena cara.
Llámame suspicaz, pero creo que su estado actual poco tiene que ver con
que mi tirana y preciosa sobrinilla la haya traumatizado de por vida y quiera
ir a ligarse las trompas para no tener que pasar por algo por el estilo jamás
en su vida. Estoy convencido de que solo trata de enfriar, a golpe de un mar
de cerveza, el calor de su cuerpo, ese calor que hasta hace solo unos
minutillos he sentido restregarse sobre mi polla.
Y, como soy imbécil y no puedo evitar que mi mente vaya por donde va,
cuando noto que la erección vuelve prácticamente con la misma fuerza que
antes, me atraganto y toso.
Dani me da golpecitos en la espalda y me tiende su cerveza, que me
acabo de un trago.
—Qué raritos estáis, ¿eh? —protesta el demonio. Bueno, el demonio dos,
es decir, la hermana de Dani, porque mi hermana no se queda atrás, solo les
faltan los cuernos, el rabo y el tridente porque la actitud la tienen toda.
—Yo no sé esta… —dice Ale señalando a Dani—, pero Luci es así, rarito
de nacimiento.
Evito discutir con mi hermana y sigo comiendo pizza como si no hubiera
un mañana, a ver si acabamos pronto con toda la que han traído, estas dos
se piran y puedo seguir donde lo dejamos hace un rato.
Miriam y Ale se encargan de llenar el silencio con millones de palabras y
risas a las que no presto atención, juraría que Dani tampoco, que, de cuando
en cuando, se muerde el labio inferior, aunque no me mira ni una sola vez.
En cuanto me doy cuenta de que las chicas llevan rato sin comer, me
levanto para recoger todo y doy una palmada.
—Bueno, chicas, ¿y vosotras no tenéis casa? —pregunto.
Las dos se ríen, Dani no, Dani solo se muerde el labio otra vez. Y siguen
hablando como si nada. Pues no, me da que hoy de estas no nos libramos.
¿Un ratito?
Daniela
Llamo a la puerta del cuarto de baño, donde escucho que Luci está
lavándose los dientes. Hace unos minutos que Alejandra y Miriam se han
ido, por fin, y a mí se me ha ocurrido una idea la hostia de buena.
—Miii —maúlla Miaundalorian a mi lado.
—¿Qué? —pregunto en un susurro.
—Miii, miii —insiste.
—No me mires así, es por el bien de la estabilidad y la salud mental en
nuestro hogar.
Mi gato me mira raro, se da la vuelta y se va.
Antipático.
Debe de estar traumatizado, después de pasar buena parte del día con mi
hermana y la otra loca no me extraña.
—Entra. —Escucho al otro lado.
Cuando abro la puerta, me intento apoyar en el marco de forma casual,
con una mano en la cadera y el cabello cayéndome por los hombros. Me lo
he soltado con la intención de parecer más sensual. No tengo ni idea de si lo
he conseguido. Ahora lo averiguaremos juntas.
Luci está de espaldas, de nuevo lleva el pantalón de pijama de algodón de
color gris, que yo diría que está demasiado bajo, y no lleva camiseta. Madre
del amor hermoso, no sabía que la espalda humana tenía tantos músculos.
Bueno, sí lo sabía, pero no tenía ni idea de que pudieran resultar tan
atractivos.
Está rebuscando algo en los cajones de su mueble, mientras con la otra
mano se frota los dientes con el cepillo. Siempre me ha parecido que el acto
de cepillarte los dientes delante de alguien es algo íntimo, como que aporta
familiaridad.
Me sorprende ver que el baño está mucho más ordenado que la última
vez que entré aquí. Me parece que han pasado semanas o meses desde
entonces, desde que pensé que Luci era una chica con la que me iba a llevar
superbién y tendría una amiga con la que intercambiar opiniones de libros,
ver pelis y lo que sea que hagan las amigas, que no sea ir de compras,
porque odio las tiendas de ropa con todo mi ser. La compra online se me da
bien, eso sí.
Carraspeo un poco a ver si me mira, porque sigue ahí a lo suyo como si
fuera lo más natural del mundo que tu compañera de piso llame a la puerta
del cuarto de baño cuando estás ahí lavándote los dientes y buscando vete a
saber qué.
—Oye, Luci…
—Pensé que no se irían nunca —dice con la boca llena con la espuma de
la pasta de dientes—. Joder, joder…, ¿dónde están? Pensé que tenía…
Sigue a lo suyo y no me mira.
Carraspeo de nuevo.
No es que tenga prisa ni frío, a pesar de que tan solo me he dejado las
braguitas puestas, me daba como un poco de corte presentarme ante él tal y
como mi madre me trajo al mundo, pero estaría bien ir avanzando.
Luci se acerca al lavamanos para escupir la pasta, se está enjuagando con
un poco de agua que ha sorbido de un vaso y, cuando alza la vista y me ve
por el espejo, escupe al estilo aspersor y el vaso se le cae. Menos mal que es
de plástico, porque, a este paso, nos vamos a quedar sin vasos en esta casa.
No puedo evitar la risilla, sobre todo porque no es el espejo de mi baño el
que se ha llenado de espuma y agua. Me acerco a él y le doy una toalla para
que se limpie. Se gira hacia mí para cogerla y le propino un par de
golpecitos en la espalda. Bueno, es mentira, he puesto la mano en su
espalda, pero la muy condenada solo está ahí palpando músculo y no ayuda
en nada a que el hombre se recomponga.
—¿Sabes eso que te he dicho antes de que hay límites que no debemos
rebasar? —le pregunto, directa al grano. Asiente, al fin ha dejado de toser
—. Pues creo que es un error. Es evidente la tensión sexual que hay entre
nosotros y que la situación se ha vuelto demasiado incómoda. Creo que lo
mejor es solucionar esto cuanto antes, retozamos un ratito, fulminamos la
tensión, cortamos de raíz todas esas fantasías que cada vez se vuelven más
intensas y, una vez con los pies en la tierra, seguro que no será tan bueno y
maravilloso como imaginamos, pero al menos estaremos desahogados y
podremos cruzar dos palabras sin pensar en lanzarnos sobre el otro,
podremos convivir en paz y armonía, y todo arreglado —suelto de
carrerilla.
—¿Retozamos un ratito? —Alza una ceja.
Su mirada se ha vuelto felina. Ahora que lo pienso, ¿este hombre no tenía
los ojos verdes? Porque negros se los veo desde aquí.
Da un paso en mi dirección.
—Sí, ya sabes, nos besamos un poco, toqueteo por aquí, lengua por
allá…, hasta el final, y luego cada uno a dormir a su cama. Para cuando
mañana nos levantemos nos veremos con otros ojos, con los de los
compañeros de piso que estamos destinados a ser. ¿Qué te parece?
—¿Un ratito? —repite, al mismo tiempo que su vista acaricia mi cuerpo
de arriba abajo.
Ya está, le ha dado un cortocircuito y se le han chamuscado las neuronas.
La culpa es mía por sorprenderlo de esta guisa, así, sin avisar ni nada. Si ya
lo dice siempre mi madre, que soy muy bruta y cero delicada, y por eso no
tengo amigas, que en la vida ser inteligente está bien, pero ser sociable es
casi más importante y para ello hay que tener cierto grado de asertividad.
Me soporta mi hermana, Berto y hasta hace nada pensaba que Uriel
también, pero ya ves, estaba equivocada. De pronto me sorprende el hecho
de que apenas he pensado en él en estos días y me sorprende aún más que lo
que siento con respecto a él se asemeja bastante al alivio. Como si me
hubiera quitado un peso de encima. Que sí, que yo lo quería, pero estos
meses en los que yo he dado, querido, esperado, tenido paciencia… sin
recibir nada a cambio por fin han llegado a su fin y parece que eso, de una
forma u otra, me reconforta.
Regreso a la realidad cuando Luci vuelve a dar otro paso en mi dirección
y cabeceo afirmando sin añadir nada más. No sé cómo explicárselo mejor.
—Si dejas que me acerque a ti —pronuncia con un tono grave que me
provoca un estremecimiento—, no te voy a dejar dormir en toda la noche.
Lo reflexiono unos instantes antes de responder. Bueno, es verdad, no
tiene por qué ser rápido, ya que nos vamos a lanzar, pues podemos
dedicarnos a disfrutar unas horillas. Lo veo.
—Me vale. Mañana no trabajo y creo que tú tampoco.
Y sonríe.
Joder, que ha sonreído, con toda la boca, labios y dientes incluidos. Pensé
que Lucien había perdido la capacidad para hacerme boquear, pero no. Ya
ves.
—Deberías… —musito—, deberías hacer más eso.
—¿No dejarte dormir en toda la noche? —Alza una ceja, descarado.
Las mejillas se me tiñen de rojo y niego, aunque en realidad debería
cabecear afirmando, ¿no? ¿Quién quiere que el tipo más atractivo que ha
conocido jamás la empotre todas las noches hasta que se le olvide incluso
su nombre y correrse hasta que se le caiga el toti? ¡Yooo!
¿Qué?
Niego. No, no. Yo no. El plan es: sexo, fulminar estas ganas de lanzarme
a por él como si yo fuera un tigre y él, mi almuerzo, y poder vivir en paz y
armonía sin estar todo el día pensando en desfogar. Eso, ese sí es el plan. Y
a lo mejor una amiga no, pero estoy a un tris de conseguir otro mejor amigo
con el que intercambiar lecturas, té de jengibre y noches de series y
palomitas.
—Sonreír —le aclaro al fin—, estás muy guapo. —Le acaricio los labios
con las yemas de los dedos, y él sujeta mi mano, besa la punta de mis dedos
juguetones y los mantiene a la altura de su barbilla—. Tienes una boca
preciosa.
—¿Te gusta mi boca? —pregunta, y asiento—. ¿Sabes cómo estará más
bonita aún? —Niego—. Cuando la impregne con tu sabor y me coma tu
coño como llevo soñando con hacer desde la primera vez que te vi en el bar.
Mi respiración se agita.
Las piernas me tiemblan.
Mi sexo se contrae.
La piel se me pone de gallina.
Me noto más mojada y caliente de lo que he estado nunca.
Y he querido parecer segura de mí misma, he querido parecer directa,
una experta en la materia de los revolcones para eliminar la tensión no
resuelta, pero no tengo ni la más remota idea de lo que tengo que hacer
ahora, así que tan solo me dejo llevar cuando las manos de Luci atrapan mis
caderas, me acercan a él, dejándome percibir la envergadura de su erección
pegada a mi abdomen y atrapa mi labio inferior con sus dientes,
arrancándome un gemido.
Muerte por combustión espontánea en tres, dos, uno…
De un movimiento me eleva, dejando mi culo en el filo del mueble donde
está el lavamanos haciendo que apoye las manos hacia atrás para no caerme
y quedando completamente a su merced. Se aparta para contemplarme de
arriba abajo, como si fuese el manjar que va a cenarse. Y no voy muy
desencaminada porque veo cómo se pasa la lengua por los labios, al mismo
tiempo que me arranca las bragas y las lanza a un lado. ¿Quién dijo que no
me gustaba ir a comprar ropa? Bah, en Amazon seguro que venden las
bragas en packs de diez, me puede romper todas las que quiera.
Sus labios al contacto de mi cuello queman, su lengua en mis pezones
lejos de producirme alivio me arranca un jadeo de desesperación, contoneo
las caderas porque necesito que me toque.
—Por favor, Luci, por favor.
—Schs…
Muerde, succiona, sopla y besa un pezón y luego el otro, tomándose todo
el tiempo del mundo, tiempo que no tengo porque creo que voy a morir de
pura necesidad. ¿Se puede morir uno de eso? No sé, pero no lo quiero
descubrir.
Sus manos acarician el contorno de mis caderas, mis muslos y me abre
las piernas mucho más, haciendo que suba los pies y los apoye en el
mueble. Me tiemblan los brazos de soportar todo el peso de mi cuerpo,
pero, sinceramente, prefiero que se me caigan antes que parar.
Vuelve a pasarse la lengua por los labios y sonríe dejándome sin
respiración. Su sonrisa es la cosa más bonita que he visto jamás. Se agacha,
quedando a la altura de mi coño. Se para a observarlo, pasando la yema de
sus dedos con delicadeza por toda la zona húmeda e hinchada.
Jadeo y muevo las caderas, desesperada, y él vuelve a sonreír.
«Venga, chato, luego te cuento un chiste y nos reímos los dos, pero ahora
vamos a lo que vamos».
Por fin responde a mis plegarias acercando su boca a mi coño. Contengo
el aliento al percibir cómo su lengua cálida pasea con parsimonia de arriba
abajo como si fuese el helado —el helado más caliente del mundo,
obviamente— más delicioso que ha probado jamás.
Cierro los ojos y dejo caer la cabeza hacia atrás al sentir cómo su boca
succiona mi clítoris y su dedo me folla sin piedad. Noto cómo se tensa cada
músculo de mi cuerpo.
—Lucien…, Lucien… —le suplico cuando retira el dedo de mi coño, el
vacío me frustra—. Más, más…
Me agarra las caderas con las manos para que me esté quieta y me come,
me come entera, sin compasión, sin delicadeza, su lengua me folla, y yo
gimo a punto del orgasmo. Y él, que tiene claro lo que está sucediendo en
mi cuerpo, se aparta haciéndome lloriquear.
—No, no… Más, estoy…, estoy a punto.
—Daniela… —Abro los ojos y lo miro a los suyos, es la primera vez que
pronuncia mi nombre completo, con todas las letras, y me ha gustado, lo he
sentido como otro lengüetazo juguetón en mi clítoris—. Quiero que me
mires, ¿vale? —Asiento—. Quiero que veas cómo hago que te corras sin
moverte… —Las caderas se me contonean solas—. No, no, quieta. Quiero
que seas testigo de cómo me bebo hasta la última gota de tu orgasmo.
Trago con fuerza y me mantengo paralizada, con los ojos muy abiertos y
en silencio al menos los tres milisegundos que tarda en enterrar su boca
entre mis piernas y dos dedos en mi coño, porque entonces…, entonces ya
no puedo parar de gemir.
Y me dejo ir con las mejores vistas. Luci bebe y bebe, y mi cuerpo no
deja de contraerse. Los dedos entran y salen ahora con más suavidad, y su
lengua es mucho más delicada, pero no deja de comerme hasta que las
convulsiones se vuelven más lentas y me tiemblan tanto las piernas que
creo que voy a caerme.
Te voy a decir yo para qué más es útil
Lucien
En cuanto me incorporo para besarle los labios, Dani encarama las piernas
temblorosas a mis caderas y los brazos a mi cuello. Su sexo empapado da a
parar a mi polla y suelto un gruñido de frustración cuando ella comienza a
restregarse.
—Daniela… —murmuro. Abre los párpados y me mira a los ojos —. Me
encantaría hacerte de todo, me encantaría follarte hasta que incluso olvides
cómo te llamas, en todas las posturas…
—Sí, sí… —gime, sus pezones endurecidos chocan con mis pectorales y
queman, al entrar en contacto nuestras pieles siento como si ardiésemos.
—Pero es que… no tengo preservativos. —Carraspeo—. Es lo que estaba
buscando.
—No…, no importa —gime y sigue restregándose, y yo me quedo quieto
y en silencio el tiempo justo para que recapacite—. ¡Sí! ¡Sí que importa!
Se aparta unos centímetros parando de balancear las caderas, gracias al
cielo, porque estoy a punto de correrme, y me mira a los ojos, yo solo
cabeceo afirmando.
—Sí importa —repito—. No queremos un clon de Aurora correteando
por esta casa, ¿verdad?
Su cara de pánico lo dice todo. Me empuja para apartarme y pone las
piernas en el suelo alejándose de mí. El vacío que provoca es doloroso
físicamente y bastante decepcionante.
—No, no te vayas —le suplico, cuando se da la vuelta y la veo salir del
baño ya camino de su dormitorio.
Puedo hacerla disfrutar de muchas formas, necesito que se vuelva a
correr en mis dedos, en mi boca, incluso restregándose contra mi polla a
través de la ropa. Mi nuevo hobby va a ser coleccionar sus orgasmos.
Y quiero decirle todo eso, implorarle que me lo permita.
—Dame un minuto —musita—. No te vayas.
Pero ¿a dónde voy a ir de esta guisa? Miro hacia abajo y me veo con
todos los músculos en tensión, la polla envarada y el pijama cubierto de su
humedad. No pienso lavar nunca más estos pantalones. Se me escapa un
jadeo y tengo que agarrarme la polla y presionar para no correrme.
«Por tu madre, Lucien, como te corras ahora vas a hacer el ridículo de tu
vida».
Por si acaso sea una trampa, y me vaya a dejar con las ganas de más, sigo
sus pasos hasta llegar a la puerta de su dormitorio. Me apoyo en el marco de
la puerta para observar el interior. Las paredes están pintadas de un suave
tono gris, lo que le da un ambiente de tranquilidad a este espacio, con un
gran ventanal, con las cortinas descorridas, que ofrece unas vistas
maravillosas de la ciudad y al fondo el mar, el cielo lleno de estrellas y la
luna, que hoy está llena y se ve enorme. El suelo de madera está impecable,
como no podría ser de otra forma. En el centro del dormitorio hay una cama
king-size con sábanas blancas perfectamente estiradas y un edredón gris.
Un montón de cojines están alineados con precisión, aportando un toque de
color suave en tonos pastel.
A ambos lados de la cama hay sendas mesitas minimalistas que sostienen
unas lámparas de diseño moderno. En una de ellas, un reloj despertador y
una torre de libros. En la pared opuesta, un armario blanco de líneas
sencillas y varias estanterías repletas de libros, que, desde aquí no puedo
verlo y no es momento para comprobarlo, estoy seguro de que están
ordenadas alfabéticamente. Me sorprende ver que tiene muchísimas velas
aromáticas y tazas, en cuyo interior hay pósits, bolígrafos, subrayadores,
marcapáginas… Cada cosa parece colocada con exactitud, sin un milímetro
fuera de su lugar. En una esquina hay un pequeño escritorio, con un portátil
cerrado encima, y ante la mesa, una silla ergonómica. El olor a lavanda flota
en el aire y dejo de prestar atención a los objetos que me rodean cuando un
gritillo me devuelve a la realidad.
—¡La madre que las…!
Dirijo la vista hacia Dani, bueno, hacia el culo en pompa de Dani, que
está agachada frente al a mesa de noche con un cajón abierto. Sus caderas
son anchas y sus nalgas, carnosas. Los labios se me abren solos, dan ganas
de morderlas.
—Pensándolo bien… mañana las podemos seguir odiando un poco más,
pero hoy…, hoy quiero a mi hermana y a la tuya —dice.
No sé de lo que habla, puede ser que sea porque la sangre está tan
concentrada en mi polla que apenas me llega el riego al cerebro. Se gira con
dos cajas de preservativos. Dos cajas de las grandes.
Trago con fuerza, Dani se muerde el labio inferior y las lanza por encima
de su hombro dejándolas caer en la mesa cuando me ve dar pasos en su
dirección, felino. Necesito aprenderme cada rincón de su cuerpo, grabar en
mi memoria cada lunar, cada cicatriz, cada curva, palpar su tacto bajo las
yemas de mis dedos, su sabor bajo mi lengua… Y, sobre todo, necesito
enterrarme en ella.
Me contengo para no asaltarla como el neandertal en el que me he
convertido. Sonrío de lado cuando, al llegar a su altura, me doy cuenta de
que tenemos al lado un espejo gigante que coge más de media pared y llega
del suelo al techo. Alzo una ceja, divertido.
—Ehm… No es…, no es lo que crees, pervertido.
—¿Pervertido yo? A ver quién es la que se ha presentado en mi baño
como su madre la trajo al mundo.
Adoro ver cómo arruga la naricilla y sus mejillas se tiñen de rojo, sonríe
con los labios, con los ojos y con toda la cara.
—Ha sido eficiente. Me gusta ser eficiente. —Señala al espejo—. Y me
gusta charlar conmigo misma, ensayar discursitos y esas cosas… Cuando
no tienes a mucha gente a tu alrededor es bastante útil.
—Te voy a decir yo para qué más es útil.
Tiro de su mano hasta quedar más cerca del espejo, la giro de espalda a
mí y le coloco ambas manos en la pared, instándole a abrir las piernas con
mis rodillas. Ya está gimiendo y ni siquiera la he tocado.
Con suavidad la obligo a girar la cara para mirar al espejo.
—No te muevas —le pido.
Y veo cómo traga con fuerza y asiente en lo que sujeto el borde de mis
pantalones favoritos de pijama desde esta misma noche y los deslizo piernas
abajo.
Jadea de nuevo al ver mi erección.
—Joder, deja de hacer eso —le pido apretándome el capullo para no
correrme, estoy a punto, pero no estoy dispuesto a que esto acabe aún.
—¿El qué?, perdona, no me he dado cuenta.
—Ese ruidito que haces. —Se muerde el labio y alza las cejas. Me agarro
la polla y la paso por todo su coño empapado, y ella vuelve a repetir el
jadeo, esta vez más prolongado—. Ese, justamente ese ruidito.
—No puedo evitarlo, tú…, yo… —balbucea.
Acaricio su clítoris con mi miembro, y la coloco en su entrada, sin llegar
a penetrarla. Soy totalmente consciente de que tengo que ponerme el
preservativo, solo…, solo quiero jugar un poco más.
Miro hacia el espejo y veo que ha cerrado los ojos y echado la cabeza
hacia atrás, así que me separo de ella.
—¿Dónde vas, insensato? —pregunta entre jadeos.
—Quiero que abras los ojos y nos mires a través del espejo.
—Joder, qué mandón eres —protesta, y yo suelto una risilla—. ¿Eso…,
eso ha sido una risa? —Gira la cabeza para mirarme, alucinada, estoy por
ofenderme, está claro que me tiene por un ogro, solo asiento sin darle más
importancia—. Me encanta tu risa.
Sonrío ampliamente, y ella jadea, lo que me arranca otra risilla.
—Dani, al espejo.
Me hace caso y no aparto la vista de su rostro mientras me sigo
restregando por todo su coño empapado, busco con la mano su clítoris,
colocando mi capullo en su entrada y acaricio en círculos. Abre la boca, se
pasa la lengua por los labios, se los muerde fuerte, más fuerte a medida que
más le tiemblan las piernas y más se le tensan los músculos y cuando
percibo que está a punto, me agacho, le abro bien el culo y el coño con las
manos y me la como de arriba abajo, culo, coño, clítoris, me la como entera
hasta que vuelve a correrse en mi boca.
Ahora sí, dejo salir mi lado cromañón, la giro y la beso fuerte, duro,
haciendo que pruebe su propio sabor, ese sabor que me ha dejado
completamente frenético, desquiciado. La arrastro hasta la cama y la lanzo,
no tardo en sacar un preservativo de la caja, mientras ella me mira,
incorporada sobre los codos, y las piernas y la boca abiertas. No aparta la
vista de mi erección.
Rompo el envoltorio y saco el preservativo.
—Espera… —me pide—. Espera —repite—. ¿Puedo…? Quiero…
Se pasa la lengua por los labios, y yo niego.
—No, no… No podré aguantar.
—Solo un poco.
Se incorpora acercándose al borde de la cama. Me sujeta la polla con las
manos y se la mete en la boca. Cierro los ojos ejerciendo todo el control que
soy capaz para no irme en sus labios, en su lengua juguetona. Se la mete
hasta el fondo de la garganta y gime. Aprieto dientes, tenso músculos. Estoy
por ponerme a pensar en la lista de la compra.
—Por favor —ruego—. Necesito…
Se la saca despacio, saboreándola, me mira a los ojos y asiente. Por fin
puedo ponerme el preservativo al mismo tiempo que ella se echa hacia
atrás. Me sujeta la polla cuando me acerco a ella y la lleva hasta su entrada,
presiono apenas la punta.
—¡Espera! Joder, ¡espera! —me grita—. Te… tengo, yo…, tú…
—¿Qué pasa? —le pregunto apartándome un poco de ella.
Me empuja ligeramente y se sienta en la cama, dejándome con las cejas
alzadas sin saber qué hacer. Si se ha arrepentido me iré, por supuesto, y
supongo que lloraré en un rinconcito de mi habitación o algo.
—No pasa nada, Dani, si no quieres llegar tan lejos, paramos aquí.
—¿Qué? ¡No!
—Puedo irme a mi dormitorio, de verdad.
—¿Estás loco? —La miro con las cejas alzadas porque no sé qué pasa.
Suspira—. Tengo que decirte algo.
—¿Tienes novio? —le pregunto.
—Sí. —¿Qué?—. Digo… no, joder. Ya no. Uriel y yo cortamos hace
como cinco meses. Bueno, él me dejó hace meses, y yo me enteré hace unas
semanas. —Parpadeo, confundido—. Teníamos planes, ¿sabes? Pero él se
lo cargó todo de un plumazo, a tomar por saco todo.
Y hace un ruido imitando a una bomba cayendo y asolando todo a su
paso.
—Ahm. ¿Quieres hablar de ello ahora? —recalco el ahora, porque me
encanta que se abra a mí y me cuente todo, pero estoy a punto de echarme a
llorar de la necesidad que tengo de correrme enterrado en ella o en su boca
o entre sus tetas, en su abdomen, sobre sus preciosas nalgas…, donde sea,
necesito correrme donde sea.
Ella niega.
—No, no… Es solo que… Berto dice que soy casi virgen.
Sonrío sin comprender.
Me está vacilando.
Me tiene que estar vacilando por eso de que le encanta que me ría. No le
veo otra explicación.
—¿Casi virgen?
Asiente y está demasiado seria para ser una broma.
—Por lo visto mi novio, es decir, mi ex… Uriel la tenía como un lápiz,
como uno finito de esos del cole, pero en pequeñito, ¿sabes lo que te digo?
—me explica de carrerilla, y yo niego—. Que tú tienes un cañón y me vas a
destrozar.
Miro hacia abajo, a mi erección. A ver, ahora mismo está bastante grande
y gorda, lo cual me parece normal porque llevo mucho mucho rato
aguantando las ganas, pero tampoco creo que sea como un cañón.
Dani sigue parloteando, pero he dejado de escucharla porque suelta cosas
sin sentido, habla muy rápido, sin pararse a tomar aire, y yo no entiendo
nada de lo que dice.
Me acerco a ella, despacio, haciendo que se tumbe de nuevo. Le empujo
las piernas con las rodillas, y ella se abre para mí sin callarse un solo
segundo y entonces coloco mi erección en la entrada de su coño.
—Schsss… —le pido.
La beso, su lengua arremete con fuerza contra la mía y sus uñas se clavan
en mi espalda al mismo tiempo que me voy abriendo paso en su cuerpo,
despacio, centímetro a centímetro. Daniela balancea las caderas y me lo
tomo como una invitación para enterrarme hasta el fondo y eso hago. De un
empellón me hundo en ella, que me aparta un poco para tomar aire y jadear
con fuerza.
—Lo… lo siento, va a ser muchísimo más rápido de lo que me gustaría
—me disculpo porque la contención humana tiene un límite, y yo ya estoy
rozando el mío.
No espero a que me conteste para comenzar a moverme rápido, fuerte,
sucio, duro, sujetándola por las nalgas con una mano para profundizar todo
lo posible mientras aguanto el peso de mi cuerpo con la otra y por fin me
dejo ir, cuando me corro con la polla enterrada en su coño, presionándome,
convulsionando una y otra vez, siento una liberación como no he sentido
jamás. Sigo moviéndome, empellón tras empellón, hasta vaciarme por
completo y, aun así, continúo porque su orgasmo es más intenso, mucho
más prolongado que los anteriores y pienso disfrutarlo por completo.
Cuando los movimientos ceden nos miramos.
—Lo siento —pronuncio avergonzado.
—¿Qué parte? —me pregunta abriendo mucho los ojos con la respiración
agitada.
—Siento haber tardado veinte segundos en correrme.
Suelta una risilla.
—Estoy más que satisfecha por esta noche. —Niego, y ella asiente
extrañada—. Que sí, te lo prometo. Nunca me había corrido tres veces
seguidas. Ni siquiera sabía que era posible ese hecho. A ver, sabía que
podía suceder, pero a mí no me había ocurrido nunca.
—Te aseguro, Daniela, que esto no ha hecho nada más que empezar.
Mañana ya, si eso, te inscribes en el libro Guinness de los Orgasmos de
Dani.
Suelta una risilla, y me dejo caer a su lado. Me giro para mirarla y ella
hace lo mismo y volvemos a unirnos en un beso, esta vez mucho más
calmado e igualmente delicioso que todos los anteriores.
Este, que es imbécil
Daniela
—Aléjate de mí, satán —gruño cuando Berto llega, me da un beso en la
mejilla y se sienta a mi lado.
Le señalo la silla de enfrente, y él, como mi mejor amigo que es, pasa de
mi culo y alza la mano para pedirse un botellín. Bueno, en realidad pide
tres, como siempre, y esta vez asiento cuando Sofía me mira, porque
necesito alcohol.
Mi hermana me da un beso, se quita la chaqueta y la cuelga en la silla
que justo yo quería que ocupase Berto, que, claramente, no tiene intención
de moverse, y se sienta en ella. Nos mira a uno y otro con el ceño fruncido,
extrañada, porque si bien es cierto que se supone que estoy enfadada con
ella, ahora que he gastado buena parte del alijo de preservativos que dejó en
mi mesa de noche, mi casa luce impecable, huele impecable y mi pared
vuelve a ser perfectamente blanca, me conoce y es consciente de que se me
ha pasado bastante el mosqueo. Es por ello que no entiende mi cara de apio
pocho y mucho menos por qué le estoy gruñendo a Berto. De pronto, como
si comprendiera que hay algo que se ha perdido, alza las cejas y nos
pregunta:
—¿Qué ha pasado?
Berto y yo nos miramos de soslayo, yo con odio y él con burla.
—¿No te lo ha contado? —preguntamos al mismo tiempo él y yo.
Mi hermana, con el gesto cada vez más extrañado, niega. Sofía viene con
los tres botellines, cojo el mío rápido y le doy un gran sorbo acordándome
de pronto de que la polla de mi amigo chocó con la mano que me tapaba la
cara. Eso quiere decir que la tuve a pocos centímetros de mis labios.
Me tapo la boca y contengo una arcada.
Parece que a Berto se le quitan las ganas de reír, como si fuese capaz de
leer mis pensamientos, y se cruza de brazos, mosqueado.
—¿Y bien? —pregunta Miriam paseando su mirada de mi amigo a mí.
—Este, que me intentó violar.
Mi hermana suelta un grito indignado al mismo tiempo que, veloz como
el viento, le mete un derechazo a Berto en todo el ojo, que no ha tenido
tiempo de abrir la boca para contradecir ninguna de mis palabras.
Au, eso ha debido de doler.
—¿Tú eres imbécil? —le pregunta mi hermana, con el brazo de nuevo en
posición boxeadora.
Mi amigo está demasiado ocupado gritando improperios, y yo miro
alucinada a mi defensora y, contra todo pronóstico, me da un ataque de risa
que provoca que Miri me observe, más alucinada aún, y Berto, que tiene un
ojo tapado, siga lloriqueando porque, a ver, le ha dado la hostia de fuerte y
le duele. Lógico y normal.
Yo me doblo y me agarro la barriga para seguir riendo.
Y Sofía, asustada por la que estamos liando, corre hacia nuestra mesa.
—¿Qué ha pasado? —pregunta preocupada.
—Este, que es imbécil —explica mi hermana.
—Esta, que es una bruta —le cuento yo.
—Esta, que es una mentirosa —lloriquea mi amigo.
Sofía pasa la mirada de uno a otra y de la otra a mí. Niega, eso quiere
decir que no entiende nada. Ya. Lo comprendo, yo llevo toda mi vida
compartiendo vivencias con estos dos y la mayor parte de las veces
tampoco entiendo nada.
—Voy a por hielo —musita finalmente.
—Gracias, preciosura —contesta Berto.
Mi hermana vuelve a levantar el brazo para arrearle a mi amigo, y yo
niego. Chista, lo baja y se sienta de brazos cruzados.
Y la cosa deja de hacerme gracia cuando entre Berto y yo le narramos lo
ocurrido con pelos y señales a mi hermana, que termina partida de la risa.
—¿Como un lápiz? —inquiere incrédula.
—Como los de Ikea —explica Berto.
—Hostias, tía, ¿por qué nunca me habías contado eso?
Yo me dedico a mirar algo muy interesante en mis uñas.
—Total, que solo quería hacerle un favor, porque, chica, ya está a punto
de los treinta y, con esa cosilla, tú me dirás.
Carraspeo, en otro momento de mi vida igual lo primero que hubiera
hecho nada más sentarnos alrededor de esta mesa habría sido contarles que
anoche me dieron tanto, tan duro, tan sucio, tan fuerte… que apenas puedo
hacer el más mínimo movimiento sin que me duela todo lo que viene a ser
el coño. Pero como estoy mosqueada y soy muy vengativa no pienso decir
ni mu.
—No me arrepiento de haberte hostiado —le recrimina mi hermana—.
Eres un cenutrio.
Él se encoge de hombros.
Sofía llega con hielo envuelto en un trapo.
—Disculpad la espera, es que esto está lleno hoy.
—Ay, ay, ay —lloriquea mi amigo, claramente está exagerando porque
hasta hace diez segundos estaba como si nada—. No te preocupes, cariño.
Gracias.
Miriam y yo nos miramos con los ojos rasgados.
Sofía le tiende el trapo, pero él ha cerrado el ojo bueno, mientras se tapa
el otro, lloriqueando, y ella se acerca a él, le aparta la mano y con todo el
cuidado del mundo le coloca el hielo sobre el ojo.
Mi hermana y yo nos mantenemos en silencio un rato, un silencio
bastante incómodo, porque Berto, que finge fatal, sigue lloriqueando, y
Sofía aprovecha la coyuntura de tenerlo tan cerca para acariciarle el pelo. El
tío hace como el que no ve y le pone la mano en el culo para acercarla a él.
A la pobre no se le pueden poner las orejas más rojas, es exagerado. Y si
ella está roja mejor no te cuento cómo está mi hermana, porque ahora
mismo está a punto de echar humo.
—Oye, Berto… —musita la chica. La verdad es que es muy agradable y
simpática. Es una pena que vaya a morir espachurrada por mi hermana—.
Había pensado que…, ¿quieres que te acerque luego a casa? Salgo en un
ratito de trabajar y supongo que así no podrás conducir.
—No te molestes, mujer. Si ya lo podemos llevar nosotras —le digo yo, y
Berto me mete una patada por debajo de la mesa—. Au, au, auuu. Bestia. —
Sofía me mira con los ojos muy abiertos—. Perdón, me he dado sin querer.
—Vale, si no es molestia, me parece bien —acepta el muy cenutrio. Se va
a quedar sin ojos, te lo digo ya.
—No lo es —dice más bajito aún.
—Hecho.
—Tengo que volver al trabajo.
Sofía se da la vuelta cuando se da cuenta de que en una mesa la están
llamando para que les lleve la cuenta, y mi hermana ya está alzando la
mano para arrearle otro hostiazo a Berto, yo me mantengo impasible, no va
conmigo, a mí plin.
Esta vez Berto ha tenido reflejos y se agacha antes de que el puño dé en
su otro ojo.
—Pirada, jodida pirada —grita.
—¡Cenutrio! No te vas a ir con la camarera.
—¿Por qué no?
Me tapo los oídos con todas mis fuerzas, creo que se van a decir cosas
que yo no tendría por qué oír.
—¿Va todo bien? —Escucho y nos quedamos los tres tiesos y en silencio
mientras alzamos la vista hacia la figura imponente que se ha acercado a
nuestra mesa.
—¿Luci? —De pronto, no me preguntes por qué, me han subido los
colores—. ¿Qué haces tú aquí?
Mi hermana, que lo mira tan extrañada como yo, de pronto gira la cabeza
en mi dirección. Me está escaneando, yo ni pestañeo porque es como un
aparato de esos de rayos X. Mucho está tardando en averiguar lo que ha
pasado entre ambos, eso es porque la he cogido con las defensas bajas.
—He quedado con mi amigo Diego.
Señala a la puerta, por donde ya está entrando un maromo rubio que es
clavado al Thor. Miriam y yo nos miramos de soslayo y boqueamos, y
Berto se cruza de brazos. Parece intimidado. Anda, mira, donde las dan las
toman, chaval.
—¿Me lo presentas? —pregunta Miriam.
—Ehm, sí, claro —acepta Luci algo incómodo—. ¿Qué te ha pasado en
el ojo, tío? —le pregunta a Berto, que ha soltado el trapo con el hielo
encima de la mesa para cruzarse de brazos.
Miramos todos para el ojo de mi amigo, que ya se está hinchando y le
está cambiando de color.
—Esta, que es una psicópata.
—Este, que es imbécil —lo corrige Miriam.
—Yo no los conozco, estoy aquí en contra de mi voluntad — respondo
tapándome los ojos.
No me giro hacia mi hermana, aunque no lo necesito para saber que me
está mirando con la misma inquina que Berto, bueno, con la misma misma
no, porque Berto solo puede ver por un ojo, pero ya me entiendes.
Se escucha un estruendo y, como si estos dos hubieran ensayado,
arrastran las sillas y hacen hueco.
—Siéntate aquí, cariño —le dice Miriam.
Se levanta y coge una silla libre que está en la mesa de al lado que coloca
junto a mí, muy muy pegada a mí, al mismo tiempo que Berto quita toda la
torre de chaquetas y bolsos que hemos puesto en la otra silla libre y lo tira
todo al suelo.
—Y tu amigo se puede sentar aquí. —Señala a su lado, lejos de mi
hermana, todo hay que decirlo.
Luci me mira interrogante, y yo, que me noto las orejas arder, me encojo
de hombros, así que al final nos presenta a su amigo y se acoplan allí con
nosotros.
La cantidad de roces entre su pierna y la mía, entre su brazo y el mío e
incluso entre su mano y la mía me tienen toda la noche apretando muslos,
enroscando los dedos de los pies y con los pezones como piedras, es decir,
más caliente que el pico de una plancha. Pero ¿no se supone que cuando
follásemos esto se me iba a pasar?
Cuatro cervezas llevo. Ya verás, esta noche voy a potar.
¿A qué esperas, idiota?
Lucien
Pasar un rato con estos tres es, como poco, entretenido. No paran de
soltarse pullas. Diego creo que no lo está pasando tan bien como yo porque
Miriam ha logrado cambiar los sitios para colocarse a su lado, demasiado
pegada a él, y no para de sobarlo y de agasajarlo. Y mi amigo, que es gay,
pero también muy tímido, no ha tenido los huevos de decirle que no le van
las tías y que está perdiendo el tiempo. Solo sonríe amable y traga con
fuerza cuando ve la inquina en la mirada de Berto.
Ahora que por fin lo he conocido tengo claro que entre Dani y él jamás
podría haber nada, sobre todo, porque se nota que Miriam y él están
coladitos el uno por el otro, pero en lugar de dedicarse a montárselo como
dos personas normales para darse placer y eso, por lo visto encuentran un
gustirrinín maquiavélico que escapa de mi entendimiento buscándole las
cosquillas al otro.
Y yo…, yo me lo estoy pasando teta, porque Dani no puede estar más
roja y excitada, te lo digo yo, que llevo rato metiéndole mano por debajo de
la mesa sin que el resto se cosque de nada o eso espero. Y yo estoy más
tieso que el palo de una escoba, pero lo disimulo como puedo.
Creo que el hecho de que le haya subido el vestido que lleva puesto lo
suficiente como para meterle la mano por dentro de las bragas ya es pasarse
porque Dani no para de beber cerveza, aunque su hermana le ha preguntado
ya cuatro veces por qué bebe tanto y tan rápido. Sin parar de deslizar los
dedos alrededor de su clítoris hinchado, caliente y empapado, intento
mantener una conversación coherente con Berto, que ha decidido ignorar a
Miriam por un rato cuando, sin que ella se diera cuenta, le he hecho un
gesto para que se despreocupe de mi amigo. ¿Qué? Las mujeres siempre
presumen de sororidad, pero los tíos también podemos tener camaradería
entre nosotros. Diego, que al fin se ha soltado, y Miriam no paran de
parlotear, parece que han encontrado un tema en común y, de pronto, todo
se queda en silencio en cuanto las piernas de Dani se tensan y se le escapa
un gemido. Un gemido que he escuchado yo y todos los de la mesa, que de
pronto se quedan mirando para ella.
Contengo la carcajada que pugna por salir dándole un buen trago a mi
cerveza, y Daniela disimula tosiendo, se da golpecitos en el pecho y todo,
pero yo no paro de mover el dedo.
—¿Estás bien, Dani? —Miriam se levanta y se acerca a Daniela, que, por
debajo de la mesa, me da un golpe en la mano para que la saque de sus
bragas—. Qué rara estás hoy, nena. —Le pone una mano en la frente—. Uy,
estás caliente.
Mira que no soy yo de reír tanto, pero tengo que morderme la yema del
dedo para no carcajearme y aprovecho, aprovecho para saborearla porque
mis dedos continúan impregnados de Daniela. El mejor sabor del mundo.
Mi compañera de piso, en cuanto me ve llevarme el dedo a la boca,
mordisquear la yema y chuparla un poco, tose con más fuerza.
Se levanta arrastrando la silla hacia atrás tan fuerte que casi la tira. Los
de las mesas colindantes la observan con curiosidad.
—Voy al baño… un… un momento. Demasiada cerveza.
—Sí, nena. Mójate un poco la cara, porque estás fatal. ¿Quieres irte? —
Daniela vuelve a toser, y yo me río ya sin remedio. Seguro. Segurísimo que
quiere irse, pero no como ella piensa—. ¿Y tú de qué te ríes? —Se dirige a
mí y, antes de que pueda contestar, le pregunta a Diego—. ¿Y este de qué se
ríe?
—Eh, no, nada, de un comentario que le he hecho —me disculpa mi
amigo.
Creo que el único que se ha coscado de todo es Berto, que pasa la vista
de Dani a mí y de mí a Dani con la boca abierta y las cejas muy alzadas.
—No, no —contesta Daniela—. Estoy bien. Enseguida vengo.
Huye de camino al baño, y Miriam se deja caer en la silla donde estaba
sentada Dani de brazos cruzados con gesto agotado. Un silencio incómodo
se hace en la mesa. Me estoy mordiendo tan fuerte el labio inferior para no
reírme que me está doliendo. Y, de repente, Miri me arrea un hostión en
todo el brazo con el dorso de la mano haciéndome dar un respingo.
—¿A qué esperas? —La miro alucinado, se me cortan las ganas de reír
—. ¿Te crees que soy idiota o qué? —Trago con fuerza—. Si mi hermana se
llega a percatar de que todos en la mesa nos hemos dado cuenta de lo que
sucedía, hubiera escapado a Laponia, por lo menos, en lugar de al baño, así
que te lo he puesto en bandeja, chaval. —Me guiña un ojo—. De nada.
Diego rompe a reír a carcajadas. Justo en ese momento le suena el móvil,
mira la pantalla con una sonrisa y contesta poniéndose de pie:
—¡Hola! No sabes la que ha liado tu hermano.
Lo que me faltaba ya, que mi hermano pequeño se entere de todas mis
movidas. No me hace ni puñetera gracia que Diego y mi hermano estén
liados y ni siquiera he podido sacar el tema porque no nos hemos quedado
solos ni cinco minutos desde que nos vimos en la puerta del bar.
Berto todavía está boqueando como si hubiera presenciado un tsunami
que hubiera arrasado con media isla y se hubiera escapado por los pelos.
Y Miriam me mira con gesto triunfal.
—Me cago en todo… —mascullo.
Las orejas me queman, y es todo tan tan incómodo que no me pienso
mucho hacer caso a la pirada y huir de camino a los baños.
Hay gente en el pasillo, el mismo pasillo donde besé a Daniela por
primera vez, así que me paro allí disimulando, como si estuviera esperando
a alguien. Cuando la gente se dispersa, como si Daniela hubiera estado
aguardando a que no hubiese nadie para salir, abre la puerta del baño y la
veo sacudirse las arrugas del vestido con la cabeza gacha. Ya ha recuperado
su color habitual en las mejillas. Lo cual dura poco, la verdad. En cuanto ve
mis zapatos, frente a ella, sube la vista en un recorrido lento hasta dar con
mis ojos, para entonces sus mejillas lucen rojas de nuevo y sus orejas, sus
orejas también.
—Hola —le digo y sonrío como sé que la desarma tanto que haga.
—¿Cómo es posible esto… —pregunta confusa— si anoche tú y yo…, y
todo eso que pasó? —balbucea.
—No se calma, ¿verdad? —le pregunto, y ella asiente—. Ya. Me lo veía
venir.
—Tampoco has ayudado mucho ahí afuera.
Sonrío, porque sé que le encanta y que es un arma que juega a mi favor.
—No, ahí afuera no te ayudé mucho, es verdad. —Doy un paso en su
dirección, y ella da uno hacia atrás, hasta pegarse en la puerta del baño de
mujeres—. Pero ahora sí, ahora sí te voy a ayudar.
Traga con fuerza.
—Ay, madre —musita justo antes de poner mis labios sobre los suyos.
Hacerlo en un lugar público no está entre mis fantasías sexuales, el rollo
ese de que me pillen no me da morbo precisamente. Sin embargo, la sola
idea de esperar hasta estar a solas en casa, si es que ella no se arrepiente
antes, no está contemplada. Estamos lo suficientemente calientes y
preparados para solucionar esto en unos pocos minutos.
Paso con ella a uno de los cubículos, la insto a girarse y a poner las
manos sobre la puerta, tal como hice anoche con la pared junto al espejo, le
subo la falda, le aparto las bragas a un lado y tardo apenas unos segundos
en colocarme un preservativo antes de deslizarme dentro de ella de un
empellón fuerte y profundo que le arranca un jadeo.
No seré yo el que le pida que guarde silencio. Lo único que espero es que
no nos echen del bar antes de poder acabar.
Me muevo rápido al mismo tiempo que le acaricio el clítoris, y yo no sé
si esta será una corrida más para anotar en el libro Guinness de los
Orgasmos de Dani, lo que es de órdago es la velocidad a la que hemos
llegado.
Intento recuperar el ritmo de la respiración con la frente apoyada en su
espalda, y ella se incorpora obligándome a abandonar su interior y se coloca
bien el vestido al mismo tiempo que se gira para darme un beso. Cuando
nuestras lenguas se unen le pellizco un pezón, y ella gime.
—Para, para… —musita al notar cómo mis dedos presionan de nuevo—.
Tenemos…, tenemos que salir. Vamos a elaborar un plan para que no se
cosquen de nada, ¿vale? Primero yo, que me he ido antes, y luego tú.
Esperas cinco minutos y vuelves a la mesa. —Me muerdo el labio inferior
sin saber cómo decirle que ya se ha enterado toda la mesa y no descarto que
parte de la gente sentada a nuestro alrededor, porque me corta las bolas, me
las va a cortar en trocitos, y ella sigue parloteando—. Si se enteran me
muero de la vergüenza, te lo digo. Pero no, no se tienen por qué enterar
porque…
Ya me he percatado de que cuando Daniela se pone nerviosa habla
mucho y muy rápido. Me acerco a ella, le aparto el dedo índice de los labios
porque ya está de nuevo mordisqueándose la uña, nerviosa, y la beso una
vez más. Es un plan infalible para hacerla callar.
Me aparto y la miro a los ojos y debe de ver algo de toda la culpabilidad
por ocultarle lo que se va a encontrar fuera, ya te he dicho que soy malísimo
mintiendo, porque de pronto se queda pálida y comienza a negar.
—No. —Niega—. No, no —repite—. No, no, no. —Me muerdo otra vez
el labio, sintiéndome culpable (que no arrepentido), y asiento—. ¡¿Qué?!
Me da un golpe en el abdomen que me hace protestar.
—Au.
La miro con los ojos muy abiertos, ¿me ha pegado? Esta tipa que mide
como, no sé, treinta centímetros menos que yo y debe de pesar como mi
sobrina de tres años, me ha dado una hostia en la barriga que me ha dolido y
todo.
—¿Les has dicho…?
Pestañeo. Pestañeo. Pestañeo antes de reaccionar.
No acaba la pregunta, solo está ahí boqueando no sé si por pura
vergüenza, indignación o porque, de pronto, me estoy riendo a carcajadas
por primera vez en meses.
Me vuelve a arrear otro golpe. Ese me lo he merecido.
—Au —me quejo de nuevo.
Le cojo las manos y las sujeto en alto, una a cada lado de su cara,
apoyándolas en la puerta. Qué ojos, madre mía. Qué labios. Qué genio,
intenta zafarse de mi agarre y tengo que inmovilizarle las piernas para que
no me arree un rodillazo en las pelotas, que la he visto venir. Se está
poniendo morada, miedo me da.
—¡Oye! —protesto—. Yo no les he dicho nada, has sido tú. —Y, como
me mira con ese gesto indignado, imito el gemidito que soltó en la mesa
hace un rato—. ¿Era así? —le pregunto y vuelvo a reír.
Cuando deja de poner ese gesto demoniaco y este se torna avergonzado,
aflojo el agarre de sus manos, que deja caer a cada lado de su cuerpo.
Apoya la frente sobre mis pectorales y se golpea con ellos. Te juro que
intento contenerme y no seguir riéndome, pero es que me resulta la mar de
gracioso todo. De hecho, parecemos dos adolescentes hormonados que han
buscado el primer refugio que les permitiese desfogar, lo cual es ridículo
porque vivimos juntos y tenemos dos camas y un sofá supercómodos y
solitarios para dar rienda suelta a todo esto.
—Mátame, por favor —ruega.
Le sujeto la barbilla y le alzo la cabeza. Dani abre un ojillo, y yo asiento.
Abre el otro ojo.
—Vale… —Y la beso—. Te mataré a orgasmos. Creo…, creo que eso se
me da bien.
Lloriquea, y yo río.
—Luci… —musita.
—¿Qué?
—Estoy mareada, he bebido mucho. ¿Me llevas a casa? Necesito una
ducha y dormir. —Asiento—. Necesitamos un plan… —Miedo me dan sus
planes, no sé por qué, intuyo que no suelen salir del todo bien—. ¿Podemos
irnos por detrás? Hay una salida para el personal dentro de la cocina, estoy
dispuesta a arriesgarme a colarme ahí dentro, lo prefiero antes que pasar por
la mesa. Además, he aparcado justo por esa calle.
—Claro, ¿dónde están las llaves de tu coche?
Obviamente, me toca conducir a mí.
—Dentro de mi bolso. —La miro con las cejas alzadas—. En la mesa.
No había visto yo unos ojos tan suplicantes en la vida. Sonrío y asiento.
Salimos del baño y la dejo apoyada en la pared del pasillo para ir a por sus
cosas.
Si quería evitar pasar vergüenza no lo ha logrado, porque dos minutos
después Berto y Miriam silban y aplauden como si hubiésemos conseguido
la copa del mundial de fútbol, y el resto de los clientes del bar, un poco
contagiados por el entusiasmo, otro poco porque temo que más de uno se
haya enterado de lo que ha pasado y otro poco porque los hay que están ya
medio borrachos, se unen a las ovaciones.
Para cuando llego a la altura de Dani hasta yo tengo las orejas rojas.
—Mátame —repite con cara de horror.
La cojo de la mano y tiro de ella.
—Vamos a ello.
¿Tan malo sería?
Daniela
—Me muero —musito en lo que Lucien conduce. Creo que ya lo he
repetido un total de doscientas cuarenta y cuatro veces—. Me voy a morir.
—No te vas a morir —dice con tono cansino.
—Que sí, que no es solo porque se hayan enterado, es que… tú no sabes
quién está ahí. Esto que ha pasado se lo van a contar hasta a nuestros nietos.
—¿Qué?
Luci abre mucho los ojos y da un ligero volantazo. Me tapo los ojos y
grito. Cuando me doy cuenta de que hemos pasado a unos centímetros de
un contenedor de basura, le meto un puñetazo en el brazo, ahora que se ha
parado en un semáforo.
—¿Tú estás loco? —Le arreo otra vez—. Casi me matas. O, peor, casi me
jodes el coche, que es nuevo, todavía ni lo he terminado de pagar.
Acaricio el salpicadero como si mi coche fuese un ente con sentimientos
y necesitase ser calmado por el susto. Luci no protesta ni me contesta, solo
me mira, y yo chisto.
—No me refería a que tus nietos y los míos sean los mismos, joder —
añado y ya noto de nuevo cómo me queman las orejas, no me he ruborizado
yo tanto jamás en la vida, te lo digo.
—¿Tan malo sería? —pregunta.
Pestañeo.
Pestañeo.
Pestañeo.
Me está vacilando. Me está vacilando, ¿verdad? Que yo me he acostado
con este tío porque el fuego interno no me dejaba vivir, y el sexo es
necesario, no hay que ser un experto en la pirámide de Maslow para saber
eso. Después del chasco con Uriel, de haber perdido tanto tiempo, de haber
planificado nuestra vida al milímetro y haber visto cómo todos esos planes
se derrumbaban como si una grúa de demolición hubiera arremetido contra
ellos, después de haberme quedado con el corazón hecho pedazos porque
resulta que «vamos a darnos un tiempo» quería decir «ahí te quedas», pues
digamos que no me fío del género masculino y ya he hecho una
replanificación de mi futuro en el que mi gato y yo somos felices para
siempre.
Miro a Luci y, cuando veo que se está mordiendo el labio inferior
evitando reírse, sé que me está vacilando. ¡Será capullo! ¿Lo ves? No hay
que fiarse del género masculino. Y, que me encante ese gesto canalla tanto
como su sonrisa, no quiere decir que quiera que se ría a mi costa.
—Joder, claro, claro que sería malo —le contesto tajante—. Como se
junten tus genes con los míos y nos salga una mezcla explosiva entre mi
hermana Miriam y tu hermana Alejandra, demonios iban a salir de ahí.
Un escalofrío de repelús me recorre. El mismo que por lo visto le recorre
a él, que cabecea afirmando dándome la razón.
Me suena un mensaje en el móvil.
—Hablando de la reina de Roma… —musito y abro el mensaje de Miri
para leerlo, aunque ya te anticipo que no pienso contestarle.
Miriam:
Estamos en tu casa, chatina. No tardéis.
Ah, mira qué bien. Que no se me haya ocurrido quitarle la llave de
repuesto con todas las que me lía es para pegarme. Miro con pánico a Luci,
que justo ha puesto el indicador y se ha parado junto a una plaza de
aparcamiento frente a nuestro piso.
—¿Qué? —me pregunta. Niego, niego repetidas veces—. ¿Qué ha
pasado? —me repite preocupado.
Me arrebata el teléfono de las manos cuando ve que no le contesto y
comprueba lo que hay en la pantalla, resignado.
—Ahm, pues creo que tenemos visita.
Vuelvo a negar.
—Vámonos.
—¿A dónde?
—A donde sea. No pienso entrar ahí —lloriqueo—. Pobre
Miaundalorian, voy a tener que llevarlo al psicólogo para que se recupere
de pasar tanto tiempo con Miriam.
Apago el teléfono y lo guardo en el bolso. No pienso contestarle.
Lucien niega, dándome por loca, y conduce en silencio otro rato. Ni
siquiera le pregunto a dónde vamos, aunque no deberíamos alejarnos
demasiado. Mañana tengo que madrugar. Lo bueno es que Miriam y Berto
también trabajan, así que no creo que se queden demasiado tiempo ahí.
—¿Tienes hambre? —me pregunta.
Cabeceo afirmando.
Sonríe y sube el volumen de la radio, que tiene sintonizada mi emisora
favorita, cuando comienza a sonar Perfect Strangers, de Jonas Blue, y lo
miro extrañada cuando lo escucho canturrear la letra de la canción.
Permíteme que me sorprenda, la gente con la que me relaciono tiene un
gusto musical bastante diferente al mío, como mi hermana Miriam, que le
da al reguetón, y ya te digo yo que eso no se hizo para mí. Uriel,
directamente, me decía que lo que yo escuchaba era ruido que le daba dolor
de cabeza. Ruido…, en fin. Mi ex es guapo guapo, pero su ignorancia
musical no era lo que más me atraía de él.
La carretera a esta hora está bastante despejada, así que no tardamos más
de unos cuarenta y cinco minutos en llegar al sur de la isla. Para entonces,
ambos estamos cantando Perfect de Ed Sheeran. Lucien se ha ido soltando,
cada vez canta más alto, tiene una voz bonita y una pronunciación
impecable, lo cual tampoco me extraña porque trabaja de recepcionista en
la zona turística de la isla. Lo miro embobada de cuando en cuando hasta
que me doy cuenta de que ha aparcado en el parquin privado de un hotel.
Alzo las cejas, sorprendida, y todo lo que me había relajado durante el
trayecto se va a tomar viento. Trago con fuerza y percibo un revoloteo en el
estómago.
—Es el hotel donde trabajo —me explica cuando se da cuenta de mi
gesto—. Estamos cerca de la playa de Amadores. ¿Te apetece que me haga
con algo de comer y damos un paseo?
Ahm, bueno, vale, eso también está bien, ¿no?
Lucien sonríe socarrón como si pudiera leerme el pensamiento. Me pide
que lo espere en los sillones de la recepción y no tarda mucho en volver.
Cuando está llegando a mi altura, intercambia un par de frases con la chica
que está tras el mostrador, que, con gesto contrariado, le cuenta algo de una
clienta. No es que yo me quiera enterar, es que estoy justo al lado. De
hecho, veo cómo Luci pone los ojos en blanco.
—Voy a hacer una llamada, ¿te importa? —me dice, y yo niego—. Se
asoma lo suficiente para coger el teléfono de la centralita y marca rápido un
número—. Buenas noches, señora Gómez, ¿me puede contar lo que ha
pasado? —Luci escucha con atención y me guiña un ojo al darse cuenta de
que lo estoy mirando. Ese simple gesto me provoca un aleteo en el
estómago. La chica de la recepción, que parece darse cuenta, me observa
con curiosidad y agacho la cabeza, un poco cortada—. No, señora Gómez,
le aseguro que Thiago no está en su habitación… Sí, se lo prometo.
¿Recuerda lo que ocurrió la última vez? Seguramente sea lo mismo… Estoy
seguro, sí. Le mandaré una infusión relajante para que pueda dormir bien,
¿vale? Y mañana dele un beso a su bisnieta de mi parte.
Después de cortar la llamada, Luci y la recepcionista intercambian un par
de frases más y luego viene hacia mí, así que me pongo en pie para
seguirlo.
—La señora Gómez está muy sola y reserva cada poco tiempo en el hotel
para ir a ver a sus nietos, que han sido padres hace unos meses, pero se
niega a quedarse en su casa porque no quiere molestar. Es buena gente, pero
se le va un poco la cabeza.
—¿Y quién es Thiago? —le pregunto.
Lucien me mira con gesto divertido.
—Mi hermano.
—¿Eh?
Caminamos un rato mientras me narra las últimas peripecias con el
fantasma que se apropió de la habitación de la señora y que no la dejaba
dormir, y terminamos partidos de risa cuando al fin ponemos los pies en la
arena. Nos sentamos cerca de la orilla mientras comemos el pícnic
improvisado con lo que Luci ha cogido del hotel.
La luna está alta en el cielo, derramando una luz plateada sobre la playa
de Amadores. Es una noche tranquila y, mientras masticamos, solo se
escucha el susurro del mar en calma.
Luci me pregunta sobre Uriel y me ruborizo, aunque es probable que él
no se dé cuenta, al recordar mis palabras de ayer cuando estábamos en la
cama. Me siento ridícula por lo que le dije. La culpa es de Berto, que me
metió ideas extrañas en la cabeza…
Le explico todo: los años que estuvimos juntos, que nos conocimos en la
facultad de ingeniería y luego comenzamos a trabajar en la empresa de su
hermana Gema, que aceptó contratarme a mí también por su hermano,
porque, en realidad, ella y yo nunca nos llegamos a entender. Uri siempre
me decía que no se lo tuviera en cuenta, que era su hermano pequeño, y ella
era demasiado protectora con él. Y yo intenté comprenderlo e ignorar el
hecho de que en realidad no era bienvenida. Y me encantaba tanto mi
trabajo, me desvivía tanto por él y me dejaba la piel tanto en lo que hacía,
que di por hecho que, aunque no me tuviera el cariño familiar que Uri
esperaba que albergáramos la una por la otra, sí me valoraría
profesionalmente.
Sin embargo, en cuanto Uriel se marchó a Valencia para llevar a cabo uno
de los proyectos que tenía asignados, que le iba a llevar al menos un año
gestionar desde allí, Gema me empezó a hacer la vida imposible, a
boicotearme, a quitarme proyectos, a anularme… hasta que me despidió. La
familia de Uriel nunca me quiso, cosa que tampoco me sorprende porque es
la tónica habitual de la gente que me rodea.
Seguramente, a pesar de que ese mismo día fue cuando en realidad fui
consciente de que mi relación con Uriel estaba acabada, si hubiese hablado
con él del tema, habría recuperado mi puesto de trabajo. Incluso podría
haber denunciado el acoso al que me vi sometida no solo por Gema, su
hermana, sino por otros familiares de Uri que trabajaban en AR Innovate,
pero no quise hacerlo porque, a pesar de todo el odio que parecían rezumar
contra mí, eran la familia de Uriel, para él su familia siempre ha sido muy
importante, y yo quise respetar eso.
Tengo que reconocer que, aunque me empeciné en que todo iba bien, en
que el año separada de Uri transcurriría rápido y él volvería, y, uno a uno, se
irían cumpliendo todos nuestros planes, había muchas señales de que las
cosas no iban por el sendero adecuado. Señales que, por supuesto, pasé por
alto o no quise ver.
Uriel y yo no vivíamos juntos todavía porque odiaba mi piso y odiaba mi
gato. En muchos aspectos nos compenetrábamos bien, nos
entusiasmábamos hablando de los proyectos del trabajo, podíamos hacer un
debate de cualquier cosa porque teníamos pensamientos bastante contrarios
y era divertido, era agradable contrastar puntos de vista con una persona
que en realidad te escuchaba y no intentaba imponerte sus opiniones. Nos
encantaba viajar juntos, ver pelis en el sofá… No sé, cosas normales y
habituales que son las que, cuando se marchó, más eché de menos.
Por el contrario, había otras cosas en las que no llegábamos a
entendernos. A Uriel le gustaba mucho salir de fiesta y a mí no, para mí no
era un problema que él se fuese con sus amigos el fin de semana, cuando le
apeteciera, pero me sacaba de quicio que insistiera y me presionara para que
saliese con él cuando a mí me apetecía hacer otras cosas o simplemente
quedarme en casa leyendo.
Todos los domingos religiosamente teníamos que ir a comer con su
familia, y no me agradaba solo porque me hicieran el vacío la mayor parte
de las veces o siempre estuvieran criticando cualquier cosa, desde mi peso,
mi pelo, la falta de maquillaje o la ropa que usaba, o quisieran manejar
nuestra vida a su antojo, que cuándo nos casábamos, que si habíamos
pensado tener hijos, que me estaba haciendo mayor y después de los treinta
era una locura…
Cosas que yo trataba de ignorar, pero que, obviamente, no eran agradables.
Además, Uri se ponía de los nervios cuando me veía pasar horas leyendo
y me decía que era una pérdida de dinero, tiempo y espacio la cantidad de
«libritos inútiles» que tengo desperdigados por toda mi casa, y me hizo
prometer que me desharía de buena parte de ellos cuando viviésemos
juntos…
Suspiro y ahora, al contarlo en alto, me doy cuenta de la cantidad de
cosas que nos separaban y nunca quise admitir, ni siquiera con Miriam o
Berto, que no llegaron a congeniar con Uriel. Pero yo lo quería, me gustaba,
no sé decirte por qué, el amor es así, ¿no? Ciego, sordo y mudo. Quizás
porque era extraño que alguien me viera, en el sentido más amplio de la
palabra, que alguien quisiera estar conmigo porque me he pasado la mayor
parte de mi vida sola. Bueno, no sola, porque siempre he tenido a Miriam y
a Berto, pero fuera de ese círculo no tenía a nadie más. Y me gustaba, me
gustaba la sensación de sus brazos rodeándome, de la familiaridad de
tumbarnos en el sofá a ver una película o el viajar juntos, el trabajar juntos,
la complicidad que yo pensaba que había entre nosotros y que se derrumbó
con todos nuestros planes.
—¿Lo sigues queriendo? —me pregunta Luci cuando nota que me he
quedado en silencio con la vista perdida en el mar.
Niego.
—Creo…, la verdad es que creo que no estábamos hechos el uno para el
otro. Yo quería, quería formar parte de un puzle en el que no encajaba, pero
no era el mío, forzamos las piezas y no funcionó. Lleva ya muchos meses
fuera, lejos, y me siento culpable del alivio que me produce que se hayan
acabado las discusiones, la tensión y el agotamiento que me provocaba el
intentar ser siempre quien no soy por agradar a su familia, por agradarlo a
él… No sé. Miriam siempre dice que si tienes que esforzarte por ocultar
rasgos de tu persona es que tu pareja no te quiere a ti, quiere a alguien que
no existe. —Me encojo de hombros—. Quizás tenga razón. ¿Y tú? ¿Todavía
quieres a tu ex?
Lucien niega y me cuenta todo lo que pasó, que seguían juntos por
inercia y que, en parte, también siente alivio de haberse podido marchar de
su casa y de que todo haya terminado al fin, aunque la sigue viendo en el
trabajo a menudo y es bastante incómodo.
Lo entiendo, no sé cómo me sentaría a mí el ver continuamente a Uriel
con todo lo que ha pasado y encima saliendo con alguien de nuestro trabajo.
Cuando ya pasan de las once, decidimos regresar a casa. Mañana
tenemos que madrugar. Y no sé Luci, pero yo voy rezando todo el camino
para que mi hermana y Berto se hayan marchado ya.
Pero no, no hay suerte. En cuanto abro la puerta la luz encendida nos dice
que hay alguien dentro. Miro a Luci, que se encoge de hombros, tan
resignado como yo. Habrá que enfrentar esto de un momento a otro.
Lo que me extraña es el silencio que se escucha, como por fin se hayan
dejado de chorradas y estén haciendo guarradas en mi sofá me van a pagar
un tapizado nuevo.
Accedo al salón con los brazos en jarra, dispuesta a atacar si es necesario,
y me derrumbo totalmente con el panorama que me encuentro.
Mi hermana está totalmente encogida en mi sofá, sentada con las rodillas
pegadas a la cara, abrazándose las piernas con una mano y con la otra
limpiándose las lágrimas.
Debo de haber entrado a un universo paralelo. Abro la boca, sorprendida,
y miro en todas direcciones a ver si es que hay una cámara oculta o yo qué
sé.
—Voy…, voy a darme una ducha y me acuesto ya. Mañana tengo que
levantarme muy temprano —musita Luci entendiendo que necesitamos
estar a solas.
Solo asiento antes de acercarme a mi hermana.
—¿Qué pasa? —le digo sentándome a su lado, y Miriam se lanza sobre
mí para abrazarme.
Entierra la cara en mi cuello y sus hombros tiemblan. Te juro que estoy
flipando. Esto no lo he visto yo jamás, ni siquiera el día que mis padres se
divorciaron, y papá se despidió de nosotras porque pensaba mudarse lejos;
ni el día que Agustín, su primer novio en quinto de primaria, le rompió el
corazón cuando cortó con ella delante de todas sus amigas en la hora del
recreo; ni siquiera cuando mi madre, el día que Miri cumplió diez años, le
tiró toda su colección de coches de metal, que le había regalado mi padre y
que adoraba con todo su ser, con los que se pasaba las tardes jugando,
diciéndole que las niñas no podían jugar con coches y en su lugar le regaló
dos Barbies; ni tan siquiera cuando mi hermana quemó las Barbies en la
barbacoa del jardín y mi madre la castigó un mes sin salir… Nunca, nunca
la he visto llorar tan desconsolada.
Le acaricio la cabeza. Miriam se despega de mí y se suena. Voy a ignorar
que hay un montón de pañuelos arrugados llenos de lágrimas y mocos sobre
mi sofá, habrá que desinfectarlo, pero eso ahora no es importante.
—¿Qué pasa? —vuelvo a preguntarle.
—He discutido con Berto, y me ha dicho que mejor no nos veamos en un
tiempo.
Palidezco, Berto, Miriam y yo hemos sido un tándem desde hace más de
veinte años. Nos buscamos las cosquillas, ellos a mí más que yo a ellos,
discutimos, al rato nos reconciliamos y seguimos como si nada, porque
siempre…, siempre hemos sido un equipo, siempre nos hemos apoyado
unos a otros.
Y ellos…, creo que Berto y Miriam se quieren prácticamente desde que
se conocieron.
El día que mi madre le tiró los coches a Miriam, Berto rompió su hucha,
le compró todos los coches que pudo con el dinero que tenía y le dijo a mi
hermana que podía guardarlos en su casa para que mi madre no se los tirase.
El día que mi hermana le dijo a mi madre lo que quería estudiar, y ella le
contestó que eso no servía para nada y que no iba a pagarle ni un céntimo
de esa carrera. Berto, que al mismo tiempo que estudiaba trabajaba a media
jornada para echarle una mano a sus padres en el pequeño supermercado de
su familia, habló con su padre para que la contratara. Entre la beca y el
trabajo, no solo pudo estudiar lo que quería, sino que pudo irse de casa de
mi madre y compartir piso durante toda la época universitaria con otras
cuatro compañeras de facultad.
Es solo un ejemplo de todas las veces que ha movido cielo y tierra por
hacerla feliz, así que me cuesta creer qué ha sido tan gordo como para
pedirle que dejen de verse. Sin embargo, no le pregunto, dejo que siga
llorando, que se desahogue. Le preparo una infusión, que sé que mi
hermana odia, pero también sé que se la va a tomar porque necesita algo
que la tranquilice. Y, cuando está más calmada, empieza a hablar.
—Estuvimos solos aquí un buen rato, muertos de risa con todo lo que
había pasado en el bar, esperando a que llegaseis de un momento a otro. Y
recibió una llamada de Sofía, que salía de trabajar ya. —Remueve el
contenido de la taza y lo mira con la naricilla arrugada antes de llevársela a
los labios y darle un sorbo.
»Se iba a ir con ella, bueno, de hecho, creo…, creo que estará con ella
ahora. Y le pedí que no lo hiciera, no sé, estábamos aquí solos, riendo y
charlando tranquilamente y de pronto se iba a marchar con otra. Me abrí,
Dani, me abrí a él porque ya estoy cansada de esperar, le dije que le quería
y que me hacía daño ver cómo se iba con unas y otras.
—Ay, madre —musito.
—Me abrí en canal, le solté todo, y se puso de pie sin decir nada y se
encaminó hacia la puerta. Le pregunté si me iba a dejar así, si no me iba a
decir nada, y se giró ya en la puerta para contestarme que él no me veía de
esa forma, que él no sentía eso por mí y que lo mejor era que estuviésemos
un tiempo sin vernos porque él no iba a cambiar su forma de ser, no iba a
dejar de irse con quien le apeteciera cuando le apeteciera, y que era una
egoísta por pedirle que no se fuera con Sofía, que era una egoísta por no
pensar que somos amigos, que siempre lo hemos sido, y que eso había sido
una cagada, que era una egoísta por no pensar las cosas antes de hacerlas.
Por no pensarlas, dice… —Suelta una risilla amarga—. Si llevo desde que
tenía seis años, cuando vosotros os hicisteis amigos, deseando decirle que
estoy enamorada de él.
—Lo siento —añado sin comprender nada.
Te juro que yo hasta hace nada pensaba que Berto bebía los vientos por
Miriam tanto como ella por él, por la forma en que la miraba, por sus
gestos, por cómo la tocaba o la abrazaba, por la complicidad y la química
que rezuman cuando están juntos… Me equivoqué.
—Miri… —murmuro cuando una idea viene a la cabeza, porque yo soy
muy lista para unas cosas, pero las interacciones sociales no son lo mío—,
¿lo de un tiempo… es como…, como lo de Uri?
Miri se encoge de hombros.
—No lo sé.
—Ya.
—Bueno, me voy a casa —dice poniéndose de pie y limpiándose de un
manotazo las nuevas lágrimas que han resbalado por su cara —. No…, no te
creas que me duele tanto, es solo… que me ha cogido con las defensas bajas
y no me esperaba el golpe, pero mañana…, mañana estaré como nueva. —
Asiento incrédula—. Y mañana… me cuentas lo de Luci, ¿vale?
Asiento.
—Te lo contaré. Mañana —confirmo. Le contaría lo que fuese, le daría
todo lo que tengo, haría todo lo que estuviera en mi mano por disipar ese
gesto de dolor de su cara—. Quédate a dormir.
Miriam niega.
—No, no… Tú y Luci…
—Sí, te quedas conmigo. —Me pongo de pie y tiro de su mano—.
Además, ya me he corrido más veces en estos días que en toda mi vida
junta —le cuento arrancándole a mi hermana la risilla que pretendía—. No
es gracioso, me duele el toti, en serio.
Miriam suelta una carcajada. Cómo le gusta a mi hermana hablar de
cochinadas, de verdad… Tiro de ella, y al final claudica, y dormimos como
cuando éramos niñas y nos escapábamos a la cama de la otra, abrazadas.
Miriam es, sin ninguna duda, la persona a la que más quiero de todo el
planeta. Me duele no poder protegerla, no poder evitarle esto, pero tampoco
sé cómo ayudarla. Yo pensaba que conocía a Berto como si de otro hermano
mío se tratase, pero, ya ves, el ser humano es una incógnita para mí.
Cuando la respiración de mi hermana se vuelve más profunda y sé que se
ha quedado frita, le mando un mensaje a Berto, aunque sé que no debería
inmiscuirme.
Dani:
Tú y yo tenemos que hablar.
Pensaba que no iba a verlo hasta mañana, al fin y al cabo, ahora debe de
estar retozando con la camarera del 4ever. Sin embargo, lo lee a los pocos
segundos, pero no me contesta, se desconecta dejándome en visto, y yo
suspiro porque hay cosas que escapan de mi entendimiento, me encantaría
resolver todo esto como si de una ecuación matemática se tratase, esas sí
que se me dan bien, pero no, en este caso no sé cómo demonios despejar la
incógnita.
Un beso más no nos iba a matar, ¿no?
Lucien
—Ehmm, buenos días, qué buen desayuno.
Miriam me mira con gesto de mala leche y me acerco al sofá, donde lleva
puesta una batamanta, está sentada a lo indio y se está hartando a helado de
chocolate. Alzo las cejas, sorprendido. Me siento a su lado y me doy cuenta
de lo que está viendo.
—Tú no serás una gemela de mi hermana a la que separaron de nuestra
familia al nacer, ¿no? —Me mira, pero no puede contestar, porque acaba de
meterse en la boca una cucharada de helado más grande que ella—. Esta ya
la he visto.
Miriam traga.
—¿Has visto el Diario de Noah? —me pregunta sorprendida, y yo
cabeceo afirmando.
Me señala la pantalla, donde la escena que aparece es una pareja
besándose bajo una lluvia torrencial, yo no sé de qué trata la trama, pero
quizás va de que ambos cogen una pulmonía y pasan muchos días
separados en el hospital, puede que alguno termine muy grave, porque se le
ha complicado, igual tiene asma o vete a saber y se queda a las puertas de la
muerte, hasta que milagrosamente se recupera y puede volver con su
amada. Qué basura más previsible, ¿no? No me parece nada romántico.
—Me encanta esta escena —me dice con la boca llena, traga el helado y
sigue hablando mientras señala la pantalla con la cuchara. Qué raras son las
tías, de verdad—. Están en la barca, rodeados de cisnes y es todo
superbonito, pero luego empieza a llover a cántaros, Y Noah rema con
todas sus fuerzas hacia la orilla — parlotea sin tomar aire para respirar—.
Cuando finalmente llegan, están empapados, y Allie empieza a gritarle…
Dejo de escucharla y me empiezo a preocupar porque muera asfixiada,
qué capacidad, madre mía. A este paso me veo haciéndole el boca a boca.
—Ehmm —intento interrumpirla, y ella sigue a lo suyo.
—Y se besan bajo la lluvia, como si el mundo a su alrededor no existiera.
Es tan intenso y hermoso.
—Ah, sí, esa parte es increíble.
¿Ya te he dicho que se me da fatal mentir? Miriam pone un gesto extraño
con la cara y me mira incrédula.
—No puedo creer que la hayas visto.
Me encojo de hombros.
—Por lo visto formaba parte de la terapia cuando Emma y yo cortamos,
según Alejandra.
—Ah, vale.
Cabecea afirmando porque, obviamente, conoce a Alejandra y se sabe tan
bien como ella todos los pasos que componen dicha terapia.
—Me obligó a sentarme delante de la tele para verla… —Se mete otra
cucharada de helado gigante en la boca y vuelve a mover la cabeza de
arriba abajo—. La mejor siesta de mi vida.
Miri deja caer la cuchara dentro del bote de helado y abre la boca mucho,
muchísimo, qué asco, estoy viendo los trocitos de chocolate que tiene el
helado pegados a sus muelas. Y, antes de que me dé cuenta, me ha arreado
un cojinazo en toda la cara.
—Au.
—Te la merecías.
Me echo a reír y me levanto.
—¿Quieres algo más… desayunable? ¿Un café?
Miriam niega, y yo me encamino a la cocina.
—Oye, Luci… —Me giro hacia Miriam—. Si mi hermana tiene que
hacer esta terapia por ti, te voy a cortar las bolas y dárselas de comer al gato
feo y psicópata que vive en algún rincón de esta casa.
De pronto lleva la mirada de un lado a otro, como buscando por todas
partes a ver si está ahí y no se ha dado cuenta, y no, no está, lo he dejado en
mi cama, durmiendo la mar de a gusto cuando me ha sonado el despertador.
Las cinco de la mañana no son horas para que nadie esté levantado, ni
siquiera el gato marciano de mi compañera de piso.
Yo sonrío y niego.
—Pobre Miaundalorian, lo que tiene que aguantar.
Después del ritual mañanero de desayuno, ducha, afeitado, ponerme el
uniforme y demás…, antes de marcharme, voy a mi habitación para coger
el móvil, la cartera y las llaves, y veo salir a Dani de su dormitorio, toda
despeinada, con las marcas de la sábana en la cara y los ojos pegados.
Preciosa. Está preciosa.
—Buenos días —la saludo después de soltar una risilla.
Despega un ojillo y de pronto abre mucho los dos.
—¿Cómo…, cómo tienes ese aspecto a estas horas?
Miro hacia abajo, voy vestido con el uniforme del hotel, un traje gris
oscuro, la camisa blanca con el logotipo del hotel y una corbata del mismo
color que el traje. Aunque supongo que la pregunta es, ¿por qué pareces tan
despierto si apenas son las seis de la mañana?
—Es el uniforme. —Me encojo de hombros.
Pestañea un par de veces, y sonrío socarrón al ver cómo se recrea en lo
que ve, así que, cogiéndola despistada, la aprisiono contra la pared y me
acerco mucho a ella.
A unos centímetros de sus labios me mira con los ojos más abiertos aún,
le coloco un par de mechones de pelo locos, y ella contempla mis labios
como si fuesen el manjar más delicioso.
Acerco mi boca a la suya.
—Luci… —musita antes de que pueda besarla, me aparto para mirarla—.
Esto…, Umm… Creo…, creo… —balbucea y vuelve a mirar mis labios—.
Igual no deberíamos, ya sabes, porque… vivimos juntos y nos llevamos
bien, es cómodo, y esto está bien, es divertido, pero…
Señala hacia el salón, donde sabe que está Miriam, que en cuanto se ha
dado cuenta de que Dani se ha levantado y que estamos en el pasillo a punto
de besarnos, ha subido el volumen de la tele, más de lo recomendable a esta
hora, la verdad, no me extrañaría que viniera algún vecino a llamarnos la
atención, y entiendo lo que quiere decir. Si seguimos jugando con fuego nos
podemos quemar, aunque, sinceramente, no me importaría arder en el
mismo infierno ahora mismo si es por ella.
La observo, porque sus labios dicen una cosa, pero cada gesto de su cara
me pide a gritos que la bese. Sé que tiene razón, que en todo momento ha
pensado que al acostarnos se iría la tensión sexual, que ya te adelanto que
sigue ahí con más fuerza si cabe, porque tan solo recordar su olor, su sabor,
cómo balancea las caderas, sus gemidos… Vamos, no lo estoy arreglando, y
Dani traga con fuerza cuando percibe la erección pegada a su abdomen.
Yo sonrío y asiento.
—Vale, tienes razón —claudico, aunque me muero por morder ese labio
que ahora mismo es ella quien entrecierra entre sus dientes.
Me dispongo a separarme de Dani cuando me sujeta por las solapas de la
chaqueta y me acerca a ella, estampando su boca contra la mía. Mi lengua
busca la suya y sujetándola por la cintura la alzo un poco para que su sexo
quede a la altura de mi erección, arremeto contra ella arrancándole un
gemido, y el calor que desprende su coño a través de la ropa me vuelve
loco.
Miriam sube más el volumen de la tele y carraspea. Carraspea fuerte.
—Estoy aquí, ¿eh? —protesta.
Dani y yo nos separamos y nos reímos un poco.
—Un beso más no nos iba a matar, ¿no? —suelta Daniela a modo de
explicación.
—Debería irme a trabajar.
Ella asiente y vuelvo a besarla un poco más, por si acaso es la última vez
que me deja hacerlo. Me cuesta la misma vida parar de frotarme contra ella,
permitir que vuelva a poner los pies en el suelo y separarme apenas un par
de palmos que me parecen un abismo.
Estoy intentando descifrar ese gesto diabólico que ha puesto cuando, de
un empujón, me mete en mi cuarto de baño, que quedaba justo a mi espalda,
entra detrás de mí y cierra la puerta.
—Tengo que irme… —le explico con mirada suplicante porque sé que
estoy totalmente a su merced y que puede ser, es probable, que esta sea la
primera vez en siete años que llegue tarde al trabajo.
—Y yo quiero que te vayas, ¿me dejas ayudarte?
Y se arrodilla frente a mí.
La. Hostia. Puta.
Me desabrocha los pantalones y libera mi erección, la veo relamerse un
instante antes de metérsela en la boca.
—Daniela… —musito. La suavidad de sus labios, el calor de su saliva,
las caricias de su lengua me arrancan un gruñido—. Daniela… —repito
sujetándole la cabeza—. Daniela… —suplico embistiendo contra su boca.
Cuando creo que mi polla ha llegado al final y no puede entrar más, ella
lo logra, logra abrir su garganta y que mi polla convulsione al tragársela. La
saca del todo, succionando con un ruidito de lo más sexi y vuelve a repetir.
—Daniela…, voy a correrme.
En otro momento le suplicaría que me dejara correrme en sus tetas, pero
sigue con el pijama y no voy a aguantar el tiempo que tarde en quitárselo,
en realidad, quiero correrme sobre todas y cada una de las partes de su
cuerpo, pero no esperaba que succionara con más fuerza, que moviera la
cabeza con más ímpetu y se tragara mi polla aún más provocando que me
vaciase en su boca, en su garganta. Noto cómo se lo traga todo y se aparta.
—Joder —mascullo.
Tiro de ella hasta que se pone de pie. La beso al mismo tiempo que meto
una mano por dentro de su pijama y gruño cuando noto lo empapadísima
que está. Jadea cuando dos dedos se deslizan con facilidad en su coño
apretado y me aparta.
—No, no… Tienes que irte al trabajo.
—¿Trabajo? ¿Qué es eso? —musito loco de desesperación por hacerla
disfrutar. Ella niega mordiéndose el labio y niega—. El trabajo puede
esperar.
Niega de nuevo.
—No, no puede… —La miro ofuscado, suplicante, porque quiero más,
necesito más—. Me deberás una, ¿vale?
Asiento, resignado, cuando me empuja con más fuerza.
Saco los dedos y los llevo a mis labios para chuparlos. El mejor puñetero
sabor del mundo, y Dani boquea.
—La madre que te… Venga. —Me obliga a girar y me empuja hacia la
puerta—. Vete, que es tarde y me tengo que duchar.
Suelto una risilla.
—¿Te vas a masturbar en mi ducha? —le pregunto socarrón.
—¿Qué? No. —Niega, y mi gesto de decepción le arranca una risilla—.
Me voy a masturbar en la mía, tengo un consolador a prueba de agua
monísimo y muy eficiente.
Suelto una carcajada y me acerco para besarla una última vez.
Corro hasta la salida.
—Chao —le grito a Miriam sin girarme a mirarla.
—Eh, chato. —Me giro hacia ella—. ¿Tú no tendrás un hermano así
como tú, alto, fortachón, empotrador y todo eso…?
Pongo gesto de asco al imaginar a mis hermanos en la misma tesitura en
la que he estado yo hasta hace solo unos segundos.
—Lo siento. —Niego—. Están todos cogidos. Te puedes quedar con
Alejandra, si quieres.
Suspira, resignada.
¿Y qué te apetece?
Daniela
Evitar caer en la tentación de los labios de Lucien, del cuerpo de Lucien,
de…, de todo lo demás, es lo más difícil, con diferencia, que he hecho en la
vida.
¿Sacar un catorce en la EBAU? Mñiii.
¿Aprobar una ingeniería a base de sobresalientes y matrículas de honor?
Bah, pamplinas.
¿Montar en bici? A ver, eso estuvo jodido de verdad y me llevé
castañetazo tras castañetazo, pero, en comparación…, no hay color.
¿Evitar que mi madre me diga, en todas las ocasiones en las que nos
juntamos para comer, que se me va a pasar el arroz y que está bien eso de
ser independientes, trabajadoras y todo eso, pero el objetivo de toda mujer
es encontrar marido, tener hijos, dedicarse a cuidarlos y criarlos durante, al
menos, los primeros doce años de su vida, tal como hizo ella con nosotras,
dejando de lado su trabajo, sus sueños, sus objetivos, sus amigas, su
vida…? Bueno, eso todavía no lo he conseguido, así que es probable que
sea más difícil aún, pero un millón de veces más aburrido.
Evitar encaramarme a las caderas de Lucien cada vez que nos cruzamos
en el piso es…, sí que es jodido, pero, finalmente, después de un par de
semanas llegamos a un equilibrio cómodo en el que ya no nos vamos
chupando partes del cuerpo ni restregando como perros en celo ni nada de
eso.
Eso sí, yo no sé él, pero yo me paso todo el día más salida que el pico de
una plancha, aunque intento disimular.
—¿Qué haces? —me pregunta Luci al entrar a la cocina, es viernes y ha
llegado hace un rato de trabajar.
Me giro para mirarlo, ya se ha duchado y, dispuesto como siempre a
torturarme, va sin camiseta y con un pantalón de pijama que le queda
demasiado bajo mostrando la v que señala a esa parte de su cuerpo que no
quiero ver. Me encanta esta familiaridad, que esté aquí, que nos paseemos
en pijama delante del otro, que charlemos en la cocina cuando llegamos de
trabajar.
—Té con jengibre y canela, me ha dado un poco de frío. — Aunque de
repente se me ha quitado todo todito. Eso mejor no se lo digo. Para evitar
caer en la tentación filtrar es importante.
Por un instante espero que se ría de mí, como siempre hacen Berto y
Miriam cuando me ven beber estos mejunjes.
De pronto al acordarme de esos dos siento una presión en el estómago.
Berto lleva desaparecido desde el día del bar, no me coge el teléfono
cuando lo llamo y me contesta los mensajes con evasivas. Miriam, sin
embargo, se hace la dura, la que no le importa nada y que no le duele la
actitud de nuestro amigo, pero sé que sí. Los echo de menos y de este fin de
semana no pasa que arreglemos la situación de una vez.
Suspiro y dejo de pensar en Berto y Miri cuando Lucien se acerca a mí y
su aroma, a recién duchado, se mezcla con el olor tan característico de la
infusión que me estoy preparando.
—¿Puedo uno yo también?
Lo miro con una ceja alzada, por si es sarcasmo y no lo he pillado. No se
me da nada bien pillar la ironía de la gente, no sé por qué no pueden ser
directos y decir esto me gusta, esto no. En fin…, como no parece ser una
broma, asiento. Saco una taza del armario y pongo otra infusión a preparar.
—¿Qué planes tienes para hoy? —le pregunto.
Se encoge de hombros y se señala su cuerpo, medio desnudo, medio en
pijama.
—He tenido un turno intenso de trabajo, lo único que me apetece es no
hacer nada, aunque sea viernes por la noche. —Cabeceo afirmando—. ¿Y
tú?
—He tenido una semana agotadora, he terminado hace cinco minutos de
corregir como un trillón de exámenes, y solo me apetece tirarme en el sofá,
con mi té calentito, una manta y leer.
Un brillo de emoción que me descoloca se enciende en su mirada.
¿Me habrá entendido bien?
Porque a lo mejor piensa que le he dicho que lo único que me apetece es
que me arranque la ropa con los dientes y me folle como si no hubiera un
mañana. Que no te digo yo que eso no me apetezca, pero no es plan…
—Uf —musita. ¿Ves? Lo que yo te diga, este está ya pensando en
cochinadas—. Estoy acabando el que me prestaste, he estado alargándolo
para darte tiempo a que termines el último. ¿Te queda mucho?
Parpadeo, confundida.
—Ahm… —Niego.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?
Y me echo a reír.
Le quito las bolsitas de la infusión a cada taza, las tiro a la basura y le
señalo la miel, a ver si quiere, ya me he fijado en que es bastante goloso,
como yo, y que le gustan las cosas dulces. Él solo asiente. Echo una
cucharadita en cada taza y le ofrezco una.
—Cuando Miriam me dijo que tenía la solución ideal para todos mis
problemas económicos y que lo mejor era que compartiese piso, que había
dado con alguien que era familia de una amiga suya y me habló de ti… —
Luci cabecea afirmando entendiendo por dónde voy —. Pensé que eras una
chica.
—Ya, me di cuenta el día que nos cruzamos. Yo pensé que tú eras un
machote que leías novelas eróticas y no te daba ningún pudor hablar de ello
ni de cómo te masturbabas después para solucionar el calentón.
Suelto una risilla y noto que las mejillas me arden.
—No me lo recuerdes, qué vergüenza, por favor.
Luci acaricia un mechón de pelo que, para variar, se ha escapado del
moño despeinado que llevo hecho. La sensación que provoca ese gesto tan
simple es como una calidez que se extiende por todo mi pecho. Ya me he
acostumbrado a que mi cuerpo reaccione de las formas más extrañas cuando
él está cerca:
Cuando se aproxima demasiado a mí, y su olor me golpea o percibo el
calor de su piel; un revoloteo en mi estómago.
Cuando lo veo así, sin camiseta, o con el uniforme de trabajo, tan formal,
o con… con cualquier cosa que se ajuste a los músculos de su cuerpo; la
humedad en mi entrepierna.
Cuando sonríe o nos tocamos sin querer; el corazón se me salta un
latido…
—No te avergüences, estuvo bien imaginarlo cuando…, cuando supe que
tú eras tú. —Lo miro sin pronunciar palabra—. Esa chica preciosa que me
robó el aliento.
Sonrío con todo: labios, dientes, ojos…
«Esa chica preciosa que me robó el aliento», me repito mentalmente al
mismo tiempo que una parte de mí me dice que es solo físico. Que es solo
química: esa feniletilamina que se libera durante la atracción inicial y
provoca sensaciones de alegría, euforia, que contribuye a la excitación; la
mezcla de todas las demás hormonas que intervienen en el proceso químico
que resulta de la conexión con otra persona. Que no hay nada más allá, solo
unas facciones y un cuerpo que le resultan agradables y le atraen
sexualmente, y a mí, a mí también me pasa lo mismo.
—Pensé que serías una chica y también pensé que nunca se me ha dado
muy bien hacer amigas, pero que quizás tenía suerte y eras alguien al que le
gustaba el té de jengibre y leer, y que podríamos hacer precisamente esto:
pasarnos alguna noche de fin de semana tiradas en el sofá leyendo y
comentando las escenas. Pensé que era mi oportunidad para tener una
amiga, una mejor amiga que no fuese mi hermana Miriam.
Cabecea afirmando.
—Podemos hacerlo, aunque no sea una chica. Podemos beber té de
jengibre, compartir una manta en el sofá y opiniones de nuestras lecturas,
compartir libros, ir a comprarlos juntos, ver pelis, charlar de todo y nada…
Podemos… podemos ser buenos amigos.
—Podemos…
Muevo la cabeza arriba y abajo porque lo cierto…, lo cierto es que en
este tiempo que llevamos viviendo juntos hemos congeniado tan bien… No
me da vergüenza darle mi opinión sobre cualquier cosa, no necesito fingir
ser quien no soy, simplemente soy yo, al natural, con mi mal despertar, con
mis pijamas infantiles, leyendo lo que sea que me apetezca sin la sensación
de que me va a juzgar o hablándole abiertamente de todas mis manías o
incluso mi poca capacidad para seguir una receta y que salga algo
comestible sin que se ría de mí. Él cocina o trae comida del hotel, y yo
limpio las zonas comunes. Él se encarga de ponerle de comer a
Miaundalorian, de cambiarle la arena…, además, procura que todo esté
ordenado a mi manera, lo cual le agradezco porque, en realidad, soy
consciente de que ambos tendríamos que ceder y seguramente podría tolerar
no tener los productos de la despensa ordenados alfabéticamente, como Uri
siempre me decía que era la idiotez y la pérdida de tiempo más grande que
había visto nunca, pero me hace feliz que a Luci no le importe y se esmere
en conservar mi método. Nos turnamos para hacer la compra, aunque la
lista la hace él, porque yo viviría a base de infusiones, café, cupcakes y
comida precocinada. Es agradable. Es bonito que no te hagan de menos por
tus manías y es bonito no tener que esforzarte por esconderlas.
—Podemos… —repite.
Y me quedo con las ganas de que diga que podemos ser más que eso,
solo…, solo me mira con intensidad unos instantes. No sé si él tiene las
mismas ganas que tengo yo de besarlo, pero estaría bien que esta noche
simplemente seamos eso: dos amigos que leen juntos y comparten espacio.
El teléfono comienza a sonar en la mesa de centro del salón y me asomo,
extrañada, porque he hablado con Miriam hace un rato y Berto y yo, por fin,
nos hemos mensajeado esta tarde y, después de mucho evitarme, me
prometió que nos veríamos mañana. Lo cual limita la lista de opciones.
Cuando veo el nombre de Uriel en la pantalla, alzo ambas cejas y miro a
Lucien, como si él pudiera explicarme por qué me está llamando mi
exnovio a esta hora de un viernes después de llevar tantos días sin saber el
uno del otro.
—Voy a por el libro y mejor…, mejor me pongo una sudadera o algo
porque me está dando frío.
Asiento.
Sé que me está dando espacio, tiempo e intimidad por si quiero hablar
con Uri.
Suspiro y descuelgo.
—Hola —musito viendo cómo Lucien se aleja por el pasillo.
—Hola, amor. ¿Cómo estás? —El tono empalagoso al otro lado me hace
parpadear, confundida.
—Ehm, bien.
—Ostras, Dani… —Sí, existe gente de treinta años que dice «ostras» y
uno de ellos es mi ex—. ¿Por qué no me contaste lo que había pasado en el
trabajo?
Suspiro. Sabía que este momento llegaría antes o después.
—No hemos hablado mucho últimamente.
—Gema me ha explicado que, cuando me fui, lo empezaste a hacer todo
como el culo y que intentó protegerte, sacarte de los proyectos más
importantes, pero que estabas insoportable… —Me muerdo el labio para no
soltar el insulto que se me atasca en la garganta por esa sarta de mentiras.
»Le he contado cuál es la situación, porque, claro, mi familia ya sabe que
tú y yo nos estamos dando un tiempo, lo aceptan y nos apoyan, pero… no
saben que fui yo el que tomó la decisión y que para ti a lo mejor ha sido
difícil.
—No hacía todo como el culo.
—¿Qué? —pregunta confundido.
Seguramente sea porque es la primera vez que llevo la contraria a
cualquier cosa que haya dicho Gema, porque es su hermana, la quiere con
locura y siempre he estado total y absolutamente convencida de que él no
iba a creerme o que me daría por loca.
—Que Gema no intentó protegerme ni yo estaba trabajando mal porque,
cuando te fuiste, ni siquiera pensé que me hubieras dejado.
—Bueno, nena… Dejarlo, dejarlo…, no. Darnos un tiempo, más…
—Para que cuando estuvieras en Valencia pudieras follar con otras —lo
interrumpo—, probar qué tal te iba y si no te convencía, pues podías volver
a casa conmigo, ¿no?
—Mujer, no es eso…
—Ya. Bueno, yo estaba trabajando bien, como siempre, pero tu hermana
me echó.
—No te pongas así, Dani. Ha sido todo un cúmulo de malentendidos. He
hablado con ella y dice que puedes recuperar tu puesto a cambio de que,
estos meses en los que estás un poco de ánimo caído, estarás ayudando en
lo que necesiten los compañeros en lugar de responsabilizarte de ningún
proyecto.
—¿Ayudando a los compañeros?
—Ajá, ya sabes, fotocopias, cafés, organizar reuniones, agenda… Te
espera el lunes a las ocho para una reunión…
—No me interesa —lo interrumpo.
—¿Qué? ¿Cómo que no te interesa? —Su tono se torna bastante molesto,
lo cual, la verdad, me da igual. No le debo nada, ni a él ni a ella ni a la
empresa.
—Que me he tomado un tiempo y estoy probando otras cosas para ver
cómo va, ya sabes, tomar distancia y tiempo para recapacitar sobre mi
futuro y si es eso exactamente lo que quiero hacer —le doy esa versión de
«un tiempo» que él mismo me explicó con respecto a nosotros.
—Estudiaste para hacer eso.
—Pues ahora estoy haciendo otra cosa.
—Bueno, vale… —Bufa, exasperado—. Como quieras. Hablaré con ella.
Se va a llevar un disgusto, pero lo entiendo. Ella te quiere, aunque no lo
creas, te quiere. —Me quiere lo más lejos posible—. Pero yo… lo entiendo
y te apoyo, Dani. Tómate tu tiempo, en un par de semanas podemos
replantearnos la situación y decidir qué vas a hacer —habla como si él
tuviera voz o voto en mi decisión.
—Ajá.
—Ya quedan unos meses para volver a casa, creo que el proyecto va a
finalizar antes de lo esperado, estamos teniendo muy buenos resultados.
Cuando vuelva…
Veo aparecer a Luci por el pasillo, que hace el amago de regresar a su
habitación, y le hago una señal para que venga.
—Oye, tengo que dejarte, tengo planes.
—¿Tú? ¿Planes? ¿Un viernes?
—Yo. Sí. Sí. Adiós.
Y le cuelgo.
Lucien acaba de sentarse a mi lado, con el libro en la mano, cuando
vuelve a vibrar el teléfono, esta vez con la entrada de un mensaje.
Uriel:
¿Te estás viendo con alguien?
Dani:
En eso consistía eso de un tiempo, ¿no? Me
costó pillarlo, pero al final lo entendí.
Uriel:
Ahm.
Bueno, hablamos pronto.
Te echo de menos.
Dani:
Luci y yo nos acoplamos juntos en el sofá, compartimos una manta y
poco a poco me voy resbalando hasta quedar con la cabeza en su regazo. Él
sujeta su libro con una mano y con la otra me acaricia el cabello. Se ha
deshecho de mi moño rebelde y el pelo me cae suelto sobre sus muslos.
Cada vez que se me escapa un gritito de sorpresa o me escucha hacer algún
ruidillo, me llama la atención.
—Deja de hacer eso, eso es spoilear.
—¡Mentira! —grito incorporándome para mirarlo a los ojos—. Eso no es
hacer spoiler.
—Sí lo es.
— Spoiler es decirte que en este libro, la mejor amiga de la prota
muere…
Lucien me tapa la boca, y yo sigo hablando, me lo he inventado, es un vil
embuste, pero me gusta el gesto indignado que ha puesto, así que sigo
inventándome sobre la marcha más para seguir fastidiándolo. Aún con la
boca tapada no me callo, así que Luci cierra el libro, lo deja a un lado y me
quita el mío de las manos dejándolo abierto, boca abajo, sobre la mesa del
salón, y se lanza a hacerme cosquillas hasta que pataleo de la risa y le pido
clemencia. Y me siento…, nunca me había sentido así: tan cómoda, tan
parte de algo, tan… como si encajáramos, como si al fin hubiese encontrado
el puzle del que formaba parte, ese en el que te sientes a gusto, en el que
sientes que estás donde tienes que estar, y me encantaría que me besase,
como llevo deseando desde hace rato que haga, pero no lo hace.
—No sé cómo se puede ser tan cruel —bromea.
Pestañeo rápido, como si me hubiese echado un piropo, y le lanzo un
beso haciéndolo reír. Me encanta el sonido de su risa.
—¿Qué tal con Uriel? ¿Todo bien?
—A Uriel no le importa nada ni nadie que no sea él. Se ha enterado ahora
de que su hermana me despidió.
—¿No trabajabais para la misma empresa? —Me encojo de hombros.
—Ni siquiera me ha preguntado en qué estoy trabajando ahora. Solo me
ha dicho que volverá en unos meses y hablaremos de lo nuestro.
—¿Y tú quieres…? —Deja en el aire, y yo niego.
—Para mí se acabó.
Lucien sonríe.
—¿Quieres terminar el libro? —Lo señala—. Te quedan muy pocas
páginas. —Niego—. ¿Y qué te apetece?
—Me apetece… —Trago con fuerza—. Lucien, me apetece que me
beses.
—Pensé que no me lo ibas a pedir nunca.
Sonríe socarrón, deja su libro en la mesa y me hace más cosquillas hasta
hacerme patalear, justo antes de tirar de mí, para que me coloque a
horcajadas sobre él y me deja hacer.
Luego…
Lucien
No sé cómo ha pasado, pero hemos vuelto a caer. Intenté respetar la
decisión de Daniela de no lanzarnos al fornicio cada vez que nos
cruzábamos por casa, pero la tensión…, la tensión sigue ahí. Y no solo eso,
sino es que me paso las jornadas en el trabajo con Daniela en la cabeza,
mandándole mensajes, pensando en qué puedo birlar del restaurante para
llevarle y ver ese gesto de placer que pone cuando come algo que le
encanta, mirando en las redes sociales reseñas de libros y mandándole
pantallazos de novelas que sé que le pueden gustar, que me encantaría que
leyésemos juntos… En definitiva, no paro de pensar en ella y estoy
completamente seguro de que todo este juego se me ha ido de las manos y
ya no son solo ganas de empotrarla contra la primera superficie que
encontremos para devorarla entera o follármela sin contemplaciones, sino
es más, mucho más.
Son las ganas de ver sus labios curvarse en una sonrisa, su gesto de
desafío cuando la pico con algo, el brillo en su mirada cuando me habla de
algo que le apasiona o lo que siento cuando se abre a mí y me cuenta cosas
de su vida, de su pasado, de su trabajo que le preocupan o que le han hecho
daño, la reacción de mi cuerpo cuando se roza con el suyo, las sensaciones
que provoca en mí ver la expresión de su rostro cuando está excitada, cómo
se muerde la uña del dedo índice cuando está nerviosa o aplaude de
felicidad cuando algo le gusta. Es todo. Es todo lo que quiero vivir con ella
lo que me tiene acojonado porque sé que ella no quiere lo mismo, no siente
lo mismo, y que su futuro ideal pasa por envejecer junto a su gato, espero
que sepa que la esperanza de vida de los gatos es bastante inferior que la del
ser humano, y lo entiendo, te juro que entiendo que piense eso porque ha
pasado por una ruptura dolorosa con alguien que, bajo mi punto de vista,
nunca la ha valorado tal como es, que ese chico con el que salía no era para
ella porque le cortaba sus alas, y no, eso no es amor.
No hay que ser un experto para entender que el amor va más allá, va de
respeto, de aceptación, de cariño sin condiciones ni restricciones, va de ser
uno mismo sin máscaras ni disfraces, sin miedo a las críticas o al rechazo,
va de buscar tu propia felicidad y compartirla con la persona a la que amas.
El amor es el placer de ver al otro brillar.
Y tengo miedo…, temo entregarme, que todo salga mal y hacernos daño
mutuamente. Tengo miedo de perder esta conexión. Me da pánico tener que
dejar de escuchar su risa o que se acaben las charlas, mirar el teléfono y que
sus mensajes dejen de estar ahí. Tengo miedo de despertarme por las
mañanas y que ella no sea lo primero que vea. Tengo un montón de miedos
que temo compartir con ella por si ella no siente lo mismo y termino
quedando como un idiota.
Y también me da pánico…, me da pánico darle alas a todo esto que estoy
comenzando a sentir porque con Emma, con Emma todo fue diferente,
surgió de forma natural, una primera cita que llevó a un beso, nos seguimos
viendo y eso dio paso al sexo, con el transcurso de las semanas ya éramos
una pareja y a los dos años nos fuimos a vivir juntos, paso a paso, fuimos
pasando pantallas, como en un videojuego del que finalmente nos
cansamos, ya no nos parecía excitante, ya no nos apetecía seguir jugando,
superando niveles. Y la quería, sí, pero lo que provocaba en mí es tan
diferente a lo que siento ahora que no sé identificar qué es esto: no estaba
constantemente en mi cabeza ni provocaba ese revoloteo en el estómago
cada vez que pensaba en ella, cada vez que la veía, cada vez que nacía una
sonrisa en su cara, no me moría por besarla a todas horas… Todo es tan
diferente ahora que si tuviera que comparar mis sentimientos podría pensar
que Emma fue como un mar en calma, donde de cuando en cuando las olas
rompían en la orilla, suaves, con ese murmullo característico y, sin
embargo, Daniela…, Daniela es como un tsunami que arrasa con todo.
El móvil vibra en la mesa de noche. Abro un ojo y veo que la luz ya entra
por la ventana, ha amanecido y yo me siento como si me hubiese arrollado
un tren porque digamos que anoche no dormimos mucho, sino que nos
dedicamos a hacer ejercicio, mucho ejercicio.
Dani está a mi lado, boca abajo, el pelo es una maraña loca que se
esparce por todas partes, tiene la boca abierta y la respiración profunda.
Conteniendo una risilla por esa espectacular imagen, me levanto sin
hacer ruido y salgo de su dormitorio con el móvil en la mano antes de
contestar para no despertarla.
—Buenos días, mami.
—¿Mami? ¿Mami? —Ay, Dios, ¿y ahora qué he hecho?—. Ah, que te
acuerdas de que tienes madre, vale, bien, pensé que te habías dado un golpe
en la cabeza y nos habías olvidado porque llevas semanas sin pasarte por
casa.
—Ahm, ya. Es que he estado liado.
—Como me digas que aún estás llorando por los rincones por Emma, voy
a tu casa y te doy un azote.
Se me escapa una risita.
—Tranquila, lo he superado.
Y me doy cuenta de la certeza de mis palabras, de que llevo semanas sin
pensar en ella y que ya no me noto arder por dentro cuando me la encuentro
en el trabajo con su nuevo chico sonriéndose o besándose porque…,
básicamente, porque ya me da igual.
Mi madre suspira aliviada. Parece un ogro, pero, en el fondo, sé que toda
esa máscara de mal genio es porque se preocupa por mí.
—Bien. ¿Trabajas hoy?
—No, tengo un par de días libres, antes de volver al turno de noche.
—No me gusta que trabajes de noche, cielo. El descanso es tan
importante… —Pongo los ojos en blanco, pero no le digo nada porque ya la
conozco y no me apetece que me eche un sermón—. ¡No me pongas los
ojos en blanco!
—Pero ¿cómo sabes…?
Me aparto el móvil de la oreja y lo miro, indignado, como si así pudiera
averiguar cómo se entera de todo.
—Escucha —me interrumpe—, quiero que vengas a desayunar. Y no voy
a admitir un no por respuesta. No puedes seguir alejado de tu familia.
—Ahm, vale, el lunes me paso por ahí.
Con mi madre es importante saber qué batallas luchar y esta no es una de
ellas. Cuando te dice que no admite un no por respuesta, te aseguro que
tienes la guerra perdida. Con todo, pues en realidad me apetece pasarme por
casa, verlos a todos, incluso a mi sobrina demoniaca y agotadora.
—No, no. De eso nada. Hoy. Quiero que vengas hoy a desayunar, que
estamos todos en casa. Parece que en esta familia hay que echar una
instancia para juntarnos, porque tenéis unos trabajos de lo más extraños.
—Mamá, soy recepcionista de hotel no sexador de pollos — protesto. Si
es raro ser recepcionista de hotel viviendo en Canarias, tú me dirás qué es lo
normal.
—¿Qué ordinariez me has dicho? De verdad, ¿eh? —Escucho a mi padre
preguntar qué ha pasado—. Este, que está tonto y me ha dicho no sé qué de
sexo entre pollos.
—¿Ya está otra vez con lo de Thiago? —pregunta mi padre, y a mí se me
escapa una carcajada. Hay que ver qué bestias son. Ni me voy a molestar en
explicarle lo que es un sexador de pollos, paso, mejor dejar correr el tema.
—Vete a saber, a este niño no hay quien lo entienda —le responde—.
Luci, cariño, deberías plantearte vivir una temporada con nosotros,
necesitas reconducirte y tomar el buen camino.
—Gracias, mami. —Decirle «ni muerto» no está contemplado, no me
apetece tener que ver el vídeo de mi nacimiento, gracias—. Pero estoy bien
aquí.
—Bueno, te esperamos para desayunar, más vale que no tardes.
Y me cuelga.
Suspiro resignado y, cuando veo salir a Dani de la habitación,
restregándose los ojos, una sonrisita maliciosa se me instala en la cara.
—¿Quién llama de madrugada? —pregunta, y yo suelto una risilla.
—Son las diez de la mañana, preciosa. —Vale que el mote cariñoso se
me ha escapado, pero es que hasta con esa cara de sueño lo está, lo que no
esperaba era que Daniela me echase una mirada de odio como si lo hubiera
dicho sarcásticamente—. Ehm, era mi madre.
—Ahm, vale. Me vuelvo a la cama.
Dani se da la vuelta, de camino a la habitación, y la agarro por el brazo
para volver a girarla.
—De eso nada. Tú y yo tenemos planes hoy, ¿te acuerdas?
—Ahm, sí, pero es muy temprano.
Niego y la giro de nuevo de espaldas a mí empujándola suavemente hacia
la habitación.
—De eso nada. La librería ya está abierta. Ve a ducharte y a vestirte, nos
vamos en veinte minutos, que quiero comprarme un par de libros para leer
en estos días que tengo libres. Y debería…, debería comprarme una
estantería para poder ponerlos en mi habitación.
—He creado un monstruo —masculla girando la cara para mirarme.
—Venga, que te invito a desayunar. —Y le guiño un ojo.
Alza las cejas como si pudiese ver que le estoy ocultando algo, en estos
momentos odio mi nula capacidad para mentir. Me obligo a sonreír
mostrándole todos los dientes.
—Bueno, vale. ¿Quieres…, quieres que nos duchemos juntos?
¿Qué clase de pregunta es esa? Un tirón en mi polla me roba el aliento.
Joder, claro que quiero. ¡No! No, no, no quiero porque nos tenemos que ir
ya.
De pronto me la imagino debajo del chorro de agua caliente, desnuda,
arrinconándola contra los azulejos para agacharme, abrirle las piernas y
comérmela entera. Trago con fuerza.
Niego. No quiero que mi madre me corte en trocitos y me tire al mar.
Niego efusivamente y su gesto de decepción me hace reír.
—Luego… —Y te aseguro que es una promesa.
Dani asiente y al fin sonríe al ser consciente de mi erección, que sujeta
por encima del pijama y aprieta acariciándome y arrancándome un jadeo
antes de irse a vestir.
—La madre que la… —musito frustrado.
Niego y me voy a la ducha.
Veinte minutos más tarde estamos en mi coche.
—¿Dónde vamos a ir a desayunar? Conozco una cafetería en la que
hacen unos sándwiches espectaculares.
Sonrío y evado su pregunta.
—Ay, me encanta esta canción —digo al mismo tiempo que subo el
volumen de la radio.
Está sonando So Waht de P!nk, que no es que sea mi canción favorita,
pero es animada y pegadiza, y me da la excusa perfecta para ocultarle un
poquito más a Dani que vamos de camino al matadero.
—Ay, a mí también.
Sonríe y la escuchamos en silencio unos minutos hasta que llego a casa
de mis padres y aparco.
—No conozco ninguna cafetería por esta zona —me dice al bajarnos del
coche.
—¿Te gusta el bizcocho de limón bañado en azúcar? —le pregunto en
respuesta.
Los ojos le hacen chiribitas, y me río. Ya me he dado cuenta de que es tan
golosa como yo.
—Claro. —Aplaude y todo.
—Pues te vas a comer el mejor de toda la isla.
Sonríe feliz, y yo, yo también sonrío.
Qué suerte tienes
Daniela
Llámame perspicaz, pero creo…, creo que no vamos a ir a ninguna
cafetería. Sin embargo, y aunque me muero de ganas por sonsacarle a Luci
a dónde narices me lleva, no puedo hablar con tanta lengua en la boca, la
mía y la suya. El muy listo me ha arrinconado en el ascensor y ha sabido
mantenerme calladita.
Suena el ding característico que anuncia que hemos llegado a nuestra
planta, y Luci se separa de mí apenas unos centímetros, mirándome con
esas pupilas dilatadas que me vuelven loca.
—Te compensaré por esto… —musita.
Y no lo entiendo hasta unos segundos más tarde, cuando llama al timbre
y nos abre una señora que mide metro y medio, lleva el cabello recogido en
un moño desecho, un delantal encima de la ropa y… tiene los mismos ojos
que Luci.
Trago con fuerza.
—¡Ha llegado Lucien! —grita muy fuerte haciéndome dar un respingo y
se lanza a abrazarlo—. ¡Ay, mi niño! —Le da un montón de besos y, cuando
Luci logra despegarse, le arrea una colleja que me deja con los ojos muy
abiertos. Doy un paso atrás, disimuladamente, dispuesta a huir, y Luci, que
se da cuenta, a pesar de la tunda que se está llevando, me sujeta de la mano
fuerte para que no pueda escapar—. ¡Que sea la última vez que te pasas
semanas sin venir por aquí! ¿Eh? ¿Lo has entendido?
Lucien se frota la nuca y pone los ojos en blanco.
—Sí, mami —responde como si tuviera cinco años y lo estuvieran
reprendiendo por haber roto un jarrón jugando al fútbol dentro de casa.
La mujer, que ya se ha cebado lo suficiente con Lucien, desvía la vista
hacia mí y su escrutinio me da miedo, quiero huir lejos.
Miro a Luci con pánico al mismo tiempo que tiro de mi mano hasta que
por fin la recupero.
—Ella es Daniela, mi compañera de piso.
—¡Ay! —grita la señora y se acerca a mí para achucharme.
Me aprieta mucho, me cuesta respirar, pero no digo ni mu no sea que me
vaya a llevar yo también un tortazo sin comérmelo ni bebérmelo.
«Socorro», vocalizo sin pronunciar en alto, y Luci se muerde el labio
para no reír.
—Ella es Mar, mi madre.
—Ehm, encantada —musito cuando se aparta de mí.
—Ay, ya tenía ganas de conocerte, niña, porque este cenutrio que tengo
por hijo —añade y se gira hacia él para darle un par de golpes más en el
brazo. Lo miro con pánico, y a él se le achinan los ojos y se ríe con ganas
protestando para que la mujer pare de arrearle hostiones— no ha sido capaz
de contarnos nada. Menos mal que mi hija es un cielo, qué niña tan buena,
de verdad… —¿Está hablando de Alejandra? Miro a Luci con los ojos muy
abiertos, y él, que lee la pregunta en mis ojos, asiente—. Menos mal que la
tengo a ella, que nos ha puesto al día de todo.
—¿De todo? —pregunto.
No puedo evitar cierto tono de terror en la voz, a ver si esta mujer se ha
enterado de que nos hemos pasado semanas follando por todos los rincones
de mi piso y va a prepararnos la boda o algo, porque estoy segura al cien
por cien de que Miriam habrá puesto al día a Alejandra con las novedades.
Mi hermana tendrá muchas cualidades, pero ser discretita no es una de
ellas.
La mujer cabecea afirmando.
—Pero pasa, pasa, que ya están todos dentro.
—¿Todos? —pregunto mirando a Luci, que me sujeta de la mano de
nuevo cuando ve que doy otro paso atrás.
No voy a poder huir, lo veo venir.
Pasamos a la entrada, y la mujer cierra la puerta, bueno, por lo menos no
ha echado la llave, en caso de emergencia puedo salir por piernas de aquí.
—¿Te gusta el bizcocho de limón bañado de azúcar? —pregunta, y
asiento—. A mi madre se le da genial la repostería, para eso trabajó
veintisiete años en una pastelería, y no veas cómo le salen, para chuparse
los dedos. —Me pongo una mano en el estómago porque me rugen las
tripas, lo cual parece hacer muy feliz a la buena mujer, a la que le hacen
chiribitas los ojos—. Vamos, vamos, el café acaba de salir.
Imito a Luci y pongo mis cosas en el perchero que está junto a la puerta
cuando escucho un gritillo infantil detrás de mí y me giro para ver de dónde
procede.
—¡Tita Dani! ¡Tita Dani!
Abro mucho los ojos al ver cómo la personita de menos de un metro
corre en mi dirección y no, no es solo ese hecho el que me aterra, sino que
tiene las manos y la cara toda llena de chocolate. La miro con pánico y,
gracias al cielo, su abuela, que es la Fernando Alonso de las abuelas,
intercepta a la criatura, saca una servilleta de vete a saber dónde y le limpia
las manos y la boca.
La niña grita tanto en protesta que me tiemblan los tímpanos, y Luci me
hace el favor de taparme las orejas porque yo me he quedado ahí paralizada,
todavía estoy digiriendo el «tita Dani».
Al soltar a la niña corretea hacia mí y se me abraza a las piernas. Me
agacho hasta quedar a su altura cuando logro despegarla.
—Hola, bonita, ¿cómo estás?
La chiquilla me agarra la cara con las dos manos y me estampa un beso
en la boca lleno de babas, se da la vuelta y sale corriendo de vuelta a la
puerta de donde salió.
Luci ríe a carcajadas.
—No corras así, loca, que te vas a abrir la cabeza —le grita Mar y va
detrás de ella.
—Hola, ¿eh? Ya veo que ya no soy tu tío favorito —protesta Luci, pero
la niña ya no está—. Le vas a pedir Estrellita a tu padre — murmura.
Me tira de una mano para que me ponga de pie porque yo sigo ahí,
agachada, procesándolo todo. Tal como hizo su madre, saca un pañuelo de
vete a saber dónde y me limpia las babas de la cría.
—Socorro —musito, y me mira con pena.
Por un instante me quedo obnubilada con su sonrisa, con la forma en la
que me mira y me acaricia un mechón de cabello con todo el cuidado, me
alza la barbilla y roza suavemente mis labios con los suyos provocando que
mi corazón se salte un latido.
—Venga, ya ha pasado lo peor —intenta animarme—. Te compraré dos
libros nuevos para compensarte por esto.
Ni que me regale una biblioteca entera va a poder fulminar el trauma que
va a suponer esta visita, lo veo venir.
No hemos dado dos pasos cuando escucho un ruido en algún lugar que no
identifico así a primeras.
—Chist, chist. —Nos paramos y miramos alrededor y se vuelve a
escuchar—. Chist, chist.
Entonces veo la cabeza de una señora mayor que se asoma por la puerta
que queda a la derecha de la entrada.
—¡Yaya! —grita Luci, feliz—. Pero ¿qué haces ahí, mujer? —Me suelta
la mano y se acerca a ella para achucharla. Yo miro a la puerta, es mi
momento, doy un paso atrás—. Ni se te ocurra moverte —me dice Luci
señalándome sin mirarme siquiera.
—Toma, cariño. —La mujer le tiende un billete de cincuenta euros—.
Pero no le digas nada tu madre ni a tus hermanos, ¿eh? Cómprate algo
bonito, niño.
—Ya empezamos, yaya… —la reprende con cariño—. Gracias, pero no
necesito dinero, guárdalo para irte al bingo con tus amigas.
—Esa manada de gallinas alcahuetas. No pienso volver al bingo con ellas
—suelta mosqueada, y Lucien ríe.
—¿Te han vuelto a ganar?
—Sin blanca me dejaron la última vez. ¿Y tú quién eres? —me pregunta
a mí al mismo tiempo que le mete el billete de cincuenta en el bolsillo de
los pantalones a Luci—. Os he visto comeros la boca. —Ay, Dios—. ¿Eres
su novia? ¿Cómo te llamas?
Solo niego, y Luci es el que habla.
—Se llama Daniela y es mi compañera de piso.
—Ay, cariño. —Se gira la mujer hacia Luci, que ya está sacando el billete
de cincuenta del bolsillo y se lo deja en la mano, supongo que con la
intención de devolvérselo sin que ella se dé cuenta—. Menos mal, niño. —
Me señala, yo sigo negando a ver si entiende que no es lo que parece—.
Menos mal que has follado. Se te nota, ¿eh? Qué tez más suave y luminosa.
Me atraganto con mi propia saliva y empiezo a toser.
—Ay, yaya, qué cosas tienes. ¿Ya se te ha quitado el enfado conmigo por
lo de Thiago?
A la mujer le cambia la cara y le arrea, tal como hizo su madre, una
colleja con todas sus ganas.
—¿Cómo se te ocurre preguntarle a tu hermano lo que mete y saca con
Diego? ¿Qué te importará a ti?
—Au, yaya, pero si tú acabas de…
—Schsss… —le chista—. Bueno, venga, vamos, que a este paso vamos a
merendar en lugar de desayunar. —La mujer se acerca a mí y engancha su
brazo al mío—. Hola, bonita, tú no te asustes, que nosotros nos queremos
así. —Me obligo a sonreír—. Ay, qué simpática eres. Tú y yo nos vamos a
hacer buenas amigas, ¿te gusta el bizcocho de limón?
Y tira de mi brazo sin dejar que responda para que la siga hasta donde se
escucha un bullicio de demasiadas personas. Pero ¿cuánta gente vive aquí?
Al pasar al salón trago con fuerza porque eso parece el metro en hora
punta, Lucien se dedica a presentarme a todos y cada uno de los miembros
de su familia que aún no conozco, y yo los saludo a todos: sus abuelos, sus
padres, sus hermanos, su cuñada, a Diego…
—Siéntate aquí, niña, al ladito mío —me pide su abuela, pero mi vista ha
ido sola hacia el bizcocho de limón más grande, más cubierto de azúcar y
con mejor pinta que he visto en mi vida.
La madre de Lucien ya me ha puesto un café delante, y el abuelo, que me
mira con gesto pícaro, está sirviendo zumo de naranja de una jarra. Miedo
me da. Cuando tiende un vaso en mi dirección y lo sujeto, no lo suelta, y yo
tironeo un poco sin éxito.
—Eh, Daniela, ¿sabes qué hace una abeja en un gimnasio? —me
pregunta de pronto muy serio el hombre.
Parpadeo. Al fin suelta el vaso y puedo colocarlo en la mesa delante de
mí.
—¿En un gimnasio? Pues no sé, qué raro, ¿no? ¡Ah! Puede ser que el
gimnasio tenga un jardín plagado de flores, porque, bueno, ellas son las
principales polinizadoras de muchas plantas. Cuando recolectan el néctar de
las flores, el polen se adhiere…
Alejandra, que está justo enfrente, me lanza un trozo de pan que me cae
en toda la frente.
—Au —protesto y me froto la zona.
Mar la reprende por lanzar comida en la mesa, y Aurora, que es como
una esponja, lanza otro trozo en mi dirección, pero no llega ni a mitad de la
mesa.
—Ya te vale —protesta Mili.
Alejandra le saca la lengua y se dirige a mí:
—Deja la clase para el insti ese donde trabajas, bonita —me reprende—.
¡Zum-ba! —grita de pronto.
—¿Eh? —Esta familia está pirada, te lo digo yo.
El abuelo se parte de risa, se sujeta el abdomen y todo riéndose sin parar:
—Ay, qué bueno —suelta y se deja caer en la silla.
Alejandra, viendo que no lo pillo, repite:
—¿Qué hace una abeja en un gimnasio? Zum-ba.
—Ahm.
La mayoría de los que están en la mesa se ríen, menos Thiago y Diego,
que están cuchicheando mientras miran para mí, Thiago tiene las mejillas
rojas. Ay, joder, joder, joder, como le esté contando lo que pasó en el 4ever
me muero.
Miro con pánico a Lucien, que da una palmada.
—Venga, vamos a comer, qué hambre. Dani y yo nos tenemos que ir en
un rato, que he prometido llevarla a la librería. Le encanta leer y… —Niego
reiteradamente para que no acabe esa frase—. Y voy a regalarle un par de
libros por hacerla pasar por esta tortura.
—Ay, ay, ay —grita la abuela. ¿Ves? Ya se ha ofendido la mujer—. ¿Te
gusta leer novelas con escenas cochinotas?
—¿Qué? —pregunto con pánico—. Ehm, no, no, qué va. Ehmm, me
gustan…, me gusta leer biografías de catedráticos de…, estooo… de todo
tipo —contesto rápido al recordar que, cuando le dije a la madre de Uriel
que me encantaba leer y tenía cientos de libros desperdigados por toda mi
casa, me regaló para mi cumpleaños el libro Vida y obra de Pedro Cátedra
García, que, a ver, no te digo que no pueda resultar interesante para los
estudiosos de Filología Hispánica, pero es que a mí sus investigaciones,
plin, a mí me gusta leer novelas de fantasía o comedia romántica. Lo último
que quiero es que esta gente me mire con el mismo nivel de decepción y
asco con el que me miró la madre de Uriel cuando le pregunté si podía
cambiarlo porque no era lo que me gustaba leer.
La mujer me mira paralizada, luego desvía la vista a Luci, que se ha
sentado a mi lado, y luego a mí otra vez.
—¿En serio? —me pregunta, y cabeceo afirmando—. Ahm, bueno, no
importa, si es lo que a ti te apasiona… —musita.
—Yaya… —la llama Luci—. Es una broma. Acaba de terminar Susurros
de la noche eterna, ya sabes, de la trilogía Guiverno Azul. —El calor sube
abrasándome las mejillas y las orejas, y paso la mano por debajo de la mesa
para pellizcar a Lucien en un costado—. Au, bruta —protesta mirándome.
Lo mato.
Yo lo mato.
La abuela de Luci ha empezado a gritar, ha soltado incluso el cuchillo
con el que estaba partiendo los trozos de bizcocho para repartirlos entre
todos.
—Ay, ay, ay… —Aplaude la mujer—. ¿Ya llegaste a la parte esa donde al
follisquear sueltan tantos rayos que casi tiran el edificio abajo?
—¡Yaya! —grita Orlando, el padre de Aurora, y señala a la niña con la
cabeza.
—Bah, ella no se entera. —Mueve una mano como quitándole
importancia y vuelve a agarrar el cuchillo.
Yo estoy boqueando como un pez.
—No me hagas spoiler, mamá —protesta Mar—, que yo no he llegado.
Abro mucho los ojos, sorprendida, y miro a Lucien, que se encoge de
hombros.
—Estoy en el tercero —musito, y la señora vuelve a gritar, da saltitos y
todo, y se pone a parlotear mientras me tiende el pedazo más gigante de
bizcocho de limón de todos los trozos que ha cortado, y Mar se tapa las
orejas.
Alejandra se ríe.
—Yaya, por favor, deja de hacer spoiler, que no he leído el tercero —la
regaña Luci.
La mujer lo mira, perpleja.
—Pero ¿tú lo estás leyendo? —pregunta incrédula—. Luci…, ¿estás
leyendo la trilogía Guiverno Azul? —repite.
—Sí, Dani fue muy convincente cuando me dijo que tenía que leerlos.
—Ay, niña. —La mujer vuelve a soltar el cuchillo, se limpia las manos en
una servilleta y se acerca a mí para darme como trescientos besos en la
mejilla mientras me achucha—. Ay, niña, tú sí, tú sí que eres para mi niño.
No puedo evitar reír, porque no me esperaba para nada todo esto. Jamás
había conocido una familia así. Mi madre es más seca que un esparto, que
no quiero decir que no nos quiera, pero es más… chapada a la antigua. Si
estuviera presente en estos momentos es probable que ya se hubiera
santiguado un par de veces y estuviera rezando mentalmente un
padrenuestro para salvar las almas pecadoras que le rodean, empezando por
la mía.
En mi casa no nos solíamos sentar todos juntos a comer, más bien
comíamos Miriam y yo, y luego mis padres a solas, cuando ya habíamos
terminado; pero en esas pocas ocasiones en las que nos reuníamos todos
alrededor de la mesa el silencio lo inundaba todo, porque no estaba bien
hablar con la boca llena ni gritar en la mesa ni reír a carcajadas.
En casa de Uri eran todos unos estirados, se hablaba de trabajo la
mayoría de las veces, de las noticias que ocupaban la cartelera de la última
hora, de política, y yo procuraba mantenerme en silencio, mimetizarme con
el ambiente, me ignoraban, y yo a ellos, y así alcanzamos un equilibrio
cómodo para poder compartir mesa todos los domingos. Pero esto…, esto
es lo nunca visto.
Al mismo tiempo que la buena mujer me besuquea, el abuelo de Lucien
la sermonea para que me deje en paz; Aurora se baja de la silla y corre a
abrazarme gritando «Tita Dani», y, sin ser consciente de quién dice qué,
escucho algunas frases a mi alrededor: «Déjala respirar, mujer», «Ya
empezamos…», «Lo siento, Dani, no sabes dónde te has metido»…
Y no, no tenía ni idea de dónde me había metido cuando crucé la puerta
de esta casa, porque…, porque estoy acostumbrada al rechazo, a la
vergüenza, al querer hacerme pequeña, a no encajar, a querer pasar
desapercibida o mentir para agradar a los demás, pero aquí no pasa eso, de
pronto percibo como un calor en el pecho que se expande por todos los
rincones de mi cuerpo, una sensación agradable que me hace sentir…
querida, como si por primera vez en mi vida encajase con las personas a mi
alrededor y sí, parece que están un poco pirados, pero… bendita locura tan
llena de cariño. Si esto es el manicomio, me declaro la tarada número uno.
Luci me agarra la mano por debajo de la mesa y la presiona un poco,
cuando lo miro me guiña un ojo, y yo sonrío.
La cosa se calma y empezamos a comer, charlando todos unos con otros.
Luci vuelve a apretarme la mano, como si necesitara saber que estoy
bien, y lo miro.
—Qué suerte tienes —musito.
Y él cabecea afirmando.
—Lo sé.
¿Y tú quién eres?
Lucien
Por suerte, parece que vamos a sobrevivir al desayuno en casa de mis
padres y lo mejor, lo más maravilloso de todo, es ser consciente de cómo ha
cambiado el gesto de Dani desde que entramos por la puerta hasta el
momento en el que se dio cuenta de que aquí nadie iba a juzgarla: las
mejillas teñidas ligeramente al hablar entusiasmada con mi abuela y mi
madre de cualquiera de las decenas de libros que ha leído últimamente; las
risas con Alejandra al compartir alguna fechoría de su hermana Miriam; la
charla con mi padre cuando, por millonésima vez, me dice que no entiende
el móvil, y ella, con toda su paciencia, le explica cómo bajar la aplicación
de turno en la que se ha empeñado y le enseña a usarla; cuando mi abuelo le
cuenta unos cuantos chistes más de su repertorio, lo mira a los ojos y le dice
que son malísimos y que le buscará un libro de chistes en la librería, y
termina con Aurora subida en sus piernas, que le ha hecho el dibujo de la
tortuga que le prometió, mientras charla con unos y con otros.
Ha sido como ver una rosa que florece en todo su esplendor: precioso.
Cuando ya vamos en el ascensor de camino a la salida del edificio,
mientras yo miro algo muy interesante en mis uñas y el silencio lo llena
todo, Dani me suelta un pellizcón en todo el brazo.
—Au. Eso ha sido gratis.
—Gratis los cojones, ¿cómo se te ocurre tremenda encerrona? — y lo
pregunta con gesto de reproche, pero el brillo en su mirada y esa sonrisa
que oculta me dicen que lo ha pasado bien.
—Muy bien, llamaré a mi abuela y le diré que odias su bizcocho de
limón. Probablemente obligará a mi hermano Thiago, que es informático, a
hackearte el móvil para conseguir el número de teléfono de tu madre y la
llamará para pedirle el vídeo de tu parto y te lo pondrá en bucle hasta que
ruegues clemencia.
Dani parpadea.
Abre mucho los ojos.
—¿Qué? —Y suelta una carcajada—. Menuda película.
—Para película de terror la de mi parto, eso es peor que cualquier peli de
miedo que hayas podido ver.
Un escalofrío de horror me recorre. Dani niega, ríe y hace eso que tanto
me encanta, agarra mi camiseta en un puño y me acerca a ella para besarme.
El resto del día es de lo más maravilloso: pasear cogidos de la mano,
pasarnos horas en la librería eligiendo libros, tomarnos un café en una
terraza disfrutando de los rayos de sol, comer juntos entre risas
compartiendo charla… Ha sido un día espectacular.
Hasta que la veo mirar el móvil con el ceño fruncido y su gesto, que ha
estado relajado y feliz todo el día, se torna sombrío.
—¿Qué pasa?
—Nada…
Niega confundida y la veo teclear unos pocos mensajes.
—¿Y Miriam y Berto? —le pregunto por si van por ahí los tiros.
Suspira y mira la hora en el reloj que tiene en la muñeca.
—He quedado más tarde en el 4ever con Miriam, le he dicho que Berto
no puede ir para que no se escaquee, pero claro que irá, porque tienen que
hablar, todo está raro…, muy raro entre los tres. Quiero ir a casa de Berto
antes para poder hablar con él a solas. — No sé por qué de pronto parece
que tiene un escalofrío, y yo la miro con las cejas alzadas porque no sé a
qué ha venido eso—. No me mires así, todavía estoy traumatizada por la
última vez que estuve allí.
Suelto una risilla.
—¿Por qué? ¿Qué te hizo?
Se le tiñen las mejillas de rojo y niega.
—No quieras saberlo.
El móvil vuelve a vibrarle y, con el ceño fruncido, lee el mensaje que
acaba de entrarle. Contesta.
—¿Todo bien?
—Sí, sí…, nada importante.
Llegamos al coche y nos subimos. No sé qué ha pasado, pero odio ver
ese velo de preocupación en sus ojos y no poder ayudarla.
Estoy a punto de preguntarle si puedo hacer algo que la haga sentir
mejor, y le entra una llamada de teléfono.
—No me lo puedo creer —masculla para sí misma—. Es mi madre,
tengo…, tengo que contestar.
—Claro, no hay problema.
—Voy…, me voy caminando a casa de Berto, ¿vale? La conversación va
a ser larga.
Suspira.
—Espero que esté todo bien.
Daniela asiente y me da un beso fugaz antes de salir del coche.
Conduzco hasta casa, aparco y subo todas las bolsas con lo que hemos
comprado. Cuando abro la puerta, me doy cuenta de que hay alguien dentro,
debe de ser Miriam, por lo que sé, es la única que tiene llave de casa.
Paso al salón y frunzo el ceño.
—¿Y tú quién eres?
Tú no tienes taras, imbécil
Daniela
Corto la llamada después de casi media hora de sermón de mi madre,
dispuesta a ignorarla a ella y todo lo que hay detrás. Soy consciente de que
se me va a venir encima más pronto que tarde, pero ahora me tengo que
centrar en lo importante. Los problemas de uno en uno.
Suspiro, resignada, y llamo al interfono de mi amigo, que abre sin
siquiera preguntar quién es. Subo las escaleras y, cuando toco el timbre, me
abre con un pedazo de pizza en la mano, la boca llena, las cejas muy
alzadas y… ataviado tan solo con unos boxers negros con corazoncitos
rojos y calcetines negros subidos hasta la pantorrilla.
Parpadeo.
Parpadeo.
—Puag. —El ceño se le frunce—. Ya me estoy arrepintiendo de esto…
—musito y lo empujo un poco para que me deje pasar—. Si se te ocurre
hacer cualquier gesto para dejarte la colita al aire, te corto las pelotas —
mascullo sin mirarlo siquiera.
Voy hacia la nevera, cojo un botellín de cerveza y me dirijo al sofá.
Berto cierra la puerta y sigue ahí, paralizado, viendo cómo me siento y
cojo una porción de pizza. Es barbacoa, mi favorita del mundo mundial, y
he comido tarde y no debería tener hambre, pero esta conversación requiere
extra de energía.
—Mmmm —gimo al morderla, todavía está caliente y el queso fundido
cuelga del pedazo.
—¿Qué haces aquí? —musita—. Y, lo que es más importante, ¿qué haces
tú bebiendo cerveza sin que nadie te obligue?
Está a la defensiva, lo sé, lo conozco lo suficiente para averiguar que la
tensión de sus brazos y esa cara de apio pocho no van a traer nada bueno.
Se sienta a mi lado, coge su botellín y le da un sorbo.
Y yo decido a romper el hielo y que baje la guardia soltándole una
burrada.
—Me han empalado a base de bien… Ya no soy virgen.
Berto escupe la cerveza que se acaba de meter en la boca como si de un
aspersor se tratase, se atraganta y tose, y yo le doy palmaditas en la espalda.
Cuando me mira, alzo mi botellín a modo de brindis con mi cara más
angelical.
—Perdón —musito.
Y se ríe a carcajadas, relajando el gesto, la postura y la cara. Durante la
siguiente hora y media me dedico a contarle todo lo que ha pasado con
Lucien, en todas las diferentes posturas, incluida la visita a casa de su
familia de esta mañana.
—Joder… —masculla y parpadea fuerte un par de veces.
—¿Qué?
—Que te has colgado de Míster Masturbador.
Le lanzo un cojín en toda la cara.
—¡No lo llames así! —digo con las mejillas ardiendo—. ¿Por qué lo
llamas así?
—Medio 4ever lo llama así.
Me tapo la cara.
—No pienso volver a ese bar nunca más en la vida.
—Los cojones que no…, de hecho, voy a empezar a vestirme…
—Mis ojos te lo agradecen. —Berto me echa una mirada de odio y se
lanza encima de mí a hacerme cosquillas hasta que pataleo de la risa—.
Vale, me rindo, me rindo. Apártate de mí, que estás en bolas. —Se separa
solo un poco—. Solo necesito saber algo…, ¿por qué usas esas horteradas
en la entrepierna?
Y se lanza de nuevo a torturarme hasta que de un movimiento consigo
quedarme encima de él a horcajadas sobre su culo, y esta vez soy yo la que
le hago cosquillas, y él patalea.
Y, cuando ya llevamos un buen rato haciendo el mono, me dejo caer a su
lado, recuperamos el aliento ambos.
—Berto… —Mi amigo se gira hacia mí sin contestar, me aparto el pelo
de la cara para mirarlo a los ojos—. ¿Me puedes contar por qué estás
haciendo el tonto con Miriam?
—Mierda… —masculla, y yo suelto una risilla—. No lo podías dejar
pasar, ¿no?
Niego.
—Sé que te gusta.
—No me gusta —contesta demasiado rápido.
—Sé que bebes los vientos por ella desde que tenías, no sé, ocho años.
—Somos como hermanos —rebate.
—Tú y yo somos como hermanos, pero lo vuestro…, lo vuestro es
diferente. ¿A qué le tienes miedo?
Berto se levanta y chisto cuando lo veo ir hacia la habitación, aparece
tres minutos más tarde vestido con unos vaqueros y una camiseta negra.
Bien, porque tener una conversación seria viéndolo con esas pintas no es
nada sencillo. Su ceño fruncido me hace comprender que está enfadado,
aunque no llego a entender por qué.
—Pensé que tú…, que tú lo entenderías mejor que nadie… — rebate y su
tono serio me pone la piel de gallina, porque pocas veces lo he escuchado
hablar así.
—Explícamelo, porque sabes…, sabes que a veces me cuesta —
pronuncio triste, porque es la verdad, lo quiero, lo quiero con toda mi alma
e incluso a él, que lo conozco desde que creía en el Ratoncito Pérez, hay
veces que me cuesta comprenderlo.
Berto chista.
—Hemos hablado muchas veces de lo sola que te sientes, y no estás sola,
lo sabes, incluso cuando Uriel te dejó, el zumbado ese…, no lo estabas, nos
tenías a Miriam y a mí, siempre nos has tenido. Y, aunque es especialita
como ella sola, pues también tenías a tu madre, que es muy pesada y tiene
unos valores un tanto viejunos, pero te quiere. Y a tu padre, aunque viva
lejos, te adora, está a golpe de teléfono para lo que sea que necesites.
Alzo la mano y le enseño la palma.
—A mi madre ni me la menciones… —Y, antes de que me pueda
preguntar qué ha pasado, continúo—: ¿A dónde quieres llegar?
—Que no te das cuenta, Dani, no te das cuenta de que no eres la única
que está sola en el mundo. —Pestañeo y, a pesar de sus palabras, sé que no
me está reprochando nada y sé exactamente de lo que habla—. Los perdí,
¿vale?, perdí todo lo que tenía cuando murieron y solo…, solo me quedáis
vosotras.
Un nudo se instala en mi garganta. Los padres de Berto murieron hace
unos años, con pocos meses de diferencia. Estuvimos con él cuando pasó
todo y, después del último funeral, nunca ha querido hablar del tema con
nosotras. Berto siempre se ha escondido tras esa máscara de tío divertido,
sociable, pasota, ligón que se las lleva a todas de calle, pero ahora…, ahora
se ha despojado de esa máscara ante mí, y esa tristeza, esa tristeza que veo
en sus ojos me rompe.
—Nos vas a tener siempre, Berto. —Le cojo una mano y sé que se resiste
un poco, que no quiere parecer vulnerable, pero insisto y al final se deja—.
Somos un equipo. Un tándem.
—Eso es… —musita—. Somos un equipo. Y sin vosotras estoy perdido.
—Nunca nos vas a perder —insisto, porque lo pienso de verdad y quiero
recalcárselo.
—No lo sabes, Daniela, no lo sabes… Creo que me enamoré de Miriam
el día que corrió detrás de mí y me empujó en el parque, a pesar de que
medía dos palmos más que ella, y me hizo caer al suelo porque le había
tirado de una de sus trenzas y me había echado a correr. Se sentó encima de
mí y no me dejó moverme hasta que me rendí y le pedí perdón, menuda
fuerza tenía la pitufa.
Suelto una risilla y cabeceo afirmando, por las dos cosas: porque es cierto
que mi hermana era de armas tomar y que soy perfectamente consciente de
cuánto la quiere desde siempre.
—No lo entiendo… —susurro, porque Berto parece más triste aún —.
Ella…, ella también te quiere, de siempre, Berto, ella te quiere de siempre.
—Lo sé… —Cabecea afirmando. Estoy hecha un mar de dudas—.
Todavía no te das cuenta, ¿no? —Niego—. Si sale mal…, os perderé a las
dos.
—No va a salir mal.
—No lo sabes.
—No, no lo sé. —Bajo la cabeza y me observo las manos, pensativa, y
unos segundos después la alzo y lo miro a los ojos—. Pero pase lo que pase
entre vosotros a mí siempre me vas a tener.
—Es tu hermana —sentencia.
—Ya me había dado cuenta, la verdad, fue un incordio criarse con ella, te
lo digo —intento bromear, pero no funciona porque no hay atisbo de
sonrisa por parte de mi amigo.
—Si…, si le hago daño…
—Si le haces daño, será sin querer, aun así, te patearé el culo y te cortaré
las bolas para dárselas de comer a Miaundalorian. — Cabecea afirmando—,
pero, con todo…, seguiremos siendo un equipo, porque Berto…, tú eres
como mi hermano, eres mi mejor amigo, eres la única persona en el mundo
que siempre me ha visto como soy y me ha aceptado con todas mis taras,
todas mis mierdas, todas mis rarezas…
Berto niega y frunce el ceño.
—Tú no tienes taras, imbécil.
—No sé si abrazarte o pegarte —mascullo.
—Tu único problema es que no has tenido suerte, la gente que te rodeaba
era gilipollas, todos, no se libraba ni uno. Ni el Uriel capullo ese que te
hacía sentir de menos y te decía te quiero con todos tus defectos, pero
estaría guay que intentaras mejorar para librarte de algunos.
Suspiro.
Sé que tiene razón.
Sé que Uriel nunca me quiso bien, y yo nunca quise verlo, porque me
parecía bien esforzarme para ser un poco mejor si así alguien me iba a
querer.
—No te merecía. —Asiento—. Aunque Míster Masturbador…, ese es
otro cantar.
Le doy un tortazo, y protesta entre risas. No estoy lista para hablar de
sentimientos con respecto a Lucien, porque… he de reconocer que se nos ha
ido de las manos la situación y todo se ha vuelto más intenso, pero me da
miedo, me da pánico que esto solo sea un desahogo para él, la forma de
quitarse la espinita por lo sucedido con su ex, la manera más rápida de
olvidarla, y luego pasará página, y yo…, yo no estaré en ningún párrafo del
nuevo capítulo de su vida.
Y me da miedo verbalizarlo, decir en alto todo eso que empiezo a sentir y
que todo se haga más real para mí, y que termine destrozada, destrozada de
verdad no como con Uriel, que es cierto que me quedé descuadrada y triste,
por esa sensación de soledad que tanta compañía me ha hecho a lo largo de
los años, pero esto es distinto…, todo esto está siendo muy intenso, quizás
es por el hecho de vivir juntos o quizás es porque congeniamos tan bien, no
lo sé, solo sé que no sé qué somos y prefiero vivir el momento, sin ponerle
nombre, sin etiquetas, a terminar con el corazón roto.
Al ver cómo me observa mi amigo, me doy cuenta de que estoy siendo
transparente y sabe exactamente en lo que estoy pensando, pero no es
momento para hablar de mí, no, no lo es.
—No la pierdas, Berto… Deja de irte con unas y con otras, y haz lo que
te pide el corazón.
—Es tarde, Dani. Miriam está enfadada conmigo, no me habla, no me
contesta a los mensajes, no quiere verme.
Cabeceo afirmando. Me costó un montón convencer a mi hermana de ir
esta tarde al 4ever, lo que no le dije es que Berto también iría y
probablemente me matará por ello, pero, bah, ¿qué es la vida sin un poco de
riesgo?
—Te fuiste con Sofía, cuando te pidió expresamente que no lo hicieras.
—No lo hice, Dani.
Lo miro extrañada.
—¿Qué?
Suspira.
—No me fui con Sofía, no me he acostado con nadie en meses…, ¿años?
—Repito, ¿qué?
Niega.
—No puedo… Estábamos en tu casa, solos, charlando, riéndonos, me di
cuenta de que cada vez estábamos más cerca, que Miriam me miraba a los
labios y que era un puto imán, joder, un puto imán que me estaba volviendo
loco y tuve que irme para no caer, para no dejarme llevar, pero no he estado
con nadie desde hace mucho tiempo… La quiero demasiado. —Le meto
una colleja porque cada vez entiendo menos—. Au. Joder, no me pegues,
loca. —Me arrea un porrazo en el brazo, vale, esa me la merecía—. Solo
quería que Miriam dejara de pensar que entre nosotros podía haber algo,
que hiciera su vida, que encontrara a alguien.
Me tapo la cara con las manos y niego.
—Es lo más estúpido que he oído en la vida.
Me levanto y voy hacia la habitación de Berto, abro la puerta del armario
y busco una camisa que sé que a mi hermana le encanta, le hacen chiribitas
los ojos cada vez que se la ve puesta.
Berto me sigue, y se la lanzo. Me mira con una ceja alzada y se la pone.
—Ahora vas a entrar a ese baño, te vas a peinar así a lo loco, que a ella le
encanta, y nada de afeitarse, un poco de perfume del que te regaló para tu
cumple y vas a ir al 4ever con dos huevos, le vas a contar a Miriam todo
esto que me has dicho a mí y vais a hablar como personas adultas,
sincerándoos.
—¿Y tú? —Me mira con pánico.
—Yo…, yo tengo otras cosas que resolver. —Suspiro—. Ya te contaré,
ahora no es el momento.
Le doy un abrazo y un beso a mi amigo para insuflarle fuerzas, porque sé
que está cagado de miedo y salgo de su casa.
Cuando estoy bajando en el ascensor ignoro las notificaciones en mi
teléfono móvil y voy al chat con mi hermana.
Dani:
Hola, saliendo.
Nos vemos en un rato en el 4ever.
Miriam:
Vale. Yo voy saliendo ya también.
Y, ahora sí, me centro en los demás mensajes.
Mamá:
Cariño, no te enfades conmigo, sabes que
insisto tanto por tu bien, porque tienes casi
treinta años y no quiero morirme sin saber
que has encontrado a un hombre que te
cuide, te quiera y te dé hijos.
Tienes que solucionar las cosas.
Ya no tienes edad para perder el tiempo. Si
no me haces caso te vas a arrepentir.
Pongo los ojos en blanco, no le contesto, porque estoy cansada de
discutir con ella de todo esto, sé que lo está pasando mal con nuestra
ruptura, peor que yo, la verdad. Sé que adoraba a Uriel, porque, claro, él era
como Míster Perfecto a ojos de mi madre, tan guapo, tan elegante, de
familia bien, con un futuro prometedor, y el príncipe azul se había fijado en
el patito feo, o sea, en mí, que hasta ese momento era la chiquilla más
solitaria de la familia. Y con él vio la oportunidad perfecta, ya me veía
vestida de blanco, por la iglesia, con al menos dos críos, niño y niña, a
poder ser, y una casa con jardín, cero gatos con pinta de alienígena y un
perro labrador gigante.
Salgo del ascensor y contengo las ganas de decirle que no se meta en mi
vida, porque sé que no me voy a sentir mejor de esa forma. Y quizás no lo
entiendas, pero he decidido quererla tal como es, con todas esas ideas
arcaicas en la cabeza que le inculcaron toda su vida y que ella ha intentado,
sin éxito, infundirnos a Miriam y a mí.
Abro el portal y salgo a la calle, ha anochecido ya.
Voy a guardar el móvil cuando me doy cuenta de que tengo otra
notificación que no había visto.
Uriel:
Tu madre me ha dejado las llaves de tu casa.
Voy para allá, tenemos que hablar.
Freno en seco y abro mucho los ojos.
—Hostias… —musito—. Luci… Mierda, mierda, mierda.
Miro la hora y el mensaje me lo ha enviado hace horas. Será mejor que
llegue cuanto antes, así que cojo un taxi que me deja en la puerta de casa.
Me tiembla el pulso al meter la llave en la cerradura porque no sé
exactamente qué me voy a encontrar.
Lo primero que se oye es el murmullo de la tele y por un momento
pienso que igual Uriel se ha arrepentido, al ver que no le contestaba, y ha
decidido posponerlo, porque hay demasiado silencio, pero no, no podía
tener tanta suerte.
Uriel está medio tumbado en mi sofá, con una manta por encima y, en
cuanto me ve, apaga el televisor.
—¿Dónde estabas? —me pregunta mosqueado.
—¿Qué haces aquí?
—Te dije que teníamos que hablar.
—Y yo te dije que para mí se había terminado todo, es que no sé qué
haces aquí, ¿por qué has vuelto?
—Hemos acabado el proyecto antes de tiempo y regreso a Canarias. —
Cabeceo afirmando—. Y esto no se trata solo de ti, no puedes tomar una
decisión por los dos —pronuncia suave y se sienta, dando un par de
golpecitos a su lado—. Yo sé… —Suspira—. Sé que soy tu primera
relación, que no sabes cómo va esto, que te cuesta seguir las normas
sociales…
Frunzo el ceño.
—¿No decidiste por tu cuenta que teníamos que darnos un tiempo? —le
pregunto.
—Lo necesitábamos…
Niego. Desvío la vista y en un lado del salón veo las bolsas con las cosas
que compramos Luci y yo esta tarde, es decir, por casa ha pasado, así que
temo que se ha cruzado con Uriel.
—¿Dónde está Lucien?
Se encoge de hombros.
—Se ha ido, creo… Ni idea. —Vuelve a dar un par de golpes a su lado, y
finalmente cedo con la intención de escuchar lo que tenga que decir y se
pire cuanto antes de mi casa. Con suerte, para cuando regrese Luci, Uriel se
habrá ido y podremos hacer algo juntos como, no sé, comernos a besos—.
Princesa, te he echado de menos.
—Odio que me llames princesa —espeto sin pensarlo siquiera.
Frunce el ceño al mismo tiempo que me dejo caer a su lado.
—Siempre te he llamado princesa.
Un escalofrío me recorre, uno malo, lo cual me sorprende, porque,
aunque es cierto que nunca me ha gustado que me llame de esa forma, lo
toleraba, me parecía que el hecho de usar ese tipo de apelativos creaba un
vínculo más estrecho entre nosotros, sin embargo, ahora solo me da asco, y
es preocupante lo mucho que han cambiado mis sentimientos hacia él en tan
poco tiempo porque yo pensé que el amor…, que el amor de verdad, era
fuerte, podía contra las dificultades, lo arrasaba todo. Y quizás es momento
de pensar que nunca lo fue, no era amor lo que me unía a Uriel.
—Es un mote cariñoso —continúa con el ceño fruncido cuando se
percata del gesto de aversión que no he podido esconder—, porque te
quiero. Es algo bonito, sé que no lo entiendes, pero lo es.
Esa condescendencia con la que me está hablando me está tocando
mucho la moral y tengo que contenerme para no gritarle cuatro
barbaridades y echarlo a patadas de mi casa, porque…, porque en el fondo
sé que en cuanto salga de aquí va a ir a llorarle a mi madre, ella volverá a
interceder entre ambos, terminaré enfadándome con ella, y no quiero.
Prefiero dejarlo hablar, exponer mi punto de vista, mediar para que entienda
que no vamos a volver juntos y que es lo mejor para ambos. Que salga de
mi casa convencido de que estoy en lo cierto y que pase página sin más
vueltas al asunto.
—No sé qué te ha pasado, Dani —musita—, pero… tienes que volver a
tu vida. No sé qué clase de trabajo mediocre te has buscado para tener que
compartir piso, pero no tienes veinte años, la época universitaria ya pasó,
ese momento pasó. Tienes que madurar, volver al trabajo, mi hermana está
dispuesta a perdonarte todo y permitir que te incorpores de nuevo. Yo…, yo
me hago cargo, inspeccionaré tus tareas y todo saldrá bien, estoy aquí y no
voy a irme más… Hay clientes importantes que están en pausa porque
necesitan que regreses a tu puesto para seguir adelante.
Me tomo unos instantes para digerir lo que acaba de decir.
—No me lo puedo creer…, ¿estás aquí, has montado todo esto, porque
habéis perdido clientes cuando me fui?
—No tergiverses —pronuncia seco. Carraspea y suaviza el tono antes de
continuar—. Yo no he dicho eso. El tiempo ha pasado, nos hemos alejado lo
suficiente para darme cuenta de que quiero pasar toda mi vida contigo,
Daniela…
Sujeta mi cara con ambas manos para que lo mire a los ojos y las deja
ahí, no sé por qué ese gesto que antes me gustaba ahora solo me provoca
repugnancia.
Se escucha un ruido, como de una puerta al abrirse, contengo el aliento,
por un momento espero ver a aparecer a Lucien, pero solo es Miaundalorian
el que viene por el pasillo. Entonces recuerdo que Uriel me dijo que se ha
ido. Suspiro.
Miaundalorian se acerca a mí y se frota contra mi pierna, y Uriel, como
siempre, lo mira con asco, pero no dice nada porque sabe que esa batalla la
tiene perdida.
—Porque… —continúa—, porque te quiero, porque eres lo mejor de mi
vida, porque no hay nadie como tú, Dani…
Quita las manos de mi cara, y yo me obligo a respirar de nuevo, a pesar
de toda la marea de emociones que me gritan que me aleje de él.
Miaundalorian, que ve que nos estamos poniendo intensitos y que no hay
mimos para él, da un salto y se va por donde ha venido.
—Dani… —De pronto, no sé de dónde ha salido, Uriel pone una caja
negra delante de mi cara y la abre, dentro hay un anillo con un pedrusco
estrafalariamente gigante y horrible. Parpadeo y lo miro extrañada—. Este
es el anillo de boda de mi bisabuela, lo llevó mi abuela, también mi madre y
ahora… —Lo saca de la caja, coge mi mano—. Ahora lo vas a llevar tú…
Dani, cariño, te quiero con toda mi alma, ¿quieres casarte conmigo?
Lo desliza en mi dedo.
Parpadeo.
Parpadeo.
Parpadeo.
—Uri… —musito y no puedo decir nada más porque me he quedado sin
palabras.
Un ruido en alguna parte de la casa me hace reaccionar.
Miro el pedrusco horripilante y luego a Uriel, luego al pedrusco feo y
repito operación sin saber exactamente qué decir y simplemente suelto una
carcajada. Una carcajada que Uriel, obviamente, malinterpreta porque
sonríe abiertamente.
—Nos va a ir bien, princesa, ya lo verás… —Y dale…
—Uri… —Me quito el anillo—. Ni muerta.
—¿Qué? —pregunta confuso.
—Que ni muerta me pongo yo esta cosa fea…
Le agarro la mano y se lo pongo dentro.
—Cariño, es una reliquia familiar —me interrumpe—. Ha pasado de
generación en generación y creo que es importante que te lo pongas.
—Ni muerta me pongo esto. Ni muerta voy a casarme contigo. Ni muerta
vamos a volver a donde lo dejamos. Ni muerta voy a regresar a AR
Innovate —pronuncio despacio para que lo entienda, se me ha acabado la
paciencia y las ganas de razonar con él.
Prefiero mil veces aguantar los sermones infinitos de mi madre que dos
minutos más a solas con él y esta absurda conversación.
—Estás nerviosa, lo entiendo…
—Vete.
—No… no puedes echarme —titubea, es la primera vez en la vida que
soy tan tajante con él.
—Sí puedo. Esta es mi casa y quiero que te vayas.
Uriel se pone en pie, todo digno él, con una cara de mosqueo que flipas.
—Te vas a arrepentir de esto, Daniela, ¿no lo ves? No hay nadie en el
mundo que te quiera, te vas a quedar sola con ese adefesio que morirá más
pronto que tarde… —Agradezco que Miaundalorian se haya ido y no tenga
que escucharlo—. No te voy a esperar toda la vida, estoy dispuesto a que
reconduzcamos nuestra relación y para que funcione tienes que sentar
cabeza, tienes que razonar y dejar de ser tan orgullosa…
—Uri… —pronuncio tranquila interrumpiendo su perorata y sonrío, él
parece más confundido aún.
—¿Qué?
Me pongo de pie y me acerco a él.
—No te olvides de dejar la llave de mi casa antes de irte. Adiós. —Lo
empujo un poco para que me deje pasar y me dirijo hacia mi habitación—.
Cierra la puerta al salir.
Miro el móvil y pienso en si es buena idea llamar a Lucien y contarle lo
que ha ocurrido, pero creo…, creo que es mejor esperar a que vuelva a casa
y lo hablamos en persona.
Miro el teléfono por si me ha mandado algún mensaje y solo veo uno de
Miriam.
Miriam:
Eres hermana muerta.
Sonrío. Por una vez se la he liado yo a ella, y no al revés.
Suficiente
Lucien
Cuando comienzo a escuchar voces en el salón, sé que Daniela ha llegado.
Me pongo los auriculares con la música a tope y me tiro en la cama a leer
uno de los libros que compré hoy con ella en la librería. No es que esté muy
concentrado, porque, quieras que no, me tensa que esté ese hombre ahí
afuera con ella, los dos a solas, pero ¡qué coño! No soy un cromañón ni
puedo estar celoso porque Dani y yo…, bueno, pues eso, que no somos
nada y estoy seguro…, una parte de mí está completamente segura de que
lo va a mandar a cagar, que le dirá que se pire de su casa y de su vida y que
no quiere saber nada más de él.
Sin embargo, me sorprende levantar de cuando en cuando los auriculares
y seguir escuchando el murmullo de las voces, porque…, porque no se tarda
tanto en mandar a nadie a paseo, ¿no? Desde luego, mi conversación con
Emma fue mucho más rápida.
Miaundalorian, que parece que está tan ansioso como yo por saber qué
está pasando ahí fuera y quiere ir a investigar lo que ocurre, le da con la
patita a la puerta y maúlla.
—Ahora no, no seas entrometido, están hablando y ahí sobramos —lo
reprendo.
—Miii —maúlla en protesta más alto de lo normal.
—No te pienso abrir.
El gato me mira con gesto de odio o eso creo, porque con esa cara que
tiene nunca sabes si eso que ves en su mirada es cariño o no lo es. Al final
aprendes a quererlo tal y como es. Rasca la puerta más fuerte y se pasa un
buen rato así hasta que chisto. Está haciendo la puerta un cristo, está toda
arañada. Verás qué risas cuando Daniela se dé cuenta.
—Qué pesadito eres, chaval.
Chisto, me quito los auriculares y los suelto, junto al libro, y me levanto
de la cama.
Abro la puerta para dejar salir al gato y me quedo paralizado cuando
escucho al otro lado.
—Porque…, porque te quiero, porque eres lo mejor de mi vida, porque
no hay nadie como tú, Dani…
Trago con fuerza. Esperaba oír una discusión llena de reproches, gritos
incluso, pero no. Esto…, esto no me lo esperaba.
Frunzo el ceño, mosqueado. Ahora es cuando Daniela le dice que ella no
siente lo mismo y se puede ir por donde ha venido, ¿verdad? Espero,
aguardo unos instantes, pero no lo hace, de hecho, Dani no dice
absolutamente nada, se queda en silencio. El silencio no es bueno en estos
casos, ¿no? Un nudo me aprieta en el estómago. Aunque sé que debería
volver a mi habitación, cerrar la puerta, dejar de escuchar una conversación
privada que no me incumbe y esperar hasta que sea Daniela quien me
cuente todo lo que ha sucedido, no puedo evitar dar unos pasos por el
pasillo sin hacer ruido.
—Dani…
De pronto el tipo saca una caja negra del bolsillo y se la pone delante de
la cara a Daniela, que desde aquí no puedo percibir el gesto que ha puesto,
lo que sí que veo es que ella no reacciona, por lo que Uriel la abre y no hace
falta ser un lumbreras para entender lo que hay dentro, aunque no lo vea
desde aquí. Dani sigue sin decir nada, sin reaccionar y entonces mira a Uriel
a los ojos con la cara desencajada, y no puedo descifrar lo que siente, lo que
piensa.
—Este es el anillo de boda de mi bisabuela, lo llevó mi abuela, también
mi madre y ahora… —Lo saca de la caja y le coge la mano —. Ahora lo
vas a llevar tú… —Que hable en afirmativo en lugar de en interrogativo,
me provoca una nueva sacudida en el estómago—. Dani, cariño, te quiero
con toda mi alma, ¿quieres casarte conmigo?
Se lo desliza en el dedo y parece encajarle como un guante. Ella mira al
anillo y, tras unos instantes que se me hacen eternos, con voz ahogada
musita:
—Uri…
Suficiente. No puedo escuchar más.
Me doy la vuelta y regreso a la habitación.
El pecho me sube y baja con la respiración agitada.
La bilis me sube a la garganta.
Porque estaba convencido de que Daniela ya no quería saber nada más de
él, que ya no lo quería, que no quería volver y que entre nosotros…, vale
que empezó como un juego, como una atracción letal a la que no nos
pudimos resistir, que nos hicimos amigos y nos dejamos llevar, pero yo…,
yo creí que había más, aunque quise evitar pensar en ello, en el fondo creía
que éramos más.
De pronto escucho su risa, ese sonido que me ha regalado tantas veces y
que odio que le ofrezca a él.
Niego, ofuscado, pensando que no es posible, que en cualquier momento
Daniela le pedirá a Uriel que se marche y vendrá a tocar a mi puerta para
contarme todo esto, que nos reiremos juntos, que nos besaremos y
dormiremos abrazados.
Pero el tiempo pasa.
Se siguen escuchando voces fuera, pero no distingo lo que dicen.
Y, cuando dejan de escucharse, solo oigo la puerta de la habitación de
Dani cerrarse. Sin venir a hablar conmigo. Sin llamar a mi puerta.
Y no tengo ni idea de lo que ha pasado ahí fuera, pero solo la forma en
que ella pronunció su nombre «Uri», con la voz ahogada por la emoción,
me deja claro que en esta ecuación yo sobro.
Por un momento me planteo irme de casa, porque…, porque si los oigo
follar me va a destrozar vivo. No estoy listo. Sin embargo, no se oye
absolutamente nada. Y me estoy volviendo loco. Miro el móvil por si
Daniela me escribe o me llama, pero nada. Ni siquiera me aparece
conectada.
Soy incapaz de pegar ojo hasta bien entrada la madrugada, cuando caigo
en un sueño agitado. Para cuando me levanto, no hay rastro de Daniela en
casa, hoy es lunes y trabaja, tampoco hay rastro de su ex, porque me gasto
las pelotas de acercarme a la habitación de Dani y, de la forma más sigilosa
posible, abro. No hay nadie dentro. La cama está perfectamente hecha, con
los cojines colocados milimétricamente, como siempre, con ese aspecto de
habitación de anuncio. Huele a lavanda, y no hay pruebas de que haya
pasado la noche con nadie, de hecho, ni siquiera parece que haya dormido
ella aquí.
Me paso la mañana mirando el teléfono, preguntándome si debería
llamarla o no, pero…, pero en realidad está fuera de lugar que le pida
explicaciones porque…, porque no somos nada, nada más que amigos,
amigos que se divierten, leen juntos, se ríen, ven series, se complementan a
la perfección, conectan en mil y un sentidos, que se miran cómplices, que
charlan durante horas, que sienten chispas cuando están cerca y… y se
pierden en el cuerpo del otro sin poder resistirse a la tentación.
Y de pronto niego…, niego, porque por primera vez veo más claro que
nunca que estoy colgado de Daniela, me he enamorado hasta las trancas de
ella, aunque intenté evitarlo, aunque intenté no caer… No, la verdad es que
no lo intenté mucho, fue ella, más bien, la que procuró mantener la
distancia, pero no hemos hablado de nada, nos hemos limitado a vivir el
momento y no sé si para ella esto significa lo mismo que para mí o no.
Teniendo en cuenta que no sé nada de ella desde ayer, y que supongo que
sabe que me choqué con su ex en casa y no me ha llamado, pues intuyo que
es porque algo no va bien y no quiero, no quiero ser testigo de esto, no
quiero estar en medio cuando ese imbécil se pasee por su casa, no quiero
verlos besarse ni acurrucarse juntos en el sofá, no quiero ver cómo se casan,
no quiero ser testigo de nada.
Necesito pensar.
Meto en una mochila algunas prendas de ropa y un par de libros y cojo el
móvil, marco un número de mi mejor amigo y da señal un par de veces.
—¿Diego? ¿Puedo quedarme unos días contigo?
Lo siento
Daniela
La jornada hoy ha sido un infierno, estamos con el fin de la evaluación a la
vuelta de la esquina y entre los exámenes de los chicos, corregir a cada
minuto libre, los informes de evaluación, las reuniones de coordinación con
los compañeros del área para revisar el plan de lecciones para el próximo
trimestre, las diferentes reuniones con los demás profesores y la
dirección…, para cuando salgo del centro son casi las seis de la tarde y
tengo un dolor de cabeza horrible.
He apagado el teléfono primero porque necesitaba concentrarme y,
segundo, porque conociendo a mi madre no tardará en llamarme y no es el
momento para la conversación que tenemos pendiente. Y sé que, cuando
encienda el móvil, me van a saltar un montón de notificaciones: de mi
madre, de Uriel, de Lucien. Incluso de Miriam o Berto. Mierda, tengo
demasiados frentes abiertos.
Suspiro y enciendo el teléfono.
Y, para mi sorpresa, no suena ni una sola notificación.
Frunzo el ceño, extrañada.
Reviso que tengo los datos activados, que todo está en orden y entro en
pánico, porque que Lucien no me haya escrito es extraño; que Uriel no
insista, al menos de momento, ya no tanto, porque tendrá el orgullo herido
por la forma en que lo eché de casa anoche; que no tenga noticias de Berto
o Miriam puede ser por diversos motivos, pero que no tenga ni una sola
notificación de mi señora progenitora puede significar varias cosas: que
Uriel no la ha puesto al día de nuestra conversación de ayer, lo cual me
parece casi imposible; que por una vez haya aceptado que, por mucho que
insista, mi relación con Uriel es algo que solo nos incumbe a nosotros dos y
que ella no debe meterse en medio o… o que le haya dado un jamacuco a la
pobre cuando Uri le dijo que me ha pedido matrimonio y yo me reí en su
cara de culo antes de echarlo de casa.
Suspiro frustrada.
Busco el número de Lucien en la agenda y le doy al botón de llamada,
pero, antes de que dé la primera señal, me acuerdo de que hoy comenzaba
el turno de tarde y que, por la hora que es, ya debe de estar en el trabajo, así
que corto el teléfono. Me apetece un montón hablar con él de todo lo que ha
pasado, verlo; besarlo, besarlo también me apetece un montonazo y… y
otras cosas que igual no es del todo adecuado mentarlas ahora mismo
también me apetecen, pero todo eso tendrá que esperar.
Chisto y me dispongo a agarrar al toro por los cuernos marcando el
teléfono de mi madre.
—Hola, cariño… —me saluda con tono amable. Joder, esto es raro.
—Hola, mamá. Oye, ¿ha pasado Miriam por ahí?
—No, qué va. —Suspira—. Hace días que no la veo, está un poco rara
últimamente —me explica con tono preocupado—. ¿Tú también lo has
notado?
—Mamá…, Miriam está rara desde que nació —bromeo para liberar un
poco la tensión que se palpa entre ambas.
A mi madre se le escapa una risilla.
—¿No… no estás enfadada conmigo?
—Uy —contesto—, estoy muy enfadada contigo —afirmo tajante — y
tenemos que hablar. ¿Me invitas a comer?
Mi madre se queda unos segundos en silencio al otro lado.
—Dirás a cenar.
Suspiro.
—No he comido nada desde el café del desayuno…
Mi madre suelta un grito indignado.
—Señorita, te quiero aquí en diez minutos. ¿A quién se le ocurre?, a
punto del desmayo. El café no es comida, hija, y a saber qué es lo último
que comiste, una nutrición adecuada es esencial para estar sano, ya deberías
saberlo, con lo lista que eres… —Deja caer, y yo pongo los ojos en blanco
mientras me dirijo a mi coche—. ¿No te duele la cabeza?
—Sí —le doy la razón.
—¿Lo ves? Seguro que estás a punto del jamacuco. No tardes. Voy a
preparar algo rápido.
Y no me deja decirle que no hace falta que se esfuerce mucho, que con
un sándwich o cualquier cosa me conformo, porque me ha colgado.
Conduzco hasta casa de mi madre y en aproximadamente media hora
estoy entrando en su edificio. Le doy un par de besos cuando me abre la
puerta de casa con el delantal puesto aún.
—Mamá… —pronuncio cuando me separo de ella.
—Pasa, pasa —me interrumpe—, que se enfría la comida.
Tira de mi mano hasta el comedor, donde ha dispuesto la mesa como si
viniese a comer el rey o algo, con un mantel precioso, la vajilla buena, los
cubiertos perfectamente colocados y le sonrío cuando veo que me ha hecho
tortilla de patatas, mi comida favorita. ¿Cómo la ha cocinado tan rápido? Ni
idea, la verdad, pero está de muerte.
Mastico en silencio mientras la observo, se ha sentado frente a mí y está
nerviosa. No deja de apretarse las manos y se muerde el interior de los
carrillos. Alargar más esta conversación es absurdo.
—¿Has hablado con Uriel? —le pregunto.
Se mantiene en silencio unos segundos, como valorando qué decir, y
finalmente cabecea afirmando.
—Ayer…, ay, cariño. Vino a verme, nos tomamos un café juntos y me
estuvo contando lo arrepentido que estaba de haberse marchado, de haber
estado con otras, porque te quiere…, te quiere de verdad. —Suspiro y me
meto otro pedazo de tortilla en la boca para no contestar nada feo—. Y sé
que no tenía que haberlo hecho sin decírtelo. Anoche no pude pegar ojo
porque pensé que te enfadarías tanto conmigo por haberle dejado las llaves
de tu piso que no me volverías a hablar. —Los ojos se le llenan de tristeza,
y suelto el tenedor—. Perdóname, te tenía que haber pedido permiso para
darle las llaves o te lo tenía que haber contado. Tendría que haberte
llamado, lo sé… Solo tenía la esperanza de que todo saliera tan bien que
olvidaras ese pequeño detalle.
—Bueno, lo hecho hecho está, aunque reconozco que me enfadé un
montón cuando lo vi en mi casa.
—Pero ¿ahora ya estás bien? ¿No estás enfadada?
Y sé que lo que me está preguntando realmente es: ¿todo ha salido bien?
Aunque su concepto de bien y el mío difieran tanto.
—Sigo enfadada y no debería devolverte la llave, pero… lo hago por mí,
por si surge una emergencia. —Las saco del bolso y las pongo encima de la
mesa.
—Fue a tu casa entonces… —musita y leo en su rostro todas las
preguntas que quiere lanzarme.
—Sí, vino a casa y hablamos.
—Bien. Bien. Eso está bien. Hablar está bien.
Asiento.
—Y…, bueno, me pidió que volviera a AR Innovate.
—¿Volver? —me pregunta extrañada, y le cuento todo lo que pasó en el
trabajo desde que él se fue a Valencia—. ¿Llevas todo este tiempo sin
trabajo? —añade con tono preocupado y dolido porque no le había contado
nada hasta ahora.
Y yo niego.
—Estoy trabajando, estoy dando clases de Matemáticas en un instituto.
—Siempre te gustaron las mates. —Cabeceo afirmando—. ¿Y vas a
volver a la empresa? Ya sabes que para Uriel es importante que la familia…
—No —la interrumpo. Y mi madre cierra la boca y se mantiene en
silencio—. También… —Suspiro—. También me pidió que me case con él.
—La cara de mi madre se ilumina, le nace una sonrisa y los ojos le hacen
chiribitas—. Y le dije que no.
—¿Qué? —balbuce.
—Que le dije que no, no quiero recuperar mi antiguo puesto en AR
Innovate y no quiero volver con él.
—¿Qué? —repite con el tono más bajo aún.
—No lo quiero, no voy a casarme con él.
—Pero…, pero…
—Mamá —la interrumpo—. Quiero que prestes atención a lo que voy a
decirte ahora, ¿vale?, porque es importante. —Mi madre mueve la cabeza
arriba y abajo, aunque sigue como en shock—. Esta es mi decisión, no
quiero a Uriel y no voy a volver con él ni ahora ni dentro de un mes ni
dentro de un año ni nunca. No vamos a ser novios ni nos vamos a casar,
tener hijos, mudarnos a una casa con jardín y todo eso que ha imaginado tu
cabeza en tan solo unos segundos… —Mi madre chista, y yo alzo un dedo
para que me deje continuar—. Y te quiero, te juro que te quiero, pero…,
pero si sigues interviniendo, si te niegas a aceptarlo, si intentas mediar de
alguna otra forma entre ambos o si me continúas presionando con esto…, lo
siento, pero si haces eso no me quedará más remedio que alejarme de ti,
limitar nuestra relación a una llamada por Navidad y poco más.
Mi madre suelta un grito indignado.
—Pero…
—Ya me lo sé todo, mamá. Que todo lo que haces es por mi bien, que me
quieres y quieres verme feliz, que no quieres morirte sin saber que un
hombre me va a cuidar… —repito cual lorito todas y cada una de las
excusas que me pone siempre que me enfado con ella por meterse donde
nadie la llama—, pero ya lo soy. —Me mira sin comprender—. ¿Quieres
que sea feliz, mamá? —Cabecea afirmando—. Lo soy. Soy feliz. No
necesito casarme y tener hijos para ello. Adoro mi piso, mi gato, mi trabajo,
mi vida… ¿Podría ser más feliz? Sí.
Muevo la cabeza arriba y abajo para recalcar la respuesta, y ella pone ese
gesto como si estuviera dándole la razón, como si la felicidad de una
persona estuviera ligada al hecho de encontrar pareja y formar una familia,
y no, no es así.
Uno debe ser feliz por sí mismo, tener una vida en donde no falten las
risas, una vida en la que hagas lo que te apetezca, eso que te llena, que te
hace sentir bien, una vida llena de objetivos, de ilusiones, de logros…, y
tampoco pueden faltar los fracasos, los enfados, la tristeza, las lágrimas, el
aburrimiento…, porque de eso va la vida: de equilibrio. Para nada está
ligado con el hecho de tener a alguien a tu lado.
Y podré estar colgada por Lucien, podré desear dormir abrazada a su
lado, podré arder de deseo por él, podré tenerlo en mi cabeza todo el día y
querer compartir con él risas, lectura, charlas…, hasta desayunos con su
familia, que están todos como regaderas, pero sé, sé que no puedo poner en
él la responsabilidad de que yo sea feliz, no es así, no funciona de esa
forma. La plenitud se encuentra en el equilibrio interior y en el amor propio,
sin necesidad de depender de la presencia de otra persona para sentirte
completo.
—Siento haberme entrometido, de verdad, solo quería…, quería más para
ti.
Chisto, dispuesta a explicárselo con paciencia como tendría que haber
hecho mucho antes.
—Podría ser más feliz, mamá, sí —recalco—. Si en lugar de presionarme
para hacer cosas que no quiero hacer empezaras a apoyarme y a quererme
tal y como soy, a aceptar que vivo mi vida como quiero y que eso está bien,
que tu concepto de la felicidad y el mío no tienen por qué ser los mismos…,
si todo eso cambiase y simplemente me aceptases, sería mucho más feliz,
porque eres mi madre, porque te quiero, porque te necesito, porque deberías
ser mi apoyo, caminar a mi lado sin querer dominar la travesía, sin querer
quitar los obstáculos de en medio, sin querer evitar mis caídas, sin querer
empujarme por el sendero que crees que es el adecuado, solo…, solo
acompañándome, riendo conmigo, llorando conmigo cuando sea necesario.
Solo así, mamá, solo así sería más feliz de lo que soy ahora mismo.
—Lo siento —musita con la vista clavada en sus manos.
—Si llego a conocer a alguien y me caso, tengo hijos y todo eso…, pues
puede que esté bien, pero si no lo hago, si decido no tener hijos, si sigo
soltera y dedico mi vida a trabajar, leer y malcriar a mi gato también está
bien. ¿Podrás respetarlo? —le pregunto.
Y esto es duro, es difícil para mí hablarle tan claro a mi madre, ponerla
en esta tesitura, pedirle que me acepte o se atenga a perderme no es bonito,
no es agradable, porque con todo, a pesar de toda la monserga que me da, la
quiero muchísimo, pero por una vez en la vida me voy a poner por delante,
voy a establecer límites para poder proteger mi salud mental y emocional,
para evitar todo el estrés y el agotamiento que supone una llamada de
teléfono o una visita a mi madre. Y sé que, aunque en cierta parte me sienta
culpable, no está mal fijar límites, querer tener con mi madre una relación
sana, equilibrada, establecer expectativas claras que eviten conflictos y
reduzcan las discusiones y el resentimiento.
Mi madre se levanta de la silla, da la vuelta y se pone frente a mí.
—Lo siento —repite—. Lo siento. Claro que voy a respetarlo, siento ser
tan pesada.
Me levanto y la abrazo.
—Yo sé que quieres un nieto. —Cabecea afirmando separándose un poco
de mí—. Pero por el momento tendrás que conformarte con Miaundalorian.
—Ay, ese gato, qué feo es… —La miro con el ceño fruncido—. Pero es
tan cariñoso y tranquilito, ¿verdad? —rectifica rápido—. Tan limpito,
siempre…, siempre lamiéndose sus partes nobles.
Suelto una risilla.
—Le gusta chuparse las pelotillas, sí. —Mi madre se santigua y vuelvo a
reír—. Bueno, ¿y qué me dices de ti? ¿No hay novio a la vista? —Mi madre
se sonroja hasta la raíz del pelo, y yo abro la boca, sorprendida, porque lo
he preguntado de broma—. ¡Mamá! ¿Sales con alguien y no nos lo has
contado?
—Es…, bueno, somos amigos, pero hemos tenido algunas citas y dice
que quiere…, que me quiere a mí, que quiere hacerme feliz y que
envejezcamos juntos.
Parpadeo.
—¿Quién es?
—Miguel, el sacristán, se quedó viudo hace siete años, ¿sabes? Y
siempre hemos sido amigos. Ya sabes que intento echar una mano en la
iglesia todo lo que puedo y, bueno, charlamos mucho, nos reímos,
planificamos acciones solidarias para llevar a cabo en la iglesia… Un día se
acercó y me pidió una cita.
—¿Y tú que le has dicho? —Me mira sin comprender—. A eso de
hacerte feliz y envejecer juntos.
—Pues que ya nosotros estamos viejos. —Se encoge de hombros.
—De eso nada, mamá. Estás en la flor de la vida. —Su gesto incrédulo
me hace chistar—. Yo sé que las cosas con papá no fueron bien, que tú no
querías divorciarte y querías seguir aguantando, aunque no eras feliz, por
todas esas creencias arcaicas que están en tu cabeza de que la mujer se debe
al hombre, de que el matrimonio es hasta la muerte y todo eso…, pero
puedes rehacer tu vida, mamá, tienes derecho a hacer lo que te haga feliz.
Le doy un abrazo.
—Gracias, hija —musita.
—Mamá, creo…, ahora que nos estamos sincerando, que nos estamos
abriendo la una a la otra, creo que deberías hablar con Miriam también.
—Miriam apenas habla conmigo… —pronuncia triste, y cabeceo
afirmando porque tiene que ser consciente de cuál es la realidad.
—Miriam está enfadada contigo desde… —Pienso unos instantes antes
de continuar—. Creo que desde que le tiraste la colección de coches
metálicos que le regaló papá —exagero, obvio, hace años que le perdonó tal
fechoría, lo que no le perdona es que, cada vez que la ve, le diga que se
tiene que espabilar o se le va a pasar el arroz.
Mi madre me mira con pena y se muerde el labio inferior.
—Era pequeña, la verdad es que pensé que se olvidaría de ellos. —
Niego, porque no, eso no lo va a olvidar jamás—. Me sentí muy culpable
cuando se la quité, pero lo hablé con la abuela y me dijo que tenía que ser
tajante, que tenía que enderezaros, sobre todo a Miriam, que estaba
descarriada, que tenía que criar sola a dos hijas y que tenía que hacerlo
bien, y yo… le hice caso.
—La abuela era una arpía sin corazón.
Me da un escalofrío cuando la recuerdo. A Miriam y a mí nos daba
miedo esa mujer. Tan seca, tan borde, tan fría… Recuerdo cómo nos
sentábamos a escondidas en las escaleras para escuchar sus conversaciones
y lo mal que le hablaba a mi madre, la rabia que me daba cada vez que le
decía que lo estaba haciendo todo mal, que no tenía fundamento y que por
eso su marido la había abandonado, que por eso ya no quería saber nada de
nosotras. Y no, no se trata de eso.
Mi padre se fue porque ya no se querían, porque se habían vuelto dos
desconocidos, ya no hacían nada juntos más que discutir por todo, y no era
vida, para ninguno de los cuatro lo era, por eso tomó la decisión de
marcharse. Tuvo la oportunidad de empezar a trabajar fuera del país y se
fue, pero nos quería, nos llamaba todos los días, a veces en varias
ocasiones, se aseguraba de que no nos faltase de nada a ninguna de las tres
y venía a vernos cada vez que podía. No nos abandonó porque mi madre lo
hiciera todo mal, simplemente, el amor se acabó, quizás nunca se quisieron
de verdad, quizás mi madre se casó por lo mismo que me presiona a mí para
que lo haga: porque era su deber, buscar un marido, tener hijos y esas
cosas… Nunca los vi abrazarse ni besarse ni siquiera sonreírse con
complicidad, así que no me parece descabellado pensarlo.
—La abuela… tenía sus propias creencias arcaicas —añade, y yo afirmo
vehemente—. Y yo me vi tan sola cuando papá se fue, tan perdida…, que
tiré mucho de ella, me apoyé en ella, que había criado a cinco hijos y sabía
más de eso que yo. Aun así, me daba pena y no tiré la colección de coches,
porque sabía lo importante que eran para Miriam, solo la guardé.
—¿Qué?
—La tengo guardada en un par de cajas del trastero.
Me pongo una mano en el pecho y noto cómo el corazón me late con
fuerza. Sonrío.
—Tienes mucho que hablar con Miriam —musito.
—Tengo mucho que hablar con Miriam, sí. —Suspira—. No quiero
perderla. No quiero perderos. No quiero ser como mi madre y que me
odiéis.
—No te odiamos, mamá… Solo…, solo te damos por perdida. — Mi
madre chista, y yo suelto una risita—. No es tarde. No lo es, mamá, habla
con nosotras, respeta nuestras decisiones y sigue a nuestro lado. Es todo lo
que necesitamos. —Mi madre asiente—. ¿Me dejarías llevarme las cajas de
los coches? Necesito que Miriam me perdone por algo…
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —pregunta con tono preocupado.
—Digamos que lo de ser entrometida… viene de familia — contesto con
una risilla.
Miriam va a flipar.
Salgo de casa de mi madre cargada con cajas que dejo en el portabultos y,
antes de arrancar el coche, miro el móvil. Sigo sin notificaciones de Lucien,
y no quiero pensar cosas raras, simplemente está en el trabajo y no hemos
podido hablar porque no nos coinciden los horarios.
Me dispongo a enviarle un wasap, escribo y borro varias veces, porque
no quiero hablar de lo de Uriel por mensaje. Él sabe que estuvo en casa,
puede intuir que hablamos y todo eso, pero también le dejé muy claro lo
que sentía con respecto a Uriel, así que estoy segura de que no se ha hecho
ideas raras y que ayer pasamos un día maravilloso juntos… ¿Y si…? ¿Y si
se ha cagado porque todo fue tan perfecto ayer que se ha dado cuenta de
que esto ya no es un juego, que siento más por él y no quiere ir por ese
camino? ¿Y si su silencio no tiene nada que ver con Uriel y mucho con
nosotros?
Suspiro.
Nunca se me ha dado bien interpretar a la gente.
Así que le escribo un mensaje.
Daniela:
Luci, ¿qué tal?
¿Podemos hablar?
Espero unos instantes delante del teléfono, pero no recibe el mensaje,
debe de tenerlo apagado. Y no quiero pensar más, me parece absurdo estar
haciendo cávalas sin sentido: no quiere hablar conmigo y por eso está
apagado, le ha pasado algo, está enfadado por lo de Uriel… Qué tonta es la
mente humana que en apenas unos segundos es capaz de imaginarse mil y
una catástrofes que nos hacen preocuparnos por cosas que jamás sucederán,
¿verdad?
Suspiro y le mando un mensaje a Miriam.
Daniela:
¿Puedo ir a tu casa?
Miriam:
No estoy.
Daniela:
Quiero pedirte perdón, por favor. Sé que no
debí inmiscuirme entre Berto y tú. No tengo
ni idea de lo que pasó anoche, si hablasteis
de todo, si se sinceró contigo, si arreglasteis
las cosas, y estoy preocupada porque te juro
que no quería empeorarlo. Me ha costado
comprender que me he comportado como
mamá, presionando, metiéndome en medio.
Lo siento. Y me gustaría hablar contigo en
persona, ¿puedo ir a tu casa?
Le escribo sincera porque temo haberla cagado, temo que Berto no haya
sido capaz de abrirse a ella como hizo conmigo, que todos esos temores
volvieran a atenazarlo y levantara un muro entre ambos. También temo que
ya fuese tarde, y que Miriam lo haya mandado al cuerno. Suspiro y espero
su respuesta.
Miriam:
Imbécil.
Pestañeo, confundida.
¿Me ha llamado imbécil? Entrometida, vale. Lianta, pues también.
Embustera, lo acepto. Pero ¿imbécil?
Veo los tres puntitos que indican que está escribiendo.
Miriam:
¿Cómo puedes pensar que te has
comportado como ella?
Ni remotamente.
Entiendo por qué lo hiciste.
Pero ahora no puedo.
Te llamo, ¿vale?
Suspiro aliviada.
Daniela:
Vale.
Y una idea me viene a la cabeza. Abro el bolso para comprobar que tengo
las llaves de su casa y sonrío. Le voy a montar una exposición en el salón
con todos los coches para que cuando llegue se lleve una sorpresa. Va a
flipar. Miriam va a flipar.
¿Podemos hablar?
Lucien
Miro la pantalla del teléfono y releo el mensaje por millonésima vez.
Dani:
Luci, ¿qué tal?
¿Podemos hablar?
Escucho unos pasos y veo aparecer a Diego, que ya sale de trabajar, a mí
todavía me queda mucha noche por delante y, teniendo en cuenta que no he
descansado una mierda, me estoy cayendo de sueño. Espero que no haya
altercados de ningún tipo ni fantasmas que me compliquen la existencia.
Pasa por detrás del mostrador para fichar y se acerca a mí, y vuelvo a
mirar al teléfono y a releer el mensaje una vez más.
—¿Qué pasa? —me pregunta—. ¿Has hablado ya con Daniela?
Niego y le señalo la pantalla para que lea.
—Pero lo haré pronto. «¿Podemos hablar?» no es buena señal, ¿verdad?
Se encoge de hombros.
—Nunca lo sabrás si no le echas huevos y la llamas, pero yo juraría…,
juraría que nada de eso que está pensando tu retorcida cabeza está pasando.
Vi cómo te miraba ayer, vi la complicidad entre ambos. No sé, yo creo que,
en lugar de salir corriendo de su piso, tendrías que haber sido valiente,
haber llamado a la puerta de su habitación y haber hablado con ella. Porque
no sé qué pasó después de que el tipo le pidiera matrimonio, y tú corrieras a
taparte los oídos como si en lugar de pronunciar su nombre hubiera dicho
«Sí, quiero, claro que quiero», pero sé que antes o después tendrás que
hablar con ella.
Chisto.
Ya lo sé.
No soy imbécil.
Bueno, un poco sí.
Me siento ridículo por haber llenado mi mochila de bártulos y haberme
ido a casa de mi mejor amigo, el cual no me acordaba que ahora sale con mi
hermano pequeño y si fue incómodo escuchar cómo Daniela hablaba con su
ex a unos metros de mí, imagínate cómo es presenciar las carantoñas de
esos dos.
Es el miedo.
Es el puto miedo el que me ha hecho actuar como un crío.
—¿Tú qué vas a saber?, si tú de tías no entiendes un carajo. Los
hombres…, los hombres somos diferentes.
La colleja que me ha pegado con todas sus ganas me la merecía.
—Imbécil. No seas condescendiente conmigo y no me preguntes qué
opino si luego no vas a validar lo que te digo.
Refunfuño.
—Perdona.
—Entiendo de sentimientos, de rupturas; entiendo de complicidad, de
chispas, de química, de amor; entiendo de relaciones sanas, de hablar
abiertamente de lo que te sucede, de sentimientos…
Bufo y esquivo la mano de mi amigo, que ya se dirige de nuevo a mi
cabeza para arrearme otro tortazo.
—Pues no se te ocurrió decirme abierta y sinceramente que estabas
colado por mi hermano y que te lo estabas trancando en tu casa, en el coche
y vete a saber dónde más. ¡Au! ¡Joder, qué bestia!
Esa me ha dolido.
—Deja de decir barbaridades. Por eso mismo no te contamos nada,
porque eres un puñetero neandertal que ibas a pensar que estaba
follándomelo y viviendo la vida loca con tu hermano. —Cierro los ojos y
me tapo los oídos, en actitud infantil, sí, otra vez, pero, joder, es que Thiago
es mi hermano pequeño, que yo le he cambiado pañales y le daba la
compota para merendar, me cuesta, todo esto me cuesta.
»Nos estábamos conociendo y decidiendo a dónde nos llevaba esto. Y
estoy loco por Thiago, lo quiero, nos queremos y tenemos planes, pero
hasta llegar hasta aquí ha sido un camino que hemos querido recorrer solos
hasta que estuviéramos seguros de nuestros sentimientos, precisamente
porque tú eres su hermano y también mi mejor amigo —me explica, tiene
sentido y lo entiendo, pero… no deja de picar un poco que me lo ocultasen
—. Y, además, esto no va de mí. Afronta la conversación que tienes
pendiente, échale huevos y toma las decisiones que tengas que tomar a
partir de ahí.
—Tienes razón —musito.
—Y si tienes que volver a vivir en casa de tus padres… —añade y se
muerde el labio para no reírse, aunque a mí no me está haciendo ninguna
gracia—, te regalaré para tu cumple una sesión de terapia con mi psicóloga.
—Juas, juas. Muy gracioso.
Mi amigo me da un par de palmadas en la espalda.
—Por cierto, no tengo problema con que te quedes en mi casa a dormir,
pero no quiero que hagas un numerito si oyes…, bueno, si oyes cosas que
no debería oír un hermano mayor.
—Me cago en tu…
Mi amigo suelta una carcajada, se da la vuelta y alza la mano a modo de
despedida dirigiéndose hacia la puerta, donde veo que Thiago lo está
esperando. Mi hermano, que acaba de llegar y está por fuera de las puertas
automáticas de cristaleras, me hace un gesto a modo de saludo, y yo me
señalo los dos ojos con el índice y el corazón y luego se los muestro a mi
hermano para que sepa que lo estoy vigilando y que hay cosas que no debe
hacer si yo estoy cerca.
Mi hermano niega y pone los ojos en blanco al mismo tiempo que alza la
mano a modo de despedida y le come los morros a Diego cuando llega a su
altura.
Resoplo.
Ni puñetero caso me hacen estos dos.
Desbloqueo la pantalla del teléfono móvil, le hago un pantallazo y se lo
mando a Alejandra, le envío un audio rápido contándole lo de ayer.
Luci:
¿Crees que ese «podemos hablar» significa
que va a volver con su ex, me va a echar de
su casa y se va a casar con el cenutrio ese?
Mi peor pesadilla:
Buf, ni idea.
Iré preparando la terapia intensiva por si
acaso porque esta vez, hermanito, esta vez sí
que estás colgado de verdad.
Refunfuño y dejo el teléfono a un lado sin contestar a mi hermana, que
no me está ayudando una mierda, ni tampoco a Dani.
Menos mal que el resto de la noche transcurre tranquila y, cuando
amanece, se acaba mi turno y abren el restaurante, me acerco a coger algo
de desayuno antes de irme. Me muero de hambre.
Me siento en una mesa al fondo del restaurante, desde donde puedo ver la
terraza, y me sorprende encontrar a la señora Gómez ahí, de espaldas a mí.
Es verdad que últimamente casi parece que viva en el hotel, pero
normalmente suele dormir hasta tarde, después de que cierren el restaurante
para los desayunos, y me hace birlar algunas cosas para que pueda comer
con la excusa de que a su edad no puede pegarse esos madrugones.
Frunzo el ceño, extrañado, y cojo mi plato y mi taza de café y me acerco
a ella. En la terraza hace un frío del demonio a estas horas, supongo que por
eso tiembla. Pero no, cuanto más me acerco, más cuenta me doy de que
algo no va bien. Está llorando.
Me siento junto a ella sin decir nada y le sujeto la mano, está heladísima.
Ella alza la vista hacia mí y me sonríe en medio de las lágrimas.
—¿Ha pasado algo? —musito preocupado. A lo mejor no se siente bien,
no me importaría llevarla al hospital o llamar a su nieto para que venga a
buscarla—. ¿Puedo hacer algo por usted? ¿Quiere que llame a alguien?
La señora Gómez niega y se limpia las lágrimas.
—No hay nadie. —Frunzo el ceño, extrañado. Miro la hora, no es tan
temprano, seguro que si llamo a su nieto y le explico que no se encuentra
bien, vendrá en un periquete a por ella—. Nunca existió nadie.
—¿Qué? —Se le está yendo la pinza otra vez, como cuando ve fantasmas
en su suite, pues igual.
Suspira, vuelve a pasarse el pañuelo de papel por los ojos y arranca a
hablar.
—Mi Emilio y yo fuimos muy felices juntos, ¿sabes? Lo echo de menos.
Lo echo de menos cada día de mi vida. —Cabeceo afirmando porque lo
entiendo, es normal—. Intentamos…, intentamos tener hijos, pero nunca
llegaron. No tengo hijos ni nietos ni, mucho menos, bisnietos. Por eso
vengo mucho aquí, porque, ¿qué voy a hacer con tanto tiempo libre y sola,
y con todos los ahorros de nuestra vida? Planeábamos viajar mucho cuando
fuésemos viejos, pero nunca lo hicimos, porque…, porque para cuando se
jubiló ya estaba enfermo y, bueno, ya sabes, la espichó. —Parpadeo fuerte
por la forma en la que lo ha pronunciado, y ella se encoge de hombros al
ver mi cara—. Es así, la palmó, se piró y me dejó aquí más sola que la una.
—Entiendo. Martina no existe.
—Oh, sí que existe. —Cabecea afirmando—. Martina es la bisnieta de mi
mejor amiga, no viven lejos de aquí, es una bebé adorable y su nieto es…,
su nieto es una persona maravillosa, su mujer tiene una mano para cocinar,
qué lasaña más rica hace, y Jimena y yo vamos a verlos a veces, yo no
tanto, ¿sabes? Porque, aunque allí me siento muy a gusto, no es mi familia y
no quiero molestar.
Suspiro.
—Entiendo, pero no está sola, su amiga y usted…
—Jimena murió la semana pasada —me interrumpe.
—Lo siento.
—Y me pregunto qué hago aquí, ¿sabe?
Miro a nuestro alrededor tal como hace ella.
—¿Desayunar? ¿Disfrutar de esta agradable temperatura si es familia
lejana de los pingüinos y le gusta el frío?
La señora Gómez suelta una sonrisa triste.
—No, digo…, me refiero a que, ¿por qué Jimena? ¿Por qué murió
Jimena, que tiene una familia que la quiere, que la necesita y no yo, que
estoy sola?
Le aprieto la mano más fuerte.
—No está sola —le digo contundente—. Nos tiene a nosotros, yo…,
puede llamarme cada vez que se sienta así, puedo acompañarla un ratito o
puedo…, no me importa en absoluto ir a buscar fantasmas a su habitación.
—Me marco un tanto al escuchar su risilla—. Y me consta, me consta que
muchos de mis compañeros pensarán igual. —A pesar de lo por culo que
suele dar a la centralita de la recepción, la mujer se hace querer—. Si está
aquí…, si está aquí es por algo, no se rinda, puede hacer muchas cosas,
puede tener ilusiones y viajar…
—Ya estoy vieja para eso. —Niega.
—No importa la fecha de nacimiento que marque su carnet de identidad.
Mientras hay vida hay que vivirla, la muerte está ahí para todos, pero
mientras sigamos aquí, mientras pueda andar, hablar, abrazar, reír, cantar,
bailar…, hay tiempo. No malgaste más dinero quedándose en el hotel.
Busque un viaje, aunque no conozca a nadie, váyase de crucero o, no sé, a
donde le apetezca. Hay mucha gente como usted, todavía puede hacer
amigos, puede vivir experiencias, puede conocer lugares y culturas nuevos,
y eso, todo eso se lo llevará consigo y tendrá…, tendrá algo que contarle a
su Emilio cuando vuelvan a unirse.
La señora Gómez sonríe, sonríe de verdad y se le ilumina la mirada.
—Gracias, jovenzuelo. —Me da un par de golpes en la mano y me roba
la tosta con tomate y jamón serrano de mi plato y le da un mordisco, y yo
suelto una risita—. Creo…, creo que tienes razón — añade con la boca
llena.
Sonrío satisfecho.
—Y no se olvide de llamarme para contármelo todo, ¿vale?
Ella asiente.
Escuchamos unos pasos corretear por el restaurante y nos giramos al
mismo tiempo.
—¿Samuelito? —pregunta la mujer extrañada.
Un hombre de más o menos mi edad se acerca a nosotros seguido de una
mujer preciosa.
—Ay, Luisa, ay, pero qué susto. —El hombre se pone una mano en el
pecho al llegar a nuestra altura—. Llevamos llamándola a la habitación
durante una hora y no contestaba.
—Llevo aquí un buen rato, estaba…
—¿Estabas ligando con este muchachote? —le pregunta la mujer con una
risilla—. Di que sí, Luisa, que hay que darle alegría al cuerpo.
—Qué cosas tienes. —Se sonroja la mujer, y yo sonrío al ver que ha
recuperado el color en la cara y que, en cuanto han aparecido estos dos, le
han brillado los ojos de felicidad—. Ni que fuera yo la Macarena esa.
Nos reímos y veo cómo ambos abrazan a la mujer y le dan dos besos.
—Hemos venido a buscarla para que venga a casa con nosotros, nos
vamos a reunir todos en honor a mi abuela, vamos a pasar un día en familia.
—La señora Gómez niega, y Samuel asiente.
»Desayunaremos chocolate con churros, que a mi abuela le encantaban,
vamos a ver fotos y vídeos y a contar anécdotas de la vieja loca —
pronuncia con cariño—, Rosi va a cocinar más tarde la lasaña esa que le
sale de vicio y vamos a brindar con su vino favorito.
El gesto se le llena de tristeza y continúa negando.
—No quiero molestar, allí solo voy a incordiar, porque Jimena era
vuestra familia. Yo…, yo le haré un homenaje desde aquí. —Se pone una
mano en el corazón, y el hombre se la retira del pecho y la sujeta con
fuerza.
—Usted es de nuestra familia. —Ella niega y puedo verle los ojos
cargados de lágrimas—. Sí lo es. Tiene que venir con nosotros porque la
necesitamos, ¿quién sino va a contarnos sus mejores fechorías? Además, si
no lo hace, mi abuela, esa mujer cabezota, es capaz de aparecerse como un
fantasma y fastidiarnos a todos.
La señora Gómez sonríe, y yo me levanto dispuesto a alejarme para
darles intimidad cuando Samuel me echa una mirada curiosa.
Le presiono el hombro a la señora Gómez a modo de despedida.
—Era muy cabezota, sí —musita ella con cariño tras darme un par de
palmaditas en la mano a modo de agradecimiento.
—Y, además, además… Tiene que echarnos una mano con Martina,
porque ya sabes lo mucho que le cuesta dormir la siesta y lo a gustito que lo
hace en sus brazos.
—Ay, qué niñita tan bonita, es adorable. Es verdad que conmigo se
duerme fácil, porque yo le hablo, le canto, la acuno… Esas chorradas que se
dicen hoy en día de que no hay que acostumbrar a los niños a los brazos es
una tontería, ¿dónde va a estar mejor que con el calor corporal, el amor y la
voz de las personas que la quieren?
Ya no escucho nada más, porque me alejo, y sé, sé que va a estar bien.
Será mejor que hoy vaya a casa de mis padres, nada de ir al piso de
Diego, donde puedo escuchar cosas que me traumatizarán de por vida,
gracias.
Necesitamos un plan
Daniela
Me cuesta la misma vida encontrar aparcamiento cerca del piso de mi
hermana. Es lo que tiene vivir por la zona de Guanarteme: si quieres playa,
la tienes a dos pasos; si te apetece ir de compras, muy cerca tienes un centro
comercial o todas las tiendas situadas en las ramblas de Mesa y López; que
te apetece salir de copas, tienes sitios cerca…, ¿comer?, restaurantes a
patadas, sin embargo, como tu objetivo sea tener muchas visitas, pues lo
tienes jodido, porque mi hermana tendrá su plaza de aparcamiento en el
edificio, pero para el resto de los mortales que tenemos que dar vueltas
infinitas por la zona o pagar parquin privado, pues tú me dirás. Ya ves, y
eso que la antisocial de las dos soy yo.
En el momento en que cojo el bolso, el abrigo y las dos cajas gigantes de
coches que pesan una tonelada, sé que voy a sudar la gota gorda. Suspiro.
Todo sea por darle una sorpresa a Miriam. Callejeo un buen rato, voy
apoyando las cajas en todos y cada uno de los bancos y salientes que me
encuentro por el camino para coger resuello.
Cuando llego al edificio, dejo las cajas en el suelo para buscar las llaves
en el bolso y, para sorpresa de nadie, como soy un puñetero desastre, me he
vuelto a dejar las llaves en el coche. Me doy cabezazos contra la fachada
del edificio, pero no muy fuerte, porque está revestida en piedra rugosa y
duele. Por un minuto pienso en dejar las cajas ahí o tocar a algún vecino a
ver si me las guarda, pero si por un casual se pierden, las roban o pasa lo
que sea, muero.
Chisto y regreso al coche, cojo las malditas llaves y vuelvo cargada como
una mula, otra vez. Para cuando llego al edificio de mi hermana estoy
sudando como si hubiera corrido una maratón y me duelen los brazos y la
espalda. Lloriqueo un poco al abrir la puerta. Por suerte, el edificio tiene
ascensor, porque si tengo que subir los cuatro pisos cargada con las cajas
lloro.
Cuando llego a la planta y abro, paso directamente al salón, cerrando la
puerta con un pie para no tener que volver a soltar las cajas y, cuando alzo
la vista, se me caen al suelo, armando un estruendo de la hostia y una me
cae en un pie.
Grito.
Cierro los ojos.
Cojeo dando saltitos, lo que hace que pise uno de los coches que han
salido disparados de alguna de las cajas y caiga al suelo.
—Me cago en la puta —espeto.
Abro los ojos.
Veo a esos dos mirándome con los ojos como platos, sin pronunciar
palabra. Creo, creo…, estoy casi segura de que el gusanito de Berto todavía
está dentro de mi hermana.
Grito.
Muero.
Voy a morir.
Mis gritos se mezclan con los gritos de mi hermana, que por fin ha
reaccionado, pero estoy en shock, no entiendo nada de lo que me dice. Me
vuelvo a tapar los ojos y miro por una rendija entre los dedos, la tía sigue en
pelota picada, pero ya no está subida a horcajadas sobre Berto. Mi amigo
continúa sentado, tapándose la cosita con las dos manos y descojonándose
de risa, creo que le he escuchado decir algo como: «Mierda, esto lo tendría
que haber grabado», no te sé decir, porque estoy demasiado centrada en que
he visto a mi hermana en pelota picada follándose a mi mejor amigo. Esto
va para trauma, fijo. ¿Por qué siempre me tienen que pasar cosas así? ¿Por
qué, Señor? No lo entiendo.
—Lejía…, por… por favor —balbuceo—, necesito lejía para los ojos.
Me viene una arcada.
Aprieto más los párpados y me tapo la cara con las dos manos.
—La madre que la parió —protesta Miriam, es lo primero que le
entiendo desde hace rato.
—Bórrate, por favor, bórrate… —Me doy golpes en la frente con la
palma de una mano—. Pesadillas. Voy a tener pesadillas.
—Lo que vas a tener es dolor en el culo de la patada tan fuerte que te voy
a pegar. —Escucho que protesta mi hermana.
Berto sigue partido de risa, tose y todo, está medio ahogado.
Me daría la vuelta y me iría, pero me he hecho daño de verdad en el pie,
porque llevaba sandalias y me ha caído una caja de dos mil toneladas
encima, aunque no sé qué me duele más, si el pie o los ojos, me van a
sangrar, seguro.
—Qué asco. Joder. Qué ascazo. —Yo sigo a lo mío.
—Me voy a cagar en tu puta vida —farfulla mi hermana.
—Doña oportuna la vamos a llamar a partir de ahora —suelta el otro, que
parece que se ha calmado un poco.
No sé qué le hace tanta gracia, la verdad, no es gracioso, nada de esto lo
es. Cuando les pase la factura del psicólogo para que me ayuden a pagar la
terapia para resolver el trauma que me han provocado no se va a reír tanto.
Yo balbuceo cosas sin sentido, sigo con los ojos cerrados, escucho
movimiento.
Mi hermana llega hasta mí y me quita las manos de la cara.
—¡No me toques! Aaggggg. —Otra arcada me viene—. A saber dónde
has tenido esas manos. Qué asco. Qué asco.
Berto se carcajea de nuevo.
Abro los ojos y suspiro aliviada al ver a mi hermana vestida, pero no se
me ocurre otra cosa que dirigir la mirada justo detrás, a donde está el sofá, y
me encuentro a Berto agachándose de espaldas para ponerse los boxers.
Le he visto el agujero negro. Arcada. Mano en la boca.
—Ay, Dios, qué fatiguita. —Me abanico con una mano y cuando veo la
cara de mala hostia de mi hermana me pongo de pie como puedo, en el culo
también me he hecho daño.
—¿Qué coño haces aquí? ¿No te dije que no podíamos vernos hoy?
Señalo una de las cajas que se ha abierto y algunos de los coches
metálicos que han salido volando en todas direcciones.
Mi hermana sigue la trayectoria de mi dedo y frunce el ceño, extrañada.
—¿Sorpresa? —digo en mi defensa.
—Pero ¿qué es lo que has traído? —pregunta Berto acercándose a
nosotras.
Tiene puestos unos boxers de Mandalorian.
—¡Nooo! ¡Joder! ¡No! —grito muy fuerte señalando a la entrepierna de
mi amigo.
Berto da un respingo y mira hacia abajo, y mi hermana con los ojos
abiertos como si se le fueran a salir de las cuencas sigue la dirección de mi
mirada.
—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué tengo? —me pregunta Berto—. Joder, no se
ve nada, no te pongas así.
—No entiendo nada… —musita la otra, que sigue a su bola.
—No, ¿por qué, joder? Voy a tener que cambiarle el nombre a mi gato…
—Lloriqueo.
—Anda, déjate de estupideces. Te está sangrando la uña del dedo gordo
del pie, te has metido una hostia de cuidado —me reprende mi hermana—.
Déjame curarte y ahora me explicas por qué cojones nos has fastidiado
nuestra primera vez.
—Ay, Dios… Ay, Dios… Ay, Dios…
Hasta ahora no se me había ocurrido pensar que si mi hermana y mi
mejor amigo salen juntos, pues, entre los dos, ñiqui-ñiqui… No estoy
preparada para esto.
—¿Qué? —inquiere mi hermana, creo que está empezando a asustarse al
ver mi gesto.
Berto pone los ojos en blanco y se pierde por el pasillo, dándome por
loca, entra en el cuarto de baño y escucho el grifo del lavamanos.
Bien.
Bien.
La higiene es importante. Bien.
Mi hermana intenta tocarme de nuevo, y yo, veloz como el viento, la
esquivo.
—Ve…, ve a lavarte, por favor.
Miriam chista e imita el gesto que ha puesto mi amigo justo antes de
encaminarse al baño.
Por un momento pienso en agacharme para recoger los coches
esparcidos, pero cuando siento los latigazos de dolor en el dedo gordo del
pie y, al mirarlo, veo la sangre brotar alrededor de la uña y noto que me
empiezo a quedar verde, decido ir a sentarme.
—Au —lloriqueo.
—¿Dani? ¿Estás bien?
—Sí, sí. Me voy a sentar un poquito aquí en el sofá.
—Mmmm…, vale, pon música.
¿Eh? ¿Música? ¿Para qué?
Escucho la puerta del baño cerrarse, pero yo, que acabo de llegar a la
altura del sofá, recuerdo lo que acaba de pasar hace unos segundos aquí
mismo y me da otra arcada. Me pongo la mano en la boca y me siento en la
alfombra del suelo, con la espalda apoyada en la pared, aquí mejor.
—Espera, ¿qué coño…?
Me voy quedando pálida cuando escucho las risitas y un golpeteo contra
la puerta.
Niego.
No puede ser.
Abro mucho los ojos.
Me señalo el dedo gordo con las dos manos y miro a ambos lados, como
si alguien pudiese verlo.
—Me estoy desangrando, ¿y os habéis puesto a retozar? —grito
mosqueada.
No, si me lo tengo merecido, por entrometida. ¿Quién me mandaría a mí?
Pongo música. Alta. Muy alta. Pero de la que me gusta a mí, por molestar y
eso. A ver si aquí los únicos que van a joder van a ser estos dos. Un par de
minutos después se me pasa el dolor en el dedo, aunque el dolor de ojos me
durará…, me durará toda la vida, seguro. Y decido ocupar mi tiempo en
algo para no pensar en lo que está haciendo mi hermana pequeña con mi
mejor amigo a cuatro pasos de mí.
Suspiro, me levanto y voy hacia las cajas. Saco algunos coches y los voy
colocando sobre la mesa de comedor que está apostada en un lado del salón
y sobre los estantes, aún quedan más, pero, bueno, como se me ha jodido la
sorpresa está bien así. Me provoca un montón de sensaciones verlos, a pesar
del paso del tiempo, están bien conservados. Conociendo a mi madre, no
descarto que los sacara de las cajas cada pocas semanas para limpiarlos.
Recuerdo la cara de mi hermana cada vez que mi padre le traía uno nuevo y
se me encoge un poco el estómago, porque se hizo la fuerte cuando mi
madre se los quitó y, con todo el mal genio y los pocos pelos en la lengua
que tiene, no se lo ha reprochado jamás, porque ella sabe que mi madre
siempre lo hizo lo mejor que pudo.
Un pinchazo de nostalgia me atenaza en el pecho, hace muchas semanas
que no hablo con mi padre. A pesar de que se volvió a casar con Tere, que
también tiene dos hijos de su anterior matrimonio que mi padre ha criado
como propios, y el más pequeño acaba de tener un bebé —lo que tiene a mi
padre loco de felicidad —, nunca se ha olvidado de nosotras, incluida mi
madre, sigue pendiente siempre de cómo nos va, si tenemos trabajo, si nos
falta algo, nos manda regalos de cumpleaños, nos hacemos videollamadas y
nos mensajeamos…
Pienso en llamarlo, pero igual…, igual ahora no es el mejor momento
porque si quito la música vete a saber qué se puede escuchar de fondo.
De pronto suena el interfono y pauso la música.
—¡Están tocando! —grito. Vuelve a sonar el interfono—. ¡Miri! ¡Están
tocando!
Nada, ni puto caso.
Resoplo mosqueada, que sigan ahí dentro es preocupante, que el baño de
mi hermana mide como dos metros cuadrados y no tiene ventanas, ahí no
hay ventilación, dos personas con la respiración agitada haciendo…
ejercicio pueden consumir el oxígeno muy rápido. Van a morir asfixiados,
ya verás qué risas el obituario de estos dos.
Me acerco al interfono y pulso el botón que abre el portal, y dos minutos
después le abro la puerta de casa a la que faltaba.
—¿Tú? —Me mira con los ojos muy abiertos—. ¡A ti te quería ver yo!
—Y ese tono con el que lo suelta me hace temblar las piernas.
Alejandra me coge la mano con fuerza y tira hacia ella.
—¡Socorro!
Intento jalar para recuperarla.
—Estate quieta, coño —me reprende.
—¡Socorro!
Nada, esos dos deben de estar muertos ya.
Por fin la psicópata me suelta la mano.
—Bien, no llevas anillo. —La miro con las cejas alzadas—. Te perdono
la vida.
No entiendo una mierda, y me empuja para pasar.
—Puedes entrar si quieres, tú como en tu casa —musito.
—Gracias, bonita. —Ahm, pues no ha pillado la ironía la mujer—. ¿Qué
coño ha pasado aquí?
Justo se va a dejar caer en el sofá y grito.
—¡Nooo!
Trastabilla y termina con el culo en el suelo.
—Joder, estás como una puta cabra, no entiendo por qué tienes loquito a
mi hermano —protesta.
Se me encienden las mejillas. ¿Tengo loquito a su hermano? Ignoro el
comentario y me acerco a ella para ayudarla a levantarse justo en el
momento en el que se escucha la puerta del baño.
Ah, pues, mira, estaban vivos.
—Seguro que no quieres sentarte ahí —le digo.
Y, cuando aparecen esos dos en el salón, con el cabello mojado y, por
suerte, totalmente vestidos, los señalo y luego uno los dedos índices y
señalo al sofá. Me tapo la boca para contener la arcada porque me ha venido
la imagen a la cabeza de nuevo.
Alejandra solo alza las cejas, sorprendida, y mira a mi hermana, que se
encoge de hombros.
—¿Qué haces aquí? —le pregunta a Alejandra.
Con ella ha usado un tono muchísimo más benevolente que conmigo, ya
ves, es lo que tiene el desfogar, que te quedas relajadito y de buen humor.
Voy a fingir que no me he ofendido.
Me señala.
—Tu hermana, que es imbécil —le explica señalándome.
Espera…, ¿qué?
Abro mucho los ojos.
—¿Qué? —pregunto flipada.
—Ya, a veces pasa —le responde mi exhermana.
—¿Qué? —repito.
Y los tres cabecean afirmando.
—¿Qué coño? —pregunta mi hermana fijándose por fin en el gran
esfuerzo que he hecho para hacer el despliegue de coches por el salón.
Ahora que ya le ha llegado el riego al cerebro por fin lo ha pillado.
—Son tus coches. Los que te regalo papá —espeto de mal humor y de
brazos cruzados. No se me va a olvidar fácilmente que me han llamado
imbécil.
—Pero ¿cómo…? —Boquea un poco y se acerca para examinarlos. Abre
la boca. Me mira. Mira al coche que tiene en las manos, era uno de sus
favoritos, y vuelve a mirarme—. ¿Es lo que traías en esas cajas? —
pregunta, y yo cabeceo afirmando, me están empezando a picar los ojos y el
mosqueo se está viniendo abajo al ver la cara de mi hermana—. Pero…,
pero es imposible.
Me encojo de hombros, sigo de brazos cruzados intentando simular que
continúo mosqueada.
Mi hermana deja el coche en la mesa, parpadea un par de veces y de
pronto suelta un grito haciéndonos dar un respingo a los tres, corre en mi
dirección y se lanza a abrazarme, me pasa las piernas por las caderas
haciéndome caer de culo y ella cayendo encima de mí.
—Au, joder —lloriqueo. Me duele todo.
Me da como trillones de besos antes de dejarme levantar.
Para cuando termino de narrarle a mi hermana todo lo que ha pasado con
Uriel y la conversación con mi madre, mi hermana está alucinada, Berto se
mantiene en silencio y Alejandra solo hace chistar, hasta que los tres la
miramos a ella.
—Bueno, ¿y qué ha hecho mi hermana esta vez? —pregunta Miriam con
tono cansino, cambiando de tema, como si fuese yo la que siempre la está
liando en lugar de ella.
—Le ha hecho creer al cenutrio de mi hermano que se va a casar y ahora
está gimoteando por los rincones como alma en pena.
—¿Qué? —preguntamos los tres a la vez.
—Que a esta no se le ocurrió buscar a mi hermano después de la
conversación con su ex y ahora la visualiza vestida de blanco en el altar
junto al Uriel ese. —Se encoge de hombros. Yo solo hago negar, porque es
estúpido. Es lo más estúpido que he oído nunca. Y mira que lo mío no son
las relaciones sociales, pero… dar por hecho cosas sin hablarlas no está
bien, ¿no?—. Así que…
—Necesitamos un plan… —termina Miriam por ella, y las dos cabecean
afirmando, aplauden y todo.
Y yo me tapo los ojos con las dos manos y niego.
Ay, Dios, me la van a liar.
¿Estoy en una pesadilla?
Lucien
Han pasado unos días desde que recibí el mensaje de Daniela que no he
respondido. Alejandra me ha insistido en que lo mejor es que no hablemos
por mensajes ni por llamada, que las cosas es mucho mejor hablarlas en
persona, pero, teniendo en cuenta que llevo toda la semana en el turno de
noche y ella está hasta arriba de trabajo en el instituto, es imposible que
coincidamos o eso creo, porque llevo toda la semana durmiendo en casa de
mis padres. Sí, has leído bien. En casa de mis padres. Sin poder pegar ojo
porque es imposible que esa casa se mantenga en silencio durante el día,
que es cuando puedo dormir: que si la aspiradora; que si la niña llorando,
riendo, cantando; que si mi abuela obligando a mi abuelo a hacer zumba
porque dice que es importante mantenerse en forma para seguir sanos,
fuertes y tener energía para hacer cochinadas; que si mi padre viendo las
noticias a todo trapo porque no hay forma de que lo dejen oír.
En fin…, esa casa es una locura. Es el motivo principal por el que no
quería volver. Esta mañana me ha despertado mi sobrina metiéndome un
trozo de bizcocho por el gaznate al grito de «¡Hora de desayunar!». De
desayunar no sé, pero hora de casi morir ahogado sí que era.
Así que hoy he recogido los pocos bártulos que había llevado conmigo,
los he metido en la mochila y en cuanto salga del trabajo voy a volver a
casa, a mi casa, bueno, al piso de Daniela, que para algo lo estoy pagando.
Eso dice Alejandra que tengo que hacer y, a ver, por norma general no le
hago caso porque está pirada y eso, pero me parece que su consejo es
sensato, ese y también el de que me pidiera un día de libre disposición para
solucionar todo este enredo, coger el toro por los cuernos y en caso de que
necesite buscar un nuevo piso compartido me ayudará, eso no me hizo tanta
gracia, ya ves tú.
Y un millón de preguntas se agolpan en mi cabeza:
¿Daniela no se ha dado cuenta de que no he ido a dormir en toda la
semana?
¿No me ha echado de menos?
¿Por qué no ha insistido para decirme cualquier cosa por mensaje,
aunque sea que hay que comprar leche y que no olvide que, junto con el
agua, es lo único que no va ordenado alfabéticamente porque pesa y es
importante que esté colocada en el estante inferior?
—Esto es ridículo —espeto—. Es ridículo.
—¿Qué es tan ridículo?
Pego un grito y un brinco en la silla porque no esperaba ver a nadie a las
seis de la mañana ahí en la recepción y menos que entrase de forma tan
sigilosa.
Alzo la vista y veo a Daniela frente a mí, preciosa, como siempre.
Deslizo la vista por su cuerpo y me doy cuenta de que está vestida con el
uniforme del hotel.
Abro los ojos de forma desmesurada.
—¿Estoy en una pesadilla?
Sí, sí, eso debe de ser.
Daniela me mira con el ceño fruncido y no añade nada, si ahora
empiezan a llover nubes rosas o abre la boca y le asoman unos colmillos de
vampiro, es que esto es un mal sueño.
Me fijo bien en su boca, que sigue cerrada.
Daniela chista y da un saltito sobre el mostrador para poder llegar hasta
mí y me pega un pellizcón en el brazo.
—Au, joder, bruta.
—No es una pesadilla.
—¿Qué haces aquí? ¿Y vestida así? —pregunto mosqueado frotándome
el brazo.
Daniela chista y señala un saliente a un par de metros de nosotros, donde
se encuentran las puertas de los baños y ahí, medio escondidas medio no,
están Alejandra y Miriam, vestidas con ropa negra de ninja o algo así, con
su pasamontañas y todo, supongo que para disimular, lo cual es complicado
cuando la pared es blanca. Intentan ocultar la cabeza, pero es tarde, ya las
he visto. ¿Cómo han entrado estas tres sin que me percatase?
Miro con horror a Daniela.
—Sí, hijo, sí. A grandes males, grandes remedios. Tu hermana me ha
obligado a ponerme esto por si nos pillaba alguien del equipo directivo. Y
no tengo ni idea de cómo lo ha conseguido, por si pensabas preguntármelo.
Dice que son una panda de estirados cenutrios y que no saben distinguir a
una empleada de otra, que no se van a dar cuenta de que no trabajo aquí y te
evitaré problemas, como el despido y eso, que es importante porque tienes
que seguir pagando el alquiler, no creo que sea buena idea meter a una
tercera persona a vivir con nosotros para ayudar con los gastos. Mi madre
siempre dice que tres son multitud, aunque en realidad no sé si eso se puede
aplicar en este contexto —habla muy deprisa, casi pisando las palabras unas
con otras y sin coger aire.
—No entiendo nada —musito en un instante que se ha parado a tomar
oxígeno, menos mal, me veía haciéndole el boca a boca. Los hombros le
suben y le bajan rápido por el ritmo agitado de la respiración.
—Tienen un plan… —resume señalando al escondite de las dos piradas.
Escucho los gritos mascullados de esas dos, aunque no entiendo nada de lo
que dicen—. ¡Yo! Yo tengo un plan —rectifica Daniela—, y es jodidamente
ridículo —musita por lo bajini, pero la he oído perfectamente.
Daniela se agacha por detrás del mostrador y dejo de verla. Me pongo de
pie y me asomo, está ahí andando con una radio del año de la pera.
Echa un vistazo hacia arriba.
—Dame un minuto —protesta—, no sé por qué no puedo hacer esto con
el móvil y ya está, pero por lo visto es importante que sea así.
—¿Ese…, ese es el radiocasete de mi abuelo? —pregunto flipando.
Dirijo la vista a Alejandra, pero se ha tapado los ojos con las manos,
como si así pudiera evitar que la viese, debió de darse un golpe al caer de la
cuna o algo cuando era cría y se ha quedado tonta. Mi abuelo no deja que
absolutamente nadie de toda mi familia toque su radio, ni siquiera mi
abuela, es su tesoro más preciado. Y mi abuelo es bueno como un trozo de
pan recién hecho y por norma general es el más tranquilo, el que mejor
humor tiene…, pero como se enfade, ay, como se enfade se te va a quedar
pequeña la isla para correr.
—Abuelo te va a matar —le digo a la pared, porque Miriam ha tirado de
Alejandra para ocultarse de mi vista.
No sé ni para qué hacen el amago de esconderse si Daniela sabe que
están ahí, yo sé que están ahí, y ellas no disimulan un peo, la verdad.
Se oyen unas risitas.
—No te rías —le suelta mi hermana y se oye un golpe seguido de un
«au»—, que tiene razón. Más te vale que Daniela no se lo cargue o tendrás
que pagarme el pasaje a Cancún para que mi abuelo no me encuentre.
Yo sigo flipando y, a pesar de que el pellizcón me ha dolido de verdad,
todavía pienso que esto es un sueño de lo más extraño.
Dani al fin pulsa el play y antes de incorporarse comienzan a sonar los
acordes de una canción. Se cruza de brazos frente a mí mientras la voz de
Ed Sheeran sale por los altavoces.
Tell me that you turned down the man
Who asks for your hand
'Cause you're waiting for me
And I know, you're gonna be away a while
But I've got no plans at all to leave
And would you take away my hopes and dreams?
And just stay with me, ooh.
—¿Qué haces? —grita Miriam—. Venga, sigue con el plan.
—¿Para qué? Ed canta mejor que yo mil veces.
—¿Tu hermana es imbécil? —le pregunta Alejandra a Miriam y parece
mosqueada.
—Sí, un poco.
Daniela pone los ojos en blanco.
—No pienso cantar. Me niego. —Sigue de brazos cruzados.
—Bueno, pues haz lo de los carteles al menos —pronuncian las otras dos
al unísono.
—Pero si es recepcionista de hotel. —Me señala. Yo sigo sin entender
absolutamente nada—. Sabe inglés mejor que yo.
—Que lo hagas, joder, que esto lo he visto yo en las pelis —grita
Alejandra ya sin disimulo.
Miro en todas direcciones. Me van a despedir. Me van a despedir y me
voy a quedar sin chica, sin hermana —porque la pienso descuartizar—, sin
piso y sin curro, ya verás.
—Vaaale —refunfuña Daniela y agarra unos carteles que no había visto
porque estaban apoyados sobre el mostrador de la recepción.
—Sonríe, joder —le grita Miriam.
Daniela pone la sonrisa más falsa de la historia y me muestra un cartel.
—¡Espera! —grita Miriam, ambos la miramos, y ella corre hasta la radio
—. ¡Tiempo muerto! ¡Tiempo muerto!
Veo que algunos miembros del personal de limpieza, cocina y
mantenimiento se asoman curiosos a la recepción, lo cual no es extraño
porque estas tres no están siendo demasiado discretas que digamos.
Me quiero morir, mátame, por favor. Mátame.
Después de verla trastear un rato con el aparato, refunfuñando, Daniela
habla.
—¿Ves? Te lo dije, con el móvil es más fácil.
—Pero menos romántico, tía, calla ya y prepárate.
Daniela bufa y la canción comienza a sonar desde el principio. Miriam
sube el volumen. ¿Cuánto tardaré en actualizar el currículum? En unos
meses, con la llegada del verano, puede que consiga trabajo en otro hotel.
Y ahora empieza a sonar de nuevo la letra, y Daniela me muestra un
cartel que pone: «Dime que rechazarás al hombre».
Pasa a otro cartel: «Que te pida la mano».
¿Está traduciendo la letra de la canción? Cada vez entiendo menos.
Alzo las cejas, sorprendido, y cuando se oyen las risas de mis
compañeros de trabajo no puedo estar más rojo.
—Esto es absurdo. —Daniela, que se da cuenta de que estamos haciendo
el ridículo del siglo, se agacha y para la canción.
—Gracias —musito—. Gracias —repito mirando a los compañeros que
no paran de reír—. Gracias. —He entrado en bucle.
Deja los carteles en el suelo, y se oyen los gritos de protesta de Miriam y
Alejandra.
—Por mucho que hayáis visto esto en una peli, y penséis que es una
escena de lo más tierna y romántica, esto en la vida real no funciona —les
explica la menos pirada de las tres.
Señala mi cara roja como un tomate.
Se gira hacia mis compañeros.
—¿Os largáis u os despido a todos? —pronuncia con tono tajante.
No había visto correr a nadie tan rápido en la vida, jamás.
—¿Has… has comprado el hotel? —pregunto desconcertado.
—¿Qué coño? Si soy pobre como una rata. Miaundalorian come mejor
que yo. —Cabeceo afirmando porque eso es verdad—. Pero ellos no lo
saben. —Vuelvo a cabecear.
—¿Qué haces aquí, Daniela? —le pregunto porque en un par de minutos
llegará mi relevo en el turno y no me apetece que se encuentre con este
percal.
—Yo qué sé, estas dos, que están tontas, y a mí sola se me ocurre
hacerles caso. Fui a hablar con mi madre para tirarle de las orejas, porque
mira que darle las llaves de mi casa a Uriel, es que es para darle de tortas.
—Otra vez habla sin respirar.
»Porque es mi madre y la quiero, porque si no le espachurraba la cabeza.
—Se da un golpe en la mano con el puño como para darle énfasis a su
amenaza. Cuanto más palabras pronuncia sin respirar más se le abren los
ojos. ¿Qué pasará primero?, ¿morirá asfixiada o se le saldrán los ojos de las
cuencas?
»Y resulta que recuperé la colección de coches de Miriam, que
pensábamos que mi madre la había tirado cuando éramos pequeñas porque
cuando mi padre y ella se divorciaron…
Pestañeo rápido sin saber qué hacer, la cara de Daniela está empezando a
tornarse morada. Miro a Alejandra, que de pronto ha pasado detrás del
mostrador, coge un folio de la impresora, lo arruga y se lo tira en la frente a
Daniela.
Normalmente nunca le daría la razón a Alejandra, pero debo reconocer
que ha funcionado. Daniela para su perorata, respira, inhala y exhala muy
rápido.
—Au, joder, vale… —Se frota la frente y coge aire de nuevo—. Bueno,
el caso es que llegué a casa de Miriam y me la encontré follando con Berto.
Ay, con jabón me tuve que lavar los ojos cuando por fin pude salir de ese
infierno, y es una mala idea, terminé en urgencias porque por lo visto el
jabón es lo peor que hay para los globos oculares. Ya ves, tan lista para unas
cosas…
Una nueva bola de papel le impacta de nuevo en la frente.
—¡Au! ¡Te odio! —grita Dani haciéndome dar un respingo. Mi hermana
se examina algo muy interesante que ha encontrado en sus uñas—. A ella,
no a ti —me dice—, tu hermana es una psicópata, ¿lo sabías?
—Encima…, tan lista y no sabe seguir un plan de tres sencillos pasos —
protesta Ale.
—¿Qué dice de un plan? —musito—. Me dan pánico los planes de mi
hermana.
Daniela suspira.
—Pues eso…, eso mismo he venido a decirte, que tenemos muchas cosas
en común, porque anda que estas dos, ¿eh?, parecen hechas la una para la
otra, y…
—Que no va a casarse con Uriel —la interrumpe mi hermana, y Daniela
la mira con gesto de mala leche—. ¿Qué? Ya que te has cargado todo el
plan por lo menos voy a ahorrarle a mi hermano el ibuprofeno. No se va a
casar, solo es imbécil por creer a Uriel cuando le dijo que te habías ido de
casa cuando lo vio allí, y tú eres imbécil por dar por hecho las cosas sin
hablar con ella. Básicamente, que estáis haciendo el estúpido y que no
podéis estar más colgados el uno por el otro, así que… nos vamos a evitar
los tres cuartos de hora de charla de Daniela y os vais a besar, a deciros lo
mucho que os queréis y vais a comer… —Un escalofrío de repelús la
recorre—. Bueno, vais a comer lo que se supone que come la gente que
termina feliz para siempre, ya está, chimpún.
Las risas de Miriam casi no me han dejado oír a Alejandra.
—¿Gracias? —le digo.
—De nada, cabeza hueca, de nada… —Ya empezamos con los insultos
—. Hala, Miriam, nos vamos.
Las carcajadas de Miriam resuenan por toda la recepción y un alivio me
embarga cuando las veo alejarse de camino a la puerta, porque como
aparezca uno de mis jefes voy a tener que firmar el finiquito, pero ya.
Miro a Dani, que parece en shock.
—¿Estás bien?
—¿Te has dado cuenta de que tu hermana está pirada? —me pregunta
mirando hacia esas dos.
—Y la tuya, chica, y la tuya.
Nos miramos, cabeceamos arriba y abajo y nos echamos a reír.
Daniela se acerca al mostrador y da un saltito para colgarse de él, sujeta
mi camisa en un puño y tira hasta estampar sus labios contra los míos.
Me río cuando la oigo protestar porque se está clavando el mostrador en
el estómago y le cuesta respirar. Me separo para salir de ahí y dirigirme
justo frente a ella. Le acaricio el cabello y se lo pongo detrás de la oreja. Mi
mano resbala por su mejilla hasta que mis dedos rozan sus labios.
—No sé cómo ocurrió, Luci. Todo empezó como una simple atracción
física, ya lo sabes, la química explosiva, las ganas de magrearnos… —Me
río y cabeceo afirmando—. Sinceramente, pensé que se nos pasaría, pero
luego te conocí de verdad y en algún momento me di cuenta de que ya no
había remedio: me había colado por ti, me enamoré de tu sonrisa… —dice
y se muerde un poco el labio, algo cortada, y las puntas de las orejas se le
ponen rojas—, me enamoré de tu forma de mirarme, de nuestras charlas, de
todos los momentos compartidos. Y te quiero, Luci. Me gustaría…, me
gustaría intentarlo si…, si tú quieres.
Sonrío ampliamente.
—Me pareciste la mujer más sexi con la que me había cruzado ese día en
el bar y no te negaré que desde que te conozco ando todo el día más salido
que el pico de una plancha, pero no es eso lo que me tiene enganchado a ti.
Tampoco sé en qué momento sucedió, solo sé que no puedo parar de pensar
en ti, que me encantas, que quiero seguir atesorando momentos a tu lado. Te
quiero y quiero estar contigo.
Nuestros labios vuelven a encontrarse con una dulzura que me provoca
un aleteo en el estómago.
—Tengo una duda… —murmulla apartándose un poco de mí, la miro a
los ojos—. ¿Qué come la gente que es feliz para siempre?
—Pues la gente…, la gente no sé lo que come, pero yo, cariño, yo te
quiero comer a ti.
Epílogo
Daniela
Tres meses después.
Estamos en pleno fin de curso en el centro y hemos estado a tope de trabajo,
por suerte, este curso ha ido tan bien que la dirección me ha ofrecido seguir
con ellos después de verano. Y estoy sorprendida, porque nunca pensé que
podría tener un empleo en el que me tocase relacionarme con otras personas
y no resultase un desastre, y hoy en día lo hago cada día, no solo con mis
compañeros de departamento o dirección, sino también con los alumnos.
Mi intención es aceptar el puesto y continuar trabajando aquí, al menos
durante un tiempo y, por supuesto, voy a seguir ignorando a Uriel y a
Gema, que se ha dignado a llamarme y me ha confesado que uno de los
clientes que yo llevaba le ha dado un ultimátum y que si no soy yo la que
lleva el proyecto dejará de trabajar con ellos. Me encantaba mi empleo en
AR Innovate, aunque odiase tener a Gema como jefa, y ganaba muchísimo
más dinero que ahora, pero al final el dinero no lo es todo. La paz, la
tranquilidad y la felicidad que me da trabajar en el instituto compensa la
parte económica. El gustirrinín que me ha dado decirle a Gema, con mi tono
más tranquilo y la sonrisa más falsa, que prefiero comer caca de mi gato
antes que regresar a su empresa no tiene precio.
El final de curso siempre es caótico, salgo supertarde del centro, cargada
de exámenes, proyectos, trabajos… que me paso las pocas horas libres
corrigiendo. Me ha venido muy bien que Lucien haya tenido turno de noche
estas últimas semanas sin descanso, pero por fin tiene unos días libres y yo
hoy no trabajo, porque es sábado, así que estoy preparando algo especial, un
desayuno especial, ¿a las tres de la tarde?, sí, hija, sí, porque Lucien llegó
muy temprano esta mañana y todavía está durmiendo.
Llevo días organizándolo todo. Miriam me ha prestado un altavoz que se
conecta al móvil para poder poner un poco de música de fondo. Le he
robado a mi madre uno de sus manteles más bonitos y unos cuantos enseres
que me hacían falta, como una jarra de cristal. Nunca pensé que hacer zumo
de naranja fuera tan jodido, mañana voy a tener agujetas, cuarenta minutos
llevo exprimiendo a las malditas hasta que por fin lleno la jarra. Me lavo las
manos y apunto en la lista de la compra: exprimidor eléctrico.
Miro la mesa y me hacen chiribitas los ojos porque me ha quedado
preciosa, todo tan bien dispuesto: las copas, las tazas, los platos, los
cubiertos, las servilletas, las velas…, todo colocado tan milimétricamente
perfecto que da cierto placer verlo. Pongo los sándwiches que he preparado,
la fruta cortada tan bonita y saco el bizcocho de limón recubierto de azúcar
que me ha dado la abuela de Luci esta mañana a cambio de una novela de
esas que le encantan donde hay muchos dragones, mucho odio, mucho amor
y mucho sexo. Lo último que preparo es el café, porque sé que en cuanto
llegue el aroma a la habitación de Luci se va a despertar. Para cuando estoy
encendiendo las velitas, Luci aparece frotándose los ojos, con el cabello
despeinado, una sombra de barba y en boxers con una erección mañanera a
tope de rendimiento. Boqueo. Boqueo un poco más. Porque, chica, una
nunca se acostumbra a estas vistas, te lo digo…
Luci abre los ojos y da un respingo cuando se encuentra el panorama.
Mira la mesa con la boca abierta y sonríe.
—¿Y esto?
—He hecho un desayuno especial.
Suelta una risilla.
—Pero si son las cuatro de la tarde.
—No tienes hambre, ¿verdad? Mejor dejamos lo de comer para luego. —
Me acerco a él, felina, rezando para que me dé la razón, porque de pronto
yo lo único que quiero comer no está dispuesto sobre esta mesa.
Luci suelta una risa ronca por el sueño que me pone muy cachondona,
bueno, ya estaba cachondona de antes, llevo dos semanas cachondona, en
realidad. Las mismas dos semanas en las que apenas nos hemos visto un par
de veces y hemos desfogado más bien poco porque me he pasado cada
minuto de mi tiempo libre corrigiendo exámenes, trabajos y demás.
Me acerco a besarlo y encaramo las piernas a su cintura. Me encanta que
me coja así, como si yo pesara lo mismo que una pluma, me sujeta por el
culo y responde al beso, su lengua suave y caliente entra en mi boca y me
restriego contra su polla. El mejor lugar del mundo. ¿Puedo quedarme aquí
a vivir?
—Mmmmm…, te echaba de menos —musita apartándose unos
milímetros.
—Lo de hablar para luego, cariño. —Tiro de él y lo obligo a besarme.
—Se va a enfriar el desayuno —pronuncia como puede con mi boca
pegada a la suya.
—Bah, frío está más rico.
Nos reímos y tironeo de mi camiseta para deshacerme de ella. A Luci se
le dilatan las pupilas en cuanto ve mis pezones enhiestos.
—Mmm…, tienes razón, prefiero desayunar esto.
Y lleva la boca a uno de ellos, lo chupa y lo presiona un poco entre los
dientes haciéndome gemir y mover las caderas como la salidorra que soy en
estos momentos. Me encanta que me dé la razón. Y me encanta que me
coma las tetas, eso también.
De pronto se escuchan unas llaves en la puerta y dos segundos después la
carcajada compartida de Alejandra y Berto, que están a dos pasos de
nosotros.
—¿Qué coño…? —Luci me pone en el suelo y me giro para comprobar
lo que está pasando.
Berto se descojona señalándome las tetas desnudas.
—Joder… —Me agacho y cojo la camiseta del suelo para taparme y me
la pongo delante de las pechugas al aire abrazándome a ella—. ¿Qué hacéis
aquí? ¡Te dije que le estaba preparando un desayuno sorpresa a Luci! —le
espeto a mi hermana—. ¡Largo! ¡Y cierra la puerta!
Miriam se ríe y cierra la puerta, pero desde dentro. ¿No ha pillado mi
tono de mosqueo?
—No, no… ¡Desde fuera! ¡Que os larguéis! —grito histérica.
Berto, pasando totalmente de mi culo y de mis gritos, se acerca a la mesa
del comedor, le hacen chiribitas los ojos cuando ve el bizcocho de la abuela
de Luci y coge un pedazo para llevárselo a la boca. Gime de puro gusto al
probarlo. Es el efecto que suele tener, está buenísimo.
—¡Fuera, fuera, fuera! —grito y me giro hacia Luci para que aúne
fuerzas conmigo y poder echarlos, pero ya no está, ha debido de irse a vestir
—. ¡No! ¡No te pongas la ropa! —grito hacia el pasillo. Mi hermana, que se
ha sentado en un sitio de la mesa y se sirve zumo en una copa, me mira con
las cejas alzadas y un gesto de diversión que me encantaría borrarle de un
sopapo—. Eso no es para vosotros, joder, ¡fuera de mi casa!
Berto se sienta también y le tiende una copa vacía a mi hermana para que
se la llene.
Brindan y beben.
—A esto se le llama venganza —me explica Berto.
Pestañeo, incrédula. ¿Cómo se puede ser tan rencoroso? Eso…, eso no
puede ser bueno para la salud. Ya sé que interrumpí su primera vez, pero no
fue a propósito, si llego a saber lo que estaba pasando tras esa puerta ni me
hubiera acercado a ella, te lo aseguro.
—Os doy cincuenta pavos si os largáis ya —intento negociar. Ya sé que
en las pelis siempre dicen que es mejor no negociar con el enemigo, pero
ante esta situación desesperada haré lo que sea. Mi hermana suelta una
carcajada con la boca llena, y la miro con odio —. Te echo a Miaundalorian
si no te piras —la amenazo viendo que por las buenas esto no va a
funcionar.
Mi hermana se inclina un poco para atisbar el sofá, donde el gato está
dormido, se oyen los ronquidos incluso.
—Creo que estoy libre de peligro por el momento.
Luci aparece por el pasillo vestido con una camiseta, vaqueros y
descalzo.
¿Por qué, Señor? ¿Por qué?
Pasa por mi lado y me da un beso en la mejilla.
—Gracias por el detalle. Me encanta, te ha quedado todo precioso. —Me
besa la punta de la nariz—. Te quiero. —Un revoloteo en mi estómago
provoca que me quede mirándolo con cara de tonta hasta que unas risillas
me sacan del estupor. Carraspeo un poco y me aparto. Luci me sonríe—.
Deberías ponerte la camiseta —me dice al oído y se gira hacia los dos
okupas—. ¿Comemos? —¿Y ya está? ¿No se enfada? Se encoge de
hombros como si fuese capaz de leer mis pensamientos—. Si no puedes
contra ellos, únete…, y si es antes de que acaben con todo mejor, que tengo
hambre.
Se oye el timbre de casa, no el interfono, sino aquí arriba, y me extraña
porque normalmente el portero no deja pasar a cualquiera. Frunzo el ceño,
extrañada, y Miriam se levanta a abrir.
—Deberías ponerte la camiseta —me repite Luci.
Pero yo sigo ahí, paralizada, en shock, abrazada a la prenda y
pestañeando fuerte mientras veo cómo se están comiendo todo y
desarmando la mesa que con tanto cuidado he puesto.
—¡Ya estoy! ¡Ya estoy! Le estaba cambiando el pañal a la cría, madre
mía, no sé qué come, pero su caca es radiactiva. ¿Dónde puedo tirar el
pañal? —Alejandra alza el arma de destrucción masiva que lleva en las
manos y cuando me mira pestañea—. Ehm, ¿hola? ¿Estabais jugando a
verdad o prenda? —me pregunta, pero yo no respondo. Miriam solo se
carcajea, y Luci y Berto tienen la boca llena —. Igual ahora mismo no es
muy adecuado —dice señalando a mis piernas donde Aurora está
encaramada, ni me había dado cuenta, a pesar de que está gritando en bucle:
—¡Tita Dani! ¡Tita Dani!
—Ho… hola, peque —balbuceo, y ella se separa de mí, alza la cabeza y
me mira con el ceño fruncido.
—¡No soy peque! —grita.
—Ah, ¿no? —Alzo las cejas.
—¿Poqué estás desnuda, tita Dani?
—Ehmmm…, porque estaba con tu tío, que desde hace dos semanas que
no…
—Porque estaba bebiendo zumo y se lo ha echado encima sin querer…
—me interrumpe Ale antes de que suelte una ordinariez.
Me mira con inquina, y yo me encojo de hombros. ¿A quién se le ocurre
traer una cría a mi casa cuando saben que mi riego sanguíneo ahora mismo
está tan lejos de mi cerebro?
—Me voy…, me voy a llorar un ratito, ahora vengo —musito.
Aurora asiente, y los otros cuatro se ríen como si hubiese contado un
chiste la mar de gracioso.
Epílogo 2
Lucien
Dos años después.
—Joder —mascullo mosqueado cuando escucho el timbre de la puerta.
¡Qué oportuno!
Estoy en la ducha lleno de jabón, me paso agua como puedo para quitar
toda la espuma y, cuando empiezo a escuchar el timbre en cadena, estoy
seguro de que es Dani.
—Ay, hostia, hostia.
Toca varias veces seguidas.
¿Estará bien?
¿Le habrá pasado algo?
Abro la mampara y busco en el armario de las toallas. No hay ni una.
Entonces recuerdo vagamente que, justo antes de salir, Daniela me dijo que
estaban todas dobladas sobre la mesa de la cocina y que si las podía llevar
al cuarto de baño porque ella tenía prisa.
Le dije que sí, claro.
Y, por supuesto, se me había olvidado porque me puse a hacer otras
cosas. Cosas importantes como tirarme a leer en el sofá y a echarme una
pequeña siesta.
Chisto y cojo la toalla del lavamanos, me cubro como puedo sujetándola
con una mano y corro descalzo intentando no partirme la crisma porque el
timbre sigue sonando en bucle.
Abro y veo a Daniela de rodillas, con todas las cosas de su bolso
desparramadas en el rellano, con las manos apoyadas en el suelo soltando
improperios.
—¿Ya? ¿Ya viene? —pregunto asustado.
—¿Quién? —Mira hacia atrás, a los ascensores, y gira la cabeza hacia las
escaleras.
—El bebé, ¿quién va a ser? ¿Ya viene?
—Ah, no, joder, es que me estoy meando y… —Se queda en silencio
cuando alza la cabeza y me ve de la guisa que me ve. Me recorre con la
mirada de abajo arriba y de arriba abajo, traga con fuerza y me contempla
como un tigre acechando a su presa y no sé si es que las vistas la han puesto
cachondona, lo cual suele suceder mucho desde que está embarazada, o es
que me va a matar porque la estoy liando parda.
—¿No había una toalla más grande?
Me encojo de hombros, decirle que ignoré lo único que me pidió antes de
marcharse no me parece buena idea, porque, si su apetito sexual ha
aumentado en estos meses, no te quiero contar cómo vamos de mal genio.
Y, teniendo en cuenta que me siento como en un dejà vu y la última vez
que pasó esto me amenazó con un paraguas, miedo me da.
—Fue lo primero que pillé —musito—. ¿Estás bien? —le pregunto
porque sigue ahí a cuatro patas, con todas sus cosas desparramadas por el
suelo.
—Sí, sí, solo es que me estoy meando —me explica—, para variar —
añade a modo de protesta—. Y no encuentro las llaves.
La verdad es que estas últimas semanas de embarazo están siendo
complicadas porque Daniela apenas puede pegar ojo, entre la incomodidad
de la enorme barrigota y que se despierta cada veinte minutos para ir al
baño, no me extraña que esté molesta.
—No pasa nada —le digo con cariño y tiendo la mano que tengo libre en
su dirección porque veo que intenta levantarse apoyándose en la pared, pero
es incapaz.
Tiro de ella y se pone en pie protestando, mira con apuro todo lo que está
en el suelo y que sabe que no se va a poder agachar para recogerlo.
Resopla para quitarse un mechón de pelo que le ha caído sobre los ojos, y
yo sonrío y se lo aparto con cariño, tenía intención de besarla, de besarla de
esa forma exacta en la que sé que soy capaz de desarmarla, para que se le
pase esa cara de apio pocho y se centre en otras cosas, pero no ha habido
suerte, cuando la veo pálida con la vista clavada a mis pies sé que estoy
perdido.
Miro hacia abajo y chisto. Lógico y normal, estoy haciendo un charco en
su parqué de no sé qué madera pija y lo estoy estropeando. No fui yo el que
tocó el timbre como si se estuviese quemando el edificio y tuviéramos que
evacuarlo. Eso no pienso decírselo, por si lo dudabas, en su lugar me
disculpo, créeme, en estos casos es lo mejor:
—Ya, perdona, lo he empapado todo.
De pronto se escucha la otra puerta que hay en el rellano abrirse y unas
voces y unas risas que se paran de pronto.
Ay, mi madre.
La señora Salazar, que se ha mudado con su familia a nuestro edificio
hace apenas unos meses, nos mira horrorizada, como si estuviésemos
follando en mitad del pasillo, y agarra a sus dos hijos de la mano tirando
hacia ella. Mellizos, niño y niña, Mateo y Martina, de seis años, siempre
vestidos a juego y con pinta de angelitos, pero son diabólicos, peores que
mi sobrina Aurora, temo encontrármelos en el ascensor porque son capaces
de soltarte una media de veinte preguntas por minuto.
Tiemblo.
—Mami, mami…, ¿por qué está todo empapado? —pregunta Martina
señalando el suelo.
—¿Y por qué está el vecino desnudo? —interviene Mateo esta vez. La
mujer solo pestañea, horrorizada, aunque no me quita la vista de encima,
sujeto con más fuerza la toalla para afianzarla a su lugar, aunque ya te digo
yo que cubre lo mínimo—. ¿Por qué estás desnudo, Luci?
—¿Por qué te llamas Luci? Luci es nombre de chica —dice la niña, y
pongo los ojos en blanco, es la millonésima vez que me pregunta lo mismo
—. Mi mejor amiga se llama Luci, ¿sabes? Y el fin de semana voy a ir a su
cumple.
Sí, lo sé, sé hasta lo que le ha comprado de regalo y cómo se va a vestir
para la fiesta de marras.
—Pues se llama Luci porque se lo pusieron sus padres —le explica
Mateo, que, por lo visto, es el más sensato de los dos.
—Pero, jolín, ¿no puedes cambiártelo? Porque es raro… —añade
Martina, pensativa.
La madre tironea de los chiquillos para arrastrarlos hasta el ascensor y
toca el botón. Varias veces. Muchas veces. Como si en lugar de estar en el
rellano con sus vecinos huyera del asesino en serie más buscado.
Daniela me sujeta del brazo y aprieta, joder, está apretando mucho.
La miro y miro de nuevo a los críos que no paran de parlotear y de soltar
preguntas a diestro y siniestro.
—Mami, ¿y por qué la vecina tiene la barriga tan gorda?
—¿Y por qué están todas esas cosas tiradas en el suelo?
Se oye un gritillo de Martina, que señala a los pies de Daniela.
—Mami, ¿por qué se está haciendo pis la vecina?
La señora boquea y nos mira a uno y a otro y luego al suelo empapado y
vuelve la vista arriba.
—Perdón —musita Luci—, es que cuando una mujer está en las últimas
semanas de embarazo le cuesta retener el pipí. Ha debido de escapársele.
Los niños abren mucho los ojos y la boca y luego miran horrorizados a su
madre.
Y Daniela me arrea una colleja, bueno, al menos ha reaccionado porque
parecía en shock.
El ascensor llega, y los tres entran. La mujer presiona el botón de la
planta baja como quince veces seguidas.
—Adiós, Lucas, ¿te importa que te llame Lucas? —pregunta Martina
cuando las puertas ya se están cerrando.
Pongo los ojos en blanco. Hay que ver lo pedantes que son los chiquillos
a veces, ¿verdad?
Me froto la nuca donde me ha caído el golpe de Daniela y la miro por fin
cuando se cierran las puertas del ascensor.
—Cenutrio, no me he hecho pis, he roto aguas…, bueno, las dos cosas,
creo —me explica.
—Ay, joder, ¿estás bien?
Le sujeto ambos brazos, asustado, el momento que tanto he temido ha
llegado. Daniela alza las cejas con gesto divertido mientras me siguen
atropellando un millón de preguntas en mi cabeza: ¿qué hago ahora?
¿Llamo al ascensor? ¿La llevo al hospital? Bueno, al hospital hay que
llevarla. ¿Tendré que cogerla en brazos? Porque, joder, no he tenido mucho
tiempo para ir al gimnasio y…
El sonido de la puerta de los vecinos me saca de mis pensamientos y sale
esta vez el padre de las criaturas, que nos mira, mira a nuestros pies, me
vuelve a mirar y se descojona, se carcajea tanto que retumba en todo el
rellano.
Miro hacia abajo y veo que obviamente se me ha caído la toalla al suelo y
que tengo el manubrio al aire. Daniela no puede estar más roja.
Pasa por nuestro lado y le da un par de golpecitos en el hombro a
Daniela.
—Tranquila, va a salir todo superbién, pero yo iría ya a cambiarme por
eso de que tienes que ir al hospital y a esta hora hay un montón de tráfico.
Seguro que no quieres dar a luz en el coche.
Yo no sé Daniela, pero yo niego.
Niego.
Niego más.
El hombre se dirige a las escaleras y escuchamos su risilla mientras baja
los escalones.
—Ay, ay, joder —espeto quedándome pálido.
—¿Qué? —me pregunta Dani—. ¿Qué pasa?
—Dani…, que vamos a ser padres.
—Ya, ya lo había notado.
Suelta una risilla, pone los ojos en blanco y me señala la toalla del suelo.
¿Se ríe? Ya verá qué risas cuando crezca y empiece a rayar las paredes o le
dé de comer a los animalitos que aparezcan en la pantalla ensuciándolo
todo, cuando entre en la adolescencia y se ponga en plan rebelde y no
quiera ordenar las cosas por orden alfabético a su madre le da un patatús.
—¡Luci! —me grita Dani ya desde dentro. Chisto y cojo la toalla antes
de entrar en casa.
—¿Y si nos sale como esos? —Comparto con ella mis preocupaciones.
Yo ya me lo imagino: papi esto, papi lo otro, papi, ¿cómo se hacen los
bebés? Daniela se encoge de hombros, resignada. Ya. Ya sé que es tarde
para planteárselo, pero es que no dejan de agolparse ideas en mi cabeza y
ninguna es buena—. O como Aurora. O, peor, como Alejandra o Miriam.
Un escalofrío la recorre, el mismo escalofrío de terror que me recorre a
mí.
Empiezo a hiperventilar, histérico.
Daniela suelta una risilla, me da un beso en la mejilla y me empuja un
poco para que la deje pasar.
—Va a salir bien —me dice.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hacemos un buen equipo y si…, si acaso nos desquicia,
siempre podremos mandarla con Alejandra o Miriam.
—Mejor con mi madre, que está más cuerda.
Daniela asiente y me besa.
—Te quiero, Luci. Y, ya que estamos hablando de ampliar la familia…,
tengo algo que decirte.
—¿Qué? ¿Y ahora qué? —Me quedo pálido al escuchar ese tono de voz
de culpabilidad.
—Vamos a tener un nuevo miembro en la familia… —añade, y yo
cabeceo afirmando extrañado, es de lo que llevamos hablando todo el
tiempo—, además de Sara.
—¿Eh? ¿Qué? ¿Perdona? ¿Son dos?
Niego.
Niego.
Me voy quedando pálido.
Solo hay algo peor que pensar en tener una hija igualita a Alejandra o a
Miriam o a Aurora o a esos dos chiquillos entrometidos…, ¡tener dos!
Y ella se muerde los labios para no reír.
Se le escapa un vistazo a mi manubrio y me lo cubro con la toalla que
sigue en mi mano. No estoy preparado para tener esta conversación en
pelotas en mitad del salón.
Daniela niega y no entiendo nada.
—Le he adoptado un hermanito…
—¿¡Qué!?
Niego. Niego. Pero ¿está loca?
—A Miaundalorian.
—¿Qué? —repito.
Tira de mi mano y me arrastra hacia mi antigua habitación, que ahora
solo usamos cuando Miriam o Alejandra se quedan en casa para incordiar.
Abre y veo una bola de pelo marrón encima de la cama.
—¿Tenemos gato nuevo? —pregunto, y Daniela asiente.
—Me lo traje a casa ayer. Estaba buscando el momento de decírtelo. Te
presento a Miaubacca.
—¿Eh?
—De Chewbacca, por los pelos, es que ni ve el pobre de la cantidad de
pelos que tiene en la cara.
Me echo a reír.
Daniela se ríe, me da un beso en la mejilla y se dirige a la puerta.
Tiro de su mano antes de que se vaya y la acerco a mí para besarla.
—Vale, me parece bien, pero mejor paramos aquí, ¿vale? Porque si
adoptamos a Darth Miauder podemos tener aquí la guerra de los felinos.
Daniela suelta una carcajada y se va. Me agacho para acariciar al gatillo,
que ronronea.
—Ay, qué bonito eres, eres superbonito, eres mucho más bonito que tu
hermano mayor, pero eso nunca se lo vamos a decir, ¿vale?
—¿¡Luci!?
Joder, ¿me ha oído? Al final es cierto que cuando una mujer se convierte
en madre adquiere superpoderes, como superaudición y cosas así, si no, no
lo entiendo.
—¿Sí, cariño?
—¿Puedes venir a vestirte?
Qué manía, nunca la había visto tan preocupada por verme con el
manubrio al aire.
—Ya voy, que estoy jugando con Miaubacca. Oye, hay que acortar, ¿eh?
Porque es difícil de pronunciar.
—¿Luci, cariño?
—¿Sí?
—¡Te quieres dar prisa, imbécil, que estoy de parto! —grita haciéndome
dar un respingo.
—¡Ay, joder! ¡Se me había olvidado!
Fin
Agradecimientos
Me he reído tantísimo con esta historia, lo he pasado tan bien con las
locuras de este equipazo, que no puedo más que dar las gracias, antes que
nada, a Dani, Luci, Ale y Miri por hacerme pasar tan tan buenos momentos.
Por llegar cuando más los necesitaba y llenar de carcajadas mi casa y de
amor mi corazoncito.
Cómo no, tengo que darles las gracias a mi marido, Germán, y a mis dos
peques (ya no tan peques), Erik y César, y a toda mi familia en general,
porque dedicarte a esto es difícil, pero siempre tengo su apoyo, pase lo que
pase, sus palabras de ánimo y su confianza ciega en todo lo que hago.
A mi hermana de vida, Dácil, porque es el faro que ilumina mi camino
cuando estoy perdida y estoy segura de que no me equivoco si digo que es
la persona que más cree en mí.
A mis amigas, Patri, Lorena, Yanira…, por apoyarme siempre, de una
forma u otra, y alentarme a seguir escribiendo.
A Rosana, mi alma gemela en cuanto a lecturas se refiere, de mensajes a
la hora que sea para recomendarnos más y más libros.
A Almudena Costa (@misundeart), por ponerle una cara maravillosa a
esta historia.
A Eva y Mar, mis Pepitas Grillo, esta es una de mis partes favoritas del
proceso creativo, poder destripar todo con vosotras y todos vuestros
comentarios, las risas, incluso lo quisquillosas que os ponéis, jajaja, me
encanta compartir esto con vosotras. Muchas gracias por estar ahí para mí
cada vez que os necesito.
A todas las bookstagramers, tiktokeras, blogueras… que se toman su
tiempo para reseñar, recomendar y dar visibilidad a mis historias con un
cariño desmedido y desinteresado.
A todos los libreros que siempre recomiendan mis novelas, en especial, a
Alejandro, de Librería Yaya, y a Helena, de Librería Párrafo.
A todas las compañeras de letras que están ahí, que siempre tienen una
palabra de aliento y cariño. En esta profesión tan solitaria, es un lujo
teneros.
Y dejo para el final el agradecimiento más importante que es para ti, por
darle una oportunidad a esta historia, espero que la hayas disfrutado tanto
como yo escribiéndola. Gracias por leerme, gracias por estar ahí, sin ti esto
no tendría sentido.
Seguro que me dejo a alguien atrás, por eso quiero aprovechar estas
líneas para daros gracias a todos los que estáis en mi vida porque, en mayor
o menor medida, habéis sido un punto de apoyo para impulsarme a
continuar escribiendo.
Biografía
Me llamo Raquel Antúnez, nací en 1981 y vivo en Gran Canaria junto a mi
marido y mis dos niños. Soy madre de dos bichitos y, después de dedicarme
a mi profesión de administrativa durante muchos años, en 2019 me formé
como correctora profesional y desde entonces trabajo en mi propio negocio,
compaginándolo con las letras, soy escritora, sí, básicamente porque lo
necesito como respirar. Hay quien requiere horas de gimnasio, una tarde de
telebasura o una cerveza en una terraza para despejar la mente, yo necesito
teclear.
Escribir ha formado parte de mí toda la vida. Cuando intento recordar
qué fue lo primero que escribí, soy incapaz, porque siempre siempre tengo
recuerdos ligados a los libros, los bolis, las libretas, las cartas, los folios
garabateados, los archivos de ordenador en los que me explayaba tecleando.
Siempre. Es la mejor palabra que se me ocurre relacionada con mi relación
con la escritura y literatura en general.
Bibliografía
Un plan catastrófico Febrero 2025
La chica de las libélulas Mayo 2024
¡Otra vez tú! Junio 2023
Como caído del trineo. Diciembre 2022
Déjame besarte hasta que amanezca. Diciembre 2022.
Molly, terapeuta de fantasmas. Septiembre 2022.
Veinte motivos para olvidarte del amor. Serie Segundas Oportunidades 2
de 2. Febrero 2022.
Treinta días para salvarte el culo. Serie Segundas Oportunidades 1 de 2.
Septiembre 2021. Publicada también en italiano por la editorial Ghostly
Whisperltd.
Ya soy mayor (cuento infantil). Febrero 2020.
Totalmente imperfectos. Febrero 2020.
No me soples el diente de león. Febrero 2019.
Tus increíbles besos de albaricoque. Serie Besos 2 de 2.Septiembre 2018.
Amor, sexo y otras movidas. Junio 2018.
Tropezando en el amor. Diciembre 2017.
Te encontraré. Abril 2017.
Besos sabor a café. Serie Besos 1 de 2. Diciembre 2016.
¡A otra con ese cuento! 2014.
Redes de Pasión. 2012. Reedición ampliada en septiembre de 2019 como
Redes.
Las tarántulas venenosas no siempre devoran a los dioses griegos. 2011.
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